La isla de la paz y de la guerra: novela social
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- Tipo
- Impresos
- Autor
- Mesa Ramos, José
- Idioma (código)
- spa
- Extensión
- 158
- Identificador
- 0000000083
- Miniatura
- https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/779279
- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- Imp. J. Sánchez de Ociifla
- Lugar de publicación
- Madrid
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Imagen para miniatura
- 1
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1935
- Formato
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- extracted text
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JOSE
MESA
RAMOS
La Isla de la Paz
y de la Guerra
NOVELA
SOCIAL
MADRID
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JOSE
MESA
RAMOS
La Isla de la Paz
y de la Guerra
NOVELA
SOCIAL
MADRID
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La Isla de la Paz y de la Guerra
PRÓLOGO
Desde los tiempos primitivos hasta los actuales la vida ha
sido una constante lucha de individuos contra individuos, de
tribus contra tribus, de pueblos contra pueblos.
En todas las épocas el escenario es el mismo con distintas
decoraciones y diversos actores, siendo seme lantes los
argumentos de las obras en que se repiten las mismas escenas
de guerras, cambios de dinastías, transformaciones del régimen
establecido, elevación, decaimiento, desaparición de las
naciones, prosperidad, ruina, civilización, barbarte.
Miradas las cosas superficialmente parece que el móvil que
lanzaba a unos pueblos contra otros era cí afán de conquista, el
patriotismo, la idea altruista de mejorar las condiciones de los
pueblos conquistados, pero, en el fondo, la causa principal no
era otra, casi siempre, que la lucha por la vida, el egoísmo, y el
afán inmoderado de apoderarse de las riquezas para disfrutar de
cuantas comodidades y placeres nos brinda el mundo en que
vivimos.
* * *
Lo mismo que la tierra, desde su creación hasta nuestros
días, ha experimentado grandes trastornos que dieron lugar a
períodos geológicos, en cada uno de los cuales la estructura y
las condiciones de vida fueron muy diversas, habiendo entre
ellos períodos de transición, en los que se produjeron
cataclismos que precedieron a las transformaciones, así la
historia de la humanidad pasó por distintos períodos y épocas,
en los que las sociedades tuvieron distinta constitución en
todos los órdenes morales, intelectuales y materiales.
José Mesa Ramos
Entre estos períodos o épocas, surgieron períodos de
transición con sus trastornos y revoluciones sociales, que
cambiaron radicalmente las condiciones de los organismos que
integraban los estados.
Actualmente, nos hallamos ante uno de esos períodos de
transición, durante el cual, desde hace bastante tiempo viene
elaborándose una transformación en la existencia y en la
organización de las naciones y de los individuos.
A este espectáculo asistimos, siguiendo paso a paso el
cambio tan radical que se está realizando en el teatro del
mundo.
¿Cuál será el desenlace?
Con arreglo a nuestro criterio trataremos de ver lo que
lógicamente debe deducirse.
Lo que resulte será lo que el desarrollo de los sucesos que
aparecen en este libro demuestren y lo que como espectadores
que somos observemos desde los sitios que ocupamos, al seguir
las escenas en las que toman parte los actores de esta gran
comedia.
¡Va a levantarse el telón!
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La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO I
LA ISLA DE LA PAZ Y DE LA GUERRA
Cuentan las crónicas que una flota de embarcaciones
tripuladas por exploradores que navegaban a la ventura en
busca de nuevas tierras para establecer factorías, con el objeto
de fomentar relaciones comerciales con los le lanos países de
donde procedían, fue sorprendida por un fuerte temporal que la
destruyó, arro lando a estos intrépidos viajeros a una isla
desconocida, pues no figuraba en las cartas geográficas de
aquella época.
Esta isla, muy fértil, con inmensos bosques y valles, la
dividía en dos partes, próximamente iguales, una cadena de
montañas que la atravesaba de Norte a Sur.
Los náufragos, viéndose imposibilitados de volver a su
patria, pues las embarcaciones habían sido destrozadas,
tuvieron que instalarse definitivamente en aquella isla, donde
se diseminaron por ambas vertientes de las montañas,
aumentando considerablemente la población en el transcurso
de los siglos hasta formar dos grupos de naciones; uno en la
región oriental y otro en la occidental, siguiendo cada uno para
su constitución las ideas de sus dirigentes, que interpretaban el
común sentir de los individuos del grupo respectivo.
Las ideas que dominaban en la región oriental eran las
fundadas en el egoísmo y en el derecho de la fuerza; las de la
región occidental eran las que tenían par base el amor y el
derecho de la justicia.
Las naciones de la región oriental fueron anexionadas por
medio de la conquista, y como con estas anexiones el Estado se
hacía más poderoso, fácilmente conquistaba otros estados
relativamente pequeños, llegando el momento en que
constituyeron una sola nación: la nación de la Guerra.
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José Mesa Ramos
Las de la región occidental se unieron también, no por la
conquista, sino por el convencimiento de que por ser de ideas
afínes y de tener intereses comunes, les convenía unirse para su
prosperidad y para defenderse además de la poderosa nación
vecina en el caso de una agresión o de una invasión del
territorio. De este modo llegaron también a constituir una sola
nación, la nación de la Paz.
* * *
En la región occidental, o sea en el país de la Paz, las
diferentes comarcas que lo formaban no estaban sometidas,
sino unidas por convencimiento; en estas condiciones debería
desarrollarse en ellas una vida tranquila y sin afán de
independencia. Como la justicia imperaba, el trabajo se
recompensaría con arreglo a su cantidad y a su calidad; así
habría estímulo para que éste se perfeccionase y para que
también el trabajador pudiese aspirar a tener una posición
desahogada, formándose de esta manera una sociedad en la que
todos habrían de encontrarse satisfechos, puesto que tendrían
cubiertas sus necesidades presentes, vislumbrando al mismo
tiempo un tranquilo porvenir. En esta nación no debería haber
pobres; todos serían más o menos ricos y vivirían en la mejor
armonía.
En la región oriental, o sea en el país de la Guerra, siendo
una de las bases de su constitución la igualdad de salarios, la
parte más culta, más sana y más apta para el trabajo elevaba
sus quejas frecuentemente al gobierno, haciéndole ver la
injusticia de no remunerar al obrero según la cantidad y calidad
de la obra que producía y los perjuicios que se ocasionaban al
establecer la igualdad absoluta para todos, para el hombre
laborioso y para el holgazán, para el apto y para el inepto, para
el inteligente y para el ignorante, siendo esto causa, por la falta
de estímulo para la producción, que ésta no prosperase y que
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La Isla de la Paz y de la Guerra
los habitantes no pudieran satisfacer todas sus necesidades,
convirtiéndose en verdaderos esclavos del régimen imperante.
* *
El malestar público llegó a agudizarse de tal manera en la
región oriental, que las clases perjudicadas se agruparon,
constituyendo sociedades dispuestas a conseguir el logro de sus
justas aspiraciones.
En la capital y en los pueblos de esta nación se celebraban
asambleas con este objeto, pero el tiempo pasaba y el régimen
establecido no se alteraba en lo más mínimo.
No quedaba, pues, otro remedio que someterse o rebelarse,
apelando a una guerra civil para que la lucha decidiese el
destino de aquella nación. Lo primero no debía admitirse,
porque, además de que el malestar se hacía cada vez más
insufrible, el acatamiento a tan odiosa tiranía representaría una
indignidad que rebajaría el nivel moral del hombre. Para lo
segundo se necesitaban grandes recursos de que no se podía
disponer y mucho tiempo para la preparación de la lucha.
Renunciaron, pues, a estos dos procedimientos, adoptando
como única solución el éxodo hacia la nación vecina, donde los
derechos que pretendían eran reconocidos a todos y constituían
la base de su régimen.
Empezó, por consecuencia, la emigración, aumentando tan
considerablemente que en poco tiempo quedaron desiertos
muchos pueblos, siendo de temer que no tardase en desaparecer
aquella nación.
Para evitar tal desastre, las autoridades cerraron las
fronteras y prohibieron la emigración, declarando la guerra a la
nación ve cura por negarse a devolver los emigrantes que a ella
habían trasladado su residencia.
Cuando el país occidental se encontraba más tranquilo,
ignorando lo que se tramaba en el país colindante, se vio
sorprendido por la declaración de la guerra y por la repentina
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José Mesa Ramos
presencia en la frontera de un ejército que sin previo aviso
invadió su territorio, apoderándose de algunos pueblos y
continuando el avance hacia la capital.
Inmediatamente organizó sus fuerzas, y en poco tiempo
pudo poner en frente del ejército enemigo otro más poderoso,
no sólo por el número y armamento, sino por la disciplina, pues
lo formaba una masa que no tenía más que un pensamiento, la
defensa de la patria.
En cambio, el ejército oriental no lo formaban patriotas,
sino una mezcla de hombres sometidos a la fuerza, que estaban
acechando la ocasión de sacudir el yugo que les oprimía, dando
esto lugar a que en el mismo ejército se realizasen deserciones
y sublevaciones que contribuyeron a debilitarlo unas.
Por otra parte, las regiones descontentas que estaban
sufriendo la tiranía de sus conquistadores, habiendo quedado
desguarnecidas de ejército y policía con motivo de la guerra,
vieron la ocasión propicia de vencer, sublevándose muchas de
ellas y constituyendo gobiernos independientes.
Tal llegó a ser el decaimiento de las tropas orientales y tan
fuerte el empuje arrollador de las occidentales, que el enemigo
fue derrotado completamente, huyendo a la desbandada, siendo
aniquilados los que se resistían y prisioneros los demás.
Así quedó destruida la nación de la Guerra. En vez de
apoderarse de ella la de la Paz, no se aprovechó de la victoria
más que para devolver a las regiones que la constituían la
independencia que anhelaban, dejando que se gobernasen con
arreglo a su tradición, creencias y costumbres.
De esta manera cada región se gobernaba por sí misma,
constituyendo todas una federación en la que imperaba el amor
y la justicia, llegando con el tiempo a anexionarse al país
occidental y formándose así una gran nación donde nadie
carecía de lo necesario para su existencia.
La isla de la Paz y de la Guerra quedó convertida en la isla
de la Paz.
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La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO II
EL PUEBLO DE WORTHING
En el casino del pueblo de Worthing, situado en la costa
occidental de Irlanda, se comentaban los sucesos ocurridos en
la isla de la Paz y de la Guerra. La noticia la supieron por un
periódico de New Yorl, de la que se dió lectura ante numeroso
grupo que se había formado y que decía así:
“¡Noticia sensacional! ¡Triunfo del amor y de la justicia
sobre el derecho del más fuerte! En la guerra entablada entre
la región oriental y la occidental de la isla de la Paz y de la
Guerra, ha conseguido una victoria definitiva la región
occidental, o sea la del país de la Paz, sufriendo el enemigo
tan desastrosa derrota, que la nación oriental, o sea la de la
Guerra, ya no existe, constituyendo ahora la isla una sola
nación con el régimen establecido en la región occidental.
Reina en el país un desbordante entusiasmo y en todos los
pueblos se celebran festejos para conmemorar tan
extraordinario suceso
La opinión casi unánime de los que escucharon la lectura
de esta noticia, era la de que, desaparecido el peligro
permanente que representaba la existencia de la nación oriental,
en aquel país sería la vida más agradable y mejor que en
cualquiera otra parte del mundo. Allí no debería haber pobres,
todos tendrían satisfechas sus necesidades, los que alcanzaban
posiciones elevadas ayudarían a subir a los situados en
posiciones inferiores, la justicia sería igual para todos, habría
en los corazones nobles sentamientos libres de malos instintos;
en una palabra, sería una sociedad donde reinaría la felicidad.
En el acto surgió la idea de fletar un barco para visitar
aquella isla, y hallándose presente John, el constructor naval,
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José Mesa Ramos
del que se sabía que en su astillero estaba próximo a terminarse
una embarcación de alto porte, se pusieron de acuerdo con él,
decidiendo que su primer viaje fuese destinado a esta travesía.
John y su amigo William, también constructor de barcos, al
salir juntos del casino entablaron un diálogo acerca die este
asunto.
—¿Qué te parece? —preguntó John—. ¿Será verdad que la
paz no se alterará en esa isla, y que los hombres allí serán todos
buenos, generosos e incapaces de albergar malos sentimientos?
—Creo firmemente—contestó William—que a juzgar por
el admirable régimen establecido en ese país, en virtud del cual
puede contarse con la buena voluntad y con la fraternidad de
todos sus habitantes, no hay motivo pira que estalle una nueva
guerra; la paz está asegurada, pudiendo vivir tranquilos sin
temor a que ésta se altere, prosperando, en su consecuencia, las
fuentes de riqueza y haciendo pensar que si las demás naciones
siguen este ejemplo, será una realidad la paz universal y la
formación de una gran confederación de las naciones de el
mundo.
—Olvidas, William, que habiendo como tiene que haber
diferenciáis de fortuna entre los individuos que constituyen una
nación, los que disfrutan de todas las comodidades se
encuentran conformes con el estado de las cosas, pero los que
no ven satisfechas completamente sus necesidades no pueden
estarlo. Estos representan una amenaza constante contra la paz
pública si no se da satisfacción a sus justas aspiraciones.
—Pero eso, John, estará previsto en las leyes que rigen en
la isla de la Paz y todos allí se encontrarán contentos con su
suerte.
—Lo que dices. William, está muy lejos de la realidad. No
hay ley que dé gusto a todos. Con ella siempre habrá
favorecidos y perjudicados, dando esto lugar a que los primeros
defiendan sus privilegios y los segundos traten de que
desaparezcan tendiendo a la igualdad.
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La Isla de la Paz y de la Guerra
—Sin embargo —replicó William—, en la noticia del
periódico neoyorquino se afirma que la victoria de la región
occidental representa el triunfo del amor y de la justicia sobre
el derecho del más fuerte. Sí eso fuese cierto, no concibo que
en la nación de la Paz existan desigualdades odiosas que hagan
temer una nueva guerra.
—No quiero, William, quitarte esas ilusiones que muchas
comparten contigo, no sólo en el pequeño círculo de nuestro
Casino, sino en todo el mundo donde el pacifismo cuenta con
muchos adeptos olvidando que la vida es una lucha, y lamento
que no exista siempre una fraternidad desinteresada y que, por
el contrario, sea ésta muchas veces una máscara detrás de la
cual se esconde la hipocresía.
—Suspendamos, John, esta discusión, hasta que los hechos
que comprobemos en la isla de la Paz den la razón al que la
tenga. Desde el punto de vista en que nos colocamos cada uno
de nosotros, no pueden coincidir nuestros pensamientos.
Si desgraciadamente fuese verdad que ni en ese país ni en
ninguno se puede aspirar a una completa felicidad, yo sé dónde
este sumo bien se encuentra. Nuestra santigua amistad es
inquebrantable y sabes que en mi corazón hay otro sentimiento,
el amor, pero el amor puro por tu hermana Mary; así como
puede ser discutible que en dicha isla exista ese ideal, estoy
seguro que si Mary correspondiese a este sentimiento y llegase
a unir su suerte con la mía, no habría para mí mayor felicidad.
He hablado de esto con ella; no me rechaza, pero tampoco
acaba de decidirse y te ruego intercedas en mi favor.
—Ya sabes, William, que para mí será una satisfacción
muy grande que realices lo que tanto deseas.
Después de despedirse los dos amigos, John, en vez de
dirigirse a su casa, se encaminó a las afueras del pueblo.
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José Mesa Ramos
CAPITULO III
LA CITA
Al llegar al crucero donde sobre un zócalo de piedra se
elevaba una cruz, también de piedra, con la imagen en relieve
del Redentor, se detuvo John y desde allí extendió su mirada
contemplando el magnífico espectáculo que ofrecía la
Naturaleza, al declinar el día, con sus hermosos valles y
montañas; todo respiraba paz y armonía. Los múltiples y
variados ruidos producidos por la actividad y el bullicio de los
seres vivientes, hombres y animales, daban alegres notas de
animación, que iban disminuyendo paulatinamente hasta
quedar en silencio, cuando el sol lanzando sus últimos rayos, se
hundió en el horizonte.
Tranquilidad, grandiosidad, poesía, ilusión; marco propio
para encuadrar la dicha de dos enamorados.
Con la vista fi la en el pueblo vio venir hacia donde él
estaba una mujer; era Emma, la hermana de William, que
llenaba de amor su corazón. El sitio donde se encontraban lo
habían elegido para verse, haciendo protestas en estas
entrevistas de su verdadero cariño y del venturoso porvenir que
con ansia esperaban.
—He salido con tu hermano del Casino —dijo John—, el
cual durante bastante tiempo me habló del profundo amor que
siente por Mary.
—Esa idea siempre tiene William en su imaginación —
replicó Emma—, y mucho me alegraría que tu hermana le
correspondiese. ¡Qué día tan feliz sería si nuestra boda y la de
nuestros hermanos se celebrasen al mismo tiempo! ¿Qué dicha
podría igualarse a la de nuestros corazones unidos por un
verdadero amor?
—Sí, es preciso que esto se aclare pronto, Emma.
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La Isla de la Paz y de la Guerra
—Mañana mismo tratare de ver en qué actitud se encuentra
Mary.
—Cuando sea botado al agua el barco que estoy
construyendo y que se halle en condiciones de hacerse a la mar,
podremos empezar los preparativos para celebrar nuestro
matrimonio, haciendo pública nuestra decisión, puesto que no
habrá motivo pava que siga permaneciendo en secreto, y al
regresar del viaje que haremos a la isla de la Paz, en el que se
probarán las condiciones marineras del barco, veremos
realizado con nuestra unión el dichoso porvenir que esperamos.
Después de esta entrevista se separaron, y John se dirigió a
su casa.
* * *
John veía prosperar su negocio, no sólo por su constancia y
habilidad en el trabajo, sino también por sus condiciones
personales, que le hacían agradable a cuantos con él se
relacionaban.
Su hermana Mary, hermosa joven, con gran conocimiento e
inteligencia atendía a los quehaceres de la casa.
Hallábanse los dos hermanos en la terraza de su casa,
situada -carca de los acantilados de la costa, desde donde podía
admirarse el grandioso espectáculo del inmenso océano, con
sus embravecidas olas chocando al pie de aquellas rocas, con
sus aves marinas revoloteando y planeando en vuelos
majestuosos cerca de la superficie del mar, y con las
embarcaciones que en todas las direcciones se veían cruzar.
—Mary —le decía él—, hace bastante tiempo que William
tiene su pegamiento puesto en ti y desea con vehemente interés
que correspondas a su afecto. Tiene el mismo negocio que yo y
aunque hasta ahora no ha prosperado mucho, es laborioso y es
de esperar que más adelante la suerte le acompañará.
Mary quedó un momento pensativa y de pronto, muy
tranquila y con el semblante risueño, le contestó:
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José Mesa Ramos
—En efecto, algo me ha insinuado William en ese sentido,
pero, la verdad, por ahora no me decido a pensar en esto,
porque soy bastante joven y tengo aún mucho tiempo por
delante. Además, me sería muy doloroso separarme tan pronto
de ti.
—Sin embargo —dijo John—, por muy penosa que sea
nuestra separación, es natural que algún día tenga que suceder,
pero eso en nada influirá en el cariño que nos profesamos que
siempre será el mismo.
—Y a lo comprendo, pero te repito: ¿No te parece que
cuanto más tarde será mejor?
—No tengo interés en que inmediatamente tomes una
determinación. Lejos de mi ánimo estaba la idea de tratar ahora
contigo de este asunto, si William no me hubiere hablado hace
días rogándome que intercediese en su favor para que
accedieses a lo que pretende. La antigua amistad que nos
profesa y que le profesamos impidió que yo me negase a
intervenir, y por eso, no por iniciativa mía, sino por la de él he
decidido tener esta conversación contigo. Así, te ruego que lo
pienses, deseando que tu resolución no sea otra cosa que lo que
te dicte tu voluntad.
—Pues bien, lo pensaré, ya que así lo deseas.
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La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO IV
BOTADURA DE LA GOLETA "PRETTY MARY”
En el astillero de John avanzaba rápidamente la
construcción del barco, hallándose terminada la colocación de
las cuadernas, de la roda y del codaste de la quilla, de las
cubiertas, del forro del casco y de cuanto constituía su
armazón, faltando solamente la arboladura, velamen y demás
detalles que complementaban su construcción.
Hallándose John dirigiendo estos trabajos, vigilando todas
las operaciones que se hacían, acudiendo a todas partes sin
darse punto de reposo y animando a los obreros para que la
obra se acelerase y se ejecutase con la mayor perfección
posible, acertó a pasar por allí William, que se detuvo. Eran,
aunque de la misma profesión, dos buenos amigos, y si la
suerte había favorecido a uno más que al otro, no por eso se
había entibiado su amistad, pues ésta databa de los primeros
años de su vida.
— ¡Hola, John! Parece que te corre prisa la terminación del
barco, porque veo que de día en día adelanta mucho.
—Sí—replicó—, ya conoces mi manera de ser; cuando
emprendo un asunto no me gusta demorarlo y procuro por
todos los medios aprovechar el tiempo para terminarlo pronto.
En este caso está más justificada mi ansiedad por ver el
resultado de mi obra, porque, como sabes, hasta ahora me he
ocupado solamente de embarcaciones menores, y el barco que
estoy construyendo puede clasificarse entre los de gran
envergadura; y así como el radio de acción de las
embarcaciones que llevo construidas no llegó a exceder de cien
millas, ésta podrá emprender cualquier crucero, por largo que
sea.
—Creo—replicó William—que con tu inteligencia
conseguirás lo que deseas. El barco, por el aspecto que va
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José Mesa Ramos
presantand o, tendrá una línea muy fina, cortará fácilmente las
aguas y no dudo que podrá hacer un viaje a New Yorl en
cuarenta días.
—Eso espero—dijo John—; pero el primer viaje que
emprenderá será sólo de entrenamiento a la isla de la Baz, que
está mucho más cerca.
—Y a veo que prosperas en tus negocios. En cambio, yo,
en los míos, adelanto poco. No sé en qué consiste que
solamente recurren a mí cuando no tienes embarcaciones
disponibles. No está la suerte para todos; tendré paciencia y
seguiré esperando tiempos mejores. Realmente es injusto que
trabajando yo como trabajas tú el resultado sea tan distinto. No
te envidio por eso; nuestra sincera y antigua amistad es un
freno que condene las malas pasiones.
—Ya sabes —replicó John —que los mismos sentimientos
que tú tengo yo, y que si en mi mano estuviese que prosperases
mucho más, no vacilaría un momento en poner los medios para
que lo consiguieses.
Se separaron después los dos amigos para ocuparse cada
uno de su trabajo.
t-
*
El casco del barco, afianzado fuertemente en las gradas del
astillero y apoyando su quilla y la parte de los costados
próximos a. ésta en una base de maderos y cuñas, sobre la que
había de deslizarse en el momento de ser lanzado al agua, se
bailaba casi terminado, pues se estaba dando con actividad la.
última mano a las tablas de las cubiertas, borda y forros
exteriores de las cuadernas. El material empleado era el roble
muy fuerte, presentando el conjunto un aspecto de gran solidez.
Después de la botadura se aparejaría el barco como goleta
de tres palos: trinquete, mayor y mesana; su tonelaje total se
elevaría a 400 toneladas, de las que, deduciendo 200 para el
peso propio del barco, que comprendía el casco, arboladura,
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La Isla de la Paz y de la Guerra
jarcias, velamen, etc., daría un tonelaje útil para la carga de
mercancías, tripulación y pasajeros, de 200 toneladas.
La distancia en línea recta comprendida entre la isla de la
Paz y el puerto de Worthing ascendería a unas 700 millas; pero
teniendo en cuenta los virajes, bordadas y separación forzosa
de la ruta para aprovechar los vientos favorables, los barcos
tendrían que recorrer un trayecto no inferior, seguramente, a
1.500 millas.
Calculando que este velero desarrollase en tiempo normal
una velocidad de cinco millas marinas por hora, tardaría en
hacer el viaje trescientas horas, o sean doce días y doce horas.
A este barco le puso John el nombre de su hermana,
anteponiéndole el calificativo de "pretty”, y así la goleta se
denominaría “Pretty Mary” o “Linda María”, nombre muy
apropiado por el entrañable cariño que se tenían los dos
hermanos y porque paira él era presagio de que la suerte
favorecería a la nave en su crucero por el Océano, llevándola a
puerto feliz.
* * *
Terminada la construcción del casco, llegó el día de la
botadura que iba a verificarse con la mayor solemnidad y
esplendor. Este acto había despertado inusitado entusiasmo en
todo el pueblo, que, invadiendo el astillero, se extendía por sus
alrededores ocupando los sitios altos y estratégicos para poder
contemplar todas las operaciones que se iban a realizar, y que
siempre en un pueblo marítimo despiertan la mayor atención de
sus habitantes.
Se había congregado allí la población en masa, apiñándose
la multitud, que convergía todas las miradas hacia el lugar
donde estaba preparado el barco.
Las embarcaciones mayores y menores, diseminadas en la
bahía, se hallaban engalanadas con banderas, banderolas y
gallardetes, y parecía, al verlas balancearse sin salirse de su
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José Mesa Ramos
sitio, que esperaban ansiosas el momento de que se acercase a
ellas la que iba a nacer a la vida del mar y a entrar por primera
vez en el agua.
A toda prisa, se hacían los preparativos; se ensebaban los
maderos del canal por donde había de deslizarse el barco; se
aflojaban las cuñas sobre las que insistía y las amarras que lo
sujetaban a las gradas; se oía un ruido incesante, mezcla del
golpear de las herramientas, de las voces de los obreros y de
los capataces y del murmullo de la gente. Sobre cubierta, y
asomados a la borda, se hallaban, en primer término, John y
Mary, con William y Emma, la tripulación y los invitados,
entre los que figuraban los que habían fletado el barco para
realizar el crucero a la isla de la Paz.
Todo estaba dispuesto. Se dió la voz de: “¡Soltad las
amarras!" El sacerdote levantó el brazo, y con el hisopo dió la
bendición; fue lanzada contra el casco una botella de
champagne, que se rompió en mil añicos; la banda de música,
que estaba preparada, entonó una alegre marcha; se lanzaron al
aire bombas y cohetes, que al estallar producían un estrépito
ensordecedor, y el buque empezó a deslizarse, al principio,
lenta y majestuosamente, y, aumentando la velocidad, entró
con ímpetu en el agua, que con el choque levantó grandes
chorros que se deshacían en espuma y que par encima de la
borda saltaban y salpicaban la cubierta.
Se oía gran griterío; las bocinas y sirenas de todos los
barcos, sonando al mismo tiempo; los marineros, de pie en sus
embarcaciones, unos sobre las cubiertas y otros sobre las
vergas, alineados, levantando los brazos, agitando las gorras en
el aire y dando incesantes gritos de alegría.
El espectáculo era emocionante y el entusiasmo se
propagaba cada vez con mayor intensidad.
Entre tanto, el buque, pasado el primer impulso y después
de haber recorrido un largo trayecto, se detuvo y se balanceaba
movido por las olas, rodeado de los demás barcos, que se
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La Isla de la Paz y de la Guerra
acercaban a él para dar la bienvenida a otro de la misma familia
que acababa de nacer en el mundo marítimo.
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José Mesa Ramos
CAPITULO V
WILLIAM Y MARY
Después de la botadura, se hicieron públicas las relaciones
amorosas de John y Emma. Con este motivo, y con el de que
las obras que faltaban para terminar la construcción del barco
tocaban a su fin, se celebró un banquete en el Casino, al que
asistieron, con los anfitriones John y Mary, sus amigos de la
infancia William y Emma, el capitán, el piloto y el timonel
designados para dirigir el buque, y las personas que lo habían
fletado para este primer viaje que iba a emprender.
Se entablaron entre los comensales conversaciones muy
animadas sobre el probable éxito de la expedición, y acerca de
las circunstancias especiales que distinguían al país que iban a
visitar, el que, según la casi totalidad de los que se hallaban
reunidos, era un país ideal, digno de tomarse como modelo;
una isla feliz, verdadero oasis de paz y de tranquilad en el
inmenso desierto turbulento y agitado por tos violentos
huracanes de las pasiones de las demás naciones del mundo.
Había algunos, pocos, que no participaban completamente
de tanto optimismo, y con cierto temor, porque los ánimos
estaban enardecidos, apuntaban una ligera desconfianza de que
fuese verdad tanta belleza; pero añadían, para calmar a los que
opinaban de otro modo, que aunque allí no se encontrasen
todos, sin excepción, contentos y satisfechos, era posible que
con el régimen imperante en aquellos momentos avanzasen,
acercándose cada vez más hacia la ansiada felicidad.
Entre los brindis que se pronunciaron durante el banquete
se aludía a esta controversia, sosteniendo cada uno su parecer,
sin llegar a un acuerdo. En cambio, todos estuvieron conformes
al afirmar que el nombre de "Pretty Mairy" era de buen
augurio, por lo que la suerte tenía que acompañarles en el viaje.
Con la copa de champagne en la mano brindó Mary,
diciendo que este viaje no se apartaba un memento de su
20
La Isla de la Paz y de la Guerra
imaginación, que a todas horas pensaba en él y con su
pensamiento veía al buque cruzar el Océano meciéndose
dulcemente, alejándose cada vez más de la costa y llegando a
alta mar, donde navegaba entre el cielo infinito y la inmensidad
del líquido elemento, pasar días y días buscando ansiosamente
la tierra, que al fin se llegaba a divisar en lontananza, arribando
a ella y alegrándose los corazones de todos, de los que en
ningún instante sintieran vacilar su esperanza y de los que
empezaban a desfallecer por hacérseles demasiado larga la
travesía.
—Hago votos—continuó diciendo—por que todo se realice
tal y como lo ve mi pensamiento y por que en aquella isla se
encuentre la paz y la tranquilidad tan deseada, anuncio de una
paz universal en todas las naciones. Si al regresar de este viaje
encantador volvéis desilusionados por no haber encontrado allí
la paz y la felicidad soñadas, yo os prometo decir dónde, de
seguro, esa felicidad y esa paz se encontrarán.
Una gran ovación siguió a este brindis; todos se levantaron
y, chocando las copas, hicieron votas por el feliz éxito de la
expedición.
Después del banquete se diseminaron todos por los
diferentes
departamentos
del
Casino,
comentando
acaloradamente los incidentes que se esperaban de este viaje.
* * *
Al tener conocimiento Mary de que su hermano estaba en
relaciones con Enruna, habiéndose fi lado la fecha de su boda
para cuando regresasen del viaje, ante la perspectiva de que
llegado ese instante se encontrase sola, comprendió que no le
convenía demorar el momento de unir su corazón al de un
hombre que llenase sus aspiraciones.
Cuando se hacía estas reflexiones, sentada en un banco de
piedra próximo al crucero de las afueras del pueblo, se acercó a
21
José Mesa Ramos
ella y se sentó a su lado William, entablándose entre los dos un
animado diálogo:
—He oído, Mary, tu brindis en el banquete del Casino; tus
palabras me conmovieron: eran fiel reflejo de la nobleza de tu
corazón. Ahora que se casa John, tu situación no será después
muy halagüeña, no porque te falte el cariño de tu hermano y el
afecto de cuantos te conocen y aprecian tus excelentes
cualidades, sino porque, a pesar de todo esto, te encontrarás
sola. Debes pensar, pues, en lo que tantas veces te he dicho.
Nos conocemos perfectamente, sabes mis condiciones
personales y yo sé las tuyas; nada hay que sea motivo de
reproche, y, por el contrario, nuestras vidas se han deslizado
tranquilamente, y sin la menor contrariedad, uno cerca del otro.
Siendo esto cierto, ¿qué es lo que impide que mi constante
ilusión llegue a ser realidad?
A Mary no le impresionó el acento sincero de William, por
quien, sin embargo, sentía una verdadera afección de hermana
y de amiga. No le parecía que ese fuese el hombre al que ella
debiera confiar su vida, y dudaba que con él consiguiese
ciertamente esa comunión de almas que proporciona la
felicidad que se puede disfrutar en este mundo, y ella no
renunciaba a conseguirlo.
Al cruzar estos pensamientos por su imaginación dirigió
sus miradas hacia el campo, divisando a su hermano con su
prometida, y esto hizo que se fíjase nuevamente en su
imaginación la situación en que habría de encontrarse dentro de
poco tiempo. Como, además, en el fondo sentía por William
verdadero cariño, pensó que tal vez este amor fraternal se
convertiría con el tiempo en el amor de dos seres nacidos el
uno para el otro.
Estas reflexiones que hacía fueron interrumpidas por
William. que le dijo:
—¿Qué es lo que piensas? ¿Puedo esperar que accederás a
realizar lo que es la ilusión de toda mi vida, que consiste en
??
La Isla de la Paz y de la Guerra
unir mi suerte a la de la mujer que más quiero y por la cual soy
capaz de hacer toda clase de sacrificios?
