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- Tipo
- Impresos
- Autor
- Elola, José de
- Idioma (código)
- spa
- Extensión
- 112
- Identificador
- 0000000165
- Miniatura
- https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/779449
- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- [s.n.]
- Lugar de publicación
- Madrid
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Imagen para miniatura
- 1
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1927
- Formato
- image/jpeg
- application/pdf
- extracted text
-
SEGUNDO
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EL CORONELIGNOTUS
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B IB L IO T E C A
N O V E L E S C O - C IE N T ÍF IC A
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EL SECRETO =
_
DE
SARA
□ □ □
Es propiedad. Prohibida la repro
ducción, incluso la “ cinematográfica", sin permiso del autor.
BIBLIOTECA NOVELESCO - CIENTÍFICA
por «EL CORONEL IGNOTUS»
Peseta».
I —DE LOS ANDES AL CIELO. — Primera etapa de «Viajes Planetarios en el s!.. Tercera edición.
g lo x x ii»
4
4
4
4
4
.................................................................................................................
II.— DEL OCÉANO A VENUS . —Segunda etapa de la misma obra, tercera ídem .■. ----III.— EL MUNDO VENUSIANO.— Tercera y última etapa de la misma^obra.^tercera ídem.
I V — LA DESTERRADA DE LA T I E R R A . — Primera parte.—EL MUNDO-LUZ......................
V.—EL MUNCO-SOMBRA. -Segunda parte de la anterior....... .........................................
VI.—EL AMOR EN EL SIGLO CIEN....................................................................................
VIL— LA MAYOR CONQUISTA. -Primer episodio: LOS VENGADORES... ..........................
VIII.— POLICIA TELEGRÁFICA.— Segundo episodio de la anterior............... - ..................
IX.— LOS MODERNOS PROMETEOS.— Tercer y último episodio de la anterior................
X.— LOS NÁUFRAGOS DEL GLACIAR.— Primera jornada de Tierras Resucitadas.........
XI.—ANA B A T T O R I.— Segunda jornada de la anterior............................................... 3
XII.—EL GUARDIÁN DE LA P A Z . —Ultima ídem id ........................................................ 3
XIII.— LAS PISTAS D E L CRIMEN.— Primer episodio de EL CRIMEN D E L RAPIDO 373..
XIV —L A C L A V E D E L CRIM EN.— Segundo ídem de íd e m ..................................... ........
XV.— LA PROFECIA DE DON J A U M E . — Primera etapa de «Segundo Viaje Planetario».
XVI. — E L HIJO DE SARA.— Segunda ídem de ídem..........................................................
XVII. — E L SECRETO DE SARA.— Tercera ídem de ídem.................................................
(En preparación el XVIII volumen.)
OTRO
GRAN
4
4
4
4
4
EXITO
MODERNAS BRUJERIAS DE LA CIENCIA. - Charlas vulgares. 6 ptas.
OTRAS OBRAS DE JOSÉ DE ELOLA
Pesetas.
LITERARIAS
E U G E N I A .-N ovela..................................................
L A P R IM A J U A N A .—Novela, dos to m o * ....
B O S Q U E J O S .—Cuentos.........................................
C O R A Z O N H S B R A V f O S .— Cuentos..............
C U E N TO S E S T R A F A L A R IO S DE A Y E R
Y M A Ñ A N A . —(Agotada. >
R E M E D IO C O N T R A C E G U E R A __ Comedía en dos actos. (Agotada.)
L A N IB T E C I L L A .-I d e m en íd., íd.
IN A R T ÍC U L O M O R T IS .—Idem en un ac
to, Id.
P R E C O C ID A D .—Idem en íd., íd.
M A C B E T H . —Versión de la tragedia de este
nombre, de Willian Shakespeare..................... ..
O B R A S D R A M Á T I C A S .— El salvaje, Luz de
belleza...........................................................................
E L PIN DE L A G U B R R A .-C o n el seudó
nimo IGNOTOS.............................................................
3
3
3
1
2
1
CIENTÍFICAS
2
2
3,50
MORALES, SOCIALES Y POLÍTICAS
B L CR ED O Y L A R A Z Ó N . — Segunda edición. (Agotada.).........................................................
L A V E R D A D D B L A G U E R R A .—Versión
del inglés. (Agotada.)
L A S C A U S A S D E L D E S A S T R B .-C o n seu
dónimo I onotus . (Agotada )
L A C A M P A Ñ A D E L R O S B L L Ó N .-(A g o tada.)
E L P L E IT O D E L R E G IO N A L IS M O .-C o n
seudónimo Don Ñuño. (Agotada.)
L A E N F E R M E D A D DE L A P E S E T A ........
L O Q U E P U E D E E S P A Ñ A ...............................
3
P L A N I M E T R Í A 1)E P R E C IS IÓ N .— Pre
miada por la Escuela de Minas, cuatro volú
menes. (Agotada.)...................................................
L E V A N T A M IE N T O S Y R E C O N O C I
M IE N T O S T O P O G R Á F IC O S —De texto
en varias Escuelas de Ingenieros, tres volú
menes. (Agotada.)....................................................
A G E N D A D E L T O P Ó G R A F O .........................
E S P A Ñ A E N M A R R U E C O S .— Mapa de la
zona de influencia española.................................
60
40
7
3
EL SECRETO DE SARA
SEGUNDA ETAPA
D E
SEGUNDO VIAJE PLANETARIO
POR
EL C O R O N E L IGN OTUS
(JOSE
DE
ELOLA)
□ □□
f
IN D IC E
P á g in a s
Páginas
I .—Las sim ultáneas inquietudes
de Don J a u m e v Sara.........
I I .—Una subir arína e interesantí
sim a conferencia telefónica.
III-—El retorno de la D esterrada..
IV .- Un valiente arrepentim iento.
V.- Alegrías de Sara y angustias
de la C apitana.....................
VI.—De cómo María perdió su
h ijo ........................................
V II.—Donde la Capitana tem e que
Don Jau m e esté loco..........
V III. -La cruz cae en otros hombros.
IX.—De cómo m arrullerías saben
a veces más que perspicacias
X.—Donde Sara da media solu
ción y la Capitana la otra
m e d ia ....................................
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EPILOGO.—:
73
I.—Adiós a V enus.........................
II.—Surge en los cielos una nova.
IIL —Los extraños retratos de las
76
novas....................................
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IV.—Un invento notable de Don
Jaum e y su nieto.................
V.—Leblonde aprende cuatro vul
garidades de las n o v a s ....
VI.—Comienza la pirotecnia estelar
V IL—Los convulsivos paroxism os
de una estrella.....................
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XI.—El zarandeado Carlos estorba
en todas partes....................
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XII.—El despertar de Luisa.............
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X III. —Se frustra una sesión im por
tantísim a..............................
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XIV. —Llegan los subm arinos ro
jos ..........................................
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XV.- Donde al cabo se entienden
las que jam ás creyeron en
58
tenderse................................
XVI.—Quién mandaba la escuadra
noctovenusiana...................
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XVII. — De porqué el sumergible
iba a ser otra vez abando
nado.......................................
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XVIII. —El albur que se jugó S ara.. . 67
XIX.—Acaba el drama, pero el via
je aun colea.........................
70
RETORNO
VIH.—Los enganches de la nova__
IX.—De cómo se lee algo de lo que
dicen los estelogram as.. . .
X.—Los obscuros porqués...........
XI-—La novela hoy más en boga
de las n o vas.........................
XII.—¿Restos de mundos, partícu
las de soles, pizcas de co
metas?...................... .
.
X III.—Vanitas vanitatum ...............
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107
no
1
LAS SIMULTÁNEAS INQUIETUDES DE DON JAUME
Y SARA
Dando bordadas, paralelas a la costa de
la Isla Tum, aguarda el sumergible de Car
los y Don Jaume la llegada del de Sara.
Durante las seis horas en tal espera pa
sadas, varias veces volvieron a funcionar
los radiófonos de los dos barcos, para cer
ciorarse de no haber perdido su mutua co
municación. Pero contra los deseos y los
intentos del vehemente mozo, que haciendo
a su madre preguntas relativas a su des
tierro, a sus padecimientos, a los peligros
que la obligaron a esoapar precipitadamen
te del Observatorio de Uo, y a los que aca
so acababa de correr en el viaje que esta
ba terminando, repetidas veces procuró con
vertir en conversaciones la comunicación
telegráfica, no pudo conseguirlo; porque a
todo contestaba ella que cuando estuviera a
salvo, en el orbimotor, sería ocasión más
adecuada, y menos peligrosa, de darles res
puesta. Pues, por lo pronto, no quería dis
traerse, ni distraer a su hijo, de la ma
niobra, que de momento era lo más intere
sante, ni prolongar los diálogos a más de
lo preciso para que ella y él se dieran cuen
ta de las respectivas posiciones de sus bar
cos.
Determinación que juzgó oportunísima
el abuelo. Quien, de otra parte, parecía te
ner tan pocas ganas de conversación como
la desterrada; pues solamente contestaba
con monosílabos, o poco más, a las reitera
das tentativas con que, para mantener con
él la conversación por aquélla rehusada, po
níalo Carlos en aprietos reiterados. Naci
dos de imposibilidad de contestar con la
verdad a muchas de las preguntas del nie
to; de no alcanzársele cómo, en su ignoran
cia de los actuales pensares y sentires de
Sara, podría disfrazarla; y de la duda de
si a la postre resultaría conveniente el es
condérsela. Llegando a tanto sus apuros,
que no tuvo otro medio de zafarse de ellos
sino decir:
— Mira, hijo mío, tiene razón tu madre:
tiempo sobrado tienes para enterarte de
todo eso cuando estemos tranquilos en el
planetoide. Y ni ella debe ahora atender sino
al gobierno de su barco, ni tampoco yo debo
distraerte a ti.
— Lo que es a mí, que no tengo que hacer
sino aguardarla, poco puede distraerme el
escucharte.
— Pero es que yo no puedo hablar; por
que con las horas que llevo sin dormir, y
las emociones de efias, me caigo de sue
ño, estoy rendido y en muy mala dispo
sición para que mi memoria, que con mis
años va flaqueando, pueda coordinar re
cuerdos, bastante embarullados, de todas
esas cosas, que te interesan, ocurridas en
tiempos muy lejanos.
Ten paciencia, que poco queda ya para
í
6
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
que puedas satisfacer todas tus curiosida
des; y déjame ahora echar siquiera un sueñecillo. Que bien lo necesito.
A l decir esto calló el viejo, y dió una ca->
besada.
— Verdad es. ¡ Pobre abuelo! Se ha que
dado dormido. Abuelo, abuelo.
— ¿Qué, qué?
— Que aun cuando tengas mucho sueño,
estás ahí muy mal; porque sentado no des
cansarás. Ven, hombre, ven: túmbate en la
litera.
— Tienes razón. A llí estaré mejor...
Después de dejar acomodado a Don Jaume en la litera volvióse Carlos al timón;
y poniéndose el capacete de los auditivos
del radioteléfono, desconectó éste del alta
voz, paxa evitar que los avisos por Sara en
viados, de cuarto en cuarto de hora, des-y
pertaran al anciano. Mirando al cual pensó
el muchacho al poco rato;
— Pobrecillo... ¡E s tan viejo!... ¡Cómo
duerme!... Claro: ha de estar cansadísimo;
y ni siquiera tiene fuerza para roncar
como él lo sabe hacer.
No es extraño que Ripoll no roncara,
pues no dormía aunque lo fingiera. Mal, me
refiero al fingimiento, porque las preocupa
ciones que lo desvelaban no le permitían
echar de ver que, para hacerlo bien, habría
debido simular sus habituales estentóreos
ronquidos.
Tales preocupaciones eran las ya sabidas.
Que no solamente a él, sino a María Pepa
y a Leblonde, los tenían ha tiempo inquie
tos sobre el estado de ánimo y de concien
cia en que iban a encontrar a la desterra
da, y temerosos de la índole de sus actua
les sentimientos. Recelos cada vez mas
punzantes cuanto más se acercaba la inmi
nencia del encuentro; y exacerbados, ade
más, en Don Jaume, por tener con ella gra
ve cuenta personal pendiente, desde que la
sentenció a quedar abandonada en Venus.
Pero si vivos eran los temores del ancia
no, no eran menos inquietantes las zozo
bras de Sara mientras bogando en deman
da del submarino de su hijo, ora apresu
raba la marcha del de ella, para satisfacer
su afán de conocer y abrazar a aquél cuan
to antes pudiere, como acortaba la veloci
dad; por asustarla la incertidumbre de qué
sabría él de la triste historia de su madre...
Pues aun supuesto el más favorable caso
para ella, de que la Capitana, que había
prohijado a Carlos, y los amigos de ésta,
hubiesen tenido la caridad de callarle
las maldades y crímenes de su madre, tal
vez no habrían podido conseguirlo. Porque
aquellos terribles hechos habían tenido por
testigos los numerosos tripulantes y pasa
jeros del motoestelar, y muy principalmen
te los servidores de la Capitana, y Ketty,
la propia doncella de la hoy atribulada
Sara, muy al tanto de los actos y andan
zas de su ama.
Además, ¿habrían, Ripoll y los otros dos
ancianos, querido y podido cumplir la pro
mesa de callar el episodio vergonzoso que,
con tal de guardarlo secreto, le había he
cho a ella preferir, al regreso a la Tierra,
el abandono en aquel mundo de donde aho
ra venían a sacarla?..¿Sabría María Pepa aquel secreto? ¡Qué
vergüenza!... ¿Lo sabría Carlos? ¡Qué ho
rror!
Y ahora, cuando se hallaba a punto de
avistarse con la una y con el otro, hacíase
tremendamente dolorosa para ella, la impo
sibilidad de contestarse estas preguntas;
pues de cuáles fueran las respuestas de
bería depender su actitud en las primeras
entrevistas: Bien para reconquistar la es
timación de su hijo, si éste sabía a qué
atenerse sobre ella, o barruntara algo so
bre su vida pasada; bien para evitar, en
caso de ignorarlo, levantar en su ánimo,
con alguna torpeza, recelos que le hicieran
sospechar algo de lo hasta ahora no sabido.
¡ Qué tormento! ¡ Qué cruel incertidum
bre!— murmuraba la infeliz— . ¿Quién ha
bría de decirme que el acercamiento del
instante de ver por la primera vez a ese
hijo de mi alma, había de traerme estas
espantosas torturas?... Yo, que creía haber
sido ya plenamente castigada con los dolo
res de mi larguísimo destierro, veo ahora
que éste, de hoy, es el mayor de mis casti
gos; pues la idea de que sea vergüenza el
primer sentimiento que me-sobrecoja al
darle el primer beso, me envenena la espe
ranza del goce que me prometía de este an-
EL SECRETO DE SARA
siado momento, y porque el temor de que al
comparar a su madre adoptiva con la ver
dadera...
Sería espantoso. Para ello más valdría
que por siempre me hubiesen dejado aquí.
¿Y ella?... ¿Y Alvaro?... Cuando en los
telegramas solamente se me ha hablado de
la Capitana, de Carlos y del catalán, ha
de ser porque él haya muerto... Pero, muer
te o vivo, ella no puede haber olvidado ni
las traidoras armas, ni los atentados que
yo empleé para disputarle el amor de aquel
hombre; ni menos aun el crimen que, al
perderlo, cometí contra ella, en mi ansia
de venganza...
¡Y nos vamos a ver dentro de unas ho
ras; y es imposible que cuando nos veamos
no tengamos, las dos, llenos los pensamien
tos de aquel hombre; y es fatalmente inevi
table que al mirarme no me recuerde en el
instante, último en que nos vimos, cuando
con un pistoletazo que la tendió a mis pies,
pagué el afán con que ella acudía a salvar
me la vida!
Todo ello hay que afrontarlo delante de
mi hijo, sin saber si mi hijo sabe o no
cómo era su madre; temiendo que de mí se
abochorne, si lo sabe y me ve impenitente,
o arriesgando, si tomo una actitud arrepen
tida que ella le abra los ojos sobre lo que
ignora...
¿Cumplirían aquellos tres ancianos la pa
labra que me dieron al sentenciarme?... ¿Y
aunque la hayan cumplido, no habrán in
discreciones de otros sido causa de que esa
criatura sepa, o llegue a saber, que con mis
maldades di ocasión a que sobre él pese la
ignominia de su nacimiento, por el cual, no
solamente es hijo de una mujer perversa
sino, por culpa de ella, hijo también de un
padre abyecto, hijo de horrendo contuber
nio de maldades y vilezas?............................
Cuando por estos derroteros iban los te
mores de Sara gritó el altavoz de su telé
fono:
— Te veo ya, te veo. Acabo de ver la luz
verde de tu sumergible. ¿Me ves tú?
A l cabo de unos cuantos minutos, muy
7
largos para Carlos, tembló en los auditivos
del casco del muchacho la voz de Sara, con
testando:
— Sí, sí..., también te veo... No te extra
ñen estas interrupciones, hijo mío, pues es
toy... estoy... impresionadísima... Ahora dé
jame pasar adelante, y sígueme hasta que...
hay? mos doblado el cabo. Después, cuando
ya estemos en la ensenada, tú guiarás has
ta que lleguemos al orbimotor.
— Está bien, madre. Pero oye.
— No, hijo, no puedo ahora oír nada...
— Es que...
— No. La navegación costera hasta do
blar la punta Lo, y entrar en la ensenada,
está llena de riesgos, y no puedo distraer
me ni un instante. Paciencia, hijo, pacien
cia. Esta es la última espera, y ya hablare
mos cuando hayamos llegado.
— Abuelo, abuelo... Y a está aquí, ya está
aquí.
— ¿Qué, quién?
— Mi madre, mi madre. Ahora echa por
delante de nosotros. Después nosotros nos
adelantaremos para guiarla hasta el autoplanetoide.
— Dile— contestó Don Jaume muy conmo
vido— que el Sr. Ripoll, que contigo ha que
rido salir a buscarla, está aquí y tiene una
gran alegría al encontrarla. Una gran ale
gría, dilo así.
Y dile también que desde que ella quedó
aquí, durante muchos años, me tuvo opri
mido el corazón el miedo de si habría pere
cido. Hasta que su primer telegrama me
dió la grandísima alegría de saber que vi
vía y posibilidad de venir a buscarla.
— Ahora parece que es a ti a quien ya
no te importa distraerla.
— E s un momento nada más... Pero díselo, hombre, dile que ella ha sido mi cons
tante preocupación durante esos años.
— Contéstale al Sr. Ripoll, que agradez
co en el alma y me conmueve hondamente
su interés— fué la respuesta de la pobre
mujer tan pronto Carlos le transmitió las
palabras del que le había impuesto la pena
que estaba a punto de extinguir.
— ¡Gracias a Dios!— exclamó el anciano,
a quien la efusión de la respuesta recibida
p. recióle claridad alboreante en el sombrío
g
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
nubarrón de sus recelos sobre cuáles serían
los actuales sentimientos de Sara.
__¿Porqué gracias a Dios?— preguntó el
muchacho, sorprendido por el conmovido
tono en que habían sido dadas aquellas gra
„„A
SUBMARINA
E
INTERESANTÍSIMA
CONFE
RENCIA TELEFÓNICA
Por suerte de la Desterrada, o mejor di
cias.
cho porque la Providencia quiso no demo
__Pues claro está— replicó Don Jaume— :
rar la ayuda por aquella deseada hasta la
porque ya estamos ciertos de salvarla.
temida ocasión para la cual la había solici
Mientras así aliviábanse las preocupacio
tado, no resultó verdad aquel “ no hay me
nes del viejo, a su vez, sentía Sara sose
dio” que la desconsolaba; porque de hallar
gársele, no todas, mas si alguna de sus In
lo se encargó Don Jaume.
quietudes. Por pensar que a no haber el as
Quien sintiendo, asimismo, deseo vehe
trónomo y sus viejos amigos guardádole
mentísimo de comunicar con Sara a solas,
aquel doloroso secreto de su vida, no se ex
cuanto antes pudiera, aprovechó la propicia
presaría con la cordialidad testimoniada en
coyuntura que para realizarlo le brindaba
sus recientes palabras, ni habría hecho nue
el tremendo rendimiento de Carlos.
vo viaje a Venus para recoger cual solos
Se recordará que cuando éste salió del
frutos de él volverla a ella a la Tierra cu
autoplanetoide, en busca de su madre, no
bierta de ignominia, y ofrecerle a Carlos,
hacía sino tres horas que había regresado
de quien ya antes había dicho ser el gran
de un crucero submarino de dieciséis, lle
amor de los últimos años de su vida, una
vando por lo tanto más de veinte de no pe
madre de quien hubiera de abochornarse.
gar los ojos. Y eso después de varios días
Si yo pudiese, si yo pudiese hablar con él,
en que sólo unas cinco había dormido en
antes que con mi hijo y con la Capitana, es
cada uno. Desde su salida, con el abuelo,
de creer que, vistos sus actuales sentimien
del orbimotor, hasta que vió la luz verde
tos con respecto a mi, no habría de negarse
del sumergible de Sara transcurrieron otras
a enterarme de cuanto me atormenta no sa
diecisiete, durante las cuales su excitación,
ber antes de esas entrevistas, y que no
y la constante vigilancia que necesitaba
rehusara decirme qué debo callar, qué con
ejercer,
había alejado el sueño de sus pár
fesar, qué temer, qué esperar...
pados. Mas tan pronto como, viendo pasar
Pero será imposible; pues como a la lle
dicho sumergible por delante del suyo, ce
gada al orbi motor tendrán que entrar los
saron sus incertidumbres, aquietáronsele
sumergibles en diferentes casamatas-dárse
las inquietudes y quedó su labor reducida a
nas y el de ellos será el que vaya delante,
la sencilla de gobernar su barco sin aten
ése será el primero que entre. Así que,
der sino a seguir la ruta señalada por el
cuando entrado el mío, y achicada el agua
fanal de popa del que delante navegaba, se
de su casamata, pueda yo salir de él y de
relajó la tensión nerviosa, que hasta enton
ésta al interior del autoplanetoide, es lo
ces había impedido lo venciera el cansan
probable que a la puerta de ella estén ya
cio; y pudiendo ya el sueño más que la toresperándome mi hijo y Ripoll; y con ellos,
taleza del enérgico mozo, resultándole va
tal vez, la Capitana.
nos los esfuerzos, durante un rato hechos,
¡Qué fatalidad! Ese anciano es la única
entre cabezada y cabezada, para luchar con
persona que puede informarme de cuanto
él, convencióse, a la postre, de con cuánta
necesito no ignorar para no caer en torpe
razón calificaba el abuelo de temeraria te
zas peligrosas; y no hay medio, no hay me
nacidad, que podía costar cara, su empeño
dio de hablar con él antes de...
de seguir al timón.
Ea, es inútil darle más vueltas a esto.
Como además pensó que para seguir al
Sea lo que Dios quiera. Que él me ayude
submarino, que iba haciendo de guía, pocas
y me inspire, cuando llegue el trance de
habilidades náuticas bastaban, llamó al me
verme frente a mi hijo y frente a la mujer
cánico que lo acompañaba, para que lo susa quien tan grandes daños hice.
EL SECRETO DE SARA
9
. . . muertos al dar el «auto» la vuelta de campana.
tituyera en el timón. Encargándole mucho
se limitara a gobernar siguiendo la luz ver
de, y encareciendo a Ripoll y a él no lo de
jaran dormir más de cuatro horas. Porque
quería volver a tomar nuevamente a su
cargo la derrota antes de entrar en la en
senada, dentro de la cual había él de guiar
al submarino de su madre.
— Pero además abuelo, y usted, Enri
que— dijo al tenderse en el sofá-cama— , no
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
dejen de despertarme antes, si cualquier
dificul...
El resto de la frase hubieron de suplirlo
los que la escuchaban; pues antes de aca
barla quedóse dormido como un leño el que
incompleta la dejaba.
*
**
Pasó un cuarto de hora durante el cual
no cesó el avispado viejo de dar vueltas y
vueltas a una idea que, aun más que al pen
samiento, habíasele aferrado al corazón,
desde que vió dormido al nieto. Y no puesta
por obra incontinenti por detenerle dos di
ficultades: una, que para ello le estorbaba
el mecánico, como testigo inoportuno; otra,
recelo de que despertando Carlos lo sor
prendiera durante la realización de ella.
— Con lo rendido que está no es fácil se
despierte— argumentaba mentalmente el de
seo del anciano— . Mas sin embargo no es
tará de más...
Sí, sí— pensó, y acercándose a la litera
donde dormía Carlos, y sin perder de vista
a éste, dijo en voz muy fuerte, completa
mente innecesaria para ser oída del mecá
nico que estaba a cuatro pasos de distancia.
— Enrique, Enrique.
— ¿Qué quiere usted, Sr. Ripoll?... Pero
no chille tanto, que va a despertar a Don
Carlos.
— Verdad... Es que me había asustado,
porque no veía el fanal del sumergible de
Místress Haig, y pensé que perdía usted el
rumbo.
— No hay cuidado, porque yo no he deja
do de verlo ni un momento.
— Y yo también lo veo ahora... Sin duda
fué alguna rápida guiñada de ese barco, o
del nuestro, que momentáneamente...
— Yo no he advertido nada.
— Mejor, mejor... (Por Carlos no hay cui
dado— dijo el astrónomo para su coleto—
duerme como una marmota, no ha hecho ni
el más leve estremecimiento, y creo que
aunque a su lado disparasen un cañón, tam
poco lo oiría... Además, no hablando alto, y
no perdiéndolo de vista... Pero todavía que
da el estorbo de este pasmarota... ¡Qué
idea!)... Oiga, Enrique. ¿Habla usted in
gles?
— Ni jota.
_Me alegro, hombre, me alegro.
' _¿Porqué? Don Jaume.
_Porque así podré aprovechar el tiempo,
dando a Mistress Haig noticias, para ella
muy interesantes, de personas de su fami
lia, de quienes nada sabe desde hace veinte
años, y que ha de estar ansiosa de tener.
Pero que, siendo de índole reservada, seria
indiscreto en mí enterar a usted de ellas.
Además, que a la pobre ha de serle grato,
después de sus muchos años de destierro,
oír su idioma nativo.
— Pues por mí no hay cuidado. Lo único
que de inglés entiendo es yes y jau du
yu du.
— Verdad que no es mucho. Pues, en
tonces, voy a llamarla.
A l decir esto movió Don Jaume el con
mutador, que hacía pasar la corriente del
altavoz radiofónico a los auditivos del casco
receptor que se había puesto en cuanto es
tuvo seguro de que el mecánico no entendía
el inglés. Hecho esto se acercó de nuevo a
Carlos, a quien tocó y hasta zarandeó, aun
cuando no muy fuerte; y ya tranquilo, de
ser el sueño del muchacho profundísimo,
se sentó delante del micrófono transmisor,
y con temblorosa mano y el corazón saltán
dole en el pecho lanzó la llamada a comuni
car. Contestada casi inmediatamente con
un “Aquí estoy, hijo mío” .
A l oír esta respuesta le creció aun más
al viejo la emoción, y con voz trémula dijo
en el micrófono:
— Y am not your son, but Mister Ripoll,
who is craving for your pardon. (No soy
vuestro hijo, sino el señor Ripoll que ansia
obtener vuestro perdón.) You ought speek
english. (Debe usted hablar en inglés.)
— ¡Qué alegría, qué alegría!— contestó
Sara en tal idioma— . En este instante mi
mayor preocupación era no poder hablar
con usted antes de desembarcar en el pla
netoide... ¿Pero no está ahí mi hijo? ¿No
nos oye?... ¿Es que no habla inglés?... ¿Es
que sabe él que yo tengo algo que perdonar
a usted?
— Después de cuarenta horas en ve.’a,
KL SECRETO DE SARA
duerme como una piedra, y no hay miedo
nos oiga... Pero, ¡por Dios!, contésteme.
¿Es que para perdonarme el daño que he
hecho a usted no le basta saber que repa
rarlo, aun cuando sea más tarde de lo que
yo deseaba, pero tan pronto como pude, y
que pedir ese perdón son los anhelos que
me han impulsado a organizar y a acome
ter este nuevo viaje?... ¿No me contesta us
ted? ¿Es que no quiere perdonarme?
— No, no es eso; sino que... ¡Estoy tan
perturbada!... Es tan extraño, tan provi
dencial, que usted me haya llamado, preci
samente cuando yo...
— Entonces no es que usted me niegue...
— No, señor: está u stel perdonado.
— ¡Gracias, gracias!... ¡Dios se lo pa
gue!... ¿Pero es de verdad?... ¿De cora
zón?... ¿Será posible?... Me parecía tan di
fícil que usted...
— Lo comprendo— replicó tristemente Mistress Haig— . Comprendo desconfiara usted
si se acordaba de aquella Sara que cono
ció.
— No, de ningún modo: no he querido de
cir eso. Perdone si...
— No se esfuerce, ni se acuite. Sería muy
natural, en quien no sabe que los grandísi
mos dolores que he padecido...
— Perdón, perdón.
— ... desde que aquí me abandonaron us
tedes...
— Perdón, perdón: bien lo he llorado.
— Pues no lo llore más. Porque mis padeceres físicos y las morales torturas de mi
corazón, fueron medida, para mí, de los
daños que a otros causaron mis maldades,
de usted bien conocidas.
— Por Dios le juro que no ha sido mi
intento recordarle... No, no.
— Le creo; no se esfuerce. Pero usted no
podía menos de acordarse. Y acordándose
es lógico no creyera posible que aquella
mujer fuera capaz de perdonar.
— No, yo no he dicho eso. Yo sólo sé que
ansia de alcanzar ese perdón es la cons
tante obsesión de mi vida desde hace mu
chos años, en los que mi arrepentimiento
del abuso de fuerza que con usted cometi
mos...
— No se arrepienta, porque, gracias a él,
II
el dolor me ha enseñado, ya se lo he dicho
antes, el camino del perdón; el dolor ha
trocado aquella criminal mujer, abandona
da aquí, en esta madre que, a punto de co
nocer a su hijo, querría, aun a costa de su
sangre, poder borrar, para que a él no lo
manche, mi triste historia de maldades.
— Gracias, ¡Dios mío!, gracias... No le
extrañe que llore- Soy ya muy viejo, mu
cho, y mi alegría y mi emoción, más fuer
tes que yo, reventarían mi corazón si no
lo desahogaran estas lágrimas... Gracias,
gracias-
— ¿Qué le pasa, don Jaume?— preguntó
el mecánico, al ver al viejo llorar como un
chiquillo.
—r-Nada, Enrique, nada.. Es decir, sí...
Quiero decir que... que esa infeliz señora
me está contando los terribles padecimien
tos que ha sufrido en su destierro, sus es
pantosas aventuras, los peligros que... Y es
tan conmovedor oirle todo eso...
— Va, ya... ¡Pobre señora!
— Señor Kipoll. Señor Ripoll— decía al
mismo tiempo el auricular al oído del cata
lán— . ¿Qué le ocurre? ¿No me oye?... ¿Será
que se haya retirado del teléfono antes de
que...?
,
— No, no pase cuidado, Mistress Haig. No
me he retirado, sino que...
— Entonces, déjeme hablar a m í; pues no
quiero perder tiempo. Me atormenta la du
da de si alguien, además de usted y los se
ñores Haupft y Fognino, ha llegado a co
nocer el secreto que los tres me juraron
guardar.
— Nadie.
— ¿Ni la Capitana?
— Ni ella.
— ¿Ni mi... ni su marido?
— Ni él. Además, Alvaro murió hace mu
chos años. Y hoy, muertos también mis dos
amigos, sólo usted y yo conocemos aquel
secreto que los tres le juramos guardar.
— ¡Qué alegría, qué alegría!
— Yo no habría hablado de eso a no ha
berlo usted hecho. Olvídelo, olvídelo.
— Gracias, gracias... Y mi hijo, mi hijo,
¿qué es lo que sabe de la vida de su madre?
Í2
BIBLIOTECA NOYELESCO-CIEXTIEICA
blarle de su hijo, fué porque aquél no pudo
¿Conoce mi... mis... la naturaleza de los la
sobreponerse por más tiempo a su cansan
zos que me unieron con Alvaro? ¿Sabe algo
cio. Y cuando éste lo rindió, conectó nueva
de mis rivalidades con la Capitana, de mis
mente la línea telefónica con el altavoz; y
atentados contra ella, contra todos ustedes?
acariciado por la dulce convicción de estar
— Nada. Todos los tenía ella perdonados.
— Gracias, gracias.
ya perdonado, se durmió en su butaca ha
— Ademas, aun cuando así no hubiese
ciendo dúo a Carlos.
No sin antes dar gracias a Dios, desde
sido, no es mujer Pepeta, ni yo hombre ca
paces de amargar la vida del pobre Carlos,
el fondo de su alma, por la paz con que,
en quien hemos cifrado la alegría de las
tranquilamente, podía ya aguardar le lle
nuestras, haciéndole saber penosas cosas de
gara la muerte.
las que es inocente, y de las que nosotros
queríamos olvidarnos al mirarlo.
*
**
— Dios se lo pague. Mas si no certeza,
¿no tendrá ese niño sospechas...
— Ninguna. Y ahora óigame. Hasta que
Dos horas y media llevaban roncando en
él se despierte ha de pasar tiempo, que me
competencia el nieto y el abuelo, que ahora
permitirá enterarla de cómo ha sido edu sí que roncaba, cuando el mecánico, que lle
cado, y de que solamente sabe de usted
vaba el timón, gritó:
lo bueno que de su inteligencia, su valor,
— Don Carlos. Señor Itipolidespiértense,
su saber y su belleza hemos podido decirle.
que llaman del otro sumergible...
— Culpa mía fué, y caridad de ustedes,
— ¡Qué, qué!
que.sólo de eso hayan podido hablarle bien.
— Esa señora avisa que ya hemos venci
Pero empiece, empiece y dígame cómo es
do la punta Lo.
mi hijo; cuénteme cómo ha sido criado...
— ¡Ah! ¿Sí? Carlos, Carlos.
— Allá voy. Pero si él, a quien no pierdo
— Don Carlos. Don Carlos.
de vista, despertare callaré inmediatamen
— Carletes, hijo... ¡Qué atrocidad! ¡Qué
te. Ya lo sabe usted. Así que si interrumpo
sueño!... Va a ser preciso darle una paliza.
la comunicación, no pregunte nada y aguar
— ¿No me contestan? ¿No me oyen?
de a que él o yo hablemos otra vez.
— Sí señora. Pero tenga paciencia, hasta
No hemos de transcribir aquí el relato,
que consigamos despertar al Señorito.
que entonces comenzó Don Jaume, y en el
Pero Carlos, Carlos, que tu madre
cual invirtió más de una hora, de cómo Ma
avisa...
ría Pepa crió, educó e instruyó al hijo de
— ¿Mi madre?... ¿Qué?
su mortal enemiga Sara, haciendo de él lo
— Que ya tienes tú que hacerte cargo de
que era y parecía al amantísimo abuelo pe
la derrota. »
gadizo. Pues todo ello se lo tiene ya Ignotus
¿De la derrota?... ¡Ah, sí! Pero no veo
dicho a sus lectores, desde que en la “ Pro
la necesidad de decírmelo a trastazos.
fecía de Don Jaume” les presentó al sim
Pues yo sí.. Porque, a no ser por ellos,
pático mozo.
no te habrías despertado.
De cómo el narrador desenvolvió tema
— ¿ Y qué dices que...?
que tenía por actores a Pepeta y a Carlos,
— ¿Pero no te has enterado todavía?...
y de la impresión en la desterrada produ
Que tu madre avisa que estamos en la en- cida por cuanto iba oyendo a aquél, tampo
senada y que ya tienes que volver al timón.
co es necesario decir nada; pues los ante
— Ya, ya.
cedentes ya conocidos de los conversantes
Dió un salto el muchacho, agarró el mi
bastarán a que sin riesgo de equivocaciones
crófono y dijo:
sea adivinado lo uno y lo otro.
Perdona madre. Estaba dormido. Voy
Terminada la conferencia, que acabó
a llamar al orbimotor, y cuando me con
antes de lo apetecido por el deseo de Sara,
teste, y en el radiogoniómetro vea el rumbo
ansiosa de que el anciano no dejara de ha
en que está, a él pondré el mío, adelantan-
13
EL SECRETO DE SARA
dome a tu barco para que tú me sigas C¡).
Diez minutos después, ya realizado cuan
to el muchacho dijo, enfiló éste al autoplanetoide la proa de su sumergible, en pos
del cual seguía el de Sara.
A i cabo de cinco horas, pues el hijo de
la desterrada forzaba la marcha del sub
marino .cuanto le era posible, fué percibido,
al frente, en el seno de las aguas, cual te
nue claridad lechosa, el resplandor de la
luz interna de la parte baja del motoplaneta, sumergida en el mar. En tanto el he
misferio superior sobresalía por encima de
las olas.
— Y a llegamos, madre, ya llegamos— dijo
Carlos por el teléfono— . La mancha blan
quecina que por la proa tenemos es la de la
luz del autoplanetoide. Dentro de unos
cuantos minutos estaremos allí... Cuando
me veas llegar a él, para el motor, y fíjate,
para repetirla después con tu sumergible,
en la maniobra que yo haga para meter el
mío en una de dos voladizas galerías cerra
das que verás en la parte inferior del orbimotor. Para reconocerlas ten en cuenta...
— No necesito más explicaciones, hijo
mío. Recuerdo perfectamente esas casama
tas, y conozco las maniobras necesarias pa
ra entrar en ellas.
— Verdad, verdad. Se me olvidaba...
— Que antes que en él nacieras tú, cono
cía yo bien el autoplanetoide. No necesitas,
pues, decirme más; pues en cuanto vea en
cuál vas tú a meterte enfilaré mi barco a
la otra casamata.
— Ya, madre, ya. Voy a la de la derecha.
Ve tú a la de la izquierda.
(1) Sabido es que el organismo esencial de un
aparato telegráfico, para poder llamarlo railiogonómetro, es la antena cerrada llamada de cua
dro, y susceptible de girar a impulsos leves, al
llegar a la cual las ondas irradiadas por las esta
ciones emisoras actúan sobre ella con (.cción di
rectora, semejante a la que entre sí ejercen dos
corrientes eléctricas, circulantes por circuitos mó
viles situados a proximidad unos de otros, o a la
que los imanes ejercen sobre los mismos circuitos.
Por efecto de dichas acciones el bastidor ligero
donde la antena giratoria va arrollado, colócase
a la llegada de cada radiograma en dirección
iii
EL RETORNO DE LA DESTERRADA
Quienes hayan leído el libro “ El Mundo
Venusiano” conocen, como Sara, las ma
niobras que ésta no había menester le fue
ran explicadas. A quienes no estén en su
caso les diré, someramente, que las tales
casamatas eran unas cámaras saledizas ne
la externa superficie esférica del avisidéreo,
a modo de los volados miradores de crista
les de algunos edificios, y con cabida su
ficiente para que con holgura pudieran al
bergar a los sumergibles en ellas transpor
tados, en tanto no fuera necesario salir a
navegar en ellos.
Sendas compuertas solidísimas, en pare
des adyacentes de las casamatas, abrían, si
levantadas, o cerraban, si caídas, las res
pectivas comunicaciones de aquéllas: con el
mar por un lado, y por el otro con el inte
rior del novimundo.
Cuando a la cercanía de éste llegaban los
sumergibles, retornantes a él después de un
viaje de poco más de un día uno, y de au
sencia de diecinueve años otro, hallábanse
neumática y herméticamente cerradas las
compuertas interiores, y abiertas las de
acceso al mar, cuyas aguas llenaban las
dos cámaras-dársenas hasta los techos de
ellas. Gracias a esto pudieron, Carlos pri
mero, y cinco minutos después Sara, enhe
brar sus barcos en ellas donde quedaron
flotando.
Una vez percatados de haberse logrado
esto, quienes dentro del orbimotor estaban
encargados de la maniobra de las compuer
tas, cerraron, mediante mando eléctrico, las
exteriores, y en seguida pusieron en acti
vidad las potentes bombas de achique, que
afuera echaron el agua donde flotaban los
perpendicular a la que en sus viajes, desde las es
taciones transmisoras a la receptora, traen las
ondas portadoras de é l ; y asi delata los rumbos
a que, en cada caso, están aquellas estaciones
con respecto a ésta.
Basta con lo anterior a llenar el objeto de la
presente nota. Pero quien quiera saber más por
menores y curiosidades del radiogonóinetro, su
funcionamiento y sus aplicaciones puede hallar
todo vulgarmente explicado en diversas novelas
de esta biblioteca; y muy señaladamente en la
titulada “ Policía Telegráfica".
14
BIBLIOTECA NOVELES C O -C IE N T lP léA
sumergibles. Con lo cual descendieren pau
latinamente éstos, hasta quedar descansan
do en gradas al efecto dispuestas en' los pi
sos de sus marítimos garajes.
Una vez en seco el de Carlos, entre éste
y el mecánico abrieron su escotilla, por la
cual salieron ellos y Don Jaume a la casa
mata, mientras desde lo interior del novimundo abrían la puerta de entrada a éste.
Al otro lado de la cual aguardaban A ris
tides y la Capitana; y solamente ellos, por
que, aun de no estar agobiada María Fepa
por su reciente e inesperada pena, que no
le permitía pensar en avisar a nadie, para
que acudiera a recibir a la desterrada, es
probable no hubiese creído conveniente que
aquella primera entrevista, de las dos an
tiguas enemigas, tuviera por testigos sino
a quienes inevita demente tenían que pre
senciarla.
— Mamá, mamá, ahí viene— exclamó Car
los, al trasponer la puerta, abrazándose a
su madre adoptiva— . Gracias a ti y gra
cias al abuelo. Dios os lo pague. Dios os lo
pague.
— Que sea muy enhorabuena, hijo mío—
contestó ella afectuosamente; pero sin ale
gría que le impedían sintiera, no sólo sus
temores añejos sobre la que llegaba, sino
la tristeza causada por recelos rayanos en
certeza de la amenaza que se cernía sobre
la dicha del pobre mozo, a quien veía más
alegre que nunca, y de la angelical criatu
ra de cuya cabecera acababa de apartarse,
y adonde vivamente deseaba retornar lo
más pronto posible.
Pero tal era el júbilo de Carlos, tal lo ce
gaba su impaciencia de abrazar a su otra
madre, que sin echar de ver la tristeza de
María Pepa, se desprendió de sus brazos y
echó a correr gritando:
— Vamos, vamos a recibirla. Ya ha de
haber entrado en la otra casamata. Venid,
venid corriendo.
— Vamos allá— dijo María Pepa, ponién
dose muy pálida, haciendo un gran esfuer
zo y agregando:
Y pues que Dios la trae, creamos que
será para bien.
