Los trabajos del infatigable creador Pío Cid. Tomo II

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Madrid

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Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Juan Pueyo
Lugar de publicación
Madrid
Idioma
Español
Europeana Type
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Europeana Data Provider
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Universidad Complutense de Madrid
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CC BY-NC-ND 4.0
Fecha de creación
1928
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OBRAS COMPLETAS DE

ANGEL GANIVET
OBRAS
V olumen



ANGEL GANIVET
IV

COMPLETAS

I.— Idearium Español

II.—L a Conquista del Reino de
Maya por el último conquis­
tador español Pío Cid





III.—lo s TRABAJOS DEL INFATIGABLE
creador Pío C id . - T omo I
IV.—Los TRABAJOS DEL INFATIGABLE
creador Pío Cid.—T omo II
V.—El escultor de su A lma ( dra­

LOS TRABAJOS
DEL INFATIGABLE CREADOR

PIO

CID

T omo II

ma místico )




VI.—G ranada la bella
VIL—C artas finlandesas
VIII.—Hombres del N orte y el por ­



IX.—España filosófica contempo ­

venir de España

ránea Y OTROS TRABAJOS



X.—Epistolario

Estas obras se venden en todas las librerías
P edidos a las de
V ictoriano

Suárez ,

P reciados , 48,

M A D R I D
y

F rancisco Beltrán , P ríncipe, 16.—M adrid

FRANCISCO BELTRAN
LIBRERÍA ESPAÑOLA Y EXTRANJERA

PRÍNCIPE, l6

VICTORIANO SUÁREZ
L I B R E R Í A

G E N E R A L

PRECIADOS, 48

OBRAS COMPLETAS DE

ANGEL GANIVET
LOS
DEL

T R A B A J O S
INFATIGABLE CREADOR

PIO

CID

T omo II

ANGEL GANIVET
OBRAS

V olumen

COMPLETAS

I.— Idearium E spañol ( traducido
AL ALEMÁN)



II.— La C onquista

del

R eino

de

M aya por el último conquis­




tador español P ío C id
III.— L o s trabajos del infatigable
creador P ío C id .—T omo I
IV .— L o s trabajos del infatigable
creador P ío C id .—T omo II
V .— E l escultor de su A lma ( dra ­
ma místico )





V I.— G ranada la bella
V II.— C artas finlandesas
V III.— Hom bres del Norte y el por ­
venir de E spaña

I X . - E spaña filosófica contempo ­
ránea Y OTROS TRABAJOS



X .— E pistolario

ANGEL GAÑI VE I'
OBRAS COMPLETAS, VOLUMEN IV

LOS

TRABAJOS

DEL IN FATIG A B LE CREADOR

P IO

CID

T omo II

M A D R I D
FRANCISCO BELTRAN

||

LIBRERÍA ESPAÑOLA Y EXTRANJERA

PRÍNCIPE, IÓ

VICTORIANO SUAREZ
L I B RER Í A

|j

GENE RA L

PRECIADOS, 4 8

ES

PROPIEDAD

D ER ECH O S R E S E R V A D O S
C O P Y R IG H T

ANGEL

1928

BY

G A ÑI V E T

MADRID

LOS

TRABAJOS

DEL INFATIGABLE CREADOR

PIO

OI D

T omo II

TRABAJO CUARTO
Pío Cid emprende la reforma política de España.

Yo tenía pensado ir a Granada a pasar las fiestas
del Corpus al lado de mi fam ilia; pero al saber
que Pío Cid iba a Aldamar con motivo de su elec­
ción, y que se detendría algunos días en Granada,
me decidí a adelantar mi viaje para ir con él, sin
otra mira que la de nuestra desinteresada amistad.
Fué cosa convenida en la Redacción de El Eco en
menos que se dice.
— ¿Qué quieres para Granada?—me preguntó, tu­
teándome por primera vez, aunque a poco de cono­
cernos comenzamos a tratarnos con gran confianza.
—Lo que quisiera—le contesté—sería irme conti­
go. Si fuera tres semanas después, hacíamos juntos
el viaje.
—Pues figúrate—me replicó—que ya han pasado
las tres semanas. Yo me alegraría de que vinieras,
porque te advierto que me voy a encontrar en Gra­
nada como un forastero, al cabo de tantos años de
haberla perdido de vista. Sé poco más o menos lo
que allí pasa, y que algunos de mis compañeros de

8

ANGEL GANIVET

estudios son ahora los directores del cotarro, y lo
que no lo sé me lo imagino y quizás salgo ganan­
cioso. Pero a mí no me recordará nadie; primero,
porque valgo poco, y segundo, porque, aunque valie­
ra, nuestros paisanos no se distinguen por su bue­
na memoria.
—Eso era antes—le dije yo—. Ahora van apren­
diendo a recordar el mal que les hacen, y pronto
aprenderán a recordar el bien, y nada habrá ya que
pedir.
—De todos modos—insistió él—, me agradaría
que fuéramos juntos, porque le tengo horror a los
trenes, y con un buen amigo como tú, las veinticua­
tro mortales horas pasarían volando en gustosa
conversación.
—No me lo digas dos veces, que se me está hacien­
do la boca agua, y soy capaz de enviar a paseo a
la Redacción plena, aunque me cueste un disgusto
con Cándido Vargas, que está estos días insufrible.
—A Cándido—me dijo—no le temas, que en que­
riendo yo le vuelvo lo de adentro fuera como un colozón.
—Como un calcetín querrás decir—rectifiqué yo.
—No he querido decir calcetín—insistió él—, sino
colozón. Calcetín se dice de un cualquiera, y como
yo estimo a Cándido, le he buscado un término de
comparación menos deprimente.
—Pero ¿qué es eso del colozón?—pregunté yo.
—Es un animal—me contestó él—, o más propia­
mente hablando, un embrión de animal semejante
a un saquito o calcetín microscópico, que lo mismo
vive al haz que al revés, porque ni tiene haz ni re­
vés. Lo único que tiene es boca, órgano primero,

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

9

fundamental y característico de todos los animales,
incluso el hombre.
— Acaba de una vez—dije yo, que hasta entonces
no tenía la menor noticia de que hubiera en el mun­
do colozones y que aun ahora no las tengo todas
conmigo, a pesar del respeto que me inspiró siem­
pre la palabra de Pío Cid— . Pero dejando a un lado
este escarceo zoológico, lo que a mí me retiene en
Madrid no es sólo el temor de que Cándido Vargas
eche los pies por alto, sino el compromiso que he
adquirido de acabar para fines de mayo la cargan­
te serie de artículos que estoy escribiendo sobre «La
cuestión obrera», y que„ según parece, llaman algo
la atención.
— ¡Cómo! ¿Eres tú el autor de esos artículos?
—me preguntó con aire de extrañeza— . Pues, hijo,
te compadezco por el mal rato que te has dado. Yo
los he leído por encima, y después de reconocer que
estás enteradísimo de la dichosa cuestión, te asegu­
ro que estás tocando el violón con tu socialismo ar­
mónico. Déjate de armonías y vente conmigo, y
en el viaje te resolveré yo la cuestión social y to­
das las cuestiones que quieras. ¿Convenidos?
— ¿Qué hemos de hacer?—contesté yo—. Conve­
nidos.
Esto ocurría por la tarde, y Pío Cid se despidió
de mí para ir a casa de ios Gandaria, donde tuvo
con Consuelo la interesante entrevista de que el
lector está enterado.
Por la noche nos encontramos de nuevo, confor­
me habíamos concertado, en la estación de Atocha,
y salimos en el correo de Andalucía. Ni él ni yo
habíamos querido que nos acompañara nadie, y

10

ÁNGEL GANIVET

como sólo llevábamos un ligero equipaje (le mano,
nos acomodamos sin tardanza en un coche de se­
gunda, y yo me asomé a la ventanilla para que no
entraran más viajeros. Sin embargo, mi inocente
estratagema surtió efecto contrario, porque a últi­
ma hora, cuando el tren estaba atestado de gente,
se nos metió una cuadrilla de toreros, y por si no
bastaran, dos viajeros más que hablaban en fran­
cés, aunque parecían españoles. Yo me eché a tem­
blar, porque, aunque me gustan los toros, me fas­
tidia la jerigonza tauromáquica; pero Pío Cid no
tardó en trabar amistad con la gente torera y en
discutir sobre si fué buena o mala la última corri­
da, a la que él había asistido con toda su familia
para celebrar el cobro de los cien duros que le dió
el editor de El Médico de los pobres-, libro que, si
otro mérito no tuviera, tuvo el de ser escrito en
quince días y el de suministrar fondos para el viaje
electoral. Por fortuna, los quites, pases, volapiés
y golletazos concluyeron en Alcázar, donde la cua­
drilla se apeó para tomar el tren de Valencia, y
entonces nos quedamos más anchos y pudimos en­
tablar una conversación más interesante con los
otros dos viajeros. Eran dos americanos, uno de
Guatemala y otro de Honduras: el primero, via­
jante de comercio por cuenta de una casa francesa,
y el segundo estudiante de Medicina en París, el
cual, terminados sus estudios, venía a dar un vis­
tazo a España antes de volver a su tierra. El hondureño, que se llamaba Fernando Ramírez, gran
hablador y muy campechano, había tenido el feliz
acuerdo de traer una bota de vino tinto, que todos
empinamos repetidas veces y que a cada nuevo sa-

LOS TRABAJOS DE P ÍO C ID

11

ludo afianzaba más nuestra amistad. Yo troné con­
tra los hispanoamericanos que vienen a estudiar a
Europa y no se acuerdan de España, y Ramírez se
defendió como pudo, diciendo que los estudios en
España no estaban a la altura que debían estar,
y que la vida de París era más libre que la de Ma­
drid ; y de paso nos refirió sus proezas en el barrio
Latino y el feliz ensayo de vida matrimonial que
había realizado con una costurerilla muy graciosa,
o, juzgar por el retrato que nos enseñó. A pesar de
todo, Ramírez demostraba grandes simpatías por
España y lamentaba no haber venido a pasar un
año al menos en un país en que se hallaba como
en su casa. Pío Cid le convenció con mil pruebas
de que nuestros estudios médicos eran quizás lo
mejor que teníamos, y de que en punto a libertad
de costumbres cada uno tiene la que se quiere to­
mar ; y, por último, le dió una carta, escrita con
lápiz, para un amigo de Sevilla, a quien recomen­
daba con gran interés que atendiera a los dos via­
jeros, los cuales tenían pensado ir a Sevilla y venir
después a Granada para el Corpus.
En Córdoba nos quedamos solos, sin que entra­
ran nuevos viajeros hasta cerca de Granada, y en
el trayecto tratamos de muchos pormenores insig­
nificantes y de otros que tienen algún valor, porque
justifican en parte a Pío Cid de haber emprendido
un viaje que, dado su modo de pensar, a nada bue­
no podía conducir.
—No comprendo—le preguntaba yo—cómo se te
ha ocurrido meterte en estas andancias, pues por
compromiso personal no puede ser, ni por ambición
tampoco, ni menos para sacar los pies del plato en

12

ÁNGEL GANIVET

pleno Parlamento, que no otra cosa sería exponer
allí tus ideas políticas.
—Hay cosas fáciles de comprender y penosas de
explicar—rne contestó—, y una de ellas es mi elec­
ción. Sin meterme en más honduras, te diré, que si
soy elegido, no sólo no despegaré los labios, ni
aceptaré ningún puesto, sino que ni siquiera con­
curriré a las sesiones. A mi parecer, los diputados
son inútiles, y creo prestar un servicio a la nación
trabajando para que haya un diputado menos, pues­
to que si yo lo soy es lo mismo que si no lo
fuera.
—Esa es una tontería indigna de ti—le repliqué— ;
y luego, que no se trata sólo de la nación, sino de
tu distrito, de tu pueblo, al que perjudicarías deján­
dolo huérfano de representación.
—Te hago gracia de la orfandad—me dijo— ; mi
pueblo sólo apetece que le rebajen la contribución,
y esto no lo podría yo conseguir aunque me desga­
ñifara. En realidad, yo no llevo ninguna idea polí­
tica, porque no me gustan los cargos decorativos, y
en política todo es decoración. Y puesto que deseas
que te explique lo que no quería explicar, te diré
que lo que a mí me agrada en el cargo a que sin
empeño ninguno aspiro, es el prestigio social de que
todavía está rodeado, porque en nuestra sociedad las
faltas contra las costumbres establecidas son tanto
más toleradas cuanto más alto está el que las co­
mete. Los que insultan al pequeño, ríen la gracia
al mediano y al grande le dan la razón y aun le
admiran. Yo no doy gran importancia a la murmu­
ración, pero ya que murmuren, mejor es que lo
hagan respetándome que no ofendiéndome a mí, r,

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

13

lo que es peor, a quien vive conmigo. Así, pues, si
algún instan te he sentido deseos de ser algo exte­
rior, no es por interés ni vanidad, es sólo p a ra se­
g u ir haciendo lo mismo que hago y obligar a la so­
ciedad a que me respete.
—No es posible h ab lar m ás claro—le dije yo—ni
con m ayor acierto tam poco. Desde que conozco tu
m an era de vivir estoy algo caviloso pensando el pro
y el contra que puede tener, y lo que me retiene aú n
y me impide decidirm e a h acer lo que tú es el tem or
a los serm oneos de la gente sensata. Con u n a p er­
sona de g ra n prestigio, a u n los m ás osados se con­
tienen y le d ejan vivir en p a z ; pero con nosotros,
conmigo m ás que contigo, cu alq u iera se creería a u ­
torizado a intervenir, llam ándom e joven alocado e
inexperto y dando cuenta a mi fam ilia p a ra que me
aplicaran unos cuantos azotes. Esto no significa g ran
cosa; pero a nadie le g u sta recibir un soplamocos,
y por a ñ a d id u ra verse obligado a d a r explicacio­
nes p a ra justificar que lo que se hace no se hace a
tontas y a locas, sino con reflex ió n ; de suerte que
si h u b iera en ello d isp arate, el d isp arate sería m edi­
tado y reflexivo, y, por lo tanto, tan digno de re s­
peto como la idea m ás sensata.
—Em piezas a p en sar y a h a b la r como u n hom bre
—me in terru m p ió Pío Cid.
—P o r lo dicho—proseguí—, me parece excelente tu
idea de sub ir p a ra ponerte fu era de t i r o ; y si yo p u ­
diera hacerlo, no ta r d a r ía en liarm e la m a n ta a la
cabeza, porque, después de todo, la pobrecilla A nita
lo merece.
—¿Qué casta de p á ja ro es esa m uchacha, de la
que n u n c a me has hab lad o ?—me preguntó, compren-

14

ÁNGEL GAN1VÉT

diendo que yo estaba deseoso de desahogarm e y de
confiarle el cuento de mis am oríos.
Aquí tom é yo la p a la b ra y hablé no sé cuánto
tiem po, dos o tres horas, sin que él me in te rru m ­
piera.
Mi h isto ria, a h o ra que la recuerdo como algo que
pasó, que m urió, se me figura que la puedo explicar
en dos o tres m inutos. El padre de A nita era m aestro
albañ il, y en u n a época de p a ra n z a se fué a b uscar
tra b a jo y no volvió a d a r cu enta de su persona. L as
dilig en cias que se hicieron p a ra av erig u ar qué h a ­
bía sido de él no dieron n in g u n a luz. Y al cabo de
ocho años su m ujer seguía ni viuda ni casada, g a ­
nándose penosam ente la vida ella y los dos hijos que
le h a b ía n quedado, de los cuatro que tenía al des­
a p a re c e r el m arido. A nita era sa stra , chalequera,
y Joaq u in ito , aprendiz de ca jista en la im p ren ta de
El Eco, aunque no era seguro que p u d iera seguir
este oficio porque la vista le flaqueaba. La c asu ali­
dad me hizo conocer a A n ita ; vivíam os en la m ism a
casa, ella en el últim o piso, en u n cuarto a b u h a rd i­
llado, de m uy poco alquiler, y yo en el prim ero,
donde te n ía u n a habitación sólo p a ra dorm ir, por­
que entonces comía a salto de m ata. Yo empecé a
su b ir alg u n o s ratos a casa de A nita, e insensible­
m ente nos fuimos ligando, sin saber adonde iríam os
a p a ra r. No éram os novios, ni éram os am antes, ni
am igos a secas, puesto que A nita h ab ía despedido
a u n medio novio que tenía sólo porque yo se lo dije
brom eando. Con el tiempo me acostum bré a subir
a alm o rzar, y m uchos días iba tam bién a comer, y
aunq u e no habíam os convenido nad a, yo les daba
p a rte de mi sueldo. A lgunas veces A nita me decía

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

15

que con lo que yo g astab a en cuarto in ú til y en
comer fu era de casa se po d ría m o n tar u n piso m uy
decente, con lo cual todos g a n a ría m o s ; pero luego
añ a d ía que esas era n sólo suposiciones. «¡B u en a es
la gente—exclam aba—p a ra no sacarnos el pellejo al
ver que vivíam os ju n to s!» M as viviendo sep arados
ocurrió lo mismo que si hubiéram os vivido juntos.
M urm uraron an tes sin motivo, y m u rm u ra ro n des­
pués con él, porque las m ism as m urm uraciones, u n i­
das a la flaqueza de n u e stra constitución, nos p u ­
sieron en el despeñadero por donde caím os los dos,
sin sen tir miedo y sin hacernos n in g ú n daño. Doña
G racia, como buena m adre, cerró los ojos p a ra no
ver lo que p asaba, y Joaquinito, aunque lo com pren­
d ía todo, no le dió m ayor im p o rtan cia, porque a ú n
era m uy m uchacho, y m ás in terés ten ía p a ra él que
le dejasen unos cuantos céntim os p a ra pitillos que lo
que p u d iera padecer el honor de su pobre h erm an a.
E sta e ra la verdad en pocas p a la b r a s ; pero yo
adorné la h isto ria con todas las circu n stan cias que
podían hacer re sa lta r la belleza y la g ra c ia de
A nita y su honestidad y m odestia, que, a pesar del
paso que h ab ía dado, eran ejem plares. No se h ab ía
dejado llevar de la afición al lujo, ni del am or a la
holganza, pues a h o ra como antes tra b a ja b a cuanto
podía y vestía con sencillez; su único deseo era
quizás s a lir de la clase o b rera casándose con un
hom bre fino, instru id o y bien e d u c a d o ; y como esto
no e ra fácil que viniera por el cam ino derecho, Ani­
ta se decid iría a echar por el atajo p a ra ver si con
el tiem po lograba cautivarm e. Y quizás, pensando
m ás noble y piadosam ente, no hubo cálculo en su
proceder, sino am or puro y a rre b a to ju v e n il; y esto

16

ÁNGEL GANIVET

es lo que yo creería, aunque me tom asen por simple
y bobalicón, si no fu era porque en Jos juicios sobre
las m ujeres h ay que d e ja r siem pre un ancho m a r­
gen p a ra a p u n ta r ju n to a los rasgos m ás bellos y
nobles algún asomo de doblez o alg u n a leve perfidia.
Cuando concluí de re la ta r mi av e n tu ra llegába­
mos a Loja, y como nos quedaba poco tiempo que
e sta r juntos, hablam os de cómo habíam os de vernos
en G ranada. Yo le ofrecí mi casa, pero él no aceptó
de ningún modo, diciéndom e que el undécim o M an­
dam iento de la ley de Dios es «no incomodar)), y
que esto lo sab ía por un criado viejo que hubo en
su casa, que, aunque no sab ía leer ni escribir, tenía
u n entendim iento m uy despejado y era un archivo
de útiles sentencias.
—Iré a p a ra r—me dijo—adonde fui la últim a vez
que vine a G ran ad a cuando mi h erm an a murió.
La casa no es de m uchas cam panillas, pero la co­
nozco, y sé que doña P ila r me ad m itiría, aunque no
tu v iera sitio y se viera obligada a echar a la calle
a su yerno.
—¿E stá esa casa en la calle de P á rra g a ? —le pre­
gu n té—. P ues entonces la conozco de sobra. Como
que iba a estu d iar con unos com pañeros que vivían
a l l í ; hace de esto la frio lera de quince años. Conoz­
co a doña P ila r y a su h ija Jesusa, y al bribonazo
del yerno, que desde que se casó no ha metido u na
peseta por las puertas, según le dice su suegra siem­
pre que se a g a rra n de p alab ras. No es m ala esa fa­
m ilia ; pero si quieres que te diga, en las condicio­
nes en que tú vas a h o ra no debías hospedarte en
u n a casa tan m odesta.
—Eso no im p o rta—m e contestó—. El caso es que

17

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

yo trato a esa gente desde que era estud ian te, pues
estuve de huésped alg u n as tem porad as cuando mi
fa m ilia se ib a al pueblo, y como me fué muy bien,
no quiero v a ria r. Y luego, que yo no voy a re cib ir
visitas. A hora p a ra ré sólo un día o dos, y a la
vu elta será cuando nos dedicarem os a co rretearlo
todo, como si estuviéram os en nu estros buenos tiem ­
pos estud ian tiles.
L legam os, pues, a G ran ad a, y yo acom pañé a P ío
Cid h a sta su dom icilio, donde le acogieron como si
fu era de la fa m ilia. Yo m e detuve un in stan te p a ra
sa lu d ar a m is antiguos conocidos, y en el m ism o
coche seguí h a sta mi ca sa , deseando ver a la m ía
y d escan sar del traqueteo y m ovim iento del in có­
modo v iaje. P ero P ío Cid, aunque e ra n m ás de la s
diez de la noche, pues el tren h a b ía llegado con re ­
tra so , no quiso aco starse sin e stira r la s p iernas, y
como era g ran and ad or, dió un largo paseo de dos
horas. E chó por los Salon es, subió por la Cuesta
de M olinos, V istillas, C aidero, a la A lh a m b ra ; b a jó
por Ja Cuesta de los M uertos, y entró en la ciudad
por la C a rrera de D arro, tan cam pan te como si nu n­
ca se h u biera movido de la población. Al día si­
guiente, al am an ecer, se levantó, y fué por el ca m i­
no de Cenes a u n a h u ertecilia o carm en de la R ib e ra
de Genil, en busca de un antiguo am igo de su ca sa ,
llam ado el tío R en tero, en cu ya com pañía fué a Ald a m a r cuando tra jo a e n te rra r a su h e rm a n a y sob rin illa . E l tío R entero e ra de B ubión o de uno de
los M ecinas, y conocía palm o a palm o casi toda la
p ro vin cia de G ran ad a y p arte de la de A lm ería, en
p a rtic u la r las A lp u ja rra s, por la s que h a b ía t r a ji ­
nado mucho an tes de d ed icarse a la labor. Cuando
2

18

ÁNGEL GANIVET

Ja filo xera y otras calam id ad es com enzaron a c e b a r­
se en e sta pobre co m a rca , m uchos a lp u ja rre ñ o s tu ­
vieron que em ig rar p a ra no m o rirse de h am bre, y
algunos cay ero n sobre G ran ad a, poco m enos que
pidiendo lim osna. E l tío R en tero, que con o cía a los
Cides, vino a pedirles colocación, y luvo la suerte
de h a lla r a m ano u n a h u ertecilla en la R ib e ra , que
p a ra él, acostu m brad o a la b ra r cu atro m íseros te ­
rrones, v a lía m ás que la m ejo r fin ca de la V ega.
E l padre de P ío Cid le fió p a ra que le d iera n la
h u erta en a rren d a m ien to y le ad elantó el dinero
p a ra las m e jo ra s, y el tío R en tero se acom odó en
ella con su m u je r y seis h ijo s que tra ía , sin co n tar
otros seis que se h a b ía d ejad o regados en diversos
pueblos de la provincia.
No se cre a, sin em bargo, por este indicio, que el
fecundo p ad re de fa m ilia e ra una persona de grave
a s p e c to ; según parece, se libró de q u in tas por corto
de talla, y ah o ra que e ra viejo se h a b ía quedado
m ás engu rru ñid o a ú n ; pero era m ás listo que una
ard illa, m uy tra b a ja d o r y m uy form al en sus tratos
cuando e stab an hechos, porque an tes de hacerlos
p ro cu rab a e n g a ñ a r a quien podía. E n s u m a : era
un vejete m uy estim able y de fisonom ía m uy alegre
y sim p ática, bien que tu v iera la calam id ad de que
le llo ra b a n los ojos, porque la s p estañ as le sa lía n
p ara a d e n tr o ; de vez en cu ando te n ía que s a c a r de
la fa ja un g ra n pañuelo que p a ra el caso llevaba,
y después de d oblarlo y en ro lla rlo p a ra que estu­
viese m uy estirad o, se lo a p lica b a a los ojos, ir r ita ­
dos y encendidos del continu o lagrim eo. S in esta
circu n sta n cia , el tío R e n tero sería un hom brecillo
que nad a te n d ría que ped ir a Dios.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

19

Cuando Pío Cid entró en la placeta de la huerta,
le halló ocupado con dos de sus hijos en preparar
unas cuantas canastas de berza para enviarlas a la
plaza. Otro de los hijos estaba llenando de habas
unos serones, puestos sobre un paciente borrico,
para ir a venderlas por las calles, pregonándolas
a grito pelado. Por cierto que a este Renterillo,
oyéndole vocear los «jabarillos, los de güerta!»,
nadie le tomaría por alpujarreño, pues a fuerza
de pregonar había perdido el dejo forastero, que a
todos los demás de su casa se les conocía. Por últi­
mo, la tía Rentera, sentada en los poyos de la pla­
ceta, arreglaba unas cesticas de fresa que el babero
iba a llevar a algunas casas conocidas, donde las
pagarían bien.
— ¡Dichosos los ojos!—exclamó el tío Rentero,
viendo llegar a Pío Cid, y adelantándose a estre­
charle la mano— . Ayer mesmo, que lo diga mi mu­
jer, estuvimos hablando de osté. ¿Cómo va esa salú?
¿No sus decía yo? Si don Pío viene a Graná, no
es encapaz de pasarse de largo sin venir a vernos.
Vaya, vaya, ¿conque esas tenemos? Osté ca día
más alto, más alto. ¡Ajolaíca que le veamos a osté
de menistro mu pronto!
—Por lo visto—interrumpió Pío Cid, al mismo
tiempo que saludaba a toda la familia— , ha llegado
la noticia antes que y o ; pero no hay que sacar las
cosas de quicio; eso todavía no es nada, hay que
ver si sale cara o cruz.
— Entoavía—dijo el Rentero—, vaya que me dejo
yo cortar el pescuezo si osté no sale con bien de la
elección. Yo se lo digo a osté, que no soy un niño
de teta.

20

ÁNGEL GANIVET

—Pues usted lo ha de ver por sus propios ojos
—dijo Pío Cid—, porque yo vengo a decirle que ma­
ñana temprano, sin falta, vaya usted con los dos
mulos a buscarme, y allá vamos los dos como fle­
chas a Aldamar. Y después que salgamos del paso,
tiene usted la gran ocasión para hacer una corre­
ría y ver a algunos parientes; de seguro los tendrá
usted por allí alrededor, porque los tiene despa­
rramados por dos o tres provincias.
—Le diré a osté—contestó el tío Rentero— ; como
parientes, sí que los h a y ; pero hay parientes de
parientes, y pa mí mis parientes son mis hijos, que
son el ciento y la madre. Mi Benardo, que estaba
en la Rabióla, se ha venido a Güejar de la Sierra,
donde le dieron un cortijillo de verano que no da
ni pa matar la jambre. Lo que es que nusotros,
manque mus esté mal el decido, sernos de piedra
javaluna. Osté no sabe la juerza que da esta ras­
tra maldecía de ios bijos, y mi Benardo tiene ya
seis y encargao el de siete y lo que mande Su Di­
vina Majestá. Como no sea que mus alarguemos
jasta Seronete... Allí está la Polonia, que la probetica pasa lo suyo. Como que el marío se fué a
Orán a cambiar de bisiesto, y esta es la hora que
no ha resollao. Pero deje osté mi familia, que lo
prencipal es su pleito.
—Bueno—dijo Pío Cid—, pero usted no sufrirá
ningún trastorno; esto por sabido se calla. Yo me
he acordado de usted porque como tiene en casa
un ejército, aunque falte unos cuantos días no que­
dará esto abandonado.
—De eso no hay que hablar—dijo el tío Rente­
ro—. Osté es aquí el amo, y como si viniera el rey

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

21

mesmo. Que el que no es agradeció no es bien nació,
y yo soy lo que soy por quien lo soy, y yo y toda mi
gente estarnos aquí pa servir a osté jasta la fin del
mundo.
—Y ¿qué tal—preguntó Pío Cid—, qué tal va la
labor?
—Toos se quejan—contestó el tío Rentero—, y la
verdá es que hay que suarlo, créame osté; pero
cuando ya se le han visto las orejas al lobo, se tiene
pacencia; y lo que es yo, no salgo de aquí jasta
que me lleven con los pies pa alante.
—Si viera osté, don Pío—interrumpió la tía Ren­
tera, deseosa de meter baza—, lo contenta que estoy
yo, sólo por darle en los jocicos a muchos que han
hablao por detrás de mi marío : que si no paraba
en ninguna parte porque era un culillo de mal asien­
to, que si no sabía más que echar plantas, que si
qué sé y o ; a ver en los quince años que llevamos
aquí, que ahora los hará por San Miguel, quién ha
tenío que venir a darle liciones, y si esta güerta,
dicho por boca de too el mundo, no es la mejor
apañá del pago.
—Dice usted muy bien—contestó Pío Cid—, y no
estaría de más que vinieran a Granada cincuenta
o cien labrantines de la sierra, de esos que, como
usted están acostumbrados a penar, para que des­
pabilaran a estos labradores regalones del llano, que
se pasan la vida en el café hablando mal de los
tiempos que corren, en vez de cuidar de sus hacien­
das y doblar la raspa cuando fuera menester.
— ¡Dios me valga, don P ío !—dijo el tío Rentero—,
y cómo está osté enteruo de toíco lo que pasa, que
paece mesmamente que se lo soplan en las orejas.

99

ÁNGEL

GANIVET

—Hombre—añadió Pío Cid—, eso que digo pasaba
en mis tiempos, y creo que todo seguirá igual o peor.
A mí no me gusta que nadie ande a gaseas, pero
tampoco puedo tragar a los labradores de a caba­
llo, que algunos necesitan cuarenta majales para
costearse las patillas, mientras usted con treinta
saca la tripa de mal año, y hasta me figuro que
la Rentera tendrá un calcetín lleno, y no de paja.
—Eso sí que le digo a osté—contestó la vieja po­
niéndose en jarras y meneando la cabeza—que va osté
escaminao. ¿Sabe osté lo que tengo yo? Pus que la
semana pasá paguemos las contribuciones, y tuve
que sacar el trapiyo, y faltaron cuarenta ríales que
mus prestó el tercenista pa no pagar costas. Pero
osté dirá que aquí sernos selvajes, porque ahora
caigo en que le tenemos ahí jecho un plantón. Hijo,
Celiornio, trae una banqueta para que el señón Pío
se asiente.
—No se molesten—dijo Pío Cid—, que he estado
sentado veinticuatro horas en el tren y estoy de
pie más a gusto. Además, ya ven que no pierdo el
tiempo ni me ando con cumplidos.
Esto lo decía Pío Cid porque mientras hablaba iba
cogiendo habas verdes del serón, abriendo en canal
las vainas y comiéndose las pepitas, después de descogotarlas con el pulgar.
—Si le gustan a osté las jabas crúas—dijo el tío
Rentero—, yo le daré más mollares. Oye tú, Meregirdo, alárgate por un brazao de jabas de las más
tiernecicas pa don Pío. Verá osté qué camiticos, que
paece que están en leche.
—Más mejor será—dijo la vieja Rentera—que si
don Pío se quea pa más tarde, le jaga yo una fritaí-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

23

ca con güevos y algún torrezno por entremedias.
—Cuando vuelva del viaje—dijo Pío Cid—vendré
un día a comer; pero hoy no tengo tiempo. Voy
con su marido a dar un vistazo a la labor, y luego
me iré a almorzar a mi casa y arreglar algunos
asuntillos.
A pesar de lo dicho, cuando salió Pío Cid de la
huerta no se lo llevaría el viento, pues, quieras que
no, tuvo que tomar varias cosillas, que eran un
almuerzo más que regular. Más de las once serían
al llegar a su casa de vuelta de la excursión matu­
tina, y antes de las doce, después de adecentarse
un poco, se encaminó al Gobierno civil a hablar con
el gobernador, a quien tenía grandes deseos de co­
nocer, no por interés político, sino por salir de dudas
acerca de si el que desempeñaba el cargo, que se
llamaba don Estanislao Miralles, tenía algo que ver
con otro Estanislao Miralles que él conoció en In­
glaterra hacía muchos años, y al que, por más se­
ñas, le cedió el puesto que tenía en una casa de
comercio importadora de frutas de España. No era
probable que ambos Miralles fuesen una misma
persona, porque su antiguo amigo era un comisio­
nista de mala muerte, que se había marchado de
Valencia, su tierra, en un buque mercante, poco
menos que de limosna, y que anduvo rodando de
Ceca en Meca, hasta que le cayó como bendición
del cielo la colocación que Pío Cid dejó para em­
prender un negocio de más fuste. Pero, de todos
modos, el hecho de ser los mismos el nombre y el
apellido le inspiró cierta curiosidad que no hubiera
sentido sin esta circunstancia. Fué recibido apenas
se hizo anunciar, y, no obstante ir sobre aviso, le

24

ÁNGEL GANIVET

sorprendió grandemente ver que le salía al encuen­
tro con los brazos abiertos el antiguo comisionista,
que ahora tenía todo el aire de un caballero, y no
de un caballero recién salido del horno, sino de un
noble rancio, en el que se aliaban tan bien la distin­
ción con la naturalidad y la llaneza, que no había
medio de descubrir a primera vista las soldaduras.
—Desde que supe que venías a tu elección—fué lo
primero que dijo abrazando a Pío Cid—estaba de­
seando que llegaras para ver la cara de sorpresa
que ponías al encontrarme en este lugar. Yo decía
que Pío Cid no podía ser nadie más que tú; ¿no te
ha ocurrido pensar que yo fuera tu viejo amigo?
—Hombre— contestó Pío Cid—, se me ocurrió pen­
sarlo, y después me pareció que esto no podía ser,
no porque tú no fueras capaz de llegar a goberna­
dor y hasta a ministro, sino por lo distante que te
dejé de estos cargos y porque me parecía una coin­
cidencia casi novelesca que nos hallásemos aquí
reunidos en un mismo guisado, después de correr
tantos años por el mundo.
—Tú habrás corrido—replicó don Estanislao—, que
yo no di más que una carrera, que sirvió por todas;
y si a alguien se lo debo, después que a mi protec­
tora la duques.a, o quizás antes, es a ti, que me
pusiste en el sitio donde me sopló el viento de la
fortuna. Y tú, ¿qué tal? Por lo que veo, no debes
tener queja...
—No la tengo—contestó Pío Cid— ; la fortuna no
me ha soplado, o me ha soplado en contra; pero
sus soplos me tienen sin cuidado, porque yo me voy
defendiendo, y estas son las horas en que no tengo
nada que apetecer.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

25

—Pero tú debes haber danzado de lo lindo fuera
de España—dijo don Estanislao— , pues durante va­
rios años no he oído tu nombre ni para bueno ni
para malo. Tanto es así, que temía que te hubieras
muerto, después que recibí devueltas dos cartas que
te escribí a Hamburgo, si mal no recuerdo.
— De todo ha habido, como en botica— respondió
Pío Cid, eludiendo este tema— ; pero me has metido
en curiosidad con lo que has dicho de una duquesa
protectora tuya. Yo creía que ya no se encontraba
una duquesa en el mundo ni por un ojo de la cara.
—Pues yo la encontré, joven y guapísima y ge­
nerosa—dijo don Estanislao— ; pero, ante todo, te
advierto, aunque lo creo excusado, que a nadie le
diría lo que te digo a ti, pues aunque no hay nada
misterioso en la historia, siempre hay gente amiga
de dar a las cosas una torcida interpretación.
— ¿De qué se trata, pues?—preguntó Pío Cid.
— ¿Tú conoces a la duquesa de Almadura?—pre­
guntó a su vez don Estanislao.
—La conozco de oídas, por un amigo—contestó
Pío Cid, aludiendo a Gandaria—. Es decir, no sé
más sino que dicen que es una señora de conducta
poco ejemplar; por lo menos, algo extravagante;
pero esto no es saber nada, porque yo no doy cré­
dito a las habladurías; al contrario, cuando oigo
criticar a alguien, empiezo a suponer que este al­
guien es alguien, es decir, que es una personalidad,
lo más malo que se puede ser para el vulgo anó­
nimo.
— Pues nunca anduviste más acertado que en esta
ocasión—dijo don Estanislao— , porque la duquesa
es una mujer de extraordinario mérito. Yo la he

26

ÁNGEL GANIVET

visto com eter tales lig erezas, que me p a reció que
no esta b a en su cab al ju i c i o ; y luego he observad o
tales rasg o s de virtud, que la juzgué d ig n a de que
la ca n o n iz a ra n o poco m e n o s ; y en su m a, después
de co n o cerla bien me he quedado sin co n o cerla , y
Jo ún ico que digo es que la duquesa de A lm a d u ra
es u n a m u je r excepcional.
— ¿ Y cómo fué conocer tú a esa s e ñ o ra ? — p re g u n ­
tó P ío Cid.
—Del modo m ás n a tu ra l del mundo— contestó don
E s ta n is la o — . F u l a N ueva Y ork a h a c e r un conve­
nio p a ra reexp ed ir uva de em barque, de la que re ­
cib íam o s de A lm e ría ; a rre g lé el a su n to , y de re g re ­
so conocí en el vapor a la duquesa, que h a b ía ido a
A m érica con el duque (que, a cá p a ra en tre n os­
otros, es un estúpido) y se volvía sola, después de
un rom pim iento, que no e ra el prim ero ni s e r á el
últim o, pues los h ay con frecu en cia en el m a trim o ­
nio. No h a b ía a bordo m ás español que yo, y la du­
q u esa, a cu yas órdenes me puse en cu an to leí su
nom bre en la lis ta de p a sa je ro s, ag rad eció tan to m is
aten cio n es, que an tes que term inase el v ia je me
hab ló de la fa lta que le h a c ía un hom bre de con fian ­
za que fuese español y entendido en id iom as y un
poco en toda clase de negocios, pues todos los c r ia ­
dos que te n ía, a excepción de u n a d oncella, eran
e x tra n je ro s . Yo me decidí en el acto a o frecerle m is
servicio s, diciéndole cu á les e ra n mis ocupaciones
y lo can sad o que e sta b a de ellas, y hablánd ole de
m is buenos anteced entes. «(Nada de eso necesito
— me contestó la duquesa— ; a m í me b a sta la p ri­
m e ra im presión, y usted me ha parecido un joven
in telig en te y f o r m a l; de su erte que si usted lo desea,

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

27

puede desde ahora contar con una colocación se­
gura y de porvenir, pues si usted se conduce bien,
como yo lo espero, y más tarde queda vacante el
puesto de administrador, usted sería el elegido.»
Me despedí de la casa de comercio y me reuní en
Ostende con la duquesa, entrando desde entonces
a su servicio. La acompañé a París, y como conocí
que mi nueva ama era mujer de pocos escrúpulos,
la llevé por muchos curiosos escondrijos que ella no
conocía y deseaba conocer, más por curiosidad que
por inclinación a la vida alegre y licenciosa. Y lo
que ella estimaba más era que, a pesar de la inti­
midad con que debíamos tratarnos en nuestras noc­
turnas excursiones, algunas a los tugurios peor famados de París, yo nunca me tomé el menor asomo
de libertad, aunque ella, quizás intencionadamente,
y por probarme, me dió pie para que yo me atre­
viera. Tuve el acierto de estarme siempre en mi sitio
y conservar la distancia debida, porque aun en el
caso favorable de que la duquesa hubiera tenido
por mí un momento de flaqueza, al pasar éste, mi
papel habría terminado. Pocos hombres hubieran
imitado mi proceder, puesto que la duquesa es una
mujer rara como no hay otra, y quizás su defecto
mayor es la coquetería, una coquetería natural, de
la que yo creo que ella misma no puede corregirse,
y que no es la simple vanidad de ser admirada y
celebrada, sino el deseo de hacer daño, de trastor­
nar a los hombres, altos y bajos, por el gusto de
reírse de ellos. Contra su coquetería no era pruden­
te ni cerrar los ojos, porque lo tomaría a menospre­
cio, ni contestar como un enamorado, porque lo
tomaría quizás a ofensa, siendo yo tan insignifican-

28

ÁNGEL GANIVET

te sujeto como era entonces. Así, pues, sin preten­
siones de doctor en materia de galantería, tuve el
tacto de dar con cierta admiración respetuosa que
salvó los dos escollos y me ganó la voluntad de la
duquesa. Fui su hombre de confianza y casi como
de la familia, y llegó a confiarme hasta sus secretos
más graves; a poco de venir a Madrid me encargó
de la administración de sus bienes, de acuerdo con
el duque, de quien yo tampoco tengo motivos de
queja ni para decir de él nada malo, si no es que, a
pesar de sus pretensiones de político sagaz y hombre
chispeante, es un zoquete. Como administrador tuve
ocasión de granjearme grandes amistades en los
varios pueblos donde los duques (o, mejor dicho, el
duque, pues la duquesa, aunque noble, era pobre
antes de casarse) tienen sus haciendas, y no me
fué difícil salir diputado. Si voy a decir verdad, la
idea de serlo me la inspiró uno de los mayordomos,
que fué el encargado de mangonear la elección, y
ésta fué del agrado de la duquesa, puesto que así,
aunque la ley prohíba a las mujeres formar parte
del Parlamento, ella podía decir que tenía parti­
cipación en las Cortes, por estar mi voto, como mi
persona, enteramente a su servicio. Dos veces he
sido diputado, y ahora me han hecho gobernador,
y no sé aún adonde iré a dar con mis huesos; pero
sea cual fuere mi porvenir, me contento con lo pre­
sente, y casi estaría por creer que la suerte me ha
favorecido demasiado, si no fuera porque conozco
a otros que valen menos que yo y a los que ha
favorecido más.
—Todo lo que has dicho—contestó Pío Cid—me ha
complacido en extremo, y ahora veo claro por cuán

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

29

naturales y sencillos caminos has llegado a ser go­
bernador de esta provincia. Lo único que no me
ha gustado del todo es la frialdad y el cálculo cons­
tante con que procediste con la duquesa. Si no esta­
bas enamorado, comprendo que estuvieras atento a
tu conveniencia y que no perdieras neciamente la
buena fortuna que el azar te había deparado po­
niéndote al servicio de tan ilustre y rica señora;
pero si estuviste enamorado y sacrificaste tu amor
cuando tenías esperanzas de satisfacerlo, aprove­
chando un instante de debilidad de la veleidosa y
casquivana duquesa, y no te sacrificaste por respeto
a la confianza que en ti hacían, sino por miedo de
perder un sueldo más o menos crecido, hiciste muy
mal, a mi juicio; porque el amor debe ser colocado
sobre todas las cosas humanas, y yo, puesto en tu
lugar, hubiera jugado el todo por el todo, y quién
sabe si boy, en vez de gobernar una provincia, go­
bernaría el corazón de una mujer tan ingobernable
como, por las señas, es el de tu protectora. Pudiste
ser amo, y te contentaste con ser protegido; yo hu­
biera preferido volver al escritorio donde tú estabas,
a trueque de poder saborear el recuerdo de una
aventura de amor, en la cual, aunque un hombre
sea derrotado, saca siempre el galardón de haberse
puesto a la altura de la mujer amada.
—Ya veo—dijo don Estanislao—que el tiempo no
te ha curado de tu romanticismo y que ahora que
te dedicas a la política, como cuando te dedicabas
a los negocios, sigues fantaseando de lo lindo. Yo
no sé si me enamoré o no me enamoré de la du­
quesa, aunque cualquiera podía enamorarse; si tú
la conoces ahora que tiene treinta y cinco años, te

30

ÁNGEL GAÑIVET

puedes figurar cómo sería cuando tenía veinticin­
co, que fué cuando yo la conocí; y entonces era, y
hoy es, una mujer capaz de entusiasmar a un cora­
zón de hielo; pero yo he creído siempre que lo pri­
mero que debe saber un hombre es colocarse en el
sitio que le corresponde, y si yo me hubiera metido
en la aventura que a ti te seduce, probablemente
me hubiera puesto en ridículo y tendría que vivir
aún entre cajas de uvas, naranjas y limones. Si tú
llegaras a tratar a la duquesa, verías si estoy en lo
firme; ya te digo que se complace en aparecer como
mujer ligera y hasta liviana; pero yo pondría la
cabeza por que cuantos se hayan atrevido a pasar
la raya han sido chasqueados. Si tú deseas cono­
cerla, yo te ofrezco una ocasión cuando vuelvas a
Madrid, pues pienso enviarle un objeto de arte v
quisiera enviárselo con algún amigo, para mayor
seguridad y para dar mayor realce a la cosa, que
realmente lo merece.
—¿Qué objeto es ése?—preguntó Pío Cid, y aña­
dió— : No hay que decir que yo lo llevaré, aunque
no sea más que por complacerte, y un poco por
curiosidad...
—Es una cruz de plata repujada—contestó don
Estanislao—. Ya verás qué labor tan admirable. Te
advierto que la duquesa es apasionada del arte y
protectora de los artistas, y que, en particular, tiene
manía por el arte antiguo. Yo le he enviado ya va­
rios objetos de estilo árabe, y ahora me lia caído
en las manos esta cruz, que, según los inteligentes,
es una verdadera joya. Aunque soy profano en la
materia, me parece un regalo digno, no ya de una
duquesa, sino de la reina misma en persona.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

31

—Pues quedam os conform es—dijo Pío Cid sa tis­
fecho— ; y si salgo diputado, te ofrezco llevar la
cruz envuelta en el a cta p a ra que no se estropee.
—Hombre, es verdad—dijo don E stan islao — ; soy
ta n egoísta que h a sta a h o ra no te he hablado m ás
que de mí, y justo es que te entere de lo que m ás
te interesa. No creas—agregó tocando el tim bre y
llam ando al secretario, quien volvió a poco con unos
papeles—que me he descuidado, pues apenas supe
que tu nom bre e n tra b a en el juego, he apretado las
clavijas todo lo que he podido, y te tengo a rre g la d a
la elección que no h ay m ás que pedir. M ira aquí
en este papel la lista de los votos de todos los p ue­
blos del distrito, con indicación de los que son se­
guros a tu favor, por e star y a convenidas las actas
con los alcaldes. H ay pueblos que los dan todos,
y otros que los dividen, porque tienen com prom isos
con la oposición; y, en resum en, según puedes ver,
tienes la m ay o ría aseg u rad a. Es decir, contando los
votos seguros, te faltan sólo siete p a ra triu n fa r, y
quedan dos pueblos en blanco, que son A ldam ar y
Seronete. De este últim o me h a n ofrecido la m itad
de los votos, aunque no tengo confianza, porque es
el pueblo donde tienen la m ay o r p a rte de su hacien ­
d a los C añaverales, y a ú ltim a h o ra puede volver
las e s p a ld a s ; pero nos queda A ldam ar, que d a la
votación m ás im portante, y donde tú debes ten er
algunos a m ig o s ; así, pues, si vas allá y consigues
siq u iera u n a veintena de votos, triu n fa s sin necesi­
dad de m olestarte mucho. Yo he querido com pro­
m eter al alcalde de A ldam ar p a ra que rae asegure
los votos que f a lta n ; pero es u n sujeto duro de pe­
lar, porque creo que es el único de la provincia

32

ÁNGEL GANIVET

que lo lleva todo en regla, no por sí, sino por el
secretario, que es un pez muy largo, con el que te
recomiendo que te entiendas... Item más— prosiguió
don Estanislao, mientras Pío Cid le escuchaba con
atención— : debes andar con cuidado con los Ca­
ñaverales, pues aunque se dice que se hacen la gue­
rra, yo creo que todo es pura camama.
— Eso mismo creía yo—interrumpió Pío Cid— ;
conozco a don Romualdo y sé los puntos que calza,
y cuando le be visto empeñado en que yo me pre­
sente, be pensado que su empeño no tiene más expli­
cación que su deseo de impedir que se presente otro
enemigo más temible. El cambio de casaca ha teni­
do por objeto asegurarse él un puesto en el Senado
y traer al Congreso a su primo, con lo cual habrá
un Cañaveral en cada Cuerpo colegislador; y si
quieres que te diga— añadió bromeando— , me ale­
graría de que se salieran con la suya, porque en
este régimen hueco que gozamos, el símbolo más
propio de una Asamblea política sería un haz de
cañas secas.
— No hay que echar a chacota estos asuntos—dijo
riendo don Estanislao— , porque al fin tú te vas a
gastar algún dinero y no es cosa de que jueguen
contigo esos palurdos.
— Es que yo no tengo interés en ser diputado—re­
plicó Pío Cid— , y vengo casi por carambola y sin
ganas de gastar los cuartos que me va a costar la
excursión, no estando, como no estoy, para estos
derroches.
— ¿Cómo es eso?— preguntó don Estanislao— . ¿An­
das mal de fondos?
— No ando mal, pero tampoco bien— contestó Pío

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

33

Cid—; tengo que trabajar para comer, y aunque no
me falta, tampoco me sobra.
—¿Y en qué trabajas?—insistió don Estanislao.
—Trabajo para editores, escribo en algún perió­
dico y también doy lecciones; en suma, hago todo
lo que es menester para sacar setenta u ochenta
duros al mes, pues con menos no se puede vivir en
Madrid. Tenía un empleo seguro, pero lo dejé hace
poco.
—Pues siendo así—dijo don Estanislao—, razón de
más para que no te descuides; porque la diputación
te abriría camino, y si don Bartolomé de la Cuadra
te protege con el mismo interés que demuestra por
tu elección, puede darte un gobierno y hacerte
hombre.
—De eso se trataba—dijo Pío Cid—; pero yo no
estoy decidido a salir de Madrid ni a aceptar nin­
gún cargo.
—En fin—concluyó don Estanislao—, lo importan­
te es que salgas bien de la elección, y si no sales
no será por culpa mía, porque tu distrito es el que
mejor he trabajado. Si tú aseguras una docena de
votos en Aldamar, el acta es tuya; del resto res­
pondo yo.
Separáronse después de recordar de nuevo su
amistad y de ofrecerse sus mutuos servicios, y Pío
Cid vino a buscarme al Liceo, donde yo le esperaba
jugando una partida de billar, y nos fuimos los dos
dando un paseo hacia la plaza Nueva, para hacer
hora de comer, puesto que habíamos quedado en
comer juntos en la Alhambra. Yo había invitado
también a algunos amigos míos, con los que nos
reunimos en el Centro Artístico, y les presenté a
3

34

ÁNGEL GANIVET

Pío Cid, a quien ninguno conocía. Sólo Feliciano
Miranda, que era de la misma edad, le recordaba
como antiguo condiscípulo, y aunque no le había
tratado, porque Pío Cid no tuvo nunca estrechez
con nadie, nos habló muy bien de él, y nos aseguró
que había sido un estudiante aventajado. Además
de Miranda, vinieron con nosotros Paco Castejón,
Perico Moro, los dos Monteros y el viejo Gaudente,
con lo que nada faltó para que pasáramos la tarde
divertidísima. Casi todos mis amigos eran literatos
y artistas de fam a; de suerte que la comida se pasó
discutiendo sobre literatura, y en particular sobre
la magna cuestión del colorismo en el arte. Para
los postres estaba anunciada la lectura de artículos
y poesías de casi todos los comensales. Miranda,
que- además de ser hombre muy simpático y ocu­
rrente, escribía cuadros de costumbres de mano
maestra, nos había ofrecido leernos una novelita
titulada La cáscara amarga; Gaudente, el viejo,
era inventor felicísimo de un género de composi­
ciones que él llamaba «chupaletrinas», e iba a leer
por centésima vez algunas muy célebres, en las que
desfogaba su genio satírico con gracia inimitable;
y, por último, el joven Moro llevaba varios frag­
mentos de un poema descriptivo, del que se hacía
lenguas toda la reunión. Pero la llegada de dos
nuevos amigos a última hora cambió el programa
de la alegre fiesta, y todos los asuntos literarios
quedaron arrollados por la gran noticia del día.
Los que llegaron eran el periodista Juan Raudo,
el hombre mejor enterado de todo lo que ocurría en
todas partes, y mi buen amigo Antón del Sauce,
cabeza visible del impresionismo granadino, y, como

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

35

quien dice, la mayor autoridad literaria de Grana­
da, puesto que en esta ilustre ciudad sólo se vive
de impresiones. Raudo venía deseoso de anunciar a
la asamblea la noticia que traía, y en cuanto nos
saludó se bebió sin ceremonia un monumental vaso
de vino para dejar expedita la garganta, y con aire
misterioso dijo:
— Señores, mañana les va a sorprender a ustedes
algo que leerán en el periódico, algo de que se ha­
blará pronto en toda España.
— De fijo que éste nos quiere tomar el pelo—dijo
Miranda.
— No será mala la tomadura si llevamos a cabo
el descubrimiento—afirmó solemnemente Raudo—.
Tomaremos oro bastante para pagar la deuda pú­
blica, y nos sobrará para acuñar unos cuantos mi­
llones de onzas de las antiguas, que no se las en­
cuentra ya ni con la linterna de Diógenes.
— Ea, déjanos de guasas—interrumpió Castejón,
con su voz turbia y cascada por el abuso de los
espirituosos— . Lee tú, Feliciano, esa novelilla de
que nos has hablado.
— ¿Qué guasa ni qué niño muerto?—gritó furioso
Raudo— . Se trata de una verdad más grande que
un templo. Me parece a mí que el doctor Medialuna
es un arabista de fama casi universal, y cuando
lanza a la publicidad, bajo su firma autorizada, la
versión del manuscrito árabe descubierto por él, hay
que ser respetuosos siquiera...
—Pero vamos por partes—interrumpió el viejo
Gaudente— . ¿Se trata de papeles o de dineros? Si
es de papeles viejos, creo en Dios Padre; de eso
están llenos los archivos, y como nadie los entiende

36

ÁNGEL G A Ñ IVET

bien, cada uno los interpreta a su modo, y les hace
decir lo que le da la gana; pero si es de dinero, y
para mayor escarnio de oro, eso pertenece a la his­
toria antigua. En Granada no queda más oro que
esta onza que llevo yo en el bolsillo del chaleco para
que no me hagan mal de ojo.
—Pues, amigos míos, de eso se trata—exclamó
Raudo—. Ahora sí que se puede decir que vivimos
sobre un volcán, sobre un volcán de riquezas; por­
que aquí mismo, en este cerro, debajo del palacio
árabe que está a dos pasos, se encuentra escondi­
do el tesoro de Alhamar. Ahora que yo lo digo pa­
rece esto un disparate; pero ya leerán el trabajo
que empieza mañana a publicar el periódico, y
todo lo verán llano como la palma de la mano.
Alhamar tuvo, durante los años que reinó, más de
cuatro mil hombres ocupados constantemente en la­
var las arenas del Darro, que entonces no era lo
que ahora, cuando sólo quedan los desechos; en­
tonces, señores míos, traía más oro que arena, o,
por lo menos, la mitad de cada cosa; y la enorme
cantidad de oro extraído fué depositado en un sub­
terráneo de esta misma montaña, que por eso se
llamó Alhambra, es decir, montaña dorada, y no
roja, como algunos ignorantes habían traducido;
y ese oro debía servir para construir un palacio ma­
ravilloso, que. por desgracia, se quedó en proyecto,
como tantas cosas de nuestro país.
—De suerte—dijo Perico Moro, con tono zumbón—
que el alcázar que hoy existe lo construyeron pro­
visionalmente.
—No, señor—contestó Raudo— ; ese alcázar fué
destinado en un principio a los guardianes del teso-

LOS TRABAJOS DE PÍO CtD

37

r o ; no era un palacio real; fué más bien una f o r ­
taleza que sirvió de tesorería, o como si dijéramos,
fué el Ministerio de Hacienda del reino de Granada.
—Y las inscripciones de ese palacio, ¿cómo se
explican entonces?—preguntó cándidamente el me­
nor de los Monteros.
—Se explican mucho mejor que ahora—replicó
Raudo—. Así, por ejemplo, el tan sobado «sólo Dios
es vencedor», sostiene el doctor Medialuna que quie­
re decir «sólo el oro es vencedor», inscripción ade­
cuada, a más no poder, para una tesorería. Alah
debe entenderse en un sentido metafórico, y esto
es lo que los arabistas no habían comprendido has­
ta ahora. Pero, en fin, yo no digo una palabra m ás;
el que quiera saberlo todo, que lea el trabajo y verá
que el asunto tiene más miga de lo que parece.
Largamente se habló y discutió sobre el inespera­
do tesoro de Alhamar, y la concurrencia unánime­
mente se pronunció en contra del doctor Media­
luna.
—Si eso fuera verdad—decía Miranda—, lo único
que sacaríamos en limpio sería quedarnos sin la
Alhambra, porque la destruirían para descubrir el
tesoro; y si llegaran a descubrirlo, el dinero se nos
volvería sal y agua, como todo lo que cae en nues­
tras manos. Más vale que, aunque seamos pobres,
tengamos siquiera un sitio donde tomar el fresco
y olvidar nuestra pobreza oyendo cantar a los rui­
señores.
Pío Cid no dijo nada en toda la tarde; pero, sin
duda, en su espíritu comenzó a germinar una idea
que más tarde salió a luz.
Sus únicas palabras fueron para recordar la pro-

Angel ganivet

mesa que nuestros amigos nos habían hecho de leer
cosas de su invención, que seguramente serían más
agradables que la exhumación del papelote ará­
bigo ; pero era tan escasa la claridad que quedaba,
que ya no se veía leer y hubo que dejarlo para
otro día.
Moro, el poeta, dijo a Pío Cid que, puesto que
tanto le interesaban las letras, sería también cul­
tivador de ellas, y que si era así se le obligaba a
escribir algo para una revista proyectada por los
amigos que allí estaban.
Pío Cid contestó que no era literato de cartel;
pero que en caso de apuro, y por dar gusto a sus
amigos, era capaz de escribir lo que se le pidiera.
—Puesto que en esta notable asamblea—añadió—
hay poetas y novelistas, pintores y arqueólogos que
tan brillantemente llenan su cometido, creo que lo
único que yo puedo dar que ustedes no tengan, es
algo de mi experiencia, obra, no de mi capacidad,
sino de los azares de mi vida. Me parece que lo úni­
co que aquí falta es fuerza; sobran buenos deseos
y bellos propósitos, pero la pereza lo echa todo a
perder. Cuando yo oí hablar de la revista esa de
ustedes, me imaginé que sería una publicación re­
gular, consagrada a mantener siempre vivo el fue­
go sagrado; y ahora resulta que están ustedes pre­
parando desde hace siete años el primer número y
que no es aún seguro que aparezca después que pa­
sen otros siete. Ustedes se ríen del tiempo, y esta
risa es muy peligrosa, porque hay en el mundo
quien trabaja y puede humillarnos. Quizás sería lo
mejor dejar rodar la bola, si todos lo hicieran así;
pero esto no es posible, y antes que venga quien

LOS TRABAJOS DI; PÍO CID

39

nos obligue a andar contra nuestro gusto, más vale
que nosotros andemos por nuestra voluntad. Yo co­
nozco un remedio infalible para curar la pereza
intelectual, y les ofrezco a ustedes dárselo a conocer
en un artículo breve, que más que artículo será re­
ceta de médico o una combinación de aforismos
útiles para reconstituir el carácter humano.
— ¡Aceptado!—gritamos todos a una, y comenza­
mos a dejar nuestros asientos.
A poco emprendimos la retirada, pues la mayor
parte de los allí reunidos tenían que ir al carmen
de los Monteros, donde había organizado para aque­
lla noche un baile popular. Pío Cid, Raudo y yo nos
separamos de la reunión y nos fuimos un rato al
café. Pío Cid nos dejó pronto, porque quería acos­
tarse temprano para estar levantado cuando llegara
a buscarle el tío Rentero.
Gran obscuridad reina en todo lo tocante al viaje
de Pío Cid a Aldamar. Su primer propósito era de­
tenerse en varios pueblos del distrito; pero después
que supo que la clave de la elección estaba en su
pueblo, determinó hacer directamente el viaje en
dos jornadas, quedándose a dormir la noche inter­
media en La Rabióla. Como Pío Cid era hombre
que no dejaba las cosas para mañana, se cree que
fué preocupado todo el camino, componiendo men­
talmente la receta que prometió a sus amigos, sin
dignarse contemplar los bellos y variados paisajes
que le iba ofreciendo la pródiga Naturaleza. A eso
de mediodía dicen que se detuvo a merendar a lo
campestre, a la sombra de unos álamos blancos
que estaban en el borde de la carretera, y que en­
tonces, viendo a su espalda unos hermosos trigos

40

ÁNGEL GANIVET

ta n altos, espesos y espigados, que p a re c ía que la
Providencia h ab ía d erram ad o en ellos todas sus ben­
diciones, no pudo m enos de d e c ir :
— ¡Buen año éste p a ra los lab rad o res, tío R en­
tero! Mire usted esas espigas g ran d es como m azor­
cas, que casi no pueden tenerse en pie. ¡V alientes
trig o s !
—G ranaejos están, g ran aejo s—respondió el tío
Rentero, con su tonillo alp u ja rre ñ o , que se a c e n tu a ­
ba m ás conforme el vejete se iba alejando de G ra­
nada.
A parte estos p alab ras, se cree que Pío Cid en la
prim era jo rn ad a, no despegó los labios y dejó des­
ahogarse a su gusto a su com pañero de viaje, el
cual habló por los dos y un poco m ás, sacando a
relucir todo lo que sab ía de las p ersonas de viso de
la capital y de la provincia, y de quien m ás habló
y con m ayor elogio fué de la m adre de Pío Cid, de
la que dijo un cen ten ar de veces que era la señ o ra
m ás señora que se hab ía echado a la cara, y que
era u n a lástim a que u n a m u jer de tan to m érito no
hubiera nacido re in a o em peratriz. Pío Cid le escu­
chaba con paciencia y atención, y así, el uno c h a r­
lando y el otro callando, y los dos cam inando al
buen a n d a r de los mulos, llegaron al obscurecer a
La Rabióla, donde se alo jaro n en u n a posada sin
darse a conocer, puesto que el alcalde de este p u e­
blo era de los que h ab ían ofrecido al gobernador
la votación íntegra, y Pío Cid no ten ía g an a de g a s­
ta r saliva en balde. Al ra y a r el día, el tío R entero
aparejó los m ulos en u n dos por tres, pues como
hab ía estado dedicado alg ú n tiem po a la a rrie ría ,
e ra un lince, como decía él mismo, p a ra a n d a r entre

LO S TRABAJOS D E P ÍO C ID

41

bestias. Salieron del pueblo sin que nadie los viera,

a excepción de un muchacho que estaba recogien­
do estiércol y que debía conocer al tío Rentero, por­
que al verle pasar le dijo:
—Güen viaje, tío Frasco; ¿va osté a Aldamar?
—Adiós, Cascabancas—contestó el tío Rentero— ;
pa allá vamos. ¿A cómo te pagan el istiércol?
—A tres ríales la carga—contestó el basurero.
— ¿De las grandes?—insistió el tío Rentero.
—Grandes, que ca una paece un menumento. Como
que son pa el sacristán de don Esioro—contestó el
zagalón.
Y luego, alzando la voz porque los viajeros se ale­
jaban, gritó:
—Pa allá va también don Críspulo; a ese paso
presto le alantarán.
— ¿Quién es ese don Críspulo?—preguntó Pío Cid
al tío Rentero.
—Es el cura de este pueblo, que estaba antes en
Seronete; un alma de Dios, pero con una lengua
peor que una jacha. Verdá que al probe lo tienen
veinte años pasando la pena negra y está pa que lo
ajoguen con un cabello. De Seronete lo echaron
porque iba a matar al alcalde. Pero, mírelo osté allá
lejos, aquel que va en el rucho debe de ser.
Don Críspulo era, en efecto, y a los pocos mi­
nutos Pío Cid y su acompañante le alcanzaron. Su­
jetaron el paso de los mulos para poder cruzar al­
gunas palabras, y como el borrico de don Críspu­
lo aceleró el andar para no perder aquellos compa­
ñeros de camino que la fortuna le deparaba, bien
pronto los tres viajeros se hallaron al habla y el
tío Rentero rompió el silencio diciendo:

42

ANGEL GANIVET

—A la paz e Dios, señón Críspulo; ¿no quié su
mercé conocer a los probes?
—Hola, tío Frasco — exclamó don Críspulo— ;
¡quién le iba a hacer a usted por estos caminos y a
estas horas! Y luego, que está remozado usted, y
yo si no le oigo hablar no le conozco. Ya se ve lo
que es buena vida. ¿Qué tal, qué tal? ¿Viene usted
ahora de Granada?
—De allí vengo pa acompañar a este señor, que
es el hijo de los amos, de los antiguos.
—Celebro mucho conocerle — dijo don Críspulo
inclinando la cabeza—. ¿Viene usted quizás a asun­
tos electorales? Porque estos días, como va a ha­
ber elección, se ven por aquí algunas personas de
la capital que están interesadas en estos manejos.
—Efectivamente—contestó Pío Cid, devolviendo el
saludo—. Vengo con motivo de la elección; pero no
es la primera vez que ando por estos caminos; toda
mi familia era de Aldamar, y yo mismo me he cria­
do allí...
—Mi amo—interrumpió el tío Rentero—es hijo de
don Francisco, el de Los Castaños, que osté cono­
cería.
—Claro que le conocí—contestó don Críspulo—y
también le traté, aunque él vivía casi siempre en la
capital. ¿Es usted quizás—añadió encarándose con
Pío Cid—, un hijo que dicen que había desapareci­
do sin saber cómo?
—El mesmico—contestó el tío Rentero— ; como
que no tenía otro; pero al fin y a la postre el que
es de ley paece, manque se asconda en los centros
de la tierra.
—Entonces—continuó don Críspulo, sin que Pío

LOS TRABAJOS t>E PÍO CID

43

Cid le contestara a sus preguntas—, usted es el
candidato del Gobierno por este distrito. Aquí, en
La Rabióla, decían que usted era de los Cides de Aldam ar; pero yo, a pesar del apellido García del
Cid, no caía en la cuenta de que pudiera ser usted el
hijo de don Juan Francisco. De todos modos le feli­
cito a usted por adelantado, porque su elección di­
cen que es cosa hecha.
—Ya veremos—dijo Pío Cid sonriendo— ; tal vez
esté hecha y yo venga a deshacerla.
—Yo le aseguro a usted—dijo don Críspulo ir­
guiéndose sobre su jumento—que el distrito está ya
de Cañaverales hasta la coronilla, y que no a us­
ted, que es hijo del país, sino al primer cunero que
le enviaran, lo aceptaría por salir de las garras de
esta innoble gentuza que hoy lo explota. Yo no pue­
do emplear cierto lenguaje a causa del traje que
visto, pero le digo a usted que debía caer durante
varios años una lluvia muy espesa de rayos encen­
didos para limpiar estos terrenos de todo lo malo
que aquí vive. Estos pueblos no son pueblos, amigo
mío, son nidos de víboras.
—No desageremos—dijo el tío Rentero—, que en
la capital tamién hay de too, y si digo, hay más
pillería que por acá.
— ¡En la capital!—suspiró don Críspulo—. Para
la capital reservo yo el fuego divino que cayó so­
bre Sodoma y Gomorra, las ciudades malditas. Y
no dejaría que se escapara nadie, ni siquiera Su
Ilustrísiina el Arzobispo, mi amo y señor—agregó
inclinando la cabeza hasta tocar casi las orejas del
pollino.
— ¡Jesús, María y José!—exclamó el tío Rentero,

44

Angel ganivet

haciendo aspavientos de susto, mientras Pío Cid
se fijaba por primera vez en el lenguaraz sacerdote.
Era don Críspulo un hombre pequeño y flaco,
moreno, los ojos hundidos y las mandíbulas muy sa­
lientes. Su rostro llevaba impresas las huellas de
largas privaciones; pero no se conocía a primera
vista si estas privaciones eran hijas de la miseria
o del ascetismo, porque el aspecto descuidado y
más sucio que limpio de toda su persona, estaba
velado por cierta dignidad nada vulgar en la mira­
da y en el gesto. Pío Cid se hizo cargo de aquella
extraña figura y luego dijo en el mismo tono res­
petuoso, con puntas de malintencionado, en que el
cura había lanzado su condenación:
—Señor don Críspulo, mala idea debe usted tener
de todos sus semejantes, aunque sean arzobispos.
—Mala, no; malísima—contestó el cura—y bien
sabe Dios que me duele tenerla, aunque no sea más
que por el sagrado ministerio que ejerzo. Pero los
años traen consigo los desengaños, y yo a veces llego
hasta a compadecer a nuestro Divino Redentor por
haber tenido la generosidad de derramar su pre­
ciosa sangre por esta indigna humanidad, que más
bien merecía estar continuamente gobernada por
Nerones y Calígulas y otras bestias más feroces
aún. Si a mí me dieran el mando absoluto en estas
comarcas, le juro a usted que llamaría en mi ayuda
a los africanos para que secretamente se introduje­
ran en el país y pasaran a cuchillo a todos sus ha­
bitantes. ¡Ah! Señor Cid, usted viene de lejos y no
sabe de la misa la media, y no ve ni verá más que
lo que le salte a los ojos; pero yo soy perro viejo
para roer estos huesos, y aunque me condene a ar-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

45

der perpetuamente en los profundos infiernos, no
transijo con la injusticia. Sin ir más lejos, hoy he
leído en el diario de la capital una noticia que le
interesa a usted: dice que, en vista del estado aflic­
tivo por que atraviesan los braceros de este distri­
to, el señor don Romualdo Cañaveral ha dado or­
den a su administrador para que distribuya abun­
dantes limosnas entre los más necesitados; y luego
viene poniendo por las nubes la conducta noble y
caritativa del ilustre hijo de Seronete y expresando
el deseo de que en breve se vea confirmada la noti­
cia de su nombramiento como senador vitalicio. Pues
bien, ¿sabe usted lo que hay en esto de verdad? Que
don Carlos, el contrincante de usted, está compran­
do votos a dos y tres pesetas, y que para no descu­
brir el juego dan ese dinero de Judas bajo la capa
de caridad y a son de bombo y platillo, a fin de que
sirva, no sólo para elegir al que lo reparte, sino
también para dar lustre y charol al bandido de don
Romualdo, uno de esos seres abyectos que la miseri­
cordia de Dios tolera que existan para castigo de
sus criaturas. ¡Y ver toda esta farándula, toda esta
indecencia, prosperar y recibir el aplauso de las
gentes, y no poder alzar la voz ni desenmascarar a
los criminales! Es decir, yo no me muerdo la len­
gua, y si mi palabra se oyera en todo el mundo, todo
el mundo sabría la verdad; pero no me oye nadie
y mi franqueza sólo me ha servido para hundirme
más y más.
—Y, sin embargo, usted no escarmienta — dijo
Pío Cid.
—Ni escarmentaré nunca—prosiguió don Críspulo—, porque yo estoy ya condenado sin apelación.

