Los trabajos del infatigable creador Pío Cid. Tomo II
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- Impresos
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- Ganivet, Ángel
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- 0000000008
- Miniatura
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- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- Juan Pueyo
- Lugar de publicación
- Madrid
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
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- 1
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1928
- Formato
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OBRAS COMPLETAS DE
ANGEL GANIVET
OBRAS
V olumen
—
ANGEL GANIVET
IV
COMPLETAS
I.— Idearium Español
II.—L a Conquista del Reino de
Maya por el último conquis
tador español Pío Cid
—
—
III.—lo s TRABAJOS DEL INFATIGABLE
creador Pío C id . - T omo I
IV.—Los TRABAJOS DEL INFATIGABLE
creador Pío Cid.—T omo II
V.—El escultor de su A lma ( dra
LOS TRABAJOS
DEL INFATIGABLE CREADOR
PIO
CID
T omo II
ma místico )
—
—
VI.—G ranada la bella
VIL—C artas finlandesas
VIII.—Hombres del N orte y el por
—
IX.—España filosófica contempo
venir de España
ránea Y OTROS TRABAJOS
—
X.—Epistolario
Estas obras se venden en todas las librerías
P edidos a las de
V ictoriano
Suárez ,
P reciados , 48,
M A D R I D
y
F rancisco Beltrán , P ríncipe, 16.—M adrid
FRANCISCO BELTRAN
LIBRERÍA ESPAÑOLA Y EXTRANJERA
PRÍNCIPE, l6
VICTORIANO SUÁREZ
L I B R E R Í A
G E N E R A L
PRECIADOS, 48
OBRAS COMPLETAS DE
ANGEL GANIVET
LOS
DEL
T R A B A J O S
INFATIGABLE CREADOR
PIO
CID
T omo II
ANGEL GANIVET
OBRAS
V olumen
COMPLETAS
I.— Idearium E spañol ( traducido
AL ALEMÁN)
—
II.— La C onquista
del
R eino
de
M aya por el último conquis
—
—
tador español P ío C id
III.— L o s trabajos del infatigable
creador P ío C id .—T omo I
IV .— L o s trabajos del infatigable
creador P ío C id .—T omo II
V .— E l escultor de su A lma ( dra
ma místico )
—
—
—
V I.— G ranada la bella
V II.— C artas finlandesas
V III.— Hom bres del Norte y el por
venir de E spaña
I X . - E spaña filosófica contempo
ránea Y OTROS TRABAJOS
—
X .— E pistolario
ANGEL GAÑI VE I'
OBRAS COMPLETAS, VOLUMEN IV
LOS
TRABAJOS
DEL IN FATIG A B LE CREADOR
P IO
CID
T omo II
M A D R I D
FRANCISCO BELTRAN
||
LIBRERÍA ESPAÑOLA Y EXTRANJERA
PRÍNCIPE, IÓ
VICTORIANO SUAREZ
L I B RER Í A
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GENE RA L
PRECIADOS, 4 8
ES
PROPIEDAD
D ER ECH O S R E S E R V A D O S
C O P Y R IG H T
ANGEL
1928
BY
G A ÑI V E T
MADRID
LOS
TRABAJOS
DEL INFATIGABLE CREADOR
PIO
OI D
T omo II
TRABAJO CUARTO
Pío Cid emprende la reforma política de España.
Yo tenía pensado ir a Granada a pasar las fiestas
del Corpus al lado de mi fam ilia; pero al saber
que Pío Cid iba a Aldamar con motivo de su elec
ción, y que se detendría algunos días en Granada,
me decidí a adelantar mi viaje para ir con él, sin
otra mira que la de nuestra desinteresada amistad.
Fué cosa convenida en la Redacción de El Eco en
menos que se dice.
— ¿Qué quieres para Granada?—me preguntó, tu
teándome por primera vez, aunque a poco de cono
cernos comenzamos a tratarnos con gran confianza.
—Lo que quisiera—le contesté—sería irme conti
go. Si fuera tres semanas después, hacíamos juntos
el viaje.
—Pues figúrate—me replicó—que ya han pasado
las tres semanas. Yo me alegraría de que vinieras,
porque te advierto que me voy a encontrar en Gra
nada como un forastero, al cabo de tantos años de
haberla perdido de vista. Sé poco más o menos lo
que allí pasa, y que algunos de mis compañeros de
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ANGEL GANIVET
estudios son ahora los directores del cotarro, y lo
que no lo sé me lo imagino y quizás salgo ganan
cioso. Pero a mí no me recordará nadie; primero,
porque valgo poco, y segundo, porque, aunque valie
ra, nuestros paisanos no se distinguen por su bue
na memoria.
—Eso era antes—le dije yo—. Ahora van apren
diendo a recordar el mal que les hacen, y pronto
aprenderán a recordar el bien, y nada habrá ya que
pedir.
—De todos modos—insistió él—, me agradaría
que fuéramos juntos, porque le tengo horror a los
trenes, y con un buen amigo como tú, las veinticua
tro mortales horas pasarían volando en gustosa
conversación.
—No me lo digas dos veces, que se me está hacien
do la boca agua, y soy capaz de enviar a paseo a
la Redacción plena, aunque me cueste un disgusto
con Cándido Vargas, que está estos días insufrible.
—A Cándido—me dijo—no le temas, que en que
riendo yo le vuelvo lo de adentro fuera como un colozón.
—Como un calcetín querrás decir—rectifiqué yo.
—No he querido decir calcetín—insistió él—, sino
colozón. Calcetín se dice de un cualquiera, y como
yo estimo a Cándido, le he buscado un término de
comparación menos deprimente.
—Pero ¿qué es eso del colozón?—pregunté yo.
—Es un animal—me contestó él—, o más propia
mente hablando, un embrión de animal semejante
a un saquito o calcetín microscópico, que lo mismo
vive al haz que al revés, porque ni tiene haz ni re
vés. Lo único que tiene es boca, órgano primero,
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
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fundamental y característico de todos los animales,
incluso el hombre.
— Acaba de una vez—dije yo, que hasta entonces
no tenía la menor noticia de que hubiera en el mun
do colozones y que aun ahora no las tengo todas
conmigo, a pesar del respeto que me inspiró siem
pre la palabra de Pío Cid— . Pero dejando a un lado
este escarceo zoológico, lo que a mí me retiene en
Madrid no es sólo el temor de que Cándido Vargas
eche los pies por alto, sino el compromiso que he
adquirido de acabar para fines de mayo la cargan
te serie de artículos que estoy escribiendo sobre «La
cuestión obrera», y que„ según parece, llaman algo
la atención.
— ¡Cómo! ¿Eres tú el autor de esos artículos?
—me preguntó con aire de extrañeza— . Pues, hijo,
te compadezco por el mal rato que te has dado. Yo
los he leído por encima, y después de reconocer que
estás enteradísimo de la dichosa cuestión, te asegu
ro que estás tocando el violón con tu socialismo ar
mónico. Déjate de armonías y vente conmigo, y
en el viaje te resolveré yo la cuestión social y to
das las cuestiones que quieras. ¿Convenidos?
— ¿Qué hemos de hacer?—contesté yo—. Conve
nidos.
Esto ocurría por la tarde, y Pío Cid se despidió
de mí para ir a casa de ios Gandaria, donde tuvo
con Consuelo la interesante entrevista de que el
lector está enterado.
Por la noche nos encontramos de nuevo, confor
me habíamos concertado, en la estación de Atocha,
y salimos en el correo de Andalucía. Ni él ni yo
habíamos querido que nos acompañara nadie, y
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ÁNGEL GANIVET
como sólo llevábamos un ligero equipaje (le mano,
nos acomodamos sin tardanza en un coche de se
gunda, y yo me asomé a la ventanilla para que no
entraran más viajeros. Sin embargo, mi inocente
estratagema surtió efecto contrario, porque a últi
ma hora, cuando el tren estaba atestado de gente,
se nos metió una cuadrilla de toreros, y por si no
bastaran, dos viajeros más que hablaban en fran
cés, aunque parecían españoles. Yo me eché a tem
blar, porque, aunque me gustan los toros, me fas
tidia la jerigonza tauromáquica; pero Pío Cid no
tardó en trabar amistad con la gente torera y en
discutir sobre si fué buena o mala la última corri
da, a la que él había asistido con toda su familia
para celebrar el cobro de los cien duros que le dió
el editor de El Médico de los pobres-, libro que, si
otro mérito no tuviera, tuvo el de ser escrito en
quince días y el de suministrar fondos para el viaje
electoral. Por fortuna, los quites, pases, volapiés
y golletazos concluyeron en Alcázar, donde la cua
drilla se apeó para tomar el tren de Valencia, y
entonces nos quedamos más anchos y pudimos en
tablar una conversación más interesante con los
otros dos viajeros. Eran dos americanos, uno de
Guatemala y otro de Honduras: el primero, via
jante de comercio por cuenta de una casa francesa,
y el segundo estudiante de Medicina en París, el
cual, terminados sus estudios, venía a dar un vis
tazo a España antes de volver a su tierra. El hondureño, que se llamaba Fernando Ramírez, gran
hablador y muy campechano, había tenido el feliz
acuerdo de traer una bota de vino tinto, que todos
empinamos repetidas veces y que a cada nuevo sa-
LOS TRABAJOS DE P ÍO C ID
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ludo afianzaba más nuestra amistad. Yo troné con
tra los hispanoamericanos que vienen a estudiar a
Europa y no se acuerdan de España, y Ramírez se
defendió como pudo, diciendo que los estudios en
España no estaban a la altura que debían estar,
y que la vida de París era más libre que la de Ma
drid ; y de paso nos refirió sus proezas en el barrio
Latino y el feliz ensayo de vida matrimonial que
había realizado con una costurerilla muy graciosa,
o, juzgar por el retrato que nos enseñó. A pesar de
todo, Ramírez demostraba grandes simpatías por
España y lamentaba no haber venido a pasar un
año al menos en un país en que se hallaba como
en su casa. Pío Cid le convenció con mil pruebas
de que nuestros estudios médicos eran quizás lo
mejor que teníamos, y de que en punto a libertad
de costumbres cada uno tiene la que se quiere to
mar ; y, por último, le dió una carta, escrita con
lápiz, para un amigo de Sevilla, a quien recomen
daba con gran interés que atendiera a los dos via
jeros, los cuales tenían pensado ir a Sevilla y venir
después a Granada para el Corpus.
En Córdoba nos quedamos solos, sin que entra
ran nuevos viajeros hasta cerca de Granada, y en
el trayecto tratamos de muchos pormenores insig
nificantes y de otros que tienen algún valor, porque
justifican en parte a Pío Cid de haber emprendido
un viaje que, dado su modo de pensar, a nada bue
no podía conducir.
—No comprendo—le preguntaba yo—cómo se te
ha ocurrido meterte en estas andancias, pues por
compromiso personal no puede ser, ni por ambición
tampoco, ni menos para sacar los pies del plato en
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ÁNGEL GANIVET
pleno Parlamento, que no otra cosa sería exponer
allí tus ideas políticas.
—Hay cosas fáciles de comprender y penosas de
explicar—rne contestó—, y una de ellas es mi elec
ción. Sin meterme en más honduras, te diré, que si
soy elegido, no sólo no despegaré los labios, ni
aceptaré ningún puesto, sino que ni siquiera con
curriré a las sesiones. A mi parecer, los diputados
son inútiles, y creo prestar un servicio a la nación
trabajando para que haya un diputado menos, pues
to que si yo lo soy es lo mismo que si no lo
fuera.
—Esa es una tontería indigna de ti—le repliqué— ;
y luego, que no se trata sólo de la nación, sino de
tu distrito, de tu pueblo, al que perjudicarías deján
dolo huérfano de representación.
—Te hago gracia de la orfandad—me dijo— ; mi
pueblo sólo apetece que le rebajen la contribución,
y esto no lo podría yo conseguir aunque me desga
ñifara. En realidad, yo no llevo ninguna idea polí
tica, porque no me gustan los cargos decorativos, y
en política todo es decoración. Y puesto que deseas
que te explique lo que no quería explicar, te diré
que lo que a mí me agrada en el cargo a que sin
empeño ninguno aspiro, es el prestigio social de que
todavía está rodeado, porque en nuestra sociedad las
faltas contra las costumbres establecidas son tanto
más toleradas cuanto más alto está el que las co
mete. Los que insultan al pequeño, ríen la gracia
al mediano y al grande le dan la razón y aun le
admiran. Yo no doy gran importancia a la murmu
ración, pero ya que murmuren, mejor es que lo
hagan respetándome que no ofendiéndome a mí, r,
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
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lo que es peor, a quien vive conmigo. Así, pues, si
algún instan te he sentido deseos de ser algo exte
rior, no es por interés ni vanidad, es sólo p a ra se
g u ir haciendo lo mismo que hago y obligar a la so
ciedad a que me respete.
—No es posible h ab lar m ás claro—le dije yo—ni
con m ayor acierto tam poco. Desde que conozco tu
m an era de vivir estoy algo caviloso pensando el pro
y el contra que puede tener, y lo que me retiene aú n
y me impide decidirm e a h acer lo que tú es el tem or
a los serm oneos de la gente sensata. Con u n a p er
sona de g ra n prestigio, a u n los m ás osados se con
tienen y le d ejan vivir en p a z ; pero con nosotros,
conmigo m ás que contigo, cu alq u iera se creería a u
torizado a intervenir, llam ándom e joven alocado e
inexperto y dando cuenta a mi fam ilia p a ra que me
aplicaran unos cuantos azotes. Esto no significa g ran
cosa; pero a nadie le g u sta recibir un soplamocos,
y por a ñ a d id u ra verse obligado a d a r explicacio
nes p a ra justificar que lo que se hace no se hace a
tontas y a locas, sino con reflex ió n ; de suerte que
si h u b iera en ello d isp arate, el d isp arate sería m edi
tado y reflexivo, y, por lo tanto, tan digno de re s
peto como la idea m ás sensata.
—Em piezas a p en sar y a h a b la r como u n hom bre
—me in terru m p ió Pío Cid.
—P o r lo dicho—proseguí—, me parece excelente tu
idea de sub ir p a ra ponerte fu era de t i r o ; y si yo p u
diera hacerlo, no ta r d a r ía en liarm e la m a n ta a la
cabeza, porque, después de todo, la pobrecilla A nita
lo merece.
—¿Qué casta de p á ja ro es esa m uchacha, de la
que n u n c a me has hab lad o ?—me preguntó, compren-
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ÁNGEL GAN1VÉT
diendo que yo estaba deseoso de desahogarm e y de
confiarle el cuento de mis am oríos.
Aquí tom é yo la p a la b ra y hablé no sé cuánto
tiem po, dos o tres horas, sin que él me in te rru m
piera.
Mi h isto ria, a h o ra que la recuerdo como algo que
pasó, que m urió, se me figura que la puedo explicar
en dos o tres m inutos. El padre de A nita era m aestro
albañ il, y en u n a época de p a ra n z a se fué a b uscar
tra b a jo y no volvió a d a r cu enta de su persona. L as
dilig en cias que se hicieron p a ra av erig u ar qué h a
bía sido de él no dieron n in g u n a luz. Y al cabo de
ocho años su m ujer seguía ni viuda ni casada, g a
nándose penosam ente la vida ella y los dos hijos que
le h a b ía n quedado, de los cuatro que tenía al des
a p a re c e r el m arido. A nita era sa stra , chalequera,
y Joaq u in ito , aprendiz de ca jista en la im p ren ta de
El Eco, aunque no era seguro que p u d iera seguir
este oficio porque la vista le flaqueaba. La c asu ali
dad me hizo conocer a A n ita ; vivíam os en la m ism a
casa, ella en el últim o piso, en u n cuarto a b u h a rd i
llado, de m uy poco alquiler, y yo en el prim ero,
donde te n ía u n a habitación sólo p a ra dorm ir, por
que entonces comía a salto de m ata. Yo empecé a
su b ir alg u n o s ratos a casa de A nita, e insensible
m ente nos fuimos ligando, sin saber adonde iríam os
a p a ra r. No éram os novios, ni éram os am antes, ni
am igos a secas, puesto que A nita h ab ía despedido
a u n medio novio que tenía sólo porque yo se lo dije
brom eando. Con el tiempo me acostum bré a subir
a alm o rzar, y m uchos días iba tam bién a comer, y
aunq u e no habíam os convenido nad a, yo les daba
p a rte de mi sueldo. A lgunas veces A nita me decía
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
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que con lo que yo g astab a en cuarto in ú til y en
comer fu era de casa se po d ría m o n tar u n piso m uy
decente, con lo cual todos g a n a ría m o s ; pero luego
añ a d ía que esas era n sólo suposiciones. «¡B u en a es
la gente—exclam aba—p a ra no sacarnos el pellejo al
ver que vivíam os ju n to s!» M as viviendo sep arados
ocurrió lo mismo que si hubiéram os vivido juntos.
M urm uraron an tes sin motivo, y m u rm u ra ro n des
pués con él, porque las m ism as m urm uraciones, u n i
das a la flaqueza de n u e stra constitución, nos p u
sieron en el despeñadero por donde caím os los dos,
sin sen tir miedo y sin hacernos n in g ú n daño. Doña
G racia, como buena m adre, cerró los ojos p a ra no
ver lo que p asaba, y Joaquinito, aunque lo com pren
d ía todo, no le dió m ayor im p o rtan cia, porque a ú n
era m uy m uchacho, y m ás in terés ten ía p a ra él que
le dejasen unos cuantos céntim os p a ra pitillos que lo
que p u d iera padecer el honor de su pobre h erm an a.
E sta e ra la verdad en pocas p a la b r a s ; pero yo
adorné la h isto ria con todas las circu n stan cias que
podían hacer re sa lta r la belleza y la g ra c ia de
A nita y su honestidad y m odestia, que, a pesar del
paso que h ab ía dado, eran ejem plares. No se h ab ía
dejado llevar de la afición al lujo, ni del am or a la
holganza, pues a h o ra como antes tra b a ja b a cuanto
podía y vestía con sencillez; su único deseo era
quizás s a lir de la clase o b rera casándose con un
hom bre fino, instru id o y bien e d u c a d o ; y como esto
no e ra fácil que viniera por el cam ino derecho, Ani
ta se decid iría a echar por el atajo p a ra ver si con
el tiem po lograba cautivarm e. Y quizás, pensando
m ás noble y piadosam ente, no hubo cálculo en su
proceder, sino am or puro y a rre b a to ju v e n il; y esto
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ÁNGEL GANIVET
es lo que yo creería, aunque me tom asen por simple
y bobalicón, si no fu era porque en Jos juicios sobre
las m ujeres h ay que d e ja r siem pre un ancho m a r
gen p a ra a p u n ta r ju n to a los rasgos m ás bellos y
nobles algún asomo de doblez o alg u n a leve perfidia.
Cuando concluí de re la ta r mi av e n tu ra llegába
mos a Loja, y como nos quedaba poco tiempo que
e sta r juntos, hablam os de cómo habíam os de vernos
en G ranada. Yo le ofrecí mi casa, pero él no aceptó
de ningún modo, diciéndom e que el undécim o M an
dam iento de la ley de Dios es «no incomodar)), y
que esto lo sab ía por un criado viejo que hubo en
su casa, que, aunque no sab ía leer ni escribir, tenía
u n entendim iento m uy despejado y era un archivo
de útiles sentencias.
—Iré a p a ra r—me dijo—adonde fui la últim a vez
que vine a G ran ad a cuando mi h erm an a murió.
La casa no es de m uchas cam panillas, pero la co
nozco, y sé que doña P ila r me ad m itiría, aunque no
tu v iera sitio y se viera obligada a echar a la calle
a su yerno.
—¿E stá esa casa en la calle de P á rra g a ? —le pre
gu n té—. P ues entonces la conozco de sobra. Como
que iba a estu d iar con unos com pañeros que vivían
a l l í ; hace de esto la frio lera de quince años. Conoz
co a doña P ila r y a su h ija Jesusa, y al bribonazo
del yerno, que desde que se casó no ha metido u na
peseta por las puertas, según le dice su suegra siem
pre que se a g a rra n de p alab ras. No es m ala esa fa
m ilia ; pero si quieres que te diga, en las condicio
nes en que tú vas a h o ra no debías hospedarte en
u n a casa tan m odesta.
—Eso no im p o rta—m e contestó—. El caso es que
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LOS TRABAJOS DE PÍO CID
yo trato a esa gente desde que era estud ian te, pues
estuve de huésped alg u n as tem porad as cuando mi
fa m ilia se ib a al pueblo, y como me fué muy bien,
no quiero v a ria r. Y luego, que yo no voy a re cib ir
visitas. A hora p a ra ré sólo un día o dos, y a la
vu elta será cuando nos dedicarem os a co rretearlo
todo, como si estuviéram os en nu estros buenos tiem
pos estud ian tiles.
L legam os, pues, a G ran ad a, y yo acom pañé a P ío
Cid h a sta su dom icilio, donde le acogieron como si
fu era de la fa m ilia. Yo m e detuve un in stan te p a ra
sa lu d ar a m is antiguos conocidos, y en el m ism o
coche seguí h a sta mi ca sa , deseando ver a la m ía
y d escan sar del traqueteo y m ovim iento del in có
modo v iaje. P ero P ío Cid, aunque e ra n m ás de la s
diez de la noche, pues el tren h a b ía llegado con re
tra so , no quiso aco starse sin e stira r la s p iernas, y
como era g ran and ad or, dió un largo paseo de dos
horas. E chó por los Salon es, subió por la Cuesta
de M olinos, V istillas, C aidero, a la A lh a m b ra ; b a jó
por Ja Cuesta de los M uertos, y entró en la ciudad
por la C a rrera de D arro, tan cam pan te como si nu n
ca se h u biera movido de la población. Al día si
guiente, al am an ecer, se levantó, y fué por el ca m i
no de Cenes a u n a h u ertecilia o carm en de la R ib e ra
de Genil, en busca de un antiguo am igo de su ca sa ,
llam ado el tío R en tero, en cu ya com pañía fué a Ald a m a r cuando tra jo a e n te rra r a su h e rm a n a y sob rin illa . E l tío R entero e ra de B ubión o de uno de
los M ecinas, y conocía palm o a palm o casi toda la
p ro vin cia de G ran ad a y p arte de la de A lm ería, en
p a rtic u la r las A lp u ja rra s, por la s que h a b ía t r a ji
nado mucho an tes de d ed icarse a la labor. Cuando
2
18
ÁNGEL GANIVET
Ja filo xera y otras calam id ad es com enzaron a c e b a r
se en e sta pobre co m a rca , m uchos a lp u ja rre ñ o s tu
vieron que em ig rar p a ra no m o rirse de h am bre, y
algunos cay ero n sobre G ran ad a, poco m enos que
pidiendo lim osna. E l tío R en tero, que con o cía a los
Cides, vino a pedirles colocación, y luvo la suerte
de h a lla r a m ano u n a h u ertecilla en la R ib e ra , que
p a ra él, acostu m brad o a la b ra r cu atro m íseros te
rrones, v a lía m ás que la m ejo r fin ca de la V ega.
E l padre de P ío Cid le fió p a ra que le d iera n la
h u erta en a rren d a m ien to y le ad elantó el dinero
p a ra las m e jo ra s, y el tío R en tero se acom odó en
ella con su m u je r y seis h ijo s que tra ía , sin co n tar
otros seis que se h a b ía d ejad o regados en diversos
pueblos de la provincia.
No se cre a, sin em bargo, por este indicio, que el
fecundo p ad re de fa m ilia e ra una persona de grave
a s p e c to ; según parece, se libró de q u in tas por corto
de talla, y ah o ra que e ra viejo se h a b ía quedado
m ás engu rru ñid o a ú n ; pero era m ás listo que una
ard illa, m uy tra b a ja d o r y m uy form al en sus tratos
cuando e stab an hechos, porque an tes de hacerlos
p ro cu rab a e n g a ñ a r a quien podía. E n s u m a : era
un vejete m uy estim able y de fisonom ía m uy alegre
y sim p ática, bien que tu v iera la calam id ad de que
le llo ra b a n los ojos, porque la s p estañ as le sa lía n
p ara a d e n tr o ; de vez en cu ando te n ía que s a c a r de
la fa ja un g ra n pañuelo que p a ra el caso llevaba,
y después de d oblarlo y en ro lla rlo p a ra que estu
viese m uy estirad o, se lo a p lica b a a los ojos, ir r ita
dos y encendidos del continu o lagrim eo. S in esta
circu n sta n cia , el tío R e n tero sería un hom brecillo
que nad a te n d ría que ped ir a Dios.
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
19
Cuando Pío Cid entró en la placeta de la huerta,
le halló ocupado con dos de sus hijos en preparar
unas cuantas canastas de berza para enviarlas a la
plaza. Otro de los hijos estaba llenando de habas
unos serones, puestos sobre un paciente borrico,
para ir a venderlas por las calles, pregonándolas
a grito pelado. Por cierto que a este Renterillo,
oyéndole vocear los «jabarillos, los de güerta!»,
nadie le tomaría por alpujarreño, pues a fuerza
de pregonar había perdido el dejo forastero, que a
todos los demás de su casa se les conocía. Por últi
mo, la tía Rentera, sentada en los poyos de la pla
ceta, arreglaba unas cesticas de fresa que el babero
iba a llevar a algunas casas conocidas, donde las
pagarían bien.
— ¡Dichosos los ojos!—exclamó el tío Rentero,
viendo llegar a Pío Cid, y adelantándose a estre
charle la mano— . Ayer mesmo, que lo diga mi mu
jer, estuvimos hablando de osté. ¿Cómo va esa salú?
¿No sus decía yo? Si don Pío viene a Graná, no
es encapaz de pasarse de largo sin venir a vernos.
Vaya, vaya, ¿conque esas tenemos? Osté ca día
más alto, más alto. ¡Ajolaíca que le veamos a osté
de menistro mu pronto!
—Por lo visto—interrumpió Pío Cid, al mismo
tiempo que saludaba a toda la familia— , ha llegado
la noticia antes que y o ; pero no hay que sacar las
cosas de quicio; eso todavía no es nada, hay que
ver si sale cara o cruz.
— Entoavía—dijo el Rentero—, vaya que me dejo
yo cortar el pescuezo si osté no sale con bien de la
elección. Yo se lo digo a osté, que no soy un niño
de teta.
20
ÁNGEL GANIVET
—Pues usted lo ha de ver por sus propios ojos
—dijo Pío Cid—, porque yo vengo a decirle que ma
ñana temprano, sin falta, vaya usted con los dos
mulos a buscarme, y allá vamos los dos como fle
chas a Aldamar. Y después que salgamos del paso,
tiene usted la gran ocasión para hacer una corre
ría y ver a algunos parientes; de seguro los tendrá
usted por allí alrededor, porque los tiene despa
rramados por dos o tres provincias.
—Le diré a osté—contestó el tío Rentero— ; como
parientes, sí que los h a y ; pero hay parientes de
parientes, y pa mí mis parientes son mis hijos, que
son el ciento y la madre. Mi Benardo, que estaba
en la Rabióla, se ha venido a Güejar de la Sierra,
donde le dieron un cortijillo de verano que no da
ni pa matar la jambre. Lo que es que nusotros,
manque mus esté mal el decido, sernos de piedra
javaluna. Osté no sabe la juerza que da esta ras
tra maldecía de ios bijos, y mi Benardo tiene ya
seis y encargao el de siete y lo que mande Su Di
vina Majestá. Como no sea que mus alarguemos
jasta Seronete... Allí está la Polonia, que la probetica pasa lo suyo. Como que el marío se fué a
Orán a cambiar de bisiesto, y esta es la hora que
no ha resollao. Pero deje osté mi familia, que lo
prencipal es su pleito.
—Bueno—dijo Pío Cid—, pero usted no sufrirá
ningún trastorno; esto por sabido se calla. Yo me
he acordado de usted porque como tiene en casa
un ejército, aunque falte unos cuantos días no que
dará esto abandonado.
—De eso no hay que hablar—dijo el tío Rente
ro—. Osté es aquí el amo, y como si viniera el rey
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
21
mesmo. Que el que no es agradeció no es bien nació,
y yo soy lo que soy por quien lo soy, y yo y toda mi
gente estarnos aquí pa servir a osté jasta la fin del
mundo.
—Y ¿qué tal—preguntó Pío Cid—, qué tal va la
labor?
—Toos se quejan—contestó el tío Rentero—, y la
verdá es que hay que suarlo, créame osté; pero
cuando ya se le han visto las orejas al lobo, se tiene
pacencia; y lo que es yo, no salgo de aquí jasta
que me lleven con los pies pa alante.
—Si viera osté, don Pío—interrumpió la tía Ren
tera, deseosa de meter baza—, lo contenta que estoy
yo, sólo por darle en los jocicos a muchos que han
hablao por detrás de mi marío : que si no paraba
en ninguna parte porque era un culillo de mal asien
to, que si no sabía más que echar plantas, que si
qué sé y o ; a ver en los quince años que llevamos
aquí, que ahora los hará por San Miguel, quién ha
tenío que venir a darle liciones, y si esta güerta,
dicho por boca de too el mundo, no es la mejor
apañá del pago.
—Dice usted muy bien—contestó Pío Cid—, y no
estaría de más que vinieran a Granada cincuenta
o cien labrantines de la sierra, de esos que, como
usted están acostumbrados a penar, para que des
pabilaran a estos labradores regalones del llano, que
se pasan la vida en el café hablando mal de los
tiempos que corren, en vez de cuidar de sus hacien
das y doblar la raspa cuando fuera menester.
— ¡Dios me valga, don P ío !—dijo el tío Rentero—,
y cómo está osté enteruo de toíco lo que pasa, que
paece mesmamente que se lo soplan en las orejas.
99
ÁNGEL
GANIVET
—Hombre—añadió Pío Cid—, eso que digo pasaba
en mis tiempos, y creo que todo seguirá igual o peor.
A mí no me gusta que nadie ande a gaseas, pero
tampoco puedo tragar a los labradores de a caba
llo, que algunos necesitan cuarenta majales para
costearse las patillas, mientras usted con treinta
saca la tripa de mal año, y hasta me figuro que
la Rentera tendrá un calcetín lleno, y no de paja.
—Eso sí que le digo a osté—contestó la vieja po
niéndose en jarras y meneando la cabeza—que va osté
escaminao. ¿Sabe osté lo que tengo yo? Pus que la
semana pasá paguemos las contribuciones, y tuve
que sacar el trapiyo, y faltaron cuarenta ríales que
mus prestó el tercenista pa no pagar costas. Pero
osté dirá que aquí sernos selvajes, porque ahora
caigo en que le tenemos ahí jecho un plantón. Hijo,
Celiornio, trae una banqueta para que el señón Pío
se asiente.
—No se molesten—dijo Pío Cid—, que he estado
sentado veinticuatro horas en el tren y estoy de
pie más a gusto. Además, ya ven que no pierdo el
tiempo ni me ando con cumplidos.
Esto lo decía Pío Cid porque mientras hablaba iba
cogiendo habas verdes del serón, abriendo en canal
las vainas y comiéndose las pepitas, después de descogotarlas con el pulgar.
—Si le gustan a osté las jabas crúas—dijo el tío
Rentero—, yo le daré más mollares. Oye tú, Meregirdo, alárgate por un brazao de jabas de las más
tiernecicas pa don Pío. Verá osté qué camiticos, que
paece que están en leche.
—Más mejor será—dijo la vieja Rentera—que si
don Pío se quea pa más tarde, le jaga yo una fritaí-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
23
ca con güevos y algún torrezno por entremedias.
—Cuando vuelva del viaje—dijo Pío Cid—vendré
un día a comer; pero hoy no tengo tiempo. Voy
con su marido a dar un vistazo a la labor, y luego
me iré a almorzar a mi casa y arreglar algunos
asuntillos.
A pesar de lo dicho, cuando salió Pío Cid de la
huerta no se lo llevaría el viento, pues, quieras que
no, tuvo que tomar varias cosillas, que eran un
almuerzo más que regular. Más de las once serían
al llegar a su casa de vuelta de la excursión matu
tina, y antes de las doce, después de adecentarse
un poco, se encaminó al Gobierno civil a hablar con
el gobernador, a quien tenía grandes deseos de co
nocer, no por interés político, sino por salir de dudas
acerca de si el que desempeñaba el cargo, que se
llamaba don Estanislao Miralles, tenía algo que ver
con otro Estanislao Miralles que él conoció en In
glaterra hacía muchos años, y al que, por más se
ñas, le cedió el puesto que tenía en una casa de
comercio importadora de frutas de España. No era
probable que ambos Miralles fuesen una misma
persona, porque su antiguo amigo era un comisio
nista de mala muerte, que se había marchado de
Valencia, su tierra, en un buque mercante, poco
menos que de limosna, y que anduvo rodando de
Ceca en Meca, hasta que le cayó como bendición
del cielo la colocación que Pío Cid dejó para em
prender un negocio de más fuste. Pero, de todos
modos, el hecho de ser los mismos el nombre y el
apellido le inspiró cierta curiosidad que no hubiera
sentido sin esta circunstancia. Fué recibido apenas
se hizo anunciar, y, no obstante ir sobre aviso, le
24
ÁNGEL GANIVET
sorprendió grandemente ver que le salía al encuen
tro con los brazos abiertos el antiguo comisionista,
que ahora tenía todo el aire de un caballero, y no
de un caballero recién salido del horno, sino de un
noble rancio, en el que se aliaban tan bien la distin
ción con la naturalidad y la llaneza, que no había
medio de descubrir a primera vista las soldaduras.
—Desde que supe que venías a tu elección—fué lo
primero que dijo abrazando a Pío Cid—estaba de
seando que llegaras para ver la cara de sorpresa
que ponías al encontrarme en este lugar. Yo decía
que Pío Cid no podía ser nadie más que tú; ¿no te
ha ocurrido pensar que yo fuera tu viejo amigo?
—Hombre— contestó Pío Cid—, se me ocurrió pen
sarlo, y después me pareció que esto no podía ser,
no porque tú no fueras capaz de llegar a goberna
dor y hasta a ministro, sino por lo distante que te
dejé de estos cargos y porque me parecía una coin
cidencia casi novelesca que nos hallásemos aquí
reunidos en un mismo guisado, después de correr
tantos años por el mundo.
—Tú habrás corrido—replicó don Estanislao—, que
yo no di más que una carrera, que sirvió por todas;
y si a alguien se lo debo, después que a mi protec
tora la duques.a, o quizás antes, es a ti, que me
pusiste en el sitio donde me sopló el viento de la
fortuna. Y tú, ¿qué tal? Por lo que veo, no debes
tener queja...
—No la tengo—contestó Pío Cid— ; la fortuna no
me ha soplado, o me ha soplado en contra; pero
sus soplos me tienen sin cuidado, porque yo me voy
defendiendo, y estas son las horas en que no tengo
nada que apetecer.
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
25
—Pero tú debes haber danzado de lo lindo fuera
de España—dijo don Estanislao— , pues durante va
rios años no he oído tu nombre ni para bueno ni
para malo. Tanto es así, que temía que te hubieras
muerto, después que recibí devueltas dos cartas que
te escribí a Hamburgo, si mal no recuerdo.
— De todo ha habido, como en botica— respondió
Pío Cid, eludiendo este tema— ; pero me has metido
en curiosidad con lo que has dicho de una duquesa
protectora tuya. Yo creía que ya no se encontraba
una duquesa en el mundo ni por un ojo de la cara.
—Pues yo la encontré, joven y guapísima y ge
nerosa—dijo don Estanislao— ; pero, ante todo, te
advierto, aunque lo creo excusado, que a nadie le
diría lo que te digo a ti, pues aunque no hay nada
misterioso en la historia, siempre hay gente amiga
de dar a las cosas una torcida interpretación.
— ¿De qué se trata, pues?—preguntó Pío Cid.
— ¿Tú conoces a la duquesa de Almadura?—pre
guntó a su vez don Estanislao.
—La conozco de oídas, por un amigo—contestó
Pío Cid, aludiendo a Gandaria—. Es decir, no sé
más sino que dicen que es una señora de conducta
poco ejemplar; por lo menos, algo extravagante;
pero esto no es saber nada, porque yo no doy cré
dito a las habladurías; al contrario, cuando oigo
criticar a alguien, empiezo a suponer que este al
guien es alguien, es decir, que es una personalidad,
lo más malo que se puede ser para el vulgo anó
nimo.
— Pues nunca anduviste más acertado que en esta
ocasión—dijo don Estanislao— , porque la duquesa
es una mujer de extraordinario mérito. Yo la he
26
ÁNGEL GANIVET
visto com eter tales lig erezas, que me p a reció que
no esta b a en su cab al ju i c i o ; y luego he observad o
tales rasg o s de virtud, que la juzgué d ig n a de que
la ca n o n iz a ra n o poco m e n o s ; y en su m a, después
de co n o cerla bien me he quedado sin co n o cerla , y
Jo ún ico que digo es que la duquesa de A lm a d u ra
es u n a m u je r excepcional.
— ¿ Y cómo fué conocer tú a esa s e ñ o ra ? — p re g u n
tó P ío Cid.
—Del modo m ás n a tu ra l del mundo— contestó don
E s ta n is la o — . F u l a N ueva Y ork a h a c e r un conve
nio p a ra reexp ed ir uva de em barque, de la que re
cib íam o s de A lm e ría ; a rre g lé el a su n to , y de re g re
so conocí en el vapor a la duquesa, que h a b ía ido a
A m érica con el duque (que, a cá p a ra en tre n os
otros, es un estúpido) y se volvía sola, después de
un rom pim iento, que no e ra el prim ero ni s e r á el
últim o, pues los h ay con frecu en cia en el m a trim o
nio. No h a b ía a bordo m ás español que yo, y la du
q u esa, a cu yas órdenes me puse en cu an to leí su
nom bre en la lis ta de p a sa je ro s, ag rad eció tan to m is
aten cio n es, que an tes que term inase el v ia je me
hab ló de la fa lta que le h a c ía un hom bre de con fian
za que fuese español y entendido en id iom as y un
poco en toda clase de negocios, pues todos los c r ia
dos que te n ía, a excepción de u n a d oncella, eran
e x tra n je ro s . Yo me decidí en el acto a o frecerle m is
servicio s, diciéndole cu á les e ra n mis ocupaciones
y lo can sad o que e sta b a de ellas, y hablánd ole de
m is buenos anteced entes. «(Nada de eso necesito
— me contestó la duquesa— ; a m í me b a sta la p ri
m e ra im presión, y usted me ha parecido un joven
in telig en te y f o r m a l; de su erte que si usted lo desea,
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
27
puede desde ahora contar con una colocación se
gura y de porvenir, pues si usted se conduce bien,
como yo lo espero, y más tarde queda vacante el
puesto de administrador, usted sería el elegido.»
Me despedí de la casa de comercio y me reuní en
Ostende con la duquesa, entrando desde entonces
a su servicio. La acompañé a París, y como conocí
que mi nueva ama era mujer de pocos escrúpulos,
la llevé por muchos curiosos escondrijos que ella no
conocía y deseaba conocer, más por curiosidad que
por inclinación a la vida alegre y licenciosa. Y lo
que ella estimaba más era que, a pesar de la inti
midad con que debíamos tratarnos en nuestras noc
turnas excursiones, algunas a los tugurios peor famados de París, yo nunca me tomé el menor asomo
de libertad, aunque ella, quizás intencionadamente,
y por probarme, me dió pie para que yo me atre
viera. Tuve el acierto de estarme siempre en mi sitio
y conservar la distancia debida, porque aun en el
caso favorable de que la duquesa hubiera tenido
por mí un momento de flaqueza, al pasar éste, mi
papel habría terminado. Pocos hombres hubieran
imitado mi proceder, puesto que la duquesa es una
mujer rara como no hay otra, y quizás su defecto
mayor es la coquetería, una coquetería natural, de
la que yo creo que ella misma no puede corregirse,
y que no es la simple vanidad de ser admirada y
celebrada, sino el deseo de hacer daño, de trastor
nar a los hombres, altos y bajos, por el gusto de
reírse de ellos. Contra su coquetería no era pruden
te ni cerrar los ojos, porque lo tomaría a menospre
cio, ni contestar como un enamorado, porque lo
tomaría quizás a ofensa, siendo yo tan insignifican-
28
ÁNGEL GANIVET
te sujeto como era entonces. Así, pues, sin preten
siones de doctor en materia de galantería, tuve el
tacto de dar con cierta admiración respetuosa que
salvó los dos escollos y me ganó la voluntad de la
duquesa. Fui su hombre de confianza y casi como
de la familia, y llegó a confiarme hasta sus secretos
más graves; a poco de venir a Madrid me encargó
de la administración de sus bienes, de acuerdo con
el duque, de quien yo tampoco tengo motivos de
queja ni para decir de él nada malo, si no es que, a
pesar de sus pretensiones de político sagaz y hombre
chispeante, es un zoquete. Como administrador tuve
ocasión de granjearme grandes amistades en los
varios pueblos donde los duques (o, mejor dicho, el
duque, pues la duquesa, aunque noble, era pobre
antes de casarse) tienen sus haciendas, y no me
fué difícil salir diputado. Si voy a decir verdad, la
idea de serlo me la inspiró uno de los mayordomos,
que fué el encargado de mangonear la elección, y
ésta fué del agrado de la duquesa, puesto que así,
aunque la ley prohíba a las mujeres formar parte
del Parlamento, ella podía decir que tenía parti
cipación en las Cortes, por estar mi voto, como mi
persona, enteramente a su servicio. Dos veces he
sido diputado, y ahora me han hecho gobernador,
y no sé aún adonde iré a dar con mis huesos; pero
sea cual fuere mi porvenir, me contento con lo pre
sente, y casi estaría por creer que la suerte me ha
favorecido demasiado, si no fuera porque conozco
a otros que valen menos que yo y a los que ha
favorecido más.
—Todo lo que has dicho—contestó Pío Cid—me ha
complacido en extremo, y ahora veo claro por cuán
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
29
naturales y sencillos caminos has llegado a ser go
bernador de esta provincia. Lo único que no me
ha gustado del todo es la frialdad y el cálculo cons
tante con que procediste con la duquesa. Si no esta
bas enamorado, comprendo que estuvieras atento a
tu conveniencia y que no perdieras neciamente la
buena fortuna que el azar te había deparado po
niéndote al servicio de tan ilustre y rica señora;
pero si estuviste enamorado y sacrificaste tu amor
cuando tenías esperanzas de satisfacerlo, aprove
chando un instante de debilidad de la veleidosa y
casquivana duquesa, y no te sacrificaste por respeto
a la confianza que en ti hacían, sino por miedo de
perder un sueldo más o menos crecido, hiciste muy
mal, a mi juicio; porque el amor debe ser colocado
sobre todas las cosas humanas, y yo, puesto en tu
lugar, hubiera jugado el todo por el todo, y quién
sabe si boy, en vez de gobernar una provincia, go
bernaría el corazón de una mujer tan ingobernable
como, por las señas, es el de tu protectora. Pudiste
ser amo, y te contentaste con ser protegido; yo hu
biera preferido volver al escritorio donde tú estabas,
a trueque de poder saborear el recuerdo de una
aventura de amor, en la cual, aunque un hombre
sea derrotado, saca siempre el galardón de haberse
puesto a la altura de la mujer amada.
—Ya veo—dijo don Estanislao—que el tiempo no
te ha curado de tu romanticismo y que ahora que
te dedicas a la política, como cuando te dedicabas
a los negocios, sigues fantaseando de lo lindo. Yo
no sé si me enamoré o no me enamoré de la du
quesa, aunque cualquiera podía enamorarse; si tú
la conoces ahora que tiene treinta y cinco años, te
30
ÁNGEL GAÑIVET
puedes figurar cómo sería cuando tenía veinticin
co, que fué cuando yo la conocí; y entonces era, y
hoy es, una mujer capaz de entusiasmar a un cora
zón de hielo; pero yo he creído siempre que lo pri
mero que debe saber un hombre es colocarse en el
sitio que le corresponde, y si yo me hubiera metido
en la aventura que a ti te seduce, probablemente
me hubiera puesto en ridículo y tendría que vivir
aún entre cajas de uvas, naranjas y limones. Si tú
llegaras a tratar a la duquesa, verías si estoy en lo
firme; ya te digo que se complace en aparecer como
mujer ligera y hasta liviana; pero yo pondría la
cabeza por que cuantos se hayan atrevido a pasar
la raya han sido chasqueados. Si tú deseas cono
cerla, yo te ofrezco una ocasión cuando vuelvas a
Madrid, pues pienso enviarle un objeto de arte v
quisiera enviárselo con algún amigo, para mayor
seguridad y para dar mayor realce a la cosa, que
realmente lo merece.
—¿Qué objeto es ése?—preguntó Pío Cid, y aña
dió— : No hay que decir que yo lo llevaré, aunque
no sea más que por complacerte, y un poco por
curiosidad...
—Es una cruz de plata repujada—contestó don
Estanislao—. Ya verás qué labor tan admirable. Te
advierto que la duquesa es apasionada del arte y
protectora de los artistas, y que, en particular, tiene
manía por el arte antiguo. Yo le he enviado ya va
rios objetos de estilo árabe, y ahora me lia caído
en las manos esta cruz, que, según los inteligentes,
es una verdadera joya. Aunque soy profano en la
materia, me parece un regalo digno, no ya de una
duquesa, sino de la reina misma en persona.
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
31
—Pues quedam os conform es—dijo Pío Cid sa tis
fecho— ; y si salgo diputado, te ofrezco llevar la
cruz envuelta en el a cta p a ra que no se estropee.
—Hombre, es verdad—dijo don E stan islao — ; soy
ta n egoísta que h a sta a h o ra no te he hablado m ás
que de mí, y justo es que te entere de lo que m ás
te interesa. No creas—agregó tocando el tim bre y
llam ando al secretario, quien volvió a poco con unos
papeles—que me he descuidado, pues apenas supe
que tu nom bre e n tra b a en el juego, he apretado las
clavijas todo lo que he podido, y te tengo a rre g la d a
la elección que no h ay m ás que pedir. M ira aquí
en este papel la lista de los votos de todos los p ue
blos del distrito, con indicación de los que son se
guros a tu favor, por e star y a convenidas las actas
con los alcaldes. H ay pueblos que los dan todos,
y otros que los dividen, porque tienen com prom isos
con la oposición; y, en resum en, según puedes ver,
tienes la m ay o ría aseg u rad a. Es decir, contando los
votos seguros, te faltan sólo siete p a ra triu n fa r, y
quedan dos pueblos en blanco, que son A ldam ar y
Seronete. De este últim o me h a n ofrecido la m itad
de los votos, aunque no tengo confianza, porque es
el pueblo donde tienen la m ay o r p a rte de su hacien
d a los C añaverales, y a ú ltim a h o ra puede volver
las e s p a ld a s ; pero nos queda A ldam ar, que d a la
votación m ás im portante, y donde tú debes ten er
algunos a m ig o s ; así, pues, si vas allá y consigues
siq u iera u n a veintena de votos, triu n fa s sin necesi
dad de m olestarte mucho. Yo he querido com pro
m eter al alcalde de A ldam ar p a ra que rae asegure
los votos que f a lta n ; pero es u n sujeto duro de pe
lar, porque creo que es el único de la provincia
32
ÁNGEL GANIVET
que lo lleva todo en regla, no por sí, sino por el
secretario, que es un pez muy largo, con el que te
recomiendo que te entiendas... Item más— prosiguió
don Estanislao, mientras Pío Cid le escuchaba con
atención— : debes andar con cuidado con los Ca
ñaverales, pues aunque se dice que se hacen la gue
rra, yo creo que todo es pura camama.
— Eso mismo creía yo—interrumpió Pío Cid— ;
conozco a don Romualdo y sé los puntos que calza,
y cuando le be visto empeñado en que yo me pre
sente, be pensado que su empeño no tiene más expli
cación que su deseo de impedir que se presente otro
enemigo más temible. El cambio de casaca ha teni
do por objeto asegurarse él un puesto en el Senado
y traer al Congreso a su primo, con lo cual habrá
un Cañaveral en cada Cuerpo colegislador; y si
quieres que te diga— añadió bromeando— , me ale
graría de que se salieran con la suya, porque en
este régimen hueco que gozamos, el símbolo más
propio de una Asamblea política sería un haz de
cañas secas.
— No hay que echar a chacota estos asuntos—dijo
riendo don Estanislao— , porque al fin tú te vas a
gastar algún dinero y no es cosa de que jueguen
contigo esos palurdos.
— Es que yo no tengo interés en ser diputado—re
plicó Pío Cid— , y vengo casi por carambola y sin
ganas de gastar los cuartos que me va a costar la
excursión, no estando, como no estoy, para estos
derroches.
— ¿Cómo es eso?— preguntó don Estanislao— . ¿An
das mal de fondos?
— No ando mal, pero tampoco bien— contestó Pío
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
33
Cid—; tengo que trabajar para comer, y aunque no
me falta, tampoco me sobra.
—¿Y en qué trabajas?—insistió don Estanislao.
—Trabajo para editores, escribo en algún perió
dico y también doy lecciones; en suma, hago todo
lo que es menester para sacar setenta u ochenta
duros al mes, pues con menos no se puede vivir en
Madrid. Tenía un empleo seguro, pero lo dejé hace
poco.
—Pues siendo así—dijo don Estanislao—, razón de
más para que no te descuides; porque la diputación
te abriría camino, y si don Bartolomé de la Cuadra
te protege con el mismo interés que demuestra por
tu elección, puede darte un gobierno y hacerte
hombre.
—De eso se trataba—dijo Pío Cid—; pero yo no
estoy decidido a salir de Madrid ni a aceptar nin
gún cargo.
—En fin—concluyó don Estanislao—, lo importan
te es que salgas bien de la elección, y si no sales
no será por culpa mía, porque tu distrito es el que
mejor he trabajado. Si tú aseguras una docena de
votos en Aldamar, el acta es tuya; del resto res
pondo yo.
Separáronse después de recordar de nuevo su
amistad y de ofrecerse sus mutuos servicios, y Pío
Cid vino a buscarme al Liceo, donde yo le esperaba
jugando una partida de billar, y nos fuimos los dos
dando un paseo hacia la plaza Nueva, para hacer
hora de comer, puesto que habíamos quedado en
comer juntos en la Alhambra. Yo había invitado
también a algunos amigos míos, con los que nos
reunimos en el Centro Artístico, y les presenté a
3
34
ÁNGEL GANIVET
Pío Cid, a quien ninguno conocía. Sólo Feliciano
Miranda, que era de la misma edad, le recordaba
como antiguo condiscípulo, y aunque no le había
tratado, porque Pío Cid no tuvo nunca estrechez
con nadie, nos habló muy bien de él, y nos aseguró
que había sido un estudiante aventajado. Además
de Miranda, vinieron con nosotros Paco Castejón,
Perico Moro, los dos Monteros y el viejo Gaudente,
con lo que nada faltó para que pasáramos la tarde
divertidísima. Casi todos mis amigos eran literatos
y artistas de fam a; de suerte que la comida se pasó
discutiendo sobre literatura, y en particular sobre
la magna cuestión del colorismo en el arte. Para
los postres estaba anunciada la lectura de artículos
y poesías de casi todos los comensales. Miranda,
que- además de ser hombre muy simpático y ocu
rrente, escribía cuadros de costumbres de mano
maestra, nos había ofrecido leernos una novelita
titulada La cáscara amarga; Gaudente, el viejo,
era inventor felicísimo de un género de composi
ciones que él llamaba «chupaletrinas», e iba a leer
por centésima vez algunas muy célebres, en las que
desfogaba su genio satírico con gracia inimitable;
y, por último, el joven Moro llevaba varios frag
mentos de un poema descriptivo, del que se hacía
lenguas toda la reunión. Pero la llegada de dos
nuevos amigos a última hora cambió el programa
de la alegre fiesta, y todos los asuntos literarios
quedaron arrollados por la gran noticia del día.
Los que llegaron eran el periodista Juan Raudo,
el hombre mejor enterado de todo lo que ocurría en
todas partes, y mi buen amigo Antón del Sauce,
cabeza visible del impresionismo granadino, y, como
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
35
quien dice, la mayor autoridad literaria de Grana
da, puesto que en esta ilustre ciudad sólo se vive
de impresiones. Raudo venía deseoso de anunciar a
la asamblea la noticia que traía, y en cuanto nos
saludó se bebió sin ceremonia un monumental vaso
de vino para dejar expedita la garganta, y con aire
misterioso dijo:
— Señores, mañana les va a sorprender a ustedes
algo que leerán en el periódico, algo de que se ha
blará pronto en toda España.
— De fijo que éste nos quiere tomar el pelo—dijo
Miranda.
— No será mala la tomadura si llevamos a cabo
el descubrimiento—afirmó solemnemente Raudo—.
Tomaremos oro bastante para pagar la deuda pú
blica, y nos sobrará para acuñar unos cuantos mi
llones de onzas de las antiguas, que no se las en
cuentra ya ni con la linterna de Diógenes.
— Ea, déjanos de guasas—interrumpió Castejón,
con su voz turbia y cascada por el abuso de los
espirituosos— . Lee tú, Feliciano, esa novelilla de
que nos has hablado.
— ¿Qué guasa ni qué niño muerto?—gritó furioso
Raudo— . Se trata de una verdad más grande que
un templo. Me parece a mí que el doctor Medialuna
es un arabista de fama casi universal, y cuando
lanza a la publicidad, bajo su firma autorizada, la
versión del manuscrito árabe descubierto por él, hay
que ser respetuosos siquiera...
—Pero vamos por partes—interrumpió el viejo
Gaudente— . ¿Se trata de papeles o de dineros? Si
es de papeles viejos, creo en Dios Padre; de eso
están llenos los archivos, y como nadie los entiende
36
ÁNGEL G A Ñ IVET
bien, cada uno los interpreta a su modo, y les hace
decir lo que le da la gana; pero si es de dinero, y
para mayor escarnio de oro, eso pertenece a la his
toria antigua. En Granada no queda más oro que
esta onza que llevo yo en el bolsillo del chaleco para
que no me hagan mal de ojo.
—Pues, amigos míos, de eso se trata—exclamó
Raudo—. Ahora sí que se puede decir que vivimos
sobre un volcán, sobre un volcán de riquezas; por
que aquí mismo, en este cerro, debajo del palacio
árabe que está a dos pasos, se encuentra escondi
do el tesoro de Alhamar. Ahora que yo lo digo pa
rece esto un disparate; pero ya leerán el trabajo
que empieza mañana a publicar el periódico, y
todo lo verán llano como la palma de la mano.
Alhamar tuvo, durante los años que reinó, más de
cuatro mil hombres ocupados constantemente en la
var las arenas del Darro, que entonces no era lo
que ahora, cuando sólo quedan los desechos; en
tonces, señores míos, traía más oro que arena, o,
por lo menos, la mitad de cada cosa; y la enorme
cantidad de oro extraído fué depositado en un sub
terráneo de esta misma montaña, que por eso se
llamó Alhambra, es decir, montaña dorada, y no
roja, como algunos ignorantes habían traducido;
y ese oro debía servir para construir un palacio ma
ravilloso, que. por desgracia, se quedó en proyecto,
como tantas cosas de nuestro país.
—De suerte—dijo Perico Moro, con tono zumbón—
que el alcázar que hoy existe lo construyeron pro
visionalmente.
—No, señor—contestó Raudo— ; ese alcázar fué
destinado en un principio a los guardianes del teso-
LOS TRABAJOS DE PÍO CtD
37
r o ; no era un palacio real; fué más bien una f o r
taleza que sirvió de tesorería, o como si dijéramos,
fué el Ministerio de Hacienda del reino de Granada.
—Y las inscripciones de ese palacio, ¿cómo se
explican entonces?—preguntó cándidamente el me
nor de los Monteros.
—Se explican mucho mejor que ahora—replicó
Raudo—. Así, por ejemplo, el tan sobado «sólo Dios
es vencedor», sostiene el doctor Medialuna que quie
re decir «sólo el oro es vencedor», inscripción ade
cuada, a más no poder, para una tesorería. Alah
debe entenderse en un sentido metafórico, y esto
es lo que los arabistas no habían comprendido has
ta ahora. Pero, en fin, yo no digo una palabra m ás;
el que quiera saberlo todo, que lea el trabajo y verá
que el asunto tiene más miga de lo que parece.
Largamente se habló y discutió sobre el inespera
do tesoro de Alhamar, y la concurrencia unánime
mente se pronunció en contra del doctor Media
luna.
—Si eso fuera verdad—decía Miranda—, lo único
que sacaríamos en limpio sería quedarnos sin la
Alhambra, porque la destruirían para descubrir el
tesoro; y si llegaran a descubrirlo, el dinero se nos
volvería sal y agua, como todo lo que cae en nues
tras manos. Más vale que, aunque seamos pobres,
tengamos siquiera un sitio donde tomar el fresco
y olvidar nuestra pobreza oyendo cantar a los rui
señores.
Pío Cid no dijo nada en toda la tarde; pero, sin
duda, en su espíritu comenzó a germinar una idea
que más tarde salió a luz.
Sus únicas palabras fueron para recordar la pro-
Angel ganivet
mesa que nuestros amigos nos habían hecho de leer
cosas de su invención, que seguramente serían más
agradables que la exhumación del papelote ará
bigo ; pero era tan escasa la claridad que quedaba,
que ya no se veía leer y hubo que dejarlo para
otro día.
Moro, el poeta, dijo a Pío Cid que, puesto que
tanto le interesaban las letras, sería también cul
tivador de ellas, y que si era así se le obligaba a
escribir algo para una revista proyectada por los
amigos que allí estaban.
Pío Cid contestó que no era literato de cartel;
pero que en caso de apuro, y por dar gusto a sus
amigos, era capaz de escribir lo que se le pidiera.
—Puesto que en esta notable asamblea—añadió—
hay poetas y novelistas, pintores y arqueólogos que
tan brillantemente llenan su cometido, creo que lo
único que yo puedo dar que ustedes no tengan, es
algo de mi experiencia, obra, no de mi capacidad,
sino de los azares de mi vida. Me parece que lo úni
co que aquí falta es fuerza; sobran buenos deseos
y bellos propósitos, pero la pereza lo echa todo a
perder. Cuando yo oí hablar de la revista esa de
ustedes, me imaginé que sería una publicación re
gular, consagrada a mantener siempre vivo el fue
go sagrado; y ahora resulta que están ustedes pre
parando desde hace siete años el primer número y
que no es aún seguro que aparezca después que pa
sen otros siete. Ustedes se ríen del tiempo, y esta
risa es muy peligrosa, porque hay en el mundo
quien trabaja y puede humillarnos. Quizás sería lo
mejor dejar rodar la bola, si todos lo hicieran así;
pero esto no es posible, y antes que venga quien
LOS TRABAJOS DI; PÍO CID
39
nos obligue a andar contra nuestro gusto, más vale
que nosotros andemos por nuestra voluntad. Yo co
nozco un remedio infalible para curar la pereza
intelectual, y les ofrezco a ustedes dárselo a conocer
en un artículo breve, que más que artículo será re
ceta de médico o una combinación de aforismos
útiles para reconstituir el carácter humano.
— ¡Aceptado!—gritamos todos a una, y comenza
mos a dejar nuestros asientos.
A poco emprendimos la retirada, pues la mayor
parte de los allí reunidos tenían que ir al carmen
de los Monteros, donde había organizado para aque
lla noche un baile popular. Pío Cid, Raudo y yo nos
separamos de la reunión y nos fuimos un rato al
café. Pío Cid nos dejó pronto, porque quería acos
tarse temprano para estar levantado cuando llegara
a buscarle el tío Rentero.
Gran obscuridad reina en todo lo tocante al viaje
de Pío Cid a Aldamar. Su primer propósito era de
tenerse en varios pueblos del distrito; pero después
que supo que la clave de la elección estaba en su
pueblo, determinó hacer directamente el viaje en
dos jornadas, quedándose a dormir la noche inter
media en La Rabióla. Como Pío Cid era hombre
que no dejaba las cosas para mañana, se cree que
fué preocupado todo el camino, componiendo men
talmente la receta que prometió a sus amigos, sin
dignarse contemplar los bellos y variados paisajes
que le iba ofreciendo la pródiga Naturaleza. A eso
de mediodía dicen que se detuvo a merendar a lo
campestre, a la sombra de unos álamos blancos
que estaban en el borde de la carretera, y que en
tonces, viendo a su espalda unos hermosos trigos
40
ÁNGEL GANIVET
ta n altos, espesos y espigados, que p a re c ía que la
Providencia h ab ía d erram ad o en ellos todas sus ben
diciones, no pudo m enos de d e c ir :
— ¡Buen año éste p a ra los lab rad o res, tío R en
tero! Mire usted esas espigas g ran d es como m azor
cas, que casi no pueden tenerse en pie. ¡V alientes
trig o s !
—G ranaejos están, g ran aejo s—respondió el tío
Rentero, con su tonillo alp u ja rre ñ o , que se a c e n tu a
ba m ás conforme el vejete se iba alejando de G ra
nada.
A parte estos p alab ras, se cree que Pío Cid en la
prim era jo rn ad a, no despegó los labios y dejó des
ahogarse a su gusto a su com pañero de viaje, el
cual habló por los dos y un poco m ás, sacando a
relucir todo lo que sab ía de las p ersonas de viso de
la capital y de la provincia, y de quien m ás habló
y con m ayor elogio fué de la m adre de Pío Cid, de
la que dijo un cen ten ar de veces que era la señ o ra
m ás señora que se hab ía echado a la cara, y que
era u n a lástim a que u n a m u jer de tan to m érito no
hubiera nacido re in a o em peratriz. Pío Cid le escu
chaba con paciencia y atención, y así, el uno c h a r
lando y el otro callando, y los dos cam inando al
buen a n d a r de los mulos, llegaron al obscurecer a
La Rabióla, donde se alo jaro n en u n a posada sin
darse a conocer, puesto que el alcalde de este p u e
blo era de los que h ab ían ofrecido al gobernador
la votación íntegra, y Pío Cid no ten ía g an a de g a s
ta r saliva en balde. Al ra y a r el día, el tío R entero
aparejó los m ulos en u n dos por tres, pues como
hab ía estado dedicado alg ú n tiem po a la a rrie ría ,
e ra un lince, como decía él mismo, p a ra a n d a r entre
LO S TRABAJOS D E P ÍO C ID
41
bestias. Salieron del pueblo sin que nadie los viera,
a excepción de un muchacho que estaba recogien
do estiércol y que debía conocer al tío Rentero, por
que al verle pasar le dijo:
—Güen viaje, tío Frasco; ¿va osté a Aldamar?
—Adiós, Cascabancas—contestó el tío Rentero— ;
pa allá vamos. ¿A cómo te pagan el istiércol?
—A tres ríales la carga—contestó el basurero.
— ¿De las grandes?—insistió el tío Rentero.
—Grandes, que ca una paece un menumento. Como
que son pa el sacristán de don Esioro—contestó el
zagalón.
Y luego, alzando la voz porque los viajeros se ale
jaban, gritó:
—Pa allá va también don Críspulo; a ese paso
presto le alantarán.
— ¿Quién es ese don Críspulo?—preguntó Pío Cid
al tío Rentero.
—Es el cura de este pueblo, que estaba antes en
Seronete; un alma de Dios, pero con una lengua
peor que una jacha. Verdá que al probe lo tienen
veinte años pasando la pena negra y está pa que lo
ajoguen con un cabello. De Seronete lo echaron
porque iba a matar al alcalde. Pero, mírelo osté allá
lejos, aquel que va en el rucho debe de ser.
Don Críspulo era, en efecto, y a los pocos mi
nutos Pío Cid y su acompañante le alcanzaron. Su
jetaron el paso de los mulos para poder cruzar al
gunas palabras, y como el borrico de don Críspu
lo aceleró el andar para no perder aquellos compa
ñeros de camino que la fortuna le deparaba, bien
pronto los tres viajeros se hallaron al habla y el
tío Rentero rompió el silencio diciendo:
42
ANGEL GANIVET
—A la paz e Dios, señón Críspulo; ¿no quié su
mercé conocer a los probes?
—Hola, tío Frasco — exclamó don Críspulo— ;
¡quién le iba a hacer a usted por estos caminos y a
estas horas! Y luego, que está remozado usted, y
yo si no le oigo hablar no le conozco. Ya se ve lo
que es buena vida. ¿Qué tal, qué tal? ¿Viene usted
ahora de Granada?