— Sí Pepeta, para bien es— le dijo, por lo
bajo Ripoll, entrando en pos de Carlos,
pero no al mismo paso.
— Dios te oiga.
— Ya me ha oido. Lo sé porque he ha
blado con ella.
__¡Que han hablado ustedes!... ¿Pero
cuándo? ¿Como es posible...
— Si, Leblonde: lo ha sido con ej radio
teléfono. Hamos hablado de todo lo pasado.
Es otra, otra de la que dejamos. Vuelve
arrepentida, completamente arrepentida.
— ¿De veras? ¿Estás cierto?
— En absoluto, Pepeta; por completo.
— Dios sea loado... ¿Pero si habéis habla
do de aquellos tiempos y de aquellas cosas
Carlos se habrá enterado de cuanto le he
mos ocultado.
__De nada. Porque dormía como una pie
dra.
— Ya... ¿ Y dices...
— Y a te lo contaré con calma. Mas por
lo pronto lo interesante es que los sufri
mientos de esa desgraciada la han regene
rado totalmente, que hoy es otra mujer,
que nada hay ya que temer de ella.
— Mucho me alegraré.
— Pues alégrese, Arístides; porque estoy
cierto de ello.
-—Mas solamente por haberla oído. Y co
mo tantas veces nos engañó, no extrañará
usted que yo...
— Pues sí extraño; porque esta vez no
engaña. Respondo de ella. Y no habiéndola
oído, como yo, no tiene usted motivo para
negar...
— No, Don Jaume, no niego; pero para
afirmar aguardo a ver sus obras.
— Dejen ustedes eso ahora, y vamos allá—
dijo la Capitana— . De seguir discutiendo
inútilmente llegaremos tarde. Y a ella y a
Carlos les parecerá muy extraña la tar
danza.
t
*
I
**
María Pepa, el abuelo y Leblonde llega
ron delante de la compuerta interior de la
casamata donde poco antes había entrado
el sumergible de Sara, frente a la cual, e
impacientísimo, aguardaba Carlos que las
bombas dieran los últimos golpes que ha-
EL SECRETO DE SARA
15
cho p roferir, casi a gritos, las palabras re
bian de dejar a aquél completamente en
cién trascritas, con que los expresaban, im
seco. Cuando así lo vió, puso, por sí mis
presionaron aun al mismo A rístides; que, a
mo, en acción el mecanismo que levantaba
despecho de sus prevenciones, se pasaba >a
dicha compuerta, y cuando ésta, ascendien
mano por los párpados. Mientras Ripoll llo
do lentamente, no daba paso todavía a
raba como un chicuelo, y por las mejillas
hombre de su estatura, no pudo contener
de M aría Pepa resbalaban no copiosas, pero
por más tiempo su impaciencia; y encor
gruesas lágrimas. H ijas, no solamente de
vándose y gritando “ madre, m adre” , se
emoción provocada por la tierna escena que
precipitó, por debajo de ella, a abrazar a
estaba presenciando, sino por una idea en
Sara, que estaba al otro lado; y que al
la que su nobleza no ponía ni un átomo
sentirse entre sus brazos, exclamó: “ ¡H ijo
de
envidia a los besos por Carlos prometi
mío, hijo de mi a lm a !” , ciñó los suyos al
dos a la recuperada madre verdadera; más
cuerpo de Carlos, y cubrió de apasionados
que la dura realidad del conflicto sólo de
besos y de lágrimas el rostro del mucha
ella y Luisa conocido, formulaba en estos
cho. Que con besos y lágrim as la corres
términos, acerbos para la adoptiva: Cuan
pondía.
do yo tenga que quitársela, y con ella la
— H ijo, hijo mío.
felicidad; cuando le diga que es su herma
— Madre, mi madre; ¡pobre madre!
na, ¿no maldecirán, él y ella, el día en que
— No, pobre, n o : dichosa, felicísima, i juel padre de los dos se apartó de esa mujer
jo, mi hijo!... A l fin, al fin puedo llam arte
para casarse conmigo?... ¿Qué pesarán, jun
mío.
to a estos besos, de hoy, de la madre ver
— Sí, al fin, al fin.
dadera, los que le daba ayer la madre pe
— Más, más: besarte más, hijo de mi
gadiza, que al inspirar a AJvaro el amor
alma.
que lo separó de Sara, y del cual nació Lu i
— Sí, sí: tampoco yo me canso de be
sa, hizo imposible la dicha, que de ésta es
sarte... T e besaré hasta que te haya dado
liera ese pobre hijo?...
todos los besos de todos los años de mi
Tales eran las cavilaciones de M aría Pe
vida en los que no te di ninguno.
pa
cuando, sin pensar sino el uno en el otro,
— H ijo, mi hijo... Pero aparta un momen
sacaba de la casamata Sara a Carlos. Quien
to: tan cerca no te veo, y quiero verte; ten
al ver a aquélla, sintió henchírsele más to
go hambre de mirarte... ¡Qué hermoso eres,
davía de lo que ya lo estaba el corazón; y
qué hermoso!
que en él le cabían ampliamente los amores
— Tú sí que eres hermosa, madre mía—
a sus dos madres, a quienes sucesivamente
replicó Carlos admirando entusiasmado a
dijo:
la hermosa y gallardísim a mujer, que bor
— Mamá Pepa, aquí está. Aguarda, ma
deando el ocaso de su belleza no había
dre, aguarda, ya me verás después. Ahora
caído todavía en él. N o obstante sus cua
ven, ven a ver a la que mientras no te tuve
renta y tantos años, que aun habiendo
fué mi única madre; a la que me ha de
trocado en blanca nieve su rubia cabellera
vuelto la que tenía perdida; a la que a tus
de antaño no habían quitado su frescura a
brazos me ha traído.
la tez ni gentileza al cuerpo.
— ¡Qué hermosura de h ijo ! ¡Qué felici
dad, qué felicidad! ¡Qué gloria de hijo!...
Casi al mismo tiempo que Carlos vió Sa
Pero qué oscuro está esto. Ven, ven allí,
ra a M aría Pepa, y a aquélla ésta. Las dos
quiero verte mejor.
tenían llenos los pensamientos y las almas
A l decir esto arrastraba a Carlos fuera
de dichas una y de penas otra, en ambas
de la casamata, frente a la puerta de la
nacidas de sus amores a aquel hijo de las
cual, y a cuatro pasos de ella, los aguarda
dos. que con tal fuego les hablaba. Y sin
ban conmovidísimos la Capitana, Ripoll y
embargo, y a despecho de la vehemencia y
Leblonde. Pues la vehemencia de los senti
la ternura de las palabra? que le estaban
mientos que a madre e hijo les habían ae
16
B IB LIO TE C A NOYELESCO-C1 E N T I FICA
oyendo, las dos perdieron la conciencia del
actual instante y se olvidaron, aun cuando
sólo fuera fugazmente, de aquel común ob
jeto de sus amores. Pues era inevitable que
al hallarse de nuevo cara a cara, aquellas
dos mujeres, en las mentes de ambas re
surgiera el recuerdo del otro hombre, muer
to ya, cuyo cariño llenó completamente vida
y corazón de M aría Pepa, que fué el origen
de las mayores penas, de las más puras ale
grías, de los más abnegados sacrificios, de
ella; y cuyo abandono encendió en la orgullosa Sara, el envidioso y feroz odio que
la empujó a sus crímenes contra la rival
afortunada.
N o es pues extraño que, al mirarse una
a otra, se alzara entre ellas la imagen de
Alvaro, no por irreal para sus ojos menos
impresionante para los corazones; y 'pie
las dos la vieran a la par que una a otra
se miraban, recordándose cual por última
vez habíanse visto diecinueve años antes: la
Capitana a Sara con la pistola humeante en
la mano, y ésta a la Capitana desplomán
dose con el pecho atravesado por las dos
balas que ella le disparara.
L a hondísima impresión que, al verse,
sintieron las empalideció a punto de asun
tar a Carlos, que les preguntó:
— ¿Qué te pasa? ¿Qué os pasa?
Ninguna contestó, pues ninguna le oía, y
siguieron mirándose: Sara con expresión de
angustia nacida de temor de que la otra la
estuviese recordando en la ocasión terrible
evocada en los recuerdos de ambas; M aría
Pepa dejando ver, en su mirada, el terror
de aquel recuerdo y la amargura de pensar
que la m ujer que su imaginación veía em
puñando el arm a con que quiso asesinarla
era la madre de su Carlos. Idea, esta últi
ma, tan hondamente turbadora que hizo le
flaquearan las piernas, y asirse para no
caerse al brazo de Leblonde.
Y sin embargo no podía apartar les ojos
de la recién llegada, que ésta veía se clava
ban en ella con fijeza que no pudo soportar.
A l desviar los suyos, tropezó sucesiva
mente la Desterrada con la mirada de Ripoll, plena de confianza, rebosante de agra
decimiento, por el perdón de ella recibido,
y con la de Leblonde. Quien, al sentir a
M aría Tepa buscar apoyo en él, se dio cuen
ta del temor por ésta experimentado, y sin
tió renacer todas sus prevenciones. Claiumente trasparentadas en el duro gesto, que
en su rostro vió Sara.
^
“ Los dos, los dos desconfían de mi , pen
só la infeliz que sin transición pasaba de
la inmensa alegría gozada un momento
antes, a la desconsolada amargura de reco
nocer que, para ju zgar como aquellas mira
das decían a quien, como ella, sólo era co
nocida de uno y otra por sus aviesos sen
timientos y por sus malas obras de antano,
tenían razón los desconfiantes.
Aun cuando todo lo reseñado, cual pro
ceso de remembranzas, sentires y recelos de
las dos mujeres, fué sumamente rápido,
pues el pensamiento vuela lo que no corren
ni pluma ni palabra, todavía le dió tiempo
a Carlos de volver a preguntar:
— ¿Pero qué os pasa?
A lo cual, viendo que ellas no podían con
testar, contestó Leblonde:
— La impresión, Carlos, la impresión, que
es natural sientan las dos al volver a verse,
después de haberse separado en las azaro
sas circunstancias que fueron causa de que
Mistress H aig no regresara con nosotros
a la Tierra... No seas impaciente y déjalas
que se repongan de su lógica emoción.
— Sí, sí— contestó el muchacho— . Tienes
razón.
Pasaron unos instantes, por M aría Pepa
aprovechados para sobreponerse a su fla
queza y durante los cuales meditaba Sara
que, al referirse a ella, no había Leblonde
dicho tu madre, sino Mistress Haig, cual
si le repugnara darle tal nombre. Y vien
do en ello nueva muestra de la desconfian
za que palpaba, y punzante acicate que la
impulsaba a hacer por sí cuanto pudiera
para desvanecerla rápidamente, se resolvió
a no perder minuto en su propósito. Que
realizó avanzando .hacia la Capitana, arro
dillándose ante ella, y diciendo al hacerlo:
— Gracias, gracias.
— ¡Levántese, señora! ¡P o r Dios, leván
tese!
— N o : las gracias que estoy dando se las
17
EL SECRETO DE SARA
doy a Dios. Por eso me arrodillo ante us
ted, que es la mano con que Dios me salva;
y que sin atender a nada, a nada, sino a
su compasión, ha querido tendérmela. Gra
cias.
— Pues ya dadas a Dios, no puedo con■sentir que ni un instante más continúe
arrodillada.
Obedeciendo a tal requerimiento, levan
tóse Sara, agarrándose con ambas manos a
las de María Pepa que, reforzando aquel
requerimiento, se tendían hacia ella.
Y recibiendo, cual respuesta a su elo
cuente modo de apretarlas, otra presión Je
manos de su antigua rival, levantó los ojos
en busca de los de ésta, viendo en ellos in
deciso mirar, en donde la simpática emo
ción, despertada por las efusivas gracias
recibidas, luchaba todavía con la balumba
de recuerdos horribles de lejanos años.
IV
UN VALIENTE ARREPENTIMIENTO
Carlos, que no vió, claro es, en la prostemaeión de su madre verdadera ante la
adoptiva, sino la efusiva cordialidad de
su agradecimiento, interpretó como era ló
gico, aquel “ sin acordarse de nada, de nada,
sino de su compasión” cual modo de ex
presar tal gratitud robustecida por su co
nocimiento de que ni incomodidades, ni pe
ligros, habían detenido a la Capitana. Pero
ésta, Ripoll y Leblonde comprendieron que
otro era el alcance dado por Sara a sus
palabras, para que en aquellos nada en
tendieran ellos “ sin acordarse de todo lo
que contra usted hice” .
En cuanto a la pobre desterrada, dolióle
no haber logrado, con su actitud ni sus pa
labras, acabar de una vez con la perplejidad
de María Pepa, y todavía más la sospecna
de que acaso sus propias culpas de otros
tiempos harían imposible que ésta creyera
nunca plenamente en la sinceridad de su
arrepentimiento. Y tal le apretó el corazón
este recelo, que el dolor de él se le asomó
a la cara en un gesto de amarga decepción:
r .L SEC R ETO D E SA R A
tan elocuente que hizo perceptible el dolor
de ella a cuantos la miraban.
— ¿Te pones mala?—le preguntó Carlos.
— ¿Qué tiene usted?—dijo Ripoll.
— Nada— repuso ella rehaciéndose— : una
punzada que pasará en seguida.—Y apo
yándose, no en Carlos, sino en Don Jaume,
y aprestándose a no perder memento en dar
la batalla decisiva a la ya vacilante des
confianza de María Pepa, agregó:— Sí, en
seguida, hijo mío. No pases cuidado. Pero
menos tardaría en reponerme si pudieras
traerme un p c .j de éter.
— Ahora mismo— contestó él, saliendo co
mo una saeta camino de la farmacia del
orbi motor.
*
* *
— No necesito éter—dijo resueltamente
Sara, en cuanto estuvo cierta de no ser ya
oída por Carlos—sino alejar a esa criatura
para poder decir a usted, sin que al oírme
lo le duela a él saber quién fué su madre,
que al arrodillarme lo hice arrepentida an
tes que agradecida. Que ante Dios me había
ya arrodillado hace ya muchbs años, y que
ahora era a usted a quien de rodillas pedía
yo perdón.
— La tengo perdonada desde hace mucho
tiempo.
— Lo sé, ya me lo dijo usted en día que
no puede olvidárseme... Y el recuerdo de
ello ha sido una de las grandes causas de
la regeneración de la mujer que usted re
cuerda impenitente e incapaz de pedirlo ni
agradecerlo, en esta arrepentida que sin él
no podrá vivir en paz cop su conciencia, ni
(, eerse digna de gozar de ese hijo a quien
U;v íd, olvidándose de quien había nacido,
haVservido de madre cariñosa, y ocultádole caritativamente las lacras de la suya.
Lo sé por el Señor Ripoll. Y aun sin eso,
me lo habrían hecho ver los cariñosos be
sos de mi hijo, que no me habría besado
con la efusión que ha puesto en ellos, a no
haberle usted enseñado a respetar y a amar
a esta infeliz madre, indigna ayer de su
respeto y de su amor; pero merecedora hoy
de compasión, merecedora de que se crea en
la sinceridad de los dolores que le causa
2
BIBLIOTECA NOVE LES CO-CIENTIFICA
18
haber sido cual fué, el recuerdo del daño
que hizo a usted, de los que a todos uste
des quiso hacer.
__ Señora: tan conmovida, tan trastorna
da estoy,que no sé contestarle sino con es
tas lágrimas que me ha arrancado usted.»
— Ni necesito más: ellas son la mejor res
puesta que yo podía desear, pues me pare
ce que ellas van lavando mis crímenes
— N o: esos fueron lavados antes con su
arrepentimiento noble y espontáneamente
declarado. Para estar cierta de la sinceri
dad de él me basta verla abrazarse valien
temente a esta humillación que usted mis
ma se impone y lo redime todo. Y en prue
ba de que ya no dudo, ahí está mi mano...
No, no la bese; estréchela segura de que
todo está olvidado.
El deseo de consolar a aquella desdicha
da hacia mentir a María Pepa; pues su
primer impulso fué abrirle los brazos, y no
pudo. No ciertamente porque su cristiana
caridad fuese incapaz de recibir en ellos a
la antigua enemiga, ni porque lo estorbara
el recuerdo de los daños que le había cau
sado, y ella quería olvidar; sino por acor
darse de Alvaro, y no poder vencerse a
abrazar a mujer que por éste había sido
abrazada. Y esto no, no podía olvidarlo.
Cuando las dos separaron las manos que
acababan de darse, resplandecía de júbilo
el rostro de Sara, no obstante estar inun
dado de llanto. Que también asomaba a los
ojos de María Pepa, de Don Jaume, y has
ta en los de I-eblonde, rendido al cabo a la
conmovedora y vibrante confesión que aca
baba de oír.
La emoción producida por aquel apretón
de manos, en las reconciliadas rivales, y en
quienes lo presenciaron, no permitió a unas
ni a otros decir palabra en uno o dos mi
nutos. Dando lugar, antes de que ninguno
volviera a hablar, a que Carlos regresara
y corriendo a su madre le dijese:
— Toma, toma.
.— No es necesario ya. Estoy completa
mente bien...
— Mejor, mejor... ¿Pero, estáis llorando
todos?
— Sí, hijo, todos— contestó Arístides, por
ser él quien primero logró sobreponerse a
su impresión— . "i a lo ves.
— ¿Pero qué ocurre?
— Nada malo. Al contrario. Que tus dos.
madres han hablado de ti, diciendo tales
cosas, y tan conmovedoras, míe a todos se
nos está haciendo agua el corazón. Y con
tal abundancia que rebosa en los ojos.
__ Siento no haberlas oído.
__Y a te las contarán.
__Pero, ¿de veras estás bien?... ¿Comple
tamente buena?
— Del todo, hijo, del todo.
__Pues a la 'porra el éter— dijo el chico
alegremente, tirando el frasco que traía.
__¡U f! Vaya un perfume con que nos ob
seq u ia s-d ijo Leblonde al derramarse el
volátil líquido, y darle en la nariz la tufa
rada de él.
— ¡C alla!— dijo de pronto Carlos— . ¿Y
Luisa? ¿Cómo no ha venido contigo, mamá
Pepa?
La pregunta fué un escopetazo para la
interrogada. Que esforzándose en disimular
su sobresalto contestó:
— Está un poquillo indispuesta.
— ¡M ala! ¿Que tiene? ¿Está en la cama?
— Sí. Con un poco de fiebre.
— ¡ Fiebre 1
— Mas no creo sea cosa de cuidado.
— Quiero verla.
— Ahora no puede ser, porque tengo que
ponerla unos sinapismos.
— ¡Sinapismos!... Entonces es que está
grave.
— No. Tanto como grave no...
— Pues en cuanto se los pongas, quiero
verla.
— Bueno, después. Pero, ahora, como yo
no puedo retrasar ya más el volverme jun
to a ella, y no me es posible atender, por
mí misma, a instalar a tu madre en el alo
jamiento que le tenemos preparado, tú ten
drás que hacerlo, y cuidarte de que nada
le falte de cuanto necesite... Usted me per
donará, Mistress Haig.
— Desde luego.
— Además, Carlos, como ella y tú no ha
béis todavía cruzado sino pocas palabras,
tenéis muchas cosas que contaros, y es na-
E L SECRETO DE S A R A
tural deseéis satisfacer vuestros deseos de
hacerlo con toda calma, sin que nadie os
cohíba; haz que, a los dos solos, os sirvan
el almuerzo en las habitaciones de ella.
— Muchas gracias, señera— dijo Sara.
— Muchas gracias, mamá Pepa... Pero,
oye, oye: en cuanto hayas hecho a Luisa
esos remedios, avísame en seguida, para
que en una escapada vaya a verla, mientras
mi madre descansa un poco. Que bien lo
habrá menester. ¿Verdad, madre?
— Como 1ú quieras, hijo. Además, que
aun cuando todavía han de pasar bastan
tes horas hasta que me serene, en términos
que me permitan dormir, puedo emplear el
tiempo de esa escapada tuya en enterarme
de lo más interesante ocurrido en el mundo
vuestro, que casi ya no es mío, durante mi
larga ausencia de él. Si es que el Señor
Ripoll quiere hacerme el obsequio de venir
a contármelo.
— Pues ya lo creo que quiero. En cuanto
usted me llame me pondré gustosísimo a su
disposición.
— Bien, bien; adiós. N o puedo ya perder
más tiempo— dijo M aría Pepa, impacientísima, cortando la conversación.
*
**
Mientras la Capitana volvía apresurada
a su alcoba, donde estaba la enferma, Don
Jaume y Arístides acompañaban a la ma
dre y al hijo hasta la puerta del pabellón,
conocidísimo de ella, por ser el mismo
que ocupó en el prim er via je planetario;
y al ver el cual púsose densamente pálida
por recordar que allí había vivido con A lv a
ro antes de divorciarse de él, y allí ha
bían los dos sufrido el arresto que la Ca
pitana les impuso; que allí había nacido
Carlos, y allí había ella dado muerte a
Fouciño y malherido a M aría Pepa; y que
de allí, por último, salió para ser encarce
lada en el sumergible dentro del cual la
abandonaron en los mares venusinos los
tres ancianos sabios que la sentenciaron.
El mismo en que acababa de retornar al
autoplanetoide.
Llegados los cuatro al pabellón despidié
ronse los acompañantes, diciendo Arístides
1?
que, yéndose Ripoll y él a almorzar a la
Comandancia, ellos darían allá el aviso
para que a Sara y Carlos les trajeran el
almuerzo.
Apenas dados unos pasos, dijo el viejo,
muy alegre y orondo:
— Y bien, señor escéptico. ¿Qué tiene su
malevolencia que decir ahora de esa desventurada¿
— Que al fin se ha ido Fognino.
— ¿Fognino?... P o r desgracia se fué ha
ce mucho tiempo. ¿Pero qué tiene que ver
aquel pobre amigo?...
__ V aya si tiene... N i usted habrá olvidado
cuánto, en el otro viaje, luchamos juntos,
él y yo, para calarle a Mistress H a ig las
inalas intenciones, que sólo a medias con
seguimos frustrarle, ni yo podré olvidar ja
más ios tremendos sustos que, a nuestro la
dino amigo y a mí, nos dió aquella criatura,
tan inteligentísima como artera y malvada.
— Bueno ¿y qué?
— Que usted sabe cuán astuto y descon
fiado era Fognino.
— Verdad. Pero...
.— Pues bien, cada vez que desde el co
mienzo de este viaje, cía yo a usted mani
festar esperanzas de que Mistress Sara pu
diese ser hoy otra de la que entonces cono
cimos, me parecía escuchar a Fognino que
al oído me decía: “ N o te fíes, Arístides, no
te fíes: aquella no puede variar, aquella es
incapaz de arrepentirse.”
— ¡Qué ocurrencia! Más falso y más hi
pócrita que nunca fuera ella es usted aho
ra, echando a nuestro pobre amigo, que
ya no puede defenderse, la culpa de sus
juicios temerarios... Que supongo que ya...
— Sí señor, ya se fueron; porque cuando
esa desdichada, que fué personificación de
satánico orgullo, pidió perdón a la mujer
a quien había odiado con todas las fuerzas
de su corazón perverso, y se humilló ante
ella, confesando y llorando sus crímenes, se
escapó Fognino; dejé de oír su voz; fueron
vencidos sus recelos por mi natural bene
volencia, y creí, gracias a Dios, en que esa
mujer que acaban ustedes de salvar no
siente ya, ni piensa, como cuando nos ins
piraba aquellos espantosos miedos.
— Es usted incorregible.
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIF oA
20
_Por la ocurrencia de traer a colación
al pobre Fognino. Está visto que ni en los
trances más graves y conmovedores puede
usted prescindir de chirigotas. Genio y
figura...
,
— Claro está: El drama de hoy me tema
tan hinchado el corázón que era preciso
desahogarlo dándole un respirillo.
_Pues es verdad, y no está mal pensado.
Porque también al mío le han dado respiro,
que no le viene mal, las tonterías de usted.
_Tonterías, no: Previsora terapéutica.
Siempre se olvida usted de que soy médico.
_Que no ha ejercido nunca; que de te
rapéutica está in albis; de quien no me
fío ni para tomarme el pulso.
— Todo lo que usted quiera; pero aunque
indigno, médico titulado soy, y no estoy tan
in albis que ignore que las hipertrofias han
de combatirse sin pérdida de tiempo; que
para ello dan soberbios resultados ios deri
vativos, y que para penas y aprensiones
no hay mejor derivativo que la risa.
— No está mal, no está mal, señor galeno.
— Algo más, algo más. Galeno no llegó
a psicópata y esto ya es alta psiquiatría.
que en la enfermedad en lo que la preocu
paba por encima de ella— , ¿Y Carlos!
— Con su madre, en el alojamiento de
ésta. Y a hemos avisado que les sirvan allí"
¿Vienes a almorzar?
— Ahora me sería imposible pasar bocado
Almuercen ustedes. No sé cuándo lo fiaré
yo. Adiós.
— Ah, papá Ripoll, entérate con urgencia
de si Guarnan ha regresado del crucero a
que salió. Y si está ya de vuelta, y si no,
en cuanto llegue, que venga a verme sin
pérdida de momento.
— ¿Cómo? ¿Es que temes?...
— ¿Pero es alarmante hasta este punto
el peligro de Luisilla?
— No digo tanto. Pero es lógico que su
padre...
— ¡Qué mala suerte! Esto viene a amar
garle la alegría de hoy al pobre Carlos.
— Adiós, adiós— dijo María Pepa enju
gándose las lágrimas— . No puedo detener
me. Tengo que atender a esa criatura.
ALEGRÍAS
DE
SARA
Y
ANGUSTIAS
DE LA CAPITANA
En estos escarceos llegaron los amigos a
la Comandancia, dieron orden de que lleva
ran el almuerzo a Sara y Carlos; y acor
dándose entonces de la indisposición de Luisa, y deseosos de enterarse de la importan
cia que tener pudiere, fueron a las habita
ciones de María Pepa. Al llegar a las cua
les encargaron a un criado le pasara avi
so de que querían hablar con ella.
Volvió a poco el sirviente, haciéndolos
pasar a la habitación inmediata a la alcoba
donde con Luisa estaba aquélla. Que salló
en seguida adonde los otros la aguardaban.
— ¿Qué tiene esa niña?— le preguntó Lebl onde.
— Una fiebre muy alta, delirio.
— ¿Delirio?... Pero, entonces, es
grave.
cosa
Sí, papá Ripoll: Mucho lo temo.
— ¡Pobrecita, pobrecita!
— Si mucho, pobre criatura— contestó
apenadísima la Capitana. Pensando más
Las andanzas de Sara durante sus mu
chos años de destierro; las particularidades
del mundo, para todos menos para ella ig
noto; la recién estallada guerra entre iumi y mocto-venusianos, huyendo de los
cuales había escapado del observatorio de
Uo; los peligros que pudiese haber corrido,
sorteando la persecución de ios submarinos
de los hombres negros del umbrimisferio,
y las noticias sobre cualidades, defectos,
modos de vivir de ellos y de los fumivenusianos, eran los temas de conversación que
en la primera tenida con su madre, debe
rían verosímilmente interesar con más ur
gencia a Carlos. Y así el lector, a punto de
leer dicha conversación, supondrá, con mo
tivo, que en seguida va, por ella, a enterar
se de todas esas cosas. Sin otros entorpeci
mientos sino los dependientes de que la ma
dre, lógicamente deseosa de conocer pronto
hechos y detalles de la niñez, la adolescen-
EL SECRETO DE SARA.
cía, aficiones, estudios y carácter del hijo
tan desconocido para ella, como para él el
mundo donde ella había vivido- habría de
intercalar preguntas relativas a todo ello,
entre las que él le hiciera.
Y sin embargo, con ser razonabilísimo el
supuesto, no pasó a realidad; porque
cuando hechos importantes surgen en lo
presente, de improviso, y en tanto pasan
las preocupaciones por ellos levantadas
queda relegado a segundo término y hasta
se esfuma por completo el interés de los
remotos. Por tal razón quedóse por enton
ces ignorante el hijo de las muy curiosas
noticias venusianas que el lector conoce,
ñor haberlas leído en la odisea por la ma
dre vivida en los años de su destierro en
aquel extraño mundo.
El hecho que al verse solos Sara y Carlos
surgió con tal carácter de actualidad tué
que el júbilo en él nacido de la satisfacción
de haber salvado y recuperado a su madre,
se anubarró con la inquietud causada por
la enfermedad de Luisa; y como, tan pron
to de ella se enteró el vehemente mucnacho, había Sara advertido, la rapidez con
que la nube se formó, ensombreciendo la
alegría antes derramada por el semblante
de él, y aun barruntó cuál podría ser el
sentimiento determinante de tal cambio, no
es de extrañar que la primera conversación
a solas con su hijo, discurriera por dife
rentes derroteros de los que en normales
circunstancias habría sido más lógico lle
vara. Pues, apenas satisfizo la madre el
afán de abrazarlo y besarlo, de nuevo, a
su sabor, pospuso su deseo ,de inquirir
cuanto la interesaba a ella saber, para pre
guntarle por lo que entonces veía lo preocu
paba más a él: quién era Luisa, cuál su in
terés por ella.
No hay que decir si una vez planteado
tal tema de conversación, se acordaría Car
los de Venus, de los venu ñaños, de guerras,
ni de otros peligros sino del que acaso esta
ba corriendo su Luisa.
Tampoco es necesario puntualizar cómo
pintó el retrato de la criatura angelical
que le llenaba el alma; con qué entusias
mo encomió a su madre lo mucho bueno
que de ella pensaban cuantos la conocían, y
21
cómo la reserva inicial de María Pepa, y
hasta su desaprobación de los amores de
los dos muchachos, habían ido cediendo y
derritiéndose al calor de la inocencia, la
bondad y el encanto de la incontrastable
simpatía que de Luisa irradiaba. A l extre
mo de tener ya la Capitana impaciencia de
casar a los chicos casi tan grande como la
que tenían ellos. Cosa, dicho sea entre pa
réntesis, que, al ver el fuego con que el
novio hablaba, parecióle a Sara debía de
ser hiperbólico modo, que la hizo sonreír,
de pintar la complacencia de la madre
adoptiva con tal boda.
Por no haber sido breve la narración,
en la cual se le fué casi todo el almuerzo a
Carlos, que en hablando de su novia no
pecaba de conciso, la he resumido en los
renglones anteriores. Pero en el punto muy
avanzado de ella a que ya va llegando, y
pues ya queda poco para que la termine,
conviene oigamos su final de labios del
propio narrador.
— Y a nos habríamos casado, a no ser
porque mamá Pepa pensó que, estando muy
cercano el día en que yo iba a conocer a mi
verdadera madre, sería desconsideración a
ti no aguardar a que dieras tu aprobación
a la boda.
— Es una delicadísima deferencia, tan
sólo necesaria para aumentar mi agradeci
miento a quien tanto y tanto debo. Pues en
lo referente a mi asentimiento no es posi
ble que yo, tu madre de unas horas, opine
de diferente modo que quien, habiéndola
sido tuya durante veinte años, te conoce
cual no es posible te conozca yo, conoce a
esa señorita, y en ella aprecia los méritos
que tú me has ponderado.
— No, ponderado no. Me he quedado cor
to. Y a lo verás, ya lo verás en cuanto la
conozcas; ya verás lo que de ella han de
decirte todos.
— Mejor, mejor... Además, lo que no ne
cesitas encomiarme, pues se te transparenta, es que la quieres mucho.
— Mucho, no; más.
— ¡Ja, ja ! Pues queriéndoos los dos, cre
yendo ambos, y compartiendo la Capitana
vuestra creencia, que esa boda es vuesti a
felicidad...
22
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
—Sí, sí.
_... claro es que tu madre, que está go
zando el día más dichoso de su vida, no ha
de pagar la dicha que te debe poniendo
obstáculos a la tuya.
_Ya lo sabía yo... Pero de todos modos,
muchas gracias.
Al darlas se levantó Carlos y echó so
bre su madre un aluvión de besos. Sobre
los cuales no se forjó Sara ilusión; pues
pensaba que si los antes recibidos de él eran
para ella, sería temerario presumir lo mis
mo de los de ahora.
Varias veces fué la anterior conversación
Interrumpida con demostraciones de impa
ciencia de Carlos, hija de la tardanza de
María Pepa en avisarle, como él le encar
gó lo hiciera, para ir a ver a Luisa en
cuanto aquélla hubiera hecho a ésta los
remedios que dijo iba a aplicarle. Impa
ciencia creciente más y más según pasaoa
tiempo sin llegar el aviso; y que cuando,
con el consentimiento por Sara dado a su
boda, le faltó ya al muchacho motivo para
seguir hablando de su novia, subió a ner
viosidad inquieta que se le hizo insopor
table.
—No me avisa... Eso ha de ser que esté
peor.
—No sé, hijo mío, porqué has de pen
sarlo...
—¡ Qué incertidumbre!... Mira, madre...
—¿Quieres irte?... Sí, hijo, ve a enterar
te. Lo hallo naturalísimo. Y vuelve luego
a decirme cómo está. Porque también yo...
Ni Carlos podía oir el final de la frase,
ni Sara la acabó, al ver la rapidez con que
él se puso afuera; y en vez de terminarla
dijo:
—¡Qué contrariedad!... Pobre hijo...
Y con esto, no he podido satisfacer mi
anhelo de hablar de él, de su vida, de ente
rarme... Ea, todo vendrá; tiempo hay de
ello. Lo esencial, hoy, es que ya tengo a mi
hij°, y que los otros no me miran como
antes me miraban. Que sus desconfianzas
se han desvanecido, que han visto claro que
estoy regenerada.
¡Qué tremendo peso se me quita del al
ma!... ¡Qué diferencia entre estos últimos
días, llenos de incertidumbres y temores, y
esta calma de ahora!
\’ quién sabe, tal vez sea un bien no naber podido hablar con Carlos de cuanto ni
él ni yo sabemos todavía uno de otro. Tal
vez sea mejor no hacerlo hasta después de
haber yo hablado con Ripoll, que bien me
ha demostrado ha de ayudarme en cuanto
pueda, y hasta que me complete las noticias
someras, que me dió por teléfono, con ante
cedentes necesarios para evitarme cometer
imprudencias en mis conversaciones con mi
hijo, que, a chico tan despierto como él,
pudieren darle indicios de algo de lo que
felizmente le han callado de aquellos años
de mi borrascosa juventud.
*
**
Tan pronto María Pepa retornó al lado
de Luisa puso a ésta, en espalda y piernas,
los sinapismos, y en la cabeza el capacete
de agua fría recetados por el médico. Los
prime, os acababa de quitárselos cuando sa
lió a hablar con LehJonde y el abuelo, de
jando en la alcoba a la doncella que la
ayudaba en la asistencia. Quien, al tornar
su señora de aquella brevísima salida, dijo
a ésta que el delirio había cesado y que
Luisa había abierto dos veces los ojos, cual
si fuera a recuperar el cofiocimiento; mas
sin conseguirlo.
Acercóse en seguida la Capitana al lecho,
cogió una mano de la niña, y se quedó ob
servándola en ansiosa expectación de que
nuevamentei volviera a abrir los ojos.
Efectivamente, en el cerebro de la en
ferma iba extinguiéndose la hoguera que
el delirio encendía entre brumas de incons
ciencia. Las llamaradas de él no eran ya
sino leves chispazos menos menudeantes de
momento en momento. La cerrazón de aque
llas nieblas de la inteligencia aclarábase,
aventada por el alborear de leves resplan
dores de conocimiento. Pero despacio, con
intermitencias, todavía, de opacidad y luz.
Estando en este semiconsciente estado,
se dió cuenta Luisa de que alguien le apre
taba la mano, y dijo dulcemente: “Carlos.”
Apretando, al decirlo, la de María Pepa,
EL SECRETO DE SARA
23
de perderlos agregó: “ Vamos a saber... ;
con presión que sintió ésta en el corazón
y que recayendo nuevamente en el delirio
más que en la mano.
gritó: “ No, mamá Pepa, no: mamá Juana,
Un momento después cesó la presión,
mamá Juana. Mi mamá es mamá Juana,
Luisa no dijo más. Pero al ver María Pepa
¿verdad, papá Guzmán?” ...
titilarle los párpados, cual si quisieran en
La desventurada madre, que la oía recha
treabrirse, aunque sin conseguirlo todavia,
zar espantada su maternidad, cayó de bru
se inclinó hacia ella y la besó diciendo en
ces sobre el lecho de ella; y anegada en
voz muy queda:
desconsoladas lágrimas gimió:
“ ¡Pobre hija! ¡Pobrecita!” ... E irguién
— H ija mía, hija de mi alma, desdichada
dose, después que la hubo besado murmuró:
hija
mía, desdichada de mí.
mas con poquísima esperanza: “ ¡Dios mío,
Luisa proseguía inconsciente, siendo cada
haced que me equivoque; que todo ello no
una de sus palabras puñalada en el cora
sean sino coincidencias!...”
zón de María Pepa: “Carlos... Mamá Jua
“ No es posible que ese hombre no haya
na... Papá Guzmán... ¡Ja, ja, ja ! Carlos,
regresado todavía.” Y volviéndose a la don
Carlos. ¡Ja, ja, ja ! No me hagas reír más,
cella dijo: “ Vaya en seguida al comedor y
que ya no puedo... ¡ Pero qué gracioso eres! ”
pregunte a Don Jaume si no ha avisado al
Sr. Guzmán que quiero verlo con urgencia...
¡A h ! Y después cprra a decir al médico
A los cinco minutos de haber acometido
qué venga en seguida.”
a Luisa nuevamente el delirio llegó el mé
Muy a poco de salir la doncella, volvió
dico, a quien sorprendió mucho la recaída;
Luisilla a m urm urar'“ Carlos, Carlos” ; y
pues ni en el reconocimiento primeramente
abriendo, al fin, los ojos, que ahora ya vie
hecho de la enferma había hallado causa
ron a la Capitana, preguntó con afán.
ninguna material a que atribuir la intensi
— ¿No ha vuelto, no ha vuelto?
dad de aquella fiebre, ni tampoco la veía
— Sí vida mía, tranquilízate: ha vuelto
en el que de nuevo realizó. En vista de lo
sano y salvo.
cual diagnosticó la calentura de nerviosa,
— Querría verlo.
creyendo que en cuanto pasaran los efectos
— Después, después vendrá hija mía.
morales de las emociones que la Capitana
— ¡H ija!... No, no: hija no... Que no
le había dicho determinaron el primer ata
venga ahora, que no venga.
qué remitiría probablemente.
— No Luisa, cuando estés mejor.
El único peligro que, por tanto, veía, no
— Mejor sí. Dios que sabe que sin Carlos
como inminente aún, pero que no podía des
no puedo vivir me ha tenido lástima.
cuidarse, era el del daño que en el cerebro
— ¿Qué dices? No te entiendo.
pudiera, por sí sola, producir la altura de
— Que me voy a morir, y entonces estaré
la fiebre. Que en consecuencia era preciso
mejor que ahora.
y aun urgente impedir subiera más, y pro
— No digas eso, no— exclamó, llorando a
curar descendiera, con tratamiento, que,
mares María Pepa, a quien le desgarraban
acudiendo en primer término a tal necesi
el alma las palabras de Luisa; y que arras
dad, lograra no solamente alcanzar tal re
trada contra su voluntad y su reflexión por
sultado, sino dejar inactivo el subconscien
ansioso deseo de consolar por un momento
te pensamiento.
a la infeliz criatura agregó— : Todavía no
“ Pues aunque no sabemos” , agregó, “qué
tenemos certeza de lo que tanto nos asusta.
pasa en el cerebro en estos estados de de
— ¡A h! ¿No?... Ha venido papá Guzmán...
lirios emotivos, es prudente pensar que lo
— Aun no; pero vendrá ahora, y Dios
mejor es hacer cuanto sea posible para que
querrá...
nada pase: suspendiendo para ello, su acti
Al oír esto, aumentó más la excitación
vidad con estupefacientes. En consecuencia
de Luisa, que, todavía dueña de sus senti
voy a ponerle una inyección que trueque ese
dos, interrumpió a la Capitana, diciendo:
delirio en sueño.”
“ V a a venir, va a ven ir...” ; que a punto
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
24
Mientras el médico iba por la jeringuilla
y el calmante, y con ellos volvía, llegó Guzmán, a quien rápidamente hizo saber la
Capitana cómo a causa de una emoción,
para hablar de la cual lo había llamado, en
fermó Luisa. Y agregando que probable
mente no sería lo más grave la enfermedad
sino el asunto de que los dos habían de
hablar.
En esto volvió el médico, a quien, una
vez que hubo puesto la inyección, dijo Ma
ría Pepa que en tanto ella despachara con
Guzmán en otra habitación, un grave asun
to de urgencia inaplazable era preciso se
quedara él, con la doncella, a la cabecera
de Luisa.
VI
DE CÓMO MARÍA PEPA PERDIÓ SU HIJA
En uno de los primeros capítulos de “ L a
D on J a u m e ” , dijóse haber na
cido del matrimonio de María Pepa y Alva
ro una niña, que sus padres perdieron en
circunstancias no puntualizadas entonces,
por no haberlas Ignotus conocido hasta
ahora, que de ellas se entera por la conver
sación de la Capitana con Guzmán. Hela3
aquí:
Cuando la niña tenía seis meses, con ella
y su nodriza, llegaron sus padres a Méji
co, precedidos de su reputación, no ya sólo
de sabios sino de archimillonarios. Fama,
la ultima, que sonando en el mundo mucho
más que la primera, hizo que su llegada a
Méjico fuera muy sonada.
Iban a realizar compras de extensos ya
cimientos petrolíferos, para una poderosa
compañía de combustibles líquidos que A l
varo regía. Pasaron primero unas cuantas
semanas visitando los más importantes
campos de extracción, y reconociendo los
mas famosos pozos, y después trasladáronse
a la capital, donde estaban los financieros
árbitros con quienes había de tratarse el
negocio. Mas con la mala suerte de que allá
llegara la nodriza enferma de fiebre ama
rilla, contraída durante su estancia en las
costas del golfo mejicano, y gravísima, se
p r o f e c ía d e
gún pronóstico desde luego formado por
los médicos.
En vista de ello inmediatamente se le
buscó reemplazo, echando por delante, en
agencias y periódicos, el aviso de que con
tal que fuera buena y se presentara ur
gentemente no se regatearía el salario a la
nueva nodriza.
Con tal promesa no faltaron, claro es,
numerosísimas aspirantes a la bicoca. Con
la cual se quedó, según tardías averigua
ciones pusieron, más adelante, en claro,
una de tres amas de cría buscadas y sobor
nadas por una gavilla de monederos falsos,
que desde la llegada al país del riquísimo
matrimonio no dejó de seguirle los pasos.
