Los trabajos del infatigable creador Pío Cid. Tomo I

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Madrid

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Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Juan Pueyo
Lugar de publicación
Madrid
Idioma
Español
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1928
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1

A N G E L J GA NI V E T
O B R A S
V olum en


Mï pMfí

C O M P L E T A S

I .— Id e a r i u m
II.— L a

C o n q u ist a

M aya

po r

ta d o r

I I I .— L o s

-í-^f

E spañ ol

e l ú l t im o

espa ñ o l

t r a b a jo s

d el

I V .— L o s t r a b a j o s
c rea d o r




V I.— G r a n a d a

d e

I X .— E s t a ñ a
kánea

E sta s

d el

I

in f a t ig a b l e

d e

su

A l m a (d r a -

la

bella

V IL — C a r t a s f i n l a n d e s a s

v e n ir



in fa t ig a b l e

m íst ic o )

V III.— H o m b r e s



c o n q u is -

P í o C i d . — T o m o II

V .— E l e s c u l t o r
m a



d e

P ío C id

P ío C i d . — T o m o

crea d o r

'|Á í|A ^G !si:v.>

R e in o

d el

d el

Norte

el p o r -

E spañ a

f il o s ó f ic a
y

y

o t r o s

c o n t e m p o -

t r a b a jo s

X .— E p is t o l a r io
o br a s

s e v e n d e n en t o d a s l a s l ib r e r ía s

P e d id o s
V ic t o r ia n o

S uárez,

a

la s

d e

P r e c ia d o s ,

48,

y

F r a n c is c o B e l t r á n , P r ín c ip e , 1 6 .— M a d r id
--------- ---------- ----------------------------------------------- -----------— -------------------

OBRAS COMPLETAS DE

ANGEL GANIVET
111

LOS

T R A B A J O S

DEL INFATIGABLE CREADOR

PIO

CID

T omo I

ANGEL CANIVET
OBRAS

COMPLETAS

I.—Ideariuai E spañol (traducido
AL ALEMÁN)
II.—La C onquista del Reino de
Maya por el último conquis­
tador español Pío C id
III. —Los TRABAJOS DEL INFATIGABLE
creador Pío C id .—T omo I
IV.—Los trabajos del infatigable
creador Pío C id .—T omo II
V.—E l escultor de su Alma ( dra­
ma místico)
VI.—G ranada la bella
VIL—C artas finlandesas
VIII.—Hombres del Norte y el por­
venir de E spaña
IX. - España filosófica contempo­

Volumen








ránea y otros trabajos

X, - E pistolario

ANGEL GANIVET
OBRAS COMPLETAS, VOLUMEN III

LOS T R A B A J O S
DEL INFATIGABLE CREADOR

PIO

CID

T omo I

M A D R I D
FRANCISCO BELTRAN
LIBRERÍA ERP a S O L A Y EX TR AN JER A

PRINCIPE,



VICTORIANO SUAREZ
L I B R E R Í A

G E N E R A L

PRECIADOS, 4 8

li

ES

PROPIEDAD

DERECHOS R E S E R V A D O S
COPYRIGHT

ANGEL

1928

BY

GANIVET

r- M A D R I D





LOS

T R A B A J O S

DEL INFATIGABLE CREADOR

PIO

CI D

T omo I

TRABAJO PRIMERO
Pío Cid intenta desasnar a unos estudiantes.

En una modesta casa de huéspedes de la calle de
Jacometrezo vivía Pío Cid cuando le conoció mi
amigo Cándido Vargas, de quien lie recogido las
escasas noticias que tengo sobre los primeros años
de vida madrileña del original protagonista de esta
instructiva historia. Yo le conocí algunos años des­
pués, y me interesó tan profundamente la rareza,
con visos de genialidad, de sus dichos y hechos,
que formé el firme propósito de estudiarle de cerca
para satisface) mi curiosidad de novelista incipien­
te y utilizarle en una obra de psicología novelesca al
uso, que me quitaba entonces el sueño y el apetito.
Por fortuna mía, la amistad que, andando el
tiempo, llegó a unirme con Pío Cid fué tan íntima,
tan desinteresada y tan fraternal, que, aun supues­
to que yo no me hubiera arrepentido de mi deseo
de ser escritor a la moderna, nunca hubiera tenido
la avilantez de emplear en esta historia de mi des­
graciado amigo los procedimientos literarios que
las escuelas en boga preconizan. No merece, en

ÁNGEL GANIVET

verdad, mi amado héroe que se le observe, anali­
ce y maltrate como a un conejo o rata de Indias,
en los que el frío y descorazonado vivisector ensa­
ya sus venenos; merece, al contrario, que se le
ame y se le saque a la luz pública para universal
enseñanza, como ejemplo de un hombre que vivió
muy humanamente y que con humanidad debe de
ser juzgado. Esta historia será, pues, una biografía escrita con am or; un retrato moral exacto en
lo que afirma y piadoso en lo que encubre, que será
todo lo que el original tuvo de censurable. \ aun
sospecho que muy poco he de encubrir, porque los
numerosos disparates que mi amigo cometió lo fue­
ron sólo en apariencia, y dejan de sello Cliando se
los mira en el conjunto de su extraña vida, con
los ojos con que él, al realizarlos, los miraba; tuvo
momentáneos desfallecimientos y dió grandes caí­
das, como hombre que era, y tampoco esto se ha
de ocultar, porque realza la humanidad de su ca­
rácter y de sus obras; en suma, sólo he de guardar
reserva sobre aquellas acciones que, por arrancar
de los bajos instintos materiales, descomponen y
afean la noble figura humana.
Aquella malsana curiosidad mía fué, sin embar­
go, provechosa, porque me movió a conocer a Pío
Cid V a averiguar muchos misterios de su vida que,
sin mi diligencia, hubieran quedado ocultos, y, por
último, a convencerme de que aquel hombre que
yo había tomado por extravagante o estrambótico
era el prototipo de la sencillez admirable y de la
noble naturalidad. Que la virtud del esfuerzo de la
inteligencia se reconoce, entre otras muchas seña­
les, en la purificación de nuestro espíritu, el cual

I-OS TRABAJOS TJR PÍO CID

9

comienza a veces a ejercitarse con intención dañada
q malévola, y conforme avanza en su tortuoso cami­
no va distinguiendo claramente lo innoble de su
proceder hasta concluir por el arrepentimiento; de
suerte, que el trabajo que dimos en la sombra sale
a luz de pronto, transformado y corno transfigura­
do por nuestra tardía bondad, más fecunda, de
cierto, que la bondad temprana de aquellos que nun­
ca sufrieron la atracción del mal y nunca sintieron
tampoco el inefable contento de descubrir el bien
como tesoro escondido y de regocijarse con él como
con hallazgo inesperado. Así, esta historia, con­
cebida con ánimo de arrojar a la voracidad públi­
ca los más íntimos secretos de un amigo confiado,
se transfiguró al calor de la amistad y de la con­
fianza en algo semejante a un legado piadoso, his­
toria escrita para cumplir un deber de concienciael de dar a conocer a quien poseyó la suma gran­
deza humana y vivió oculto en una envoltura hu­
mildísima, y murió sin molestarse en que le cono­
cieran sus contemporáneos.
Porque una de las rarezas de Pío Cid, que más
que rareza parecía cumplimiento obstinado de algún
voto solemne, consistía en rehuir la conversación
siempre que se le preguntaba algo de su vida. No
daba explicaciones ni dejaba entrever recuerdos do­
lorosos, ni excitaba la curiosidad con estudiadas re­
servas , su silencio era despreciativo, acompañado
de encogimiento de hombros, y se podía interpre­
tar de varias maneras: «Me incomoda hablar de
mí mismo.» «A mí no me ha ocurrido nunca nada
de particular.» «No nos demos tanta importancia,
habiendo, como hay, cosas más interesantes en que

10

ÁNGEL GANIVET

fijar la atención» o bien, en sus momentos de apa­
rente misantropía: «Déjeme usted en paz.» Todo
esto y mucho más lo decía sin decirlo, con los ojos,
con los que solía hablar más que con la boca, salvo
en las raras ocasiones en que su locuacidad reteni­
da se desataba y se desbordaba en un hablar rápi­
do y penetrante, en el que las ideas originales salían
a borbotones y se despeñaban como manantial que
brota entre las rocas de un alto tajo. Pero ni en sus
arranques más fieros de verbosidad rompía su na­
tural reserva tocante a su persona; sus ideas eran,
como él decía, ideas puras, humanas, no persona­
les; según él, la idea personal es inútil y ocasiona­
da a trastornos en quien la tiene, y más aún en quien
la conoce, la acepta y la practica. Hay que dejar
dormir esa idea primitiva para que ahonde en el
espíritu del que la concibió, para que lo que era
esencia de una impresión fugaz se convierta en
substancia de nuestra propia vida, en idea humana
fecunda en todos los hombres que la reciben. La
causa de los males de la humanidad es la precipi­
tación : el deseo de ir de prisa rigiéndose por ideas
en flor. Así, las flores se ajan y los frutos nunca
llegan.
Comprenderá el amable lector lo difícil que ha de
ser a un historiador o novelista habérselas con un
héroe de tan repelosa catadura. Un hombre que no
suelta prenda jamás, un arca cerrada como el pro­
tagonista de esta historia, es un tipo que parece
inventado para poner a prueba a algún consumado
maestro en el arte de evocar en letras de molde a
los seres humanos. Mi obra no es una evocación,
sino una modesta relación de un testigo de presen-

LOS TRABAJOS DE PIO CID

11

c i a ; pero u n hom bre que, si no ocultó su vida, no
dió a nadie noticias de ella, dejando a los curiosos
el cuidado de escu d riñ arla, no es posible que sea
enteram en te conocido y justificado. Mucho me temo
que, a p esar de mi buena voluntad, el m a la v e n tu ra ­
do Pío Cid ten g a que su frir la pena postum a de no
ser com prendido o de que le tom en por engendro
fantástico y absurdo, fundándose en lo incongruen­
te de mi relato, que no ab ra z a toda su vida, sino
varios retazos de ella, zurcidos por mí con h o n ra ­
dez y sinceridad, pero sin arte.
La p rim e ra an o m alía que no está en mi m ano re ­
m ediar, la h a lla rá el que leyere cuando vea a p a re ­
cer al p ro tag o n ista frisando en los c u a re n ta años
y rep resen tan d o algunos m ás, y no sepa a ciencia
cierta qué se hizo de él d u ran te esos largos años de
obscura existencia. Los am igos decían que Pío Cid
era de fam ilia bien acom odada y quizás noble, pero
venida a m enos y obligada por la d u ra necesidad
a esconderse en u n pueblo de la costa de G ranada,
en donde te n ía n los Cides su casa solariega. El
joven, que e ra hijo único, siguió estudiando leyes
en G ranada, y u n a vez term in a d a la c a rre ra se en­
cerró en el pueblo con sus p ad res y allí pasó los
años vegetando, como caballero pobre y que se re ­
siste a doblar la r a s p a ; a lo sum o d ed icaría sus
ocios a leer libros y a cu ltiv ar las m usas, pues sólo
así se explicaba su vasto y en m arañ ad o saber y la
facilidad con que com ponía versos en todos los m e­
tros y rim as conocidos y en algunos de su propia
invención. Se le tenía por re fra c tario al am or, o,
cuando menos, al m atrim o n io : así, vivía apegado a
sus padres, \ cuando éstos ie faltaro n , se halló solo

12

ANGEL GANIVET

En medio del mundo, y acaso deseoso de dejar la es­
trechez de su pueblo y olvidar sus tristezas en la
agitación de la corte, adonde vino, en efecto, con
una credencial en el bolsillo, ya que lo mermado
de sus rentas no le permitía, según parece, vivir sin
empleo y con entera independencia, como hubiera
sido su gusto. No podía ser más vulgar su historia:
un hombre inteligente, pero desilusionado e inca­
paz de hacer nada; extravagante más por falta de
sociedad que por sobra de talento; con varias apti­
tudes que hubieran sido útiles a una persona activa
y discreta, y que a él no le servían más que para
perder el tiempo y distraer a cuatro amigos. A ratos
parecía poeta, y a ratos jurisconsulto, o músico,
o filósofo, o lingüista consumado ; pero en cuanto a
ser, era no más que un insignificante empleado de
Hacienda, que iba a disgusto a la oficina.
El buen Cándido Vargas, que sentía por él un
afecto fraternal, me refirió algunos detalles que me
confirmaron la falsedad de estas historias y opinio­
nes, a las que yo nunca di crédito, porque desde el
principio había adivinado en Pío Cid cierto mar de
fondo debajo de la quietud y serenidad de su espí­
ritu resignado. Notábase en él un menosprecio pro­
fundo de sus semejantes, aun de los que más esti­
maba, que no era orgullo ni presunción, al modo
que muestran estos sentimientos los hombres que se
creen superiores, sino que era expresión de un po­
der misterioso, semejante al que los dioses paga­
nos mostraban en sus tratos con las criaturas: mez­
cla de energía y de abandono, de bondad y de per­
versión, de seriedad y de burla. Entre las mil imá­
genes de que se valía para expresar este poder

LOS TRABAJOS DE TÍO CID

13

ocu lto, que indu d ablem ente e je r c ía sobre cu antos
tr a ta b a , la m ás g ra cio sa y e x tr a ñ a e ra la de co rta r
el hilo de n u estro s d iscu rsos soplándonos en la
fren te. D ecía él h u m o rística m en te que los hom bres
le p ro d u cían el m ism o efecto que g ran d es orzas o
tin a ja s llen as de aceite, en la s que n a v eg a ra n , la n ­
zando sus ray o s m ortecinos, m a rip o sa s d im inu tas
com o la s que usam os de noche p a ra sem ia lu m b ra r
n u estra s alco b as. T a n triste y rid ícu lo sería ver
a so m a r por la boca de aquellos panzudos depósitos
u n a luz d esm irriad a y re la n p a g u ce a n te , como lo
es a d iv in ar en la p arte su p erior de n u estro com pli­
cado y grosero organism o el m iserab le y a n g u stio ­
so ch isp orroteo del presuntuoso pensam iento h u m a­
no. P o r esto P ío Cid, que e ra poco aficionado a la s
lu m in a ria s, y que p a ra ten er poca luz p re fe ría es­
ta r a o b scu ras, se incom od aba cuando alguno de
sus am igos, caldeado por el sa c ro fuego de la elo­
cu en cia, p reten d ía h a ce r a la rd e de su sa b er en pe­
ríod os arre b atad o s y a ltiso n a n te s, im itados de los
trib u n o s, oradores p a rla m e n ta rio s, hab lad ores a c a ­
dém icos y dem ás gentuza (ésta e ra su frase) que
desde hace un siglo se dedica a en cu b rir con su
in su b stan cial p a la b re ría la ig n o ra n c ia sen cilla y
can d oro sa de n u estra n a c ió n ; y no sólo se incom o­
d aba, sino que a veces se so n re ía diabólicam ente y
se lev an tab a, y acercán d ose de repente al orador,
le soplaba, como antes d ije, en la frente, y lo a p a ­
g a b a con la m ism a facilid ad con que se a p a g a un
can d il. ¿Su g estió n ? ¿D ia b lu ra ? No sé lo que h a b ía
en el fondo de esta m an iob ra, de que yo m ism o fui
víctim a alg u n as v e c e s ; lo que sí atestigu o es que
los oradores nos quedábam os como si nos h u bieran

14

ÁNGEL GANIVET

extraído el cerebro, sin poder pensar ni articular
una palabra más, ni tener siquiera conciencia de
nuestro estado, hasta que algunos minutos después
comenzábamos a lucir de nuevo, poco a poco, como
si el calor disgregado por todo el organismo se con­
centrara lentamente dentro del cráneo y empezara
a levantar llama.
Esta y otras mil artes, que en tiempos menos ade­
lantados hubieran parecido derivadas de la ciencia
misteriosa de alquimistas, magos, nigromantes y
adivinos, las explicábamos nosotros, sin meternos
en más honduras, por lo que sabíamos de la vida
de pueblo que Pío Cid había llevado hasta bien pa­
sada su juventud; puesto que es frecuente que los
señoritos de pueblo, holgazanes y aburridos, pier­
dan el tiempo en cultivar las ciencias y artes inúti­
les : charadas, acertijos y rompecabezas, juegos de
sociedad y juegos de manos, hasta llegar algunos a
ser consumados prestidigitadores y adivinadores
del pensamiento, cuando no les da por el espiritis­
mo y consiguen solos, o con auxilio de una mesa
rotatoria, trípode automóvil o médium de carne y
hueso, ponerse en comunicación con sus antepasa­
dos difuntos o con los personajes de más viso de
la antigüedad clásica. Así, pues, aunque la palabra
no sonó jamás, la que teníamos en los labios al ha­
blar de nuestro amigo era la de ((espiritista»; y aun­
que le hubiéramos visto dar voz a los mudos, oído
a los sordos y vista a los ciegos, todo esto y mucho
más lo explicáramos como obra de la picardía y
de la astucia de un farsante original. Yo, sin em­
bargo, no las tenía todas conmigo; porque, no obs­
tante la reserva de Pío Cid, veía en él rasgos de una

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

15

personalidad oculta, muy diferente de la que a nues­
tros ojos se mostraba; y a no haberme engañado la
idea que de él tenía preconcebida, hubiera desde
luego comprendido que su rara sabiduría, que era
su mayor rareza, no se había formado en el reti­
ro de un pueblo, sino que era el resultado de una
larga experiencia cosmopolita. Aunque parezca ex­
traño, estos dos extremos se tocan y pueden dar
lugar a confusión. Nada hay que se acerque tanto
al tipo del cosmopolita, del hombre que ha visto
mucho mundo, como el tipo del sabio de pueblo, del
doctor de secano. La diferencia está en que el uno
tiene la realidad de la experiencia, mientras que
el otro posee solamente el conocimiento teórico;
pero tocante a cantidad, es seguro que el viajero
más corrido no llega jamás a reunir tantas noti­
cias ni a adquirir tanto saber como el arrinconado
curioseador que en la quietud imperturbable de su
aldea se propone enterarse de cuanto ocurre en
ambos hemisferios. Dejará éste ver en ciertos de­
talles lo atrasado que está de noticias, pero en otros
muchos sorprenderá al que se tenga por más al co­
rriente de las cosas de su tiempo. Con Pío Cid ocu­
rría, por excepción, que su experiencia del mundo
era. real, como de un hombre que ha vivido en to­
das partes y todo lo ha visto con sus propios ojos;
y al mismo tiempo su atraso de noticias en muchas
ocasiones nos hacía reír a carcajadas y pensar si
aquel hombre acababa de caer de la luna. Sirva,
pues, esta circunstancia para que no se nos tenga
por tontos de capirote a cuantos tomábamos a Pío
Cid por sabio palurdo o persona de poco más o me­
nos, siendo, como era, hombre de tantísimos quilates.

16

ÁNGEL GANIVET

En la historia de familia de Pío Cid, que corría
como verdadera, había desde luego la falsedad evi­
dente de presentarlo como hijo único, siendo así que
tuvo por lo menos una hermana, con la que vivió
algún tiempo en Madrid. Doña Paulita, la pupilera
de la calle de Jacometrezo, estaba muy al corrien­
te de todo, porque era granadina como los Cides y
conoció a doña Concha y a una hija de ésta, de po­
cos años, en circunstancias tristísimas, que, siem­
pre que había ocasión para ello, relataba con pelos
y señales, por habérsele quedado muy impresas en
la memoria. Según Cándido Vargas, doña Paulita
era de muy buena familia, hija de un médico de
gran reputación, que ya no visitaba por haberse
quedado ciego; pero había tenido la desgracia de
casarse con un pillastre de investigador de Hacien­
da, que cuando no estaba colocado, y a veces están­
dolo, dirigía en Granada una Agencia universal o
poco menos, que lo mismo entendía en las sustitu­
ciones de quintos, que en el arreglo de asuntos mu­
nicipales, formación de expedientes administrativos
y demás negocios que los particulares le encomen­
daban. Parece ser que la especialidad de la Agen­
cia eran los negocios sucios, aunque doña Paulita
defendía en este punto a su marido a capa y espa­
da, asegurando que si su infeliz esposo había ido a
dar con sus huesos en la cárcel por falsificación de
una partida de bautismo, ella sabría poner las cosas
en su lugar, pues para esto había venido a Madrid,
y hasta conseguirlo no pararía, aunque tuviera que
remover el cielo y la tierra.
Vino a la corte esta obscura heroína del deber
conyugal con escasos recursos y algunas cartas de

i?

LOS TRABAJOS DK PÍO CID

recomendación, la principal para Pío Cid, no porque
éste fuera hombre de influencia, sino porque se sa­
bía que era amigo o protegido de uno de los dipu­
tados a Cortes de la provincia, a cuya amistad o
protección debía el empleo que, sin haberlo pedido,
disfrutaba. Por este tortuoso camino llegó doña Paulita a conocer a Pío Cid; y aunque no se sabe a
punto fijo si éste atendió la recomendación, se su­
pone que sí la atendería y que haría cuanto de su
parte estuviese; pues si bien no le gustaban las
recomendaciones y nunca las utilizó por cuenta pro­
pia, tampoco era capaz de negarse a favorecer a los
desvalidos, aunque les viera pringados y sucios
desde los pies a la cabeza. Lo que sí se sabe de
seguro es que ofreció casa y mesa a su malaventu­
rada paisana, la cual, agradecida, aceptó por lo
pronto hasta tanto que pudiera llevar adelante su
plan de campaña, que era traerse los muebles que
en Granada tenía y comprar algunos más a pla­
zos, poner casa de huéspedes y ver si ganaba para
irse sosteniendo y recoger a sus tres chiquillos, que,
por venir más desembarazada, había dejado despa­
rramados en la familia. Porque aunque doña Paulita sacara absuelto a su marido, y esto lo daba
por cosa hecha, había decidido establecerse para
siempre en la corte y no volver a mirar a la cara
a los muchos amigos y conocidos que en esta prue­
ba la habían indignamente abandonado.
Como lo pensó lo hizo, y al mes de estar en Ma­
drid, sin contar con otro apoyo que el de los Cides,
tenía ya puesta su casa en la misma en que éstos
vivían. Pío Cid, con su hermana y sobrinilla, esta­
ban encaramados en el tercer piso, y doña Paulita

2

18

ÁNGEL GAN1VET

alquiló el principal, pensando en la comodidad de
los huéspedes futuros, los cuales, no obstante ser
pocas las escaleras, tardaban tanto en presentarse
que la flamante pupilera pasó días amarguísimos
sin más compañía que la fiei criada, que, junta­
mente con los muebles y como uno de tantos, había
venido al lado de su señora, y que era de tanta ley
que en aquellos malos días trabajaba la pobre como
una condenada, haciendo faenas, lavando y plan­
chando en varias casas de la vecindad, para ayu­
dar con eus gajes a su ama, la cual se avergonza­
ba de recurrir con demasiada frecuencia a sus
amigos del tercero, cuya situación no era tampoco
muy brillante. El único huésped que vino a turbar
aquella angustiosa soledad fué un joven valenciano,
llamado Orellana, abogado recién salido de las au­
las y opositor a notarías, que no conociendo a na­
die en Madrid, tuvo la suerte de caer en manos de
doña Paulita. Poco eran catorce reales diarios para
una casa y tres bocas, pero al menos eran seguros
y caían en buenas manos. La incipiente pupilera
sólo necesitaba un cabello adonde asirse para salir
a flote, pues poseía a fondo, como todas las mujeres
de su tierra, el arte de dar vueltas a un ochavo;
era capaz, como decía, de sacar aceite de una al­
cuza nueva, pero a condición de tener alcuza; y el
simpático Orellana desempeñó, sin saberlo, el papel
de este indispensable utensilio, sin sacrificio de su
parte, porque, a pesar de ser solo en la ca9a, le
trataban a cuerpo de rey, como en ninguna otra le
hubieran tratado. El no se explicaba el don mara­
villoso de doña Paulita, porque era hombre poco
madrugador; pero Pío Cid, que se acostaba muy

LOS. TRABAJOS DE PÍO CID

19

temprano y se levantaba rayando el día, contaba,
en alabanza de su ingeniosa paisana, que la vió
muchas mañanas, temprano, cuando los barren­
deros salen en bandadas, con los escobones en­
hiestos, como brujas que vuelven del aquelarre, sa­
lir resueltamente con Purilla la criada, sendas ces­
tas al brazo, y encajarse nada menos que en Vai lecas a llenarlas de provisiones por poco dinero,
1‘uera del radio de consumos y sin perjuicio de re­
ñir de vez en cuando con ios guardas si éstos po­
nían reparos a lo que doña Paulita tenía por ejer­
cicio de un legítimo derecho. Así, haciendo prodi­
gios en la compra y maravillas en la cocina, conse­
guía la pobre mujer sacar su casa adelante; y es
también cosa averiguada que estos tráfagos no le
impedían dedicarse a otro género de labores; como
bordadora de fino era una notabilidad, y si le caía
el encargo de bordar algún equipo de novia lo apro­
vechaba para pagar algún mes atrasado de casa;
como zurcidora de paño había ganado premios en
las Exposiciones de Granada, y sabía zurcir un sie­
te de una capa con tanto primor que cuando la
prenda salía de sus manos ni el más lince hallaba
traza de siete ni de ningún otro guarismo. En los
primeros tiempos, que fueron los peores, tuvo en la
puerta de la calle un cartelillo anunciándose como
zurcidora de capas, y más de una vez hubo de dar
gracias a Dios por serle deudora de esta al parecer
inútil habilidad, sin la que algún día no hubiera
tenido siquiera ni para encender las hornillas.
Mal que bien, hoy trampeando, mañana pagando
y nunca con sobras, iba tirando de su cruz, hasta
que una gran desdicha de nuestro Pío Cid vino a ser

20

Angel gantvet

p a ra ella a u ro ra de días m ás felices. Vivían los Cides,
como sabem os, con apuros, pero en paz y g racia de
Dios. Doña Concha, que se h ab ía criado en la a b u n ­
dan cia y vivido en M adrid, casada, con todo géne­
ro de com odidades, y h a sta con regalo, al m o rir
su m arido se vió de la noche a la m añ an a en 1a,
m iseria. H abía en esta h isto ria algún punto obscu­
ro, que doña P a u lita no pudo p e n e tra r; pero ase­
g u ra b a que el esposo de doña Concha se h abía sui­
cidado después de a rru in a rs e en el juego de Bol­
sa, y que sin la llegada providencial de Pío Cid qui­
zás la viuda h u b iera tenido que a rro ja rse por el
Viaducto, por no h allarse con resolución p a ra lu ­
ch ar por la vida ni con carácter p a ra su frir h u m i­
llaciones. La m ism a doña Concha dijo a lg u n a vez
que h ab ía estado y a d eterm inada a q uitarse la vida,
y que no lo hizo por no atreverse a m a ta r tam bién
a su hija, ni m enos a d e ja rla sola en el m u iid o ;
pero que éste h u b iera sido su fin de no ap arecer
su herm ano, a quien ten ía por m uerto después de
largos años de ausencia. No decía, ni acaso lo sabía
la buena de d oña Concha, dónde había estado Pío Cid
en todo ese tie m p o ; m as de seguro había sido en
tie rra s lejan as, no en su pueblo, como sus amigos
creíam os. D oña Concha decía algunas veces que
donde h ab ía estado era en el infierno, porque sólo
allí podía h a b e r recogido las ideas endem oniadas
que llevaba en la cabeza, y otras veces aseguraba
que sin d u d a h a b ría vivido entre salvajes y que de
ellos se le h a b ía n pegado m uchas cosas que se Je
ocurrían, y que le acred itab an por loco en el juicio
de las perso n as vulgares. Claro está que todo esto
lo decía doña Concha medio en brom a, puesto que

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

21

adoraba a su hermano y tenía de él tan elevada
idea, y sentía por él admiración tan fanática, que
jam ás se nombraba un hombre grande en la cien­
cia, en el arte o en la política, sin que ella ase­
gurase que aquel hombre, grande y todo, no le lle­
gaba a su Pío a la suela del zapato. Y cuando al­
guien le preguntaba qué había hecho su hermano
para llegar a tan considerable altura, ella respon­
día que su grandeza estaba en no querer ser nada
podiendo serlo todo; pero que, a pesar de su hu­
mildad, algún día, sin pretenderlo, quizás después
de morir en la obscuridad y la miseria, sería conoci­
do y admirado por todos los hombres.
Cándido Vargas estaba casi seguro de que Pío
Cid había vivido en diversos países salvajes del
centro de Africa y realizado en ellos grandes proe­
zas, dignas de pasar a la historia; y aun tenía en­
tendido que al volver a España escribió e imprimió
el relato de sus aventuras, descubrimientos y con­
quistas en el continente negro, con tan mala fortu­
na que no vendió ni un ejemplar de la obra; por lo
cual se supone que, despechado, la recogió y la que­
mó, haciendo juramento de no hablar jamás pala­
bra del asunto en todos los días de su vida. No era
hombre Pío Cid que se incomodara por tan poco, y
más se debe creer otra versión que me dió Vargas,
pues, según ella, lo que le ofendió fué que los pocos
que le leyeron no le dieron ningún crédito, y (fue
el único que tomó en serio la relación fué un señor
cura, amigo de los Cides, quien censuró acerbamen­
te, como contrarios a la religión, a la moral y has­
ta a la humanidad, los procedimientos que Pío Cid
empleó para civilizar a los infelices salvajes con

ÁNGEL GANIVF.T

quien fué topando en su camino. Y había, por últi­
mo, otra explicación que, si bien me parece infun­
dada, no me atrevo a suprimir en una tan puntual
historia como ésta. Dicen que entre las contadas
relaciones que doña Concha conservó en su época
aciaga de viudez y desamparo, la que ella estima­
ba más era la de una familia asturiana, algo empa­
rentada con su marido. El jefe de esta familia, que
tuvo en Madrid casa de banca, había muerto hacía
bastantes años, y la viuda, con tres hijos mayores,
dos varones y una hembra, que pasaba ya de los
treinta, siguió viviendo en la corte. Los dos hijos se
dedicaban a matar el tiempo, gastando tontamente
sus rentas, y Rosita, que se había dado por la
beatitud, se pasaba la mayor parte de su vida
en las iglesias, a las que iba acompañada de su ma­
dre o de una vieja doncella de mucha confianza.
Gustaba asimismo de hacer algunas caridades, y
de vez en cuando iba a casa de doña Concha para
ofrecerle discretamente algún auxilio, no como
limosna, sino como dádiva de una buena amiga.
Al presentarse Pío Cid, hubo de ocurrírsele a doña
Concha la idea de casarlo con una joven de tan bue­
nas prendas; pues la pobre señora sentía su salud
tan cascada, que siempre estaba anunciando que
ella no haría los huesos viejos, y pensando en lo
que sería de su hermano solo, con una criatura,
de seis años, que esta edad podría tener Pepita en­
tonces, a lo sumo. Todo esto es muy natural, y
tampoco sería extraño que no hubiera resistencias
por parte de Rosa, que, a pesar de lo crecido de
su dote, había perdido ya la esperanza de casarse.
Sin ser extremadamente fea, no era nada apetito-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

23

s a ; no tenía pizca de ángel, ni asomo de juventud;
su figura vulgar estaba velada por un aire de vejez
prematura y de agria tristeza, que no dejaba res­
quicio por donde el amor pudiese mirarla con bue­
nos ojos. Después de tratarla se la estimaba, y aun
se la admiraba como a una hermana do la caridad,
por su espíritu humilde y resignado; pero no se pa­
saba de ahí. Había tenido quien la pretendiera, pero
mostrando tan visiblemente que el interés era el
único móvil de la pretensión, que ella no había que­
rido servir de juguete a ningún cazador de dotes.
Y sin embargo de lo dicho, se aseguraba que Pío
Cid estuvo enamorado de ella, y ella enamoradí­
sima de él, y que poco faltó para que se cumpliera
el deseo de doña Concha.
Una de las más notables cualidades de Pío Cid
era el saber distinguir al primer golpe de vista el
lado bueno de las cosas; su pesimismo era tan hon­
do, que le obligaba a buscar un agarradero por don­
de cogerlas; y así, despreciándolas todas por ma­
las, sabía amarlas todas por lo poco bueno que tu­
vieran. Rosa tenía algo bello, de belleza admirable,
por donde pudo muy bien Pío Cid am arla; no con
amor nacido de la estimación moral, sino con amor
corpóreo, enamorándose como un mozalbete en sus
primeros revuelos, si se ha de creer al amigo Var­
gas; y este algo eran las manos finas, blancas, es­
piritualizadas por el ejercicio de la caridad, las que
para Pío Cid revelaban plásticamente, ellas solas,
toda la belleza de alma que detrás de aquel rostro
miserable y de aquella insignificante figura se es­
condían. ¿Cómo se rompieron súbitamente estos
amoríos, rotos hasta el extremo de que Rosa no vol-

24

ÁNGEL GANIVET

viera a poner jamás los pies en casa de los Cides?
Aquí se injertaba la malhadada historia del libro
que Pío Cid tuvo la ocurrencia de publicar, para
que, sin darle utilidad ni fama, le hiciera perder la
estimación del mejor amigo que tenía y el amor de
la única mujer por quien llegara a interesarse;
puesto que el horror o el miedo, o lo que sea, que
Rosa le tomó a Pío Cid, provino de la lectura del
tan famoso cuanto desconocido libro, en el que,
a juzgar por las señas, debía mostrar el actor y
autor cualidades poco recomendables. Yo no be
creído nunca que Pío Cid estuviera enamorado, ni
menos decidido a contraer formalmente matrimo­
nio, porque toda su vida atestigua en contra de esas
invenciones; pero valgan por lo que valieren, aquí
las consigno.
Lo que se debía sacar en substancia de las supo­
siciones de Vargas era que había de por medio al­
guna historia en que los salvajes habían desempe­
ñado un gran papel, dando a Pío Cid cierto aire
salvaje o poco menos, que se descubría, a poco que
se le tratase, debajo de su apariencia de hombre
culto. Su amor a la vida natural, libre de artificios
y trabas; su desprecio de los hombres, su misma
bondad, no exenta de dureza, se explicaban muy
bien por el largo contacto con gentes de raza infe­
rior, en las que vería en forma descarnada, en es­
queleto, la baja y mísera condición de los hombres.
Y su único error, que por ser suyo tenía que ser
grandísimo, capital, consistía en creer que en Es­
paña continuaba viviendo entre salvajes, y que po­
día someter a sus compatriotas a las mismas ma­
nipulaciones espirituales que sin duda ensayó, no

LOS TRARAJOS DE PÍO CID

25

se sabe si con buen éxito, en el ánima vil de los
negros africanos; sin este error, Pío Cid hubiera
sido un hombre perfecto, digno de que lo cano­
nizaran.
Pocos hermanos harán en el mundo lo que hizo
él con su hermana al llegar a Madrid, puesto que,
a pesar de su gran pereza y ninguna afición a so­
licitar favores, se apresuró a visitar al diputado
por su distrito, que había sido administrador de
los bienes heredados por doña Concha, hasta que
el marido de ésta los malvendió para hacer frente
a alguno de los compromisos que al fin y al cabo
vinieron a dar con él en tierra. Y no se sabe si por
agradecimiento y amistad, o porque no se encon­
trara con la conciencia completamente limpia, el
ex administrador no anduvo reacio en gestionar y
obtener para el hijo de sus antiguos amos un em­
pleo que le permitiera cubrir sus más indispensa­
bles atenciones. Pío Cid no tenía ningún vicio: no
fumaba, no iba al café ni al teatro, ni salía nun­
ca por la noche; hasta en las cosas más precisas,
como comer, beber y vestir, era muy ahorrativo:
comía poco y alimentos muy ligeros, generalmente
legumbres; no bebía más que agua, y esto sólo al­
guna vez en verano, y no tenía más ropa que la
puesta, ni quería jamás comprar un traje nuevo
mientras el puesto podía prestar decente servicio;
por último, no gastaba ni en barbero, porque no
gustaba de que le sobasen la cara; ni en peluque­
ro, porque tampoco le hacía gracia que le anduvie­
ran en la cabeza. El mismo se arreglaba, como me­
jor podía, de tarde en tarde, cuidando más de la
limpieza interior del cuerpo y de la ropa blanca,,

26

ÁNGEL GANIVET

que de la aparente de los vestidos, sombrero y za­
patos. No usaba guantes, y llevaba la menor can­
tidad posible de corbata. De este modo, su sueldo
iba íntegro a manos de doña Concha, y aunque no
era nada crecido, bastaba para vivir modestamen­
te, y aun para que Pepita no careciera de jugue­
tes y chucherías, que su tío le compraba, cuando
algunas mañanas, antes de ir a la oficina, la saca­
ba a dar un paseo. Aparte su habitual mal humor,
que jamás fué molesto para los que le rodeaban,
considerábase felicísimo Pío Cid, y sólo le apura­
ba la idea, que algunas veces se le ocurría, de que
su sobriniila pudiese quedar súbitamente desampa­
rada si le llegara a faltar su madre, siempre acha­
cosa, y él, que tampoco las tenía todas consigo a
causa de una molesta afección al hígado, que de
tiempo en tiempo hacía sus asomadas. ¡Y quién
sabe si su solicitud por Pepita no fué la razón que
le determinó a escribir su dichoso libro, con la es­
peranza de ganar algún dinero e ir ahorrándolo
para asegurar el porvenir! Mal le salió, sin embar­
go, la cuenta, como sabemos; y aun parece que
para pagar la edición tuvo que empeñar ciertas al­
hajas de familia, reliquias de que doña Concha no
había querido deshacerse ni en la época angustio­
sa en que hasta para comer le faltaba. Pero un hom­
bre como Pío Cid no se abate fácilmente, y ya que
por la muestra comprendió que por el camino em­
prendido no iría a ninguna parte, comenzó a cavi­
lar, y de sus cavilaciones sacó en limpio que lo
que él debía ser era traductor. Ni él era capaz
de escribir obras al gusto de un público tan necio
y estragado como el que había de leerle, ni este

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

27

público estragado y necio podía entender y apre­
ciar las que él escribiese según su leal saber y en­
tender; no había motivo para escandalizarse, ni
era cuerdo repetir la prueba y verse en la triste
necesidad de empeñar hasta las sábanas. Se dedi­
caría, pues, a traducir libros de las diversas len­
guas que poseía, y sin calentamientos de cabeza
ganaría algo, aunque fuese poco. Así lo hizo, pro­
curando traducir libros útiles, porque los de puro
entretenimiento, y en particular las novelas, enton­
ces de moda, le molestaba hasta el leerlas, cuanto
más traducirlas. Sus trabajos más importantes fue­
ron por este tiempo versiones del alemán de obras
de Derecho, por cuenta de varios editores; su tra­
ducción y anotación de la Evolución histórica del
Derecho civil en Europa, fué considerada como
obra de un verdadero jurisconsulto, y le produjo
cerca de mil pesetas, con las que pudo desempeñar
sus queridas alhajas y aun guardar un buen pico,
punto do partida de los dos o tres mil duros que
pensaba reunir para la dote de Pepita. Bueno es
decir que él personalmente no salió ganando nin­
guna honra científica, porque firmó con el seudó­
nimo de «Licenciado Gregorio López de Gárgolas»,
y nadie supo quién era el tal Licenciado. Otras tra­
ducciones ni siquiera las firmó, y algunas las fir­
maron por él ciertos falsos traductores que tenían
empeño en recoger la distinción o el aplauso que
nuestro amigo desdeñaba.
Todo parecía sonreírle o, cuando menos, mirarle
con ojos de benevolencia, cuando la fatalidad, que
le tenía reservadas mayores y más espinosas em­
presas, derribó de un soplo el castillo de naipes

28

ÁNGEL GANIVET

que él, paciente y cuidadosamente, iba levantando;
no fueron menester más de tres días para que la
traidora difteria arrebatara a Pepita, dando el gol­
pe de gracia a la pobre doña Concha. Pepita se fué
a la región donde descansan los ángeles, después
de cruzar los eriales de la tierra como ligeras ma­
riposas, y su madre se quedó penando aún algún
tiempo, luchando, no contra la muerte, a la que
ningún miedo le tenía, sino entre 1a. imagen de
la niña muerta, que la llamaba, y con la que, en su
fe de buena católica, ella estaba segura de reunir­
se, y la otra imagen que tenía a su lado, la de
su hermano Pío, que en recompensa de dos anos
de sacrificios y desvelos se iba a quedar solo, com­
pletamente solo en el mundo. Doña Paulita, que
asistió a doña Concha con tanto amor como lo hu­
biera hecho con su propia madre, y que le cerró
los ojos con sus propias manos, lloraba como una
Magdalena cuando recordaba este cuadro tristísi­
mo, y decía siempre que lo que más la impresionó
fué la calma y la serenidad espantosa de Pío Cid
en aquella ocasión. No derramó una lágrima, ni se
inmutó, ni siquiera pareció entristecerse; él mismo
embalsamó y amortajó a sus dos muertas, como las
llamaba, complaciéndose en adornarles con 1odas
las joyas que en la casa había de algún valor. A
Pepita la llevó él solo al cementerio, y cuando mu­
rió doña Concha no quiso valerse de nadie, sino
que él mismo anduvo los pasos para trasladarla,
con su hijita, a Aldamar, donde los Cides tenían
su panteón de fam ilia; en lo cual gastó cianto
tenía, hasta lo que le dió un baratillero por tolos
los muebles de la casa. De suerte que al regresar

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

29

a Madrid de su fúnebre viaje no le quedaba más
que un baúl pequeño con contadas prendas de ropa
> una maleta que le sirvió para el camino; volvió
sin avisar a casa de doña Paulita, donde había
dejado el baúl; se instaló sin decir palabra en
una habitación que estaba enfrente de la puerta
de entrada, y continuó viviendo como hasta enton­
ces había vivido, acostándose temprano y levan­
tándose al amanecer, paseando por las mañanas,
yendo entre once y doce a su oficina y encerrándo­
se en su cuarto cuando venía de ella, sin encender
jamás la única luz que tenía a su disposición, una
palmatoria sobre la mesa de noche. Comía también
en su cuarto, y no hablaba arriba de cuatro pala­
bras con doña Paulita, cuando ésta, con el pretex­
to de servirle la comida, buscaba ocasión para sa­
carle de su mutismo. Siempre fué hombre de pocas
palabras, pero ahora era hombre de ningunas.
—Don Pío—le decía su amable paisana—, mi plei­
to marcha muy bien; creo que pronto voy a tener
aquí a mi marido.
—Me alegro—le contestaba.
—¿Sabe usted que hoy ha venido un nuevo hués­
ped?... Es un chico vizcaíno que se llama don Serapio. Parece muy bella persona... Además dice que
pronto vendrá a vivir con él un amigo que se llama
don Camilo Aguirre. Creo que los dos vienen a es­
tudiar para ingenieros, y que el don Camilo es de
familia riquísima. Necesitará dos o tres habitacio­
nes buenas... Yo, si sigue el buen viento, me voy a
lanzar a tomar el tercero, que aún está desalqui­
lado.
—Si es así, me voy a él.

30

ÁNGEL GANIVET

—Eso no debe usted hacerlo, porque se va a a ca­
b a r de m orir de tristeza. Aquí es, y vive usted como
un h u ró n ... Eso, digan lo que q uieran, no puede
ser bueno p a ra Ja salud... En fin, no le hablo de esto
por no d e sa g ra d a rle; pero... ¿sabe usted, don Pío,
que tiene usted de verdad buena m ano? Hoy h a ve­
nido otro huésped.
—Me alegro—le contestaba.
—E s u n estudiante de F arm acia. Este parece un
chico pobre, pero m uy infeliz. Le he dado un cu arto
in terio r por doce reales... Y por si no b a sta ra , dice el
señor O rellana que quizás se venga a vivir con él un
am igo con quien se reúne en el café. Yo estoy y a
d e c id id a ; hoy mismo, que estam os a 15, voy a to m a r
el cuarto de a rrib a ...
—P u es lleve usted mis bártulos...
—No he visto hom bre m ás testaru d o que usted. Es
in ú til tr a ta r de convencerle... Supongo que no se
ofenderá porque yo, como bu en a am iga, le hable de
cierto modo... Don Pío, g ran d es noticias hoy. Al fin
tomé el tercero. Le estam os dando u n a m ano de lim ­
pieza, y esta noche le m udo a usted a él. Voy a po­
nerle frente a la p u erta, como está usted aquí, p a ra
que se figure que está en la m ism a h abitación... Ya
sé que a usted no le g u sta cam biar. (Pío Cid no con­
testó, pero m iró a doña P a u lita con aire de reco­
nocim iento.) P a r a que no esté usted com pletam ente
solo en el piso vacío voy a tra s la d a r tam bién a don
Benito, y le daré un cuarto m ás gran d e y con m ás
luz, porque a h o ra el pobre chico no puede re b u llir­
se... Ya es seguro que viene el don Camilo A guirre
y que to m a rá esta habitación de usted y las dos de
al lado. Además lia venido a p re g u n ta r un nuevo

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

31

huésped, que quizás vuelva, pues parece que le ha
gustado la casa y el trato. Ya ve usted que no hay
de qué quejarse.
—Me alegro, contestaba imperturbablemente Pío
Cid; y todos los días tenía algo por que alegrarse
y continuaba siempre del mismo humor sombrío,
tétrico, con que regresó de su viaje a Aldamar.
En verdad que no tenía de qué quejarse doña Paulita, pues en menos de dos semanas se le llenaron
los dos pisos de bote en bote. Además de don Serapío, y don Camilo y don Benito, vinieron el amigo
de Orellana, que era gallego y estudiante del últi­
mo de leyes, y se llamaba don Perfecto Fernández
Vila, y el joven que quedó en volver, que era estu­
diante de Medicina y cartagenero, llamado don Ma­
riano, con su amigo y compañero de estudios, Pepe
Rodríguez, un murciano andaluzado, dicharachero y
alegre como unas sonajas. No fueron huéspedes tm
dos los que vinieron, porque detrás de los huéspedes
llegó la chiquilla menor de doña Paulita, y el anun­
cio de que pronto vendrían los dos niños que en Gra­
nada quedaban. Sin duda las buenas noticias corren
tanto corno las malas, cuando tan pronto supieron
los parientes de doña Paulita que ésta comenzaba a
levantar cabeza. Los abuelos, que estaban hartos de
bregar con Paquilla, que era más viva que una pi­
mienta, se la remitieron a su madre con una familia
conocida que iba a Madrid, y los hermanos, en cuyo
poder estaban Fernando y Manolo, que eran también
muy traviesos e incorregibles, se dispusieron a soltar
la carga. No asustaba esto, sin embargo, a una ma­
dre tan buena como era doña Paulita, y ahora que
ios recursos no escaseaban se dio por muy contenta

32

ANGEL GANIVET

de recoger y tener a su lado a sus tres inaguantables
pimpollos, y aun a su esposo si lograba sacarlo con
sus influencias del mal paso en que se había metido.
—Es usted un hombre de buena estrella, don Pío
—repetía constantemente su agradecida paisana— ;
pues nadie me quita que todo esto me lo ha traído
usted, porque desde el día en que usted entró en mi
casa parece que entró la bendición de Dios.
—Lo que hay—contestaba Pío Cid—, es que yo he
venido en septiembre, en la época en que vienen los
estudiantes. No busque usted explicaciones maravi­
llosas a un hecho tan natural.
—No tan natural—insistía doña Paulita—. Porque
yo abrí la casa hace más de un año, y pasó septiem­
bre y no vino un alma. Diga usted lo que quiera,
yo soy supersticiosa y creo que hay personas que
llevan consigo la buena o la mala suerte, y usted
es de los que la llevan buena y retebuenísima. Qui­
zá por eso la tenga usted tan mala, porque se la da
toda a los demás.
—Usted es muy dueña—decía para terminar el
afortunado sin fortuna—de creer en mi virtud ocul­
ta y en todo cuanto se le venga a las mientes; que
en el creer no hay pecado, aunque se crea en gran­
des tonterías.
Lo mismo cuando estaba solo Orellana que cuan­
do eran siete los huéspedes, o cuando fueron ocho
con la llegada del joven canario, Carlos Cook, amigo
de los vizcaínos, Pío Cid vivía como de costumbre,
retraído y sin tratarse con nadie. Sólo alguna vez
cruzaba la palabra con Benito y los estudiantes de
Medicina, que eran sus vecinos más próximos. Sin
embargo, aunque seguía comiendo en su cuarLo,

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

33

bajaba algunos días a almorzar al comedor, que es­
taba en el principal, y con el tiempo conoció a toda
la patulea estudiantil, con la que simpatizó grande­
mente, pues era amigo de la juventud, y bien que su
exterior fuese el de un hombre ya entrado en años
y su carácter misantrópico, sus ideas eran tan fres­
cas y vibrantes que cuando hablaba todos le escu­
chaban con la boca abierta, como cuando se oye
algo nuevo e inesperado. Aquellos estudiantes eran,
según Pío Cid, pellejos acabados de salir de manos
del curtidor y llenos de vino viejo y echado a per­
der, de ciencia vana y pedantesca, aprendida en los
bancos de las aulas de boca de varios doctores asa­
lariados.
No todos los comensales le pagaban estas simpa­
tías, pues se sabe positivamente que algunos le te­
nían cierta punta de encono, y le tachaban de revo­
lucionario y perturbador, no obstante ser Pío Cid
persona tan pacífica y tan enemiga de cambios y
trastornos, que por no cambiar ni siquiera se afeita­
ba. Su deseo era perturbar el espíritu de aquellos jó­
venes ramplones, y las revoluciones que a él le gus­
taban eran las que llevan los hombres en la inteli­
gencia y no salen a la superficie sino en forma pa­
cífica, bella y noble. Pero Orellana, que era tradicionalista furibundo, y su amigo Vila que allá se iba
con él, no comprendían estos perfiles ni veían en
Pío Cid más que un predicador de ideas disolventes,
y lo que más les llegaba al alma era que no predica­
ba con discursos, ni empachaba al auditorio con
abusos de palabra, sino que exponía sus ideas en fra­
ses cortas, que las más veces no tenían réplica. La
reunión se alegraba con estas salidas graciosas e

3

34

ÁNGEL GANIVET

intencionadas, que bien pronto se convertían en fra­
ses hechas, usadas a diario por los estudiantes. A
pesar de la diferencia de opiniones, ni Orellana ni
Vila llegaron a reñir seriamente con el irrespetuoso
predicador; antes parece cierto que Orellana era
su mejor amigo, casi tanto como Benito, que no
dejaba a Pío Cid ni a sol ni a sombra. El que le
tenía una m arcada aversión, basta el punto de que
varias veces quiso tomárselas de prueba, era don
Camilo Aguirre, el único enteramente refractario a
sus enseñanzas. Dicen que el comienzo de esta ene­
mistad vino de una discusión científica, promovida
entre Orellana de una parte y de la otra Pepe Ro­
dríguez y Mariano Avilés, sobre un tema tan espi­
noso como el de las causas finales. Orellana las de­
fendía como si fueran personas de su familia, y los
futuros médicos sacaban a relucir toda la Patología
y la Fisiología para demostrar que en el mundo hay
muchas cosas que no sirven para nada, ni tienen
otro fin conocido que el de molestarnos y empeorar
nuestra desgraciada condición. En semejante dispu­
ta no podía quedar en olvido el bazo, órgano comple­
tamente inútil y sin objeto en la vida humana, se­
gún los sabios más empingorotados. A don Camilo,
que gustaba de punzar a Pío Cid, se le ocurrió pre­
guntarle :
—Hombre, usted que está tan enterado de todo
podía acudir en auxilio del señor Orellana, explican­
do para qué sirve eso que dicen que no sirve para
nada.
—Eso no sirve hoy para nada—contestó el aludi­
do—, porque es un órgano atrofiado y condenado a
desaparecer paulatinam ente; pero en lo antiguo,

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

35

amigo mío, el bazo era el órgano del honor, senti­
miento que, cuando los hombres lo tenían, dió lugar
a muy bellos incidentes.
Rió la asamblea, Orellana se atribuyó la victoria
y Aguirre se tragó la píldora, no sin intentar echar
los pies por alto. Otros creen que la tirantez de re­
laciones nació cierto día que Aguirre, metiéndose en
lo que no le iba ni le venía, preguntó a Pío Cid cuán­
do pensaba arreglarse la barba.
—Cuando usted se dedique a barbero—contestó se­
camente el interpelado.
Con lo cual Aguirre, que era más mal intenciona­
do que discreto y que no sabía seguir una broma,
comenzó a desbarrar y dijo una porción de incon­
veniencias, que decidieron a Pío Cid a no hacerle
caso en lo sucesivo; pues no le agradaban las dispu­
tas ni los altercados, y su único medio de vengan­
za con los bellacos era el desprecio. En realidad la
causa verdadera de este antagonismo era la preten­
sión de Aguirre de que le guardaran excesivas con­
sideraciones, engreidillo, como estaba, con su gran
fortuna; que más de una vez se dejó decir que él no
debía estar en aquella casa, sino en el mejor hotel
de la corte, y que sólo estaba allí por la amistad
que le unía con don Serapio. Pío Cid sentía gran
complacencia en bajar los humos de los que preten­
dían imponerse sin motivo para ello, y no podía ha­
cer buenas migas con el flatulento, bien que bueno
en el fondo, de don Camilo.
—Todos los hombres— decía—tenemos una fuerte
dosis de grosería, que procede de nuestra animali­
dad ; velada en los unos por la sencillez que da la
pobreza, en los otros por las formas nobles o por

36

ÁNGEL GANIVET

]a distinción personal, o sólo por la b u en a c ria n za;
pero los que de repente salen de la pobreza, sin h a­
ber tenido tiempo p a ra conocer el nuevo disfraz so­
cial con que h a n de p resentarse, éstos m u e stra n la
anim alid ad ta n al descubierto que no es posible so­
portarlos. B endita sea la n a tu ra lid a d cuando es n a­
tu ra l, que yo soy el m ayor devoto de e lla ; y estoy
seguro que h ubiera sido buen am igo de A guirre
cuando su señor pad re era un pelagatos y no había
descubierto n in g u n as m inas de hierro, con las que
en dos por tres, según parece, se ha hecho él hom­
bre de pro y su hijo caballero, sin d a r al tiempo
lo que es suyo, ni d e ja r a la N atu raleza que obre y
dé a cada cual lo que le convenga.
Lo m ás recio de la pelea intelectual que Pío Cid
h ab ía em peñado, sin darse cuenta, con sus com ensa­
les, no se re ñ ía en el comedor, porque el m aestro
no era aficionado a en señ ar n a d a a m uchos a la v e z ;
por esto no h ab ía pensado nunca dedicarse a la enseñanza, aunque títulos y capacidad te n ía p a ra ello.
Todos aquellos jóvenes le decían que e ra u n a lás­
tim a que viviese como obscuro em pleado, podiendo
ser un profesor de fam a a poco que se lo propusie­
r a ; pero Pío Cid contestaba que él te n ía seg ura su
m anutención y no estaba necesitado de m ayor suel­
do p a ra en señar a quien q uisiera a p ren d er algo de
lo poco que sabía.
—Cierto que no es gran o de anís e sta r detrás de
u n a m esa con la toga a cuestas y el b irrete calado,
p a ra que las p alab ras salg an con la a u to rid a d debi­
d a ; yo pienso, sin em bargo, que en u n a sociedad
en que existe verdadero am or al sab er no b asta la
ciencia oficial, sino que, adem ás de los sabios de

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

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uniforme, debe de haber otros que enseñen, aunque
sea en camisa, sin ánimo de lucrarse con lo que di­
cen, y diciendo muchas cosas que sólo se pueden
decir cuando se hace gustosamente el sacrificio de las
propias conveniencias, y diciéndolas, no a muchos
hombres reunidos, que después se van y no vuelven
a acordarse más de lo que oyeron, sino a uno y
luego a otro, según sus entendederas, para que se
les queden bien grabadas y les sirvan de aguijón
que les arranque de su miserable rutina espiritual.
Ese detalle de enseñar en camisa, no crea el lec­
tor que venía a humo de pajas; era una alusión que
Pío Cid se dirigía a sí mismo, por haber empezado
a enseñar en ropas menores a su primer discípulo;
por donde quizás, más que por otra causa, se desper­
tó en todos los estudiantes el deseo de aprender algo
de tan singular maestro.
Cuando no tenía éste ni pensado salir del retiro
de su cuarto, donde se consumía en cavilaciones, su­
cedió que, volviendo a casa por la cuesta de Santo
Domingo, vió a Purilla parada delante de unos anun­
cios de teatro, y moviendo la boca como si penosa­
mente deletreara lo que aquellos papeles decían.
—¿Qué haces ahí, Purilla?—le dijo sonriendo—.
Te estás empapando de fijo para ir esta noche a co­
rrerla.
—Ya sabe usted, don Pío—contestó la muchacha—,
que me estorba lo negro.
—Entonces estás enterándote por el olor.
—No, señor, que conozco algunas letras. ¿Ve us­
ted allí en lo alto? A ver si no dice: Pa-lo-ma.
—Eso dice; y conociendo las letras, como las co­
noces, y con la afición que demuestras, yo te ase-

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ÁNGEL GANIVET

guio que en un mes podías aprender a leer de co­
rrido.
— ¡A buena hora pidió el rey gachas! Tengo yo
la cabeza ya más dura que el pernal.
—Pues el pedernal echa chispas dándole con fuer­
za. Si quieres yo haré de eslabón y no sólo vas a
echar chispas, sino que va a parecer tu cabeza un
castillo de fuegos artificiales.
—¿Qué dice usted?
—Digo que, si quieres, te compro una cartilla y
un cuaderno, y, desde hoy mismo, empiezo a ense­
ñarte a leer y a escribir.
— ¡Qué más quisiera yo que eso fuera verdad!
—Pues no hay que hablar m ás; voy a comprar
los avíos, aquí, en la calle Ancha, y desde esta no­
che comienza la función.
Desde aquella noche, en efecto, comenzó Purilla a
subir al cuarto de su maestro cuando terminaba sus
quehaceres, que no eran pocos, porque se hallaba
sola para acudir a tanto como en aquella bendita
casa había que hacer. Pío Cid se acostaba, como
siempre, poco después de obscurecido; pero tenía el
sueño muy ligero, y las más veces ni siquiera dor­
mía, sino que dormitaba, pensando cosas enmaraña­
das, de las que salían luego ideas hondas, que a ve­
ces le despertaban y le hacían llorar como un mu­
chacho, y a veces tomaban cuerpo en forma poética,
espontánea y sencilla, que se evaporaba bajo la in­
fluencia de la luz. Todo lo que le ocurría a Pío Cid
era extraño, sin que él se lo propusiera, y su inspi­
ración maniática tenía el capricho de enardecerse
en la sombra y de amortiguarse en la claridad. En
pleno día, con la pluma en la mano, no era capaz