—He pensado, efectivamente, en lo que me propones,
William. Aunque desde la infancia te quiero con sincero afecto,
correspondiendo al cariño que siempre me has demostrado, no
siento hoy por ti el nuevo afecto que te inspiro, reciprocidad de
sentimientos que es indispensable a dos seres que tratan de
unirse para toda la vida. Por eso, sin rechazar tu proposición,
aplazo la contestación definitiva hasta el regreso del viaje.
—Ten la seguridad de que a mi regreso de la excursión a la
isla de la Paz, seguiré con esta misma idea, que no se aparta
nunca de mi imaginación. Mi amor por ti es tan fírme, que nada
ni nadie podrá hacerlo vacilar. El día que me manifiestes que
has variado de modo de pensar en mi favor, hallándote
dispuesta a corresponder a mi afecto, será el más feliz de mi
vida; pero si, por el contrario, transcurrido el plazo que tu
excesiva bondad me ha concedido, no me secundases en este
sentimiento y que llegases a casarte con otro, además del
inmenso dolor que eso me causaría, tu imagen me acompañaría
constantemente durante mi vida, que sería la de un solitario
que viese con tristeza perdidas sus ilusiones.
Al llegar a este punto de la conversación se acercaron John
y Emma, y, reunidos los cuatro, se dirigieron al pueblo.
23
José Mesa Ramos
CAPITULO VI
EL PINTOR
Adam Turner, pintor que gozaba de merecida fama, residía
habitualmente en Dublín. Ningún artista en aquel tiempo
podría competir con él para pintar cuadros como las bellas
marinas que se exhibían en la Exposición Internacional de
Pinturas que se estaba celebrando en la capital de Irlanda, en
las que el artista no parecía haberse propuesto otra cosa que
dedicar un tributo de admiración al espectáculo grandioso del
mar.
Hacía frecuentes escapadas al litoral en busca de notas
pictóricas que refrescasen su inspiración.
Algunos días después de la botadura de la “Pretty Marx”,
este gran artista llegó a Worthimg, donde se propuso detenerse
el tiempo suficiente para tomar algunos apuntes de las
hermosas y variadas perspectivas que desde aquella parte de la
costa se podrían contemplar.
Todos los días, por la mañana temprano y por la tarde, salía
de la casa-pensión donde se hospedaba, situada enfrente de la
que habitaban John y Mary, y se dirigía a las afueras del
pueblo, instalándose con su caballete en los arrecifes de la
costa, en lugares elegidos por él como excelente puntos de
vista; allí se pasaba las horas abstraído en la contemplación de
la Naturaleza que le ofrecía sus admirables bellezas, las cuales
trasladaba al lienzo dominado por un secreto afán de copiarla
con estricta fidelidad, pintando el mar objetivamente, sin
pretender nada de estilización, siendo el extremo cuidado que
ponía para no separarse un ápice de la realidad lo que le había
dado el renombre que había adquirido.
La habitación que ocupaba tenía una ventana que daba a la
calle. A ella se asomaba en los momentos de descanso, dando
rienda suelta a su imaginación que recoma los paisajes marinos
24
La Isla de la Paz y de la Guerra
que más le habían impresionado. En uno de esos momentos vio
salir de su casa a Mary, llamándole la atención la belleza de su
figura y el aspecto algo triste y como preocupado de su
semblante. Seguramente, Adam Turner era un observador
curioso de las fisonomías no vulgares.
Tanto llegó a interesarle esta delicada figura que, enterado
de las horas a que salía de su casa, se asomaba siempre a la
ventana para poder contemplarla.
No tardó en averiguar cuanto concernía a Mary, y así, supo
que era hermana de John, constructor de barcos, y que si no
estaba todavía prometida en matrimonio a su amigo de la
infancia, era de suponer que no tardaría esto en realizarse,
puesto que había prometido a William que no entablada
relaciones amorosas con nadie hasta el regreso de la goleta
Pretty Mary de la isla de la Paz, y que después decidiría si
aceptaba su proposición.
Aunque esto le causó alguma contrariedad, no renunció a la
idea de frecuentar el trato con Mary, esperando alguna ocasión,
para conseguirlo.
* * *
El 20 de Abril, a los tres meses de la botadura del casco, se
hallaba completamente terminada y colocada la arboladura, las
jarcias, el velamen y cuantos accesorios se necesitaban para la
navegación.
Los marineros, oficiales y el capitán que formaban la
tripulación, estaban cada uno en su puesto. El capitán Tom, que
mandaba el buque, tenía probada su pericia de excelente
marino en los múltiples viajes que había realizado por todos los
mares del Globo.
Al día siguiente, después de embarcar John, William y los
demás pasajeros, a las ocho de la mañana, el buque levó anclas,
y con todas sus velas desplegadas, empujado por una suave y
favorable brisa del Nordeste, zarpó majestuosamente de la
25
José Mesa Ramos
bahía, puesta la proa hacia el Oeste, Todo el pueblo invadía los
sitios estratégicos del litoral, prorrumpiendo en grandes gritos
de alegría al ver el hermoso aspecto que la goleta presentaba y
su marcha tan segura y recta, sin el menor balanceo, lo que
denotaba la solidez de su construcción y presagiaba una
travesía feliz. Agitábanse los pañuelos y las gorras en el aire, y
poco a poco, deslizándose sobre la superficie líquida, la “Pretty
Mary" se iba alejando, hasta que dejó de verse, desapareciendo
en el horizonte.
La gente se retiró, internándose en el pueblo, y quedó
solamente allí Mary, que escudriñaba el mar, intentando divisar
a la goleta. Inmóvil, y dirigiendo la mirada al punto del
horizonte donde había desaparecido, levantó el brazo y lo agitó
como un último saludo de despedida, exclamando en voz alta:
— ¡Adiós!
Sus actitudes y esta exclamación no pasaron desapercibidas
para Adam, que no lejos de donde ella estaba se hallaba sobre
una peña, teniendo enfrente el caballete con el lienzo, en el cual
se veía el admirable litoral, que se prolongaba hasta el
promontorio donde se erguía el fajo, guía de los navegantes,
mostrando sus arrecifes de calizas y granitos, sus profundas
cavernas y los rocosos derrumbaderos, de maravilloso aspecto.
Frente a este litoral, el mar azul, extendiéndose infinito
hasta perderse en el horizonte, y destacándose del cuadro la
goleta "Pretty Mary”, en marcha hacia el Océano.
Al pasar Mary cerca del sitio donde se hallaba Adam, éste
se levantó para saludarla, presentándose como un artista
enamorado del mar y rogándola que diese su opinión sobre el
cuadro que estaba pintando. Se acercó Mary, y al ver la obra
del pintor, quedó admirada de la fidelidad con que en ella
estaba representada la Naturaleza, del arte de los detalles y de
la armonía del conjunto; la goleta, con el mar y las rocas que la
rodeaban, eran la misma imagen que de todo esto había
quedado impresa en su retina. Por su imaginación cruzó la idea
26
La Isla de la Paz y de la Guerra
de adquirir el cuadro para conservar perenne ese recuerdo, pero
pensó que quizá no pudiese por su elevado coste.
Después de contemplarlo detenidamente y de hacerse estas
reflexiones, contestó a Adam sin vacilar:
—Esto es verdaderamente hermoso. No concibo que se
pueda hacer nada que lo supere en mérito. El mar, el cielo, la
costa y el buque, parece que materialmente han sido
concentrados en el cuadro.
—Mucho me satisface su opinión, por ser de una persona
que toda su vida ha estado contemplando las hermosas
perspectivas de este país, y como esta marina representa algo
que la pertenece, porque en ella se ve en primer término la nave
que lleva su nombre, cuantío le de los últimos toques y saque
una copia que quiero conservar como recuerdo, se la ofreceré.
Mary quedó sobrecogida y no supo qué responder,
limitándose únicamente a darle las gracias, pero sin atreverse a
aceptar el ofrecimiento.
Era la primera vez que veía a Adam Turner, y su presencia,
así como el acento sincero de sus palabras, le causaron
favorable impresión.
Por su parte, Adam, al que tanto le había interesado la linda
figura de Mary, al oír el timbre suave de su voz, sintió
indefinible seducción, pensando que esta mujer reunía cuantos
encantos pudiera apetecer el más exigente para unir su vida a la
suya. Pero mo experimentaba aún la tentación vaga de esbozar
la más ligera insinuación con ella, quizá porque probablemente
no se lo permitiría, conformándose por el momento con
admirar en silencio los encantos de su hermosa juventud que le
producía dulce bienestar.
Después de esto se despidieron con sincera simpatía,
dirigiéndose Mary a su casa, no apartando Adam de ella sus
miradas hasta que la vio desaparecer, y continuando en el
campo para terminar su artístico trabado.
27
José Mesa Ramos
CAPITULO VII
MARY Y ADAM
El compromiso contraído por Mary con William no la
ligaba del todo, puesto que estaba en libertad de decidir
después de su regreso; pero mientras esto no sucediera, no
podía entablar relaciones amorosas con nadie, y si esa situación
se prolongaba mucho tiempo, sería un obstáculo que la privaría
de aceptar a otra persona que a su juicio poseyese las
cualidades necesarias para hacerla feliz.
No se apartaba de su imaginación la escena que había
tenido con Adam, acordándose de las últimas palabras que éste
pronunció, que resonaban gratamente en su oído, en las que
expresaba, si no con palabras, con sus gestos y actitud, la
profunda simpatía que sentía por ella.
“Indudablemente—pensaba—, no se atrevió a decir más
porque sabía el convenio que tengo pendiente con William;
pero si no fuese por eso, me hubiese declarado su amor."
Si él se sentía atraído hacia ella, tampoco ella retrocedería
ante él, porque creía posible que ese fuese el hombre que
llegaría a inspirarla una fe muy grande y al cual pudiese confiar
su vida.
Estaba convencida de que no procedería mal siguiendo
relaciones de amistad con Adam, ya que su trato le era muy
agradable y que el compromiso contraído con William no se lo
impedía.
Todas las lardes daba un paseo por la orilla del mar,
contemplando el horizonte por donde la “Pretty Mary" había
desaparecido. Una de esas tardes encontró en el paseo algunas
amigas y se reunió con ellas. Al llegar a los escarpes rocosos
del litoral vieron a Adam frente a su caballete; todas se
acercaron por curiosidad para ver el cuadro que estaba
28
La Isla de la Paz y de la Guerra
pintando. Adam suspendió su trabajo para saludar a Mary y se
entabló animada conversación entre todos.
En una de las muchachas que allí estaban surgió la idea de
subir a lo alto de las rocas, y todas, sin excepción, la acogieron,
con alegría y empezaron a subir; pero notando que Mary no se
decidía a acompañarlas la llamaron para que subiese también.
—Señorita, dejaos convencer — murmuró Adam.
—¿No sería mal visto por los que están ausentes?—replicó
ella.
—Los que están ausentes, si realmente sienten por usted
verdadero afecto, no querrán que se prive de nada que le pueda
agradar.
—Pues bien, vamos.
Después de una larga ascensión, en la que tuvieron que
salvar muchos obstáculos, asegurando los pies en las rocas y
agarrando con las manos los salientes de éstas, que en algunos
trechos estaban casi verticales ofreciendo serios peligros de un
accidente al menor descuido, habían alcanzado la afortunada
meseta, rodeada de charcos de agua y salpicada de espuma por
las olas que chocaban contra ella sin cesar.
Mientras las demás excursionistas recorrían alegremente las
rocas, subiendo sin temor a sitios más altos y saltando de peña
en peña para salvar algún arroyuelo, Mary y Adam se quedaron
descansando en la meseta.
Las aguas azules bañaban indolentemente los pies de los
escarpes. Mary detuvo los ojos, encantada, sobre esta
inmensidad soberbia, y una exclamación se le escapó:
—¡Qué bello es esto!
El viento y el ejercicio que había hecho al subir a la meseta
prestaban tal encanto a su semblante, que Adam, extasiado, no
cesaba de contemplarla.
—Efectivamente—replicó Adam—; es un espectáculo
grandioso del que podremos disfrutar muchas veces.
—-No serán muchas—dijo Mary con tristeza.
—¿Por qué?
29
José Mesa Ramos
—Porque pueden presentare circunstancias que lo impidan,
y además...
—Además—interrumpió él—no podéis responder de cuál
será vuestra situación cuando regrese la “Pretty Mary”.
Había acabado la frase interrumpida instintivamente en la
convicción de que el matrimonio de esta seductora mujer
estaba próximo. Sintió en seguida haber pronunciado estas
palabras temiendo haberle parecido indiscreto. Pero, sin duda,
ella no lo juzgaba así, parque sus pupilas límpidas se
detuvieron francamente ante él con esta pregunta: “¿Queréis
decir que me casaré? Es posible, pero no seguro.” Y por sus
labios corrió una indefinible sonrisa, extraordinariamente
atractiva.
Después continuó:
—Temo ser algo romántica. Para casarme soy difícil de
contentar; será necesario que por el hombre al que una mi
suerte tenga en el corazón tanta fe y estimación que no vacile
en darle mi vida; tal ambición parece que es orgullosa. Quizá
los años se encargarán de corregirme, pero hoy domina todo mi
ser.
—Vuestro deseo es muy justo—contestó Adam.
Algo en él protestaba al pensar que quizá en el porvenir no
la volvería a ver; tuvo una instintiva mirada hacia la forma
esbelta, hacia la encantadora figura a la que el viento agitaba el
oro rubio de sus cabellos.
Los dos estaban sentados sobre las rocas; el momento era
propicio para una declaración, pero no se atrevió.
En este instante llegaron los demás excursionistas, y todos
reunidos descendieron y se dirigieron al pueblo.
* * *
Adam prolongaba su estancia en Worthing más tiempo del
que se había propuesto, y la causa de ello no era obra que la
profunda emoción que Mary había producido en su corazón.
30
La Isla de la Paz y de la Guerra
Muchas atenciones de sociedad y del arte reclamaban su
presencia en Dublín. Con frecuencia recibía cartas quejándose
de su tardanza en la entrega de encargos de sus artísticas obras
pictóricas, recibiendo también invitaciones de sociedades y de
amigos para asistir a fiestas y reuniones. Esta tardanza no podía
prolongarse, siendo preciso ponerle término, so pena de quedar
en mal lugar con su clientela y de aislarse completamente del
ambiente en que siempre había vivido. Muchas veces intentó
marcharse y otras tantas desistió, contenido por una fuerza
misteriosa e iresistible. Como esta situación no debía sostenerla
más tiempo, haciendo un gran esfuerzo se decidió a partir.
Ultimamente el correo le trajo una carta de la baronesa de
Simpson, viuda del célebre general Moore, invitándole a una
fiesta que iba a celebrarse en sus salones con motivo de
presentar en sociedad, por primera vez, a su hija.
Llego, pues, el día en que Adam fue a casa de Mary para
despedirse.
Visiblemente emocionado, le dijo:
—Desde que tuve la dicha de verla, me ha inspirado usted
una profunda simpatía, y esta simpatía aumentó con su afable
trato hasta el punto de transformarse en un sentimiento más
íntimo que no me he atrevido a expresarle hasta hoy.
—¿Y por qué no se decidió a expresar ese sentimiento?—
replicó Mary con la sonrisa en los labios y sospechando el
motivo.
—Porque—contestó él—sabía que usted tenía pendiente
con William un compromiso que le impedía aceptar por el
momento relaciones amorosas.
—Sin embargo—dijo Mary—, yo creo que cuando un
sentimiento arraiga en el corazón no se debe ocultar, sino que,
por el contrario, debe dársele franca salida al exterior y
manifestado inmediatamente, cualesquiera que sean las
circunstancias que concurran para que el resultado fuese un
fracaso, sobre todo cuando éste no pudiera ser definitivo,
31
José Mesa Ramos
puesto que mi compromiso con William es provisional y lo que
sucediese depende, en último término, de mi voluntad.
—Pues si usted lo piensa así, ¿puede darme la esperanza de
que no sería imposible que llegase a corresponderme en mi
vehemente anhelo de iniciar unas relaciones que conduzcan a
su felicidad y a la mía?
—A esa pregunta—replicó Mary—sólo puedo contestar
que la simpatía que le he inspirado es correspondida por mí con
el mismo sentimiento, y que mientras no se aclare mi situación,
a la cual usted ha aludido, no hay inconveniente en que
continuemos nuestras relaciones de sincera amistad. Del giro
que tomen los acontecimientos en el porvenir, que creo no
estará lejano, depende que estas relaciones se detengan, o que
se transformen en otras de carácter más íntimo, sin que pueda
asegurarse lo que sucederá.
—Las palabras que acaba de .pronunciar, aunque no
aseguran nada, me hacen concebir la esperanza de que pronto
se realizarán las ilusiones que forjó mi imaginación. Pero antes
de separarnos, como recuerdo de nuestra amistad, le ofrezco el
cuadro que estaba pintando cuando tuvimos la primera
entrevista, que no se aparta de mi mente, en el cual se
reproduce la costa y el mar de la dársena de Worthing,
destacándose como figura principal la goleta “Pretty Mary'’,
navegando hacia la isla de la Paz.
—Mucho agradezco su delicada atención al ofrecerme el
cuadro que para mí tiene un mérito de inestimable valor, no
sólo por ser un recuerdo de la sincera simpatía que había
nacido en aquellos instantes entre los dos, sino también por
representar fielmente el momento de la salida del barco en el
que mi hermano, a quien quiero entrañablemente, se encuentra
cruzando el Océano.
—Ambos recuerdos—añadió—se hallan convertidos, por
su extraordinario arte, en algo perenne e imperecedero en el
cuadro; pero por las razones que usted comprenderá, a pesar
32
La Isla de la Paz y de la Guerra
del inmenso valor que tiene para mí, no me parece prudente
aceptarlo.
Adam, reconociendo la razón que la asistía, no insistió,
lamentándose de no dejarle ningún recuerdo suyo.
—De todas maneras—continuó—ésta no es una separación
definitiva, y mientras no vuelva por este pueblo, como tengo el
firme propósito de hacerlo, la escribiré desde el sitio donde me
encuentre, pues me sería muy doloroso renunciar a unas
relaciones que tanto agradan a mi corazón.
La despedida de ambos fue muy afectuosa, quedándoles al
separarse una impresión tan extraña que parecía como si les
faltase algo que formase parte de su ser.
Al quedarse sola, Mary permaneció bastante tiempo
pensativa. No dudaba que Adam sentía verdadero amor por
ella; reconocía también en él cualidades que no había
encontrado en ningún otro hombre y que pudieran realizar su
felicidad; pero al pasar los recuerdos de su vida por su
imaginación, flotó de repente una visión. Veía a su amigo de la
infancia, a William, que pronto llegaría a Worthing y que en la
entrevista que con él celebrase tendría que tomar una decisión.
Como su manara de pensar en este asunto no había variado, en
medio de la pena que le causaba no poder corresponder a su
sentimiento, experimentaba gran alegría al pensar que no
tardaría en verse libre de este compromiso.
33
José Mesa Ramos
CAPITULO VIII
EN DUBLIN
La fiesta que se celebraba en los salones del palacio de la
baronesa de Simpson estaba en su apogeo. A los acordes de la
música se organizaban bailes que prestaban animación y
alegría juvenil a la reunión.
En el ángulo de uno de los salones se hallaba la baronesa,
rodeada de sus amistadas, que pertenecían a la más rancia
aristocracia. Recibía con afabilidad y distinción los saludos de
todos e intervenía sin vacilación, como persona acostumbrada
toda la vida al trato del gran mundo, en las conversaciones
frívolas e ingeniosas que se suscitaban constantemente. Esto no
impedía que, al mismo tiempo, siguiera con la mirada a su hija
Elizabeth que aquella noche hacía su entrada en sociedad y que
con ese motivo estaba muy acompañada y era cortejada por los
jóvenes de la reunión. De pronto experimentó un
estremecimiento de alegría al verla cruzar, bailando a los
acordes de un vals, con Adam, el cual era considerado como un
excelente partido por su abolengo, pues descendía de la antigua
y noble casa de los marqueses de Alborough, por la fama que
sus obras de arte habían alcanzado, y por su exquisito trato
social. La satisfacción de la baronesa subió de punto cuando
observó la animada conversación que sostenían y que después
del vals tomaron parte, juntos, en un rigodón. Por el
pensamiento de la baronesa cruzó la idea del matrimonio de su
bija con Adam, y no dudaba que se hallaba en camino de
realizarse, a juzgar par la intimidad con que se hablaban.
Terminado el baile, las parejas se diseminaron por el jardín,
que estaba profusamente iluminado. En uno de los bancos de
piedra se saltaron Elizabeth y Adam. Sofocada por la agitación
del baile y excitada por el bullicio de la fiesta Elizabeth estaba
verdaderamente hermosa, realzándose su belleza por su lozana
34
La Isla de la Paz y de la Guerra
juventud. Su aire distinguido no excluía la sencilla modestia de
su presencia que le prestaba nuevos encantos.
Adam, aunque acostumbrado a estas reuniones
aristocráticas, sin duda por el estado especial de su ánimo en
aquellas horas, subyugado por la dulzura de su mirada, por el
suave timbre de su voz y por su espléndida hermosura, sintió
una impresión tan honda que no pudo dejar de «expresarle su
admiración.
—Está usted encantadora—le dijo,
—¿Cuántas veces ha dicho usted esa frase a las muchachas
que conoce?—replicó Elizabeth.
—No puedo responderle exactamente; es posible que en
circunstancias análogas a las de ahora, al encontrarme ante una
belleza extraordinaria como la que usted ostenta, habré
prorrumpido en exclamaciones de asombro análogas a la que
usted me ha inspirado en este momento; pero lo que sí le
aseguro es que mis palabras no son una lisonja, sino la
expresión de la verdad.
—De todas maneras—dijo ella—, le agradezco esos
elogios, que son inmerecidos, y que están dictados por la
galantería; y no quiero dejar de expresadle lo felices que han
sido para mí los momentos pasados en su compañía.
Después que Adam se despidió de Elizabeth fue a saludar y
presentar sus respetos a la baronesa, que le acogió con sus
sonrisas más benévolas.
—Hace bastante tiempo que le esperaba a usted por aquí,
mi querido Adam—dijo alargándole la mano, que él besó con
respeto—. Me parece que estaba usted muy a gusto en
Worthing y que no tenía prisa de regresar a Dublín, donde sus
buenas amistades le echaban mucho de menos.
—Efectivamente, —contestó Adam, —encontré allí
asuntos interesantes para mis trabajos que me obligaron a
retrasar el regreso.
—Es muy posible—asintió ella. Ahora, a ver si aplaza el
momento de lanzarse a esas correrías por la costa en busca de
35
José Mesa Ramos
apuntes para sus cuadros, y se dedica a cumplir con los que,
como a mí me sucede, estamos esperando con ansia ver sus
obras de arte reproducidas, en los seres que nos son queridos,
como es para mí el retrato de mi hija, que hace tanto tiempo
que le encargué y que había empezado usted a pintar, sufriendo
una larga interrupción a causa de su estancia en Worthing.
—Tiene usted razón, baronesa. Soy culpable de esta
demora, que sólo su bondad sabrá perdonar, y le prometo que,
para subsanar tan grave falta cometida por mí, reanudaré
inmediatamente ese trabajo, en el que pondré todos los recursos
de que dispongo para que salga con la mayor perfección.
—Mucho me alegrará que no ocurra nada que haga fracasar
sus buenos propósitos—dijo la baronesa.
—Solamente en caso extraordinario podría impedir que
cumpla mi promesa, y ese caso no se dará, probablemente.
En uno de los grupos que se habían formado se hallaba 1
marquesa de Livingstone, reputada como una de las mujeres
más hermosas de la sociedad elegante de Dublin. La rodeaban
muchos adoradores, reflejándose en ella la satisfacción que
experimental» viéndose objeto de tantas muestras de
admiración. Entre todos los que formaban el grupo, y que con
mayor entusiasmo y asiduidad la cortejaban, figuraba el conde
de Pommery, distinguido diplomático, agregado a la Embajada
de Inglaterra en Rusia, de donde acababa de regresar. El conde,
antes de emprender su viaje a la corte de los zares, había
iniciado relaciones amorosas con la marquesa de Livingstome,
que ésta secundaba con su agrado, aunque sin comprometerse a
adelantar les acontecimientos, por si aparecía algún otro
partido que la halagase más. Alentado por las esperanzas que
ella le daba, emprendió su regreso a Dublin para formalizar
estas relaciones y tratar de que su término fuese rápido y
favorable a sus pretensiones. No contaba con la coquetería de
la marquesa, que hacía problemáticos los cálculos sobre el
resultado de las cuestiones que se le planteaban.
36
La Isla de la Paz y de la Guerra
La marquesa, al mismo tiempo que atendía amablemente a
las conversaciones del grupo en un ambiente de alegre
frivolidad, lanzaba furtivas miradas al sitio donde se
encontraba la baronesa de Simpson, de la cual en aquel
momento, estaba Adam despidiéndose, y al notadlo se levantó
y se dirigió a su encuentro, obligándole a que se detuviese.
— ¡Tengo un verdadero placer en saludada, marquesa! —
exclamó Adam.
—Y yo experimento una sorpresa muy agradable al
encontrarle a usted aquí, como la experimentarán sus
amistades, que ya iban perdiendo la esperanza de volverlo a
ver. Ninguna de sus ausencias ha durado tanto tiempo como
ésta, y eso obedecería tal vez a que, además de las bellas
perspectivas que en Worthing ha trasladado a sus cuadros,
habría otro interés.
—De ningún modo—contestó Adam.
—¿Es verdad? ¿No ha dejado allí ningún recuerdo
especial?
Esta pregunta tuvo la virtud de evocar en la mente de Adam
la imagen de Mary.
—-No; no he dejado allí ningún recuerdo especial—contestó
mintiendo, contra su costumbre.
—Me alegro, porque sospechaba que volviese usted con
novia. Ahora están de enhorabuena las muchachas, entre las
cuales cuenta usted con grandes simpatías. Sería lástima que se
hubiese quedado por aquellas tierras tan apartadas de las
nuestras que por muchos atractivos que tengan carecen del
encanto de Dublín, siempre en fiestas, y que ofrece
innumerables placeres a todos los que pertenecen a muestra
sociedad.
—Voy creyendo que, efectivamente, no ha dejado en
Worthing nada que pudiese ejercer sobre usted una atracción
irresistible, porque si fuese así, no revelaría su semblante la
satisfacción que le embarga. ¿A qué obedece esa satisfacción?
37
José Mesa Ramos
—¿A qué ha de obedecer —replicó Adam—, sino al grato
efecto que en mi ánimo ha producido el volver a ver a mis
amigos? Mucho me acordaba de los agradables momentos que
aquí se pasan y deseaba terminar los trabajos que en Worthing
me detenían para reanudar mi vida de sociedad.
—Esa satisfacción —dijo la marquesa— se me figura que
se la ha producido principalmente la conversación, al parecer
muy interesante, que ha sostenido durante tanto tiempo con
Elizabeth, prescindiendo de las demás jóvenes que se hallan en
el salón.
—Si con lo que usted acaba de decir, marquesa, quiere
usted insinuar que la conversación que he tenido con Elizabeth
tuvo un carácter que sobrepasaba el de una conversación
corriente, siento decirla que está en un error. Mis relaciones
con Elizabeth no pasan de una sincera amistad y el haber
estado tanto tiempo con ella obedece tan sólo al agrado que me
producían sus atractivos persornales y su interesante
conversación.
—Pero esa asiduidad —replicó la marquesa— con una sola
persona es algo sospechosa para Elizabeth y para usted, y nada
tiene de extraño que los concurrentes, para los cuales no ha
pasado desapercibida la actitud de Elizabeth y la suya, hiciesen
sobre ellas comentarios muy sabrosos, suponiendo que no
tardarían en hacerse públicas estas relaciones.
—Ya sabe usted, marquesa, con cuanta frecuencia los
concurrentes a estas fiestas de sociedad se equivocan en sus
prematuros juicios, y en este caso puedo asegurarle que ni a
Elizabeth ni a mí nos ha pasado por la imaginación otra idea
que la de disfrutar unos momentos agradables, haciéndose tan
interesante nuestra conversación que se nos pasó el tiempo sin
sentirlo.
Insistiendo en su opinión de que los rumores que acerca de
esto habían circulado por los salones de la casa de la baronesa
no carecían de fundamento, se despidió de Adam, no sin antes
38
La Isla de la Paz y de la Guerra
dejar de dirigirle una penetrante y dulce mirada acompañada de
una alegre sonrisa.
Al separarse formó el propósito de hacer fracasar las
relaciones que ella creía habían empezado entre Adam y
Elizabeth, y discurriendo el medio da que se valdría para
conseguirlo se retiró a su palacio.
¿Qué objeto se proponía con esta actitud? ¿Estaba
enamorada de Adam? ¿Obedecía, por el contrario, a un instinto
de maldad que la arrastraba a destruir la dicha de sus
semejantes? Estas dos versiones eran posibles; la primera, sería
disculpable; la segunda, despreciable; la primera, estaría
inspirada por el amor; la segunda, por la envidia y, como
consecuencia, por el odio.
Al día siguiente, cuando Adam se despertó, vino a su
imaginación, la fiesta a que había asistido y la grata impresión
qne le había producido Elizabeth.
Ahora, libre de la influencia de sus atractivos, su
imaginación recobró la libertad y voló hacia Worthing,
fijándose en la deseada figura de Mary, a la cual había sido
infiel durante la fiesta, pues si bien no tenía expreso
compromiso con ella, lo tenía tácito, puesto que se habían
acercado sus corazones, quedando en realidad diferida la
expresión de un afecto más íntimo hasta el momento, que no
estaba lejano, de que las causas que lo impedían
desapareciesen.
Desvanecida esta preocupación y fijo su pensamiento en
Mary, le escribió lo siguiente:
"Querida Mary: Después de despedirme de usted, su
imagen no se separó un momento de mí, acompañándome a
todas partes durante el viaje, y desde que llegué a Dublín
teniéndola presente constantemente en todas las ocasiones, en
las horas que dedico al estudio inspirándome en mis trabajos y
en las fiestas a las que me veo obligado a concurrir, no porque
tenga gusto en ello, sino por la necesidad de no apartarme de la
sociedad y para distraerme de la pena que me produce el
39
José Mesa Ramos
hallarme ton lejos de usted y no saber cuándo será el día en que
tendré la inmensa dicha de volver a verla, reanudando con
mayor intensidad y haciendo más íntimas nuestras relaciones
de amistad.
"Con esta ausencia, el afecto que por usted he sentido desde
que la conocí se ha arraigado más en mi corazón y no se aparta
nunca de él.
"Estoy deseando vivamente recibir su carta, en la que me
manifieste que ya puede disponer libremente de su voluntad;
porqué ella será la alegre mensajera de mi dicha. La
incertidumbre en que me encuentro del giro que tomarán
nuestras relaciones produce en mi ánimo un estado de
intranquilidad y excitación que me atormenta constantemente.
Por eso le ruego que tan pronto pueda calmar mi ansiedad me
lo comunique.
’’Con la esperanza, que siempre tengo fija en mi mente, de
que lo que constituye el ideal de mi vida llegará a realizarse,
sabe que la quiere siempre y no la olvida ni un momento.
Adam".
* * *
Transcurridos algunos días desde que Adam había escrito a
Mary le extrañaba sobremanera no haber recibido todavía
contestación a su carta. ¿Sería debido a que en ella hubiese
disminuido su afecto? ¿Obedecería la tardanza al regreso de
William, y que, en su consecuencia, viese en el amigo de su
infancia la persona elegida para hacerla feliz?
Preocupado con tales pensamientos, recibió una invitación
de la baronesa de Simpson para tomar el té en su casa. A esta
invitación no podía negarse, y además, la distracción que eso le
proporcionaría sería un eficaz calmante para el estado
intranquilo de su ánimo, alejando de él los temores que le
infundía el silencio de Mary.
40
La Isla de la Paz y de la Guerra
En la casa de la baronesa se encontró rodeado de un círculo
de amigos que más o menos embozadamente aludieron a la
preferencia con que distinguía a Elizabeth y a la complacencia
con que ella le correspondía. A esto contestaba que los
acontecimientos no iban tan deprisa como imaginaban y que
sus citaciones se reducían, a un afecto de pura amistad, sin otra
trascendencia.
De nada valieron estas palabras y pronto corrió por la
reunión, con expresiva satisfacción de la baronesa, la noticia de
que no tardarían en hacerse oficiales las relaciones de su hija
con Adam.
¿Qué pensaba de todo esto Elizabeth? ¿Estaba enamorada
de Adam? Nada podía asegurarse; experimentaba, sí, por él-un
tierno afecto de simpatía y sabía que, por las cualidades que le
adornaban, cualquiera de las jóvenes a la que se dirigiese, por
elevada que fuese su posición, no lo rechazaría y, por el
contrario, muchas lo aceptarían sin vacilación.