4P>

VNGEL GANIVET

Pregunte usted en el palacio arzobispal de Grana­
da quién es el cura de La Rabióla, y le dirán que
por lástima no me han recogido ya las licencias;
se contentan con dejarme en el peor pueblo de la
provincia para que me muera poco a poco de ham­
bre. ¡Asesinos!
— Me parece, amigo don Críspulo— replicó Pío
Cid— , que usted se ahoga en poca agua. Si yo fuera
cura desearía estar en el peor pueblo de España
para ver si le podía volver el mejor; y si estuviera
mal visto de mis superiores, casi me alegraría, por­
que así podría realizar una de las obras más difíci­
les que está en nuestra mano acometer: la de des­
truir una mala opinión que se tenga de nosotros.
En las sociedades gobernadas por la hipocresía y
el artificio, es soberanamente tonto ejercer de refor­
mador a gritos, porque todos se tapan las orejas
para no oír lo que no les conviene. Hay que ser cau­
to s; en vez de dar golpes contra el aguijón y salir
luego hechos una lástima, lo prudente es quebrarlo
sin herirse, y si no es posible quebrarlo, dejarlo.
Usted podía desempeñar bien su importante ministe­
rio, y por no tener cachaza para tolerar las dema­
sías de los otros, se ve como se ve. Yo creo que
el amor a la justicia tiene más virtud cuando se
muestra con mansedumbre, y es una verdadera des­
gracia que usted eche a perder sus buenos deseos
por la crudeza de sus palabras. Le hablo a usted
con la misma libertad con que usted me ha habla­
do ; y aunque no me disgusten los caracteres fuer­
tes y abiertos como el de usted, mi parecer es que
el único medio de trabajar por el bien, es trabajar
uno solo, sin decirle nada a nadie. Puesto que las

LOS TRABAJOS DE PIO CID

V7

predicaciones, amonestaciones y reprimendas no
surten ya efecto, hay que callar y obrar, y dejar
a los otros hacer lo que mejor les parezca, que si
lo que hacen no es bueno, al fin no prosperará. Com­
prendo que le duela a usted ver que hasta la cari­
dad es ya explotada por los picaros, pero que éstos
se lleven en su pecado su penitencia, que ni usted
ni yo somos quién para acusar a nadie.
— Todo eso me parecería admirable — dijo don
Críspulo— si yo tuviera libertad para enviar al de­
monche a estos tunantes y vivir donde fuera mi
gusto; usted dice lo que dice porque lo que pasa,
lo oye, no lo v e ; pero yo lo veo todos los días y me
moriré viéndolo, sin poder hacer nada para reme­
diarlo y hasta teniendo que humillarme a veces para
no morir de necesidad. Yo podría hacer algo si
fuera rico, pero soy muy pobre y tengo sobre mis
espaldas a mi madre y a dos hermanas. ¡Cuánto
más me valiera a mí y a ellas haber sido arriero,
como mi padre, y no llevar estos hábitos o estos
grillos que llevo arrastrando!
—Lo que me dice usted—interrumpió Pío Cid—me
trae a la memoria a un arriero que iba a mi casa,
el cual se llamaba el tío Nohales, y era padre de
ocho o diez hijos. A uno que salió muy despejado
le dedicó a la carrera eclesiástica, con la idea de
que fuese el sostén de la numerosa familia. El jo­
ven estudió con extraordinario aprovechamiento, y
en cuanto cantó misa obtuvo una coadjutoría, de la
que se esperaba que pasara muy pronto a un buen
curato, puesto que los superiores le mostraban gran
afecto. Pero hete aquí que de la noche a la mañana
desaparece sin dejar dicho nada a nadie, y que al

48

ÁNGEL GANIVET

cabo de algún tiempo se averigua que iba camino de
Filipinas, enviado allá por el superior de una Or­
den religiosa, en la que había ingresado el joven
según se supo, no sólo por natural inclinación a la
vida monástica, sino por huir del siglo, y más que
del siglo de la familia que se había sacrificado por
darle carrera y posición. Había que oír al tío Nohales contar a todo el mundo su desengaño y clamar
contra el hijo desagradecido que tan mal le había
recompensado sus afanes. Todos le compadecían y
todos le daban la razón; pero vino a mi casa con el
cuento, y mi madre se puso de parte del hijo ingra­
to, y recuerdo aún las palabras que le dijo al arrie­
ro, las cuales quizás le vengan a usted que ni pinta­
das : «Si yo estuviera en el caso de usted, me sen­
tiría orgullosa de tener un hijo como el que usted
tiene. Ustedes los pobres dedican sus hijos a la ca­
rrera eclesiástica con la idea de que, no pudiendo
casarse, les sirvan de apoyo en la vejez, y por lo
pronto les ayuden a llevar la carga de la fam ilia;
y no piensan ustedes que quien tiene verdadera vo­
cación para el sacerdocio, y no lo acepta como una
de tantas carreras, sino para consagrar su vida a
sus semejantes, tiene que estar libre de los cuida­
dos de su familia, porque el atender a su familia
les impediría atender a los demás. Por esto no está
permitido que los curas se casen; y ustedes, los que
desean que un hijo sacerdote pague el bien que le
han hecho dándole carrera, con el olvido y aban­
dono de sus deberes, son los principales culpables
de que haya tantos eclesiásticos ambiciosos y devo­
rados por el afán de ganar buenas prebendas. Su
hijo de usted vale más que todos ustedes juntos,

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

y ha hecho muy bien metiéndose en un convento,
pues de no hacerlo, quizás no tuviera corazón para
volverles a ustedes las espaldas; y ustedes, sin dar­
se cuenta del mal que hacían, le hubieran obligado
a ser un mal cura, más atento a ganar dinero que a
cumplir su obligación.» Así habló mi madre, que
era una señora muy discreta. Yo le repito a usted
lo que ella dijo con sobrada razón, según voy vien­
do. Como los oficios eclesiásticos, fuera de unos
cuantos que están bien pagados, no dan ahora más
que para comer, la nobleza y la clase media se de­
dican a otros más productivos o brillantes, y la
Iglesia tiene que estar servida por pobres, que ade­
más de su pobreza suelen llevar la reata de su fa­
milia, con lo cual el celibato ha venido a quedar
sin efecto para muchos como usted, a quien más le
hubiera valido ir a evangelizar a los igorrotes, que
no llevar 1a, vida que lleva por estos andurriales.
—Mire usted—dijo don Críspulo—, más de una
vez lo he pensado, y entre estos salvajes y los de
allá, no sé cuáles serán peores; pero por lo pronto
bien podían tener más consideración con el clero
bajo, que es el que lleva la carga más pesada, y no
tenernos a nosotros a media miel mientras los altos
regüeldan de ahitos. En estos pueblos hay mucha
miseria, y un cura que no tiene nada que repartir
es un soldado sin armas. Pero, en fin, bueno está
lo bueno—agregó don Críspulo, divisando el punto
donde el camino se partía en dos y donde él tenía
que tomar el de Seronete y separarse de sus compa­
ñeros— . Yo me alegraré mucho de que gane usted
la elección y de que haga algo por este pobre distri­
to, tan olvidado de los gobiernos.
4

50

ANGEL GANIW.T

—No confío mucho en el resultado — dijo Pío
Cid—, y menos desde que sé que el poderoso caba­
llero Don Dinero anda en el ajo.
—Ya que va osté a Seronete—añadió el tío Rente­
ro— , le dirá a mi Polonia que estoy por aquí alreor,
y que como pueda colaré allá.
—No lo olvidaré—contestó el cura—, y a ver si
nos vemos a la vuelta y paran un día en La Rabió­
la. Yo vuelvo esta misma noche o mañana.
Y sin más, llegados a la encrucijada, se separa­
ron, después de saludarse como buenos amigos. Don
Críspulo desapareció en breve tras un recodo que
hacía el camino de Seronete, y Pío Cid y el tío Ren­
tero apretaron el paso hacia Aldamar. El tío Ren­
tero siguió hablando de los dichos y hechos que co­
nocía del célebre don Críspulo, y Pío Cid callando
y dando vueltas en su magín a la famosa receta,
que ya iba a medio componer.
Un cuarto de legua antes de llegar a Aldamar,
cuando se empieza a descender la empinada cuesta
del Aire, hay a mano izquierda una fuentecilla, lla­
mada de los Garbanzos porque sus aguas tienen la
virtud de ablandarlos aunque sean duros como ba­
las ; así tuvieran también la de ablandar el corazón,
que si así fuera se venderían a peso de oro. Los
mulos, que venían fatigados y sedientos después de
cuatro horas largas de caminar cuesta arriba, en
cuanto olfatearon la fuente se fueron derechos al
agua, apartándose un poco del camino.
Pío Cid no se dió cuenta de ello hasta que su
mulo, con el movimiento que hizo al bajar la cabeza
para beber, le sacó de su distracción, faltando muy
poco para que le tirara por las orejas. Entonces vió

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

51

Pío Cid que un poco más arriba de la fuente, en el
sitio donde debía nacer el manantial, estaba llenan­
do un cántaro de agua una muchacha pobremente
vestida. La estuvo mirando un buen rato y recreán­
dose en las formas admirables de aquella tosca
criatura, que parecía puesta allí para que algún es­
cultor la tomase por modelo. Estaba de perfil y se
le marcaba, a pesar de su juventud, la fuerte cade­
ra, promesa de maternidad, y por debajo del bra­
zo, arqueado para sostener la botija, el pecho, mal
encubierto por un cuerpecillo de percal medio des­
hilacliado, que dejaba ver lo blanco de la camisa.
La cabeza se apoyaba sobre el brazo, y entre el
abundoso y enmarañado cabello, castaño muy obs­
curo, desaparecía casi por completo, dejando ver
sólo la nariz, que de pei’fil parecía muy fina, aunque
un poquillo chata. La jovenzuela del cántaro, cuan­
do acabó de llenarlo se lo puso a la cadera y se dispo­
nía a marchar, no sin volverse a mirar de reojo a los
caminantes; pero Pío Cid la detuvo, preguntándole :
— ¿Va usted a Aldamar?
— Sí, señor—contestó la muchacha, mirándole con
curiosidad.
— ¿Quiere usted que le lleve el cantarillo?—volvió
a preguntarle.
— ¿Pa qué va su mercó a molestarse?—contestó la
muchacha.
—No me molesto, al contrario. Usted es la que se
molestará llevando el botijo a cuestas un cuarto de
hora. Espérese usted—dijo arreando el mulo hacia
el altillo- donde estaba la muchacha. Y echándose
todo lo atrás que pudo del aparejo, de modo que
casi se quedó montado en la culata, cogió en peso

52

ÁNGEL tiANrVET

a la muchacha con cántaro y todo y la asentó a la
mujeriega sobre el mulo, que al sentir la carga echó
a andar sin que lo arrearan.
— ¡ Válgame Dios!—exclamó la muchacha por no sa­
ber qué decir—. Naide diría que es osté tan forzúo.
—Tenga osté cuidiao con el mulo—dijo el tío Ren­
tero—, mire osté que es una perrera en cuántico
que le dan dos déos de luz.
—Va bien sujeto—contestó Pío Cid—, no hay cui­
dado. La verdad es—prosiguió—que es buena ocu­
rrencia la de venir a buscar el agua a un cuarto de
legua y con el sol de justicia que ahora hace.
—Qué quié su mercé, señor—contestó la mucha­
cha— ; los agüelos han perdió ya la dentaúra, y en
guisando con el agua de abajo no puen ronchar los
garbancejos.
—Entonces no digo nada—replicó Pío Cid, miran­
do a su pareja, que sin saber por qué se le apareció
ahora como una figura bíblica, quizás porque la
muchacha llevaba en el pecho, entre el pañolillo de
colores con que se lo malcubría, unas matas de
mastranzo, cuyo perfume sano y fuerte embriagaba
y despertaba el recuerdo de los tiempos felices en
que las mujeres, aun las más puras y delicadas, cre­
cían como las flores campestres. Y luego, fijándose
en algo brillante que se movía en las hojas del mas­
tranzo, preguntó:
—Lleva usted una marranica de luz. ¿La ha co­
gido usted, o está ahí por casualidad?
—Estaba en la mata—contestó la muchacha, ajus­
tándose más el pañolillo con la mano que le queda­
ba libre.
—Usted me mira como a un forastero—dijo

LOS TRABAJOS DE PIO CID

53

Pío Cid—, y sin embargo, yo soy su paisano.
—¿Osté de Aldamar?—preguntó la muchacha.
—Ya verás cómo te doy señas—dijo Pío Cid—.
¿Cómo te llamas?
—Me llamo Rosario, Rosarico—contestó ella.
—¿Y tus padres?—volvió a preguntarle.
—Mi padre—contestó Rosarico—se llama Juan An­
tonio Peña; pero le dicen el tío Rogerio.
—Pero ¿es posible—saltó el tío Rentero, que de­
seaba meter su cucharón—que eres tú hija de la
Roqueta? Tu mae y yo sernos del mesmo pueblo y
algo de la familia. ¿No la has oío tú mentar al tío
Frasco Rentero?
—Vaya que sí—contestó Rosarico riendo— ; y tamién sé que fué osté su novio...
—Justico — interrumpió el tío Rentero pernean­
do sobre su mulo para ponerle al lado del de Pío
Cid— ; y en güeña ley tú debías haber sío mi hija
si yo me hubiera casao con tu madre, que sin agra­
viarte a ti era una mocetona mu requería de too
el mundo y con más fama en su tiempo que Barceló
por la mar. Y ¿cuántos hermanos seis?
—Sernos ocho vivos—contestó Rosarico—, y yo
soy el rejú de la casa. Ya ve osté que mi Frasco
Juan, que fué el primero, tiene una hija mayor que
yo dos u tres años.
—Vaya con Rosarico — dijo el tío Rentero—, y
cuánto me he alegrao de verte. Si yo hubiera sabio
que estabais aquí cuando vine el año pasao... Yo sus
creía en Salaureña.
—Aquello se acabó—dijo Rosarico—, y hemos pa­
sao las de Caín. El probetico de mi pae. ya no pué
dar golpe.

54

ÁNGEL G ANIVET

—Y ¿qué jacéis ahora?—preguntó el tío Rentero.
—Tenemos una tierrecilla—contestó Rosarico— , y
mis hermanos ayúan algo. Mi Francolín es el marranero del pueblo, y el Pepillo está muy apegao a
la iglesia, y algo trae tamién. Pero a este señor lo
habernos dejao con la palabra cortá—añadió Rosarico.
—Eso no importa—dijo Pío Cid, muy pensativo—.
Sigan hablando sin reparar en mí, que yo lo único
que podría decir es que conocí también a los Rogerios y todos eran muy hombres de bien. Dile a
tu padre si se acuerda de una vez que fué a la sie­
rra y subió al Mulhacén acompañando al señorito
Pío, como él me llamaba.
— ¿Pues no se lia de acordar?—contestó Rosarico,
mirándole con admiración— ; en cuántico que se­
pan su venía y le vean a osté se van a jartar de llo­
rar. ¡Válgame Dios! ¿Conque es osté el niño de
Los Castaños? Algo más nos relucía el pellejo cuan­
do eran ostés los amos de la cortijá; mi padre cuen­
ta y no acaba de ostés toos.
—Pus ahora veremos lo que jace el pueblo y si
es agradeció—dijo el tío Rentero—, porque el amo
viene pa eso de la eleción, y ahí se ha de ver si se­
rnos moros u cristianos.
—Ve osté—dijo Rosarico, afinando la pronuncia­
ción para parecer más cortés—, por esa senda se
acorta pa ir a mi casa y a la de osté, con premiso
de mis padres. Si quiere osté, me bajaré aquí.
—Entonces, ¿vivís en el barrio alto?—preguntó
Pío Cid— . Si es así, más vale que sigamos hasta el
pueblo y que subas por la vereda del barranco.
—Es que en el pueblo son mu jablaores...—dijo

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

55

Rosarico, sin atreverse a expresar su idea por com­
pleto.
—Vaya, que tienes miedo a que se lo digan a tu
novio—dijo Pío Cid en tono de broma.
—No tengo novio—replicó Rosarico.
—Le habrás tenido—insistió Pío Cid.
—Ahí me habló un estornillao, pero yo no quiero
noviajos—contestó Rosarico con cierto aire de des­
pecho.
—Pues si el noviazgo se arregla y se habla de ca­
sorio, no lo dejes por falta de padrino. Yo me ofrez­
co a serlo, y ojalá que sea pronto—dijo Pío Cid ayu­
dando a Rosarico a bajar del mulo y dándole luego
el cántaro—. Dales recuerdos míos a tus padres y
ya haré por verles.
—Igualmente—añadió el tío Rentero; mientras
Rosarico, ligera como una cabra, subía por el empi­
nado sendero que conducía al barrio alto, y des­
aparecía a poco detrás de unas higueras.
Se apeó de su mulo el tío Rentero y lo ató del
ronzal a la anilla de la baticola del otro mulo, di­
ciendo a Pío Cid :
—Déme osté las brías jasta pasar la barranquera.
Pero Pío Cid se apeó también, dejando al tío Ren­
tero que llevara los dos mulos, y echó a andar de­
lante por el endiablado camino que anunciaba la
entrada del pueblo.
'
Aunque la digresión parezca inútil, diré que en
Aldamar, como en muchos pueblos de nuestra pro­
vincia, se nota la influencia de la capital en que,
así como Granada está cruzada por dos ríos, no
muy caudalosos, y secos a temporadas, sus pueblos
se asientan, por regla general, a las orillas de al-

56

ÁNGEL GANIVET

gún barranco que, aunque no lleve agua, da la ilu­
sión de que es un río que se ha quedado en seco por
un descuido de la Providencia. Sin contar con que
un barranco, aunque no traiga aguas, puede traer­
las en tiempo de lluvias y sirve para dividir los pue­
blos en barrios enemigos que, luchando por el pre­
dominio local, suelen trabajar sin quererlo por en­
grandecer, o cuando menos agrandar, la ciudad na­
ciente. Yo le oí decir alguna vez a Pío Cid que si Aldamar era el pueblo más grande de su distrito, esto
se debía a la circunstancia feliz de estar cruzado, no
por uno, sino por dos barrancos; el más pequeño
arranca del camino que viene de La Rabióla, y el
mayor corre de Norte a Sur, quedando el pueblo
dividido en cuatro cascos desiguales. Los dos más
crecidos se llaman Aldamar Alto y Bajo, y sostie­
nen la principal rivalidad; luego viene el neutral
o intermedio, llamado barrio de la Iglesia, y, por
último, a espaldas de éste, y algo distanciado, el
del Colmenar, llamado así por ser fama que en él
vivían varios colmeneros, bien que a la sazón esta
industria, antes floreciente, haya desaparecido y no
quede ni una abeja en varias leguas a la redonda.
Con la cría del gusano de seda ocurre lo mismo, y
la vinicultura también va de capa caída a causa de
la filoxera. La única planta que se sostiene y aun
prospera, es el castaño. Aldamar vivía, pues, peno­
samente de la exportación de castaña, y se conso­
laba de su decadencia con recuerdos, esperanzas e
ilusiones.
Cuando Pío Cid llegó al barranco grande, que en
tiempo de sequía era como la calle Mayor o Real
del pueblo, la primera persona a quien encontró al

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

57

paso filé u n a pobre m u jer que de rodillas lavaba en
u n a poza form ad a por u n hilillo de a g u a que no se
cortaba nunca, porque e ra de un m a n a n tia l que
nacía un poco m ás a rrib a . Al lado de la lav an d era
había u n a ca n a sta do ro p a sucia, de la que salían
gritos desesperados. Pío Cid se acercó por movi­
miento n a tu ra l a ver dónde estaba la c ria tu ra que
tan desconsolaaam ente chillaba, y descubrió entre
los trapos sucios a un niño de te ta m ordisqueándose
los p u ñ o s ; lo sacó de la c a n a sta y se lo puso boca
abajo sobre la palm a de la m ano y el chiquillo calló
al instante.
—No ja g a su mercé caso de esta c ria tu ra —dijo la
lav an d era—. Es la m ás eshonrible del mundo. Como
no tenga el pezón en la boca, siem pre está dando
barracás. Démelo osté a ver si se acalla con u n a
tetica.
—Yo creo—contestó Pío Cid—que este niño está
malo del vientrecillo. Debe e sta r un poco constipado.
—Quizás será que está m u sucio—replicó la la ­
vandera, sentándose en u n peñón que allí cerca es­
taba, y extendiendo los brazos p a ra recibir a la
c ria tu ra —. Ven acá, trag ó n . ¿Ve osté lo que yo le
icía?—añadió la m adre.
Y diciendo esto se h ab ía colocado en la falda al
m amoncillo, que comenzó de nuevo a llorar, y le
h ab ía abierto el p a ñ a l de m uletón, hecho de re ta ­
zos, p a ra sacarle el m etedor, lleno de verdines.
—Lo que es cierto es lo que yo le decía—replicó
Pío Cid—. Ese niño está malo.
—¿Y qué es lo que debo de ja c e r? —preguntó la
m adre.
—Póngale usted en el vientre u n pedazo de bave-

58

ÁNGEL GANIVET

ta pajiza y fájelo bien; y no estaría de más que le
pusiera también una chapita en el ombligo, que se
le sale demasiado. No sé cómo se les cuajan a uste­
des las criaturas con el abandono en que las tienen.
—Es que tengo que trabajar too el santo día de
Dios— dijo la pobre mujer sacando un pecho y dán­
dosele al niño para que callara— y no me quea tiem­
po pa ná. Ya ve su mercé, son cuatro los que tengo,
y naide que me dé ni una sé de agua.
— ¿Es usted viuda?— le preguntó Pío Cid.
— No, señor— contestó la mujer— ; pero tengo al
marío en presillo. No por na que eshonre, ¿sabe su
mercé? Fué un mal volunto que le dió. La culpa la
tienen los malos hombres que Dios premite que hai­
ga en el mundo— agregó en voz más baja, mirando
a todos lados, como si temiera que la oyesen.
—Y ¿cuántos años le faltan todavía?—volvió a
preguntar Pío Cid.
— Tres años, señor, tres añazos— respondió la mu­
jer— . Y a ve su mercé la injusticia. Sin haber robao
ni matao le sacaron cuatro años y nueve meses, sin
contar lo que había estao en la cárcel. De aquí en
tres años cumple pa San José.
— ¿Qué fué lo que hizo, entonces?— preguntó Pío
Cid de nuevo.
— Dicen que quería matar al alcalde. Una caluña
que le levantaron— contestó la mujer.
Y luego, para evitar que Pío Cid formara alguna
mala idea viendo aquel rorro, cuyo padre estaba
preso hacía más de dos años, añadió:
— ¡Más veces he maldecío yo este pueblo! Pero
aquí he tenío que venir a la fuerza. Mi marío está
en el penal de Belén, y yo he estao jasta hace poco

IOS TRABAJOS OK PTO CID

59

en Graná; pero es lo que pasa... Ya está osté viendo
esta criatura. Y lo que yo le icía a mi marío. ¿A
ónde vamos a ir a parar?...
—Pero ¿cómo es posible — insistió Pío Cid—que
por una simple calumnia hayan condenado a su
marido a cinco o seis años de prisión?
—Pues ahí verá osté—replicó la mujer— ; toitico
el pueblo eclaró contra mi marío. Lo que fué, fué
que mi marío le pegó al alcalde; eso, sí, señor; pero
que sacara una jerramienta, vamos... Si mi marío
no gastó enjamás ni un clavete.
—¿Y por qué fué la cuestión?—preguntó Pío Cid—.
Sería quizás por política...
— ¡Qué! No, señor—respondió la mujer, mirando
de nuevo a todos lados— ; fué por culpa mía, y yo
tan inocente. Sepa osté que el alcalde pasao era un
esmandao, que ésta veo, ésta eseo, y ni mocica ni
casá se vía libre con el maldecío del hombre. Yo,
aunque paezgo un vejatorio — añadió bajando los
ojos con modestia—, y eso que no he llegao entoavía
a los treinta, he tenío mi algo de güen ver, y las
mujeres de los probes debíamos de ser más feas que
pantasmas. Mi marío era un rial mozo, eso sí—dijo
la mujer con orgullo— ; pero más probe que las
ánimas benditas, y yo me casé con él enamorá, y
no le faltaría por na del mundo. Pero mi hombre
tiene su sangre en el cuerpo y su alma en su alma­
rio, y quería que su mujer fuera respetá como la
primera.
—Y ¿sigue el alcalde ese en el pueblo?—le pre­
guntó Pío Cid.
—Sí, señor—contestó la mujer—. Y a no es alcal­
de, pero es juez municipal, y toos son unos.

60

ÁNGEL G AN IVE T

—Bien—dijo Pío Cid— ; me gusta ver que es us­
ted una mujer honrada y trabajadora, y que sobre­
lleva su desgracia con resignación. Tome usted esto
para que salga de apuros, que, sola y con cuatro
retoños, no le faltarán.
Y le alargó un billetito rojo, que la mujer miraba
sin atreverse a tomarlo.
— Si tuviera osté monea suelta...—le dijo—. Aquí
no toman esos papeles, porque dicen que casi toos
son falsos.
—Voy a ver—dijo Pío Cid, echándose mano al
bolsillo del chaleco y sacando todo el dinero suelto
que llevaba—. Uno, dos, tres..., no llega ni a cuatro
duros; a ver si viene el hombre que trae los mulos
y tiene para completar... Es extraño que no venga
el tío Rentero—añadió por lo bajo.
—Pero ¿cuánto me va osté a dar, güen señor?
—preguntó la mujer.
—Voy a cambiarle el billete, que es de cinco du­
ros—contestó Pío Cid.
—Eso es mucho pa mí—replicó la mujer—. Si osté
se empeña, lo tomaré. Yo, con cuarenta riales ten­
go pa pagar el atraso de la casa, y lo otro se lo
mandaré a mi marío pa que tenga pa comprar
pitillos. Eso es lo que él echa más de menos.
—Pues si usted quiere—dijo Pío Cid—, yo voy a
Granada muy pronto, y yo mismo puedo entregarle
los tres duros. Tome usted los dos y dígame el nom­
bre de su marido.
—En preguntando por José Gutiérrez, no hay per­
día. Pero ¿va osté mismo a ir al presillo?—observó
la mujer—. Osté es más güeno que el pan.
—Eso no significa nada ni hay que darle impor-

tO S TRABAJOS DE PÍO CID

6t

tancia—replicó Pío Cid marchándose—. Paciencia
y buen ánimo es lo que le deseo a usted, y que no
deje de ponerle al niño el pedazo de bayeta.
—Vaya su mercó con Dios y con la Virgen de los
Desamparaos, y si pa algo me necesita, no tié más
que preguntar en el barrio alto por Josefa la güérfana, y too el mundo le dirá dónde vivo.
Volvió Pío Cid pies atrás, y, no muy lejos, halló
parados al tío Rentero y al secretario del Ayunta­
miento, a quien saludó, aunque no le conocía más
que de vista.
—Perdone osté, don Pío—dijo el tío Rentero— ;
como pensaba osté ir a casa del cura lo primero,
me figuré que estaba osté allá.
—Pero ¿va usted a alojarse en casa del cura, co­
mo la otra vez?—preguntó el secretario.
—No, porque como ahora traigo cierto carácter
político, no quiero comprometer al bueno de don
Esteban, que no está ni por los blancos ni por los
negros.
—No crea usted, no crea usted—dijo el secreta­
rio—, que si él pudiera ya resollaría fuerte; pero
en fin..., comprendo la delicadeza de usted..., y co­
mo quiera que aquí no hay sitio para que usted se
hospede como es debido, yo no puedo hacer más,
eso estaba diciendo al tío Frasco, que ofrecerle a
usted mi casa como amigo, paisano y correligio­
nario.
—Pero ¿no habrá por ahí un escondrijo donde yo
me meta sin incomodar a usted?—preguntó Pío Cid.
—No hay incomodidad; al contrario, honor y sa­
tisfacción — respondió el secretario con afectación
natural en él—. En materia de hospedaje hay que

62

ANGEL GAKíVElT

confesar, aunque sea triste confesarlo, que vamos
para atrás como los cangrejos.
—Entonces—dijo Pío Cid—no quiero hacerme ro­
gar y acepto agradecido. Después de todo será muy
breve mi estancia, pues el domingo después de la
elección, o el lunes a más tardar, me marcharé.
—Vamos, pues, si usted quiere, a casa—dijo el se­
cretario—, y después de almorzar le acompañaré
para dar una vuelta por el pueblo y empezar a tra­
bajar la partida, aunque tiene usted ya admirable­
mente preparado el terreno, según tendrá ocasión
de ver.
—Mi primera visita ha de ser para el señor cura,
con el que estoy en deuda—dijo Pío Cid— ; después
iremos adonde usted guste.
Fueron, pues, los dos viajeros a casa del secreta­
rio, que se llamaba Ramón Barajas y era un far­
sante de marca mayor. Toda su gloria la cifraba
Barajas en conservar su puesto de secretario con
todos los partidos que iban pasando por el Ayunta­
miento, o, como él decía, por el poder; y para con­
seguir su empeño gastaba tal suma de habilidad po­
lítica y diplomática, que merecía con justicia que
se le considerase como un verdadero hombre de Es­
tado, bien que sus talentos de estadista los aplicara
exclusivamente a mantenerse en la secretaría y a
embrollar cada día más los negocios.
Antes de almorzar fué Pío Cid a visitar a don Es­
teban, el párroco del pueblo. Barajas, que por diri­
girle en todo quería darle hasta reglas de etiqueta,
le aconsejó que fuera antes a casa del alcalde; pero
él no hizo caso de la advertencia, a la que sólo con­
testó diciendo que tenía una deuda de gratitud con

tos TRABAJOS DE PÍO CID

6S

el cura, mientras que a don Pelero, el alcalde, ni
siquiera le conocía. Halló al buen párroco sentado
de media anqueta en un viejo sillón de cuero, leyen­
do en un libro antiguo de mucho volumen, abierto
sobre una mesa grande, de las de barandillas. Le
saludó afectuosamente, diciéndole que no se levan­
tara, y, al acercarse a la mesa, vio que el infolio era
la Biblia y que estaba abierta por el libro de Job.
—¿Qué es eso?—le preguntó amistosamente—, ¿está
usted inspirándose en la vida de este pacientísimo
varón para poder sobrellevar los disgustos que le
dan estas gentes?
—Ya ni la paciencia de Job basta—contestó el cu­
ra—, y los tengo abandonados porque no hay me­
dio de hacer carrera con ellos por ningún lado que
se tire. Pero ¿cuándo ha llegado usted? Yo le espe­
raba desde hace unos días.
—Acabo de llegar ahora mismo—respondió Pío
Cid—. El secretario, con quien tropecé en el camino,
me ha ofrecido alojamiento, y yo lo he aceptado por
no mezclar a usted en mis asuntos, aunque, si no
fuera por ellos, hubiera preferido venir a esta casa.
—Ha pensado usted muy cuerdamente—dijo el
cura—, porque yo estoy cada día más apartado de
las discordias de este desventurado pueblo, que si
no terminan, darán al traste con lo poco que queda
en pie.
—Pues vea usted lo que son las cosas—replicó Pío
Cid riendo— ; yo creía que esto iba mejorando por
cierto detalle que he notado ahora mismo, y que
me ha parecido de buen augurio. He visto al pasar
que en la barbería estaban afeitando a la vez dos
barberos, y he visto con sorpresa que son los mis-

ANGEL GANIVE?

mos de mi tiempo: el tío Zambomba y el compadré
Elias, tales como yo los dejé, como si no hubieran
pasado los años por ellos. Sólo que, en mi época,
cuando trabajaba el uno tenía que cerrar el otro, y
ahora están los dos en el mismo establecimiento, y
hasta han puesto colgada a la puerta una bacía que
me ha hecho pensar en el famoso yelmo de Mambrino. «Este no es mi Aldamar—pensé— ; por aquí han
soplado vientos de tolerancia, cuando estos dos bar­
beros rivales se avienen a afeitar a la vez.»
—A desollar al prójimo, debía usted decir—repli­
có el cura, riendo también—. Porque ahora, como
antes, separados y juntos, lo hacen pésimamente.
Mire usted lo que yo he tenido que hacer—añadió,
sacando de un cajón de la mesa un rollo de cuero;
y desliándolo, mostró a Pío Cid tres navajas de
afeitar—. Esto he tenido que hacer para que no me
martiricen más estos gañanes; hoy, a Dios gracias,
me afeito solo. Unicamente llamo al tío Zambomba
para que me repase la corona, y esto durará poco,
porque, como ve usted, no me quedan más que cua­
tro pelos.
—De suerte—dijo Pío Cid—, que estamos como es­
tábamos, o peor.
—Le diré a usted—respondió el cura— : este al­
calde de ahora no es bueno, pero es un santo com­
parado con el que salió. Aquél era una hechura
del período revolucionario, y pudiera decirse que del
mismo Satán. En su época se infiltró aquí el virus
racionalista, traído en hora menguada por la Pren­
sa anticristiana, y de entonces viene el desbarajus­
te que en todo se nota. ¡A h !—exclamó el cura, en­
tusiasmado con su perorata—. Usted no sabe en qué

65

LOS TRABAJOS 1)E PÍO CID

abismo nos hallam os hundidos. ¡Ya no hay fe, ni
siquiera decoro! ¿Cómo h a de haberlos, si toda esta
generación está a m a m a n ta d a con lectu ras im pías u
obscenas?
—Pero ¿cómo es eso posible — in terru m p ió Pío
Cid—, si aquí casi nadie sabe leer?
—Saben cuando les conviene—contestó el c u ra —,
y si no leen, oyen. Yo he visto, con estos ojos que
h an de com erse la tie rra , libros pornográficos con
p in tu ra s asquerosas, cuya vista sola ponía el pelo
de p u n t a : y esos libros los com praba y los d ab a a
leer ese mismo alcalde in fa m e ; él decía que p a ra
ilu s tra r a sus g o b e rn a d o s; en realid ad , con el si­
niestro designio de d esm oralizar al pueblo, de a rro ­
ja r en él la cizaña m ás perniciosa, la de la lu ju ria ,
con lo cual convirtió estos lu g ares en u n a re p u g ­
nan te letrin a . En fin, todo sea por Dios, hoy parece
que m ejoram os. Este don Federo es siquiera buen
católico y h a tom ado a pechos re s ta u ra r el fuero de
la religión. Porque aquí y a no iba n adie a la igle­
s ia ; los hom bres por ser hom bres, y las m ujeres
por no m alq u istarse con sus m aridos. Ib an a lg u ­
n as pobres viejas, y pare usted de contar. Ahora,
este alcalde h a dispuesto que los dom ingos los es­
copeteros del pueblo cierren todas las e n tra d a s y
salidas, p a ra que nadie pueda irse sin hab er cum ­
plido an tes sus deberes religiosos.
—Y ¿produce efecto ese rig o r? — preguntó Pío
Cid, a quien le h acía g racia el candor con que don
E steban celebraba este recurso a la fuerza a rm a d a
p a ra re s ta u r a r el im perio de la fe a escopetazo
limpio.
—Le diré a usted—contestó el c u ra — ; h ay algu5

6f>

ÁNGEL GANIVET

nos tan picaros que se escapan por las bardas de los
corrales por burlar a la autoridad; pero la mayoría
ha comprendido la razón, y empieza a ir a misa y a
oír mis sermones. Esto es todo lo que yo deseo, pues
siquiera, escuchándome hay esperanza de que vuel­
van al redil que en mal hora abandonaron. Le ase­
guro a usted, señor don Pío—añadió el cura hacien­
do un gesto de dolor al intentar ponerse de pie—,
que la misión más penosa que pueda caberle a un
hombre en nuestros días, es tener a su cargo la cura
de almas...
—¿Qué es eso? — preguntó Pío Cid, notando el
gesto de don Esteban—. ¿Está usted enfermo?
—No es cosa nueva—contestó el cura— : son unas
picaras hemorroides que no me dejan ni descansar
a gusto. También hay aquí la calamidad de que te­
nemos un médico del año 40, que no atina casi nun­
ca. A mí me está recetando desde Año Nuevo, y creo
que cada día voy peor.
— ¿Se figura usted— preguntó Pío Cid—que el
año 40 no se sabía curar lo mismo que ahora? Diga
usted que el médico no habrá acertado, porque la
enfermedad que usted tiene quizás se cura ahora lo
mismo que en tiempo de Hipócrates.
—¿Conoce usted alguna receta?—preguntó el cura.
—No es menester receta, puesto que conozco un
aforismo muy sabio, que a usted no le será desco­
nocido tampoco, aquel que d ice : Sublata causa,
tollitur effectus. A mi juicio, las almorranas que us­
ted padece provienen de la vida sedentaria que hace,
y desaparecerían si dedicara usted todos los días
una o dos horas a pasear por el campo. ¿No le gus­
ta a usted cazar?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

67

—¿Cómo quiere usted—exclamó el cura—que yo
use armas de fuego?
—No hablo de la caza con escopeta—replicó Pío
Cid—. Hay también la caza de pájaros vivos con arbolillo; y en lo alto de Los Castaños hay un soto
que está siempre plagado de verderones y colori­
nes. Con ir y volver ya tiene usted un paseo de dos
horas, y no un paseo tonto, sino entretenido, con las
peripecias de la caza. Pepillo, el hijo del tío Rogerio, podrá llevarle a usted el arbolillo y las jaulas.
—Pero ¿cómo sabe usted que viene aquí Pepillo?
—preguntó el cura.
—Me lo ha dicho su hermana Rosarico, a la que
encontré en la Fuente de los Garbanzos—contestó
Pío Cid—. Por cierto que me parece que la mucha­
cha esa tiene unos amoríos con cierto sujeto... Us­
ted estará enterado de la historia.
—En efecto, con uno de los Tomasines. Pastante se
ha hablado de eso y no para bien ; porque el Tomasíri está publicando por ahí a la pobre muchacha, y
corno él no se case con ella, mal vamos. Hay cierta
rivalidad antigua entre los Tomasines y los Rogerios; y como los unos están ahora muy subidos de
punto, y los otros a la cuarta pregunta, el padre de
Tomasín no consiente en el casamiento; y el hijo,
por salirse con la suya, porque quiere a la mucha­
cha, le está quitando el crédito. ¿Qué le parece a
usted? Días pasados le decía yo a ese facineroso :
«Pero ven acá, infame, ¿no sabes lo que dice la co­
pla aquella: ¿Para qué enturbias el agua—que ñas
de venir a beber? ¿No es innoble, ruin y hasta cri­
minal lo que estás haciendo?» ¡Ah, señor don Pío,
está usted en el pueblo media hora, y ya empieza a

68

ÁNGEL GANIVET

ver y a o ír ; si estuviera medio año saldría huyen­
do a uña de caballo, y al huir, sin volver la vista
atrás, renegaría de esta tierra per saecula saeculorum, amén!
—No haya temor de que esto suceda—dijo Pío
Cid—, porque me voy el domingo. Y ahora voy a
preguntarle, aunque la pregunta es ociosa, si colo­
caron la lápida que yo dejé encargada para el pan­
teón de mi familia.
—La trajeron—contestó el cura—, y yo mismo es­
tuve presente cuando la colocaron, como le ofrecí
a usted. Ahora mismo, puesto que no está lejos, va­
mos a ir, si usted quiere, al camposanto. Así comen­
zaré a hacer el ejercicio que usted me recomienda.
Se puso don Esteban su bonete, cogió un paraguas
rojo, muy descolorido, que en caso necesario servía
también de quitasol, y encargó a la criada que le
buscara las llaves del cementerio y se las llevara
allá, mientras él y Pío Cid iban de camino, hablan­
do de cosas del pueblo, que si fuera a contarlas to­
das aquí, no acabaría nunca. Pío Cid se cercioró de
que su panteón de familia, que por cierto era el
único de Aldamar que mereciera este nombre, esta­
ba muy bien atendido y conservado, por lo que dió
gracias a don Esteban, el cual entonces dió comien­
zo a una segunda jeremiada, no para llorar los ma­
les presentes, sino para deplorar los bienes pa­
sados.
—Yo no alcancé a conocer los tiempos de ustedes
—dijo— ; pero algo más valía el pueblo cuando los
Cides que están en este sepulcro vivían y eran los
amos de Aldamar. Todo aquello se disolvió como la
sal en el agua, es decir, algo peor; cayó en manos

LOS TRABAJOS DE P Í O CID

Ü9

de advenedizos que sólo miran por su medro perso­
nal. Sus padres de usted, no trato de inculparles,
fueron los primeros que abandonaron sus posesio­
nes para ir a la capital. Le dieron a usted carrera,
y usted ¿qué hizo? Desligarse en absoluto de su
pueblo y disipar su fortuna, yo no sé cómo. Así ocu­
rre que nadie puede alzar la voz contra las calami­
dades que nos afligen, porque en este asunto se pue­
de decir también: «Todos en él pusisteis vuestras
manos...» Por cierto—añadió el cura después de una
pausa, y sin que Pío Cid alegara para disculparse
ninguna razón de las muchas que podía alegar—,
que ya que hablo de su familia de usted, le voy a
hacer una pregunta respecto de su linaje. Yo soy
aficionado a sacar genealogías, y he compuesto des­
de su origen la de ustedes, que se remonta al si­
glo xvi o comienzos del xvn, en que se estableció
en Aldamar el primer Cid, que era burgalés de na­
cimiento y de pura estirpe castellana. Todos los
descendientes de este Cid nacieron en este pueblo,
excepto usted, que nació en Granada, y que, por lo
que veo, va a ser el último de su casta. Es decir,
aunque dejara hijos lo sería, porque el apellido Cid
lo lleva usted ya en segundo lugar, y se perdería al
pasar a su descendencia. Pero voy a mi pregunta.
Así como por parte de madre conozco el árbol ge­
nealógico de usted, por parte de padre no he podido
averiguar gran cosa, porque su padre se estableció
aquí después de casado. Según aparece de los re­
gistros, era natural de Adra...
—Yo no sé gran cosa de mi progenie—contestó Pío
Cid—. La tradición esa de los Cides sí la conocía, y
respecto de mi padre, sólo sé que, aunque nació en

70

ÁNGEL GANIVET

Adra, era levantino de origen. Esto es seguro, por­
que la fortuna de mi padre procedía de un hermano
suyo, que murió sin hijos, dejándole por único he­
redero de un gran capital, invertido casi todo en un
negocio considerable de exportación de vinos en
Alicante. Mi padre siguió algún tiempo el negocio,
valiéndose de administradores, y, por último, lo liqui­
dó de mala manera antes que se lo echaran por com­
pleto a perder. No creo que si entrara usted en inves­
tigaciones descubriera muchos pergaminos en mi ra­
ma paterna; estoy más bien por pensar que fueron
gente pobre, pues mi padre, antes de casarse, era
maestro bodeguero, y sabía llenar de vino una bodega
con sólo que le pusieran agua a mano y le dejaran
mezclar polvos y tinturas, que él mismo preparaba
como si fuera químico de profesión. Esto no quita
para que fuera un caballero perfecto, como lo pro­
bó cuando le vino la herencia. En menos que tardo
yo en decirlo se transformó como gusano que se
cambia en mariposa, y del bodeguero listo y de an­
cha conciencia salió un señorón en el que no había
medio de descubrir la hilaza, y un hombre de bien
a carta cabal. Claro está que en materia de finura
nunca le llegó a mi madre al tobillo; pero con sólo
que mi madre consintiera el casarse con él, está di­
cho que mi padre era un hombre de mérito. Esto
es todo lo que le puedo decir de mi linaje.
—Le doy a usted las gracias por sus informes
—dijo el cura—. Usted no sabe el interés que tienen
para mí estos estudios, que a otros les parecen cosa
de pasatiempo. Es curiosísimo averiguar, como yo
he averiguado, el origen de muchos apellidos de
esta comarca, casi todos los cuales proceden de Cas-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

71

tilla y de Galicia. Así, por ejemplo, mi apellido, que
es Chiroza, viene de un Quiroga gallego. Vea usted
qué cambios ortográficos tan caprichosos. Yo he
encontrado Quirugas, Chirugas, Quirozas y Ghirozas, y todos, todos no son más que variantes del
apellido originario, adulterado por la m ala pronun­
ciación de la gente del pueblo. Le repito a usted que
es interesantísimo el estudio de las genealogías.
De vuelta a casa del cura, despidióse de él Pío
Cid, y se fué a visitar a los Tomasines, que eran hi­
jos y nietos del Tom asín primitivo, capataz de Los
Castaños en tiempo de los C id es; no tardó en averi­
guar que el difam ador de Rosarico era hijo de Blas
Tomasín, e inmediatamente formó propósito de em­
plear su influencia en beneficio de la buena m ucha­
cha. Pío Cid conocía muy bien el terreno que pisa­
ba, y le bastó cruzar algunas palabras con Rosarico
para comprender que la criatu ra estaba enam orada,
y m ás aún que enamorada, gravem ente compro­
metida.
— Si hubiera sólo un pique amoroso— pensó Pío
Cid— , Rosarico hubiera entrado conmigo en el pue­
blo por darle cantaleta a su n o vio ; esto lo sabe ha­
cer hasta la mozuela más ram plona y palurda. Cuan­
do temió que la vieran es que él es el que m anda,
y un hombre sólo m anda cuando la m ujer ha per­
dido los estribos. Así, pues, las difam aciones del
Tom asín debían tener m ás de verdad que de m enti­
ra, si no se apresuraba la boda, corría Rosarico g ra ­
ve riesgo de salir con un sietemesino.
Esta negociación m atrim onial, que para otro se­
ría asunto despreciable e indigno de fijar en él la
atención, era para Pío Cid más im portante que su

72

ÁNGEL GANIVET

elección; porque le había gustado ver a Rosarico
venir a buscar agua para que sus padres ancianos
pudieran roer los garbancejos.
—Aquí no hay más que un arreglo—se decía Pío
Cid— : para que Blas Tomasín ceda, hay que ce­
garle por el interés, porque otro lenguaje sería mú­
sica celestial. A mí no me quedan ya más que unos
cincuenta duros, y si abro la mano voy a tener que
volver a Madrid de limosna; pero por algo se dice
que donde mucho hubo, algo queda; ahora recuer­
do que, cuando vine la vez anterior, el registrador
me habló de la compra de los censos que mi familia
tenía. Yo entonces no le hice caso, y los dichosos
censos me van a prestar hoy un brillante servicio.
Esto que decía Pío Cid era verdad, pues, según
parece, doña Concha, que consintió en venderlo
todo, no quiso enajenar los censos, porque le había
oído decir a su madre que era lo único que restaba
del antiguo señorío que los Cides ejercían sobre Aldamar, y que había que conservarlos eternamente,
si era posible, aunque no se cobrara, como no se
cobraba, el canon anual. Hay que advertir que,
aunque los censos eran más de cien, muchos se ha­
bían transconejado en los registros, y los que que­
daban eran el que más de catorce reales al año, y
algunos consistían sólo en una gallina. Pero aunque
la renta fuera de un millón de reales, Pío Cid la
hubiera regalado: tal era el despego que tenía a la
propiedad; y aunque la renta fuese de unos cuan­
tos ochavos, los Tomasines la aceptarían con júbi­
lo por el prestigio señorial que a ella iba anejo. No
se anduvo Pío Cid con medias palabras, sino que al
ver a Blas Tomasín y a su hijo, a los que tuvieron

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

73

que ir a buscar al campo para que vinieran a ha­
blar 'qon su amo antiguo, les estrechó las manos
muy campechanamente y les dijo de buenas a pri­
meras :
— Estoy muy disgustado con vosotros, en particu­
lar con este mozuelo, porque no he hecho más que
llegar, y ya me he enterado de que anda por ahí po­
niendo por los suelos a una muchacha muy decente
y a la que debíais tener más consideración, siquiera
por ser hija de un buen hombre, que ha pasado casi
toda su vida en el cortijo con todos vosotros. Esto
es indigno, y como yo no tolero que se cometan in­
dignidades donde yo estoy, he decidido, y lo haré
sin demora, regalarle a Rosarico los censos que
tengo aquí perdidos y que representan al año un
puñado de duros. Ya verás tú cuando se sepa si
acuden como moscas los golosos. Así los habrá—
agregó Pío Cid, juntando las yemas de los dedos, y
uniéndolas y separándolas muchas veces con gran
presteza— , así los habrá, y tú te vas a quedar con
tres palmos de narices. No me extraña— prosiguió
con indignación aparente, puesto que sabía que la
causa estaba ganada—que tu hijo le dé como le da
a la sin hueso, porque todos los Tomasines habéis
sido siempre muy largos de lengua, y «de casta le
viene al galgo el ser rabilargo» ; pero al ñn, tu hijo
es todavía una criatura sin reflexión, y tú eres el
que debías corregirle, y si no lo haces, eres peor
que él. Quizás te extrañará que yo me tome tanta
calor por lo que no me va ni me viene; pero me
va en ello más de lo que os podéis figurar, y punto
redondo. Conque pongamos las cartas boca a rrib a ;
yo no he dicho todavía a nadie mi pensamiento; si

74

ÁNGEL GANIVET

este caballerete se casa con la Rosarico, ya sabéis
cuál es mi regalo (le boda; así, nadie tiene que decir
que el matrimonio ha sido por interés; si no, yo
haré lo que me parezca, sin dar más explicaciones.
— Don Pío, me ha dejao osté atortoiao— dijo Blas
Tomasín— . Bien sabe Dios que lo que yo siento más
en el mundo es que osté reniegue de nosotros, y la
verdad, me ha dejao osté jecho un pan. Empués de
tanto tiempo sin verlo, que tenga yo que oír lo que
oigo... Vamos— exclamó encarándose con su hijo— ,
quítate de elante, bandío, que maldigo jasta la hora
en que te di el ser que tienes. Yo le juro a osté, don
Pío, por estas cruces de Dios, que no sé ná de esas
jablaurías, naíca, se lo juro cien veces pares.
— No hay que echar maldiciones— dijo Pío Cid— ,
porque algunas veces alcanzan. Lo que hay que ha­
cer es reparar el mal que se ha hecho; y cuando un
hombre le quita el crédito a una mujer, debe casar­
se con ella: si es verdad, por ser verdad, y si es
mentira con mayor razón.
— ¿Qué dices tú a esto?— preguntó Tomasín a su
hijo— . Habla, hombre, que paeces una lechuza con
esa cara tan espantá.
El muchacho no contestó nada, porque no quería
descubrir la comedia de su padre, que era el que se
había opuesto a sus relaciones con la hija del tío
Rogerio y el que le había lanzado en el camino de
las difamaciones, medio que suele producir buenos
resultados para arreglar bodas imposibles.
— Yo le conozco en la cara— dijo Pío Cid— que está
arrepentido de su mala acción, y que si le dejan se
casará con Rosarico sin replicar.
— Yo por mí— añadió el padre— , jago lo inesmo

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

75

que Pilatos. Los hijos han de casarse a su gusto,
para que, si les sale mal, se aguanten y no vengan
luego con dolamas.
—Pues entonces no hay más que dar un sí o un
no—dijo Pío Cid, dirigiéndose al Tomasinillo— ; .con­
testa de una vez, y sepa yo a qué atenerme.
—Yo—contestó el muchacho—no tengo más voluntá que la de osté; y si osté me dice que me tire
por un tajo de cabeza, me tiro, y cruz y luz.
—No se trata de mi voluntad, sino de la tuya—re­
plicó Pío Cid— ; y yo no te digo que te tires por un
tajo, sino que te cases con una mujer que ha sido
tu novia y que cuando lo fué sería porque te gus­
taba.
—Me gustaba y me gusta, sí, señor—dijo el mu­
chacho—, y me casaré con ella manque sea para ir
a pedjr limosna.
—Pues estamos hablando en tonto—concluyó Pío
Cid—, porque todos estamos de acuerdo. Y lo que
yo saco en limpio es que tú has hablado mal de tu
novia por vengarte de algo que ella te habrá he­
cho, y que, aunque yo no hubiera metido mano en
el asunto, tu fin era casarte con la Rogerilla. Lo
único que has ganado es que ahora te vas a en­
contrar con una ganga que no esperabas; casi es­
taba por volverme atrás para castigar tus habladu­
rías ; pero no, la promesa se cumple, y sin comerla
ni beberlo te alzas con los censos y me heredas sin
morirme. Tú debes haber nacido de pies.
Así terminó la notable entrevista y Pío Cid se fué
a casa de los Rogerios pasando antes por la del se­
cretario, para que el tío Rentero le acompañase.
Entretanto, Blas Tomasín ponía a su mujer al

76

ÁNGEL GANIVET

corriente de Jo ocurrido, aunque ésta estab a y a
en autos, pues no h ab ía dejado de e n tra r y sa lir
con diversos pretextos, y al refilón h ab ía cogido
g ra n p arte del coloquio. Y cuentan las crón icas
que la m u jer de B las era ta n m al pensada, que
lo prim ero que le dijo a su m arido f u é :
—Esto te serv irá pa que veas que yo no me m am o
el deo, y que cuando yo te decía que entre el se­
ñorito y la R oqueta hubo lo que hubo...
—No digas esatinos, m u jer—interrum pió B las— ;
si la Roqueta an d a b a ya por los c u a re n ta cuando el
señorito escomenzó a m ocear.
—Antes o em pués fué siem pre el señorito u n tuno
—replicó la T om asina—, y p erd ía el sentío en c u an ­
to que veía u n a s naguas. Yo no quieo que por m í
paezga nadie, pero la Roqueta era de las de m á ta la s
callando. ¿ P o r qué, si no, vam os a ver, iba don Pío
a regalar, así porque sí, la única propieá que le
quea? Si le tira la h ija es porque le tiró la m adre,
V no po n d ría yo las m anos en el fuego porque la
Rosarico no sea ¿quién sabe? hija...
— ¡Jesú, M aría y J o s é ! — exclamó B las— ; calla
esa boca, que h ay días que paeces u n escorpión.
—Yo lo que digo—insistió la T om asina—, es que
la Rosarico es la m ás fina de su casa, y que el aire
suyo es de señorío, que a los Rogerios no h ay por
dónde les venga.
—Mujer, no icías eso enantes—reflexionó B las—,
que no qu erías que tu hijo se c a sa ra porque la Ro­
sarico era m u bestia.
—Como que no la h an educao—replicó la Tom asi­
n a— ; pero eso ¿qué tié que ver con la fisonomía de
la cara?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

7/

— Pus yo te digo — sentenció Blas para concluir
la conversación— que sería mucha honra emparen­
tar con los Cíes, pero que la Roqueta ha sío siempre
una mujer honrá, y que lo que tú dices son figura­
ciones.
Al mismo tiempo que los padres tenían estas ra­
zones, el hijo corría como un gamo a casa de los
Rogerios. Vió a la puerta a la tía Roqueta y rodeó
un poco para entrar por la espalda de la casa, sal­
tando un salve de saúcos que servía de cerca al co­
rral. Allí encontró a Rosarico tendiendo unos tra­
pos, y se abrazó a ella, diciéndole con el poco alien­
to que le quedaba:
—Ya eres mi mujer, Rosarico. Ahora sí que va de
veras.
— Tú estás loco— exclamó ella, desasiéndose asus­
tada.
— Lo que estoy— contestó Tomasín— , es que la ale­
gría no me cabe en el cuerpo. No pienses que vengo
trastornao. Ha sío cosa de don Pío, el hijo de los
amos, que ha convenció a mi padre; y además ñus
regala los censos del pueblo pa los dos.
—Vaya, que me dejas pasmá— dijo Rosarico— .
Ese señor me ha traío hoy en su mulo dende la
fuente, y tié cara de ser un santo. Pero ¿cómo se
ha enterao?
— Se ha enterao — contestó Tomasín— , y le ha
echao a mi padre un sermón, que quisiera que hubiás estao allí, detrás de la puerta.
— Tu padre es un avaricioso— dijo Rosarico—y
habrá consentío por los intereses. Y a ti no debía
yo quererte ahora, y debía escupirte a la cara por
las perrerías que me has hecho.