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

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este desventurado poeta de componer un solo verso;
y de noche, sin necesidad de buscar consonantes ni
asonantes, le brotaban las poesías hechas ya, como
si se las soplara al oído algún geniecillo benéfico.
El no se molestaba en trasladarlas al papel, y a
poco las olvidaba, porque venían otras nuevas y bo­
rraban el recuerdo de las anteriores; sólo cuando
comenzó a dar lección a Purilla le pedía a ésta tin­
tero, pluma y papel, y escribía las que le danzaban
en la cabeza cuando su discípula entraba con la pal­
matoria en la mano y le sacaba de su absorción so­
ñadora. Entretanto Purilla se sentaba junto a la ca­
becera, sacaba la cartilla y empezaba a señalar las
letras, a juntarlas para formar sílabas y a unir las
sílabas para formar palabras, hasta que, después de
varios tanteos, conseguía leer una palabra o una
frase, dando más o menos tropezones, según el vien­
to que soplaba, pues la pobre criatura era, como de­
cía su ama, más torpe que un guardia valón, y par­
ticularmente en tiempo tormentoso estaba como ale­
lada, y se necesitaba ia paciencia de Job para me­
terle algo en la cabeza. En la casa era proverbial
la torpeza de Purilla, a la que todo el mundo atu­
rrullaba con advertencias y gritos, aun antes de que
cometiera las faltas que tenía costumbre de cometer.
Doña Paulita, que no obstante ser pequeña de cuer­
po y menuda de facciones tenía un geniazo que me­
tía miedo, andaba siempre tras ella para ver de co­
rregirla, aunque estaba segura de que la enmienda
no era posible, y convencida de que la enmienda
sería más bien perjudicial, porque la simpleza de Pu­
rilla estaba compensada por otras bellísimas cuali­
dades que no son comunes en las criadas listas. Esto

M)

ÁNGEL GANIVET

siu contar con que Purilla servía de pretexto cons­
tante para que su ama desfogara en ella las irrita­
ciones que un oficio tan enojoso como el de pupilera
le proporcionaba a ella, que se había criado entre
cristales, mimada y consentida como pocas. Siempre
que doña Paulita sufría una contrariedad, réspice
seguro.
Comenzaba por llamar a Purilla, despreciativa­
mente, Albolote, nombre del pueblecillo de don­
de la chica era; y a poco la infeliz, que presentía la
tempestad y se azoraba, había roto una copa, un
plato o una fuente, algo que, por insignificante que
fuera, diera pie para que su señora se desahogara.
Después lo roto se quedaba roto y la casa como una
balsa de aceite.
Pues bien; a pesar de la torpeza de Purilla, se
sabe con entera seguridad que su maestro nunca
se impacientó con ella, ni le dijo una palabra más
alta que otra; prueba clara de la serenidad de es­
píritu de nuestro amigo y de su humanidad para con
los débiles. Y no sólo la enseñaba gradualmente a
deletrear, silabear y frasear, sino que después de una
hora de cartilla y de repasar el cuaderno de palo­
tes, curvas y ligados, que la discípula emborrona­
ba sola antes de acostarse, había otra media hora,
por lo menos, de explicación de cosas útiles para la
vida.
Cuando el maestro quería terminar la prime­
ra parte de la lección, preguntaba a la discípula
que quería decir esta o aquella palabra que había
salido en la lectura; Purilla no sabía, o sabía muy
mal, lo que aquello significaba, y entonces Pío Cid
se lo decía valiéndose de ejemplos de mucho relie-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

41

ve, tomados de la misma realidad vulgar que ella
conocía, para que así su saber no desentonara de
su condición.
—Porque el saber leer y escribir—Je decía el maes­
tro—es estúpido cuando no se sabe lo que se lee
y se escribe; para esto es mejor no saber nada, por­
que ninguna utilidad hay en tener una cazuela
cuando no se puede guisar nada en ella; pero una
vez que haya que guisar algo, aunque sea un fai­
sán, mejor es guisarlo en esa cazuela que no pedir
trastos prestados al vecino. Esto quiere decir que tú
eres una criada, y que, aunque llegaras a ser tan
sabia como Salomón, debes seguir siendo criada
para ennoblecer tu oficio, que no es peor que los
demás. Tú no te salgas nunca de la esfera en que
te hallas, pues si está de Dios que no vivas siempre
como hasta aquí, alguien vendrá que te sacará. Ha
habido hombres muy grandes que han vivido hasta
en la esclavitud, y puede haber mujeres muy ins­
truidas que se dediquen a fregar y a barrer si de­
centemente no encuentran otro modo de vivir. Es
m ás: si tú aprendes con ánimo de ser más de lo que
eres, serás más infeliz que eres, porque en cuanto
adelantes un paso ya no querrás pararte, y si llegas
a doncella de buena casa, querrás untarte con las
pomadas de tu señora, y ponerte, como ella, som­
brerillo, que te pegará probablemente muy mal, por­
que, por mucho que aprendas, la cara que sacaste
de tu pueblo no es fácil que la cambies. Al contra­
rio, si te contentas con ser siempre lo que eres, todo
te saldrá a pedir de boca; cada día estarás más des­
pierta para desempeñar tus servicios, romperás me­
nos platos y te evitarás muchos disgustos. Y quién

42

ÁNGEL GANIVET

sabe si, andando el tiempo, volverás a tu pueblo y te
casarás con el lujo del alcalde.
— ¿Cómo sabe usted—interrumpió ella—que el al­
calde de mi pueblo tiene un hijo?
—No lo sé, pero me lo figuro.
Y Purilla, después de un rato de silencio, como si
examinara las ventajas e inconvenientes que tenía el
casarse con el novio que le proponía su maestro,
contestaba:
—No crea usted que yo vaya nunca a dejar a mi
ama, que no tenía yo quince años cuando entré a
servir con ella, y no me acostumbraría a vivir sin
los niños. A Paquilla, sobre todo, la quiero como si
fuera mía, porque, como quien dice, la he visto
nacer.
En estas y otras pláticas semejantes les daba mu­
chas noches la una, y más de una vez asomaba doña
Paulita la cabeza y decía:
—Bueno está lo bueno, don Pío, que si no por
la mañana no podré despertar a la chica ni a caño­
nazos.
—Eso no lo diga usted, que yo me levanto siempre
a las seis—replicaba Purilla.
—Cállate, que a respondona no hay quien te gane.
¿Crees tú que todos vamos a tener la calma de don
Pío? A buen seguro que no me calentaría yo los
cascos contigo para que saques luego lo que el ne­
gro del sermón.
—Mala idea tiene usted de Purilla—decía Pío Cid
interviniendo— ; yo doy palabra de que es muy bue­
na discípula y de que la enseño con gran gusto. A
ratos pienso que quien está a mi cabecera no es una
pobre sirvienta, sino España, toda España, que viene

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

43

a aprender a leer, escribir y pensar, y con esta idea
se me va el santo al cielo, y me explayo como si es­
tuviera en una llanura sin horizontes, en vez de es­
tar, como estoy, encerrado en esta jaula.
A más de Pío Cid, doña Paulita, con su niña y la
criada, dormían en el tercero don Benito y los estu­
diantes de Medicina, a los cuales intrigaba sobrema­
nera el teje maneje de su vecino. Los huéspedes sos­
pechaban que entre el ama y Pío Cid había algo,
porque doña Paulita mostraba por su paisano exce­
siva predilección; hasta que más adelante tuvieron
ocasión de conocer que Pío Cid no era hombre a pro­
pósito para andar en semejantes trapisondas, y
doña Paulita, mujer muy honrada, aunque algo co­
queta cuando se le despertaba la vanidad oyendo
adulaciones y piropos a su gracia y a sus andares,
que eran lo mejor que tenía. El buen Orellana, no
obstante sus acendrados sentimientos religiosos y las
relaciones formales que sostenía con una joven va­
lenciana, con la que pensaba casarse en cuanto fue­
ra notario, fué el único que se propasó seriamente,
llegando su osadía en cierta ocasión hasta a dar a
doña Paulita un beso, nada menos que en la boca,
cuando ella estaba en la cocina con las manos ocu­
padas en colocar una olla en la cornisa de la chime­
nea. El atrevido mancebo fué despedido de la casa,
y si no se marchó fué porque Pío Cid, puesto al co­
rriente del caso, aconsejó a la ofendida que no lleva­
ra las cosas tan a sangre y fuego, y que se contenta­
se con exigir del ofensor que de rodillas, como con­
venía a un hombre tan cristiano, le pidiese perdón
de aquella falta de respeto, que al fin y al cabo no
era ningún crimen. A todo lo cual se sometió hu-

U

ÁNGEL GANIVET

m ild em ente O rellana, asom brad o de h a lla r tales
ejem p los de virtud en u n a c a s a de huéspedes de Ja
ca lu m n ia d a corte de la s E sp a ñ a s. No e ra in fe rio r en
h on estid ad la P u rilla , a ris c a y repelosa como un e ri­
zo con todo el que p reten d ía b rom ear con e l l a ; pero
vién d o la e n tra r todas la s noches en el cu a rto de
P ío Cid, los del tercero com enzaron a m u rm u ra r y
a d ecir que la cria d a , aunque fea en co n ju n to , no
te n ía m alos ojos y e ra sa n o ta y rolliza, y no del
todo m al fo rm a d a ; y aun llevaron su m a lic ia h a sta
el punto de esp iar por d etrás de los visillos del c u a r­
to, cu y a p u erta e ra de c rista le s y d e ja b a ver la
c a m a frente por fr e n te ; m as n u n ca observaron n ad a
c o n tra rio al buen recato. L a c ria d a leía la c a rtilla o
e scu ch a b a con todos sus sentidos puestos en lo que
se le decía, y P ío Cid, sentado en el lecho, el codo
izquierdo apoyado sobre la s alm oh ad as y el brazo
derecho lib re, p a ra aco m p a ñ a r con el gesto la s ex­
p licacion es, oía o h a b la b a reposad am ente. Sobre la
b la n cu ra de las rop as del lecho y de la ca m isa de
d orm ir, re s a lta b a con vigor su cabeza, m ás bien
g ran d e que pequeña, poblada de cabello m uy obscu­
ro, larg o , que casi le lleg aba a los hom bros, fo rm a n ­
do, ju n ta m e n te con la espesa y descuidada b a rb a que
le cu b ría p arte del pecho, un m arco en el que se
o cu lta b a parte del rostro. Sólo quedaba d escubierta
la fren te an ch ísim a , y d ebajo de la s sa lien tes órbi­
ta s, los ojos, p en etran tes y duros, cu ya m ira d a es­
ta b a sostenid a por la expresión punzante de la n a ­
riz, co rrecta, fina y afilad a como u n a lezna.
T a n contagioso es el bien como el m al, y aquellos
m al aco n sejad o s estud iantes, que si h u bieran visto
a lg u n a indignidad se h u bieran ap resu rad o a ser

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

45

también indignos a expensas de la criada, viendo tan
edificante escena sintieron el deseo de entrar en
amistad con aquel maestro tan desinteresado que,
según doña Paulita, era comparable a un sastre de
su tierra, el célebre sastre del Campillo, que cosía
de balde y ponía el hilo.
—Puesto que es usted tan amigo de enseñar—le
dijo un día Pepe Rodríguez—, ¿por qué no nos da
usted a don Mariano y a mí algunas lecciones de
alemán, que buena falta nos haría para leer obras
de fondo?
El alemán era un pretexto, y así lo conoció el pro­
fesor; pero el pretexto era lo de menos, pues con
uno u otro se puede enseñar cuanto se quiere, y Pío
Cid era capaz de enseñar a hacer pajaritas de papel
e incidentalmente explicar un curso completo de Me­
tafísica. No era completamente lego en Medicina,
puesto que a la sazón tenía empantanada la traduc­
ción del inglés de un Tratado de Obstetricia, que co­
menzó cuando vivía con su familia, y no había
vuelto a mirar ahora que la necesidad no le apre­
miaba. Así, pues, accedió a dar las lecciones que se
le pedían, en las que injertó después algunas nocio­
nes de griego, que—decía—un buen médico debe
siempre conocer, para emplear con acierto el tecni­
cismo de su profesión. Al mismo tiempo ejercía tam­
bién de consultor de Orellana, que terminaba el doc­
torado y se preparaba para las oposiciones.
Pero el discípulo predilecto fué Benito, el estudian­
te de Farmacia, al que no instruía en ninguna rama
del saber, sino en el arte dificilísimo e inagotable
de vivir, del que el infeliz muchacho estaba comple­
tamente en ayunas. En la casa todos le tenían por

46

ÁNGEL GANIVET

medio simplón y se divertían a su costa. La broma
más inocente era la de los garbanzos. Benito era de
Fuentesaúco, patria de los garbanzos más gordos y
tiernos de España, y doña Paulita guisaba, ¡doloro­
so contraste!, unos garbanzos durísimos que Pepe
Rodríguez decía que eran traídos directamente de
Fuentepieclra. Se había, pues, decidido solemnemen­
te que Benito encargara un saco, no ya de garban­
zos, sino de garbanzas, de su pueblo, que los hués­
pedes pagarían a escote; y como Benito no se daba
por enterado, no le dejaban vivir con el martilleteo
de si venían ya de camino o estaban para llegar
las célebres leguminosas. Cuando no eran los gar­
banzos era algo peor, y lo que más incomodaba a
Benito eran los consejos para persuadirle a que de­
jara la carrera emprendida, en la que después de
estudiar mucho—le decían—necesitaba un capital
para establecerse, y, al fin y al cabo, para estar
siempre pegado a un mostrador como un tendero de
ultramarinos. Benito volvía por los fueros de la far­
macopea, y argumentos le sobraban para defender­
se si él hubiera sabido manejarlos; pero el más
fuerte de todos, el que achicó a la tertulia y agigantó
la enclenque figura del maltratado estudiante, fué
inventado por Pío Cid y aprendido con entusiasmo
por el futuro boticario en las conferencias que am­
bos celebraban. Y fué que, lamentándose Benito de
lo ingrato de su carrera, y mostrándose arrepentido
de haberla comenzado, comprendió el maestro que
era preciso fortalecerle el ánimo e inspirarle la idea
madre de todas las enseñanzas, el amor a lo que
se aprende y la convicción de que aprendiendo aque­
llo se es tan digno, si no más, que aprendiendo otra

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

4-7

cosa cualquiera, y se cumple en la vida un fin tras­
cendental ; porque nadie se entusiasma cuando su
trabajo es menospreciado, y sin entusiasmo no hay
fuerza para acometer grandes obras. Así, pues, tomó
la palabra, y contra su costumbre de hablar largo,
habló a s í:
— Siento tener que decirle, amigo Benito, que es
usted una criatura sin fundamento, y que el día me­
nos pensado le van a asegurar a usted que los burros
vuelan y usted los va a ver volar. No faltaba más
sino que por influencia de cuatro tontos renegara
usted ahora de la profesión de su padre y de su
abuelo, y dejara la honrada y útil carrera que co­
menzó muy a gusto de su familia, para seguir la de
leyes, que más que carrera es calamidad pública en
España. Abogado soy yo y no me arrepiento, por­
que no me gusta arrepentirme de ninguna cosa que
hago, y de ésta menos, que la hice por consejo de
mi buena madre; pero ni ejercí nunca mi profesión,
ni he ganado con ella un real, mientras que con las
manipulaciones químicas he ganado dinero y he in­
fluido beneficiosamente en mi país. Ya veo que usted
se extraña de que yo haya metido también las nari­
ces en asuntos tan ajenos a mi oficio; pero aquí
donde usted me ve, yo he sido, entre otras mil co­
sas, director de una explotación de abonos quími­
cos y he inventado algunas fórmulas, empleadas hoy
mismo con buen éxito en el cultivo del olivo y de
la vid, que constituyen la mayor riqueza de nuestro
suelo. Y algunas veces, cuando me dedicaba a es­
tos estudios, se me venía al entendimiento una idea
que le voy a explicar en pocas palabras. Seguramen­
te el sistema de abonos químicos es un notable ade-

48

ÁNGEL GANIVET

lanto económico, y aun estético; el estiércol es sucio,
mal oliente y difícil de transportar por su gran vo­
lumen; ¿cuánto mejor no es usar el abono en pasta
o en polvo, en el que se combinan diversas substan­
cias, como en una receta, para producir en las labo­
res el efecto que se apetece, según la clase de tierra,
el clima y la especie de cultivo? Pues bien: mi idea
es introducir este adelanto en la vida humana. No
digo yo que el hombre sea comparable a un árbol,
y los alimentos de que se nutre comparables a la
basura; pero como ejemplo se puede admitir la se­
mejanza, y si yo tuviera empeño, no me costaría
mucho trabajo demostrar que la mayor parte de las
cosas que comemos son verdaderas porquerías. Se­
ría más limpio, más cómodo y más sano cambiar la
actual alimentación por el «alimento químico», y
esta revolución, que yo estoy cierto ba de acaecer
para bien de la humanidad, ha de ser obra de uste­
des los farmacéuticos. Supóngase usted que a un
modesto boticario se le ocurra componer pastillas
concentradas, en las que se contiene la alimentación
completa del hombre; una pastilla representa igual
cantidad de substancia nutritiva que los cuatro o
seis platos que nos sirven en cada comida; y no es
esto sólo, sino que hay pastillas de diversas clases,
según la edad, el temperamento o estado de salud de
quien las consume, de suerte que el alimento, ade­
más de nutrir, cura las enfermedades o impide que
se presenten, en cuanto sea posible; y por último,
las hay para los diferentes paladares, a fin de que
sea más fácil y grata la deglución. Quien tal compu­
siera pasaría quizás por inventor extravagante; pero
esté usted convencido de que había cambiado la con-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

40

dición hu m an a, m ejorándola h a sta u n extrem o in ­
concebible. P orque se h a b ría hallado un producto
universal, de valor fijo; y así como el m etro es u n a
m edida constante m ien tras subsista la T ierra como
hoy es, así la un id ad de alim entación quím ica te n ­
d ría su fundam ento en n u e stra n a tu ra le z a y sería la
base de todas las relaciones entre los hom bres. El
E stado po d ría su stitu ir todos los recursos económ i­
cos con que hoy se sostiene por el monopolio de la
alim en tac ió n ; sería propietario de la tie rra y de to­
das las p rim eras m aterias n u tritiv as, que poco v a ­
lor tendrían , porque, habituados los hom bres a la
nueva alim entación, d esd eñ arían la a n tig u a y grose­
r a ; del mismo modo que hoy se g astan su dinero
en casa del sastre y no quieren vestirse de pieles, ho­
ja s o plum as, como los salvajes. Pero lo m ás im por­
tan te sería que, creado u n producto de valor h u m a ­
no, nacería la m oneda h um ana, la «m oneda alim en ­
ticia», rep resen tad a realm ente por las pastillas que
el Gobierno fa b ric a ra en sus laboratorios y fiducia­
riam ente por créditos alim enticios, pagaderos en es­
pecie, con los que cu b riría todas sus atenciones. Vea
usted resuelta de plano la cuestión social, de la que
tanto se habla, y que sin el medio que yo le indico
a usted no te n d rá arreglo jam ás. La sociedad ten ­
d ría como m isión prim ordial la alim entación de to­
dos los asociados y se re a liz a ría la v erd ad era ig u a l­
dad hum ana. Porque la desigualdad no está en que
unos valgan o posean m ás que otros, sino en que
unos tengan aseg u rad a u n a excelente n u trició n
m ientras otros viven m al comidos y con la zozobra
n a tu ra l en quien no tiene m ás recursos que los d ia ­
rios y puede verse privado de ellos. En cuanto todos

50

ÁNGEL GANIVET

los hombres tuvieran asegurado el alimento, ¿qué
diferencia habría entre el que sólo gana para vivir
y el que acumula riquezas y reúne créditos alimen­
ticios para muchos años? Que el que acumulara po­
dría vivir en la ociosidad como recompensa de sus
anteriores trabajos, y sin privar a los otros de los
medios indispensables para la vida. Porque quien­
quiera que no pudiere vivir de su trabajo libre, de
las mil profesiones que hoy conocemos y de las que
aparecieran más adelante, tendría siempre una
puerta abierta: ponerse al servicio del Estado y con­
tribuir a la producción de valores alimenticios, en lo
cual no habría límite, pues cuanto se produjera sería
utilizado por la nación o por otras naciones que cam­
biaran por estos productos los de sus industrias, ni
más ni menos que como hoy, aunque en forma dife­
rente, se realiza. Asimismo, si el Estado subvenía a
la nutrición de los niños hasta la edad en que el
trabajo fuera posible, el crecimiento de la pobla­
ción sería maravilloso y la situación de la mujer
cambiaría radicalmente, puesto que el vasallaje a
que el hombre la tiene sometida no se funda en la in­
ferioridad de la mujer, sino en la necesidad en que
ésta se ve de ligarse para asegurar la existencia de
la prole. En suma, amigo Benito: el día en que to­
das las cocinas particulares se fundieran en una co­
cina universal, que no sería cocina, sino laboratorio,
y no uno solo, sino varios en los diversos centros de
producción; cuando los Gobiernos cuidaran de la
alimentación cierta, uniforme y científica de todos
sus gobernados, se evitaría el triste espectáculo de
nuestras luchas por un mísero pedazo de pan, y los
hombres podrían entablar combates más nobles por

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

51

cosas del espíritu que, por no estar sujetas a medi­
da, permiten a cada cual subir tan alto como se lo
consienten sus facultades naturales y su aplicación.
Entonces todos podríamos dormir con la conciencia
tranquila, sin pensar, como yo pienso muchas veces,
que en el momento que unos comen hay otros que
se mueren de ham bre; de donde viene que yo tenga
tan poco apetito, según usted ha notado en más de
una ocasión.
Contentísimo se quedó Benito oyendo este discur­
so, en el que tan lisonjero cuadro se trazaba de la
vida futura, y en el que tan brillante y principal
papel se atribuía a los químicos en general y a los
boticarios en particular; y le parecían siglos las ho­
ras que faltaban para la de comer, y proclamar ante
sus petulantes compañeros las excelencias del estu­
dio farmacológico y los horizontes que a éste se le
abrían con la idea feliz del alimento químico, que a
él le pareció tan al alcance de la mano que casi veía
ya delante de sus ojos las pastillas milagrosas, que,
además de suprimir las molestias de la comida y
am inorar considerablemente las de la digestión, re­
solvían la «pavorosa cuestión social», de que los
periódicos hablaban a diario. Los comensales se di­
vidieron en dos bandos; pues mientras la mayoría,
con Orellana a la cabeza, combatió la idea por im­
practicable y ridicula, los estudiantes de Medicina
y Carlos Cook, el canario, decían que mayores ab­
surdos aparentes han llegado a tener realidad, y que
no había motivo para burlarse de don Benito; el
cual, satisfecho de aquella discordia en los parece­
res, se creció de una manera extraordinaria y comen­
zó a m irar por encima del hombro a sus contradic-

52

ÁNGEL GANIVET

tores, con quienes sostuvo empeñadas polémicas, re­
cordadas aún por cuantos se hospedaban en casa de
doña Paulita, y por algunos que, sin ser huéspedes,
comieron allí invitados, algunas veces, como le ocu­
rrió a Cándido Vargas, amigo y compañero de estu­
dios de Orellana y de don Perfecto. Por él conozco
yo todos estos detalles, como dije, y, por si no bas­
taran, la descripción de un banquete que dió Orella­
na a sus amigos para celebrar su triunfo en las opo­
siciones a notarías. Porque Vargas, antes de dedicar­
se al periodismo, estuvo tentado de escribir novelas
y comenzó una titulada La nueva generación, de la
que sólo llegó a componer el capítulo primero, donde,
bajo el epígrafe, apestosamente fisiológico, de «El
Protoplasma», describía el banquete y el grupo de
jóvenes que a él asistieron del modo que verá el cu­
rioso lector.
Entre los papeles que Vargas me envió, cuando yo
le pedí que me dijera cuanto supiese de Pío Cid, con
ánimo de escribir esta historia, figuraba el famoso
«(Protoplasma», que me sorprendió a más no poder.
Pensé desde luego utilizarlo, pero no sabía cómo,
pues ni me gusta adornarme con plumas ajenas, ni
era cosa de deshacer aquel capítulo que, bueno o
malo, había sido compuesto por un tan estimado ami­
go mío. Así, pues, escribí a éste una carta en que
le decía:
«Sr. D. Cándido Vargas.
»Director de La Juventud.
»Madrid.
»M i querido amigo y compañero: Te voy a dis­
traer un instante con una nueva petición, referente

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

53

a mi pleito de Pío Cid; y perdóname la insistencia,
ya que no por mí mismo, por consideración a la me­
moria de tan noble amigo. Entre las cartas y apun­
tes que me has enviado, y que te agradezco en grado
sumo, encuentro un capítulo de novela titulado «El
Protoplasma», que querría publicar tal como está,
como cosa tuya, se entiende. Hay en esto algo de
delicadeza, pero para serte franco también hay algo
de prevención. Quiero decir que tu capítulo me pa­
rece bueno, pero que yo no lo daría con mi nombre,
porque entiendo los asuntos literarios de muy distin­
to modo que tú, en lo cual nadie pierde ni gana.
»No voy a explicarte todos los reparos que se me
ocurren, sino algunos que merecen explicación de tu
parte. Por ejemplo, tú pones la casa de huéspedes
en la calle del Arenal, y no en la de Jacometrezo,
que es la verdadera, y a mí me parece el cambio
poco afortunado, porque la segunda calle, como más
estrecha y obscura, es más propia para colocar en
ella un cuadro de la vida estudiantil, obscura con la
obscuridad que da el poco saber y el no mucho te­
ner, y para que en ese cuadro resalte más la figura
de Pío Cid, que no es la de un maestro de relumbrón,
sino la de un Diógenes, o poco menos, amante de la
grandeza oculta y de la virtud miserable. Además, y
esto tiene más importancia, introduces dos tipos
que me huelen a ser de pura invención: Felipe Bo­
nilla y Augusto Sierra piensan casi como Pío Cid,
aunque hablan de distinto modo, desluciendo la fi­
gura principal, a la que se diría que pones empeño
en recortar para igualarla con las de los infelices
gurripatos que le rodeaban. Y no sólo haces esto,
sino que presentas a Pío Cid por el lado menos fa-

54

ÁNGEL GANIVET

vorable; lo que él dice allí sobre el sexto sentido,
verbigracia, es cosa suya, esto no lo dudo; pero sí
dudo que lo dijera en aquella ocasión y delante de
tanta gente. Claro está que tú no te propusiste pre­
sentar solo a Pío Cid, y que lo utilizaste como bien
te pareció en el grupo que describías; pero la ver­
dad en su lugar, y la verdad es que el Pío Cid de
«El Protoplasma» no es enteramente el mismo que
yo conocí y que tú me has ayudado a conocer.
»No insisto más, y te repito mi ruego de al prin­
cipio, confiando en que no tendrás inconveniente en
la publicación de unas páginas tan interesantes para
quien desee conocer con todos sus pelos y señales
la vida de un hombre tan singular como Pío Cid.
Escríbeme, pues, y cuenta siempre con el leal afecto
de tu viejo amigo y camarada,
» A n g e l .»

A esta carta se apresuró a contestar mi amigo con
la siguiente, breve y substanciosa como pocas:
«Mi muy querido amigo :
»Ya que no te escriba tan largo como deseara, no
quiero que me taches de perezoso, y te contesto en
el acto que recibo la tuya.
»Ni siquiera me acordaba de haber escrito el capitulejo ese, que tú has leído y analizado con más de­
tenimiento que yo lo escribí.
»Llevas casi razón en lo de la calle, y la llevas
por completo en lo demás. Yo hice el cambio por­
que me proponía poner en solfa a la patrulla y no
quería exponerme a que alguien se diera por aludido.
»Has tenido gran olfato al conocer que Sierra y

55

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

Bonilla son dos pegotes. Ellos existen si no se han
muerto, y yo los conocí; pero no estuvieron jamás
en la calle de Jacometrezo, ni dijeron en su vida lo
que dices que les hago decir.
»Lo que pasó fué que yo estaba entonces sugestio­
nado por la novedad naturalista; para mí una no­
vela debía tener fisiología, mucha fisiología y muchos
detalles descriptivos, y de los héroes huir como el
diablo de la cruz.
»Para que en mi novela no hubiera ningún héroe
se me ocurrió, sin duda, partir a Pío en tres. Era
mucho hombre.
»Dispensa todas estas tropelías y haz lo que te
parezca de mi «Protoplasma». Publícalo con o sin
retoques, y cuenta que no le doy al asunto la menor
importancia.
»Ya sabes mi opinión. Con la literatura no se va
a ninguna parte, y cada día se ha de ir menos. El
libro ha muerto. R. I. P. Amén.
»Y con el periódico pronto ocurrirá lo mismo.
»Sabio tú que vives retirado en esa ciudad de los
cármenes, disfrutando de tu prebenda municipal, y
que te entren moscas.
»Adiós; un abrazo de tu viejo
»CÁNDIDO.»

Así decía la carta, y, no obstante la autorización
de mi amigo, es tal el respeto que me inspira el tra­
bajo de los demás, que no he querido cambiar pun­
to ni coma en lo que él escribió, que fué lo que
sigue :

ÁNGEL GANIVET

50

«EL PROTOPLASMA
»Poco después de obscurecido entró Pepe Orellana
en el café Imperial.
»Se dirigió a la mesa donde tenía costumbre de
sentarse todas las noches, y saludó a dos jóvenes
que allí estaban discutiendo sobre la corrida de to­
ros de la tarde anterior.
»—¿No ha venido todavía don Perfecto?—pre­
guntó.
»—Vino y se marchó hace poco—contestó uno de
aquellos jóvenes con acento andaluz muy marcado.
»—Son ya cerca de las siete—agregó Orellana, mi­
rando al reloj del café—. Si queréis nos iremos, y en
casa nos encontraremos todos.
»Se levantaron los jóvenes, se pusieron las capas
y los sombreros y sin pagar, pues eran parroquia­
nos asiduos y pagaban cuando querían o podían, se
marcharon a la calle, encaminándose hacia la del
Arenal.
)>—Por fin corremos la broma—preguntó el del
acento andaluz, que, en efecto, era sevillano y se
llama Augusto Sierra—. Bonilla creía que nos toma­
bas el pelo.
»—Bonilla—dijo Orellana—es un informal y cree
que todos son como él. A ver si no está aquí el pal­
co—añadió, mostrando un papel encarnado—. Y en
casa está todo lo demás.
»—Magnífico—exclamó Bonilla—; me retracto de
lo dicho, y reconozco que eres digno de una nota­
ría y hasta de un archipampanato.
»Para los lectores que no están en el secreto, con-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

57

viene declarar que Pepe Orellana acababa de ganar
por oposición una notaría, y que con tan fausto mo­
tivo había dispuesto, en obsequio de algunos com­
pañeros y amigos, un banquete en la casa en que se
hospedaba, y para acabar de echar a perder la no­
che, un rato de broma en el teatro de la Zarzuela,
donde había baile de máscaras.
»Llegaron los tres amigos a la casa donde vivía
Orellana, en la misma calle del A renal; subieron al
segundo, y después de soltar sombreros y capas en
el pasillo, entraron de rondón en el comedor, en el
que estaban de pie vociferando varios jóvenes.
»Aunque interrumpieron su acalorada disputa al
llegar Orellana, y sus amigos, debían disputar sobre
tema ya pasado en cuenta, porque Orellana, ape­
nas entró, dijo:
»— Haga usted el favor, don Benito, de dejarnos
en paz con su alimento químico, que hoy no es día
de aplicar ningún invento, sino de comernos una
paella valenciana que yo le encargué a doña Pauli­
ta, y que Dios haga que salga bien.
»Y dicho esto le miró con fijeza, como si fuera a
comérselo con los ojos, mientras con un gesto habi­
tual en él se subió de hombros y se tapó la boca con
la mano derecha, apoyando sobre el arco que for­
man el pulgar y el índice la nariz ancha y aplas­
tada, que era lo más característico de su fisonomíade hombre testarudo.
»El don Benito no contestó. Era un joven farma­
céutico, mancebo de botica y autor del invento a que
se refería Orellana. Yo no sé si el invento sería dis­
paratado, pero el aspecto del joven no daba buen
indicio, pues la frente era pequeña y los ojos tan

58

ANGEL GANIVET

próximos, que no distaban el uno del otro más de
media pulgada. Parecía más terco que inteligente.
»Los demás que estaban en el comedor tenían
figura más distinguida. Uno de ellos, de aire seco
y flemático, era canario, natural de Orotava, y al
saber que se llamaba Cook y Pérez, se caía en la
cuenta de que era un español retocado de inglés.
Los otros dos eran bilbaínos, y estaban para acabar
la carrera de ingeniero. Se llamaban don Camilo
de Aguirre y don Serapio de Asúa, y eran amigos
inseparables y grandes aficionados a gastarse ale­
gremente el dinero.
»Don Serapio se moría por la ópera y los toros,
y después de Dios ponía a Gayarre y a Frascuelo.
Casi siempre hablaba gritando, como no se Jo impi­
dieran las ronqueras que solía coger y que le obli­
gaban a llevar al cuello, como medida preventiva,
un pañuelo de lana.
»El don Camilo era más ecléctico y se aficionaba
a toda clase de diversiones, en particular a las pie­
zas en un acto. En los teatros por horas era muy
conocido, no sólo porque iba con frecuencia, sino
por un rasgo fisonómico muy marcado. Sus nari­
ces eran de las llamadas de a cuarta, y seguramen­
te tendrían nueve centímetros, más bien largos que
cortos.
»No tardaron mucho en llegar otros tres huéspe­
des de la casa. Primero dos discípulos de Escula­
pio, que eran de los más divertidos de la reunión, y
entra,ron tarareando a dúo ha marcha de Cádiz, y a
poco el orensano Vila, amigo y compañero de cuar­
to de Orellana.
»Vila era uno de esos hombres cuyo nombre en-

LOS TUABAJOS DE PÍO CID

59

gaña. Quien oyera hablar de don Perfecto Fernán­
dez Vila se figuraría a un caballero alto y enjuto,
con planta de militar o de ju ez; y, sin embargo, era
un tipo rechoncho, el rostro coloradote, la barba rala
y los ojillos alegres, aunque poco expresivos.
» —Hombre—le dijo Orellana cuando le vió en­
trar—eres el último que llega, y no será por no
haber ido a buscarte.
» —Ya te contaré. Un tropiezo afortunado... ; en
fin, ya te contaré.
»—Me apuesto—dijo Sierra—a que has emprendi­
do la conquista de alguna maritornes.
»—Las maritornes para ti, que eres especialista
en el género—respondió Vila.
» —Señores, haya consideración a lo sagrado de
este lugar—interrumpió con fingida gravedad Ore­
llana—y sentémonos.
»Y después, mirando alrededor suyo, añadió diri­
giéndose a la criada, que estaba en la cocina, al
la d o:
» —Pura, haz el favor de decirle a don Pío que se
le ruega que venga.
»Todos se fueron sentando donde tenían costum­
bre, salvo don Perfecto, que se fué a un extremo de
la mesa, dejando sitio para Sierra y Bonilla, que
eran convidados de fuera, y se sentaron a la dere­
cha de Orellana.
»A la izquierda de Orellana se sentaron Aguirre,
don Serapio y Cook, y en lado opuesto los doctores,
como llamaban a los estudiantes de Medicina Pepe
Rodríguez y don Mariano, y don Benito, quedando
entre éste y el canario una silla desocupada para
don Pío.

60

ÁNGEL GANIVET

»El cual se presentó a poco, y saludando con un
breve «buenas noches», se sentó. Era un hombre de
alguna más edad que los allí reunidos, alto y de
presencia varonil, y al primer golpe de vista algo
antipático. A pesar de su barba espesa y obscura,
tenía cierto aire sacerdotal.
»Era un solterón, sin familia, empleado de Ha­
cienda y paisano de la dueña de la casa, doña Paulita, andaluza muy desenvuelta, con la que malas
lenguas decían que si tenía o no tenía o dejaba de
tener cierta intimidad. Lo cual les parecía a todos
naturalísimo por la costumbre que hay de que las
patronas sueltas tengan algún requeleque.
»Mientras se servían la sopa, inició la conversa­
ción don Perfecto con diversas consideraciones acer­
ca del porvenir sonriente del afortunado Orellana.
»—Aquí tienen ustedes—decía—a un hombre que
ha resuelto su problema. Dentro de poco se posesio­
na de su notaría, que le dará dos o tres mil duros,
limpios de polvo y paja. Y esto para empezar. Des­
pués se va a Valencia, se casa con su novia, que es
una realísima moza, y no se vuelve a acordar de nin­
guno de nosotros.
»—Hombre, no hay que exagerar—contestó Ore­
llana—. Los amigos son siempre amigos.
»—Vaya—dijo Sierra—, que a Vila se le hace la
boca agua pensando que él podría ir de notario a
Orense y casarse con la rapaciña que tendrá allí es­
perándole.
»—Prefiero eso a andar, como tú, rodando por los
periódicos, engañando al público incauto—contestó
Vila.
»—Pues yo afirmo—repuso Sierra—que los que

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

Gt

piensan como tú son unos degenerados. Porque bue­
no es que las mujeres se dediquen a pensar en el
casorio, pero los hombres deben pensar en algo de
más trascendencia. En cuanto se reúnen varios jóve­
nes, he notado que no hablan ahora más que de te­
ner un sueldo y casarse, lo mismo que si fueran mu­
jeres. Y es que la juventud de hoy está afeminada
y su único ideal es asegurar el plato.
» —Tiene usted razón que le sobra, don Augus­
to—dijo don Pío interviniendo— ; nuestra juventud
debía estar encerrada en San Bernardino.
)>—Hacía falta en España un nuevo Hércules—agre­
gó Sierra—que volviera de arriba a abajo la nación.
» —Pues yo creo—añadió don Pío—que si Hércules
resucitara no querría cuentas con nosotros. Porque
se comprende que entre sus doce famosos trabajos
acometiera al más penoso de todos, que, a mi jui­
cio, debió de ser el de limpiar los establos de Augias.
Pero aquí lo que tendría que hacer sería limpiar
los establos por doce veces, y aun quedaría materia
para otras doce; y esta operación me parece más
propia de un basurero que de un héroe semidivino.
»Esta ocurrencia hizo gracia a don Benito, quien
se echó a reír al mismo tiempo que mascaba la pri­
mera cucharada de garbanzos, y estuvo a punto
de ahogarse con uno que se le atravesó de mala
manera.
»Don Pío le sacó del paso dándole golpes en las
espaldas, mientras Pepe Rodríguez hacía reír al res­
to de la reunión diciendo:
» —Por fortuna, los garbanzos son menudos; que
si llegan a ser de los de Fuentesaúco, acaba eslo
trágicamente.

62

ÁNGEL GANIVET

»Sin duda don Benito, que era de Fuentesaúco,
celebraría con demasiada frecuencia los garbanzos
de su tierra, y de aquí la oportunidad con que Pepe
Rodríguez hacía ver el inconveniente de los garban­
zos gordos.
»Pero don Benito, inspirado por la excitación del
ahogo, replicó con gran tin o :
»—Los garbanzos de mi tierra se deshacen en la
boca, amigo don Pepe, y no hay temor de que se
atasquen...
»—Pues sí, señores—dijo Orellana, siguiendo el
tema anterior—, me parece una pretensión ridicula
Ja de querer reformar la sociedad cuando no se cum­
plen siquiera los deberes elementales de un ciuda­
dano. ¿Cree usted — agregó, encarándose con Sie­
rra—que no es misión alta la de fundar una fa­
milia y dar hijos útiles a la patria?
»—¿Pero qué hijos puede dar quien vive sin idea­
les?—replicó Sierra—. Si nosotros nos contentamos
con ganar un sueldo, echándonos después a dormir,
nuestros hijos querrán jubilarse a los veinticinco
años, y la nación se hundirá más que está. Aquí ya
no hay más esperanza que la juventud intelectual,
y si esta esperanza se pierde también, no habrá pa­
tria, ni nación; sólo habrá una gusanera...
»—No lo tome usted por el lado patriótico—in­
terrumpió Vila— ; a mí no me va ni me viene con
la patria, y lo que me interesa es resolver mi pro­
blema. Los que hablan de la patria son los peores,
y yo creo que, si cada cual se condujera decentemen­
te, no habría más que pedir.
„—No exageres, Perfecto — dijo Orellana— ; eso
que defiendes es de un egoísmo inadmisible. Yo creo

LOS. TRABAJOS DE PÍO CID

63

que debemos interesarnos por la nación, pero no re­
formándola, según el capricho de éste o aquél, sino
moralizándola y manteniéndola en la fe, y luchan­
do por im plantar el reinado de Cristo.
»—Amén—concluyó Pepe Rodríguez.
»—¿De modo—dijo Sierra—, que las generacio­
nes se van a suceder unas a otras sólo para repe­
tir constantemente ios mismos actos? Eso sería abu­
rridísimo. Tenga fe el que quiera o el que pueda,
pero que la humanidad no se pare, porque parán­
dose a ninguna parte se va.
»—Es que hemos llegado ya, amigo mío—replicó
Orellana—, y cuando uno llega adonde quería lle­
gar es insigne tontería seguir andando a ciegas. Yo
me río de la agitación inconsciente de estos refor­
madores del día, que se dan aires de salvadores de
la humanidad porque se preocupan por mejorar lo
que antes han echado a perder. ¡Habrá m aja­
deros !
)>—Magnífico, Orellana—interrumpió Bonilla— ; te
recomiendo que, en cuanto puedas, pidas traslado
para mi pueblo, donde te hallarás como el pez en
el agua.
h—¿De dónde es usted?—preguntó Aguirre.
»—De Toledo; y le aseguro a usted que entre
vivir allá y que me ahorquen, no sabría qué
elegir.
»—Pues yo he estado una vez en Toledo—dijo Ore­
llana—, y me parece que viviría allí muy a gusto.
Aquello es una ciudad verdaderamente española.
»—Vosotros llamáis españolas a las cosas petri­
ficadas y muertas—repuso Bonilla—, y yo creo que
se puede ser muy español yendo hacia adelante. Lo

04

ÁNGEL CANIVET

que ha dicho Sierra es mucha verdad; ese amor al
reposo, a casarse y enjaularse sin mirar el porve­
nir, es un carácter de los jóvenes de hoy, lo mismo
los tirios que los troyanos, y ese carácter es mujeril
y revela una gran degradación. Hay que tener algo
dentro de la cabeza y pensar alto. La mujer tiene
como centro natural la familia, pero el hombre
debe salirse de esta pequenez y trabajar como si su
familia fuera el mundo entero. Así es como progre­
sa la humanidad.
»— Me sé de memoria todos esos sofismas— gritó
Orellana— ; ahora me sales con el cuento del pro­
greso indefinido y de la evolución, que están ya
mandados recoger. ¿Crees tú que es posible trans­
formar la sociedad? Un paso más, y creerás que se
puede transformar el hombre, y hasta aceptarás
que procedemos directamente del mono, como ase­
guran los transformistas.
»— No hay que levantar falsos testimonios, inte­
rrumpió don Mariano, que hasta entonces no había
intervenido en la discusión— . Lo que aseguran es
que las especies se transforman según ciertas leyes.
Y aunque el mono es el animal que se aproxima
más al hombre, han podido existir otras especies in­
termedias que desaparecieron ya.
»— Llámele usted hache— replicó Orellana.
»— Eso del mono me recuerda— dijo Pepe Rodrí­
guez—un lance que le ocurrió a una criada de mi
casa. Venía de visita mi profesor de Historia Na­
tural, que era transformista, y la criada me había
oído a mí decir que el profesor nos explicaba que el
hombre venía del mono. Un día la criada no hacía
más que mirar por detrás a mi profesor, y mi madre

65

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

quiso saber por qué miraba tanto, y entonces la
criada contestó :
»— Como ese señor dice que venimos de los mo­
nos, iba a ver si le asomaba el rabo por debajo de
la levita.
»— Pues no crea usted que el disparate es tan
grande— dijo riendo Orellana— , que yo he oído de­
cir a un catedrático que el huesecillo ese que tene­
mos en salva la parte es el residuo del apéndice
caudal que en otro tiempo tuvimos.
» — Esa— rectificó don Benito— es la apófisis...
»— No ponga usted motes feos — interrumpió
don Pío.
)>— A ese huesecillo y al del codo los llaman los
huesos de la alegría— dijo Sierra— , y la verdad es
que no sirven nada más que para molestar.
)>— Precisamente en su falta de objeto— insistió
don Mariano— debía usted ver, amigo Orellana, us­
ted que defiende la finalidad de todas las cosas, un
motivo para buscar el porqué de que ese hueso atro­
fiado esté donde está. ¿Usted sabe el por qué?
»— Eso que lo explique don Pío— dijo con sorna
Aguirre.
»— Ese hueso está ahí— contestó seriamente don
Pío— para que, cuando le dan a un hombre un pun­
tapié, le duela mucho y se enmiende.
»— ¿Le han dado a usted algun o?— preguntó
amoscado Aguirre, mientras se miraban unos a
otros los comensales.
»— A mí no, porque los puntapiés se le dan al que
huye, volviendo las espaldas, y yo no he hecho eso
jamás. ¿ Y a usted?

5

6G

ÁNGEL GANIVET

»—¿A mí?...—repitió Aguirre, mudando de color
y levantándose.
»Al mismo tiempo don Serapio, que estaba tan
ronco aquella noche que apenas podía hablar, in­
tervino para apaciguar a su paisano.
»—Hombre, parece mentira...—fué lo único que
se le entendió.
»—Eso es una ofensa que se me hace a mí per­
sonalmente—dijo Orellana—. Estamos aquí pasan­
do el rato como buenos amigos, y me parece una
descortesía que se agüe la fiesta por una cuestión
tan baladí.
»—Bien está—dijo Aguirre sentándose— ; ya arre­
glaremos el asunto después. Supongo—agregó di­
rigiéndose a don Pío—que usted que da siempre la
cara, me la dará a mí cuando yo se la exija.
»—Ahora mismo si usted quiere—contestó don
Pío— ; y a fin de que nuestros compañeros no se
disgusten por causa nuestra, creo que podíamos en
el acto zanjar la dificultad. Usted desea apelar a
las armas, y yo propongo un duelo con las armas
primitivas del hombre, con las manos. Vamos a
echar el pulso, y al que venza por ser más fuerte
se le da la razón, aunque no la lleve.
»— ¡Magnífico!—gritó Bonilla, y todos le hicieron
coro con diversas exclamaciones, entre las que sobre­
salían los ¡bravos! de Cook, que se deshacía de gusto.
»Aceptó Aguirre el desafío, y después de apartar
un frutero y algunos platos que estorbaban, pusie­
ron los contendientes los codos sobre la mesa y se
cogieron las manos. La de don Pío era fina como la de
una señora, y la de Aguirre grande y apoyada en
una muñeca hercúlea.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

67

»Casi instantáneamente los nudillos de Aguirre
golpearon repetidas veces en la mesa, con asombro
de los comensales, que de pie rodeaban a los due­
listas.
»— Espere usted que me apoye bien— dijo Aguirre.
»Y don Pío contestó :
»— Apóyese usted cuanto quiera, y eche las dos
manos a la vez.
»Aguirre no aceptó esta libertad por lo pronto;
pero, una vez que se vió dominado por segunda vez,
echó las dos manos. Se mantuvo algunos segundos
en equilibrio, pero después lentamente le hizo don
Pío dar con ambas manos en la mesa y aun levantar
los codos.
»— Tiene usted una mano que engaña — fué lo
único que dijo Aguirre, en tanto que todos los asis­
tentes se disponían a probar también el puso con
don Pío.
»Y éste los fué venciendo a todos los que pro­
baron con una mano o con las dos, como a Agui­
rre. El único que con ambas manos le sostuvo el
pulso fué Cook, excelente gimnasta y gran ciclista,
como representante que era en España de varias ca­
sas constructores de aparatos velocipédicos. Y Cook
decía que sus puños estaban acreditados hasta en
Inglaterra.
»La entrada triunfal de la paella en manos de la
propia doña Paulita. dió fin al certamen, y todos
ocuparon sus puestos.
»Orellana, satisfechísimo, dijo a la criada que
trajera algunas botellas.de las que habían llevado
para él aquella tarde, y Bonilla proclamaba las ex­
celencias del duelo a pulso.

68

ÁNGEL GANIVET

»—Hasta resulta más noble—decía—darse las ma­
nos en el acto de batirse, que no dárselas después
del modo ceremonioso que se emplea en los duelos
ordinarios. Ha sido una idea magnífica, don Pío.
»—Y. a propósito, don Pío—dijo Orellana—, ¿sabe
usted para qué he hecho el encargo del vino y de
algunas otras cosillas? Pues se trata de pasar el
rato en el baile de la Zarzuela, y contamos también
con usted.
»—Me extraña—contestó don Pío—verle a usted tan
sacado de quicio. ¿De cuándo acá?
»—Un día es un día, y yo, como quien dice, ce­
lebro mi despedida de la vida de hombre soltero.
No hay que ser tan puritanos. ¿Usted viene desde
luego?
»—Hombre, yo no me despido de la vida de sol­
tero, porque afortunadamente, no pienso casarme
ni lo he pensado nunca. Ni creo que estoy para esos
trotes, que no soy ya un muchacho como ustedes.
»—Pues si acaba usted de arrumbarnos a todos
como trastos viejos.
»—Eso no tiene mérito, porque es en mí heredi­
tario. Ya sabe usted que yo me llamo Cid de ape­
llido, y en mi familia se conservaba la tradición de
que el primer Cid que se estableció con los suyos en
Aldamar poco después de la expulsión de los moris­
cos era de los viejos Cides castellanos, descendien­
tes de los Díaz de Vivar, que cambiaron el apellido
en recuerdo del famoso Cid Campeador. Y éste, se­
gún las leyendas, tenía la mano dura.
»—De todos modos, usted tiene más alientos que
un joven y no debe ser tan meticuloso ni tan re-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

69

traído. Un día es un día. Conque no hay escapa­
toria.
»Don Pío no contestó, quedándose absorto como
quien desea recordar algo que no le acude a la me­
moria.
»Entretanto los comensales elogiaban la paella
con frases que llenaban de satisfacción a doña Paulita.
»—¿En qué piensa usted, don Pío?—insistió Ore­
llana, después de un momento de espera—. Se dirá
que la idea del baile le recuerda a usted alguna his­
toria antigua.
»—No hay tales historias antiguas ni modernas,
ni yo he estado nunca en ningún baile de másca­
ras. Y si les dijera a ustedes lo que pienso, se rei­
rían de mí, estoy seguro.
»—Dígalo usted, que no nos reiremos — suplicó
don Benito.
»—Ustedes no creerán—dijo don Pío—que un hom­
bre que no teme a nada ni a nadie en el mundo,
tenga miedo a las máscaras.
»—¿Y usted tiene miedo?—preguntó asombrado
Cook.
»—Yo tengo miedo, sí, señores—contestó don Pío— ;
y si ustedes pensaran como yo, lo tendrían tam ­
bién.
»Todos alargaron las orejas y se prepararon a
oír algún relato maravilloso.
»—La experiencia de la vida—prosiguió don Pío—
me ha dado la convicción de que yo domino abso­
lutamente cinco de mis sentidos corporales, y de
que en cuanto a ellos toca soy amo de mí mismo;
más que amo, déspota. Pero hay un sexto sentido

70

ÁNGEL GANIVET

que no cae por completo bajo mi poder, y que es
una puerta abierta por donde temo que llegue has­
ta mí el azar, que juega y se divierte con todos
nosotros, cuando nosotros nos abandonamos a él.
»— ¿Y cuál es ese sexto sentido?—preguntó Ore­
llana— . Porque yo creía que eran cinco solamen­
te : ver, oír, oler, gustar y tocar.
»—Hay. además, el sentido de la orientación—dijo
don Mariano—, y el muscular o de la resistencia.
»—No me refiero yo a ésos—dijo don Pío— ; ésos
son variedades del tacto, y aunque sean sentidos
distintos, no tienen importancia mayor.
»— Entonces será un sentido inventado por us­
ted—dijo riendo don Mariano.
»—Yo no invento nada—continuó don Pío— . Uste­
des habrán visto alguna vez una mujer vestida de
máscara con un capuchón que la cubre por com­
pleto, y habrán experimentado una sensación ex­
traña, y luego habrán pensado que esa sensación
provenía de la idea de que aquella mujer era una
beldad rara, algo desconocido, fantástico.
»—Eso es cierto—afirmó Sierra— . Y no hay mu­
jer enmascarada que no parezca hermosísima al
mirarla al través del disfraz, al adivinar los ojos
llenos de fuego y la boca encendida, y al ver aso­
mar la garganta, que es bella en todas las mu­
jeres.
»—Pues bien—dijo don Pío— ; esa idea vulgar es
un gran error, que ha impedido que se ahonde en
el asunto y se vea lo que hay dentro de él. Y hay
muchísimo. No es que se adivine nada, ni que nos
seduzca lo misterioso; es que recibimos directamen­
te, sin intervención de los cinco sentidos, que el vul-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

71

go admite, la sensación del amor. Hay máscaras
simpáticas y antipáticas, y si al amigo Sierra le
parecen todas hermosísimas, es porque se acerca a
las que le han inspirado simpatía. Y esta atracción
o repulsión no es cosa del sentimiento, sino de la
sensibilidad; es una sensación como la del color o
el sonido. Como existe lo negro, o negación de la
luz, y la luz blanca o indistinta, y por descomposi­
ción de ésta los colores del iris y sus matices; y
como existe el silencio, o negación del sonido, y el
sonido indistinto, y por descomposición de éste las
notas de la gama y sus variedades, así existe tam­
bién la repulsión o negación del amor y la atrac­
ción o el amor indistinto, y por descomposición de
éste, una escala de sensaciones amorosas, cuyas
combinaciones forman el arte de la vida sentimen­
tal. En la pintura o la música hay muchos que ad­
miran las obras de arte, y hay también quien las
crea pasando por el penoso aprendizaje del dibujo
y estudio de los colores o del solfeo y ejercicios de
ejecución. En el amor nadie ha creado jamás una
obra propiamente artística, porque se desconocen
las sensaciones elementales. Se ha escrito mucho
sobre la psicología del amor; pero lo que se ha
escrito tiene la misma utilidad que la crítica de las
obras de arte. Y aún menos, porque en el amor los
sabios estudian obras no de nuestro saber, sino de
nuestro instinto; y tanto valdría estudiar como com­
posición musical la serie de sonidos que, según la
fábula cuenta, arrancó a una flauta el burro flau­
tista.
»— ¿Y qué ciencia ni qué arte quiere usted que
haya en el amor?—interrumpió Orellana—. ¿Está

72

ÁNGEL GANIVET

en nuestra mano amar o dejar de amar, o hacer las
cosas de distinto modo que las hacemos?
)>— Sí lo está— contestó don Pío— . Y sólo un pudor
mal entendido nos mantiene en la ignorancia que
padecemos. ¿Qué diría usted de un hombre que
para ver un cuadro cerrara los ojos y aplicara el
oído, y para oír una sonata se tapara los oídos y
abriera desmesuradamente los ojos?
»— Diría que era un estúpido— contestó Orellana.
»— Pues más estúpido es— dijo don Pío— quien se
enamora de una mujer viéndola, oyéndola, oliéndola, gustándola o palpándola. Yo veo a una mujer,
aun la más hermosa, como podría ver el pórtico
de una iglesia. Y la oigo, si tiene la voz agradable,
como una sinfonía, y aun el roce del vestido al an­
dar, que a otros tanto les seduce, a mí me suena
a ruido de hojas secas, arrastradas por el viento.
Y si va bien perfumada, me parece que estoy olien­
do una caja de perfumes. Y si llega la ocasión de
besarla y percibir su sabor, la gusto como podría
gustar una fruta. Y si la toco y encuentro fina y
sedosa la piel, me figuro que estoy acariciando a
una gata. Y todo esto me ocurre porque yo he apren­
dido a conocer la sensación pura del amor y a se­
pararla de las demás sensaciones, que poco, casi
nada, tienen que ver con el amor. Se compadece al
ciego o al sordo porque les falta un sentido; más
digna de compasión es la humanidad, que tiene un
sexto sentido más importante que los otros, y no
lo usa por ignorancia...
„— No sé por qué—interrumpió Orellana con gra­
vedad—me figuro que va usted a decir alguna in­
conveniencia de marca mayor.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

73

»— Pues está usted muy equivocado, amigo mío
— replicó don Pío secamente— , y por sí o por no, hago
aquí punto redondo.
»— No haga usted caso del señor Orellana— dijo Pe­
pe Rodríguez— , y díganos lo que nos iba a decir,
que nos interesa de un modo extraordinario.
»— Yo también escucho con vivo interés a don Pío
— agregó Orellana— , y mi observación no tenía ma­
licia ni es motivo para que nos deje a media miel.
»— Otro día será— dijo don Pío— . Por hoy baste
saber que si los hombres ejercitaran su sexto sen­
tido, evitarían los engaños del amor, causa prin­
cipal de la bajeza humana. Nosotros vemos que el
sol se mueve, y que un bastón introducido en el
agua se quiebra, y que los objetos que están fijos
se mueven en sentido contrario del tren puesto en
marcha, y que dos largas hileras paralelas de ár­
boles se van juntando hasta tocarse sus extremos;
y rectificamos estos y otros errores vulgares porque
conocemos la sensación óptica y sus leyes y anoma­
lías. En la atracción amorosa las anomalías son in­
mensas ; pero no es posible corregirlas, porque se
desconoce la sensación pura y se echa mano de
otras sensaciones que nos engañan más aún. Yo
puedo asegurar que jamás me enamoraré de una
mujer como ustedes se enamoran; los cinco senti­
dos de uso corriente no sólo no me sirven para
enamorarme, sino que me distraen y me libran de
caer en el verdadero amor, que sería el que llega­
se a mi espíritu por el sexto sentido. Una vez vi pa­
sar por mi lado una máscara con un capuchón ne­
gro que la cubría de pies a cabeza, y sentí una emo­
ción que jamás había sentido en mi vida; era una

74

ÁNGEL GANIVET

m ujer, y si yo la hubiera seguido, no e sta ría hoy
con ustedes. Quizás era un m onstruo de fealdad o
de depravación. ¿Qué im porta? E ra u n a m u jer que
a mí me dió la sensación p u ra del am or, u n a s o la ;
pero ta n fuerte, que contra ella n ad a h u b ieran v a ­
lido las de los otros sentidos juntos. Y he aquí por
qué a mí me d an miedo las m áscaras.
»—Dispense usted—dijo Vila—que no com prenda
ese miedo. P orque si a mí me p u d iera d a r u n a m ás­
ca ra ese am or que usted nos pinta, yo la b u scaría
aunque tu v iera que ir al centro de la tie rra .
»—Porque ese am or—replicó don Pío—le d a ría a
usted la felicidad que usted desea.
»—Y ¿usted no desea la felicidad?—p re g u n taro n a
u n a Vila y O rellana.
»—No le doy im portancia—contestó don Pío—. Es
u n a form a de la vida, pero no es la vida. ¿Qué g a­
nam os con que a un tonto le adore u n a m u jer y le
hag a feliz (cosa que a diario sucede), si el tonto
continúa cometiendo ton terías y poniendo en r i­
dículo a la especie hum an a? Y ¿qué se pierde con
que un hom bre de genio viva en la soledad y pase
grandes a m arg u ras, si la soledad y el dolor le ins­
p iran nobles pensam ientos, que realzan a la h u ­
m anidad, ofendida por el tonto feliz? Yo no soy ene­
migo del a m o r ; pero sé que hay en el m undo algo
m ás grande que el am or, y por este algo es por lo que
yo v iv o ; y porque p resen tía que el am or sería un
obstáculo en mi vida, lo sacrifiqué tiem po h a y huyo
de él, y huiré m ientras el cuerpo me h a g a som bra.
»—Y ¿se puede saber qué es p a ra usted eso m ás
grande que el am or?—preguntó O rellana—. P o r­
que p a ra mí, lo prim ero es mi fe, y por ella lo sa-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

