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- Tipo
- Impresos
- Autor
- Brocos, Modesto
- Idioma (código)
- spa
- Extensión
- 387
- Identificador
- 0000000014
- Miniatura
- https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/779445
- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- Artes y Letras
- Lugar de publicación
- Valencia
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Imagen para miniatura
- 1
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1930
- Formato
- image/jpeg
- application/pdf
- extracted text
-
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L<P9 T Ic m rloa, an t a l a » ............................lÙ^SÙ p laa.
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T A Z O
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(F o tti» )
Por M . Pastor M ata
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1 9 3 0
Pnntrfli adhürú*
m
E d iN iria l À r l f y
A r # f i i d * d b V iè le r ia
E u g e n ia , 2 9 • V « I« * c ;»b
M. Brocos
Unidad política del raundo marciano. - Unidaid de lengua. - Unidad de raza. - Su estado
económico y social. - Sus costumbres. - Papel
huimanítario del ejército. - Idem de sus conventois. - Su religión, etc. etc.
POR
MODESTO
BROCOS
artista pintor y grabador.
A ño 1930
Editorial Arte u Letras, Avda. de Victoria Eugenia, 89 - Valencia
*
ÍNDICE
D E D IC A T O R IA ............................................. página
7
PRÓLOGO
........................................................»
9
NOTAS DEL CAPÍTULO XIV......................... »
15
C apítulo I — Llegada a Marte.
Mi encuentro con el padre Benito Jerónimo Feijóo.Cómo la juventud entiende alli la vida. - Elogio que hace
Feijóo de las Hermanas Humanitarias. - El Ejército Agrí
cola. - Los Clubs de trabajos manuales. - Llegada a la casa
de Feijóo...................................................................página 17
Capítulo II — Conversación con Feijóo.
Sentimientos de amor a la verdad y a la justicia. —Unidad política. - Parangón entre la humanidad marciana y
la terrestre. - División política del planeta. . . .
40
C apítulo III — Un paseo por la ciudad.
Servicio de higiene. - El mercado. - El cuartel y los
condenados. - El hospital. - El cementerio o columbario. La superficie de nuestro globo aumenta constantemente. Si antes los continentes eran cruzados por ferrocarriles hoy
lo son por canales. - El gran internado; la enseñanza se
hace de manera a instruir recreando. - El teatro al aire li
bre. - Lo que había sido antiguamente aquella ciudad.
58
C apítulo IV — Sentados en la alameda.
El Bien y el M al.-Todo tiende a la perfección. - Ex
presión de esta tendencia por las Bellas Artes. - Unidad de
creencias. - Ideas sobre la Divinidad. - Dios y el espacio.Propiedad del alma. - Dios, Providencia y Naturaleza. 78
C apítulo V — Sistema parisién.
Las Hermanas Humanitarias y sus estudios. - La
emancipación del pensamiento, del suelo y de la mujer.
- Sistema político y administrativo. - El poder ejecutivo
confiado a los ancianos por solo una estación. - Rentas
públicas. - La justicia; no hay magistrados preparados.
- Interrupción de los gobiernos normales - El año sin
gobierno....................................................................................102
3-
C a p í t u l o VI — La sociedad.
El pan y el agua suministrados gratuitamente al pue
blo mediante unas pocas semanas de servicio al Estado.
- Vida sin sobresaltos ni odios. - La instrución dada en in
ternados por cuenta del Estado. - No hay maestros perma
nentes de primeras letras. — Cómo están divididas las
clases. - Los intelectuales con los labradores dirigen los
negocios del Estado......................... ..............................124
C a p ít u l o
V II— Estado anterior e infeliz
de los marcianos.
Lo que enseñan los libros de lectura en las escuelas
primarias. - Estado patológico de la ciudad. - Desequilibrio
entre la población y las subsistencias. En qué consistía an
tiguamente la ciencia de gobernar. - Solución del capital
problema................................................................................. 140
C a p í t u l o VIII — Las reformas sociales.
No hay emancipación sin un período preparatorio. Nunca la propiedad estuvo tan sólida como en las vísperas
de la derrocada. - Las grandes reformas sociales. - Las re
formas políticas. - Régimen patriarcal. - Perfeccionamiento
de las razas. - Destrucción de las enfermedades heredita
rias. - Unificación de las razas........................................
158
C a p í t u l o IX — Las costumbres.
Sobriedad de los marcianos. - Contratos matrimonia
les por siete años. - Igualdad de la mujer y del hombre.
- Particularidades que se observan en los nacimientos. - Im
portancia capital de la Estadística. - Principal objeto de la
educación. -A rte del bien vivir. - División del tiempo. 187
C a p í t u l o X — El ejército agrícola.
El ejército es la primera institución del planeta. - Má
quinas de guerra transformadas en aperos de labranza.
- En el mundo nada se debe dejar a merced del acas».
- Grandiosos trabajos ejecutados para adaptar el mundo al
servicio del hombre. - Replanteo de los bosques. - Comuni
cación fluval. - Desenvolvimiento de los frutales. - Estética
del suelo..............................................................................
209
XI — La Hermandad de las
Hermanas Humanitarias.
C apítulo
I. - Distribución de las horas del día. - Sus estudios.
- Organización de los servicios.
II. - Una fiesta en el convento. - Visita al interior del
edificio................................................................................... 221
-
4 -
C a pít u lo XII — La fiesta de los primeros
frutos.
I. - La idea religiosa debió desenvolverse de modo
idéntico en los otros planetas. - Culto de la Madre Natu
raleza.
II. - Partida para la fiesta. - Ramilletes y su destina
ción. - Necesidad de estos regocijos. - Descripción del altar.
- Llegada de las Hermanas Humanitarias.
III. - Principio de las preces. - Terminación de la pri
mera parte. - Comida en el bosque. - Exhibición de la mu
jer desnuda. - Terminación. . .......................... ' .
244
C ap ít u lo X III
— Disertación sobre di
versas materias.
El Sol no es la única causa del calor experimentadlo
en los planetas. - Afinidad de ideas entre Marte y la Tierra.
- El amor y el deseo son los dos grandes factores del pro
greso. - La evolución se patentiza en la misma Biblia. - S o
bre la Filosofía y los filósofos. - Adelanto literario de
Marte. - La obra impresa del mundo marciano y las bi
bliotecas. - Cómo entienden la poesía...........................283
C a p ít u lo XIV - Viaje a través del planeta.
El viaje en las primeras horas. - Conversaciones sobre
el «Teatro Crítico». - Su libertad de pensar sobre Aristóte
les. - Destrucción de la idolatría y de los milagros. - Con
sejos a los reyes y campaña contra la tortura. - Consejos
sobre la Agricultura: Feijóo fue el primer socialista de su
tiempo. - Sobre la poesía y los poetas. - Que podría haber
habitantes en los otros planetas. - Particularidades geoló
gicas.......................................................................................
311
C a pítulo XV — Visita a los museos.
La arquitectura del gran templo. - Religiones que se
exhibían en la nave central. - Las diversas trinidades. - La
capilla de las reliquias. - Piedra con la impresión dejada
por los pies del Civilizador. - El museo erqueológico y
geográfico. - Comparación entre el mapamundi antiguo y
el moderno......................................................, . . .
348
C a p ít u lo XVI
— Paseo por la antigua
capital de las artes.
Historia de la ciudad contada de los tiempos presentes
para los pasados. - Llegada al antiguo municipio. - Vista
de la vieja plaza pública y fin. .
..........................
372
5
in a D D d e B o iiQ o a o a a o o a o B O B o c io a a o o e o o M o e í
QBOBO B
DEDICATORIA
A MI NIETO PÉRICLES
Cuando yo tenía poca más edad que tú, con
siderábase en España a la forma republicana
(debido a los crímenes de la revolución fran
cesa) como el gobierno de asesinos y malhe
chores; y si algún desgarrado mentase la co
munidad de bienes y de beneficios entre los
trabajadores, era mirado como un bicho raro o
un insensato. Hoy, la forma republicana es el
gobierno de la mitad de Europa y tiende a serlo
del mundo todo; por otra parte, los credos so
cialistas son considerados en muchas naciones
partidos legales y en todos son tolerados. El
mundo camina a pasos de gigante hacia la con
secución de mejorar lo existente, y tú si llegas
a vivir lo que yo he vivido, no diré veas más
progresos científicos y materiales de los que yo
he visto, pero, sí verás más progresos económi
cos y sociales; y aun cuando lo que digo aquí
no pase de un sueño, será muy posible que en
el fin de tu vida veas realizadas algunas de las
utopías que presento en este libro.
B B O a O O O O Q D O O P O O B C B O O Q O O C a O C llO O O O O O O O B C U T O O O C 0 0 0 1 * 0 0 0 0 0 8 0 0
ESTA OBRA E S PROPIEDAD DEL AUTOR
-7
—
W T i ' m 1» 1! i r r m
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PRÓLOGO
Desconocido lector: El trabajo que aquí te presento, es
el fruto de largas meditaciones cuando en mi juventud, in
clinado sobre la mesa de grabador, trabajaba para vivir y
al mismo tiempo estudiar la pintura. Como aquel arte tu
viese mucho de material y podía hacerse pensando en otra
cosa, mi imaginación volaba por el mundo todo, pensando
en los males que lo afligían y en los medios de remediar
los. Mis primeras ideas eran generosas y buenas como
todo cuanto emana de la juventud, pero pecaban por falta
de experiencia y raciocinio. En aquellos tiempos la exu
berancia de la juventud me hacía ser autoritario, y pensa
ba que cuando llegase el triunfo de las nuevas ideas, debe
ría obligarse, a todos aquellos que se opusieran a ellas, a
que las aceptasen por la fuerza. Desconocía la ley que rige
los emprendimientos humanos, los cuales para ser definiti
vamente establecidos, deberán tener por norma a la Liber
tad.
Muchas veces mil pensamientos disparatados asalta
ban a mi espíritu y de vez en cuando una idea más lúcida
venía a esclarecer mi entendimiento. Era como una espe
ranza que acudía a tranquilizar mis dudas y me pregunta
ba, si no sería preferible a todas las reformas oidas y so
ñadas, al conservar la organización del mnudo tal cual
estaba, contentándonos con corregirlo de sus defectos,
dando a sus instituciones un destino más humanitario y
moral del que actualmente tenían. En estas divagaciones
me entretenía, mientras que puesto el ojo sobre la lente,
burilaba la madera haciendo horas para atender a mis ne
cesidades. En el taller el trabajo se hacía generalmente en
silencio; yo era de un carácter concentrado; hablaba poco
pero cuando externaba mis ideas, los compañeros me ta
chaban de exagerado.
Ya van lejos aquellos tiempos. Han transcurrido cerca
<le cincuenta años; las ideas en el fondo son las mismas,
—
9
—
pero se han ido perfeccionando a la larga con la reflexión y
el raciocinio. Finalmente, lector, hoy te las ofrezco en este
libro, en forma de fantástico ensueño, purificadas al través
del cedazo de mis años. Es bien posible que tú lo leas
como si fuera un romance, tus hijos también la leerán
como un pasatiempo, pero tus nietos tengo la certeza que
lo leerán con más atención que tú.
Estoy en una edad avanzada cercana del sepulcr© y
a mis años me será permitido decir algunas verdades en el
curso de este trabajo, verdades que ningún joven escritor
se atrevería a emitir por temor a la crítica y que están infe
lizmente en oposición a la manera de ser actual del mun
do. Este hasta ahora ha sido gobernado por los intereses
materiales y mientras estos intereses dominen, la pobre
humanidad no vivirá tranquila. La Paz continuará siendo
una utopía y la justicia un mito.
En la comedia humana todos los individuos represen
tan un papel: Los ambiciosos, toda la juventud, se juzgan
seres superiores; los vanidosos, los mayores de edad, vi
ven satisfechos de su saber o su fortuna; los desheredados,
la muchedumbre se quejan y cargan su cruz; los soñadores,
el menor número, pasan la vida persiguiendo su quimera.
Yo fui de estos últimos; he perseguido incesantemente
mi ideal las más de las veces contra viento y marea sin
conseguirlo, acabando por vivir resignado. Nunca impor
tándome la opinión que las gentes superficiales pudieran
hacer de mi, he seguido mi camino en el mundo sin perte
necer a ningún credo, fija la mirada en los acontecimientos
y viendo «en filósofo» a los hombres gastar sus fuerzas
en luchas estériles para más tarde caer en los mismos ye
rros.
Ahora, en los postrimeros años de mi vida, cuando ya
las ilusiones y las esperanzas han muerto, doy a la publi
cidad estas ideas por si pueden ser aprovechadas algún
día.
No cerraré este prólogo sin decir algunas palabras
sobre un caso acaecido en París y que puede tener cone
xión con este trabajo: Yendo con mi hermano una tarde a
visitar la Exposición universal del 78, pasamos delante del
público en que el abate Michón, inventor de la grafología,
hacía propaganda de su sistema examinando los manuscri
tos que el público le presentaba. Mí hermano amante de
aquella novedad y poseedor de las dos obras que el abate
vendía, le mostró una carta mia, y, al primer golpe de vista
exclamó: «jil y a de la Science nouvelle!»
—
10
-
Y a en aquellos tiempos me bullían algunas de las ide
as que presento en este libro y lejos estaba de pensar que
fueran dignas de fijarlas por escrito. También no seré tan
íngénuo que me figure que esto constituya ciencia nueva, y
si, manera de ver las cosas por un prisma diferente al de los
escritores que hasta el presente se tienen ocupados de estos,
asuntos. Juzgo, entre tanto, que alguna de las ideas presen
tadas en el correr de este trabajo, podrán auxiliar a resol
ver algunos problemas económicos, problemas que han
ocupado la atención de muchos escritores que dedicaron
a estas materias muchos volúmenes, como dice un comu
nista belga: ( 1 ) «restées a 1‘etat de bonnes intentións in
eficaces», 5 todos ellos con buenas intenciones no han
aportado remedio alguno al malestar actual. Porque enten
demos, que dichos problemas no se resolverán con regla
mentos, ni catecismos, ni con ley alguna, y sí por su mismo
atrito, al compás de esa lucha pausada, pero incesante,
entre los que aspiran y los que resisten. Podremos servir
nos de un símil que explicará mejor nuestro sentido: dichos
problemas podrán comparase a esas piedras angulosas que
voltean en el fondo del torrente y que las aguas en su
constante carrera arrastran, quiebran, gastan y a fuerza de
rodar se redondean.
M. Brocos.
Rio Janeiro Noviembre de 192®.
(1)
Ernest Gilou.
—
11
♦
NOTAS
(1)
(2)
(3)
(4)
(5)
(0 )
(7)
(8)
(9)
( 10 )
( 11 )
( 12 )
(13)
(14)
(15)
(16)
(1 7 )
(18)
(19)
( 20)
(21)
( 22)
(23)
(24)
(25)
(26)
(27)
(28)
(29)
(30)
(31)
(32)
(33)
(34)
(35)
(36)
(37)
(38)
(39)
(40)
(41)
(42)
(43)
(44)
(45)
(46)
(47)
DEL
CAPITULO
XI V
T ea. C rit., t. V III, d is e . V I, n û m s . 1 y 2.
”
t. IV , p ró lo g o ,
t. III, n ú m . 1.
C a r ta s , t. V, c a r . II, a p é n d ic e a la c a r , etc.
”
t. V, c a r . II , n û m . 22.
T ea. C rit., t. IV , d is e . X V II.
”
t. V, d is e . X I y d is e . V.
t. II , d is e . I.
”
t. III, d ire . III.
t. III, d is e . IX .
C a r ta s , t. IV , c a r . V I.
T e a . C rit., t. V, d is e . I.
A d ic io n e s , d is e . X I.
T e a . C rit., t. III, d is e . VI.
C a r ta s , t. Il, c a r . X I, n û m . 15.
T ea. C rit., t. IV , d is e . III.
C a r ta s , t. II, c a r. XX.
T e a . C rit. y a l fin a l d e l t. I I d e C a r ta s .
C a r ta s , t. II, c a r . X X II.
T e a . C rit.,' t. I, d is e . V III.
”
t. I, d is e . X I.
”
t. II, d is e . X.
C a r ta s , t. III, c a r . X III.
T ea. C rit., t. II, d is e . IV.
t. III, d is e . IV y c a r ta s , t. I, c a r. X L I.
C a r ta s , t. I, c a r . IX.
T ea. C rit., t. II, d ir e . V I, n û m . 66 y c a r ta s , t. IV,
c a r . XX.
t. V, d is e . V III.
t. II, d is e . XV, n û m . 28.
C a r ta s , t. Il, c a r. X V III.
”
t. III, c a r . V III.
T ea. C rit., t. III, d is e . X.
”
t. V III, d is e . IX .
”
t. II, d is e . V II.
”
t. V, d is e . IV.
”
t. I, d is e . IV.
t. V, d is e . X.
V éase A d ic ió n .
T e a . C rit., t. III, d is e . X II.
+
C a r ta s , t. III, c a r. X X II.
T e a . C rit., t. III, d is e . XI.
”
t. V I, d is e . I y X.
”
t. V III, d is e . X II.
C a r ta s , t. IV , c a r. X V III, n û m s . 60 y s ig u ie n te s .
T e a . C rit., t. V I, d is e . XI.
”
t. V I, d ir e . X II.
C a r ta s , t. III, c a r. X X X I, n û m . 84.
-
15
-
(48)
(49)
(50)
(51)
(52)
(53)
(54)
(55)
(56)
Tea. Crít., t. II, disc. V ili, núm. 19.
”
t. V II.
Cartas, t. I, car. X X X III.
Tea. Grit., t. I, disc. XV, núm. 24.
”
t. I, disc. I, núm. 46.
Cartas, t. II, car. V III, núm. 50.
”
t. IV, car. XII.
Tea. Crít., t. I, disc. XVI.
”
t. V III, disc. V II, núms. 38 al 41, y Car
tas t. II, car. 26.
4
-
16-
CAPITULO PRIMERO
LLEGADA A MARTE
Mi encuentro con el padre Benito Jerónimo
Feijóo. - Cómo la juventud entiende allí la vida. Elogio que hace Feijóo de las Hermanas Humanita
rias. - El Ejército Agrícola. - Los Clubs de trabajos
manuales. - Llegada a la casa de Feijóo.
Hallábame dominado por una fuerte pesa
dilla; oía voces discordantes: — Pára el mo
tor... Máquina atrás... ¡Que nos estrellamos!—
Luego un choque en materia blanda, seguido
de un absoluto silencio..., bien pronto inte
rrumpido por el rumor cadencioso y monóto
no del motor.
En este instante un empleado se acercó a
mí y me avisó que me preparase para bajar,
que estábamos llegando. Pocos momentos des
pués, un choque seco estremeció toda la nave,
indicio de haber tocado en sólido. Sin esperar
a nuevo aviso, agarré el saco de viaje, y des
cendí a la puerta de salida. Esta, poco des
pués, fué abierta y al caer servía de pasadizo
y escalera. Descendí por ella y luego de haber
saltado fuera, la puerta se cerró, la nave re
montó el vuelo y, como por encanto, me en
contré pisando el suelo marciano.
17
—
—
El lugar de aterrizaje era lina montaña ais
lada, que había sido terraplenada para servir
de estación interplanetaria. Dos postes coloca
dos en uno de los extremos, indicaban la sali
da; dirigime a ellos allí empezaba el descen
so formado por una escalinata tallada en la
roca.
Alcé la vista y paseándola en torno, quedé
estático por unos momentos; la respiración se
paralizó y las facultades perceptivas queda
ron suspensas. Pasados los primeros instantes
de embaucamiento y repuesto de aquella con
templación pasiva, me senté en el primer es
calón para mejor apreciar el panorama que
se me ofrecía. No lo hallé nuevo; me parecía
haber visto algo semejante en mi juventud; y
luego viniéronme a la memoria las risueñas
campiñas de la fértil y rica región de Ponte
vedra en Galicia.
El día estaba hermoso, el cielo era de una
limpidez cristalina; sólo un poco embazado
allá sobre el horizonte. El Sol bajo de los 45°
indicaba ser las nueve de la mañana o las tres
de la tarde; sólo la disminución o aumento de
la sombra podría darme la certeza. Divisá
base a mi izquierda una línea de montañas,
cuya silueta baja y ondulada atravesaba el
fondo y perdíase a mi frente en lontananza.
Por aquella parte, al pie de la montaña en
que me encontraba, aparecía una ciudad, que
por su extensión debía ser de alguna impor
tancia. A mi derecha, se extendía una inter18
—
—
minable planicie de un verde amarillento,
cuya línea formaba horizonte interrumpida
en más de un lugar por algunos montículos.
Atravesaba la planicie un manso río, cuyas
sinuosidades se perdían entre la verdura y
eran delatadas por los árboles marginales,
yendo a perderse por detrás de la montaña en
que me encontraba. Un cruzamiento de inter
minables líneas de árboles, en su mayoría flo
ridos, prenunciaban la primavera.
Unas cuantas manchas blancas disemina
das por los montículos de la derecha y en las
laderas de las montañas, indicaban ser aldeas.
Por el pie de la montaña en que me encon
traba, pasaba un camino que parecía concluir
en la ciudad.
En medio de aquella indecible contempla
ción, impresionado por lo que se presentaba a
mi vista curiosa, e impulsado por un súbito
movimiento admirativo, exclamé: — ¡Llegó,
por fin, el día que podré llamar más venturo
so de mi vida, en que veré realizado mi an
siado ensueño de visitar el planeta Marte! ¡ Oh
día ambicionado, oh día esperado, en que voy
a comunicarme con los marcianos y donde es
pero encontrar un mundo mejor y más bien
organizado de lo que está aquel valle de lá
grimas que dejé en la Tierra! ¡Oh anhelado
planeta Marte, entre cuyos habitantes voy a
tener la dicha de residir para estudiar sus cos
tumbres y conocer su estado de adelanto mo
ral y material! ¡ Oh Providencia divina, mani—
19
—
testación espiritual de Dios, que en todo el
curso de mi vida te he sentido cerca de mí, so
corriéndome en los momentos críticos de mi.
tormentosa existencia; yo te doy gracias por los
beneficios que me has dispensado y los que
actualmente me concedes, prolongando mi
vida para que, en mi vejez, pueda satisfacer
tan suspirado deseo; pero te pido aún, juntes
a tantos favores, el de llevar a feliz término la
empresa de conocer y estudiar la organiza
ción social y política de estos pueblos!
Calmado mi espíritu de aquella sentimen
tal emoción y después que hube examinado
todo con minuciosa curiosidad, empecé a ba
ja r la interminable escalera, cuyos peldaños
un tanto bajos lo facilitaban. Al descender
me sentía tan ágil como si estuviese en mis
20 años; tanto que, animado empecé a saltar
los dos a dos, no parando en este paso hasta
llegar al último peldaño. Como hubiera senti
do el saco algo ligero, me senté para examinar
si me habrían hurtado alguna cosa en el globo
y lo abrí; pero hallando todo intacto, reflexio
né que aquello era efecto de que siendo el
planeta Marte menor que la Tierra, su fuerza
de atracción también era menor y como con
secuencia los cuerpos pesaban menos.
El camino que había visto desde lo alto de
la montaña lo hallé bien macadamizado y
arborizado por árboles en aquel momento flo
ridos. Comprendí a su vista el sentido prác
tico de aquellos pueblos que utilizan los ca20
—
—
minos para plantar frutales, obteniendo así un
doble resultado: sombra y provecho.
Continué con la imaginación, pensando so
bre cuanto veía, no tardando en ir corriendo
por el espacio infinito, de un mundo a otro
sin poderla contener, anonadado todo mi ser,
y suspenso por momentos el pensamiento,
para despertar súbitamente y volver al punto
en que me encontraba. El hombre, dije en mi
íntimo, es un ser flaco e imperfecto, pues aho
ra que estaba realizando el gran sueño de toda
mi vida para el cual había acumulado tantos
elementos desde mi juventud y ahora que pa
recía iba a tocar la meta, heme aquí perplejo,
sin saber qué decisión tomar. Los momentos
no eran para la reflexión, y si, de acción rá
pida y decisiva. Ante aquel espectáculo tan
nuevo para mi, impresionado ante lo impre
visto que me esperaba, la postración no se
hizo esperar e invadió mi alma sensible. Mi
imaginación empezó a divagar y por más que
procurase tranquilizarme bien pronto llegó el
desánimo acompañado de su triste séquito:
el temor, la vacilación y el desaliento, éstos
invadieron en aquellos momentos mi alma
toda; sentime acobardado y antes de tomar
el camino que conducía a la ciudad empecé
a meditar sobre el modo de poderme enten
der con los marcianos: ¿Cuánto tiempo tar
daría en aprender su lengua, cómo sería por
ellos recibido, qué sorpresas me esperaban?
Estas y parecidas consideraciones hice conmi21
—
—
go mismo, hasta que acometido de una sú
bita sacudida, me armé de energía, agarré el
saco de viaje y tomando resueltamente para
la izquierda, empecé a caminar en dirección
a la ciudad.
Había ya caminado un buen cuarto de liora
sin encontrar alma viva, hasta el punto en
que el camino torcía para la derecha; al dar
la vuelta, percibí a lo lejos alguna gente que
venía en dirección a mí. Ya más animado con
tinué andando, y confieso que mientras cami
naba, mi corazón iba saltando entre el temor
y la esperanza. Cuando pude notar en sus ade
manes que no venían con intención hostil y
que por el contrario algunos se paraban para
dejarme llegar, adquirí nuevos ánimos. Si sus
intenciones, decía para mis adentros, no me
fuesen favorables, no moderarían el past> co
mo muchos lo hicieron. Cuando me hallé cer
ca, posé en el suelo el saco de viaje, saqué
el sombrero e hice un respetuoso saludo, pero
como no respondieron a mi salutación, com
prendí que allí no usaban ceremonias y reparé
aquel exceso de urbanidad calándomelo de
nuevo. Ya en este entretiempo un muchacho
se había llegado a mí, cogió el saco y se puso
a examinar el cuero, los broches y la cerra
dura. Luego la gente se fué acercando y en
pocos momentos me vi rodeado por buen nú
mero d e muchachos, hombres y algunos
viejos.
Vi que eran seres de la misma forma que la
—
22
—
nuestra, pero un poco más pequeños, de modo
que yo, siendo de estatura baja, resultaba de
regular altura; todos robustos, bien propor
cionados, de facciones regulares, con un tipo
fisonómico parecido que daba un aire de fa
milia a sus semblantes.
Los hombres usaban barba cerrada, pero
corta y los viejos parecían tipos venerables
con sus barbas más crecidas. Como no enten
diese las palabras que ellos me dirigían, saqué
el álbum y dibujé en una página el Sol con
los planetas Mercurio, Venus, la Tierra y Mar
te en círculo, marcando con elipses sus órbi
tas; en la Tierra dibujé un muñeco que ex
tendía los brazos hacia Marte y abrazaba el
planeta; ellos parece que me comprendieron,
juzgando por sus muestras de asentimiento.
Después dibujé un ojo que dirigía rayos vi
suales sobre Marte, las señas afirmativas fue
ron generales, demostrando que habían com
prendido mi procedencia y lo que iba a hacer.
Volví la hoja y dibujé una casa y al lado un
catre con un hombre durmiendo; indicaron
la ciudad haciendo señas de que había hospe
derías. Luego empecé a dibujar un hombre
comiendo sentado ante una mesa, más en
aquel momento se acercó a mi un anciano
venerable que me hizo una salutación en la
tín; respondile en italiano diciendo que com
prendía ser latín lo que me hablaba, pero que
para entendernos precisábamos hacerlo en
francés o en español, porque yo había nacido
23
—
—
en España en la ciudad de Compostela. ¡ Compóstela! repitió y añadió luego: Yo en mi an
terior encarnación también naci alli y aun no
olvidé el castellano.
—Entonces—le respondí—usted es enviado
por la Providencia para sacarme de esta crí
tica situación, sirviéndome de intérprete y
ayudándome con sus consejos a economizar
mis gastos, porque soy un pobre artista y no
vengo muy abundante de dinero.
— ¡Usted artista! ¿Qué clase de arte prac
tica?
—En la actualidad soy pintor, pero en mi
juventud ejercí la profesión de grabador.
—Pues yo, caro excompatriota, fui en la
Tierra fraile de la orden de San Benito y lle
vaba el nombre de Benito Jerónimo Feijóo.
— ¡Feijóo! ¡El autor del “ Teatro Crítico” ,
el precursor de la “ Enciclopedia” , cuanta fe
licidad es para mi el poder comunicar con
un hombre tan erudito!
—Nada de lisonjas —me respondió— que
aquí no está usted en la Tierra, donde se sir
ven de la mentira para encubrir lo que pien
san; aquí en nuestro trato corriente no admi
timos la adulación; somos de costumbres sen
cillas y sólo amamos la verdad. Usted se
convencerá de lo que digo cuando nos conoz
ca de cerca y acabará por adaptarse a nuestro
modo de ser y de pensar. Mientras tanto va a
venirse conmigo a morar en mi casa donde
tengo hijos y nietos, y así economizará su di24
—
—
ñero, para hacer más tarde, algunos viajes
en los que tendrá ocasión de gastarlo.
Agradecíselo sin exageraciones, pues conocí
bien pronto que allí no usaban nuestra menti
rosa urbanidad, y atravesando por entre la
multitud, ya más numerosa, tomamos el cami
no de la ciudad, acompañados siempre por el
muchacho que cargaba con mi saco de viaje.
A medida que íbamos andando, noté que los
campos a derecha e izquierda, estaban con las
mieses bastante crecidas y perdíanse de un
lado en las faldas de las montañas y del otro
allá en el horizonte; los campos eran atrave
sados por estrechos senderos para dar paso
sin pisar los sembrados. El camino empezaba
a subir suavemente, percibiéndose a lo lejos
las primeras casas de la ciudad.
Mientras íbamos andando, Feijóo daba ex
plicaciones a los amigos que encontraba y és
tos me miraban con satisfactoria curiosidad.
Yo en tanto iba haciendo mis reflexiones sobre
todo cuanto veía. Observé su modo de vestir
que con el garbo y desenvoltura en el andar
hacía un efecto pintoresco y artístico. La m a
yor parte de los trajes, consistían en una am
plia camisa corta de mangas y encaje bajo,
que dejaba el cuello y los brazos al descubier
to; calzones largos que les cubrían más abajo
de las rodillas; las piernas tapadas con cintas
de cuero o tejido, enrolladas desde encima de
las pantorrillas hasta los tobillos y terminan
do en las sandalias o alpargatas de que esta—
25
—
ban calzados; usaban faja y en la cabeza go
rros de diversas formas, o sombreros de alas
más o menos anchas; iban cubiertos por una
capa que les llegaba a la mitad del muslo y
que unos llevaban sobre los hombros y los
más enrolladas al cuerpo o en posiciones es
tudiadas que los envolvían elegantemente.
Las mujeres vestían, muchas de ellas, camisa
abierta por delante descubriendo el encaje de
la garganta, mangas cortas como los hombres,
mostrando los brazos desnudos; saya que mal
llegaba a bajo de las pantorrillas, otras ves
tían calzones largos, especie de bombachas;
ceñidas todas ellas por una amplia faja que
a partir de debajo de los pechos, les ceñía la
cintura y caderas, realzándoles el talle; los
pies estaban calzados con sandalias de cáña
mo o cuero más o menos lujosas y todas iban
cubiertas con un chal o capa en forma aná
loga a los hombres. Reparé que algunas lle
vaban una especie de suspensorios, que se
bifurcaban en cada pecho, presos atrás en la
espalda: supe más tarde, que en esto se dis
tinguían las que eran madres. Los niños que
vi jugando eran verdaderamente bellos, mos
trando en sus rostros la frescura y lozanía
de las rosas; llamó mi atención verlos a todos
menores de 7 años y andar descalzos.
La ciudad estaba precedida de frondosas
alamedas que quedaban a nuestra izquierda
y en las cuales se percibía mucha gente pa
seándose: en aquel momento pasábamos por
— 26 —
d elante de un gran edificio de dos pisos, sin
co n tar el térreo, que Feijóo me dijo ser e l
convento, y luego de atrav esar una arboleda,
entram os en la población.
L a calle en que penetram os estaba calzada
con p aralelepípedos de m adera. Las casas eran
de ap arien cia m odesta, pero agradable, p in
tad as como las de Venecia, rodeadas de ja r
dín, que las aislaban com pletam ente, (pareciéndom e que estas condiciones debían h acer
las m ás higiénicas) todas de un solo piso y
en lu g ar de tejad o estaban cubiertas de azo
teas. Siguiendo nuestro cam ino, vi que las ca
lles se cortaban perpendicularm ente y seguían
calzadas del mism o modo. D espués de atrav e
sa r unas pocas calles, llegamos a una plaza
arb o rizad a en la que hab ía m ucha gente di
virtiéndose: unos jugando a las bolas, otros
al tejo y otras diversiones p a ra m í descono
cidas; m ozas jugando al volante con los m u
chachos, otras colum piándose; en suma, la
plaza parecía un lugar único de diversión.
—Me está pareciendo—d ije a Feijóo—h ab er
llegado en un día de fiesta.
—¿P o r qué dice usted eso?
—P or ver tanta gente paseando en las ala
m edas y divirtiéndose aquí.
—No es fiesta lo que usted está viendo; el
pueblo cuando acaba el trab ajo , viene aquí a
solazarse hasta la hora de la cena; pues los
m arcianos tra b a ja n la c u arta p arte del d ía
y esto les basta p a ra satisfacer sus necesida-
des. Antiguamente trabajaban la tercera par
te del día o sea ocho horas, pero después de
los grandes progresos introducidos en la me
cánica, que economizaron tiempo y trabajo,
ayudando a producir más rápidamente las co
modidades de la vida, y a fin de conservar el
equilibrio económico, pudo reducirse la jor
nada a seis horas por día. Fuera de estas ho
ras, todos tratan de divertirse; vea usted ese
grupo de rapazuelos y muchachas que cogidos
del brazo vienen cantando en coro. Es una
canción antiquísima que para esparcir su ale
gría, escoge la juventud entre las muchas del
inagotable repertorio de canciones populares,
y cuya letra es poco más o menos lo siguiente:
“ Gocemos la vida que nuestra Madre Na
turaleza nos ofrece tan llena de atractivos y
de encantos. Gocemos alegremente de este be
llo día y alejemos de nosotros la tristeza semej ante a la noche oscura y tempestuosa. Go
cemos, gocemos la vida presente, sin prejui
cios sobre la futura, ya que nadie tiene cer
teza de lo que allá habrá ni saber precisa.”
Como usted ve, aquí sólo se preocupan de
la vida presente; tienen la convicción de que
los seres están en el mundo para gozar y no
para sufrir. Lo que requiere nuestra moral,
es que los goces disfrutados sean sencillos, no
perjudiquen a tercero y consecuentemente a
nosotros mismos, porque, si sucediese lo con
trario, caerían en la inmoralidad.
Allá en la Tierra, ustedes educan los sexos
28
—
—
separados, debido a preconceptos estúpidos e
hipócritas, llegando con esta educación, las jó
venes a la edad nubil y los hombres a la viril,,
sin conocerse, lo que origina uniones infelices;
mientras que aquí, desde las primeras letras,,
crecen y estudian ambos sexos unidos y armó
nicamente se divierten como usted está viendo.
Iba cayendo la tarde cuando salimos de la
plaza que, por el tupido arbolado, parecía
más bien un parque, y continuamos por la
misma calle, atravesando otras que la cru
zaban siempre perpendicularmente, hasta to
par con una más ancha, con casas de dos pi
sos y asfaltada, y cuyos paseos laterales esta
ban arborizados con dos filas de árboles a cada
Lado y por tanto eran mas anchos que los de
las calles que acabábamos de atravesar.
— Esta— me dice Feijóo— , es la gran calle
iiagonal de la derecha; las ciudades están tra
badas generalmente en la misma disposición;
a otra que corta a esta perpendicularmente,,
se llama la calle diagonal de la izquierda y
lúzanse ambas en la plaza principal de la
dudad donde se encuentra el palacio de1, muíicipio.
Nos encaminamos por ella, y, a poco de haier andado, tropezamos con dos jóvenes de
jellos y risueños semblantes, vestidas con tra
es iguales que me miraron con insistencia.
7eijóo llamó con respecto a ellas mi atención,
liciéndome que pertenecían a la “Hermandad
le las Hermanas Humanitarias” .
29
—
—
—¿También aquí hay monjas? Interrogué.
—Sí hay—respondió—pero no son como las
de la Tierra, que viven relegadas a un estú
pido egoísmo; éstas por el contrario, las lla
man humanitarias, por los relevantes servi
cios que prestan a la humanidad, y la moral
de ellas es muy superior a la de las monjas
terrestres. Aquí estas mujeres desempeñan
una noble y alta misión; son un elemento so
cial indispensable y del cual los hombres no
pueden prescindir tanto en esta como en otra
cualquiera parte del planeta; el pueblo no sólo
las respeta, sino que tiene por ellas un verda
dero culto, el Estado las protege y gozan de
justísimos privilegios en todas partes.
Dejando atrás las Hermanas Humanitarias'
de las cuales Feijóo me hiciera tan lisonjeros
elogios, y continuando nuestro camino por la
misma calle, fuimos a la plaza principal.
Era ésta, una plaza grande de forma oval,
circundada de arcadas y de árboles, y como
presidiéndola, se encontraba el palacio muni
cipal. De los establecimientos que en ella ha
bía, algunos ya recogían sus mercancías, otros,
como las casas de expender refrescos, tenían
las mesas colocadas debajo de las arcadas en
donde los consumidores sentados conversaban
bebiendo refrescos; allí no era permitido be
ber nada alcoholizado. Llamóme la atención
un grupo de mancebos sentados a una mesa
vistiendo uniforme y pareciendo tener todos
ellos la misma edad; pregunté a Feijóo lo que
30
—
—
aquellos jóvenes eran. Respondióme que eran
soldados.
— ¡Soldados!—exclamé admirado.
—Sí, pero éstos no son como los de la Tie
rra que nada hacen, consumen y no produ
cen, y cuando alguna vez trabajan es para
destruir las propiedades y matar gente; los
de aquí tienen, por el contrario, la santa mi
sión de conservar la propiedad y cultivar la
tierra marciana.
Este ejército—siguió diciendo mientras ca
minábamos—quedó establecido cuando termi
nó el período de las guerras, que nosotros co
locamos en los tiempos bárbaros; hará de esto
un millón de años. En aquella época a pesar
de sus salvajismos, fué cuando se hicieron los
grandes descubrimientos científicos: la elec
tricidad y sus aplicaciones, sacando de ella
la fuerza, la luz y la transmisión del pensa
miento a distancia; fué también la de los gran
des descubrimientos astronómicos de los ma
qumismos y sus aplicaciones a la industria.
Pero, a pesar de estos inventos, colocamos los
tales descubrimientos en el fin de los tiempos
en que dominaba la mentira, el egoísmo, las
malas pasiones y todas las desgracias que afli
gían a los habitantes del planeta. Fué aquella
una época de preparación, en la que a pesar
de la tiranía personal, hubo ensayos, tentati
vas, luchas, estudios para congraciar los inte
reses sociales y después de algunas violencias
sangrientas, vino el triunto de la razón.
31
—
—
Volviendo a tom ar nuestra conversación
prim era sobre los soldados, luego que las prin
cipales naciones convinieron resolver las cues
tiones que pudiesen surgir entre ellas, por me
dio de acuerdos amistosos sobre el tapete, en
lugar de hacerlo como basta allí en los cam
pos de batalla, este ejército, que había vivido
hasta aquel entonces a costa de la Nación, úni
ca que trabajaba, debía disolverse y era echar
a la calle mucha gente sin medios de vida, que
podría producir la guerra interna entre los
que trabajaban y estos que querrían trabajar.
Resolvieron, pues, los gobernantes de aquel
tiempo, conservar el ejército tal cual estaba,
y destinarlo al cultivo de los campos, man
dando los soldados para los lugares en donde
escaseasen los brazos a fin de ayudar a los
labradores en las faenas agrícolas. Siendo los
soldados muchos, distribuyéronlos por las co
marcas en que había tierras incultas que ro
turar, pantanos que desecar, canales de riego
que abrir o reparar y caminos que construir.
Los resultados fueron admirables; muchas
tierras incultas que antes nada producían fue
ron aprovechadas; la producción de los cam
pos aumentó, las cosechas se duplicaron, po
niendo los productos al alcance de todos y
aportando con esto al pueblo la hartura y bie
nestar. En vista de los excelentes resultados
obtenidos, continuó definitivamente el servicio
de los soldados agrícolas. Habiendo visto las
otras naciones los resultados alcanzados con
32
—
—
esta institución, introdujeron el servicio obli
gatorio, y hoy el ejército agrícola está estable
cido en todo el planeta.
Aquí vine a encontrar lo que pedía en mi
“Teatro Crítico” allá en la Tierra, de utilizar
se los soldados cuando no tuviesen que gue
rrear, en construir canales de riego, desecar
pantanos, abrir carreteras, destruir los anima
les dañinos, etc; pero que desgraciadamente
no fui atendido.
Acabada de atravesar la plaza, nos dirigi
mos por la misma calle transversal que con
tinuaba con el mismo aspecto de bulevar. Ha
bíamos ya caminado un rato, cuando me dijo
F eijóo:
—Ahora, en la prim era calle que encontra
remos a la izquierda, está la casa en que vivo.
Y dirigiéndose al muchacho que llevaba mi
saco de viaje, le dijo unas palabras y aquél
echó a correr.
Desde las azoteas, las jóvenes reclinadas en
los antepechos, me miraban curiosas al repa
rar en mis vestidos tan diferentes de los que
allí se usaban y que iban delatando mi ex
tranjería.
El interior de las casas venía hacía tiem
po atrayendo mi curiosidad; hacíanme e: efec
to de casas pompeyanas con sus patios interio
res, sus habitaciones en rueda y escasas ven
tanas sobre la calle. Llamé la atención de Fei
jóo sobre el que los negocios cerrasen sus
puertas, no habiendo caiao aún la noche
33
—
—
— Ya le he dicho— respondió— que aquí se
trabaja la cuarta parte del día; los negocios
se abren por la mañana a las ocho y se cie
rran, sin excepción, al medio día. hora de co
mer, para después dormir la siesta; los em
pleados jóvenes pueden divertirse hasta las
quince, o ir a los estudios de trece a quince,
pues en estas horas hay i ursos públicos y par
ticulares. A las quince (algunos negocios a
las dieciseis) abren los almacenes hasta las
dieciocho, hora de ir a cenar; después de las
diecinueve, empieza la vida de sociedad, las
tertulias, teatros, reuniones; y funcionan las
escuelas nocturnas. En *stas, los muchachos
que están aprendiendo oficio, van a estudiar
el dibujo a mano libre, nociones de Geometría
y especialmente dibujo aplicado a la profesión
a que cada cual se dedica. Los que no siguen
oficio, estudian otras disciplinas para ins
truirse, hasta las veintiuna, hora de recogerse
para ir a dormir a las veintidós.
Aquí no hacemos de la noche día como allá
en la Tierra; la generalidad se levanta al na
cer el Sol y algunos, como medida higiénica,
antes de esa hora están tomando el baño, tie
nen sus ejercicios gimnásticos hechos o .i e es
tán preparando para saVir de casa. Los cam
pesinos, invariablemente, se levantan antes de
nacer el Sol, para estar en sus faenas a las
seis y acabar la tarea al medio día, volviendo
a esa hora a sus casas con la jornada termi
nada. No acontece lo mismo con los trabajos
34
—
—
<jue se hacen por placer como, por ejemplo,
aquellos de allí enfrente, (pasábamos por de
jante de un taller de muebles) ahí fun ;iona
una asociación de trabajos en madera y les
es permitido trabajar cuantas horas quieran.
Esas asociaciones, son parecidas a los clubs
que ustedes tienen en la Tierra para recreo.
Aquí es para hacer trabajos útiles que des
pués llevan para sus casas; los hacen en co
mún; uno cepilla las tablas, otro hace los
asamblajes, el otro talla os ornatos y asi cons
truyen un objeto ayudándose mutuamente.
Hay otras asociaciones para los trabajos en
hierro forjado; otras que se ocupan en la cons
trucción de maqumismos e invenciones, tam
bién las hay para trabajar los metales precio
sos; en fin, para cuanto ios hombres puedan
desear. A parte de estos trabajos puramente
recreativos y con los que muchos inventos se
tienen conseguidos, la g-an preocupación de
nuestros pueblos es la agricultura: mejorar los
métodos de producción eu las diferentes ramas
en que se distribuye este conocimiento, p, r ser
de interés general; ya que tanto hombres co
mo mujeres, tienen que contribuir anualmen
te al bienestar de todos, con una cantidad de
; raba jo gratuito.
Nuestro mundo ha progresado muchísimo
desde que empezó a ser gobernado por la ra
zón y la inteligencia; mientras que vivió en
estado precario, cuando era gobernado por el
Sentimentalismo inútil. Cesde que los intelec—
35
—
vuales tom aron la dirección, nuestro progreso
empezó realm ente. D ejó de conocerse aquí lo
i rle allá en la Tierra d a i tan ta im portancia;
el pru rito de ser superior a los otros ; or el
v -acimiento o la fortuna. D ejaron de colgar
blasones en el frente de las casas y del pecho,
pues sería considerado quien p retendiera h a
cer tal ostentación, como un desgraciado y po
bre m entecato. Porque aquí el que preten d a
por cualquier m otivo s e ' superior a los otros,
comete una falta gravísim a contra la sociedad
y una infam e grosería, ñor ser un resabio de
’os tiem pos del dominio personal, causa *e los
m ales que han afligido a los hum aros. T am
poco se conoce aquí la cuestión de h o rra a
que en la T ierra se da ¡anta im portancia, re
lativa al comercio sexual, y m ucho mena« po. er el puntillo de honor tn parte tan es andi
da. Los m arcianos son m uy liberales en las
cuestiones de am or; no disputan por co>as de
tan poca im portancia y no sienten ei la igazo
de los celos, resto de la anim alidad que duer
m e en los individuos y uue nos viene Je (as
prim eras épocas del m undo
Los sentim ientos básicos de nuestro pueblo,
t nerón siem pre el bien« star público, el espír t u de frate rn id ad y el am or a nuestros emejantes, antes de aquellos tiempos nom inal.
Estos principios básicos han penetrado en
nuestras leyes y costumbres, h asta an iq u ilar
los sentim ientos egoísticos de la propiedad.
T am bién se trató de h acer alguna cosa en pro
36
—
—
de la igualdad, que si no pudo conseguirse,
porque la Madre Naturaleza hace a los hom
bres desiguales, se ha conseguido una igual
dad relativa, sea en el aspecto exterior de las
gentes, sea en su trato social.
Con objeto de que las fortunas no se perpe
tuasen en unas cuantas familias, hízose la Ley
general de herencias; ley justísima, la cual
permite a los hijos y nietos usufructuarse de
la fortuna acumulada por el padre y abuelo,
pero extintos estos últimos, revierten las subs
tancias al Estado, contra el parecer injusto de
algunos demagogos que pretendían suprimir
las herencias. Estas medidas niveladoras que
pasan las fortunas de las manos de los par
ticulares a las del Estado, obliga a renovarse
las clases y abre el campo a todos aquellos que
tengan iniciativas, ayudados por las leyes que
no consienten haya nada permanente.
Desde que el sentimentalismo dejó de go
bernar el mundo, nuestro progreso fué incal
culable aumentando la fortuna y el bien pú
blico. Los mejoramientos materiales que aquí
tenemos, han ido viniendo poco a poco por la
persuasión y en el deseo de mejorar de suerte.
De manera que, cuando las buenas ideas tra
taron de ponerse en práctica, habían penetra
do en la mente de las gentes y su realización
pudo hacerse sin violencias. Tratóse de ins
truir a la masa popular en el ideal de justicia
y con respecto al capital, hízose comprender
<jue este era necesario para el progreso hu—
37
—
mano. No dejó de existir algún insensato que
pretendía destruirlo por juzgarlo innecesario;
pero estos, ante el raciocinio contundente de
sus defensores, acabaron por comprender que
el capital era necesario por cuanto mientras
el obrero hace un trabajo, precisa vivir, y aquí
viene la necesidad del capital. Este, han trata
do de ponerlo en armonía con el trabajo, no
permitiendo exorbitarse en el lucro, y hacien
do por este proceso un factor benéfico para
todos. Por otra parte; nuestra educación es su
ministrada en internados por cuenta del Es
tado desde la edad de 7, a la de 13 y 14 años.
En ellos los muchachos y muchachas reciben
una educación primaria integral, que abraza
los principales y más necesarios conocimien
tos humanos. Al finalizar estos estudios, se ha
ce una selección de los alumnos y alumnas
que han mostrado más inteligencia y amor a
los estudios y pasan a los cursos de segunda
enseñanza, de modo que no se malogra nin
guna inteligencia. En estos internados se les
enseña, además de los estudios ya referidos, la
ciencia del bien vivir; a tratarse los dos sexos
en camaradas, a respetarse mutuamente, a te
ner aspiraciones y no confiar en los otros, es
perándolo todo de su propia iniciativa. Y ter
minaré explicándole una medida eficaz y que
ayudó enormemente a perfeccionar nuestro
organismo social: En los pasados tiempos, las
autoridades que acababan su gestión, al entre
gar el cargo, eran aprisionadas y respondían
— 38 —
al día siguiente a las acusaciones del pueblo;
pero ahora, como los cargos no duran más que
una estación del año y dado nuestro perfecto
estado social, no se da el caso de que una
autoridad abuse del poder.
En lo demás, este es el país de la libertad,
del amor y de la estética, persiguiendo con en
tusiasmo lo bello tanto en las personas y cosas
como en las mismas ideas. El pensamiento es
libre y la libertad preside a todos los empren
dimientos materiales, morales e intelectuales.
Todos gozan de iguales derechos y tienen los
mismos deberes. El respeto personal está ele
vado a la altura de un culto; las personas son
apreciadas por sus acciones y no por las apa
riencias y tenemos el instinto de perfeccionar
nos continuamente, tanto en nuestras costum
bres como en el mismo tipo. Aquí hemos lle
gado a tener todos el mismo modo de pensar,
pensando cada cual como bien lo entiende; pe
ro quien intente imponer sus ideas, saldrá co
rrido de todas partes, por atentado a la liber
tad individual. De modo que todos emiten sus
ideas sin pretender imponerlas, respetando
por su parte, el modo de pensar de cuantos
conviven con él.
En estos coloquios departíamos, cuando lle
gamos a la casa y Feijóo me invitó a entrar,
diciéndome en dialecto galiciano:
— “Está vostede na sua casa” .
—
39
—
CAPITULO II
CONVERSACION CON FEIJOO
Sentimiento de amor a la verdad y a la justicia. Unidad política. - Parangón entre la humanidad mar
ciana y la terrestre. - División política del planeta.
Acabada la cena, me invitó Feijóo a subir
a la azotea que en aquella hora iluminaba el
tibio lunar de Deimos. Desde allí, se avistaba
la ciudad alumbrada por luces que parecían
ser eléctricas, sentíase la perpendicularidad de
sus calles y la cruz de San Andrés, de las dos
diagonales que las cortaban. El panorama que
se descubría mostrábase algo confuso, efecto
de la poca claridad de Deimos: veíase del la
do del Naciente, la extensa planicie salpicada
en alguno que otro punto por el alumbrado
de las aldeas y surcada por el rio que se adi
vinaba a los reflejos producidos por el apa
gado lunar; del lado Sur, percibíase el camino
recorrido aquella tarde, al fondo se divisaba
una masa oscura parecida a los monumentos
piramidales (Zigurat) que servían de observa
torio a los sacerdotes caldeos; era la montaña
en donde la nave aérea me había descendido;
al Poniente, aparecía la línea de montañas
que viera por la tarde; y al Norte, las azoteas
de las otras casas ocultaban la vista. El cielo
presentaba el mismo aspecto que visto desde
la Tierra; me encontraba en el hemisferio
40
—
—
au stral del planeta pues veíase la cohstelación
del C rucero del Sur un poco m ás al cénit de
lo que se encuentra visto desde Rio Janeiro.
P ersuadim e que h ab ía descendido en una zona
tem plada. La lu n a no ta rd a ría en desapare
cer, m ientras que la m ayor, Fobos, debía estar
p ara salir a ju z g ar po r la claridad que se no
taba por aquella parte del ciclo.
Com uniqué a Feijóo m i sorpresa al presen
ciar aquel espectáculo, nuevo p ara mí, de
acostarse una luna m ientras la otra se levan
taba.
—C iertam ente—respondió—aquí las noches
son bellísim as, no sólo en esta estación, sino
tam bién en el verano en que el buen tiempo
es perm anente. Usted que es artista, m ira el
lado pintoresco, lo que a nosotros no nos con
m ueve por estar ya habituados a él.
—¿ Entonces los m arcianos carecerán de las
facultades em otivas que sienten los terrestres?
—Es indudable que nosotros tam bién nos
emocionamos, porque los hombres, tanto aquí
como en cualquier otro p laneta dependiente
de nuestro sistem a solar, deben estar dotados
de las m ism as facultades de pensar, sentir y
querer. U nicam ente se diferenciarán por el
estado de adelanto intelectual, m oral y m a
terial. Aquí, por ejem plo, hem os acabado con
esas desigualdades que antes h ab ía en el es
tado social, de pueblos y razas, habiendo con
seguido por una sucesión de esfuerzos acum u
lados y una sistem ática educación, constituir,
41
—
—
en nuestra h u m a n id ad toda y con los mism os
sentim ientos de am or a la verdad y a la ju s
ticia, un alm a única en la cual no puede en
tra r la falsedad ni la m entira. Y así cream os
un medio, al cual contribuyeron innúm eras
generaciones, que nos condujo al ideal de la
unidad política y social.
—P ara llegar a conseguir ese estado de uni
dad en que se hallan, juzgo que h ab larán los
m arcianos una sola lengua?
—Efectivam ente, hace ya algunas centenas
de miles de años, que la lengua es universal
en todo el planeta. Pero antiguam ente hubo
una gran v aried ad de lenguas, pues cada pue
blo o nación h ab lab a la suya. Estas lenguas se
subdividían en dialectos, algunos de los cua
les fueron lenguas antiquísim as habladas por
num erosas naciones pero que, debido a las in
vasiones, guerras y aniquilam iento de aquellos
pueblos quedaron circunscritos a algunos lu
gares montañosos. Esta profusión d isparatada
de lenguas producía tal confusión, que difi
cultaba las transacciones entre los pueblos,
viviendo m uchos de ellos aislados, por lo difí
cil de eñtenderse.
Luego que se descubrió la tracción m ecáni
ca aplicada al tran sp o rte terrestre y marítimo*
que acortó las distancias, y el telégrafo que
puso en com unicación instantánea a todas las
naciones, desenvolvióse el estudio de las tres
o cuatro lenguas m ás habladas, p ara facilitar
el intercam bio com ercial. Mas como el estudio
42
—
—
de aquellas lenguas era penoso y absorvía un
tiempo que podía ser empleado en adquirir
otros conocimientos, se pensó, a fin de abre
viarlo, en crear una lengua artificial. La pri
mera tentativa, no dió resultado apreciable y
fué a los pocos años abandonada por otra cuya
formación se extrajo de las más conocidas
entonces, llegándose a un resultado práctico;
pero que sólo a los conocedores de tales len
guas era fácil aprender. A pesar de este in
conveniente, llegó a ser hablada en todo un
continente y parte de otro; pero la porción
de mundo más antiguo, más numeroso y que
había sido cuna de la civilización, no la en
tendía. Habían hecho la pretendida lengua
universal, sin tomar en cuenta ni poner en la
balanza aquel continente que componía él
solo la mitad del mundo marciano. Y viéronse
obligados a formar una tercera lengua, en la
que entraron elementos de las dos más difun
didas en aquel continente; siendo esta tenta
tiva al cabo de dos o tres siglos, una realidad.
Para formarse esta lengua, se estableció un
abecedario universal, que adoptaron todos los
países, haciendo la pronunciación fonética de
modo que todas las invenciones y palabras
nuevas, se pronunciaran y escribieran por
igual en todo el mundo; este fué el principio
que sirvió de base a la lengua universal.
Entretanto que la lengua artificial se exten
día y perfeccionaba, las lenguas vivas iban ad
quiriendo un sin número de neologismos que
43
—
—
expresaban más claramente ciertas ideas, dán
dose un trueque de vocablos entre unas y otras,
con lo que se estableció gran número de pala
bras que llegaron a ser comunes a todas las
lenguas habladas y que fueron formando un
vocabulario general.
Por otra parte, los descubrimientos que con
tinuamente se hacían, contribuían a aumentar
este vocabulario con otras tantas palabras
nuevas, que eran los títulos de estos inventos,
e iban a enriquecer las lenguas vivas, formán
dose en el correr de los siglos, una lista enor
me de palabras usadas en todas las lenguas.
Las voces de este vocabulario que podemos
llamar universal, sirvió en los primeros tiem
pos a los marineros, para comunicarse con los
habitantes del litoral, yendo poco a poco pro
pagándose por las poblaciones interiores de
los continentes; y, como en todo emprendi
miento humano, el pueblo, con su exuberan
cia vital, acaba fatalmente por vencer; la len
gua artificial acabó por quedar circunscrita
a la palabra escrita y la lengua hablada era
la que estaba en formación. Aparecieron des
pués las publicaciones periódicas, en su prin
cipio sin ideas de propaganda, pero sí de lu
cro, e hicieron ilustraciones con el texto expli
cativo, en lengua popular, a cuya compren
sión ayudaban los dibujos, ejerciendo una in
fluencia capital en el desenvolvimiento de la
nueva lengua; y dándole ya una forma más
gramatical, la fueron perfeccionando. En el
—
44
—
comercio también se sirvieron de ella para
comunicarse verbalmente con los pueblos que
visitaban, siendo la artificial relegada a las
comunicaciones escritas.
Este lenguaje nacido expontáneamente, ex
presando las cualidades, tendencias y espíritu
de las diversas razas, formado de vocablos
cortos, sencillo en las frases, de pronunciación
fácil, armoniosa y enérgica, con más relieve
que la lengua artificial y saturada del gusto
artístico que el pueblo, en su sabiduría, sabe
dar a cuanto emana de él, sustituyó con ven
taja a la lengua artificial; esta no perduró
más de dos mil años, tiempo suficiente para
formarse la popular.
El fenómeno más curioso y extraordinario
que se ha ido operando al correr de los siglos,
se encuentra en los escritos e inscripciones de
los tiempos de su formación; pues tanto se fué
modificando evolutivamente, que si hoy apa
rece alguna inscripción o escrito de aquellas
remotas edades, no sabemos descifrarlo y te
nemos que recurrir a los diccionarios conser
vados en los archivos.
— En la Tierra están ahora tratando de for
mar una lengua universal y todos los años se
efectúan congresos para propagarla; pero me
parece que lucharán con las mismas deficultades conque lucharon los marcianos, por ser
las europeas las únicas que entran en aquel
ensayo de lengua.
— Me parece algo prematuro ese proyecto,.
—
45 —
por cuanto hallo necesario que, antes de po
seer la unidad de lengua, tendrán que con
verger a la unidad planetaria y de creencias,
que es el camino para entenderse las nació,
nes. Por otra parte, había ya en mi tiempo
naciones prepotentes que pretendían imponer
su lengua a las demás; hoy querrían hacer lo
mismo y en esa disposición de ánimo, no les
será fácil entenderse. Además, la vida es una
constante repetición, y tanto los individuos
como la misma humanidad, hanse repetido en
la sucesión de los tiempos con idénticas cuali
dades y defectos.
—El amigo nos está j uzgando tan atrasados
como en los tiempos en que allá vivió; mas
desde aquella época hubo un progreso inau
dito en todas las ramas del saber y hoy nues
tro mundo está adelantadísimo.
—No me hable de los progresos de la Tie
rra, que deben ser insignificantes; pues siglo
y medio que es el tiempo que falto de allí, en
la vida de una humanidad no merece ser con
tado.
— Convengo en que la humanidad terrestre
no estará tan adelantada como la marciana y,
para mejor plantear la cuestión, convendría
me hiciese un parangón entre ambas.
— Como quiera; pero de la comparación no
saldrá airosa la humanidad terrestre.
Las humanidades están compuestas de indi
viduos, diferenciándose como éstos, sólo en la
«dad; ellas van creciendo insensiblemente y
46
—
—
caminan, sin darse cuenta, hacia una perfec
ción indefinida, cuyo límite desconocemos.
Esta perfección a la que caminan puede de
cirse a ciegas, es producida por un conjunto
de circunstancias, de hechos pasados y de cau
sas anteriores que las engendraron, y no ha
bría fuerzas humanas suficientes para conte
nerlas ni evitarlas.
Muchas fueron las ideas, presentidas desde
lejos por la ciencia humana, que en su estado
primordial parecían utópicas quimeras y que
a fuerza de repetirse uno y otro día, llegaron
a entrar en la conciencia de los pueblos y aca
baron por ser verdades probadas y adoptadas.
Y esto obedece a que las humanidades, tanto
la marciana como la terrestre, siguen en su
marcha constante la ley de la evolución; la
misma que rige a todos los cuerpos del Uni
verso. Consiste esta ley en andar describiendo
ciclos, cada uno de los cuales encierra un pe
ríodo evolutivo; períodos éstos que marchan
en progreso ascendente hasta llegar a un es
tado culminante de perfección; después se con
tinúa, no diré evolucionando en sentido in
verso, pero sí perdiendo gradualmente las
fuerzas, hasta acabar poco a poco con las ener
gías y morir, constituyendo estos ciclos, con
las fuerzas ascendentes y descendentes, el ci
clo grande que va a terminar donde empezó
A lo que recuerdo de los tiempos en que allí
viví, la humanidad terrestre tenía gravísimos
defectos: no amaba la verdad, los bienes esta—
47
—
ban retenidos en pocas m anos y la ju sticia
sólo existía de nom bre. Bien puede ser que
actualm ente se encuentre en el m om ento de
te rm in ar un ciclo evolutivo, porque en este
caso, el progreso podría ser apreciado d u ran
te la vida de un individuo. Sea como quiera,
p a ra poder h ab lar con algún fundam ento so
bre las hum anidades, precisam os detenernos
algunos instantes sobre lo que es el individuo,
por ser el conjunto de éstos el que fo rm a la s
hum anidades. Sentadas estas prem isas, em pe
zarem os por p resen tar al individuo perfecto,
p a ra luego poder rem ontarnos a ellas.
Hay individuos que por su n atu raleza n a
cen dotados de gran fuerza física e intelec
tual. Estos dan origen a troncos de fam ilias
cuyas ram as son ilustres por su inteligencia,
po r sus altos hechos o por su fo rtu n a; b rillan
unas cuantas generaciones y después decaen
y se confunden con las m edianías, hasta p er
derse entre los ignorados y desaparecer, Esto
que acontece con las fam ilias, le está reserva
do en la T ierra a algunas naciones; nacen sin
saber cómo, se desenvuelven, brillan, llegan
al auge del poder y de la fortuna, dom inan a
las otras; pero esto no las im pedirá decaer a
su vez, luchar, extinguirse poco a poco sin
saber cómo y m orir.
La vida de las hum anidades puede ser com
p a rad a al desarrollo físico del individuo. El
niño, al fin del período de la lactancia, cuan
do sus m iem bros adquirieron suficiente ro—
48 —
bustez, camina como los cuadrúpedos (a cua
tro pies). Este estado que en el niño dura
pocos meses, en las humanidades debió llevar
muchos miles de años hasta tornar la posición
vertical y sostenerse sobre los dos pies. Des
pués de este período, los niños hablan un re
medo de lengua incomprensible, para más
tarde pronunciar monosílabos, y continuando
la evolución, articular palabras y hablar con
claridad. Este fué el período más largo por
que pasaron las humanidades; fué la Apoca
en que estuvieron seleccionándose y perfec
cionándose, hasta poseer el lenguaje con el
cual pudieron comunicar sus groseros pensa
mientos. Sucedió a éste el período de las ca
vernas, en el que las humanidades se abriga
ban debajo de las rocas y en cuevas huyendo
de la intemperie. En los niños, se caracteriza
esta época por el gusto que sienten, entre los
4 y 5 años de edad, de procurarse colchas o
cobertores y form ar una casa con sillas o una
mesa, cubriéndola por todos lados, y quedar
se allí dentro en lo oscuro, quietos, en un re
cogimiento beato. Al período de las cavernas
siguió el de las construcciones ciclópeas (pie
dras colosales sin ninguna argamasa). Signi
fícase este período en los niños de 5 a 6 años,
por su tendencia a construir murallas con pie
dras sueltas; hacer casas, si el lugar es pétreo,
o con barro, y si es junto a la playa, con
arena. A este trabajo bruto, le sigue otro muy
interesante: el despertar de la inteligencia,
— 49 —
cambio éste que se opera en los niños a sus 6
o 7 años, mostrándose curiosos por saber e in
dagar todas las cosas, prestando atención a
cuanto hablan los mayores y poniéndoles en
un aprieto al tener que contestar las insisten
tes preguntas que les hacen los pequeños filó
sofos. Este período en las humanidades es el
del conocimiento del cielo; los hombres levan
taron los ojos y, al percibir aquellos puntos
brillantes, empezaron a pensar, a seguir los
movimientos y el acostar de las estrellas, con
lo que se despertó en ellos la idea de la Divi
nidad; y la hicieron como ellos; es decir, con
brazos, piernas y, sobre todo, corazón para
sentir las emociones como ellos las sentían,
haciéndola ignorante, injusta, vengativa; de
suerte que no le conmoviesen las desgracias
de los hombres y no perdonar las ofensas de
los que consideraba como sus enemigos. Lue
go, a este estado de curiosidad, síguele en la
segunda infancia, el principio del raciocinio:
hace travesuras, piensa y luego se arrepiente.
En las humanidades este período es caracte
rizado por el terror que le producen los true
nos: “el gigante está colérico, los hombres
algo le hicieron que lo irritó” ; y le dirigen sú
plicas para calmarlo, y por último concep
túan que él está arrepentido de haber hecho
al hombre y manda el diluvio para destruirlo.
A este estado sigue, en el niño, el de penden
ciero: se juzga fuerte, quiere las cosas, y cuan
do no se las dan quiere obtenerlas por la vio— 50 —
lencia. En las humanidades marca este período
el principio de las guerras, los hombres empe
zaron a ser ambiciosos, aparecieron los prime
ros dominadores y comenzó la explotación del
hombre por el hombre. Al fin de la segunda in
fancia viene el período de las grandes ilusio
nes, de los grandes proyectos y de la poesía.
Es representada esta época en las humanida
des por el predominio religioso y el desenvol
vimiento de las Bellas Artes, que infalible
mente van unidas y son consecuencia de aquel
estado de los espíritus. Continuando, pues, la
comparación del desenvolvimiento de la hu
manidad con el del individuo, podrá aventu
rarse que la humanidad terrestre está princi
piando la segunda infancia. En esa edad co
mienza el raciocinio, se pueden adquirir no
ciones generales sobre los humanos conoci
mientos; todo, empero, es relativo y lejos de la
verdad.
La humanidad terrestre, cuando viví entre
ella, no tenía los sentimientos generosos y al
truistas que encontré aquí; estos sentimientos
sólo bullían en el cerebro de los poetas; allí
todo era mentira: hablaban mucho de moral,
y sólo corrupción había en las costumbres;
hablaban de derecho, y nunca los pueblos eran
más engañados; predicaban la caridad, y era
cuando había mayor egoísmo; hacían propa
ganda por la paz, y las guerras surgían más
feroces y mortíferas. Las pasiones estaban
desbordadas, furiosas, coléricas; háceme tem51
—
—
blar el recuerdo de los tiempos que viví entre
aquellas gentes. El fanatismo religioso era tre
mendo; yo entonces fraile, me escandalizaba
de lo que hacía el clero y en mis escritos no
podía decir lo que sentía, me era forzoso ca
llar, porque si levantase mi voz para protes
tar contra tales abusos se desencadenaría la
Inquisición contra mí y no me dejarían vivir.
Trataban de embrutecer al pueblo con tantas
prácticas religiosas y tantos rezos, que no da
ban descanso al espíritu para discurrir y pen
sar, fuera de tales prácticas. Período idéntico
pasó aquí por Marte hará cerca de un millón
de años, y es clasificado de bárbaro; que marca
la transición del estado imperfecto y desorde
nado al perfecto en que estamos. Aquel era el
tiempo en que las religiones ejercían dominio
sobre las personas y sus conciencias; había re
yes absolutos, y éstos, mancomunados con
aquéllas, tenían sujetado al pueblo a una dócil
obediencia. Después de estos tiempos la hu
manidad marciana fué progresando incesante
mente, perfeccionando las instituciones y de
purando las costumbres, hasta llegar al per
fecto equilibrio en que nos encontramos.