En acecho de ocasión, casual o provocada,
de secuestrarles la hija para pedir por ella
un pingüe rescate.
A los pocos días, aprovechando coyuntura
de estar María Pepa asistiendo en sus úl
timos’ momentos a la antigua nodriza, se
salió la nueva, con la niña, al jardín y des
de éste a la calle. En donde la aguardaba
uno de sus compinches, que por tumo ron
daban el hotel. Pero que por estar, de mu
cho tiempo atrás, fichados por la policía y
por presunciones de la misma de que ellos
fueron los autores de una reciente falsifi
cación estaban a su vez espiados.
Seis horas después— y no antes porque
la muerte de la nodriza antigua impidió se
enterara más pronto, la madre, de la falta
de su hija, y se cerciorara de que no esta
ba en el hotel— llegó el aviso de la desapa
rición de la niña y de su ama a la Central
de Policía. Donde en vista de la gran reso
nancia que la calidad de los padres dió al
secuestro, pusieron en inmediata actividad
todos los agentes de investigaciones, exten
dieron éstas a la ciudad entera y a las esta
ciones de ferrocarril; y lo que fue más im
portante echaron mano, por si acaso, a tres
de los cuatro monedeross falsos. Con lo que
no siendo el otro habido, su falta fué el
primer indicio de que muy bien pudiera ha
ber sido éste quien estaba aguardando a la
nodriza y con ella había escapado.
Por radioteléfono, que ya en el mundo no
había tren que no llevara, se transmitieron
a los revisores de todos los salidos de Mé-
EL SECRETO DE SARA
23
— Tengo derecho a exigirlo. Exijo a usted silencio.
jico, con posterioridad a la fuga de la no
driza, los señalamientos de ella y del tuno
que faltaba en la cuadrilla. Averiguándo
se^ antes de media noche, que en el expre
so de Zacatecas, viajaba, con billetes para
Guanajuato, una pareja de las señas dadas
que consigo llevaba una criaturita de pe
cho.
Sin perder tiempo dióse orden de que dos
agentes, que conocían al escapado pájaro,
26
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
acompañados de Alvaro, que de nadie sino
de sí se fiaba para identificar al ama, salie
ran en un avión del servicio de investiga
ciones, para llegar antes que el tren a
Guanajuato, y detener a su llegada allí a
los secuestradores. Mas cuando el aeropla
no estaba a punto de partir recibió el Jefe
Superior de Policía nuevas noticias del re
visor del tren, de Zacatecas, que le hicieran
temer pudiera éste haber cometido, al pro
curárselas torpezas que, alertando al tai
madísimo truhán, le hiciesen sospechar que
se sabía ya por dónde iba y lo indujeran a
bajarse del tren antes de llegar a Guanajuato. Recelo que movió al jefe a ordenar
que, para detener, en el tren mismo, a los
fugitivos, mucho antes de llegar allá, for
zara el avión la marcha cuanto le fuera
dame.
Así, de madrugada, llegaron los agentes
y Alvaro a Salamanca, más allá de Querétaro y mucho antes de Guanajuato, con an
telación al expreso, al cual subieron cuando
allá llegó. Sin encontrar ya en él a los
que iban buscando.
Tomando un automóvil en la siguiente
parada del expreso comenzaron los perse
guidores a recorrer las estaciones de la
vía férrea en donde aquél se detenía, pero
ahora en dirección a Méjico, hasta que en
la arqueta de los billetes recogidos a los
viajeros apeados en Querétaro hallaron los
dos a Guanajuato cuyos números había co
municado el revisor.
Tras de muchas pesquisas en la pobla
ción, y ya bien entrada la noche, les dije
ron en un garaje que un hombre y una
mujer que llevaba un envoltorio muy gran
de habían tomado allí, a media mañana, un
auto rápido para que los llevara a Salva
tierra— estación de otra línea de ferroca
rril— con tiempo que era justo para tomar
un tren que por ella pasaba, pocas horas
más tarde.
En vista de ello allí se fueron en su co
che los perseguidores. Que al llegar a Celaya, en la mañana del siguiente día, halla
ron al juez de dicho pueblo tratando in
útilmente de identificar los cadáveres de
una mujer y un hombre, en quienes Alvaro
reconoció a la nodriza y los agentes al
acompañante de ella. Uno y otra muertos
al dar el auto, en donde iban, la vuelta de
campana juntó a un altísimo desriscadero
tajado casi a pico, habiendo ambos queda
do bajo el coche. Destrozado como los cuer
pos de ambos.
Tenía éste el número del salido de Que
rétaro. Pero ni el envoltorio, ni el motoris
ta, ni la niña pudieron ser hallados. Pues
sin duda salieron despedidos y cayeron a la
sima angostísima por cuyo fondo comple
tamente inaccesible corría un torrente en
cajonado.
Detalle de importancia que a los agentes
no les escapó, cuando retornados a Méjico
consultaron la ficha del bandido, fué que
era natural de Querétaro y que dicha ciu
dad había sido el teatro de sus primeras
fechorías. Siendo tal circunstancia indicio,
para ellos, de que indudablemente, por tal
causa, la habría preferido a otra cualquie
ra para dejar el tren al llegar a ella. Por
pensar que su conocimiento de la población
y de la gente maleante de ella le daría
allí facilidades, que en otra desconocida no
tendría, para variar rápidamente la direc
ción de la segunda etapa de su fuga.
He resumido la anterior narración des
ordenada y muy prolijamente hecha, por
la Capitana a Guzmán, con el fin de abre
viarla y darle forma más fácilmente com
prensible.
Sabido lo anterior se explican ya perfec
tamente la emoción y las lágrimas de Ma
ría Pepa, de que se habló en E l H ijo de
S ara, cuando Guzmán le dijo que Luisa
era una niña abandonada. Pues esto, y la
coincidencia, año más año menos, de la edad
de la peruanita, con la que, de no haber
muerto, tendría entonces su perdida hija,
reavivó los dolores, amortiguados por ei
tiempo, de la pobre madre.
Por supuesto sin que entonces se le pasa
ra por la imaginación que pudieran ser una
misma persona; pues sobre que -para ella
no estaba su hija abandonada, sino muerta,
aun no había entonces visto ni la medalla
ni el lunar, y porque El Perú, que era el
país de Guzmán y de Luisa estaba a mu
chos millares de kilómetros de Méjico.
No cabiendo por tanto establecer relación
El, SECRETO DE SARA
entre cosas en los dos ocurridas en un mis
mo tiempo, y además dispares, ya no volvió
la Capitana, pasado aquel mal rato, a pen
sar en la indicada coincidencia.
*
* *
Cuando llegó el instrumentista alarmado
con la enfermedad de Luisa, y apenas la
hubo mirado y dado un beso, le dijo la Ca
pitana: “ Venga, venga.” Y sin darle tiem
po a obedecer lo asió por el brazo y tirando
de él se lo llevó a una habitación cercana,
diciéndole en cuanto allá estuvieron:
— Estoy loca, estoy loca. Por eso le he
llamado a usted; porque es preciso que me
diga...
— Lo que usted quiera... Pero antes yo
querría preguntar al médico si esta enfer
medad...
— La enfermedad no es del cuerpo, sino
del alma.
— ¿Cómo?
— No me interrumpa. El remedio para
ella no lo tiene el médico. Y si lo hay sólo
usted y yo podremos encontrarlo.
— ¡Nosotros!... ¿Un mal del alma?
— Sí, sí... Ya lo verá. Contésteme. ¿Re
cuerda usted la fecha en que dejaron a su
puerta a Luisa?
— Perfectamente... ¿Pero qué tiene que
ver eso?
— ¡Por Dios!, conteste, conteste pronto.
— Pues el 7 de octubre de 2188.
— ¡Jesús! ¡Jesús!... El día siguiente al
del robo de mi hija... El mismo de su muer
te... ¿Sería que no muriera?... La medalla,
el lunar... ¿Será la misma?
No, no. Precisamente esa exacta concor
dancia de fecha unida es la mejor Drueba
de que no puede ser.
¡Gracias a Dios! No, no son hermanos;
porque es imposible ocurrieran a la vez las
dos cosas en lugares separados por tan
grandísima distancia.
Alégrese Guzmán, ya tengo el remedio de
Luisa. Ya pueden ser felices ella y Carlos.
— Señora no entiendo una palabra en
nada de lo que dice usted... Es más, no me
puedo explicar...
— Verdad que todavía no sabe usted
¿7
nada... Mi excitación me ha hecho hablar
conmigo misma, olvidándome de que usted
me escuchaba y no podía entenderme. Pero
ahora ya tranquila y aliviada del miedo
que me inspiraba una absurda, pero horri
ble amenaza a la felicidad de esas dos po
bres criaturas, explicaré a usted.
— Sí; pero el estado de ella.
—Ya he dicho que, felizmente, lo que he
oído a usted es su mejor remedio. Y como
ahora ha de estar todavía varias horas
bajo la acción del calmante, que impedirá
siga atormentándola el miedo a esa ame
naza, no pierde usted tiempo en oírme.
— Con muchísimo gusto señoraSeguidamente contó la Capitana cómo, al
ver la medalla y el lunar de Luisa, creyó
que era su hija, y como una y O r i a habían
quedado consternadas al pensar que Car
los pudiera ser hermano de ella; pues aun
que hijos de diferentes madres, habríanlo
sido ambos de Alvaro.
Gracias a Dios, a aquellas dos extrañas
coincidencias había venido a agregarse la
otra, no menos extraña, pero felicísima, de
las fechas que, inconciliable con aquéllas,
les quitaba todo el peso que antes de cono
cer la última parecían tener.' Pues claro
era que la niña por Guzmán recogida en
el Perú el mismo día del siniestro, en Mé
jico, del automóvil en donde iba la hija de
Alvaro y María Pepa, no podía ser ésta.
— ¡M éjico!— dijo el instrumentista viva
mente— . ¿Qué relación puede tener aquel
país con lo que usted me dice?
— Que allá fué donde cayó sobre mí aque
lla desgracia.
— ¿Cómo ocurrió?— preguntó el peruano,
poniéndose muy serio, y con interés que
procuró disimularA esta pregunta contestó la Capitana,
refiriendo, más por extenso de como antes
ha sido relatada, la historia del secuestro
y la muerte de su hija.
Conforme hablaba ella, sin que el instru
mentista la interrumpiera ni una sola vez,
iba éste poniéndose más cejijunto y cavi
loso, de momento en momento. Sobre todo
cuando, al oír a María Pepa referir la lle
gada de los secuestradores a Querétaro, y
la huida de ellos en el automóvil, se le
?8
biblioteca novelesco-cientifica
entenebreció el rostro, con consternación
tan trasparente que a no estar ella apena
dísima con la evocación de los amarguísi
mos recuerdos que no la permitían distraer
sus cuidados a cosa ajena a ellos, no habría
podido pasarle inadvertido el trastorno de
la cara de él.
La causa de aquella honda tristeza del
peruano era que según oía a la Capitana
se iba mentalmente diciendo: “ Al bajarse
del tren quisieron desembarazarse de la
niña para que no se la encontraran si lle
garen a prenderlos. La dejaron a mi puerta
para reclamármela después: cuando pasado
tiempo ya no estuvieran en Méjico sus pa
dres, y los secuestradores pudieran, sin ex
ponerse a riesgos, pedirles el rescate. Por
ello me dejaron con ella aquel cartón sinuo
samente recortado que decía contraseña
Mas como luego se estrellaron no pudieron
reclamármela.”
Y ahora-.. [Pobre Luisilla mía!... Cuánto
mejor habría sido que cual pensé, para cu
rarla del amor a Carlos, me la hubiese lle
vado lejos, lejos... El peligro no era, como
yo pensaba, la diferencia de clases y fortu
nas, pero razón tenía aquel presentimiento
mío de que este amor sería su desgracia.
Cuando María Pepa terminó de hablar se
dió cuenta del abatido continente de Guz
mán; sorprendiéndose de que nada dijera,
pues aun queriendo el infeliz hablar, y de
cidido a obedecer a su conciencia, que cla
ramente le marcaba el deber de hacerlo, no
sabía cómo comenzar, por asustarle la im
presión que a la ya confiada María Pepa
habían de causarle sus palabras. Tal esta
ba pensando cuando ella lo sacó de su en
simismamiento preguntándole:
— ¿Qué le pasa a usted?
— Que me ha impresionado esa triste
historia; y... y que... que como yo he roda
do mucho por diversos países americanos...
y... y he tenido destinos en varios observa
torios... y también he estado por... por allá.
— ¿Por allá?... ¿Se refiere usted a Méji00"— dijo, no tan tranquila ya como antes
María Pepa; mas sin querer dar todavía
pábulo a la sospecha que en ella empezaban
a "Levantar las medias palabras, pausas y
vacilaciones de Guzmán, reparando en las
cuales se dió cuenta de la tristeza de él.
_Sí señora... Y como conozco el obser
vatorio de Querétaro...
— ¿Qué? ¿Qué dice usted?
— ... que estaba reflexionando en la coin
cidencia de fechas que a usted le ha llama
do la atención.
— Acabe, acabe... Me está usted ator
mentando... Si es que... No, no... Pero sí
es eso, acabe, acabe de una vez.
— Tiene usted razón... Pues que el siete
do octubre estaba yo empleado en aquel ob
servatorio, y que allí fué donde recogí...
— [Jesús!— dijo, espantada la Capitana,
echándose las manos a la cabeza y rom
piendo a llorar desconsoladamente— . ¡Po
bre hija mía! ¡Pobre Carlos! ¡Desdichados
hijos míos!... ¿Porqué, porqué no le dejé a
usted llevársela?
— Eso estaba pensando— respondió él, pá
lido como un muerto— . ¡infelices criatu
ras!
— ¿ Y cómo, cómo se lo decimos?... ¿Cómo,
Dios mío cómo?... ¡ Y hemos de ser nos
otros quienes les...! ¡Qué horror, qué ho
rror!
— Y es preciso, irremediable...
— Sí, sí señora.
Pasaron no pocos minutos en que los
dos, sumidos en su abatimiento, no dijeron
palabra. Y no es fácil saber cuánto habría
durado el marasmo que los embargaba, a
no haber sido sacados de él por Carlos, que
atropellando la consigna del criado, de no
dejar a nadie entrar en la habitación en
donde la señora y el peruano estaban, y
dando un empellón a aquél abrió la puerta.
Carlos que al separarse de su madre, lle
gar a la Comandancia y enterarse de que
María Pepa había llamado urgentemente a
Guzmán, y con él estaba, auguró mal de
aquella urgencia en relación con el peligro
en que pudiese Luisa estar, y entró di
ciendo:
— Mamá, mamá: quiero verla, quiero
verla.
,
EL SECRETO DE SARA
VII
donde la capitana teme que don jaume
ESTÉ LOCO
La vista del muchacho, su violenta irrup
ción y sus apremiantes demandas de ver a
Luisa, sobresaltaron a María Pepa; y au
mentaron sus dolores con el del esfuerzo,
que hubo de hacer, para sobreponerse al
anonadamiento en que había caído, cual le
era indispensable para dar respuesta a Car
los; y para que siendo la que diera acorde
con las lágrimas que él veía en su rostro
no delatara todavía su verdadera causa.
Que al cabo habría de conocer el pobre
mozo; mas no en la brutal forma que
resultaría de echar entonces de improviso
encima el peso abrumador de su desgracia,
a quien, como él, creía estar a punto de al
canzar la dicha.
Ni aun para padecer puedo tener sosie
go, pensó al oírle- Y no sabiendo qué con
testar, repitió con propósito, meramente
instintivo, de ganar tiempo, la palabra que
al entrar dijo él
—¿Verla?
— Sí: verla en seguida... Cuando tú estás
llorando como lloras, cuando Guzmán llora
también, es que mi Luisa está muy mala-..
¡Dios mío, Dios mío que no se muera!... No,
no puede morirse, sería absurdo, espan
toso...
¿Pero es que está en tan gran peligro?
En otra ocasión habría tratado María
Pepa de aliviar los angustiosos temores de
Carlos. Pero al ver su aflicción pensó que
el golpe que, cuando ella lo enterara de la
imposibilidad de casarse con Luisa, había
de recibir, sería menos violento, de caer so
bre él después de ya sobrecogido con el
miedo de que la muerte se la arrebatara.
¿Y quién jiodía prever si, en el estado
de ella, no sería este el desenlace?...
Por eso, preocupándola mucho más ^jue
la propia desventura la de aquellos pobres
desdichados, que eran las dos mitades de
su corazón, contestó a la última, y acongo
jada pregunta de Carlos diciendo:
— Sí, hijo mío está en peligro.
Pero al ver la impresión producida por
29
tal respuesta en el muchacho, su amor de
madre no vió más ya sino el daño oue le
hacía; y queriendo atenuarlo, aunque en su
fuero interno se arrepintió en seguida de
haber cedido a aquel impulso, opuesto a lo
aconsejado por sus anteriores reflexiones,
se apresuró a agregar:
— Pero esto no quiere decir que ya no
haya esperanza.
—Quiero verla, quiero verla.
— Ahora está descansando bajo la acción
de un calmante.
— No importa; quiero verla. No creo
quieras negarme ese consuelo. No creo que
Guzmán me lo niegue...
— No sé si...
— Si ella pudiese hablar, diría, estoy se
guro, y vosotros también que me quiere a
su lado. No, no sería caridad el separar
nos.
Yo no quiero apartarme de su cabecera,
y no me apartaré, hasta tener seguridad de
que no la pierdo... Porque no, no la perde
ré; no la puedo perder; no es posible, no es
posible.
— Serénese Don Carlos.
— Hijo mío, hijo mío.
— Quiero veerla, verla... Y la veré... No
me lo niegues; pues me será imposible so
meterme a esa cruel negativa.
—No te lo niego, Carlos. Ven.
Al tomar esta decisión, hízolo, María Pe
pa, no solamente para evitar difícil lucha,
dolorosísima además en la ocasión tremen
da en que se hallaba ella, con la rebeldía
amenazante ya en la actitud de Carlos,
sino pensando que si acceder a una entre
vista de él con Luisa, estando ésta en su
sentido y sabiendo ésta ya. como sabía, lo
que él ignoraba, habría sido temeridad no
toria, no parecía en cambio haber peligro
en consentir que durante su narcótico sue
ño la contemplara el afligido enamorado .
A la alcoba se fueron, pues, éste, la Ca
pitana y el instrumentista. Donde después
de coger Carlos una mano de la enferma y
cubrirla de besos, no los interrumpió hasta
decirle María Pepa que arriesgaba con ellos
turbar un sueño que el médico había dicho
era muy necesario, y oír el atribulado mu
chacho del propio médico, que aun estaba en
BIBLIOTECA NOV E L E S CO -CIEN TIFICA
la alcoba, el mismo vacilante diagnóstico an
teriormente formulado; pero dejando ver
sus esperanzas en los efectos de aquel reparador sueño.
Una vez dicho esto marchó el doctor, quedando solos con Luisilla los tres recién lle
gados. Entonces dijo María Pepa:
— Y a ves, hijo mío, que no he querido ne
garte este doloroso gusto tuyo- Mas como
antes has dicho que no saldrás de aquí has
ta ver pasado el peligro, necesito advertirte
que eso es absolutamente imposible, y que
a ello no accedemos ni Guzmán ni yo.
— ¿Porqué?
— Porque como el mal de esta niña tiene
por causa una sobreexcitación de la sensi
bilidad, sería locura consentir que al des
pertar te viera, recibiendo con ello nueva
impresión dañina. Pues el médico ha dicho
terminantemente que en su estado nada se
rá tan peligroso como las emociones.
— ¿Aun cuando sean buenas?
— Sí: más grave aún que ,a índole de las
impresiones es la vehemencia de ellas; y co
mo no sería pequeña la alegría que Luisa
sentiría al verte sano, después de los temo
res que por ti ha pasado, es esencial el
evitársela, dejando descansar su sistema
nervioso y su pobre cabeza. Además, como
ya le dije yo, antes de adormecerla con la
inyección que la está procurando este des
canso, que tú habías vuelto ya, no la pre
ocupará cuando despierte inquietud por ti.
Estarás, pues, aquí mientras no veamos
indicio de que va a despertar, pero en cuan
to advirtamos el primero te marcharás in
mediatamente.
— Como mandes, mamá. Pero me quedaré
en el gabinete de ahí al lado.
— Como quieras.
Dicho esto permanecieron largo rato en
silencio los tres. Carlos sin apartar los ojos
dé Luisa, y cobrando esperanzas en vista
de la tranquilidad con que dormía; Guzman
y María Pepa mirando, más que a la en
ferma, a los dolores que escondían en sus
almas; pensando, con espanto, en el des
enlace de aquel drama insospechado por el
mozo, y la visión del cual resurgiría, ator
mentadora, en la mente de Luisa tan pron
to despertara. Dado que en posesión de su
conocimiento despertare.
La fuerza de su pena en aquel largo rato,
el terror al trance ineludible de decir a
Carlos “ Luisa y tú sois hermanos” , do
lían tanto a la pobre M aría Pepa, atormen
tábanla tan cruelmente, que incapaz ya su
sensibilidad de defenderse contra tal pade
cer, quedó sumida en estupor, en el que el
pensamiento no percibía sino esta idea lace
rante obstinada, martilleante, única: “¿Có
mo se lo digo? ¿Cómo se lo digo?”
De su anonadamiento la sacó Don Jaume,
trayéndole con su presencia leve inesperado
alivio. Pues al verlo llegar a informarse del
estado de la enferma, ocurriósele a María
Pepa que, no ella, sino el viejo podría ser
quien enterase a Carlos de la desgracia, que
sobre él había caído. Y diciéndose que, evi
dente ya la realidad de tai desdicha, na
na aprovecharía demorarle la noticia de
ella, y que aun tal vez valiera más apre
surarla, en previsión de que “el pobre hijo”
llegara a reemplazar con esperanzas las ac
tuales zozobras por la salud de Luisa, re
solvió no perder tiempo en hablar con el
abuelo. A quien tan pronto lo enteró de
que por el momento descansaba aquélla, se
llevó consigo al despacho. Diciendo, antes
de salir de la alcoba a los que allí queda
ban:
— ¡Vuelvo pronto!... Guzmán. Y tú Car
los, cuidado.
— ¿De qué?
— Que probablemente todavía durará va
rias horas el efecto del narcótico; pero si
pasara mientras yo falto de aquí...
— Sí ya lo sé: Te lo prometo.
— Bueno... Pero además a usted, Guz
mán, le encargo que tan pronto advierta
señales en Luisa...
— Sí. V aya usted tranquila.
*
**
•
— ¿Qué tienes Pepeta?— preguntó Don
Jaume en cuanto él y la Capitana estuvie
ron en el despacho, y reparó, alarmado, en
el trastornado semblante de ella, del que no
se dió cuenta en la penumbra de la alco
ba— . ¿Es que hay peligro inminente?
GL SECRETO DE SARA
31
Por razones sólo de él y de Sara hasta
— Por ahora no... Pero en la "vida hay
entonces
conocidas no había visto aún Ri
cosas mucho peores que la muerte: mucho,
poll
lo
que
tan evidentemente veía la Ca
mucho peores.
pitana; mas tan pronto como ésta nombró
— Me asustas. ¿Qué es lo (fue pasa?
a Alvaro, fué el nombre de él como re
Presurosa y desordenadamente, pues el
lámpago que instantáneamente le descubrió
estado de su espíritu no consentía prolija
el porqué de la aflicción de ella. Pero tan
ni aun sosegada explicación, hizo sa!ber la
rápida como tal percepción fué su protesta
Capitana a Don Jaume que mientras él y
contra la imposibilidad, vista por María
Carlos, en el sumergible, buscaban a la
Pepa, de la dicha de Carlos; y sin dar tiem
desterrada, había ella visto la medalla de
po a aquélla de acabar su comenzada fra
Luisa y descubierto, después, el lunar de su
se, y mirando, no a lo que ella pensaba,
hombro. Todavía más de prisa, pues el
sino tan sólo a lo que pensaba él exclamó:
abuelo conocía, desde que acaecieron, los
— ¡Qué disparate!
pormenores del rapto cierto y la presunta
Al oír su exclamación quedó suspensa y
muerte de la perdida niña, y no era nece
lo miró con estupefacción la pobre madresario referírselos, lo enteró de cómo la con
Por no atinar a comprender cómo podía es
versación con Guzmán había convertido en
tar tan ciego que no viera la evidencia que
certeza las presunciones despertadas por
a ella le estaba atormentando. Y en segui
aquellas apariencias.
da dijo:
Sin dar siquiera tiempo a la relatante de
— ¿Cómo disparate? ¿Pero no me has
agregar que antes de convertirse, para o la,
oído?
¿Será posible que no te hayas hecho
en convicción aquellas sus primeras vehe
cargo?...
mentes presunciones, había el temor a ellas
— Sí, Pepeta: te he oído, y no estoy loco:
sido causa del ataque cerebral de Luisa, y
te
he oído, y me he hecho cargo de que los
en el momento mismo de oír Ripoll hablar
crees hermanos: ese es el disparate... ¡ Qué
de la identidad de ésta con la criatura se
atrocidad! ¡Pobre Carlos!
cuestrada interrumpió a María Pepa, di
—Y a comprendo porqué no quieres en
ciendo con cara asombradisima:
tenderme. Es que el cariño a él te oscurece
— Vaya, hombre, vaya. Creí que era otra
el juicio... Mas yo también lo quiero, y no
cosa. Buen susto me has dado, Pepeta...
menos que tú; también la quiero a ella; por
Comprendo tu emoción, con tan inesperado
los dos me aflijo; pero ni cariños ni aflic
descubrimiento, y me explico tu pena al ver
ción son suficientes a hacerme cometer el
enferma a tu hija, pero ya sanará.
crimen de casar a dos hermanos.
Sí mujer, sí, ya lo verás. Que sea enhora
— No lo son, no lo son.
buena...
— Estás ciego. ¿Cómo pretendes soste
— ¡¡Enhorabuena!!... Pero papá Ripoll.
ner...?
¿No has comprendido que...
— Lo sostengo porque sé...
— Perfectamente: Que has tenido la suer
—
¿Qué puedes saber?— preguntó María
te de recobrar a tu hija.
Pepa al ver que, a punto ya Ripoll de dejar
— Sí, una suerte mía, lograda a costa de
escapar lo que sabía, enmudeció por darse
la desgracia de ellos.
a tiempo cuenta de haber estado en inmi
— ¿Ellos?...
nente riesgo de dejar escapar el secreto
Sin poder explicarse que hombre del ta
que bajo juramento prometió guardar.
lento del astrónomo fuera, en aquel asunto,
— Sé... sé... que eres la eterna cavilosa
tan tardo de comprensión cual estaba de
de siempre, que en todo halla ocasión de
mostrando, al no ver el conflicto moral que
atormentarse con escrúpulos.
a ella la acongojaba, contestó María Pepa
— ¡Llamas a esto escrúpulos!
a aquella admirada pregunta diciendo:
— Sí; porque cuanto me has dicho no se
— Pero, ¿cómo? ¿No lo ves? Mis hijos;
funda sino en unas cuantas coincidencias
mis dos hijos. No, los dos hijos de Alvaro
casuales; porque creo absurdo sacrificar la
que ya es imposible...
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
felicidad de Carlos y de esa pobre niña a
una mera suposición, de que pueda ser la
que te robaron y que, por desgracia, sa
bes perfectamente que murió hace muchos
años.
— ¡Suposición!... ¿Pero no has dicho tú
mismo, hace un momento, que esas pruebas
que ahora te parecen casuales coinciden
cias no dan lugar a duda?... ¿No me aca
bas de dar la enhorabuena por haber recu
perado a mi hija?
— Pues ya no te la doy; porque ahora no
Jo veo ya claro, sino turbio: muy turbio.
“ Es natural” , reflexionó para sí María
Pepa, “ahora lo miras a través de tu ca
rino a Carlos y de obstinación senil, que
no quiere resignarse a verlo desgraciado.
Me es preciso renunciar a la esperanza de
que él me ayude. Preciso es que yo sola
lleve hasta el fin esta pesada cruz ” Y pen
sando esto, prosiguió en alta voz:
— Papá Ripoll, no discutamos más. Te
iba a pedir algo que ya veo será inútil pe
dirte. Cómo ha de ser: yo misma hablaré a
Carlos.
— ¿Para decirle-..?
— Naturalmente: mi conciencia no me
permite seguir sino ese camino.
— Está bien. Pues si tú le dices todo eso,
yo le diré todo lo contrario.
— ¡Papá Ripoll! ¿Es que vas a interpo
nerte entre Carlos y yo? ¡E s que vas a
inducirle a cometer...!
No, tú no puedes hacer eso; tú no pue-des hacerme aún más amargo, que para mí
lo es ya, el cumplimiento de esta penosísi
ma pero ineludible obligación mía...
No, no lo harás; pues si lo hicieras ha
bría que pensar... creer que... que...
— Que me he vuelto loco.
— Puesto que ya lo has dicho, sí. Porque
en tu juicio no es creíble que lo hagas...
— Pues no, Pepeta: no me he vuelto loco.
Mírame a la cara, mírame a ios ojos_~
Ni tampoco chocho, porque no es que me
ofusoue mi cariño a Carlos. Créelo, hija
mía, te lo juro. Ni que yo tenga tan acor
chada la conciencia que sea insensible a
esos deberes, dictados por razones para ti
clarísimas, pero que yo tengo otras para
considerarlas ilusorias.
.— ¿Otras razones?
_Sí: y más poderosas que las tuyas.
— ¿Cuáles son?
— No las puedo decir: no puedo, no
puedo...
— Pues, mientras no las sepa yo, com
prenderás que no pueden convencerme.
— Te juro que no son hermanos: te lo
juro, te lo juro... Y no estoy loco, no.
— No digo que lo estés. Mas contra la
evidencia nada pueden los juramentos me
jor intencionados.
— Verdad, tienes razón; mas sólo en la
apariencia. Y como yo también la tengo,
no en la apariencia sino en realidad, aun
cuando ahora no pueda convencerte de ello
con palabras, dame un plazo de una hora,
no neoesito más, para demostrarte que las
mías valen más.
— Pero ese plazo... ¿En qué consiste?
¿Qué me pides con él?
— Que me prometas no hablar a Carlos,
no hablar a nadie de eso, hasta que pase
una hora.
— Pero ¿cómo es posible que en tan corto
tiempo?...
— Si tan corto es, ¿qué te importa tardar
una hora más en amargar la vida de esa
criatura?
Y si aún sigues creyendo que chocheo,
¿qué te cuesta concederle esa hora de in
dulgencia a mis chocheces?
— No: yo no comprendo nada Oe cuanto
dices; yo no alcanzo a explicarme en qué
pueda aprovechamos esa hora; pero mi
rándote y oyendo cómo hablas, podré creer
te engañado, obcecado, pero chocho no...
Pero ¿para qué pides y qué piensas hacer
en ose plazo?
— Imposible decírtelo... También yo tengo
deberes de conciencia. Aguarda esa hora.
— Aguardaré.
— Pues adiós— dijo Don Jaume, dirigién
dose a la puerta— . Y mientras vuelvo pide
a Dios que me ayude— agregó al tiempo de
salir.
— Así lo haré...
Yo no sé ya si creerlo loco; pero si él no
lo está, tiene que ser que lo esté yo.
33
EL SECRETO DE SARA
VIII
— S í: diecinueve años. Pero hace un mo
mento han sobrevenido circunstancias que
me han puesto en trance en el cual he
LA CRUZ CAE EN OTROS HOMBROS
I creído que iba a serme imposible seguir
cumpliendo mi promesa. Y todavía vacilo
— ¡Qué alegría!— dijo Sara, levantándose
si mi deber puede llegar a...
al ver entrar a Don Jaume en la habita
— ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza!— gritó
ción, en donde ella se hallaba desde que
ella levantándose, y trocándosele en encen
Carlos la dejó para ir a saber noticias de
dido grana la densa palidez que momentos
Luisa— . Tenía verdadero afán de ver a
antes le cubriera el rostro— . No: eso seria
usted a solas, para darle muchas gracias,
una abominación, un infame engaño. He
muchas, por las noticias que me dió, cuan
pagado el silencio de usted, sobre aquella
do aún estábamos en los sumergibles.
bochornosa desgracia mía, con esos mis
— Y yo de dárselas por el perdón que me
mos años de padeoeres, cuyas torturas no
otorgó.
caben en la imaginación de ninguna cria
— Usted se lo ganó, viniendo aquí a bus
tura de la Tierra, sino en la de la única a
carme y devolviéndome mi hijo. No ha
quien han atormentado. AI someterme vo
blemos ya más de eso, sino de cosas que
luntariamente a su sentencia pagué amplia
ahora me urgen más; pues todavía necesito
mente, con mi inmolación, el silencio, no de
que me complete usted aquellas noticias con
diecinueve años sino de la vida entera. Ese
otras, que imprescindiblemente he menes
deber, sobre el que usted vacila, no puede
ter para...
estar más claro.
— Se las completaré, pero en otra oca
— Verdad, verdad; pero usted no. sabe...
sión. Pues hoy hemos de hablar de algo
— No necesito saber más sino que aquel
mucho más apremiante, por depender de
juramento es sagrado. Pero además sé que
ello la felicidad o la desdicha de ese hijo
después he perdonado a usted esos horri
que hoy ha recobrado usted.
bles inacabables años de tormento, la pri
— Hable. Eso es, para mí. lo que por cima
vación de mi hijo; sé que acabo de humi
de todo me interesa.
llarme ante ustedes, que de rodillas he pe
— Ineludible necesidad me obliga a evo
dido perdón; sé que tengo derecho, lo ten
car recuerdos para usted penosísimos, de
go, lo tengo, a que mis sacrificios no hayan
los que no sería delicado hablarle, a no re
sido infructuosos, a que el salvarme esta
lacionarse, según acabo de decir, con la di
miserable vida, que para esto más valiera
cha de Carlos. Dispénseme por tanto si...
me hubiesen ustedes quitado entonces, no
— No se preocupe, y hable con libertad—
sea a costa de cubrirme de ignominia. Ten
contestó Sara procurando aquietarse y es
go derecho a exigir de usted silencio. Lo
conder el sobresalto que le producía aquel
exijo, lo exijopreámbulo.
Tan conmovido estaba Ripoll con la jus
Vaciló el astrónomo como si no atinara
tísima amargura de las quejas de la pobre
forma de entrar en el espinoso asunto que
mujer; tal era la energía por ella puesta
había de tratar. Pero por poco tiempo, has
en sus protestas y requerimientos; con tal
ta que haciendo un gran esfuerzo dijo:
brío y rapidez se atropellaban las unas y
— Diecinueve años he guardado, cual si
los otros en brava e indignada queja que,
de la memoria se me hubiese borrado total
al verla levantarse del asiento, e increpar
mente, el secreto, que al sentenciar a usted
lo con la desaforada vehemencia vibrante
a quedarse, abandonada, en este mundo le
en sus palabras, no pudo menos el anciano
prometí guardar.
de acordarse de aquella terrible Sara de
— ¡Ah! ¿Se trata de eso?— exclamó Misremotos tiempos. Turbándolo tal recuerdo
tres Haig, poniéndose intensamente pálida
a! extremo de que, aun deseando tranquili
al convencerse de no ser vanos los temores
zarla, desde el momento mismo en que ella
en ella despertados por los primeros cir
comenzó a recriminarlo, y aun habiéndolo
cunloquios de su visitante.
E E SECRETO D E SARA
3
34
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
intentado, no logró intercalar palabra suya
entre las fogosísimas de Sara. Hasta que
terminando ésta con aquellos “lo exijo, lo
exijo” , pudo replicar él:
— He dicho que he estado a punto de des
cubrir, pero no que haya descubierto, lo que
así espanta a usted. Me he acordado a
tiempo de mi juramento... Más todavía,
Mistress H aig: en este instante vuelvo a
reiterarlo.
— ¡A h! Qué horrible rato me ha hecho
usted pasar.
Pero entonces, si nada ha dicho usted,
¿a qué esa amenaza? ¿A qué hacerme te
mer...
— Porque he venido por parecerme pre
ciso que usted sepa cuál ha sido el riesgo
al que he escapado, y que aún subsiste;
para que, conociéndolo, sea usted y no yo,
quien decida si la conservación de ese se
creto vale más que la felicidad de Carlos.
Por razones análogas a las que, poco an
tes, habían hecho a la Capitana asombrarse
de que Ripoll negara el estrecho parentesco,
que ella creía evidente, de Luisa y Carlos,
parecíale a Sara incomprensible pudiera la
divulgación de su secreto aprovechar en
nada al último. Y eran tales razones que
cada una de las dos mujeres no podía ver
sino una de las dos fases del conflicto, que
íntegro conocía, en sus dos aspectos, el as
trónomo. A quien, pensando solamente en
lo de ella sabido, contestó Sara tan asom
brada como antes lo había estado María
Pepa.
— ¡ Quiere usted hacer feliz a mi hijo cu
briéndolo de vergüenza, con la publicación
de su bochornoso origen, del que es irres
ponsable; del que también lo soy, pues que
mi voluntad no tuvo parte alguna en aque
lla infamia?
— Comprendo su sorpresa. Mas sosegada
con la reiteración de mi juramento, no in
tente discutir si es o no absurdo lo que
digo, hasta que, sin hacerme malgastar
tiempo en contestar inútiles interrupciones,
me haya usted oído cuál es el trance que
me trae a verla. Pues sólo entonces, cuando
ya lo conozca, podrá, por sí misma, apre
ciar 1a trascendencia de él.
No encomio, pues es innecesario hacerlo,
el interés, tanto mayor por los graves re
celos que lo exacerbaban, con que la trastor
nada madre oyó la narración de la reciente
entrevista con María Pepa de Don Jaume.
Que éste abrevió cuanto le fué posible, por
tener prisa de acabarla, a fin de saber
pronto cuál sería la actitud que tomaría
Sara, al enterarse de la amenaza que se
cernía sobre Luisa y Carlos.
Pesadez fuera repetir dicho relato. Sáltolo, por lo tanto, y me pongo en el final
de él. Cuando después de referir el catalán
cómo, viéndose fracasado en el intento de
disuadir a la Capitana de su convicción, ló
gica en ella, pero en realidad falsa, había
estado él a punto de explicarle el porqué
de la falsedad de tal convencimiento.
Silenciosa escuchó Mistress Haig todo el
relato, y más de su última mitad no solo
silenciosa sino con la cabeza entre las ma
nos y los codos sobre las rodillas. Por ello,
por no haberle oido ni un solo comentario,
ni una interrupción, y por no poder saber
siquiera cuál era la expresión del rostro,
que no veia, nada podía colegir Don Jaume
sobre los encontrados sentimientos que de
cierto habrían de estar luchando en el alma
de su oyente, a quien miraba cada vez másinquieto.
Cuando acabó de hablar el viejo, siendo
sus últimas palabras las relativas a cómo,
al fin, pudo evitar se le escapara, en su dis
cusión con María Pepa, el secreto de Sara,
dijo ésta, mas todavía sin cambiar ae pos
tura:
— Gracias, gracias, por haber callado.
Dicho esto dejó pasar un rato, breve en
el reloj, larguísimo para ella, que estaba
en lo más rudo de su interno batallar, y nomenos largo para Don Jaume. A quien tal
silencio le iba haciendo temer si lo habría
engañado su esperanza— nacida de las prue
bas ya dadas por Sara de su arrepenti
miento— de que, al conocer ésta el drama
planteado en la conciencia de la Capitana,
viera en seguida que únicamente la verdad
tendría fuerza necesaria para resolverlo en
justicia y caridad. Mas cuando, creciendo
sus temores con la prolongación de aquel
EL SECRETO DE SARA
35
ta y hay que llegar hasta el fin de ella...
callar, se disponía a exponer clara y cruda,
Adelante... ¿Después?...
mente su criterio, sobre cuáles eran, en su
Calló, tornando, como si vacilara nueva
entender, en conflictos de tal índole, los in
eludibles deberes de una madre, dijo la de mente, a cogerse la cabeza entre las manos.
Carlos, cual si no hubiese habido intervalo Pero por breve tiempo, pasado el cual se
ninguno entre sus últimas palabras y las levantó diciendo:
—Ahora no hay que pensar en el des
que entonces agregó como continuación de
pués...
Vamos allá...
aquéllas, y todavía con la cara entre las
—¿Cómo?
Ahora mismo.
manos:
_Sí: si no aprovecho esta resolución,
—Ha hecho bien en callar... porque...
—Pero es—interrumpió violentamente el no sé...
—¡Pero usted misma!-.. Yo podría pre
abuelo, creyendo era tal respuesta el solo
fruto conseguido de su intento—...es que... cederla, prepararle...
—¿A qué? No por eso se amengua el sa
—... porque—continuó Sara, acabando la
crificio... Además, de estos trances hay que
frase que aquél le había cortado—quien
salir pronto; las esperas los hacen todavía
ahora debe hablar soy yo.
más
dolorosos. Vamos, vamos... Pero que
Al decir eso alzó por fin la cabeza. Asus
tando a Ripoll el ver hasta qué extremo no me oiga mi hijo: delante de él me mata
descomponían su semblante, todavía muy ría la vergüenza... Ustedes se lo dirán todo
bello, las señales, que a él se le asomaban, después. Ahora no tengo fuerza, y aun
de la espantosa brega interna que la infe para ello necesito muchas, sino para ha
liz acababa de sostener consigo misma, y blar delante de la Capitana y del padre de
del desgarrante dolor del sacrificio a que, esa niña, a quienes es preciso revelar la
verdad.
cual resultado de ella, se aprestaba.
Vamos.
—¡Gracias a Dios!—contestó tembloroso
*
el anciano; pues en él combatía el gozo de
* *
apartar de Carlos el peligro que lo amena
Como Carlos veía a Luisa apaciblemente
zaba, con la punzante compasión que le ins
piraba el precio a que la pobre desterrada dormida, y aunque a reflexionar con cal
ma no debiera fundar en esto grandes es
iba a pagar la dicha de su hijo.
—Gracias a Dios—repitió—que ha toca peranzas; pues, hallándose aquélla bajo la
do el corazón de usted con arrepentimiento acción de un calmante, no había porqué con
tan profundo, tan noble y valeroso que no fundir su forzado sosiego con el de un sue
ño espontáneo y natural, lo cierto es que
vacila en...
aquel suave dormir, acompañado de normal
—No, no vacilo.