75

orificaría todo; pero usted, que es b astan te descreí­
do, no sé qué pon d rá en el prim er lu g ar. Voy a ser­
le enteram ente fra n c o ; desde que le conozco le he
tenido a usted por u n hom bre sin ideales, por un
hom bre ta n hondam ente escéptico, que no h a rá n a ­
d a jam ás, no por falta de inteligencia ni de en er­
gía, sino por falta de eso, de am or a algo que le
saque de la quietud en que vive.
»—Es que yo me muevo por dentro—dijo don Pío,
sonriendo y levantándose.
»Y ya de pie, cogió u n a copa de jerez, que no
h ab ía gustado h asta entonces, se la acercó a los la ­
bios y a ñ a d ió :
»—Brindo por que al am igo O rellana no le falte
la fe jam ás.
»—Y yo brindo por que usted la tenga alg ú n día
—contestó O rellana levantándose.
»Al mismo tiempo, algunos com ensales se dispo­
n ían a b rin d a r tam bién, m ientras otros tom aban los
postres.
»—Yo brindo—dijo Vila, dirigiéndose a su com­
pañero—por que pronto seas el notario que otorgue
m ás escritu ras en E spaña.
»—Y yo—dijo Bonilla—brindo por que se tr a s la ­
de a Toledo y deje la n o ta ría p a ra hacerse canó­
nigo.
»—Pues yo brindo por que se case y tenga u n a do­
cena de chiquillos—dijo don M ariano.
»—Yo, por que sea cacique de su d istrito n o tarial
—brindó Pepe Rodríguez.
»—Yo brindo—dijo don Camilo de A guirre levan­
tándose—por que vuelva alg u n a vez a M adrid a p a ­
sa r un rato con nosotros,

76

ÁNGEL GANIVET

»—Yo brindo—dijo Sierra—por que venga, pero no
sólo a divertirse, sino como diputado, para defen­
der en el Parlamento la causa de la moralidad y de
la justicia.
»—Yo—dijo Cook, por no ser menos que los de­
más—brindo por su prosperidad y por que esta pros­
peridad no le haga olvidar a sus amigos de Madrid.
»—Y yo—brindó don Benito—, por que con el tiem­
po sea notario donde yo sea farmacéutico.
»—Eso es lo mismo que si brindaras por ti—inte­
rrumpió Pepe Rodríguez.
»—A mí me parece—dijo Orellana—que lo que ha
querido expresar es su deseo de que vivamos cerca,
y éste será también mi gusto, porque, aparte nues­
tras peleas, don Benito es un amigo de corazón.
»—Señores—dijo don Serapio—, yo no quiero que­
darme sin brindar. Brindo por que el nuevo notario
no tenga nunca ronqueras como la que a mí no me
deja hablar.
»Todos los brindis merecieron la aprobación de
la concurrencia; y no obstante el tono espontáneo
y ligero con que fueron pronunciados, dieron al
final de aquella comida cierto aire de gravedad que
emocionó al buen Orellana, el cual, agradeciendo a
todos sus buenos deseos, dió rienda suelta a sus es­
casísimas facultades oratorias y d ijo :
»—Poco más de un año hace que vine a Madrid,
sin conocer a nadie y con el temor de perder el
tiempo y recibir algunos desengaños. Pronto saldré
de él con mi porvenir asegurado, y lo que es me­
jor, dejando amigos tan leales como ustedes, a quie­
nes estimo como si les conociera de veinte años
atrás. No es Madrid tan malo como dicen, pues el

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

77

que trabaja algo y se porta como es debido, halla
aquí quien le atienda, le aprecie y le ayude. Yo
entré en esta casa por casualidad, y el trato que
he recibido en ella ha sido excelente; he encontra­
do algunos amigos, y todos han sidp excelentísi­
mos ; he luchado por ganar un puesto y lo he ob­
tenido. ¿Qué más se puede apetecer? Yo creo que la
mayor parte de los que se quejan se quejan de vicio,
o porque sus pretensiones son inasequibles por lo
exageradas. Yo prometo solemnemente que doquiera
que esté seré un defensor entusiasta de este Ma­
drid, de que otros hablan tan mal, y guardaré vivo
el recuerdo del año que aquí he vivido, y en par­
ticular de los amigos que dejo, cuya amistad no se
ha de perder ni entibiar porque los azares de la
vida nos lleven, hoy a unos, m añana a otros, en dis­
tintas direcciones. Convengamos, pues, en conser­
var esta amistad, y que Dios le dé a cada uno lo
que le tenga señalado en sus inescrutables desig­
nios.
»Con grandes aplausos fué acogida la proposi­
ción de Orellana. Todos le felicitaron, y los que es­
taban cerca le abrazaron, y cogiéndole en medio le
condujeron hacia la puerta del comedor.
»—Señores—gritó Pepe Rodríguez—, antes de ir­
nos propongo que se dé un voto de gracias a doña
Paulita por la perfección con que estaba guisada la
paella.
»—Aprobado, aprobado—contestó la asamblea.
»—Por unanimidad—exclamó Pepe Rodríguez.
»Y todos, en tropel, salieron del comedor con
gran estrépito.»
Aquí termina el capítulo primero, y único escri-

78

ÁNGEL GANIVET

to, de La nueva generación, en el que el autor no
puso ciertamente gran cosa de su cosecha, puesto
que la mayor parte de los conceptos están copiados,
con imparcialidad telefónica, del banquete original,
al que asistió Vargas, aunque, por conservar su im­
personalidad de novelista, se oculte y ponga en el
sitio en que él estuvo a los falsos Sierra y Bonilla,
cuyas razones son las únicas que hay que poner
en cuarentena. Fuera de este y de los otros repa­
ros, ya mencionados, y de alguna pincelada capri­
chosa en el discurso final de Orellana (en el que
Vargas, como buen madrileño, más que como fiel
cronista, habla de Madrid como de Jauja), estoy
convencido de que los comensales hablaron como
Vargas les hace hablar, y no de otro modo. Para
mí, lo más importante del banquete fué haber dado
ocasión para que Pío Cid, por no desairar a un
amigo a quien acaso no volvería a ver, se decidie­
ra, aunque a disgusto, a ir al baile de máscaras;
pues sin esta condescendencia quizá se hubiera
muerto de viejo en una casa de huéspedes, y yo no
tendría que escribir la historia de sus trabajos. ¡De
tal suerte los hechos menudos e insignificantes tras­
tornan la vida de los hombres, aun la de los más
experimentados y dueños de su voluntad! Pío Cid
tenía, como Aquiles, un solo punto vulnerable, el
sexto sentido misterioso, que, por la imprudente in­
terrupción de Orellana, nos hemos quedado sin co­
nocer ; y su mala estrella quiso que en el baile de
máscaras recibiera la herida de amor que él, con
su claro espíritu, presentía.
Muy largas eran ya las doce en el reloj de Go­
bernación cuando Orellana, con don Benito, don Ma-

LOS TRABAJOS DE PIO CID

79

riano y Pepe Rodríguez, volvía del café a la calle
del Arenal a recoger las provisiones que pensaba
llevar al teatro. Pío Cid se fué con ellos, y reunida
en el café toda la pandilla, salió en dirección del
teatro de la Zarzuela; se posesionaron de su palco,
y después de dejar en él las botellas y paquetes de
fiambres, se desparramaron para dar la primera co­
leada en el animado salón de baile, dejando solo a
Pío Cid, que se distraía viendo desde su observato­
rio la abigarrada y bulliciosa cadena que formaban
las apretadas parejas al recorrer la órbita del bai­
le, mientras en el centro de la sala hormigueaba la
concurrencia más inquieta, y en las butacas, pues­
tas alrededor, descansaban los más pacíficos o más
fatigados.
Eran más los hombres que las mujeres; y como
sólo las mujeres iban disfrazadas, predominaba en
el baile el tono obscuro de la ropa masculina. Así,
paseando la mirada sobre este fondo uniforme, casi
se podía ir contando las máscaras. Notó, pues, Pío
Cid, a poco de entrar, un grupo de seis máscaras,
sentadas casi enfrente de su palco. Todas iban ves­
tidas o encapuchonadas de negro, con vivos rojos,
como una bandada de pájaros o como personas de
la misma familia. Unas antes, otras después, iban
saliendo a bailar cuando alguien las invitaba, y
volvían luego a sentarse en el mismo sitio, en el que
quedaban siempre dos por lo menos de la banda.
Y Pío Cid notó también que las dos eran siempre
las mismas.
Maquinalmente se levantó, bajó al salón, y des­
pués de dar una vuelta por el centro, se acercó a las
dos máscaras e invitó a bailar a una de ellas, que

80

ÁNGEL GANIVET

era más alta y más delgada que la otra. La más­
cara dió las gracias, y se excusó diciendo que esta­
ba fatigada. A lo cual replicó Pío C id:
—¿Cómo está usted fatigada si no ha bailado ni
una sola vez?
Y diciendo esto se sentó al lado de la máscara,
que, oyendo aquella pregunta y viendo aquel desca­
ro, dijo con voz un tanto agria:
—Le advierto a usted que esa butaca está to­
mada.
—Ya lo sé—contestó Pío Cid—, y con irme cuan­
do llegue quien se sentaba en ella, estoy cumpli­
do. Pero antes, ¿qué mal hay en que yo insista una
y diez veces para que usted baile conmigo?
—¿Nada menos que diez veces va usted a insis­
tir?—preguntó la máscara con voz algo melosa, pe­
ro penetrante como el maullido de un gato.
—Diez no—respondió Pío Cid—, porque usted no
es capaz de negarse nueve veces. Ya sé que hasta
ahora no ha querido usted bailar con nadie; pero
yo tampoco he venido a bailar; y, ahora que me
acuerdo, ni siquiera sé bailar, ni me hace falta,
puesto que usted no es aficionada al baile. Si a us­
ted le parece, daremos un paseo por la sala y le
haré a usted una pregunta que me interesa mucho.
—Mamá—preguntó la máscara a la de al lado—,
¿quieres que dé una vuelta y vuelvo en seguida?
—Bueno — contestó la mamá— ; pero que no
tardes.
Pío Cid se había puesto de pie y ofreció el brazo
a la máscara, que apoyó en él apenas la mano. Am­
bos cruzaron la corriente de los danzantes y se per­
dieron en los grupos del centro de la sala.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

81

—¿Sabe usted por qué he salido a dar una vuel­
ta?—dijo la máscara, sin que Pío Cid le hubiera
dicho ninguna palabra—. Pues porque me ha ex­
trañado que tuviera usted el atrevimiento de que­
rer bailar sin saber.
—Eso no es atrevimiento, sino distracción—dijo
Pío Cid—. Yo deseaba acercarme a usted, y tomé
el pretexto del baile como pude tomar otro.
— ¿Y cómo, sin conocerme—preguntó la másca­
ra—, deseaba usted acercarse a mí y hablar con­
migo?
—Precisamente para conocerla — contestó Pío
Cid—. Es decir, yo la conozco a usted espiritual­
mente, y me figuro cómo es su rostro y su cuerpo.
Poco me falta ya que conocer.
— ¿Es usted adivino?—preguntó la máscara.
—No lo so y; pero al verla a usted con disfraz he
tenido que figurármela de algún modo, porque soy
impaciente y no podía esperar a que se descu­
briera.
— ¿Y cómo se ha figurado usted que soy?—inte­
rrumpió la máscara con viveza.
—Tiene usted—contestó Pío Cid con aire de segu­
ridad—los ojos grandísimos y negros. Más le diré :
el antifaz, que a otras mujeres las agracia porque
deja ver los ojos casi por completo, a usted la des­
favorece, porque oculta lo mejor que hay en su
rostro.
—Usted me dice eso para que me descubra—dijo
la máscara—. Usted cree que yo soy una mujer a
quien conoce, y desea salir de dudas.
—Yo no he visto a usted nunca—dijo Pío Cid—,
ni usted me ha visto a mí tampoco hasta hoy. Pero
6

ÁNGEL GANIVET

yo la conocía a usted, y la he reconocido mirándo­
la desde aquel palco. Si quiere usted venir con­
migo...
—Usted está viendo visiones — dijo la máscara,
dejándose llevar fuera del salón.
Y mientras subía las escaleras apoyada en el
brazo de su acompañante, preguntó a éste con voz
natural, poco diferente de la fingida con la que
hasta entonces había hablado:
—¿Es usted marino?
—Yo no soy marino...—contestó Pío Cid sonrien­
do, porque le agradó la perspicacia con que la mascarita había notado su aire rudo e insociable, que
algo se parecía al de la gente de mar.
Y luego, como si completara su pensamiento, aña­
dió, mirando fijamente a la máscara:
— ¡Esos ojos sí que son la mar!
Entraron en el palco, que estaba solo, y la más­
cara avanzó algunos pasos para ver el sitio don­
de sus compañeras se sentaban; luego se retiró al
fondo para no ser vista. Pío Cid le ofreció una copa
de vino y le mostró un paquete de chucherías por
si deseaba tomar algún bocado. La máscara rehusó
al principio, y aceptó después una rodaja de salchi­
chón y algunas galletas; y como el disfraz le es­
torbaba, se echó atrás el capuchón y se levantó un
poco el antifaz, dejando ver la barba, pequeña y
redonda, y la boca, algo grande, de labios rojos
muy bien dibujados, entre los que asomaban dos
hileras de dientes blanquísimos.
—¿No quiere usted dejar ver sus ojos?—preguntó
Pío Cid con tono familiar.
—No quiero que sufra usted un desengaño—con-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

83

testó la máscara con cierto aire de presunción, que
decía lo contrario que las palabras.
—Usted sabe—insistió Pío Cid—que no ha de ha­
ber desengaño, sino sorpresa agradable. Yo sé cómo
son sus ojos porque los he visto. ¿No dice usted que
yo veo visiones? Pues los he visto en una visión que
tuve la noche pasada.
—Entonces no tiene usted necesidad de verlos
—replicó la máscara.
—Al contrario, deleita más—dijo Pío Cid—ver en
la realidad lo que ya se ha visto en sueños.
La máscara no se hizo rogar más, y descubrió
por completo su rostro, que era de bella y rara ex­
presión.
Pío Cid se quedó sorprendido, mirando aque­
lla extraña mujer; los ojos eran inmensos, co­
mo él los había adivinado, y las facciones muy se­
mejantes a las que él se figuraba; pero él había
ideado una belleza que tenía algo de raza negra;
una mujer morenísima, de ojos brillantes y cabe­
llera fuerte y rizada, en tanto que aquella joven te­
nía la tez clara, los ojos lánguidos, soñadores, y el
cabello fino, sedoso. La joven le miraba con inocen­
te coquetería, y él le preguntó:
—Tiene usted el tipo acabado de una criolla. Us­
ted es española, pero no es de España.
—¿De dónde cree usted que soy?—preguntó la
joven.
—El acento es español, casi andaluz; pero yo di­
ría que es usted cubana...
La joven se echó a reír, y por la risa comprendió
Pío Cid que no se había equivocado.
Carlos Cook y don Benito entraron en el palco con

84

ÁNGEL GANIVET

u n as m áscaras, y la joven se bajó el a n tifa z y se
echó el capuchón.
Vám onos—dijo Pío Cid, m ien tras d o n B enito le
d e c ía :
V aya, m aestro, que usted tam bién se a rre g la
como puede.
—A ver si esa m a sc a rita es la del sexto sentido
—agregó Cook en tono jovial.
—¿ P o r qué le h a llam ado a usted m a e stro ese
am igo?—preguntó la joven, apoyándose de nuevo en
el brazo de Pío Cid.
—P orque ie doy lecciones—contestó éste echando
a a n d a r—. Somos com pañeros de casa.
—Es extraño—dijo la joven— ; yo no me figura­
ba que usted d iera lecciones.
—¿Qué h ab ía pensado usted de mí? — preguntó
Pío Cid.
—N ada. Que era usted un hom bre r a ro —contestó
la joven—. P ero —añadió deteniéndose—p o r allí va­
mos a la calle.
—Sí, vam os a re sp ira r u n poco, que aq u í se as­
fixia uno. Volveremos m uy pronto.
—Es que si tard o me van a re ñ ir—replicó la
joven.
—No tenga usted cuidado, yo iré con usted y no
o c u rrirá n ad a—le aseguró Pío Cid.
Y al mismo tiem po recogía su capa del g u ard a­
rro p a y se la echaba sobre los hombros a la joven
con ig u al n a tu ra lid a d que si ésta fuese u n a criatu ­
ra de pocos años, d icién d o le:
—U sted debe ab rig arse bien, porque no estará
aco stu m b rad a a este frío... Súbase tam bién un poco
el antifaz.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

85

—Pues no lie sentido ningún frío en los dos me­
ses que llevo en Madrid... Pero me parece un dis­
parate salir ahora del teatro... Y luego, que yo ape­
nas le conozco a usted...—iba diciendo la joven, sin
atreverse -a volver pies atrás, como si un lazo mis­
terioso la obligara a seguir al lado de Pío Cid.
Y este lazo era el temor de separarse de él y de
perder de vista, quizás para no volver a encontrar­
le, a un hombre que le había llamado la atención,
aunque sin despertarle gran simpatía.
Pío Cid debió de comprender esto, porque des­
pués de un rato de silencio, comenzó a hablar a s í:
—La invité a usted a pasear para decirle a us­
ted algo que me interesaba, y para decírselo a so­
las, en pocas palabras, me he atrevido a sacarla
del baile. Antes de verla a usted, cuando sólo la
conocía por figuraciones, había yo decidido acer­
carme a usted para no separarme más. Yo no sé qué
sentimiento es este que yo tengo ahora, y casi puedo
asegurar que no es amor, porque ya soy viejo para
enamorarme; podría ser padre de usted, y si no la
miro con ojos de padre, tampoco me atrevo a hacer
ninguna declaración de amor, que me parecería ri­
dicula, porque no se me ocurre naturalmente y ten­
dría que urdirla con frases artificiosas. Me gusta en
todo la naturalidad, y lo natural en mí ahora es de­
cirla que deseo que vivamos unidos, sea en la forma
que fuere, porque de seguro esta unión ha de crear
entre nosotros algún grande y noble afecto, que en
este instante no acertamos o, mejor dicho, no acier­
to ye a prever. Por mí no hay dificultad ninguna,
pues me hallo solo en el mundo, sin obligaciones ni
ligánenes, y puedo cambiar de postura cuando se

86

ÁNGEL GANIVET

me antoje; pero usted tiene familia y no puede us­
ted abandonarla ni yo meterme por las puertas de
rondón.
La joven escuchaba estas inesperadas razones sin
saber qué pensar ni qué decir. Había tenido muchos
novios y había oído muchas declaraciones de am or;
pero ninguna, ni a cien leguas, se aproximaba a la
de Pío Cid, para la cual no había contestación pre­
parada en el repertorio que ella, como todas las mu­
chachas casaderas, tenía para estos casos. Un mo­
mento pensó que aquel hombre no era raro sola­
mente, sino loco de remate. Sin embargo, le hacía
desechar este mal pensamiento la idea de que lo
que él le explicaba era lo mismo que ella, sentía.
Ella tampoco estaba enamorada, ni podía estarlo,
de una persona desconocida poco antes; y ella tam­
bién deseaba seguir a su lado, como si hallara en él
un protector que le inspirase igual confianza que
un padre o un hermano. Al fin, después de mucho
dudar, rompió el silencio con una pregunta, la pri­
mera que se le ocurrió, al mismo tiempo que aso­
maba a la calle de A lcalá:
— ¿Por qué no habla usted con mi mamá y con
mi tía, que algunas veces han pensado admitir hués­
pedes?
— ¿Viven ustedes solas? — preguntó a su vez
Pío Cid.
— Solas, mi mamá, mi tía, mis tres primas y yo;
pero no es seguro que estemos mucho tiempo en
Madrid.
— ¿Piensan ustedes irse a Cuba?
—No, a Barcelona, con una familia conocida.
Y al decir esto, la joven intentó soltar el brazo de

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

87

Pío Cid y preguntarle por qué se dirigía a la acera
opuesta.
— Vamos a la chocolatería de enfrente— contestó
Pío Cid antes que le preguntara— , un momento
nada más. Me ha interesado mucho lo que me ha di­
cho usted, y desde luego estoy decidido a irme a
vivir a su casa, si me admiten, y a trabajar para
que no se vayan de Madrid si está en mi mano ha­
cerlo. Sólo que a mí me agrada la franqueza, y he
de decir que voy por estar cerca de usted, y no sé
qué van a pensar.
— Para decir eso— respondió la joven— , más vale
que no vaya y se ahorra el viaje... Pero no sé a qué
venimos aquí— añadió al llegar a la puerta de la
Chocolatería de Madrid— ; yo no entro así como
voy, y además se nos va a hacer muy tarde.
— Iremos a otra— dijo Pío Cid— , aquí cerca, don­
de habrá menos gente..., y si usted quiere, mi casa
está a dos pasos, como quien dice; venga usted y
verá mi madriguera.
— Vamos, no faltaba más, sino que yo fuera sola
a su casa— dijo la joven, sin dejar de seguir a Pío
Cid, y entrando con él por la calle de Peligros.
— Verá usted — añadió tranquilamente Pío Cid—
cómo vivo, y viéndolo tendrá más confianza en mí,
pues no sé por qué me figuro que usted cree a ratos
que yo soy un loco o un libertino. Ahora no hay na­
die en mi casa, y no han de verla a usted, ni aun­
que la vieran la conocerían, ni aunque la conocie­
ran perdería usted nada en ello. Voy a dejar mi
cuarto mañana mismo, y quizás algún día le agra­
de a usted haber estado en él para saber dónde vi­
vía yo al conocerla... Porque no sabemos lo que

88

ÁNGEL GANIVET

una simpatía que nace así, al azar, puede traer
consigo; yo, sin más que esta simpatía, deseo ya
saber cómo vive usted, y dónde y cómo ha vivido
desde que nació; y si llegara a quererla de veras,
como lo espero y casi lo temo, desearía conocer has­
ta sus más escondidos pensamientos y todas las vi­
cisitudes de su vida, principalmente las penas que
ha debido pasar y que le han puesto en los ojos
ese velo de tristeza, que me entristece a mí también.
Con esta conversación llegaron a la calle de Jacometrezo y a la puerta de la casa, seguidos del se­
reno, al que al pasar le había dicho Pío Cid que vi­
niera a abrirles. Cuando la puerta estuvo abierta,
Pío Cid le dió unas cuantas monedas y le pidió al­
gunos fósforos. La joven entró la primera, y am­
bos subieron las escaleras, yendo delante con un
fósforo encendido Pío Cid, quien, al llegar al ter­
cero, tiró del cordón que quedaba puesto todas las
noches para que la criada no tuviera que esperar
a los huéspedes rezagados, y abrió sin mover rui­
do. Ambos entraron en el cuarto de enfrente de la
puerta, y mientras la joven, fatigada, se sentaba en
un sillón colocado delante de la mesa, Pío Cid en­
cendía otro fósforo y buscaba la palmatoria que
solía estar sobre la mesa de noche.
—Tiene esto gracia—exclamó después de echar
una ojeada por la habitación— ; me han dejado sin
luz. La verdad es que, como yo no la uso nunca,
quizás me la quitaron hace tiempo, sin que yo lo
haya notado hasta ahora.
—¿Y cómo se arregla usted sin luz?—preguntó la
joven, no comprendiendo aquella ocurrencia—. Se
pasará usted la noche fuera de casa.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

89

—Al contrario — respondió Pío Cid encendiendo
otro fósforo—, es que me acuesto al obscurecer, y
aunque no me acueste me gusta más, cuando estoy
solo, estar a obscuras.
—Todas las cosas las hace usted al revés de los
demás—dijo la joven.
—Voy por aquí fuera a ver si encuentro algo con
que alumbrarnos—dijo Pío Cid—, antes que los fós­
foros se acaben.
—Mejor es—dijo la joven—que nos vayamos en
seguida, no sea que se despierte alguien y nos vea.
—Espere usted un momento—dijo Pío Cid, echan­
do otro fósforo y saliendo del cuarto.
La joven se levantó temerosa, y en el silencio y
la obscuridad oyó la primera campanada de un re­
loj distante, aguzó el oído y contó los cuatro cuar­
tos y luego la una, las dos, las tres y las cuatro.
Aquel reloj parecía el cuento de nunca acabar.
—¿Usted no lia oído la hora?—preguntó a Pío
Cid, que volvía, sin haber hallado más que un pe­
queño cabo de vela en el cuarto de don Benito—.
Mire usted el reloj, porque no es posible que sean las
cuatro.
—Yo no gasto reloj—contestó Pío Cid—, pero creo
que no puede ser tan tarde.
—Ahora suena otro reloj—dijo la joven—, no haga
usted ruido...
—Las cuatro son—dijo Pío Cid, con gran sereni­
dad— ; parece mentira cómo paseando se nos ha
ido el tiempo. Sin duda nos hallábamos muy a gus­
to el uno al lado del otro...
—No hable usted de ese modo—interrumpió la jo­
ven echándose a llorar—. Ya me habrán echado de

90

ÁNGEL GANIVET

menos, y quizá me estén buscando por todo Ma­
drid... ¿Y cómo me presento yo ahora delante de
mi mamá?
—Me presentaré yo, como le ofrecí a usted—con­
testó Pío Cid—, y no ocurrirá nada. Lo que yo sien­
to es que usted piense mal de m í; pero ahora que
nos ha ocurrido esto, aunque me da pena de ver llo­
rar a usted, me alegro, porque quizá de este dis­
gustillo salga nuestra felicidad. Muchas veces—aña­
dió acercándose a la llorosa joven y secándole las
lágrimas—, las cosas se encargan de dirigir a las
personas, y ya verás cómo a nosotros nos dirige es­
ta pequeña torpeza. Si tú quieres—prosiguió tuteán­
dola ya resueltamente—, mañana mismo podemos
vivir juntos en tu casa, y cambiar todas vosotras y
yo la vida que hasta aquí hemos llevado. Seis mu­
jeres solas no pueden ir a ninguna parte buena, y,
sin cometer indiscreción, te diré que os hace falta
un hombre en la casa. Poco me has dicho tú, pero
me basta para saber hasta el cabo de la historia.
Tú no has sido, ni quizás tu madre tampoco, pero
alguien de tu casa ha ideado ir al baile como quien
va a probar fortuna, porque no se presenta por los
caminos naturales salida para vuestra embarazosa
situación. Y sin vanidad te aseguro, pues conozco
bien la gente que hoy se estila, que de todos los
hombres que estábamos en el baile, yo soy el más
a propósito para sacaros a flote a todas juntas. No
soy rico, pero lo que tengo me sobra y no me lleva
ningún interés bajo, ni se aviene con mi carácter
aprovechar las flaquezas de los que se hallan en
apuro. Yo puedo ir a tu casa como huésped, pero
con esto poco o nada se adelantaría por faltar inti-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

91

midod y confianza para que pudierais acudir a mí;
en cambio, si mañana nos presentamos los dos jun­
tos y tú haces lo que yo te diga, todo se arreglará
a gusto de todos.
—Pero ¿qué van a decir de mí?—preguntó lo jo­
ven, que no comprendía por completo el plan de
Pío Cid.
—Si dicen algo malo lo dirá tu misma familia,
que se guardará de dar un cuarto al pregonero. Yo
te digo esto a disgusto, porque parece que doy a
entender que te tomo como pretexto para gobernar
tu casa o que deseo que tú te sacrifiques por toda
tu familia. La verdad es que si yo he pensado en
lo que te he dicho, lo he pensado por ti, y que tú
eres quien me atrae y quien es el centro de todas
estas ideas mías. Pero los años no pasan en balde,
y yo he aprendido a conocer que los sentimientos
deben someterse a la prosa de la vida. Yo hubiera
podido preguntarte las señas de tu casa y esperar a
que mañana salieras y seguirte, y hablarte, y es­
cribirte cartas necias y rondarte como un mozal­
bete. y pasar las semanas en este juego tonto, en
el que yo me hubiera puesto en ridículo, mientras
tú y tu familia luchabais quizás contra la miseria
y sufríais las mayores privaciones. ¡Cuánto mejor
no es saltar por encima de ciertas convenciones,
que en este caso no sirven más que de estorbo y
hablar con entera franqueza! Tu familia comen­
zará por poner el grito en el cielo, pero después
comprenderá la razón y callará. Esto lo has
de ver.
La joven se había levantado, mientras Pío Cid
hablaba, y parecía más tranquila. Sin duda pen-

92

ÁNGEL GANIVET

saba que el mal estaba ya hecho y que lo mejor
era confiar en aquel hombre que no parecía malo
y que tenía el don de adivinar lo que a ella y
su familia les pasaba. Todo aquello la sorprendía,
le sonaba a música nueva y nunca oída; ni su ma­
licia era tanta que imaginase ser víctima de un
seductor astuto y perverso, ni su inteligencia era
tan despierta que comprendiese habérselas con un
misántropo que de repente había sentido una ráfa­
ga de amor, y por ella el deseo de correr una
aventura filantrópica y extravagante. Lo que la
joven percibía muy bien era que aquel hombre ha­
blaba como un libro y demostraba un conocimien­
to exacto y admirable de la situación. Así, pues,
sintió que se le iba del pecho la congoja que la aho­
gaba, y comenzó a sentir curiosidad y a mirar por
todos lados para hacerse cargo de la habitación
en la que, sin darse cuenta hasta entonces, se ha­
llaba ; luego, mientras Pío Cid se sentaba en el si­
llón que ella había dejado, comenzó a husmear los
libros y papeles que sobre la mesa había; después
se acercó a la mesa de noche, vió un papel blanco
que asomaba por el cajoncillo entreabierto; cogió
el pedazo de papel y leyó en voz baja y con dificul­
tad, porque la letra era malísima, unos versos, sin
título, que decían así :
¡Oh qué extraña visión me aparecía
esta noche en mis sueños!
Un ángel con las alas extendidas
bajaba de los cielos;
volando suavemente se acercaba
a los pies de mi lecho,
y con triste expresión me contemplaban
sus ojos grandes, negros.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

93

Que era un nuncio divino yo creía
sus blancas alas viendo
y su forma en el aire suspendida
como un fantasma aéreo.
Mas aquella figura me miraba,
y yo angustiado, trémulo,
mi corazón sentía que abrasaban
sus ojos grandes, negros.
Yo quería escapar, pero en la huida
dejaba allí mi cuerpo,
y solo, encadenado lo veía
con cadenas de hierro.
La piedad y el amor me sujetaban
y volvía de nuevo,
aunque la esfinge inmóvil me clavara
sus ojos grandes, negros.
Quizás aquella esfinge no traía
ningún mensaje célico,
sino que era la imagen dolorida
de mis amores muertos.
Se fué con la primera luz del alba,
y aun a saber no acierto
qué me diría cuando en mí fijaba
sus ojos grandes, negros.
— ¿Ha escrito usted estos versos?—preguntó la
joven cuando acabó de leer—. ¿Es usted también
poeta?
—Buen poeta estoy yo—respondió Pío Cid— . Esos
versos los compongo durmiendo, y no valen la pena
de que nadie los lea.
—Pues me gustan mucho—replicó la joven— .
Ahora veo que no era broma lo que usted me decía
de la visión. ¿Es verdad que ha tenido usted esa
visión?
— Sí, es verdad; pero no era visión; ahora veo

94

ÁNGEL GANIVET

que eras tú m ism a, o el p resentim iento de que iba
a en co n trarte.
—¿E ntonces por eso me d ijiste—p reg u n tó la jo­
ven tu tean d o a Pío Cid por p rim e ra vez—que yo
te n ía los ojos negros?... P ero he leído aq u í u n a
cosa.. , a ver...—añadió releyendo la poesía—. ¡Qué
le tra m ás infernal!..... aq u í..., «la im ag en dolorida
de m is am ores m uertos»... ¿Qué am ores m uertos
son ésos?
—¿No me quieres tod av ía—preg u n tó Pío Cid con
d u lz u ra —y ya em piezas a e star celosa?
—No son celos..., pero contesta—insistió la jo­
ven—. ¿Qué am ores son éstos? P o r algo me h a dado
a m í el corazón, y mi corazón n u n c a me engaña,
que tú eras un hom bre gastado, u n calav era. Tie­
nes el aire avejentado, pero se ve que eres m ás jo­
ven que pareces, y que lo que te sale a la c a ra son
las p icard ías.
—B uena idea tienes de m í—dijo P ío Cid eludien­
do la p reg u n ta.
—No es m ala idea—replicó la joven—. Puedes
ser m uy bueno, y, p a ra serte fran ca, lo que me ha
dado el corazón es que eres u n hom bre m uy bueno
y al m ism o tiempo m uy m alo, es decir, d uro y...
no sé explicarm e...
—M ás vale que no sepas, porque me d iría s algún
d isp a ra te —interrum pió Pío Cid.
—P ero ¿y los am ores ésos?—insistió a ú n la jo­
ven—. A esto no me quieres contestar. E sta rá s es­
tu d ian d o el embuste.
—E stos am ores son—contestó Pío Cid gravem ente
—las ilusiones perdidas. Yo no hablo de n in g u n a m u­
jer, y aunque h a b la ra se ría de am ores m uertos ya.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

95

— ¿Me juras que no has compuesto esos versos
para ninguna mujer?—preguntó la joven con voz
tierna, como si de pronto se sintiera poseída de un
sentimiento nuevo y extraño.
—Para ninguna...; es decir, para ti, antes de co­
nocerte. Esta es la verdad—contestó Pío Cid.
Y al mismo tiempo su pensamiento se alejaba de
allí volando a tierras lejanas, donde veía sombras
de mujeres que él quizá había amado, y cuyo re­
cuerdo había venido a visitarle en forma de visión
alada y a anunciarle la resurrección del amor en
aquella mujer de ojos grandes y negros que la fa­
talidad le había puesto delante. Y él se veía enca­
denado, sin poder ni querer huir, resignado volun­
tariamente a seguir un nuevo rumbo y a arrojarse
en brazos del azar. Entonces sintió una hondísima
y desconsoladora tristeza, y se echó a llorar como
un niño. La joven le veía llorar con asombro, sin
atreverse a romper el silencio. Sonaron en la esca­
lera pasos de los huéspedes que volvían, y ella fué
a la puerta a ver si estaba bien cerrada; volvió
junto a la mesa de noche y apagó el moribundo
cabo de vela, que se derretía sobre la piedra de
mármol, para que no vieran luz encendida los que
entrasen. Luego se acercó a Pío Cid, le cogió a
tientas la cabeza, se sentó sobre sus rodillas, le
echó un brazo por el cuello y comenzó a besarle los
ojos para enjugarle las lágrimas.

TRABAJO SEGUNDO
Pío Cid pretende gobernar a unas amazonas.

Azarosa fue por demás la vida del capitán de
infantería don José Montes, y si hubiera de refe­
rirla punto por punto, tendría materia sobrada para
llenar varios volúmenes. No más que con la rela­
ción de los traslados que sufrió en su carrera, des­
de que la comenzó de soldado raso a mediados de
siglo, hasta que se retiró de capitán graduado de
comandante a los cincuenta años de servicios, y
con la descripción de los disgustos que le dió doña
Socorro, su mujer, en veintitantos años que le duró
a la infeliz señora una enfermedad crónica de la
matriz, que la tenía siempre en estado de excita­
ción insoportable, habría asunto para escribir una
docena de capítulos, llenos de abusos e injusticias,
de dolores y de miserias. El capitán Montes fué per­
petuamente el tipo del hombre obscuro, que se halla
en todas partes, y a quien nunca le ocurre nada
digno de mención. Su vida era una proeza conti­
nuada, y no había ninguna proeza en su vida. Es­
tuvo en la guerra de Africa, en el Norte y en Cuba,

7

98

ÁNGEL GANIVET

y n u n c a tuvo ocasión p a ra lucirse, como él hubiera
deseado, ya que no por su inteligencia, que era
m ediana, ni por su pericia, que era la de un m ili­
ta r ru tin a rio , por su corazón, que e ra de buen tem ­
ple. ¡Qué rem edio! No tenía fo rtu n a, y tuvo que
ten er paciencia y subir paso a paso y quedarse en
los prim eros escalones. P ero como el cap itán Mon­
tes, au nque pobre y sin fortuna, e ra un hombre
a la bu en a de Dios y con su pizca de filosofía, se
consideraba venturoso en medio de sus co n trarie­
dades, y decía continuam ente que si m il veces vol­
viera a n acer mil veces h a ría lo mismo que había
hecho, incluso casarse con la que fué su m ujer, la
cual, aunque le dió m uchos m alos ratos, tenía un
corazón de oro y h abía sido u n a m adre como po­
cas. Así, cuando al buen capitán le llegó la hora
de m orirse, en M urcia, al lado de su h ija Cande­
la ria , con la que se fué a vivir cuando se quedó
viudo, cuentan que m andó llam ar a un capellán
castrense, llam ado don G ualberto González, que era
su m ejor amigo, p a ra tener con él u n a últim a en­
trev ista y cum plir los deberes de buen cristiano.
Como su am igo le conocía m uy a fondo, no tuvo
la en trev ista el c a rá c ter de u n a confesión, sino que
am bos p laticaro n largam ente con fam iliarid ad y
ta n sin reserva, que C andelaria oyó g ra n p arte de
las razones que su padre tuvo en aquella h o ra su­
prem a, y recordaba siem pre la serenidad con que,
resum iendo toda su vida, d ijo :
«Yo no sé si será vanidad esta pretensión m ía ;
pero crea usted, am igo don Gualberto, que ah o ra
que me veo tan cerca de c e rra r el ojo, estoy m ás sa­
tisfecho que nu n ca de mi conducta y m ás conven-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

99

cido de que he hecho cuanto me tocaba h acer en
el m undo. Mi pobre Socorro me echaba siem pre en
c a ra m i falta de resolución, y h u b iera querido que
yo lleg ara a general, puesto que otros sin valer
m ás que yo llegaron, Dios sabe cóm o; y claro está
que a mí me g u sta ría d e ja r a mis hijos un nom bre
encopetado, y que les d iera m ás lu stre que el que
puede darles el de un obscuro capitán, que es lo
m ás que yo he podido s e r ; pero al menos mi nom ­
bre es honrado como el prim ero y en mi hoja de
servicios consta que yo perm anecí siem pre fiel a la
d iscip lin a; y habiendo estado en medio m undo, y
nunca con m uchos haberes, tengo el orgullo de no
deberle n ad a a nadie y de no hab er dejado a nadie
un m al recuerdo mío. A mi m u jer no le faltó n a d a
en su la rg a enferm edad con que Dios quiso p ro b a r­
la a ella y probarnos a todos, y mis cinco hijos
quedan colocados y no necesitan y a de nadie. R i­
cardo, el m ayor, sigue en B arcelona, y a h o ra p a ­
rece que sentó los cascos y que tiene un destino
bastan te decente en u n a oficina de Seguros. Ya sabe
usted lo calavera que me salió este picaro de R icar­
do y lo mucho que me h a dado que hacer y lo que
yo he bregado p a ra ver de darle u n a c a rre ra for­
mal ; siquiera he conseguido que sepa bien de p lu ­
m a y cuentas, y con esto y con su don de gentes,
creo que no le fa lta rá n u n ca qué comer. P o r el que
estoy m ás tranquilo es por Luis, porque éste tiene
su c a r r e r a ; y aunque p a sa sus apuros, y m ás a h o ­
ra que está en M adrid, donde con el sueldo de te­
niente no h ay p a ra em pezar, pronto ascen d erá y
m e jo ra rá algo. A hora le he escrito p a ra q u itarle de
la cabeza la idea que tiene de ped ir p a ra Filipi-

100

ÁNGEL GANIVET

ñas, porque yo soy perro viejo y estoy al cabo de
lo que pasa en Ultramar. El Pepe me salió poco
hábil po,ra los estudios, y no pudo entrar en la Aca­
demia; pero él se ba sabido buscar la vida: se pasó
a la Guardia civil, y ahora lo tiene usted en Cuba
muy bien casado y muy contento. Este era el m e­
jor de todos, y yo estoy seguro de que será el más
feliz, porque, desengáñese usted, don Gualberto, para
mí la primera cualidad del hombre es la bondad, y
aunque se diga que los pillos prosperan, me río yo
de estas prosperidades; al fin el que es bueno es el
más estimado de todo el mundo, y aunque no con­
siga glorias del otro jueves, consigue vivir a gusto
y hacer felices a los que le rodean. Con las muje­
res es otra la canción; no tienen más salida que ca­
sarse, y si le digo a usted la verdad, ninguna se casó
completamente a mi gusto. Este Colomba no es malo,
usted le conoce de sobra; pero es un hombre sin pies
ni cabeza y con el que no se puede contar para n ada;
menos mal que tiene para vivir con desahogo, y a
mi Candelaria, ya que pasa sus tragos, al menos
no le falta nada y podrá educar bien a mis nietas,
que en verdad lo merecen, porque lo que es la
Candelita en particular, esto no es ceguedad de
abuelo, va a ser un prodigio. Usted sabe los disgus­
tos que sufre mi Candelaria y la saliva que yo
he tenido que tragar para no enviar a mi yerno a
paseo; pues bien más tranquilo me moriría si tu­
viera a mi Justa a mi lado, casada con otro Colomba, aunque fuera con otro un poco peor. Las herma­
nas creen que Justa es la afortunada de la familia,
y casi le tienen envidia por pensar que está nadan­
do en o ro ; pero un padre no se equivoca, y cuando

LOS TRABAJOS DE P ÍO CID

101

a mí no me ha entrado nunca el fantasmón de mi
yerno, por algo será. En fin, nada es perfecto en
este mundo, y quizás yo peque de caviloso. Después
de todo, ¿qué más puedo apetecer que dejar a mis
dos hijas puestas en estado? Peor sería que se que­
daran solteras, con una miserable pensión y expues­
tas a mayores calamidades. Aunque estén mal casa­
das, las mujeres ganan siempre teniendo al lado un
hombre que les dé sombra; así, por este lado me
puedo también morir tranquilo, aunque a ratos me
aflija el pensar que las mujeres nunca tienen ase­
gurado el porvenir, y que, por mucho que un padre
haga por sus hijas, tiene que confiar su suerte a
manos extrañas.»
No eran vanos estos presentimientos del honrado
capitán, y si hubiera vivido algunos años más, su
muerte, turbada sólo por las leves dudas que asal­
taron su espíritu de padre previsor, hubiera sido
amargada por las desdichas que cayeron sobre los
suyos y contra las que no había ningún remedio. La
primera víctima fué su hija Justa, que vivía en Ma­
tanzas, casada con un cubano rico, el fantasmón
que tan poco simpático era a su suegro.
Los casamientos de Candelaria y Justa habían sido
motivo de grandes disgustos domésticos. Don José
buscaba ante todo la hombría de bien, y por su gus­
to las hubiera casado con dos medios novios que
tuvieron en Sevilla, donde estaba destinado cuando
las niñas comenzaron a pollear; pero doña Socorro
no quería apresurar las cosas, esperando la llegada
de los soñados príncipes que sus hijas se merecían;
y si no príncipes, personas de mérito y posición.
—Ya que yo me he sacrificado—decía—junto a un

102

ÁNGEL GANIVE'T

hombre muy bueno, pero muy nulo, como tú ere»,
deseo que a mis hijas no les ocurra lo propio y que
me dejes a mí decidir lo que les conviene.
A doña Socorro se debió, pues, la decisión, puesto
que las niñas, particularmente Justa, no tenían más
voluntad que la de su madre.
Candelaria se casó en Murcia, a los veintidós años,
con un novio que le habló poco más de dos meses
y que a doña Socorro le entró por el ojo derecho).
Llamábase Fermín Coloraba y era mallorquín de
origen y de familia de pocos pergaminos; su padre
o abuelo, el que primero vino a Murcia, era panade­
ro, y amasando tortas y bollos de Mallorca comen­
zó a reunir la fortuna, que el padre de Fermín hizo
crecer como la espuma. Fermín, como muchos hijos
de industriales enriquecidos, salió con pájaros en la
cabeza y despreciaba no sólo las industrias, sino
hasta el dinero que en ellas se ganaba, siendo su sue­
ño dorado el arte, en el que no hubo rama que no
picoteara. Sabía algo de música, pintaba bien, se
las daba de literato y era un poquitín escultor; te­
nía, pues, varias habilidades inútiles y distinguidas,
unidas a la promesa de heredar una fortuna no muy
distinguida, pero en ningún modo despreciable, y
doña Socorro vió colmada la medida de su deseo.
Poco después del casamiento fué trasladado de nue­
vo don José a Sevilla, que era la ciudad de su pre­
dilección, por haber nacido allí doña Socorro y dos
de los hijos, Justa y Pepe. Apresuraron el viaje a
fin de llegar para la feria, y el mismo día que lle­
garon conoció Justa al que había de ser su esposo.
Era éste un jovenzuelo de veinte años (algunos me­
ses menos que Justa), de bella y arrogante figura y

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

103

con hu m o s de potentado. Se firm aba M artín de Go­
m a ra , y decía ser hijo único de u n a de las fam ilias
m ás ric a s de la H abana. Tom ábasele a p rim era vista
por e x tran je ro , pues se h ab ía educado en In g late­
rra , y h ac ía g ala de su extranjerism o p a ra singu­
la riz a rse ; y a poco que se h a b la ra con él se notaba
que e ra u n buen m uchacho con pretensiones de hom ­
bre corrido y h astiado ya de todo lo que d a de sí
la vida.
L a m u ch ach a m ás descontentadiza se h u b iera en a­
m orado del joven don M artín, sobre todo si ten ía la
desg racia de verle fum ar, pues con dificultad se h a ­
lla ría quien supiese m a n e ja r como él un c ig a rro ;
lo cogía con extrem ada delicadeza, lo encendía con
au to rid ad , lo chupaba con p etulancia, a rro ja b a el
hum o como u n déspota y escupía después con aire
ta n m arcado de desprecio, que p arecía ofender p er­
sonalm ente a cuantos cerca de él se hallaban. N ada
tiene de extraño que Ju sta se e n am o rara o se enca­
p ric h a ra ; pero en cuanto a don M artín, no se com­
prende que cay era ta n fácilm ente en las redes de
u n a joven pobre y p en in su lar por añ a d id u ra , sien­
do vano y pretencioso h a sta dejárselo de sobra y de­
tracto r sistem ático de la P en ín su la. El aseg u rab a
que todo lo h ab ía hecho por d a r un disgusto a su
m adre, co n tra la que estaba ofendido por asuntos
de fam ilia. Como no tenía padre, ni se d ejab a go­
b ern ar por su m adre, estaba acostum brado a hacer
su santa voluntad, y en los últim os meses se le h a ­
bía ocurrido p robar fo rtu n a en el juego; después de
varias altern ativ as salió de la brom a em peñado y
comprometido, y tuvo que acu d ir a su m a d r e ; ésta
pagó sin replicar, y desde aquel día puso al hijo a

104

ÁNGEL GANIVET

media dieta, sin atender los ruegos ni hacer caso
de las amenazas de suicidio con que le molía el alma
todos los correos. Estaba, pues, don Martín muy bien
dispuesto para cometer un disparate, y el que se le
ocurrió, decía él que fué llevarse a Justa y hacer una
que fuera sonada. Pero Justa no se dejó robar, sino
que, con el aprendizaje que tenía en las artes del
amor y con el valioso auxilio de su expertísima
mamá, no tardó dos semanas en volver tarum ba al
incauto don Martín, quien ni siquiera comprendía
lo que le pasaba. El no estaba acostumbrado a su­
frir, y le tenía verdadero miedo a todo lo que fuera
incomodidad o m alestar; así, pues, se enfurecía con­
sigo mismo viendo que muchas veces iba a pasear
por la ciudad, y después de mil vueltas y revuel­
tas se hallaba, sin saber cómo, debajo del balcón de
aquella muñeca de Justita; y que si ésta no se aso­
maba, quizás intencionadamente, por hacerle sufrir,
perdía él el apetito hasta el día siguiente y no dor­
mía tampoco pensando si al día siguiente sería más
afortunado. Todas las inocentes necedades que come­
ten los novicios en amor las cometía don Martín sin
darse cuenta, y creyendo en su orgullo cándido que
estaba corriendo una original aventura, hasta que
un día comprendió que sufría realmente y que tenía
necesidad absoluta de poseer a Justita para que se le
quitara su congoja, y sin pensarlo más, como hu­
biera podido apuntar a una carta que creyera había
de salir, escribió a su madre pidiéndole permiso para
casarse, bajo la amenaza habitual de suicidarse si
se lo negaba. Su madre no se lo negó; al contrario,
se mostró complacida de que alguien viniera a ayu­
darle a gobernar a su incorregible retoño, y sólo le

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

105

recomendaba que no se apresurase y que supiera
bien en qué fam ilia iba a meterse. En el acto se pre­
sentó don Martín en casa del capitán Montes, que es­
taba ya avisado por su hija y aleccionado por su
mujer, y solicitó casarse con Justa como hombre que
trae los papeles debajo del brazo y tiene que apro­
vechar el tiempo. El capitán no veía con buenos ojos
aquella precipitación; pero doña Socorro había es­
crito ya a la Habana, donde tenía algunas relacio­
nes por haber vivido allí algunos años con su ma­
rido, y sabía que don Martín, salvo lo de ser un poco
calavera, ni más ni menos que todos los jóvenes, era
un bellísimo sujeto y un partido inmejorable en toda
la extensión de la palabra. Se marcó, pues, un pla­
zo para pedir informes, sólo por cubrir la fórm ula;
el casamiento se celebró a los dos meses, y los re­
cién casados salieron de la iglesia para embarcarse
en el vapor que desde Cádiz les condujo a la Ha­
bana.
Tuvo Justa la suerte de dar con una suegra buenísima, con la que ligó muy bien, no sólo por sim­
patía natural, sino porque a ambas las unían los
disgustos que les daba don Martín a diario con sus
exigencias; aunque éste algo mejoró con el casa­
miento, seguía siendo caprichoso y voluble, y domi­
nado siempre por la manía del derroche inútil, como
si le espoleara el deseo de liquidar pronto su for­
tuna.
«Yo no me veré nunca en la miseria— aseguraba— ,
pues no he nacido para sufrir privaciones. De un
modo o de otro nunca me faltará, y si me faltara
me suicido, y no hay más que hablar.» Al año de
casado volvió a España con su mujer, y después

106

ÁNGEL GANIVET

de pasar algunos días en Sevilla y Madrid fué a
Barcelona, donde tenía algunos amigos; se le ocu­
rrió poner casa para venir todos los años una tem­
porada, y sin más preámbulos lo puso por obra y se
instaló con gran rumbo, como él hacía todas las co­
sas. Allí volvió don Martín a entregarse al juego, y
se hallaba tan a gusto en su nuevo centro de opera­
ciones, que no se hubiera movido de él sin una cir­
cunstancia que le llenó de regocijo. Su mujer se que­
dó embarazada, y don Martín decidió que el hijo que
naciera no debía ser peninsular, y dispuso el viaje
a la isla para cuando el embarazo estuviera bastan­
te adelantado; y tanto quiso apurar las sesiones del
tapete verde, que la buena de Justa dió a luz en alta
mar, a poco de pasado el golfo de las Yeguas, temi­
do de todos los que cruzan el Océano hacia las An­
tillas y tienen la desgracia de marearse. Así nació la
criatura, que fué bautizada con el nombre de Mar­
tina, en Matanzas, donde a la sazón se había ido
a vivir la abuelita, para estar más al cuidado de su
ya mermada hacienda.
Después de aquel primer viaje fué un no dejar de
ir y venir, y acaso pasaron de veinte las veces que
don Martín y su familia surcaron el Océano, que
para ellos vino a ser cosa de juego también. Justa
todo lo soportaba sin quejarse, porque había ido
perdiendo poco a poco la escasa voluntad que tenía,
y hasta se acostumbró a sufrir malos tratos de pala­
bra y de obra cuando su marido llegó a estos ex­
tremos, exasperado contra sí mismo y contra todos
por las continuas zozobras de su vida inquieta y des­
ordenada. 1.a pérdida de un niño que le nació dos
años después que Martina, y en el que tenía puesto

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

107

todo su orgullo, le retuvo algún tiempo al lado de la
abuela, que se había quedado casi impedida; pero la
muerte de ésta le dió nuevas alas, y después de un
luto cortísimo, volvió a Barcelona a disipar la heren­
cia. Así fueron pasando los años, unas veces en alza,
otras hundidos y entrampados, hasta que el mismo
don M artín se encargó, según lo había mil veces
anunciado, de dar fin a su infeliz existencia. Justa de­
cía, sin embargo, que no había habido suicidio, sino
que su esposo se hallaba en cama gravemente enfer­
mo y que se había quitado la vida en un acceso de fie­
bre tirándose por una ventana, sin que los que es­
taban a su lado tuvieran tiempo para impedirlo. En
los momentos lúcidos de la enfermedad, que fué la
única que tuvo en más de veinte años de matrimo­
nio, se mostraba cambiado y arrepentido de sus lo­
curas, y su mujer estaba convencida de que si se
hubiera curado hubiera sido muy otro de como fué
hasta entonces.
Muerto don Martín, su esposa y su hija, que ya
estaba hecha una mujer, se hallaron solas en Ma­
tanzas, casi en la miseria, pues la enfermedad había
dado al traste con lo poquísimo que quedaba. Reali­
zaron los muebles y se fueron a la Habana, donde
tenían algunos parientes, y éstos, por quitarse la
carga de encima, les aconsejaron marcharse a Es­
paña y les dieron para el viaje y para los primeros
gastos que tuvieran hasta llegar a Madrid, que era
el punto que Justa había elegido. Con su hermano
Ricardo no había que contar, pues ella le había te­
nido casi siempre a su cargo en Barcelona; Pepe, el
menor, que estaba en un pueblo no lejos de la Haba­
na, era bueno, pero tenía un sueldo miserable y mu-

108

ÁNGEL GANIVET

cha familia, y además Justa había tomado horror a
la isla, y lo que quería era ir a España, que por
estar más lejos le parecía mejor. En Madrid estaba
su hermano Luis, y con su ayuda podrían hallar al­
guna salida, y por lo pronto hacer algunas gestio­
nes para obtener la pensión a que, por parte de su
padre, creía tener derecho como huérfana y viuda.
Así, pues, se embarcaron madre e hija y emprendie­
ron su último viaje a España; llegadas a Santander,
tomaron el primer tren para Madrid, y desde la es­
tación del Norte fueron directamente a casa de Luis,
que vivía en el extremo del barrio del Pacífico, cre­
yendo darle una sorpresa, pues no le habían avisado
de la llegada. Pero la sorpresa, y dolorosa, fué la
de las viajeras, que hallaron el piso desalquilado, y
por un vecino de la casa supieron que Luis, con su
mujer, había salido para Filipinas pocos días antes,
y que acaso en aquel momento se estaría embarcan­
do en Barcelona. Justa no sabía qué hacer, hasta tal
punto la turbó aquel desencanto; pero Martina tuvo
una idea que creyeron salvadora: irse por lo pron­
to a una casa de huéspedes y escribir a su tía Can­
delaria, explicándole lo ocurrido y preguntándole si
quería que se fuesen con ella a Murcia, puesto que
en Madrid solas, sin conocer la población ni poder
siquiera moverse, y, lo que es peor, sin recursos, no
les podía suceder nada bueno. Decidido así, en el
acto encargaron al cochero que las llevase a una casa
decente y modesta, pues ellas no conocían ninguna,
y éste las condujo a una de la calle de Tudescos
que era modesta, aunque no muy decente del todo.
Por fortuna el hospedaje no duró ni veinticuatro ho­
ras, porque las atribuladas mujeres tuvieron un en-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

109

cuentiro feliz, de esos que no ocurren más que en
Madrid y en la Puerta del Sol. Almorzaron de prisa
y mal., escribieron la carta entre las dos, con muchas
frases cariñosas de Martina para su tía y primas,
a quien.es no había visto nunca más que en retra­
to, y, después de informarse de por dónde se iba al
Correo, fueron a certificar la carta para estar más
seguras de que llegaría a su destino. Despachada
tan urgente comisión, volvían pies atrás por la calle
de Carretas, donde un pilluelo pretendió darles el
timo de la sortija, de tal suerte se les conocía el aire
forastero, y al llegar a la esquina de Gobernación
oyó Justa que alguien le decía:
—No puedo equivocarme, usted es doña Justa, lo
estoy viendo y casi no lo creo.
— ¡Usted, don Narciso, por aquí!—exclamó doña
Justa— . Sin duda el cielo le envía a usted. ¿Quién
podía esperar este encuentro, niña?—añadió, diri­
giéndose a Martina—. ¿Tú no conoces a nuestro
amigo Ferré?
—Vaya si le conozco—respondió Martina— ; si le
he visto antes de que se acercara, y te lo iba a decir.
—Pues yo he notado que me mirabas—dijo don
Narciso—, y casi estaba tentado de echarte un piro­
po. ¡ Válgame Dios y qué buena moza estás; quién
diría que yo te he tenido en brazos mil veces! ¿Pero
de dónde has sacado esos ojos, chiquilla? Vaya,
vaya...; pero ahora veo que van ustedes enlutadas;
¿qué desgracia han tenido? ¿Quizás Martín, que me
dijeron que estaba allá muy enfermo?...
Doña Justa bajó la cabeza con aire compungido y
Martina contestó:
—Sí, señor; hará pronto tres meses.