—La humanidad marciana ¿deberá estar
en una edad mucho más avanzada de lo que
está la terrestre?
— Ciertamente, mas no tanto como le pare
ce; nosotros estaremos próximos a los 25 años»
que es la edad en que el individuo llegó a su
completo desarrollo, tiene conciencia de lo que
52
—
—
hace y sabe dom inarse. En esta edad es culti
vador apasionado de lo bello y en sus accio
nes y pensam ientos este culto no lo abandona
m ás; perseverando de idéntico modo en la
vejez, lo mismo que en la ju v en tu d se desen
volvieron el am or al bien y a la justicia.
H abiendo parado F eijóo de conversar con
tinuam os unos m om entos silenciosos, y ocurriéndosem e interrog arle sobre otras cuestio
nes levanté los ojos al cielo, vi la lu n a Fobos
que y á 'e s ta b a alta y le pregunté cuál era la
opinión que tenían los m arcianos sobre el cielo
estrellado.
—La opinión que aquí tienen es tan cabal
que fué aplicada a la organización política del
p laneta. Aquí sólo hay u n a nación com puesta
de m unicipios autónom os representando las
estrellas. Cada m unicipio tiene a su alrededor
cinco o seis aldeas, que viven ligadas entre sí
y dependen de él. Cada reunión de estrellas
está representada por tres o m ás m unicipios,
que llam am os Grupo. Cierto núm ero de gru
pos form an una Constelación o provincia. Una
-agrupación de constelaciones com ponen una
Región (lo que ustedes en la T ierra llam an
nación). Y todas las regiones reunidas consti
tuyen la nación m arcian a o sea todo el p la
neta, representación del cielo estrellado.
Desde la azotea se avistaba un gran edifi
cio cuya silueta, por su tam año y m agnificen
cia, destacábase de las otras construcciones;
pregunté a Feijóo qué edificio era.
53
—
—
—Aquel es nuestrg palacio municipal; en él
se reúnen los represéntantes del pueblo nom
brados por el sufragio directo y que en dias de
terminados vienen a tratar de los intereses
del municipio. Los municipios vienen a ser,
como si dijéramos, estrellas, actuando cada
uno independientemente, ligados todos por el
amor y la fuerza de los recíprocos intereses.
Este, además de tratar de los asuntos peculia
res a la municipalidad, es cabeza de grupo,
compuesto de otros dos municipios más, los
cuales mandan aquí sus representantes para
tratar de los intereses comunes. Los negocios
que aquí vienen a ventilar son: tomar cono
cimiento del estado de las plantaciones, de los
instrumentos agrícolas, de los graneros donde
guardar la recolección próxima, de los cuarte
les, de los conventos de las Hermanas Huma
nitarias y de las vías de comunicación perte
necientes al grupo. Luego de ventiladas estas
cuestiones, consideradas de máxima importan
cia, viene el estudio del funcionamiento del
gran internado, donde se educan los niños de
ambos sexos, de los 9 a los 13 años de edad,
pertenecientes a los municipios que compo»
nen este grupo; el estado higiénico y el ade
lanto intelectual de los mismos; tratan tam
bién del estado de los talleres donde se repa
ran los instrumentos de labranza y del ade
lanto de los aprendices que allí trabajan. En
resumen: las cuestiones que se debaten en los
municipios, sean simples o cabeza de grupo— 54 —
como este, refiérense estrictamente a la cues
tión económica y a los mejores medios de ob
tenerse su perfeccionamiento.
Aquí en Marte no se hace política, se admi
nistra, y todas las medidas tómanse con la
intención de atender al bienestar social; los
municipios, también son solidarios entre sí,
tanto, que si en uno escasean las cosechas, los
que le son vecinos acuden en su ayuda. El go
bierno central del planeta está constituido por
los diputados enviados por las regiones y que
forman el Congreso, y la autoridad del presi
dente de éste no pasa de los muros del edifi
cio en que funciona. El Congreso tiene de du
ración cuatro años, y terminados éstos pasa a
instalarse en la capital de otra región, y así
sucesivamente, por turno, cada cuatro años,
de manera que el gobierno central va cam
biando siempre, impidiendo con esto que una
región ejerza más influencia que las otras so
bre los negocios mundiales y los congresistas
se lleguen a encariñar con la capital. La capi
tal es, pues, ni más ni menos que un munici
pio como este, cabeza de grupo, no diferen
ciándose de los otros más que en residir en
ella los diputados que forman el Congreso
del planeta, y como tal capital no tiene más
rentas que las contribuciones que aportan los
embajadores o diputados para mantener la
Secretaría del Congreso.
Los marcianos no gustan de vivir contraria
dos por autoridades, por leyes, ni por nadie;
—
55
—
gozan de la máxima libertad respetando la de
sus vecinos. Las clases existen, pero diferen
ciándose muy poco; las leyes, como le diré en
otro lugar, son hechas para destruirlas: del
propio modo acontece con los poderes públi
cos, no existiendo el poder personal, causa de
todos los males que afligen a los terrestres.
Este es, como antes dije, el país de la estética,
y no hay emprendimiento alguno, sea en los
municipios, en el estado social o en las leyes
y costumbres, que no se procure ponerlo de
acuerdo con ella. Estas costumbres están arrai
gadas en el alma del pueblo y provienen de
un trabajo anterior que costó millares de años
de ensayos y fatigas. El estado de perfección
a que nuestros hábitos sociales han llegado, y
la eugenia alcanzada por nuestra raza, no se
consiguieron de la noche a la mañana, y fué,
sí, el esfuerzo continuado y persistente de ge
neraciones y generaciones que nos han traído
a este perfeccionamiento físico y moral. En
tiempos ya muy lejanos el Congreso del pla
neta, después de haber fundido las diversas
razas que había, haciendo de ellas una sola,
se ocupó con el mayor interés y solicitud en
mejorarla a fin de que resultase más bella.
Para obtener este ambicionado desiderátum
hicieron una ley que comprendía a todos los
municipios del planeta, decretando que en
cada uno se escogiera entre los mancebos que
hubiesen terminado el servicio agrícola aquel
que reuniese por su figura, constitución y con56
—
—
ducta las cualidades del tipo perfecto y que
por el lado personal o hereditario contribu
yesen al perfeccionamiento de la especie, Á
estos individuos escogidos— uno por munici
pio— que reunían los predicados del l\ombre
bello y perfecto se les autorizó por el espacio
de tres años a escoger de común acuerdo, en
tre las mujeres solteras o casadas a cohabitar
con ellos por el plazo mínimo de dos semanas,
o bien ser solicitado por aquellas que deseasen
concebir un hijo bello. Hízose esta selección
muchas veces en el correr de los siglos, llegán
dose por este proceso a perfeccionar extraor
dinariamente nuestra raza. Estos niños tan be
llos que usted ha visto hoy jugar en nuestras
calles, y plazas son el resultado de esa selec
ción hecha anteriormente y que aún hoy en
algunas partes se hace, al punto de no haber
cuerpos feos entre los marcianos.
Feijóo terminó de hablar y levantándose me
invitó a ir a descansar, yo acepté, y al abando
nar la azotea la luna Pobos había traspuesto
la culminación y declinaba a su ocaso.
57
—
CAPITULO III
UN PASEO POR LA CIUDAD
Servicio de higiene. - El mercado. - El cuartel y
los condenados. - El hospital. - El cementerio o co
lumbario. - La superficie de nuestro globo aumenta
constantemente. - Si antes los continentes eran cru
zados por ferrocarriles, hoy lo son por canales. - El
gran internado: la enseñanza se hace de manera a
instruir recreando. - El teatro al aire libre. - Lo que
había sido antiguamente aquella ciudad.
Al día siguiente de mañana me llevó Feijóo
a pasear por la ciudad. Cuando saliamos noté
a uno y otro lado del corredor de entrada dos
cajas suspensas y como incrustadas en el hue
co de la pared, girando sobre ejes a m anera
de básculas; Feijóo me explicó que una ser
vía para depositar en ella papeles y trapos
viejos y la otra para los huesos y objetos de
metal usados, que independientemente de la
basura servían para destinos industriales.
—Veo que ustedes aprovechan todo.
—Todo en absoluto, aquí nada se pierde;
las aguas servidas, lo mismo que las pluviales,
después de lavar las alcantarillas son condu
cidas por tuberías, para no rezumar las tie
rras por donde pasan, y llevadas al campo
para aum entar los canales de riego. Las ma
terias fecales son transformadas químicamen
te en sales, que con las cenizas producidas
por la incineración del cisco van a servir de
abono a los cultivos.
58
—
—
Eran las primeras horas de la mañana y ya
estaban terminando la higiene urbana; el calzamiento de madera acababa de ser lavado
por la bomba de riego y aún estaba húmedo;
el vecindario remataba la limpieza de las ca
lles barriendo las aceras y cada cual recogía
el polvo en un cajón que quedaba hermética
mente tapado a la puerta de la casa y que los
encargados de la limpieza iban recogiendo y
despejando en sus carritos, que después lle
vaban al depósito central para ser incinerados.
— Esta ciudad— dice Feijóo— reúne las con
diciones higiénicas que requiere la salubridad
pública. Su situación es algo elevada y su plan
ta forma un tablero de ajedrez cortado en dosdiagonales por las calles transversales. Una de
éstas, la de la derecha, está situada de Oriente
a Poniente, permitiendo esta circunstancia que
todas las casas reciban sol por la mañana y por
la tarde, ayudando con esto a la buena venti
lación de la ciudad. Por las dos calles diago
nales se hace todo el movimiento de la pobla
ción, de manera que las otras calles quedan
en una beata tranquilidad, lo que permite a los
niños jugar sosegadamente en ellas, sin que
este sosiego sea interrumpido más que por uno
que otro vehículo durante el día. Completa
aún más su salubridad el tener dos parques
interiores y estar circundada de árboles fron
dosos que oxigenan el aire y le dan el aspecto
de una ciudad compestre.
Poca animación había en las calles a hora
59
—
—
tan temprana; sólo las dueñas de casa que sa
lían a hacer sus compras, algunas acompaña
das de sus criadas, muchachas entre los 13 y
los 20 años, que era la edad en que los mar
cianos hacían el servicio doméstico. Tomamos
por una calle perpendicular a la nuestra para
pasar por el parque interior que no conocía,
y en todo parecido al otro en el que viera di
vertirse a la gente, nos encaminamos por una
calle que nos llevó directamente a la plaza del
municipio; al fondo se encontraba el palacio
municipal.
Aquel edificio presidía a la plaza y real
mente así era, con sus arquerías que lo prece
dían y que en aquella hora matinal servían
para el mercado de legumbres, frutas y hor
talizas. El Sol le batía de lado dando a la fa
chada un aspecto festivo y majestuoso. Pocos
negocios estaban abiertos, porque excepto los
que vendían comestibles, los demás abrían des
pués de las ocho.
—Esta es la hora en que se organiza el mer
cado—me dice Feijóo—, y todo el mundo se
apresura a hacer sus compras a tiempo, por
que sólo funciona hasta las nueve; después el
mercado se disuelve y las campesinas retor
nan a sus aldeas.
Continuando nuestra marcha entramos en
las arquerías, pórtico espacioso donde se ins
talaba el mercado. Ya había muchas campe
sinas sentadas en los asientos de las columnas
y pilastras para aquel fin construidos; otras
— 60 —
cargaban sus cestos llevándolos a los lugares
destinados a los géneros que vendían, y otras
retardadas, que llegaban en carros tirados por
caballos del tamaño de jumentos, después de
descargar lo que en ellos traían los llevaban
fuera de las arcadas y ataban a los animalitos
en las argollas fijadas en las paredes exterio
res para aquel menester. Al centro del atrio
que formaban las arquerías y dejaban al des
cubierto la fachada del palacio, había una
fuente para servicio del público y del mercado.
—Aquí hay actividad todo el día; en las
primeras horas, como usted ve, es el mercado;
terminado éste se limpia y sirve para la gente
de edad tomar el sol antes de comer; después
de la siesta sirve de bolsa para los negocian
tes, luego acuden los campesinos para tratar
de la labranza, de sus negocios o por el placer
de encontrarse, y en el domingo el juez admi
nistra por la mañana la justicia y por la tarde
el pueblo se reúne para tratar de sus asuntos
particulares.
El edificio era de grandes proporciones e
imponente, la arquitectura mostraba una gran
sencillez: la puerta principal, que parecía pre
sidir a los pórticos, era el único lugar del edi
ficio que ostentaba ornamentaciones, y esta
particularidad concurría a resaltar las otras
partes, que por su simplicidad parecían más
grandiosas. Introducía esta puerta a un za
guán espacioso, desprovisto de bustos e ins
cripciones que denotasen culto personal; una
61
—
—
ancha escalera daba acceso a los pisos supe
riores. Tanto la planta baja como el segundo
piso del edificio y el que había encima de las
arquerías estaban ocupados por los depósitos
en que se almacenaban granos y legumbres
que la administración municipal iba vendien
do a medida de las necesidades del día, tenien
do el cuidado de proveer de pan al pueblo
gratuitamente y que en los otros artículos el
mercado no exuberase de productos ni tam
poco escasease, a fin de conservar un precio
uniforme a los artículos de primera necesidad
durante todo el año: los graneros municipales,
además de constituir los recursos de la admi
nistración pública, servían para mantener el
equilibrio entre el labrador y el consumidor.
Subimos al piso principal, en donde funcio
naban las oficinas de la administración muni
cipal, ya abiertas a aquella hora; un empleado
nos mostró el salón del Congreso, vasta sala
con una gran mesa al centro y las paredes
forradas con estantes atestados de libros. Allí
funcionaba la administración municipal; las
reuniones, cuando las había, se verificaban de
mañana, y por la tarde y de noche servia de
biblioteca pública. El piso superior estaba
ocupado en su totalidad por graneros, que no
ofrecía interés el visitarlos.
Cuando hubimos terminado la visita me
condujo Feijóo al cuartel de los soldados agrí
colas, que quedaba por detrás del edificio, pero
sin comunicación directa. Tuvimos que atra62
—
—
vesar las arquerías y dar la vuelta al edificio
para llegar al cuartel. Este parecía form ar pai*
te del palacio municipal, porque los almacenes
del segundo piso corrian sobre el cuartel, for
mando un solo cuerpo. Allí podrían alojarse
cómodamente de ochocientos a mil hombres,
pero ordinariamente estaban acuartelados
unos quinientos, porque los restantes eran dis
tribuidos en pequeños destacamentos en tra
bajos fuera del cuartel. La mayoría de los que
estaban acuartelados habían salido a ayudar
en las labores del campo o a reparar algunos
caminos o canales, hasta el mediodía, en que
volvían para comer y reposar. Los que queda
ban de m añana salían a las trece hasta la
puesta del Sol. Como hubiese notado, entre
los que hacían la limpieza, unos tres indivi
duos que me parecieron extraños al cuartel
por su vestuario, pregunté a Feijóo si eran
criados de los soldados. El sonrió en el prim er
momento a mi pregunta, y luego formalizán
dose dijo que eran presos que estaban cum
pliendo condena. Objeté que siendo presos es
tuviesen al parecer sin vigilancia con la puer
ta del cuartel abierta, por donde les sería fácil
huir. Feijóo atajó pronto mi observación di
ciendo :
—¡Ah, si ustedes en la Tierra en lugar de
encerrar a los criminales en cárceles y presi
dios los tuviesen como aquí dentro de los cuar
teles al servicio de los soldados! ¡Cuán mejo
res serían los resultados obtenidos! Además
—
63
—
de los servicios que pudiesen prestar a la tro
pa, el buen ejemplo de vivir entre hombres
de buenas costumbres los m oralizaría; mien
tras que de sus cárceles, con el régimen de
castigos y la depravación que en ellas vigora,
salen más pervertidos de lo que han entrado
y odiando a la sociedad.
Terminada esta visita nos encaminamos por
la calle que del cuartel conducía directamente
al campo; algunas casas tenían un prim er
piso, rodeadas de jardín todas ellas, de as
pecto modesto, pero muy limpias, tanto las
fachadas como los interiores. La calle no era
muy larga y pronto fuimos a parar a los arra
bales. A nuestro frente, y en la dirección de
las montañas, hallábase situado el gran par
que exterior, bosque de árboles añosos donde
temporalmente se realizaban ferias de galli
náceos y otros productos, y que además servía
para recreo de la población. Este bosque se
ligaba a las alamedas por una cuádruple línea
de árboles frondosos, que permitía ir de éstas
a aquél, en las horas más calurosas del día,
al abrigo de su sombra, y de la otra parte al
espeso arbolado que circundaba a la ciudad.
Como nuestro interés no estaba en pasear
por el bosque tomamos hacia la derecha y
nuestros pasos nos condujeron a la calle dia
gonal de la izquierda, que vista desde aquella
extremidad, con sus cuatro filas de árboles,
daba una buena perspectiva. De allí descendi
mos en dirección del Naciente, y luego de an64
—
—
d a r pocos pasos nos encontram os con un ca
serón. E ra el asilo de ancianos, servido por
las H erm anas H um anitarias.
— En esa casa— fu é explicando F e ijó o —
nunca son m u y numerosos, porque el que llega
a v ie jo v iv e con su fa m ilia; ahí vienen sola
m ente aquellos cu yas fam ilias han desapa
recido. E s una especie de hospital instituido
b a jo la protección del Estado.
Continuando nuestro paseo encontram os a
nuestra izqu ierd a un edificio rodeado de ja r
dines que sobresalía por la lim pieza, tanto
exterior como interiorm ente, dividido en dos
cuerpos y separados éstos por un pasadizo.
E ra la casa de salud u hospital, adonde iban
los enferm os de dolencias largas que no po
dían ser fácilm en te tratados en sus casas, o de
gente soltera que no tenía quien la cuidase.
— A h í— fu é diciendo— el tratam iento es he
cho por los m ejores m édicos y m édicas del m u
nicipio, pues la M edicina es practicada por
m ayor núm ero de m u jeres que de hom bres
(éstos ocúpanse m ás de la C iru gía). L a direc
ción y el cuidado de los enferm os está confia
do a las H erm anas H um anitarias, cuya dedi
cación por los pacientes es proverbial. En ese
establecim iento el servicio es gratuito y no h ay
diferencias ni distinciones; todos los enferm os
son tratados con idénticos cuidados. En el p a
bellón que está unido al edificio por un pasa
dizo se encuentra la enferm ería, y cada cinco
—
65
años se quem a y es sustituido por uno nuevo
que se construye antes del otro lado.
Más adelante y un poco ap artad o del arbo
lado que rodeaba la ciudad se encontraba el
cem enterio o colum bario, en medio de una
arboleda que casi lo ocultaba por completo.
E ra un edifìcio cuadrado cuyas paredes ex
teriores, lisas, no ofrecían p articu larid ad al
guna, e internam en te corría una galería fo r
m ad a de colum nas y arcos que encerraban un
patio. En el centro de éste se encontraba el
horno crem atorio p a ra la incineración de los
cadáveres. Las paredes interiores de la gale
ría estaban cubiertas con anaqueles, a m ane
ra de librería, donde se h allaban guardadas
las urnas, y en el centro corría una m esa en
las cuatro faces de la galería, de poco m ás de
un m etro de alto por otro tanto de espesor;
allí depositaban las u rn as de los m uertos re
cientes. En la p arte posterior, que correspon
día al lado opuesto de la p u erta de entrada,
se h allab a la piscina en que se ahogaban los
recién nacidos que hab ían venido al m undo
defectuosos: éstos no eran incinerados y sí
enterrados entre los árboles del columbario.
Saliendo de allí continuam os nuestro paseo
silenciosos h asta que percibí a lo lejos, en la
planicie, un edifìcio en ruinas, medio soterra
do. P regunté a Feijóo lo que era, pues daba
idea de h ab er crecido el terreno por aquella
parte.
—Esas ru in as—respondió—fueron en tiem66
<
—
—
pos lejanos la villa de verano de un gran bien
hechor y al mismo tiempo un sabio; el pueblo
las tiene respetadas y mira para ellas como
para una reliquia santa. El de hallarse sote
rradas no es de extrañar, porque todas las
construcciones hechas en la planicie estaban
condenadas a ser sepultadas con el correr de
los siglos. La superficie de nuestro planeta
aumenta constantemente por efecto de la
transformación constante de las plantas en
tierra vegetal y de los aluviones que arrastran
de las montañas arenas y partículas despren
didas de las rocas, debido no sólo a las aguas,
sino también al embate de los vientos y a las
conmociones atmosféricas que actúan en ellas
incesantemente, y de otra parte a los aeroli
tos que el planeta encuentra en su pasaje a
través del espacio, y que al chocar con nuestra
atmósfera se incendian y caen reducidos a
polvo sobre nuestro globo. La confirmación de
este fenómeno fué hecha por los excursionis
tas que subieron a las altas montañas donde
las nieves son perpetuas; en aquellas alturas
pudieron comprobar sobre la superficie de la
nieve ese polvo de los aerolitos esparcido so
bre ella.
En este particular es incalculable lo que ha
mudado la costra del planeta en el millón de
años que se tiene conocimiento de las varia
ciones operadas en su suelo. La comarca en
que está situado nuestro municipio estaba an
tiguamente formada por colinas de las cuales
—
67
—
esta en que está situada nuestra ciudad era
un contrafuerte de la cordillera. Esta, según
nos cuenta la tradición, era muy elevada, mas
con los años fué gastándose, los picos que an
tes tenía desaparecieron y hoy la vemos como
una línea ondulada que da idea de haber sido
lavada cual si fuera de frágil arcilla, cuando
su naturaleza es granítica. Es tan cierto el
crecimiento del suelo que existen ciudades an
tiguamente situadas en lugares elevados que
hoy se encuentran en planicie. También es
cierto que de las ciudades antiguas sólo restan
las que fueron fundadas sobre alturas, pues
las edificadas en planicies todas han desapa
recido, y puédese añadir que de las villas o
poblaciones edificadas en aquellas circunstan
cias ninguna perduró más de cinco mil años.
El conocimiento que se tiene de este fenómeno
obliga desde tiempo inmemorial a los arqui
tectos, cuando reconstruyen una casa, a levan
tarla uno y hasta dos palmos del nivel ordina
rio, corrigiendo insensiblemente por este pro
ceso el aumento constante que se opera en la
superficie del globo.
Después de esta disertación, de veras inte
resante, fuimos caminando a la sombra de los
árboles, y cuando menos lo esperábamos nos
encontramos en la vía diagonal de la derecha.
Había allí parado un auto-ómnibus y dos autos
más, aquél para servir la gran calle y éstos
para circular por el centro de la ciudad. Al
observar tan escaso movimiento en la pobla68
—
—
<ñón y la escasez de conducciones, dije a Feijó o que, a p arte de la aviación, teníam os los
terrestres m ás adelantos a ese respecto, pues
h ab ía cam inos de hierro m ovidos por la fu er
za del vapor y que ligaban las naciones y a tra
vesaban los continentes llevando gentes y m er
cancías, lo que no existía cuando él vivió en
la T ierra.
—Eso—respondió—ya lo tuvim os aquí h a rá
un m illón de años, cuando term inó el período
b árb aro o de las guerras; pero los tiempos del
carbón fósil no du raro n m ás de m il quinientos
años, por cuanto los yacim ientos del carbón
se agotaron y hubo que sustituirlo por los óleos
n atu rales m ixturados a las grasas, que por un
proceso quím ico les aum en tab a el poder calo
rífico. Mas todo eso acabó ante el descubri
m iento del gas hidrógeno extraído del agua,
esta fué la últim a p alab ra en m ateria de com
bustibles y es lo que nos sirve actualm ente.
Tocante a v ia jar, lo hacem os por la vía aérea
p a ra las grandes distancias, y los viajes cor
tos los hacem os en autos que a rra stra n uno o
dos coches. El tran sp o rte de m ercancías se
hace por las vías m arítim as o fluviales, y si
antes los continentes eran cruzados por ferro
carriles, hoy lo son por canales de agua dulce,
que ligan a las antiguas naciones (hoy llam a
das regiones), las constelaciones y los grupos.
E l nuestro no tiene canal porque está situado
«n una zona m arítim a, pero el m ás próxim o
—
69
los grandes internados como ese, les suminis
tran carnes tres veces por semana; el vestido
es sencillo, andan descalzos y con la cabeza
descubierta, habituándolos a tener pocas ne
cesidades.
Al propio tiempo que Feijóo me daba estas
explicaciones, mi vista se recreaba paseándose
veloz por la campiña cruzada por el río, de
cuyas márgenes habían derivado un canal pa
ra alimentar los lagos que servían para el es
tudio de los mares en el gran internado. Des
pués la visión era menos nítida, y vagando de
un lado al otro, por aquel horizonte intermi
nable, iba a perderse allá lejos, muy lejos; en
lo infinito.
Continuamos nuestro paseo a la sombra de
los árboles y luego percibimos unas construc
ciones que me parecieron un teatro al aire
libre.
—Ese es un teatro como ustedes no tienen
en la Tierra actualmente. Bien sé que en la
antigüedad los griegos y romanos no conocie
ron otros, pero en mis tiempos las representa
ciones eran de noche, como lo serán ahora,
acabando por hacer la vida más artificial.
El teatro estaba situado contra la ladera
de la antigua colina. Formaba una herradura
cerrada por el palco escénico, y todo él era
de piedra. La platea exageradamente inclina
da, para que los espectadores de las primeras
filas no impidiesen la vista de la escena, era
más honda que el nivel del terreno adyacente,
72
—
—
confundiéndose sus gradines con los de las
galerías. La entrada se hacía por dos arcos,
a uno y otro lado del teatro, que se compren
día habían sido abiertos posteriormente a juz
gar por las escaleras que descendían para la
platea, en tanto que ésta primitivamente se
comunicaba con la calle. El palco escénico,
también de piedra, estaba sostenido por tres
arcos, debajo de los cuales se abrigaban los
músicos. El fondo del palco estaba cerrado por
construcciones de madera. A uno y otro lado
del palco escénico había dos edificios, uno
para vestuario, sala de danza y ropería, y el
otro para sala de pintura, depósito de telones
y material.
En tanto que recorríamos el teatro; Feijóo
me explicaba ser aquel teatro antiquísimo, era
el único monumento de los remotos tiempos
que había quedado en pie. En él las repre
sentaciones se hacían a la tarde, conservan
do en esto la tradición, y se representaban
toda especie de piezas, desde las más anti
guas hasta las de actualidad; únicamente que,
como la sensibilidad de los marcianos se había
modificado para el bien, a la mayoría de las
obras de la alta antigüedad, había sido nece
sario hacerles una adaptación. Fué preciso ate
nuarles las maldades e injusticias que conte
nían, para amoldarlas al espíritu actual.
Salimos del teatro por el arco opuesto y
nos encontramos en plena campiña; de allí
tomamos la sombra de la arboleda que cir73
—
—
cundaba a la ciudad. Seguimos la misma di
rección anterior, hacia el Sur, y a poca dis
tancia, encontramos la calle diagonal de la
izquierda, que empezaba a tener algún mo
vimiento. Casi de frente se encontraba el par
que del material agrícola perteneciente al gru
po; en él funcionaban los talleres donde eran
reparados los maqumismos e instrumentos
aratorios del ejército, las aldeas y los muni
cipios.
—Ahí-dice Feijóo—vienen, a aprender y
practicar en la reparación de la maquinaria,
los muchachos que en el internado mostraron
disposiciones para esta clase de trabajos, y, al
cabo de tres años de aprendizaje, salen per
fectos trabajadores industriales. Mientras du
ra el aprendizaje,viven en la ciudad por cuen
ta del municipio y asisten a las aulas noctur
nas de dibujo y otras disciplinas que los ha
cen más perfectos.
Tomando luego a nuestra derecha, percibí
a lo lejos el gran edificio de aspecto conven
tual, delante del que había pasado la víspera,
y al fondo, las alamedas ya mis conocidas.
—Esta ciudad—dije a Feijóo—no me pa
rece que tenga más de cincuenta mil habitan
tes, y siendo como es cabeza de grupo, su
tamaño no está en relación con su importan
cia política.
—Pues amigo Brocos, en aquellos tiempos
en que dominaba el sórdido egoísmo, esta ciu
dad fué un puerto comercial de más de dos
74
—
—
millones de habitantes; la villa actual era la
ciudad alta y se extendía, entonces, desde aquí
hasta la cordillera, en anchura y su largo ocu
paba más de dos leguas. Los montículos que
vemos al Naciente, eran una sucesión de coli
nas que contorneaban el litoral y formaban la
parte opuesta de la bahía. El litoral de esta
parte, empezaba más acá del externado e iba
a besar las faldas de la cordillera del lado
Norte. El curso del río nos muestra el centra
de la antigua bahía, va de Norte a Sur en
dirección a la entrada del puerto. La entrada
era al Mediodía, aún a nuestra derecha per
cibimos una protuberancia granítica, único
resto que nos indica la entrada del puerto.
Pues bien; este puerto que por su tamaño era
uno de los mayores y más importantes del con
tinente, se fué entupiendo y, en los últimos
tiempos, quedó reducido a una pequeña en
senada que se conservó a fuerza de draga jes.
Entretanto, fuera, en lo que era más alto, las
islas fuéronse ligando y acabaron por formar
el nuevo puerto, no tan grande como este, pero
sí importante; y como consecuencia, la parte
comercial de la ciudad se fué corriendo para
allá. Pero, a su vez el segundo puerto se cegó
y hubo que fundar un tercero en un lugar
apropiado, de gran fondo y que no estuviera
expuesto al entupimiento: ese puerto queda
distante unas veinte leguas.
Aparte de los cambios geológicos que han
modificado la ciudad, luego que el suelo mar—
75
—
ciano pasó a ser propiedad del Estado, el tra
bajo fué impuesto a todos como un fin social
y humano. La uniflad de la nación marciana
trajo como consecuencia la descentralización
política; los capitales también se descentrali
zaron, otros se extinguieron, y los que vivían
del trabajo de los otros tuvieron a su vez que
trabajar. La vida ficticia que hasta allí habían
llevado las ciudades, cesó por completo. Ya la
gente de los campos no corrió más para las
ciudades en busca de aventuras; establecióse
ese equilibrio que da al campo mayor número
de habitantes que a las ciudades, mientras que
antes la vida artificial daba un resultado
opuesto. Sucedió, pues, que muchas ciudades,
capitales de grandes naciones, dejaron de ser
lo y otras, centros importantes de comercio,
quedaron reducidas a ciudades de último or- ~
den. Algunas, centros de diversión, adonde los
ricos iban a derrochar sus fortunas, fueron
también reducidas a ciudades de segundo or
den. Y otras, centros industriales, luego que
se agotaron las minas de carbón fósil, su po
blación y sus industrias se corrieron para las
montañas en donde los saltos de agua eran
abundantes y sustituían con ventaja al car
bón; de manera que, lugares paupérrimos, se
enriquecieron y los antes ricos, fueron aban
donados.
Además de los motivos que operaron estas
transformaciones, hay que contar con los ca
pitales que antes paraban en pocas manos, sus
76
—
—
poseedores iban a vivir en las grandes ciuda
des donde podian disfrutar largamente de las
comodidades que la posesión de la riqueza les
proporcionaba. Allí en aquellos centros, en
contraban todo un pueblo a su servicio: el
artista y el tapicero, que les ornamentaban
la casa; el sastre, el joyero y la modista, que
les adornaban la persona; los traficantes y
agiotistas, que les suministraban dinero para
sostener sus vicios; y la turbamulta de pará
sitos que vivía de sus migajas y que engrosa
ban la población de aquellos centros de opu
lencia. Pero, desde que el mundo dejó de ser
gobernado por el poder personal y que las le
yes impidieron que unos cuantos fuesen due
ños de todo y la gran masa humana no pose
yera nada, la vida artificial acabó y con ella
esas ciudades de placer, algunas de las cuales
quedaron reducidas a un montón de escom
bros.
—
77
CAPITULO IV
SENTADOS EN LA ALAMEDA
El Bien y el Mal. - Todo tiende a la perfección. Expresión de esta tendencia por las Bellas Artes. Unidad de creencias. - Ideas sobre la Divinidad. Dios y el espacio. - Propiedades del alma. - Dios, Pro
videncia y Naturaleza.
Aquella noche, queriendo Feijóo mostrar
me el aspecto nocturno de la ciudad y espe
cialmente de las alamedas, después de la cena
me llevó a paseo. En el camino, a medida que
íbamos andando, me fué entreteniendo sobre
la impresión que habia hecho mi llegada en
tre los marcianos. Que entre éstos los más ins
truidos eran los que abrigaban los sentimien
tos más generosos y sensibles, que era indu
dable encontraría entre los más ilustrados
aquellos que serían mis mejores amigos. Us
ted—fué diciendo—ha sido recibido aquí con
las mayores muestras de amistad, sin excep
ción, como a quien no se precisa tener pre
vención, ni viene con propósito de perjudicar
a nadie. Aquí deberá usted considerarse m ejor
que en su patria; todos le agasajan, todos
m uestran una obsequiosa satisfacción a su
persona, todos se interesan por su salud te
miendo que la diferencia de clima no le sea
provechosa, todos me asedian frecuentemente
con preguntas a su respecto, y su presencia
entre los marcianos no incomoda, todo lo con—
78
—
trario. En cambio allá en la Tierra ¿qué acon
tecía en los tiempos en que viví en ella? Allí
todo obedecía al interés individual, egoísta y
mezquino, que ni la moral ni la religión eran
capaces de moderar. Allí los preconceptos y
prevenciones contra los recién llegados y, más
aún, contra los advenedizos, no tenía límite.
Los que arribaban de las Indias Occidentales
acomodados, aun cuando su fortuna fuese muy
elevada, por sólo aquella circunstancia, no
eran admitidos en la buena sociedad. Y si nos
referimos a los novatos que entraban a cursar
humanidades ¡las miserias que les hacían pa
sar los veteranos! Y si bajamos a las clases
del pueblo, en los talleres ¡cuánto no hacían
sufrir a los muchachos que entraban a apren
der oficio! Y todo esto era consecuencia de
esa repulsión que se siente contra los recién
llegados, restos de un salvajismo atávico in
crustado en las costumbres y en el alma de
aquella humanidad.
También es cierto que esas pruebas porque
pasaban los novatos les acontecía a las na
ciones nuevas que pretendían entrar en el con
sorcio humano; si alguna de aquellas quería
hombrear con las viejas naciones, encontraba
a éstas por el frente. A propósito; me acuerdo
lo que aconteció a la Prusia en mis tiempos,
nación pobre, pequeña y sin importancia, tenía
el rey más sabio e ilustrado de Europa; amigo
de sus súbditos trató de desenvolver la agri
cultura, las ciencias y las letras; pero tuvo la
79
—
—
veleidad de organizar un poderoso ejército;
bastó esto para que las naciones vecinas que
daran celosas y a la primera ocasión le de
clarasen la guerra, viendo su pequeño reino
rodeado completamente de enemigos.
—Me parece que usted quiere referirse a
Federico II de Prusia.
—A ese mismo; él combatió, combatió y
venciendo las más de las veces y vencido otras,
los fué cansando a todos, retirándose de la
guerra unas naciones tras de las otras, y, po
cos meses antes de mi desencarnación supe
que había vencido.
—Pues ahora esa nación tan pequeña y sin
importancia en su tiempo es hoy una de las
más populosas, más cultas, más industriales
y más poderosas de Europa. Después de dos
guerras felices, la primera con el Austria, a la
que quitó la egemonia de los Estados Alema
nes, y de otra contra la Francia, en la que se
anexionó dos provincias, reconstruyendo al
mismo tiempo el Imperio Germánico. En esta
situación preponderante extendió su comercio,
perfeccionó sus industrias y trató de aumen
tar su marina de guerra, lo que despertó los
celos de Inglaterra. La Francia por su parte,
con la idea del desquite, no quedó inactiva;
fué perfeccionando poco a poco su material
bélico, aliose con la autocràtica Rusia para
tener a la Alemania cercada por el Este, y,
más tarde, hizo un pacto con la Inglaterra
80
—
—
i
para tener a la Alemania cercada por el mar,
y en esta situación esperó los acontecimientos.
Como para declarar la guerra cualquier
pretexto es válido; por un motivo fútil en que
la Alemania no tenía arte ni parte, aquella
nación se vió forzada a hacer la guerra. Las
naciones que la atacaban y que tomaron el
título de Aliadas, pactaron antes de ningu
na hacer la paz por separado, llevando to
das la guerra hasta el fin. La Alemania vióse
entonces en las mismas condiciones de lina
plaza sitiada, sin esperanzas de recibir víveres
de parte alguna, y, sin ser vencida, se vió en
la triste necesidad de pedir la paz que les
Aliados le concedieron después de instancias
repetidas. La Francia con sus Aliados le impu
sieron muy duras condiciones, entre ellas, la
de que pertenecía a la Alemania la culpabili
dad de la guerra: cláusula injusta que aquélla
en tan terribles circunstancias vióse obligada
a aceptar y subscribir.
* Feijóo halló tanta gracia que dió una so
nora carcajada.
Estando en este punto de la conversación
llegamos a las alamedas; había mucha gente
paseando, mucha sentada en los bancos, mu
cha alegría y mucha luz. Feijóo me dijo que
todas las noches había igual movimiento, mas
pasadas las veintiuna horas todo el mundo se
retiraba a sus casas para dormir “pues aquí no
hacemos la vida artificial que ustedes hacen en
la Tierra de velar de noche y dormir de día”.
81
—
—
Paseamos por las alamedas recorriéndolas
en todas direcciones y cuando nos sentimos un
tanto fatigados nos sentamos en un asiento
desierto. Luego que nos hubimos sentado, em
pezó mi imaginación a trabajar recordando lo
que Feijóo me había hablado en el correr del
día respecto a los sentimientos estéticos de los
marcianos, bien sea—decía—para perfeccio
nar la belleza de la raza, bien sea para hacer
la vida más bella y agradable o bien para
perfeccionar las costumbres: en resumen, me
había dicho, que la estética había contribuido
a purificar sus leyes, su estado social y que
había contribuido a esparcir la felicidad por
todo el planeta. Estimulada mi curiosidad e
intrigado a aquél respecto, le hablé sobre la
influencia de la estética sobre las artes, y con
encubierta intención, le pregunté si allí las Be
llas Artes estarían tan adelantadas como en la
Tierra. Feijóo sonrió a mi pregunta, y sin más
preámbulos rompió a discurrir del siguiente
modo:
—Tanto aquí como en la Tierra las hum a
nidades habrán de tener idéntica índole como
idénticas deberán ser las humanidades de los
otros planetas dependientes de nuestro siste
ma solar, por cuanto todas ellas son formadas
de la misma sustancia y debido a ese princi
pio deberán poseer las mismas cualidades y
defectos, sólo se diferenciarán, debico a su
antigüedad, en el adelanto intelectual y m ate
rial. Nuestro mundo tiene que estar más ade,
—
82 —
lantado que el terrestre por cuanto nuestro
pasado es incomparablemente mayor y duran
te un largo curso de tiempo nos hemos ido per
feccionando. Nosotros tenemos la intuición de
que existe en el Universo el principio de uni
dad, unidad esta, que se muestra patente en
esas dos grandes fuerzas de atracción y de
repulsión que rigen a los cuerpos celestes. Es
tas dos fuerzas se manifiestan entre los hu
manos, en la simpatía que nos atrae a unos y
la antipatía que nos separa de otros. En los
planetas esas dos fuerzas se patentizan en la
electricidad positiva y la negativa, que, cuan
do se desequilibran, chispea el rayo y se des
encadena la tempestad. Estas mismas fuerzas
existen en todas partes en estado latente, es
pecialmente en la Tierra, representadas por
el bien y por el mal. El mal, nace con las cria
turas modificándose por la educación; y el
bien, se desenvuelve, no sólo con la educación,
sino con el raciocinio. El bien lo constituye
esa ansia y deseo que cual suave perfume nos
proporciona una interna satisfacción moral
que nos aumenta la felicidad, constituido ade
m ás del bien, por lo justo, lo útil y lo agra
dable o sea lo bello. En cuanto que el mal,
son los sentimientos repulsivos contrarios al
bien, que nos causan dolor, contrariedades
morales, y perjuicios materiales.
Tengo que hacer una pausa, para expli
car mi id ea: El mal es preciso que exista, pues
si no existiese nadie conocería, ni podría y ni
83
—
—
sabría apreciar el bien. El mal, parecerá esto
una paradoja, es la principal causa del bien,
así por ejemplo: el hombre que nunca estuvo
enfermo no sabe apreciar el estado de salud,
y sólo aprecia ésta, cuando se siente atacado
de alguna dolencia. Las enfermedades socia
les, fueron en su principio un mal necesario
que la hum anidad ha sufrido y cuyo remedio
le procuró el bienestar de que ha gozado más
tarde. En resumen: si no existiese el mal los
hombres no sabrían apreciar el bien.
Dejando a un lado esta cuestión, y vol
viendo a hablar de nuestro adelanto que nos
lleva a amar la belleza en sus variadas ma
nifestaciones, puedo añadir, que estas aspira
ciones tendiendo a una constante e indefinida
perfección, no son sólo atributo de las hum a
nidades; esta perfección, se manifiesta eviden
temente en la vida que circula por todas par
tes y que vemos palpitar en los tres reinos de
la Naturaleza. Y este perfeccionamiento de las
cosas y de los seres, encuéntrase en todo cuan
to torbellina en el espacio infinito, coexistien
do en la misma substancia de que son form a
dos los cuerpos celestes.
Este deseo constante de perfección, es ex
presado en las humanidades por el sentimien
to artístico, sentido en mayor o menor grado
por ellas, y manifestándose, tanto en los hom
bres como en las mujeres, en el deseo de apa
recer bellos para agradarse mutuamente. Re
fléjase, también, este amor a la bello, en la
vida social y en todo cuanto rodea al hombre,
que le alegra la existencia y proporciona esa
intim a satisfacción que le hace querer y amar
la vida. Este sentimiento de amor a lo bello es
propio de todas las criaturas, siendo tanto más
delicado, cuanto más perfectas sean las cuali
dades sensitivas.
—Por lo que acaba de decir, juzgo que los
marcianos deberán estar dotados de un depu
rado sentimiento artístico.
—No podía dejar de acontecer así, siendo
como es la hum anidad m arciana más vieja
que la terrestre, y en ese espacio de tiempo
recorrido, el nivel intelectual subió enorme
mente, debido, por una parte a la acumula
ción de conocimientos tanto en el campo de las
ciencias como en el de las letras y de las artes,
y por otra, a la selección sistemática hecha
hasta nuestros días, con el objeto de nivelar
la raza y m ejorar el intelecto. Esto ha contri
buido a depurar las facultades perceptivas,
afinar la sensibilidad y con estas, el sentimien
to artístico.
Este sentimiento elevado, ha existido siem
pre, tanto en la hum anidad m arciana como
en la terrestre, y es una aspiración de un
grado superior por ellas sentido, que las hace
cam inar por las regiones inmateriales de lo
ideal. Puede muy bien afirmarse que el arte
tiene un origen divino; tanta razón de ser tie
ne esta hipótesis, que él ha estado siempre al
servicio de las creencias religiosas y se desen85
—
—
volvió a su sombra. Acontécele pues, a la obra
de arte que no tenga marcado un sello reli
gioso o individual por leve que sea, que caerá
en lo común por bien ejecutada que esté; por
que le falta ese sentimiento altísimo que sólo
puede inspirar una creencia o quien posea un
carácter personal.
El arte, desde los más remotos tiempos,
fué una necesidad inteligente de nuestra alma
ansiosa, que puede ser sentida lo mismo por el
hombre culto que por el vulgar; mas, en cada
uno de éstos, la emoción experimentada varía
con el grado de sensibilidad y de cultura. Esta
necesidad obliga a los hombres a rodearse de
objetos agradables a la vista, al oído, al tacto,,
que promueven satisfacción a sus sentidos y
le alegran la vida. Estos objetos que el artista
produce, bellos los más y variados, vienen a
llenar en el alma humana ese vacío, ese ansio
so deseo, esa aspiración insaciable, esa tenden
cia hacia la perfección que nuestra alma in
conscientemente siente, y a la cual tiende la
misma Naturaleza, como antes he dicho.
La obra que el artista hace, si no expresa
una idea elevada, si no encierra un sabor ex
trahumano, si no obedece a una creencia sin
cera o a una pasión individual, no puede vir
tualmente emocionarnos ni sugerir a nuestra
conciencia íntima, sentimientos delicados que
nos moralicen y ennoblezcan; porque, la obra
de arte que no reúna estas aspiraciones, que
dará fatalmente en el campo de las cosas te86
—
—
rrenas; en suma, en el campo fotográfico; es
collo éste de que deberá huir quien pretenda
ser verdadero artista. El artista para ser gran
de precisará ver la naturaleza por un prisma
personalmente suyo, que le aparte de cuanto
los otros hagan; o bien ser un místico, perse
guir un ideal cualquiera, con tal que su ima
ginación remonte el vuelo y huya, en sus con
cepciones, de todo cuanto lo pueda circundar.
Muchos hay que juzgan consistir el arte
en la representación única y exclusiva de la
verdad, y piensan que la misión del artista se
concreta a representar las cosas cuales ellas
son; mas ¡cuán equivocados están los que así
piensan! Estos de artistas no tienen más que
el nombre, pues, si en el trabajo que el artista
hace no transparece una parte de su alma, si
no llega a trasmitirle su cuño personal, su yo,
no podrá nunca ser considerado ese trabajo
como una obra de arte. Este cuño personal,
tan difícil de conseguir, tuviéronlo los gran
des artistas hasta tal punto, que, sin necesidad
de m irar la firma se conoce al autor y nos hace
exclam ar: ¡Qué bello!
En Marte las Bellas Artes se estudian
mucho y existen grandes escuelas, pero no se
estudian con el intento de ser grandes artistas;
los que a ellas van a estudiar lo hacen para
dedicarse a las artes menores, por de pronto;
luego, si sus facultades los inclinan a dedicar
se al grande arte, lo siguen; mas en esta vía
es el público quien los guía y alienta. En gene—
87
—
ral, todos entran en las escuelas de arte con la
única preocupación de ser útiles a los demás
y tener una profesión más alta que les per
mita ganarse la vida. Pocos son los artistas
notables que sobresalen y dedican exclusiva
mente al grande arte, por la dificultad en que
hoy están de satisfacer la delicada sensibili
dad de los marcianos. Estos tienen un alto
concepto del arte, haciendo sobre él el siguien
te raciocinio: que así como la palabra sirve
para transm itir el pensamiento, el arte debe
servir para transmitir las emociones. El valor
de la obra de arte se basa en que el hombre
percibe por el sentido del oído, si fuere mú
sica, o por el de la vista, si fuere arquitectura,
escultura o pintura, los sentimientos y emo
ciones experimentados por el artista, siendo
tanto mayor la obra de arte, cuanto más in
tensa sea la impresión experimentada por el
espectador y más numerosos los espectadores
emocionados.
—Todo cuanto acaba de hablar me agradó
muchísimo y hasta admiro su intuición artís
tica; no me cabe duda que en Marte deberán
existir grandes centros artísticos.
—Aquí no hay naciones independientes y
antagónicas como allá en la Tierra, donde,
cuando viví en ella, oía hablar de arte italia
no, francés, español, etc; el arte es uno sólo
en nuestro mundo: únicamente que en unas
partes descuellan algunos artistas más que en
otras. Los centros fueron mudando de oriente
88
—
—
para occidente, primero en el hemisferio bo
real y después pasaron para el austral si
guiendo dirección idéntica. Como aqui no hay
más que una nación formada por todo el pla
neta, hemos llegado a un perfecto equilibrio
en todas las ramas del saber, y ustedes, cuan
do se civilicen, convergerán como nosotros, a
tener un sólo arte, una sola literatura y una
sola creencia.
—¿Y cómo llegaron los marcianos a conse
guir la unidad de creencias?
—El principal factor para obtenerse ese
milagro fué la instrucción dada sistemática
mente en los municipios del planeta, que en
señaba a conocer todas las religiones como
actualmente se enseña la historia desde los
tiempos presentes para los remotos. Este méto
do esclarecía la inteligencia de los niños y les
hacía comprender que todas ellas se encade
naban y eran consecuencia unas de las otras.
Por este proceso llegaron a destruirse las nu
merosas religiones que había, creándose más
tarde el culto a la Madre Naturaleza.
Antes de estos tiempos, la acción moral
y religiosa pudo dirigir a los hombres en tan
to que su inteligencia no se había desarrollado,
pero cuando ésta tomó la dirección de sus ac
ciones, tanto la una como la otra fueron inú
tiles, no precisándose más. A pesar de esto, los
marcianos pasaron por una serie de tentativas
hasta llegar a la perfección actual. Hubo reli
giones cada cual más absurda, especialmente
89
—
—
en el período de p rep aración que precedió a
la incredulidad. N ación hubo — en aquellos
tiem pos aún no se h ab ía conseguido la unidad
p lan etaria— que tenía cerca de una docena
de religiones, entre ellas una, m oral en el fon
do, que predicaba la destrucción por el fuego
del m undo existente, p ara después fu n d a r so
bre sus cenizas un m undo nuevo; otra, tam
bién m oral, cuyo culto eran los espíritus de los
antepasados; y otra, m ás racional, cuyos san
tos eran los m ártires de la ciencia, los sabios
y los inventores que habían descubierto cosas
útiles a la hum anidad. Esta fué la últim a reli
gión que cerró el ciclo de la ilusión religiosa
y preparó a los m arcianos p ara el in diferen
tismo que precedió a la religión actual.
— ¿Entonces; los m arcianos desconocerán
la idea de un Dios organizador de esta gran
m áquina que constituye el U niverso?
— De ningún m odo; nosotros tenemos la in
tuición de una in teligencia que nos es superior
y que ha ordenado esta gran m áquina; pero,
durante los tiem pos en que los m arcianos le
elevaban tem plos, dirigían preces y esperaban
todo de él, fueron siem pre in felices: reinaba
aquí la inju sticia, el egoísmo, la crueldad en
los hombres, la depravación en las costum
bres, en sum a; ¡la desgracia! Los hombres, di
je ro n : reconocem os la existencia de un Dios,
no nos cabe duda; pero vam os a d e ja rlo des
can sar en el paraíso que nos ha prom etido y
de ahora en adelante tratem os de procurarnos
— SO —
la felicid ad aquí sobre el planeta.
io d o s sabemos que la N aturaleza es la
m anifestación visible de Dios. E lla hace pro
ducir los campos, es la fuente de todas lasenergías que m antienen nuestra vida y la que
nos las conserva con sus productos cuando
está bien cu ltivad a; es nuestra m adre am antísima, a ella le tributam os culto y adoram os.
Desde aquellos tan le ja n o s tiempos, su culto
se extendió por la superficie de la nación m a r
ciana y la felicid ad sobre el planeta fué una
realid ad ; pues este culto consiste en el cultivo
de las plantas que, cuanto m e jo r se tratan,
m ás opim os y abundantes son sus frutos. L os
m arcianos llegaron a la conclusión de que la
felicid ad podía encontrarse aquí, y no en la
hipotética lotería de un cielo futuro.
— ¿L o mismo que decir que los m arcianos
continuaron ateos?
— De ninguna m an era; nosotros tenemos
— como y a le d ije — la intuición de su existen
cia, y tam bién sabem os que estableció leyes
inm utables que rigen el U niverso y no pueden
ser alteradas, porque sería ponerlo en contra
dicción consigo mismo. A l hom bre dió el cono
cim iento del bien y del mal, con la libertad
de escoger uno u otro. Si el hom bre escogió
el m al y se hizo in feliz, su ya es la culpa, a na
die debe q u eja rse; él y sólo él, es autor de su
desgracia, porque Dios lo dotó de inteligencia,
que es una parte de sí m ism o, p ara saber d iri
girse en la vida a fin de gozarla y ser feliz.
—
91
—
—En la T ierra enseñan los sacerdotes de
las religiones allí existentes—que son m u
chas—, que los que padecen en aquél m undo,
serán recom pensados en el otro y, cuanto m a
yores sean los sufrim ientos que en él padez
can, m ayores serán las recom pensas que m ás
allá del túm ulo encontrarán. Además ense
ñ a n que Dios h ab ita en un lu g ar delicioso don
de estarán en su presencia, cercanos a El,
viendo su cara las alm as de los justos que
p a ra allí van destinadas.
—Esas ideas de goces disfrutados en el otro
m undo, las tuvim os aquí tam bién en la época
de la confusión de creencias, que fué la del
dom inio de la poesía. Ustedes están como an
tes he dicho, term in an d o la segunda in
fancia. H acen como los niños, se conten
tan con prom esas, viven alucinados y en
tretenidos con esperanzas quim éricas engen
d ra d a s por la im aginación de los poetas. La
m ayoría de los terrestres viven enfrascados en
esas m entiras poéticas, y m ientras no se des
p o jen de la corteza que los envuelve, no enve
re d a rá n por el cam ino de la razón, de la ju s
ticia y del am or a la vida, a fin de llegar a
conseguir que reine la felicidad sobre la
T ierra.
—Perm ítam e u n a p reg u n ta: ¿Juzga usted
que Dios no podría d a r la felicidad a la h u
m an id ad terrestre?
—No; porque Dios no es lo que ustedes
im a g in a n ; ustedes creen en un Dios antropo92
—
—
mórfico (a h echu ra de hom bre) y por el con
trario, Dios es infinito y como tal no puede
tener figura. Ustedes reducen a Dios a los li
m ites de su inteligencia, pequeño, por m uchos
m illones de leguas que le den de tam año, que
está en un lu ga r del cielo estrellado, oyendo
las m úsicas de los ángeles, rodeado de queru
bines, serafines y toda su corte, y a im itación
de los reyes de la T ie rra , sentado en un trono
por siglos y siglos. Esto p ara los m ortales po
drá p arecer la suprem a felicid ad ; pero, si re
flexionam os con calm a, verem os que por m ás
que el alm a hum ana gozase en estar desde el
principio hasta el fin del año viendo su rostro,
acabaría por aburrirse de aquel estado de
eterna inm ovilidad, pues sería condenar al
hom bre a h ab itar un m undo donde sería ani
qu ilad a su conciencia.
A esos que creen en ese cielo, deberíaseles preguntar dónde podrá encontrarse ese lu
gar de los bienaventurados. En qué p a ra je del
U niverso podrá h allarse. ¿S erá en nuestra ne
bulosa o en otra de las m uchas que pueblan el
espacio infinito? Y , si supusiéram os que del
m undo en que habitan, partim os cabalgando
sobre un rayo de luz, p ara ir m ás de prisa en
busca del tal cielo, andaríam os corriendo de
estrella a estrella h asta visitar todas las que
com ponen la nebulosa a que pertenece nues
tro Sol y no lo encontraríam os. Después, sal
dríam os de nuestro sistem a sideral, y nos en
contraríam os en la inm ensidad del espacio si—
93
—
lencioso y vacío. Si continuando la hipótesis,
quesiéramos hallarlo en otra, tendríamos que
caminar montados sobre el rayo de luz más de
¡cuatro millones de años! para encontrar la
nebulosa más próxima. Y, si aún pretendiéra
mos continuar nuestras pesquisas, podríamos
andar vagando de unas para otras durante
una eternidad, sin encontrarlo. Pero estos via
jes, despertarían en nuestra mente una nueva
idea sobre la magnitud inconmensurable del
Universo. Nos parecería un jardín en el cual
se encontraban plantaciones de árboles cubier
tos de flores rutilantes y cargados de frutos
—que son los planetas— otras, formadas de
un macizo de flores sin ningún fruto; otras,
en las que las flores no desabrocharon, y otras,
en que las simientes comenzaban a germinar.
Y este espectáculo revelaría a nuestra imagi
nación admirada, el ideal del ideal, un concep
to más perfecto de Dios, al que podríamos
apellidar ¡SUPREMO JARDINERO! Si quisié
ramos intentar aún, el preguntar a los habi
tantes de aquellos lejanos cuerpos celestes, si
habían visto al Supremo Jardinero, obtendría
mos como respuesta, que tenían una vaga no
ticia de El, pero que ninguno lo había visto ni
sabía donde pudiese residir. Por último; nos
persuadiríamos, de que hay en el Universo
una fuerza inteligente, que mueve los mun
dos, de que la vida palpita por todas partes,
de que todo está armonizado por el amor y de
que por más que nos obstinásemos en encon—
94 —
tr a r el agente, nunca lo conseguiríam os. P o r
q u e todo cuanto habíam os recorrido a través
de la inm ensidad insondable del espacio, m on
tados sobre el rayo de luz, se encontraba den
tro del Suprem o Jard in ero ; esto es, ¡dentro
de Dios!
—La concepción que usted hace de Dios la
encuentro bella y hasta sublim e; pero, de su
hipótesis deduzco que, o el espacio es Dios, o
el espacio es an terio r a El, puesto que los
cuerpos que se encuentran dentro del espacio,
sin éste, no podrían existir. A hora, consideran
do esta alta cuestión por otro lado: Si Dios
es el principio de todas las cosas, como pre
tenden los que consideran los m undos como
su creación y si El no puede existir sin el es
pacio, podríam os concluir a priori, que Dios
es el espacio. Continuando esta tesis, y consul
tando nuestra razón, podríam os h acer esta
o tra p regunta: ¿P odría existir Dios sin el es
pacio? No creo; porque suponiendo la no exis
tencia del espacio, por m ás esfuerzos de im a
ginación que hiciésemos p a ra aniquilarlo, no
lo conseguiríamos. P or tanto, el espacio in
conm ensurable, infinito, eterno, nunca dejó de
existir; y Dios, con todo cuanto h ay dentro del
espacio, podría d e ja r de existir, o m e jo r di
cho, de ser.
—Esas divagaciones sobre el espacio m e
son m uy conocidas; aquí se tienen discutido
m ucho y no h an pasado adelante, por que en
cierran una utopía que a c a rre a ría la no exis—
95 —
tencia de Dios. Yo también pienso, que, sin el
espacio, nada de lo creado o increado podría
existir; pero, trato en mi raciocinio de conci
liar los dos términos: Dios y el espacio, y aca
bo, sin gran esfuerzo, por encontrar la solu
ción lógica de que Dios y el espacio han co
existido de toda eternidad. Conciliados, pues,
estos dos principios, podremos preguntarnos:
¿Qué es Dios? Responderá nuestra facultad
pensante, diciendo ser la Suprema inteligen
cia que llena el Universo, penetra todos los
cuerpos y nosotros sentimos dentro de nuestro
cerebro. Y no podría ser apreciada de otra
manera su concepción, por cuanto, para racio
cinar con algún fundamento sobre esta altísi
ma cuestión, precisamos partir del Universo
microscópico que somos, para después elevar
nos a la Divinidad.
— ¿Luego halla que nuestra alma encierra
las cualidades primordiales de Dios?
— Exactamente, el alma está compuesta de
tres atributos principales o potencias: prime
ro el ser pensante, que conoce y discurre so
bre todas las cosas; segundo, el ser sensible o
^^jnoral que se emociona ante el espectáculo del
mundo exterior, y tercero el ser voluntarioso
que se agita,desenvuelve sus energías y se mue
ve al impulso de su voluntad. Estas tres propie
dades del alma constituyen nuestro yo. El yo
y el organismo, son dos fuerzas, o hablando
en otros términos, dos formas distintas de la
existencia, bien que íntimamente ligadas en96
—
—
tre sí, porque de lo contrario, si las funciones
de pensar, sentir y querer, fuesen meras pro
piedades del organismo, tendríamos que con
siderarlas como una simple función fisiológi
ca, cayendo entonces en el materialismo, o sea
en la exageración de la ciencia.
Sobre este último punto hay que conside
rar, que todo exceso perjudica en absoluto
tanto al físico como al moral: una pasión ve
hemente, además de arruinar la salud, puede
trastornar las facultades del que la siente, des
equilibrarlas, y acabar por sentir la mordedu
ra de los celos; al que se excede en el misti
cismo, acontécele que sus facultades se atro
fian, no ve ni piensa en otra cosa que en la
acción Divina, y queda cretino o idiotizado;
con el exceso de la ciencia pasa otro tanto; el
hombre, penetrando profundamente en ella,
no ve más que materia en acción, agitándose,
y olvida el motor que es Dios.
— Mas, permítame una observación: ¿Por
qué acontece que las funciones del alma de
penden del estado normal del cerebro, que,
si por ejemplo, un individuo fuere acometido
de un ataque apoplético, queda, como un artis
ta amigo mío, desconociendo las letras y con el
sentido artístico perfecto? ¿Por qué otro que
había, recibido una contusión en el cráneo,
acabó por ser un criminal? Y, ¿por qué los que
abusan del alcohol, terminan por la locura?
— El medio de transmisión que tiene el al
ma es el cerebro; si éste enferma, el alma no
—
97
—
puede funcionar con libertad y por concomi
tancia enferma también. Por tanto, las pertur
baciones a que acaba de referirse, son única
mente producidas por el estado morboso de
nuestro cerebro asiento del alma, el cual es
parecido a un instrumento de música: si falta
una cuerda, puede perder, como el artista de
que ha hablado, la noción de las letras; si
faltan dos, peor, y si todas estuvieren desafi
nadas, puede quedar loco o imbécil.
— Yo, preciso antes de continuar esta con
versación, declararle que siempre fui espiri
tualista, pero aprovecho esta ocasión, de ha
blar con un habitante de un mundo en que
la intelectualidad está más desenvuelta, para
esclarecerme sobre ciertas dudas que tienen
asaltado a mi corto ingenio, tales como los
sueños de que somos acometidos cuando esta
mos durmiendo. ¿No serán éstos, producidos
por la sangre que afluyendo al cerebro, actúa
en él, engendrando ideas, que, no siendo re
guladas por la razón, dan lugar a sueños fan
tásticos y disparatados, que las más de las
veces al despertar, nos parece llegamos de re
giones desconocidas o de un viaje? y, por el
contrario, cuando somos acometidos de un sín
cope, ¿por qué causa el paciente al volver en
sí, pierde la noción del tiempo y le parece
llegar de las oscuras profundidades de la na
da? Estas dos situaciones de sueño y sincope,
¿no hacen reflexionar y aun entrar duda, en
tre el estado del sueño y el de la muerte?
98
—
—
—E n el sueño, n u estra alm a está en vigilia,
ella no duerm e y no precisa como el cuerpo,
re p a ra r las fuerzas perdidas du ran te el d ía;
m ientras que en el síncope, la vida queda
suspensa por unos instantes, y como la p érd i
da de la noción del tiem po im plica el de la
m em oria, no podríam os saber lo que hizo
n u estra alm a d u ran te aquellos instantes.
—Algunos filósofos en la T ierra, definen el
alm a como siendo com puesta de sustancia.
—Todo eso son hipótesis de hom bres p re
suntuosos y soberbios que, en su orgullo, quie
ren h acer p red o m in ar sus ideas, aun cuando
estén íntim am ente convencidos de su in an i
dad. A m i que ya viví en otra encarnación, el
conocim iento que tengo del alm a me basta;
ah o ra saber si es com puesta de sustancia, ca
lor o electricidad, a n a d a nos puede conducir
n i tam poco llegar a una conclusión, porque,
por m ás que apurásem os nuestras argucias,
n unca podríam os averiguarlo en la im posibi
lid ad de poder ser verificado.
—A ún le pido m e perm ita presentarle u n a
ú ltim a cuestión: tengo oído decir a hom bres
de ciencia, que la inteligencia y la energía
coexisten en la m a teria ; que las m oléculas y
los átom os de que son form ados los cuerpos,
están dotados de energías idénticas a las de
los m undos que g ravitan en el espacio, y que
la inteligencia es u n a resu ltan te de la en er
gía, o bien la m ism a cosa.
—Yo distingo; la inteligencia la separo de
1
99
—
—
la energía y de la vida, sé que la materia e&
fuerza o energía, mas no llevo mis conclusio
nes hasta decir que la una y la otra sean la
misma cosa. Porque, por ejemplo, esta mano
que tengo en este momento cerrada, desarrolla
una cantidad de fuerza independiente de mi
cerebro, o sea, de mi inteligencia; ella, cierta
mente, obedece a mi voluntad que, a su vez,
emana de mi inteligencia y sin ella, esta ener
gía no se desarrollaría. Son, empero, dos cosas
enteramente distintas. Dios, es la Suprema in
teligencia; por su voluntad puede mover las
energías que residen en la materia; una y otra
son completamente armónicas, sí, pero son en
teramente distintas. En conclusión; existe en
el Universo una inteligencia que nos es supe
rior, y no puedo acreditar que haya ninguno
de buena fe, que no la reconozca y considere
independiente de la materia.
— En las cuestiones metafísicas— le dije—
como esa de que estamos hablando, por más
que se discurra para dilucidarlas, como nada
se puede probar, no es posible llegar a una
conclusión.
— Por eso los marcianos no discuten ni se
ocupan de cuestiones metafísicas, por el con
vencimiento que tienen de que por más que
estrujen el cerebro, a nada conducen, habién
dolas dejado a un lado. La concepción que
ellos tienen de Dios es muy sencilla; hicieron
de El una trinidad a semejanza de las facul
tades del alma, en representación de la iateli— 100 —
gencia, sentimiento y voluntad de que ella está
compuesta. Por la inteligencia, es Dios; por el
sentimiento, es Providencia; por la voluntad,
es Naturaleza. La primera, es la Suprema in
teligencia, alma del Universo o facultad pen
sante. La segunda, es la Suprema sensibilidad
o facultad moral, que se compadece de nues
tros males y nos avisa de las desgracias que
están para acontecemos. Y la tercera, es la
Suprema energía, que mueve los mundos, da
vida al Universo, transforma el mineral, hace
germinar las plantas y da vida a los animales
y al hombre. Estas tres personas o apariencias
de la Divinidad; Dios, Providencia y Natura
leza, forman reunidas el Dios de los marcia
nos. Ahora bien; como aquí se procura en to
das las cosas la claridad, y que además las
ideas converjan a la unidad de pensamiento,
en la imposibilidad de percibir nada de posi
tivo sobre el Alma universal, ni sobre la Pro
videncia, por ser personas que pueden muy
bien pertenecer al dominio de las hipótesis,
las hemos puesto a un lado, y nos concretamos
a adorar a la Madre Naturaleza. Ella es la re
presentación de la vida; esa vida que los mar
cianos aman extremadamente; a ella, pues,
rinden culto y adoran. Para terminar; nos
otros adoramos a la Naturaleza, que es la ma
nifestación, no sólo visible como tangible de
Dios, la vida misma, la cual los marcianos
pueden atestar diariamente, haciéndose impo
sible negarla ni dudar de ella.
— 101 —
CAPITULO V
SISTEMA POLITICO
Las Hermanas Humanitarias y sus estudios. - La\
emancipación del pensamiento, del suelo y de la
mujer. - Sistema político y administrativo. - El poder
ejecutivo confiado a los ancianos por sólo una esta
ción. - Rentas públicas. - La justicia: no hay magis
trados preparados. - Interrupción de los Gobiernos
normales. - El año sin Gobierno.
El tercer día de mi llegada, salimos por
la m añana de paseo para ver ciertas particu
laridades que no conocía. Después de dejar la
casa encontramos, a poco de haber andado,
la calle diagonal de la derecha, la atravesa
mos, y siguiendo la misma calle fuimos a pa
rar en el arbolado exterior. Allí tomamos para
la derecha, en dirección a las montañas, y
luego nuestra vista nos deparó el convento de
las Hermanas Humanitarias.
Era la parte posterior, privativa de la Her
mandad, de un solo piso; pasamos por delante
del portal por el que entraban los servicios y
salían y entraban las hermanas. Este portal
era de pequeñas dimensiones y lo cerraba al
fondo una pared que impedía ver desde la
calle el patio interior. Luego pasamos lateral
mente a lo largo del edificio, viéndose los dos
pisos, y abajo, las puertecitas para la salida
102
—
—
de los visitantes; y por último, desembocamos
en la plaza donde se encontraba la fachada
principal. Extrañé la ausencia de símbolos en
ella, y el gran silencio que en el interior se
notaba, e interrogué a Feijóo si aquel sosiego
era por estar durmiendo las hermanas.