La realidad era que todavía no se había transformado la
amistad en el movimiento irresistible que acerca dos corazones
por el amor, pero en eso no se fijaba la sociedad, que seguía
extendiendo la opinión de que no tardarían en hacerse públicas
estas relaciones, llegando algunos a asegurar que ya existían,
aunque en secreto; y rodando y aumentando la bola de nieve,
llegó hasta las redacciones de los periódicos de la localidad;
uno de ellos, en su sección dedicada a las noticias de sociedad,
intercalaba la siguiente:
“Háblase de que en fecha próxima será pedida la mano de
la bella hija de una baronesa que recientemente ha sido
presentada en sociedad, para un inteligente y afamado pintor de
ilustre abolengo”.
Esta noticia, que leyó Adam en el periódico, no le produjo
la mala impresión que podría suponerse al ver que con ella se
pronosticaban acontecimientos que ni de cerca ni de lejos
habían pasado por su imaginación, pero ante el desaliento que
le causaba el silencio de Mary, atribuyéndolo a causas que le
41
José Mesa Ramos
hacían sospechar de que su afecto persistiese, se encontraba en
una disposición de ánimo propensa a la indiferencia.
Durante la reunión conversó con Elizabeth tan afablemente
corno durante la fiesta nocturna de su presentación en sociedad,
admirando su belleza y su amable trato, corm-ipondiendo ella
en !>a misma forma y procurando él así distraer su
imaginación de la que no se apartaba nunca el recuerdo de
Mary.
Estos deliciosos momentos que estaban disfrutando fueron
interrumpidos por la marquesa de Livingstone, que se acercó a
ellos para invitarles a una partida de whist. Aceptaron, y se
organizó el juego, echando a la suerte para saber quiénes
habían de ser compañeras, correspondiendo serlos la marquesa
y Adam contra Elizabeth y él conde de Pommery.
Durante el juego procuró la marquesa que se cruzasen
frases relativas a las nacientes relaciones de Adam con
Elizabeth, y tan marcado interés mostraba en suscitar este
asunto, que el conde, adorador constante de la marquesa, llegó
a sospechar si ésta tendría interés especial por Adam,
revelándose en el gesto de su semblante y en las palabras que
pronunciaba, el mal efecto que le causaba la asiduidad de la
marquesa; el malestar aumentaba al ver que Adam, esquivando
una afirmación que pudiera comprometerle con Elizabeth y
para convencer a todos de lo infundado de sus sospechas,
extremaba las atenciones y amabilidad con la marquesa,
dirigiéndole frases de elogio alusivas a su extraordinaria
belleza.
Terminó el juego resultando que la partida había sido
ganada por elí conde y por Elizabeth; al ver esto la marquesa,
exclamó alegremente:
—Afortunados en el juego, desgraciados en amores, y
como nosotros —agregó— hemos perdido, si es verdad el
refrán, tenemos que ser afortunados en el amor.
La locuacidad de la marquesa era extremada y llamaba la
atención, pues no tenía costumbre de ser tan expresiva. La
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La Isla de la Paz y de la Guerra
contrariedad producida en el conde por las insinuaciones de la
marquesa fue en aumento y Elizabeth, aunque procurando
dominarse, no dejó de traslucir su disgusto, no por celos al
sospechar que la marquesa estuviese enamorada de Adam y
que por eso tratase de entorpecer las relaciones, porque tal
sospecha no la preocupaba desde el momento que sus
sentimientos por él no tenían ese carácter, sino porque estando
la marquesa como los demás concurrentes a la reunión, en la
creencia de que esas relaciones se hallaban en camino de ser
más íntimas y de llegar a convertirse en relaciones amorosas,
parecía que ponía los medios para que fracasasen; ¿por su
propio interés?, ¿por el gusto de hacer mal? Fuese por lo que
fuese, si la intención de la marquesa prosperase y diese los
resultados que al parecer buscaba, quedaría Elizabeth en una
situación desairada, como vencida por una rival, y eso en una
joven de tan relevantes condiciones, perteneciente a la buena
sociedad irlandesa, revestía caracteres de suma gravedad.
43
José Mesa Ramos
CAPITULO IX
LA BORRASCA
Al desaparecer en el horizonte la Pretty Mary, se encontró
en alta mar navegando con todo su velamen desplegado,
empujado por la brisa favorable del Nordeste, que presagiaba
una travesía excelente. Esta brisa persistía, llenando de
optimismo los corazones de los navegantes.
Gran júbilo sintió John al verse llevado por su barco a
través de aquel mar un poco agitado. Sin embargo, algunas
veces le preocupaba la idea de aquellos abismos, que no tenían
más que abrirse para tragar el barco que constituía toda su
fortuna. Mas ¿por qué le asaltaba esta preocupación que nada
justificaba? La Pretty Mary era un barco sólido, un velero
excelente que se comportaba muy bien en el mar.
La brisa del Nordeste se mantuvo hasta las tres de la tarde
del día 2 de Mayo, disolviendo las nubes de las altas zonas de
la atmósfera, después de doce días de navegación, por lo que el
velero debiera hallaras a pocas millas de distancia de la isla de
la Paz, aunque todavía no había sido señalado di faro del puerto
próximo.
Entre las cuatro y las cinco de la tarde, la decoración
cambió repentinamente; se observó una fuerte depresión
atmosférica; gruesos pelotones de vapor comenzaron a rodar
hacia el Este. Bien pronto tomó el cielo mal aspecto; las nubes,
de líneas duras y contornos espesos, venían con gran rapidez;
un temporal impetuoso se estaba formando.
—No me guata esto —dijo el capitán volviéndose hacia el
Oeste.
De pronto la Pretty Mary sufrió un violento vaivén a
impulsos de una ola gigantesca; el timón tenía ya poca acción y
gobernarle llegó a ser difícil. De vez en cuando las rachas del
Este llegaban con más frecuencia, levantando el agua
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La Isla de la Paz y de la Guerra
pulverizada de la superficie del mar; en el horizonte se
extendían las nubes, a las que los rayos del sol, que declinaba,
hacían aparecer más negras por contraste; al aspecto era
amenazador.
El capitán tomó las precauciones que la prudencia
demandaba y dispuso las maniobras convenientes para hacer
frente a la tempestad; de nada le valió; el huracán asaltaba la
Pretty Mary desplegando una impetuosidad devastadora.
Desde la caída del sol ensombrecióse profundamente el
cielo; en un instante el barco fue sacudido de la quilla a los
mástiles; las olas, contrariadas en su ondulación, se
precipitaron a la vez sobre avante y sobre los costados del
buque cubriéndole de espuma. Todo fue trastornado desde el
cabrestante hasta el timón, llegando a ser difícil mantenerse en
el puente; el timonel tuvo que sujetarse y los marineros se
resguardaron en el castillo de proa; la impetuosidad del viento
arrastró el buque mar adentro a muchas millas de distancia.
Las cosas tomaban un aspecto muy grave; en vano él
capitán había intentado colocar el barco de forma que sólo
presentase la proa a las olas; por desgracia el pequeño foque y
el contrafoque, así como el palo bauprés, fueron arrebatados;
una hora después los masteleros, las vergas y las velas
mayores, gavias y juanetes se vinieron abajo; bruscamente el
buque se acostó sobre estribor.
El capitán, en la imposibilidad de enderezar la goleta y
temiendo que se hundiera, hacía sus preparativos para
abandonarla; se descendieron dos chalupas al mar; preciso era
embarcar sin perder un minuto.
John lo comprendió al oírse llamar por el capitán.
¿Abandonar la goleta? —se decía— No, ¡esto no podía ser!
Tenía a su lado a William, a quien le expuso su firme propósito
de arrostrar el peligro siguiendo la suerte del barco; éste, unido
a el por el fuerte lazo de una amistad de toda la vida, le replicó
que tampoco abandonaría el barco.
45
José Mesa Ramos
Viendo que no respondían, el capitán recorrió todos los
departamentos del barco que en aquellos momentos eran
accesibles, sin encontrarlos; los llamó a gritos repetidas veces,
los marineros también los llamaban dando voces de alarma. La
catástrofe era cada vez más inminente; fuertes olas arrasaban la
cubierta destruyéndolo todo; el barco acababa de inclinarse
bajo un formidable golpe de mar, siendo de temer que se
volviese con la quilla al aire. No había tiempo que perder.
Puesto que John y William no respondían, era de suponer que
indudablemente habían sido arrastrados por las olas.
Al observar que la goleta empezaba a sumergirse, la
tripulación, los pasajeros y el capitán se precipitaron en las
chalupas de salvamento; fueron largadas en seguida las amarras
y se alejaron rápidamente para no ser devorados por el
remolino que formaría el barco al hundirse.
John y William estaban amenazados de ser víctimas del
mar enfurecido. Sin embargo, sentíanse sostenidos por un
extraordinario presentimiento de confianza. ¡Qué ideas les
asaltaron!
Por última vez quizá, pensaban en los seres que amaban;
John en su hermana y en su prometida, William en Mary,
imploraron socorro de Dios. La inclinación de la banda de la
Prety Mary no se acentuaba, el hundimiento se detuvo, lo que
alejaba todo peligro inmediato. Por fortuna el casco estaba
sólidamente construido y pudo resistir a los embates del
temporal, que al poco tiempo empezó a calmarse.
A lo lejos no se divisaba ni un barco, ni una lancha de
pesca, ni señales de tierra. El viento ya no era tan impetuoso y
el mar estaba tranquilo. Como la temperatura era muy baja
descendieron al camarote; fatigados por aquellas horas de
angustia, incapaces de resistir al sueño, se envolvieron en las
mantas y tendidos, no tardaron en dormirse; su sueño duró
hasta la mañana del siguiente día; al despertar se encontraron
en alta mar, sin divisarse señal alguna de tierra en el horizonte.
Con los instrumentos marinos y con las cartas geográficas que
46
La Isla de la Paz y de la Guerra
se habían salvado del naufragio, fijaron da situación del barco
y vieron que la costa debería hallarse próximamente a 200
millas de distancia; si el barco hubiese conservado la
arboladura, esta distancia, con viento favorable, la salvaría en
tres días; pero sin gobierno el buque y hallándose a merced
solamente de las olas y de los vientos que dominasen y que lo
empujarían en todas direcciones, no podían imaginar cuanto
tiempo se prolongaría esta angustiosa situación.
Por de pronto, como disponían de víveres abundantes que
les permitirían resistir bastante tiempo, no perdían la esperanza
completamente de encontrar algún barco que los salvase.
Así transcurrieron varios días, hasta que en la madrugada
del 30 de Mayo vieron con inmensa alegría que, con velas
desplegadas y empujado por un viento favorable, se dirigía
hacia el lugar donde ellos se hallaban un bergantín que no tardó
en abordar al barco náufrago, saltando sobre su cubierta el
capitán y parte de su tripulación. Después de enterarse de lo
ocurrido a los náufragos, el capitán les manifestó que el
bergantín que mandaba pertenecía a Richard Smith, dueño de
los principales astilleros de Roclland, capital de la nación de la
Paz, y que a este puerto se dirigía, a donde pensaba llegar
pronto. Al oír esto, en medio de las penalidades que habían
padecido, tuvieron el consuelo de saber que no tardarían en
pisar tierra fírme.
Inmediatamente, el casco de la Pretty Mary, cargado con
los restos de la arboladura y velamen destrozados que habían
quedado sobre cubierta, fue remolcado por el bergantín, y
después de dos días de travesía entraba en la bahía,
dirigiéndose al muelle, donde atracaron.
Los vientos favorables que dominaban cuando la goleta
zarpó del puerto de Worthing, auguraban que arribaría
felizmente a la isla de la Paz en menos de dos semanas. Pero
transcurridos más de treinta días sin recibir noticias de su
situación, ni directa de los que en ella navegaban, ni indirecta
de las tripulaciones de los barcos que seguían
47
José Mesa Ramos
aproximadamente la misma ruta y que hacían escala en el
puerto de Worthing, era motivo para temer que la goleta había
sido destruida por algún temporal, pereciendo todos los que en
ella navegaban.
Pensando en esto John, y en la ansiedad y el desaliento que
como su consecuencia afligirían a su hermana y a su
prometida, las cuales seguramente habían perdido la esperanza
de que William y él se hubiesen salvado, lo primero que hizo al
desembarcar fue dirigirse rápidamente a la estación telegráfica,
transmitiendo a Mary y a Emma un cablegrama en el que les
participaba la terrible noticia del naufragio y su llegada con
William a Roclland.
48
La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO X
SITUACION DE JOHN
El fruto de incesante trabajo de toda su vida lo vio John
desaparecer bajo las olas; se encontraba arruinado, sin recursos
para volver a su patria y aunque alguien le facilitase el pasaje
para su regreso, ¿qué había de hacer allí, sin medios para
levantar su casa destruida entre las ruinas del desastre? En
Worthing se encontraría con los negociantes que le habían
proporcionado el material para la construcción de la goleta y,
aunque antes de partir había liquidado con con todos, quedaban
algunos con los que tenía deudas pendientes que no podría
satisfacer. Una solución sería la declaración de quiebra,
situación legal cuando, como sucedía en este caso, la quiebra
sería de buena fe. Pagando a sus acreedores con lo que
importase la venta del astillero de Worthing, con todas las
dependencias, maquinaria y enseres, no alcanzaría a cubrir la
cantidad que adeudaba; sin embargo, los acreedores tendrían
que conformarse con la parte proporcional que les
correspondiese, por tratarse de una quiebra legal.
Pero eso no lo quería John. Sus nobles sentimientos le
aconsejaban aún, a costa de los mayores sacrificios, saldar
todas las deudas íntegramente. ¿Cómo hacer? Por más que
discurría, no encontraba solución.
Lo único positivo en aquellos momentos era que se había
quedado sin recursos para hacer frente a la vida, viéndose
obligado a ganar el sustento con el producto de su trabajo,
habiendo descendido fulminantemente desde da posición que
antes ocupaba en floreciente prosperidad, hasta la de un
humilde obrero.
Otra solución que se le ocurrió consistía en ver si
encontraba comprador para la parte del barco que había
quedado aprovechable, y con el producto de esta venta,
49
José Mesa Ramos
añadido al que sacase de la venta de los astilleros de Worthing,
saldar completamente las deudas; esta sería la mejor solución.
Había necesidad de un guarda permanente en el barco, pues si
lo dejase sin vigilancia correría el peligro de ser despojado y
deshecho por la gente de mar, que encontraría a su bordo
materiales y objetos útiles para sus embarcaciones, pero no
tenía medios de pagar a este guarda.
* * *
Antes de decidir lo que tenía que hacer se dirigió a los
astilleros de Richard Smith, para dar las gracias al capitán del
bergantín y abonarle la prima que por el salvamento de la
Pretty Mary legítimamente le correspondía. En el momento de
llegar John, se hallaban reunidos en el despacho de los
astilleros el dueño de éstos y el capitán, que lo recibieron con
la mayor afabilidad.
Mr. Smith, ya enterado del desastre de que John era
víctima, compadecido de su terrible situación, le dijo que no le
cobraba nada por el salvamento del barco, el cual podía tenerlo
en uno de los diques de los astilleros mientras no decidía el
destino que le iba a dar.
La simpática presencia de John, su energía y la bondad que
se reflejaba en su semblante acabaron por interesarle, y
comprendiendo por las explicaciones que daba que poseía
grandes conocimientos de construcción naval, le propuso que
ingresase de empleado en su casa para desempeñar el cargo de
jefe de uno de los talleres, a lo que John accedió alegremente
dando vivas muestras de su profundo agradecimiento.
Con esto la situación de John se hallaba despejada, viviría
con su trabajo; no dudaba que con fuerza de voluntad y con
perseverancia iría mejorando su posición, y el porvenir, más o
menos lejano, no se le aparecía tan negro.
Transcurridos algunos días, empezó a dar los pasos
necesarios para realizar la venta del casco con todo do que
50
La Isla de la Paz y de la Guerra
contenía. Puso en conocimiento de Mr. Smith su propósito y
éste lo encontró bien, pero adviniéndole que estuviese
prevenido contra cualquiera maniobra de los compradores que
intentasen quedarse con el barco por un precio muy inferior a
su valor real.
—Yo creía —dijo John— que en esta nación, fundada en el
amor y en la justicia, no existiría la mala fe en los negocios.
—No sé —contestó Mr. Smith— si en las demás naciones
se vive mejor o peor que en ésta, pero puedo asegurarle que
aquí hay vicios y virtudes lo mismo que en todas partes; por
consiguiente debamos ponemos en guardia contra la gente que
obra mal.
Se anunció la venta en pública subasta de este barco,
fijando un precio determinado para que los licitadores pujasen
y adjudicarlo al que ofreciese mayor cantidad. En estas
subastas, como en todos los negocios, suele aparecer embozado
el espíritu del mal y en ésta se reveló al reunirse previamente
los postores que pensaban tomar parte en la subasta, los cuales
se pusieron de acuerdo para conseguir la compra, no por un
precio prudencial, sino usurario. Con tal objeto sus ofertas no
llegaron al tipo marcado y como a un precio inferior no tenía el
vendedor obligación de adjudicarlo, se declaró desierta la
subasta y se anunció la segunda sin precio tope.
La primera parte del juego había salido bien a los
licitadores confabulados. En la segunda subasta, no habiendo
competidores, podrían adquirir el barco por el precio que se les
antojase, que sería seguramente muy inferior a su verdadero
valor, perjudicando así al vendedor ton este procedimiento que
podía calificarse de robo.
Sospechando esta maniobra Mr. Smith delegó en un
empleado suyo de su confianza para que en el momento que
esas aves de rapiña se dispusiesen a echarse sobre su presa las
rechazase, pujando el precio hasta una cantidad que fuera
razonable.
51
José Mesa Ramos
En efecto, los postores trataron de llevar a cabo su
combinación y cuando parecía que lo iban a conseguir, se les
escapó la presa de sus garras y tuvieron que retirarse
abochornados al ver fracasados sus innobles intentos.
Después de esto Mr. Smith llamó a Adam a su despacho de
los astilleros y allí tuvo una entrevista con él
—No estoy arrepentido —le dijo— de la compra que hice
en la subasta, a la que acudí más que por afán de lucro por
salvarle del atropello que los licitadores pensaban cometer;
pero antes de entregarle la cantidad que ofrecí voy a hacerle
una proposición para que la medite y resuelva ,con arreglo a lo
que su criterio le aconseje. Esta proposición consiste en que
entre los dos formemos una sociedad, que tendrá por objeto
reconstruir y después explotar el barco. Este, aunque ha sufrido
desperfectos de consideración, está en buenas condiciones para
reconstruirse; el casco, la cubierta y todos los compartimientos
han permanecido intactos, habiendo resistido a la violencia del
temporal. La reparación será costosa, pero vale la pena de
emprenderla, porque las utilidades que pudieran obtenerse
cuando el barco estuviese apto para navegar compensarían con
exceso los gastos que se originasen; pero antes de hacerlo por
mi cuenta solamente quiero saber si estaría dispuesto a que lo
hiciésemos entre los dos, formando la saciedad que le indiqué.
Aportaría usted su buque tal como hoy se encuentra y yo
suministraría los fondos necesarios para su reconstrucción.
Cuando se terminasen los trabajos de reparación y
construcción, y tan pronto fuese lanzado el buque al mar, lo
dedicaríamos al transporte de viajeros y mercancías; las
utilidades empezaríamos a percibirlas, cada uno en la
proporción que le correspondiese, después que el capital
empleado en ellos hubiese sido amortizado, que yo calculo
sería dentro de dos o tres años.
Ante esta proposición vio John abierto el cielo de sus
esperanzas. Contemplar dentro de poco tiempo a su goleta
Pretty Mary balanceándose en las olas, era un sueño, pero
52
La Isla de la Paz y de la Guerra
sueño que podía convertirse en una realidad. No pidió tiempo
para reflexionar, sino que aceptó en seguida la proposición de
Mr. Smith, a quien le expresó al mismo tiempo un profundo
reconocimiento por todo cuanto había hecho en su favor.
53
José Mesa Ramos
CAPITULO XI
PREOCUPACIONES DE ADAM
Hallándose Adam en su casa pensando en las causas que
hubiesen motivado el prolongado silencio de Mary recibió
carta de ésta, que se apresuró a leer, y, que decía así:
“Mi querido amigo: Grande es mi satisfacción por las
frases de simpatía y amistad que hacia mí expresa en su carta.
Estas frases de sincero afecto, son un lenitivo a los
sufrimientos de que soy víctima en los actuales momentos. Mi
retraso en contestarle ha sido debido a la fuerte impresión que
me produjo la noticia del naufragio de la goleta Pretty Mary, no
sólo porque ocasionó la ruina de mi casa, quedando mi
hermano y yo desamparados, sino también por las angustias
que pasé hasta cerciorarme de que mi hermano había salvado
su vida. Todo esto produjo en mí tan penosa impresión que en
dos primeros días no pude ocuparme de nada, pensando en mi
situación y en la manera de normalizar mi vida.
“Mi situación, aunque triste, no es desesperada, pues no
pierdo la esperanza de que podré vivir con el producto de mi
trabajo. Estos reveses de fortuna no me afectan mucho, porque
tengo plena confianza en mis fuerzas y en mi voluntad para
dominar todas las contrariedades que se presenten.
“La diferencia en mi posición, antes y después del
naufragio, no la sentiré más que en el método de vida que
tengo que adoptar. Antes podía vivir holgadamente y disfrutar
de ciertas comodidades; ahora, no tendré esas comodidades y
me veré obligada a trabajar para ganar el sustento. ¿Es esto una
desgracia que pudiera producir mella en mi ánimo? De ninguna
manera. Las privaciones que tendré que soportar no me
causarán ningún malestar y el trabajo que ahora voy a efectuar,
aunque con más frecuencia y sujeción que antes, no me arredra,
porque en una forma o en otra siempre he trabajado, no
54
La Isla de la Paz y de la Guerra
habiendo permanecido nunca inactiva. Este descenso tan rápido
en mi fortuna, estoy segura que no influirá en el afecto que
siempre me ha demostrado, como no influiría en el que yo le
profeso, cualesquiera que fuesen las circunstancias prósperas o
adversas en que usted se encontrase; mis sentimientos no
variarán nunca y siempre conservaré grato recuerdo de las
agradables entrevistas que hemos tenido. Mary.
Cuando terminó la lectura de esta carta, se reflejó en el
semblante de Adam una gran satisfacción, al convencerse de
que el silencio de Mary estaba justificado, porque obedecía a
un motivo grave y porque las manifestaciones que hacía en su
carta alejaban sus temores de que ella hubiese variado de
actitud.
Si se dejase llevar de sus primeras impresiones,
emprendería inmediatamente el viaje a Worthing, para
consolarla en su desgracia y para que los sentimientos de amor
que, sin duda, en sus dos almas permanecían ocultos, se
desbordasen y los hiciesen felices.
La imagen de Mary se había fijado en su mente y lo
dominaba. Se apresuró Adam a contestar a Mary lo siguiente:
“Mi querida Mary: Hace bastante tiempo que esperaba su
contestación a mi carta; no sabía a qué atribuir su prolongado
silencio y por mucho que trataba de averiguar su causa, no
acertaba a explicarme esta tardanza. Muchas dudas me
asaltaban. ¿Había empezado a entibiarse el afecto que sentía
usted por mí? Me resistía a creer que eso 'sucediese, porque
comparando sus sentimientos con los míos, no considerando
los de usted inferiores a los que yo experimento, me parecía
imposible que aquella suposición se realizase. ¿Habría
regresado William, y en su entrevista con él el afecto fraternal
que ambos sentían se había transformado en algo más
profundo, que la indujese a desviar su imaginación del afecto
que por mí sentía, quedando reducido al de una sincera
amistad, perdiendo yo de este afecto lo que William había
ganado? Estas y otras dudas asaltaban mi imaginación, basta
55
José Mesa Ramos
que su carta vino a desvanecerlas y a convencerme de lo
infundado de mis sospechas. Nada tenía de extraño que la
horrible desgracia de que era víctima, le hubiese quitado los
ánimos en los primeros momentos de tener conocimiento de
ella, para ocuparse de otra cosa que de pensar en su triste
situación. Su silencio, por consiguiente, estaba plenamente
justificado, por lo que le ruego que me dispense si estuve a
punto de dudar de su cariño, que ahora estoy seguro que no ha
mermado en do más mínimo. Siento vivamente la tremenda
desgracia que le aflige y quisiera encontrar el medio de
consolarla, ofreciéndome sinceramente con toda mi alma para
aliviarla o remediarla.
"Cuando termine algunos trabajos de carácter urgente de
que me estoy ocupando, emprenderé inmediatamente el viaje a
Worthing para tener el placer de verla y expresarla
personalmente mis sentimientos hacia usted, que siguen siendo
los mismos que en nuestras entrevistas le he hecho
comprender.
"En cualquier momento, en cualquiera ocasión podría estar
segura de que acudiría instantáneamente en su auxilio, si los
servicios que pudiera prestarle le fuesen útiles.
“Adiós Mary; sabe que nunca la olvida. Adam".
Después de escrita esta carta una idea cruzó por su mente,
como negra nube que oscurecía el resplandor de su ilusión, que
le hizo exclamar:
—¿Y William? ¿Había regresado? ¿Se habían, por fin,
puesto de acuerdo? ¿Por qué Mary no le decía nada de esto?
Esta duda le atormentaba, siendo causa de que su primer
impulso de volar hacia Worthing se contuviese.
56
La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO XII
CONSTERNACION EN WORTHING
En el pueblo de Worthing, por los barcos que arribaban al
puerto y que habían seguido la misma ruta de la “Pretty Mary”
o que se habían cruzado con ella, se enteraban de su situación y
de la marcha que llevaba. Nada hacía sospechar que le
ocurriese el menor contratiempo. Sin embargo, cuando
transcurrieron quince días desde su salida sin tener noticias de
su llegada, las familias de los tripulantes y pasajeros
empezaron a sentirse intranquilas, siendo dominadas por una
ansiedad que subió de punto cuando los semáforos anunciaron
fuertes temporales y ciclones en las aguas por donde navegaba;
todos temían que hubiese ocurrido una catástrofe.
Estos temores fueron confirmados al recibir Mary, el día 28
de Mayo, el siguiente cablegrama:
“Barco sufrió fuerte temporal que le causó grandes
destrozos, habiéndose hallado en inminente peligro de hundirse
y quedando sólo el casco. La tripulación y los pasajeros, para
librarse de perecer ahogados, pues observaron que el barco se
hundía cada vez más, lo abandonaron, alejándose de él en dos
chalupas y quedándonos solamente nosotros. Fuimos
remolcados por un bergantín hasta el puerto de Roclland, de la
isla de la Paz, donde desembarcamos a las nueve de la
mañana.—John y William.”
Pronto se extendió esta terrible noticia por todo el pueblo;
la angustia que experimentaban las familias de los demás
náufragos fue inmensa, pues, probablemente, víctimas del
temporal, habían perecido todos.
Estas familias acudían diariamente a los muelles,
interrogando a los marinos de los barcos que entraban en el
puerto si sabían algo que hiciera concebir en ellas la esperanza
de volver a ver a sus seres queridos; pero los días transcurrían y
57
José Mesa Ramos
nadie traía la menor consoladora noticia; con profundo dolor
tuvieron que sufrir la pena de que ya no podían contar con ellos
en este mundo.
Many no perdió la serenidad; es verdad que la desgracia
para ella no fue tan irremediable, porque su hermano pudo
salvar la vida, aun cuando, seguramente, el naufragio había
arrebatado la fortuna que a ambos pertenecía; pero con la
fuerza de voluntad y con la actividad, que eran las
características de ella y de John, podrían, con el tiempo,
rehacerla, y, si no lo consiguiesen completamente, no había
motivo para preocuparse, pues los dos eran de tal condición,
que se amoldaban sin violencia a todas las situaciones en que
se encontrasen, por adversas que fuesen.
Algunos de los parientes próximos de las presuntas
víctimas del naufragio, pensando en la inmensa desgracia que
les afligía y buscando con la imaginación las causas del
tremendo desastre, llegaron a sospechar que las condiciones
marineras del barco fuesen deficientes. Una vez acogidos a este
aventurado juicio, al que le daba más fuerza la posibilidad de
que fuese cierta la consideración de que otros naufragios
habían ocurrido por la misma causa, hacían recaer la culpa de
su desgracia en el dueño del barco, y no, como sería natural en
la furia de los elementos desencadenados, de una tempestad
ante la cual los barcos más resistentes tienen que sucumbir, ni
en la temeridad de sus familiares, que habían emprendido un
viaje expuesto a semejantes peligros.
Esta idea se extendió por todo el pueblo, y así como antes
la casa de John se veía diariamente muy concurrida por todos
los que se interesaban por la suerte de la goleta, para adquirir
noticias y cambiar impresiones sobre la situación en que se
encontraba, se vio de pronto abandonada, haciéndose el vacío
alrededor de Mary, que al darse cuenta de los motivos de tal
desvío no pudo por menos que sufrir un intenso dolor; a su
mente acudían muchos razonamientos que llevaban a su ánimo
la convicción de que cuantos pensaban así se equivocaban
58
La Isla de la Paz y de la Guerra
completamente. ¿Sería posible que el buque estuviese mal
construido? Eso no lo podía concebir. Ella presenció todas las
operaciones que se llevaron a cabo para su construcción; la
mano de obra y el ajuste de todas las piezas no podían ser más
perfectos; el material era del más resistente, y como prueba
decisiva de lo infundado de las sospechas que habían
impresionado a las familias de los náufragos bastaría la fama
que de bueno y excelente constructor había adquirido John,
gracias a lo cual los talleres de su astillero eran siempre
preferidos por todos los que tenían necesidad de los trabajos
que en esta dase de talleres se realizaban.
Estas consideraciones, si es verdad que convencían a Mary
de lo infundado de tales sospechas, no la tranquilizaban
completamente en los primeros momentos, porque sabía que,
lanzada imprudentemente una especie que perjudique a un
buen nombre noblemente adquirido, difícilmente desaparece,
por muy sólidas que sean las razones aducidas para destruirla;
siempre queda la duda, que germina con frecuencia en los que
piensan mal, y esta duda sigue dañando implacablemente a las
personas injustamente calumniadas, que se ven impelidas a
sufrir constantemente sus consecuencias.
Esto le pasaba a Mary; pero como se trataba no de una
mujer vulgar, sino de un ser excepcional con una fuerza de
voluntad y una entereza que se sobreponía y hacía frente a
todas las adversidades, por crueles que fuesen, examinó
serenamente su situación, y pensando que el tiempo 1 acabaría
por darle la razón y que la verdad se abriría paso a través de esa
atmósfera hostil que se había formado a su alrededor, se
decidió a esperar con tranquilidad los acontecimientos.
La situación- de Mary no podía ser más dolorosa. El
porvenir risueño que antes esperaba, transformado en un
porvenir de penalidades y de incertidumbres; para poder
subsistir tenía que buscar trabajo, y para agravar tan
desesperante situación, la calumnia que se cernía sobre su
hermano, la cual sería un obstáculo para que en el pueblo
59
José Mesa Ramos
pudiese encontrar el trabajo que necesitaba, viéndose en la
precisión de abandonarlo para poder vivir y para huir de la
atmósfera malsana que en él respiraba en aquellos momentos.
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La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO XIII
NOTICIAS DE ROCLLAND
Algunos días después de recibir Mary el cablegrama con la
fatal noticia del naufragio de la goleta, recibió la carta de
Adam, que en medio de su pena fue un rayo de consuelo. No
estaba su ánimo para contestarla en seguida, y antes de hacerlo
quena ver la verdadera situación en que quedaban los dos, y
también la actitud de William después de los desgraciados
acontecimientos ocurridos. Esperaba carta de su hermano, en la
que éste aclarase la situación en que quedaban. Llegó, por fin,
la ansiada carta; en ella, John, después de hacer una relación
detallada y minuciosa de las desgraciadas peripecias por que
había pasado y de las penalidades que había sufrido, le hacía
ver la desastrosa situación presente, que le obligaba a vivir con
el sueldo que tenía asignado en los astilleros de Richard Smith,
y la esperanza que tenia de que, si la suerte le favorecía en el
porvenir, consiguiese ver rehabilitada su fortuna, agregando lo
siguiente:
“En la isla de la Paz no existe la paz, puesto que ha
estallado en ella una guerra civil de graves proporciones, y esa
guerra fue declarada porque en dicha isla no se disfruta del
bienestar que pregonaban los pacifistas de Worthing, teniendo
las personas los mismos vicios y virtudes, las mismas pasiones
buenas y malas que en cualesquiera otra parte del mundo. Esa
paz tan deseada no aparece en ninguna parte de una manera
permanente, sino transitoria.
William piensa demorar su regreso a Worthing,
prefiriendo continuar algún tiempo en Roclland para enterarse
de la organización de los trabajos y de los perfeccionamientos
introducidos en la construcción de los barcos, con el objeto de
aprovecharlos después en su astillero. Me extraña que no te
haya vuelto a hablar del afecto que sentía por ti, por lo que
61
José Mesa Ramos
deduzco que su interés ha decaído. ¿Por qué? ¿Será acaso por
vernos arruinados? Me resisto a creerlo en este amigo tan
antiguo, con el que nos une un cariño verdadero y sincero; pero
no dejo de admitir que el egoísmo, tan extendido por el mundo,
hubiese envenenado su corazón. Sin embargo, no me atrevo a
asegurado. Otra debe ser la causa.