110

ÁNGEL GANIVET

—¿Y cómo están ustedes en M adrid?—preguntó
don N arciso.
—Hemos llegado esta m a ñ a n a creyendo e n c o n tra r
a mi herm ano Luis—contestó doña Ju sta —, y p a ra
que la desgracia sea m ayor, se h a ido a F ilip in as.
Estam os en u n a casa de huéspedes, pero pronto nos
m archarem os a M urcia con mi h erm a n a C andelaria.
A hora venimos del Correo, de d e ja r u n a c a rta p a ra
ella, y en cuanto conteste nos irem os, a no ser que
o c u rra o tra nueva con traried ad ... Porque bien ven­
gas. m al, si vienes solo.
—P u es m ire usted, doña Ju sta, yo siento en el
alm a la p érdida que han sufrido, porque estim aba
a M artín y porque le debía atenciones de esas que
con n a d a se pagan. A cada uno lo suyo, y él, aunque
ten ía sus defectos, como todo el m undo, era un hom ­
bre generoso, de los que hoy y a no se gastan. Y ya
que yo no pueda h acer g ran d es cosas, porque des­
graciad am en te los negocios están cada día m ás pe­
rros, no perm ito que sigan ustedes ni un m om ento
m ás en u n a casa e x trañ a teniendo yo la m ía, en la
que h ay sitio p a ra todos. No le ofrezco a usted n in ­
gún palacio, sino un pobre piso, allá en el quinto
cielo; pero la voluntad no puede ser m ejor. ¡Y poco
contenta que se p ondrá C atalin a cuando las v e a ;
ta n ta s veces como hablam os de ustedes en casa!
—Pero don N arciso—replicó doña Justa, que no
podía ocu ltar su gozo—, ¿cree usted que no hay
m ás que m eterse dos personas por las p u ertas? Con
mil am ores a c ep taría yo, pues ya ve usted que me
encuentro aquí con esta c ria tu ra sin conocer a n a ­
die m ás que a usted. Cuente con que irem os todos
los días a su casa y que el tiempo que estemos aquí

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

111

les m olestarem os m ás de lo d e b id o ; pero, la verdad,
yo sé lo que es u n a casa, y no quiero darle u n m al
ra to a C atalina, haciéndole poner las cosas de a r r i­
ba abajo.
—Es in ú til cuanto hable usted—insistió don N a r­
ciso— ; o somos o no somos am igos. H asta me ofen­
de que ande usted con esos reparos, porque creo que
revelan fa lta de confianza. Vamos todos a casa, y yo
me en carg a ré de que recojan el equipaje.
Y todos ju n to s se en cam inaron a la calle de Villanueva, donde don N arciso vivía en un piso cu arto de
u n a casa elegante, aunque de construcción ende­
ble, de esas de tente m ien tras cobro.
P o r m uy poco estable que fu era la casa, m enos es­
tables debían ser los inquilinos del piso cuarto. Don
N arciso estab a en trato s con un am igo de B arcelo­
n a p a ra em prender un negocio que a él se le h ab ía
ocurrido, y esperaba no e star en M adrid p a ra p ri­
mero de año. Y doña Ju sta estaba pendiente de la
contestación de su h erm an a y creía ir a M urcia p a ra
p a sa r la Nochebuena. Y el d ía que llegó a M adrid
era el de la Concepción. P asa b a n , pues, aquellos
días, como quien vive en el a i r e ; form ando planes
p a ra el porvenir y recordando los buenos tiem pos en
que am bas fam ilias vivían en Barcelona, cuando
don M artín d ab a de comer espléndidam ente a sus
am igos y don N arciso a n d ab a en em presas teatrales,
que le d ab an p a ra vivir bien y le p erm itían tra ta rs e
con lo m ejor de la sociedad. A ctualm ente el buen
hom bre, después que el negocio se le torció, tr a b a ja ­
ba como com isionista, y preten d ía m o n tar u n a em ­
presa editorial, por un nuevo sistem a de rep arto s,
a m edias con u n editor barcelonés. Doña C atalina,

112

ÁNGEL GANIVET

que era una mujer muy apocada y envejecida por
los disgustos, soñaba en el día de volver a Barce­
lona, donde tenía su hijo único, empleado en un
escritorio; no se alegró poco la buena señora de
pasar aquellos últimos días acompañada por doña
Justa y Martina, con las que podía desahogarse con
la confianza que a todas ellas les daba su antigua
amistad y su presente y común miseria. Recibió don
Narciso la carta que decidía favorablemente su pro­
yectada empresa y su marcha de Madrid, y se deci­
dió despedir la casa y partir todos el mismo día,
supuesto, como se debía de suponer, que fuera tam­
bién favorable la anhelada contestación de Candela­
ria, a la que doña Justa había escrito, además de la
primera, otra carta en que le daba cuenta del en­
cuentro con don Narciso y del cambio de casa. La
respuesta se hizo esperar seis días, y al fin llegó
certificada bajo sobre de luto, que sobresaltó a doña
Justa, aunque Martina le decía: No te sofoques sin
motivo, que el luto será por papá. Abre y lo verás.
Y abrieron, y la carta decía así puntualmente:
((Mi queridísima Justa:
»Con una pena que no puedes figurarte leo tu car­
ta de la isla, dándome cuenta de tu terrible desgra­
cia, pues la tuya llegó a mi poder cuando no habían
pasado dos semanas de la muerte de mi pobre Fer­
mín. Mira qué estrella la nuestra, que después de lo
pasado, que ahora no hay para qué recordarlo, nos
quedamos viudas las dos, con ocho días de diferen­
cia y, como quien dice, en medio de la calle. Yo te
escribí a Matanzas; pero, por lo visto, la carta no
llegó a tiempo. Así es que me sorprendió tu carta

LOS TRABAJOS DE PÍO ClD

113

de Madrid y me hizo llorar lo que no puedes imagi­
narte, viendo que a mis apuros se juntaban los tu­
yos, y que, además de los disgustos que estoy pasan­
do, tenía que decirte que no vinieras. Dios sabe lo
que hubieras pensado de mí, porque las cosas mien­
tras no se ven no se comprenden. Pero ya sabes que
yo, aunque me esté mal el decirlo, no me he cor­
tado nunca por nada, y, después de pensarlo un rato,
dije: lo que sea de una será de otra; yo me voy a
Madrid a ver lo que Dios dispone. Ya debía estar ahí,
por eso no te he escrito, por llegar de repente; pero
el viaje se me retrasa unos días, y te escribo porque
estarás inquieta y por lo que me dices de la marcha
probable de la familia Ferré. Si se van, ya lo sabes :
no dejes el piso. He facturado ya los muebles para
que lleguen al mismo tiempo que yo, y arreglaremos
el cuarto como mejor podamos. A todo esto dirás que
estoy loca, porque no sabes lo que aquí pasa. Ya te
lo explicaré cuando llegue. Sólo te digo que tú eres
feliz con haberte quedado sin nada, pero sin quebra­
deros de cabeza, mientras que yo no sé si me costa­
rán una enfermedad las irritaciones que me ha dado
la familia de Fermín. Dios le tenga en su santa glo­
ria, que él ha tenido parte de la culpa por lo con­
fiado que fué siempre en cuestiones de intereses, cre­
yendo que todos eran como él, cuando su familia es
una chusma, y no digo más. El mejor es el cuñado,
que cuando se casó era un don nadie, y ahora, aun­
que se ha subido de punto, sabe guardar algunas
consideraciones; pero la hermana es una desollada
insufrible, y las niñas cortadas por la misma tijera.
Yo sé bien que si me metiera por las puertas me re­
cibirían con los brazos abiertos, porque en el fondo
8

114

ÁNGEL GANIVET

lo que tien en es e n v id ia ; pero no es la h ija de nues­
tr a m ad re la que ha nacido p a ra vivir a c a r a de
n ad ie, y en llegando a h a b la r de orgullo nad ie me
g a n a . Se h an d ejad o d ecir que todo lo que nos co­
rresp on d ía por p arte de los abuelos lo h a ido to m an ­
do F e rm ín a cu en ta, conform e le h a c ía fa lta , adem ás
de lo que d aba la h erm a n a por h ab erse quedado sola
con el negocio, y h a sta que tien en dado de m ás, y
que no h an dicho n ad a d uran te la enferm ed ad de
F e rm ín porque se h a cía n cargo de n u e stra situ ación .
P e ro que no pueden seg u ir sosteniendo o tra c a sa
de fa m ilia ad em ás de la suya. Todo, y a te lo digo,
por que nos vayam os con ellos y b a jem o s cabeza.
Y a les lie dicho que yo me voy a M adrid, y que deseo
un arre g lo am istoso, aunque los abogados dicen que
si yo quiero, puedo re c la m a r y d arles un disgusto.
F ig ú ra te que ni siq u iera está h echa la p a rtició n de
lo que d eja ro n los abuelos, lo que te n d ría que m o­
verse ah o ra. P ero yo no quiero pleitos, y luego que
todo esto d u ra ría m ucho, y, puestos de m a la s, no sé
cóm o íbam os a sostenernos aquí la s cu a tro . Y o p a s a ­
r ía por to d o ; pero la s n iñ a s dicen que en o tra p arte
h a ría n cu anto fu era m enester, pero que aq u í les da
fa tig a . Además, la P a c a está, como sabes, m al de la
v ista, y cad a d ía p e o r ; y dicen que con v en d ría que
la v iera algú n buen o cu lista de M adrid, pues to d a­
vía tiene cu ra. Desde que les he dicho que y a es
segu ro que nos vam os, está n que no saben lo que les
p asa, deseando por h oras y m om entos s a lir de aquí,
y conocerte a ti y a M a rtin a . Os envían un m illón
de besos y yo otros tan tos. L a d etención del v ia je
consiste en que tengo que a rre g la r el asu n to de que
te hablo p a ra ver de co n ta r con algo, aun qu e sea

115

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

poco. Un amigo muy antiguo de papá (q. e. p. d.),
llamado don Gualberto, se ha encargado de hablar
por mí con mi cuñada y dice que él la convencerá
de que deben de nombrarme alguna pensión, siquie­
ra hasta que las niñas se casen. Esto sería lo mejor.
No tengo tiempo para escribirte más. Como pronto
nos veremos, ya te contaré cosas que te parecerán
increíbles, y tú me contarás también las tuyas. ¡ Si
nuestros padres vivieran y nos vieran ahora tenien­
do que vivir, como quien dice, a expensas de unos y
de otros y con la carga de cuatro criaturas! Por
ellas lo siento yo más que por nosotras, que de cual­
quier modo nos arreglaríamos. Y ¿qué me cuentas
de Luis, haberse ido a Filipinas, tanto como papá
trabajó para quitárselo de la cabeza? Si estuviera
en Madrid, aunque no pudiera ayudarnos, siquiera
sería un hombre a quien acudir; porque para ciertas
cosas las mujeres no servimos. En fin, hay que hacer
de tripas corazón, y cuando Dios nos pone en este
aprieto, El sabrá por qué lo hace, y El se encargará
de iluminarnos y de darnos fuerzas y ánimo para
salir adelante.
»Me parece mentira que pronto vamos a vernos
juntas después de tantos años de separación. ¡ Quién
sabe si nuestras desgracias serán motivo de que me­
joremos de fortuna! En fin, no queda papel para
m ás; mil besos y abrazos de las niñas y de tu her­
mana, que con alma y vida te quiere,
»C andelaria.»

En uno de los márgenes decía además la carta :
«Llegaré por la mañana para poder dedicar el día a
recoger los muebles de la estación y arreglar, por

116

ÁNGEL GANIVEX

lo menos, las camas para no tener que dormir en el
suelo.» Y en otro venía esta nota: «No te digo fija­
mente el día de mi llegada porque no lo sé. Quizás
no te avise para llegar sin que me esperes.» Además
había una esquela para Martina, en la que las pri­
mas le decían:
«Querida Martina:
»Ya te dirá tu mamá que muy pronto vamos to­
das a Madrid, de lo que te alegrarás tanto como nos­
otras. Estamos muy tristes desde la muerte de papá,
y tú estarás lo mismo. Ya nos consolaremos las unas
a las otras, y procuraremos desechar nuestra triste­
za viviendo juntas como buenas hermanas. Yo no te
conozco todavía y ya te quiero mucho, como todas.
Estoy deseando de ir a ésa para conocerte y para
ver si me curo del mal que tengo en la vista. Dicen
que si se deja pasar el tiempo quizás me quedaría
ciega. Hazte cargo la pena que tendré, que no hago
más que llorar, y esto me pone peor. Adiós, querida
prim a; recibe un beso y un abrazo muy apretado
de tu prima
» P aca. »

«Simpática primita: Todas te hemos agradecido
en el alma las cosas tan cariñosas que nos dices en la
carta de tu mamá. Parece mentira que no nos haya­
mos visto nunca, queriéndonos tanto como nos que­
remos. Yo te aseguro que te veo como si te conociera,
y que estoy enamoradísima de ti por tu retrato de
hace tres años, y me figuro que estarás aún más bo­
nita. Dice mamá que eres el vivo retrato de tu padre,
que tenía fama de guapo y arrogante. Ya nos conta-

117

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

rás cosas de los países que has visto', sobre todo de
Cuba, que me gusta al perder. Antes de la enferme­
dad de papá aprendí a cantar las guajiras que me
enviaste. Son lindísimas. En cuanto vaya a Madrid,
como pueda, iré al Conservatorio, pues tengo pasión
por la música y el canto, y mamá dice que podía
hacer muy buena carrera. ¿Y tú, has perdido ya la
afición? No me dices nada. Verdad es que no esta­
rás de humor para pensar en esto. Yo tampoco hago
nada desde hace más de tres meses, ni están las cir­
cunstancias para hablar de estas cosas. Sueño pen­
sando en que nos vamos a ver al fin. Que fuera para
vivir siempre juntas es lo que desea tu prima, que
te quiere muchísimo y te envía mil besos,
»C andelaria .»

«Mi queridísima prim a:
»Ya ves lo egoistonas que son Paca y Candelita,
que no me dejan más que dos renglones. Cuanto te
dicen ellas te lo repito yo, y además te envío un mi­
llón de abrazos y caricias, y te beso en los ojos, que
nos tienen a todas chifladas. Adiós.
» V alentina .»

No se puede saber a punto fijo las veces que la
carta y la esquelita fueron leídas y releídas, sin
comprender si era malo o bueno lo que anunciaban.
Martina estaba entusiasmada con la idea de reunir­
se todas en M adrid; doña Justa no las tenía todas
consigo, aunque se le quitaba un peso de encima
con la llegada de su hermana, la cual, como más
lista y resuelta, sería la directora del cotarro, y

118

ANGEL GANIVET

pensaría, buscaría y revolvería por todas y más y
mejor que todas juntas. Don Narciso, enterado del
caso, creía un solemne disparate la reunión de seis
mujeres solas en Madrid sin otro recurso que la ima­
ginación.
—Tal vez—decía a doña Justa—su hermana de us­
ted traiga algunos fondos para vivir ios primeros me­
ses, y entonces menos m al; pero, aun así y todo,
mejor sería establecerse en una ciudad pequeña;
porque aquí, en Madrid, el dinero se va sin sentir,
y antes que ustedes conozcan el terreno y decidan
lo que van a hacer, el dinero se les habrá volado y
se encontrarán en un callejón sin salida. De todos
modos, nosotros deseamos conocer a su hermana y
sobrinas, y puesto que han de venir, las esperamos,
y el mismo día que lleguen por la mañana, nos va­
mos por la noche, y ustedes quedan dueñas de la
casa. Y si no pueden seguir aquí, en Barcelona es­
toy ; no tienen más que ir allá y disponer de mí en
lo poco que yo valgo.
Dos días después de la carta, muy temprano, cuan­
do todos dormían aún, excepto doña Catalina, que se
había levantado para ir a la compra, entraron por las
puertas de la casa las cuatro viajeras, sin mover
ruido, porque, al saber que doña Justa y su hija
dormían, quisieron sorprenderlas en la cama. Traían
consigo sólo el equipaje de mano: dos maletas y
dos sombrereras, una cestita con pan y algunos fiam­
bres, y un gran cestón de tapaderas muy cosido,
que doña Candelaria se apresuró a abrir cortando
las puntadas de hilo bramante con un cortaplumas
para dar suelta a cinco gatos que allí encerrados
venían, y que comenzaron a arquear el lomo y esti-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

119

rar patas y rabo con desperezos y maullidos, más
de hambre que de entumecimiento.
—Cinco huéspedes más—dijo doña Candelaria,
viendo el gesto de extrañeza de doña Catalina— .
Ya ve usted, no hemos tenido corazón para abandodonarlos. Todos han nacido en casa, y mi Valentina
los quiere mucho. Pero vamos adentro... ¿Por dón­
de? ¿Hace usted el favor, doña Catalina?
—Por aquí... Pasen, pasen... Esa puerta de en­
frente es de la alcoba...
Al decir esto, aparecía doña Justa en camisa, gri­
tando, riendo y llorando, todo a un tiempo; y mien­
tras se abrazaba a su hermana, sus sobrinas se me­
tían en el dormitorio y despertaban a abrazos y a
besos a Martina, que sentada en la cama, con los
ojos atontados, chillaba de gusto y sorpresa. Entra­
ron las mamás en la alcoba, y mientras los gatos
hacían coro a la puerta, arañando para entrar tam­
bién con sus amas, y doña Catalina iba a despertar
a su marido, doña Justa y su hija se echaban una
bata, se recogían el cabello con cuatro horquillas y
se calzaban apresuradamente para poder atender
con todos sus cinco sentidos al diluvio de preguntas
que se les hacían y hacer otras tantas por su parte.
Salieron todos a la sala, y las viajeras se aligera­
ron un poco de ropa, como quien se encuentra ya
en su casa.
— ¡Válgame Dios!—dijo doña Justa— . Después de
tanto tiempo, sigues con la manía de los gatos, como
cuanto tenías la Coja y la Morisca, que dormían
contigo en la cama.
—Ahora no soy yo—contestó doña Candelaria— ,
es esta Valentina, que por parecerme más, me ha

120

ÁNGEL GANIVET

salido hasta en eso. Y ¿qué me dices de mis ni­
ñas? Yo a Martina la encuentro guapa de verdad.
Es pintiparada a su padre; pero con más expre­
sión en los ojos y la nariz un poquito acaballada,
como todos los Montes. Y luego ese pelo tan negro,
más negro que el azabache. Vaya, que puedes estar
orgullosa. No os ofendáis, feas mías—agregó diri­
giéndose a sus hijas— ; pero Martina es más guapa
que vosotras. A mí el amor de madre no me ciega.
—Pues las tuyas—dijo doña Justa—no tienen nada
que envidiar a nadie, no digas. Lo que me extra­
ña... Vamos, que yo no creía que tú tuvieras hijas
tan rubias. En particular Candelita, parece una es­
piga de oro. Verdad es que Fermín era rubio y blan­
co como pocos hombres he visto yo... Pero encuentro
que la que más se parece a ti es Paca. Valentina tiene
más de mamá; fíjate en la frente, y sobre todo en el
entrecejo; es materialmente una haba partida.
El diálogo encomiástico de las mamás y el colo­
quio pueril que en voz más baja sostenían las primi­
tas, fueron interrumpidos por don Narciso y su mu­
jer, con cuya llegada la conversación cambió de
tono, porque don Narciso, después de los saludos,
deseó aprovechar el escaso tiempo que le quedaba
que estar en Madrid para aconsejar a aquella fami­
lia, que bien lo había menester. Doña Candelaria
todo lo hallaba llano y fácil, y no porque contara
con nada seguro, pues con sorpresa supieron todos
que el arreglo convenido por don Gualberto con la
hermana de Fermín consistía en que ésta diera doce
duros mensuales por trimestres anticipados, y parte
de los primeros treinta y seis duros se había ido en
el viaje. De suerte que basta marzo sólo quedaba el

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

121

resto y unos cuantos duros que tenía doña Justa,
con todo lo cual no había ni para acabar el mes. Sin
embargo, decía doña Candelaria que con aquella
insignificante pensión no se podía vivir en ninguna
parte, y que para tener que buscarse la vida, con­
venía un centro cuanto más grande mejor, donde
hubiera mundo y donde cada cual pudiera hacer lo
que le diese la gana, sin críticas ni murmuraciones
de nadie. En fin, a lo hecho, pecho. La necesidad es
la mejor consejera, y lo que seis mujeres no discu­
rrieran, no sería capaz de discurrirlo ni el mismo
diablo en persona. La vanidad de doña Candelaria
fingía verlo todo de color de rosa, aunque, a decir
verdad, la procesión iba por dentro.
Dedicaron aquel día al cambio de muebles. Los
que se iban embalaron unos pocos suyos y devolvie­
ron los más, que eran alquilados, dejando sólo al­
gunos chismes de cocina, que no valían la molestia
de transportarlos, y las que se quedaban distribuye­
ron provisionalmente los muebles traídos de la es­
tación, que eran, según nota escrita de puño y le­
tra de doña Candelaria: una cama grande y tres
pequeñas de hierro, cada una con un jergón, dos
colchones de lana, un juego de almohadas y dos co­
bertores ; un estrado completo en bastante buen uso,
con dobles fundas blancas y de lona gruesa; doce
cuadros, pintados por Colomba; una docena de sillas
de paja, dos de cuero y un sillón de vaqueta; una
cómoda; dos armarios; dos clavijeros de hierro y
dos de madera; una mesa de sala, con su espejo,
y dos más, una de comedor y otra pequeña de pino;
un tocador con espejo y dos espejos más, sueltos;
un cajón con varios santos de talla, dos de ellos, San

122

ÁNGEL GANIVET

Jo sé y la V irgen del Socorro, con sus correspond ien­
tes f a n a le s ; u n a c a ja con u n a g u ita rra y u n a b a n ­
d u r r ia ; un c a jó n g rand e con varios efectos de co­
cin a. Todos los dem ás objetos venían en tres g ra n ­
des baúles, llenos p rin cip alm en te de ropa b la n c a de
ca m a y v estir y de rollos de tela , antiguos vestidos
que doña C an d elaria h a b ía deshecho p a ra teñ irlo s y
a rre g la rlo s p a ra el luto, a fin de no com p rar m ás
que lo preciso, que era lo que tra ía n puesto.
No es posible d escrib ir la colocación que los m ue­
bles enum erad os te n ía n en el piso de la calle de V i­
llan u ev a, porque fu eron ta n to s los cam bios que su ­
friero n , que no p a sa b a d ía sin que aquellas seis m u­
je re s , solas y sin ocupación por el m om ento, no se
e n tretu v ieran ideando una nu eva d istrib u ción de la
c a sa y del m u eb laje. Ni la cocin a, cuyo uso forzoso
esta b a indicado por la s h orn illas, ca rb o n era s, v a s a ­
res, fregad ero y caño de a g u a sucia, se vió lib re
de la acción re v o lu cio n a ria de aquellas am azonas,
que Ja con v irtiero n en com edor p a ra que la h o rn illa
y v a sa re s h icie ra n las veces de repostero. P a r a g u isa r
lo poco calien te que g u isa b a n serv ía un a n afe que
doña C an d elaria h a b ía tra íd o , y que econom izaba
m ucho carb ón y tra b a jo de lim pieza. Lo que sí se
puede a seg u ra r es que en n in g u n a de las tra n sfo rm a ­
ciones podía co m p ararse a q u ella c a sa con la de M ur­
cia, puesto que doña C a n d ela ria h a b ía m alvendido
allí todos los m uebles que no era n in d isp ensables o
que no eran un recuerdo de fa m ilia , sin e xclu ir el
piano, el ojo derecho de C an d elita. Asim ism o hubo
v ario s arreg lo s p a ra dorm ir la s seis en la s cu atro
cam as, por no seg u ir pagand o el a lq u iler de la que
te n ían doña Ju s ta y M a rtin a . P rim ero d orm ían solas

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

123

doña Candelaria y doña Justa, y las niñas, dos con
d os: Martina con Candelita y Paca con Valentina.
Después, como la cama de doña Candelaria era muy
grande, Valentina, que todavía era una niña, pues
apenas había cumplido quince años, se fué con su
mamá, y Candelita con P aca; pero como ésta esta­
ba enfermucha y Candelita había simpatizado en
extremo con su prima, volvieron a dormir juntas y
dejaron a Paca sola.
No era el dormir ciertamente lo que más preocu­
paba a aquellas abejas inactivas, sino el hallar me­
dios de vivir. Lo poquísimo que tenían se acabó en
los días de Pascua, y hubo que ir a una casa de prés­
tamos a empeñar un reloj, y después otro, hasta
que todas las niñas se quedaron iguales, y no se
volvió a saber la hora que era a punto fijo.
—Cuando pasen estos días—decía doña Candela­
ria—, hay que empezar a moverse.
Y, en efecto, no se descuidó, pues apenas supo an­
dar por Madrid salía sola o con su hermana muy
temprano, y volvía a salir después de almorzar para
enterarse dónde podían darle alguna labor. Martina
sabía adornar sombreros, más por gusto natural que
porque hubiera aprendido ; Candelita podía dar lec­
ciones de piano a niños pequeños que comenzaran
el solfeo, y todas bordar, coser en blanco y cuanto
fueran labores propias de señoras distinguidas, aun­
que venidas a menos. Halló algunas promesas de
trabajo para más adelante, y en una corbatería le
dieron avíos y modelo para hacer dos docenas de
corbatas por vía de prueba; pero esto no resolvía
nada, porque pagaban a seis reales la docena y no
era seguro que hubiera una tarea todas las sema-

124

ÁNGEL GANIVET

ñas. En o tra tien d a no le dieron trab ajo , pero le
dieron las señas de u n a m odista a la m oda que te­
n ía necesidad de u n a joven elegante y de buena figu­
r a p a ra la pru eb a de vestidos y confecciones. M arti­
n a fué elegida por su m am á y tía de acuerdo, y p re­
sen tad a a la m odista, que la adm itió gustosa, que­
dando en fijar el sueldo después de algunos días de
ensayo. P ero a las pobres m ujeres no les dió buena
espina la casa, y menos cuando en la corb atería,
donde h ab laro n del asunto, les dijeron que la mo­
d ista no era persona de confianza p a ra en treg arle
u n a joven sin experiencia, pues en su casa, con el
pretexto de las m odas, celebraban entrevistas secre­
tas señoras y caballeros de la buena sociedad, según
decían m alas lenguas, que cuando lo decían, lo d i­
ría n por algo.
En estas y o tras ten tativas pasab a el mes de ene­
ro, y entre la casa, la comida y los gastillos m enu­
dos se llevaban poco a poco las alh ajas, que, como
m enos precisas, era n las p rim eras que ib an al em­
peño. P o r donde se com prenderá la recta intención
de aquellas m ujeres, puesto que o tras en su lu g ar
quizás h u b ieran em peñado las sáb an as an tes que las
so rtija s y pendientes, p a ra no p rivarse de estos
adornos, útiles cuando se a sp ira a servirse de la be­
lleza p a ra a tra e r alg ú n enam orado generoso que
h ag a el gasto. Doña C andelaria no pensó ja m á s en
sem ejante bajeza, y aunque algún día habló de ce­
d er a un caballero u n a habitación con asisten cia o
sin ella, según los usos de M adrid, pensó desde lue­
go en un caballero decente, y, a ser posible, respe­
table por su edad. En cuanto a doña Ju sta, solía
te rm in a r alg u n as d isputas que se prom ovían por la

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

125

escasez de dinero, con una frase, que en sus labios
era sacramental:
—Aquí hacen falta unos pantalones.
Porque la buena señora no tenía carácter ni vo­
luntad propia, y no comprendía que una casa pudie­
ra marchar bien sin un hombre que ejerciera la auto­
ridad, aunque fuese del modo absurdo y despótico
que la ejercía su difunto marido. Y el mal éxito de
las gestiones de su hermana la confirmaba más de
día en día en su parecer. Aunque parezca extraño,
a pesar de que las muchachas salían todas las tardes
con sus mamás, no se les había presentado ningún
pretendiente, que al menos les diese compañía y rom­
piera la vida monótona que llevaban, ya que no fue­
se un hombre honrado y formal de quien pudiera
esperarse algo para el porvenir. Los jóvenes honra­
dos y formales que había en la corte, si había enton­
ces alguno, huyeron del número excesivo de mujeres
o de la miseria que se les transparentaba, y los vi­
vidores y libertinos quizás no se atrevieron, temero­
sos de que al lado de aquellas mujeres vestidas de
luto la diversión se les convirtiese en lluvia de lá­
grimas. Por todas estas razones se explica que doña
Candelaria tuviera el arranque repentino que tuvo el
día l.° de febrero de ir a la Zarzuela y hablar con el
director de la compañía que allí actuaba y suplicar­
le que diera a Candelita un puesto en el coro, y, si
era posible, que le confiara papeles para empezar,
pues la joven tenía condiciones para salir airosa en
cuanto venciera la timidez de los primeros días.
El director probó la voz a la muchacha, con ama­
bilidad rara en las costumbres teatrales, y dijo que
no tenía inconveniente en colocarla en el coro; pero,

126

ÁNGEL G AN IVE l’

interesado por la joven, cuya educación y distin­
guida compostura saltaban a la vista, aconsejó a la
mamá que desistiera de su propósito, pues era lás­
tima que anduviera rodando entre gente de vida po­
co ejemplar, salvo contadas excepciones, una jo­
ven que podía ser una artista de mérito con poco
que estudiara y supiera presentarse al público como
era debido. Doña Candelaria agradeció el consejo
con lágrimas en los ojos y salió del teatro llena de
orgullo maternal por tener aquel portento de hija,
y entristecida porque también aquella puerta se les
cerraba. Entonces miró distraídamente el cartel de
anuncios, y vió que después de la función de zar­
zuela había anunciado baile de máscara, y se le
ocurrió pensar :
— i Si viniéramos esta noche al baile!...
A decir verdad, doña Candelaria no pensó seria­
mente en aventajar nada yendo al baile; pero te­
ína odio a la inmovilidad y al recogimiento, y de­
cía siempre que al que no grita Dios no le oye.
Estarse en casa quietas y resignadas, era tanto como
echarse al surco y declararse vencidas a los prime­
ros disparos. La sociedad puede ser útil cuando se
vive realmente en ella, no encerrándose entre cua­
tro paredes, y a falta de relaciones, no les queda­
ba más medio de entrar en campaña que acudir
adonde hubiera mucha gente y confiar a la casua­
lidad el cuidado de proporcionarles algún buen en­
cuentro. Todo esto se lo calló doña Candelaria, y
el pretexto que dió para justificar su idea de ir al
baile, fué la necesidad de distraer un poco a las ni­
ñas. A doña Justa le parecía que en un baile así
nada se podía ganar, porque las mujeres que a él

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

127

irían serían lo peor de cada casa. Pero las niñas,
que deseaban ver un baile de máscara, contestaban
que nadie las conocería. En cuanto al gasto, perdi­
do por ciento, perdido por mil y quinientos; y ade­
más, ellas mismas se harían los trajes, como, en
efecto, se los hicieron en un dos por tres con la tela
de los vestidos deshechos que doña Candelaria ha­
bía traído. Esta ideó el modelo de disfraz, igual
para todas, con el que ellas candorosamente se figu­
raban representar una bandada de golondrinas.
—Vamos a parecer empleados de alguna funera­
ria—dijo la directora de la banda— ; habrá que po­
ner algunos adornos de color.
Y los pusieron sin grandes calentamientos de ca­
beza, cosiendo unos moñajos hechos con tiras de
percalina roja.
— Ahora faltan las caretas—dijo doña Justa— ; las
tendremos que comprar.
— De ningún modo—contestó su hermana— . Ten­
go yo un retazo de crespón, que por lo tieso pare­
ce trafalgar, y que nos viene de perilla.
Sacó la tela y cortó un pedazo en forma de co­
razón; abrió los agujeros de los ojos, nariz y boca,
tomando bien las medidas, y enfiló todos los cortes
para que no se deshilacliaran; luego punteó los
ojos a punto de ojal, con seda roja, y, por últi­
mo, adornó los bordes con cruzadillo rojo también,
y puso los indispensables cordones; con lo cual que­
dó el antifaz perfecto y hasta gracioso. Con arreglo
a él cada mujer hizo el suyo, y no serían las diez de
la noche cuando todas estaban ya dispuestas para
echarse a la calle, aunque todavía no habían comido.
Fueron al baile con ánimo de divertirse cuanto

128

ÁNGEL GANIVET

pudieran, excepto Martina, a quien a última hora
le entró el pavo, como decía su mamá, disgustada
por tener que estar al lado de la niña, que ni que­
ría bailar ni que la dejasen sola. La llegada oportu­
na de Pío Cid rompió el hielo, y entonces doña Jus­
ta también salió a bailar con el primero que la in­
vitó, sin que, soliviantadas como estaban ella y su
hermana y sobrinas, notasen, hasta muy avanzada
la hora, que Martina había desaparecido.
—Estará por ahí—decían cuando se encontraban
en el sitio convenido de antemano; y volvían a des­
parramarse por la sala, hasta que doña Justa entró
en cuidado y comenzó a mirar por todas partes y
a recorrerlo todo, y se convenció de que su hija no
estaba en el teatro. Se reunieron todas, alarmadas;
volvieron a mirar por abajo y por arriba, y no en­
contrándola, recogieron los abrigos y fueron a echar
una ojeada por los cafés próximos. Luego se enca­
minaron a la calle de Villanueva, y volvieron de
nuevo al teatro, y preguntando, dieron con la Casa
de Socorro del distrito, donde les dijeron que aque­
lla noche no había ocurrido ninguna desgracia.
Martina no parecía, y doña Justa comenzó a temer
que su hija hubiera sido engañada por quien la sacó
a pasear, que, según todas sus trazas, debía ser un
pillo redomado. Y la pobre madre explicaba las se­
ñas particulares del raptor con tan negros colores,
que de sus labios salía Pío Cid digno de que lo lle­
vasen a la horca.
—Pero tita Justa—preguntaba Candelita, que era
la más afligida por la desaparición de su prima y
compañera de cama—, ¿qué facha tenía ese hom­
bre que la sacó a bailar?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

129

—Yo no me fijé bien—contestaba doña Justa.
Recuerdo que me pareció al primer golpe de vista
un militar vestido de paisano.
—¿Qué traje llevaba?
—Un traje todo negro, creo que de americana.
—¿Y el sombrero?
—Un sombrero hongo, de hechura algo rara. Ya
te digo que no me fijé mucho, porque ¿quién había
de pensar?... Lo que sí recuerdo bien es que la cara
de aquel sujeto no me fué simpática.
—¿Qué le encontraba usted, tita?
—No es que le encontrara nada, sino que no me
fué simpático... Yo no sé cómo vosotras no le ha­
béis visto... Era uno de barba negra muy larga,
con melenas como los artistas; pero ya os digo que
parecía un militar, porque no le caía bien el traje
de paisano...
—¿Y era hombre de edad?
—No era viejo, pero tampoco joven.
—Pero ¿por qué no le fué simpático? — insistió
Candelita, que no comprendía que se pueda tener
sin motivo antipatía por una persona.
—No fué por nada—contestó doña Justa—. Déja­
me en paz, que no estoy para que me pregunten ni
sé lo que me digo. A mí no me gustó aquel hombre,
y no me extrañaría que fuera un criminal, porque
los ojos no eran de otra cosa.
—No me cabe duda—dijo, oyendo la descripción,
doña Candelaria—, Martina ha sido engañada, y
ya no nos queda más recurso que esperar en casa
a que sea bien de día a ver si parece, y si no pa­
rece daremos parte a la autoridad.
Se fueron a cas? ñenas de tristeza e inquietud, y
9

130

ÁNGEL GANIVET

se q u ita ro n los disfraces en silen cio ; d oña Ju sta
lloraba, y su h erm an a se acusaba de h ab er sido la
causan te de aquella terrible desventura.
M ientras tanto, Pío Cid ponía por obra su plan.
Antes que el día c la re a ra por completo abrió el b al­
cón de su cuarto, se asomó y llamó al sereno, que
aú n estab a en la esquina, p a ra que a b rie ra la p u er­
ta. M a rtin a se h ab ía quitado el disfraz y se había
puesto encim a de su vestido, que era algo ligero,
u na ch am b ra de la n a y en la cabeza u n a rica m an ­
tilla, p ren d as am bas que Pío Cid conservaba en el
fondo del baúl y que h ab ían sido de d oña Concha.
El disfraz y todo lo que en el cuarto h ab ía de la
perten en cia de Pío Cid fué encerrado en el baúl y
en u n a m aleta de m ano, que quedaron en medio de
la habitación. Salieron sigilosam ente los fugitivos,
y Pío Cid dió al sereno u n a peseta, diciendo a M ar­
tin a cuando estuvieron en la c a lle :
—Desde que estoy en M adrid, ésta es la p rim era
noche que me h a servido el sereno.
—O jalá sea la ú ltim a—dijo M artina, recelosa—.
Pero ¿cómo me dijiste antes que no podíam os salir
porque no tenías llave, y a h o ra has encontrado me­
dio de que salgam os? Esto me parece u n a tu n a n ­
tada.
—Es que al e n tra r yo no pensaba en la salida,
y no se me o c u rriría lo que después, cuando desea­
ba salir, se me h a ocurrido. Quiero decirte que no
h ay m ala intención, sino que, según es el deseo, así
se esfuerza la atención y se halla el m edio de cum ­
plirlo.
M artin a no contestó y siguió andando, sin d arse
cuenta de por dónde iba, aunque iba h a c ia su casa.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

131

No p ensab a ta m p o c o ; de vez en cuando m irab a a
Pío Cid de a rrib a abajo, como si ja m á s le hubiese
visto, como si se so rp ren d iera de hallarse al lado de
aquel hom bre, y sen tía miedo y vergüenza de h a b e r­
se rendido como u n juguete a su voluntad. Pío Cid
la m irab a tam bién, pero con calm a, y sin h a b la r­
le ; iba ju n to a ella en la m ism a disposición de es­
p íritu que el soldado que después de u n a acción en
la que h a salido bien librado, em prende de nuevo
la m arch a en busca del enemigo. Así llegaron a la
p u erta de la casa de la calle de V illanueva cuando
aú n estab a c errad a, pues Pío Cid q u ería evitar que
la p o rtera y el vecindario tu v ieran noticia de la
a v e n tu ra de M artina. Dió u n aldabonazo, y a poco
se asom aron a u n balcón del cuarto piso v arias m u­
je re s; y u n m inuto después doña C an d elaria a b ría
la p u erta, m ie n tra s b ajab a d etrás doña Ju sta. M ar­
tin a estab a en el quicio de la p u erta como oveja que
presiente el degüello, y su actitud co n trita y la sti­
m osa decía, sin p alab ras, que la pobre c ria tu ra h a ­
bía cometido el m ayor desaguisado que puede come­
ter u n a doncella. Su m adre y su tía la m irab an con
estupor, pues con la cham bra y la m an tilla les p a ­
recía u n a p erso n a ex trañ a o que h u b iera estado a u ­
sente cuatro años en vez de cuatro horas. Pío Cid
se adelantó, y con voz reposada dijo :
—Vamos a rrib a pronto y podrem os h ab lar sin
darle u n cu arto al pregonero.
Y ap artán d o se p a ra que M artin a p a sa ra , entró
tra s ella, y todos subieron la inacabable escalera,
y se h a lla ro n a poco en la sala p rincipal, m ientras
las h ija s de doña C andelaria, que estab an esperan­
do, se re tira b a n confusas a o tra habitación a u n a

m

ÁNGEL GANIVET

seña de su mamá. Martina se fué a sentar en el hue­
co del balcón, cuyas maderas entornadas dejaban
pasar la claridad fría del amanecer; la mamá y
la tía se sentaron en el sofá, cada una en un ex­
tremo, y Pío Cid, sin que le invitaran, se sentó fren­
te a Martina, en una butaca, de espaldas a la puer­
ta, y sin preámbulos tomó la palabra y dijo:
—Les pido a ustedes mil perdones por el mal rato
que habrán pasado; yo soy el único culpable de lo
ocurrido; pero mi culpa es muy leve, porque, como
ven, me he apresurado a venir para sacarlas de su
inquietud y para que todo quede en familia. Si us­
tedes no han cometido ninguna torpeza nadie ten­
drá noticia de esta escapatoria, pues ni aquí ni en
mi casa nos ha visto nadie...
—Martina—interrumpió doña Justa—, ¿tú has es­
tado en casa de este... hombre? ¿Quién es? ¿Cómo
se llama? Vamos, responde.
Martina miró con ojos espantados, mientras Pío
Cid sonreía levemente, porque al oír el nombre de
Martina cayó en la cuenta de que ni él le había pre­
guntado a ella su nombre, ni ella a él. Doña Cande­
laria hizo un movimiento brusco, como si fuera a
arrojarse sobre Pío Cid; doña Justa seguía pregun­
tando con los ojos fijos en su hija, y ésta se tapó
la cara con las manos y se echó a llorar.
— Esto que ocurre—prosiguió Pío Cid—les demos­
trará a ustedes que Martina no tiene culpa; yo he
sido el que la he engañado, y tan aturdidos estába­
mos ella y yo, que no nos liemos preguntado nues­
tros nombres. Ella no sabe siquiera que yo me llamo
Pío y yo no sabía que ella se llamaba Martina, has­
ta ahora que lo oigo por primera vez.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

133

—P ero usted le h a dado algo a mi sobrina—gritó
doña C an d elaria— ; usted es un crim inal.
—No se irrite usted, señora, y tenga la bondad de
escucharm e—continuó Pío Cid en el mismo tono que
h ab ía em pezado—. Si h a habido arreb ato de p arte
de M artin a en seguirm e sin conocerme, tam bién lo
h a b rá de p arte m ía en resolver, como he resuelto,
u n ir m i suerte a la de ustedes sin saber tam poco
quiénes son ni cómo se llam an.
—Eso es fácil de saber—interru m p ió doña C an­
d elaria, que no podía to le ra r que se dudase de
ella— ; p reg u n tan d o en la H ab an a por los Goma­
ras, y en M urcia, donde yo he vivido h a sta hace
poco, po r los Colombas, y en Sevilla, donde vivieron
m uchos años mis padres, por los M ontes..., sa b rá
usted que somos por los cu atro costados u n a fam i­
lia dignísim a, que no es m erecedora, si h u b iera ju s ­
ticia en la tie rra , de verse en la situación que nos
vemos.
—Yo no he dudado de ustedes—siguió Pío Cid— ;
ustedes son las que d u d an de mí, considerándom e
como u n c rim in a l; y yo no me ofendo ni recu rro a
la opinión pública, porque me b asta la m ía. Al con­
trario , sin conocerlas a ustedes me he figurado que
eran b u e n ísim a s; y por figurárm elo así, y porque me
p arecía imposible que fu era de otro modo, después
que he hablado con M artina y he apreciado su g ran
m érito, determ iné, sin pensarlo, venirm e a vivir con
ustedes, si ustedes no se oponían. Yo no tengo fam i­
lia, vivo solo y he podido to m ar casa p a ra los dos,
puesto que M artin a me q u ie re ; pero me p arecía m ás
noble presentarm e y pedirles perdón por el abuso
que, sin poderlo rem ediar, he cometido, y exponer-

134

ÁNGEL GANIVET

les ia idea, que tengo por muy sensata, de vivir to­
dos juntos.
— ¿Y usted cree que no hay más que engañar a
una joven y quitársela a su familia como si no hu­
biera leyes ni tribunales, como si estuviéramos en
el centro de Africa?—replicó doña Candelaria con
energía.
—Yo no creo nada de eso—contestó Pío Cid.
—Entonces, ¿creerá usted que puede abusar de
nosotras porque somos mujeres solas?—dijo doña
Candelaria—. ¿Quizás porque sepa ya por esta niña
loca que su madre es una mujer sin carácter? Pues
está muy equivocado, que yo estoy aquí para dar
la cara, y verá usted quién soy yo.
—Martina no me ha dicho nada de ustedes—con­
testó Pío Cid—, ni yo trato de abusar de nadie.
—Entonces, ¿se figura usted—insistió doña Can­
delaria con la entonación de un juez que formula
un interrogatorio—, que porque estamos en situa­
ción apurada nos vamos a doblegar, como quien dice,
a vendernos por dinero?
—Yo soy pobre—contestó el reo—, y lo que les he
ofrecido es compartir mi pobreza.
Doña Candelaria desarrugó el entrecejo y tomó
un aire más humano. Lo que más le llegaba al alma
era la insolencia de aquel caballero desconocido,
que se expresaba como quien posee la varita mági­
ca, que cierra todas las bocas y abre todas las puer­
tas, el dinero, dominador y triunfador. Ante tan hu­
milde confesión de pobreza, doña Candelaria pensó
que quizás aquel sujeto venía con buenas intencio­
nes, y que, por lo pronto, se podía hablar pacífica­
mente con él, de igual a igual. Cambió, pues, el

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

135

tono y asunto del interrogatorio, y le preguntó mi­
rándole fijamente:
—¿Usted pensará casarse con mi sobrina?
—Yo la considero ya como mi mujer—contestó
Pío Cid—. Le extrañará a usted mi respuesta, pero
no soy amigo de dilaciones ni de ceremonias, y en las
cuestiones mías mi voluntad y mi palabra bastan.
—Pero ésta no es cuestión de usted solo—replicó
doña Candelaria— ; es también de mi sobrina, y
nuestra, y de la sociedad, que cuando tiene estable­
cida la manera de hacer las cosas no será por puro
capricho.
—Deje usted fuera la sociedad—dijo Pío Cid— ;
yo no le doy ninguna importancia, y tengo la cos­
tumbre de arreglar mi vida, no como la sociedad lo
dispone, sino como yo quiero.
—Pero usted no es nadie para mandar en los de­
más—replicó vivamente doña Candelaria— ; y hay
que ver si los demás quieren lo mismo que usted.
—Si no quieren—contestó Pío Cid—, yo les dejo
en paz y continúo viviendo solo, como hasta aquí
he vivido, mejor o peor, por no someterme a las
exigencias del público. No creo valer más que los
otros, pero tampoco quiero valer menos.
Doña Candelaria quiso decir varias cosas a la
vez, pero no dijo ninguna; se volvió hacia su her­
mana y habló con ella en voz baja. Pero Pío Cid,
que tenía el oído finísimo, oyó algo, porque añadió
encarándose con doña Candelaria:
—No me compare usted con Coloraba; aunque yo
esté algo tocado, como usted cree, no soy capaz de
hacer lo que él hizo cuando se casó, que estuvo aL
gunas semanas sin hacer caso de su mujer.

136

ÁNGEL GANIVET

Doña Candelaria se puso roja como el fuego, y
después amarilla como la cera, y luego verde y azul
y de todos los colores del arco iris. ¿Cómo este hom­
bre, que ella veía por primera vez, estaba enterado
de un secreto que ella había ocultado hasta a sus
padres y que había sido el tormento de su vida?
Y ¿quién sabe si no sólo estaría enterado, sino que
conocería la causa de aquella inexplicable conduc­
ta de su esposo, que ella jamás pudo a ciencia cier­
ta conocer? No ya a su sobrina, sino a sus tres
hijas las hubiera sacrificado por conservar cerca
de sí a una persona que comenzaba a tomar un as­
pecto tan interesante y misterioso.
Para que no se crea que Pío Cid andaba en tra­
tos ocultos con los espíritus infernales, conviene ex­
plicar cómo se había enterado de tan grave secre­
to de familia. Discutíase en la casa de huéspedes,
después de almorzar, si el amor era uno en el hom­
bre y en la mujer, o si el hombre podía sentir va­
rios amores simultáneos. Orellana proclamó que el
amor, como el matrimonio, era uno e indisoluble; y
que los que creían sentir varios amores no sentían
ninguno en realidad y que el fundamento del amor
y de la vida humana era la mutua fidelidad entre
los que se amaban legítimamente. Pío Cid rechazó
esta idea como formalista y convencional, y sostu­
vo que el amor era indicio de la fuerza creadora dei
espíritu, y que si hubiera un hombre que tuviese
un solo amor en su vida, sería profundamente des­
preciable. En prueba de ello, dijo que en Europa,
donde se sigue el régimen de la mujer única, aun­
que no el del amor único, el hombre ha ido achicán­
dose hasta el punto de que la mujer se le sube ya

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

137

a las barb as, y no ta r d a r á m acho en h acer con él
lo que las ra n a s de la fábula hicieron con el pedazo
de m ad era que les envió Júp iter, cuando ellas lo que
necesitaban era un culebrón. Todos los huéspedes
tom aron p a rte en la contienda, y hubo p a rtid a rio s
del am or único y del m atrim onio indisoluble, de los
am ores sucesivos y del divorcio p a ra poder darles
form a legal, del doble am or sim ultáneo esp iritu al y
c a rn a l, y de o tra porción de soluciones. Pepe R odrí­
guez, que tenía un repertorio inagotable de anéc­
dotas, refirió u n a en apoyo de la opinión de Pío
C id ; esto es, de que se pueda sen tir a la vez dos
o m ás am ores y revelar por ello m ás fuerza esp iri­
tu al. Se tra ta b a de un paisano suyo, llam ado F e r­
m ín Colomba, amigo de su p ad re y persona de ex­
tra o rd in a rio m érito, aunque ja m á s hizo cosas que
le h icieran famoso, porque despreciaba la fam a y
todo lo que el m undo p u d iera darle. Este hom bre,
que decían era poco am igo de las m ujeres, soste­
n ía relaciones am orosas con u n a señora casada,
y después de varios años de secreto am orío, de la
noche a la m añ an a se casó con u n a joven a n d a ­
luza, m uy bella, h ija de un m ilita r que acab ab a de
llegar destinado a M urcia. Y lo notable del caso fué
que Colomba, aunque se casó enam oradísim o de su
m ujer, se m antuvo ta n excesivam ente respetuoso
con ella, que la recién casada, después de un mes
o dos de m editaciones y de esperas inútiles, se de­
cidió a consu ltar con su suegra, con cuyo auxilio
logró al fin sacar a su m arido de aquel triste re tra i­
m iento.
A lguna criad a debió de estar d etrás de las cor­
tinas, porque toda la ciudad supo y comentó la ex-

138

ÁNGEL GANIVET

travagancia de Colomba; y de tal modo extraña­
ba a aquellas cándidas naturalezas que un hombre
de carne y hueso pudiese enfrenar tan rudamente
sus pasiones, que se inventaron historias picantes
para explicar el suceso, aunque no faltó quien, me­
jor pensado, aseguró que Colomba era un místico
que se había casado por equivocación. Y la verdad,
¿saben ustedes lo que era?—dijo Pepe Rodríguez
para terminar—. Que la antigua amante de Colom­
ba, aunque había consentido en el matrimonio, por­
que al ñn y al cabo ella también era casada, hizo
jurar a su amante que había de estar no sé cuánto
tiempo sin hacer caso de su esposa. Y él lo juró,
porque, aunque estaba enamorado de la andaluza,
no quería perder a la murciana, de la que estaba
enamorado también. Otra criada debió de estar de­
trás de otras cortinas, y toda la ciudad supo esto,
como había sabido lo otro, excepto la joven enga­
ñada y el esposo ofendido, que éstos no se entera­
rían de nada, según costumbre. Pero mi padre lo
sabía todo muy bien, y hasta hizo algunas reflexio­
nes a Colomba, quien le declaró que todo era ver­
dad ; pero que a él le gustaban las dos, y no que­
ría perder a ninguna.
Pío Cid recordaba esta historieta, y se sorpren­
dió no poco cuando, por cabos sueltos, sacó en lim­
pio que la tía de Martina era la mujer del estrafa­
lario murciano; y como desde el principio compren­
dió que la tía era la fortaleza que allí había que ex­
pugnar, la hirió en el lado flaco de todas las muje­
res : la curiosidad, aunque con propósito deliberado
de no descubrir jamás toda la verdad de lo suce­
dido, pues el tipo de Colomba le fué simpático, y no

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

139

quería arrebatarle el alecto que su viuda pudiese
conservar aún a su memoria. El tiro dio en el blan­
co, y desde el punto en que doña Candelaria vió a
Pío Cid dueño de un secreto que la mortificaba,
aplacó sus ímpetus y se declaró en abierta derro­
ta. No cedió de repente, pero comenzó a hablar como
si aceptase el hecho consumado.
—Yo comprendo, sí—dijo—, que, después de todo,
la sociedad no merece que uno se preocupe por ella,
pues cuando llegan los días de apuro, todas las bo­
cas que estaban abiertas para murmurar se cierran
diciendo: «Perdone usted por Dios». Pero una mujer
que no está casada está siempre en el aire. Usted
piensa hoy de un modo. ¿Y si mañana piensa de
otro?
—Aunque piense de otro modo—contestó Pío Cid—,
yo no falto jamás a mi palabra. Mientras yo viva
no les faltará a ustedes para vivir, y mientras Mar­
tina voluntariamente no estuviera conforme en se­
pararse de mí, yo no la abandonaré. La mayor par­
te de los hombres buscan en las mujeres el placer o la
comodidad, y cuando no los consiguen, casados o
sin casar, vuelven las espaldas. Yo no busco nada
de eso, y, por lo tanto, no puedo tener nunca mo­
tivo para separarme.
—Entonces, ¿qué es lo que usted busca?—pregun­
tó doña Candelaria.
—Yo mismo no lo sé—contestó Pío Cid—. Algunas
veces me dan ideas de hacer algo, y no hago nada,
porque soy perezoso o porque no tengo necesida­
des a que atender. Quizás lo que busque sea un es­
tímulo para trabajar... ¿Quién sabe? Ya les digo
que yo mismo no lo sé.

140

ÁNGEL GANIVET'

—Otra cosa — dijo doña Candelaria— . Yo tengo*
tres hijas solteras... ¿Qué ejemplo le parece a us­
ted que es para ellas ver a una prima, que es casi
como una hermana, vivir en la situación en que us­
ted quiere colocar a mi sobrina?
—A la semana de estar yo aquí — contestó Pío
Cid—, sus hijas de usted me querrán corno a un
hermano mayor, y si se dejaran guiar por mí, se­
ría para su bien. Usted, no me extraña, tiene ideas
ajustadas a la manera usual de vivir, y no com­
prende el valor de la realidad. Acaso usted lleve la
razón en la apariencia, pero la realidad está de
parte mía. Al principio les causará extrañeza lo
que, después que se les haga la vista, les parecerá
naturalísimo; y entonces, cuando no vean la exte­
rioridad, percibirán las ventajas reales que hay en
la vida tal como yo la entiendo. A mí tampoco me
gusta ponerme en pugna estúpidamente con la opi­
nión de los demás, y en los detalles me avengo a
todo. Ya ven cómo he procurado ser discreto en el
modo de entrar en esta casa; si quieren, pueden decir
que soy un huésped, o que me he casado por pode­
res y he venido a reunirme con mi mujer. Ustedes
tendrán pocas relaciones, y yo no tengo ningu­
na. Por este lado las complicaciones no serán
graves.
—Yo—dijo doña Candelaria, levantándose—he ha­
blado sin ser realmente la llamada a hacerlo. Mi
hermana es quien tiene autoridad sobre su hija y
quien debe decidir. Me gustan las cosas por el ca­
mino recto, y no veo con buenos ojos lo que ha
ocurrido, ni me explico, ni me explicaré jamás, lo
que ha hecho esta niña atolondrada. El proceder de

L O S TRABAJOS DE PÍO CID

141

u sted es m uy censurable. Sus ideas m uy buenas
s e r á n ; pero viene a defenderlas cuando y a el m al
no tiene remedio, sin d uda porque sab ía m uy bien
que sin esta circu n stan cia no le hubiéram os escu­
chado a usted siquiera. ¿Qué dices tú a todo esto?
—concluyó, dirigiéndose a su h erm ana.
—Su h erm an a de usted—contestó Pío Cid, levan­
tándose tam bién—piensa como usted, y estoy segu­
ro de que ah o ra me d e te s ta ; pero no puede sa c ri­
ficar a su h ija a un orgullo m al entendido. En es­
ta s cosas que ocurren sin saber cómo, h ay que ver
algo superior a n u e stra voluntad. C ontra la m ía salí
yo anoche de mi casa, y no me pesa. Al contrario,
me alegro de haber salido—añadió, acercándose a
M artin a— ; me alegro, porque estoy seguro de que
n ingún hom bre te h ubiera com prendido como yo te
comprendo, y de que tu vida será al lado mío m ás
feliz y m ás noble que si te hubieras casado con u n
príncipe—y diciendo esto abrió u n a hoja del b al­
cón y miró al cielo, y después puso la m ano sobre
la cabeza de M artina, que seguía am o d o rrad a, ta ­
pándose la c a ra con las m anos—. Tú no tienes cul­
p a nin g u n a—le dijo—, ni necesitas que te perdo­
nen ; pero levántate y ab raza a tu m adre y a tu tía,
y demos al olvido lo pasado. Desde hoy va a em ­
pezar aquí u n a nueva vida, y hay que com enzarla
siendo generosos, no g u ardándose n in g ú n rencor ni
hablando m ás de asuntos desagradables. Anda, le­
vántate, y no seas tonta.
M artina se levantó sin descubrirse el rostro, y
Pío Cid la llevó, casi en peso, adonde estaba su m a­
dre. Doña C andelaria se acercó tam bién, y las tres
ju n tas se ab razaro n sollozando. Pío Cid perm anecía

142

ÁNGEL GANIVET

de pie junto a ellas, m irándolas como si fu eran un
grupo artístico, no m ujeres de verdad.
Así que pasó un rato se acercó m ás, cogió por los
brazos a M artina y la levantó en el aire, se p a rán ­
dola del g ru p o ; así quedaron las tres, m irándose
c a ra a cara, y Pío Cid, p a ra d a r alg u n a salid a a
la em barazosa situación, dijo a M a rtin a :
—Anda, qu ítate la m an tilla y vete con tu s prim as,
que las pobres d esearán verte.
M artin a se fué con la cabeza baja, m ás que por
obedecer, porque le dab a vergüenza de que su m a­
dre la m ira ra , y él, apenas la vió tra sp o n e r la p u er­
ta, añadió :
—H ay que p ensar lo que hacemos. Yo he dejado
en mi cuarto mis cosas ya p re p a ra d as p a ra enviar
por ellas, porque no pensaba volver por allá. Si us­
tedes quieren escribiré u n a c a rta y la enviaré con
un mozo p a ra que las traig a. .
—¿Qué dices tú, J u sta ? —preguntó doña Cande­
la ria .
—¿Qué voy yo a decir, C andelaria, si aú n no me
he hecho cargo de lo que aquí sucede?—respondió
doña Ju sta llena de confusión.
—Es sin g u la r que h ay a conocido yo a usted el
d ía de su santo—dijo Pío Cid a la tía de M artin a—.
Hoy creo que es la C andelaria.
—Somos dos las C andelarias, porque mi h ija la
de en medio se llam a como yo—dijo la in te rro g a­
d a— ; pero hablando seriam ente, ¿le parece a u s­
ted n a tu ra l que un hom bre como usted, que se con­
sidera ya de la casa, y, como quien dice, de la fa­
m ilia, no su p iera h a sta ah o ra mismo nuestros nom­

bres?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

143

— ¿Qué tiene eso de particular? Yo no le pregun­
to nunca a nadie cómo se llama, ni necesito saber­
lo. Cuando veo a una persona, yo mismo la bau­
tizo y le pongo el nombre que se me antoja para
entenderme, y este nombre es más expresivo que
los que ponen -n la pila, que, por regla general, no
tienen relación con quien los lleva. Hasta hace poco
no sabía el nombre de Martina, y ya ve usted que
no hizo falta para interesarme por ella.
— ¿Y qué nombre le puso usted a Martina?— pre­
guntó doña Candelaria.
— «Pájaro de plomo»— respondió Pío Cid, con la
misma sencillez con que hubiera dicho Antonia o
Manuela.
— ¿Pájaro de plomo?— repitió doña Candelaria— .
¿Y qué nombre es ése?
— Quiere decir— contestó Pío Cid — que Martina
parece un pájaro por lo ligera y atolondrada; pero
que cuando se la conoce se ve que tiene un gran
corazón y que sus sentimientos son macizos, pesa­
dos como el plomo. Martina es una de esas mujeres
que se ligan a un hombre para toda la vida y que
le son fieles hasta después de la muerte. Le advier­
to a usted que, por casualidad, el nombre propio
también le cuadra, porque Martina suena algo a
martillo, martinete, cosa que golpea y machaca con
fuerza, como ella lo hará conmigo, ustedes lo verán.
— Vamos a ver, y a mí ¿qué nombre me había
usted puesto?— preguntó doña Candelaria, en tono
de confianza— . Dígalo aunque sea malo, porque no
me he de ofender.
— A usted le había puesto — contestó Pío Cid—
«Fragata encallada». Sus disparos de usted son te-

144

ÁNGEL GANIVET

mibies cuando puede d isp a ra r con s o ltu ra ; pero
a h o ra lia tocado usted fondo y puede uno acercarse
im punem ente.
Doña C andelaria torció el gesto, como si lam en­
ta r a reconocer que en v e rd a d , estab a e m b a rra n ca­
da y sin poder defenderse con el brío que ella qui­
siera, y luego preguntó con ciertos asom os de risa :
—¿Y a mi h erm ana?
—A doña J u s ta -c o n te s tó Pío Cid—la he llam ado
«Trompo».
—¿Y qué significa eso?—preguntó doña Cande­
la ria .
—Eso significa—contestó el infatigable inventor
de m otes—que es u n a m u jer m uy activa y ágil, pero
que es necesario que otro la b a ile ; es decir, que otro
le dé im pulso, porque ella carece de in iciativa.
—Eso es verdad ; no te ofendas, Ju sta, es la pu­
rísim a verdad—dijo la h erm an a— ; pero a ver qué
dice usted de mis niñas... N iñas, venid aq u í—g ri­
tó, acercándose a la p u e rta .— Y cuando las niñas
llegaron, a ñ a d ió : Os voy a p resen tar a don Pío...
Mi P aca, mi C andelaria y mi V alentina.
Las jóvenes h ab ían entrado con tim idez seguidas
de M artina, que y a les h abía explicado del modo
m ás favorable la fuga n o ctu rn a y los planes del que
h ab ía de ser su esposo. Pío Cid se adelantó, di­
ciendo :
—Tiene usted tres lindísim os pim pollos... ; pero
ésta tiene los ojos malos. A ver, qué es lo que tiene
—agregó, cogiendo a P a c a de la m ano y llevándo­
la cerca del balcón p a ra ex am in arla bien a la
luz—. E sta c ria tu ra h a tenido cegueras cuando niña,
¿no es verdad?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

1Í5

— Sí, señor — contestó la madre— . Hace tiempo
que estamos pensando ponerla en cura.
—Pues en estos padecimientos no conviene pen­
sar m ucho; casi todas las enfermedades creo yo
que se pueden curar dejando que la Naturaleza obre ;
pero en las de los ojos no se deben dar largas. Va
usted a ver cómo la curo yo en pocos días.
— ¿Es usted m édico?— preguntó doña Cande­
laria.
— No, señora; sé algo de afición... Nada, yo me
encargo de Paca. Hoy mismo compraré los ingre­
dientes y haré un colirio, que en unos cuantos días
la curará por completo.
— ¡No me lo diga usted!— exclamó contentísima
la madre— . Pero esa medicina, ¿no será peligrosa?
— Esté usted tranquila, que no hay peligro; yo
respondo con mi cabeza de que Paca se cura— ase­
guró Pío Cid para inspirar mayor confianza y para
que la fe ayudara algo al medicamento.
— Pero, a todo esto, no se olvide usted— dijo doña
Candelaria— de escribir esa carta de que antes ha­
bló. Yo voy a salir a la compra y puedo buscar el
mozo que ha de llevarla.
— Tengo además otra idea— dijo Pío Cid— . Pues­
to que hay en casa dos Candelarias, hay que cele­
brar el día de hoy. Ustedes compran lo que les pa­
rezca. Tomen ustedes— agregó, sacando una carte­
ra y tomando unos billetes— , ésta es mi paga del
mes, tal como la cobré ayer, que fué día prim ero;
procuren estirarla todo lo que puedan, y cuando se
acabe„ veremos.
La idea del convite le pareció a Pío Cid excelen­
te para romper la situación violenta en que todas
10

x

.