—No es nada de eso: el silencio que ahí se
observa en este momento, podrá notarlo usted
a cualquier hora que pase por aquí, excepto
dentro de pocos instantes, pues van a dar las
nueve, hora de apertura de aulas en que ellas
estudian música, aprenden a tocar instrumen
tos, dan lecciones de canto, se ejercitan en la
danza que les aumenta las gracias, aprenden
dibujo, y no sólo hacen buena música, sino que
también practican el arte dramático. Vea us
ted la largura que tiene el convento: está ocu
pado por la sala de espectáculos, donde ellas
dan sus fiestas; las tres primeras ventanas es
tán destinadas al palco escénico y a la orques
ta y las seis restantes al público. De ahí ya sa
lieron comediantas de gran nombradla y, so
bre todo, danzarinas de fama m undial; aún
hoy no está perdida la tradición de la danza
en esa casa. En estos conventos se forma la
mayoría de las artistas teatrales que después
van a representar ante las plateas de todo el
planeta; aparte de esas prendas, algunas
aprender la pintura, y a las que muestran dis
posiciones las mandan a otros centros donde
se puedan perfeccionar, llegando algunas a
ser buenas artistas. No se figure que aquí las
103
—
—
m uchachas entren, como acontece en los con
ventos de la Tierra, p a ra em brutecerse con los
rezos y otras prácticas que atrofian los senti
dos; por el contrario: aquí vienen a perfeccio
narse en las artes que afinan el entendim iento
y la sensibilidad; haciendo de ellas, no m u je
res sensuales y groseras, como usted en un
principio podría im aginarse, sino sensibles y
espirituales en alto grado.
En medio de esta conversación llegaron a
nuestros oídos algunos acordes que venían del
gran salón.
—Este es el m om ento en que las herm anas
em piezan los estudios; vamos a sentarnos en
un banco de la alam eda, desde donde podre
mos apreciar la música.
Nos dirigimos hacia los árboles, que esta
ban cerca, y sentados cóm odam ente nos pusi
mos a escuchar.
La m úsica, a mi parecer, era ejecutada por
instrum entos de tam años diversos, de cuerdas
de trip a y m etálicas, de grosor propio a cada
uno de ellos y hacía un conjunto armónico y
agradable. De un lado de las habitaciones la
terales del edificio nos llegaban las voces de
las que daban lecciones de canto, y del otro el
ruido sordo y hueco del bastón de la m aestra
de danza que m arcaba el ritmo.
¡Vea — m e dice Feijóo — si esta casa pue
de llam arse un lugar de perdición! Aquí las
jóvenes que form an p arte de la H erm andad se
instruyen, y en estas dos horas de la m añ an a
104
—
—
sólo les preocupa el cultivo del espíritu que
Jas eleva y aum enta sus atractivos.
Quedam os atentos a los estudios que las
H erm anas H u m an itarias h acían y em pezán
dome a parecer algo m onótonos, pedí a Feijóo,
m e explicase el sistem a de gobierno de los
m arcianos, que ya en la noche de m i llegada
h ab ía bosquejado. Accedió am able a m i deseo,
diciendo estar pronto a satisfacer m i curiosi
dad, pues colocábase en m i lu g ar y com pren
día que yo debía sen tir deseo de conocerlo,
pues él dem asiadam ente sabía que m i ida a
M arte fu era p a ra conocer lo que había en el
p lan eta y estudiar el m odo de ser y vivir de
los m arcianos.
—Yo — continuó — nu n ca m e preocupé de
las cuestiones políticas ni sé si ellas existen,
porque n u estra adm inistración y poderes p ú
blicos m ás que de político tienen carácter so
cial y su p rin cip al oficio, adem ás de adm inis
tra r las rentas, consiste en sostener la balanza
de las subsistencias. Lo que le puedo decir es
que aquí gobierno y política están englobados
en la adm inistración pú b lica; pero antes que
h a b la r de nuestro organism o social y p ara m e
jo r entendim iento de la cuestión, preciso ex
plicarle los principios básicos siguientes:
l.° L a lib ertad del pensam iento, sublime
aspiración de la hum an id ad , sólo conseguida
cuando los sabios pudieron escru tar los cielos,
obteniendo el triunfo de la razón sobre la in
teligencia.
105
—
—
2.
° La em ancipación del suelo, retirán d
lo del dominio privado, grande y noble a sp ira
ción hum anitaria, m al definida en su prin ci
pio, siendo por esto mism o considerada sub
versiva, que derrocaba el edificio social. El día
en que el pueblo adquirió la ilustración sufi
ciente p ara obtenerlo paulatinam ente y sin
violencias, poco tiem po tardó en realizarlo.
3.
° La em ancipación de la m u jer, ant
considerada por las leyes como m enor y por
los hom bres casi como una esclava; el pueblo,
instruyéndose, se m oralizó y llegó a com pren
der que ella estaba llam ad a por la N aturaleza
a ejercer una m isión m ás alta y h u m an itaria,
con lo cual la m u je r adquirió los mismos de
rechos políticos y sociales que el hombre.
En realidad, no h ay aquí lo que allá en la
T ierra entienden por naciones; aquí todos los
pueblos viven confederados; los sentim ientos
de patriotism o, de ese odio contra los vecinos,
nos es com pletam ente desconocido. El patrio
tismo que los m arcianos pueden sentir, es el
am or por la casa en que nacieron, su m unici
pio y los cam pos donde ju g aro n en la niñez,
todo lo dem ás refiérese al planeta, o sea a la
nación m arciana. Ya le expliqué anteayer
nuestra división política; n uestra capital, resi
dencia del Congreso, m uda de localidad cada
cuatro años, cabiéndole el turno a la región
que le sigue inm ediatam ente en la dirección
del N aciente al Poniente, pasando después del
—
106
—
-
hemisferio Norte para el del Sud en el misma
orden. El Congreso no es numeroso; se ocupa
del equilibrio económico, comercial e indus
trial del globo, procurando mantener los inte
reses de todas las regiones de m anera que una
no perjudique a las otras. Respecto a las re
giones (antiguas naciones), éstas ocúpanse
también de la balanza económica; esto es, de
todo cuanto se relacione con los productos del
suelo, su buena distribución, sostener el equi
librio entre la producción y el número de
habitantes, proveer al desenvolvimiento inte
lectual en las ciencias, las artes de todo géne
ro y las letras, desarrollo m aterial de la re
gión, como es: vías terrestres y marítimas, ca
nalizaciones, pastorías, distribución de tierras
y cultivo de las florestas; todo con el laudable
fin de atender a las necesidades públicas. Ade
más de lo que va dicho posee talleres de la
m aquinaria más necesaria y usual para traba
ja r los campos en los municipios respectivos.
Las constelaciones (provincias en que se divi
den las regiones) tienen en su mayoría Escue
las de Medicina, donde se enseña a curar a las
personas, a los animales y a las plantas; Es
cuelas de Artes y Oficios, en las que se estu
dian los principios básicos de la pintura y es
cultura; Escuelas de Agricultura, en que esta
m ateria y sus derivadas son estudiadas a fon
do. Y tanto la constelación como sus grupos,
tienen a su cargo la alimentación de los solda
dos agrícolas que les toca a cada uno de rcsi107
—
—
dencia perm anente; en cuanto al sueldo y al
equipo, incum ben a la región.
A parte de estas divisiones, el planeta se
h alla repartido en m unicipios independientes
y autónomos, ligados entre sí por los recípro
cos intereses y los lazos de una estrecha soli
daridad. La m u je r goza de los mismos dere
chos políticos que el hom bre; contribuye con
su voto a los cargos electivos, y si en estos car
gos no goza de idénticas regalías, es porque la
ley previno que la m u jer, teniendo el encargo
de los negocios interiores de la casa, no podría
desem peñar los políticos. Esta es la causa que
da a la m u je r el tercio de la representación;
pero en todas las asam bleas, ya sean de sim
ples m unicipios, de grupo, de constelación o
de región, su voz pesa extraordinariam ente en
las deliberaciones, y h ay regiones en las que
ellas son elegidas p a ra el cargo de Anciano.
El poder ejecutivo está confiado a los an
cianos, que lo ejercen d u ran te una estación
del año, siendo en consecuencia cuatro los que
lo desem peñan d u ran te el año y que gobier
n an en cada m unicipio; su función consiste en
ejecu ta r las leyes decretadas por el Congreso
del planeta, los acuerdos de las asam bleas de
su región, de su constelación, de su grupo o de
su m unicipio. Estos ancianos son elegidos por
sorteo entre los ciudadanos que hayan cum
plido la edad de 60 años, y las únicas autori
dades que existen en el planeta.
El proceso p a ra n o m b rar los representan— 108 —
tes del pueblo se hace por el sufragio directo
y del siguiente m odo: cad a m unicipio lo com
ponen la urbe y cuatro o cinco aldeas que
están a su alrededor; estas, el día indicado
p a ra las elecciones, votan hom bres y m ujeres,
en u n a tercera parte o en la m itad del núm ero
de consejeros a elegir, incluyendo el nom bre
de una m u je r por cad a tres representantes
— sin esta p articu la rid ad el voto no sería vá
lido—a fin de ser represen tad o el elemento fe
m enino en el Concejo del m unicipio. En las
elecciones el represen tan te que obtiene m ás
votos es de derecho el vice-presidente, siendo
el presidente nom brado por el Concejo en la
p rim era reunión; esto es respecto a los m uni
cipios. A hora, tocante a los oíros cargos, se
procede de otro m odo: p a ra las reuniones del
grupo, van tres delegados de cada m unicipio;
p a ra las reuniones de la constelación, van tres
diputados nom brados p o r los del grupo; p ara
las regiones, cada constelación envía tres di
putados, igualm ente sacados de entre ellos, y
p a ra la C apital del p lan eta, las regiones en
vían dos o tres diputados que, según el censo,
les cabe en la representación del Congreso
C entral.
—¿ P o r qué — pregunté — no se eligen esas
asam bleas p o r el sufragio universal?
—No se eligen por no h ab er dado ese su
fragio buenos resultados en la práctica, por
que, reflexionando un poco, ¿qué podrían sa
ber los h ab itan tes de las aldeas y de los m uni109
—
—
cipios, alejados de aquellos centros, si desco
nocían personalmente a los hombres por quie
nes iban a votar? No era posible que la elec
ción aprovechase a la colectividad por cuanto
los electores de las aldeas sólo conocen perso
nalmente a los hombres a quienes votan para
el Concejo municipal, lo que no acontece ge
neralmente con los diputados para la conste
lación y mucho menos para la región a los que
no conocen más que de oídas y por lo tanto,
no tendrían conciencia de si su voto había sido
dado con justicia. Las elecciones, en ese caso,
perderían el carácter consciente y justo que
actualmente tienen, no serían la expresión del
voto popular, desquiciarían nuestro sistema
político, cuyo eje estriba en las elecciones mu
nicipales y que son el fundamento del cual de
rivan los cargos electivos.
Continuando nuestro tema: la duración del
cargo de diputado para el municipio y para la
cabeza de grupo, es de un año; para la cabeza
de constelación, es de dos años; para la capi
tal de la región, de tres años, y para la capital
del planeta, cuatro años. Los representantes
del Congreso, se renuevan por la mitad cada
dos años, y si alguno sirve en dos legislaturas,
no puede continuar representando la región
sino pasado un cuatrienio.
La trabazón administrativa es de lo más
racional: el simple municipio obedece al gru
po, éste a la constelación, ésta a la región, y
éstas, que forman las antiguas naciones del
— 110 —
planeta, al Congreso, obteniéndose de este
modo la unidad del mundo marciano.
El derecho de dictar leyes es privativo del
Congreso, pero sus proyectos de ley — éstos
son rarísimos — van a que los ratifiquen los
pueblos con diez años de anticipación para ser
estudiados.
En este momento cesaron los golpes del
bastón de la maestra de danza, los gorgeos de
las cantoras también cesaron, y todos los ins
trumentos a un tiempo comenzaron una sona
ta; durante el cuarto de hora que ésta duró,
nos quedamos embelesados co nía audición de
tan encantadora música. Notando Feijóo mi
impresión, dijo que no sería la última vez que
me sensibilizaría por lo que viese en Marte y
habían de ser las Hermanas Humanitarias las
que me causarían esa sorpresa, cuando fuése
mos a asistir a la “Fiesta de los Primeros Fru
tos”, que muy pronto habría de verificarse.
Luego de terminada la sonata, empezaron a
oírse tañer los instrumentos separadamente en
una algarabía desagradable; recomenzaron las
escalas de las cantoras y las danzarinas conti
nuaron sus estudios, llegando a nuestros oídos
el rumor hueco del bastón.
Pedí a Feijóo que continuase la conversa
ción interrumpida; él, complaciente, prosi
guió:
— Cuando usted conozca nuestras costum
bres y pueda leer los diarios, se convencerá
de que aquí el pueblo no se ocupa en futilida111
—
—
des, sino en todo lo que reporte beneficio a la
colectividad; las cuestiones personales no tie
nen importancia alguna entre nosotros. Tam
poco nos preocupamos con lo que en el Con
greso puedan hacer nuestros representantes;
sabemos que son hombres inteligentes y de
nuestra confianza y además su comportamien
to lo conocemos por el diario del Congreso.
Allí no van a gastar su tiempo en hacer dis
cursos, pues si ustedes en la Tierra dan gran
valor al que pronuncia un largo discurso, aquí
el discurso de más mérito es el que dice más
empleando el menor número de palabras. Los
órganos oficiales, tanto del Congreso como los
de las asambleas de la región o de la constela
ción, publican los proyectos presentados a dis
cusión con los argumentos en pro y en contra
y los nombres de los que tomaron parte en
ella, publicando la votación final con los nom
bres de los que han votado en uno u otro sen
tido. Los comitentes saben por este proceso
cómo sus representantes se han portado en tal
o cual cuestión. Si por excepción algún repre
sentante hiciese una propuesta o diese un paso
que le produjese ganancia, sería expulsado
para siempre de todo cargo público, como el
jugador que defrauda lo es por sus compañe
ros de timba.
— Y las aldeas que forman parte integran
te de los municipios, ¿viven sin autoridades?
— No; todas ellas tienen delegados dí las
autoridades municipales nombrados por los
112
—
—
vecinos, pero sus atribuciones no pasan de la
aldea. Cuando surge alguna cuestión impor
tante, van las partes al fin de la semana, do
mingo, a discutir la cuestión ante el juez, que,
debajo de las arquerías del palacio municipal,
adm inistra justicia.
Pasando ahora a hablar de las rentas pú
blicas municipales, éstas provienen de los cul
tivadores, que son sus arrendatarios; con ese
producto atienden a los gastos y concurren al
mantenimiento de su internado y del gran in
ternado grupal que reside en la cabeza del
grupo. Las constelaciones (provincias) tienen
por capital un municipio como este, cabeza de
grupo; sus rentas consisten en los materiales
de construcción, la leña que saca de las flores
tas, la lana y otras materias textiles. Las ren
tas de las regiones (antiguas naciones) consis
ten en la explotación de las minas, los cueros
de los animales mayores, las maderas de cons
trucción, los correos y los telégrafos. La capi
tal del planeta no posee rentas, es cabeza de
grupo y los congresistas viven con los recursos
que les suministran las regiones.
La justicia, de la cue aún no tuve ocasión
de hablar, es ejercida*por el Anciano que ter
minó su mandato, y la desempeña durante el
gobierno de su sucesor. Es el cargo más res
petado, por estar rodeado de un prestigio divi
no, siendo en las ceremonias religiosas el que
dirige las preces a la Madre Naturaleza. Este
113
—
—
cargo es casi una inutilidad, porque rara vez
se ejerce y menos en cuestiones criminales.
Aquí no puede haber embrollos, no hay ley es
crita, la ley es consuetudinaria; sólo hay cos
tumbres y tradiciones que todos tienen inte
rés en conservar. No existen abogados, ni las
partes se sirven de intermediarios para defen
derse; la ley considera a todos los marcianos
habilitados para defender su derecho. En sus
cuestiones, las partes se presentan delante del
juez, que, rodeado del pueblo, presencia la
contienda en silencio; los discursos de las par
tes son cortos; cada uno habla por un tiempo
determinado, media hora; responde la otra
parte por el mismo espacio de tiempo; si el
primero replica es por la mitad del tiempo, un
cuarto de hora; el contendor responde por
igual tiempo y si hubiese duplica, es sólo por
la duración de medio cuarto de hora para
cada contendiente; esclarecida la cuestión, el
juez pronuncia la sentencia. No conformándo
se las partes con la sentencia pueden apelar al
juez del grupo; pero como no tenemos cues
tiones de tierras, los casos son fáciles de resol
ver. Donde puede haber litigios serios es entre
industriales y comerciantes, mas éstos son j uzgados por los jueces nombrados entre ellos,
dentro de las corporaciones respectivas; lo
propio acontece con los operarios, que, a su
vez, tienen sus jueces nombrados por ellos
mismos.
Aquí, como usted ve, no hay magistratura
—
114
—
preparada por estudios especiales para mejor
embrollar a los litigantes con el pretexto de
administrar mejor la justicia. El Estado no
precisa gastar el dinero del pueblo en jueces y
toda la turba de empleados subalternos de que
se compone la justicia en la Tierra, absorbien
do una parte de los recursos públicos para
obtener resultados negativos, que, con las dila
ciones y sutilezas, dejan la puerta abierta al
triunfo de la mentira.
—Para ser cumplidas las sentencias del
juez, ¿deberá éste tener a sus órdenes una
fuerza que las ejecute?
—Sí; existe en los municipios un Cuerpo
policiaco que ejecuta las decisiones, tanto de
los jueces como de los Ancianos, cuida del
orden en las calles, plazas, mercados y en los
caminos. No existen absolutamente prisiones,
ni se conoce esa medida penal; por otra parte,
los delitos son rarísimos; las clases viven tan
bien equilibradas que, en absoluto, los hom
bres no precisan devorarse para obtener el pe
dazo de pan. La lucha existe, es verdad, por
que sin ella no podría haber progreso; pero
es pacífica, ponderada y aun podemos decir
honesta. Los crímenes para apoderarse de lo
ajeno, no existen; los crímenes pasionales
tampoco, y el año entra y sale sin que los jue
ces tengan que juzgar más que una que otra
contienda sin importancia. El Cuerpo policía
co existe en la nación marciana, y constituye
— 115 —
,
nuestra fuerza armada; su misión es más para
prevenir que para castigar.
— Estoy convencido de que en este mundo
están las cosas ordenadas a fin de obtenerse
un estado social perfecto, y, dadas las facilida
des de medios de satisfacer las necesidades
más imperiosas de la vida, no me extraña que
el carácter y la índole de estos pueblos hayan
llegado a tamaña perfección y armonía.
— Tiene usted razón en hablar así; este es
tado social armónico, este bienestar general,
esta moral practicada y que tiende a dar a
cada uno su poquito de felicidad, se encuen
tran esparcidos por todo el planeta. Empero,
esta satisfacción de vivir, esta felicidad per
manente que nuestro organismo social nos pro
porciona, llegarían a producir el cansancio y
el aburrimiento si no tratásemos de imprimir
le alguna variedad modificando bruscamente
este estado social.
Nosotros tenemos el culto de la Naturaleza,
y tratamos de imitarla lo más posible para de
algún modo alcanzar un estado más perfecto.
Ella nada hace permanente, todo en ella evo
luciona y muda constantemente; las estacio
nes del año cambian no sólo las producciones,
sino el aspecto de los paisajes que se ofrecen
a nuestros ojos, delectándonos en su contem
plación. El hombre, como hijo de la Naturale
za, ama también la variedad; sus gustos, su
manera de pensar, sus aspiraciones varían con
el correr de los años, por cuanto, llegado a la
116
—
—
meta de sus ideales, una vez éstos conseguidos,
nunca queda contento. Las ambiciones reali
zadas déjanle un vago inexplicable, un deseo,
un vacío, que no se puede llenar; y ese deseo
inextinguible lo acompaña hasta el sepulcro.
Ese deseo insaciable es el mayor factor del
progreso.
De este estado de variabilidad e instabili
dad del alma humana resultó, cuando llega
ron a perfeccionarse las instituciones en nues
tro planeta, que, por un período de tiempo in
calculable, quedaron estacionarias. Paralizá
ronse los inventos, las iniciativas; no había as
piraciones, ni estímulo, cayendo en una iner
cia que detenía el progreso. La vida siempre
igual, tranquila, sin accidentes, no nos propor
cionó la felicidad; el hombre es un ser activo
e insaciable, que precisa movimentar la vida
para hacerla más agradable. La monotonía
engendra el abandono del individuo, la rutina
campea en soberana, y el hombre en ese esta
do se amanera, pierde las naturales energías,
acabando por vivir sin aspiraciones y ver anu
lada su voluntad.
Para mudar este estado de los espíritus,
era preciso establecer los diversos sistemas de
gobierno que antes habían existido, siguiendo
uno tras otro hasta restablecerse el sistema
normal. La experiencia dió excelentes resulta
dos: sacudió los espíritus, desenvolvió las ini
ciativas, los hombres aguijoneados por la am
bición, hicieron prodigios, marcando esta épo117
—
—
ca un progreso nunca imaginado. Los ensayos
del nuevo gobierno empiezan por la Dictadu
ra durante el primer año, luego el régimen
Presidencial por un año, y los tres últimos con
el Parlamento, siempre con el mismo presi
dente.
Este sistema fué establecido tres veces por
siglo, en períodos que comprenden 33 años
cada uno: 28 de gobierno normal y 5 de go
bierno anormal.
La psicología del alma humana tiene de
particular que por muy feliz que sea, nunca
está satisfecha; y además los gobiernos, por
justos y honestos que sean, acaban por fatigar.
Pues bien, este cambio brusco sirve para des
congestionar el hígado social; estos gobiernos
despóticos y anormales hacen efecto drástico;
la sociedad queda aliviada y por último, can
sada de tantas mudanzas. Esta organización
permite a cada individuo apreciar por lo me
nos una vez en la vida uno de estos períodos
para después saborear las dulzuras de la épo
ca normal.
Usted no se imagina la transformación que
se opera en la vida de los pueblos; las inteli
gencias despiertan andando alerta, su sensibi
lidad se apura para defenderse del peligro pre
sente, péneseles el sistema nervioso en una
fuerte tensión, y los hace de una audacia mez
clada de miedo, que es el preparativo para la
obra de genio.
Llegado el día primero del año, el Dictador
— 118 —
tom a cuenta del gobierno — esto se hace en
cada región (lo que eran antiguas naciones —
y p ara seguridad de su persona, rodéase de
u n a guardia, parte sacada del E jército Agrí
cola y el resto del C uerpo policíaco; lo mism o
hacen los pequeños dictadores en los m unici
pios. En el año de D ictad u ra el gobierno es ab
soluto; sólo no puede q u itar la vida ni los bie
nes que posean los ciudadanos; pero puede
castigar m andándolos a tr a b a ja r en los sanea
mientos, las m inas o servir a los soldados, pudiendo rescatarse de estos castigos pagando
fuertes sum as. P or este proceso el D ictador
castiga al que se enriqueció sin saberse cómo,
a quien hizo negocios poco lim pios, al que fué
un tratan te que burló las leyes; en sum a, a to
dos los hom bres de un pasado dudoso, el Dic
tad or les pone encim a su pesada m ano y no
los d eja en paz h asta haberse redim ido p a
gando fuertes m ultas que van a engrosar los
fondos de la asistencia p ú b lica: asilos, hospi
tales e internados. Los pequeños dictadores de
los m unicipios pueden tam bién m u lta r y con
d enar a tra b a jo s dentro de su jurisdicción a
aquellos vecinos que tengan culpas, pero a
quienes las leyes no alcanzan por ser delitos;
m orales.
Este período del gobierno personal, que en
las pasadas edades fué la m ayor calam idad
que soportaron los hum anos, es saludable a la
sociedad m arcian a p o r ser la época de m ayor
progreso.
119
—
El Dictador, disponiendo a su arbitrio de
la fortuna pública, dispensa su protección a
aquellos en quienes reconoce ingenio o tengan
algún invento que ejecutar, suministrándole
los elementos precisos para realizarlo. Es la
época en que más protección se dispensa a las
artes y a todo cuanto pueda concurrir al pro
greso y al bien de la humanidad. Este impul
so obedece a la única voluntad del Dictador, y
este progreso se acentúa con el correr de los
gobiernos que le suceden, por cuanto «1 Dicta
dor (que en la dictadura es irresponsable),
continúa los dos años de período presidencial
como jefe responsable y en los dos años de ré
gimen representativo, como irresponsable (que
son los dos años últimos de anormalidad).
Como es fácil de comprender, el hombre
que los pueblos de una región (antigua na
ción) nombran para desempeñar tan alto car
go y de tamaños poderes, es una persona que
tenga un nombre hecho, de un pasado irrepro
chable y aureolado con una probada honra
dez. Los otros pequeños dictadores le quedan
subordinados y el pueblo los escoge entre
aquellos que hubiesen desempeñado sus car
gos con notoria sabiduría.
El hombre, cuando llega al fin de la vida,
como aquel que dobló el cabo de los sesenta,
conserva serenamente su dominio, las pasio
nes no le separan del recto camino, tiene
las facultades perfectamente equilibradas y ni
se exalta, ni se deja influir por nadie. En esa
120
—
—
€ d ad ve todo de diverso modo de como lo veía
en su juventud, tiene sobre la sociedad ideas
m ás justas, pues su convivencia con los hom
b res le dió eso que no se ap ren d e en los lib ro s:
el arte de saber vivir, que es la m ás segura ga
ra n tía p ara dirigir criteriosam ente los altos
cargos.
Pasados estos tres períodos que form aban
ju n to s noventa y nueve años, quedaba en el
siglo un año que no se podía ju n ta r a uno de
éstos sin p e rju d ic a r el equilibrio social, y a fin
de d a r m ás variedad al sistem a político, resol
vieron hacer en el fin del siglo un año sin go
bierno, continuando los consejos m unicipales
adm inistrando los graneros y conservándolos
p a ra el año siguiente:
Preciso observar que este año sin gobierno,
así como los períodos anorm ales, no se reali
zan en el mism o espacio de tiem po en todo el
planeta. La región a la cual toca el turno de
gobierno anorm al, em pieza por resucitar el
nom bre de la nación que antes tenía, repone
en vigor su antigua constitución, establece sus
v iejas leyes y procede a las elecciones del Dic
ta d o r y dem ás autoridades. Dichas regiones,
con el nom bre de las v iejas naciones rep re
sentan una m inoría en todo el planeta, por
cuanto el Congreso y la nación m arcian a con
tin ú an como siem pre funcionando. Ahora,
como m uy ra ra vez tiene sucedido, si alguna
de estas regiones en su estado de anorm alidad
cayese en la anarquía, antes de llegarse a pro121
—
—
d u cir la guerra civil in tern a las regiones veci
n as le m andarían sus ejércitos y po r de pro n
to, antes de servirse de las arm as, a g arro ta
zos restablecerían la norm alidad.
Ya le he dicho en otra ocasión que nues
tra s leyes consuetudinarias exigen que todo
aquel que acaba de ejercer un cargo público,
sea sometido después de su gestión al juicio
de las autoridades constituidas, y esta m edida,
aun cuando sigue practicándose, es en la ac
tu alid ad innecesaria, no sólo por la poca d u ra
ción de los cargos, sino tam bién porque dado
el elevado nivel m oral de los m arcianos, no se
da el caso de que ninguno abuse del poder.
Las gentes se p rep aran p ara p asar del m e
jo r modo ese período extranorm al y cuando
llega el fin del siglo, la época de la catástrofe,
como suelen llam ar a ese año, no puede for
m arse idea del miedo que dicen se ap o d era
de todos por vivirse a m erced de los m ás fu er
tes y osados.
Estábam os en esta plática, cuando la or
questa acom pañada de un coro de voces fres
cas, entonó una m elodía que arreb ató mi es
p íritu por parecerm e un canto de hadas.
—Lo que estamos oyendo—dice Feijóo—
es el him no a la M adre N aturaleza que las
H erm anas H um anitarias están ensayando p a ra
la próxim a “Fiesta de los P rim eros F rutos” ;
este him no es antiquísim o y sólo se oye en
aquellas fiestas.
122
—
—
Como estuviese cercana la ho ra de com er,
nos volvimos a casa siguiendo un trayecto di
ferente del que habíam os hecho de m a ñ an a,
llegando poco antes del m ediodía.
123
CAPITULO VI
LA SOCIEDAD
El pan y el agua suministrados gratuitamente al
pueblo mediante unas pocas semanas de servicio al
Estado. - Vida sin sobresaltos ni odios. - La instruc
ción dada en internados por cuenta del Estado. - No
hay maestros permanentes de primeras letras. - Cómo
están divididas las clases. - Los intelectuales con los
labradores dirigen los negocios del Estado.
La vida de los marcianos, tranquila, senci
lla y ordenada; con su organización social es
tablecida sobre la base de la m utua igualdad,
y sus autoridades fugaces, que no tienen tiem
po de abusar del poder. La educación en co
mún que reciben los niños de ambos sexos por
cuenta del Estado, que los habilita para entrar
en la vida, en el concepto también de relativa
igualdad. Las diversiones y goces de la vida al
alcance de la juventud, que ponen en convi
vencia respetuosa los dos sexos; pero sin hipó
critas afectaciones. El sentimentalismo llorón
e inepto y la caridad tan acatada en los anti
guos tiempos, allí completamente desconoci
dos, porque todo se hace conforme a la razón,
la justicia y el deber. El respeto y conside
ración que se nota en el trato diario entre
vecionos y amigos. La distinción que pre
side a las discusiones, en que ninguno de
los contendientes tiene la pretensión de ha—
124
—
cer predominar sus ideas, discutiendo pon
deradamente, fueron los trazos característico»
de los pueblos que Feijóo, desde mi llegada,
tuvo el cuidado de hacerme observar,
El aspecto que presentan estos pueblos es
curiosísimo: cuando se sale a la calle, de ma
ñana, todos los habitantes parecen trabajado
res, pues tanto los campesinos como los obre
ros, los empleados, los comerciantes y hasta
los profesores, visten trajes de trabajo; sería
mal visto el que de mañana apareciera con
traje dominguero. No sucede lo mismo cuan
do salen acabada la comida, que es después de
las 13 a las 14; entonces salen a la calle en
trajes decentes, pero no lujosos.
El Estado suministra al pueblo gratuita
mente el pan y el agua y también alimenta,
viste y educa a los niños de ambos sexos des
de los 7 hasta los 13 años, a trueque de unas
cuantas semanas de trabajo en el servicio de
la colectividad social. Estos servicios son he
chos, tanto por los hombres como por las mu
jeres, hasta la edad de 45 años, quedando en
la reserva, pasada esa edad, a disposición de
las autoridades. Los intelectuales, para sus
traerse de trabajar el número de semanas
prescrito, tienen el privilegio de ir a trabajar
en los alcantarillados, preparación de abonos
para las tierras o en las minas. Estos servicios
inmundos se cuentan por el doble tiempo de
trabajo y son tan solicitados que muchas veces
hay que repartirlos por sorteo.
125
—
—
Las relaciones políticas y, sobre todo, las
económicas, están de tal modo trabadas, que
no se las podría tocar sin que inmediatamente
se rompiese el equilibrio. Este equilibrio es el
pensamiento constante de los dirigentes: ad
m inistrar los bienes de la colectividad con la
mayor escrupulosidad en los gastos y equitati
va distribución de la riqueza pública. En
Marte, la igualdad no es una expresión qui
mérica; ella existe no sólo en las leyes, sino en
la raza, la lengua, la educación, la religión y
el organismo social. Las riquezas a medida que
se van acumulando son poco a poco distribui
das sin que cause a sus poseedores perjuicios
inmediatos. La ley permite a los que acumulan
fortuna gozarla íntegramente sus hijos y nie
tos; pero, extinta la tercera generación, revier
te al Estado. Este la distribuye por las diversas
instituciones de instrucción, socorros, ejército
y hospitales, obligando con esta sabia medida
a renovarse la clase de los ricos.
Por otra parte, el pueblo gana fácilmente
la vida, no hay exceso de población, en este
punto hay armonía entre ésta y las subsisten
cias, y como el alimento es abundante, todos
pueden satisfacer las necesidades más peren
torias de la vida. Además, como la m ejor ma
nera de vivir feliz y con libertad es tener po
cas necesidades, edúcase a los individuos en
el hábito del trabajo y de la sobriedad.
El problema económico, como ya se ha di
cho, está siempre a la orden del día, bien sea
—
126
—
en los simples municipios, cabeza de grupo,
constelación, etc., a fin de evitar a los m arcia
nos, la lucha por la existencia. Hay, por lo
tanto, un relativo descanso moral, viviendo to
dos en la tranquila seguridad áiaterial del día
de mañana. A nadie atormenta el miedo de
caer en la miseria y todos viven sin sobresal
tos ni odios. Lo que no sucedería si alguno tu
viese el estómago vacío, pues en ese estado la
inteligencia no puede raciocinar con calma,
por efecto del desequilibrio que se opera entre
el estómago y la cabeza.
Hablando con Feijóo respecto a esta cues
tión aquél me dijo:
—Las exageradas riquezas no es posible
que puedan existir entre nosotros, porque no
pueden acumularse fácilmente en una misma
mano. En general, quien acumula la riqueza
lo hace perjudicando a la colectividad, que
queda disminuida, en parte, de aquello que le
pertenece, por el juego de las combinaciones
financieras. No hay que tergiversar; los países,
como allá en la Tierra, donde la fortuna está
retenida en pocas manos, son lugares paupé
rrimos, las gentes viven miserables, carecien
do de lo indispensable para vivir, y viceversa,
Jos países en que la fortuna está repartida y no
existen ni grandes propietarios ni capitalistas
los pueblos viven remediados. Sucede aquí es
tar de tal modo ajustado el mecanismo social
que difícilmente podrían improvisarse fortu
nas rápidas, y si alguno apareciese con una
—
127
—
fo rtu n a así adq uirida las leyes le obligarían,
quienquiera que fuese, a explicar ante las au
toridades su procedencia. Es, pues, preciso que
todos vivan en constante arm onía, lim itando
sus am biciones a no ir m ás lejos de donde los
otros puedan llegar, viviendo astringidos a las
com unes necesidades. De aquí deriva esa vida
ordenada que llevam os en estos m unicipios,
en que cada cual vive p a ra sí, desde luego, y
después p ara la colectividad social.
E ntre las p articu larid ad es que hay en M ar
te y que m ás contribuyen al nivelam iento so
cial figuran la de no h ab er n ad a p erm a n en te:
í ontratos, sea p a ra asociaciones de industria,
de comercio o m atrim oniales, son tem pora
rios, y las herencias, como antes dije, se ex
tinguen a la tercera generación. T am bién las
capitales, sean del planeta, de las regiones y
de las constelaciones, son tem p o rarias: la del
planeta m uda cada cuatro años; las de región
cada tres y las de constelación cada dos años;
sólo las capitales de grupo son perm anentes.
El objetivo m oral de todo esto sirve p a ra que
l o puedan centralizarse las riquezas ni las in
fluencias políticas.
El aspecto exterior de n u estra sociedad,
vista por el espectador que no pasó del um
b ral de las puertas y no penetró en el interior
de las fam ilias, es m uy distinto de lo que us
ted dejó en la T ierra. No presenta ese aspecto
deprim ente de los andrajosos, pordioseros, es
tropeados y ciegos que allí pululan, ni tampoco
— 128
—
el lu jo escandaloso de los ricos arrastran d o
c a rru a je s y sedas, aplastando a los infelices
con sus riquezas. Lejos de acontecer esto, aquí
en M arte se ve a una sociedad viviendo en un
confort agradable y m ostrando en sus relacio
nes d iarias una afabilidad de trato que la hace
ap are cer como perteneciendo a una m ism a
fam ilia.
La instrucción p rim aria es gratuitam ente
dada en internados por cuenta del Estado. El
profesorado es extraído de entre los m ucha
chos y m uchachas que hicieron todo o parte
del curso secundario, ejerciendo el m agisterio
de los 16 a los 20 años. Los m arcianos consi
d eran la profesión de m aestro de prim eras le
tras como la de m ayor sacrificio que existe en
el m undo, y no puede ser eficientem ente des
em peñada con interés y paciencia por perso
n a que a ella se dedique toda la vida. O pinan
tam bién, m uy acertadam ente, que con el cos
teo de profesores y profesoras, entretenim ien
to de los edificios, sirvientes, inspectores, etc.,
p a ra que en todas las aldeas y m unicipios pu
diesen funcionar regularm ente las escuelas y
con otro tanto m ás de gasto, se da a toda la
ju v en tu d una m ism a educación y una sólida
instrucción que abraza las bases de los cono
cim ientos hum anos.
La instrucción está sabiam ente organizada;
el Estado auxilia a todos los establecim ientos
de instrucción, im pone sus reglam entos a la
p rim era y segunda enseñanza, pero las escue— 129 —
las superiores se rigen cada una por reglamen
tos particulares en que el Estado no interviene,
'lodos los muchachos pueden alimentar aspi
raciones desenvolviendo sus disposiciones na
turales del modo siguiente: l.°—Instrucción
primaria, elemental y superior, en seis años.
2.°—Instrucción secundaria, en tres o cuatro
años. 3.°—Instrucción superior, cuyo tiempo
varía según las carreras. La primera enseñan
za elemental se enseña en los internados que
cada municipio posee; en éstos entran los ni
ños y niñas a los 7 años, aprenden a leer, es
cribir y contar prácticamente y noción de co
sas; de aquí van, desde los 9 hasta los 13 años,
para los grandes internados establecidos en las
cabezas de grupo, en los que reciben una ins
trucción integral y una educación que les va a
servir para conducirse en el mundo. Los que
presentan disposiciones pueden quedarse un
año más, a fin de prepararse para la oposición
a las bolsas gratuitas. De los grandes interna
dos salen los muchachos con toda la Aritméti
ca sabida, la Geografía, la Gramática, nocio
nes de Física y Química, los tres reinos de la
Naturaleza, teórica y prácticamente estudia
dos en el campo, nociones de Dibujo, Higiene
y un curso teórico y práctico de Agricultura.
En la segunda enseñanza amplían algunas de
estas materias y además estudian nociones de
Biología, Fisiología, Higiene, Historia de los
tiempos presentes pafa los remotos y Matemá
ticas (los que van a dedicarse a la ingeniería).
— 130 —
E n la superior está todo especializado: h ay
m édicos, cirujanos e higienistas (que enseñan
a p rev en ir las enferm edades). La ingeniería
está tam bién especializada y los dem ás cono
cim ientos siguen el mism o sistem a. Las Bellas
A rtes se estudian con un fin p ráctico : la p in
tu ra em pieza por la decoración, que d a a los
alum nos un medio práctico de ganarse la vida
y los pone en posesión de los secretos del arte
(que éste fué el cam ino que llevó en su desen
volvim iento antes de hacerse las grandes con
cepciones p ic tó rica s); luego los que m u estran
disposiciones pasan a los estudios superiores;
la escultura com ienza po r los ornam entos p a ra
hacerse estucador, escultura en talla o cince
lador, y luego se pasa a estu d iar la estatuaria.
Con el fin de que las inteligencias no se
m alogren por falta de m edios p a ra proseguir
los estudios hay creadas bolsas g ratu itas tanto
al te rm in ar la prim era enseñanza como la se
cundaria. En la p rim aria salen prem iados
cada año ocho m uchachos y otras tan tas m u
chachas con derecho a concurrir, en los esta
blecim ientos secundarios, a las bolsas g ratu i
tas, siendo entre éstos escogidos cuatro de cada
sexo. E n la secundaria, salen prem iados cua
tro de cada sexo p ara ir después a co n cu rrir
a los establecim ientos superiores, en donde
son escogidos dos o m ás de cada sexo. P o r este
proceso se obtiene la selección en las inteli
gencias, y como son hechos los concursos fue
r a del m unicipio en que se hicieron los estu131
—
—
dios, deja más independientes a los examina
dores y hay más justicia en los juicios, con
esta particularidad: de ser reprobados los que
responden tal cual está escrito en los libros.
Este es el grupo del cual saldrán más tarde
los intelectuales.
Los marcianos tienen, según la edad, sus
lugares marcados en el organismo social. Has
ta los 7 años viven bajo la protección de sus
padres; de los 7 a los 13 el Estado los toma a
su cargo y educa a todos indistintamente. De
esa edad hasta los 20 los bien dotados o con
medios continúan estudiando y los restantes
aprenden un oficio, van para la casa de sus
padres o bien para el servicio doméstico. En
esa edad se carece de iniciativa y es la más
adecuada para esos servicios, que desempeña
dos por un adulto parecería rebajarlo en la
escala social; lo mismo acontecería con la mu
jer que pasara su vida sirviendo a los extra
ños. De los 20 a los 23 los hombres entran, sin
excepción, en el ejército y las mujeres se ca
san, toman una profesión o entran en la Her
mandad de las Hermanas Humanitarias.
Terminado el servicio agrícola los hombres
retornan a sus casas y se emplean en el culti
vo de los campos, en el trabajo industrial o el
comercio, y los intelectuales van a concurrir
a los empleos del Estado.
La agricultura es considerada la profesión
más noble del hombre, la más útil y la que
proporciona mayores beneficios a la colectivi— 132 —
dad, además de rejuvenecer los campos y ale
grar la superficie del planeta. Es más, a nues
tro juicio no existe en el mundo estado más
perfecto que este en que el hombre se halla en
comunicación constante con la Naturaleza. De
aquí ser la clase de los agricultores considera
da por derecho natural como la primera del
planeta, y ella forma, con los trabajadores in
telectuales, la clase gobernante. No podemos
sofismar; el suelo y el trabajo son los dos gran
des factores de la fortuna pública y toda la ri
queza deriva de los productos que el suelo
produce.
Las clases pueden ser divididas del siguien
te modo: l.°—Trabajadores agrícolas. 2.°—
trabajadores intelectuales (médicos, ingenie
ros, artistas, etc.) 3.°—Trabajadores industria
les (carpinteros, zapateros, mecánicos, etc., to
dos los trabajos manufacturados). 4.°—Comer
ciantes. Las dos primeras gozan de los favores
del Estado, la tercera no recibe favores, pero
tampoco paga nada, y la cuarta paga una con
tribución al municipio respectivo que la fisca
liza. Esta es la clase intermediaria entre el
productor y el consumidor, está obligada a
contentarse con un módico tanto por ciento
sobre el valor de la mercancía, además de re
tirar el equivalente de los gastos ocasionados
por el transporte. Todas estas clases viven re
mediadas, pues los trabajadores industriales
no pueden montar fábrica o empresa sin que
sus auxiliares sean sus asociados y participen
— 133 —
de los beneficios. Tam bién p ara m ayor equi
dad los jefes de fábrica o de taller tienen que
ser extraidos de entre los antiguos tra b a ja d o
res, pero sin dispensar de la dirección a los
auxiliares técnicos que dirigen la p arte cien
tífica de la em presa. Esta organización im p i
de las desigualdades en las posiciones socia
les, no viven distanciados operarios y p atro
nos, pues siendo todos socios d isfru tan de un
jo rn a l que les da p a ra atender a los gastos
diarios y la parte de beneficios que reciben al
fin del año les da lo bastante p a ra cu b rir sus
gastos extraordinarios.
Lo mism o que se observa p a ra ser jefe de
fábrica o de taller se exige p a ra ser d irector
de una repartición p ú b lic a : p rin cip ian por ser
infimo em pleado, y p a ra no h ab er grandes di
ferencias, el director gana poco m ás del do
ble de uno de aquéllos, recibiendo los otros
em pleados, según su je ra rq u ía, sueldos com
prendidos entre estos dos extremos, teniendo
1 resente que el em pleado m enor recibe un
jo rn a l suficiente p a ra sostener fam ilia.
El fin que los seres deben p ro cu rar en el
m undo es el de vivir con la m ayor cantidad
de bienes que contribuyan a h acer la vida
agradable y que este bienestar no sólo abrace
al individuo aisladam ente, sino tam bién a su
fam ilia, a sus conciudadanos y a la hum ani
dad toda. P a ra la consecución de este ideal los
m arcianos cuidaron del b ienestar por la base*
que consiste en tener una ab undante alimen134
—
—
lación, porque cuando se pueden satisfacer
las prim eras necesidades el resto llega po r sí
mismo. Es bien sabido que estando satisfecho
el estómago y siendo las otras necesidades m e
nos aprem iantes, ni la envidia, ni el odio, ni
pasión alguna ru in puede ten er cabida en el
alm a hum ana. E sta vida tran q u ila y h a rta ,
esta paz de que goza el espíritu, perm ite a los
m arcianos desenvolver sus facultades intelec
tuales y m orales, que los hace buenos y viv ir
en una suavidad de costum bres dedicándose
en el cam po pacífico a obtener aquellas cosas
a que los hom bres en su insaciabilidad conti
nuam ente aspiran. Esta abundancia que aquí
tenem os descansa en la clase de los tra b a ja d o
res agrícolas, que form an, con las otras tres,
u n a pirám ide cuya base la constituyen los la
bradores y el vértice los intelectuales.
Aquí no se conoce la adulación a los ricos,
como acontece allá en la T ierra, donde el
pueblo, siendo pobrísim o, co rteja a los que esr
tán en la opulencia. Tam poco se conoce esa
h u m ildad rastrera, ni la b ajeza puede cab er
en ningún corazón m arciano. Aquí, por el con
trario, los ciudadanos m uestran en sus sem
blantes el contento de vivir, y sea la b ra d o r o
intelectual, se tra ta n corrientem ente con f r a
tern al fam iliaridad.
Los intelectuales, como ya le he dicho, uni
dos a los labradores, son los que dirigen los
negocios del E stado; esos no son hijos de p a
dres ricos, y sí, de su esfuerzo personal, que
135
—
—
los lleva a rep resen tar al pueblo en las asam
bleas del planeta, y que, dicho sea de paso,
no dan poder personal. Como aquí no se hace
política, no hay caciquism o (la plaga m ás te
rrib le que hay en la T ierra y que re ta rd a rá
su progreso), no pudiéndose expoliar al pue
blo porque éste es ilustrado y no se d e ja ría
engañar. Aquí no podría m e d ra r la falange
de individuos que allí engañan al pueblo con
pom posas prom esas de felicidad fu tu ra ; éste
los encum bra al poder, y cuando llegaron al
pináculo de sus ambiciones, reniegan su pasa
do y el pueblo engañado no m e jo ra de suerte.
Con respecto a n uestra sociedad, se h a tra
tado, como ya he dicho, de que la vida se pa
sase dulcem ente; que los hom bres trab ajasen ,
pero sin fatigas, y que ninguno pudiese explo
ta r el tra b a jo ajeno. Con este objeto el capi
ta l gana una insignificancia en el m undo m ar
ciano, de una parte, por estar establecido su
interés por las leyes, y de la otra, porque el
agricultor no lo precisa, teniendo la ayuda del
ejército que le pulveriza la tierra y auxilia
en las faenas de la recolección. P or otra parte,
las fábricas y las em presas no están sujetas a
crisis y pocas veces lo p recisan; sólo recurre
al crédito la gente joven p a ra e n tra r con su
peculio al fondo de reservas, a fin de tra b a ja r
como socio en las fábricas y talleres.
Con el fin de ad q u irir las cosas necesarias
p a ra el goce de la vida, los m arcianos tienen
establecidos los cam bios entre ellos, de modo
136
—
—
que puedan satisfacer las necesidades inm e
diatas, como son los alim entos, los vestidos
p a ra abrigarse del frío, o p a ra satisfacer las
necesidades m orales e intelectuales, como son
los libros y los objetos de uso que ay udan a
h acer m ás agradable la existencia.
En M arte, todo está organizado p a ra vivir
se con seguridad a cubierto de sorpresas: el
Congreso que reside en la capital volante del
planeta, se ocupa de reg u lar el intercam bio
económico, in d u strial y com ercial de la nación
m arcian a entre sus diversas regiones. Hace las
leyes y tratados con objeto de conciliar los
intereses de las mism as, conservando entre
ellas un perfecto equilibrio. En sum a; el Con
greso tiene en sus m anos la balanza, así de la
producción, como del consumo del m undo
m arciano.
E ntre las regiones (antiguas naciones) los
cam bios se hacen m ediante el trueque de pro
ductos, y es en la capital del planeta en donde
los representantes del Congreso, se entienden
p a ra liq u id ar sus cuentas.
Aquí la adm inistración o asam blea de cada
región, explota las m inas, los bosques, los cue
ros y las lanas que vende a los industriales.
La m oneda conserva su valor estable, sien
do este valor perm anente una preocupación
de los dirigentes, en las diversas regiones que
form an la nación m arciana.
Como las tierras pagan un im puesto n a tu
ra l al Estado y éste tiene la alta m isión de ce137
—
—
la r por la cuestión económica, y del Congre
so salen las m edidas tendentes a conservar la
balanza com ercial e in dustrial entre las regio
nes, el Estado d eja al trab ajo y a las indus
trias exentas de impuestos, poniendo, indirec
tam ente con estas m edidas, un fin a la a rti
ficial concentración de las riquezas. D eja p o r
otro lado, que la desigualdad en las inteligen
cias, la habilidad profesional y la in iciativa
individual, produzcan sus efectos, re p artién
dose gradualm ente las riquezas e im pidiendo
las m onstruosas desigualdades de los pasados
tiem pos que lesionaban los intereses de la so
ciedad. La riqueza, que representa el b ien estar
de la hum anidad, debe ser desenvuelta con el
principal hito, de que todos participen de ella.
P a ra q u ed ar al abrigo de las contingencias
de la suerte, los m arcianos, después que h an
term inado el servicio agrícola, en tran a fo r
m a r p arte de la gran sociedad de asistencia
m utua, establecida en todo el planeta. E sta
sociedad tiene la benéfica m isión de d a r al
hom bre que se inutilizó p ara el tra b a jo o llegó
al lím ite de su edad, una pensión con la cual
pueda vivir tranquilo el resto de sus dias. De
esta m anera, la sociedad está constituida por
dos p artes: una que tra b a ja p ara sostener a
los viejos, y la otra que, a su vez, tra b a jó
p ara m an ten er a los viejos de su tiem po; la
sociedad así constituida vive en una perfecta
solidaridad.
Como este es un m undo en que los hom 138
—
—
bres viven procurando la verdad, ni la indus
tria puede fabricar objetos falsos, ni el co
mercio ofrecerlos a la venta; lo que es oro,
es oro verdadero, y lo que plata, es plata;
no se pueden exponer a la venta objetos pla
teados ni dorados.
Feijóo no quiso terminar la descripción del
estado feliz de los marcianos, sin antes darme
una explicación sobre la división del tiempo.
El año era como en la Tierra, de cuatro esta
ciones, dividido en meses, y éstos en sema
nas de nueve dias, ocho de trabajo y uno para
el descanso, domingo. Los dias los dividían en
pares e impares; los pares dedicados al bello
sexo y los impares al sexo fuerte. Las seis
grandes fiestas religiosas que había durante el
año, se celebraban el octavo día de la sema
na, que con el domingo, hacían dos días de
fiesta; además de estas principales, los muni
cipios tenían fiestas particulares en las que
celebraban algún fruto o producción del lugar.
Como los días de la semana estaban de
dicados alternativamente a uno y otro sexo,
podía acontecer darse un banquete en un día
par y, siendo ese día consagrado a la mujer,
eran ellas las que organizaban la fiesta, la pre
sidían y pronunciaban los discursos. Si se tra
tase de un baile, fuese en un teatro o en una
casa particular, eran las mujeres las que in
vitaban a los hombres a danzar, y viceversa
si el día fuere impar. Esto tenía su lado bue
no y práctico; el de dar a la mujer la inicia—
139
—
tiva de comunicarse con el hombre que le
agradase, no quedar a la merced del acaso
para obtener marido, y le permitía al mismo
tiempo estudiar al hombre con quien preten
diese unirse, poniendo a los dos en el mis
mo pie de igualdad.
CAPITULO VII
ESTADO ANTERIOR E INFELIZ DE LOS
MARCIANOS
Lo que enseñan los libros de lectura en las es
cuelas primarias. - Estado patológico de la sociedad. Desequilibrio entre la población y las subsistencias.En qué consistía antiguamente la ciencia de gober
nar. - Solución del capital problema.
—Ya le he descrito en otra ocasión, me
dijo Feijóo al interrogarle sobre las reformas
sociales de Marte, la vida feliz y tranquila que
disfrutan los marcianos; ésta, si bien fué traí
da por un conjunto de circunstancias fatales,
fué también el resultado de medidas estudia
das ponderadamente por los hombres de clara
y limpia conciencia y abrazadas con entusias
mo religioso por los pueblos, ha cerca de un
millón de años.
La humanidad camina siempre, y en su
marcha ha seguido el ciclo ascendente de pro
greso, paralizado en parte a veces, por el mis— 140 —
mo ciclo descendente, en que este p ro g resa
puede ser nulo, porque es de preparación. Evo
lucionando constantem ente al com pás de esa
ley, alcanzó una perfectibilidad nunca im agi
n ad a anteriorm ente por nadie. Y fué tam bién
debido a esa m ism a ley, como se perfeccionó
el organism o hum ano, en el largo e in term i
nable curso de las edades. Fué, pues, siguien
do esa m ism a m archa ascendente y constan
te, como la h u m anidad h a ido perfeccionando
sus condiciones m orales y m ateriales de la
existencia, y corngió sus defectos de origen.
Es sabido que d u ran te m uchísim os m illa
res de años, la hu m an id ad pudo vivir b ajo
la féru la de instituciones defectuosas y, debi
do a su atrasado estado m ental ,1o hizo resig
n ad a sin ocurrírsele m ejo rarlas. Pero, al des
p e rta r la inteligencia del largo sueño en que
estuviera sum ida, no se contentó con la situ a
ción p recaria que los dueños del poder y los
detentadores de la riqueza le obligaban a so
p ortar. Como consecuencia de este estado de
cosas, prodújose un cam bio radical en el m o
do de p en sar de las gentes, despertando aspi
raciones de independencia colectiva e indivi
dual. No se contentaron los hum anos con ser
rebaño, pretendieron ten er su p arte en la ri
queza, y este estado de ánim os tra jo como
resultado inm ediato, la refo rm a económ ica de
la sociedad.
El m undo en los prim eros tiem pos fué go
b ernado por la necesidad y el instinto; d es141
—
—
pues, en el período bárbaro, lo fué por la
moral y el sentimiento, y por último, entró
a trillar el camino del bien, hacia la felicidad
humana, cuando fué gobernado por la justi
cia y la inteligencia. Estos tres estados de la
humanidad tuvieron dos períodos de transi
ción, porque, del estado de instinto para el
moral, no se pasó sin trastornos. El salvaje
sacado de su maloca para la civilización (como
en aquel tiempo se decía) era más infeliz, pues
que en su nuevo estado, adquiría necesidades
antes para él desconocidas, quedaba a ellas
sujeto, y cuando no podía satisfacerlas, era
más desgraciado que en su primitivo estado.
De la situación moral para el estado intelec
tual, el cambio operado fué enorme, la tran
sición y el desequilibrio colosales, por cuanto
en el campo intelectual, la fuerza mecánica
sustituyó al esfuerzo muscular. La ciencia, a
su vez, aportó un contingente de mejoras, ope
rándose en todas las ramas de la producción
humana, cambios radicales que transforma
ron el anterior equilibrio económico hasta en
tonces dirigido por el esfuerzo personal. Re
sultó de aquel estado de cosas, un caos, una
situación precaria y angustiosa, que voy a tra
tar de describir, haciendo una revista re
trospectiva de aquella crítica situación por la
que han pasado los marcianos en aquellos
apartados tiempos.
Y así como para apreciar el bien tene
mos necesidad de conocer el mal, así los mar142
—
—
cíanos enseñan a los niños, con las primeras
letras, a conocer aquellos calamitosos tiempos,
para después saber apreciar la felicidad de
que disfrutan.
El medio empleado para conseguir este fin,
se persigue constantemente desde los prime
ros pasos que da el niño en la escuela prim a
ria; a este fin, los libros de lectura, tanto en
la instrucción elemental (para practicar la lec
tura, como en la prim aria superior, para co
nocer el estilo), no tratan de otra cosa. Este es
el método más eficaz de educar a la juventud,
sin enfundarla en ilusiones absurdas y noci
vas, como sería si se le cultivase el espíritu,
como antes se hacía, relatándoles cuentos in
verosímiles de hadas y gigantes, que falseaban
el juicio de los niños sobre las cosas de la
vida.
Del contenido de algunos de estos libros,
dedicados a la enseñanza, Feijóo me hizo re
lación de algunos trozos esenciales que daban
cabal idea de lo que había pasado en Marte
en los tiempos bárbaros y que poco más o
menos fuera lo siguiente:
“Un cambio radical se había operado en
“la vida pública, producido por el descubri“miento de las artes mecánicas, que desorga
n iz a ro n la economía social. La suplantación
“del obrero por la máquina, era un progreso
“evidente, pues aligeraba a aquél de los tra
b a jo s más penosos, pero la miseria y los su
frim ien to s en los primeros tiempos de esta
—
143
—
’’transformación, fueron terribles.
”La suerte de las clases laboriosas habia
’’empeorado, el yugo que hasta alli habían so
portado, se había cambiado en tiranía feroz,
’’ocasionando un malestar que se extendía por
’’todo el mundo. Juntábasele a esto la alimen’’tación que era escasa y cara, y los traba ja’’dores, tanto de la ciudad como del campo,
’’malganaban para sustentarse y vivían en ex’’trema estrechez. La situación de la mujer
’’era peor, ganaba un jornal miserable que
”la obligaba a vivir bajo la dependencia del
’’hombre.
”La propiedad territorial, de la cual la hu’’manidad sacaba el sustento, se hallaba de
centada en pocas manos y era alquilada al
’’labrador que la trabajaba pagando al pro
pietario una renta que éste, con la sed del
’’lucro, exigía cada vez mayor. El Estado, por
”su parte, sacaba sus recursos directamente
”del labrador, de manera que del organismo
’’social, era explotado tanto el cuerpo (el sue”lo), como la sangre (el trabajo), y esta san”gre servía no sólo para hacer vivir al Es”tado, sino también al propietario o explota
d or y aun el capitalista sacaba del labrador
”el interés del capital que le había prestado
’’para proveerse de la maquinaria necesaria
’’para trabajar sus campos; es decir, que el
’’labrador era explotado por tres sanguijue
la s: el Estado que le exigía el impuesto, el
propietario que le cobraba la renta, y el ca144
—
—
’’p italista forcenedor de los fondos, que le co”b rab a el interés. Esta situación engendraba
’’dos clases: una que producía y otra, com’’puesta de tres individualidades, que consu”m ía los productos del trab a jad o r, que real’’m ente era el único productor; y como estas
’’tres individualidades absorvían la m ayor
’’p arte del producto del trab ajo , no le que”daba al tra b a ja d o r m ás que lo indispensable
’’p a ra no m orir de ham bre.
’’P ara cúm ulo de m alestar, cuando se in
t e n t a r o n las m áquinas (que econom izaron la
’’m ano de obra), quedó desocupada una m ul’’titud de trab a jad o res industriales que ejer”cía su profesión individualm ente y ganaba
’’m al su vida, lo que agravó m ás la situación
’’aflictiva del pueblo. Estos obreros tuvieron
’’que ir a procurarse em pleo en otra p arte y,
”no encontrándolo, se originó la lucha con la
’’m iseria y el ham bre.
”En m edio de esta p recaria situación del
’’pueblo, el progreso iba en aum ento, las nue”vas m áquinas introducidas en la in d u stria,
’’ayudaban al desarrollo de la riqueza, que se
’’concentró en pocas m anos. El lu jo de los
’’ricos, que explotaban tanto al tra b a ja d o r del
’’suelo como al operario m an ufacturero, au’’m entaba cada día, quedando por consecuen”cia, m ás distanciadas estas clases. El pueblo,
”no pudiendo soportar m ás sus desgracias, h i
t o revoluciones y derribó los gobiernos despó
tic o s . Las propiedades del clero fueron ven145
—
—
didas, las de los nobles también, yendo a
’ ’parar algunas a las manos de los agriculto
r e s , pero la mayor parte fueron compradas
’ ’por los usurarios que las explotaron, y en
' ’poco tiempo formaron una clase intermedia
’ ’entre los antiguos patronos y el pueblo. Esta
’’clase, ávida de ganancia, absorvió todas las
’ ’riquezas y el pueblo nada ganó; porque, si
’ ’antes había sido explotado por los nobles
” y el clero, ahora lo era por una clase más
’ ’codiciosa que la de los antiguos propietarios.
’’Todo hombre, por ley natural, parece ha” ber sido puesto sobre el mundo para gozar
” de los bienes que en él se encuentran; pero,
’’dada aquella situación, parecía por el con’’trario, haber sido hecho el mundo para que
’’unos pocos gozasen sus bienes, y los restan” tes padeciesen privación de ellos; en lugar
” de ser repartidos equitativamente, como su’’giere la sana razón y la justicia. Porque po” dría hacerse el siguiente raciocinio :suponien” do que la riqueza del mundo repartida por
’ ’habitante, fuese de cuatro, los que gastasen
’’más de cuatro, perjudicarían a la colectivi” dad, que quedaría disminuida en la parte que
’ ’los otros habían consumido. Ahora bien; com' ’poniendo las clases abastecidas el décimo de
” la población del mundo, y consumiendo
” lo más y lo mejor, no quedaría a los restan
t e s nueve décimos, más que lo peor de los
’’bienes que el mundo producía, mientras que,
” si la sociedad estuviera mejor organizada, no
—
146
—
’ ’habría tanta riqueza y bienestar en unos po” cos, y tanta miseria y escasez en la multitud.
’’Los escritores de aquellos tiempos, preocu
p ad o s con aquel conflicto, escribieron libros
” en estilo dogmático y doctrinal para resol’’verlo, los cuales fueron apellidados econo’’mistas. Estos, en sus tratados, pretendían so
lucionar la cuestión, esperando el remedio de
vla moralidad de los hombres y de que éstos
’’tuviesen más amor a la economía, ¡como si
”el pobre trabajador pudiese hacer economías
”de lo que apenas le llegaba para comer! Más
’’adelante vinieron otros escritores a ocuparse
”de la misma cuestión; con un criterio más
’’razonable, estudiaron el malestar de las cla”ses trabajadoras y acabaron por plantear la
“ CUESTION SOCIAL. Concordaban todos, en
’’principio, en echar abajo aquel estado de co”sas, pero no acertaban con lo que se debería
’’reponer en su lugar. Algunos querían supri”mir las clases, otros el capital, otros lo es
peraban todo de una revolución, y otros más
’’sensatos, proponían la emancipación del sue”lo. Decían éstos en apoyo de sus doctrinas,
”que volviendo el pueblo a la primitiva sen
c ille z de costumbres, disminuirían las nece
sidades, los trabajos manufacturados bajad a n de precio y esto impulsaría a los orbe”ros a dedicar sus actividades a las faenas
”del campo; aumentando así la verdadera ri’’queza y contribuyendo a la felicidad general.
’’Continuando el malestar, los operarios pi—
147
—
’’dieron aum ento de salario y dism inución de
”las horas de trab a jo , petición ju stísim a a la
’’cual los propietarios de fábricas y talleres se
’’opusieron rotundam ente. P a ra forzarlos a ce” der, los operarios se negaron a tr a b a ja r de
c la rá n d o s e en h u elga; a esta imposición, los
’’patronos los sustituyeron por otros, que, m ás
“necesitados, aceptaron las condiciones. Luego
’’los operarios se asociaron, pagando m ensual’’m ente un tanto, p ara contar con recursos a
’’fin de afro n ta r las fu tu ras huelgas; al mismo
’’tiem po com binaron de im pedir que otros ope
r a r i o s los sustituyesen. Esto era ir contra la
’’libertad que debe dom inar y p residir a todas
’’las pendencias que s u rja n en el m undo;
’’m ás por este m edio consiguieron ocasionar
” un daño directo a los dueños de las fábricas
”y talleres. Estos respondieron a tales exigen
c i a s cerrando las fábricas. En esta situación,
’’los gobiernos, viendo que este estado de cosas
’’podía obstruir el ro d aje adm inistrativo, in’’tervinieron enire operarios y propietarios.
’’Más tarde, unos y otros nom braron sus árbi” tros y la crisis se suspendió tem poralm ente.
’’Estas m edidas fueron sim ples paliativos
’’que no cu raro n la enferm edad de que estaba
’’atacado el organism o social, pues que, el m al
e s t a r continuó como anteriorm ente, imperio” so, terrible.
’’Continuando los econom istas ocupándose
” de la cuestión, decían, que si las m áquinas
“ suprim ían brazos, en com pensación abarata148
—
—
d a n los objetos, y los tra b a ja d o re s que que
d a b a n desocupados, se em pleaban en h acer
’’otros que después el público iba a com prar
'’’con el exceso que le h ab ía quedado de la
’’com pra de los prim eros. Esto podía m uy bien
’’ser en teoría, pero no era u n a solución que
’’rem ediase a los tra b a ja d o re s desempleados.
^’T am bién los econom istas falseaban la ver
d a d , suponiendo gratu itam en te, ser las m á"”quinas un recurso con el cual se aum entaba
d i empleo de trab ajad o res. A esto, que era
d n a crasa contradición, podríam os pregun
t a r : ¿A um entando la producción, podrían
’au m en tar los com pradores? No creo; pues
“”que la m áquina m ultiplicando los productos
’’econom izaba la m ano de obra, barateando los
'’’objetos, es cierto, que q u ed ab an al alcance
”del pobre, objetos estos antes sólo reservados
^’p ara los ricos; pero, ¿b aratean d o los objetos
’’podría adquirirlos el pobre? Y los otros tra
b a j a d o r e s que la m áq u in a excluía ¿adonde
t r í a n a encontrar tra b a jo ? T en d rían que prod u r a r s e otra ocupación. En su m a; p ara evitar
* el m al originado por las m áquinas, la solub ió n única era reducir las h o ras de trab ajo ,
’’equilibrando así los brazos con la produc”ción, de este modo las m áq u in as vendrían a
’’aliviar al operario, dism inuyéndole el traba”jo m aterial y ayudándole a h acer m ás lleva
d e r a la existencia.
”E1 trab a jo del suelo era o tra cuestión im’’’portantísim a que carecía de solución, y de
149
—
—
’ su organización dependían todas las demá«.
’ Ya es sabido que de la tierra sale toda la
’’riqueza, que sin ella no se hace ni el objeto
”m ás insignificante, y sin su concurso el hom” bre no podría vivir. Ahora bien; siendo
”la tie rra propiedad de unos cuantos, éstos
’’tra ta b a n de obtener de los arren d atario s los
’’m ayores lucros, reduciendo al la b ra d o r a una
’ existencia precaria. Este tenía que someterse
” a las exigencias del propietario, porque el ex”ceso de población era grande y los que preten
d í a n tierras p ara obtener trab a jo eran mu”chos. En el cam po in dustrial dábase idéntico
’’caso: como había m uchos obreros ávidos de
’’trab ajo , al industrial que precisaba por ejem” plo unos cien trab ajad o res, se le presentaban
’’h asta doscientos, y claro, surgía la com peten”cia porque cada cual se ofrecía a tra b a ja r
’’por m ás b ajo precio p ara obtener el trabajo,
”y el in d u strial que siem pre calculaba su con’’veniencia, tom aba aquellos que trab ajab an
’’m ás barato. Esta concurrencia producida por
” el exceso de población, aum entaba continua’’m ente el m alestar, no pudiendo darse solu”ción a aquella crisis porque siem pre había
’’m ás gente desem pleada de la que era precisa
’’p a ra tra b a ja r.
”La econom ía de brazos, consecuencia de
’’las m áquinas cada vez m ás perfeccionadas.
” el em pleo de las m u jeres y de los niños para
’’obtener los industriales lucros m ayores, ga’’nando un jo rn a l que m al llegaba p a ra ali150
—
—
’’mentarse, llevaba a las clases operarías a un
’’extremo tal de miseria que niñas de 11 y 12
’’años de edad se prostituían para obtener el
’’pedazo de pan; individuos había cuya mise” ria era tanta, que nunca habían podido sa’’ciar el hambre. El disgusto que este estado de
’’cosas producía y la desesperación de los
’’obreros, que después de una semana de tra” bajo llevaban para su casa una cantidad mez
q u in a que no llegaba para alimentar la fami” lia, los inducía a olvidar la vida embriagán” dose. La mortandad por la inanición y el frío,
’’era enorme, y muchos, para huir de tantas
’’desgracias, se suicidaban.
” En medio de este estado patológico de la
’’sociedad, de esta vida precaria y angustiosa,
’’una idea, una esperanza sostenía a algunos:
’’era la fe religiosa. Ella consolaba al pobre
’’con la esperanza de mejorar en la otra vida,
’’donde tendría el bienestar que en ésta le
’’había faltado; la religión en aquel caso, era
” un freno para contener los impulsos de irri’’tabilidad del pueblo y dábale la resignación
’’precisa para soportar sus desgracias. Pero si
’’esta esperanza era suficiente en algunos, en
’’los más no lo éVa, pues llegaban en su impa
cien cia a maldecir de Dios, por haber hecho
” el mundo tan malo, dejando morir de ham” bre al pueblo.