Al decir esto, expresión de energía in respiración, había aquietado las más vehe
contrastable borró, siquier tan sólo fuese mentes inquietudes del impresionable y ena
momentáneamente, las huellas del dolor en morado mozo. Tanto que, cuando terminada
la cara de Sara, de la que volvieron a adue la conversación de Ripoll con María Pepa,
retornó ésta a la alcoba, y a su silla a la
ñarse, a medida que prosiguió, diciendo:
—Creí haber padecido, en mis años de cabecera de la enferma, ya su hijo adopti
destierro, las penas más amargas que una vo, menos alarmado que cuando ella se lué
con el abuelo, tenía para observar a quien
criatura pudiere soportar. Me equivoqué:
aun me quedaba otra, todavía mucho más no fuera Luisa, y para discurrir, la liber
terrible. Creía que los tremendos sufrimien tad de juicio que le había faltado mientras
tos apurados en este mundo, del que ha la viveza de sus temores, ya atenuados aho
venido usted a sacarme habían ya castiga ra, le impidió apartar de su amada los ojos
do totalmente mi vida en aquél. Me enga y el pensamiento del peligro de perderla.
Consecuencia de esta mayor amplitud ac
ñaba también: mi salvación me trae un
dolor todavía más cruel que cuantos he tual de su capacidad de observación y ra
padecido; la expiación no está aún comple ciocinio fué que, mirando a María Pepa y a
36
b ib l io t e c a
n o v e l e s c o -c ie n t if ic a
Guzmán, advirtiera sus aspectos consterna
dos, llamándole éstos la atención por pa
recería incongruente el gran abatimiento
de los dos con el estado de Luisa, que él
no creía justificaba tan profunda aflic
ción. Más todavía: viendo el grandísimo
interés de su madre adoptiva por la enfer
ma, revelado en la mirada que de ella no
desviaba, en su conístante solicitud, a cada
instante demostrada arreglándole las ropas
del lecho, corriendo la cortina de la venta
na, para evitar la ofendiera la claridad,
enjugándole con frecuencia el sudor de la
frente y acercándose a escuchar el compás
de su respiración, no podía explicarse sus
pasadas y menudeantes salidas de la alco
ba, primero a hablar con Guzmán y des
pués con el abuelo, que la alejaban del lado
de su querida enferma.
“ ¿Qué tendrán que decirse” , se pregun
taba, “ tan urgente que no consienta apla
zamiento ni pueda hablarse aquí mismo?”
Y a puesto en camino de observar, y en la
pendiente de sacar consecuencias de sus
observaciones, no dejó de echar de ver que
María Pepa volvió de su entrevista con Ripoll mucho más triste todavía que cuando
se fué. Sin que ello se justificara con agra
vación de Luisa, cuyo estado al retorno de
aquélla era, poniéndose en lo peor, igual,
y para él mejor, que antes.
Agregóse a todo lo anterior, aumentando
la extrañeza en Carlos despertada por las
indicadas observaciones, y por los comenta,
rios que le sugerían, el haber visto dos o
tres veces los ojos de María Pepa vueltos
hacia él y mirándolo con desconsolada ex
presión, en la cual le pareció leer lástima
no a Luisa sino a él. Y por último, y por
cima de todo lo dicho, sorprendíale, más
aún lo alarmaba la actitud de Guzmán: que
ni lo miraba a él, ni a la Capitana, ni si
quiera a su h ija; pues, con la cabeza baja,
abatidísimo, parecía sumido en cavilación
tan honda que no le permitía atender sino
a lo que en su interior pasara.
Es extraño: todo esto es muy extra
ñ o ...” Decíase el perspicaz muchacho. Vol
vía a mirar y remirar a quienes excitaban
má3 su inquietud que su curiosidad, y re
petía cada vez más convencido:
“ Esto es raro, rarísimo. Aquí parece ha
ber algo más que la preocupación de ellos
con la enfermedad de Luisa.”
IX
DE CÓMO MARRULLERÍAS SABEN A VECES MAS
QUE PERSPICACIAS
Rato llevaba Carlos de dar vueltas a sus
aprensiones en camino de pasar a alarmas,
cuando entrando Don Jaume, nuevamente
en la alcoba, se acercó a la Capitana; y,
llevándosela al rincón de la habitación más
alejado de donde aquél estaba, comenzó a
cuchichear con ella en voz muy baja. Ha
ciendo pensar al muchacho, que de ellos no
separaba la mirada: “ Y siguen los miste
rios.”
He aquí lo que decían:
— Pepeta te traigo la prueba que me fui
a buscar.
— ¿De veras, de verdad?... No puede ser.
— Baja la voz. Carlos no nos quita ojo.
— ¿Pero de veras? Dime, dime...
— No, yo no; porque esa prueba no soy
yo quien va a dártela, sino Mistriess Haig,
que conmigo ha venido y te aguarda en tu
despacho.
— ¡E lla!
— Sí: viene a hablar de eso contigo y
con Guzmán.
— ¿Parqué con Guzmán?
— Porque los dos creéis lo que yo te ne
gué, y a los dos es preciso convenceros de
que estáis equivocados; y porque nadie pue
de hacerlo con la autoridad que ella.
— Pero ¿qué puede saber esa señora, de
si esta niña es o no es mi hija?
— Pepeta, contestarte yo sería perder
tiempo. Lo urgente es que los dos habléis
con ella. Y tanto como eso que acabemos
pronto este cuchicheo, que según ese chico
nos mira parece estar interesándole más de
lo conveniente.
El aviso de Don Jaume hizo a María vol
ver la cabeza hacia donde Carlos estaba,
viendo, efectivamente, en la mirada de él
expresión de curiosidad sumamente viva.
Si bien la faltó tiempo de cerciorarse de
EL SECRETO DE SARA
ello; pues, al verse observado, apartó la vis
ta él rápidamente, diciéndose: “Mamá y el
abuelo se han enterado de que los estoy
mirando, y no parece haberles hecho mu
cha gracia el descubrimiento.”
— Creo que tienes razón— dijo la Capita
na— . ¿Será que sospeche algo?
— Hasta ahora es imposible. Pero como
prolonguemos mucho estos apartes ése las
caza al vuelo.
— No, vámonos. Pero habiendo de venir
se Guzmán con nosotros, él no puede que
darse aquí solo con Luisa.
— Verdad. ¿Pero cómo lo echamos?
— En eso estoy pensando... ¡A h! Oiga
Guzmán haga el favor de venir un mo
mento.
A l oír estas últimas palabras de María
Pepa, que fueron dichas en voz alta, pensó
Carlos:
“ ¡Anda, otro al secreteo! Aquí pasa algo
que no es natural, y quieren ocultarme. No,
pues si me lo ocultan van a enterarse de
que no me la dan. Y así tal vez acaben los
misterios.”
Consecuencia del anterior soliloquio men
tal fué levantarse Carlos y decir a María
Pepa:
— Mamá, si estorbo...
— Estorbar no, hijo mío..., sino que...,
que el abuelo...
— Que Pepeta y Guzmán— prosiguió Don
Jaume, acudiendo en auxilio de la turbada
María Pepa— tienen que salir un momento;
y que por si Luisa necesitare algún cuida
do, que no podrías prestarle tú, es preciso
que vayas a buscar a la doncella. Pues en
tanto no venga, no puede irse tu madre.
Anda, hombre, anda.
Aunque de mala gana, obedeció Carlos,
pues no podía resistirse, ni había para que
se resistiera, a cumplir el encargo. Pero
pensando que en tanto iba y volvía podrían
los otros hablar más a sus anchas; que para
eso le encomendaban a él lo que, con sólo
tocar el timbre, podrían haber encomenda
do a un criado; que aquella otra salida de
María Pepa y de Guzmán corroboraba no
ser infundada su sospecha de que algo le
ocultaban, y que de no ser cosa interesan
37
te para él no se cuidarían, cual se cuida
ban, de escondérselo.
Poco después que él salió el abuelo de la
alcoba, a prevenir a Mistress Haig, a
quien dejó, cuando con ella había venido,
en el despacho de la Capitana, de que no
se sorprendiera de la tardanza de ésta y
de Guzmán, quienes no por voluntad ni
culpa de ellos, sino por no poder dejar des
atendida a la enferma, aun demorarían un
rato su llegada.
Mas ocurrió que al retom ar del despacho
a la alcoba, y antes de llegar a ésta, se en
contró con Carlos acompañado de la donce
lla. A quien, al ver al viejo, dijo el mozo:
— Entre, entre en la alcoba. Ahora voy
yo.— Y yéndose hacia aquél, lo abordó pen
sando “a éste se lo saco yo todo en cinco
minutos” , y diciéndole:
— Aguarda, abuelo, aguarda. ¿Qué pasa
aquí?
— ¿Cómo qué pasa?— contestó Don Jaume
poniéndose en guardia.
— Sí, que algo pasa está visto. No me lo
niegues, sería inútil, porque ya sabes que
no me chupo el dedo.
— Sí, ya lo sé; pero lo que no sé es de
qué hablas— repuso el asaltado. Y al decir
lo mentía, por no poder confesar la verdad,
ni haber hallado todavía respuesta, que bus
caba, para salir, sin confesarla, del aprieto
en que el muchacho lo ponía.
— ¿Qué significa ese continuo que salgo
que entro de mamá, abandonando la asis
tencia de Luisa que tanto la interesa?...
¿Qué urgencia tienen esas conversaciones,
primero con Guzmán, luego contigo, y año
ra según parece con los dos?...
¿Porqué, todo eso, no lo tratáis ahí, en la
alcoba?... ¿Qué es?... ¿Porqué me lo ocul
táis? Lo cual es prueba de que ha de ser
cosa muy grave.
Felizmente, para el avispado viejo, la lo
cuacidad del preguntón le dió respiro para
ir hilvanando lo que había de decirle. Pudiendo hacerlo gracias a darle a él tran
quilidad el tener ahora certeza, que a
María Pepa y al instrumentista les falta
ba todavía, de estar ya conjurado el con
flicto que a ambos los asustaba. Tranquili
dad y soltura mental que aprovechó para
b ib l io t e c a
NOVELESCO-CIENTIF c a
trastear al impetuoso nieto con las marru
llerías, en que sabemos era ducho, y a las
que se acogió diciendo:
_¿ Grave? Y a lo has dicho tú. Como si
no hubiera cosas que, aun sin serlo, no
pueden ni deben hablarse delante de un
macaco como tú. Como si el macaco fuera
tan importante personaje que las personas
de respeto deban contarle, de pe a pa, sus
más reservados asuntos, en los que para
nada tiene que inmiscuirse.
— Entonces es que hay cosas reservadas.
— Claro. (¿Por dónde salgo yo?) Claro...
— Para ti que las conoces estará muy cla
ro; pero en cambio para mí...
— ¡Ah! ¿Pero es que pretendes conocer
las?... Pues no lo intentes, porque perde
rías el tieippo... Y porque... (¡Qué idea!)...
Ea, porque tu curiosidad inconvenientísima
molestaría y ofendería a tus dos madres.
— ¿Cómo?
— Pues me pones en el caso de decirte lo
que no te habría dicho, a no obligarme a
ello tu atolondramiento, te recordaré que
habiendo sido Pepeta y Mistress Haig ri
vales, pues que las dos amaron a tu padre,
y las dos estuvieron unidas a él sucesiva
mente...
— ¡A h !
— No había la menor necesidad de que yo
te hablara de todo esto, que me has puesto
en el caso de decirte. Pero, ya dicho, com
prenderás ahora que sus mutuos sentimien
tos de aquella época no podían ser muy
cordiales.
— Verdad... Ahora siento haberte Ha
blado...
— Y a ves si tenía yo razón al decirte que
no intentaras...
— Si ahora me duele... Es verdad, entre
las dos ha de haber... Esta es una tristeza
en que no había pensado.
— No te apenes... Y a de eso ha pasado mu
cho tiempo: todo se arreglará. Pero al en
contrarse ahora, y aun cuando se hayan
mutuamente perdonado, hace ya mucnos
años, los agravios que cada una creyera te
ner de la otra, forzosamente quedan sedi
mentos de aquella rivalidad: no ya en los
corazones, pero sí en las memorias de las
que van a comenzar la vida de trato si no
íntimo, por lo menos frecuente, que han de
vivir ineludiblemente en la estrechez del orbimotor. Por eso, las dos, han comprendido
que es preciso limpiar aquellos sedimentos,
mediante una entrevista, y explicaciones
leales y discretas que, en obsequio tuyo,
eviten tirantez de trato entre ellas, que ha
bría de apenarte, si la advirtieras.
— Tienes razón: soy un atolondrado, que
te ha puesto en el caso de recordarme cosas
en las que aun sabiéndolas no había reiiexionado hasta ahora... Y eso que debieran
habérseme alcanzado.
— Por eso he mediado yo, viendo a la
una y a la otra, con esos cabildeos, a que
te referías. Y que no diré no te interesen,
pues cuanto a ellas se refiera ha de intere
sarte; pero con interés que, una vez sabido
cuanto acabas de oírme, tenga la prudencia
de no mostrarse exteriormente del indiscre.
to modo que tu curiosidad acaba de mos
trárnoslo, en el desplante de hace un mo
mento con Pepeta.
— Dices bien; pero estaba inquieto, te
mía... No sé el qué; pero al veros recataros
de mí, y que al fin acababais echándome de
la alcoba...
— No, que íbamos a llamarte a consejo
para tratar contigo asuntos de tal índole.
Que íbamos a invitarte a presenciar la en
trevista que las dos van a tener dentro de
un momento.
— ¡Ah! ¿Van ahora...?
— Sí: esta nueva salida de Pepeta, que
tanto te ha intrigado, obedece a que acaba
de venir tu otra madre y la está aguardan
do en el despacho. De eso era de lo que la
avisaba cuando tú te has soliviantado por
que secreteábamos.
— Perdona abuelo, perdona... Ahora mis
mo voy a pedir también a mamá Pepa que
me perdone.
• •
— ¡ Pues lo vas a arreglar! De eso lo me
jor es que no te des por enterado; que ella
crea que ignoras su entrevista con Mistress
Haig, y ni sospeche que de esto sabes nada.
— Verdad, verdad.
— Más todavía, que ni tú mismo te pre
ocupes con aquellas rivalidades muertas;
pues yo, que con las dos he hablado ya se
paradamente, te respondo de que, en cuan-
EL, SECRETO DE S A R A
to se hablen, no quedará ni rastro de ellas
capaz de perturbar sus relaciones venideras.
— ¿Estás seguro?... ¿N o veré yo entre
ellas nada que me apene?
— Nada. Puedes estar tranquilo. De ello
estoy segurísimo. N o te preocupes.
— Bueno, no me preocuparé... Pero, oye,
una cosa no veo clara todavía.
— ¿E l qué?— preguntó Don Jaume po
niéndose nuevamente sobre sí.
— Que pareciéndome muy natural, me
ocultarais todo eso, no me explico que Ha
yáis ido a contárselo a Guzmán.
— i A Guzmán! ¡ Cómo hemos de ente
rarlo?
— Es que como mamá Pepa lo llamó cuan
do contigo hablaba, y luego seguisteis los
tres hablando bajo.
— ¡A h ! (Demonio de chico: de ésta si que
no s a lg o )... Es que no era para hablarle de
tal cosa..., que lo uno nada tenía que ver
con lo otro, pues lo llamábamos para otra
cosa... V erás... E l llamarlo fué porque al
llegar Mistress H a ig y decirme que quería
hablar con Pepeta también me indicó su
deseo de verlo a él... Y , claro, para eso lo
llamaba.
— ¡A h ! ¿M i madre te dijo?
— S í: y por eso lo llamábamos... Claro,
para decirle... Pero como cuando vino Mis
tress H a ig no me explicó para qué quiere
verlo, pues con ella no hablé entonces sino
un momento, no sé para qué quiere hablar
con él.
— Pues yo sí, yo sí— exclamó alegremen
te el muchacho.
— ¡ Que tú lo sabes!
— Sí. Cuando almorzamos juntos hablé
con ella de Luisa; le d ije que nuestra boda
acordada en principio, no dependía ya sino
de que ella le prestara su asentimiento. Y
si ahora viene, y quiere hablar a la vez
con mamá Pepa y con Guzmán, no puede
estar más claro que viene a decirles, como
me ha dicho a mí, que, por ella, encantada.
-— Pues es verdad— contestó dando un sus
piro o más bien, por lo fuerte, resoplido de
satisfacción el abuelo, al ver que el nieto lo
sacaba de atasco del que estaba temiendo
no saldría por sí solo— . L a cosa es eviden
te. Sólo que como yo ignoraba que también
39
ella y tú habíais secreteado a espaldas de
Pepeta y de mí.
— Claro está, claro está. ¡Qué majadero
he sido!
— Bueno es que lo reconozcas, si ha de ser
virte para escarmentar. Pero mira ya he
mos perdido demasiado tiempo; porque Pepeta me está esperando a mí y tu madre
a Pepeta y a Guzmán. Con que...
— Sí. Vamos.
— Pero no juntos. Pues yo voy a la alco
ba, donde no debes tú quedarte solo con
Luisa y la doncella.
— Pero.
— Y a puedes haber conocido que a Pepe
ta no-le parece bien. Y con muchísima ra
zón. Además, después de tu fa lta de respe
to de hace un rato...
— ¿M i falta de respeto?
— S í: aquello de “ si estorbo” .
— Verdad.
— N o debes ahora volver a molestarla, ni
poner la menor dificultad a lo que ella...
— Bueno, me iré.
— Pero lejitos ¿eh?... Es preciso que ni
la una ni la otra puedan creer que te que
das rondando por aqu í; que no to supongan
curiosidades inconvenientes.
— No, de ningún modo... Me iré con A rístides. No, iré a la enferm ería a que el mé
dico me diga si Luisa...
— Sí, hombre, sí... Aunque yo estoy se
guro de que en cuanto tu novia tenga ex
peditos los oídos, y nos oiga que tu madre
nueva tiene tanta gana de casaros como la
vieja, se acabó la enfermedad.
— ¿Sí, verdad, sí?
— Naturalmente. ¿N o ves que diga io
que quiera el médico, que en realidad no
sabe qué decir, tu novia no tiene otra en
fermedad que miedo?
— Puede que tengas razón.
¡Que si la tengo! E l susto horroroso
que por ti pasó mientras andábamos en el
submarino... ¿Pero hasta cuándo vas a te
nerme aquí?... ¡E a ! Lárgate.
— Me largo. Pero avísame a la enferme
ría en cuanto pueda volveT.
— ¡ Loado sea D ios!— se quedó musitando
Don Jaume al ver marcharse a Carlos__ .
N o creí salir tan fácilmente de este aprie-
b ib l io t e c a
n o v e l e s c o -c i e n t i f i c a
to. Y eso que a haberme oído Pepeta se
me figura que se habría convencido de que
el abuelo no está todavía tan chocho como
se temía ella. Tú eres listo Carletes; pero
aun te queda por aprender que el diablo
sabe más por viejo que por diablo.
Seguidamente entró en la alcoba, e infor
mó someramente a la Capitana de las sos
pechas del muchacho, y de cómo se las ha
bía él bandeado para alejarlo, haciéndole
comprender lo inconveniente de sus curio
sidades y del irrespetuoso modo de exterio
rizarlas con el desplante del “ si estor
bo...” Mas no dando detalles sobre el ar
gumento ad hominem, para ello empleado,
relativo a las rivalidades recordadas;' pues
no le pareció oportuno decirle que de tal
cosa había hablado.
Momentos después él, María Pepa y Guzmán entraban en la habitación donde los
aguardaba Sara.
X
DONDE SARA DA MEDIA SOLUCIÓN Y LA CAPI
TANA LA OTRA MEDIA
Lívida aunque serena, gracias a esfuerzo
heroico de su voluntad, ahorró Sara a quie
nes llegaban a escucharla, el trabajo, no
fácil, de buscar modo de comenzar conver
sación en donde holgaban los usuales salu
dos preliminares. Cuyos manidos formulis
mos habrían disonado de la imponente so
lemnidad de la entrevista.
— He sabido hace un momento— dijo
con voz sorda, entrando, sin perder tiempo
alguno, de lleno en el terrible asunto que
la traía— que dos criaturas inocentes están
a punto de ser víctimas de un error de us
tedes, que el señor Ripoll puede y no debe
rectificar, y que yo puedo y debo desvane
cer. Y a él ha dicho, a usted, señora, que
mi hijo y la hija de este caballero, digo
mal, de usted y de Alvaro, no son herma
nos como ustedes creen.
No ha sido creído, y por eso yo, madre de
Carlos, que en el conflicto soy testigo irre
cusable, vengo a cumplir mi deber de de
clarar que mi hijo no es hijo de Alvaro.
— Gracias a Dios— exclamó Guzman.
— ¿Qué dice usted, señora?... ¿Pero es
posible?— preguntó vacilante María Pepa— .
¿No es que arrastrada por su ciego cariño
a ese hijo que acaba usted de recobrar,
quiera con este sacrificio asegurarle la fe
licidad?
— No, no, Pepeta. Te lo juro.
_No señora, no es egoísmo maternal,
sino deber para con mi hijo, y con la
mujer que ha elegido por compañera, lo
que me obliga a hacer la confesión que he
hecho. A Don Jaume le consta y no de hoy,
sino desde pocos días después de nacer
Carlos, la verdad de lo que acabo de reve
lar a ustedes.
_Pero Alvaro, en el pleito de su divorcio
con usted, reconoció por hijo suyo a Carlos,
afirmando que no tenía motivo alguno para
dudar de la fidelidad de usted.
— No, no lo tenía... Ustedes saben ya y
este caballero sabrá ahora, por oírmelo, que
de otras muchas culpas tengo que acusar
me, pero de esa no.
-«-Entonces no me explico...
— Ni yo— interrumpió el peruano.
— ...cómo puede usted sostener que Car
los no es hijo de Alvaro— argüyó la Capi
tana terminando su interrumpida frase.
— Podrá usted explicárselo en cuanto se
pa que mi hijo nació, no de una falta, pero
sí de una desgracia, de una vergüenza mía.
Tan dolorosa, tan abochornante que con tal
de ocultarla acepté voluntariamente la sen
tencia que me condenó a quedar abandona
da en este mundo, al que ahora han vuelto
ustedes a buscarme. Aquella vergüenza es
la que ahora tengo que descubrir yO misma.
— Infeliz— murmuró María Pepa.
— ¡Pobre mujer!— exclamó Guzmán.
— No, heroica— rectificó Ripoll.
— No me interrumpan— dijo Sara, ya no
con la entera, aun cuando sorda voz, con que
había comenzado a hablar, sino entrecortada
y vacilante— . Déjenme acabar de una vez,
pues si no acabo pronto no tendré fuerzas
para llegar al fin de esta penosísima con
fesión. Que lo es todavía más porque te
niendo que luchar, para convencer a uste
des, con el obstáculo de no ser cristiana, de
no saber, pues no me lo enseñaron, en qué
EL SECRETO DE SARA
I
—¡Usted, usted!... ¡A quien tanto daño hice!
consiste, aun cuando lo presienta el ser
cristiana...
—En eso, en eso—interrumpió Ripoll—.
En eso que está usted haciendo.
—... no serán por ustedes creídos mis ju
ramentos, que ni siquiera sé en nombre de
quién hacer para que les inspiren confianza
en la sinceridad de ellos; y teniendo, por
tanto, que convencerlos, de la verdad de lo
que digo, haciéndoles ver y palpar cuánto,
42
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
cuánto me cuesta soportar la ignominia de
descubrir yo misma...
— No se la imponga, no; no se atormen
te: la creo a usted señora
— Sugestionada por la compasión que por
mí está sintiendo me creerá usted ahora.
Pero si no le doy pruebas más fuertes re
toñará su desconfianza en cuanto pase esa
emoción.
Déjeme, déjeme acabar de una vez. Ya
no puedo callar, es preciso que lo diga todo,
todo— continuó Sara exaltándose en térmi
nos que a quienes la escuchaban les hicie
ron pensar que acaso fuese peligroso con
trariarla.
— Para preparar sigilosamente en este
orbimotor averia que le impidiera realizar
su viaje; para hacer a usted cuanto daño
pudiere, todo el que ahora me atormenta
con mis remordimientos, furtivamente me
descolgué, una noche, de un zepelín, a los
Astilleros de Paramillo, hallando allí, a
muy poco de llegar, el castigo inmediato a
las maldades que iba a cometer. Pues el
malvado, hediondo cómplice que yo tenía
en aquellos talleres, y me ayudó a introdu
cirme en ellos, sin ser vista de nadie sino
de él, se aprovechó vilmente de un desva
necimiento m ío...
— Basta, señora, basta— gritó María
Pepa.
— Alvaro estaba en Europa desde dos
meses antes, siete después nacía Carlos...
— No quiero, no queremos oír más— in
sistió la Capitana.
— Ni yo puedo seguir...
H ijo mío, hijo mío: ya he cumplido mi
deber, ya...
Un desbordado torrente de lágrimas, una
congoja que sacudía el pecho de la desven
turada, evidenciaron que, efectivamente, se
gún ella decía, le era imposible continuar
hablando; pues sólo con frase entrecortada
con sollozos pudo agregar:
— No, no puedo... P ero... Pero el señor
Ripoll lo sabe todo... Me ahogo... El ex
plicará a ustedes lo demás que y o...
— Serénese, por Dios— decía María Pepa.
— El aclarará las dudas que aun puedan
quedarles; él les dirá el porqué estoy ple
namente cierta de que Carlos no es herma
no de... ¡A y , a y !... Ya no, ya no más, no,
n o...
— No, hija mía, no...— dijo Don Jaume,
asustado del espantoso padecer de Sara— .
Sí, yo: todo lo que usted quiera. Y usted
cálmese, cálmese, y olvide.
— ¡O lvidar!... ¡A y , ay! Me muero... Co
mo si esto se pudiese olvidar. ¡A y , ay!...
Cómo sufro, cómo sufro.
— ¡Pobre criatura!— dijo la Capitana co
giendo la mano de Sara— . Corra Guzmán,
váyase a escape a buscar al médico.
— No, ¡por favor!, no; que no me vea
nadie m ás... Nadie, nadie... ¡Qué horror!
No quiero otro testigo más de mi vergüenza.
— La vergüenza y la culpa de aquel cri
men no manchan a quien fué víctima de él,
sino al infame que lo cometió— replicó Ma
ría Pepa conmovidísima y con vigorosa
convicción.
— ¿S í? ... ¿D e veras?... ¿De veras lo cree
usted?— preguntó ansiosa Misstres Haig.
— Se lo ju ro... Antes que despreciarla,
como usted supone, todos nosotros la com
padecemos con toda nuestra alma.
— Gracias, Señora.
— Más todavía, admiramos la rectitud
moral y la heroica energía que le dan el
valor de afrontar este espantoso trance.
— Gracias, gracias, este es el (primer
consuelo que me alienta en él— . Al decir
esto, besaba Sara la mano de la Capita
na.— Y me viene de usted: ¡de usted a
quien tanto odié, a quien tanto daño hice!
¡ De usted a quien intenté matar!
— No, de mí no; viene de más alto: del
Dios a quien ha dicho usted no conocer,
pero a quien ya obedece su corazón; del
Dios al que sólo se llega por el corazón;
al que está usted en camino de encontrar;
al que pronto, muy pronto encontrará; del
Dios que para dar a usted confianza de que
la espera ya con los brazos abiertos me
manda abrir a usted los míos.
— ¡A m í! ¡A m í!
— ¡Pepeta, Pepeta!
— ¡Señora, señora!
Estas dos exclamaciones simultáneas con
las de la asombrada y agradecida Sara
eran del abuelo y de Guzmán. A quienes las
lágrimas, arrancadas por la emoción de
EL SECRETO DE SARA
ver caer en brazos una de otra a las »os
antiguas enemigas, les tenía oprimidas las
gargantas, sin permitirles decir más.
Al abrazarse a María Pepa decía Sara:
— ¿Cómo, cómo es posible que a la par
sienta el alma dolores tan horribles y una
alegría tan grande?
Y cuando se apartaba de ella después de
recibir su abrazo, exclamó admirada:
— ¡Usted, usted!... ¡A quien tantq daño
hice!
— La que me lo hizo ha muerto. No se
acuerde más de ella. Aquellos males los ha
borrado el bien que ahora me está usted
haciendo, al devolverme la felicidad, que
yo creía perdida, de esos dos hijos nues
tros; la alegría de ver que no es aquella
mujer de quien usted se acuerda, y yo he
olvidado, sino ésta, purificada por el arre
pentimiento y ennoblecida con su sacrificio,
la madre de mi Carlos..., de nuestro Car
los.
Sara, anegada en llanto, pero muy otro
que el de antes, no pudo contestar a estas
consoladoras frases, sino afirmando con voz
trémula:
— Sí, otra, otra.
— ¿No sabía usted qué es ser cristiana?—
preguntó Don Jaume, con los ojos llenos de
agua— . Pues ya lo va aprendiendo: como
cristiana, sin saberlo, acaba usted de obrar;
como cristiana porque quiere y sabe serlo
ha obrado ésta.
Callaron todos, porque sus sentires llená
banles los corazones de emociones incapaces
de expresarse con palabras a la altura de
la solemne intensidad de aquéllas.
La imagen de Alvaro, que al verse aque
llas dos mujeres, cuando Sara llegó al orbi motor, unas horas antes, y que aun a des
pecho del arrepentimiento de una y aei
perdón de la otra, completamente leales, in
terpusieron entre ellas las memorias de
ambas se había desvanecido. Aventada
en la una por la compasión, oscurecida en
la otra tras su gratitud. Y en vez de aque
lla imagen, que les recordaba la oposición
de dos amores contrapuestos, irreconcilia
bles por naturaleza., se erguía la de Car
43
los recién evocada, no como sombra, sino
cual realidad viviente: no entre ellas, sino
junto a ambas; y que en vez de apartarlas
unía en común amor sus dos amores ma
ternales.
¿Habría sido la compasión de María Pe
pa, a impulsos de la cual abrió los brazos
a su antigua rival en el corazón de Alvaro,
ayudada por el convencimiento inesperado
de que en Carlos no vería ya nunca ella,
como hasta entonces había visto, una evi
dente prueba del amor de Sara y de A l
varo?
Estas exploraciones de las almas son tan
complicadísimas, que, verosímilmente, ni la
misma Capitana sería capaz de resolver du
da tan ardua como la planteada por la pre
gunta, que incontestada queda, del párrafo
anterior. Pero la apunto por habérseme
ocurrido. Y allá cada lector pensará lo que
quiera.
Cuando los actores de la anterior escena
fueron recuperando el dominio de sí mis
mos, dijo la Capitana a Mistress H aig:
— Siéntese, acabe de serenarse.
— Y a voy estándolo, señora. Y ya puedo
acabar lo que aun me falta por decir.
— No vuelva a hablar de aquello— la ata
jó, con viveza, Don Jaume.
— Dice bien papá Ripoll: de eso no nos
importa más, ni queremos saber sino que
mi hija y Carlos no son hermanos.
— Pero tendrán que saberlo ellos.
— De ellos no hay que preocuparse— con
testó el abuelo— . Porque no lo sospechan.
— El no, papá; pero mi hija sí.
— Y ella y mi hijo tendrán plena segu
ridad de ello, en vez de sospecharlo, en
cuanto se haga público que la niña reco
gida por este caballero es la misma que
robaron a usted.
— Es verdad.
— Entonces, forzosamente habrán uste
des de decirles a ellos que no hay obstáculo
a su unión, porque no son hermanos sino
en la apariencia.
__ Tiene razón esta señora— dijo Guzmán__ . No hay medio de callarles la ex
plicación.
b ib l io t e c a n o v elesco -c ie n t if ic a
—¡Qué locura!
__Entonces será preciso enterar a mi
—Imposible.
hijo de la vergonzosa historia de su naci
—¡Volverse usted a...
miento, que no he querido yo, que no habría
__Sí, volverme al mundo de donde gene
podido, confesar delante de él. Y como tam rosamente
me han sacado. Es el único me
poco tengo valor para verlo después, cuan
dio que yo tengo para sustraerme a ese
do ya sepa que su padre no fué el intacha nuevo
dolor, que no puedo resignarme a
ble caballero a quien por tal tenía y res
soportar...
petaba, sino el bandido abyecto que por
—¡Qué horror 1
culpa mía...
—Por culpa de usted no; pues que su vo —Ahí seré menos desgraciada que aquí.
__Más, más, porque ahora sería definiti
luntad no tuvo parte alguna en su des
vo el abandono.
gracia.
__No, menos; y no tanto como an
—En ella no, pero sí en las maldades que
me pusieron en la ocasión de padecería. tes, porque ahora ya sé que tengo un hijo
hermoso, inteligente, noble; porque ya lo he
Porque a no haber yo...
—-Pero es que yo no veo—interrumpió besado; porque a ese mundo vuelvo segura
Don Jaume—porqué ha de recordarse ni del perdón de ustedes, y porque, para con
solarme en él, me llevo el recuerdo de los
dar explicaciones de eso.
—Si mi hijo fuera tonto cabría que yo besos que él me ha dado—Pero ¿y si cae usted en manos de los
me lisonjeara con la esperanza de que, ca
llándoselas, no habría él de pensar en ellas. enemigos que la venían persiguiendo?
—Siempre será mejor que ver a mi hijo
Y como me espanta la idea de afrontar su
primera mirada, después que sepa, o que mirarme como forzosamente me habrá de
sospeche, quién fui yo, no quiero, no, no mirar. Además que ese peligro no me asus
quiero que esa mirada borre de mi memo ta; pues si me cogen todo habrá acabado,
ria el dulce recuerdo de como me ha mi y al fin descansaré—No—dijo María Pepa, silenciosa hacía
rado hoy, el de los besos que hoy me ha
rato, pues las interrupciones últimamente
dado.
transcritas fueron todas de Guzmán y Don
—¿Qué quiere usted decir!
Jaume—. No lo consentiré.
—Lo que adivina usted, señora.
__Agradezco la intención de usted. Pero,
—¿Pero qué, c.hé?
—Y usted también, Señor Ripoll; pues créame, el sentimiento que se la dicta es
los dos comprenden cuán imposible es, para una compasión mal entendida. Créame que
una madre, resignarse al desprecio de su la vida me sería aquí verdaderamente inso
hijo. Porque pienso que acaso la única ma portable, y que allá padeceré mucho menos.
—Está usted equivocada: Aquí no pade
nera de evitar que el mío me desprecie, sea
hacerle ver que, con tal de evitar que mi cerá; porque ni Carlos ni Luisa sabran na
presencia sea para él un perenne recuerdo da de cuanto nos ha dicho usted.
—¿Pero cómo ha de ser posible el ocultár
de la vergüenza de su madre, del crimen de
su verdadero padre, de quien tendrá que selo?... Usted ha dicho que esa niña sabe
abochornarse, renunció a él y a la felici ya que es hija de Alvaro. Si ahora no se
dad, imposible ya, que de él esperaba.
le dice de quién es hijo Carlos, seguirá cre
yéndose hermana suya. Es imposible que
—¿Pero esa renuncia...
—¿Qué es lo que usted...
sabiéndolo ya ella...
—No lo sabe, lo teme... Le quitaré el te
—Déjenme terminar, pidiéndoles el últi
mo favor, que únicamente pueden hacer mor diciéndole que mi conversación con el
Señor Guzmán nos ha convencido a amoos
me ya.
de que me equivoqué al creer que era mi
—¿Cuál?
—Que no enteren a Carlos de esta con hija.
—Pero, pero... ¿Lo creerá ella?
fesión mía, ni de quién fué su padre, hasta
—Sí: la desgracia es desconfiada, pero
que yo esté fuera ya del autoplanetoide.
EL SECRETO DE SARA
se cree fácilmente lo que nos hace felices.
— Pero ¿qué le vas a decir?
— No sé. Y a buscaré medio de engañarla.
Y a lo buscaremos, pues creo que Guzmán
me ayudará en esta piadosa mentira.
— Sí, sí.
— ¡Pero es posible tal bondad!
— ¡Pepeta, Pepeta!
— ¡Y por mí va usted a resignarse a re
nunciar a su b ija !...
— No sólo por usted, sino por ella y Car
los... Además, que esto no será renunciar a
mi hija, porque de todos modos lo va. a ser,
ya lo es para mí, pues hace tiempo ya que
así la llamo, y no le ha de extrañar que así
siga llamándola.
— Pero ella no verá en usted...
— Me quiere ya cual si fuera su madre,
pues tan de Carlos es c¡ue con él siente, y
con él ama cuanto él ama... Sí, madre me
llamará gozosa, pues creerá deberme su fe
licidad en cuanto sea mujer de Carlos. Y,
a cambio de dejarla ignorante del lazo na
tural que a ambas nos une, aseguraremos
la ignorancia de él, evitándole la vergüen
za, que con razón aterra a usted, de saber
quién fué su padre.
— Señora, señora. ¡ Qué abnegación, qué
abnegación!
— No la hay en gozar con la felicidad de
los que amamos, no la hay en gozar de la
satisfacción de dársela.
— Pepeta, mi Pepeta. ¡Qué día tan her
moso!
— ¿Acepta usted?... ¿Renuncia a su te
rrible decisión.?
— Claro que acepta. Pues no ha de acep
tar.
— Sí: acepto, acepto. Me ahoga, me aho
ga esta felicidad... Mi hijo, mi hijo... Po
dré verlo, abrazado, sin temor a... Me aho
go, me ahogo.
Lo que el dolor no pudo contra aquella
fortísima mujer, púdolo la alegría inespe
rada que la tendió en el suelo sin conoci
miento.
XI
EL ZARANDEADO CARLOS ESTORBA EN
TODAS
PARTES
— ¡Qué día! Sólo esto nos faltaba— decía
Ripoll, ayudando a María Pepa y a Guz
mán a levantar a Sara y a tenderla en un
sofá.
— ¡Qué día! ¡Qué día!— repetía el ins
trumentista.
— Vaya Guzmán; haga el favor de ir a
la enfermería a buscar al médico.
— No, Pepeta, no... Está allí Lar'.os que
se nos zampa aquí en cuanto se entere de
esta indisposición, de la que no veo necesisidad ninguna de enterarlo.
— Tienes razón. Y que tampoco será pru
dente lo vea esta desdichada hasta después
de recóbrar el sentido y de tener tiempo de
serenarse de las emociones que acaba de
pasar.
— Verdad. Sería una impresión dema
siado violenta y peligrosa por lo inespe
rada.
-— Pienso como usted Guzmán. Y como es
probable que esto le pase pronto sin el mé
dico, voy a buscar el frasco de sales a la
alcoba de Luisa y en seguida vuelva
Pero entre tanto levántenle la cabeza, in
corpórenla un poco; métanle detrás de
la espalda estos almohadones, para que pue
da respirar mejor, y sosténganle en alto
los brazos para ensancharle el pecho.
— En seguida, Pepeta. Anda, ve pronto
por las sales.
Efectivamente, no fué preciso médico,
pues por aquella vez no mataba la alegría
a la desmayada, a quien le bastó el cam
bio de postura, aconsejado por María Pepa,
y el transcurso de unos cuantos minutos pa
ra que comenzara a dar señales de volver
en sí; y cuando ésta regresó de la alcoba
al despacho la halló sentada ya, y en vías
de recobrar en breve el pleno uso de sus
facultades. Cual por completo acabó de re
cuperarlo con sólo oler, dos o tres veces, el
frasco de sales traído por aquélla.
Al sentirse ya dueña de sí intentó Sara
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
reiterar sus protestas de agradecimiento
a la Capitana. Por ésta cortadas inmedia
tamente, diciendo que, por haber de estar
ya a punto de pasar el efecto de la inyec
ción que tenía a Luisa adormecida, urgíale
ir9e junto a ella, por convenir no perder
tiempo en aliviarla, tan pronto despertara,
de los temores que inmediatamente volve
rían a asaltarla, y disipar los cuales era el
mejor tratamiento de su mal.
Al salir, con tal motivo, del despacho,
acompañada de Guzmán, solos quedáronse
el anciano y Mistress Haig. Quienes des
pués de dar rienda suelta a los entusias
mos añejos de él y reciente de ella por la
Capitana, encamináronse al alojamiento de
la primera, a quien, allá llegados, aconsejó
él se acostara en seguida. Pues su cuerpo
y su espíritu habían de estar necesitadísi
mos de descanso.
— ¿Dormir?... Sí, ahora ya podré... Pero
me agradaría volver a ver a Carlos antes
de acostarme. Si usted quisiera avisarle...
— No lo creo prudente.
— -Hágase cargo de que hasta hace un
cuarto de hora he estado convencida de que
no volvería a verlo, y comprenderá que mi
deseo es muy natural.
— Sí, naturalísimo; pero de verlo ahora
sería muy difícil que la impresión con ello
recibida, en el estado de exaltada impre
sionabilidad en que ahora está usted, le
permitiera ocultársela, como es convenien
te, a muchacho de su perspicacia y su ve
hemencia. Que, ignorante de las causas que
justifican esa agitación, habría de sorpren
derse y alarmarse; que querría darse cuen
ta del porqué de ella y haría a usted pre
guntas que es prudente evitar.
— Es verdad, sí. Y además tiene usted
razón: necesito dormir pronto... Estoy ren
dida, no puedo con mi cuerpo...
— Lo creo, lo creo. Y no piense usted,
que no me pasa a mí algo o, más bien, mu
cho de lo mismo. Vaya, se acabó la conver
sación, y que descanse.
— Descansaré, gracias a usted, con la
tranquilidad que hace ya .muchos años no
gozaba; con la que nunca creía volver a
disfrutar. Gracias.
— Basta de gracias, ea...
Dejando a Sara con la palabra en la
boca salióse Don Jaume a la calle, y antes
de haber en ella dado más de veinte pasos,
vió a Carlos y exclamó:
_¡Anda! ¡Otra vez éste!... ¿Qué haces
tú por acá? ¿No me dijiste que aguarda
rías mi aviso en la enfermería?
_Sí; pero como el médico me ha dicho
que no hay porqué me apure tanto por lo
de Luisa; como él se ha ido ahora a ver a
otros enfermos, y tú me prohibiste volver
por la alcoba... Como además me vrotaba
en la cabeza la conferencia que me dijiste
iban a tener mamá Pepa y mi madre, se
me ha ocurrido ver si ésta había vuelto ya
a su casa.
— El caso es no estarte quieto en parte
alguna. Te dije que aguardaras en la en
fermería hasta que yo te avisara.
— No, si ya he dicho allí que si de tu
parte fueren a buscarme, me enviaran
recado a casa de mi madre.
— ¡Jesús qué criatura! Ni que tuvieras
hormiguillo.
— Es que tenía impaciencia de saber.
— Tú siempre tienes impaciencia de algo.
Supongo que la de ahora será saber si han
hablado de tu boda.
— Naturalmente.
— Pues claro que han hablado. Y tan ha
blado está ya todo, que nada queda por
hablar de tal asunto.
— ¿Y de lo otro, qué?
— ¿Qué es lo otro?
— No te hagas el tonto, que ya me has
entendido: aquellos sedimentos, aquellas
asperezas, que queríais limar.