146

ÁNGEL GANIVET

estarían hasta que pudiesen tratarle con confian­
za, y se alegró de que la Candelaria viniese a pun­
to, para que no pareciese que festejaban el comien­
zo de la nueva vida, en la que aquellas honestas
amazonas entraban a regañadientes. Ue tal modo
era Pío Cid respetuoso con los sentimientos ajenos,
y se ingeniaba para evitar los encontronazos que
pudieran darse sus ideas con las de aquella pobre
familia.
Mientras doña Justa y doña Candelaria se arre­
glaban un poco para ir a la calle, Pío Cid pidió
avíos para escribir, que Paca le trajo con gran di­
ligencia, y escribió a vuela pluma la siguiente car­
ta para doña Paulita:
«Mi estimada am iga:
»Tenga usted la bondad de entregar al portador
de la presente el baúl y la maleta que hay en me­
dio de mi cuarto, y disponga de éste desde hoy, pues
yo estoy instalado ya en mi nueva casa, que le ofrez­
co, aunque le agradeceré que no venga a verme has­
ta que yo vaya a despedirme personalmente. La
razón de esto, que a usted le parecerá extraño, no
es otra que mi repugnancia a dar explicaciones, y
el disgusto que me causa dejar su casa y su ama­
ble y amistoso trato, sin motivo por parte de usted.
Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la
ajena, y algún día encontrará usted justificado mi
proceder, que hoy le parecerá inexplicable. Bástele
saber que la casa en que estoy atraviesa una cri­
sis en nada inferior a la de usted cuando yo entré
en ella; porque ustedes eran dos bocas y siquiera
tenían un huésped, mientras que aquí las bocas son

4-

-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

147

seis y no hay ningún Orenana. Usted logró salir a
flote, y en breve tendrá a su lado a su marido y a
los dos hijos que le faltan; que siga la buena hora,
y si alguna vez el carro se tuerce, acuda, antes que
a nadie, a su buen amigo y paisano,
»Pío Cid.
»De esos dos duros haga el favor de entregar uno
a Purilla para que se compre el pañuelo que le ofre­
cí ; usted tome catorce reales por el día de ayer, y
el pico para caramelos para Paquilla.
»Cuando vaya la lavandera con la ropa, déle las
señas de mi nueva casa, que pongo al final.
»Despídame de los huéspedes, en particular de
Benito y los doctores.»
Dobló el papel, lo metió en un sobre, juntamen­
te con dos duros en dos monedas, y puso en el so­
bre : «A doña Paula Sánchez de Piedrahita, de
su a. y p., P. C.», y debajo las señas, entregando
la misiva a las señoras que la aguardaban.
Apenas se marcharon las mamás, Pío Cid se puso
a pasear por la sala y a mirarlo todo con atención.
Los cuadros de Coloinba le gustaron, aunque veía
en ellos cierta vulgaridad que deslucía los toques
fuertes y personales que revelaban que el que los
pintó era un verdadero artista. Después de mirar
los cuadros miró a Candelita y le pareció ver en su
figura algún parentesco con el estilo de los cuadros.
Candelita notó que la miraba y le preguntó :
— ¿Le gustan a usted los cuadros de papá?
—Me gustan—respondió Pío Cid—, y el ser hijas
de tal padre las obliga a trabajar y a aspirar a
algo grande. ¿Hay alguna pintora?

148

ÁNGEL GANIVET

—Mi hermana Paca empezó a dibujar; pero no
ha podido seguir por la vista — respondió Valenti­
na—. Nos gusta más la música a todas.
— ¿Tocáis la guitarra?—preguntó Pío Cid, viendo
el instrumento colgado en la pared.
—Un poco nada más — respondió Candelita— ;
quien la toca mejor es mamá y Paca. Valentina y
yo estudiábamos el piano y Martina también.
—Yo sé muy poco—dijo ésta— ; no tengo pacien­
cia para estar mucho tiempo sentada.
—Aquí no tenéis piano—dijo Pío Cid—. Yo no tengo
dinero para comprar uno, pero lo tomaré alquilado.
—Esos son gastos inútiles—dijo Martina.
—Los gastos que se hacen para entretenerse en
casa son los más útiles—replicó Pío Cid— ; porque,
si no hay nada que hacer, se va uno a la calle y
gasta más.
—Eso es verdad—asintieron todas.
—¿Y qué tal os fué anoche en el baile?—pregun­
tó Pío Cid, cambiando de conversación—. ¿Cuántos
novios os salieron?
—Eso va contigo, Paca—dijo Valentina.
—Diga usted que fué una broma—repuso la alu­
dida—. No fué más que hablar por hablar.
— ¿Cómo se llama el caballerete ese, a ver si yo
le conozco?—preguntó Pío Cid.
—Es un chico navarro, que se llama Pablo del
Valle—contestó Paca— ; no crea usted que es cosa
seria. El quedó en buscarme, pero yo ni siquiera
me descubrí por completo.
—Ya veremos qué clase de persona es si se pre­
senta—dijo Pío Cid—. Por ahora, lo que tienes que
hacer es curarte los ojos.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

149

— ¡Calle usted—dijo Paca—, pues si estoy soñan­
do en que usted me dé la medicina!
—Hoy mismo la haré—aseguró Pío Cid—, y por
la noche, al acostarte, te lavas los ojos, y luego te
pones un trapo de hilo, picado, bien empapado en el
agua esa, y duermes con él, y ya verás después de
dos o tres días qué efecto tan sorprendente. Pero
estoy viendo que tenéis una cara que dice a la le­
gua que no habéis dormido esta noche. Lo que de­
béis hacer es acostaros hasta la hora de almorzar.
—Yo tengo un dolor de estómago horrible — dijo
Martina—. ¿Por qué no hacemos un poco café?
—Vamos a hacerlo—contestó Paca—. Tú, Valenti­
na, baja por leche, mientras yo enciendo el anafe.
Hicieron el café en un periquete, y todos se sen­
taron a tomarlo como viejos amigos. Después de
hablar un poco del pretendiente de Paca, Martina
preguntó a Pío Cid bruscamente, como si estuviera
muy ofendida:
—Oiga usted, caballero, ¿qué decía usted antes
de pájaros de plomo? ¿Usted no sabe que las pa­
redes oyen? O si no las paredes, nosotras, que es­
tábamos en la habitación de al lado
—Al paso que vamos—dijo Pío Cid—, las paredes,
no sólo oirán, sino que verán, porque estas casas
de tiritaña parecen hechas con papel mascado.
—Y muy bien hechas — insistió Martina.—, para
que anden con cuidado los largos de lengua.
—Qué, ¿no te gusta que te comparen con un pá­
jaro?—preguntó Pío Cid.
—Si fuera un pájaro bonito—respondió Martina—,
con plumas de colores, o si es de metal, un pájaro
de oro, no habría nada que decir; pero pájaros de

150

ÁNGEL GANIVET

plomo no los hay, y si los hubiera serían feísimos.
Eso ha sido una ofensa que no se me olvidará.
—¿Ya empieza el martillo?—preguntó Pío Cid con
calma risueña.
Martina también se echó a reír, y de pronto pre­
guntó :
—Vamos a ver, ¿qué nombres les has puesto ya
a mis primas? Dínoslos, para que nos riamos.
—Pero, mujer—dijo Pío Cid—, ¡si a tus primas
las he conocido por sus nombres verdaderos cuando
me las presentó su mamá!...
—No le hace, no le hace; dígalos usted—rogaron
las primas.
—A Paca no le he puesto nombre—dijo Pío Cid— ;
se ve que es una joven encogida y apocada, pero
esto es por la enfermedad; así que esté bien de la
vista cambiará mucho, y entonces la bautizaré.
—¿Y a Candelita?—preguntó Martina con interés.
—A Candelita—contestó Pío Cid—le he puesto «La,
Cometa». Se entiende, una cometa de esas que re­
montan los muchachos para entretenerse. Si Candelita tiene quien le dé hilo, puede remontarse muy
alto; si no, andará dando cabezadas y quizá se rom­
pa antes de subir. ¿No habéis visto vosotras las co­
metas?
—Sí, sí—contestó Candelita— ; pero ¡qué compa­
ración más rara se le ha ocurrido a usted! Esa es
una profecía triste.
—O alegre — dijo Paca, porque también puedes
subir muy alto. Ahora faltas tú, Valentina.
—A Valentina—dijo Pío Cid—la he puesto «Rela­
mida»...
Varias carcajadas le interrumpieron, que éi no

L O S TRABAJOS DE PÍO C ID

151

com prendió h a sta que P a c a le explicó que V alenti­
n a tenía cinco gatos, y entre ellos u n a g a ta llam a­
d a Relamida, y que no h ab ían podido contenerse
ante el acierto ex trao rd in ario con que le h ab ía pues­
to el mote. E n tretan to , V alentina se levantaba ap u ­
rad a, diciendo :
— ¡Pobres gatos míos, que los h ab ía olvidado, y
a ú n están m etidos en la carbonera!
P ro n to volvió con sus cinco dijes, que recogieron
ávidos las m ig ajas que quedaban de las to stad as he­
chas p a ra to m ar el café. Las m uchachas estaban
fu era de sí, porque después de dos meses de con­
versación sosa y a b u rrid a , como es siem pre la de
las m ujeres solas, les g u stab an sobrem anera las ocu­
rrencias y dichos de Pío Cid, quien a d u ras penas
logró convencerlas de que debían dorm ir u n rato
p a ra e star luego m ejor dispuestas p a ra comer y be­
ber y celebrar dignam ente la fiesta de las C an­
delas.
Se fueron, por fin, a echarse un rato, y le d ejaron
solo, m editabundo, sentado en u n a b u ta c a ; pero al
cabo de algunos m inutos volvió M artin a y se sen­
tó en el sofá, apoyando u n codo sobre el brazo del
que debía ser su m arido. Le m iró unos segundos en
silencio, y después le preguntó con seriedad fin g id a :
— ¡Conque p á ja ro de plomo, eh!
—Lo que es an d a n d o —dijo Pío Cid, cogiéndole las
m anos—no eres de plomo, que tienes un aire g a lla r­
do y a rro g a n tó n que q u ita el sentido. Yo dije de plo­
mo por a b r e v ia r ; pero debía a ñ a d ir que el plomo
era m uy poco y e stab a por dentro, y que por fu era
no se veía porque te n ía u n baño de oro finísimo y
un engarce de p e d re ría de la m ás rica, y dos dia.-

152

ÁNGEL GANIVET

mantés, que están en tus ojos, y dos sartas de per­
las, que están en tu boca...
—Cállate — interrumpió Martina avergonzada—,
que cada vez me pareces más tuno. Tú eres más
pillo que bonito, y a tener gramática parda no hay
quien te gane. No me extraña que me bayas enga­
ñado a mí, cuando te has metido en el bolsillo a mi
tía Candelaria. Buen peje estás.
—Todo eso me lo dices—prosiguió Pío Cid con voz
apasionada > mirando con tanta viveza que pare­
cía haberse quitado veinte años de encima—porque
te he llamado pájaro; pero pájaros hay muchos, y
se me olvidó decir que tú eras como un águila cau­
dal, que, escondida en lo más remoto del cielo, ve
todo lo que pasa en la tierra y hace temblar sólo
con su mirada.
—Y con las uñas, míralas—dijo M artina desasién­
dose de Pío Cid, poniendo las manos como garras
y amenazándole con sacarle los ojos.
De repente se levantó, y cogiéndole la cabeza le
dió un beso muy apretado en la boca y huyó, di­
ciendo :
—Me voy con mis primas, por que no digan...
El la siguió con los ojos y murmurando entre
dientes:
— ¡Qué pedazo de mujer!
No había pasado un cuarto de hora, cuando llegó
el mozo con el baúl y la maleta y con una esque­
la para Pío Cid, en la que doña Paulita, después de
darle las gracias, le decía que sus órdenes estaban
cumplidas, y que, aunque había sentido mucho
aquel cambio inesperado, se figuraba que sería por
razones muy justas, y quedaba más amiga aún que

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

153

antes. Pío Cid hizo al mozo colocar la carg a que
tra ía en u n a habitación, al lado de la sala, junto a
la puerta, le pagó el m andado, y dejando en to rn a­
da la p u e rta p a ra cuando lleg aran las m am ás, vol­
vió a la habitación, donde h ab ía sólo u n a cam a
m uy grande, un tocador y u n a mesa, y se en tre­
tuvo en colocar sobre ésta sus libros y papeles, de­
jando a m ano la traducción del libro de O bstetricia,
p a ra proseguirla sin lev an tar m ano a fin de au m en ­
ta r un poco sus desm edrados ingresos. U nas cien
cu artillas tenía traducidas, y desde luego pensó lle­
v arlas al editor p a ra tom ar alg ú n dinero y a n u n ­
ciar que en breve ten d ría term inado el tra b a jo y
esta ría en disposición de com enzar otro, si se lo en­
com endaban. En esta faena le sorprendieron las
m am ás, y no fué poca la so rp resa de doña C ande­
la ria cuando le vió leer aquel libro, abierto p recisa­
m ente por u n a p ág in a que te n ía un grabado espe­
luznante.
—Pero hom bre de Dios—le dijo—, ¿qué es eso que
tiene usted ahí?
—Es un Tratado de partos, que estoy tra d u c ie n ­
do del inglés—contestó Pío Cid.
—Pues por la Virgen del Carm en, escóndalo u s­
ted, no vayan a verlo las n iñ a s—le dijo la a la r ­
m ada m am á.
—En dando orden de que no entren en mi c u a r­
to...—insinuó él.
—P o r lo visto, usted se h a apropiado ya este
cuarto, que era el mío—exclamó doña C andelaria.
—Es que en la casa en que yo vivía ten ía u n c u a r­
to parecido a éste, y sin d arm e cuenta me he m e­
tido aquí, donde hay todo lo que yo necesito : u n a

154

ÁNGEL GANIVET

m esa p a ra escribir, u n tocador p a ra asearm e y u n a
cam a de m atrim onio.
Doña C an d elaria se echó a reír, d ic ie n d o :
—Es usted m ás pillo que bonito.
—Eso mismo acab a de decírmelo M artin a—repli­
có Pío Cid, riendo tam bién.
—Y se lo d irá a usted toda la fam ilia—concluyó
doña C and elaria— ; y cuando se lo dicen todos, por
algo será.
—Las n iñ as duerm en—entró diciendo doña Ju s­
ta — ; tendrem os noso tras que hacer el alm uerzo.
—Eso es lo m ejor—dijo Pío Cid—, y después de a l­
m orzar se acu estan ustedes tam bién u n rato, y yo
me entretendré en p re p a ra r la m edicina p a ra P aca.
Así se hizo. El alm uerzo fué ligero, y u n a vez te r­
m inado, Pío Cid salió un m omento a co m p rar en
la botica los com ponentes de la receta que él h ab ía
com binado en su im aginación, en tan to que las m u­
jeres seguían hablan d o de los nom bres que Pío Cid
les h ab ía puesto a todas, y que fueron el tem a de
discusión d u ran te el alm uerzo. De vuelta con sus
com pras, puso a cocer en u n a olla grande, llena de
ag u a , v arias hierb as olorosas, y metió entre los c a r­
bones encendidos u n a p aleta pequeña de cocina, a
fa lta de o tra m ás a propósito p a ra el caso. Cuando
las h ierbas hubieron hervido un buen rato, volcó la
olla en un lebrillo de fregar, de modo que no caye­
sen las hierbas, y diluyó en la infusión unos polvos
m orados como el lirio. Después, en la paleta, encen­
d id a al rojo, echó otros polvos blancos, que debían
ser de vitriolo, y cuando se d erritiero n y consum ie­
ro n metió la p a le ta en el lebrillo y agitó aquel ex­

traño cocimiento, que fué tomando diversos colores,

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

155

h a sta que, después de repetid a tres veces la op era­
ción, se quedó en un color de v ioleta c la ro con re­
flejos rojizos. Luego preparó un filtro con un cola­
dor y un pedazo de tela m uy tupida, y filtró el ag u a
c u ra tiv a en dos botellas que P a c a h a b ía fregad o con
g ra n esm ero. Todas estas m an ip u lacion es la s hizo
con m u ch a calm a y cuidado p a ra p ro d u cir m ayor
efecm , no porque le gustase el a p a ra to te a tra l, sino
porque p reten d ía refo rzar m ás aú n el créd ito de que
ya gozaba su colirio. Tapó, por últim o, m uy bien
la s botellas y las puso en a g u a en el leb rillo p a ra
que se e n fria ra n y rep osaran .
—A h ora no fa lta m ás — d ijo a P a c a p a ra con­
c lu ir— , que esp erar que llegue la h ora de a c o sta r­
se y u sa r este ag u a como te d ije. Al p rin cip io sen ti­
rá s un g ra n escozor y los ojos se te p o n d rán m ás
ir r ita d o s ; pero después y a v erás cómo te c u ra s. P o r
cierto que tien es unos ojos m elados, m uy g raciosos,
y que en cu anto estés cu ra d a vas a volver loco al
pobre P a b lo del V alle.
Aunque sea a d e la n ta r los efectos de la m ed icina,
hay que d ecir que P ío Cid no e ra n in g ú n cu ran d ero
de tres al cu arto y que P a c a se puso b u en a en cinco
d ías, m e jo r quizá que si la h u b ieran asistid o los ocu­
lista s m ás afam ad o s del orbe.
L as m am ás, luego que vieron com poner el ag u a
m ilag rosa, se fueron a d esca n sa r, y la s n iñ as se
quedaron navegando por la ca sa , ocu pad as en p re­
p a ra r la com ida, en la que ech aron el resto de su
saber cu lin ario , que no era m uy con sid erab le, pues
a excepción de P a c a , que era la m ás c a s e ra , la s de­
m ás en ten d ían de casi todo m enos de la s fa en a s de
la c a s a .

156

ÁNGEL GANIVE1

Martina era muy dispuesta, pero muy regalona
e ignorante de lo que era pasar fatigas y miserias,
a las que ahora empezaba a habituarse. En todo el
día no dió pie con bola, porque estaba dominada
por una idea que parecerá pueril, pero que para
ella era una montaña. No hacía más que entrar en
el cuarto donde Pío Cid escribía, y dar vueltas y
pensar cómo iba ella a dejar a Candelita y a venir­
se a dormir con su marido, o con quien debía serlo,
sin tener confianza con él, y luego, así, tan de re­
pente, cuando la costumbre era estar un hombre y
una mujer varios años diciéndose cosas y preparan­
do el acto imponente y la hora solemnísima en que
debían quedarse solos y mirarse a un espejo, abra­
zados, él muy vestido de negro y más tieso que un
huso, y ella muy vestida de blanco, con su velo
y su corona de azahar, y con un susto que no le ca­
bía en el cuerpo, todo, según ella se lo figuraba,
porque lo había leído así en una novela, y porque
debía ser así, y no como a ella le iba a suceder.
;Qué modo de casarse era éste, ni qué niño muer­
to? Verdad es que ella se había ido la noche antes
con aquel hombre, pero Dios sabe lo que después de
pasadas las amonestaciones harán las demás no­
vias... Y ella tampoco era novia de aquel hombre,
ni éste le había hablado como hablan los novios,
esto lo sabía ella muy bien, porque había tenido
varios: el primero militar, luego un estudiante,
después un abogadillo, después... el único que no
había sido novio iba a ser su marido, quien, para
que todo fuera raro, ni siquiera tenía..., es decir...
—Oye, tú, Pío—exclamó de repente, cuando esta
idea se le ocurrió—, pero tú ¿qué eres?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

157

—Yo soy un hombre—contestó él.
—Valiente contestación—replicó ella—; hombre
son todos los que no son mujeres. Lo que yo te
pregunto es que qué eres.
—Yo no soy nada—contestó él.
—Nada, no puede ser—insistió ella—; tú vives de
algo.
—Vivo de lo que como, y como lo menos posible
—contestó él.
—Vamos, no seas guasón—insistió ella—. Tú tie­
nes un empleo, o una carrera, o una ocupación...
—Tengo un empleo—contestó él—que me da para
ir tirando; tengo una carrera, y podría ser aboga­
do, pero no ejerzo; y me ocupo en traducir libros
por necesidad, y en una porción de cosas por mi
gusto.
—De modo que eres abogado—dijo ella.
—No lo soy ni quiero serlo—afirmó él—; ya te
digo que yo no soy nada, ni seré jamás nada, porque
no me gusta que me clasifiquen.
—Bueno—dijo ella cambiando de tono y lanzándo­
se a decir algo que le escarabajeaba en el pecho—.
Además, tenía que decirte que yo sigo durmiendo con
Candelita.
El no contestó, y ella se fué a la cocina, donde las
primas hablaban con entusiasmo de lo que iban a
divertirse cuando Pío Cid les trajera al día siguien­
te el piano que les había ofrecido. La más entusias­
mada era Candelita; a Paca le preocupaba más el
agua de los ojos, y no apartaba los suyos de las
botellas, y Valentina bregaba como de costumbre
con los gatos en cuanto Paca la dejaba libre de las
faenas cocínenles, a que todas tenían que ayudar.

158

ÁNGEL GAN I VET

Todo salió a pedir de boca; y como hubo algunos
extraordinarios, vino abundante y mucha conversa­
ción, la comida, que tuvo lugar en la sala principal,
duró desde el obscurecer hasta la hora de acos­
tarse.
—Esta vida mía es un escándalo—decía Pío Cid— .
Anoche tuve un banquete y esta noche otro, y maña­
na no sabemos. Si me quejo mereceré que me caiga
algún castigo.
—Y ¿cómo fué ese banquete?—preguntó doña Can­
delaria—. Cuéntenos usted.
Y Pío Cid les habló de los huéspedes, describiendo
sus tipos y costumbres con rasgos tan expresivos
que a todas les parecía que los estaban viendo, y les
interesaban aquellos jóvenes hasta el punto de decla­
rar sus simpatías por unos o por otros. Orellana y
Cook eran preferidos como personas serias; Pepe
Rodríguez por gracioso y por ser murciano, y Be­
nito por bueno e infeliz. Porque Pío Cid los retrató
a todos tan fiel e imparcialmente, que aun de Agui­
rre, con quien no hacía buenas migas, dijo que era
un chico algo pretencioso, pero muy honrado y sencillote en el fondo y nada torpe en sus estudios, con
lo cual, andando el tiempo, sería ingeniero muy dis­
tinguido y persona muy estimable.
— ¿Y qué hacía usted entre tantos estudiantes—pre­
guntó doña Candelaria—, usted que ya es hombre
hecho y derecho y poco aficionado, según parece, a
la vida alegre de los jóvenes?
—Yo no me reunía con ellos más que un rato, a
la hora de almorzar—contestó Pío Cid— ; comer, co­
mía yo solo en mi cuarto antes que todos, y por la
noche no los veía. Algunas tardes venían a mi cuar-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

159

to y h ab la b a n de m il cosas, y yo les daba a lg u n as
lecciones, de idiom as principalm ente.
Después tocó el turno a doña P a u lita y a P u rilla,
de quienes Pío Cid habló con g ra n elogio, como se
m erecían, y, por último, doña C and elaria le p re ­
guntó :
—Nos h a dicho usted que es de G ranada, y que
de allí es to d a su fam ilia: ¿cómo es que está usted
solo? ¿No le queda a usted allá nadie?
Pío Cid, que, como sabemos, no q u ería n u n ca h a ­
b la r de su vida, pero tam poco q u ería m entir, echó
u n a alforza m onum ental, saltan d o de la época en
que estaba en G ran ad a con sus pad res a la en que
vino a M adrid con su h erm a n a y sobrinilla, de las
que habló con g ra n com placencia, deteniéndose en
describir con detalles todo lo que hicieron y lo que
él hizo con ellas h a sta d ejarlas sepultad as en Aldam ar.
En este relato hubo ocasión p a ra que doña C an­
d elaria intercalase m uchas noticias de su vida,
y h a sta doña Ju sta, que era m uy callada, dijo algo,
por donde Pío Cid comenzó a conocer al p ad re de
M artin a y a la ilustre estirpe de los G om aras.
Al llegar a los postres, como todos estaban u n poco
alegres y P ío Cid m uy decidor, porque h ab ía bebido
tam bién, aunque poco, la conversación cam bió de
tono, y dándose ya todos por conocidos y no disg u s­
tados de conocerse como eran, se habló con m ás con­
fianza y fa m ilia rid a d ; las n iñ as lucieron sus h a b i­
lidades en la g u ita rra y la b a n d u rria , y M artina,
que no sab ía tocar, cantó u n as g u a jira s m uy senti­
m entales, p a ra no ser menos, y después que le ro ­
g a re n m ucho.

Í60

ÁNGEL GANIVET

— Usted debe de saber muchas cosas— dijo Paca a
Pío Cid— ; sobre todo muchas historias.
— ¿Cómo historias?—interrumpió Martina— . Si es
también poeta, y compone unos versos preciosos. Si
vierais unos que leí yo anoche...
— ¡Poeta!—exclamó doña Candelaria— ; ahora sí
que estamos frescos, y qué ratos de hambre vamos
a pasar.
—No se sofoque usted, doña Candelaria— dijo rien­
do Pío Cid—, que no soy poeta, y aunque lo fuera
lo mismo sirvo yo para un fregado que para un ba­
rrido. Es decir, que si me aprietan, soy capaz de
componer un poema tan largo como la Ilíacla; pero
esto no quita para que sepa preparar un agua para
los ojos o traducir libros de medicina, o hacer cuan­
to sea preciso para asegurar la manutención. Por­
que para mí la ciencia primera y fundamental de un
hombre es la de saber vivir con dignidad, esto es,
ser independiente y dueño de sí mismo, y poder ha­
cer su santa voluntad sin darle cuenta a nadie. Y
para esto hay que tener pocas necesidades y mil me­
dios para satisfacerlas, de suerte que esté uno siem­
pre convencido, como yo lo estoy, de que no tendré
jamás que bajar la cabeza para obtener un pedazo
de pan. El que sólo tiene un oficio puede quedarse sin
trabajo y no saber por dónde echarse; pero yo sé
más de treinta oficios, y siempre estoy estudiando
alguno nuevo.
—Y ¿cuál es el que estudias ahora?—preguntó
Martina.
—Estoy aprendiendo a gobernar a seis mujeres
—contestó Pío Cid entre las risas de todas, conten­
tas y orgullosas de verse protegidas por aquel hrgyi-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

161

bre, que debía parecerles un gallo m uy hecho y con
terrib les espolones.
D oña C an d elaria, que tenía m uy buenas o cu rren ­
cias, dijo a su h e rm a n a :
—Ju sta , ¿no decías que en esta casa h acían fa lta
unos pan talo n es? P ues creo que nos h an traíd o un
surtid o completo.
—P ero no h a y que escu rrir el bulto—dijo P a c a vol­
viendo a su tem a—. Don Pío, tiene usted que c o n ta r­
nos a lg u n a h isto ria o leernos esos versos que h a d i­
cho M artin a.
—Cállate, que loo versos los tengo yo—exclamó
M artin a—. A hora que recuerdo, me los gu ard é en el
bolsillo de la falda. Voy a buscarlos.
Y volvió al pun to con la poesía de los ojos negros,
que a disgusto de su a u to r fué leída y celebrada por
la concurren cia, no por los m éritos poéticos que en
ella hu b iera, sino por lo extraño de la visión y del
presentim ien to o previdencia que Pío Cid h ab ía te­
nido.
—A hora cuéntenos usted algo—insistió P aca, que
sin saber por qué se h ab ía em peñado en que Pío
Cid e ra u n g ra n cu en tista y debía saber m uchas h is­
to rias m aravillosas.
—P uesto que tan to empeño tenéis, os voy a c o n tar
un cuento á rab e que, no me acuerdo dónde, leí hace
m uchos años.
Y al decir esto recogió u n poco la atención p a ra
reco rd ar, au n q u e no recordaba, sino que in v en tab a
ráp id am e n te la u rdim bre de la fábula sin g ra n es­
fuerzo, porque su im aginación era felicísim a.
—¿Cómo se llam a ese cuento?—preguntó M artina.
—No me acuerdo bien—contestó Pío Cid— ; creo
11

162

ÁNGEL

G ANIVET

que se titula Elección de esposa de Abd-el-Malik, y
que formaba parte de un libro donde se contiene la
historia de este famoso rey.
—¿Y quién era ese rey?—preguntó Martina.
—Abd-el-Malik, el siervo del ángel, fué un rey muy
glorioso, aunque yo no sé fijamente si existió, o si
el nombre es fingido—contestó Pío Cid—. Pero lo que
es cierto es que, con uno u otro nombre, el rey exis­
tió, y lo que el cuento dice ocurrió puntualmente.
Y después de una breve pausa, lo comenzó de esta
manera:

«ELECCIÓN

DE

ESPOSA

DE

ABD-EL-M ALIK

»En el interior de Arabia vivía hace ya mucho
tiempo un rey llamado Abd-el-Malik, que era un ver­
dadero re y : un hombre de valor, de talento y de hu­
manidad. Juntaba a las más nobles cualidades del
espíritu una figura gallardísima, heredada de su
madre, que fué robada por unos salteadores en un
escondido lugar del Kirgis y vendida como esclava
a Abd-el-Eddin, padre de Abd-el-Malik, quien la ele­
vó al rango de favorita, prendado de su belleza, de
su porte y de su donosura. Y entre tantos hijos como
tuvo aquel buen rey Abd-el-Eddin, ninguno le llegó
ni al tobillo a Abd-el-Malik, que por un feliz cruce
de sangre fué, como dije, un dechado de perfección
y un modelo de reyes...»
—¿Cómo es eso—interrumpió Martina—, iba a ser
mejor que los otros porque su madre fuera esclava?
Yo he oído siempre decir que los mulatos son infe­
riores a los blancos; los esclavos yo no los he visto,

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

163

pero cuando los había, dicen que eran malísimos, y
que había que tratarlos a latigazos.
—Yo he tenido esclavos—añadió doña Justa—, y
los que eran buenos, eran muy buenos; pero los que
eran malos, era para que los quemaran vivos. Bas­
tante ruina que nos trajo a nosotros el que les die­
ran la libertad.
—Todo eso está muy bien—dijo Pío Cid—, pero
Abd-el-Malik no era mulato; su madre era tártara y
su padre árabe, y el cruce de sangre fué magnífico.
Y no es éste el primer caso de que de estos cruces
salgan grandes hombres; y al contrario, que de los
cruces entre parientes o personas que tienen mucha
comunidad de sangre, salgan seres sin vigor, dege­
nerados. Ya se ve lo que ocurre con muchas dinas­
tías de Europa, y que hoy tenemos una baraja de
reyes y emperadores que, si entraran en quintas y
los midieran, algunos no llegarían a la marca. Y
todo porque estas dinastías no quieren tomar san­
gre nueva y poderosa, aunque sea algo basta, don­
de la hay, que es en el pueblo. Por lo que ha habido
que inventar la farándula constitucional, pretexto
para que algunos hambrones gobiernen t desgobier­
nen en lugar de los que no tienen fuerza para ha­
cerlo.
—Vamos—dijo doña Candelaria— ; que usted está,
sin duda, por el absolutismo.
—Yo no me mezclo en política—contestó Pío Cid—
ni estoy por nada, y menos por el absolutismo; por­
que las cosas ocurren porque deben ocurrir, y cuan­
do hay reyes que no gobiernan, creo yo que será
porque no son capaces de hacerlo; y aunque se les
declarara absolutos, tendrían que guiarse por unos

164

ÁNGEL GANIVET

y por otros, y no estaríamos mejor ni peor que
estamos. Pero dejémonos de política, que lo que a
mí me interesa es decir que Abd-el-Malik no era
ningún rey de mentirijillas, sino que reinaba y go­
bernaba; y algunas veces, a pesar de su humanidad,
les hacía cortar la cabeza a los súbditos que no an­
daban derechos.
— ¡Qué bárbaro!—exclamó Candelita.
—¿Bárbaro? ¿Por qué?—dijo su mamá—. Pues si
yo m andara, ¿crees tú que no le cortaría yo la ca­
beza a tanto bribón como hay en el mundo?
—Con éstas y las otras—interrumpió Paca—, no
dejan ustedes seguir el cuento.
—Es verdad, prosigo—dijo Pío Cid.
((Quedábamos en que Abd-el-Malik era un rey he­
cho y derecho, y que si heredó a su padre fué porque
éste sabía lo que se hacía, y conoció que el hijo de
la esclava tártara era quien reunía mejores dotes
para gobernar y hacer feliz al pueblo, sobre el que
su padre, su abuelo y toda su ascendencia venían
reinando. No tenía Abd-el-Malik cuando entró a rei­
nar ninguna mujer, a pesar de que la costumbre del
país era tener varias; pero al ser rey se halló con
que era dueño de un harén, donde además de su
madre figuraban más de doscientas mujeres de su
padre, y, por decirlo así, m adastras suyas. Y luego,
por seguir la costumbre, tuvo que aceptar varias
esposas que le ofrecieron los magnates de la corte;
pero (aquí empieza lo interesante del cuento) Abdel-Malik no hizo caso de ninguna, y continuó vivien­
do como vivía cuando no era más que príncipe y no
tenía ninguna mujer...»
Doña Candelaria aguzó las orejas y se dispuso a

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

165

escuchar aquel cuento, que algo tenía que ver con
el cuento o historia de su vida. Pío Cid la miró dis­
traídamente, y ella se puso colorada, aunque no tan­
to como la primera vez que oyó sacar a plaza el pro­
ceder incalificable de su marido.
«¿Por qué se conducía de esta suerte el egregio so­
berano con sus esposas, algunas de las cuales eran
la flor y nata del país? Esto no se ha podido nunca
saber a ciencia cierta, aunque lo que sigue del cuen­
to aclarará algo la extraña conducta de Abd-elMalik. Sus mujeres se devanaban los sesos, y comen­
zaron a inventar mil tretas para vencer la indiferen­
cia del rey y llevarse el galardón de ser, no ya la
preferida (que esto ocurre siempre en los palacios
árabes), sino la única esposa de un soberano cuyas
costumbres eran tan morigeradas. Una de las espo­
sas, llamada Yazminé, ideó un artificio que creyó se­
guro. Era la hora de la siesta, y Abd-el-Malik dor­
mitaba en un templete rústico, frente al cual había
un surtidor de agua que, con los rayos del sol, for­
maba un arco de colores, que parecía cosa de encan­
tamiento. Yazminé se presentó a los ojos del rey lu­
ciendo el tesoro de sus más secretas bellezas. Sólo
la cubría un velo de púrpura finísimo, que casi se
transparentaba, y sus únicos adornos eran una co­
rona de alhelíes rojos, un collar de corales y brazale­
tes y ajorcas de mucho precio. Parecía una visión
celestial; y como si no bastaran sus encantos natu­
rales, que eran muchos, comenzó a bailar una dan­
za caprichosa, en la que, sin tocar apenas el suelo
con los pies desnudos, se cimbreaba como si, en vez
de ser una mujer, fuese un tallo de azucena cargado
de flores.

166

Á N G E L G A N IVET

»Cualquier otro hombre que no fuera Abd-el-Malik
se hubiera vuelto loco viendo aquella escultura ad­
mirable, que por complacerle tomaba vida y baila­
ba como las huríes soñadas en el P araíso ; pero
Abd-el-Malik se quedó como estaba, y dijo a Yazminé,
cuando ésta se cansó de b ailar:
»— Ven todos los días a la hora de la siesta, y baila
como hoy, que eso me distrae.»
— ¿Sabe usted que ese Malik—interrumpió doña
Candelaria— era un hombre difícil de contentar?
— ¡Un hombre sin corazón!— exclamó Candelita.
— ¿Quién sabe? Ten paciencia— dijo Paca— , que
puede que al fin se enamore de la mujer que fuera
su media naranja.
«Abd-el-Malik era un gran rey— prosiguió Pío
Cid— y no le daba importancia a los bailes. Más ex­
traño es que no le diera importancia a otras cosas,
como se verá por lo que le sucedió a otra de sus mu­
jeres, llamada Aina. Esta tenía un talento extraor­
dinario para contar cuentos, y enterada de lo que
le había sucedido a Yazminé, sintió mayor deseo de
probar fortuna, y entró una noche sigilosamente en
la alcoba del rey antes que éste se acostara, y des­
pués de pedirle perdón por su atrevimiento en ir a
turbar aquella soledad, y de explicarle que su deseo
era distraerle con algún cuento de su invención, em­
pezó a hablar con tanta viveza y desparpajo, que el
rey la oía casi con la boca abierta. Aina cobró va­
lor y aguzó el ingenio, y de sus labios salieron sen­
tencias de tan profunda sabiduría, que el rey quedó
asombrado de que en una cabeza femenina pudieran
caber todas aquellas cosas. Pero cuando Aina termi-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

167

nó su cuento, no le dijo ninguna terneza, sino estas
solas palabras :
»—Aina, tu saber es grande; ven todas las noches
a esta misma hora y háblame como me has habla­
do, que así mi sueño será más sereno, y mi ánimo
se dispondrá mejor para gobernar a mi pueblo con
equidad y templanza...»
— Eso se parece a los cuentos de Las mil y una
noches—interrumpió Candelita.
—Todos los cuentos árabes tienen alguna semejan­
za—dijo Pío Cid—y, en efecto, Aina tiene algún pa­
recido con Scheherazada, aunque ésta contaba sus
cuentos para que el celoso y feroz sultán no degolla­
se más mujeres.
—Pues mire usted—dijo doña Candelaria—, no me
disgusta que el rey hiciera lo que hizo con la sabia,
porque las mujeres no deben meterse en tantas filo­
sofías.
—Abd-el-Malik—contestó Pío Cid—no censuró a
Aina, sino que pensó que era buena para conseje­
ra y no para mujer.
— ¿Y cuál fué la que quiso para mujer?—pregun­
tó Martina, que escuchaba con gran atención.
—Déjame que prosiga, que no conviene sacar las
cosas de quicio.
«Después de Aina, Seniha quiso conquistar el duro
corazón del rey. Seniha cantaba como los ángeles, y
era quizá más bella que la bellísima Yazminé. Una
mañana, cuando el rey dormía aún, se acercó a la
puerta de su cámara nocturna, cantando una can­
ción que ella misma había compuesto, en la que ex­
presaba las más tiernas y delicadas ansias de un
alma de mujer que suspira cerca del hombre amado,

168

ÁNGEL GANIVET

y que desea endulzarle la existencia y alegrarle con
los encantos del amor. Quien no fuera Abd-el-Malilc
se hubiera arrojado del lecho y acogido en sus bra­
zos amorosos a la que tantas dichas le ofrecía; pero
Abd-el-Malik la dejó cantar, y para despedirla la
dijo solamente:
» —Graciosa Seniha, tu canto es delicioso; ven to­
das las mañanas a esta misma hora y cántame; así
comenzará más alegre el día, que bastantes tristezas
trae consigo.»
— ¡Vamos, eso pasa de castaño obscuro!—exclamó
doña Candelaria—. Ese rey creía quizás que el mun­
do se había hecho para él.
—Mamá—dijo Paca—déjale que acabe, que deseo
saber quién es la que por fin se lleva la palma. Por­
que es seguro que el rey se enamorará.
«Se enamoró Abd-el-Malik—prosiguió Pío Cid—de
quien menos podía nadie figurarse. Después de Yazminé y de Aina y de Seniha, hubo otras que intenta­
ron la prueba, y ni la que lloró, ni la que tocó el
arpa, ni ninguna, le sacaron de sus casillas. A la
que tocó el arpa, aunque lo hizo con arte exquisito,
le recomendó que viniera a la hora de comer y a la
que lloró le dijo que viniera una vez al año, el día
del aniversario de la muerte de Abd-el-Eddin, por­
que no era cosa de oír llorar todos los días. La que
llevó el gato al agua, como suele decirse, fué una po­
bre esclava, llamada Esma, que la madre del rey
había comprado para su servicio. Esma era también
hermosa, de piel muy morena y aterciopelada, y de
expresión humilde y graciosa; pero no tenía ningu­
na habilidad notable, y apenas si sabía mal leer y
escribir. Esta esclava venía muchas veces con reca-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

169

dos de la re in a m adre p a ra su hijo, y se enam oró lo­
cam ente del re y ; h a sta el extrem o de que u n a no­
che, no obstante su timidez n a tu ra l y la que le im ­
ponía lo ínfimo de su condición en el palacio, se fué
calladam ente a la p u erta de la alcoba de Abd-el-Malik, y, sin saber can tar, cantó con voz ard ien te y con­
dolida u n a canción que ella no h ab ía inventado, sino
que le brotó de los labios como u n lam ento, y que
d e c ía :
<(Abd-el-Malik, si no duerm es,
escucha a tu esclava Esm a,
la que vino a tu palacio
desde los m ontes de A rm enia.
S ab rás que u n herm oso niño
todas las noches se acerca
a m í cuando estoy dorm ida,
y con besos me despierta.
Yo no sé de dónde viene,
viene de lejan as tie rra s,
m as a ti se te parece,
como si tú mismo fueras.
Tiene tu m ira r de fuego
y tu obscura cabellera,
como tú los labios rojos,
como tú la tez m orena.
Sus brazos, con ser ta n tiernos,
tienen del león la fuerza,
como hechos p a ra em puñar
las nobles arm as de guerra.
R edondas y to rn ead as
son sus infantiles piernas,
pero se ag ita n nerviosas,
cual si u n corcel oprim ieran.
Su pecho débil suspira,
m as su corazón golpea
con brío, como el de u n héroe,
ciego en la lucha sang rien ta.
Debe ser u n hijo tuyo
el que a mi lecho se acerca,
y cuando me ve dorm ida,

170

ÁNGEL GANIVET

con sus besos me despierta.
Abd-el-Malik, si no duermes,
escucha a tu esclava Esma,
la que vino a tu palacio
desde los montes de Armenia.»
" ’»Apenas acabó Esma de cantar, se abrió la puerta
de la alcoba y asomó la figura imponente de Abdel-Malik envuelta en un manto blanquísimo. Esma
se quedó sobrecogida de espanto y pesarosa de ha­
berse atrevido a turbar el sueño del rey, de quien
temió alguna admonición severa; pero el rey no le
dijo nada; le cogió tierna y amorosamente las ma­
nos y la condujo al interior de su cámara, cerrando
tras sí la puerta. Y al día siguiente supo todo el
palacio con asombro que la esclava armenia era la
esposa de Abd-el-Malik. En honor de la verdad debe
decirse que, cuando fué pasando el tiempo, el rey
se hizo más humano y tuvo muchas esposas por no
romper las sanas costumbres de su tierra; y ningu­
na de las que habían intentado agradar al rey per­
dió su trabajo, puesto que la bailarina, y la conseje­
ra, y la cantora, y la arpista, y hasta la llorona, y
muchas más que no se habían tomado ninguna mo­
lestia, todas fueron amadas, cuál más, cuál menos,
por su soberano; pero la favorita fué siempre Esma,
y el príncipe heredero fué el hijo de la esclava, el
cual nació tal y como ésta lo había soñado, y llegó
a ser un rey digno de su padre, y aun muchos asegu­
ran que le superó.» Y aquí se acaba el cuento.
—Es precioso—dijo Paca— ; nos ha gustado mu­
cho. ¿Veis cómo yo decía que don Pío sabía historias
muy bonitas?
—Pues a mí—dijo Martina—no me gusta ese empe-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

171

ño en hacer que los hijos mejores nazcan de las es­
clavas.
—¿Pero no ves—replicó Paca—que el rey era hijo
de una esclava? ¿Qué más natural que buscar para
favorita una mujer que fuera lo que había sido su
madre?
—De todos modos, el cuento ese es bueno—afirmó
doña Candelaria—y tiene mucha filosofía.
— ¡Vaya si la tiene!—apoyó Pío Cid—. Como que
lo que quiere demostrar es que Abd-el-Malik, como
sabio que era, deseaba para esposa y madre de su
primogénito una verdadera mujer; y la más mujer
de todas las mujeres que había en el palacio, y la
que, por ser más mujer, debía de engendrar hijos
mejores, era la esclava Esma; y por esto la eligió,
aunque era una humildísima esclava, y la hubiera
elegido, aunque fuese un horrible monstruo.
—Pero, vamos a ver—preguntó doña Candelaria—,
¿ese cuento es árabe de verdad o se lo ha sacado us­
ted de su cabeza? Porque en usted no me extrañaría
nada.
- Yo apostaría algo—dijo Martina muy ufana—a
que lo ha compuesto é l; por lo menos los versos.
—Como que ustedes, los granadinos—añadió doña
Candelaria—son medio moros. Y lo bueno que en
Granada tienen ustedes es obra de los moros, por­
que desde que ellos se fueron no han hecho ustedes
nada.
—Algo se ha hecho, y mucho se podría hacer—dijo
Pío Cid—, pero somos muy holgazanes. Y a todo
esto no vemos a doña Justa, que está dando cabe­
zadas.
—Tengo un sueño que no puedo más—dijo la alu-

172

ÁNGEL GANIVET

dida—. Me voy a dormir, y mañana será otro
día.
Martina comenzó a mirar a todos lados, porque
las palabras de su madre la hicieron pensar nueva­
mente en lo que tan preocupada la había tenido.
Casi se arrepentía de su decisión de seguir durmien­
do con Candelita, ahora que el ejemplo de la escla­
va Esma le había hecho comprender que pueden ca­
sarse una mujer y un hombre sin grandes prepara­
tivos ni requilorios, y tener, si llega el caso, hijos
célebres en la historia que dejen tamañitos a los que
nacen después de muchos años de noviazgo y pala­
brería amorosa. Por fortuna, la providencial doña
Candelaria cortó por medio aquel nudo que Martina
no sabía cómo desatar.
—Tú, Candelita, duermes con Paca y nos dejas tu
cama a las dos—dijo, señalándose a sí misma y a
Valentina.
—Paca, es menester que te cures bien—dijo Pío
Cid—. ¿Te acuerdas de lo que te dije?
—Pues claro está—contestó Paca—. Candelita me
pondrá el paño cuando me acueste.
Diciendo esto se fué a la cocina por una botella
y cuando volvió se retiraron ella con Candelita,
y doña Justa, después de dar las buenas noches.
Martina se deslizó sin decir nada en el cuarto ele­
gido por Pío Cid, y a obscuras se desnudó en un se­
gundo, y se acostó en el extremo de la cama grande,
que estaba junto a la pared. Doña Candelaria dijo
a Valentina que se fuera también a dormir, que ella
iría muy pronto, y se hizo la entretenida recogiendo
los manteles. Apenas se vió sola con Pío Cid, que
tampoco quería retirarse para que Martina tuviera

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

173

tiempo de desnudarse a solas, le hizo una pregunta
que él ya esperaba:
—¿Sabe usted que cuando empezó a contar su
cuento me figuré que iba conmigo? Porque como
esta mañana me dijo usted aquello de mi esposo...
—Efectivamente—contestó Pío Cid—, yo también
noté la coincidencia, y por eso la miré a usted; pero
la coincidencia es casual, y no tiene nada que ver
lo uno con lo otro.
—Así lo he pensado yo después—asintió doña Can­
delaria— ; pero aun no me hago cargo de cómo ha
podido usted saber un secreto que yo creía que se
había quedado en mí, puesto que mi esposo y mi
madre política, que lo conocían, murieron ya.
—Nada más fácil—contestó Pío Cid, que no quería
declararle que aquel secreto era un secreto a voces—.
Su marido de usted pudo tener un amigo de confian­
za y decírselo, y por éste lo he sabido yo.
—¿Es quizás—preguntó doña Candelaria—el joven
murciano de que habló usted? Aunque éste por la
edad no puede ser. ¿Cómo se llamaba su padre?
—Eso no lo sé—contestó Pío Cid—. El apellido es
Rodríguez, y creo que tenía unas minas cerca de
Cartagena.
— ¡No me diga usted más!—exclamó doña Candela­
ria—. Ya sé quién es, y por ahí viene la historia.
Por cierto que mi marido perdió buenos cuartos por
meterse en negocios de minas, y ese señor Rodríguez
fué el que le engatusó.
—Pero, mamá—gritó Valentina desde la puerta—,
¿no vienes a acostarte?
—Niña, ya voy, déjame en paz y duerme tú—con­
testó doña Candelaria.

174

ÁNGEL GANIVET

Y, siguiendo su interrogatorio, preguntó de
nuevo:
— Eso que usted me dijo es verdad, no tengo por
qué negarlo; pero lo que yo desearía saber con cer­
teza es el motivo que tuvo mi esposo para hacer lo
que hizo. Y usted lo sabe, no me cabe duda.
— ¿Yo?—preguntó Pío Cid por no contestar, aunque
pensaba que algo tendría que decir para aplacar la
curiosidad que él mismo había despertado.
— ¡Usted!—insistió doña Candelaria, cuyo rostro
estaba animado por un arrebato de celos postumos,
que le daban cierto aire juvenil e interesante, en
pugna con sus cuarenta y pico de años—. Usted lo
sabe, y si no me lo dice es quizás por no mortificar­
me. Pero ya ve usted, ¿qué mal puede hacerme sa­
ber la verdad ahora que estoy viuda y que a lo pasa­
do se le dijo adiós?
—Lo cierto es—contestó Pío Cid, decidido ya a in­
ventar una mentira piadosa—que yo supe el secreto
de usted por casualidad. Le daba yo lecciones a Pepe
Rodríguez y a otros amigos, y hablábamos de todo
lo divino y lo humano, y un día tocó hablar de las
rarezas de 'los hombres, y Pepe Rodríguez habló de
un vecino suyo y amigo de su padre, llamado Fer­
mín Colomba, y contó algunas de sus extravagan­
cias; por ejemplo, que llevaba en los bolsillos seis u
ocho relojes, todos parados...
—Eso es mentira—interrumpió doña Candelaria— .
No tenía más que uno, y quizá en lo único que era
ordenado era en darle cuerda al reloj todas las ma­
ñanas.
—Pues ya ve usted—dijo Pío Cid—qué crédito se
le puede dar a Pepe Rodríguez, ni a la explicación

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

175

que diera de esa otra extravagancia que a usted tan­
to le duele todavía.
—De todos modos, dígamela usted—insistió la celo­
sa de ultratumba con tanta resolución, que Pío Cid
se convenció de que no había escape.
—Pues bien—contestó Pío Cid— ; lo que dijo Pepe
Rodríguez fué que Fermín Colomba tenía hecho fir­
me propósito de hacer lo que hizo porque una gita­
na que le dijo la buenaventura le profetizó que vi­
viría tantos años como días dejara pasar, después
que se casara, sin tocarle a su mujer ni al pelo
de la ropa; y si esto fuera cierto, yo afirmo que Fer­
mín Colomba fué un héroe, porque tal es el apego
a la vida que tienen la mayor parte de los hombres,
que otros en su lugar, aunque el anuncio viniera de
boca de gitana, por sí o por no, hubieran dejado
pasar años enteros con la esperanza de vivir más
que vivió Matusalén, mientras que él no resistió más
que unos cuantos días, y quién sabe si por eso mu­
rió tan joven, y si el anuncio de la gitana era real­
mente una verdadera profecía.
—¿Sabe usted que quizás eso sea verdad?—dijo
doña Candelaria llena de confusión—. Porque mi
Fermín era muy supersticioso, y daba mucho cré­
dito a las adivinaciones por las rayas de las manos,
y hasta por el modo de desgastar las suelas y taco­
nes de las botas.
—Pues si era así—concluyó el piadoso embuste­
ro—, debía usted venerar la memoria de un hom­
bre que por amor sacrificó una gran parte de su
vida.
—Vamos, me ha dejado usted sorprendida de ver­
dad—dijo doña Candelaria—. Aunque yo hubiese es-

176

ÁNGEL GANIVET

tado cavilando medio siglo no se me hubiera ocurri­
do esa explicación, que, después de todo, parece
la más natural.
—Pues si a usted le parece—dijo Pío Cid—, nos
iremos a acostar, y ojalá que esta vida que hoy
hemos comenzado felizmente dure muchos años, y
sea para bien de todos, que por mi parte no que­
dará.
—Yo le confieso a usted—terminó doña Candelaria
cogiendo el quinqué para retirarse—que no com­
prendo cómo ha ocurrido; pero que algunas horas
han bastado para que yo, y creo que todas, tenga­
mos en usted tanta confianza como si le hubiéramos
visto nacer y crecer a nuestro lado.
Doña Candelaria se fué a dormir con Valentina, y
Pío Cid entró en su cuarto; encendió la palmato­
ria, y levantándola más arriba de su cabeza, vió a
la luz tenue, que el techo y las paredes reflejaban,
a Martina dormida al parecer, y tan arrebujada que
no se descubría de ella más que algunos rizos ne­
gros como de ébano, que resaltaban más aún sobre
la blancura de las sábanas y almohadas. Luego se
sentó junto a la mesa y meditó un largo rato.
Sin duda la sociedad en que vivimos descansa so­
bre muy frágiles fundamentos cuando un hombre
como él, que ya iba para viejo y que además era po­
bre, pudo en veinticuatro horas constituir una fami­
lia natural contra todas las leyes y costumbres arti­
ficiales que rigen, y que, como artificio que son, se
evaporan en cuanto una voz verdaderamente huma­
na y sincera habla inspirada por el amor, no por
el amor brutal de la carne, que para amar algo
tiene que declarar la guerra a todo lo demás, sino

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

177

por el am o r que viene del corazón, y que lo am a
todo, y a u n fa lta realid ad p a ra satisfacerle.
«E sta fam ilia—pensaba—h a tenido confianza en
mí, y yo he de pagarle esa confianza como m ejor
pueda, y y a tengo a h o ra algo en que p en sar se ria ­
m ente.»
Con estas m editaciones se fué desnudando, apagó
la luz y se acostó sin hacer ruido p a ra no d esp ertar
a M artina.

12

TRABAJO TERCERO
Pío Cid quiere formar un buen poeta.