’’Apareció por aquellos tiempos un econo
m ista, hombre de vistas largas y con ideas
’’nuevas, que se ocupó de aportar remedio a
—
151
—
”la cuestión social, y fundamentaba el proble”ma preguntando si era verdad que la riqueza
”de un Estado consistía en el aumento de la
’’población, como habían juzgado hasta allí los
’’otros economistas. El contestaba a esta pre
gunta diciendo: ser los males que afligían a la
’’humanidad no causados por los malos gobier
nos, y sí producidos por el desequilibrio en”tre la población y las subsistencias; y dedu”cía como consecuencia, que el crecimiento de
”la población debería ser limitado por los me”dios de subsistencia, presentando la cuestión
”del modo siguiente:
”La raza humana crecía en proporción geo’’métrica, como los números 2, 4, 8, 16, 32, 64,
’’mientras que las subsistencias no crecían más
’’que en proporción aritmética, como los nú’’meros 1, 2, 3, 4, 5, 6, etc., al cabo de dos si”glos, la población sería en relación a las sub
sistencias, como 256 era a 9; al cabo de tres,
’’como 4.096 era a 13, y después de dos mil
’’años, la diferencia sería incalculable. Porque
’’decía: que el suelo arable que existía en el
’’mundo no podía aumentar, y por buenas que
’’fuesen las cosechas, si la población aumenta”ba desproporcionadamente, había de llegar
’’fatalmente el día en que muchos tendrían que
’’morir de hambre. Para poner remedio a este
’’peligro, aconsejaba que las leyes viniesen a
’’poner obstáculo a este desarrollo de la pobla”ción; los obstáculos que él aconsejaba eran
’’unos paliativos y otros destructivos.
152
—
—
”La especie humana estaba condenada por
"’su naturaleza o a reprimir voluntariamente
”la necesidad de reproducirse que le atormen” taba, o a ver los males que una imprevista fe
cundidad podía acarrear, porque siendo el
’’crecimiento de la humanidad ilimitado, y en
’’cambio el producto de las subsistencias limi” tado, el desequilibrio tenía que llegar forzo
samente un día. Terminaba aconsejando a
’’quien no tuviese medios para alimentar a sus
’’hijos, el abstenerse de toda unión con mujer,
’’guardando el celibato más absoluto. En con
clusión: según sus doctrinas, sólo los ricos
’’podían disfrutar de los placeres del amor y
” de la familia, que quedaban prohibidos a los
’’pobres.
’’Aquellas teorías fueron clasificadas de
’’absurdas e hicieron levantar el grito a mucha
’’gente por excluir a la Divina Providencia,
’’que, según ellos, era la única que intervenía
”en este caso, mandando los flagelos de la
’’peste, las guerras y el hambre, para dismi”nuir la población. Pero lo que proponía el
’’economista como remédio, tampoco era una
’’solución, y el problema quedaba en pie.
’’Más adelante otros economistas, tomando
”la misma cuestión y abandonando las fór’’mulas matemáticas, redujeron estas teorías a
la proporción siguiente: la especie humana,
’’cuando es bien gobernada, tiende a aumen” tar. Por otra parte, el número de hectáreas
de tierra laborable en cada país y en el mun153
—
—
” do entero es lim itado, y la cantidad de pro
d u c to s alim enticios que puede producir cada
’’hectárea, no puede ir m ás allá de cierta can
ti d a d . E ntre el crecim iento de los hom bres,
’’que no tiene límites, y el crecim iento de las
’’subsistencias, que los tiene, el desequilibrio
' debería o cu rrir un día. Estos econom istas
’’teóricos esperaban que los hom bres no llega”rían al extrem o de ten er que devorarse unos
” a otros; que la salvación estaba en estas pa’’lab ra s: m ás ilustración, m ás virtu d y m ás
’’justicia. Con la ilustración, pred o m in aría la
’’vida del espíritu sobre los instintos de ani’’m alidad que duerm en en el individuo. Con
”la virtud, los hom bres ten d rían m ás conti’’nencia y serían previsores. Con la justicia,
”se aseguraría la propiedad, antídoto probado
’’contra los excesos de la m ultiplicación de
’’nuestra especie. Todo esto era m uy bonito,
’’dicho en el papel, pero eran teorías despro
v is ta s de sentido com ún y que no aportaban
’’rem edio alguno al problem a.
’’Sucedió tiempos después, que estalló una
’’guerra entre las naciones m ás poderosas del
’’planeta, en la que de am bas p artes se pusie”ron sobre el cam po cerca de veinte millones
”de hom bres. La g u erra fue m o rtífera; mas
’’sirvió de lección a los pueblos p a ra no luchar
’’por futilidades de fronteras, podiendo arre
g l a r las cuestiones sin lucha y obtener aque”llo que fuese de justicia, por la fuerza ami’’gable del derecho. Aquella g u erra se prolon154
—
—
” gó m ás de cuatro años; pero tra jo in d irecta ’’m ente una bella consecuencia: la unión de
”las naciones, m ás tard e la unidad de la na”ción m arcian a y por últim o el equilibrio de
’’las subsistencias con el núm ero de hab itan tes
’’que podria com portar el globo.
”En los prim eros años de guerra, sólo los
’’pueblos vecinos que sum inistraban víveres a
”los beligerantes, sintieron la carestía de los
’’géneros de p rim era necesidad; pero pasados
’’los prim eros años, cuando las reservas ali’’m enticias se fueron agotando, las subsisten”cias aum entaron su valor cinco y seis veces,
”y esta carestía se sintió no sólo en los vecinos,
’’sino en todo el m undo. De este fenóm eno los
’’econom istas sacaron esta conclusión: que
“aun cuando la hum anidad, p ara alim entarse,
’’comiese sólo lo necesario sin llegar a la re
p le c ió n , los productos agrícolas del m undo
’’todo, serían insuficientes p ara alim en tar a
’’sus habitantes. La m ayoría de las naciones a
’’las que esta carestía de los alim entos p e rju
d ic a b a , sintieron la necesidad de crear una
’’nueva repartición que se ocupase en fiscali”zar los precios corrientes de las subsistencias,
”de m an era que garantizase al pueblo contra
”el alza exagerada de los géneros. Constituye”ron, pues, la Dirección G eneral de la Alimen’’tación Pública. Esta Dirección, celando vigi
l a n t e por los intereses del pueblo, p ro d u jo
’’tan benéficos resultados, que continuó fun’’cionando m ucho después de la gu erra y a d 155
—
—
*”quirió poco a poco tal importancia que llegó
~” a constituir en lo futuro la base de la ciencia
’’gubernamental.
’’Hasta aquellos tiempos, toda la ciencia
” del gobierno consistía en dominar a los
’’hombres; eliminar los más recalcitran”tes, mandar otros al ostracismo y reprimir los
’’movimientos de impaciencia de la multitud.
"”Y si personalmente los gobernantes con su
’’prestigio no lo podían dominar, se encerra”ban en su gabinete y desde allí amenazaban
’’con las leyes y la fuerza armada para hacer
’’obedecer sus mandatos. En esto estribaba
"’’toda aquella ciencia, y era considerado me”jor gobernante aquel que sabía subyugar
’’mejor a sus semejantes. En suma: el pueblo
’‘era considerado como un rebaño, el gober
n ante era el pastor, y los perros la guardia
’’armada y sus satélites. Después la ciencia
’’gubernamental mudó completamente, y en
’’vez de ser el dominio del hombre por el hom”bre, consistió en que la alimentación pública
”no escasease, conservando un perfecto equi
lib rio entre las subsistencias y la población,
’’celar por los intereses del pueblo e impedir
’’que el comercio se exorbitase en los precios.
”En vista de la importancia que la cuestión
’’alimenticia adquirió en aquellos últimos
’’tiempos, volvieron a estudiarse con más
’’calma las teorías del economista que fundaba
’’los males sociales en el desequilibrio de la
’’población con las subsistencias, y cuyas doc156
—
—
’’trinas habían escand alizado a las gentes. Des” pués de reflexio n ar m aduram ente, se con’’vencieron de que tales doctrinas encerraban
” en su fondo la ve rd a d ; pero tam bién concor’’daron que el rem edio propuesto no daba so’’lución alguna. Siguieron estudiando la m agna
’’cu es tió n : las personas de m ás exp erien cia y
” m ás conocim ientos geográficos, indagaron lo
” que hacían los habitantes de las islas de nues” tro Gran Océano p ara no aum entar el núm e” ro de sus habitantes fu e ra de lo que p udie
r e n com portar sus subsistencias. Eltos — der í a n los econom istas — no pueden aum entar
” la tierra arable de que disponen dentro de las
’’islas, y m antienen un perfecto equilibrio en” tre los productos del suelo y la población. D e
c id ie r o n ir a estudiar a ellas lo que sus habi’’tantes hacían, y fué allí, en las islas perdidas
” en nuestros grandes m ares, donde encontra
r o n la solución de este im portantísim o pro’’blem a. Esta resum íase a escoger las m u je re s
’’dignas, por su salud y belleza, de p erp etu ar
” la especie y esterilizar las restantes.
157
CAPITULO VIII
LAS REFORMAS SOCIALES
No hay emancipación sin un período prepara
torio. - Nunca la propiedad estuvo tan sólida como
en las vísperas de la derrocada. - Las grandes refor
mas sociales. - Las reformas políticas. - Régimen pa
triarcal. - Perfeccionamiento de las razas. - Destruc
ción de las enfermedades hereditarias. - Unificación
de las razas.
—Además de estos libros de lectura — pro
siguió Feijóo — tenemos otros que sirven para
la educación de la juventud, y en los que se
relatan los medios de que se han valido los
marcianos para realizar los grandes progresos
que trajeron el bienestar actual. En el correr
de la lectura, se descubre la preocupación de
aquellos escritores, de atacar la impaciencia
de los hombres. Sin gran esfuerzo hacen com
prender al lector que los mayores enemigos
de las reformas sociales fueron los impacien
tes. “En unos —dicen— la impaciencia era
’’sincera: espíritus exaltados que querían ver
’’las reformas realizadas en poco tiempo; pero
”en otros, este apresuramiento era calculado
”e iba unido a una intransigencia feroz, con
”la intención de hacer fracasar la buena cau”sa.” La precipitación es el medio cierto de
impedir la realización de cualquier empresa,
V con mayor razón la de las reformas sociales,
que iban a transformar el edificio social desde
158
—
—
sus cimientos. No se puede sofismar; la impa
ciencia, tanto individual como colectiva en la
gestación de las ideas para reformar la socie
dad, ocasionó la muerte de la mayor parte de
las empresas humanas.
Otros enemigos fueron los que querían lle
gar a realizar las reformas por distintos cami
nos y se combatían encarnizadamente. “Unos
’'querían que el Estado fuese el encargado de
”la distribución de la riqueza; otros, opuestos
”a todo gobierno, pretendían que el pueblo
’’fuese el distribuidor; y unos terceros de di’’versa opinión, regimentaban a los trabajado
r e s que, cual si fuese un ejército, deberían
’’obedecer a sus generales. Y todos suprimían
”a la acción de la libertad que debería reinar
” en todos los emprendimientos humanos, cuan”to más si éstos se relacionaban con el orga
nism o social y económico. Los reformadores
’’también olvidaban que todos estos sistemas
”de arreglar la sociedad pecaban por defec
tuosos, por obligar a la fuerza a vivir afilia
rlo s a los trabajadores, aniquilando con esto
’’uno de los más sagrados derechos del hom”bre: la libertad de acción.”
No hay emancipación posible sin antes pa
sar por un período de preparación y sin con
tar, además, con los medios de emanciparse.
Para que un individuo pueda adquirir su in
dependencia, precisa llegar a la edad de hom
bre en que puede trabajar y con el trabajo la
adquiere. Pero sucede que antes de llegar a
159
—
—
esa edad, pasa por cierto núm ero de etap as:
prim ero, niño de m an tillas entregado a los ca
riñosos cuidados de la m ad re; luego anda, v a
creciendo y con el desenvolvim iento físico va
desarrollando la in teligen cia; luego adquiere
el conocim iento de sí m ism o y m ás tarde el del
m undo exterior; pero todo esto b a jo la tutela
de sus padres; por fin llega a ser hom bre y se
em ancipa. Lo m ism o que en el individuo acon
tece en el vasto cam po de las ideas: surge la
idea, bella concepción dicen los conocedores,
pero es preciso estudiarla de m anera que se
realice en el m enor espacio de tiem po y con el
m enor em pleo de fu erzas posible. Y vienen los
estudios; ver los lados de la cuestión, discutir
los, exam in ar sus probabilidades, sin e xalta
ciones, desapasionadam ente, y ejecutarla^
cuando la ocasión sea oportuna; pero sin apre
suram ientos ni im paciencias.
Todo cuanto tiene un fin benéfico llega a
realizarse por la m ism a fu erza evolutiva que
en sí contiene, la cual desenvuelve y arrastra
consigo la idea. ¿N o se cristaliza el m ineral?
Pues es esa m ism a fu e rza evolutiva, esa ener
gía latente que en él existe, la que lo hace
crista lizar después de un período m ás o menos
largo. L a h um anidad m ism a progresaría aun
cuando los hom bres no quisieran, y éstos se
verían envueltos y arrastrados en ese progreso
que p erfeccion a los m undos, porque no debe
olvidarse que todo en el U niverso tiende a la
perfección, y que este perfeccionam iento se
—
160
—
o p era no sólo en la m ateria como en el inte
lecto.
Tam poco debem os olvidar — y es preciso
que esto sea dicho antes de p asar adelante —
que la riqueza de un pais no estriba en tener
m uchos objetos, por ricos y bellos que sean, y
si en la abundancia de los alim entos que nos
m antienen la vida. Poco nos ad elan taría la po
sesión de gran núm ero de vestidos, lujosos
m uebles y bellos objetos de arte si llegasen a
faltarn o s los alim entos; todos esos objetos no
nos calm arían la necesidad m aterial de
m a ta r el ham bre. Aun preciso decir p ara
esclarecim iento de esta cuestión que antes de
las artes y de las m anufacturas, están en p ri
m er lugar los productos agrícolas. Las m ism as
Bellas Artes, que unidas a las Bellas L etras
constituyen el alim ento m oral de los intelec
tuales y de la h u m anid ad en general, entran
en la categoría de lo útil, pueden sí ser nece
sarias; pero no entran en la categoría de ser
indispensables como lo son los productos del
suelo.
Entrem os ahora a estu d iar lo que hicieron
los m arcianos p a ra llegar al estado de perfec
to equilibrio en que actualm ente se encuen
tran , y los m edios de que se valieron p a ra rea
lizar las reform as.
P a ra m ayor entendim iento y antes de en
tra r en m ateria convendrá servirnos de un
sím il: cuando la fru ta m a d u ra pende del á r
bol, con sólo tocarla cae al suelo. Con las ins161
—
—
tituciones que hicieron su tiem po pasó otro
ta n to : las m onarquías caducas cayeron al cho
que del m enor m ovim iento popular, sin casi
efusión de sangre. Lo que perjudicó y m ató
m ás de una vez una revolución, fueron las p a
siones personales; los hom bres retroceden al
estado de fieras y no ven m ás allá de sus p a
siones. M uchas reform as h ab rían podido re a
lizarse con gran antecedencia si no m ediasen
los desaciertos pasionales que las hicieron
abortar.
Los im pacientes, generalm ente natu ralezas
im pulsivas, quieren ver las reform as realiza
das en poco tiem po; a esos podríam os pregun
tarles: ¿Qué represen tan dos o tres generacio
nes en la vida del m undo? P a ra los que viven
—responderán—lo representan todo, puesto
que quedan privados de los bienes alam pados,
si las m ejo ras no se realizan en cuanto vivos.
A esas ideas egoístas responden la sana razón
y las ideas generosas, exhortándonos a trab a
j a r p a ra el m ejoram iento del m undo futuro,
a fin de que nuestros hijo s y nietos sean m ás
felices de lo que nosotros fuim os. P or dedica
ción a ellos debíam os em p ren d er las reform as
sociales, pero de m an era que no se perdiese la
buena causa po r q u erer las cosas antes de
tiempo.
La h u m an id ad en todas las em presas que
intente hacer, deberá ten er presente el modo
de o p erar de la N atu raleza; ésta, en la totali
dad de sus obras, y a en la form ación de las
—
162 —
plantas, ya en la de los animales, repite su
proceso que es constante. El gérmen de los
seres sabemos que es una insignificancia, se
desenvuelve en el huevo y después de la ges
tación salen los animalitos, se fortalecen, ad
quieren los medios de locomoción y pasadas
unas cuantas fases, llegan a su estado perfec
to. Las plantas operan su evolución de idén
tica manera; salen de una simiente, germinan,
crecen, echan los pimpollos y terminan por
florecer y dar frutos. Esto no se opera de re
pente; cada aspecto de la vida, tanto en el ani
mal como en la planta, dura cierto tiempo.
Desde el punto de vista moral, las criaturas
(en el reino animal), desde que sus músculos
de locomoción están aptos para funcionar, ma
nifiestan por medio del juego y la alegría el
contento de vivir; lo que cualquiera pudo
haber observado, tanto en los niños como en
los gatos, cachorros, etc., es de esta manera
como agradecen a la Naturaleza el beneficio
de haberlos echado al mundo. Del mismo
modo que los animales juegan en la infancia,
las plantas también tienen idéntico período:
al salir los botones se enroscan, pareciéndose
algunos a un báculo de obispo, otros dan una
simple vuelta para luego enderezarse, adqui
rir rigidez y endurecerse, viendo el observa
dor en estos aspectos el contento de vivir: es
el período de la infancia de la planta, jugan
do a su modo como los animales cuando tier
nos. De modo idéntico ha procedido la huma163
—
—
nidad con las reformas sociales; tuvo su pe
ríodo infantil: impaciencias, murmuraciones,
pasquines, versos satíricos, huelgas, motines,
etcétera, fueron los principios, los juegos in
fantiles de las reformas sociales, que fatal y
definitivamente habían de operarse un día,
cuando las ideas alcanzasen su completa ma
durez.
Mucho tiempo antes de ser vislumbradas
las ideas, el alma del pueblo, en su nativa lu
cidez, tuvo el presentimiento. Al principio fue
ron consideradas utopías irrealizables, espe
ranzas quiméricas de los que sufrían; pero
luego tomaron cuerpo y poco a poco fueron
entrando en la mente de las multitudes, que
teóricamente hallaban fácil su realización. En
la práctica la cuestión presentaba serias difi
cultades; las reformas, por insignificantes que
tuesen, tenían que luchar con los viejos pre
conceptos del pasado, cuya fuerza es inmen
sa, y ¡qué grande no sería la lucha que los re
formadores tendrían que sustentar para sub
vertir los intereses de los propietarios; la cla
se más preparada y que podía oponerles ver
dadera resistencia! Pero la fuerza impulsora
de los acontecimientos que habían fatalmen
te de suceder era más poderosa que cuantas
oposiciones pudieran hacerle.
Para que las reformas que iban a realizar
se no dejasen tras de sí los clamores y maldi
ciones de los perjudicados, precisaban hacer
se gradualmente, de acuerdo con los preceptos
—
164
—
de una equitativa justicia. Porque no debía ol
v idarse que la clase p erju d icad a form aba
p a rte de la h u m an id ad y no se la podía expo
lia r enteram ente, privándola de la noche a la
m añana, de los medios de subsistencia. Las re
fo rm as precisaban ser acom etidas, contem
plando los intereses de toda la sociedad, y
como la clase p ro p ietaria form aba p arte de
ella, los reform adores o b rarían contra toda
ju sticia si los despojasen com pletam ente de
sus bienes. A hora bien, dejándoles una p arte
p a ra vivir ellos, sus hijo s y nietos, procede
ría n de acuerdo con la razón y la m oral, y pre
p a ra ría n a los hijos de los últimos poseedores
p a ra ganarse la vida porque sabían que n ad a
les quedaba a heredar. Las reform as hechas
en estas condiciones, sin violencias, conduci
ría n al térm ino de la em ancipación, y tanto las
propiedades como los individuos, no su frirían
p erj uicios sensibles.
Aquí se tra b a jó siem pre con el laudable fin
de m e jo ra r el futuro, y todos los adelantos
conseguidos sobre el planeta, fueron el resul
tado de un tra b a jo anterior. Los m arcianos en
todas sus em presas hacen como el ja rd in ero
q u e planta un árbol; él sabe que no alcan zará
a com er los frutos, pero sí, lo hace p ara que
lo com an sus hijos y nietos. El que piense de
distinto modo, es un egoísta, falto de senti
m ientos generosos, sin carid ad ni am or a sus
sem ejantes.
Un fenóm eno curioso se pro d u jo en aque—
165 —
líos difíciles tiempos; nunca los gobiernos es
tuvieron tan sólidamente establecidos como
en las vísperas de la derrocada propiedad, y
jamás ésta se asentó en tan sólidas bases. Los
gobiernos disponían de una legión de emplea
dos que tenían interés en defenderlos; además
disponían de un numeroso ejército armado
poderosamente y bien disciplinado. Los pro
pietarios a su vez disfrutaban de las mayores
garantías que le aseguraban su posesión: le
yes, justicia, fuerza armada, todo estaba a su
favor a tal extremo que aunque el propietario
cometiese un asesinato, esta circunstancia cri
minal no lo desposeía de sus bienes. Las pro
piedades rural, urbana y capitalista, habían
sido declaradas sagradas por las leyes; por lo
tanto eran inalienables.
Había perjudicado mucho el advenimiento
de las reformas, la apatía mostrada por algu
nas agremiaciones obreras contrarias por prin
cipio a toda alianza con el poder político; no
comprendían que el primer paso para conse
guir sus ideales era apoderarse del Poder. Se
precisaba, pues, mandar a las Asambleas el
número de diputados necesario para obtener
la mayoría, que después de esto conseguido*
las reformas económicas vendrían por sí mis
mas. Y así sucedió, que cuando las Asambleas
de las naciones que formaban el antiguo con
tinente fueron partidarias de las reformas, és
tas se impusieron. El pueblo estaba convenci
do y el alma de las masas tan saturada de este
—
166
—
convencimiento, que bastó dar un puntapié en
la puerta de las instituciones, para que ésta se
abriera de par en par, tomando el pueblo po
sesión del edificio social sin encontrar resis
tencia alguna.
La revolución fué casi pacífica; algunas
naciones intentaron antes emanciparse, pero
las vecinas intervinieron, sofocando el movL
miento. Esta vez las clases obreras se dieron
la palabra de orden, y al siguiente día, en que
la nación más fuerte inició el movimiento, las
otras lo secundaron; las clases armadas, a su
vez, cruzáronse de brazos y la revolución que
dó triunfante.
Ya se ha visto, por lo expuesto anterior
mente, que el malestar provenía de la escasez
de alimentos, y como éstos derivaban del
suelo, hacíase necesario emanciparlo del do
minio privado, a fin de que los hombres pu
diesen trabajarlo libremente. Esta era la cues
tión básica que, resuelta, haría desaparecer
los otros problemas económicos, por cuanto el
trabajo de las fábricas y talleres pasaría al se
gundo plano, estando el de la alimentación re
suelto.
En consecuencia proclamaron la emanci
pación del suelo. “Este — decían— fué dado
’’por la Naturaleza al hombre para cultivarlo y
’’sacar de él su sustento. De allí en adelante
'’nadie podría apropiarse de mayor cantidad
” de suelo del que pudiese trabajar con sus ma”nos.” Decretaron a este propósito un cierto
—
167 —
número de leyes:
La primera se ocupó de la propiedad terri
torial, empezando por “suspender las transac
ciones; no pudiendo los propietarios vender,
’’permutar, ceder ni alquilar tierras en cuanto
”no estuviesen en vigor las nuevas leyes”.
Después “las tierras incultas fueron decre
ta d a s propiedad del Estado, al mismo tiempo
’’que los parques, bosques y tierras para di
versión de los ricos pasaron también al do’’minio público”.
Hicieron luego la ley general de herencias,
precedida de un corto preámbulo; decía éste
que “así como el hombre transmite a sus hijos
”y nietos las enfermedades por él adquiridas,
’’así también era de justicia que sus hijos y
’’nietos heredasen los bienes por él acumula
d o s. Además, la esperanza de asegurar el fu
tu r o de sus hijos era aliciente poderoso que
’’alentaba al hombre en el trabajo y constituía
’’uno de los mayores factores del progreso. En
’’consecuencia la ley concedía al ciudadano
’’que hubiera hecho fortuna, el pasarla ínte
gram ente en usufructo a sus hijos y nietos;
’’pero extintos estos últimos, los bienes pasa” rían a ser propiedad del Estado” .
Inmediatamente hicieron la ley sobre la
emancipación del suelo, precedida también de
un concienzudo preámbulo, en el cual calcula
ban “que en los primeros treinta años, más
”de la mitad de la propiedad privada pasaría
” al dominio del Estado, y que antes de noven168
—
—
” ta años, la superficie total de las naciones aso
c i a d a s , q u ed aría em ancipada” . E xplicaba que
este tiem po parecería dem asiado largo a los
im pacientes; pero los exhortaba a revestirse
de calm a, pues las grandes cuestiones como
aquélla, en la que en trab an tantos intereses
en juego, no se podían ejecu ta r ap resu rad a
m ente, sin tiempo.
La ley determ inaba “que la gran propie
d a d perdiese la tercera p arte; después esta
’’m ism a gran propiedad, con las otras m eno”res, perd ían la quinta p arte en el m om ento
” de prom ulgarse la ley. P or m uerte de los ac
h u a le s propietarios, los hijos recibirían otra
’’q uinta p arte m enos; por m uerte de éstos, sus
’’sucesores (nietos de los prim eros), otro tanto
’’menos, y por fallecim iento de estos últim os,
”las dos quintas partes restantes rev erterían
”al E stado”. Una excepción se h acía p a ra “la
’’pequeña propiedad cultivada personalm ente
^’por sus propietarios” ; ésta “no p erd ía n a d a ;
’’pero quedaba su jeta a la ley general de he
re n c ia s ”.
“Las tierras, a m edida que se fuesen em an
c ip a n d o del dominio privado, p ertenecerían a
’’los respectivos m unicipios, que las irían al
q u ila n d o al pueblo colectiva o individualm en”te, según los casos.”
Siguió a ésta la ley sobre la propiedad u r
bana, enteram ente parecida a la ley sobre la
em ancipación del suelo.
O tra ley sobre el cap ital determ inaba “que
169
—
—
” de allí en adelante percibiría el interés del
” 2 por 100 al año, y también que la tercera
’’parte del capital existente en aquel momento
’’pasase a las arcas del Estado, para ser em
p lea d o en construir casas para los labradores
” y operarios; estas casas serían distribuidas
’’por medio de sorteos” .
Reglamentaron el trabajo, el cual, siendo
hecho con el sudor del trabajador, justo era
que obtuviese los resultados de sus fatigas y
esfuerzos.
En consecuencia decretaron “que las em
presas mineras, de comunicación terrestre y
’’marítima, las fábricas y talleres, mientras loa
’’operarios no fuesen asociados, perderían la
’’tercera parte de los beneficios; de éstos, la
’’mitad sería repartida entre los operarios y
’’empleados subalternos, y la otra mitad desti
l a d a a construir casas para operarios y em
pleados de las mismas” .
La ley sobre el comercio fué idéntica a la
anterior: “ los empleados deberían ser asocia
d o s , pero mientras no lo fuesen, le era retira
d a la tercera parte de los beneficios y repar” tida la mitad por partes iguales entre los em
pleados, y la otra mitad empleada en auxi’ liar a los internados municipales y grupales
’’respectivos” .
Decretaron también “que los portadores de
’ títulos de la Deuda interior, perdiesen la ter” cera parte” . Igualmente decretaron que “ de
—
170
—
’’a llí en adelante, los contratos serían hechos
’’p or tiem po lim itad o” .
C om pletaron la ley sobre herencias, decre
tando que “ de los que m uriesen dejand o fo r” tuna, pero sin herederos directos, el Estado
’ h ered a ría la m itad; pero si el fa llecid o en
’’estas condiciones d ejase sus bienes al e jé r c i
t o , H erm anas H um anitarias, internados, etc.,
” el Estado perd ería sus derechos” .
P or últim o hicieron una ley sobre el e jé r
cito “ suprim iéndole desde luego las altas je
r a r q u ía s , dism inuyendo el sueldo de los je fe s
” y oficiales, con cuyo excedente aum entaron
” el sueldo de los soldados. Y los destinaron a
’’sanear el suelo, cu ltivar las tierras incultas,
” y a p ropiedad del Estado, construir vías de
’’com unicación, tanto terrestres como fluvia” les, herm osear la superficie del planeta y a yu
n a r al lab rad o r con las m áquinas agrícolas
” (en que se iban a transform ar las arm as de
’’destrucción) y en las faen as de la recolec” ción ” .
D espués de que estas leyes, por ser m ás ur
gentes, fueron decretadas y puestas en e je c u
ción, pensaron los gobernantes en m odificar el
sistem a político.
En un m anifiesto enviado a todas las n acio
nes del p laneta expusieron la necesidad qu e
h ab ía “ de v iv ir de allí en adelante en paz, de
’’con fed erarse las naciones de todo el m undo,
’’p ara aca b a r con las fronteras y las nacionali’’dades” . E stas ideas no fueron adm itidas en el
—
171
—
primer momento más que por los pueblos me
nos numerosos; pero las reformas económicas
eran tan bellas que si las políticas no agrada
ban los seducían aquellas que repartían entre
las clases desheredadas el poquito de bienes
tar soñado hasta allí por la humanidad infeliz.
El sistema político hasta aquellos tiempos
estaba basado sobre el antiguo régimen; era
un rey que gobernaba toda la vida o era un
presidente que gobernaba temporariamente;
esta vez formóse un Directorio compuesto de
una decena de individuos. El Directorio, reali
zadas las reformas económicas, pensó en las
políticas, dividiendo la nación y las otras que
se habían adherido en municipios autónomos,
como ya se explicó en otra parte. Faltaba una
última reforma que si no era tan urgente como
las anteriores las completaba: rebajar el poder
personal, que siempre se había excedido en el
mando, y con la misma decisión con que ha
bían emprendido lo más difícil acometieron
esta de disminuir y limitar los poderes pú
blicos.
El poder personal había sido, en los ante
riores tiempos, la causa única de los males su
fridos por la humanidad y que se hacía nece
sario exterminar. El prestigio personal, origen
de todo poder, que unos adquirían por la fuer
za bruta, otros por la fortuna, algunos por la
inteligencia y los más por la astucia, era pre
ciso hacerlo desaparecer de la faz del planeta,
a fin de acercarnos lo más posible al nivela—
172
—
miento material y moral. Ese prestigio, fuerza
o poder individual, causa de las desgracias que
agobiaron a los marcianos en aquellos bárba
ros tiempos, era necesario destruirlo por todos
los medios.
El hombre es un animal insaciable, no se
contenta nunca y jamás queda satisfecho por
más bienes que llegue a poseer. Además, exis
te cierta especie de individuos que se juzgan
superiores a los otros, y esta pretensión en in
dividuos sagaces, más instruidos o más osados
y contando con medios de fortuna, dió origen
al poder personal. Esta pretendida superio
ridad indujo a esos hombres a imponerse a
los más débiles, y en su altanería, cuando ad
quirieron el poder, como la ambición no tiene
límites en el corazón humano, abusaron
siempre.
Con el objeto de no sufrir más los abusos
del poder, el Directorio, después de las leyes
económicas decretadas, decidió establecer para
gobierno el régimen patriarcal, con los adelan
tos y conocimientos de aquel entonces, y que
los cargos del poder ejecutivo fuesen desempe
ñados por los ancianos que hubiesen alcanzado
la edad de 60 años.
Legislaron a este respecto y procuraron que
los poderes de estos ancianos no tuviesen de
duración más que una estación del año, e hi
cieron el siguiente raciocinio: “La Naturaleza
’’muda cuatro veces al año el aspecto del pla” neta, ¿por qué los marcianos no han de imi— 173 —
“” tarla nombrando los poderes públicos por el
' tiempo limitado de una estación?” Con esta
sapientísima medida los hombres no tendrían
tiempo de embriagarse con el poder y por con
secuencia exorbltarse.
Con la intención preconcebida de abatir el
poder político, que ahora iba a ser desempe
ñado por los ancianos, y para evitar disiden
cias en el pueblo a propósito de elecciones, el
Directorio decretó fuesen electos por sorteo.
Para este fin organizaron en los municipios
una lista de los que habían cumplido 60 años,
excluyendo los de antecedentes dudosos y los
que poseyeran fortuna; metiéndose sus nom
bres en una urna y los cuatro primeros nom
bres extraídos, irían por turno a desempeñar
el cargo de Anciano. El que terminase su tiem
po pasaba a ser juez durante la estación si
guiente, siendo así desempeñados los poderes
ejecutivo y judicial con la máxima sencillez.
Los marcianos obtuvieron el conocimiento de
que para ser la humanidad gobernada sin sor
presas precisaba volver al estado de las pri
meras sociedades, con los conocimientos de
una adelantada civilización.
Después organizaron el poder legislativo,
como ya fué dicho anteriormente, y mientras
no se llegaba a conseguir la unidad planetaria,
como era intención del Directorio, y no pudiendo ser aquél disuelto por cuanto hacia ya
funciones de futuro Congreso de la nación
marciana, lo conservaron y fueron aumentán—
174
—
dolo con los diputados o embajadores envia
dos por las otras naciones, a medida que iban
adhiriéndose a la buena causa. Su duración
fué limitada a cuatro años, renovada una
cuarta parte por sorteo, y éste fué el principio
del Congreso que hoy rige los destinos de nues
tro mundo.
Con las nuevas reformas el pueblo fué más
feliz, la alimentación abarató, el trabajo fué
remunerado con justicia y las facilidades que
ía nueva organización social proporcionaban
produjeron general bienestar. No existiendo
las dificultades con que se tropezaba anterior
mente para vivir, las uniones contratadas o li
bres no tuvieron obstáculo, porque lo que an
tes las impedía era la dificultad de procurarse
el pan. Ahora que todos iban a poseer su casa
y los que no la tenían estaban en vísperas de
poseerla; que el capital, hasta allí el primer
factor de la vida económica, quedaba limita
do a un influencia secundaria, no sólo el labra
dor, sino los trabajadores de las ciudades, a
los que anteriormente las condiciones econó
micas obligaban a quedar solteros, se casaron
y durante algunos años disfrutaron de una re
lativa felicidad.
Pero sucedió que transcurrido un cuarto de
siglo de las reformas la población de aquel
continente había o estaba en vías de triplicar
se, encontrándose de nuevo con el problema
del economista que decía consistir la base de
la felicidad de un pueblo en el equilibrio de la
175
—
—
población con los productos del suelo.
P usieron desde aquel m om ento m ás aten
ción en la natalidad, perfeccionaron la rep ar
tición de la estadística que hasta allí h ab ía ser
vid o sólo de curiosidad adm inistrativa, dedi
cáron la cuidados que hasta aquel tiem po no
h ab ía m erecido a los gobernantes y trataron
de solucionar aquella dificultad.
D espués de ca lcu la r el núm ero de h ab itan
tes que dentro de cada nación cabía a las pro
vin cias y m unicipios tom aron la ra d ical m e
dida de suspender por un determ inado tiem po
los m atrim onios, y el exceso de la población
fu é m andado a fu n d a r colonias, m archando
p arte volun tariam en te y parte por sorteo. F e
lizm ente h abía no le jo s de allí otras Africas
que poblar, y aquellos territorios nuevos sal
varon la dificultad.
Algunos siglos m ediaron entre estas gran
des reform as y la convergencia de las nacio
nes p ara unirse y fo rm ar una sola. M ientras
tanto, estas reform as fueron perfeccionándose
con el correr de los tiempos, teniendo en m ira
la destrucción del poder personal y al m ism o
com pás ir destruyendo y renovando las clases.
E ntre tanto, los pueblos vivían confederados
y las buenas ideas pasaban de unos a otros,
siendo aceptadas jubilosam ente cuando eran
ju sta s y beneficiosas a la colectividad. En m e
dio de este trueque de ideas una se im puso a
la consideración de los pueblos.
E xistía en la hum anidad una fa m ilia nu—
176
—
m erosa e infeliz, sin p atria ni hogar, viviendo
nóm ada debajo de la tienda y perseguida por
todas partes. Desde que los sentim ientos h u
m an itarios se cristalizaron y el triunfo de la
razón fué un hecho pensaron los hom bres que
era una trem enda injusticia la que se p racti
caba con aquella fam ilia h u m an a ab an d o n ad a
a tan cruel suerte. Pensaron, pues, h acerla en
tr a r en el consorcio social, dándole tierras p a ra
cu ltivar y de esta suerte arraig arla al suelo.
Así se hizo, y en poco tiem po perdió el carác
ter nóm ada y con esto los vicios inherentes a
su raza : la ociosidad y el robo. Una vez esta
blecidos quedaron sedentarios y sus costum
bres se modificaron, transform ándose en ciu
dadanos ejem plares.
En los tiem pos anteriores, cuando el pro
blem a económico ni aún era soñado y privaba
en todo el sórdido interés, la selección sexual
no se hacía de acuerdo con las inclinaciones
del hom bre y de la m u jer. Esa parte, la m ás
im portante de las criaturas, que se atraen po r
el am or y la m utua sim patía p ara p e rp e tu a r
la especie, no existía, porque antes del am o r
p riv aba la conveniencia. Los intereses lo absorvían todo; la joven que poseyese un cam po
encontraba m ás fácilm ente m arido que o tra
que nada tuviese, aun cuando ésta le fu era su
perior en prendas físicas y m orales. La vida
en aquellos tiem pos era tan dura, el p o rv en ir
tan incierto, que en paso de tam aña tran scen
dencia hom bres y m u jeres eran guiados p o r
177
—
—
el bajo interés. Debido a estas circunstancias
sólo una décima parte de los consorcios se ha
cía por inclinación. Este defecto básico en la
formación de la prole, si no la empeoraba por
lo menos la conservaba estacionaria.
Después que los medios de existencia se
pusieron al alcance de todos y que las refor
mas económicas disminuyeron la lucha por la
existencia los matrimonios se hicieron por in
clinación y de acuerdo con la estética. Esta
triunfó soberanamente en el corazón de los
hombres y mujeres y la raza humana mejoró
a ojos vistos, aumentando en lo sucesivo el nú
mero de hombres y mujeres bellas. Pero si por
el lado de la perfección física las condiciones
mejoraban, no acontecía lo mismo por el lado
de la robustez y la salud. Con la intención de
mejorar la raza y en el anhelo de perfecciona
miento, estudiaron esta cuestión y concluyeron
que el hombre llegaba al estado de perfección
física a los 25 años y la mujer a los 20. En con
secuencia, establecieron la ley de no permitir
casamientos antes de esas edades, para no en
gendrar seres débiles que podrían hacer de
generar la raza, y por ser esas edades las más
propias para prolificar y obtener vástagos más
fuertes.
Prosiguiendo el estudio del perfecciona
miento de la raza pensaron en expurgarla de
algunas enfermedades que la afligían y con ese
fin trataron de seleccionar los matrimonios.
Los que pretendiesen casarse eran obligados
— 178 —
a someterse al examen de la sangre; hecho
esto iban sus nombres a figurar en las listas
del municipio para que el público pudiese avi
sar a las autoridades sanitarias si en los ascen
dientes había existido la locura, enfermedades
hereditarias o algún grado de parentesco.
Siendo el examen y las informaciones favora
bles se les concedía el permiso para unirse;
en caso contrario les era negado. Ahora, si
persistiesen en la unión a pesar de las infor
maciones contrarias, la mujer tendría que su
jetarse a la esterilización. Esta selección de
los cónyuges dió excelentes resultados: los vástagos fueron más sanos, disminuyeron las en
fermedades y se favoreció el mejoramiento de
la raza.
No quedaron en esto solo las reformas; a
pesar de los resultados obtenidos sintieron que
se hacía necesario extirpar unas cuantas en
fermedades que desde tiempos remotos asola
ban a la humanidad y a las que nunca los en
cargados de la salubridad pública habían de
dicado la solícita atención que algunos de
aquellos casos merecían.
Unas seis a siete centurias antes de las re
formas había habido guerras casi continuas
hechas con fines de conquista; en una de éstas
no se sabe con certeza si fué la soldadesca que
sació su apetito sobre los cadáveres o si fué
por el comercio sexual de gentes de un pueblo
nuevo, lo cierto es que estos desmanes dieron
origen a una terrible enfermedad que se pro179
—
—
pagaba por el contacto de los órganos genita
les y con gran rapidez se extendió por el mun
do todo. Los primeros casos fueron fatales: el
cuerpo se cubría de pústulas, las carnes caían
en descomposición, siguiéndole la sordera, la
ceguera y otras imperfecciones que term ina
ban por la muerte. Encontraron un remedio
que suspendía o paralizaba la enfermedad,
pero siempre los resultados eran complicados,
entregando a la desgracia no sólo a los indivi
duos, sino también a su prole hasta la tercera
generación. Aun en este caso originaba un gran
número de enfermedades del sistema nervio
so, tales como la locura, la epilepsia, la pará
lisis general y otras enfermedades congénitas
y adquiridas. La mayoría de las monstruosida
des observadas por los médicos eran origina
das por aquella terrible enfermedad. Ni las
medidas tomadas sobre los casamientos ni la
institución sabiamente reglamentada de las
Hermanas Humanitarias pudieron exterminar
el mal; hízose necesario tom ar medidas radi
cales que vigorasen en todo el planeta. Fué el
Congreso quien se ocupó de destruir el mal por
la raíz, decretando “que todos cuantos sufrie’ sen o hubiesen tenido aquella enfermedad y
’ los hijos de éstos sólo pudiesen casarse con
’’m ujeres esterilizadas, y las hijas que por ven
tura hubiese fuesen también esterilizadas,
’’para que la enfermedad no pudiese propa
g a rs e ”. Esta medida, ejecutada con todo ri
gor, fué tan saludable, que un siglo más tarde
180
—
—
sólo se conservaba un vago recuerdo de aque
lla enferm edad. En vista de tan excelentes re
sultados pensaron en d estruir otra dolencia de
aspecto m enos repugnante, pero de consecuen
cias m ás trem endas, pues arrebataba la vid a
a una gran parte de la ju ven tu d al salir de la
adolescencia.
E ra la tal dolencia en unos hereditaria, en
otros ad quirid a y en los m ás por debilidad del
organism o, y puede decirse que una quinta
p arte de la ju ven tu d fa lle cía a consecuencia
de esta trem enda enferm edad. A p licaron el
mismo proceso anterior a los que la p adecían
y a los h ijo s de todos aquellos que habían
m uerto de e lla; com o con la enferm edad an
terior, se obtuvieron excelentes resultados. No
se consiguió e x tirp a rla com pletam ente como a
la prim era, m as dism inuyó extraord in aria
mente, quedando esporádica y siendo los ca
sos bastante raros. Con otras enferm edades
hereditarias, como por ejem p lo el cáncer, pro
cedieron de idéntica m anera a como se ha di
cho, y de las enferm edades incurables y trans
m isibles, como la lepra, determ inaron que to
dos los casos fuesen elim inados; con esta m e
dida dism inuyó la m ortalidad y aum entó la
salubrid ad en general.
D espués de estas m edidas atinentes a dis
m inuir las enferm edades hereditarias conti
nuaron siem pre m ejoran d o m ás la raza por
m edio de la selección m atrim onial, llegando a
obtenerse con este proceso una prole m ás fu er—
181
—
te, más apta y más inteligente. Esto se hizo en
todo el planeta, con todos los pueblos y con to
das las razas. Y a pesar de haber obtenido el
que todas ellas estuviesen seleccionadas y be
llas, no se contentaron. Hay en el alma huma
na una ansia de perfeccionamiento para ese
í>lgo desconocido sin que el hombre raciocino
ni conozca los medios ni el fin; y eso obedece
a que todo en el Universo se encuentra en es
tado de actividad constante y la causa de esa
actividad es la vida, que todo lo anima y va
del átomo a la estrella; además, la vida en sí
tiene una tendencia a mejorar las cosas, fe
nómeno este cuya causa nos es desconocida,
pero que realmente existe. Y esa tendencia a
mejorar las cosas es la que nos hace nacer am
biciosos, cualidad esta que se manifiesta des
de temprana edad en el niño, en el deseo de
crecer; en el adulto en el de ser fuerte; en la
edad viril en el ansia de saber; en la edad ma
dura en el deseo de sobresalir y dominar; y en
el viejo en la ambición de guardar. Y estas va
riadas aspiraciones mudables en el tiempo y
en el espacio perduran hasta la muerte y son
el germen de la insaciabilidad humana, insaciabilidad esta que nos aguza el entendimien
to para mejorar nuestra situación en el mundo
3 que constituye el mayor factor del progreso.
Siguiendo, pues, la humanidad marciana en
esa aspiración fatal y constante, después de
alcanzar un perfeccionamiento nunca hasta
allí imaginado, aquella humanidad no estaba
182
—
—
satisfecha, pensaron que aún faltab a una gran
reform a a in tro d u cir en el planeta, cual era
la de unificar las razas fundiéndolas en u n a
cola p ara que la desigualdad desapareciera al
m enos en el aspecto ex terio r de las gentes.
Ya se había conseguido m ucho en tiem pos
anteriores m ejo ran d o las razas sep arad am en
te, de modo que la raza blanca con la am arilla
fue fácil el m estizaje. No aconteció lo mism o
con la raza negra, que si bien se h ab ía tenido
anteriorm ente cuidado de seleccionar, ofrecía
dificultades p o r el color. De esta tan ard u a ta
rea se encom endó de llev ar a feliz térm ino al
ejército agrícola y a las H erm anas H um ani
tarias. In tro d ú jo se entre aquellas razas al ejéríito y a las H erm anas como p rin cip al elem en
to durante una generación, ju n tán d o se a éstos
ios voluntarios y volun tarias que se ofreciesen
a ir con el m ism o lau d ab le fin, y pasado esc
tiem po se d ejab an abandonadas a sí m ism as
d u rante dos generaciones. En este espacio de
tiem po las razas inferiores se iban perfeccio
nando entre sí, h asta q u ed ar confundida la
p rim era inoculación. Luego volvíase a enviar
los soldados y las H erm anas p a ra renovar la
sangre de aquellas razas, y por dos generacio
nes se las d ejab a aisladas. Y continuando pe
riódicam ente estas m edidas la piel se fué acla
rando hasta lleg ar po r últim o a q u ed ar del co
lor de los otros habitantes. Este trab a jo fué
largo, cerca de m il años tardó en realizarse,
pero la unificación fué un hecho real, y hoy la
183
—
—
raza que en algunas comarcas quedó sin iriezcla no le es superior a esta conseguida artifi
cialmente.
Estas fueron, dichas grosso modo, las re
formas operadas en la nación marciana, o sea
en el planeta, siempre perfeccionándose en el
correr de los siglos para conseguir el ideal de
perfección moral y material ambicionado por
la humanidad.
Para terminar diré que actualmente el pla
neta presenta un aspecto uniforme de líneas y
de color. En el Ecuador la raza es más fina de
líneas y las encarnaciones bistre, especialmen
te en los hombres, y a medida que se sube o
baja del Ecuador el color es menos moreno,
atenuándose a medida que los habitantes se
acercan a los trópicos; luego que se alejan de
éstos aparecen los habitantes con la piel más
clara, y cuando llegan a las zonas templadas
empieza a sonrosarse la piel, aclarándose y
sonrosándose más a medida que se sube en la
dirección de los polos.
Quedé impresionado con la versión que
Feijóo me había hecho de las reformas y du
rante algún tiempo seguí reflexionando sobre
ellas y la aplicación que podría hacerse en la
'f ierra. Pensaba que emancipar el suelo del
dominio privado era lo que más urgía hacer
tn el caso. A este propósito, para no usar de
violencias, se me ocurría emplear un sistema
mixto: parte por expropiación y parte por in
demnización y dando largo espacio de tiempo,
184
—
—
que éste es el más activo auxiliar de todas las
empresas. Porque imaginaba que cuando el
Estado fuese dueño del suelo podria dirigir la
alimentación pública, cuestión básica del or
den social. El problema operario, entonces, se
arreglaría por sí mismo o por la acción de esa
fuerza desconocida que tiende a nivelar todo
lo existente. ¿No estamos viendo cómo nuestra
tierra tiende actualmente a la igualdad polí
tica: la China, el pais más reaccionario; Ru
sia, el más autócrata? Una prueba de que el
mundo se nivela la tuvimos en la Edad M edia:
el feudalismo dominó desde el Himalaya, en el
centro de Asia, hasta el extremo occidental de
Europa, y aún hoy aquel sistema domina en
aquellos atrasados pueblos. Después de éste
u n o el régimen constitucional, que hasta Tur
quía ha aceptado. Y hoy el sistema republi
cano se adelanta rápidam ente para extenderse
por el mundo entero.
Si el nivelamiento político se va operando
de modo ininterrum pido el de las costumbres
también se hace paralelamente. ¿No hemos
observado que todos los países civilizados ca
minan para la igualdad, sin que para ello in
fluyan fuerzas extrañas? Es el instinto de imi
tación, del que los individuos están dotados, el
que concurre a este nivelamiento. Veamos sin
pasión lo que se observa en los países civili
zados: aparentan tener todos el mismo as
pecto. Los vestidos típicos y pintorescos de los
campesinos van desapareciendo, y hoy día una
185
—
—
muchacha de Capri y una de Santander o Ga
licia visten de idéntica manera. En las ciuda
des cultas pasa otro tanto: el capitalista o el
titular no se diferencian, como tampoco se di
ferencian éstos de un artista o un trabajador
acomodado.
La nivelación o la igualdad aparente nos
viene encima a grandes pasos; es el albo
recer de la futura orden social y política que
encaminará las cosas a una relativa igualdad
moral y económica.
Además, los principales agentes de este nivelamiento son los ferrocarriles y el telégrafo,
que pondrán a los pueblos en comunicación
unos con,otros, derribarán las fronteras y ayu
darán al congraciamiento y a la fraterniza
ción de la humanidad. Ahora, esa igualdad ab
soluta, como algunos utopistas insensatos pre
tenden (aun suponiendo que todos recibieran
la misma educación e instrucción) no vendrá
nunca, porque la Naturaleza se encarga de
hacer a los hombres desiguales. Desiguales en
el crecimiento, desiguales en la fisonomía, des
iguales en el temperamento, y, sobre todo, des
iguales en la inteligencia.
—
186
CAPITULO IX
LAS COSTUMBRES
Sobriedad de los marcianos. - Contratos matri
moniales por siete años. - Igualdad de la mujer y los
hombres. - Particularidades que se observan en los
nacimientos. - Importancia capital de la Estadística. Principal objeto de la educación. - Arte del bien
vivir. - División del tiempo._
Llevaba ya algunas semanas de residencia
entre los marcianos y por más que observase
sus costumbres mis indagaciones no pasaban
de lo que veía en la calle. Por la mañana to
das las gentes tenían el aspecto de trabajado
res, después de las catorce este aspecto múda
la como si fuera una escena de teatro, todos
me parecían señores. Una mañana que hallé a
Feijóo locuaz, después de habernos desayuna
do, pedíle me describiese las costumbres de los
marcianos.
—Nuestra sociedad—empezó—vive en una
perfecta armonía, tanto mirada por su lado
económico como por el social. Las clases exis
ten, sí, pero poco distanciadas, debido a que
las leyes y usos se ocupan de acortarlas. Si
hay diferencias son las producidas por el ta
lento y esfuerzo intelectual; en este punto los
marcianos rinden homenaje a los que sobre
salen en cualquier ramo de los conocimientos
humanos; el sabio es la única aristocracia que
ellos conocen. Las leyes son rutinarias, cono
cidas del pueblo, de manera que éste puede
—
187 —
y sabe defender su derecho; tam bién consi
d era a los m arcianos iguales, y esta m ism a
igualdad no sólo está contenida en las rela
ciones sociales, sino en el organism o politico.
E n el convivio social, como todos h an reci
bido igual educación e instrucción, se condu
cen llanam ente, con una cordial fam iliaridad.
Y como al salir de los grandes internados se
hace entre los m uchachos y m uchachas una
selección, ja m ás se da el caso de m alograrse
u n a inteligencia; las leyes proveen p a ra que
puedan hacer estudios superiores.
La vida en nuestro m undo obedece a los
preceptos de estética, esto es, a h u ir del dolor,
procurando lo bueno, lo útil y lo agradable.
D espués de obtenidas estas satisfacciones vie
nen las necesidades m ateriales, que son del
dom inio de la adm inistración pública, que
cuida de que los alim entos estén al alcance de
todas las fortunas.
Las inteligencias escogidas abundan tanto
en tre los hom bres como entre las m u jeres; és
tas en algunas especialidades le son superio
res. En las cuestiones atinentes al sentim iento
y a la observación p ro lija, tales como Medi
cina, las ram as que dependen de los sentim ien
tos morales* como son la enseñanza, y otras
en que hay em pleo de las facultades afectivas,
ellas llevan v en taja a los hom bres. En las en
ferm edades de la infancia, de la adolescencia
> de la m u jer, los médicos son m u jeres que,
naturalm ente, hicieron sus estudios y están en
188
—
—
posesión de título p ara practicarla.
Los m arcianos son sobrios por educación
y por hábito, de m an era a satisfacer sus nece
sidades con poca cosa, consiguiendo así tener
m ás independencia, que es la m anera de ser
rico sin poseer riquezas. No consideran la vid a
b a jo el punto de vista del com er y beber, por
que eso les co m p araría a los irracion ales, y
procuran obtener la salud practicando una h i
giene activa y dietética que les desarrolla las
energías. L a alim entación del espíritu les
p reocupa tanto como la alim entación del cuer
po, pues consideran la función intelectu al
com o la m ás elevad a y m ás im portante de
todas. L as divagaciones del espíritu son las
que m ás satisfacciones les proporcionan, por
qu e los hace distinguirse en las relaciones so
ciales, sobre todo en la conversación, ese m an
ja r divino propio de alm as elevadas que diser
tando con am enidad y clareza ven abrírseles
las puertas y los corazones. D espués de estos
goces in telectu ales sigílenle los m orales, que
les proporcionan esa íntim a satisfacción in
exp licab le resultante de sus buenas acciones,
de su corrección y com portam iento honesto
con la sociedad. Por últim o, jú ntan se a éstos
los goces m ateriales que nos sum inistra el a li
m ento, con el cu al renovam os la vid a y que,
unido a los goces que de ahí dim anan, redon
dean y hacen agrad able la existencia.
V o y ahora a ex p licarle sum ariam ente los
usos y las costum bres de estos pueblos, tan di—
189
—
ferentes de los que hay en la Tierra y que us
tedes harían bien en imitar.
— Las leyes preparan para el casamiento,
tanto a los hombres como a las mujeres, me
diante un examen médico, escribiendo en su
cédula personal después del examen apto o
no apto para el matrimonio. Los clasificados
no aptos pueden vivir con mujer, pero están
privados de tener hijos.
El matrimonio no es considerado aquí como
una asociación comercial en la cual los socios
cuentan con lo que tienen y lo que esperan;
es, por el contrario, el más desinteresado de
los actos del hombre y de la mujer. Al escoger
mujer, como al elegir hombre, los seres son
guiados únicamente por el amor, el único sen
timiento que los guía es la afección a la per
sona amada. Y no se crea que la fortuna está
excluida entre los marcianos, nuestra sociedad
está organizada para que el hombre de inicia
tivas y emprendedor tenga campo para desen
volver sus actividades; pero en la cuestión ma
trimonial, tanto a unos como a otros los guía
su inclinación.
El casamiento es aquí una cuestión esen
cialmente personal, en cuyo enredo, pasado el
examen médico, sólo las familias intervienen.
Los contratos son hechos por el plazo de siete
años. Consisten en una promesa a manera de
pagaré que queda depositada en manos de los
padres de la novia. Estos contratos pueden
ser renovados por otros tantos años una se190
—
—
gunda vez y después por otros tantos, pero
este últim o caso es un a excepción. M ientras
vigorizan estos contratos tanto el hom bre como
la m u je r se deben un a m u tu a fidelidad, en
trando uno y otro en el mism o pie de igualdad,
y no se da el caso de fa lta r una m u je r a su
m arido ni éste a su m u jer. Por otra parte,
consideran que estos siete años están destina
dos a la creación de la fam ilia y son escrupu
losos en este p articular, p a ra que m ás tard e
no sobrevengan dudas acerca de la proceden
cia de los hijos.
Las m u jeres antes de casarse se p rep aran
haciendo estudios especiales p ara desem peñar
los deberes de la m atern id ad ; no pasa aqui
Jo que en la T ierra, donde las jóvenes a p ren
den m uy bellas cosas que sirven de o rnam en
to, pero que no tienen relación alguna con las
fu tu ras obligaciones m aternales.
Pasados los siete años del contrato, si no
Jo renuevan, continúan viviendo como am i
gos, que este es el lazo m ás santo y durable,
preocupándoles solam ente el adelanto de los
hijos, a pesar de que el Estado da a éstos la
‘■ducación y la instrucción. Luego de cum plida
fcu misión, esto es, la creación de la fam ilia,
em pieza una vida de m u tu as concesiones, en
Ja que si se comete algún desliz no trae conse
cuencias.
No se puede decir que este sea el país ex
clusivo de las m ujeres, como tam poco de los
hom bres, porque am bos viven en idénticas con191
—
—
d iciones: ellas son el cabeza de fam ilia un día,,
el siguiente pertenece a los hombres, y así en
adelante. E l perfecto conocim iento de am bos y
la con viven cia que tienen m uchachos y m ucha
ch as desde los internados los habilita a cono
cer el sexo opuesto, de m odo que cuando llega
la edad del m atrim onio tanto m u jeres como
hom bres tienen suficiente experiencia en el
asunto para saber escoger lo que m ás les con\enga. A q u í el casam iento no es el resultado
de un azar, pues que la m u je r el día a ella des
tinado puede decir al hom bre con el que prelen d a un irse: Me agrada usted, lo que la dis
pensa de circunloquios y la lleva directam en
te a su objetivo. Tam poco le queda supedi
tad a como antiguam ente; ella puede v iv ir sin
n ecesitar de su ayuda, y el hom bre, por su
parte, trata de com portarse bien con su m u
je r , porque si fuese un hom bre m alo acabaría
p or v iv ir solo en el mundo.
A q uí gozam os de un clim a tem plado y de
bido a esto nuestras costum bres son m ás puras
inocentes que en las regiones cálidas, donde
p or efecto del clim a los tem peram entos son
m ás ardientes. En consecuencia, sus costum
bres son m ás tolerantes en las relaciones se
xu ales, siendo aceptadas entre ellos con la
m ism a despreocupación con que com erían un
p lato sabroso o una fru ta delicada. Esto, que
en los países a que m e refiero no hacen gala,
pero tam poco encubren, en la T ie rra se p rac
tic a ocultam ente y sería tachado por los te—
192
—
ire stre s como inm oral, m ientras que d ad a
n u estra educación es considerado h asta de
acuerdo con la estética, Porque a qué negarlo,
dicen ellos, el hom bre no parece h ab er sido
puesto en el m undo p a ra contentarse con una
sola m u je r por ser por n atu raleza polígamo,
; esa tendencia a v a ria r despierta a la vista
de la m u je r herm osa abriéndole el apetito de
poseerla. T am bién no sabré decir si la m u je r
antiguam ente sentiría los mismos deseos del
hom bre por el atavism o de h ab er sido consi
d erada como esclava d u ran te muchos m illares
de años. Juzgo, entretanto, que en los antiguos
tiem pos no h ab rá sentido esa inclinación, pero
ahora, por efecto de la educación y del medio,
h a b rá llegado a ad q u irir los mismos gustos
que el hom bre, viviendo de perfecto acuerdo
sin que ello inquine a la am istad que sienta
por su m arido, como tam poco a la de éste p o r
su m ujer.
Aquí se tiene encam inado todo al fin único
de procurarnos el lado agradable de la exis
tencia, y, dada la unidad de educación, llegálonse a desconocer los b ajo s sentim ientos de
los celos, esa pasión de los tiem pos b árb aro s
indicio de an im alid ad ; las pasiones, si no lo
están, pueden ser satisfechas, al punto de se r
desconocidos entre nosotros los crím enes p a
sionales. N adie se quita la vida por causa de
una m u jer, como tam poco ninguna de éstas
se la quita por causa de un hom bre, y esto con
siste en que ni n u estra m o ral ni las costum bres
193
—
—
prohíben el cum plim iento del acto sexual. Los
hom bres y las m ujeres, llegados a la edad vi
ril, no gu ard an la castidad, pues si alguno la
guardase o sería un ser enferm izo o un inm oi al, porque procedería contra los preceptos de
la N aturaleza, que im pele a los seres a am arse
los unos a los otros.
En los tiem pos en que la hipocresía y la
m en tira gobernaban el m undo la castidad era
considerada la v irtu d m ás preciada. D ábase a
la continencia un gran valor. P ara ay u d arla
estableciéronse conventos de hom bres y m u
jeres, herm andad es en las que los asociados
h acían voto de castidad, los sacerdotes ídem,
y la m ayoría de las gentes, p a ra evitar las
cargas de la fam ilia, vivían solteras. Todo esto
eran m edios indirectos de que la sociedad se
servía p a ra no au m en tar la población y ocul
tab a el peligro, siem pre creciente, de su a u
m ento, porque si ésta aum entase desproposi
tadam ente la sociedad, ya num erosa, ten d ría
que retro ced er al estado prim itivo de devo
rarse unos a otros, por la falta de alimentos.
Hoy, felizm ente, ese peligro lo hem os previsto
lim itando el núm ero de h abitantes a la can ti
dad de alim ento que las regiones producen,
sirviéndonos en los casos agudos de la esteri
lización de la m u jer. Este punto esencialísimo
de n u estra organización contribuye eficaz
m ente a la felicidad de los m arcianos.
Esta disgresión que p arecerá innecesaria
era precisa p a ra m o strar la relación del es—
194 —
lado actual con el de aquellos lejanos tiempos,
y cuya repetición viene a ser lo que ahora exis
te en la Tierra.
Continuando el tema que nos ocupa: en
tendemos aqui que tanto los hombres como
las mujeres han sido puestos en el mundo no
para privarse y sí para deleitarse estrechados
por la simpatía y el amor en un amplio abra
zo. Este es el lado más bello que nos ofrece la
vida, es el más noble, por ser el acto de la re-5
producción de la especie, en el que además
de perpetuarnos transmitimos nuestro ser psí
quico a nuestros descendientes. Además, los
marcianos gozan en la contemplación de todo
cuanto hay de bello en el mundo, su alimento
espiritual, y este placer aumenta con la con
templación de la más perfecta obra de la Na
turaleza, como es la mujer hermosa, que a los
mejor dotados y a los más osados es permitido
poseer.
Si por un lado las leyes y las costumbres
son tan liberales respecto al comercio de los
dos sexos, no acontece lo mismo cuando se las
contraría. La mujer, cuando ha cumplido los
20 años de edad, está autorizada a casarse o a
amigarse, pero si por ventura se presentase
encinta antes de esa edad, después de ama
mantar la criatura va castigada a servir en los
asilos, hospitales, conventos o internados por
el tiempo que el juez determinase, y el mu
chacho, sea mayor o menor de edad, a servir
tn los cuarteles por el mismo tiempo. Por otra
195
—
—
parte, si una joven ya casadera presentase un
h ijo cuya p atern id ad no pudiera declarar, des
pués de am am an tarlo iría castigada a servir
a las H erm anas H u m anitarias por determ ina
do tiempo. Las leyes son explícitas tocante a
este p a rtic u la r: de ningún niño dej ar de tener
padre. En un caso de estos la cria tu ra es paternizada por el m unicipio. Estos rigores sir
ven p a ra m oralizar, así como los castigos pre
vienen las pasiones precoces.
Cuando el m atrim onio no congenia, lo que
es extrem adam ente raro, el divorcio se hace
con la m ayor facilidad antes de term in ar el
p rim er año, pero transcurrido éste tiene que
com pletar los siete años del contrato. En caso
de preñez el hom bre tiene que contribuir a la
m anutención de la cria tu ra h asta e n tra r ésta
b ajo la protección del Estado, aun cuando la
m u je r pueda vivir con independencia, pues
su tra b a jo es rem unerado con igual equ id id
que el del hom bre.
Aquí la buena educación, tiene contribuido
a arm onizar nuestras costum bres, sin que
h ay a en ellas violencias y atropellos, arreglán
dose los m ás delicados asuntos en los térm inos
m ás cordiales. Puede acontecer que un hom bre
se apasione por una m u je r casada y ésta co
rresponda a aquella pasión; en este caso el
hom bre apasionado se entiende con el m arido
y quedando de acuerdo, pasados ciertos pla¿os
va la m u je r p a ra su com pañía aportando el
contrato que hab ía hecho con el prim ero. En
196
—
—
general, esto acontece en la primera juventud,
porque pasada esa edad, a lo que el hombre
puede aspirar es a vivir en paz con su com
pañera.
Feijóo, percibiendo en mi semblante una
sonrisa maliciosa, añadió: En la Tierra, este
modo de arreglar las relaciones conyugales no
sería admitido ni aun tolerado. La humanidad
terrestre tardará muchos siglos en llegar a
esta perfección; alli suele dominar el egoísmo
prepotente que impele al hombre, por ser más
fuerte que la mujer, a dominarla y conside
rarla como propiedad suya. Aquí por el con
trario, no se ven en los matrimonios las infe
licidades que allí hay: de una mujer soportar
un marido borradlo y malo, que la abofetea y
maltrata; o bien lo opuesto: un hombre, bue
no como el pan, tener que aguantar una megera que le hace amarga la existencia para el
íesto de sus días.
El acto de la reproducción— continuó— si
está preceptuado de algún modo, es sólo por
las leyes moderadoras de la propagación de
la especie. Fuera de esto, el matrimonio se pre
senta en la sociedad a las familias de sus rela
ciones; es bien recibido y nadie les pregunta
si hicieron o no el contrato para casarse. Ade
más, como el casamiento se hace sin que me
die prohibición ni coacción, nadie le da imporlancia, pues bien sabido es que la prohibición
de una cosa la hace desear más, incita al
abuso y por último a ser vicioso.
197
—
—
Me atreví a decir, para ver lo que Feijóo
respondía, que todo cuanto llevaba dicho res
pecto a los casamientos y a la promiscuidad
sobre este particular de los marcianos, mi con
ciencia se resistía a aceptarlo como bueno y
que hasta me parecía inmoral.
—¿Usted juzga que es más moral que un
hombre mantenga fuera de su casa a una
amante, gaste con ella lo que pertenece a la
familia, cometiendo un robo, por privar a su
m ujer de aquello que le es debido? ¿Halla
usted justo que la m ujer, por su parte, engañe
ocultamente al marido, mientras que éste la
juzga una santa? ¿No es más leal esta fran
queza de vivir marido y m ujer en idénticas
condiciones gozando ambos de igual libertad9
¿No será mil veces preferible decir el marido
a su m ujer: “tengo un capricho por fulana”
y la m ujer, a su vez, decir a su marido: “me
agrada tal hombre?”
—Si los casamientos son del dominio pri
vado y las autoridades, después del examen
médico legal, no intervienen, no sucede lo mis
mo con los nacimientos; éstos sufren los re
quisitos más rigurosos de la ley. Cuando una
criatura nace, es llevada en las primeras vein
ticuatro horas al municipio, donde es exami
nada por los médicos municipales, y, como
generalmente acontece, hallada perfecta, vuel
ve para casa, procediéndose a su inscripción
en los registros municipales cien días después
198
—
—
en que los padres hacen la fiesta de su entra
da en el mundo. Si por excepción, el recién
nacido viniese al mundo ciego, contrahecho o
con algún miembro estropeado, ya no vuelve
para casa; del municipio es llevado al cemen
terio, donde es ahogado en la piscina. Eso
tiene su lado moral, aunque parezca lo contra
rio; no dejar sobre el mundo a seres inútiles
que no podrían servirse de sus miembros y
que fatalmente serían toda su existencia infe
lices. Además del lado hum anitario, hay el es
tético, por cuanto esos estropeados y ciegos en
medio de la sociedad, afligirían nuestra vista,
causándonos opresión y disgusto. Si por este
concepto estos seres nos desagradarían, por el
lado económico aún sería peor, porque se con
servaría a gente inútil que consumiría sin pro
ducir y acarrearía perjuicios a la sociedad,
por no contribuir por su parte al bien general»
Los marcianos están a esto habituados y no ven
en estas costumbres nada que pueda chocar
ajenas susceptibilidades;la ley dura en verdad,
es ejecutada llanamente como el acto más sen
cillo de la vida corriente. Es una tradición
arraigada en nuestros usos y costumbres, y
consideramos ese acto como un tributo rendido
a la Madre Naturaleza: arrancar del suelo una
planta inútil que podría perjudicar a las sa
nas y útiles
Antes de llegar los marcianos a la adelanta
da civilización en que actualmente se encuen
tran, conocíanse en el mundo tres clases de
199
—
—
en ferm edades: las m orales o m entales, cuyo
térm ino era la locura; las sociales o colectivas,
que term inaban por las revoluciones o la gue
rra y las físicas, cuyo térm ino fatal es la m uer
te. Las m orales desaparecieron casi com pleta
m ente con nuestro estado social arm ónico:
alg u n a vez aparece un caso, pero es rarísim o.