78

ÁNGEL GANIVET

—Yo lo hacía pa que ñus casaran. No me guardes
rancuña.
—Toos los hombres sois unos pillos—insistió Rosarico—, y tú no te queas atrás.
—Güeno, mujer—dijo Tomasín—, vamos a contár­
selo a tu madre, y pelillos a la mar.
La vieja Roqueta oyó la noticia haciéndose cru­
ces, porque cuando supo por su hija la llegada de
Pío Cid, pensó ir a hablar con él y contarle lo que
ocurría, para que tomara cartas en el asunto y
obligase al Tomasín a tapar la falta antes que se
descubriera más y no hubiera medio de cerrarles
la boca a las gentes.
—No hay dúa—dijo la vieja—que el señorito Pío
tiene alguien que le sopla too lo que pasa, porque
esto paece cosa de brujería. ¡ Quién había de pen­
sar la cabeza que ha sacao! Yo le di veces cuando
su madre lo criaba, y de chico paecía un tontorrón.
No tardó en presentarse Pío Cid, y tanto él como
el tío Rentero, fueron agasajados como príncipes.
La tía Roqueta le hablaba de tú por tú, porque ya
no podía acostumbrarse a llamarle de usted, aunque
le imponía Ja estatura y la larga barba del que ella
había visto en pañales. En cuanto a la Rosarico,
aunque ella no lo decía y procuraba parecer serena,
lo cierto es que no podía m irar a Pío Cid sin echar­
se a temblar, no de miedo, sino de algo que andaba
muy cerca de la veneración. Hasta bien entrada la
noche estuvo Pío Cid con aquella pobre familia,
porque quiso esperar a que todos fuesen llegando,
para conocerlos a todos y echar un párrafo con el
tío Rogerio, con quien en su juventud había hecho
más de un viaje desde Aldamar a Granada. Tam-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

7’9

bién vino por la noche Blas Tornasín y su mujer,
y allí quedó concertada la boda y que desde el pri­
mer domingo empezaran a correr las amonestacio­
nes. Pío Cid encargó que le avisaran al notario, que
aunque lo era de Aldamar vivía en Seronete por
haberse casado allí con una ricacha, para otorgar
al día siguiente la escritura de los censos, y el tío
Rentero, que deseaba ver a su hija Polonia, se pres­
tó a desempeñar la comisión.
Esta liberalidad de Pío Cid le fué provechosa,
porque en los breves momentos que habló con el no­
tario se captó sus simpatías y le interesó, sin pre­
tenderlo, en la contienda electoral. Según dijo don
Félix, que así se llamaba el notario, don Crispido,
el cura de La Rabióla, había metido el cisma en
Seronete, haciendo propaganda en favor de Pío
Cid, y al marcharse había dejado como jefe de los
anticañaveralistas a don Cecilio Ciruela, maestro
del pueblo, el cual estaba mal con las autoridades
porque no cobraba el sueldo hacía una infinidad de
años. Don Félix no era tampoco muy amigo de don
Carlos, y prometió espontáneamente votar él, con
todos sus amigos y dependientes, a favor de Pío
Cid, aunque éste le dijo que no le gustaba encizañar
a las gentes, y que así como le parecía muy mal que
don Carlos estuviese en Aldamar repartiendo dinero
y haciendo promesas imposibles, no le parecía bien
ir él al pueblo de su adversario a hacer trabajos de
zapa. Bien que estuviera distraído en sus asuntos
particulares, no dejaba de notar los manejos de sus
contrarios, ni que éstos estaban favorecidos abierta­
mente por el alcalde, y solapadamente por el secre­
tario, que se vendía como amigo de Pío Cid. Pero no

80

ÁNGEL GANIVET

se inquietó por ello, porque sab ía que sólo le fa lta ­
ban siete votos, y éstos los h a lla ría él al volver de
u n a esquina. Ram ón B arajas, por cu b rir el papel,
le hacía alg u n as reflexiones acerca de las funes­
tas consecuencias que podía a c a rrea rle su a b a n ­
dono.
—La elección se aproxim a—le dijo—y h ay que
moverse. H ay que re u n ir a los electores y p ro n u n ­
ciarles u n discurso... Yo le d aré a usted la p au ta,
no porque usted la necesite, sino p a ra que sepa cu á­
les son las aspiraciones del pueblo... El b a rrio alto
quiere que le pongan un estanco p a ra no ser
menos...
—Voto en co n tra del estanco—interrum pió Pío
Cid—. El fu m ar es un vicio tonto que no conviene
prohibirlo, ni tam poco fom entarlo. H asta a h o ra n a ­
die se h a b rá quedado sin fu m ar porque h ay a u n solo
esta n c o ; si se ponen dos, se fu m a rá m ás, y m ás di­
nero se irá en humo.
—¿Y los cam inos?—preguntó B a ra ja s torciendo el
gesto—. E n u n a región em inentem ente agrícola...
—En u n a región em inentem ente agrícola—inte­
rrum pió Pío Cid—, lo que hace fa lta es tra b a ja r
em inentem ente en el campo, y no in trig a r, que es lo
que usted hace.
—Don Pío, ¡por D ios!—exclamó B arajas.
—¿Cree usted—prosiguió Pío Cid—que yo he ve­
nido a A ldam ar p a ra que usted juegue conmigo?
Sepa usted que la elección la ha hecho y a quien
puede, y que yo no tengo necesidad de usted. Sepa
usted que estoy enterado de que el alcalde, a quien
no he visto ni quiero ver, está de acuerdo con los
Cañaverales, porque don Carlos le h a ofrecido traer-

81

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

Je de Madrid un sombrero para su hija, para que
vaya a Granada estas fiestas del Corpus.
—Eso es verdad—interrumpió B arajas—, y es
cierto también, y usted quizás no lo sepa, que le ha
ofrecido, además del sombrerillo, un cinto de siete
hebillas, igual que otro que don Carlos tiene, y que
dice que lo compró en Madrid, en la calle de Pre­
ciados. Ya ve usted si estoy ai corriente de todo, y
este detalle del cinto es quizás lo que más ha deci­
dido a don Federo, porque está disgustado de tener
un buche que hasta le molesta para andar.
—Pues razón de más—dijo Pío Cid—para que yo
no quiera verle; porque no me gustan los hombres
buchones.
—¿Y el juez municipal?—preguntó B arajas—. Ese
está por usted y ha venido dos veces a buscarle.
—Ese es un mal sujeto—contestó Pío Cid—, y se
me ha puesto no recibirle. Y, en resumidas cuentas,
le he dicho a usted, y le repito, que la elección está
ya hecha y que no necesito de ustedes.
—No son ésas mis noticias—dijo el socarrón de
B arajas—. Yo creía que le faltaban a usted algunos
votos y que la elección se ha de decidir aquí..., por­
que con Serenóte no hay que contar para nada.
—¿Y cree usted—preguntó Pío Cid—que los con­
tados votos que me faltan no los tengo yo seguros
sin salir de la familia de los Tomasines, que es más
larga que una soga? Y aunque por sus trapacerías
de usted no obtuviera yo aquí ni un voto, ¿no es
mucho hablar eso de que con Seronete no hay que
contar para nada? ¿Cree usted ser el único trapalón
que hay en España, y que Aldamar tiene el privi­
legio de las miserables envidias contra sus propios
6

82

ÁNGEL GANIVET

hijos? Lo mismo que ustedes me harán a mí una
trastada por ser yo de aquí, en Seronete se la harán
a Cañaveral por ser él de allí. Lo natural sería que
los pueblos apoyasen a sus hijos, y no a los del
vecino; pero quiere decir que si apoyan a los del
vecino. y no a los suyos, como todos caen en la
misma falta, lo que se pierde por un lado se gana
por otro, y no hay por qué lamentarse. Para termi­
nar, amigo Barajas, porque este tema me incomoda:
yo sé que usted hace a dos caras, y le comunico,
para que luego no le coja de nuevas, que si gano
la elección le quito a usted la secretaría. Al alcalde
no le haré nada a pesar del buche, porque siquiera
es franco y me hace la guerra a cara descubierta;
pero a usted le quito la secretaría, y si no, al
tiempo.
Con estas amenazas estaba el secretario que no
le llegaba la camisa al cuerpo; pero su amor a la
intriga era tal, que no se decidió a jugar limpio.
Seguía de acuerdo con Cañaveral, y la noche antes
de la elección quiso hacer ver que echaba el resto
por Pío Cid, y reunió en su casa a los amigos de
éste para obsequiarles con un gran convite, en que
hubo vino y aguardiente en abundancia. Para ame­
nizar la fiesta, aparte el discurso que él había pre­
parado, quiso que hubiera intermedio cómico, y tra­
jo al tonto Almecina, que era la figura más popular
del pueblo y servía de instrumento de diversión al
grupo espiritista, de que era presidente el mismo
Barajas, aunque, a decir verdad, ninguno de los
agrupados sabía ni jota de espiritismo.
El tonto Almecina era una infeliz criatura de cer­
ca de veinte años, que apenas representaba ocho o

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

83

diez de puro miserable y revejido que estaba; era
cojo y manco, medio ciego y medio sordo y algo tar­
tamudo ; su familia lo había abandonado, y él an­
daba rodando por las calles haciendo reír con sus
bobadas, a cambio de las que recogía de sobra para
com er; su única habilidad consistía en roer almecinas y tirar los huesos con un canuto de caña con
tal tino, que, aunque no tenía más que un ojo me­
dio chuchurrido, donde ponía el ojo ponía el proyec­
til ; de donde le vino el sobrenombre que tenía. Otro
de los motivos de su popularidad, además de su des­
gracia, era la broma que los espiritistas habían
hecho correr, asegurando que Almecina era ni más
ni menos que Felipe II. Barajas creía en la metempsícosis, y decía que el alma de Felipe II había
transmigrado al cuerpo de aquel niño tonto y lisia­
do, para purgar en la tierra el mucho mal que había
hecho la primera vez que en ella vivió y reinó. Sin
duda, le daba el corazón que en tiempo de Felipe II
él no hubiera podido ser secretario, y de aquí la in­
quina que le tenía a aquel templado Monarca.
Vino, pues, el tonto Almecina, y Pío Cid, que no
sabía nada de él, le sentó en una silla a su lado,
y le preguntó que cómo se llamaba.
—Me lia... lia... llamo Allll... me... me... mecina.
—Ese es un apodo—dijo Pío Cid—. Te pregunto el
nombre y el apellido.
—No lo... lo... lo sé—tartamudeó el tonto.
—Dichoso tú—dijo Pío Cid—que no sabes siquiera
cómo te llamas. Y ¿qué es lo que tú haces? ¿Qué
eres?
—Yo... yo... yo...—tartamudeó el tonto—soooy Fe...
Fe... Fe... lipe se... se... segundo.

84

ÁNGEL GANIVET

— ¿Y cómo sabes eso?—preguntó Pío Cid.
—Porque lo... lo... icen—contestó el tonto.
—Por lo visto, a ti te han tomado como cosa de
juego—dijo Pío Cid—. Bien podían enseñarte algo,
que tú no eres tan tonto como pareces. Vamos a ver,
¿quién es el hombre más pillo de Aldamar?
—Don... don... don Ramón—repiqueteó el tonto
entre las carcajadas de la concurrencia.
Barajas rió también, pero estaba más corrido que
una mona, y más cuando Pío Cid se levantó, di­
ciendo :
—Me voy a dormir, porque no me gusta divertir­
me a costa de la infelicidad.
Y, en efecto, se retiró, y cuando subió a su cuarto
le dió al tío Rentero una camisa y unos calzonci­
llos para que mudaran de ropa al tonto, que estaba
para que lo cogieran con tenazas.
No tardó en disolverse la asamblea alcohólicoelectoral, y entonces salió Barajas a avistarse- con
el bando contrario. Era cosa decidida que no hu­
biera elección leg a l; de haberla, aunque Pío Cid
se dedicara a insultar a los electores, habría siem­
pre muchos que votaran por él, porque era hombre
de esos que tienen buena sombra.
Barajas propuso el medio hé„bil para triunfar, que
era avanzar tres horas el reloj de las Casas Con­
sistoriales, reunirse a las seis o antes los amigos de
confianza y volcar el puchero, es decir, poner todos los
votos presentes y ausentes a favor de Cañaveral. Para
que no hubiera duda respecto a la hora, propuso
asimismo Barajas una señal segura. Francolín, el
hermano de Rosarico, era porquero del pueblo, y
recogía todas las mañanas los cerdos para llevarlos

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

85

al monte mediante una cantidad módica, que era de
quince cuartos por cabeza al mes. Antes que ra­
yara el alba salía tocando su bocina por las calles
del pueblo, a cuya señal los vecinos daban suelta al
ganado. Barajas ideó que el toque de bocina sir­
viera aquel domingo para convocar a los conjura­
dos, y el pobre Francolín prestó inocentemente un
buen servicio a los enemigos del protector de su her­
mana, por el cual decía él que si tuviera voto vota­
ría cuarenta veces seguidas, aunque tuvieran los
marranos que quedarse en el pueblo. Todo salió a
pedir de boca, y no eran aún las seis cuando ya
estaba muñida la elección, en la que todo el pueblo
había votado por don Carlos, excepto Barajas, que
se abstuvo por prudencia inocente. Sin embargo,
Pío Cid lo supo todo porque se levantó muy tempra­
no, y al notar cierto movimiento de gente, se asomó
a la plaza y vió el reloj que apuntaba cerca de las
ocho cuando apenas se veían los dedos de la mano.
Volvió a su casa, esto es, a la del secretario, pues
por no gustarle las novelerías no había querido
cambiar, aunque iba a comer a casa de sus conoci­
dos. Se entretuvo en redactar la receta que había
venido elaborando aquellos días, y que en aquel
momento le salió de un tirón, y al punto de termi­
narla oyó que el tío Rentero llamaba a la puerta del
cuarto.
—Adelante—dijo—; está abierto.
—Señor don Pío—exclamó entrando el tío Rente­
ro—, ¿sabe su mercó que me paece que ñus la han
pegao?
—A buena hora se desayuna usted—dijo Pío Cid—.
A las seis estaba ya hecho el amasijo.

86

ÁNGEL

GANIVET

— ¡Y osté se quea tan fresco!—gritó el tío Rentero.
—Espere usted a que vengan noticias de Seronete,
y entonces hablaremos—dijo Pío Cid—. Ahora vá­
yase usted a pasear, que creo que sube el secretario.
—Don Pío—entró diciendo éste—, aquí se ha co­
metido con nosotros un atropello, porque de otro
modo no me explico lo que pasa. Pero ¿qué es eso?
—preguntó mirando los papeles que Pío Cid tenía
sobre la mesa, para ver si era algún escrito relacio­
nado con la elección.
—No es nada—dijo Pío Cid, recogiendo los pape­
les— ; es una comunicación al Observatorio Astro­
nómico para que vea qué ocurre en este desgraciado
país, porque no comprendo cómo daban las ocho en
el reloj del pueblo mucho antes de que saliera el
sol. Algún cataclismo nos amenaza, y bueno es vi­
vir prevenidos.
—Es que hoy está nublado—dijo Barajas, que no
las tenía todas consigo.
—Está raso como un pandero—dijo Pío Cid—, y
el nublado es usted. Si no fuera por consideración
a que estoy en su casa, le tiraba por la ventana de
un puntapié.
—Yo le juro a usted—dijo Barajas—que no he in­
tervenido en la elección, y si aparece mi voto en
ella, que me corten el cuello.
—Hemos terminado la conversación—dijo Pío
Cid—. Cuando sepamos lo que ha pasado en Sero­
nete hablaremos.
A eso de mediodía llegó un propio enviado por
don Félix con una carta para Pío Cid, en la que el
notario le daba cuenta de la elección en estos tér­
minos casi telegráficos:

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

87

«Muy señor mío y muy distinguido am igo: Ape­
nas terminada la elección le envío estas líneas, es­
critas a la ligera, para decirle que de los 60 votos
del censo, 27 han votado por usted, y el resto por
Cañaveral. La elección, intervenida por mí, perfec­
tamente legal, y don Cecilio se ha portado brillante­
mente. Celebraré haber contribuido a su triunfo y
que honre con su visita a su amigo afectísimo y ser­
vidor, q. b. s. m., Félix Caro y Fernández.»
Pío Cid dió la carta al secretario, que estaba pre­
sente y se la comía con los ojos, y al dársela le d ijo :
—Aunque rebaje usted veinte votos, me quedan
bastantes para que usted se quede sin la secretaría.
Barajas devoró el mensaje, lo dejó caer de lae
manos, comenzaron a flaquearle las piernas, y, por
último, cayó de rodillas, diciendo:
—Señor don Pío, usted es un hombre de corazón
y no puede ensañarse en un infeliz que no le ha
hecho ningún mal.
—Yo tengo el corazón más duro que una piedra
cuando quiero—dijo Pío Cid—, y no me ablandará
usted aunque llorara más que Jeremías. No es que
me ensañe con usted. Esto lo hago yo con la misma
indiferencia con que me comería unos huevos fri­
tos. Lo que quiero es castigarle a usted, y le casti­
garé.
— ¡Me va usted a quitar el pan de mis hijos!—im­
ploró Barajas más pálido que un muerto.
—Trabaje usted en el campo, que buenos brazos
tiene. La región es eminentemente agrícola. Usted
no tiene ambición ni se dejaría sobornar por dinero,
le reconozco esta virtud; pero con usted no valen
ni advertencias, ni consejos, ni sermones, porque

88

ÁNGEL GANIVET

está enviciado en esos trapaleos, que le engordan
más que el comer; usted no aspira más que a ser
secretario y hacer ver su influencia por medio de
sus manejos ocultos. Yo le he conocido a usted el
punto sensible, y en ése le voy a herir para curarle
radicalmente. Le veo a usted como a una zorra que
se ha cogido el rabo en una trampa, y en vez de
compadecerme me dan ganas de pegarle cuatro
palos. Levántese usted y no se humille más, porque
cuanto haga es inútil.
Dicho esto, Pío Cid se volvió al mozo de don Félix
y le dijo:
—Tome usted ese duro por el recado, y dígale a
su amo que muchas gracias, y que ya voy para allá.
Luego le encargó al tío Rentero que aparejara los
mulos y que le esperara a la entrada del camino
de Seronete, a la sombra de las tapias del cemen­
terio, adonde él iría después de despedirse de sus
amigos.
Poco antes de dejar Pío Cid la casa de Barajas,
dicen que se le presentó la mujer de éste, la cual
estaba embarazada, con la barriga hasta la boca,
y gimoteando se hincó de rodillas, con las manos
cruzadas, sin acertar a decir ni una palabra.
Pío Cid la levantó y se la llevó a lo más hondo
del aposento, y en voz. baja le dijo:
—No se sofoque usted, buena mujer, que todo lo
que le he dicho a su marido ha sido para meterle
miedo a ver si se mejora. Bastara que yo hubiese
dormido una noche bajo el mismo techo de uste­
des para que, aunque fuesen bandoleros, me guar­
dase de hacerles ningún daño. Pero a fin de que la
píldora surta el efecto apetecido, júreme usted, por

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

lo que lleva en el vientre, que hasta pasados cinco
días no ha de decir a su esposo esto que yo le estoy
diciendo.
—Yo se lo juro a usted—dijo la pobre secretaria
sin hacérselo repetir.
—Creo en su juramento—dijo Pío Cid—, y ahora
sólo me resta encargarle que aconseje bien a su ma­
rido, porque lo que hoy es broma pudiera ser veras
más adelante si él sigue con sus mañas.
No se sabe si el juramento fué cumplido, aunque
se cree que no se había apartado Pío Cid cien pasos
de Aldamar cuando Barajas estaba en el secreto,
porque la mujer no tuvo alma para verle sufrir las
torturas que el desdichado sufría pensando en la
hora fatídica en que la palabra cese sonaría en sus
oídos como las trompetas de Jericó. También hay
quien afirma que no es cierto que se presentase a
Pío Cid la mujer del secretario, ni siquiera que
estuviese preñada a la sazón, aunque solía estarlo
con frecuencia, sino que al llegar Pío Cid a Seronete,
el notario, que sabía lo ocurrido porque su criado
se lo refirió, le dijo que no debía ser tan duro con
el pobre Barajas; entonces fué cuando Pío Cid des­
cubrió que su idea había sido sólo hacer pasar un
mal rato a aquel tunante, pero que nunca le qui­
taría el puesto, porque cualquiera otro que le suce­
diera sería peor que él, pues la maldad no estaba
en Barajas, sino en el país, que cría naturalmente
hombres de ingenio fértil, que, faltos de cultura y
de buena dirección, se desahogan en las pequeñas
intrigas de campanario. Y se dice también que don
Félix envió otro mensaje a Barajas diciéndole que
había influido para que Pío Cid desistiera de sus

90

ÁNGEL

GANIVET

ideas de venganza y que la secretaría no corría pe­
ligro; con lo cual Barajas, agradecido, resolvió
al vuelo un expediente que don Félix había formado
para quedarse con ciertos terrenos de realengo que
lindaban con otros de su propiedad. Así, don Félix
no perdió sus trabajos electorales, y Aldamar salió
ganancioso, porque aquellos terrenos, antes baldíos,
fueron metidos en labor por el nuevo propietario.
Sea cual fuere la versión que se acepte, lo cierto
fué que, después de despedirse de sus amigos, sin
permitir que ninguno le acompañara, se encaminó
Pío Cid al sitio convenido con el tío Rentero. Antes
de emprender el viaje quiso ver por última vez su
panteón fam iliar; y como no era cosa de ir a buscar
las llaves, saltó por encima de las tapias del cemen­
terio, con tal destreza, que ni siquiera tocó en el
caballete. Estuvo un rato viendo el sepulcro, y no
rezó ni se entristeció, y sólo se le ocurrió pensar:
—Cuando yo vuelva a este pueblo no seré yo el
que venga, sino que me traerán muerto para ente­
rrarme.
Luego volvió a saltar la tapia, se montó en su
mulo y echó a andar, mientras decía el tío Rentero:
—Salta su mercé lo mesmo que un tigre.
—¿Usted sabe lo que es un tigre?—preguntó
Pío Cid.
—No los he visto—contestó el tío Rentero—, pero
se me esfigura que son unas alimañas de las que
tienen más juerza.
El camino de Seronete cruzaba lo menos una le­
gua por medio del inmenso cortijo de Los Castaños.
Pío Cid pasaba por allí como si no conociera el te­
rreno, y el tío Rentero, que lo notó, no pudo conte-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

91

nerse, y después de tragarse la palabra varias veces
la soltó al fin, y, limpiándose los ojos llorosos con
el pañuelo rameado que para este uso llevaba, dijo:
— ¡Válgame Dios, don Pío, que debe su mercé de
tener el corazón de piedra mármol cuando pasa por
estos sitios sin que le jaga mella el verlos! Yo no
he sío el propietario, y estuve aquí antiyer en lo
alto de aquella loma, y cuando vía toda esta dixtensión de terreno, y too de la mejor caliá, cuasi se
me enrasaron los ojos en agua. Yo no sé cómo premite Su Divina Majestá que estas fincas salgan de
manos de las güeñas familias pa que las arrecojan
cuatro agoniosos, que no son encapaces de jacer una
virtú a naide.
— Todo tiene su fin en esta vida, y lo que parece
malo es mejor a veces que lo bueno—dijo Pío Cid— .
Antes había quien usaba humanamente de la pro­
piedad ; ahora llegan los que la desacreditan; más
tarde vendrá quien la suprima.
—No he comprendió a su mercé—dijo el tío Ren­
tero.
—He dicho que la sociedad, sin saber lo que hace,
trabaja para destruir la propiedad, porque para
destruir una cosa hay primero que desacreditarla.
Hoy la propiedad se va concentrando en manos de
ciertos bribones, que pretenden sacar de ella más
de lo debido; y este mal traerá algún día un bien,
que será que no quede un propietario para un re­
medio.
—Pero ¿cree osté, don Pío—preguntó el tío Ren­
tero asustado—, que se pué vivir sin propieá?
— ¿Cómo que si se puede?—dijo Pío Cid— . Pues
¿yo no vivo sin propiedades, y me va divinamente?

92

ÁNGEL GANIVET

Y usted, ¿qué propiedad tiene? ¿No vive usted de
su trabajo?
—Eso es verdá—dijo el tío Rentero.
— Su huerta de usted—continuó Pío Cid—mantiene
a dos familias: a ustedes, que trabajan, y al amo,
que cobra la renta sin trabajar. Supongamos que
la huerta es de la ciudad y que ésta cobra la renta.
Su amo de usted tendría que trabajar para vivir,
con lo que nadie perdería nada, y la ciudad tendría
ese dinero y mucho más para emprender grandes
obras, en las que tendría ocupación todo el que qui­
siera trabajar. Así nadie pasaría hambre, y las
obras que se fueran haciendo, hechas quedaban.
—Es osté encapaz de golver loco al lucero del
alba—dijo el tío Rentero—. Eso que osté dice paece
mesmamente el Evangelio.
En este substancioso coloquio, del que no se dice
más que lo apuntado por amor a la brevedad, lle­
garon a Seronete. Pararon en casa de la Polonia,
y de allí fué Pío Cid a la del notario, a quien halló
con su mujer, que era una señora algo basta, pero
muy guapetona, y con don Cecilio, el maestro de
escuela, comentando la elección, satisfechísimos
porque don Carlos había entrado en Seronete echan­
do sapos y culebras, había abofeteado al alcalde por
inepto y había dicho que iba a prender fuego al
pueblo por los cuatro costados; lo cual indicaba
claramente la derrota de los Cañaverales y la im­
portancia decisiva de los veintisiete votos que sin
gran molestia habían reunido los amigos de Pío
Cid. Después de los saludos dió el notario amplia
explicación de lo ocurrido por la mañana, congra­
tulándose de que las manipulaciones ilegales de

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

93

don Carlos en Aldamar hubieran quedado sin efec­
to merced al esfuerzo de los seronetenses; a lo cual
contestó Pío Cid, diciendo:
—Ahora más que nunca siento ser quien soy, por­
que lo que ustedes han hecho por mí merecía que
el candidato triunfante no fuera yo, que tomo estas
cosas a beneficio de inventario, sino un hombre de
combate, que adquiriese prontamente una gran in­
fluencia y les recompensara el interés que con tanto
desinterés se han tomado.
—No hay que hablar de eso—dijo don Cecilio— .
Aunque usted no volviera a acordarse de mí en toda
su vida, yo me alegraría de haber contribuido a su
triunfo. Bien se dice que no hay enemigo pequeño,
y que hasta las hormigas se vuelven para morder.
Aquí se estaban divirtiendo conmigo los Cañavera­
les, y yo ahora gozo viéndolos humillados; ¡así
reventaran por un i jar!
—Pero ¿qué daño le han hecho a usted esos se­
ñores—preguntó Pío Cid—para que tanto encono
les tenga?
—Me han hecho—contestó don Cecilio—todo lo que
pueden hacer. ¿Qué más que no pagarme el sueldo
y tenerme sumido en la miseria en que vivo?
— ¿Y qué razón tienen para no pagarle?—pregun­
tó Pío Cid.
—Ninguna—contestó don Cecilio— . Dicen que
como no va ningún niño a la escuela, no hace falta
maestro. Ya ve usted qué lógica. ¿No van alumnos
a la escuela? Oblíguenles a ir, y si no, no tengan
maestro; pero mientras lo tengan, páguenle. Esto
es claro como la luz del sol.
—Lo que yo no veo tan claro—dijo Pío Cid—es

94

ÁNGEL GANIVET

que usted siga en este pueblo. ¿Usted no es de aquí?
¿Tiene familia?
—No, señor—contestó don Cecilio— . Soy hijo de
Santafé, y he estudiado en Granada. Pregunte usted
por don Cecilio Ciruela, y sabrá si no he sido tan
buen estudiante como el primero, y si no he saca­
do esta escuela a pulso, sin conocer a nadie del
Tribunal que juzgó mis oposiciones.
—Pues bien— dijo Pío Cid—, repito que no com­
prendo que siga usted aquí; comprendería que, si
tuviera usted alumnos, siguiera aunque no cobrara,
por amor a la pedagogía, y comprendería mejor aún
que, si cobrara usted sus haberes, siguiera, aunque
no enseñara, por amor al dinero; lo que no me cabe
on la cabeza es que esté usted aquí sin enseñar y
sin cobrar, porque, yo que usted, hace tiempo que
hubiera cerrado la escuela y me hubiera hecho
maestro ambulante.
— ¿Qué quiere usted decir con eso?—preguntó don
Cecilio, aturdido ante la lógica inexorable de Pío Cid.
—Muy sencillo— contestó Pío Cid—. Ya que no
pueda darle a usted otra cosa, voy a darle algo que
para mí vale más que una fortuna; voy a darle
una idea.
— ¿Cuála?—se apresuró a preguntar don Cecilio.
—Cuál se dice, según la Academia—contestó Pío
Cid—, aunque usted hace admirablemente en decir
cuála, pues así se dice en nuestra tierra, y además,
©s muy justo que cuál sea el macho y cuála la hem­
bra. Y ahora voy a explicarle mi pensamiento.
El caso de usted no es único; son muchos los
maestros que viven en la miseria, sin que haya re­
medio para este mal crónico de nuestro país. ¿Qué

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

95

hacer? Ahondar en este fenómeno y descubrir, como
yo he descubierto, que la causa de esa obstinación
con que se desatiende al magisterio no es otra que
el deseo de transformarlo en instrumento de la re­
generación nacional. Supóngase usted, amigo don
Cecilio, que todos los maestros de España que se
hallan en el caso de usted tuvieran la idea, deses­
perados ya, de abandonar los pueblos en que no
hacen nada útil, dedicarse a recorrer la nación y a
esparcir a todos los vientos la semilla de la ense­
ñanza. Esto sería muy español; este profesorado
andante haría lo que no ha hecho ni hará jamás
el profesorado estable que tenemos. En nuestro país
no se estima ni se respeta a quien se conoce, por
mucho que valga. Usted sale a la plaza de Seronete,
y se pone a predicar en favor de la instrucción o a
enseñar algo de lo mucho que debe saber, y es seguro
que no le harán caso. Vaya usted por todos los
pueblos de la provincia haciendo lo mismo, y verá
cómo acuden á escucharle y a favorecerle, quién con
dinero, quién con especies. ¿Cómo, dirá usted, es
posible que en nuestro siglo subsistan estas formas
de enseñanza, que parecen confundirse con la men­
dicidad? Sí, señor, es posible, y hasta que reaparez­
can no adelantaremos un paso. Bajo nuestro cielo
puro y diáfano, como el de Grecia, gran parte de
la vida requiere aire libre, y nuestro afán de regla­
mentarla y meterla bajo techado, lejos de fortale­
cerla, la va aniquilando poco a poco. No hay des­
honra en la mendicidad; pero en todo caso, el men­
digo es el que pide, sin dar, en cambio, más que un
«Dios se lo pague» ; el que pide tocando la guitarra
y cantando romances es un artista popular, el único

96

ÁNGEL GANIVET

artista conocido del pueblo pobre que no va a los
teatros, y el maestro que enseñara en la plaza pú­
blica, como yo aconsejo, sería el maestro nacional
por excelencia. No faltarían murmuraciones y críti­
cas de parte de los espíritus pequeños, rutinarios;
pero éstos se ensañaron también con los artistas y
filósofos que formaron el alma de Grecia y que le­
garon su nombre a la posteridad. No hay nada tan
bello como el Omnia mea mecum p o rto ; correr libre
y desembarazadamente por el mundo, ganando el
pan de cada día con nuestros trabajos. ¿No conoce
usted la anécdota del naufragio del poeta Simónides?
— ¿Qué anécdota es ésa?—preguntó don Cecilio,
impresionado por el latinajo de Pío Cid.
—Se cuenta—dijo éste—que en un viaje que hizo
por mar, la nave en que iba naufragó. Todos los
pasajeros acudían a recoger sus riquezas para ver
si podían salvarlas; muchos se ahogaron abrazados
a ellas, y algunos las tuvieron que abandonar para
ganar a nado la próxima orilla. Simónides vió im­
pasible la catástrofe, y se echó al agua sin llevar
más que lo puesto, que no valía gran cosa. Y cuando
le preguntaron que dónde dejaba sus riquezas, con­
testó que todas sus riquezas las llevaba siempre
consigo. Los náufragos que escaparon con vida se
encaminaron al pueblo más cercano para que los
socorrieran; y al llegar, vieron todos con asombro
que Simónides comenzó a recitar sus poesías por las
calles y que el pueblo se lo disputaba para tener el
hipnor de albergar a tan ilustre huésped. Todos fue­
ron acogidos por lástima, pero Simónides lo fué por
su propio mérito. Un hombre de talento que tiene

St

LOS TttABAJOS DE PÍO CID

el arranque de despreciar las riquezas y arrojarlas
lejos de sí si las tiene, recibe en el acto una riqueza
mayor, la que da la fe en sí mismo; porque esta fe
es el germen de todas las grandezas humanas.
Atónito escuchó don Cecilio estos razonamientos
del candidato triunfante por Seronete, y más ató­
nitos quedaron él y don Félix cuando le oyeron el
discurso que siguió. Porque Pío Cid había manifes­
tado deseos de dar las gracias a sus electores, y don
Félix había dispuesto obsequiarles con algunos vasos
de vino. Todos eran trabajadores del campo, ex­
cepto tres: dos cuñados del mismo don Félix y el
escribiente de la notaría, que era ex secretario del
Municipio, y acudieron al llamamiento con puntua­
lidad. Los dos cuñados comieron con Pío Cid y don
Cecilio en casa de don Félix, y después de la comida,
a eso de las ocho de la noche, salieron todos a un
portalón grandísimo que la casa tenía, donde los
electores campesinos se habían ido reuniendo. Pío
Cid les saludó uno por uno dándoles la mano, y
les preguntó sus nombres y algo de sus familias.
Luego, entre trago y trago, hubo conversación ani­
mada sobre la política del pueblo, y cuando toda la
asamblea estuvo suficientemente caldeada, el dipu­
tado electo tomó la palabra y dijo:
—No tenía yo escrito en mi libro que. hubiera de
venir a Seronete a dar las gracias a los electores
que me han sacado triunfante; yo soy de Aldamar,
y a los aldamareños les correspondía ayudarme,
aunque yo no he solicitado su apoyo, como tampoco
he solicitado el vuestro. Yo siento que mi triunfo
ponga de manifiesto que este pueblo está dividido
en bandos, que luchan sin verdadero motivo para

7

ÁNGEL GANIVEf

luchar; pero yo no soy responsable de esta división,
sino los que la han promovido con sus desaciertos.
Y ya que hay razón, según parece, para rebelarse
contra el cacique de este pueblo, más noble es rebe­
larse que no seguir sometidos por temor a sus de­
masías, y más noble sería impedir que el cacique
las cometiera, haciéndole ver que una gran fortuna
no basta para dominar a un pueblo cuando los ha­
bitantes tienen dignidad y entereza. Lo primero en
el hombre es la dignidad; si no se puede vivir dig­
namente en este pueblo, váyanse a otro, y luego a
otro si es preciso; y si no encuentran en ninguno
trabajo y respeto, que es lo menos a que tiene dere­
cho un hombre, les queda aún el recurso de emigrar
a otros países. La patria puede exigir mucho de sus
hijos, pero no puede exigir que sacrifiquen el ho­
nor; más vale abandonar la patria que deshonrar­
la ; una nación que cría hijos que huyen de ella
por no transigir con la injusticia es más grande por
los que se van que por los que se quedan. Pero esto
es hablar del último extremo en que puede verse un
hombre de bien; esto lo digo sólo para taparles la
boca a los que dicen que cuando a hombre rico o
poderoso se le ocurre ser amo absoluto de un pue­
blo, el pueblo no tiene más remedio que someterse;
esto lo dicen los cobardes; los valientes, los que le
tienen poco apego a la vida, no se someten nunca.
Mueren, pero no se someten. Si vosotros estáis do­
minados, es por vuestra culpa, porque mostráis
deseos de salir de vuestra condición, y el que se
propone explotaros os conoce la flaqueza, y os coge
por ahí, y se burla de vosotros. Van a poner un
nuevo estanco, o a nombrar un nuevo peatón, en una

los TRABAJOS t>E PÍO CTT»

99

palabra, van a dar puestos y credenciales, y todos
aguzáis las orejas. El ideal es escurrir el bulto al
trabajo útil y dedicarse a esas faenas que vosotros
llamáis nininanas. Y el que ha conseguido librarse
del trabajo, piensa ahora en trasladarse a la capital,
y el de la capital a la corte. Porque todos sabéis
que el trabajo más inútil es el mejor pagado, y que
lo último que se puede ser en este pobre país es
trabajador del campo. Pero lo que vosotros no de­
béis olvidar es que el Evangelio dice que los últimos
serán los primeros; y yo os voy a decir, para que
lo sepáis, que vosotros sois los primeros en la vida
del país, no porque seáis los más útiles, que esto os
podría tener sin cuidado, sino porque sois los más
felices, los más humanos y los más grandes. No hay
edad más dichosa que aquella en que el niño está
mamando, en que para él no existe más gloria que
estar colgado del pecho de su madre; y no hay
condición más feliz que la del hombre que vive ape­
gado a la tierra, madre de todos, recibiendo de ella
la vida en pago de sus esfuerzos. El niño, por su
desgracia, no puede ser siempre niño; pronto em­
piezan a salirle los dientes, y con ellos comienzan
los sufrimientos; y después de las enfermedades
viene algo peor, los desengaños; luego la vejez y
la muerte irremediable. El campesino puede vivir
eternamente en la venturosa infancia; no estará
libre de sufrimientos, ni de envejecer y morir; pero
mientras vive no pierde el calor de su madre, y
cuando muere, deja hijos que viven como él vivió.
Los que habitan en las ciudades se puede decir que
habitan en el aire, y en un aire malsano; viven
dando vaivenes, fin nada firme a qué agarrarse, y

100

ÁNGEL GANIVET

mueren con la tristeza de dejar tras de sí una ge­
neración que empieza por donde ella acaba, y que
ha de sufrir mucho más que ella ha sufrido. Hay
hombres grandes que llegan a conocer con su espí­
ritu el espíritu que llena todo el universo, y que no
necesitan vivir ligados a la tierra, porque han ha­
llado otra tierra espiritual, una nueva madre que
les dé abrigo y protección; pero estos hombres son
contados en el mundo; los más abandonan la tierra
sin tener nada a qué ligarse, y viven en las ciuda­
des como pájaros presos en la jaula. Cuando llega
un desengaño, la falsedad del amigo, la traición de
la mujer, la injusticia del mundo, ese hombre sin
ventura se halla entre las cuatro paredes de un tris­
te cuarto, y si echa a andar por las calles de la
ciudad, quizás no halle, entre centenares de miles
de hombres, uno solo a quien confiar sus penas. Así
se oye hablar todos los días de infelices que se ma­
tan o que pretenden tomar venganza de sus mise­
rias, promoviendo revoluciones o cometiendo aten­
tados espantosos con instrumentos inventados ex­
presamente para destruir la sociedad. Vosotros no
estáis libres de calamidades; pero si alguna cae so­
bre vosotros, tenéis siempre abiertos los horizontes,
y por poco que reflexionéis, al espaciar la vista por
estas campiñas tan hermosas y hacia estas gigan­
tescas montañas, todos los males y todas las injusti­
cias os parecerán pequeños comparados con esta
grandeza. Aun para el hombre más desgraciado,
para el que ha perdido el amor y la fe, hay siempre
una religión indestructible: la de la tierra. Y ¿quién
sabe si esa felicidad que se espera que ha de venir
de los cielos a la. tierra no irá más seguramente de

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

101

la tie rra a los cielos? P orque de la tie rra no salen
sólo m inerales ni b ro tan sólo p la n ta s ; salen ideas
y brotan sentim ientos, que si vosotros supierais re­
cogerlos como recogéis las cosechas, os en señ arían
m ás que todos los libros de los hom bres. O jalá que
esta tie rra que, g irando sin cesar, nos va descu­
briendo las estrellas innu m erab les del firm am ento,
nos lleve algún día a otros puntos del espacio, donde
brillen estrellas nuevas y nos ilum inen ideas m ás
h u m a n a s ; pero m ien tras tanto, así como rezáis,
si lo rezáis, el P ad ren u estro p a ra pedir el p an de
cada día, debéis re z a r tam bién u n a nueva oració n :
la M adre nu estra, p a ra ro g a r a la tie rra que recom ­
pense con los frutos de su seno inagotable el es­
fuerzo de los que en ella tra b a ja n .
Cuando Pío Cid term inó su discurso, ninguno de
los concurrentes tuvo n a d a que decir, aunque a to­
dos se les conocía que estab an im presionados, au n
a los que, por ser m ás torpes, no h ab ían com pren­
dido con clarid ad el pensam iento del orador. Don
Félix le felicitó, diciéndole que si h ab lab a en el
P a rlam en to con la m ism a serenidad y lim pieza con
que acabab a de h ab lar, no ta r d a r ía en ser orad o r
famoso y en calzarse u n M inisterio, o cuando me­
nos, u n a Dirección. Don Cecilio estaba orgulloso del
acierto que h ab ía tenido en tr a b a ja r por el triunfo
de un hom bre que se expresaba con tan to desahogo,
y que parecía calzar m uchos puntos a ju zg ar por
las m uestras. Los cam pesinos estaban confusos, y
sólo uno de ellos, llam ado B artolo Rodríguez, tuvo
alientos p a ra d e c ir :
—Si el señor se h u b iera dedicao a la Iglesia, con
cu atro serm ones como ése lo ja c e n arzobispo.

102

ÁNGEL GANIVOT

Poco tardó en disolverse la reunión, porque Pío
Cid dijo que quería descansar para emprender al
día siguiente su viaje a Granada. Se despidieron
todos de don Félix, y cada mochuelo se fué a su
olivo. Aunque el notario puso empeño en que Pío
Cid no se fuera a dormir a casa de la Polonia, don­
de lo pasaría muy mal, él no quiso causar más mo­
lestias, y se retiró también, despidiéndose como para
no volver, puesto que tenía pensado dejar el pueblo
muy de mañana. La hija del tío Rentero preparó
las alforjas para el camino, recibiendo en cambio
cinco duros que Pío Cid le dió para que se soco­
rriera, y al amanecer salieron los dos viajeros de
Seronete, tomando el camino de Júbilo, en dirección
de la Sierra.
—Señor don Pío—dijo el tío Rentero después de
un buen rato de silencio—, yo no le be querío decir
na a su mercé, pero creo que se acordará de que por
este lao vamos a la Sierra.
—A la Sierra vamos—contestó Pío Cid—. Se me
ha puesto la idea de que no he de volver vivo por
estos parajes, y quiero por última vez subir a estas
montañas. ¿Cree usted que se podrá cruzar al otro
lado y volver a Granada por el camino de los ne­
veros?
—Hombre, como poer, too se pué en el mundo
—contestó el tío Rentero—. Trempanillo es pa subir;
yo he subió siempre pa Santiago. Bien es verdá que
este año ya se han bajao cuasi toas las nieves... Va­
mos a tener un verano seco.
—Pues no hay más que hablar—dijo Pío Cid—.
Haremos dos buenas cam inatas: pasaremos por Jú­
bilo de largo, y nos detendremos en Tontaina dos

LOS TRABAJOS DE P ÍO C ID

103

o tres horas para que los mulos tomen un buen pien­
so, y después seguiremos hasta las faldas del Veleta.
Aunque se nos meta la noche no hay cuidado, porque
hace luna. Tengo el capricho de subir al Picacho
a ver salir el sol. Usted no tiene que subir, sino que
se queda con los mulos más abajo, en el sitio que más
le guste.
— Su mercé me perdonará—dijo el tío Rentero—,
pero lo de encaramarse al Picacho me paece una temeriá. Y menúo fresquecillo que habrá, y empués los
ventisqueros.
— Si cuando estemos allí veo que la subida es pe­
ligrosa, no subiré—dijo Pío Cid—, porque no me
gusta ser temerario; no hay que huir del peligro,
pero buscarlo tampoco, por aquello de que «el que
busca el peligro, en él perece».
Cerca de las diez de la noche serían cuando llega­
ron a las faldas del Veleta, a un sitio donde el tío
Rentero sabía que había unos corrales cercados, he­
chos de pizarras, donde se podía pasar la noche al
abrigo del viento, bien que aquella noche, por fortu­
na, sólo soplaba una ligera brisa. Durante el camino
no tuvieron encuentro bueno ni malo. Aparte la pa­
rada en Tontaina, se detuvieron dos veces para me­
rendar, y todo el día lo pasaron muy agradablemen­
te. El tío Rentero se desahogó a su gusto contando
sucesos de su vida, y Pío Cid le escuchaba con gran
atención, como si no tuviera nada en que pensar,
aunque pensaba mucho en las peripecias de su ex­
cursión y en lo que aún tenía que hacer antes de re­
gresar a Madrid a descansar de sus ajetreos. Descan­
saron, por fin, de la larga jornada; y aunque los
famosos corrales, que sin duda debían servir de gua-

104

ÁNGEL GANIVET

rida a los pastores que vienen en verano, estaban
arruinados y no eran más que montones de piedras,
el tío Rentero arregló un poco uno de los rincones, y
con algunas lajas grandes formó una especie de te­
chado, bajo el que extendió las enjalmas de las bes­
tias y su desmedrado capote, que en aquellas cir­
cunstancias valía tanto como un colchón de plumas.
Pío Cid le dejó hacer, y sólo le advirtió que anduvie­
ra con cuidado al mover las piedras, no fuera a pi­
carle alguna víbora de las que por allí es frecuente
hallar. Luego se apartó unos cuantos pasos en busca
de unas neveras que estaban algo más arriba, y si­
guiendo el curso de un arroyo llegó al sitio donde el
arroyo nacía, de un quieto remanso acariciado por el
continuo gotear de la nieve. Entonces sintió el deseo
de bañarse en aquella pila, cuyo fondo de granos de
arena, al través del agua pura y tranquila, y a la
luz clara de la luna, parecía una labor de primoroso
mosaico. El tío Rentero, que vino a ver en qué se en­
tretenía su amo, comenzó a hacer grandes aspavien­
tos cuando le vió desnudarse y meterse en aquel
agua friísima.
—Por vía de Dios, señor don Pío—le dijo—, que
esto no se debía consentir. Cualisquiera diría que no
está osté bien de la cabeza. ¿No ve su mercé que eso
es un agua crúa que traspasa lo mesino que una espá? Yo he metió na más que la mano, y se me ha
quedao acorchá, que cuasi no la siento.
—Es un baño corto—contestó Pío Cid saliéndose
del agua y comenzando a vestirse—. Ahora doy un
buen paseo y como si tal cosa. Y nadie me quita ya
el gusto de haberme limpiado el cuerpo de todo lo
que se me haya podido pegar en los días que he an.-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

105

dado por aquí. Si usted supiera historia, mejor es
que no la sepa, sabría que la gente antigua, cuando
se iba de un lugar donde no lo había pasado muy
bien, tenía la costumbre de sacudir las sandalias
para indicar que no quería llevarse nada, ni polvo.
A mí me parece mucho mejor tomar un baño, por­
que el agua es el mejor medio de purificación.
—Pero esa agua no es agua—dijo el tío Rentero—,
es nieve líquia; y Dios quiera que su mercó no coja
un pasmo que ñus dé que sentir.
—Lo que ocurre—dijo Pío Cid echando a andar—
es que estoy más fresco que una lechuga, y ahora
vamos a dar un paseo. Yo no quiero acostarme, pues
pasada la media noche voy a subir al Picacho; el
tiempo ya ve usted que no puede ser mejor.
Disponíase Pío Cid a emprender la ascensión, cuan­
do el tío Rentero le retuvo, diciéndole que él no se
quedaba solo ni tampoco le dejaba ir, pues había
sentido que les rondaban los lobos.
—Usted está viendo visiones—dijo Pío Cid— ; aho­
ra no viene un alma por estos parajes, y no sé qué
van los lobos a buscar aquí.
—Esos malditos—replicó el tío Rentero—ventean
de cien leguas, y andan por aquí, no hay dúa, por­
que las bestias están soliviantás.
—Pero ¿usted cree que hay lobos todavía?—pre­
guntó Pío Cid—. Yo he leído muchas historias de lo­
bos, pero no los he visto nunca más que en los mu­
seos. Zorras sí he visto, y hasta he cogido alguna.
—Hay lobos—contestó el tío Rentero—, y no se
ría su mercó; osté no los ha visto, como yo, atacar
a un pueblo, y tener todos los hombres que salir
con escopetas pa ahuyentarlos..

lofi

ÁNGEL GANIVET

—Pero dicen—argüyó Pío Cid—que atacan a las
bestias antes que a los hombres; y en caso de que
vinieran aquí, con apartarse un poco y dejar que
se coman los mulos, no creo que les quedaran ganas
para comernos a nosotros.
—Pronto lo vamos a ver—exclamó con voz azo­
rada el tío Rentero—. La Virgen Santísima ñus val­
ga, porque los lobos están aquí mesmo. Mire su mer­
có—añadió en tono muy bajo—aquella loma que tie­
ne unos picos; una miajica a la dizquierda, ¿no ve
su mercé un bulto?
—Lo veo—contestó Pío Cid—, y veo también que
se mueve.
—El Señor ñus favoreja—clamó el tío Rentero.
—No hay que asustarse—dijo Pío Cid—. Somos dos
hombres contra un lobo. Yo no tengo armas, pero
usted tendrá alguna.
—Tengo ésta—contestó el tío Rentero, sacando de
la faja un pistolón antiguo, de los de chimenea—,
ahora verá osté...
Alzó el gatillo y quitó el mixto para ver si la chi­
menea estaba bien cebada; volvió a colocar el ful­
minante y apuntó un gran rato hacia el bulto ne­
gro, que se movía de vez en cuando, y del que se
percibían claramente dos a modo de orejas muy
largas; dejó caer el gatillo, y sonó un chasquido,
no mucho mayor que el de un eslabonazo en un pe­
dernal.
—Más vale que guarde usted esa pistola—dijo Pío
Cid, oyendo el gatillazo—, no sea que el lobo se en­
tere de que nuestras armas funcionan mal, y alige­
ren más a venir.
—No lo tome osté a broma—dijo asustado el tío

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

107

Rentero—, que lo peor es que un lobo no va nunca
solo, y que ese que está ahí debe ser el guión de la
maná, y si acúen toos ñus van a jacer trizas. Me­
jor sería levantar el campo...
—Eso de ningún modo—interrumpió Pío Cid— .
Yo he oído decir que con los lobos lo peor es huir.
Me apuesto a que ese que está allí se pasa la noche
olfateando sin atreverse a acometernos. ¿No tiene
usted más arma que esa desdichada pistola?
—Aquí tengo el cuchillejo que le di a osté enantes
—contestó el tío Rentero.
—Démelo usted—dijo Pío Cid, quien cogió el cu­
chillo y lo desenvainó para examinai'lo— . Con esto
basta para escabechar una docena de lobos. Va us­
ted a ver lo que yo hago para salir de dudas, por­
que me parece muy tonto estar toda la noche miran­
do a aquel bulto, que quizás no sea lo que nos figu­
ramos.
—Lobo es—dijo el tío Rentero— , y si no, pierdo yo
el gañote.
—Si es o no es, pronto lo veremos—dijo Pío Cid,
echando a andar con paso firme hacia la loma,
mientras el tío Rentero le seguía con los ojos sin
atreverse a decirle que se volviera atrás.
Llegó Pío Cid a pocos pasos del temido lobo, y le
vió dar un salto ligero y salir huyendo como una
exhalación.
—Tío Rentero—gritó en voz muy alta para que le
oyera—, ¡no era lobo!
— ¿Qué era?—preguntó el tío Rentero.
—Una cabra montés—gritó Pío Cid—. Venga us­
ted y verá los rastros.
—AJlá voy—contestó el tí,o Rentero, quien fué, en,

IOS

ÁNGEL GANIVET

efecto, a cerciorarse, como se cercioró, por las pi­
sadas del animal, de que el lobo era cabra, y de que
las tiesas y horripilantes orejas eran cuernos in­
ofensivos.
— ¿Ve usted—dijo Pío Cid—cómo lo mejor en to­
das las cosas es acercarse para verlas bien?
—Eso es verdá—dijo el tío Rentero— ; mas si hu­
biera sío lobo...
—Quizás hubiera buido más pronto que la ca­
bra—contestó Pío Cid—. Todos los animales le te­
men a un hombre resuelto... En fin, acuéstese usted
tranquilo, que yo, desde aquí me voy al Picacho.
—Mire su mercé que empieza a jacer frío—obser­
vó el tío Rentero, a quien no se le había quitado
el susto del todo.
—Yo tengo calor—contestó Pío Cid.
Y sin más explicaciones volvió las espaldas y em­
pezó a subir cerro arriba, procurando pisar en sitio
seguro para no hundirse en algún mal paso.
Iba Pío Cid decidido a no detenerse hasta llegar
al mismo Picacho, para llegar a tiempo de ver salir
el s o l; pero los pensamientos del hombre son muda­
bles, y no había andado la mitad del camino cuando
comenzó a enfriársele el entusiasmo por el astro del
día.
—Después de todo—pensaba—, el sol no ha sido
nunca santo de mi devoción, y creo que esta ocu­
rrencia de ir a ver cómo sale es un capricho infun­
dado, o fundado en que, cuando yo era joven, vine
alguna vez, como vienen muchos ascensionistas,
inspirados por la curiosidad más que por el amor
a la Naturaleza. De entonces acá mi espíritu ha cam­
biado tanto, que hoy, pensando con sinceridad, lo

1¿0S TRABAJOS DE PÍO CID

109

que a mí me inspira el sol es desprecio, porque su
luz, tan cantada por los vates, nos presta una vida
tan mísera como la que arrastramos. Años y aun
siglos hace que el sol alumbra en España para po­
ner al descubierto nuestra decadencia y las ruinas
de nuestro antiguo poder, y para alumbrar este
cuadro más propia será quizás la luz opaca de la
luna...
En este punto de sus reflexiones se detuvo, y vien­
do surgir por la cresta de la montaña la primera
claridad de la aurora, sintió que se apoderaba de
él un sentimiento inexplicable. No fué que le apa­
reciera la visión blanca, que tanto debía influir en
su v id a ; fué más bien que tuvo el presentimiento
de la visión. Quizás se imaginó que detrás de la
montaña comenzaba a levantarse, allá por el Orien­
te, el ideal de pureza, de amor y de justicia que
él no hallaba en el mundo, y este ideal le inspiró
una canción extraña, como todas las que brotaban
espontáneamente de sus labios, y que decía a sí:
Hija de Oriente, que sueñas
Oculta tras la montaña,
Despierta y oye amorosa
La canción de la m añana:
«Yo soy la noche que llora
Con las lágrimas
Que el sol al ponerse deja
Por doquiera
Que su rastro de luz pasa.
Tú eres la noche que ríe
Cuando el alba
Nace y disipa las sombras
Con las ondas
De su luz serena y clara.

\ÍQ

ANGEL GANlVtf#

Yo soy la sombra que corre
Desolada;
Amor que va ciego y mudo
Por el mundo,
Soñando en la niña blanca.
Presa entre dos resplandores
Va mi alma,
Que a la blanca niña busca
Sin que nunca
En la tierra pueda hallarla.
Sólo una vez a lo lejos
Vi a mi amada,
A altas horas de la noche
Por el bosque
Misterioso de la Alhambra.
Me acerqué, y no era la niña
De mis ansias;
Un rayo de luna era,
Alina en pena
Que por el bosque vagaba.
De un viejo sauce llorón
En las ramas,
Un ruiseñor solitario
Ha entonado
La canción de la esperanza.
Yo también saludo alegre
La alborada;
Hija de Oriente, despierta,
Y risueña,
Asómate a la ventana.»
No tardó el sol en coronar la cúspide del Picacho,
surgiendo majestuosamente como una evocación, y
esparciendo su cabellera rubia sobre las faldas ne­
vadas de la Sierra. Pío Cid sintió nuevos deseos de
encaramarse en la cima para contemplar el vago y
confuso panorama de la lejana ciudad, entregada
aún al sueño, y la ancha vega granadina, cercada

IjOS trabajos de pío o d

iii

por fuerte anillo de montañas, recinto infranquea­
ble como el huerto cerrado del cantar bíblico. Lue­
go se sentó y se quedó largo tiempo absorto, con
los ojos fijos en las costas africanas, tras de cuya
apenas perceptible silueta creía adivinar todo el in­
menso continente con sus infinitos pueblos y razas;
soñó que pasaba volando sobre el mar, y reunía
gran golpe de gente árabe, con la cual atravesaba
el desierto, y después de larguísima y obscura odi­
sea llegaba a un pueblo escondido, donde le acogían
con inmenso júbilo. Este pueblo se iba después en­
sanchando, y animado por nuevo y noble espíritu
atraía a sí a todos los demás pueblos africanos, y
conseguía por fin libertar a Africa del yugo corrup­
tor de Europa.
— ¡Africa!—gritó de repente; y conforme el eco
de su voz, alejándose hacia el Sur, desde las costas
vecinas parecía repetir: ¡Africa!, se le iba pasan­
do aquella especie de desvarío.
Muy entrado ya el día dejó su empinado observato­
rio. El sol picaba de lo lindo, y la vega que antes
era un tranquilo Edén, ahora semejaba un lago de
luz, en el que, como barcos en el mar, se columpia­
ban blancos pueblecillos, remontando ligeras co­
lumnas de humo. Por fin, a eso de las dez llegó Pío
Cid adonde el tío Rentero le esperaba, el cual lo te­
nía ya todo dispuesto para echar a andar.
— ¿Qué le parece a su mercé—le preguntó a su
señor— si fuéramos al cortijillo de la Muerte, que
está aquí a dos pasos?
— Iremos adonde usted quiera; pero ¿cree usted
que estará su hijo allí?
—La semana pasá—dijo el tío Rentero—estaba pa

112

ÁNGEL GANIVET

subir desde Las Puentes, donde jace la inverná.
Este año va alantaíllo.
—Pues vamos allá cuando usted quiera—dijo Pío
Cid.
Y allá fueron en menos de media hora, y halla­
ron, en efecto, a Bernardo con su mujer y su nume­
rosa parva, y aun es fama que Pío Cid aprovechó
la coyuntura para pedir que le hicieran gachas de
maíz con caldo, rojo como la grana, en el que na­
vegaban unas guindillas tan picantes que sólo de
olerías se trastornaba el sentido. Las gachas eran
el plato favorito de Pío Cid, y no huelga por com­
pleto consignar aquí este detalle por el valor que
pudiera tener en la complicada psicología de nues­
tro héroe. Después de almorzar el tío Rentero apre­
tó las cinchas a los mulos y los trajo a la puerta
del cortijo; montáronse los dos viajeros, y monta­
dos ya, se despidieron de aquella infeliz familia, y
entonces el tío Rentero volvió a decir:
—¿Qué le paece a su mercé si siguiéramos esa verea y cayéramos más abajo de Quéntar?
—¿Qué tiene usted que hacer allí?—preguntó Pío
Cid.
—Lo digo—contestó el tío Rentero—porque pasa­
ríamos por Dúdar, y allí tengo una hija que está casá
con un papelero.
—Vamos allá—dijo Pío Cid—; usted, por lo visto,
se ha propuesto abastecer de habitantes a casi to­
dos los pueblos de España.
Fueron, pues, a Dúdar, adonde llegaron a la hora,
de alm orzar; y es fama asimismo que la Antoñuela,
la hija del tío Rentero, tenía dispuestas unas migas
que dejaban atrás las gachas de Bernardo, y que Pío

113

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

Cid las comió con mucho gusto, porque las migas
eran otro de sus platos favoritos. En Dúdar descansa­
ron unas cuantas horas para dejar pasar la fuga del
sol, y a las cuatro de la tarde llegaron al fin a la
huertecilla del tío Rentero, sin que durante el ca­
mino despegara Pío Cid los labios. Sólo al acercarse
a la capital, en un punto desde el que se veían unas
hazas de trigo con ramalazos obscuros y como afo­
garados, se le ocurrió decir:
—Estos días ha corrido el solano, tío Rentero;
mire usted esos trigos, que parece que los han tos­
tado en un horno.
—Abrasaícos están, abrasaícos — contestó el tío
Rentero, y siguió hablando de las peripecias del via­
je, en particular de la aventura del lobo, que se le
había quedado muy bien grabada.
La tía Rentera preparó un soberbio potaje de ha­
bas para obsequiar a su huésped, y éste comió el
potaje con tanta satisfacción como había comido las
gachas y las migas; por donde se infiere que era
hombre de buena boca, no porque comiera mucho,
sino porque comía todo lo que le guisaban. Ya era
bien entrada la noche cuando Pío Cid, acompañado
del tío Rentero y del hijo de éste, Celedonio, que
llevaba el pequeño equipaje, se presentó en su casa,
preguntando si había alguna novedad.
—No hay más—contestó Jesusa—que unas cartas
que están sobre la mesa de su cuarto.
—Haga usted el favor de dármelas—dijo Pío Cid.
Y cuando las tuvo en la mano las abrió y las ojeó
rápidamente, porque vió que las cinco cartas eran
de Martina, y temió que hubiese ocurrido algo que
motivara tan copiosa correspondencia. Rasgó y tiró
8

114

ÁNGEL GANIVET

los sobres y se guardó el haz de cartas en el bolsi­
llo de la americana, diciendo con aire ligeramente
contrariado:
—Nuestro gozo en un pozo, tío Rentero. El día de
campo se queda para otra vez, porque mañana mis­
mo o pasado, de madrugada, salgo para Madrid.
—¿Cómo es eso?—preguntó el tío Rentero—. ¿Ha
ocurrió alguna noveá?
—No—contestó Pío Cid— ; pero me urge ir para
ciertos asuntos. Ahora vamos aquí al lado, pues
pienso comprarle a usted un regalillo.
—Eso sí que no—dijo el tío Rentero— ; antes me
quee manco que tomar un chavillo partió por la mitá.
—Muy bien dicho—replicó Pío Cid—si yo fuera
a darle a usted dinero. Sus servicios de usted son
de amigo a amigo, y no se pagan con nada. Pero
yo quiero dejarle a usted un recuerdo, y usted mis­
mo va a elegir lo que más le guste o lo que le haga
más falta.
—Como falta, como falta—dijo el tío Rentero—,
jacen falta muchas cosas; pero yo no quiero ser gra­
voso, y con unos alpargates me doy por pagao; y
eso pa no despreciar a su mercó.
—Unos alpargates no valen arriba de seis reales,
y se le regalan a un mendigo.
—Quien dice alpargates, dice zapatos de becerro
—replicó el tío Rentero.
—Me gusta más—dijo Pío Cid—un regalo que no
sirva sólo para los pies, sino para todo el cuerpo.
El capote que llevaba usted en el viaje es un andra­
jo, y lo que voy a comprar es un buen capote de
monte, para que cuando se líe usted en él parezca
un personaje.

L O S TRABAJOS DE PÍO CID

115

Doce duros costó el capote, y aunque hacía calor,
el tío Rentero se lo puso en el acto para dar más
golpe cuando apareciera por las puertas de su casa.
Y en cuanto a Celedonio, también salió ganando un
par de alpargatas, amén de otros cuatro pares más
para los hijos de Bernardo, que estaban descalzos
de pie y pierna. El tío Rentero se fué llorando, no
como él lloraba de costumbre, por el lagrimeo de
los ojos, sino llorando de verdad, por tener que se­
pararse de un amo tan generoso.
Al día siguiente por la mañana vino Pío Cid a
buscarme para despedirse de m í; pero yo había tam­
bién decidido volver a Madrid por haber recibido car­
ta de Anita, en la que me decía estaba muy enferma.
Quedamos, pues, en irnos los dos en el coche de
Jaén, que salía por la noche, y en reunirnos por la
tarde con los amigos de la tertulia literaria cuando
él hubiese despachado los asuntos que tenía pen­
dientes.
Desde mi casa se fué al penal de Belén, donde se
detuvo muy poco. Preguntó por el Director, y a fal­
ta de éste, uno de los vigilantes, al saber el motivo
de la visita, dió orden de que inmediatamente vinie­
ra el penado Gutiérrez al despacho de la Dirección.
—Conozco muy bien a ese penado—le dijo a Pío
Cid—, y es de los mejores de la casa y de confianza
absoluta; aunque le dieran suelta no se iría, por­
que desea cumplir.
—Le advierto a usted—dijo Pío Cid con acento de
convicción—que me consta que ese pobre hombre ha
sido condenado injustamente y que he de gestionar
su indulto. Supongo que si pidiera informes los da­
rían ustedes buenos.

116

ÁNGEL GANIVET

—Todo lo buenos que se pueden dar—contestó el
vigilante— ; esté usted seguro. Ya le digo que es de
los mejor notados de la casa.
Entró en esto el penado Gutiérrez, que se descu­
brió, y, sin mirar apenas, comenzó a darle vueltas
a la gorra, hasta que Pío Cid se dirigió a él y le sa­
ludó, dándole la mano y diciéndole:
—Me alegro de verle a usted tan bien de salud.
Parece que no le tratan mal aquí.
—No, señor—contestó Gutiérrez, el cual, en efec­
to, estaba grueso y de buen color, y tenía más cara
de canónigo que de delincuente—. Si voy a decir la
verdad, cuasi que estoy aquí más bien que allá en
el pueblo.
—Hombre — replicó Pío Cid—, eso se me figura
que es ya decir demasiado.
—Le diré a osté—rectificó Gutiérrez—, de juro que
aquí se está más mal, porque no se tiene libertá y
aluego separao de la fam ilia; y la eshonra natural
de que digan que uno ha estao en un presirio. Pero
yo lo decía porque en el pueblo estaba siempre paeciendo del estómago, que, en cuanto que comía, me
tenía osté doblao y teniendo que meterme los puños.
Y aquí, como come uno el rancho a sus horas,
lo mismo que en un cuartel, sabe osté que he entrao
en caja y comería jasta jierro molío, tan y mien­
tras que antes no podía jacer la cochura ni de un
miajón de pan. Cuando yo entré aquí estaba en las
guías. El señor me vió, y dirá si no venía que paecía que me acababan de esenterrar. Y ya ve osté lo
bien que me ha sentao esto.
—Mucho me satisface que así sea—dijo Pío Cid—,
porque en esto veo yo claramente que hay una justi-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

117

cia superior a la de los hombres. Los hombres le
han condenado a usted injustamente, y la Natura­
leza le ha proporcionado a usted el desquite, puesto
que con el buen régimen que aquí se sigue, se le ha
arreglado a usted el estómago.
—¿Ve osté, don Ceferino — interrumpió Gutié­
rrez, dirigiéndose al vigilante—, cómo es verdá lo
que yo decía? Me gusta que este caballero diga lo
que ha dicho pa que se vea que yo no soy un creminal.
—Lo malo es—agregó Pío Cid—que el castigo no
ha recaído sólo sobre usted, que, por lo visto, casi
ha salido ganando con que lo condenen. La más cas­
tigada es la pobre mujer de usted, que tiene que
trabajar como una condenada para dar de comer a
los cuatro chiquillos. Aunque se dice que nadie es
responsable de las faltas ajenas, lo cierto es que,
cuando castigan a un hombre como usted, casado y
con hijos, la pena principal la sufre la mujer. Y vea
usted por dónde las injusticias son más temibles
por la cola que traen consigo. Pero, en fin, voy a
mi asunto... El haberle llamado a usted es para en­
tregarle tres duros de parte de su mujer. Tómelos
usted y consuélese de su desgracia pensando en que,
no sólo se ha curado del estómago, sino en que tiene
una mujer que no se la merece.
—Eso es verdá—dijo Gutiérrez, tomando los tres
duros—, y yo no sé en dónde habrá escarbao mi
Josefa estos dineros. ¿Cómo ha sío el dárselos a
osté, manque sea mucho preguntar?
—Fué estando yo en Aldamar, de donde llegué ano­
che. Parece que ahora, con motivo de las elecciones,
ha habido reparto de limosnas...