Al día siguiente comenzó a funcionar la casa de
la calle de Villanueva bajo la prudente dirección de
Pío Cid. Las mamás eran las dueñas del bolsillo
mancomunada y solidariamente, que hubiera dicho
el insigne Orellana; las niñas trabajaban en las fae­
nas de la casa y en los nuevos estudios en que las
fué iniciando un maestro tan consumado como Pío
Cid, y éste ganaba y pensaba por todos. Se levanta­
ba al ser de día a pesar de los regaños de su mu­
jer, y escribía hasta la hora de almorzar; después se
iba a la oficina, y a la vuelta recogía a las mucha­
chas y las llevaba a dar un paseo, ordinariamente
por el R etiro; de regreso comían, y luego dedicaban
el resto de la noche al piano, al canto, a la guitarra
y a otros mil entretenimientos y enseñanzas útiles
y recreativas. No entraba nadie de la calle al prin­
cipio ; pero más tarde solían concurrir a las reunio­
nes dos muchachos excelentes, y no ciertamente por­
que Pío Cid los buscara, sino porque ellos solos-se
presentaron, y Pío Cid a nadie le cerraba la puerta.

180

ÁNGEL GANIVET

Cuando doña Paulita se quedó sin su paisano, a
quien tan obligada y agradecida estaba, no pudo
resignarse a una despedida tan seca ni se atrevía
a ir a visitarle, e ideó valerse de alguien para me­
ter las narices en aquel lío, o lo que fuera. Acudió
en primer término a Purilla, y le dijo que debía ir
a dar las gracias a su antiguo profesor por el rega­
lo del pañuelo; pero la muchacha se negó resuelta­
mente, prefiriendo que la mataran antes que cono­
cer a la familia con quien Pío Cid había ido a hos­
pedarse. Entonces recurrió doña Paulita a Benito,
y le dió a leer la carta de Pío Cid, y le convenció de
que cuando éste le mostraba mayor afecto que a los
demás, nombrándole a él solo en la postdata, era
porque no quería romper con él.
—Debe usted ir a visitarle—le recomendó—, y pro­
cure usted ver cómo vive nuestro buen amigo, pues
en Madrid hay muchas lagartas, y me temo que le
haya engañado como a un chino.
— ¿Cree usted—replicó Benito—que don Pío es un
niño de teta? Cuando tiene más cabeza que todos
nosotros juntos...
—No le hace—insistió doña Paulita— ; los hombres
de más talento son los más tontos para ciertas co­
sas, y don Pío, con tanto como sabe, es una criatu­
ra en cuestión de faldas.
—Bueno, iré—dijo Benito—, y procuraré enterar­
me, aunque a mí no me gusta mezclarme en vidas
ajenas.
Y fué, en efecto, una mañana, y Pío Cid le recibió
muy amablemente en la sala principal, que a Benito
le pareció la de un palacio comparada con los cuar­
tos de la casa de huéspedes.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

181

—Está usted aquí mejor que un príncipe—le dijo—.
Esto se llama entender la vida. Yo he sentido mucho
que se vaya usted porque pierdo sus lecciones; pero
ahora casi me alegro, porque ¡qué demonio! no hay
que ser egoístas, y usted está aquí mil veces mejor.
—Y rodeado—dijo Pío Cid—de unas cuantas mu­
chachas muy listas, y muy bien educadas y muy ho­
nestas, que, aunque han venido a menos, son dignas
de casarse con hombres de bien. Hay una que se
llama Valentina, que si la viera usted, estoy seguro
que se enamoraba de elja.
—Presénteme usted—dijo Benito—, aunque yo
mientras no termine la carrera no puedo enamo­
rarme.
—Eso es mucho decir—replicó Pío Cid— ; lo que no
puede usted es casarse; pero enamorarse, ¿quién lo
impide? Una novia es a veces un quebraderillo de
cabeza, y un motivo para recoger a fin de curso
abundante cosecha de calabazas; y a veces es lo con­
trario, es un aguijón para estudiar más y hacerse
hombre de pro. Sin embargo, lo que yo he dicho
de Valentina es broma, porque la muchacha hace
poco que viste de largo, y no piensa más que en
jugar con cinco gatos que tiene.
— ¡Dios me asista!—gritó Benito—. Cualquiera car­
ga con una mujer aficionada a los gatos.
—Dice usted bien, amigo Benito—contestó Pío
Cid— ; una mujer gatera es una calamidad; pero
una niña gatuna es una joya de gran precio, porque
el amor que tiene a los gatos es indicio y preludio
del amor que tendrá después a sus hijos. Valentina
será una excelente madre de familia, y en cuanto
tenga el primer chiquillo no tarda un mes en dar

182

ÁNGEL GANIVET

pasaporte a todos sus gatos, y se queda convertida
en mujer perfecta, sin este defectillo que ahora la
deslustra.
Tan entusiasmado quedó Benito con esta pintura,
que volvió dos o tres veces para ver si lograba cono­
cer a las amigas de Pío Cid. Este se las presentó
un día, y Benito las encontró a todas muy simpáti­
cas, aunque miró más a Valentina, no porque ésta
valiera más que las otras, sino porque era más jo­
ven y porque había sido la indicada por Pío Cid.
Benito no tenía experiencia en materia de amores; y
como llevaba ya hechas las entrañas por lo que ha­
bía oído de Valentina, se fijó más en ella, aunque
no le dijo ojos negros tienes, sino que le habló de
los malos ratos que le daba la Química y de otra
porción de cosas desprovistas de oportunidad. Cuan­
do se retiraron las jóvenes, Pío Cid invitó a Benito
a que viniera los domingos a oírlas tocar el piano,
a condición de que fuera él solo y de que no llevara
el cuento a la casa de huéspedes.
—Descuide usted—prometió Benito—, que yo no
diré nada, y lo único que he dicho a doña Paulita,
porque me preguntó mucho, fué que estaba usted ad­
mirablemente, y que la familia esta era tan buena
como la mejor. Además, la casa ha cambiado mu­
cho con irse usted y Orellana, y yo no me trato ape­
nas más que con los doctores, que dicen que se van
a ir por una disputa que han tenido con los bil­
baínos.
—Eso me disgusta—dijo Pío Cid—, pero puede que
al fin no se vayan. Influya usted con ellos, aunque
no sea más que por doña Paulita, que sabe usted que
tiene un familión a su cargo.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

183

— Eso ni que decir tiene— contestó Benito.
Y desde aquel día vino todos los domingos, sin
faltar, a oír música, a charlar y a decir tonterías a
Valentina, que, aunque inexperta, sabía de sobra
para iniciar al infeliz estudiante en el arte misterio­
so de conocer el corazón femenino.
Muy otro era el segundo concurrente a casa de
Pío Cid. Cuando éste salía a pasear por las tardes
con las muchachas, notaba algunas veces cuchicheos
y risas e indirectas que ponían a Paca colorada como
un tomate. Miraba como quien no mira, y veía a lo
lejos la figura entelerida de un joven que tanto tenía
de hortera como de licenciado en cualquier facultad,
y que lo que más tenía era frío, pues siempre iba
con las manos metidas en los bolsillos de un raído
gabán, que juntamente con su dueño tiritaba.
«Ese será Pablo del Valle— pensó Pío Cid— . Del
Valle de lágrimas debía llamarse, porque, o mucho
me equivoco, o ese hombre lo está pasando remata­
damente mal. Hay que desencantar este castillo,
pues de lo contrario Pablo del Valle va a seguir ha­
ciendo la ronda y no vamos nunca a saber si es pez
o rana.
Con esta idea preguntó un día de repente a P a c a :
— ¿Cuántas cartas te ha escrito ya ese joven que te
sigue por las tardes?
— Me ha escrito tres veces— contestó Paca sofocada.
— Pues aconséjale— dijo Pío Cid—que venga a ha­
blar con tu mamá.
Vino Pablo del Valle, que no era otro el rondador,
y habló con doña Candelaria, y ésta le dijo que
no tenía motivo para oponerse a sus pretensiones
amorosas, pero que antes de decidirse quería que

184

ÁNGEL GANIVET

diese su parecer el marido de su sobrina, el cual, a
falta de otro hombre, hacía de cabeza en la casa.
Volvió Pablo del Valle al día siguiente y tuvo con
Pío Cid una larga entrevista, de la que éste dió cuen­
ta a toda la familia aquella misma noche en los tér­
minos siguientes:
—He hablado con Pablo del Valle, y no estoy dis­
gustado ni creo haber perdido el tiempo; es un jo­
ven decente y de buena familia, como saben ustedes,
y si se le ayuda un poco y logra conseguir una colo­
cación fija cumplirá religiosamente sus deberes, por­
que ha pasado grandes miserias, y su ideal es tener
casa y plato seguro, sin pedir más gollerías. Yo le
lie dicho, en vista de que ahora no tiene otra cosa
en que ocuparse, que venga todos los días y me
ayude a escribir y a corregir pruebas de la traduc­
ción que traigo entre manos. Con este pretexto él
vendrá y le invitaremos todos los días a comer; don­
de comen siete comen ocho, y esto no ha de arrui­
narnos ; yo le daré para tabaco y para lavarse la
ropa, y así le pondremos en estado de que aspire a
algo, pues tal como hoy se encuentra no es posible
que haga cosa de provecho.
No era Pablo del Valle un hambriento vulgar, de
esos que salen diariamente al paso, ni era tampoco
un genio desconocido, un poeta de guardilla o un
bohemio al estilo romántico; era un joven que tenía
hambre muy a disgusto suyo, y que soñaba con ga­
narse honradamente la vida, aunque no pudiera con­
seguirlo por su falta de talento práctico. Sabía mu­
chas cosas y no sabía ganar el pan. Tenía mucho
talento y vivía como si fuese tonto de remate. Tenía
familia en Pamplona y un hermano rico en San Se-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

185

bastián, y la familia y el hermano le habían aban­
donado porque no quería aplicarse al comercio ni a
ningún trabajo útil, ni había tenido paciencia para
concluir los estudios de Filosofía y Letras, que co­
menzó con gran afición. Pensaba acabar la carrera
y hablaba de prepararse para ingresar en el Cuerpo
de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios; pero
por lo pronto su único cargo era el de inspector o
investigador de los carteles públicos de la Corte, y
rara vez se dió el caso de que Pablo del Valle viera
que un cartel no tenía el indispensable timbre, no
porque no hubiera defraudadores de esta novísima
renta, sino porque él no se fijaba, aunque en el fi­
jarse le iba el comer. En cambio sabía de memoria
los libros raros y curiosos, y aun los simplemente
viejos que había en todos los baratillos de Madrid,
porque su vocación era la bibliografía, y su cabeza
era el catálogo de todos los libros de España. La
bibliografía es un arma de dos filos: bien comido y
con un buen traje de levita y su gran erudición, Pa­
blo del Valle podía ser un sabio notable y un dis­
tinguido académico; pero con la erudición sola era
una desdicha andando. Quizás la única cosa acerta­
da que hizo en su vida fué entrar en el baile de la
Zarzuela y bailar con Paca, aunque probablemente
lo hizo porque la vió vestida pobremente y no se
atrevió a acercarse a máscaras de más rango. Su
instinto de hombre desordenado adivinó u olió allí
una mujer ordenada y casera, y no fué menester
más para que Pablo del Valle siguiera este rastro
que debía llevarle a la tierra de promisión.
Pero con estos encuentros la carga de Pío Cid era
cada día más pesada. El sueldo no bastaba para co-

186

ÁNGEL GANIVET

mer, y había además que pagar casa y alquiler de
piano, y vestir y obsequiar de vez en cuando a las
jóvenes. La traducción del inglés marchó a paso de
carga y le permitió salir adelante aquel mes, que
por fortuna era el más corto del año, y sacar las
alhajas que había en el empeño; porque, encima
del precio estipulado, el editor le dió cuarenta duros
por las anotaciones luminosas que él puso de su
cosecha, y que versaban sobre diversos extremos de
embriología humana y muy particularmente sobre
la manera de dar a luz las mujeres de raza negra.
Estas últimas notas llamaron la atención de los doc­
tos y dieron gran crédito al «Dr. D. Juan López Cal­
vo)), seudónimo que Pío Cid empleó en esta ocasión.
Por cierto que su idea fué poner «Juan López Mata»,
pero el editor dijo que ya que el nombre era falso no
debía ponerse Mata, que es nombre poco favorable
para un médico. Pío Cid replicó que el nombre era
lo de menos, y que Mata se llamó el doctor que orga­
nizó los estudios médicos en España, el cual fué un
gran publicista y hombre de positivo valer; pero
por dar gusto al editor sustituyó Mata por Calvo,
apellido que anuncia a una persona que tiene pocos
pelos en la cabeza a causa de sus estudios y vigilias.
No hubo por el momento nuevos trabajos editoriales,
y Pío Cid, con la presteza que le era propia, imaginó
otros medios de ganar dinero para hacer frente a
sus obligaciones domésticas, a las que no quería
faltar por nada del mundo. Entonces fué cuando yo
le conocí en la Redacción de El Eco, periódico recién
fundado por Cándido Vargas, y del que yo fui re­
dactor, encargado de la crítica teatral y de las cues­
tiones sociales.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

187

Me hallaba un día en la Redacción solo y sin ganas
de escribir, cosa que me sucedía con frecuencia,
cuando vi entrar a Pío Cid, cuya figura y nombre no
me eran desconocidos, porque Cándido Vargas me
habló de él una vez que le encontramos en la calle,
y aun recuerdo que extrañó que yo no le conociera
siendo paisanos y habiendo seguido los mismos estu­
dios. Preguntó Pío Cid por don Cándido Vargas, y yo
le respondí que poco tardaría en llegar, y le ofrecí
una silla que junto a mí estaba. El la aceptó y
me dijo sin darme las gracias:
—Parece usted paisano mío por el tipo y por el
acento.
—Y lo soy—le contesté yo—, y me alegro de tener
ocasión de hablar con un paisano de quien don Cán­
dido me ha hablado con mucho elogio.
—Cándido Vargas—dijo Pío Cid—es un buen chi­
co, y es lástima que se haya metido en estos trotes,
cuando podía ser un gran autor dramático.
— ¿Cree usted eso?—pregunté yo, que no conocía
aquella habilidad de mi director.
—Sí que lo creo, y tengo pruebas, y más que prue­
bas, hechos; porque el año pasado me dió a leer
una comedia, y le digo a usted que era una comedia
magnífica. Yo se lo dije así, como lo pensaba, y lue­
go le aseguré que el público la silbaría, con lo cual
ya no quedaría duda de la excelencia de la obra.
Pero Cándido no está por la gloria con silbidos, y
se hizo atrás; mal, muy mal hecho...
En esto entró Cándido Vargas; él y Pío Cid se sa­
ludaron con gran afecto, y seguimos hablando de la
comedia en tono de broma, hasta que Pío Cid dijo
que tenía que irse y que a lo que venía, era a que le

188

ÁNGEL GANIVET

anunciáramos, sin dar su nombre, como profesor de
lenguas vivas.
—¿Tan mal andas—le preguntó Cándido Vargas—
que tienes que tascar el freno?
—No ando muy bien, y antes de estar peor me
curo, aunque parezca que me curo en salud—con­
testó Pío Cid—. Si ese anuncio no pega, recurrire­
mos a la preparación para carreras especiales o a
los estudios de Derecho. Lo de las lenguas me agrada
más, porque es lo que me molesta menos.
—Te voy a hacer una proposición—dijo Cándido
Vargas— : te encargo para mi periódico una revista
extranjera, de política principalmente; semanal o
quincenal, o trimensual, como quieras.
—Aceptado y gracias—dijo Pío Cid— ; pero no ol­
vides por eso el anuncio.
—No lo olvidaré—contestó Cándido Vargas—, por­
que cuenta con que no te voy a dar ningún puñado
de duros; que el periódico anda de cabeza, y lo más
que podré arañar serán quince durejos.
—Tú das lo que quieras — dijo Pío Cid—, y
adiós.
Se marchó, y según lo convenido, siguió viniendo
todas las semanas un día, y en dos o tres horas
daba un vistazo a la prensa extranjera y componía
lo que él llamaba su buñuelo, y se iba como si no
hubiera hecho nada. Otras veces traía las revistas
hechas ya, sin haber leído los periódicos, y por raro
azar éstas eran las mejores y más acertadas en sus
pronósticos políticos. Pero más que sus pronósticos,
lo que nos llamaba la atención en él era la pasmosa
facilidad de su pluma, que en un instante cubría
de ilegibles garrapatos seis u ocho cuartillas, de

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

189

las que luego salía un artículo tan claro y sonoro
que daba gusto leerlo.
El anuncio salió en El Eco, y valió a Pío Cid dos
lecciones, que juntas con las revistas, le daban más
de treinta duros al mes. Y una de las lecciones le
dió, además, un amigo, que debía ejercer en su vida
una considerable influencia. No porque este amigo
fuese hombre de mucho valer, sino porque le sacó
de sus casillas y le lanzó en una aventura desdicha­
da, donde se originaron grandes infortunios. En un
mismo día fueron a hablarle los dos discípulos: Se­
veriano Tauris y Adolfo de la Gandaria. Tauris era
italiano, o griego de nacimiento, aunque su idioma
natural era el alemán por haber vivido, cuando era
niño, en Alemania con su padre, que, según parece,
se vió obligado a huir por cuestiones políticas. Des­
pués de rodar por el mundo había venido a España,
y como se hallaba mal de recursos, pensó hacer opo­
siciones a unas cátedras de alemán, para las que no
era obstáculo su condición de extranjero. Lo que
él deseaba era conocer bien el español, estudiándolo
con un maestro que supiera hablarle en su idioma.
Pío Cid le dió las lecciones que necesitaba, pero sin
tratarle nunca con intimidad; porque creyó que el
tipo aquel era un pájaro de cuenta, y que a poco
que se ahondara en él, quizás resultaría falso hasta
el nombre.
Con Gandaria, al contrario, intimó pronto, por­
que éste era un joven que se hacía querer por
su carácter franco y jovial, no obstante sus preten­
siones de diplomático. Gandaria era diplomático
efectivo; servía como agregado en el Ministerio de
Estado, y esperaba que le nombrasen en breve secre-

190

ÁNGEL GANIVET

tario en la Embajada de Londres, por desearlo él
así y contar con buenos padrinos.
— Ya ve usted— decía Gandaria cuando fué a hablar
con Pío Cid—, me parece una insigne majadería ir
a un país sin conocer su idioma. Esto es lo que ha­
cen todos, pero yo no quiero hacerlo, sino que estoy
decidido a hablar inglés por los codos antes de cru­
zar el canal de la Mancha.
— Su decisión de usted me parece muy discreta,
señor Gandarias— le dijo Pío Cid— , y si de mí de­
pende, hablará usted en dos meses como una co­
torra.
— No me llamo Gandarias, señor Cid— rectificó el
joven— , sino de la Gandaria. Los Gandarias no tie­
nen nada que ver con nosotros, aunque esto no es
rebaj arlos.
— Sea Gandarias o Gandaria— dijo Pío Cid— , lo
esencial es que usted me parece una persona muy
estimable, y que le daré con mucho gusto lecciones
de inglés en cuanto usted se decida a comenzar.
— Mañana mismo, si usted quiere, a esta misma
hora, que es la mejor para mí, porque es cuando sal­
go del Ministerio.
Así comenzaron las lecciones de Gandaria, que a
los pocos días no fui discípulo, sino amigo íntimo y
admirador de Pío Cid.
Gandaria era muy entusiasta, y no era menester
mucho para que él pusiera a las personas en los
cuernos de la luna. Pío Cid le entró por el ojo de­
recho, y después que le oyó hablar de una porción
de materias que él desconocía en absoluto, se quedó
pasmado. Debe de advertirse que Gandaria, cuyo ta­
lento natural era grandísimo, tenía una cultura su-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

191

perficial y tan estrecha de molde, que hablarle a él
de labranza o de trabajo industrial, o de las ope­
raciones de los diversos oficios, o de animales, plan­
tas y minerales, o de los astros que pueblan el fir­
mamento, y de las miserias que se agitan en el fondo
de la vida humana, era descubrirle arcanos, ante
los que se quedaba asombrado y atónito. Pío Cid le
pareció un pozo de ciencia, y si algo faltaba para
diputarle por sabio universal, este algo llegó el día
que Gandaria, creyendo estar puesto en terreno fir­
me, intentó cegarle los ojos hablándole de diploma­
cia y de si a España le convenía aliarse con esta o
con aquella nación, y de las contingencias probables
en todos los casos, según la pauta que él se sabía
de memoria. Aquel día Gandaria echó el resto, y no
fué el joven distinguido que sabía montar a caballo
y llevar el frac con distinción suprema, sino que
fué el regenerador de la vieja y carcomida diploma­
cia española.
Pío Cid le dejó desahogarse, y después de escu­
char pacientemente la elocuentísima monserga, le
dijo por toda contestación:
—Ahora mismo me he convencido, amigo Ganda­
ria, de que tiene usted un verdadero temperamento
de poeta, y de que debe usted dejar en el acto la
diplomacia para que ésta siga su curso natural, que
es el que ahora sigue, y el que debe seguir sin que
nadie lo tuerza.
—Hombre, usted me descuaja (esta palabra y otras
muchas eran nuevas en el vocabulario del joven di­
plomático). ¿Será usted capaz de sostener que nues­
tra política exterior es inmejorable?—preguntó a su
contradictor dando un puñetazo en la mesa.

192

ÁNGEL GANIVET

—Es inmejorable porque no existe — contestó
Pío Cid.
— ¡ Acabáramos!—exclamó Gandaria.
—Pero no se precipite usted—continuó Pío Cid— ;
no existe, ni debe existir, hasta que nazcan en Espa­
ña seres racionales que comprendan lo que conviene
hacer. Mientras este día llega, el mejor partido es no
hacer nada, y para no hacer nada no es posible en­
contrar, ni buscándolas con un candil, personas tan
diestras y hábiles como las que ahora tenemos al
frente de nuestros negocios, que deberían llamarse
no-negocios.
—Ja, ja, ja. ¡Si yo dijera en la Casa que debe lla­
marse Ministerio de los No-negocios Exteriores!—ex­
clamó Gandaria riendo como un desesperado.
—Si lo dijera usted le darían una cruz—dijo
Pío Cid.
—Todo podría ser—asintió Gandaria.
—En nuestro amado país—dijo Pío Cid—todos los
centros gubernativos debían llevar una partícula ne­
gativa. Tendríamos Ministerios de la Desgobernación
y de la Desgracia, de la Sinhacienda y de la Sinma­
rina, y así por el estilo. El único que funciona es
el de la Guerra, y funciona mal. Pero ahora, ha­
blando seriamente, yo le digo a usted que hay que
trabajar para que España se levante, y que hasta
que se levante no hay medio de hacerla andar en
ningún sentido. Por esto la diplomacia es la última
que debe aquí entrar en juego, y por ahora nada bue­
no se podría sacar metiéndose en historias, como no
fuera que nos moliesen a palos como a Don Quijote
los yangüeses. Yo he conocido a muy pocos diplomá­
ticos españoles, y alguno de ellos ni siquiera cono-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

193

cía los límites geográficos del país en que represen­
taba a España; pero éste, más que los otros, tenía
un orgullo a prueba de bomba; y como quiera que
lo único que hoy tenemos en España es ignorancia
y orgullo, no se puede pedir más perfecta represen­
tación de lo que somos. Ese orgullo es bueno; algún
día vendrá el saber y todo se andará. Nosotros no
conocemos más que dos orgullos: el aristocrático y
el militar. El día que tengamos el orgullo intelectual,
podremos aspirar a algo. Yo soy quizás el único
español que tiene ese orgullo, pero pronto nacerán
centenares que lo tengan, y usted debía también afi­
liarse a mi bando, y puesto que posee bienes de for­
tuna, dejarse de diplomacias y trabajar para ser el
primer poeta de España.
Probablemente hablando así, Pío Cid recargaba
adrede, con colores sombríos, el cuadro, ya triste de
suyo, que ofrece nuestra infortunada nación, para
quitarle a Gandaria de la cabeza el propósito de re­
generar a su patria; porque el joven diplomático
era uno de esos fantaseadores candorosos que lo ha­
llan todo llano como la palma de la mano, y se figu­
ran que no hay más que imaginar las cosas para
que luego ocurra como se las había imaginado. El
unía en abrazo fraternal a España con todas las na­
ciones de origen hispánico, y con este núcleo de
fuerza se convertía en árbitro, o poco menos, de los
destinos del orbe. Sobrevenía un formidable conflic­
to entre Europa, coligada, e Inglaterra, sola, en su
solo cabo, y el triunfo del continente era seguro;
pero España se ponía del lado de Inglaterra, y Eu­
ropa tenía que rendirse a discreción después de un
larguísimo bloqueo. Excepto Rusia, las naciones es-

194

ANGEL GANIVET

candinavas y Suiza, que habían permanecido neu­
trales, todas las demás salían con las manos en la
cabeza, mientras que España, aparte de la restitu­
ción de Gibraltar, se redondeaba con el protectorado
en Marruecos, quedando de paso fundada la unidad
ibérica, porque Portugal había combatido al lado de
España, y después de la victoria habían ambas na­
ciones convenido en la unión.
—Todo eso está muy bien—le dijo Pío Cid echán­
dole otro jarro de agua fría— ; pero no se forje us­
ted ilusiones. Casi todos los oficiales de nuestro ejér­
cito salen de las Academias soñando en arduos pro­
blemas estratégicos, y después se consumen años y
años ¿en qué? en instruir a los quintos e inspeccio­
nar el rancho. Si usted va a una Embajada, lo que
tendrá usted que hacer, si hace algo, es poner en
limpio las comunicaciones que escriba algún supe­
rior, que quizás estén plagadas de sandeces. Y cuan­
do a los treinta años de servicios llegara usted a
ser cabeza, estaría usted tan aplanado y tan maci­
lento que no pensaría usted más que en cobrar la
nómina.
—Pero, amigo Cid—replicó Gandaria— , por preci­
sión hay que ser brazo si se pretende ser algún día
cabeza.
—Ese es un error—afirmó Pío Cid— ; el que quiere
ser cabeza debe serlo desde que nace. Si usted se
dedica a la poesía y logra tener una personalidad,
ya es usted cabeza; y si además de la poesía le
gusta la diplomacia, siendo un gran poeta, puede
ser, de golpe y porrazo, ministro o embajador.
—No está mal pensado eso—dijo Gandaria.
Y se fué aquel día dispuesto a ensayar sus fuerzas

LOS TRABAJOS DE PÍO CLD

195

poéticas, y convencido de que Pío Cid era también,
por ser de todo, perro viejo en materias diplomáti­
cas, no sólo por las muchas historias secretas de
que se mostraba enterado, sino porque al despedirse
le dijo :
—Amigo Candarla, para quitarle a usted por com­
pleto las ilusiones que le puedan quedar, le diré
que ese señor I. R. Dávalos que firma las revistas
de El Eco, y que usted ha citado como gran autori­
dad en apoyo de algunas de sus opiniones, soy yo
mismo; y le diré además que lo que allí escribo lo
escribo para comer y porque sé que nadie ha de ha­
cerme caso por ahora. Mis ideas no serán malas,
pero son prematuras, y las expongo para que vayan
sonando en las distraídas orejas de nuestros compa­
triotas.
Lo que decidió a Pío Cid a aconsejar a Candaría
que cultivara las musas, fué la brillante imaginación
de que aquel día hizo gala el joven; y por si la
imaginación no bastase, había además otra circuns­
tancia más honda, en la que el amor andaba por me­
dio. A la tercera lección fué ya Candaría presenta­
do a la familia de Pío Cid, y comenzó a frecuentar
la casa y a pretender llevar a Pío Cid a la suya.
Este se excusó con el pretexto de sus muchos traba­
jos, y arregló de modo que intimasen Gandaria y
Pablo del Valle, de cuya amistad se prometía muy
buenos frutos. Donosa le parecería la ocurrencia a
quien hubiera visto, como yo vi, entrar un día en la
Redacción a Candaría y Pablo del Valle, cuyas figu­
ras hacían reír viéndolas juntas. Gandaria era un
poco obeso, muy rubio, ojos azules, la nariz aguile­
ña y la boca un poco sumida, sombreada por un

196

ANGEL GANIVET

ligero bozo que aun no llegaba a bigote, y toda
su persona era la perfección consumada en el vestir
y la corrección atildada en el trato. Pablo del Valle
era flaco y demacrado, casi exangüe; y con sus ojos
tristes y su barba negra, parecía un Cristo crucifica­
do, que en vez de túnica llevaba unos pantalones
roídos por abajo y un gabán inverosímil. Este anta­
gonismo, justo es decirlo, duró poco, porque, en cuan­
to Candaría tuvo confianza con su amigo, le dió un
gabán muy decente, y luego le dió unos pantalones
y un chaleco y un chaquet, y sombrero y calzado, y
hasta ropa interior. Con esto, y con algo que puso
también Pío Cid, Pablo del Valle se metamorfoseó
completamente, y Paca, que antes le miraba con lás­
tima, comenzó a mirarle con satisfacción. Pablo del
Valle le dió en cambio a Gandaria una idea, la única
que él tenía y que era su ídolo y su am or: el Libi o.
Su adoración era tal, que a fuerza de mirar un vo­
lumen por fuera adivinaba lo que decía por dentro
sin necesidad de leer, a lo que no era muy aficio­
nado. Gandaria empezó a hablar del tomo de poe­
sías que estaba preparando; y aunque al principio
la noticia era falsa, no tardó en ser verdadera, por­
que el falso poeta, sugestionado por su propio atre­
vimiento, no quería quedar en ridículo, y probó sus
fuerzas y vió con asombro que sabía componer ver­
sos, y oyó a Pablo del Valle afirmar que los versos
eran óptimos, y se echó a volar por los espacios
etéreos. Todas estas transformaciones las noté yo,
porque Gandaria y Valle iban con frecuencia a E l
Eco a buscar a Pío Cid; y cuando compiendí por
ciertos detalles que detrás del telón estaba Pío Cid
moviendo los muñecos, íué cuando me fijé en el raro

Í.OS TRABAJOS OE PÍO CID

19 7

y original mérito de mi gran paisano, y me aficioné
a él y solicité ser su amigo, y conseguí ser el pre­
dilecto, según me dijo muchas veces, y sufrir su be­
néfica influencia. A todos los transformaba, y a mí,
por estimarme más, me trastrocó, de joven ambicio­
so que era, en filósofo contemplativo, y me arrinco­
nó en este lindo carmen, quizás para que pudiera
escribir la historia de sus trabajos que ahora mismo
estoy escribiendo.
Además de la idea del libro de poesías, le inspiró
Valle a Gandaria la de impulsar a Pío Cid por un
nuevo camino.
— Si yo me hallara en el lugar de usted—le dijo—
no dejaría que se consumiera sin dar utilidad al
mundo un hombre como Pío Cid.
— ¿Qué me dice usted?—respondió Gandaria—. Yo
soy el primero en aconsejarle que se dé a conocer
y ocupe el puesto que merece.
—No bastan los consejos con un hombre como él
—insistió Valle— ; hay que comprometerle. ¿Cree
usted que si le dijeran, por ejemplo: vaya usted de
gobernador a tal provincia, sería capaz de renun­
ciar? Y si su papá de usted, que manda tanta fuerza
en la nueva situación, lo deseara, Pío Cid sería go­
bernador como yo me llamo Pablo.
—Pero Pío Cid—contestó Gandaria—no tiene con­
diciones para el cargo.
—Pío Cid—afirmó gravemente Valle—sirve para
todo. Yo he leído versos suyos, que son una mara­
villa, y le he oído hablar de ciencias y de artes como
un oráculo, y luego le he visto hacer cosas que pa­
recen impropias de un hombre de estudios y que re­
velan que para él no hay nada grande ni pequeño.

198

ÁNGEL GANIVET

El curó a mi novia como usted sabe, y yo le be
visto h acer los collares que tienen los gatos de Va­
lentina, que parecen obra de un m aestro ta la b a rte ­
ro. Si va ai P arlam en to y quiere h ab lar, aunque no
h a hablado nunca en público, h a b la rá como Cicerón
o D em óstenes; y si le nom bran gobernador, conver­
tirá su provincia en u n paraíso.
—No me refería yo—dijo G an d aria—a las condicio­
nes de inteligencia y carácter, pues de sobra conozco
a nuestro amigo, sino a la ap titu d legal. P a r a que
fu era gobernador te n d ría antes que ser diputado.
—¿Y a usted le parece que es m uy difícil sa c a r un
d ip u tad o ?—preguntó Valle—. A hora están haciendo
el encasillado p a ra las próxim as elecciones, y con
tra b a ja r un poco la p artid a ...
—Ya hablarem os de eso—dijo G andaria despidién­
dose—. Si de mí dependiera...
Valle se fué m uy contento, pensando en que si al­
gún día Pío Cid era nom brado gobernador, él iría
de secretario del gobierno, cargo que le seducía m ás
que n in g ú n otro. G an d aria entró en su casa deseoso
de h acer algo por Pío Cid, a h o ra que h ab ía encon­
trad o la m an era p ráctica de m o stra r su entusiasm o
por su m aestro.
Halló reunidos en conversación fam iliar a sus p a­
dres y a su única h erm an a, Consuelo, que te n ía dos
años m enos que él y que era u n a en can tad o ra c ria ­
tu ra . Don Adolfo estaba de pie ju n to a la ch im enea;
doña F e rn a n d a leía, altern an d o en la conversación,
y Consuelo ju g a b a con un perrillo de lan as, m ien­
tra s h ab lab a con su padre precisam ente de Pío Cid.
Porque Adolfito les h ab ía dicho algo de éste y de
su fam ilia, principalm ente de M artina, de la que

LOS TRABAJOS DE PÍO CTD

190

habló con tanto interés que Consuelo no pudo me­
nos de decirle :
— Adolfito, parece que tu maestra te ha flechado
con buena puntería.
— ¿Qué me dices, Consuelito?— respondió él— .¡Ni
pensarlo siquiera!
Así, cuando entró Adolfo, Consuelo se encaró con
él y le dijo :
— ¿No te aseguraba yo que no me era desconocido
el nombre de tu profesor? Pues no me equivocaba.
Hoy he hablado con alguien que le conoce y que sabe
de él lo que tú no sabes.
— Cuéntame, cuéntame— preguntó Adolfo con vi­
veza.
—No quiero guardar ningún secreto— contestó Con­
suelo— . La que me lia hablado es Rosita Suárez, a
quien tú conoces muy bien. Pero te encargo que no
le hables de esto.
— ¿Y qué te ha dicho Rosita?— preguntó Adolfo de
nuevo.
— Te contaré— respondió Consuelo, disponiéndose a
hablar con puntualidad— . Un día me vine de la igle­
sia con Rosita, y hablábamos de lo perdidos que es­
tán, digo, que estáis los hombres, y le pregunté yo a
Rosita que si no había pensado nunca en casarse:
«¿Querrás creer, me respondió, que yo misma me pa­
rezco una vieja y que no me acuerdo de que haya
hombres en el mundo?— ¿Pero es posible, le pregunté
yo, que no te haya interesado nunca ningún hombre?
— Ninguno, me contestó; es decir, hay uno, pero éste
no sé si es un hombre o un demonio.— ¿Quién es?, le
pregunté.— Tú no le conoces, porque no frecuenta
la sociedad ni su nombre suena para nada.» Y en-

?00

ÁNGEL GANIVET

lonces me dijo el nombre de Pío Cid, que se me que­
dó en la memoria porque no es corriente ni vulgar.
«Y ¿cómo es, le pregunté yo, que habiéndote intere­
sado no te casaste con él?—No era posible, me res­
pondió; en fin, no hablemos de esto, que a nadie se
lo he dicho nunca sino a ti.» Hoy recordé esta con­
versación, y que Rosita era la que me había habla­
do de tu profesor, y fui a hablar con ella; y ¿sabes
lo que me ha dicho? Que no es posible que Pío Cid
esté casado. Por cierto que se puso más pálida que
un cadáver, y que para mí es seguro que ella ha
tenido algo con tu profesor.
—¿Qué me cuentas, Consuelito?—exclamó Adol­
fo—. Que me maten si comprendo.
—Pues es muy claro—dijo Consuelo—. Rosita es
una joven decente: el don Pío ha tratado de enga­
ñarla, y ella, aunque le quisiera, ha huido de él,
como hubiera hecho en su lugar cualquier mujer
honrada.
—Más fácil es—gritó Adolfo—que Rosita esté celo­
sa porque Pío Cid no le haya hecho caso. ¡No irás
a decirme que Rosita es una beldad!
—Celosa o no celosa—contestó Consuelo—, lo que
ella asegura, apostando la cabeza, es que Pío Cid
no está casado y que la familia con quien vive debe
ser gente de manga ancha.
—Y lo que yo aseguro—gritó Adolfo enfurecido—
es que si una mujer se enamora de un hombre, y
ese hombre quiere engañarla, no hay decencia ni ho­
nestidad que la salven.
—No digas esas herejías, Adolfo—exclamó doña
Fernanda—. Ese no es modo de hablar con una her­
mana tuya.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

20Í

— E s que me m olesta la g azm oñería— d ijo Adol­
fo— , y esa R o sita , que es m ás fea que un g aláp ag o,
quiere tir a r p ied ras a la s dem ás porque la ra b ia se
Ja come de no h ab er podido en co n tra r quien cargu e
con ella.
— Y tú te en fu reces— dijo Consuelo con m a lic ia —
porque te to can en el punto sensible.
— ¿A m í? —preguntó Adolfo— . D éjate de cuentos.
¡ P u e s si hoy m ism o venía a h a b la rle a p ap á en fa ­
vor de P ío C id! ¿Q uieres m ejo r pru eba de que soy
su am igo leal y verdadero?
— ¿Y qué ib as a d ecirm e?—preguntó don Adolfo,
que p re sen ciab a la escena con im p asib ilid ad , en él
lia b itu al.
— P u es te ib a a d ecir— contestó Adolfo—que a li
que te g u sta p roteger a quien vale y c re a r hom bres
de provecho, se te p resen ta ocasión de a y u d a r a un
Iiombre a que sea m inistro en v ein ticu atro horas.
— No exag eres— contestó don Adolfo, que, en efecto,
e ra u n a nu lidad com pleta, y a fa lta del orgullo de
ser algo, te n ía el orgullo de d ar, como él d ecía, «gol­
pes de hom bro» a todos los que se fig u raba que pro­
m etían.
— A hora que tenem os en el M inisterio a don B a r ­
tolom é—in sistió Adolfo— , podías tr a b a ja r p a ra que
s a c a r a n a P ío Cid como adicto, y tú verías si mi
hom bre d aba o no de sí. P o r supuesto que voy a obli­
g a rle a que venga, y en cu anto hables con él verás
que me quedo corto.
— ¿Cómo es e so ?—preguntó el p apá— . ¿No q u errá
él v en ir?
— E l dice— contestó Adolfo—que su c a sa está a b ie r­
ta p a ra todos, pero no quiere ir a ca sa de nadie,

202

ÁNGEL GANIVET

porque no le gustan los cumplimientos ni los com­
promisos que el trato trae consigo.
—Entonces, ¿qué hombre es ése para la política?
—preguntó el papá.
—Ahí está el quid—respondió Adolfo—; en que no
es un ambicioso, sino que hay que forzarle y com­
prometerle para que salga de su obscuridad.
—Hombre—dijo el papá—, me parece que habiendo
tantos cientos y miles que están suplicando con el
sombrero en la mano, es una insigne estupidez, y
dispensa la frase, ir a solicitar a quien no pide
nada, ni probablemente agradecería lo que por él
hicieran.
—Ahí está el mérito—insistió Adolfo—; y... en fin,
tú le conocerás.
Fuése don Adolfo, y tras él su esposa, y quedaron
soios los hermanos.
—Mira, Adolfito—le dijo Consuelo—, yo soy más
lista que tú, y te estoy viendo, y lo que tú deseas
es sacar a tu amigo de su casa para que te deje el
campo libre.
—Consuelo, por Dios, eres atroz cuando te pones a
pensar mal—exclamó Adolfo—. Que me muera ahora
mismo de repente si tal idea ha pasado jamás por
mi cabeza.
—Bueno—insistió la hermana—, yo te hago la in­
dicación para que andes con cuidado, porque—añadió
bajando la voz—esto no lo he querido decir, pero
sé por Rosita que ese Pío Cid es un hombre terrible,
que tiene cometidas las mayores crueldades que se
pueden concebir.
—Esos son cuentos de vieja—afirmó Adolfo.
—Rosita lo ha leído en un libro, y desde enton-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

20Í

ces le tomó horror a ese hombre—dijo Consuelo.
— ¡Cállate!—exclamó Adolfo—. ¿Si será ése el libro
que dice Pablo del Valle que compuso Pío Cid, y del
que tiene el único ejemplar que hay en España un
cura que dice misa en San Ginés? Si es así, no me
extraña lo que dice Rosita, porque el cura no ha
querido prestarle a Valle el libro a causa de las he­
rejías que contiene. Pero ese libro es de entreteni­
miento. Ya conocerás tú a mi amigo, y me dirás si
no es un hombre de gran corazón. ¿Quieres que le
proponga venir a darnos a los dos la lección de in­
glés? Así vendría sin dificultad.
—Bueno, haz lo que quieras—dijo la joven, que ya
sentía curiosidad por conocer a Pío Cid, aunque no
tanta como por conocer a Martina.
Pocos días después vino Pío Cid a casa de los Gandaria acompañado de Adolfo; y aunque la visita
era la prim era no fué de mero cumplido, sino que
en ella se trató de asuntos serios y quedó cimenta­
da la resolución de don Adolfo de ayudar con todo
su valer a aquel hombre, que no sólo demostraba
tener un talento descomunal, sino que, por una rara
circunstancia, coincidía en sus puntos de vista con
los del propio señor de la Gandaria. Verdad es que
don Adolfo, aparte su idea fija de ejercer de Mece­
nas político, no tenía ideas propias ni puntos de
vista personales, y se adhería a los de los dem ás;
pero, de todos modos, es cierto que jam ás se adhi­
rió a nadie con tanta fuerza ni con tanto entusias­
mo como a Pío Cid, que aquel día estuvo inspirado
y certero. Se habió de cosas superficiales, llevando
el peso de Ja conversación los dos Gandaria, padre e
hijo. Pío Cid asentía o contestaba con alguna frase

204

ÁNGEL GANIVF.T

breve, para que fuera don Adolfo quien llevara la
voz cantante. Has!a que al término de la conversa­
ción, estando presentes doña Fernanda, que entró a
buscar a su marido para salir con él, y Consuelo,
que se quedaba en casa con Adolfo para comenzar
las lecciones, al señor de la Gandaria se le ocurrió
decir:
—Estamos completamente de acuerdo, señor Cid,
y be oído con sumo gusto ios jucios emitidos por
usted; porque estamos devorados por el pesimismo
y me complace ver que aun hay hombres que, como
usted, tienen fe y esperanza en el porvenir de nues­
tra desgraciada nación. Pero... una pregunta se me
olvidaba hacerle sobre un asunto que para mí es de
importancia capital: ¿cree usted que las institucio­
nes actuales son una solución definitiva de nuestra
organización política general, y que se ha cerrado
ya el período constituyente y que no se debe tocar
en adelante a las leyes fundamentales del Estado?
—¿Cómo lie de creer yo semejante desatino?—con­
testó Pío Cid casi indignado—. A mi parecer, la or­
ganización que hoy tenemos es apropiada a nuestro
estado intelectual; no sabemos lo que queremos, va­
lemos muy poco y sabemos poquísimo; ¿cómo vamos
a tener un poder fuerte? Si lo tuviéramos de nom­
bre, ¿cree usted que íbamos a engañar a nadie? Le
voy a citar a usted un caso que le ocurrió a un ami­
go mío, director de cierta Sociedad. El hecho ocu­
rrió en Dinamarca. Este amigo proyectó la construc­
ción de un edificio para establecer en él las oficinas
de la Sociedad que d irig ía ; y deseoso de hacer ver
que la Sociedad era muy fuerte y poderosa, ideó lo
que quizás a un arquitecto no se le hubiera ocurri-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

205

d o : poner desde el cimiento hasta la altura del pri­
mer piso, en vez de pilastras o columnas u otro ador­
no, enormes elefantes que con sus machuchas patas
parecieran sostener en peso aquel palacio. La idea
era discreta, pero no bien intencionada, porque la
fortaleza de la Sociedad de mi amigo era muy in­
ferior a la de un elefante, y acaso hubiera sido más
propio idear que el edificio estuviera sostenido en el
aire por ligeras mariposas. No había ni dinero para
que los elefantes fueran esculpidos en piedra dura­
ble, y hubo que vaciarlos en escayola, y antes que
el edificio estuviera terminado había elefantes que
habían perdido la trompa, los colmillos y las orejas,
por cuyas roturas denunciaban la fragilidad de la
construcción y anunciaban al público el engaño.
— ¿Y qué consecuencia saca usted de ese ejemplo,
que en verdad es interesante?— preguntó don Adolfo.
— Muy sencilla— contestó Pío Cid— . Nuestro país
es un país de imaginación, y no se conforma con el
papel modesto, y a ratos poco airoso, que ahora
tiene que representar. Hay quien sueña con un po­
der fuerte y elefantíaco, como si dijéramos, el abso­
lutismo. Y hay que preguntar si tenemos medios para
costear esos lujos, si no es más prudente ir economi­
zando y reuniendo fuerzas y robustecer el poder po­
lítico conforme nuestros ideales vayan necesitando un
instrumento de acción más poderoso...
Don Adolfo comenzó a comprender; y como, no
obstante su adhesión al régimen constitucional, él
en su interior era absolutista, no pudo contenerse
y exclam ó:
— Luego entonces este régimen de ahora no es de­
finitivo...

206

ÁNGEL GANIVET

—No h a y n a d a definitivo en el m undo, señor Gand a ria , y nuestro sistem a p arlam en tario , lejos de ser
definitivo, está ya deseando que le den un puntapié
y lo quiten de en medio. Ya le he dicho a usted que
los problem as políticos me in teresan m enos que los
a stro n ó m ic o s; así, pues, yo hablo sin encono, con ab ­
so luta im p arcialid ad e independencia, y le aseguro a
usted que es mi convicción ín tim a que n uestro perío­
do de devaneo p a rla m e n ta rio no d u ra rá un siglo
entero. N uestro gobierno n a tu ra l es u n gobierno
fuerte y duro, como nuestro tem p eram en to ; la filan­
tro p ía dem ocrática nos parece u n a degeneración de
n uestro carácter, puesto que nosotros, quién más,
quién menos, todos somos reyes en n u e stra casa y
p a ra nuestro fuero interno, y nos g u sta que el rey
o gobernador, o lo que sea del país, lo sea de ver­
dad, p a ra , si llega el caso, lucirnos haciéndole b a ja r
la cabeza. El tipo que m ás entu siasm a a nuestro
pueblo es el de u n hom bre que, como el Cid, tra ta
al rey de potencia a p o te n c ia ; pero tales caracteres
sólo se form an cuando los reyes lo son de cuerpo
entero e in sp ira n ad m iració n o tem or. Si el rey es
un funcionario reglam entado como los demás, los
ciudadanos serán borregos esquilados, y el poder n a ­
cional, disgregado y disperso, sólo se m o stra rá en
actos mezquinos de au to rid ad es enanas, cuyos desa­
fueros, cuando los cometen, sólo son m erecedores
de que se los castigue con u n cogotazo. P o r esta r a ­
zó)), en cuanto nosotros recobrem os nuestro perdido
vigor espiritual con sus n a tu ra le s creces, hemos de
q u erer u n gobierno a n u estra sem ejanza, y el régi­
men de hoy se h u n d irá sin que h ay a tiem po p a ra com­
ponerlo, ni siquiera p a ra ap u n talarlo .

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

207

—Magnífico— exclamó don Adolfo, conteniéndose
para que no se le saltaran de gusto las lágrimas— .
Si fueran ésas las ideas de nuestra juventud, habría­
mos entrado en el buen camino para regenerar a
nuestra patria.
—Idealismo y fuerza—dijo Pío Cid— . Este debía
ser el lema de esa juventud, pues debajo de esos
conceptos anchura hay para que todos se muevan,
sin romper los vínculos comunes con que nos enlaza
la tierra que nos sustenta, y el cielo, bajo el cual
hemos nacido, y la tradición intelectual que a todos
nos ha amamantado, cuando antes de pensar por
cuenta propia aprendíamos a pensar en las obras
magistrales de nuestra lengua.
—Idealismo y fuerza—repitió don Adolfo.
—Y catolicismo—agregó doña Fernanda, impacien­
te—, y catolicismo.
—Eso por de contado—dijo su esposo. Y luego aña­
dió— : Dispense usted, señor Cid, que tenga que re­
tirarme ; pero no me gusta que me esperen mucho.
Espero que esta conversación agradabilísima no será
la última...
Y con los usuales cumplimientos se marcharon los
esposos, y se quedaron Adolfo y Consuelo con Pío
Cid, hablando del mismo tema político por no hallar
otro a mano en aquel instante, hasta que Consuelo,
dirigiéndose a Pío Cid, le preguntó:
— ¿Es cierto lo que me ha dicho Adolfo, que usted
adivina el carácter de las personas por la escri­
tura?
—No quisiera dejar a su señor hermano por em­
bustero—contestó Pío Cid— ; pero lo de adivinar es
de su cosecha. Hay personas que adivinan, y otras

208

ÁNGEL GANIVET

que analizan la escritura, y muchas que explotan
la credulidad hum ana; yo no soy adivino ni anali­
zador, y le ruego a usted que no crea en la mayor
parte de los descubrimientos de la grafología. Lo
que hay de verdad en eso es que algunos de los ras­
gos del carácter personal se reflejan en la escritu­
ra espontánea, y cuando se ha leído mucho y se tiene
gran experiencia y hábito, se acierta a ver en un
autógrafo, como en un retrato, muchas de las cua­
lidades morales del autor o del modelo.
—P ara el caso viene a ser Jo mismo—dijo la jo­
ven—. Le lie hecho la pregunta porque tengo gran
interés en que usted me diga su opinión sobre el ca­
rácter de letra de cierta persona.
—Como usted quiera; yo Je diré sinceramente mi
impresión, advirtiendo desde luego que puedo equi­
vocarme—dijo Pío Cid.
—Pues voy por las cartas—dijo Consuelo ; quien
volvió a poco con una cajita japonesa.
Adolfo se levantó diciendo:
—Mientras usted analiza esos importantes docu­
mentos voy a salir un minuto, que ahora recuerdo
algo que se me había olvidado.
—Pero Adolfito—insinuó su hermana—, eso no es
muy formal que digamos.
—Dispénsame—replicó Adolfo— ; pero es un asun­
to que no puedo aplazar... Vuelvo sin tardanza.
Y salió disparado, mientras Pío Cid decía:
—Se podría asegurar que ésta es la hora en que
el joven Adolfo espera ver a la señora de sus pen­
samientos. Hay que ser tolerante con los arrebatos
juveniles, puesto que todos hemos pasado por ello...
Es decir, yo no he pasado, y bastante me pesa; pero

usted se halla en la mejor edad para comprender...
— No lo crea usted; soy yo más vieja que parezco
— dijo Consuelo, sentándose con un movimiento ele­
gantísimo en el borde de un diván como amazona
que monta a caballo.
Pío Cid la observó rápidamente y replicó:
— ¿Tendrá usted diez y ocho años?
— De cuerpo—asintió la joven— ; pero ¿y de es­
píritu?
— De espíritu—contestó Pío Cid sonriendo— doce o
trece.
— ¿Eso cree usted?— preguntó Consuelo, sonriendo
también, entre halagada y ofendida.
— Hay en usted— afirmó Pío Cid— cierta apariencia
de mujer dueña de sí, experimentada si se quiere;
pero yo la atribuyo a que usted tiene movimientos
varoniles, sueltos y vigorosos, como de quien ejer­
cita mucho las fuerzas en la equitación o la gim­
nasia.
— ¿Me ha visto usted pasear a caballo?— preguntó
Consuelo.
— No la he visto— respondió Pío Cid— ; pero se la
conoce a usted muy bien el aire de amazona, así
como que, a pesar de ese aire y de su deseo de echar­
se años encima, es usted todavía una niña.
— Gracias por el cumplido— dijo Consuelo con gra­
vedad cómica— . Ya me figuro a usted con las dis­
ciplinas o con la palmeta castigándome cuando no
dé bien la lección.
— No sería ése el castigo que yo le daría a usted
— dijo Pío Cid en el mismo tono— , sino que inven­
taría otro que le hiciese más mella y que a mí no
me pusiera en ridículo.

210

ÁNGEL GANIVET

—¿C uál?—p reg u n tó Consuelo.
—¿Cómo voy a decirlo si a u n no lia caído usted
en fa lta ? —contestó Pío Cid.
—P ues su ponga usted que estoy d is tra íd a y no
atiendo—dijo la joven, abriendo la c a jita japonesa
y revolviendo las c a rta s que en ella h a b ía sin m ira r­
las, sólo por fingir la distracción.
—Lo supongo—contestó P ío Cid—, y la castigo a
no saber boy lo que iba a decirle exam inando esas
cartas, y adem ás a rezar la letan ía, a rro d illa d a de­
lante de la im agen de su devoción.
Consuelo oyó so rp ren d id a aquella p e re g rin a ocu­
rrencia, y m iró a Pío Cid de a rrib a a ab ajo con extrañ eza y con miedo. Lo que ella m enos esperaba
de aquel hom bre e ra que le im pusiese, ni en bro­
ma, la p en iten cia que le im p o n ía ; así no supo
qué con testar y dejó que P ío Cid ex plicara su idea.
El cual, después de u n breve silencio, añ ad ió :
—Veo que le su en a a usted a e x trav ag an cia el cas­
tigo que le he im puesto, y que a mí me p a re cía el
m ás n a t u r a l ; porque ap en as la vi a usted adiviné
que su esp íritu es m uy religioso, aunque a ra to s lo
distraen ciertas aficioncillas p ro fa n a s; y como yo
quería que mi castigo fuese m uy ligero, me d ije :
pongam os u n a p en a suave en el capítulo de las co­
sas m u n d an as, y com pensém osla con a lg ú n ejerci­
cio piadoso. L a intención, como usted ve, e ra buena...
—Lo que me h a sorprendido, le seré a usted fra n ­
ca—dijo Consuelo—, no es lo que me h a dicho usted,
sino que sea usted quien me lo diga. C ierta p ersona
que no he de n o m b rar, me h ab ía hablado de usted
antes de que Adolfo le conociera, y me h a b ía dado
a entender que no era usted n a d a devoto.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

211

—Tan pequeño como soy—dijo Pío Cid, eludiendo
la cuestión—, y tan oculto como vivo, y, sin embar­
go, hay quien habla de mí, y con usted.
—Todo se sabe, amigo mío, todo se sabe—añadió
Consuelo en son de reprimenda— ; y quien me habló
de usted le conoce a usted a fondo, y quizás haya te­
nido con usted algo más que conocimiento y aun que
amistad.
—Eso nada tiene de extraño—dijo Pío Cid—, por­
que yo no tengo conocimiento ni amistad con nadie,
aunque a algunos les llamo conocidos o amigos. El
único sentimiento que yo soy capaz de sentir es el
amor, y lo siento por cuantas personas conozco. Los
demás sentimientos son gradaciones ridiculas, engen­
dradas por la jerarquía social. Si la fraternidad
humana estuviera en todos los corazones, sólo exis­
tiría el amor más o menos vehemente, según la inti­
midad de las relaciones, pero sin que pudiera hallar­
se diferencia esencial entre el amor que inspira el
pobre mendigo que va por la calle pidiendo limosna
y el que se tiene a la mujer que es madre de nues­
tros hijos. ¿No es triste que por conveniencias so­
ciales no pueda yo decirla a usted que la amo, y
tenga que valerme de subterfugios para expresar
una simpatía o atracción que nada tiene de ofen­
siva ni pecaminosa?
—Ese es el ideal cristiano—dijo Consuelo, confusa
ante el atrevimiento con que Pío Cid le había diri­
gido una declaración de amor que podía tomarse en
varios sentidos.
—Diga usted mejor—observó Pío Cid—que es el
ideal humano, y que es un ideal fácil de conseguir.
No crea usted que yo le hablo así con vanidad o con

212

ÁNGEL GANIVET

afectación, puesto que, para mí, hacer las cosas como
Jas hago es también comodidad y conveniencia. Mi
manera de entender el amor es vulgarísima y no
exige más que una condición generosa: la de no
pensar nunca utilizar en nuestro provecho a nues­
tros semejantes. Yo sé de un jefe administrativo muy
ceremonioso que tiene estudiadas veinte fórmulas
para recibir a las personas que van a hablarle, se­
gún la categoría de cada u n a ; yo no he podido
aprender más que una fórmula, y con trabajo ; para
mí todas las personas tienen igual categoría, por­
que no deseo representar nada, ni busco el favor
de nadie, ni conozco a nadie más que por sus obras.
Lo mismo pasa en el am or: hay quien admite mu­
chos grados, porque considera a las personas según
su interés personal, su egoísmo. ¡Cuánto más senci­
llo y hasta cómodo no es medirlos a todos con el mis­
mo rasero, y después unirse más estrechamente con
quienes necesitan de nuestro consejo o de nuestro
apoyo! Yo tengo miedo a conocer caras nuevas, por­
que creo que los hombres somos más bien malos que
buenos, y más bien tontos que discretos; mas pues­
to en el trance de conocer a alguien, le tomo por in­
mejorable y discretísimo, y me encariño a seguida con
él, y le trato con intimidad si comprendo que puedo
serle útil. Y me ha ocurrido más de una vez que, sin
buscarlas, he recibido atenciones que otros ansian
y reclaman cometiendo grandes bajezas para obtener­
las. De suerte que mi conducta no tiene mérito por­
que no me cuesta ningún sacrificio; al contrario, soy
feliz, y ni siquiera doy importancia a la felicidad.
—Es usted el único—dijo Consuelo—a quien he oído
declararse feliz.