Las enferm edades sociales desaparecieron ra
dicalm ente desde que la riqueza fue rep arti
da y el m undo gobernado po r la inteligencia
y la justicia. Sólo las enferm edades físicas no
las podem os evitar y m enos cu rar, pero hemos
adelantado m ucho en el sentido de dism inuir
sus sufrim ientos; ah o ra cuando aparece algún
caso de enferm edad transm isible e incurable
como la lepra, lo que sucede m uy raram ente,
los pacientes son sistem áticam ente eliminados.
Las enferm edades h ered itarias h an sido casi
del todo destruidas, y si alguna esporádica ap a
reciese, fuese incurable y ocasionase sufrim ien
tos agudos al paciente, no lo dejam os m orir,
como antiguam ente, abandonado a su dolor.
Si fuese m enor de edad, lo aliviam os por me
dio de un tóxigo o una inyección, y si mayor,
tiene la libertad de escoger el m edio de lib rar
se de sus sufrim ientos con el proceso de la
eutanasia. Estas son m edidas radicales que la
educación y la m oral nos aconsejan, p ara que
el dolor no se estacione entre nosotros y no sea-,
mos constreñidos a soportar su vista. En los
tiem pos de la hipócrita m en tira, si esto se prac
ticase, g ritarían que era una fa lta de caridad y
200
—
—
am or al prójim o. [Como si el ver a los desgra
ciados atacados de atroces dolores por un m al
incurable no constituyera por sí solo una fal
ta de altruism o! L a m oral, amigo mío, v aría
con el tiempo, el m edio y la ocasión; ella no
es absoluta y sí, por el contrario, todo cuanto
hay de m ás relativa. Lo que actualm ente p rac
ticam os de ahogar a los recién nacidos defec
tuosos, sería considerado en los pasados tiem
pos una cruel inm oralidad. Y los escritores de
aquellas edades, cuando alguno proponía el
tom arse esa m edida, a fin de m e jo ra r la raza,
escribían en su lite ra tu ra de cajón que sólo
el pensarlo los hacía tem b lar de pavor; y esta
frase parecía como si la decalcasen unos de
otros. Hoy no solam ente lo consideram os m o
ral, sino que vemos en él un acto de acuerdo
con la estética, un acto bello. Porque ¿a qué
d e ja r vivir en el m undo a seres ciegos, m a n
cos o estropeados, que llegados a la edad ad u l
ta vivirían pordioseando y arra stra ría n una
v id a m iserable e infeliz? ¿C uánto m ás m oral
no es privarlos de la vida al ser puestos en el
m undo? ¿No es m ás hum ano asfixiarlos en la
piscina, cuyo sufrim iento podrá d u ra r un m i
nuto, que dejarlos su frir cincuenta o sesenta
años, que podrá d u ra r su existencia? Hubo en
la T ierra un pueblo cultor de la belleza física,
el pueblo griego, en el cual las criatu ras al
n ace r eran presentadas a los m agistrados, y
si éstos veían que no eran bien conform adas,
las m andaban asfixiar en un pozo; exacta201
—
—
mente lo mismo que aquí practicamos.
Después de haberme descrito estas costum
bres tan diferentes de las nuestras, pasó a ha
blar del departamento de la Estadística, de im
portancia capital, por concentrarse en él la vi
da económica de la región. Los municipios—
me dijo—mandan a la constelación respectiva,
en la primera semana de cada mes, una noti
cia de lo que se consumió durante el mes an
terior, la cantidad de cereales almacena
dos en los graneros públicos y el cálcu
lo aproximado de lo que pueda haber en los
graneros particulares; además de las defuncio
nes y nacimientos habidos durante el mes.
Las constelaciones mandan estas notas a la
capital de la región; allí son todas las listas
reunidas en la Dirección de la Estadística y
hacen el cálculo que determina al final del
año, el número de habitantes que le cabe a
cada constelación. En la estadística se resume
la vida de la región, pues del aumento de la
producción del suelo depende el de la pobla
ción, corrigiendo el desequilibrio que pueda
haber entre los productos de éste y el núme
ro de sus habitantes.
Como ya fué explicado anteriormente,
nada hay permanente; sólo lo es la casa en
que se habita y pasa de hijos a nietos en la
sucesión de los tiempos. Con esto se ha con
seguido que sea rara la familia que no posea
su morada propia; en cuanto a las fortunas,
esas no pasan de los nietos: lo que el abuelo
202
—
—
acum uló, extintos aquéllos revierte al Estado.
N uestras leyes y usos cuidan de d istribuir la
riqueza por el pueblo, hallando lógicam ente
suficiente el que dos generaciones gocen de
aquel tra b a jo acum ulado y p ara el cual con
tribuyó in directam ente la colectividad.
La riqueza real que en M arte existe es de
bida a la abu n d an cia de artículos de p rim era
necesidad, pues considérase que la raíz del
bien esta en poder satisfacer las necesidades
del estómago. P or otro lado, si la alim enta
ción es b arata, el vestir no los arru in a, porque
no usan modas. Todos tienen sus trajes de
tra b a jo y otros p a ra la tard e y los días de
fiesta, hechos a su modo, am plios y cómodos,
pero que ayudan a resaltar el buen porte de
la persona. Las m u jeres tienen su coquetería
en el v estir; sus tra je s son m ás variados que
los de los hom bres, m as todas tratan , sea en
el corte o en los atavíos, de h acer resaltar las
gracias y las form as del cuerpo. Hay, pues,
una g ran varied ad en sus trajes; ellas saben
que adem ás de servirles de abrigo, deben
ayudar, por la h ech u ra y los adornos, a
co m pletar su h erm osu ra; no se puede decir
que absolutam ente no haya modas, de vez en
cuando con intervalo de algunos años, ap are
ce un nuevo corte de vestido, que es aceptado
con entusiasm o.
La sobriedad de los m arcianos es extrem a
tocante a las bebidas; tienen h o rro r a la bo
rra c h e ra y m enosprecian al que se em briaga203
—
—
Si alguno abusa de los placeres del vino, sólo
po d rá hacerlo en el secreto de su casa; pero,
si por extraordinario, se excediese, pasando
a vías de hecho con su m u je r o sus hijos, el
pueblo, que en estos casos agudos es juez, lo
castigaría, m andándolo al cu artel a servir po r
unos días. E n los establecim ientos de refres
cos y bebidas nadie puede em briagarse; los
dependientes están en la obligación de no ser
v ir cantidad que pueda p e rtu rb a r los senti
dos. El infractor de esta prescripción caería
en el descrédito si de su casa saliese alguno
em briagado. Tam bién es v erdad que aquí el
sexto sentido (conocer el in terio r de las p er
sonas por sólo el aspecto) está en todos m uy
desarrollado; los em pleados conocen a prim e
ra vista al que llega tocado y no lo atienden.
Las bebidas alcohólicas están absolutam ente
prohibidas; el alcohol es sólo usado en las fa r
m acias; la única bebida perm itida, fu era de
los refrescos, es el vino, pero no abusan, por
que sería infringir los preceptos de la N atu
raleza, que nos da los frutos p a ra servirnos
con m oderación.
P regunté a Feijóo, después de esta con
versación, si allí acontecía lo que en la T ierra,
de h a b e r individuos bellacos que viven que
bran tan d o las leyes, y a pesar de estos defec
tos, como son ricos, el público los trata con de
ferencia y son recibidos en la buena sociedad.
—Eso pasará allá en la T ierra, pero aquí,
si existiese esa clase de gente, sería desecha204
—
—
da de todas partes, empezando por ser expul
sada de la familia; los parientes y amigos le
volverían las espaldas y los demás huirían de
su trato. Si se mudase para otra región, la po
licía de allí recibiría aviso de la del lugar de
origen. Y si en su nueva residencia continuase
procediendo como anteriormente, le obliga
rían a emigrar y por último sólo se salvaría
del universal desprecio por el suicidio; aquí
nadie adquiere relaciones con un forastero
sin saber de dónde viene, lo que hace y cuáles
son sus medios de vida.
Preciso aún explicar: los hombres son sus
ceptibles de perfeccionamiento; por la edu
cación pueden adquirir las cualidades que les
falten; pero si nosotros cediésemos una sola
vez admitiendo en nuestra sociedad a un ex
plotador de esos, echaríamos por el suelo esta
organización que ha costado los esfuerzos de
centenares de generaciones. Además, su pési
mo ejemplo incitaría a otros a imitarlo, nues
tro orden social sería alterado, nuestras cos
tumbres también y el día que eso aconteciese
podría decirse que nuestra decadencia había
llegado.
Por eso los marcianos tenemos interés en
conservar impolutas nuestras costumbres y
procuramos mejorarlas, levantando siempre
el nivel moral del pueblo.
En Marte la educación tiene por principal
objeto conseguir que la colectividad se per
feccione, no sólo física, sino moral e intelec—
205
—
tualm ente. Con este fin las ciencias están la r
gam ente disem inadas por los m unicipios, pues
de su aplicación a las diversas ram as de la ac
tividad h um ana depende el progreso y bien
estar general. La ciencia concurre con sus
luces a la conservación del individuo, y la
educación, unida a ella, tiende a perfeccionar
m ás y m ás a los hom bres. Enséñales a desen
volver las fuerzas físicas con una buena gim
nástica, las intelectuales con el raciocinio y la
adquisición de los hum anos conocimientos y
las m orales con el am or al trab ajo , la previ
sión y com batiendo las m alas pasiones. La
ciencia de la vida (la Biología) va in sep ara
blem ente unida a la p reparación de los ali
m entos; p a ra la adquisición de estos conoci
mientos, las m uchachas aprenden esta parte
tan esencial a la conservación de la salud, en
la últim a clase de los grandes internados. Ade
m ás de estos estudios, aprenden la Econom ía
Doméstica, que les enseña a ser ordenadas y
previsoras, a fin de en lo futuro, saber gober
n a r su casa. A dquieren tam bién elem entos de
higiene de los niños, educación y crianza en
los prim eros años, p a ra ser en su tiem po in
teligentes m adres de fam ilia. Com pletan estos
estudios con nociones de Fisiología y Psicolo
gía, que les enseñan a distinguir los im pulsos
que son propios del desarrollo de los niños, de
los que provienen de los malos instintos nece
sarios de correctivo. El estudio de los fenóm e
nos de la vida, tanto físicos como m entales, son
206
—
—
im portantísim os en la p rim era educación, pues
las m adres no ignoran, que en toda criatura,
exceptuando cuando se encuentra enferm a
duerm e un salvaje.
Los m uchachos en los grandes internados,
com pletan su instrucción, con nociones de Mo
ra l y m áxim as p a ra dirigirse en la vida. Ensé
ñales a reflexionar sobre los destinos del hom
bre, a tener aspiraciones de ejercer algún día
un tra b a jo o una ocupación que les proporcio
ne ser útiles a la sociedad y a sí propios. E n
séñales, tam bién, a tener el sentim iento de su
dignidad, p ara m ejo r desem peñar el papel
que les quepa ejercer en el m undo y a res
petarse a sí mismos.
El arte del bien vivir, es aquí considerado
como una ciencia de las m ás necesarias, este
a rte se basa en el conocimiento del bien y del
m a l y en la m áx im a: haz con los otros lo que
quisieras hiciesen contigo; todo esto sirve p ara
dirigirse con equidad en la vida. Estos conoci
m ientos form an p arte de la educación que los
preceptores desde los prim eros años ponen el
m ayor cuidado en desenvolver, prefiriendo en
sus discípulos la rectitud de criterio, el am or a
la verdad y la suavidad de m odales, a los otros
conocimientos. Estas enseñanzas contribuyen
a que el pueblo m arciano sea educado, respe
tuoso, atento con todos y que no haya hipocre
sía ni falsedad en el trato social. De m an era
que las relaciones, sean con un servidor, un
la b ra d o r o un intelectual, tengan un aire de
207
—
—
distinción, que no los diferencie más, que por
la edad de unos y la posición social de los
otros.
Todos los habitantes, hombres y mujeres,
están obligados a trabajar para la colectividad
unas cuantas semanas al año, y a tener una
ocupación ; aun poseyendo fortuna, tienen que
desempeñar un trabajo o un cargo para estar
dentro de la ley; esta no admite desocupados:
el trabajo en Marte es un fin.
Ahora los marcianos se hallan en el perío
do armónico y feliz en que la humanidad tra
baja para obtener aquellas cosas que le au
menten la felicidad. Verdaderamente, hoy es
digna de los altos destinos de estos pueblos, en
que tanto mujeres como hombres, pueden en
tenderse en las elevadas divagaciones del es
píritu, las ciencias, las artes y las letras: natu
ralmente después de hacer el trabajo diario
productivo.
Aquí hizo Feijóo una pausa para, como te
nía por costumbre, darme tiempo para hacer
mis reflexiones y comparar lo que me expli
caba, con lo que yo llevaba conocido del mun
do terrestre.
}
—
208 —
CAPITULO X
EL EJERCITO AGRICOLA
El ejército es la primera institución del planeta.
- Máquinas de guerra transformadas en aperos de la
branza.-En el mundo nada se debe dejar a merced
del acaso. - Grandiosos trabajos ejecutados para
adaptar el mundo al servicio del hombre. - Replanteo
de los bosques. - Comunicación lluvial. - Desenvolvi
miento de los frutales. - Estética del suelo.
T ranscurrido un breve rato, que Feijóo
creyó suficiente p ara m is m editaciones, prosi
guió: Voy ahora a explicarle detenidam ente
todo lo que se refiere a las instituciones m ás
im portantes del planeta y de las cuales ya en
otra ocasión le hablé, si bien m ás sucintam en
te, m e refiero al E jército Agrícola y a las H er
m anas H um anitarias.
La benéfica institución del E jército Agrí
cola, re p artid a por todo el planeta, ocúpase
exclusivam ente de proveer a la alim entación
pública, constituyendo el prin cip al soporte de
la sociedad m a rc ian a; sin ella la vida sería
cara y difícil, y nuestra sociedad no gozaría
del actual bienestar.
Desde los tiem pos bárbaros el ejército que
dó con su organización fu n d am en tal; em pero,
sus funciones fueron m udadas, tran sfo rm án
dose, de bélicas que eran, en pacíficas y h u
m anitarias. En aquellos calam itosos tiem pos
las falsas ideas de nacionalidad y patriotism o
dom inaban por doquiera, obligando a los hom
bres a arm arse unos contra otros y el fin que
209
—
—
esto encubría era el de los gobernantes domi
nar a los pueblos y sostenerse en el poder.
Aquellos ejércitos no tenían un fin moral
práctico y mucho menos humanitario. La ju
ventud era arrancada del seno de sus fami
lias, llevada para los cuarteles en donde per
día el hábito del trabajo, llevando una vida
ociosa sin más preocupaciones que adiestrar
se en el manejo de las armas. Los más hábiles
en manejar aquellos instrumentos de destruc
ción eran los más admirados y los mejor re
compensados, por ser esa cualidad la que en
la guerra destruía más eficazmente al ene
migo.
— No me detendré— continuó Feijóo— en
estos tristes recuerdos para no afligir nuestro
espíritu, y pasaré a hablar del actual ejército,
digno por todos conceptos de nuestra más ca
lurosa admiración.
El Ejército Agrícola es entre nosotros la
primera institución del planeta por ocuparse
del mayor emprendimiento que los humanos
pueden practicar, cual es el cultivo cariñoso
del suelo. Sus trabajos benefician, por de con
tado, al labrador, removiéndole la superficie
del suelo con maquinarías apropiadas, para
luego entrar aquél a prepararlo, sembrarlo y
cuidar de los cultivos sin las fatigas que antes
era obligado a soportar. El suelo en estas con
diciones produce abundantemente, permitien
do abaratar los alimentos, poniéndolos al al
cance de todos los marcianos, lo que contri—
210
—
buye a hacer la vida fácil, y concurre a la
felicidad general.
Cuando las grandes reformas sociales y po
líticas empezaron a funcionar, el ejército, co
mo llevo dicho, pasó a ser utilizado en el cul
tivo del suelo, convirtiéndose de cuerpo inútil
e improductivo en una institución benéfica y
moral productiva. Las máquinas de guerra
fueron transformadas en aparejos de arar, re
mover, distribuir adobos, sembrar, regar, etc.;
con el laudable fin de economizar al labrador
los trabajos más penosos y facilitar la pro
ducción. Inmediatamente a la ley de emanci
pación del suelo, los soldados fueron distribui
dos por las tierras incultas, ya propiedad del
Estado, para desbrozar el suelo, drenarlo y
utilizarlo para la labranza.
La causa principal de los males que en
aquellos tiempos soportaban los pueblos pro
venía de la pésima organización pública, cons
tituida por los poderes personales. Como sa
bemos, la ambición no tiene límites, cuanto
más posee el hombre más quiere, y si el hom
bre es poder, su insaciabilidad aumenta. La
historia nos enseña que en tanto que el poder
personal gobernó el mundo, los pueblos fue
ron infelices. Por otra parte, los sentimientos
humanitarios se perfeccionan con la educa
ción y está demasiadamente probado que ésta
influye en los buenos y malos sentimientos,
pues en la naturaleza humana existen los gér
menes del bien y del mal; desenvolver aqué211
—
—
líos y re p rim ir éstos es tarea de los educado
res. P or fatalidad , en los tiem pos a que m e
refiero, los hom bres eran perversos por causa
del m edio egoísta en que vivían. Hoy, feliz
m ente, n u estra educación se basa en los sen
tim ientos fraternales, y si en los pasados tiem
pos era casi im posible desenvolverlos, ah o ra
vivimos preocupados en p racticar el bien, ú ni
co m edio de alcan zar la felicidad.
El servicio del ejercicio es obligatorio, sin
excepción, p a ra todos los que lian cum plido
la edad de 20 años. Al en tra r los jóvenes re
clutas hacen en los prim eros tiem pos ejerci
cios gim násticos p a ra robustecerse a fin de p re
pararlos p a ra las faenas del cam po. P asado
este período de preparación, son distribuidos
por los cuerpos acuartelados en las diversas
constelaciones de la región a que pertenecen
sus m unicipios. En el p rim er año de servicio
son ocupados en los trab ajo s m ás rudos y p a ra
los cuales no se precisan conocimientos espe
ciales, como son p re p a ra r las tie rra r árid as
hasta allí inservibles p ara el cultivo y d re n a r
las algadizas, aum entando con estos procesos
la superficie del suelo laborable; en el segun
do se ocupan de la reparación de los canales,
reservatorios, estanques, etc., y en el tercero,
de la construcción y reparación de los cam i
nos; y todos, en las épocas propias, van a
rem over y pulverizar la superficie del suelo
con las grandes m áquinas de que dispone la
D irección del E jército, y donde estos m eca212
—
—
nismos no pueden ser aplicados, hacen el tra
bajo a brazo. En la recolección de los frutos
también ayudan al labrador, y para hacer la
recolección con más rapidez son ayudados por
el pueblo, que hasta la edad de 45 años toma
parte en estos trabajos.
Aparte de estos servicios inmediatos que
los soldados prestan, hicieron en los pasados
tiempos otros importantísimos que modificaron
la superficie del planeta, y cuyos benéficos
resultados no podían ser calculados ni previs
tos por los hombres de aquellas lejanas eda
des.
En el mundo que habiten, los hombres no
deben dejar nada a merced del acaso, para eso
están dotados de la inteligencia que los habili
ta para conocer las cosas; y cuanto más si
éstas les proporcionan utilidad inmediata. De
pende, pues, de su voluntad, el aprovecharse
de las circunstancias favorables que redunden
en su provecho. Y si esto precisa hacer con lo
que proporcione bienestar individual, mayor
deberá ser su celo si los problemas a resol
ver van a beneficiar a la colectividad social.
El bienestar humano es el objetivo que de
berá tener presente ante sus ojos y ser su
más alta preocupación la de aumentar mejo
ras con el elevado fin de hacer más feliz a la
humanidad.
En Marte, después de arregladas la cues
tión política y social, pensaron en mejorar las
condiciones materiales de la superficie del pía— 213 —
neta, adaptándolo a las nuevas necesidades^
Para eso se hicieron grandes trabajos por el
ejército, y a los que contribuyó toda la hu
m anidad para llevar a feliz término los gran
diosos emprendimientos que pusieron el pla
neta al servicio del hombre.
Entre los innumerables mejoramientos
más necesarios a emprender encontrábanse al
gunos ríos caudalosos, base de nuestro siste
ma fluvial, sólo utilizables para la navega
ción en los últimos trechos de su curso; cuan
do con el draga je, destruir obstáculos y otros
trabajos se podría obtener una franca nave
gación. Otros había inservibles para la nave
gación y para el regadío de las tierras m ar
ginales, por pasar a gran profundidad. Y
otros que no eran de utilidad alguna por las
muchas cataratas que interrum pían su curso.
Hicieron, pues, los marcianos, estudios pon
derados sobre estos ríos y los canales que sería
también necesario construir para ligarlos unos
a otros en cada continente, y después de ter
minados estos estudios acometieron los gran
des trabajos.
Lo primero que ejecutaron fué regularizar
los cursos de los ríos caudalosos, sin detener
los las dificultades a vencer y las inmensas
obras a ejecutar, largas y dispendiosas. Des
pués de este trabajo derivaron de sus dos m ár
genes canales poco profundos, pero extensísi
mos, perforando montañas para conducirlos
a los puntos extremos de los continentes don214
—
—
de se hacían necesarios, no sólo para la nave
gación de transporte de productos, como para
regar zonas antes desiertas. Estos canales fue
ron la base de un sistema o red de canales
menores con sus compuertas para impedir la
entrada de aguas en la época lluviosa, y eran
ligados a los canales de otros ríos por medio
de estas compuertas, sirviendo a la navega
ción de poco calado para el transporte de
productos. Otros ríos caudalosos, que pasaban
por terrenos movedizos y cuya corriente los
arrastraba formando un curso profundo, in
útil para la navegación y para el regadío de
los campos marginales, fueron regularizados.
Derivaron estos ríos por medio de un canal
provisorio, luego atacaron las partes de terre
no movedizo, cegándolo y macadamizando el
fondo cual si fuese un camino, y terminados
estos trabajos, echaron de nuevo las aguas so
bre el antiguo curso. Por último, construye
ron en las cabeceras de los ríos y a lo largo
de su curso, grandes represas para almacenar
las aguas y evitar las inundaciones periódicas
del invierno. Como estas represas no fuesen
suficientes para mantener durante la sequía
el mismo caudal, construyeron también, a lo
largo de los canales, de distancia en distancia,
grandes estanques para guardar las aguas so
brantes, a fin de abastecerlos y alimentar en
ellos la misma cantidad de agua durante el
verano. Con estos mejoramientos regula*izaron
el cauce de muchos nos que, por medio de los
215
—
—
canales, van a fertilizar com arcas antiguam en
te desiertas, y de éstos, algunos se extinguen
antes de llegar al m ar.
Este sistem a hidrográfico, tan hábilm ente
concebido y perfecto que actualm ente tene
mos, nos costó la frio lera de unos cuatro m il
años de trab ajo s ininterrum pidos y difíciles.
Algunos, aun boy día tienen que ser re p a
rados p a ra que su funcionam iento no ofrezca
obstáculos. Estos trab ajo s llevaron tanto tiem
po porque aquí n ad a se hace con p recip ita
ción, y no puede ser de otra m an era si se
quiere hacer obra durable. Los que concurrie
ron a e jecu ta r estas em presas sabían v esta
ban convencidos de que no serían ellos, ni
aun las generaciones de su tiempo, las que
habían de disfrutarlas. El egoísmo, esa plaga
origen de la desgracias que asolan la T ierra,
no se conoce en M arte; los m arcianos son im
pulsados por el am or al prójim o, y su m ás
alta preocupación fué siem pre la de d e ja r m e
joras que contribuyesen a au m en tar el bie
n estar de sus descendientes.
La m ayoría de estos trab ajo s in term in a
bles y costosos fué obra de los soldados, diri
gidos por sus jefes, hábiles ingenieros. La se
rie de canales construidos en uno de los con
tinentes llevó m ás de m il quinientos años; y
uno de los ríos m ás caudalosos del m undo, con
sus canales de derivación y sus represas, ocu
pó constantem ente a los soldados cerca de dos
mil seiscientos años. Las obras verdaderam en216
—
—
te m ás im portantes, son las represas he
chas en las cabeceras de los ríos, algunas
con m uchas leguas cu ad rad as de superficie,
cuyo suelo, terraplenes, m u rallas y diques,
constituyen obras de arte adm iradas en todas
las edades.
Nuestros antepasados, al em prender aque
llas obras, no m iraban al resultado inm edia
to, sabían que tra b a ja b a n p ara el goce de
trein ta o m ás generaciones distantes. El am or
desinteresado animó a aquellos hom bres y boy
los m arcianos disfrutan de los bienes que sus
ascendientes les p rep araro n con tan inteligen
te sacrificio.
Otro servicio im portante hecho por los
soldados y que aun hoy día persiguen en el
afán de m e jo ra r no sólo la producción del
suelo, sino su aspecto estético, fué el replanteo
de los bosques. P ara este objeto estudiaron
todas las especies de árboles, con el fin de
escoger entre ellos los de m ayor utilidad que
reuniesen las tres cualidades esenciales; fru
tos, m adera de construcción y leña p a ra los
usos domésticos. A los bosques que ya exis
tían y estaban situados en lugares ap ro p ia
dos, les fueron sustituyendo los viejos árboles
po r los de la nueve especie, y a los bosques
que estaban situados en terrenos donde se po
d rían aplicar los m ecanism os aratorios, los
trasladaron p a ra las laderas de las m ontañas.
Estas, con el co rrer de los años, fueron tran s
form ándose en frondosos bosques que reu n ían
217
—
—
las tres cualidades dichas. Con este proceso
se fué aum entando la superficie del suelo la
borable, m ultiplicóse la riqueza pública, se
dulcificó el clim a de algunas com arcas que
antes era seco, y las m ontañas quedaron con
un aspecto m ás estético.
Además de estos trab a jo s de selección fo
restal destruyeron aquellos árboles de n in g u n a
utilidad que sólo producían m aderas blan d as
poco resistentes al fuego y sin cualidades fru c
tíferas, conservando algunos que poseían pro
piedades m edicinales. Desenvolvieron, p o r otro
lado, la plantación de los árboles fructíferos
en los bordes de los cam inos y canales, p lan
tando, según criterio científico, aquellos m ás
adecuados al terreno y al clima. P ara aum en
ta r m ás la producción de las fru tas estable
cieron cerca de las poblaciones grandes pom a
res, contribuyendo éstos, con los de los ca
m inos y canales, al aum ento de la producción,
tan necesaria a la alim entación de los niños
en la p rim era y segunda infancia. Siendo las
fru ta s un alim ento de p rim era necesidad en
la niñez, encarecían, especialm ente en las ciu
dades populosas; el E jército Agrícola, d iri
gido por sus jefes, plantó lo suficiente p ara
atender a las necesidades locales. Con estos
pom ares, que pusieron las fru tas al alcance
de todos, aum entó la salubridad general.
O tra m e jo ra puram ente estética y que con
tribuyó inm ensam ente al em bellecim iento del
suelo, fué la conservación de una docena de
218
—
—
tipos de árboles que, aun cuando no produ
cían frutos, fueron considerados dignos de
ella por su form a bella y grandiosa en unos,
elegante en otros y por sus cualidades arom á
ticas en algunos. Sirvieron, unos, p ara h a c e r
en los arrab ales avenidas que conducían a las
poblaciones, otros, p ara p lantar en las orillas
de los ríos y canales, contribuyendo a conso
lid a r sus m árgenes y a darles un aspecto p in
toresco; por último, otros, para form ar p ar
ques o bosques en derredor de las p oblacio
nes, purificando el aire de éstas y al m ism o
tiem po sirviendo p ara ir a tom ar el fresco
los ciudadanos.
A l lado de estos trab ajos de selección fo
restal, trataron de seleccionar, tam bién, la fa u
na, destruyeron los anim ales feroces y dañi
nos que ningún servicio podían prestar al
h om bre; éstos fueron destruidos en cacerías
periódicas que hicieron los soldados y que los
ocuparon en gran núm ero de años. A lgun as
especies de anim ales salvajes, pero pacíficos,
fueron conservadas, sobre todo, aquellas que
por sus form as esbeltas concurrían a la be
lleza de los p aisajes.
A la p ar de estos servicios cuidaron de la
viación, cubriendo la superfìcie del p laneta
con una serie de cam inos anchos y estrechos
p ara ir los m arcianos en todas direcciones,
ligando los m unicipios por medio de los ca
m inos anchos, y las aldeas entre sí y a losm unicipios, por los cam inos estrechos.
—
219
—
La viación fluvial es im portantísim a y
asom brosa; la red de canales construidos con
la intención de llevar el agua a los lugares que
carecían de ella es num erosa y tiene adem ás
el doble interés de serv ir p a ra tran sp o rta r los
productos de una región a o tra dentro de los
continentes. Puede decirse que en éstos, p ara
cualquiera parte que se necesite tran sp o rta r
una m ercancía hay com unicación posible por
m edio de los canales. Estos se com unican unos
con otros por canales estrechos, cuya m ayoría
tiene un lecho superficial y enlosado que p er
m ite lim piar su fondo, a fin de no in terru m
p ir el tránsito. Los canales son separados por
esclusas que perm iten a sus aguas correr li
brem ente o sep ararlas según lo juzguen con
veniente los encargados de d irigir la navega
ción, siem pre subordinada a las necesidades
de la A gricultura.
En sum a, el E jército Agrícola, con su ad
m irable organización y a fuerza de un pe
renne e incansable trab ajo , m udó la faz de:
planeta. Su sistem a hidrográfico sirvió p a rt
d a r vida a lugares antes desiertos, y puso er.
com unicación fácil a los habitantes de cada
continente. Modificó la superficie del suele
habiendo cam biado el aspecto de áridas m on
tañas en bosques frondosos e interm inables
de árboles productivos. D estruyó todo lo que
era inútil o p erju d icial al hom bre, tanto en
anim ales como en plantas, conservando todo
lo que por su belleza pudiese contrib u ir a la
220
—
—
estética del planeta. Y por último, alivió al la
b rad o r de la tarea m ás ru d a, rem oviéndole la
tie rra con sus poderosas m áquinas, consiguien
do así dism inuir el coste de la producción,
haciendo la vida m ás fácil y en consecuencia,
al pueblo m ás feliz.
Hoy los soldados tienen el adm irable en
cargo de celar por la conservación de las obras
que sus antepasados, con tan generosa prodi
galidad hicieron, y p re p a ra r el suelo, ah o rran
do al lab rad o r sudores y fatigas.
CAPITULO XI
LA HERMANDAD DE LAS HERMANAS
HUMANITARIAS
I.
—Distribución de las horas del día. - Sus estu
dios. - Organización de los servicios.
II.
— Una fiesta en el convento. - Visita al interior
del edificio.
I
La otra institución que contribuye podero
sam ente a la felicidad de los m arcianos, si
bien hoy, por efecto de nuestro perfecciona
m iento casi perdió su fin prim ero, es indis
cutiblem ente la H erm an d ad de las H erm anas
H um anitarias, pues sin ellas los hom bres no
p o drían satisfacer los im periosos im pulsos de
la conservación de la especie, quedando p ri221
—
—
vados de aquella higiene. Por otro lado, los
asilos, hospitales e internados, no funciona
rían con regularidad sin el auxilio de las Her
manas Humanitarias, por cuanto las que en
tran en esta institución, lo hacen con el lau
dable designio de minorar los males sociales
y proceder, en lo que a cada una toque, con
toda solicitud en el desempeño de sus fun
ciones. A esto son obligadas por los reglamen
tos que prometieron cumplir al entrar en la
Hermandad: la de servir con consciente ab
negación a la humanidad.
En la Tierra, donde sólo domina la men
tira y nunca se organizó nada de acuerdo con
la razón y la justicia, ha existido en todos
los tiempos esta institución, pero sin leyes pro
tectoras ni garantías; desprestigiada, vistas
aquellas mujeres con desprecio por la huma
nidad, al punto de no haber existido un solo
gobernante que se hubiese ocupado de su suer
te. Nunca se les dió a aquellas infelices mu
jeres una organización que estuviese a la altu
ra de la saludable misión que desempeñaban
en la sociedad. Todo debido al egoísmo feroz,
a la hipocresía estudiada y a los preconcep
tos dominantes, sea por el lado religioso, sea
por el moral. Aquellas desgraciadas mujeres
que conocí, arrastradas a aquel extremo más
por la miseria que por el vicio, abandonadas
a su triste suerte ,despreciadas de todos, reclusas en lugares infectos aguantando el trato
de hombres groseros, brutales y cubiertos de
222
—
—
ponzoñas, eran unas verdaderas heroínas y
al mismo tiempo las mártires de aquella hu
manidad. ¡Ah! Cuánto me tengo arrepentido'
de no haber dicho en mi “Teatro Crítico” a
favor de aquellas desventuradas, alguna fra
se consoladora que hiciese reflexionar a los
gobernantes de aquel tiempo y los llevase a
tratarlas con más caridad. No comprendo
cómo habiéndome atrevido a hablar de tantas
cosas en el “Teatro” y en las “Cartas” contra
los prejuicios del pueblo, no dije algo en de
fensa de ellas, y dado el prestigio de que
gozaban mis escritos les hubiera mejorado su
suerte.
En fin, no merece ahora afligirse por lo que
pasaba en aquellos tiempos en la Tierra, y
volvamos la vista a nuestras queridas her
manas.
Aquí, felizmente, se les ha dado una orga
nización ejemplarmente benéfica y esta ins
titución, con la de los soldados, está consi
derada como una de las más robustas colum
nas de la humanidad marciana.
Esta organización dada a la Hermandad,
cuyos orígenes se pierden en la aurora de
nuestra civilización, posee reglamentos que
deberán ser observados puntualmente durante
el tiempo de su permanencia en ella; pues
no se hacen votos perpétuos, y sí renovables
por determinado tiempo. La vida que ellas ha
cen dentro del convento es muy diferente de
la que llevan sus monjas en los conventos de
—
223
—
la Tierra, pues, en lugar de vivir recluidas
entre paredes, sumidas en una vida egoísta
y holgazana, estas monjas llevan una vida
activa y movimentada por las diversas ocupa
ciones en que tienen distribuidas las horas
del día. Y, en lugar de pasar el tiempo re
zando, como hacen las terrenas, éstas van a
su biblioteca a cultivar la inteligencia o a
distraerse en pasatiempos que den elasticidad
a sus miembros.
Nuestras buenas hermanas, los primeros
tiempos que entran en la Hermandad los pa
san ocupadas en desenvolver el espíritu. Su
día, desde las primeras horas, lo tienen dis
tribuido así: al romper el Sol se levantan, ha
cen ejercicios gimnásticos y toman baño; me
nos el turno que actuó de noche, que se le
vanta más tarde. Luego arreglan sus celdas y
de ellas pasan al refectorio a tom ar un ligero
desayuno. Después hacen la limpieza del con
vento, siempre a cargo de las novicias y de
las jóvenes que el juez haya mandado para
allí de castigo, y terminadas estas faenas ca
seras disfrutan de recreo hasta las nueve. A
esta hora todas entran en actividad: unas van
a la costura, lavandería, cocinas, etc., y las
que están dispensadas de estas tareas, van:
unas a aprender la higiene de los niños, de los
enfermos, de los ancianos, para ejercer el car
go de enfermeras, y otras a las aulas de mú
sica, canto, danza, dibujo y bordado hasta las
once, hora en que terminan las clases. Estas
224
—
—
son dirigidas por una de las h erm an as supe
riores y regidas por profesoras ex traíd as de
en tre las m ism as h erm an as; pero, cuando en
la casa falta la profesora de una de esas dis
ciplinas. hácenla venir de otros conventos.
Desde las once hasta medio día descansan y
luego van p ara el refectorio a com er. T erm i
n ad a la com ida descansan o hacen la siesta
hasta las catorce; a las dieciocho cenan y a
las veintiuna se acuestan.
A las catorce fran q u ean el gran portón a
los visitantes, el cual queda abierto h asta las
veintidós. Las h erm anas que están de servicio
comen una hora antes, tanto las que actúan
de día como las que estén de servicio a la
noche; éstas hacen después una ligera refec
ción.
A la hora de abrirse el portón la h erm an a
po rtera y la contadora están en la billetería
expendiendo las entradas, que consisten en
una placa m etálica n u m erad a; es la esportil
la con la cual ios visitantes contribuyen. Co
rresponde su precio a la cu arta p arte de un
jo rn a l y es considerado como una lim osna que
la adm inistración recibe p a ra aten d er a los
gastos diarios del convento. H ay por el m un
do adelante la m ism a institución regida po r
reglam entos diferentes de los que aquí tienen;
a pesar de todo, esta es la m ás esparcida por
estar m ás de acuerdo con la índole del pueblo
y en la cual la regla obliga a las herm anas, a
su en trad a en el convento, a hacer voto de po225
—
—
breza, no siéndoles perm itido aceptar p resen
tes de sus adoradores. En cuanto a las otras
órdenes, les está perm itido acep tar presentes
sin perjuicio del pago de ingreso; m ás estos
conventos son escasos, porque en M arte las
instituciones tienden a nivelarse.
Estos conventos obedecen a una Dirección
G eneral, que reside en la capital tem p o raria
de la región, y con la cual están en com uni
cación constante. Viven arm ónicam ente liga
dos, y si, por ejem plo, la D irección G eneral
recibe com unicación de que en tal p arte h ay
escasez de herm anas, inm ediatam ente avisa
a los conventos m ás próxim os en que abun
den p a ra que envíen allí las necesarias. P ue
de darse otro caso: en un convento las en tra
das h ab er sido insuficientes; la Dirección avi
sa a los otros conventos próxim os p a ra venir
en auxilio del convento en desgracia. Es, en
sum a, el mismo proceso que nuestro sistem a
adm inistrativo p ractica con un m inucipio fla
gelado.
El reclutam iento de las h erm an as es hecho
por indicación de las comisiones locales de
higiene, en las que, adem ás de los médicos
intervienen las autoridades. P a ra fo rm ar p a r
te de la H erm andad son escogidas aquellas
que no fueron aptas p ara el m atrim onio, en
tran d o en p rim er lu g ar las histéricas, después
las de tem peram ento ardiente y luego las vo
lu n tarias. Siguiendo esta orientación, la H er
m an d ad es ex traíd a de todas las cam adas so226
—
—
cíales y entran en ella con el alto fin de ser
esposas de la humanidad; este concepto las
enorgullece de su saludable y benéfica mi
sión.
Desde que entran en la Hermandad el mun
do ábreles las puertas, gozan del respeto y
consideración de las autoridades, y son recibi
das por las familias, que las colman de ob
sequios. En los teatros disponen de un palco
principal que les está permanentemente des
tinado, en las ceremonias religiosas constitu
yen el primer ornamento y fuera de su minis
terio son púdicas como vírgenes. Cuando us
ted vuelva a la Tierra— me recomendó Feijóo— no se olvide de decir a los terrestres lo
que lia visto respecto a estas mujeres, allí tan
despreciadas; bien puede ser que ahora des
pierten del letargo malsano y les den una
organización parecida a ésta.
A parte de los servicios que prestan den
tro de los conventos, salen por turnos el nú
mero necesario para ir a servir en los inter
nados a cuidar de los niños menores, prodi
gándoles cariñosos cuidados maternales. Tam
bién dirigen allí las cocinas, cuidando de que
la alimentación sea sana; cuidan de la la
vandería y en las salas de costura reparan la
ropa. En los hospitales sirven de enfermeras
dedicadas; la misma conducta tienen en los
asilos de ancianos. Estos humanitarios servi
cios los desempeñan destacadas del convento
a que pertenecen, más siempre en la obliga227
—
—
ción de cum plir los reglam entos que a su en
trad a prom etieron, esto es, de aliv iar los m a
les que p u d iera su frir la hum anidad.
A las novicias, d u ran te los dos prim eros
años, les está prohibido m o strar el rostro a
los frecuentadores, conservándolo cubierto por
espeso velo color de rosa; y a aquéllos, fo r
zoso les es resp etar esta costum bre precep tu a
da por los reglam entos de la H erm andad. El
rostro así velado tiene por objeto ocultar a
los m uchachos las facciones de las herm anas,
evitando a los prim eros alguna pasión precoz,
y a las segundas, la n a tu ra l vergüenza que
sentirían en su nuevo estado al aparecer des
cubiertas a desconocidos.
P a ra frecu en tar estos conventos son reque
ridas ciertas form alidades establecidas por el
uso y que a ninguno le es perm itido esqui
v ar; son precauciones que encierran una criteriosa m oralidad. Consisten éstas en u n a es
pecie de salvo-conducto expedido por las au
toridades higiénicas. El que quiera, pues, fre
cuentarlos, tiene que provistarse de su cédula
personal y presentarse con ella a la hora pres
crita al m édico m unicipal que, después del
exam en, ru b rica la cédula declarando hallarse
en perfectas condiciones higiénicas; sin la p re
sentación de este docum ento no es adm itido.
En los puertos m arítim os o fluviales, los m a ri
neros hacen ru b ric a r sus cédulas por los m é
dicos de abordo, y si no los hubiese por el del
m unicipio; tam bién sirve la presentación de
228
—
—
un vecino conocido. Los muchachos, antes de
la edad de 18 años, sólo son recibidos median
te receta médica, en la cual se declare que el
temperamento del muchacho así lo exige; és
tos son servidos gratuitamente, pero, si vol
viesen más de las veces que preceptúe la re
ceta no serían admitidos.
Además de los servicios ya referidos, cum
plen una misión relevante cuando, por ejem
plo, el ejército precisa hacer una campaña
lejos de los centros, en lugares despoblados,
para ir a restaurar el desmoronamiento de una
represa o de un canal, y cuyos trabajos pue
den durar varios meses. En este caso, el ejér
cito se pone en campaña, llevando tiendas y
el material necesario para hacer una prolon
gada estadía; con él va un destacamento de
Hermanas Humanitarias mandadas de varios
conventos para servir a los soldados mientras
duren los trabajos. Allí, ellas también bajo las
tiendas y al lado del campamento, ayudan a
cocinar, lavándoles la ropa, repasan ésta y les
sirven de mujeres; por eso, no en vano se ha
dicho antes, que esta institución iba de manos
dadas con la de los soldados.
Aun me falta, para ser más exacto en estas
informaciones, decirle cómo está organizada
la billetería y del servicio que las autoridades
municipales tienen establecido a la puerta del
convento en las horas de su funcionamiento.
El acceso de los visitantes se hace por la
puerta principal,, que abre paso a un zaguán
— 229 —
cuadrado; en el fondo se h alla in stalad a la
billetería. De ésta p arten a derecha e izquier
da dos corredores que conducen a las salas
de espera, situadas en las extrem idades del
frente del edificio. En aquellas salas descan
san las herm anas, allí son escogidas por los
visitantes que, al hacerlo, les entregan sus bi
lletes de entrada. El m unicipio, a su vez, pa
rece hacer ostentación de las regalías dispen
sadas a la institución; tienen postados cerca
del edificio a dos guardias m unicipales que
rondan de continuo paseando en sentido late
ral, del frente a los iondos, du ran te las horas
de su funcionam iento. Este alarde de fuerza
no se puede decir que sea p ara p revenir algún
desm án de los visitantes, aquí no se dá ese
caso; es m ás bien p a ra m o strar que las auto
ridades celan por ellas y no pudiendo estar
presentes, m andan estos guardias p ara rep re
sentarlas. En los antiguos tiem pos estos poli
cías podrían ser de alguna utilidad, actu al
m ente sólo sirven p a ra llevar recados; pero
es una tradición que se tiene conservada.
En los tiem pos bárbaros existían esparci
dos sobre el planeta un sin núm ero de retiros
de hom bres y m ujeres, en los que tanto en
unos como en otros, pasaban una vida perezo
sa y holgazana; estos retiros tenían el nom
bre de conventos. Con las grandes reform as
sociales suprim iéronlos totalm ente, y cuando
dieron una organización m ás hu m an a a las
H erm anas H um anitarias, que ya en aquellos
230
—
—
tiem pos existían, trataro n de alo jarlas conve
nientem ente en los conventos vacíos, dándoles
al mism o tiem po la bella organización actual.
Desde aquel entonces fueron llam adas con el
dulce nom bre de herm an as y a los palacios
que habitan les quedó consagrado el de con
ventos.
Las ciudades m ás populosas poseen m ayor
núm ero de estos conventos p ara aten d er a las
necesidades locales, donde algunos difieren por
los reglam entos, pero en todos ellos sirven de
esposas a la hum anidad. A lgunas de estas h er
m andades gozan del privilegio de no servir
en los hospitales, internados, ni asilos, no obs
tan te h ab er sido extraídas de los otros con
ventos; haciendo, puede decirse, u n a selec
ción intelectual. A estos conventos privilegia
dos van las que descuellan en la m úsica, el
canto, la pintura, el teatro, etc., siendo en
estos centros donde ellas desenvuelven las ap
titudes artísticas. Muchas de estas h erm an as
hacen luego excursiones por los teatros del
m undo, recogiendo aplausos y palm as sobre
las escenas en donde representan.
En las ciudades antes referidas hay de es
tos conventos que son palacios vastísimos, de
una rica arquitectura, guardando poco m ás o
m enos las m ism as disposiciones interiores. Su
gran ja rd ín al centro, circundado de anchas
galerías p ara paseo, grandes refectorios deco
rados por célebres pintores, bibliotecas ricas,
baños lujosos y vasto salón de fiestas p a ra con231
—
—
ciertos y representaciones teatrales.
Los m ás bellos edificios que la H erm a n
dad posee, fueron m andados construir por do
nadores en la intención de rendir culto a la
M adre N aturaleza. Muchos de estos donantes,
p or no tener herederos directos, dejaron sus
bienes p ara construir palacios a la H erm an
dad. E l ejem p lo ha fructificado, pues no sólo
en la nuestra, sino en otras regiones, h ay p a
lacios de estos, contsruídos en idénticas con
diciones p ara goce de la institución. Hoy pue
de aventurarse que no existe uno solo de estos
conventos que, en su largo pasado, no h aya
recibido donativos de algún bienhechor. L as
leyes, com o se d ijo en otro lugar, dispensan
la parte de las herencias que pertenecen al
Estado cuando el legatario d e ja sus bienes a
alguna de estas instituciones.
Con respecto a los favores que ellas gozan
de las m u nicipalidades, no debem os o lvid a r
los referentes a los servicios m édicos; los m é
dicos y m édicas m unicipales las sirven de
oficio en sus enferm edades, aparte de los m é
dicos p articu lares que cada convento m an
tiene.
En la actualidad, sin em bargo, podemos
decir que esta institución solam ente se con
serva como una tradición, pues realm ente,
sólo sirve p ara los soldados y p ara las pres
cripciones m édicas de que ya le he hablado,
porque debido a nuestras costumbres el p ú
blico casi no precisa de sus servicios.
—
232
—
Como estuviese ya próxim o el m edio día,
cesó n u estra conversación, prom etiéndom e, en
m i interior, el aprovechar la p rim era ocasión
que se m e presentase p a ra poder com probar
por mí mismo todo cuanto acababa de oir con
respecto a la organización de aquella insti
tución tan digna de ser im itad a en la T ierra.
II
Conocedor Feijóo del deseo de verlo de
visu que su anterior relato m e h ab ía desper
tado, prom etió llevarm e a una fiesta próxim a
a celebrarse en el convento, y que al mism o
tiem po nos d aría ocasión de visitarlo in terio r
m ente.
Efectivam ente, llegado el día designado
m e llevó al convento. In g resab an ese d ía en
la H erm andad unas veinte jóvenes que iban a
tom ar el velo de novicias. La fiesta era p re
sidida por las autoridades; el Anciano, el juez
y el presidente de la C ám ara m u n icip al; se
ría acom pañada de m úsica y de una pieza
teatral, y estaba m arcad a p a ra las quince.
Antes de la hora subíam os la ancha escale
ra que de uno a otro lado del zaguán con
ducía al salón de fiestas, desem bocando fren
te al ventanal central. Desde éste corría una
tribuna hasta el fondo de la sala que era p ri
vativo de las herm anas. La sala, en la p arte
libre por la tribuna ten d ría unos nueve m e
tros de alto por doce de ancho, y m ás de trein
ta m etros de largo, sin contar la orquesta y el
233
—
—
palco escénico. Las paredes eran lisas y el te
cho abovedado cubierto de vetustas pinturas,
algo borrosas, cuyo valor no me filé posible
apreciar. El pavimento, un poco inclinado,
como las plateas de nuestros teatros, permitía
apreciar la escena; Feijóo me llevó al fondo
de la sala, desde donde podríamos apreciar
las ceremonias y estar cercanos a la puerta
que comunicaba al interior del edificio. La
concurrencia llenó la sala en poco tiempo;
nosotros, que habiamos llegado con un cuarto
de hora de antelación, la vimos llenarse en
menos de diez minutos. Luego entraron las
autoridades, que tomaron asiento cerca del
palco escénico, al pie de los ventanales. Inme
diatamente entraron por una puerta interior
del convento las superioras precedidas por dos
hermanas que traían una canastilla con los
velos arreglados artísticamente en forma de
rosa, seguidas de las postulantas, que tomaron
asiento frente a las autoridades; la canastilla
fué depositada en una mesa colocada al cen
tro de la sala entre las autoridades y las her
manas. A las quince en punto todo el mundo
estaba en sus puestos; a esa hora levantaron
el telón y apareció la orquesta, que, con las
cantoras, entonó el Himno a la Hermandad,
cuya duración fué de unos veinte minutos.
Terminada la audición tocaron las instrumen
tistas una melodía en sordina todo el tiempo
que duró la imposición del velo.
Cualquiera que como yo, fuese a ver aquel
234
—
—
espectáculo por primera vez, presumiría que
la imposición del velo cabría de derecho a la
superiora del convento, pero no fue así, por
ser el juez el encargado de aquella ceremo
nia. Y, raciocinando bien, dada la considera
ción de que está rodeado aquel cargo, ya por
ser el último puesto de los poderes públicos,
ya por servir de sacerdote en las fiestas,
le daba mayor realce e imprimía al acto un
carácter religioso. Aquellas jóvenes compo
nían un elemento social que entraba en la
vida de los marcianos y siendo el juez el en
cargado de investirlas en su nuevo estado,
además de prestigiarlas, les comunicaba su
fuerza moral. Yo admiré el alcance de aquel
proceder, no escapando a mi juicio su alto
significado y díle interiormente mi aprobación
más franca y completa.
Las nuevas hermanas que en todo ese tiem
po habían permanecido sentadas, a un mo
mento dado se pusieron en pie y guiadas por
las superioras se adelantaron unos cuantos pa
sos, pararon e hicieron una inclinación de cabe
za a las autoridades; éstas correspondieron del
mismo modo. Después, una a una fueron ade
lantándose y haciendo a su vez la declaración
de ir allí por su libre voluntad para ser esposas
de la humanidad y al mismo tiempo que ha
cían esta declaración, el juez las iba abrazan
do. Vueltas a sus lugares, las cantoras, acom
pañadas de la música, ejecutaron una can
tata. Cuando ésta hubo terminado se levanta235
—
—
ron las postulantes y todas en pie, extendidos
los brazos a la altu ra de la frente y la m ano
izquierda sobre el pecho, prom etieron cu m p lir
con paciencia y alegría los reglam entos de la
H erm andad; servir en los internados como
m adres cariñosas, en los hospitales como bue
nas h erm anas y en los asilos como h ija s obe
dientes. T erm in ad a la prom esa, el juez se
puso en pie, la h erm an a superiora se acercó
a la canastilla donde estaban los velos y uno
a uno los fué pasando al juez, que los colo
caba sobre el rostro de las novicias. A m edida
que los iban recibiendo, el público daba se
ñales de aprobación, y cuando todas lo h u
bieron recibido, el coro, con la orquesta, rep i
tió el H im no a la H erm andad.
H ubo unos m om entos de descanso antes
de com enzar la representación teatral. Cuando
ésta había em pezado vino a buscarnos la h er
m a n a con la cual Feijóo había com binado
m ostrarnos el interio r del convento. Como nos
encontrásem os al fondo de la sala, pudim os
salir fácilm ente por u n a puerta lateral que
introducía a la sala de canto. E ra ésta una
buena pieza de unos doce m etros de largo
por diez de ancho, dos ventanas a n u estra iz
q u ierd a daban vista al exterior y dos p u er
tas a nuestra derecha abrían paso al claustro
superior; la sala estaba rodeada de estante
ría s donde gu ard ab an la m úsica y en el cen
tro se veían unos cuantos atriles; al otro lado
del edificio—nos d ijo la h erm an a—correspon236
—
—
día la sala de danza. Siguiendo, entramos en
otra sala de las mismas dimensiones; había
bustos y estatuítas con cortinas pendientes del
techo para dividir las luces; ésta servía de
academia para estudiar dibujo; en el lado
opuesto hallábase instalado el guardarropa.
Penetramos luego en otra sala igual a las an
teriores, destinada a trabajos ae dibujo apli
cados a bordados y a la pintura, también apli
cada; al otro lado continuaba el guardarropa
y servía, además, para sala de costura y en
gomados. Saliendo de esta sala nos hallamos
en un espacio vacío en el cual se encontraban
los servicios de higiene y la escalerq que con
ducía al piso superior, ocupado sólo con cel
das. A nuestra izquierda empezaban las del
prim er piso y, siguiendo la misma dirección
entramos en un largo corredor de unos dos
metros de ancho que recibía luz por una aber
tura del fondo y por vidrieras que daban al
interior de las celdas. Caminamos por el co
rredor en toda su extensión, yendo hasta su
parte terminal, que caía sobre la parte poste
rior del convento; habíamos contado once cel
das a nuestra derecha, con vistas al patio y
catorce a la izquierda con vistas a la ciudad.
Del otro lado había la misma disposición,
y el segundo piso guardaba el mismo orden.
Mostré a Feijóo deseos de entrar en una celda
y nuestra guía abrió una de las que caían
sobre el patio.
Era una pieza de poco más de tres metros
—
237
—
de ancho por cuatro de largo, una* ventana al
centro con dos asientos de can tería en el
hueco de la pared, dos lechos construidos de
m anipostería, y tanto los estrados de las ca
m as como las paredes, hasta cierta altura, es
taban forrad as de m adera. En una de ellas
co rría un alto arm ario con grandes cajon es
en su parte inferior, y enfrente, en el lado
opuesto, h ab ía un lavab o con esp ejo; com ple
taba el m obiliario una m esita con dos a sien
tos bajos. Desde la ventana se veía el segun
do claustro de igu al larg u ra que el prim ero y
dos tercios de anchura, todo él cubierto de
h ierb a ; entre las cocinas, el refectorio y la la
van d ería se percib ía un patiecillo de un as
pecto de íntim o recreo. En este convento— ex
plicó F e ijó o — cada celd a sirve p ara alb ergar
dos herm anas. Estas del prim er piso sirven
p ara las herm anas supenoras, y las m ás an
cianas, y algunas están destinadas a enferm e
rías. En el piso superior h ab rá a uno y otro
lado unas cien, y en el bajo, destinadas a h er
m anas huéspedes y otras, unas ocho celdas
abriendo p ara el patio; habiendo en conjunto
m ás de ciento sesenta celdas, que pueden aco
m od ar a m ás de trescientas h erm an as; pero
com o de éstas unas están destinadas a servi
cios hum anitarios, gran internado, asilo, etc.,
no llega rá a h ab er perm anentes m ás de ciento
cin cu en ta h erm anas en el convento.
Saliend o de la celda, desandam os el co rre
dor y tom ando a nuestra izquierda, pasando
—
238
—
por debajo de las escaleras, nos encontram os
frente a la p u erta de la biblioteca. Entram os
y la recorrim os longitudinalm ente; las estan
terías fo rrab an las paredes; había una gran
m esa en el centro de la sala p a ra las lectoras
y a sus extrem idades unas mesas m enores
p ara trab ajo s y juegos silenciosos. Salimos
de allí por la puerta opuesta, encontrándonos
con la escalera que conducía al piso superior
y cam inando p ara la derecha nos encontra
mos en el claustro alto. Pudim os de allí ap re
ciar el claustro bajo, de unos trein ta y cuatro
m etros de lado, con su ja rd ín florido al cen
tro. De allí descendim os al claustro por una
escalera de un solo tram o y de escalones ba
jos y cómodos. Recorrim os aquel lado, que
daba al Sur; luego continuam os por el de Po
niente: en el medio se encontraba el portón
principal, que estaba cerrado. Feijóo llamó
m i atención p a ra el postigo. De la otra p arte
—dijo—está la billetería y por él entran y sa
len las herm anas que expenden los billetes.
Seguimos dando la vuelta al claustro, y al
term in arla fuim os a d a r en el refectorio, si
tuado exactam ente debajo de la biblioteca y
de las m ism as dim ensiones de aquélla: trein
ta y seis m etros de largo por poco m ás de
ocho de ancho. El techo era de m ad era artesonado y las paredes decoradas de pin tu ras
representando asuntos de anim ales dom ésti
cos, de una vetustez como las del salón de
fiestas. La ilum inación venía de las tres puer239
—
—
*
tas que daban al claustro y de otras dos que
abrían al patio interior, situado entre las coci
nas y la lavan d ería, por las cuales h acían el
servicio. P or encim a de éstas corría un ven
tanal fijo, de vidrios de colores, de toda la la r
gu ra del patio y que im p rim ía al refectorio
un aire de iglesia. E ra su m obiliario dos m e
sas estrechas en toda la extensión de la sala,
con una tribuna en el centro p ara las h erm a
nas lectoras leer durante los ¡servicios algún
cuento m oral c instructivo.
M irando p ara aquellas paredes, m e entre
gué en un éxtasis contem plativo a m editar
sobre la vid a pacífica, m oral y laboriosa que
h acían dentro de aquel edificio las H erm anas
H um anitarias, y por una asociación de ideas,
afluyó a m i mente un m undo de pensam ien
tos, cada cual m ás am argo, sobre las tristes
condiciones en que se encontraban la m ism a
clase de m u jeres sobre la T ierra. L a vid a — de
cía p ara m í— sería incom parablem ente m ás
bella si allá las educasen como hacen aquí los
m arcianos, si se las dirigiese y si los gobiernos
se ocupasen en m ejo ra rles la suerte, con m e
didas de socialización, organizándolas en
agru pacion es que pocos gastos ocasionarían al
Estado. E llas, no podem os ocultarlo, constitu
yen un elem ento social indispensable: la hu
m anidad no puede p rescin dir de ellas, porque
no todos los hom bres pueden sostener m u jer,
n i todos pueden am oldarse a v iv ir perenne
m ente con una m ism a com pañera. P or estos
—
240
—
y otros m ás motivos, la sociedad terrestre
h aría un acto altam ente hum anitario si tra
tase de im itar esta organización que, por de
contado, beneficiaría a los mism os hombres, y
a ellas les m e jo ra ría el estado depresivo en
que actualm ente viven.
Salim os de allí por una de ]as puertas que
daban al patio interior, parecido al de una
casa m orisca con su surtidor en el centro y
sus colum nas en derredor, que luego se ex
tendía en el mismo orden sobre el gran patio
cubierto de fresca hierba, de la m ism a la rg u
ra del refectorio. Sobre él caían las celdas in
teriores, tanto del prim ero como del segundo
piso, de la parte lateral del edificio. D eb ajo
de los soportales que rodeaban el patio había
un sinnúm ero de aparatos de gim nástica y
todo lo necesario p ara los ejercicios co rp o ra
les. D espués que hubim os transpuesto el patio
nos encontram os en el portal posterior, por
donde entraban los servicios de alim entación
y era la entrada p rivativa de las herm anas
No tenía la m ajestuosidad del de la fach ad a
p rin cip a l; a un lado estaba instalada la p or
tería y en el otro la intendencia; las dem ás
habitaciones, hasta uno y otro ángulo, servían
p ara depósitos. De allí tomamos por el so p o r
tal que de aquel lado conducía a la lavan d e
ría, m ientras que el otro ponía en com unica
ción con las cocinas. Estando aquí m anifesté
a F e ijó o que ya tenia visto todo el edificio y
e xtrañ ab a no ver nada referente a los servi—
241
—
cios que las herm anas hacían. F e ijó o sonrió,
hahló con nuestra guía e inm ediatam ente
ésta fué a abrir una puerta que h ab ía allí
cerca y nos in trodujo en un local algo oscuro
que recibía luz del soportal en que estábam os.
Luego que hubim os entrado, cerró la puerta y
nos encontram os en m edio de un corredor de
unos dos m etros de ancho y que tenía la la r
gura del edificio; desde donde estábam os per
cibíam os allá lejo s la sala de espera en que
las herm anas conversaban entre ellas. A nues
tra d erecha— explicó F e ijó o — están las bañe
ras y letrin as; del otro lado (que da p ara el
e x te rio r), están los cubículos; h a y de este
lad o— continuó— veinticinco, y del otro otros
tantos. Entram os en el m ás próxim o, que esta
ba desocupado; era una pieza de unos tres
m etros de ancho por cerca de cuatro de fon
do; a un lado se encontraba el lecho de m ani
postería forrado de m adera, com o los de las
celd as, con su colchón, etc., y el todo cubierto
con una colcha. E l cubículo era ilum inado po»
una ventana giratoria situada encim a de la
p uerta de salid a; ésta era estrecha, no p erm i
tiendo el paso m ás que a una persona; el m o
b ilia rio era fijo, ofreciendo lo necesario p ara
adecentarse. F eijóo , en aquel m qm ento me
d ijo : aquí en esta alcoba, las herm an as de
servicio se portan con los visitantes como po
d ría h acerlo una esposa cariñosa con su m a
rid o; m as fu era de este recinto no adm itirían
adem anes ni p alab ras que fuesen contrarias a
—
242
—
la decencia y a las buenas costumbres. D ich >
esto, dió las gracias a la herm ana que hasta
alli nos h abía guiado, yo hice por señas lo
m ism o y uno tras el otro salim os por la puertecita, hallándonos de golpe en la calle.
Y o respiré con satisfacción y pregunté a
F e ijó o si aquellas m u jeres no sentirían la ne
cesidad de tener una afección.
— Seguram ente que deben sentir esa nece
sidad, porque al corazón hum ano no se *•'.
puede dom inar siem pre, y por otra parte
nuestra n atu raleza nos im pulsa inconsciente
m ente a tener una afección. E l querer, la sa
tisfacción de ser am ado es un m andato que
nos viene de la D ivin id ad y precisam os satis
facerlo p ara no ser infelices. Prescindiendo de
esto, la regla a que se obligaron las exige que
sean esposas de la hum anidad, sin dispensar
m ás carifm s a unos que a otros; pero ¿quién
puede m an d ar en los corazones? F ila s viven
aquí en com unidad; m as como todas disfru
tan en la sem ana de dos días de asueto, pue
den sa lir con toda libertad, de las catorce a
las diecisiete, a visitar a sus am igas y tam bién
a sus amigos, lo que aquí no es contrario a la
estética.
r? "
243
CAPITULO X II
LA FIESTA DE LOS PRIMEROS FRUTOS
I.
—La idea religiosa debió desenvolverse
modo idéntico en los otros planetas. - Culto de la
Madre-Naturaleza.
II.
—Partida para la fiesta. - Ramilletes y su d
tinación. - Necesidad de estos regocijos. - Descripción
del altar. - Llegada de las Hermanas Humanitarias.
III.
—Principio de las preces. - Terminación
la primera parte. - Comida en el bosque. - Exhibición
de la mujer desnuda. - Terminación.*
I
Los últim os días de aquella sem ana en que
se iba a celebrar la Fiesta de los P rim eros
Frutos, se m e hicieron larguísim os. El interés
se despertaba en m í cada vez m ayor por los
p reparativos que veía hacerse en la casa p ara
celebrarla. Las paredes de las habitaciones
fueron lavadas y algunas pintadas de nuevo;
los m uebles lim pios y encerados; las ropas,
sacudidas y expuestas al sol, p ara ser de n u e
vo gu ard ad as; en la cocina, de hábito tan so
brios, había un m ovim iento desusado, y en el
cuarto de costura, las m u jeres confecciona
ban alpargatas p ara ir los niños a la rom ería,
pues en las tiendas sólo se vendía calzado
p ara los de trece años en adelante.
Dos días antes de la fiesta hab ía llegado
la h ija de Feijóo con el m arido y una n iñ a de
cinco años, que h ab itab an en un m unicipio
distante, y el hijo que m oraba con él tra jo del
g ran internado a los dos nietos, uno de diez y
244
—
—
otro de doce años. Feijóo estaba radiante, no
sólo por ver a sus nietos en casa como por la
noticia que le había telefoneado el hijo m ás
joven de que se encon traría con él en la fiesta.
En su alegría hablaba con todos respecto a
mí, pero yo n ad a entendía, pues hasta allí sólo
h ab ía aprendido a saludar, decir gracias
cuando me obsequiaban, sí, no, m uy bien y
algunos otros vocablos más.
La fiesta que iba a celebrarse era una de
las principales del año, y Feijóo, con un entu
siasmo juvenil, hablaba de ella felicitándom e
por h ab er llegado en ocasión tan oportuna.
En la casa continuaban atareados con los
preparativos p ara la rom ería, pues co
míase y cenábase en el campo. Los m arcianos,
con estos regocijos hechos al aire libre, a g ra
decían a la N aturaleza los favores que ésta les
dispensaba, pareciendo ser esta alegría com u
nicativa, por no existir una sola fam ilia que
no celebrase festivam ente ese día.
Continuando en la casa los p reparativos y
habiendo salido la h ija con el yerno p ara h a
cer visitas, después que term inó la cena, su
bimos a la azotea p ara hacer la digestión y
c h a rla r m ás a nuestro gusto. Después que nos
hubim os instalado, pregunté a Feijóo cómo se
h ab ía desenvuelto la idea religiosa en el p la
neta.
—Parécem e—respondió—que la idea reli
giosa ha debido llevar cam ino idéntico en to
dos los planetas herm anos del nuestro, lo de
245
—
—
creer en algo que nos es superior eleva nues
tro espíritu h acia la D ivin id ad y constituye
su térm ino final. Em pero, antes de este esta
do perfecto, el sentim iento religioso debió des
envolverse a costa de la ignorancia de los
hom bres prim itivos que no pudiendo e xp li
carse los fenóm enos de la N aturaleza se ate
rrorizaban ante aquellos seres extraord in aria
m ente grandes, como deberían ser los que lan
zaban el rayo y producían el rim bom bar del
trueno. Este sentim iento de tem or quedó atá
vico en el alm a de aquellas pobres gentes, de
m odo que a cu alquier m ovim iento sísmico,
como eran los tem blores de tierra, el desbor
dar de un río, el incendio de una floresta, lo
creían m anifestaciones de la cólera celeste,
dando origen a las prim eras religiones.
Estas, en los prim eros tiem pos de organi
zación, cuando llegaron a tom ar form a, obe
decieron a las necesidades de su tiempo. A que
llos hom bres en los albores de la civilización ,
sirviéronse de la religión p ara establecer pre
ceptos sobre los tra b ajo s del cam po. Y esto
obedeció al im portantísim o problem a de la
alim entación que se h acía im prescindible le
gislar, a fin de atender a las necesidades m ás
im periosas de la vida. Luego que estas prim e
ras necesidades fueron reguladas, entraron en
lid otras, entre ellas la organización de la so
ciedad y el establecim iento de los poderes pú
blicos. De aquí derivaron los grandes sacer
dotes y los je fe s de la com unidad que toma—
246
—
ron m ás tarde el título de reyes y gobernaron
por m illares de años. Sucedieron después a
estas religiones otras y a m ás m orales, qu e
p ropagaron ideas de am or y carid ad entre los
hom bres, viniendo a su avizar las costum bres
duras y crueles de aquellos tiempos, p rep a
rando con esto el advenim iento de ideas m ás
hum anitarias.
L as religiones todas tuvieron por p rin cip al
m ó vil h acer a los hom bres m ás felices T o d as
tam bién tuvieron en sus principios un p erío
do de p reparación , en el cu al hom bres gene
rosos dedicáronse a propagar doctrinas que
en aquel dado m om ento las creían n ecesarias
p ara satisfacer aspiraciones de orden m oral,
m aterial o político, siendo este período el m ás
bello. D espués vino el triunfo, las ideas ech a
ron raíces, se consolidaron y los directores
guiaron las conciencias por tiem pos interm i
nables. L uego los sacerdotes que las d irigían
abusaron del poder, im poniendo a sus afilia
dos preceptos estúpidos y ejerciendo exaccio
nes que los em pobrecían. P or últim o, los hom
bres em pezaron a dudar, las discutieron, la
in d iferen cia y la incredulidad fueron ganan
do las conciencias, acabando, después de po
cos siglos de este estado de confusión caótica,
por ven ir la descom posición y m orir.