— Pronto has olvidado mi recomendación
de que no volvieras a acordarte de tal cosa.
— Pues mira, abuelo, pediste un imposi
ble; pues ¿cómo no ha de preocuparme, a
mí, que estoy entre las dos, el que subsis
tan o se desvanezcan sus resentimientos?
— Pues no te preocupes más; porque no
estás entre ellas, sino junto a ellas, comple
tamente unidas en el cariño que te tienen,
y olvidadas de todo lo pasado, sin resque
mores ni reservas.
— ¿De veras, de veras? Dime, dime.
— ¡Qué te diga! Ni una sola palabra.
¡ Qué desatino!: ni una sola. Con lo dicho
EL SECRETO DE SARA
47
debe bastarle a tu interés; y satisfecho
ocasión y sin molerme más, déjame apro
éste, no tengo porqué cuidarme de lo que,
vecharla. Que ya me tienes harto de taba
una vez sabido lo que acabas de oírme, no
rras. ¡ Porra con el niñote este!
sería ya sino curiosidad impertinente; peor
Al decir esto dió el abuelo media vuelta
todavía: indiscreta y censurable.
antes de que tuviera tiempo de contestarle
— Tienes razón. Perdona, abuelo. Ni te
el nieto.
volveré a hablar de eso ni volveré a pensar
Este vaciló unos momentos, al cabo de
en ello... Bueno. ¿Y cómo está ahora Luilos cuales echó tras de Don Jaume hacia la
silla?
Comandancia. Mas al llegar a ella, en vez
— Mejor.
de irse a su cuarto se encaminó a la habi
— ¿ Y mamá Pepa está otra vez con ella?
tación inmediata a la alcoba donde con Lui
— Sí.
sa estaba María Pepa.
— Entonces, ya podré volver allá.
Llegado allá preguntó a la doncella que,
— No: allí estorbas, porque tu novia va
sentada, estaba de imaginaria en aquella
a despertarse de un momento a otro y hay
habitación, por si de adentro la llamaren,
que evitarle las impresiones. Y a te lo he
cómo seguía la enferma.; y después de oírle
mos dicho varias veces.
que estaba muy tranquila y que poco antes
había el médico dicho que la mejoría se
— Tonterías. Lo que es el daño que le
hiciera el verme... Lo que haría sería gus afirmaba, decidió quedarse allí sentado en
una butaca. En donde, rindiéndole el can
tarle mucho.
sancio, se quedó dormido a los pocos mi
-— Anda, el presumido... Pero sin duda al
nutos.
médico no le gustas tanto como a ella. Y
como él manda ahora...
— Entonces voy a ver a mi madre, y a
XII
darle las gracias por haber ido tan pronto
a hablar, de lo mío, con mamá y con GuzEL DESPERTAR DE LUISA
mán.
— Es que también estorbas ahí. No por
Cosa de ocho horas después de haberle
que vayas a despertarla, pues tiene sueño
puesto la inyección calmante varió el ca
para rato, sino porque no debes despertarla.
rácter del sueño de Luisa, disminuyendo
— ¡Ah! ¿Está durmiendo?
la
pesadez de él, que hasta entonces había
— Sí. Y ya era hora; y lo tiene bien ga
la tenido en inmovilidad casi absoluta. Poco
nado.
— Verdad es que la pobre lleva unos después ya comenzó a removerse en la
cama.
días...
Al ver aquellos síntomas de cercano des
— Y como yo tengo tan bien ganada como
pertar se le acercó suavemente María Pe
ella la cama, también a mí me estomas,
pa; y atenta a la respiración de la enfer
porque me voy a acostar ahora mismo.
ma, a quien acariciaba con mirada donde
Conque hijo...
resplandecía todo el amor a la criatura en
— ¿Y qué hago yo mientras todos dor
quien
encontraba, ya mujer, a la perdida
mís?
niña en cuya contemplación no habían po
— No estorbar, Carlos, no estorbar... No
dido recrearse los ojos que, por muerta en
creo tengas la pretensión de que me quede
tierna infancia, la habían llorado muchos
en vela para entretenerte... Lo mejor será
años, se inclinó sobre el lecho.
que. arrullado por la mejoría de Luisa y la
Para no despertarla antes de que espon
perspectiva de la próxima boda, te duer
táneamente
se despertara, ni a tocarla le
mas tú también. Que tampoco ha de venirte
vemente se atrevió: teniendo que reprimir
mal.
el ansia por sus labios sentida de cubrirla
— La verdad es que, ahora que no tengo
de besos, y contentarse, a costa de grandí
inquietud, me caigo de sueñosimo esfuerzo, con que sus ojos, solamente.
— Pues aprovecha, hombre, aprovecha la
BIBLIO TECA NOVELESCO-CIENTIFICA
dieran aquellos besos que en el rorazón le
rebosaban a ellaUn movimiento de la durmiente (puso
fin a la contemplación de la embelesada ma
dre; y recordándole su propósito de evitar
que al abrir Luisa los párpados fuera a
ella a quien primero viese, y su impresión
primera, al recobrar sus facultades, el es
panto de ser su hija, que le había arreba
tado el dominio sobre aquellas, la hizo
apartarse de la oama y decir a Guzmán,
sentado a los pies de ésta:
— Creo que ya es cosa de poco tiempo...
Yo me voy ahí, detrás de esa cortina. Us
ted no olvide nada de lo que hemos conve
nido.
— Lo recuerdo perfectamente.
— Sobre todo, tranquilizarla pronto, para
no dejar tiempo a que vuelvan a sobreco
gerla los temores que tan gran daño la
hicieron.
— No pase cuidado.
— Y lo antes posible. Tengo ansioso de
seo de abrazarla y besarla, sin ver miedo
a mis besos en sus ojos... Parece que...
Al decir esto, corrió a esconderse, por parecerle que su hija despertaba ya. Creyen
do, cuando ya estuvo oculta, aunque sin
perder de vista a Luisa, por una abertura
del cortinaje, que el corazón la iba a rom
per el pecho.
En tal inquieta espera pasó aún varios
minutos, que todavía tardó la enferma en
abrir los ojos y en murmurar, semiconsciente, “ Carlos” .
— Luisina... Nenita— dijo entonces Guz
mán cogiéndola una mano.
— Papá... Carlos... ¿H a vuelto ya?... ¡Ah,
sí! Me lo dijo...
Continuó hablando Luisa. Con frase in
coherente al principio, cuyas perplejidades
se aclaraban progresivamente conforme iba
alumbrándolas la luz de recobrada inteli
gencia. Con lo que el vacilante y desmemo
riado tono de las primeras palabras cam
biábase en verbosidad, cada vez más ner
viosa, a medida que en la memoria resur
gían los pasados hechos.
— Y tú también estabas fuera. ¿Verdad,
papá?...
— Sí, hija mía.
__ Sí, sí: ahora me acuerdo de eso. Pero...
__No te esfuerces, Luisina: ya te irás
acordando de todo. Ahora lo principal...
__Ya, ya me acuerdo... Te mandó a lla
m ar; quería preguntarte... Sí, sí: la meda
lla, el lunar, decía que era mi...
__Y a hemos hablado— se apresuró a de
cir Guzmán para atajar rápidamente la
inquietud de Luisa— . Estaba completamen
te equivocada.
__ ¿Equivocada — preguntó Luisilla des
tellándole el júbilo de los ojos.
— Completamente... En la emoción, naturalísima, que sintió cuando te vió el lunar
no echó de ver que su pobrecita hija no lo
tenía en el hombro izquierdo, como tú, sino
en el derecho.
El que decía Guzmán era el embuste que
María Pepa había ideado para no tener que
entrar en más complicadas explicaciones.
— ¡ Qué alegría! ¡ Dios m ío! ¡ Qué alegría!
¡Qué miedo tan atroz, papá!... Y ahora ¡qué
alegría!
— Calma, calma, hijita... No te excites:
has estado muy mala.
— De miedo, nada más que de miedo;
poro ya no lo tengo. Y a estoy buena, muy
bien y contentísima. ¡Qué alegría! ¡Qué
alegría!
— Calma, Luisa, calma.
— Sí. Pero ¿y Carlos?... ¿Dónde está?
¿Porqué no viene?
— Y a vendrá, ya vendrá.
— Naturalmente, de mí ya no se acuerda
— pensaba María Pepa en su escondite— .
] Pobrecita!: es natural, el cariño de Car
los nunca le ha dado miedo, y el mío sí...
Pero esa excitación.
Luisa seguía insistiendo:
— Pero ¿porqué no viene ahora?
— Porque no conviene que hasta que es
tés más tranquila.
— Si ya lo estoy, papá; y muy buena, y
contentísima... Pero que venga, que venga...
Carlos, Carlos.
— Guzmán, Guzmán, la tila— gritó María
Pepa saliendo de detrás de la cortina— ; la
tila y el antiespasmódico que teníamos pre
parados.
— Ah. ¿Estaba usted ahí?
— Sí. Pero toma, toma esto, y no hables
49
EL SECRETO DE SARA
más. Goza tranquila de tu alegría; pero no
hables, no te excites.
—Es que...
—Cállate, Luisa—le ordenó Guzmán—.
Te prohíbo hablar hasta que yo te dé per
miso.
—Ya lo oyes, monina—agregó María Pe
pa. A quien Luisa, en demostración de su
obediencia, contestó solamente con un asen
timiento de cabeza—. Ya coropredemos que
es imposible vuelvas a doimirte, y por eso
no te lo pedimos, aunque sería lo mejor;
pero, a lo menos, no des más vueltas en tu
cabecita a aquellas ideas negras, ni esfuer
ces la imaginación, ni aun para pensar en
que nada se opone a tu felicidad.
Ya, ya entiendo lo que me dices con los
ojos: te parece imposible no pensar en
ella... Lo entiendo y me hago cargo de
que tienes razón; pero no es necesario que
hagas trabajar tu imaginación; pues nos
otros pensaremos en voz alta por ti, porque
sabemos lo que quieres pensar.
—La Señora tiene razón: es inútil que te
fatigues intentando adivinar lo que sin fa
tigarte te diremos nosotros...
—Sí, vida mía—dijo, cogiendo una mano
de Luisa, la madre que ponía especial cui
dado en no recordarle con el nombre de
hija los pasados estantos causados por tal
nombre—. Tu papá y yo sabemos cuanto
tú estás deseando saber, y todo te lo ire
mos diciendo. Tú no caviles, pues que con
oírnos te bastará para gozar desde ahora
de las alegrías que te están ya esperano >
Lo primero que tú quieres saber es dón
de está y qué hace Carlos. ¿Verdad?
La mirada y la mano de Luisa contesta
ron tan expresiva y efusivamente que no
dejaron a su madre duda alguna de que
había acertado, y prosiguió:
—Durmiendo ahí fuera: ahí mismo, muy
cerquita de ti, detrás de esa puerta.
—No está aquí—dijo Guzmán—. Porque
le hemos dicho que el miedo que por él pa
saste, mientras andaba en el submarino, fué
causa de tu enfermedad y que la impresión
que te haría el verlo al despertar podría
«erte dañina.
—Sí, hija, sí: el médico lo ha dicho y se
El. S E C R E T O D E -SARA
ha opuesto a que Carlos siguiera con nos
otros aquí.
Las últimas palabras eran respuesta, que
María Pepa daba a reiteradas negativas de
cabeza, acompañadas de sonrisa que indica
ba parecerle a Luisilla el daño que a ella
pudiera hacerle ver a Carlos tontería tan
grande como a Carlos le había parecido,
cuando un rato antes le habló de ello el
abuelo.
La expresión del semblante de la enfer
ma, y una sonrisa de incredulidad, demos
traron que no la convencía la opinión del
médico, y en seguida la brilló la mirada
dirigidla a la puerta de modo que Guzmán
no supo interpretar; pero en el cual adivi
nó la Capitana una pregunta muida que
contestó diciendo:
—Sí: ha estado varias horas, sentado
aquí, mirándote dormir. Asustado, al prin
cipio, más tranquilo luego, al verte mejo
rar. Hasta que de aquí lo hemos echado,
por lo que te ha dicho tu padre.
Y como el pobre se caía de sueño, en
cuanto le ha pasado el susto por tu enfer
medad, se ha dormido pensando en que
pronto, muy pronto, no será ya mi Carlos,
ni el Carletes del abuelo, ni el Carlos de
su otra madre, sino el Carlos de esta picara
que nos lo ha quitado a todos... No, no es
reconvención, nenita, y no por ello te ten
dremos rencor; pues gracias a eso ganare
mos que tú seas nuestra Luisa.
—Sí, sí—exclamó ésta tirando de la mano
de la angelical mujer, que le tenía cogida
una de las suyas, para incorporarse en el
lecho, acercarse a ella y devolverle, echán
dole los brazos al cuello, la dicha que de
ella estaba recibiendo. Y al hacerlo decía:
—¡Cuánto la quiero a usted! ¡Cuánto la
debo!... Su Luisa, sí, su Luisa...
—Sí, mía.
—Perdóname, papá. Pero, ya ves, no pue
do seguir obedeciéndote, no puedo callar ya.
Y el caso fué, que si no podía seguir ca
llando, tampoco pudo continuar hablando.
Por impedírselo los reiterados y apasiona
dos besos que de su madre recibía: tantos,
tantos, que aun no creyéndose su hija, no
podía sustraerse al afán de devolverlos.
4
biblioteca novelesco -cientifica
50
Ella estaba radíente de gozo. María Papa
y Guzmán, también. Pero lloraban.
__No me tienes ya miedo. ¿Verdad, alma
mía? ¿Verdad?
— No, miedo a usted nunca: el miedo
era a...
_
— Perdóname el susto que te dió mi ilu
sión de habei nallado a mi hija.
— Perdóneme usted, a mí, el haberla en
gañado haciéndoselo creer.
— ¿Y no te asustará ya que, como antes,
siga llamándote hija?
— No, no: soy yo quien quiere serlo, quien
quiere llamar a usted mamá.
— Bendita seas, hija de mi alma— excla
mó María Pepa apretándose nuevamente a
ella en abrazo estrechísimo. Pero reflexio
nando inmediatamente que acaso se había
dejado arrastrar, con vehemencia excesiva,
por aquel irreprimible impulso de ternura,
se apresuró a decir:
— No te extrañe la violencia de mi emo
ción. Es que me acuerdo de la que me fal
ta, y al abrazarte a ti quería mi deseo en
gañarme haciéndome creer que la abrazaba
a ella.
— ¡Pobre mamá! Llámeme h ija: sí. Ya sé
que yo no podré nunca llenar el hueco dé
la que ha perdido. Pero más, más que yo la
quiero nadie podría haberla querido. Y ella
no puede y yo en cambio podré quererla
a usted... N o: podré no, puedo... Tampoco:
porque no es que puedo, sino que ya la
quiero mucho, mucho. ¡N o he de quererla,
si me ha dado su Carlos! Si debo a usted
mi felicidad.
— Bien me la pagas. Bien mereces llenar
el hueco que mi hija dejó en mi corazón...
Me engañaré creyendo que en ti la encuen
tro. Y tú me engañarás con tu carillo.
¿Verdad, hija mía?
— Sí, mamá, sí: te engañaré, te engañaré
con toda mi alma. Verás qué bien te enga
ño, ya verás.
— No lo veré, lo veo. Porque ya has con
seguido que te mire y te quiera como a ella:
jamás besos de madre fueron dados con
más amor que los que te estoy dando.
— Ni hija ninguna...
— Basta, señora; basta, Luisa— gritó
Guzmán, acudiendo alarmado a separar
las— Va usted a hacer que esta niña em
peore- usted también se pondrá mala: no,
nos pondremos los tres malos. Basta ya.
Tengan un poco más de juicio.
En la mirada que la echó Guzmán advir
tió María Pepa, todavía más que en sus pa
labras, el temor, no infundado, de que, a r.o
enfrenar, ella, las expansiones de su repri
mido cariño, corría riesgo de dejar traslu
cir lo que quería ocultar. Y haciéndose car
go de que para evitarlo sería lo mejor no
hablar más con su hija del resbaladizo y
apasionante tema que había dado lugar a
tales expansiones, contestó a aquél, apar
tándose de Luisa:
— Tiene usted razón... ¡Estos recuerdos
de mi desgracia!... M ejor es no hablar de
ellos: y que mientras logro yo aquietarlos,
mted sea quien entere a esta niña de cuan
to le interesa, y todavía no la hemos dicho,
de lo ocurrido desde que se puso mala.
Pareciéndole ,p erfectamente al instrumen
tista, como medio de desimpresionar a Lui
sa, lo que la madre de ella proponía, co
menzó sin demora a referir la llegada al
autoplanetoide de la Desterrada; ponderó la
alegría de ésta y de Carlos; contó después
la venida de Mistress Haig a decir a María
Pepa y a él que pareciéndole de perlas la
boda de los dos enamorados, venía a pedir
la mano de la novia. Agregando después
cuanto el lector ya sabe.
No, digo mal, muchísimo menos de lo que
el lector sabe; pues del relato había de eli
minar, forzosamente, el relatante, todos los
episodios dramáticos, que nunca llegarían
a saber Carlos ni Luisa.
Quedando así la narración aligerada de
cuanto en ella pusiese toque que ensom
breciera la alegría que se deseaba llevar al
ánimo de la que la escuchaba, pudo ser
hecha, toda ella, en regocijado tono, propio
para distraer a ésta de las hondas impre
siones recientemente recibidas. Y no sola
mente regocijado, sino a ratos bromista:
como cuando, ponderando la inteligencia y
la belleza de Sara, dijo el instrumentista:
— ¡V aya un par de suegras que te caen,
cada una de un planeta! Lo mejor de los
dos.
A lo cual replicó Luisa, mirando dulce-
EL SECRETO DE SARA
mente a María Pepa, y haciendo que de
nuevo se le llenaran a (ésta de lágrimas los
ojos:
— No, eso no: dos suegras no: una sue
gra y una madre. ¿Verdad, mamá Pepa?
— Sí, vida mía, sí— contestó la pregun
tada.
— ¿Qué? ¿Van ustedes a volver a las mis
mas?... Ya hemos dicho que de eso no se
vuelve a hablar.
— Verdad, amigo Guzmán. Pero de usted
ha sido la culpa, por llamarme suegra...
—¡ Calla!: el médico.
Venga, venga, Doctor. Se me figura que
va usted a encontrarse con muy gratas no
vedades.
X III
SE FRUSTRA UNA SESIÓN IMPORTANTÍSIMA
Con arreglo al terrestre calendario— no
ajustado, ya se sabe, al de Venus, ni al del
novimundo, que por su astronómica inde
pendencia de movimientos no tenía ningu
no— estamos en la fecha siguiente a la del
día en que ocurrieron los hechos última
mente referidos.
Los protagonistas de ellos, descansados
con el sueño que tanto habían menester sus
cuerpos, y libres sus espíritus de las apren
siones y los miedos, ya desaparecidos, de
anteriores días, se aprestan a continuar
sus ordinarios géneros de vida, volviendo
cada uno a sus quehaceres habituales— sal
vo Leblonde y unos cuantos turistas en
quienes lo habitual era la holganza— a re
anudar sus relaciones con el pasaje, y a
resolver qué había de hacerse, y cómo, para
llenar todos los fines de la expedición. Ya
que, con el rescate de la desterrada, sólo se
había logrado uno; quedando todavía por
alcanzar otro importantísimo, más aún que
aquél, para los sabios que voluntariamente,
o a fortiori, viajaban en el avisidóreo de la
Capitana: la exploración geográfica, geofí
sica, meteorológica, astronómica y hasta
política y social del mundo venusiano.
Este era el tema de todas las conversa
ciones en el Casino Internacional, en los
51
observatorios y en los gabinetes de experi
mentación. De esto se hablaba en el gran
comedor donde lo más selecto del pasaje
hacia sus comidas, no gaseosas, ni inyec
tables, como las del primer viaje (1), sino
sólidas, mastieables, sápidas y aun sabrosas.
De esto, sin pensar en la ciencia mas sí en
las excursiones que ésta exigía realizar
fuera del autoplanetoide, departían obreros
y criados: ya en el comedor de segunda, o
ya, entre trago y trago, en la taberna, dis
frazada de bar tan internacional como el
casino. Y, por último, de esto conversábase
en el paseo circular de ronda por donde pa
seaban no muchos viajeros.
Digo mal, porque en el tal paseo no se
paseaba; pues las desaforadas oscilaciones
de los balanceos del novimundo, que de se
reno y cómodo avimundo había pasado a
ser, desde que se posó en los venusinos
mares, archizarandeado e incomodísimo navimundo, hacían imposible -que allí paseara
nadie.
Limitábanse, pues, quienes acudían al tal
seudo-paseo, a contemplar el incesante vai
vén desenfrenado de las ingentes olas, mu
chas veces más altas que las movidas por
las más terribles tempestades en los terres
tre océanos. Teniendo, para que tal contem
plación fuese posible, que aferrarse con
ambas manos a los barandales del balcon
cillo corrido a lo largo de todo el citado
paseo de ronda. So pena de ser a menudo
derribados por los tremendos bamboleos de
su esférica nave: tanto más descompasados
por faltarle a ésta quilla que los aminora
ra; y porque el tal balconcillo, cual situado
en lo externo de la circunferencia de la
plataforma donde asentaban las edificacio
nes de Noviópolis, era el lugar de dicha
ciudad donde los zamarreos eran, por ló(1) Alúdese aquí al célebre sistema de alimen
tación química, por inyecciones cutáneas y pul
verizaciones gaseosas del Doctor Chu Fo. premia
do por el Instituto Planetario, y con grandes ven
tajas higiénicas impuesto, en el primer viaje a
Venus, a todos los ciudadanos de Noviópolis, con
excepción de Arístides. Quien desdeñando ¡a pe
sar de ser m édico! la higiene, por los regodeos
gastronómicos, se sacudió la general imposición,
y comió cuanto quiso y aun más «le lo debido.
Según quedó contado en el libro “ Del Océano a
Venus” , segunda etapa del primer periplo plane
tario.
52
B IB L IO T E C A N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A
gica razón mecánica más violentamente
perceptibles, y asimilables a los que en un
barco, que el temporal sacude, experimen
tan los gavieros de vigía en las cofas de
los palos: incomparablemente más violen
tos que los sentidos en cubierta o en los
camarotes.
Claro es que de las citadas venideras ex
ploraciones venusianas no se habían cuida
do, ni aun siquiera acordádose, la Capi
tana, ni Don Jaume, ni menos Carlos, hast
ía que la madre de éste estuvo sana y sal
va en el orbimotor. Ni aun después, en
tanto no se desvaneció el nubarrón de du
das y de sustos de otra índole que a todos
ellos los tenia agobiados. Mas tan pronto
acabaron de disipárseles todas las inquie
tudes, ya fué imposible que quienes forma
ban el Estado Mayor de la expedición, de
moraran por más tiempo el pensar en los
medios de atender a las científicas finalida
des de ella.
Con tanta más razón cuanto que, apenas
libre de cuidados morales, dióse cuenta el
astrónomo de que, no solamente su perso
nal deseo, sino los de todos los ilustres co
legas suyos, en diversos saberes, lo empu
jaban a sacar las investigaciones relativas
a las varias sapiencias de dichos caballeros
de la inacción que, mientras fué preciso
atender preferentemente al salvamento de
Sara las tuvo suspendidas. Inactividad
que de prolongarse sería censurada, no so
lamente por los sabios, sino por el pueblo
indocto. Que era muy de temer exteriori
zara pronto, en ruidosa protesta, la que la
tente, desde el amarizaje en Venus, exis
tía en el ánimo de todos los viajeros, con
tra la prolongación de las casi insoporta
bles molestias físicas causadas por las bru
tales sacudidas de aquella espantosa mare
jada, jamás vista por hombres de la Tierra,
y que llevaban no pocos días de padecer
a toda hora, sospechando ya no ser debi
das a tormenta pasajera, sino consecuen
cia de habitual estado de aquel mar sin
cesar agitado por huracanes permanentes.
Resultado del diferente modo como forzo
samente habían de considerar tal situación
los sabios y los ignorantes, era que los úl
timos no se recataran de decirse unos a
otros, con riesgo de que pronto se lo dije
ran todos a la Capitana y a Ripoll, que
siendo inaguantables las molestias y no es
tando dispuestos a seguir aguantándolas
sino por poco tiempo, era preciso ponerles
pronto fin; que con lo visto de aquel anti
pático y solitario mundo les sobraba, y que
lo mejor era volverse a la Tierra, antes
de que los incesantes golpetazos del encres
pado mar desencuadernaran la armazón del
autoplanetoide. Cual, para ellos, era indu
dable acabaría a la larga por desencuader
narla. Sin que contra tal creencia hicieran
mella los argumentos que, sobre la fortale
za inconmovible del mundo de María Pepa,
les hacían los doctos.
En oposición a las consideraciones y cri
terios que impulsaban al vulgo a pedir el
regreso, veían los sabios, en los mismos he
chos en que aquéllos se fundaban, otros
tantos incentivos para no dar por termi
nada la sideral empresa sin haber antes
averiguado las causas de la constante agi
tación de los océanos venusinos, del color
lila de sus aguas, de la dulzura de éstas,
de la permanencia de los huracanes y de
otras particularidades, por extrañísimas
tanto más interesantes, de aquel extraño
mundo. Que cuanto más diferente del único
de ellos conocido, más digno era de que se
lo explorara. Máxime cuando esto podría
hacerse en ventajosísimas condiciones, apro
vechando para ello las facilidades que pro
porcionaría el conocimiento que Mistress
Haig tenía de Venus. Gracias al cual po
dría ser Utilísima guía y consejera de la
expedición de desembarco, de los puntos
adonde conviniera dirigirla, y de los luga
res y problemas, a la visita o examen de
los cuales, fuese oportuno dedicar los pri
meros viajes y estudios.
Abundando Don Jaume, que por algo era
sabio, en estas últimas ideas, reunió en
junta a los diez más conspicuos de sus ilus
tres colegas. Entre los cuales se encontra
ban sus antiguos enemigos, ya trocados,
merced a los descubrimientos que en el via
je habían hecho, en sus amigos entraña
bles, los señores Reganio, Betulio y Gongonosio. Como asesora asistía a la junta Mis
tress Haig, y de secretario de la misma
EL SECRETO DE SARA
oficiaba Carlos. Los temas que, tan pronto
estuvieron reunidos todos los convocados,
puso Don Jaume a discusión, fueron:
Composición de una expedición que, sa
liendo del motoestelar, en los sumergibles,
se lanzara a la explóración del planeta;
instrumentos científicos, pertrechos, medios
de defensa, etc., etc., que debieran llevar;
modo de mantener la comunicación de los
exploradores con el autoplanetoide, y de
asegurarles el regreso a éste.
Pregunta, a Mistress Haig. de si en tanto
los expedicionarios realizaran sus recono
cimientos no sería posible llevar el novimundo a surgidero, donde el mar no lo tra
queteara al punto que tan soliviantado te
nía al populacho que, dentro de él, había
de aguardar, tan de mala gana copio era
notorio, el retorno de la expedición.
La Capitana, impuesta de tal orden del
día, y* sospechando que el discutir todo ello
sería tarea no de una sino de muchas se
siones, se excusó de asistir a los debates.
Pensando, y aun diciendo, que por ser ella
el Poder Ejecutativo, más todavía, dictato
rial en el novimundo, no creía oportuno
inmiscuirse en las discusiones de junta que
solamente podía ser consultiva, y a cuyas
propuestas, ella, en último término, había
de asentir o ponerles el veto...
Excusa que, traducida a castellano mon
do. equivalía a decir, aunque la buena edu
cación no lo expresara tan desnudamente:
“ Me tiene sin cuidado cuanto acuerden us
tedes; porque, al fin y a la postre no ha
de hacerse sino lo que yo mande.”
Y el caso fué que ni nada acordaron los
sabios, ni María Pepa se atuvo a su pro
pósito de no dejarse ver de ellos. Véase el
porqué de lo uno y de lo otro.
Apenas abierta la sesión y planteados por
Don Jaume los temas puestos a debate, in
vitó a Sara a que ella, la primera, tomara
la palabra, para ilustrar a los reunidos con
lo que, como más oportuno y urgente de
ser puesto en su conocimiento, le sugiriese
el que ella tenía de las tierras, los hombres
y las sociedades del mundo en donde había
pasado muchos años, completamente ignoto
para ellos.
53
— Lo que ahora más me apremia— dijo tft
interrogada— es decir a ustedes que dos ra
zas, la de los hombres blancos y los negros,
compartieron hasta hoy, y hoy se disputan
la posesión de este planeta.
.— ¡Calla! Con que también aquí hay blan
cos y negros.
— No en el sentido, Señor Gongonosio, en
que lo entiende usted. Pues las denomina
ciones que me acaba de oír no se aplican
al color de las caras, tan blancas en los
pobladores del hemisferio de la luz como en
los del umbrihemisferio permanentemente
enterrado bajo inmensa capa de hielo ten
dida, sobre él, en toda la extensión del
medio planeta que nunca ha visto el sol, ni
jamás lo verá.
— Ya. Entonces el blanco y el negro se
refiere no a ellos sino a la existencia de luz
y a la falta de ella en las regiones donde
habitan esas razas.
— Sí; pero no sólo a eso sino a los senti
mientos de sus corazones. Pues los lumivenusianos son gentes bondadosas, en ex
tremo casi inconcebible para la egoísta hu
manidad terrestre, y en contraposición los
noctovenusianos son mucho más malvados
que cuanto pueda serlo el más perverso
hombre de la Tierra.
La mayor cultura y los superiores recur
sos de los lumivenusianos ha tenido duran
te muchos siglos, no esclavizados, ni si
quiera sojuzgados, pero sí vigilados a los
hombres negros, y reducida a la impotencia
su maldad ingénita; mediante, no tiránica,
pero sí prudente intervención alimenticia
sumamente original. Empleando, al efecto,
medios de que hablaré a ustedes cuando
pueda hacerlo con la calma que no tenemos
hoy, ni es consentida por la urgencia de ha
cerles saber que un picaro descubrimiento,
recientemente hecho por un renombrado
profesor de ciencias físicas del helado hemisterio de las sombras, ha devuelto a sus
moradores la independencia nutritiva, y con
olla posibilidad, no de declarar la guerra,
sino de emprenderla traidoramente sin de
claración, contra los hombres de la luz a
quienes han cogido desprevenidos. Con lo
cual, créanme ustedes, las actuales circuns-
54
IllliLIOTECA
NOVELESCO-CIENTIFICA
tancias no tienen nada de propicias paia
las exploraciones en proyecto (1).
— Sin embargo— objetó el señor Be tu
bo— , yo creo que manteniéndonos neutra
les...
— Está usted equivocado. Sólo la seme
janza que ios hombres negros, encarnizados
enemigos míos, advertirían en seguida en
tre ustedes y yo, les haría a ustedes partí
cipes de esa enemistad.
— Eso es grave, muy grave.
— A no ser por esa guerra, yo habría po
dido llevar a ustedes a las cristalinas ciu
dades soterradas de la luz, a las subglacia
les poblaciones del mundo de la noche, y
mostrarles allí las maravillas que conozco
bien. Pero ahora...
— Sin embargo, yo creo que para nosotros
sería desairadísimo no intentar siquiera
tantear una expedición.
— Si nada hacemos ¿con qué caras nos
presentamos a la Tierra?
— ¿ Y qué decimos en nuestras Acade
mias?
— ¡N i una memoria, ni una monografía!
— ¡N i un mineral, ni un mal molusco!
— Todo eso es muy verdad; pero ante lo
imposible hay que rendirse. Pueden ustedes
estar seguros de que no soy cobarde, y de
que si no estuviera cierta de la extremada
gravedad de los peligros que...
^-Señora, por la ciencia arrostro yo cuan
tos peligros sea preciso.
— Y o estoy dispuesto a inmolarme en sus
aras, a...
(1) De los dos hemisferios de Venus, y de las
dos razas que los pueblan se dieron en "Da Des
terrada de la Tierra” amplias noticias que no hay
por qué repetir ahora. También allí se habió de
cómo los lumivenusianos tenían sometidos por el
estómago a los hombres negros. Gracias a ellcaz
método, muy por el estilo del que la mAs cruel
guerra en la Tierra vista, dió en el siglo xx
a una gran coalición la victoria sobre sus ene
migos, con sólo cercenarles la pitanza. Dejando
perfectamente demostrado que quien no come no
puede pelear. Cosa evidente, al. parecer, pero que,
sin embargo, fué el huevo de Colón, no visto has
ta aquella celebérrima guerra.
Con el correr del tiempo un organismo, al pa
recer de paz, la Sociedad de las Naciones, dis
fraz de un trust de pocos pueblos poderosos, cons
tituido para imponerse a los demás, convirtió
aquella arma de guerra, en pacifica tenaza, en la
paz empleada, para hacerse, sin bélicas contiendas
duefio absoluto de tal o cual industria, de esta o
aquellas minas, etc. etc., cuyos productos vendía
El señor de las aras no pudo continuar,
pues María Pepa, que recién entrada en la
habitación sin anunciarse había oído las
últimas protestas de heroísmo hechas por
los oradores, las cortó diciendo:
__Dejen eso, señores, que ahora hemos
de atender a algo más apremiante que esas
exploraciones.
Mistress Haig, haga el favor de venirse
conmigo. Y tú papá Ripoll, y tú Carlos ve
nid también.
Y perdónenme ustedes, señores. Más ade
lante reanudarán su conversación.
— ¿Pero ocurre algo grave?
__No, señor Reganio; pero nosotros ne
cesitamos ahora celebrar consejo de otra
índole. Adiós señores. Venid venid. Vénga
se, Mistress Haig.
X IV
LLEGAN LOS SUBMARINOS ROJOS
La precipitada entrada de la Capitana,
y el corte brusco que había dado a las in
teresantes discusiones de la junta, obedecía
a que los sumergibles, de crucero en las
cercanías de la boca de la ensenada, acaba
ban de radiotelegrafiar que divisaban otros
dos sumergibles con fanales rojos. Y re
cordando la recomendación, telegráficamen
te hecha, por Mistress Haig, antes de que
el novimundo venusizara, cuando encarecomo le venía en gana a los niños buenos de los
países liumilditos, y negaba en absoluto a los res*
pingones y traviesos.
Pasó, cual todo pasa con los siglos la Sociedad
de las Naciones, y al surgir, mucho después, la
confederación llamada de la Sajona Aguila Bi>
fronte del Atlántico, ya conocida de los lectores
del Coronel Ignotus, perfeccionó ésta la eficaz
arma de opresión alimenticia. Y la habría lleva
do al más intolerable extremo de despotismo es
tomacal, basado en la desnutrición previa de los
posibles adversarios del mañana, a no haberlo
impedido la federal Unión Iberoamericana que en
el mundo hizo imposibles todos los imperialismos
Mas debo consignar que, siendo los lumivenu
sianos gentes mucho más caritativas que en la
Tierra lo eran los bifrontes, y no sintiendo los
desenfrenados afanes de general dominación que
movían a éstos, mantuvo su política alimenticia
en los límites estrictamente precisos no para ha
cer daño a los noctovenusianos, sino para evitar
que éstos se lo hicieran a ellos.
EL SECRETO DE SARA
ció se vig ilara mucho p a ra ev itar se aproxi
m a ra n ta les barcos y encargó fu e ra n des
tru id o s sin aviso previo, antes de darles
tiem po de lleg ar a distancia p a ra el autoplanetoide peligrosa, corrió M aría Pepa,
sin perder minuto, a buscar a aquélla, p ara
com unicarle la novedad, ta n pronto pudiera
hacerlo sin que de ello se en te ra ra n los
sabios. Según hizo en cuanto am bas salie
ro n del salón donde se había reunido la
fru stra d a ju n ta .
— Vamos— dijo la D esterrada ta n pron
to se enteró de la noticia— , vamos en se
g u id a a la cen tral radiotelegráfica.— Y al
llegar a ella con sus acom pañantes prosi
guió, dirigiéndose a la C apitana:
— Dé usted, inm ediatam ente, orden a los
sum ergibles de re tira rse al orbim otor, fo r
zando cuanto puedan la m archa y apagan
do sus luces. Pero m uy vigilantes, p a ra que
en cuanto vean que se les acerca un rojo,
o que avanza hacia aquí, lo echen a pique
con el cañoncillo de a bordo. Si los dejamos
anroxim ársenos estam os irrem isiblem ente
perdidos.
—¿Porqué?— preguntó la C apitana, pero
no an tes de h ab er dado por sí misma, a los
sum ergibles que estaban de crucero, la or
den que S a ra le pedía— . ¿P orqué perdidos?
— Porque los dos vistos no han de ser
sino la v anguardia de una flota de quince a
veinte, con la que me crucé, poco después
de escaparm e de Uó, y cuyo encuentro pude
eludir. P a ra m í es indudable que encima se
nos vendrá toda esa escuadra, encargada en
estos m ares de d a r caza a los ictiókinos heliovenusianos de comercio.
— ¿D e ictio... qué?
— Ictiókinos, S eñor R ipoll: ese es el nom
b re que aquí dan a los grandes subm ari
nos de carga. P o r oposición a los subm ari
nos sutiles de combate o exploración, que
con aquéllos g u ard an relación sem ejante a
la de nuestros aeroplanos con los grandes
dirigibles aerostáticos.
— Pero el orbim otor no es un pobre b a r
co de comercio, tiene cañones y si esos
hombres negros se atrevieren.
— Como no® vean se atrev erán , hijo m ío:
no lo dudes.
— Pues los p robarán y ya veremos...
55
— Te equivocas. Con estos cañones mon
tados por encima de la línea de flotación
del autoplanetoide n ad a podríam os hacer
contra esos subm arinos, a muchos m etros
de profundidad, y a los que les se ría fac i
lísimo enfilar, por debajo de ella, sus to r
pedos al enorme blanco que la p a rte su
m ergida de él 1 « ofrece.
— Tu m adre tiene razón, y tú te olvidas,
Carlos, que si el orbim otor m onta cañones
no es sino p a ra repeler pequeñas agresio
nes, pero que no h a sido construido p a ra
sostener serios combates. Con u n solo to r
pedo que diera en n u estra s paredes de cris
tal estaríam os efectivam ente perdidos.
— Pero an tes de que se nos acerquen po
demos echarlos a pique con nuestros su
mergibles. Además de los dos que están
cruzando tenemos el tercero nuestro y el
que h a traíd o mi m adre..., y con los cuatro
podemos sa lir al encuentro...
—¿Con cu atro al encuentro de veinte?
— Carlitos, d éjate de guerrerías, que no
se te da el naipe p a ra general en jefe.
— Pero abuelo es que precisam ente p ara
ev itar se nos aproxim en.
— P a ra eso, y p a ra prevenirnos con an te
lación, b asta con que los que y a están fu e
ra hagan lo que tu m adre h a dicho y yo
les he ordenado.
— La C apitana tiene mi¡ razones, hijo
mío... No es cosa de que nuestros cuatro
■submarinos libren, sin absoluta necesidad,
esa desigual b atalla. Y lo que ah o ra más
urge, si ella opina como yo, es h acer todos
los p rep arativ o s necesarios p a ra que el
autoplanetoide levante el vuelo, sin perd er
momento en cuanto hayam os recogido a los
sum ergibles que están afu era.
— ¡Cómo! ¿Irnos o tra vez de Venus, co
mo nos fuim os la prim era, sin hab er visto
nada?
— P ap á Ripoll, ta n loco como Carlos, con
sus bélicos impulsos, y como los heroicos
sabios que, según se ve, te han contagiado
estás tú, con tu s exploraciones com pleta
m ente imposibles, y adem ás inútiles.
— Pepeta ¡eso de inútiles!
— P o r completo. A un sin h ab lar de esos
subm arinos, que encima se nos echarán, si
nos descuidamos, fru strá n d o te todas las cu-
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIBNTIFICA
riosidades, ¿qué ibas a poder ver en unas
cuantas semanas, o en unos meses, de un
mundo casi tan grande cual la Tierra, del
que todo lo ignoras, cuyos idiomas no en
tiendes—?
— Aun cuando fuera poco, lo que averi
guáramos, más es poco que nada; y no por
eso sería inútil como has dicho.
— Insisto en que completa y absolutamen
te inútil. Porque muchísimo más de cuanto
tú y todos tus colegas podáis ver lo ten
drá visto y archivisto Mistress H aig: no
en una exploración de meses sino en su re
sidencia de diecinueve años.
Al oír esto se sonrió la aludida; Carlos
soltó una estrepitosa carcajada; y dándose
Don Jaume cuenta de la burlona sonrisa
de la Desterrada contestó:
— ¡Pues es verdad!... ¡Qué majadero!
Tienes mil razones Pepeta: bonito papel
iban a hacer en las científicas academias
de la Tierra las cuatro generalidades que
pudiéramos averiguar en nuestra explora
ción, junto a la plétora de documentadas
noticias que presentara esta señora!... No
hablemos ya más de eso. A casita, a Truji11o. Está visto, está visto, las mujeres se
salen siempre con la suya.
•
.
*
* *
Dos horas largas han pasado desde aue
el abuelo, convencido de que lo mejor que
el autoplanetoide podía hacer en las cir
cunstancias en que estaba era volverse al
mundo adánico, se resignó a emprender el
retorno sin verle nada a Venus.
Durante aquellas horas la Capitana, Car
los y ios pilotos no embarcados en los su
mergibles se repartieron la inspección de
máquinas, cápsulas, cinetóricas y excitado
ras de las descargas de ellas, engendradoras de la cohetaria propulsión del aviestelar. Después, mediante sucesivas pruebas
parciales de ensayo, se cercioraron de que
todo marcharía bien, cuando a la par se
pidiera a la totalidad de las cápsulas del
hemisferio sur— algún nombre hay que dar
le— el enorme esfuerzo necesario para al
zarse de Venus a los espacios siderales.
Poco menor que el realizado al abandonar
la Tierra (1).
Mientras esto hacían la Capitana y sus
auxiliares, el astrónomo y Sara, e - quien
aquella había delegado durante su ausen
cia el mando de los sumergibles en retira
da, permanecían en la central radiotelegráfica en constante comunicación con éstos.
Gracias a ella supieron, primero, que
uno de dichos barcos, al cual se iba acer
cando mucho otro de los submarinos rojos,
lo había dejado aproximarse aun más, has
ta que teniéndolo casi a boca de jarro, sin
que éste se hubiese dado cuenta de tal cer
canía, por no llevar aquél ningún fanal en
cendido, le disparó una granada rompedo
ra con la que lo echó a pique.
Poco después recibieron noticia de que,
no obstante el naufragio del cañoneado, ya
no eran dos, sino tres, cuatro, cinco sucesi
vamente los fanales rojos que a la vista
tenían los sumergibles fugitivos.