118

ÁNGEL GANÍVEf

—Y mi mujer y los chiquillos—preguntó Gutié­
rrez— ¿están bien?
—Todos se han quedado muy bien—contestó Pío
Cid— . Yo estuve en su casa de usted con el tío Fras­
co Rentero, a quien usted conoce, y allí lo único que
falta es que usted vuelva cuanto antes.
—En cuántico que cumpla—dijo Gutiérrez—salgo
pa allá como un cohete.
—Lo que no me parece bien—dijo el vigilante in­
terviniendo—es que su mujer, que pasa tantos apu­
ros, le envíe ese dinero, cuando usted tiene aquí al­
gunos ahorrillos.
—Ha de saber osté—replicó Gutiérrez—que el di­
nero lo pedí yo pa tabaco jace más de tres meses,
cuando no trabajaba. Y ahora no crea osté que lo
voy a tirar, que lo que yo quiero es juntar una güe­
ña porra de duros pa mercar dos u tres borriquejos, y echarme al camino tan luego como salga de
aquí.
—Muy bien pensado—dijo Pío Cid—, y ¡ojalá sea
pronto! Y que algún día le vea yo a usted hecho un
arriero rico, con la mejor recua de la provincia.
Conque a pasarlo bien y a no torcerse.
Se retiró Gutiérrez después de saludar con gran
acatamiento al verse tan bien tratado, y Pío Cid se
despidió en seguida del vigilante, diciéndole antes
de s a lir:
—Si todos los presos lo pasan como Gutiérrez, le
aseguro a usted que éste no es un establecimiento
penal, sino un convento muy apetecible, donde se
vive retirado del mundo y sus engaños, bien comido
y bien dormido, y aun ahorrando para el día que
haya que abandonar la celda.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

119

—Hay de todo—contestó el vigilante—. A algunos
hay que apretarles las clavijas, porque si no, no
habría medio de barajarlos; pero en general lo que
se dice de malos tratos, son cuentos de vieja. Si us­
ted no estuviera tan de prisa vería todo el estableci­
miento, y en particular el taller.
—¿Y en qué trabaja este Gutiérrez?— preguntó
Pío Cid.
—No sabía ningún oficio cuando llegó, porque ha
trabajado siempre en el campo, y aquí ha aprendi­
do a hacer cosas de albardonería; en alpargatas es
en lo que más trabaja.
—Pues repito lo dicho—dijo Pío Cid sonriendo— ;
si por mi desgracia me ocurre encontrar a alguien
que merezca que le corten la cabeza, yo se la corto
sin temor y me hago fraile de esta nueva orden que
acabo de decubrir.
—Si así fuera—contestó el vigilante siguiendo la
broma—, a ver si viene usted a este convento. No se
le dará mal trato.
Desde Belén se encaminó Pío Cid a casa del go­
bernador para despedirse de él y recoger la cruz
de plata que había ofrecido llevar personalmente a
la duquesa de Almadura, y de paso, para resolver
el asunto de su elección de un modo radical, a fin
de que no le ocasionara más molestias en lo sucesivo.
No fué su decisión improvisada, puesto que durante
su viaje de regreso vino reflexionando sobre ella, sien­
do ésta la causa de que no se fijara en el paisaje,
así como en el viaje de ida tampoco se había fijado,
a causa de la famosa receta prometida a sus ami­
gos. Y no está de más esta explicación, pues segura­
mente no faltará quien me censure por no hallar

120

ÁNGEL GANIVET

en este relato ninguna descripción de los lugares
por donde fué pasando mi héroe, siendo así que yo
he debido atenerme a la verdad, y la verdad es que
él no hizo consideraciones de ninguna especie so­
bre los terrenos que iba pisando. Sea que Pío Cid
amase más al hombre que a la Naturaleza, o bien
que por haber vivido en países tropicales y de vege­
tación espléndida le pareciese pobre su país natal,
no obstante ser de los celebrados de España, está
fuera de duda que ni en esta ocasión ni en ninguna
otra se entusiasmó viendo las bellezas del paisaje.
A él le gustaban más las vistas que ofrece el espí­
ritu del hombre, cuando se tienen ojos para verlas,
y quizás no veía en la tierra más que una buena
madre y fecunda nodriza del hombre, puesto que lo
único que en el viaje le llamó la atención fueron los
trigos muy granados, que prometían cosecha abun­
dante, y los trigos abrasados por el solano, que anun­
ciaban mala recolección. En el viaje de vuelta, pues,
y probablemente cuando subió al Picacho, decidió
retirarse a la vida privada antes de haber salido de
ella, y así se explica que las primeras palabras que
dijera a su amigo el gobernador, después de saludar­
le, fueran las siguientes:
—Tengo que irme hoy mismo a Madrid y vengo
a recoger el encargo para la duquesa, y al mismo
tiempo a decirte que renuncio al acta de diputado,
y que si aún hay medio de dársela a Cañaveral, se
la cedo para que no haya nueva elección.
—Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado?—pre­
guntó don Estanislao oyendo aquella salida de tono
inesperada.
—No me ha ocurrido nada—contestó Pío Cid— ;

L O S TRABAJOS DE P ÍO C ID

121

pero mi decisión es firme y mi deseo es hablar lo
menos posible de este asunto.
—Pues precisamente ayer—dijo don Estanislao—,
estuvo aquí Cañaveral, y me calentó un buen rato la
cabeza diciéndome que no se da por vencido y que
trata de hacer no sé qué para embrollar la elección
y para que, en caso de que se apruebe tu acta, se le
hagan a él, como dice, funerales de primera clase.
La derrota le ha llegado al alma, porque creo que
se ha gastado un dineral.
—Que haga lo que quiera—agregó Pío Cid— ; yo
no intervengo más en esto. Más vale cortar por lo
sano desde el principio. Yo me he dejado llevar, cre­
yendo que la broma no tenía importancia, porque
en las ciudades estamos acostumbrados a que de­
trás de los insultos vengan los apretones de m ano;
pero en los pueblos toman las cosas por donde que­
ma, y una vez que Cañaveral no ha querido ceder y
ha apelado a toda clase de medios, lo único que yo
conseguiría sería avivar más la discordia y dar lu­
gar a que el día menos pensado se cometiera algún
crimen. Figúrate que algunos de mis amigos de Aldamar querían prender fuego al Ayuntamiento cuan­
do se enteraron de que la elección había sido hecha
a cencerros tapados y de que aparecían sus votos en
contra mía... Para seguir adelante sería menester
que yo tuviera ganas de pelea y me propusiera
aplastar a los Cañaverales, y a mí no me interesan
las luchas de este género, ni aunque luchara sacaría­
mos nada en limpio, porque los partidarios míos no
son ni peores ni mejores que los del otro; en substan­
cia, el cambio sólo serviría para que los abusos que
hoy existen siguieran cometiéndose en mi nombre.

122

Xngel ganiveí

—Todo eso me parece muy bien—dijo don Estanis­
lao—, y sólo te ruego que cuando hables con don
Bartolomé de la Cuadra me pongas con él en buen
lugar, no vaya a creer que no he atendido su reco­
mendación.
—Por este lado no tendrás nada que sentir—con­
testó Pío Cid—, porque te advierto que esa recomen­
dación es de compromiso, pues yo no he hablado con
el señor de la Cuadra más que dos veces, y no pien­
so hablar más con él. El interés que haya mostrado
no es por mí, sino por don Adolfo Gandaria, que
me recomendó a él.
— ¿De modo — preguntó don Estanislao—que tu
protector es don Adolfo? Le conozco de sobra. Es un
tonto; más tonto que mandado hacer de encargo.
—Pues yo lo estimo en más que a don Bartolomé
—replicó Pío Cid—. Lo que tiene don Adolfo es que
se entusiasma fácilmente hablando de lo que no
sabe y se pone en ridículo, mientras que don Bar­
tolomé es un hombre serio y grave, un tonto que
jamás descubre su tontería. Por eso el uno tiene
que contentarse con ser senador y votar, sin hablar,
desahogándose después en los pasillos, y el otro es
ministro y aun goza de gran autoridad.
—Hombre—dijo don Estanislao—, me extraña eso
que dices de don Bartolomé; todos le tienen por el
hombre de más esperanzas del partido.
—Y pueden tenerlo — añadió Pío Cid—, porque,
aparte su falta de luces, es un hombre formal y sin­
cero. Sabe muy poco, pero lo sabe a machamartillo,
y lo que ignora lo cubre con frases hechas, que a
nada comprometen. Su idea de España es miserable,
y con esta idea, su política es la de dar largas; si

tos TRABAJOS úe pío cid

123

le encargan de gobernar el país no hará nunca
nada malo, aunque tampoco hará nada bueno, y
su inacción será preferible a la de los listos, que des­
pués de no hacer nada, se aprovecharían de la si­
tuación para llenarse los bolsillos. La cualidad esen­
cial de un gobernante es la honradez, y don Barto­
lomé huele a honrado, y por mi voto sería, a pesar
de su ignorancia, ministro universal y permanente
de nuestra nación... Pero dejémonos de críticas y
despáchame cuanto antes, pues tengo el tiempo ta­
sado. Ya te dije que me tengo que ir esta noche.
—Pero al menos—dijo don Estanislao—hazme el
favor de acompañarme a almorzar. Por media hora
más o menos nada se pierde. La verdad es que me
has sorprendido con tu repentina determinación, y
si te vas sin más explicaciones, pensaré que no que­
damos tan buenos amigos como antes lo éramos.
Quedóse Pío Cid a almorzar, y durante el almuer­
zo refirió algunos detalles de su excursión electo­
ral, con lo que se divirtió no poco el gobernador.
Pío Cid, cuando estaba de vena, era un narrador
habilísimo, que sabía describir los tipos y escenas
tan puntualmente y con rasgos tan gráficos, que el
que le escuchaba, por muy torpe que fuera, lo veía
todo mucho mejor que si lo presenciase. A don
Críspulo, el cura mal hablado, se le veía material­
mente entrar por la puerta del comedor montado en
su pollino y arrojando profé.ticas maldiciones con­
tra la sociedad moderna. Don Esteban Chiroza pa­
recía estar a la mesa, entre Pío Cid y el gobernador,
hablando en tono resignado y con cara de pascua,
y moviéndose de vez en cuando en la silla por no po­
der estar sentado a su gusto. El picaro de Barajas,

124

Angel

g an ivb p

concertando la terrible conjura electoral y dando
el cerdoso santo y seña que dió, era más bien que
secretario de Ayuntamiento, personaje de alguna
graciosa comedia. El profundo tonto Almecina; el
largo y cuco notario don Félix, y el famélico y per­
severante maestro Ciruela, con algunos más, todos
fueron desfilando como salsa de aquel agradable
almuerzo. Don Estanislao se hacía cruces de que
en tan pocos días hubiera visto Pío Cid tantas co­
sas, cuando él había estado en muchos pueblos de
España y nunca había visto más que gente vulgar,
que no tenía nada que ver con la que Pío Cid iba
describiendo.
—Sin duda — le dijo — hay hombres afortunados
que tienen la suerte de hallar en su camino aventu­
ras entretenidas y novelescas, en tanto que otros
no hallan más que vulgaridad y prosa. A no ser
que las aventuras estén en nosotros y no en la rea­
lidad. Quizás yo no hubiera visto nada de lo que
tú me cuentas por ir preocupado con los deberes de
mi oficio, y tú lo has visto todo porque no te im­
portaba un rábano ganar la elección, porque, di­
gamos la verdad, eres hombre de imaginación y ves
todo lo que te da la gana.
—No faltaba más—replicó Pío Cid—sino que aho­
ra me dijeras que te he estado contando una sarta
de embustes en pago de tu buen almuerzo. Puedes
ir al distrito y ver si no es cierto todo lo que he re­
latado. Lo del toque de bocina de Francolín ha co­
rrido tanto que hasta ha salido en la Prensa de
aquí; me lo acaba de decir un amigo.
—Ese toque resonará, andando el tiempo, en toda
España—dijo don Estanislao. Y levantándose, co-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

125

gió una copa de vino y exclamó: —Brindo por el sis­
tema parlamentario..., y adelante con los faroles.
Ya iba Pío Cid a retirarse, cuando le retuvo aún
la llegada de don Carlos Cañaveral, quien proba­
blemente había sido llamado en secreto por el go­
bernador. Era don Carlos un hombre de buena es­
tampa, tipo acabado del caballero de pueblo. Aun­
que iba vestido a la moda, su aire era algo tosco, y
su basteza se acentuaba viéndole los bigotazos ne­
gros y grandes, como cuernos de toro. De toro de
mala casta tenía también el mirar cubierto y asos­
layado, aunque en conjunto la expresión de su figu­
ra era la de un hombre más terrible por su fuerza
física que por su perspicacia. Su traza era la de un
hombre de no muy largos alcances, muy bueno co­
mo amigo y algo peligroso como enemigo. Pío Cid y
él se saludaron, y en la manera de saludar de Caña­
veral se conocía que estaba ya algo enterado de la
retirada de su competidor.
—Siento no haber hablado con usted antes de aho­
ra—dijo Pío Cid, mientras el gobernador se aparta­
ba a un lado como para leer un periódico—, porque
quizás se hubiera usted evitado algunos malos ra­
tos y el alcalde de Seronete las bofetadas que reci­
bió por haber cumplido con su deber. Yo no tenía
ningún interés en la elección, y quien me decidió a
venir fué su primo de usted. Después he visto que la
enemistad entre ustedes era falsa, de lo que me ale­
gro, y que me habían tomado a mí como juguete.
—No piense usted eso de ningún modo—interrum­
pió Cañaveral—. Mi primo estaba en contra mía,
sólo que entre familia todo se arregla, y a última
hora, cuando yo vi la causa perdida, le hice cier-

ÁNGEL GANIVET

tas concesiones en un negocio que teníamos pen­
diente, y entonces él cejó en su oposición.
— Sea como fuere—prosiguió Pío Cid— , yo desistí
ya de la idea de ser diputado y le dejo el campo
libre, y lo único que le digo es que si yo he triunfa­
do sin esfuerzo por Seronete, es porque usted tiene
allí enemistades, y esto, en un pueblo de cuatro ve­
cinos, en que usted es el amo, no habla muy en fa­
vor de usted.
— No me diga usted nada— replicó vivamente Ca­
ñaveral— , porque si yo fuera realmente el amo pon­
dría una horca en la puerta de mi casa, y todos los
días colgaría de ella un vecino.
— Eso tiene un inconveniente— observó Pío Cid— ;
que a la semana se quedaría usted sin súbditos,
porque no es creíble que fueran allí de otras partes
por el gusto de ser ahorcados por usted. Y cuando
no tuviera usted súbditos, todo lo que posee usted
en el distrito no valdría un céntimo. Hay que ser
tolerantes con los que están debajo, porque si los
de abajo se mueven se cae el que está encima.
— Eso que yo he dicho es un decir— insistió Caña­
veral— . Yo soy bueno por la buena, pero por la mala
no me dejo manejar por nadie, y en el distrito hay
algunos gallos a los que hay que cortarles la cresta.
— No hay tales gallos— replicó Pío Cid— , como no
sea en la imaginación de usted. El que ha decidido
la elección ha sido realmente don Cecilio Ciruela, y
este buen hombre no es gallo ni gallina, es un maes­
tro que tiene exasperado el apetito porque por culpa
de usted no cobra su miserable sueldo. Páguenle us­
tedes y eviten esas malquerencias. Le he dado a us­
ted una observación en tono de amigo. Yo podría po-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

127

ner condiciones para ceder el puesto y no las pongo,
porque confío en la caballerosidad de usted. Sería
una gran cobardía de mi parte volver las espaldas
y dejar que usted se vengara impunemente de las
contadas personas que han votado por m í; yo no
vuelvo las espaldas, pues aunque no sea diputado,
escribo en uno de los periódicos más leídos de Ma­
drid, y en cuanto supiera algo desagradable, los sa­
caría a ustedes a la vergüenza pública. Hoy la
Prensa vale mucho—recalcó, en vista del efecto que
a don Carlos le producía la advertencia—, y una
pluma bien manejada vale más que una docena de
diputados.
—En eso que usted dice—contestó Cañaveral—re­
vela que no me conoce. Yo soy incapaz de vengarme
del que está caído, y una vez que usted me cede el
distrito, yo lo doy todo al olvido y lo que haré será
trabajar por conseguir ciertas mejoras que hacen
mucha falta. Mis propósitos son los mejores, y si
usted tiene interés por el distrito por ser de él, yo
lo tengo mayor por ser de él y tener en él todos mis
bienes y vivir en él gran parte del año. Usted man­
da allí gran fuerza por sus antecedentes de fami­
lia, lo reconozco; pero yo tengo intereses en la ac­
tualidad y me va más que a usted en que el distrito
prospere.
—Pues por eso principalmente se ha decidido a ce­
der, según me ha explicado—dijo don Estanislao in­
terviniendo—. Sólo que el señor Cid es un hombre
de buena fe, y quiere que su sacrificio no sea esté­
ril, y que ya que él se retira y rompe con su tradi­
ción de familia, a los que le sustituyan no lo echen
todo a leones. Yo le soy a usted franco; yo no ha-

128

ÁNGEL GANIVET

ría lo que mi amigo, porque quizás, en vez de com­
prender su generosidad, busquen explicaciones tor­
tuosas y atribuyan su retirada a motivos bajos;
habrá gente capaz de decir que ha renunciado por­
que le han ofrecido algo en recompensa..., ¿quién
sahe? Aparte de esto, dicho se está que yo tengo
que consultar a Madrid antes de decidir la cuestión
en lo que de mí depende.
—Por eso no hay cuidado—dijo Cañaveral, que
estaba dispuesto hasta a cambiar de casaca si era
preciso para que el Gobierno le dejara salirse con
la suya—. Yo trabajaré la partida de acuerdo con
usted, y mi primo Romualdo echará el resto.
—No me parece difícil el arreglo—dijo Pío Cid—.
Pueden hacer ver que he sido yo el derrotado, y así
no hay renuncia ni tienen por qué sacarme el pe­
llejo. En ñn, este asunto es de ustedes dos. Yo me
voy, que ya es tarde.
—Yo le ofrezco a usted todo cuanto soy y valgo—di­
jo Cañaveral—, y sin necesidad de ser diputado, usted
manda en el distrito con sólo indicarme sus deseos.
Cerca ya de la puerta, con el sombrero en la ma­
no y el estuche con la cruz de plata debajo del
brazo, refirió Pío Cid brevemente la historia del
penado Gutiérrez y la entrevista que con él había
tenido aquella mañana. Don Carlos, que era enemi­
go personal del antiguo alcalde, autor del atropello,
se indignó oyendo el relato, y ofreció a Pío Cid tra­
bajar con todas sus fuerzas para obtener el indulto.
—Nada, eso corre de mi cuenta y poco he de valer
si no lo consigo—afirmó por último Cañaveral, con
aire autoritario, retorciéndose y estirándose las so­
berbias guías del bigote.

TRABAJO QUINTO
Pío Cid acude a levantar a una mujer caída.
«Mi adorado P ío :
»Me alegraré de que hayas hecho el viaje feliz­
mente. Nosotras sin novedad, y yo deseando saber
de ti por horas y momentos.
»Te escribo sólo para que tengas noticias mías.
Aunque te dije que te escribiría cuando recibiera
carta tuya, no puedo esperar más, pues sólo hace
veinticuatro horas que nos separamos, y ya me pa­
rece que hace un siglo que no te veo. Anoche no
pude pegar los ojos; ya veo que si tuviera que vivir
separada de ti me m oriría: puedes creerlo. La casa
parece que está tonta desde que te fuiste. Yo sólo
te encargo, una vez más, que no estés ahí más que
el tiempo preciso, pues sufro separada de ti. Tú te
ríes de mis cosas; puede que algún día te conven­
zas de lo mucho que te quiero, por más que tú lo
sabes, y aunque te disgustas cuando te muevo gres­
ca, me perdonas porque sabes que todo es efecto de
mi mucho cariño.
»Espero tu telegrama diciéndome que llegaste con
bien, y mañana te volveré a escribir. Escríbeme tú
también, pues así me parece que te tengo cerca de

9

130

ÁNGEL GANIVET

mí. No dejes de escribirme, que eres muy distraído,
y me darías muy malos ratos teniéndome sin noti­
cias tuyas. A cualquier hora puede ocurrir una des­
gracia, y si no me escribes me figuraré que te su­
cede algo.
»Muchos recuerdos de mamá, de mi tía y primi­
tas, y tú recibe un abrazo muy apretado de tu mujercita que te quiere mucho, muchísimo.—M a r tin a .
»Adiós. No dejes de escribir.»
«Pío de mi vida:
»No he tenido noticias tuyas, y estoy intranquila.
Siempre serás el mismo; parece que te duele es­
cribirme. En fin, esperaré a m añana. Mamá dice
que no habrás querido telegrafiar porque escribirías
en el acto, y que la carta no llegará hasta mañana.
¡Ojalá sea así! Lo principal es que sigas bien. En
ésta todo sin novedad, aunque hoy ha habido un
disgustillo; ya te contaré cuando vengas. No es
nada de importancia.
»Desde que te fuiste no ha venido nadie. Pablito
dict que su hermano Florentino, el de San Sebas­
tián, está para llegar de un momento a otro, por­
que tiene asuntos en Madrid, y ha adelantado un
poco el viaje para asistir a la boda. Quizás será
para conocer a la familia. Mi tía dice que para este
caso quisiera que tú estuvieras aquí aunque de to­
dos modos tiempo tendrá de conocerte el tal don
Florentino. Mi tía está arreglándolo todo para cuan­
do tú vengas, y creo que anda buscando cuarto. Yo
en esto no digo ni bueno ni malo.
»El disgustillo que te decía es porque yo había
pensado trasladar nuestra habitación a la sala

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

131

grande, en vista de que estamos muy estrechos y de
que la sala no sirve para nada, pues no tenemos a
quién recibir, y los que vienen, aunque no vinieran
nada se perdería. Tu amigo Gandaria estuvo hoy
un rato oyendo cantar a Candelita. Mi prima no le
hace mala cara, pero él parece que tiene muchos hu­
mos y querrá una princesa. ¡Valiente tipo!
»Te ruego y te suplico que me escribas con fre­
cuencia, pues desde que estoy sola no pienso más
que en el momento de recibir tu carta, y luego que
si no me escribes parecerá que es que me quieres poco
y no te acuerdas de mí.
»Adiós, recuerdos de todos, un abrazo de mamá,
y sabes te adora y piensa siempre en ti, tu fea—
Martina.
»En otra te explicaré la distribución que he dado
a la casa, y verás cómo se está mucho mejor. Sobre
todo tú que tienes que trabajar, verás qué cuco te he
arreglado el despacho. Adiós.»
«Mi adorado e inolvidable P ío :
»Al fin recibí tu carta, y veo por ella que estás
ocupado y que piensas parar muy poco en ésa.
»No me dices si estás bien; no me dices nada; pa­
rece que tengas tanto en qué pensar que no te que­
de tiempo para escribirme, siquiera como yo te es­
cribo, contándome algunos detalles de tu viaje y de
cómo estás. Si fuera para alguno de los tontos que
vienen aquí, ya escribirías las cuatro carillas y te
faltaría espacio, y a mí sólo me escribes cuatro ren­
glones. En fin, qué se ha de hacer; paciencia; lo
principal es que sigas bien de salud. Por aquí bien,
y yo muy disgustada con unas cosas y con otras. Yo

132

ÁNGEL GANIVET

no he nacido para ser feliz; parece que me persigue
mi mala estrella por todas partes. Ahora que po­
díamos vivir tranquilos, tú estás por un lado y yo
por otro, y yo tengo además que sufrir mil imperti­
nencias. Dios quiera que esto acabe alguna vez,
porque yo siempre así no podría vivir. Además, en
el estado en que estoy, dice mamá que si caigo en­
ferma me puede costar caro.
»Si mi tía te escribe diciéndote el disgustillo que
ha habido, no le des importancia. Cuando vengas
ya te lo contaré todo y verás que yo no he te­
nido la culpa. Ha sido cosa de Candelita, que me
ha tomado entre ojos, y siempre está en contra
mía. Yo lo único que dije, fué: «A ver si ya que
Paca se casa con Pablo, Valentina se casa después
con Benito, y Candelita con Gandaria, y así cada
una se va a su casa.» Ya ves tú, dicen que esto es
que quiero echarlas a la calle, cuando yo te puedo
jurar que mi idea era sóio que se casaran las tres,
pues al fin son mis primas, y me alegraré de su fe­
licidad. ¿No dicen que yo tengo coraje de que Paca
se case, porque yo estoy en la situación en que es­
toy? Pues ahí verán que desearía que se casaran
todas.
»Sabrás que el amigo Ferré escribió que está for­
mando una compañía de ópera, que trabajará en
Barcelona este verano. Mi tía le ha escrito para ver
si puede colocar a Candelita. Se irán las dos, y Va­
lentina se quedaría con Paca. No sé lo que resulta­
rá; ya sabes las ilusiones que mi tía tiene con el
teatro, y más que el profesor de Candelita dice que
él responde del éxito. Yo no veo las cosas tan cla­
ras ; veremos lo que contesta el amigo Ferré.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

133

»Yo estoy deseando que vengas para que tú des
tu opinión, no vayas luego a echarme a mí la culpa
si hacen algo sin que tú lo sepas. Te lo aviso para
que estés al tanto de todo lo que ocurre.
»Escríbeme mucho, y no olvides a tu mujercita
que siempre está pensando en ti y te quiere cada
día más, y desea verte muy pronto, tu—Martina.
»Un abrazo de mi madre. Te escribo a las mismas
señas: ya te enviarán la carta. Iba a ponerte las
señas del pueblo, pero no estaba segura, porque no
me lo has dicho, y puede que vayas antes a otros.
Dime adonde te he de escribir, y lo mejor es que te
vuelvas cuanto antes. Yo cada día estoy más triste
desde que estamos separados. Esto no es vivir.
Adiós.»
«Pío de mi vida y de mi alma:
»Ayer te escribí, y aunque no he recibido carta
tuya, te pongo estas cuatro líneas para decirte que
te vengas en seguida, pues estoy muy disgustada por
mil razones que te explicaré cuando estés aquí. No
creas que esto que te digo es hablar por hablar;
créeme que haces falta en ésta antes de que yo haga
algún disparate. Hoy he tenido una disputa con mi
tía : el porqué ya lo sabrás. No ha sido por lo de
antes, sino porque yo he echado a la calle a tu ami­
go Gandaria, y mi tía me dice que esto es una falta
de educación, y que una señora no debe de proceder
así. Yo no admito lecciones de nadie y sé de sobra
lo que me hago. Cuando te enteres me darás la ra­
zón. Me río yo de los amigos; ya te convencerás
de que para un hombre no hay mejor amigo que una
mujer que le quiera, pues todos los amigos son fal-

134

ÁNGEL GANIVET

sos, y no respetan nada en cuanto se les deja dos
dedos de luz. En fin, no ine queda tiempo para
más, pues quiero que mamá lleve ésta ahora mismo
al correo.
»Adiós, recibe muchos besos y abrazos y caricias
de tu fea, que te adora.—Martina.
»T e ruego y te suplico que te vengas en cuanto
recibas ésta, aunque dejes abandonados tus asun­
tos. Todo eso que tienes entre manos es pura
tontería. Ya te diré lo que se me ha ocurrido, y
verás qué felices vamos a ser si tú quieres seguir
mis consejos. Adiós, otro abrazo muy fuerte de
1a. esclava Esma. ¡Dios sabe las que me estarás ju­
gando !»
«P ío idolatrado:
»Dos días sin tener carta tuya y sin saber si si­
gues bien ni dónde estás. ¡Nada! Como si te hu­
biera tragado la tierra. Dime si tengo razón para
ofenderme, cuando yo sólo pienso en ti y sería ca­
paz de hacer por ti los mayores sacrificios.
»Si no me contestas a ésta, creeré que te ha ocu­
rrido alguna desgracia, y aunque sea empeñando
todo lo que tengo, me voy a buscarte. Esto no pue­
de seguir así ni un día más por los disgustos que
sabes. Además, ya no tengo un cuarto, pues lo que
mi tía me dió, se ha acabado hoy mismo. Ella tie­
ne, porque ha recibido la pensión de Murcia; pero
ahora guisa aparte para las cuatro, y mamá y yo
comemos solas. Se les ha puesto así en la cabeza;
¿qué se le ha de hacer?
»Si me veo muy apurada, empeñaré el relojito;
pero por Dios te encargo que no te entretengas ni

V
LOS TRABAJOS DE PÍO C ID

135

un día más. Ten siq u iera consideración por el es­
tado en que me encuentro.
»Todo el día pensando en ti, y tú desde que te
luiste no me has escrito m ás que u n a s c u a n ta s lí­
neas. Yo quisiera convencerte de lo m uchísim o que
te quiero y de lo que soy capaz de h acer por ti. Creo
que por tu cariño voy a h acer cosas m uy g ran d es
en el mundo. A hora estoy viendo a ver si acierto a
com poner algunos versos, porque sé que te g u stan .
He em borronado la m a r de papel, pero no me salen
a mi g u s to ; yo creía que e ra fácil h acerlos cuando
veía cómo los escribes t ú ; pero es m uy difícil, so­
bre todo p a ra mí, que no sé. Ya me e n señ arás tú, a
ver si salgo poetisa, pues esto me g u s ta ría m ucho
m ás que el piano, que lo sabe to car todo el m u n d o ;
y adem ás que p a ra a p re n d e r a tocar bien, bien, h ay
que tener m ucha paciencia.
»Aunque te ría s de mí, te voy a p oner un verso
de los que he escrito hoy. Es u n a to n tería, pero lo
que digo lo siento de c o ra z ó n :

»Si dando mi vida, yo
salv ar tu vida p u d iera,
aun sufriendo atroz m artirio ,
con to d a m i alm a la diera.
»Te ruego m il veces que no te estés ah í con esa
calm a, que parece que no te a cu erd as de que yo es­
toy en el m undo. Y luego p a ra n ad a, porque todo
eso no sirve p a ra n a d a ; pues yo tengo p en sad a o tra
cosa que nos conviene m ás que seguir en M adrid
como estamos. Ya te lo explicaré, y supongo que
será de tu agrado.

13f>

ÁNGEL GANIVET

»M amá te envía un abrazo, y yo toda mi alm a y
mi vida envuelta en un millón de besos de tu mujerc ita que te id o la tra .—Martina.
»Ya ves que no te escribo m ás porque no cabe.
No sé si enten d erás estos renglones cruzados. Sí
los entenderás. Adiós, feo mío.»
Así decían las cartas, y Pío Cid las leyó no se
sabe cu á n ta s veces con g ra n atención por ser las
p rim eras que M artin a le h ab ía escrito y parecerle
m uy superiores a lo que de ella p o d ría e s p e ra rs e ;
luego se q u ed ab a con ellas en la m ano m irán d o las
todas ju n ta s, que form aban un buen le g a jo ; y m o­
viendo la cabeza como si se d iera la razón a sí m is­
mo por algo que pen sara, o se la d iera a M artin a
por lo que h a b ía escrito, d e c ía :
—E sta terrib le c ria tu ra me h a puesto la casa p a ­
tas a rrib a en v einticuatro horas. H ay que ir sin
ta rd a n z a y ver si esto tiene com postura, que sí la
ten d rá. Desde luego M artin a no dice lo que h a ocu­
rrido, pues por lo que ella dice no iba doña C ande­
la ria a h acer lo que h a hecho. P o r poco ag u an te
que tuv iera h u b iera esperado m i regreso. En ñn,
bueno está por h o y ; m a ñ a n a se rá otro d ía y e sta re­
mos todos en M adrid y verem os... Pero ese tonto de
G an daria... ¡B ah!
Después de la visita al gobernador volvió a su
c a sa ; arregló en un segundo su m aleta y se despi­
dió, encarg an d o que la llevasen a la oficina de los
coches a la h o ra de salida. Vino a buscarm e y ju n ­
tos nos encam inam os, dando un paseo, a la fuente
del Avellano, donde aquella ta rd e h ab ía asam blea
lite ra ria . No e ra u n a reu n ió n casual, puesto que los

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

137

poyos de la famosa fuente Agrilla estaban ya en
aquella sazón lustrosos y un tanto desgastados de
prestar servicio a los literatos y artistas granadi­
nos, que habían convenido en reunirse allí todas
las tardes para beber agua pura y fortaleciente y
hablar de todo lo divino y lo humano con la apacible
serenidad que infunde aquel apartado y silencioso
paraje. Nosotros llegamos los últimos y hallamos la
asamblea en pleno. Además de Antón del Sauce y
Paco Castejón, con quien nos reunimos en el cami­
no, estaban allí los dos Gaudentes, Feliciano Miran­
da, el poeta Moro, Juan Raudo, Montero el menor y
Eduardo Ceres. Todos conocían a Pío Cid por ha­
ber comido juntos en la Alhambra, excepto el hijo
de Gaudente, que era estudiante de Derecho y as­
pirante a escritor, y Eduardo Ceres, excelente jo­
ven, cuya mayor habilidad consistía en dar las no­
ticias antes que nadie, por lo cual le llamábamos en
broma Don Teléfono.
—Hoy tenemos gran novedad literaria—dijo Castejón aspirando con las narices dilatadas el airecillo
fresco que subía de la umbría del Darro—. Se pue­
de perdonar el trote que hay que dar para venir
aquí sólo por oír la tragedia que ha escrito éste (se­
ñalando a Sauce).
—¿Tragedias a estas horas?—dijo Miranda.
—No hay que exagerar—rectificó Sauce— ; es un
articulejo más para la colección de Tragedias vul­
gares que voy a publicar.
—Pues Moro—agregó Miranda—trae también ter­
minado su poema. Esto va a ser el acabóse.
—¿Qué poema es ése?—pregunté yo.
—Es el mismo que tenía empezado, el de Los oli-

138

ÁNGEL GANIVET

vares—me contestó Moro— . Yo estoy condenado a
vivir siempre entre olivos.
—Lo mejor—añadió Gaudente el viejo—es que yo
estoy oyendo hablar de ese poema desde hace tres
años, y aún no conozco ni un verso. Hijo, acábalo
de desembuchar y no nos amueles más con ese par­
to de burra.
— Ea, comience el fuego—dijo Castejón— . Yo, si
queda tiempo, os leeré el comienzo de una historia
morisca que estoy sacando de unos papeles viejos
que he comprado en un baratillo.
Después de tomar sendos vasos de agua, sentados
todos al amor de la fuente nos preparamos para
saborear la varia e interesante lectura de aquel día
memorable. Gaudente el viejo leyó su célebre pro­
clama poética, y pudiera decirse patriótica, titu­
lada \Viva la mantillal, en la que se cantaban las
excelencias de la mantilla y se fustigaba sin miseri­
cordia el ridículo sombrero, inventado por las mu­
jeres feas para sombrearse la cara, moda funesta
que acabará por dar al traste con el carácter de las
mujeres españolas; Moro, su poema Los olivares,
en el que describía con extraordinaria riqueza de co­
lorido las fiestas populares que se celebraban anti­
guamente a la sombra de los olivos, en particular
las de San Antón y San Miguel, que ya van, por
desgracia, desapareciendo, y Sauce el artículo elo­
giado por Castejón. Así estos trabajos como los que
se leyeron más tarde, son dignos de alabanza y de
que se los busque para leerlos en las Revistas de
aquella época, puesto que todos fueron publicados.
Yo sólo he de insertar, por convenir a la mejor in­
teligencia de mi historia, el del impresionista Sau-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

139

ce, dejando la apreciación de su mérito al buen jui­
cio del que leyere. Helo aquí:

«JUANICO EL CIEGO
(Tragedia vulgar.)
»Hace algunos años iba por las calles de Granada
un pobre ciego llevando de la mano a una niña pre­
ciosa. Aunque vivía de la caridad pública, no era
mendigo callejero. Si algún transeúnte le ofrecía
una limosna, él la aceptaba, diciendo: «Dios se lo
pague y Santa Lucía bendita le conserve la vista» ;
pero pedir, no pedía nunca, porque tenía casas co­
nocidas para todos los días de la semana, en las que
recogía lo suficiente para vivir.
»Llamábase Juan de la Cruz, y todos le decían
Juanico el Ciego o Juanico el Malagueño ; la niña
que le servía de lazarillo era hija suya y se llamaba
Mercedes, y ambos formaban una pareja muy
atractiva.
»Juanico no era un pobre derrotado y miserable,
de esos que inspiran tanta repulsión como lástima,
sino que iba siempre limpio como los chorros del
agua. Vestía invariablemente un traje de tela de
lavar muy blanca, y sólo en los días en que apreta­
ba mucho el frío se ponía encima de su vestimenta
veraniega una cazadora remendada, de color par­
dusco, con coderas de paño negro y adornos de
trencilla muy deshilacliados.
»Era hombre todavía joven y podía pasar por
buen mozo. Se había quedado ciego de la gota sere­
na, y sus ojos, aunque no veían, parecían ver. Eran
ojos claros y sin vista, que daban al rostro una ex-

140

ÁNGEL GANIVET

presión noble y grave, realzada por el esmero que
ponía Juanico en ir siempre muy bien afeitado.
»La hija del ciego, Mercedillas, era un primor de
criatura, a la que muchos de los que socorrían al
ciego hubieran gustosamente recogido para quitarla
de aquella vida peligrosa.
»—Esta niña va siendo ya grande—le decían—.
¿Qué va usted a hacer, Juanico, con ella cuando
crezca un poco más? Sería una lástima que esta
criaturica tan mona se le echara a usted a perder.
»—Ya veremos, ya veremos—decía el ciego—; no
tiene más que diez años; todavía es una mocosa.
»Y estaba siempre preocupado con lo que había
que hacer con aquella niña, que era lo único que
tenía en el mundo y que para él era más que una
h ija : era su alma y el único testigo de la historia
dolorosa que el infeliz ciego llevaba incrustada en
todo su ser.
»Nadie hubiera dicho al verle tan calmoso y, al
parecer, tan contento, que aquel hombre vulgar lle­
vaba a cuestas el recuerdo indestructible de una te­
rrible tragedia.
»Juan de la Cruz había nacido en Málaga, en el
barrio del Perchel, y quedádose huérfano de padre
y madre cuando era muy niño. Una familia pobre
le recogió y le crió, auxiliada por otras familias del
barrio. El muchacho creció como planta silvestre,
sin que nadie se cuidara de dirigirle; pero debía
de ser naturalm ente bueno, pues desde que pudo
trabajar quiso aprender un oficio, y no a uno, sino
a varios se aplicó con la mejor voluntad.
»Estuvo en una carbonería, metido entre el car­
bón y el cisco, hasta que, harto de tizne, se decidió

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

141

a entrar de aprendiz en una cerrajería, deseoso de
tener un oficio formal, y, por último, se dedicó a
zapatero.
»Se había establecido entonces en Málaga, en un
portalillo de mala muerte, un zapatero llamado Paco
el Sevillano, con tan buena suerte, que muy pronto
tuvo necesidad de meter quien le ayudara. Juanico
fué el primero que entró en aquella casa, y no tar­
dó en pasar de aprendiz a oficial y en disponer de
un salario seguro, con el que pensó desde luego que
podría casarse y tener casa propia.
»—Pero el noviajo que tienes con la Perdigona
—le decía algunas veces su amo—¿es cosa formal?
» — ¿Que si es formal, don Paco?—respondía él—.
Ya lo verá usted en cuanto salga libre de quintas,
si salgo. Creen que no es formal porque mi novia
es bija del borrachín de su padre; pero nadie puede
elegir familia, y la Mercedes vale más oro que pesa.
»En esto llevaba razón Juanico, porque su novia,
a la que él le hablaba desde muchacho, era la flor
y nata del Perchel, y digna, por lo guapa, hacendo­
sa y decente, de casarse, no ya con un oficial de za­
patero, sino con un título.
»Cuando a Juanico le tocó ir a servir al rey esta­
ba en su golfo la guerra de Cuba, la de los diez
años, y quiso la mala suerte que a él le tocara pa­
sar el charco. Y allá se fué, jurando antes a su no­
via que si no lo mataban volvería y se casaría con
ella, y ella le juró que lo esperaría aunque fueran
veinte años, pues, o se casaba con él, o no se casa­
ba con nadie. Porque entre ellos no mediaban sólo
palabras, sino compromisos graves, y a decir ver­
dad, más que novios eran marido y mujer, pues a

142

ÁNGEL GANIVET

los seis meses de irse Juanico tuvo la Mercedes una
niña, que era el vivo retrato de su padre.
»En los apuros que pasó la muchacha durante la
ausencia de su novio y marido contó con la protec­
ción de don Paco, que era hombre de muy buenos
sentimientos. Trabajaba la Perdigona en todo lo
que le salía, y cuando más ganaba era cuando lle­
gaba «la faena», la época del embalaje de las na­
ranjas para la exportación; pero esto no era fijo, y
don Paco la decidió a que trabajara para la zapa­
tería, que ya no era el primitivo portal, sino una
tienda muy grande, convertida después en el esta­
blecimiento casi lujoso de La punta y el tacón, uno
de los más populares de Málaga. Mercedes aprendió
pronto el oficio de aparadora, y andando el tiempo
pudo emanciparse del yugo de su padre, que le daba
muy mal trato, y vivir sola con su niña, sin salir
más que a compras o a entregar su tarea.
» —Cuando venga tu marido—le decía el amo—,
vais a estar mejor montados que el Gobierno. Dos
jornales seguros, y luego lo que él traiga.
» —¿Cree usted que traerá cuartos?—preguntaba
Mercedes—. Lo que yo quiero es que venga pronto
y que no me lo hayan cambiado, porque algunos
vuelven con unos humos...
»Volvió, en efecto, Juanico, y volvió con humos.
Los primeros días daba pena de oírle mezclar en su
lenguaje natural algunas palabras nuevas que ha­
bía recogido al revuelo, y hablar de su «masita»
como si trajera un moro atado. Pero, a pesar de
todo, Juanico era franco y no contaba hazañas fin­
gidas. El había salido muy poco a operaciones, y
aunque había sentido las balas cerca, disparadas

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

143

por enemigos invisibles, no se había echado jamás
a la cara un insurrecto. Estuvo casi siempre en un
ingenio al que nunca se aproximó el enemigo; los
propietarios de la finca eran muy generosos y le ha­
bían tratado a él y a sus camaradas a cuerpo de
rey; había ahorrado el plus de campaña y un poco
m ás; y, en resumen, al terminar la guerra se halló
con una pequeña fortuna.
»Aunque la mayor parte estaba en pagarés, en
los que perdió más de la mitad, le quedaron libres
unos ocho mil reales, largos de capellada; para él,
casi un capital.
»—Ahora lo que debes hacer—le dijo el amo, que
le recibió con los brazos abiertos—, es comprar con
ese dinero una casa para vivirla. Tú no sabes lo
que vale no tener que pagar casa. Luego sigues tra­
bajando aquí, si quieres, y te casas con la que es ya
tu verdadera mujer, que es una mujer para un po­
bre, y, si llega el caso para un rico, porque te ase­
guro, ahora que la he tratado, que la Mercedes es
una perla. Mi mujer la quiere como si fuera de la
casa, y tiene empeño en ser la madrina.
»—Ya veremos, ya veremos— contestó Juanico— .
Yo había pensado establecerme.
»— Pues si lo haces ándate con ojo, no vayas a
perder tontamente lo que te ha costado exponer la
salud y la vida.
»Juanico no lo decía; no se atrevía a decirlo. Pero
desde que llegó a Málaga y fué a ver a sus amos,
tenía el diablo en el cuerpo. Había visto a Manuela,
la hija de los zapateros, que cuando él se fué estaba
recién vestida de largo, y ahora estaba hecha una
mocetona, y al verla había tenido una idea, que de-

144

Angel

ganivet

bía ser la causa de su perdición. Menos mal si se
hubiera enamorado; esto tendría disculpa. No se
enamoré, sino que sintió el deseo de igualarse a sus
antiguos amos. Mercedes era al fin y al cabo la Per­
digana, y aunque él la quería, ya, después de ver
mundo, comprendía que el querer es una farándula.
Lo esencial era tener patacones y mezclarse con bue­
na gente para tomar la alternativa y darse aires de
caballero.
»Todo esto lo tendría él, o podría tenerlo, estable­
ciéndose y casándose con Manuela. Mercedes era
más guapa, eso s í; pero Manuela era una señorita
bien educada, y la educación vale más que la gua­
peza.
» —La única dificultad—decía—está en este mal­
dito compromiso... Si yo fuera libre del todo... Pero
con este lío estoy como si estuviera casado..., y
hasta con una hija, que, aunque no lleva mi ape­
llido, es m ía ; esto no hay perro ni gato que no lo
sepa.
»Estas cavilaciones le agriaban el carácter a Juanico y Mercedes era la que pagaba los vidrios rotos.
Comenzaron los insultos, y vinieron después los gol­
pes ; al principio no hablaba claro, porque com­
prendía que no llevaba la razón; pero después su
egoísmo se hizo tan brutal que a todas horas esta­
ba describiendo el cuadro de dichas y prosperidades
que él podía disfrutar casándose con la hija de los
amos; la conclusión era siempre maldecir el día y
la hora en que conoció a la Perdigona, a la que mu­
chas veces, no contento con maltratarla, la echaba
con su hja a la calle.
»Tomó, por fin, en traspaso una zapatería bastan-

145

LOS TRABAJOS DE P ÍO CID

te desacreditada, y entonces se fué a vivir solo, para
hacer ver que la Mercedes era para él cosa de pa­
satiempo, y comenzó a propalar él mismo, ya que
no se atrevía a decirlo directamente, que estaba en
relaciones formales con la hija de don Paco. No por
esto dejaba de visitar a Mercedes y de martirizarla,
como si se hubiera propuesto quitarle la vida a dis­
gustos. A dejarla no se atrevía, y a decir verdad
tio sería capaz de hacerlo, pues de pensar que ella
pudiera irse con otro hombre, los celos se lo comían.
Ya dije que a Juanico se le metió el diablo en el
cuerpo; sólo así se explica este amor que él sentía
realmente por la Mercedes y este deseo de quitársela
de encima y este afán de matarla poco a poco para
que nadie le sucediera en el corazón de aquella in­
feliz mujer.
»Aunque él era tosco, a veces se echaba una ojea­
da por dentro, y se veía tan bajo y tan ruin, que se
arrepentía, y pensaba que quizás sería mejor casarse
con Mercedes y trabajar los dos unidos en la tienda
y prosperar y ser muy ricos sin deberlo al auxilio
de nadie. En estos momentos cogía a Mercedillas
en brazos y la mecía, y la arrullaba, y se echaba
a llorar, y le bañaba al angelito el rostro con lágri­
mas, mientras la madre, viéndoles, venía y les abra­
zaba a los dos, y decía:
»—Juan, tú eres bueno, tú eres siempre el mismo.
Ayer le recé a la Virgen para que te quite esos fan­
tasmas de la cabeza.
»Pero después volvía a aparecer el fantasma, y
con que Juanico fuera un momento a casa de don
Paco, y viera a Manuela, y formara de nuevo su
castillo de naipes, volvían los malos tratamientos
10

146

ÁNGEL GAÑI VET

y cobraba mayor brío la idea fija que atormentaba
al ambicioso desventurado.
»—Aunque yo fuera inmensamente rico nunca se­
ría nada, porque al fin Mercedes sería siempre la
Perdigona.

»El martirio de ésta no podía ser eterno, y un día,
cuando menos lo esperaba Juanico, la víctima ano­
checió y no amaneció. No se fué con nadie, sino que
se fué derecha a una casa de mal vivir; no pudo
irse con nadie, porque a nadie le había hecho nun­
ca caso, aunque no faltó quien la solicitara, y al irse
se fué a la primera casa que le abrió las puertas.
Así, aun hundiéndose en el vicio, podía decir la
Perdigona que había sido fiel a su amante. Otra
mujer hubiera pasado de mano en mano, como za­
randillo de bruja; pero la Mercedes no era una
mujer como las otras, era mucho mejor; y cuando
vió que el hombre a quien ella quería era tan malo,
pensó que los demás serían peores, y sin repetir la
prueba se tiró al barro. Y Juanico no la buscó, y
aunque la quería, no sintió celos. Quizá si se hubie­
ra ido con otro la hubiera buscado para matarla.
»El vulgo se puso de parte de Juanico. Veía en él
un buen hombre, que, a pesar de haber vuelto con
dinero, no había querido abandonar a la Perdigona,
y el pago que había recibido era que ésta hiciera
al fin de las suyas. La cabra tira al monte, y Mer­
cedes era de mala casta para que saliera buena.
Hasta se comprendía ahora la razón de las palizas
que Juanico le propinaba a diario, y que sin duda
serían para corregirla. Pero todo había sido inútil.
¡ Condenadas mujeres!
»Sólo don Paco no se dejó engañar, y aunque

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

147

nada dijo por lo pronto, cuando supo que Juanico
pregonaba por todas partes que era ya cosa deci­
dida su casamiento con Manuela, le llamó a capí­
tulo y le habló con su cachaza de costumbre :
>1—Oye tú, Juanico, ¿es cierto que andas por ahí
anunciando que te vas a casar con mi hija?
»—La gente dice lo que le da la gana—contestó
Juanico— . ¿Qué más quisiera yo?... Pero...
»—Cuando corren las voces por algo será—le in­
terrumpió don Paco— . Nadie más que tú tiene inte­
rés en decir esas cosas, y, la verdad, me ha esco­
cido que tengas tan poco respeto a esta casa. Tú
tienes tu mujer, porque, aunque no os hayan echa­
do las bendiciones, para mí esto no compone nada,
y la Mercedes es mujer tuya y madre de tu hija...
Yo he sido pobre y no te despreciaría por cuestión
de intereses; pero aunque trajeras el oro y el moro
te pararía los pies y te haría volver a tus obliga­
ciones.
h—Pero don Paco—replicó Juanico— , parece que
no sabe usted lo que esa mala pieza ha hecho con­
migo ; para mí ella es ya como una piedra que se
va a lo hondo del mar. ¿Qué quiere usted que yo
haga con una mujer tan sinvergüenza?
»—Mercedes era buena como el pan, y tú la has
hecho mala—contestó don Paco— . ¿Crees tú que
yo no entiendo la aguja de marear? Yo sé lo que tú
has hecho con esa infeliz. No te digo que la reco­
jas, porque ésta es cuenta tuya. Déjala si quieres
que corra su mala fortuna, y tú arréglate a vivir
con tu hija como Dios te dé a entender... Yo te he
querido siempre, porque eras un buen muchacho;
pero ahora te veo con malos ojos, sin poderlo re-

148

ÁNGEL GAN1VET

m ediar, y Jo único que te pido es que no aportes
m ás por las p u e rta s de mi casa. Mucho me duele
decírtelo, pero no me gusta h acer dos caras.
»—Pero don P aco—suplicó Juanico tem blando—,
eso es como quien dice leerme la sentencia de m u er­
te... Yo, que no he tenido n u n ca m ás pad re que
usted...
»— ¡Quién sabe si m ás adelan te—dijo don Paco—
volveremos a ser lo que éram os! Yo hablo de ah ora,
y ah o ra no quiero que pongas m ás los pies en mi
casa.
»Fué aquel d ía el m ás am argo de la vida de J u a ­
nico. No sólo porque vió que todo el m al que h abía
hecho era inútil, sino porque las p a la b ra s de don
Paco le p arecían la voz de su propia conciencia.
Aquella noche no durm ió asu stad o de la soledad
en que se en contraba y atorm entado por el bullir
de la san g re que p arecía ard erle en las venas. P or
Ja m añ an a notó cierto m alestar en los ojos, y vió
que la casa se iba poniendo obscura como si vol­
viera a anochecer. Se levantó y abrió las ventanas,
y aún veía menos, y, por últim o, no vió nada.
»Despertó a M ercedillas, y comenzó a hacerle p re ­
guntas, sin que la c ria tu ra com prendiera lo que le
pregu n tab an ; después llamó a u n a vecina, que era
la que venía a lim piarle el cuarto, a g u isa r y a te­
ner cuidado de la niña, y la vecina tam poco supo
darle explicación de aquella rep en tin a ceguera. Los
ojos estaban n a tu ra le s, aunque un poco apagados y
como eclipsados; pero a p rim era vista no se notaba
cambio alguno. Y, sin em bargo, Juanico estaba ciego
p a ra siem pre.
»Todo lo que ten ía y aun lo que le dieron por el

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

14§

traspaso de la tienda, lo gastó en curarse, y no se
curó.
» — Cuando yo tenga vista—decía—volveré a tra­
bajar en casa de don Paco y me dejaré de negocios.
Cada uno nace para lo que nace, y yo he nacido
para ganar un jornal y vivir con él, sin meterme
en más ambiciones. Al menos si yo tuviera ahora
una mujer que se interesara por mí...
» Y a fuerza de darle vueltas en su magín a este
pensamiento, decidió un día mandar a buscar a la
Perdigona.
»No se hizo ésta rogar y vino en seguida, deseosa
de ver a su hija, a la que todavía no le había per­
dido la calor. No así a Juanico, a quien casi lo te­
nía olvidado. Entró por las puertas del pobre cuarto
y lloró al ver a su niña, a la que se abrazó fuerte­
mente, en tanto que Juanico las buscaba a las dos y
se cogía a ellas, diciendo:
»—Ya me daba el corazón que tú eras de ley y
que vendrías. Mira la desgracia que ha caído sobre
mí. Este es un castigo del cielo por lo mal que lo
hice contigo. Pero ahora ya soy otro, y si Dios quie­
re que me cure, yo te juro que nos casaremos y que
seré mejor que nunca.
» — ¡Válgame Dios!—exclamó la Perdigona—, ha
sido menester que te quedes ciego para que me
quieras...
» —Yo siempre te quise—contestó Juanico—, eso te
lo juro por la salud de la niña. Fué una mala hora
que me vino, y ya ves qué caro lo estoy pagando.
»A l decir esto, Juanico abrazaba contra su pecho
a la Mercedes y sintió un olor penetrante a almizcle
que tiraba de espaldas; fué a besarle la boca y le

15#

ÁNGEL GANIVET

dió en el rostro una tufarada de tabaco. Quizás de­
bió alegrarse de estar ciego para no ver el cambio
«fue en unos cuantos meses había sufrido el rostro
de aquella desventurada mujer. Así Juanico no la
veía como ahora era, sino como antes fué, y lo único
nuevo que notaba en ella eran los perfumes del vicio.
— ¿Qué olor endemoniado es ese que traes?—la
preguntó—. Lávate y quít.ate eso de la cara.
»Ella cogió una jofaina y se lavó con agua clara,
V comenzó a soltar la costra que se había ido for­
mando de rodar por los lupanares. Pero los estra­
gos que había sufrido por dentro, éstos no se limpia­
ban con agua, y aunque la Perdigona quiso de bue­
na fe volver a ser la Mercedes de antes, no pudo
conseguirlo, en parte porque ya había adquirido
algunos malos hábitos, y más aún porque ahora na­
die la respetaba.
»Juanico se casó con ella por tenerla más segura
y por legitimar a Mercedillas. El, por hacer algo,
se dedicó a hacer soga, y Mercedes volvió a aparar
en la zapatería de La punta y el lacón. Lo que debió
ser antes era ahora, y el matrimonio vivía feliz.
Juanico, escarmentado por la desgracia, era un san­
to para su mujer, y ésta parecía resignada con su
cruz; a veces le entraban deseos de romper la ca­
dena o de divertirse con unos y con otros; pero proa­
to se arrepentía de sus malos pensamientos por lás­
tima de su marido y porque, al volver a la vida hon­
rada, se le iba despertando de nuevo su antigua
dignidad.
»Sin embargo, después de algún tiempo de cumplir
bien comenzó a torcerse. Era buena con su marido,
pero sentía, sin explicárselo, un secreto deseo de

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

151

venganza. P arece que u n a fuerza m isteriosa la im ­
p u lsaba a e n g a ñ a r al pobre ciego, no por gusto,
sino m ás bien por necesidad de realizar u n a obra de
justicia. La p érd id a de la vista era un castigo que
b o rrab a las culpas de la soberbia, pero no un cas­
tigo de las v illanías de que la Perdigona h abía sido
víctim a. Ella h ab ía sufrido an tes y a h o ra y siempre,
sin culpa, y ten ía sed de d e s q u ita rse ; y como no
a ce rtab a a h a lla r el medio de ten er goces en la vida,
se consolaba faltando a sus deberes, a disgusto, sólo
por ser acreedora a p a s a r las penas que pasaba. En
el alm a de aquella m u jer se h ab ía incrustado tan
honda y ferozm ente la idea de justicia, que, por parecerle injusto su frir siendo buena, q u ería su frir
siendo m ala.
»Juanico lo ad iv in ab a todo y callaba. Un día oyó
su b ir a su m ujer por las escaleras, y le pareció que
no venía sola, y tuvo la idea de esconderse en u na
alacena, aprovechando la co y u n tu ra de estar la chi­
quilla fuera, en casa de unos vecinos. E ntró la Mer­
cedes,y como no vió a nadie en la casa, salió un mo­
m ento a av isar a su acom pañante, que era un oficial
de zapatero, llam ado B autista, m uy amigo de Ju a ­
nico.
»—No hay n adie—dijo la m u jer—. H abrá salido
con la n iñ a a d a r u n a vuelta.
»—¿E stás se g u ra ? —p reguntó B autista, a quien el
ciego conoció al punto por la voz.
»E ntraron en el dorm itorio, y Juanico, loco de r a ­
bia, comenzó a b u scar a tie n ta s en los v asares del
fondo de la alacen a alg u n as h erram ien tas de zapa­
tero que él recordaba haber puesto a llí; tropezó al
fin con una cuchilla la rg a y ta n fina por la punta,

152

ÁNGEL GANIVET

que parecía una daga; la empuñó con fuerza, salió
con sigilo de su escondite y se acercó andando muy
quedo a la puerta de la alcoba; se detuvo un mo­
mento para escuchar y orientarse, y oyó tan bien,
que casi se figuraba ver a los adúlteros. Entonces
penetró como un rayo en el aposento y comenzó a
dar cuchilladas en el lecho, en el aire, en las pare­
des. Así estuvo no se sabe cuánto tiempo. Las vícti­
mas debieron de gritar, pues acudió el vecindario
y la Policía; pero cuando echaron abajo la puerta
no hallaron vivo más que al ciego, que aún empu­
ñaba con la diestra la cuchilla ensangrentada. En
medio de la sala estaba Bautista el oficial con la
cabeza cortada a cercén, y sobre el lecho, la Perdigona, acribillada y destrozada, que casi no era posi­
ble conocerla.
»Juanico fué a la cárcel, pero la justicia de los
hombres le absolvió, y el mundo le absolvió tam­
bién; porque el mundo y la justicia no veían más
que la falsía de la mujer y la bondad del hombre
que había recibido aquel ultraje en pago de la noble­
za con que quiso regenerar a una mujer perdida.
Pero Juanico se juzgaba de otro modo, y cuando li­
bre ya se vió solo en su cuarto, pensaba: la pobre
de Mercedes ha sido mala, es verdad...; pero ¿por
qué fué mala? Y diciendo esto se abofeteaba el ros­
tro y se gritaba a sí mismo : ¡ canalla!
»No quiso Juanico seguir viviendo en Málaga, y,
sin dar cuenta a nadie, cogió consigo a su hija y
se vino a Granada con ánimo de dedicarse a pedir
limosna. Ya había tomado algunos informes, y cuan­
do llegó se fué derecho a la cuesta de la Alhacaba,
y allí acomodó una casucha con los cuatro trastos

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

153

que traía. Comenzó a adquirir relaciones, y como
era mendigo decente y bien portado, casi daba gusto
de socorrerle, aparte de la obra de caridad. Pero
Juanico no era ya ambicioso, y pedía sólo para vi­
vir ; se contentaba con las casas que fué adquirien­
do y dejaba a otros menos afortunados el mendigar
por las calles.
»Cuando su hija fué demasiado crecida para ser­
vir de lazarillo iba Juanico solo, llevando un perri­
llo atado de una cuerda. Mercedicas se quedaba en
casa y el ciego procuraba estar fuera muy poco
tiempo, pues su temor constante era que le ocurrie­
ra algo a aquella criatura. Como la Alhacaba no era
sitio seguro decidió también mudarse, y se vino al
Barranco del Abogado, donde alquiló una cueva que
tenía por delante un pequeño chamizo que le daba
el aspecto de casa. La vecindad de este lado de la
población tampoco era muy recomendable, pero no
había casas de trato ni soldadesca; había gitanos,
pero a la gitanería no le tenía miedo Juanico, por­
que ios gitanos no roban muchachas.
Salía por las mañanas a recorrer su parroquia del
día, encargando a su hija que se estuviese encerra­
da. De vuelta se entretenían los dos en contar los
ochavos, comer y charlar, y los domingos echaban
una cana al aire yéndose a pasar el día al campo.
Cuando vivían en la Alhacaba iban a las caserías
del camino de Jaén, y en el Barranco, por estar más
cerca, se iban a los ventorrillos del camino de Huétor. Pedían un jarro de vino, un plato de aceitunas,
roscas tiernas y una torta salada para la niña, y
a veces también si había limosna extraordinaria,
pescado frito o chorizos extremeños, bocado favori-

154

ÁNGEL GANIVET

to del ciego. Se sentaban a la sombra de un olivo
y merendaban con sosiego y beatitud, salvo que
Juanico se sobresaltara alguna vez cuando oía que
alguien celebraba la belleza de su hija.
» —Mercedes, ¿quién es el que te ha dicho eso?
—preguntaba el padre.
»Y la hija respondía casi siempre:
» —Es un señor viejo; yo no le conozca.
»En un ventorrillo vió a Mercedes un señor casi
viejo que iba a remachar el clavo que Juanico lle­
vaba atravesado en el corazón desde el día que mató
a su mujer. Llamábase don Gonzalo Pérez Estirado,
y era de Sevilla; mejor dicho, era montañés, esta­
blecido desde muy joven en Sevilla, donde había
ganado una regular fortuna. Estaba retirado de los
negocios, y vivía de sus rentas, sin pensar más que
en darse buena vida. Había sido siempre el señor
Estirado un buen hombre, aficionado a los goces
de la vida doméstica, y condenado a no lograrlos
nunca porque su mujer era de las que toman las
enfermedades como cosa de entretenimiento, y aun­
que nunca tuvo enfermedad formal, milagro era la
semana que no la visitaba el médico.
»Su marido, harto de tantas impertinencias, se
acostumbró insensiblemente a buscar distracción
fuera de casa, y con los años sucedió que no podía
vivir sin tener, además de su mujer, una protegida,
cuando no eran varias. De esta suerte, el señor
Estirado, que había nacido para ser un modelo de
cónyuges, se transformó, por culpa de su mujer,
en hombre de apaños y tapujos; pero aun así fué
siempre un hombre de bien, que ni arruinó su casa,
ni dió escándalos, ni cometió graves tropelías. Sus

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

155

devaneos estaban, como todas sus cosas, sometidos
a un presupuesto riguroso. Debajo del capítulo don­
de inscribía la suma con que contribuía a las pro­
cesiones de Semana Santa estaba el capítulo des­
tinado a la proteción de doncellas desvalidas; y am­
bas cantidades eran fijas, aunque en caso de apuro
el señor Estirado era capaz de sisar algo a las pro­
cesiones en beneficio de las doncellas.
)>Fué invitado el ilustre y simpático montañés a
pasar unos días en Granada por un amigo y paisa­
no que estaba establecido en esta ciudad; vino en
el mes de mayo, y se halló aquí tan a gusto, que
los días se convirtieron en semanas. Como se hospe­
daba en casa de su amigo, los dependientes de la
tienda de comercio se encargaron de llevarle por to­
das partes para que no le quedase nada por ver.
»En una de estas excursiones conoció el señor
Estirado a Mercedes, y apenas la vió la echó el oj®
y se propuso no dejarla escapar. Su idea no era
mala, puesto que, al saber que aquella niña era
hija del mendigo, pensó recogerla a ella y a su pa­
dre, para que éste no tuviera que pedir más limosna
y para hacer de Ja hija una señorita de mérito.
»No quería el señor Estirado perder el tiempo, y
decidió valerse de una mujer hábil en oficios de
tercería, cuyo nombre y señas le dió uno de los de­
pendientes. Era ésta una mala vieja, conocida por
el apodo de la Gusana, y vivía en el Plegadero Alt®,
cerca de la parroquia de San Cecilio; tenía fama
de alcahueta, y su fama no era usurpada, sino fun­
dada en una brillante hoja de servicios, que tiempo»
atrás hubieran bastado para que emplumaran a la
bruja.