L as religiones nacidas de la hum ana fla
queza, organizad as por las necesidades de la
ocasión y fortificadas por la crédula ign oran
cia de las m ultitudes, sucediéronse unas a la s
—
247
—
otras, correspondiendo a estados y aspiracio
nes del alm a hum ana. A l nacim iento de una
nueva religión correspondió el ocaso de una
antigua civiliza ció n ; a su declinación y m uer
te, un cam bio p ara m e jo ra r en la civilización
siguiente.
Los sacerdotes, por su parte, cuando las
religiones iban perdiendo pie, hicieron las
cosas m ás extravagantes e insensatas p ara sos
tenerse; declararon in falib les a sus je fe s y
procuraron atraerse y dom inar al elem ento
fem enino, sum iendo a la m u je r en el m ás
craso fetichism o, term inando, cuando vieron
la causa perdida, por aliarse con las otras re
ligiones. E l pueblo que buscaba en ellas la
verdad, el bien y la ju sticia, no encontrándo
los y continuando in feliz, se cansó de esperar,
no creyó m ás en la vida futura, y cuando aquí
sobre el planeta pudo encontrar la felicid ad
se hizo indiferente y acabó por bu rlarse de lo
que antes había adorado.
Hubo un interregno de unos tres mil años,
en el que los m arcianos perdieron toda noción
religiosa, rindiendo solam ente culto a la ra
zón, a la ju sticia y al amor. Fué la época en
que se establecieron las reform as, en la cual,
siendo la vid a fácil, vivieron los hom bres en
la abundancia, satisfechos de sus destinos. E n
tre los m otivos que m ás contribuyeron al in
diferentism o religioso en que vivieron y los
d istrajo de aquella necesidad m oral, figuran
las m ejoras em prendidas sobre la superficie
—
248 —
del planeta. Fueron de tal importancia los co
losales trabajos emprendidos para transfor
mar la superfìcie del suelo y adaptarla a las
necesidades del hombre, que ocuparon total
mente el espíritu de los habitantes en todo el
curso de aquellos lejanos tiempos, y constitu
yó para ellos una nueva religión. Mas todo
tiene su término; nada es eterno, y una vez
acabadas de efectuar las mejoras, cesaron
también las aspiraciones e ideales de la huma
nidad.
Ya be dicho en otra ocasión que termina
do el ciclo de la ilusión religiosa, quedaron
indiferentes, aconteciendo en cuanto duraron
los mejoramientos, no haberse apercibido de
aquella necesidad. Continuaron, pues, la vida
tranquila y sin otras aspiraciones que las de
vivir y gozar. Pero este sosiego del alma hu
mana sin la creencia en algo superior a lo te
rreno, produjo un relajamiento moral en las
costumbres y hasta la intelectualidad bajó de
nivel. Faltaba ese algo que nuestra alma pro
cura con anhelo y nunca encuentra, es cierto,
pero que es necesario para que todos los hu
manos tengan un ideal en la vida. Faltaba la
idea religiosa, ese sentimiento vago y bueno
que endulza nuestra existencia, y que cual
suave melodía envuelve la vida de los morta
les en una atmósfera de ensueños, que les pro
porcionan una mística felicidad.
En ese estado de ceguera intelectual los
hombres llegaban a aburrirse. No había más
—
249
—
aquellas prácticas y fiestas con las qiie las
religiones de los pasados tiempos, adm irables
de concepción y pom pa, im presionaban el
alm a popular, infundiéndole aspiraciones de
orden divino. Los intelectuales pensaron que
p ara lev an tar los espíritus hacíase necesario
m antener un ideal, fuese ese ideal Dios, lo
Absoluto o lo Inconoscible. Otros raciocinaban
cerrando la discusión con argum entos menos
abstractos, decían que así como en el hom
bre residía una inteligencia que dirigía sus
acciones y lo gobernaba, así tam bién en el
Universo debía existir una inteligencia que
m ovía los m undos y cuya inteligencia era
Dios. A estos argum entos replicaban otros con
un espíritu m ás práctico y decían que m ien
tras habían adorado a Dios b ajo distintos cre
dos y personificaciones, los m arcianos habían
sido infelices y p reguntaban si no se le podría
ad o rar en su form a tangible como era la Na
turaleza. Esta rep resen tab a la vida y m ani
festábase diariam ente en su obra, de la cual
nadie podía d u d ar y concluían: ¡Adoremos
en ella a Dios!
Y después de estas controversias fué cuan
do se estableció en el suelo m arciano el culto
de la M adre-N aturaleza, culto éste que consis
te en el cultivo cariñoso del suelo y en la ins
talación de seis grandes fiestas anuales al
aire libre, en medio de los campos, donde ella
se nos m uestra pródiga y fecunda. Y p ara que
a este culto no le aconteciese lo que a las an~
250
—
—
tiguas religiones, de desm oronarse unas tras
de las otras, no se le in tro d u jo n ad a de sobre
n a tu ra l; sus prácticas no dan ganancia a n a
die, y como no tiene m isterios ni dogmas, no
precisa de catecism o ni de libros sagrados. lie
alii por qué nuestra religión, que cuenta cerca
de un m illón de años, se conservó ingenua en
su fondo e inalterable en su form a exterior.
Sus tem plos consisten en u n a tribuna al
pie de los arbolados, teniendo po r pavim ento
el suelo cubierto de verd u ra, por techum bre
la bóveda celeste, por ornam ento las flores y
por sacerdotes los ancianos que cuentan m ás
años de vida, y por tanto recibieron m ás be
neficios de la N aturaleza. P a ra ser sacerdote
no se precisa hacer estudios especiales, tanto
p a ra dirig ir las preces como p a ra el ritual,
que es sencillísim o; si algún ritu al existe, pue
de ser el cariñoso cuidado que se presta a las
p lan tas: sacar la m aleza de un arbusto o del
tronco de un árbol es considerado una obra
de carid ad ; reg ar un rosal u o tra plan ta cual
quiera, es tenido en el concepto de una limos
n a ; desobstruir un canal p ara que el agua
corra librem ente, es p racticar una obra de m i
sericordia. Estas prácticas son ejecu tad as con la
m ayor religiosidad por los m arcianos, a los que,
desde pequeñitos, sus m adres educan en estas
buenas costum bres con la intención de elevar
les el espíritu hacia la M adre-N aturaleza. En
esto consiste el culto y en las grandes fiestas
hechas d u ran te el año, en las que el pueblo
251
—
—
va a trib u tarle adoración y al mismo tiem po
a divertirse.
Son estas fiestas una necesidad psicológica
que siente la hu m an id ad p ara d a r expansión
a los sentim ientos de alegría y am or que ex
perim enta por todo cuanto liay de bueno y
bello, sirviéndole al mismo tiem po p ara hon
r a r a la m adre común. Acontece en estas fies
tas ir asociados hom bres, m u jeres y niños
p ara un mismo fin y una m ism a idea, corrien
do cordialm ente en una expansiva frate rn i
dad en pos del am or y del bien.
—Las ideas que ustedes aquí tienen sobre
la D ivinidad no dudo lleguen algún día a pro
pagarse en la T ierra, donde actualm ente todo
tiende a sim plificarse; la religión de ustedes
es una religión racional y al mism o tiempo un
modelo de sencillez. Ahora la hum anidad
m arciana, lo mismo que la terrestre, deben
parecerse en lo tocante a rom erías, porque, yo
no puedo saber lo que aquí sucederá, pero
allá, fu era de unos pocos que van por devo
ción, la m ayoría va por divertirse.
—En eso se engaña usted—dice Feijóo— ;
aquí todos van a la rom ería saturados de un
profundo sentim iento religioso, lo que podrá
atestig u ar m añ an a presenciando la fiesta;
pero veo que se hace tard e y es hora de irnos
a acostar p ara m añ an a estar dispuestos p ara
h acer la cam inata.
—
252 —
II
H acía ya algunas noches que sentía difi
cultad en conciliar el sueño, achacándolo a la
ligereza del aire; aquella noche oí todas las
horas y la pasé entre dos sueños. Por la m a
ñ an a tem prano, cuando me iba adorm ecien
do, m e despertó el ruido de platos y cacerolas
que p artía de la cocina. H abía quedado deci
dido que el viaje, cerca de dos horas, sería
hecho a pie, porque los vehículos estaban to
m ados, y en la navegación aérea no había que
fiar, por el gran núm ero de personas que de
todas partes acudirían a la fiesta.
P artim os a las siete, después de desayunar
nos, llevando cada cual su lote, pues todas las
vituallas fueron rep artid as con la intención
de p asar el día entero en el cam po. Tom am os
por una calle p erpen d icu lar a la nuestra,
yendo a d ar a la gran calle diagonal de la iz
q u ierda y siguiendo por la m ism a salimos a
los arrabales, dejando a n u estra izquierda el
p arq u e exterior y las alam edas. Em pezaba
allí el cam ino vecinal que conducía a las m on
tañas, donde en las vertientes opuestas se rea
lizaba la fiesta.
El cam ino no era ancho, pero sí suficiente
p a ra el tránsito de dos vehículos en sentido
opuesto. Esta vía descendía suavem ente y es
taba arborizada a am bos lados, como todas las
vías de com unicación; en las en cru cijad as en
contrábase una fuente con pila b a ja p ara re253
—
—
frigerio de hombres y animales. Después de
pasar la encrucijada había mucha animación,
gente a pie, a caballo, en coche, en autos y de
vez en cuando un aéreo pasaba zumbando
sobre nuestras cabezas. Noté que muchas mu
jeres llevaban en las manos ramilletes de flo
res frescas, además de las que lucían en los
cabellos; como yo mostrase interés en cono
cer algo respecto a aquellos atavíos, Feijóo sa
tisfizo mi curiosidad explicando que aquellas ,
flores iban a servir para ornamentar el altar
y que cuando allá llegásemos vería la desti
nación que se le daba a aquellos ramilletes.
Continuando nuestro camino, Feijóo dijo
que aquella fiesta a la que íbamos a asistir era
presidida por las autoridades, y que fuera de
ella había otras, particulares a cada comarca;
de manera que todo el verano, parte del otoño
y a principios del invierno, además de las seis
fiestas anuales, había fiestas particulares en
cada municipio. Es una necesidad para nues
tra alma sensible la repetición de estas fies
tas, donde el pueblo huelga y se divierte
aunado en un único pensamiento: el de hon
rar nuestra madre Naturaleza, y al propio
tiempo gozando un día más de vida y de ale
gría. Pues por dichosa que sea la existencia
precisamos quebrar la diaria monotonía ma
nifestando ruidosamente en estas fiestas nues
tro contento y buen humor. Por el lado de los
sentimientos afectivos que duermen en las
criaturas, necesitamos dar expansión al fon—
254
—
do de misticism o que aquellos sentim ientos
engendran en nuestra conciencia; Porque el
hom bre lo mism o que el niño, sin darse cuen
ta, tienen en su naturaleza la necesidad ap re
m iante de creer en algo de sobrenatural. Y
hacia ese sobrenatural m isterio de la vida
constantem ente am bicionado, es a lo que el
hom bre cam ina, aun cuando m al de su grado
su razón no le explique, como al presente,
otra cosa que el deseo de ver lo que espera
encontrar en la fiesta hacia la que corre.
Acontece infelizm ente, después de la expan
sión dada al espíritu y el regocijo term inado,
de encontrarnos en el-m ismo estado de ánimo
anterior; pero abrigam os d u ran te los días pre
cursores de la fiesta una dulce y suave ilusión.
N uestra alm a precisa ser dirigida hacia
nobles y altos sentim ientos que acom pañen
nuestros ideales en todas las fases de n uestra
existencia, a fin de hacer la vida m ás ag rad a
ble y digna de ser vivida. El alm a hum ana es
como un espejo en el cual se reflejan nues
tras sensaciones buenas, m alas, agradables o
desagradables que sentim os en nuestro sér ín
timo. Este nos habla ese len g u aje m udo que
nos com unica el m undo exterior, ya sea por
su form a, si son anim ales o plantas, ya sea
por las ideas si nos son sugeridas por indivi
duos con quienes convivimos, o bien por el
variado espectáculo que nos presenta a cada
paso la N aturaleza. En todo esto sentimos res
p ira r la vida que adm iram os en todos los mo255
—
—
m entos de nuestra existencia, de esa vida que
conm ueve nuestra conciencia y nos sugiere no
sólo ideas nuevas, como emociones de una va
riedad sin térm ino. La N aturaleza, que en sus
variadísim os aspectos conm ueve e im presio
na nuestra alm a, hócela raciocinar sobre todo
cuanto ve, em ocionándola de distintas m ane
ras, según se halle aquélla en estado de equi
librio o desequilibrio m ental. Precisam os re
m a rc ar que el estado de nuestra alm a no es
siem pre el m ism o; difiere de un m om ento a
otro; hoy sentimos de un modo, otro día la
'ten sió n nerviosa es m ás fuerte y debido a eso el
desequilibrio de nuestras facultades es mayor,
y por concom itancia nuestras sensaciones son
m ás delicadas y agudas, hiriendo m ás viva
m ente nuestra conciencia. Es en ese estado in
estable de nuestra alm a, o sea de su desequili
brio, cuando surgen las ideas nuevas, ideas
m uchas veces trascendentales que nos elevan
a las altas regiones de la abstracción, abrién
donos el cam ino p ara las grandes invenciones
y los grandes descubrim ientos. Es en el esta
do de desequilibrio casi total, que los grandes
hom bres han conseguido alcanzar sus objeti
vos, las m ás de las veces a costa de los m ayo
res sacrificios de tiempo, perseverancia, p ri
vaciones, sufrim ientos, paciencia y abnega
ción. Ese estado de desequilibrio de nuestras
facultades que todo lo sufre, todo lo arrastra
y todo lo soporta p ara conseguir sus fines, se
tiene repetido casi siem pre, y la m ayoría de
256
—
—
los gran d es inventores han pasado por ese es
tado enferm izo, vecino de ¡la fiebre y la lo
cu ra !
L as ideas que surgen a nuestro espíritu
h ay quien supone nos vienen de la D ivinidad,
y pasan de lo consciente a lo inconsciente, sin
nosotros apercibirnos. T am bién es ciento que
las m ás de las veces, p ara que ellas su rjan ,
tienen que ser estim uladas por nuestros órga
nos físicos, y hasta jfarece p a ra d o ja : precisa
nuestro sistem a nervioso ser sacudido para
que las ideas afluyan a nuestro cerebro. En re
sum en, las ideas, cuando se fijan en la m ente
hum ana y llegan al estado inconsciente, el
hom bre, a pesar de su ilustración y conoci
mientos, las acepta ciegam ente, ya no las dis
cute ni oye argum entos contrarios en ese esta
do del a lm a; las ideas se transform an en sen
tim ientos y entonces ¡adiós raciocinio! Estas
transform aciones m entales, ciertam ente no se
consiguen de im proviso, son el resultado del
tra b a jo de algunas generaciones que, educa
das en determ inadas ideas, a fu e rza de oirlas,
grábanse poco a poco en la mente de los pue
blos. Modos idénticos de pensar y sentir, a
fu e rza de ser repetidos y ponderados, pene
tran en el alm a de las gentes, y fué por ese ca
m ino que m uchas ideas sin pies ni cabeza
hanse apoderado y fijado en el corazón de
m uchos pueblos. E l cerebro hum ano está cons
tituido de idéntico modo en todos los pueblos
y en todas las razas, y las ideas pueden ger—
257
—
minar y ser desenvueltas con iguales resulta
dos en todas ellas. Por otra parte, el instinto
de imitación que todos los hombres poseen
desde el nacer ha sido, a mi juicio, uno de los
mayores elementos para el progreso humano,
porque el imitar lo que los otros hacen crea
la emulación y esto hace producir nuevas
energías. Es también cierto que el medio en
que vivimos nos perfecciona, desenvuelve
nuestra inteligencia y nos hace más activos y
mejores.
Por otra parte, el hombre es insaciable,
como ya tengo dicho en más de una ocasión;
abriga generalmente nuevas aspiraciones, ya
sea para mejorar lo presente como también
para mejorar lo por venir. Sus gustos disien
ten de un día para otro, vive continuamente
alimentando aspiraciones nuevas que, una vez
realizadas, las olvida bien pronto para pasar
a otro orden de ideas. Y no viviríamos satis
fechos si no pudiéramos alimentar nuevos
deseos que al principio se nos presentan bo
rrosos y confusos para luego ir tomando for
ma, dibujarse más nítidos, hasta aparecer en
teramente claros a nuestro espíritu, ávido de
sensaciones nuevas, que terminan transfor
mándose en activas energías, las cuales se agi
tan y accionan en el momento oportuno para
que el deseo se haga una realidad.
Nuestro sér pensante, el alma, vive rodea
do de sus auxiliares los sentidos, que son
como los tentáculos de que ella se sirve para
258
—
—
conocer las cosas. Además de estos auxiliares
se sirve de la memoria, que en los pasados
tiempos era considerada como una de nues
tras facultades intelectuales, al par de la in
teligencia y la voluntad, pero que ahora no le
damos esa importancia. La consideramos, si,
como un poderoso auxiliar que liga el pasado
con el presente y que además sirve como de
correo a nuestra inteligencia para recordar
ideas propias o ajenas que le sean necesarias
en la ocasión. La memoria, por tanto, es una
facultad secundaria, existe en los animales y
nada tiene que ver con la inteligencia, puesto
que los animales superiores todos poseen la
memoria, que no se borra en ellos y perdura
durante años, como usted ha podido observar
en el curso de su vida. Cuando yo vivía en la
Tierra considerábase a la memoria como la
primera facultad o potencia del alma, absur
do en el cual quizá continúen ustedes todavía,
tanto, que había la opinión de que el hombre
sabía lo que la memoria podía retener, axio
ma estúpido que anulaba la inteligencia ne
gándole ideas propias y obligando a pensar
con la mente de los otros. Ahora, si como al
gunos filósofos dicen, las ideas son innatas,
entonces la memoria es el principal elemento
que posee nuestra inteligencia y nuestra ra
zón para conocer las cosas, por cuanto las
ideas surgen con el auxilio de la memoria, y
ésta no hace más que recogerlas en donde se
encuentran depositadas, trayéndolas sumisas
259
—
—
a nuestra inteligencia p a ra servirnos cuando
pensam os, cuando hablam os o cuando escri
bimos. Si las cosas sucedieran así, la m em oria
desem peñaría el papel m ás im portante en
nu estra existencia, sobreponiéndose com ple
tam ente a la razón y al entendim iento.
—Todo cuanto acaba de decir m e lia ins
truido e interesado m ucho y deduzco de su
conversación que h ab rá usted sentido algunas
de esas sensaciones m ás de una vez.
—No pasan de divagaciones p ara entrete
n e r el tiem po en esta larg a cam inata, hacien
do nuestro paseo m enos pesado, yendo como
vam os en busca de emociones agradables y
ahuyentando todo aquello que se pueda opo
n e r a n u estra dicha. Y no sólo en esta ocasión,
sino en todas cuantas diariam ente se nos
ofrezcan al paso, n uestra norm a deberá ser al
canzar la felicidad. Este es el gran problem a
de nuestra existencia: ¡Ser feliz! T om ar la
vida por el lado bueno y agradable que ella
nos ofrece aceptándola como ella es, quiero
decir, verla p o r el lado optim ista. A hora es
p e ra r que los acontecim ientos que aparezcan
en nuestro cam ino nos sean favorables sería
una quim era; nosotros deberem os aceptarlos
como ellos son, pues n unca los acontecim ien
tos llegan al gusto de nuestro paladar. Esto es
tan verdad que podem os av en tu rar que no
h ay un solo hom bre que pueda decir que ha
llegado al térm ino de sus objetivos por la lí
nea recta. Porque ni yo, ni usted, ni nadie, po260
—
—
d rá decir que ha conseguido sus fines m ás
que por las vías torcidas o sinuosas. Muchos
hay — estos son a m i juicio tem peram entos
enferm izos — que se q u ejan antes de tiem po
augurando m al de lo que les puede aconte
cer; lam éntanse de que las cosas lleguen fa
llidas y echan de lado las probabilidades y las
esperanzas; estos son doblem ente infelices
porque antes de que llegue la desgracia se
q u ejan de ella. ¿No sería m ás juicioso espe
ra r serenam ente los acontecim ientos sin la
m entarse de antem ano de que nos lleguen
contrarios? ¿D e qué les sirve y qué les ade
lan ta a esos infelices el lam en tarse antes de
tiem po? Esas personas son de n atu raleza pe
sim ista que encaran la vida por el lado des
agradable y parece quieren ser desgraciados
a la fuerza.
Volviendo a nuestra facu ltad pensante, el
alm a, es indudable que p a ra vivir ella feliz,
precisam os hacer v aria d a la existencia am eni
zando la vida con estas fiestas realizadas pe
riódicam ente con pom pa y alegría entre los
m arcianos. La m ism a n atu raleza con los m úl
tiples y sorprendentes aspectos que nos presen
tan a cada paso el cielo, el m ar, el cam po y las
m ontañas, nos enseña y conduce nuestros gus
tos a v aria r la vida. Porque; si los hom bres
llevasen una vida m onótona e igual, sin inci
dentes, desde el principio h asta el fin del año,
caeríam os en el am aneram iento, se atro fiaría
nuestra inteligencia, viviríam os sin ideales y
261
—
—
sería, podemos decir, la m uerte del espíritu..
P aró aquí la conversación de Feijóo, y con
tinuam os por algún tiem po cam inando silen
ciosos hasta llegar a un p a ra je en el cual ca
rro s y transeúntes tuvieron que p arar, para
d a r paso a los vehículos que desem bocaban
po r la izquierda del cam ino, siendo obligados
a separarnos por la m ucha gente que lo obs
tru ía. Este, hacía algún tiem po no descendía
y en una gran extensión corría plano. Luego
que nos fué posible reunirnos, Feijóo volvió a
to m ar el hilo de la conversación.
—Las religiones que hubo anteriorm ente en
el m undo, festejaban a la D ivinidad, ofrecién
dole actos expiatorios, oraciones y ayunos, que
no eran otra cosa, que una repetición de los
actos de servilismo que los pueblos ofrecían a
los reyes y potentados de los cuales dependían
N uestra religión la celebram os con estas m ani
festaciones exteriores de alegría, y es así cómo
desde los prim eros tiem pos fué practicado
nuestro culto. Además estas solem nidades im
prim en variedad y nos distraen de las diarias
tareas, viniendo estos regocijos a m ovim entar
n u estra existencia. La vida m onótona y paca
ta, el deslizar de los días calmos y serenos, la
paz in in terru m p id a de n u estra alm a, contribu
yen ciertam ente a h acer nu estra felicidad,
pero no la com pletan. Porque ese estado de
prolongado sosiego precisa ser in terru m p id o
bien por ocasión de algún aniversario o bien
p o r m edio de estas fiestas en que nu estra reli262
—
—
gión de amor, de vida y de alegría reúne al
pueblo en comunión expansiva de fraternales
sentimientos. Aún no llegué a explicarle el
fondo de esta cuestión, a fin de que usted pue
da comprender mi pensamiento último, pre
ciso hablar más claro: por más que queramos
aparecer incrédulos no lo podemos ocultar; la
religión obedece a un deseo, a eso desconoci
do, a ese algo de superior y de divino que
eleva nuestra alma, especialmente cuando
contemplamos el cielo estrellado que en las
claras noches admiramos y nos infunde la
idea de lo infinito... digámoslo en una pala
bra: ¡DIOS!
Hallé estas ideas justas, no ocurriéndoseme
respuesta alguna que pudiese corroborarlas en
uno u otro sentido. En estas divagaciones m ar
chábamos distraídos sin darnos cuenta de ha
ber dejado el terreno plano y caminamos algún
tiempo cuesta arriba; poco a poco y sin perci
birlo, fuimos acortando el paso por efecto del
cansacio. Los frutales que hasta allí margeaban el camino, se extendían a uno y a otro lado
en un largo pomar, y luego de haberlo atrave
sado entramos en el bosque. Estaba éste for
mado por árboles frondosos y corpulentos que
cubrían las laderas de aquellas montañas en
una extensión interminable.
Aquí, Feijóo, fué explicando que aquel bos
que iba ladeando la cordillera siendo sus ár
boles de la misma especie y producían un fru
to del que por el proceso de la presión extraían
263
—
—
un excelente aceite. Estas vertientes—siguió—
están plantadas de esta especie de árboles, a
los que, el aire marino que reciben, favorece
el desenvolvimiento: en cambio las vertientes
opuestas, a las que luego llegaremos, están
plantadas de otra especie de árboles que pro
ducen un fruto farináceo, excelente alimento
para el invierno. En el planeta la mayoría de
las montañas y todas las cordilleras tienen
esta misma disposición, unas producen frutos
comestibles y otras como esta, aceites que son
empleados en la alimentación o en la in
dustria.
Insensiblemente y sin darnos cuenta nos
encontramos fuera del bosque y comenzamos
a ladear la montaña; crecía por allí una plan
ta rastrera parecida a nuestros heléchos. Mar
chamos por aquellos parajes durante algún
tiempo sin otras particularidades que la de ser
la subida asaz empinada hasta llegar a cierta
altura en donde, de pronto, se descortinó un
nuevo espectáculo. Un bosque aparecía a nues
tros pies continuado por una extensa planicie
que iba a perderse en el horizonte, divisándose
allá en lontananza, un canal que corría para
lelo a la cordillera. Comuniqué a Feijóo mi
admiración ante la vista de aquel trabajo arti
ficial en el cual se percibían como unos mos
quitos: eran las embarcaciones que llevaban
los productos de una región a otra.
Feijóo, a aquel propósito, me explicó que
se habían conseguido resultados admirables
264
—
—
con los trabajos de ingeniería hechos con el
propósito de desenvolver el comercio y la agri
cultura. Esas campiñas fértiles y florecientes
que ahora contemplamos, han sido en lejanos
tiempos, antes de haberse construido ese ca
nal, pantanos insalubres. Lejos de aquí, otras
zcnas inhabitables a causa de las pésimas con
diciones climatológicas, modificaron la tempe
ratura desbrozando las tierras y entregándolas
al cultivo. Estos bosques creados artificialmen
te vinieron a dar mayor salubridad a estos pa
rajes y sobre todo con la buena distribución
dada a las aguas sanearon por completo esta
comarca.
Algún tiempo llevamos descendiendo por
la montaña para llegar al bosque. Antes de
que hubiésemos llegado, nos encontramos con
el hijo de Feijóo que venía a nuestro encuen
tro. No describiré las demostraciones de ale
gría y de paternal y filial amistad que ambos
se hicieron; mí amigo se encontraba desde
aquel momento con toda la familia reunida.
El venía solo, pues había dejado a la m ujer
esperándonos instalada bajo el arbolado des
de donde se podrían apreciar las ceremonias.
Después de aquel encuentro continuamos
nuestra m archa guiados por Feijóo y su hijo
que juntos iban delante conversando; dejaron
en cierto punto el camino, tomando un estrecho
sendero que nos obligaba a ir unos en pos de
los otros. Yo iba haciendo mis reflexiones so
bre todo cuanto veía; comparaba el follaje
—
265
—
de aquellos árboles con los que habíam os de
jad o atrás, noté ser aquellas h o jas de un verde
am arillento, en cuanto las otras eran de un
verde ceniciento, supe m ás tarde, que los fo
llajes de este bosque pasada la florescencia,
tornábanse de color ro jo vivo todo el verano
y principios del otoño, term inando al caer en
n a ra n ja d o oscuro, los follajes del otro bosque,
m udaban en róseo p ara te rm in ar como nues
tras hojas secas.
E ntrando en el bosque percibíase m ucha
gente acostada al pie de los árboles o sobre el
cesped en espera de la fiesta. Feijóo y su h ijo
que nos guiaban, ló atravesaron, conduciéndo
nos al lugar en que se encontraba la nuera.
Volviéronse a rep etir los abrazos y regoci
jos anteriores, sentándonos, pasadas estas m a
nifestaciones, sobre la fresca hierba. T erm in a
das las p rim eras expansiones y cuando hallé
propicia la ocasión, pedí a Feijóo, si no les
contrariaba, que m e llevase ju n to al a ltar p ara
estar cerca de las cerem onias. El advirtió a la
fam ilia que iba a ausentarse conmigo p ara que
yo pudiese ap rec iar m e jo r la fiesta y que vol
veríam os inm ediatam ente de term inarse los
prim eros oficios. Obtenido el perm iso nos d iri
gimos al lugar de la fiesta yendo a colocarnos
frente al alta r p a ra d isfru tar m ejo r del espec
táculo.
El alta r estaba orientado al norte, asenta
do sobre unos vetustos peñascos, enm oldurado
a la derecha p o r el pom ar y a la izquierda po r
266
—
—
el bosque. E ra construido todo él de piedra sin
m ás ornam ento que algunas m olduras lisas,
form ado por dos cuerpos, uno a raíz del suelo
y el otro en form a de trib u n a o a lta r en el cen
tro. El prim ero consistía en una explanada
circ u lar con un asiento corrido en toda su cir
cunferencia interna, donde h ab ía espacio p a ra
sentarse unas cien personas; ascendíase a
él por cinco escalones de la an ch u ra del cuer
po central o tribuna. El segundo, colocado al
centro, se com ponía de una platafo rm a semi
circular, a la cual se subía por nueve escalones,
lim itados lateralm ente por un pasam ano; en
cim a había un asiento sem icircular in terru m
pido al centro por un pedestal a m an era de
ara, y que servía p ara depositar allí los frutos
que se iban a celebrar aquel día. El resp ald ar
del asiento era bajo, la m ism a disposición p re
sentaba el gran asiento circu lar de la explana
d a; esto perm itía al público ver, de cualquier
lado en que se encontrase, a las personas que
en él estuvieran sentadas.
Nos fuim os acercando; vi que las paredes
tanto de la explanada como de la trib u n a es
taban desprovistas de ornam entos, tanto inte
rio r como exteriorm ente. Noté que por detrás
de ésta corría un asiento sem icircular convexo,
haciendo frente al circu lar de la explanada.
En aquella ocasión estaban ornam entando la
p ared exterior de ésta que bien pronto quedó
term inada. La ornam entación consistía simplenam ente en enfilar en los agujeros que p ara
267
—
—
aquel objeto había en la pared, los ramilletes
que viera por el camino en las manos de las
mujeres, y de lo cual Feijóo me había hecho
antes referencia. Luego que la pared exterior
de la explanada quedó terminada entraron
las muchachas y mujeres dentro y, subidas al
asiento que corría por detrás de la tribuna o
altar, se pusieron a enfilar los ramilletes en los
agujeros practicados en aquella pared, y fué
una batahola la de llegar primero para colo
car cada cual su ramillete, quedando en poco
tiempo terminada la ornamentación de la par
te que pertenecía al público. Como fuésemos
haciendo el giro alrededor del altar, cuando
nos encontramos situados en la parte posterior
del monumento pude apreciar los adornos que
los ramilletes dibujaban: En la parte corres
pondiente al respaldar del asiento que corría
interiormente por el primer cuerpo se dibu
jaba un friso formando arabesco, luego una
línea de ramilletes más juntos, marcaban
la línea del asiento, y debajo, un rodapié a
manera de greca terminaba la ornamentación.
En la pared de la tribuna o cuerpo central,
marcábase la altura del asiento con una doble
fila de ramilletes bastante apretados, y por de
bajo corría una guirnalda con pinjantes de un
bellísimo efecto. Feijóo llamó mi atención
para una línea recta de agujeros que había en
lo alto de la pared y otra que le seguía deba
jo en forma ondulada; y me explicó que tanto
aquellas líneas como la ornamentación del
268
—
—
altar y de la escalera era' privilegio de las
Hermanas Humanitarias y su adorno consis
tía en flores y los frutos del día.
Poco tiempo tardó el dorso de la tribuna
en quedar ornamentado; noté que algunas re
trasadas no encontrando lugar para colocar
sus ramilletes, los depositaban sobre las esca
leras del cuerpo central o tribuna. Acabamos
de completar el giro alrededor de la pared de
la explanada llegando insensiblemente hasta
la entrada donde terminaba la decoración ex
terior, allí vimos ésta, también ornamentada,
y de idéntico modo los cinco peldaños de ac
ceso. Estábamos entretenidos en la contempla
ción de aquellos detalles, cuando inopinada
mente oímos un rumor que venía del pomar y
«e hacía cada vez más intenso y cercano; era
la Hermandad que llegaba a la fiesta para
principiar las ceremonias. Efectivamente, en
tre el bosque y el pomar del lado norte apare
cieron las hermanas trayendo instrumentos
músicos unas, los papeles para el canto otras,
y las más con flores y ramilletes de flores y
frutos en las manos. Cerraban la marcha las
superioras trayendo en medio de ellas una jo
ven de unos 14 a 15 años, magnífica de propor
ciones y de rostro asaz bello. El público abrió
alas para dejarlas pasar; luego de llegar entra
ron en la explanada, unas subieron al altar y
arrodilladas sobre el asiento del semicírculo
acabaron de ornamentar el alto de la pared
exterior, y luego otras se ocuparon en el ador— 269 —
no del ara» que llevó bastante tiempo por ser
la ornamentación no hecha con ramilletes, sino
con flores sueltas y frutos, escogidas aquéllas
según los colores, para colocar en las moldu
ras del pedestal que iba a servir para deposi
tar la canastilla con los frutos que se celebra
ban en el día; entretanto el pasamano y los
nueve escalones de la tribuna eran adornados
con ramilletes, frutos y flores.
Luego que el altar quedó completamente
ornamentado, pude apreciar el gusto y la sen
cillez de aquellos adornos; el efecto causaba
ma gran alegría y el fondo oscuro del bosque
le daba mayor realce. Orientado el altar hacia
el norte batíale el sol de lado proyectando una
corta sombra sobre su izquierda, el bosque y
el pomar lo enmolduraban, y el efecto produ
cido por las flores tan artísticamente distri
buidas impresionaban al espectador; yo mis
mo me sentí emocionado.
Las Hermanas Humanitarias habían ido
sentándose en sus lugares; el asiento circular
ya estaba repleto; a un lado de la entrada
se habían sentado las instrumentistas, del lado
opuesto las cantoras y en el dorso de la tri
buna las danzarinas; luego subieron al altar
las superioras con la hermana joven, sentán
dose a la izquierda del ara. Poco después llegó
; in grupo de hermanas trayendo un canastillo
lleno de los frutos que se iban a celebrar en
aquel día, el cual fué puesto encima del ara;
con esto quedaron terminados los preparati—
270
—
vos. Acabados estos preliminares, subieron las
autoridades a que pertenecía el municipio y
tomaron asiento a la derecha del pedestal don
de descansaba el canastillo. Inmediatam ente,
las cantoras, acompañadas por las instrumen
tistas, entonaron una cantata que sirvió de in
troducción a la fiesta y duró bien un cuarto
de hora.
III
Terminada la-música, uno de los ancianos
que estaba sentado se levantó; era el juez de
aquel municipio a quien tocaba oficiar; cuan
do se puso en pie y se adelantó para hablar
en medio del estrado, noté un movimiento ge
neral de atención. Pronunció unas palabras de
introducción invitando al pueblo a principiar
Ja fiesta; un silencio grande se produjo; pare
cía que las gentes habían contenido la respi
ración, que el rum or del bosque y del pom ar
se paralizaran, hasta parecía que los animales
callaran; y aquella voz fué oída clara y sono
ra por todos los presentes, en aquel gran am1 iente, en el bosque, en el pomar y en los
prados adyacentes.
El anciano retornó a su asiento e inmedia
tamente la música tocó un bailable que las
danzarinas ejecutaron sobre la explanada al
pie de la tribuna, haciendo pases y figuras gar
bosas cuyas gracias aum entaban con el juego
de los velos que entrelazaban unas con las
—
271
—
(»tras; duró este bailable cerca de diez m i“
mitos.
A cabada esta p arte, el oficiante se levantó
y, puesta la m ano sobre el canastillo, dirigió
una salutación a la M adre N aturaleza ag ra
deciéndole los fru to s que en aquel día cele
braban. R espondiéronle las herm anas con
otros cantos acom pañados de los instrum entos
por un buen espacio de tiem po; en tanto, el
celebrante se m antuvo en pie con una m ano
i poyada sobre el ara. T erm inados los cantos
dió unos pasos, colocándose bien al centro de
la plataform a y levantando ambos brazos al
cielo hizo las siguientes súplicas:
Ofic: “Escúchanos ¡oh divina N aturaleza!
’’Escúchanos con tu h ab itu al benevolencia ¡oh
’’m adre cariñosa de los m arcianos! A tí eleva”mos nuestros corazones agradecidos por los
’ beneficios que d iariam ente nos concedes, h a
b ie n d o b ro tar los sem brados p ara n uestro
’’sustento, la h ierb a p ara nuestros ganados y
’las fru tas p ara nuestro alim ento y regalo.
” ¡Oh, divina m adre! ¿Qué pueden h acer los
’’m arcianos p a ra ag rad a rte?”
A esta súplica un coro m onstruo form ado
por los instrum entos, las cantoras y el pú bli
co, que parecía haberse ensayado p ara aque
lla fiesta, respondió: “Que seamos sencillos en
’’nuestras relaciones con los parientes y am i
b o s y am em os el trabajo, único m edio p a ra
’’ser felices.”
Ofic: “ ¡Oh, divina N aturaleza, m adre de los
272
—
—
’’m arcianos! ¿Qué m ás podemos h acer p ara
a g ra d a rte ? ”
Coro: “ C ultivar el suelo con am or y cari”ño, de él sacarem os p ara nuestro sustento y
’’p a ra el de los anim ales que sobre él crecen.”
Ofic: “ ¡Oh, divina N aturaleza, m ad re de
'los m arcianos! ¿Qué m ás podemos h acer p ara
satisfacerte?”
Coro: “A um entar el cultivo de los granos,
”de las hierbas y de los fru tales.”
Ofic: “ ¡Oh, divina m ad re de los m arcianos!
’’¿Qué m ás podrem os p racticar p a ra serte
’’ag rad ab les?”
Coro: “Regar los terrenos secos y desecar
”los húm edos, aum entando con esto la pro
d u c c ió n del suelo.”
Ofic: “ ¡Oh, divina, etc! ¿Qué m ás podría”mos p racticar p ara com placerte?”
Coro: “L levar la cuenta exacta de los ali’’m entos que el suelo produce y arm o n izar la
’’población con ellos.”
Ofic: “ ¡Oh, divina etc! ¿Qué otra cosa po
drem os hacer en tu obsequio?”
C oro: “A m ar entrañablem ente nuestro pla”n eta tratan d o de em bellecerlo cada vez m ás.’*
Ofic: “ ¡Oh, divina etc! ¿Qué m ás podre
mos p racticar p a ra servirte?”
Coro: “A um entar los cam inos y canales
’’p a ra in crem en tar la am istad y riqueza entre
’’los m arcianos.”
Ofic: “ ¡Oh, divina etc! ¿Qué podrem os ha”cer p ara h o n rarte m ás?”
273
—
—
C oro: “Ser buenos m aridos, buenas esposas
”y buenos hijos, siendo sobrios en nuestras
costum bres.”
Ofic: “Oh, divina etc! ¿Qué m ás será pre”ciso h acer p ara au m en tar tu alegria?”
Coro: “Que practiquem os la justicia, no
’’haciendo al amigo lo que no quisiéram os p ara
’’nosotros.”
Ofic: “ ¡Oh, divina etc! ¿Qué m ás debemos
’’p racticar p ara conservar tu am istad?”
Coro: “A m arnos con igual cariño que has” ta aquí, conservando el culto inm utable.”
Las H erm anas H u m an itarias cerraro n es
tas súplicas tocando un adagio acom pañado
por las cantoras y d anzarinas que bailaron al
pie del a lta r ejecutando pases en la cadencia
de la m úsica. T erm inadas las danzas, el juez,
ju n to con las autoridades, descendió de la tri
b u n a; lo propio hicieron las superioras con la
joven, juntándose con las com pañeras que en
la explanada las esperaban p a ra ir a descan
sar al bosque.
Luego el público se desbandó yendo al po
m a r a hacer cada cual su provisión de frutos
y cuya operación llevó bien u n a hora. A las
h erm an as les fueron servidas dos cestas reple
tas de fruta, que las autoridades habían hecho
p re p a ra r con anterioridad. Los perezosos que
r o q u erían tom arse el tra b a jo de ir a coger
la fru ta, iban a los puestos de las vendedoras
¡a com prarla. D espués de provistos de ella to
dos se iban dirigiendo cam ino del bosque, don274
—
—
de tenía lugar la comida a la sombra de los
árboles.
Era cerca de mediodía, la caminata nos ha
bía abierto el apetito; nos dirigimos al lugar
en que habíamos dejado a la familia y luego
que nos hubimos sentado sobre la hierba em
pezaron a desliar los paquetes y vituallas. Lue
go fueron llegando los dos hijos de Feijóo
con los niños trayendo su provisión de fruta;
los otros grupos que estaban cerca de nosotros
hicieron lo mismo y poco después todos en
el bosque trataban de restaurar sus fuerzas.
Noté que, tanto en nuestra rueda como en
las otras, dieron principio a la comida por
las frutas, lo que hallé razonable, pues pro
cediendo así, practicaban un acto en honor
de la fiesta dando en el ágape la predilección
a las frutas que se celebraban aquel día. Vi
ser los marcianos muy expansivos, más por
efecto del carácter que por la bebida, pues
reparé que el vino fué bebido parsimoniosa
mente en todas las ruedas; lo que corrió abun
dantemente en la refección fué el agua, sólo
al final se bebió algún vino y el que más bebió
no llegaba a la quinta parte de nuestros li
tros. Esta sobriedad en la bebida hizo que no
se produjese ningún desorden entre tanta gen
te que asistió a aquella fiesta; verdad es que
para prevenirlos había rondando por allí guar
dias municipales venidos expresamente por
mandato de las autoridades a que pertenecía
la comarca.
—
275
—
El bosque era interm inable y ofrecía espa
cio p a ra todos tenderse a la larg a y dorm ir
la siesta, lo que hicieron los de edad m a d u ra
después de satisfecho el apetito; m ienrtas que
la gente joven se fué separando de sus fam i
lias y form ando corros que se pusieron a b ai
la r al son de las auto-m úsicas. G eneralizáron
se las danzas por el bosque adelante y no des
cubriré la alegría que m ostraban d an zarin as
y danzantes p ara no a larg ar esta descripción;
diré solam ente, que, desde las catorce h asta
las dieciseis, el bosque parecía h ab er sido
transform ado en salón de baile.
A las dieciseis cesaron las danzas y a esa
h o ra las H erm anas H u m anitarias iniciaron la
salida p a ra ir a las preces, colocándose en el
mism o orden que lo h abían hecho a la m a
ñ an a y se dirigieron al altar. Luego las superioras, siem pre en com pañía de la joven, su
bieron a la tribuna, en lo que fueron im itadas
por las autoridades.
D espués de h ab er unos y otros ocupado sus
asientos, esperaron a que el público se aco
m odase y cuando se restableció la calm a, el
oficiante se puso en pie y adelantándose en
m edio del estrado pronunció una invocación
invitando al pueblo a las últim as preces, con
las cuales se cerrab a la fiesta, y como de m a
ñ an a se hizo un profundo silencio.
Pasados algunos m om entos de espera ap a
recieron las danzarinas al pie de la tribuna,
las instrum entistas tocaron un bailable en
276
—
—
crescendo que las danzarinas acompañaron
en la misma agitación de la música. Mientras
duraba esta danza, las hermanas superioras
despojaban de sus vestidos a la joven, cu
briéndola luego con un manto azul bordado
de flores y ramajes.
Dos de las superioras adelantáronse sobre
el estrado conduciendo cada una de la mano
a la joven; inmediatamente cesaron la músi
ca y la danza, yendo las danzarinas a sus lu
gares. Hubo unos breves instantes de inmo
vilidad y a un momento dado las superioras
que ladeaban la joven, la descubrieron tiran
do para atrás el manto, que quedó sirviéndole
de fondo; en aquel instante las cantoras, con
la orquesta, entonaron el HIMNO A LA VIDA,
representada por un bello cuerpo de mujer,
el mejor fruto que ofrecía a los humanos la
Madre Naturaleza. En el primer instante, al
verse descubierta, hizo un gesto púdico, ta
pándose la cara con ambas manos, después
alzo los brazos al cielo en actitud suplicante,
luego se cubrió el seno con una mano, en
cuanto que la otra^caía en abandono; por úl
timo abrió los brazos mostrando su cuerpo es
cultural, bello de formas y proporciones, y en
este gesto fué poco a poco levantándolos al
mismo tiempo que giraba sobre sí misma para
que todas sus partes pudieran ser admiradas.
El contraste que ofrecían las superioras que
sostenían el manto apareciendo con los brazos
y garganta desnudos, hacía, por sus formas
—
277
—
am pulosas, oposición a la delicadeza, altura,
proporciones, belleza de rostro y form as, de la
que representaba el pap el de fruto, y m e pa
reció estudiado a fin de obtenerse un efecto
artístico com pleto. P or últim o la cubrieron con
el m anto y envuelta en él, oyó en actitud re
cogida la term inación del him no. A cabado
éste, ella m ism a abrió el m anto p ara mos
trarse una últim a vez y en aquella posición
fu é reculando, siendo acom pañada por las superioras, que al llega r al asiento la ayudaron
a vestir.
T odo esto se pasó en silencio, ni una ex
clam ación, ni un grito que pudiese dem ostrar
sorpresa; todos allí presenciaron la exhibición
de la m u je r desnuda en un religioso silencio,
como los cristianos en la T ie rra presencian la
exposición del Sacram ento en m edio de un
m udo recogim iento. P articipé a F e ijó o la im
presión que me h abía hecho aquella exhibi
ción; él m e respondió:
Usted es un terrestre, piensa como las gen
tes de su planeta que, ante una exhibición de
esta especie les excitaría la lascivia, por su
educación que considera el acto carn al como
un pecado. A quí no sólo no somos a eso con
trarios, sino que esta exhibición tiene el ele
vad o fin m o ral de educar a los m arcianos des
de pequeños en el culto de la belleza física.
En nuestras fiestas religiosas existe esta parte
que h ab itúa a los m arcianos a ver los seres
desnudos por el lado ideal de la vida. Esto
—
278
—
familiariza a los muchachos en la contempla
ción de los cuerpos bellos, y cuando llegan a
hombres saben mejor escoger lo que les con
viene para obtener buenos vastagos. Sirve a
su vez, de enseñanza a las muchachas, para
forjarse un ideal de cómo deberán ser confor
madas, las incita al perfeccionamiento y mata
las ilusiones a aquellas que sean demasiado
delgadas o rechonchas; jesto, en suma, forma
parte de nuestra educación.
Antiguamente las religiones de las prime
ras edades ofrecían a la Divinidad sacrificios
humanos, en los cuales se inmolaban hombres,
mujeres y niños en la intención de calmar la
ira del Dios que adoraban, esto infundía en
las gentes una impresión terrorífica que servía
como calmante a su ferocidad. Después, cuan
do ya los pueblos fueron dulcificando sus cos
tumbres sustituyeron estos sacrificios por apimales domésticos que ofrecían a la Divinidad
en medio de grandes ceremonias que termina
ban por banquetearse los sacerdotes con la
carne de las víctimas. Y andando los tiempos,
con el advenimiento de nuevas civilizaciones,
las religiones siguiendo “ pasi paso” el adelan
to social, se contentaron con ceremonias que
simulaban los antiguos sacrificios, pero que
eran puramente místicos. Ahora nuestra reli
gión, para no olvidar enteramente la religión
del pasado, y como una tradición religiosa,
expone a la vista del pueblo, y como corona
miento de la fiesta, un niño de 7 a 8 años
— 279 —
en la fiesta de las flores; una m uchacha de
15 en esta de los primeros frutos; en la de
los grandes frutos es un joven de 20 a 22 años,
y en la de las vendimias una m u je r de 28 a
30 años. En las otras fiestas que se realizan a
la en trad a del invierno no se hace exhibición
alguna.
A excepción de la fiesta de las flores, que
siem pre se hace recaer en día dedicado a la
m u je r por ser ésta la que dirige las preces,
todas las dem ás se hacen en día dedicado al
hom bre; así, por ejem plo: si el domingo fu e
se día dedicado a la m u jer, la fiesta se hace
en sábado; p ara eso están m arcados los dos
días seguidos de la fiesta.
D urante este coloquio los de la trib u n a aca
baron de vestir a la m uchacha que había ser
vido en la cerem onia, y luego el oficiante se
puso en pie y esperó algunos instantes a que
el pueblo hiciese silencio, p ara proceder a la
últim a p arte de las preces, con las cuales se
term inaba la fiesta.
HIMNO A LA MADRE NATURALEZA
“ ¡Oh, am ada N aturaleza, n uestra buena
’’m adre! ¡Tú que llenas el planeta de frutos
’’variados y sabrosos cuya abundancia no tie”ne lím ite!
” ¡Oh, adorad a N aturaleza; hoy elevamos a
”tí nuestros corazones, oh m adre bien am ada,
”y te rogam os nos favorezcas acogiendo bené’’volam ente nuestras oraciones!
280
—
—
” iOh, benigna N aturaleza, tú que haces
’’crecer los árboles, tú que haces caer la llu” via p ara fertilizar nuestros cam pos y haces
’’nacer la hierba p a ra alim en tar los anim ales
’’que nos sirven!
” ¡Oh, id o latrad a N aturaleza, nuestros m ás
’’fervorosos votos son que te dignes tra e r en”tre nosotros a los espíritus de nuestros mayo”res p a ra que tom en p arte en esta fiesta y p a r
ti c ip e n de nuestra alegría!
” ¡Oh, generosa N aturaleza, oye benigna’’m ente nuestras salutaciones y nuestro him ”no de agradecim iento, oh m a d re cariñosa de
’’los m arcianos, y te rogam os nos escuches con
’’a m o r!
” ¡Oh, pródiga N aturaleza, que en este mo’’m ento invocamos, p ueda esta súplica y el
’’him no de adoración que en este m om ento te
’’dirigimos, ser favorablem ente acogido por tí!
” ¡Oh, am antísim a m adre, continúa prote’’giendo a los m arcianos, los cuales, agradeci” dos, elevan a tí sus preces y con ellas sus
’’corazones satisfechos por los favores recibi” dos, im plorándote que prosigas concediéndo”les idénticos favores!”
In m ediatam ente que el oficiante term inó
la últim a frase de la invocación, las cantoras,
acom pañadas de la orquesta, entonaron el
him no a la M adre N aturaleza, cuyas palabras
eran las m ism as que acababa de pro n u n ciar
el oficiante. El him no fué adm irablem ente eje
cutado en m edio de un religioso silencio, in281
—
—
fundiendo en el ánim o de los presentes u n a
calm a suave y un conforte, que, sin darnos
cuenta, transportaba el espíritu fu era de aque
llas regiones, arrebatándolo en sublim es vue
los hacia la D ivinidad.
A cabadas las preces em pezaron las ca rre
ras p a ra la obtención de la canastilla con los
frutos que habían servido en la fiesta, y que era
dada en recom pensa al m e jo r corredor. P ara
eso los candidatos y candidatas, todos m enores
de 20 años, hicieron por turnos de veinte, en
tre m uchachos y m uchachas, corridas de en
sayo de las que eran extraídos los vencedo
res p a ra tom ar p arte en la carrera final. Des
pués de estas carreras, en las que el público
vibró de interés por unos y otros, y que du
raro n bien una hora, hubo u n a pausa de ur.
cuarto de hora p ara d ar descanso a los ú lti
mos candidatos. Momentos antes de em pezar
la ca rre ra definitiva, el juez tomó la canasti
lla y con ella en las m anos descendió de la
tribuna, viniendo a colocarse en el p rim er es
calón que daba acceso a la explanada, y que
era la m eta o térm ino de la c a rrera ; el pre
mio correspondió a una robusta muchacha.
En el m om ento de recib ir ésta la canastilla y
cuando ya em pezaba a caer la noche, hubo
unos m om entos de febril entusiasm o y alegría,
siendo coronada la fiesta por la ilum inación
rep en tin a del altar, el cam po y el bosque, pre
parados asi p a ra los regocijos nocturnos.
—
282
—
CAPITULO X III
DISERTACION SOBRE DIVERSAS MATERIAS
El Sol no es la única causa del calor experimen
tado en los planetas. - Afinidad de ideas entre Marte
y la Tierra.-El amor y el deseo son los dos grandes
factores del progreso. - La evolución se patentiza en
la misma Biblia. - Sobre la filosofía y los filósofos. Adelanto literario de Marte. - La obra impresa del
mundo marciano y las bibliotecas. - Cómo entienden
la poesía.
Aun no se había apagado la impresión de
la última fiesta, Feijóo me sugirió pocos días
después, de hacer un viaje al hemisferio sep
tentrional donde tendría ocasión de visitar los
grandes museos, y al mismo tiempo, en el
viaje, encontraríamos algunas particularida
des dignas de apreciarse. Me decía, con su ha
bitual franqueza, que allí no tenía más que
aprender, porque nada nuevo se ofrecía a mi
apreciación. Y como yo había ido a Marte para
estudiar lo bueno de sus instituciones, a fin
de llevar a los terrestres los conocimientos de
que carecían para mejorarles su estado ac
tual, concluía que me era necesario viajar.
Unos días antes de emprender nuestro via
je a la antigua capital de las artes, centro de
los grandes museos, subimos a la azotea para
conversar y gozar en aquella noche de un
claro de luna excepcional, por encontrarse
ambas lunas en el cielo.
—Estoy hallando esta noche—dije—un tan283
—
—
to m ás clara que las noches de la T ierra en
la luna llena de invierno, en que el lun ar, por
efecto de la lim pidez de la atm ósfera, ap aree
m ás brillante.
—Eso no le debe sorprender, porque Fobos
nos com unica relativam ente ta n ta o m ás luz
que su luna, distante de la T ierra unos trein
ta diám etros, en cuanto que nuestro Fobos
dista sólo un diám etro, y, a pesar de ser tan
pequeño, nos alu m b ra tanto como aquélla.
Deimos está distante tres diám etros, y siendo
como es m enor que Fobos, las noches en que
no tenem os otro lum inar, nos m u estra suficien
tem ente los objetos sin precisar salir de noche
con linterna.
—Los astrónom os de la T ierra dicen que
Deimos lo verán los m arcianos como una es
trella de duodécim a m agnitud.
—Eso responde a cálculos m atem áticos
que, las m ás de las veces, si los pudiesen veri
ficar, saldrían errados.
—Tam bién tengo leído en los libros de as
tronom ía que, desde M arte, el Sol se verá una
tercera p arte m enor de lo que aparece visto
desde la T ierra; yo lo veo desde aquí del mis
mo tam año que lo veía desde la fie rra .
—Sobre la cuestión de si el Sol se verá
desde los planetas de. igual tam año, es asunto
ya anteriorm ente debatido por nuestros astró
nomos, y acabaron por concordar que todos
ven por igual la casa de su padre, todos reci
ben la m ism a can tid ad de luz y se desenvol284
—
—
verá, hasta en los m ás lejanos, la m ism a can
tid ad de calor; las razones de estas hipótesis
voy a in ten tar exponérselas de la m a n era m ás
sencilla.
Usted que es artista conoce la regla de pers
pectiva en que el punto de vista, con relación
al cuadro, es de vez y m edia a dos veces la
base del cuadro, pasando de esta distancia, la
perspectiva no m uda más. Pues, bien; no
abandonando esta regla, coloquemos una lám
p a ra sobre una m esa en el centro de un salón,
por grande que éste sea, desde que nos colo
quem os a la distancia perspectiva de la lám
p ara, verem os su llam a de idéntico tam año
desde cualquier punto en que nos encontre
mos. Esto supuesto: estando los p lanetas b ajo
la acción del Sol—que es la habitación en
que ellos se m ueven—h a de sucederies el mis
m o fenóm eno que a nosotros con la llam a de
la lám para, y sus habitantes v erán el Sol del
mism o tam año; adem ás, las distancias a que
se hallan del Sol, com paradas a las de los
otros cuerpos celestes, son una insignificancia.
En confirmación de esta hipótesis, nuestros
astrónom os presentan un ejem plo práctico
que cualquiera puede observar y que es con
cluyente. Consiste, cuando viajam os por m ar,
en exam inar la luz de los faros que ilum inan
nuestras costas; su luz se percibe con la m is
m a nitidez tanto a tres kilóm etros y medio
de distancia como a la de un kilóm etro; y, si
la luz o llam a del faro fuese de un m etro de
285
—
—
diámetro, la veríamos del mismo tamaño tan
to a uno como a tres kilómetros y medio; que
es la relación que guarda Neptuno, respecti
vamente al Sol.
Aun podríamos corroborar esta opinión
con la revolución anual de nuestros planetas
alrededor del Sol, pues todos hemos podido
observar que, de cualquier punto de la órbita
en que nos encontremos, vemos el Sol, a pesar
dq las diferencias de distancias, de idéntico
tamaño.
En cuanto a si los planetas de nuestro sis
tema reciben igual cantidad de luz y si se des
envuelve en ellos la misma cantidad de calor,
ahí está el quid de la cuestión. Sus físicos opi
nan que el Sol es la causa única del calor que
se experimenta en la Tierra; pero aquí han
descubierto que no es la única, y sí una de
las causas que contribuyen a producirlo. Si
fuese la única, sucedería que, cuando el pla
neta pasa por el perihelio, la distancia más
corta, deberían sus habitantes sentir más ca
lor del que experimentan cuando pasa por el
afelio, su distancia más larga; y, tanto en la
primera como en la segunda posición, el ca
lor sentido es el mismo.
Ahora usted argüirá que cómo se produ
cirá el calor no siendo el Sol su única causa.
A eso respondo: Todos los planetas poseen
una radiación que parte de su fuego central
para la periferia, y que al partir de ésta va
perdiendo sus propiedades activas hasta ex286
—
—
tinguirse a poco más de cinco o seis mil me
tros, en que el calor desenvuelto a tales altu
ras es únicamente el comunicado por los ra
yos solares.
Planteando definitivamente la cuestión, el
calor es producido por la combinación de los
rayos del Sol con los de la radiación planeta
ria. La vibración de los rayos emitidos por el
planeta al encontrarse con los solares se hie
ren mutuamente, y al chocar se incendian re
sultando de este incendio el calor. Cuando el
planeta presenta su faz perpendicular a los
rayos del Sol, es el verano, porque en esa po
sición, los rayos de la radiación planetaria se
encuentran con los rayos solares en la mis
ma dirección, penétranse directamente en lí
nea recta, el choque es más fuerte y la vibra
ción se acelera, produciéndose la combustión
viva que desarrolla los grandes calores. Aho
ra, cuando los rayos del uno y del otro se
encuentran en posición oblicua, hiérense de
lado, la reacción de este caso se produce mal,
la vibración no es tan activa como en el pri
mer caso y el calor desenvuelto es menor;
siendo entonces el invierno.
Para confirmar la hipótesis de que el calor
es producido por la combinación de los rayos
solares con los de la radiación planetaria, po
demos ofrecer una prueba que es considerada
capital y concluyente. Consiste ésta, en que en
pital y concluyente. Consiste ésta, en que en
las altas montañas la radiación producida por
287
—
—
el fuego central es casi nula, resultando tam
bién nu la la com binación de ésta con los rayos
solares. P or otra parte, la atm ósfera es m enos
densa en las grandes altitudes y en ellas el
aire contiene menos can tid ad de oxígeno, lo
que concurre a im pedir la combustión. En con
secuencia, a este conjunto de causas es debido
el que las nieves acum uladas d u ran te el in
vierno no se deshielen, pues los rayos del Sol,
por sí solos, no ejercen acción suficiente p ara
derretirlas, conservándose perpétuas, aun en
las regiones tropicales.
—Y a respecto del p lan eta N eptuno ¿le
parece que en él se desenvolverá la m ism a
cantidad de calor que en la T ierra, a donde
llegan los rayos del Sol ocho m inutos después
de su salida, en cuanto que en N eptuno llegan
cuatro horas después?
—La m ism a; en aquel planeta, siendo m u
cho m ayor que M arte y la T ierra, la ra d ia
ción producida por su fuego central será su
perior a la desenvuelta en los nuestros y la
pérdida sufrida por los rayos del Sol en aque
lla gran distancia, será com pensada por la
enorm e radiación del planeta. Además, los r a
yos solares, en cuatro horas que tard an en lle
g ar a N eptuno, no tienen tiem po de enfriar, ni
m enos p erd er sus propiedades quím icas, p u
diéndose av en tu rar a priori, que allí deberá
re in a r la m ism a tem p eratu ra que en nuestros
planetas.
—En la T ierra, nuestros físicos tam bién
288
—
—
opinan que, adem ás del Sol, el calor puede ser
producido por el calor terrestre, la electrici
dad, el choque de dos cuerpos, etc. Es m uy
posible que con los progresos operados cons
tantem ente en las ciencias, lleguen los cono
cim ientos de la Física a los mism os resu lta
dos que entre los m arcianos. Y no me cabe
duda de que esto llegue a acontecer, por cuan
to veo aquí tantas cosas parecidas a las de la
T ierra, que verdaderam ente m e tienen im pre
sionado, y hasta me hace suponer que haya
una com unicación telepática, por nosotros ig
n orada, entre los dos planetas. E ntre las m u
chas que tengo visto y me causaron sorpresa,
filé h ab er encontrado aquí el juego de ajedrez
y otros parecidos a los de la T ierra. ¿No le
parece que esto es dem asiado casual y hace
p en sar en la Providencia, que e n tra rá por u n a
gran p arte?
—N ada tiene que ver la Providencia con
esas sem ejanzas que ni son casuales ni pro
videnciales, y sí, las propiedades de fluidez y
pen etrahiiidad que tienen las ideas, y por la
fu erza de transm isibilidad de que ellas están
dotadas. El juego de ajed rez que ustedes co
nocen h ab rá dos m il años, aquí es conocido
h a m ás de seis cientos mil, lo m ism o aconte
ce con otros que he visto aquí aun m ás an ti
guos, y otros inventos recientes que ustedes
tienen en la T ierra, conocidos aquí hace m u
chos m illares de años.
P or otra parte, las ideas son llevadas de
289
—
—
un mundo a otro por los espíritus que viajan
por el espacio, sirviéndoles el éter de vehículo.
Cuando en su carrera tropiezan con un astro,
penetran en él, y cual los insectos que llevan
el polen de una planta a otra, van sembrando
las ideas que han adquirido en sus anteriores
estados. Si en su carrera encuentran una in
teligencia en estado de asimilarla y de adap
tarla al medio, la idea germina, trabaja y se
desarrolla, produciéndose entonces el invento.
Suele también acontecer que, sobre el mismo
planeta, la idea, en su pasaje, tocase en otra
inteligencia en las mismas condiciones de la
prim era; en ese caso el invento se produce
en dos puntos distintos del planeta; lo que
tiene acontecido más de una vez. Suele suce
der cuando se produce un invento, que mu
chos de aquellos a quienes la idea tocó en su
pasaje, exclaman con am argura: ¡Yo tuve la
misma idea!
No es, pues, de extrañar, el haber encon
trado aquí ese juego; lo mismo que haber
dado allá aplicación a la electricidad, haber
empezado a servirse de la navegación aérea,
la tracción a vapor que allí no tiene un siglo
y nosotros tuvimos en el período de las gue
rras, ha cerca de un millón de años. También
no pongo en duda, que la prioridad de algu
nas ideas nos pertenezca; pero juzgo, que la
gran mayoría nos debe venir de planetas más
adelantados. Lo que más me confirma en
esta suposición es ver la analogía de creen290
—
—
cias que aquí tuvim os antiguam ente y que
ah o ra pululan en la T ierra. Aquí no faltó
la leyenda de Dios, venir al m undo engendra
do por una virgen y hacerse hom bre p a ra edu
c a r a la h u m anidad y h acerla m ejo r; allá fué
p a ra salvarla del pecado. La idea, en el fon
do, vino a ser la m ism a; h acer en uno y otro
a los hom bres m ejores. Los dos tuvieron el
m ism o fin infeliz; porque en la T ierra lo cru
cificaron y aquí sus discípulos, hom bres gro
seros e ignorantes, no queriendo recibir sus
lecciones, lo asesinaron. Los hom bres, algunos
se arrepintieron, pero los m ás continuaron du
ra n te un crecido núm ero de siglos siendo ig
norantes, inhum anos y vengativos, perfeccio
nándose a la larga, im pulsados por el amor
y el deseo. P or el am or dulcificaron las cos
tum bres y desenvolvieron las facultades afec
tivas, transform ándose de hom bres rústicos y
brutales, en individuos urbanos y corteses; y
p o r el deseo, afinaron la inteligencia con el
afán de obtener aquellas cosas que m ás les
agradaban. El deseo, no solam ente desenvol
vió en los hom bres la im aginación y el espí
ritu de iniciativa, sino que constituyó la p a
lanca que im pulsó a la hu m an id ad en el ca
m ino del progreso; y aun hoy día, es el deseo
el propulsor de nuestras acciones.
A propósito de lo que* acabo de decir; el
m undo se transform a a im pulso de la acción
reg u lad o ra del tiempo, cam biando el aspecto
de las cosas sin percibirnos absolutam ente de
291
—
—
la m udanza. L a m ateria, tam bién, m uda cons
tantem ente de form a, esto todos lo sabemos,
porque nuestra vista diariam ente lo confirm a.
Y si estas m utaciones se operan en el m undo
m aterial, ¿cuánto m ayores no serán las trans
form aciones del m undo intelectu al? Y a le he
hablado sobre la va riab ilid ad de la m oral, ella
m uda en el tiem po y en el espacio, y v a ría se
gún la ocasión. A ntiguam ente un conquista
dor de pueblos al que las religiones salían al
encuentro, lo ungían y coronaban, era en aque
llos tiem pos un ente m oral; hoy, si ese m is
m o conquistador a p areciera entre nosotros,
sería considerado el peor bandido, el m ás in
m oral y lo exhibiríam os en una ja u la como a
un bicho raro. Antes, una m uchacha que en
un m om ento de flaqueza, diré m ejor, de h am
bre, se entregase a su am ante, sin m ediar un
contrato escrito, sería expu lsada de la casa
de sus padres y despreciada por la sociedad.
H oy ese m ism o acto sólo sería considerado in
m oral si fu ere p racticado antes de la época
legal. Todo está sujeto, como llevo dicho, a la
acción regu lad ora del tiem po, independiente
m ente de nuestra voluntad. L as ideas m udan
y evolucionan constantem ente con el oculto
fin de m ejorarn os la existencia.
— Esa concepción — respondí — sobre las
m udan zas operadas en la m ateria y las ideas,
es conocida en la T ie rra no hace un siglo con
el nom bre de le y de evolución. Después de
haberse em itido y fijado en el espíritu de las
—
292
—
gentes esa hipótesis, la Cosmogonía y las cien
cias afines, tuvieron que m u d a r de base. H asta
allí, los hom bres habían supuesto que los
m undos y los seres que en ellos habitaban,
h ab ían sido creados; luego que aquellas teo
rías aparecieron, hubo que m odificar los orí
genes del hom bre y de las especies, siendo
necesario rem ontarse a las edades anteriores
p a ra explicar la evolución. Esta, que hoy no
puede llam arse hipótesis, la vemos confirm a
da en la Biblia, que allá en la T ierra, dicen,
fué dictada por Dios. Pues bien; en aquellos
libros está paten temen te confirm ada la ley de
la evolución, por cuanto, com parándose el
Antiguo con el Nuevo Testamento, se ve que
el mism o Dios ha evolucionado. En el Antiguo
Testam ento, Dios aparece cual un autócrata
asirio, protector de su pueblo escogido y ene
migo de los otros pueblos, trem endo en la
venganza, cruel con sus enemigos, sin caridad
ni justicia. T am bién es despótico y cruel con
su pueblo; su intransigencia llega al punto de
m a n d a r destronar al rey de los judíos, por
aquél no h ab er dado m uerte a Agag, rey de
los am alecitas, hecho prisionero, y a sus ga
nados. En el Nuevo 'testam en to manifiéstase
claram ente la evolución, por el cambio que en
él se opera; no es ya el déspota asirio, sino
po r el contrario, es todo m ansedum bre, p er
dona a sus enemigos, es bueno con todos;
Dios aparece en este libro como un modelo
de bondad, de generosidad y de clemencia.