En esto, ya terminados los preparativos
para alzar el vuelo, tan luego conviniera,
y satisfecha María Pepa de su revista,
volvió con Carlos a la estación telegráfica;
y al enterarse ambos de las noticias re
cientemente recibidas manifestaron su sor
presa de que, navegando los sumergibles a
su máxima velocidad, no perdieran de vista
a los de los hombres negros, que no pudiendo verlos, no cabía admitir los fueran
conscientemente persiguiendo, como a des
pecho de tal imposibilidad parecían peí se-
(1) Para quien no haya leído, en la narra
ción del primer viaje, cómo fué fabricado, cómo y
por qué volaba el autoplanetoide, sólo se dirá
ahora que estaba rodeado de numerosas cápsula»
de cinetorio— metal muchísimo más radioactivo
que el radio— que al ser eléctricamente excitadas
lanzaban al vacío descargas, en cierto aspecto
análogas a las de los tubos de rayos equis, cu
yas reacciones contra el éter sideral, asimilables
a las ejercidas contra el aire en la explosión de
un cohete, impulsaban al orbimotor como la pól
vora impulsa a aquél. Y dicho esto sobre tal sis
tema propulsor, primera hazaña de la Eterodindmica, ciencia nueva, inventada por la ilustre Ma
ría Pepa, ya no es preciso agregar sino que, para
llevar el novimundo en la dirección que a su Ca
pitana le pluguiere no tenía ésta sino descargar la
cápsula diametralmente opuesta al lugar del cie
lo adonde quisiera dirigirlo.
EL SECRETO DE SARA
57
En tal inquieta espera pasó aún varios minutos.
guirlos; pues, sin despistarse, avanzaban
en igual rumbo que el seguido por los iel
orbimotor en su repliegue hacia éste.
— 'Parece como si, en la oscuridad, un
misterioso instinto fuera guiando, a esos
condenados barcos, en pos de los nuestros
— dijo Don Jaume.
— Ni que unos fueran liebres y los otros
sabuesos— contestó Carlos.
— Es cierto— contestó Sara— . Y a se lo he
BIBLIOTECA NOYELESCO-CIENTIFICA
5f
hecho notar antes al Señor Ripoll. Y tomo
no puede ser casual que entre todos los
rumbos del cuadrante naveguen esos sur marinos precisamente en el seguido por
los nuestros...
—No, no parece posible—interrumpió la
Capitana—que eso sea mera coincidencia.
Pero únicamente sería explicable lo que
ocurre si en este mundo conocieran, lo cual
no es de creer, los radiogoniómetros, dei
nuestro, y de ellos dispusieran los buques
de esas gentes.
— Disponen de ellos, porque, desgracia
damente, yo misma se los he dado a co
nocer a los venusianos.
—¡Ah! ¿Usted?
—Sí señora, yo introduje en Venus nues
tra radiotelegrafía, y en mis talleres de la
Compañía Oscilográfica he fabricado y ven
dido centenares de radiogoniómetros.
—Entonces ya vislumbro que la persecu
ción, al parecer imposible, pueda ser muy
posible.
— Y yo, mamá Pepa: las antenas de cua
dro móvil goniométriéo, montadas en esos
submarinos rojos, giran al empuje de las
ondas de los telegramas que nuestros su
mergibles nos envían; y las posiciones to
madas por dichos cuadros les indican las
direcciones en donde se hallan los barcos de
donde parten los telegramas (1).
— A eso habría yo ido a parar, hijo mío,
si la Capitana y tú no lo hubieseis visto
antes de oírmelo.
— Entonces no cabe duda de que se trata
de una verdadera persecución.
—Efectivamente, Don Jaume.
—¿Pero cómo puede habérseles ocurri
do—objetó María Pepa—-emprenderla con
tra barcos de cuya existencia no han de te
ner la menor noticia.
—De la de esos no, pero sí de la mía y
de la de mi submarino.
— ¡A h !
—Sí señora: seguramente es a mí a quien
creen estar persiguiendo.
-'-¿A ti?... Es verdad; puede ser.
— Es Carlos, es...
— Otra vez lo mismo...
(1) Véase nota página 13.
—¿Qué dice usted?
—Que ahora tampoco entiendo lo que te
legrafían los pilotos de nuestros sumergi
bles—contestó el telegrafista, que era a
quien Sara había hecho la anterior pre
gunta—Pues siga, siga recibiendo con el mis
mo esmero que si lo entendiera. No, con
mayor aún, muchísimo mayor.
—Ya lo hice a s í la otra vez, para que lio
se me escapara el momento en que .a
transmisión volviera a ser inteligible.
Al decir esto se refería el telegrafista a
que entre los primeros radiogramas , é m i
dos había llegado uno del que ni una pa
labra pudo descifrar. No obstante estar en
él muy clara la sucesiva irregular separa
ción de grupos de puntos y de rayas ael
alfabeto Morse; pero agrupados los unos y
las otras de modo que faltaba correspon
dencia entre tales grupos y las letras que
en dicho alfabeto corresponden a las de la
escritura corriente.
— Pues ahora no es solamente a que no
se le escape el momento de esa transición
a lo que ha de atender usted, sino además
a procurar no recibir letras sino a ir mar
cando en esa cuartilla rayas y puntos se
gún los vaya oyendo.
XV
DONDE AL CABO SE ENTIENDEN LAS QXJE JAMAS
CREYERON ENTENDERSE
Comenzó el telegrafista a hacer lo que
Sara ordenaba, y ésta a seguir, con los
ojos, más aún que atenta ansiosamente, el
lápiz con que aquél iba marcando, en el pa
pel, tan pronto puntos como rayas, corres
pondientes respectivamente a- los chasqui
dos instantáneos de la placa vibrante del
receptor auricular o a sonidos no tan rápi
dos de ella. Sin que la sucesión de irnos y
otras diera lugar, como antes ya había
dicho, a formación de letras, ni palabras,
ni sentido inteligibles.
No inteligibles para él, mas no asi para
Sara, que, al poco tiempo de mirar lo que
el telegrafista marcaba en la cuartilla, dijo
de pronto muy contenta:
EL SECRETO DE SARA
59
— Ya me lo figuraba: es rock.
antes no pudo traducir. Ya que entonces
— ¡Rock!
fui tan torpe que no so me ocurrió qué pu
— Y qué es rock?
diera ser, démelo ahora. Quién sabe, tal vez
— El nombre del idioma del noctohemLtengamos tiempo todavía...
ferio, como puck el del heliohemisferio.
— ¿De qué?— preguntó María Pepa.
—¿Entonces, eso quiere decir...?
— De burlar su persecución.
— Que estamos capturando un radiogra
— ¿Cómo, cómo?
— Hasta ver si ese telegrama da alguna
ma cruzado entre los submarinos rojos. Y
que del mismo modo habrán podido ellos
luz, no puedo contestarte.
capturar, en sus radiogoniómetros, los cru
— Aquí está señora. En este otro rollo de
zados entre nosotros y nuestros sumergi
cinta. (1)
— Démelo, démelo.
bles.
Tomando Sara el rollo comenzó a exa
— Pero no los habrán entendido.
minarlo atentamente.
— Desde luego que no, pues iban en es
pañol; pero aun sin entenderlos, y n r eso
mismo, les habrán bastado para saber que
— ¿Ves algo?
procedían de barco que no era ninguno ue
— Déjala, hombre, déjala
los suyos, y para ver en la posición toma
— Oigan, oigan lo que dice: “ Como vos
da al recibirlo por su cuadro antena racuootros recibo yo también radio incomprensi
goniométrico, la dirección en que se halla
ble, que sólo puede ser isiano y proceder
ba dicho barco. Como en el nuestro esta
de la ingeniera” (así me llaman todos en
mos viendo ahora en cuál se encuentra el
Venus) “o de gentes de Isia” (ese es el
submarino rojo, que está expidiendo este
nombre venusino de la Tierra) “ deben venir
telegrama...
inmenso globo vimos volar cuando íbamos
— Sí. sí: es verdad.
Uó. Hace poco vi luz submarino de ella—¿Qué, han acabado de trasmitir?
Echad todos tras mí formados ala con in
—Sí señora, ya parece que no telegra
tervalos de un mak, y ganando marcha;
fían más.
pues ha tomado delantera, porque ya no veo
— Pues traiga, traiga. Es interesantísi
su luz.”
mo este telegrama.
— Eso debió de ser cuando nuestros su
— ¿Pero tú sabes esos idiomas?
mergibles apagaran sus fanales.
— Como el mío, Carlos.
— Es lo más probable.
— A ver, a ver.
— Bien adivinaste que a ti creen perse
—¿Qué dice?
guir.
— Lea, lea.
— No era difícil.
Mistress Haig cogió la cuartilla y leyó:
— No lo era para ti.
— “ Continuad detrás mí igual formación
-—Carlos, ¿podrás callarte y dejar a tu
llevamos, pero aumentando marcha y estre
madre que acabe de leer?
chando intervalos a medio viak.” (El mn'K.
— Verdad, mamá.
vale próximamente una milla escasa t “Va
— Continúe Mistress Haig
navegando rumbo 32 grados. Atención, no
Sara continuó leyendo:
sólo al frente sino arriba y abajo; y quien
“ Cualquiera que la vea, a ella. Tot.”
primero la vea hágale fuego hasta echarla
Ya está claro, perfectamente claro, el
a pique. Tot.”
Este es el almirante de la escuadra umbrihemisférica que anda por estos mares.
(1) Gracias a que los perfeccionamientos da
Ya ven ustedes que no me equivocaba al
la telegrafía, hablan llegado a hacer que 1c co
rriente
de todo aparato telefónico moviera, a la
sospechar que creen ir persiguiéndome a mí.
par, otro telegráfico, dejando impreso en la cinta
— Verdad... Pero oye madre.
del último, con los puntos y rayas del alfabeto
de tal nombre, el mensaje oralmente expresado
— Déjame ahora... Señor .telegrafista ha
por las membranas vibrantes de los auditivos te
ga el favor de buscar el otro telegrama que
lefónicos o del altavoz.
60
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porqué aun cuando no ven los rojos a nues
tros submarinos los vienen persiguiendo co
mo si los vieran.
— Clarísimo. Gracias a usted, clarísimo—
dijo María Pepa.
— ¡Qué penetración tan admirable!—
agregó Carlos.
— Sí, verdaderamente maravillosa— co
rroboró el abuelo entusiasmado.
— Bah. Lógicas facilidades, debidas al co
nocimiento del idioma de esas gentes y a
mi larga práctica en radiotelegrafía. De
algo había de servirme al haber sido, en ese
mundo, directora de una gran compañía radiotelegráñca que yo misma fundé...
— ¡A h! ¿Tú has sido...
— Sí, hijo. Mas lo que ahora hace falta
es que eso nos sirva para algo más que para
haberles interceptado sus telegramas.
— Yo creo— dijo Don Jaume— que aun pudiendo esos tunos perseguir a nuestros su
mergibles, como no los verán, aunque se
les acerquen, pues que no llevan luces, no
hay riesgo para éstos en la persecución.
— Para ellos no, papá Ripoll, pero para
nosotros sí; porque si los rojos continúan
forzando marcha, en el mismo rumbo que
hacia acá traen los nuestros, lograrán
acercárseles y aun pasarlas tal vez. Con lo
cual unos y otros llegarán aquí al mismo
tiempo o con corta diferencia.
— Verdad: se nos vendrán encima.
— Y como nosotros no seremos invisibles,
pues no podemos apagar el Sol que es el
fanal que ilumina todo el interior del autoplanetoide...
— Ese, efectivamente, ese es el peligro...
Dígame Capitana, ¿cuánto tiempo podrán
tardar sus dirigibles en llegar aquí?
— A la marcha a que vienen, unas tres
horas escasas.
— Entonces tal vez pueda ganarse tiempo
echando a los otros en una falsa dirección.
— ¿Cómo?— preguntó sorprendida María
Pepa, que en seguida exclamó, mirando intensísimamente a Sara— . ¡Ah! ¿Echándo
los?... ¿Será que piense usted aprovecharse
de su conocimiento de...
Antes de que la Capitana recibiera con
testación de Sara; antes de que Sara oyera
el fin de la pregunta adivinada en los ojos
de aquélla; antes de que los labios de Ma
ría Pepa la acabaran, ya había ésta tam
bién adivinado la respuesta.
Pasaron breves instantes en que los ojos
de aquellas dos mujeres brillaron con los
resplandores de sus poderosas inteligencias,
en pugna antaño, por separarlas el abismo
entre ellas abierto por sus corazones, pero
que desaparecido ahora las dejaba enten
derse: más aún adivinarse.
— Sí, eso es— dijo la desterrada.
— ¿Pero qué queréis decir con esas me
dias palabras?— preguntó Carlos, sin po
der comprender qué pensaban una y otra.
— Pepeta no te entiendo, ni a usted tam
poco Mistress Haig.
— Nosotras sí nos entendemos— contestó
Sara radiante de satisfacción— . ¿Verdad
señora?
— Sí, sí, perfectamente.
— Pues yo no— insistió Don Jaume.
— Ni yo— dijo Carlos— . Y si no os expli
cáis sino por monosílabos.
— Nos explicaremos.
— Voy a ver si conseguimos engañar con
sus mismas armas a esa escuadra que se
nos viene encima.
— ¿Cómo?
— Intentando echarla por un falso ca
mino.
— ¿Pero cómo, podrás?
— Acaso sí. Y , si ahora acierto a hacer
lo que se me ha ocurrido, no será la prime
ra vez que los radiogramas por mí trasmi
tidos induzcan a error a quienes los reciban.
A l decir esto sonaba la voz de Sara con
dejos de tristeza y sus ojos miraban tan
expresivamente a María Pepa y a Ripoll,
que unidas ambas cosas a la similitud en
tre los medios de que iba a echar mano, pa
ra engañar a los submarinos, y los en tiem
pos empleados para engañarlos a ellos,
cuando, en ocasión inolvidable, usó también
las ondas radiotelegráficas para provocar
en el orbimotor la avería que lo hizo caer
al Océano Pacífico, y estuvo a punto de
frustrar el primer viaje planetario, les hi
zo comprender a los dos que en aquello es
taba ella pensando. Pero con una diferen
cia: que mientras Ripoll reveló en la ex
presión de su semblante que la había en-
El. SECRETu DE SARA
tendido, la Capitana desvió los ojos para
que nada pudiese Mistress Haig leer en
ellos.
Después de un breve cambio de impresio
nes en el que ya tomaron parte, no sola
mente las dos mujeres sino Don Jaume y
Carlos, y conformes los cuatro en el plan
expuesto por la madre de éste, se convino,
pues ello era obligado, siendo ella la única
que conocía el rock, que por sí lo ejecutara
íntegramente.
Comenzó a ponerlo por obra preguntando
a los sumergibles en retirada si entre los
que los perseguían veían alguno que indu
dablemente fuera más avanzado que los de
más. La contestación afirmativa de los dos
pilotos fué que, efectivamente uno de los
submarinos rojos marchaba bastante ade
lantado a los otros ocho que a la vista te
nían en aquel momento, y hacía, sin género
de duda, de cabeza o de guía, marcando a
todos la dirección de la derrota.
— Ese ha de ser el de Tot.
Dijo Sara al recibir la respuesta; y se
guidamente agregó, pero no dirigiéndose ya
a quienes con ella estaban, sino volviendo
nuevamente a hablar delante del micrófono,
para ser oída por los pilotos de los sumer
gibles del orbimotor:
— Avancen ustedes dos hacia el subma
rino de delante, por los costados de él, po
niendo gran cuidado de no entrar ninguno
en el haz de luz de su proyector de proa,
para evitar ser vistos de él; acérquensele
cuanto les sea posible para asegurar el ti
ro, y disparen sobre él hasta echarlo a pi
que. Inmediatamente que lo hayan ustedes
conseguido telegrafíenme solamente “ Y a ” ;
y sin perder minuto viren, y a toda máqui
na vénganse al orbimotor.
Interesantísimo: Una vez que me hayan
trasmitido ese aviso, quédales prohibido ter
minantemente volvei; a usar para nada la
telegrafía hasta que, llegados a la vista del
autoplanetoide, nos avisen que ya van us
tedes a entrar en las casamatas.
Insisto en que esto es interesantísimo:
pase lo que quiera, queda prohibido tele
grafiarme ni telegrafiarse ustedes entre sí.
61
Ahora— agregó Sara, hablando ya con
quienes a su lado tenía— , para la segunda
parte del plan hemos de aguardar a que
ellos nos avisen haber echado a pique el
barco almirante.
X VI
QUIÉN MANDABA LA ESCUADRA NOCTOVENUSIANA
Veinte minutos van corridos desde que
Mistress Haig telefoneó a los sumergibles.
Larguísimos para quienes los contaban con
afanosa impaciencia, y durante los cuales
no se apartó aquélla de delante del micró
fono, para no perder tiempo, en hacer uso
de él, tan pronto recibiera el ansiado aviso.
Al cabo de ellos dijo el teléfono “ Y a ” , e
inmediatamente comenzó Sara a hablar en
un idioma, no solamente incomprensible pa
ra los que la oían, sino de sonidos elemen
tales y modulaciones en los cuales nadie po
dría hallar la más leve semejanza con los
de ninguna de las lenguas usadas en la Tie
rra. Aquello era el rock que sonaba como
inconexa sucesión de broncos murmullos y
estridentes aullidos, que hizo decir a Car
los y a Ripoll:
— Vaya un idioma.
— No, armonioso no es: araña los oídos.
A poco llegó un segundo “ Y a ” . Corrobo
ración, dada por el segundo sumergible, de
haber ya sido echado a pique el submarino
rojo al que se les había dado orden de ata
car. Sin que por ello dejara la madre de
Carlos de continuar hablando en la misma
dura jerga. Hasta que cuando hubo termi
nado el despacho, pues un despacho en rock
era lo que estaba trasmitiendo, se apartó
del micrófono y, en castellano, dijo a sus
interesadísimos oyentes:
— Palabra más o menos, y hablando como
si yo fuera el almirante de esa escuadra
acabo de decir a los barcos de ella: “ En este
momento acabo de echar a pique, apagando
antes mis fanales, submarino ingeniera, a
pesar haber querido ella engañarme cam
biando por uno rojo su fanal verde. Pero
no le sirvió; pues al acercarme conocí su
sumergible no era como los nuestros. Viren
62
B IB L IO T E C A N 'D V E L E S C O -C IE N T IF IC A
todos inmediatamente en redondo, vuelvan
a tomar anteriores intervalos; y, sin acor
tar marcha, rumbo a punta Lo, donde ha
amarizado gran globo Isia. Antes que allá
lleguemos daré órdenes de ataque. Apagad
también luces como yo, evitar ser vistos
de los isiano/s hasta que sobre ellos estemos.
T ot.”
— Soberbio, soberbio— exclamó Carlos.
— Admirable, ingeniosísimo— agregó Kipoll.
— Sí— asintió María Pepa— todo parece
estar perfectamente previsto para que el
resultado sea el que deseamos.
— Ojalá sea así.
— Indudable, indudable: la rapidez con
que has dado a los otros submarinos la or
den de virada, en cuanto fué hundido el
barco, no les habrá dado tiempo de ente
rarse de que ya no tienen almirante. Y me
nos cuando casi al mismo tiempo de irse
éste a pique reciben órdenes que han de
creer proceden de él.
— Y no sólo eso, Carlos; sino que ha sido
una magnífica ocurrencia el decirles que
había apagado sus luces para echar a pi
que a la ingeniera, y que ésta llevaba fanal
rojo.
— Verdad, abuelo; magnífica... Claro, cla
ro : aunque hayan advertido la desapari
ción de la luz del almirante, cuando los
nuestros hundieron su barco, la habrán con
fundido con la del que él, digo, tu madre,
que ahora es el almirante rojo, les dice ha
ber hundido, apagando la suya antes de
lanzarse al ataque contra el sumergible de
la ingeniera— Sí, s í: aunque a pesar de lo rápido que
ha sido el hundimiento, se haya percatado
de él alguno de esos barcos, han de creer
que el hundido sea el en que ellos supo
nían iba huyendo tu madre.
— Y a estas horas ya habrán virado to
dos, y todos estarán navegando forzando
máquinas en dirección opuesta a la que
traían.
— Claro, alejándose de nosotros.
— Pero una cosa no entiendo Mistress
Haig.
— Usted dirá.
__ ¿Porqué ha prohibido usted a los nu.atros que nos telegrafíen?
— Está claro, papá— contestó, no Sara
sino María Pepa, adelantándose a la res
puesta de aquélla— . Para evitar aue, lle
gando a los radiogoniómetros de los rojos,
los telefonemas que ellos nos enviaran pu
dieran dar a aquéllos, aun siéndoles incom
prensibles, indicaciones de la dirección en
que los nuestros se retiran. D igo... ¿N o es
así, Mistress Haig?
— Exactamente.
— Veo que siguen ustedes entendiéndose
a las mil maravillas-—dijo alegrísimo Ripoll.
— Gracias a Dios— contestó la Capita
na— . Y espero que, entre ambas sacaremos
de aquí con bien al autoplanetoide.
— Claro que sí, claro que sí... Antes de
dos horas habrán llegado aquí los sumer
gibles, en tanto los otros estarán cada vez
más lejos.
— Sí, en la punta Lo, donde van a ata
cam os. ¡Ja, ja, ja !— agregó Don Jaume
riendo a carcajadas— . Buena jugarreta,
buena. Ha sido otra idea magnífica, magní
fica, la de hacerles creer que allí estamos.
¡Ja, ja , ja !
— Yo no me río todavía. Pues conociendo
bien a esas gentes, y constándome cuán ma
liciosos y arteros son, mi esperanza de ha
berlos burlado no llegará a seguridad ple
na, hasta que vea en sus casamatas a los
dirigibles, y al orbimotor en las nubes.
— Por visto, por visto— insistió Carlos.
— Y van confiadísimos de haber echado a
pique a la ingeniera... ¡Ja, ja, ja!... Y van
a atacar al gran globo de Isia en Punta
L o... ¡Ja, ja, ja !— repetía regocijadísimo
Don Jaume— . En Punta Lo, en Punta Lo.
¡Ja, ja, ja !
— ¡Qué fastidio no poder ir allá a re
cibir a esos bribones como se merecen!
— De esa ilusión tienes que prescindir,
hijo mío. Como antes te dijo bien el Sr. Ri
poll, no estamos para pensar en guerrerías; sino para levantar el vuelo en cuanto
podamos.
— Lo que sí es una lástima es que. no esté
aquí Arístides. ¡ Cómo se reiría con la ju
garreta que Ies estamos haciendo a los se
ñores noctohemisf éricos!
■EL SECRETO DE SARA
— Verdad, abuelo, verdad...
Mientras éste y el nieto se regocijaban
con el chasco de los hombres negros, Sara
se había sentado al aparato, y puéstose el
casco del telegrafista, para estar atenta a
fin de que si acaso aquéllos se hubiesen per
catado {le la pérdida de su almirante, de
ser fingidas las órdenes que en su nomDre
habían recibido, y en consecuencia camDiaran radiogramas para rectificar el rumbo
que dichas órdenes les habían señalado, en
terarse en seguida de ello, y adoptar dispo
siciones en consecuencia. Sin la pérdida de
tiempo y acaso de palabras consiguiente a
que el telegrafista fuese, sin entender el
rock, quien estuviere a la escucha.
M aría Pepa, sentada a su lado, hablaba
con ella a media voz, mientras Carlos y el
abuelo, que entonces parecía mucho más
chiquillo que el nieto, continuaban celebran
do regocijadamente el lance, y echando me
nos el esfuerzo que a su regocijo habrían
prestado el buen humor del chistoso Leblonde y los comentarios que de cierto se
le habrían ocurrido.
— N o lo creo probable— decía la Capita
na a Sara, refiriéndose a la posibilidad de
que los submarinos rojos advirtieran el en
gaño.
— N i ye tampoco. Probable no, pero po
sible sí; porque con gente tan taimada
como ellos sé, por tristísima experiencia,
que toda precaución es poca.— A l decir esto
hizo Sara un gesto revelador de que acu
dían a su memoria dolorosísimos recuer
dos.— P or eso no quiero om itir ninguna.
— Hace usted bien. Mas sin embargo,
aunque adviertan el engaño, nada podrá
importarnos, si no lo echan de ver en se
guida; pues con sólo que « n ello tarden
media hora, menos aún, quince o veinte
minutos, bastarán para que navegando, ellos
y nuestros sumergibles, a toda marcha y
en direcciones opuestas, haya crecido la
distancia de unos y otros en términos que,
aunque los rojos viraran nuevamente para
reanudar la persecución, ya los nuestros les
llevarían ventaja demasiado grande para
que, en la corta distancia que hasta aquí
tendrán ya que recorrer, puedan aquéllos
alcanzarlos.
63
— A sí es efectivamente, y en cuanto pase
ese tiempo podremos estar tranquilos. Pero
entre tanto y para tener previsto hasta ío
más improbable, convendría ir pensando
qué debería hacerse si dentro de un momen
to oyere yo algo alarmante.
— Tiene usted razón. En trances críticos
suelen ser mortales los tanteos y las vaci
laciones.
— ¡Ja. ja, ja ! Oye, Pepeta, oye lo que
dice Carlos.
— Abuelo, ahora estamos hablando de co
sas serias, y los chicos nos estorbáis... Dice
usted bien, Mistress Haig, y yo creo... Sí,
no veo otra solución... De presentarse ese
contratiempo sólo un partido se me ocurre.
— ¿Cuál?
— Que el orbimotor avance al encuentro
de los sumergibles, para acortar la distan
cia que ellos hayan todavía de recorrer, y
acelerar así la incorporación de ellos.
— Completamente conformes.
— Carlos.
— Qué quieres.
— Que se acabó la broma. Que vayas en
seguida al puente, pues yo no puedo ahora
moverme de aquí. Que des a la carrera ór
denes para que todo esté dispuesto, no para
alzar el vuelo, sino para empezar a nave
ga r inmediatamente, si ello fuera preciso,
cuanto desde aquí te dé yo por teléfono
la orden de hacerlo.
— ¿Ocurre algo?
— No, nada; mas por si ocurriere.
— En seguida... Vente, abuelo... Es decir,
vete por Arístides y subid los dos allá.
— Sí, allá voy.
— Carlos, no pierdas tiempo. Vete.
— Ahora mismo. Adiós.
— Pero, Pepeta. ¿Es de verdad que no
ocurre nada grave?
— De verdad.
— Nada, esté usted seguro, Sr. Kipoll.
— Entonces hasta luego.»
— Y usted, señor oficial— dijo M aría Pepa
a! telegrafista— también puede retirarse.
Y a lleva usted demasiadas horas al aparato.
— P or eso no lo haga usted.
— N o : es que como en mucho tiempo no
han de telegrafiar los nuestros, no es ne
cesario que usted se quede aquí.
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
64
Y a solas las dos mujeres en el gabinete
telegráfico, preguntó María Pepa.
— ¿Cuánto tiempo hará que puso usted
su radiofonema?
— Nueve minutos— contestó Mistress Haig
mirando en el cronógrafo de registro auto
mático, de que estaba provisto el aparato
trasmisor, las señales de comienzo y tér
mino del despacho porque se le pregunta
ba : unas rayitas que, frente a unos u otros
minutos del papel arrollado al tambor de
dicho cronógrafo, trazaba la pluma de él, al
entrar en actividad el circuito radiofónico,
y al interrumpirse la corriente en él (1).
— Habría jurado que eran más de vein
te— agregó Sara con grandísima emoción,
en la que influia no sólo la impaciencia de
que pasara el tiempo, y el temor de oír algo
que pudiere inquietarla, sino todavía más
la impresión de hallarse por primera vez a
solas con María Pepa. Pues a despecho de
su convencimiento del perdón de ésta, acor
dábase de todo lo pasado; y pensaba que
inevitablemente habría ella de tener aná
logos recuerdos.
— Y yo también creía— contestó la Capi
tana— que habría pasado ya mucho más
tiempo... Es poco todavía. Aguardemos.
— Sf. aguardemos... Pero me consumo
aguardando en la inacción.
— Yo también, pero no hay otro remedio
que llevarlo con paciencia.
Transcurridos dos minutos en que nada
dijeron una ni otra, exclamó Sara de im
proviso, pero no dirigiéndose a la Capita
na sino hablando consigo misma, aun cuan
do en alta voz:
— Ya, ya... Sí.
— ¿Qué, oye usted algo?
— No, sino que se me ha ocurrido medio
de acortar esta agobiante espera.
— ¿Cómo?
— Pidiendo a los submarinos rojos acuse
de recepción de mis órdenes. Digo de las
de Tot.
— ¡A h ! Es una buena idea. Así podre
mos en seguida cerciorarnos de si ha pa
sado ya el peligro.
Seguidamente, o más bien al mismo tiem
po que María Pepa hablaba, hízolo Sara en
el micrófono, por de contado en rock, di
ciendo: “ Me falta acuse recepción de varios
buques a mi último telegrama. Díganme si
navegan ya en rumbo Punta Lo.— T ot.”
En cuanto terminó la transmisión enteró
Mistress Haig a María Pepa de lo dicho
en el radiatelefonema enviado, y apenas
acabó de hacerlo llegó la primera contes
tación de los submarinos, traducida por
Sara conforme la iba oyendo, y que decía:
“ Recibida y ejecutada orden, navego rum
bo ordenado. Número 27.”
— Sin duda ese es el número del subma
rino que ahora comunica— dijo María Pepa.
— Sí, eso es. Albricias, albricias... Calle.
Ahora dice lo mismo el 13... Y el 46... Y
ahora no sé cuántos ni cuáles a la vez, pues
llegan las contestaciones superpuestas a
montón.
— Gracias a Dios. Ya no hay cuidado,
Mistress Haig.
— No. Porque aun cuando ahora mismo
(1) La adición de un cronógrafo a los telé
grafos o teléfonos, de alguna importancia, era
otra mejora ya en los tiempos del viaje introdu
cida en todos.
•
Estos cronógrafos, que salvas menudas difei en
cías son todos fundamentalmente iguales, cons
tan en general de un cilindro, o tambor que,
movido por un mecanismo de relojería, da una
vuelta entera en una, seis, doce, veinticuatro
horas, una semana.
El tambor va revestido de papel cuadriculado,
donde las rayas paralelas de una de las direccio
nes de la cuadrícula corresponden a horas, minu-
tos o segundos, según sea la apreciación del cro
nógrafo. Tiempos iguales a los que, por efecto del
giro del tambor, tarda el intervalo blanco entre
dos rayas en pasar por debajo de una pluma cer
cana montada en una pinza, que, bajando cuando
a la pinza llega la corriente telegráfica o telefó
nica, pónese en contacto con el papel, frente al
minuto o segundo correspondiente a aquel Ins
tante en la cuadricula registradora. La cesación
de la corriente telegráfica .evanta la pluma, des
pués de haber ésta dejado en el papel un trazo
cuyos extremos marcan las horas del principio y
del término de la transmisión.
— Eso es cierto, y como a los otros sólo
los entiende esta señora.
— Por eso puede usted retirarse.
— Como usted mande.
X V II
D " PORQUÉ EL SUMERGIBLE IBA A SER OTRA
VEZ ABANDONADO
65
E L SECRETO DE SARA
se percataran del engaño, y quisieran vol
verse atrás para reanudar la persecución,
■como ya han pasado veinte minutos, entre
lo que ellos y los nuestros han andado en
tal tiempo, en opuestas direcciones, ya
éstos les han ganado cuarenta a cincuenta
millas de delantera,
— Gracias, Mistress H aig, muchas, mu
chísimas gracias... Acaba usted de salvar
mi orbimotor. Que a no ser por el ingenio
y la habilidad de usted, es muy probable
estuviera muy pronto destruido en el fon
do del mar.
— -Tómeme esto en compensación de la
g ra v e avería que el mismo ingenio y la mis
ma habilidad produjeron en él cuando lo
hicieron caer desde las nubes al Océano
Pacífico.
— Y a entendí a usted antes, Mistress
H aig, aunque entonces no hablara tan cia
to como ha hablado ahora. Sí, la entendí
perfectamente; pero no quise darme por
enterada, porque ya le he dicho que todo
está olvidado; y ahora le digo que me mo
lesta oirle hablar de lo pasado. Porque si
usted no olvida de nada sirve que yo olvi
d e; ya que para que usted olvide he olvi
dado yo.
-•— Lo tendré en cuenta, y aun cuando yo
no olvide procuraré que mis recuerdos que
den enterrados bajo mi agradecimiento a
usted.
— Más que a mí a Dios, que en mi cora
zón manda, y que tocó el de usted con arre
pentimiento.
— ¡D io s !... Y o quisiera saber algo del
Dios de usted. Porque presiento ha de ser
el mismo que en los primeros años de mi
destierro me hizo vislumbrar un hombre
de corazón tan grande como el de usted,
sin que la muerte le diese tiempo para dár
melo a conocer completamente.
— ¿Quiere usted conocer a Dios?
— Quiero. Ese es el mayor anhelo de mi
corazón.
— Pues lo conocerá. Dios, que castiga la
soberbia de quienes sin otro patrón que el
de sus inteligencias míseras, caen en el
irracional absurdo de pretender medir con
lo finito de ellas, la inteligencia infinita, y
con sus rastreras y menguadas capacidades
E L SECRETO DE SARA
la excelsa y suprema omnipotencia, no se
esconde nunca a quien de corazón le busca.
Y ahora oiga usted, Mistress H aig, óiga
lo bien, y que ello le sirva de consuelo: aca
ba usted de darme una de las más grandes
y tal vez la más pura alegría de mi vida, y
con ella, óigalo y créame, ha pagado con
creces todo el daño que antes me hizo o
quiso hacerme.
*
**
Mudo permaneció el teléfono, del que es
taban pendientes las dos madres de Car
los, hasta hora y media después de haberse
recibido de los submarinos rojos el acuse
de recepción del radiofonema que les había
ordenado va ria r de rumbo. A l cabo de di
cho tiempo, Sara, que no se había quitado,
en todo él, el casco de los auditivos, excla
mó alegremente;
— A l fin: ¡ah í están, ahí están!
— ¿Nuestros sumergibles?
— S í: uno acaba de decir que ya nos tie
ne a la vista... Y el otro poco podrá tardar
en avisar lo mismo.
Efectivam ente, unos cuantos minutos des
pués telegrafió el segundo diciendo: “ Sin
novedad. Y a veo el resplandor del orbimo
tor.”
— Telefonée, telefonée al puente, para
que Carlos y Ripoll lo sepan. Y en seguida
dígales a los sumergibles uno y tres (estos
eran los números de los que se acercaoan
al autoplanetoide) que, en cuanto lleguen,
se dirijan cada uno a su respectiva casa
mata.
Transmitido el aviso al puente y la or
den a los sumergibles, cayó M aría Pepa en
la cuenta de que no habiendo sino tres ca
samatas, correspondientes a otros tantos de
aquéllos, el número dos no podría entrar
en la suya. Ocupada desde que llegó Sara
con el que ésta había traído.
— Es verdad— dijo Mistress H aig— . Es
preciso echarlo afuera en seguida y dejár
noslo aquí.
M e duele... N o extrañará usted que le
tenga cariño... Pero es indispensable. En
tre abandonarlo a él, o abandonar al otro
5
66
b ib l i o t e c a
NOVELESCO-CIENTIFICA
con sus tripulantes, no es dudosa la elec
ción.
__Tal creo. Y cuanto antes mejor.
__Es verdad. Unicamente ruego a usted
me conceda diez minutos para sacar de allí,
antes de echarlo afuera, unos cuantos re
cuerdos, que me son muy queridos, y varias
docenas de cuadernos con notas sobre mi
vida en esos años, con descripciones de lo
visto en Venus, con abundantes fotografías
y mapas de diversos curiosísimos lugares
del planeta: planos de ciudades, libros,
memorias, cálculos, estudios, mi diccionario
puck. Todo ello interesantísimo para que
en la Tierra pueda conocerse este mundo
que vamos a dejar.
— Desde luego. Y más interesante sien
do, como es, imposible la exploración pro
yectada por los señores cuya discusión cor
té. Precisamente por creer que las notas de
usted habían de ser muchísimo más útiles,
completas y comprobadas que cuanto ellos
pudieran ver en una rápida excursión. Pero
además, y esto es bastante motivo, por sí
sólo, para no permitir quede aquí perdido
todo eso, que lógicamente ha de serle a
usted muy caro.
— Muchísimo: ahí están todos los recuer
dos de mis diecinueve años de destierro, los
de mis luchas, los de todos mis dolores y
sobre todo los de las poquísimas y fugaces
alegrías que en él gocé.
—Enhorabuena, enhorabuena—gritó Ttipoll, entrando en la estación telegráfica— .
Carlos queda allá arriba en espera de tus
órdenes. Pero yo no he tenido la pachorra
de estarme allí sin venir a saber como...
— Nada más sino que ya están al llegar,
como es hemos avisado...
— Carlos tiene muchas ganas de bajar.
Si pudiese ser, díselo.
— No. Yo voy ahora al puente, y le diré
que no hay nada más de lo que ya sabe. Y
no puede bajar, porque necesito que me
ayude allí, cuando muy pronto hayamos de
levantar el vuelo.
— Bueno. Pero...
— Oye: mientras yo voy allá, Mistress Sara tiene que sacar del sumergible
en que ha venido, su equipaje y sus notas
sobre este mundo que está de Dios no vea
mos nunca por nuestros propios ojos.
— ¿Pero porqué esa urgencia?
__Porque mientras mi sumergible ocupe
la casamata en donde está, no podrá en
trar en el orbimotor sino uno de los dos
que están a punto de llegar.
— Es verdad.
— Pues bien, papá: mientras yo voy al
puente, llama a uno o dos criados, que con
Mistress Haig vayan, para transportar todoeso a su alojamiento. En seguida echen us
tedes el sumergible afuera con el telékino (1). Anda, ve con ella.
Yo no puedo irme de aquí mientras no
(1) Entre los varios nombres dados a estos
transportadores a distancia de la energía mecáni
ca, elijo, como es lógico, el español, dado al suya
por nuestro eminente ingeniero Torres Quevedo.
Autor de la máquina para resolver ecuaciones,
del dirigible Astra-Torres, del ajedrecista mecá
nico, y a quien los adelantadísimos yankis bus
caron para que les hiciese el célebre transborda
dor que funcionando está hace bastantes año«
entre una y otra orilla de las cataratas del Niá
gara. Aparato, el telekino (cuyo nombre quiere
decir mover a distancia), que fué uno de los
primeros de su clase ensayados con satisfactorio
éxito en el mundo.
Su objeto es transportar eléctricamente fuerza
mecánica desde el lugar donde nace, al lugar
donde ha de sernos útil convertirla en trabaja
realizado.
Esto se hace ha tiempo ya, llevando la fuerza,
transformada en electricidad, de la cascada, o de
la caldera donde el carbón se quema, a la im
prenta, al molino, o en general al taller donde
la industria fabrica sus productos; pero efec
tuando tal transporte mediante líneas de alam
bre por donde la electricidad fluye. En tanto los
telekinos no han menester alambres; pues, aná
logamente a la radiotelefonía y la radiotelegra
fía, lanzan al espacio las ondas electromagnéticas,
engendradas por interrupciones vertiginosas de la
corriente eléctrica, en que el calor del combustible*
o la fuerza del salto de agua, han sido converti
das en los alternadores electromecánicos.
En el lugar donde el trabajo ha de ser produ
cido se recogen dichas ondas en antenas, por sil
finalidad equiparables a las radiotelegráfleas; vuel
ven allí a ser metamorfoseadas en corriente eléc
trica, y ésta, después, en fuerza mecánica, que
sin gasolina, ni carbón, ni caldera, mueve el auto
móvil o la nave.
Y hasta se llega a más, y yo se lo he visto ha
cer a Torres Quevedo, gobernando a distancia ta
les vehículos ; pues no sólo se les comunica desde
lejos la impulsión que los hace avanzar, sino que
además se los pilotea : haciéndolos virar a la de
recha o a la izquierda, ’ acelerar o disminuir la
velocidad.
¿Que cómo no está el mundo lleno de aplica
ciones industriales de este invento?
Muy sencillo: por lo mismo que hasta mucho«
años después de haber triunfado otro español, efc
EL SECRETO DE SARA
67
No es preciso encarecer la emoción de
Don Jaume al entrar, con Sara, y hallarse
a solas con ella, en la misma casamata don
de él y sus ancianos amigos le habían co
municado su sentencia de abandono en
los mismos mares de Venus, en donde nue
vamente iba a ser abandonado el mismo
submarino en que entonces quedó; pero
esta vez sin ella. Mas con ser grande, y
hondísima, la impresión sumamente lógica
por aquel recuerdo producida, iba a ser bo
rrada por otra mucho más viva y más ac
tual, nacida del terror que lo sobrecogió,
cuando ya sacadas del sumergible las ar
quetas donde guardaba Sara cuanto no que
ría se perdiera con el sumergible, e idos los
criados que las llevaban al pabellón donde
estaba alojada, la oyó decirle:
— Ahora sálgase a la antecámara, cierre
la compuerta de ella y, mientras yo me
meto en el sumergible, abra la de comuni
cación con el mar.
— ¡Pero qué está usted diciendo!
— Que yo he de poner en marcha el su
mergible; lo cual no puede hacerse sino es
tando dentro de él.
— Ca, no señora. ¿No ha oído usted a Pepeta que vamos a echarlo afuera desde !a
central electro-dinámica con el telékino?
— No puede ser.
— ¿Porqué?
— Porque los sumergibles de ustedes tie
nen telékino, pero el mío no.
— Pues se lo montaremos.
— Imposible.
— ¿Porqué imposible?
— Porque los radiofonemas últimamente
eruzados entre los sumergibles y nosotros
pueden haber vuelto a poner nuevamente
en nuestra pista a los submarinos rojos,
y teniéndolo en cuenta, sería insensata te
meridad perder, en esa lenta operación,
tiempo que a ellos se lo daría sobrado para
echársenos encima mucho antes de que la
hubiésemos acabado. Y a ve usted que es
preciso que yo...
— No. ¡Qué horror! ¡Otra vez abandona
da como entonces!
— Abandonada no, porque ya procuraré
yo volver, y porque ahora sólo se trata de
jugarse un albur que es preciso afrontar.
— Y ese albur ¿en qué consiste?
— En el riesgo de que una vez afuera, no
me sea posible salir del submarino para
volver aquí.
— De ninguna manera; no lo consentiré.
¡Qué atrocidad!
— No se trata sino de un leve riesgo al
que ya ve no hay más remedio que expo
nerse, y que yo haré cuanto pueda para
aminorarlo.
— No, no y no.