—De allí vengo pa acompañar a este señor, que
es el hijo de los amos, de los antiguos.
—Celebro mucho conocerle — dijo don Críspulo
inclinando la cabeza—. ¿Viene usted quizás a asun
tos electorales? Porque estos días, como va a ha
ber elección, se ven por aquí algunas personas de
la capital que están interesadas en estos manejos.
—Efectivamente—contestó Pío Cid, devolviendo el
saludo—. Vengo con motivo de la elección; pero no
es la primera vez que ando por estos caminos; toda
mi familia era de Aldamar, y yo mismo me he cria
do allí...
—Mi amo—interrumpió el tío Rentero—es hijo de
don Francisco, el de Los Castaños, que osté cono
cería.
—Claro que le conocí—contestó don Críspulo—y
también le traté, aunque él vivía casi siempre en la
capital. ¿Es usted quizás—añadió encarándose con
Pío Cid—, un hijo que dicen que había desapareci
do sin saber cómo?
—El mesmico—contestó el tío Rentero— ; como
que no tenía otro; pero al fin y a la postre el que
es de ley paece, manque se asconda en los centros
de la tierra.
—Entonces—continuó don Críspulo, sin que Pío
LOS TRABAJOS t>E PÍO CID
43
Cid le contestara a sus preguntas—, usted es el
candidato del Gobierno por este distrito. Aquí, en
La Rabióla, decían que usted era de los Cides de Aldam ar; pero yo, a pesar del apellido García del
Cid, no caía en la cuenta de que pudiera ser usted el
hijo de don Juan Francisco. De todos modos le feli
cito a usted por adelantado, porque su elección di
cen que es cosa hecha.
—Ya veremos—dijo Pío Cid sonriendo— ; tal vez
esté hecha y yo venga a deshacerla.
—Yo le aseguro a usted—dijo don Críspulo ir
guiéndose sobre su jumento—que el distrito está ya
de Cañaverales hasta la coronilla, y que no a us
ted, que es hijo del país, sino al primer cunero que
le enviaran, lo aceptaría por salir de las garras de
esta innoble gentuza que hoy lo explota. Yo no pue
do emplear cierto lenguaje a causa del traje que
visto, pero le digo a usted que debía caer durante
varios años una lluvia muy espesa de rayos encen
didos para limpiar estos terrenos de todo lo malo
que aquí vive. Estos pueblos no son pueblos, amigo
mío, son nidos de víboras.
—No desageremos—dijo el tío Rentero—, que en
la capital tamién hay de too, y si digo, hay más
pillería que por acá.
— ¡En la capital!—suspiró don Críspulo—. Para
la capital reservo yo el fuego divino que cayó so
bre Sodoma y Gomorra, las ciudades malditas. Y
no dejaría que se escapara nadie, ni siquiera Su
Ilustrísiina el Arzobispo, mi amo y señor—agregó
inclinando la cabeza hasta tocar casi las orejas del
pollino.
— ¡Jesús, María y José!—exclamó el tío Rentero,
44
Angel ganivet
haciendo aspavientos de susto, mientras Pío Cid
se fijaba por primera vez en el lenguaraz sacerdote.
Era don Críspulo un hombre pequeño y flaco,
moreno, los ojos hundidos y las mandíbulas muy sa
lientes. Su rostro llevaba impresas las huellas de
largas privaciones; pero no se conocía a primera
vista si estas privaciones eran hijas de la miseria
o del ascetismo, porque el aspecto descuidado y
más sucio que limpio de toda su persona, estaba
velado por cierta dignidad nada vulgar en la mira
da y en el gesto. Pío Cid se hizo cargo de aquella
extraña figura y luego dijo en el mismo tono res
petuoso, con puntas de malintencionado, en que el
cura había lanzado su condenación:
—Señor don Críspulo, mala idea debe usted tener
de todos sus semejantes, aunque sean arzobispos.
—Mala, no; malísima—contestó el cura—y bien
sabe Dios que me duele tenerla, aunque no sea más
que por el sagrado ministerio que ejerzo. Pero los
años traen consigo los desengaños, y yo a veces llego
hasta a compadecer a nuestro Divino Redentor por
haber tenido la generosidad de derramar su pre
ciosa sangre por esta indigna humanidad, que más
bien merecía estar continuamente gobernada por
Nerones y Calígulas y otras bestias más feroces
aún. Si a mí me dieran el mando absoluto en estas
comarcas, le juro a usted que llamaría en mi ayuda
a los africanos para que secretamente se introduje
ran en el país y pasaran a cuchillo a todos sus ha
bitantes. ¡Ah! Señor Cid, usted viene de lejos y no
sabe de la misa la media, y no ve ni verá más que
lo que le salte a los ojos; pero yo soy perro viejo
para roer estos huesos, y aunque me condene a ar-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
45
der perpetuamente en los profundos infiernos, no
transijo con la injusticia. Sin ir más lejos, hoy he
leído en el diario de la capital una noticia que le
interesa a usted: dice que, en vista del estado aflic
tivo por que atraviesan los braceros de este distri
to, el señor don Romualdo Cañaveral ha dado or
den a su administrador para que distribuya abun
dantes limosnas entre los más necesitados; y luego
viene poniendo por las nubes la conducta noble y
caritativa del ilustre hijo de Seronete y expresando
el deseo de que en breve se vea confirmada la noti
cia de su nombramiento como senador vitalicio. Pues
bien, ¿sabe usted lo que hay en esto de verdad? Que
don Carlos, el contrincante de usted, está compran
do votos a dos y tres pesetas, y que para no descu
brir el juego dan ese dinero de Judas bajo la capa
de caridad y a son de bombo y platillo, a fin de que
sirva, no sólo para elegir al que lo reparte, sino
también para dar lustre y charol al bandido de don
Romualdo, uno de esos seres abyectos que la miseri
cordia de Dios tolera que existan para castigo de
sus criaturas. ¡Y ver toda esta farándula, toda esta
indecencia, prosperar y recibir el aplauso de las
gentes, y no poder alzar la voz ni desenmascarar a
los criminales! Es decir, yo no me muerdo la len
gua, y si mi palabra se oyera en todo el mundo, todo
el mundo sabría la verdad; pero no me oye nadie
y mi franqueza sólo me ha servido para hundirme
más y más.
—Y, sin embargo, usted no escarmienta — dijo
Pío Cid.
—Ni escarmentaré nunca—prosiguió don Críspulo—, porque yo estoy ya condenado sin apelación.
4P>
VNGEL GANIVET
Pregunte usted en el palacio arzobispal de Grana
da quién es el cura de La Rabióla, y le dirán que
por lástima no me han recogido ya las licencias;
se contentan con dejarme en el peor pueblo de la
provincia para que me muera poco a poco de ham
bre. ¡Asesinos!
— Me parece, amigo don Críspulo— replicó Pío
Cid— , que usted se ahoga en poca agua. Si yo fuera
cura desearía estar en el peor pueblo de España
para ver si le podía volver el mejor; y si estuviera
mal visto de mis superiores, casi me alegraría, por
que así podría realizar una de las obras más difíci
les que está en nuestra mano acometer: la de des
truir una mala opinión que se tenga de nosotros.
En las sociedades gobernadas por la hipocresía y
el artificio, es soberanamente tonto ejercer de refor
mador a gritos, porque todos se tapan las orejas
para no oír lo que no les conviene. Hay que ser cau
to s; en vez de dar golpes contra el aguijón y salir
luego hechos una lástima, lo prudente es quebrarlo
sin herirse, y si no es posible quebrarlo, dejarlo.
Usted podía desempeñar bien su importante ministe
rio, y por no tener cachaza para tolerar las dema
sías de los otros, se ve como se ve. Yo creo que
el amor a la justicia tiene más virtud cuando se
muestra con mansedumbre, y es una verdadera des
gracia que usted eche a perder sus buenos deseos
por la crudeza de sus palabras. Le hablo a usted
con la misma libertad con que usted me ha habla
do ; y aunque no me disgusten los caracteres fuer
tes y abiertos como el de usted, mi parecer es que
el único medio de trabajar por el bien, es trabajar
uno solo, sin decirle nada a nadie. Puesto que las
LOS TRABAJOS DE PIO CID
V7
predicaciones, amonestaciones y reprimendas no
surten ya efecto, hay que callar y obrar, y dejar
a los otros hacer lo que mejor les parezca, que si
lo que hacen no es bueno, al fin no prosperará. Com
prendo que le duela a usted ver que hasta la cari
dad es ya explotada por los picaros, pero que éstos
se lleven en su pecado su penitencia, que ni usted
ni yo somos quién para acusar a nadie.
— Todo eso me parecería admirable — dijo don
Críspulo— si yo tuviera libertad para enviar al de
monche a estos tunantes y vivir donde fuera mi
gusto; usted dice lo que dice porque lo que pasa,
lo oye, no lo v e ; pero yo lo veo todos los días y me
moriré viéndolo, sin poder hacer nada para reme
diarlo y hasta teniendo que humillarme a veces para
no morir de necesidad. Yo podría hacer algo si
fuera rico, pero soy muy pobre y tengo sobre mis
espaldas a mi madre y a dos hermanas. ¡Cuánto
más me valiera a mí y a ellas haber sido arriero,
como mi padre, y no llevar estos hábitos o estos
grillos que llevo arrastrando!
—Lo que me dice usted—interrumpió Pío Cid—me
trae a la memoria a un arriero que iba a mi casa,
el cual se llamaba el tío Nohales, y era padre de
ocho o diez hijos. A uno que salió muy despejado
le dedicó a la carrera eclesiástica, con la idea de
que fuese el sostén de la numerosa familia. El jo
ven estudió con extraordinario aprovechamiento, y
en cuanto cantó misa obtuvo una coadjutoría, de la
que se esperaba que pasara muy pronto a un buen
curato, puesto que los superiores le mostraban gran
afecto. Pero hete aquí que de la noche a la mañana
desaparece sin dejar dicho nada a nadie, y que al
48
ÁNGEL GANIVET
cabo de algún tiempo se averigua que iba camino de
Filipinas, enviado allá por el superior de una Or
den religiosa, en la que había ingresado el joven
según se supo, no sólo por natural inclinación a la
vida monástica, sino por huir del siglo, y más que
del siglo de la familia que se había sacrificado por
darle carrera y posición. Había que oír al tío Nohales contar a todo el mundo su desengaño y clamar
contra el hijo desagradecido que tan mal le había
recompensado sus afanes. Todos le compadecían y
todos le daban la razón; pero vino a mi casa con el
cuento, y mi madre se puso de parte del hijo ingra
to, y recuerdo aún las palabras que le dijo al arrie
ro, las cuales quizás le vengan a usted que ni pinta
das : «Si yo estuviera en el caso de usted, me sen
tiría orgullosa de tener un hijo como el que usted
tiene. Ustedes los pobres dedican sus hijos a la ca
rrera eclesiástica con la idea de que, no pudiendo
casarse, les sirvan de apoyo en la vejez, y por lo
pronto les ayuden a llevar la carga de la fam ilia;
y no piensan ustedes que quien tiene verdadera vo
cación para el sacerdocio, y no lo acepta como una
de tantas carreras, sino para consagrar su vida a
sus semejantes, tiene que estar libre de los cuida
dos de su familia, porque el atender a su familia
les impediría atender a los demás. Por esto no está
permitido que los curas se casen; y ustedes, los que
desean que un hijo sacerdote pague el bien que le
han hecho dándole carrera, con el olvido y aban
dono de sus deberes, son los principales culpables
de que haya tantos eclesiásticos ambiciosos y devo
rados por el afán de ganar buenas prebendas. Su
hijo de usted vale más que todos ustedes juntos,
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
y ha hecho muy bien metiéndose en un convento,
pues de no hacerlo, quizás no tuviera corazón para
volverles a ustedes las espaldas; y ustedes, sin dar
se cuenta del mal que hacían, le hubieran obligado
a ser un mal cura, más atento a ganar dinero que a
cumplir su obligación.» Así habló mi madre, que
era una señora muy discreta. Yo le repito a usted
lo que ella dijo con sobrada razón, según voy vien
do. Como los oficios eclesiásticos, fuera de unos
cuantos que están bien pagados, no dan ahora más
que para comer, la nobleza y la clase media se de
dican a otros más productivos o brillantes, y la
Iglesia tiene que estar servida por pobres, que ade
más de su pobreza suelen llevar la reata de su fa
milia, con lo cual el celibato ha venido a quedar
sin efecto para muchos como usted, a quien más le
hubiera valido ir a evangelizar a los igorrotes, que
no llevar 1a, vida que lleva por estos andurriales.
—Mire usted—dijo don Críspulo—, más de una
vez lo he pensado, y entre estos salvajes y los de
allá, no sé cuáles serán peores; pero por lo pronto
bien podían tener más consideración con el clero
bajo, que es el que lleva la carga más pesada, y no
tenernos a nosotros a media miel mientras los altos
regüeldan de ahitos. En estos pueblos hay mucha
miseria, y un cura que no tiene nada que repartir
es un soldado sin armas. Pero, en fin, bueno está
lo bueno—agregó don Críspulo, divisando el punto
donde el camino se partía en dos y donde él tenía
que tomar el de Seronete y separarse de sus compa
ñeros— . Yo me alegraré mucho de que gane usted
la elección y de que haga algo por este pobre distri
to, tan olvidado de los gobiernos.
4
50
ANGEL GANIW.T
—No confío mucho en el resultado — dijo Pío
Cid—, y menos desde que sé que el poderoso caba
llero Don Dinero anda en el ajo.
—Ya que va osté a Seronete—añadió el tío Rente
ro— , le dirá a mi Polonia que estoy por aquí alreor,
y que como pueda colaré allá.
—No lo olvidaré—contestó el cura—, y a ver si
nos vemos a la vuelta y paran un día en La Rabió
la. Yo vuelvo esta misma noche o mañana.
Y sin más, llegados a la encrucijada, se separa
ron, después de saludarse como buenos amigos. Don
Críspulo desapareció en breve tras un recodo que
hacía el camino de Seronete, y Pío Cid y el tío Ren
tero apretaron el paso hacia Aldamar. El tío Ren
tero siguió hablando de los dichos y hechos que co
nocía del célebre don Críspulo, y Pío Cid callando
y dando vueltas en su magín a la famosa receta,
que ya iba a medio componer.
Un cuarto de legua antes de llegar a Aldamar,
cuando se empieza a descender la empinada cuesta
del Aire, hay a mano izquierda una fuentecilla, lla
mada de los Garbanzos porque sus aguas tienen la
virtud de ablandarlos aunque sean duros como ba
las ; así tuvieran también la de ablandar el corazón,
que si así fuera se venderían a peso de oro. Los
mulos, que venían fatigados y sedientos después de
cuatro horas largas de caminar cuesta arriba, en
cuanto olfatearon la fuente se fueron derechos al
agua, apartándose un poco del camino.
Pío Cid no se dió cuenta de ello hasta que su
mulo, con el movimiento que hizo al bajar la cabeza
para beber, le sacó de su distracción, faltando muy
poco para que le tirara por las orejas. Entonces vió
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
51
Pío Cid que un poco más arriba de la fuente, en el
sitio donde debía nacer el manantial, estaba llenan
do un cántaro de agua una muchacha pobremente
vestida. La estuvo mirando un buen rato y recreán
dose en las formas admirables de aquella tosca
criatura, que parecía puesta allí para que algún es
cultor la tomase por modelo. Estaba de perfil y se
le marcaba, a pesar de su juventud, la fuerte cade
ra, promesa de maternidad, y por debajo del bra
zo, arqueado para sostener la botija, el pecho, mal
encubierto por un cuerpecillo de percal medio des
hilacliado, que dejaba ver lo blanco de la camisa.
La cabeza se apoyaba sobre el brazo, y entre el
abundoso y enmarañado cabello, castaño muy obs
curo, desaparecía casi por completo, dejando ver
sólo la nariz, que de pei’fil parecía muy fina, aunque
un poquillo chata. La jovenzuela del cántaro, cuan
do acabó de llenarlo se lo puso a la cadera y se dispo
nía a marchar, no sin volverse a mirar de reojo a los
caminantes; pero Pío Cid la detuvo, preguntándole :
— ¿Va usted a Aldamar?
— Sí, señor—contestó la muchacha, mirándole con
curiosidad.
— ¿Quiere usted que le lleve el cantarillo?—volvió
a preguntarle.
— ¿Pa qué va su mercó a molestarse?—contestó la
muchacha.
—No me molesto, al contrario. Usted es la que se
molestará llevando el botijo a cuestas un cuarto de
hora. Espérese usted—dijo arreando el mulo hacia
el altillo- donde estaba la muchacha. Y echándose
todo lo atrás que pudo del aparejo, de modo que
casi se quedó montado en la culata, cogió en peso
52
ÁNGEL tiANrVET
a la muchacha con cántaro y todo y la asentó a la
mujeriega sobre el mulo, que al sentir la carga echó
a andar sin que lo arrearan.
— ¡ Válgame Dios!—exclamó la muchacha por no sa
ber qué decir—. Naide diría que es osté tan forzúo.
—Tenga osté cuidiao con el mulo—dijo el tío Ren
tero—, mire osté que es una perrera en cuántico
que le dan dos déos de luz.
—Va bien sujeto—contestó Pío Cid—, no hay cui
dado. La verdad es—prosiguió—que es buena ocu
rrencia la de venir a buscar el agua a un cuarto de
legua y con el sol de justicia que ahora hace.
—Qué quié su mercé, señor—contestó la mucha
cha— ; los agüelos han perdió ya la dentaúra, y en
guisando con el agua de abajo no puen ronchar los
garbancejos.
—Entonces no digo nada—replicó Pío Cid, miran
do a su pareja, que sin saber por qué se le apareció
ahora como una figura bíblica, quizás porque la
muchacha llevaba en el pecho, entre el pañolillo de
colores con que se lo malcubría, unas matas de
mastranzo, cuyo perfume sano y fuerte embriagaba
y despertaba el recuerdo de los tiempos felices en
que las mujeres, aun las más puras y delicadas, cre
cían como las flores campestres. Y luego, fijándose
en algo brillante que se movía en las hojas del mas
tranzo, preguntó:
—Lleva usted una marranica de luz. ¿La ha co
gido usted, o está ahí por casualidad?
—Estaba en la mata—contestó la muchacha, ajus
tándose más el pañolillo con la mano que le queda
ba libre.
—Usted me mira como a un forastero—dijo
LOS TRABAJOS DE PIO CID
53
Pío Cid—, y sin embargo, yo soy su paisano.
—¿Osté de Aldamar?—preguntó la muchacha.
—Ya verás cómo te doy señas—dijo Pío Cid—.
¿Cómo te llamas?
—Me llamo Rosario, Rosarico—contestó ella.
—¿Y tus padres?—volvió a preguntarle.
—Mi padre—contestó Rosarico—se llama Juan An
tonio Peña; pero le dicen el tío Rogerio.
—Pero ¿es posible—saltó el tío Rentero, que de
seaba meter su cucharón—que eres tú hija de la
Roqueta? Tu mae y yo sernos del mesmo pueblo y
algo de la familia. ¿No la has oío tú mentar al tío
Frasco Rentero?
—Vaya que sí—contestó Rosarico riendo— ; y tamién sé que fué osté su novio...
—Justico — interrumpió el tío Rentero pernean
do sobre su mulo para ponerle al lado del de Pío
Cid— ; y en güeña ley tú debías haber sío mi hija
si yo me hubiera casao con tu madre, que sin agra
viarte a ti era una mocetona mu requería de too
el mundo y con más fama en su tiempo que Barceló
por la mar. Y ¿cuántos hermanos seis?
—Sernos ocho vivos—contestó Rosarico—, y yo
soy el rejú de la casa. Ya ve osté que mi Frasco
Juan, que fué el primero, tiene una hija mayor que
yo dos u tres años.
—Vaya con Rosarico — dijo el tío Rentero—, y
cuánto me he alegrao de verte. Si yo hubiera sabio
que estabais aquí cuando vine el año pasao... Yo sus
creía en Salaureña.
—Aquello se acabó—dijo Rosarico—, y hemos pa
sao las de Caín. El probetico de mi pae. ya no pué
dar golpe.
54
ÁNGEL G ANIVET
—Y ¿qué jacéis ahora?—preguntó el tío Rentero.
—Tenemos una tierrecilla—contestó Rosarico— , y
mis hermanos ayúan algo. Mi Francolín es el marranero del pueblo, y el Pepillo está muy apegao a
la iglesia, y algo trae tamién. Pero a este señor lo
habernos dejao con la palabra cortá—añadió Rosarico.
—Eso no importa—dijo Pío Cid, muy pensativo—.
Sigan hablando sin reparar en mí, que yo lo único
que podría decir es que conocí también a los Rogerios y todos eran muy hombres de bien. Dile a
tu padre si se acuerda de una vez que fué a la sie
rra y subió al Mulhacén acompañando al señorito
Pío, como él me llamaba.
— ¿Pues no se lia de acordar?—contestó Rosarico,
mirándole con admiración— ; en cuántico que se
pan su venía y le vean a osté se van a jartar de llo
rar. ¡Válgame Dios! ¿Conque es osté el niño de
Los Castaños? Algo más nos relucía el pellejo cuan
do eran ostés los amos de la cortijá; mi padre cuen
ta y no acaba de ostés toos.
—Pus ahora veremos lo que jace el pueblo y si
es agradeció—dijo el tío Rentero—, porque el amo
viene pa eso de la eleción, y ahí se ha de ver si se
rnos moros u cristianos.
—Ve osté—dijo Rosarico, afinando la pronuncia
ción para parecer más cortés—, por esa senda se
acorta pa ir a mi casa y a la de osté, con premiso
de mis padres. Si quiere osté, me bajaré aquí.
—Entonces, ¿vivís en el barrio alto?—preguntó
Pío Cid— . Si es así, más vale que sigamos hasta el
pueblo y que subas por la vereda del barranco.
—Es que en el pueblo son mu jablaores...—dijo
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
55
Rosarico, sin atreverse a expresar su idea por com
pleto.
—Vaya, que tienes miedo a que se lo digan a tu
novio—dijo Pío Cid en tono de broma.
—No tengo novio—replicó Rosarico.
—Le habrás tenido—insistió Pío Cid.
—Ahí me habló un estornillao, pero yo no quiero
noviajos—contestó Rosarico con cierto aire de des
pecho.
—Pues si el noviazgo se arregla y se habla de ca
sorio, no lo dejes por falta de padrino. Yo me ofrez
co a serlo, y ojalá que sea pronto—dijo Pío Cid ayu
dando a Rosarico a bajar del mulo y dándole luego
el cántaro—. Dales recuerdos míos a tus padres y
ya haré por verles.
—Igualmente—añadió el tío Rentero; mientras
Rosarico, ligera como una cabra, subía por el empi
nado sendero que conducía al barrio alto, y des
aparecía a poco detrás de unas higueras.
Se apeó de su mulo el tío Rentero y lo ató del
ronzal a la anilla de la baticola del otro mulo, di
ciendo a Pío Cid :
—Déme osté las brías jasta pasar la barranquera.
Pero Pío Cid se apeó también, dejando al tío Ren
tero que llevara los dos mulos, y echó a andar de
lante por el endiablado camino que anunciaba la
entrada del pueblo.
'
Aunque la digresión parezca inútil, diré que en
Aldamar, como en muchos pueblos de nuestra pro
vincia, se nota la influencia de la capital en que,
así como Granada está cruzada por dos ríos, no
muy caudalosos, y secos a temporadas, sus pueblos
se asientan, por regla general, a las orillas de al-
56
ÁNGEL GANIVET
gún barranco que, aunque no lleve agua, da la ilu
sión de que es un río que se ha quedado en seco por
un descuido de la Providencia. Sin contar con que
un barranco, aunque no traiga aguas, puede traer
las en tiempo de lluvias y sirve para dividir los pue
blos en barrios enemigos que, luchando por el pre
dominio local, suelen trabajar sin quererlo por en
grandecer, o cuando menos agrandar, la ciudad na
ciente. Yo le oí decir alguna vez a Pío Cid que si Aldamar era el pueblo más grande de su distrito, esto
se debía a la circunstancia feliz de estar cruzado, no
por uno, sino por dos barrancos; el más pequeño
arranca del camino que viene de La Rabióla, y el
mayor corre de Norte a Sur, quedando el pueblo
dividido en cuatro cascos desiguales. Los dos más
crecidos se llaman Aldamar Alto y Bajo, y sostie
nen la principal rivalidad; luego viene el neutral
o intermedio, llamado barrio de la Iglesia, y, por
último, a espaldas de éste, y algo distanciado, el
del Colmenar, llamado así por ser fama que en él
vivían varios colmeneros, bien que a la sazón esta
industria, antes floreciente, haya desaparecido y no
quede ni una abeja en varias leguas a la redonda.
Con la cría del gusano de seda ocurre lo mismo, y
la vinicultura también va de capa caída a causa de
la filoxera. La única planta que se sostiene y aun
prospera, es el castaño. Aldamar vivía, pues, peno
samente de la exportación de castaña, y se conso
laba de su decadencia con recuerdos, esperanzas e
ilusiones.
Cuando Pío Cid llegó al barranco grande, que en
tiempo de sequía era como la calle Mayor o Real
del pueblo, la primera persona a quien encontró al
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
57
paso filé u n a pobre m u jer que de rodillas lavaba en
u n a poza form ad a por u n hilillo de a g u a que no se
cortaba nunca, porque e ra de un m a n a n tia l que
nacía un poco m ás a rrib a . Al lado de la lav an d era
había u n a ca n a sta do ro p a sucia, de la que salían
gritos desesperados. Pío Cid se acercó por movi
miento n a tu ra l a ver dónde estaba la c ria tu ra que
tan desconsolaaam ente chillaba, y descubrió entre
los trapos sucios a un niño de te ta m ordisqueándose
los p u ñ o s ; lo sacó de la c a n a sta y se lo puso boca
abajo sobre la palm a de la m ano y el chiquillo calló
al instante.
—No ja g a su mercé caso de esta c ria tu ra —dijo la
lav an d era—. Es la m ás eshonrible del mundo. Como
no tenga el pezón en la boca, siem pre está dando
barracás. Démelo osté a ver si se acalla con u n a
tetica.
—Yo creo—contestó Pío Cid—que este niño está
malo del vientrecillo. Debe e sta r un poco constipado.
—Quizás será que está m u sucio—replicó la la
vandera, sentándose en u n peñón que allí cerca es
taba, y extendiendo los brazos p a ra recibir a la
c ria tu ra —. Ven acá, trag ó n . ¿Ve osté lo que yo le
icía?—añadió la m adre.
Y diciendo esto se h ab ía colocado en la falda al
m amoncillo, que comenzó de nuevo a llorar, y le
h ab ía abierto el p a ñ a l de m uletón, hecho de re ta
zos, p a ra sacarle el m etedor, lleno de verdines.
—Lo que es cierto es lo que yo le decía—replicó
Pío Cid—. Ese niño está malo.
—¿Y qué es lo que debo de ja c e r? —preguntó la
m adre.
—Póngale usted en el vientre u n pedazo de bave-
58
ÁNGEL GANIVET
ta pajiza y fájelo bien; y no estaría de más que le
pusiera también una chapita en el ombligo, que se
le sale demasiado. No sé cómo se les cuajan a uste
des las criaturas con el abandono en que las tienen.
—Es que tengo que trabajar too el santo día de
Dios— dijo la pobre mujer sacando un pecho y dán
dosele al niño para que callara— y no me quea tiem
po pa ná. Ya ve su mercé, son cuatro los que tengo,
y naide que me dé ni una sé de agua.
— ¿Es usted viuda?— le preguntó Pío Cid.
— No, señor— contestó la mujer— ; pero tengo al
marío en presillo. No por na que eshonre, ¿sabe su
mercé? Fué un mal volunto que le dió. La culpa la
tienen los malos hombres que Dios premite que hai
ga en el mundo— agregó en voz más baja, mirando
a todos lados, como si temiera que la oyesen.
—Y ¿cuántos años le faltan todavía?—volvió a
preguntar Pío Cid.
— Tres años, señor, tres añazos— respondió la mu
jer— . Y a ve su mercé la injusticia. Sin haber robao
ni matao le sacaron cuatro años y nueve meses, sin
contar lo que había estao en la cárcel. De aquí en
tres años cumple pa San José.
— ¿Qué fué lo que hizo, entonces?— preguntó Pío
Cid de nuevo.
— Dicen que quería matar al alcalde. Una caluña
que le levantaron— contestó la mujer.
Y luego, para evitar que Pío Cid formara alguna
mala idea viendo aquel rorro, cuyo padre estaba
preso hacía más de dos años, añadió:
— ¡Más veces he maldecío yo este pueblo! Pero
aquí he tenío que venir a la fuerza. Mi marío está
en el penal de Belén, y yo he estao jasta hace poco
IOS TRABAJOS OK PTO CID
59
en Graná; pero es lo que pasa... Ya está osté viendo
esta criatura. Y lo que yo le icía a mi marío. ¿A
ónde vamos a ir a parar?...
—Pero ¿cómo es posible — insistió Pío Cid—que
por una simple calumnia hayan condenado a su
marido a cinco o seis años de prisión?
—Pues ahí verá osté—replicó la mujer— ; toitico
el pueblo eclaró contra mi marío. Lo que fué, fué
que mi marío le pegó al alcalde; eso, sí, señor; pero
que sacara una jerramienta, vamos... Si mi marío
no gastó enjamás ni un clavete.
—¿Y por qué fué la cuestión?—preguntó Pío Cid—.
Sería quizás por política...
— ¡Qué! No, señor—respondió la mujer, mirando
de nuevo a todos lados— ; fué por culpa mía, y yo
tan inocente. Sepa osté que el alcalde pasao era un
esmandao, que ésta veo, ésta eseo, y ni mocica ni
casá se vía libre con el maldecío del hombre. Yo,
aunque paezgo un vejatorio — añadió bajando los
ojos con modestia—, y eso que no he llegao entoavía
a los treinta, he tenío mi algo de güen ver, y las
mujeres de los probes debíamos de ser más feas que
pantasmas. Mi marío era un rial mozo, eso sí—dijo
la mujer con orgullo— ; pero más probe que las
ánimas benditas, y yo me casé con él enamorá, y
no le faltaría por na del mundo. Pero mi hombre
tiene su sangre en el cuerpo y su alma en su alma
rio, y quería que su mujer fuera respetá como la
primera.
—Y ¿sigue el alcalde ese en el pueblo?—le pre
guntó Pío Cid.
—Sí, señor—contestó la mujer—. Y a no es alcal
de, pero es juez municipal, y toos son unos.
60
ÁNGEL G AN IVE T
—Bien—dijo Pío Cid— ; me gusta ver que es us
ted una mujer honrada y trabajadora, y que sobre
lleva su desgracia con resignación. Tome usted esto
para que salga de apuros, que, sola y con cuatro
retoños, no le faltarán.
Y le alargó un billetito rojo, que la mujer miraba
sin atreverse a tomarlo.
— Si tuviera osté monea suelta...—le dijo—. Aquí
no toman esos papeles, porque dicen que casi toos
son falsos.
—Voy a ver—dijo Pío Cid, echándose mano al
bolsillo del chaleco y sacando todo el dinero suelto
que llevaba—. Uno, dos, tres..., no llega ni a cuatro
duros; a ver si viene el hombre que trae los mulos
y tiene para completar... Es extraño que no venga
el tío Rentero—añadió por lo bajo.
—Pero ¿cuánto me va osté a dar, güen señor?
—preguntó la mujer.
—Voy a cambiarle el billete, que es de cinco du
ros—contestó Pío Cid.
—Eso es mucho pa mí—replicó la mujer—. Si osté
se empeña, lo tomaré. Yo, con cuarenta riales ten
go pa pagar el atraso de la casa, y lo otro se lo
mandaré a mi marío pa que tenga pa comprar
pitillos. Eso es lo que él echa más de menos.
—Pues si usted quiere—dijo Pío Cid—, yo voy a
Granada muy pronto, y yo mismo puedo entregarle
los tres duros. Tome usted los dos y dígame el nom
bre de su marido.
—En preguntando por José Gutiérrez, no hay per
día. Pero ¿va osté mismo a ir al presillo?—observó
la mujer—. Osté es más güeno que el pan.
—Eso no significa nada ni hay que darle impor-
tO S TRABAJOS DE PÍO CID
6t
tancia—replicó Pío Cid marchándose—. Paciencia
y buen ánimo es lo que le deseo a usted, y que no
deje de ponerle al niño el pedazo de bayeta.
—Vaya su mercó con Dios y con la Virgen de los
Desamparaos, y si pa algo me necesita, no tié más
que preguntar en el barrio alto por Josefa la güérfana, y too el mundo le dirá dónde vivo.
Volvió Pío Cid pies atrás, y, no muy lejos, halló
parados al tío Rentero y al secretario del Ayunta
miento, a quien saludó, aunque no le conocía más
que de vista.
—Perdone osté, don Pío—dijo el tío Rentero— ;
como pensaba osté ir a casa del cura lo primero,
me figuré que estaba osté allá.
—Pero ¿va usted a alojarse en casa del cura, co
mo la otra vez?—preguntó el secretario.
—No, porque como ahora traigo cierto carácter
político, no quiero comprometer al bueno de don
Esteban, que no está ni por los blancos ni por los
negros.
—No crea usted, no crea usted—dijo el secreta
rio—, que si él pudiera ya resollaría fuerte; pero
en fin..., comprendo la delicadeza de usted..., y co
mo quiera que aquí no hay sitio para que usted se
hospede como es debido, yo no puedo hacer más,
eso estaba diciendo al tío Frasco, que ofrecerle a
usted mi casa como amigo, paisano y correligio
nario.
—Pero ¿no habrá por ahí un escondrijo donde yo
me meta sin incomodar a usted?—preguntó Pío Cid.
—No hay incomodidad; al contrario, honor y sa
tisfacción — respondió el secretario con afectación
natural en él—. En materia de hospedaje hay que
62
ANGEL GAKíVElT
confesar, aunque sea triste confesarlo, que vamos
para atrás como los cangrejos.
—Entonces—dijo Pío Cid—no quiero hacerme ro
gar y acepto agradecido. Después de todo será muy
breve mi estancia, pues el domingo después de la
elección, o el lunes a más tardar, me marcharé.
—Vamos, pues, si usted quiere, a casa—dijo el se
cretario—, y después de almorzar le acompañaré
para dar una vuelta por el pueblo y empezar a tra
bajar la partida, aunque tiene usted ya admirable
mente preparado el terreno, según tendrá ocasión
de ver.
—Mi primera visita ha de ser para el señor cura,
con el que estoy en deuda—dijo Pío Cid— ; después
iremos adonde usted guste.
Fueron, pues, los dos viajeros a casa del secreta
rio, que se llamaba Ramón Barajas y era un far
sante de marca mayor. Toda su gloria la cifraba
Barajas en conservar su puesto de secretario con
todos los partidos que iban pasando por el Ayunta
miento, o, como él decía, por el poder; y para con
seguir su empeño gastaba tal suma de habilidad po
lítica y diplomática, que merecía con justicia que
se le considerase como un verdadero hombre de Es
tado, bien que sus talentos de estadista los aplicara
exclusivamente a mantenerse en la secretaría y a
embrollar cada día más los negocios.
Antes de almorzar fué Pío Cid a visitar a don Es
teban, el párroco del pueblo. Barajas, que por diri
girle en todo quería darle hasta reglas de etiqueta,
le aconsejó que fuera antes a casa del alcalde; pero
él no hizo caso de la advertencia, a la que sólo con
testó diciendo que tenía una deuda de gratitud con
tos TRABAJOS DE PÍO CID
6S
el cura, mientras que a don Pelero, el alcalde, ni
siquiera le conocía. Halló al buen párroco sentado
de media anqueta en un viejo sillón de cuero, leyen
do en un libro antiguo de mucho volumen, abierto
sobre una mesa grande, de las de barandillas. Le
saludó afectuosamente, diciéndole que no se levan
tara, y, al acercarse a la mesa, vio que el infolio era
la Biblia y que estaba abierta por el libro de Job.
—¿Qué es eso?—le preguntó amistosamente—, ¿está
usted inspirándose en la vida de este pacientísimo
varón para poder sobrellevar los disgustos que le
dan estas gentes?
—Ya ni la paciencia de Job basta—contestó el cu
ra—, y los tengo abandonados porque no hay me
dio de hacer carrera con ellos por ningún lado que
se tire. Pero ¿cuándo ha llegado usted? Yo le espe
raba desde hace unos días.
—Acabo de llegar ahora mismo—respondió Pío
Cid—. El secretario, con quien tropecé en el camino,
me ha ofrecido alojamiento, y yo lo he aceptado por
no mezclar a usted en mis asuntos, aunque, si no
fuera por ellos, hubiera preferido venir a esta casa.
—Ha pensado usted muy cuerdamente—dijo el
cura—, porque yo estoy cada día más apartado de
las discordias de este desventurado pueblo, que si
no terminan, darán al traste con lo poco que queda
en pie.
—Pues vea usted lo que son las cosas—replicó Pío
Cid riendo— ; yo creía que esto iba mejorando por
cierto detalle que he notado ahora mismo, y que
me ha parecido de buen augurio. He visto al pasar
que en la barbería estaban afeitando a la vez dos
barberos, y he visto con sorpresa que son los mis-
ANGEL GANIVE?
mos de mi tiempo: el tío Zambomba y el compadré
Elias, tales como yo los dejé, como si no hubieran
pasado los años por ellos. Sólo que, en mi época,
cuando trabajaba el uno tenía que cerrar el otro, y
ahora están los dos en el mismo establecimiento, y
hasta han puesto colgada a la puerta una bacía que
me ha hecho pensar en el famoso yelmo de Mambrino. «Este no es mi Aldamar—pensé— ; por aquí han
soplado vientos de tolerancia, cuando estos dos bar
beros rivales se avienen a afeitar a la vez.»
—A desollar al prójimo, debía usted decir—repli
có el cura, riendo también—. Porque ahora, como
antes, separados y juntos, lo hacen pésimamente.
Mire usted lo que yo he tenido que hacer—añadió,
sacando de un cajón de la mesa un rollo de cuero;
y desliándolo, mostró a Pío Cid tres navajas de
afeitar—. Esto he tenido que hacer para que no me
martiricen más estos gañanes; hoy, a Dios gracias,
me afeito solo. Unicamente llamo al tío Zambomba
para que me repase la corona, y esto durará poco,
porque, como ve usted, no me quedan más que cua
tro pelos.
—De suerte—dijo Pío Cid—, que estamos como es
tábamos, o peor.
—Le diré a usted—respondió el cura— : este al
calde de ahora no es bueno, pero es un santo com
parado con el que salió. Aquél era una hechura
del período revolucionario, y pudiera decirse que del
mismo Satán. En su época se infiltró aquí el virus
racionalista, traído en hora menguada por la Pren
sa anticristiana, y de entonces viene el desbarajus
te que en todo se nota. ¡A h !—exclamó el cura, en
tusiasmado con su perorata—. Usted no sabe en qué
65
LOS TRABAJOS 1)E PÍO CID
abismo nos hallam os hundidos. ¡Ya no hay fe, ni
siquiera decoro! ¿Cómo h a de haberlos, si toda esta
generación está a m a m a n ta d a con lectu ras im pías u
obscenas?
—Pero ¿cómo es eso posible — in terru m p ió Pío
Cid—, si aquí casi nadie sabe leer?
—Saben cuando les conviene—contestó el c u ra —,
y si no leen, oyen. Yo he visto, con estos ojos que
h an de com erse la tie rra , libros pornográficos con
p in tu ra s asquerosas, cuya vista sola ponía el pelo
de p u n t a : y esos libros los com praba y los d ab a a
leer ese mismo alcalde in fa m e ; él decía que p a ra
ilu s tra r a sus g o b e rn a d o s; en realid ad , con el si
niestro designio de d esm oralizar al pueblo, de a rro
ja r en él la cizaña m ás perniciosa, la de la lu ju ria ,
con lo cual convirtió estos lu g ares en u n a re p u g
nan te letrin a . En fin, todo sea por Dios, hoy parece
que m ejoram os. Este don Federo es siquiera buen
católico y h a tom ado a pechos re s ta u ra r el fuero de
la religión. Porque aquí y a no iba n adie a la igle
s ia ; los hom bres por ser hom bres, y las m ujeres
por no m alq u istarse con sus m aridos. Ib an a lg u
n as pobres viejas, y pare usted de contar. Ahora,
este alcalde h a dispuesto que los dom ingos los es
copeteros del pueblo cierren todas las e n tra d a s y
salidas, p a ra que nadie pueda irse sin hab er cum
plido an tes sus deberes religiosos.
—Y ¿produce efecto ese rig o r? — preguntó Pío
Cid, a quien le h acía g racia el candor con que don
E steban celebraba este recurso a la fuerza a rm a d a
p a ra re s ta u r a r el im perio de la fe a escopetazo
limpio.
—Le diré a usted—contestó el c u ra — ; h ay algu5
6f>
ÁNGEL GANIVET
nos tan picaros que se escapan por las bardas de los
corrales por burlar a la autoridad; pero la mayoría
ha comprendido la razón, y empieza a ir a misa y a
oír mis sermones. Esto es todo lo que yo deseo, pues
siquiera, escuchándome hay esperanza de que vuel
van al redil que en mal hora abandonaron. Le ase
guro a usted, señor don Pío—añadió el cura hacien
do un gesto de dolor al intentar ponerse de pie—,
que la misión más penosa que pueda caberle a un
hombre en nuestros días, es tener a su cargo la cura
de almas...
—¿Qué es eso? — preguntó Pío Cid, notando el
gesto de don Esteban—. ¿Está usted enfermo?
—No es cosa nueva—contestó el cura— : son unas
picaras hemorroides que no me dejan ni descansar
a gusto. También hay aquí la calamidad de que te
nemos un médico del año 40, que no atina casi nun
ca. A mí me está recetando desde Año Nuevo, y creo
que cada día voy peor.
— ¿Se figura usted— preguntó Pío Cid—que el
año 40 no se sabía curar lo mismo que ahora? Diga
usted que el médico no habrá acertado, porque la
enfermedad que usted tiene quizás se cura ahora lo
mismo que en tiempo de Hipócrates.
—¿Conoce usted alguna receta?—preguntó el cura.
—No es menester receta, puesto que conozco un
aforismo muy sabio, que a usted no le será desco
nocido tampoco, aquel que d ice : Sublata causa,
tollitur effectus. A mi juicio, las almorranas que us
ted padece provienen de la vida sedentaria que hace,
y desaparecerían si dedicara usted todos los días
una o dos horas a pasear por el campo. ¿No le gus
ta a usted cazar?
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
67
—¿Cómo quiere usted—exclamó el cura—que yo
use armas de fuego?
—No hablo de la caza con escopeta—replicó Pío
Cid—. Hay también la caza de pájaros vivos con arbolillo; y en lo alto de Los Castaños hay un soto
que está siempre plagado de verderones y colori
nes. Con ir y volver ya tiene usted un paseo de dos
horas, y no un paseo tonto, sino entretenido, con las
peripecias de la caza. Pepillo, el hijo del tío Rogerio, podrá llevarle a usted el arbolillo y las jaulas.
—Pero ¿cómo sabe usted que viene aquí Pepillo?
—preguntó el cura.
—Me lo ha dicho su hermana Rosarico, a la que
encontré en la Fuente de los Garbanzos—contestó
Pío Cid—. Por cierto que me parece que la mucha
cha esa tiene unos amoríos con cierto sujeto... Us
ted estará enterado de la historia.
—En efecto, con uno de los Tomasines. Pastante se
ha hablado de eso y no para bien ; porque el Tomasíri está publicando por ahí a la pobre muchacha, y
corno él no se case con ella, mal vamos. Hay cierta
rivalidad antigua entre los Tomasines y los Rogerios; y como los unos están ahora muy subidos de
punto, y los otros a la cuarta pregunta, el padre de
Tomasín no consiente en el casamiento; y el hijo,
por salirse con la suya, porque quiere a la mucha
cha, le está quitando el crédito. ¿Qué le parece a
usted? Días pasados le decía yo a ese facineroso :
«Pero ven acá, infame, ¿no sabes lo que dice la co
pla aquella: ¿Para qué enturbias el agua—que ñas
de venir a beber? ¿No es innoble, ruin y hasta cri
minal lo que estás haciendo?» ¡Ah, señor don Pío,
está usted en el pueblo media hora, y ya empieza a
68
ÁNGEL GANIVET
ver y a o ír ; si estuviera medio año saldría huyen
do a uña de caballo, y al huir, sin volver la vista
atrás, renegaría de esta tierra per saecula saeculorum, amén!
—No haya temor de que esto suceda—dijo Pío
Cid—, porque me voy el domingo. Y ahora voy a
preguntarle, aunque la pregunta es ociosa, si colo
caron la lápida que yo dejé encargada para el pan
teón de mi familia.
—La trajeron—contestó el cura—, y yo mismo es
tuve presente cuando la colocaron, como le ofrecí
a usted. Ahora mismo, puesto que no está lejos, va
mos a ir, si usted quiere, al camposanto. Así comen
zaré a hacer el ejercicio que usted me recomienda.
Se puso don Esteban su bonete, cogió un paraguas
rojo, muy descolorido, que en caso necesario servía
también de quitasol, y encargó a la criada que le
buscara las llaves del cementerio y se las llevara
allá, mientras él y Pío Cid iban de camino, hablan
do de cosas del pueblo, que si fuera a contarlas to
das aquí, no acabaría nunca. Pío Cid se cercioró de
que su panteón de familia, que por cierto era el
único de Aldamar que mereciera este nombre, esta
ba muy bien atendido y conservado, por lo que dió
gracias a don Esteban, el cual entonces dió comien
zo a una segunda jeremiada, no para llorar los ma
les presentes, sino para deplorar los bienes pa
sados.
—Yo no alcancé a conocer los tiempos de ustedes
—dijo— ; pero algo más valía el pueblo cuando los
Cides que están en este sepulcro vivían y eran los
amos de Aldamar. Todo aquello se disolvió como la
sal en el agua, es decir, algo peor; cayó en manos
LOS TRABAJOS DE P Í O CID
Ü9
de advenedizos que sólo miran por su medro perso
nal. Sus padres de usted, no trato de inculparles,
fueron los primeros que abandonaron sus posesio
nes para ir a la capital. Le dieron a usted carrera,
y usted ¿qué hizo? Desligarse en absoluto de su
pueblo y disipar su fortuna, yo no sé cómo. Así ocu
rre que nadie puede alzar la voz contra las calami
dades que nos afligen, porque en este asunto se pue
de decir también: «Todos en él pusisteis vuestras
manos...» Por cierto—añadió el cura después de una
pausa, y sin que Pío Cid alegara para disculparse
ninguna razón de las muchas que podía alegar—,
que ya que hablo de su familia de usted, le voy a
hacer una pregunta respecto de su linaje. Yo soy
aficionado a sacar genealogías, y he compuesto des
de su origen la de ustedes, que se remonta al si
glo xvi o comienzos del xvn, en que se estableció
en Aldamar el primer Cid, que era burgalés de na
cimiento y de pura estirpe castellana. Todos los
descendientes de este Cid nacieron en este pueblo,
excepto usted, que nació en Granada, y que, por lo
que veo, va a ser el último de su casta. Es decir,
aunque dejara hijos lo sería, porque el apellido Cid
lo lleva usted ya en segundo lugar, y se perdería al
pasar a su descendencia. Pero voy a mi pregunta.
Así como por parte de madre conozco el árbol ge
nealógico de usted, por parte de padre no he podido
averiguar gran cosa, porque su padre se estableció
aquí después de casado. Según aparece de los re
gistros, era natural de Adra...
—Yo no sé gran cosa de mi progenie—contestó Pío
Cid—. La tradición esa de los Cides sí la conocía, y
respecto de mi padre, sólo sé que, aunque nació en
70
ÁNGEL GANIVET
Adra, era levantino de origen. Esto es seguro, por
que la fortuna de mi padre procedía de un hermano
suyo, que murió sin hijos, dejándole por único he
redero de un gran capital, invertido casi todo en un
negocio considerable de exportación de vinos en
Alicante. Mi padre siguió algún tiempo el negocio,
valiéndose de administradores, y, por último, lo liqui
dó de mala manera antes que se lo echaran por com
pleto a perder. No creo que si entrara usted en inves
tigaciones descubriera muchos pergaminos en mi ra
ma paterna; estoy más bien por pensar que fueron
gente pobre, pues mi padre, antes de casarse, era
maestro bodeguero, y sabía llenar de vino una bodega
con sólo que le pusieran agua a mano y le dejaran
mezclar polvos y tinturas, que él mismo preparaba
como si fuera químico de profesión. Esto no quita
para que fuera un caballero perfecto, como lo pro
bó cuando le vino la herencia. En menos que tardo
yo en decirlo se transformó como gusano que se
cambia en mariposa, y del bodeguero listo y de an
cha conciencia salió un señorón en el que no había
medio de descubrir la hilaza, y un hombre de bien
a carta cabal. Claro está que en materia de finura
nunca le llegó a mi madre al tobillo; pero con sólo
que mi madre consintiera el casarse con él, está di
cho que mi padre era un hombre de mérito. Esto
es todo lo que le puedo decir de mi linaje.
—Le doy a usted las gracias por sus informes
—dijo el cura—. Usted no sabe el interés que tienen
para mí estos estudios, que a otros les parecen cosa
de pasatiempo. Es curiosísimo averiguar, como yo
he averiguado, el origen de muchos apellidos de
esta comarca, casi todos los cuales proceden de Cas-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
71
tilla y de Galicia. Así, por ejemplo, mi apellido, que
es Chiroza, viene de un Quiroga gallego. Vea usted
qué cambios ortográficos tan caprichosos. Yo he
encontrado Quirugas, Chirugas, Quirozas y Ghirozas, y todos, todos no son más que variantes del
apellido originario, adulterado por la m ala pronun
ciación de la gente del pueblo. Le repito a usted que
es interesantísimo el estudio de las genealogías.
De vuelta a casa del cura, despidióse de él Pío
Cid, y se fué a visitar a los Tomasines, que eran hi
jos y nietos del Tom asín primitivo, capataz de Los
Castaños en tiempo de los C id es; no tardó en averi
guar que el difam ador de Rosarico era hijo de Blas
Tomasín, e inmediatamente formó propósito de em
plear su influencia en beneficio de la buena m ucha
cha. Pío Cid conocía muy bien el terreno que pisa
ba, y le bastó cruzar algunas palabras con Rosarico
para comprender que la criatu ra estaba enam orada,
y m ás aún que enamorada, gravem ente compro
metida.
— Si hubiera sólo un pique amoroso— pensó Pío
Cid— , Rosarico hubiera entrado conmigo en el pue
blo por darle cantaleta a su n o vio ; esto lo sabe ha
cer hasta la mozuela más ram plona y palurda. Cuan
do temió que la vieran es que él es el que m anda,
y un hombre sólo m anda cuando la m ujer ha per
dido los estribos. Así, pues, las difam aciones del
Tom asín debían tener m ás de verdad que de m enti
ra, si no se apresuraba la boda, corría Rosarico g ra
ve riesgo de salir con un sietemesino.
Esta negociación m atrim onial, que para otro se
ría asunto despreciable e indigno de fijar en él la
atención, era para Pío Cid más im portante que su
72
ÁNGEL GANIVET
elección; porque le había gustado ver a Rosarico
venir a buscar agua para que sus padres ancianos
pudieran roer los garbancejos.
—Aquí no hay más que un arreglo—se decía Pío
Cid— : para que Blas Tomasín ceda, hay que ce
garle por el interés, porque otro lenguaje sería mú
sica celestial. A mí no me quedan ya más que unos
cincuenta duros, y si abro la mano voy a tener que
volver a Madrid de limosna; pero por algo se dice
que donde mucho hubo, algo queda; ahora recuer
do que, cuando vine la vez anterior, el registrador
me habló de la compra de los censos que mi familia
tenía. Yo entonces no le hice caso, y los dichosos
censos me van a prestar hoy un brillante servicio.
Esto que decía Pío Cid era verdad, pues, según
parece, doña Concha, que consintió en venderlo
todo, no quiso enajenar los censos, porque le había
oído decir a su madre que era lo único que restaba
del antiguo señorío que los Cides ejercían sobre Aldamar, y que había que conservarlos eternamente,
si era posible, aunque no se cobrara, como no se
cobraba, el canon anual. Hay que advertir que,
aunque los censos eran más de cien, muchos se ha
bían transconejado en los registros, y los que que
daban eran el que más de catorce reales al año, y
algunos consistían sólo en una gallina. Pero aunque
la renta fuera de un millón de reales, Pío Cid la
hubiera regalado: tal era el despego que tenía a la
propiedad; y aunque la renta fuese de unos cuan
tos ochavos, los Tomasines la aceptarían con júbi
lo por el prestigio señorial que a ella iba anejo. No
se anduvo Pío Cid con medias palabras, sino que al
ver a Blas Tomasín y a su hijo, a los que tuvieron
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
73
que ir a buscar al campo para que vinieran a ha
blar 'qon su amo antiguo, les estrechó las manos
muy campechanamente y les dijo de buenas a pri
meras :
— Estoy muy disgustado con vosotros, en particu
lar con este mozuelo, porque no he hecho más que
llegar, y ya me he enterado de que anda por ahí po
niendo por los suelos a una muchacha muy decente
y a la que debíais tener más consideración, siquiera
por ser hija de un buen hombre, que ha pasado casi
toda su vida en el cortijo con todos vosotros. Esto
es indigno, y como yo no tolero que se cometan in
dignidades donde yo estoy, he decidido, y lo haré
sin demora, regalarle a Rosarico los censos que
tengo aquí perdidos y que representan al año un
puñado de duros. Ya verás tú cuando se sepa si
acuden como moscas los golosos. Así los habrá—
agregó Pío Cid, juntando las yemas de los dedos, y
uniéndolas y separándolas muchas veces con gran
presteza— , así los habrá, y tú te vas a quedar con
tres palmos de narices. No me extraña— prosiguió
con indignación aparente, puesto que sabía que la
causa estaba ganada—que tu hijo le dé como le da
a la sin hueso, porque todos los Tomasines habéis
sido siempre muy largos de lengua, y «de casta le
viene al galgo el ser rabilargo» ; pero al ñn, tu hijo
es todavía una criatura sin reflexión, y tú eres el
que debías corregirle, y si no lo haces, eres peor
que él. Quizás te extrañará que yo me tome tanta
calor por lo que no me va ni me viene; pero me
va en ello más de lo que os podéis figurar, y punto
redondo. Conque pongamos las cartas boca a rrib a ;
yo no he dicho todavía a nadie mi pensamiento; si
74
ÁNGEL GANIVET
este caballerete se casa con la Rosarico, ya sabéis
cuál es mi regalo (le boda; así, nadie tiene que decir
que el matrimonio ha sido por interés; si no, yo
haré lo que me parezca, sin dar más explicaciones.
— Don Pío, me ha dejao osté atortoiao— dijo Blas
Tomasín— . Bien sabe Dios que lo que yo siento más
en el mundo es que osté reniegue de nosotros, y la
verdad, me ha dejao osté jecho un pan. Empués de
tanto tiempo sin verlo, que tenga yo que oír lo que
oigo... Vamos— exclamó encarándose con su hijo— ,
quítate de elante, bandío, que maldigo jasta la hora
en que te di el ser que tienes. Yo le juro a osté, don
Pío, por estas cruces de Dios, que no sé ná de esas
jablaurías, naíca, se lo juro cien veces pares.
— No hay que echar maldiciones— dijo Pío Cid— ,
porque algunas veces alcanzan. Lo que hay que ha
cer es reparar el mal que se ha hecho; y cuando un
hombre le quita el crédito a una mujer, debe casar
se con ella: si es verdad, por ser verdad, y si es
mentira con mayor razón.
— ¿Qué dices tú a esto?— preguntó Tomasín a su
hijo— . Habla, hombre, que paeces una lechuza con
esa cara tan espantá.
El muchacho no contestó nada, porque no quería
descubrir la comedia de su padre, que era el que se
había opuesto a sus relaciones con la hija del tío
Rogerio y el que le había lanzado en el camino de
las difamaciones, medio que suele producir buenos
resultados para arreglar bodas imposibles.
— Yo le conozco en la cara— dijo Pío Cid— que está
arrepentido de su mala acción, y que si le dejan se
casará con Rosarico sin replicar.
— Yo por mí— añadió el padre— , jago lo inesmo
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
75
que Pilatos. Los hijos han de casarse a su gusto,
para que, si les sale mal, se aguanten y no vengan
luego con dolamas.
—Pues entonces no hay más que dar un sí o un
no—dijo Pío Cid, dirigiéndose al Tomasinillo— ; .con
testa de una vez, y sepa yo a qué atenerme.
—Yo—contestó el muchacho—no tengo más voluntá que la de osté; y si osté me dice que me tire
por un tajo de cabeza, me tiro, y cruz y luz.
—No se trata de mi voluntad, sino de la tuya—re
plicó Pío Cid— ; y yo no te digo que te tires por un
tajo, sino que te cases con una mujer que ha sido
tu novia y que cuando lo fué sería porque te gus
taba.
—Me gustaba y me gusta, sí, señor—dijo el mu
chacho—, y me casaré con ella manque sea para ir
a pedjr limosna.
—Pues estamos hablando en tonto—concluyó Pío
Cid—, porque todos estamos de acuerdo. Y lo que
yo saco en limpio es que tú has hablado mal de tu
novia por vengarte de algo que ella te habrá he
cho, y que, aunque yo no hubiera metido mano en
el asunto, tu fin era casarte con la Rogerilla. Lo
único que has ganado es que ahora te vas a en
contrar con una ganga que no esperabas; casi es
taba por volverme atrás para castigar tus habladu
rías ; pero no, la promesa se cumple, y sin comerla
ni beberlo te alzas con los censos y me heredas sin
morirme. Tú debes haber nacido de pies.
Así terminó la notable entrevista y Pío Cid se fué
a casa de los Rogerios pasando antes por la del se
cretario, para que el tío Rentero le acompañase.
Entretanto, Blas Tomasín ponía a su mujer al
76
ÁNGEL GANIVET
corriente de Jo ocurrido, aunque ésta estab a y a
en autos, pues no h ab ía dejado de e n tra r y sa lir
con diversos pretextos, y al refilón h ab ía cogido
g ra n p arte del coloquio. Y cuentan las crón icas
que la m u jer de B las era ta n m al pensada, que
lo prim ero que le dijo a su m arido f u é :
—Esto te serv irá pa que veas que yo no me m am o
el deo, y que cuando yo te decía que entre el se
ñorito y la R oqueta hubo lo que hubo...
—No digas esatinos, m u jer—interrum pió B las— ;
si la Roqueta an d a b a ya por los c u a re n ta cuando el
señorito escomenzó a m ocear.
—Antes o em pués fué siem pre el señorito u n tuno
—replicó la T om asina—, y p erd ía el sentío en c u an
to que veía u n a s naguas. Yo no quieo que por m í
paezga nadie, pero la Roqueta era de las de m á ta la s
callando. ¿ P o r qué, si no, vam os a ver, iba don Pío
a regalar, así porque sí, la única propieá que le
quea? Si le tira la h ija es porque le tiró la m adre,
V no po n d ría yo las m anos en el fuego porque la
Rosarico no sea ¿quién sabe? hija...
— ¡Jesú, M aría y J o s é ! — exclamó B las— ; calla
esa boca, que h ay días que paeces u n escorpión.
—Yo lo que digo—insistió la T om asina—, es que
la Rosarico es la m ás fina de su casa, y que el aire
suyo es de señorío, que a los Rogerios no h ay por
dónde les venga.
—Mujer, no icías eso enantes—reflexionó B las—,
que no qu erías que tu hijo se c a sa ra porque la Ro
sarico era m u bestia.
—Como que no la h an educao—replicó la Tom asi
n a— ; pero eso ¿qué tié que ver con la fisonomía de
la cara?
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
7/
— Pus yo te digo — sentenció Blas para concluir
la conversación— que sería mucha honra emparen
tar con los Cíes, pero que la Roqueta ha sío siempre
una mujer honrá, y que lo que tú dices son figura
ciones.
Al mismo tiempo que los padres tenían estas ra
zones, el hijo corría como un gamo a casa de los
Rogerios. Vió a la puerta a la tía Roqueta y rodeó
un poco para entrar por la espalda de la casa, sal
tando un salve de saúcos que servía de cerca al co
rral. Allí encontró a Rosarico tendiendo unos tra
pos, y se abrazó a ella, diciéndole con el poco alien
to que le quedaba:
—Ya eres mi mujer, Rosarico. Ahora sí que va de
veras.
— Tú estás loco— exclamó ella, desasiéndose asus
tada.
— Lo que estoy— contestó Tomasín— , es que la ale
gría no me cabe en el cuerpo. No pienses que vengo
trastornao. Ha sío cosa de don Pío, el hijo de los
amos, que ha convenció a mi padre; y además ñus
regala los censos del pueblo pa los dos.
—Vaya, que me dejas pasmá— dijo Rosarico— .
Ese señor me ha traío hoy en su mulo dende la
fuente, y tié cara de ser un santo. Pero ¿cómo se
ha enterao?
— Se ha enterao — contestó Tomasín— , y le ha
echao a mi padre un sermón, que quisiera que hubiás estao allí, detrás de la puerta.
— Tu padre es un avaricioso— dijo Rosarico—y
habrá consentío por los intereses. Y a ti no debía
yo quererte ahora, y debía escupirte a la cara por
las perrerías que me has hecho.
78
ÁNGEL GANIVET
—Yo lo hacía pa que ñus casaran. No me guardes
rancuña.
—Toos los hombres sois unos pillos—insistió Rosarico—, y tú no te queas atrás.
—Güeno, mujer—dijo Tomasín—, vamos a contár
selo a tu madre, y pelillos a la mar.
La vieja Roqueta oyó la noticia haciéndose cru
ces, porque cuando supo por su hija la llegada de
Pío Cid, pensó ir a hablar con él y contarle lo que
ocurría, para que tomara cartas en el asunto y
obligase al Tomasín a tapar la falta antes que se
descubriera más y no hubiera medio de cerrarles
la boca a las gentes.
—No hay dúa—dijo la vieja—que el señorito Pío
tiene alguien que le sopla too lo que pasa, porque
esto paece cosa de brujería. ¡ Quién había de pen
sar la cabeza que ha sacao! Yo le di veces cuando
su madre lo criaba, y de chico paecía un tontorrón.
No tardó en presentarse Pío Cid, y tanto él como
el tío Rentero, fueron agasajados como príncipes.
La tía Roqueta le hablaba de tú por tú, porque ya
no podía acostumbrarse a llamarle de usted, aunque
le imponía Ja estatura y la larga barba del que ella
había visto en pañales. En cuanto a la Rosarico,
aunque ella no lo decía y procuraba parecer serena,
lo cierto es que no podía m irar a Pío Cid sin echar
se a temblar, no de miedo, sino de algo que andaba
muy cerca de la veneración. Hasta bien entrada la
noche estuvo Pío Cid con aquella pobre familia,
porque quiso esperar a que todos fuesen llegando,
para conocerlos a todos y echar un párrafo con el
tío Rogerio, con quien en su juventud había hecho
más de un viaje desde Aldamar a Granada. Tam-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
7’9
bién vino por la noche Blas Tornasín y su mujer,
y allí quedó concertada la boda y que desde el pri
mer domingo empezaran a correr las amonestacio
nes. Pío Cid encargó que le avisaran al notario, que
aunque lo era de Aldamar vivía en Seronete por
haberse casado allí con una ricacha, para otorgar
al día siguiente la escritura de los censos, y el tío
Rentero, que deseaba ver a su hija Polonia, se pres
tó a desempeñar la comisión.