Supongo que no te afligirás por este desengaño, porque me
parece que no estabas muy dispuesta a corresponderse.’’
Mary no se inmutó al terminar la lectura de la carta. Antes
de recibirla ya se había imaginado toda la magnitud del
desastre de que habían sido víctimas, y como por su entero
carácter nada había que quebrantare su ánimo, se propuso hacer
frente con serenidad a cuantas adversidades se presentasen.
Lo que la sorprendía, por lo inesperado, era el brusco
cambio de actitud de William, que no armonizaba con el hondo
afecto y las incesantes protestas que le había hecho de su
inmenso cariño; pero eso no le apenaba, porque un secreto
instinto le decía que ese no era el hombre que pudiera hacerla
feliz, y, creyéndolo así, fue el motivo que le indujo a aplazar su
decisión.
* * *
El mismo día que recibió Mary una carta de su hermano,
recibió también otra Emma, en la cual le decía:
“Mi querida Emma: Ya estarás enterada por Mary de que
los embates del destino se han lanzado contra mí, destruyendo
la tranquilidad de que disfrutaba y el capital que durante toda
mi vida había ido formando.
"Mis sentimientos hada ti no han experimentado variación
alguna, ni la experimentarán nunca, cualquiera que sea la
posición que llegue a tener, próspera o adversa, y sigo con el
convencimiento de que el día más feliz de mi vida sería aquel
en que tu suerte se uniese con la mía; pero comprendo que esta
felicidad quizá no esté reservada para mí ante la fatalidad de la
62
La Isla de la Paz y de la Guerra
desgracia de que he sido víctima. Estoy arruinado y para vivir
tengo que volver a trabajar como cuando carecía de fortuna.
’’Ante este gran infortunio, no pudiendo ofrecerte hoy ni
siquiera un mediano pasar, por presentárseme el porvenir muy
incierto, e ignorando el tiempo que durará esta situación tan
angustiosa, siendo para mí muy doloroso que te expusieras a
compartir mi desgracia, oprimiéndoseme el corazón, te dejo en
libertad de desligarte del compromiso que tienes contraído
conmigo. Un abrazo del que nunca te olvidará.—John
Emma, terminada la lectura de esta carta del ser por quien
sentía verdadero amor, experimentó una honda pena,
inundándosele los ojos de lágrimas. Su imaginación le recordó
tos felices momentos que había pasado con John en sus paseos
por los alrededores del pueblo, bordeando el campo y los
acantilados cíe la costa, contemplando juntos el grandioso
espectáculo de la Naturaleza en el mar y en las montañas de la
sierra próxima. El cariño nacido entre los dos tenía tan hondas
raíces, que no podía desaparecer, cualesquiera que fuesen las
circunstancias difíciles que sobreviniesen. No. El amor de
ambos era puro, sin mancha. ¿Qué había de contestar a la carta
de su amado?
La contestación tenía que estar acorde con estos
sentimientos. Tomó la pluma y sin la menor vacilación le
escribió esta carta:
“Mi querido John, más querido cuanto más desgraciado:
Lamento, no por mí, sino por ti, porque no quiero verte sufrir,
la gran desgracia de que has sido víctima; a mí los quebrantos
de la fortuna no me afectan, ni me hacen padecer, ni menos
modificar mis sentimientos, siempre que el amor que siento por
ti sea correspondido, de lo cual estoy completamente segura;
las riquezas para mí no representan nada ante el afecto que nos
profesamos; pobre o rico, siempre te querré, y con la desgracia
este afecto aumentará, considerando una felicidad poder
compartirla contigo y mitigar tus dolores.
63
José Mesa Ramos
”No siento impaciencia por ver realizado mi deseo de unir
mi suerte con la tuya, y aunque es natural que prefiera que sea
lo más pronto posible, esperaré tranquila todo el tiempo que
sea necesario para ver realizada mi ilusión.
"Adiós, John; mientras no nos veamos, recibe un abrazo de
la que te tiene siempre presente en su corazón.—Emma
64
La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO XIV
RENACE LA ESPERANZA EN MARY
Antes de pasar Mary por el dolor de abandonar a su pueblo,
y con la esperanza de que pronto llegaría el día de la completa
rehabilitación de su hermano, intentó para ganarse la vida
buscar trabajo. En circunstancias normales, sin la cruel
prevención que entonces pesaba sobre ella, eso le hubiera sido
sumamente fácil, porque poseyendo extensos conocimientos, lo
mismo en las labores que en la instrucción general, disponía de
muchos recursos a los que pudiera aplicar su actividad, A estas
condiciones intelectuales que la distinguían se unía el aprecio
en que todos la tenían por sus cualidades morales.
Con la, esperanza muy remota de que esa atmósfera
malsana que se había formado a su alrededor no hubiese
invadido los cerebros de algunas personas sensatas que se
diesen cuenta de que una acusación contra John de tanta
gravedad no debiera lanzarse sin tener pruebas que la
justificasen, y que mientras eso no sucediese continuasen
teniendo a su hermano en la alta estimación que siempre les
había merecido, se decidió a buscar el trabajo que necesitaba.
Se presentó en diferentes casas para solicitarlo, y en
ninguna de ellas mostraron deseos de admitirla, contestándole
con evasivas y aplazamientos. Descorazonada por tan adverso
resultado, iba a renunciar a seguir esta penosa odisea cuando se
acordó de Joseph Olivier, que siempre había sido un buen
amigo de su hermano, dueño de una importante fábrica de
encajes y bordados, donde trabajaban numerosas obreras.
Se dirigió a la fábrica, recibiéndola Joseph con la mayor
amabilidad. Le expuso su triste situación, la ruina de su casa y,
como consecuencia, la necesidad en que se hallaba de trabajar
para poder vivir; y por si este quebranto que había sufrido su
fortuna fuese poco la calumnia que pesaba sobre su hermano a
65
José Mesa Ramos
causa de la cual, al ir a demandar trabajo en diferentes sitios,
encontró las puertas cerradas.
La contestación inmediata de Joseph fue que las puertas de
su casa siempre estaban abiertas para ella, y que desde aquel
momento le ofrecía un destino en las oficinas de la fábrica.
Por fin, Mary, después de tantas tribulaciones, experimentó
el consuelo de que no se vería obligada a abandonar su pueblo,
donde siempre había vivido rodeada de satisfacciones y del
cariño que la profesaban cuantos la conocían, y tenía la
esperanza de que si los que antes la apreciaban se habían
desviado de ella, no tardarían en desengañarse y convencerse
del error en que se encontraban.
Llena de contento, Mary expresó conmovida su profundo
agradecimiento a Joseph.
El problema de su vida material estaba, pues, resuelto, pero
quedaba pendiente de resolución el problema de orden moral,
que afectaba a su corazón. Muchas veces asaltaba su
imaginación el recuerdo de las gratas relaciones de amistad
iniciadas entre ella y Adam. Las corrientes de simpatía entre
ambos habían llegado a ser tan intensas, que dichas relaciones
hubieran adquirido un carácter más profundo si no estuviesen
contenidas por el convenio que temporalmente la ligaba a
William; pero, en vista de lo que respecto a éste le decía John
en su carta, no cabía duda que su afecto había desaparecido y
todo hacía suponer que, después que hablase con él, nada se
opondría a que las relaciones con Adam se formalizasen,
máxime habiendo recibido una carta de éste, en la que
manifestaba que su afecto seguía siendo el mismo.
Una circunstancia vino a alterar las ilusiones que se había
forjado. Los periódicos locales reproducían las noticias más
importantes que publicaba la prensa de Dublín; por ellos se
enteraba de las fiestas que en dicha capital celebraba la buena
sociedad. Un día leyó la reseña de la fiesta dada en el palacio
de la baronesa de Simpson, con los comentarios que habían
hecho los concurrentes a ella respecto a las relaciones de Adam
66
La Isla de la Paz y de la Guerra
con Elizabeth, corroborando esos comentarios la noticia dada
en los periódicos publicados después sobre la próxima petición
de mano de ésta.
Lo que atenuaba su alarma era que la carta que había
recibido de Adam tenía fecha posterior a la de dichos
periódicos, y en ella le hacía, protestas de afecto, y no
imaginaba que, siendo muy alto el concepto que Adam le
merecía, cometiese la vileza de fingir por ella un cariño que no
sentía.
No obstante, la duda empezó a apoderarse de ella, y eso
hacía que a la ruina material de su fortuna viese en perspectiva
otra ruina mayor: el fracaso de su felicidad, la mina de su alma
que significaría el retraimiento de Adam.
67
José Mesa Ramos
CAPITULO XV
LOS NAUFRAGOS DE LA “PRETTY MARY”
Empujados por violentos vientos y por fuerte oleaje, las dos
chalupas que conducían a la tripulación y pasajeros de la goleta
“Pretty Mary”, corrían a cada momento el peligro da ser
tragadas por el mar. Por fortuna, amainó el temporal, y al cabo
de algunas horas se hallaban con mar tranquilo a muchas millas
de distancia del lugar de la catástrofe.
No sabían ni podían precisar, por la falta de instrumentos
adecuados y de puntos de referencia, pues no tenían ante su
vista más que el cielo y el mar, el sitio donde se encontraban.
La situación de los náufragos era verdaderamente
angustiosa; pasaban los días y ya empezaban a perder las
esperanzas de salvación.; las provisiones se habían agotado;
sólo la Providencia podría salvarles, y esta Providencia parecía
haberse revelado inesperadamente con la aparición en el lejano
horizonte de un barco que, a juzgar por la marcha que llevaba,
debería pasar cerca de ellos. Cuando el barco se iba
aproximando agitaron los brazos y prorrumpieron en grandes
gritos demandando socorro. Los tripulantes de aquel barco se
apercibieron y pusieron la proa hacia donde estaban los
náufragos, los cuales no tardaron en hallarse sobre su cubierta,
rendidos y extenuados por los terribles sufrimientos padecidos.
Hicieron el relato al capitán de cuanto les había ocurrido, y
éste, después de oírles silenciosamente, con satisfacción
reflejada en su semblante, les manifestó que el barco de su
mando era un barco pirata que se dedicaba a apresar los
cargamentos de los buques mercantes que se atravesaban en su
ruta. Se felicitaba de haberles salvado, no por la satisfacción
que hubiese experimentado por un deber de humanidad
cumplido, porque eso no le importaba desde el momento que se
había separado de ella y le había declarado la guerra, sino
68
La Isla de la Paz y de la Guerra
porque, habiendo sufrido muchas bajas su tripulación en los
últimos combates empeñados, precisaba cubrir estas bajas para
que sus medios de defensa y ataque no se debilitasen, y además
disponer de la gente necesaria en las maniobras del barco.
Esperaba, por consiguiente, que, como compensación a que les
había librado de morirse ahogados, acatarían las órdenes que él
les diese, sin vacilar.
El efecto causado en los náufragos por esta peroración fue
horroroso; habían salido de un peligro y cayeron en otro peor;
si las olas los hubiesen devorado, el sufrimiento sería casi
instantáneo, de pocos segundos, mucho más soportable que los
tormentos constantes de todas las horas, de todos los
momentos, sufriendo el despotismo de aquel feroz capitán, que
por el menor descuido los sometería a crueles castigos, y
teniendo que confundirse con aquella horda de criminales sin
sentimientos humanitarios, que, dominados por un perverso
odio a la sociedad y ebrios por apoderarse de sus riquezas, se
abalanzaban impetuosamente sobre sus presas y asesinaban sin
compasión a todos l>s que en su camino encontrasen.
—¿Estáis conformes?—preguntó el capitán.
¿Qué iban a contestar? Sabían que una negativa sería
seguida de crueles tormentos, y con la esperanza de aprovechar
alguna oportunidad que les permitiese escapar de este antro
infernal, tuvieron que, de palabra, prestar su conformidad.
Desde aquel momento, los servicios que prestaron fueron
muy útiles, sobre todo los del capitán, del piloto y de la
marinería de la “Pretty Mary”, gente avezada a las maniobras
de los barcos.
Procuraron todos disimular el horror que les causaba su
situación, y, aparentando un contento que no sentían, ganar la
confianza del capitán y de los demás hombres de ,1a
tripulación, y lo consiguieron. En los casos dudosos, el capitán
pirata consultaba con el capitán y el piloto de la “Pretty Mary”,
y la marinería iba acostumbrándose cada vez más al trato de los
náufragos.
69
José Mesa Ramos
Para asegurar esta confianza hicieron creer al capitán que
deseaban apareciese algún buque mercante, a fin de contribuir
a apresarlo y disfrutar de la parte del botín que les
correspondiese. Tan confiado estaba, el capitán, que les facilitó
armas, encargándoles que estuviesen prevenidos, pues, según
sus cálculos, se hallaban en un sitio frecuentado por los barcos,
por lo que no tardarían en ver satisfechos sus deseos.
Todos los días los náufragos cambiaban impresiones acerca
del momento en que habían de realizar su evasión y de la forma
en que la llevarían a cabo.
Llegada una noche que les pareció oportuna, puestos de
acuerdo, pensando que si fracasasen la venganza del capitán
sería espantosa, pues dominado por sus bárbaros instintos les
haría morir implacablemente, no sin antes someterlos a las más
crueles torturas imaginables, con todo el sigilo que estas
reflexiones les sugerían, salieron de la bodega, saltaron sin
hacer ruido sobre cubierta, escondiéndose detrás de los
mástiles; se dividieron en dos grupos; uno de éstos avanzó
poco a poco hacia el sitio donde se hallaban reunidos y
descuidados el timonel y los dos marineros que quedaban
siempre de guardia, se abalanzó repentinamente sobre ellos y
rápidamente los sujetaron y amordazaron con cuerdas y telas
que llevaban preparadas, dejándolos de manera que no
pudieran hacer el menor movimiento ni exhalar un grito.
Mientras tanto, el otro grupo arrió dos lanchas de salvamento,
embarcándose todos en ellas instantáneamente, alejándose a
toda velocidad a fuerza de remos y aprovechando el fuerte
viento que remaba, desplegando las velas, no tardando en verse
a gran distancia del barco piraba, en el que no observaban
ningún movimiento de alarma que delatase su fuga. Cuando
éste ya no se distinguía, se consideraron salvados, renaciendo
en ellos la alegría.
Pero pronto se dieron cuenta de que su situación no estaba
todavía despejada; se encontraban en alta mar y no sabían a
dónde debían dirigirse; por más que escudriñaban el horizonte
70
La Isla de la Paz y de la Guerra
en todos los sentidos, no distinguían ni barcos ni señales de
tierra; sus miradas se perdían en la inmensidad del mar. ¿Qué
sería de ellos si esta situación se prolongase indefinidamente y
empezasen a sentir los horrores del hambre y de la sed?
Afortunadamente, la tierra no estaba lejos. En la dirección
que llevaban las dos lanchas se encontraba la isla de Iceland, en
la que la ocupación principal de sus habitantes era la pesca.
Las costumbres de esta isla eran patriarcales; todos en ella
disfrutaban de una verdadera tranquilidad, considerándose
felices por ver satisfechas con su trabajo, y a, veces con
exposición de la vida, sus necesidades.
En ella no existía la igualdad absoluta con que sueñan
algunos ilusos; había diferencias de fortunas, pero estas
diferencias no eran grandes y no suscitaban odios ni envidias,
considerando todos que eran inevitables y que con la
constancia en el trabajo podrían alanzar las posiciones
superiores a que otros habían llegado. No había, pues, temores
en la, isla de que a nadie se le ocurriese trastornar el régimen
establecido.
Hacia esta isla se dirigían las lanchas de los náufragos, los
cuales, al verla en lontananza, redoblaron sus esfuerzos para
acercarse pronto a ella. Al ser divisadas las lanchas por los
pescadores, dispusieron varias embarcaciones, que a gran
velocidad salieron, a su encuentro, no tardando en reunirse los
náufragos y los icelandeses, dirigiéndose todos al sitio donde
estaban tendidas las redes.
Los náufragos, reflejándose en sus rostros las penalidades
pasadas, fueron solícitamente atendidos por los pescadores, que
les facilitaron alimentos y bebidas, con lo que pudieron reponer
sus fuerzas. Refirieron los sufrimientos de que habían sido
víctimas; los pescadores les escucharon con interés y emoción,
prometiéndoles que en aquella isla no les faltaría nada, porque
había trabajo para todos.
Recuperadas sus fuerzas y encontrándose con ánimos,
intervinieron gustosamente con ellos en las operaciones de
71
José Mesa Ramos
pesca que estaban practicando; terminadas éstas, regresaron
todos al puerto, donde las familias de los pescadores les
esperaban, poseídos de júbilo al ver que la pesca se había
realizado sin ningún contratiempo y que las embarcaciones
venían abarrotadas de pescado, que a la luz del sol despedían
brillantes e irisados reflejos metálicos.
Los que estaban en los muelles rodearon y agasajaron a los
náufragos y les ofrecieron auxiliarles en todo lo que
necesitasen.
Quedaron admitidos en las tripulaciones de les barcos de
pesca, resolviendo por el momento el problema de la vida y
esperando que no tardarían, en poder regresar a su país para
abrazar a sus seres queridos.
Comparando las solícitas atenciones de que eran objeto por
los pescadores, que tan cariñosamente los habían recibido, y la
situación tranquila y sosegada en que se hallaban, con la
horrible situación que tenían en el barco pirata, les parecía que
habían salido del infierno y que se encontraban en la gloria.
En aquella isla, hacían escala algunos barcos que tomaban
carga de pescado con destino a otros puertos próximos desde
donde solían partir buques que admitían pasajeros con destino
a la costa occidental de Irlanda.
Continuaron, pues, en aquella isla, donde tan bien se
encontraban, y a las pocas semanas tuvieron la suerte de
emprender en uno de esos barcos el viaje al puerto de Farwell,
en el que desembarcaron.
Allí se enteraron de que muy pronto zarparía una goleta que
en su ruta haría escala en Worthing.
Estaban ansiosos de hacer llegar a sus familias noticias
suyas para calmar la intranquilidad dolorosa que sufrirían por
no saber nada de ellos durante tanto tiempo. En la isla de
Iceland no pudieron conseguirlo porque no había en ella
estación telegráfica; pero Farwell estaba unido por cable
submarino con otros puertos principales, y al enterarse de esto
el capitán de la “Pretty Mary”, expidió un cablegrama dirigido
72
La Isla de la Paz y de la Guerra
a Mary relatando los desgraciados acontecimientos ocurridos y
anunciando la próxima salida de todos con dirección a
Worthing.
* * *
Las cosas cambiaron radicalmente de aspecto en Worthing,
causando indescriptible entusiasmo en todos los corazones al
propagarse rápidamente por el pueblo la inesperada nueva de
que Mary acababa de recibir un cablegrama en el que se
participaba el feliz salvamento de los náufragos. La casa de
Mary se vio inundada de gente, que se enteró del contenido del
siguiente cablegrama:
"Estamos todos sanos y salvos; después de sufrimientos
horribles, perdida toda esperanza, tuvimos la suerte de arribar a
la isla de Iceland: desde allí, transcurridas algunas semanas,
nos embarcamos en un buque que salía con dirección al puerto
de Farwell, a donde llegamos sin novedad. Dentro de pocos
días emprenderemos el viaje en la goleta “Iris”, que arribará a
Worthing en el mes próximo si el tiempo es favorable. Capitán
Tom”
El júbilo de que se vieron poseídos todos fue conmovedor,
renaciendo la calma, y despidiéndose unos de otros con
lágrimas de emoción.
Hallándose el puerto de Farwell a 1.330 millas de
Worthing, esa distancia, con tiempo normal, podría saldarla el
barco próximamente en diez y ocho días, a no ser que en
algunas partes del trayecto se viese combatido por vientos
contrarios.
Los observatorios meteorológicos situados en la
proximidad de la ruta que el buque había de seguir, anunciaban
mar bonancible y vientos del Oeste, que si persistiesen, su
llegada, en vez de retrasarse se adelantaría.
El 30 de Agosto se recibió otro cablegrama, participando la
salida de la goleta Iris con vientos favorables.
73
José Mesa Ramos
Ya la tranquilidad había vuelto a las familias de los
náufragos, que contaban los días que iban pasando y los que les
faltaban para abrazar a sus seres queridos.
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La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO XVI
GUERRA EN LA ISLA DE LA PAZ
¿Se desarrollaron los sucesos en la isla de la Paz como los
pacifistas habían soñado? ¿Estaban todos contentos de su
suerte? ¿No hallándose amenazados por ningún enemigo
exterior, podrían vivir tranquilos sus habitantes?
Cuando se constituyó la nación de la Paz, todos se hacían la
ilusión de que rápidamente conseguirían que desapareciesen las
injusticias y que alcanzarían el bienestar deseado, pero viendo
que eso estaba lejos de realizarse, el descontento del pueblo se
manifestó cada vez con más intensidad. Los acostumbrados a
ciertas comodidades, se resistían a privarse de ellas o a que se
las mermasen. Los que aspiraban a mejorar, hacían propaganda
y elevaban hasta los poderes públicos sus quejas, consiguiendo
reformas que les hacían avanzar un paso en el camino de sus
reivindicaciones; tras de este paso, seguían trabajando para el
logro de sus ideales y daban el segundo paso, y sin cesar en su
campaña iban obteniendo más ventajas y avanzaban siempre
sin verse nunca completamente satisfechos.
Esas medidas gubernamentales, no lograban apaciguar los
ánimos de los más avanzados; querían mucho más. El enemigo
acechaba; se formó con los descontentos un partido, que tenía
por lema en su bandera: “Libertad”, llamándose libertarios sus
adeptos; se hizo propaganda al aire libre y se constituyeron,
además, sociedades secretas, que a la sombra se organizaban y
se extendían activamente para hacer la revolución.
Este descontento fue explotado por los caudillos de las
ideas disolventes, que pretendían, unos de buena fe y otros por
conveniencia, igualar todas las fortunas, destruyendo los
cimientos de la sociedad existente y levantar sobre sus ruinas
otra que halagase a. las clases populares. A estos caudillos se
unían los que de la antigua nación de la Guerra, en la que la
75
José Mesa Ramos
única ley era el derecho del más fuerte, habían sido sometidos
contra su voluntad por la nación de la Paz, uniéndose también
los que esperando que la nación de la Paz se desarrollaría en un
régimen de amor y de justicia, empezaban a desengañarse al
ver los abusos que en todos los órdenes se cometían, en
beneficio de unos y en perjuicio de otros.
Los gobernantes de la nación de la Paz, dormidos sobre sus
laureles, no sospechaban que el descontento llegase a adquirir
tan alarmantes proporciones; cuando más tranquilo se
encontraba el Gobierno, cundió de improviso la noticia de un
levantamiento en el departamento del Norte, en el cual los
revolucionarios se había» hecho dueños del poder, formando
un Estado independiente y estableciendo en él un régimen de
igualdad de fortunas, igualdad de salarios y de igualdad en
todos los órdenes. Los que estaban arriba se derrumbaban, y los
de abajo subían.
Como este golpe había sido tan repentino e inesperado, las
autoridades locales no estaban preparadas y no tuvieron tiempo
en los primeros momentos para disponer de fuerzas que lo
rechazasen, viéndose obligadas a rendirse. Los revolucionarios
siguieron su campaña hacia el Sur, con la intención de
apoderarse de toda la isla y de imponer en ella su régimen.
Cuando el Gobierno se enteró de esta revolución, que con
caracteres tan graves había estallado en el Norte, movilizó
rápidamente las tropas para hacer frente a los revolucionarios,
los cuales incesantemente se extendían por toda la nación.
Llegaron a encontrarse los dos ejércitos y combatieron con
furor, siendo victoriosos en algunas batallas los
gubernamentales y en otras los libertarios. Unos y otros
avanzaban y retrocedían, y la victoria estaba indecisa entre los
dos ejércitos combatientes.
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La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO XVII
JOHN Y WILLIAM
Los trabajos de reparación y reconstrucción de la goleta
“Pretty Mary" tocaban a su término y pronto estaría en
condiciones de navegar. En el despacho del astillero se
hallaban reunidos, el dueño de éste y John, haciendo cálculos y
proyectos de las líneas marítimas que les convenía explotar,
fijándose por de pronto en, la de Rocklland a Trmity, en la
costa oriental del Labrador, que en aquella época era de mucho
tráfico. Acordaron, pues, que en su primer viaje se dedicase al
transporte de viajeros y mercancías entre dichos dos puertos.
Después de esta entrevista se dirigió John a las gradas donde se
efectuaban los trabajos, encontrando allí a William. Ambos
entablaron una conversación sobre los sucesos ocurridos
recientemente en la isla, que venían a perturbar la paz que sus
habitantes pretendían disfrutar.
—Ya te habrás desengañado de tus ilusiones —decía
John—, y estarás convencido de la razón que me asistía
cuando, al salir del Casino de Worthing, sostenía que la paz
permanente, tan deseada, era una utopía, en la isla de la Paz y
en todas partes.
Ejemplos que comprueban esto, no tengo necesidad de
exponértelos, porque tú mismo los puedes sacar de los
incidentes que en esta isla nos iban ocurrido y de la manera
como se desarrolla la vida en ella, que prueban que si el amor y
la justicia se encuentran en algunas personas, en otras lo que
impera es el egoísmo y el odio,
Corroboran además esta afirmación, los trastornos que
ahora alteran el orden establecido en esta isla, promovidos por
los descontentos, que con arreglo a las leyes que rigen han
quedado en situación inferior a la de otros más afortunados.
77
José Mesa Ramos
Tienes que desengañarte. No existe paz completa y
permanente en ninguna parte; la paz y la guerra siempre están
de paso en este mundo; no se detienen mucho tiempo; cuando
domina la paz, la guerra está en acecho para destruirla; cuando
es la guerra la que domina, siempre está en acecho de paz para
vencerla. Sólo podemos aspirar a disfrutar de la paz
acercándonos a ella lo posible, sin llegar a una estabilidad
permanente.
¿Hay algo en esta isla llamada de la Paz, desde el punto de
vista moral, que sea superior a lo que existe en nuestra nación o
en cualquiera otra? ¿Es más sincero el amor al prójimo, que el
que se siente entre nuestros compatriotas? ¿Hay más justicia
aquí que en otras partes?
La contestación a estas preguntas y a cuantas de orden
moral se formulen, tiene que ser negativa. Está en la condición
humana y en la condición de las sociedades; el hombre es un
compuesto moral de sentimientos buenos y malos, revelándose
unos y otros al exterior según las circunstancias de cada caso.
En las sociedades ocurre lo mismo, porque siendo sus
componentes los hombres, de los que cada uno tiende unas
veces al bien y otras tiene tendencia al mal, el cuerpo formado
por estos componentes tiene que presentar una u otra tendencia
temporalmente, pero nunca una sola que tenga carácter
permanente, es decir, que no se puede asegurar que en todo
tiempo y en todas las ocasiones, los hombres y las naciones
abandonados a sí mismos tendrán siempre instintos guerreros,
o tendrán siempre instintos pacíficos, sino que se inclinarán
unas veces a la guerra y otras veces a la paz.
—Tu impresión sobre el resultado del régimen establecido
en la isla de la Paz —replicó William—, es la verdadera.
Confieso que me había equivocado al pensar que esta era una
isla ideal, en la que todos vivirían contentos y en permanente
paz, y reconozco que tenías razón cuando inútilmente tratabas
de calmar mi entusiasmo por este país que, en efecto, no es
superior al nuestro, ni moral, ni material, ni intelectualmente,
78
La Isla de la Paz y de la Guerra
sino inferior; no me convenciste con argumentos que
indudablemente se fundaban en la razón, pero me convences
ahora con hechos, que son más elocuentes que las palabras, y
que no admiten réplica porque los estoy viendo.
Esta conversación fue interrumpida por el cartero, que
entregó a John una carta. Pasó la vista por ella y, reflejándose
en su semblante la satisfacción que su lectura le producía, dijo:
— ¡Esta carta es de tu hermana!; léela y dime tu impresión.
William, al terminar la lectura de esta carta, exclamó:
—Mi hermana está verdaderamente enamorada de ti y no
me extraña que ante tu desgracia se haya hecho más fírme su
cariño.
Esto lo dijo, no sin que dejase de sentir un remordimiento
por su conducta para con Mary, muy diferente de la observada
por Emma para con John.
Este terminó:
—Emma procedió así, porque ella y yo nos queremos con
un verdadero y puro amor, tan fuerte, que desafía a todas las
asechanzas del mal.
* * *
No dejaron de impresionar a William las últimas palabras
pronunciadas por John; comparaba su conducta para con Mary
y la observada por su hermana respecto a John; le parecía
imposible que los sentimientos que vehementemente había
manifestado a Mary con tanta facilidad, se hubiesen entibiado;
no encontrando explicación para justificarse a sí mismo de su
extraño comportamiento, lo atribuía, para acallar su conciencia,
a que las penalidades sufridas en el naufragio habían
trastornado momentáneamente su razón, puesto que en ese
tiempo no se acordó ni de Mary ni de su hermana, no
habiéndosele ocurrido escribir, desde su llegada, a ninguna de
las dos.
79
José Mesa Ramos
Si esta suposición pudiera ser cierta, también pudiera serlo
la hipótesis de que en su interior se había entablado una lucha
entre los gérmenes del mal y los del bien; aquéllos habían
salido triunfantes al exterior y el amor quedó vencido; mientras
que en el caso de su hermana, sucedió que no hubo lucha de
sentimientos, porque se manifestó al exterior espontáneamente,
lo que en su interior dominaba siempre, que era el verdadero
amor.
Ahora, en su imaginación, se le aparecía la hermosa figura
de Mary, en la que veía reunidas todas las perfecciones, que
realzaban su hermosura, En su interior volvieron a luchar los
gérmenes del bien y los del mal, saliendo esta vez victorioso el
bien, y despertándose repentinamente su antiguo amor.
Mary volvía a ser para él el ideal de su vida; pero, ¿lograría
alcanzarlo? Cuanto más pensaba en ello, más se convencía de
que su mutismo desde que había salido de Worthing hasta
aquel momento, prueba, al parecer, de indiferencia, era motivo
suficiente para inspirar desconfianza, y que si antes Mary
estaba indecisa respecto a la determinación que había de tomar,
ahora probablemente tenía que ser terminante su negativa.
De todas maneras, para aclarar estas dudas, y teniendo
noticia de que en fecha próxima saldría un barco con dirección
a Irlanda, y de que entre los puertos donde haría escala figuraba
el de Worthing, tornó pasaje en ese barco y manifestó su
decisión a John, advirtiendo al propio tiempo que, aunque tenía
el propósito de regresar más tarde a su país, adelantaba el viaje
porque la conversación que había tenido con él le causó tan
honda impresión, que hizo renacer sus sentimientos de amor
hacia Mary. Añadió que, comprendiendo que su conducta le
exponía a que estos sentimientos no fuesen correspondidos, le
quedaba aún un rayo de esperanza en medio de las tinieblas
que él había forjado, y que si esta leve esperanza se
desvaneciese y Mary no se decidiese a unir su suerte con la
suya, quería justificarse ante ella y después retirarse, sufriendo
esta contrariedad que tanto le afectaba.
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La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO XVIII
REGRESO DE WILLIAM
Pocos días después de su conversación con John, se
encontraba William a bordo de un buque que navegaba con
rumbo a Irlanda. Sobre su cubierta, apoyado en la borda,
permanecía muchas horas con la vista fija en toda la extensión
del inmenso mar, buscando el punto donde este encontraría su
tierra natal; con los ojos de su imaginación, la vislumbraba
entre las brumas del horizonte, destacándose en él la
encantadora figura de Mary, dueña de su corazón, la única
mujer con la cual se decidiría a compartir su vida, Pero la
incertidumbre de la actitud que observaría le atormentaba, y
con frecuencia las ilusiones que se forjaba al pensar que sería
correspondido en sus sentimientos de amor se desvanecían,
dejándole sumido en la mayor tristeza y desconsuelo.
Con estos pensamientos, que no se apartaban de su mente,
veía al barco hendir las olas, que ante el ímpetu de la velocidad
de su marcha se deshacían, avanzando siempre y dejando tras
de sí una larga estela de espuma.
En los días que transcurrieron durante esta navegación, no
hubo que lamentar ningún incidente desagradable y todo hada
suponer que el viaje tendría feliz término. En efecto, los
vientos siempre favorables, hadan avanzar el buque
rápidamente, acercándose cada vez más al punto de su destino;
de pronto, William dio un grito de alegría, viendo venir a su
encuentro y rodearlo, surcando ej aíre con sus vuelos
majestuosos y ondulantes y lanzando estridentes graznidos
característicos, una bandada de gaviotas, que como mensajeras
desde el litoral se habían lanzado a recibir a los navegantes.
Pronto el barco se acercó a la costa, distinguiéndose en la
punta del promontorio que avanzaba en el mar, la elevada torre
81
José Mesa Ramos
del faro, indicador de la dirección que debía tomar el buque
para enfilar su entrada por la boca del puerto.