156

ÁNGEL GANIVET

»El señor Estirado se avistó con ella, y en pocos
minutos estuvo firmado el pacto de tercería mediante
la oferta de veinticinco duros, de los que cinco fue­
ron adelantados en señal. Y la Gusana comenzó
aquel mismo día sus indagaciones, y supo cuanto
tenía que saber sobre las entradas y salidas del
ciego para trabajar sobre seguro. No desplegó nin­
gunas artes nuevas, sino las eternas y conocidas de
la adulación y los ofrecimientos, y Mercedes se dejó
embaucar como cualquiera otra muchacha se hu­
biese dejado en las condiciones en que ella se encon­
traba. ¿Qué iba a hacer ella el día que le faltara
su padre? ¿Irse a servir y a penar bajo el poder de
indecentes señoritos, que tampoco la respetarían?
¿Ajarse a fuerza de fregar y barrer, cuando tenía
una cara como una rosa de mayo y era digna de
vivir metida en un fanal? Siquiera, el señor Esti­
rado era un honrado caballero, que sería como un
padre para la m uchacha; se la llevaría a Sevilla
V le daría educación, y quién sabe si se casaría con
ella V le dejaría toda su fortuna, puesto que no
tenía hijos y se iba a quedar pronto viudo, porque la
mujer estaba, como quien dice, dando las boqueadas.
»Lo más doloroso para Mercedes era abandonar
a su padre; pero esto sería por muy poco tiempo,
pues en cuanto el ciego se hiciera cargo de la razón
se iría también a Sevilla y no tendría que mendi­
gar más.
»Salió el ciego una mañana, y cuando volvió se
encontró el nido sin pájaros. Pero lo que no ave­
rigüe un ciego no lo averigua nadie, sobre todo si
el ciego tiene un perrillo de buen olfato. Aquel mis­
mo día supo Juanico toda la verdad. Supo que su

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

157

h ija hab ía ido a la estación, y supo que iba cam ino
de Sevilla en com pañía de un señor m uy respetab le;
le dió la corazonada de que el lad ró n e ra uno que
había hablado con Mercedes en u n ventorrillo, y
por el ventorrillero supo quiénes e ra n los dependien­
tes que con el ladrón iban y la tien d a en que esta­
ban. Todo lo supo excepto el nom bre de la alcah u e­
ta, porque la Gusana era m a e stra en su arte y no
dejab a n u n ca ningún cabo suelto.
»Pensó Juanico ir a Sevilla; pero cuando se fué
enterando de las buenas p ren d as que re u n ía el se­
ñor E stirado, y de que aquella d esgracia quizás h a ­
ría la felicidad de su hija, dejó que a ésta se le
cum pliera su sino. Mucho le dolía verse tan solo,
sin m ás com pañía que el p e rrillo ; alg u n as veces
lo ab razab a y besaba, diciendo :
»— ¡P o r qué no d ispondrá Dios que sean perros
los hijos que tenem os los hom bres!
»Así resu m ía el pobre ciego su idea m en g u ad a de
la h um anid ad .
»Mas p a ra colmo de d esv en tu ra h a sta el perro
le faltó, porque aquel verano cogió la estricn in a en
la calle y m urió después de u n a agonía horrible.
Tam bién M ercedes h ab ía m uerto p a ra su pad re,
porque le dieron el veneno de la seducción envuelto
en p a la b ra s melosas. La m uerte del perro fué la
gota que hizo rebosar el vaso de la a m a rg u ra , y
aquella m ism a noche decidió Juanico d a r fin a su
calvario.
»P or los M ártires, tan tean d o con su cayado, se
encam inó a la placeta de los A ljibes; se acercó al
Cubo de Ja A lham bra y escuchó p a ra convencerse
de que no h a b ía nadie. Se subió en el pretil, y enar-

158

ÁNGEL GAN I VET

botando el grueso g arro te lo blandió con fu ria y
lo lanzó al aire como si q u isiera d a r un palo a los
-cielos. Oyó el eco de un golpe, por el que midió lo
hondo del abism o que ten ía delante, y entonces, con
u n a au d acia sobrehum ana, sin que le im p u siera te­
m or aquel vacío, se echó a volar con los brazos ab ier­
tos. Y como Ju a n de la Cruz iba siem pre vestido de
blanco, al verlo en el aire se h u b iera dicho que no
era un hom bre, sino u na cruz blan ca que caía a la
tie rra .
»A poco se oyó en el silencio de la noche u n la­
m ento que no p arecía proferido por u n a g a rg a n ta.
E ra como un lam ento de la tie rra al chocar con un
hombre.
»Y no se oyó n a d a más.»
— ¡Bravo, b rav ísim o !—gritó el poeta Moro, que
e r a el m ás en tu siasta de la reunión—. Eso es her­
moso, fuerte y definitivo. Sauce, eres un barb ián.
—¿Qué le parece a usted esa trag ed ia, señor Cid?
preguntó M iranda con aire satisfecho.
—Me parece adm irable—contestó Pío Cid—, tanto
o m ás quizás que a todos ustedes, porque yo conocí
a Juanico el ciego y Je veo a h o ra re tra ta d o de m ano
m aestra.
—¿U sted le conoció?—preguntó Sauce con interés.
—Digo que le conocí—afirm ó Pío Cid con m iste­
rio—, y no sólo le conocí, sino que sabía la h isto ria
que usted nos ha contado y algo m ás que usted
acaso no sepa.
Y ante el m ovim iento de expectación de la asam ­
blea, Pío Cid com prendió que iban a rogarle que
co n tara lo que sabía, y antes que se lo ro g a ra n lo
contó en los térm inos siguientes:

LOS TRABAJOS DK PÍO CID

159

—Juan de la Cruz iba a mi casa, y le llamábamos
el ciego de los lunes. Yo hablé con él muchas veces
y mi madre hacía subir casi siempre a Mercedillas
para darle algunas prendas de vestir, pues estaba
enamorada de la bondad y de la modestia de aque­
lla niña, que entonces no tendría arriba de seis o
siete años.
Juanico le contaba a todo el mundo su historia,
pero no decía nunca que hubiera matado a su mu­
jer, sino que ella le abandonó. Sin embargo, nos­
otros supimos la verdad porque un día vino a bus­
car a mi padre un señor de Málaga, que se extrañó
de ver al ciego a la puerta, y nos dijo que aquel
pobre era paisano suyo, y que había huido de su
tierra a consecuencia del crimen que había cometi­
do. Es hombre de historia—añadió— , y el pobre pa­
rece que tiene maldición porque es hijo del crimen.
Aunque no tiene apellido se sabe, o por lo menos
lo decía Ja mujer que lo crió, que su padre era un
caballero muy rico, que después de una vida licen­
ciosa se encastilló en una de sus posesiones acom­
pañado de una hija que había tenido, se ignora con
quién, aunque de fijo no sería con ninguna mujer
buena. Dicen, no sé si esto será verdad, que el padre
se enamoró de su hija, y que el fruto incestuoso de
estos amores fué Juan de la Cruz.
Yo estudiaba entonces literatura clásica, y se me
ocurrió sin esfuerzo comparar al ciego y a su hija
con Edipo y Antígona, y aun recuerdo que empecé
a componer una relación en la que además de lo
sucedido ponía yo nuevas calamidades, algunas de
las cuales ocurrieron, según se desprende de la últi­
ma parte de la tragedia que hemos escuchado; pues

160

ÁNGEL GANIVET

yo suponía que Antígona, o Mercedes, era engaña­
da por un Tenorio canallesco de los que ahora se
estilan; que el ciego se suicidaba desesperado y que
Mercedes se quitaba la vida también, juntamente
con un hijo que tuvo. Porque mi idea era demostrar
que después de la proclamación de la ley de gracia,
hecha por Esquilo en su trilogía de Orestes, y aun
después de la redención del género humano, reali­
zada en el Gólgota, continuaba regido el mundo por
la ley de sangre, y era necesario, fatal, que Juan de
la Cruz y su descendencia, y los que a él se ligaran,
todos perdieran violentamente la vida.
—Me ha dado usted una gran idea—dijo Sauce—,
y creo que voy a modificar mi artículo, para aña­
dir lo referente al nacimiento del ciego y explicar
así sus infortunios por la influencia de esa irreme­
diable fatalidad.
—Me parece bien que lo hagas—añadí yo—, por­
que, a mi juicio, la clave del trabajo está en el na­
cimiento, no porque fuera criminal, sino porque
siendo Juan de la Cruz hijo de un caballero rico,
se explica la ambición que le acometió de repente
de ser rico y caballero.
—Yo opino al contrario—replicó Pío Cid— ; que lo
mejor es no cambiar punto ni coma en ese trabajo.
Tal como está es como un tajo de carne cruda, y si
se hace la alusión a la leyenda de Edipo, parecerá
que el artículo está calcado en la tragedia clásica.
Y luego que no bastaría añadir unos párrafos por
el principio, sino que habría que rehacer todo el
artículo, porque al tomar cierto corte clásico exigía
líneas más severas y habría que suprimirle algunos
rasgos demasiado realistas. Cuando un escritor cain-

161

LOS TRABAJOS DE PtO CID

bia de punto de vista, ha de cambiar también de
procedimiento, y si tiene la obra a medio hacer, no
debe de remendarla, sino destruirla y hacer otra
nueva.
Cada cual dió su parecer, y la mayoría estuvo
conforme con Pío Cid, y Sauce se convenció al fin
de que lo mejor era no tocar el artículo. Entonces
me tocó a mí el turno, pues mis amigos quisieron
que les leyera un poemita que les dije que había com­
puesto. A mí me tenían en la reunión por periodis­
ta, con mis puntas de político o de sociólogo; y no
sé si a causa de este prejuicio, o porque mis versos
fueran malos de verdad, me condenaron sin apela­
ción a escribir toda mi vida artículos de fondo;
pues, como decía Gaudente el viejo, no se debe mez­
clar el verso con la prosa. El poemita en cuestión
era endeble, como primerizo, y lo rompí en un mo­
mento de co ra je; pero daré idea del asunto por si
otro poeta puede escribir sobre él con mejor plectro.
El título era B odas de Genilio y D aura, y su comple­
xión puramente descriptiva y casi dijérase hidro­
gráfica, puesto que se describía el curso del Genil
y del Dauro, desde su nacimiento hasta que se jun­
tan en Granada, y el viaje que emprenden, ya uni­
dos, por toda Andalucía, hasta que, mezclados con
otros ríos, pero sin confundirse con ellos, van a mo­
rir en el mar. Sin embargo de la gran importancia
que tenía la descripción, lo esencial no era lo des­
criptivo, sino lo simbólico. Imaginaba yo las már­
genes del Genil pobladas de ninfas de cabellera ne­
gra, quemada por el sol. Una de ellas se enamora
del astro del día, recibe un beso de él y engendra
un hijo, Genilio, que es proclamado rey de las nin11

162

ÁNGEL GANIVET

fas morenas. Las márgenes del Danro a su vez
estaban habitadas por geniecillos rubios, casi albi­
nos, por vivir siempre a la sombra de las avellane­
ras. La luna se enamora de un geniecillo, y des­
ciende una noche y da a luz en las aguas de un re­
manso una hija, Daura, que es proclamada reina
de los geniecillos rubios. Genilio y Daura viven en
perpetua orgía; pero no son felices, porque les falta
lo más bello que hay en la v id a : amor. Genilio,
rodeado de morenas, desea amar a una ninfa rubia,
y Daura, rodeada de rubios, sueña continuamente
en un geniecillo moreno. Ambos se adivinan, aunque
los separa la montaña roja, la Alhambra; ambos se
aman sin haberse visto, y el amor les impulsa a
ponerse en movimiento con sus cortejos respectivos
de geniecillos y ninfas. Júntanse los dos amantes y las
dos comitivas, y comienza el alegre viaje de bodas;
cuanto más andan, la algazara es mayor, porque
se agregan nuevos convidados; pero la tierra que
van dejando atrás se va quedando muy triste. Ge­
nilio y Daura derraman la alegría por todo el suelo
andaluz; pero esta alegría la han robado a Grana­
da, y Granada les ve partir como las madres que
despiden a sus hijos en el viaje de novios.
Este era el poema en substancia, y tengo el orgu­
llo dé estampar aquí que Pío Cid, aunque nada afi­
cionado a los simbolismos, fué el único que halló
buena mi obra, y en particular la idea, a su juicio
felicísima, de poner en la región alta andaluza el
ser íntimo, grave, de Andalucía, y en la baja, el ser
exterior, alegre, y de explicar cómo el uno tiene su
origen en el otro. Asimismo me defendió de los ata­
ques que me dirigieron los censores de la asamblea

tos TRABAJOS DE P ÍO C ID

163

por ciertas libertados métricas que me permití, y
aseguró que un poeta sincero está autorizado para
poner en los versos el número de sílabas que se le
antoje y para colocar el acento donde le dé la gana,
pues lo que vale es la emoción, la claridad, la vibra­
ción y la sonoridad interiores, espirituales de la
obra, y no los perfiles mecánicos que han pasado
ya a la categoría de abuelorios.
— ¿De suerte—preguntó el poeta Moro, que había
censurado acerbamente mi poesía—que usted no es­
tablece de hecho ninguna diferencia entre el verso
y la prosa?
—Existe siempre una diferencia—respondió Pío
Cid—. El verso es prosa musical, sin que esto im­
pida que haya poesía en prosa, sin música, superior
a la poesía en versos regulares. Los que creen que
el verso ha de tener número fijo de sílabas y cierto
orden en la colocación del acento, aparte de las
asonancias y consonancias finales, son como los par­
tidarios de la música vieja, que no comprenden más
que las melodías de organillo y no toleran que en
una ópera se pueda hablar musical y humanamente
a la vez, sino que desean que los cantantes, como
muñecos, vayan saliendo por turno a lucir sus ha­
bilidades. Primero sale el tenor y canta una roman­
za ; luego, la tiple encuentra al tenor, y sobreviene
el dúo; después acude solícita la confidente de los
amores, y tenemos el terceto, y, por último, entra
toda la familia, y aun el pueblo en masa, y asisti­
mos a un concertante, cuyo final ruidoso pone la
carne de gallina. Todo esto es pequeño, y debe des­
aparecer conforme nazcan hombres capaces de abra­
zar mayores conjuntos y de ofrecernos escenas de

164

Angel ganiveb

la vida hum ana en cuadros de mayor amplitud. La
gente de cerebro estrecho resiste, pero al fin concluye
por comprender lo que al principio no comprendía,
y el arte sale ganancioso. Así, pues, los que en una
composición buscan la armonía verso por verso, se
contentan con muy poco; que busquen la armonía
íntima de la obra, que es superior a la del detalle,
y que piensen que el oído también progresa y no
debe ceñirse eternamente a las cadencias de la mé­
trica antigua.
—Todo eso es muy curioso—replicó Moro, de­
seando eludir la discusión—y nos aviva más el de­
seo de oír la composición que usted nos había ofre­
cido.
—Mi composición—dijo Pío Cid—no está escrita en
verso, pues ya le indiqué que sería una receta, y
además no me gusta leer en público, y prefiero que
lean ustedes mi trabajo en letras de molde, si lo
imprimen.
—Ya lo leeremos—afirmó Castejón—; pero eso no
quita para que usted lo lea ahora, y así serán dos
veces.
—¿Cómo se titula el trabajo de usted?—preguntó
Ceres.
—No tiene título—contestó Pío Cid, sacando un
pliego de papel de barba con muchos dobleces.
—Eso parece una escritura de arrendamiento—dijo
Miranda, viendo que el papel tenía sello de oficio.
—Lo escribí en Aldamar, en casa del secretario
Barajas, y no había otro papel a mano—replicó Pío
Cid—, Y lo que yo siento no es que el papel sea tan
antipático, sino que el contenido no surta efecto.
—Pero, hombre—insistió Ceres—, es menester bau-

LOS TRABAJOS DE P ÍO CID

tizar ese trabajo, porque, digan lo que quieran, el
nombre sirve para dar idea de las cosas.
—Este trabajo—dijo Pío Cid— es tónico o recons­
tituyente del carácter, y es también, por lo menos
en mi propósito, el retrato de un hombre de vo­
luntad. Pudiera titularse de muchos modos... Ecce
homo, podríamos ponerle, como dando a entender:
he aquí el hombre apto para crear obras útiles.
—No está mal ese título—dijo Castejón.
—Pues entonces con él se queda—concluyó Pío
Cid, y comenzó a leer:
>rtis initium dolor,
joatio initium erroris.
—nitium sapientiae vanitas.
Sortis initium amor.
—nitium vitae libertas.
—Eso suena a letanía—interrumpió Castejón.
— Será el ((despáchese» de la receta—agregó Mi­
randa.
— ¡Qué diablo! Cuando se sabe un poco latín hay
que lucirlo—dijo Raudo— , porque su trabajillo cues­
ta el aprenderlo.
Pío Cid no contestó, volvió a leer los latines pau­
sadamente y prosiguió:
((El aire es útilísimo para la vida. Siempre que se
os ponga delante un hombre, debéis recordar este
aforismo: Un hombre, por mucho que valga, vale
menos que el volumen de aire que desaloja.»
— Eso me recuerda el principio de Arquímedes
—dijo Gaudente el mozo, que había estudiado Física
el año anterior.
— Será un principio de Física espiritual—añadió
Moro.

106

ÁNGEL GANIVET

«Sin aire no se puede vivir, y sin hombres se pue­
de vivir perfectamente. Los grandes místicos se for­
man en la soledad, y los grandes filósofos en el
silencio. Un hombre sumergido en una numerosa
asamblea humana pierde parte de su inteligencia,
y la pérdida está en razón directa del número de
los congregados. Y esto proviene de la sustitución
del aire puro por emanaciones mefíticas, recargadas
de ácido carbónico, según dicen los químicos, y de
secreciones intelectuales, venenosas siempre, y más
las de hombre que las de mujer. La condición esen­
cial de la vida terrestre es el aire, y en las artes
plásticas la maestría suprema está en representar
los seres respirando. El pintor más grande del mun­
do, Velázquez, fué un pintor del aire. Si pintáis un
monstruo con siete cabezas y catorce patas, y el
monstruo respira, habéis pintado un ser r e a l; y si
pintáis una figura real que no respira, no habéis
pintado nada.
»También es importante la luz, porque en ella se
funda un criterio permanente de moral. Lo que sale
de la sombra a la luz, es bueno; lo que huye de la
luz y se esconde en la sombra, es malo. La sombra
es el ambiente propio de la creación; pero si la
creación es noble y espiritual, busca luego la luz.
Los amantes que se hablan de amor puro escondi­
dos en la sombra son como esos timadores audaces
que protestan de que se sospeche de ellos cuando
llevan en el bolsillo el objeto que acaban de robar.
Quizás el amante más espiritual que ha habido en
el mundo fué aquel cínico desvergonzado que con­
virtió en tálamo nupcial las plazas públicas de
Atenas.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

1G7

»De los agentes exteriores que nos rodean, el más
molesto es la sociedad; y el arte de vivir consiste en
conservar nuestra personalidad sin que la sociedad
nos incomode. Hay quien vive en paz sometiéndose
a las exigencias sociales, y hay quien vive en gue­
rra resistiéndose a sufrirlas. Lo mejor es someterse
en todo, menos en un punto importante, el que más
nos interese. En vez de llevar un traje estrambótico
y exponernos a que nos apedreen, debemos de ir a la
moda, sin perjuicio de marcar nuestro desprecio
hacia la indumentaria ridicula de nuestra época por
medio de algún detalle caprichoso. Yo no veo incon­
veniente en que se vaya de levita y sombrero de alas
anchas, ni en que se salga sin corbata un día que
otro, ni en que se lleve al hombro, en lugar de ga­
bán, unos pantalones.»
—Pero eso, ¿lo está usted leyendo o inventándolo?
—interrumpió Miranda, mientras el auditorio co­
mentaba por lo bajo las alusiones de Pío Cid.
Aquel día Castejón había bebido más de la cuenta,
y se había metido la corbata en el bolsillo para que
no le fatigara el cuello; lo del sombrero y la levita
cuadraba muy bien a Miranda, y del viejo Gaudente
se contaba el lance de haber salido un día al paseo
con unos pantalones al hombro. Y lo extraño es
que Pío Cid había acertado por casualidad, puesto
que las alusiones no eran inventadas, como al oírlas
habíamos creído, sino que venían escritas en el pa­
pel, el cual fué pasando de mano en mano, hasta
que todos nos convencimos de que el autor no estaba
divirtiéndose con nosotros y de que leía textualmen­
te los conceptos allí consignados.
—«Estas pequeñas infracciones de la etiqueta

168

ÁNGEL GANIVET

—prisiguió Pío Cid—son a veces útiles. Cuando yo
iba a la escuela me salí un día sin corbata, y por
no volver pies atrás tuve una idea atrevida. Vi en
medio de la calle una mata de maíz, arranqué de
ella una hoja, y saqué de la hoja una tira, con la
cual formé una corbata de lazo. Me la puse, suje­
tándola bien con el chaleco y la chaqueta, que era
muy cerrada, y fui a clase y pasé el día felizmente,
sin que nadie notara la superchería. Sólo a última
hora un condiscípulo, que era el más tonto de la
escuela y el hazmerreír de todos, se fijó en mi falsa
corbata e hizo correr la voz para que se burlaran
de mí los escolares. Y yo sufrí la burla, pero descu­
brí una verdad, muy valiosa en estos tiempos en
que se cree que la substancia del arte es la obser­
vación : la observación, como todo, puede ser bue­
na o mala, y hay observadores tontos y discretos;
pues lo esencial no es observar, sino lo que se ob­
serva. De esta suerte, un hombre (o un niño) que
osa cometer una discreta extravagancia, da a enten­
der que es fuerte y que se atreve a quebrantar los
estatutos de la moda y aun los de la urbanidad, si
a mano viene, y de paso lleva en sí una piedra de
toque para aquilatar a sus prójimos o para descu­
brir verdades trascendentales. El carácter humano
es como una balanza: en un platillo está la mesura,
y en el otro la audacia. El mesurado tímido y el
audaz indiscreto son balanzas con un brazo, tras­
tos inútiles.
»L a audacia se adquiere conociendo el mundo, y
la discreción conociendo al hombre. Si me pregun­
táis cuál es el hombre más sabio, os d iré: el que,
viendo un mapamundi, ve en él con amplio espíritu

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

169

un escenario donde se mueve la humanidad entera;
y el abarcarlo todo de una ojeada no ha de estor­
barle para conocer a fondo el espíritu de cada uno
de los hombres con quien el azar le ponga en con­
tacto.
»¡Hay que trabajar! Pero ¿en qué, cómo y para
qué? El trabajo más productivo es el más libre; yo
he trabajado bastante en mi vida, y nunca he tra­
bajado más ni con más gusto que ahora, que no
sólo trabajo con entera libertad, sino que ni siquie­
ra me mueve el deseo de adquirir la riqueza. La pro­
piedad, lejos de ser un estímulo, es la expresión
de la fuerza que domina hoy con no menor suavidad
que la de las armas. El arte de trabajar no tiene
nada que ver con el de enriquecerse ; el que apren­
de a trabajar ha aprendido a ser eternamente po­
bre ; para ser rico hay que aprender a explotar a
los que trabajan; para ser millonario hay que saber
engañar a los explotadores.»
—Pues ahí le duele—interrumpí yo—. Hay que
destruir este régimen abusivo por medio de leyes
justas; por eso he sostenido en los artículos que
tanto has maltratado que la caridad no basta y que
hay que transformarla en reparación social, en algo
que no dependa de la dureza o blandura de corazón
de los que poseen.
<(—Esa idea—me dijo—la has tomado de los au­
tores positivistas, que son una plaga más temible
que la langosta. Lo mismo da endulzar las amargu­
ras de la miseria con una limosna anónima que con
una, pensión consignada en algún presupuesto. La
limosna parece más denigrante, pero la pensión es
una limosna fría, sin alma. Puesto en el extremo.

170

ÁNGEL CANIVET

yo p re fe riría m en d ig ar por las calles a vivir enca­
sillado en u n asilo. Todas esas com ponendas son
inútiles, porque en ellas se conserva la cau sa p e r­
m anente del m a l ; m ás bello que d a r es no tener
n ad a que d ar, cuando se posee sólo lo necesario
p a ra el día y se deja lo dem ás p a ra que otro lo
recoja.
»Mejor que la observación de la vida es la acción
sobre la vida. L a acción exterior y casi m ecánica en
las obras de a rte nos parece y a ridicula. ¿Qué im ­
p o rta lo que los hom bres h ag an si es lo mismo que
ya se ha hecho m il veces? ¿Y qué im porta observar
si no cam bia el objeto de la observación? Lo bello
sería o b rar sobre el espíritu de los hom bres. Si hay
gloria en m a ta r, m ás glorioso es u n m icrobio que
el héroe triu n fa d o r en la b atalla. Los héroes del p o r­
venir triu n fa rá n en secreto, dom inando invisible­
m ente el esp íritu y suscitando en cada espíritu un
m undo ideal.
»Todos los hom bres creen que h ay que buscar los
medios de sostener u n a fam ilia antes de tenerla. Esto
se llam a p ru d en cia y sensatez, y yo lo llamo nece­
dad. Tú h ab rás pensado en casarte, y no te decides
a hacerlo h a sta que tengas recursos holgados con
que aten d er a la que será tu esposa y a los que se­
rá n tus hijos. El centro de tu vida actu al es ese
porvenir desconocido, y m ien tras llega vives sin h a ­
cer cosa de provecho. M ejor sería que m ira ra s el
presente y que p en saras que un hom bre debe vivir
siem pre como si no hubiese de cam biar jam ás. El
que se reserva el día de hoy p a ra ser m ás el día de
m a ñ a n a es ta n cobarde como el soldado o el gene­
ral que aspira a ser héroe de la b a ta lla decisiva.

LO S TRABAJOS DE PÍO CID

171

dejando que otros luchen y caigan en las pequeñas

escaramuzas sin provecho y sin gloria; como si las
escaramuzas no influyesen en el éxito final de las
guerras. Vive, pues, hoy, sin reservarte para ma­
ñana, que tu valor te será recompensado; la fuerza
que hoy gastes reaparecerá en ti mañana con cre­
ces ; porque el espíritu del hombre ruin es cada día
más pequeño, y el del hombre generoso, cada día
más grande. Tú vives solo y apenas tienes para vi­
vir, cuando con lo que tienes podrían vivir contigo
diez más. Vas a tardar varios años en constituir
una familia, cuando podías constituirla ahora mis­
mo sin quebraderos de cabeza. ¿Cómo? Uniéndote
a una mujer del pueblo.
»La familia actual es un centro de guerra, que
justifica los egoísmos más execrables de los indivi­
duos. Hay perfectos padres de familia que cometen
a diario grandes barrabasadas sin remordimiento
de conciencia, porque les disculpa el amor a sus
hijos, el deseo de dejarles bien abrigados, a cubierto
de las contingencias del porvenir, sin pensar que
antes que al porvenir de sus propios hijos deberían
atender al presente de los hijos ajenos. Contra esa
inexpugnable fortaleza de la familia de sangre y
de intereses, causa de nuestras luchas enconadas,
hay que levantar otra fortaleza más a lta : la de la
familia de voluntad y de ideas.
»Deja que se acerquen a ti cuantos quieran acer­
carse y vive con ellos; y si no tienen educación, te
ha caído un trabajo: el de educarlos a tu gusto;
y si te dan mal pago, como es de esperar, no te im­
porte, porque sin querer te pagarán, dándote ocasión
para que por ellos seas más hombre que eras antes.

17 2

.VNtiF.L GANlVF.f

Ahora vives vida falsa, porque el centro de tu vida
es el porvenir; te casarás con una mujer muy dis­
tinguida, y quizás pretenciosa, que te secará el poco
jugo que te queda, y tendrás unos chiquillos que
parecerán arrancados de un figurín. Yo os aseguro,
y creedlo, que un hombre no posee verdadera ener­
gía espiritual sino cuando trabaja para remontarse
a las cumbres más altas del pensamiento y descan­
sa de sus tareas acostándose al lado de una mujer
esencialmente proletaria. Si mediante un tan feliz
concierto sale a luz un hijo bien dotado, puedes
formar con él un verdadero hombre; le enseñas un
oficio para que sepa ganarse el sustento con los bra­
zos ; le instruyes en ciencias y artes para que pueda
aplicarse a diversas profesiones, y le aficionas a la
filosofía, que da la superioridad intelectual.
»Mientras los hombres que creen ser listos reducen
cada día más la familia y aumentan sin cesar las
ganancias para que nada falte, tú, como más torpe,
agrandas la familia y no te molestas en ganar más
que lo preciso para vivir. Y al cabo de algún tiempo
notarás que los listos se van achicando y que tú te
vas agrandando, y que de las familias pequeñas,
por falta de choque espiritual, no salen más que
mentecatos instruidos; en tanto que de la tuya, aun
siendo de gente pobre, que es la que se avendría a
vivir del modo que voy diciendo, verás nacer la
fuerza y la originalidad, que en vano buscan los
hombres por el mundo.
» —Y si me muero—preguntarás—, ¿qué será de
esa familia sin recursos?
» —Si te mueres—te contesto—, diremos como en el
ju ego: otro talla. Condúcete humanamente mientras

LO S TRABAJOS DE P ÍO CID

173

vivas, y deja que otros, con el temor y el pretexto
de lo que ocurrirá después de su muerte, continúen
viviendo tan mal que los juzguemos indignos de
haber nacido. Aunque no dejes recursos, dejas jiro­
nes de tu personalidad adheridos a cuantos cerca de
ti vivieron, y dejas el ejemplo de tu vida, que es el
único testamento que debe dejar un hombre hon­
rado.
»Hay quien coloca el centro de la vida humana
en el poder exterior, en la riqueza, en un bien con­
vencional. Yo pongo el centro en el espíritu. ¿Qué
soy? Nada. ¿Qué apetezco? Nada. ¿Qué represento?
Nada. ¿Qué poseo? Nada. Ahora estoy en camino de
ser un verdadero hombre, puesto que si existe mi
personalidad sin buscar apoyo fuera de sí, es por­
que dentro tiene su fuerza.
»La personalidad se acentúa con el ejercicio. Al
derrocharla en trabajos al parecer improductivos,
se adquieren fuerzas para crear obras útiles. Y lo
esencial no es la obra, sino que la máquina esté
siempre expedita para funcionar. En una herrería
lo importante es la fragua, porque sin ella la herre­
ría no existe; lo accidental es que de la herrería
salgan trébedes, tenazas, badilas, rejas de arado o
instrumentos de varias aplicaciones. Así, en el hom­
bre lo de menos es seguir estos o aquellos estudios,
dedicarse a esta o aquella profesión; lo de más es
ser hombre, y para serlo hay que tener encendida
la fragua.
»¿Cómo se consigue esto? Muy fácil: dándole al
fuelle. La fragua del hombre está en el cerebro, y
el fuelle es la palabra. El cerebro es un antro des­
conocido; pero la palabra depende de nuestra vo-

174

ANGEL GANIVÉf

luntad, y por medio de ia palabra podemos influir
en nuestro cerebro. La transformación de la huma­
nidad se opera mediante invenciones intelectuales,
que más tarde se convierten en hechos reales. Se
inicia una nueva idea, y esta idea, que al principio
pugna con la realidad, comienza a florecer y a fruc­
tificar y a crear un nuevo concepto de la vida. Y al
cabo de algún tiempo la idea está humanizada,
triunfa, impera y destruye de rechazo la que le pre­
cedió. También el hombre se transforma a sí mismo
expresando en alta voz ideas, que al principio son
conceptos puramente intelectuales, y luego, por re­
flexión, se convierten en pauta de la vid a ; porque
la realización material de una idea exige la previa
realización ideal. Cuando no se tienen ideas, la pa­
labra es inútil y aun nociva. Si la fragua está apa­
gada, ¿qué se consigue con darle al fuelle? Enfriar
más los carbones. De aquí la conveniencia del si­
lencio pitagórico, precursor de la idea e indicio de
preñez espiritual. Quienquiera que, teniendo el ce­
rebro vacío, hable sólo para aturdir a los que le
escuchan, debe callar en el acto. El hablar maqui­
nalmente revela temor en la inteligencia; es como
el canto con que disfraza su cobardía el pusilánime
cuando pasa por un sitio que le inspira miedo. En
cambio, la palabra que anuncia una idea es útilí­
sima, porque es el primer paso para realizarla. Al
principio nos parece la idea imposible o absurda;
después de anunciada nos va pareciendo posible y
natural, aunque superior a nuestras fuerzas; por
último, nuestras fuerzas se excitan, se ponen a la
altura del propósito, y a veces lo superan. Una aren­
ga impetuosa decide el triunfo en una batalla. Una

L O S TRABAJOS DE P ÍO C ID

175

palabra empeñada lleva a un hombre a acometer
empresas superiores a sus propios intentos. Un
hombre tenaz, animado por una idea claramente
concebida y expresada, triunfa siempre, aunque lu­
che contra él la sociedad entera. No sólo el hombre,
hasta los animales se dejan influir por la acción
sugestiva de la palab ra; por esto la cualidad esen­
cial de un carretero es tener buenos pulmones.
»La mayoría de los hombres son comparables a
un viajero tonto, que emprende un largo viaje lle­
vando todo lo necesario, excepto espíritu para ver
las cosas. Todos procuran ser algo, y casi todos se
olvidan de ser. Por lo cual, entre tantos hombres
clasificados o clasificables como existen sobre la
superficie del globo, no es fácil hallar un hombre
verdadero. Aunque en vez de una linterna lleváse­
mos una lámpara incandescente, no adelantaríamos
hoy más que adelantó Diógenes en su tiempo, por­
que conforme va aumentando la potencia de la luz
artificial va disminuyendo la humanidad del género
humano.
»Hay, pues, que ser hombre ante todo, dejando
para después los estudios y trabajos que nos entre­
tienen o nos dan el pan de cada día. Y la calidad
del hombre se ha de conocer, no en simples pala­
bras, sino en hechos, en la comprensión total de la
vida. He aquí un hecho usual, que puede servirnos
de medio de prueba: ¿qué hombre no ha hallado al­
guna vez a una mujer caída en el vicio? Este hallazgo
vulgar inspira varios pensamientos, en los cuales
cada hombre da la medida de su humanidad. La
mayor parte no piensa más que en aprovecharse
de la desgracia para satisfacer su sensualidad; és-

m

ÁNGEL

GANIVET

tos son hombres apagados, mejor dicho, son bestias.
En otros más intelectuales, la sensualidad queda
dominada por la curiosidad; el médico ve allí un
caso patológico; el literato, un caso novelesco o dra­
mático ; el pintor, un caso pictórico, y así por el es­
tilo mil casos o asuntos, según los diversos puntos
de vista. ¿Cuánto más noble no es el que siente pie­
dad y ama a la mujer caída, y por el amor la rege­
nera y la redime? El que mira con amor al des­
valido, es más humano que el que le estudia sin
amarle. Pero se puede hacer por esa mujer caída
algo más que redimirla por el am or: se puede subir
aún más alto...»
Pío Cid dobló el papel y lo dió a Moro, diciéndole :
—Guarde usted eso, y si le parece que sirve publíquelo en la revista nonata.
—Pero ¿ha concluido usted ya?—preguntó Moro.
—Sí, ya he concluido; y el papel, aunque era
grande, se concluyó también al llegar ahí.
—Pues falta precisamente lo esencial—dijo Moro—,
porque yo le confieso a usted que no sé qué se pueda
hacer más por una mujer mala que amarla y reha­
bilitarla a los ojos del mundo.
—Se puede hacer más—contestó Pío Cid— ; pero
esto no está en mi mano declararlo, porque, si lo
declarara, les habría descubierto a ustedes la ley
primitiva y perenne de la creación.
—¿Y qué mal habría en ello?—preguntó Moro mi­
rando a Pío Cid, como si dudase de que éste hablara
en serio o se hallara en su cabal juicio.
—Ya ha oído usted—contestó Pío Cid—que para
mí el carácter humano está constituido por el equi­
librio de dos fuerzas antagónicas: la mesura y la

177

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

a u d acia. Yo he tenido o creo h a b er tenido (que p a ra
el caso es igual) la au d a cia de con ceb ir u n a ley
nueva, que, m ás que ley, es a sp ira ció n p erm anente
del u n iv e rs o ; y como sé que todos los inventores
lo p a sa n muy m al y yo no estoy por que nad ie
me fastid ie, quiero d em ostrar mi m esu ra re se rv á n ­
dome el secreto. Así conseguiré ser un in v en tor feliz,
especie nueva en la h isto ria h u m ana.
— D ispense usted que le d ig a— arg ü y ó M iran d a
algo am oscado, porque c re ía que P ío Cid h a b la b a
en tono zumbón—que por el sistem a de usted todos
podemos ser grand es inventores. B a s ta d ecir que
hem os descubierto un nuevo p la n eta , pero que nos
reservam os fija r el punto del espacio en que se
h alla.
—Yo he descubierto m ás que todo eso— contestó
P ío Cid— , porque he d escubierto que no h a y tales
p la n e ta s, ni tales satélites, ni tales com etas, ni astro
alguno en el espacio, y en su día lo d em ostraré.
Cuando yo digo que me reservo el secreto de mi
d escu brim iento, debo d ecir que aplazo la revelación
p a ra después de mi m uerte. Si después de m uerto
se d em u estra que d esgraciad am en te me h a b ía equ i­
vocado, la d em ostración lleg a tard e, y yo me he ido
al otro mundo con m i ilu sión en el c u e rp o ; y si, al
co n tra rio , mi invención es verd ad era, la envidia no
puede y a tocarm e. Yo desprecio la g l o r i a ; u tilid ad
no la busco, ni mi invento es útil, que si lo fu era
lo d escu b riría en el acto, porque entonces no te n d ría
im p o rtan cia m ayor. Así, pues, no h ay razón n in g u ­
n a que me acon seje rom per mi silencio, y les ruego
a ustedes que ten gan esp era y suspend an su ju ic io
h a sta después de mi m uerte, que poco h a de ta rd a r.

12

178

ÁNGEL GANIVET

— Entonces— dijo Moro— , ¿hará usted esa revela­
ción en su testamento?
— Pienso morir intestado— contestó Pío Cid— . La
dejaré en una tragedia que tengo ya escrita, y cuya
acción se desarrolla precisamente aquí, en la Al­
hambra.
— ¿Y cómo se titula esa tragedia?— preguntó Ceres, que no concebía nada sin título.
— No se titula de ningún modo— contestó Pío Cid— .
Interinamente la pueden ustedes llamar Tragedia,
pues en realidad no es una tragedia particular, sino
la tragedia invariable de la vida.
— Hombre, nos ha excitado usted la curiosidad de
tal modo— dijo Gaudente el viejo tomando un vaso
de agua con azucarillo— , que vamos, sin quererle
a usted mal, a desear que se muera pronto.
— Yo me moriré cuando quiera— dijo Pío Cid— , y
aun soy capaz de aligerar a morirme por dar gusto
a ustedes.
— Eso no—dijo Raudo— ; por ahora nos contenta­
mos con leer su artículo, que tiene bastante miga.
Es una medicina que hay que tomar a pequeñas
dosis.
— Pues para mí e* como agua destilada—replicó
Castejón.
Después de la lectura de Pío Cid y de los comen­
tarios a que dió lugar, hubo aún tiempo para que
leyera Miranda su linda y breve novela La cáscara
amarga, cuadro primoroso de costumbres del Aibaicín, y Castejón el capítulo primero de la leyenda
árabe que tenía entre manos desde hacía mucho
tiempo. Con lo cual se hizo de noche, y acordamos
subir a merendar a un ventorro de la Alhambra,

LOS IKALAJOS DE PÍO CID

179

donde Moro, que adem ás de poeta era g ra n g u ita ­
rrista , nos hizo p a s a r un rato delicioso oyéndole ra s ­
g u ear unos jaleos de su invención. La lite ra tu ra y
la m úsica nos ab riero n el apetito de p a r en par, y
bien pronto estuvim os todos de acuerdo p a ra de­
c la ra r que nuestros trabajo s ju n to s no v alían lo que
la pescada en blanco y el jam ón con tom ate con
que nos regaló el pico el am able ventorrillero. Hubo
derroche de líquidos, discursos y su poquito de can ­
te, y acaso nos h u b iera am anecido si no estuviera
y a resuelto nuestro viaje. El viejo Gaudente se achis­
pó e hizo consideraciones m uy sentidas acerca de la
brevedad de n u e stra vida y de la conveniencia de
aprovechar el tiempo p a ra divertirse cuanto buena­
m ente se pueda.
—Yo no soy aficionado a filosofías—concluyó di­
rigiéndose a Pío Cid—, y no me he hecho cargo de
lo que usted nos h a le íd o ; pero creo que cuando un
hom bre aprende a p a sa r ratos ta n ag radables como
éste de hoy, ha aprendido cuanto necesita p a ra vivir,
y todo lo dem ás le sobra. Su receta será b u e n a ;
pero este vinillo blanco es m ejor. Brindo, pues, por
el dios Baco y por su d istinguida esposa la diosa
A legría, en cuyo seno se olvida uno de todas las
ciencias y de todas las artes inútiles inventadas por
los tontos.
Fué tal el brío con que quiso a p u ra r la copa, que
le saltó el botón del cuello de la cam isa, y como
el cuello era postizo, se le quedó suelto por gola,
dando al alegre viejo un aire cómico que nos hizo
reír a carcajad as.
Pío Cid tomó pie de ello p a ra p ro n u n ciar u n a tre ­
m enda filípica contra los puños y cuellos postizos,

180

ÁNGEL GANTVET

que, en su opinión, eran la expresión más ridicula
que cabe concebir de la triste instabilidad de las
cosas humanas.
—Ese botón que se ha roto—añadió—es como la
alegría invocada por el amigo Gaudente. Si pudié­
ramos ir sin botones, y aun sin camisas, yo sería
el primero que me pondría en cueros vivos; pero
un botón que se rompe nos obliga a buscar otro, y
lo mejor es usarlos de metal duro para que no se
rompan jamás. ¿De qué sirve romper la triste mo­
notonía de la vida con una alegre borrachera, si a
poco hemos de volver a la monotonía, quedándonos
sólo el amargor de boca del pequeño abuso que co­
metimos? Esas alegrías, postizas como los cuellos,
a mí no me satisfacen. Busquemos la alegría en lo
hondo y en lo íntimo de nuestro espíritu, y si llega­
mos a hallarla nos parecerán despreciables esos bre­
ves aturdimientos con que antes distraíamos nuestra
tristeza. Ya sé que el hombre aturdido, que se ríe
de todas las cosas, es más simpático que el grave
predicador, el cual muy fácilmente se lleva los tí­
tulos de pedante y burro. Yo he pasado con vosotros
uno de los días más alegres de mi vid a; pero mi ale­
gría no proviene del beber, porque no he bebido;
ni del comer, porque apenas he comido, bien que
por el olor comprendiera que el amo de este castillo
no es ra n a ; si voy a decir la verdad, no he comido
más que aceitunas, que me gustan al perder desde
pequeño; y aun os he de declarar que este plato,
andaluz por esencia, por ser nuestro suelo el más
olivífero del mundo, es mi plato favorito, y os lo
recomiendo porque desarrolla la energía cerebral
con caracteres originales. Los grandes filósofos grie-

LO S TRABAJOS DE P ÍO C ID

181

gos fueron devotos de la aceituna. La cultura grie­
ga debe más al olivq que a ningún otro árbol o
planta; y la nación más apta hoy para ejercer en
el mundo la supremacía ideal es España, por ser la
nación que produce mayor cantidad de aceite. Pero
dejando a un lado estos perfiles, os aseguro que hoy
he estado yo alegre, y que mi alegría no viene de
excesos que no he cometido, sino de una complacen­
cia puramente espiritual. Ya sabéis que amo el aire
sano y la luz natural, el agua cristalina y el arte
puro. Para mí, la verdadera civilización es la que
florece en medio de la Naturaleza. Si hubierais esta­
do en un salón de sesiones, con un presidente que
os diera y os quitara la palabra a campanillazos,
hubierais visto cuán pronto escurría yo el bulto;
mientras que en una asamblea acéfala, y bajo la
bóveda del cielo, me figuraba que no éramos culti­
vadores artificiosos de las letras, sino más bien como
un grupo de braceros del campo que suspende sus
faenas un momento y se pone a la redonda para
fumar un cigarrillo. Si tuvierais paciencia para se­
guir muchos años estas saludables prácticas, veríais
surgir verdaderos portentos; porque el arte original
nace siempre ai aire libre, cuando el hombre se
remonta al ideal, sin separar los pies del terruño,
ni los ojos de la contemplación de las bellezas na­
turales.
Este breve discurso mereció la aprobación del
auditorio y fué la señal de la dispersión. Todos qui­
sieron despedirnos, y juntos bajamos por las cues­
tas de la Alhambra en grupos. Yo vine todo el ca­
mino con Miranda, comunicándonos nuestras im­
presiones.

182

ÁNGEL GANIVKT

—Si quieres que te diga mi verdadera opinión—me
dijo—, Pío Cid me ha parecido un hombre extrava­
gante. No es un tipo vulgar, pero tampoco es lo que
tú nos habías anunciado. Mucho más valen los
versos de Moro y el relato de Antón que la sarta de
incoherencias que él nos ha enjaretado en su Ecce

homo.
—No es posible comparar una cosa con otra—re­
pliqué yo— . Lo que han leído Moro y Sauce son
trabajos literarios, a los que ya está hecho nuestro
paladar, y lo que ha leído Pío Cid es cosa nueva,
que no es ciencia ni arte.
—Pues ¿qué es entonces?—me preguntó Miranda.
—Es una creación—le contesté—. Es incoherente
como una receta, en la que un médico combina di­
versas substancias que nada tienen que ver las unas
con las otras; pero si la receta cura, ¿qué más se
puede apetecer?
— ¿Y tú crees que la receta de Pío Cid puede re­
constituir el carácter y robustecer la voluntad, ni
que haya quien pueda seguir los consejos de la re­
ceta?...
— Si no hay muchos que los sigan, habrá alguno;
y basta para el caso que uno los siga y los demás
aprendan a tener amplitud de criterio para com­
prenderle y no censurarle. Lo que a primera vista
parece extravagancia, puede muy bien ser como el
sabor desagradable de ciertos medicamentos; quizás
después de varias lecturas desaparezca el mal sabor,
y entonces, asimiladas ya las ideas, serán como el
espigón de una estatua que se nos ha metido dentro
del cuerpo. Yo creo que Pío Cid conoce el espíritu
del hombre; que así como un mecánico monta y des-

I O S TRABAJOS DE PÍO CID

183

monta una máquina, cuyo mecanismo es para lo»
profanos incomprensible, así él manipula en el es­
píritu humano y lo transforma.
—Pero si eso fuera cierto, Pío Cid sería un hom­
bre distinto de los demás.
—Todos los hombres son iguales, y los que descu­
bren algo nuevo son tan hombres como los otros.
Tienen cierta superioridad momentánea hasta tan­
ta que el invento se divulga y caemos en la cuenta
de que la idea misteriosa es como el huevo de Co­
lón. Desde que el mundo es mundo ha habido hom­
bres que han influido sobre el espíritu de otros hom­
bres ; lo han hecho a ciegas, tanteando, a la ma­
nera de los pedagogos. Figúrate que se logra des­
componer el alma del hombre, como se descompone
la luz en el prisma, y descubrir la variedad de fuer­
zas que la constituyen, y combinar estas fuerzas
para producir estados originales. Conocida la ley
fundamental de la creación, ¿quién sabe adónde po­
drían llegar las consecuencias?
—¿Y ése es el invento de tu amigo?—me pregun­
tó Miranda.
—No es ése—le contesté yo—. Hablo por hablar,
pues no estoy más enterado que tú. Y casi creería
que no hay tal invento, y que Pío Cid es un humo­
rista serio, que ha tomado el mundo por vaina. Pero,
aunque así fuera, él hace cosas que no es capaz de
hacerlas nadie.
Después de pasar un rato con mi familia, volví
a reunirme con mis amigos en la Puerta Real cuan­
do ya iba a salir la diligencia. Nos acomodamos Pío
Cid y yo en la berlina, y con sendos apretones de
mano nos despedimos de nuestros ilustres compañe-

m

Angel ganivet

ros, ofreciéndoles volver al año próximo. Así termi­
nó la notable jornada, de la que aún conservo viví­
simo el recuerdo; pues aunque son muchas las que
he pasado alegremente en la grata sociedad de estos
buenos amigos, ninguna fué tan bien aprovechada
como la de este día, la cual influyó, además, en el
rumbo de mi vida del modo que verá el que le­
yere.
Nada de particular nos ocurrió durante el viaje.
Yo no tenía sueño, y quise entablar conversación
con Pío Cid; pero éste me dijo que una de las con­
diciones del trabajo intelectual, que por olvido no
había consignado en su receta, era dormir ocho o
diez horas de un tirón todas las noches, sin lo cual
el cerebro no se limpia bien de sus impurezas, y
funciona con lentitud y pesadez. Esto era lo mismo
que decirme que le dejara en paz, y así lo hice. Tam­
poco pude pegar la hebra con el mayoral, porque
éste era hombre de pocas palabras. Era tuerto y de
genio áspero, y, según las ideas de Pío Cid, podía
ser considerado como un silencioso activo; sólo des­
pegaba los labios para chupar, y más que para chu­
par para morder y mascar la negra tagarnina que
llevaba constantemente en la boca; pero no dejó en
paz un momento el látigo, que tampoco producía
gran efecto, pues en particular las ínulas de lanza
lo recibían sobre las costillas como un suave pasa­
mano. En resumen, íbamos igual o mejor que en un
tren expreso. No volcamos, ni salieron a robarnos,
ni nos sucedió nada de lo que cuentan ciertos viaje­
ros mentirosos. El mayoral y sus ínulas, influidos
por las ideas de progreso de nuestra época, funcio­
naban con la misma regularidad que una locomoto-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

185

ra, y por añadidura no había miedo de que desca­
rriláramos.
En Jaén fuimos a parar a casa de una amiga mía
que vivía en la calle Maestra, y se nos fué el tiempo
tan sin sentir que me faltó para dar un vistazo a la
Catedral, y tuve que dejarlo para otra ocasión, con­
tentándome con ver la fachada. En cuanto a Pío
Cid, creo que con la fachada tendría bastante para
figurarse cómo era la iglesia por dentro, a juzgar
por un rasgo sorprendente que tuvo aquel mismo
día, cuando salimos de Jaén con dirección a Espelúy, donde debíamos tomar el correo de Andalucía
para Madrid. Hacía calor, y para ir más ventila­
dos nos metimos en un coche de tercera, de compar­
timientos corridos. Pío Cid, sentado frente a mí, leyó
en el testero del coche el letrero que decía «(cuaren­
ta asientos», y me hizo notar que habían raspado la
i, la e y la í, y habían dejado : «cuarenta asnos».
—¿Ahora te enteras de eso?—le dije yo—. Desde
que hay ferrocarriles en España, todos los coches
llevan la marca de los 40 asnos. Esa es la protesta
nacional contra el mal servicio que tenemos, y quién
sabe si será también una queja contra el sistema
moderno de viajar, que parece más propio de bes­
tias que de hombres.
—Pues a mí me coge de nuevas—me contestó— ;
mira qué atrasado estoy de noticias.
En esto entró en el coche, y se sentó de espaldas
en el extremo opuesto, una mujer que, vista por de­
trás, tenía el aire de buena moza. Era alta, fornida
y ancha de hombros; la cabeza bastante gorda, con
abundante cabello negro, y las orejas muy bonitas;
llevaba un pañuelo negro, de seda, caído sobre los

186

ÁNGEL GANIVTC

hombros; pendientes de corales, y una peineta
grande de concha. Yo me quedé mirándola un buen
rato, y Pío Cid me preguntó que qué miraba.
—Es una mujer que ha entrado. No le he visto la
cara, pero tiene mucho trapío, y por detrás da gran
golpe.
—Voy a ver—dijo Pío Cid, volviéndose para mirar.
Y al punto añadió— : Es mejor la cruz que la cara.
Tiene los ojos juntos, el entrecejo cerrado, la boca
grande y su poquito de bigote.
—Pero ¿le has visto la cara?
—No hace falta. ¿No hay quien reconstituye un
animal por un hueso? Pues dame una oreja, y te
reconstituyo una fisonomía.
—Lo que es ésa no pasa. No tan calvos que se
nos vean los sesos.
—Suponte—me dijo—que te enseño dos duros por
la cruz, y tú, sin necesidad de fijarte, me dices:
éste es isabelino y éste es alfonsino. ¿Cómo sabes
esto, si no has visto los bustos de Alfonso y de Isa­
bel? ¿Si no has leído tampoco las inscripciones?
Lo sabes porque los escudos son diferentes, y has
adquirido el hábito de asociar tal busto a tal escu­
do. Del mismo modo puedes acostumbrarte a aso­
ciar los diversos rasgos fisonómicos. Esto requiere
mucha experiencia, porque las combinaciones son
infinitas; pero como posible, es posible : no tengas
la menor duda.
Largo tiempo duró mi incertidumbre, porque la
mujer de la cabeza gorda no dejaba ver la cara,
bien que su reservada actitud fuera ya indicio de
que no tenía grandes atractivos que m ostrar; al fin
bajó del tren en la estación de Menjíbar, y con

to s TRABAJOS DE PÍO CID

187

asom bro vi que era tai como P ío Cid me la h ab ía
descrito: cejijunta, bigotuda y de aspecto agrio,
como de persona que padece del estómago o del h í­
gado. No p aró el incidente aquí, pues, excitada mi
curiosidad, quise que mi am igo me explicase cómo
adivinaba las fisonomías, y él me dió la p rim e ra lec­
ción de este a rte extraño y p a ra m í desconocido h a s­
ta de nom bre. No recuerdo a h o ra lo que me d ijo ;
sólo tengo idea de que habló de las diversas razas
que han habitado n u e stra P en ín su la a p a rtir de los
trogloditas, precursores de iberos y celtas, y de los
caracteres plásticos de cada u na, sola o en las d i­
versas com binaciones a que pueden d a r lu g ar. Así,
de la m ujer cabezuda me aseguró que era u n a a m a l­
gam a, triple, irre g u la r y poco fecunda, y que, des­
com puesta en diez partes, d a ría el re s u lta d o :
10 = 1T + 7R + 2M. Es decir, que ten ía u n a u n id ad
raíz, base tú r d u la ; siete rom ánicas, que d a b a n ca­
rácter a la mezcla, y dos m oriscas, apenas in d ica­
das en los ojos. Esto, dicho por mí, quizás no tenga
gracia, pero en la form a en que Pío Cid me lo ex­
plicó, sería m ás gracioso y entretenido que la m ás
chispeante comedia.
Llegamos a Espelúy, y encontram os atestados de
gente todos los coches de segunda, que era la clase
en que nosotros viajábam os. Yo pensé pedir suple­
mento, pero Pío Cid se h abía quedado sin u n real y
no quería que yo pagase por él. Sin em bargo, nos
salió la m ism a cuenta, porque a ú ltim a hora, por
falta de asientos, un revisor, que me conocía, nos
colocó, sin p a g a r m ás, en un coche de prim era, don­
de iban sólo dos viajeros. Apenas nos sentam os se
puso el tren en m arch a, y entonces me fijé en núes-

188

ÁNGEL GAÑIVE*

tros compañeros de viaje. Eran un hombre y una
mujer; el hombre estaba tumbado a la larga frente
a mí, y dormía con la cara tapada con un pañuelo;
la mujer estaba sentada en un rincón frente a Pío
Cid, y era joven y muy simpática. Vestía como una
señora, pero su tipo era más bien popular; era alta
y delgada, pero no enjuta, pues tenía muy buena
pechera, y la manga ajustada (aún no había veni­
do la funesta moda de las mangas en forma de ja­
món), acusaba unos molleros muy bien hechos. Lle­
vaba un traje claro, sencillo, y una manteletilla roja
suelta sobre los hombros. Los ojos negros, vivos; las
cejas muy arqueadas, la nariz graciosa, un poco
gruesecilla, y la boca fresca y risueña. Era bella y
arrogante, pero lo más singular de su persona era
el peinado, de raya partida; el cabello negro, ondu­
lante, caía en dos pabellones, tapando casi las ore­
jas, y luego se recogía por detrás en cordón para
formar una especie de rodete de estilo bizantino, y
del centro del rodete salía, a modo de plumero, un
mechón de pelo rizado. Era un peinado original;
transición del bizantino al griego, con añadiduras
fantásticas y un poco churriguerescas, pero que re­
velaban cierta independencia de carácter y gusto
en aquella joven interesante. Pío Cid la miraba con
el descaro fraternal con que solía mirar a todas las
mujeres, y por último le d ijo :
—Usted me dispensará la libertad que me tomo,
pero tiene usted un tiznoncillo en la cara...
—Da pena viajar en estos trenes—dijo la joven
con voz armoniosa, sacando del bolsillo un pañuelo
para limpiarse.
—Más acá..., más all^ —decía Pío Cid, sin apar-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

189

ta r los ojos del p añ u elo ; y por últim o— : Ya está
bien.
—G racias—dijo la joven inclinando levem ente la
cabeza.
Yo h acía esfuerzos p a ra no reírm e de la o cu rren ­
cia de Pío Cid, y me figuré que e ra sólo un pretexto
p a ra e n tra r en conversación con la g u ap a v iajera.
P ero al verle quedarse ensim ism ado le p regunté en
voz b a j a :
—¿ P a ra qué le h as dado esa brom a?
—E ra p a ra ver el pañuelo—me contestó—, y p a ra
saber, si era posible saberlo por la m arca, el nom bre
de la joven, a la cual al punto he querido recono­
cer... Ahora estoy seguro. E sta es Mercedes, la h ija
del ciego Ju a n de la Cruz.
Dijo Pío Cid estas p a la b ra s con im pasibilidad ab ­
soluta, y yo las escuché con ta n ta so rp resa y emo­
ción, que me corrió un escalofrío por todo el cuer­
po. E ra la prim era vez en mi vida que veía en la z a r­
se el arte con la realidad, y al saber que aquélla
era la h ija de Juanico el ciego, reap areció ante mis
ojos el cuadro de dolor y m iseria trazad o por Antón
del Sauce, y vi en M ercedes u n a m u jer d istin ta de
la que antes h abía visto, cuya belleza no me inspi­
ra b a ah o ra sim patía, sino m ás bien lástim a. E xam i­
né con detenim iento al hom bre que iba acostado, y
aunque no se le veía la cara, me produjo u n senti­
miento inexplicable de a v e rs ió n : e ra algo obeso, y
el vientre, que descansaba sobre el asiento, se le
m ovía con el traqueteo del tren. Sus m anos, finas
y ensortijadas, d ab an a entender que era hom bre
todavía joven.
No tardó en despertar el viajero, y al incorporarse

190

ÁNGEL GANIVET

me saludó con cierto embarazo, como no sabiendo
si debía hacerse el desconocido o si hablarme con
confianza; Era aquel joven antiguo compañero mío
de estudios; pero sólo habíamos estudiado juntos
un año, porque él se rezagó, y desde hacía ocho o
diez no nos habíamos vuelto a hablar, aunque en
Madrid nos veíamos con frecuencia en los teatros.
Era granadino y se llamaba Juanito Olivares, y no
sé con fijeza si terminaría al fin los estudios de De­
recho, porque bien que se matriculara siempre, rara
vez se examinaba. Pero aunque los hubiese termi­
nado, él no vivía de su carrera ni de ninguna profe­
sión conocida, y en Madrid le teníamos todos los
paisanos por una mala persona. Era jugador y an­
daba siempre metido con la gente del trueno, que
pasa la vida en continua francachela, unos días
derrochando a lo príncipe, y otros dando sablazos
a diestro y siniestro. Tenía también fama de Teno­
rio, pero Tenorio achulado, puesto que siempre an­
daba entre mujeres de mal vivir, y aun se decía que
las explotaba. Sentí, naturalmente, deseo de saber
cómo y por qué caminos había sacado a la hija del
ciego del poder de su viejo protector, el montañés
Estirado, y al contestar a su saludo, lo hice con
amabilidad y llaneza, diciéndole:
—Duda usted, quizás, si soy o no soy un antiguo
condiscípulo. Yo le he reconocido a usted al mo­
mento ; usted es mi compañero de Derecho canóni­
co, Juan Olivares, y me alegro de que hagamos jun­
tos el viaje a Madrid.
—Yo también le he conocido a usted—me contes­
tó—, y al contrario, estaba en duda de que usted
me recordase después-de tantos años. Ya veo que es

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

191

usted buen fisonomista. ¿Ha venido usted por Jaén
para evitarse el calor...?
— En efecto, he venido en la diligencia con este
amigo y paisano..., don Pío Cid— añadí, presen­
tándole.
— Tanto gusto en conocerle— dijo Olivares— . He
leído su nombre en los periódicos... Supongo que
usted será el diputado electo por Aldamar... Yo ten­
go parientes en el distrito, y aunque hace años falto
de Granada, leo siempre algo de lo que pasa en
nuestra tierra.
— ¿Entonces no viene usted ahora de Granada...?
— preguntó Pío Cid, asintiendo a las palabras de
Olivares.
— No, señor — contestó éste— ; vengo de Sevilla,
donde he pasado una temporada.—Y luego añadió,
dirigiéndose a su compañera de v ia je :
— Mercedes, estos señores son paisanos y ami­
gos ; vamos, como quien dice, en familia.
— ¿Es también granadina?— pregunté yo, señalan­
do con el gesto a Mercedes, por no calificarla de
ningún modo— . Yo conozco allí a todo el mundo, y
juraría no haberla visto nunca...
— Es de Málaga— dijo Olivares— . Este es el pri­
mer viaje que hace a Madrid.
— Va usted a dejar bien puesto el pabellón de An­
dalucía— le dije a la joven, que nos miraba algo in­
quieta, desde que al oírnos hablar comprendió lo
falso de la situación en que a nuestros ojos se en­
contraba.
—La verdad es— dijo Olivares— que nosotros los
andaluces somos la gente más descastada del mun­
do. Hace años que vivo yo en Madrid, y ustedes

192

ÁNGEL GANIVET

también, sin duda, y no nos hemos visto nunca, o
nos hemos visto como si no nos conociéramos. Esto
no es cosa de nosotros solos, sino de todos los paisa­
nos. No tenemos ningún centro donde reunirnos, ni
queremos ayudarnos, ni siquiera tratarnos. Así es
tan difícil que hagamos carrera, y se ve todos los
días que muchachos muy aventajados, que con al­
gún apoyo subirían a los primeros puestos, tienen
que huir de Madrid con el rabo entre las piernas,
para que al llegar a sus provincias les digan que no
valen un pitoche y que si no se han abierto camino
es porque en la corte se hila muy delgado, y muchos
que en provincias parecen algo, aquí se quedan en
nada. Ya ven ustedes, cuando el alma me duele a
mí de ver cómo ponen por las nubes a muchos zan­
guangos que en sus pueblos no servirían ni para
limpiar botas. El busilis es la protección y el bom­
bo, y eso es lo que nosotros no entendemos todavía,
y por eso nos dejamos apabullar.
—Estamos conformes—agregué yo—; pero el mal
no tiene remedio, porque a nosotros nos falta espí­
ritu de fraternidad, y sin él, lo más derecho es que
cada uno trabaje por su cuenta, y ya que no ayu­
de, que tampoco haga daño a los otros. Ya he pen­
sado yo en que varios amigos fundáramos en Ma­
drid un Centro andaluz; pero luego desistí de mi
idea, porque vi que me iba a costar muchos disgus­
tos y quizás salir entrampado, si daba la cara,
aunque no fuera más que para los primeros gastos.
—Para sostener un Centro en Madrid hay que
permitir el juego—dijo Olivares—. Todos los Círcu­
los echan mano de ese recurso, porque más da una
mesa que doscientos soeios. Si no fuera por eso,

193

LOS TRABAJOS DE P ÍO CID

¿creen ustedes que habría en Madrid un Círculo
para un remedio?
—Claro que no—asentí, no queriendo contradecir
al picaro de Olivares— . Y según la máxima que se
atribuye a los jesuítas, de que el fin justifica los me­
dios, yo permitiría jugar a los prohibidos si así se
lograba sostener una sociedad útil para el progreso
del país.
—Para mí la nación ideal es Monaco—sentenció
Olivares— . Ahí tiene usted una nación donde no hay
cobradores de contribuciones; el juego da para
todo, el arte prospera, y milagro es el año que no
se estrenan obras de mérito, hasta óperas, para
que nada falte.
—Lo único malo que encuentro—dije yo— , es que
ocurran tantos suicidios...
—Se exagera mucho — replicó Olivares— , y ade­
más, alguna vez tiene uno que morirse, porque no
somos eternos. Entre morirse de viejo apestando al
prójimo, o suprimirse de un pistoletazo después de
sacarle a la vida todo el jugo posible, ¿qué le pare­
ce a usted?... Yo, por mí, les aseguro que no llega­
ré a oler a rancio.
—Cada cual entiende la vida a su modo—dijo Pío
Cid— , y nadie la entiende bien.
—Ahora ha dicho usted una verdad como un tem­
plo—dijo Olivares— . Lo mejor es dejar que cada
uno viva como quiera y que se mate, si ése es su
gusto, cuando le venga la contraria. Con prohibir
las cosas nada se sale ganando, porque lo que no
se hace a ojos vistas se hace de ocultis, y es peor
lo roto que lo descosido.
No he de aburrir al lector relatando lo mucho y
13

194

ÁNGEL GANIVET

malo que se habló durante el viaje. Pío Cid habló
poco, y Mercedes nada. Olivares y yo hicimos el
gasto, y sin darnos cuenta pusimos la moral hecha
una lástima. Olivares era muy listo y a ratos ocu­
rrente, y daba pena verle tan desatinado y tan sin
compostura. Con él no valían predicaciones, porque
todas se las sabía de memoria, y al minuto de oirle
se comprendía que su desquiciamiento moral era
incurable. Sus ideas eran tan lógicas desde su pun­
to de vista, que para combatirlas había que remon­
tarse a los fundamentos de la filosofía y demostrar
que Dios existe, y que existen también el deber y la
justicia, y una porción de cosas que para Olivares
eran música celestial. Yo no me hallé con fuerzas
aquel día para meterme en estas honduras, y hube
de seguir la corriente para intimar con aquel sim­
pático tunante y ver si podía meter las narices en
el embrollo de sus relaciones con la bella Mercedes.
Mi deseo debía ser el mismo de Olivares, porque
nos dió su tarjeta y nos ofreció su casa, y mostró
gran empeño en que fuéramos a visitarle, y su em­
peño fué mayor con Pío Cid que conmigo, porque
creería ver en él más materia explotable. Este deta­
lle y otros muchos me fueron convenciendo de que
Mercedes iba a Madrid a hacer el Cristo en manos
de su desalmado amante. A ratos pensaba que qui­
zás la hija del ciego estaría ya completamente hun­
dida en el vicio cuando Olivares la cogió por su
cuenta; pero me hacía dudar el aire modoso y serio
de la joven y el disgusto que manifestaba cuando
Olivares nos hablaba sin miramientos de los encan­
tos de la vida alegre, libre de trabas y de compro­
misos. Bien podía ser que Mercedes se hubiera ena-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

195

morado y dejado engañar, porque mi paisano era
hombre de mucha labia y de agradable figura; aun­
que era demasiado grueso no tenía el aire pesado y
mochilón; al contrario: las carnes le daban el as­
pecto de caballero rico ; como iba completamente
afeitado, representaba menos años que tenía (que
debían ser alrededor de los treinta), y en su tipo ha­
bía algo de cura, de cómico y de torero; las faccio­
nes correctas, aunque vulgares, y el pelo castaño,
tirando a rubio, cortado a estilo flamenco, de ese
que llaman pan y toros; en suma, una estampa fina
y rumbosa, muy a propósito para hacer honda
mella en el corazón de una mujer de poca experien­
cia, que no comprendiese lo podrido que estaba por
dentra aquel galán tan vistoso.
En Alcázar bajamos del tren Olivares y yo para
tomar unas copas; Mercedes no quiso acompañar­
nos, y Pío Cid pretextó que no le gustaba beber,
para quedarse a solas con ella y hablarle y saber
algo por donde orientarse acerca del estado de áni­
mo de la joven.
— Ya habrá usted visto— le dijo apenas se queda­
ron solos— cómo me he apresurado a aceptar el ofre­
cimiento de su amigo de usted, al que pienso corres­
ponder yendo a visitarle con frecuencia; pero mi
interés no es por él, es por usted...
— ¿Por mí?— preguntó Mercedes, sin comprender
adónde iba a parar aquella conversación tan brusca­
mente comenzada.
—Por usted—repitió Pío Cid— . Deseo hablar con
usted de historias antiguas. Usted no me cono­
ce ; pero yo la conozco mucho y deseo ser su
amigo.