Esta liberalidad de Pío Cid le fué provechosa,
porque en los breves momentos que habló con el no
tario se captó sus simpatías y le interesó, sin pre
tenderlo, en la contienda electoral. Según dijo don
Félix, que así se llamaba el notario, don Crispido,
el cura de La Rabióla, había metido el cisma en
Seronete, haciendo propaganda en favor de Pío
Cid, y al marcharse había dejado como jefe de los
anticañaveralistas a don Cecilio Ciruela, maestro
del pueblo, el cual estaba mal con las autoridades
porque no cobraba el sueldo hacía una infinidad de
años. Don Félix no era tampoco muy amigo de don
Carlos, y prometió espontáneamente votar él, con
todos sus amigos y dependientes, a favor de Pío
Cid, aunque éste le dijo que no le gustaba encizañar
a las gentes, y que así como le parecía muy mal que
don Carlos estuviese en Aldamar repartiendo dinero
y haciendo promesas imposibles, no le parecía bien
ir él al pueblo de su adversario a hacer trabajos de
zapa. Bien que estuviera distraído en sus asuntos
particulares, no dejaba de notar los manejos de sus
contrarios, ni que éstos estaban favorecidos abierta
mente por el alcalde, y solapadamente por el secre
tario, que se vendía como amigo de Pío Cid. Pero no
80
ÁNGEL GANIVET
se inquietó por ello, porque sab ía que sólo le fa lta
ban siete votos, y éstos los h a lla ría él al volver de
u n a esquina. Ram ón B arajas, por cu b rir el papel,
le hacía alg u n as reflexiones acerca de las funes
tas consecuencias que podía a c a rrea rle su a b a n
dono.
—La elección se aproxim a—le dijo—y h ay que
moverse. H ay que re u n ir a los electores y p ro n u n
ciarles u n discurso... Yo le d aré a usted la p au ta,
no porque usted la necesite, sino p a ra que sepa cu á
les son las aspiraciones del pueblo... El b a rrio alto
quiere que le pongan un estanco p a ra no ser
menos...
—Voto en co n tra del estanco—interrum pió Pío
Cid—. El fu m ar es un vicio tonto que no conviene
prohibirlo, ni tam poco fom entarlo. H asta a h o ra n a
die se h a b rá quedado sin fu m ar porque h ay a u n solo
esta n c o ; si se ponen dos, se fu m a rá m ás, y m ás di
nero se irá en humo.
—¿Y los cam inos?—preguntó B a ra ja s torciendo el
gesto—. E n u n a región em inentem ente agrícola...
—En u n a región em inentem ente agrícola—inte
rrum pió Pío Cid—, lo que hace fa lta es tra b a ja r
em inentem ente en el campo, y no in trig a r, que es lo
que usted hace.
—Don Pío, ¡por D ios!—exclamó B arajas.
—¿Cree usted—prosiguió Pío Cid—que yo he ve
nido a A ldam ar p a ra que usted juegue conmigo?
Sepa usted que la elección la ha hecho y a quien
puede, y que yo no tengo necesidad de usted. Sepa
usted que estoy enterado de que el alcalde, a quien
no he visto ni quiero ver, está de acuerdo con los
Cañaverales, porque don Carlos le h a ofrecido traer-
81
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
Je de Madrid un sombrero para su hija, para que
vaya a Granada estas fiestas del Corpus.
—Eso es verdad—interrumpió B arajas—, y es
cierto también, y usted quizás no lo sepa, que le ha
ofrecido, además del sombrerillo, un cinto de siete
hebillas, igual que otro que don Carlos tiene, y que
dice que lo compró en Madrid, en la calle de Pre
ciados. Ya ve usted si estoy ai corriente de todo, y
este detalle del cinto es quizás lo que más ha deci
dido a don Federo, porque está disgustado de tener
un buche que hasta le molesta para andar.
—Pues razón de más—dijo Pío Cid—para que yo
no quiera verle; porque no me gustan los hombres
buchones.
—¿Y el juez municipal?—preguntó B arajas—. Ese
está por usted y ha venido dos veces a buscarle.
—Ese es un mal sujeto—contestó Pío Cid—, y se
me ha puesto no recibirle. Y, en resumidas cuentas,
le he dicho a usted, y le repito, que la elección está
ya hecha y que no necesito de ustedes.
—No son ésas mis noticias—dijo el socarrón de
B arajas—. Yo creía que le faltaban a usted algunos
votos y que la elección se ha de decidir aquí..., por
que con Serenóte no hay que contar para nada.
—¿Y cree usted—preguntó Pío Cid—que los con
tados votos que me faltan no los tengo yo seguros
sin salir de la familia de los Tomasines, que es más
larga que una soga? Y aunque por sus trapacerías
de usted no obtuviera yo aquí ni un voto, ¿no es
mucho hablar eso de que con Seronete no hay que
contar para nada? ¿Cree usted ser el único trapalón
que hay en España, y que Aldamar tiene el privi
legio de las miserables envidias contra sus propios
6
82
ÁNGEL GANIVET
hijos? Lo mismo que ustedes me harán a mí una
trastada por ser yo de aquí, en Seronete se la harán
a Cañaveral por ser él de allí. Lo natural sería que
los pueblos apoyasen a sus hijos, y no a los del
vecino; pero quiere decir que si apoyan a los del
vecino. y no a los suyos, como todos caen en la
misma falta, lo que se pierde por un lado se gana
por otro, y no hay por qué lamentarse. Para termi
nar, amigo Barajas, porque este tema me incomoda:
yo sé que usted hace a dos caras, y le comunico,
para que luego no le coja de nuevas, que si gano
la elección le quito a usted la secretaría. Al alcalde
no le haré nada a pesar del buche, porque siquiera
es franco y me hace la guerra a cara descubierta;
pero a usted le quito la secretaría, y si no, al
tiempo.
Con estas amenazas estaba el secretario que no
le llegaba la camisa al cuerpo; pero su amor a la
intriga era tal, que no se decidió a jugar limpio.
Seguía de acuerdo con Cañaveral, y la noche antes
de la elección quiso hacer ver que echaba el resto
por Pío Cid, y reunió en su casa a los amigos de
éste para obsequiarles con un gran convite, en que
hubo vino y aguardiente en abundancia. Para ame
nizar la fiesta, aparte el discurso que él había pre
parado, quiso que hubiera intermedio cómico, y tra
jo al tonto Almecina, que era la figura más popular
del pueblo y servía de instrumento de diversión al
grupo espiritista, de que era presidente el mismo
Barajas, aunque, a decir verdad, ninguno de los
agrupados sabía ni jota de espiritismo.
El tonto Almecina era una infeliz criatura de cer
ca de veinte años, que apenas representaba ocho o
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
83
diez de puro miserable y revejido que estaba; era
cojo y manco, medio ciego y medio sordo y algo tar
tamudo ; su familia lo había abandonado, y él an
daba rodando por las calles haciendo reír con sus
bobadas, a cambio de las que recogía de sobra para
com er; su única habilidad consistía en roer almecinas y tirar los huesos con un canuto de caña con
tal tino, que, aunque no tenía más que un ojo me
dio chuchurrido, donde ponía el ojo ponía el proyec
til ; de donde le vino el sobrenombre que tenía. Otro
de los motivos de su popularidad, además de su des
gracia, era la broma que los espiritistas habían
hecho correr, asegurando que Almecina era ni más
ni menos que Felipe II. Barajas creía en la metempsícosis, y decía que el alma de Felipe II había
transmigrado al cuerpo de aquel niño tonto y lisia
do, para purgar en la tierra el mucho mal que había
hecho la primera vez que en ella vivió y reinó. Sin
duda, le daba el corazón que en tiempo de Felipe II
él no hubiera podido ser secretario, y de aquí la in
quina que le tenía a aquel templado Monarca.
Vino, pues, el tonto Almecina, y Pío Cid, que no
sabía nada de él, le sentó en una silla a su lado,
y le preguntó que cómo se llamaba.
—Me lia... lia... llamo Allll... me... me... mecina.
—Ese es un apodo—dijo Pío Cid—. Te pregunto el
nombre y el apellido.
—No lo... lo... lo sé—tartamudeó el tonto.
—Dichoso tú—dijo Pío Cid—que no sabes siquiera
cómo te llamas. Y ¿qué es lo que tú haces? ¿Qué
eres?
—Yo... yo... yo...—tartamudeó el tonto—soooy Fe...
Fe... Fe... lipe se... se... segundo.
84
ÁNGEL GANIVET
— ¿Y cómo sabes eso?—preguntó Pío Cid.
—Porque lo... lo... icen—contestó el tonto.
—Por lo visto, a ti te han tomado como cosa de
juego—dijo Pío Cid—. Bien podían enseñarte algo,
que tú no eres tan tonto como pareces. Vamos a ver,
¿quién es el hombre más pillo de Aldamar?
—Don... don... don Ramón—repiqueteó el tonto
entre las carcajadas de la concurrencia.
Barajas rió también, pero estaba más corrido que
una mona, y más cuando Pío Cid se levantó, di
ciendo :
—Me voy a dormir, porque no me gusta divertir
me a costa de la infelicidad.
Y, en efecto, se retiró, y cuando subió a su cuarto
le dió al tío Rentero una camisa y unos calzonci
llos para que mudaran de ropa al tonto, que estaba
para que lo cogieran con tenazas.
No tardó en disolverse la asamblea alcohólicoelectoral, y entonces salió Barajas a avistarse- con
el bando contrario. Era cosa decidida que no hu
biera elección leg a l; de haberla, aunque Pío Cid
se dedicara a insultar a los electores, habría siem
pre muchos que votaran por él, porque era hombre
de esos que tienen buena sombra.
Barajas propuso el medio hé„bil para triunfar, que
era avanzar tres horas el reloj de las Casas Con
sistoriales, reunirse a las seis o antes los amigos de
confianza y volcar el puchero, es decir, poner todos los
votos presentes y ausentes a favor de Cañaveral. Para
que no hubiera duda respecto a la hora, propuso
asimismo Barajas una señal segura. Francolín, el
hermano de Rosarico, era porquero del pueblo, y
recogía todas las mañanas los cerdos para llevarlos
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
85
al monte mediante una cantidad módica, que era de
quince cuartos por cabeza al mes. Antes que ra
yara el alba salía tocando su bocina por las calles
del pueblo, a cuya señal los vecinos daban suelta al
ganado. Barajas ideó que el toque de bocina sir
viera aquel domingo para convocar a los conjura
dos, y el pobre Francolín prestó inocentemente un
buen servicio a los enemigos del protector de su her
mana, por el cual decía él que si tuviera voto vota
ría cuarenta veces seguidas, aunque tuvieran los
marranos que quedarse en el pueblo. Todo salió a
pedir de boca, y no eran aún las seis cuando ya
estaba muñida la elección, en la que todo el pueblo
había votado por don Carlos, excepto Barajas, que
se abstuvo por prudencia inocente. Sin embargo,
Pío Cid lo supo todo porque se levantó muy tempra
no, y al notar cierto movimiento de gente, se asomó
a la plaza y vió el reloj que apuntaba cerca de las
ocho cuando apenas se veían los dedos de la mano.
Volvió a su casa, esto es, a la del secretario, pues
por no gustarle las novelerías no había querido
cambiar, aunque iba a comer a casa de sus conoci
dos. Se entretuvo en redactar la receta que había
venido elaborando aquellos días, y que en aquel
momento le salió de un tirón, y al punto de termi
narla oyó que el tío Rentero llamaba a la puerta del
cuarto.
—Adelante—dijo—; está abierto.
—Señor don Pío—exclamó entrando el tío Rente
ro—, ¿sabe su mercó que me paece que ñus la han
pegao?
—A buena hora se desayuna usted—dijo Pío Cid—.
A las seis estaba ya hecho el amasijo.
86
ÁNGEL
GANIVET
— ¡Y osté se quea tan fresco!—gritó el tío Rentero.
—Espere usted a que vengan noticias de Seronete,
y entonces hablaremos—dijo Pío Cid—. Ahora vá
yase usted a pasear, que creo que sube el secretario.
—Don Pío—entró diciendo éste—, aquí se ha co
metido con nosotros un atropello, porque de otro
modo no me explico lo que pasa. Pero ¿qué es eso?
—preguntó mirando los papeles que Pío Cid tenía
sobre la mesa, para ver si era algún escrito relacio
nado con la elección.
—No es nada—dijo Pío Cid, recogiendo los pape
les— ; es una comunicación al Observatorio Astro
nómico para que vea qué ocurre en este desgraciado
país, porque no comprendo cómo daban las ocho en
el reloj del pueblo mucho antes de que saliera el
sol. Algún cataclismo nos amenaza, y bueno es vi
vir prevenidos.
—Es que hoy está nublado—dijo Barajas, que no
las tenía todas consigo.
—Está raso como un pandero—dijo Pío Cid—, y
el nublado es usted. Si no fuera por consideración
a que estoy en su casa, le tiraba por la ventana de
un puntapié.
—Yo le juro a usted—dijo Barajas—que no he in
tervenido en la elección, y si aparece mi voto en
ella, que me corten el cuello.
—Hemos terminado la conversación—dijo Pío
Cid—. Cuando sepamos lo que ha pasado en Sero
nete hablaremos.
A eso de mediodía llegó un propio enviado por
don Félix con una carta para Pío Cid, en la que el
notario le daba cuenta de la elección en estos tér
minos casi telegráficos:
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
87
«Muy señor mío y muy distinguido am igo: Ape
nas terminada la elección le envío estas líneas, es
critas a la ligera, para decirle que de los 60 votos
del censo, 27 han votado por usted, y el resto por
Cañaveral. La elección, intervenida por mí, perfec
tamente legal, y don Cecilio se ha portado brillante
mente. Celebraré haber contribuido a su triunfo y
que honre con su visita a su amigo afectísimo y ser
vidor, q. b. s. m., Félix Caro y Fernández.»
Pío Cid dió la carta al secretario, que estaba pre
sente y se la comía con los ojos, y al dársela le d ijo :
—Aunque rebaje usted veinte votos, me quedan
bastantes para que usted se quede sin la secretaría.
Barajas devoró el mensaje, lo dejó caer de lae
manos, comenzaron a flaquearle las piernas, y, por
último, cayó de rodillas, diciendo:
—Señor don Pío, usted es un hombre de corazón
y no puede ensañarse en un infeliz que no le ha
hecho ningún mal.
—Yo tengo el corazón más duro que una piedra
cuando quiero—dijo Pío Cid—, y no me ablandará
usted aunque llorara más que Jeremías. No es que
me ensañe con usted. Esto lo hago yo con la misma
indiferencia con que me comería unos huevos fri
tos. Lo que quiero es castigarle a usted, y le casti
garé.
— ¡Me va usted a quitar el pan de mis hijos!—im
ploró Barajas más pálido que un muerto.
—Trabaje usted en el campo, que buenos brazos
tiene. La región es eminentemente agrícola. Usted
no tiene ambición ni se dejaría sobornar por dinero,
le reconozco esta virtud; pero con usted no valen
ni advertencias, ni consejos, ni sermones, porque
88
ÁNGEL GANIVET
está enviciado en esos trapaleos, que le engordan
más que el comer; usted no aspira más que a ser
secretario y hacer ver su influencia por medio de
sus manejos ocultos. Yo le he conocido a usted el
punto sensible, y en ése le voy a herir para curarle
radicalmente. Le veo a usted como a una zorra que
se ha cogido el rabo en una trampa, y en vez de
compadecerme me dan ganas de pegarle cuatro
palos. Levántese usted y no se humille más, porque
cuanto haga es inútil.
Dicho esto, Pío Cid se volvió al mozo de don Félix
y le dijo:
—Tome usted ese duro por el recado, y dígale a
su amo que muchas gracias, y que ya voy para allá.
Luego le encargó al tío Rentero que aparejara los
mulos y que le esperara a la entrada del camino
de Seronete, a la sombra de las tapias del cemen
terio, adonde él iría después de despedirse de sus
amigos.
Poco antes de dejar Pío Cid la casa de Barajas,
dicen que se le presentó la mujer de éste, la cual
estaba embarazada, con la barriga hasta la boca,
y gimoteando se hincó de rodillas, con las manos
cruzadas, sin acertar a decir ni una palabra.
Pío Cid la levantó y se la llevó a lo más hondo
del aposento, y en voz. baja le dijo:
—No se sofoque usted, buena mujer, que todo lo
que le he dicho a su marido ha sido para meterle
miedo a ver si se mejora. Bastara que yo hubiese
dormido una noche bajo el mismo techo de uste
des para que, aunque fuesen bandoleros, me guar
dase de hacerles ningún daño. Pero a fin de que la
píldora surta el efecto apetecido, júreme usted, por
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
lo que lleva en el vientre, que hasta pasados cinco
días no ha de decir a su esposo esto que yo le estoy
diciendo.
—Yo se lo juro a usted—dijo la pobre secretaria
sin hacérselo repetir.
—Creo en su juramento—dijo Pío Cid—, y ahora
sólo me resta encargarle que aconseje bien a su ma
rido, porque lo que hoy es broma pudiera ser veras
más adelante si él sigue con sus mañas.
No se sabe si el juramento fué cumplido, aunque
se cree que no se había apartado Pío Cid cien pasos
de Aldamar cuando Barajas estaba en el secreto,
porque la mujer no tuvo alma para verle sufrir las
torturas que el desdichado sufría pensando en la
hora fatídica en que la palabra cese sonaría en sus
oídos como las trompetas de Jericó. También hay
quien afirma que no es cierto que se presentase a
Pío Cid la mujer del secretario, ni siquiera que
estuviese preñada a la sazón, aunque solía estarlo
con frecuencia, sino que al llegar Pío Cid a Seronete,
el notario, que sabía lo ocurrido porque su criado
se lo refirió, le dijo que no debía ser tan duro con
el pobre Barajas; entonces fué cuando Pío Cid des
cubrió que su idea había sido sólo hacer pasar un
mal rato a aquel tunante, pero que nunca le qui
taría el puesto, porque cualquiera otro que le suce
diera sería peor que él, pues la maldad no estaba
en Barajas, sino en el país, que cría naturalmente
hombres de ingenio fértil, que, faltos de cultura y
de buena dirección, se desahogan en las pequeñas
intrigas de campanario. Y se dice también que don
Félix envió otro mensaje a Barajas diciéndole que
había influido para que Pío Cid desistiera de sus
90
ÁNGEL
GANIVET
ideas de venganza y que la secretaría no corría pe
ligro; con lo cual Barajas, agradecido, resolvió
al vuelo un expediente que don Félix había formado
para quedarse con ciertos terrenos de realengo que
lindaban con otros de su propiedad. Así, don Félix
no perdió sus trabajos electorales, y Aldamar salió
ganancioso, porque aquellos terrenos, antes baldíos,
fueron metidos en labor por el nuevo propietario.
Sea cual fuere la versión que se acepte, lo cierto
fué que, después de despedirse de sus amigos, sin
permitir que ninguno le acompañara, se encaminó
Pío Cid al sitio convenido con el tío Rentero. Antes
de emprender el viaje quiso ver por última vez su
panteón fam iliar; y como no era cosa de ir a buscar
las llaves, saltó por encima de las tapias del cemen
terio, con tal destreza, que ni siquiera tocó en el
caballete. Estuvo un rato viendo el sepulcro, y no
rezó ni se entristeció, y sólo se le ocurrió pensar:
—Cuando yo vuelva a este pueblo no seré yo el
que venga, sino que me traerán muerto para ente
rrarme.
Luego volvió a saltar la tapia, se montó en su
mulo y echó a andar, mientras decía el tío Rentero:
—Salta su mercé lo mesmo que un tigre.
—¿Usted sabe lo que es un tigre?—preguntó
Pío Cid.
—No los he visto—contestó el tío Rentero—, pero
se me esfigura que son unas alimañas de las que
tienen más juerza.
El camino de Seronete cruzaba lo menos una le
gua por medio del inmenso cortijo de Los Castaños.
Pío Cid pasaba por allí como si no conociera el te
rreno, y el tío Rentero, que lo notó, no pudo conte-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
91
nerse, y después de tragarse la palabra varias veces
la soltó al fin, y, limpiándose los ojos llorosos con
el pañuelo rameado que para este uso llevaba, dijo:
— ¡Válgame Dios, don Pío, que debe su mercé de
tener el corazón de piedra mármol cuando pasa por
estos sitios sin que le jaga mella el verlos! Yo no
he sío el propietario, y estuve aquí antiyer en lo
alto de aquella loma, y cuando vía toda esta dixtensión de terreno, y too de la mejor caliá, cuasi se
me enrasaron los ojos en agua. Yo no sé cómo premite Su Divina Majestá que estas fincas salgan de
manos de las güeñas familias pa que las arrecojan
cuatro agoniosos, que no son encapaces de jacer una
virtú a naide.
— Todo tiene su fin en esta vida, y lo que parece
malo es mejor a veces que lo bueno—dijo Pío Cid— .
Antes había quien usaba humanamente de la pro
piedad ; ahora llegan los que la desacreditan; más
tarde vendrá quien la suprima.
—No he comprendió a su mercé—dijo el tío Ren
tero.
—He dicho que la sociedad, sin saber lo que hace,
trabaja para destruir la propiedad, porque para
destruir una cosa hay primero que desacreditarla.
Hoy la propiedad se va concentrando en manos de
ciertos bribones, que pretenden sacar de ella más
de lo debido; y este mal traerá algún día un bien,
que será que no quede un propietario para un re
medio.
—Pero ¿cree osté, don Pío—preguntó el tío Ren
tero asustado—, que se pué vivir sin propieá?
— ¿Cómo que si se puede?—dijo Pío Cid— . Pues
¿yo no vivo sin propiedades, y me va divinamente?
92
ÁNGEL GANIVET
Y usted, ¿qué propiedad tiene? ¿No vive usted de
su trabajo?
—Eso es verdá—dijo el tío Rentero.
— Su huerta de usted—continuó Pío Cid—mantiene
a dos familias: a ustedes, que trabajan, y al amo,
que cobra la renta sin trabajar. Supongamos que
la huerta es de la ciudad y que ésta cobra la renta.
Su amo de usted tendría que trabajar para vivir,
con lo que nadie perdería nada, y la ciudad tendría
ese dinero y mucho más para emprender grandes
obras, en las que tendría ocupación todo el que qui
siera trabajar. Así nadie pasaría hambre, y las
obras que se fueran haciendo, hechas quedaban.
—Es osté encapaz de golver loco al lucero del
alba—dijo el tío Rentero—. Eso que osté dice paece
mesmamente el Evangelio.
En este substancioso coloquio, del que no se dice
más que lo apuntado por amor a la brevedad, lle
garon a Seronete. Pararon en casa de la Polonia,
y de allí fué Pío Cid a la del notario, a quien halló
con su mujer, que era una señora algo basta, pero
muy guapetona, y con don Cecilio, el maestro de
escuela, comentando la elección, satisfechísimos
porque don Carlos había entrado en Seronete echan
do sapos y culebras, había abofeteado al alcalde por
inepto y había dicho que iba a prender fuego al
pueblo por los cuatro costados; lo cual indicaba
claramente la derrota de los Cañaverales y la im
portancia decisiva de los veintisiete votos que sin
gran molestia habían reunido los amigos de Pío
Cid. Después de los saludos dió el notario amplia
explicación de lo ocurrido por la mañana, congra
tulándose de que las manipulaciones ilegales de
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
93
don Carlos en Aldamar hubieran quedado sin efec
to merced al esfuerzo de los seronetenses; a lo cual
contestó Pío Cid, diciendo:
—Ahora más que nunca siento ser quien soy, por
que lo que ustedes han hecho por mí merecía que
el candidato triunfante no fuera yo, que tomo estas
cosas a beneficio de inventario, sino un hombre de
combate, que adquiriese prontamente una gran in
fluencia y les recompensara el interés que con tanto
desinterés se han tomado.
—No hay que hablar de eso—dijo don Cecilio— .
Aunque usted no volviera a acordarse de mí en toda
su vida, yo me alegraría de haber contribuido a su
triunfo. Bien se dice que no hay enemigo pequeño,
y que hasta las hormigas se vuelven para morder.
Aquí se estaban divirtiendo conmigo los Cañavera
les, y yo ahora gozo viéndolos humillados; ¡así
reventaran por un i jar!
—Pero ¿qué daño le han hecho a usted esos se
ñores—preguntó Pío Cid—para que tanto encono
les tenga?
—Me han hecho—contestó don Cecilio—todo lo que
pueden hacer. ¿Qué más que no pagarme el sueldo
y tenerme sumido en la miseria en que vivo?
— ¿Y qué razón tienen para no pagarle?—pregun
tó Pío Cid.
—Ninguna—contestó don Cecilio— . Dicen que
como no va ningún niño a la escuela, no hace falta
maestro. Ya ve usted qué lógica. ¿No van alumnos
a la escuela? Oblíguenles a ir, y si no, no tengan
maestro; pero mientras lo tengan, páguenle. Esto
es claro como la luz del sol.
—Lo que yo no veo tan claro—dijo Pío Cid—es
94
ÁNGEL GANIVET
que usted siga en este pueblo. ¿Usted no es de aquí?
¿Tiene familia?
—No, señor—contestó don Cecilio— . Soy hijo de
Santafé, y he estudiado en Granada. Pregunte usted
por don Cecilio Ciruela, y sabrá si no he sido tan
buen estudiante como el primero, y si no he saca
do esta escuela a pulso, sin conocer a nadie del
Tribunal que juzgó mis oposiciones.
—Pues bien— dijo Pío Cid—, repito que no com
prendo que siga usted aquí; comprendería que, si
tuviera usted alumnos, siguiera aunque no cobrara,
por amor a la pedagogía, y comprendería mejor aún
que, si cobrara usted sus haberes, siguiera, aunque
no enseñara, por amor al dinero; lo que no me cabe
on la cabeza es que esté usted aquí sin enseñar y
sin cobrar, porque, yo que usted, hace tiempo que
hubiera cerrado la escuela y me hubiera hecho
maestro ambulante.
— ¿Qué quiere usted decir con eso?—preguntó don
Cecilio, aturdido ante la lógica inexorable de Pío Cid.
—Muy sencillo— contestó Pío Cid—. Ya que no
pueda darle a usted otra cosa, voy a darle algo que
para mí vale más que una fortuna; voy a darle
una idea.
— ¿Cuála?—se apresuró a preguntar don Cecilio.
—Cuál se dice, según la Academia—contestó Pío
Cid—, aunque usted hace admirablemente en decir
cuála, pues así se dice en nuestra tierra, y además,
©s muy justo que cuál sea el macho y cuála la hem
bra. Y ahora voy a explicarle mi pensamiento.
El caso de usted no es único; son muchos los
maestros que viven en la miseria, sin que haya re
medio para este mal crónico de nuestro país. ¿Qué
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
95
hacer? Ahondar en este fenómeno y descubrir, como
yo he descubierto, que la causa de esa obstinación
con que se desatiende al magisterio no es otra que
el deseo de transformarlo en instrumento de la re
generación nacional. Supóngase usted, amigo don
Cecilio, que todos los maestros de España que se
hallan en el caso de usted tuvieran la idea, deses
perados ya, de abandonar los pueblos en que no
hacen nada útil, dedicarse a recorrer la nación y a
esparcir a todos los vientos la semilla de la ense
ñanza. Esto sería muy español; este profesorado
andante haría lo que no ha hecho ni hará jamás
el profesorado estable que tenemos. En nuestro país
no se estima ni se respeta a quien se conoce, por
mucho que valga. Usted sale a la plaza de Seronete,
y se pone a predicar en favor de la instrucción o a
enseñar algo de lo mucho que debe saber, y es seguro
que no le harán caso. Vaya usted por todos los
pueblos de la provincia haciendo lo mismo, y verá
cómo acuden á escucharle y a favorecerle, quién con
dinero, quién con especies. ¿Cómo, dirá usted, es
posible que en nuestro siglo subsistan estas formas
de enseñanza, que parecen confundirse con la men
dicidad? Sí, señor, es posible, y hasta que reaparez
can no adelantaremos un paso. Bajo nuestro cielo
puro y diáfano, como el de Grecia, gran parte de
la vida requiere aire libre, y nuestro afán de regla
mentarla y meterla bajo techado, lejos de fortale
cerla, la va aniquilando poco a poco. No hay des
honra en la mendicidad; pero en todo caso, el men
digo es el que pide, sin dar, en cambio, más que un
«Dios se lo pague» ; el que pide tocando la guitarra
y cantando romances es un artista popular, el único
96
ÁNGEL GANIVET
artista conocido del pueblo pobre que no va a los
teatros, y el maestro que enseñara en la plaza pú
blica, como yo aconsejo, sería el maestro nacional
por excelencia. No faltarían murmuraciones y críti
cas de parte de los espíritus pequeños, rutinarios;
pero éstos se ensañaron también con los artistas y
filósofos que formaron el alma de Grecia y que le
garon su nombre a la posteridad. No hay nada tan
bello como el Omnia mea mecum p o rto ; correr libre
y desembarazadamente por el mundo, ganando el
pan de cada día con nuestros trabajos. ¿No conoce
usted la anécdota del naufragio del poeta Simónides?
— ¿Qué anécdota es ésa?—preguntó don Cecilio,
impresionado por el latinajo de Pío Cid.
—Se cuenta—dijo éste—que en un viaje que hizo
por mar, la nave en que iba naufragó. Todos los
pasajeros acudían a recoger sus riquezas para ver
si podían salvarlas; muchos se ahogaron abrazados
a ellas, y algunos las tuvieron que abandonar para
ganar a nado la próxima orilla. Simónides vió im
pasible la catástrofe, y se echó al agua sin llevar
más que lo puesto, que no valía gran cosa. Y cuando
le preguntaron que dónde dejaba sus riquezas, con
testó que todas sus riquezas las llevaba siempre
consigo. Los náufragos que escaparon con vida se
encaminaron al pueblo más cercano para que los
socorrieran; y al llegar, vieron todos con asombro
que Simónides comenzó a recitar sus poesías por las
calles y que el pueblo se lo disputaba para tener el
hipnor de albergar a tan ilustre huésped. Todos fue
ron acogidos por lástima, pero Simónides lo fué por
su propio mérito. Un hombre de talento que tiene
St
LOS TttABAJOS DE PÍO CID
el arranque de despreciar las riquezas y arrojarlas
lejos de sí si las tiene, recibe en el acto una riqueza
mayor, la que da la fe en sí mismo; porque esta fe
es el germen de todas las grandezas humanas.
Atónito escuchó don Cecilio estos razonamientos
del candidato triunfante por Seronete, y más ató
nitos quedaron él y don Félix cuando le oyeron el
discurso que siguió. Porque Pío Cid había manifes
tado deseos de dar las gracias a sus electores, y don
Félix había dispuesto obsequiarles con algunos vasos
de vino. Todos eran trabajadores del campo, ex
cepto tres: dos cuñados del mismo don Félix y el
escribiente de la notaría, que era ex secretario del
Municipio, y acudieron al llamamiento con puntua
lidad. Los dos cuñados comieron con Pío Cid y don
Cecilio en casa de don Félix, y después de la comida,
a eso de las ocho de la noche, salieron todos a un
portalón grandísimo que la casa tenía, donde los
electores campesinos se habían ido reuniendo. Pío
Cid les saludó uno por uno dándoles la mano, y
les preguntó sus nombres y algo de sus familias.
Luego, entre trago y trago, hubo conversación ani
mada sobre la política del pueblo, y cuando toda la
asamblea estuvo suficientemente caldeada, el dipu
tado electo tomó la palabra y dijo:
—No tenía yo escrito en mi libro que. hubiera de
venir a Seronete a dar las gracias a los electores
que me han sacado triunfante; yo soy de Aldamar,
y a los aldamareños les correspondía ayudarme,
aunque yo no he solicitado su apoyo, como tampoco
he solicitado el vuestro. Yo siento que mi triunfo
ponga de manifiesto que este pueblo está dividido
en bandos, que luchan sin verdadero motivo para
7
ÁNGEL GANIVEf
luchar; pero yo no soy responsable de esta división,
sino los que la han promovido con sus desaciertos.
Y ya que hay razón, según parece, para rebelarse
contra el cacique de este pueblo, más noble es rebe
larse que no seguir sometidos por temor a sus de
masías, y más noble sería impedir que el cacique
las cometiera, haciéndole ver que una gran fortuna
no basta para dominar a un pueblo cuando los ha
bitantes tienen dignidad y entereza. Lo primero en
el hombre es la dignidad; si no se puede vivir dig
namente en este pueblo, váyanse a otro, y luego a
otro si es preciso; y si no encuentran en ninguno
trabajo y respeto, que es lo menos a que tiene dere
cho un hombre, les queda aún el recurso de emigrar
a otros países. La patria puede exigir mucho de sus
hijos, pero no puede exigir que sacrifiquen el ho
nor; más vale abandonar la patria que deshonrar
la ; una nación que cría hijos que huyen de ella
por no transigir con la injusticia es más grande por
los que se van que por los que se quedan. Pero esto
es hablar del último extremo en que puede verse un
hombre de bien; esto lo digo sólo para taparles la
boca a los que dicen que cuando a hombre rico o
poderoso se le ocurre ser amo absoluto de un pue
blo, el pueblo no tiene más remedio que someterse;
esto lo dicen los cobardes; los valientes, los que le
tienen poco apego a la vida, no se someten nunca.
Mueren, pero no se someten. Si vosotros estáis do
minados, es por vuestra culpa, porque mostráis
deseos de salir de vuestra condición, y el que se
propone explotaros os conoce la flaqueza, y os coge
por ahí, y se burla de vosotros. Van a poner un
nuevo estanco, o a nombrar un nuevo peatón, en una
los TRABAJOS t>E PÍO CTT»
99
palabra, van a dar puestos y credenciales, y todos
aguzáis las orejas. El ideal es escurrir el bulto al
trabajo útil y dedicarse a esas faenas que vosotros
llamáis nininanas. Y el que ha conseguido librarse
del trabajo, piensa ahora en trasladarse a la capital,
y el de la capital a la corte. Porque todos sabéis
que el trabajo más inútil es el mejor pagado, y que
lo último que se puede ser en este pobre país es
trabajador del campo. Pero lo que vosotros no de
béis olvidar es que el Evangelio dice que los últimos
serán los primeros; y yo os voy a decir, para que
lo sepáis, que vosotros sois los primeros en la vida
del país, no porque seáis los más útiles, que esto os
podría tener sin cuidado, sino porque sois los más
felices, los más humanos y los más grandes. No hay
edad más dichosa que aquella en que el niño está
mamando, en que para él no existe más gloria que
estar colgado del pecho de su madre; y no hay
condición más feliz que la del hombre que vive ape
gado a la tierra, madre de todos, recibiendo de ella
la vida en pago de sus esfuerzos. El niño, por su
desgracia, no puede ser siempre niño; pronto em
piezan a salirle los dientes, y con ellos comienzan
los sufrimientos; y después de las enfermedades
viene algo peor, los desengaños; luego la vejez y
la muerte irremediable. El campesino puede vivir
eternamente en la venturosa infancia; no estará
libre de sufrimientos, ni de envejecer y morir; pero
mientras vive no pierde el calor de su madre, y
cuando muere, deja hijos que viven como él vivió.
Los que habitan en las ciudades se puede decir que
habitan en el aire, y en un aire malsano; viven
dando vaivenes, fin nada firme a qué agarrarse, y
100
ÁNGEL GANIVET
mueren con la tristeza de dejar tras de sí una ge
neración que empieza por donde ella acaba, y que
ha de sufrir mucho más que ella ha sufrido. Hay
hombres grandes que llegan a conocer con su espí
ritu el espíritu que llena todo el universo, y que no
necesitan vivir ligados a la tierra, porque han ha
llado otra tierra espiritual, una nueva madre que
les dé abrigo y protección; pero estos hombres son
contados en el mundo; los más abandonan la tierra
sin tener nada a qué ligarse, y viven en las ciuda
des como pájaros presos en la jaula. Cuando llega
un desengaño, la falsedad del amigo, la traición de
la mujer, la injusticia del mundo, ese hombre sin
ventura se halla entre las cuatro paredes de un tris
te cuarto, y si echa a andar por las calles de la
ciudad, quizás no halle, entre centenares de miles
de hombres, uno solo a quien confiar sus penas. Así
se oye hablar todos los días de infelices que se ma
tan o que pretenden tomar venganza de sus mise
rias, promoviendo revoluciones o cometiendo aten
tados espantosos con instrumentos inventados ex
presamente para destruir la sociedad. Vosotros no
estáis libres de calamidades; pero si alguna cae so
bre vosotros, tenéis siempre abiertos los horizontes,
y por poco que reflexionéis, al espaciar la vista por
estas campiñas tan hermosas y hacia estas gigan
tescas montañas, todos los males y todas las injusti
cias os parecerán pequeños comparados con esta
grandeza. Aun para el hombre más desgraciado,
para el que ha perdido el amor y la fe, hay siempre
una religión indestructible: la de la tierra. Y ¿quién
sabe si esa felicidad que se espera que ha de venir
de los cielos a la. tierra no irá más seguramente de
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
101
la tie rra a los cielos? P orque de la tie rra no salen
sólo m inerales ni b ro tan sólo p la n ta s ; salen ideas
y brotan sentim ientos, que si vosotros supierais re
cogerlos como recogéis las cosechas, os en señ arían
m ás que todos los libros de los hom bres. O jalá que
esta tie rra que, g irando sin cesar, nos va descu
briendo las estrellas innu m erab les del firm am ento,
nos lleve algún día a otros puntos del espacio, donde
brillen estrellas nuevas y nos ilum inen ideas m ás
h u m a n a s ; pero m ien tras tanto, así como rezáis,
si lo rezáis, el P ad ren u estro p a ra pedir el p an de
cada día, debéis re z a r tam bién u n a nueva oració n :
la M adre nu estra, p a ra ro g a r a la tie rra que recom
pense con los frutos de su seno inagotable el es
fuerzo de los que en ella tra b a ja n .
Cuando Pío Cid term inó su discurso, ninguno de
los concurrentes tuvo n a d a que decir, aunque a to
dos se les conocía que estab an im presionados, au n
a los que, por ser m ás torpes, no h ab ían com pren
dido con clarid ad el pensam iento del orador. Don
Félix le felicitó, diciéndole que si h ab lab a en el
P a rlam en to con la m ism a serenidad y lim pieza con
que acabab a de h ab lar, no ta r d a r ía en ser orad o r
famoso y en calzarse u n M inisterio, o cuando me
nos, u n a Dirección. Don Cecilio estaba orgulloso del
acierto que h ab ía tenido en tr a b a ja r por el triunfo
de un hom bre que se expresaba con tan to desahogo,
y que parecía calzar m uchos puntos a ju zg ar por
las m uestras. Los cam pesinos estaban confusos, y
sólo uno de ellos, llam ado B artolo Rodríguez, tuvo
alientos p a ra d e c ir :
—Si el señor se h u b iera dedicao a la Iglesia, con
cu atro serm ones como ése lo ja c e n arzobispo.
102
ÁNGEL GANIVOT
Poco tardó en disolverse la reunión, porque Pío
Cid dijo que quería descansar para emprender al
día siguiente su viaje a Granada. Se despidieron
todos de don Félix, y cada mochuelo se fué a su
olivo. Aunque el notario puso empeño en que Pío
Cid no se fuera a dormir a casa de la Polonia, don
de lo pasaría muy mal, él no quiso causar más mo
lestias, y se retiró también, despidiéndose como para
no volver, puesto que tenía pensado dejar el pueblo
muy de mañana. La hija del tío Rentero preparó
las alforjas para el camino, recibiendo en cambio
cinco duros que Pío Cid le dió para que se soco
rriera, y al amanecer salieron los dos viajeros de
Seronete, tomando el camino de Júbilo, en dirección
de la Sierra.
—Señor don Pío—dijo el tío Rentero después de
un buen rato de silencio—, yo no le be querío decir
na a su mercé, pero creo que se acordará de que por
este lao vamos a la Sierra.
—A la Sierra vamos—contestó Pío Cid—. Se me
ha puesto la idea de que no he de volver vivo por
estos parajes, y quiero por última vez subir a estas
montañas. ¿Cree usted que se podrá cruzar al otro
lado y volver a Granada por el camino de los ne
veros?
—Hombre, como poer, too se pué en el mundo
—contestó el tío Rentero—. Trempanillo es pa subir;
yo he subió siempre pa Santiago. Bien es verdá que
este año ya se han bajao cuasi toas las nieves... Va
mos a tener un verano seco.
—Pues no hay más que hablar—dijo Pío Cid—.
Haremos dos buenas cam inatas: pasaremos por Jú
bilo de largo, y nos detendremos en Tontaina dos
LOS TRABAJOS DE P ÍO C ID
103
o tres horas para que los mulos tomen un buen pien
so, y después seguiremos hasta las faldas del Veleta.
Aunque se nos meta la noche no hay cuidado, porque
hace luna. Tengo el capricho de subir al Picacho
a ver salir el sol. Usted no tiene que subir, sino que
se queda con los mulos más abajo, en el sitio que más
le guste.
— Su mercé me perdonará—dijo el tío Rentero—,
pero lo de encaramarse al Picacho me paece una temeriá. Y menúo fresquecillo que habrá, y empués los
ventisqueros.
— Si cuando estemos allí veo que la subida es pe
ligrosa, no subiré—dijo Pío Cid—, porque no me
gusta ser temerario; no hay que huir del peligro,
pero buscarlo tampoco, por aquello de que «el que
busca el peligro, en él perece».
Cerca de las diez de la noche serían cuando llega
ron a las faldas del Veleta, a un sitio donde el tío
Rentero sabía que había unos corrales cercados, he
chos de pizarras, donde se podía pasar la noche al
abrigo del viento, bien que aquella noche, por fortu
na, sólo soplaba una ligera brisa. Durante el camino
no tuvieron encuentro bueno ni malo. Aparte la pa
rada en Tontaina, se detuvieron dos veces para me
rendar, y todo el día lo pasaron muy agradablemen
te. El tío Rentero se desahogó a su gusto contando
sucesos de su vida, y Pío Cid le escuchaba con gran
atención, como si no tuviera nada en que pensar,
aunque pensaba mucho en las peripecias de su ex
cursión y en lo que aún tenía que hacer antes de re
gresar a Madrid a descansar de sus ajetreos. Descan
saron, por fin, de la larga jornada; y aunque los
famosos corrales, que sin duda debían servir de gua-
104
ÁNGEL GANIVET
rida a los pastores que vienen en verano, estaban
arruinados y no eran más que montones de piedras,
el tío Rentero arregló un poco uno de los rincones, y
con algunas lajas grandes formó una especie de te
chado, bajo el que extendió las enjalmas de las bes
tias y su desmedrado capote, que en aquellas cir
cunstancias valía tanto como un colchón de plumas.
Pío Cid le dejó hacer, y sólo le advirtió que anduvie
ra con cuidado al mover las piedras, no fuera a pi
carle alguna víbora de las que por allí es frecuente
hallar. Luego se apartó unos cuantos pasos en busca
de unas neveras que estaban algo más arriba, y si
guiendo el curso de un arroyo llegó al sitio donde el
arroyo nacía, de un quieto remanso acariciado por el
continuo gotear de la nieve. Entonces sintió el deseo
de bañarse en aquella pila, cuyo fondo de granos de
arena, al través del agua pura y tranquila, y a la
luz clara de la luna, parecía una labor de primoroso
mosaico. El tío Rentero, que vino a ver en qué se en
tretenía su amo, comenzó a hacer grandes aspavien
tos cuando le vió desnudarse y meterse en aquel
agua friísima.
—Por vía de Dios, señor don Pío—le dijo—, que
esto no se debía consentir. Cualisquiera diría que no
está osté bien de la cabeza. ¿No ve su mercé que eso
es un agua crúa que traspasa lo mesino que una espá? Yo he metió na más que la mano, y se me ha
quedao acorchá, que cuasi no la siento.
—Es un baño corto—contestó Pío Cid saliéndose
del agua y comenzando a vestirse—. Ahora doy un
buen paseo y como si tal cosa. Y nadie me quita ya
el gusto de haberme limpiado el cuerpo de todo lo
que se me haya podido pegar en los días que he an.-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
105
dado por aquí. Si usted supiera historia, mejor es
que no la sepa, sabría que la gente antigua, cuando
se iba de un lugar donde no lo había pasado muy
bien, tenía la costumbre de sacudir las sandalias
para indicar que no quería llevarse nada, ni polvo.
A mí me parece mucho mejor tomar un baño, por
que el agua es el mejor medio de purificación.
—Pero esa agua no es agua—dijo el tío Rentero—,
es nieve líquia; y Dios quiera que su mercó no coja
un pasmo que ñus dé que sentir.
—Lo que ocurre—dijo Pío Cid echando a andar—
es que estoy más fresco que una lechuga, y ahora
vamos a dar un paseo. Yo no quiero acostarme, pues
pasada la media noche voy a subir al Picacho; el
tiempo ya ve usted que no puede ser mejor.
Disponíase Pío Cid a emprender la ascensión, cuan
do el tío Rentero le retuvo, diciéndole que él no se
quedaba solo ni tampoco le dejaba ir, pues había
sentido que les rondaban los lobos.
—Usted está viendo visiones—dijo Pío Cid— ; aho
ra no viene un alma por estos parajes, y no sé qué
van los lobos a buscar aquí.
—Esos malditos—replicó el tío Rentero—ventean
de cien leguas, y andan por aquí, no hay dúa, por
que las bestias están soliviantás.
—Pero ¿usted cree que hay lobos todavía?—pre
guntó Pío Cid—. Yo he leído muchas historias de lo
bos, pero no los he visto nunca más que en los mu
seos. Zorras sí he visto, y hasta he cogido alguna.
—Hay lobos—contestó el tío Rentero—, y no se
ría su mercó; osté no los ha visto, como yo, atacar
a un pueblo, y tener todos los hombres que salir
con escopetas pa ahuyentarlos..
lofi
ÁNGEL GANIVET
—Pero dicen—argüyó Pío Cid—que atacan a las
bestias antes que a los hombres; y en caso de que
vinieran aquí, con apartarse un poco y dejar que
se coman los mulos, no creo que les quedaran ganas
para comernos a nosotros.
—Pronto lo vamos a ver—exclamó con voz azo
rada el tío Rentero—. La Virgen Santísima ñus val
ga, porque los lobos están aquí mesmo. Mire su mer
có—añadió en tono muy bajo—aquella loma que tie
ne unos picos; una miajica a la dizquierda, ¿no ve
su mercé un bulto?
—Lo veo—contestó Pío Cid—, y veo también que
se mueve.
—El Señor ñus favoreja—clamó el tío Rentero.
—No hay que asustarse—dijo Pío Cid—. Somos dos
hombres contra un lobo. Yo no tengo armas, pero
usted tendrá alguna.
—Tengo ésta—contestó el tío Rentero, sacando de
la faja un pistolón antiguo, de los de chimenea—,
ahora verá osté...
Alzó el gatillo y quitó el mixto para ver si la chi
menea estaba bien cebada; volvió a colocar el ful
minante y apuntó un gran rato hacia el bulto ne
gro, que se movía de vez en cuando, y del que se
percibían claramente dos a modo de orejas muy
largas; dejó caer el gatillo, y sonó un chasquido,
no mucho mayor que el de un eslabonazo en un pe
dernal.
—Más vale que guarde usted esa pistola—dijo Pío
Cid, oyendo el gatillazo—, no sea que el lobo se en
tere de que nuestras armas funcionan mal, y alige
ren más a venir.
—No lo tome osté a broma—dijo asustado el tío
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
107
Rentero—, que lo peor es que un lobo no va nunca
solo, y que ese que está ahí debe ser el guión de la
maná, y si acúen toos ñus van a jacer trizas. Me
jor sería levantar el campo...
—Eso de ningún modo—interrumpió Pío Cid— .
Yo he oído decir que con los lobos lo peor es huir.
Me apuesto a que ese que está allí se pasa la noche
olfateando sin atreverse a acometernos. ¿No tiene
usted más arma que esa desdichada pistola?
—Aquí tengo el cuchillejo que le di a osté enantes
—contestó el tío Rentero.
—Démelo usted—dijo Pío Cid, quien cogió el cu
chillo y lo desenvainó para examinai'lo— . Con esto
basta para escabechar una docena de lobos. Va us
ted a ver lo que yo hago para salir de dudas, por
que me parece muy tonto estar toda la noche miran
do a aquel bulto, que quizás no sea lo que nos figu
ramos.
—Lobo es—dijo el tío Rentero— , y si no, pierdo yo
el gañote.
—Si es o no es, pronto lo veremos—dijo Pío Cid,
echando a andar con paso firme hacia la loma,
mientras el tío Rentero le seguía con los ojos sin
atreverse a decirle que se volviera atrás.
Llegó Pío Cid a pocos pasos del temido lobo, y le
vió dar un salto ligero y salir huyendo como una
exhalación.
—Tío Rentero—gritó en voz muy alta para que le
oyera—, ¡no era lobo!
— ¿Qué era?—preguntó el tío Rentero.
—Una cabra montés—gritó Pío Cid—. Venga us
ted y verá los rastros.
—AJlá voy—contestó el tí,o Rentero, quien fué, en,
IOS
ÁNGEL GANIVET
efecto, a cerciorarse, como se cercioró, por las pi
sadas del animal, de que el lobo era cabra, y de que
las tiesas y horripilantes orejas eran cuernos in
ofensivos.
— ¿Ve usted—dijo Pío Cid—cómo lo mejor en to
das las cosas es acercarse para verlas bien?
—Eso es verdá—dijo el tío Rentero— ; mas si hu
biera sío lobo...
—Quizás hubiera buido más pronto que la ca
bra—contestó Pío Cid—. Todos los animales le te
men a un hombre resuelto... En fin, acuéstese usted
tranquilo, que yo, desde aquí me voy al Picacho.
—Mire su mercé que empieza a jacer frío—obser
vó el tío Rentero, a quien no se le había quitado
el susto del todo.
—Yo tengo calor—contestó Pío Cid.
Y sin más explicaciones volvió las espaldas y em
pezó a subir cerro arriba, procurando pisar en sitio
seguro para no hundirse en algún mal paso.
Iba Pío Cid decidido a no detenerse hasta llegar
al mismo Picacho, para llegar a tiempo de ver salir
el s o l; pero los pensamientos del hombre son muda
bles, y no había andado la mitad del camino cuando
comenzó a enfriársele el entusiasmo por el astro del
día.
—Después de todo—pensaba—, el sol no ha sido
nunca santo de mi devoción, y creo que esta ocu
rrencia de ir a ver cómo sale es un capricho infun
dado, o fundado en que, cuando yo era joven, vine
alguna vez, como vienen muchos ascensionistas,
inspirados por la curiosidad más que por el amor
a la Naturaleza. De entonces acá mi espíritu ha cam
biado tanto, que hoy, pensando con sinceridad, lo
1¿0S TRABAJOS DE PÍO CID
109
que a mí me inspira el sol es desprecio, porque su
luz, tan cantada por los vates, nos presta una vida
tan mísera como la que arrastramos. Años y aun
siglos hace que el sol alumbra en España para po
ner al descubierto nuestra decadencia y las ruinas
de nuestro antiguo poder, y para alumbrar este
cuadro más propia será quizás la luz opaca de la
luna...
En este punto de sus reflexiones se detuvo, y vien
do surgir por la cresta de la montaña la primera
claridad de la aurora, sintió que se apoderaba de
él un sentimiento inexplicable. No fué que le apa
reciera la visión blanca, que tanto debía influir en
su v id a ; fué más bien que tuvo el presentimiento
de la visión. Quizás se imaginó que detrás de la
montaña comenzaba a levantarse, allá por el Orien
te, el ideal de pureza, de amor y de justicia que
él no hallaba en el mundo, y este ideal le inspiró
una canción extraña, como todas las que brotaban
espontáneamente de sus labios, y que decía a sí:
Hija de Oriente, que sueñas
Oculta tras la montaña,
Despierta y oye amorosa
La canción de la m añana:
«Yo soy la noche que llora
Con las lágrimas
Que el sol al ponerse deja
Por doquiera
Que su rastro de luz pasa.
Tú eres la noche que ríe
Cuando el alba
Nace y disipa las sombras
Con las ondas
De su luz serena y clara.
\ÍQ
ANGEL GANlVtf#
Yo soy la sombra que corre
Desolada;
Amor que va ciego y mudo
Por el mundo,
Soñando en la niña blanca.
Presa entre dos resplandores
Va mi alma,
Que a la blanca niña busca
Sin que nunca
En la tierra pueda hallarla.
Sólo una vez a lo lejos
Vi a mi amada,
A altas horas de la noche
Por el bosque
Misterioso de la Alhambra.
Me acerqué, y no era la niña
De mis ansias;
Un rayo de luna era,
Alina en pena
Que por el bosque vagaba.
De un viejo sauce llorón
En las ramas,
Un ruiseñor solitario
Ha entonado
La canción de la esperanza.
Yo también saludo alegre
La alborada;
Hija de Oriente, despierta,
Y risueña,
Asómate a la ventana.»
No tardó el sol en coronar la cúspide del Picacho,
surgiendo majestuosamente como una evocación, y
esparciendo su cabellera rubia sobre las faldas ne
vadas de la Sierra. Pío Cid sintió nuevos deseos de
encaramarse en la cima para contemplar el vago y
confuso panorama de la lejana ciudad, entregada
aún al sueño, y la ancha vega granadina, cercada
IjOS trabajos de pío o d
iii
por fuerte anillo de montañas, recinto infranquea
ble como el huerto cerrado del cantar bíblico. Lue
go se sentó y se quedó largo tiempo absorto, con
los ojos fijos en las costas africanas, tras de cuya
apenas perceptible silueta creía adivinar todo el in
menso continente con sus infinitos pueblos y razas;
soñó que pasaba volando sobre el mar, y reunía
gran golpe de gente árabe, con la cual atravesaba
el desierto, y después de larguísima y obscura odi
sea llegaba a un pueblo escondido, donde le acogían
con inmenso júbilo. Este pueblo se iba después en
sanchando, y animado por nuevo y noble espíritu
atraía a sí a todos los demás pueblos africanos, y
conseguía por fin libertar a Africa del yugo corrup
tor de Europa.
— ¡Africa!—gritó de repente; y conforme el eco
de su voz, alejándose hacia el Sur, desde las costas
vecinas parecía repetir: ¡Africa!, se le iba pasan
do aquella especie de desvarío.
Muy entrado ya el día dejó su empinado observato
rio. El sol picaba de lo lindo, y la vega que antes
era un tranquilo Edén, ahora semejaba un lago de
luz, en el que, como barcos en el mar, se columpia
ban blancos pueblecillos, remontando ligeras co
lumnas de humo. Por fin, a eso de las dez llegó Pío
Cid adonde el tío Rentero le esperaba, el cual lo te
nía ya todo dispuesto para echar a andar.
— ¿Qué le parece a su mercé—le preguntó a su
señor— si fuéramos al cortijillo de la Muerte, que
está aquí a dos pasos?
— Iremos adonde usted quiera; pero ¿cree usted
que estará su hijo allí?
—La semana pasá—dijo el tío Rentero—estaba pa
112
ÁNGEL GANIVET
subir desde Las Puentes, donde jace la inverná.
Este año va alantaíllo.
—Pues vamos allá cuando usted quiera—dijo Pío
Cid.
Y allá fueron en menos de media hora, y halla
ron, en efecto, a Bernardo con su mujer y su nume
rosa parva, y aun es fama que Pío Cid aprovechó
la coyuntura para pedir que le hicieran gachas de
maíz con caldo, rojo como la grana, en el que na
vegaban unas guindillas tan picantes que sólo de
olerías se trastornaba el sentido. Las gachas eran
el plato favorito de Pío Cid, y no huelga por com
pleto consignar aquí este detalle por el valor que
pudiera tener en la complicada psicología de nues
tro héroe. Después de almorzar el tío Rentero apre
tó las cinchas a los mulos y los trajo a la puerta
del cortijo; montáronse los dos viajeros, y monta
dos ya, se despidieron de aquella infeliz familia, y
entonces el tío Rentero volvió a decir:
—¿Qué le paece a su mercé si siguiéramos esa verea y cayéramos más abajo de Quéntar?
—¿Qué tiene usted que hacer allí?—preguntó Pío
Cid.
—Lo digo—contestó el tío Rentero—porque pasa
ríamos por Dúdar, y allí tengo una hija que está casá
con un papelero.
—Vamos allá—dijo Pío Cid—; usted, por lo visto,
se ha propuesto abastecer de habitantes a casi to
dos los pueblos de España.
Fueron, pues, a Dúdar, adonde llegaron a la hora,
de alm orzar; y es fama asimismo que la Antoñuela,
la hija del tío Rentero, tenía dispuestas unas migas
que dejaban atrás las gachas de Bernardo, y que Pío
113
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
Cid las comió con mucho gusto, porque las migas
eran otro de sus platos favoritos. En Dúdar descansa
ron unas cuantas horas para dejar pasar la fuga del
sol, y a las cuatro de la tarde llegaron al fin a la
huertecilla del tío Rentero, sin que durante el ca
mino despegara Pío Cid los labios. Sólo al acercarse
a la capital, en un punto desde el que se veían unas
hazas de trigo con ramalazos obscuros y como afo
garados, se le ocurrió decir:
—Estos días ha corrido el solano, tío Rentero;
mire usted esos trigos, que parece que los han tos
tado en un horno.
—Abrasaícos están, abrasaícos — contestó el tío
Rentero, y siguió hablando de las peripecias del via
je, en particular de la aventura del lobo, que se le
había quedado muy bien grabada.
La tía Rentera preparó un soberbio potaje de ha
bas para obsequiar a su huésped, y éste comió el
potaje con tanta satisfacción como había comido las
gachas y las migas; por donde se infiere que era
hombre de buena boca, no porque comiera mucho,
sino porque comía todo lo que le guisaban. Ya era
bien entrada la noche cuando Pío Cid, acompañado
del tío Rentero y del hijo de éste, Celedonio, que
llevaba el pequeño equipaje, se presentó en su casa,
preguntando si había alguna novedad.
—No hay más—contestó Jesusa—que unas cartas
que están sobre la mesa de su cuarto.
—Haga usted el favor de dármelas—dijo Pío Cid.
Y cuando las tuvo en la mano las abrió y las ojeó
rápidamente, porque vió que las cinco cartas eran
de Martina, y temió que hubiese ocurrido algo que
motivara tan copiosa correspondencia. Rasgó y tiró
8
114
ÁNGEL GANIVET
los sobres y se guardó el haz de cartas en el bolsi
llo de la americana, diciendo con aire ligeramente
contrariado:
—Nuestro gozo en un pozo, tío Rentero. El día de
campo se queda para otra vez, porque mañana mis
mo o pasado, de madrugada, salgo para Madrid.
—¿Cómo es eso?—preguntó el tío Rentero—. ¿Ha
ocurrió alguna noveá?
—No—contestó Pío Cid— ; pero me urge ir para
ciertos asuntos. Ahora vamos aquí al lado, pues
pienso comprarle a usted un regalillo.
—Eso sí que no—dijo el tío Rentero— ; antes me
quee manco que tomar un chavillo partió por la mitá.
—Muy bien dicho—replicó Pío Cid—si yo fuera
a darle a usted dinero. Sus servicios de usted son
de amigo a amigo, y no se pagan con nada. Pero
yo quiero dejarle a usted un recuerdo, y usted mis
mo va a elegir lo que más le guste o lo que le haga
más falta.
—Como falta, como falta—dijo el tío Rentero—,
jacen falta muchas cosas; pero yo no quiero ser gra
voso, y con unos alpargates me doy por pagao; y
eso pa no despreciar a su mercó.
—Unos alpargates no valen arriba de seis reales,
y se le regalan a un mendigo.
—Quien dice alpargates, dice zapatos de becerro
—replicó el tío Rentero.
—Me gusta más—dijo Pío Cid—un regalo que no
sirva sólo para los pies, sino para todo el cuerpo.
El capote que llevaba usted en el viaje es un andra
jo, y lo que voy a comprar es un buen capote de
monte, para que cuando se líe usted en él parezca
un personaje.
L O S TRABAJOS DE PÍO CID
115
Doce duros costó el capote, y aunque hacía calor,
el tío Rentero se lo puso en el acto para dar más
golpe cuando apareciera por las puertas de su casa.
Y en cuanto a Celedonio, también salió ganando un
par de alpargatas, amén de otros cuatro pares más
para los hijos de Bernardo, que estaban descalzos
de pie y pierna. El tío Rentero se fué llorando, no
como él lloraba de costumbre, por el lagrimeo de
los ojos, sino llorando de verdad, por tener que se
pararse de un amo tan generoso.
Al día siguiente por la mañana vino Pío Cid a
buscarme para despedirse de m í; pero yo había tam
bién decidido volver a Madrid por haber recibido car
ta de Anita, en la que me decía estaba muy enferma.
Quedamos, pues, en irnos los dos en el coche de
Jaén, que salía por la noche, y en reunirnos por la
tarde con los amigos de la tertulia literaria cuando
él hubiese despachado los asuntos que tenía pen
dientes.
Desde mi casa se fué al penal de Belén, donde se
detuvo muy poco. Preguntó por el Director, y a fal
ta de éste, uno de los vigilantes, al saber el motivo
de la visita, dió orden de que inmediatamente vinie
ra el penado Gutiérrez al despacho de la Dirección.
—Conozco muy bien a ese penado—le dijo a Pío
Cid—, y es de los mejores de la casa y de confianza
absoluta; aunque le dieran suelta no se iría, por
que desea cumplir.
—Le advierto a usted—dijo Pío Cid con acento de
convicción—que me consta que ese pobre hombre ha
sido condenado injustamente y que he de gestionar
su indulto. Supongo que si pidiera informes los da
rían ustedes buenos.
116
ÁNGEL GANIVET
—Todo lo buenos que se pueden dar—contestó el
vigilante— ; esté usted seguro. Ya le digo que es de
los mejor notados de la casa.
Entró en esto el penado Gutiérrez, que se descu
brió, y, sin mirar apenas, comenzó a darle vueltas
a la gorra, hasta que Pío Cid se dirigió a él y le sa
ludó, dándole la mano y diciéndole:
—Me alegro de verle a usted tan bien de salud.
Parece que no le tratan mal aquí.
—No, señor—contestó Gutiérrez, el cual, en efec
to, estaba grueso y de buen color, y tenía más cara
de canónigo que de delincuente—. Si voy a decir la
verdad, cuasi que estoy aquí más bien que allá en
el pueblo.
—Hombre — replicó Pío Cid—, eso se me figura
que es ya decir demasiado.
—Le diré a osté—rectificó Gutiérrez—, de juro que
aquí se está más mal, porque no se tiene libertá y
aluego separao de la fam ilia; y la eshonra natural
de que digan que uno ha estao en un presirio. Pero
yo lo decía porque en el pueblo estaba siempre paeciendo del estómago, que, en cuanto que comía, me
tenía osté doblao y teniendo que meterme los puños.
Y aquí, como come uno el rancho a sus horas,
lo mismo que en un cuartel, sabe osté que he entrao
en caja y comería jasta jierro molío, tan y mien
tras que antes no podía jacer la cochura ni de un
miajón de pan. Cuando yo entré aquí estaba en las
guías. El señor me vió, y dirá si no venía que paecía que me acababan de esenterrar. Y ya ve osté lo
bien que me ha sentao esto.
—Mucho me satisface que así sea—dijo Pío Cid—,
porque en esto veo yo claramente que hay una justi-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
117
cia superior a la de los hombres. Los hombres le
han condenado a usted injustamente, y la Natura
leza le ha proporcionado a usted el desquite, puesto
que con el buen régimen que aquí se sigue, se le ha
arreglado a usted el estómago.
—¿Ve osté, don Ceferino — interrumpió Gutié
rrez, dirigiéndose al vigilante—, cómo es verdá lo
que yo decía? Me gusta que este caballero diga lo
que ha dicho pa que se vea que yo no soy un creminal.
—Lo malo es—agregó Pío Cid—que el castigo no
ha recaído sólo sobre usted, que, por lo visto, casi
ha salido ganando con que lo condenen. La más cas
tigada es la pobre mujer de usted, que tiene que
trabajar como una condenada para dar de comer a
los cuatro chiquillos. Aunque se dice que nadie es
responsable de las faltas ajenas, lo cierto es que,
cuando castigan a un hombre como usted, casado y
con hijos, la pena principal la sufre la mujer. Y vea
usted por dónde las injusticias son más temibles
por la cola que traen consigo. Pero, en fin, voy a
mi asunto... El haberle llamado a usted es para en
tregarle tres duros de parte de su mujer. Tómelos
usted y consuélese de su desgracia pensando en que,
no sólo se ha curado del estómago, sino en que tiene
una mujer que no se la merece.
—Eso es verdá—dijo Gutiérrez, tomando los tres
duros—, y yo no sé en dónde habrá escarbao mi
Josefa estos dineros. ¿Cómo ha sío el dárselos a
osté, manque sea mucho preguntar?
—Fué estando yo en Aldamar, de donde llegué ano
che. Parece que ahora, con motivo de las elecciones,
ha habido reparto de limosnas...