La emoción que sentía William al aproximarse a tierra, era
cada vez más intensa. El buque hizo su entrada en la bahía con
una marcha moderada y, por fin, atracó a los muelles, saltando
a tierra William, donde le esperaban Emma y Mary. Pasados
los primeros momentos de efusión, por verse después de una
ausencia tan larga, se encaminaron a su casa. Allí, sin más
dilación, tuvo inmediatamente lugar la entrevista con Mary,
que había de influir poderosamente en su porvenir.
William explicó a grandes rasgos su conducta y, sin tratar
de ocultar la culpa que le incumbía, le manifestó que en el
fondo siempre la tenía presente, sintiendo por ella un profundo
afecto que, sin duda ninguna, podía calificarse de verdadero y
puro amor; la causa de su silencio la atribuía a las penalidades
que había sufrido con motivo del naufragio, las cuales
trastornaron sus impresiones morales, quedando como
dormidos sus sentimientos; estos sentimientos experimentaron
un instantáneo despertar en una conversación mantenida con
John, en la que éste le hizo saber la conducta noble y abnegada
de Emma, que no vacilaba en unir su suerte a la de un hombre
completamente arruinado y con un porvenir poco halagüeño;
atribuyendo esta abnegación a que tanto ella como él sentían un
verdadero amor, tan fírme, que nada sería capaz de disipar ni
entibiar.
—Al comparar esta conducta de Emma con la mía —
continuó—, me sentí tan bajo que me avergoncé de mí mismo,
y de igual manera que basta una chispa para provocar un
incendio, las palabras de tu hermano fueron esa chispa que
prendió en mí el fuego de mi amor por ti, que estaba dormido,
pero no extinguido. Si esta explicación no te satisface y crees
que otra ha sido la causa de mi extraño silencio, te digo
sinceramente que lo ignoro, y que sin darme cuenta de ello me
vi impelido la proceder en la forma que lo hice. Lo que te
aseguro, es que mi afecto hacia ti es tan grande que no puede
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La Isla de la Paz y de la Guerra
ser mayor y que sus raíces son tan profundas, que no puede
desaparecer como no sea con la muerte.
—Debo decirte, William, —respondió Mary—, que el
cariño que nos profesamos desde la niñez en nada ha variado
por lo que la mí se refiere; por el contrario, se ha consolidado
más con los años. El silencio que has guardado durante tu
ausencia en nada mermó este afecto. Me has dado una
explicación para justificarte; no la necesitaba, pues ya sé que
tus sentimientos son verdaderos, y que si algún día sufren un
eclipse, éste es pasajero y no tardan en reaparecer con la misma
fuerza que tenían antes. No podemos responder de cómo se han
de manifestar estos sentimientos al exterior en todos los
momentos, porque puede variar la forma por múltiples
circunstancias, pero lo que sí puede asegurarse, es que nuestros
afectos elaborados durante toda nuestra vida, no se desvanecen
como las afecciones pasajeras que encontremos en nuestro
camino. Siento por ti el afecto de hermana, porque el otro
sentimiento, el que une la suerte de dos seres para siempre, no
lo he experimentado, a pesar de reconocer en ti las excelentes
cualidades que te distinguen y, a pesar también, del cariño que
hace tantos años nos profesamos,
El matrimonio requiere, a mi juicio, que el que ha de
contraerlo sea conducido a él por el convencimiento de que la
persona elegida es la destinada para hacer su felicidad,
sintiéndose atraída hacia ella por el amor, fuerza misteriosa e
irresistible, impulso instintivo que tiende a unir dos corazones.
Por eso no acepté desde el primer momento tu proposición,
pero tampoco me negué a pensar en ella, como lo hubiera
hecho si no se tratare de una persona que como tú, estuviese
ligada a uní por un verdadero afecto fraternal de toda la vida.
Hice contigo lo que no hubiera hecho con nadie, y fue, aplazar
mi decisión hasta tu regreso para ver si en ese tiempo se
modificaba mi impresión en sentido favorable a tus
sentimientos.
83
José Mesa Ramos
He reflexionado mucho, y con dolor muy grande, porque
mi afecto para ti es siempre el mismo y no ha mermado en lo
más mínimo, debo decirte que no experimento hacia ti esa
atracción irresistible que considero indispensable para unir dos
almas.
Comprendiendo William que la decisión de Mary era
definitiva, no se atrevió a insistir, limitándose a demostrarle su
gratitud por el plazo que le había concedido para ver si,
después de pensarlo detenidamente, se sentía inclinada a
acceder a su pretensión.
Así terminó la entrevista de Mary y William, separándose
ambos con tristeza; ella por no poder complacer a William, a
quien sinceramente quería con cariño de hermana, y con
tristeza él, por ver desvanecidas las ilusiones que había forjado
su mente.
* * *
Después de esta conversación con William, nada se oponía
a que Mary eligiese la persona que con más intensidad
impresionase su corazón. Esta no era otra que Adam, el cual
esperaba sólo a que Mary estuviese libre del convenio que la
ligaba a William para decidirse a realizar su ilusión. El primer
impulso de Mary fue escribirle inmediatamente para contestar a
su carta, que hacía bastante tiempo había recibido, y que a
causa de los desgraciados acontecimientos ocurridos no había
contestado todavía. Sin embargo, las noticias que leía en los
periódicos referentes a las fiestas que se celebraban en Dublín,
a las que asistía Adam, y los comentarios que los concurrentes
a esas fiestas hacían sobre los galanteos en que intervenía,
daban lugar a que en su mente surgiese alguna duda acerca de
su fidelidad; pero esta duda se desvanecía pensando en el alto
concepto que de él se había formado y atribuía esos
comentarios, que en todas las reuniones se extienden y
agrandan llegando a darles visos de verosimilitud, el propósito
84
La Isla de la Paz y de la Guerra
de amenizar las conversaciones, pero de ninguna manera a que
se hubiesen amortiguado los sentimientos que desde que se
conocían le había demostrado en todas las ocasiones.
No obstante, aplazó su contestación para reflexionar sobre
la conducta que debería seguir.
85
José Mesa Ramos
CAPITULO XIX
JOSEPH
Joseph era una persona que gozaba de grandes simpatías en
el pueblo por su carácter afable, por su espíritu trabajador y por
su intachable honradez. Debido a esto, sus negocios
prosperaban y ocupaba una posición que le permitía disfrutar
de todas las comodidades que pudiera apetecer. Con tales
condiciones personales, unidas a su bienestar, todo hacía
suponer que el cariño de una mujer a la que uniese su suerte y
la formación de una familia, que le permitiese disfrutar de otros
afectos desconocidos para él, y de la normalización de su vida
ante las contingencias que pudieran presentársele en el
porvenir, serían el complemento de su dicha. Sin embargo,
nunca se le habían conocido relaciones amorosas y nadie
adivinaba la causa.
Esta no era otra que la de que hacía mucho tiempo que
estaba enamorado de Mary. No había para él, en el círculo de
sus relaciones, otra mujer que reuniese las cualidades morales e
intelectuales que la caracterizaban. Este amor lo mantenía en
secreto y no lo había revelado, porque sabía que Mary y
William se querían como hermanos y que éste, enamorado
profundamente de aquélla, confiaba en que sería
correspondido.
Aun cuando todas las apariencias eran de que tendría que
renunciar a su pretensión, no perdió la esperanza de verla
realizada. En efecto, al enterarse de que William no había sido
favorecido en sus pretensiones, quedando, por consiguiente,
Mary en libertad de disponer de su voluntad, se propuso
aprovechar una ocasión para declararle los puros y hondos
sentimientos de afecto que le inspiraba y proponerle compartir
con ella su vida. Cuando le ofreció a Mary un destino en las
oficinas de su fábrica, no le guiaron las miras egoístas de que
86
La Isla de la Paz y de la Guerra
con esto se facilitaría la ocasión de tener con ella la entrevista
que deseaba; Joseph se hubiera conducido de igual manera aun
cuando no tuviese en su pensamiento los fines de amor que le
inspiraba; la hubiese admitido en su fábrica, por la antigua y
sincera amistad que profesaba a ella y a su hermano, y por la
crítica situación en que se encontraba.
* * *
No queriendo Joseph retrasar más la entrevista que desdaba
tener con Mary, una tarde, poco antes de dejar el trabajo los
empleados de la fábrica, le pasó aviso, rogándola que fuese a
su despacho.
A dicha hora se presentó Mary, a la que le manifestó lo
siguiente:
—Me he tomado la libertad de llamarte para tratar contigo
de un delicado asunto en el que vengo pensando hace años, del
que depende mi porvenir y que influiría en el tuyo. Puede
decirse que desde que empezó para mí esa edad en la que ya no
se discurre como niño, sino como hombre, mi pensamiento se
ha fijado de manera indeleble en tu bella imagen, rodeada de
una aureola de virtudes que te caracterizan y distinguen de las
demás mujeres, haciéndote todavía más hermosa, porque la
belleza física se une a la belleza moral.
Te extrañará que si con tanta intensidad habías
impresionado mi corazón, haya esperado tanto tiempo para
hacerte esta declaración. Tal conducta mía se explica, porque
tenía conocimiento de que William, amigo tuyo de la infancia
al que sinceramente quieres, tenía el propósito de que esas
relaciones de amistad se transformasen en otras más íntimas;
que este pensamiento suyo te lo manifestó repetidas veces y
que últimamente estaba pendiente tu decisión de un convenio
que habías establecido con él. A mí me parecía que todas las
probabilidades estaban a favor de que llegaseis a poneros de
87
José Mesa Ramos
acuerdo y que yo tendría que renunciar. Ahora sé que ya estás
libre de dicho compromiso.
Por consiguiente, te propongo que entablemos relaciones,
que conduzcan a lo que constituye mi más ferviente anhelo, no
exigiéndote que me contestes en seguida, sino que te tomes
para hacerlo todo el tiempo que consideres necesario, para
resolver cuando te parezca mejor, en la inteligencia de que, aun
cuando tu decisión fuese contraria a lo que tengo
constantemente en mi pensamiento y en mi corazón, no por eso
sufrirían la menor modificación las buenas relaciones de
amistad que siempre hemos tenido, porque comprendo que una
proposición de esta naturaleza requiere que la persona a quien
se le haga lo piense bien antes de decidirse a aceptarla.
Mary permaneció callada unos minutos; en este breve lapso
de tiempo, acudió a su mente la imagen de Adam, recordando los
felices momentos pasados en su compañía durante su estancia en
Worthing, y la profunda simpatía que mutuamente se habían
profesado.
Habiendo cruzado por su imaginación estos pensamientos,
contestó resueltamente a Joseph:
— Mucho agradezco lo que me acabas de decir; reconozco
las altas dotes que te distinguen, por lo que me considero muy
favorecida con tu proposición, pero tengo el sentimiento de
manifestarte, que dentro del plazo durante el cual el
compromiso contraído con William me impedía entablar
relaciones amorosas, he sido requerida por Adam Turner, el
cual se conformó con que los sentimientos de simpatía que uno
al otro nos habíamos inspirado, tuviesen sólo el carácter de una
sincera amistad, hasta que yo pudiera libremente decidir, y como
ahora ha llegado ese momento, el profundo afecto que nos
profesamos hará que se realice lo que constituye nuestra
felicidad. Tan grande es el afecto que por él siento, que si por
cualquiera causa estas relaciones fracasasen, renunciaría a
admitir otras y me resignaría a permanecer sola toda la vida.
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La Isla de la Paz y de la Guerra
Joseph, al ver destruidas sus ilusiones, profundamente
emocionado, exclamó: Triste cosa son los sueños que nunca
pueden realizarse, y tendiéndole la mano afectuosamente, le
dijo: Que seas tan dichosa como yo lo hubiera sido contigo.
89
.losé Mesa Ramos
CAPITULO XX
LA CACERIA
La baronesa de Wilson había invitado a sus amigos>a una
cacería, que tendría lugar en los campos y montes de sus
posesiones, que rodeaban su castillo de Plising, situado a veinte
millas de Dublín. Entre los invitados figuraba Adam, que era el
que más le interesaba, porque quería ver si con esto se decidiría
a dar el paso definitivo.
El día señalado para la cacería se reunieron en un sitio,
previamente determinado, de las afueras del pueblo, los
invitados; lujosos coches les esperaban y los conducían
directamente a Ivory, pueblo situado cerca de las márgenes de^
río Dora, para el almuerzo; un poco más tarde reanudaron la
marcha hacia el castillo, donde tan pronto llegaron comenzó la
fiesta, reinando en ella la animación y la alegría, con ur
banquete; los invitados se trasladaron después al gran salón,
cuyo techo luminoso esparcía sobre las parejas que bailaban la
radiación vaporosa de sus fuegos cambiantes. De los círculos
que en torno de las muchachas se formaban el más concurridc
era el de Elizabeth, que conversaba animadamente con todos, }
aunque observaba que Adam se hallaba muy entretenido en
otro grupo, su animación no decaía ni un momento. Este seguía
sus movimientos desde lejos, y se hacía la reflexión de que s:
realmente tuviese interés por él se le notaría la impresión
desagradable que debiera producirle su momentáneo
apartamiento. Poco después se acercó al grupo donde ella
estaba y la invitó a un baile, contestándole ella que el que
empezaba la música a preludiar lo tenía comprometido y que le
apuntaría en el carnet para el siguiente. En efecto, al iniciarse
los primeros sones de la música, se le acercó el capitán Barbán.
de la Guardia Imperial, lanzándose al poco tiempo los dos en e.
torbellino del baile, conversando con musitada animación
90
La Isla de la Paz y de la Guerra
durante el mismo. El entusiasmo que revelaba esta pareja causó
cierta extrañeza en los circunstantes, porque creían que las
relaciones de Elizabeth con Adam se hallaban tan avanzadas,
que pronto se haría oficial el anuncio de su boda; así es que por
las apariencias, todo hacía predecir la presentación de un
eclipse total en estas relaciones.
Adam, cuando le tocó el turno, bailó y sostuvo con ella una
conversación muy afable.
Terminado el baile, pasearon juntos por el salón,
continuando la conversación que habían iniciado.
—Desengáñate, Elizabeth, el amor no sólo hay que sentirlo,
sino que hay que manifestarlo, y manifestarlo de manera
elocuente, que no deje lugar a dudas. El amor se compone de
dos partes: una, sentirlo; otra, manifestarlo; para que este amor
se sostenga y prospere, exige que sea correspondido por el ser
amado. De lo contrario, la impresión que nos deja un amor que
nace espontáneamente en nuestro pensamiento, se va
entibiando, muere por consunción y desaparece.
—Es cierto lo que dices—contestó Elizabeth—, pero esa
manifestación del amor puede hacerse de diversos modos, que
a unos parecerán suficientes para demostrar estos sentimientos,
y a otros les parecerán muy pocos. ¿Cómo averiguaremos el
límite de estas demostraciones del amor, límite del cual no
debemos pasar sin exponernos a que se juzguen exageradas y,
por lo tanto, fingidas? El amor debe manifestarse, sí; pero con
cierta discreción.
—El amor—replicó Adam—, cuando verdaderamente se
siente, debe manifestarse sin vacilación en todas las ocasiones,
y la discreción que aconseja ocultarlo y que no impide
entretenerse agradablemente con otras personas, dándolas el
mismo trato que al ser amado, más parece previsión para, si ese
amor fracasa, tener siempre otro disponible.
—Eso—contestó Elizabeth—puede pensarlo una persona
desconfiada que no comprende que hay que guardar las
conveniencias sociales. También pudiera suceder que la
91
José Mesa Ramos
manera de interpretar la conducta del ser amado fuese debida a
la diferencia de temperamento y de carácter de las personas que
unas son propensas a expresar todo lo que sienten, cualesquiera
que sean las circunstancias en que se encuentren, y otras, a no
expresar más que lo que su razón les dicta.
—Entre estas dos clases de personas—interrumpió Adam—
soy partidario de las primeras. Para el amor no hay razón que
valga; es sólo el corazón el que manda, y éste salta por encima
de todos los obstáculos y de las conveniencias sociales.
Ya había empezado el desfile de los que se encontraban en
el salón, por la necesidad de madrugar al día siguiente para la
cacería, y los dos jóvenes interrumpieron la conversación y se
despidieron sin convencerse el uno al otro, porque el punto de
vista desde el cual se colocaban era distinto y no podían ver las
cosas de la misma manera.
Al siguiente día, antes de la madrugada, salieron los
ojeadores y se colocaron en sitios estratégicos situados en el
contorno deí campo que los cazadores habían de recorrer;
desde ellos, haciendo uso de instrumentos de viento y otros
objetos que producían gran ruido, se dirigieron hacia el centro
del contorno, estrechando cada vez más el cerco a las reses, que
huían espantadas; los portadores de las trompas de caza,
apostados en tugares convenientes, hadan sonar estos
instrumentos, que con su prolongado y grave sonido señalaban
a los cazadores el sitio donde la caza había sido descubierta.
Poco después se organizaba en el castillo la marcha,
saliendo primero la servidumbre, con el uniforme adecuado,
encargada de llevar la jauría de perros, que con sus incesantes
ladridos armaban gran algarabía, y a continuación las
amazonas y los caballeros, montados en briosos caballos que
piafaban impacientes por lanzarse al campo en vertiginosa
carrera.
Ya en el campo, se diseminaron todos y empezó la cacería,
haciéndose cada vez más interesante este espectáculo; se
soltaron los lebreles, que azuzados por la servidumbre se
92
La Isla de la Paz y de la Guerra
lanzaron impetuosamente, guiados por su instinto, en busca de
la caza, dando, cuando olfateaban, señales que indicaban a los
cazadores los sitios donde la encontrarían; y éstos, al divisarla,
disparaban instantáneamente sus escopetas, consiguiendo
capturarla o matarla.
Cuando iba a darse por terminada la cacería y se disponían
a retirarse, vieron todos cruzar el campo, a galope tendido, dos
caballos que iban muy cerca uno de otro y que montaban
Elizabeth y el capitán Barbán. Perseguían a un ciervo que se
hallaba aún a gran distancia de ellos y que, más que correr,
volaba, siendo difícil y peligrosa su persecución; el animal
llevaba la cabeza erguida, los cuernos tocando con el lomo, el
hocico levantado, y las finas patas, siempre en el aire, parecían
no tocar el suelo. La distancia iba disminuyendo, y cuando
llegaron cerca se oyeron dos tiros y se vio al ciervo dar un gran
salto y caer inmediatamente inerte.
Después de esto, los cazadores pusieron las grupas de los
caballos hacia el castillo, adonde llegaron poco antes de
anochecer.
Como Elizabeth y el capitán tardaban en regresar, ante el
temor de que les hubiese ocurrido algún accidente, salieron en
su busca.
Después de recorrer un largo trayecto vieron sus dos
caballos atados a un árbol y a ellos sentados en el césped, uno
al lado del otro, a la orilla del río, los cuales no se apercibieron
al pronto del ruido que producían los que se aproximaban.
Estos, para llamarles la atención, dieron algunos gritos que, al
ser oídos por ellos, interrumpieron la conversación, que tanto
les absorbía. Elizabeth, con toda tranquilidad, les manifestó
que estaban tan a gusto allí, que se les había pasado el tiempo
sin sentirlo; se levantaron y, montando rápidamente en sus
corceles, emprendieron todos el regreso.
Pero al pasar cerca de un frondoso y extenso bosque, oyeron
grandes voces demandando auxilio, y suponiendo que procedían
de algunos que se habían extraviado en él y que no acertaban a
93
José Mesa Ramos
encontrar la salida, lanzaron gritos también para orientarlos y
azuzaron a los perros, que penetraron entre tas árboles en su
busca. Las voces se escuchaban cada w más próximas, y a los
pocos momentos aparecieron ante los ojos asombrados de los
circunstantes, y montados en sus caballos, la marquesa de
Livingstone y Adam, a los cuales les había ocurrido un incidente
muy frecuente en las cacerías, como es el de que los cazadores,
con el entusiasmo y el ansia de dar alcance a una res que
persiguen no se fijan en el camino recorrido y se encuentran de
pronto en terreno desconocido, sin saber por dónde dirigirse para
volver al punto de partida.
Esto había pasado a Adam y a la marquesa; ésta, que hacía
tiempo que se interesaba por Adam, procuró durante la cacería
estar cerca de él, y al cruzar un corzo por el sitio donde se
encontraban, los dos pusieron sus caballos al galope y
emprendieron su persecución; la distancia que les separaba de
la res se iba acortando, y cuando se puso a tiro y se disponían a
disparar, penetró el corzo en el bosque; penetraron ellos
también, dirigiendo sus caballos por los claros que presentaban
los árboles. Una persecución como esa era muy difícil que
tuviera éxito, porque el corzo se metía entre las malezas y
pasaba por sitios demasiado estrechos para que los caballos
pudiesen seguirlo. Por último, perdieron la pista de la res y se
detuvieron.
Intentaron regresar, y como no tenían puntos de referencia
que les sirviesen de guía, pues no veían más que árboles a su
alrededor, no sabían a dónde dirigirse. La situación se agravaba
porque declinaba el día y, si no encontraban pronto la salida,
estaban expuestos a tener que pasar la noche dentro del bosque.
Después de esto se encaminaron todos juntos al castillo,
donde se comentaron animadamente los incidentes de la
cacería, en la que se había cobrado gran número de ciervos,
corzos y zorras.
Se murmuró también sobre el encuentro de Elizabeth y del
capitán, siendo unánime la opinión de que podrían darse por
94
La Isla de la Paz y de la Guerra
terminadas las relaciones de aquélla con Adam, el cual había
sido sustituido por el capitán Barbán.
La cacería fue afortunada para todos, especialmente para
las dos parejas extraviadas en cuyos rostros se reflejaba la
satisfacción.
Elizabeth y el capitán habían iniciado relaciones amorosas;
la marquesa creía ver en perspectiva la conquista de Adam, y
éste se veía ya libre de las murmuraciones que atribuían un
alcance que no tenían a sus relaciones con Elizabeth.
95
José Mesa Ramos
CAPITULO XXI
DUBLIN’S PARL
La marquesa de Livingstone, enterada de los sitios adonde
Adam acudía con frecuencia, procuraba encontrarse con él
para, juntos, tomar parte en ls diversiones y excursiones que se
organizaban.
Este asedio lo intensificaba con la esperanza de que la plaza
acabara por rendirse ante las armas, siempre victoriosas, de sus
encantos y de su hermosura.
Uno de los sitios más concurridos en las afueras de la
población era Dublin’s Parí, centro de atracciones donde la
sociedad más elegante y distinguida se reunía para disfrutar de
los diversos espectáculos y diversiones que allí se presentaban,
tornar el té y entregarse a las delicias del baile.
En este centro de atracciones se destacaba en la parte alta
una gran plataforma cubierta por una techumbre de arquitectura
grecorromana, apoyada en esbeltas columnas de jaspe; esta
plataforma se hallaba elevada unos metros sobre el terreno, y el
acceso a ella se verificaba por una gradería de escalones de
brillante mármol, que de trecho en trecho se interrumpían por
artísticas estatuas y diversos grupos escultóricos representando
escenas alusivas a las fiestas paganas de la antigua Roma.
Descendiendo por las graderías, el espectáculo que se
ofrecía a la vista de los espectadores que dirigiesen sus miradas
por toda la extensión del Parque, era grandioso. Se inclinaba el
terreno en suave declive, con terrazas escalonadas, sobre las
cuales, y alrededor de las mesas en ellas colocadas, se servían
suculentos manjares y deliciosos refrescos, terminando la
última terraza por una gran pista, en. la que se apiñaban los
aficionados al baile, que al son de una selecta orquesta se
entregaban a su afición ; en el centro de esta pista, que tenía la
forma anular, se destacaba un hermoso lago rodeado de plantas
96
La Isla de la Paz y de la Guerra
exuberantes y exóticas, intercaladas por figuras de mármol y
alabastro, constituyendo un encantador marco, y sobre la
superficie del agua, rizada por ligera brisa, se deslizaban,
pausadamente los cisnes y otras aves acuáticas, que cruzaban el
lago en todas direcciones.
Ante una de las mesas próximas a la pista se hallaba Adam,
contemplando el hermoso espectáculo que tenía ante sus ojos,
cuando, al dirigir la mirada hacia las terrazas superiores, vio
que bajaba por ellas la majestuosa y esbelta figura de la
marquesa de Livingstone, la cual atraía la atención de todos los
circunstantes, dejando a su paso la expresión simpática de su
delicada silueta, el brillo de sus cabellos de oro, la espiritual
animación de su rostro y la dulzura ardiente y suave de sus
ojos, muy azules, cuya expresión se hacía indagadora, como si
buscase algo que no encontraba y que tenía hondo interés en
encontrar. De repente, al dirigir la vista hacia el lago, su
fisonomía adquirió una rápida animación de alegría y apresuró
el descenso por las terrazas, hasta llegar al sitio donde se
encontraba Adam. Este se levantó inmediatamente y la invitó a
sentarse, disfrutando después ambos de cuantos atractivos el
Parque ofrecía y entablando una conversación muy animada;
desde el sitio que ocupaban contemplaban el horizonte
vaporoso de la sierra, con la línea armoniosa y suave de sus
montañas, que servían de fondo al cuadro maravilloso del
Parque.
Adam se extasiaba contemplando los encantos de la
interesante figura de la marquesa. Poco a poco, bajo su
influencia arrebatadora, iba cayendo en las redes que ella le
tendía, redes que, si lo aprisionasen, no se sabía si serían para
labrar su felicidad o su desgracia; pudiera ser lo primero si la
marquesa sintiese por él realmente el afecto que expresaba;
sería lo segundo si el deseo de conquistarlo obedeciese sólo a
la vanidad de ostentar su unión con un hombre célebre por su
fama de artista y por su rancio abolengo. Pero, ¿quién es capaz
de averiguar la intención oculta de las personas? Sólo la
97
José Mesa Ramos
observación y el examen de los incidentes que se presentasen
durante el curso de las relaciones podrían revelar algún indicio
que sirviese para demostrar los verdaderos sentimientos.
Al preludiar la orquesta un vals, la marquesa y Adam se
levantaron,
y
entrelazados
desaparecieron,
girando
vertiginosamente en el torbellino del baile; esos momentos no
podían ser más propicios para una declaración de amor. El sol
declinaba en el horizonte; la tenue luz del crepúsculo se iba
amortiguando paulatinamente, hasta desaparecer, riendo
sustituida instantáneamente por el brillo deslumbrador de los
millares de focos luminosos diseminados en los árboles y flores
del jardín como fantásticas luciérnagas.
¿Impresionó este espectáculo maravilloso a la pareja, de la
cual vamos siguiendo los movimientos? ¿Ejerció sobre Adam
una alucinación que le embargó todos los sentidos y a la cual
no se pudo sustraer? Seguramente que sí, porque, terminado el
baile, se dirigieron juntos a uno de los bancos de piedra más
apartados que rodeaban el lago, entregándose a una
conversación al parecer muy interesante, a juzgar por sus
actitudes y movimientos, cada vez más expresivos, y sus
penetrantes miradas, que estaban constantemente fijas en sus
animados rostros, que se hallaban como abstraídos y ajena todo
lo que les rodeaba. Adam, fascinado por tantas emociones
como en aquel atardecer habían asaltado su mente y que se
habían apoderado de su voluntad, envuelto en el fantástico
ambiente que invadía los jardines del encantador Parque,
estuvo a punto de declararle su amor; pero instantáneamente,
dominado por una fuerza misteriosa, se contuvo, y la
declaración no salió de sus labios. La marquesa, que ya lo creía
vencido, experimentó una desagradable decepción; pero eso no
la haría desistir, confiando en sus encantos para hacerle caer
rendido a sus pies.
¿Sería posible que esto sucediese? ¿Se olvidaría Adam de
su idolatrada Mary, en la cual había visto reunidas todas las
perfecciones, que no encontraba en ninguna otra mujer? ¿Es
98
La Isla de la Paz y de la Guerra
que nuestra naturaleza es tan voluble que los afectos que
experimenta, por grandes que sean, se amortiguan y hasta
desaparecen inesperadamente, siendo sustituidos por otros?
La contestación a esta última pregunta sería afirmativa si
los afectos nuevos fuesen superiores moralmente a los
primitivos, y negativa en el caso contrario. Pero también
pudiera suceder, y desgraciadamente sucede con bastante
frecuencia, que, aunque moralmente los afectos nuevos fuesen
inferiores a los otros, consideraciones de índole material y de
conveniencia compensasen con ventaja, a juicio de la persona
interesada, la deficiencia moral, y en tal caso se decidiese a
prescindir del antiguo amor y a sustituirlo por el nuevo;
lamentable error mantenido por un refinado egoísmo que pone
a la persona que piensa así una venda en los ojos para que no
pueda ver la verdad, y que le oscurece su inteligencia,
impidiéndole comprender que no se pueden comparar cosas
heterogéneas, como son la moral y la material, los puros goces
espirituales del amor, que nacen del alma, y las satisfacciones
del egoísmo, que nacen del mezquino interés personal; eso es
un absurdo, y la única explicación que tiene no es otra que la
de que el individuo que así procede no siente verdadero amor,
porque éste no se extingue por nada ni por nadie, sino un afecto
pasajero o superficial.
¿Pero se daría este caso en Adam? ¿Sería uno de tantos
egoístas que se atreviese a proceder de manera tan baja?
Discurriendo lógicamente, no siendo Adam de aquellos que
subordinasen lo moral a lo material, puesto que su alma de
artista, siempre dispuesta a elevarse sobre las pequeñeces
humanas, y su manera de ser debieran impedírselo, la decisión
que habría de adoptar en los momentos difíciles de su vida,
debiera de ser la que más se ajustase a los buenos sentimientos
de los seres privilegiados, que están muy por encima de las
vilezas humanas.
99
José Mesa Ramos
CAPITULO XXII
REAPARICION DE LA GOLETA “PRETTY MARY”
Las obras de reparación y reconstrucción de la goleta
“Pretty Mary” estaban terminadas, y el barco en disposición de
hacerse a la mar.
En vista de que la revolución que agitaba al país adquiría
enormes proporciones, avanzando rápidamente y destruyéndolo
todo a sangre y fuego, Richard y John acordaron abandonar la
isla, donde no se disfrutaba de la tranquilidad necesaria para
trabajar, y trasladarse a otro país donde el orden establecido
fuese una garantía de que el fruto del trabajo se respetase,
haciéndose en el, por consiguiente, la vida normal de los
pueblos civilizados.
Al mismo tiempo convinieron en formar una Sociedad que,
además del negocio de transporte, se dedicaría en el primer
viaje, aprovechando la enorme baja de precios producida en la
isla con motivo de las circunstancias graves que atravesaba, a
comprar las mercancías que habían de constituir el cargamento
del barco y venderlas en el puerto adonde se dirigiera,
repartiéndose las utilidades en proporción a la parte del capital
que cada uno hubiese aportado.
A consecuencia del pánico que se había apoderado de las
clases productoras, se vieron éstas obligadas a liquidar
rápidamente sus existencias a cualquier precio para poder huir
de aquella isla, donde peligraban sus fortunas y sus vidas; así
es que, con gran facilidad, John y Richard adquirieron
mercancías suficientes para cargar con ellas el barco, que
quedó completamente abarrotado. Decidieron, pues, renunciar
a la explotación proyectada de la línea marítima de Rockland a
Trinity, abandonar la isla y disponer que, por de pronto, la
goleta rindiese el viaje en Worthing, donde venderían el
cargamento que llevaba, estudiando allí las líneas marítimas
100
La Isla de la Paz y de la Guerra
que les convendría adoptar para el transporte de viajeros y
mercancías.
La alegría de John fue inmensa ante la perspectiva, próxima
a realizarse, de volver a su patria y de estrechar entre sus
brazos a los seres tan queridos que en ella le esperaban.
Inmediatamente puso un cablegrama, dirigido a su hermana y a
Emma participándoles esta feliz nueva y anunciándoles la
salida para el día 10 de Septiembre. En la mañana de ese día,
con las velas desplegadas, que empujaba una suave brisa del
Oeste, zarpó la goleta “Pretty Mary” con rumbo hacia el Este.
La hermana de John, bajo la influencia dé una
conmovedora emoción, puso en conocimiento de cuantos se
interesaban por ellos el contenido del cablegrama. Todos
esperaban con ansiedad la llegada del barco, que después de
haber sido destrozado por la tempestad, resucitaba a nueva vida
y reaparecería flamante, muy pronto, en las aguas dé aquel
puerto; el espectáculo tenía que ser verdaderamente
sensacional.
* * *
Ningún incidente desagradable hubo de señalarse durante la
travesía; el tiempo se conservó bonancible y los vientos
dominantes eran siempre los más favorables para que el barco
no sufriese ningún retraso; este viaje se hacía, pues, con buenos
auspicios y todo inducía a esperar que se llegaría a su término
sin el menor contratiempo.