196

ÁNGEL GANIVET

—Yo no sé qué contestarle, ni comprendo cómo
puede usted conocerme.
—Ahora no hay tiempo para entrar en explicacio­
nes. Yo la he conocido a usted hace años y la he
reconocido en cuanto la he visto, y usted sabrá las
razones que tengo para interesarme por usted. No
es curiosidad ni deseo de penetrar en las interiori­
dades de su vida; es un deber que tengo de defen­
der a usted si necesita defensa y de protegerla si
necesita protección. Cuando hablemos despacio sa­
bré si usted conoce su verdadera situación y si la
acepta gustosa, pues en tal caso nada me quedaría
que hacer; pero más bien creo que va usted enga­
ñada y que quizá agradezca hallar un amigo en Ma­
drid, donde no conocerá a nadie...
—Siempre es bueno tener amigos, aunque sea en el
infierno—contestó Mercedes entre confusa y amable.
—Pero hay amigos, y amigos, y los amigos de una
mujer pueden llevar buenas y malas intenciones.
Las mías son buenas, y si le hablo así es porque
creo que otros las tienen malas. Yo la conozco a
usted, ya se lo he dicho, y no comprendo que, a pe­
sar de su mala estrella, haya caído tan bajo que se
deje explotar por un mal vividor...
— ¿Qué me dice usted?—preguntó Mercedes.
—Le digo lo que siento. Mi paisano Olivares es
un perdido que va a Madrid a divertirse a costa
de usted. No parece muy decente que yo aproveche
estos minutos para herirle por la espalda, pero dice
el refrán que el que roba a un ladrón tiene cien años
de perdón, y no he de tener yo escrúpulos para tra­
bajar por el bien de usted, cuando él no los habrá
tenido para engañarla...

LÒS TRABAJOS DE PÍO CID

tvr

—Yo he nacido con mal sino...—dijo Mercedes, con
voz triste y apagada.
—Contra el sino está la voluntad—repuso Pío Cid
con energía— . Si usted no la tiene, la tengo yo. Y si
usted no me agradece la intención me la agradecerá
su padre, que, aunque tuvo también mal sino, fué
siempre un hombre honrado. El pobre Juan de la
Cruz no merece que su hija única le afrente de ese
modo...
Estas palabras impresionaron vivamente a la jo­
ven y le hicieron comprender que quien le hablaba
no era lo que ella al principio se había figurado.
Mercedes conocía sin duda a Juanito Olivares, y
sabía o presentía el papel que iba a representar en
Madrid. Se hallaba ligada a él y resuelta a pasar
por todo, y acaso se justificaba en sus adentros vién­
dose condenada por la fatalidad, que parecía ensa­
ñarse con ella como se había ensañado con su padre.
Así, al oír a Pío Cid, se quedó turbada, sin saber
qué pensar de aquella inesperada simpatía y de
aquella protección generosa que le brindaban. Al
principio creyó que Pío Cid comenzaba a iniciarse
como amigo ; uno de los muchos amigos que en Ma­
drid frecuentarían el trato de Olivares ; luego se
figuró que Pío Cid quería jugarle a éste una mala
pasada, y pasó rápida por su mente la comparación
entre ambos y la idea de abandonar al uno si el
otro ofrecía una situación más decorosa; por últi­
mo, oyó con extrañeza el apostrofe duro y amenaza­
dor de Pío Cid, y se halló por completo desorienta­
da. En cambio, Pío Cid había seguido atentamente
todos estos movimientos, y sabía ya a qué atenerse,
más aún, conocía a la joven como si la hubiera tra-

198

ÁNGEL GANIVET

tado toda la vida. Porque la atracción misteriosa
que Pío Cid ejercía sobre todo el mundo sólo se expli­
caba por la rapidez con que penetraba en lo íntimo
del espíritu de los demás. Cuatro palabras le bas­
taban para conocer a una persona y para descubrir
el punto vulnerable y dominarla. Y en ninguna oca­
sión, ni cuando engañó a Martina y se la llevó a la
casa de huéspedes como si fuera una niña de pocos
años, estuvo tan diestro como al apoderarse del
alma de Mercedes, quizás porque al fijarse en ella
era más pura la intención que le animaba. El único
escollo que temía era que la joven estuviera desmo­
ralizada y subyugada por el atractivo de la vida que
su amante comenzaba a darle a conocer; pero al ver
cruzar por los ojos de Mercedes la idea de la trai­
ción, se convenció de que el dominio de Olivares
era sólo material. La esclavitud sin amor es germen
perpetuo de rebeldía, y Pío Cid pensó en el acto sus­
citar en la joven el deseo de libertad.
—Dispense usted la dureza con que me he expre­
sado—dijo después de una breve pausa—. Yo sé que
usted no tiene la culpa de lo que le ocurre, porque
sola, sin tener en el mundo nadie que se interesara
por usted, ¿qué iba usted a hacer sino dejarse arras­
trar adonde quisieran llevarla? Pero ahora varía la
situación; si usted se halla a disgusto en la vida que
lleva y se decide a abandonarla, cuente usted con un
amigo, que soy yo, y con una casa, que es la mía...
¿Qué puede usted perder en el cambio? Nada. Si
no le fuera a usted bien conmigo y con mi familia, es
usted libre para hacer lo que más le agrade. El ma­
yor mal que puede ocurrirle es el que ahora le está
ocurriendo. Usted es muy bella y graciosa, y hallará

los

Trabajos de pío cid

199

siempre hombres a montones para vivir como vive.
La desgracia de usted no ha sido dar los malos pasos
que ha dado; ha "sido caer en manos de un tro­
nera, que quizás, después de sacarle a usted el jugo,
la tire a la calle cuando ya no sirva usted para su
especulación. Si al menos la quisiera a usted..., pero
no lo creo. Hombres como Olivares, y mucho mejo­
res, los encontrará usted en cualquiera parte a to­
das h oras; pero una casa amiga no se encuentra
fácilmente, y puesto que usted la ha encontrado no
debe vacilar. Pruebe usted a ver si puede dominar ese
mal sino que cree que la persigue... Yo le ayudaré.
— ¿Tiene usted familia?— preguntó Mercedes.
— La tengo y numerosa, y esté usted segura de
que será recibida en mi casa con la mejor voluntad.
A usted quizás le extrañe esto, porque no es corrien­
te que una joven desconocida entre en una casa si
no es como criada o institutriz, o con algún cargo
que justifique su presencia; en mi casa no hay ser­
vidumbre, y usted entraría como lo que es, como una
huérfana, a la que se desea dirigir y educar; ése se­
ría mi gusto y es también mi obligación, según verá
usted cuando yo le explique las razones que tengo
para hablarle como ahora le hablo. Pero ahora lo
que interesa es que usted sepa dónde vivo... No ten­
go tarjetas; lo pondré en esta misma— añadió, sa­
cando la que le había dado Olivares y dándosela a
Mercedes, después de escribir con lápiz su nombre
y señas.
— ¿Ha leído usted las señas de la casa donde voy
a vivir?— preguntó Mercedes, mirando la tarjeta.
— Calle de Fuencarral, conozco la casa— contestó
Pío Cid.

200

ÁNGEL GAN I VET

— ¿Está muy lejos la calle de Villanueva?—volvió
a preguntar Mercedes.
—Lo cerca o lo lejos no importa. Usted no conoce
Madrid, y lo que haría sería tomar un coche y dal­
la dirección al cochero. Yo iré a visitarla a usted;
pero no está de más la precaución, porque pudiera
convenirle a usted apresurar su escapatoria. Cuan­
do un hombre como Olivares tiene casa puesta en
Madrid, es seguro que no está solo, y quizás encuen­
tre usted algo que no sea de su gusto.
—Dice que tiene un ama de gobierno paisana suya.
—Puede que sea así—asintió Pío Cid—. Pronto lo
verá usted.
—Pero aunque yo quisiera romper...—dijo Merce­
des—. ¿Cón qué cara me presentaría... teniendo usted
familia?
—Si no estuviera mi familia por medio—replicó Pío
Cid—, podría usted creer que iba a salir de Herodes para entrar en Pilatos... Yo no soy ningún vejes­
torio y usted es muy guapa, y si le propusiera vivir
sola conmigo... Pero ahí están; cortemos la conver­
sación.
Hasta Madrid, adonde llegamos al amanecer, segui­
mos Olivares y yo en vivo coloquio, como grandes
amigotes. Pío Cid no habló más con él, porque le sería
penoso fingir amistad o confianza, después de la tre­
ta que acababa de jugarle. Mercedes siguió silencio­
sa, rumiando la idea de rebelión que Pío Cid le había
metido en la cabeza. No hay nada que impresione
a la mujer tanto como las verdades útiles y de sentido
común; y Pío Cid, a vueltas de proyectos moralizadores, indicados sólo para justificar su intervención,
había deslizado la idea esencial, la única que Merce-

LO S TRABAJOS DE P ÍO C ID

201

des podía comprender entonces: con Juanito iba a
sacrificar todo lo que puede sacrificar una mujer y
a sacar lo menos que puede sacar una m ujer; aunque
al plantar a Juanito tuviera que irse con otro hom­
bre, más de lo perdido no podía perder, y en cam­
bio podía salir gananciosa. Juanito le había gusta­
do mucho los primeros días, y ya comenzaba a ha­
cérsele empachoso. Mercedes no se explicaba el por­
qué, siendo como era una infeliz, a pesar de su apa­
rente señorío y de su finura contrahecha; pero lo que
sentía era el disgusto natural e instintivo que causa
el egoísmo descarado, que no oculta sus bajas inten­
ciones. Juanito estaba acostumbrado a manejar mu­
jeres completamente perdidas, y había tomado a Mer­
cedes por una de tantas, y acaso en una de tantas
la hubiera convertido en poco tiempo si Pío Cid no
se le hubiera atravesado en el camino. Nuestro en­
cuentro fué providencial, y más que suceso verídico
parecerá a muchos combinación novelesca, no sólo
por la perspicacia que demostró Pío Cid al reconocer
a Mercedes, sino por la circunstancia singular de es­
tar nosotros al tanto de su historia por el relato que
de ella nos hizo Antón del Sauce. En este concurso
de felices coincidencias no ha de verse, sin embargo,
la mano de un novelista; ha de verse la mano ocul­
ta que gobierna las cosas humanas, la cual quiso dar­
le a Mercedes un amigo y defensor que luchara con­
tra la fatalidad misteriosa que llevaba dentro de su
ser la hija del desgraciado Juan de la Cruz.
Llegamos, pues, a Madrid, nos despedimos de Oli­
vares y de Mercedes, anunciándoles que iríamos a
verles pronto, y pensamos tomar juntos un coche
que nos llevara primero a casa de Pío Cid y después

202

ÁNGEL GANIVET

a la mía. Pero no contábamos con que estaban espe­
rando a la salida Martina y su madre, doña Cande­
laria y Paca. Candelita no había querido venir, y
Valentina se quedó con ella para que la falta fuera
menos notada. Aunque yo apenas las conocía, las sa­
ludé a todas y me retiré para no servir de estorbo.
Pío Cid buscó quien le llevara la maletilla para ir a
pie, paseando con la fresca, y para evitar que tuviera
que dividirse en dos coches la comitiva de las cua­
tro mujeres, las cuales venían ya divididas, según
fácilmente se notaba.
—Al diablo se le ocurre—dijo—venir a estas horas
a la estación; y además que yo no aseguré que ven­
dría hoy.
— ¿Crees tú que yo no huelo?—replicó Martina—.
Yo estaba segura de que vendrías en cuanto recibie­
ras mi última carta. ¿Las has recibido todas?
—He recibido cinco—contestó Pío Cid—. Por cierto
que ninguna se ha acordado de ponerme ni unos ma­
los recuerdos.
— ¡Como Martina escribía por todas!... — dijo
Paca.
—Bueno, vamos andando—agregó Pío Cid—, y an­
dando hablaremos.
Echó a andar delante Martina, y Pío Cid se puso
a su lado; doña Justa, que iba a alcanzar a su hija,
se hizo atrás para reunirse con su hermana y sobri­
na, que venían las últimas.
—Te encuentro muy bien—dijo Pío Cid a Marti­
na— ; de buen color y un poco más gruesa.
—Pues yo creía lo contrario—contestó Martina—.
Con los disgustos que han pasado...
—Tempestades en un vaso de agua—dijo Pío Cid— .

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

209

¿Te parece bonito que vayamos en dos secciones?...
Por lo visto, no os habláis siquiera.
—Con Paca sí...—dijo Martina—. La culpa no es
mía... Ellas no quieren ceder, y no voy a ser yo la
que me rebaje.
—Todo eso va a terminar hoy mismo.
—Ya lo creo que terminará—aseguró Martina—.
Como que tienen buscado cuarto y esperaban que tú
vinieras para irse a él. Don Florentino, el hermano
de Pablo, se va a Barcelona en cuanto se celebre la
boda, y mi tía y Candelita se van con él para ir más
acompañadas. Dice mamá que la prima tiene ya la
contrata segura. Yo no sé nada más que lo que oigo;
pero me parece muy bien que se vayan si es por su
gusto.
—Ya hablaremos de eso. Voy a decirle algo a tu
tía, no sea que tome a desprecio el que yo las deje
a un lado.
— ¡ Y qué te importa! Que lo tome por donde quiera.
—Me importa, y a ti debía importarte más, por­
que, al fin, es tu tía, y el desprecio que yo le hiciera
recaería sobre una persona de tu familia. Nosotros
estamos siempre cumplidos, y con tu tía tengo que
guardar más miramientos... No es gran cosa lo que
tengo que preguntarle...
Sujetó un poco el paso para acercarse a doña Can­
delaria. Doña Justa y Paca se pasaron al bando de
Martina, y Pío Cid continuó sus trabajos de diplo­
macia peripatética.
—¿Cómo es que no han venido las otras niñas?
—le preguntó—. ¿Están buenas?
—Candelita está un poco echada a perder...—con­
testó doña Candelaria—. No es cosa mayor.

204

ÁNGEL GANIVET

—No me ha escrito usted nada sobre el disgustillo
que ha habido.
—No he escrito por no distraerle a usted con cuen­
tos... Más valiera que no se hubiera usted ido, pues,
según me ha dicho mi hermana, viene usted como
fué. Ha hecho usted mal en seguir los consejos de
Martina.
— ¿De qué consejos habla usted?
—Dice mi sobrina que le escribió a usted que se
dejara de política, y que, como ha ocurrido con Gandaria lo que usted sabe, usted no querría nada que vi­
niera por su mediación.
—No está mal pensado; pero la verdad no es ésa,
sino que me he convencido de que no sirvo para esas
andancias. La política les da a muchos de comer, y
a otros les cuesta el dinero, y yo no tengo ningún
dinero que perder. Y ahora voy a decirle algo que im­
porta más, y es que no comprendo que usted, que es
una mujer de carácter, haya tenido tan poca espera
y haya hecho tanto caso de las necedades de Mar­
tina.
— ¿Usted sabe lo que esa niña ha hecho? Porque
supongo que ella le habrá pintado las cosas a su
capricho.
—Sólo me ha hablado del cambio de muebles y
de... no recuerdo bien.
—Eso fué lo primero, y eso y mucho más lo hubie­
ra yo pasado; que, a Dios gracias, no me falta
aguante. No le habrá dicho que exigió el dinero que
usted nos dejó, diciendo que ella quería ser el ama;
y que luego que tuvo el dinero nos dijo que, puesto
que habíamos recibido la pensión de Murcia, nos arre­
gláramos con lo nuestro; ni le habrá dicho que la

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

205

tomó con Candelita y que le arañó la cara, como us­
ted lo verá.
— ¿Y cómo fué eso?
—Fué porque mi hija se cansó de oír sus indirec­
tas y le dijo que era una envidiosa... Esa es la única
palabra que ha podido ofenderla. En cambio, ella
ha dicho cuanto le ha venido a la boca, y hasta ha
tenido la osadía de asegurar que mi hija lo estaba
soliviantando a usted, y que le ha visto a usted darla
un beso... ¿Qué le parece? Con las pocas chichas que
tiene mi Candelita, y Martina que tiene más fuer­
zas que un toro..., le digo a usted que si no ando
lista, Dios sabe si hubiera ocurrido una desgracia...
Por prudencia, por consideración a usted, he seguido
en la casa hasta que usted viniera; pero ya tenemos
apalabrado un cuarto en la misma calle, y hoy mis­
mo nos mudamos.
— ¿Cuál es el plan de usted?— preguntó Pío Cid con
mucha flema.
— Muy sencillo— contestó doña Candelaria tomando
aliento— . Candelita tiene ya contrata en Barcelona.
Yo me voy con ella en cuanto se case Paca. Todo
está ya arreglado; hoy es viernes; el domingo pue­
de ser la boda.
— ¿Usted y don Florentino serán los padrinos?
— S í; don Florentino ha venido a eso principal­
mente...
— ¿Y piensa usted dejar a Valentina con los recién
casados?
— Así tiene que ser. Yo no puedo llevármela, por­
que serían los gastos mucho mayores.
— Pues bien— dijo Pío Cid recalcando la palabra— ;
todo eso me parece un disparate, impropio de una

206

ÁNGEL GANIVET

mujer tan avisada como usted... Usted sabe lo que
se ha gastado para arreglar nuestra casa, y no hay
en ella nada del otro jueves; y estaba casi amue­
blada cuando yo entré en ella... Ponga usted en un
cuarto a tres criaturas con un sueldo que, con el des­
cuento, no llega a 15 reales diarios, y dígame qué
apuros y qué miserias no van a pasar en estos pri­
meros meses, que deben ser de miel y van a ser de
acíbar, de vinagre y de rejalgar. Paca es una mujer
de su casa, como hay pocas, y Pablo no es mal mu­
chacho ; el matrimonio reúne las mejores condicio­
nes para ser bueno, y usted lo va a echar a perder
con esas prisas. Usted habrá visto un nido de pája­
ros, y habrá visto que cuando los pájaros son culoncillos se están pegados los unos a los otros, y que
cuando son volantones comienzan a revolotear por los
bordes del nido, hasta que, al fin, se echan a volar;
y algunos, por volar demasiado pronto, se caen y
se estrellan. No saque usted las cosas de su paso
natural, y déjeme a mí hacer lo que se debe hacer.
Aunque usted no me deje, yo quiero a Paca como si
fuera mi hija, y no consiento que salga de donde
hoy está sino para que esté mejor que está. Ese ca­
samiento es precipitado, porque no tenemos las dos o
tres mil pesetas que harían falta para poner otra
casa...
—Eso es cierto—interrumpió doña Candelaria—.
Malo es empezar con boqueras, porque, como suele
decirse, donde no hay harina todo es mohina; pero
las cosas se han presentado así.
—Yo estoy conforme en que se casen—prosiguió Pío
Cid—. Les cedemos una o dos habitaciones de la casa,
y siguen comiendo en familia como hasta aquí. De

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

207

este modo pueden dedicar el sueldo a comprar lo mu­
cho que les hace falta y a divertirse un poco en estos
primeros meses, y de aquí a fin de año tiempo ten­
drán de buscar piso y de empezar a vivir por cuenta
propia.
—¿Y no cuenta usted con Martina?
—Martina querrá lo que yo quiera. Al verse sola
ha pretendido ser jefe de la casa, y para hacer visi­
ble su autoridad ha cometido algunos abusos; pero
ahora estoy yo aquí y ya no hay autoridad; yo no
mando, pero no tolero que manden otros; quien debe
mandar es la razón, y si usted me demuestra que
lo que yo digo no es razonable, obedeceré las órdenes
de usted. Hay que despedir ese cuarto que han to­
mado y dejarse de niñerías. En cuanto a Candelita,
no quisiera que comenzara como va a comenzar;
pero las cosas no pueden ser pintadas, y aunque la
compañía sea de verano y quizás de poco fundamen­
to, nada se pierde con probar fortuna. Lo que yo de­
seo es que si ocurre una contrariedad, cuenten con­
migo. En cuanto yo sepa que en un apuro acuden
a otro y no a mí, les niego mi amistad para siempre.
Y si por culpa de Martina me vuelven las espaldas,
le aseguro a usted que me iré a vivir solo...
—Eso no—interrumpió doña Candelaria—. Usted
tiene obligaciones.
—Yo tengo la obligación de darles a todas ustedes
para que vivan, porque así lo he ofrecido; pero no
estoy obligado a vivir con una persona a quien le
estorba todo el mundo. Solo se vea el que solo se de­
sea; y si Martina quiere estar sola conmigo, yo la
dejaré sola sin mí... Pero esto es hablar de la mar...
Usted guíese por mí, y no le pesará. Ahora me voy

208

ÁNGEL GANIVET

con Martina, porque ya sabe usted que es picajosa
y se ofenderá si hablamos demasiado.
Volvió de nuevo al lado de Martina, que, en efec­
to, iba ya rezando, y la apaciguó diciéndole que ya
estaba resuelta la crisis doméstica y explicándole el
plan concertado con doña Candelaria. Esta no ha­
bía dicho claramente que sí ni que n o ; pero el que
calla otorga, y Pío Cid dió la cosa por hecha, aun­
que añadió que la había dejado pendiente del plá­
ceme de la principal interesada en los asuntos case­
ros, que era y debía ser la propia Martina. La cual
no puso ningún reparo, pues para ella lo importante
era que Candelita se marchara, cuanto antes mejor.
En esto los dos grupos antagónicos se habían apro­
ximado tanto, que Pío Cid, sin apartarse de Martina,
pudo decirle a doña Candelaria:
—Martina está conforme y contenta, y yo creo que,
una vez que no hay diversidad de pareceres, estos
piques y desavenencias deben cesar.
—Yo por mí...—dijo doña Candelaria.
—Es que ustedes les han dado a las cosas un co­
lor...—agregó Martina.
—En todas las familias hay sus dimes y diretes
—afirmó doña Justa—. Yo no me he mezclado en el
asunto, y comprendía que todo quedaría en agua de
cerrajas.
Mientras Martina le decía a Paca que el arreglo
era seguir viviendo juntos, Pío Cid entablaba un nue­
vo diálogo con doña Candelaria.
—Una cosa se me ha ocurrido—le dijo—. ¿Con qué
nombre va a figurar Candelita? Porque Candelaria
no es propio para una tiple.
^—•Ese punto no está decidido aún—contestó la

209

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

mamá—. Don Narciso nos ha dicho que habrá que
anunciarla con nombre italiano.
—El apellido es bueno, inmejorable, y no hay que
cambiarlo. El nombre es el que no sirve. Si fuera
Valentina Colomba o Paca... Es decir, Paca, no;
Francesca... Ahí tiene usted el nombre. No hay más
que hablar: Francesca Colomba. Suena un poco fuer­
te, pero eso da importancia.
—Está usted en el torno y en las monjas—dijo doña
Candelaria—. Yo no sé lo que saldrá de este arreglo
que usted acaba de hacer; pero por usted lo acepto
todo con el alma y la vida... ¿Quién lo había de pen­
sar cuando nos conocimos?
Salieron de Ja casa en son de guerra, en dos ban­
dos, y volvieron en paz y en uno solo.
Todos entraron en el comedor para tomar un ligero
desayuno. Valentina acudió también, y Pío Cid Je
preguntó por Candelita.
—Está levantada—dijo la muchacha—, pero no
sale porque le duele la cabeza.
—Hoy no es día de dolerle a nadie la cabeza—re­
plicó Pío Cid—. Dile que salga, o si no iré yo mismo
a decírselo.
—Señorita Francesca—dijo en voz alta, acercándo­
se ai cuarto de la futura tiple—, tenga la bondad de
acompañarnos. Las paces están firmadas, y sería de
muy mal gusto desairarnos a todos.
Francesca no contestó, y Pío Cid tuvo que entrar
en el cuarto a buscarla. La vió de pie junto al bal­
cón, y se quedó un momento embobado mirándola.
Estaba la joven vestida de blanco, con una bata suel­
ta, sobre la que caían los rizos de cabello rubio como
rayos de sol; el rostro pálido, y la mirada de los
14

2 1U

ÁNGEL GANIVET

ojos azules triste, melancólica. Pío Cid se acercó, y
sin decirle una palabra más, la cogió de la mano y
la trajo al comedor, cerca de donde estaba Martina.
—Ahora mismo— dijo—os tenéis que abrazar delan­
te de todos. Siempre os habéis querido como herma­
nas, y ahora que pronto os vais a separar, no esta­
ría bien que os quedara ningún rencor.
—Yo no me acuerdo ya de lo que hice—dijo Mar­
tina, abrazando a su prima y llorando— . Es que ten­
go mal genio, lo reconozco; pero después que se me
pasa el arranque, me pesa...
—Vamos, no seas tan guardosa—dijo doña Can­
delaria, viendo que su hija se mantenía tiesa y sin
ablandarse por las lágrimas de Martina.
—Yo también lo olvido todo—dijo al fin la ofendida.
Y abrazó a su prima, aunque sin perder su aire
serio y grave.
—Ahora sólo falta—pensó Pío Cid—que no queden
rastros de lo ocurrido. Es menester que la casa vuelva
a estar como yo la dejé.
Y con esta idea añadió en voz a lta :
— ¿Sabes, Martina, que estoy pensando que la sala
no puede seguir como está? El día de la boda habrá
convidados, y aquí en el comedor no se cabe. No
hay más habitación grande que la sala, y siempre
es bueno para este y otros casos tenerla libre. Nos­
otros nos podemos arreglar en el cuarto que antes
teníamos.
—Yo no tengo interés...— contestó Martina—. Lo
hice para que tú tuvieras una habitación más grande
para escribir.
—Yo escribo aunque sea sobre la tabla de lavar
—dijo Pío Cid—. Por mí no hay que molestarse.

Lóá Trabajos de pío cid

til

—Pues entonces—dijo la impaciente Martina—, va­
mos a mudar los muebles... Ahora mismo—añadió, di­
rigiéndose a sus primas—. Venid conmigo... A mí me
gusta revolver.
Aquel mismo día volvió la casa a su estado normal,
y el silencio reconcentrado de los días de disensión
se desató en charla inacabable y en vehementes mani­
festaciones de afecto. Todas rivalizaban en atencio­
nes cariñosas para destruir el recuerdo de las pasa­
das ofensas. Pío Cid sólo salió un instante para lle­
var a El Eco una revista que escribió en un dos por
tres y cobrar el mes caído, pues halló la bolsa de
Martina en los apuros. Pablo y don Florentino vi­
nieron por la tarde y se quedaron a comer, y de sobre­
mesa quedó resuelto que la boda fuera el domingo
por la mañana, y que por la noche salieran para
Barcelona las dos viajeras, acompañadas por el hon­
rado comerciante de San Sebastián.
—Todo nos ocurre a nosotros al revés—decía doña
Candelaria—. Siempre, después de una boda, el viaje
lo emprenden los novios, y aquí los novios se que­
dan y nosotros nos marchamos.
Pío Cid había pensado ir a visitar a Mercedes des­
pués de la boda, cuando la casa estuviera más tran­
quila, y por sí o por no estaba sobresaltado y deseoso
de explicar a Martina su pensamiento de proteger
a la pobre huérfana, no fuera ésta a presentarse de
repente y diera lugar a un escándalo. Pero tuvo que
ir a casa de la duquesa de Almadura a entregarle
el regalo de su antiguo administrador, y cumplido
ya el encargo, volvía paso entre paso a su casa, a
tiempo que vió cruzar a lo lejos a Juanito Olivares
con otro amigo. Comprendió, por la dirección que lie-

212

ÁNGEL GANIVET

vaban, que no iban a la calle de Fuencarral; y como
se le presentaba una tan buena ocasión de hablar a
solas con Mercedes, cambió en el acto de rumbo y
se decidió a adelantar la entrevista. Llegó a casa
de Juanito, subió al tercero y preguntó por él, y la
criada contestó que el señor había salido hacía poco,
pero que estaba doña Adela.
—¿Quién pregunta?—dijo, saliendo al recibidor,
una señora muy bien puesta, todavía joven, guapa
y algo ajamonada.
—Un paisano de Olivares—dijo Pío Cid—, y de us­
ted si la vista no me engaña.
—¿Su gracia de usted?—preguntó doña Adela mi­
rándole, sin acertar a reconocerle.
—Muy cambiado debo de estar—contestó Pío Cid—
cuando usted no me recuerda. Yo la he conocido al
momento, particularmente por el lunar que tiene us­
ted en la mejilla. Pero cuando yo la conocí era usted
Adelita y costurera, y yo era estudiante y me llama­
ba don Pito-pito.
— ¡Jesús!—exclamó doña Adela—. Usted es el hijo
de... Entonces usted es de quien me ha hablado Jua­
nito. ¡Si seré yo torpe, señor! Pase usted, y no se
esté más en esa puerta. ¡Digo! ¡Pues poco que me
acuerdo de cuando iba a su casa a coser, y de usted,
y de las diabluras que hacía, y de... Es para mí un
alegrón—añadió estrechándole la mano con desen­
voltura—verle aún rodando por estos mundos, y. por
lo visto sin haber sentado todavía la cabeza... Así
me gusta. Los hombres han de ser hombres.
—¿Y cómo es que la encuentro aquí?—preguntó Pío
Cid, entrando en una sala pequeña que vió abierta
y sentándose—. ¿Está usted con Olivares?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

213

— ¡Uy, uy! ¡Pues no es larga la fecha!— contestó
doña Adela— . Hace más de ocho años que nos vi­
nimos a Madrid. Yo ya me recogí a la buena vida...
De todo quiere Dios un poquito. Pero ¿dónde ha es­
tado usted metido? Pues no hace más que la friolera
de... ¡Qué! Más de quince años. Quizás de todos los
hombres que yo he conocido, el que recuerde mejor
es usted... ¡Cuántas veces se lo he dicho a Juanito!
¿Se acuerda usted de un día que aquel criado viejo
que tenían se puso una falda negra y unas enaguas
blancas, como un cura, y nos casó a los dos en bro­
ma? Yo creo que no se debe jugar con las cosas de
Dios, y que si yo no he sido una mujer regular, ca­
sada como Dios manda, ha sido por castigo... Sí, se­
ñor... ¿Y sus hermanos de usted?
— Ya no queda vivo ninguno— contestó Pío Cid.
—Vaya con don Pitopito Gorgorito— dijo lentamen­
te y con cara risueña la ex modista— . ¿Y cómo es que
le vemos por aquí?
—Venía a hacer una visita a Olivares y a la joven
que le acompañaba...— contestó Pío Cid, fingiendo
aire picaro— . Hicimos juntos el viaje.
— ¿Le gusta a usted la Merceditas?— preguntó doña
Adela con tono despreciativo.
— Es algo simpática y parece poco corrida— respon­
dió Pío Cid sin dar importancia a sus palabras.
— Fíese usted de estas pavalacias— replicó doña
Adela— . Dentro de un mes será ésa peor que las
demás... Yo creo que cada día tienen ustedes los hom­
bres más mal gusto, no se fijan más que en cuatro
arrumacos. En particular esta Mercedes es un ani­
malucho, que ni siquiera sabe presentarse. Yo no sé
cómo va a arreglarse cuando baje al principal. ¡Mer-

214

ÁNGEL GANIVET

cedes!— exclamó de pronto— . Sal, que preguntan
por ti.
Mereoedes debía estar en la habitación próxima,
pues salió al punto. Saludó con cortedad y se sentó
en una silla distante del sofá donde estaban Pío Cid
y doña Adela.
— Ya ve usted— le dijo Pío Cid— que no he olvidado
lo que ofrecí. Siento no hallar a Juanito. Otro día
volveré. ¿Ha paseado usted ya algo por Madrid?
— Ayer dimos una vueltecilla, poca cosa— contestó
doña Adela— . Esta se cansó en seguida. Pero, Mer­
cedes, hija, acércate, que parece que estás como un
huésped despedido.
Mercedes se acercó; pero, en vez de sentarse, se
puso a mirar al cielo al través de los visillos del bal­
cón. Pío Cid se levantó y se puso detrás de ella, y
doña Adela no tardó en escabullirse suavemente, de­
jándolos solos.
— ¿Qué tal se encuentra usted aquí?— le preguntó
Pío Cid en seguida.
— Muy mal— contestó Mercedes— . Hace un día que
vine, y ya tengo a la tía esa atragantada.
— ¿Y cómo no se le ha ocurrido a usted marcharse?
— ¿Cree usted que es tan fácil? Y luego que del
dicho al hecho hay gran trecho, y yo no sé si lo que
usted me dijo es posible. Yo creo que no me dejarán
que me vaya.
— Claro está que no la dejarán; pero usted puede
irse aunque no la dejen. No tiene usted que llevar­
se nada consigo, para que así no digan que los ha
robado usted. Se lleva usted lo puesto nada más.
— Pero ¿cómo va a ser eso, si estoy aquí como pre­
sa y no me dejan ni pie ni pisada?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

215

— Cuando baje usted de visita al principal, doña
Adela no estará con usted... Entonces puede usted
decir que ha olvidado cualquier cosa y que va por
ella en un momento, y en vez de echar escaleras
arriba, echa escaleras abajo. Puede llevar en el bol­
sillo un pañuelo de seda y ponérselo en la cabeza
para no llamar la atención... Sigue andando a mano
izquierda hasta que encuentre una parada de coches,
le da las señas al cochero, y pleito concluido. Yo es­
toy siempre en mi c a s a : a cualquier hora que llegue
usted es buena. A ver si el lunes se presenta la oca­
sión...
— Todo eso está muy bien; pero y en casa de usted,
su familia, ¿qué dirá?
— Dejemos eso a un lado. Usted confíe en mí. Yo
no quiero forzar su voluntad, y si usted tiene interés
por Juanito... ¿Cuánto tiempo hace que le conoce
usted?
— Un mes, y estoy ya hasta la coronilla... Por ese
lado...
— ¿Cómo fué el conocerse?
— La culpa la ha tenido doña Rufina. ¡Malha­
ya sea!...
— Y ¿quién es doña Rufina?
— Es una criada vieja de don Gonzalo que vivía
conmigo para acompañarme. Ella fué la que me llevó
a malos sitios.
— Ese don Gonzalo Estirado fué el que la sacó a
usted de Granada.
— ¿Cómo lo sabe usted?— preguntó Mercedes sor­
prendida.
— Ya le dije que yo la conozco: la conocí a usted
cuando era niña, cuando iba llevando de la mano

216

ÁNGEL GANIVET

a su padre ciego. Yo la he besado a usted muchas
veces... No le dé a usted vergüenza de quo yo sepa
que su padre íué mendigo; entonces usted no podía
hacer más de lo que hacía, y su padre no podía ganar
el sustento trabajando. Quizás lo más noble que ha
hecho usted en su vida ha sido servir de lazarillo
a su padre; y si de algo se debe de avergonzar
es de verse como se ve, y más aún, de querer con­
tinuar en esta vida después que yo, como amigo, le
ofrezco mi apoyo para que salga de ella. Yo recuer­
do que mi madre, que ya murió, quiso muchas ve­
ces recogerla a usted para educarla e impedir que
le ocurriera lo que le está ocurriendo; y mi idea es
hacer hoy lo que no pudo hacer mi madre, y por
esto le dije a usted que al acogerla en mi casa creía
cumplir una obligación.
— Yo no recuerdo su cara de usted— dijo Mercedes,
impresionada por el tono fuerte y sincero con que le
hablaba Pío Cid— ; quizás de su madre me acordaría
si la viera.
— Mi madre se llamaba doña Natalia, y a mi casa
iban ustedes todos los lunes.
— Sí, recuerdo ese nombre...— dijo Mercedes, cuyos
ojos parecían eclipsados— . Yo me voy a poner en
manos de usted, y usted hará de mí lo que quiera.
— Y a le dije a usted que peor que hoy está no lo
podrá estar nunca.
— Eso es verdad— dijo Mercedes resuelta— . Esto es
lo peor. Nada, yo voy a escaparme, como usted me
ha dicho.
— Hágalo con precaución, no vayan a conocerle el
deseo... Aunque, puestos de malas, yo la sacaría a
usted por encima de todo el mundo. En fin, me voy

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

217

ya. Si le pregunta doña Adela qué hemos hablado,
dígale que yo deseo frecuentar la casa como amigo
de usted, y que usted me ha contestado que eso no
es posible por el compromiso que tiene con Olivares.
— ¿Y qué va a pensar doña Adela?
— Pensará que es usted una bobalicona; pero más
vale que piense esto que no que sospeche de mí. Con­
que adiós; lo prometido es deuda. ¡ Cuidado con
falta r!
— Y a verá usted que, aunque mujer, también tengo
palabra— afirmó Mercedes, estrechando con fuerza la
mano que le tendía Pío Cid.
Salió éste al pasillo y tosió para que acudiera doña
Adela, la que no se hizo esperar.
— Pero ¿cómo tan pronto?...— le dijo— . Yo creía que
iba usted a esperar a Juanito.
—Y a volveré— contestó Pío Cid— , no sólo por Jua­
nito y por Mercedes, sino por usted, para que ha­
blemos de cosas de nuestros buenos tiempos. Ahora
tengo que hacer, y además la Mercedes parece que
está hoy de mal aguaje.
— ¿No le dije que era una pavona?— apoyó doña
Adela— . No tiene más que fachada.
— Hay que dejar que poco a poco se despabile. Dí­
gale usted a Olivares que he estado aquí y que soy
conocido antiguo de usted, y todo lo que quiera usted
de mi parte.
— |Vaya que se lo diré!— dijo doña Adela, rete­
niendo entre las suyas la mano de Pío Cid— . Y no
olvide que tiene aquí una paisana dispuesta a ser­
virle.
* ,,
— Igualmente.
De vuelta a su easa estuvo Pío Cid dando rodeos

218

ÁNGEL GANIVET

para poner a Martina en autos de la para ella in­
esperada decisión de meter un nuevo huésped, y lo
que es peor, huéspeda, y del género de Mercedes. Al
fin decidió dejarlo para el domingo.
—Tengamos la boda en paz—pensó—, y luego que
los novios estén durmiendo y los viajeros viajando,
lanzaré la noticia. De cualquier modo, nadie me libra
de una reprimenda; y no es esto lo que siento, sino
la llegada de Mercedes. Si fuera otra clase de mu­
jer, o si hubiera medio de conocerla antes de verle
la cara... Lo que es el primer espetonazo será terri­
ble, porque esa criatura no tiene más que fachada,
como dice doña Adela, pero la fachada es monu­
mental.
Se celebró la boda pacíficamente, y no sin cierta
solemnidad, a la que era muy dado don Florentino.
Todo lo que Pablito tenía de informal y sin gobierno,
lo tenía su hermano de grave y sesudo. Era don Flo­
rentino un hombre chapado a la antigua, amante de
dar tiempo a los negocios y enemigo de que le espo­
learan. Aunque tenía dejado a Pablo como cosa per­
dida, vino a Madrid dispuesto a deshacer la boda
proyectada, que le pareció un disparate más, el úl­
timo y el mayor que podía cometer aquella calami­
dad de hermano, que jamás pudo hacer andar dere­
cho. Cuál no fué su sorpresa al verle tan cambiado y
tan metido en sí, hecho todo un funcionario público
y con una novia como Paca, la cual le daba ciento y
raya a la propia mujer de don Florentino, modelo
de señoras serias, apañadas y económicas.
Como don Florentino era muy aficionado a la ropa
negra, su satisfacción se tradujo en un vestido de
seda que regaló a la novia y en nn traje de levita

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

219

que regaló al novio, amén de otras pequeñas aten­
ciones y de correr con todos los gastos del casorio.
Simpatizó grandemente con Pío Cid, y entre am­
bos dieron a la comida de boda un carácter casi sa­
cramental para producir efecto en el espíritu volátil
del novio y hacerle comprender el cambio que debía
operarse en su vida, a partir de aquel día memo­
rable.
Don Florentino, que no tenía hijos, anunció que si
Pablo se enmendaba y se hacía hombre de provecho,
le dejaría la mayor parte de sus bienes, y Pío Cid
ofreció asimismo trabajar para que el joven conclu­
yese su carrera y pudiese obtener un destino de más
sueldo.
—Sin necesidad de esto—añadió—, no tardará Pablito en aumentar sus haberes. Mi amigo Cándido
Vargas confía ser muy pronto catedrático de Derecho,
porque así se lo han ofrecido, y si lo consigue tendrá
que dejar la dirección de un periódico tan avanzado
como El Eco. Para entonces tratamos de fundar un
nuevo diario que se titulará La Juventud, y es cosa
convenida ya que Pablo se encargue de la sección
bibliográfica. Así, pues, el porvenir se presenta muy
sonriente para esta dichosa pareja, y quizás reserva
a Pablo del Valle un papel lucido en el renacimiento
ideal de España.
Terminado el banquete, nos retiramos los dos úni­
cos convidados que a él asistimos: el estudiante Be­
nito y y o; y la familia fué a acompañar a la esta­
ción a los viajeros, dando lugar la separación a una
triste escena de lágrimas que aguaron en cierto modo
las alegrías de la jornada.
Martina lloró también al separarse de Candelita,

220

ÁNGEL

GANIVET

y ahora que la veía partir le parecía incomprensible
haber dudado de ella, y casi se arrepentía de haber
provocado con su imprudente conducta aquel repen­
tino viaje.
Pío Cid vió en este estado de ánimo una coyuntura
que ni pintada para hablar de Mercedes, y de vuelta
a casa, apenas se quedaron solos, se aventuró al fin
a decir:
—Te voy a poner sobre aviso de algo de que no me
había acordado hasta ahora, para que en caso de
suceder no digas que obro sin tu consentimiento...
—¿De qué se trata?
—Se trata de que, viniendo de Granada, encontré
a una pobre joven a quien yo conocí cuando era
niña; venía acompañada por un individuo paisano
mío, que según todas las señas es un truhán, y la
trae a Madrid para pervertirla. Yo se lo dije así a la
muchacha apenas tuve ocasión de decírselo, y ella
se sorprendió, pues por lo visto venía engañada
y consentida en que su seductor se casaría con ella,
o por lo menos, viviría con ella decentemente. La
joven es huérfana y sola en el mundo, y cuando vivía
su padre, que era un buen hombre, mi madre quiso
recogerla y darle educación; así, recordando esto, le
dije que si no quería seguir con el tunante que la ha
engatusado y se veía en Madrid desamparada y sin
tener adónde volver los ojos, que viniera a refugiar­
se en esta casa y que nosotros la admitiríamos...
—Tantos rodeos—interrumpió Martina—para decir
que quieres meter otras faldas en casa. ¿Crees tú que
vendrá?
—No lo sé; pero mis informes respecto de mi pai­
sano son malísimos, y la joven esa me parece que no

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

221

está pervertida todavía por completo; si lo estuvie­
ra, claro está que se reiría de m í; pero también pue­
de suceder que venga cuando menos la esperemos.
Por eso te lo anuncio, para que si viene la recibas
bien. Ahora hay una cama de sobra; ¿qué se pierde
con admitir a esa pobre muchacha y darle de comer
hasta que podamos tomar una determinación?
-—No sé cómo te arreglas—dijo Martina incomoda­
da—, que tu bondad es siempre en favor de las mu­
jeres. Si te dejasen, harías de esta casa una col­
mena.
—Ahí tienes a Pablito, que venía antes a comer.
—Ese es el único; pero en cambio siempre tienes
al retortero varias amigas; amigas o lo que sean...
Acabamos de salir de una, y quieres meterte en otra.
Porque cuando tú hablas con tanta anticipación...,
aquí hay gato encerrado.
—Te lo digo porque pudiera venir esa joven estan­
do yo fuera, y sería ridículo que habiéndole yo ofre­
cido esta casa, tú le cerraras la puerta.
—Pero esta casa ¿es un convento de arrepentidas?
Yo tengo tanto corazón y tan buenos sentimientos
como el que m ás; pero si fuéramos a meternos a re­
dimir al mundo, frescos estábamos.
—No es redimir el mundo; yo tampoco iría bus­
cando mujeres malas para recogerlas y traértelas
aquí; pero he encontrado una que no es mala, sino
que está en camino de serlo, y la he encontrado por
azar y la he conocido...; esto no es buscar las cosas,
es verlas, porque se nos ponen delante de los ojos. El
mayor placer que puedes darme es acoger con buena
voluntad a esa pobre muchacha y hacer con ella lo
que no pudo hacer mi madre. Yo en esto no he de

222

ÁNGEL

GANIVET

meterme: lias de ser tú la que lo tomes por tu
cuenta.
—¿Pero es seguro que vendrá?
Te he dicho que no lo sé; yo le aconsejé que se
escapara y le di mis señas... Si no viene, no hay más
que hablar.
—No sé cómo te las compones—dijo Martina con
voz quejumbrosa—, pero siempre me contrarías en
todos mis gustos. Yo no quiero nada, no envidio
nada; sólo deseo estar sola, vivir en paz, quitarme
tantos testigos de vista. Y tú parece que dices: «¿No
quieres caldo? Dos tazas llenas.» Mire usted que que­
rer que yo tome por mi cuenta a una cualquiera, re­
cogida en medio de la calle... ¿Qué más me hace a
mí falta que aguantarte a ti, que eres un tabardillo
andando? Otro hombre agradecería haber dado con
una mujer buena; esto no es hacerme favor; pero
busca otra como yo... Tú no agradeces nada, ni te
fijas, porque no me quieres. ¿Qué más prueba que lo
que ha pasado con el tal Gandaria? Si tú me tuvieras
amor, le hubieras conocido la intención en la cara, y
no que, dándotelas de sabio y de listo, eres un verda­
dero papamoscas.
—¿Crees tú que no se la he conocido? Se la conocí,
y sabía y sé que no te faltará nunca al respeto. El
decirte que eres guapa es decir la verdad, y no es
delito para que se le ahorque.
—¿Y el leerme versos?
—Conozco esos versos. Te habrá leído una serenata
en la que me llama moro salvaje, y te habrá hablado
de un cazador herido y de mil simplezas más. Peor
sería que en vez de leerte versos te hubiera escrito
alguna carta llena de tonterías. Tú has hecho bien

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

223

en ponerle en lo ancho de la calle, y yo si viniera
haré mejor en seguirlo admitiendo.
— ¡Cómo! ¿Serás capaz de volverle a admitir?
—Yo tengo fe en la libertad, y todo lo resuelvo
por la libertad; él ha entrado aquí libremente, y tú
libremente le has despedido. Quizás si yo, al cono­
cerle la intención, hubiera roto con él, tú le tomaras
lástima, y por la lástima se comienza muchas veces.
Si fuera posible que tú, tratando a ese joven o a otro,
te enamoraras y me abandonaras, ¿no era esto prue­
ba segura de que no me querías a mí? Prefiero saber
la verdad a vivir a ciegas confiando en el amor de
una mujer que acaso me es fiel porque no tiene liber­
tad para engañarme...
—Si tú me quisieras no hablarías con esa frialdad,
ni verías las cosas tan claras.
—Yo te quiero, y sé además que tú no puedes que­
rer a otro hombre, aunque me dejes de querer a mí,
por lo mismo que eres libres de abandonarme cuando
te plazca. Si fueras legalmente mi mujer podrías
engañarme, porque tendrías la disculpa del ligamen
que no podrías romper y la seguridad de ser siempre
respetada; pero ahora, por orgullo, estás más obli­
gada a mantenerte derecha; y luego que a una mu­
jer casada se le pueden hacer promesas impunemen­
te y rebelaría contra el tirano de su esposo; pero
tú tienes un medio sencillo de probar la sinceridad
de un galanteador: dile que eres libre, que se case
contigo, y le verás salir huyendo como alma que lleva
el diablo, y al verle huir le conocerás y le despre­
ciarás...
— ¡Oh, astuto zorro!—gritó Martina—, ¡Ahora te
voy conociendo! Tú me tienes así para tenerme más

224

ÁNGEL

GANIVET

segura. Eres malo—añadió abrazándose al cuello de
Pío Cid— ; pero de puro malo mereces que yo te quie­
ra, y te querré cada día más, porque a tu lado todos
los hombres me parecen unos muñecos...
Al otro día por la tarde se presentó Gandaria en
casa de Pío Cid. No sabía si le recibirían bien; pero
pensó que volviendo las espaldas sin explicarse se
declaraba reo, y que lo mejor era quedar dentro o
fuera de una vez.
Quizás Martina, a pesar de sus alharacas, no ha­
bría dicho nada a Pío Cid; y supuesto que éste no
se diera por enterado, Gandaria iba prevenido para
contarle la historia de ciertos falsos amores con una
aventurera, por donde Pío Cid comprendería que el
joven diplomático no se acordaba ya de Martina.
— ¡Qué perdidos andamos!—le dijo Pío Cid al ver­
le entrar receloso—. Yo creía que le había ocurrido a
usted algo para no haber venido a la boda... Pablito
contaba con usted.
—Mucho sentí no poder venir—contestó Gandaria,
serenándose— ; pero estos días ha habido en casa un
gran disgusto... ¿No sabe usted que mi hermana se
nos va a un convento? Figúrese usted cómo estará
mamá... Papá aprueba la idea, pero a mamá se la
puede ahogar con un cabello.
—¿Y a usted qué le parece la resolución?
—Yo no he dicho nada; cada uno es libre de se­
guir sus impulsos, y siendo firme la vocación... Des­
pués de todo, para las cosas que se ven, más vale en­
cerrarse entre cuatro paredes. Yo, casi casi me alegro.
—De todos modos, pudo usted venir un momento.
Era una comida de familia, y no lo hubiera pasado
usted mal.

225

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

—Para serle franco—dijo Gandaria bajando la voz
y mirando a la puerta, tras de la cual se oyó, en día
no olvidado aún, el grito lastimero de Martina—, tuve
ayer un compromiso ineludible. No ha mucho fui pre­
sentado a una joven extranjera que, según dicen, es
querida de cierto diplomático; una mujer asombrosa,
créame usted, y parece que le he sido simpático, por­
que me invitó a pasear un rato y a charlar tomando
una taza de té en su casa... Precisamente venía a
consultar con usted algo que me interesa, salvo que
a usted le moleste oír hablar de estos ligeros de­
vaneos.
—No me molesta usted—contestó Pío Cid pacien­
temente comprendiendo que Gandaria no decía
verdad.
Porque el joven tenía la flaqueza de que cuando
mentía le temblaban los párpados del ojo derecho, y
cuando comenzó a hablar de la aventura comenzó el
tembloreo sintomático. Sin esta circunstancia hubie­
ra conocido también Pío Cid que la relación era men­
tirosa de cabo a rabo; y, aunque mentirosa, la oía
con gusto viendo los progresos que hacía la imagina­
ción del incipiente poeta.
—Pues ha de saber usted—prosiguió Gandaria—
que el amigo que me presentó le dijo a la joven que
yo era poeta, y me veo en un gran aprieto; la joven
quiso que yo le dedicara una poesía, y yo le dije
que no me gustaba im provisar; pero me vi forzado
a prometer que le compondría u n a ; y recordando lo
que usted me dijo del motivo poético, le rogué que
me diera un pensamiento, para que así la poesía
idmpuesta sobre él fuera en cierto modo obra de los
des. Ella sacó entonces un libro de poesías en ale15

ÁNGEL GANIVET

226

mán (porque la joven, aunque dicen que es italiana,
es del Tirol y educada en Viena, y para el caso como
si fuera austriaca).
—Pues ande usted con ojo—interrumpió Pío Cid—,
porque ésas se pegan como lapas, y cuando cogen
a uno, no le dejan ni a tres tirones.
—Ya veremos. El caso es que me tradujo un pen­
samiento de Lenau... ¿Conoce usted este poeta?
—Es un poeta húngaro de verdadero mérito. He
leído algunas poesías suyas, y sé que murió loco a
consecuencia del abuso del tabaco. Bueno es que
usted lo sepa, porque está siempre fumando y escu­
piendo, y eso no hace ningún bien a la salud.
—Hombre, nunca le cojo a usted desprevenido.
Quizás conozca usted también el pensamiento que me
ha servido para mi poesía; yo lo traduje libremente,
cambiándolo bastante, y sobre él he escrito unas es­
trofas que le voy a leer para que diga si sirven.
—Ya escucho—dijo Pío Cid, con curiosidad.
Gandaria sacó un papel, y después de estirar el
cuello y de mirarse los zapatos de charol, leyó:

CANTO DE PRIMAVERA

¡Oh humano corazón! ¿Qué es tu ventura?
Un momento fugaz, irreparable,
un enigma que surge indescifrable,
un amor que no más que un beso dura.
Brilla el sol y en los yertos corazones
Renueva las pasiones.
Ya se visten los campos de verdura
Y el alma de ilusiones.
¡Oh humano corazón! ¿Qué es tu ventura?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

227

Los pájaros cantando en la enramada,
Despiertan a mi amada
De un deliquio dulcísimo, inefable,
Arrullo de alborada:
Un momento fugaz, irreparable.
El mundo de su sueño lia despertado,
Y ya en su esquife alado
Vuela el amante, inquieto, infatigable,
Tras un amor soñado,
Un enigma que surge indescifrable.
En la noche callada navegamos,
Con ansia nos besamos;
De lo inmenso nos llena la amargura,
Y en el mar sepultamos
Un am or que no más que un beso dura.
—¿Recuerda usted—le dijo Pío Cid, después de ter­
minada la lectura—lo que le dije cuándo leí El beso
eterno? Le dije a usted que rasgara aquellos versos,
que eran demasiado sensuales, y que con el tiempo
la idea reaparecería más depurada. Ahí la tiene us­
ted. Los amantes que se iban al espacio a formar
una estrella, se arrojan ahora al mar para transfor­
marse en un cetáceo.
—Me ha reventado usted—dijo Gandaria un tanto
corrido.
—Mi idea es sólo hacerle notar el espíritu económi­
co que rige las creaciones de los poetas, como las del
último zapatero remendón. Así somos, y no hay por
qué afligirse. Yo le aseguro que esta poesía de hoy,
aunque tiene poco carácter español, es preferible a
la primera. Pero le diré asimismo que lo que usted
ha compuesto, no es una poesía, sino una glosa, y
que si esto en un aprieto como el presente puede
p?sar, no es bueno como sistema, pues por ese ca-

228

ÁNGEL GANIVET

mino sería usted un poeta de salón. Una poesía debe
de ser parte de nuestra substancia, no de una agru­
pación convencional de versos alrededor de una idea
convencional también. Y lo que yo saco en conclu­
sión es que a usted no le interesa la joven austrohúngara, y que por no interesarle ha salido usted
del paso con esas rebuscadas estrofas.
—Ya ve usted—asintió Gandaria— . Persona cono­
cida de ayer, como quien dice, ¿qué interés puede
despertar? Lo que yo deseo es no quedarme en blan­
co. ¿Cree usted que no me pondré en ridículo con
esta glosa?
—Para el uso a que usted la destina viene como
anillo al dedo.
—Pues entonces no hay más que pedir—concluyó
Gandaria guardando los versos—. Y ahora le voy a
preguntar algo que me ha metido en confusión... Me
ha dicho Pablo que ha retirado usted su candidatu­
ra, siendo así que yo había leído en la Prensa su
nombre entre los diputados electos. ¿Cómo se expli­
ca esta contradicción?
—Ha habido a última hora actas cambiadas que
han alterado el resultado del escrutinio. Una zahúr­
da, amigo Gandaria, de la que yo estoy menos en­
terado que usted. Lo cierto es que le dije al gober­
nador que no quería ser diputado con acta sucia, y
allí la dejé para que otro la recoja.
— ¡Es usted terrible, amigo mío, es usted terrible!
—exclamó Gandaria—. Yo no sé qué tomará usted en
serio en la vida; usted se divierte hasta con su som­
bra. Si todos los hombres fueran como usted, el mun­
do sería un espectáculo graciosísimo... Pero eso que
me dice, ¿ew eiert#?

T.OS TRABAJOS T>F. PÍO CID

229

— Y tan cierto. Ya lo verá usted. De esto he de ir
a hablar con su padre en cuanto tenga un momento
libre.
— Cuando usted quiera; ya sabe que en casa se le
estim a; y mi deseo— añadió levantándose y cogien­
do el sombrero para retirarse— es que nos veamos
con frecuencia y que hablemos de poesía y de arte,
dejándonos de politiquerías inútiles.
Llamaron a la puerta, y Gandaria mismo abrió
para sa lir; pero se hizo algunos pasos atrás cuando
vió aparecer la figura aparatosa de Mercedes, la
cual venía puesta de tiros largos y con pañuelo a la
cabeza al modo chulesco.
— ¿Está don Pío Cid?— preguntó con su voz suave,
espiritual, que engañaba más aún que su rostro.
— Pase usted, Mercedes—contestó Pío Cid asomán­
dose a la puerta de la sala.
Gandaria la vió pasar boquiabierto, y salió ce­
rrando la puerta y diciendo para sus adentros:
— Este sí que es un enigma de verdad, no el enig­
ma estúpido de mis versos. ¿Qué será? ¿Qué no
será? Ya lo hemos de saber. ¡Valiente hembra! Casi
estoy por decir que es mejor que Martina... E'.s decir,
eso no, Martina es Dios, y Mercedes es su Profeta.
Pero a este hombre... habría que nombrarle investi­
gador de la belleza oculta. ¿De dónde saca este hom­
bre estos monumentos?
Martina vió a Mercedes pasar y entrar en la sala,
y salió del comedor como una flecha.
— ¿Quién es esa mujer?— preguntó con furia.
— Es la joven huérfana de quien te he hablado
— contestó Pío Cid, cerrando la puerta de la sala y
dejando dentro a Mercedes.

230

ÁNGEL GÁN1VET

— ¡Esta casa no es ningún asilo!—gritó Martina
recio para que la oyesen—. Esa es una mujer tira­
da : no hay más que verla.
—No grites—dijo Pío Cid en voz baja—, ni te dejes
llevar de las apariencias. Esa mujer viene como vie­
ne porque la habrán vestido así, y no iba a desnu­
darse en medio de la calle. Habla con ella y te con­
vencerás de que es una pobre muchacha.
— ¡Ah! ¡Maldita sea la mala hora!...—exclamó
Martina abofeteándose—. ¿Por qué habré yo conoci­
do a este hombre, por qué?
—No te irrites sin motivo, mujer.
—No, si no me irrito; lo que voy a hacer es echar
a esa individua a la calle.
—Si la echas—dijo Pío Cid muy sereno—, me iré yo
también.
—¿Te importa esa mujer más que yo?
—Me importa mi dignidad. Basta que yo haya traí­
do a esa mujer a esta casa para que comprendas que
no hay mala intención; si la hubiera, no la traería
aquí, la llevaría a otra parte. Habla con ella, te repi­
to, y verás que es una infelz.
Pío Cid se fué al comedor, y Martina entró en la
sala y se quedó mirando frente a frente a aquella
moza, cuya insolente hermosura, vista al refilón, le
había encendido la sangre en las venas.
—¿Es usted la joven de quien me habló mi ma­
rido?—le preguntó no sabiendo qué decir.
—Sí, señora—contestó Mercedes, que estaba de pie
en medio de la habitación—. Yo temía servir de mo­
lestia y, si es así, no quiero que nadie sufra por cul­
pa mía; me iré adonde Dios me encamine.
—No, yo me sorprendí al verla porque me figura-

JLOS trabajos oe pío cid

231

ba... Como creía que era una pobre huérfana, vamos,
me extrañó su aparato.
— Ya ve usted, estaba como de visita, y así me salí
— dijo Mercedes quitándose el pañuelo de la ca­
beza.
— ¿Según parece la han traído a usted engañada?
¿Cómo ha sido eso?
— Cosas que hacemos las mujeres por nuestra poca
cabeza. ¡Yo estaba tan bien en Sevilla... mi Sevilla
de mi alm a!— exclamó infantilmente Mercedes, po­
niendo los ojos en blanco.
— ¿Es usted de Sevilla? De allí es mi mamá. Dicen
que es muy bonita.
— Vaya si lo es... Mil veces mejor que esto.
— ¿No le gusta a usted Madrid?
— Déjeme usted de Madrid. Si aquí no hay nada.
Ya ve usted, ni siquiera hay mar, ni un río que vaya
por mitad de la población.
— ¡Si viera usted Cuba, que es una isla, con mar
por todas partes!
— En Sevilla da gusto de meterse en una barca y
de irse a pasear por el Guadalquivir.
— ¿Y usted quiere volver a Sevilla? ¿Tiene usted
allí familia?
—No tengo a nadie más que a un señor viejo, que
era como mi tutor; pero ahora no querrá mirarme
a la cara después del disparate que he hecho. He per­
dido mi bienestar. Tenía un piso tan hermoso, con
una sala como ésta, con cuadros y también mi
piano...
— ¿Toca usted el piano?
— Casi nada; empecé cuando era ya muy grande...
Toco la malagueña, las sevillanas, algunos tangos

232

Angel ganivít

y valses... Decía mi profesor que tengo buen oído,
pero que es más para el canto.
—Pues tiene usted que tocar algo para que yo ia
oiga. ¿No sabe usted tocar las guajiras?
Diciendo esto se había acercado Martina al piano
y comenzó de pie a teclear. Pío Cid que la oyó se
levantó en seguida y dijo a doña Justa, Paca y Va­
lentina, que estaban conferenciando sobre el resul­
tado probable de aquel embrollo:
—Yo me voy, no tardo en volver.
— ¿Me deja usted a mí ese lío?—preguntó doña
Justa asustada.
—La cosa debe marchar bien cuando Martina toca
el piano. Si pregunta por mí, dígale que he ido al
teatro a buscar las localidades.
—Pero ¿quién piensa en teatros con estas escenas
que hay en casa?
—Yo le he ofrecido a Paca llevarla al teatro de la
Zarzuela, donde conoció a su marido, y hoy es la
función de despedida. Conque...
—Por mí no se preocupe usted—dijo Paca.
—Iremos todos—aseguró Pío Cid—, y éste será el
mejor medio para que se pase la noche pronto.
Las rabietas de Martina tenían dos soluciones:
la música o las lágrimas. Cuando no se calmaba
llorando, se desahogaba cantando guajiras, de las
que tenía un riquísimo repertorio, recogidas de boca
de los mismos guajiros; algunas eran sátiras inten­
cionadas, y a veces mordaces y cruentas, contra los
peninsulares, y de éstas se servía para maltratar
indirectamente a su marido, el cual, lejos de incomo­
darse, tomaba el asunto por el lado musical y gra­
cioso. Así, pues, no se equivocó Pío Cid al pensar que

LOS TRABAJOS DE P f o CID

233

el tecleo era indicio de que el encuentro formidable
entre Martina y Mercedes se resolvía en lamentacio­
nes armónicas.
— ¡Oh bestezuela admirable e incomprensible, lla­
mada mujer!— murmuraba, bajando las escaleras— ;
si no existieras, sería necesario emborracharse tres
veces al día para sobrellevar la pesadez y sosera de
la vida. Tú eres el único ser digno de amor noble y
sincero, porque eres lo incoherente, lo que se escapa
de la lógica, siendo lo más lógico de la creación.
En esto oyó la voz de Martina que cantaba; se
detuvo y, apoyándose en la perinola de la baranda,
escuchó un momento, sin comprender lo que decían
las palabras confusas que a sus oídos llegaban; sólo,
al final, oyó distintamente dos versos pronunciados
con más brío :
... tienen las patas muy largas
y también son cabezones...
Y, después de un breve intervalo, la voz, ahora más
lánguida y cadenciosa, lenta como si fuera murién­
dose poco a poco, repitió:
Tienen las patas muy largaaas
y también son cabezoneees...