118
ÁNGEL GANÍVEf
—Y mi mujer y los chiquillos—preguntó Gutié
rrez— ¿están bien?
—Todos se han quedado muy bien—contestó Pío
Cid— . Yo estuve en su casa de usted con el tío Fras
co Rentero, a quien usted conoce, y allí lo único que
falta es que usted vuelva cuanto antes.
—En cuántico que cumpla—dijo Gutiérrez—salgo
pa allá como un cohete.
—Lo que no me parece bien—dijo el vigilante in
terviniendo—es que su mujer, que pasa tantos apu
ros, le envíe ese dinero, cuando usted tiene aquí al
gunos ahorrillos.
—Ha de saber osté—replicó Gutiérrez—que el di
nero lo pedí yo pa tabaco jace más de tres meses,
cuando no trabajaba. Y ahora no crea osté que lo
voy a tirar, que lo que yo quiero es juntar una güe
ña porra de duros pa mercar dos u tres borriquejos, y echarme al camino tan luego como salga de
aquí.
—Muy bien pensado—dijo Pío Cid—, y ¡ojalá sea
pronto! Y que algún día le vea yo a usted hecho un
arriero rico, con la mejor recua de la provincia.
Conque a pasarlo bien y a no torcerse.
Se retiró Gutiérrez después de saludar con gran
acatamiento al verse tan bien tratado, y Pío Cid se
despidió en seguida del vigilante, diciéndole antes
de s a lir:
—Si todos los presos lo pasan como Gutiérrez, le
aseguro a usted que éste no es un establecimiento
penal, sino un convento muy apetecible, donde se
vive retirado del mundo y sus engaños, bien comido
y bien dormido, y aun ahorrando para el día que
haya que abandonar la celda.
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
119
—Hay de todo—contestó el vigilante—. A algunos
hay que apretarles las clavijas, porque si no, no
habría medio de barajarlos; pero en general lo que
se dice de malos tratos, son cuentos de vieja. Si us
ted no estuviera tan de prisa vería todo el estableci
miento, y en particular el taller.
—¿Y en qué trabaja este Gutiérrez?— preguntó
Pío Cid.
—No sabía ningún oficio cuando llegó, porque ha
trabajado siempre en el campo, y aquí ha aprendi
do a hacer cosas de albardonería; en alpargatas es
en lo que más trabaja.
—Pues repito lo dicho—dijo Pío Cid sonriendo— ;
si por mi desgracia me ocurre encontrar a alguien
que merezca que le corten la cabeza, yo se la corto
sin temor y me hago fraile de esta nueva orden que
acabo de decubrir.
—Si así fuera—contestó el vigilante siguiendo la
broma—, a ver si viene usted a este convento. No se
le dará mal trato.
Desde Belén se encaminó Pío Cid a casa del go
bernador para despedirse de él y recoger la cruz
de plata que había ofrecido llevar personalmente a
la duquesa de Almadura, y de paso, para resolver
el asunto de su elección de un modo radical, a fin
de que no le ocasionara más molestias en lo sucesivo.
No fué su decisión improvisada, puesto que durante
su viaje de regreso vino reflexionando sobre ella, sien
do ésta la causa de que no se fijara en el paisaje,
así como en el viaje de ida tampoco se había fijado,
a causa de la famosa receta prometida a sus ami
gos. Y no está de más esta explicación, pues segura
mente no faltará quien me censure por no hallar
120
ÁNGEL GANIVET
en este relato ninguna descripción de los lugares
por donde fué pasando mi héroe, siendo así que yo
he debido atenerme a la verdad, y la verdad es que
él no hizo consideraciones de ninguna especie so
bre los terrenos que iba pisando. Sea que Pío Cid
amase más al hombre que a la Naturaleza, o bien
que por haber vivido en países tropicales y de vege
tación espléndida le pareciese pobre su país natal,
no obstante ser de los celebrados de España, está
fuera de duda que ni en esta ocasión ni en ninguna
otra se entusiasmó viendo las bellezas del paisaje.
A él le gustaban más las vistas que ofrece el espí
ritu del hombre, cuando se tienen ojos para verlas,
y quizás no veía en la tierra más que una buena
madre y fecunda nodriza del hombre, puesto que lo
único que en el viaje le llamó la atención fueron los
trigos muy granados, que prometían cosecha abun
dante, y los trigos abrasados por el solano, que anun
ciaban mala recolección. En el viaje de vuelta, pues,
y probablemente cuando subió al Picacho, decidió
retirarse a la vida privada antes de haber salido de
ella, y así se explica que las primeras palabras que
dijera a su amigo el gobernador, después de saludar
le, fueran las siguientes:
—Tengo que irme hoy mismo a Madrid y vengo
a recoger el encargo para la duquesa, y al mismo
tiempo a decirte que renuncio al acta de diputado,
y que si aún hay medio de dársela a Cañaveral, se
la cedo para que no haya nueva elección.
—Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado?—pre
guntó don Estanislao oyendo aquella salida de tono
inesperada.
—No me ha ocurrido nada—contestó Pío Cid— ;
L O S TRABAJOS DE P ÍO C ID
121
pero mi decisión es firme y mi deseo es hablar lo
menos posible de este asunto.
—Pues precisamente ayer—dijo don Estanislao—,
estuvo aquí Cañaveral, y me calentó un buen rato la
cabeza diciéndome que no se da por vencido y que
trata de hacer no sé qué para embrollar la elección
y para que, en caso de que se apruebe tu acta, se le
hagan a él, como dice, funerales de primera clase.
La derrota le ha llegado al alma, porque creo que
se ha gastado un dineral.
—Que haga lo que quiera—agregó Pío Cid— ; yo
no intervengo más en esto. Más vale cortar por lo
sano desde el principio. Yo me he dejado llevar, cre
yendo que la broma no tenía importancia, porque
en las ciudades estamos acostumbrados a que de
trás de los insultos vengan los apretones de m ano;
pero en los pueblos toman las cosas por donde que
ma, y una vez que Cañaveral no ha querido ceder y
ha apelado a toda clase de medios, lo único que yo
conseguiría sería avivar más la discordia y dar lu
gar a que el día menos pensado se cometiera algún
crimen. Figúrate que algunos de mis amigos de Aldamar querían prender fuego al Ayuntamiento cuan
do se enteraron de que la elección había sido hecha
a cencerros tapados y de que aparecían sus votos en
contra mía... Para seguir adelante sería menester
que yo tuviera ganas de pelea y me propusiera
aplastar a los Cañaverales, y a mí no me interesan
las luchas de este género, ni aunque luchara sacaría
mos nada en limpio, porque los partidarios míos no
son ni peores ni mejores que los del otro; en substan
cia, el cambio sólo serviría para que los abusos que
hoy existen siguieran cometiéndose en mi nombre.
122
Xngel ganiveí
—Todo eso me parece muy bien—dijo don Estanis
lao—, y sólo te ruego que cuando hables con don
Bartolomé de la Cuadra me pongas con él en buen
lugar, no vaya a creer que no he atendido su reco
mendación.
—Por este lado no tendrás nada que sentir—con
testó Pío Cid—, porque te advierto que esa recomen
dación es de compromiso, pues yo no he hablado con
el señor de la Cuadra más que dos veces, y no pien
so hablar más con él. El interés que haya mostrado
no es por mí, sino por don Adolfo Gandaria, que
me recomendó a él.
— ¿De modo — preguntó don Estanislao—que tu
protector es don Adolfo? Le conozco de sobra. Es un
tonto; más tonto que mandado hacer de encargo.
—Pues yo lo estimo en más que a don Bartolomé
—replicó Pío Cid—. Lo que tiene don Adolfo es que
se entusiasma fácilmente hablando de lo que no
sabe y se pone en ridículo, mientras que don Bar
tolomé es un hombre serio y grave, un tonto que
jamás descubre su tontería. Por eso el uno tiene
que contentarse con ser senador y votar, sin hablar,
desahogándose después en los pasillos, y el otro es
ministro y aun goza de gran autoridad.
—Hombre—dijo don Estanislao—, me extraña eso
que dices de don Bartolomé; todos le tienen por el
hombre de más esperanzas del partido.
—Y pueden tenerlo — añadió Pío Cid—, porque,
aparte su falta de luces, es un hombre formal y sin
cero. Sabe muy poco, pero lo sabe a machamartillo,
y lo que ignora lo cubre con frases hechas, que a
nada comprometen. Su idea de España es miserable,
y con esta idea, su política es la de dar largas; si
tos TRABAJOS úe pío cid
123
le encargan de gobernar el país no hará nunca
nada malo, aunque tampoco hará nada bueno, y
su inacción será preferible a la de los listos, que des
pués de no hacer nada, se aprovecharían de la si
tuación para llenarse los bolsillos. La cualidad esen
cial de un gobernante es la honradez, y don Barto
lomé huele a honrado, y por mi voto sería, a pesar
de su ignorancia, ministro universal y permanente
de nuestra nación... Pero dejémonos de críticas y
despáchame cuanto antes, pues tengo el tiempo ta
sado. Ya te dije que me tengo que ir esta noche.
—Pero al menos—dijo don Estanislao—hazme el
favor de acompañarme a almorzar. Por media hora
más o menos nada se pierde. La verdad es que me
has sorprendido con tu repentina determinación, y
si te vas sin más explicaciones, pensaré que no que
damos tan buenos amigos como antes lo éramos.
Quedóse Pío Cid a almorzar, y durante el almuer
zo refirió algunos detalles de su excursión electo
ral, con lo que se divirtió no poco el gobernador.
Pío Cid, cuando estaba de vena, era un narrador
habilísimo, que sabía describir los tipos y escenas
tan puntualmente y con rasgos tan gráficos, que el
que le escuchaba, por muy torpe que fuera, lo veía
todo mucho mejor que si lo presenciase. A don
Críspulo, el cura mal hablado, se le veía material
mente entrar por la puerta del comedor montado en
su pollino y arrojando profé.ticas maldiciones con
tra la sociedad moderna. Don Esteban Chiroza pa
recía estar a la mesa, entre Pío Cid y el gobernador,
hablando en tono resignado y con cara de pascua,
y moviéndose de vez en cuando en la silla por no po
der estar sentado a su gusto. El picaro de Barajas,
124
Angel
g an ivb p
concertando la terrible conjura electoral y dando
el cerdoso santo y seña que dió, era más bien que
secretario de Ayuntamiento, personaje de alguna
graciosa comedia. El profundo tonto Almecina; el
largo y cuco notario don Félix, y el famélico y per
severante maestro Ciruela, con algunos más, todos
fueron desfilando como salsa de aquel agradable
almuerzo. Don Estanislao se hacía cruces de que
en tan pocos días hubiera visto Pío Cid tantas co
sas, cuando él había estado en muchos pueblos de
España y nunca había visto más que gente vulgar,
que no tenía nada que ver con la que Pío Cid iba
describiendo.
—Sin duda — le dijo — hay hombres afortunados
que tienen la suerte de hallar en su camino aventu
ras entretenidas y novelescas, en tanto que otros
no hallan más que vulgaridad y prosa. A no ser
que las aventuras estén en nosotros y no en la rea
lidad. Quizás yo no hubiera visto nada de lo que
tú me cuentas por ir preocupado con los deberes de
mi oficio, y tú lo has visto todo porque no te im
portaba un rábano ganar la elección, porque, di
gamos la verdad, eres hombre de imaginación y ves
todo lo que te da la gana.
—No faltaba más—replicó Pío Cid—sino que aho
ra me dijeras que te he estado contando una sarta
de embustes en pago de tu buen almuerzo. Puedes
ir al distrito y ver si no es cierto todo lo que he re
latado. Lo del toque de bocina de Francolín ha co
rrido tanto que hasta ha salido en la Prensa de
aquí; me lo acaba de decir un amigo.
—Ese toque resonará, andando el tiempo, en toda
España—dijo don Estanislao. Y levantándose, co-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
125
gió una copa de vino y exclamó: —Brindo por el sis
tema parlamentario..., y adelante con los faroles.
Ya iba Pío Cid a retirarse, cuando le retuvo aún
la llegada de don Carlos Cañaveral, quien proba
blemente había sido llamado en secreto por el go
bernador. Era don Carlos un hombre de buena es
tampa, tipo acabado del caballero de pueblo. Aun
que iba vestido a la moda, su aire era algo tosco, y
su basteza se acentuaba viéndole los bigotazos ne
gros y grandes, como cuernos de toro. De toro de
mala casta tenía también el mirar cubierto y asos
layado, aunque en conjunto la expresión de su figu
ra era la de un hombre más terrible por su fuerza
física que por su perspicacia. Su traza era la de un
hombre de no muy largos alcances, muy bueno co
mo amigo y algo peligroso como enemigo. Pío Cid y
él se saludaron, y en la manera de saludar de Caña
veral se conocía que estaba ya algo enterado de la
retirada de su competidor.
—Siento no haber hablado con usted antes de aho
ra—dijo Pío Cid, mientras el gobernador se aparta
ba a un lado como para leer un periódico—, porque
quizás se hubiera usted evitado algunos malos ra
tos y el alcalde de Seronete las bofetadas que reci
bió por haber cumplido con su deber. Yo no tenía
ningún interés en la elección, y quien me decidió a
venir fué su primo de usted. Después he visto que la
enemistad entre ustedes era falsa, de lo que me ale
gro, y que me habían tomado a mí como juguete.
—No piense usted eso de ningún modo—interrum
pió Cañaveral—. Mi primo estaba en contra mía,
sólo que entre familia todo se arregla, y a última
hora, cuando yo vi la causa perdida, le hice cier-
ÁNGEL GANIVET
tas concesiones en un negocio que teníamos pen
diente, y entonces él cejó en su oposición.
— Sea como fuere—prosiguió Pío Cid— , yo desistí
ya de la idea de ser diputado y le dejo el campo
libre, y lo único que le digo es que si yo he triunfa
do sin esfuerzo por Seronete, es porque usted tiene
allí enemistades, y esto, en un pueblo de cuatro ve
cinos, en que usted es el amo, no habla muy en fa
vor de usted.
— No me diga usted nada— replicó vivamente Ca
ñaveral— , porque si yo fuera realmente el amo pon
dría una horca en la puerta de mi casa, y todos los
días colgaría de ella un vecino.
— Eso tiene un inconveniente— observó Pío Cid— ;
que a la semana se quedaría usted sin súbditos,
porque no es creíble que fueran allí de otras partes
por el gusto de ser ahorcados por usted. Y cuando
no tuviera usted súbditos, todo lo que posee usted
en el distrito no valdría un céntimo. Hay que ser
tolerantes con los que están debajo, porque si los
de abajo se mueven se cae el que está encima.
— Eso que yo he dicho es un decir— insistió Caña
veral— . Yo soy bueno por la buena, pero por la mala
no me dejo manejar por nadie, y en el distrito hay
algunos gallos a los que hay que cortarles la cresta.
— No hay tales gallos— replicó Pío Cid— , como no
sea en la imaginación de usted. El que ha decidido
la elección ha sido realmente don Cecilio Ciruela, y
este buen hombre no es gallo ni gallina, es un maes
tro que tiene exasperado el apetito porque por culpa
de usted no cobra su miserable sueldo. Páguenle us
tedes y eviten esas malquerencias. Le he dado a us
ted una observación en tono de amigo. Yo podría po-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
127
ner condiciones para ceder el puesto y no las pongo,
porque confío en la caballerosidad de usted. Sería
una gran cobardía de mi parte volver las espaldas
y dejar que usted se vengara impunemente de las
contadas personas que han votado por m í; yo no
vuelvo las espaldas, pues aunque no sea diputado,
escribo en uno de los periódicos más leídos de Ma
drid, y en cuanto supiera algo desagradable, los sa
caría a ustedes a la vergüenza pública. Hoy la
Prensa vale mucho—recalcó, en vista del efecto que
a don Carlos le producía la advertencia—, y una
pluma bien manejada vale más que una docena de
diputados.
—En eso que usted dice—contestó Cañaveral—re
vela que no me conoce. Yo soy incapaz de vengarme
del que está caído, y una vez que usted me cede el
distrito, yo lo doy todo al olvido y lo que haré será
trabajar por conseguir ciertas mejoras que hacen
mucha falta. Mis propósitos son los mejores, y si
usted tiene interés por el distrito por ser de él, yo
lo tengo mayor por ser de él y tener en él todos mis
bienes y vivir en él gran parte del año. Usted man
da allí gran fuerza por sus antecedentes de fami
lia, lo reconozco; pero yo tengo intereses en la ac
tualidad y me va más que a usted en que el distrito
prospere.
—Pues por eso principalmente se ha decidido a ce
der, según me ha explicado—dijo don Estanislao in
terviniendo—. Sólo que el señor Cid es un hombre
de buena fe, y quiere que su sacrificio no sea esté
ril, y que ya que él se retira y rompe con su tradi
ción de familia, a los que le sustituyan no lo echen
todo a leones. Yo le soy a usted franco; yo no ha-
128
ÁNGEL GANIVET
ría lo que mi amigo, porque quizás, en vez de com
prender su generosidad, busquen explicaciones tor
tuosas y atribuyan su retirada a motivos bajos;
habrá gente capaz de decir que ha renunciado por
que le han ofrecido algo en recompensa..., ¿quién
sahe? Aparte de esto, dicho se está que yo tengo
que consultar a Madrid antes de decidir la cuestión
en lo que de mí depende.
—Por eso no hay cuidado—dijo Cañaveral, que
estaba dispuesto hasta a cambiar de casaca si era
preciso para que el Gobierno le dejara salirse con
la suya—. Yo trabajaré la partida de acuerdo con
usted, y mi primo Romualdo echará el resto.
—No me parece difícil el arreglo—dijo Pío Cid—.
Pueden hacer ver que he sido yo el derrotado, y así
no hay renuncia ni tienen por qué sacarme el pe
llejo. En ñn, este asunto es de ustedes dos. Yo me
voy, que ya es tarde.
—Yo le ofrezco a usted todo cuanto soy y valgo—di
jo Cañaveral—, y sin necesidad de ser diputado, usted
manda en el distrito con sólo indicarme sus deseos.
Cerca ya de la puerta, con el sombrero en la ma
no y el estuche con la cruz de plata debajo del
brazo, refirió Pío Cid brevemente la historia del
penado Gutiérrez y la entrevista que con él había
tenido aquella mañana. Don Carlos, que era enemi
go personal del antiguo alcalde, autor del atropello,
se indignó oyendo el relato, y ofreció a Pío Cid tra
bajar con todas sus fuerzas para obtener el indulto.
—Nada, eso corre de mi cuenta y poco he de valer
si no lo consigo—afirmó por último Cañaveral, con
aire autoritario, retorciéndose y estirándose las so
berbias guías del bigote.
TRABAJO QUINTO
Pío Cid acude a levantar a una mujer caída.
«Mi adorado P ío :
»Me alegraré de que hayas hecho el viaje feliz
mente. Nosotras sin novedad, y yo deseando saber
de ti por horas y momentos.
»Te escribo sólo para que tengas noticias mías.
Aunque te dije que te escribiría cuando recibiera
carta tuya, no puedo esperar más, pues sólo hace
veinticuatro horas que nos separamos, y ya me pa
rece que hace un siglo que no te veo. Anoche no
pude pegar los ojos; ya veo que si tuviera que vivir
separada de ti me m oriría: puedes creerlo. La casa
parece que está tonta desde que te fuiste. Yo sólo
te encargo, una vez más, que no estés ahí más que
el tiempo preciso, pues sufro separada de ti. Tú te
ríes de mis cosas; puede que algún día te conven
zas de lo mucho que te quiero, por más que tú lo
sabes, y aunque te disgustas cuando te muevo gres
ca, me perdonas porque sabes que todo es efecto de
mi mucho cariño.
»Espero tu telegrama diciéndome que llegaste con
bien, y mañana te volveré a escribir. Escríbeme tú
también, pues así me parece que te tengo cerca de
9
130
ÁNGEL GANIVET
mí. No dejes de escribirme, que eres muy distraído,
y me darías muy malos ratos teniéndome sin noti
cias tuyas. A cualquier hora puede ocurrir una des
gracia, y si no me escribes me figuraré que te su
cede algo.
»Muchos recuerdos de mamá, de mi tía y primi
tas, y tú recibe un abrazo muy apretado de tu mujercita que te quiere mucho, muchísimo.—M a r tin a .
»Adiós. No dejes de escribir.»
«Pío de mi vida:
»No he tenido noticias tuyas, y estoy intranquila.
Siempre serás el mismo; parece que te duele es
cribirme. En fin, esperaré a m añana. Mamá dice
que no habrás querido telegrafiar porque escribirías
en el acto, y que la carta no llegará hasta mañana.
¡Ojalá sea así! Lo principal es que sigas bien. En
ésta todo sin novedad, aunque hoy ha habido un
disgustillo; ya te contaré cuando vengas. No es
nada de importancia.
»Desde que te fuiste no ha venido nadie. Pablito
dict que su hermano Florentino, el de San Sebas
tián, está para llegar de un momento a otro, por
que tiene asuntos en Madrid, y ha adelantado un
poco el viaje para asistir a la boda. Quizás será
para conocer a la familia. Mi tía dice que para este
caso quisiera que tú estuvieras aquí aunque de to
dos modos tiempo tendrá de conocerte el tal don
Florentino. Mi tía está arreglándolo todo para cuan
do tú vengas, y creo que anda buscando cuarto. Yo
en esto no digo ni bueno ni malo.
»El disgustillo que te decía es porque yo había
pensado trasladar nuestra habitación a la sala
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
131
grande, en vista de que estamos muy estrechos y de
que la sala no sirve para nada, pues no tenemos a
quién recibir, y los que vienen, aunque no vinieran
nada se perdería. Tu amigo Gandaria estuvo hoy
un rato oyendo cantar a Candelita. Mi prima no le
hace mala cara, pero él parece que tiene muchos hu
mos y querrá una princesa. ¡Valiente tipo!
»Te ruego y te suplico que me escribas con fre
cuencia, pues desde que estoy sola no pienso más
que en el momento de recibir tu carta, y luego que
si no me escribes parecerá que es que me quieres poco
y no te acuerdas de mí.
»Adiós, recuerdos de todos, un abrazo de mamá,
y sabes te adora y piensa siempre en ti, tu fea—
Martina.
»En otra te explicaré la distribución que he dado
a la casa, y verás cómo se está mucho mejor. Sobre
todo tú que tienes que trabajar, verás qué cuco te he
arreglado el despacho. Adiós.»
«Mi adorado e inolvidable P ío :
»Al fin recibí tu carta, y veo por ella que estás
ocupado y que piensas parar muy poco en ésa.
»No me dices si estás bien; no me dices nada; pa
rece que tengas tanto en qué pensar que no te que
de tiempo para escribirme, siquiera como yo te es
cribo, contándome algunos detalles de tu viaje y de
cómo estás. Si fuera para alguno de los tontos que
vienen aquí, ya escribirías las cuatro carillas y te
faltaría espacio, y a mí sólo me escribes cuatro ren
glones. En fin, qué se ha de hacer; paciencia; lo
principal es que sigas bien de salud. Por aquí bien,
y yo muy disgustada con unas cosas y con otras. Yo
132
ÁNGEL GANIVET
no he nacido para ser feliz; parece que me persigue
mi mala estrella por todas partes. Ahora que po
díamos vivir tranquilos, tú estás por un lado y yo
por otro, y yo tengo además que sufrir mil imperti
nencias. Dios quiera que esto acabe alguna vez,
porque yo siempre así no podría vivir. Además, en
el estado en que estoy, dice mamá que si caigo en
ferma me puede costar caro.
»Si mi tía te escribe diciéndote el disgustillo que
ha habido, no le des importancia. Cuando vengas
ya te lo contaré todo y verás que yo no he te
nido la culpa. Ha sido cosa de Candelita, que me
ha tomado entre ojos, y siempre está en contra
mía. Yo lo único que dije, fué: «A ver si ya que
Paca se casa con Pablo, Valentina se casa después
con Benito, y Candelita con Gandaria, y así cada
una se va a su casa.» Ya ves tú, dicen que esto es
que quiero echarlas a la calle, cuando yo te puedo
jurar que mi idea era sóio que se casaran las tres,
pues al fin son mis primas, y me alegraré de su fe
licidad. ¿No dicen que yo tengo coraje de que Paca
se case, porque yo estoy en la situación en que es
toy? Pues ahí verán que desearía que se casaran
todas.
»Sabrás que el amigo Ferré escribió que está for
mando una compañía de ópera, que trabajará en
Barcelona este verano. Mi tía le ha escrito para ver
si puede colocar a Candelita. Se irán las dos, y Va
lentina se quedaría con Paca. No sé lo que resulta
rá; ya sabes las ilusiones que mi tía tiene con el
teatro, y más que el profesor de Candelita dice que
él responde del éxito. Yo no veo las cosas tan cla
ras ; veremos lo que contesta el amigo Ferré.
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
133
»Yo estoy deseando que vengas para que tú des
tu opinión, no vayas luego a echarme a mí la culpa
si hacen algo sin que tú lo sepas. Te lo aviso para
que estés al tanto de todo lo que ocurre.
»Escríbeme mucho, y no olvides a tu mujercita
que siempre está pensando en ti y te quiere cada
día más, y desea verte muy pronto, tu—Martina.
»Un abrazo de mi madre. Te escribo a las mismas
señas: ya te enviarán la carta. Iba a ponerte las
señas del pueblo, pero no estaba segura, porque no
me lo has dicho, y puede que vayas antes a otros.
Dime adonde te he de escribir, y lo mejor es que te
vuelvas cuanto antes. Yo cada día estoy más triste
desde que estamos separados. Esto no es vivir.
Adiós.»
«Pío de mi vida y de mi alma:
»Ayer te escribí, y aunque no he recibido carta
tuya, te pongo estas cuatro líneas para decirte que
te vengas en seguida, pues estoy muy disgustada por
mil razones que te explicaré cuando estés aquí. No
creas que esto que te digo es hablar por hablar;
créeme que haces falta en ésta antes de que yo haga
algún disparate. Hoy he tenido una disputa con mi
tía : el porqué ya lo sabrás. No ha sido por lo de
antes, sino porque yo he echado a la calle a tu ami
go Gandaria, y mi tía me dice que esto es una falta
de educación, y que una señora no debe de proceder
así. Yo no admito lecciones de nadie y sé de sobra
lo que me hago. Cuando te enteres me darás la ra
zón. Me río yo de los amigos; ya te convencerás
de que para un hombre no hay mejor amigo que una
mujer que le quiera, pues todos los amigos son fal-
134
ÁNGEL GANIVET
sos, y no respetan nada en cuanto se les deja dos
dedos de luz. En fin, no ine queda tiempo para
más, pues quiero que mamá lleve ésta ahora mismo
al correo.
»Adiós, recibe muchos besos y abrazos y caricias
de tu fea, que te adora.—Martina.
»T e ruego y te suplico que te vengas en cuanto
recibas ésta, aunque dejes abandonados tus asun
tos. Todo eso que tienes entre manos es pura
tontería. Ya te diré lo que se me ha ocurrido, y
verás qué felices vamos a ser si tú quieres seguir
mis consejos. Adiós, otro abrazo muy fuerte de
1a. esclava Esma. ¡Dios sabe las que me estarás ju
gando !»
«P ío idolatrado:
»Dos días sin tener carta tuya y sin saber si si
gues bien ni dónde estás. ¡Nada! Como si te hu
biera tragado la tierra. Dime si tengo razón para
ofenderme, cuando yo sólo pienso en ti y sería ca
paz de hacer por ti los mayores sacrificios.
»Si no me contestas a ésta, creeré que te ha ocu
rrido alguna desgracia, y aunque sea empeñando
todo lo que tengo, me voy a buscarte. Esto no pue
de seguir así ni un día más por los disgustos que
sabes. Además, ya no tengo un cuarto, pues lo que
mi tía me dió, se ha acabado hoy mismo. Ella tie
ne, porque ha recibido la pensión de Murcia; pero
ahora guisa aparte para las cuatro, y mamá y yo
comemos solas. Se les ha puesto así en la cabeza;
¿qué se le ha de hacer?
»Si me veo muy apurada, empeñaré el relojito;
pero por Dios te encargo que no te entretengas ni
V
LOS TRABAJOS DE PÍO C ID
135
un día más. Ten siq u iera consideración por el es
tado en que me encuentro.
»Todo el día pensando en ti, y tú desde que te
luiste no me has escrito m ás que u n a s c u a n ta s lí
neas. Yo quisiera convencerte de lo m uchísim o que
te quiero y de lo que soy capaz de h acer por ti. Creo
que por tu cariño voy a h acer cosas m uy g ran d es
en el mundo. A hora estoy viendo a ver si acierto a
com poner algunos versos, porque sé que te g u stan .
He em borronado la m a r de papel, pero no me salen
a mi g u s to ; yo creía que e ra fácil h acerlos cuando
veía cómo los escribes t ú ; pero es m uy difícil, so
bre todo p a ra mí, que no sé. Ya me e n señ arás tú, a
ver si salgo poetisa, pues esto me g u s ta ría m ucho
m ás que el piano, que lo sabe to car todo el m u n d o ;
y adem ás que p a ra a p re n d e r a tocar bien, bien, h ay
que tener m ucha paciencia.
»Aunque te ría s de mí, te voy a p oner un verso
de los que he escrito hoy. Es u n a to n tería, pero lo
que digo lo siento de c o ra z ó n :
»Si dando mi vida, yo
salv ar tu vida p u d iera,
aun sufriendo atroz m artirio ,
con to d a m i alm a la diera.
»Te ruego m il veces que no te estés ah í con esa
calm a, que parece que no te a cu erd as de que yo es
toy en el m undo. Y luego p a ra n ad a, porque todo
eso no sirve p a ra n a d a ; pues yo tengo p en sad a o tra
cosa que nos conviene m ás que seguir en M adrid
como estamos. Ya te lo explicaré, y supongo que
será de tu agrado.
13f>
ÁNGEL GANIVET
»M amá te envía un abrazo, y yo toda mi alm a y
mi vida envuelta en un millón de besos de tu mujerc ita que te id o la tra .—Martina.
»Ya ves que no te escribo m ás porque no cabe.
No sé si enten d erás estos renglones cruzados. Sí
los entenderás. Adiós, feo mío.»
Así decían las cartas, y Pío Cid las leyó no se
sabe cu á n ta s veces con g ra n atención por ser las
p rim eras que M artin a le h ab ía escrito y parecerle
m uy superiores a lo que de ella p o d ría e s p e ra rs e ;
luego se q u ed ab a con ellas en la m ano m irán d o las
todas ju n ta s, que form aban un buen le g a jo ; y m o
viendo la cabeza como si se d iera la razón a sí m is
mo por algo que pen sara, o se la d iera a M artin a
por lo que h a b ía escrito, d e c ía :
—E sta terrib le c ria tu ra me h a puesto la casa p a
tas a rrib a en v einticuatro horas. H ay que ir sin
ta rd a n z a y ver si esto tiene com postura, que sí la
ten d rá. Desde luego M artin a no dice lo que h a ocu
rrido, pues por lo que ella dice no iba doña C ande
la ria a h acer lo que h a hecho. P o r poco ag u an te
que tuv iera h u b iera esperado m i regreso. En ñn,
bueno está por h o y ; m a ñ a n a se rá otro d ía y e sta re
mos todos en M adrid y verem os... Pero ese tonto de
G an daria... ¡B ah!
Después de la visita al gobernador volvió a su
c a sa ; arregló en un segundo su m aleta y se despi
dió, encarg an d o que la llevasen a la oficina de los
coches a la h o ra de salida. Vino a buscarm e y ju n
tos nos encam inam os, dando un paseo, a la fuente
del Avellano, donde aquella ta rd e h ab ía asam blea
lite ra ria . No e ra u n a reu n ió n casual, puesto que los
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
137
poyos de la famosa fuente Agrilla estaban ya en
aquella sazón lustrosos y un tanto desgastados de
prestar servicio a los literatos y artistas granadi
nos, que habían convenido en reunirse allí todas
las tardes para beber agua pura y fortaleciente y
hablar de todo lo divino y lo humano con la apacible
serenidad que infunde aquel apartado y silencioso
paraje. Nosotros llegamos los últimos y hallamos la
asamblea en pleno. Además de Antón del Sauce y
Paco Castejón, con quien nos reunimos en el cami
no, estaban allí los dos Gaudentes, Feliciano Miran
da, el poeta Moro, Juan Raudo, Montero el menor y
Eduardo Ceres. Todos conocían a Pío Cid por ha
ber comido juntos en la Alhambra, excepto el hijo
de Gaudente, que era estudiante de Derecho y as
pirante a escritor, y Eduardo Ceres, excelente jo
ven, cuya mayor habilidad consistía en dar las no
ticias antes que nadie, por lo cual le llamábamos en
broma Don Teléfono.
—Hoy tenemos gran novedad literaria—dijo Castejón aspirando con las narices dilatadas el airecillo
fresco que subía de la umbría del Darro—. Se pue
de perdonar el trote que hay que dar para venir
aquí sólo por oír la tragedia que ha escrito éste (se
ñalando a Sauce).
—¿Tragedias a estas horas?—dijo Miranda.
—No hay que exagerar—rectificó Sauce— ; es un
articulejo más para la colección de Tragedias vul
gares que voy a publicar.
—Pues Moro—agregó Miranda—trae también ter
minado su poema. Esto va a ser el acabóse.
—¿Qué poema es ése?—pregunté yo.
—Es el mismo que tenía empezado, el de Los oli-
138
ÁNGEL GANIVET
vares—me contestó Moro— . Yo estoy condenado a
vivir siempre entre olivos.
—Lo mejor—añadió Gaudente el viejo—es que yo
estoy oyendo hablar de ese poema desde hace tres
años, y aún no conozco ni un verso. Hijo, acábalo
de desembuchar y no nos amueles más con ese par
to de burra.
— Ea, comience el fuego—dijo Castejón— . Yo, si
queda tiempo, os leeré el comienzo de una historia
morisca que estoy sacando de unos papeles viejos
que he comprado en un baratillo.
Después de tomar sendos vasos de agua, sentados
todos al amor de la fuente nos preparamos para
saborear la varia e interesante lectura de aquel día
memorable. Gaudente el viejo leyó su célebre pro
clama poética, y pudiera decirse patriótica, titu
lada \Viva la mantillal, en la que se cantaban las
excelencias de la mantilla y se fustigaba sin miseri
cordia el ridículo sombrero, inventado por las mu
jeres feas para sombrearse la cara, moda funesta
que acabará por dar al traste con el carácter de las
mujeres españolas; Moro, su poema Los olivares,
en el que describía con extraordinaria riqueza de co
lorido las fiestas populares que se celebraban anti
guamente a la sombra de los olivos, en particular
las de San Antón y San Miguel, que ya van, por
desgracia, desapareciendo, y Sauce el artículo elo
giado por Castejón. Así estos trabajos como los que
se leyeron más tarde, son dignos de alabanza y de
que se los busque para leerlos en las Revistas de
aquella época, puesto que todos fueron publicados.
Yo sólo he de insertar, por convenir a la mejor in
teligencia de mi historia, el del impresionista Sau-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
139
ce, dejando la apreciación de su mérito al buen jui
cio del que leyere. Helo aquí:
«JUANICO EL CIEGO
(Tragedia vulgar.)
»Hace algunos años iba por las calles de Granada
un pobre ciego llevando de la mano a una niña pre
ciosa. Aunque vivía de la caridad pública, no era
mendigo callejero. Si algún transeúnte le ofrecía
una limosna, él la aceptaba, diciendo: «Dios se lo
pague y Santa Lucía bendita le conserve la vista» ;
pero pedir, no pedía nunca, porque tenía casas co
nocidas para todos los días de la semana, en las que
recogía lo suficiente para vivir.
»Llamábase Juan de la Cruz, y todos le decían
Juanico el Ciego o Juanico el Malagueño ; la niña
que le servía de lazarillo era hija suya y se llamaba
Mercedes, y ambos formaban una pareja muy
atractiva.
»Juanico no era un pobre derrotado y miserable,
de esos que inspiran tanta repulsión como lástima,
sino que iba siempre limpio como los chorros del
agua. Vestía invariablemente un traje de tela de
lavar muy blanca, y sólo en los días en que apreta
ba mucho el frío se ponía encima de su vestimenta
veraniega una cazadora remendada, de color par
dusco, con coderas de paño negro y adornos de
trencilla muy deshilacliados.
»Era hombre todavía joven y podía pasar por
buen mozo. Se había quedado ciego de la gota sere
na, y sus ojos, aunque no veían, parecían ver. Eran
ojos claros y sin vista, que daban al rostro una ex-
140
ÁNGEL GANIVET
presión noble y grave, realzada por el esmero que
ponía Juanico en ir siempre muy bien afeitado.
»La hija del ciego, Mercedillas, era un primor de
criatura, a la que muchos de los que socorrían al
ciego hubieran gustosamente recogido para quitarla
de aquella vida peligrosa.
»—Esta niña va siendo ya grande—le decían—.
¿Qué va usted a hacer, Juanico, con ella cuando
crezca un poco más? Sería una lástima que esta
criaturica tan mona se le echara a usted a perder.
»—Ya veremos, ya veremos—decía el ciego—; no
tiene más que diez años; todavía es una mocosa.
»Y estaba siempre preocupado con lo que había
que hacer con aquella niña, que era lo único que
tenía en el mundo y que para él era más que una
h ija : era su alma y el único testigo de la historia
dolorosa que el infeliz ciego llevaba incrustada en
todo su ser.
»Nadie hubiera dicho al verle tan calmoso y, al
parecer, tan contento, que aquel hombre vulgar lle
vaba a cuestas el recuerdo indestructible de una te
rrible tragedia.
»Juan de la Cruz había nacido en Málaga, en el
barrio del Perchel, y quedádose huérfano de padre
y madre cuando era muy niño. Una familia pobre
le recogió y le crió, auxiliada por otras familias del
barrio. El muchacho creció como planta silvestre,
sin que nadie se cuidara de dirigirle; pero debía
de ser naturalm ente bueno, pues desde que pudo
trabajar quiso aprender un oficio, y no a uno, sino
a varios se aplicó con la mejor voluntad.
»Estuvo en una carbonería, metido entre el car
bón y el cisco, hasta que, harto de tizne, se decidió
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
141
a entrar de aprendiz en una cerrajería, deseoso de
tener un oficio formal, y, por último, se dedicó a
zapatero.
»Se había establecido entonces en Málaga, en un
portalillo de mala muerte, un zapatero llamado Paco
el Sevillano, con tan buena suerte, que muy pronto
tuvo necesidad de meter quien le ayudara. Juanico
fué el primero que entró en aquella casa, y no tar
dó en pasar de aprendiz a oficial y en disponer de
un salario seguro, con el que pensó desde luego que
podría casarse y tener casa propia.
»—Pero el noviajo que tienes con la Perdigona
—le decía algunas veces su amo—¿es cosa formal?
» — ¿Que si es formal, don Paco?—respondía él—.
Ya lo verá usted en cuanto salga libre de quintas,
si salgo. Creen que no es formal porque mi novia
es bija del borrachín de su padre; pero nadie puede
elegir familia, y la Mercedes vale más oro que pesa.
»En esto llevaba razón Juanico, porque su novia,
a la que él le hablaba desde muchacho, era la flor
y nata del Perchel, y digna, por lo guapa, hacendo
sa y decente, de casarse, no ya con un oficial de za
patero, sino con un título.
»Cuando a Juanico le tocó ir a servir al rey esta
ba en su golfo la guerra de Cuba, la de los diez
años, y quiso la mala suerte que a él le tocara pa
sar el charco. Y allá se fué, jurando antes a su no
via que si no lo mataban volvería y se casaría con
ella, y ella le juró que lo esperaría aunque fueran
veinte años, pues, o se casaba con él, o no se casa
ba con nadie. Porque entre ellos no mediaban sólo
palabras, sino compromisos graves, y a decir ver
dad, más que novios eran marido y mujer, pues a
142
ÁNGEL GANIVET
los seis meses de irse Juanico tuvo la Mercedes una
niña, que era el vivo retrato de su padre.
»En los apuros que pasó la muchacha durante la
ausencia de su novio y marido contó con la protec
ción de don Paco, que era hombre de muy buenos
sentimientos. Trabajaba la Perdigona en todo lo
que le salía, y cuando más ganaba era cuando lle
gaba «la faena», la época del embalaje de las na
ranjas para la exportación; pero esto no era fijo, y
don Paco la decidió a que trabajara para la zapa
tería, que ya no era el primitivo portal, sino una
tienda muy grande, convertida después en el esta
blecimiento casi lujoso de La punta y el tacón, uno
de los más populares de Málaga. Mercedes aprendió
pronto el oficio de aparadora, y andando el tiempo
pudo emanciparse del yugo de su padre, que le daba
muy mal trato, y vivir sola con su niña, sin salir
más que a compras o a entregar su tarea.
» —Cuando venga tu marido—le decía el amo—,
vais a estar mejor montados que el Gobierno. Dos
jornales seguros, y luego lo que él traiga.
» —¿Cree usted que traerá cuartos?—preguntaba
Mercedes—. Lo que yo quiero es que venga pronto
y que no me lo hayan cambiado, porque algunos
vuelven con unos humos...
»Volvió, en efecto, Juanico, y volvió con humos.
Los primeros días daba pena de oírle mezclar en su
lenguaje natural algunas palabras nuevas que ha
bía recogido al revuelo, y hablar de su «masita»
como si trajera un moro atado. Pero, a pesar de
todo, Juanico era franco y no contaba hazañas fin
gidas. El había salido muy poco a operaciones, y
aunque había sentido las balas cerca, disparadas
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
143
por enemigos invisibles, no se había echado jamás
a la cara un insurrecto. Estuvo casi siempre en un
ingenio al que nunca se aproximó el enemigo; los
propietarios de la finca eran muy generosos y le ha
bían tratado a él y a sus camaradas a cuerpo de
rey; había ahorrado el plus de campaña y un poco
m ás; y, en resumen, al terminar la guerra se halló
con una pequeña fortuna.
»Aunque la mayor parte estaba en pagarés, en
los que perdió más de la mitad, le quedaron libres
unos ocho mil reales, largos de capellada; para él,
casi un capital.
»—Ahora lo que debes hacer—le dijo el amo, que
le recibió con los brazos abiertos—, es comprar con
ese dinero una casa para vivirla. Tú no sabes lo
que vale no tener que pagar casa. Luego sigues tra
bajando aquí, si quieres, y te casas con la que es ya
tu verdadera mujer, que es una mujer para un po
bre, y, si llega el caso para un rico, porque te ase
guro, ahora que la he tratado, que la Mercedes es
una perla. Mi mujer la quiere como si fuera de la
casa, y tiene empeño en ser la madrina.
»—Ya veremos, ya veremos— contestó Juanico— .
Yo había pensado establecerme.
»— Pues si lo haces ándate con ojo, no vayas a
perder tontamente lo que te ha costado exponer la
salud y la vida.
»Juanico no lo decía; no se atrevía a decirlo. Pero
desde que llegó a Málaga y fué a ver a sus amos,
tenía el diablo en el cuerpo. Había visto a Manuela,
la hija de los zapateros, que cuando él se fué estaba
recién vestida de largo, y ahora estaba hecha una
mocetona, y al verla había tenido una idea, que de-
144
Angel
ganivet
bía ser la causa de su perdición. Menos mal si se
hubiera enamorado; esto tendría disculpa. No se
enamoré, sino que sintió el deseo de igualarse a sus
antiguos amos. Mercedes era al fin y al cabo la Per
digana, y aunque él la quería, ya, después de ver
mundo, comprendía que el querer es una farándula.
Lo esencial era tener patacones y mezclarse con bue
na gente para tomar la alternativa y darse aires de
caballero.
»Todo esto lo tendría él, o podría tenerlo, estable
ciéndose y casándose con Manuela. Mercedes era
más guapa, eso s í; pero Manuela era una señorita
bien educada, y la educación vale más que la gua
peza.
» —La única dificultad—decía—está en este mal
dito compromiso... Si yo fuera libre del todo... Pero
con este lío estoy como si estuviera casado..., y
hasta con una hija, que, aunque no lleva mi ape
llido, es m ía ; esto no hay perro ni gato que no lo
sepa.
»Estas cavilaciones le agriaban el carácter a Juanico y Mercedes era la que pagaba los vidrios rotos.
Comenzaron los insultos, y vinieron después los gol
pes ; al principio no hablaba claro, porque com
prendía que no llevaba la razón; pero después su
egoísmo se hizo tan brutal que a todas horas esta
ba describiendo el cuadro de dichas y prosperidades
que él podía disfrutar casándose con la hija de los
amos; la conclusión era siempre maldecir el día y
la hora en que conoció a la Perdigona, a la que mu
chas veces, no contento con maltratarla, la echaba
con su hja a la calle.
»Tomó, por fin, en traspaso una zapatería bastan-
145
LOS TRABAJOS DE P ÍO CID
te desacreditada, y entonces se fué a vivir solo, para
hacer ver que la Mercedes era para él cosa de pa
satiempo, y comenzó a propalar él mismo, ya que
no se atrevía a decirlo directamente, que estaba en
relaciones formales con la hija de don Paco. No por
esto dejaba de visitar a Mercedes y de martirizarla,
como si se hubiera propuesto quitarle la vida a dis
gustos. A dejarla no se atrevía, y a decir verdad
tio sería capaz de hacerlo, pues de pensar que ella
pudiera irse con otro hombre, los celos se lo comían.
Ya dije que a Juanico se le metió el diablo en el
cuerpo; sólo así se explica este amor que él sentía
realmente por la Mercedes y este deseo de quitársela
de encima y este afán de matarla poco a poco para
que nadie le sucediera en el corazón de aquella in
feliz mujer.
»Aunque él era tosco, a veces se echaba una ojea
da por dentro, y se veía tan bajo y tan ruin, que se
arrepentía, y pensaba que quizás sería mejor casarse
con Mercedes y trabajar los dos unidos en la tienda
y prosperar y ser muy ricos sin deberlo al auxilio
de nadie. En estos momentos cogía a Mercedillas
en brazos y la mecía, y la arrullaba, y se echaba
a llorar, y le bañaba al angelito el rostro con lágri
mas, mientras la madre, viéndoles, venía y les abra
zaba a los dos, y decía:
»—Juan, tú eres bueno, tú eres siempre el mismo.
Ayer le recé a la Virgen para que te quite esos fan
tasmas de la cabeza.
»Pero después volvía a aparecer el fantasma, y
con que Juanico fuera un momento a casa de don
Paco, y viera a Manuela, y formara de nuevo su
castillo de naipes, volvían los malos tratamientos
10
146
ÁNGEL GAÑI VET
y cobraba mayor brío la idea fija que atormentaba
al ambicioso desventurado.
»—Aunque yo fuera inmensamente rico nunca se
ría nada, porque al fin Mercedes sería siempre la
Perdigona.
»El martirio de ésta no podía ser eterno, y un día,
cuando menos lo esperaba Juanico, la víctima ano
checió y no amaneció. No se fué con nadie, sino que
se fué derecha a una casa de mal vivir; no pudo
irse con nadie, porque a nadie le había hecho nun
ca caso, aunque no faltó quien la solicitara, y al irse
se fué a la primera casa que le abrió las puertas.
Así, aun hundiéndose en el vicio, podía decir la
Perdigona que había sido fiel a su amante. Otra
mujer hubiera pasado de mano en mano, como za
randillo de bruja; pero la Mercedes no era una
mujer como las otras, era mucho mejor; y cuando
vió que el hombre a quien ella quería era tan malo,
pensó que los demás serían peores, y sin repetir la
prueba se tiró al barro. Y Juanico no la buscó, y
aunque la quería, no sintió celos. Quizá si se hubie
ra ido con otro la hubiera buscado para matarla.
»El vulgo se puso de parte de Juanico. Veía en él
un buen hombre, que, a pesar de haber vuelto con
dinero, no había querido abandonar a la Perdigona,
y el pago que había recibido era que ésta hiciera
al fin de las suyas. La cabra tira al monte, y Mer
cedes era de mala casta para que saliera buena.
Hasta se comprendía ahora la razón de las palizas
que Juanico le propinaba a diario, y que sin duda
serían para corregirla. Pero todo había sido inútil.
¡ Condenadas mujeres!
»Sólo don Paco no se dejó engañar, y aunque
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
147
nada dijo por lo pronto, cuando supo que Juanico
pregonaba por todas partes que era ya cosa deci
dida su casamiento con Manuela, le llamó a capí
tulo y le habló con su cachaza de costumbre :
>1—Oye tú, Juanico, ¿es cierto que andas por ahí
anunciando que te vas a casar con mi hija?
»—La gente dice lo que le da la gana—contestó
Juanico— . ¿Qué más quisiera yo?... Pero...
»—Cuando corren las voces por algo será—le in
terrumpió don Paco— . Nadie más que tú tiene inte
rés en decir esas cosas, y, la verdad, me ha esco
cido que tengas tan poco respeto a esta casa. Tú
tienes tu mujer, porque, aunque no os hayan echa
do las bendiciones, para mí esto no compone nada,
y la Mercedes es mujer tuya y madre de tu hija...
Yo he sido pobre y no te despreciaría por cuestión
de intereses; pero aunque trajeras el oro y el moro
te pararía los pies y te haría volver a tus obliga
ciones.
h—Pero don Paco—replicó Juanico— , parece que
no sabe usted lo que esa mala pieza ha hecho con
migo ; para mí ella es ya como una piedra que se
va a lo hondo del mar. ¿Qué quiere usted que yo
haga con una mujer tan sinvergüenza?
»—Mercedes era buena como el pan, y tú la has
hecho mala—contestó don Paco— . ¿Crees tú que
yo no entiendo la aguja de marear? Yo sé lo que tú
has hecho con esa infeliz. No te digo que la reco
jas, porque ésta es cuenta tuya. Déjala si quieres
que corra su mala fortuna, y tú arréglate a vivir
con tu hija como Dios te dé a entender... Yo te he
querido siempre, porque eras un buen muchacho;
pero ahora te veo con malos ojos, sin poderlo re-
148
ÁNGEL GAN1VET
m ediar, y Jo único que te pido es que no aportes
m ás por las p u e rta s de mi casa. Mucho me duele
decírtelo, pero no me gusta h acer dos caras.
»—Pero don P aco—suplicó Juanico tem blando—,
eso es como quien dice leerme la sentencia de m u er
te... Yo, que no he tenido n u n ca m ás pad re que
usted...
»— ¡Quién sabe si m ás adelan te—dijo don Paco—
volveremos a ser lo que éram os! Yo hablo de ah ora,
y ah o ra no quiero que pongas m ás los pies en mi
casa.
»Fué aquel d ía el m ás am argo de la vida de J u a
nico. No sólo porque vió que todo el m al que h abía
hecho era inútil, sino porque las p a la b ra s de don
Paco le p arecían la voz de su propia conciencia.
Aquella noche no durm ió asu stad o de la soledad
en que se en contraba y atorm entado por el bullir
de la san g re que p arecía ard erle en las venas. P or
Ja m añ an a notó cierto m alestar en los ojos, y vió
que la casa se iba poniendo obscura como si vol
viera a anochecer. Se levantó y abrió las ventanas,
y aún veía menos, y, por últim o, no vió nada.
»Despertó a M ercedillas, y comenzó a hacerle p re
guntas, sin que la c ria tu ra com prendiera lo que le
pregu n tab an ; después llamó a u n a vecina, que era
la que venía a lim piarle el cuarto, a g u isa r y a te
ner cuidado de la niña, y la vecina tam poco supo
darle explicación de aquella rep en tin a ceguera. Los
ojos estaban n a tu ra le s, aunque un poco apagados y
como eclipsados; pero a p rim era vista no se notaba
cambio alguno. Y, sin em bargo, Juanico estaba ciego
p a ra siem pre.
»Todo lo que ten ía y aun lo que le dieron por el
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
14§
traspaso de la tienda, lo gastó en curarse, y no se
curó.
» — Cuando yo tenga vista—decía—volveré a tra
bajar en casa de don Paco y me dejaré de negocios.
Cada uno nace para lo que nace, y yo he nacido
para ganar un jornal y vivir con él, sin meterme
en más ambiciones. Al menos si yo tuviera ahora
una mujer que se interesara por mí...
» Y a fuerza de darle vueltas en su magín a este
pensamiento, decidió un día mandar a buscar a la
Perdigona.
»No se hizo ésta rogar y vino en seguida, deseosa
de ver a su hija, a la que todavía no le había per
dido la calor. No así a Juanico, a quien casi lo te
nía olvidado. Entró por las puertas del pobre cuarto
y lloró al ver a su niña, a la que se abrazó fuerte
mente, en tanto que Juanico las buscaba a las dos y
se cogía a ellas, diciendo:
»—Ya me daba el corazón que tú eras de ley y
que vendrías. Mira la desgracia que ha caído sobre
mí. Este es un castigo del cielo por lo mal que lo
hice contigo. Pero ahora ya soy otro, y si Dios quie
re que me cure, yo te juro que nos casaremos y que
seré mejor que nunca.
» — ¡Válgame Dios!—exclamó la Perdigona—, ha
sido menester que te quedes ciego para que me
quieras...
» —Yo siempre te quise—contestó Juanico—, eso te
lo juro por la salud de la niña. Fué una mala hora
que me vino, y ya ves qué caro lo estoy pagando.
»A l decir esto, Juanico abrazaba contra su pecho
a la Mercedes y sintió un olor penetrante a almizcle
que tiraba de espaldas; fué a besarle la boca y le
15#
ÁNGEL GANIVET
dió en el rostro una tufarada de tabaco. Quizás de
bió alegrarse de estar ciego para no ver el cambio
«fue en unos cuantos meses había sufrido el rostro
de aquella desventurada mujer. Así Juanico no la
veía como ahora era, sino como antes fué, y lo único
nuevo que notaba en ella eran los perfumes del vicio.
— ¿Qué olor endemoniado es ese que traes?—la
preguntó—. Lávate y quít.ate eso de la cara.
»Ella cogió una jofaina y se lavó con agua clara,
V comenzó a soltar la costra que se había ido for
mando de rodar por los lupanares. Pero los estra
gos que había sufrido por dentro, éstos no se limpia
ban con agua, y aunque la Perdigona quiso de bue
na fe volver a ser la Mercedes de antes, no pudo
conseguirlo, en parte porque ya había adquirido
algunos malos hábitos, y más aún porque ahora na
die la respetaba.
»Juanico se casó con ella por tenerla más segura
y por legitimar a Mercedillas. El, por hacer algo,
se dedicó a hacer soga, y Mercedes volvió a aparar
en la zapatería de La punta y el lacón. Lo que debió
ser antes era ahora, y el matrimonio vivía feliz.
Juanico, escarmentado por la desgracia, era un san
to para su mujer, y ésta parecía resignada con su
cruz; a veces le entraban deseos de romper la ca
dena o de divertirse con unos y con otros; pero proa
to se arrepentía de sus malos pensamientos por lás
tima de su marido y porque, al volver a la vida hon
rada, se le iba despertando de nuevo su antigua
dignidad.
»Sin embargo, después de algún tiempo de cumplir
bien comenzó a torcerse. Era buena con su marido,
pero sentía, sin explicárselo, un secreto deseo de
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
151
venganza. P arece que u n a fuerza m isteriosa la im
p u lsaba a e n g a ñ a r al pobre ciego, no por gusto,
sino m ás bien por necesidad de realizar u n a obra de
justicia. La p érd id a de la vista era un castigo que
b o rrab a las culpas de la soberbia, pero no un cas
tigo de las v illanías de que la Perdigona h abía sido
víctim a. Ella h ab ía sufrido an tes y a h o ra y siempre,
sin culpa, y ten ía sed de d e s q u ita rse ; y como no
a ce rtab a a h a lla r el medio de ten er goces en la vida,
se consolaba faltando a sus deberes, a disgusto, sólo
por ser acreedora a p a s a r las penas que pasaba. En
el alm a de aquella m u jer se h ab ía incrustado tan
honda y ferozm ente la idea de justicia, que, por parecerle injusto su frir siendo buena, q u ería su frir
siendo m ala.
»Juanico lo ad iv in ab a todo y callaba. Un día oyó
su b ir a su m ujer por las escaleras, y le pareció que
no venía sola, y tuvo la idea de esconderse en u na
alacena, aprovechando la co y u n tu ra de estar la chi
quilla fuera, en casa de unos vecinos. E ntró la Mer
cedes,y como no vió a nadie en la casa, salió un mo
m ento a av isar a su acom pañante, que era un oficial
de zapatero, llam ado B autista, m uy amigo de Ju a
nico.
»—No hay n adie—dijo la m u jer—. H abrá salido
con la n iñ a a d a r u n a vuelta.
»—¿E stás se g u ra ? —p reguntó B autista, a quien el
ciego conoció al punto por la voz.
»E ntraron en el dorm itorio, y Juanico, loco de r a
bia, comenzó a b u scar a tie n ta s en los v asares del
fondo de la alacen a alg u n as h erram ien tas de zapa
tero que él recordaba haber puesto a llí; tropezó al
fin con una cuchilla la rg a y ta n fina por la punta,
152
ÁNGEL GANIVET
que parecía una daga; la empuñó con fuerza, salió
con sigilo de su escondite y se acercó andando muy
quedo a la puerta de la alcoba; se detuvo un mo
mento para escuchar y orientarse, y oyó tan bien,
que casi se figuraba ver a los adúlteros. Entonces
penetró como un rayo en el aposento y comenzó a
dar cuchilladas en el lecho, en el aire, en las pare
des. Así estuvo no se sabe cuánto tiempo. Las vícti
mas debieron de gritar, pues acudió el vecindario
y la Policía; pero cuando echaron abajo la puerta
no hallaron vivo más que al ciego, que aún empu
ñaba con la diestra la cuchilla ensangrentada. En
medio de la sala estaba Bautista el oficial con la
cabeza cortada a cercén, y sobre el lecho, la Perdigona, acribillada y destrozada, que casi no era posi
ble conocerla.
»Juanico fué a la cárcel, pero la justicia de los
hombres le absolvió, y el mundo le absolvió tam
bién; porque el mundo y la justicia no veían más
que la falsía de la mujer y la bondad del hombre
que había recibido aquel ultraje en pago de la noble
za con que quiso regenerar a una mujer perdida.
Pero Juanico se juzgaba de otro modo, y cuando li
bre ya se vió solo en su cuarto, pensaba: la pobre
de Mercedes ha sido mala, es verdad...; pero ¿por
qué fué mala? Y diciendo esto se abofeteaba el ros
tro y se gritaba a sí mismo : ¡ canalla!
»No quiso Juanico seguir viviendo en Málaga, y,
sin dar cuenta a nadie, cogió consigo a su hija y
se vino a Granada con ánimo de dedicarse a pedir
limosna. Ya había tomado algunos informes, y cuan
do llegó se fué derecho a la cuesta de la Alhacaba,
y allí acomodó una casucha con los cuatro trastos
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
153
que traía. Comenzó a adquirir relaciones, y como
era mendigo decente y bien portado, casi daba gusto
de socorrerle, aparte de la obra de caridad. Pero
Juanico no era ya ambicioso, y pedía sólo para vi
vir ; se contentaba con las casas que fué adquirien
do y dejaba a otros menos afortunados el mendigar
por las calles.
»Cuando su hija fué demasiado crecida para ser
vir de lazarillo iba Juanico solo, llevando un perri
llo atado de una cuerda. Mercedicas se quedaba en
casa y el ciego procuraba estar fuera muy poco
tiempo, pues su temor constante era que le ocurrie
ra algo a aquella criatura. Como la Alhacaba no era
sitio seguro decidió también mudarse, y se vino al
Barranco del Abogado, donde alquiló una cueva que
tenía por delante un pequeño chamizo que le daba
el aspecto de casa. La vecindad de este lado de la
población tampoco era muy recomendable, pero no
había casas de trato ni soldadesca; había gitanos,
pero a la gitanería no le tenía miedo Juanico, por
que ios gitanos no roban muchachas.
Salía por las mañanas a recorrer su parroquia del
día, encargando a su hija que se estuviese encerra
da. De vuelta se entretenían los dos en contar los
ochavos, comer y charlar, y los domingos echaban
una cana al aire yéndose a pasar el día al campo.
Cuando vivían en la Alhacaba iban a las caserías
del camino de Jaén, y en el Barranco, por estar más
cerca, se iban a los ventorrillos del camino de Huétor. Pedían un jarro de vino, un plato de aceitunas,
roscas tiernas y una torta salada para la niña, y
a veces también si había limosna extraordinaria,
pescado frito o chorizos extremeños, bocado favori-
154
ÁNGEL GANIVET
to del ciego. Se sentaban a la sombra de un olivo
y merendaban con sosiego y beatitud, salvo que
Juanico se sobresaltara alguna vez cuando oía que
alguien celebraba la belleza de su hija.
» —Mercedes, ¿quién es el que te ha dicho eso?
—preguntaba el padre.
»Y la hija respondía casi siempre:
» —Es un señor viejo; yo no le conozca.
»En un ventorrillo vió a Mercedes un señor casi
viejo que iba a remachar el clavo que Juanico lle
vaba atravesado en el corazón desde el día que mató
a su mujer. Llamábase don Gonzalo Pérez Estirado,
y era de Sevilla; mejor dicho, era montañés, esta
blecido desde muy joven en Sevilla, donde había
ganado una regular fortuna. Estaba retirado de los
negocios, y vivía de sus rentas, sin pensar más que
en darse buena vida. Había sido siempre el señor
Estirado un buen hombre, aficionado a los goces
de la vida doméstica, y condenado a no lograrlos
nunca porque su mujer era de las que toman las
enfermedades como cosa de entretenimiento, y aun
que nunca tuvo enfermedad formal, milagro era la
semana que no la visitaba el médico.
»Su marido, harto de tantas impertinencias, se
acostumbró insensiblemente a buscar distracción
fuera de casa, y con los años sucedió que no podía
vivir sin tener, además de su mujer, una protegida,
cuando no eran varias. De esta suerte, el señor
Estirado, que había nacido para ser un modelo de
cónyuges, se transformó, por culpa de su mujer,
en hombre de apaños y tapujos; pero aun así fué
siempre un hombre de bien, que ni arruinó su casa,
ni dió escándalos, ni cometió graves tropelías. Sus
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
155
devaneos estaban, como todas sus cosas, sometidos
a un presupuesto riguroso. Debajo del capítulo don
de inscribía la suma con que contribuía a las pro
cesiones de Semana Santa estaba el capítulo des
tinado a la proteción de doncellas desvalidas; y am
bas cantidades eran fijas, aunque en caso de apuro
el señor Estirado era capaz de sisar algo a las pro
cesiones en beneficio de las doncellas.
)>Fué invitado el ilustre y simpático montañés a
pasar unos días en Granada por un amigo y paisa
no que estaba establecido en esta ciudad; vino en
el mes de mayo, y se halló aquí tan a gusto, que
los días se convirtieron en semanas. Como se hospe
daba en casa de su amigo, los dependientes de la
tienda de comercio se encargaron de llevarle por to
das partes para que no le quedase nada por ver.
»En una de estas excursiones conoció el señor
Estirado a Mercedes, y apenas la vió la echó el oj®
y se propuso no dejarla escapar. Su idea no era
mala, puesto que, al saber que aquella niña era
hija del mendigo, pensó recogerla a ella y a su pa
dre, para que éste no tuviera que pedir más limosna
y para hacer de Ja hija una señorita de mérito.
»No quería el señor Estirado perder el tiempo, y
decidió valerse de una mujer hábil en oficios de
tercería, cuyo nombre y señas le dió uno de los de
pendientes. Era ésta una mala vieja, conocida por
el apodo de la Gusana, y vivía en el Plegadero Alt®,
cerca de la parroquia de San Cecilio; tenía fama
de alcahueta, y su fama no era usurpada, sino fun
dada en una brillante hoja de servicios, que tiempo»
atrás hubieran bastado para que emplumaran a la
bruja.
156
ÁNGEL GANIVET
»El señor Estirado se avistó con ella, y en pocos
minutos estuvo firmado el pacto de tercería mediante
la oferta de veinticinco duros, de los que cinco fue
ron adelantados en señal. Y la Gusana comenzó
aquel mismo día sus indagaciones, y supo cuanto
tenía que saber sobre las entradas y salidas del
ciego para trabajar sobre seguro. No desplegó nin
gunas artes nuevas, sino las eternas y conocidas de
la adulación y los ofrecimientos, y Mercedes se dejó
embaucar como cualquiera otra muchacha se hu
biese dejado en las condiciones en que ella se encon
traba. ¿Qué iba a hacer ella el día que le faltara
su padre? ¿Irse a servir y a penar bajo el poder de
indecentes señoritos, que tampoco la respetarían?