De los puertos en donde hacía escala el barco se recibían
constantemente noticias satisfactorias; el último cablegrama
procedía de un puerto distante de Worthing 150 millas, por lo
que se calculaba que, si no ocurría ningún contratiempo, no
tardaría el barco en llegar más de dos días; en este cablegrama
se participaba también que habían visto en su ruta a la goleta
“Iris”, la cual conducía a los demás náufragos, y que llegaría a
Worthing, probablemente, el mismo día que la “Pretty Mary".
101
José Mesa Ramos
Durante esos dos días se veía una nutrida muchedumbre
diseminada a lo largo de la costa, provista de gemelos y
anteojos de larga vista, escudriñando el horizonte para ser los
primeros en anunciar la aparición de las dos goletas.
Por fin, el día 25 de Septiembre, a las ocho de la mañana,
una de las personas que miraba con un catalejo prorrumpió en
una exclamación de alegría: “¡Un barco a la vista!". Todos
dirigieron sus miradas hacia el punto que se divisaba en el
horizonte; este punto fue agrandándose, empezando a
distinguirse la arboladura; poco después pudo apreciarse que la
arboladura correspondía a una goleta de tres palos, que cada
vez se hacía más visible, y al fin pudo leerse en su proa el
nombre de "Pretty Mary”.
El entusiasmo fue general; todos aplaudían y lanzaban
gritos de alegría; corrió el publico hacia los muelles para
presenciar su feliz arribo.
Se le vio entrar en el puerto a buena marcha, fueron
arriadas las velas y con la velocidad adquirida hizo una rápida
evolución y, enfilando los muelles, atracó al costado de éstos,
largando sus amarras, que la mantuvieron arrimada al muro,
fuertemente sujeta.
Los muelles estaban rebosantes de gente.
John, sobre cubierta, saludaba a todos, y al saltar a tierra,
visiblemente conmovido, abrazó a su hermana y a su
prometida, que se adelantaron a su encuentro; presentó a las
dos a su protector y consocio Richard Smith, que le
acompañaba, y después de despedirse de éste, que se quedaba
en el barco, y de Emma y de William, que se marchaban a su
casa, se agolpó a su alrededor multitud de personas deseosas de
estrecharle la mano y de darle la bienvenida.
Llegó a su casa, donde se despidió de todos, y después se
encontró solo con su hermana, a la que enteró minuciosamente
de las penosas vicisitudes por las que había pasado, de las
cuales ya se veía libre, y expresándole su confianza de que,
desde aquel momento, se iniciaba para ellos una era de
102
La Isla de la Paz y de la Guerra
prosperidad, porque todo indicaba que su situación se
despejaba en sentido favorable.
Pocas horas después de llegar la goleta "Pretty Mary", las
familias del resto de los náufragos, que se habían quedado en
los arrecifes de la costa esperando la llegada de la goleta “Iris",
pudieron divisar en el horizonte la aparición de un barco.
Aunque John, al desembarcar, les había dicho que la goleta
“Iris’' navegaba sin contratiempo, empujada por un viento
favorable, y que seguramente arribaría aquel mismo día, no
estaban completamente tranquilas.
El barco divisado en el horizonte fue acercándose, y cuando
estaba a una distancia que permitía distinguir sus detalles, pudo
leerse en la proa el nombre de “Iris”. Prorrumpieron todos en
grandes gritos de alegría, dirigiéndose a los muelles, donde el
barco no tardó en atracar, saltando inmediatamente a tierra los
pasajeros, que se encontraron en seguida entre los brazos de
sus familias. Todos ellos, al hacer el relato del naufragio,
elogiaron las condiciones marineras de la goleta, atribuyendo la
catástrofe ocurrida solamente a la violenta tempestad que de
repente se desencadenó, con tal furia que ningún barco, por
sólido y resistente que fuese, hubiera podido vencer. La "Pretty
Mary”, según ellos, sucumbió porque no tenía más remedio
que sucumbir.
Después de estas explicaciones dadas por los náufragos, se
convencieron todos de lo infundado de sus sospechas y de lo
cruel que había sido su conducta con Mary; desde aquel
momento se vio la casa de John invadida por las familias de los
náufragos, las cuales procuraron desagraviar a Mary,
testimoniándole al mismo tiempo el aprecio que siempre le
habían demostrado por sus justos merecimientos y rogándola
que, por la injusta conducta que habían observado con ella
últimamente, les perdonase.
—Nunca he dudado—contestó Mary—del afecto que todos
vosotros siempre me habéis profesado. Vuestra conducta
últimamente observada conmigo la encuentro disculpable,
103
José Mesa Ramos
teniendo en cuenta el desesperado estado de ánimo en que os
encontrabais, que no os dejaba ver las cosas con la debida
claridad al enteraros del naufragio y de que las lanchas en las
que se habían embarcado vuestros seres queridos en el
momento de abandonar la goleta se bailaban a merced de las
olas, siendo de temer que no hubiesen podido resistir a los
furiosos embates del temporal, porque, a pesar del mucho
tiempo transcurrido, no teníais ninguna noticia de ellos. Nada
tengo que reprocharos desde el momento que reconozco que
vuestra desesperación al pensar en tan horrible desgracia os
puso una venda en los ojos que no os dejó ver la verdad, sino
un equivocado juicio que vuestra imaginación abultaba hasta
considerarlo como una realidad.
Estas familias se marcharon tranquilas por haber dado la
debida satisfacción a Mary y por haber acallado su conciencia,
que les acusaba de la odiosa calumnia que tantos perjuicios
morales y materiales podría haber ocasionado a ella y a John.
A Mary, al quedarse sola, a pesar de su entereza de ánimo,
con las fuertes impresiones que habían conmovido su corazón
en breves momentos, se le saltaron las lágrimas; lloró y
permaneció bastante tiempo llorando, siendo sus lágrimas no
de dolor, sino de alegría por la feliz llegada de su hermano y
por la rehabilitación del nombre de éste. ¿Era con esto feliz?
Sí, relativamente; para serlo por completo le faltaba unir su
suerte a la del ser soñado por ella.
A los pocos días de la llegada de su hermano, se presentó
Mary en la fábrica donde estaba empleada, con el objeto de
decir a Joseph que no podía continuar en ella, manifestándole
su agradecimiento por las atenciones que de él había recibido.
104
La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO XXIII
JOHN Y RICHARD
En la mañana del día siguiente a la llegada de la soleta, se
reunieron en casa de John éste y su consocio Richard, para fijar
tos precios de venta de las mercancías que habían traído,
acordando ponerlas precios inferiores a las que regían en el
mercado para darlas pronto salida y poder libremente dedicar el
barco al transporte de pasajeros y de todos los productos en el
comercio de cabotaje.
Enterados los agentes comerciales de la población,
invadieron la casa de John y se disputaron la mercancía,
aprovechándose de los precios ventajosos que habían fijado,
que les hacía prever un excelente negocio; en pocas horas se
concertaron las operaciones de compra-venta suficientes para
que quedase vendido todo el cargamento, y se dispuso lo
necesario para que diesen principio inmediatamente los
trabajos de descarga.
En el acto se formalizaron las liquidaciones con los
compradores y, después que éstos se marcharon, John y
Richard hicieron detenidamente el balance del resultado
obtenido, que, aunque suponían que sería satisfactorio, superó
mucho a cuanto imaginaban, pues fue verdaderamente
asombroso; las utilidades ascendieron a una cifra tan grande,
que con ella pudo amortizarse inmediatamente el capital
invertido en la reparación y reconstrucción de la goleta,
quedando un remanente que se aplicó a los gastos iniciales de
la empresa de transportes marítimos que iban a acometer y
repartiéndose, además, un dividendo muy halagüeño, en
concepto de ganancias.
Esto le pareció a John un sueño, pues no esperaba percibir
utilidad alguna hasta pasados algunos años, durante los cuales
quedaría amortizado el capital; tiempo que no se podría
105
José Mesa Ramos
precisar y que pudiera haberse demorado indefinidamente, si el
negocio hubiese tenido algún tropiezo.
Ahora se encontraba libre de esa preocupación y en una
situación francamente próspera, que le permitiría ensanchar el
círculo de los negocios que iba a emprender en unión de su
consocio. John pasó rápidamente de la pobreza a la riqueza; de
la humilde posición de un empleado, que para su subsistencia
sólo podía contar con el trabajo cotidiano, a la posición
desahogada del hombre acaudalado.
Reunidos los dos consocios, acordaron ampliar los
negocios de la sociedad con la organización de los talleres del
astillero de John, disponiéndolos de manera que en él se
pudiesen construir barcos de todos los portes. Respecto a la
línea marítima que se había de explotar eligieron la de
Worthing a Dublín, haciendo escala en todos los puertos de
importancia que se encontraban en su ruta, de la costa
occidental y oriental de Irlanda.
En pocos días quedó terminada la descarga de las
mercancías que llenaban las bodegas del barco, y empezaron
las operaciones de la carga que había de transportar en el
próximo viaje.
Terminadas estas operaciones, el 5 de Octubre se dio a la
vela la goleta, completamente abarrotada de mercancías; desde
todos los puertos donde hacía escala, telegrafiaban dando
cuenta de los incidentes que ocurrían durante la travesía, siendo
las noticias que se recibían completamente satisfactorias no
sólo respecto a la regularidad de la marcha del buque que
llegaba a sus destinos en el tiempo prefijado, sino también a la
importancia de los fletes de Is mercancías que cargaba durante
el trayecto y de los pasajeros que transportaba.
Entre tanto, los trabajos de reconstrucción y reforma de los
astilleros de la Sociedad proseguían actívamele y pronto se
verían terminados.
* * *
106
La Isla de la Paz y de la Guerra
Desde Worthing hasta Dublín, teniendo en cuenta la
distancia que el buque tendría que recorrer y el tiempo que se
invirtiese en las operaciones de carga y descarga en los puertos
del trayecto donde haría escala, tardaría en llegar unos doce
días.
En efecto, el día 17 de Octubre hizo su entrada en la capital
de Irlanda la goleta, después de un viaje completamente feliz.
Los periódicos de la localidad dieron la noticia de su
llegada y anunciaron su salida con dirección a Worthing, en la
siguiente semana.
Hallándose Adam en su estudio hojeando los periódicos,
durante los momentos que dedicaba al descanso, se fijó en uno
de los anuncios que se insertaban en la sección de movimiento
marítimo, que decía así:
COMPAÑÍA DE NAVEGACIÓN JOHN Y RICHARD
La goleta “Pretty Mary", saldrá del puerto de Dublín el día
22 de Octubre con destino a Worthing, haciendo escala en los
puertos principales del Mar de Irlanda, Canal del Norte y
Océano Atlántico.
Admite pasajeros y mercancías.
Este anuncio le causó enorme impresión, porque traía a su
memoria la goleta que, con el mismo nombre, había visto salir
del puerto de Worthing y que había naufragado en su viaje a la
isla de la Paz. No se le figuraba que fuese la misma, y suponía
que se trataba de otra goleta a la que le habían puesto el mismo
nombre; pero por darse esta circunstancia y por estar
matriculada en el mismo puerto, sospechaba que pudiera
pertenecer al mismo dueño.
Para salir de dudas, se dirigió inmediatamente a los muelles
donde estaba el buque; subió a su bordo y se entrevistó con el
capitán, al que le expuso su deseo. El capitán le dijo que se
107
José Mesa Ramos
trataba de la misma goleta a que él se refería, reconstruida con
el casco que se había salvado del naufragio; a continuación le
explicó todas las peripecias y sufrimientos por los que habían
pasado John y su hermana, y la transformación sorprendente
que se había operado en su fortuna, hablándose ya en un
período de gran prosperidad.
A medida que iba hablando el capitán, se reflejaba en su
semblante la satisfacción que le producían las últimas palabras
pronunciadas por éste y, sin poderse contener, porque en su
mente germinaba el vehemente deseo de averiguarlo, le
preguntó si William, con el cual tenía Mary pendiente cierto
compromiso amoroso, había regresado a Worthing. La
contestación del capitán, no pudo ser de mejor efecto para
Adam, pues le dio detalles del curso y del resultado de la
entrevista de ambos, añadiendo que, como consecuencia de
ella, Mary estaba libre del copipronúso contraído.
Al saber esto Adam, formó el fírme propósito de emprender
el viaje a Worthing en la goleta “Pretíy Mary”, que muy pronto
se haría a la mar.
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La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO XXIV
INTRIGAS DE LA MARQUESA DE LIVINGSTONE
La alucinación producida en Adam por la hermosa
marquesa de Livingstone, en sus breves y superficiales
relaciones con ella, había desaparecido. Aun cuando Mary no
fuese, como lo era, dueña de su corazón, hubiera procedido del
mismo modo con la marquesa, por haberse convencido de que
no era ésta la mujer que le haría feliz. Formó de ella el juicio
de que era una de esas mujeres nacida para brillar en sociedad,
para ser contemplada y admirada por los que frecuentaban su
trato para recibir los halagos del entusiasmo que provocaban
sus encantos físicos, para gozar de la satisfacción de verse
descollar sobre las demás mujeres persuadiéndose de que
ninguna la sobrepujaba, para sostener el interés de la
conversación con frases superficiales y frívolas; pero si
prescindiendo de esta parte externa se trataba de ver lo interno,
si del trato frívolo superficial y de los encantos físicos se
intentaba pasar a escudriñar su inteligencia, no se encontraba
en ella nada digno de elogio. No pensaba más que en sí misma
y despreciaba todo lo que estuviese fuera de ella. En una
palabra, no había nacido, como los demás semejantes, para
elogiar lo que era merecedor de elogio y admirar lo que era
digno de admiración, sino única y exclusivamente para ser
elogiada y admirada. Esta manera de ser de la marquesa, de la
que Adam se cercioró, y su inutilidad para todo lo que no fuese
su egoísmo, tras del cual no aparecía un afecto sincero, dio por
resultado su retraimiento.
¿Se resignaría ésta con la derrota sufrida, y dejaría que el
enemigo que trataba de conquistar se recrease en su victoria?
Tuvo noticia de que Adam no se decidía a formalizar
relaciones con ella, ni con ninguna otra mujer, porque durante
su estancia en Worthing se había enamorado de la hermana de
109
José Mesa Ramos
un constructor de barcos. Verse ella, la que tanto brillaba en los
círculos aristocráticos más distinguidos de Dublín, postergada
por una mujer vulgar, eso no lo podía consentir y requería, a su
perverso juicio, una implacable venganza.
En los primeros momentos se le ocurrió dirigir a Mary un
anónimo, pero pensándolo detenidamente comprendió que no
sería difícil que se averiguase quién había sido el autor de este
infame medio de desacreditar a una persona, por lo que prefirió
no ocultar su nombre y presentarse a cara descubierta,
considerando que la conducta con ella observada por Adam le
autorizaba para proceder así.
Sin la menor vacilación, escribió a Mary esta carta:
“Un deber de conciencia, me obliga a enterarle de que
Adam Turner ha tenido con Elizabeth, hija de la baronesa de
Wilson, relaciones amorosas bastante avanzadas, para que en
las personas que concurrían a las fiestas que ellos frecuentaban
fuese unánime la creencia de que no tardarían en hacerse
públicas estas relaciones, y que muy pronto se celebraría la
boda; los periódicos locales comentaron esta noticia y la
publicaron.
”A pesar de esto, dichas relaciones fracasaron, no siendo
otra la causa que la inconstancia, rayana en el cinismo, de
Adam, que, al parecer, disfrutaba de un placer especial en
enamorar a las mujeres, para dejarlas cuando más ilusiones les
había infundido en su mente, aunque él la atribuía a
incompatibilidad de caracteres. Esto último creía yo, por
desgracia, como lo creían todos los que de buena fe pensaban
que había sido la causa del rompimiento; digo por desgracia,
porque al poco tiempo me hizo la corte con tal asiduidad,
siguiéndome a todas partes, encontrándose conmigo y
frecuentando mi trato, que por sus atractivos personales, que
escondían una falsa intención, llegó a interesarme y a conseguir
que aceptase su proposición de entablar relaciones amorosas.
’’Así continuamos, haciéndose cada vez más íntimas
nuestras relaciones; los periódicos adelantaron la noticia de
110
La Isla de la Paz y de la Guerra
nuestras próxima boda, y cuando más ilusionada estaba, sufrí el
más amargo desengaño de mi vida; Adam se alejó de mí,
conduciéndose conmigo de una manera tan despreciable como
se había conducido con Elizabeth.
"Por eso, siendo yo una de las mujeres de la cual pretendió
burlarse, quiero desenmascararle ante las demás que estuviesen
expuestas a ser blanco de sus fechorías, y como sé que durante
su estancia en Worthing ha tenido usted con él relaciones de
amistad, antes que éstas adquieran otro carácter, le escribo para
ponerla en guardia contra las asechanzas de tan funesta
persona.
"Comprenderá usted que al no ocultar mi nombre y al no
recomendarle la reserva sobre lo que le digo, es porque tengo la
seguridad de que todo es cierto.
”Le envío con esta carta el recorte de uno de los periódicos
de esta localidad, en el que se da cuenta del estado a que habían
llegado recientemente las relaciones de Adam conmigo.— La
marquesa de Livingstone"
* * *
Enterada la marquesa de que Joseph Olívier, antiguo amigo
de John y de Mary en los días de infortunio que ésta había
sufrido con motivo del desastre de la goleta, cuando, buscaba
trabajo para atender a su subsistencia y no lo encontraba la
había admitido en su fábrica y que estaba enamorado de ella,
habiéndole declarado su amor, sin saber el resultado de esta
declaración y aventurando el juicio, porque así le convenía para
los fines que perseguía, de que no había sido rechazado,
haciendo depender su contestación del giro que tomasen sus
relaciones con Adam, se propuso poner en conocimiento de
éste la conducta que atribuía a Mary, con el objeto da que, así
como con la carta que a ésta había escrito suponía que
destruiría su afecto por Adam, al enterarse éste de las
relaciones de amistad de Mary con Joseph, relaciones que
111
José Mesa Ramos
pudieran transformarse en relaciones amorosas, conseguiría
destruir el sentimiento de amor que Adam experimentaba por
aquélla.
Sin revelar la contrariedad que la conducta de Adam le
había producido y habiendo quedado reducidas sus relaciones
con él a las de una superficial amistad que permitía continuar
tratándose, puso los medios para tener una entrevista con él.
Con este objeto recibió Adam una invitación de la marquesa
para que fuese a tomar el té en su casa.
Acudió Adam, siendo recibido con la mayor afabilidad, sin
que se notase en ella la indignación de que estaba poseída por
su comportamiento; por el contrario, dueña de sí misma, y,
como buena diplomática, escondiendo sus intenciones,
adoptando la mayor amabilidad, hizo recaer la conversación en
las marinas que había pintado y que figuraban en la Exposición
de Pinturas que se estaba celebrando en Dublín, sobre todo en
las que representaban perspectivas tomadas desde la costa de
Worthing. Con este motivo le felicitó por haber sido premiado
con Medalla de Honor el cuadro que representaba la salida del
puerto de la goleta "Pretty Mary”.
—A propósito, Adam; esa goleta, que había naufragado, se
reconstruyó y ahora se encuentra en nuestra bahía.
—Ya lo sé—replicó Adam—; el otro día hablé con el
capitán, que me dio noticias de todo lo que había ocurrido y de
las vicisitudes que había pasado John, dueño de ese barco.
—También por curiosidad hablé yo con el capitán, que me
dijo que usted tenía relaciones de amistad bastante avanzadas
con Mary, y que Joseph, antiguo amigo de John y de su
hermana, hace mucho tiempo que está enamorado de ésta, no
habiéndoselo declarado antes porque sabía el compromiso que
tenía con William, pero que, saldado éste, ahora le propuso
entablar relaciones amorosas que ella no se había atrevido a
rechazar, haciendo depender su resolución definitiva del giro
que tomasen las relaciones que tiene pendientes con usted.
112
La Isla de la Paz y de la Guerra
Indudablemente, es previsora, puesto que, por lo que pudiera
suceder, prepara un sustituto.
Al oír esto, Adam, fuertemente impresionado, replicó que
eso no podía ser cierto, puesto que el capitán nada le había
dicho.
—No se lo dijo—repuso la marquesa—porque no se lo ha
preguntado.
—De todas maneras—interrumpió Adam—, me es
imposible dar crédito a esa noticia, y creo que es una invención
sin fundamento.
Sin poder dominarse, impaciente por comprobar lo que la
marquesa le acababa de decir, aprovechó el momento en que
Legaban otras personas para despedirse.
Tan pronto saltó de la casa de la marquesa, se dirigió
precipitadamente a los muelles del puerto, donde aún
permanecía atracada la goleta, y habló con el capitán sobre las
relaciones de Mary con Joseph. El capitán, después de ensalzar
lis excelentes cualidades de Joseph, no negó que éste estuviese
enamorado desde hacía mucho tiempo de Mary, con la cual le
unía un afecto de sincera amistad, no extrañándole que este
afecto llegase a tener un carácter más íntimo.
113
José Mesa Ramos
CAPITULO XXV
DESILUSION DE MARY
Recibió Mary la carta de la marquesa poco después de su
entrevista con loseph. El suelto del periódico que en ella le
incluía decía lo siguiente:
“Se anuncia la boda para muy pronto de una marquesa,
figura destacada en las fiestas de la sociedad elegante de
Dublín por su belleza y por el atractivo de sus dotes personales,
con un célebre pintor de aristocrática alcurnia.''1
El efecto que le produjo el contenido de esta carta y el del
recorte del periódico que la acompañaba, fue de asombro y
estupor; no quería creer que Adam fuese la persona descrita
con tan negras tintas por la marquesa. Sin, embargo, había que
rendirse a la evidencia; a la vista tenía las pruebas de la
veracidad de cuanto afirmaba. Le parecía imposible que ésta se
hubiese atrevido a estampar su firma al pie de acusaciones tan
graves si no fuesen ciertas, exponiéndose, en el caso de no ser
confirmadas, a que le diesen un mentís que la pondría al bajo
nivel de una vil calumniadora.
Indudablemente, Adam había jugado con su corazón lo
mismo que con el de Elizabeth y el de la marquesa. ¡Adiós,
ilusiones! Todo había sido un sueño. ¡Qué horrible despertar!
El afecto de amor que había germinado en su alma fue
violentamente maltratado, imposible, imposible le parecía que
tanta perversidad pudiera albergarse en un ser humano. Tenía
formado de Adam un concepto tan elevado, que en ningún
momento le asaltó la idea de dudar de su afecto y de sus nobles
intenciones. Este primero y único amor de su vida, que con
tanta fuerza se había arraigado en su corazón, no podía
desaparecer, tenía que acompañarla siempre, aunque el ser
amado le hubiese mentido falsos sentimientos, aunque se
114
La Isla de la Paz y de la Guerra
hubiese burlado de ella. No, no podía ya unir su suerte a la de
ninguna otra persona.
Sería un martirio, pero no esperaba otro porvenir que el de
cruzar sola y sin amparo el camino de su vida hasta el
momento de desaparecer de este mundo, sin más compañía que
la de su inmenso amor no correspondido y despreciado.
Haciéndose estas reflexiones y embargada por una fuerte
emoción, se dispuso a escribir a Adam una carta lacónica,
porque no encontraba palabras bastantes para condenar su
conducta, en los siguientes términos:
“Acabo de recibir la carta, que le incluyo, de la marquesa
de Livingstone, en la que se hacen afirmaciones muy graves
respecto a usted, afirmaciones que no admiten réplica, puesto
que la marquesa responde de ellas con su firma,
corroborándolas, además, el recorte del periódico que la
acompaña; otras noticias que tenía yo hace tiempo, por
haberlas publicado el periódico de esta localidad, tomadas de
los de Dublin, sobre su conducta en las fiestas que en esa
capital se celebraban, hacían sospechar que su ánimo se
encontraba muy tejos del afecto que me había expresado, y que
más bien experimentaba especial placer en compartir sus
sentimientos con otras jóvenes de su sociedad; pero no les daba
importancia, porque creía que las relaciones a que se referían
eran superficiales, dándoles la gente unas proporciones que no
tenían, no imaginando que usted fuese infiel al afecto que
tantas veces y con tanto fervor me había expresado.
'’Ahora comprendo que estaba equivocada y que el
concepto que de usted había formado, creyéndote un ser
superior a los demás hambres por sus cualidades morales, no
era el que usted merecía.
"Después de esto nuestras relaciones no sufrirán un alto,
sino un retroceso, volviendo al punto de partida, como si nunca
nos hubiésemos conocido.— Mary."
115
José Mesa Ramos
CAPITULO XXVI
TRISTEZA DE ADAM Y DE MARY
Adam, profundamente enamorado de Mary, sufrió una
cruel decepción al enterarse de las nuevas relaciones amorosas
que él creía estaban a punto de iniciarse entre ella y Joseph. No
imaginaba que Mary mirase el afecto tierno que inspira el amor
con la frialdad que representaba el hecho de consentir entablar
relaciones de amistad que pudieran dar lugar a otra clase de
relaciones, hallándose, como se bailaba, ligada por un
verdadero afecto al ser que, como él, veía en ella reunidas todas
las perfecciones morales. Ya no la veía como la veía antes,
como una mujer superior, de puras virtudes y sentimientos,
sino como una persona vulgar en la que el corazón estaba
siempre supeditado a la cabeza.
Lo que de Mary le había dicho la marquesa le parecía que
estaba confirmado por el capitán.
Ante esto, debía de adoptar la resolución de dar por
terminadas sus relaciones. Se dispuso a escribirla, pero era tan
grande la pena que se había apoderado de su ánimo y tanta la
excitación que le había producido su extraña e inesperada
conducta, que no pudo en aquel momento coordinar las
palabras para expresarle su indignación, no encontrando frase
adecuada para recriminar su innoble manera de proceder.
Interrumpió, pues, la carta que había empezado a escribir, con
la intención de continuarla cuando estuviese más tranquilo.
La carta de Mary, que recibió al día siguiente, vino a
colmar la medida de los sufrimientos que estaba pasando. Ya
no era sólo él quien iba a dar por terminadas las relaciones con
Mary; era ésta la que se adelantaba a adoptar una resolución
que destruía las ilusiones que ambos se habían forjado. Se
decidió, pues, a contestarla para hacerla ver que si ella creía
tener motivos para apartarse de él, él también los tenía para
apartarse de ella.
116
La Isla de la Paz y de la Guerra
No quería que estas relaciones terminasen sin que cada uno
quedase en el lugar que le correspondiese, pues no se resignaba
a que cayese sobre su buen, nombre la menor mancha que lo
oscureciese, habiendo sido siempre norma de su vida la rectitud
y la nobleza.
Empezó la carta manifestándole que las acusaciones de la
marquesa, si bien aparentemente le condenaban, carecían de
fundamento sólido, puesto que las relaciones a que aludía no
eran de amor, sino de amistad; y añadía:
"Los epítetos que la marquesa me aplica son injuriosos e
injustificados, y no quiero creer que de mi persona tenga usted
formado el vil concepto descrito por ella. No niego que mis
relaciones de amistad, tanto con ésta como con Elizabeth, han
dado pábulo a la opinión de que se hallaban próximas a tomar
otro rumbo más íntimo; pero eso no es verdad; mi conducta fue
efecto más bien de una alucinación que de un verdadero
sentimiento de amor. Lo que sucedió fue lo que sucede muchas
veces en las reuniones, donde un acontecimiento sencillo se
comenta y abulta con facilidad para dar amenidad a la
conversación, bastando que una persona lance una sospecha
para que, corriendo de unas personas a otras, se convierta en
una presunta realidad. Y eso me sucedió a mí, que no rae vi
libre de estas equivocadas suposiciones en las fiestas a que
había asistido. Mi objeto al frecuentar estas fiestas no había
sido otro que el de distraer mi imaginación de la preocupación
que me producía su tardanza en contestar a la carta que le había
escrito, relacionando este hecho con el temor de que se hubiese
verificado su entrevista con William y que de ella hubiese
resultado que tendría que perder la esperanza de que se
realizase mi ilusión. Pero, en medio de aquellas fiestas, su
imagen no se separaba de mi mente, y eso hacía que mis
relaciones con Elizabeth y con la marquesa no pasasen de
cierto límite y que se redujesen únicamente a un agradable
entretenimiento.
117
José Mesa Ramos
"Al enterarme por el capitán de la goleta, que está anclada
en esta bahía, que se encontraba usted libre del convenio que la
ligaba a William, se me ensanchó el corazón y formé el
propósito de tomar pasaje en ese barco, que pronto iba a
hacerse a la mar con dirección a Worthing, donde tendría el
placer de verla y de arreglar lo necesario para realizar lo que
constituía el sueño más hermoso de mi vida.
"Considero que con estas explicaciones queda plenamente
justificada mi conducta; o se cree en la sinceridad de mis
palabras, o que es verdad la vil calumnia de la marquesa,
ocasionada por ofensas imaginarias que ella supone haber
recibido de mí y que su vanidad excesiva o su exagerada
presunción o su innata maldad le dio enormes proporciones,
despechada por no haberme prestado a secundar los planes que
respecto a mí había fraguado. Estas explicaciones que le doy
no tienen por objeto convencerla de lo que es verdad, para
conseguir que rectifique la pobre opinión que se ha formado de
mí, porque la extrañará que le diga que eso me es indiferente,
fundando esta indiferencia en lo que a continuación le
manifiesto.
"Hallándome ayer en casa de la marquesa de Livingstone,
me dijo ésta que Joseph Olivier estaba enamorado de usted y
que no perdía la esperanza de ser correspondido de común
acuerdo en el caso de que sus relaciones conmigo fracasasen.
Esto produjo en mí una impresión muy dolorosa. Teniendo
como tengo formado de usted un concepto muy elevado, me
parecía imposible que fuese verdad esta gravísima afirmación.
Me resistía a creerla. Sin embargo, para saber si tenía visos de
verosimilitud, tan pronto salí de su casa volví a ver al capitán,
que, aunque no en los mismos términos, me confirmó esta triste
noticia. Su falta de constancia, que estaba muy lejos de
sospechar, y la frialdad con que adoptaba una determinación
tan impropia de una mujer que está próxima a unir su suerte a
la de un ser elegido por su corazón, admitiendo y fomentando
relaciones de amistad con otra persona que le había declarado
118
La Isla de la Paz y de la Guerra
su amor, daba motivos suficientes para que mis ilusiones se
desmoronasen repentinamente.
"Por eso usted para mí ya no es la misma que tenía grabada
en mi corazón y por eso nuestro rompimiento es inevitable.
"No le pido explicaciones; no las necesito; quede esto así y
no me conteste, porque su conducta no puede tener
justificación.—Adam."
* * *
A los pocos días recibió Mary la carta de Adam; la abrió
con emoción; pasó la vista por ella y, al terminar su lectura,
quedó pensativa bastante tiempo. Nunca había dudado de su
lealtad, ni de sus cualidades morales, ni de su verdadero afecto,
por ella correspondido; pero las acusaciones de la marquesa
echaban por tierra el buen concepto que de él tenía formado.
— ¡¡Sí!—exclamó—. El rompimiento es inevitable. ¡Adiós
mis ilusiones! No quiere que le conteste, pero si no lo hago me
declararé culpable de la falta que él me atribuye. El justificó su
conducía; yo debo justificar la mía.
En el acto cogió pluma y papel y escribió lo siguiente:
No me encuentro en estos momentos con la serenidad
necesaria para formar juicio sobre las explicaciones que da
usted de su conducta, porque, pesando sobre mí una acusación
tan grave como la de que se hace eco, quiero antes destruirla
para que mi manera de proceder no merezca el desprecio con
que usted la mira y que durante mi vida no me asalte el
remordimiento de no haber puesto los medios para quedar en el
lugar que me corresponde, que es el de obrar en todas las
ocasiones con arreglo a lo que me dicta mi conciencia.
"Joseph es antiguo amigo mío y de mi hermano y es
persona respetable por todos conceptos.
Es verdad que me declaró su amor, y mi contestación no
fue otra que la de que no podía aceptarlo porque tenía
verdadero afecto por usted, y que éste era tan grande, que no
119
José Mesa Ramos
podría separarse de mí en toda la vida. De eso a sospechar que
en mi contestación iba envuelta la idea de hacerle concebir la
esperanza de que llegaría a conseguir lo que deseaba, hay una
gran distancia. Y si él hubiese quedado con esa esperanza, ¿qué
culpa tengo yo? Tener esperanza de algo, por difícil que sea
conseguirlo, no es vituperable. ¿Era motivo el haberme
declarado su amor para que yo le prohibiera continuar en la
buena amistad que toda la vida nos profesamos, conduciéndose
él de una manera correcta y digna?
"Si alguien desfigura con intenciones que no conozco la
índole de mis relaciones con Joseph, yo no tengo por qué
responder del error en que se encuentra. Si alguna persona, por
conveniencia o por venganza, inventa una calumnia que
perjudica a mi buen nombre, ¿qué he de hacer yo sino esperar a
que el tiempo me dé la razón o a que se presente una
oportunidad para desenmascarar al que de esos medios tan
ruines se vale?
"Estas explicaciones no las doy para convencerle. Ya sé
que no las necesita y que, por el sentido de su carta, está usted
persuadido de que me he conducido mal.