293
—
—
—Estoy gustando de la lógica de sus a r
gum entos con respecto a la Biblia, que aun no
olvidé del todo, y m e acude a la m em oria la
época en que allá viví. Juzgábam os entonces
sinceram ente, que toda la ciencia se en cerra
ba en aquel libro. Contiene n arracio n es adm i
rables, cuentos sublim es de una lite ra tu ra in
igualable; pero lo considero un obstáculo que
debió p a ra liz a r el entendim iento hum ano en.
los tiem pos que falto de allí.
—No tanto como usted cree; hoy existen
por el m undo adelante sociedades de p ro p a
ganda bíblica, que ofrecen aquel libro por
una bagatela y hasta lo rep arten g ratu itam en
te p ara que el pueblo lo conozca; esta es la
m an era m ás eficaz de d estruir la influencia
que antiguam ente ejercía sobre las concien
cias el tal libro; haciéndoselo conocer, echa
por tie rra sus doctrinas y ensalzadores.
—Ese libro encierra un tanto de pesim is
mo — dice Feijóo —; no lo declara ab ierta
m ente, pero sí hace venir al espíritu el cono
cim iento de que todo en el m undo sucede por
la voluntad de Dios. Creo que esas ideas debe
rán tam bién v ia ja r en los otros planetas, por
que aquí siem pre hubo filósofos que p ro p ag a
ron estar el destino de los hom bres trazado de
antem ano. Otros, m ás sensatos, ju zg an que el
hom bre puede en co n trar la felicidad sobre el
m undo practicando el bien. Estos se acercan
m ás a la verdad, porque si es el bien m oral,
n ad a puede com pararse a esa satisfacción ín 294
—
—
tim a que nos proporciona la practica de una
buena acción o de un tra b a jo en el cual se
ponga toda la voluntad y esfuerzo del alm a
apasionada. Aquí h ay algunos, no sé si serán
sinceros, que h ab lan del destino del hom bre
como de algo te rrib le; a esos pobres de espí
ritu los m iram os con conm iseración y sólo nos
m erecen lástim a.
—Yo mismo, sin pertenecer a este planeta
—d ije—tengo mis ideas sobre esa cuestión,
por parecerm e que el sentido com ún nos in
dica que el destino, esa p alab ra tan cara a los
fatalistas es el mism o hom bre quien lo fo rja.
Yo puedo h ab lar con fundam ento y por pro
p ia experiencia, pues quedé huérfano de
p ad re a los tres años y tuve que esforzarm e
p a ra no q uedar en la situación p recaria en
que el tal destino m e h ab ía sumergido. Hice
p o r m í sin ayuda ajen a, y si conseguí ser algo
en la vida no puedo decir como la m ayoría,
que lo que son se lo deben a sus padres. Por
lo que a m í toca, tra b a jé d u ran te m i ju v en tu d
p a ra estudiar, conduciendo mis pasos con el
único designio de llegar. Si me dejase a m er
ced de las circunstancias que me rodeaban,
n u n ca llegaría a ser n ad a, y hoy no m e encon
tra ría aquí visitando este planeta. El hom bre
es, pues, el factor de su destino, y los fatalis
tas q u ed arán bien em barazados ante estos a r
gum entos que no ofrecen réplica por ser in
atacables.
—Me agrada extrem adam ente su franque295
—
—
za, cualidad rara entre los terrestres; veo que
es usted un hombre de ideas justas y que por
otra parte ha tenido el mérito de haberse
hecho por sí mismo. Yo, cuando viví en la
Tierra, apreciaba mucho a los hombres de su
temple, de ideales nuevos, sin dejarse influir
por la manera de pensar de los otros; pero
estoy más que cierto de que sus ideas han de
bido mudar inmensamente, no pensando aho
ra como cuando se encontraba en la edad de
25 años.
— Puedo afirmarle — respondí — que en
aquella edad me había despojado de los pre
conceptos de mi primera educación y ya am
bicionaba hacer este viaje, mas en aquel
tiempo no había navegación interplanetaria,
y aunque la hubiese, yo en aquel entonces ca
recía de recursos, tanto materiales como inte
lectuales. Confieso que mis ideas eran un poco
confusas, aparecían en mi mente esbozadas,
pero poco a poco fueron dibujándose con más
nitidez, perfeccionándose, hasta verlas como
actualmente las percibo: claras, desenvueltas,
sin preconceptos ni preocupaciones del qué
dirán. Para llegar al estado en que hoy estas
ideas se encuentran, han tenido que transcu
rrir más de treinta años de una existencia por
veces trabajosa y difícil, en que el espíritu se
fue perfeccionando y ellas afinándose en la
piedra de la adversidad.
—Estoy percibiendo en usted unos ribetes
de filósofo y me atrevo a aventurar que en
— 296 —
esos trein ta años an d a ría a pro cu rarse entre
los hom bres la verdad, el bien y la justicia, y
nunca los h ab rá encontrado; porque eso acon
tece en general a los que como usted tienen
una conciencia sana que el medio no llegó a
corrom per. Y no será extraño que no los en
contrase, porque aun aquí, a pesar de que ese
deseo está en la m ente de todos, no nos es po
sible llegar a la com pleta perfección. Esa ver
d ad tan am bicionada, que todos p ro cu ran y
ninguno encuentra, ni aun estrujándose el ce
rebro años y años, se q u ed ará en el fondo del
pozo, de que nos h abla la fábula. A los filóso
fos les pasa otro tanto, queriendo describir lo
inexplicable corren en pos de la verdad y no
la encuentran; pienso tam bién que nunca la
en contrarán, porque considero esa pretensión
como el deseo de p rocu rarse el térm ino de lo
infinito. Aquí la filosofía tiene hecho salir ca
bellos blancos a m ucha gente de sano juicio
y de razón aquilatada, escribiendo sobre ella
gruesos volúm enes sin llegar a una conclu
sión. La verdad, objeto p rincipal de la cien
cia filosófica, es lo que m ás se tiene buscado
entre nosotros, con la p articu larid ad de en
contrarse hoy poco m ás ad elantada de lo que
estaba en los m ás rem otos tiempos en que
sobre ella escribieron autores notables.
—A ctualm ente en la T ierra pasa otro tan
to respecto a las cuestiones filosóficas y a los
falsos filósofos, cuyas cuestiones me in teresa
ban allá en m i juventu d . Leí bastante sobre
297
_ _
—
esa m ateria, pero todos cuantos libros caye
ron en m is m anos hallólos tan confusos y em
brollados, que no m e fué posible com pren
derles el sentido y declaro que al acab ar la
lectura quedaba tan adelantado como al p rin
cipio. A pesar de esto, seguí porfiando en estu
d ia r los filósofos, por la curiosidad que tenía
de saber, a fin de perfeccionar m i esp íritu ;
pero nunca me fué posible digerir las frases
apocalípticas con las cuales p reten d ían con
ducir al lector al conocimiento de la verdad.
P or m ás gim nástica intelectual que hiciese
p a ra entender aquella prosa m etafórica y abs
trusa, m e quedaba a oscuras, sin com prender
les el sentido, concluyendo q u e: o m i inteli
gencia era corta p ara poder entenderlos, o
ellos no explicaban lo que en sí era inexpli
cable. Y si me refiero a los que se m etían po r
el laberinto de la m etafísica ni aun me era po
sible alcanzarlos, pues los m ás acababan por
ag arrarse a Dios p ara salir de apuros.
Estos hom bres que a todo trance qu erían
sen tar plaza de filósofos, expresando sus axio
m as e hipótesis en lenguaje rebuscado y con
fuso, em brollaban a tal punto las ideas, que el
lector p ara com prenderlas, ten ía que gastar
m ucho tiem po. Yo confieso que nunca pude
lleg ar-a com prenderlos, porque m e faltab a
tiem po p ara descifrar los enigm as esfingianosi
que los tales escritores preten d ían explicar en
sus tratados de filosofía, y como a m í a otros
les h a b rá pasado lo mismo. Pero se encuen298
—
—
tra en el m undo cierta especie de individuos
que por darse tono y p asar por hom bres su
periores, cuanto m ás confuso e indescifrable
sea el autor, m ás lo encom ian y ponen en las
cum bres del saber, d eclarando a los cuatro
vientos que nadie hasta a llí había em itido
ideas tan nuevas n i doctrinas tan trascenden
talm ente profundas y adm irables. A estos se
ñores les acontecería probablem ente como a
mí, m as para el vulgo pasaban por inteligen
cias perspicaces que h abían tenido la agudeza
de p en etrar en las bellezas de la obra, m ien
tras los pobres diablos como yo no llegaban a
com prender nada.
— I.o que acaba de decir respecto a los filó
sofos de la T ierra y sus adm iradores, pasóse
aquí, hace y a m uchos años, con el arte de la
p in tu ra; fu é la época de m a yo r decadencia,
por la cu al pasó la h ija predilecta de las Be
llas Artes.
A quellos tiem pos de degeneración artísti
ca a que vo y a referirm e, fueron precedidos
por dos escuelas: una de un realism o ca lle je
ro y la otra realista tam bién, pero preocupa
da con la expresión de la lu z y sus efectos.
Esta segunda escuela procuraba por todos los
m edios obtener la vibración de la luz, m etien
do las tintas sobre la tela sin rom perlas en la
paleta, de m anera que la vista las casase a
distancia, encontrando los pintores en estas
com binaciones efectos adm irables e im pre
vistos. Estos novadores, algunos de real valor,
—
299
—
llegaron a fo rm ar escuela, y a pesar del tiem
po transcurrido, sus descubiertas son hoy to
m adas en cuenta por los actuales pintores.
A esta pintura, realista una e im presionis
ta la otra, sucedióle otra de com pleta reac
ción, cayendo los pintores en las exageracio
nes de las cualidades opuestas. P retendiendo
idealizar la vida, ponderaron sus com posicio
nes enm agreciendo los personajes p a ra d ar
elegancia y sentim iento a los asuntos. Conti
nuando en la m ism a via, exageraron sus p er
sonajes, pintando doncellas escuálidas que
m ás se parecían a esqueletqs vestidos que a
figuras anim adas. De aquí en traro n por el
m isticism o, haciendo escenas que n ad a expre
saban, composiciones desordenadas, insípidas,
cuyos asuntos obligaban al espectador a es
tru ja rse el cerebro p ara encontrarles algún
sentido. Lo que m ás preocupaba a estos p in
tores era la originalidad, de m an era que con
esa intención iban derechos a caer en el sim
bolismo y por últim o en lo extravagante. P ara
com plem ento, como sus asuntos eran insípi
dos, el colorido tam bién era insulso y tierno,
les daba miedo poner sobre la tela una nota
brillante de color, y apenas la iniciaban; de
m an era que aquella p in tu ra resu ltab a de un
aspecto gris e incoloro.
Mas, como sucede a toda reacción, vinie
ron después las exageraciones, no pensaron
ya m ás que en el color, vibración y luz; el di
bujo, esa parte esencial que expresa la form a,
300
—
—
con las otras cualidades de la obra, quedaron
relegadas al segundo lugar. Ju n táro n se luego
a estos im presionistas los inútiles, que viendo
en esta p in tu ra un m edio de aparecer, dieron
una orientación falsa al arte, p ropalando que
todo podía expresarse por m edio del color y
que el dibujo era casi innecesario. De ahí de
rivaron una gran variedad en los métodos de
expresión y factura, acabando po r p in ta r a
m an era de mosaico. Engrosóse esta falange
con los aficionados que se m etieron a pintar,
haciendo paisajes im presionistas con m ucha
luz, pero sin ponerle figura alguna. Otros h i
cieron asuntos de figura, en que éstas eran di
b u jad as a m an era de jeroglífico. ^ en este ca
mino, estas dos escuelas, u n a de figuras sim
bólicas y la otra de colorido a pegotes, tomó
tal increm ento, que arrastró en pos de sí a al
gunos jóvenes artistas que se pusieron a pin
ta r según los nuevos métodos. A parte de estos
pocos, los m ás eran decadentes, de tendencias
depresivas, faltos de inspiración y algunos
queriendo hacer del arte una filosofía, olvida
ban que la principal misión de la pintura,
adem ás de su utilidad, es em bellecer la vida
y aleg rar nuestros sentidos.
Este estado de cosas llegó a afligir a los
hom bres de sano juicio que a la vista de aque
llos excesos apellidáronlos de locura artística
y acabaron por persuadirse de que el arte h a
bía entrado en fran ca decadencia.
No p a raro n aquí las exageraciones: algu~
301
—
—
nos individuos de fortuna, con objeto de figu
rar y aparecer en el mundo, metiéronse a pin
tores de la nueva escuela a mosaico y de di
bujo simbólico a jeroglíficos, y fundiéronlas
en una sola. Juntáronse a éstos la turbamulta
de los nulos e hicieron tales disparates en pin
turas incomprensibles que se les hacía nece
sario poner al pie un letrero explicativo. Es
tos pseudos pintores con la fortuna de que dis
ponían hicieron exposición de sus costras por
todas las partes del mundo, y como disponían
de medios, pagaban a los periódicos para ha
cerle el reclamo. Hasta llegó a haber escrito
res que tuvieron la desvergüenza de escribir
libros ocupándose de aquellas pinturas sin
ideas ni forma. A esas manifestaciones de en
tusiasmo el público, en su proverbial sensa
tez, preguntaba: ¿Cómo era posible que pe
riodistas respetables hallasen belleza en aque
llas costras y admirasen aquellas pinturas sin
pies ni cabeza? A esos periodistas juntábanse
todos aquellos que, como aconteció con los filó
sofos de la Tierra, querían pasar por hombres
superiores y aplaudían aquellas pinturas y a
sus autores, sin entender nada, y sólo para
pasar por inteligentes e intelectuales, ocultan
do así su ignorancia.
Este estado de los espíritus continuó por
algún tiempo más; pero hay en los marcianos
un fondo de honradez, que les hace andar
continuamente en busca de la verdad. Esta
pudo ser desfigurada por algún tiempo, pero
302
—
—
este estado de los espíritus puede asemejarse
al curso de agua que encuentra un obstáculo
y se detiene haciendo un remanso; poco a
poco el remanso va llenándose y continuando
a afluir el agua silbe el nivel, su volumen au
menta, desborda, y por su propio peso destru
ye el obstáculo. Así aconteció con aquella pin
tura y aquellos pintores; el público acabó por
no prestarles atención, abandonando aquellos
pseudo-artistas a sus estúpidos ideales. Y la
bella pintura, el arte bueno y sano venció, pa
sando por encima de aquellos charlatanes, que
si alguno por excepción era sincero, los más
lo hacían por cálculo para encubrir su falta
de talento, su ignorancia y su incapacidad ar
tística.
— Allá en la Tierra esos casos se producen
diariamente; no sé si será la resultante del es
tado actual de la sociedad, que no viviendo
satisfecha, procura embriagarse con las frus
lerías de la moda. Lo que sucedió aquí con la
pintura, allá acontece con todo diariamente.
La moda es reina soberana, y tanto las artes
como la literatura reciben su influencia.
— Aquí en arte pudo darse ese caso una
vez, pero en cuanto a la literatura no es posi
ble hacer innovaciones.
— A propósito; nunca me habló del movi
miento literario, y dado el estado adelantado
de los marcianos la obra literaria deberá ser
importante.
— Indudablemente, nuestro bagaje litera303
—
—
rio es enorm e e incalculable lo que tenemos
en cantidad y calidad; no sería posible en la
vida de un hom bre leer la centésim a parte
de las obras que legaron a la posteridad nues
tros grandes escritores. De las que m ás sobre
salen, por el aliento e inspiración y que n in
guno d e ja de hojear, se encuentran varios poe
m as escritos, tanto en prosa como en verso.
E n tre los principales está el que tra ta de la
E m ancipación de la M ujer; luego le sigue el
de la Em ancipación del Suelo, y el tercero
describe las Luchas del Pensam iento H um a,
no, lo que h an sufrido los inventores de los
grandes descubrim ientos científicos p a ra que
triu n fasen sus ideas.
—Veo que ustedes en su literatu ra no se
ocupan de guerras como acontece a la m ayor
p arte de la lite ra tu ra te rre n a; pero lo que m e
im p o rtab a saber era el actual adelanto lite
rario.
—N uestro adelanto literario iguala al a r
tístico, y así como en éste es difícil h acer no
vedades, en el cam po literario nada nuevo se
puede hacer, porque todo cuanto se podría
decir sohre cualquier asunto ya fué dicho. Los
escritores de ahora, p a ra decir alguna cosa
nueva y no caer en la vulgaridad, precisan te
n e r v erd ad ero talento y originalidad, m enos
tratándose de ciencias, que no pertenece al
cam po literario. La novela continúa escri
biéndose, m as sólo interesa en la región don
de se sienten las costum bres descritas, que es
304
—
—
lo que los escritores desenvuelven en sus li
bros. Es rarísim o que una novela dé la vuel
ta al p lan eta; el caso puede darse, pero es
excepcional. A parte de estos libros, tenem os
las publicaciones periódicas, que adem ás del
texto propio transcriben los artículos m ás no
tables publicados en el m undo d u ran te aquel
período; éstas son las m ás interesantes. Des
pués vienen las publicaciones de arte ilu stra
das, que ponen a los lectores al corriente del
m ovim iento artístico de las regiones en don
de las artes descuellan. Luego le siguen las
ilustraciones publicadas en las regiones, que
dan noticia de los sucesos acontecidos d u ra n
te la sem ana en la capital de la región. Y por
últim o, las publicaciones d iarias que tra ta n
de todo. Además, en cada m unicipio se p u bli
can uno o dos periódicos; en los m unicipios
im portantes son m ás num erosos; en ellos se
relatan los acontecim ientos del día, sin com en
tarlos; el público no precisa que ninguno le
im ponga el modo de encauzar las cuestiones*
él es suficientem ente instruido y tiene el nece
sario discernim iento p ara com entarlas como
entienda. Los periódicos en sum a, son noticie
ros: dan los sucesos que pasaron en la ciudad
y fu era de ella, publican los telegram as que
dan cuenta de las deliberaciaones del Congre
so, de las asam bleas de la región y de la cons
telación respectiva. Tienen una sección im
p o rtante dedicada a los trab a jo s agrícolas y
a todas las noticias atinentes a la ad m in istra305
—
—
ción pública. Otra sección, también importan
te, es la que se refiere a los ejércitos, destaca
mentos que salieron para sanear tal o cual
comarca, trabajos que se prosiguen para re
parar las represas averiadas, canales de riego
que se lian reparado, los caminos que se cons
truyeron o repararon; en suma: noticias de
utilidad general.
En cuanto a la obra literaria, como ya indi
qué, es poco numerosa; en el curso de un siglo
sólo pasarán a la posteridad en todo el planeta
una media docena de escritores. Sobre ciencias
se escribe seimpre, mas se va poco a poco, pues
no se hacen grandes descubrimientos. La poesia está en decadencia; no se escribe ya un
buen libro de versos; sólo uno que otro mucha
cho escribe, pero sólo es leído entre los amigos
y parientes y no pasa de los límites del munici
pio. Los marcianos gustan más de la poesía
vivida que de la que traen los libros, que con
sideran como sinónima de mentira, defecto
que es visto con general desagrado. Así es que
la han dejado para la escuela de primeras le
tras, a fin de desarrollar la imaginación de
los niños. Cuando éstos conocen los principios
de la Gramática y entran para las clases de
composición, que es de los 11 a los 12 años,
hacen los temas en verso. En el curso de nues
tros estudios usamos el método natural por
haber sido la poesía precusora de la prosa. En
los estudios secundarios, la clase de compo
sición es en el segundo año; allí con objeto de
306
—
—
afinarles el espíritu, hacen prosa poética; con
todo, en esa edad, que es entre los 14 y
los 15 años, viene el raciocinio y se bu rlan
de los tiem pos de la escuela p rim aria, en que
p asaban las horas m uertas versificando.
—La obra im presa del m undo m arciano
deberá ser enorm e, y las bibliotecas públicas
en los grandes centros, p ara g u a rd a r el gran
n úm ero de libros publicados d u ran te un m i
llón de años, precisarán ocupar un recinto
¡grande como una ciudad!
—N uestras bibliotecas se destruyen cada
m il años, pero p a ra que n ad a se pierda, todas
las ciudades conservan en sus bibliotecas las
obras im portantes que se h an escrito en ellas.
A parte de éstas, fu era de algunos libros dig
nos de pasar a la posteridad, todos los dem ás
son quem ados. Las novelas o rom ances, se en
tiende, son las prim eras víctim as; sólo se sal
van las que tienen el triple fin de educar, ins
tru ir y recrear, o bien los libros de m oral que
tienen por objetivo el progreso y el bien pú
blicos. De las colecciones de periódicos y re
vistas no hay que hablar. Luego le sigue los
libros didácticos que cayeron en desuso y los
de ciencia que han quedado atrasados. Y en
cuanto a los libros de versos, aun escribién
dose m uy poco en ese género, ninguno escapa.
—Estoy notando—d ije a F eijóo—que los
m arcianos no gustan de la poesía.
—Todo lo contrario de lo que le p arece:
nosotros gustamos, y m ucho, de ella, pero es
— 307 —
en la vida real, porque la vida del hom bre es
m ás feliz cuanto m ás poética. Lo que nos des
agrada en la poesía es que los que se dicen poe
tas nos pinten una existencia im posible de rea
lizarse, describiéndonos sentim ientos que fal
sean la vida; este es el motivo por el cual los
m arcianos no gustan de la poesía escrita. Por
otra parte, la poesía siem pre h a ido de m anos
dadas con las religiones del pasado, desenvol
viendo el am or a esa felicidad hipotética de
lo infinito, en detrim ento del am or a la felici
dad p asaje ra, pero cierta, que podríam os go
zar en el m undo. A pesar de todo, no nos des
agradan los versos; sin em bargo, nos gusta
m ás leer antes el libro publicado en prosa; y
si éste fuese bello, p resen ta novedad y altas
ideas, entonces viene el poeta y hace el verso.
En general, los poetas vierten al verso sólo
las grandes novelas educadoras u otra clase
de obras ya pasadas a la posteridad; esto hace
que la poesía, entre nosotros, sea la últim a
faz de la literatu ra. A hora, si algún poetas
tro nos viene hablando del sol, las estrellas
y de todos los lugares com unes, trillados y so
bados p o r los adolescentes, nosotros lo conde
nam os al fuego, único lu g ar que m erece p ara
ser purificado.
—H asta aquí me tiene hablado de toda
clase de publicaciones, m enos de periódicos
de caricaturas.
—Aquí no existe esa especialidad; la ca
ric a tu ra es únicam ente usada cuando h av
308
—
—
falta de libertad y sirve p a ra m ostrar al pue
blo los defectos de los poderes personales; sa
len a luz esos periódicos en los tiempos anor
m ales, cuando se vive b ajo el régim en dic
tatorial.
—Pues esos periódicos son num erosísim os
en la T ierra y hacen crítica de todo, lo mismo
de los hom bres que de las costum bres.
—Com prendo perfectam ente ahora que h a
biendo conquistado algunos pueblos la libertad
de prensa y escribir sin p asar por la censura,
existan m uchas publicaciones de esa especie,
ya p ara castigar a los poderes que aun cuando
electos por el pueblo no d ejan de ser persona
les, ya p ara castigar las perversas costumbres,
m erecedores unos y otras de los irónicos la
tigazos de la crítica. Aun recuerdo lo que en
m is tiem pos acontecía: en las ternas, por
ejem plo, ¿podría darse m ayor inm oralidad?
Los que habían obtenido el p rim er lu g ar n u n
ca eran los escogidos. ¡La tern a era la p u er
ta abierta a la arb itraried ad ! Y si me refie
ro a los concursos en las universidades, aun
era peor; la perversidad de los hom bres no
tenía límites. Si la tern a era la válvula p ara
conceder los lugares a los m enos dignos, allí
se com etían m ayores injusticias. Algunos sin
conciencia y sin pudor, parecían erigirse en
jefes de banda ejerciendo presión sobre sus
com pañeros, incitándolos a votar contra toda
ju sticia y se enem istaban con los pocos que
hab ían votado por el m ás digno. Otros h ab ía
309
—
—
peores o parecidos, que se com prom etían d e
antem ano a dar su voto en los concursos, y no
m e aventuraré a decir si alguno lo vend ía, co
m etiendo con esta conducta una fa lta de ci
vism o y de am or al progreso.
Otro defecto capital que allí h ab ía era el
sentim entalism o, que daba la preferencia al
am igo o al pariente en p erju icio del hom bre de
talento, ese era uno de los m ayores m ales que
conocí en la T ierra, por constituir una clase,
la peor de todas, que p refería o p arecía tener
el culto de los incom petentes. Estos señores,
con su proceder descarado y liviano, daban
pruebas de no am ar la verdad, la ju sticia, ni
aun sus deberes profesionales, y m ientras
dure ese estado corrom pido de las conciencias
n ad a podrá m edrar; el bien y la ju sticia con
tin uarán siendo una ilusión sobre la T ierra.
— E stoy enteram ente de acuerdo en todo
cuanto dice; sé que aun h oy día, desde que fa l
ta de allí, a pesar de h aber sido m u y im por
tante el progreso realizado, continúa la co
rrupción en todo cuanto acaba de referir, tan
to que el estado de las conciencias y de las cos
tum bres están le jo s de la perfección. Y bien,
vea lo que es el hábito al y u g o : a pesar de en
contrarm e aquí viviendo en un m undo m ejo r
y m ás fe liz y correr todo en la T ierra tan m al,
deseo vo lve r cuanto antes p ara lleva rle estas
buenas nuevas, y no lo puedo ocultar: estoy
sintiendo por ella punzantes añoranzas.
No debieron agrad ar a F e ijó o m is últim as
—
310
—
palabras, pues levantándose repentinamente
me invitó a ir a dormir, abandonando la azo
tea en el momento del eclipse, en que Fobos
ocultó totalmente a Deimos por algunos ins
tantes.
CAPITULO XIV
VIAJE A TRAVES DEL PLANETA
El viaje en las primeras horas. - Conversaciones
sobre el “Teatro Crítico”. - Su libertad de pensar
sobre Aristóteles. - Destrucción de la idolatria y los
milagros. - Consejos a los reyes y campaña contra la
tortura. - Consejos sobre la agricultura; Feijóo fué el
primer socialista de su tiempo. - Sobre la poesía y los
poetas. - Que podría haber habitantes en los otros
planetas. - Particularidades geológicas.
Habiéndose fijado el día de la partida, fui
con Feijóo al municipio a agradecer a las au
toridades el interés que habían mostrado du
rante mi permanencia en la ciudad, y al mis
mo tiempo, presentarles nuestras despedidas.
Saliendo de allí quise cambiar algunas mone
das de oro en un joyero de la ciudad, pero
Feijóo no me lo permitió. El pagaría el porte
hasta el primer puerto, donde me sería fácil
trocarlas por dinero corriente, y al mismo
tiempo obtendríamos una carta de crédito
para el viaje de ida y vuelta. Tomadas nues
tras disposiciones, en las primeras horas de la
mañana montamos en el auto qjie se dirigía
—
311
—
al puerto próxim o, llegando dos horas después
de h ab er partido.
No m e detendré en h acer descripciones del
puerto; diré solam ente que los barcos eran m e
nores que los de la T ierra, y la gran m ay o ría
veleros. La navegación de a ltu ra era p a ra
tra n sp o rta r m ercancías de un continente a
otro; el transporte entre naciones vecinas se
hacía por los ríos y canales y en éstos, tanto
los m arítim os como los fluviales, navegaban
con propulsores mecánicos.
Fuim os a la joyería de m ás nom bre a ven
d er m is m onedas de oro, que obtuvieron un
buen precio, y hecho el negocio, nos dirigim os
a una agencia com ercial, donde nos expidie
ron una carta de crédito lim itado p ara los p aí
ses que íbam os a atravesar. Paseam os, des
pués de comer, el resto del día y cenam os en
la hospedería donde pasam os la noche. A la
m añ an a siguiente, ya provistos de los billetes
de p asaje, nos dirigim os a la estación de los
aéreos. Poco antes de las seis estábam os su
biendo en el ascensor que nos dejó en el te
rrad o donde se encontraba la nave. Como la
dirección, hasta la p rim era estación de p a ra
da, sería norte, tom amos asientos al lado iz
quierdo p ara resguardarnos del sol y po d er
ap reciar las vistas de las villas y ciudades que
se encontrasen al paso.
,
Los aéreos hacían etapas de cinco a seis
horas, parando una hora en las estaciones p a ra
d e ja r y tom ar pasajeros. Llegamos antes del
312
—
—
mediodía a una ciudad marítima, en donde
en un piso bajo de la estación, nos esperaba
la mesa puesta. Terminada la comida, subimos
de nuevo al terrado y nos instalamos en el aé
reo que debía conducirnos al próximo conti
nente. La travesía era hecha en dirección
N.N.E.; como la mayor parte del viaje era so
bre el mar y no ofrecía nada interesante, me
vino en mientes hablar a Feijóo sobre el Tea
tro Critico y las Cartas Eruditas y Curiosas,
donde él había disertado sobre las más varia
das materias.
— Usted en sus obras— dije— trató de todo,
impugnó muchos errores que corrían en Es
paña y pegó a todo el mundo fuerte y justo.
— Era urgente que en aquellos tiempos al
guno tuviese allí el valor de ilustrar al vulgo
desengañándolo de los errores y preconceptos
que lo dominaban, y decía: Si yo hallase al
guno capaz de hacer al mundo este servicio
y le viese dispuesto a admitir consejo, le di
suadiría de la empresa, si en ella miraba a su
interés o gloria, y no únicamente el provecho
común. Diríale que no recibiría otra recom
pensa a tanto beneficio que injurias o perse
cuciones, y por tanto se abstuviese de llevar a
ejecución su glorioso proyecto, salvo si quería
constituirse víctima sacrificada a la pública
utilidad. El engañador siente que se le descu
bra la maraña, por riesgo de malograr el in
tento; al engañado le duele que se vea que
cayó en error y que no pudo conocerlo sin el
—
313
—
socorro de a jen a luz. E interesándose los dos,
am bos conspiran contra el desengañador, pro
curando p ersu ad ir que él es el engañado (1).
Yo toqué en m is obras todos estos inconve
nientes y escribía: “Unos se oponen por igno
rancia, otros por m alicia. Los prim eros tienen
alguna disculpa; los segundos ninguna. Y la
m alicia de éstos atrae por au x iliar suya la ig
norancia de los otros. G ritaban unos que cuan
to yo daba a luz eran inutilidades, que tanto
valía ignorarlas como saberlas. Otros clam a
ban que todas las novedades en m aterias lite
ra ria s eran peligrosas. Y los que se echaban
de doctos m e censuraban de escribir cosa ba
lad! y m e aconsejaban de escribir m aterias
m ás graves en lugar de m eterm e a com batir
cuerpo a cuerpo con el vulgo”. A esto contes
ta b a : “¿Qué necesidad tenía el público de que
yo escribiese de otros asuntos? De Teología
dogm ática y expositiva tenía lo que basta; de
escolástica y m oral tenía de sobra; de escritu
ra no escribiría palabra, porque en E spaña
h ab ía poco consumo de este género; los que
se despachaban grandem ente eran libros con
ceptistas o de discursos acom odados al uso
com ún del púlpito” (2). Y concluía, ap arte de
que “la grandeza y pequeñez de un escritor
no se debía m ed ir p o r el tam año del objeto
en cuestión, sino por el modo con que lo tra
ta b a ”. C erraba m is respuestas diciéndoles que
a m í me sería m ás fácil escribir de Teología:
fatig aría m enos el ingenio y daría m ayores
— 314 —
volúmenes al público, siendo cierto que po
dría dictar tres pliegos de un tratado teológi
co en el tiempo que me costaba un pliego de
Teatro Crítico. Pero ¿qué utilidad sacaría de
esto el mundo?
—Usted, en religión, parecía ser un con
vencido; pero tocante a la filosofía poníale
por frente la razón, la libertad, la facultad de
creer o no creer y de considerar bueno o malo,
verdad o error, lo que la propia investigación
dictaba a cada cual. En filosofía — decía us
ted — se pecaba aceptando la opinión ajena
sin un profundo examen.
—Yo dividía la filosofía en antigua y mo
derna: a la antigua pertenecían los anteceso
res y sucesores de Platón y Aristóteles; a la
moderna, Descartes, Gasendo y sus continua
dores. A Bacón no lo hacía figurar entre los
modernos (3) porque separábase del camino
hasta él seguido y no se le podía confundir
con unos ni otros. Dentro de esta gran divi
sión, presentaba en escena a Pitágoras con su
sistema de números (4); a Demócrito y Epicuro, anegados en el olvido por tener solidez
y peso, y a Platón y Aristóteles sobrenadando
en los siglos como tablas leves, pues no con
tenían sino ideas vanas y fútiles abstraccio
nes (5). Como en todo influye la suerte, el Mé
rito y fortuna de Aristóteles (6) no fueron pa
rejos; al contrario, la honra de ser interpre
tado por Santo Tomás y combatido por los
herejes, bastó a hacerle imperar en las escue— 315 —
las, gobernando las ciencias y los espíritus.
Esta p articu larid ad me movió a estudiarle
am pliam ente y aproveché todas las ocasiones
que se m e lian presentado p ara batirlo en b re
cha, siem pre procediendo con recta sinceri
dad y justicia, lo que en m is tiem pos ra ra vez
acontecía en las Guerras filosóficas (7). Mis
predilecciones eran por Bacón; su m étodo y
el sistem a experim ental los encontraba m ás
de acuerdo con mi modo de pensar (8). En las
cuestiones filosóficas usé de gran lib ertad e
independencia de juicio p ara resolver algu
nos problem as que fueron objeto de mis in
vestigaciones. Mis trab ajo s sobre Sim patía y
antipatía (9) me llevaron a la conclusión de
que no existe una ni otra en el m undo físico
En m i Teatro Crítico Universal discurrí
sobre todas las m aterias que podían ilustrar
al vulgo, entre ellas algunas cuestiones de fí
sica, pero como en aquellos tiem pos ésta esta
ba tan atrasada, reconozco que lo que dije
sobre m uchos problem as, es lo m ás flaco de
m is escritos. Y como todas las divagaciones
que podían interesar a m is lectores y que m u
chos de éstos provocaban, cabían en m i obre,
dediqué un discurso a la Racionalidad de lo9
brutos (10), a los que reconocía que tienen
alm a, que no era m aterial ni espiritual, y
sobre este asunto m encionaba un caso curio
so: en nuestro colegio de Exlonza, distante
tres leguas de la ciudad de León, buho en mis
tiem pos un Pollino que apenas h acía otra jor— 316 —
n ad a que una por sem ana, los jueves, m onta
do de un criado que llevaba las cartas del Co
legio a la estafeta de aquella capital. Parece
que al buen Pollino no le gustaba este paseo,
y llegado el día jueves indefectiblem ente se
escapaba de la caballeriza y se ocultaba cuan
to podía p ara excusar la jo rn ad a, lo que n u n
ca hacía otro día de la sem ana. E ra tam bién
adm irable su sagacidad y m añ a de que usaba
p ara ab rir la puerta, precisando, en fin, que
la noche antes del jueves se le cerrase con
llave.
—Yo estoy convencido de que muchos ani
m ales, adem ás de la m em oria, tienen la no
ción del tiem po; digo esto a propósito de un
caso parecido que se dió en Roma en mis
tiem pos: H abía dos amigos pintores, uno ca
sado y otro soltero, que tenían su estudio en
la m ism a casa y salían ju n to s al m ediodía
p a ra comer, y a la extrem idad de la calle se
despedían tom ando cada uno p ara su lado. El
soltero tenía un perro y todos los domingos
ib a a com er con el casado llevando n a tu ra l
m ente el perro. Un domingo, por cualquier
circunstancia, d ejab an de com er juntos y al
separarse, el perro porfiaba por ir con el ca
sado, lo que despertó en am bos la curiosidad;
hicieron la experiencia otros domingos y siem
pre el perro qu ería seguir al amigo, en cuan
to que du rante la sem ana el perro seguía dó
cilm ente a su am o; esto confirm a el caso que
a continuación del Pollino explica usted sobre
317
—
—
el perro que los sábados iba de París a Charentón para encontrarse con su amo los do
mingos.
—Otra cuestión, pero que nada tiene que
ver con la anterior, fué mi Descubrimiento de
una nueva facultad o potencia sensitiva en el
hombre (11), cuya facultad era distinta de los
sentidos, por no percibir por ninguno de éstos
lo volátil y fugitivo del tiempo que en reali
dad existe y se compone de partes distintas y
desiguales. Afuera de estas investigaciones
me preocupaba la indagación de la verdad,
abandonando el método silogístico de Aristó
teles, que sólo servía para ergotear, y abra
zando el de Bacón de todo someterlo a la ex
periencia. Yo acabé por convencerme de que
la experiencia era el único medio de estudiar
la Naturaleza y que era La regla matemática
de la fe humana (12).
—Se ve en su obra que usted ha discurrido
sobre todas las materias, aun peligrosas, como
la de Sobre la recta devoción de las imáge
nes (13), en la que se expresaba de un modo
crudo y sin contemplaciones, a pesar de la
época ser compuesta de devotos; las expre
siones de válgame Nuestra Señora de Guada
lupe, Nuestra Señora del Pilar se lo pague, la
Madre de Dios de Montserrat le oiga, etc., que
usted calificaba de idolatría, muestran bien su
civismo y energía. También han ennoblecido
su carácter y es aun materia de admiración
la campaña que emprendió contra los mila— 318 —
gros. Usted decía: El hecho más insignificante
era considerado sobrenatural. Milagro era
sanar de una enfermedad; milagro era no
morir de una caída; milagro encerrar una
buena cosecha. Bastaba la palabra de un rudo
fraile o la declaración de cualquier insensata
devota para que no faltase quien la predicase
en el pulpito, la expusiera en ios libros y aun
la ofreciera en el sagrado templo a la vene
ración de los fieles (14).
—Para combatir esa manía del vulgo, es
cribía en el Examen de milagros, lamentando
los peligros que éstos originaban, porque “la
religión concretada al vulgo nada o casi nada
peligraba hacia el escollo de la impiedad; mas
por el contrario, era tan resbaladizo hacia el
de la superstición que para no estrellarse en
él se necesitaba una extrema vigilancia” (15).
Como corolario a estas ideas, promulgaba los
siguientes preceptos: Primero, en la duda de
si un efecto es o no natural, debe estarse al
dictamen de los doctos. Segundo, no basta que
estos doctos sean teólogos; han de ser versa
dos en filosofía, ciencia a que pertenece exa
minar a dónde llega la actividad de las cau
sas naturales. Tercero, es inútil a este intento
la filosofía sistemática o teórica; sólo el cono
cimiento de la experimental y más una exten
dida noticia de la historia natural. Cuarto, es
menester gran penetración nativa, genio muy
reflexivo y observación muy atenta sobre las
circunstancias que acompañaron el hecho,
— 319 —
p a ra averiguar si hubo em buste o im postura.
A plicados estos preceptos al exam en de m u
chos hechos considerados como milagrosos,,
claro es que habían de aparecer producto del
celo pío, del engaño o de la ignorancia. Y con
efecto estudié, núm ero infinito de hechos h ab i
dos por m aravillosos, y todos o los m ás han
caído, unos como sucesos n atu rales y otros
como producto de escamoteos indecorosos. En
v irtu d de m is esfuerzos se apagaron p ara
siem pre aquellas Lámparas inextinguibles (16)
que estuvieron ardiendo du ran te quince o m ás
siglos y otras p atra ñ as que corrían en aquel
entonces; tam bién se reconoció como efecto
físico m uy n atu ral, que se m oviera el crucifijo
de Lugo cada vez que tocaba la cam pana de
la catedral donde se veneraba (17), y se desva
neció como el hum o la m aravilla de las flores
de San Luis del Monte (18), cuya cuestión tan
tas desazones me causó y fueron olvidados
o tra porción de hechos (19) igualm ente tenidos
po r sobrenaturales.
Estando en estas pláticas percibim os un
m ovim iento de curiosidad en los pasajeros,
que se acercaron a la proa p ara ver m ejo r a
una ciudad m a rítim a que estaba a la vista y
presentaba la p articu larid ad de algunos cana
les bordeados de bellas palm eras. N úestra
nave llegó m inutos después, descendiendo en
la estación. La p a rad a no llegó a m edia hora,
luego de ali j a r y cam b iar las m alas del correo
y de que los nuevos p asajero s quedaron ins— 320 - -
talados, nuestra nave tomó francamente la di
rección E. N. E.
Habiendo el aéreo comenzado su curso y
vuelto a sentarme al lado de Feijóo, tomé la
palabra para elogiar su obra hecha en tiempos
dificiles en que el escritor no podía decir lo
que pensaba por ser el pueblo atrasado, y te
ner frente a él la Censura y el Tribunal de la
Inquisición, que celaba vigilante por conser
var la intangibilidad de la fe. Su obra fué la
de un heroe y de un bienhechor que tuvo el
atrevimiento de mostrar el atraso en que Es
paña se encontraba en el siglo xvm y preparó,
con su Teatro Crítico Universal y las Cartas
Eruditas y Curiosas, el advenimiento de la cul
tura intelectual del siglo xix.
—En mis tiempos, España estaba sumida,
o mejor diré, dominada por las preocupacio
nes, las más absurdas, y que intenté desvendar
en el discurso Astrología judie ¿afta y almana
ques (20). En éstos era un accesorio la determi
nación de los días, festividades y ferias; sola
mente los preocupaba las predicciones del
tiempo y los sucesos más notables que habían
de acaecer. Ocultábanse sus autores bajo el
nombre de Piscator y tantas y tales cosas di
jeron que me avergonzaba de estos piscatores,
y más aún del vulgo que creía en sus predic
ciones a pie juntillas. No mayor importancia
merecía la creencia en los años climatéricos
(21) y en los días críticos (22), y por otro nom
bre llamados decretónos que no eran lo mismo
— 321 —
que días aciagos (23). En efecto, eran conside
rados en mi tiempo dias aciagos o desgracia
dos los martes, los setenarios o novenarios,
aquellos en que se decía hacer crisis una en
fermedad para resolverse en bien o en mal. En
los mismos fundamentos apoyábanse exclu
sivamente las Profecías supuestas (24) que
eran de todos los tiempos y todos los pueblos,
y cuya falta de fundamentó se determinaba
reconociendo que la previsión de lo venidero
es privativo de la divinidad: todos los futuros
están contenidos en el sellado libro de cus de
cretos.
—Ya no se acordará de lo que dijo sobre
los duendes y espíritus familiares (25), los com
batió largamente, como también sobre las bru
jas y otras supercherías tales como los exor
cismos, porque como decía usted, daba ver
güenza lo que sucedía en España referente a
estas preocupaciones. Igualmente impugnó
lo de las lluvias sangrientas (26), apariciones
de los espíritus, vampiros, excomulgados, etc.
(27), consideraba absurdas estas creencias ex
clusivas de paises atrasados como Hungría,
Moravia y Grecia; refiriéndose a ésta decía:
“ Esto demuestra cuan diversa es la Grecia
moderna de la antigua, que de la más alta sa
biduría declinó a la última barbarie. Esta gran
mudanza produjo en aquellos espíritus la do
minación otomana” ; y terminaba con aquel
sublime concepto: La experiencia ha mostra
do siempre que el yugo que se carga sobre la
— 322 - -
lib ertad oprim e tam bién la razón.
—O tras verdades d ije cuando traté de dis
c u rrir sobre la Historia. “Que era un àrduo tr a
b a jo tom ar aquel estilo medio, ni vulgar ni
poético preciso en ella. Y ¡ C uanta rectitud de
juicio se necesitaba p a ra p resen tar lo útil y
om itir lo inútil! ¡Cuanto tra b a jo era indespensable p a ra averiguar y exponer la verdad his
tórica, m uchas veces tan im penetrable como
la filosofia; ” En mis R eflexiones sobre la H is
toria determ inaba las causas que in flu ían y en
los vicios que afeaban las historias, como tam
bién a ex p resar el exacto concepto que me m e
recía este sublim e producto del espítitu h u m a
no, cuyo norte y guía debe ser la verdad. Los
errores históricos, aun declarados tales, o ri
ginan larga serie de m ales. Aquello de que la
m e n tira es h ija de algo, lleva a ad m itir que
la fáb u la siem pre se fab riq u e sobre el cim ien
to de alguna verdad histórica. Esto no obstan
te ¿Como no sospechar que las fábulas histó
ricas son representación de m isterios teológi
cos y m áxim as políticas, filosóficas o m orales,
que la ignorancia del vulgo entendió a la le
tra ? (28). Además ¿p o r qué ju z g ar únicam ente
estas fábulas por lo que dice su texto literal?
¿Cómo creer que los egipcios, que fueron al
gunos años el reservatorio de la ciencia, tu
viesen por térm ino la adoración de unas viles
sab an d ijas y aun los m ism os puerros y cebo
llas? Más razonable sería p en sar que aquella
nación, que era genialm ente in clinada a re— 323 —
p resen ta r todas las cosas con enigm as y sím
bolos, adorase en aquellas viles criatu ras al
guna m ística significación y que el culto fue
se respectivo y no absoluto (29).
—Usted en este p articu la r h a sido un pro
feta, un siglo m ás tard e de em itir estas hipó
tesis, una expedición científica fue a estu d iar
las antigüedades del Egipto, descubrióse el m e
dio de descifrar la escritura jeroglífica y h an
podido desvendarse los sublim es m isterios de
la civilización faraónica.
—Lo que acaba de decirm e sobre el Egip
to rep resen ta un notable adelanto y deben ser
curiosísim os los jeroglíficos por su contenido.
C ontinuando nuestro tema, mis conceptos so
bre la crítica de la historia (30) que a p esar
de estim arla en m ucho no la reconocía como
arte. C uantas reglas la constituyesen no serían
m ás que unas m áxim as generales que a todo
hom bre de buen entendim iento dictaba su ra
zón n atu ral. “Juzg ar rectam ente, que esto quie”re decir criticar, no es factible, lim itándose a
’’ap licar form alm ente reglas preestablecidas.
’’M edir las pruebas, pesarlas, aceptar las con’’clusiones y todo con arreglo a un patrón, es
’’im propio de la historia. La crítica reclam a
”en quien la ejerce prendas intelectuales de
’’p rim er orden, y entre ellas sinceridad y inag”n anim idad.”
P a ra m í se me im ponía talm ente la verdad,
que ante su sagrado im perio desaparecía todo
interés m undano. En las Reconvenciones ca~
— 324 —
ritativas a los profesores de la ley de Moisés
(31), expuse una historia ab rav iad a de la suer
te del pueblo ju d ío desde la m uerte de Jesús,
y consideraba erro r absurdo m irar la diversi
d ad de religiones como inseparables de la enagenación de los ánimos. “Todos los hom bres
’’debem os contem plarnos como herm anos—de
bela en aquella carta—separando m entalm en” te los vicios y errores de las personas, p ara
’’constituir aquéllos, objeto de n uestra displi
c e n c ia como éstas objeto de nuestro am or.”
—Usted fué un hom bre de una ru d a fra n
queza en sus escritos; su discurso sobre A m or
de la patria y pasión nacional (32) será leído
como de actualidad en todos los tiempos, por
que en él d e c ía : “Busco en los hom bres el am or
” de la patria, tan celebrado en los libros y no
”lo encuentro; cierto que las historias regis
t r a n m illares de víctim as sacrificadas a este
’’ídolo, m as exam inando las cosas por adentro,
’’hallarem os que el m undo vive m uy engañado
” en el concepto que hace, de que tenga tantos
’’adeptos esta divinidad im aginaria. Contem’’plemos puesta en arm as cualquier nación so”bre el em peño de una ju sta defensa y vam os
’’viendo a la luz de la razón qué im pulso ani”m a a aquellos corazones a exponer sus vidas.
’’Unos se alistan por el estipendio y el des
p io jo ; otros por m e jo ra r de fo rtu n a ganando
’’algún honor nuevo; los m ás por obediencia
”o tem or al principe; en cuanto éste, sobre
’’estar distante del riesgo, obra no por m ante— 325 —
”n er la República, sí por conservar su domi’’nación.” Tam bién sobre la pasión nacional
del p aisan aje y del espíritu de localidad,
¡cuántas verdades dijo que q u ed arán eternas
y son de todos los pueblos! Aquello de que
“raro hom bre hay que no juzgue ser su p atria
”la m ayorazga de la N atu raleza; sólo en su
’’nación hay hom bres sabios, los dem ás son
’’m enos que bestias; sus productos son los m e
j o r e s del m undo; sólo sus costum bres son r a
c io n a le s ; sólo su lenguaje es dulce y ag rad a
b l e ; sólo su región abunda en riquezas, y
’’sólo su nación es poderosa.” Todo esto que
usted dijo, hace poco m ás de siglo y m edio
en sus escritos, puede aplicarse hoy día a la
m ayoría de las naciones de E u ro p a y Amé
rica.
—Yo m e reía de estos preconceptos nacio
nales, pues p ara el varón fu erte todo el m u n
do es patria, si bien debe servir a la rep ú b li
ca de que form a parte, no por h ab er nacido en
su distrito, sino porque com pone su sociedad.
E n m i discurso A ntipatía de franceses y espa
ñoles (33) negaba rotundam ente que tal exis
tiese, y que caso de existir, sólo consistía en los
daños que m ùtuam ente se habían hecho en
las guerras prom ovidas por Tas opuestas p re
tensiones de sus príncipes.
En otro orden de consideraciones m anifes
té m i fe vivísim a en el progreso hum ano. “ Ca” da siglo—decía—rep resen ta un adelanto so
b r e el siglo que le precedió. El hom bre que
— 326 —
”no ha degenerado en lo físico, no ha dege
n e r a d o tam poco en lo m oral. C elebrar los
’’tiem pos antiguos y abom inar el presente, es
”no sólo injusticia sino desatino. ¿D ónde es”táis, pues, siglos envidiados? Sólo en la im a’’ginación de los hom bres.” Esta doctrina la
defendí valerosam ente en el discurso Senectud
m oral del género hum ano (34), cuya confirm a
ción se encuentra en el m aquiavelism o de los
antiguos (35), que expuse extensam ente a la
vez que presentaba la biografía del celebrado
florentino. P a ra m í la política m ás convenien
te y m ás fecunda es la h o n rad a, la recta, la
que no estriba en ficciones, adulaciones y en
redos; ahora, donde se profesa el principio de
M aquiavelo, la sim ulación de la virtu d ap ro
vecha, en cuanto que la m ism a v irtu d estorba.
Sobre esto me extendía al h a b la r sobre La po
lítica m ás fina (36), tratad o del arte de gober
n a r honradam ente, donde los políticos p odrían
ap ren d er m áxim as de adm inistración y de
conducta. Sobre esta m ateria m e extendí m ás
en el discurso Libros políticos (37) y algunas
p ara d o ja s sobre el mismo asunto (38). Pero,
donde traté de esta cuestión a fondo fué en
L a ambición en el solio (39), allí lancé mis d a r
dos contra los príncipes conquistadores y
acababa diciendo que, si m e p usiera a escribir
un catálogo de los ladrones famosos, en p ri
m er lugar pondría a A lejandro y a Julio Cé
sar.
La política de conquista enredó a E spaña
— 327 —
en guerras interm inables. P a ra en lo futuro
ev itar esta peste, dccia que era necesario, (lado
el poder personal de los reyes, form arles el
corazón y la inteligencia de m odo m uy dis
tinto de como lo form aban una viciosa edu
cación y un m al sistem a de enseñanza. Que el
rey es hom bre como los dem ás, h ijo del mismo
p ad re común, igual por n atu ra leza y desigual
po r fortuna. Que Dios no hizo el reino para
el rey, sino el rey p a ra el reino. Asi el gobierno
debería ser no al interés de su persona y sí al
de la República. Que como los vasallos esta
ban obligados a e jecu ta r lo que era del agra
do del rey, éste estaba obligado a m an d ar lo
que era del agrado de Dios, o sea a p ro cu rar
el bien público. Que lo m ás difícil, y por tanto
lo m ás glorioso en un rey, no era conquistar
nuevos reinos, sino gobernar bien los que po
seía. P or este cam ino continuaba discurriendo
e im pugnaba aquellos escritores que aconse
ja b a n a los gobernantes ser de sum a p ru d en
cia d e ja r al m undo en el m ism o estado en
que le hallaron. Esto lo consideraba pernicio
sísimo, pues, si los abusos no se corregían,
cada vez se hacían m ayores.
Continuando en este orden de ideas ataqué
la adm inistración de la ju sticia por su m oro
sidad en el despacho de los negocios del foro,
esto m e movió a escribir am pliam ente Sobre
la grave im portancia de abreviar las causas
crim inales (40) y Balanza de Astrea o recta
adm inistración de ju sticia (41).
328
—
—
T am bién m i p a ra d o ja : La tortura es un
m edio falible en la inquisición de los deli
tos (42), establecida en las leyes y arraig ad a en
la práctica, tribunales y publicistas d eclararon
u nánim es que era inaudito atrevim iento la
afirm ación de esta p a ra d o ja : No la verdad,
sino el dolor era quien expresaba la confe
sión del delito; quien tenía valor p ara to lerar
el cordel, negaba la culpa aunque fuese v er
d a d e ra ; quien no lo tenía, la declaraba aunque
fuese falsa. Concluía m i alegato declarando
b árb aro e ineficaz el torm ento.
—Su voz fué la p rim era que se levantó en
E sp añ a contra tan cruel institución. Y su no
ble cam paña fué continuada pocos años des
pués po r otro filántropo contra el dictam en
del Consejo de Abogados de M adrid, h ab ién
dose suprim ido cu aren ta y ocho años después
de su m uerte.
—La noticia no m e sorprende, pero hallo
que han tardado m ucho tiem po en suprim irla.
—Una cuestión digna de p asar a la poste
rid ad y que trató con altruism o, fué h ab lar del
estado precario de los labradores, dijo usted
cosas m uy justas, especialm ente sobre los p aí
ses que conocía, como eran Galicia, A sturias
y León. En estas tierras, decía, no había gente
m ás h am b rien ta ni m ás desabrigada que los
labradores. C uatro trapos cubrían sus carnes;
su habitación, igualm ente rota que el vestido,
su alim ento, un poco de pan negro, y sobre
este tono continuaba describiendo su estado
— 329 —
de precaria m iseria. Y concluía, después de
todos estos m ales, tener que conducir los frutos
o el valor de ellas a las casas de los podero
sos, dejando en las propias la consorte y los
h ijo s llenos de tristeza y bañados en lág ri
m as (43).
P a ra vencer tan triste situación, usted
aconsejaba se escribiesen libros de agricultu
ra, crea r en la Corte un congreso de la b ra
dores acom odados, que discutiesen las cuestio
nes que interesasen a su profesión, proponien
do reform as al príncipe que sirvieran de ense
ñ an za a sus conciudadanos. A consejaba apro
v ech ar el beneficio del agua de los ríos, en
ninguna parte m enos utilizada que en E spaña,
rep o b lar los bosques, consagrar cada terreno
al fruto que le fuese m ás apropiado, fo rm ar
prados p a ra la ganadería, etc. Y concluía acon
sejando que si en algunos países no hab ía
bastantes colonos p ara cultivar la tie rra que
poseían, hiciesen que el príncipe, usando del
alto dom inio que tenía y que ju stam en te e je r
ce cuando lo pide el bien público, supliese al
inconveniente, estrechando las posesiones de
m odo que nadie gozase m ás de lo que por si
m ism o o por sus colonos pudiese tra b a ja r.
Como com pensación del despojo que iban a su
frir los propietarios, arb itrab a que los n a tu ra
les escogiesen p ara sí los terrenos m ás fera
ces y. dejasen los otros p ara los advenedizos.
E n prueba de lo práctico de su doctrina, re
cordaba que los rom anos, sabios en el gobier— 330 —
no, tenían cuidado de reducir las posesione»
de los particulares para obviar al daño de
quedar incultas. Estos consejos y conclusiones
le dan el mérito de ser usted el primer socia
lista que hubo en España.
—Yo hablé de todo y hasta en mis Cartas
me ocupé de la literatura amena, que sobre
ser ejercicio honroso de los autores, contri
buía mucho a la educación del hombre a quien
servía de útil y honesto entretenimiento (44).
Decía que la literatura no era sólo arte, sino
ciencia, y formulaba el discurso Razón del gus
to (45) para apoyar mi proposición. Yo creía
en mi tiempo y continúo hoy pensando del mis
mo modo, que el gusto se experimenta en los
sentidos y en la imaginación, y que también
es susceptible de educarle. Aquello del No sé
qué (46), fórmula vulgar que recoge un prin
cipio no cierto, pues las producciones de la
Naturaleza, como las obras de arte, agradan
cuando y porque deben agradar.
Toda mi vida fui un innovador y en las
mil cuestiones que me han ocupado, critiqué
los estudios universitarios y a los viejos profe
sores de aquellos tiempos, que miraban con:
desprecio que en las escuelas se empezase a
enseñar lo que ellos ignoraban (47). Hacíase
necesario que algunos profesores capaces y de
espíritu generoso, comenzasen a introducir el
buen gusto literario en los estudios. Mientras
esto no sucediera, tan ignorante era el que no
sabía leer como el que ganaba con buenas
— 331 —
cen su ras sus cursos literarios. P orque yo d e c ía :
Q ue cuanto se enseñaba en las escuelas sólo
serv ía p ara indigestar el entendim iento, lle
nándole de m aterias de m ucho peso, pero de
poca sustancia. “El que sepa—decía—toda la
’’filosofía que se enseña en las escuelas, por
’’bien que la sepa, sabe poco m ás que n ad a;
’’p o drán decir que es un gran filósofo, y no
”lo es ni grande ni chico. El estudio de la físi”ca no d ará una gota de verdadero espíritu
’’filosófico; y quien por razones m etafísicas
’’piensa llegar al verdadero conocim iento de la
’’N aturaleza, delira tanto como el que se juz” ga ser dueño del m undo por tenerlo en un
’’’m a p a ” (48).
—Sobre los m étodos de enseñanza fué us
ted un revolucionario.
—Algo de lo que debía hacerse lo esbocé
en cuatro discursos (49), en donde presenté un
p lan de estudios com pleto que concluía por
d esaro llar una organización científica totalm ente nueva; una ciencia distinta de la $e
entonces.
—T am bién sus controversias sobre los estu
dios m edicinales quedaron célebres, no sólo
p o r las disputas que provocaron, como por
h a b e r ocasionado en E spaña una revolución
com pleta en los estudios médicos.
—Sí, m e acuerdo; fué quizps la polém ica
m ás larga y com plicada de m i vida de es
critor.
—Seguram ente, ya no se aco rd ará de las
— 332 —
p alab ras nuevas que in tro d u jo en la len g u a
castellana (50) y que los críticos de su tiem po
reprobaron tanto. Pues bien; las p alab ras am
putación, proyección, bagatela, funám bulo, po
ción, contrincante, torbellino, etc., son lioy de
uso constante en n u estra lengua.
—Yo no com prendía que recibiesen tan
m al mis neologismos, porque eran p alab ras
indispensables que nos faltab an ; cuando u n a
lengua no tiene la p alab ra adecuada p ara ex
p resar una idea, tiene necesidad de p ro cu rár
sela en otra lengua que tenga m ás analogía
con ella, esto es lo que hice y lo que h a rá n
en lo sucesivo siem pre que aparezcan nuevos
inventos y nuevas ideas (51).
—Sobre la poesía y los poetas dijo usted
cosas que se parecen m ucho a la opinión ac
tu al de los m arcianos. Decía usted que un poe
ta excelente era una a lh a ja rarísim a, y a ñ a
d ía : “¿Dónde se encuentra, entre tantas co” plas que salen a la luz, una sola que sea ju s
ta m e n te n atu ra l y sublim e; que tenga la cua’’lid ad de ingeniosa, clara, brillante, etc.?” (52).
El juicio que usted hacía de los poetas espa
ñoles, sus contem poráneos, era bien m erecido
“E l que menos m al lo hace—decía—exceptuan
d o uno u otro raro, parece que estudia cómo
”lo ha de hacer peor. Todo el cuidado se pone
”en h in ch ar el verso de hipérboles irracio n a”les y voces pom posas, con lo que sale u n a
’’poesía hidrópica, que da asco y lástim a v er”la. La propiedad y n atu ralid ad , cu alid ad es
— 333 —
’’esenciales, sin las que ni la poesía n i la pro”sa ja m ás pueden ser buenas, parece andan
’’fugitivas de nuestras com posiciones” (53).
—Lo que acaba de rep etir sobre lo que yo
decía de los poetas m e recu erd a los tiem pos en
que allí viví, en los que no conocí a un buen
poeta y si m e refiero a la poesía sagrada, aun
e ra peor, era inferior en m i concepto, a las
coplas de ciegos: esto mismo dije en m is obras.
—Su juicio sobre los críticos quedó legen
dario. Decía que m ás dificultades ofrecía es
crib ir un libro m ediano, que fo rm u lar una
buena crítica, pues como no hab ía au to r exen
to de descuidos, n ad a m ás fácil que d ar con
ellos, sobre todo, procediendo con el propósito
preconcebido de encontrarlos (54).
Uno de sus grandes m éritos lo constituye
la defensa que ha hecho de la m u je r (55), a
pesar de ser considerada en aquel entonces
poco m enos que una esclava.
—Sí—respondió—, alabé su sencillez, do
cilidad y herm osura y que ella en m uchas
cosas nos era superior; pero tam bién ataqué
a fondo su afición a las modas. Sobre este p a r
ticu lar me extendí bastante, critiqué el h ab er
invadido la m oda no sólo en el vestir, sino
en el andar, usar éstas o aquéllas xroces en el
h ab lar, en el color del rostro y que h asta tras
cendía en los libros espirituales, los ejerci
cios devotos y hasta h ab ía santos de moda.
—Usted fué uno de los pocos que supusie
ron h a b ría habitantes en los otros planetas 56),
— 334 —
sólo les atribuía cuerpos diferentes de los
nuestros, porque decía que los habitantes de
los otros astros serían distintos unos de los
otros. Unicamente al planeta Marte lo concep
tuaba que sus habitantes se parecerían más a
los terrestres. Aquí vine a convencerme de que
la Naturaleza obra de una m anera constante
en todo, y que los seres llegados a la perfec
ción, como es el hombre, deberán parecerse,
teniendQ todos ellos un físico que acompañe
en perfección a la intelectualidad del indi
viduo.
—Yo también soy de su parecer y apruebo
lo que acaba de decir; en aquellos tiempos mis
ideas eran atrasadas, pues desconocía la ley
que rige al Universo, de que tanto la materia
como el espíritu, tienden indefectiblemente a
perfeccionarse. Los seres se perfeccionan tan
to física como intelectualmente, y por lo que
aquí se ve puede deducirse, que dada la per
fección física de las criaturas, el intelecto les
acompaña en las mismas proporciones de per
fectibilidad. También sabemos, que cuando el
cuerpo enferma, nuestro intelecto, por conco
mitancia,. sufre depresión, la razón se altera,
por cuanto el enfermo lo ve todo tétrico y las
ideas no tienen la lucidez del estado de salud,
Tengo observado en mi vida anterior, cuando
fraile en la Tierra, que a los individuos con
trahechos y de facciones anormales y repul
sivas, les acompañaba una inteligencia torcida
y obtusa. Cuantas veces observé desde el coro
—
335
—
de m i iglesia, a hom bres y m u jeres sumidos en
la contem plación de las im ágenes, h acer ges
tos extravagantes de arrobam iento unos y de
contricción otros, que m e excitaban la risa y
la conm iseración a un tiempo. Pues bien, al
gunas veces b a ja b a a la iglesia p ara observar
los de cerca, y se confirm aba mi pronóstico;
eran seres contrahechos, de facciones fenomenalm cnte asim étricas, feas e im perfectas como
sus ideas; estaban atacados de locura reli
giosa.
El hom bre que tiene su intelecto perfecto,
conoce las cosas en estado de com pleto equili
brio sin exageraciones en pro ni en contra y
esto lo debe a la facu ltad pensante. P or ella,
nosotros conocemos el m undo exterior y nos
dam os cuenta de los fenóm enos que nos ro
dean. Esta alta facu ltad de conocer la obte
nem os por el interm edio de nuestros sentidos.
Estos cinco órganos con su aparato nervioso,
sirven al intelecto p ara percibir las sensacio
nes que los objetos exteriores nos trasm iten.
Las facultades intelectuales, fuente de todas
n uestras ideas, sino tuviesen la conciencia y
la razón p a ra regularlas, de n ad a servirían.
Yo pienso luego existo; este aforism o dicho
por D escartes, sin la conciencia de sentir y
q u erer que la razón regulan, no valdría n ad a
y sería una frase vacía basta de sentido. Todo
tra b a jo intelectual se opera en nuestro yo, unas
veces expontáneam ente y otras bajo la direc
ción de la voluntad, desenvolviendo conscien336
—
—
tem ente un m undo de conocimientos variados,
podríam os aventurar, infinitos.
Paró aquí la conversación de Feijóo, yo no
hallé h ad a que o bjetarle respecto a las ideas
que él acababa de expresar y quedé sumido
en pensam ientos internos, m editaciones que
en mi fuero íntim o seguía haciendo, al refle
xionar sobre los casos psíquicos de locura re
ligiosa, que ya hacía años h ab ía yo notado,
aun en las grandes capitales; seres fenom e
nalm ente contrahechos que vivían a la som bra
de los templos.
Mis reflexiones no fueron m ás adelante, por
que nos acercábam os al continente novísimo,
punto term inal de la travesía. Nos pusimos
curiosos a m ira r al horizonte; se descortinaba,
envuelta en la neblina, una línea de m ontañas
que poco a poco iba dibujándose con m ás n i
tidez, y luego apareció el puerto, que se en
contraba a espaldas de las m ontañas, frente al
Naciente.
Cuando hubim os llegado a la estación, des
cendimos a la calle e inm ediatam ente nos di
rigim os a una hospedería que nos habían re
com endado los com pañeros de a bordo. Cena
mos entre diecinueve y veinte; a los postres
charlam os un rato, y luego, sintiéndonos can
sados nos fuim os a dorm ir.
A la m añana siguiente paseam os por la
ciudad, fuim os a la agencia con nuestra carta
de crédito p ara sacar el dinero necesario p ara
v ia ja r en aquel continente. Luego de h ab er
337
—
—
com ido nos pusimos en cam ino en el auto que
p a rtía p ara la población próxim a, y cuya di
rección era la p arte m ás angosta del conti
nente.
En cuanto cam inábam os iba notando cier
tas p articu larid ad es; veía que las poblaciones
se sucedían unas a otras en distancias regu
la re s; las aldeas rodeaban a las m ism as en
puntos equidistantes entre ellas y las ciuda
des de que dependían. Hice m is observaciones
a este respecto a Feijóo, él m e sum inistró ex
plicaciones que me pusieron al tanto de acon
tecim ientos geológicos operados en M arte y de
los que hasta aquel m om ento no h ab ía h ab i
do oportunidad de hablar.
—El territorio que estam os atravesando
—me d ijo —es el continente m ás nuevo del p la
n e ta ; em ergió unos doscientos m il años des
pués de establecido el régim en de la razón y
la inteligencia. La aparición no se hizo rá p i
d am en te; prim ero em ergieron algunas islas
nuevas, que estuvieron algunos siglos sin mos
tr a r otros accidentes; después unas se fueron
agrandando, aparecieron otras que se ligaron
a las prim eras; luego surgieron grandes te r r i
torios que d e ja ro n la m ayoría de las islas en
tie rra firme, acabando, al fin, por fo rm ar el
sistem a de m ontañas y cordilleras que adqui
rió definitivam ente este continente.
L lam áronle el continente m isterioso; en
este estado estuvo d u ran te m uchos siglos sin
que nadie se ocupase de él. U nicam ente en las
338
—
—
estaciones propicias, los excursionistas pene
traban -por el litoral adentro en busca de caza,
que cuentan había en abundancia. Algunas
partes del litoral que eran lugares propios
para hacer escala la navegación, fueron las
primeras que se utilizaron y no tardaron en
ser pobladas.
Como las islas que primitivamente había
y las que después emergieron, quedaron en
tierra firme separadas del resto del mundo, los
animales antes domésticos se desarrollaron
extraordinariamente, muchos volvieron al es
tado salvaje y algunas especies se convirtie
ron en animales feroces. Los habitantes, lejos
del convivio social, pasados muchos siglos de
aislamiento al extenderse por las tierras emer
gidas, retrocedieron al estado semi-salvaj e. Su
carácter tendió a la ferocidad, los hombres
adquirieron instintos perversos y crueles, sien
do sus m ujeres las víctimas; como lo habían
sido antes en los primeros tiempos del mundo.