¿Ajarse a fuerza de fregar y barrer, cuando tenía
una cara como una rosa de mayo y era digna de
vivir metida en un fanal? Siquiera, el señor Esti
rado era un honrado caballero, que sería como un
padre para la m uchacha; se la llevaría a Sevilla
V le daría educación, y quién sabe si se casaría con
ella V le dejaría toda su fortuna, puesto que no
tenía hijos y se iba a quedar pronto viudo, porque la
mujer estaba, como quien dice, dando las boqueadas.
»Lo más doloroso para Mercedes era abandonar
a su padre; pero esto sería por muy poco tiempo,
pues en cuanto el ciego se hiciera cargo de la razón
se iría también a Sevilla y no tendría que mendi
gar más.
»Salió el ciego una mañana, y cuando volvió se
encontró el nido sin pájaros. Pero lo que no ave
rigüe un ciego no lo averigua nadie, sobre todo si
el ciego tiene un perrillo de buen olfato. Aquel mis
mo día supo Juanico toda la verdad. Supo que su
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
157
h ija hab ía ido a la estación, y supo que iba cam ino
de Sevilla en com pañía de un señor m uy respetab le;
le dió la corazonada de que el lad ró n e ra uno que
había hablado con Mercedes en u n ventorrillo, y
por el ventorrillero supo quiénes e ra n los dependien
tes que con el ladrón iban y la tien d a en que esta
ban. Todo lo supo excepto el nom bre de la alcah u e
ta, porque la Gusana era m a e stra en su arte y no
dejab a n u n ca ningún cabo suelto.
»Pensó Juanico ir a Sevilla; pero cuando se fué
enterando de las buenas p ren d as que re u n ía el se
ñor E stirado, y de que aquella d esgracia quizás h a
ría la felicidad de su hija, dejó que a ésta se le
cum pliera su sino. Mucho le dolía verse tan solo,
sin m ás com pañía que el p e rrillo ; alg u n as veces
lo ab razab a y besaba, diciendo :
»— ¡P o r qué no d ispondrá Dios que sean perros
los hijos que tenem os los hom bres!
»Así resu m ía el pobre ciego su idea m en g u ad a de
la h um anid ad .
»Mas p a ra colmo de d esv en tu ra h a sta el perro
le faltó, porque aquel verano cogió la estricn in a en
la calle y m urió después de u n a agonía horrible.
Tam bién M ercedes h ab ía m uerto p a ra su pad re,
porque le dieron el veneno de la seducción envuelto
en p a la b ra s melosas. La m uerte del perro fué la
gota que hizo rebosar el vaso de la a m a rg u ra , y
aquella m ism a noche decidió Juanico d a r fin a su
calvario.
»P or los M ártires, tan tean d o con su cayado, se
encam inó a la placeta de los A ljibes; se acercó al
Cubo de Ja A lham bra y escuchó p a ra convencerse
de que no h a b ía nadie. Se subió en el pretil, y enar-
158
ÁNGEL GAN I VET
botando el grueso g arro te lo blandió con fu ria y
lo lanzó al aire como si q u isiera d a r un palo a los
-cielos. Oyó el eco de un golpe, por el que midió lo
hondo del abism o que ten ía delante, y entonces, con
u n a au d acia sobrehum ana, sin que le im p u siera te
m or aquel vacío, se echó a volar con los brazos ab ier
tos. Y como Ju a n de la Cruz iba siem pre vestido de
blanco, al verlo en el aire se h u b iera dicho que no
era un hom bre, sino u na cruz blan ca que caía a la
tie rra .
»A poco se oyó en el silencio de la noche u n la
m ento que no p arecía proferido por u n a g a rg a n ta.
E ra como un lam ento de la tie rra al chocar con un
hombre.
»Y no se oyó n a d a más.»
— ¡Bravo, b rav ísim o !—gritó el poeta Moro, que
e r a el m ás en tu siasta de la reunión—. Eso es her
moso, fuerte y definitivo. Sauce, eres un barb ián.
—¿Qué le parece a usted esa trag ed ia, señor Cid?
preguntó M iranda con aire satisfecho.
—Me parece adm irable—contestó Pío Cid—, tanto
o m ás quizás que a todos ustedes, porque yo conocí
a Juanico el ciego y Je veo a h o ra re tra ta d o de m ano
m aestra.
—¿U sted le conoció?—preguntó Sauce con interés.
—Digo que le conocí—afirm ó Pío Cid con m iste
rio—, y no sólo le conocí, sino que sabía la h isto ria
que usted nos ha contado y algo m ás que usted
acaso no sepa.
Y ante el m ovim iento de expectación de la asam
blea, Pío Cid com prendió que iban a rogarle que
co n tara lo que sabía, y antes que se lo ro g a ra n lo
contó en los térm inos siguientes:
LOS TRABAJOS DK PÍO CID
159
—Juan de la Cruz iba a mi casa, y le llamábamos
el ciego de los lunes. Yo hablé con él muchas veces
y mi madre hacía subir casi siempre a Mercedillas
para darle algunas prendas de vestir, pues estaba
enamorada de la bondad y de la modestia de aque
lla niña, que entonces no tendría arriba de seis o
siete años.
Juanico le contaba a todo el mundo su historia,
pero no decía nunca que hubiera matado a su mu
jer, sino que ella le abandonó. Sin embargo, nos
otros supimos la verdad porque un día vino a bus
car a mi padre un señor de Málaga, que se extrañó
de ver al ciego a la puerta, y nos dijo que aquel
pobre era paisano suyo, y que había huido de su
tierra a consecuencia del crimen que había cometi
do. Es hombre de historia—añadió— , y el pobre pa
rece que tiene maldición porque es hijo del crimen.
Aunque no tiene apellido se sabe, o por lo menos
lo decía Ja mujer que lo crió, que su padre era un
caballero muy rico, que después de una vida licen
ciosa se encastilló en una de sus posesiones acom
pañado de una hija que había tenido, se ignora con
quién, aunque de fijo no sería con ninguna mujer
buena. Dicen, no sé si esto será verdad, que el padre
se enamoró de su hija, y que el fruto incestuoso de
estos amores fué Juan de la Cruz.
Yo estudiaba entonces literatura clásica, y se me
ocurrió sin esfuerzo comparar al ciego y a su hija
con Edipo y Antígona, y aun recuerdo que empecé
a componer una relación en la que además de lo
sucedido ponía yo nuevas calamidades, algunas de
las cuales ocurrieron, según se desprende de la últi
ma parte de la tragedia que hemos escuchado; pues
160
ÁNGEL GANIVET
yo suponía que Antígona, o Mercedes, era engaña
da por un Tenorio canallesco de los que ahora se
estilan; que el ciego se suicidaba desesperado y que
Mercedes se quitaba la vida también, juntamente
con un hijo que tuvo. Porque mi idea era demostrar
que después de la proclamación de la ley de gracia,
hecha por Esquilo en su trilogía de Orestes, y aun
después de la redención del género humano, reali
zada en el Gólgota, continuaba regido el mundo por
la ley de sangre, y era necesario, fatal, que Juan de
la Cruz y su descendencia, y los que a él se ligaran,
todos perdieran violentamente la vida.
—Me ha dado usted una gran idea—dijo Sauce—,
y creo que voy a modificar mi artículo, para aña
dir lo referente al nacimiento del ciego y explicar
así sus infortunios por la influencia de esa irreme
diable fatalidad.
—Me parece bien que lo hagas—añadí yo—, por
que, a mi juicio, la clave del trabajo está en el na
cimiento, no porque fuera criminal, sino porque
siendo Juan de la Cruz hijo de un caballero rico,
se explica la ambición que le acometió de repente
de ser rico y caballero.
—Yo opino al contrario—replicó Pío Cid— ; que lo
mejor es no cambiar punto ni coma en ese trabajo.
Tal como está es como un tajo de carne cruda, y si
se hace la alusión a la leyenda de Edipo, parecerá
que el artículo está calcado en la tragedia clásica.
Y luego que no bastaría añadir unos párrafos por
el principio, sino que habría que rehacer todo el
artículo, porque al tomar cierto corte clásico exigía
líneas más severas y habría que suprimirle algunos
rasgos demasiado realistas. Cuando un escritor cain-
161
LOS TRABAJOS DE PtO CID
bia de punto de vista, ha de cambiar también de
procedimiento, y si tiene la obra a medio hacer, no
debe de remendarla, sino destruirla y hacer otra
nueva.
Cada cual dió su parecer, y la mayoría estuvo
conforme con Pío Cid, y Sauce se convenció al fin
de que lo mejor era no tocar el artículo. Entonces
me tocó a mí el turno, pues mis amigos quisieron
que les leyera un poemita que les dije que había com
puesto. A mí me tenían en la reunión por periodis
ta, con mis puntas de político o de sociólogo; y no
sé si a causa de este prejuicio, o porque mis versos
fueran malos de verdad, me condenaron sin apela
ción a escribir toda mi vida artículos de fondo;
pues, como decía Gaudente el viejo, no se debe mez
clar el verso con la prosa. El poemita en cuestión
era endeble, como primerizo, y lo rompí en un mo
mento de co ra je; pero daré idea del asunto por si
otro poeta puede escribir sobre él con mejor plectro.
El título era B odas de Genilio y D aura, y su comple
xión puramente descriptiva y casi dijérase hidro
gráfica, puesto que se describía el curso del Genil
y del Dauro, desde su nacimiento hasta que se jun
tan en Granada, y el viaje que emprenden, ya uni
dos, por toda Andalucía, hasta que, mezclados con
otros ríos, pero sin confundirse con ellos, van a mo
rir en el mar. Sin embargo de la gran importancia
que tenía la descripción, lo esencial no era lo des
criptivo, sino lo simbólico. Imaginaba yo las már
genes del Genil pobladas de ninfas de cabellera ne
gra, quemada por el sol. Una de ellas se enamora
del astro del día, recibe un beso de él y engendra
un hijo, Genilio, que es proclamado rey de las nin11
162
ÁNGEL GANIVET
fas morenas. Las márgenes del Danro a su vez
estaban habitadas por geniecillos rubios, casi albi
nos, por vivir siempre a la sombra de las avellane
ras. La luna se enamora de un geniecillo, y des
ciende una noche y da a luz en las aguas de un re
manso una hija, Daura, que es proclamada reina
de los geniecillos rubios. Genilio y Daura viven en
perpetua orgía; pero no son felices, porque les falta
lo más bello que hay en la v id a : amor. Genilio,
rodeado de morenas, desea amar a una ninfa rubia,
y Daura, rodeada de rubios, sueña continuamente
en un geniecillo moreno. Ambos se adivinan, aunque
los separa la montaña roja, la Alhambra; ambos se
aman sin haberse visto, y el amor les impulsa a
ponerse en movimiento con sus cortejos respectivos
de geniecillos y ninfas. Júntanse los dos amantes y las
dos comitivas, y comienza el alegre viaje de bodas;
cuanto más andan, la algazara es mayor, porque
se agregan nuevos convidados; pero la tierra que
van dejando atrás se va quedando muy triste. Ge
nilio y Daura derraman la alegría por todo el suelo
andaluz; pero esta alegría la han robado a Grana
da, y Granada les ve partir como las madres que
despiden a sus hijos en el viaje de novios.
Este era el poema en substancia, y tengo el orgu
llo dé estampar aquí que Pío Cid, aunque nada afi
cionado a los simbolismos, fué el único que halló
buena mi obra, y en particular la idea, a su juicio
felicísima, de poner en la región alta andaluza el
ser íntimo, grave, de Andalucía, y en la baja, el ser
exterior, alegre, y de explicar cómo el uno tiene su
origen en el otro. Asimismo me defendió de los ata
ques que me dirigieron los censores de la asamblea
tos TRABAJOS DE P ÍO C ID
163
por ciertas libertados métricas que me permití, y
aseguró que un poeta sincero está autorizado para
poner en los versos el número de sílabas que se le
antoje y para colocar el acento donde le dé la gana,
pues lo que vale es la emoción, la claridad, la vibra
ción y la sonoridad interiores, espirituales de la
obra, y no los perfiles mecánicos que han pasado
ya a la categoría de abuelorios.
— ¿De suerte—preguntó el poeta Moro, que había
censurado acerbamente mi poesía—que usted no es
tablece de hecho ninguna diferencia entre el verso
y la prosa?
—Existe siempre una diferencia—respondió Pío
Cid—. El verso es prosa musical, sin que esto im
pida que haya poesía en prosa, sin música, superior
a la poesía en versos regulares. Los que creen que
el verso ha de tener número fijo de sílabas y cierto
orden en la colocación del acento, aparte de las
asonancias y consonancias finales, son como los par
tidarios de la música vieja, que no comprenden más
que las melodías de organillo y no toleran que en
una ópera se pueda hablar musical y humanamente
a la vez, sino que desean que los cantantes, como
muñecos, vayan saliendo por turno a lucir sus ha
bilidades. Primero sale el tenor y canta una roman
za ; luego, la tiple encuentra al tenor, y sobreviene
el dúo; después acude solícita la confidente de los
amores, y tenemos el terceto, y, por último, entra
toda la familia, y aun el pueblo en masa, y asisti
mos a un concertante, cuyo final ruidoso pone la
carne de gallina. Todo esto es pequeño, y debe des
aparecer conforme nazcan hombres capaces de abra
zar mayores conjuntos y de ofrecernos escenas de
164
Angel ganiveb
la vida hum ana en cuadros de mayor amplitud. La
gente de cerebro estrecho resiste, pero al fin concluye
por comprender lo que al principio no comprendía,
y el arte sale ganancioso. Así, pues, los que en una
composición buscan la armonía verso por verso, se
contentan con muy poco; que busquen la armonía
íntima de la obra, que es superior a la del detalle,
y que piensen que el oído también progresa y no
debe ceñirse eternamente a las cadencias de la mé
trica antigua.
—Todo eso es muy curioso—replicó Moro, de
seando eludir la discusión—y nos aviva más el de
seo de oír la composición que usted nos había ofre
cido.
—Mi composición—dijo Pío Cid—no está escrita en
verso, pues ya le indiqué que sería una receta, y
además no me gusta leer en público, y prefiero que
lean ustedes mi trabajo en letras de molde, si lo
imprimen.
—Ya lo leeremos—afirmó Castejón—; pero eso no
quita para que usted lo lea ahora, y así serán dos
veces.
—¿Cómo se titula el trabajo de usted?—preguntó
Ceres.
—No tiene título—contestó Pío Cid, sacando un
pliego de papel de barba con muchos dobleces.
—Eso parece una escritura de arrendamiento—dijo
Miranda, viendo que el papel tenía sello de oficio.
—Lo escribí en Aldamar, en casa del secretario
Barajas, y no había otro papel a mano—replicó Pío
Cid—, Y lo que yo siento no es que el papel sea tan
antipático, sino que el contenido no surta efecto.
—Pero, hombre—insistió Ceres—, es menester bau-
LOS TRABAJOS DE P ÍO CID
tizar ese trabajo, porque, digan lo que quieran, el
nombre sirve para dar idea de las cosas.
—Este trabajo—dijo Pío Cid— es tónico o recons
tituyente del carácter, y es también, por lo menos
en mi propósito, el retrato de un hombre de vo
luntad. Pudiera titularse de muchos modos... Ecce
homo, podríamos ponerle, como dando a entender:
he aquí el hombre apto para crear obras útiles.
—No está mal ese título—dijo Castejón.
—Pues entonces con él se queda—concluyó Pío
Cid, y comenzó a leer:
>rtis initium dolor,
joatio initium erroris.
—nitium sapientiae vanitas.
Sortis initium amor.
—nitium vitae libertas.
—Eso suena a letanía—interrumpió Castejón.
— Será el ((despáchese» de la receta—agregó Mi
randa.
— ¡Qué diablo! Cuando se sabe un poco latín hay
que lucirlo—dijo Raudo— , porque su trabajillo cues
ta el aprenderlo.
Pío Cid no contestó, volvió a leer los latines pau
sadamente y prosiguió:
((El aire es útilísimo para la vida. Siempre que se
os ponga delante un hombre, debéis recordar este
aforismo: Un hombre, por mucho que valga, vale
menos que el volumen de aire que desaloja.»
— Eso me recuerda el principio de Arquímedes
—dijo Gaudente el mozo, que había estudiado Física
el año anterior.
— Será un principio de Física espiritual—añadió
Moro.
106
ÁNGEL GANIVET
«Sin aire no se puede vivir, y sin hombres se pue
de vivir perfectamente. Los grandes místicos se for
man en la soledad, y los grandes filósofos en el
silencio. Un hombre sumergido en una numerosa
asamblea humana pierde parte de su inteligencia,
y la pérdida está en razón directa del número de
los congregados. Y esto proviene de la sustitución
del aire puro por emanaciones mefíticas, recargadas
de ácido carbónico, según dicen los químicos, y de
secreciones intelectuales, venenosas siempre, y más
las de hombre que las de mujer. La condición esen
cial de la vida terrestre es el aire, y en las artes
plásticas la maestría suprema está en representar
los seres respirando. El pintor más grande del mun
do, Velázquez, fué un pintor del aire. Si pintáis un
monstruo con siete cabezas y catorce patas, y el
monstruo respira, habéis pintado un ser r e a l; y si
pintáis una figura real que no respira, no habéis
pintado nada.
»También es importante la luz, porque en ella se
funda un criterio permanente de moral. Lo que sale
de la sombra a la luz, es bueno; lo que huye de la
luz y se esconde en la sombra, es malo. La sombra
es el ambiente propio de la creación; pero si la
creación es noble y espiritual, busca luego la luz.
Los amantes que se hablan de amor puro escondi
dos en la sombra son como esos timadores audaces
que protestan de que se sospeche de ellos cuando
llevan en el bolsillo el objeto que acaban de robar.
Quizás el amante más espiritual que ha habido en
el mundo fué aquel cínico desvergonzado que con
virtió en tálamo nupcial las plazas públicas de
Atenas.
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
1G7
»De los agentes exteriores que nos rodean, el más
molesto es la sociedad; y el arte de vivir consiste en
conservar nuestra personalidad sin que la sociedad
nos incomode. Hay quien vive en paz sometiéndose
a las exigencias sociales, y hay quien vive en gue
rra resistiéndose a sufrirlas. Lo mejor es someterse
en todo, menos en un punto importante, el que más
nos interese. En vez de llevar un traje estrambótico
y exponernos a que nos apedreen, debemos de ir a la
moda, sin perjuicio de marcar nuestro desprecio
hacia la indumentaria ridicula de nuestra época por
medio de algún detalle caprichoso. Yo no veo incon
veniente en que se vaya de levita y sombrero de alas
anchas, ni en que se salga sin corbata un día que
otro, ni en que se lleve al hombro, en lugar de ga
bán, unos pantalones.»
—Pero eso, ¿lo está usted leyendo o inventándolo?
—interrumpió Miranda, mientras el auditorio co
mentaba por lo bajo las alusiones de Pío Cid.
Aquel día Castejón había bebido más de la cuenta,
y se había metido la corbata en el bolsillo para que
no le fatigara el cuello; lo del sombrero y la levita
cuadraba muy bien a Miranda, y del viejo Gaudente
se contaba el lance de haber salido un día al paseo
con unos pantalones al hombro. Y lo extraño es
que Pío Cid había acertado por casualidad, puesto
que las alusiones no eran inventadas, como al oírlas
habíamos creído, sino que venían escritas en el pa
pel, el cual fué pasando de mano en mano, hasta
que todos nos convencimos de que el autor no estaba
divirtiéndose con nosotros y de que leía textualmen
te los conceptos allí consignados.
—«Estas pequeñas infracciones de la etiqueta
168
ÁNGEL GANIVET
—prisiguió Pío Cid—son a veces útiles. Cuando yo
iba a la escuela me salí un día sin corbata, y por
no volver pies atrás tuve una idea atrevida. Vi en
medio de la calle una mata de maíz, arranqué de
ella una hoja, y saqué de la hoja una tira, con la
cual formé una corbata de lazo. Me la puse, suje
tándola bien con el chaleco y la chaqueta, que era
muy cerrada, y fui a clase y pasé el día felizmente,
sin que nadie notara la superchería. Sólo a última
hora un condiscípulo, que era el más tonto de la
escuela y el hazmerreír de todos, se fijó en mi falsa
corbata e hizo correr la voz para que se burlaran
de mí los escolares. Y yo sufrí la burla, pero descu
brí una verdad, muy valiosa en estos tiempos en
que se cree que la substancia del arte es la obser
vación : la observación, como todo, puede ser bue
na o mala, y hay observadores tontos y discretos;
pues lo esencial no es observar, sino lo que se ob
serva. De esta suerte, un hombre (o un niño) que
osa cometer una discreta extravagancia, da a enten
der que es fuerte y que se atreve a quebrantar los
estatutos de la moda y aun los de la urbanidad, si
a mano viene, y de paso lleva en sí una piedra de
toque para aquilatar a sus prójimos o para descu
brir verdades trascendentales. El carácter humano
es como una balanza: en un platillo está la mesura,
y en el otro la audacia. El mesurado tímido y el
audaz indiscreto son balanzas con un brazo, tras
tos inútiles.
»L a audacia se adquiere conociendo el mundo, y
la discreción conociendo al hombre. Si me pregun
táis cuál es el hombre más sabio, os d iré: el que,
viendo un mapamundi, ve en él con amplio espíritu
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
169
un escenario donde se mueve la humanidad entera;
y el abarcarlo todo de una ojeada no ha de estor
barle para conocer a fondo el espíritu de cada uno
de los hombres con quien el azar le ponga en con
tacto.
»¡Hay que trabajar! Pero ¿en qué, cómo y para
qué? El trabajo más productivo es el más libre; yo
he trabajado bastante en mi vida, y nunca he tra
bajado más ni con más gusto que ahora, que no
sólo trabajo con entera libertad, sino que ni siquie
ra me mueve el deseo de adquirir la riqueza. La pro
piedad, lejos de ser un estímulo, es la expresión
de la fuerza que domina hoy con no menor suavidad
que la de las armas. El arte de trabajar no tiene
nada que ver con el de enriquecerse ; el que apren
de a trabajar ha aprendido a ser eternamente po
bre ; para ser rico hay que aprender a explotar a
los que trabajan; para ser millonario hay que saber
engañar a los explotadores.»
—Pues ahí le duele—interrumpí yo—. Hay que
destruir este régimen abusivo por medio de leyes
justas; por eso he sostenido en los artículos que
tanto has maltratado que la caridad no basta y que
hay que transformarla en reparación social, en algo
que no dependa de la dureza o blandura de corazón
de los que poseen.
<(—Esa idea—me dijo—la has tomado de los au
tores positivistas, que son una plaga más temible
que la langosta. Lo mismo da endulzar las amargu
ras de la miseria con una limosna anónima que con
una, pensión consignada en algún presupuesto. La
limosna parece más denigrante, pero la pensión es
una limosna fría, sin alma. Puesto en el extremo.
170
ÁNGEL CANIVET
yo p re fe riría m en d ig ar por las calles a vivir enca
sillado en u n asilo. Todas esas com ponendas son
inútiles, porque en ellas se conserva la cau sa p e r
m anente del m a l ; m ás bello que d a r es no tener
n ad a que d ar, cuando se posee sólo lo necesario
p a ra el día y se deja lo dem ás p a ra que otro lo
recoja.
»Mejor que la observación de la vida es la acción
sobre la vida. L a acción exterior y casi m ecánica en
las obras de a rte nos parece y a ridicula. ¿Qué im
p o rta lo que los hom bres h ag an si es lo mismo que
ya se ha hecho m il veces? ¿Y qué im porta observar
si no cam bia el objeto de la observación? Lo bello
sería o b rar sobre el espíritu de los hom bres. Si hay
gloria en m a ta r, m ás glorioso es u n m icrobio que
el héroe triu n fa d o r en la b atalla. Los héroes del p o r
venir triu n fa rá n en secreto, dom inando invisible
m ente el esp íritu y suscitando en cada espíritu un
m undo ideal.
»Todos los hom bres creen que h ay que buscar los
medios de sostener u n a fam ilia antes de tenerla. Esto
se llam a p ru d en cia y sensatez, y yo lo llamo nece
dad. Tú h ab rás pensado en casarte, y no te decides
a hacerlo h a sta que tengas recursos holgados con
que aten d er a la que será tu esposa y a los que se
rá n tus hijos. El centro de tu vida actu al es ese
porvenir desconocido, y m ien tras llega vives sin h a
cer cosa de provecho. M ejor sería que m ira ra s el
presente y que p en saras que un hom bre debe vivir
siem pre como si no hubiese de cam biar jam ás. El
que se reserva el día de hoy p a ra ser m ás el día de
m a ñ a n a es ta n cobarde como el soldado o el gene
ral que aspira a ser héroe de la b a ta lla decisiva.
LO S TRABAJOS DE PÍO CID
171
dejando que otros luchen y caigan en las pequeñas
escaramuzas sin provecho y sin gloria; como si las
escaramuzas no influyesen en el éxito final de las
guerras. Vive, pues, hoy, sin reservarte para ma
ñana, que tu valor te será recompensado; la fuerza
que hoy gastes reaparecerá en ti mañana con cre
ces ; porque el espíritu del hombre ruin es cada día
más pequeño, y el del hombre generoso, cada día
más grande. Tú vives solo y apenas tienes para vi
vir, cuando con lo que tienes podrían vivir contigo
diez más. Vas a tardar varios años en constituir
una familia, cuando podías constituirla ahora mis
mo sin quebraderos de cabeza. ¿Cómo? Uniéndote
a una mujer del pueblo.
»La familia actual es un centro de guerra, que
justifica los egoísmos más execrables de los indivi
duos. Hay perfectos padres de familia que cometen
a diario grandes barrabasadas sin remordimiento
de conciencia, porque les disculpa el amor a sus
hijos, el deseo de dejarles bien abrigados, a cubierto
de las contingencias del porvenir, sin pensar que
antes que al porvenir de sus propios hijos deberían
atender al presente de los hijos ajenos. Contra esa
inexpugnable fortaleza de la familia de sangre y
de intereses, causa de nuestras luchas enconadas,
hay que levantar otra fortaleza más a lta : la de la
familia de voluntad y de ideas.
»Deja que se acerquen a ti cuantos quieran acer
carse y vive con ellos; y si no tienen educación, te
ha caído un trabajo: el de educarlos a tu gusto;
y si te dan mal pago, como es de esperar, no te im
porte, porque sin querer te pagarán, dándote ocasión
para que por ellos seas más hombre que eras antes.
17 2
.VNtiF.L GANlVF.f
Ahora vives vida falsa, porque el centro de tu vida
es el porvenir; te casarás con una mujer muy dis
tinguida, y quizás pretenciosa, que te secará el poco
jugo que te queda, y tendrás unos chiquillos que
parecerán arrancados de un figurín. Yo os aseguro,
y creedlo, que un hombre no posee verdadera ener
gía espiritual sino cuando trabaja para remontarse
a las cumbres más altas del pensamiento y descan
sa de sus tareas acostándose al lado de una mujer
esencialmente proletaria. Si mediante un tan feliz
concierto sale a luz un hijo bien dotado, puedes
formar con él un verdadero hombre; le enseñas un
oficio para que sepa ganarse el sustento con los bra
zos ; le instruyes en ciencias y artes para que pueda
aplicarse a diversas profesiones, y le aficionas a la
filosofía, que da la superioridad intelectual.
»Mientras los hombres que creen ser listos reducen
cada día más la familia y aumentan sin cesar las
ganancias para que nada falte, tú, como más torpe,
agrandas la familia y no te molestas en ganar más
que lo preciso para vivir. Y al cabo de algún tiempo
notarás que los listos se van achicando y que tú te
vas agrandando, y que de las familias pequeñas,
por falta de choque espiritual, no salen más que
mentecatos instruidos; en tanto que de la tuya, aun
siendo de gente pobre, que es la que se avendría a
vivir del modo que voy diciendo, verás nacer la
fuerza y la originalidad, que en vano buscan los
hombres por el mundo.
» —Y si me muero—preguntarás—, ¿qué será de
esa familia sin recursos?
» —Si te mueres—te contesto—, diremos como en el
ju ego: otro talla. Condúcete humanamente mientras
LO S TRABAJOS DE P ÍO CID
173
vivas, y deja que otros, con el temor y el pretexto
de lo que ocurrirá después de su muerte, continúen
viviendo tan mal que los juzguemos indignos de
haber nacido. Aunque no dejes recursos, dejas jiro
nes de tu personalidad adheridos a cuantos cerca de
ti vivieron, y dejas el ejemplo de tu vida, que es el
único testamento que debe dejar un hombre hon
rado.
»Hay quien coloca el centro de la vida humana
en el poder exterior, en la riqueza, en un bien con
vencional. Yo pongo el centro en el espíritu. ¿Qué
soy? Nada. ¿Qué apetezco? Nada. ¿Qué represento?
Nada. ¿Qué poseo? Nada. Ahora estoy en camino de
ser un verdadero hombre, puesto que si existe mi
personalidad sin buscar apoyo fuera de sí, es por
que dentro tiene su fuerza.
»La personalidad se acentúa con el ejercicio. Al
derrocharla en trabajos al parecer improductivos,
se adquieren fuerzas para crear obras útiles. Y lo
esencial no es la obra, sino que la máquina esté
siempre expedita para funcionar. En una herrería
lo importante es la fragua, porque sin ella la herre
ría no existe; lo accidental es que de la herrería
salgan trébedes, tenazas, badilas, rejas de arado o
instrumentos de varias aplicaciones. Así, en el hom
bre lo de menos es seguir estos o aquellos estudios,
dedicarse a esta o aquella profesión; lo de más es
ser hombre, y para serlo hay que tener encendida
la fragua.
»¿Cómo se consigue esto? Muy fácil: dándole al
fuelle. La fragua del hombre está en el cerebro, y
el fuelle es la palabra. El cerebro es un antro des
conocido; pero la palabra depende de nuestra vo-
174
ANGEL GANIVÉf
luntad, y por medio de ia palabra podemos influir
en nuestro cerebro. La transformación de la huma
nidad se opera mediante invenciones intelectuales,
que más tarde se convierten en hechos reales. Se
inicia una nueva idea, y esta idea, que al principio
pugna con la realidad, comienza a florecer y a fruc
tificar y a crear un nuevo concepto de la vida. Y al
cabo de algún tiempo la idea está humanizada,
triunfa, impera y destruye de rechazo la que le pre
cedió. También el hombre se transforma a sí mismo
expresando en alta voz ideas, que al principio son
conceptos puramente intelectuales, y luego, por re
flexión, se convierten en pauta de la vid a ; porque
la realización material de una idea exige la previa
realización ideal. Cuando no se tienen ideas, la pa
labra es inútil y aun nociva. Si la fragua está apa
gada, ¿qué se consigue con darle al fuelle? Enfriar
más los carbones. De aquí la conveniencia del si
lencio pitagórico, precursor de la idea e indicio de
preñez espiritual. Quienquiera que, teniendo el ce
rebro vacío, hable sólo para aturdir a los que le
escuchan, debe callar en el acto. El hablar maqui
nalmente revela temor en la inteligencia; es como
el canto con que disfraza su cobardía el pusilánime
cuando pasa por un sitio que le inspira miedo. En
cambio, la palabra que anuncia una idea es útilí
sima, porque es el primer paso para realizarla. Al
principio nos parece la idea imposible o absurda;
después de anunciada nos va pareciendo posible y
natural, aunque superior a nuestras fuerzas; por
último, nuestras fuerzas se excitan, se ponen a la
altura del propósito, y a veces lo superan. Una aren
ga impetuosa decide el triunfo en una batalla. Una
L O S TRABAJOS DE P ÍO C ID
175
palabra empeñada lleva a un hombre a acometer
empresas superiores a sus propios intentos. Un
hombre tenaz, animado por una idea claramente
concebida y expresada, triunfa siempre, aunque lu
che contra él la sociedad entera. No sólo el hombre,
hasta los animales se dejan influir por la acción
sugestiva de la palab ra; por esto la cualidad esen
cial de un carretero es tener buenos pulmones.
»La mayoría de los hombres son comparables a
un viajero tonto, que emprende un largo viaje lle
vando todo lo necesario, excepto espíritu para ver
las cosas. Todos procuran ser algo, y casi todos se
olvidan de ser. Por lo cual, entre tantos hombres
clasificados o clasificables como existen sobre la
superficie del globo, no es fácil hallar un hombre
verdadero. Aunque en vez de una linterna lleváse
mos una lámpara incandescente, no adelantaríamos
hoy más que adelantó Diógenes en su tiempo, por
que conforme va aumentando la potencia de la luz
artificial va disminuyendo la humanidad del género
humano.
»Hay, pues, que ser hombre ante todo, dejando
para después los estudios y trabajos que nos entre
tienen o nos dan el pan de cada día. Y la calidad
del hombre se ha de conocer, no en simples pala
bras, sino en hechos, en la comprensión total de la
vida. He aquí un hecho usual, que puede servirnos
de medio de prueba: ¿qué hombre no ha hallado al
guna vez a una mujer caída en el vicio? Este hallazgo
vulgar inspira varios pensamientos, en los cuales
cada hombre da la medida de su humanidad. La
mayor parte no piensa más que en aprovecharse
de la desgracia para satisfacer su sensualidad; és-
m
ÁNGEL
GANIVET
tos son hombres apagados, mejor dicho, son bestias.
En otros más intelectuales, la sensualidad queda
dominada por la curiosidad; el médico ve allí un
caso patológico; el literato, un caso novelesco o dra
mático ; el pintor, un caso pictórico, y así por el es
tilo mil casos o asuntos, según los diversos puntos
de vista. ¿Cuánto más noble no es el que siente pie
dad y ama a la mujer caída, y por el amor la rege
nera y la redime? El que mira con amor al des
valido, es más humano que el que le estudia sin
amarle. Pero se puede hacer por esa mujer caída
algo más que redimirla por el am or: se puede subir
aún más alto...»
Pío Cid dobló el papel y lo dió a Moro, diciéndole :
—Guarde usted eso, y si le parece que sirve publíquelo en la revista nonata.
—Pero ¿ha concluido usted ya?—preguntó Moro.
—Sí, ya he concluido; y el papel, aunque era
grande, se concluyó también al llegar ahí.
—Pues falta precisamente lo esencial—dijo Moro—,
porque yo le confieso a usted que no sé qué se pueda
hacer más por una mujer mala que amarla y reha
bilitarla a los ojos del mundo.
—Se puede hacer más—contestó Pío Cid— ; pero
esto no está en mi mano declararlo, porque, si lo
declarara, les habría descubierto a ustedes la ley
primitiva y perenne de la creación.
—¿Y qué mal habría en ello?—preguntó Moro mi
rando a Pío Cid, como si dudase de que éste hablara
en serio o se hallara en su cabal juicio.
—Ya ha oído usted—contestó Pío Cid—que para
mí el carácter humano está constituido por el equi
librio de dos fuerzas antagónicas: la mesura y la
177
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
a u d acia. Yo he tenido o creo h a b er tenido (que p a ra
el caso es igual) la au d a cia de con ceb ir u n a ley
nueva, que, m ás que ley, es a sp ira ció n p erm anente
del u n iv e rs o ; y como sé que todos los inventores
lo p a sa n muy m al y yo no estoy por que nad ie
me fastid ie, quiero d em ostrar mi m esu ra re se rv á n
dome el secreto. Así conseguiré ser un in v en tor feliz,
especie nueva en la h isto ria h u m ana.
— D ispense usted que le d ig a— arg ü y ó M iran d a
algo am oscado, porque c re ía que P ío Cid h a b la b a
en tono zumbón—que por el sistem a de usted todos
podemos ser grand es inventores. B a s ta d ecir que
hem os descubierto un nuevo p la n eta , pero que nos
reservam os fija r el punto del espacio en que se
h alla.
—Yo he descubierto m ás que todo eso— contestó
P ío Cid— , porque he d escubierto que no h a y tales
p la n e ta s, ni tales satélites, ni tales com etas, ni astro
alguno en el espacio, y en su día lo d em ostraré.
Cuando yo digo que me reservo el secreto de mi
d escu brim iento, debo d ecir que aplazo la revelación
p a ra después de mi m uerte. Si después de m uerto
se d em u estra que d esgraciad am en te me h a b ía equ i
vocado, la d em ostración lleg a tard e, y yo me he ido
al otro mundo con m i ilu sión en el c u e rp o ; y si, al
co n tra rio , mi invención es verd ad era, la envidia no
puede y a tocarm e. Yo desprecio la g l o r i a ; u tilid ad
no la busco, ni mi invento es útil, que si lo fu era
lo d escu b riría en el acto, porque entonces no te n d ría
im p o rtan cia m ayor. Así, pues, no h ay razón n in g u
n a que me acon seje rom per mi silencio, y les ruego
a ustedes que ten gan esp era y suspend an su ju ic io
h a sta después de mi m uerte, que poco h a de ta rd a r.
12
178
ÁNGEL GANIVET
— Entonces— dijo Moro— , ¿hará usted esa revela
ción en su testamento?
— Pienso morir intestado— contestó Pío Cid— . La
dejaré en una tragedia que tengo ya escrita, y cuya
acción se desarrolla precisamente aquí, en la Al
hambra.
— ¿Y cómo se titula esa tragedia?— preguntó Ceres, que no concebía nada sin título.
— No se titula de ningún modo— contestó Pío Cid— .
Interinamente la pueden ustedes llamar Tragedia,
pues en realidad no es una tragedia particular, sino
la tragedia invariable de la vida.
— Hombre, nos ha excitado usted la curiosidad de
tal modo— dijo Gaudente el viejo tomando un vaso
de agua con azucarillo— , que vamos, sin quererle
a usted mal, a desear que se muera pronto.
— Yo me moriré cuando quiera— dijo Pío Cid— , y
aun soy capaz de aligerar a morirme por dar gusto
a ustedes.
— Eso no—dijo Raudo— ; por ahora nos contenta
mos con leer su artículo, que tiene bastante miga.
Es una medicina que hay que tomar a pequeñas
dosis.
— Pues para mí e* como agua destilada—replicó
Castejón.
Después de la lectura de Pío Cid y de los comen
tarios a que dió lugar, hubo aún tiempo para que
leyera Miranda su linda y breve novela La cáscara
amarga, cuadro primoroso de costumbres del Aibaicín, y Castejón el capítulo primero de la leyenda
árabe que tenía entre manos desde hacía mucho
tiempo. Con lo cual se hizo de noche, y acordamos
subir a merendar a un ventorro de la Alhambra,
LOS IKALAJOS DE PÍO CID
179
donde Moro, que adem ás de poeta era g ra n g u ita
rrista , nos hizo p a s a r un rato delicioso oyéndole ra s
g u ear unos jaleos de su invención. La lite ra tu ra y
la m úsica nos ab riero n el apetito de p a r en par, y
bien pronto estuvim os todos de acuerdo p a ra de
c la ra r que nuestros trabajo s ju n to s no v alían lo que
la pescada en blanco y el jam ón con tom ate con
que nos regaló el pico el am able ventorrillero. Hubo
derroche de líquidos, discursos y su poquito de can
te, y acaso nos h u b iera am anecido si no estuviera
y a resuelto nuestro viaje. El viejo Gaudente se achis
pó e hizo consideraciones m uy sentidas acerca de la
brevedad de n u e stra vida y de la conveniencia de
aprovechar el tiempo p a ra divertirse cuanto buena
m ente se pueda.
—Yo no soy aficionado a filosofías—concluyó di
rigiéndose a Pío Cid—, y no me he hecho cargo de
lo que usted nos h a le íd o ; pero creo que cuando un
hom bre aprende a p a sa r ratos ta n ag radables como
éste de hoy, ha aprendido cuanto necesita p a ra vivir,
y todo lo dem ás le sobra. Su receta será b u e n a ;
pero este vinillo blanco es m ejor. Brindo, pues, por
el dios Baco y por su d istinguida esposa la diosa
A legría, en cuyo seno se olvida uno de todas las
ciencias y de todas las artes inútiles inventadas por
los tontos.
Fué tal el brío con que quiso a p u ra r la copa, que
le saltó el botón del cuello de la cam isa, y como
el cuello era postizo, se le quedó suelto por gola,
dando al alegre viejo un aire cómico que nos hizo
reír a carcajad as.
Pío Cid tomó pie de ello p a ra p ro n u n ciar u n a tre
m enda filípica contra los puños y cuellos postizos,
180
ÁNGEL GANTVET
que, en su opinión, eran la expresión más ridicula
que cabe concebir de la triste instabilidad de las
cosas humanas.
—Ese botón que se ha roto—añadió—es como la
alegría invocada por el amigo Gaudente. Si pudié
ramos ir sin botones, y aun sin camisas, yo sería
el primero que me pondría en cueros vivos; pero
un botón que se rompe nos obliga a buscar otro, y
lo mejor es usarlos de metal duro para que no se
rompan jamás. ¿De qué sirve romper la triste mo
notonía de la vida con una alegre borrachera, si a
poco hemos de volver a la monotonía, quedándonos
sólo el amargor de boca del pequeño abuso que co
metimos? Esas alegrías, postizas como los cuellos,
a mí no me satisfacen. Busquemos la alegría en lo
hondo y en lo íntimo de nuestro espíritu, y si llega
mos a hallarla nos parecerán despreciables esos bre
ves aturdimientos con que antes distraíamos nuestra
tristeza. Ya sé que el hombre aturdido, que se ríe
de todas las cosas, es más simpático que el grave
predicador, el cual muy fácilmente se lleva los tí
tulos de pedante y burro. Yo he pasado con vosotros
uno de los días más alegres de mi vid a; pero mi ale
gría no proviene del beber, porque no he bebido;
ni del comer, porque apenas he comido, bien que
por el olor comprendiera que el amo de este castillo
no es ra n a ; si voy a decir la verdad, no he comido
más que aceitunas, que me gustan al perder desde
pequeño; y aun os he de declarar que este plato,
andaluz por esencia, por ser nuestro suelo el más
olivífero del mundo, es mi plato favorito, y os lo
recomiendo porque desarrolla la energía cerebral
con caracteres originales. Los grandes filósofos grie-
LO S TRABAJOS DE P ÍO C ID
181
gos fueron devotos de la aceituna. La cultura grie
ga debe más al olivq que a ningún otro árbol o
planta; y la nación más apta hoy para ejercer en
el mundo la supremacía ideal es España, por ser la
nación que produce mayor cantidad de aceite. Pero
dejando a un lado estos perfiles, os aseguro que hoy
he estado yo alegre, y que mi alegría no viene de
excesos que no he cometido, sino de una complacen
cia puramente espiritual. Ya sabéis que amo el aire
sano y la luz natural, el agua cristalina y el arte
puro. Para mí, la verdadera civilización es la que
florece en medio de la Naturaleza. Si hubierais esta
do en un salón de sesiones, con un presidente que
os diera y os quitara la palabra a campanillazos,
hubierais visto cuán pronto escurría yo el bulto;
mientras que en una asamblea acéfala, y bajo la
bóveda del cielo, me figuraba que no éramos culti
vadores artificiosos de las letras, sino más bien como
un grupo de braceros del campo que suspende sus
faenas un momento y se pone a la redonda para
fumar un cigarrillo. Si tuvierais paciencia para se
guir muchos años estas saludables prácticas, veríais
surgir verdaderos portentos; porque el arte original
nace siempre ai aire libre, cuando el hombre se
remonta al ideal, sin separar los pies del terruño,
ni los ojos de la contemplación de las bellezas na
turales.
Este breve discurso mereció la aprobación del
auditorio y fué la señal de la dispersión. Todos qui
sieron despedirnos, y juntos bajamos por las cues
tas de la Alhambra en grupos. Yo vine todo el ca
mino con Miranda, comunicándonos nuestras im
presiones.
182
ÁNGEL GANIVKT
—Si quieres que te diga mi verdadera opinión—me
dijo—, Pío Cid me ha parecido un hombre extrava
gante. No es un tipo vulgar, pero tampoco es lo que
tú nos habías anunciado. Mucho más valen los
versos de Moro y el relato de Antón que la sarta de
incoherencias que él nos ha enjaretado en su Ecce
homo.
—No es posible comparar una cosa con otra—re
pliqué yo— . Lo que han leído Moro y Sauce son
trabajos literarios, a los que ya está hecho nuestro
paladar, y lo que ha leído Pío Cid es cosa nueva,
que no es ciencia ni arte.
—Pues ¿qué es entonces?—me preguntó Miranda.
—Es una creación—le contesté—. Es incoherente
como una receta, en la que un médico combina di
versas substancias que nada tienen que ver las unas
con las otras; pero si la receta cura, ¿qué más se
puede apetecer?
— ¿Y tú crees que la receta de Pío Cid puede re
constituir el carácter y robustecer la voluntad, ni
que haya quien pueda seguir los consejos de la re
ceta?...
— Si no hay muchos que los sigan, habrá alguno;
y basta para el caso que uno los siga y los demás
aprendan a tener amplitud de criterio para com
prenderle y no censurarle. Lo que a primera vista
parece extravagancia, puede muy bien ser como el
sabor desagradable de ciertos medicamentos; quizás
después de varias lecturas desaparezca el mal sabor,
y entonces, asimiladas ya las ideas, serán como el
espigón de una estatua que se nos ha metido dentro
del cuerpo. Yo creo que Pío Cid conoce el espíritu
del hombre; que así como un mecánico monta y des-
I O S TRABAJOS DE PÍO CID
183
monta una máquina, cuyo mecanismo es para lo»
profanos incomprensible, así él manipula en el es
píritu humano y lo transforma.
—Pero si eso fuera cierto, Pío Cid sería un hom
bre distinto de los demás.
—Todos los hombres son iguales, y los que descu
bren algo nuevo son tan hombres como los otros.
Tienen cierta superioridad momentánea hasta tan
ta que el invento se divulga y caemos en la cuenta
de que la idea misteriosa es como el huevo de Co
lón. Desde que el mundo es mundo ha habido hom
bres que han influido sobre el espíritu de otros hom
bres ; lo han hecho a ciegas, tanteando, a la ma
nera de los pedagogos. Figúrate que se logra des
componer el alma del hombre, como se descompone
la luz en el prisma, y descubrir la variedad de fuer
zas que la constituyen, y combinar estas fuerzas
para producir estados originales. Conocida la ley
fundamental de la creación, ¿quién sabe adónde po
drían llegar las consecuencias?
—¿Y ése es el invento de tu amigo?—me pregun
tó Miranda.
—No es ése—le contesté yo—. Hablo por hablar,
pues no estoy más enterado que tú. Y casi creería
que no hay tal invento, y que Pío Cid es un humo
rista serio, que ha tomado el mundo por vaina. Pero,
aunque así fuera, él hace cosas que no es capaz de
hacerlas nadie.
Después de pasar un rato con mi familia, volví
a reunirme con mis amigos en la Puerta Real cuan
do ya iba a salir la diligencia. Nos acomodamos Pío
Cid y yo en la berlina, y con sendos apretones de
mano nos despedimos de nuestros ilustres compañe-
m
Angel ganivet
ros, ofreciéndoles volver al año próximo. Así termi
nó la notable jornada, de la que aún conservo viví
simo el recuerdo; pues aunque son muchas las que
he pasado alegremente en la grata sociedad de estos
buenos amigos, ninguna fué tan bien aprovechada
como la de este día, la cual influyó, además, en el
rumbo de mi vida del modo que verá el que le
yere.
Nada de particular nos ocurrió durante el viaje.
Yo no tenía sueño, y quise entablar conversación
con Pío Cid; pero éste me dijo que una de las con
diciones del trabajo intelectual, que por olvido no
había consignado en su receta, era dormir ocho o
diez horas de un tirón todas las noches, sin lo cual
el cerebro no se limpia bien de sus impurezas, y
funciona con lentitud y pesadez. Esto era lo mismo
que decirme que le dejara en paz, y así lo hice. Tam
poco pude pegar la hebra con el mayoral, porque
éste era hombre de pocas palabras. Era tuerto y de
genio áspero, y, según las ideas de Pío Cid, podía
ser considerado como un silencioso activo; sólo des
pegaba los labios para chupar, y más que para chu
par para morder y mascar la negra tagarnina que
llevaba constantemente en la boca; pero no dejó en
paz un momento el látigo, que tampoco producía
gran efecto, pues en particular las ínulas de lanza
lo recibían sobre las costillas como un suave pasa
mano. En resumen, íbamos igual o mejor que en un
tren expreso. No volcamos, ni salieron a robarnos,
ni nos sucedió nada de lo que cuentan ciertos viaje
ros mentirosos. El mayoral y sus ínulas, influidos
por las ideas de progreso de nuestra época, funcio
naban con la misma regularidad que una locomoto-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
185
ra, y por añadidura no había miedo de que desca
rriláramos.
En Jaén fuimos a parar a casa de una amiga mía
que vivía en la calle Maestra, y se nos fué el tiempo
tan sin sentir que me faltó para dar un vistazo a la
Catedral, y tuve que dejarlo para otra ocasión, con
tentándome con ver la fachada. En cuanto a Pío
Cid, creo que con la fachada tendría bastante para
figurarse cómo era la iglesia por dentro, a juzgar
por un rasgo sorprendente que tuvo aquel mismo
día, cuando salimos de Jaén con dirección a Espelúy, donde debíamos tomar el correo de Andalucía
para Madrid. Hacía calor, y para ir más ventila
dos nos metimos en un coche de tercera, de compar
timientos corridos. Pío Cid, sentado frente a mí, leyó
en el testero del coche el letrero que decía «(cuaren
ta asientos», y me hizo notar que habían raspado la
i, la e y la í, y habían dejado : «cuarenta asnos».
—¿Ahora te enteras de eso?—le dije yo—. Desde
que hay ferrocarriles en España, todos los coches
llevan la marca de los 40 asnos. Esa es la protesta
nacional contra el mal servicio que tenemos, y quién
sabe si será también una queja contra el sistema
moderno de viajar, que parece más propio de bes
tias que de hombres.
—Pues a mí me coge de nuevas—me contestó— ;
mira qué atrasado estoy de noticias.
En esto entró en el coche, y se sentó de espaldas
en el extremo opuesto, una mujer que, vista por de
trás, tenía el aire de buena moza. Era alta, fornida
y ancha de hombros; la cabeza bastante gorda, con
abundante cabello negro, y las orejas muy bonitas;
llevaba un pañuelo negro, de seda, caído sobre los
186
ÁNGEL GANIVTC
hombros; pendientes de corales, y una peineta
grande de concha. Yo me quedé mirándola un buen
rato, y Pío Cid me preguntó que qué miraba.
—Es una mujer que ha entrado. No le he visto la
cara, pero tiene mucho trapío, y por detrás da gran
golpe.
—Voy a ver—dijo Pío Cid, volviéndose para mirar.
Y al punto añadió— : Es mejor la cruz que la cara.
Tiene los ojos juntos, el entrecejo cerrado, la boca
grande y su poquito de bigote.
—Pero ¿le has visto la cara?
—No hace falta. ¿No hay quien reconstituye un
animal por un hueso? Pues dame una oreja, y te
reconstituyo una fisonomía.
—Lo que es ésa no pasa. No tan calvos que se
nos vean los sesos.
—Suponte—me dijo—que te enseño dos duros por
la cruz, y tú, sin necesidad de fijarte, me dices:
éste es isabelino y éste es alfonsino. ¿Cómo sabes
esto, si no has visto los bustos de Alfonso y de Isa
bel? ¿Si no has leído tampoco las inscripciones?
Lo sabes porque los escudos son diferentes, y has
adquirido el hábito de asociar tal busto a tal escu
do. Del mismo modo puedes acostumbrarte a aso
ciar los diversos rasgos fisonómicos. Esto requiere
mucha experiencia, porque las combinaciones son
infinitas; pero como posible, es posible : no tengas
la menor duda.
Largo tiempo duró mi incertidumbre, porque la
mujer de la cabeza gorda no dejaba ver la cara,
bien que su reservada actitud fuera ya indicio de
que no tenía grandes atractivos que m ostrar; al fin
bajó del tren en la estación de Menjíbar, y con
to s TRABAJOS DE PÍO CID
187
asom bro vi que era tai como P ío Cid me la h ab ía
descrito: cejijunta, bigotuda y de aspecto agrio,
como de persona que padece del estómago o del h í
gado. No p aró el incidente aquí, pues, excitada mi
curiosidad, quise que mi am igo me explicase cómo
adivinaba las fisonomías, y él me dió la p rim e ra lec
ción de este a rte extraño y p a ra m í desconocido h a s
ta de nom bre. No recuerdo a h o ra lo que me d ijo ;
sólo tengo idea de que habló de las diversas razas
que han habitado n u e stra P en ín su la a p a rtir de los
trogloditas, precursores de iberos y celtas, y de los
caracteres plásticos de cada u na, sola o en las d i
versas com binaciones a que pueden d a r lu g ar. Así,
de la m ujer cabezuda me aseguró que era u n a a m a l
gam a, triple, irre g u la r y poco fecunda, y que, des
com puesta en diez partes, d a ría el re s u lta d o :
10 = 1T + 7R + 2M. Es decir, que ten ía u n a u n id ad
raíz, base tú r d u la ; siete rom ánicas, que d a b a n ca
rácter a la mezcla, y dos m oriscas, apenas in d ica
das en los ojos. Esto, dicho por mí, quizás no tenga
gracia, pero en la form a en que Pío Cid me lo ex
plicó, sería m ás gracioso y entretenido que la m ás
chispeante comedia.
Llegamos a Espelúy, y encontram os atestados de
gente todos los coches de segunda, que era la clase
en que nosotros viajábam os. Yo pensé pedir suple
mento, pero Pío Cid se h abía quedado sin u n real y
no quería que yo pagase por él. Sin em bargo, nos
salió la m ism a cuenta, porque a ú ltim a hora, por
falta de asientos, un revisor, que me conocía, nos
colocó, sin p a g a r m ás, en un coche de prim era, don
de iban sólo dos viajeros. Apenas nos sentam os se
puso el tren en m arch a, y entonces me fijé en núes-
188
ÁNGEL GAÑIVE*
tros compañeros de viaje. Eran un hombre y una
mujer; el hombre estaba tumbado a la larga frente
a mí, y dormía con la cara tapada con un pañuelo;
la mujer estaba sentada en un rincón frente a Pío
Cid, y era joven y muy simpática. Vestía como una
señora, pero su tipo era más bien popular; era alta
y delgada, pero no enjuta, pues tenía muy buena
pechera, y la manga ajustada (aún no había veni
do la funesta moda de las mangas en forma de ja
món), acusaba unos molleros muy bien hechos. Lle
vaba un traje claro, sencillo, y una manteletilla roja
suelta sobre los hombros. Los ojos negros, vivos; las
cejas muy arqueadas, la nariz graciosa, un poco
gruesecilla, y la boca fresca y risueña. Era bella y
arrogante, pero lo más singular de su persona era
el peinado, de raya partida; el cabello negro, ondu
lante, caía en dos pabellones, tapando casi las ore
jas, y luego se recogía por detrás en cordón para
formar una especie de rodete de estilo bizantino, y
del centro del rodete salía, a modo de plumero, un
mechón de pelo rizado. Era un peinado original;
transición del bizantino al griego, con añadiduras
fantásticas y un poco churriguerescas, pero que re
velaban cierta independencia de carácter y gusto
en aquella joven interesante. Pío Cid la miraba con
el descaro fraternal con que solía mirar a todas las
mujeres, y por último le d ijo :
—Usted me dispensará la libertad que me tomo,
pero tiene usted un tiznoncillo en la cara...
—Da pena viajar en estos trenes—dijo la joven
con voz armoniosa, sacando del bolsillo un pañuelo
para limpiarse.
—Más acá..., más all^ —decía Pío Cid, sin apar-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
189
ta r los ojos del p añ u elo ; y por últim o— : Ya está
bien.
—G racias—dijo la joven inclinando levem ente la
cabeza.
Yo h acía esfuerzos p a ra no reírm e de la o cu rren
cia de Pío Cid, y me figuré que e ra sólo un pretexto
p a ra e n tra r en conversación con la g u ap a v iajera.
P ero al verle quedarse ensim ism ado le p regunté en
voz b a j a :
—¿ P a ra qué le h as dado esa brom a?
—E ra p a ra ver el pañuelo—me contestó—, y p a ra
saber, si era posible saberlo por la m arca, el nom bre
de la joven, a la cual al punto he querido recono
cer... Ahora estoy seguro. E sta es Mercedes, la h ija
del ciego Ju a n de la Cruz.
Dijo Pío Cid estas p a la b ra s con im pasibilidad ab
soluta, y yo las escuché con ta n ta so rp resa y emo
ción, que me corrió un escalofrío por todo el cuer
po. E ra la prim era vez en mi vida que veía en la z a r
se el arte con la realidad, y al saber que aquélla
era la h ija de Juanico el ciego, reap areció ante mis
ojos el cuadro de dolor y m iseria trazad o por Antón
del Sauce, y vi en M ercedes u n a m u jer d istin ta de
la que antes h abía visto, cuya belleza no me inspi
ra b a ah o ra sim patía, sino m ás bien lástim a. E xam i
né con detenim iento al hom bre que iba acostado, y
aunque no se le veía la cara, me produjo u n senti
miento inexplicable de a v e rs ió n : e ra algo obeso, y
el vientre, que descansaba sobre el asiento, se le
m ovía con el traqueteo del tren. Sus m anos, finas
y ensortijadas, d ab an a entender que era hom bre
todavía joven.
No tardó en despertar el viajero, y al incorporarse
190
ÁNGEL GANIVET
me saludó con cierto embarazo, como no sabiendo
si debía hacerse el desconocido o si hablarme con
confianza; Era aquel joven antiguo compañero mío
de estudios; pero sólo habíamos estudiado juntos
un año, porque él se rezagó, y desde hacía ocho o
diez no nos habíamos vuelto a hablar, aunque en
Madrid nos veíamos con frecuencia en los teatros.
Era granadino y se llamaba Juanito Olivares, y no
sé con fijeza si terminaría al fin los estudios de De
recho, porque bien que se matriculara siempre, rara
vez se examinaba. Pero aunque los hubiese termi
nado, él no vivía de su carrera ni de ninguna profe
sión conocida, y en Madrid le teníamos todos los
paisanos por una mala persona. Era jugador y an
daba siempre metido con la gente del trueno, que
pasa la vida en continua francachela, unos días
derrochando a lo príncipe, y otros dando sablazos
a diestro y siniestro. Tenía también fama de Teno
rio, pero Tenorio achulado, puesto que siempre an
daba entre mujeres de mal vivir, y aun se decía que
las explotaba. Sentí, naturalmente, deseo de saber
cómo y por qué caminos había sacado a la hija del
ciego del poder de su viejo protector, el montañés
Estirado, y al contestar a su saludo, lo hice con
amabilidad y llaneza, diciéndole:
—Duda usted, quizás, si soy o no soy un antiguo
condiscípulo. Yo le he reconocido a usted al mo
mento ; usted es mi compañero de Derecho canóni
co, Juan Olivares, y me alegro de que hagamos jun
tos el viaje a Madrid.
—Yo también le he conocido a usted—me contes
tó—, y al contrario, estaba en duda de que usted
me recordase después-de tantos años. Ya veo que es
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
191
usted buen fisonomista. ¿Ha venido usted por Jaén
para evitarse el calor...?
— En efecto, he venido en la diligencia con este
amigo y paisano..., don Pío Cid— añadí, presen
tándole.
— Tanto gusto en conocerle— dijo Olivares— . He
leído su nombre en los periódicos... Supongo que
usted será el diputado electo por Aldamar... Yo ten
go parientes en el distrito, y aunque hace años falto
de Granada, leo siempre algo de lo que pasa en
nuestra tierra.
— ¿Entonces no viene usted ahora de Granada...?
— preguntó Pío Cid, asintiendo a las palabras de
Olivares.
— No, señor — contestó éste— ; vengo de Sevilla,
donde he pasado una temporada.—Y luego añadió,
dirigiéndose a su compañera de v ia je :
— Mercedes, estos señores son paisanos y ami
gos ; vamos, como quien dice, en familia.
— ¿Es también granadina?— pregunté yo, señalan
do con el gesto a Mercedes, por no calificarla de
ningún modo— . Yo conozco allí a todo el mundo, y
juraría no haberla visto nunca...
— Es de Málaga— dijo Olivares— . Este es el pri
mer viaje que hace a Madrid.
— Va usted a dejar bien puesto el pabellón de An
dalucía— le dije a la joven, que nos miraba algo in
quieta, desde que al oírnos hablar comprendió lo
falso de la situación en que a nuestros ojos se en
contraba.
—La verdad es— dijo Olivares— que nosotros los
andaluces somos la gente más descastada del mun
do. Hace años que vivo yo en Madrid, y ustedes
192
ÁNGEL GANIVET
también, sin duda, y no nos hemos visto nunca, o
nos hemos visto como si no nos conociéramos. Esto
no es cosa de nosotros solos, sino de todos los paisa
nos. No tenemos ningún centro donde reunirnos, ni
queremos ayudarnos, ni siquiera tratarnos. Así es
tan difícil que hagamos carrera, y se ve todos los
días que muchachos muy aventajados, que con al
gún apoyo subirían a los primeros puestos, tienen
que huir de Madrid con el rabo entre las piernas,
para que al llegar a sus provincias les digan que no
valen un pitoche y que si no se han abierto camino
es porque en la corte se hila muy delgado, y muchos
que en provincias parecen algo, aquí se quedan en
nada. Ya ven ustedes, cuando el alma me duele a
mí de ver cómo ponen por las nubes a muchos zan
guangos que en sus pueblos no servirían ni para
limpiar botas. El busilis es la protección y el bom
bo, y eso es lo que nosotros no entendemos todavía,
y por eso nos dejamos apabullar.
—Estamos conformes—agregué yo—; pero el mal
no tiene remedio, porque a nosotros nos falta espí
ritu de fraternidad, y sin él, lo más derecho es que
cada uno trabaje por su cuenta, y ya que no ayu
de, que tampoco haga daño a los otros. Ya he pen
sado yo en que varios amigos fundáramos en Ma
drid un Centro andaluz; pero luego desistí de mi
idea, porque vi que me iba a costar muchos disgus
tos y quizás salir entrampado, si daba la cara,
aunque no fuera más que para los primeros gastos.
—Para sostener un Centro en Madrid hay que
permitir el juego—dijo Olivares—. Todos los Círcu
los echan mano de ese recurso, porque más da una
mesa que doscientos soeios. Si no fuera por eso,
193
LOS TRABAJOS DE P ÍO CID
¿creen ustedes que habría en Madrid un Círculo
para un remedio?
—Claro que no—asentí, no queriendo contradecir
al picaro de Olivares— . Y según la máxima que se
atribuye a los jesuítas, de que el fin justifica los me
dios, yo permitiría jugar a los prohibidos si así se
lograba sostener una sociedad útil para el progreso
del país.
—Para mí la nación ideal es Monaco—sentenció
Olivares— . Ahí tiene usted una nación donde no hay
cobradores de contribuciones; el juego da para
todo, el arte prospera, y milagro es el año que no
se estrenan obras de mérito, hasta óperas, para
que nada falte.
—Lo único malo que encuentro—dije yo— , es que
ocurran tantos suicidios...
—Se exagera mucho — replicó Olivares— , y ade
más, alguna vez tiene uno que morirse, porque no
somos eternos. Entre morirse de viejo apestando al
prójimo, o suprimirse de un pistoletazo después de
sacarle a la vida todo el jugo posible, ¿qué le pare
ce a usted?... Yo, por mí, les aseguro que no llega
ré a oler a rancio.
—Cada cual entiende la vida a su modo—dijo Pío
Cid— , y nadie la entiende bien.
—Ahora ha dicho usted una verdad como un tem
plo—dijo Olivares— . Lo mejor es dejar que cada
uno viva como quiera y que se mate, si ése es su
gusto, cuando le venga la contraria. Con prohibir
las cosas nada se sale ganando, porque lo que no
se hace a ojos vistas se hace de ocultis, y es peor
lo roto que lo descosido.