"Estoy conforme con usted. Al extremo a que han llegado
las cosas, ni usted me convence a mí ni yo a usted. Nuestras
relaciones han sido un sueño con un despertar muy triste. El
rompimiento es inevitable.—Mary."
* * *
Después de tantas ilusiones, de tantas protestas de amor
verdaderamente sentido en el fondo de sus corazones, Mary y
Adam, cuyo ideal consistía en unirse eternamente, tuvieron que
separarse, tomando cada uno rumbo distinto en el camino de su
vida; las relaciones que habían tenido hacían prever un
desenlace feliz, y una calumnia vilmente lanzada lo había
convertido en un resultado Funesto.
120
La Isla de la Paz y de la Guerra
La calumnia, lanzada por una persona que, como la
marquesa, no sentía en su interior los instintos del bien, ni
siquiera la lucha de los gérmenes del bien y del mal, sino
únicamente los de la más refinada maldad, penetrando
rastreramente en los dos corazones que se sentían atraídos, los
separaba cruelmente, causando así la desgracia de dos seres
que tan entrañablemente se amaban.
¿Pero sería posible que esa calumnia prosperase? ¿No se
darían cuenta Mary y Adam de la trama urdida por la marquesa
para satisfacer su venganza o realizar otros fines?
¿No tendrían un instante de reflexión en el que se
descorriera el velo que ocultaba a sus ojos la verdad y que ésta,
resplandeciente, destruyese el virus venenoso que la marquesa
había infiltrado en sus corazones?
121
José Mesa Ramos
CAPITULO XXVII
TRIUNFA LA VERDAD
Después de la carta que escribió a Mary, dando por
terminadas sus relaciones, Adam experimentó una fuerte
depresión de ánimo, quedando sin fuerzas para ocuparse de
nada. De su imaginación no se apartaba la idea de la resolución
que había tomado. Se preguntaba repetidas veces si había
hecho bien y su conciencia le respondía siempre en sentido
afirmativo.
Estaba convencido de que la razón le asistía, pues las
acusaciones da la marquesa tenían visos de verosimilitud desde
el momento que el capitán del barco no negó que Mary seguía
teniendo relaciones de amistad con una persona que le habla
declarado su amor. Eso le había causado una impresión muy
dolorosa y una indignación que justificaba su manera de
proceder.
Pero el dolor que la extraña conducta de Mary le producía
no era pasajero, sino que era constante. A pesar de que
consideraba que Mary, cayendo bruscamente al suelo desde el
alto concepto a que por sus virtudes la veía elevada, le había
hecho víctima de una mala acción, echando por tierra todas sus
ilusiones, su recuerdo seguía perenne en su mente. Este
inmenso dolor moral influyó en su organismo, faltándole
energías para frecuentar la sociedad.
Era de suponer que esta penosa situación en que se
encontraba no se prolongaría indefinidamente y que, con el
tiempo, llegaría a calmarse y a recobrar la tranquilidad,
reanudando su vida activa. Sin embargo, recluido en su casa,
dedicado exclusivamente a sus trabajos artísticos, parecía que
se había propuesto renunciar al mundo. En vano le invitaban a
fiestas y reuniones; su ausencia en ellas era muy comentada;
pronto se supo la causa de tal retraimiento y todos suponían
122
La Isla de la Paz y de la Guerra
que, por muy intenso que fuese el amor por Mary, el disgusto
que su rompimiento con ella le había producido, no tardaría en
disiparse; pero los días pasaban y a Adam no se le veía en
ninguna parte.
Se había separado de Mary, pero la imagen de ésta no se
apartaba de su corazón, esperando constantemente que llegase
un momento en el cual se desvaneciesen las dudas que tenía
respecto a ella y que volviese a verla como la veía antes, con
los atractivos morales que le habían cautivado.
Aun cuando en la carta que escribió a Mary le decía que no
contestase, pues su actitud no podía variar, confiaba en que
escribiría.
Esperaba con impaciencia la llegada del correo de
Worthing y, por fin, un día recibió la carta deseada. Quedó un
momento sobrecogido antes de abrirla, preguntándose si dentro
de ella vendría la esperanza de su felicidad o la confirmación
de su desgracia. Rasgó el sobre con la idea de que su situación
seguiría siendo la misma, y, terminada su lectura, empezó a
recobrar la tranquilidad, vislumbrando el término de sus
sufrimientos. Del contenido de la carta se deducían dos cosas
favorables a su vehemente deseo: una de ellas consistía en que
a la proposición de Joseph había contestado con una rotunda
negativa, y otra en que, si fracasasen sus relaciones con ella, no
volvería a tenerlas con nadie. Si tales afirmaciones fuesen
ciertas, caía por su base la censurable actitud en que la
marquesa la había colocado dando lugar al rompimiento de
estas relaciones. ¿Por qué no habían de serlo? ¿Se atrevería
Mary a mentir? No era posible, conociéndola como la conocía
él. No había necesidad de comprobar estas afirmaciones,
puesto que Mary volvía a ser para él la misma que era antes:
una mujer en la que sus actos se ajustaban siempre a la más
estricta moral.
Ahora no era él el que debía pedir explicaciones, sino el
que debía de dárselas. Pero antes quiso tener una entrevista con
la marquesa para averiguar el móvil que la había guiado al
José Mesa Ramos
desfigurar la actitud de Mary en sus relaciones de amistad con
Joseph.
En su consecuencia, pidió permiso a la marquesa para
celebrar en su casa una entrevista con ella, y ésta le indicó la
hora en que sería recibido. A dicha hora se presentó y, después
de saludarla, le expuso el objeto de su visita.
—La última vez que estuve aquí me dijo usted que Mary se
hallaba en relaciones de amistad con una persona que le había
declarado su amor, y que esperaba saber el giro que sus
relaciones conmigo tomaban para darle una contestación
definitiva. Comprobé después que las apariencias indicaban
que eso fuese cierto, y ante este inesperado y cruel desengaño
sufrido por mí, le escribí manifestándole que daba por
terminadas sus relaciones conmigo. A esta carta contestó
diciéndome que no era cierto que hubiese alentado las
pretensiones de dicha persona, y que, por el contrario, se había
negado a aceptar su proposición, ni condicional ni
incondicionalmente, añadiéndole que si sus relaciones conmigo
fracasasen, no admitiría relaciones con nadie, prefiriendo
permanecer sola toda su vida. Si lo que afirma Mary en su carta
es cierto, no lo es cuanto usted me dijo de que tenía un sustituto
para reemplazarme, quedando sólo en pie el hecho de que
continúe en relaciones de amistad con la expresada persona,
punto este último de menor importancia. Ahora, ruego a usted
que me conteste a esta pregunta: ¿Tiene usted alguna prueba o
indicio que permita demostrar que lo que Mary afirma en su
carta no es verdad? Si no hay nada que destruya esa
afirmación, ¿qué móvil le ha guiado a desfigurar o exagerar lo
ocurrido, haciendo que dos seres que cifraban su felicidad en
unirse para toda la vida tuvieran violentamente que separarse?
—Voy a contestarle, Adam, con toda la sinceridad que
merece la crítica situación en que se encuentra. Habiendo
sabido que se hallaba anclada en este puerto la goleta “Pretty
Mary”, y teniendo conocimiento de que ese barco pertenece al
hermano de Mary, por curiosidad me dirigí al puerto donde
124
La Isla de la Paz y de la Guerra
estaba fondeado y hablé con el capitán; por él supe que a Mary
le había declarado su amor un amigo suyo, y a preguntas mías
sobre si prosperarían esas relaciones, me contestó que no lo
sabía, pero que no le extrañaría que prosperasen, por ser dicho
pretendiente muy buena persona. Esto, cómo ve usted, no es
exactamente lo que te dije a usted, pero se aproxima lo bastante
para que, teniendo como tenía yo conocimiento de las
relaciones que con usted seguía, mi fantasía, en el deseo de
hacerle un bien, supusiese que esa persona estaba a la
expectativa de lo que usted hiciese para intentar sustituirle.
—-No me satisface la explicación, porque no comprendo la
razón en que se funda para considerar que me hacía un bien
destruyendo estas relaciones, que constituían el ideal de mi
vida.
—Creía firmemente que le hacía un bien —dijo la
marquesa—porque yo y todas sus amistades sentíamos
verdaderamente que se dispusiese a abandonar nuestra
sociedad y a entrar en otra de usos y costumbres muy distintas,
viéndose obligado, además, a vivir en un ambiente poco
propicio para cultivar el arte a que con tanto fervor se dedica y
que tan justa fama le ha dado. Otra razón me ha movido
también a proceder así. Perteneciendo usted a una clase más
elevada que la suya, esa unión que usted anhelaba sería muy
desigual, exponiéndose usted con ella a contrariedades
inevitables. Tendría que renunciar completamente a nuestra
sociedad o presentarse usted solo en ella, pues ya sabe que si la
mujer que eligiese fuese de clase inferior, no sería bien
recibida.
—En efecto—replicó él—; es desgraciadamente cierto que
nuestra sociedad tiene el erróneo prejuicio de no querer
mezclarse con personas pertenecientes a clases que considera
inferiores; pero eso, para quien como yo está realmente
enamorado, no tiene importancia. El que siente amor salta por
encima de todos los obstáculos que se oponen a su paso. Para
el amor no hay clases. Todas son iguales. Si la clase a que yo
125
José Mesa Ramos
pertenezco no aprueba mi manera de proceder, yo tampoco
apruebo su manera de pensar, impropia de los tiempos que
corremos y propia tan solo de los que han pasado para no
volver más.
—Eso—dijo la marquesa—es lo que sale de su corazón,
pero al contemplar en su casa los cuadros que en ella se
ostentan con los retratos de sus antepasados, ¿no verá usted en
sus miradas la reprobación de su conducta?
—Si mis antepasados—contestó Adam—vivieran en esta
época, inspirados en los nobles instintos que de ellos he
heredado, pensarían lo mismo que yo y no pospondrían sus
sentimientos a las conveniencias sociales.
—Eso es cuestión de criterio—dijo la carquesa—; pero una
observación se me ocurre, y es la siguiente: Si usted llegase a
casarse con Mary, es indudable que iría a la boda
verdaderamente enamorado y dominado por las más risueñas
ilusiones; pero, transcurridos los primeros tiempos, es posible
que echase de menos su vida de la sociedad, que es la suya, en
donde tiene sus relaciones de amistad y donde ha sido siempre
acogido con el cariño y el agrado que corresponden a sus
excelentes dotes personales y a su abolengo.
—Lo que pase en el porvenir—repuso Adam— nadie lo
puede prever; pero creo que esa nostalgia por una sociedad que
tanto me distingue no la tendré nunca, como no me falte el
cariño de una mujer que, como Mary, pongo por encima de
todo.
—Es imposible convencerle—replicó la marquesa—; no
atiende a razones y sólo se deja guiar por el corazón, que
aunque a veces acierta, puede equivocarse, y para que esto no
suceda debe de ser regido por la inteligencia. De esta manera,
nuestros actos, en vez de obedecer a las impresiones que
recibimos en los primeros momentos, exponiéndonos a seguir
rumbos peligrosos, serán dirigidos por lo que nos aconseje la
razón.
126
La Isla de la Paz y de la Guerra
—Ya le he dicho, marquesa, que el amor salta por encima
de todos los obstáculos, y si uno de éstos es la razón, una
fuerza desconocida lo empuja contra la razón. Si le parece bien,
podemos dar por terminada esta entrevista, pues ya sé lo que
deseaba saber: que Mary no es culpable de lo que usted le
atribuía.
—Pero reconocerá usted—dijo la marquesa— que procedí
con buena intención.
—Permítame que lamente — interrumpió Adam—los
medios de que se ha valido para conseguir su propósito, como
lamento el contenido de la carta que escribió a Mary
poniéndome ante ella en un concepto tan bajo que me hacía
despreciable a todos los que creyesen en su buena fe.
Al oír estas palabras, pronunciadas por Adam con tono
enérgico, palideció la marquesa, pero no se dio por vencida.
—Sí—respondió—; es verdad que me he dejado llevar de
mi despecho y de mi indignación; pero reconocerá usted que si
de su corazón no se hubiera apoderado Mary, las relaciones
que tuvo usted con Elizabeth primero o conmigo después,
hubieran tenido un feliz desenlace, y si faltó en ellas la
expresión de su amor con palabras que le hubiesen
comprometido a formalizar esas relaciones, fue porque en
aquellos momentos se acordó de Mary, que no se separaba de
su imaginación.
—Reconozco lo que dice usted—repuso él—; pero eso no
le autorizaba para faltar a la verdad.
Terminada la entrevista, se despidió Adam. Después que se
marchó, la marquesa, ser nacido para el mal, no para el bien,
dando rienda suelta a los instintos de ira que la dominaban y
que pugnaban por desbordarse, tuvo violentos accesos de furor
al ver destruidos los planes que había fraguado.
* * *
127
José Mesa Ramos
Salió Adam de casa de la marquesa con la alegría reflejada
en su semblante. Su tristeza había desaparecido, recobrando
energías su ánimo decaído.
La conducta de Mary estaba perfectamente aclarada; sus
relaciones con ella habían sufrido una dolorosa interrupción,
pero ésta fue pasajera, y ahora renacía el afecto que le inspiraba
con la misma intensidad que antes, porque mayor no podía ser.
La felicidad que tan cerca tenía y que parecía escapársele,
había conseguido alcanzarla. La calumnia inventada por la
marquesa había sido aplastada como una vil serpiente,
reapareciendo ahora la bondad, la inocencia, el afecto hondo y
sincero y cuantas cualidades morales adornaban a Mary,
resplandecientes como una aureola que iluminase todo su ser.
Al llegar a su casa se apresuró a escribir a Mary en estos
términos:
“Con inmensa satisfacción me enteré del contenido de su
carta; por ella veo que no tengo motivo para quejarme de usted,
sino todo lo contrario; usted no es culpable de nada. Tuve una
entrevista con la marquesa, y de la conversación que mantuve
con ella saqué la consecuencia de que todo fue una invención,
según me dijo, para atraerme a la sociedad que estaba dispuesto
a abandonar, y en realidad para separarnos, satisfaciendo sus
deseos de venganza.
"En esta cuestión no hay más culpable que yo, pues en vez
de precipitarme a escribirla bajo la impresión desagradable que
la calumnia de la marquesa había dejado en mi ánimo y
suponerla culpable de una falta que por su carácter estaba muy
lejos de cometer, debiera de esperar a que mi ánimo se
serenara, esperando a que todo se aclarase; de esta manera se
hubiesen evitado los sufrimientos por los que usted
injustamente ha pasado, y no se daría el caso de que, llena de
razón, modifícase el buen concepto que siempre ha tenido de
mí.
"Perdone, pues, Mary esta ligereza mía y no dude ni un
instante que mi afecto hacia usted en ningún momento ha
128
La Isla de la Paz y de la Guerra
disminuido, y hubiese continuado sintiéndolo, aun cuando no
nos hubiésemos reconciliado.
"Dejo para nuestra entrevista, que será dentro de pocos
días, la justificación de mi conducta; y no me conteste, porque,
probablemente, me pondré en viaje antes del día en que su
carta llegase.
"Sabe que la quiere entrañablemente y no la olvida ni la ha
olvidado nunca, aun en los momentos en que injustamente sentí
desconfianza. Suyo, Adam.”
129
José Mesa Ramos
CAPITULO XXVIII
HACIA LA FELICIDAD
La satisfacción y la alegría que se apoderaron de Mary
cuando recibió la carta de Adam, no tenía límites. La calumnia
inventada por la marquesa se había desvanecido. El concepto
que Adam tenía formado de ella seguía siendo el mismo que
tenía antes, y su afecto no se había alterado ni aun bajo los
efectos de esa calumnia, como tampoco se había modificado el
que ella sentía por él. Las ilusiones que parecían haber
desaparecido reaparecían ahora con más intensidad por hallarse
próximas a su realización, y en vez de suponer lo que antes
suponían, que el rompimiento era inevitable, podían asegurar
que el rompimiento era imposible.
A los pocos días de escribir la carta emprendió Adam el
viaje a Worthing, donde el mismo día que llegó se presentó en
casa de Mary. Grande fue la emoción que experimentaron al
verse. Después de pasados los primeros momentos, en los que
mutuamente renovaron sus protestas de sincero y profundo
amor, quiso Adam dar explicaciones de su conducta a Mary;
pero ésta le rogó que no se las diera, pues con lo que decía en
la carta estaba bien justificado que no era culpable de haber
procedido de esa manera, como ella no lo era tampoco por
haber dudado de él; que habían sido víctimas de una aberración
provocada por una vil calumnia, y que, desvanecida ésta,
quedaban los dos con el mismo concepto que antes tenían, es
decir, que ella veía en él al hombre que la haría feliz, y que él
veía en ella a la mujer que realizaría su ideal.
Después de esto, todos los días pasaban horas felices en
casa de Mary y en los alrededores de Worthing, frecuentando
los sitios donde habían empezado sus relaciones, que tan honda
huella habían dejado en sus almas.
130
La Isla de la Paz y de la Guerra
* * *
La Empresa de navegación “John y Richard" prosperaba
extraordinariamente; la situación económica de John era cada
vez más despejada y mucho mejor que la que tenía antes del
naufragio de la goleta, que había destruido su capital. Se
hallaba, pues, en excelentes condiciones para realizar lo que
durante su vida constituía su ideal: la unión de su suerte a la de
su adorada Emilia.
Se hicieron los preparativos y acordaron que la boda
tuviese lugar en fecha próxima.
Al comunicar John esta noticia a Mary, ésta la recibió con
júbilo, contestándole que también la de ella con Adam se
llevaría a cabo el mismo día, por lo que la fiesta tendría más
esplendor.
Grande fue la alegría que experimentó John al ver que su
hermana no quedaba sola y que uniría su suerte a la del ser que
su corazón había elegido, realizando así el ideal de su vida.
Las penalidades, disgustos y obstáculos que se habían
presentado ante estos seres, atraídos por sus profundos afectos
de amor, y que parecían impedir la realización de sus
propósitos, no consiguieron desviarlos del camino que les
conducía a alcanzar la soñada unión de sus almas.
* * *
Llegó el ansiado día. La iglesia, profusamente iluminada
por multitud de candelabros, lámparas y arañas, que lanzaban
sus resplandores por todos los ámbitos de las naves;
engalanada por -millares de flores, que con sus variados tonos
de color prestaban alegría a las severas paredes y columnas,
por donde se extendían y diseminaban, y un torrente de luz y
de flores inundando el altar mayor, producían un hermoso
conjunto de efecto fantástico y deslumbrador.
131
José Mesa Ramos
Un numeroso gentío, que llenaba las naves de la iglesia,
contemplaba admirado todo esto y esperaba con vivo interés la
llegada de los enamorados que iban a unir sus vidas.
Por fin se dejaron oír las majestuosas notas del órgano, los
preludios musicales de la orquesta y las voces de los que
entonaban alegres cánticos en el coro, llenando de inefable
armonía aquel ambiente sagrado.
Emma y Mary, ricamente ataviadas con sus galas de
desposadas, seguidas por John y Adam, aparecieron en la
puerta de entrada. Un murmullo de emoción se dejó oír en la
muchedumbre que esperaba.
Las dos parejas, con paso lento, cruzaron la iglesia y se
dirigieron al altar mayor, donde se hallaba el sacerdote con su
séquito. La música y los cantos del coro se oyeron cada vez
con mayor intensidad, produciendo el efecto de torrentes de
armonía, que llegaron a su punto culminante cuando dio
principio la solemne ceremonia.
Terminada la celebración de las bodas y recibidos los
plácemes de todos los que las habían presenciado, se dirigieron
con sus invitados a la casa de John, donde iba a celebrarse un
banquete.
En una de las amplias naves del astillero se hallaba
dispuesta una gran mesa, alrededor de la cual se sentaron los
comensales, situándose en una de las cabeceras Emma y John,
y en la otra Mary y Adam.
Durante el banquete reinó la mayor alegría y se
pronunciaron entusiastas brindis, haciendo en ellos votos por la
felicidad de los nuevos cónyuges. En uno de los brindis el
capitán Tom recordó el otro banquete que se había celebrado
antes de la salida de la goleta para la isla de la Paz, en el cual
Mary había pronunciado algunas palabras augurando un feliz
término de la travesía que se iba a emprender, y manifestando
que si en la isla adonde se dirigían no encontraban la paz, ella
diría después dónde, de seguro, la paz se encontraría, y la
invitaba a que cumpliese lo que había ofrecido.
132
La Isla de la Paz y de la Guerra
Todos los circunstantes escucharon con interés las palabras
pronunciadas por el capitán, y recordando la promesa de Mary,
le secundaron, esperando ansiosos que ésta hablase.
En efecto; no se hizo esperar, y con voz reposada dijo:
Habéis hecho el viaje a la isla de la Paz; los que lograsteis
llegar a ella pudisteis ver que la paz tan deseada no se
encontraba allí; que aquello era peor que esto; que la guerra
asolaba el país, amenazándolo con su destrucción, y que sus
habitantes huían despavoridos para no ser víctimas de ella.
”Ya veis en lo que se ha convertido la isla de la Paz.
”La paz en aquella isla duró poco; desapareció, y la nación
pasa por vicisitudes que no significan tranquila paz, sino
sangrienta guerra.
"La paz absoluta no puede encontrarse en la vida agitada y
efímera de este mundo, sino en la vida sosegada y eterna del
otro que nos espera más allá, en el infinito, donde existe el
verdadero amor y la pura perfección.
”Ya he cumplido mi promesa; en vano buscaréis la paz
estable, eterna, en la tierra; sólo podéis hallarla en la otra vida,
en el cielo.”
Todos acogieron con gran entusiasmo estas palabras, que
eran reflejo de lo que sus conciencias les dictaba, reconociendo
que ni la guerra ni la paz dominarán eternamente, sino
transitoria-iinente, como es transitorio todo lo que en el mundo
existe.
Terminado el banquete se despidieron todos, y los recién
desposados entraron en la nueva vida, en la que confiaban
alcanzar la soñada felicidad.
* * *
La exclamación de Jesucristo: “¡Mi reino no es de este
mundo!”, es una verdad que no admite réplica; el reinado del
Hijo de Dios no es de este mundo, como no lo es tampoco el de
José Mesa Ramos
Lucifer; el reinado del Hijo de Dios es el cielo; el de Lucifer, el
infierno.
La paz duradera, estable, sólo existe en la otra vida, adonde
llegaremos después de nuestra peregrinación por la tierra, en la
que no puede haber ni paz ni guerra permanentes, sino una paz
o una guerra transitorias; cuando domina la paz, la guerra, al
acecho, aprovechará la ocasión para imponerse, y cuando sea la
guerra la que domine, llegará un momento en que será vencida
por la paz.
Y así se desarrollará la vida de los individuos y de los
pueblos en nuestro planeta, siempre agitado por las pasiones y
por los sentamientos del bien y del mal, en un ciclo que se
repite sin cesar.
* * *
Si durante una noche de cielo despejado, sin nubes,
elevamos nuestras miradas al cielo, contemplamos extasiados
la hermosura y la grandiosidad del firmamento; si en alas de
nuestra imaginación nos separamos de la tierra, al salir de la
atmósfera que la envuelve nos encontramos en el espacio;
seguimos volando, fija la vista en el mundo que abandonamos,
y lo veremos al principio como un gran planeta reluciente,
como los demás cuerpos celestes, y a medida que nos alejamos,
cada vez más pequeño, hasta quedar reducido a un punto
brillante, casi imperceptible.
Siempre en alas de nuestra imaginación, penetramos más
allá de todo lo visible, buscando el misterio que encierra el
infinito, y sin cesar en nuestro vertiginoso vuelo, que va
impulsado por la insuperable velocidad del pensamiento, tras
de las innumerables estrellas que divisamos se nos aparecen
otras y otras, sin descubrir su término.
Deteniendo nuestro vuelo y volviendo la vista a nuestro
planeta, entre las miríadas de millones de estrellas
resplandecientes, en número incalculable, que inundan el
134
La Isla de la Paz y de la Guerra
Universo sideral, nuestra tierra es una modesta estrellita,
aislada, rodeada por todas partes de la sustancia etérea que
baña a todos los astros, como el agua del mar rodea a las islas
de nuestro globo.
Nuestra tierra, confundida en ese inmenso número de islas
que inundan el espacio infinito, es entre ellas una pequeña, una
insignificante isla como la descrita en este libro; una isla de paz
y de guerra en la que constantemente se agitan las pasiones del
amor y del odio.
135
José Mesa Ramos
CAPITULO XXIX
PAZ O GUERRA
Cuando Cristóbal Colón desembarcó en las islas de
América primeramente descubiertas por él, en unas, como la de
San Salvador y la de la Concepción, sus habitantes no
manifestaron temor ni desconfianza hacia los que invadían su
territorio, mostrándose completamente pacíficos, y en otras,
como la de Guadalupe y la de Santa Cruz, encontraron
indígenas que los recibían con hostilidad, lanzándoles piedras y
flechas, siendo inútiles cuantos esfuerzos se hicieron para
entrar en relaciones con ellos.
En esas islas, sus habitantes, completamente desnudos,
guiados solamente por sus invariables instintos como los seres
irracionales, se limitaban a satisfacer sus más perentorias
necesidades y a defenderse de los que atentaban contra su vida,
sin pensar en progresivos perfeccionamientos y sin contar para
nada con sus sentimientos de humanidad, que estaban
adormecidos por una pereza intelectual de la cual eran
esclavos.
Siendo todos ellos de la misma raza, de la misma
constitución, idénticas sus costumbres y desarrollándose sus
vidas en el mismo ambiente, parecería natural a los que
sostienen que el hombre abandonado a sí mismo, su primer
impulso sería siempre el odio y el egoísmo, y a los que creen
que su primer impulso sería siempre el amor al prójimo, que
los sentimientos que manifestasen hacia los que invadían su
territorio habrían de tener una sola dirección, ya de atracción o
ya de repulsión.
Sin embargo, no sucedió así, porque los pensamientos de
los hombres de esas islas siguieron rumbos opuestos,
inclinándose unos a recibir a los invasores sin temor ni
136
La Isla de la Paz y de la Guerra
desconfianza y los otros ante su presencia huyendo
despavoridos o rechazándolos con furor.
Ante estos ejemplos tan contradictorios, no se debe dar la
razón ni a los pacifistas ni a los partidarios de la guerra.
La única verdad incontrovertible, es que en el interior del
hombre existen latentes dos sentimientos opuestos: uno de
tendencia al mal, otro de tendencia al bien; uno que despierta
en él el egoísmo, y otro que le inspira amor; los dos
sentimientos están frente a frente; cuando llega el momento de
manifestarse, luchan y aparece al exterior el sentimiento
dominante, que en unos es ti mal y en otros es el bien, guiando
todos nuestros actos el que ha resultado victorioso.
La dirección que toman estas manifestaciones depende de
dos causas; una de ellas es el ambiente dentro del cual se
encuentren los individuos, ambiente que se infiltra en todo su
ser y que les hace ver las cosas de una manera determinada,
favorable a uno o a otro de los sentimientos, y otra es la
condición moral de los individuos, que se muestra de muy
distinto modo en cada uno.
Lo mismo que se dice de los individuos, puede decirse de
las multitudes y de los pueblos que se orientan hacia donde les
empuja el común sentir de la mayoría o la voluntad de sus
dirigentes.
Hay también individuos que carecen de uno de los dos
sentimientos, es decir, que sólo tienen en su interior el
sentimiento del egoísmo o el sentimiento del amor.
Afortunadamente, los primeros, que podemos clasificar como
genios del mal, son relativamente pocos, y los segundos,
también pocos, desgraciadamente, podemos considerarlos
como genios del bien.
Otra clase de individuos existe, que quizá represente una
mayoría en el mundo, mayoría que va disminuyendo a medida
que progresa la civilización, en los cuales no aparece la lucha
interna entre los dos sentimientos. No tienen voluntad propia
para acometer ninguna empresa, ni criterio para inclinarse a
137
José Mesa Ramos
una opinión definitiva. Tienen pereza intelectual, pero piensa
por ellos una minoría inteligente y activa, compuesta por los
dirigentes, bajo cuyo dominio se dejan llevar como rebaños.
Van a la guerra sin darse cuenta del motivo que la ha
producido, exponen su vida por ideales que no comprenden y
se encuentran conformes con todo lo que les exigen sus jefes,
en los cuales tienen depositada su confianza.
Estos individuos constituyen una clase débil, sin voluntad.
Si todos fuesen así, el mundo permanecería quieto, sin
adelantar ni un paso.
En cambio, tanto aquellos en los que domina el egoísmo,
como aquellos en los que domina el amor, constituyen clases
fuertes que con energía persiguen la realización de sus ideales;
a estas clases se debe el progreso que en las distintas épocas de
la historia ha experimentado la humanidad.
* * *
Entre la guerra y la paz, la elección no es dudosa. Todos los
individuos desean que las relaciones que se ven obligados a
tener con sus semejantes y con la sociedad, se realicen en paz y
en buena armonía y no por procedimientos bruscos y violentos.
Nadie, por gusto, quiere estar en guerra con sus semejantes, ni
con la sociedad en que se encuentra. Es, pues, la paz lo que
siempre ansiamos.
Pero contando con la mejor voluntad de los hombres,
¿puede asegurarse que no se despertarán nunca en ellos los
instintos bélicos? A un individuo de índole pacifica, otro de
instintos guerreros le da una bofetada. ¿Pondría aquél la otra
mejilla para que la afrenta se repitiese? Eso solamente lo haría
un santo, adornado de excelsas virtudes, despreciando todas las
miserias terrenales y con la vista puesta en el cielo.
Pero cualquiera otra persona, por pacífica que se la
suponga, tiene que proceder de muy distinta manera; a una
agresión tiene que contestar inmediatamente con otra,
138
La Isla de la Paz y de la Guerra
transformándose instantáneamente sus instintos de paz en
instintos de guerra, castigando con todas sus fuerzas la ofensa
recibida.
De lo contrario, si por cobardía o por otro sentimiento no lo
hiciese así, el dolor material producido por la mano que había
golpeado en su rostro, pasaría pronto, pero el dolor moral no se
apartaría nunca de su imaginación; la huella dejada en la
mejilla sería pasajera, pero al mirarse en el espejo, aunque la
huella material hubiese desaparecido, al dirigir la vista a su
imagen vería siempre la huella moral de la ofensa recibida y no
castigada.
Eso no lo soporta la dignidad humana, por lo que no se
puede responder de que el individuo estará siempre dominado
por instintos pacíficos.
Aún sin tratarse de agravios personales, en las relaciones
del hombre con la sociedad pudiera ocurrir que algunas veces
los instintos pacíficos fuesen sustituidos por I-oí guerreros,
para reivindicar derechos legítimos atropellados.
Los antiguos, no concebían para las relaciones de los
hombres más ley que la de la fuerza, y es porque no tenían
conciencia de la unidad humana. La guerra, en la antigüedad,
era muchas veces un instrumento de civilización. Pueblos que
alcanzaron una gran cultura, la comunicaron al género humano
unas veces como vencedores y como vencidos otras.
Debilitados por sus divisiones, los griegos cayeron bajo el
yugo de Roma, pero con su derrota material empieza para ellos
una gloria moral nueva; las artes, la filosofía, la literatura de
Grecia invaden el mundo.
Al ser derrumbado por los Bárbaros el imperio de los
romanos, inician éstos a sus feroces dueños en la cultura que
ellos habían recibido de los griegos y en la suya propia, que ha
venido a ser nuestra herencia. Tales han sido los beneficios de
la guerra.
139
José Mesa Ramos
La guerra, no es ya un instrumento de progreso en el seno
de los pueblos civilizados, pero ¿quiere esto decir que hay que
rechazarla y reprobarla como un crimen?
Hay exageración, así en la escuela de la guerra como en la
escuela de la paz. Ni aquélla es el mal absoluto, ni es el bien
absoluto la paz. Es ésta el estado natural de las sociedades; no
hay que ver en ella el fin supremo de los esfuerzos humanos.
Al realizar la paz a toda costa, se va al despotismo, a la
monarquía universal, que de implantarse sería el sepulcro de la
libertad, porque esta paz se impondría a hombres en cuyo fuero
interno se encuentran latentes las pasiones que conducen a la
guerra y las que conducen a la paz; al someter a todos los
individuos, dentro de los cuales germinan ambas pasiones
antagónicas, de las que no se puede saber a cuál debe ser dada
la preferencia, si a la de la guerra, por considerarse ésta muchas
veces indispensable para el logro de las mejoras a que siempre
aspira la humanidad, o a la de la paz, que proporciona la
tranquilidad de los espíritus, pero que a veces atrofia en los
individuos cualidades de valor que son innatas en el hombre
para reivindicar sus derechos naturales, se somete a los que en
circunstancias determinadas son partidarios de la guerra, a una
odiosa tiranía.
No siendo la paz el ideal, no puede ser un crimen la guerra;
ésta será un medio que puede revestir las condiciones de
legitimidad. Dentro de cada estado, la fuerza está
constantemente al servicio del derecho y nadie niega su
legitimidad. No es menos legítima en los campos de batalla
cuando se ejercita y actúa para defender la libertad y la
independencia de las naciones.