— Oigame y serénese: Voy a entrar en
el sumergible y ponerme la escafandra de
buzo. Cuando ya me la haya puesto, dará
usted entrada al agua del mar. Entonces
echaré a andar el barco; y en cuanto esté
insigne Peral, sumergiéndose en la bahía de Cá
diz en su submarino de ensayo, no ha sido co
rrientemente usado el submarino sino muchísimo
más tarde. Por lo mismo que ha sido preciso co
rra mucho tiempo, desde que el primer aviador
surcó los aires, hasta lograr que el aeroplano sea
un ingenio diariamente usado. Por lo mismo que
las ondas electromagnéticas de Hertz no pasaron
de experimento científico hasta que Branly, Marconi y otros lograron utilizarlas industrialmente
como ondas radiotelegráficas. Y más en general,
por ser sabido que entre el invento del laborato
rio y el aparato industrial, que ha de adaptarlo
a las necesidades del uso práctico y cotidiano,
suele siempre mediar largo camino.
Pero lo principal, la base, es conocer el prin
cipio científico y éste está hoy descubierto; es
tablecer ia teoría, una de esas teorías de que, a
ratos, cuando los teorizantes se desmandan, con
ambiciosa pretensión de remontarse al conocimien
to de las causas finales, habla irónicamente este
libro; pero fructíferas, benditas, cuando en vez
de fantasear sobre lo incognoscible, se mueven
apoyándose en positivas realidades, y trabajan
empujando la ciencia, el mundo, aprovechando
los efectos visibles de las causas ignotas.
vuelva el telegrafista, a quien voy a llamar,
para que no falte en el aparato quien re
ciba cualquier despacho que de los sumer
gibles pueda venir. Vayan, váyanse uste
des dos, y no pierdan tiempo; pues poco ha
de faltar para que aquéllos lleguen.
¡A h! Voy a avisar al número dos que no
intente entrar en la casamata hasta que
de ella vea salir el sumergible de usted.
XVIII
EL ALBUR QUE SE JUGÓ SARA
68
biblioteca novelesco-cientifica
— Pero no es eso sólo... ¿Sabe usted na
ya afuera dejaré entrar en él el agua ex
dar?
terior, abriré la escotilla, para salir por ella
— No... Pero da lo mismo: entre un pe
y a nado volveré a la casamata mientras
lele de ochenta años o una mujer que...
el barco se hunda.
— No puedo gastar tiempo en expresarle
— De ningún modo: en eso hay no un
mi gratitud... Pero es que todavía creo que
leve riesgo sino muchísimas dificultades y
ha de haber otro obstáculo más insuperable.
muy grandes peligros.
—¿Otro?
— Por eso he dicho que hay que correr un
— Que me figuro que tampoco ha de sa
albur...
ber dirigir el submarino; que no sabrá po
— Menudo albur... ¡Y llamaba usted te
nerlo en marcha.
meridades insensatas a las de Carlos!...
— Es verdad, no sé... Pero como no se
Pues ninguna más insensata que esta dia
trata de conducirlo en ningún viaje, sino
bólica aventura.
tan sólo de ponerlo en movimiento para
— Es que no hay más remedio que afron
que salga de la casamata, y para ello no
tarla, para que los del sumergible no se
habrá sino mover una palanca, que usted
queden en Venus.
puede decirme cuál es.
— ¡Quedándose usted!
— No sólo no se lo diré, sino que quitaré
— No lo creo. Pero en último caso, ellos
la manivela de ella para que no pueda
son dos y yo una.
usted usarla.
— No, no.
— ¡Que usted! ¡Que usted!... ¡Reconge— Y que además, como la Capitana no
lasión!... ¡Que¡usted!... Bueno, pues esta
habría de avenirse a abandonarlos, no se
mos en paz: porque yo ni bajo, ni subo
riamos ya ni ellos ni yo los que estaríamos
las compuertas, ni consiento...
en peligro, sino el orbimotor y todo su pa
— Es que tampoco, ya se lo he dicho an
saje los expuestos a ser echados a pique
tes, consentirá la Capitana en zarpar aban
por los submarinos rojos.
donando? a esos desgraciados; que mientras
— Sí, es verdad. Pero aun así yo no po
la enteremos, resuelva sobre el caso, se en
dré, no podría maniobrar las compuertas
tere Carlos del conflicto, y al fin se haga
para hacer esa atrocidad. No cuente usted
lo que haya de hacerse, tendremos encima
conmigo para enviarla a una aventura en
a los submarinos rojos. Y entonces usted
la que hay noventa probabilidades de que
será responsable de la pérdida del autoplaperezca, contra diez de que salga.
netoide. Y por evitarme un eventual riesgo
— Don Jaume, estamos perdiendo un
habrá usted condenado a segura muerte a
tiempo precioso, y en este aprieto no hay
cuantos en él están, y entre ellos a nuestro
otra salida.
Carlos. Si es que antes no se lanza él a la
— Pues que no la haya... Yo no, yo no...
aventura que para mí asusta a usted.
Sí, sí la hay.
Todavía se resistió un poco Don Jaume.
— ¿Cuál?
Pero al cabo hubo de rendirse a las razo
— Que todo eso, que quiere hacer usted,
nes poderosas que le daba Sara; y sobre
sea yo quien lo haga.
todo al miedo de que en vez de ella fuese
— Gracias, Don Jaume... No olvidaré ja
más su oferta, que hace usted sin reparar
Carlos quien, a la postre, se jugara, a aquel en que es de imposible ejecución.
albur, la vida. Mas al resignarse a que Sara
—¿Porqué?
lo corriera, y salir de la casamata para
ayudarla en su arriesgado empeño, ponien
— Porque no podrá ponerse mi escafan
do en juego desde afuera el mecanismo de
dra, que le vendrá muy pequeña.
las dos compuertas, iba verdaderamente
•—Buscaremos otra mayor en los alma
cenes.
consternado.
A la par que él obedecía a Sara, en
— Y se perderá tiempo, y acaso se ente
re Carlos, que entonces querría sustituirme.
traba ella en el submarino, donde sin per
der tiempo se revistió su escafandra de
— ¡A h! Sí, de seguro.
EL SECRETO DE SARA
buzo y unas bolsas flotadoras en los hom
bros, cuya fuerza ascensional habría, lle
gado el caso, de compensar con creces el
peso de dicha escafandra. Aparatos igua
les, si no eran los mismos, a los que ya
conocen quienes, habiendo leído “ El Mun
do Luz” , recuerden los que llevaba pues
tos la desterrada cuando diecinueve años
antes fué con su sumergible capturada por
el ictio kino de Aol.
Hecho esto, dejó caer la puerta, tapa
más bien, de la escotilla de entrada al su
mergible por lo alto de él, y corrió uno, no
más, de los seis cerrojos que, como cierre
de seguridad de dicha puerta, cebaban en
otros tantos cilindros huecos perforados
en el grosor del marco donde aquélla enca
jaba. No corriendo sino uno para poder,
cuando en el mar estuviere, abrir la esco
tilla con rapidez de la que dependía su
vida. Pues es de advertir que una vez afue
ra, y aun antes, cuando todavía dentro de
la casamata ya el mar hubiese entrado en
ella, la presión exterior de aquél sobre el
sumergible contribuiría a mantener enca
jada la puerta, en tanto, dado acceso al
agua, por otra abertura, no estuviera
inundado el barco.
Una vez cerrada la escotilla, acabó Sara
de bajar la escala que en ella comenzaba, y
entrando en el pañol de las herramientas,
cogió el martillo de mayor peso que en aquél
halló; con él se fué al camarote de maniobra
en donde, entre otros muchos aparatos,
estaba la lla ve' conmutadora que habría
de usar para abrir los acumuladores que
lanzaban la corriente al motor de la hélice;
y una vez allí miró, por el gran ventanal
de vidrio como, en torno del sumergible,
iba subiendo paulatinamente el agua, que,
poco a poco, entraba en la casamata por
una rendija estrecha entre el piso de ella
y lo inferior de su compuerta externa: le
vantada sólo levemente, en tanto no se lle
nara aquélla. Para evitar el gol pazo que
al precipitarse, de pronto, el agua aden
tro, si de una vez se abriera la compuerta,
habría dado contra el barco el marSintió a poco el movimiento ascensional
del buque, levantado por el movimiento
ascensional que el agua le imprimía al
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despegarlo de las gradas en donde descan
saba: poco después, llena la casamata, vió
alzarse la compuerta que, desde adentro,
movida por Ripoll, dejaba paso franco al
sumergible, y entonces puso en movimien
to la hélice.
Un momento después estaba afuera, y
en cuanto se vió en franquía se dirigió
hacia el ventanal, dispuesta a romperlo a
martillazos. Pero antes de dar el primero
no pudo menos de pensar, porque ya estaba
cara a cara con el albur a que se había re
ferido al hablar con Ripoll, que tan pronto
diera el golpe y por allí entrara el agua,
en cantidad grandísima y con violencia
arrolladora, era casi seguro que la derri
baría; que tal vez los trozos del cristal la
mal hiriesen, que era verosímil fuera gol
peada contra paredes y aparatos, acaso
atontada por los golpes, y que, aun cuando
escapara a tales riesgos, sería dificilísimo*
que, co g id a en medio del reluchar del agua
entrante con el aire saliente pudiera, por
sí, valerse ella para escapar del barco por
la escotilla, a la que no podría llegar. Pues
en salir por el ventanal contra el torrente
de agua que por allí entraría no había pen
sado nunca.
Por dicha, vió casi a la par el peligro y
el remedio; y arrepintiéndose de su prime
ra idea, saliendo del camarote de manio
bra y yéndose a una porta de las situadas
a lo largo de las bandas del buque, e in
mediata a la escala de la escotilla, por la
que, a través de su cristal, de no más de
veinte centímetros de anchura, se veía el
exterior, dió en él un martillazo, colocán
dose al darlo no de frente a la porta sáno
a un costado de ella. Para evitar la de
rribara el grueso chorro de agua que por
allí iba a entrar con grandísima fuerza.
Dado el martillazo, y a la par que el
agua entraba por el boquete que se le abría,
salió Sara corriendo escala arriba. Pues
necesitaba llegar a la escotilla antes de que
el mar subiera en el submarino a nivel en
que apagara el alumbrado eléctrico, extin
guido el cual no podría ver el cerrojo don
de había de descargar los martillazos que
lo descorrieran. Y a que habría sido inútil
intentarlo con la mano, porque la presión
70
b ib l io t e c a no velesco - c ie n t if ic a
del mar lo oprimía con grandísima fuerza
contra la pared del ajustado álveo en don
de encajaba.
El agua corría desde la porta al fondo
de la cala, donde su nivel ascendía: no
despacio, pero no tan de prisa que antes
de llegar a la central eléctrica e inutilizar
¡os acumuladores, no diera a Sara tiempo
sobrado de descorrer tras repetido 5 golpes
el cerrojo. Sin que por ello se abriera la
escotilla; pues todavía la presión externa
del mar superaba a la del aire interior.
No obstante haber crecido mucho ya la de
éste por la compresión debida al ascenso
del agua entrada en el barco por la porta.
Entonces recordó, aquella valiente y se
rena mujer, el trance análogo en que mu
chos años antes se había visto en aquel
mismo submarino, cuando fué éste pescado
por el ictiokino- Pero que ya sabía no ten* dría ahora, por tener puesta la escafan
dra, las mismas consecuencias que enton
ces. Aun cuando no, por diferentes, fueran
menos peligrosas.
No había sino aguardar a que la subida
del agua, entrada por la porta, aumentara
la compresión del aire, hasta que superan
do la fuerza de ella a la presión del agua
de afuera abriera la escotilla.
Se apagó la luz: sintió Sara que el agua
le llegaba a los pies, primero, y sucesiva
mente a las rodillas, la cintura, a medio
pecho. Entonces levantó los brazos y con
ambas manos empujó hacia arriba la puer
ta para sumar en el intento de abrirla sus
propias fuerzas a la del aire comprimido.
Y nada.
Todavía subió más alta el agua: otra vez
repitió la intentona, también inútilmente,
cuando ya en los hombros sentía la frial
dad de ella; hasta que a la tercera tenta
tiva resonó un estampido que el aire dió
al escapar por la escotilla, abierta al fin.
Sintióse entonces zarandeada violenta
mente; pues tan pronto la sorbía hacia
arriba el aire salido por la escotilla, como
era hacia abajo empujada por el agua que
de lo alto entraba. A duras penas pudo
aguantarse agarrada a la escala, hasta que
\
cesando de pronto aquellas sacudidas, en
cuanto el barco, casi lleno ya. estúvolo del
todo; y uniendo entonces su esfuerzo per
sonal a la ayuda de la fuerza de ascensión
de las cámaras de aire de los hombros y
la espalda, entre uno y otra la sacaron p„_la escotilla afuera.
Atontada, medio inconsciente, casi des
vanecida, salió arrastrada por aquella
fuerza ascensional, subiendo sin nadar en
tre dos aguas, a la vez que el sumergible,
totalmente anegado ya, se hundía- Pero
pronto repuesta, tan luego fué dueña de sí,
dió unas brazadas, nadando en redondo,
para buscar el orbimotor; y cuando lo vió,
a unas cuatrocientas brazas de distancia,
nadó hacia él, entró en la casamata, golpeó
con los pies la compuerta tras la cual
aguardaba Ripoll; y en cuanto vió que por
éste movida bajaba la otra de comunica
ción con el mar, y comenzaba el agua de
la casamata a bajar en ella expulsada por
las bombas de achique, pensó:
Por esta vez Carlos no se queda sin ma
dre... La Capitana diría ahora “ Gracias a
Dios” ... También Aol decía gracias a Dios...
¿El Dios de Aol?... ¿El Dios de la Capi
tana?... ¿Dos? No: eso es absurdo. Yo tam
bién, yo también, quiero decir, yo también
digo: ¡Gracias a Dios!
XIX
ACABA EL DRAMA, PERO EL VIAJE AUN COLEA
Es imposible contentar a todos.
Alude el “ todos” del preinserto aforismo
a los lectores que al llegar al final de "El
Hijo de Sara” quedaron con diferentes cu
riosidades. Determinadas unas, en los más
asequibles a impresionarse con humanos
ccnflictos afectivos, por las inquietudes que
en sus ánimos dejaran las últimas escenas
de aquella segunda etapa de este viaje pla
netario, respecto a cómo podría desenlazar
se el drama, en que de pronto se nos convir
tió el hasta entonces apacible, y aun a ratos
retozón idilio de Carlos y Luisa. Nacidas,
EL SECRETO DE SARA
otras, en los más fríos y sesudos, de inte
resarles mucho más que amoríos de chicuelos, los futuros descubrimientos de los sa
bios embarcados en el orbimotor, y las ce
lestes maravillas para este libro prometi
das en aquél.
Constarne esta diversidad de curiosida
des de quienes me escriben preguntándome
cuándo sale el “ Secreto de Sara” , o por él
preguntan en las librerías, porque en este
momento estoy oyendo por telepsicopatía
que dos de ellos, respectivamente pertene
cientes a los giù pos señalados en el an
terior párrafo, comentan de muy diverso
modo lo recién leido, en precedentes pági
nas, hasta llegar al punto donde la na
rración alcanza.
— Dieciocho capítulos enteros— dice uno—
sin hablar de una estrella, ni apenas de un
invento, ni de cosa que se roce, como no sea
de refilón, con las ciencias, son muchos ca
pítulos. El Coronel se ha olvidado en este
libro de que el carácter de su biblioteca le
•obliga a no perder páginas y más páginas
rellenándolas, tan sólo, con borra de sen
siblerías.
— Vea usted— replica el otro— . Eso mis
mo, pero por causa opuesta, he dicho algu
nas veces cuando en otras obras de la bi
blioteca veía que, dejando el autor a sus
personajes en situaciones interesantísimas,
demoraba enterarnos del desenlace de ellas;
y hablaba, hablaba, hablaba, de máquinas,
fenómenos, inventos, de cosas, en suma,
cuyo interés no es comparable al de las vi
das de humanas criaturas, de sus pasiones
y sus sentimientos.
-—Claro que no cabe tal comparación;
mas no por lo que dice usted, sino porque
esas novelerías de los corazones son cosa
sin sustancia para la cultura de los hom
bres, la civilización y el progreso del
mundo.
— Menor la tienen, y más ineficaces son,
descubrimientos, artefactos y ciencias para
labrar la felicidad de los hombres. De ma
yor monta que esos progresos externos es
el moral progreso de la humanidad, que en
las modernas sociedades, más atentas a in
tereses que a deberes, a superficiales pla
ceres de las sensaciones que a hondos y
71
nobles goces del espíritu, voy viendo en
riesgo de decaer según avanza en sus con
quistas la civilización meramente material.
— ¡ Pretenderá usted sostener que la cien
cia es enemiga de la moral!
— Líbreme Dios de semejante disparate.
P e ro -
Como los interlocutores se meten en pro
fundidades que, aun interesantísimas, re
sultarían por demás trascendentales, y poco
amenas para quienes en estas páginas no
buscan sino esparcimiento, corto la referen
cia a la controversia en que aquéllos se
enfrascan. Pues con lo dicho de ella básta
me para demostrar que a guiarme, en el
modo de contar las cosas, por la afición del
uno o las preferencias del otro, solamen
te escribiría novelas pasionales, o única
mente divulgación y fantasía científica;
pero no libros novelesco-científicos. Quedó
me, pues, y a su juicio me atengo, con los
lectores que sin buscar en ellos transcendentalismos de una ni otra laya, danse por
satisfechos con que su lectura los distrai
ga, tal cual rato, de trabajos y cuidados.
Por eso, cuento yo las cosas a la buena
de Dios, sin amaños ni artificios, como van
sucediendo. Y cuando a pelo viene, por en
tremezclárseme la ciencia con andanzas,
sentires o aventuras de mis personajes, ha
blo de ella cuan llanamente debe hacerlo
quien no pretende poner cátedra de Maes
tro Ciruela.
Dada esta explicación, sólo agregaré que
mientras los personajes principales de esta
historia tuvieron los pensamientos y los co
razones llenos de ideas y temores, suscita
dos por la llegada de la Desterrada al or
bimotor y por las angustiosas dudas de si
Carlos y Luisa eran o no hermanos, nin
guno de ellos se acordó, ni se curó, de cien
cias. Y como el narrador forzosamente ha
de ir detrás de actores y acontecimientos,
claro es que no debía interrumpir la na
rración de lo real y efectivo, con ingeren
cias de heterogéneas e impertinentes dis
quisiciones sin relación con ello.
— Todo eso está muy bien— dice ahora
72
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
otro lector, pero no ya de los criticones
sino de los ingenuos—. Mas lo que no com
prendo es cómo antes de imprimir, y hasta
de terminar este libro, puede el Coronel
Ignotus conocer, e insertar en él, las opinio
nes sobre los doce precedentes capítulos
de quienes todavía no han podido leerlos.
—Amigo mío—ahora habla el autor— :
esa posibilidad, incomprensible en narracio
nes a posteriori de sucesos pasados, no es
nada extraña en estas futuhistorias, en
donde se relatan los aun no acaecidos. Pues
si la videncia de Mademoiselle Thellis
—personaje de quien no he vuelto a hablar
desde los primeros tomos de esta bibliote
ca, mas cuya vista penetrante continúa
rasgando en beneficio mío las nieblas de lo
porvenir—me permite conocer y contar a
usted lo que en el orbimotor y en Venus
pasará, dentro de siglos, mucho más fácil
le ha de ser enterarme de lo que en este
mundo terrestre, en donde estamos, dirán
quienes lean E l S ecreto de Sara cuando,
dentro de dos meses, salga a luz el libro.
Noticia que, no a humo de pajas, doy a
los reparones- Pues sabiendo que cuanto
malo de mí digan me lo ha de contar la
mencionada pitonisa, acaso sean más sua
ves sus censuras. Y eso saldré ganando.
Más todavía, algo he ganado ya con lo
oído a los dos críticos, de opuestos parece
res, enzarzados en discusión que no consi
gue conciliarios; pues a ella debo habérse
me ocurrido orientación utilizable para con
tar lo que por contar queda, del segun
do viaje sideral, en forma que le plazca
al descontentadizo. Ya que al oírla caí en
la cuenta de que los dos principales dra
mas humanos, donde juegan los más salien
tes personajes de la expedición planetaria
quedan, en lo esencial, resueltos ya. Pues
el arrepentimiento y la confesión de Sara
dejan desvanecidos los temores de quie
nes de ella recelaban, a la par que las
inquietudes suscitadas por el presunto, y ya
deshecho, íntimo parentesco de los enamo
rados quedan aquietadas también. 0 ea
plata dicho que, salvas menudencias sobre
el cómo y el cuándo llegaran ambos a con
vertir en íealidad la dicha que asegurada
tienen ya, ha quedado virtualmente termi
nada la novela afectiva de “El Secreto de
S ara” que apasiona al crítico sensible. Aun
cuando el desenlace de ella no coincida
con el término del viaje. Hasta llegar al
cual han de surgir incidencias de las que
interesan al crítico sesudo y reparón.
Claro es que a ser Ignotus uno de esos
novelistas que de sus cabezas se sacan los
libros que componen, habría sabido eslabo
nar los dramáticos lances, ya contados, con
los científicos episodios, aun por referir,
diluyendo la ciencia entre los sucesos, por
el método de “mézclese y agítese” ; y ha
ciéndolo de modo que, alargada la narra
ción de lo contado ya, simultáneos le re
sultarán el final del viaje y el desenlace
del secreto de SaraPero, sobre que Ignotus no es capaz de
tales primores, no los habría alcanzado
sino a costa de falsear el desenvolvimiento
natural de los hechos: convirtiendo en no
vela lo que es historia, aun cuando nove
lesca, que con el tiempo llegará a verdade
ra. Lo cual no cabe en su recta conciencia
de escrupuloso historiador.
De una parte esto, y la necesidad, por
otra, de salir del aprieto en que lo po
nen las encontradas opiniones oídas so
bre lo que ya ha escrito, muéstranle como
solución única a su alcance, para atender
a ambas en cuanto le sea dado, la de poner
punto final al S ecreto de Sara. A reserva
de relatar, a manera de epílogo, las jorna
das y peripecias del orbimotor y sus pasa
jeros hasta que en la Tierra rindan viaje.
FIN D E “E L S E C R E T O D E S A R A “
E P IL O G O
EL
R E T O R N O
I
ADIÓS A VENUS
Omito los trasportes de alegría de Ripoll
al ver a Sara volver sana, aunque con no
pocos cardenales. Que no aminoraron el jú
bilo de aquél, porque ni los veía, ni ella
dijo palabra de tales menudencias.
En el tiempo que Mistress Haig tardó
en quitarse el traje de buzo, que la tenía
completamente sorda al impaciente afán
con que D,on Jaume pedía a la heroína
del albur, enfundada en aquél, que le
contara los pormenores de su proeza;
en el que una vez libre ya de la escafan
dra invirtió en satisfacer aquellas vivas
curiosidades, y en el que se fué en los ditirámbicos elogios del anciano, cuyo entu
siasmo rayaba a igual altura a que rayó
el pasado susto llegaron los dos sumergi
bles a la vista del orbimotor. Transmitido
telefónicamente el aviso de ello al anciano
y a Sara desde el gabinete telegráfico, acu
dieron a volver a llenar la casamata para
que entrara el sumergible; y una vez éste
adentro repitieron la maniobra para reci
bir a sus tripulantes.
A la par entraban al orbimotor, por la
otra, los que venían en el segundo barco,
y seguidamente subiéronse, Mistress Haig
y Don Jaume, al puente de mando, a parti
cipar a la Capitana que ya podía levantar
cuando quisiera el vuelo.
Omítese también cómo relató Don Jaume
lo que él llamaba, y a la verdad no sin
razón, heroicidad de Mistress Haig, pues
conociendo al almogávar, y sabiendo cuán
amargo rato le había hecho pasar aquélla
con su hazaña, no hay porqué ponderar los
entusiasmos del narrante. Y ya en vena de
callar cosas, que todos pueden figurarse sin
mi ayuda, callo asimismo ponderaciones,
plácemes de la Capitana, y entusiasmos
del hijo de la protagonista, cuando oyeron
el vibrante relato del vehemente abuelo.
Tan pronto terminada la narración, y
pasados los comentarios y efusiones consi
guientes, de quienes la oían, levantó el vue
lo el autoplanetoide por los conocidos trá
mites ya descritos en otras ocasiones; y a
poco, cuando pasaba, a escasa altura toda
vía, por encima de Punta Lo, Don Jaume,
que con catalejo contemplaba el mar que
abandonaban y las costas de la isla Tum,
gritó de pronto:
— ¡P orra ! ¡Recongelasión! Que me aspen
si aquellas manchitas oscuras que se ven
en el mar no son los barcos de los pillos
que nos han echado de aquí.
74
B IB L IO T E C A N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A
__A ver, a ver— dijo Sara— . Sí, ellos
son; ésa es su escuadra. Sin duda por no
vemos, desde abajo, junto al cabo donde
esperaban encontramos, han subido a la
superficie, en busca de más luz y mayor
horizonte que les permitan descubrirnos.
— Pues me figuro, madre, que se les lo
gra el gusto; pues aunque algo más aito
de lo que ellos quisieran verlo, no es el orbimotor tan pequeñito que ahora pueda pa
sarles inadvertido.
— Sí, amigos, aquí estamos... Pero nos
vamos a Isia, sin otro sentimiento que el
de no poder daros una buena tunda.
Y así os la aticen los lumivenusianos co
mo yo os la deseo.
— De eso Señor Leblonde puede usted es
tar cierto. En los primeros días de la sor
presa podrán los hombres negros obtener
ventajas sobre mis amigos; pero pasada
aquélla, bien pronto será de éstos la victo
ria ; pues les dejo en posesión de un arma
en la Tierra inventada, que los otros no co
nocen, y cuyo poder es incontrastable.
— ¿Cuál?— preguntó María Pepa.
•—El excitador inventado por su ilustre
paisano de ustedes Eduardo Arteijo.
— ¡A h ! Los misteriosos rayos que desin
tegran la materia e instantáneamente re
ducen a la nada ejércitos armados y ciu
dades (1).
— Sí.
— Me alegro, me alegro. ¡ Recongelasión !... Por lo poco que a usted he oído
de esos hombres negros bien se merecen
que, por perversos, les sienten las costuras.
— Lo que yo siento es marcharme sin es
tar cierto de que nos han visto— dijo A ris
tides.
— Y yo también— contestó Carlos.
— Daría cualquier cosa por tener algún
medio de hacerles la mamola, y que vie
ran que, para nuestro orbimotor, son unos
despreciables pigmeos.
— Es una gran idea, que si mamá Pepa
me lo permite me comprometo a realizar.
— ¿Cómo hijo mío?
— Con nuestros cañones. Echando a pi
que uno o dos de esos submarinos.
— ¡ Canario con ' las mamolas que éste
gasta!
— De ningún modo. Si antes echamos a
pique uno fué para Calvarnos nosotros.
Pero ahora no te autorizo a matar por el
solo gusto de matar.
— Tienes razón, mamá.
— Después de todo, eso no seria sino aho
rrar a los lumivenusianos, a quienes consi
dero como aliados nuestros, el trabajo de
echar a pique los que no hundiera Carlos;
y cobram os de lo que ellos querían hacer
con nosotros,
— Ni aun así, amigo Aristides, me con
vence usted.
— Cómo ha de ser, nos iremos sin hacer
les la mamola. Pero es una lástima.
— Todo puede arreglarse, haciendo con
los cañones una salva inofensiva— dijo
Sara.
— Sí, sí, es una idea muy buena.
— A eso no me opongo.
— Pues vente, vente Aristides, vente
abuelo. Vamos a hacerles el saludo de des
pedida.
(1) El invento, a que Mistress Haig se refe
ría, era el del excitador aniquilante: aparato que
concentrando sobre cualquier cuerpo, máquina,
edificio, buque dos misteriosas radiaciones, lo des
truía instantáneamente, dejando en libertad las
fuerras radiactivas que, en tanto existe un cuer
po, se emplean en mantener trabados en los áto
mos de él los últimos elementos de que éstos se
integran.
Habiendo dicho ya, en la obra “ Tierras Resuci
tadas” , cómo tal fin era alcanzado por aquel apa
rato ; habiendo hablado en ella, y en otras va
rias de esta biblioteca, del inmenso poder de ta
les fuerzas, que al dejar de actuar, no destrui
rían. sino desharían los cuerpos donde libres auedaran. no hay que extender a más de lo que aca
ba de indicarse esta noticia del excitador aniqui
lante.
*
* *
Después que entre chacota y broma re
gresaron al puente, después de hacer la
salva, los que a las baterías habían ido,
se entretuvieron todos los que en él es
taban en mirar cómo, rápidamente, iba
agrandándose la extensión del horizonte
por su vista abarcado, en el mundo que de
jaban, a la vez que a sus ojos iban redu
ciéndose los tamaños aparentes de los mon
tes, los mares, del planeta entero.
De aquel entretenimiento vino a distraer-
EL SECRETO DE SARA
los una comisión de sabios que, en son de
protesta, venía a manifestar a la Capitana
cuán mal les parecía que, con censuraoie
olvido de los fines científicos del viaje, hu
biese dado la orden de alzar el vuelo, sin
permitirles echar ni el más leve vistazo al
mundo venusiano.
Los novipolitanos de esta segunda expe
dición planetaria eran lo mismo que los de
la primera; pues quienes leyeron la narra
ción de aquélla saben que la protesta y el
motín fueron achaques por demás frecuen
tes en dicho primer viaje. Y como María
Pepa tenía experiencia de ello, y como en
el momento de llegar los sabios estallaba
abajo gran clamoreo de todo el pueblo,
que atronaba plazas y calles de Noviópolis,
temió al pronto que aquella vez surgían si
multáneas la culta protesta de los doctos
y la callejera rebelión de los ignorantes.
Mas le duró muy poco la equivocación;
porque inmediatamente percibió entre la
confusa batahola del lejano vocerío gritos
de “Viva la Capitana, a la Tierra, a la
Tierra” . Porque la plebe, poco dada a en
tusiasmos y a abnegados sacrificios cientí
ficos, se daba cuenta, al levantarse del dor
mir cotidiano, y lo celebraba contentísima,
de que el motoestelar había vuelto a con
vertirse de navi en avi mundo, y ya no daba
los tremendos bandazos que hacía días te
nían harto al pasaje. Ahora complacidísi
mo del augusto y suave modo como hendía
los serenos espacios.
Con esto disminuía la importancia de la
actitud de aquellas tan ilustrísimas como
refunfuñantes hormigas del saber humano,
a quienes pronta y fácilmente convencieron
María Pepa, el astrónomo y la exdesterra
da, de que poco habría aprovechado a la
ciencia el haber permanecido allá abajo
hasta la llegada de la flota noctovenusiana; pues de haber cometido la tontería de
aguardarla, habríanse ido a pique todos
los sabios con el autoplanetoide. Perdiéndo
se, además, en el indudable naufragio, las
copiosísimas notas y datos de Mistress
Haig- Verdaderos tesoros de venusianas
ciencias físicas, naturales, políticas, so
ciales, etc., etc., que jamás habrían lle
gado a conocimiento de los cultivadores de
75
las citadas disciplinas, y de las no citadas
pero comprendidas en aquellos etcéteras.
E l argumento no tenía vuelta de hoja.
Así que en cuanto la Capitana puso claro
el caso, a él se rindieron los eximios pro
testantes, deponiendo su anterior indigna
ción. Aun cuando les quedaron acedías y
resquemores, hijos de desilusión por cada
uno sentida de tener, al retorno del viaje,
que presentarse en academias y ateneos
con las manos vacías de investigaciones
propias. Puesto que todo, todo, cuanto en
la Tierra iba a saberse de Venus sería de
bido a observaciones y labor exclusivas ae
la Desterrada. Y para sí pensaban varios:
¡Avariciosa!... Pero no había sino resig
narse.
Algo de esto se les traslució a varios de
aquellos señores en los mohínos semblantes,
y en la aquiescencia no por muda menos
evidente que involuntariamente se les aso
mó a las caras cuando uno más ingenuo o
imprudente que sus compañeros exteriorizó
su decepción diciendo:
— Qué le hemos de hacer: segado el cam
po entero, tenemos que volvemos sin haber
recogido ni una sola espiga por nosotros
mismos.
La frase produjo honda impresión en los
pobres prohombres de la ciencia; pues to
dos, todos, habían soñado, al embarcar en
el planetoide, con memorias, discursos, di
sertaciones, acaso con voluminosas obras
sobre ignotas cosas de Venus, que al re
greso a la Tierra traerían redactadas para
pavonearse entre los colegas que acá se
habían quedado, y subir unos cuantos pel
daños en la escala de la inmortalidad. Ilu
sión ya esfumada; pues el amargo co
mentario puesto por la espontaneidad del
compañero al indudable derrumbamiento
de ella, les sonó a de profundis, cantado an
tes de nacidas, a todas aquellas frustradas
investigaciones, a preclaros renombres y a
soñadas glorias. Siendo lo más molesto pa
ra algunos de ellos el haber de avenirse a
que a su vuelta no hubiera de envidiarlos
nadie: ni sabios ni ignorantes. Que en el
mundo es frecuente sepan los amargores
de la envidia a hiel a quienes la padecen,
y a mieles a quienes la provocan.
76
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
No escapó a Sara, en primer término,
por ser causante de ella, ni a la Capitana,
ni a Don Jaume la penosa impresión pro
ducida en los conspicuos protestantes por
las palabras del que interpretaba el sentir
de muchos. A punto estuvo el travieso Arístides de tomar a chacota el símil de la es
piga, mas le cortó el camino María Pepa,
interrumpiéndolo y mirándolo severa y ex
presivamente, para que se abstuviera de
bromitas cáusticas con los pobres descon
fitadísimos señores, a quienes ella contestó— Campo tan extenso, como el abarcado
por las observaciones de Mistress Haig, du
rante muchos años, no es posible quede
completamente espigado por una sola per
sona.
— La Capitana tiene razón— agregó Sa
ra recogiendo el cabo que le echaba aqué
lla— . Ustedes se convencerán de ello cuan
do yo tenga el gusto de mostrarles más no
tas, y entonces verán que los datos de ellas
referentes a la inmensidad de todo un mun
do, visto en muy diversas fases, dan tela
cortada para que todos trabajemos en or
denarlos, explicarlos, comentarlos. Para lo
cual y por la multiplicidad de tecnicismos,
con ellos relacionados requiérense variadas
competencias, de muchas de las cuales es
toy ayuna yo, en las diversas especialida
des por ustedes representadas en nuestro
novimundo. Ya ven pues que su ayuda ha
de ser indispensable en la común labor ue...
Aquí quedó cortada la diplomática pe
rorata de Mistress Haig, a quien Don Jau
me le quitó la palabra gritando, fuera de
sí: “ Una nova, una nova.”
SURGE EN LOS CIELOS UNA NOVA
del otro medio mundo de la noche, reapa
reciendo, entonces, a la vista de los viajeros
planetarios, el estrellado cielo que no veían
desde el amariza je en el océano del lumihemisferio venusiano. Desde el cual no so
lamente no son jamás vistas las estrellas,
por igual causa que en la Tierra no las
vemos de día, sino que ni aun el disco del
Sol, cuya claridad inunda dicho medio mun
do, es visible en él sino rarísimas veces; y
esas con tenue luz y aspecto comparables
a los que la luna nos muestra acá cuando
de día la vemos. Siendo la causa de ello,
allí, el grosísimo manto de densísimas nu
bes, constantemente interpuesto entre Sol y
cielo, de una parte, y las tierras y mares
del iluminado hemisferio de Venus por la
otra. (1). Unico y siempre el mismo que
desde este mundo nuestro vemos: cual Ve
nus llena, o creciente, o menguante, según
épocas.
Esta nubosa espesa atmósfera, verdadero
capacete gaseoso, cuya existencia se com
prueba en los terrestres observatorios, nos
oculta perennemente la superficie de nues
tro fraternal planeta. Debiéndose tal con
tinua aglomeración de nubes a la enormí
sima humedad y al gran calor allí reinan
tes, muchísimo mayores que los de nuestra
zona tórrida.
Pero siendo las condiciones climatológi
cas del umbrihemisferio, totalmente opues
tas, puesto que a él nunca llegan los rayos
solares, el agua toda de su superficie es
hielo; y no pudiendo persistir, en su gélida
atmósfera, el vapor de ella en estado de
nubes trócanse en nieve, tan pronto entran
en ella, en alas de huracanes, las proce
dentes del lumihemisferio. Que una vez
caída deja despejada a grandes trechos,
cuando menos, la atmósfera que, por tanto,
Desde que se alzó del mar había el orbimotor volado sobre el hemisferio de la luz,
del cual salió momentos antes de proferir
Ripoll sus gritos, arrancados por el júbilo
que le inspiraba haber cazado el fenómeno
a que ellos aludían, uno de los más codicia
dos de un astrónomo.
Salió de aquellas regiones, por el Sol ilu
minadas, para entrar en la alta atmósfera
(1) Por la observación de los pasos del plane
ta por el disco del S o l; para ocurrir los cuales
es preciso, además de otras condiciones, la de
hallarse Venus en su fase de nueva. Pues cuan
do, en tales ocasiones llegan los discos oscuro del
planeta y resplandeciente del Sol a los contactos
de comienzo y término del paso, perciben los te
lescopios, en torno del primero, la aureola ilumi
nada que su atmósfera le forma. Advirtiéndose,
asimismo, en los cuartos de Venus, prolongación
de los cuernos de su media luna brillante, a cau
sa de un fenómeno óptico debido al espesor y a
la densidad de su nubosa envuelta.
II
EL SECRETO DE SARA
77
permite ver a través de ella el cielo y las
estrellas. (1)
Pero en el cielo aquel había, cuando en
tró el autoplanetoide en el mundo sombra,
una novedad que a Don Jaume, que se
sabía de memoria los cielos, era imposible
no le diera en los ojos, tan pronto los al
zara a la altura. La novedad que lo enaje
nó era el encendimiento de una luz nueva
en la celeste bóveda.
— Déjense de eso— decía fuera de sí, di
rigiéndose a sus colegas y a Mistress Haig
ocupada en consolarlos— . Ahora tenemos
algo mucho más interesante a que aten
der: Una nova. ¡Y qué nova! La mayor,
la más soberbia que los hombres han po
dido contemplar: mayor, mucho mayor que
la celebérrima Peregrina de Ticho-BrUhe..:
Mírenla, mírenla. Junto a ella palidecen
los más brillantes luminares de los cielos.
— ¿En dónde abuelo?
— Allí Carlos, allí. En la vía láctea; en
tre Escorpio y Sagitario (2). En una de
las regiones más clásicas para la aparición
de estrellas nuevas.
— Ya, ya la veo, muy cerca de Antarés.
— Que, con todos sus humos de coloso es
telar, parece junto a ella un mal candil.
— ¡Qué Antarés! La misma Sirio, es in
comparablemente menos luminosa.
— Más, más aún, señor Gongonosio; p o r
que es muchísimo más brillante y más
grande que Venus...
— Bueno, entiéndaseme, quiero decir, no
que Venus como ahora la vemos, sino como
la veíamos, y ahora la estarán viendo en
la Tierra. ¿Verdad abuelo?
— Sí Carlos sin duda ninguna: muchísi
mo más. Por eso, y pensando en lo mismo,
dije antes que esta es notablemente mayor
que la nova admirando cual sintió TichoBrahe despertársele la añción a los estu
dios astronómicos.
Mírela, mírela, señor Betulio, y verá us
ted que no exagero.
— No señor. Claro que no viendo ahora
a' Venus como la veríamos desde nuestros
observatorios de allá abajo, sería temera
ria toda afirmación concreta, que a bulto
hiciéramos, sobre la cuantía de la relación
de sus tamaños aparentes; mas no me ex
trañará si, una vez medido el diámetro de
esa incomparable estrella, nos resulta dos o
tres veces mayor que el más grande de los
medidos en los observatorios para este pla
neta de donde nos vamos.
— Pues a medírselo, señores; a medírselo
ahora mismo, sin perder tiempo..: Es de
cir, a medírselos... Pues claro está que
conforme pase el tiempo ha de mostramos,
no uno sólo y siempre el mismo, sino mu
chos, como consecuencia de su evolución
maravillosa y de sus cambios rápidos de ta
maño, de luz y de colores.
Corre, Carlos, haz avisar a todos los as
trónomos que vayan en seguida a mi des
pacho, en donde los aguardo para distri
buirles el trabajo, de modo que en estas
(1) Los fenómenos, curiosísimos, de la gélida
atmósfera noctovenusiana son demasiado compli
cados para entorpecer este relato con la descrip
ción de ellos. Aun sin contar con que darla aquí
sería, y no estaría bien, servir a mis lectores un
refrito de lo ya puntualizado en “ La Desterrada
de la Tierra” . Sobre que para los efectos en que,
de nuevo, salen ahora a colación, basta saber le
consta a Sara ser cualidad de aquella atmósfera
la transparencia que le falta a la del heliohemisferlo. Diferencia, entre ellas, que es forzosa conse
cuencia de haber la Desterrada y los viajeros
comprobado que la rotación de aquel planeta se
verifica, cual Schiaparelli dedujo de sus observa
ciones, en igual tiempo al que invierte en dar
una vuelta a su órbita en derredor del Sol.
(2) Las novas suelen aparecer en las regiones
de la V ía Láctea— más técnicamente llamada Ga
laxia o Sistema Galáctico— , en la cual es él
Sol una insignificante estrella, perdida en la aglo
meración de las que forman el sistemaTal sistema, por los astrónomos considerado
como nuestro universo próximo, es pequeflo en la
integridad del Cosmos; no obstante ser sus di
mensiones de 300.000 aflos de luz. Que multipli
cados por 9’461 billones de kilómetros {longitud
de un afio de luz) dan, en kilómetros, para la
anchura de la Vía Láctea...
No lo digo, para evitar se me suponga el pru
rito, por Leblonde reprochado a Carlos y a Don
Jaume, de querer marear a la gente con números
inconcebibles. Y ni es prurito, sino obligada con
secuencia por la realidad impuesta a quien de
estas cosas habla; ni porque yo me calle cuán
tos son los kilómetros, dejará de verse, aun sin
multiplicar, que si multiplicáramos nos plantaría
mos en los trillones de ellos.
Por último, no solamente parece restringida la
aparición de las novas a las regiones de la Via
Láctea, sino que aquélla se verifica preferente
mente en los bordes de ésta ; y singularmente en
la zona del cielo comprendida entre las constela
ciones Escorpio y Sagitario. Manifestando, en cam
bio, clara repulsión por otras direcciones de nues
tro zodíaco.
B IB L IO T E C A
78
N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A
observaciones empleemos cuantos aparatos
sea posible.