No he de aburrir al lector relatando lo mucho y
13
194
ÁNGEL GANIVET
malo que se habló durante el viaje. Pío Cid habló
poco, y Mercedes nada. Olivares y yo hicimos el
gasto, y sin darnos cuenta pusimos la moral hecha
una lástima. Olivares era muy listo y a ratos ocu
rrente, y daba pena verle tan desatinado y tan sin
compostura. Con él no valían predicaciones, porque
todas se las sabía de memoria, y al minuto de oirle
se comprendía que su desquiciamiento moral era
incurable. Sus ideas eran tan lógicas desde su pun
to de vista, que para combatirlas había que remon
tarse a los fundamentos de la filosofía y demostrar
que Dios existe, y que existen también el deber y la
justicia, y una porción de cosas que para Olivares
eran música celestial. Yo no me hallé con fuerzas
aquel día para meterme en estas honduras, y hube
de seguir la corriente para intimar con aquel sim
pático tunante y ver si podía meter las narices en
el embrollo de sus relaciones con la bella Mercedes.
Mi deseo debía ser el mismo de Olivares, porque
nos dió su tarjeta y nos ofreció su casa, y mostró
gran empeño en que fuéramos a visitarle, y su em
peño fué mayor con Pío Cid que conmigo, porque
creería ver en él más materia explotable. Este deta
lle y otros muchos me fueron convenciendo de que
Mercedes iba a Madrid a hacer el Cristo en manos
de su desalmado amante. A ratos pensaba que qui
zás la hija del ciego estaría ya completamente hun
dida en el vicio cuando Olivares la cogió por su
cuenta; pero me hacía dudar el aire modoso y serio
de la joven y el disgusto que manifestaba cuando
Olivares nos hablaba sin miramientos de los encan
tos de la vida alegre, libre de trabas y de compro
misos. Bien podía ser que Mercedes se hubiera ena-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
195
morado y dejado engañar, porque mi paisano era
hombre de mucha labia y de agradable figura; aun
que era demasiado grueso no tenía el aire pesado y
mochilón; al contrario: las carnes le daban el as
pecto de caballero rico ; como iba completamente
afeitado, representaba menos años que tenía (que
debían ser alrededor de los treinta), y en su tipo ha
bía algo de cura, de cómico y de torero; las faccio
nes correctas, aunque vulgares, y el pelo castaño,
tirando a rubio, cortado a estilo flamenco, de ese
que llaman pan y toros; en suma, una estampa fina
y rumbosa, muy a propósito para hacer honda
mella en el corazón de una mujer de poca experien
cia, que no comprendiese lo podrido que estaba por
dentra aquel galán tan vistoso.
En Alcázar bajamos del tren Olivares y yo para
tomar unas copas; Mercedes no quiso acompañar
nos, y Pío Cid pretextó que no le gustaba beber,
para quedarse a solas con ella y hablarle y saber
algo por donde orientarse acerca del estado de áni
mo de la joven.
— Ya habrá usted visto— le dijo apenas se queda
ron solos— cómo me he apresurado a aceptar el ofre
cimiento de su amigo de usted, al que pienso corres
ponder yendo a visitarle con frecuencia; pero mi
interés no es por él, es por usted...
— ¿Por mí?— preguntó Mercedes, sin comprender
adónde iba a parar aquella conversación tan brusca
mente comenzada.
—Por usted—repitió Pío Cid— . Deseo hablar con
usted de historias antiguas. Usted no me cono
ce ; pero yo la conozco mucho y deseo ser su
amigo.
196
ÁNGEL GANIVET
—Yo no sé qué contestarle, ni comprendo cómo
puede usted conocerme.
—Ahora no hay tiempo para entrar en explicacio
nes. Yo la he conocido a usted hace años y la he
reconocido en cuanto la he visto, y usted sabrá las
razones que tengo para interesarme por usted. No
es curiosidad ni deseo de penetrar en las interiori
dades de su vida; es un deber que tengo de defen
der a usted si necesita defensa y de protegerla si
necesita protección. Cuando hablemos despacio sa
bré si usted conoce su verdadera situación y si la
acepta gustosa, pues en tal caso nada me quedaría
que hacer; pero más bien creo que va usted enga
ñada y que quizá agradezca hallar un amigo en Ma
drid, donde no conocerá a nadie...
—Siempre es bueno tener amigos, aunque sea en el
infierno—contestó Mercedes entre confusa y amable.
—Pero hay amigos, y amigos, y los amigos de una
mujer pueden llevar buenas y malas intenciones.
Las mías son buenas, y si le hablo así es porque
creo que otros las tienen malas. Yo la conozco a
usted, ya se lo he dicho, y no comprendo que, a pe
sar de su mala estrella, haya caído tan bajo que se
deje explotar por un mal vividor...
— ¿Qué me dice usted?—preguntó Mercedes.
—Le digo lo que siento. Mi paisano Olivares es
un perdido que va a Madrid a divertirse a costa
de usted. No parece muy decente que yo aproveche
estos minutos para herirle por la espalda, pero dice
el refrán que el que roba a un ladrón tiene cien años
de perdón, y no he de tener yo escrúpulos para tra
bajar por el bien de usted, cuando él no los habrá
tenido para engañarla...
LÒS TRABAJOS DE PÍO CID
tvr
—Yo he nacido con mal sino...—dijo Mercedes, con
voz triste y apagada.
—Contra el sino está la voluntad—repuso Pío Cid
con energía— . Si usted no la tiene, la tengo yo. Y si
usted no me agradece la intención me la agradecerá
su padre, que, aunque tuvo también mal sino, fué
siempre un hombre honrado. El pobre Juan de la
Cruz no merece que su hija única le afrente de ese
modo...
Estas palabras impresionaron vivamente a la jo
ven y le hicieron comprender que quien le hablaba
no era lo que ella al principio se había figurado.
Mercedes conocía sin duda a Juanito Olivares, y
sabía o presentía el papel que iba a representar en
Madrid. Se hallaba ligada a él y resuelta a pasar
por todo, y acaso se justificaba en sus adentros vién
dose condenada por la fatalidad, que parecía ensa
ñarse con ella como se había ensañado con su padre.
Así, al oír a Pío Cid, se quedó turbada, sin saber
qué pensar de aquella inesperada simpatía y de
aquella protección generosa que le brindaban. Al
principio creyó que Pío Cid comenzaba a iniciarse
como amigo ; uno de los muchos amigos que en Ma
drid frecuentarían el trato de Olivares ; luego se
figuró que Pío Cid quería jugarle a éste una mala
pasada, y pasó rápida por su mente la comparación
entre ambos y la idea de abandonar al uno si el
otro ofrecía una situación más decorosa; por últi
mo, oyó con extrañeza el apostrofe duro y amenaza
dor de Pío Cid, y se halló por completo desorienta
da. En cambio, Pío Cid había seguido atentamente
todos estos movimientos, y sabía ya a qué atenerse,
más aún, conocía a la joven como si la hubiera tra-
198
ÁNGEL GANIVET
tado toda la vida. Porque la atracción misteriosa
que Pío Cid ejercía sobre todo el mundo sólo se expli
caba por la rapidez con que penetraba en lo íntimo
del espíritu de los demás. Cuatro palabras le bas
taban para conocer a una persona y para descubrir
el punto vulnerable y dominarla. Y en ninguna oca
sión, ni cuando engañó a Martina y se la llevó a la
casa de huéspedes como si fuera una niña de pocos
años, estuvo tan diestro como al apoderarse del
alma de Mercedes, quizás porque al fijarse en ella
era más pura la intención que le animaba. El único
escollo que temía era que la joven estuviera desmo
ralizada y subyugada por el atractivo de la vida que
su amante comenzaba a darle a conocer; pero al ver
cruzar por los ojos de Mercedes la idea de la trai
ción, se convenció de que el dominio de Olivares
era sólo material. La esclavitud sin amor es germen
perpetuo de rebeldía, y Pío Cid pensó en el acto sus
citar en la joven el deseo de libertad.
—Dispense usted la dureza con que me he expre
sado—dijo después de una breve pausa—. Yo sé que
usted no tiene la culpa de lo que le ocurre, porque
sola, sin tener en el mundo nadie que se interesara
por usted, ¿qué iba usted a hacer sino dejarse arras
trar adonde quisieran llevarla? Pero ahora varía la
situación; si usted se halla a disgusto en la vida que
lleva y se decide a abandonarla, cuente usted con un
amigo, que soy yo, y con una casa, que es la mía...
¿Qué puede usted perder en el cambio? Nada. Si
no le fuera a usted bien conmigo y con mi familia, es
usted libre para hacer lo que más le agrade. El ma
yor mal que puede ocurrirle es el que ahora le está
ocurriendo. Usted es muy bella y graciosa, y hallará
los
Trabajos de pío cid
199
siempre hombres a montones para vivir como vive.
La desgracia de usted no ha sido dar los malos pasos
que ha dado; ha "sido caer en manos de un tro
nera, que quizás, después de sacarle a usted el jugo,
la tire a la calle cuando ya no sirva usted para su
especulación. Si al menos la quisiera a usted..., pero
no lo creo. Hombres como Olivares, y mucho mejo
res, los encontrará usted en cualquiera parte a to
das h oras; pero una casa amiga no se encuentra
fácilmente, y puesto que usted la ha encontrado no
debe vacilar. Pruebe usted a ver si puede dominar ese
mal sino que cree que la persigue... Yo le ayudaré.
— ¿Tiene usted familia?— preguntó Mercedes.
— La tengo y numerosa, y esté usted segura de
que será recibida en mi casa con la mejor voluntad.
A usted quizás le extrañe esto, porque no es corrien
te que una joven desconocida entre en una casa si
no es como criada o institutriz, o con algún cargo
que justifique su presencia; en mi casa no hay ser
vidumbre, y usted entraría como lo que es, como una
huérfana, a la que se desea dirigir y educar; ése se
ría mi gusto y es también mi obligación, según verá
usted cuando yo le explique las razones que tengo
para hablarle como ahora le hablo. Pero ahora lo
que interesa es que usted sepa dónde vivo... No ten
go tarjetas; lo pondré en esta misma— añadió, sa
cando la que le había dado Olivares y dándosela a
Mercedes, después de escribir con lápiz su nombre
y señas.
— ¿Ha leído usted las señas de la casa donde voy
a vivir?— preguntó Mercedes, mirando la tarjeta.
— Calle de Fuencarral, conozco la casa— contestó
Pío Cid.
200
ÁNGEL GAN I VET
— ¿Está muy lejos la calle de Villanueva?—volvió
a preguntar Mercedes.
—Lo cerca o lo lejos no importa. Usted no conoce
Madrid, y lo que haría sería tomar un coche y dal
la dirección al cochero. Yo iré a visitarla a usted;
pero no está de más la precaución, porque pudiera
convenirle a usted apresurar su escapatoria. Cuan
do un hombre como Olivares tiene casa puesta en
Madrid, es seguro que no está solo, y quizás encuen
tre usted algo que no sea de su gusto.
—Dice que tiene un ama de gobierno paisana suya.
—Puede que sea así—asintió Pío Cid—. Pronto lo
verá usted.
—Pero aunque yo quisiera romper...—dijo Merce
des—. ¿Cón qué cara me presentaría... teniendo usted
familia?
—Si no estuviera mi familia por medio—replicó Pío
Cid—, podría usted creer que iba a salir de Herodes para entrar en Pilatos... Yo no soy ningún vejes
torio y usted es muy guapa, y si le propusiera vivir
sola conmigo... Pero ahí están; cortemos la conver
sación.
Hasta Madrid, adonde llegamos al amanecer, segui
mos Olivares y yo en vivo coloquio, como grandes
amigotes. Pío Cid no habló más con él, porque le sería
penoso fingir amistad o confianza, después de la tre
ta que acababa de jugarle. Mercedes siguió silencio
sa, rumiando la idea de rebelión que Pío Cid le había
metido en la cabeza. No hay nada que impresione
a la mujer tanto como las verdades útiles y de sentido
común; y Pío Cid, a vueltas de proyectos moralizadores, indicados sólo para justificar su intervención,
había deslizado la idea esencial, la única que Merce-
LO S TRABAJOS DE P ÍO C ID
201
des podía comprender entonces: con Juanito iba a
sacrificar todo lo que puede sacrificar una mujer y
a sacar lo menos que puede sacar una m ujer; aunque
al plantar a Juanito tuviera que irse con otro hom
bre, más de lo perdido no podía perder, y en cam
bio podía salir gananciosa. Juanito le había gusta
do mucho los primeros días, y ya comenzaba a ha
cérsele empachoso. Mercedes no se explicaba el por
qué, siendo como era una infeliz, a pesar de su apa
rente señorío y de su finura contrahecha; pero lo que
sentía era el disgusto natural e instintivo que causa
el egoísmo descarado, que no oculta sus bajas inten
ciones. Juanito estaba acostumbrado a manejar mu
jeres completamente perdidas, y había tomado a Mer
cedes por una de tantas, y acaso en una de tantas
la hubiera convertido en poco tiempo si Pío Cid no
se le hubiera atravesado en el camino. Nuestro en
cuentro fué providencial, y más que suceso verídico
parecerá a muchos combinación novelesca, no sólo
por la perspicacia que demostró Pío Cid al reconocer
a Mercedes, sino por la circunstancia singular de es
tar nosotros al tanto de su historia por el relato que
de ella nos hizo Antón del Sauce. En este concurso
de felices coincidencias no ha de verse, sin embargo,
la mano de un novelista; ha de verse la mano ocul
ta que gobierna las cosas humanas, la cual quiso dar
le a Mercedes un amigo y defensor que luchara con
tra la fatalidad misteriosa que llevaba dentro de su
ser la hija del desgraciado Juan de la Cruz.
Llegamos, pues, a Madrid, nos despedimos de Oli
vares y de Mercedes, anunciándoles que iríamos a
verles pronto, y pensamos tomar juntos un coche
que nos llevara primero a casa de Pío Cid y después
202
ÁNGEL GANIVET
a la mía. Pero no contábamos con que estaban espe
rando a la salida Martina y su madre, doña Cande
laria y Paca. Candelita no había querido venir, y
Valentina se quedó con ella para que la falta fuera
menos notada. Aunque yo apenas las conocía, las sa
ludé a todas y me retiré para no servir de estorbo.
Pío Cid buscó quien le llevara la maletilla para ir a
pie, paseando con la fresca, y para evitar que tuviera
que dividirse en dos coches la comitiva de las cua
tro mujeres, las cuales venían ya divididas, según
fácilmente se notaba.
—Al diablo se le ocurre—dijo—venir a estas horas
a la estación; y además que yo no aseguré que ven
dría hoy.
— ¿Crees tú que yo no huelo?—replicó Martina—.
Yo estaba segura de que vendrías en cuanto recibie
ras mi última carta. ¿Las has recibido todas?
—He recibido cinco—contestó Pío Cid—. Por cierto
que ninguna se ha acordado de ponerme ni unos ma
los recuerdos.
— ¡Como Martina escribía por todas!... — dijo
Paca.
—Bueno, vamos andando—agregó Pío Cid—, y an
dando hablaremos.
Echó a andar delante Martina, y Pío Cid se puso
a su lado; doña Justa, que iba a alcanzar a su hija,
se hizo atrás para reunirse con su hermana y sobri
na, que venían las últimas.
—Te encuentro muy bien—dijo Pío Cid a Marti
na— ; de buen color y un poco más gruesa.
—Pues yo creía lo contrario—contestó Martina—.
Con los disgustos que han pasado...
—Tempestades en un vaso de agua—dijo Pío Cid— .
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
209
¿Te parece bonito que vayamos en dos secciones?...
Por lo visto, no os habláis siquiera.
—Con Paca sí...—dijo Martina—. La culpa no es
mía... Ellas no quieren ceder, y no voy a ser yo la
que me rebaje.
—Todo eso va a terminar hoy mismo.
—Ya lo creo que terminará—aseguró Martina—.
Como que tienen buscado cuarto y esperaban que tú
vinieras para irse a él. Don Florentino, el hermano
de Pablo, se va a Barcelona en cuanto se celebre la
boda, y mi tía y Candelita se van con él para ir más
acompañadas. Dice mamá que la prima tiene ya la
contrata segura. Yo no sé nada más que lo que oigo;
pero me parece muy bien que se vayan si es por su
gusto.
—Ya hablaremos de eso. Voy a decirle algo a tu
tía, no sea que tome a desprecio el que yo las deje
a un lado.
— ¡ Y qué te importa! Que lo tome por donde quiera.
—Me importa, y a ti debía importarte más, por
que, al fin, es tu tía, y el desprecio que yo le hiciera
recaería sobre una persona de tu familia. Nosotros
estamos siempre cumplidos, y con tu tía tengo que
guardar más miramientos... No es gran cosa lo que
tengo que preguntarle...
Sujetó un poco el paso para acercarse a doña Can
delaria. Doña Justa y Paca se pasaron al bando de
Martina, y Pío Cid continuó sus trabajos de diplo
macia peripatética.
—¿Cómo es que no han venido las otras niñas?
—le preguntó—. ¿Están buenas?
—Candelita está un poco echada a perder...—con
testó doña Candelaria—. No es cosa mayor.
204
ÁNGEL GANIVET
—No me ha escrito usted nada sobre el disgustillo
que ha habido.
—No he escrito por no distraerle a usted con cuen
tos... Más valiera que no se hubiera usted ido, pues,
según me ha dicho mi hermana, viene usted como
fué. Ha hecho usted mal en seguir los consejos de
Martina.
— ¿De qué consejos habla usted?
—Dice mi sobrina que le escribió a usted que se
dejara de política, y que, como ha ocurrido con Gandaria lo que usted sabe, usted no querría nada que vi
niera por su mediación.
—No está mal pensado; pero la verdad no es ésa,
sino que me he convencido de que no sirvo para esas
andancias. La política les da a muchos de comer, y
a otros les cuesta el dinero, y yo no tengo ningún
dinero que perder. Y ahora voy a decirle algo que im
porta más, y es que no comprendo que usted, que es
una mujer de carácter, haya tenido tan poca espera
y haya hecho tanto caso de las necedades de Mar
tina.
— ¿Usted sabe lo que esa niña ha hecho? Porque
supongo que ella le habrá pintado las cosas a su
capricho.
—Sólo me ha hablado del cambio de muebles y
de... no recuerdo bien.
—Eso fué lo primero, y eso y mucho más lo hubie
ra yo pasado; que, a Dios gracias, no me falta
aguante. No le habrá dicho que exigió el dinero que
usted nos dejó, diciendo que ella quería ser el ama;
y que luego que tuvo el dinero nos dijo que, puesto
que habíamos recibido la pensión de Murcia, nos arre
gláramos con lo nuestro; ni le habrá dicho que la
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
205
tomó con Candelita y que le arañó la cara, como us
ted lo verá.
— ¿Y cómo fué eso?
—Fué porque mi hija se cansó de oír sus indirec
tas y le dijo que era una envidiosa... Esa es la única
palabra que ha podido ofenderla. En cambio, ella
ha dicho cuanto le ha venido a la boca, y hasta ha
tenido la osadía de asegurar que mi hija lo estaba
soliviantando a usted, y que le ha visto a usted darla
un beso... ¿Qué le parece? Con las pocas chichas que
tiene mi Candelita, y Martina que tiene más fuer
zas que un toro..., le digo a usted que si no ando
lista, Dios sabe si hubiera ocurrido una desgracia...
Por prudencia, por consideración a usted, he seguido
en la casa hasta que usted viniera; pero ya tenemos
apalabrado un cuarto en la misma calle, y hoy mis
mo nos mudamos.
— ¿Cuál es el plan de usted?— preguntó Pío Cid con
mucha flema.
— Muy sencillo— contestó doña Candelaria tomando
aliento— . Candelita tiene ya contrata en Barcelona.
Yo me voy con ella en cuanto se case Paca. Todo
está ya arreglado; hoy es viernes; el domingo pue
de ser la boda.
— ¿Usted y don Florentino serán los padrinos?
— S í; don Florentino ha venido a eso principal
mente...
— ¿Y piensa usted dejar a Valentina con los recién
casados?
— Así tiene que ser. Yo no puedo llevármela, por
que serían los gastos mucho mayores.
— Pues bien— dijo Pío Cid recalcando la palabra— ;
todo eso me parece un disparate, impropio de una
206
ÁNGEL GANIVET
mujer tan avisada como usted... Usted sabe lo que
se ha gastado para arreglar nuestra casa, y no hay
en ella nada del otro jueves; y estaba casi amue
blada cuando yo entré en ella... Ponga usted en un
cuarto a tres criaturas con un sueldo que, con el des
cuento, no llega a 15 reales diarios, y dígame qué
apuros y qué miserias no van a pasar en estos pri
meros meses, que deben ser de miel y van a ser de
acíbar, de vinagre y de rejalgar. Paca es una mujer
de su casa, como hay pocas, y Pablo no es mal mu
chacho ; el matrimonio reúne las mejores condicio
nes para ser bueno, y usted lo va a echar a perder
con esas prisas. Usted habrá visto un nido de pája
ros, y habrá visto que cuando los pájaros son culoncillos se están pegados los unos a los otros, y que
cuando son volantones comienzan a revolotear por los
bordes del nido, hasta que, al fin, se echan a volar;
y algunos, por volar demasiado pronto, se caen y
se estrellan. No saque usted las cosas de su paso
natural, y déjeme a mí hacer lo que se debe hacer.
Aunque usted no me deje, yo quiero a Paca como si
fuera mi hija, y no consiento que salga de donde
hoy está sino para que esté mejor que está. Ese ca
samiento es precipitado, porque no tenemos las dos o
tres mil pesetas que harían falta para poner otra
casa...
—Eso es cierto—interrumpió doña Candelaria—.
Malo es empezar con boqueras, porque, como suele
decirse, donde no hay harina todo es mohina; pero
las cosas se han presentado así.
—Yo estoy conforme en que se casen—prosiguió Pío
Cid—. Les cedemos una o dos habitaciones de la casa,
y siguen comiendo en familia como hasta aquí. De
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
207
este modo pueden dedicar el sueldo a comprar lo mu
cho que les hace falta y a divertirse un poco en estos
primeros meses, y de aquí a fin de año tiempo ten
drán de buscar piso y de empezar a vivir por cuenta
propia.
—¿Y no cuenta usted con Martina?
—Martina querrá lo que yo quiera. Al verse sola
ha pretendido ser jefe de la casa, y para hacer visi
ble su autoridad ha cometido algunos abusos; pero
ahora estoy yo aquí y ya no hay autoridad; yo no
mando, pero no tolero que manden otros; quien debe
mandar es la razón, y si usted me demuestra que
lo que yo digo no es razonable, obedeceré las órdenes
de usted. Hay que despedir ese cuarto que han to
mado y dejarse de niñerías. En cuanto a Candelita,
no quisiera que comenzara como va a comenzar;
pero las cosas no pueden ser pintadas, y aunque la
compañía sea de verano y quizás de poco fundamen
to, nada se pierde con probar fortuna. Lo que yo de
seo es que si ocurre una contrariedad, cuenten con
migo. En cuanto yo sepa que en un apuro acuden
a otro y no a mí, les niego mi amistad para siempre.
Y si por culpa de Martina me vuelven las espaldas,
le aseguro a usted que me iré a vivir solo...
—Eso no—interrumpió doña Candelaria—. Usted
tiene obligaciones.
—Yo tengo la obligación de darles a todas ustedes
para que vivan, porque así lo he ofrecido; pero no
estoy obligado a vivir con una persona a quien le
estorba todo el mundo. Solo se vea el que solo se de
sea; y si Martina quiere estar sola conmigo, yo la
dejaré sola sin mí... Pero esto es hablar de la mar...
Usted guíese por mí, y no le pesará. Ahora me voy
208
ÁNGEL GANIVET
con Martina, porque ya sabe usted que es picajosa
y se ofenderá si hablamos demasiado.
Volvió de nuevo al lado de Martina, que, en efec
to, iba ya rezando, y la apaciguó diciéndole que ya
estaba resuelta la crisis doméstica y explicándole el
plan concertado con doña Candelaria. Esta no ha
bía dicho claramente que sí ni que n o ; pero el que
calla otorga, y Pío Cid dió la cosa por hecha, aun
que añadió que la había dejado pendiente del plá
ceme de la principal interesada en los asuntos case
ros, que era y debía ser la propia Martina. La cual
no puso ningún reparo, pues para ella lo importante
era que Candelita se marchara, cuanto antes mejor.
En esto los dos grupos antagónicos se habían apro
ximado tanto, que Pío Cid, sin apartarse de Martina,
pudo decirle a doña Candelaria:
—Martina está conforme y contenta, y yo creo que,
una vez que no hay diversidad de pareceres, estos
piques y desavenencias deben cesar.
—Yo por mí...—dijo doña Candelaria.
—Es que ustedes les han dado a las cosas un co
lor...—agregó Martina.
—En todas las familias hay sus dimes y diretes
—afirmó doña Justa—. Yo no me he mezclado en el
asunto, y comprendía que todo quedaría en agua de
cerrajas.
Mientras Martina le decía a Paca que el arreglo
era seguir viviendo juntos, Pío Cid entablaba un nue
vo diálogo con doña Candelaria.
—Una cosa se me ha ocurrido—le dijo—. ¿Con qué
nombre va a figurar Candelita? Porque Candelaria
no es propio para una tiple.
^—•Ese punto no está decidido aún—contestó la
209
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
mamá—. Don Narciso nos ha dicho que habrá que
anunciarla con nombre italiano.
—El apellido es bueno, inmejorable, y no hay que
cambiarlo. El nombre es el que no sirve. Si fuera
Valentina Colomba o Paca... Es decir, Paca, no;
Francesca... Ahí tiene usted el nombre. No hay más
que hablar: Francesca Colomba. Suena un poco fuer
te, pero eso da importancia.
—Está usted en el torno y en las monjas—dijo doña
Candelaria—. Yo no sé lo que saldrá de este arreglo
que usted acaba de hacer; pero por usted lo acepto
todo con el alma y la vida... ¿Quién lo había de pen
sar cuando nos conocimos?
Salieron de Ja casa en son de guerra, en dos ban
dos, y volvieron en paz y en uno solo.
Todos entraron en el comedor para tomar un ligero
desayuno. Valentina acudió también, y Pío Cid Je
preguntó por Candelita.
—Está levantada—dijo la muchacha—, pero no
sale porque le duele la cabeza.
—Hoy no es día de dolerle a nadie la cabeza—re
plicó Pío Cid—. Dile que salga, o si no iré yo mismo
a decírselo.
—Señorita Francesca—dijo en voz alta, acercándo
se ai cuarto de la futura tiple—, tenga la bondad de
acompañarnos. Las paces están firmadas, y sería de
muy mal gusto desairarnos a todos.
Francesca no contestó, y Pío Cid tuvo que entrar
en el cuarto a buscarla. La vió de pie junto al bal
cón, y se quedó un momento embobado mirándola.
Estaba la joven vestida de blanco, con una bata suel
ta, sobre la que caían los rizos de cabello rubio como
rayos de sol; el rostro pálido, y la mirada de los
14
2 1U
ÁNGEL GANIVET
ojos azules triste, melancólica. Pío Cid se acercó, y
sin decirle una palabra más, la cogió de la mano y
la trajo al comedor, cerca de donde estaba Martina.
—Ahora mismo— dijo—os tenéis que abrazar delan
te de todos. Siempre os habéis querido como herma
nas, y ahora que pronto os vais a separar, no esta
ría bien que os quedara ningún rencor.
—Yo no me acuerdo ya de lo que hice—dijo Mar
tina, abrazando a su prima y llorando— . Es que ten
go mal genio, lo reconozco; pero después que se me
pasa el arranque, me pesa...
—Vamos, no seas tan guardosa—dijo doña Can
delaria, viendo que su hija se mantenía tiesa y sin
ablandarse por las lágrimas de Martina.
—Yo también lo olvido todo—dijo al fin la ofendida.
Y abrazó a su prima, aunque sin perder su aire
serio y grave.
—Ahora sólo falta—pensó Pío Cid—que no queden
rastros de lo ocurrido. Es menester que la casa vuelva
a estar como yo la dejé.
Y con esta idea añadió en voz a lta :
— ¿Sabes, Martina, que estoy pensando que la sala
no puede seguir como está? El día de la boda habrá
convidados, y aquí en el comedor no se cabe. No
hay más habitación grande que la sala, y siempre
es bueno para este y otros casos tenerla libre. Nos
otros nos podemos arreglar en el cuarto que antes
teníamos.
—Yo no tengo interés...— contestó Martina—. Lo
hice para que tú tuvieras una habitación más grande
para escribir.
—Yo escribo aunque sea sobre la tabla de lavar
—dijo Pío Cid—. Por mí no hay que molestarse.
Lóá Trabajos de pío cid
til
—Pues entonces—dijo la impaciente Martina—, va
mos a mudar los muebles... Ahora mismo—añadió, di
rigiéndose a sus primas—. Venid conmigo... A mí me
gusta revolver.
Aquel mismo día volvió la casa a su estado normal,
y el silencio reconcentrado de los días de disensión
se desató en charla inacabable y en vehementes mani
festaciones de afecto. Todas rivalizaban en atencio
nes cariñosas para destruir el recuerdo de las pasa
das ofensas. Pío Cid sólo salió un instante para lle
var a El Eco una revista que escribió en un dos por
tres y cobrar el mes caído, pues halló la bolsa de
Martina en los apuros. Pablo y don Florentino vi
nieron por la tarde y se quedaron a comer, y de sobre
mesa quedó resuelto que la boda fuera el domingo
por la mañana, y que por la noche salieran para
Barcelona las dos viajeras, acompañadas por el hon
rado comerciante de San Sebastián.
—Todo nos ocurre a nosotros al revés—decía doña
Candelaria—. Siempre, después de una boda, el viaje
lo emprenden los novios, y aquí los novios se que
dan y nosotros nos marchamos.
Pío Cid había pensado ir a visitar a Mercedes des
pués de la boda, cuando la casa estuviera más tran
quila, y por sí o por no estaba sobresaltado y deseoso
de explicar a Martina su pensamiento de proteger
a la pobre huérfana, no fuera ésta a presentarse de
repente y diera lugar a un escándalo. Pero tuvo que
ir a casa de la duquesa de Almadura a entregarle
el regalo de su antiguo administrador, y cumplido
ya el encargo, volvía paso entre paso a su casa, a
tiempo que vió cruzar a lo lejos a Juanito Olivares
con otro amigo. Comprendió, por la dirección que lie-
212
ÁNGEL GANIVET
vaban, que no iban a la calle de Fuencarral; y como
se le presentaba una tan buena ocasión de hablar a
solas con Mercedes, cambió en el acto de rumbo y
se decidió a adelantar la entrevista. Llegó a casa
de Juanito, subió al tercero y preguntó por él, y la
criada contestó que el señor había salido hacía poco,
pero que estaba doña Adela.
—¿Quién pregunta?—dijo, saliendo al recibidor,
una señora muy bien puesta, todavía joven, guapa
y algo ajamonada.
—Un paisano de Olivares—dijo Pío Cid—, y de us
ted si la vista no me engaña.
—¿Su gracia de usted?—preguntó doña Adela mi
rándole, sin acertar a reconocerle.
—Muy cambiado debo de estar—contestó Pío Cid—
cuando usted no me recuerda. Yo la he conocido al
momento, particularmente por el lunar que tiene us
ted en la mejilla. Pero cuando yo la conocí era usted
Adelita y costurera, y yo era estudiante y me llama
ba don Pito-pito.
— ¡Jesús!—exclamó doña Adela—. Usted es el hijo
de... Entonces usted es de quien me ha hablado Jua
nito. ¡Si seré yo torpe, señor! Pase usted, y no se
esté más en esa puerta. ¡Digo! ¡Pues poco que me
acuerdo de cuando iba a su casa a coser, y de usted,
y de las diabluras que hacía, y de... Es para mí un
alegrón—añadió estrechándole la mano con desen
voltura—verle aún rodando por estos mundos, y. por
lo visto sin haber sentado todavía la cabeza... Así
me gusta. Los hombres han de ser hombres.
—¿Y cómo es que la encuentro aquí?—preguntó Pío
Cid, entrando en una sala pequeña que vió abierta
y sentándose—. ¿Está usted con Olivares?
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
213
— ¡Uy, uy! ¡Pues no es larga la fecha!— contestó
doña Adela— . Hace más de ocho años que nos vi
nimos a Madrid. Yo ya me recogí a la buena vida...
De todo quiere Dios un poquito. Pero ¿dónde ha es
tado usted metido? Pues no hace más que la friolera
de... ¡Qué! Más de quince años. Quizás de todos los
hombres que yo he conocido, el que recuerde mejor
es usted... ¡Cuántas veces se lo he dicho a Juanito!
¿Se acuerda usted de un día que aquel criado viejo
que tenían se puso una falda negra y unas enaguas
blancas, como un cura, y nos casó a los dos en bro
ma? Yo creo que no se debe jugar con las cosas de
Dios, y que si yo no he sido una mujer regular, ca
sada como Dios manda, ha sido por castigo... Sí, se
ñor... ¿Y sus hermanos de usted?
— Ya no queda vivo ninguno— contestó Pío Cid.
—Vaya con don Pitopito Gorgorito— dijo lentamen
te y con cara risueña la ex modista— . ¿Y cómo es que
le vemos por aquí?
—Venía a hacer una visita a Olivares y a la joven
que le acompañaba...— contestó Pío Cid, fingiendo
aire picaro— . Hicimos juntos el viaje.
— ¿Le gusta a usted la Merceditas?— preguntó doña
Adela con tono despreciativo.
— Es algo simpática y parece poco corrida— respon
dió Pío Cid sin dar importancia a sus palabras.
— Fíese usted de estas pavalacias— replicó doña
Adela— . Dentro de un mes será ésa peor que las
demás... Yo creo que cada día tienen ustedes los hom
bres más mal gusto, no se fijan más que en cuatro
arrumacos. En particular esta Mercedes es un ani
malucho, que ni siquiera sabe presentarse. Yo no sé
cómo va a arreglarse cuando baje al principal. ¡Mer-
214
ÁNGEL GANIVET
cedes!— exclamó de pronto— . Sal, que preguntan
por ti.
Mereoedes debía estar en la habitación próxima,
pues salió al punto. Saludó con cortedad y se sentó
en una silla distante del sofá donde estaban Pío Cid
y doña Adela.
— Ya ve usted— le dijo Pío Cid— que no he olvidado
lo que ofrecí. Siento no hallar a Juanito. Otro día
volveré. ¿Ha paseado usted ya algo por Madrid?
— Ayer dimos una vueltecilla, poca cosa— contestó
doña Adela— . Esta se cansó en seguida. Pero, Mer
cedes, hija, acércate, que parece que estás como un
huésped despedido.
Mercedes se acercó; pero, en vez de sentarse, se
puso a mirar al cielo al través de los visillos del bal
cón. Pío Cid se levantó y se puso detrás de ella, y
doña Adela no tardó en escabullirse suavemente, de
jándolos solos.
— ¿Qué tal se encuentra usted aquí?— le preguntó
Pío Cid en seguida.
— Muy mal— contestó Mercedes— . Hace un día que
vine, y ya tengo a la tía esa atragantada.
— ¿Y cómo no se le ha ocurrido a usted marcharse?
— ¿Cree usted que es tan fácil? Y luego que del
dicho al hecho hay gran trecho, y yo no sé si lo que
usted me dijo es posible. Yo creo que no me dejarán
que me vaya.
— Claro está que no la dejarán; pero usted puede
irse aunque no la dejen. No tiene usted que llevar
se nada consigo, para que así no digan que los ha
robado usted. Se lleva usted lo puesto nada más.
— Pero ¿cómo va a ser eso, si estoy aquí como pre
sa y no me dejan ni pie ni pisada?
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
215
— Cuando baje usted de visita al principal, doña
Adela no estará con usted... Entonces puede usted
decir que ha olvidado cualquier cosa y que va por
ella en un momento, y en vez de echar escaleras
arriba, echa escaleras abajo. Puede llevar en el bol
sillo un pañuelo de seda y ponérselo en la cabeza
para no llamar la atención... Sigue andando a mano
izquierda hasta que encuentre una parada de coches,
le da las señas al cochero, y pleito concluido. Yo es
toy siempre en mi c a s a : a cualquier hora que llegue
usted es buena. A ver si el lunes se presenta la oca
sión...
— Todo eso está muy bien; pero y en casa de usted,
su familia, ¿qué dirá?
— Dejemos eso a un lado. Usted confíe en mí. Yo
no quiero forzar su voluntad, y si usted tiene interés
por Juanito... ¿Cuánto tiempo hace que le conoce
usted?
— Un mes, y estoy ya hasta la coronilla... Por ese
lado...
— ¿Cómo fué el conocerse?
— La culpa la ha tenido doña Rufina. ¡Malha
ya sea!...
— Y ¿quién es doña Rufina?
— Es una criada vieja de don Gonzalo que vivía
conmigo para acompañarme. Ella fué la que me llevó
a malos sitios.
— Ese don Gonzalo Estirado fué el que la sacó a
usted de Granada.
— ¿Cómo lo sabe usted?— preguntó Mercedes sor
prendida.
— Ya le dije que yo la conozco: la conocí a usted
cuando era niña, cuando iba llevando de la mano
216
ÁNGEL GANIVET
a su padre ciego. Yo la he besado a usted muchas
veces... No le dé a usted vergüenza de quo yo sepa
que su padre íué mendigo; entonces usted no podía
hacer más de lo que hacía, y su padre no podía ganar
el sustento trabajando. Quizás lo más noble que ha
hecho usted en su vida ha sido servir de lazarillo
a su padre; y si de algo se debe de avergonzar
es de verse como se ve, y más aún, de querer con
tinuar en esta vida después que yo, como amigo, le
ofrezco mi apoyo para que salga de ella. Yo recuer
do que mi madre, que ya murió, quiso muchas ve
ces recogerla a usted para educarla e impedir que
le ocurriera lo que le está ocurriendo; y mi idea es
hacer hoy lo que no pudo hacer mi madre, y por
esto le dije a usted que al acogerla en mi casa creía
cumplir una obligación.
— Yo no recuerdo su cara de usted— dijo Mercedes,
impresionada por el tono fuerte y sincero con que le
hablaba Pío Cid— ; quizás de su madre me acordaría
si la viera.
— Mi madre se llamaba doña Natalia, y a mi casa
iban ustedes todos los lunes.
— Sí, recuerdo ese nombre...— dijo Mercedes, cuyos
ojos parecían eclipsados— . Yo me voy a poner en
manos de usted, y usted hará de mí lo que quiera.
— Y a le dije a usted que peor que hoy está no lo
podrá estar nunca.
— Eso es verdad— dijo Mercedes resuelta— . Esto es
lo peor. Nada, yo voy a escaparme, como usted me
ha dicho.
— Hágalo con precaución, no vayan a conocerle el
deseo... Aunque, puestos de malas, yo la sacaría a
usted por encima de todo el mundo. En fin, me voy
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
217
ya. Si le pregunta doña Adela qué hemos hablado,
dígale que yo deseo frecuentar la casa como amigo
de usted, y que usted me ha contestado que eso no
es posible por el compromiso que tiene con Olivares.
— ¿Y qué va a pensar doña Adela?
— Pensará que es usted una bobalicona; pero más
vale que piense esto que no que sospeche de mí. Con
que adiós; lo prometido es deuda. ¡ Cuidado con
falta r!
— Y a verá usted que, aunque mujer, también tengo
palabra— afirmó Mercedes, estrechando con fuerza la
mano que le tendía Pío Cid.
Salió éste al pasillo y tosió para que acudiera doña
Adela, la que no se hizo esperar.
— Pero ¿cómo tan pronto?...— le dijo— . Yo creía que
iba usted a esperar a Juanito.
—Y a volveré— contestó Pío Cid— , no sólo por Jua
nito y por Mercedes, sino por usted, para que ha
blemos de cosas de nuestros buenos tiempos. Ahora
tengo que hacer, y además la Mercedes parece que
está hoy de mal aguaje.
— ¿No le dije que era una pavona?— apoyó doña
Adela— . No tiene más que fachada.
— Hay que dejar que poco a poco se despabile. Dí
gale usted a Olivares que he estado aquí y que soy
conocido antiguo de usted, y todo lo que quiera usted
de mi parte.
— |Vaya que se lo diré!— dijo doña Adela, rete
niendo entre las suyas la mano de Pío Cid— . Y no
olvide que tiene aquí una paisana dispuesta a ser
virle.
* ,,
— Igualmente.
De vuelta a su easa estuvo Pío Cid dando rodeos
218
ÁNGEL GANIVET
para poner a Martina en autos de la para ella in
esperada decisión de meter un nuevo huésped, y lo
que es peor, huéspeda, y del género de Mercedes. Al
fin decidió dejarlo para el domingo.
—Tengamos la boda en paz—pensó—, y luego que
los novios estén durmiendo y los viajeros viajando,
lanzaré la noticia. De cualquier modo, nadie me libra
de una reprimenda; y no es esto lo que siento, sino
la llegada de Mercedes. Si fuera otra clase de mu
jer, o si hubiera medio de conocerla antes de verle
la cara... Lo que es el primer espetonazo será terri
ble, porque esa criatura no tiene más que fachada,
como dice doña Adela, pero la fachada es monu
mental.
Se celebró la boda pacíficamente, y no sin cierta
solemnidad, a la que era muy dado don Florentino.
Todo lo que Pablito tenía de informal y sin gobierno,
lo tenía su hermano de grave y sesudo. Era don Flo
rentino un hombre chapado a la antigua, amante de
dar tiempo a los negocios y enemigo de que le espo
learan. Aunque tenía dejado a Pablo como cosa per
dida, vino a Madrid dispuesto a deshacer la boda
proyectada, que le pareció un disparate más, el úl
timo y el mayor que podía cometer aquella calami
dad de hermano, que jamás pudo hacer andar dere
cho. Cuál no fué su sorpresa al verle tan cambiado y
tan metido en sí, hecho todo un funcionario público
y con una novia como Paca, la cual le daba ciento y
raya a la propia mujer de don Florentino, modelo
de señoras serias, apañadas y económicas.
Como don Florentino era muy aficionado a la ropa
negra, su satisfacción se tradujo en un vestido de
seda que regaló a la novia y en nn traje de levita
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
219
que regaló al novio, amén de otras pequeñas aten
ciones y de correr con todos los gastos del casorio.
Simpatizó grandemente con Pío Cid, y entre am
bos dieron a la comida de boda un carácter casi sa
cramental para producir efecto en el espíritu volátil
del novio y hacerle comprender el cambio que debía
operarse en su vida, a partir de aquel día memo
rable.
Don Florentino, que no tenía hijos, anunció que si
Pablo se enmendaba y se hacía hombre de provecho,
le dejaría la mayor parte de sus bienes, y Pío Cid
ofreció asimismo trabajar para que el joven conclu
yese su carrera y pudiese obtener un destino de más
sueldo.
—Sin necesidad de esto—añadió—, no tardará Pablito en aumentar sus haberes. Mi amigo Cándido
Vargas confía ser muy pronto catedrático de Derecho,
porque así se lo han ofrecido, y si lo consigue tendrá
que dejar la dirección de un periódico tan avanzado
como El Eco. Para entonces tratamos de fundar un
nuevo diario que se titulará La Juventud, y es cosa
convenida ya que Pablo se encargue de la sección
bibliográfica. Así, pues, el porvenir se presenta muy
sonriente para esta dichosa pareja, y quizás reserva
a Pablo del Valle un papel lucido en el renacimiento
ideal de España.
Terminado el banquete, nos retiramos los dos úni
cos convidados que a él asistimos: el estudiante Be
nito y y o; y la familia fué a acompañar a la esta
ción a los viajeros, dando lugar la separación a una
triste escena de lágrimas que aguaron en cierto modo
las alegrías de la jornada.
Martina lloró también al separarse de Candelita,
220
ÁNGEL
GANIVET
y ahora que la veía partir le parecía incomprensible
haber dudado de ella, y casi se arrepentía de haber
provocado con su imprudente conducta aquel repen
tino viaje.
Pío Cid vió en este estado de ánimo una coyuntura
que ni pintada para hablar de Mercedes, y de vuelta
a casa, apenas se quedaron solos, se aventuró al fin
a decir:
—Te voy a poner sobre aviso de algo de que no me
había acordado hasta ahora, para que en caso de
suceder no digas que obro sin tu consentimiento...
—¿De qué se trata?
—Se trata de que, viniendo de Granada, encontré
a una pobre joven a quien yo conocí cuando era
niña; venía acompañada por un individuo paisano
mío, que según todas las señas es un truhán, y la
trae a Madrid para pervertirla. Yo se lo dije así a la
muchacha apenas tuve ocasión de decírselo, y ella
se sorprendió, pues por lo visto venía engañada
y consentida en que su seductor se casaría con ella,
o por lo menos, viviría con ella decentemente. La
joven es huérfana y sola en el mundo, y cuando vivía
su padre, que era un buen hombre, mi madre quiso
recogerla y darle educación; así, recordando esto, le
dije que si no quería seguir con el tunante que la ha
engatusado y se veía en Madrid desamparada y sin
tener adónde volver los ojos, que viniera a refugiar
se en esta casa y que nosotros la admitiríamos...
—Tantos rodeos—interrumpió Martina—para decir
que quieres meter otras faldas en casa. ¿Crees tú que
vendrá?
—No lo sé; pero mis informes respecto de mi pai
sano son malísimos, y la joven esa me parece que no
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
221
está pervertida todavía por completo; si lo estuvie
ra, claro está que se reiría de m í; pero también pue
de suceder que venga cuando menos la esperemos.
Por eso te lo anuncio, para que si viene la recibas
bien. Ahora hay una cama de sobra; ¿qué se pierde
con admitir a esa pobre muchacha y darle de comer
hasta que podamos tomar una determinación?
-—No sé cómo te arreglas—dijo Martina incomoda
da—, que tu bondad es siempre en favor de las mu
jeres. Si te dejasen, harías de esta casa una col
mena.
—Ahí tienes a Pablito, que venía antes a comer.
—Ese es el único; pero en cambio siempre tienes
al retortero varias amigas; amigas o lo que sean...
Acabamos de salir de una, y quieres meterte en otra.
Porque cuando tú hablas con tanta anticipación...,
aquí hay gato encerrado.
—Te lo digo porque pudiera venir esa joven estan
do yo fuera, y sería ridículo que habiéndole yo ofre
cido esta casa, tú le cerraras la puerta.
—Pero esta casa ¿es un convento de arrepentidas?
Yo tengo tanto corazón y tan buenos sentimientos
como el que m ás; pero si fuéramos a meternos a re
dimir al mundo, frescos estábamos.
—No es redimir el mundo; yo tampoco iría bus
cando mujeres malas para recogerlas y traértelas
aquí; pero he encontrado una que no es mala, sino
que está en camino de serlo, y la he encontrado por
azar y la he conocido...; esto no es buscar las cosas,
es verlas, porque se nos ponen delante de los ojos. El
mayor placer que puedes darme es acoger con buena
voluntad a esa pobre muchacha y hacer con ella lo
que no pudo hacer mi madre. Yo en esto no he de
222
ÁNGEL
GANIVET
meterme: lias de ser tú la que lo tomes por tu
cuenta.
—¿Pero es seguro que vendrá?
Te he dicho que no lo sé; yo le aconsejé que se
escapara y le di mis señas... Si no viene, no hay más
que hablar.
—No sé cómo te las compones—dijo Martina con
voz quejumbrosa—, pero siempre me contrarías en
todos mis gustos. Yo no quiero nada, no envidio
nada; sólo deseo estar sola, vivir en paz, quitarme
tantos testigos de vista. Y tú parece que dices: «¿No
quieres caldo? Dos tazas llenas.» Mire usted que que
rer que yo tome por mi cuenta a una cualquiera, re
cogida en medio de la calle... ¿Qué más me hace a
mí falta que aguantarte a ti, que eres un tabardillo
andando? Otro hombre agradecería haber dado con
una mujer buena; esto no es hacerme favor; pero
busca otra como yo... Tú no agradeces nada, ni te
fijas, porque no me quieres. ¿Qué más prueba que lo
que ha pasado con el tal Gandaria? Si tú me tuvieras
amor, le hubieras conocido la intención en la cara, y
no que, dándotelas de sabio y de listo, eres un verda
dero papamoscas.
—¿Crees tú que no se la he conocido? Se la conocí,
y sabía y sé que no te faltará nunca al respeto. El
decirte que eres guapa es decir la verdad, y no es
delito para que se le ahorque.
—¿Y el leerme versos?
—Conozco esos versos. Te habrá leído una serenata
en la que me llama moro salvaje, y te habrá hablado
de un cazador herido y de mil simplezas más. Peor
sería que en vez de leerte versos te hubiera escrito
alguna carta llena de tonterías. Tú has hecho bien
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
223
en ponerle en lo ancho de la calle, y yo si viniera
haré mejor en seguirlo admitiendo.
— ¡Cómo! ¿Serás capaz de volverle a admitir?
—Yo tengo fe en la libertad, y todo lo resuelvo
por la libertad; él ha entrado aquí libremente, y tú
libremente le has despedido. Quizás si yo, al cono
cerle la intención, hubiera roto con él, tú le tomaras
lástima, y por la lástima se comienza muchas veces.
Si fuera posible que tú, tratando a ese joven o a otro,
te enamoraras y me abandonaras, ¿no era esto prue
ba segura de que no me querías a mí? Prefiero saber
la verdad a vivir a ciegas confiando en el amor de
una mujer que acaso me es fiel porque no tiene liber
tad para engañarme...
—Si tú me quisieras no hablarías con esa frialdad,
ni verías las cosas tan claras.
—Yo te quiero, y sé además que tú no puedes que
rer a otro hombre, aunque me dejes de querer a mí,
por lo mismo que eres libres de abandonarme cuando
te plazca. Si fueras legalmente mi mujer podrías
engañarme, porque tendrías la disculpa del ligamen
que no podrías romper y la seguridad de ser siempre
respetada; pero ahora, por orgullo, estás más obli
gada a mantenerte derecha; y luego que a una mu
jer casada se le pueden hacer promesas impunemen
te y rebelaría contra el tirano de su esposo; pero
tú tienes un medio sencillo de probar la sinceridad
de un galanteador: dile que eres libre, que se case
contigo, y le verás salir huyendo como alma que lleva
el diablo, y al verle huir le conocerás y le despre
ciarás...
— ¡Oh, astuto zorro!—gritó Martina—, ¡Ahora te
voy conociendo! Tú me tienes así para tenerme más
224
ÁNGEL
GANIVET
segura. Eres malo—añadió abrazándose al cuello de
Pío Cid— ; pero de puro malo mereces que yo te quie
ra, y te querré cada día más, porque a tu lado todos
los hombres me parecen unos muñecos...
Al otro día por la tarde se presentó Gandaria en
casa de Pío Cid. No sabía si le recibirían bien; pero
pensó que volviendo las espaldas sin explicarse se
declaraba reo, y que lo mejor era quedar dentro o
fuera de una vez.
Quizás Martina, a pesar de sus alharacas, no ha
bría dicho nada a Pío Cid; y supuesto que éste no
se diera por enterado, Gandaria iba prevenido para
contarle la historia de ciertos falsos amores con una
aventurera, por donde Pío Cid comprendería que el
joven diplomático no se acordaba ya de Martina.
— ¡Qué perdidos andamos!—le dijo Pío Cid al ver
le entrar receloso—. Yo creía que le había ocurrido a
usted algo para no haber venido a la boda... Pablito
contaba con usted.
—Mucho sentí no poder venir—contestó Gandaria,
serenándose— ; pero estos días ha habido en casa un
gran disgusto... ¿No sabe usted que mi hermana se
nos va a un convento? Figúrese usted cómo estará
mamá... Papá aprueba la idea, pero a mamá se la
puede ahogar con un cabello.
—¿Y a usted qué le parece la resolución?
—Yo no he dicho nada; cada uno es libre de se
guir sus impulsos, y siendo firme la vocación... Des
pués de todo, para las cosas que se ven, más vale en
cerrarse entre cuatro paredes. Yo, casi casi me alegro.
—De todos modos, pudo usted venir un momento.
Era una comida de familia, y no lo hubiera pasado
usted mal.
225
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
—Para serle franco—dijo Gandaria bajando la voz
y mirando a la puerta, tras de la cual se oyó, en día
no olvidado aún, el grito lastimero de Martina—, tuve
ayer un compromiso ineludible. No ha mucho fui pre
sentado a una joven extranjera que, según dicen, es
querida de cierto diplomático; una mujer asombrosa,
créame usted, y parece que le he sido simpático, por
que me invitó a pasear un rato y a charlar tomando
una taza de té en su casa... Precisamente venía a
consultar con usted algo que me interesa, salvo que
a usted le moleste oír hablar de estos ligeros de
vaneos.
—No me molesta usted—contestó Pío Cid pacien
temente comprendiendo que Gandaria no decía
verdad.
Porque el joven tenía la flaqueza de que cuando
mentía le temblaban los párpados del ojo derecho, y
cuando comenzó a hablar de la aventura comenzó el
tembloreo sintomático. Sin esta circunstancia hubie
ra conocido también Pío Cid que la relación era men
tirosa de cabo a rabo; y, aunque mentirosa, la oía
con gusto viendo los progresos que hacía la imagina
ción del incipiente poeta.
—Pues ha de saber usted—prosiguió Gandaria—
que el amigo que me presentó le dijo a la joven que
yo era poeta, y me veo en un gran aprieto; la joven
quiso que yo le dedicara una poesía, y yo le dije
que no me gustaba im provisar; pero me vi forzado
a prometer que le compondría u n a ; y recordando lo
que usted me dijo del motivo poético, le rogué que
me diera un pensamiento, para que así la poesía
idmpuesta sobre él fuera en cierto modo obra de los
des. Ella sacó entonces un libro de poesías en ale15
ÁNGEL GANIVET
226
mán (porque la joven, aunque dicen que es italiana,
es del Tirol y educada en Viena, y para el caso como
si fuera austriaca).
—Pues ande usted con ojo—interrumpió Pío Cid—,
porque ésas se pegan como lapas, y cuando cogen
a uno, no le dejan ni a tres tirones.
—Ya veremos. El caso es que me tradujo un pen
samiento de Lenau... ¿Conoce usted este poeta?
—Es un poeta húngaro de verdadero mérito. He
leído algunas poesías suyas, y sé que murió loco a
consecuencia del abuso del tabaco. Bueno es que
usted lo sepa, porque está siempre fumando y escu
piendo, y eso no hace ningún bien a la salud.
—Hombre, nunca le cojo a usted desprevenido.
Quizás conozca usted también el pensamiento que me
ha servido para mi poesía; yo lo traduje libremente,
cambiándolo bastante, y sobre él he escrito unas es
trofas que le voy a leer para que diga si sirven.
—Ya escucho—dijo Pío Cid, con curiosidad.
Gandaria sacó un papel, y después de estirar el
cuello y de mirarse los zapatos de charol, leyó:
CANTO DE PRIMAVERA
¡Oh humano corazón! ¿Qué es tu ventura?
Un momento fugaz, irreparable,
un enigma que surge indescifrable,
un amor que no más que un beso dura.
Brilla el sol y en los yertos corazones
Renueva las pasiones.
Ya se visten los campos de verdura
Y el alma de ilusiones.
¡Oh humano corazón! ¿Qué es tu ventura?
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
227
Los pájaros cantando en la enramada,
Despiertan a mi amada
De un deliquio dulcísimo, inefable,
Arrullo de alborada:
Un momento fugaz, irreparable.
El mundo de su sueño lia despertado,
Y ya en su esquife alado
Vuela el amante, inquieto, infatigable,
Tras un amor soñado,
Un enigma que surge indescifrable.
En la noche callada navegamos,
Con ansia nos besamos;
De lo inmenso nos llena la amargura,
Y en el mar sepultamos
Un am or que no más que un beso dura.
—¿Recuerda usted—le dijo Pío Cid, después de ter
minada la lectura—lo que le dije cuándo leí El beso
eterno? Le dije a usted que rasgara aquellos versos,
que eran demasiado sensuales, y que con el tiempo
la idea reaparecería más depurada. Ahí la tiene us
ted. Los amantes que se iban al espacio a formar
una estrella, se arrojan ahora al mar para transfor
marse en un cetáceo.
—Me ha reventado usted—dijo Gandaria un tanto
corrido.
—Mi idea es sólo hacerle notar el espíritu económi
co que rige las creaciones de los poetas, como las del
último zapatero remendón. Así somos, y no hay por
qué afligirse. Yo le aseguro que esta poesía de hoy,
aunque tiene poco carácter español, es preferible a
la primera. Pero le diré asimismo que lo que usted
ha compuesto, no es una poesía, sino una glosa, y
que si esto en un aprieto como el presente puede
p?sar, no es bueno como sistema, pues por ese ca-
228
ÁNGEL GANIVET
mino sería usted un poeta de salón. Una poesía debe
de ser parte de nuestra substancia, no de una agru
pación convencional de versos alrededor de una idea
convencional también. Y lo que yo saco en conclu
sión es que a usted no le interesa la joven austrohúngara, y que por no interesarle ha salido usted
del paso con esas rebuscadas estrofas.
—Ya ve usted—asintió Gandaria— . Persona cono
cida de ayer, como quien dice, ¿qué interés puede
despertar? Lo que yo deseo es no quedarme en blan
co. ¿Cree usted que no me pondré en ridículo con
esta glosa?
—Para el uso a que usted la destina viene como
anillo al dedo.
—Pues entonces no hay más que pedir—concluyó
Gandaria guardando los versos—. Y ahora le voy a
preguntar algo que me ha metido en confusión... Me
ha dicho Pablo que ha retirado usted su candidatu
ra, siendo así que yo había leído en la Prensa su
nombre entre los diputados electos. ¿Cómo se expli
ca esta contradicción?
—Ha habido a última hora actas cambiadas que
han alterado el resultado del escrutinio. Una zahúr
da, amigo Gandaria, de la que yo estoy menos en
terado que usted. Lo cierto es que le dije al gober
nador que no quería ser diputado con acta sucia, y
allí la dejé para que otro la recoja.
— ¡Es usted terrible, amigo mío, es usted terrible!
—exclamó Gandaria—. Yo no sé qué tomará usted en
serio en la vida; usted se divierte hasta con su som
bra. Si todos los hombres fueran como usted, el mun
do sería un espectáculo graciosísimo... Pero eso que
me dice, ¿ew eiert#?
T.OS TRABAJOS T>F. PÍO CID
229
— Y tan cierto. Ya lo verá usted. De esto he de ir
a hablar con su padre en cuanto tenga un momento
libre.
— Cuando usted quiera; ya sabe que en casa se le
estim a; y mi deseo— añadió levantándose y cogien
do el sombrero para retirarse— es que nos veamos
con frecuencia y que hablemos de poesía y de arte,
dejándonos de politiquerías inútiles.
Llamaron a la puerta, y Gandaria mismo abrió
para sa lir; pero se hizo algunos pasos atrás cuando
vió aparecer la figura aparatosa de Mercedes, la
cual venía puesta de tiros largos y con pañuelo a la
cabeza al modo chulesco.
— ¿Está don Pío Cid?— preguntó con su voz suave,
espiritual, que engañaba más aún que su rostro.
— Pase usted, Mercedes—contestó Pío Cid asomán
dose a la puerta de la sala.
Gandaria la vió pasar boquiabierto, y salió ce
rrando la puerta y diciendo para sus adentros:
— Este sí que es un enigma de verdad, no el enig
ma estúpido de mis versos. ¿Qué será? ¿Qué no
será? Ya lo hemos de saber. ¡Valiente hembra! Casi
estoy por decir que es mejor que Martina... E'.s decir,
eso no, Martina es Dios, y Mercedes es su Profeta.
Pero a este hombre... habría que nombrarle investi
gador de la belleza oculta. ¿De dónde saca este hom
bre estos monumentos?
Martina vió a Mercedes pasar y entrar en la sala,
y salió del comedor como una flecha.
— ¿Quién es esa mujer?— preguntó con furia.
— Es la joven huérfana de quien te he hablado
— contestó Pío Cid, cerrando la puerta de la sala y
dejando dentro a Mercedes.
230
ÁNGEL GÁN1VET
— ¡Esta casa no es ningún asilo!—gritó Martina
recio para que la oyesen—. Esa es una mujer tira
da : no hay más que verla.
—No grites—dijo Pío Cid en voz baja—, ni te dejes
llevar de las apariencias. Esa mujer viene como vie
ne porque la habrán vestido así, y no iba a desnu
darse en medio de la calle. Habla con ella y te con
vencerás de que es una pobre muchacha.
— ¡Ah! ¡Maldita sea la mala hora!...—exclamó
Martina abofeteándose—. ¿Por qué habré yo conoci
do a este hombre, por qué?
—No te irrites sin motivo, mujer.
—No, si no me irrito; lo que voy a hacer es echar
a esa individua a la calle.
—Si la echas—dijo Pío Cid muy sereno—, me iré yo
también.
—¿Te importa esa mujer más que yo?
—Me importa mi dignidad. Basta que yo haya traí
do a esa mujer a esta casa para que comprendas que
no hay mala intención; si la hubiera, no la traería
aquí, la llevaría a otra parte. Habla con ella, te repi
to, y verás que es una infelz.
Pío Cid se fué al comedor, y Martina entró en la
sala y se quedó mirando frente a frente a aquella
moza, cuya insolente hermosura, vista al refilón, le
había encendido la sangre en las venas.
—¿Es usted la joven de quien me habló mi ma
rido?—le preguntó no sabiendo qué decir.
—Sí, señora—contestó Mercedes, que estaba de pie
en medio de la habitación—. Yo temía servir de mo
lestia y, si es así, no quiero que nadie sufra por cul
pa mía; me iré adonde Dios me encamine.
—No, yo me sorprendí al verla porque me figura-
JLOS trabajos oe pío cid
231
ba... Como creía que era una pobre huérfana, vamos,
me extrañó su aparato.
— Ya ve usted, estaba como de visita, y así me salí
— dijo Mercedes quitándose el pañuelo de la ca
beza.
— ¿Según parece la han traído a usted engañada?
¿Cómo ha sido eso?
— Cosas que hacemos las mujeres por nuestra poca
cabeza. ¡Yo estaba tan bien en Sevilla... mi Sevilla
de mi alm a!— exclamó infantilmente Mercedes, po
niendo los ojos en blanco.
— ¿Es usted de Sevilla? De allí es mi mamá. Dicen
que es muy bonita.
— Vaya si lo es... Mil veces mejor que esto.
— ¿No le gusta a usted Madrid?
— Déjeme usted de Madrid. Si aquí no hay nada.
Ya ve usted, ni siquiera hay mar, ni un río que vaya
por mitad de la población.
— ¡Si viera usted Cuba, que es una isla, con mar
por todas partes!
— En Sevilla da gusto de meterse en una barca y
de irse a pasear por el Guadalquivir.
— ¿Y usted quiere volver a Sevilla? ¿Tiene usted
allí familia?
—No tengo a nadie más que a un señor viejo, que
era como mi tutor; pero ahora no querrá mirarme
a la cara después del disparate que he hecho. He per
dido mi bienestar. Tenía un piso tan hermoso, con
una sala como ésta, con cuadros y también mi
piano...
— ¿Toca usted el piano?
— Casi nada; empecé cuando era ya muy grande...
Toco la malagueña, las sevillanas, algunos tangos
232
Angel ganivít
y valses... Decía mi profesor que tengo buen oído,
pero que es más para el canto.
—Pues tiene usted que tocar algo para que yo ia
oiga. ¿No sabe usted tocar las guajiras?
Diciendo esto se había acercado Martina al piano
y comenzó de pie a teclear. Pío Cid que la oyó se
levantó en seguida y dijo a doña Justa, Paca y Va
lentina, que estaban conferenciando sobre el resul
tado probable de aquel embrollo:
—Yo me voy, no tardo en volver.
— ¿Me deja usted a mí ese lío?—preguntó doña
Justa asustada.
—La cosa debe marchar bien cuando Martina toca
el piano. Si pregunta por mí, dígale que he ido al
teatro a buscar las localidades.
—Pero ¿quién piensa en teatros con estas escenas
que hay en casa?
—Yo le he ofrecido a Paca llevarla al teatro de la
Zarzuela, donde conoció a su marido, y hoy es la
función de despedida. Conque...
—Por mí no se preocupe usted—dijo Paca.
—Iremos todos—aseguró Pío Cid—, y éste será el
mejor medio para que se pase la noche pronto.