LOS TRABAJOS DE PÍO C ID

213

—Y usted p o d ría serlo—indicó Pío Cid—sólo con
seguir su n a tu ra l inclinación. Usted se d eja llevar de
ciertas frivolidades y parece, si yo no me equivoco,
u n a joven a tu rd id a y caprichosa. Los jóvenes que en
sociedad la g a la n te a n le d irán que es graciosísim a y
ocurrente. Y si celebran sus encantos, se fija rá n en
todos los que usted tiene menos en el que m ás vale.
—¿Cómo se v an a fijar?—preguntó Consuelo—. Yo
soy u na de ta n ta s. No esp an taré por mi fe a ld a d ;
pero tam poco tengo n a d a que llam e la atención.
—P ero no me n e g a rá usted—insistió Pío Cid—que
alg ú n jovenzuelo le h a b rá echado alg u n as flores. Y
si h a tenido confianza h a b rá dicho que tiene usted
la n ariz m u y m ona y picaresca, y con un gestillo
travieso que d a que pensar.
— ¡Ay, si le oyera a usted G onzalito!—exclamó Con­
suelo, sin poder contener la risa.
—¿Ve usted cómo Gonzalito no podía fa lta r? —ob­
servó P ío Cid—. Y de la boca le h a b rá dicho a usted
que revela m u ch a pasión, como es la vei’dad. Y lu e­
go le h a b rá h ablado del talle largo y fino, y de la
m ano elegante y de la espléndida cabellera. De todo
le h a b rá hab lad o con acierto menos de los ojos, p o r­
que esto es lo que tiene usted m ás personal y lo que
hace de usted u n a v erd ad era m ujer, m uy diferente
de las m arim ach o s que hoy ab undan, y que son las
únicas que pueden vivir a gusto en n u e stra falseada
sociedad.
—¿P ero qué es lo que tienen mis pobres ojitos?
—p reguntó Consuelo con aire hum ilde.
—Tienen la gravedad y la tristeza que h ay en us­
ted—contestó P ío Cid—. En usted h ay dos p erso n as:
u n a toda usted, aleg ría, trav esu ra, versatilidad y

214

ÁNGEL GANIVET

u n a pizca de m a lic ia ; o tra, sus ojos, que son m odes­
tia , seried ad y ciertos asom os de m isticism o. P o r
esto al v erla yo me lie puesto de p arte de sus o jo s,
que son lo que m ás vale, y le im puse la p e n iten cia
de la le ta n ía ...
Adolfo entró de repente y la con v ersación quedó
in terru m p id a. Consuelo se Levantó diciendo :
—Voy a d e ja r la c a ja ; o tra d ía seguirem os n u es­
tra s ad iv inaciones.
— He llegado tard e—d ijo Adolfo sentánd ose, y c u a n ­
do volvió Consuelo com enzaron a h a b la r del tiem po
y del modo de salu d ar, e n tra r y s a lir y dem ás ope­
racio n es elem entales de que podían h a b la r en in g lés
am bos p rin cip ian tes.
Aquella noche Consuelo estuvo m uy preocu pad a,
sin a c e rta r a exp licarse cómo te n ía ella y a un secre ­
to a m edias con P ío Cid, a quien conocía de unos
cu antos m inutos, y cómo h a b ía sido ella la que h a ­
b ía m entido p a ra que su h erm ano no se en te ra se de
u n a conv ersación que n ad a te n ía de p a rtic u la r. Lo
que m ás la im presionó fué lo que d ijo P ío Cid de
los ojos, y v a ria s veces se m iró al espejo p a ra e x a ­
m in arse a sus an ch a s. Lo cierto es— p en saba al a co s­
ta rs e —que este hom bre, que parece tosco y que lue­
go es un finísim o cab allero, h a sido el ú n ico que se
ha fijad o en m is ojos, que es lo que yo he ap reciad o
siem pre m ás en m í. Todos me h a n hablad o de la boca
encendida y del respinguillo de la n a r iz ; pero esto
abund a m ás que la p e s te ; y lo que a mí me p a re cía
siem pre que v a lía algo e ra n los ojos, pequeñillos
com o son y todo. Y lo m ás ra ro es que un hombro
de quien R o sita me habló poniendo la cruz, me h a y a
acon sejad o re z a r la leta n ía . P a re c e cosa de b u rla ...

LOS TRABAJOS DE RÍO CID

215

En fin, otro día veré más claro lo que esto quiere
decir. Gracias que no hay peligro en estas confiden­
cias, porque el profesor no parece mala persona, y
luego podía ser mi padre por sus años.
Se arrodilló delante de una imagen de Nuestra Se­
ñora de la Almudena y rezó la letanía con devoción;
pues aunque no tenía costumbre de rezar por la no­
che, era muy aficionada a las cosas de la Iglesia,
y entre el deseo de no obedecer y el de aquietar su
conciencia, triunfó éste. No rezó como una niña obe­
diente, sino porque el ser desobediente le parecía
una ofensa y casi un desprecio a la Virgen de su de­
voción. Pero después del rezo y antes de dormirse,
m urm uraba:
«Expliqúese como se explique, la verdad es que yo
no be rezado nunca la letanía por las noches, y que
esta noche la be rezado porque me lo han impuesto
de penitencia. Y no me la ha impuesto ningún sacer­
dote, aunque confieso todos los meses, sino un hom­
bre, un desconocido, que por noticias de Rosita era
cosa de persignarse al verle.
En las lecciones sucesivas Adolfo pretextaba, unas
veces al principio, otras al medio, salir un instante;
otras llegaba tarde, y siempre se arreglaba de modo
que su hermana y Pío Cid podían hablar a solas,
de lo que Consuelo no se disgustaba. No lo hacía
Adolfo ciertamente por dejarlos solos, sino porque,
a pesar de sus protestas, cuando Consuelo le adivi­
nó la intención, estaba medio trastornado desde que
dió en pensar en Martina, y en que ésta, según de­
cían, no estaba casada con el que aparecía como su
marido.
Salía resuelto a llegar a casa de Martina cuan-

216

ÁNGEL GANIVET

do Pío Cid estuviera ausente para ver si podía
insinuar sus amorosos sentimientos, y cuando más,
se atrevió a subir hasta el primer piso.
—Esto no es noble—decía— ; Pío Cid es un amigo,
y aunque M artina sea la mujer más asombrosa que
yo me he echado a la cara en todos los días de mi
vida, y aunque yo esté encaprichado como un ma­
jadero, hay que tener firme la cabeza. No es posible
que yo esté enam orado; esto es un arrebatillo que
pasará. Después de todo, la dichosa Martina es una
fiera. Una vez nada más me permití decirle una fra­
se amable, de esas que me duele la boca de decir
a mis amigas, y me miró con unos ojos que por poco
me tira de espaldas. Pío Cid la habrá encariñado con
la vida que lleva, y aunque yo le ofreciera un pala­
cio, creo que me daría con la puerta en las nari­
ces. A esta mujer hay que entrarle por el ojo, y lo
que haga lo hará por amor. Y vaya usted a ver cómo
la voy yo a enamorar, estando por medio un hom­
bre que siente la gram a nacer... La frase es suya.
Nada, paciencia y dar tiempo al tiempo.
Después de estas y otras análogas reflexiones vol­
vía a su casa, interrumpiendo las conversaciones
cada día más íntimas de su herm ana y Pío Cid, quien
en breve fué para Consuelo un consultor con quien
tenía más confianza que con su misma madre. Y lo
más extraño era que la joven tenía confianza por­
que veía en Pío Cid un amigo, tan desajeno de todo
Jo que le oliese a amoríos, que se podía hablar con
él como con un confesor; y, sin embargo, raro era
el día que no le sacaba a barrera con preguntas im­
prudentes :
—¿Sabe usted quién fué quien me habló de usted

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

217

antes de que yo le conociera? ¿No recuerda usted
a Rosita Suárez?
— Claro que la recuerdo— contestó Pío Cid— , y le
estoy agradecido por el bien que hizo a mi pebre
hermana.
— Sólo que ella—insinuaba Consuelo— no sabía que
estuviera usted casado. Se casaría usted hace poco.
— El l.° de febrero; pronto hará tres meses— con­
testaba Pío Cid, el cual en esto no mentía, puesto
que consderaba a Martina como su mujer.
— ¿Cómo usted, que dice que tiene tan flaca memo­
ria para las fechas— insistía Consuelo— , recuerda ésa
tan bien?
— Por la coincidencia— replicaba Pío Cid— de que
ese día es el del patrón de la ciudad donde yo nací,
San Cecilio.
— Sería usted poco tiempo novio de su esposa— re­
machaba Consuelo.
—Poquísimo— aseveraba muy grave Pío Cid— .
Como no soy ningún niño, no iba a gastar el tiempo
en preámbulos.
—He oído decir— preguntaba otro día Consuelo—
que Martina, su esposa, es una beldad de las que
pocas se ven.
—En eso hay exageración— contestaba Pío Cid— .
No es fea, y hasta se la podría llamar hermosa; pero
su mérito principal no es su figura, sino su huma­
nidad. Es una verdadera mujer, sin aliño, compos­
tura ni refinamiento, con todas las buenas y malas
cualidades que la mujer posee por naturaleza. Su
tipo es muy diferente del de usted, y, no obstante,
yo les hallo a ustedes dos un extraordinario p,ace­
cido.

218

ÁNGEL GANIVET

— ¿ Y u n a p rim a que tien e—p reg u n taba Consuelo— ,
que se llam a C a n d e la ria ? Me h an dicho tam bién que
es u n a b ellísim a ru bia, casi a lb in a , que no parece
esp añola.
— C andelita, como la llam am os— respondía P ío
Cid— , es un prim or, y tiene un talen to c la r ís im o ;
parece m ás d elicad a que M artin a, porque es peque­
ñ a y d e lg a d ita ; pero esp iritu alm en te es m uy e n érg i­
ca y su c a rá c te r es casi v aronil, aunque d esigual.
— E s tá usted rodeado de bellezas—te rm in a b a Con­
suelo— . No se d irá que es usted hom bre de m al
gusto.
— E l a z a r es m i m ejo r am igo— d ecía P ío Cid sen­
tenciosam ente— , y el a z a r lo h a querido a sí.
— ¿ P o r qué me d ijo usted días pasados— p reg u n ta ­
ba Consuelo en o tra ocasión—que no le g u sta p a se a r
m ás que a pie? ¿C ree usted que yo hago m al en
m o n tar a cab allo ? P u es ¿ y si me hu biera usted visto
cuando estábam os en P a rís , que m ontaba todos los
d ías en b icicle ta ?
— No creo que sean m alos esos e je rcic io s— co n testa ­
ba P ío Cid— ; pero si se exag eran , tienen el in co n ­
veniente de a tu rd ir nu estro esp íritu y p riv a rle de su
facu ltad m ás e le v a d a : la contem plación. N uestro or­
ganism o está hecho p a ra p ercib ir en reposo o en
m ovim iento no m uy apresurad o, como es el que n a ­
tu ralm en te m a rc a n al a n d a r los pies, que son nu es­
tro medio propio de locom oción. Si ap resu ram os a r ­
tificialm ente el m ovim iento, la s cosas que nos rodean
son percibidas con ta n ta rapidez, que sólo queda de
ellas Jo m ás gro sero de la form a, d esapareciendo
cu anto de e sp iritu a l y delicado tienen. Cuando v ia ­
jam o s m uchas h o ra s en tren , al descender, todos los

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

219

objetos son prosaicos; hemos perdido momentánea­
mente la facultad de contemplar y nos queda sólo
la de ver, y al ver nos parecen más vulgares las co­
sas inmóviles que las que antes fugaces cruzaban
delante de nuestros ojos. Y no crea usted que es gra­
no de anís la facultad de contemplar: es quizás la
única que nos diferencia del hombre primitivo y sal­
vaje, que por no saber contemplar las cosas no des­
cubren las relaciones espirituales que hay entre ellas
y el hombre, y se limita a expresar sensaciones ma­
teriales por medio de unas cuantas palabras indis­
pensables para la vida corporal.
— Pero ¿cómo sabe usted— preguntaba Consuelo— lo
que les ocurre a los salvajes?
— Son muchos los exploradores— respondía Pío Cid
eludiendo la pregunta— que han estudiado las cos­
tumbres de los salvajes, y aunque algunos no se han
metido en estas honduras, y otros han creído quizás
que cuando los salvajes se quedan absortos y como
embebecidos están contemplando, ni más ni menos
que nosotros, no falta quien haya llevado más lejos
las indagaciones y haya descubierto que la absorción
del salvaje es pasiva, una especie de aturdimiento,
que nada tiene que ver con la contemplación de lo
espiritual, que brota de las entrañas de los seres.
Lo que nosotros percibimos por la contemplación es
para el salvaje tan confuso, como lo es para nosotros
la armonía universal, que sospechamos que nos en­
vuelve cual melodía inefable, engendrada por el mo­
vimiento concertado de los átomos, pero que no po­
demos gozar porque nuestros sentidos son demasió do groseros para percibir tan sutiles sublimidades,
lili hombre en quien la actividad excesiva ha destruí-

220

ÁNGEL GANIVET

do el hábito de la contemplación, es un salvaje aun­
que vaya vestido a la última moda.
— Eso es decirme indirectamente—interrumpía Con­
suelo riendo—que yo soy también una salvajesa, o
como se diga.
—No era ésa mi intención—bromeaba Pío Cid— ;
y, además, usted monta a caballo, y si no galopa
con exceso ni trota en demasía, y se contenta con ir
al paso o a un trotecillo moderado, casi es lo mismo
que si paseara a pie. Pero de todos modos, bueno es
que la gimnasia no sea exclusivamente física; pues
por mucho que interese el vigor del cuerpo, más debe
interesar el del espíritu, y no comprendo cómo son
tan pocos los que practican la gimnasia espiritual.
— ¿Cree usted que yo no leo ni estudio?—replica­
ba Consuelo.
—Leer o estudiar no es todo—decía Pío Cid—. Los
ejercicios espirituales son materia complicada y qui­
zás no haya arte tan difícil y hondo como el de dar
vuelo al espíritu, manteniéndole ligado a la Naturale­
za, de la que no debe separarse, so pena d$ morir
como el pez fuera dei agua o como el árbol arran­
cado de la tierra. Y lo hondo y difícil de ese arte
se comprende considerando que su fundamento es el
aínor. El maestro de ese arte ha de amar a sus dis­
cípulos, y si no los ama, no les enseñará ni el abecé.
La lectura es un ejercicio bueno cuando se lee lo
que nos conviene, y malo cuando se leen libros que,
aun siendo admirables, no producen en nuestra inte­
ligencia una impresión benéfica. ¿Qué es lo que le
gusta a usted leer?
—Poesías—contestaba Consuelo— ; novelas tam­
bién ; pero son muy pocas las que me agradan.

LOS TRABAJOS DE PIO CID

221

—Su poeta favorito será Campoamor—decía Pío
Cid, como si estuviese seguro.
— ¿Cómo lo sabe usted?—preguntaba Consuelo.
—Porque usted es humorista por naturaleza—con­
testaba Pío Cid— . El humorismo nace de una contra­
dicción espiritual que usted posee y que le sale a
la cara. Usted tiene la risa en su nariz, graciosa y
rebelde, y el llanto en lo hondo de sus ojos, tristes...
—Vaya, que tiene usted unas ideas...—murmuraba
Consuelo bajando los ojos.
En estos diálogos, que a veces se confundían con
la lección, y tenían el aire inocente del «¿Ha pasea­
do usted mucho?—No; pero he tocado el violín.—
¿Le gusta a usted bailar?—Sí; pero me gustan más
las carreras de caballos», y demás preguntas y res­
puestas, que se cursaban en inglés, iba Pío Cid apo­
derándose del espíritu de Consuelo e inculcándole un
sentimiento religioso extraño, que no era la devoción
vulgar, sino más bien la complacencia artística de
los ejercicios espirituales y la sugestión de un amor
infinito, que comenzó a tomar cuerpo en soñadas vi­
siones, que a la muchacha le causaban sumo deleite.
Un día Adolfo faltó a la lección para ir con Pablo
del Valle a casa de Pío Cid, donde únicamente lo­
gró hablar con doña Candelaria, porque las niñas
hicieron como que estaban muy ocupadas a fin de
que la visita no se prolongase. Entretanto Pío Cid y
Consuelo tuvieron un vivo coloquio, que debía ser el
último, y en el que se formara la vocación firmísima
que decidió del destino de la joven. Hablaron prin­
cipalmente de amor, y ella estuvo más atrevida que
nunca había estado.
—Algunas veces—decía—he pensado ya si mi voca-

222

ÁNGEL GANTVET

ción será religiosa; pero yo creo que si lo fuera sólo
pensaría en asuntos piadosos y no tendría, como ten­
go, estas ansias de vida y de actividad febril y esta
afición a ios placeres mundanos. Quizás he tenido la
desgracia de no sentir una pasión que me abriera
los ojos, y, a falta de amor, me acojo a la fe, y creo
o empiezo a creer que mi felicidad está en encerrar­
me en un convento. Pero bien sabe Dios que tengo
mis dudas y que temo echarlo todo a rodar si llegara
a mis oídos una palabra de verdadero amor huma­
no, no del que brinda la necia y viciosa juventud
que nos galantea tan insulsamente que nos hace ver
como detestable y vana una vida que acaso sea fe­
cunda en goces cuando se sabe vivirla.
—No sé qué pensar—contestó Pío Cid— ; pero de
mí digo que, si hubiera tenido creencias, sería frai­
le a estas horas. Me enamora sobre todo la vida del
espíritu, y son tantos los obstáculos que la entorpe­
cen cuando se transige a vivir rodeado de las obli­
gaciones y compromisos que la sociedad engendra,
que creo preferible no empeñar el combate y volver
desdeñosamente las espaldas, diciendo: «¿Qué me
importa, triunfador o derrotado, esa lucha, cuando
tengo yo algo más alto adonde dirigir mis fuerzas
V de donde recibir más noble premio?» Una debili­
dad suele costar cara, y en prueba de ello vea usted
lo que me cuesta la que yo cometí saliendo de mi
retiro, donde vivía como un monje, y lanzándome a
crear una familia. He tenido que conocer y tratar
algunas personas, y por ellas me veo ahora metido
en la aventura política que usted sabe, y de la que
no puede salir nada bueno. He tenido la suerte de
tratar a usted, que es una de las mujeres más no-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

223

bles que be conocido en mi vida, y aboca sufro la
tristeza de dejarla, quién sabe si para siempre.
—Eso no—interrumpió Consuelo— ; aunque usted
triunfe y consiga después los más altos puestos,
¿quién impide que nos sigamos tratando como bue­
nos amigos?
—La dificultad no está en que yo triunfe—contes­
tó Pío Cid—, ni en que consiga lo que usted dice,
que no lo deseo, sino en que, tarde o temprano,
nuestros rumbos se apartarán y no volverán a re­
unirse. Sin contar con que a mí no me engañan mis
presentimientos, y ahora presiento que no nos vol­
veremos a ver, aunque sigamos viviendo a pocos pa­
sos el uno del otro.
—No debe usted decir eso—afirmó resueltamente
la joven— ; mas por si acaso el presentimiento se
cumpliera, voy a rogarle a usted que me deje un
recuerdo. Adolfo me ha asegurado que es usted
poeta; y aunque usted no me lo ha querido confe­
sar, no se negará a escribirme unos versos en un
álbum, en el que hay ya algunos... «Tonterías de
muchacha», dirá usted; pero son tonterías inocen­
tes—agregó Consuelo saliendo de la sala donde da­
ban las lecciones en busca del álbum, con el que
volvió en breve.
Pío Cid había asentido con una ligera inclinación
de cabeza al deseo de su discípula, y puesto en el
aprieto de componer algo, tomó la pluma que se le
ofrecía e improvisó una especie de dolora, que creyó
sería del agrado de la joven, y que decía así:
Yo he visto una graciosa enredadera
sobre el césped tendida en la pradera,
y pensé en ti.

m

ÁNGEL GANIVET

He visto un árbol sin ramaje, muerto,
y de plantas parásitas cubierto,
y pensé en mí.
Y soñé que aquel árbol adoraba
la linda enredadera y la llamaba:
—Ven, y a mi cuello abrázate amorosa ;
yo seré el firme apoyo de tu vida;
tú serás la ilusión bella y piadosa
en que mi muerte quedará escondida.
Pío Cid se interrumpió un momento, y la joven,
creyendo que la poesía estaba concluida, se inclinó
un poco y la leyó en voz baja, diciendo con vivo
interés al terminar:
— Son muy bonitos, pero falta lo principal, porque
no se sabe lo que hizo la enredadera.
—Aun falta la segunda parte—dijo Pío Cid levan­
tándose a mojar la pluma.
Se volvió a sentar con el álbum sobre la rodilla y
siguió escribiendo :
Pasó el tiempo, y la linda enredadera
murió; yo la busqué por la pradera
y no la vi.
Murió abrazada al árbol, solo, muerto,
que de plantas parásitas cubierto,
seguía allí.
Y soñé que aquel árbol suspiraba
sumido en honda pena, y murmuraba:
—Ya somos dos los muertos: la piadosa,
bella ilusión voló desvanecida,
y ya vuelve a mostrar su cara odiosa
la muerte que se burla de la vida.
Consuelo tomó el libro que Pío Cid le ofrecía y
concluyó de leer los versos, y volvió de nuevo a leer­
los todos. Y su semblante se puso tan triste, que
Pío Cid le dijo:

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

225

—A quien no fuera usted no le hubiera yo escrito
unos versos tan fúnebres, que quizás estarían mejor
sobre una lápida en el cementerio que en un libro
de recuerdos íntimos de una niña que aun no tiene
veinte años. Pero yo amo la sinceridad, y esa idea
se me lia ocurrido y la he dedicado a usted, a quien,
por lo mismo que la quiero, no podía ofrecerle una
impresión risueña que, por estar lejos de mi ánimo,
habría de tener artificiosa compostura. No me guar­
de usted rencor por mi ingrata franqueza.
—Al contrario—replicó la joven—, le agradezco
esta prueba de estimación que me d a ; porque al de­
dicarme unos versos tan tristes, me habla como a
mujer seria y formal; y esto me complace más que
si me dedicara versos alegres y ligeros, como son
todos los que hay aquí. La verdad—añadió hojean­
do el álbum—es la que usted ha escrito. A mí se me
ocurría como más natural que la enredadera oyese
al árbol y que los dos fueran felices, hallando el uno
en el otro lo que a ambos les faltaba para serlo.
Y, sin embargo, lo natural es que la enredadera
se marchite y que, en vez de dar vida al árbol, mue­
ra ella también, y que el árbol se quede más solo y
más muerto que antes estaba. Lo que más me en­
tristece en esto, es pensar que, cuando a usted se le
ocurren estas ideas, debe tener en su alma un vacío
inmenso que asusta. Yo le he visto a usted siempre
rehuir las conversaciones en que podía manifestar
su descreimiento; pero, a pesar de su discreción, me
parece ver en usted el hombre de menos fe que existe
en el mundo; y si además de no tener fe no tiene
tampoco alegría de vivir, ni esperanzas, ni ilusiones,
ni ambición, su existencia será como la de ese árbol

226

ÁNGEL GANIVET

muerto de que habla aquí. Y lo que más me extra­
ña es que haya usted despertado en mí sentimientos
religiosos que estaban adormecidos. Quizás la pena
que usted tiene por vivir sin creencias le inspire
ese deseo de fortificarlas en los demás, porque de
otro modo es usted incomprensible.
—No es usted sola—contestó Pío Cid—quien ha no­
tado en mí esa desilusión aparente de mi vida. Por­
que estamos acostumbrados a ver a los hombres lu­
char por ideas convencionales, y cuando un hombre
lucha, o mejor, trabaja sin guiarse por ninguna de
esas ideas, se le cree desventurado, necio o loco;
pero nadie es capaz de penetrar en el pensamiento
ajeno, y bien podría suceder que el que vive sin ideas
fijas o dejándose llevar de impulsos contradictorios,
tuviera dentro de sí un ideal muy alto y permanen­
te. ¿Cómo se concibe que un hombre irreligioso tra­
baje en pro de la religión unas veces, y otras en con­
tra de ella, y que ese hombre no se mueva sin rum­
bo fijo, sino que sea tan firme e inconmovible como
el árbol muerto, que muerto sigue clavado en tierra,
mientras algunas de sus raíces están quizá echando
retoños? Esto ocurre porque la muerte es fecunda
y crea la vida, aunque sea sólo para entretenerse
con ella; y un hombre que llevase la muerte abso­
luta dentro de su espíritu, y que se viera obligado
:
a trabajar, sería un creador portentoso, porque no
teniendo ya ideas de vida, que siempre son peque­
ñas y miserables, crearía con ideas de muerte, que
son más amplias y nobles. Si ha habido un Crea­
dor que ha creado cuanto existe de la nada o de la
muerte para que acabe en la muerte y en la nada,
y entre estos dos términos fatales ha dejado que

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

227

la vida se desarrolle libremente, yo creo que renie­
gan de ese gran Artífice cuantos se empeñan en so­
meter la vida a una idea personal y mezquina. Me­
jor es echar leña al fuego donde le hay, trabajar en
favor de cuantos se esfuerzan por levantar su es­
píritu a las alturas ideales. Vulgar es la compara­
ción, pero exacta. Yo encuentro a un hombre caído
en medio de la calle, y le ayudo a ponerse en pie,
y después le dejo ir sin preguntarle adonde va. ¿Se­
ría justo que por haberle levantado le obligase a
venirse conmigo? Pues esto hacen los hombres, to­
dos los hombres, cuando prestan un servicio inte­
lectual; lo prestan para que el discípulo se someta
a las ideas del maestro. Yo no he preguntado jamás
a nadie las ideas que profesa ni he intentado cam­
biárselas por otras, porque yo mismo carezco de
ideas personales, y si tengo alguna, la menosprecio
mientras no se depura y se convierte en idea huma­
na. Usted es religiosa, yo lo be comprendido así,
y he notado que lo más firme que hay en usted es
el sentimiento religioso, y que por él llegará usted
muy alto si logra tomar vuelo. Por esto yo me he
permitido influir en su ánimo, aunque estoy seguro
que sin mi influencia, en usted sola se hubiera des­
pertado ese sentimiento adormecido. Más le d iré :
cuando yo la vi por primera vez no sé por qué se
me figuró que usted debía estar vestida de monja
y que con el hábito estaría mucho más bella que
con ningún otro atavío...
—Pero ¿cómo comprender—preguntó Consuelo
emocionada—ese amor que usted demuestra a tra­
bajar por todos los hombres y su afecto a la vida
monástica? Bueno que simpatizara con las Herma-

228

ÁNGEL GANIVET

ñas de la Caridad, que se sacrifican por sus seme­
jantes desvalidos o enfermos, pero no con las mon­
jas, que viven apartadas del mundo, consagradas
al rezo y a la mortificación.
—Unas y otras son dignas de que se las admire
—contestó Pío Cid— ; y estoy por decir que lo son
más las religiosas contemplativas, porque su in­
fluencia en el mundo es más espiritual. Yo tengo
una afición que le sorprenderá a usted. Me gusta
pasar por las cercanías de los conventos de monjas
a la hora de maitines o vísperas, cuando llega a mi
oído el vago rumor de las canciones, que me sue­
nan a cosa inmutable y perenne como los movi­
mientos de los astros. Para esta inquietud malsana
que devora hoy a los hombres no hay mejor medi­
cina que esos cánticos, que antes eran himnos de la
fe, y ahora, por el cambio de los tiempos, son ade­
más himnos de desprecio a esta sociedad, cuya glo­
ria se cifra en agitarse sin motivo y sin objeto. Esta
afición mía la tengo desde niño, y ha influido no
poco para que yo sea tan pacífico como soy y tan
poco amigo de apresuramientos. Sin ella quizás se­
ría un demagogo, y el tiempo que dedico a pensar
y a contemplar y a soñar, lo dedicaría a pronun­
ciar discursos disolventes y a fraguar asonadas y
revoluciones, como tantos otros desventurados...
Pero no insisto más. Ha llegado la hora de irme,
y ojalá que, a pesar de mi presentimiento, volvamos
a vernos y podamos continuar estas pláticas tan
agradables, para mí al menos.
—Y para mí agradabilísimas—añadió Consuelo,
mientras Pío Cid le cogía una mano entre las dos
suyas y se la nevaba a ios labios.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

229

Sin decir más se separaron, quedando Consuelo
muy preocupada.
— ¡Qué hombre más singular!...—pensaba—. Quién
sabe si me querrá... y si esa idea de que yo sea mon­
ja será un refinamiento de celos... El es casado, o
como si lo fuera, y no ha podido portarse más ca­
ballerosamente... Pero lo más paticular es lo de
haberme imaginado vestida de monja... Voy a
ver...
Y se dirigió, leyendo en el álbum, a su alcoba,
donde anduvo revolviendo su ropa, basta que, por
último, cogió un delantal blanco y almidonado,
con el que se formó una especie de toca monjil, so­
bre la cual se prendió con alfileres un manto negro
que le caía basta los pies y que con una mano se
sujetaba por debajo de la barba. Todo esto lo bacía
delante del espejo de su tocador, y cuando vió la
imagen de su figura transformada, se quedó mirán­
dola con asombro y como adorándola, porque le pa­
recía la imagen de una Dolorosa. La frente, que era
lo más intelectual de la joven, se ocultaba tras la
toca; parte de la barba desaparecía bajo el manto,
y el rostro, así cortado, tenía una expresión más
humilde. Pero el cambio trascendental de la figura
estaba en el entrecejo, que ahora parecía más alto
y como contraído, dando a la fisonomía un sello de
dolor inefable. Aun la nariz perdía su aire descara­
do y burlón y aumentaba la tristeza del rostro, por­
que lo que antes era respingo insolente, ahora se
convertía en una como suspensión violenta, sosteni­
da desde el entrecejo por el arrebato y transporte
de la mirada. Así quedaba casi anulada la expre­
sión altiva y maliciosa de aquel rostro, y realzada

230

Angel ganivet

la expresión mística de los ojos, por los que ahora
miraba el espíritu vencedor. Y es tal la influencia
del gesto en el espiran, que así como el dolor ínti­
mo se exterioriza r . la expresión del rostro dolorido,
así el gesto del dolor puede engendrar el sufrimien­
to en nuestra alma.
Consuelo contempló largo rato su imagen trans­
figurada por la belleza del dolor, y luego entró en
la alcoba, y sentándose junto a la cabecera de su
lecho, apoyó la cabeza sobre las almohadas y quedó
absorta y como anonadada. Su desolación era tan
profunda como si hubiera perdido a todos los suyos
y se hallara sola en la tierra; más aún: como si
fuera madre y viera muerto a su único hijo.
Mientras tanto, Pío Cid llegaba a su casa entris­
tecido por la conversación que había tenido con Con­
suelo y disgustado por tener que emprender aquella
misma noche el viaje electoral a que le había com­
prometido Gandaria, no sin grandes esfuerzos a cau­
sa de la resistencia tenaz que Pío Cid opuso a un
proyecto que, a su entender, era descabellado. Cuan­
tas veces le habló Gandaria de este asunto, su con­
testación era la m ism a:
—Amigo Gandaria, yo le agradezco a usted su in­
terés en favor mío, pero jamás me sacará usted de
mi terreno. No soy tan tonto que espere ejercer,
con mi insignificante personalidad, una influencia
beneficiosa en nuestra política: ni soy tan desalma­
do que busque en la política mi propio medro. Díga­
me usted, pues, a santo de qué me voy yo a lanzar
en esas aventuras electorales ni en esos calenta­
mientos de cabeza.
—No sea usted tan exclusivista—contestaba Gam

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

231

d a ría —. Si usted sale diputado y no quiere m eterse
en las in trig as del P arlam ento, puede usted ser nom ­
brado gobernador y desem peñar u n a m isión útil,
donde ten d rá campo ancho p a ra sus notables a p ti­
tudes.
—E stá usted equivocado—replicaba Pío Cid—si
cree que yo tengo aptitudes p a ra gobernar. No las
tengo, y aunque las tuv iera no podría h acer nad a
del otro jueves, porque dentro de nuestro sistem a,
u n a autorid ad secu n d aria queda cogida en el en­
g ra n aje reg lam entario y tiene que am oldarse a la
situación que encu en tra creada ya. Las provincias
son feudos a la m oderna, y un gobernador está obli­
gado a m a rc h a r de acuerdo con el señor feudal que
le toca en suerte. No es un gobernador, es u n poder
m oderador. En los sistem as políticos n o ta rá usted
siem pre que todos los grados de la je ra rq u ía refle­
ja n en tam años diversos el tipo de la je ra rq u ía m ás
alta. Si hay u n rey que rein a y no gobierna, todas
las dem ás auto rid ad es m a n d a rá n y no gobern arán
tam p o co ; y el gobierno real y positivo resid irá en las
m ás escondidas covachuelas adm inistrativ as, a c a r­
go de seres anónim os. Si h ay dos partidos que tu r ­
nen, todas las ciudades, villas, pueblos, aldeas, lu ­
g ares y aun caseríos, ten d rán su correspondiente
turno. Yo recuerdo que en mi pueblo se llevaba con
tan to rigor el sistem a, que tu rn a b a n h a sta los b a r­
beros. Dos había, y era tan fuerte la contribución
que le im ponían al de oposición, que le obligaban
a c e rra r tem poralm ente el establecim iento y a dedi­
carse a otro oficio; el de la derecha tenía que reco­
ger basu ra, y el de la izquierda em igraba a u n pue­
blo vecino, donde un su yerno que allí vivía le daba

232

ÁNGEL GANIVET

de mal comer a cambio de buenas cavadas en los
bancales que labraba...
—¿Y cuál era mejor barbero?—preguntó Gandaria con la curiosidad infantil que se le despertaba
siempre que oía hablar de cosas de la vida vulgar,
de las que él estaba en mantillas.
—Yo no lo sé—contestó Pío Cid—, porque no he
dejado nunca que nadie me afeite, y aun llevo la
primera barba que me salió; pero la gente decía que
el tío Zambomba, que era el barbero reaccionario,
manejaba la navaja como una hoz, y que cuando se
ponía a descañonar, más que barbero parecía sega­
dor metido en faena. En cuanto al compadre Elias,
su radicalismo le hacía más temible. De él se con­
taba un chascarrillo quizás inventado por sus ad­
versarios, a juzgar por la mala intención. Decían
que cuando empuñaba la navaja, todos los gatos del
pueblo entraban en la barbería, e inquietos maulla­
ban a su alrededor como si en lugar de ver a un
barbero afeitando a un hombre, vieran a una coci­
nera desollando un conejo. El paciente parroquiano
preguntaba la razón de aquellos maullidos, y el com­
padre Elias contestaba entonces con gran flema : «No
se asuste usted, am igo; es que están esperando que
caiga alguna piltrafa...» Pero, cuentos aparte—con­
cluyó Pío Cid, mientras Gandaria se desternillaba
de risa—, lo que yo quería decirle a.usted es que un
hombre puede mucho cuando expone ideas que influ­
yen con el tiempo para cambiar los rumbos de la
sociedad, y no puede nada cuando pretende refor­
mar con su acción aislada lo que es malo por culpa
de todos.
Así se iba defendiendo nuestro buen Pío Cid con-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

233

tra las m alas tentaciones, cuando un revés inespe­
rado dió pie para que G andaria se saliera con la
suya. Entre los compañeros de oficina de Pío Cid
había uno, llamado Salas, que le trataba con cierta
intim idad y venía a buscarle de vez en cuando para
invitarle a dar un paseo. Pío Cid no tenía carácter
para desairar a nadie, y le recibía amistosamente,
aunque no le gustaba la conversación de su compa­
ñero, el cual tenía la m ala costumbre de despellejar
a sus jefes y decir horrores de la Adm inistración pú­
blica, de la que él era uno de los peores funciona­
rios. Fué un día Salas a la calle de Jacometrezo,
preguntó por su amigo, y supo que éste no vivía
y a en la casa.
— ¿Cómo se explica este cam bio?— preguntó a Purilla, que había salir a abrir— . H abrá sido hoy mis­
mo, pues él no ha dicho nada en la oficina.
— Hace pocos días— contestó la prudente m ucha­
cha— ; y yo no sé decir más sino que se marchó, y
ni recuerdo dónde vive ahora, aunque dejó las señas.
Creyó Salas que cuando Pío Cid nada le había
dicho, tendría algún motivo para e llo ; y deseando
enterarse, fué aquella misma noche al café donde se
reunían algunos huéspedes de la casa, y allí cada
cual le explicó la cosa a su modo, y ninguno favo­
rable. Salas sacó en limpio que Pío Cid se había
ido a vivir con varias mujeres, y que éstas no debían
ser nada buenas; y al día siguiente llevó el cuento
a la oficina, no con ánimo de dañar a su amigo,
sino deseoso de aparecer enterado de una aventura
picante, a la que él dió algún colorido de su pro­
pia cosecha, con el que Pío Cid podía pasar por
un bajá turco de seis o siete, colas. Rodando la no-

234

ÁNGEL GANIVET

ticia, llegó a oídos de don Eustaquio, el jefe del Ne­
gociado, que era una excelente persona, salvo su
manía censurable de meterse a arreglar vidas aje­
nas, y su exagerada devoción a la jerarquía admi­
nistrativa. A don Eustaquio aludía Pío Cid cuando
habló de las fórmulas que algunas personas emplean
para hablar con sus semejantes; y diciendo que eran
veinte, se quedó corto, porque pasaban de cuarenta
las fórmulas estudiadas por aquel hueco funciona­
rio. A Pío Cid le recibía sentado, inclinando un poco
la cabeza, y diciendo: «Hola, señor don Pío; acérquese» ; y quedaban aún ocho o diez fórmulas por
bajo, hasta la última, usada con los mozos de lim­
pieza, que era sólo un ligero gruñido. Con la forma
habitual recibió, pues, a Pío Cid un día, y después
del «acérquese», le dijo que se sentara, que tenía
que hablarle, y le habló a s í:
—Siento mucho mezclarme en asuntos que no son
de mi incumbencia, en sentido estricto; pero como
jefe de usted que soy, me juzgo obligado a llamarle
la atención acerca de algún pormenor o incorrec­
ción, o no sé cómo llamarlo, de su vida, que indirec­
tamente puede afectar a la consideración pública que
debe merecer un empleado, no sólo por sí, sino que
también por el cuerpo administrativo de que forma
parte. Ha llegado a mis noticias, sin que yo lo pre­
gunte, que usted vive... no es fácil calificar cómo...
¡amancebado! Esta es la palabra...
Pío Cid se levantó con aire indiferente, y como si
fuera a buscar algo que hubiera echado de menos,
salió del despacho, dejando a don Eustaquio con la
palabra en la boca. Fué a su mesa, recogió una car­
tera que tenía con algunos papeles particulares» se

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

235

puso el sombrero, cogió el bastón bajo el brazo, y
se marchó sin despedirse de sus compañeros, quie­
nes se figuraron que saldría por encargo del jefe.
Desde la oficina se encaminó a paso largo a la plaza
del Angel, donde vivía el diputado de su distrito,
don Romualdo Cañaveral, que aun no se había le­
vantado, aunque ya era cerca de la una. Pasó Pío
Cid al gabinete como amigo de confianza, y don Ro­
mualdo le recibió, diciendo desde la alcoba:
—Llega usted con oportunidad, pues deseaba ha­
blarle de lo mismo que usted vendrá a hablar con­
migo probablemente. Siéntese, que voy a vestirme
ahora mismo. ¡ Qué vida endiablada lleva uno en
este Madrid!... Y usted tan perdido como siempre.
Anoche hablamos de usted en Gobernación, porque
le oí nombrar como candidato adicto. ¿Qué hay en
esto?
— Pues hay— contestó Pío Cid— que unos buenos
amigos han querido meterme en ese berenjenal;
pero yo no he aceptado. Por cierto que una de las ra­
zones que he tenido era mi amistad con usted. Ya
que me sacaran diputado, me parecía lo más decen­
te no salir como un pobre cunero; y para que yo
fuera elegido en mi distrito había el inconveniente
de que usted lo representa desde hace muchos años,
y de que usted es quizás la única persona a quien
yo debo algún favor y a quien no puedo jugarle
una mala pasada. Y entonces me dijeron que usted
se había declarado adicto y que le iban a dar una
senaduría vitalicia. Si es así, reciba usted mi enhora­
buena, y conste que ni antes ni ahora he pensado
meterme en elecciones ni como elector ni como ele­
gible.

?36

ÁNGEL GANIVET

— Pues hace usted mal, amigo Cid— replicó don Ro­
mualdo— ; hace usted muy mal. Precisamente desea­
ba hablarle a usted para que nos pusiéramos de
acuerdo, porque tengo mucho interés en que luche
usted como adicto y en que no prospere la candida­
tura del títere de mi primo Carlos, que se presenta
de oposición.
— ¿Y lo de la senaduría?— preguntó Pío Cid.
— Es cierto que estoy indicado— respondió don Ro­
mualdo— ; pero no canto victoria hasta que la com­
binación esté acordada. Usted debe luchar de acuer­
do conmigo, y los dos juntos podríamos mandar mu­
cha fuerza. ¿No es triste que un hombre como usted
sirva en un empleo de última categoría?
—Ahora que habla usted del empleo—dijo Pío
Cid— , le diré que del empleo venía justamente a ha­
blarle. Lo pienso dejar porque tengo otras cosas
a que atender, y quería pedirle a usted un nuevo
favor, no para mí, sino para un amigo a quien
aprecio.
— ¿De qué se trata?— preguntó don Romualdo.
— Se trata— contestó Pío Cid— de que usted, que es
de la situación, pida al ministro de Hacienda que en
el puesto que yo dejo nombre a ese amigo mío, que
es un joven muy recomendable. Mejor dicho, el nom­
bramiento para mi puesto no puede ser, porque mi
recomendado no tiene título; pero pueden ascender a
otro que lo tenga y darle a usted una credencial de
seis mil reales, con lo cual mi amigo se dará por muy
satisfecho.
— Casi, casi— dijo don Romualdo— , me atrevo a
decirle a usted que cuente con la credencial como si
la tuviéramos en la mano. Póngame usted en. un

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

23?

volante de esos que hay sobre la mesa el nombre de
su amigo.
Mientras Pío Cid escribía el nombre de Pablo del
Valle y los méritos que le recomendaban, don Ro­
mualdo acababa de vestirse y asearse un poco, sin
dejar de preguntar:
— ¿Y en qué se ocupa usted abora que tiene que
dejar el destino? ¿Es verdad que escribe usted en
EL Eco? ¿Conque, por fin, va usted a decidirse a
probar fortuna en política?
Pío Cid contestaba a estas y otras preguntas sin
fijarse en lo que contestaba; y, por último, se des­
pidió, quedando en volver en la semana entrante,
y en decidir entonces fijamente el partido que se ha­
bía de tomar para la próxima elección, puesto que
el ex diputado no quería dejar su distrito a merced
de un pariente, que era su peor enemigo. Sin em­
bargo, fué tan activo y puntual don Romualdo, que
a los tres días escribió a Pío Cid diciéndole que es­
taba servido y remitiéndole la credencial a favor de
Pablo del Valle. Este estaba presente al llegar la
carta, y se quedó como alelado viendo su nombre
en el real nombramiento, sin comprender lo que
aquello significaba, aunque su protector se lo expli­
có con gran claridad. Pero al fin sacó en limpio que
tenía un destino de plantilla, de los más seguros de
la Administración, y en el acto fué a desahogarse
con Paca, a la que habló seriamente de casarse en
cuanto fuera posible, puesto que ya contaba con un
sueldo fijo para sostener las obligaciones domésticas.
Aquella misma tarde vino Salas a visitar a Pío Cid
y a decirle, de parte de don Eustaquio, que al día
siguiente asistiera irremisiblemente a la oficina v

238

ÁNGEL GANIVET

pues, de lo contrario, el director le impondría una
suspensión de empleo y sueldo.
—Desde que salí de la oficina sin despedirme, me
suspendí yo solo de empleo y sueldo para toda mi
vida—contesíó Pío Cid— . Le ruego a usted que no me
fiable más de este asunto, y que mientras no necesite
de mí me deje tranquilo en mi casa, sin acordarse
más de que yo fie sido empleado público.
No dejó Pablo del Valle de ir a llevar la buena
nueva a Gandaria, y a decirle que ahora que Pío
Cid estaba sin destino, sería más fácil decidirle a
entrar en la contienda electoral. A la mañana si­
guiente se presentaron los dos, Sustantivo y Adje­
tivo, como les llamaba Pío Cid, y tuvieron con éste
una entrevista muy larga y digna, de quedar aquí
consignada.
—Pero ¿qué me dice usted, amigo Cid— entró pre­
guntando Gandaria—, de esa ocurrencia de darle un
puntapié a su destino? Cualquiera diría que tiene
usted para vivir de sus rentas. ¿Qué diablos va us­
ted a hacer ahora para ganarse la manducatoria?
— Si una puerta se cierra, ciento se abren—contes­
tó Pío Cid de buen humor—. A mí se me han abierto
dos por lo pronto, y una es más grande que la de
una catedral.
— ¿Qué puertas son ésas?—preguntó de nuevo Gan­
daria.
—Dos trabajos editoriales que me han salido el
mismo día de ayer, entre cinco y seis de la tarde;
uno de ellos, sin buscarlo. Mire usted este libro que
está aquí abierto sobre la mesa.
—El Código civil—dijo Valle, viendo la impre­
sión de las páginas abiertas.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

239

—Pues bien—prosiguió Pío Cid— ; estoy encarga­
do de escribir un comentario filosófico e histórico
comparado a cada uno de los artículos del Código,
que son—añadió hojeándolo—1.976, sin contar las
disposiciones transitorias. Ya voy por el artículo 7.°
y llevo veintitrés cuartillas, y confío que el Código,
con el comentario total, exigirá de quince a veinte
volúmenes. Como que no me han puesto tasa, por­
que el género tiene ahora mucha salida, y en m a­
teria de jurisprudencia la cantidad mejora la ca­
lidad. Ningún abogado se asusta de tener en su
despacho un testero lleno de tomos bien empastados,
que sirvan de adorno e inspiren respeto a los clien­
tes, y yo estoy decidido a que mi Código comenta­
do llene él solo una estantería, con lo cual nadie
pierde nada y yo gano una porción de miles de pe­
setas.
— ¡Es usted atroz, amigo Cid!—exclamó Gandaria—. Y lo que me maravilla no es que todo eso sea
verdad, que lo será sin duda; lo asombroso es que
se ponga usted en el acto a escribir sus comentarios
como si no hubiera hecho otra cosa en su vida. x\
ver; va usted por el artículo 7.°... ¿Qué comentario
cabe aquí? «Si en las leyes se habla de meses, días
o noches, se entenderá que los meses son de treinta
días; los días, de veinticuatro horas...»
—Y las horas, de sesenta minutos—interrumpió
Valle.
— ¡No interrumpa usted!—exclamó Gandaria—. Lo
que dice es: «... los días de veinticuatro horas, y las
noches, desde que se pone hasta que sale el sol.» Y
luego : «Si los meses se determinan por sus nombres,
se computarán por los días que respectivamente

240

ÁNGEL GANIVET

tengan.» ¿Qué comentario va usted a poner
aquí?
—Pues tengo materia para cuatro o seis pliegos
—contestó Pío Cid—; ahí cabe explicar casi un cur­
so de cronología, aunque sea sólo para señalar las
diferencias entre el mes legal, el civil y el lunar,
con la historia de cada uno de los meses y las refor­
mas juliana y gregoriana. Y, aparte de esto, hay
un punto rigurosamente jurídico. El Código se sirve
del año natural, computándolo por doce meses, y
luego preceptúa que el mes legal tenga treinta días,
un término convencional, puesto que hay meses con
más días y con menos. Hay, pues, un año legal con
trescientos sesenta y cinco días, y los bisiestos tres­
cientos sesenta y seis; y otro año legal con trescien­
tos sesenta días, sumando los doce meses a treinta.
Usted creerá que la contradicción no tiene importan­
cia ; pero en las leyes una anomalía es un semillero
de pleitos...
—¿Y qué iba a hacer el legislador?—interrumpió
Gandaria.
—Nada más fácil—contestó Pío Cid—que suprimir
los meses como medida de tiempo, del mismo modo
que están suprimidas las semanas. Con dejar como
unidades fijas el día y el año, que se refieren a los
movimientos del sol, bastaba; la luna es un saté­
lite de marcha irregular, y no debe servir para los
cómputos legales. Sin contar con que tampoco se
demuestran simpatías por el astro de la noche, pues­
to que el mes legal no es el lunar, sino una menos
que duodécima parte del año. En suma, a mí no me
importa esta cuestión, pero voy a pedir en mi co­
mentario la supresión del mes como medida cronoló-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

241

gico-legal, y para justificar mi petición escribiré ios
cuatro o seis pliegos que he dicho.
—Es usted el diablo en persona—dijo Gandaria— .
Con esa vista que Dios le ha dado a usted, claro está
que es usted capaz de comentar hasta el vuelo de
una mosca.
— ¿Y el otro trabajo editorial?—preguntó Valle.
—El otro es cosa corta; pero representa cien duros
contantes y sonantes dentro de un mes, que tardaré
en entregarlo. Para éste, cuento con usted.
—Pero ¿de qué se trata?—interrumpió Ganda­
ria.
—Una obrita que se me ocurrió ayer mismo, y
para la que hallé editor al instante, porque es un
libro de venta. Se titula El médico de los pobres :
consejos prácticos y recetas útiles para la curación
de las pequeñas dolencias que no exigen la asisten­
cia facultativa.
—Y eso, ¿cómo va usted a componerlo?—preguntó
Gandaria casi espantado.
—Es lo más fácil del mundo—contestó Pío Cid—.
Es más obra de tijera que de pluma, porque la ma­
yor parte de esos consejos y de esas recetas están
en libros impresos; lo único original será la ma­
nera de elegir y de ordenar los materiales y la cla­
ridad en la redacción, a fin de que hasta la gente
más torpe comprenda y pueda utilizar el librito. En
esta clase de obras ocurre como con los diccionarios :
la mejor es la última, porque se tiene a la vista las
anteriores. Exponiendo la doctrina en forma diferen­
te, no hay peligro de que se nos acuse de imitación
ni plagio, pues este saber vulgar y práctico es, como
los idiomas, el tesoro de la humanidad entera, y a
16

242

ÁNGEL GANIVET

todos nos pertenece y todos podemos servirnos de él
en provecho propio o de la comunidad.
— Mucho me alegra— dijo Gandaria—verle a usted
tan metido en labor, aunque por otra parte lo sien­
ta, puesto que ahora no podrá usted perder el tiem­
po en los coloquios agradables a que me había us­
ted acostumbrado. Sin ir más lejos, hoy venía a con­
sultar a usted sobre un asunto que me interesa mu­
ch o; pero lo primero es lo primero: lo dejaré para
mejor ocasión.
— Ese es un exceso de precaución—replicó Pío
Cid— , pues yo no pienso dedicar a estos trabajos
más que las horas que antes perdía en la oficina,
y lo mismo me da escribir por la mañana que por
la noche. Cuando entre en el comentario histórico
tendré que molestarme a lg o ; pero ahora voy a es­
cribir de un tirón el filosófico, que es cosa de coser
y cantar. Así, pues, desembuche usted lo que traiga
sin reparos, pues le agradezco que me saque un rato
de mis inútiles filosofías.
— Son unos versos que trae— dijo Valle— , de los
que está componiendo para el tomo proyectado.
— Ya ve usted— agregó Gandaria— que no echo en
saco roto sus consejos. Los versos son malos, pero
la culpa no es mía, sino de usted, que se ha empe­
ñado en que yo sea poeta.
— Y lo será usted, y bueno—afirmó Pío Cid con aire
de autoridad— . Crea usted lo que le dice un perro
viejo y de buen olfato, como lo tengo yo, aunque me
esté mal el decirlo. A ver— añadió, tomando los ver­
sos que Gandaria le alargaba y que estaban escritos
en finísima vitela.
Y sin detenerse un segundo leyó los versos, con

LOS TRABAJOS DE PÍO C ID

243

señales de g ra n com placencia, por el mismo orden
en que G an d aria los h ab ía colocado. C uando los hubo
leído, separó las dos p rim eras hojas, diciendo:
—Estos los rom pe usted, no porque sean malos,
sino porque tienen m ás sensualidad que sentim ien­
to. Cuando se funde el hierro en el horno, sale hie­
rro líquido, que es el que sirve p a ra echarlo en los
moldes, y sale tam bién a lg u n a escoria, que h ay que
tira rla porque no tiene ap lic a c ió n ; y en todos los
trab ajo s de los hom bres h ay tam bién u n a p arte de
escoria, de la que no se debe h acer caso, sino p en sar
que sin ella no h a b ría quizás obras libres de im pu­
reza. El soneto «A Lola» no está m al co m p u esto ;
pero cuando se llega al terceto final, donde el org iasta se em ociona viendo el relicario en el seno
desnudo de la p ro stitu ta, es ya tard e p a ra que se
borre la im presión b ru tal que producen los otros
once versos, que d ejan chiquito a E spronceda, en la
canción «A Jarifa» , que, o mucho me equivoco, o le
h a servido a usted de modelo.
—Así es, y él m ism o me lo h a dicho—in terru m p ió
Valle.
—La poesía en tercetos, cuyo título, «El heso eter­
no», es precioso, es u n a renovación orig in al del epi­
sodio de Paolo y F ra n c e sc a ; y si los am an tes salie­
ra n volando desde el principio a fundirse en el espa­
cio y fo rm ar la estrella nueva del am or, no h a b ría
n a d a que decir; pero la descripción del baile es
obscena a m ás no poder, y de u n a obscenidad ele­
g ante y refinada, de salón, que a ratos es repulsiva.
No crea usted, sin em bargo, que al rom perlos se
pierde lo bueno que h ay en esas com posiciones; lo
bueno siem pre queda, y yo le aseguro que en o tras

244

ÍNGEL GANIVET

poesías rea p a rec e rá Jo que hoy destruye usted, y re­
ap arecerá purificado y lim pio de los lu n a re s que lo
afean. En cuanto a la tercera composición—continuó
Pío Cid, m ien tras G an d aria g u a rd a b a las o tras y le
escuchaba sin p a rp a d e a r—, tiene defectos; pero está
in sp ira d a en sentim ientos m ás nobles. Aquí ya las
sensaciones están m ás espiritualizadas, son m ás h u ­
m anas, puesto que lo hum ano no es lo sensual ni
lo corpóreo, sino la fusión de esto y de lo espiritual,
la vena de sentim iento puro, sin escoria, del que sa­
camos n u estras m ayores creaciones.
Al decir esto iba releyendo la composición, que
era como sigue :
SERENATA

Oye, cau tiv a de am or,
la canción de un trovador,
que, al suave son del laúd,
viene a calm ar tu dolor
de la noche en la quietud.
Yo soy un cantor e rra n te
que voy buscando an helante
a u n a m u jer ideal
que en mi alm a brilla rad ian te
como visión celestial.
Yo la llamo con pasió::
y le cuento mi aflicción ;
m as ella de mí se esconde,
y a mi doliente canción
la in g ra ta n u n ca responde.
Mi c a n ta r no es m uy pulido,
pues mi a rte no es aprendido ;
canto desde que n a c í ;
yo p a ra a m a r he nacido,
y mi am or can ta por mí.
Yo vivo en la soledad,
y mi vida es la ansiedad
de u n a m uerte noble y bella

L O S TRABAJOS DE PÍO CID

que a mi am ad a dé piedad
viendo que m uero por ella.
Sigo el co rrer silencioso
de los ríos, y am oroso
va flotando mi soñar
h asta que en cuentra reposo
en las orillas del m ar.
Allí el oleaje le mece
y mi pena se adormece,
y, en lo infinito pensando,
mi dulce am or me parece
que oculta me está m irando.
C autiva que, aban d o n ad a
en esta to rre a p a rta d a ,
velas, oye al poeta e rran te :
tú eres la visión am ad a
que busco siem pre anhelante.
Aun no be visto tu figura,
m as, tem blando, me aseg u ra
mi corazón dolorido,
que tú eres la im agen p u ra
que soñé, de am or herido.
Dicen que un moro salvaje
te condujo a este p araje
p a ra dom ar tus desdenes,
y que tú pagas su u ltra je
con el am or que le tienes.
Mas yo en este am or no c re o ;
y pues cautiva te veo
en esta torre, velando,
se im agina mi deseo
que en ser libre estás soñando.
Yo por ti com batiré,
y libertad te d a r é ;
soy un triste trovador,
m as si tú me das la fe,
tu fe me d a rá valor.
Q uisiera que me m ira ra s
aunque al m ira r me m a ta r a s ;
pero es ta n triste la suerte
que im placable me deparas,
que sin m ira r me das m uerte...
¡Ah! ¿No escuchas mis clam ores?
¿S erán ciertos tus am ores?
De tu im agen soberana

245

246

ÁNGEL GANIVET

lo» suaves resplandores
se asom an a tu ventana.
Mas tú asom arte no quieres.
¡ Cuán in g ra ta y d u ra e re s !
Quizás mi voz te im portuna,
y antes que oírm e, prefieres
so ñ ar m irando a la luna.
O quizás mi am or desdeñas.
No porque lán g u id a sueñas
viendo la lu n a en el cielo ;
que eres d u ra cual las peñas
y es tu corazón de hielo.
¡ M onstruo horrible de d u re z a !
De la tie rra la aspereza
tienes, la traición del m ar,
y del cielo la belleza,
y del infierno el m irar.
Huyo de ti y sigo erran te.
Beldad que brillas rad ian te
y no tienes corazón,
¡salu d !, au n voy an helante
tra s mi ad o ra d a visión.
—No me voy a fijar—dijo Pío Cid cuando acabó de
leer—en defectos pequeños que el tiempo corregirá.
El ropaje poético de un poeta incipiente es como el
vestido de un niño que está creciendo. Bien o m al
hecho, no ta rd a en quedarse corto. Cuando usted esté
com pletam ente form ado, ni sus sentim ientos serán
los que aquí aparecen, ni seguirá escribiendo q u in ti­
llas. E stas las h a com puesto usted porque la form a
arro m an zad a le p arecería dem asiado vu lg ar y no
a c e rta ría con u n a rim a nueva a su gusto. E ntre
ambos extrem os eligió usted un térm ino medio p a ra
salir del p a s o ; pero de seguro su form a personal
de expresión no será ésta, y h a b rá que e sp erar a
que se forme. Tam bién le ce n su ra ría a usted la po­
breza de epítetos, y h a ría m al, porque usted tiene
g ran im aginación, y si no le da vuelo es porque to-

L O S TRABAJOS DE PÍO CID

24?

dav ía no sabe versificar con soltura. Más vale que
sea usted al principio seco y prosaico, porque el de­
fecto m ás difícil de corregir en un poeta es el fu ro r
descriptivo, con el que las m ás veces se suple la
falta de idea y sentim iento. Bueno es que el poeta
tenga vista y o íd o ; pero antes debe ten er cerebro y
corazón. En lo que yo voy a b acer hincapié es en el
e rro r grand e en que usted lia caído al in te n ta r in ­
fu n d ir a un trovador sentim ientos modernos, convir­
tiéndole en un personaje de carnaval. Si usted es
am ante de las leyendas, puede ser poeta legendario,
pero a condición de conocer m uy bien la H istoria,
p a ra que sus poesías tengan carácter de época. Más
plausible, m ás fácil me parece expresar sentim ientos
propios, cuando se tienen, y esto es lo que debe
usted hacer y lo que h a hecho realm ente, aunque se
h ay a disfrazado de trovador.
—Pero ¿cree usted—preguntó G an d aria—que los
sentim ientos del hom bre v a ría n tanto que u n tro v a­
dor no puede sen tir como yo siento ah o ra?
—T anto v a ría n —contestó Pío Cid—como el traje,
aunque éste parezca depender del capricho y aqué­
llos de la N aturaleza. Un trovador que vaga e rra n ­
te y famélico no puede d irig ir a su am ad a u n a can ­
ción en la que h ay dejos irónicos a lo H e in e ; el tro ­
vador, por g randes que sean sus desilusiones, h a de
ten er fe en algo, por lo menos en el am or y la poe­
sía, puesto que por ellos a r r a s tr a su vida m iserable ;
sin esta fe se d edicaría a un oficio prosaico que le
asegurase los medios de vivir decentem ente, y d eja­
ría los versos p a ra entreten er los ratos de ocio. Así,
pues, el trovador am a y no brom ea con su am or,
y si su am ad a le desdeña, ¿sabe usted lo que hará?.