TRABAJO

SEXTO

Pío Cid asiste a una enferma de frivolidad.

— ¿Conque usted es amigo tan antiguo de Miralies?—preguntó distraídamente la duquesa después
que hubo leído la carta del gobernador.
—Sí, señora—contestó Pío Cid—, le conocí hace ya
muchos años en Inglaterra.
— ¿Ha vivido usted en Inglaterra?
— Bastante tiempo.
— ¿Qué puntos son los que conoce usted?
—Casi todas las ciudades importantes; pero de
asiento he estado sólo en Liverpool y en Londres.
—Hermoso país aquél, ¿no es cierto?
—Los niños ingleses son bonitos; pero cuando
crecen y se hacen hombres o mujeres...
—No me refería a eso. Hablaba del país en ge­
neral.
—El país es triste y demasiado prosaico. Es más
agradable vivir bajo este cielo de España...
— Eso es verdad; pero el cielo es cosa de Dios y
no de los hombres. A lo que yo me refería—insis­
tió la duquesa, que deseaba hacer confesar a Pío
Cid que Inglaterra era mejor que España—era a la

?36

Angel gantvet

vida inglesa, a la prosperidad, a los adelantos, a
las com odidades de aquella vida...
—H ay de todo, como en todas p a rte s—contestó
Pío Cid, sin ceder al deseo de la duquesa— ; y casi
estoy por decir que, por Jo mismo que hay m ayores
bienes, hay tam bién m ayores m ales. Yo, puesto a
elegir, elegiría E sp añ a, sin que por esto piense que
aquí estam os bien.
—Es usted m uy p atrio ta. Yo vivo la m ayor parte
del año en el E xtran jero , y los meses que paso aquí
me parecen ta n largos...
—H ab rá perdido usted el gusto por las cosas de
E spaña. Yo no encuentro esto tan despreciable.
—Vamos, no diga usted... P ues si h ay p a ra no
acabar. Desde que llega usted nota ya el cambio en
los trenes. Aunque vin iera usted en el m ejor tren de
E uropa, no sé lo que p asa que, al cru zar el Pirineo,
cam bia la decoración. Parece que e n tra usted en un
m undo diferente... • y luego este estado de abandono
de las ciudades... En fin... creo que dijo m uy bien
quien dijo que la m ay o r pru eb a de am or que se
puede d a r a E sp añ a es vivir en ella cuando se tie­
ne p a ra vivir en o tra nación.
—P ues yo, p a ra irm e a o tra parte, me iría a
Africa...
—M ira, Jaim e—interru m p ió la duquesa, d irigién­
dose a un niño como de ocho años que entró co­
rriendo en el despacho donde Pío Cid h abía sido re­
cibido—, aquí no haces n in g u n a falta. Vete a ju ­
g ar al jard ín .
—Déjele usted que se acerque — dijo Pío Cid—.
Tiene usted y a u n hijo tan espigado...
—Es el prim ero y el único—contestó la duquesa— ;

LOS TKABAJÜS DE PÍO CID

231

y crea usted que se basta y se sobra para no dejar­
me en paz. Es muy travieso y desaplicadillo.
— ¿Qué estudia este mozo?— preguntó Pío Cid mi­
rando a Jaime, que se había acercado a pesar de
la orden de su mamá.
— Todavía no ha empezado a estudiar— contestó
la duquesa— . Hasta ahora ha estado entretenido con
los idiomas.
— Es algo endeblito y no conviene apresurarlo.
Tiene un gran parecido con su padre...— añadió Pío
Cid, mirando un retrato que estaba en el testero prin­
cipal de la habitación.
— Muchísimo—asintió la duquesa, diciendo en voz
más baja a su hijo que se retirara— . Pues sí, se­
ñor— prosiguió, sin acertar a recoger el hilo del
diálogo, interrumpido por la llegada de Jaime— , es
necesario tener mucho patriotismo..., porque... Vea
usted si no este ejemplo... Ahora estoy preocupada
con los estudios de mi hijo... Me confesará usted
que en España no hay medios de educar bien a un
joven. En este punto, nuestro atraso es vergon­
zoso...
— Según los estudios que ustedes piensen darle.
—Cualesquiera que sean — replicó la duquesa— .
Por mi gusto sería ingeniero. Yo estoy con el espí­
ritu de la época. El duque desearía prepararle para
la diplomacia...
— ¿Y cree usted que de España no pueden salir
grandes ingenieros?
—No sé qué le diga; pero no es sólo el estudio de
las Academias. Se requierén otros estudios anterio­
res, dirigidos por un preceptor inteligente. Hasta
«ahora Jaime tu#, «suido a cargo de una insjjitq-Cvú

238

ÁNG'X GANIVET

inglesa. Habría que traer un profesor extranjero
también,..
— Es cierto que en España es difícil hallar buenos
preceptores— interrumpió Pío Cid— ; esto ocurre por­
que los que hubiera no tendrían empleo, ni quizás
serían tan bien considerados como los de otros paí­
ses; pero precisamente está usted hablando con un
preceptor, y, aunque peque de inmodesto, lé ase­
guro que soy rapaz de dirigir a un discípulo como
el maestro más entendido.
— ¿Es usted preceptor?
— No lo soy de oficio, pues nunca he tenido necesi­
dad de enseñar ; pero ahora las circunstancias me
obligan a ello y no tendría inconveniente en dar
lecciones.
— ¿A qué enseñanza se dedica usted?
— A todas las que usted quiera. Aunque en el caso
de su hijo, antes de enseñarle hay que descubrirle
las aptitudes para no perder el tiempo en balde. ¿A
qué es a lo que muestra mayor afición?
— Hasta ahora a nada, porque es muy desaplicado.
— No crea usted, señora, que haya nadie desapli­
cado en el mundo. Cuando un maestro dice que un
discípulo es desaplicado, debe de entenderse que el
maestro es tonto y no sabe hablar al discípulo de
cosas que le interesen. Fuera de los casos contados
de idiotismo congènito, no hay niño que no muestre
interés por algo, y en cuanto hay interés hay apli­
cación.
— Pero a veces no se logra descubrir la aptitud.
— No se logra porque el maestro sabe poco o de
pocas materias, y cuando ha agotado su pobre re--’
p o to rio ,-declara que .el alumno-carece de aptitudes-

239

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

definidas; si supiera hablar de todo, desde los traba­
jos manuales hasta la alta filosofía, iría cambiando
de asuntos hasta que el discípulo se descubriera. Sin
embargo, lo corriente es que no sean necesarias tan
largas pruebas, y que pocas palabras bastan para
conocer el espíritu de un niño. Yo me compromete­
ría a darle a su hijo dos o tres lecciones, y a decir­
le a usted a qué estudios deberían dedicarlo para
que llegara a ser un hombre de mérito.
—Yo aceptaría con mucho gusto y agradeciéndo­
le el interés que demuestra por mi Jaime; pero tam­
poco querría que usted se molestara... Como profe­
sor podría usted darle algunas lecciones, eso sí.
Usted conocerá idiomas; le hablará en francés y en
inglés, para que no los olvide ahora que se queda
sin institutriz, y luego, más adelante, veríamos. El
duque tiene cierto empeño en llevarle a Francia a
un colegio de jesuítas, donde él se educó también
—Yo me pongo a las órdenes de usted, y usted
dispondrá de mí en la forma que más le plazca.
—Yo sólo deseo que usted no se incomode inútil­
mente. Puesto que usted, según dice, se dedica a la
enseñanza, creo que nada se pierde por hacer un
ligero ensayo... Siempre es útil conocer las aptitu­
des de los niños; a ver si usted descubre las de
Jaime.
—Eso puede usted darlo por hecho a las primeras
lecciones.
—Pues, cuando a usted le sea posible, venga por
aquí; yo le encargaré a mi secretario que se pon­
ga de acuerdo con usted para lo relativo a honora-,
rios... Y cuando le escriba usted a Miralles, dígale
que estimo mucho su presente—dijo, para terminar,;,
i

-

*

240

ÁNGEL GANIVET

la duquesa, haciendo un movimiento para levan­
tarse.
—No lo olvidaré—asintió Pío Cid, levantándose y
despidiéndose con un movimiento de cabeza ligera­
mente ceremonioso.
Así comenzaron las relaciones de Pío Cid con la
duquesa Soledad de Almadura, las cuales no pasa­
ron, por lo pronto, de este primer cambio de pala­
bras superficiales. Pío Cid volvió a los pocos días y
se encargó de dirigir los estudios de Jaime; pero la
duquesa, aunque tanto interés había mostrado por
la educación de su hijo, no volvió a acordarse de
este grave asunto. No le pareció mal que el niño
tuviera un preceptor interino, hasta que se decidie­
ra más adelante los estudios que había de seguir;
pero seguramente estos estudios los seguiría en el
extranjero, porque era cuestión resuelta ya que en
España no era posible que un joven ilustre recibiera
una educación apropiada; y ni Pío Cid, ni un pre­
ceptor bajado del cielo, serían capaces de destruir
la mala opinión que los duques tenían de su país.
Era éste, quizás, el único punto en que los duques
coincidían; en lo demás siempre estaban en des­
acuerdo o lo habían estado, puesto que a la sazón
rara vez se veían juntos, y más rara vez aún se diri­
gían la palabra. Sin embargo, no tardó la duquesa
en desear ver de nuevo a Pío Cid, porque recibió
una carta de don Estanislao Miralles en la que ha­
blaba de él con extraordinario encomio, sin olvi­
dar lo relativo a la elección, y asegurando que era
para Jaime una fortuna haber caído en manos de tan
buen maestro. La duquesa tenía una fuerte dosis
de
y su yapidad más ¿aiivme era la pre-

241

I O S TRABAJOS DE PÍO CID

tensión de conocer a las personas con sólo echarles
la vista encima. Aunque no parezca bien aplicar
a una tan bella señora una tan fea palabra, hay que
decir que la duquesa se creía a sí misma «psicóloga», y que su idea de la vida se reducía a la perspi­
cacia psicológica y al arte de hablar espiritualmen­
te y al desarrollo del sistema muscular por medio
de los ejercicios elegantes. Así, pues, no pudo tole­
rar que Pío Cid se hubiese escapado a su observa­
ción ; ella le tomó por un preceptor (y para la du­
quesa un preceptor estaba a poca más altura que
un ayuda de cámara), por un hombre vulgar y me­
dianamente educado, y de los informes de Miralles
se desprendía, al contrario, que era un ave rara en
España. Quizás, dadas las ideas de Pío Cid, lo
más pequeño que hizo en su vida fué renunciar al
acta de diputado; y en cambio a la duquesa le pare­
cía incomprensible que quien podía ser padre de la
patria se aviniera al obscuro oficio de preceptor; y
de todos los elogios que escribía don Estanislao para
recomendar a su amigo, el único que produjo efec­
to fué éste, que demostraba que Pío Cid era persona
de categoría y a la vez hombre desinteresado.
Un día, al terminar la lección, cuando Jaime, y Pío
Cid tras él, salían del gabinete donde tenían sus colo­
quios, se asomó la duquesa a la puerta del despacho,
que estaba contiguo, y, como quien hace una pregun­
ta sin importancia, dijo, tomando la cara a Jaime:
—¿Qué tal el discípulo? ¿Le da a usted mucho
que hacer? ¿E9 muy desaplicado?
—Es la aplicación misma—contestó Pío Cid dete­
niéndose—. Aprende la mitad o más de lo que le en­
seño, que es cuanto se puede apetecer.

16

"242

ÁNGEL GANIVEt

—¿Qué le enseña usted ahora?—volvió a pregun­
tar la duquesa—. Pero pase usted... Y tú, Jaime,
vete a comer, que ya será hora. ¿Conque es tan apli­
cado? Así me gusta.
—Sí, señora—dijo Pío Cid, entrando en el despa­
cho y sentándose en una silla que le señalaba la
duquesa—, adelanta mucho, y vamos a sacar de él
una notabilidad.
— ¡Una notabilidad!—exclamó la duquesa con ad­
miración un poco forzada—. ¿Pero notabilidad en
qué? ¿Qué le enseña usted ya?
—Le estoy enseñando en primer término a hablar
—aseguró Pío Cid gravemente—. Jaime ha empeza­
do muy pronto a estudiar idiomas, y el que menos
conoce es el suyo propio; lo habla como un extran­
jero.
—Dicen que ésta es la mejor edad para estudiar­
los...
—Sí es la mejor; a condición de que al estudiar
los idiomas extranjeros no se olvide el propio, y de
que con las palabras extranjeras no entre también
el espíritu extranjero.
—Usted es españolista rígido por lo que se ve.
—Soy español nada más, y no me asusto de que
abramos las puertas de par en par a todas las ideas,
vengan de donde vinieren. Lo que no me parece bien
es que perdamos nuestra personalidad y seamos imi­
tadores serviles. Jaime ha tenido una institutriz in­
glesa, y es casi por completo un inglesito, y yo no
veo la razón de que esto sea así. Cada cual debe de
ser por fuera lo que es por dentro; el que se retoca
para no parecer lo que es, da mala idea de sí mis­
mo, puesto que él mismo empieza por despreciarse.

tos

TRABAJOS DE PÍO C ID

243

—Eso está muy b ien; sin embargo, no crea usted
que hoy por hoy sea ninguna gloria nacer en este
rincón de España. En otros tiempos fuimos algo,
pero ahora ya ve usted adonde hemos venido a
parar.
— Usted, señora, cree sin duda mucho de lo que
por ahí se dice en contra nuestra, y la mayor parte
de lo que se dice, somos nosotros los que lo decimos.
Para mí la primera nación es España...
— ¿Primera en qué?— interrumpió vivamente la
duquesa.
— No es necesario ser primero en nada para serlo
en todo. Hay naciones que tienen muchos barcos,
un ejército poderoso o grandes riquezas, y en esto
son superiores a nosotros; pero tontos seríamos si
aceptáramos como puntos de comparación esas ex­
terioridades. Hay una Guía de España, donde están
los nombres de nuestras personalidades más distin­
guidas, con sus títulos, cargos y honores. Si busca
usted allí mi nombre, no lo encontrará; y ¿cree ustéd que valgo yo menos que todas esas personalida­
des? Si se quiere hacer la prueba, que se nos pon­
ga en un sitio donde haya que desarrollar plenamen­
te nuestras facultades; en un lugar apartado de la
influencia de nuestra civilización; en el centro de
Asia o de Africa, donde no tuvieran valor ciertos
prestigios convencionales que entre nosotros lo tie­
nen. Casi estoy por decirle a usted que en nuestro
tiempo los títulos y honores, conseguidos de ordina­
rio por el camino de la adulación y de la bajeza,
son indicio de pequeñez espiritual; de igual suerte
que la supremacía de las naciones, fundada en el
abuso de la fuerza material, revela una inferioridad

ÍNGIT, GANTVI®

palmaria. ¿Conoce usted el dicho popular de que
(da gracia del barbero es sacar patilla donde no
hay pelo»? Pues esta gracia es la gracia de Espa­
ña. Nosotros somos capaces de hacer más que nadie,
con menos medios que nadie, sin duda porque la
falta la suplimos con algo nuestro propio, con algo
que está en nuestra sangre y que constituye nuestra
fuerza y nuestra superioridad.
—Es usted un hábil polemista, amigo m ío; pero
si en otros tiempos hicimos algo grande porque tenía­
mos fe, y ya se dice que la fe hace milagros, ahora
no hacemos más que copiar, y copiar mal lo que
otros inventan. Han cambiado los tiempos...
— ¿Piensa usted, pues, que nosotros, que hemos
sido capaces de crear cosas muy altas, no serviría­
mos para componer ciertos artefactos modernos?
Todo sería que nos lo propusiéramos. Si usted quie­
re puede tener en casa un inventor; precisamente
Jaime tiene aptitudes naturales para la Mecánica.
— ¿De veras?
—Y tanto. La primera afición que ha descubierto
es a la Agricultura. Esto debe de ser en parte por
instinto, porque su constitución es bastante delica­
da y exige una vida enteramente rústica por lo me­
nos hasta los veinticinco o treinta años; más que
seguir carrera, lo que al niño le convendría, como
a la mayoría de los hijos de los aristócratas, sería
vivir y estudiar en el campo e interesarse por los
progresos de la Agricultura en general y por los de
sus haciendas en particular. Usted me dijo que por
su gusto el niño sería ingeniero; podía ser ingenie­
ro agrónomo y tener su correspondiente título; aun­
que con el de duque que heredará le sobra, y lo que

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

245

más falta le hace es saber. Saber cosas bellas y úti­
les, y luego iniciarle en el secreto de las invencio­
nes, para que ilustre su apellido con alguna hazaña
moderna de esas que a usted tanto le seducen.
—Ahora que me habla usted, recuerdo que Jaime,
cuando estuvo la última vez en el campo, construyó
un molino (cosas de muchachos), y todos los que lo
vieron decían que estaba muy bien y que revelaba
mucho ingenio. Pero ¿cómo es posible aprender a
ser inventor? Yo creía que los inventos eran obra
del azar; es decir, hay también que estudiar, pero
entre tantos como estudian, uno por casualidad tro­
pieza con algo nuevo.
—El inventar—aseguró Pío Cid con aplomo—es
cuestión de independencia y de audacia. Usted ha­
brá notado que yo en materia de educación dejo
mucho que desear. Soy mal educado, lo reconozco;
y si usted me Jo dice no me ofendo, porque, a mi
juicio, la educación es una de tantas rutinas. Pues
bien; en la ciencia hay sabios mal educados, y és­
tos son los inventores; no siguen las reglas usuales,
sino que piensan o manipulan a su antojo, y así
revelan su originalidad, sacan a la luz hechos ocul­
tos, inventan. ¿No se le ha ocurrido a usted pen­
sar que yo sea un inventor desconocido?
—Me ha parecido usted un tipo extravagante—con­
testó la duquesa con sonrisa amistosa—. ¿Cuál es el
invento de usted, vamos a ver?
—Quizás se imagina usted que mi invento es como
el de una señora que yo conocí, la cual andaba re­
volviendo oficinas para obtener patente de inven­
ción en todas las naciones, y luego supe con sor­
presa que el invento consistía en una red emplomada

2AG

Í N G F L tlAN TV O T

para embalar y resguardar las seras de carbón o
los canastos de fruta... No es mi invento de esta cla­
se, ni es un invento solo, sino que son más de veinte,
y con cualquiera de ellos, si yo quisiera darlo a cono­
cer, podría hacerme millonario.
—Pues si no los ha sacado usted a la luz por falta
de medios—dijo la duquesa en un tono entre bur­
lón y benévolo—, yo le ofrezco mi protección. He
aquí algo original que no me disgusta del todo.
En vez de proteger artistas, ¡cuánto más me satis­
faría que por mi mediación tuviera España la hon­
ra de contar entre sus hijos algún inventor famoso!
—No es protección lo que necesito—contestó Pío
Cid inclinándose en señal de gratitud—, pues algu­
nos de mis inventos podrían proporcionarme dine­
ro en abundancia sin exigir grandes desembolsos.
La dificultad está en que yo creo que los inventos
son perjudiciales al hombre, y en que los míos lo
serían también, y el aliciente de la ganancia no
basta a decidirme a echar sobre mí la gran respon­
sabilidad de hacer un daño positivo a mis seme­
jantes.
—Eso es según y conforme. Hay inventos útilísi­
mos... Tantas máquinas para ayudar al hombre en
sus trabajos..., el ferrocarril, el telégrafo..., cente­
nares podrían citarse.
—A mí, al contrario, me parece que es tanto mejor
la vida cuanto más sencilla y natural. Si continua­
mos por el camino que hoy seguimos, bien pronto
será la existencia una carga tan pesada que no ha­
brá quien la soporte. Los nervios, sacudidos por
tantas y tan fuertes excitaciones, harán de nosotros
autómatas despreciables, cuando no nos lleven a la

LOS TRABAJOS DE PÍO (3D

247

locura. Hay inventos útiles, los pequeños inventos
de la industria humana, que más que inventos son
aplicaciones de las fuerzas naturales que están a
la vista y al alcance del hombre; pero las invencio­
nes verdaderas, las que versan sobre fenómenos
ocultos y misteriosos, son perjudiciales porque sa­
can las cosas de quicio. Vea usted, por vía de ejem­
plo, una de mis invenciones. Usted no ha pensado
nunca, ni quizás ningún ser humano pensó jamás,
que en nosotros hay luz latente; más claro, que so­
mos focos de luz espléndida y admirable que hasta
el día ha permanecido invisible. Pues bien : yo he
descubierto esa luz, a la que podríamos llamar «luz
humana».
— ¡Usted!—exclamó la duquesa con curiosidad.
—Yo—afirmó Pío Cid con acento convincente—. Y
no crea usted que le doy importancia a mi descubri­
miento. Sé que las más altas concepciones de la idea
pura, a la que yo profeso culto y amor, interesan
ahora menos que una innovación insignificante en
los velocípedos; figúrese usted qué revolución no ar­
maría en el mundo mi invento de la luz humana. El
aparato para producirla cuesta menos de dos pe­
setas y dura una infinidad de años; y la luz es eter­
na, puesto que dura tanto como la vida del hombre ;
el que se muere ya no luce más; pero nacen otros
que empiezan a lucir, y la luz aumenta conforme
crece la humanidad... Y ahora que tanto se habla
de negocios, ¡qué negocio éste si se piensa en la mi­
llonada que el mundo gasta en alumbrarse, y que se
ahorraría por completo con la nueva luz, que no
cuesta absolutamente nada!
—■
-Pero eso parece un cuento fantástico.

248

ÁNGEL GANTVET

—Es una realidad tan insignificante que, una vez
conocida, nos sorprende haya podido permanecer
oculta. ¿Usted tiene corazón?
— ¡Qué pregunta!
—Me he explicado mal. Quiero decir que si usted
se ha fijado alguna vez en su corazón. ¿No se ha
puesto usted la mano sobre él y no le ha sentido
latir?
—Naturalmente — dijo la duquesa, llevándose la
mano al corazón por movimiento maquinal.
—Pues bien ; donde hay movimiento hay luz en
germen. No sé si usted sabrá que los sabios ya no
admiten varios agentes o fuerzas ; los reducen todos
a un fenómeno único : la vibración del éter. Con el
tiempo se llegará a ver claro que no hay tal éter ni
tal vibración. Pero sin meternos en honduras, para
que usted no se fatigue, le diré en dos palabras que
mi invento consiste en un aparato sencillísimo, con
el que saco del latido casi imperceptible, y hasta
aquí no utilizado, del corazón, un flùido transmi­
sible, a semejanza de una corriente eléctrica, aun­
que nada tiene que ver lo uno con lo otro...
—¿Y de ese fluido sale la luz?
—Aún no. Ese flùido del corazón es la mitad de la
nueva luz. Para que haya tormenta ha de haber
dos electricidades que se atraigan y choquen, y del
choque nacen relámpagos y rayos, que son como mi­
radas e imprecaciones del Universo. También la
luz humana brota de un choque de dos corrientes,
aunque brota más silenciosa y serena.
—¿Y de dónde sale el otro flùido?—preguntó la
duquesa con el mismo interés con que un nifio pre­
gunta el desenlace de una historia.

L O S TRABAJOS DE PÍO C ID

249

—Sale del c ereb ro ; está oculto en las sienes, como
el otro estaba oculto en el corazón. E nlaza usted am ­
bos flúidos por un conductor... Un cordoncillo tan
fino como ése—dijo señalando el de que p endían los
im pertinentes de la duquesa—, y ya está creada la
luz hum ana.
—¿Usted la ha visto? ¿H a hecho usted la expe­
riencia?
—L a he hecho u n a sola vez, y la vi en form a de
arco sobre mi cabeza; vi un nim bo de luz ro ja como
la sangre, con fra n ja s a m a rille n ta s; y no obstante
lo subido del color, aquella luz alu m b rab a como
u n a estrella que fu era descendiendo y acercándose
m ás y m ás a Ja tie r r a ; porque el asom bro ag itab a
todo mi ser, y conform e au m en tab a el la tir de mi
corazón y la punzada de mis sienes, au m en tab a la
fuerza de la luz, h a sta ta l punto que creí a rd e r y
consum irm e en mi pro p ia llam a, y asustado rom pí
el hilo que enlazaba las dos corrientes...
—Eso parece un invento in fern al—dijo la duque­
sa, m irando a su sta d a a Pío Cid, quien al hacer la
revelación h ab ía tom ado involu n tariam en te un aire
m isterioso y diabólico.
—Yo me he ju rad o a m í mismo no descubrir j a ­
m ás el secreto de mi in v en ció n ; pero sin descubrirlo
sería capaz de m ostrarle a usted, en usted m ism a,
esa luz m aravillosa, brillando en su en so rtijad a ca­
bellera como u n a d iadem a de fu e g o ; fuego del cielo
o de los infiernos, ¿qué im p o rta?—agregó Pío Cid,
como burlándose del miedo in fan til que en el rostro
de la duquesa se re tra ta b a .
—Sólo de pensarlo me d a miedo—dijo la duquesa
levantándose—. Es usted un. hom bre verdaderam enr

250

ÁNG«L GASIVET

te original... Usted no es lo que parece..., aunque
dice que todos debemos parecer lo que somos.
— ¿Qué cree usted, pues, que soy yo?— preguntó
Pío Cid, levantándose también, como para retirarse.
— Usted vale demasiado para simple preceptor...
Usted debía aspirar a cosas más a lta s; por más que
ya sé que no es usted ambicioso y que no ha mucho
renunció usted a un cargo político brillante, por el
que tantos otros se afanan... Lo sé por Miralles,
quien me ha hablado de usted como usted se me­
rece.
— Usted tiene quizás, señora, una idea demasiado
alta de la política. Yo creo que enseñar vale más
que gobernar, y que el verdadero hombre de Estado
no es el que da leyes, que no sirven para nada, sino
el que se esfuerza por levantar la condición del
hombre. Quienquiera que haga de un tonto un dis­
creto, de un haragán un trabajador, de un tunante
un hombre de bien, ha hecho, él solo, más que diez
generaciones de hombres políticos, de esos que se
contentan con ver funcionar por fuera el mecanis­
mo de las instituciones.
— Esa idea será todo lo noble que usted quiera;
pero vengamos a la realidad, y dígame si los hom­
bres de entendimiento superior no tienen su puesto
marcado en la política, y si un preceptor, en el he­
cho de serlo, no se condena él mismo a ser un cero
a la izquierda.
— Eso piensa todo el mundo; pero yo pienso lo
contrario, y sigo mi parecer. Supuesto que yo valie­
se algo, no valdría tanto como Aristóteles, por ejem­
plo ; y Aristóteles fué preceptor, y nada perdió con
serlo...,.

1,0

7:;ABAJOS DE PÍO CID

231

— Pero, amigo mío—interrumpió la duquesa, dán­
dose aires de bien enterada—, Aristóteles fué pre­
ceptor del hijo de un rey.
—Y yo soy preceptor del hijo de usted—replicó
Pío Cid, dando intencionadamente a su galantería
el tono de una réplica escolástica.
—Tiene usted salida para todo—asintió la duque­
sa, esponjándose al oír el argumento, mientras Pío
Cid aprovechaba la ocasión para despedirse, sin
añadir una palabra más.
No era asunto fácil despertar interés en el espíritu
superficial y voluble de la duquesa, y no fué escaso
mérito en Pío Cid acertar; la revelación del invento
de la luz humana (que no era broma, como alguien
podría suponer, sino invento real y verídico, como
otros que por amor a la verdad, ya que no a la
ciencia positiva, se declararán en el curso de estos
trabajos) fué un medio muy eficaz, empleado muy
hábilmente por el original preceptor para conseguir
su objeto. La duquesa pensó varias veces en la fa­
mosa ocurrencia de convertir a los seres humanos en
farolas ambulantes, y aun deseaba saber si también
todos los animales tendrían luz latente como el hom­
bre. Este punto no lo había tratado Pío Cid ; pero a
la duquesa, con la primera lección le bastaba para
comenzar a tener ideas personales. Dos o tres veces
estuvo para entrar de nuevo en el despacho y pre­
guntar al maestro por los adelantos del discípulo,
pero lo dejaba para otro día por no familiarizarse,
ni menos mostrar curiosidad.
Hubo al fin un motivo natural para que la duque­
sa hablase de nuevo con Pío Cid : el de despedirse
pura emprender la acostumbrada excursión veranie*

252

ÁNGEL GANIVKT

ga, que casi siempre se prolongaba hasta fines de
año, y recomendarle eficazmente que no dejase de la
mano a Jaime, Cuya aplicación y apego al maestro
eran ya notorios.
Estaba la duquesa en un gabinete contiguo al des­
pacho, leyendo un libro muy lindo de poco volumen,
y al ver entrar a Pío Cid y a Jaime, se asomó Un
momento para que su presencia fuera notada, y dijo :
—Den tranquilamente la lección. Cuando termi­
nen, tengo que hacerle a usted algunas indicaciones;
no es cosa de importancia...
Después se retiró con el libro abierto y continuó
su lectura, aunque más atención que al libro pres­
taba a las explicaciones que dió aquel día Pío Cid,
las cuales eran las últimas de una curiosa serie so­
bre el tema tan útil como poco estudiado de la ela­
boración del pan, comenzando desde que se siembra
el trigo, hasta que sale la hogaza cocida del horno.
Había tomado pie el maestro para estas lecciones,
de la noticia que le dió la duquesa de que Jaime ha­
bía construido un molino de juguete. Los duques
tenían en una de sus posesiones varios molinos, y el
niño gustaba de ir a jugar con los hijos de los mo­
lineros, y se había aficionado a sus entretenimientos
y habilidades. A las primeras palabras notó Pío Cid
el interés del discípulo, y decidió explicarle a fondo
estas artes útiles, cuyo conocimiento da al hombre
una idea más grave, noble y humana de la vida;
porque, le decía, hay hombres que viven sin saber
los esfuerzos y sudores que cuesta el pedazo de pan
de que diariamente se nutren, y estos hombres no
pueden comprender la verdadera fraternidad, que
consiste en considerarnos ligados a los otros hom-

ti» Trabajos de pío on

253

bres, altos y bajos, pobres y ricos, de tal suerte, que
nuestra existencia sea imposible e infecunda sin la
de los demás. Hay hombres presuntuosos que creen
merecer que la Humanidad se hinque ante ellos de
rodillas porque han tenido alguna idea nueva que
redunda en provecho común, y no piensan que esa
idea no la hubieran tenido si la comunidad no les
hubiera libertado de la esclavitud de otros trabajos
más penosos y menos brillantes, que consumen las
fuerzas de tantos como luchan, piensan y se sacrifi­
can generosamente en silencio.
Después de aprender, una por una, en lecciones
anteriores todas las faenas de la molinería y pana­
dería, con ejemplos muy claros y dibujos explicati­
vos, en que Pío Cid le trazaba los diversos aparatos
y herramientas de ambas industrias, quiso Jaime
enterarse también de la producción del trigo, sobre
la que tenía ideas muy equivocadas. El maestro le
explicó un compendio de cosas agrícolas en términos
tan expresivos, que Jaime oía todo aquello con ma­
yor atención que si fuera un cuento de hadas. Y lo
que más le sorprendió fué la noticia de la rotación
de los cultivos; porque él creía que las tierras pro­
ducían siempre lo mismo, y que la que criaba trigo,
por ejemplo, no podía llevar maíz o habichuelas.
Pío Cid le hizo notar que a semejanza del hombre,
que ha de variar la alimentación y alterar los diver­
sos estudios y esparcimientos para no fatigarse y
para que su organismo se desarrolle armónicamen­
te, la tierra exige períodos en descanso y variedad en
los cultivos, para ir recuperando las fuerzas que
gasta, a fin de no agotarse por completo. Porque todo
cuanto existe— decía— , desde la última planta hasta

254

ANGEL

GANIVET

el animal más perfecto, proviene de la tierra; todo
es tierra en varias formas, y aunque las diferencias
aparentes sean muy grandes, todo viene a ser lo
mismo. El labrador que cuida de sus tierras y el co­
cinero que cuida de tu alimentación, y, yo mismo,
que trabaja para enseñarte, somos tres personas dis­
tintas y un solo hombre verdadero. Y lo peor es, que
se nota con facilidad, que el labriego abandona y
pierde sus labores, y que el cocinero guisa mal y
echa a perder los estómagos, y nadie se ñja en lo
que es más frecuente y más grave, en que el maestro
estropee la cabeza de los discípulos y la convierta en
un erial, que esto, y no otra cosa, es el cerebro de
la mayor parte de los hombres.
Con estas sanas consideraciones terminó el colo­
quio de aquel día, y la duquesa, que los había esta­
do escuchando, casi se sintió pesarosa de no haber
asistido a los anteriores y de no poder seguir, a cau­
sa de su viaje, aquellas útilísimas conferencias.
—Ahora comprendo—dijo a Pío Cid cuando éste
entró a saludarla y a recibir sus instrucciones—la
razón que usted tenía al decirme que la aplicación
del discípulo depende del profesor. En este buen
rato que yo he estado oyendo a usted—añadió ce­
rrando el libro que tenía en la mano—he aprendi­
do más que si hubiera leído diez tomos de agricul­
tura. ¿Qué digo de agricultura? Si lo que usted en­
seña es filosofía de la labor, o qué sé yo cómo ex­
plicar. No es lisonja, pero si mi viaje no estuviera
decidido, ya tenía usted en mí un nuevo discípulo.
Dicen que las mujeres somos frívolas, que no pen­
samos más que en cosas superficiales... Yo seré una
excepción, pero le aseguro que me entusiasman los

"LOS TRABAJOS RE PÍG OIR

255

estudios..., esos estudios agradables e instructivos...
— ¿Está usted, pues, de viaje?—interrumpió Pío
Cid, sentándose con familiaridad— . Cuánto siento,
señora..., que el viaje me prive de sus enseñanzas.
Porque tiene usted un talento tan claro, que de em­
prender esos estudios sería yo el que aprendiera;
por los menos aprendería yo más, mucho más que
usted.
— ¡Qué error! Yo soy un pozo de ignorancia.
—Ignorancia en agricultura; pero esto, ¿qué in­
terés tiene para una mujer ni para un hombre? Es
bueno para los niños, para moldearles el cerebro y
para infundirles el sentimiento de la naturaleza, de
la realidad. A una mujer es otra ciencia la que le
conviene, y en esta ciencia las mujeres son doctoras
de nacimiento.
— ¿Qué ciencia es ésa?—preguntó la duquesa sabo­
reando anticipadamente algún atrevido concepto de
Pío Cid—. Supongo que no tendrá nada que ver con
la creación de la luz humana.
— ¿Aún se acuerda usted de mi invento?
—Me acuerdo, y después de pensar en él me intere­
sa mucho más. Al principio me pareció un disparate,
y después lo imagino como algo naturalísimo. Usted
tiene el don de hacer comprender y de obligar a
creer. Si hubiera leído escritas sus explicaciones,
dudaría de usted, y oyéndole veo esa luz como si la
tuviera delante de los ojos.
—Como verdad, lo es, yo se lo aseguro; pero como
importancia, yo no creo que tenga ninguna. Le puse
ese ejemplo como pude ponerle otro, porque me en­
tristecía ver que una inteligencia privilegiada como
la de usted estuviera sugestionada por el atractivo

556

ÁNGEL GANTVEt

de ciertas novedades. Estas invenciones dan dinero
y poder, dominio material; pero esto, ¿qué vale?
¿Qué importa que salga luz del corazón y del cere­
bro, si para ver lo que vemos sería preferible vivir
a obscuras? Si yo supiera crear fuego en todos los
corazones e ideas nobles y generosas en todos los
cerebros, ¡ésta sí que sería una invención maravi­
llosa! Los inventos materiales desprécielos usted;
todo eso, después de aturdimos y molestarnos, pasa
y muere sin dejar más que silencio y polvo.
—Y esa invención maravillosa, ¿tiene algo que
ver con la ciencia de que usted hablaba antes, y que
yo no conozco, aunque usted crea que las mujeres
la poseemos infusa?
—No puede usted conocerla porque no está en los
libros; la posee usted porque está en la naturale­
za. La ciencia que está escrita en el papel envejece
con el papel; pero esa otra ciencia, que más debe
llamarse sabiduría, es eterna; es quizás lo único
eterno.
—Pero ¿cómo se llama esa ciencia?—le preguntó
la duquesa, mirando la cubierta del libro elegante
que aún tenía cerrado en la mano.
—No tiene nombre ni debe de tenerlo. Es un saber
raro...
— ¿De qué trata al menos?—insistió la duquesa sin
apartar los ojos del libro.
— Es difícil de explicar. ¿Qué pensaría usted si le
dijera que trata del aprisionamiento del espíritu?
—Tiene usted la especialidad de los pensamientos
extravagantes...—dijo la duquesa, y variando repen­
tinamente de idea, añadió— : Hay muchos que se
llaman poetas y piensan en prosa, y usted es un

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

257

hombre que se dedica a oficios prosaicos y quizás
sea un poeta de verdad. ¿No se le ha ocurrido a
usted nunca componer novelas o escribir versos?
Y a que tiene en tan poca estima los inventos mate­
riales, podía inventar poesías, leyendas bonitas.
— Algo de eso he compuesto, pero lo rompo des­
pués. Casi me gusta más destruirlo que inventarlo.
— ¿No queda usted satisfecho de su obra?
— Sólo los tontos quedan satisfechos de sus obras
y se encariñan con ellas.
— ¿Y usted, como no es tonto, no se encariña?
— Yo pienso que todo muere. ¿No sabe usted que
la Divinidad tiene dos principales atributos: el de
crear y el de destruir? Un hombre que creara una
gran obra y luego la destruyese antes que ella sola
pereciera, sería un hijo predilecto de Dios. Esto no
será del agrado de usted, porque la mujer es refrac­
taria a la destrucción (y a la creación también).
— Entonces, ¿para qué servimos?— preguntó la du­
quesa sonriendo.
— Ustedes son las encargadas de la conserva­
ción.
— ¡Bello modo de decirnos viejas! Yo le aseguro
que no soy conservadora. ¡Quite usted allá! Soy de
ideas avanzadas, y no me asusta la república, ni
aunque sea la federal... Vea usted. ¿Dónde cree us­
ted que voy yo a pasar la mayor parte del verano?...
Pues voy a Suiza, a los Lagos. Conozco aquello muy
bien, y le digo que me alegraría de que nuestro país
fuera una república como aquélla..., aunque tuviera
usted que llamarme ciudadana Soledad.
— En tal caso yo la llamaría a secas Soledad...
Pero no llegaremos nunca a tan dichoso régimen.
17

258

ÁNGEL GANIVET

— ¿Por qué no?— elijo la duquesa con aire mali­
cioso.
— Porque en Suiza la mayor parte de los ciuda­
danos se dedica a fabricar relojes, y así han adqui­
rido hábitos de regularidad y de orden, que nos­
otros no tenemos, y sin los cuales no hay república
posible.
— Es usted, lo repito, un polemista formidable. En
verdad que tiene usted unas salidas...
— Son hechos vulgares, y como ése hay mil. Por
ejemplo: yo he estado en Suiza tres días; fui con un
conocido a las fiestas del Tiro federal. ¿Qué le pa­
rece a usted de un país cuya mayor distracción con­
siste en afinar la puntería, en apuntar precisamente
para no matar? Ese es un país pacífico, donde se
puede vivir sin gobierno. Pero nosotros, que apun­
tamos siempre a dar donde más daño podemos ha­
cernos, necesitamos para andar derechos un dicta­
dor y una batería en cada bocacalle.
— Entonces nos quedamos sin república. Pero ¿qué
estaba yo diciendo?— agregó la duquesa como si qui­
siera recordar— . ¡Ah!, sí; decía que usted debía
ser autor, pero no para romper sus obras. Si usted
escribiera un libro que se hiciera famoso... Vea us­
ted algo que no muere tan fácilmente. No es menes­
ter que fuera un libro grande. A mí las obras largas
me horripilan. Un libro como este que yo leo ahora,
y que es uno de mis favoritos. ¡Cuántos siglos hace
que le escribieron, y se lee siempre con el mismo
encanto!...— dijo, tendiendo a Pío Cid el precioso vo­
lumen, que era una edición francesa ilustrada de la
Pastoral de Longo— . ¿Conocerá usted el Dafnis y
Cloe, sin duda?

LOS TRABAJOS DE PÍO C ID

259

—Lo leí hace muchos años—contestó Pío Cid, co­
giendo el libro—. Aunque a usted le desagrade oír­
lo, le diré que no es santo de mi devoción. Es de­
masiado femenino o afeminado; es una obra de de­
cadencia.
—¡No diga usted eso, por Dios! Es un idilio deli­
cado y con un perfume silvestre que encanta.
—A mí me parece una imitación sensual y pro­
fana de la historia de Adán y Eva. Sólo que la ser­
piente engañó a la mujer para que ésta engañase
al hombre, y Liconia (creo que se llama Liconia la
mala mujer que interrumpe el idilio) engaña al hom­
bre para que éste engañe a la mujer.
—No había oído jamás esa comparación, y no deja
de ser curiosa.
—Si quiere usted, se la escribiré en unos versillos
que se me ocurren ahora mismo. Usted cree que yo
debo de ser poeta...
La duquesa hizo un leve signo de asentimiento, y
Pío Cid la miró rápidamente, como para cerciorar­
se de algún detalle de su rostro: un rostro ovalado,
de facciones suaves, encerrado en el marco que for­
maban los obscuros bucles cayendo flotantes en es­
tudiado desorden, con cuya sombra contrastaba la
luz azul intensa de las pupilas. Era más bien rubia,
y a ratos parecía morena, cuando le daba la sombra;
producía la impresión de mujer graciosa, porque su
estatura era mediana y sus movimientos veleidosos,
y a ratos tomaba aires de majestad, irguiéndose con
adusta rigidez. Parecía muy joven, aunque a veces,
al reír con cierto dejo de presunción, se le marcaba
desde la nariz a la comisura de la boca una arruga
honda, que le descubría los años. Este era quizás el

260

ÁNGEL

GANIVET

único defecto de su rostro, y la duquesa debía cono­
cerlo muy bien, y por esto se violentaba para man­
tenerse seria y grave. Pío Cid miró, pues, y toman­
do una pluma la apoyó sobre la primera hoja blanca
del libro con la misma sana intención con que el
cirujano empuña la lanceta, y escribió unas cuan­
tas líneas, que aió luego a leer a la duquesa, la cual,
después de examinar atentamente aquellas palabras,
que más parecían palotes muy finos puestos en hile­
ra, leyó lo que decían :
«Cloe es la flor ideal que va a nacer
En Dafnis, tallo tierno y floreciente;
Liconia es la fatídica serpiente
(Primera arruga en rostro de mujer)
Que arrastra con sigilo su impureza
Y se oculta en lo obscuro cautelosa
Como eterno traidor, que, generosa,
Abriga entre sus pliegues la belleza.»
Después de la lectura volvió a mirar lo escrito,
y ahora vió como una contradanza de patas de mos­
ca, en la que sólo se distinguía el verso puesto entre
paréntesis. ¡Pérfido paréntesis, que, en vez de qui­
tar importancia a las palabras metidas en él, las sa­
caba de su sitio y las lanzaba al rostro de la lectora!
Esta se quedó sorprendida ante aquella inesperada
ofensa, que a ella le pareció acción grosera y villana,
propia de un miserable plebeyo; pero se rehizo al
instante para no descomponerse, y dijo con frialdad :
—Está bien. Ya proseguiremos nuestras críticas.
Pío Cid se levantó, e inclinándose ante la duque­
sa, d ijo :
—Yo le deseo un feliz viaje, y aunque valgo tan
poco, me ofrezco para todo cuanto me ordene. A mu­
chos tendrá a quien ordenar; pero nadie obedecerá

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

261

con la eficacia que yo. Aunque sea un imposible, pí­
damelo, y lo haré.
— ¿Aunque sea un imposible?—articuló la duquesa
maquinalmente, midiéndole de arriba a abajo.
—Aunque sea un imposible—repitió Pío Cid reti­
rándose.
Con razón sobrada decía Martina que su marido
sería un hombre perfecto si no se tratara con nadie.
Aquel verano fué Pío Cid un modelo de esposos, y
Martina, que, bien que sin motivos fundados, estaba
siempre inquieta con sus salidas y entradas, y más
desde que supo que andaba la duquesa por medio,
vivía ahora sin temores. Porque lo más curioso era
que Martina hablaba de Pío Cid casi con desprecio,
considerándole como hombre incapaz de enamorar
a nadie, ni siquiera digno de que una mujer pusie­
ra en él los ojos, y, sin embargo, los celos se la co­
mían y los dedos le parecían huéspedes.
—Mirando las cosas con calma—pensaba ella— ,
Pío es un hombre sin gracia y sin agarradero, y has­
ta parece soso y bobalicón en materia de amoríos;
pero alguna virtud secreta debe de tener cuando a
mí me pasó lo que me pasó y cuando a todo el mundo
lo baraja como quiere. Quizá será que hoy los hom­
bres son muy malos y muy inútiles, y Pío al menos,
es generoso y formal... Como bueno, no es bueno;
porque si lo fuera, no me daría tantos disgustos ni
tendría empeño en mortificarme llevándome siempre
la contraria; pero es que todos los hombres son unos
tiranos, y las mujeres somos débiles y no tenemos
tesón para sostener una cabezada. Primero chilla­
mos mucho, y después nos conformamos y obedece­
mos como unas cabritas.

262

ÁNGEL GANIVET

Supo, pues, con extraordinaria satisfacción que
la duquesa se iba al extranjero y que Jaime, que
había quedado a cargo de una vieja aya y de un
criado de confianza, suspendía las lecciones algunos
días después para ir a tomar baños de mar al Me­
diterráneo, cuyas aguas, por ser más templadas, las
había recomendado el médico en vista de la endeble
constitución del duquesito, aunque es posible que la
templanza de las aguas fuese un pretexto de la du­
quesa para no llevar consigo a su hijo a los balnea­
rios del Norte y evitarse así cuidados y molestias.
También se fué Benito a pasar las vacaciones a Fuentesaúco, y, por último, Gandaria, aunque no quería
moverse de Madrid, hubo de acompañar a sus papás
a San Vicente de la Barquera por complacer a su
mamá, inconsolable desde el día que Consuelo toma­
ra la resolución de entrar en el convento. Así, du­
rante los tranquilos meses de aquel verano yo solo
iba a casa de Pío Cid, de quien por este tiempo era,
además de amigo, vecino y casi como de la familia.
El mismo día de la boda de Paca, quejándose doña
Candelaria de ios abusos de los caseros de la corte
y de que le exigieran un mes de alquiler por el piso
que había apalabrado para trasladarse a él con sus
hijas cuando Pío Cid volviera de Granada, tuve yo
la idea repentina (por algo se dice que de una boda
sale otra y que un casamiento hace ciento) de dar
cuerpo a los vagos planes de vida nueva que desde
tiempo atrás acariciaba, y le propuse a la suegra de
Pablo del Valle quedarme yo con el piso para aho­
rrarle a ella el pago del alquiler y ahorrarme yo el
trabajo de buscar casa, sin contar con que ésta te­
nía el aliciente de estar en buen sitio y a dos pasos

LO S TRABAJOS DE P ÍO CID

de la de Pío Cid, cuya amistad quería yo estrechar.
Celebrado felizmente el traspaso a la hora de los
postres, al día siguiente me instalé en mi nueva
casa, y para que el cambio fuera más radical, me
traje conmigo a Anita y a su madre y hermano. Anita no debía coser más chalecos, sino estudiar y afi­
narse, para lo que me lancé a alquilarle un piano
y darle yo mismo algunas lecciones; doña Gracia
era la directora de la casa, y a Joaquinito, cuya vista
era cada vez más endeble, lo quité de la imprenta
del periódico y lo matriculé en una Academia pre­
paratoria de carreras especiales, con ánimo de que
fuera estudiando para ingresar en el Cuerpo de
Aduanas.
Como comprenderá el lector prudente, yo procedía
como un verdadero mono de imitación y copiaba
con mis escasas luces lo que veía en casa de mi ami­
go, sin comprender que lo importante no era la ex­
terioridad, sino algo íntimo que él sabía infundir en
sus obras, sin lo cual todo se vendría prontamente
abajo, como se vino mi edificio. Mas, de todas suer­
tes, algo bueno hay siempre en las cosas humanas,
y aunque no recomiendo a nadie que se meta en ta­
les enredijos, debo consignar que el nuevo régimen
familiar fué muy ventajoso para mi salud, y que
mis amigos y compañeros de Redacción, aunque
me criticaban, reconocían que estaba más grueso
y de mejor color que nunca, gracias a los cuidados
y atenciones de doña Gracia. Pero no se escribe este
libro para sacar a luz mis pequeños y obscuros tra­
bajos, sino los grandes y memorables de Pío Cid, y
téngase en cuenta este paréntesis sólo para explicar
cómo fui yo a vivir en la vecindad de mi amigo y

264

ÁNGEL GANIVET

por dónde llegué a tratarle íntimamente a él y a to­
dos los suyos, circunstancias todas que refuerzan
la veracidad de mi relación.
No era Pío Cid hombre que se rigiera por pautas
establecidas; y aunque la costumbre es tomarse va ­
caciones en el estío y descansar de las faenas del
año, él no descansó, sino que, al contrario, se aplicó
con más ganas a sus Comentarios del Código para
rematarlos cuanto antes y ganar lo convenido con
el editor. Aparte los gastos de la casa, tenía que en­
viar 50 duros mensuales a doña Candelaria para
que cubriesen ella y su hija los gastos más apre­
miantes, puesto que Candelita, aunque, según escri­
bía su madre, estaba satisfecha y orgullosa de la aco­
gida que el público barcelonés la había dispensado,
ganaba poco, y lo poco y cobrado con retraso se lo
tenía que gastar en trajes para no confundirse con
las coristas; a esto había que agregar lo que se le iba
a Martina de las manos comprando cintas y moños
para el hatillo del esperado fruto de bendición, tarea
previsora a la que consagraba sus días y sus noches
la futura madre, auxiliada eficazmente por todo el
enjambre, en particular por Mercedes y Valentina.
Todas las jóvenes que se hallan en estado intere­
sante tienen sus manías y antojos, y Martina, por
no ser menos, tenía los su yos; los principales, la
costura y el amor a la vida del campo. Las conver­
saciones durante las largas horas de labor versaban
siiempre sobre este bello tema, que Martina domina­
ba a fon d o; antes de marcharse Candelita o Fran­
cesca, como ya comenzaban a llamarla, a la ciudad
condal, el deseo de M artina era dejar Madrid, don­
de decía estar muy a disgusto, e irse a vivir a Bar-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

265

celona, a una torrecita por San Gervasio; pero aho­
ra había cambiado de rumbo, y sus ojos se fijaban
en Aldamar y ponía allí su nido de amor, apartado
del mundo y de las miradas de los hombres.
— Si tú quisieras darme gusto— decía a su mari­
do— , ya que eres tan amante de las cosas naturales,
acabarías ese trabajo, y con él y un poco más, ha­
ciendo economías, tendríamos para comprar en tu
pueblo una casita con su huerto, y allí viviríamos
felices. Ya sabes que yo me contento con poco. ¡Lo
que me gustaría tener una buena bandada de ga­
llinas, una vaca y una cabra! ¡Qué gusto ir al corral
y recoger los huevos frescos, acabaditos de poner, y
no que aquí casi no los pruebo, porque me repugnan!
¡Y luego la leche! Aquí lo que venden es agua, que
no alimenta ni tiene gusto a nada. A mí sólo me sa­
tisface la leche que veo ordeñar y bebérmela calentica y con espuma, que se quede pegada a los la­
bios...
— ¡Calla, hija— interrumpía doña Justa— , que se le
ponen a una los dientes largos de oírte!
— Tienes un gran talento descriptivo, que le lle­
ga a uno a lo hondo del estómago— agregaba Pío
Cid— . Parece que te has propuesto mortificarnos.
— Eso porque quieres— replicaba Martina— . En
tu mano está todo eso y mucho más. Sólo que tú
hablas mucho contra la vida falsa de las ciudades, y
luego todo se queda en conversación.
— ¿Crees tú— decía Pío Cid—que lo natural está
sólo en el campo? En el centro de la corte de Es­
paña estamos viviendo nosotros más naturalmente
que muchos que viven en el campo, donde también
hay mentiras y artificios, peores quizás, por ser más

266

ÁNGEL GANIVET

pequeños. Reconozco que este piso es un jaulón más
propio para aves que para personas; pero nos que­
da el recurso de irnos a pasear por las afueras, que,
aunque no son ninguna maravilla, algo tienen
que ver.
—No faltaba más sino que defendieras las vistas
de Madrid—interrumpía Martina.
—No las defiendo, y, además, te diré que yo tam­
bién estuve decidido, cuando fui el año pasado a Aldamar, a quedarme allí para siempre; pero luego
me daba lástima de doña Paulita, y pensé que lo
mismo se vivía en una parte que en otra, y volví, y
si no hubiera vuelto no te hubiera conocido.
— ¡Ojalá hubiera sido así! No estoy tan contenta
de mi suerte; pero, de todos modos, aquello pasó, y
ya no tienes necesidad de conocer a nadie más.
—Yo creo que sería una cobardía volver las es­
paldas. Ya tengo aquí ciertas obligaciones. Ni es
posible tampoco que todo el mundo viva en el cam­
po, ni que los hombres se consagren a comer y a
beber; alguien ha de pensar y ha de luchar para
que la humanidad no se embrutezca por completo.
—Señores—decía Martina dirigiéndose a la ríeunión—, sepan ustedes que este caballero está encar­
gado de arreglar el mundo. ¡Valiente imbé...!
—Para ti sólo tiene importancia la vida vegeta­
tiva ; te aplaudo el parecer y sigo con el mío.
—Yo creo, Martina—intervenía Pablo—, que exa­
gera usted. El hombre que escribe un libro de esos
que forman época y que cambian el ser de la socie­
dad es digno de que se le admire. Si todas las mu­
jeres pensaran como usted y los hombres siguieran
sus consejos, ¿adónde iríamos a parar?

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

267

—Usted, Pablito—le contestaba Martina—, dice eso
porque tiene la manía de los papeles; pero como
usted no hay cuatro; y todos esos librotes, hoy unos
y mañana otros, todos servirán para envolver. Y us­
ted que se calienta la cabeza, y yo que me río de
esas necedades, nos quedaremos lo mismo.
—También se queda lo mismo la mujer que se casa
y la que no se casa—argüía Pablo—, y, sin embar­
go, todas están deseando de casarse.
—Para tener un tonto que las mantenga—replica­
ba Martina haciendo una mueca burlona, mientras
la asamblea se reía de esta y otras mil picardigüelas
que la inteligente criatura iba aprendiendo en el tra­
to íntimo de su esposo.
Estas escenas públicas tenían casi siempre una co­
letilla, y cuando Pío Cid se quedaba a solas con su
díscola mitad, el tema de la vida campesina rema­
taba por una discusión que a Martina le llegaba más
a lo vivo: la de saber cuándo iba a quedarse sola
en su casa, según era su deseo.
—Cuando yo salga de mi cuidado—le decía—, ha­
brá que tomar una niñera, y no se cabrá en la casa.
Esto te lo aviso con tiempo. Por Pablo y Paca no
hay que preocuparse, porque ellos están decididos a
tomar cuarto muy pronto, y se llevarán a Valentina.
Mercedes es la gran dificultad... Es muy buena y
callada, y me da lástima de que tuviera que irse;
pero tampoco vamos a seguir siempre así. Ayer de­
cía la vecina del tercero a mamá que cómo era que
la teníamos en casa no siendo de la familia... A todo
el mundo le extraña, como es natural, y dicen tam­
bién que una mujer casada no debe tolerar esas co­
sas, porque a veces, por hacer una obra de caridad,

268

ÁNGEL GANIVET

se busca una su perdición. Una mujer... así como
Mercedes, es un peligro en una casa. Por algo se
dice que «de fuera vendrá quien de casa te echará».
—De suerte—decía Pío Cid con calma—que aquí
quien gobierna es la vecina del tercero. No hables
más de esa vecina, porqué te me haces fea y anti­
pática.
—El feo y antipático serás tú, y el desaborido y
el... ¡más vale callar!
—Pues callemos.
— ¿Cómo voy a callar viendo que pasa un mes y
otro, y que estamos condenados a huésped perpetuo?
Siquiera, si trabajara en algo.
—¿No te ayuda a hacer el hatillo? Criada no pue­
de se r; aunque ella quisiera, yo no lo permitiría.
—N o ; lo que tú querrías es que le sirviéramos de
criados los demás.
—Lo que yo quiero es que seas juiciosa alguna vez
y comprendas que esa criatura, que está aquí sin
ocuparse en nada al parecer, está haciendo algo que
vale muchísimo. Acuérdate de cómo era cuando llegó
y cómo es hoy.
—Claro está que ha cambiado mucho.
—Pues bien, eso es lo que está haciendo: cam­
biarse. No todos los trabajos tienen nombre, y aun­
que Mercedes no hiciera absolutamente nada más
que estar aquí, haría algo que, aunque no se viera,
no por eso valdría menos. Mercedes, a pesar de su
planta, es una niña, y no tiene noción de la digni­
dad personal, porque la han considerado hasta aquí
como un mueble, un accesorio; es un edificio sin
cimiento, que se caerá con sólo que le soplen; mien­
tras no tenga ese cimiento no es posible dedicarla a

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

269

nada, porque, en saliendo de nuestras manos, a los
pocos pasos volverá a caer.
—Pues ese cambio, amiguito, me parece que se me
debe a mí.
—Razón de más para que no hables de arrojarla
de tu lado. Teniéndola junto a ti no te echas, cier­
tamente, ningunos cinco duros en el bolsillo; pero
ganas la gloria, para contigo misma, de haber con­
tribuido con tu ejemplo a dignificar a una mujer.
—Yo reconozco que a veces llevas razón; pero las
gentes son tan mal pensadas...
Mas no porque Martina se doblegase de palabra,
seguía menos decidida a soltar la carga de Merce­
des ; no por maldad de corazón, pues con el alma y
la vida haría por ella cuanto pudiese, desde lejos,
sino porque era incapaz de comprender una situa­
ción sin nombre, fuera de los usos corrientes de la
sociedad. Mercedes no era de la familia, ni de la ser­
vidumbre, ni una niña huérfana adoptada por ca­
ridad ; era una mujer que por dondequiera que iba
llamaba la atención, y faltaba averiguar si Pío Cid
la había traído a la casa por los motivos que decía
o por otros que no quería decir.
Martina tenía confianza a ratos; mas a ratos pen­
saba que había allí algún misterio, y aun le parecía
adivinar en su marido algo que no salía a la super­
ficie.
Pío Cid tenía, en verdad, una idea secreta, que
era la de proteger a Mercedes, no por pura filantro­
pía, sino también por luchar contra la fatalidad,
bajo la cual él creía que la pobre hija del ciego ha­
bía venido al mundo.
El fin de Mercedes, como el de sus padres, debía

270

ÁNGEL GANIVET

de ser trágico, y él se determinó a combatir por ella
contra el destino, para ver si lograba vencerlo; de
aquí su temor a impulsarla en esta o aquella direc­
ción, por donde siempre iría a fondo, y su firme re­
solución de guardarla junto a sí y de servirle de
escudo contra la adversidad.
Mas estas razones se las reservaba, porque Mar­
tina no las querría comprender aunque las oyera, y
Martina las sentía instintivamente y las interpre­
taba como inclinación oculta, que algo participaba
del amor, de Pío Cid por la pobre huérfana; así no
cejaba en un pensamiento que se le había ocurrido,
y que, a su juicio, serviría para matar dos pájaros
de un cañonazo.
Mercedes, con lo que ya le había pasado, no po­
dría casarse con un hombre de bien; y en vez de
ir a dar, esto sería lo más probable, con un pillo
que la maltratara y la acabara de echar a perder,
casi sería para ella una fortuna hallar una persona
de posición que la recogiera y la considerara, y esta
persona muy bien podría ser el moscón de Gandaria, al que sería fácil decidirlo con sólo hacerle al­
gunas insinuaciones. En cuanto a Mercedes, más fá­
cil sería aún, porque no tenía voluntad propia.
Cuando a fines de verano regresó a Madrid Gandaria y se presentó en la calle de Villanueva, empe­
zaron los manejos de Martina.
Por estos' días había también Jaime reanudado
sus lecciones, y el tiempo que Pío Cid estaba fuera
de casa no lo desaprovechaba el joven diplomático.
Antes la treta no le valía, y lograba sólo hablar con
Valle ; pero ahora Martina se dejaba ver algunos mo­
mentos con sus primas y Mercedes. Gandaria no vol-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

271

vio a cometer ninguna imprudencia con Martina,
sea porque se convenciera de que perdía el tiempo,
sea porque se le calmaran los ímpetus viéndola tan
áspera y, a la sazón, hecha un tonel, próxima a ser
madre de familia; en cambio no tardó en poner los
ojos en Mercedes, cuya belleza y méritos le ponde­
raba Martina.
—Es lástima—pensaba Gandaria de Mercedes—
que esta mujer tenga esos desplantes. En cuanto uno
se acerca y cruza cuatro palabras, se pierde la ilu­
sión ; pero el trapío es soberbio, y a distancia, vista
en el palco de un teatro, por ejemplo, produce un
efecto monumental. La verdad es que tampoco ha
estado bien dirigida, y que aquí empieza a ganar
mucho. Si yo la cogiera por mi cuenta, en un vuelo
la convertía en estrella de primera magnitud.
Pío Cid notaba estos trabajos de zapa, pero no
quería poner a Mercedes sobre aviso, porque le co­
nocía el flaco y pensaba que era mejor callar que
abultar las cosas con prevenciones inútiles. A Mar­
tina sí le decía algunas veces:
—Hay que tener cuidado con el tonto de Gandaria,
no vaya a tomarla ahora con esa criatura. Sería lo
último que podía ocurrirle a Mercedes: dar con un
hombre vano, que es incapaz de quererla porque la
ve pobre y poco instruida, y que pensaría utilizarla
como hembra de lujo. Yo sé que te estorba Mercedes,
y te advierto que si le ocurre algo, a ti te haré res­
ponsable.
Pero no se atrevía tampoco a hablar recio por no
sofocar a Martina, la cual ya estaba fuera de cuen­
ta, y eñ cuanto no se hacía su gusto o se le decía
algo que no le sonaba bien, lloraba y pronosticaba

272

Angel ganivet

que entre unos y otros la harían abortar, y aun le
quitarían la vida; pues, como decía su madre, se
pintaba sola para meter la peste en un canuto. Mas
no eran casi nunca ciertos sus augurios, y menos
esta vez.
El alumbramiento fué felicísimo y sorprendente
por varias circunstancias. Acaeció el día de los fina­
dos, al amanecer, a los nueve meses justos de la fa­
mosa fiesta de la Candelaria, y nacieron dos geme­
los : una niña y un niño, ambos de extremada be­
lleza. Estaba decidido que si era hembra se le pon­
dría Natalia, y si varón, Natalio, en recuerdo de la
madre de Pío Cid; mas siendo dos, no era cosa de
repetir el nombre, y Pío Cid quiso que la niña, que
había nacido la primera, se llamase Natalia, y el
niño, Angel, como yo; pues, además de ser el ami­
go íntimo de la casa, me empeñé en hacer todo el
gasto de la gran fiesta que hubo para celebrar el
fausto acontecimiento.
Martina no cabía en sí de gozo, y se consideraba
casi una celebridad europea por haber dado a luz
dos niños de sexo diferente, que se propuso criar ella
misma para coronar con este esfuerzo su fecunda
obra.
Pío Cid hablaba poco y se mostraba preocupado
pensando quizás previsoramente en el porvenir de
aquella su tardía descendencia.
Algunas semanas después del parto fué Pío Cid
por la tarde, como tenía por costumbre, a dar la
lección a Jaime, y se halló con la novedad de que la
duquesa, de regreso de su larga excursión, le hizo
subir a sus habitaciones para darle las gracias muy
amablemente por el interés con que había tomado

m

Los TRABAJOS DE PÍO CID

la educación del niño, cuyo viaje al ex tran jero esta­
ba dispuesto p a ra el siguiente día, por haberlo o r­
denado así el duque.
—Siento m ucho esta determ inación—dijo la d u ­
quesa—, porque veía con gusto los visibles progre­
sos de Jaim e. Aunque los niños ten g an poco fu n d a­
mento, no está de m ás escuchar su opinión, y Jaim e
se halla tan contento con usted... P ero el p ap á tiene
empeño en que el niño se eduque en F ra n c ia , donde
él se educó...
—Yo lo siento por el niño—dijo Pío Cid, sin ocul­
ta r su disgusto—, y si estuviera aquí el señor duque
le h a b la ría p a ra convencerle de que está m al acon­
sejado. Es un dolor que los pad res se a trib u y a n
esta au to rid ad sobre sus hijos, sin tom arse la moles­
tia de h ab la r con ellos ni conocerles, ni sab er lo que
les sería m ás provechoso. Igual d isp arate sería lla­
m ar a un médico p a ra que nos a sistie ra en u n a en ­
ferm edad, y luego rom per las recetas y to m ar lo
prim ero que se nos a n to jara.
—Sin em bargo, le advierto a usted que el colegio
a que va Jaim e tiene fam a...
—No digo que no, pero la educación de colegio es
siem pre u n a educación de cuartel, que da pobres
resultados. La form ación del espíritu de u n niño
es u n a obra de arte, y en el arte, la creación v erda­
d era es la que ejecuta uno solo. F igúrese usted, se­
ñora, la c a ra que p ondría un escultor a quien le
q u ita ra n u n a escu ltu ra a medio h acer p a ra que se
la term inasen en u n a can tería... En fin, quien m a n ­
da, m anda, y dispénsem e usted el desahogo.
—Al co n trario de dispensarle, le repito que le a g ra ­
dezco su interés. Y a h o ra le voy a ro g a r que deje
18

274

ÁNGEL GANIVET

sus señas a mi secretario, para en caso de que más
adelante... En casa se tienen siempre muy en cuenta
ios servicios prestados, y más cuando son de la impor­
tancia y de la significación de los de usted... Yo no
sé si a usted podrán agradarle cargos de otra índole.
—De cualquier índole los aceptaría por compla­
cerla a usted; pero por mí no se preocupe. En estos
últimos días ha sido para mí una dificultad grave
tener que acudir a las lecciones de Jaime, y las se­
guía sólo por amor al arte, como suele decirse. Ten­
go obligaciones a que atender, es verdad, y no se
sabe lo que nos reserva el porvenir; pero yo tengo
fe en el trabajo, y como la tengo, el trabajo cae
sobre mí y me da para salir a flote.
—Pero un hombre como usted no debe contentar­
se con ir cubriendo sus atenciones penosamente. Eso
es triste. ¿Son muchas las obligaciones que tiene us­
ted a su cargo?
—Más bien son muchas que pocas. Y no me pesa,
porque a mí me gustan las familias grandes...
—Según eso, tiene usted mucha familia. Yo no sé
por qué me había figurado que era usted un hombre
solo. No se ría usted—añadió con malicia— ; pero los
solterones suelen ser, con el transcurso de los años
de soledad, los tipos más estrambóticos.
—Pues aquí ha quebrado la regla; si soy estram­
bótico, no será por falta de familia.
—¿Tiene usted mujer, hijos, y quizás padres o
hermanos?...
—Por mi casa soy yo solo; pero tengo mujer y dos
hijos, suegra (que es buenísima), dos primas de mi
mujer, una de ellas casada; una muchacha huérfa­
na algo pariente, y, por último, la niñera. :

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

275

—¿Nada más?—preguntó la duquesa sonriendo—.
Me gusta la frescura con que lo dice usted. Y la ni­
ñera será, naturalmente, porque tiene usted algún
niño pequeño.
—Tengo dos, los dos que le he dicho; nacieron no
hace un mes, el día de los Difuntos.
—Entonces son gemelos. ¿Son niños o niñas?
—Una niña y un niño, para que haya de todo.
— ¡Es usted un hombre admirable!—exclamó la
duquesa mirándole fijamente—. Piensa usted cosas
que no piensa nadie, y le ocurren cosas que no le
ocurren a nadie.
—Si hay en esto algún mérito, será de mi mujer
más que mío. Ella sí es una mujer admirable. Para
empezar ha tenido dos mellizos, y además los cría
ella sola. ¿Qué le parece?
—¿Será más joven que usted?
—Es casi una niña; pero es muy mujerona.
—Aunque sea cosa fea la curiosidad, le confieso
a usted que la tengo, y grande, por conocer a su
esposa, sólo por eso que acaba de decirme de ella.
Y en parte también por ver el gusto de usted, por­
que es usted tan raro que debe de haber elegido
una mujer que no se parezca a las demás.
—Diga usted más bien que soy hombre afortuna­
do, y que he tenido la fortuna de dar con una mu­
jer de las que hoy ya no se estilan. Aquí, en esta
cartera, tengo un retrato suyo, y lo va a ver usted;
aunque le advierto que lo mejor de Martina no es
la cara, sino algo que no hay fotógrafo que lo saque
mientras no se invente un sistema nuevo para re­
tratar los corazones.
La duquesa tomó el retrato que Pío Cid le mos-

276

ÁNGEL GANIVET

traba, y, levantándose, se fue a sentar en el otro
extremo del sofá que estaba más próximo al balcón
para examinar mejor la fotografía; la cogió entre
ambas manos como para formarle un marco de som­
bra, y después de mirarla despacio, disimulando su
impresión, comenzó a pasarle por encima la yema
del dedo meñique como para quitarle alguna pelu­
sa, y arañó suavemente con la sonrosada uña un
lunarcito que Martina tenía en la mejilla izquierda,
muy bajo, cerca de la nariz; y al fin, preguntó:
—¿Está aquí mejor o peor que en el natural, a
juicio de usted?
—Está bastante parecida para lo que una fotogra­
fía puede expresar... El natural vale más, natural­
mente, y aun creo que ahí la han sacado de más
edad que la que ella tiene.
—Eso iba yo a decirle a usted; que no la encon­
traba tan niña. ¿Y se peina siempre así, con ese
peinado tan raro?
—No, señora; ese peinado es idea mía, y no se lo
pone más que cuando está de buen humor o cuando
quiere que le compre algo.
—¿Conque ésas tenemos?—dijo la duquesa, sin po­
der contener la risa—. ¡ Inventa usted también pei­
nados! Este será para instalar la luz humana. ¿Creía
usted que había olvidado el invento? Pero si este
peinado parece chino o japonés...
—Es el peinado del porvenir—contestó Pío Cid en
tono de burla—. Feo o bonito, tiene la ventaja de
que es complicadísimo y se tarda muchas horas en
hacerlo, y en esas horas la mujer no piensa en nada
y deja tranquilo al hombre.
— ¡Pero, hombre!—exclamó la duquesa con aire

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

277

regocijado—. ¡Si ahora va llegando la moda de cor­
tarse el pelo las mujeres, para no perder tiempo!
En el extranjero hay muchas con el pelo corto. Por
supuesto, con usted no rezan ni las modas ni las
costumbres. ¡ Dichoso usted, que tiene la suficiente
frescura para reírse del mundo y hacer lo que se le
antoja! ¡A todos, a quién más, a quién menos, nos
vienen veleidades de saltar por encima de las con­
veniencias! Pero... ahora sí; por ser usted tan
franco, le voy a decir con franqueza que me ha sor­
prendido este retrato. Yo creía que su señora sería
muy distinta de las demás, y me parece un tipo co­
rriente, casi vulgar...
—No es vulgar la palabra propia; más bien debía
usted decir humana; pero aun siendo vulgar, no
sería una mujer vulgar, sino la vulgaridad perso­
nificada ; es decir, un tipo universal, tanto o más
admirable que un tipo excepcional, extraordinario.
La mayor parte de los hombres (hombres y muje­
res, se entiende) somos seres vulgares con alguna
facultad saliente que nos distingue, pero que no nos
libra de caer con frecuencia en la vulgaridad de
que huimos. ¡Cuánto mejor no es ser vulgar en ab­
soluto y atenernos a lo que nos da espontáneamente
nuestra naturaleza! Martina es así; es la realidad
pura, y, para no ser un genio portentoso, es lo me­
jor que se puede ser.
—Pero lo que yo veo difícil—replicó la duquesa,
sin dejar de mirar el retrato— es que usted se en­
tienda con «su Martina». Porque usted es un idealis­
ta, casi un soñador; por lo menos sus ideas no son
ideas hechas, de esas que tienen curso en la socie­
dad y oye una a diario.