Las rabietas de Martina tenían dos soluciones:
la música o las lágrimas. Cuando no se calmaba
llorando, se desahogaba cantando guajiras, de las
que tenía un riquísimo repertorio, recogidas de boca
de los mismos guajiros; algunas eran sátiras inten
cionadas, y a veces mordaces y cruentas, contra los
peninsulares, y de éstas se servía para maltratar
indirectamente a su marido, el cual, lejos de incomo
darse, tomaba el asunto por el lado musical y gra
cioso. Así, pues, no se equivocó Pío Cid al pensar que
LOS TRABAJOS DE P f o CID
233
el tecleo era indicio de que el encuentro formidable
entre Martina y Mercedes se resolvía en lamentacio
nes armónicas.
— ¡Oh bestezuela admirable e incomprensible, lla
mada mujer!— murmuraba, bajando las escaleras— ;
si no existieras, sería necesario emborracharse tres
veces al día para sobrellevar la pesadez y sosera de
la vida. Tú eres el único ser digno de amor noble y
sincero, porque eres lo incoherente, lo que se escapa
de la lógica, siendo lo más lógico de la creación.
En esto oyó la voz de Martina que cantaba; se
detuvo y, apoyándose en la perinola de la baranda,
escuchó un momento, sin comprender lo que decían
las palabras confusas que a sus oídos llegaban; sólo,
al final, oyó distintamente dos versos pronunciados
con más brío :
... tienen las patas muy largas
y también son cabezones...
Y, después de un breve intervalo, la voz, ahora más
lánguida y cadenciosa, lenta como si fuera murién
dose poco a poco, repitió:
Tienen las patas muy largaaas
y también son cabezoneees...
TRABAJO
SEXTO
Pío Cid asiste a una enferma de frivolidad.
— ¿Conque usted es amigo tan antiguo de Miralies?—preguntó distraídamente la duquesa después
que hubo leído la carta del gobernador.
—Sí, señora—contestó Pío Cid—, le conocí hace ya
muchos años en Inglaterra.
— ¿Ha vivido usted en Inglaterra?
— Bastante tiempo.
— ¿Qué puntos son los que conoce usted?
—Casi todas las ciudades importantes; pero de
asiento he estado sólo en Liverpool y en Londres.
—Hermoso país aquél, ¿no es cierto?
—Los niños ingleses son bonitos; pero cuando
crecen y se hacen hombres o mujeres...
—No me refería a eso. Hablaba del país en ge
neral.
—El país es triste y demasiado prosaico. Es más
agradable vivir bajo este cielo de España...
— Eso es verdad; pero el cielo es cosa de Dios y
no de los hombres. A lo que yo me refería—insis
tió la duquesa, que deseaba hacer confesar a Pío
Cid que Inglaterra era mejor que España—era a la
?36
Angel gantvet
vida inglesa, a la prosperidad, a los adelantos, a
las com odidades de aquella vida...
—H ay de todo, como en todas p a rte s—contestó
Pío Cid, sin ceder al deseo de la duquesa— ; y casi
estoy por decir que, por Jo mismo que hay m ayores
bienes, hay tam bién m ayores m ales. Yo, puesto a
elegir, elegiría E sp añ a, sin que por esto piense que
aquí estam os bien.
—Es usted m uy p atrio ta. Yo vivo la m ayor parte
del año en el E xtran jero , y los meses que paso aquí
me parecen ta n largos...
—H ab rá perdido usted el gusto por las cosas de
E spaña. Yo no encuentro esto tan despreciable.
—Vamos, no diga usted... P ues si h ay p a ra no
acabar. Desde que llega usted nota ya el cambio en
los trenes. Aunque vin iera usted en el m ejor tren de
E uropa, no sé lo que p asa que, al cru zar el Pirineo,
cam bia la decoración. Parece que e n tra usted en un
m undo diferente... • y luego este estado de abandono
de las ciudades... En fin... creo que dijo m uy bien
quien dijo que la m ay o r pru eb a de am or que se
puede d a r a E sp añ a es vivir en ella cuando se tie
ne p a ra vivir en o tra nación.
—P ues yo, p a ra irm e a o tra parte, me iría a
Africa...
—M ira, Jaim e—interru m p ió la duquesa, d irigién
dose a un niño como de ocho años que entró co
rriendo en el despacho donde Pío Cid h abía sido re
cibido—, aquí no haces n in g u n a falta. Vete a ju
g ar al jard ín .
—Déjele usted que se acerque — dijo Pío Cid—.
Tiene usted y a u n hijo tan espigado...
—Es el prim ero y el único—contestó la duquesa— ;
LOS TKABAJÜS DE PÍO CID
231
y crea usted que se basta y se sobra para no dejar
me en paz. Es muy travieso y desaplicadillo.
— ¿Qué estudia este mozo?— preguntó Pío Cid mi
rando a Jaime, que se había acercado a pesar de
la orden de su mamá.
— Todavía no ha empezado a estudiar— contestó
la duquesa— . Hasta ahora ha estado entretenido con
los idiomas.
— Es algo endeblito y no conviene apresurarlo.
Tiene un gran parecido con su padre...— añadió Pío
Cid, mirando un retrato que estaba en el testero prin
cipal de la habitación.
— Muchísimo—asintió la duquesa, diciendo en voz
más baja a su hijo que se retirara— . Pues sí, se
ñor— prosiguió, sin acertar a recoger el hilo del
diálogo, interrumpido por la llegada de Jaime— , es
necesario tener mucho patriotismo..., porque... Vea
usted si no este ejemplo... Ahora estoy preocupada
con los estudios de mi hijo... Me confesará usted
que en España no hay medios de educar bien a un
joven. En este punto, nuestro atraso es vergon
zoso...
— Según los estudios que ustedes piensen darle.
—Cualesquiera que sean — replicó la duquesa— .
Por mi gusto sería ingeniero. Yo estoy con el espí
ritu de la época. El duque desearía prepararle para
la diplomacia...
— ¿Y cree usted que de España no pueden salir
grandes ingenieros?
—No sé qué le diga; pero no es sólo el estudio de
las Academias. Se requierén otros estudios anterio
res, dirigidos por un preceptor inteligente. Hasta
«ahora Jaime tu#, «suido a cargo de una insjjitq-Cvú
238
ÁNG'X GANIVET
inglesa. Habría que traer un profesor extranjero
también,..
— Es cierto que en España es difícil hallar buenos
preceptores— interrumpió Pío Cid— ; esto ocurre por
que los que hubiera no tendrían empleo, ni quizás
serían tan bien considerados como los de otros paí
ses; pero precisamente está usted hablando con un
preceptor, y, aunque peque de inmodesto, lé ase
guro que soy rapaz de dirigir a un discípulo como
el maestro más entendido.
— ¿Es usted preceptor?
— No lo soy de oficio, pues nunca he tenido necesi
dad de enseñar ; pero ahora las circunstancias me
obligan a ello y no tendría inconveniente en dar
lecciones.
— ¿A qué enseñanza se dedica usted?
— A todas las que usted quiera. Aunque en el caso
de su hijo, antes de enseñarle hay que descubrirle
las aptitudes para no perder el tiempo en balde. ¿A
qué es a lo que muestra mayor afición?
— Hasta ahora a nada, porque es muy desaplicado.
— No crea usted, señora, que haya nadie desapli
cado en el mundo. Cuando un maestro dice que un
discípulo es desaplicado, debe de entenderse que el
maestro es tonto y no sabe hablar al discípulo de
cosas que le interesen. Fuera de los casos contados
de idiotismo congènito, no hay niño que no muestre
interés por algo, y en cuanto hay interés hay apli
cación.
— Pero a veces no se logra descubrir la aptitud.
— No se logra porque el maestro sabe poco o de
pocas materias, y cuando ha agotado su pobre re--’
p o to rio ,-declara que .el alumno-carece de aptitudes-
239
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
definidas; si supiera hablar de todo, desde los traba
jos manuales hasta la alta filosofía, iría cambiando
de asuntos hasta que el discípulo se descubriera. Sin
embargo, lo corriente es que no sean necesarias tan
largas pruebas, y que pocas palabras bastan para
conocer el espíritu de un niño. Yo me compromete
ría a darle a su hijo dos o tres lecciones, y a decir
le a usted a qué estudios deberían dedicarlo para
que llegara a ser un hombre de mérito.
—Yo aceptaría con mucho gusto y agradeciéndo
le el interés que demuestra por mi Jaime; pero tam
poco querría que usted se molestara... Como profe
sor podría usted darle algunas lecciones, eso sí.
Usted conocerá idiomas; le hablará en francés y en
inglés, para que no los olvide ahora que se queda
sin institutriz, y luego, más adelante, veríamos. El
duque tiene cierto empeño en llevarle a Francia a
un colegio de jesuítas, donde él se educó también
—Yo me pongo a las órdenes de usted, y usted
dispondrá de mí en la forma que más le plazca.
—Yo sólo deseo que usted no se incomode inútil
mente. Puesto que usted, según dice, se dedica a la
enseñanza, creo que nada se pierde por hacer un
ligero ensayo... Siempre es útil conocer las aptitu
des de los niños; a ver si usted descubre las de
Jaime.
—Eso puede usted darlo por hecho a las primeras
lecciones.
—Pues, cuando a usted le sea posible, venga por
aquí; yo le encargaré a mi secretario que se pon
ga de acuerdo con usted para lo relativo a honora-,
rios... Y cuando le escriba usted a Miralles, dígale
que estimo mucho su presente—dijo, para terminar,;,
i
-
*
240
ÁNGEL GANIVET
la duquesa, haciendo un movimiento para levan
tarse.
—No lo olvidaré—asintió Pío Cid, levantándose y
despidiéndose con un movimiento de cabeza ligera
mente ceremonioso.
Así comenzaron las relaciones de Pío Cid con la
duquesa Soledad de Almadura, las cuales no pasa
ron, por lo pronto, de este primer cambio de pala
bras superficiales. Pío Cid volvió a los pocos días y
se encargó de dirigir los estudios de Jaime; pero la
duquesa, aunque tanto interés había mostrado por
la educación de su hijo, no volvió a acordarse de
este grave asunto. No le pareció mal que el niño
tuviera un preceptor interino, hasta que se decidie
ra más adelante los estudios que había de seguir;
pero seguramente estos estudios los seguiría en el
extranjero, porque era cuestión resuelta ya que en
España no era posible que un joven ilustre recibiera
una educación apropiada; y ni Pío Cid, ni un pre
ceptor bajado del cielo, serían capaces de destruir
la mala opinión que los duques tenían de su país.
Era éste, quizás, el único punto en que los duques
coincidían; en lo demás siempre estaban en des
acuerdo o lo habían estado, puesto que a la sazón
rara vez se veían juntos, y más rara vez aún se diri
gían la palabra. Sin embargo, no tardó la duquesa
en desear ver de nuevo a Pío Cid, porque recibió
una carta de don Estanislao Miralles en la que ha
blaba de él con extraordinario encomio, sin olvi
dar lo relativo a la elección, y asegurando que era
para Jaime una fortuna haber caído en manos de tan
buen maestro. La duquesa tenía una fuerte dosis
de
y su yapidad más ¿aiivme era la pre-
241
I O S TRABAJOS DE PÍO CID
tensión de conocer a las personas con sólo echarles
la vista encima. Aunque no parezca bien aplicar
a una tan bella señora una tan fea palabra, hay que
decir que la duquesa se creía a sí misma «psicóloga», y que su idea de la vida se reducía a la perspi
cacia psicológica y al arte de hablar espiritualmen
te y al desarrollo del sistema muscular por medio
de los ejercicios elegantes. Así, pues, no pudo tole
rar que Pío Cid se hubiese escapado a su observa
ción ; ella le tomó por un preceptor (y para la du
quesa un preceptor estaba a poca más altura que
un ayuda de cámara), por un hombre vulgar y me
dianamente educado, y de los informes de Miralles
se desprendía, al contrario, que era un ave rara en
España. Quizás, dadas las ideas de Pío Cid, lo
más pequeño que hizo en su vida fué renunciar al
acta de diputado; y en cambio a la duquesa le pare
cía incomprensible que quien podía ser padre de la
patria se aviniera al obscuro oficio de preceptor; y
de todos los elogios que escribía don Estanislao para
recomendar a su amigo, el único que produjo efec
to fué éste, que demostraba que Pío Cid era persona
de categoría y a la vez hombre desinteresado.
Un día, al terminar la lección, cuando Jaime, y Pío
Cid tras él, salían del gabinete donde tenían sus colo
quios, se asomó la duquesa a la puerta del despacho,
que estaba contiguo, y, como quien hace una pregun
ta sin importancia, dijo, tomando la cara a Jaime:
—¿Qué tal el discípulo? ¿Le da a usted mucho
que hacer? ¿E9 muy desaplicado?
—Es la aplicación misma—contestó Pío Cid dete
niéndose—. Aprende la mitad o más de lo que le en
seño, que es cuanto se puede apetecer.
16
"242
ÁNGEL GANIVEt
—¿Qué le enseña usted ahora?—volvió a pregun
tar la duquesa—. Pero pase usted... Y tú, Jaime,
vete a comer, que ya será hora. ¿Conque es tan apli
cado? Así me gusta.
—Sí, señora—dijo Pío Cid, entrando en el despa
cho y sentándose en una silla que le señalaba la
duquesa—, adelanta mucho, y vamos a sacar de él
una notabilidad.
— ¡Una notabilidad!—exclamó la duquesa con ad
miración un poco forzada—. ¿Pero notabilidad en
qué? ¿Qué le enseña usted ya?
—Le estoy enseñando en primer término a hablar
—aseguró Pío Cid gravemente—. Jaime ha empeza
do muy pronto a estudiar idiomas, y el que menos
conoce es el suyo propio; lo habla como un extran
jero.
—Dicen que ésta es la mejor edad para estudiar
los...
—Sí es la mejor; a condición de que al estudiar
los idiomas extranjeros no se olvide el propio, y de
que con las palabras extranjeras no entre también
el espíritu extranjero.
—Usted es españolista rígido por lo que se ve.
—Soy español nada más, y no me asusto de que
abramos las puertas de par en par a todas las ideas,
vengan de donde vinieren. Lo que no me parece bien
es que perdamos nuestra personalidad y seamos imi
tadores serviles. Jaime ha tenido una institutriz in
glesa, y es casi por completo un inglesito, y yo no
veo la razón de que esto sea así. Cada cual debe de
ser por fuera lo que es por dentro; el que se retoca
para no parecer lo que es, da mala idea de sí mis
mo, puesto que él mismo empieza por despreciarse.
tos
TRABAJOS DE PÍO C ID
243
—Eso está muy b ien; sin embargo, no crea usted
que hoy por hoy sea ninguna gloria nacer en este
rincón de España. En otros tiempos fuimos algo,
pero ahora ya ve usted adonde hemos venido a
parar.
— Usted, señora, cree sin duda mucho de lo que
por ahí se dice en contra nuestra, y la mayor parte
de lo que se dice, somos nosotros los que lo decimos.
Para mí la primera nación es España...
— ¿Primera en qué?— interrumpió vivamente la
duquesa.
— No es necesario ser primero en nada para serlo
en todo. Hay naciones que tienen muchos barcos,
un ejército poderoso o grandes riquezas, y en esto
son superiores a nosotros; pero tontos seríamos si
aceptáramos como puntos de comparación esas ex
terioridades. Hay una Guía de España, donde están
los nombres de nuestras personalidades más distin
guidas, con sus títulos, cargos y honores. Si busca
usted allí mi nombre, no lo encontrará; y ¿cree ustéd que valgo yo menos que todas esas personalida
des? Si se quiere hacer la prueba, que se nos pon
ga en un sitio donde haya que desarrollar plenamen
te nuestras facultades; en un lugar apartado de la
influencia de nuestra civilización; en el centro de
Asia o de Africa, donde no tuvieran valor ciertos
prestigios convencionales que entre nosotros lo tie
nen. Casi estoy por decirle a usted que en nuestro
tiempo los títulos y honores, conseguidos de ordina
rio por el camino de la adulación y de la bajeza,
son indicio de pequeñez espiritual; de igual suerte
que la supremacía de las naciones, fundada en el
abuso de la fuerza material, revela una inferioridad
ÍNGIT, GANTVI®
palmaria. ¿Conoce usted el dicho popular de que
(da gracia del barbero es sacar patilla donde no
hay pelo»? Pues esta gracia es la gracia de Espa
ña. Nosotros somos capaces de hacer más que nadie,
con menos medios que nadie, sin duda porque la
falta la suplimos con algo nuestro propio, con algo
que está en nuestra sangre y que constituye nuestra
fuerza y nuestra superioridad.
—Es usted un hábil polemista, amigo m ío; pero
si en otros tiempos hicimos algo grande porque tenía
mos fe, y ya se dice que la fe hace milagros, ahora
no hacemos más que copiar, y copiar mal lo que
otros inventan. Han cambiado los tiempos...
— ¿Piensa usted, pues, que nosotros, que hemos
sido capaces de crear cosas muy altas, no serviría
mos para componer ciertos artefactos modernos?
Todo sería que nos lo propusiéramos. Si usted quie
re puede tener en casa un inventor; precisamente
Jaime tiene aptitudes naturales para la Mecánica.
— ¿De veras?
—Y tanto. La primera afición que ha descubierto
es a la Agricultura. Esto debe de ser en parte por
instinto, porque su constitución es bastante delica
da y exige una vida enteramente rústica por lo me
nos hasta los veinticinco o treinta años; más que
seguir carrera, lo que al niño le convendría, como
a la mayoría de los hijos de los aristócratas, sería
vivir y estudiar en el campo e interesarse por los
progresos de la Agricultura en general y por los de
sus haciendas en particular. Usted me dijo que por
su gusto el niño sería ingeniero; podía ser ingenie
ro agrónomo y tener su correspondiente título; aun
que con el de duque que heredará le sobra, y lo que
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
245
más falta le hace es saber. Saber cosas bellas y úti
les, y luego iniciarle en el secreto de las invencio
nes, para que ilustre su apellido con alguna hazaña
moderna de esas que a usted tanto le seducen.
—Ahora que me habla usted, recuerdo que Jaime,
cuando estuvo la última vez en el campo, construyó
un molino (cosas de muchachos), y todos los que lo
vieron decían que estaba muy bien y que revelaba
mucho ingenio. Pero ¿cómo es posible aprender a
ser inventor? Yo creía que los inventos eran obra
del azar; es decir, hay también que estudiar, pero
entre tantos como estudian, uno por casualidad tro
pieza con algo nuevo.
—El inventar—aseguró Pío Cid con aplomo—es
cuestión de independencia y de audacia. Usted ha
brá notado que yo en materia de educación dejo
mucho que desear. Soy mal educado, lo reconozco;
y si usted me Jo dice no me ofendo, porque, a mi
juicio, la educación es una de tantas rutinas. Pues
bien; en la ciencia hay sabios mal educados, y és
tos son los inventores; no siguen las reglas usuales,
sino que piensan o manipulan a su antojo, y así
revelan su originalidad, sacan a la luz hechos ocul
tos, inventan. ¿No se le ha ocurrido a usted pen
sar que yo sea un inventor desconocido?
—Me ha parecido usted un tipo extravagante—con
testó la duquesa con sonrisa amistosa—. ¿Cuál es el
invento de usted, vamos a ver?
—Quizás se imagina usted que mi invento es como
el de una señora que yo conocí, la cual andaba re
volviendo oficinas para obtener patente de inven
ción en todas las naciones, y luego supe con sor
presa que el invento consistía en una red emplomada
2AG
Í N G F L tlAN TV O T
para embalar y resguardar las seras de carbón o
los canastos de fruta... No es mi invento de esta cla
se, ni es un invento solo, sino que son más de veinte,
y con cualquiera de ellos, si yo quisiera darlo a cono
cer, podría hacerme millonario.
—Pues si no los ha sacado usted a la luz por falta
de medios—dijo la duquesa en un tono entre bur
lón y benévolo—, yo le ofrezco mi protección. He
aquí algo original que no me disgusta del todo.
En vez de proteger artistas, ¡cuánto más me satis
faría que por mi mediación tuviera España la hon
ra de contar entre sus hijos algún inventor famoso!
—No es protección lo que necesito—contestó Pío
Cid inclinándose en señal de gratitud—, pues algu
nos de mis inventos podrían proporcionarme dine
ro en abundancia sin exigir grandes desembolsos.
La dificultad está en que yo creo que los inventos
son perjudiciales al hombre, y en que los míos lo
serían también, y el aliciente de la ganancia no
basta a decidirme a echar sobre mí la gran respon
sabilidad de hacer un daño positivo a mis seme
jantes.
—Eso es según y conforme. Hay inventos útilísi
mos... Tantas máquinas para ayudar al hombre en
sus trabajos..., el ferrocarril, el telégrafo..., cente
nares podrían citarse.
—A mí, al contrario, me parece que es tanto mejor
la vida cuanto más sencilla y natural. Si continua
mos por el camino que hoy seguimos, bien pronto
será la existencia una carga tan pesada que no ha
brá quien la soporte. Los nervios, sacudidos por
tantas y tan fuertes excitaciones, harán de nosotros
autómatas despreciables, cuando no nos lleven a la
LOS TRABAJOS DE PÍO (3D
247
locura. Hay inventos útiles, los pequeños inventos
de la industria humana, que más que inventos son
aplicaciones de las fuerzas naturales que están a
la vista y al alcance del hombre; pero las invencio
nes verdaderas, las que versan sobre fenómenos
ocultos y misteriosos, son perjudiciales porque sa
can las cosas de quicio. Vea usted, por vía de ejem
plo, una de mis invenciones. Usted no ha pensado
nunca, ni quizás ningún ser humano pensó jamás,
que en nosotros hay luz latente; más claro, que so
mos focos de luz espléndida y admirable que hasta
el día ha permanecido invisible. Pues bien : yo he
descubierto esa luz, a la que podríamos llamar «luz
humana».
— ¡Usted!—exclamó la duquesa con curiosidad.
—Yo—afirmó Pío Cid con acento convincente—. Y
no crea usted que le doy importancia a mi descubri
miento. Sé que las más altas concepciones de la idea
pura, a la que yo profeso culto y amor, interesan
ahora menos que una innovación insignificante en
los velocípedos; figúrese usted qué revolución no ar
maría en el mundo mi invento de la luz humana. El
aparato para producirla cuesta menos de dos pe
setas y dura una infinidad de años; y la luz es eter
na, puesto que dura tanto como la vida del hombre ;
el que se muere ya no luce más; pero nacen otros
que empiezan a lucir, y la luz aumenta conforme
crece la humanidad... Y ahora que tanto se habla
de negocios, ¡qué negocio éste si se piensa en la mi
llonada que el mundo gasta en alumbrarse, y que se
ahorraría por completo con la nueva luz, que no
cuesta absolutamente nada!
—■
-Pero eso parece un cuento fantástico.
248
ÁNGEL GANTVET
—Es una realidad tan insignificante que, una vez
conocida, nos sorprende haya podido permanecer
oculta. ¿Usted tiene corazón?
— ¡Qué pregunta!
—Me he explicado mal. Quiero decir que si usted
se ha fijado alguna vez en su corazón. ¿No se ha
puesto usted la mano sobre él y no le ha sentido
latir?
—Naturalmente — dijo la duquesa, llevándose la
mano al corazón por movimiento maquinal.
—Pues bien ; donde hay movimiento hay luz en
germen. No sé si usted sabrá que los sabios ya no
admiten varios agentes o fuerzas ; los reducen todos
a un fenómeno único : la vibración del éter. Con el
tiempo se llegará a ver claro que no hay tal éter ni
tal vibración. Pero sin meternos en honduras, para
que usted no se fatigue, le diré en dos palabras que
mi invento consiste en un aparato sencillísimo, con
el que saco del latido casi imperceptible, y hasta
aquí no utilizado, del corazón, un flùido transmi
sible, a semejanza de una corriente eléctrica, aun
que nada tiene que ver lo uno con lo otro...
—¿Y de ese fluido sale la luz?
—Aún no. Ese flùido del corazón es la mitad de la
nueva luz. Para que haya tormenta ha de haber
dos electricidades que se atraigan y choquen, y del
choque nacen relámpagos y rayos, que son como mi
radas e imprecaciones del Universo. También la
luz humana brota de un choque de dos corrientes,
aunque brota más silenciosa y serena.
—¿Y de dónde sale el otro flùido?—preguntó la
duquesa con el mismo interés con que un nifio pre
gunta el desenlace de una historia.
L O S TRABAJOS DE PÍO C ID
249
—Sale del c ereb ro ; está oculto en las sienes, como
el otro estaba oculto en el corazón. E nlaza usted am
bos flúidos por un conductor... Un cordoncillo tan
fino como ése—dijo señalando el de que p endían los
im pertinentes de la duquesa—, y ya está creada la
luz hum ana.
—¿Usted la ha visto? ¿H a hecho usted la expe
riencia?
—L a he hecho u n a sola vez, y la vi en form a de
arco sobre mi cabeza; vi un nim bo de luz ro ja como
la sangre, con fra n ja s a m a rille n ta s; y no obstante
lo subido del color, aquella luz alu m b rab a como
u n a estrella que fu era descendiendo y acercándose
m ás y m ás a Ja tie r r a ; porque el asom bro ag itab a
todo mi ser, y conform e au m en tab a el la tir de mi
corazón y la punzada de mis sienes, au m en tab a la
fuerza de la luz, h a sta ta l punto que creí a rd e r y
consum irm e en mi pro p ia llam a, y asustado rom pí
el hilo que enlazaba las dos corrientes...
—Eso parece un invento in fern al—dijo la duque
sa, m irando a su sta d a a Pío Cid, quien al hacer la
revelación h ab ía tom ado involu n tariam en te un aire
m isterioso y diabólico.
—Yo me he ju rad o a m í mismo no descubrir j a
m ás el secreto de mi in v en ció n ; pero sin descubrirlo
sería capaz de m ostrarle a usted, en usted m ism a,
esa luz m aravillosa, brillando en su en so rtijad a ca
bellera como u n a d iadem a de fu e g o ; fuego del cielo
o de los infiernos, ¿qué im p o rta?—agregó Pío Cid,
como burlándose del miedo in fan til que en el rostro
de la duquesa se re tra ta b a .
—Sólo de pensarlo me d a miedo—dijo la duquesa
levantándose—. Es usted un. hom bre verdaderam enr
250
ÁNG«L GASIVET
te original... Usted no es lo que parece..., aunque
dice que todos debemos parecer lo que somos.
— ¿Qué cree usted, pues, que soy yo?— preguntó
Pío Cid, levantándose también, como para retirarse.
— Usted vale demasiado para simple preceptor...
Usted debía aspirar a cosas más a lta s; por más que
ya sé que no es usted ambicioso y que no ha mucho
renunció usted a un cargo político brillante, por el
que tantos otros se afanan... Lo sé por Miralles,
quien me ha hablado de usted como usted se me
rece.
— Usted tiene quizás, señora, una idea demasiado
alta de la política. Yo creo que enseñar vale más
que gobernar, y que el verdadero hombre de Estado
no es el que da leyes, que no sirven para nada, sino
el que se esfuerza por levantar la condición del
hombre. Quienquiera que haga de un tonto un dis
creto, de un haragán un trabajador, de un tunante
un hombre de bien, ha hecho, él solo, más que diez
generaciones de hombres políticos, de esos que se
contentan con ver funcionar por fuera el mecanis
mo de las instituciones.
— Esa idea será todo lo noble que usted quiera;
pero vengamos a la realidad, y dígame si los hom
bres de entendimiento superior no tienen su puesto
marcado en la política, y si un preceptor, en el he
cho de serlo, no se condena él mismo a ser un cero
a la izquierda.
— Eso piensa todo el mundo; pero yo pienso lo
contrario, y sigo mi parecer. Supuesto que yo valie
se algo, no valdría tanto como Aristóteles, por ejem
plo ; y Aristóteles fué preceptor, y nada perdió con
serlo...,.
1,0
7:;ABAJOS DE PÍO CID
231
— Pero, amigo mío—interrumpió la duquesa, dán
dose aires de bien enterada—, Aristóteles fué pre
ceptor del hijo de un rey.
—Y yo soy preceptor del hijo de usted—replicó
Pío Cid, dando intencionadamente a su galantería
el tono de una réplica escolástica.
—Tiene usted salida para todo—asintió la duque
sa, esponjándose al oír el argumento, mientras Pío
Cid aprovechaba la ocasión para despedirse, sin
añadir una palabra más.
No era asunto fácil despertar interés en el espíritu
superficial y voluble de la duquesa, y no fué escaso
mérito en Pío Cid acertar; la revelación del invento
de la luz humana (que no era broma, como alguien
podría suponer, sino invento real y verídico, como
otros que por amor a la verdad, ya que no a la
ciencia positiva, se declararán en el curso de estos
trabajos) fué un medio muy eficaz, empleado muy
hábilmente por el original preceptor para conseguir
su objeto. La duquesa pensó varias veces en la fa
mosa ocurrencia de convertir a los seres humanos en
farolas ambulantes, y aun deseaba saber si también
todos los animales tendrían luz latente como el hom
bre. Este punto no lo había tratado Pío Cid ; pero a
la duquesa, con la primera lección le bastaba para
comenzar a tener ideas personales. Dos o tres veces
estuvo para entrar de nuevo en el despacho y pre
guntar al maestro por los adelantos del discípulo,
pero lo dejaba para otro día por no familiarizarse,
ni menos mostrar curiosidad.
Hubo al fin un motivo natural para que la duque
sa hablase de nuevo con Pío Cid : el de despedirse
pura emprender la acostumbrada excursión veranie*
252
ÁNGEL GANIVKT
ga, que casi siempre se prolongaba hasta fines de
año, y recomendarle eficazmente que no dejase de la
mano a Jaime, Cuya aplicación y apego al maestro
eran ya notorios.
Estaba la duquesa en un gabinete contiguo al des
pacho, leyendo un libro muy lindo de poco volumen,
y al ver entrar a Pío Cid y a Jaime, se asomó Un
momento para que su presencia fuera notada, y dijo :
—Den tranquilamente la lección. Cuando termi
nen, tengo que hacerle a usted algunas indicaciones;
no es cosa de importancia...
Después se retiró con el libro abierto y continuó
su lectura, aunque más atención que al libro pres
taba a las explicaciones que dió aquel día Pío Cid,
las cuales eran las últimas de una curiosa serie so
bre el tema tan útil como poco estudiado de la ela
boración del pan, comenzando desde que se siembra
el trigo, hasta que sale la hogaza cocida del horno.
Había tomado pie el maestro para estas lecciones,
de la noticia que le dió la duquesa de que Jaime ha
bía construido un molino de juguete. Los duques
tenían en una de sus posesiones varios molinos, y el
niño gustaba de ir a jugar con los hijos de los mo
lineros, y se había aficionado a sus entretenimientos
y habilidades. A las primeras palabras notó Pío Cid
el interés del discípulo, y decidió explicarle a fondo
estas artes útiles, cuyo conocimiento da al hombre
una idea más grave, noble y humana de la vida;
porque, le decía, hay hombres que viven sin saber
los esfuerzos y sudores que cuesta el pedazo de pan
de que diariamente se nutren, y estos hombres no
pueden comprender la verdadera fraternidad, que
consiste en considerarnos ligados a los otros hom-
ti» Trabajos de pío on
253
bres, altos y bajos, pobres y ricos, de tal suerte, que
nuestra existencia sea imposible e infecunda sin la
de los demás. Hay hombres presuntuosos que creen
merecer que la Humanidad se hinque ante ellos de
rodillas porque han tenido alguna idea nueva que
redunda en provecho común, y no piensan que esa
idea no la hubieran tenido si la comunidad no les
hubiera libertado de la esclavitud de otros trabajos
más penosos y menos brillantes, que consumen las
fuerzas de tantos como luchan, piensan y se sacrifi
can generosamente en silencio.
Después de aprender, una por una, en lecciones
anteriores todas las faenas de la molinería y pana
dería, con ejemplos muy claros y dibujos explicati
vos, en que Pío Cid le trazaba los diversos aparatos
y herramientas de ambas industrias, quiso Jaime
enterarse también de la producción del trigo, sobre
la que tenía ideas muy equivocadas. El maestro le
explicó un compendio de cosas agrícolas en términos
tan expresivos, que Jaime oía todo aquello con ma
yor atención que si fuera un cuento de hadas. Y lo
que más le sorprendió fué la noticia de la rotación
de los cultivos; porque él creía que las tierras pro
ducían siempre lo mismo, y que la que criaba trigo,
por ejemplo, no podía llevar maíz o habichuelas.
Pío Cid le hizo notar que a semejanza del hombre,
que ha de variar la alimentación y alterar los diver
sos estudios y esparcimientos para no fatigarse y
para que su organismo se desarrolle armónicamen
te, la tierra exige períodos en descanso y variedad en
los cultivos, para ir recuperando las fuerzas que
gasta, a fin de no agotarse por completo. Porque todo
cuanto existe— decía— , desde la última planta hasta
254
ANGEL
GANIVET
el animal más perfecto, proviene de la tierra; todo
es tierra en varias formas, y aunque las diferencias
aparentes sean muy grandes, todo viene a ser lo
mismo. El labrador que cuida de sus tierras y el co
cinero que cuida de tu alimentación, y, yo mismo,
que trabaja para enseñarte, somos tres personas dis
tintas y un solo hombre verdadero. Y lo peor es, que
se nota con facilidad, que el labriego abandona y
pierde sus labores, y que el cocinero guisa mal y
echa a perder los estómagos, y nadie se ñja en lo
que es más frecuente y más grave, en que el maestro
estropee la cabeza de los discípulos y la convierta en
un erial, que esto, y no otra cosa, es el cerebro de
la mayor parte de los hombres.
Con estas sanas consideraciones terminó el colo
quio de aquel día, y la duquesa, que los había esta
do escuchando, casi se sintió pesarosa de no haber
asistido a los anteriores y de no poder seguir, a cau
sa de su viaje, aquellas útilísimas conferencias.
—Ahora comprendo—dijo a Pío Cid cuando éste
entró a saludarla y a recibir sus instrucciones—la
razón que usted tenía al decirme que la aplicación
del discípulo depende del profesor. En este buen
rato que yo he estado oyendo a usted—añadió ce
rrando el libro que tenía en la mano—he aprendi
do más que si hubiera leído diez tomos de agricul
tura. ¿Qué digo de agricultura? Si lo que usted en
seña es filosofía de la labor, o qué sé yo cómo ex
plicar. No es lisonja, pero si mi viaje no estuviera
decidido, ya tenía usted en mí un nuevo discípulo.
Dicen que las mujeres somos frívolas, que no pen
samos más que en cosas superficiales... Yo seré una
excepción, pero le aseguro que me entusiasman los
"LOS TRABAJOS RE PÍG OIR
255
estudios..., esos estudios agradables e instructivos...
— ¿Está usted, pues, de viaje?—interrumpió Pío
Cid, sentándose con familiaridad— . Cuánto siento,
señora..., que el viaje me prive de sus enseñanzas.
Porque tiene usted un talento tan claro, que de em
prender esos estudios sería yo el que aprendiera;
por los menos aprendería yo más, mucho más que
usted.
— ¡Qué error! Yo soy un pozo de ignorancia.
—Ignorancia en agricultura; pero esto, ¿qué in
terés tiene para una mujer ni para un hombre? Es
bueno para los niños, para moldearles el cerebro y
para infundirles el sentimiento de la naturaleza, de
la realidad. A una mujer es otra ciencia la que le
conviene, y en esta ciencia las mujeres son doctoras
de nacimiento.
— ¿Qué ciencia es ésa?—preguntó la duquesa sabo
reando anticipadamente algún atrevido concepto de
Pío Cid—. Supongo que no tendrá nada que ver con
la creación de la luz humana.
— ¿Aún se acuerda usted de mi invento?
—Me acuerdo, y después de pensar en él me intere
sa mucho más. Al principio me pareció un disparate,
y después lo imagino como algo naturalísimo. Usted
tiene el don de hacer comprender y de obligar a
creer. Si hubiera leído escritas sus explicaciones,
dudaría de usted, y oyéndole veo esa luz como si la
tuviera delante de los ojos.
—Como verdad, lo es, yo se lo aseguro; pero como
importancia, yo no creo que tenga ninguna. Le puse
ese ejemplo como pude ponerle otro, porque me en
tristecía ver que una inteligencia privilegiada como
la de usted estuviera sugestionada por el atractivo
556
ÁNGEL GANTVEt
de ciertas novedades. Estas invenciones dan dinero
y poder, dominio material; pero esto, ¿qué vale?
¿Qué importa que salga luz del corazón y del cere
bro, si para ver lo que vemos sería preferible vivir
a obscuras? Si yo supiera crear fuego en todos los
corazones e ideas nobles y generosas en todos los
cerebros, ¡ésta sí que sería una invención maravi
llosa! Los inventos materiales desprécielos usted;
todo eso, después de aturdimos y molestarnos, pasa
y muere sin dejar más que silencio y polvo.
—Y esa invención maravillosa, ¿tiene algo que
ver con la ciencia de que usted hablaba antes, y que
yo no conozco, aunque usted crea que las mujeres
la poseemos infusa?
—No puede usted conocerla porque no está en los
libros; la posee usted porque está en la naturale
za. La ciencia que está escrita en el papel envejece
con el papel; pero esa otra ciencia, que más debe
llamarse sabiduría, es eterna; es quizás lo único
eterno.
—Pero ¿cómo se llama esa ciencia?—le preguntó
la duquesa, mirando la cubierta del libro elegante
que aún tenía cerrado en la mano.
—No tiene nombre ni debe de tenerlo. Es un saber
raro...
— ¿De qué trata al menos?—insistió la duquesa sin
apartar los ojos del libro.
— Es difícil de explicar. ¿Qué pensaría usted si le
dijera que trata del aprisionamiento del espíritu?
—Tiene usted la especialidad de los pensamientos
extravagantes...—dijo la duquesa, y variando repen
tinamente de idea, añadió— : Hay muchos que se
llaman poetas y piensan en prosa, y usted es un
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
257
hombre que se dedica a oficios prosaicos y quizás
sea un poeta de verdad. ¿No se le ha ocurrido a
usted nunca componer novelas o escribir versos?
Y a que tiene en tan poca estima los inventos mate
riales, podía inventar poesías, leyendas bonitas.
— Algo de eso he compuesto, pero lo rompo des
pués. Casi me gusta más destruirlo que inventarlo.
— ¿No queda usted satisfecho de su obra?
— Sólo los tontos quedan satisfechos de sus obras
y se encariñan con ellas.
— ¿Y usted, como no es tonto, no se encariña?
— Yo pienso que todo muere. ¿No sabe usted que
la Divinidad tiene dos principales atributos: el de
crear y el de destruir? Un hombre que creara una
gran obra y luego la destruyese antes que ella sola
pereciera, sería un hijo predilecto de Dios. Esto no
será del agrado de usted, porque la mujer es refrac
taria a la destrucción (y a la creación también).
— Entonces, ¿para qué servimos?— preguntó la du
quesa sonriendo.
— Ustedes son las encargadas de la conserva
ción.
— ¡Bello modo de decirnos viejas! Yo le aseguro
que no soy conservadora. ¡Quite usted allá! Soy de
ideas avanzadas, y no me asusta la república, ni
aunque sea la federal... Vea usted. ¿Dónde cree us
ted que voy yo a pasar la mayor parte del verano?...
Pues voy a Suiza, a los Lagos. Conozco aquello muy
bien, y le digo que me alegraría de que nuestro país
fuera una república como aquélla..., aunque tuviera
usted que llamarme ciudadana Soledad.
— En tal caso yo la llamaría a secas Soledad...
Pero no llegaremos nunca a tan dichoso régimen.
17
258
ÁNGEL GANIVET
— ¿Por qué no?— elijo la duquesa con aire mali
cioso.
— Porque en Suiza la mayor parte de los ciuda
danos se dedica a fabricar relojes, y así han adqui
rido hábitos de regularidad y de orden, que nos
otros no tenemos, y sin los cuales no hay república
posible.
— Es usted, lo repito, un polemista formidable. En
verdad que tiene usted unas salidas...
— Son hechos vulgares, y como ése hay mil. Por
ejemplo: yo he estado en Suiza tres días; fui con un
conocido a las fiestas del Tiro federal. ¿Qué le pa
rece a usted de un país cuya mayor distracción con
siste en afinar la puntería, en apuntar precisamente
para no matar? Ese es un país pacífico, donde se
puede vivir sin gobierno. Pero nosotros, que apun
tamos siempre a dar donde más daño podemos ha
cernos, necesitamos para andar derechos un dicta
dor y una batería en cada bocacalle.
— Entonces nos quedamos sin república. Pero ¿qué
estaba yo diciendo?— agregó la duquesa como si qui
siera recordar— . ¡Ah!, sí; decía que usted debía
ser autor, pero no para romper sus obras. Si usted
escribiera un libro que se hiciera famoso... Vea us
ted algo que no muere tan fácilmente. No es menes
ter que fuera un libro grande. A mí las obras largas
me horripilan. Un libro como este que yo leo ahora,
y que es uno de mis favoritos. ¡Cuántos siglos hace
que le escribieron, y se lee siempre con el mismo
encanto!...— dijo, tendiendo a Pío Cid el precioso vo
lumen, que era una edición francesa ilustrada de la
Pastoral de Longo— . ¿Conocerá usted el Dafnis y
Cloe, sin duda?
LOS TRABAJOS DE PÍO C ID
259
—Lo leí hace muchos años—contestó Pío Cid, co
giendo el libro—. Aunque a usted le desagrade oír
lo, le diré que no es santo de mi devoción. Es de
masiado femenino o afeminado; es una obra de de
cadencia.
—¡No diga usted eso, por Dios! Es un idilio deli
cado y con un perfume silvestre que encanta.
—A mí me parece una imitación sensual y pro
fana de la historia de Adán y Eva. Sólo que la ser
piente engañó a la mujer para que ésta engañase
al hombre, y Liconia (creo que se llama Liconia la
mala mujer que interrumpe el idilio) engaña al hom
bre para que éste engañe a la mujer.
—No había oído jamás esa comparación, y no deja
de ser curiosa.
—Si quiere usted, se la escribiré en unos versillos
que se me ocurren ahora mismo. Usted cree que yo
debo de ser poeta...
La duquesa hizo un leve signo de asentimiento, y
Pío Cid la miró rápidamente, como para cerciorar
se de algún detalle de su rostro: un rostro ovalado,
de facciones suaves, encerrado en el marco que for
maban los obscuros bucles cayendo flotantes en es
tudiado desorden, con cuya sombra contrastaba la
luz azul intensa de las pupilas. Era más bien rubia,
y a ratos parecía morena, cuando le daba la sombra;
producía la impresión de mujer graciosa, porque su
estatura era mediana y sus movimientos veleidosos,
y a ratos tomaba aires de majestad, irguiéndose con
adusta rigidez. Parecía muy joven, aunque a veces,
al reír con cierto dejo de presunción, se le marcaba
desde la nariz a la comisura de la boca una arruga
honda, que le descubría los años. Este era quizás el
260
ÁNGEL
GANIVET
único defecto de su rostro, y la duquesa debía cono
cerlo muy bien, y por esto se violentaba para man
tenerse seria y grave. Pío Cid miró, pues, y toman
do una pluma la apoyó sobre la primera hoja blanca
del libro con la misma sana intención con que el
cirujano empuña la lanceta, y escribió unas cuan
tas líneas, que aió luego a leer a la duquesa, la cual,
después de examinar atentamente aquellas palabras,
que más parecían palotes muy finos puestos en hile
ra, leyó lo que decían :
«Cloe es la flor ideal que va a nacer
En Dafnis, tallo tierno y floreciente;
Liconia es la fatídica serpiente
(Primera arruga en rostro de mujer)
Que arrastra con sigilo su impureza
Y se oculta en lo obscuro cautelosa
Como eterno traidor, que, generosa,
Abriga entre sus pliegues la belleza.»
Después de la lectura volvió a mirar lo escrito,
y ahora vió como una contradanza de patas de mos
ca, en la que sólo se distinguía el verso puesto entre
paréntesis. ¡Pérfido paréntesis, que, en vez de qui
tar importancia a las palabras metidas en él, las sa
caba de su sitio y las lanzaba al rostro de la lectora!
Esta se quedó sorprendida ante aquella inesperada
ofensa, que a ella le pareció acción grosera y villana,
propia de un miserable plebeyo; pero se rehizo al
instante para no descomponerse, y dijo con frialdad :
—Está bien. Ya proseguiremos nuestras críticas.
Pío Cid se levantó, e inclinándose ante la duque
sa, d ijo :
—Yo le deseo un feliz viaje, y aunque valgo tan
poco, me ofrezco para todo cuanto me ordene. A mu
chos tendrá a quien ordenar; pero nadie obedecerá
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
261
con la eficacia que yo. Aunque sea un imposible, pí
damelo, y lo haré.
— ¿Aunque sea un imposible?—articuló la duquesa
maquinalmente, midiéndole de arriba a abajo.
—Aunque sea un imposible—repitió Pío Cid reti
rándose.
Con razón sobrada decía Martina que su marido
sería un hombre perfecto si no se tratara con nadie.
Aquel verano fué Pío Cid un modelo de esposos, y
Martina, que, bien que sin motivos fundados, estaba
siempre inquieta con sus salidas y entradas, y más
desde que supo que andaba la duquesa por medio,
vivía ahora sin temores. Porque lo más curioso era
que Martina hablaba de Pío Cid casi con desprecio,
considerándole como hombre incapaz de enamorar
a nadie, ni siquiera digno de que una mujer pusie
ra en él los ojos, y, sin embargo, los celos se la co
mían y los dedos le parecían huéspedes.
—Mirando las cosas con calma—pensaba ella— ,
Pío es un hombre sin gracia y sin agarradero, y has
ta parece soso y bobalicón en materia de amoríos;
pero alguna virtud secreta debe de tener cuando a
mí me pasó lo que me pasó y cuando a todo el mundo
lo baraja como quiere. Quizá será que hoy los hom
bres son muy malos y muy inútiles, y Pío al menos,
es generoso y formal... Como bueno, no es bueno;
porque si lo fuera, no me daría tantos disgustos ni
tendría empeño en mortificarme llevándome siempre
la contraria; pero es que todos los hombres son unos
tiranos, y las mujeres somos débiles y no tenemos
tesón para sostener una cabezada. Primero chilla
mos mucho, y después nos conformamos y obedece
mos como unas cabritas.
262
ÁNGEL GANIVET
Supo, pues, con extraordinaria satisfacción que
la duquesa se iba al extranjero y que Jaime, que
había quedado a cargo de una vieja aya y de un
criado de confianza, suspendía las lecciones algunos
días después para ir a tomar baños de mar al Me
diterráneo, cuyas aguas, por ser más templadas, las
había recomendado el médico en vista de la endeble
constitución del duquesito, aunque es posible que la
templanza de las aguas fuese un pretexto de la du
quesa para no llevar consigo a su hijo a los balnea
rios del Norte y evitarse así cuidados y molestias.
También se fué Benito a pasar las vacaciones a Fuentesaúco, y, por último, Gandaria, aunque no quería
moverse de Madrid, hubo de acompañar a sus papás
a San Vicente de la Barquera por complacer a su
mamá, inconsolable desde el día que Consuelo toma
ra la resolución de entrar en el convento. Así, du
rante los tranquilos meses de aquel verano yo solo
iba a casa de Pío Cid, de quien por este tiempo era,
además de amigo, vecino y casi como de la familia.
El mismo día de la boda de Paca, quejándose doña
Candelaria de ios abusos de los caseros de la corte
y de que le exigieran un mes de alquiler por el piso
que había apalabrado para trasladarse a él con sus
hijas cuando Pío Cid volviera de Granada, tuve yo
la idea repentina (por algo se dice que de una boda
sale otra y que un casamiento hace ciento) de dar
cuerpo a los vagos planes de vida nueva que desde
tiempo atrás acariciaba, y le propuse a la suegra de
Pablo del Valle quedarme yo con el piso para aho
rrarle a ella el pago del alquiler y ahorrarme yo el
trabajo de buscar casa, sin contar con que ésta te
nía el aliciente de estar en buen sitio y a dos pasos
LO S TRABAJOS DE P ÍO CID
de la de Pío Cid, cuya amistad quería yo estrechar.
Celebrado felizmente el traspaso a la hora de los
postres, al día siguiente me instalé en mi nueva
casa, y para que el cambio fuera más radical, me
traje conmigo a Anita y a su madre y hermano. Anita no debía coser más chalecos, sino estudiar y afi
narse, para lo que me lancé a alquilarle un piano
y darle yo mismo algunas lecciones; doña Gracia
era la directora de la casa, y a Joaquinito, cuya vista
era cada vez más endeble, lo quité de la imprenta
del periódico y lo matriculé en una Academia pre
paratoria de carreras especiales, con ánimo de que
fuera estudiando para ingresar en el Cuerpo de
Aduanas.
Como comprenderá el lector prudente, yo procedía
como un verdadero mono de imitación y copiaba
con mis escasas luces lo que veía en casa de mi ami
go, sin comprender que lo importante no era la ex
terioridad, sino algo íntimo que él sabía infundir en
sus obras, sin lo cual todo se vendría prontamente
abajo, como se vino mi edificio. Mas, de todas suer
tes, algo bueno hay siempre en las cosas humanas,
y aunque no recomiendo a nadie que se meta en ta
les enredijos, debo consignar que el nuevo régimen
familiar fué muy ventajoso para mi salud, y que
mis amigos y compañeros de Redacción, aunque
me criticaban, reconocían que estaba más grueso
y de mejor color que nunca, gracias a los cuidados
y atenciones de doña Gracia. Pero no se escribe este
libro para sacar a luz mis pequeños y obscuros tra
bajos, sino los grandes y memorables de Pío Cid, y
téngase en cuenta este paréntesis sólo para explicar
cómo fui yo a vivir en la vecindad de mi amigo y
264
ÁNGEL GANIVET
por dónde llegué a tratarle íntimamente a él y a to
dos los suyos, circunstancias todas que refuerzan
la veracidad de mi relación.
No era Pío Cid hombre que se rigiera por pautas
establecidas; y aunque la costumbre es tomarse va
caciones en el estío y descansar de las faenas del
año, él no descansó, sino que, al contrario, se aplicó
con más ganas a sus Comentarios del Código para
rematarlos cuanto antes y ganar lo convenido con
el editor. Aparte los gastos de la casa, tenía que en
viar 50 duros mensuales a doña Candelaria para
que cubriesen ella y su hija los gastos más apre
miantes, puesto que Candelita, aunque, según escri
bía su madre, estaba satisfecha y orgullosa de la aco
gida que el público barcelonés la había dispensado,
ganaba poco, y lo poco y cobrado con retraso se lo
tenía que gastar en trajes para no confundirse con
las coristas; a esto había que agregar lo que se le iba
a Martina de las manos comprando cintas y moños
para el hatillo del esperado fruto de bendición, tarea
previsora a la que consagraba sus días y sus noches
la futura madre, auxiliada eficazmente por todo el
enjambre, en particular por Mercedes y Valentina.
Todas las jóvenes que se hallan en estado intere
sante tienen sus manías y antojos, y Martina, por
no ser menos, tenía los su yos; los principales, la
costura y el amor a la vida del campo. Las conver
saciones durante las largas horas de labor versaban
siiempre sobre este bello tema, que Martina domina
ba a fon d o; antes de marcharse Candelita o Fran
cesca, como ya comenzaban a llamarla, a la ciudad
condal, el deseo de M artina era dejar Madrid, don
de decía estar muy a disgusto, e irse a vivir a Bar-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
265
celona, a una torrecita por San Gervasio; pero aho
ra había cambiado de rumbo, y sus ojos se fijaban
en Aldamar y ponía allí su nido de amor, apartado
del mundo y de las miradas de los hombres.
— Si tú quisieras darme gusto— decía a su mari
do— , ya que eres tan amante de las cosas naturales,
acabarías ese trabajo, y con él y un poco más, ha
ciendo economías, tendríamos para comprar en tu
pueblo una casita con su huerto, y allí viviríamos
felices. Ya sabes que yo me contento con poco. ¡Lo
que me gustaría tener una buena bandada de ga
llinas, una vaca y una cabra! ¡Qué gusto ir al corral
y recoger los huevos frescos, acabaditos de poner, y
no que aquí casi no los pruebo, porque me repugnan!
¡Y luego la leche! Aquí lo que venden es agua, que
no alimenta ni tiene gusto a nada. A mí sólo me sa
tisface la leche que veo ordeñar y bebérmela calentica y con espuma, que se quede pegada a los la
bios...
— ¡Calla, hija— interrumpía doña Justa— , que se le
ponen a una los dientes largos de oírte!
— Tienes un gran talento descriptivo, que le lle
ga a uno a lo hondo del estómago— agregaba Pío
Cid— . Parece que te has propuesto mortificarnos.
— Eso porque quieres— replicaba Martina— . En
tu mano está todo eso y mucho más. Sólo que tú
hablas mucho contra la vida falsa de las ciudades, y
luego todo se queda en conversación.
— ¿Crees tú— decía Pío Cid—que lo natural está
sólo en el campo? En el centro de la corte de Es
paña estamos viviendo nosotros más naturalmente
que muchos que viven en el campo, donde también
hay mentiras y artificios, peores quizás, por ser más
266
ÁNGEL GANIVET
pequeños. Reconozco que este piso es un jaulón más
propio para aves que para personas; pero nos que
da el recurso de irnos a pasear por las afueras, que,
aunque no son ninguna maravilla, algo tienen
que ver.
—No faltaba más sino que defendieras las vistas
de Madrid—interrumpía Martina.
—No las defiendo, y, además, te diré que yo tam
bién estuve decidido, cuando fui el año pasado a Aldamar, a quedarme allí para siempre; pero luego
me daba lástima de doña Paulita, y pensé que lo
mismo se vivía en una parte que en otra, y volví, y
si no hubiera vuelto no te hubiera conocido.
— ¡Ojalá hubiera sido así! No estoy tan contenta
de mi suerte; pero, de todos modos, aquello pasó, y
ya no tienes necesidad de conocer a nadie más.
—Yo creo que sería una cobardía volver las es
paldas. Ya tengo aquí ciertas obligaciones. Ni es
posible tampoco que todo el mundo viva en el cam
po, ni que los hombres se consagren a comer y a
beber; alguien ha de pensar y ha de luchar para
que la humanidad no se embrutezca por completo.
—Señores—decía Martina dirigiéndose a la ríeunión—, sepan ustedes que este caballero está encar
gado de arreglar el mundo. ¡Valiente imbé...!
—Para ti sólo tiene importancia la vida vegeta
tiva ; te aplaudo el parecer y sigo con el mío.
—Yo creo, Martina—intervenía Pablo—, que exa
gera usted. El hombre que escribe un libro de esos
que forman época y que cambian el ser de la socie
dad es digno de que se le admire. Si todas las mu
jeres pensaran como usted y los hombres siguieran
sus consejos, ¿adónde iríamos a parar?
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
267
—Usted, Pablito—le contestaba Martina—, dice eso
porque tiene la manía de los papeles; pero como
usted no hay cuatro; y todos esos librotes, hoy unos
y mañana otros, todos servirán para envolver. Y us
ted que se calienta la cabeza, y yo que me río de
esas necedades, nos quedaremos lo mismo.
—También se queda lo mismo la mujer que se casa
y la que no se casa—argüía Pablo—, y, sin embar
go, todas están deseando de casarse.
—Para tener un tonto que las mantenga—replica
ba Martina haciendo una mueca burlona, mientras
la asamblea se reía de esta y otras mil picardigüelas
que la inteligente criatura iba aprendiendo en el tra
to íntimo de su esposo.
Estas escenas públicas tenían casi siempre una co
letilla, y cuando Pío Cid se quedaba a solas con su
díscola mitad, el tema de la vida campesina rema
taba por una discusión que a Martina le llegaba más
a lo vivo: la de saber cuándo iba a quedarse sola
en su casa, según era su deseo.
—Cuando yo salga de mi cuidado—le decía—, ha
brá que tomar una niñera, y no se cabrá en la casa.
Esto te lo aviso con tiempo. Por Pablo y Paca no
hay que preocuparse, porque ellos están decididos a
tomar cuarto muy pronto, y se llevarán a Valentina.
Mercedes es la gran dificultad... Es muy buena y
callada, y me da lástima de que tuviera que irse;
pero tampoco vamos a seguir siempre así. Ayer de
cía la vecina del tercero a mamá que cómo era que
la teníamos en casa no siendo de la familia... A todo
el mundo le extraña, como es natural, y dicen tam
bién que una mujer casada no debe tolerar esas co
sas, porque a veces, por hacer una obra de caridad,
268
ÁNGEL GANIVET
se busca una su perdición. Una mujer... así como
Mercedes, es un peligro en una casa. Por algo se
dice que «de fuera vendrá quien de casa te echará».
—De suerte—decía Pío Cid con calma—que aquí
quien gobierna es la vecina del tercero. No hables
más de esa vecina, porqué te me haces fea y anti
pática.
—El feo y antipático serás tú, y el desaborido y
el... ¡más vale callar!
—Pues callemos.
— ¿Cómo voy a callar viendo que pasa un mes y
otro, y que estamos condenados a huésped perpetuo?
Siquiera, si trabajara en algo.
—¿No te ayuda a hacer el hatillo? Criada no pue
de se r; aunque ella quisiera, yo no lo permitiría.
—N o ; lo que tú querrías es que le sirviéramos de
criados los demás.
—Lo que yo quiero es que seas juiciosa alguna vez
y comprendas que esa criatura, que está aquí sin
ocuparse en nada al parecer, está haciendo algo que
vale muchísimo. Acuérdate de cómo era cuando llegó
y cómo es hoy.
—Claro está que ha cambiado mucho.
—Pues bien, eso es lo que está haciendo: cam
biarse. No todos los trabajos tienen nombre, y aun
que Mercedes no hiciera absolutamente nada más
que estar aquí, haría algo que, aunque no se viera,
no por eso valdría menos. Mercedes, a pesar de su
planta, es una niña, y no tiene noción de la digni
dad personal, porque la han considerado hasta aquí
como un mueble, un accesorio; es un edificio sin
cimiento, que se caerá con sólo que le soplen; mien
tras no tenga ese cimiento no es posible dedicarla a
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
269
nada, porque, en saliendo de nuestras manos, a los
pocos pasos volverá a caer.
—Pues ese cambio, amiguito, me parece que se me
debe a mí.
—Razón de más para que no hables de arrojarla
de tu lado. Teniéndola junto a ti no te echas, cier
tamente, ningunos cinco duros en el bolsillo; pero
ganas la gloria, para contigo misma, de haber con
tribuido con tu ejemplo a dignificar a una mujer.
—Yo reconozco que a veces llevas razón; pero las
gentes son tan mal pensadas...
Mas no porque Martina se doblegase de palabra,
seguía menos decidida a soltar la carga de Merce
des ; no por maldad de corazón, pues con el alma y
la vida haría por ella cuanto pudiese, desde lejos,
sino porque era incapaz de comprender una situa
ción sin nombre, fuera de los usos corrientes de la
sociedad. Mercedes no era de la familia, ni de la ser
vidumbre, ni una niña huérfana adoptada por ca
ridad ; era una mujer que por dondequiera que iba
llamaba la atención, y faltaba averiguar si Pío Cid
la había traído a la casa por los motivos que decía
o por otros que no quería decir.
Martina tenía confianza a ratos; mas a ratos pen
saba que había allí algún misterio, y aun le parecía
adivinar en su marido algo que no salía a la super
ficie.
Pío Cid tenía, en verdad, una idea secreta, que
era la de proteger a Mercedes, no por pura filantro
pía, sino también por luchar contra la fatalidad,
bajo la cual él creía que la pobre hija del ciego ha
bía venido al mundo.
El fin de Mercedes, como el de sus padres, debía
270
ÁNGEL GANIVET
de ser trágico, y él se determinó a combatir por ella
contra el destino, para ver si lograba vencerlo; de
aquí su temor a impulsarla en esta o aquella direc
ción, por donde siempre iría a fondo, y su firme re
solución de guardarla junto a sí y de servirle de
escudo contra la adversidad.
Mas estas razones se las reservaba, porque Mar
tina no las querría comprender aunque las oyera, y
Martina las sentía instintivamente y las interpre
taba como inclinación oculta, que algo participaba
del amor, de Pío Cid por la pobre huérfana; así no
cejaba en un pensamiento que se le había ocurrido,
y que, a su juicio, serviría para matar dos pájaros
de un cañonazo.
Mercedes, con lo que ya le había pasado, no po
dría casarse con un hombre de bien; y en vez de
ir a dar, esto sería lo más probable, con un pillo
que la maltratara y la acabara de echar a perder,
casi sería para ella una fortuna hallar una persona
de posición que la recogiera y la considerara, y esta
persona muy bien podría ser el moscón de Gandaria, al que sería fácil decidirlo con sólo hacerle al
gunas insinuaciones. En cuanto a Mercedes, más fá
cil sería aún, porque no tenía voluntad propia.
Cuando a fines de verano regresó a Madrid Gandaria y se presentó en la calle de Villanueva, empe
zaron los manejos de Martina.
Por estos' días había también Jaime reanudado
sus lecciones, y el tiempo que Pío Cid estaba fuera
de casa no lo desaprovechaba el joven diplomático.
Antes la treta no le valía, y lograba sólo hablar con
Valle ; pero ahora Martina se dejaba ver algunos mo
mentos con sus primas y Mercedes. Gandaria no vol-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
271
vio a cometer ninguna imprudencia con Martina,
sea porque se convenciera de que perdía el tiempo,
sea porque se le calmaran los ímpetus viéndola tan
áspera y, a la sazón, hecha un tonel, próxima a ser
madre de familia; en cambio no tardó en poner los
ojos en Mercedes, cuya belleza y méritos le ponde
raba Martina.
—Es lástima—pensaba Gandaria de Mercedes—
que esta mujer tenga esos desplantes. En cuanto uno
se acerca y cruza cuatro palabras, se pierde la ilu
sión ; pero el trapío es soberbio, y a distancia, vista
en el palco de un teatro, por ejemplo, produce un
efecto monumental. La verdad es que tampoco ha
estado bien dirigida, y que aquí empieza a ganar
mucho. Si yo la cogiera por mi cuenta, en un vuelo
la convertía en estrella de primera magnitud.
Pío Cid notaba estos trabajos de zapa, pero no
quería poner a Mercedes sobre aviso, porque le co
nocía el flaco y pensaba que era mejor callar que
abultar las cosas con prevenciones inútiles. A Mar
tina sí le decía algunas veces:
—Hay que tener cuidado con el tonto de Gandaria,
no vaya a tomarla ahora con esa criatura. Sería lo
último que podía ocurrirle a Mercedes: dar con un
hombre vano, que es incapaz de quererla porque la
ve pobre y poco instruida, y que pensaría utilizarla
como hembra de lujo. Yo sé que te estorba Mercedes,
y te advierto que si le ocurre algo, a ti te haré res
ponsable.
Pero no se atrevía tampoco a hablar recio por no
sofocar a Martina, la cual ya estaba fuera de cuen
ta, y eñ cuanto no se hacía su gusto o se le decía
algo que no le sonaba bien, lloraba y pronosticaba
272
Angel ganivet
que entre unos y otros la harían abortar, y aun le
quitarían la vida; pues, como decía su madre, se
pintaba sola para meter la peste en un canuto. Mas
no eran casi nunca ciertos sus augurios, y menos
esta vez.
El alumbramiento fué felicísimo y sorprendente
por varias circunstancias. Acaeció el día de los fina
dos, al amanecer, a los nueve meses justos de la fa
mosa fiesta de la Candelaria, y nacieron dos geme
los : una niña y un niño, ambos de extremada be
lleza. Estaba decidido que si era hembra se le pon
dría Natalia, y si varón, Natalio, en recuerdo de la
madre de Pío Cid; mas siendo dos, no era cosa de
repetir el nombre, y Pío Cid quiso que la niña, que
había nacido la primera, se llamase Natalia, y el
niño, Angel, como yo; pues, además de ser el ami
go íntimo de la casa, me empeñé en hacer todo el
gasto de la gran fiesta que hubo para celebrar el
fausto acontecimiento.
Martina no cabía en sí de gozo, y se consideraba
casi una celebridad europea por haber dado a luz
dos niños de sexo diferente, que se propuso criar ella
misma para coronar con este esfuerzo su fecunda
obra.