¿Paz o guerra? Paz.
La paz es el estado normal de los individuos y de las
sociedades, pero su estabilidad no es inalterable.
La guerra en nuestros tiempos es un estado anormal, pero
algunas veces vamos empujados a ella contra nuestra voluntad
y otras nos lanzamos por nuestro propio impulso. Recurriremos
140
La Isla de la Paz y de la Guerra
a la guerra cuando sea indispensable no como fin, sino como
medio, para conseguir la paz.
La paz es la ley; la guerra es la excepción.
La paz nos trae la riqueza, la prosperidad y nos acerca a la
felicidad; la guerra deja tras de sí ruina, desolación y nos
conduce a los más espantosos males. Pero la guerra aunque
siempre aborrecible, a veces es necesaria, así como la paz
impuesta a la fuerza no es un ideal al que debamos aspirar,
porque puede convertirse en odiosa tiranía.
¿Paz o guerra? ¡Paz! ¡Paz! ¡Paz!
141
José Mesa Ramos
CAPITULO XXX
LA REVOLUCION
En todas las sociedades, los individuos que las constituyen
tienen dos clases de derechos: los derechos legales y los
derechos legítimos.
Desde el momento en que por las leyes se reconoció el
derecho a la posesión de bienes, se inició la desigualdad de las
fortunas, desigualdad que fue aumentando a medida que las
sociedades se desarrollaron y perfeccionaron, hasta el punto
que unos nadaban en la abundancia y otros se ahogaban y se
ahogan en la miseria.
Dadas las condiciones humanas de los individuos y de las
organizaciones de todas las sociedades, desde las más antiguas
hasta las más modernas, esta desigualdad tiene que existir
forzosamente. Lo que se debe hacer, es buscar una solución
para que no llegue a un límite que excite la envidia y el odio de
los desheredados de la fortuna.
De lo contrario, el mal adquirirá enormes proporciones, que
mantendrá a las sociedades en continúa zozobra, hasta que
éstas reconozcan la legitimidad de las aspiraciones del pueblo y
pongan los medios para satisfacerlas.
Derecho legítimo contra derecho legal; ese es el mayor
peligro que puede correr un régimen establecido. La legalidad
es variable y circunstancial, la legitimidad es invariable y
perenne.
* * *
Las clases privilegiadas, por cerrar los ojos ante la verdad,
por no haberse decidido a desprenderse de parte de sus
comodidades y placeres, por no prestarse a cooperar con las
clases necesitadas para que éstas obtuviesen las mejoras que les
permitiesen vivir con su trabajo, a lo que tenían perfecto
142
La Isla de la Paz y de la Guerra
derecho, sin las privaciones que padecían, lo perdieron todo,
hasta sus vidas, y, como suele decirse, en el pecado llevaron la
penitencia. Los libertarios, después de una enconada lucha, se
apoderaron de toda la isla y conquistaron el poder a costa de
combates sangrientos, en los que sucumbieron innumerables
víctimas.
La isla de la Paz cambió de nombre, poniéndole el de isla
de la Libertad. Pero decir que existía un régimen de libertad en
un país donde la única ley era la tiranía, más parecía un
sarcasmo que una verdad.
Los libertarios se apoderaron del Estado por la violencia, y
consolidaron la posición, de este modo adquirida, sustituyendo
la dictadura de los capitalistas por la dictadura del proletariado.
Inmediatamente trataron de implantar tedas las reformas que
constituirían la base del nuevo régimen.
La igualdad de los salarios produjo en los obreros tal
trastorno, que las obras en las que debían trabajar se vieron
abandonadas; los oficiales protestaban de que sus jornales
fuesen iguales a los de los aprendices, y los maestros también
protestaban de que se igualasen los jornales de todos. Entre los
mismos aprendices tampoco había conformidad, pues unos
eran más aptos o más activos que otros y pretendían mayor
remuneración; dentro de cada una de las clases de operarios
existían las mismas diferencias, que hacían odiosa la igualdad
de retribución.
Recurrieron los perjudicados en queja al Gobierno, y éste,
no encontrando manera de resolver el conflicto, porque no
podía encontrarla, y arrostrando el todo por el todo, prometió lo
que no había de cumplir; prometió que lo estudiaría y lo
resolvería a satisfacción de todos, piro por de pronto les
recomendaba que acatasen lo que se había dispuesto.
Este aplazamiento equivalía a una negativa; así lo
comprendieron los perjudicados y amenazaron con apelar a la
violencia.
143
José Mesa Ramos
Acudieron del campo comisiones de labradores,
protestando también ante el Gobierno de la obligación que se
les había impuesto de subir el precio de los jornales de los
braceros
que necesitaban sus
labores;
expusieron
detalladamente los gastos que tenían que hacer desde la
siembra hasta la recolección de sus productos y el importe que
de éstos podrían obtener en el mercado, resultando que en vez
de una prudencial ganancia a la que estaban acostumbrados
para atender a su subsistencia, tendrían una pérdida
considerable, por lo que se verían obligados a abandonar las
tierras. Nada consiguieron, obteniendo la misma contestación
que dio el Gobierno a los obreros de los gremios de oficios.
Surgió, por consiguiente, otro grupo de descontentos en el
campo, viéndose los labradores obligados a suspender sus
faenas, viviendo los que pudiesen con sus ahorros y al agotarse
éstos emigrar a otros países, donde el producto de su trabajo
fuese debidamente remunerado; viéndose también los braceros
en el trance de emigrar o de morirse de hambre, porque en esta
isla de la Libertad no encontraban trabajo.
El Gobierno declaró nulos los valores del Estado, las
hipotecas, las acciones, las obligaciones, los billetes de Banco.
Esto causó la consternación entre los poseedores de créditos
contra el Estado y contra los Bancos. Las clases humildes, que
con penosos sacrificios depositaban sus ahorros en los
establecimientos de crédito para atender a su subsistencia y a
las de sus familias en tiempos difíciles, inquietas por los
rumores que corrían quisieron retirar sus depósitos y no lo
consiguieron. Desesperados, sin poder resistir al inmenso dolor
que sentían viendo desaparecer en un momento el fruto de
tantos desvelos y privaciones de toda su vida, unieron sus
gritos de protesta, de indignación y de amenaza a los de los
demás, perjudicados en el nuevo régimen.
Otro de los actos del Gobierno libertario, fue el de
socializar los medios de producción. Para llegar a esto, tenían
que incautarse de las fábricas y de los campos de cultivo, cosa
144
La Isla de la Paz y de la Guerra
nada fácil, porque los dueños de estas explotaciones se resistían
tenazmente a dejarse despojar de lo que les pertenecía por su
trabajo o por haberlo adquirido al amparo de las leyes.
El Gobierno revolucionario tuvo que poner en pie de guerra
un ejército numeroso para llevar a la práctica sus disposiciones,
que a cada momento daban lugar a choques entre la fuerza
pública y los labradores, obreros y gentes de todas las
condiciones, unidos a los industriales.
De estos choques sólo quedaban campos arrasados, fábricas
destruidas, viviendas convertidas en montones de escombros,
sangre y desolación por todas partes; el pueblo sano,
sucumbiendo o huyendo despavorido. Este horrible cuadro
anunciaba la ruina y la muerte de la nación, porque ¿de dónde
sacaría el Gobierno los recursos necesarios para volver a
levantar las fábricas, preparar los campos de cultivo,
reconstruir las viviendas y los edificios públicos, si no le
quedaba fuente ninguna de ingresos para atender a los enormes
gastos que tan magna obra requería, obra que era la labor de
cientos de años y que era un absurdo imaginar que pudiera
realizarse en el breve lapso de tiempo que las circunstancias
exigían para que fuese útil?
¿De qué brazos, de qué inteligencias se había de valer, si
todos los hombres aptos para colaborar en ella, obreros,
labradores, artistas y demás individuos de todas las profesiones
habían sido aniquilados y los que pudieron librarse de b muerte
desaparecieron de la isla?
La situación interior del país no podía ser más inestable. En
todas partes estallaban motines anti-rrevolucionarios, que
pretendían derribar al Gobierno y volver al régimen anterior;
pero estos motines fracasaban por ser focos aislados, sin la
necesaria relación entre ellos para constituir una fuerza
formidable que pudiera darles la victoria, mientras que el
ejército gubernamental, más numeroso y organizado, arrollaba
a todos los que se oponían a su paso.
145
José Mesa Ramos
¿Podría esto durar mucho tiempo? ¿Tendría el nuevo
Estado medios económicos suficientes para afrentar los gastos
que el sostenimiento del ejército y de la nación exigía, en un
país que de día en día se iba despoblando, porque sus
habitantes huían hacia otros países que respetasen el fruto de su
trabajo y en el que pudieran vivir tranquilos? Los labradores
emigraban en masa, llevando sus conocimientos y sus energías
a otros países; los industriales emigraban también; los obreros
aptos e inteligentes se escapaban de aquellos lugares donde les
amenazaba el hambre, quedando sólo en ellos los holgazanes y
los inútiles, como base de la nueva sociedad que se estaba
incubando. ¿Cuál sería el porvenir que le esperaba a esta isla,
mal llamada de la Libertad?
146
La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO XXXI
LA ISLA DE LA LIBERTAD
Antes de la revolución, los campos ofrecían en abundancia
los productos que en ellos se cultivaban; la industria y el
comercio se hallaban en un estado de floreciente prosperidad;
había trabajo para todos, y si es verdad que existían diferencias
de fortuna, que el egoísmo de las clases privilegiadas,
resistiéndose a mermar sus comodidades, había hecho odiosas
a las clases necesitadas, provocando el trastorno político que
las aniquiló, estas desigualdades eran y lo son inevitables,
cualquiera que sea el régimen que impere, no viéndose, por lo
tanto, libre de ellas la nueva nación.
Así como en los campos, antes de la revolución, con los
productos recogidos, no sólo se satisfacían las necesidades del
país, sino que quedaba un sobrante para la exportación,
después de la revolución los productos disminuyeron
considerablemente, siendo escasos lo que se presentaban al
mercado y viéndose obligado el Gobierno a importar del
extranjero los que faltaban para satisfacer las necesidades del
pueblo.
Los libertarios, so pretexto de suprimir las clases sociales,
organizaron entre ellos la existencia misma de las clases.
La revolución, después de causar tantos daños materiales y
morales, no había conseguido su objeto, que consistía en
mejorar la condición de los humildes; no hizo más que destruir,
y eso es fácil, lo difícil es levantar lo que ha sido derribado, y
en este caso, no sólo era difícil, sino imposible, porque los que
dirigían la nación no disponían ni de las fuerzas necesarias, ni
de recursos suficientes para conseguirlo.
Los campos arrasados, sin gente apta para las labores que
requería su cultivo; las fábricas que no se destruyeron y que
quedaban útiles, sin obreros inteligentes y activos que las
147
José Mesa Ramos
pusiesen en marcha; la relaciones comerciales sufriendo una
depresión en consonancia con la situación desastrosa del país, y
el crédito publico por los suelos.
Habiendo emigrado los obreros y los campesinos más aptos
de la nación de la Paz, quedando en su mayor parte los ineptos
y los holgazanes, la producción se resintió extraordinariamente
y las fuentes de riqueza se fueron agotando, convirtiéndose en
fuentes de miseria y de pobreza.
En muchos pueblos asomó el hambre, porque no había
trabajo para todos y la gente hambrienta, con perfecto derecho
a la vida, asaltaba y saqueaba otros pueblos donde podía
satisfacer esta imperiosa necesidad.
El Gobierno libertario era impotente para contener esta
avalancha que se le venía encima, de gente desesperada; los
ingresos en las arcas del tesoro público mermaban de manera
alarmante, a causa del quebranto económico sufrido en la
agricultura, en la industria y en el comercio; los gastos que
requería la reconstrucción, no de todas, sino de una pequeña
parte de las fábricas destruidas y la puesta en marcha de las
explotaciones agrícolas, así como los de la normalización de
las operaciones comerciales, alcanzaron una cifra muy superior
a los ingresos.
En los primeros tiempos de su mando, el país fue viviendo
con el producto de los bienes arrebatados a los agricultores, a
los industriales y a los comerciantes, y el mal aparecía
encubierto. Con esto hacía frente el Gobierno a los pagos que
tenía que efectuar en el extranjero por las mercancías
importadas, para atender a la subsistencia de los ciudadanos
que tío producían lo necesario. Esta manera de remediar las
necesidades con las riquezas de que se habían apoderado los
revolucionarios, no podía prolongarse indefinidamente. Tal
recurso llegó a agotarse y el problema de la existencia de esa
nación revistió caracteres de suma gravedad, precursores de
inminente ruina.
148
La Isla de la Paz y de la Guerra
El descontento de los ciudadanos aumentaba rápidamente y
amenazaba con destruir el orden de cosas establecido. Las
leyes libertarias, como las leyes de todos los países y de todos
los tiempos, satisfacían a unos y disgustaban a otros. Los
disgustados constituían un elemento hostil al Gobierno, porque
las desigualdades que en la nación de la Paz motivaron la
revolución, aparecían aumentadas en la isla de la Libertad; otro
elemento hostil estaba formado por los que, habiendo
intervenido en los combates, no se conformaban con la parte
del botín que les había correspondido en el reparto,
considerando injusta la distribución, al observar que a unos
había enriquecido y que a otros no les permitía salir de su
pobreza, dando así lugar a la existencia de ricos y pobres, lo
mismo que en la isla de la Paz; por último, otro elemento hostil
era el de los hombres que no encontraban trabajo y que se
bailaban expuestos a morirse de hambre.
Las desigualdades, pues, no habían desaparecido, y en esta
nación igual que en la otra, seguían existiendo las clases
elevadas y las clases inferiores.
¿Y para esto se había hecho una revolución que tanta
sangre había costado, secando todas las fuentes de riqueza del
país?
Se desarrolló de manera cruenta la lucha de individuos
contra individuos, de familias contra familias, de pueblos
contra pueblos, no rigiendo más ley en la mayor parte de la
nación que el derecho del más fuerte; el Gobierno era incapaz
para imponerse a los que se veían impelidos a la lucha, y el mal
se agravaba por momentos, amenazando con derrocar
violentamente el régimen establecido por los libertarios.
* * *
A pocas millas de esta isla, existía otra en la que imperaba,
no el derecho del más fuerte, sino el derecho de la justicia; no
el odio y el egoísmo, sino el amor. En ella había desigualdades
149
José Mesa Ramos
en las fortunas de sus habitantes, pero no tan grandes que
suscitasen envidias ni rencores, por que su razón no la tenían
tan ofuscada que les impidiese ver que la igualdad absoluta
preconizada por algunos ilusos era una utopía y como tal utopía
un ideal irrealizable. Además, desde el momento que en esa
nación dominaba el espíritu de justicia, todos los ciudadanos
cooperaban a la mayor prosperidad de ella, trabajando
constantemente los que estaban en posición humilde para llegar
a posiciones mejores y más elevadas, viendo franco el camino
que a este fin les conducía, y los que pertenecían a las clases
superiores, sin ocultar sus riquezas, siempre propicias a
contribuir con ellas voluntaria y personalmente al
mejoramiento de las clases inferiores, aparte de satisfacer bs
impuestos que el Gobierno les imponía equitativamente para el
mismo objeto. Aquella isla se la conocía con el nombre de isla
de la Felicidad.
Todo lo dicho de esa isla, no significa que en ella no se
conociese el mal. Este, siempre en germen, se halla en todas
partes dispuesto a aparecer en cualquier momento. En el
interior del hombre, por muy civilizado que esté y por muy
buenas que sean sus condiciones morales, siempre están
latentes el mal y el bien, que en todas las ocasiones de la vida
entran en lucha, saliendo al exterior el sentimiento domíname,
que unas veces es el odio y otras es el amor; esto que ocurre en
el hombre, sucede también en las sociedades, que son un
compuesto de hombres.
En dicha isla existía, por consiguiente, también la misma
lucha, pero el sentimiento victorioso era casi siempre el amo* y
no el odio.
Claro que por muy perfeccionadas que sean las leyes y por
mucho que se trate de que en ellas impere una justicia
equitativa, siempre favorecerá a unos más que a otros,
pudiendo también causar perjuicios, y estos últimos, no tan
favorecidos o perjudicados, experimentarían un impulso de
rebelión; pero dominando la razón en los habitantes de aquella
150
La Isla de la Paz y de la Guerra
isla, convencidos de la imposibilidad de que los hombres
confeccionasen una ley perfecta que diese gusto a todos, se
contenían, gestionaban pacíficamente y por los medios legales
la reforma de las leyes en la parte que les perjudicaba, con la
esperanza de conseguirlo, y la nación continuaba
desarrollándose y progresando sin cesar.
El nombre de Felicidad estaba bien aplicado a esta isla, no
porque en ella reinase una felicidad completa, sino relativa, que
daba la sensación de ser verdadera comparándola con la que se
disfrutaba en otras naciones, en las que sus habitantes no tenían
ni las comodidades ni las ventajas que ésta les proporcionaba.
A esta nación se acogieron casi todos los que de la isla de
la Libertad lograron escapar huyendo de los revolucionarios,
que exterminaban vidas y haciendas, destruyéndolas a sangre y
fuego. La parte más sana e inteligente de la destruida nación de
la Paz, buscó refugio en aquella isla, llevando a ella el producto
de su inteligencia y de su trabajo.
Esta isla mantenía antes relaciones comerciales con la
nación desaparecida, pero estas relaciones se interrumpieron
desde el momento que la revolución triunfante se apoderó de
ella, porque la situación económica de la nación de la Libertad
no ofrecía garantías suficientes para el cumplimiento de los
contratos que con ella se estableciesen; los Gobiernos se
exponían a que estos contratos no se cumpliesen, y los
particulares no se atrevían tampoco a exportar los productos
agrícolas, industriales y comerciales de que disponían, por el
fundado temor de que sus corresponsales en aquella isla, no
pudiesen o no quisiesen reintegrarles de su importe.
El Gobierno de la isla de la Libertad, careciendo de
recursos para sostener la nación, trató de buscarlos fuera.
Viendo que la ruina era inminente, que los demás gobiernos del
extranjero se negaban a entablar con él relaciones comerciales,
considerándose perdido, se decidió a jugar el todo por el todo,
exponiéndose a las contingencias de una guerra, pensando que
si a consecuencia de ella salía derrotado, desaparecería la
151
José Mesa Ramos
nación y que su situación en ese caso no sería peor que si esa
guerra no estallase, porque sin guerra a la ruina iban
irremediablemente, a pasos agigantados; pero si obtuviesen la
victoria, adquirirían nuevas fuerzas y con las riquezas
arrebatadas a la nación vencida, no sobrevendría tan pronto la
ruina de la nación y el Gobierno podría prolongar su vida algún
tiempo más.
Decidido a emprender la guerra contra la isla de la
Felicidad, el Gobierno libertario lanzó una proclama al país
para que, deponiendo sus diferencias, le prestase su ayuda, a
fin de conquistar a la otra nación, salvando a la suya del
cataclismo que le amenazaba. En esta proclama se ofrecía a los
que ingresasen en las filas del ejército, concederles todo lo que
pudiesen arrebatar en los combates que se emprendiesen.
Ante esta inminente guerra, no en defensa da la patria a la
que no amaban, no en defensa de un ideal que no tenían y con
la perspectiva de apoderarse de un rico botín, entraron a formar
parte del ejército los individuos más despreciables del pueblo,
los que constituían los gérmenes nocivos de la nación, que
vieron en la lucha que se iba a entablar el medio de satisfacer
sus innobles apetitos de sangre, de robo y de pillaje.
La otra parte del pueblo, la parte sana y útil para el trabajo,
la formada por hombres verdaderamente dignos de tal nombre,
huyendo de una nación en la que la mayoría de sus súbditos
estaba constituida por forajidos que constantemente
amenazaban su existencia, se refugiaron en las islas próximas.
Se formó una escuadra con los buques de que disponía el
Gobierno, a los que se agregaron los barcos mercantes que se
hallaban fondeados en la costa, habilitándolos como buques de
guerra. Se destinaron a la campaña que apresuradamente se
preparaba todos los recursos de que se disponía, jugando así la
última carta, que había de decidir la existencia o la muerte de
aquella nación.
Estos preparativos bélicos no pasaron desapercibidos por el
Gobierno y por los habitantes de la isla de la Felicidad, que,
152
La Isla de la Paz y de la Guerra
disponiendo de recursos bastantes para organizar su defensa, en
el caso de ser atacada, permanecían atentos al desarrollo de los
acontecimientos, a fin de contrarrestar el golpe que les
amenazaba, si éste se realizase.
En efecto; inopinadamente, una mañana se vio aproximarse
a la isla la numerosa escuadra de los libertarios, que la
rodearon, atacándola por diferentes sitios; el ímpetu de los
asaltantes era imponente; luchaban a la desesperada; todo
cuanto encontraban a su paso lo arrebataban o destruían,
venciendo en algunos pueblos de la costa y siendo vencidos en
otros.
El Gobierno, que previamente había movilizado sus tropas
y diseminado les buques de su escuadra en puntos estratégicos,
desplegó toda su actividad, recuperando en poco tiempo los
pueblos conquistados por los libertarios y destruyendo
completamente su escuadra.
La victoria se había decidido a favor de la nación de la
Felicidad, como era lógico que así sucediese, por tratarse de
una lucha en la que estaban frente a frente, de una parte, un
país organizado, donde vivían todos en buena armonía,
cooperando al bien común, en el que los actos del Gobierno y
de los habitantes estaban siempre regidos por el orden material
y por el orden moral, y de la otra, un país desorganizado y
revuelto por todas las pasiones del egoísmo y del odio.
Inmediatamente, la escuadra vencedora se dirigió a la isla
de la Libertad, abandonada por el Gobierno, que había huido al
enterarse de la derrota sufrida.
No quedaban de aquella nación más que ruinas; en los
campos y en las ciudades, todas las fuentes de riqueza
destruidas, y en el mar, flotando, unas tablas, restos de los
barcos que constituían su escuadra.
La nación de la Libertad se derrumbó al poco tiempo de
crearse, porque lo que sube en falso dura poco y sólo se
sostiene lo que se funda en sólidos cimientos.
153
José Mesa Ramos
La primera disposición que adoptó la nación triunfante fue
invitar a los individuos pertenecientes a la nación de la Paz a
reconstituir ésta bajo su protección, devolviendo a sus antiguos
dueños las fábricas, las explotaciones agrícolas y toda clase de
bienes que no hubiesen sido destruidos por los libertarios, y
elegir entre los compatriotas de aquella nación los más aptos
para formar un Gobierno que rigiese sus destinos con arreglo a
las normas que en la isla de la Felicidad imperaban.
Los antiguos súbditos de la nación de la Paz, que no
soñaban con la restauración de su patria, ni menos con la
recuperación de sus fortunas, arrebatadas bárbaramente por los
libertarios, acogieron 1 invitación, del Gobierno de la isla de la
Felicidad con grandes muestras de júbilo, presentándose todos
ante aquel Gobierno para testimoniarle su eterna gratitud y
manifestarle que acatarían todo cuanto dispusiese y ordenase.
En poco tiempo se efectuó la nueva organización,
renaciendo a la vida la nación de la Paz, la cual, formando una
Confederación con la de la Felicidad, se proponía,
aprovechando las enseñanzas de ésta, consolidar un régimen en
el que predominase siempre el amor entre los individuos que la
constituían.
154
La Isla de la Paz y de la Guerra
CAPITULO XXXII
CONCLUSION
¿Por qué había estallado la revolución en la nación de la
Paz?
¿Por qué la revolución triunfante había fracasado?
Porque tanto las clases superiores como las inferiores
aspiraban sólo a comer y a vivir cómodamente, prescindiendo
de todo lo demás.
¿Qué diferencia había en este caso entre una bestia y un
hombre? En el hombre, ser moral, los problemas sociales no se
resuelven sólo con elementos puramente materiales, como en
las bestias, sino con elementos morales, que, con aquéllos,
constituyen su manera de existir.
Si las clases superiores y las inferiores se moralizasen,
estaría resuelto el problema social.
Por falta de moralidad, aunque la igualdad económica de
todos los individuos es un mito irrealizable, porque está en la
naturaleza humana que las desigualdades existan y que sean
necesarias para la vida y progreso de las sociedades, las clases
altas, dominadas por el egoísmo, no se dieron cuenta de la
gravedad del problema social ni de la urgencia de su
resolución, de día en día más apremiante, no haciendo lo que
debieran hacer para que estas desigualdades se fuesen
reduciendo, a fin de que nunca los individuos de las clases
modestas y pobres careciesen de lo preciso para su
subsistencia; por el contrario, no se decidieron, como la razón y
los deberes de humanidad les aconsejaban, a mermar sus
comodidades y placeres, mientras que las clases inferiores se
morían de hambre.
Los libertarios, dominados por el odio, hicieron del
problema social un problema puramente material, e
impacientes por conseguir la igualdad de las fortunas y la
155
José Mesa Ramos
desaparición de las clases, no vacilaron en deriibai
violentamente todo lo existente, sin comprender que si se veían
libres de sus amos, tendrían que sufrir la tiranía de otros más
odiosos, que los convertirían en esclavos; que una causa, por
justa que sea, cuando es contraria a la naturaleza humana, o es
una utopía o un absurdo que no tiene condiciones de existencia,
y que las sociedades fundadas en ella se hallarían en equilibrio
inestable y al menor movimiento tendrían que desaparecer.
Esto sucedió a la nación de la Libertad, donde las
desigualdades de las fortunas siguieron existiendo, apareciendo
como consecuencia de ello la diferencia de clases, lo mismo
que en el régimen derrocado, variando sólo las personas, pero
no el concepto.
De manera que la masa del pueblo no había adelantado ni
un :paso en el camino da sus reivindicaciones; por el contrario,
había retrocedido.
Las ideas sostenidas por los libertarios para transformar
aquella sociedad en otra más en armonía con los deberes de
justicia, que conducirían a una justa equidad que permitiese a
todos los individuos satisfacer sus necesidades, poniéndolos en
camino de llegar a disfrutar de las mayores comodidades y de
alcanzar los puestos más altos, podrían conseguirse por medios
evolutivos; éste sería el único procedimiento de obtener, no
violentamente, sino gradualmente, consolidándose de este
modo el avance obtenido, el logro de sus aspiraciones, hasta
llegar con el tiempo a la constitución definitiva de la sociedad
ideal vislumbrada.
Lo que sube atropelladamente, atropelladamente tiene que
derrumbarse; lo que sube despacio no cae, porque el pie se
apoya fírme en el escalón y se sigue subiendo hasta
aproximarse a la meta que representa el ideal de la Humanidad.
Para que esta evolución se verifícase era preciso que todos
cooperasen. Cooperación de los que estaban arriba con los que
estaban abajo. Pero esta cooperación sólo sería posible siempre
que los actos que a ella coadyuvasen fuesen inspirados en la
156
La Isla de la Paz y de la Guerra
más sana moral y en el amor a nuestros semejantes y no en el
egoísmo de los de arriba, que en la destruida nación de la Paz
fueron los únicos culpables de que esa cooperación no se
hubiese llegado a realizar, y los únicos responsables, por
consiguiente, de que el problema social no se resolviese a
tiempo, como por imperioso deber de humanidad debiera
haberse hecho, evitando así que los de abajo, en su
desesperación, se viesen impelidos a la violencia para derrocar
un régimen que tan cruelmente les oprimía.
* * *
Hemos asistido a la creación y desaparición de naciones,
que se derrumbaron por falta de moralidad; después de tantas
transformaciones volvemos al punto de partida, a la
restauración de la nación de la Paz, resurgiendo entre sus
ruinas y ofreciendo esplendorosa y radiante una paz duradera,
fundada en las sólidas bases del amor y de la justicia, fundada
en la moralidad, sin la cual no se concibe la existencia de las
sociedades, como no se concibe la existencia del hombre si a su
cuerpo no estuviese unida el alma, si a los estamentos
materiales que lo integran, no se uniesen los elementos
espirituales, que lo elevan sobre los demás seres del Universo.
¿Pero esa paz no se alteraría nunca? ¿Será verdad que se
puede establecer en este mundo una nación ideal en la que la
paz reinará siempre? Si las condiciones morales del hombre se
transformasen de manera que para realizar los actos de su vida
no luchasen en su interior los gérmenes del bien y del mal,
manifestándose al exterior el sentimiento dominante, que unas
veces es el amor y otras el odio; si en el interior del hombre
llegasen a desaparecer los instintos del mal, en ese único caso
podría asegurarse que sería urna verdad la, paz universal.
Pero eso no puede ser porque es contrario a la naturaleza
del hombre en el cual por muy arraigado que tenga el sentido
moral del bien, carece éste de la perfección necesaria para que
157
José Mesa Ramos
no se vea expuesto a luchar con el instinto del mal, que a veces
conseguiría dominarle.
La moralidad del hombre no es absoluta, como sería
indispensable para que la paz universal se realizase, sino
relativa y perfeccionaba; es decir, que no debemos aspirar a
una paz duradera indefinidamente, sino a una paz cada vez más
estable, acercándose lo más posible, sin llegar, al ideal de la
paz absoluta, a medida que aumente y se perfeccione en el
hombre el sentido moral, porque la paz absoluta, la paz eterna,
sólo está en la otra vida, adonde nos llevará la divina
Providencia después de nuestro paso por la Tierra.
FIN
158
La Isla de la Paz y de la Guerra
INDICE
P ró lo g o .
o
C a p ítu lo I.
L a I s la d e la P a z y d e la G u e rra
5
C a p ítu lo II.
E l p u e b lo d e W o r th ín g .
9
C a p ítu lo III.
L a c ita .
12
C a p ítu lo IV .
B o ta d u r a d e la g o le ta " P re tty M a ir y ”
15
C a p ítu lo V .
W illia m y M a ry .
20
C a p ítu lo V I.
E l p in to r.
24
C a p ítu lo V II.
M ary y A d a m .
28
C a p ítu lo V III.
E n D u b lín .
34
C a p ítu lo IX .
L a b o rra sc a .
44
C a p ítu lo X .
S itu a c ió n d e J o h n .
49
C a p ítu lo X I.
P r e o c u p a c io n e s d e A d a m .
54
C a p ítu lo X II.
C o n s te r n a c ió n e n W o rth in g .
57
C a p ítu lo X III.
N o tic ia s d e R o s lta n d .
61
C a p ítu lo X IV .
R e n a c e la e s p e r a n z a e n M a ry .
65
C a p ítu lo X V .
L o s n á u f r a g o s d e la " P re tty M a r y ,‘’
68
C a p ítu lo X V I.
G u e r r a e n la is la d e l a P a z .
75
C a p ítu lo X V II.
J o h n y W illia m .
77
C a p ítu lo X V III.
R e g r e s o d e W illia m .
81
C a p ítu lo X IX .
Joseph.
86
C a p ítu lo X X .
L a c a c e r ía .
90
159
José Mesa Ramos
Capítulo XXI.
Dublin’s Parí.
96
Capítulo XXII.
Reaparición de la goleta
“Pretty Mary"
100
Capítulo XXIII.
John y Richard.
105
Capítulo XXIV.
Intrigas de la marquesa
de Livingstone.
109
Capítulo XXV.
Desilusión de Mary.
114
Capítulo XXVI.
Tristeza de Adam y de Mary.
116
Capítulo XXVII.
Triunfa la verdad.
122
Capítulo XXVIII.
Hacia la felicidad.
130
Capítulo XXIX.
Paz o guerra.
136
Capítulo XXX.
La revolución.
142
Capítulo XXXI.
La isla de la Libertad.
147
Capítulo XXXII.
Conclusión.
155
lmp. de J. Sánchez de Ociifla.-Tutor, 16, tel. 32374.
160
La Isla de la Paz y de la Guerra fue la utopía
crepuscular de José Mesa Ramos (Vigo, 1856 - Ma
drid, 1935), un Ingeniero de Caminos que publicó
esta sola obra de ficción, en una edición de autor
hecha en Madrid en 1935.
Aún enmarcada en una amplia historia de amor
convencional, es una construcción original, de cla
ra intención pedagógica y propósito de conjurar el
futuro.
La Regeneración es el mensaje moral más ai
reado en La Isla de la Paz y de la Guerra, frente a
la credulidad del ser humano en espejismos al
margen de la cambiante y turbulenta realidad de
la Europa de entreguerras. Allí estaba para con
firmarlo aquella Isla de la Utopía, cualesquiera
que fueran las engañosas denominaciones que qui
sieran darle sus sucesivos gobernantes, Isla de la
Paz, Isla de la Felicidad o Isla de la Libertad.
Como marco ideológico de fondo el miedo a la tur
bulencia del presente y la propuesta de una «ter
cera vía» utópica de transformación moderada de
la sociedad occidental, al margen de la aventura
del comunismo ruso y de la desalmada e implaca
ble lógica capitalista.
José Luis Calvo Carilla
El sueño sostenible