278

ÁNGEL GANIVET

— Lo difícil sería lo contrario. Ella y yo, salvo
alguna que otra riña, nos entendemos muy bien por­
que nos necesitamos. Una mujer debe de ser como
la tierra, y un hombre como un árbol; una tierra
sin árboles se convierte en un arenal infecundo,
y un árbol sin tierra muere porque se secan sus
raíces; la vida que la tierra le da al árbol, el árbol
se la devuelve con su sombra protectora. Así la mu­
jer mantiene al hombre ligado a la realidad, para
que no se aparte de ella ni se pierda en estériles
idealismos, y el hombre en cambio protege a la mu­
jer con la sombra de sus ideas para que no se ani­
quile como se aniquilaría dejándola sola, a merced
del viento, de los caprichos fugaces...
— Es bonita la comparación, ingeniosa...— dijo la
duquesa, quedándose pensativa.
— Lo esencial es que sea verdadera, y yo estoy
en que lo e s ; ¡y tanto! Conozco a muchos hombres
que arrastran una vida artificiosa por haber dado
con mujeres sin jugo, que no sirven más que para
lucir cuatro trapos; y a muchas mujeres también
que no viven mejor por falta de un hombre que sea
el centro de su vida y el imán de sus deseos. Creen
esas mujeres frívolas ser felices porque salen y en­
tran libremente, llevando de acá para allá su aburri­
miento oculto bajo las satisfacciones aparentes que
proporciona la vida exterior; para mí todas esas
alegrías son como los aleteos del pajarillo que se
asfixia por falta de aire dentro de la campana pneu­
mática. Sin amor profundo no hay aire para la vida
espiritual.
— Quizás da usted excesiva importancia al amor.
Yo misma no me oculto para decirle que siempre he

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

279

considerado el amor como una estupidez. Es una
idea mía.
— Pues entonces no conocerá usted nunca la vida.
Hay cosas muy pequeñas que se las ha descubierto
con microscopio, y otras muy apartadas que se las
ve cerca con el telescopio; y hay un instrumento
que sirve para descubrir el alma de todas las cosas,
y ese instrumento es el amor. Si usted amara— aña­
dió como reconviniendo a la duquesa— , usted ve­
ría mucho que no ha visto; porque para una mujer
no hay otro medio de penetrar en las cosas que
simbolizarlas en el hombre amado.
— De suerte que para usted lo primero en el mun­
do, casi lo único, es el amor.
— Hay algo más grande; pero para llegar a ello
no hay más camino que el amor. El mejor amor es
el espiritual, y si éste no basta, el amor corpóreo.
Hay semillas que sólo germinan en hoyas muy abri­
gadas, y casi todos los hombres son semillas así.
— ¿Y usted comprende el amor puramente espiri­
tual? Sería usted el único. La mujer sí; yo, sin ir
más lejos, yo he soñado siempre con un amor espi­
ritual; es el único que yo podría sentir. ¡Pero los
hombres! No digo que no. Un señor ya anciano, un
consejero, un confesor... Mas yo hablo de un amigo
con quien se pueda tratar de igual a igual, íntima­
mente, como con una amiga; eso no es posible. Yo
he intentado la prueba, y me he convencido de la
falsedad del hombre. Y si yo tengo en poca estima a
los hombres (no crea usted, yo también soy un poco
misántropa)..., pues es por eso mismo.
— Yo la admiraba a usted, y ahora que ha dicho
eso la admiro más; pero ¿está usted segura de que

280

ÁNGEL GANIVET

la1-mujer sea más fuerte que el hombre? Supon­

ga usted una amistad espiritual, pura, y con un
hombre que tenga su mujer, ¿cree usted que la
amiga vería impasible a la mujer del amigo? ¿No
serla quizás este amor causa de que se rompiera la
amistad o de que se transformara en un sentimiento
exclusivista?
— ¿Y usted sería capaz— preguntó a su vez la du­
quesa— de ver a una amiga suya amante de otro
hombre, y seguir siendo amigo noble y leal?
— Yo sí.
— Permítame usted que lo dude.
— No quiero contradecir a usted.
— Y a su esposa, ¿qué amor le tiene usted? ¿Espi­
ritual también?— preguntó la duquesa, levantándo­
se y dándole el retrato a Pío Cid, después de mi­
rarlo con cierta picardía.
— Yo no siento ya más amor que el espiritual, y
aun éste con trabajo— contestó Pío Cid con cierto
dejo misantrópico, y se levantó también, guardán­
dose el retrato en el bolsillo interior de la levita, es­
trenada por cierto aquella misma tarde.
— Ya que hemos hablado de retratos—dijo la du­
quesa, notando que Pío Cid se disponía a retirar­
se— , tendría mucho gusto en que usted me diese su
opinión sobre uno que me han hecho a mí. ¿Usted
entiende algo de pintura? Pase usted aquí al salón...
Aún no está bien colocado, como usted ve. Lo han
puesto ahí por el momento... Me lo han hecho últi­
mamente en París... Es de un artista de gran fama.
— Ya veo, ya veo la firma— dijo Pío Cid, mientras
examinaba el retrato, que era de cuerpo entero y
estaba colocado sobre una mesa en un ángulo del

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

281

salón—. Es un buen retrato, pero me gusta más el
original. Quiero decir que el artista conoce su ofi­
cio muy bien, pero que no ha acertado a conocerla
a usted, y ha tomado de usted la cáscara... Esa que
hay ahí es una señora, arrogante y majestuosa, y
hasta un poco teatral, pero no es una mujer, no es
la mujer que hay dentro de usted.
—¿Usted distingue entre mujer y señora?
—Como entre hombre y caballero. Varias veces,
viendo el retrato del duque, el que está en el despa­
cho, he pensado que tiene toda 1a. estampa de un
caballero, de un gran señor, pero que como hom­
bre es muy poca cosa. Y es que los dichosos artistas
no se quieren tomar la molestia de profundizar. De
su esposo de usted no puedo decir nada, porque no
Je conozco; pero de usted sí aseguro que no la han
comprendido; yo mismo, que no soy artista, me com­
prometo a hacer un retrato mucho mejor que é s e ;
un retrato en que se adivine la mujer delicada, gra­
ciosa y espiritual, que se oculta en la señora duque­
sa de Almadura.
—¿Sería usted capaz verdaderamente...? Por su­
puesto que no me extrañaría que supiera usted
también pintar, por saber de todo.
—No sé más que dibujar, y apenas si acierto a
combinar los colores; pero yo no hablo de componer
una obra, como la gente del oficio; con que usted
esté en el retrato me doy por contento. Y además, se
pueden hacer retratos con la pluma, y como tengo
más habilidad de escribir, ¿quién impide que mi re­
trato sea una composición poética, en que la descri­
ba a usted tal como es?
—A mí me gustaría más si fuera un retrato de

282

ÁNGEL GANIVET

verdad—dijo la duquesa, recordando los versos de
la arruga (si es que los había olvidado por com­
pleto).
Y después, como volviendo sobre su idea, añadió:
—La poesía también me gusta, y no debe de ser
tan fácil describir en verso a una persona...
—Ni tan difícil cuando se la conoce bien y se
sabe con precisión lo que se ha de expresar. Ahora
mismo se me ocurren, de repente, unos versos que,
si no son un retrato acabado, pueden servirme de
boceto si usted les otorga su pláceme.
— ¿Cómo son? Dígalos.
—No son muchos; pero si a usted le agradan, con
esa idea puedo hacer luego el retrato. Son, como si
dijéramos, la postura que ha de tomar el modelo.
—Bien, bien, dígamelos, que me ha metido usted
en curiosidad.
Pío Cid hizo una leve pausa, y al ñn recitó en tono
familiar el soneto que había improvisado, y que
decía a s í:
Su fino rostro en luz azul bañado
De sus grandes pupilas luminosas,
Se recata en las ondas caprichosas
Del mar de sus cabellos encrespado.
Su mirar dulce, suave, está velado
Por plácidas visiones amorosas,
Y un rumor leve de ansias misteriosas
En su boca entreabierta ha aleteado.
Su talle esbelto, airoso se cimbrea:
Ora se yergue altivo, dominante,
Ora se mece en lánguido vaivén,
Cuando le arrulla la fugaz idea
De abrir su pecho a un corazón amante
Y decirle: estoy sola y triste, ven,

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

283

—Me gustan esos versos—dijo resueltam ente la
duquesa—. Va usted a escribírm elos antes que se le
olviden. Casi estoy por decir que me satisface m ás
su boceto que este re tra to que me h a n hecho, des­
pués de dos sem anas de m olestarm e... Si su retrato
sale como el boceto...
—Yo haré cuanto esté de mi p a r t e ; pero ten d rá
usted que darm e u n a fo to g rafía; yo la recuerdo a
usted m uy bien con la im aginación, m as p a ra los
detalles no está de más.
—¿Cómo es eso? ¡P ues si yo creía que me iba us­
ted a tener varios días de modelo! Me sorprende en
usted la sencillez con que hace las cosas. Todos los
a rtistas son algo cóm icos; quiero decir, que fingen
bien la com edia y nos asu sta n con sus p re p a ra ti­
vos; y usted tra b a ja con ta n ta n a tu ra lid a d que casi,
casi me figuro yo que, si cogiera la plum a, escri­
biría versos como los de usted. P ero voy a darle a
usted a elegir la fotografía entre las v a ria s que ten­
go—dijo la duquesa, pasando al gabinete seguida
de Pío Cid.
Tocó un tim bre y ordenó a u n a de sus doncellas
que trajese recado de escribir y un álbum que esta­
ba sobre la m esa de su tocador.
M ientras Pío Cid escribía el soneto, ella recorrió
rápidam ente las hojas del álbum y sacó de él v a­
rias fotografías. Cuando el soneto estuvo term inado,
lo tomó de la m esa p a ra leerlo o tra vez y dió a Pío
Cid los retrato s, dicién d ole:
—A ver si le parece a usted bien ese que está enci­
m a el del som brero. Son mi m an ía los so m b rero s;
lo único a que yo doy im p o rtan cia en el traje.
—P ero en este re tra to m ira usted a los hom-

284

ÁNGEL GANIVET

bres como objetos — replicó Pío Cid con viveza.
— ¿Y no le satisface a usted? Pues así soy yo...
Usted ha hallado una frase que a mí no se me ha­
bía ocurrido; yo miro a los hombres como objetos
— concluyó recalcando las palabras.
— Más me gusta este de los ojos bajos.
— Ese me lo hice a poco de tener a mi Jaime. ¿Y
el escotado?
— Este tiene alguna semejanza con el que ha traí­
do usted de París. Me gusta más, mucho más, este
de los claveles en la cabeza.
— Ahí era yo aún soltera.
— ¡Qué lejos estamos...!
— ¿Ve usted?— interrumpió la duquesa familiari­
zándose— . Siempre hay algún veneno en sus pala­
bras.
— ¿En qué palabras?
— Eso de decir que estamos lejos, es claro; lo dice
usted como si hubiera pasado medio siglo.
— No era ésa mi idea— replicó Pío Cid, dando a
sus palabras una entonación melancólica que hasta
entonces no le había notado nunca la duquesa— .
Aunque sólo hubiera pasado un mes, este mes sería
largo, como un siglo entero, para el hombre que ve
a una mujer casada ya y contempla la imagen de
esa misma mujer cuando era pura como una flor
que comienza a entreabrir su cáliz a la luz que ha
de marchitarla.
— ¿Entonces elige usted el de los claveles?— pre­
guntó la duquesa; y sin esperar la respuesta se
puso a leer el soneto con gran atención.
— Me decido por el de los ojos bajos— dijo al fin
Pío Cid, después de examinarlos todos de nuevo— .

to s TRABAJOS DE PÍO CID

285

Este es eljiflás propio, el que mejor se armoniza con
mi idea.
—Hay en estos versos intención ; en todo lo que
usted hace hay intención, mala, por supuesto—dijo
la duquesa, doblando el papel—. Cada día me con­
venzo más de que usted no es lo que parece. Quiere
usted parecer un hombre tosco y vulgar, y lo que
usted es realmente es un hombre de mundo; des­
precia usted la educación, y es usted un caballero
discretísimo cuando quiere serlo.
—¿Lo dice usted quizás por los versos? Ahí no me
muestro yo como soy; por no ofenderla a usted he
tomado un carácter falso, plegándome a las circuns­
tancias ; mas cuando yo encuentro en el mundo una
mujer hermosa como usted, mi primer impulso, el
que es mi natural, no es ciertamente discretear con
ella...
—Entonces, ¿cuál es?
—Cogerla debajo del brazo y llevármela a mi ca­
sa—contestó Pío Cid con tono violento.
— ¡Horror!—exclamó la duquesa, y se levantó rien­
do a carcajadas—. Usted es un salvaje, o por lo me­
nos tiene la coquetería de parecerlo... Porque los
hombres también tienen sus coqueterías, y peores
que l#s de las mujeres... Va usted a conseguir ins­
pirarme miedo.
—Pues para tranquilizarla me voy—dijo Pío Cid,
levantándose y estrechando la mano que la duquesa
le ofrecía—. ¡Ojalá que el retrato le agrade y me
congracie de nuevo con usted!
—Yo estoy segura de que saldrá bien.
Al decir esto, la duquesa se imaginaba ya que el
retrato sería algo por el estilo de los versos: la

286

ÁNGEL GANÍVET

imagen de una mujer melancólica soñando en vagos
amores. Sorprendióse, pues, no poco cuando al cabo
de algunos días de espera se presentó Pío Cid con
su trabajo. Era éste un pequeño dibujo al lápiz, eje­
cutado con tal maestría y perfección, que parecía
desde lejos una miniatura de estilo original. El pa­
recido era perfecto, y la compostura la misma que
la fotografía de los ojos bajos; pero los ojos de
ésta se fijaban en un abanico, cual si contaran el
varillaje, y en el dibujo contemplaban amorosamen­
te, ¡cómo había de imaginarse esto la duquesa!, un
niño en pañales. La madre le apretaba con el bra­
zo izquierdo contra su seno, y se cubría éste con la
mano derecha, en tanto que el niño parecía mamar
muy satisfecho, mirando con el rabillo del ojo. La
duquesa veía el retrato con inquietud, sin saber si
aquello era una broma intolerable o una ocurrencia
espiritual, y al fin, sugestionada por el casto y noble
sentimiento que de la estampa se desprendía, la co­
menzó a mirar con ojos de benevolencia y dijo:
—Quien no le conociera a usted, no creería que
esto es verdad aunque lo viera. La verdad es que
no hay en todo el mundo un tipo tan extravagante
como usted.
— ¿A eso le llama usted extravagancia?
—Extravagancia con asomos de locura, que algo
de loco tiene usted.
—Así se escribe la historia. Y, sin embargo, ese re­
trato es copia del boceto que mereció su aprobación.
—¿Que está tomado del boceto?
—Naturalmente. En los sonetos la idea madre
está al fin, y la idea del mío era esa misma:

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

287

... abrir su pecho a un corazón amante,
Y decirle: estoy sola y triste, ven.
... ¿Qué mejor amigo, qué corazón más amante y
más tierno para una mujer que el de un hijo suyo,
sobre todo cuando es pequeño y no siente ningún
otro amor que haga sombra al amor que siente por
su madre?
—Ahora comprendo—dijo la duquesa, por decir
algo, sorprendida por la astucia con que Pío Cid se
le escabullía de las manos.
—No hay para la mujer refugio más seguro que
el amor maternal. ¡Cuántas mujeres, quizás usted
misma, sufren el hastío de la vida porque buscan la
felicidad en frívolos pasatiempos, cuando la halla­
rían en el amor de madre! Y esa frivolidad es tanto
más perniciosa cuanto que además de no aturdir
por completo, ni ocultar el vacío de la existencia,
desarraiga y seca los sentimientos, y llega hasta cor­
tar el ligamen natural entre padres e hijos. Yo com­
prendería que se destruyera ese amor de la sangre
para levantarse al amor espiritual y poder amar al
hijo del vecino como al propio; pero destruirlo para
no amar a nadie es buscarnos nuestra perdición.
—Muchas veces se nos juzga mal—dijo la duque­
sa, como hablando consigo misma—, porque no se
conoce nuestro pensamiento. ¡Mujeres hay que pa­
recen frívolas, y que quizás llevan en el fondo de
su alma grandes penas, tan grandes que no se ol­
vidan ni en medio de esos aturdimientos buscados
justamente para olvidarlas!
—¿Cómo se van a olvidar, si las penas no se olvi­
dan sino cuando se las destruye transformándolas?

288

ÁNGEL GAÑIVF/T

Buscar el aturdimiento es una cobardía. El que por
no oír la verdad se tapa las orejas, ¿ha destruido
la verdad? Lo que ha hecho ha sido afirmarla sin
conocerla. Y el condenado a muerte que está en ca­
pilla y oye con angustia cómo va el reloj dando las
horas, y para no oírlas se pone a gritar, ¿retrasa
con eso la hora de subir al patíbulo? Más vale afron­
tar la verdad entera, porque, aunque la verdad sea
dolorosa, el dolor es fecundo y crea alegrías que las
agradables ficciones no crearán jamás. Si usted su­
fre, declárese a sí misma, sin engañarse, cuál es
su sufrimiento; recójase y medite luego sobre él,
y verá salir de él un deseo que la llevará, como de la
mano, a un placer nuevo, desconocido y tan hondo
como el sufrimiento que lo ha engendrado.
—No sabía de cierto lo que era usted—dijo la du­
quesa con aire grave— ; pero ahora que me ha
hablado usted así, pienso que usted es lo que se
suele llamar un amigo de las mujeres. Sabe us­
ted inspirar confianza como un confesor y vale
usted más que un confesor, porque los confeso­
res lo juzgan todo con arreglo a la religión, y hay
cosas que corresponden al tribunal de psicología...
Una mujer casada, sin que se haya consultado su
voluntad, contra su gusto, por razón de Estado, co­
mo si dijéramos (que esto suele ocurrir no sólo en
las familias reales, sino también en las aristocrá­
ticas, y aun en las simplemente ricas), no puede,
aunque quisiera, amar a su marido. He aquí un
caso que no es nuevo. Un confesor le dirá a esa pe­
cadora : «Esfuércese, y ya que no amor, tenga al
menos estimación por su esposo; éste es su deber.»
Y, sin embargo, pregunto yo: ¿no puede haber ca-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

289

sos en que un hom bre no tenga derecho ni au n a
esa estim ación por indigno de ella?
—Claro está que los h ay —contestó Pío Cid con
tono resuelto—. El derecho a a m a r es el m ás s a g ra ­
do, y quien lo infringe es u n crim in al peligroso...
Esa m u jer que se casó sin am or, acaso no p odrá
am ar tam poco a los hijos que ten g a con el hom bre
a quien no am a. La sangre tiene tam bién sus m is­
terios.
—¿Qué d iría usted de u n hom bre que, creyendo
a un a m u jer culpable, la perdona y luego se dedica
a m ortificarla diariam ente con alusiones groseras?
—D iría que es un cobarde, o quizás u n infeliz,
que creyó tener fuerza de alm a p a ra p e rd o n ar sin
tenerla, y que, por no atreverse a h acer u n g ran
m al de u n a vez, va haciendo el m al a pequeñas do­
sis... P ero hay tam bién que sab er si la m u jer era
o no culpable. Si era culpable, no hay disculpa p a ra
la bajeza del h o m b re ; m as si no lo era, casi me in ­
clino en co n tra de la m ujer.
—¿Cómo? Siendo inocente y ofendida por u n a in ­
culpación infun d ad a...
—P o r eso mismo. Si h ubiera sido culpable se h u ­
m illaría, y el hom bre que se e n sa ñ a ra con ella se­
ría un m ise ra b le ; pero si era inocente, el perdón
h a debido irrita r la m ás que la ofensa, h a debido
tom ar odio contra el hom bre, y así es n a tu ra l que
el hom bre se h a y a vuelto con ella duro y d esp iad a­
do. H ay algo peor que u n a f a l t a : la a p a rie n c ia de
la f a l t a ; porque de la falta, por ser u n a realidad,
puede sa lir algo b u e n o ; m as de la ap a rie n c ia no
pueden salir m ás que ficciones, sentim ientos sin
apoyo en la n atu raleza... Así, a la m u jer de que us19

590

ÁNGEL

GANIVEÍ

ted me ha hablado yo le diría sin vacilar: cometa
usted inmediatamente la falta que no ha cometido,
humanícese, y todo lo arreglaremos.
—Pero, por Dios, señor Cid—interrumpió la du­
quesa— , no eche usted a perder sus atinadas razo­
nes con esas salidas de tono. No sé qué gusto saca
usted de lanzar adrede esos disparates...
— ¡Disparates! ¿Cómo explica usted entonces que
el público se complazca en impulsar con sus murmu­
raciones a convertir en faltas reales las simples
apariencias? ¿No ocurre todos los días que una mu­
jer comienza a coquetear inocentemente, y que muy
pronto, presa en las garras de la murmuración, es
arrastrada al adulterio?
— ¡Es verdad!—exclamó espontáneamente la du­
quesa— . ¡ Es verdad! Ese es el caso en que se dice
que el público hace de Gran Galeoto.
—Pues bien; yo creo que el público lleva razón,
porque el público la lleva siempre que obra por ins­
tinto. Una mujer que da lugar a que se murmure de
ella, es casi seguro que es desgraciada; no falta a
sus deberes por miedo, y el público se lo quita hosti­
gándola con anticipadas e injustas censuras.
—Si en vez de hablarme usted a mí le hablara a
una mujer sin experiencia, sería usted peligroso
—dijo la duquesa levantándose y poniendo sobre un
velador el retrato que aún conservaba en la mano.
Y ya de pie, añadió en son de reprimenda:
—Con esas ideas de usted, adiós religión, leyes y
moral. Todo se vendría abajo. Porque no hay escapa­
toria : lo que usted sostiene es el derecho al adulterio.
—Es que yo no soy sacerdote, ni moralista, ni
abogado; yo defiendo los derechos del corazón.

LOS TRABAJOS DE P ÍO CID

291

—Pero esos derechos están en contra de la so­
ciedad.
—No tanto. ¿Qué pueblos son los que matan a pe­
dradas a la mujer adúltera o la arrojan por un pre­
cipicio? Pueblos bárbaros donde jamás moró la be­
lleza ni el arte. En cambio, vea usted en Grecia
cuántas luchas antes de que fuera destruida Troya,
baluarte del amor.
—Pero al fin fué destruida.
—Fué destruida porque sin el honor es imposible
la existencia de un pueblo, como sin el amor es im­
posible la de un individuo. Pero si Troya hubiera
sido aniquilada en breves momentos por un rayo de
Júpiter, ni hubiera existido la llíada, ni el arte grie­
go, ni acaso existiríamos nosotros. Lo hermoso en
aquella lucha es que hay dioses que defienden el
fuero del amor, y que el mismo Júpiter, el mayor de
los dioses, se inclina ya a uno, ya a otro de los ban­
dos, como si estuviera perplejo ante la gravedad del
litigio.
—Y si usted hubiera vivido en aquellos tiempos
—preguntó la duquesa bromeando—, ¿hubiera sido
troyano?
—Hubiera ayudado a robar a Elena por antipa­
tía contra Menelao, y después hubiera ayudado a
destruir a Troya por antipatía contra París.
La duquesa guardó silencio y se fué a sentar en
una butaca junto al balcón, lejos de Pío Cid, como
para desvirtuar con la distancia la gravedad de lo
que se le ocurría decir; miró un rato al través de
los visillos, y preguntó:
—Pero si yo no recuerdo mal, usted me decía ayer
que el amor más noble es el del espíritu. ¿Cómo aho-

292

ÁNGEL GAN I VET

ra justifica usted que u n a m u jer falte a sus deberes?
Le com prendería a usted si fu era usted un seductor,
porque un seductor no se p a ra en b a rra s p a ra con­
seguir su objeto. Siendo usted u n hom bre serio, hon­
rado y digno, me e x tra ñ a su modo de pensar. Si u s­
ted supiera, voy a suponer, que yo ten ía u n am ante,
¿le m erecería yo el mismo concepto que hoy le m e­
rezco?
—Precisam ente—contestó Pío Cid con desenfado—
me han dicho, hace alg ú n tiempo, que usted tenía
un am ante, y no le di crédito a la noticia, y aun
siendo cierta, no le h u b iera dado im portancia. Yo
no podía a sp ira r al am or de usted por m il razones
que saltan a la vista, p rincipalm ente porque yo he
entrado en esta casa por la p u e rta de la servidum ­
bre, y no h a sido p a ra mí escaso honor alcanzar
que usted, venciendo su prevención, me conozca y
me tra te como caballero. Y aunque yo a s p ira ra a
g a n a r su afecto, éste sería ta n noble que no podría
descender a envidiar otros afectos vulgares. Porque
yo pienso que si usted h ab la ta n tristem ente de
la vida y no desdeña escuchar la p a la b ra de un
hom bre de ta n escaso valer social como yo, es por­
que no tiene puestos sus ojos en quien sea capaz de
llen ar el vacío que hay en su a lm a ; y todo lo que
no fu era esto, d ista ría tanto del verdadero am or
como el g u ija rro del diam ante.
—¿Y quién le h a n dicho a usted que es ese am ante
que me a trib u y e n ? —preguntó la duquesa sin darse
por ofendida, p a ra ver h a sta dónde llegaba la fres­
cu ra de espíritu de su interlocutor.
—Me h a n dicho que es un cap itán de húsares, y
esto mismo me convenció de que la noticia e ra falsa.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

293

—¿Por qué?
—Porque la afición a las charreteras, espuelas,
estrellas, galones y demás arreos militares es propia
de la primera juventud. Cuando una mujer pasa de
los veinticinco años, busca algo más hondo en el
hombre.
—Tiene gracia eso que usted me dice. ¡Al fin, al
fin, he encontrado un hombre franco en el mundo!
Pero ya que es usted tan franco, le voy a rogar me
diga sinceramente si cree que una mujer puede fal­
tar a sus deberes sin dejar de ser digna, sin que la
acuse su propia conciencia.
—Sí lo creo. La indignidad está en envilecerse por
satisfacer bajas pasiones; no lo está en librarnos
del yugo del deber cuando el falso deber nos envile­
ce. Tiene además la Naturaleza leyes inviolables, y
aunque quisiéramos no podríamos burlarlas. ¿Cree
usted que el amor se resigne al perpetuo sacrificio...?
Un hombre joven, inexperto, halla en su camino a
una mujer caída y quiere generosamente regenerar­
la ; mas esta generosidad es peligrosa, porque bien
pronto el egoísmo amoroso, que es el más violento
de todos los egoísmos, reflexionará así: «¿He na­
cido yo acaso para tapar faltas que otros cometie­
ron? ¿He de satisfacerme con aspirar el perfume
de una flor marchita, arrojada en el suelo, pudiendo deleitarme con la fragancia pura de una flor que
yo mismo corte y coja el primero en mis manos?»
Y ese egoísmo irá insensiblemente a buscar nuevos
amores aunque la conciencia proteste. ¿Qué vale la
voz de la conciencia cuando la ahoga la lamenta­
ción de la carne? En cambio, un hombre que ha co­
metido graves tropelías puede sin gran martirio

294

ÁNGEL GANIVET

emprender esa obra de redención, porque su sacri­
ficio le parecerá una expiación voluntaria de sus
propias culpas.
— ¡Eso es verdad!
—Y lo mismo la mujer. Una mujer cuyos senti­
mientos han sido sacrificados, que no ama ni puede
amar al hombre a quien debe de amar, está al borde
de un precipicio. Por muy firme que quiera tener­
se, ¿qué ocurrirá si un día se subleva contra ella su
corazón esclavizado? ¡Si al menos esa mujer tuvie­
ra para defenderse el recuerdo de un día de verda­
dero amor! Una falta cometida por instigaciones
del corazón, le daría fuerzas para soportar resignadamente los más largos y duros tormentos.
— ¡Eso es verdad!—repitió la duquesa levantándo­
se con un movimiento nervioso— . Usted conoce el
corazón humano. ¡Es verdad!—añadió, sentándose
de nuevo; y apoyando la cabeza contra el respaldo
de la butaca, cerró un instante los ojos, y reclinada
sobre su esponjada cabellera, parecía dormir y
soñar.
— ¡Es triste que esté hecha así. el alma humana!
Mas, ¿qué remedio cabe? Lo mejor sería tener fuer­
zas para remontarse de un vuelo al amor espiritual;
¡pero son tan pocos los que las tienen! Cuando nos
consume la sed de venganza contra una ofensa in­
justa o nos muerde el ansia de desquite por un sa­
crificio demasiado penoso, y no tenemos ánimo para
perdonar ni para resignarnos, es más noble dar sa­
lida a nuestras pasiones en algún acto censurable,
que no guardar la protesta sorda que nos va envene­
nando poco a poco. Una falta es un hecho humano,
y acaso tenga la virtud de aclararnos el entendi-

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

295

miento y permitirnos ver lo que antes no veímos y
darnos alas para subir adonde soñáramos.
—Yo no había oído jamás hablar tan sinceramen­
te—dijo la duquesa con lentitud y mirando de sos­
layo a un espejo, por el que veía a Pío Cid sin que
éste lo notara— . Yo envidio su fuerza y su resolu­
ción, y desearía ser fuerte aunque fuera para el
mal. Yo debía tener siempre a mi lado a un amigo
como usted... Quizás es usted el único a quien yo
pudiera llamarle verdadero amigo. Pero en este vai­
vén de la vida todo pasa volando, y ni siquiera hay
tiempo para que una amistad eche raíces... Hoy he
estado yo triste pensando en que he de emprender
mañana mismo un largo viaje...—añadió volviendo
la cabeza y mirando al balcón, por el que entraban
las últimas luces de la tarde.
— ¿Se va usted?—preguntó Pío Cid con aire de
tristeza.
—Me voy—dijo la duquesa, notando por el espejo
la palidez del rostro de Pío Cid— , y lo que más sien­
to es perder su conversación, que es para mí tan
sugestiva... Usted no sabe las veces que recuerdo
sus palabras. Ojalá supiera yo discurrir como usted
y ofrecerle ideas más atractivas; pero las mujeres
somos tan...
—Usted es una mujer adorable—dijo Pío Cid le­
vantándose y mirándola con afecto—, y aunque me
tenga por hombre tan fuerte, crea que ahora estoy
impresionado como un niño de pensar que se va...
— ¿Qué hacer?— dijo la duquesa, extendiendo la
mano con abandono.
Pío Cid se acercó, y al mismo tiempo que cogía
la mano y la estrechaba, miró a la duquesa con aire

296

ÁNGEL GANIVET

tan dolorido, que ella se sintió vivamente impresio­
nada; de repente se puso de pie, mientras tenía co­
gida una mano, se pasó la otra por los ojos y luego
la apoyó en el hombro de Pío Cid, como si se afian­
zara para no caer; por último, le echó el brazo al
cuello, cerró los ojos y juntó con los labios de él
sus labios entreabiertos, desplomándose como si es­
tuviera completamente desvanecida. Pío Cid la su­
jetó suavemente por la cintura, la condujo en peso
basta el sofá, la tendió con cuidado, poniéndole un
cojín debajo de la cabeza y se puso a mirarla de ro­
dillas, temeroso de ver la tempestad que él mismo
había desencadenado. Ocurríansele los más varios
y encontrados pensamientos; aun llegó a suponer
que la duquesa no estaba desmayada, sino muerta
y convertida en estatua yacente. Esta idea, junta
con el temor, el silencio y la obscuridad de la noche,
que ya enviaba sus primeras sombras, le enardecie­
ron el espíritu, y sintiéndose de súbito inspirado co­
menzó a recitar, con voz apagada, una canción, a
cuyos conceptos la duquesa, incorporándose lenta­
mente, apoyó un codo en el cojín y cruzó las manos
para escucharle en la actitud del que re za :
Bajo la verde bóveda sombría,
La luz del claro día
Llega a mis tristes ojos, tenue y vaga;
Espléndido la envía
El sol, y el bosque lóbrego la apaga.
Bajo la verde bóveda del cielo,
Una luz de consuelo
Llega a mi pobre espíritu insegura;
Rasgó el amor su velo,
Mas su imagen quedó en la noche obscura.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

Yo sólo sé lo que es amor humano:
Vislumbro muy lejano
Otro amor que, sin verlo, me fascina;
Un amor soberano
Que al creyente consuela e ilumina.
Yo sé lo que es amor; el amor santo,
El puro y noble encanto
I)e la madre que al niño arrulla y mece
Al son de un suave canto,
Que canción del espíritu parece.
Pero no sé lo que es amor divino,
Ese amor que imagino
Como ardiente latir de un corazón
Que rige el torbellino
De los astros con mística atracción.
Yo sé lo que es amor: la viva llama
De un corazón que ama,
Prisionero de amor en fuertes rejas,
Y, humilde, llora y clama,
Sin que otro corazón oiga sus quejas.
Pero no sé lo que es amor divino;
Ese amor que imagino
Como luz refulgente de los cielos,
Espejo cristalino,
Donde el amor refleja sus anhelos.
Yo sé lo que es amor: el firme lazo
Que con nervioso abrazo
Mi amada en torno de mi cuello anuda,
Palpitante el regazo
Y el universo en la mirada muda.
Pero no sé lo que es amor divino;
Ese amor que imagino
Como éxtasis sublime de la mente,
Resplandor diamantino,
Que brilla, sin quemarse, eternamente.
Yo sé lo que es amor: el noble fuego
Que me roba el sosiego,
Cuando una idea radiante, en la penumbra

297

298

ÁNGEL GANIVE1

Surge, y yo, absorto, ciego,
Miro, sin ver, su luz que me deslumbra.
Pero no sé lo que es amor divino;
Ese amor que imagino
Como fuego sagrado de la idea,
Artista peregrino,
Que con llamas de amor sus obras crea.
Yo sé lo que es am or: ¡ Cuántos amores,
Pálidos como flores
Que viven sepultadas en la umbría,
Soñando en los colores,
Con que la luz del sol las bañaría!
Mas yo quiero otro amor, un solo amor,
Un fuego abrasador
Que derrita este hielo en que cautivo;
Un brillante fulgor
Que disipe estas sombras en que vivo.
¡Oh amor divino, ten de mí piedad,
Muestra tu caridad
Con el que en tierra se postró de hinojos;
Rompe esta obscuridad,
Haz que un rayo del cielo abra mis ojos!
Cuando Pío Cid oyó extinguirse los últimos ecos
de su canción amorosa, se deslizó sin ruido, dejan­
do a la duquesa, absorta y como embebecida en la
contemplación de lejanas visiones. Largo tiempo duró
aquel sereno éxtasis, cuya virtud sobre el alma de
la duquesa fué tal y tan maravillosa, que al salir
de él se halló como en un mundo nuevo, ideal y so­
ñado. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y su co­
razón de ansias temblorosas e inexplicables. Creía
haber despertado de un sueño profundo, y no sa­
bía fijar el punto en que el ensueño había huido y
la realidad había recobrado su imperio.
Se levantó con lentitud y se encaminó hacia la

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

299

puerta por donde Pío Cid había desaparecido; pero
no acertó con ella y comenzó a m irar a todos lados
como si se encontrara en una casa desconocida;
luego se dirigió al balcón para asomarse a la calle,
pero retrocedió impresionada por el espectáculo de
la bóveda celeste, en la que brillaban nuevos astros
que ella nunca había visto y que ahora con su con­
cierto de luz la anonadaban y le sugerían senti­
mientos de humilde y piadosa tribulación; por úl­
timo, se volvió a sentar, y ocultando el rostro entre
las manos se preguntaba a sí misma quién era
aquella mujer que dentro de ella estaba y que le
parecía una criatura nueva en el mundo.
Sólo acertaba a comprender claramente el ritmo
espiritual que dejara la canción de amor, cuyas es­
trofas se diría que flotaban esculpidas en las ondas
de a ire ; y entre todas, una, la evocación del dormi­
do amor materno, vibraba con tanta fuerza que la
duquesa no sólo la oía, sino que creía verla por
doquiera en letras brllantes:
Yo sé lo que es am or; el amor santo,
El puro y noble encanto
De la madre que al niño arrulla y mece
Al son de un suave canto,
Que canción del espíritu parece.
Mientras tanto Pío Cid se había dirigido a buen
paso a su casa, aunque gustosamente se dirigiera a
un desierto donde poder meditar sosegadamente so­
bre las raras impresiones que le agitaban, no obs­
tante ser su espíritu tan fuerte y tan avezado a los
misterios de la vida. Sacóle de su abstracción el es­
tudiante Benito, que topó con él en las escaleras
de la calle de Villanueva y le detuvo diciéndole:

300

ÁNGEL GANIVET

—Una noticia le espera a usted que le disgustará
de seguro. ¿No sabe usted que la buena Mercedes
acaba de largarse de la casa?
— ¿Cómo ha sido eso, pues?—preguntó Pío Cid
sorprendido.
—Yo no sé. Creo que todos estaban fuera de casa,
excepto doña Justa. No sé más que lo que me ha dicho
Valentina... Yo no quiero meterme en nada; pero creo
que Gandaria anda en el ajo. A mí me ha dado en
la nariz, y...
—Bien está. Esa criatura ha nacido por lo visto
para rodar pelota.
—¿Qué es lo que le ha caído a usted aquí?—pre­
guntó Benito, tocando a Pío Cid en el hombro y co­
giéndole después por la solapa de la levita para olerla y cerciorarse de lo que fuese aquel extraño pol­
villo—. Parecen polvos de rosa. Tienen un olor finí­
simo.
—No sé lo que será—contestó Pío Cid sacudiéndo­
se con un pañuelo y agradeciendo en su interior
aquel aviso, que le libraba de una gresca con Mar­
tina.
—No le detengo a usted más—dijo Benito bajando
las escaleras— ; esta noche volveré un rato.
Entró Pío Cid en su casa malhumorado, y doña
Justa se apresuró a repetirle la noticia de la fuga
de Mercedes.
—Ya me lo han dicho, y no debe sorprenderme
que haya aprovechado para irse de aquí la misma
idea que yo le di para escapar de casa de Olivares.
Así son las cosas de esta vida. ¿No le dijo a usted
nada antes de irse?
—No. Vino llorando a la cocina y me dijo que

LOS TRABAJOS DE PÍO

CID

301

sentía mucho dejarnos. Casi no podía hablar la po­
bre. Dijo que ésa sería su desgracia, pero que ha­
bía nacido con ese sino y que qué iba a hacer. Y se
fué hecha una Magdalena.
—Bueno; no hablemos más de lo que ya no tiene
compostura. Ya sabremos de sobra dónde está y
cómo le va.
—No me mires tan serio—interrumpió Martina—.
Yo no he tenido arte ni parte.
—No te miro de ningún modo ni te echo la culpa.
Si la tuvieras, allá tú te las avengas contigo misma.
—¿Qué olor es ese que traes?—preguntó entonces
Martina, que desde que entró Pío Cid no cesaba de
aspirar con extrañeza el delicado perfume—. Esto
parece cosa de mujer—añadió acercándose—. No lo
parece, sino que lo es. ¿A ver...? Esta mano es la
que más te apesta.
—Será de haber saludado a la mamá de Jaime,
que se ha despedido de mí. Se va al Extranjero con
su hijo.
—Lo dices así como con sentimiento. ¿Es de ver­
dad que se va? Porque te comunico que la señora
esa, o la tía esa, me está dando muy mala espina.
—Yo no vuelvo más a dar lecciones, y si se va o
no se va, no es cuenta mía ni tuya. Y ten la bondad
de no requisarme más, porque no estoy para que me
quemes la sangre—concluyó con tono seco, metién­
dose en su habitación.
Supo al día siguiente por Valle que Mercedes se
había ido a vivir a la calle de Claudio Coello, a un
segundo piso con vistas al campo, que Gandaria ha­
bía hecho amueblar muy decentemente; y en el acto
decidió escribir a la joven, no para disuadirla, sino

302

ángel ganivet

para quedar con ella en buena armonía, pensando
en el porvenir, y darle de paso algunos útiles con­
sejos, el primero y principal de los cuales era que
no contara nunca a Adolfo las miserias de su vida,
ni menos que ella y su padre habían pedido limos­
na, porque estas confidencias darían al traste con
el afecto que su amante pudiera tenerle. Le decía,
por último, que, en caso de verse abandonada, pen­
sara siempre en él y en su casa, que estaba siem­
pre abierta para recibirla; y a fin de que por su
flaca memoria no olvidara este ofrecimiento, le
enviaba con la carta una moneda moruna de extra­
ordinarias virtudes, diciéndole que no se la daba
por ser recuerdo de familia; pero que se la prestaba
a condición de que le fuera devuelta por la misma
Mercedes en persona en el caso de que las relaciones
con Adolfo terminaran.
Escrita la carta, fué él mismo a llevarla al correo,
cruzándose en la calle sin conocerle, con un criado
de la duquesa que le traía una esquela de su seño­
ra, para entregársela en propia mano. Martina la
recibió y la dejó en el despacho de su marido, no
atreviéndose por el momento a abrirla; pero des­
pués de dar muchas vueltas y de disculparse a sí
misma con la razón de que entre un hombre y una
mujer que se aman no debe de haber secretos, rasgó
el tentador sobre y leyó una sola línea de firme y re­
suelta escritura, que decía no m ás:
«Esta tarde estaré en casa.— S.»
— ¡En casa!—exclamó Martina, como si le hubiese
picado una víbora—. ¡Y S .! P debía de firmar, y
Pu..., y Dios me perdone. Esto no pasa de aquí.
Ahora se verá quién es Martina de Gomara.

LOS TRABAJOS DE PÍO CID

303

Y en un vuelo se calzó, se echó una falda y se
puso el abrigo y el sombrero que halló más a mano,
y se lanzó escaleras abajo resuelta a acudir a la cita
y verse cara a cara delante de aquella mujer que
tan impúdicamente trataba de robarle el padre de
sus hijos. Mas pocos pasos había andado cuando, al
pasar por delante de una peluquería, vió en el es­
caparate dos cabezas de mujer, tan linda y primoro­
samente peinadas, que la hicieron detenerse un ins­
tante a contemplarlas; vió también su propia ima­
gen multiplicada en varios espejos y se acobardó y
perdió su resolución. ¿Copio presentarse de aquel
modo delante de una encopetada señora, que qui­
zás ni querría hablar con ella, tomándola por una
criada? Volvió, pues, a desandar lo andado, y en­
tró en su casa como una flecha y comenzó a revol­
ver los armarios y los cajones de la cómoda para
vestirse con los trapicos de cristianar, Se puso los za­
patos de charol y el vestido negro de seda, y el som­
brero de castor con plumas verdes, regalo de su mari­
do; los mejores zarcillos y el velo de motas grises; la
pulsera y el aderezo de perlas y esmeraldas, sin
olvidar el manguito y el precioso quitasol de encaje.
Aun con todos estos adornos le pareció su figura
poco expresiva, y tuvo por primera vez en su vida
la idea de pintarse; halló en un cajón del tocador
un pedazo de corcho quemado, que le servía a Va­
lentina para untarse de negro Jas cejas, que de
puro claras apenas se le conocían, y subiéndose el
velillo se pintó un poco las cejas y pestañas, con lo
que sus grandes y rasgados ojos se asemejaban a
dos simas infernales.
En estas idas y venidas topó, sin pensarlo, con la

304

ÁNGEL GANIVEÍ

ropa de su m arido; y como de repente se le había
despertado una terrible desconfianza, la registró, y
para colmo de su desventura halló en el bolsillo in­
terior de la levita el retrato de la duquesa, el de los
ojos bajos, que Pío Cid, por no parecer desatento,
no quiso devolver. Gran esfuerzo tuvo que hacer
para no echarse a llorar, y acaso no lloró por no
descomponerse el rostro; mas su rabia fué tal, que
del despacho fué derecha a la cocina, y con ideas
siniestras cogió un cuchillo que escondió dentro del
manguito. Entró en la alcoba a dar un beso a los
niños, que dormían como dos ángeles. Su mamá,
que estaba allí cosiendo, le preguntó:
—¿Adónde vas tan compuesta?
—Voy a buscar a Pío para dar un paseo. Me duele
la cabeza, y yo creo que es de estar siempre ence­
rrada en casa.
Volvió Pío Cid a poco, y lo primero que vió al
entrar debajo de la mesa de su despacho fué el so­
bre de la carta de la duquesa, cuya letra conoció al
punto; entró en la sala y halló todas las cosas por
medio; preguntó por Martina y supo que había ido
a buscarle.
—No hay duda—pensó— ; el buscarme es un pre­
texto, y adonde va es a mover un escándalo. Vamos
allá.
A mitad de camino la divisó marchando tan er­
guida y gallarda que para verla más tiempo aflojó
el paso y le fué haciendo la ronda hasta que, cerca
de la casa de la duquesa, le dió alcance. Antes que
él le hablara volvió ella la cabeza y se detuvo.
—Hace un rato que te sigo—dijo él— ; ¿adónde
diablos vas a buscarme? Al menos tu madre me

305

LOS TlíABAJOS DE PÍO CID

acaba de decir que ibas en busca mía para dar un
paseo.
—Algo más que un paseo—contestó Martina agria­
mente—. Voy a devolver a su dueña un retrato que
he encontrado en tu ropa. Tú no tienes aquí nada
que hacer.
— Siempre tomas las cosas por donde queman. Ni
siquiera me acordaba de tener tal retrato. Por olvido
no lo devolví.
—Y te lo dieron y lo tomaste por olvido..., o es
que ibas a formar una galería de bellezas. Mal gus­
to has tenido para empezar, porque tipos como ése los
encuentras en medio de la calle a cualquier hora.
—No seas majadera, mujer. Ese retrato me ha
servido de modelo para hacer un dibujo; no me lo
han dado a mí, ni había para qué... Pero vamos an­
dando, y no estemos aquí de plantón.
— ¿No dices que no te importa nada la sociedad?
—No me importa; pero tampoco me agrada dar
espectáculos en la vía pública. ¡Y que no estás lla­
mativa en gracia de Dios!
—Pues con irte está resuelta la dificultad.
—Me iré; y tú te vienes conmigo, y andando me
dirás todo lo que quieras.
—Antes tengo que entregar el retrato y hablar
cuatro palabras con esa... señora.
—El retrato se le puede enviar por el correo. Yo
se lo enviaré, diciendo que me dispense el olvido.
— ¿Pero tú crees que yo me mamo el dedo?
—Lo que es ahora te pasas de lista. La señora esa
supo que yo era algo dibujante, y tuvo la ocurren­
cia de que le hiciera un retrato a la pluma. Esto
es todo.
20

306

ÁNGEL GANIVET

—Y ¿cómo no has lucido esa habilidad conmigo?
—Porque tú no estimas esas cosas. No les haces
caso; dices que son tonterías. Ayer, sin ir más le­
jos, te di a leer algo mío, y dijiste que no te gus­
taba perder el tiempo en cosas inútiles.
—Pero un retrato sí me gustaría que me lo hu­
bieras hecho.
—Pues te lo haré hoy mismo... Pero vámonos de
aquí, que si no nos van a dar cencerrada.
—No me muevo si antes no me ofreces que maña­
na mismo te vas a Barcelona a arreglar casa para
que todos vivamos allí. Es una idea que se me ha
ocurrido hoy—agregó Martina, que no quería des­
cubrir lo de la carta de la duquesa— ; no es por
nada. Es que no quiero más Madrid, ni engarzado
en diamantes. Esto es una zahúrda; aquí no se res­
peta a nadie. Ahora, al salir de casa, venía siguién­
dome, ¿no lo has visto?, un viejo verde que podía
ser mi abuelo. ¿Qué le parece a usted? Ganas me
han dado de volverme y meterle la sombrilla por
los hocicos.
—Ya veremos despacio lo que conviene. No tengo
interés por estar aquí ni en ninguna parte del mun­
do. Todo me parece lo mismo y en todas partes
me encuentro como el pez en el agua..., en agua su­
cia, se entiende. Si puede ser, me iré.
—No es si puede ser; has de decirme que sí, y que
mañana mismo sin falta.
—Bueno; ofrecido—afirmó Pío Cid echando a
andar.
—Pero no creas—agregó Martina, siguiéndole re­
celosa—que te vas a ir a vivir donde está mi prima.
—Tu prima no está en Barcelona.

LOS TRABAJOS DE PÍO

CID

307

—¿Cómo lo sabes?
—¿No me diste tú a leer una carta en la que decía
que se iba contratada a Bilbao y después a Oporto?
—Es verdad—asintió Martina— ; no sé lo que me
digo. Tú tienes la culpa de lo que me pasa. He per­
dido la fe en ti, y me parece siempre que vas a en­
gañarme. Yo no puedo ser ya feliz—añadió, a punto
de llorar—. Te creía un hombre leal, y veo que eres
falso como todos. Luego te quejarás de que te pierda
el cariño que te tenía... ¡Sí! Te lo voy perdiendo,
te lo juro.
—Esas son niñerías. Mañana no te acuerdas más.
Y yéndonos de Madrid, con mayor razón...
—Una idea se me ocurre para celebrar la despe­
dida—dijo Martina al salir por la calle del Barqui­
llo a la de Alcalá— : vamos a comer juntos donde
primero se nos antoje. Con el disgusto se me ha
abierto el apetito... Pero no lo eches a broma; cree
que cuando vi el retrato me dió un vuelco el cora­
zón. Pero, hombre—agregó sacando el retrato del
manguito—, si no vale nada la mujer esta; yo creía
que era otra cosa. Vamos, ¡bah! (rompiéndolo en
varios pedazos), ni siquiera vale la pena de devol­
verlo. Supongo que no te ofenderás porque lo tire
por ahí (tirándolo por la boca de una alcantarilla).
Después de todo...
—No me ofendo por nada; pero ¿qué es lo que lle­
vas ahí en el manguito?
—Un cuchillo. Quizás si no me alcanzas, a estas
horas hubiera hecho con el original lo que acabo de
hacer con el retrato. Y si no te vas mañana, así, así,
riendo, haré algo gordo. ¿No te he dicho que tú no
me conoces a mí?

308

ÁNGEL GANIVET

—Sí te conozco, y sé que tienes sangre y que la
sangre te ciega y te hace ver lo que no existe más
que en tu imaginación. Pero ¿y ese apetito?
—No es de comer muchos platos—dijo Martina,
cogiéndose del brazo de Pío Cid— ; es un deseíllo
que me ha venido de comer fuera de casa; ¿te acuer­
das cuando el embarazo? Entonces eras más ama­
ble. Vosotros los hombres, en cuanto una mujer tie­
ne chiquillos, la jubiláis, como si ya no sirviera para
nada. ¿Sabes lo que más me apetece? Unas ostras
y una copita de manzanilla.
—Pues si quieres, entraremos aquí.
Martina soltó el brazo de Pío Cid y entraron en
Fornos. Como entraron en un cuarto reservado, no
ha sido posible averiguar la interesante conversa­
ción que allí tendrían; pero el viaje debió quedar
decidido, porque al día siguiente bajaron los dos a
la estación del Mediodía a la hora del expreso, en
el que salió Pío Cid para Barcelona, donde el por­
venir le reservaba nuevos y útilísimos, al par que
famosos trabajos. Martina no le dejó pie ni pisada
hasta verle partir, desconfiada y temerosa de que,
si le dejaba solo, fuera a despedirse de la duquesa.
Pío Cid partió contento, porque en estos cambios
decididos por el azar, y a los que él nunca se opu­
so, creía ver la acción de la fuerza misteriosa que
rige la vida de los hombres, encaminándoles hacia
sus verdaderos destinos. Sin embargo, la idea de ha­
ber vuelto a la duquesa las espaldas sin una mala
excusa le preocupaba, e iba pensando remediar esta
involuntaria desatención con una carta de despedi­
da. Como lo pensó lo puso por obra; en la parada
de Alcalá de Henares pasó al coche-comedor, y, pi-

LOS TRABAJOS DE PÍO

CID

309

diendo avíos de escribir, urdió una original y pia­
dosa misiva, que echó en el buzón al detenerse el
tren en Guadalajara.
A otro día, por la tarde, volvía la duquesa a su
casa, después de tener una larga y secreta entre­
vista con su galanteador favorito, el arrogante ca­
pitán de Húsares, y créese que, no obstante lo que
las malas lenguas murmuraban, no había habido
nunca en estas relaciones nada pecaminoso, y que
fué este día, y no antes, cuando se rindió la forta­
leza de la virtud y del recato de la duquesa, la cual
dicen también que, por descargar su conciencia del
peso de su falta, echaba la culpa de ella a los conse­
jos liberales de Pío Cid. No fué leve su sorpresa
cuando halló el mensaje de éste, escrito fuera de
Madrid a juzgar por el sobre. No era carta, ni tenía
fecha ni firm a; no era poesía ni prosa; era una gota
de bálsamo envuelta en una alegoría, cuyo sentido
íntimo escapaba a la penetración de la duquesa,
aunque el efecto que le produjo fué de arrepenti­
miento por el mal paso que acababa de dar, y de
nueva y más honda desilusión por el amor de los
hombres; era un diálogo entre una Sombra y un
Enamorado, y decía así:

SOLEDAD
La Sombra.
De amor soy mensajera
Que a consolarte viene.
La mujer que tú adoras
Me envía a ti y a ti vine volando
En un suspiro que nació en su pecho.

310

ÁNGEL GANIVET

El Enamorado.

¿Vienes de un pedio amante?
¿No vendrás de unos labios mentirosos?
La Sombra.

Yo soy como el espacio en noche obscura
Cuando están escondidas las estrellas.
Aire parezco y sombra,
Mas el fuego amoroso va en mí oculto.
El Enamorado.

Ya no hay fuego ni amor;
Sólo queda una sombra en un desierto:
El desierto es el frío de la vida,
Y la sombra es el humo de las almas.
La Soynbra.

¡Vagar sin esperanza por la tierra!
¿A qué la vida si el amor perece?
El Enamorado.

Aun, si me fueras fiel,
Me quedas tú en el mundo, Sombra amada.
Muere el amor, mas queda su perfume.
Voló el amor mentido,
Mas tú me lo recuerdas sin cesar...
La veo día y noche.
En mi espíritu alumbra
El encanto inefable
De su mirada de secretos llena.
Arde en mis secos labios
El beso de unos labios que me inflaman,
Y cerca de mi cuerpo hay otro cuerpo
Que me toca invisible.
Mis manos, amoroso
Extiendo para asirla
Y matarla de amor entre mis brazos,

LOS

TRABAJOS

DE PÍO

CID

Y el cuerpo veloz huye
Y sólo te hallo a ti, ¡mujer de aire!
La Sombra.
De amor soy mensajera;
Cree y confía. ¡ Sígueme!
El Enamorado.
Ya no hay fe ni esperanza;
Todo murió; mas tú no me abandones.
Murió al pensar en los amores vanos
Que siembran nuestra vida
De tormentos crueles.
¡Sombra amada! Mi amor es siempre tuyo.
Como no tienes cuerpo eres eterna.
Sé tú el velo que nuble mis sentidos;
Yo seré para ti la luz piadosa.
Que de la nada crea la ilusión.
Voy lejos, no sé adónde;
Mas no voy solo, tú vas junto a mí.
Vas flotando, flotando
Como una sombra que eres,
Una estatua esculpida en noble espíritu,
Pura idea de amor
Con larga cabellera luminosa.
No puedes fatigarte;
Mas si te fatigaras, como a un niño
Te tomaré en mis brazos con ternura,
Te meceré, poniendo tu cabeza
Junto a mi corazón,
Y dormirás soñando en un misterio.

F IN

DEL TOMO SEGU N D O

811

INDICE
Páginas.

Anteportada............................................................

1

Obras del autor.. .................................................

2

Portada..................................................................

3

Propiedad........................... .............................. .

4

Los trabajos del infatigable creador Pío Cid............
T rabajo c u a r t o .— P ío Cid emprende la reforma po­
lítica de España............... : ........................

5
7

T rabajo q u in t o .— P ío Cid acude a levantar a una

mujer caída..................................................

129

T rabajo s e x to .— P ío Cid asiste a una enferma de

frivolidad.......................
Colofón...............

235
314

ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
EN MADRID, EN LA IMPRENTA
DE JUAN PUEYO,EL DÍA
XXIII DE MAYO
DE MCMXXVII1

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