Pío Cid hablaba poco y se mostraba preocupado
pensando quizás previsoramente en el porvenir de
aquella su tardía descendencia.
Algunas semanas después del parto fué Pío Cid
por la tarde, como tenía por costumbre, a dar la
lección a Jaime, y se halló con la novedad de que la
duquesa, de regreso de su larga excursión, le hizo
subir a sus habitaciones para darle las gracias muy
amablemente por el interés con que había tomado
m
Los TRABAJOS DE PÍO CID
la educación del niño, cuyo viaje al ex tran jero esta
ba dispuesto p a ra el siguiente día, por haberlo o r
denado así el duque.
—Siento m ucho esta determ inación—dijo la d u
quesa—, porque veía con gusto los visibles progre
sos de Jaim e. Aunque los niños ten g an poco fu n d a
mento, no está de m ás escuchar su opinión, y Jaim e
se halla tan contento con usted... P ero el p ap á tiene
empeño en que el niño se eduque en F ra n c ia , donde
él se educó...
—Yo lo siento por el niño—dijo Pío Cid, sin ocul
ta r su disgusto—, y si estuviera aquí el señor duque
le h a b la ría p a ra convencerle de que está m al acon
sejado. Es un dolor que los pad res se a trib u y a n
esta au to rid ad sobre sus hijos, sin tom arse la moles
tia de h ab la r con ellos ni conocerles, ni sab er lo que
les sería m ás provechoso. Igual d isp arate sería lla
m ar a un médico p a ra que nos a sistie ra en u n a en
ferm edad, y luego rom per las recetas y to m ar lo
prim ero que se nos a n to jara.
—Sin em bargo, le advierto a usted que el colegio
a que va Jaim e tiene fam a...
—No digo que no, pero la educación de colegio es
siem pre u n a educación de cuartel, que da pobres
resultados. La form ación del espíritu de u n niño
es u n a obra de arte, y en el arte, la creación v erda
d era es la que ejecuta uno solo. F igúrese usted, se
ñora, la c a ra que p ondría un escultor a quien le
q u ita ra n u n a escu ltu ra a medio h acer p a ra que se
la term inasen en u n a can tería... En fin, quien m a n
da, m anda, y dispénsem e usted el desahogo.
—Al co n trario de dispensarle, le repito que le a g ra
dezco su interés. Y a h o ra le voy a ro g a r que deje
18
274
ÁNGEL GANIVET
sus señas a mi secretario, para en caso de que más
adelante... En casa se tienen siempre muy en cuenta
ios servicios prestados, y más cuando son de la impor
tancia y de la significación de los de usted... Yo no
sé si a usted podrán agradarle cargos de otra índole.
—De cualquier índole los aceptaría por compla
cerla a usted; pero por mí no se preocupe. En estos
últimos días ha sido para mí una dificultad grave
tener que acudir a las lecciones de Jaime, y las se
guía sólo por amor al arte, como suele decirse. Ten
go obligaciones a que atender, es verdad, y no se
sabe lo que nos reserva el porvenir; pero yo tengo
fe en el trabajo, y como la tengo, el trabajo cae
sobre mí y me da para salir a flote.
—Pero un hombre como usted no debe contentar
se con ir cubriendo sus atenciones penosamente. Eso
es triste. ¿Son muchas las obligaciones que tiene us
ted a su cargo?
—Más bien son muchas que pocas. Y no me pesa,
porque a mí me gustan las familias grandes...
—Según eso, tiene usted mucha familia. Yo no sé
por qué me había figurado que era usted un hombre
solo. No se ría usted—añadió con malicia— ; pero los
solterones suelen ser, con el transcurso de los años
de soledad, los tipos más estrambóticos.
—Pues aquí ha quebrado la regla; si soy estram
bótico, no será por falta de familia.
—¿Tiene usted mujer, hijos, y quizás padres o
hermanos?...
—Por mi casa soy yo solo; pero tengo mujer y dos
hijos, suegra (que es buenísima), dos primas de mi
mujer, una de ellas casada; una muchacha huérfa
na algo pariente, y, por último, la niñera. :
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
275
—¿Nada más?—preguntó la duquesa sonriendo—.
Me gusta la frescura con que lo dice usted. Y la ni
ñera será, naturalmente, porque tiene usted algún
niño pequeño.
—Tengo dos, los dos que le he dicho; nacieron no
hace un mes, el día de los Difuntos.
—Entonces son gemelos. ¿Son niños o niñas?
—Una niña y un niño, para que haya de todo.
— ¡Es usted un hombre admirable!—exclamó la
duquesa mirándole fijamente—. Piensa usted cosas
que no piensa nadie, y le ocurren cosas que no le
ocurren a nadie.
—Si hay en esto algún mérito, será de mi mujer
más que mío. Ella sí es una mujer admirable. Para
empezar ha tenido dos mellizos, y además los cría
ella sola. ¿Qué le parece?
—¿Será más joven que usted?
—Es casi una niña; pero es muy mujerona.
—Aunque sea cosa fea la curiosidad, le confieso
a usted que la tengo, y grande, por conocer a su
esposa, sólo por eso que acaba de decirme de ella.
Y en parte también por ver el gusto de usted, por
que es usted tan raro que debe de haber elegido
una mujer que no se parezca a las demás.
—Diga usted más bien que soy hombre afortuna
do, y que he tenido la fortuna de dar con una mu
jer de las que hoy ya no se estilan. Aquí, en esta
cartera, tengo un retrato suyo, y lo va a ver usted;
aunque le advierto que lo mejor de Martina no es
la cara, sino algo que no hay fotógrafo que lo saque
mientras no se invente un sistema nuevo para re
tratar los corazones.
La duquesa tomó el retrato que Pío Cid le mos-
276
ÁNGEL GANIVET
traba, y, levantándose, se fue a sentar en el otro
extremo del sofá que estaba más próximo al balcón
para examinar mejor la fotografía; la cogió entre
ambas manos como para formarle un marco de som
bra, y después de mirarla despacio, disimulando su
impresión, comenzó a pasarle por encima la yema
del dedo meñique como para quitarle alguna pelu
sa, y arañó suavemente con la sonrosada uña un
lunarcito que Martina tenía en la mejilla izquierda,
muy bajo, cerca de la nariz; y al fin, preguntó:
—¿Está aquí mejor o peor que en el natural, a
juicio de usted?
—Está bastante parecida para lo que una fotogra
fía puede expresar... El natural vale más, natural
mente, y aun creo que ahí la han sacado de más
edad que la que ella tiene.
—Eso iba yo a decirle a usted; que no la encon
traba tan niña. ¿Y se peina siempre así, con ese
peinado tan raro?
—No, señora; ese peinado es idea mía, y no se lo
pone más que cuando está de buen humor o cuando
quiere que le compre algo.
—¿Conque ésas tenemos?—dijo la duquesa, sin po
der contener la risa—. ¡ Inventa usted también pei
nados! Este será para instalar la luz humana. ¿Creía
usted que había olvidado el invento? Pero si este
peinado parece chino o japonés...
—Es el peinado del porvenir—contestó Pío Cid en
tono de burla—. Feo o bonito, tiene la ventaja de
que es complicadísimo y se tarda muchas horas en
hacerlo, y en esas horas la mujer no piensa en nada
y deja tranquilo al hombre.
— ¡Pero, hombre!—exclamó la duquesa con aire
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
277
regocijado—. ¡Si ahora va llegando la moda de cor
tarse el pelo las mujeres, para no perder tiempo!
En el extranjero hay muchas con el pelo corto. Por
supuesto, con usted no rezan ni las modas ni las
costumbres. ¡ Dichoso usted, que tiene la suficiente
frescura para reírse del mundo y hacer lo que se le
antoja! ¡A todos, a quién más, a quién menos, nos
vienen veleidades de saltar por encima de las con
veniencias! Pero... ahora sí; por ser usted tan
franco, le voy a decir con franqueza que me ha sor
prendido este retrato. Yo creía que su señora sería
muy distinta de las demás, y me parece un tipo co
rriente, casi vulgar...
—No es vulgar la palabra propia; más bien debía
usted decir humana; pero aun siendo vulgar, no
sería una mujer vulgar, sino la vulgaridad perso
nificada ; es decir, un tipo universal, tanto o más
admirable que un tipo excepcional, extraordinario.
La mayor parte de los hombres (hombres y muje
res, se entiende) somos seres vulgares con alguna
facultad saliente que nos distingue, pero que no nos
libra de caer con frecuencia en la vulgaridad de
que huimos. ¡Cuánto mejor no es ser vulgar en ab
soluto y atenernos a lo que nos da espontáneamente
nuestra naturaleza! Martina es así; es la realidad
pura, y, para no ser un genio portentoso, es lo me
jor que se puede ser.
—Pero lo que yo veo difícil—replicó la duquesa,
sin dejar de mirar el retrato— es que usted se en
tienda con «su Martina». Porque usted es un idealis
ta, casi un soñador; por lo menos sus ideas no son
ideas hechas, de esas que tienen curso en la socie
dad y oye una a diario.
278
ÁNGEL GANIVET
— Lo difícil sería lo contrario. Ella y yo, salvo
alguna que otra riña, nos entendemos muy bien por
que nos necesitamos. Una mujer debe de ser como
la tierra, y un hombre como un árbol; una tierra
sin árboles se convierte en un arenal infecundo,
y un árbol sin tierra muere porque se secan sus
raíces; la vida que la tierra le da al árbol, el árbol
se la devuelve con su sombra protectora. Así la mu
jer mantiene al hombre ligado a la realidad, para
que no se aparte de ella ni se pierda en estériles
idealismos, y el hombre en cambio protege a la mu
jer con la sombra de sus ideas para que no se ani
quile como se aniquilaría dejándola sola, a merced
del viento, de los caprichos fugaces...
— Es bonita la comparación, ingeniosa...— dijo la
duquesa, quedándose pensativa.
— Lo esencial es que sea verdadera, y yo estoy
en que lo e s ; ¡y tanto! Conozco a muchos hombres
que arrastran una vida artificiosa por haber dado
con mujeres sin jugo, que no sirven más que para
lucir cuatro trapos; y a muchas mujeres también
que no viven mejor por falta de un hombre que sea
el centro de su vida y el imán de sus deseos. Creen
esas mujeres frívolas ser felices porque salen y en
tran libremente, llevando de acá para allá su aburri
miento oculto bajo las satisfacciones aparentes que
proporciona la vida exterior; para mí todas esas
alegrías son como los aleteos del pajarillo que se
asfixia por falta de aire dentro de la campana pneu
mática. Sin amor profundo no hay aire para la vida
espiritual.
— Quizás da usted excesiva importancia al amor.
Yo misma no me oculto para decirle que siempre he
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
279
considerado el amor como una estupidez. Es una
idea mía.
— Pues entonces no conocerá usted nunca la vida.
Hay cosas muy pequeñas que se las ha descubierto
con microscopio, y otras muy apartadas que se las
ve cerca con el telescopio; y hay un instrumento
que sirve para descubrir el alma de todas las cosas,
y ese instrumento es el amor. Si usted amara— aña
dió como reconviniendo a la duquesa— , usted ve
ría mucho que no ha visto; porque para una mujer
no hay otro medio de penetrar en las cosas que
simbolizarlas en el hombre amado.
— De suerte que para usted lo primero en el mun
do, casi lo único, es el amor.
— Hay algo más grande; pero para llegar a ello
no hay más camino que el amor. El mejor amor es
el espiritual, y si éste no basta, el amor corpóreo.
Hay semillas que sólo germinan en hoyas muy abri
gadas, y casi todos los hombres son semillas así.
— ¿Y usted comprende el amor puramente espiri
tual? Sería usted el único. La mujer sí; yo, sin ir
más lejos, yo he soñado siempre con un amor espi
ritual; es el único que yo podría sentir. ¡Pero los
hombres! No digo que no. Un señor ya anciano, un
consejero, un confesor... Mas yo hablo de un amigo
con quien se pueda tratar de igual a igual, íntima
mente, como con una amiga; eso no es posible. Yo
he intentado la prueba, y me he convencido de la
falsedad del hombre. Y si yo tengo en poca estima a
los hombres (no crea usted, yo también soy un poco
misántropa)..., pues es por eso mismo.
— Yo la admiraba a usted, y ahora que ha dicho
eso la admiro más; pero ¿está usted segura de que
280
ÁNGEL GANIVET
la1-mujer sea más fuerte que el hombre? Supon
ga usted una amistad espiritual, pura, y con un
hombre que tenga su mujer, ¿cree usted que la
amiga vería impasible a la mujer del amigo? ¿No
serla quizás este amor causa de que se rompiera la
amistad o de que se transformara en un sentimiento
exclusivista?
— ¿Y usted sería capaz— preguntó a su vez la du
quesa— de ver a una amiga suya amante de otro
hombre, y seguir siendo amigo noble y leal?
— Yo sí.
— Permítame usted que lo dude.
— No quiero contradecir a usted.
— Y a su esposa, ¿qué amor le tiene usted? ¿Espi
ritual también?— preguntó la duquesa, levantándo
se y dándole el retrato a Pío Cid, después de mi
rarlo con cierta picardía.
— Yo no siento ya más amor que el espiritual, y
aun éste con trabajo— contestó Pío Cid con cierto
dejo misantrópico, y se levantó también, guardán
dose el retrato en el bolsillo interior de la levita, es
trenada por cierto aquella misma tarde.
— Ya que hemos hablado de retratos—dijo la du
quesa, notando que Pío Cid se disponía a retirar
se— , tendría mucho gusto en que usted me diese su
opinión sobre uno que me han hecho a mí. ¿Usted
entiende algo de pintura? Pase usted aquí al salón...
Aún no está bien colocado, como usted ve. Lo han
puesto ahí por el momento... Me lo han hecho últi
mamente en París... Es de un artista de gran fama.
— Ya veo, ya veo la firma— dijo Pío Cid, mientras
examinaba el retrato, que era de cuerpo entero y
estaba colocado sobre una mesa en un ángulo del
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
281
salón—. Es un buen retrato, pero me gusta más el
original. Quiero decir que el artista conoce su ofi
cio muy bien, pero que no ha acertado a conocerla
a usted, y ha tomado de usted la cáscara... Esa que
hay ahí es una señora, arrogante y majestuosa, y
hasta un poco teatral, pero no es una mujer, no es
la mujer que hay dentro de usted.
—¿Usted distingue entre mujer y señora?
—Como entre hombre y caballero. Varias veces,
viendo el retrato del duque, el que está en el despa
cho, he pensado que tiene toda 1a. estampa de un
caballero, de un gran señor, pero que como hom
bre es muy poca cosa. Y es que los dichosos artistas
no se quieren tomar la molestia de profundizar. De
su esposo de usted no puedo decir nada, porque no
Je conozco; pero de usted sí aseguro que no la han
comprendido; yo mismo, que no soy artista, me com
prometo a hacer un retrato mucho mejor que é s e ;
un retrato en que se adivine la mujer delicada, gra
ciosa y espiritual, que se oculta en la señora duque
sa de Almadura.
—¿Sería usted capaz verdaderamente...? Por su
puesto que no me extrañaría que supiera usted
también pintar, por saber de todo.
—No sé más que dibujar, y apenas si acierto a
combinar los colores; pero yo no hablo de componer
una obra, como la gente del oficio; con que usted
esté en el retrato me doy por contento. Y además, se
pueden hacer retratos con la pluma, y como tengo
más habilidad de escribir, ¿quién impide que mi re
trato sea una composición poética, en que la descri
ba a usted tal como es?
—A mí me gustaría más si fuera un retrato de
282
ÁNGEL GANIVET
verdad—dijo la duquesa, recordando los versos de
la arruga (si es que los había olvidado por com
pleto).
Y después, como volviendo sobre su idea, añadió:
—La poesía también me gusta, y no debe de ser
tan fácil describir en verso a una persona...
—Ni tan difícil cuando se la conoce bien y se
sabe con precisión lo que se ha de expresar. Ahora
mismo se me ocurren, de repente, unos versos que,
si no son un retrato acabado, pueden servirme de
boceto si usted les otorga su pláceme.
— ¿Cómo son? Dígalos.
—No son muchos; pero si a usted le agradan, con
esa idea puedo hacer luego el retrato. Son, como si
dijéramos, la postura que ha de tomar el modelo.
—Bien, bien, dígamelos, que me ha metido usted
en curiosidad.
Pío Cid hizo una leve pausa, y al ñn recitó en tono
familiar el soneto que había improvisado, y que
decía a s í:
Su fino rostro en luz azul bañado
De sus grandes pupilas luminosas,
Se recata en las ondas caprichosas
Del mar de sus cabellos encrespado.
Su mirar dulce, suave, está velado
Por plácidas visiones amorosas,
Y un rumor leve de ansias misteriosas
En su boca entreabierta ha aleteado.
Su talle esbelto, airoso se cimbrea:
Ora se yergue altivo, dominante,
Ora se mece en lánguido vaivén,
Cuando le arrulla la fugaz idea
De abrir su pecho a un corazón amante
Y decirle: estoy sola y triste, ven,
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
283
—Me gustan esos versos—dijo resueltam ente la
duquesa—. Va usted a escribírm elos antes que se le
olviden. Casi estoy por decir que me satisface m ás
su boceto que este re tra to que me h a n hecho, des
pués de dos sem anas de m olestarm e... Si su retrato
sale como el boceto...
—Yo haré cuanto esté de mi p a r t e ; pero ten d rá
usted que darm e u n a fo to g rafía; yo la recuerdo a
usted m uy bien con la im aginación, m as p a ra los
detalles no está de más.
—¿Cómo es eso? ¡P ues si yo creía que me iba us
ted a tener varios días de modelo! Me sorprende en
usted la sencillez con que hace las cosas. Todos los
a rtistas son algo cóm icos; quiero decir, que fingen
bien la com edia y nos asu sta n con sus p re p a ra ti
vos; y usted tra b a ja con ta n ta n a tu ra lid a d que casi,
casi me figuro yo que, si cogiera la plum a, escri
biría versos como los de usted. P ero voy a darle a
usted a elegir la fotografía entre las v a ria s que ten
go—dijo la duquesa, pasando al gabinete seguida
de Pío Cid.
Tocó un tim bre y ordenó a u n a de sus doncellas
que trajese recado de escribir y un álbum que esta
ba sobre la m esa de su tocador.
M ientras Pío Cid escribía el soneto, ella recorrió
rápidam ente las hojas del álbum y sacó de él v a
rias fotografías. Cuando el soneto estuvo term inado,
lo tomó de la m esa p a ra leerlo o tra vez y dió a Pío
Cid los retrato s, dicién d ole:
—A ver si le parece a usted bien ese que está enci
m a el del som brero. Son mi m an ía los so m b rero s;
lo único a que yo doy im p o rtan cia en el traje.
—P ero en este re tra to m ira usted a los hom-
284
ÁNGEL GANIVET
bres como objetos — replicó Pío Cid con viveza.
— ¿Y no le satisface a usted? Pues así soy yo...
Usted ha hallado una frase que a mí no se me ha
bía ocurrido; yo miro a los hombres como objetos
— concluyó recalcando las palabras.
— Más me gusta este de los ojos bajos.
— Ese me lo hice a poco de tener a mi Jaime. ¿Y
el escotado?
— Este tiene alguna semejanza con el que ha traí
do usted de París. Me gusta más, mucho más, este
de los claveles en la cabeza.
— Ahí era yo aún soltera.
— ¡Qué lejos estamos...!
— ¿Ve usted?— interrumpió la duquesa familiari
zándose— . Siempre hay algún veneno en sus pala
bras.
— ¿En qué palabras?
— Eso de decir que estamos lejos, es claro; lo dice
usted como si hubiera pasado medio siglo.
— No era ésa mi idea— replicó Pío Cid, dando a
sus palabras una entonación melancólica que hasta
entonces no le había notado nunca la duquesa— .
Aunque sólo hubiera pasado un mes, este mes sería
largo, como un siglo entero, para el hombre que ve
a una mujer casada ya y contempla la imagen de
esa misma mujer cuando era pura como una flor
que comienza a entreabrir su cáliz a la luz que ha
de marchitarla.
— ¿Entonces elige usted el de los claveles?— pre
guntó la duquesa; y sin esperar la respuesta se
puso a leer el soneto con gran atención.
— Me decido por el de los ojos bajos— dijo al fin
Pío Cid, después de examinarlos todos de nuevo— .
to s TRABAJOS DE PÍO CID
285
Este es eljiflás propio, el que mejor se armoniza con
mi idea.
—Hay en estos versos intención ; en todo lo que
usted hace hay intención, mala, por supuesto—dijo
la duquesa, doblando el papel—. Cada día me con
venzo más de que usted no es lo que parece. Quiere
usted parecer un hombre tosco y vulgar, y lo que
usted es realmente es un hombre de mundo; des
precia usted la educación, y es usted un caballero
discretísimo cuando quiere serlo.
—¿Lo dice usted quizás por los versos? Ahí no me
muestro yo como soy; por no ofenderla a usted he
tomado un carácter falso, plegándome a las circuns
tancias ; mas cuando yo encuentro en el mundo una
mujer hermosa como usted, mi primer impulso, el
que es mi natural, no es ciertamente discretear con
ella...
—Entonces, ¿cuál es?
—Cogerla debajo del brazo y llevármela a mi ca
sa—contestó Pío Cid con tono violento.
— ¡Horror!—exclamó la duquesa, y se levantó rien
do a carcajadas—. Usted es un salvaje, o por lo me
nos tiene la coquetería de parecerlo... Porque los
hombres también tienen sus coqueterías, y peores
que l#s de las mujeres... Va usted a conseguir ins
pirarme miedo.
—Pues para tranquilizarla me voy—dijo Pío Cid,
levantándose y estrechando la mano que la duquesa
le ofrecía—. ¡Ojalá que el retrato le agrade y me
congracie de nuevo con usted!
—Yo estoy segura de que saldrá bien.
Al decir esto, la duquesa se imaginaba ya que el
retrato sería algo por el estilo de los versos: la
286
ÁNGEL GANÍVET
imagen de una mujer melancólica soñando en vagos
amores. Sorprendióse, pues, no poco cuando al cabo
de algunos días de espera se presentó Pío Cid con
su trabajo. Era éste un pequeño dibujo al lápiz, eje
cutado con tal maestría y perfección, que parecía
desde lejos una miniatura de estilo original. El pa
recido era perfecto, y la compostura la misma que
la fotografía de los ojos bajos; pero los ojos de
ésta se fijaban en un abanico, cual si contaran el
varillaje, y en el dibujo contemplaban amorosamen
te, ¡cómo había de imaginarse esto la duquesa!, un
niño en pañales. La madre le apretaba con el bra
zo izquierdo contra su seno, y se cubría éste con la
mano derecha, en tanto que el niño parecía mamar
muy satisfecho, mirando con el rabillo del ojo. La
duquesa veía el retrato con inquietud, sin saber si
aquello era una broma intolerable o una ocurrencia
espiritual, y al fin, sugestionada por el casto y noble
sentimiento que de la estampa se desprendía, la co
menzó a mirar con ojos de benevolencia y dijo:
—Quien no le conociera a usted, no creería que
esto es verdad aunque lo viera. La verdad es que
no hay en todo el mundo un tipo tan extravagante
como usted.
— ¿A eso le llama usted extravagancia?
—Extravagancia con asomos de locura, que algo
de loco tiene usted.
—Así se escribe la historia. Y, sin embargo, ese re
trato es copia del boceto que mereció su aprobación.
—¿Que está tomado del boceto?
—Naturalmente. En los sonetos la idea madre
está al fin, y la idea del mío era esa misma:
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
287
... abrir su pecho a un corazón amante,
Y decirle: estoy sola y triste, ven.
... ¿Qué mejor amigo, qué corazón más amante y
más tierno para una mujer que el de un hijo suyo,
sobre todo cuando es pequeño y no siente ningún
otro amor que haga sombra al amor que siente por
su madre?
—Ahora comprendo—dijo la duquesa, por decir
algo, sorprendida por la astucia con que Pío Cid se
le escabullía de las manos.
—No hay para la mujer refugio más seguro que
el amor maternal. ¡Cuántas mujeres, quizás usted
misma, sufren el hastío de la vida porque buscan la
felicidad en frívolos pasatiempos, cuando la halla
rían en el amor de madre! Y esa frivolidad es tanto
más perniciosa cuanto que además de no aturdir
por completo, ni ocultar el vacío de la existencia,
desarraiga y seca los sentimientos, y llega hasta cor
tar el ligamen natural entre padres e hijos. Yo com
prendería que se destruyera ese amor de la sangre
para levantarse al amor espiritual y poder amar al
hijo del vecino como al propio; pero destruirlo para
no amar a nadie es buscarnos nuestra perdición.
—Muchas veces se nos juzga mal—dijo la duque
sa, como hablando consigo misma—, porque no se
conoce nuestro pensamiento. ¡Mujeres hay que pa
recen frívolas, y que quizás llevan en el fondo de
su alma grandes penas, tan grandes que no se ol
vidan ni en medio de esos aturdimientos buscados
justamente para olvidarlas!
—¿Cómo se van a olvidar, si las penas no se olvi
dan sino cuando se las destruye transformándolas?
288
ÁNGEL GAÑIVF/T
Buscar el aturdimiento es una cobardía. El que por
no oír la verdad se tapa las orejas, ¿ha destruido
la verdad? Lo que ha hecho ha sido afirmarla sin
conocerla. Y el condenado a muerte que está en ca
pilla y oye con angustia cómo va el reloj dando las
horas, y para no oírlas se pone a gritar, ¿retrasa
con eso la hora de subir al patíbulo? Más vale afron
tar la verdad entera, porque, aunque la verdad sea
dolorosa, el dolor es fecundo y crea alegrías que las
agradables ficciones no crearán jamás. Si usted su
fre, declárese a sí misma, sin engañarse, cuál es
su sufrimiento; recójase y medite luego sobre él,
y verá salir de él un deseo que la llevará, como de la
mano, a un placer nuevo, desconocido y tan hondo
como el sufrimiento que lo ha engendrado.
—No sabía de cierto lo que era usted—dijo la du
quesa con aire grave— ; pero ahora que me ha
hablado usted así, pienso que usted es lo que se
suele llamar un amigo de las mujeres. Sabe us
ted inspirar confianza como un confesor y vale
usted más que un confesor, porque los confeso
res lo juzgan todo con arreglo a la religión, y hay
cosas que corresponden al tribunal de psicología...
Una mujer casada, sin que se haya consultado su
voluntad, contra su gusto, por razón de Estado, co
mo si dijéramos (que esto suele ocurrir no sólo en
las familias reales, sino también en las aristocrá
ticas, y aun en las simplemente ricas), no puede,
aunque quisiera, amar a su marido. He aquí un
caso que no es nuevo. Un confesor le dirá a esa pe
cadora : «Esfuércese, y ya que no amor, tenga al
menos estimación por su esposo; éste es su deber.»
Y, sin embargo, pregunto yo: ¿no puede haber ca-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
289
sos en que un hom bre no tenga derecho ni au n a
esa estim ación por indigno de ella?
—Claro está que los h ay —contestó Pío Cid con
tono resuelto—. El derecho a a m a r es el m ás s a g ra
do, y quien lo infringe es u n crim in al peligroso...
Esa m u jer que se casó sin am or, acaso no p odrá
am ar tam poco a los hijos que ten g a con el hom bre
a quien no am a. La sangre tiene tam bién sus m is
terios.
—¿Qué d iría usted de u n hom bre que, creyendo
a un a m u jer culpable, la perdona y luego se dedica
a m ortificarla diariam ente con alusiones groseras?
—D iría que es un cobarde, o quizás u n infeliz,
que creyó tener fuerza de alm a p a ra p e rd o n ar sin
tenerla, y que, por no atreverse a h acer u n g ran
m al de u n a vez, va haciendo el m al a pequeñas do
sis... P ero hay tam bién que sab er si la m u jer era
o no culpable. Si era culpable, no hay disculpa p a ra
la bajeza del h o m b re ; m as si no lo era, casi me in
clino en co n tra de la m ujer.
—¿Cómo? Siendo inocente y ofendida por u n a in
culpación infun d ad a...
—P o r eso mismo. Si h ubiera sido culpable se h u
m illaría, y el hom bre que se e n sa ñ a ra con ella se
ría un m ise ra b le ; pero si era inocente, el perdón
h a debido irrita r la m ás que la ofensa, h a debido
tom ar odio contra el hom bre, y así es n a tu ra l que
el hom bre se h a y a vuelto con ella duro y d esp iad a
do. H ay algo peor que u n a f a l t a : la a p a rie n c ia de
la f a l t a ; porque de la falta, por ser u n a realidad,
puede sa lir algo b u e n o ; m as de la ap a rie n c ia no
pueden salir m ás que ficciones, sentim ientos sin
apoyo en la n atu raleza... Así, a la m u jer de que us19
590
ÁNGEL
GANIVEÍ
ted me ha hablado yo le diría sin vacilar: cometa
usted inmediatamente la falta que no ha cometido,
humanícese, y todo lo arreglaremos.
—Pero, por Dios, señor Cid—interrumpió la du
quesa— , no eche usted a perder sus atinadas razo
nes con esas salidas de tono. No sé qué gusto saca
usted de lanzar adrede esos disparates...
— ¡Disparates! ¿Cómo explica usted entonces que
el público se complazca en impulsar con sus murmu
raciones a convertir en faltas reales las simples
apariencias? ¿No ocurre todos los días que una mu
jer comienza a coquetear inocentemente, y que muy
pronto, presa en las garras de la murmuración, es
arrastrada al adulterio?
— ¡Es verdad!—exclamó espontáneamente la du
quesa— . ¡ Es verdad! Ese es el caso en que se dice
que el público hace de Gran Galeoto.
—Pues bien; yo creo que el público lleva razón,
porque el público la lleva siempre que obra por ins
tinto. Una mujer que da lugar a que se murmure de
ella, es casi seguro que es desgraciada; no falta a
sus deberes por miedo, y el público se lo quita hosti
gándola con anticipadas e injustas censuras.
—Si en vez de hablarme usted a mí le hablara a
una mujer sin experiencia, sería usted peligroso
—dijo la duquesa levantándose y poniendo sobre un
velador el retrato que aún conservaba en la mano.
Y ya de pie, añadió en son de reprimenda:
—Con esas ideas de usted, adiós religión, leyes y
moral. Todo se vendría abajo. Porque no hay escapa
toria : lo que usted sostiene es el derecho al adulterio.
—Es que yo no soy sacerdote, ni moralista, ni
abogado; yo defiendo los derechos del corazón.
LOS TRABAJOS DE P ÍO CID
291
—Pero esos derechos están en contra de la so
ciedad.
—No tanto. ¿Qué pueblos son los que matan a pe
dradas a la mujer adúltera o la arrojan por un pre
cipicio? Pueblos bárbaros donde jamás moró la be
lleza ni el arte. En cambio, vea usted en Grecia
cuántas luchas antes de que fuera destruida Troya,
baluarte del amor.
—Pero al fin fué destruida.
—Fué destruida porque sin el honor es imposible
la existencia de un pueblo, como sin el amor es im
posible la de un individuo. Pero si Troya hubiera
sido aniquilada en breves momentos por un rayo de
Júpiter, ni hubiera existido la llíada, ni el arte grie
go, ni acaso existiríamos nosotros. Lo hermoso en
aquella lucha es que hay dioses que defienden el
fuero del amor, y que el mismo Júpiter, el mayor de
los dioses, se inclina ya a uno, ya a otro de los ban
dos, como si estuviera perplejo ante la gravedad del
litigio.
—Y si usted hubiera vivido en aquellos tiempos
—preguntó la duquesa bromeando—, ¿hubiera sido
troyano?
—Hubiera ayudado a robar a Elena por antipa
tía contra Menelao, y después hubiera ayudado a
destruir a Troya por antipatía contra París.
La duquesa guardó silencio y se fué a sentar en
una butaca junto al balcón, lejos de Pío Cid, como
para desvirtuar con la distancia la gravedad de lo
que se le ocurría decir; miró un rato al través de
los visillos, y preguntó:
—Pero si yo no recuerdo mal, usted me decía ayer
que el amor más noble es el del espíritu. ¿Cómo aho-
292
ÁNGEL GAN I VET
ra justifica usted que u n a m u jer falte a sus deberes?
Le com prendería a usted si fu era usted un seductor,
porque un seductor no se p a ra en b a rra s p a ra con
seguir su objeto. Siendo usted u n hom bre serio, hon
rado y digno, me e x tra ñ a su modo de pensar. Si u s
ted supiera, voy a suponer, que yo ten ía u n am ante,
¿le m erecería yo el mismo concepto que hoy le m e
rezco?
—Precisam ente—contestó Pío Cid con desenfado—
me han dicho, hace alg ú n tiempo, que usted tenía
un am ante, y no le di crédito a la noticia, y aun
siendo cierta, no le h u b iera dado im portancia. Yo
no podía a sp ira r al am or de usted por m il razones
que saltan a la vista, p rincipalm ente porque yo he
entrado en esta casa por la p u e rta de la servidum
bre, y no h a sido p a ra mí escaso honor alcanzar
que usted, venciendo su prevención, me conozca y
me tra te como caballero. Y aunque yo a s p ira ra a
g a n a r su afecto, éste sería ta n noble que no podría
descender a envidiar otros afectos vulgares. Porque
yo pienso que si usted h ab la ta n tristem ente de
la vida y no desdeña escuchar la p a la b ra de un
hom bre de ta n escaso valer social como yo, es por
que no tiene puestos sus ojos en quien sea capaz de
llen ar el vacío que hay en su a lm a ; y todo lo que
no fu era esto, d ista ría tanto del verdadero am or
como el g u ija rro del diam ante.
—¿Y quién le h a n dicho a usted que es ese am ante
que me a trib u y e n ? —preguntó la duquesa sin darse
por ofendida, p a ra ver h a sta dónde llegaba la fres
cu ra de espíritu de su interlocutor.
—Me h a n dicho que es un cap itán de húsares, y
esto mismo me convenció de que la noticia e ra falsa.
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
293
—¿Por qué?
—Porque la afición a las charreteras, espuelas,
estrellas, galones y demás arreos militares es propia
de la primera juventud. Cuando una mujer pasa de
los veinticinco años, busca algo más hondo en el
hombre.
—Tiene gracia eso que usted me dice. ¡Al fin, al
fin, he encontrado un hombre franco en el mundo!
Pero ya que es usted tan franco, le voy a rogar me
diga sinceramente si cree que una mujer puede fal
tar a sus deberes sin dejar de ser digna, sin que la
acuse su propia conciencia.
—Sí lo creo. La indignidad está en envilecerse por
satisfacer bajas pasiones; no lo está en librarnos
del yugo del deber cuando el falso deber nos envile
ce. Tiene además la Naturaleza leyes inviolables, y
aunque quisiéramos no podríamos burlarlas. ¿Cree
usted que el amor se resigne al perpetuo sacrificio...?
Un hombre joven, inexperto, halla en su camino a
una mujer caída y quiere generosamente regenerar
la ; mas esta generosidad es peligrosa, porque bien
pronto el egoísmo amoroso, que es el más violento
de todos los egoísmos, reflexionará así: «¿He na
cido yo acaso para tapar faltas que otros cometie
ron? ¿He de satisfacerme con aspirar el perfume
de una flor marchita, arrojada en el suelo, pudiendo deleitarme con la fragancia pura de una flor que
yo mismo corte y coja el primero en mis manos?»
Y ese egoísmo irá insensiblemente a buscar nuevos
amores aunque la conciencia proteste. ¿Qué vale la
voz de la conciencia cuando la ahoga la lamenta
ción de la carne? En cambio, un hombre que ha co
metido graves tropelías puede sin gran martirio
294
ÁNGEL GANIVET
emprender esa obra de redención, porque su sacri
ficio le parecerá una expiación voluntaria de sus
propias culpas.
— ¡Eso es verdad!
—Y lo mismo la mujer. Una mujer cuyos senti
mientos han sido sacrificados, que no ama ni puede
amar al hombre a quien debe de amar, está al borde
de un precipicio. Por muy firme que quiera tener
se, ¿qué ocurrirá si un día se subleva contra ella su
corazón esclavizado? ¡Si al menos esa mujer tuvie
ra para defenderse el recuerdo de un día de verda
dero amor! Una falta cometida por instigaciones
del corazón, le daría fuerzas para soportar resignadamente los más largos y duros tormentos.
— ¡Eso es verdad!—repitió la duquesa levantándo
se con un movimiento nervioso— . Usted conoce el
corazón humano. ¡Es verdad!—añadió, sentándose
de nuevo; y apoyando la cabeza contra el respaldo
de la butaca, cerró un instante los ojos, y reclinada
sobre su esponjada cabellera, parecía dormir y
soñar.
— ¡Es triste que esté hecha así. el alma humana!
Mas, ¿qué remedio cabe? Lo mejor sería tener fuer
zas para remontarse de un vuelo al amor espiritual;
¡pero son tan pocos los que las tienen! Cuando nos
consume la sed de venganza contra una ofensa in
justa o nos muerde el ansia de desquite por un sa
crificio demasiado penoso, y no tenemos ánimo para
perdonar ni para resignarnos, es más noble dar sa
lida a nuestras pasiones en algún acto censurable,
que no guardar la protesta sorda que nos va envene
nando poco a poco. Una falta es un hecho humano,
y acaso tenga la virtud de aclararnos el entendi-
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
295
miento y permitirnos ver lo que antes no veímos y
darnos alas para subir adonde soñáramos.
—Yo no había oído jamás hablar tan sinceramen
te—dijo la duquesa con lentitud y mirando de sos
layo a un espejo, por el que veía a Pío Cid sin que
éste lo notara— . Yo envidio su fuerza y su resolu
ción, y desearía ser fuerte aunque fuera para el
mal. Yo debía tener siempre a mi lado a un amigo
como usted... Quizás es usted el único a quien yo
pudiera llamarle verdadero amigo. Pero en este vai
vén de la vida todo pasa volando, y ni siquiera hay
tiempo para que una amistad eche raíces... Hoy he
estado yo triste pensando en que he de emprender
mañana mismo un largo viaje...—añadió volviendo
la cabeza y mirando al balcón, por el que entraban
las últimas luces de la tarde.
— ¿Se va usted?—preguntó Pío Cid con aire de
tristeza.
—Me voy—dijo la duquesa, notando por el espejo
la palidez del rostro de Pío Cid— , y lo que más sien
to es perder su conversación, que es para mí tan
sugestiva... Usted no sabe las veces que recuerdo
sus palabras. Ojalá supiera yo discurrir como usted
y ofrecerle ideas más atractivas; pero las mujeres
somos tan...
—Usted es una mujer adorable—dijo Pío Cid le
vantándose y mirándola con afecto—, y aunque me
tenga por hombre tan fuerte, crea que ahora estoy
impresionado como un niño de pensar que se va...
— ¿Qué hacer?— dijo la duquesa, extendiendo la
mano con abandono.
Pío Cid se acercó, y al mismo tiempo que cogía
la mano y la estrechaba, miró a la duquesa con aire
296
ÁNGEL GANIVET
tan dolorido, que ella se sintió vivamente impresio
nada; de repente se puso de pie, mientras tenía co
gida una mano, se pasó la otra por los ojos y luego
la apoyó en el hombro de Pío Cid, como si se afian
zara para no caer; por último, le echó el brazo al
cuello, cerró los ojos y juntó con los labios de él
sus labios entreabiertos, desplomándose como si es
tuviera completamente desvanecida. Pío Cid la su
jetó suavemente por la cintura, la condujo en peso
basta el sofá, la tendió con cuidado, poniéndole un
cojín debajo de la cabeza y se puso a mirarla de ro
dillas, temeroso de ver la tempestad que él mismo
había desencadenado. Ocurríansele los más varios
y encontrados pensamientos; aun llegó a suponer
que la duquesa no estaba desmayada, sino muerta
y convertida en estatua yacente. Esta idea, junta
con el temor, el silencio y la obscuridad de la noche,
que ya enviaba sus primeras sombras, le enardecie
ron el espíritu, y sintiéndose de súbito inspirado co
menzó a recitar, con voz apagada, una canción, a
cuyos conceptos la duquesa, incorporándose lenta
mente, apoyó un codo en el cojín y cruzó las manos
para escucharle en la actitud del que re za :
Bajo la verde bóveda sombría,
La luz del claro día
Llega a mis tristes ojos, tenue y vaga;
Espléndido la envía
El sol, y el bosque lóbrego la apaga.
Bajo la verde bóveda del cielo,
Una luz de consuelo
Llega a mi pobre espíritu insegura;
Rasgó el amor su velo,
Mas su imagen quedó en la noche obscura.
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
Yo sólo sé lo que es amor humano:
Vislumbro muy lejano
Otro amor que, sin verlo, me fascina;
Un amor soberano
Que al creyente consuela e ilumina.
Yo sé lo que es amor; el amor santo,
El puro y noble encanto
I)e la madre que al niño arrulla y mece
Al son de un suave canto,
Que canción del espíritu parece.
Pero no sé lo que es amor divino,
Ese amor que imagino
Como ardiente latir de un corazón
Que rige el torbellino
De los astros con mística atracción.
Yo sé lo que es amor: la viva llama
De un corazón que ama,
Prisionero de amor en fuertes rejas,
Y, humilde, llora y clama,
Sin que otro corazón oiga sus quejas.
Pero no sé lo que es amor divino;
Ese amor que imagino
Como luz refulgente de los cielos,
Espejo cristalino,
Donde el amor refleja sus anhelos.
Yo sé lo que es amor: el firme lazo
Que con nervioso abrazo
Mi amada en torno de mi cuello anuda,
Palpitante el regazo
Y el universo en la mirada muda.
Pero no sé lo que es amor divino;
Ese amor que imagino
Como éxtasis sublime de la mente,
Resplandor diamantino,
Que brilla, sin quemarse, eternamente.
Yo sé lo que es amor: el noble fuego
Que me roba el sosiego,
Cuando una idea radiante, en la penumbra
297
298
ÁNGEL GANIVE1
Surge, y yo, absorto, ciego,
Miro, sin ver, su luz que me deslumbra.
Pero no sé lo que es amor divino;
Ese amor que imagino
Como fuego sagrado de la idea,
Artista peregrino,
Que con llamas de amor sus obras crea.
Yo sé lo que es am or: ¡ Cuántos amores,
Pálidos como flores
Que viven sepultadas en la umbría,
Soñando en los colores,
Con que la luz del sol las bañaría!
Mas yo quiero otro amor, un solo amor,
Un fuego abrasador
Que derrita este hielo en que cautivo;
Un brillante fulgor
Que disipe estas sombras en que vivo.
¡Oh amor divino, ten de mí piedad,
Muestra tu caridad
Con el que en tierra se postró de hinojos;
Rompe esta obscuridad,
Haz que un rayo del cielo abra mis ojos!
Cuando Pío Cid oyó extinguirse los últimos ecos
de su canción amorosa, se deslizó sin ruido, dejan
do a la duquesa, absorta y como embebecida en la
contemplación de lejanas visiones. Largo tiempo duró
aquel sereno éxtasis, cuya virtud sobre el alma de
la duquesa fué tal y tan maravillosa, que al salir
de él se halló como en un mundo nuevo, ideal y so
ñado. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, y su co
razón de ansias temblorosas e inexplicables. Creía
haber despertado de un sueño profundo, y no sa
bía fijar el punto en que el ensueño había huido y
la realidad había recobrado su imperio.
Se levantó con lentitud y se encaminó hacia la
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
299
puerta por donde Pío Cid había desaparecido; pero
no acertó con ella y comenzó a m irar a todos lados
como si se encontrara en una casa desconocida;
luego se dirigió al balcón para asomarse a la calle,
pero retrocedió impresionada por el espectáculo de
la bóveda celeste, en la que brillaban nuevos astros
que ella nunca había visto y que ahora con su con
cierto de luz la anonadaban y le sugerían senti
mientos de humilde y piadosa tribulación; por úl
timo, se volvió a sentar, y ocultando el rostro entre
las manos se preguntaba a sí misma quién era
aquella mujer que dentro de ella estaba y que le
parecía una criatura nueva en el mundo.
Sólo acertaba a comprender claramente el ritmo
espiritual que dejara la canción de amor, cuyas es
trofas se diría que flotaban esculpidas en las ondas
de a ire ; y entre todas, una, la evocación del dormi
do amor materno, vibraba con tanta fuerza que la
duquesa no sólo la oía, sino que creía verla por
doquiera en letras brllantes:
Yo sé lo que es am or; el amor santo,
El puro y noble encanto
De la madre que al niño arrulla y mece
Al son de un suave canto,
Que canción del espíritu parece.
Mientras tanto Pío Cid se había dirigido a buen
paso a su casa, aunque gustosamente se dirigiera a
un desierto donde poder meditar sosegadamente so
bre las raras impresiones que le agitaban, no obs
tante ser su espíritu tan fuerte y tan avezado a los
misterios de la vida. Sacóle de su abstracción el es
tudiante Benito, que topó con él en las escaleras
de la calle de Villanueva y le detuvo diciéndole:
300
ÁNGEL GANIVET
—Una noticia le espera a usted que le disgustará
de seguro. ¿No sabe usted que la buena Mercedes
acaba de largarse de la casa?
— ¿Cómo ha sido eso, pues?—preguntó Pío Cid
sorprendido.
—Yo no sé. Creo que todos estaban fuera de casa,
excepto doña Justa. No sé más que lo que me ha dicho
Valentina... Yo no quiero meterme en nada; pero creo
que Gandaria anda en el ajo. A mí me ha dado en
la nariz, y...
—Bien está. Esa criatura ha nacido por lo visto
para rodar pelota.
—¿Qué es lo que le ha caído a usted aquí?—pre
guntó Benito, tocando a Pío Cid en el hombro y co
giéndole después por la solapa de la levita para olerla y cerciorarse de lo que fuese aquel extraño pol
villo—. Parecen polvos de rosa. Tienen un olor finí
simo.
—No sé lo que será—contestó Pío Cid sacudiéndo
se con un pañuelo y agradeciendo en su interior
aquel aviso, que le libraba de una gresca con Mar
tina.
—No le detengo a usted más—dijo Benito bajando
las escaleras— ; esta noche volveré un rato.
Entró Pío Cid en su casa malhumorado, y doña
Justa se apresuró a repetirle la noticia de la fuga
de Mercedes.
—Ya me lo han dicho, y no debe sorprenderme
que haya aprovechado para irse de aquí la misma
idea que yo le di para escapar de casa de Olivares.
Así son las cosas de esta vida. ¿No le dijo a usted
nada antes de irse?
—No. Vino llorando a la cocina y me dijo que
LOS TRABAJOS DE PÍO
CID
301
sentía mucho dejarnos. Casi no podía hablar la po
bre. Dijo que ésa sería su desgracia, pero que ha
bía nacido con ese sino y que qué iba a hacer. Y se
fué hecha una Magdalena.
—Bueno; no hablemos más de lo que ya no tiene
compostura. Ya sabremos de sobra dónde está y
cómo le va.
—No me mires tan serio—interrumpió Martina—.
Yo no he tenido arte ni parte.
—No te miro de ningún modo ni te echo la culpa.
Si la tuvieras, allá tú te las avengas contigo misma.
—¿Qué olor es ese que traes?—preguntó entonces
Martina, que desde que entró Pío Cid no cesaba de
aspirar con extrañeza el delicado perfume—. Esto
parece cosa de mujer—añadió acercándose—. No lo
parece, sino que lo es. ¿A ver...? Esta mano es la
que más te apesta.
—Será de haber saludado a la mamá de Jaime,
que se ha despedido de mí. Se va al Extranjero con
su hijo.
—Lo dices así como con sentimiento. ¿Es de ver
dad que se va? Porque te comunico que la señora
esa, o la tía esa, me está dando muy mala espina.
—Yo no vuelvo más a dar lecciones, y si se va o
no se va, no es cuenta mía ni tuya. Y ten la bondad
de no requisarme más, porque no estoy para que me
quemes la sangre—concluyó con tono seco, metién
dose en su habitación.
Supo al día siguiente por Valle que Mercedes se
había ido a vivir a la calle de Claudio Coello, a un
segundo piso con vistas al campo, que Gandaria ha
bía hecho amueblar muy decentemente; y en el acto
decidió escribir a la joven, no para disuadirla, sino
302
ángel ganivet
para quedar con ella en buena armonía, pensando
en el porvenir, y darle de paso algunos útiles con
sejos, el primero y principal de los cuales era que
no contara nunca a Adolfo las miserias de su vida,
ni menos que ella y su padre habían pedido limos
na, porque estas confidencias darían al traste con
el afecto que su amante pudiera tenerle. Le decía,
por último, que, en caso de verse abandonada, pen
sara siempre en él y en su casa, que estaba siem
pre abierta para recibirla; y a fin de que por su
flaca memoria no olvidara este ofrecimiento, le
enviaba con la carta una moneda moruna de extra
ordinarias virtudes, diciéndole que no se la daba
por ser recuerdo de familia; pero que se la prestaba
a condición de que le fuera devuelta por la misma
Mercedes en persona en el caso de que las relaciones
con Adolfo terminaran.
Escrita la carta, fué él mismo a llevarla al correo,
cruzándose en la calle sin conocerle, con un criado
de la duquesa que le traía una esquela de su seño
ra, para entregársela en propia mano. Martina la
recibió y la dejó en el despacho de su marido, no
atreviéndose por el momento a abrirla; pero des
pués de dar muchas vueltas y de disculparse a sí
misma con la razón de que entre un hombre y una
mujer que se aman no debe de haber secretos, rasgó
el tentador sobre y leyó una sola línea de firme y re
suelta escritura, que decía no m ás:
«Esta tarde estaré en casa.— S.»
— ¡En casa!—exclamó Martina, como si le hubiese
picado una víbora—. ¡Y S .! P debía de firmar, y
Pu..., y Dios me perdone. Esto no pasa de aquí.
Ahora se verá quién es Martina de Gomara.
LOS TRABAJOS DE PÍO CID
303
Y en un vuelo se calzó, se echó una falda y se
puso el abrigo y el sombrero que halló más a mano,
y se lanzó escaleras abajo resuelta a acudir a la cita
y verse cara a cara delante de aquella mujer que
tan impúdicamente trataba de robarle el padre de
sus hijos. Mas pocos pasos había andado cuando, al
pasar por delante de una peluquería, vió en el es
caparate dos cabezas de mujer, tan linda y primoro
samente peinadas, que la hicieron detenerse un ins
tante a contemplarlas; vió también su propia ima
gen multiplicada en varios espejos y se acobardó y
perdió su resolución. ¿Copio presentarse de aquel
modo delante de una encopetada señora, que qui
zás ni querría hablar con ella, tomándola por una
criada? Volvió, pues, a desandar lo andado, y en
tró en su casa como una flecha y comenzó a revol
ver los armarios y los cajones de la cómoda para
vestirse con los trapicos de cristianar, Se puso los za
patos de charol y el vestido negro de seda, y el som
brero de castor con plumas verdes, regalo de su mari
do; los mejores zarcillos y el velo de motas grises; la
pulsera y el aderezo de perlas y esmeraldas, sin
olvidar el manguito y el precioso quitasol de encaje.
Aun con todos estos adornos le pareció su figura
poco expresiva, y tuvo por primera vez en su vida
la idea de pintarse; halló en un cajón del tocador
un pedazo de corcho quemado, que le servía a Va
lentina para untarse de negro Jas cejas, que de
puro claras apenas se le conocían, y subiéndose el
velillo se pintó un poco las cejas y pestañas, con lo
que sus grandes y rasgados ojos se asemejaban a
dos simas infernales.
En estas idas y venidas topó, sin pensarlo, con la
304
ÁNGEL GANIVEÍ
ropa de su m arido; y como de repente se le había
despertado una terrible desconfianza, la registró, y
para colmo de su desventura halló en el bolsillo in
terior de la levita el retrato de la duquesa, el de los
ojos bajos, que Pío Cid, por no parecer desatento,
no quiso devolver. Gran esfuerzo tuvo que hacer
para no echarse a llorar, y acaso no lloró por no
descomponerse el rostro; mas su rabia fué tal, que
del despacho fué derecha a la cocina, y con ideas
siniestras cogió un cuchillo que escondió dentro del
manguito. Entró en la alcoba a dar un beso a los
niños, que dormían como dos ángeles. Su mamá,
que estaba allí cosiendo, le preguntó:
—¿Adónde vas tan compuesta?
—Voy a buscar a Pío para dar un paseo. Me duele
la cabeza, y yo creo que es de estar siempre ence
rrada en casa.
Volvió Pío Cid a poco, y lo primero que vió al
entrar debajo de la mesa de su despacho fué el so
bre de la carta de la duquesa, cuya letra conoció al
punto; entró en la sala y halló todas las cosas por
medio; preguntó por Martina y supo que había ido
a buscarle.
—No hay duda—pensó— ; el buscarme es un pre
texto, y adonde va es a mover un escándalo. Vamos
allá.
A mitad de camino la divisó marchando tan er
guida y gallarda que para verla más tiempo aflojó
el paso y le fué haciendo la ronda hasta que, cerca
de la casa de la duquesa, le dió alcance. Antes que
él le hablara volvió ella la cabeza y se detuvo.
—Hace un rato que te sigo—dijo él— ; ¿adónde
diablos vas a buscarme? Al menos tu madre me
305
LOS TlíABAJOS DE PÍO CID
acaba de decir que ibas en busca mía para dar un
paseo.
—Algo más que un paseo—contestó Martina agria
mente—. Voy a devolver a su dueña un retrato que
he encontrado en tu ropa. Tú no tienes aquí nada
que hacer.
— Siempre tomas las cosas por donde queman. Ni
siquiera me acordaba de tener tal retrato. Por olvido
no lo devolví.
—Y te lo dieron y lo tomaste por olvido..., o es
que ibas a formar una galería de bellezas. Mal gus
to has tenido para empezar, porque tipos como ése los
encuentras en medio de la calle a cualquier hora.
—No seas majadera, mujer. Ese retrato me ha
servido de modelo para hacer un dibujo; no me lo
han dado a mí, ni había para qué... Pero vamos an
dando, y no estemos aquí de plantón.
— ¿No dices que no te importa nada la sociedad?
—No me importa; pero tampoco me agrada dar
espectáculos en la vía pública. ¡Y que no estás lla
mativa en gracia de Dios!
—Pues con irte está resuelta la dificultad.
—Me iré; y tú te vienes conmigo, y andando me
dirás todo lo que quieras.
—Antes tengo que entregar el retrato y hablar
cuatro palabras con esa... señora.
—El retrato se le puede enviar por el correo. Yo
se lo enviaré, diciendo que me dispense el olvido.
— ¿Pero tú crees que yo me mamo el dedo?
—Lo que es ahora te pasas de lista. La señora esa
supo que yo era algo dibujante, y tuvo la ocurren
cia de que le hiciera un retrato a la pluma. Esto
es todo.
20
306
ÁNGEL GANIVET
—Y ¿cómo no has lucido esa habilidad conmigo?
—Porque tú no estimas esas cosas. No les haces
caso; dices que son tonterías. Ayer, sin ir más le
jos, te di a leer algo mío, y dijiste que no te gus
taba perder el tiempo en cosas inútiles.
—Pero un retrato sí me gustaría que me lo hu
bieras hecho.
—Pues te lo haré hoy mismo... Pero vámonos de
aquí, que si no nos van a dar cencerrada.
—No me muevo si antes no me ofreces que maña
na mismo te vas a Barcelona a arreglar casa para
que todos vivamos allí. Es una idea que se me ha
ocurrido hoy—agregó Martina, que no quería des
cubrir lo de la carta de la duquesa— ; no es por
nada. Es que no quiero más Madrid, ni engarzado
en diamantes. Esto es una zahúrda; aquí no se res
peta a nadie. Ahora, al salir de casa, venía siguién
dome, ¿no lo has visto?, un viejo verde que podía
ser mi abuelo. ¿Qué le parece a usted? Ganas me
han dado de volverme y meterle la sombrilla por
los hocicos.
—Ya veremos despacio lo que conviene. No tengo
interés por estar aquí ni en ninguna parte del mun
do. Todo me parece lo mismo y en todas partes
me encuentro como el pez en el agua..., en agua su
cia, se entiende. Si puede ser, me iré.
—No es si puede ser; has de decirme que sí, y que
mañana mismo sin falta.
—Bueno; ofrecido—afirmó Pío Cid echando a
andar.
—Pero no creas—agregó Martina, siguiéndole re
celosa—que te vas a ir a vivir donde está mi prima.
—Tu prima no está en Barcelona.
LOS TRABAJOS DE PÍO
CID
307
—¿Cómo lo sabes?
—¿No me diste tú a leer una carta en la que decía
que se iba contratada a Bilbao y después a Oporto?
—Es verdad—asintió Martina— ; no sé lo que me
digo. Tú tienes la culpa de lo que me pasa. He per
dido la fe en ti, y me parece siempre que vas a en
gañarme. Yo no puedo ser ya feliz—añadió, a punto
de llorar—. Te creía un hombre leal, y veo que eres
falso como todos. Luego te quejarás de que te pierda
el cariño que te tenía... ¡Sí! Te lo voy perdiendo,
te lo juro.
—Esas son niñerías. Mañana no te acuerdas más.
Y yéndonos de Madrid, con mayor razón...
—Una idea se me ocurre para celebrar la despe
dida—dijo Martina al salir por la calle del Barqui
llo a la de Alcalá— : vamos a comer juntos donde
primero se nos antoje. Con el disgusto se me ha
abierto el apetito... Pero no lo eches a broma; cree
que cuando vi el retrato me dió un vuelco el cora
zón. Pero, hombre—agregó sacando el retrato del
manguito—, si no vale nada la mujer esta; yo creía
que era otra cosa. Vamos, ¡bah! (rompiéndolo en
varios pedazos), ni siquiera vale la pena de devol
verlo. Supongo que no te ofenderás porque lo tire
por ahí (tirándolo por la boca de una alcantarilla).
Después de todo...
—No me ofendo por nada; pero ¿qué es lo que lle
vas ahí en el manguito?
—Un cuchillo. Quizás si no me alcanzas, a estas
horas hubiera hecho con el original lo que acabo de
hacer con el retrato. Y si no te vas mañana, así, así,
riendo, haré algo gordo. ¿No te he dicho que tú no
me conoces a mí?
308
ÁNGEL GANIVET
—Sí te conozco, y sé que tienes sangre y que la
sangre te ciega y te hace ver lo que no existe más
que en tu imaginación. Pero ¿y ese apetito?
—No es de comer muchos platos—dijo Martina,
cogiéndose del brazo de Pío Cid— ; es un deseíllo
que me ha venido de comer fuera de casa; ¿te acuer
das cuando el embarazo? Entonces eras más ama
ble. Vosotros los hombres, en cuanto una mujer tie
ne chiquillos, la jubiláis, como si ya no sirviera para
nada. ¿Sabes lo que más me apetece? Unas ostras
y una copita de manzanilla.
—Pues si quieres, entraremos aquí.
Martina soltó el brazo de Pío Cid y entraron en
Fornos. Como entraron en un cuarto reservado, no
ha sido posible averiguar la interesante conversa
ción que allí tendrían; pero el viaje debió quedar
decidido, porque al día siguiente bajaron los dos a
la estación del Mediodía a la hora del expreso, en
el que salió Pío Cid para Barcelona, donde el por
venir le reservaba nuevos y útilísimos, al par que
famosos trabajos. Martina no le dejó pie ni pisada
hasta verle partir, desconfiada y temerosa de que,
si le dejaba solo, fuera a despedirse de la duquesa.
Pío Cid partió contento, porque en estos cambios
decididos por el azar, y a los que él nunca se opu
so, creía ver la acción de la fuerza misteriosa que
rige la vida de los hombres, encaminándoles hacia
sus verdaderos destinos. Sin embargo, la idea de ha
ber vuelto a la duquesa las espaldas sin una mala
excusa le preocupaba, e iba pensando remediar esta
involuntaria desatención con una carta de despedi
da. Como lo pensó lo puso por obra; en la parada
de Alcalá de Henares pasó al coche-comedor, y, pi-
LOS TRABAJOS DE PÍO
CID
309
diendo avíos de escribir, urdió una original y pia
dosa misiva, que echó en el buzón al detenerse el
tren en Guadalajara.
A otro día, por la tarde, volvía la duquesa a su
casa, después de tener una larga y secreta entre
vista con su galanteador favorito, el arrogante ca
pitán de Húsares, y créese que, no obstante lo que
las malas lenguas murmuraban, no había habido
nunca en estas relaciones nada pecaminoso, y que
fué este día, y no antes, cuando se rindió la forta
leza de la virtud y del recato de la duquesa, la cual
dicen también que, por descargar su conciencia del
peso de su falta, echaba la culpa de ella a los conse
jos liberales de Pío Cid. No fué leve su sorpresa
cuando halló el mensaje de éste, escrito fuera de
Madrid a juzgar por el sobre. No era carta, ni tenía
fecha ni firm a; no era poesía ni prosa; era una gota
de bálsamo envuelta en una alegoría, cuyo sentido
íntimo escapaba a la penetración de la duquesa,
aunque el efecto que le produjo fué de arrepenti
miento por el mal paso que acababa de dar, y de
nueva y más honda desilusión por el amor de los
hombres; era un diálogo entre una Sombra y un
Enamorado, y decía así:
SOLEDAD
La Sombra.
De amor soy mensajera
Que a consolarte viene.
La mujer que tú adoras
Me envía a ti y a ti vine volando
En un suspiro que nació en su pecho.
310
ÁNGEL GANIVET
El Enamorado.
¿Vienes de un pedio amante?
¿No vendrás de unos labios mentirosos?
La Sombra.
Yo soy como el espacio en noche obscura
Cuando están escondidas las estrellas.
Aire parezco y sombra,
Mas el fuego amoroso va en mí oculto.
El Enamorado.
Ya no hay fuego ni amor;
Sólo queda una sombra en un desierto:
El desierto es el frío de la vida,
Y la sombra es el humo de las almas.
La Soynbra.
¡Vagar sin esperanza por la tierra!
¿A qué la vida si el amor perece?
El Enamorado.
Aun, si me fueras fiel,
Me quedas tú en el mundo, Sombra amada.
Muere el amor, mas queda su perfume.
Voló el amor mentido,
Mas tú me lo recuerdas sin cesar...
La veo día y noche.
En mi espíritu alumbra
El encanto inefable
De su mirada de secretos llena.
Arde en mis secos labios
El beso de unos labios que me inflaman,
Y cerca de mi cuerpo hay otro cuerpo
Que me toca invisible.
Mis manos, amoroso
Extiendo para asirla
Y matarla de amor entre mis brazos,
LOS
TRABAJOS
DE PÍO
CID
Y el cuerpo veloz huye
Y sólo te hallo a ti, ¡mujer de aire!
La Sombra.
De amor soy mensajera;
Cree y confía. ¡ Sígueme!
El Enamorado.
Ya no hay fe ni esperanza;
Todo murió; mas tú no me abandones.
Murió al pensar en los amores vanos
Que siembran nuestra vida
De tormentos crueles.
¡Sombra amada! Mi amor es siempre tuyo.
Como no tienes cuerpo eres eterna.
Sé tú el velo que nuble mis sentidos;
Yo seré para ti la luz piadosa.
Que de la nada crea la ilusión.
Voy lejos, no sé adónde;
Mas no voy solo, tú vas junto a mí.
Vas flotando, flotando
Como una sombra que eres,
Una estatua esculpida en noble espíritu,
Pura idea de amor
Con larga cabellera luminosa.
No puedes fatigarte;
Mas si te fatigaras, como a un niño
Te tomaré en mis brazos con ternura,
Te meceré, poniendo tu cabeza
Junto a mi corazón,
Y dormirás soñando en un misterio.
F IN
DEL TOMO SEGU N D O
811
INDICE
Páginas.
Anteportada............................................................
1
Obras del autor.. .................................................
2
Portada..................................................................
3
Propiedad........................... .............................. .
4
Los trabajos del infatigable creador Pío Cid............
T rabajo c u a r t o .— P ío Cid emprende la reforma po
lítica de España............... : ........................
5
7
T rabajo q u in t o .— P ío Cid acude a levantar a una
mujer caída..................................................
129
T rabajo s e x to .— P ío Cid asiste a una enferma de
frivolidad.......................
Colofón...............
235
314
ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
EN MADRID, EN LA IMPRENTA
DE JUAN PUEYO,EL DÍA
XXIII DE MAYO
DE MCMXXVII1