Estos territorios pasaron muchos siglos en
estado de completo desamparo, cuando se in
ventó la navegación aérea. Entonces muchos
aviadores atravesaron en diversas direcciones
el continente e hicieron conocer la feracidad
de su suelo, en su mayoría cubierto de una ve
getación exuberante. Adquirido este conoci
miento, el Congreso del planeta decidió poblar
estos territorios que Madre Naturaleza ofre
cía con tanta liberalidad a los marcianos. En
cargaron al Ejército Agrícola de sanearlo, y;
339
—
—
poner en estado de prestar servicios a la hu
manidad. Mandáronse aquí misiones a estu
diar estos territorios y ver lo que se podría
hacer de más conveniente para ponerlos en
estado de ser habitados. Estudiaron las cana
lizaciones que se podrían hacer, idearon tam
bién la red de caminos racionalmente dispues
tos para ligar y servir a las futuras comarcas.
Luego hicieron un mapa con la red de villas
y ciudades que sería conveniente fundar. Des
pués de bien estudiado todo, marcaron con
estacas el emplazamiento de las villas y seña
laron de idéntico modo las aldeas, siendo éstas
las primeras en ser pobladas. En fin—añadió
Feijóo—este fue el país que se pobló de acuer
do con un proyecto anteriormente establecido.
La disposición de las moradas está hecha
de m anera que en la distancia de una aldea
a otra y de cualquiera de éstas al municipio;
no se emplea más de hora y media andando
a paso normal. Esto fué calculado para que
en caso de un incendio u otro cualquier acci
dente puedan socorrerse mutuamente y ade
más, para que los labradores se encuentren
cerca de sus labores y puedan fácilmente ir a
la villa a sus negocios y a vender sus pro
ductos. Estos territorios ya hemos dicho fue
ron planeados de antemano, y su ejecución
proseguida pacientemente a fin de obtenerse
un país modelo.
Nuestro vehículo se aproximaba a una al
dea; percibí en una almáciga cercana unas
340
—
—
cuantas m u jeres que con sus hiju elo s a rra n
caban la m aleza del pie de los tiernos árboles,
otras sosteniéndolos en sus brazos, los levan
taban p a ra que los lim piasen de los parásitos
y musgos que los cubrían, y todos estaban ata
reados en lib ertar los árboles de las hierbas
que podrían p e rju d icar su desarrollo.
Feijóo fué explicando, que las m adres lle
vaban a sus hijos a aquellos lugares p ara h a
bituarlos desde pequeños al tra b a jo y al m is
mo tiem po ren d ir culto a la N aturaleza, extir
pando las plantas inútiles y m alignas y con
servando las benéficas y m edicinales. En este
punto m i amigo me hizo un p arangón entre la
m oral de los m arcianos y la de los terrestres,
añadiendo m uy juiciosam ente, que en la Tie
rra, todo cuanto se refería a la D ivinidad con
sistía en p alab ras; preces, misas, procesiones,
actos en sum a de los cuales no se obtenía pro
vecho alguno; en cuanto que allí h o n rab an a
la N aturaleza, cuidando de los productos que
ella proporcionaba p ara sustento y alegría del
pueblo m arciano. —Créam e, en la T ierra sólo
hay lengua; todo se hace con discursos, infor
mes, reuniones, conferencias y congresos, y
acaban por no resolver n ad a que aproveche a
la colectividad. ¿Qué d irían en la T ierra si
viesen a esas m adres con sus tiernos hijos
a rra n c a r las hierbas de una pro p ied ad colec
tiva y que a ellas poco o n ad a aprovechará?
Seguro que con el egoísmo que caracteriza a
aquella hum anidad, h allaría n el acto estúpi341
—
—
do. Pero eso que se hace aquí todos los días,
los habitúa desde temprano al trabajo, y lle
gados a hombres no se encuentran bien en la
ociosidad.
Hacía poco que habíamos dejado atrás una
villa con sus aldeas, el camino entraba por un
país montañoso; vimos varios muchachos de
unos 20 años, tipos inteligentes que salían de
trabajar en las minas, y pregunté a Feijóo
qué gente era, pues por sus trajes no me pa
recían soldados.
Respondióme que aquellos jóvenes eran es
tudiantes que se dedicaban a las ciencias y,
como el trabajo de las minas equivalía a tres
tantos del de soldado, iban a trabajar cua
tro meses, quedándoles los ocho i estantes li
bres para emplear en sus estudios universita
rios. Algunos hasta trabajaban cierto número
de horas más por día para terminar más pron
to su servicio y otros se asociaban a fin de ex
traer la cantidad de mineral que equivaliese a
los cuatro meses de trabajo obligatorio. Aque
llos puestos eran tan apetecidos, que algunos
años excedían a las necesidades y se hacía ne
cesario darlos por sorteo.
Pasado el terreno montañoso entramos en
planicies perfectamente cultivadas; todo a lo
largo de los caminos y>n través de los campos
sucedíanse los frutales ligados entre sí por
guirnaldas que parecían puestas para adorno,
esto en leguas y leguas de extensión; pregun
té a Feijóo si aquellas guirnaldas tnerón pues342
—
—
tas para dar m ás belleza al paisaje.
F e ijó o respondió a m i observación dicien
do que yo lo m iraba todo b a jo el punto de
vista artístico, pero que los m arcianos, sin des
cu id a r la p arte artística, trataban antes de lo
útil, concillando am bas aspiraciones. — Lo que
a usted p arece adorno, no es ni más ni m e
nos que la viña, que, en lu ga r de correr sobre
estacas form and o em parrado, se enrolla sobre
sí m ism a form and o esas ondas de tan bello
efecto. C u ltivad a de esta m anera no ocupa
lu g a r y los cam pos quedan libres p ara produ
cir m ayor can tid ad de cereales, base de nues
tra alim entación. A hora vam os a encontrar,
m ás adelante, unos terrenos artificiales cu rio
sísim os y después de verlos usted mismo dará
la explicación.
E fectivam ente, algún tiem po después de
h ab er d ejad o a nuestra espalda las guirnaldas,
entram os en un terreno desigual en el que la
carretera m ostraba, en diferentes cortes, una
calid ad de tierra oscura en los que, por veces,
aparecían fran cos residuos calcinados de c a r
bón fósil. Com prendí sin esfuerzo que aquellos
terrenos h abían sido form ados por los despo
jo s de la n avegación a vap or lanzados al m a r
antes de em erger aquel continente, en el es
pacio de m il quinientos años, período de du
ración del carbón fósil. Y pensé para m is
adentros que a la T ie rra le esperaba otro tan
to de lo que allí h abía acontecido, y dado el
enorm e consum o que en ella se hace del car—
343
—
bón, los yacimientos, por extensos que sean,
algún día tendrán que agotarse, y probable
mente no alcanzarán los años que allá tuvie
ran de duración.
Volvimos a encontrar, más adelante, las
planicies como anteriormente con los viñedos
enguirnaldados, y luego reapareció la misma
calidad de terrenos formados de residuos de
carbón fósil. Feijóo explicó que los primeros
terrenos que habíamos atravesado iban en di
rección Sudoeste, en cuanto que los que ac
tualmente atravesábamos se dirigían al Sud
este; los primeros tomaban la dirección del
país que el habitaba, en cuanto que los segun
dos iban en dirección del continente al que lle
garíamos dentro de pocos días.
Después de caminar en auto unos tres días
y no ofreciendo mayor interés el resto de aquel
continente, tomamos en una estación el pri
mer aéreo que seguía para el continente veci
no, haciendo la travesía en un día, aterrizan
do en el puerto de Siul poco antes de la noche.
Allí compramos los billetes de pasaje para la
gran travesía que nos llevaría a la ciudad de
Zenút, al Norte de aquel continente.
Tuvimos que esperar dos días por la salida
del expreso, que hacía la travesía directamen
te, pues los otros sólo viajaban de sol a sol.
Cuando hubieron transcurrido los dos, días
emprendimos el viaje llevando los pasajeros
sus meriendas para alimentarse en la trave
sía, porque en la nave no suministraban más
344
—
—
que agua.
La nave, pasadas las primeras horas, entró
a navegar sobre un suelo arenoso en uno que
otro punto cultivado; Feijóo fué explicando
que aquél era un suelo permeable formado por
arenales en su mayor parte desiertos. Que en
aquel suelo se había llevado canalizada el
agua de un gran río cercano, pero que había
sido penosísimo porque no bastaba trazar el
lecho, había que macadamizar el fondo y los
bordes para que las aguas no se sumieran.
Con todo, no se había conseguido más que me
jorar las márgenes de los canales, plantando
en ellas una planta que se alastraba sobre la
arena y con el riego iba a la larga modifican
do la naturaleza del suelo, ganándose incesan
temente sobre el desierto algún terreno culti
vable. Como la nave hacía el viaje directo y
por tanto no paraba en ningún lugar, pudi
mos hacer aquel gran trayecto en un día y
poco más de una noche, volando la mitad del
tiempo sobre desiertos de arena interminables,
pocas veces interrumpidos por algún oasis. A
nuestra izquierda percibimos una extensa cor
dillera que se adivinaba a lo lejos, luego en
tramos en un país montañoso y antes de me
diodía arribábamos a la ciudad de Zenút,
puerto famoso en la alta antigüedad, mas que
ahora quedaba algo lejos del litoral.
Como las compañías de navegación aérea
no. expidiesen billete para ir directamente a
la antigua capital de las artes, tuvimos que
345
—
—
contentarnos con una que p artía p a ra Selopán,
dos horas distante de aquélla. H abía por los
alrededores de Zenút m uchas ru in as visita
das por los viajeros, pero nosotros teníam os
p risa de llegar a nuestro destino y no nos de
tuvim os m ás que el tiem po preciso p a ra co
m er. Tomamos, pues, sin m ás tard an za, el
aéreo que p artía aquella tarde p a ia la tal ciu
dad.
El viaje no ofreció p articu larid ad es dignas
de mención. Luego de tran scu rrid a la p rim era
h o ra hicimos escala en un lu g ar p a ra tom ar y
d e ja r pasajeros y una h o ra m ás tard e aterri
zábam os en la ciudad, punto term in al del via
je aéreo.
Feijóo, duran te la travesía, me h ab ía he
cho una descripción de Selopán, ciudad fam o
sa en la antigüedad y cuyos orígenes se p er
dían en la fábula. H abía sido en todos los
tiem pos una villa de placer, voluptuosa y un
tanto corrom pida. Ahora, como todas las ciu
dades grandes del m undo, h ab ía decaído, r e
ducida a m unicipio cabeza de grupo y de re
gión, pero esto no la salvaba de su decaden
cia. Hoy las diversiones no son crapulosas e
inm orales como en los antiguos tiempos, y al
acto carnal, como no está prohibido, nadie le
da im portancia. En este p articu la r era en lo
que antiguam ente la ciudad se distinguía, y
a tra ía a los hom bres fatigados y viciosos.
Luego que hubim os descendido de la nave
nos dirigim os a uno de los albergues m ás co346
—
—
nocidos, en el auto de la casa que hab ía ido
en busca de pasajeros a la estación. El alb er
gue estaba situado frente a la planicie, y cena
mos a la vista del antiguo puerto. El p an o
ram a que se disfrutab a desde el terrad o era
de lo m ás curioso; al fren te veíanse cam pos y
viñedos a p erd er de vista, lim itados allá en el
fondo por una m ontaña b a ja y como in terru m
pida al medio. En los rem otos tiem pos toda la
planicie era m ar, y la m ontaña que se veía al
fondo era una estación a donde iban a v era
n e a r dos pintores. A n u estra derecha a p a re
cían unas colinas b a ja s y las ru in as de un
palacio sepultadas. A la izquierda h ab ía u n a
m ontaña enteram ente aislad a; F eijóo m e ex
plicó h ab er sido en los tiem pos b árb aro s un
volcán que se había apagado y reencendido
v arias veces; pero, desde tiem po inm em orial,
había quedado extinguido. A quélla h ab ía sido
una de las bahías m ás bellas del m undo, el
puerto se había cegado y actualm ente el lito
ra l quedaba a unas trein ta leguas de distan
cia. La ciudad aquella era en la actu alid ad una
de las m ás visitadas del m undo, por las cu
riosidades que había en sus contornos; tres
ciudades que el volcán en una erupción h ab ía
sepultado. P ropuse a F eijóo visitarlas, m as él
contuvo mis deseos, prom etiéndom e al reg re
so de nuestra excursión volver p o r allí p a ra
to m ar el aéreo de retorno, y entonces te n d ría
mos ocasión de visitarlas.
Al día siguiente visitam os un notable m u 347
—
—
seo de antigüedades y después de com er to
m am os el auto que nos condujo con otros p a
sajero s a la antigua cap ital de las artes, lle
gando antes de la noche. Cuando íbam os acer
cándonos aparecían por todos lados ruinas
em ergiendo del suelo; torres, restos de m u ra
llas, arcadas de acueductos, restos de templos
y casas en ru in a s y abandonadas. La ciudad
se h allab a situad a en u n a hondonada y el ca
m ino que conducía a ella descendía cada vez
m ás a m edida que nos acercábam os a sus ve
tustas m urallas.
CAPITULO XV
VISITA A LOS MUSEOS
La arquitectura del gran templo. - Religiones que
se exhibían en la nave central. - Las diversas trinida
des. - La capilla de las reliquias. - Piedra con la im
presión dejada por los pies del Civilizador. - El mu
seo arqueológico y geográfico. - Comparación entre el
mapa mundi antiguo y el moderno.
E ra una ciudad m uerta, en la que se en
contraban los m useos; a la entrada, dentro de
las antiguas m urallas, había un albergue m ás
caro y lujoso; en las afueras, cerca de un gran
tem plo, h ab ía otro m ás modesto, pero fre
cuentado por los artistas, al cual Feijóo dió
preferencia.
Al día siguiente, m uy de m añana, nos diri348
—
—
gimos al museo de religiones, poco distante
del albergue, y que podríamos visitar a gusto
hasta la hora de comer. Por el camino, Feijóo
me fué explicando que aquel templo guarda
ba los recuerdos de las religiones del pasado
y había sido el mayor y más famoso de la an
tigüedad. En sus buenos tiempos, el templo
terminaba en una alta cúpula de bellísimo
contorno, que había caído poco tiempo des
pués de haber desaparecido la religión que en
él se practicaba. La ciudad había sido la más
célebre de la alta antigüedad, habiendo decaí
do y prosperado por diversas veces, hasta es
tablecerse la unidad planetaria en que quedó
reducida a simple municipio. Como su vida
dependía de la religión que en ella se practi
caba y de la cual aquel edificio era el centro,
cuando vino la incredulidad su influencia cesó
por completo y la ciudad poco a poco fué que
dando desierta.
Muchos años, y aun siglos, continuó en este
estado de completo abandono, visitada sólo
por los artistas y estudiosos, que iban a ad
m irar sus ruinas y monumentos, hasta que el
Congreso decidió reunir en ella todo lo refe
rente a las tradiciones religiosas, fundando el
museo. Más tarde, como aquella ciudad reunía
las diversas épocas más florecientes de la ar
quitectura, con el intento de desenvolver estos
estudios, restauraron las ruinas que podían
servir de modelos, y los fragmentos restantes
los llevaron para uno de sus grandes edificios
349
—
—
abandonados, estableciendo allí el museo ar
queológico. Tiempos después, este museo fué
aumentado con restos encontrados en excava
ciones practicadas en aquellos lugares y for
maron al lado del primero el museo geográ
fico, constituyendo estos dos museos un centro
como no se encuentra en parte alguna del
mundo. Andando los tiempos y para comple
tarlos trajeron vaciados de.las antigüedades
que en ellos faltaban, y siempre que aparecía
algún resto antiguo, sea en arquitectura o es
tatuaria, la Dirección mandaba sacar una co
pia para aquellos museos. Así que ellos están
repartidos en tres órdenes: el museo de reli
giones, el museo arqueológico y geográfico y
los de escultura esparcidos por varios grandes
edificios.
Un vacuo se hacía sentir: no haber museo
de pintura; ésta adolecía del grave defecto de
ser frágil; si alguna cosa existía eran copias
de copias; algunos frescos se habían conser
vado de las pinturas primitivas, pero de la
gran época de la pintura hecha sobre tela y al
óleo todas habían desaparecido. Sólo los reta
blos del gran templo que íbamos a visitar,
como fueran hechos en mosaico, habían resis
tido a los innumerables siglos que pasaran so
bre ellos. Estos retablos eran los únicos docu
mentos que les legaran aquellas edades y sin
ellos en la actualidad no podrían formarse
idea de la pintura de aquellos tiempos. No
cabe duda que las Bellas Artes llegaron al
350
—
—
m ayor esplendor cuando la h u m an id ad ten ía
desenvueltos los sentim ientos poéticos y reli
giosos con las ilusiones del adolescente. Los
m arcianos lian tra b a ja d o constantem ente p a ra
so b rep u jarlo s; pero si consiguieron serles su
periores en la acción y el sentim iento, en la
form a les lian quedado inferiores.
Feijóo h ab ía estado allí de joven; al casar
se hizo su v iaje de nupcias a la capital de las
artes y conocía perfectam ente lo que era m ás
digno de atención y que m ás podría in teresar
me. El edificio que se presentaba a nuestras
m irad as era altísim o, a lo que contribuía el
ático por ser dem asiado alto. Por su tam año
aspiraba a grandioso; pero la serie de trib u
nas que tenía en los intercolum nios le daban
aspecto de palacio m ás que de templo. Feijóo
llam ó m i atención p a ra la planicie que rodea
b a el edificio; en el centro h ab ía un resto de
obelisco que surgía del suelo, y la tradición
decía que a los lados h ab ían existido dos m o
num entales fuentes que al caer el Sol rep ro
ducían los colores del arco iris. En derredor,
cerrab a la plaza u n a colum nata cuya línea se
ad ivinaba por los restos de colum nas y corni
sas que salían del suelo. Al llegar al tem plo
nos pusim os a contem plar el p aisaje; descu
bríanse a n u estra derecha m ontículos de casas
d estruidas y apareciendo en uno que otro
punto grupos de árboles vetustos y copudos;
al fondo, lim itaba la vista una fortaleza de
fo rm a circular, poco elevada, y a la izquierda
—
351 —
las viejas murallas se ligaban con la forta
leza. A
Comprados nuestros billetes de entrada,
nos dirigimos a la puerta principal; al entrar
bajamos dos escalones y nos encontramos en
un amplio peristilo; a uno y utro extremo
había dos estatuas ecuestres de mármol bas
tante malas, sin cabeza ni brazos, tanto los ji
netes como los caballos; por el suelo, alrede
dor de las paredes, habían colocado sepulcros
de bienaventurados, algunos de interés artís
tico, que pertenecían a las diversas religiones
que figuraban dentro. Entramos luego en la
gran nave central: si exteriormcnte su arqui
tectura me había impresionado mal, el aspec
to del interior me fue más desagradable. Las
proporciones de unas partes con las otras se
anulaban, y añádase a esto los detalles colo
sales que despertaban la idea de que aquella
obra no había sido hecha para hombres y sí
para gigantes. La nave central servía para
exhibir los restos de las dos religiones herma
nas más esparcidas por el mundo: la del Sabio
y la del Civilizador.
Desde la entrada hasta el centre de la nave
en que se cruzaba la transversal, estaba ocu
pada por imágenes y objetos pertenecientes a
la religión del Sabio, que se había difundido
por el Oriente y cuyos principios tolerantes
no dieron ocasión a guerras entre sus adep
tos. Las estatuas de santos y vírgenes alinea
das en avenidas longitudinales y transversa352
—
—
les, de todos tam años y en m aterias v ariad as
(piedra, m árm ol, bronce y m a d e r a ) ; unas es
cuálidas, otras rechonchas, de hom bres y m u
jeres, daban la idea de u n a floresta. Como en
todas las religiones, el culto de la m u je r se im
puso a ésta como una necesidad m oral p ara
los fieles; su constitución no la m encionaba,
pero el culto de la belleza fem enina tuvo que
e n tra r p ara que la religión fuese m ás del ag ra
do del pueblo. Las estatuas del Sabio, sentado
sobre sí mismo, algunas en m etales preciosos
y otras cubiertas de p ed rerías de un gran p re
cio, eran las m ás abundantes. En el centro del
gran redondel, a la intem perie, antiguam ente
cubierto por la cúpula, se h allab a la estatua
del Sabio, de m ás de veinte pies de altura, es
culpida en piedra, pin tad a y dorada; su acti
tud era la de un hom bre pensativo, sentado
sobre sí m ism o; una de las m anos descansan
do y con la derecha haciendo adem án de es
p erar. La rodeaban un a porción de Sabios
m ás pequeños, estatuas repitiendo enteram en
te los trazos de la m ayor. Al Sabio le cabía de
ju sticia presidir allí las otras religiones, y bien
lo m erecía, pues las p rincipales habían sido
sus h ijas, o por lo m enos sus m orales habían
sido extraídas de las suyas y precisaban im i
ta rla p ara conservar su prestigio.
Todas las religiones—fué explicando Feijóo — tuvieron su nacim iento en Oriente, en
donde por efecto del clim a cálido las razas
son de natu raleza indolentes y em plean sus
353
—
—
energías en la contemplación. Razas en extre
mo imaginativas, el estro poético desenvuelto
hasta la exageración; de aquí a la alucinación
no hay más que un paso. Algunos de estos es
píritus exaltados dedicaron todas sus energías
a la contemplación del cielo y de las cosas di
vinas, produciendo en ellos esa fiebre, esa ob
sesión que termina por la locura. Y fueron
esos visionarios convencidos de su misión di
vina y pretendiéndose enviados de Dios los
fundadores de religiones.
La del Sabio había precedido seis siglos a
la del Civilizador; éste había pasado toda su
juventud viviendo entre ellos y aprendió su
moral y sus artes, desconocidas en el Occiden
te. Su permanencia entre pueblos de costum
bres suaves y fraternales, lo fué iniciando en
la doctrina de que los hombres debían ser to
dos hermanos y no esclavos, como eran la ma
yor parte en Occidente. Vuelto a su patria,
trató de mejorar la religión de su pueblo, in
troduciendo las nuevas ideas de amor, cari
dad y fraternidad, predicando sobre todo la
igualdad entre los hombres, contribuyendo al
mismo tiempo a civilizarlos y a quitarles su
rudeza nativa; pero fué asesinado. Lo repre
sentaban en pie, con los brazos abiertos, como
convidando a todos a ponerse bajo su protec
ción, o bien en actitud menos ostentosa, con
una mano indicando en su pecho la herida que
lo había privado de la vida.
La religión del Civilizador empezaba pa354
—
—
sado el redondel; se h ab ía difundido por el
O ccidente y llegó a ad q u irir tantos adeptos
como atiuélla. En el fondo era la m ism a, con
su gran sacerdote, sus conventos, su confesión
y penitencias, sus procesiones, sus ritos y su
m o ral tom adas de la otra. Su exhibición era
u n a repetición de la an terio r: estatuas de san
tos, de santas y m ultitud de vírgenes se repe
tían y tenían todas las advocaciones: era la
m ad re p a ra los afligidos, p a ra los desam para
dos, p a ra los que se encontrasen en peligro
de m uerte, p a ra las m u jeres encinta, p ara los
■enamorados, etc.; con esto satisfacían todos los
casos en que las criatu ras pu d ieran encon
trarse.
En el fondo de la nave encontré una rep re
sentación parecida con nu estra T rin id ad : uno
de los Credos queriendo ensalzar m ás al Civi
lizador e im itando la apoteosis que se hacía
con algunos reyes y em peradores de elevarlos
a dioses después de m uertos, lo proclam aron
h ijo de Dios. Pero, como la religión era mo
noteísta y no se podía ad m itir a la D ivinidad
rep resen tad a por dos personas, tuvieron que
fo rm a r una trin id ad ; concepción que la m a
y o ría de las religiones anteriores habían teni
do. Construyeron, pues, una trin id ad con el
Dios padre, el Dios h ijo y disfrazaron al Dios
m adre, representándola por una palom a; que
e ra el símbolo de la diosa de la belleza en una
religión anterior y cercana y haciendo de ella
u n a abstracción, que tanto podía pertenecer
355
—
—
al género m asculino como al fem enino.
H abiendo term inado de ver la nave cen
tral, nos dirigim os por la lateral de la izquier
da; encontram os allí una serie de estatuas de
reyes, coronadas y con cuerpos de toro (con
aquéllas sim bolizaban el poder y con éstos la
fu erza), a las que sus súbditos h abían ad o ra
do como dioses. Cerca de ellas se encontraban
varias estatuas representando la belleza fe
m enina; algunas acariciaban una palom a, que
era su símbolo y que pertenecían a la religión
de los reyes con cuerpos de toro divinizados.
Estas estatuas de toros eran num erosas, de di
versos tam años y m aterias, dando a entender
que tanto allí como en la T ierra, el poder per
sonal había llegado a la m ayor culm inancia y
exageración. Los reyes, no contentándose con
el dom inio m aterial de los pueblos, trataro n
de dom inarlos espiritualm ente p a ra acab ar de
aherrojarlos. A estas representaciones se
guíanles las de dioses con cabezas de an im al
y cuerpo hum ano; éstas, decía Feijóo, eran
las m ás antiguas. Seguían en el mism o ali
neam iento la serie de triadas o trin id ad es; la
m ás antigua estaba representada por una figu
ra con tres cabezas: la del centro, con luenga
barba, pendíale de una m ano la cadena de los
seres y en la otra sostenía la u rn a que conte
n ía el agua fecundante; éste era el dios crea
dor; a su izquierda una figura joven y de as
pecto am able representaba el dios conserva
dor; y a su derecha, otra con cabeza de ex356
—
—
presión cruel y horrible, era el dios destruc
tor. Otras trinidades le seguían, pero repre
sentadas por figuras separadas: la primera
representaba la materia informe, era una pie
dra apenas desbastada; la segunda represen
taba la fuerza que organiza, ésta ya mostraba
trazos de figura mejor tallada; y la tercera
representaba la inteligencia, era una figura
mucho más acabada. Otra triada era repre
sentada por tres figuras: la principal el Sol,
estaba simbolizado por una gran estatua de
hombre en pie, con el disco solar sobre la ca
beza; la segunda era de mujer, del mismo ta
maño e idéntica posición que la primera, con
dos cuadrantes lunares sobre los cabellos, re
presentaba la Luna; y la tercera, igual en ta
maño y disposición que las otras, surgiéndole
del alto de la cabeza una especie de embudo,
representaba la Atmósfera. Había otras repre
sentaciones de trinidades, cuyas simbolizacio
nes Feijóo no me sabía explicar; pero decía
que todas, mas o menos, sintetizaban unas la
Sustancia de que estaban formados los cuer
pos celestes; otras el.Alma universal o la vida
que hacía mover los mundos; y otras la Inteli
gencia creadora que gobernaba el Universo;
mas estas abstracciones eran sólo conocidas de
los sacerdotes y sus iniciados; el pueblo no
veía allí más que ídolos materiales que ciega
mente adoraba. Por último se veía una trini
dad más moderna con representaciones figu
radas que eran verdaderas obras de arte; la
357
—
—
figura principal, sen tad a sobre un trono, m ag
níficam ente vestida, rep resen tad a po r un hom
bre de 36 a 40 años, b arb a cerrada, cabellos
abundantes, espesas cejas, el brazo derecho
levantado, teniendo en la m ano un m an o jo de
rayos, de aspecto sereno, y a sus pies un águi
la, representaba el reino del cielo; la otra e s
tatua, a su derecha, con un trid en te en la
m ano, representaba el reino de las aguas; y la
tercera figura a su izquierda, de siniestro as
pecto, representaba el reino del infierno o del
fuego.
Luego, a estas trin id ad es le sucedían unas
figuras de m u je r vestida, de una talla grose
ra y desproporcionadas, pero otras de época
m ás reciente, esculpidas adm irablem ente, eran
verdaderas m arav illas y rep resen tab an la in
teligencia. A esta m ism a religión pertenecía la
diosa de la herm osura, rep resen tad a por una
m u je r desnuda; h ab ía varias, y algunas des
collaban por la belleza de sus form as corpó
reas. Estas figuras fo rm ab an p arte de la reli
gión a que pertenecía la trin id ad del cielo, el
agua y el fuego o el infierno, que tuvo por
p rin cip al objetivo el culto de la belleza física.
Las dos religiones que ocupaban la nave cen
tral, con sus figuras escuálidas, de aire tristón
y lloroso, tuvieron p o r p rin cip al objetivo ado
r a d la belleza hnoral. La religión de la ciencia,
cuyos restos se en co n trab an en la nave de la
derecha, tuvo por culto la belleza intelectual.
Quise ir a visitar aquella religión m ás m o— 358 —
cierna, pero Feijóo me aconsejó pasar por ella
si nos sobraba tiempo, pues no ofrecía gran
interés, por ser todos monumentos erigidos
a los sabios; reducciones en su mayor parte,
que ocupaban toda la nave y la capilla que le
quedaba de aquel lado.
Habiendo terminado de recorrer la nave
lateral izquierda, dejamos de ver la transver
sal por exhibirse en ella las mismas imágenes
que en la central; y sin más tardanza, entra
mos en la capilla, donde se guardaban las re
liquias de las religiones, y tpie por ser lo más
interesante, merecía le diésemos la preferen
cia.
Entramos en la capilla de las reliquias, co
menzando por la derecha, viendo los escapa
rates llenos de recuerdos, cuyas inscripciones
explicaban para qué habían servido, los luga
res de procedencia y los milagros que tenían
operados. Había muchísimas cosas en exhibi
ción; noté al paso un busto de santo momifi
cado; debía estar petrificado, pues no se com
prendía cómo pasados tantos millares de años
se pudiese conservar sin preparación alguna
que atendiese a su conservación. Más adelante,
Feijóo hizo parar mi atención sobre un arma
rio que guardaba una cabellera, pero tan
abundante que lo llenaba todo; había perte
necido a una diosa; cuando su religión termi
nó reunieron los cabellos que se encontraban
esparcidos por todo el país y que se le atri
buían, llenando con ellos una habitación. Tam359
—
—
bien otro armario guardaba un gran vaso de
cristal, lleno de dientes; habían pertenecido a
una mártir, que padeció por la religión del
Civilizador; cuando se reunieron los recuer
dos, mandaron de tantas partes dientes de la
tai santa, que llenaron aquel recipiente, con
cuyo contenido podrían hacerse un centenar
de dentaduras. Vimos más adelante, en un es
caparate, con entalladuras y dorados, el puñal
con el cual los malos discípulos habían asesi
nado al Civilizador: estaba bien al centro del
escaparate, le faltaba una lasca; de ésta, los sa
cerdotes habían hecho tantos amuletos que si
se reunieran todos cuantos había esparcidos
por el mundo darían metal para fabricarse
unas dos docenas de puñales. En el armario
inmediato se exhibía un pedazo de la túnica
de la madre del Civilizador; su presentación
era tan sugestiva que me convenció de haber
sido los sacerdotes los mayores artistas; cual
quiera juzgaría que fuese un pedazo de túni
ca; pero no, así no haría tanta impresión. La
reliquia consistía en un nada de tejido, del
tamaño de una cabeza de alfiler, colocado so
bre una piedra preciosa; aquel punto blanco
en medio de un gran rubí era de un soberbio
efecto; la piedra por sí sola representaba una
fortuna para el espectador pobre de bolsillo
y de espíritu; la imaginación de los creyentes
quedaba impresionada ante aquel tejido, casi
incomprensible por lo minúsculo, y el especta
dor veía allí una cosa divina.
360
—
—
Un escaparate ofrecía a la vista una de las
origin alid ad es cjue m ás despertaban la curio
sidad del visitante; exhibíase en once relica
rios, otros tantos prepucios del C ivilizador. En
el m ism o h abía tres om bligos pertenecientes
al m ismo. Y en otro escaparate, se encerraba
una colección de am pollas con lech e de d iv e r
sas vírgenes, por haber sido todos los enviados
del Cielo engendrados, según las leyendas, por
una virgen.
Pasam os revista a las estatuas de dioses
q u e habían hecho m ilagros; entre estas había
la de un pastor (pertenecía a la religión de la
b elleza física ) que el presentarse en m edio de
una batalla, hizo h uir al enem igo y dió origen
a l térm ino vu lg a r de terror pánico. Otra reli
quia, un fragm ento del puñal que había dado
m u erte al C ivilizador, puesto sobre la ventana
de un convento por una m o n ja, su vista puso
en fu g a a un ejército invasor. De estos objetos
m ilagrosos los había en todas las religiones,
pues p arecía que ninguna q u ería quedarse
atrás respecto a m ilagros. T od as las religiones
h ab ían hecho m ilagros, todas h abían invocado
los m ilagros para probar sus orígenes divinos
y todas, a pesar de estos subterfugios, fueron
m uriendo, y desaparecieron cuando su misión
h a b ía term inado.
D espués de revisar la innum erable série
de objetos m ilagrosos, pasam os a ocuparnos
d e los fetich es; los h abía de todo género, desde
la pied ra tosca y el aerolito, hasta lo más in—
361
—
sensato y estúpido por su form a y rep resen ta
ción. Lo que m ás a tra jo m i atención fué la
exhibición del divino hígado del Civilizador,
su form a asem ejaba a la de una m ariposa
rodeada de una corona fo rm ad a de puñales.
Pregunté a Feijóo lo que significaba aquel h í
gado, la respuesta fué concluyente: en aque
llos tiem pos los hom bres j uzgaban que en el h í
gado residía el centro de la vida.
Pasam os luego a ver otra série de re liq u ia s:
había figuras que en sus tiem pos les crecían
las barbas, a otras los cabellos, una estatua de
la diosa de la belleza, en m arm ol colorido, que
se sonrojaba al m irarla. E n tre las estatuas de
dioses y santos, la m ás curiosa era una de m a
dera con un gran falo articulado, que h ab ía
hecho el m ilagro de h acer concebir a las m u je
res estériles; no tenían m ás que tira r de la
cuerda p a ra le v an tar el falo. Luego de h ab er
visto todo cuanto allí se exhibía, salíase p er
suadido de que todas las religiones fueron a n i
m adas del mism o espíritu : im presionar y se
ducir a la ignorancia hum ana.
Antes de retirarnos, Feijóo, m e hizo re p a
r a r en una pied ra cu ad ra d a que, rodeada de
una verja, estaba en el centro de la capilla
como una de las reliquias m ás notables; en
ella había esculpida la hu ella de dos piés, la
tradicción decía que eran las señales que el Ci
vilizador había d ejad o im presas cuando se
apareció a sus discípulos p a ra exhortarlos a
la propaganda de sus doctrinas.
362
—
—
Al examinar las huellas tan groseramente
esculpidas sobre aquella piedra, asaltaron a
mi imaginación una série de pensamientos en
que comparaba las dos humanidades y me de
cía, que tanto una como otra estaban compues
tas de la misma m ateria; pues me convencí
de que los unos y los otros teníamos iguales
flaquezas y defectos. Me vino entonces el re
cuerdo de la capillita que, al borde de la via
Apia en Roma, veía siempre abierta cuando
por allí paseaba; su título era “Quo Vadis’A
Tenía en el medio de la capilla una especie
de mesa rodeada de una verja y en el centro
una piedra mostrando la impresión de los pies
del Salvador cuando se le apareció a San Pe
dro y San Pablo; pero con la particularidad
de que la huella se hallaba esculpida y no re
presentada la planta sino el dorso de los pies,
dentro de la piedra en bajo relieve con la co
rrea de la sandalia que la cubría, también en
bajo relieve. Yo me reí en aquel tiempo de la
mixtificación y de la falta — no diré del
gusto artístico de los curas, pero sí de la ver
dad—. Diez años más tarde volví a Roma,
se había publicado un romance con el título
“Quo Vadis” que puso en moda la leyenda,
y todas las veces que fui de paseo por la
vía Apia, en dos años y medio de perma
nencia, vi siempre la capilla cerrada. Pensé
que la curia eclesiástica para modificar la
tal piedra, habría mandado cerrar la capilla
para hacer olvidar la primera, y sustituirla
363
—
—
por otra con la plan ta de las sandalias o de
los pies, y no con el dorso de ellos como esta
ba en un principio.
Como ya fuese cerca del m ediodía, nos di
rigim os al albergue p a ra com er; h ab ía en lis
m ism as condiciones que nosotros, algunos
huéspedes que habían ido allí p ara visitar los
museos. Unos veinte m inutos antes de las ca
torce, el auto del albergue nos llevó al m useo
geográfico y de antigüedades, llegando antes
de abrirse el portón.
M ientras no h ab rían , nos entretuvim os en
exam inar los innum erables fragm entos que
se encontraban esparcidos fu era del edificio.
A la derecha de la p u erta estaban los restos
pertenecientes a un pueblo antiquísim o en que
la serpiente figu rab a como p rincipal en sus
concepciones, había ju n tam en te con las esta
tuas, partes o rnam en tad as de un tra b a jo gro
sero y prim itivo como ellas. Estos restos pro
venían de un pueblo que fuera próspero en
sus tiempos, pero que después abatió el suelo
y sus edificios quedaron debajo del agua, sien
do abandonados por sus naturales. Vea ahora
—me dijo F eijóo—los restos del otro lado de la
p u erta; pertenecen a un pueblo que había al
canzado un cierto grado de civilización, m as
que por un cataclism o quedó separado del res
to del m undo, y en su m ayoría retrocedió al
estado salvaje prim itivo. ¿Nó les en cu en tra
sem ejan za con los anteriores?
—Mucha, y hasta m e atrevería a decir que
364
—
—
por el carácter de las esculturas y de los o rn a
tos son pueblos del m ism o origen; precisarían
verse los caracteres de la escritura de ambos
paises p ara obtenerse una conclusión.
—Luego que entrem os en el museo, usted
podrá verificar en el gran m apa-m undi donde
se encuentran esos dos pueblos, y aun cuando
hoy se hallen separados por el Gran Océano,
puede presum irse que antiguam ente estuvie
ron ligados am bos continentes. El uno quedó
estacionado en su civilización p asad a; en cam
bio el otro que quedó separado del resto del
m undo, sus artes decayeron y la gran m ayoría
volvió al salvajism o.
—Es curioso lo que dice a propósito de esos
pueblos, y tiene m ucho parecido con lo que
en la T ierra pasó en México; del que sólo se
ocuparon los arqueólogos como nom enclado
res, y aun ninguno trató de hacer un estudio
com parativo de sus artes con las prim itivas de
los pueblos asiáticos p a ra averiguarles el
origen.
En esto estábam os, cuando abrieron el gran
p o rtó n ; nos introduj irnos en un am plísim o por
tal hacinado de fragm entos arquitectónicos y
vaciados. Veíanse restos de m onum entos de
pueblos antiquísim os que según Feijóo habían
dom inado a sus vecinos; pueblo cruel y ven
gativo y que h u b iera m edio de descifrar sus
inscripciones. El museo estaba adm irablem en
te organizado; todo allí tenía su traducción en
lengua vulgar, por ejem p lo : una colum nita
365
—
—
cubierta de inscripciones, tenia al lado otra
hecha en marmol con la misma inscripción,
en lengua vulgar, de manera que los estudiosos
podían apreciar el contenido. Todas las ins
cripciones lapidares tenían al lado la traduc
ción grabada en marmol en lenguaje marcia
no, de manera que aquel museo no precisaba
de catálogo ilustrativo.
— Vea esta inscripción en diorita— dice Feijóo— es una piedra durisima, al lado está la
misma inscripción hecha en marmol, más fá
cil de trabajar. Así nuestros sabios no preci
san estudiar las lenguas muertas como en la
Tierra; todo aquí está traducido y vertido a
la lengua universal.
Continuamos recorriendo las salas unas
después de otras, examinando las edades pa
sadas, todas con sus letreros explicativos al
pie. Luego estatuas colosales de reyes y de ani
males, unas y otras con sus letreros grabados
y con las inscripciones al lado en piedra blan
da o marmol. Al fondo de la mayor sala ocu
paba casi la pared entera una gran caria
geográfica en relieve.
— Llegamos ahora a la parte más impor
tante del museo; estos restos, los más intere
santes que nos legó la antigüedad, fueron en
contrados al hacerse unas excavaciones cerca
del gran templo. Los geógrafos suponen haya
sido hecha unos cuatro siglos después del gran
templo, para el servicio de la curia pontificia
y lo dicen con algún fundamento, por haberse
—
366
—
encontrado en las excavaciones del antiguo
palacio pontifical. Puede m uy bien calcu lar
se su antigüedad en cerca de un m illón de
años. Esa otra carta, un poco m ás pequeña,
que está al lado, es m ás reciente; tiene la frio
lera de unos diez m il años y fue puesta ahí
p ara el estudio com parativo.
Me puse con calm a a estudiar la carta com
p arando sus partes con las recientes y encon
tré grandes transform aciones. En la p rim era
los continentes, con relación a los m ares, esta
ban en la m ism a proporción que se h allan en
la T ierra, y en el segundo era lo inverso, las
islas del G rande Océano form aban un nuevo
continente y aquél se hab ía reducido m ucho.
Los continentes antiguos, en el m ap a m o d e r
no, en m uchos lugares estaban desconocidos;
por unos lados se hab ían extendido por los
m ares adentro y, por otros, continuaban como
estaban, en cuanto que algunos litorales se
h ab ían reducido.
—A hora re p a re —dice Feijóo—en el se g u n
do G ran Océano, entre esos tres continentes,
vea las corrientes m arin as y com pare con el
m oderno; las corrientes, unas se h an desviado
form ando m ares m editerráneos y otras q u ed a
ron reducidas a sim ples canales, en cuanto a
lo restante, quedó transform ado en tie rra fir
me. Pues bien, fíjese en aquel punto en el he
m isferio m eridional, allí es donde yo vivo, era
antiguam ente un puerto y ah o ra se en cu en tra
lejos del litoral, vea el recorrido que hicim os;
367
—
—
en el mapa antiguo era todo mar, en el moder
no es todo tierra, las com entes se desvían; la
corriente Norte Ecuatorial y la Sud Ecuato
rial, se corrieron, formando ese continente en
tre las dos, por donde hicimos el viaje en
auto. Ahora vea, tanto al Norte como al Sud
del continente recorrido, se formaron otros
grandes continentes; el uno al Norte, limitado
por la gran corriente Ecuatorial que se dirige
al polo y el otro por la corriente que viene
del polo Sud.
Feijóo me hizo reparar en el mapa el lugar
en que actualmente nos encontrábamos'; era un
mediterráneo. Vea, me dice, ese gran rio que
viene del Sud, la desembocadura, en el anti
guo, forma una curva saliente, en el moderno
es entrante y se fué a unir con aquella isla
que le queda al Norte, tapando todo el litoral
de la derecha.
Corriendo la vista para la izquierda y su
biendo un poco al Norte, había en el antiguo
una porción de islas y, más arriba, dentro de
las tierras, un m ar interior; en el moderno
aquel m ar bahía quedado reducido a la ter
cera parte de su largura y el estrecho por don
de desaguaba se había alargado considerable
mente; el grupo de islas que le quedaban al
Sud era todo tierra y el canal extendíase por
entre ellas. Más a Occidente, en la parte opiles
ta al territorio en que nos encontrábamos, ha
bía un m ar estrecho en el antiguo y en el
moderno se había cegado, quedando un pe368
—
—
queño golfo a su entrad a. La ciudad donde
nos encontrábam os, situada cerca del m ar, se
h allab a al presente dentro de las tierras y su
lito ral jstaba destinado a unirse con las islas
que le quedaban en frente. En la m ism a lati
tud, m ás a Occidente, se d ib u jab a un territo
rio en form a de piel de buey, con una línea
de islas que le quedaban al Este; en el m o
derno, las islas y el territorio form aban uno
sólo, y la parte N orte de este m a r in terio r
estaba destinado a desaparecer.
Del estudio hecho en aquellos dos m an as
saqué una consecuencia, que, en m i im a g in a
ción podría aplicarse a la T ierra; andando
los años los grandes m ares serán continentes
y las corrientes m arinas fo rm arán m ares m e
diterráneos o sim ples canales; debido a que
las aguas, en el transcurso del tiempo, están
h ad ad as a dism inuir de volum en.
T am bién hallé curioso y llam é respecte a
ello la atención de Feijóo, ver algunos ríos
caudalosos en el m apa m oderno h ab er hecho
m udanzas im portantes en sus cursos, en cu an
to que los canales m arítim os, con poquísim as
diferencias, h ab ían conservado la dirección
de las antiguas corrientes. A esta observación
él m e respondió:
—Eso es debido a que los cursos de los
ríos sobre el suelo del p laneta son superficia
les y pueden cam biar de dirección por cu al
q u ier accidente, en tanto que en los m ares no
se d a el mismo caso, porque las corrientes m a369
—
—
riñas corren a una gran profundidad y obede
cen a la configuración de la misma costra del
planeta.
No me detuve más tiempo a estudiar las
transformaciones que se habían operado en la
superficie del planeta. Feijóo, al que no inte
resaban estos estudios, me llevó para otra
sala; en el camino fué diciendo, que el pla
neta respiraba como los individuos, sólo que
en éstos, la inspiración y espiración se hacía
en cinco segundos, mientras que en el pla
neta podría llevar muchos años.
Entramos en la sala de las cerámicas, re
pleta de vasos de todos los países y razas y
de todos gustos y tamaños, unos colocados en
el suelo, otros sobre anaqueles a lo largo de
las paredes, todas curiosas e interesantes por
la gran variedad de formas y riqueza de deco
raciones que las ornamentaban. Después en
tramos en otra sala en donde se encontraban!
toda especie de cerámicas primitivas, desde el
vaso de barro simple sin ornato alguno, hasta
los vasos ornados de dibujos rectilíneos y los
de curvas ya más graciosas mostrando los pri
meros albores del arte.
— Vea— me dice Feijóo— esa colección de
vasos de la derecha al extremo de la sala y
los otros que le quedan en frente del otro lado,
mire bien y dígame si les encuentra alguna
diferencia.
— Confieso— respondí—que tanto los unos
como los otros, me hacen el efecto de proceder
370
—
—
del mismo origen.
— Pues bien—replicó—desde la mitad de la
sala hasta el fin de ella, son vasos primiti
vos de un pueblo que llegó al más alto grado
de cultura artística y los que están del otro
lado son del pueblo cuyos restos hemos visto
a la entrada del museo, de aquel pueblo que
por un cataclismo quedó separado del resto
del mundo y cuyo aislamiento le hizo perder
su civilización.
Acabé entonces por convencerme, de que
el hombre primitivo—excluyendo las razas in
feriores—era igual en todas las partes del
mundo; en su infancia jugaba como los niños,
sus ideas eran inocentes, sus procesos rudi
mentarios, sólo andando los tiempos por la
evolución se perfeccionaba, m ejoraba sus pro
cesos pacientemente, y con el correr de los si
glos, iba subiendo la montaña de los humanos
conocimientos.
—
371 -
CAPITULO XVI
PASEO POR LA ANTIGUA CAPITAL DE LAS ARTES
Historia de la ciudad contada de los tiempos
presentes para los pasados. - Llegada al antiguo mu
nicipio. - Vista de la vieja plaza pública y fin.
Como nos hubiesen fatigado las visitas he
chas a los museos el día anterior, resolvió Feh
jóo, antes de ir a ver los museos de escultura,
que se hallaban esparcidos por diversos edi
ficios, dar en aquella mañana un paseo por la
ciudad, en dirección al antiguo municipio. El
camino que tomamos era el más ancho de los
que atravesaban la ciudad, por ser el antiguo
lecho del río. Este había sido desviado por el
Sur a fin de sanear una región pantanosa, di
rigiendo las aguas por entre los pantanos, para
llevarlas al mar. Al mismo tiempo había per
mitido excavar el fondo del antiguo río, don
de esperaban encontrar algunos objetos de
valor, que la tradición decía habían sido arro
jados con ocasión de las grandes invasiones
que asolaran la ciudad. Las excavaciones se
hicieron, pero los objetos de valor no fueron
encontrados. Por donde caminábamos se des
cubrían a derecha e izquierda, las márgenes
cubiertas de ruinas. A medida que íbamos
avanzando, Feijóo explicaba lo que eran para
satifascer mi curiosidad. Vea, me dice, el mon
tículo que aparece a nuestra izquierda; ahí
ya existieron varios teatros, varios circos y
—
372
—
prim itivam ente fue el mausoleo del prim er
em perador. Luego, un poco m ás adelante, a
n u e stra derecha, encontrábanse otras que da
ban idea de antigua fortaleza. Aquéllas, dijo,
son los restos del m ausoleo del em perador a r
tista. Sintiéndom e intrigado y curioso por
conocer la historia de aquel pueblo, roguéle
m e la contase. El accedió, como siem pre, a
m i deseo, advirtiéndom e que lo h aría p artien
do de los tiem pos presentes p a ra los pasados.
Antes quiso hacer un juicio general sobre la
historia p riv ad a bajo el punto de vista psíqui
co, que hallé de veras interesante.
—La historia, caro amigo, ha sido siem pre
el reflejo de las pasiones, vicios y flaquezas de
la hum anidad, y d e ja ría de ser h u m an a si no
cayera en los mismos defectos que ella. T an
to la una como la otra, pueden sintetizarse en
la vida p articu la r de las fam ilias: El padre
tra b a ja , se afana, econom iza p ara acum ular
fortuna, que, naturalm ente, d eja a sus hijos.
Estos ya no tienen las buenas cualidades del
p ad re; son gastadores, viciosos, derrochan y
m algastan la fo rtuna del padre, dejando ñor
patrim onio a sus herederos la m iseria, el ham
bre y la falta de hábito del trab ajo . Los nie
tos se ven, pues, en la necesidad de vivir de
expedientes o van a im p lo rar la protección
de algún amigo de su padre. En la vida de
todos los pueblos, ha habido los tres estados
típicos, parecidos a los que pasan sep arad a
m ente en las fam ilias. Prim eram ente, los pue373
—
—
blos que colonizaban un país, trabajaban pa
siblemente luchando con los elementos natu
rales y cuando éstos fueron dominados y al
canzaron el bienestar ambicionado, viene el
segundo estado, la riqueza. Hallan la casa de
sús mayores pequeña y elevan palacios, quin
tas de recreo y todos los refinamientos que la
riqueza puede procurar. En este estado social
las ambiciones crecen, la envidia y el deseo
de poseer fortuna se generaliza, la mayoría
vive disgustada y a la menor ocasión, por el
más leve motivo, estallan las guerras civiles
que consumen en poco tiempo la fortuna acu
mulada, dejando a todos empobrecidos. Re
presenta esto, el segundo estado de la familia
que llevo puesto como ejemplo. Luego llega
el tercer estado de miseria, en el que los hom
bres, cansados de luchar, se entregan en bra
zos del más osado y astuto, que se apodera del
mando y mete a todos en cintura. Estos tres
estados sociales se han repetido desde que el
mundo es mundo y se repetirían entre nos
otros si no hubiéramos establecido el régimen
anormal de cinco años, que calma a unos, des
contenta a otros y cansa a todos, volviendo
los pueblos a entrar alegremente en la nor
malidad.
Esta ciudad fué fundada por una colonia
de labradores de carácter altanero y reñidor
que, en los primeros tiempos, cultivaron la
campiña que los rodeaba, hoy casi en su tota
lidad desierta. Después, no contentándose con
374
—
—
lo que tenían, guerrearon hasta conseguir do
minar los países vecinos. Y cuando se consi
deraron fuertes saltaron por las fronteras y
fueron a conquistar las naciones, muchas de
ellas lejanas, acabando por dominar el mundo
conocido. Sus conquistas no produjeron bue
nos resultados, pues las riquezas arrancadas
a las naciones vencidas sirvieron para perver
tir sus costumbres, antes patriarcales, las am
biciones desencadenadas produjeron una serie
de guerras civiles que terminaron por horren
das dictaduras, viniendo por último el Im
perio.
Ya he dicho a usted cómo esta ciudad fué
un centro religioso importante, antes había si
do el centro y capital del mundo, y en los
tiempos precursores de las grandes reformas
que nos trajeron la unidad nacional, fué un
país republicano con un monarca en la presi
dencia. La historia de esta antiquísima ciudad,
contemporánea de las más famosas del mun
do, desaparecidas mucho antes que ella, puede
ser dividida en tres grandes períodos: El De
mocrático, que duró cerca de tres siglos1 el
Teocrático, que tuvo de duración trece siglos, y
el Aristocrático, que duró otros tantos.
Sobre los tiempos modernos no me deten
dré; ya ayer le indiqué alguna cosa a ese respecto, sin embargo, será bueno decir, para
mejor entendimiento, que cuando el mui do
marciano realizó su unidad política, continuó
esta ciudad siendo capital de esta nación. Pero
375
—
—
sucedió que, como este país estaba compues
to de pueblos de diversos orígenes que se ha
bían unido para ser una nación fuerte y poier
hacer frente a las otras, cuando se constituyó
la unidad marciana dejó de existir aquel pe
ligro. No se contentaron con ser constelacio
nes, pretendiendo ser naciones separadas. Arfemás, las cuatro o cinco naciones que depon
dían de este centro, tenían capitales tan im
portantes como lo era ésta y se disgregaron
para no depender de ella. Esta ciudad, cuyo
territorio era el menor de todos, quedó redu
cida a simple municipio y su decadencia no
se hizo esperar; viviendo reducida a sus pro
pios recursos. Por otra parte, la campiña aue
la rodea era malsana y el Ejército Agrícola,
por más que se ha esforzado, no pudo destruir
el subsuelo constituido por una capa bitumi
nosa que impide la evaporación de las aguas,
produciendo fiebres que atacan a los morado
res y a todos los que se retarden en entrar
después de ponerse el Sol. Esto y el dejar de
existir el centro religioso que aquí funciona
ba, fueron los motivos por los cuales esta ciu
dad filé poco a poco abandonada. La campiña
quedó destinada a pastorías y sus habitantes
huyeron a lugares más altos para conservar la
salud.
Durante el período Democrático, fué esta
ciudad la capital de todas las regiones actua
les reunidas bajo la dirección de una familia
reinante. Por aquel entonces intentaron agran—
376
—
d a r esta capital p a ra ver si la restablecían a
su antiguo esplendor; desenvolvieron las cons
trucciones edilicias a fin de a tra e r a los fo ra s
teros de las provincias, p a ra que se estable
cieran en ella. Pero, por m ás que se esfor
zaron, no consiguieron p asar del m edio m illón
de habitantes; continuando en esta pro p o r
ción, tanto en los prim eros como en los últi
mos tiem pos de la unid ad nacional.
Antes del periodo D em ocrático, estos p aí
ses estaban constituidos po r siete Estados go
bernados por el poder absoluto. Uno de ellos,
situado al Norte, tuvo p rim ero la idea de m i r
los a todos en uno solo, realizando con esto
u n a aspiración secular de estos pueblos, cuya
flaqueza provenía de su m ism a división. P ara
em pezar la obra dió una constitución liberal
a su pueblo, que poco después los otros E sta
dos se vieron en la necesidad de secundar.
Los patriotas de las otras naciones se volvie
ron hacia aquel rey que se h abía m ostrado
lib eral y patriota, e hicieron una cam p añ a se
creta, pero activa, p ara ayudarlo.
No se consiguió sin efusión de sangre la
unión de estos pueblos. Al principio, el rey
p rom otor de la idea se m idió con un gran
im perio que poseía parte del N orte del país
en calidad de feudo; pero de las dos ten tati
vas se salió m al y tuvo que abdicar en fa /or
d e su hijo. Este, m ás astuto y político, se b'gó
en la p rim era ocasión a otro im perio y, once
años m ás tarde, ayudado por el im perio ami~
377
—
—
go, vengó las derro tas que el otro había infli
gido anteriorm en te a su padre.
Con las victorias obtenidas, el rey iniciador
de la unión, aum entó otro tanto sus posesio
nes; poco tiem po m ás tard e pudo anexionar
un reino, el m ayor de todos, situado al Sur,
que virtualm ente com pletaba la unión de elfos
pueblos. F altab an aun los territorios depen
dientes de esta capital, centro del poder teo
crático. Como la diplom acia veía con malos
ojos esta unión, por englobar en sus aspiracio
nes los Estados pertenecientes a la religión
del Civilizador, los patriotas bu rlaro n aquella,
dejando a la iniciativa po p u lar el encargo de
realizarla. A este fin los pueblos se fueron su
blevando unos tras otros y por medio de ple
biscitos fueron confirm ando su voluntad de
pertenecer a la unión; quedando, por último,
confinado el poder tem poral del Sumo Sacer
dote, a esta ciudad.
F altab a p a ra com pletarse la unión un Es
tado al Norte, dependiente del im perio antes
derrotado, y esta ciudad que todos am biciona
ban fuese la capital del nuevo reino. Una gue
rra surgida inopinadam ente siete años m ás
tarde, p re p a ra d a por m edio de una alianza
con una nación fuertísim a p a ra com batir al
enem igo secular, en poco m ás de un m es de
lucha dió a esta nación el territorio que f a lta
ba. La capital no podía conquistarse porque
las naciones que obedecían a la religión del
Civilizador, habían puesto en ella una g u ar378
—
—
nición p a ra contener los desm anes del pueblo.
Pero circunstancias im previstas, perm itieron
cuatro años más tarde, p ro clam arla capital de
la nación.
El Sumo Sacerdote, cuando se vió despo
seído del poder tem poral, vivió fingiéndose a
la faz del m undo prisionero m á rtir; los pue
blos lejanos, en un principio, le dieron crédi
to, pero luego se convencieron de la mistifica
ción. Su poder espiritual quedó con las honras,
inm unidades y g aran tías de un soberano El
cuerpo diplom ático acreditado cerca de él, go
zaba de las m ism as regalías que el cuerpo i r
plom ático que estaba cerca del jefe del Es
tado. Mas él no se conform ó, como tampoco
sus sucesores; la p érd id a del poder tem p o ral
era su golpe de m uerte.
D uran te muchos años, el rey p atrio ta aue
h ab ía realizado la unión y a quien el pueblo,
por am or y agradecim iento le apellidó el
Grande, gobernó dem ocráticam ente. Su adm i
nistración fué benéfica, el país próspero, des
envolviéndose la in d u stria y el comercio. Sus
sucesores lo im itaron ; gobernaron con sa
b id u ría y justicia, estudiando las causas de los
clam ores del pueblo, haciéndose m ás de n ía
vez los paladines de la causa pap u lar. F ueron
tan dem ócratas y am antes de su pueblo, que
se les llegó a llam ar los presidentes de una
rap ú b lica que no tenía de reino m ás que el
nom bre. Y aquella fam ilia se conservó en el
poder, hasta que las reform as sociales y po~
379
—
—
líticas surgidas en este continente, dieron fin
a las instituciones, arrastran d o a estos pueblos
en el oleaje de la revolución que nos h a traído
al estado actual.
El período Teocrático h a tenido de d u ra
ción once siglos, y d u ran te ese tiem po los je
fes de la religión del C ivilizador desem peña
ron el poder tem poral como soberanos. Este
período puede ser dividido en tres épocas: La
prim era, desde la pérdida del poder tem poral
hasta la construcción del gran tem plo; la se
gunda, desde la construcción del gran tem
plo hasta la lucha del sacerdocio con los po
deres políticos, y la tercera, desde estas luchas
h asta el establecim iento del poder tem poral
y corrucción del clero.
La p rim era época que sigue in m ed iatair en
te al período dem ocrático fué la m ás b rillan te
que tuvo la Iglesia. Convencidos los pontífices
de que no les era perm itido lu ch ar m ás con
los poderes tem porales del m undo, em plearon
sus energías en el desenvolvim iento del cuito,
cu id ar de sus intereses personales y h acer la
vida intelectualm ente m ás bella. E m pezaron
po r su casa, construyendo un ám plio palacio
p a ra m orada propia y llam aron a los m e jo re s
artistas de su tiem po p ara decorarlo. Al m is
mo tiempo, em prendieron la construcción d el
gran templo, que debería reu n ir cu alid ad es
superiores a todos cuantos basta allí se h a b ía n
fab ricad o : Que tu v iera la cualidad de exce
derlos a todos en tam año, que por sus m a te 380
—
—
ríales, m árm oles y alabastros, fuese el má&
fastuoso. Llam aron a los m ás célebres arqui
tectos y los encargaron de d ib u ja r las plan
tas, y una vez dibujadas, discutidas y m ejo
rad as éstas, em pezaron la edificación. Después
encargaron a los escultores m ás notables el
esculpir las estatuas que habían de o rn am en tar
el templo.
Como p ara llevar a térm ino estos trab ajo s
con ta n ta suntuosidad, no llegasen las rendas
de la Iglesia, echaron m ano de un recu rro :
la venta de indulgencias y la rem isión de los
pecados por dinero. E ncargaron de aquella mi
sión a una orden de frailes que iba por el
m undo ad elante predicando y recogiendo los
donativos. Pero sucedió que otra orden, ceVasa
de que no le hubiesen dado aquel encargo,
atacó la eficacia de las indulgencias y el modo
de venderlas. Los ánim os se exaltaron y de
uno en otro argum ento llegaron a poner en
d u d a algunos m isterios de la religión, im po
niéndose, como consecuencia, su reform a
El jefe de las ideas reform istas proponía
una solución, la cual decía que p ara refo rm ar
la iglesia y tra e rla a su form a prim itiva, se
h acía necesario despojarla de las riquezas que
poseía, apoderarse de los dominios eclesiásti
cos y secularizarlos.
Esta doctrina filé abrazada con entusiasm o
po r los soberanos del Norte, que vieron en esto
un m edio de enriquecerse y de au m en tar su
au to rid ad teniendo al clero bajo su depen381
—
—
dencia.
El poder espiritual de la Iglesia se estre
meció algo con aquellas querellas, mas no im
pidieron estas disensiones continuar la edifica<úón del templo. La época era propicia pera
los descubrimientos, tanto geográficos, como li
terarios y artísticos. Los hombres vivían preo
cupados con el deseo de saber. Las excavacio
nes que aquí se hacían ponían diariamente
al descubierto nuevas obras de arte de las
pasadas edades, que causaban admiración a
profanos y artistas. Las formas esculturales,
tan perfectas, despertaban en todas las clases
el gusto del desnudo y el culto apasionado de
la forma, expresada por la escultura anticua
(la que luego iremos a visitar).
Este mismo espíritu de lo bello escultural
penetró en la Iglesia; la escultura de las imá
genes que servían al culto, hasta allí escuáli
das y enjutas de forma, que daban idea de
espíritus vestidos, trocóse en una escultura ro
busta y bella. El paganismo, o sea la religión
anterior, invadió los campos artístico y reli
gioso. Uno de los mayores artistas que había
trabajado en la construcción del templo, en
cargado de pintar en la capilla del palacio
el último día del mundo, pintó al Civilizador
cual un dios del Olimpo pagano, totalmente
desnudo, amenazador y terrible, rodeado de
la corte de santos, santas y profetas, también
desnudos. Fué la más típica expresión de
aquellos tiempos, el atrevemiento más grande
382
—
—
que artista alguno h ab ía hecho; resu citar den
tro del palacio del je fe de la Iglesia el culto
del desnudo, tenido por aquella religión como
indecente.
P asad a aquella época de arte, construccio
nes y resurgim iento de las pasadas civiliza
ciones, la Iglesia vegetó, envolviéndose en sus
tradiciones y n ad a notable aconteció. Sólo poco
antes de perder el poder tem poral, pensaron
en hacer la unidad nacional poniendo el Pon
tífice a la cabeza; pero no supo o no quiso
ap rovechar la ocasión. Además, precisaba
a b ra z a r las ideas dem ocráticas y d e sp re n d e r
se del absolutism o, lo que era dem asiado exi
gir p a ra quien represen tab a los poderes tem
porales del m undo como siendo una em ana
ción del mismo Dios.
Continuó Feijóo describiéndom e la época
segunda, la m ás borrascosa que hab ía tenido
la Iglesia, por in ten tar refo rm ar las costum
bres corrom pidas del clero y p reten d er el pre
dom inio del poder espiritual sobre los tempo
rales del m undo. En estas luchas, dijo, sufrió
la Iglesia alternativas que unas veces la ele
varon y otras re b a ja ro n su poder. Los sobera
nos, por su parte, hicieron oposición a las exi
gencias de los pontífices, acabando por red u
c ir sus poderes a los lím ites de sus Estados.
E n m edio de estas disensiones se p ro d u jo un
cism a que dividió la Iglesia en dos; una en
Occidente, cuya capital fué ésta, y otra en
—
383
—
Oriente, que se estableció en la cap ital de un
Im p erio. En los últim os tiem pos de esta época
se eligieron dos pontífices que dividieron el
poder espiritual, gobernando uno aquí y otro
en una nación vecina. Esta separación duró
tres cuartos de siglo, y durante ese tiempo los
pueblos gozaron de m ás libertad y algunos
espíritus esclarecidos pudieron desenvolver
ideas nuevas, contrarias a las que dom inaban
en aquel entonces.
Poco se detuvo en la tercera época; de
paso, me dijo, que al propio tiem po de a d
q u irir la Iglesia el poder tem poral, la corrup
ción llegó al extrem o de nom brar un papa de
doce años. Siguió hablando de aquellos tie m
pos de corrupción en que los beneficios se ven
dían; y luego pasó a h ab lar del período A ris
tocrático, que dividió en Gtras tres épocas:
Im p erial, R epublicano y Real.
Entró a h ab lar de la época Im p erial, h a
ciéndom e una descripción de los buenos y ma*
los em peradores, deteniéndose m ás extensa
m ente sobre el fu n d ad o r del im perio. Este,
dijo, h abía tenido el p articu lar tino de m os
tra r poco apego al poder y de haberse ser
vido, en todas las ocasiones difíciles, de am e
n a za r retirarse a la vid a p riva d a ; lo que siem
pre producía una reacción en su fa vo r; esta
subterfugio ha sido im itado tiem pos después
p or la m ayoría de los políticos, en todas las
antiguas, naciones.
—
384
—
Extendióse después sobre la época Repu
blicana, que había tenido períodos ilustres,
pero en los últimos tiempos, debido al exceso
de riquezas aportadas por las conquistas se
ocasionara la corrupción en las costumbres
del pueblo, y por más esfuerzos que intenta
ran algunos patriotas influyentes, las perver
sas tendencias del pueblo no pudieron ser co
rregidas, cayendo en la Dictadura y como fa
tal consecuencia viniera el Imperio.
Antes del Imperio y de la República había
existido la época de los Reyes, cuyos orígenes
se perdían en la noche de los tiempos, y cu
yos pormenores iba a relatarm e cuando jC
apercibió que llegábamos a la vieja colina
donde estaba asentado el antiguo municip o.
Nos detuvimos unos instantes en la contem
plación de aquellas cercanías; Feijóo llamó mí
atención para unas grandes ruinas que se
veían a alguna distancia delante de nosotros.
—Ese, me dijo, fué el monumento con
memorativo del gran rey que inauguró el pe
ríodo Democrático y realizó la unión de estos
pueblos.
Ahora, añadió, ya estamos caminando so
bre la vieja colina; por este lado el terreno
ha crecido tanto que casi está al nivel del
suelo, en ella estaba situado el municipio, ac
tualmente museo. La estatua ecuestre que apa
rece en medio de aquellos edificios es del em
perador filósofo; aun se conserva intacta, gra—
385
—
cias a la cubierta que le pusieron para pre
servarla de la intemperie, cuando se han
apercibido de que el bronce se iba gastando.
Estas pocas escaleras que conducen a la pla
za o explanada, descendían antiguamente al
pie de la colina, hoy casi desaparecida. Por
ahí pasaban los triunfadores trayendo en pro
cesión el botín robado a los pueblos vencidos,
con los prisioneros y jefes que venían ligados
delante del carro del vencedor. Los prisio
neros, después de figurar en la ceremonia del
triunfo, eran llevados al mercado, que se en
cuentra al otro lado (que luego veremos) para
ser vendidos como esclavos; a los jefes los
decapitaban al llegar al pie de la escalera,
en cuanto el general victorioso subía al tem
plo a dar gracias a los dioses.
Entramos momentos después en la plaza;
vi la estatua ya bastante gastada, en algunas
partes de la barriga del caballo mostraba in
dicios de haber sido en sus tiempos dorada.
Luego, a nuestra derecha, se encontraba uno
de los museos de escultura; apercibimos a su
entrada los fragmentos de un pie y un brazo
colosales de gran perfección. Sin detenernos,
dirigímonos al palacio del municipio, subimos
la escalinata y, sin reparar en los restos que
yacían a uno y otro lado del vestíbulo, nos en
caminamos al fondo del edificio para apreciar
el mercado, teatro de tantos acontecimientos
que habían conmovido al mundo. Desde allí
veíanse ruinas de templos, basílicas, arcos
—
386 —
triunfales, etc.; trepé a la base de la columna
ta para apreciar mejor; me acometió un vertigo, perdí el equilibrio y...
FIN
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