243

ÁNGEL GANIVET

Echarle la culpa al carcelero que la tiene guardada
con llaves y cerrojos, o al celoso marido que la espía
y no la deja respirar. Porque el amante desdeñado
por una mujer enamorada de otro corre gravísimo
riesgo de quedar en ridículo, y por instinto se de­
fiende, atribuyendo el desdén de la amada a la ini­
quidad de los que la rodean. Pero en nuestro tiem­
po, al cambiar la condición de la mujer, estos re­
cursos ya no tienen fuerza. Ya no hay castillos ni
prisiones, y una mujer enamorada puede ponerse
de acuerdo con su amante y aun escaparse con él,
así la guarden el más ridículo don Bartolo o el más
furibundo Otelo. El amante desdeñado no tiene aho­
ra otra salida que reírse él mismo de su amor no co­
rrespondido, para que esta burla del propio sufri­
miento inspire al espectador algún sentimiento de
benevolencia. Este amor irónico, que ya no es cie­
go del todo, como lo pintan los clásicos, sino que
entra en el combate con un ojo tapado y otro al des­
cubierto, como los caballos en la suerte de varas,
es un amor que los trovadores no conocieron por su
dicha; es una creación moderna, un engendro de
la libertad y de la indiferencia. «Me han irritado y
torturado cuanto han podido, los unos con su amor,
los otros con su odio...; pero la que más me ha tor­
turado e irritado y martirizado, nunca me tuvo odio
y nunca me tuvo amor.» Esto lo ha dicho Heine y lo
han repetido en mil formas cuantos han sufrido el
dolor más hondo de nuestro tiempo, el que nace de
la manía diabólica de analizar los sentimientos y
despreciarlos cuando nos afligen, para que nadie se
ría de nuestra aflicción. Algo de esto hay en el tro­
vador de su serenata. Al principio parece un tro-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

249

vad o r de verdad, y yo esperaba que concluyera m al­
diciendo las prisiones donde yace la cautiva y la­
m entándose contra el tiran o que la g u ard a. Pero de
repente salta usted a n u e stra época y da usted cier­
tos toques hum oristas y melancólicos, que son lo
m ás acertado de la composición, pero que no concu erd an con lo que precede. ¿Se figura usted que es
caballeroso obsequiar con u n a ta n la rg a se re n a ta a
u n a pobre prisionera, y decirle las lindezas que us­
ted le dice p a ra despedida? E sas cosas se le pueden
decir a u n a m ujer sin corazón, a u n a fría coquetuela
que se complace en m a rtiriz a r a sus adoradores,
pero no a u n a cautiva, que por falta de libertad no
es responsable del m al que su fran los que la am an.
Así, pues, el tem or del ridículo es el que le lia hecho
a usted torcer el rum bo de la poesía, y en la equi­
vocación dem uestra usted que su espíritu es capaz
de sen tir el nuevo am or.
—Usted me d isp en sará—dijo Valle—, pero yo no
veo ta n claro que un am ante desdeñado ten g a que
ser ridículo por fuerza. Lo m ejor de Bécquer nos
h a ría entonces reír.
—Esto iba yo tam bién a hacer n o tar—añadió Gand a ria , deseando darse aire de conocedor de los poe­
tas m odernos, sin excluir los decadentes—. Mil
ejemplos pod ría citarle, pero el m ás term in an te es
el de Verlaine, cuya poesía está casi totalm ente
in sp ira d a por el sufrim iento de am or sin corres­
pondencia.
—N inguno de estos poetas—replicó Pío Cid—tiene
n ad a que ver con el trovador de n u e stra seren ata.
Ustedes confunden al am ante engañado, y quizás
herido a traición, con el que no es correspondido

250

ANGEL GANIVET

y no tiene, si vamos a examinar la cosa de cerca,
ni derecho a quejarse. Pongan ustedes de un lado
a dos amantes, o marido y mujer enamorados, que
para el caso es lo mismo, y del otro a un preten­
diente importuno que llora sus amores viendo a los
amantes dichosos. Los amantes hablan de su ven­
tura, mirándose el uno en los ojos del otro; oyen
de repente el son del laúd del trovador que viene a
dar la serenata, y para que no les moleste esta mú­
sica indiscreta cierran la ventana o balcón del apo­
sento y dejan al poeta que cante hasta que se desgañite. Aunque este poeta fuese el mismo Homero en
persona, yo les aseguro que cuantos presenciaran la
escena descrita se reirían de él, y luego le tendrían
lástima. Hay en nuestro espíritu cierta ponderación
natural que instintivamente descubre la cantidad de
fuerza que hay en cada amor, no por lo que ame un
amante solo, sino por el amor total que ambos aman­
tes se tienen. Si el trovador ama él solo, su amor,
por grande que sea, no puede contrabalancear el que
nace de un afecto correspondido entre un hombre y
una m ujer; y aunque éstos sean tontos de remate,
el público no se reirá de ellos, porque representan
un organismo apto para la creación de nuevos seres,
un valor útil, contra el que toda burla se embotará.
En cambio, el que ama sin que le hagan caso podrá
crear obras espirituales, sublimes, pero personalmen­
te está expuesto a que se le rían en la cara. Esta
tristísima situación no tiene nada que ver, les repi­
to a ustedes, con la del marido o amante engañados.
Invirtamos los términos y pongamos de un lado la
mujer infiel y su amante, y del otro el amante bur­
lado. Este no vendrá a cantar trovas debajo de las

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

251

rejas de su ainada, sino que se presentará violenta­
mente y dará lugar a una escena trágica. Aquí los
amores opuestos pueden sostener el choque, porque
el que ahora no es correspondido lo fué antes, y
ambos tienen, como si dijéramos, reconocida la be­
ligerancia. Y si el que tiene derecho a luchar por su
amor no lucha y se conforma con lamentaciones me­
lancólicas, desempeña un papel poco lucido; por­
que es tan egoísta por naturaleza el amor humano,
es decir, el doble afecto del hombre y la mujer,
que cuando ha existido, aunque sea un instante, está
condenado a luchar por su conservación. Nos reía­
mos del trovador que turbaba con sus importunas
canciones los coloquios de la pareja enamorada, y
pedimos al amante burlado que turbe, aunque sea
con un puñal, la dicha de sus burladores. La calma,
la resignación en estos casos, no nos parecerá hu­
manidad, sino cobardía. Un hombre enamorado de
verdad es un héroe por fuerza. Pero sería el cuen­
to de nunca acabar si hubiéramos de agotar este
tema. Lo que le recomiendo a usted principalmen­
te, amigo Gandaria, es que en adelante, cuando com­
ponga nuevas poesías, fije antes el motivo poético
en sus rasgos más salientes, del mismo modo que
los pintores habrá usted visto que no comienzan a
pintar, sino que antes dibujan, y aun antes de di­
bujar suelen trazar varias líneas que marcan las
distancias o posiciones de las figuras. Para tocar
bien hay que templar el instrumento, y para escribir
bellas poesías hay que templar el espíritu con arre­
glo a un diapasón, o sea a un motivo poético. Si se
lanza usted a componer a la ventura, la poesía sal­
drá desequilibrada, y a veces, por exigencias »leí

252

ÁNGEL GANIVET

consonante, concluirá diciendo algo que no tiene
relación con el principio...
—Yo creo, don Pío, que usted peca por exceso de
crítica—dijo Valle, que deseaba justificar en algún
modo el aplauso que había tributado a los versos
de Gandaria—. Si esos versos se publicaran, no ha­
bría nadie que los censurara por los motivos que
usted dice. Por esto yo he aconsejado a nuestro
amigo que los retoque, sin quitar ni poner nada
esencial; y yo le aseguro a usted que la crítica no
hallará dónde hincar el diente.
—Dejemos a un lado la crítica de oficio—dijo Pío
Cid—. El mejor crítico es un amigo imparcial y des­
interesado : amigo, para que vea la obra con amor,
sin ánimo de lucir su ingenio, estropeándola por de­
cir algún chiste o frase espiritual a costa de ella;
imparcial y desinteresado, para que no oculte la vex^dad, para que señale las faltas que note, que cuan­
do las notó mirando con ojos amigos, faltas son y
no hay que darle más vueltas. No creo que ningún
poeta verdadero aspire a pasar sin que le hinquen
el diente; aspira a ser poeta, aunque la crítica le
maltrate, y a ser un gran poeta, aunque el público
le insulte...
—Eso es cierto—interrumpió Gandaria— ; yo le
juro que no me mueve la vanagloria vulgar, y que
si me dedico a escribir versos no es para que me
los aplaudan, sino para ver si soy poeta de verdad,
como usted me lo ha asegurado. Así, cuanto más
severa sea la crítica más me satisface, estando aquí,
como estamos, entre amigos. Pero lo que yo no com­
prendo es su idea del motivo poético. ¿Es un borra­
dor, un boceto, un apunte, o qué?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

¿bó

—Es la impresión madre, delineada en cuatro ras­
gos ; hay impresiones que en determinados espíritus
producen una gran germinación intelectual y senti­
mental ; el motivo poético es una de estas impresio­
nes, recogida antes que se mezcle y se confunda con
las ideas y sentimientos que de ella arrancan. Si
usted no fija el motivo, la impresión primera se
pierde, y antes de terminar la poesía se ve usted
perdido, y sin darse cuenta echa mano de una idea
secundaria, que se convierte en motivo céntrico, rom­
piendo la unidad de la composición, como ha visto
usted en la serenata. Si quiere usted, yo le daré
ochocientos motivos, aunque lo mejor es que usted
componga los suyos sobre impresiones propias; pero
para explicarle mi idea ahora mismo, vea usted qué
fácil es el procedimiento. Usted está enamorado,
como el trovador de la serenata, y como él, sufre y
llora porque la mujer amada no contesta a sus la­
mentaciones a causa de que está enamoradísima de
otro galán, que puede ser su propio marido, para
mayor moralidad de la historia; pero usted no es
un trovador, es un hombre de nuestro siglo y sabe
que el amor, por grande que fuera, tiene mucho de
comedia. Así, pues, usted no pierde la cabeza en me­
dio de sus más locos arrebatos, y a veces compren­
de que está cometiendo grandes tonterías. En tal es­
tado de espíritu, que no deja de ser original, las
impresiones corrientes, que antes no le hacían mella,
ahora le dejan extrañas resonancias, manantial de
fresca y sana poesía. Ve usted, por ejemplo, a su
amada soltar un pajarillo que tiene encerrado en una
jaula, y le hiere esta bondad para los pájaros, que
contrasta con los desdenes de que usted es, víctima.

254

ÁNGEL GANIVET

Y dando vueltas la impresión, se forma un motivo
poético, que fija usted en estos rasgos...
Pío Cid cogió la pluma y un pedazo de papel, y
escribió :
Yo he conocido a una mujer extraña
de tan cruel bondad,
que tenía un canario en una jaula
y le dió libertad...
Mas antes le cortó al triste las alas.
¡ De oro parecen tus cabellos rubios,
oh mujer inhumana!
Y el corazón como el acero es duro,
y el alma... ¿tienes alma?
—Aquí tiene usted un motivo poético—prosiguió
Pío Cid—, del que, ahondando, sale una poesía. El
motivo poético no debe estar escrito en prosa, pero
tampoco en versos regulares, a menos que no salga
así espontáneamente. Es una impresión pura y es­
pontánea, que a veces queda fuera de la poesía que
se va a componer. ¿No ha visto usted a los cante­
ros trasladar grandes piedras valiéndose de rodillos,
palanquetas y cuñas? Y luego que la piedra está co­
locada en su sitio, ¿no ha visto usted que todos esos
útiles auxiliares quedan tirados por los suelos como
si no sirvieran para nada? Pues esto mismo le ocu­
rre al motivo poético, sobre el cual debe girar o ro­
dar la composición hasta que esté rematada o per­
fecta. Usted no se hace cargo del mecanismo obscu­
ro de sus propias creaciones; pero siga mi consejo,
y quizás un día se sorprenda usted viendo que de un
motivo de ésos, fijado con claridad, surge de repente,
por elaboración interna, desconocida de usted mis­
mo,
verdadera poesía; es decir, una vibración

una

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

255

cla ra y sonora del espíritu. L a ú n ica condición que
requiere el motivo poético es la legitim idad de la im ­
presión. P o r ejem plo: el género de m alicia que yo
atribuyo a la m ujer extraña, es propio de u n a m u jer
r u b ia ; la m alicia de u n a m orena te n d ría otro ca­
rácter, y el motivo poético debería ser diferente. Sin
salir del reino de las aves, vea usted otro m o tiv o :
Jugando con la trenza de su cabello negro,
mi am ad a me p reg u n ta con acento meloso :
—¿Qué p á ja ro , de todos, te parece el m ás bello?
Yo la m iro, y re sp o n d o :
—Estoy criando un cuervo
que me saque los ojos.
—Lo de que los cuervos sacan los ojos a quien los
cría, es v u lg a r y fa ls o ; pero a nosotros esto no nos
im porta si la im presión es plástica y sugestiva, p o r­
que probablem ente en la poesía que de aquí saliera
no sub sistiría la com paración que constituye el mo­
tivo.
—Hom bre—in terru m p ió G an d aria cayendo en el
lazo—, voy a ver si saco de alú esa poesía, y si el
sistem a de com poner que usted me recom ienda me
d a tan buenos resultados como a usted mismo.
¿Quiere usted darm e este motivo de los cuervos?
—Tómelo u sted—contestó Pío Cid— ; y conste que
el sistem a a m í no me da buenos resultados porque
yo no lo em pleo; ni soy poeta, ni lo quiero ser.
—Pues usted escribe versos—replicó G andaria.
—P ero los escribo al azar, sin com ponerlos—dijo
Pío Cid—, sólo p a ra que sirv an a C andelita de m o­
tivos p a ra las m elodías que compone. Y casi nunca
paso de la p rim e ra im presión, porque no tengo pa-

256

ÁNGEL GANIVET

cien cia p a ra sa ca rle la su b sta n cia . A lguna que o tra
vez me lia ocurrido p en sar n a tu ra lm en te en verso
y e scrib ir después lo que he pensado, y éstas son
m is poesías.
—V am os a irn o s—d ijo G a n d a ria levantánd ose y
m etiéndose los v ario s papeles en su c a rte ra — y a de­
ja r le a usted en p a z ; porque si no, usted es ta n
am able que p erd ería por n u estra cu lpa todo el d ía y
au n la noche. S in em bargo, tengo m is m otivos de
q u e ja co n tra usted— añad ió insinu and o el motivo, no
poético, sino electo ral, de que otra s veces h a b ía t r a ­
tado— . P a p á , que le h a tom ado u n a g ra n sim p atía,
me ha dicho hoy que p en saba in v ita rle a u n a com i­
da, a la que a s is tirá don B artolom é de la C uadra,
p a ra p re sen tar a usted y p re p a ra rle el te r r e n o ...;
pero yo le asegu ro que estoy avergonzado de h ab er
hablad o por usted, puesto que ta n en poco estim a
los buenos deseos de sus am igos.
— Voy a sorp ren derle a usted— contestó P ío Cid—
diciéndole que he cam biad o de opinión y que ah o ra
no tengo rep aro en co rrer la a v en tu ra p o lítica que
tan to le in teresa. Am or con am or se p ag a, y y a que
usted escribe versos por com placerm e, yo seré c a n ­
didato por com placerle a usted.
— P ero ¿cóm o se exp lica—preguntó G a n d a ria — esa
sú b ita m udanza? ¿H a b la usted con fo rm alid ad ?
— H ablo con toda la seriedad de que soy capaz
— respondió P ío Cid— , y la exp licación de mi co n ­
d ucta es muy sen cilla. Deseo d arle gusto a usted
y al ex diputado por mi d istrito, a quien debo alg u ­
nos favores, el últim o el nom bram iento de usted (di­
rigiénd ose a V alle). No me g u sta b u sca r la s cosas,
pero cuando ellas se p resen tan buenam ente no es

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

justo desdeñarlas, pues ¿quién sabe lo que podrá
dar de sí este asunto, si cuaja?
— Délo usted por hecho, y no hablemos más—afir­
mó gravemente Gandaria, despidiéndose—. Pronto
volveré, quizás hoy mismo. Hasta luego.
Se fueron él y Valle, quedando Pío Cid caviloso
con la determinación repentina que había tomado, la
cual tenía, además de los motivos que dió, otro más
poderoso, que era el deseo que de pronto había sen­
tido de ir a Granada y a Aldamar con el pretexto
de la elección.
Tuvo lugar la comida anunciada por Gandaria,
y en ella quedaron concertados Pío Cid y el minis­
tro don Bartolomé de la Cuadra para celebrar una
entrevista y hablar despacio del asunto ; y la primera
impresión fué satisfactoria, porque a otro día, por la
tarde, vino Gandaria y entró en la sala diciendo :
—Amigo Cid, la cosa está decidida. Don Bartolomé
es un hombre muy grave, que no se precipita nun­
ca, y por esto ha dicho lo de la entrevista; pero
papá habló después con él, y me asegura que tiene
usted su apoyo. Y basta que don Bartolomé, que es
hombre de pocos compromisos, diga una palabra al
de Gobernación, para que sea usted de los indiscuti­
bles... Pero no le encuentro a usted trabajando y
está usted muy pensativo: ¿ha ocurrido alguna no­
vedad?
—Sí, ha ocurrido—contestó Pío Cid—. Anoche
cuando volví de la casa de usted, hallé una carta
de ese joven llamado Benito, que vió usted aquí una
noche, en la que me decía que, aunque era domin­
go, no venía porque en su casa había entrado la vi­
ruela espada en mano, hasta el punto de que en
17

258

ÁNGEL GANIVET

pocos días ha muerto la chiquilla de la patrona, y a
la criada la han tenido que llevar al hospital. Ahora
mismo vengo de allí, de hablar con la pobre P u rilla;
está fuera de peligro, y lo que me ha impresionado
no es verla enferma, sino oírla discurrir como ha
discurrido y mostrar la belleza de alma que ha mos­
trado.
—Deseche usted esos pensamientos—dijo Gandaria, algo inquieto al saber que Pío Cid había estado
entre enfermos contagiosos— ; yo no me juzgo co­
barde, pero no me atrevería a ir a un hospital por
nada del mundo; no es aprensión, es que me da
miedo de ver cuadros de dolor y de miseria.
—Eso es como todo—replicó Pío Cid— ; hay que
acostumbrarse. Cuando yo estudiaba leyes concurría
a las salas de autopsia; y no ha mucho, cuando
vivía en la casa de huéspedes, acompañaba a los es­
tudiantes de Medicina siempre que había anuncia­
da alguna operación quirúrgica notable. ¿No sufre
usted en un teatro cuando los actores representan
bien una dolorosa tragedia, y después se va usted
a la calle celebrando el talento de los actores y sin
acordarse del mal rato que le han hecho pasar?
¿No hay quien ve en los toros un espectáculo artís­
tico, mientras el que sólo percibe el lado brutal cree
asistir a escenas de matadero? Pues en los hospita­
les, cementerios y demás lugares que el vulgo con­
sidera tristes, lúgubres, repulsivos u horripilantes,
hay mucha belleza natural y artística, que ese vulgo
no conoce porque no quiere llegar al goce por el
dolor, ni siquiera por el dolor teatral, fingido, pues­
to que ya ve usted que la tragedia y el drama van
de capa caída y que el público lo que desea es reír

‘>59

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

m ecánica y tontam ente. ¡P obre gentecilla, que igno­
ra que el sufrim iento llena la m ayor p a rte de la
vida, y que huye de la vida por h u ir del sufrim ien­
to, y se contenta con h acer u n a ag radable digestión
de lo bueno o m alo que com e! No sea usted así,
am igo G andaria, y tenga entendido que el hom bre
m ás g ran d e es el que com prende m ás y ejecuta m e­
jor. ((Yo no sería capaz de h acer eso», es lo m ás
triste que puede decir un hom bre. No lo diga usted
nunca.
—E stá usted hoy m al encarad o —dijo G an d aria— ;
voy a p ro c u ra r distraerle con u n a poesía que he com­
puesto sobre el motivo de los cuervos. A ver si la en­
cu en tra m ala o menos m ala, porque buena no lo es­
pero.
Pío Cid cogió el papel, y leyó en voz b a j a :
EL

CAZADOR

H ERIDO

—Cazador que vas al bosque
De los cuervos,
Ten cuidado que, en los árboles,
Traicionero,
Se oculta el rey de la banda
Al acecho,
P a ra sacarte los ojos,
Con su pico corvo y negro.
¡£ ¡£ K

—Cazador que fuiste al bosque
De los cuervos,
F uiste alegre y vuelves triste
Como un m uerto...
—Miróme u n a m u jer pérfida,
Sonriendo,
Y me sacó el corazón
Prendido en sus ojos negros.

260

ÁNGEL GANIVET

—Una mujer más traidora
Que los cuervos,
Me lia robado el corazón
Sonriendo.
Por eso vuelvo tan triste
Como un muerto;
Que, aunque no se ve mi herida,
Traigo la muerte en el pecho.
—Esto es mejor que la serenata—dijo Pío Cid al
terminar— ; y aunque la forma ande aún cojeando,
el sentimiento está dominado y graduado con maes­
tría. Ahora mismo estoy yo contento, como la ma­
dre que ve por primera vez al hijo que acaba de pa­
rir. El poeta ha nacido, y aunque todavía esté en
pañales, con el tiempo crecerá.
—Pero dígame usted—preguntó Gandaria—, ¿ha­
bla usted sinceramente, con el corazón en la mano,
cuando me asegura que yo tengo facultades de poe­
ta? Yo he seguido la broma, como quien dice, pero
tengo mis dudas; ¿no he de tenerlas? Escribir ver­
sos, mejores o peores, no digo que no; esto no tiene
importancia. Lo que yo no creo es que se pueda de­
cir jamás de mí el poeta Gandaria, como se dice el
poeta Zorrilla, el poeta Campoamor o el poeta Núñez
de Arce.
— ¿Y por qué no?—preguntó Pío Cid—. ¿Es usted
de peor naturaleza que esos que acaba de nombrar?
Mam es el desmedido amor propio; malísimo es el
apocamiento ante las obras de valer. No exagere
usted la admiración ni siga usted el ejemplo de
nuestra juventud, que parece nacida para manejar
el incensario. Vea usted que, no obstante los nume­
rosos genios que tenemos en casa, el papel intelec­
tual de nuestra nación en el mundo no «s muy bri-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

261

liante que digamos; y fíjese en que no hay razón
ninguna para que España no sea tan grande como
las demás naciones, y en que si ha de igualarlas,
y si es posible superarlas, han de trabajar por ella
sus hijos, que hombres son de carne y hueso como
los hijos de las demás.
—Eso sí—dijo Gandaria— ; yo soy patriota como
el primero, y si confiara hacer grandes cosas las ha­
ría, aunque sólo fuese por orgullo patriótico, aun­
que no saliera ganando nada.
—Pues inténtelas sin temor, sin descorazonarse por
la endeblez de sus fuerzas—dijo Pío Cid—. Siga el
ejemplo de los pequeños mirmidones, que para ser
grandes bailaban sobre Ja tumba de Aquiles. Baile
usted encima de todas nuestras glorias nacionales.
— ¡No es mala la idea!—exclamó Gandaria, ale­
grándose como una criatura.
—Para que acabe usted de convencerse — agregó
Pío Cid—, le diré que eso de las aptitudes y facul­
tades para la poesía es un achaqueciilo que se usa
mucho y vale muy poco. Poetas lo son todos los hom­
bres capaces de ver las cosas con amor. Y ¿quién no
ve algo con amor? Hay versificadores, músicos y pin­
tores de oficio, y ejecutantes rutinarios de todas las
obras humanas. Nada ríe esto tiene que ver con la
poesía, que es creación; un poeta es un creador que
se sii've de todos los medios humanos de expresión,
entre los que la acción ocupa quizás más alto lugar
que las formas artísticas más conocidas: las pala­
bras, ios sonidos, los colores. Hoy lie visitado yo en
el hospital a una muchacha que es una poetisa de
cuerpo entero, sin haber salido nunca de criada de
servicio. Cualquiera otra criada que no fuese Puri-

262

ÁNGEL GANIVET

lia hubiera entrado en ei hospital con miedo y con
asco, y hubiera contado las horas y momentos que
tenía que pasar hasta que le dieran el alta. Purilla
fué por su gusto, por no causar perjuicios a su ama,
y en vez de mirar lo que el vulgo mira, supo mirar
y ver lo espiritual que allí flotaba, y concibió a se­
guida la idea de ser Hermana de la Caridad. P ara
que una criatura tan infeliz como Purilla tenga este
arranque ha debido imaginar algo muy bello, que a
falta de expresión artística, sale a luz en un acto de
la voluntad generosa. Y este acto es una creación
poética, muy superior a lo que usted y yo hemos he­
cho hasta ahora.
—¿Y cómo explica usted—preguntó Gandaria—el
proceder de esa pobre chica?
—Lo explico por el amor—contestó Pío Cid—. Por
lo que se explican todas las creaciones poéticas. Mu­
cho me duele tocar a los sentimientos del prójim o;
pero no creo que haya ninguna grave ofensa en de­
cir reservadamente que Purilla estuvo enamorada de
un hombre que no podía corresponderle; y que este
amor desventurado, que a otra mujer quizás lar lan­
zara a cometer cualquier disparate, a ella le dió áni­
mo para ennoblecerse. Aprendió a leer y a escribir y
mil pormenores instructivos; se afinó como una se­
ñorita, y cuando la enfermedad la llevó a un lecho
del hospital, en lugar de asustarse, vió el cielo abier­
to. Cuando yo me acerqué a su cama—añadió Pío
Cid con emoción—, le conocí la idea en el rostro.
No puede usted imaginarse lo que se alegró de ver­
me y de poder explicarme el pensamiento que había
tenido. «Pero, muchacha—le dije yo—, eso no es tan
fácil de hacer como de pensar. ¿Vas a dejar a tu

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

263

am a? Y luego, hay que saber si tú sirves p a ra el
caso.—A m í la que me tira b a era la P a q u illa —me
contestó ella—, y como se ha m uerto, ¿ p a ra qué voy
a volver a la casa a b reg ar con los huéspedes? Aquí
o donde me m anden estaré m ejor.» Entonces me dijo
la H erm ana que me h abía acom pañado que estaban
todas a d m ira d a s de la vocación de P u rilla y de su
educación, que no era la de u n a criada. La Superiora, con quien hablé, se m ostró asim ism o m uy en­
c a riñ a d a con ella. En sum a, n u estra poetisa será
H erm ana de la C aridad, y el am or que pudo ten er­
le a un solo hom bre se lo te n d rá a todos los hom ­
bres, en p a rtic u la r a los m ás desventurados.
—Aunque no me gusta ser indiscreto—dijo C an d a­
ría —, me parece que usted h a desem peñado algún
papel en la h isto ria de P u rilla, porque, si no, no se
com prende el interés que se tom a por ella.
—Si lo dice usted por la pobre condición de la m u­
chacha—replicó Pío Cid—, tenga entendido que p a ra
mí u n a criad a vale tanto como la em peratriz m ás
cogotuda de E uropa. P u rilla asistió a mi h e rm a n a en
su ú ltim a enferm edad, y por mi h erm an a supe yo lo
del enam oram iento, y no porque P u rilla lo d ijera,
sino porque los m oribundos ven lo que no vemos los
que d isfrutam os de buena salud. Y si yo le he descu­
bierto a usted u n secreto de la vida ín tim a y siem ­
pre respetable de u n a m ujer, h a sido p a ra a n im a r­
le, poniéndole delante de los ojos u n ejem plo de lo
que pueden los sufrim ientos amorosos. P a r a u n es­
p íritu v u lg ar no son n ad a las desilusiones, los des­
engaños, los c elo s; porque la vulg arid ad tiene bue­
n a en carn ad u ra , y san a de todas las h erid as que
recibe. P ero los espíritus delicados no s a n a n ta n fá-

264

ÁNGEL GANIVET

cilmente, y una herida en el corazón, menos; en el
amor propio, se les encona, y si cura les deja una
huella indeleble. Y cuantas veces se pone el dedo en
la herida, creación tenemos segura. Así es el hom­
bre, todos los hombres, y usted como los demás.
—Vamos, usted cree—dijo Gandaria con forzada
sonrisa—que yo soy el cazador herido de mis versos,
y que alguna coquetuela me ha disparado un dardo
venenoso.
—Y tan seguro como estoy, aunque usted se ría

—afirmó Pío Cid—. En la herida esa confío más que
en nada para que sea usted un gran poeta.
—Dispénseme usted si le digo—insistió Gandaria—
que no comprendo la relación que pueda haber entre
mis afectos y esas poesías que escribo por pasar el
rato.
—No hay relación—dijo Pío Cid—, sino que son
una misma cosa. Usted se enamora de una mujer y
la ve con ojos de amor, y la ve distinta de como la
ve todo el mundo. El mundo, es decir, la gente in­
diferente, ve la apariencia, y usted ve la aparien­
cia y el misterio que debajo de ella se encubre. ¿Quién
ve mejor? Se dice que el enamorado no ve, porque
la pasión le ciega; yo afirmo que los indiferentes
son los que no ven, porque les ciega la indiferencia.
Si éstos son los que ven, entonces hay que decir que
el enamorado no sólo ve, sino que crea, espirituali­
zando la realidad, y dando a la realidad lo que ésta
no tiene. Así, pues, todo hombre capaz de amar es
un creador, un poeta, cuya visión es tan grande como
el objeto de sus amores. Para la mayor parte de los
hombres, la visión se reduce a un individuo o a un
pequeño grupo. Amo a una mujer, la mujer me

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

265

ama, constituimos una familia, nos quedamos con
nuestro amor de puertas adentro, y santas pascuas
La creación no pasa del primer grado, y encarna en
el bello y robusto infante, que los papás acogen con
júbilo. Pero si nuestro amor no halla tan expedito el
camino, nuestro espíritu aprovecha la coyuntura para
arrancarnos del afecto carnal, y comienza otra crea­
ción más espiritual, más amplia, como que no tiene
límites, y puede abarcar toda la Humanidad y el
universo entero. No le quepa a usted duda, amigo
Gandaria, de esta filiación de nuestras obras espi­
rituales. Vea usted varios artistas, pintores o escul­
tores, que pintan o esculpen un mismo modelo; mu­
chos lo copian, lo imitan con mayor o menor per­
fección; uno lo crea, y crea una obra de arte. ¿Por
qué? Porque los unos son los indiferentes, que ven
las cosas como son, y el otro es el amante que des­
cubre el ser espiritual, íntimo, del modelo artística­
mente amado. Y como hay quien ama poco y quien
ama mucho, hay pequeños y grandes artistas; y en
el origen del arte humano, en la formación del alma
creadora del hombre, hay eternamente una revul­
sión del amor natural, sin la que este amor no se re­
montaría a la contemplación pura de los seres. Un
carácter débil no soporta las penas de amor, y cae
en el odio, en la venganza y en mil bajas pasiones,
y desea la destrucción y aniquilamiento de cuanto
existe : un carácter enérgico reacciona y pasa fácil­
mente del odio momentáneo, engendrado por el des­
pecho amoroso, a un amor más noble que el que pri­
meramente tuvo. Este amor será menos vivo, pero
es más hondo y más creador; y, ajustadas bien las
cuentas, si bueno es el uno, mejor es el otro. Ya le

266

ANGEL GANIVET

decía yo a usted que el poeta enante de su serenata
estaba a dos pasos de ser ridículo, como lo son los
enamorados a quienes se da con la puerta en las
narices; pero que también estaba muy cerca de ser
sublime, como lo son los enamorados que saben volar
por las alturas celestes y reírse desde allá de la ama­
da desagradecida y del afortunado rival, si le hu­
biere. Conque ánimo, cazador sin ventura; cúrese
usted la herida que lleva por dentro y recoja con
amor la sangre que de ella gotee, que esa sangre es
néctar poético, digno de que lo saboreen los mismos
dioses del Olimpo.
— No se burle usted, amigo Cid — dijo Gandaria,
exasperado ante la insistencia cruel con que Pío Cid
le ponía el dedo en la llaga— . Si fuéramos a cuen­
tas, quizás esté usted más herido que y o ; porque yo
no he hecho hasta ahora nada de particular; pero
usted ha creado mucho más que yo, y, según su teo­
ría, debe haber sufrido grandes contrariedades amo­
rosas. Y, aun ahora mismo, ¿quién sabe si por me­
dio habrá alguna pasioncilla contrariada?... Algo po­
dría yo decir..., pues aunque no soy ningún gran ob­
servador, no soy ciego del todo...
— Eso lo dice usted por tomar el desquite — inte­
rrumpió Pío Cid— , porque quizás cree usted que yo
le he llamado cazador con ánimo de burlarme del
grave accidente que le ocurrió en su excursión al bos­
que de los cuervos.
—No es ésa mi idea— replicó Gandaria— ; es más
bien curiosidad que he sentido por saber si en efec­
to, todos los poetas comienzan por ser amantes des­
deñados...
—Pero aunque yo fuera un verdadero poeta— re-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

267

plieú Pío Cid—, habría que retroceder muchos años
para investigar mis comienzos.
—También se refrescan las heridas—insistió Can­
daría— , y así como apostaría algo a que su juven­
tud ha sido borrascosa, estoy por pensar que ahora
mismo está usted corriendo un temporal muy duro
Usted arde más ligero que la estopa cuando le sopla
el diablo del amor, y sin salir de esta casa, tiene
usted aquí una colección de bellísimos diablos... No
hablo en mal sentido—añadió Gandaria corrigiéndo­
se, temeroso de haber ido demasiado lejos—. Usted
es casado, y ha de observar, naturalmente, sus debe­
res de jefe de familia. Quiero decir que por esto mis­
mo, si le gustara alguna además de la suya ten­
dría que...
— En ese punto va usted descaminado—dijo Pío
Cid riendo—. Mi combustibilidad amorosa es sólo es­
piritual, y no hay peligro de que yo, a estas alturas,
me enamore. Las primitas son para mí más bien
hermanas o hijas...
— Usted lo cree así—interrumpió Gandaria— ; pero
¿y si usted mismo se equivoca? No digo yo que sea
usted un amante desdeñado, ni mucho menos; al
contrario, ¿quién sabe si es usted correspondido con
exceso? Sólo que usted es un hombre de honor, que
sabe respetar a las mujeres, y por respetarlas quizás
sufra tanto como si recibiera crueles desdenes. En
fin, yo soy un torpe, un majadero, que no debía me­
terme en lo que no me incumbe; perdone usted mi
indiscreción.
—No es indiscreción—dijo Pío Cid—hablar con
franqueza, cuando yo mismo le he dado el ejem­
plo. A veces, una observación oportuna nos da a co-

268

ÁNGEL GANIVET

nocer nuestros propios sentimientos, y bien pudiera
usted ponerme sobre aviso contra mí propio diciéndome qué ha notado en mí que le autorice para pen­
sar como piensa, puesto que yo tengo ahora la pri­
mera noticia...
—No es nada, es una tontería de mi parte...—dijo
Candaría— ; había creído notar en usted cierta sos­
pechosa predilección por Candelita...
—Es verdad—asintió Pío Cid— ; pero...
Se oyó un grito agudo, y al mismo tiempo un gol­
pe como de un cuerpo que cae desplomado. Pío Cid
y Gandaria se levantaron llenos de sobresalto y
miraron hacia la puerta clavada que había detrás
del sofá, y que en otro tiempo debió servir para co­
municar la sala con la habitación de al lado, que
era dormitorio y despacho de Pío Cid. Este pensó sin
vacilación lo que había ocurrido: que Martina ha­
bía estado escuchando y había oído la revelación de
Gandaria, que, aunque infundada, venía a corrobo­
rar las sospechas que ella abrigaba, puesto que más
de una vez se había lamentado con su marido, insi­
nuando vagamente los celos que de su prima tenía.
Pío Cid acudió prestamente a socorrer a Marti­
na, a la que, al abrir la puerta de su cuarto, vió ten­
dida, cuan larga era, sobre el desnudo pavimento.
Gandaria, que había seguido detrás miraba con ojos
espantados; y no sabiendo qué hacer ni qué decir, se
despidió atropelladamente luego que Pío Cid, cogien­
do en brazos a Martina y sentándola en una silla
apoyada contra la mesa de escribir, dijo con tono
muy tranquilo:
— Esto no es nada. Pronto pasará...
Después que Gandaria se marchó, Pío Cid cerró

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

269

por dentro la p u erta, tendió a M artin a sobre la cam a,
le roció el rostro con ag u a y se puso a p asear, es­
perando que pasase aquel ligero desm ayo, sin nece­
sidad de m over en la casa un levantam iento. No ta r ­
dó mucho en volver en sí M artina, que, m ás que des­
vanecim iento, lo que su fría era un ataque de fu ro r
reconcentrado por el silencio que se vería obligada
a g u a rd a r, no obstante los motivos de queja que te­
nía o creía tener desde que Pío Cid entró en la
c a s a ; y aprovechando la o portunidad de su d esm a­
yo p a ra desahogarse, se incorporó en el lecho y se ali­
só los en m arañ ad o s cabellos, m ien tras pensaba el mo­
do de in iciar el com bate. Como m u jer que era, y m u­
je r m uy fem enina, su rencor no iba contra Pío Cid,
que ella creía v erdaderam ente culpable, sino co n tra
C andelita, que, aunque fu era inocente, h ab ía com eti­
do el delito de a g ra d a r y de ser am ada, el m ayor que
a los ojos de u n a m u jer en am o rad a puede com eter
o tra m ujer. Sin em bargo, no acertó a decir n a d a
contra su prim a, y hallando m ás a m ano a C an d a­
rla, enristró con él y comenzó con el siguiente ex
abrupto:
—¿Se ha ido ya ese gomoso? Bien sabe Dios que
tengo atravesado al tipo ese y a toda su fam ilia. No
sé a qué vienen esas conferencias ni esos ta p u jo s ;
parece que vais a descubrir un nuevo m undo... Lo
que descubra el idio ta ese... Bien podía u n tarse algo
p a ra echar b arba, y no que parece un chivo a fe ita ­
do. Venir a sa c a r a las personas de sus casillas
p ara... yo no sé p a r a qué... Es decir, lo sé de sobra
—añadió echando ios pies hacia el borde de la cam a
como si fuera a ap earse—. Sé que hoy las m ujeres no
tienen vergüenza, > que en cuanto ven a un hom bre

270

ÁNGEL GANIVET

no guardan respetos a nadie; de seguro que te han
echado el ojo para la hermana del necio ese. La jo­
ven parece una espátula; pero hay dinero y apa­
rato... Te haces el distraído; no me contestas—pro­
siguió con calma fingida—. ¿Qué me has de contes­
tar, si llevo la razón? Tú eres el que no quiere nada
y el que no pretende nada, y en cuanto has visto dos
dedos de luz, allá vas ciego a encaramarte o a que
te encaramen, aunque tengas que perder hasta la
dignidad... Todos sois lo mismo, hipócritas; esto es lo
que sois los hombres... Y querer engañarme a mí
como a una criatura recién nacida... «Voy a casa
de esos amigos (imitando la voz de Pío Cid), a ha­
blar un poco en inglés...» Así se les secara la lengua
a todos los embusteros... De fijo que ya sabrán que
yo no soy tu mujer... Esas cosas se saben en segui­
da, y si no lo sabían, lo habrás dicho tú... ¿Por qué,
si no, te invitan a ti, y los demás somos un cero
a la izquierda? Es que un hombre es siempre un ser
privilegiado que es bien recibido en todas partes,
aunque sea un canalla, mientras que a las mujeres
no se nos perdona la falta más mínima. Tú eres más
cuco que pareces: cuco no, egoísta es lo que eres, y
por eso todo lo arreglas a tu conveniencia. ¿Qué ten­
gamos con que no quieras nada tuyo, con que lo des
todo, si esto lo haces por no molestarte? ¡Eso no tie­
ne gracia! Y además, yo quisiera verte en ciertos
lugares... Al fin y al cabo, tú no has sido nunca nada,
y si llegara la ocasión de que fueras algo, veríamos..
No veríamos, hemos visto ya—exclamó con nuevo fu­
ror—. Si apenas ha hablado cuatro palabras con una
medio señorita, ya le hemos tenido haciéndose cruees o poco menos... Y todo porque la joven se da la

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

271

importancia de una aristócrata..., como si yo no fue­
ra más noble que todos los nobles de España jun­
tos, como consta en los papeles que algún día te
meteré por los ojos para que los veas bien. ¡Venirme
con flato aristocrático a mí, que a orgullo no me
gana nadie cuando quiero tenerlo! Y el día que vi­
mos a la carilacia esa, de amazona, que nos la en­
señaste como si no supiéramos lo que es tener ca­
ballos... Pues si hubieras tú visto el potrero de mi
abuela, cuando teníamos el ingenio, te asustas. En
el fondo, lo que tú tienes es ignorancia por no ha­
ber salido nunca de tus cuatro paredes; así es que
todo te sorprende, y aunque quieras aparentar gran
conocimiento del mundo, eres un babieca. Hombre,
para lo único que tienes talento es para engañar y
para manejar las personas a tu gusto. No sé cómo te
las compones, que siempre te sales con la tuya; sin
embargo (con tono amenazador) tú no conoces aún
a Martina de Gomara; ¿qué me has de conocer? Tú
has creído que yo soy una muñeca, con la que se
puede ju gar...; pero eso ha sido porque yo me he
hecho la tonta por no meter la guerra en la casa ¡ No
creas que la cosa va a durar, no! ¿Para qué sirve
sacrificarse? Para que todo el mundo abuse cada día
más. Yo he callado hasta hoy; pero ya esto acabó,
vaya si acabó. No te hagas el distraído, ni pasees
más, que me mareas; atiéndeme y contéstame, que
no soy ningún perro, y dime si tú crees seriamente
que esto va a seguir así.
—Esto, ¿qué es?—preguntó Pío Cid sin alterarse.
—Esto es esto—pronunció Martina con violencia—,
de sobra lo sabes. Yo no vivo más así. Yo no tengo
necesidad de que nadie rne señale con el dedo. Va-

272

ÁNGEL GANIVET

mos a ver: ¿son mis primas de mejor condición que
yo?... Pues entonces, ¿por qué te parece muy bien
que Paca se case y que yo sola sea la que haga el
Cristo? Si eres tan enemigo del matrimonio, cuando
Pablito ha hablado de casarse has debido de decirle
que las ceremonias no sirven más que para perder el
tiempo y gastar dinero; pero no, señor; no sólo no
has dicho eso, sino que yo estoy convencida de que
si Pablito no se casara le pondrías en lo ancho de
la calle. Aquí tú solo tienes el privilegio de divertir­
te con la sociedad...
—Pablito—interrumpió Pío Cid—es un buen mu­
chacho, pero no sabe dónde está de pies, y hay que
casarle dos o tres veces, si es posible, para que se en­
tere de que es casado y para que sepa, viendo lo que
hacen otros matrimonios, lo que él ha de hacer. ¿Qué
culpa tengo yo de que la mayor parte de los hom­
bres sean como las mercancías que van de un punto
a otro, que para que lleguen a su destino hay que
pegarles una etiqueta? Yo, malo o bueno, me tengo
por hombre, y no tolero que me facture nadie. Tú
eres mi mujer, ya te lo lie dicho, y no hay que repe­
tirlo más. Si la sociedad se incomoda, con no ha­
cerle caso estamos listos.
—¡Bien!—prosiguió Martina—; pero aunque yo no
le dé importancia a la sociedad, porque la despre­
cio, dime: ¿qué salgo ganando con vivir como vivo?
Yo soy aquí una de tantas; ni más ni menos que
mis primas. Yo he oído siempre decir que el casado
casa quiere, y puesto que tú me consideras como tu
mujer, quiero ser dueña de mi casa y no estar a las
órdenes de nadie. Aquí las amas son la mamá y la
tía, o, mejor dicho, el ama es mi tía, porque mi ma-

los

Trabajos í>e pío cid

m

dre es una mujer sin disposición. Yo no soy nadie,
ni dispongo de n a d a ; estoy aquí como estaba antes
de conocerte, quizás peor; ¿crees tú, repito, que esto
va a continuar?
— Sí lo creo— afirmó rotundamente Pío Cid.
— ¿Lo crees? — gritó Martina, saltando al suelo
como si le hubieran tocado a un resorte.
— Sí— repitió Pío Cid con sequedad.
— ¡Hola, amiguito; parece que tocan donde due­
le ! — exclamó Martina poniéndose delante de Pío
Cid— . Ya sé que yo para ti soy poco, casi nada. Y
no me importa, porque tú para mí, eres menos que
un guiñapo. ¿Quién te va a querer a ti, cuando no
sabes siquiera lo que es una mujer, ni las conside­
raciones que deben guardársele? Me has visto tira­
da en el suelo y me has recogido como se recoge un
vestido que se cae, y no se te ha ocurrido darme
nada... Quizás deseabas que me muriera de una vez...
No sabes tratar a una mujer delicada, no sabes.
Otro hombre, conociendo el estado en que me encuen­
tro, se hubiera enternecido; pero tú no me quieres
a mí, ni quieres a nadie, y, si por desgracia, tienes
un hijo, no le querrás tampoco, porque no tienes co­
razón... ¡Ah! Y a te lo decía yo la primera noche que
te conocí; ¡antes me hubiera muerto mil veces! Ya
te lo decía: tú tienes algo bueno; pero mucho, mu­
chísimo malo, un alma cruel como la de una pan­
tera... Eres un lobo disfrazado de cordero... ¡Qué
desgracia la m ía!— añadió, sentándose en una silla
y echándose a llorar.
— Si yo te tratara con blandura— dijo Pío Cid— ,
a las veinticuatro horas habrías echado de la casa
hasta a tu madre, y a las cuarenta y ocho me ha­



274

ÁNGEL GAN1VET

brías pegado a mí. Y lo de que me pegaras es lo que
menos me importa.
— i Querrás decir—gritó Martina levantándose—que
yo soy aquí la mala!
—Eres más egoísta que yo—contestó Pío Cid— ,
porque tú no entiendes el amor sin el exclusivismo,
y te interesaría más hacer ver que eres el ama de la
casa que conservar el afecto de tu familia.
— ¿Y qué te importa a ti mi familia? — preguntó
Martina, reanudando la catilinaria—. Tú te has ca­
sado conmigo sola, y yo quiero ser sola, como lo son
todas las mujeres que se casan. Si tú tienes otras
ideas, podías irte a la Morería, y allí vivir a tus an­
chas con cuatro o con cuarenta mujeres; pero aquí
estarnos en España, y yo no tolero que me en­
gañes.
— ¿Qué te importa si no me quieres?—interrumpió
Pío Cid.
—No es por amor ni por celos por lo que te lo
digo—contestó Martina— ; es por orgullo. Es por­
que me considero demasiado grande para que un
tipo como tú me ponga la ceniza en la frente. ¡Por
amor iba a ser!—añadió con tono compasivo—. ¡P o ­
bre infelice! A puntapiés tendría yo, si quisiera, hom­
bres que valen más que tú. Tú eres un Don Nadie,
lleno de pretensiones; y si se te puede mirar ahora
a la cara, es porque yo me he tomado la molestia de
ponerte decente... ¡Cuando pienso—rugió de repente,
amenazando a Pío Cid—que algunas veces hasta te
he cortado el pelo y te he arreglado la barba, para
que luego fueras a presumir por ahí con otras que no
son dignas ni de lavar la ropa que yo ensucio! Para
eso sirvo yo, para criada tuya, como si tú fueras

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

275

alguien. Así íe lias crecido tanto, que hasta te con­
sideras con derecho a burlarte de mí, sin siquiera
darme explicaciones cuando te hablo. ¡ Si supieras
el odio que me estás metiendo en el alma, quizás no
te reirías, porque ahora mismo me están dando ideas
de clavarte un cuchillo en el corazón!
—¿No dices que no tengo corazón?—preguntó Pío
Cid sonriendo.
— ¡No lo tienes, n o!—gritó Maitina.
—Si así fuera—continuó Pío Cid—, me daría por
muy contento, porque el corazón es un estorbo en la
vida. Tú tienes un gran corazón y amas con el co­
razón y eres una calamidad, y lo serías mucho ma­
yor si te dieran rienda suelta. Yo debo también te­
ner corazón a juzgar por los muchos disparates que
he cometido y cometo. Y si a pesar de todos los pe­
sares nos entendemos nosotros dos, es por el cora­
zón, porque nuestras ideas son casi opuestas. Yo te
juro solemnemente que cuando me has insultado he
permanecido en silencio, no por indiferencia, sino
por escuchar tus insultos, que los sabes decir con
mucha gracia y expresión. Ofenderme no me ofen­
den, porque lo dices sin motivo. Tus celos...
—Yo no tengo celos—interrumpió Martina— ; ¡qué
más quisieras tú!
—Bueno; tu amor propio, o lo que sea—prosiguió
Pío Cid—, anda viendo visiones. Yo soy muy fran­
co, y si algún día te engañara te lo diría, precisa­
mente para que no hubiera engaño, porque a mí no
me gusta engañar a nadie. Vive, pues, tranquila y
no des importancia a las necedades que a cualquie­
ra se le ocurra decir.
—No son necedades — dijo Martina en tono más

276

ÁNGEL GANIVET

tranquilo—. Yo he oído muy bien que tú has dicho:
«Es verdad.»
— ¿Y a qué he contestado yo: «Es verdad»?—pre­
guntó Pío Cid.
—A lo que te decía ese joven, de que tú tenías re­
laciones con...
—No inventes lo que no has oído—rectificó Pío Cid
con tono ofendido—. Ese muchacho ha dicho que si
yo tenía o no tenía predilección por Candelita, y yo
habré contestado lo que es la verdad: que se la ten­
go por su talento. Mira tú ; quizás quiera más a
P a c a ; a Candelita la atiendo más porque me inte­
resa que estudie y que adelante.
—Pero cuando los extraños lo notan...— insistió
Martina.
—Los extraños, como tú, no distinguen entre el
afecto puro y desinteresado y el que oculta malas
intenciones. No ven más que por fuera. Tú sabes que
no llevas razón, y si tus quejas fueran sólo porque
yo me preocupo por el porvenir de Candelita, de­
mostrarías ser envidiosa, y la envidia es un senti­
miento que me dolería mucho ver en ti.
—Yo no tengo para qué envidiar a nadie—replicó
vivamente Martina— ; y si yo quisiera, podría saber
tanto como ella; sólo que no he tenido nunca pacien­
cia para estudiar. Y luego, que las mujeres lo que
deben hacer es casarse y tener hijos muy bonitos;
lo demás son tonterías.
—Comienzas a hablar como un oráculo—dijo Pío
Cid, cogiendo una mano de Martina y estrechándose­
la con cariño—. Tú eres buena, aunque tu caráctes es un poco violento. Si quieres darme gusto, no
hablemos más de lo que hasta aquí hemos hablado.

LOS TUARAJOS DE PÍO CID

?77

Queriendo o sin querer, pronto voy a emprender ese
via je; a la vuelta veremos el partido que hay que
tomar.
— Nada que venga de esa familia— dijo Martina
mirando a Pío Cid con mejores ojos— me satisface a
mí. No sé por qué, creo que la amistad que te de­
muestran es falsa; quizá el tiempo te abrirá los
ojos. ¡Eramos tan felices cuando no venía nadie y
tú no salías más que para ir a la oficina! Esas en­
tradas y salidas de ahora, esos visiteos y convites,
no me agradan. Si tú te guiaras por mí, puesto que
tienes esos trabajos, que dices que te durarán más de
dos años, debías dejar las lecciones y dejarte de po­
lítica, y ni siquiera escribir para el periódico, o por
lo menos no tratarte con los periodistas, que son gen­
te que me es poco simpática...
— Te advierto— dijo Pío Cid— que estamos encerra­
dos no sé cuánto tiempo. Yo no sé cómo no nos han
llamado ya. Quizá porque han oído tus gritos y no
han querido meterse por medio. ¿Qué vas a decir
si preguntan?
— ¿Yo?— preguntó a su vez Martina con cierta co­
quetería.
— Di...— le contestó Pío Cid, acabando de arreglar­
le el cabello y pasándole la mano por la cara, en la
que aún quedaban huellas del lloriqueo reciente— ,
di que te has incomodado conmigo, porque no estás
conforme con mi viaje.
— ¡Y no estoy conforme, no, señor!— chilló Marti­
na, alzando el gallo de nuevo.
—No empecemos otra vez— dijo Pío Cid dirigién­
dose a la puerta y desechando la llave, mientras
Martina le preguntaba con interés:

278

ÁNGEL GANIVET

—Oye, cuando entraste a levantarme, ¿venías solo?
—No, que vino detrás Adolfito; pero se fué en se­
guida, sin decir bueno ni malo.
—¿Y cómo estaba mi vestido? ¿Se me habrá visto
algo?—preguntó Martina, subiéndosele los colores a
la cara.
—No se te veían más que las puntas de las za­
patillas. Tienes talento hasta para desmayarte, y si
te dedicaras al teatro serías una gran actriz—dijo
Fío Cid saliendo de la habitación.
Martina le siguió, y ambos entraron en la sala,
sin que doña Justa y las primitas que allí estaban
hicieran ninguna pregunta, aunque en el aire se les
conocía que habían oído algo y que nó se daban
cuenta exacta del motivo que hubiera para la grite­
ría de Martina.
«No será cosa mayor, pensarían, cuando tan pron­
to ha pasado la borrasca.»
Entretanto el atortolado Gandaria sufría una te­
rrible congoja, la mayor quizás que había pasado en
su vida. Salió de casa de Pío Cid disparado y como
loco, con el corazón oprimido, que parecía que se
lo apretaba una mano muy fuerte. No acertaba a
pensar, aunque concentraba la atención para recu­
perar la conciencia de sí mismo; ni siquiera veía por
dónde andaba, aunque no andaba, sino que corría
sin tropezar con nada ni con nadie. Sin saber cómo
se halló en Recoletos, cerca de la estatua de Colón,
y allí se detuvo sin saber si debía seguir hacia su
casa, que estaba en la calle de Génova, o si volver
atrás y meterse en algún sitio donde hubiera mucha
gente, para aturdirse un poco. Lo primero que se le
vino claramente al pensamiento fué la última estro-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

279

fa de El cazador herido, y lo que más le extrañaba
era que aquellos versos que él había escrito sin emo­
cionarse, ahora le daban escalofríos y aun le pare­
cían poco fuertes para expresar el dolor amarguísi­
mo que le traspasaba de parte a parte como un finí­
simo florete:
... aunque no se ve mi herida,
traigo la muerte en el pecho.
—No es que traiga la muerte—pensaba—, es que
estoy muerto ya, porque parece que me han despe­
gado la cabeza de los hombros y que yo no soy yo,
sino un autómata.
Y en aquel instante, por una inconsecuencia muy
propia de un poeta, que es lo que él comenzaba a ser
sinceramente, se le ocurrió dar forma a su nuevo do­
lor en unos tercetos que comenzó a componer a la
ventura:
¡Aún resuena en mi alma el grito agudo
que ella lanzó cayendo desplomada;
y aún veo de su rostro el dolor mudo...
Mientras recitaba estos versos sin hablar, pero con
involuntarias gesticulaciones, llegaba a la calle de
Génova, buscando inconscientemente un refugio dondo ocultarse. Como ballena que al sentir el arpón en
el cuerpo se sumerge en el mar, hasta que muerta
sale flotando a la superficie, así el pobre Gandaria,
herido por el arpón poético que Pío Cid tan diestra­
mente le había clavado, iba a esconderse en su casa
para arrancarse aquel sentimiento nuevo en su vida :
el deseo de dar forma a un pesar tan hondo como

280

ÁNGEL GANIVET

el que sentía. No le bastaba sufrir, tenía que exte­
riorizar el sufrimiento de una manera artística y
muy plástica, porque así le parecía que lo tenía de­
lante de los ojos y que no sufría tanto como tenién­
dolo escondido dentro del pecho. Y era tal su impa­
ciencia, que por la calle seguía componiendo y re­
citando en voz baja, y que después de repetir varias
veces el primer terceto, pasó al segundo:
La vi en el frío suelo desmayada,
y no pude en mis brazos darle aliento,
ni dar luz, con mi amor, a su mirada...
Y después de repetirlo y de una breve pausa en
busca de los consonantes, que parecían sordos al lla­
mamiento del acongojado vate, prosiguió:
De amor y de dolor fué su lam ento;
pero no fué por mí, aunque yo la adoro...
—Esto no puede ser—se interrumpió— ; si yo es­
cribiera esto, me tirarían patatas a la cabeza. ¿Qué
tengo yo que ver en esta escena? Ella ama a su ma­
rido, y aunque éste la engañe, ella le seguirá am an­
do, y basta se m atará por él antes que mirarme a mí
a la cara. Mi situación es ridicula, sí, señor. Pío Cid
es el hombre más listo que existe en el globo terrá­
queo, y cuando él me dijo que estos amores sin es­
peranza están a dos pasos de hacer reír, me lo dijo
con sobrada razón. Y gracias que él no sabe la ver­
dad completa...
—Caballero—dijo un criado de librea que estaba
a la puerta de la casa donde entraba Gandaria—
¿adonde va usted? La señora lia salido..

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

281

— ¡A h !—exclamó Gandaria con un movimiento de
cabeza que indicaba que se había distraído pensan­
do en negocios graves.
Y sin decir más salió de allí murmurando:
—¿Qué tal? Que yo dijera en mis versos que salí
tan loco de su casa que en lugar de meterme en la
mía me metí en la de mi vecina la duquesa de Almadura... Las carcajadas se oirían en el séptimo cie­
lo... ¡Oh! ¡Malditos sentimientos, que, aunque nos
estén destrozando el alma, hacen reír tan fácilmen­
te! Yo casi me iba también a echar a reír, y sin em­
bargo, sufro como un condenado... Como que poco
me falta para llorar.
A los pocos pasos llegó a la puerta de su casa y,
después de fijarse bien, cruzó la entrada, ligero como
una liebre fugitiva, y comenzó a subir las escaleras
de tres en tres, en tercetos; como su poesía.

FIN DEL TOMO PRIMERO

INDICE
Páginas.

Anteportada........
Obras del au tor..................................................................
Portada..........................................
Propiedad........ ............................................................. ..
Los trabajos del infatigable creador Pío Cid........ . ..
T r a b a j o primero . —P ío Cid intenta desasnar a unos
estudiantes..............................................................
T rabajo segundo .— Pío Cid pretende gobernar a
unas amazonas................................................

1
2
3
4
5
7
97

T rabajo tercero .—P ío Cid quiere formar un buen

poeta............................................................
Colofón....................

179
285

ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
EN MADRID, EN LA IMPRENTA
DE JUAN PUEYO, EL DÍA
XXX

DE

ABRIL

DE MCMXXVIH

Colecciones