— A la carrera, abuelo. Pero ten en cuen
ta, al marcarme a mí instrumento, que
quiero encargarme de un espectrógrafo;
porque más que el tamaño me interesan
las variaciones del espectro...
— Irás donde tú quieras... Pero corre no
pierdas tiempo.
*
**
En “ El Hijo de Sar?” , segunda etapa de
este viaje, y en su capítulo “ La orquesta
del Maestro Ripoll" se dió noticia de una
teoría, que hoy goza de gran crédito entre
gran número de astrónomos sobre la pro
bable evolución, no de todas, pero sí de la
mayor parte de las estrellas que, desde su
nacimiento hasta su muerte, pasan todas,
según dicha teoría, por varias etapas de
terminadas, cada una de las cuales se des
arrolla en tiempo medido por billones y bi
llones de siglos.
Así es como, con la lentitud consiguiente
a tan largos intervalos, va elaborándose la
variación de condiciones físicas de los soles,
que los hacen pasar de una a otra etapa.
Resultando, en correspondencia con dicha
variabilidad, cambios de tamaños, tempe
raturas, intensidad de brillo y coloración
de las luces de ellos. Además de otras
metamorfosis entonces apuntadas, mas de
las cuales hemos de cuidamos ahora'
Se ha visto ya, más de una vez, en varios
de estos libros, que casi todos los conoci
mientos en que se funda la creencia en tal
evolución, básanse en el estudio de los estelotelegramas, o sea fotográficos espectros
estelares; y en el capítulo “ Un paseo por
el arco iris” de “ La profecía de Don Jaume” díjose que dichos espectrogramas vie
nen a ser sui gèneris, pero fieles retratos
de sus diversos arcos iris, que atentamente
examinados permiten deducir composiciones
químicas, estados físicos, edades, luces, co
lores, y velocidades de los diversos soles
que llamamos estrellas: Gigantes unas des
de que nacen hasta alcanzar el apogeo de
su temperatura y luz, y enanas otras mien
tras descienden por la cuesta abajo de la
decadencia que las lleva desde aquel apo
geo a senectud y final apagamiento. (1)
Pero insisto, porque es muy importante
recalcarlo al comenzar a hablar de novas,
en que es característica esencial de todas
las estrellas comprendidas— las novas no
lo están— en la hipótesis evolutiva, por la
cual se explica el desarrollo y decadencia
de ellas, que no recorren las múltiples eta
pas correspondientes a cada uno de los
progresivos cambios de intensidad y color
de luces, sino en montones de millones de
siglos. Sin que, por tanto, haya sido po
sible, aunque en el firmamento ven los as
trónomos muchísimas estrellas de todas las
edades, advertir, mirando a cada una, la
más leve variación en el brillo ni el co
lor de ninguna, desde el tiempo lejano en
que las contemplaban los caldeos. Que cual
se sabe son los astrónomos más viejos. Y
todavía más: hasta los diplodocos y megalosauros, que también es sabido son mu
cho más viejos aun que los caldeos, vivie
ron alumbrados por un Sol igualmente
amarillo que el que nosotros vemos, y por
milenios y milenios, continuarán viéndolo
los hombres de centurias venideras.
Pero tal permanencia de luces y colores
por tiempos comparables, no ya a la corta
edad de la especie humana, mis ni siquiera
a la duración sobre la Tierra de zoológicas
especies fósiles ya, ni a la de los períodos
geológicos de nuestro planeta, tiene sus ex
cepciones: unas, sólo aparentes, que por
no responder a reales cambios en la es
trella, sino al modo cual desde aquí la ve
mos en diversas épocas (2), no implica que
(1) No han de tomarse estos apelativos de gi
gantes y enanas sino en el sentido de muy res
plandecientes a nuestra vista, o de escaso b rillar:
no en el que los astrónomos dan a esas denomi
naciones, en relación con los estados del desen
volvimiento de las estrellas, con arreglo a la teo
ría evolutiva, de que se dió noticia en la anterior
etapa de este viaje. Pues gigante quiere decir, en
tal aspecto, sol que sea cualquiera su tamaño,
se halla en la primera parte de su vida, en la
cual va menguando en tamaño y creciendo a la
par en temperatura y luz, hasta llegar al apogeo
de una y o tr a ; siendo enanos los que. salvada ya
tal cumbre, recorren el larguísimo periodo de su
decadencia en que calor, tamaño y brillo menguan.
(2) Las novas no son ni con mucho las úni
cas estrellas variables, cuyos cambios de brillo se
aprecian en los observatorios; sino tan sólo las
EL SECRETO DE SARA
esos astros no se desarrollen según el nor
mal proceso a su existir trazado por la
teoría general de la evolución estelar, se
gún fué expuesta en el citado capítulo de
“ El Hijo de Sara” ; en tanto otras, a las
excepciones me refiero, lo son no de apa
riencia, sino esenciales en los soles llama
dos estrellas raras■ Pues lo que hasta hoy
se sabe de éstas no consiente afirmar naz
can, crezcan y mueran, como la gran ma
yoría de las de los cielos, cuya vida parece
desenvolverse según las conclusiones de la
citada teoría.
Entre ellas, y sin hablar por ahora ue
otras, sino de las que actualmente nos
importan, diré que las novas o variables
temporales son tenidas en los observato
rios cual singulares astros en el universo
con vida aparte y diferente de las demás
estrellas, cual fenómeno único y anómalo
en el Cosmos. A lo menos en los períodos
asequibles a observación y conjetura hu
manas.
¿En qué consiste tal singularidad?... La
respuesta, aun siendo, cual será, muy so
mera, requiere otro capítulo.
que en escaso número, con respecto a la totalidad
de las observadas, ofrecen las más intensas va
riaciones de luz producidas más... ¿cómo dire
m os?...: caprichosamente. Tanto que los astróno
mos se resisten, en general, a incluirlas entre las
estrellas que ellos llaman variables, aun entre
las llamadas irregulares. Pero como varían, aun
que a la postre dejen de variar, variables son, en
la acepción vulgar de la palabra, durante el tiem
po en que su brillo crece o mengua.
Pues en el párrafo anterior, nos han salido ai
paso las estrellas variables, y forman una clase
muy conspicua en los cielos, no sólo por consti
tuir excepciones en ellos, sino por bordear los
cinco millares las registradas en los últimos ca
tálogos, no es cosa de pasar de largo sin dar de
ellas noticias aun cuando sean someras.
En tanto la variabilidad no pudo ser sino vi
sualmente apreciada a ojo, aun auxiliado éste por
el telescopio, pocas variables podían descubrirse.
Y he aquí porqué, la aplicación de la fotografía a
las exploraciones estelares, señaló un rapidísimo
crecimiento en el número de las conocidas. Que
por la diferente intensidad de las huellas de sus
luces en varias placas, correspondientes a una
misma zona del cielo, fotografiada en diferentes
días, meses, afios, revela— al ser las placas com
paradas— las variaciones, al través del tiempo, de
sus brillos.
Eos escrupulosos medios de hacer tales compa
raciones y mediciones no son de este lugar, por
lo que sólo diré como dato curioso que 2.400 de
las variables del catálogo de la Universidad de
Harvard han sido, mediante aquéllos, descubiertas
por la astrónoma Mis Leavit. Una de no pocas
79
III
LOS EXTRA-ÑOS RETRATOS
DE LAS NOVAS
Piénsese en un niño que en escasos días
u horas subsiguientes a su nacimiento cre
ciera en estatura, corpulencia y fuerzi
hasta alcanzar el desarrollo propio, no ya
de los treinta años, sino del que las mi
tologías atribuyen a gigantes fabulosos;
imagínese que en esta plenitud digo mal
descompasada exuberancia de vida y fuer
za desbordantes, permaneciera unos días
o unos meses, pasados los cuales comen
zara a decaer, a veces con intermitencias
de fugaces rejuvenecimientos, para seguir
viviendo, en la vejez, años y años, siglos y
más siglos. Y una vez esto imaginado, se
tendrá idea cercana, aun cuando no ca
bal del todo, de lo que es una nova, de im
proviso encendida en el firmamento como
astro naciente, donde ninguno era antes
visto, o donde de antaño era conocido; pero
no más que como estrella tenue, o invisible
a simple vista, que con rapidísima violenseñoras cuyo« nombres son ya muy conocidos en
el campo de la astronomía.
Se da la paradoja de que lus variables mejor
conocidas son aquellas en que los aparatos de los
observatorios miden variaciones reproducidas con
regularidad, en períodos de igual duración para
cada una, diferentes de unas a otras, no obstan
te no variar en realidad las cantidades de lus
emitidas por ellas.
Obedece esta aparente incongruencia a ser es
trellas dobles, compuestas de dos soles que, for
mando un estelar sistema cósmico, giran uno en
torno del otro (mejor dicho ambos alrededor
del centro de gravedad del sistema), sin que casi
en ninguno pueda, no ya el ojo, pero ni el teles
copio, ver dos, sino un solo punto de luz. Impo
sibilidad debida a la gran distancia a que los te
nemos, o a ella combinada con la posición en que,
con respecto a la Tierra, estén los planos de las
órbitas de ambos astros.
Trataré de explicar la paradoja. Sean S y s
de la figura I los dos soles de la doble que, en di
versas posiciones de sus giros, van ocupando los
respectivos lugares de las siguientes hasta la VIII.
Si desde la Tierra las viéramos cual las estamos
viendo al mirar el papel donde, en todas dichas
posiciones, están dibujadas— veámoslas como dos
por estar cercanas, o como una sola estrella por
estar muy distantes— llegaría a nuestros ojos
toda la luz irradiada por S más la emitida por s,
y comprendida en los dos haces de rayos emer
gentes de S y de s, y marcadas con flechas rec
tas en las figuras I y V.
Mas siendo enorme el número de las dobles,
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
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cia súbitamente crece, en tamaño, luz y
resplandor, hasta subir no pocas veces al
rango de las más brillantes de la bóveda
celeste; luciendo hoy un color, mañana otro
y otro diferentes.
Todo cual consecuencia de hinchamiento
pues por dobles tien en los astrónom os a la m itad
cuando m enos de las del universo, los planos de
sus ó rb ita s h a n de e s ta r en m u ltitu d de d iferen
tes direcciones con respecto a e ste m undo insig
n ificante desde donde Jas contem plam os. Unos,
m ás o m enos de fren te, como a n te s se h a su
puesto, y otro s, m ás o m enos de can to cuando en
prolongación d e tales planos quede la T ie rra como
en los p u n to s T d e las figuras, situ ad o s en el del
dibujo, o cercan a a ellos. P ero no donde está n
las le tra s T, sino a la enorm e d ista n c ia de S y s
a que de las e stre lla s e s tá el observador. A quien
los ray o s de luz h a n de lleg arle en las direccio
nes sefialadas con las flechas re c ta s d irig id as h a
cia abajo, p rá c ticam en te p a r a le la s ; p u esto que
como un solo p u n to lum inoso ve los dos soles.
Sabiendo ún icam en te que son dos, no por verlos
separados, sino g racias a que a s í se lo dice al
espectro de la doble, cuyas ray as v an y vienen.
Indicán d o n o s con dichos vaivenes que, cuando por
efecto de su com binado m ovim iento, se nos acerca
uno de l<fc soles, se nos a le ja el otro, p a ra acer
carse luego, en ta n to el prim ero se a p a r ta de nos
otros.
Siendo lo m ás m aravilloso, que con sólo e s tu
d ia r el esp ectro se a v erig u a la form a y tam año
de las ó rb ita s, los pesos— m asas p a ra los técni
cos— de uno y o tro sol, la dirección de sus ro ta
ciones, etc., etc.
P ero volvam os ya a los cam bios de intensidad
de luz de e sta s dobles binarias, o por eclipse, pues
a sí son llam adas.
Debido a los modos como desde T van. siendo
vistos los dos astro s, según van realizando sus
m ovim ientos, u n as veces, las indicadas en los “m á
xim os” de la figura, nos llega to d a la luz de am
bos s a l id a ; o tra s, figura I I I , la del m ayor no m ás,
por in te rc e p ta r éste to d a la del pequeño que él
nos t a p a ; o tras, la del pequeño (figura V I I) , y
del m ayor únicam ente la em itid a por la p a rte de
él no cu b ierta por aquél. P udiendo o c u rrir no se
vea p a rte n in g u n a de dicha e stre lla m ás grande,
según sean los tam añ o s relativ o s y las d istan c ia s
de las dos com ponentes de la doble.
L as p a rte s de los discos S y s que aparecen
en blanco, son las de cada u n a de las estrella^
de las que no nos llega luz, por q u ed ar ta p a d a s
por la o tra e stre lla , in te rp u e sta e n tre aquélla y
la T ie rra.
P o r últim o, e n tre los m áxim os y los m ínim os
de luz, y según van v arian d o las resp ec tiv as po
siciones, verem os can tid ad es de luz decreciente en
las sucesivas posiciones, ta le s como la II, com
prendidas e n tre I y I I I , y como la VI, e n tre V
y V I I ; o crecientes, como IV y V III, en las in
term edias e n tre V II y I. P u es m ás a llá de V IH
los m ovim ientos del sistem a e ste la r vuelven a
llevarlo a posición igual a la de la figura I.
Estrellas
i
T
M áximo
n
variables
por eclipse
m
T
Minimo
vm
T
M áxim o
T
Minimo
81
•n'-w
" t J V .y ii
'•JimB*'*.'"• • M
EL SECRETO DE SARA
Así podremos cerciorarnos de si ha pasado ya el peligro.
esporádico y febril convulsión, de explo
siva catástrofe; destinada, cuando la cri-
sis pasa, a matar a la estrella— si no en
la realidad a nuestros ojos— en plazo re
Las cantidades de luz llegadas al observador,
o a las placas fotográficas de los observatorios,
-donde se miden las sucesivas intensidades de ella.
varían como las anchuras de las partes rayadas
entre los rayos marcados por las flechas.
Y esto en una vuelta completa de los soles ; del
E L SECRETO DE SARA
6
82
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lativamente bieve; a volverla al estado del
que fue sacada por la conflagración ya ex
tinta o a trocarla, y esto es lo más fre
cuente en estrella de otra clase tan rara
como a la que perteneció mientras fué pre
sa de su fugaz fiebre.
He dicho que el símil del niño prodigio,
que en días o meses subiera a desaforado
gigantazo, sólo da idea incompleta del des
envolvimiento de una nova, porque si lo
miráramos en distintos instantes de su vi
vir apresurado lo veríamos niño ahora,
adolescente luego, hombre después, viejo
senil más tarde; pero nunca se nos mostra
ría a la vez y en un mismo momento joven
y viejo, de terso cutis y de tez arrugada.
Mientras que mirando a las novas...
Para seguir diciendo lo que a decir iba
cuando he puesto los puntos suspensivos,
necesito valerme de otro símil. Recurso, me
refiero al de los símiles, sumamente soco
rrido para rehuir complicaciones excesivas,
que a menudo sálenme al paso y córtanme
el camino en estos paliques vulgarizadores,
donde no caben explicaciones demasiado
complicadas.
Vamos con el símil. Tengo una amiga,
guapa moza, digo mal, ni moza ya, ni gua
pa, sino tan sólo ex bella dama a quien
sus padres tenían costumbre de retratar
frecuentemente cuando niña; que después,
ya crecida, y en tanto la fotografía siguió
diciéndole cosas agradables, continuó, por
gusto propio, en tal costumbre, de la que
por disgusto se olvidó en cuanto los retra-
m ism o m odo en la siguiente, y en o tra , y o t r a :
en to d as en sum a. P o r efecto de lo cual la v a ria
ción se rep ro d u ce del m ism o m odo en iguales p e
ríodos de tiem po, ei de la rotación com pleta, y
con oscilaciones siem p re iguales e igu alm en te es
calo n ad as d en tro de cada periodo.
Véase cómo la p arad o ja, a que m e re fe rí a n
tes, de que u n a e s tre lla m u estre oscilaciones en
su b rillo sin que v a ríe la luz em itid a por ella,
se hace p erfe ctam en te com prensible con lo que
de las dobles se acab a de explicar.
E n alg u n as de é sta s el período com pleto de la
v ariació n es d e tre s h o r a s ; los m ás frecuentes
son de uno a cinco d ías, y poca» los tien en ex
cepcionalm ente m ayores ; pero nunca m uy grandes.
g u ir sosteniendo que la s cejeidas-—a s í se llam an
éstas v ariab les— son e stre lla s dobles, se idearon,
div ersas h ip ó te s is : rozam ientos de ellas c o n tra
un m edio resisten te, en v u eltas e x te rn a s a la es
tre lla , etc., etc., cuya explicación a la r g a r ía exce
sivam ente e s ta n o ticia y la h a r ía d em asiad o
alam bicada.
D ificultades de concordar ta le s hipótesis con
nuevas observaciones y con lo que el cálculo a p li
cado a ellas dice, hicieron a v ario s astrónom os,
y señ alad am en te a Shapley, E ddington, R ussell,
negar que ta le s e stre lla s sean dobles, explicandoel prim ero los cam bios de luz po r hinchazones y
encogim ientos en úna sola estrella ocasionador
por p e r ió d ic a fluctuaciones en el estad o físicode ella, de las cuales re su lta n aum entos y des
censos de te m p e ra tu ra y lu;..
O tros, que tam poco adm iten sean e stre lla s do
bles las cefeidas, buscan an alo g ías con fenóm e
nos de n u e stro propio Sol, como m anchas so la
res, ígneas p ro tu b eran c ia s— de las que se habló
b a s ta n te en la segunda p a rte de este viaje—-, e t
cétera ; y aducen que las activ id ad es de ta le *
fenóm enos en lejanísim os soles, m uchísim o m ás
grandes, m ás calientes que el que a nosotros nos
alum bra, p odrán ser incom parablem ente m ayore tque en el nuestro. Infiriendo de ello que en cau
sas de ta l índole h a de buscarse las de la v a ria
bilidad en u n a sola estrella.
No se ha llegado to d a v ía a h ip ó tesis que a l
cance general a s e n tim ie n to ; pero, hoy por hoy,,
la que reú n e m ás votos es la de Shapley. gene
ralm en te llam ada de pulsaciones periódicas en u n a
sola estrella.
En esto, como en ta n to s y ta n to s problem as.,
no sólo de la astro n o m ía, sino de o tra s m uchas
ciencias, co n tin ú a la pelota en el tejado. Y lo
que lo e sta rá .
P a ra te rm in a r e s ta nota, que, a u n lio tocando
sino a la ligera las curiosidades de m ás bultoen el am plísim o tem a de las variables, se haceya la rg a por dem ás, sólo fa lta decir que existen
o tra s clases de v ariab les de largos y cam biantes
períodos, con variaciones caprichosas de l u z : la s
llam ad as irregulares. L a etiología de cuyos fenó
m enos envuelve diversos problem as, no m enos a r
duos que los p lan tead o s por la s cefeidas.
E x iste o tro tip o d e variables, tam bién de pe
río d o c o n s ta n te y oscilación reg u lar, ta n in te re
sa n tes que, por acuerdo intern acio n al, son hoy
estu d ia d as en o b serv atorios de diversas países, ¿1
de M ad rid e n tre ellos, según plan de conjunto
ex puesto recien tem en te en u n a in te re sa n tís im a y
ex ten sa m o n o g rafía de F ern án d ez A scarza, a s tró
nom o de dicho observatorio.
La m ayor p a rte de ellas tien en breves períodos
d e variació n , desde m enos de un d ía a cinco o
s e i s ; en a lg u n as son algo m ayores, y en pocas
llegan excepcionalm eute a duraciones m ucho m a
yores. E n la que m ás de 70 días.
La’ co n stan cia de estos períodos, p a ra cada es
tre lla , y la re g u larid ad en las oscilaciones del
brillo, hizo su p o n er p rim e ram en te fu e ra n v a ria
bles por eclipse como las an terio res. Mas, pronto
se a d v irtió que su s espectros no revelan la exis
ten cia de dos. sino de un solo s o l ; que adem ás
de cam bios d e in ten sid ad se observan a veces
o tro s de color en las luces de ellas, y p rin cip al
m en te que el m ism o exam en de los espectros acu
sa m ovim ientos de aproxim ación o alejam iento a
la T ie rra, que relacionados con los sim ultáneos
m áxim os y m ínim os de luz re s u lta n inconcilia
bles con lo que o cu rre y tie n e que o c u rrir forzo
sam en te en las v ariab les por eclipse, en sum a :
que las observaciones conducen a deducciones con
trad icto rias.
P a ra ex p licar esto s antagonism os y poder se
EL SECRETO DE SARA
tos comenzaron a mostrarle injurias por
el tiempo inferidas a su belleza. Que no
ohstante quedaron fotográficamente regis
tradas, si no tan menudo cual sus anti
guos atractivos, en unos cuantos retratos,
hechos para satisfacer deseos de hijos y
de nietos, en diversas ocasiones.
Trátase, pues, de una señora que posee
colección abundantísima de retratos co
rrespondientes a muchas diferentes edades
de su vida. Y que a solicitud mía, que los
necesito para escribir lo que escribiendo
voy, ha tenido la amabilidad de prestárme
los.
f a en posesión de todas sus efigies, entre
todas elijo, fácilmente, pues pasan de cua
renta, media docena en que mi amiga está
de frente; y las escojo así porque de fren
te vemos las estrellas que vendrán detrás
del símil de la amiga; pero unos de la in
fancia, otros de la juventud, la edad madu
ra y la vejez. Voyme con ellos a casa de un
fotógrafo que, por orden mía, reproduce los
seis en negativos en cristal a un mismo ta
maño; pero en vez de ordenarle que ,ne
saque una prueba en papel de cada uno,
ruégole, con gran sorpresa suya, que jun
tando dos a nos, tres a tres, anversos con
reversos las negativas placas (de modo que
en todo lo posible se superpongan los con
tornos de las cabezas de igual tamaño de
cada par o de cada tres), me saque pruebas
en que la luz, al llegar al papel donde va
a quedar impresa, habrá atravesado no so
lamente la negativa de la cara de los ocho,
los veinte, los cuarenta o los sesenta años,
sino las de dos o tres de los correspondien
tes a dichas edades, que unas sobre otras
quedarán dibujadas en el final retrato.
— ¡Pero van a salir unos mamarrachos!—
objeta el fotógrafo asombrado del capri
cho.
— Ya, ya me lo figuro... Pero no impor
ta: haga lo que le digo.
Y como cobra mi capricho, y eso han de
agradecerme los lectores, pues en su obse
quio pago, basta la convicción de que no
va a trabajar gratis para acabar con las
objeciones a priori del fotógrafo. Que sólo
a posteriori, ya después de embolsarse sus
honorarios, insiste, al entregarme las es
83
trambóticas pruebas obtenidas, en decirme:
— Y a lo ve usted, son unos esperpentos...
Pero como ya se lo advertí antes, no es
mía la culpa.
— No, señor. ¡ Qué ha de ser! Me voy
muy satisfecho; están perfectamente y esto
es lo que yo quiero.
La cara del fotógrafo expresa estupefac
ción naturalísima en quien ni jota sabe de
las novas. Ni aun cuando algo supiera po
dría colegir qué tengan que ver con los
complicadísimos retratos de mi amiga: ob
tenidos por superposición de la vieja de
sesenta a la hermosa mujer de los treinta,
y de las dos a la preciosa niña de los
cinco.
Vistos como él los veía, razón tenía el fo
tógrafo; pues, en cuanto retratos, son los
que me ha hecho verdaderos mamarrachos,
que, a la par, muestran tersuras de la tez
en unos trozos de las pruebas y en otros
flacideces y arrugas; cabellos negros en
media cabeza, blancos en la otra media;
varios contornos del óvalo del rostro cuyo
trazado fué modificado por los años, y que
al entrecruzarse en el retrato múltiple los
desdibujan; una menuda, fresca boca como
núcleo de otra ensanchada, de caídas co
misuras, y fofos labios; dos o tres siluetas
confusamente superpuestas de narices de
diferentes perfiles. En suma una mujer de
borrosas facciones absurda desconcertante
indescifrable.
Tan desconcertante para quien no tenga
a mano y sueltos los diversos retratos,
en la prueba amontonados, como para el
astrónomo— ya estamos en el símil— , son
los espectros, o sea los retratos de las
novas. Donde también se superponen fac
ciones, colores, temperaturas y movimien
tos de estrellas de edades muy diversas.
No separadas por unos cuantos años, como
las caras frescas o lacias, de la consabida
dama, sino por lapsos de incontables siglos.
Mas con la diferencia, en relación con el
ejemplo puesto, de que en los enrevesadísi
mos retratos de las novas no intervienen,
como en los otros han influido, los habilido
sos manipuleos de laboratorio fotográfico,
84
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
por mí empleados para obtener en un re
trato lo que pretendió ser sintética apa
riencia de una criatura a través de su vida,
y sólo resultó desdibujado mamarracho. En
tanto los espectográficos retratos de una
cualquiera de las estrellas nuevas, de que
estoy hablando, corresponden realmente a
la sola época de su vida en la cual son to
mados: siendo por tanto, más que extraño,
incomprensible que en ellos aparezcan ras
gos típicos correspondientes a los que ca
racterizan las edades lejanísimas de otras
estrellas que las tienen muy diversas.
No es mucho, pues, que los astrónomos
se hayan pasado años y años buscando las
causas de tan inexplicables anomalías, ni
que unas en pos de otras hayan surgido va
rias explicaciones, cada vez menos incom
pletas, de la totalidad del maravilloso fe
nómeno de que en el espectro de una nova
se acumulen varios espectros, no siempre
los mismos, y a veces antagónicos, unos en
otros enredados; y entre los cuales parece
haber algunos que no son de la estrella pro
piamente dicha, sino de luces que la catás
trofe originaria de la nova enciende en
las cósmicas briznas impalpables de circun
dantes nebulosas. Ora lucientes con estas
luces propias, ora alumbradas por la que
reflejan de la estrella: algo por el estilo de
lo que, estirando y complicando el símil,
venamos en retrato todavía más complejo
que el ya obtenido de mi amiga, si a las
tres placas de la niña, la mujer y la vieja
superpusiéramos la negativa del de su ma
rido, o su padre o su hijo.
¡A ve María Purísima!, diría, si me oyera> y gracias que no me oye, el fotógrafo.
IAve María Purísim a!, dicen los astróno
mos a quienes cae la tarea de analizar les
espectrográficos retratos de las novas foto
grafiadas en los observatorios, mucho más
intrincadísimos que los embarullados de la
consabida señora.
Basta ya de esto, por lo pronto, aun que
dándonos tela cortada para varios capítu
los; pues con lo dicho es suficiente para que
se comprenda porqué, más que el tamaño
insólito de la estrella recién nacida, o re
cién resucitada, preocupaban a Carlos las
interesantísimas variaciones de luces y co
lores que en su superficie habían de estar
se sucediendo: el oscilante ir y venir del
rojo, el verde, el violeta... en el iris de ellalos paroxismos de aquel sol reflejados en
sus rabiosas temperaturas, las metamorfosis
continuas, violentísimas, nacidas de las apocalíticas explosiones engendradas en él; la
propagación al exterior de su luz y su fue
go, con energía multiplicada, más allá de
cuanto es concebible, por las ígneas con
vulsiones de inmensurable fuerza que agi
taban e hinchaban la materia de élY después la atenuación del cataclismo,
el encogimiento de la estrella, su muerte
o su transformación. No menos prodigiosas,
no menos admirables que la expansión pri
mera.
He aquí por qué sabiendo, Carlos, cuán
sugestivo, bellísimo e imponente era el es
pectáculo que iba a presenciar en el poli
cromático espectrógrafo múltiple a que,
complaciéndolo lo destinó al abuelo, dijo a
Leblonde al separarse de aquél, para ir a
encargarse de la tarea que había de rea
lizar:
— Vente Aristides: te ofrezco la más so
berbia función de fuegos artificiales, digo
mal naturales, que hasta hoy les ha sido
a los hombres dado contemplar. Una mag
nífica pirotecnia estelar con que el Cosmos
celebra la transformación de un astro vie
jo, que, cual Fausto, renace con juvenil vi
gor.
— Diablo, eso me huele a azufre— con
testó Leblonde.
— Que no te huela. En esto no anda Mefistófeles.
— Pues anem, anem, como diría Don Jaume. Y de paso me explicarás todo eso de
lo que no sé jota.
— Más allá de la jota ya pasaré en mis
explicaciones; pero no esperes que llegue
hasta la zeda. Porque hasta el fin nadie
puede explicar ni eso ni nada de cuanto
vemos allá arriba, o en este mundo de aquí
abajo.
EL SECRETO DE SARA
IV
UN INVENTO NOTABLE DE DON JAUME Y SU
NIETO
Cuando unos cuantos aficionados a la as
tronomía me acompañaron en aquel paseo
que, por el arco iris, dimos en “ La prolecía
de Don Jaume” , vimos el del Sol proyectado
con todos sus colores y a grandísimo tamafto, y los de las estrellas sólo en fotografía
ordinaria. Siendo tal diferencia causa de
que a mis acompañantes les sorprendiera
oír a nuestro cicerone que en aquellos es
pectros fotográficos, pintados solamente en
blanco y negro, ven los astrónomos, no con
los ojos, pero sí con certeza procedente de
conocimiento, los colores que mis profa
nos invitados, no advertían- Y a quie
nes explicó el susodicho cicerone que, según
los sitios ocupados en las fotografías es
pectrales por unas u otras de las rayas,
oscuras o brillantes, que las surcan, corres
pondientes respectivamente a diversos co
lores, pueden ellos decir: roja ésta, verde
aquélla, violetas o amarillas estotras.
Traigo esto a cuento, cual proemio obli
gado de noticias necesarias sobre los poli
cromáticos espectrógrafos y espectropios
múltiples que Carlos iba a emplear. Precio
sos aparatos no conocidos en el observato
rio donde dimos el paseo por diversos iris,
por ser ambos recentísima invención de
Don Jaume y su nieto y no existir aún de
ellos sino los solos dos ejemplares monta
dos en el autoplanetoide, y experimentados,
por primera vez, en el viaje que a Para
mado hicieron el anciano y el mozo, en com
pañía de Guzmán, para preparar el que iba
a comenzarse a los espacios.
Las diferencias de tales instrumentos con
los corrientemente empleados en espectros
copia, consisten en que la única cámara
fotográfica de éstos no tiene sino un solo
objetivo, por el cual entran en ella rayos,
descompuestos por el prisma, de todos los
colores de las estrellas: rayos que una vez
dentro,-y sea cualquiera su peculiar color,
sólo dan blanco y negro en la placa; pero
agrupándose, los que a la llegada eran de
diversos colores, en distintas zonas de las
85
partes de ella impresionadas por las luces
de tonos diferentes.
Muy diferente de ellos el policromáti
co espectrógrafo consta de siete cámaras,
una por color, montadas unas encima de
otras y cada una con su prisma y obje
tivo propios, que, mediante filtros monocro
máticos, sólo dejan pasar luz roja a la pri
mera, anaranjada a la “segunda, amarilla
a la tercera y respectivamente, verde, azul,
añil o* violeta a las restantes.
Resulta de la disposición citada que cada
una de las siete placas no recoge sino ra
yas y bandas correspondientes a un solo
color. Este es el espectrógrafo, cuyas prue
bas son empleadas luego para reposado y
concienzudo estudio. Pues ellas son el libro
donde los astrónomos van leyendo de día
en día más secretos del cosmos.
El espectroscopio, destinado a más sen
cilla inspección visual de la estrella, con
fines que, si no únicos, son principalmente
exhibitorios y de recreo, está fundado er
principio análogo, sólo que en él están ?'
tituídos los objetivos y las cámaras
igual número de lentes de otras tar
jjn_
temas de proyección, provistas,
de cromáticos filtros, que solp
dejan’
pasar rayos de un solo colo^ .
de
una a otra linterna, y r
€n V£J¡ de caer
en placas fotográfica^ ^
a parar
una
cinema ogra ca T ¿Italia blanca, de anchura
igua a a
entero de ]Q- siete
colores; P'cro. -pintándose cada uno de éstos'
cor. sus propias tonalidades. En lo inferior
y a la derecha de dicha pantalla la región
del rojo, más arriba y corrida a la izquier
da la anaranjada, y así sucesivamente las
amarilla, verde, azul, añil, hasta la del vio
leta que queda a la izquierda y en lo
alto (1).
Pe esta subdivisión de zonas es conse
cuencia, favorabilísima para la claridad y
Ta ” gura de Ia P&tárm 104 indica cómo en
, de sucederse en prolongación unos de otros los
diversos colores del espectro, según ocurre en los
ru e ,o nVe8e l ^ e t o ra,OS dlS,00ad°*
apa" * °
L*s rayas señaladas con mayúsculas indican
en tal espectro, velocidades de acercamientos las
minuscuias de alejamiento. La figura está ,-¿piad d ” “ a 1Amina
la memoria descriptiva del
originalisimo aparato, escrita por Carlos, dondo
se razonan incontrovertiblemente la gran facili-
86
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
sencillez del examen de los estelotelegramas, que si alguna raya de cualquier color
se sale de su sitio clásico, cosa sumamente
frecuente en estos astrales' mensajes, en
los que las estrellas muestran sus interio
ridades, se la ve a simple vista, y sin nece
sidad de tomar medidas, encima o debajo
de las del diferente color inmediatamente
situado en la pantalla debajo o encima de
dicha raya. Sin que las unas se superpon
gan a las otras, mezclando y confundiendo
sus colores, y dificultando la lectura de
aquellas confidencias estelares que la luz
nos traeEsto me da ocasión pintiparada para de
cir, sencilla y vulgarmente, sin meterme en
enrevesadas complicaciones, que cuando las
rayas oscuras o brillantes tlel iris de un
astro, se ven en los lugares que les corres
ponden en el normal del Sol hecho con luz
tomada del centro de su disco, es señal de
que la distancia entre el astro, que produ
ce el espectro, y la Tierra, en donde se fo
tografían sus rayas y sus bandas, más o
menos luminosas, no varía sensiblemente;
mientras que si las rayas aparecen corri
das de su lugar propio hacia el lado del
rojo, es prueba de que aquél corre hacia
nosotros. En tanto la desviación hacia el
lado del violeta indica que- se aleja. Por
último del cuanto de esas desviaciones en
diversas estrellas, deduce la astrofísica
las diferentes velocidades a que unas y
otras vuelan (1).
dad y exactitud de interpretación de los espec
tros en tal forma servidos.
¡ Qué más querrían los astrónomos de los tiem
pos en que este libro sale a luz, que así se los
sirvie ra n !
Con objeto de mostrar patentemente estas ven
tajas, incluyó el hijo de Sara en la lámina copia
da de la citada memoria, los tres estelogramas
normales— que se ven por cima y a la derecha
y por bajo y a la izquierda del espectro disloca
do de su invención—-de tres estrellas: blanca,
am arilla y roja. En ellos podrá ver el curioso
lector, que nunca haya tenido ocasión de ver nin
guno, que sus diversos aspectos son los que per
miten a los astrónomos que los analizan saber
qué cuerpos existen en las estrellas, las tempera
turas a que arden, si éstas se nos aproximan o
se alejan y a qué velocidades, y otra multitud
de cosas. Casi todo lo que hoy se sabe de ellas.
No, no es sencillo el lenguaje en que hablan
éstos que, volviendo al símil de mi amiga, pode
mos llamar espectrográficos retratos de unos o
de otros soles; pero, con mayores o menores di
ficultades, los astrónomos entienden el alfabeto,
mucho más complicado que el Morse de nuestras
telegrafías, de esta otra cósmica telegrafía es
telar. cuyas letras son esas rayas y bandas es
pectrales, que por sus diversas intensidades lu
minosas, posiciones, gruesos, cuentan a los ini
ciados todas aquellas cosas a que me he referido.
Pero a las dificultades que la interpretación de
todo ello ofrecería si las estrellas se estuviesen
quietas, agréganse en la realidad las procedentes
de que no estándolo, los movimientos de ellas sa
can las rayas de sus clásicos sitios, por los cua
les se las reconoce, superpone y revuelve, unas
con otras, las de colores y cuerpos diferentes,
complicando extraordinariamente la lectura de
estos mensajes de los ciclos, desfigurando las fac
ciones de las estrellas.
De aquí la ventaja del genial invento del viejo
y el muchacho, que descomponiendo los espectros
laterales de las estrellas en la forma, más senci
lla, del dislocado espectro central escalonado de
su espectroscopio múltiple, se los presentaba, o,
mejor dicho, se los presentará despojándolas de
las citadas confusiones.
(1 ) En otros libros de esta biblioteca ha sido
pormenor explicado porqué, cuando una línea es
pectral de un astro aparece desviada a uno u
otro lado de su posición natural en los espec
tros de comparación, con que los estelares se co
tejan, indica tal desviación que está variando la
distancia entre el astro y este mundo, o el otro
de la Capitana, y si crece o si mengua. V no
sólo esto, sino que las medidas de las cuantías de
dichas desviaciones dan las de las velocidades
de alejamiento o aproximación.
Como espectros de comparación, para estos es
tudios, úsanse con frecuencia los de diversos cuer
pos terrestres, y en casos de especiales investi
gaciones, los de otras estrellas muy bien conoci
das o del Sol.
Si, acerca del de este último, hácese en el texto
la advertencia de que sea tomado con luz del
centro del disco, es porque la procedente de un
borde da rayas corridas en un sentido y la del
otro desviadas en el contrario. Pues a causa del
movimiento de rotación de nuestro luminar, mien
tras los puntos cualesquiera situados en uno de
dichos bordes, o en las cercanías de él, se acercan
a la Tierra, los del otro se alejan. Con lo cual
las rayas del espectro del primero aparecen co
rridas hacia el violeta y las de la luz del otro
borde hacia el rojo. Siendo esto una de las prueoas visibles de la rotación solar, y fundamento
de un elegante medio que para medir la veloci
dad de dicha rotación da el Padre Rodés.
Daré leve idea de la maravillosa labor, in
creíble para los no iniciados, realizada mediante
el análisis de un espectro estelar (como los tres
reproducidos en la página 104), contando en dos
palabras, una larga historia.
Examinando en 1921, el astrónomo canadiense
Plasquet, los sucesivos estelogramas de una estrellita, casi invisible a simple vista, advirtió
que unas rayas de él se escindían en d o s ; que
se iban separando; que volvían a acercarse; tor
naban a superponerse; se desdoblaban nuevamen
te, para apartarse en opuesto sentido que antes,
y reunirse otra vez. Siguió observando, y al com
probar que el ciclo entero, de aspecto y varia-
EL SECRETO DE SAJÍA
Debo advertir que estos prodigiosos apa
ratos no se habrían podido fabricar a no
haber acertado los inventores a realizar
verdaderas brujerías ópticas. Con las cua
les resolvieron el problema previo de cen
tuplicar, o poco menos, la cantidad de luz
que un observador o un anteojo ordinario
perciben en las estrellas; recogiendo, al
efecto, en cada uno de más de cien mi
núsculos objetivos de un anteojo ametra
llador aquella cantidad de luz, y concen
trando luego todas .estas luces de modo que
se sumen al llegar a los objetivos del es
pectrógrafo o a las lentes de proyección
cinematográfica.
Y a este instrumental habíase empleado,
con muy satisfactorios éxitos en la obser
vación del eclipse mercurial; pero su más
resonante triunfo ¡balo a alcanzar con oca
sión del surgimiento y las transformacio
nes de la nova.
87
Mientras, ayudado por su auxiliar, reali
zaba Carlos la operación, no breve, de pre
parar los dos instrumentos para ponerlos
en actividad, contestaba a las preguntas
de Leblonde. Que según decía él, expresán
dose en caló estudiantil, estaba completa
mente pez en astrofísica.
— De modo que eso es...
— Pues el encendimiento súbito de una
estrella negra...
— Alto, alto: si es negra no es estrella.
— No lo es, pero lo fué... Si más te gusta
di una estrella ya muerta o apagada. Los
rabadanes de la astronomía opinan que ha
de haber muchas así en el universo.
— Ya.
— O también una w» v»...«.-*«. aún, pero
de luz caduca ya, o que luciendo demasia
do alejada de nosotros no hemos podido
divisar en tanto no ha aumentado en ta
maño o en brillo como vemos. O, por últi
mo, una que antes veíamos pequeña, tenue,
y que ahora nos asombra con esos esplen
dores de magnificencia.
— ¿ Y cuánto crece la luz de esas estre
llas?
— No igualmente en todas. En una de
las nuevas de las aparecidas en diversas
épocas en la constelación de Perseo subió
su luz en dos días a 20.000 veces la que
anteriormente tenía.
— ¡ Zambomba!
— Otra de las registradas en el siglo
veinte en la constelación del Aguila no
llegó al máximo sino en cuatro días, pero
el crecimiento fué de 100.000 veces; y por
si esto te parece poco, en la de la constela
ción del Cisne, de más de un millón.
— No te cueles Carletes.
— No es coladura, no, un millón (1).
— ¡Qué atrocidad! ¿Qué demonios podrán
encender en ellas para que tanto brillen?
Porque aun cuando allí acabasen de fundar
una nueva central de alumbrado eléctrico
clones, tenia siempre igual duración, d ijo s e :
“ ¡ T a t e ! : esta es una estrella doble variable por
eclipse” .
Y a visto esto, aquilató las posiciones de las rayas, m idió y remidió sus apartamientos e hizo espantables cálculos, cual resultado de los cuales
averiguó, sin salir de su gabinete de trabajo, las
siguientes, entre otras pequeneces:
Que la estrellita se compone de dos soles entre los cuales tienen masa que pesada resultó ser
158 veces mayor que la del nuestro y para reunir
la cual sería preciso am ontonar 02.550.000 mundos
corno este en que vivim os ; que uno de esos soles
corre 206 y otro 247 kilóm etros por segundo, girando uno en torno de otro, en catorce días y
m ed io; que comparada la luz real em itida por el
puntito im perceptible de los cielos con la de
nuestro luminar, es 27.000 veces m a y o r; que a
su paso, de 300.000 kilóm etros por segundo, tarda
tal luz en llegar a nuestros ojos, diez mil afios—
puede quien quiera calcular la distancia en kilóinetros a que está la estrellita multiplicando
por 10.000 el número de segundos de un ailo— ; >
que sus diámetros, densidades, temperatura...
N o s ig o ; pues basta lo ya dicho para que el
lector se haga cargo de la im portancia de esas
contradanzas de rayas, del interés de conocerlas
y medirlas, y atisbe algo de la fascinante belleza
y del poder de la ciencia bruja de investigación
astrofísica, llamada espectrospía.
(1 ) Es de notar que la colección fotográfica
de espectros de esta nova tomados en el Observatorio de M adrid, llamaron poderosamente la atención en todos los del mundo, que por muchos de
éstos fueron solicitadlsim as reproducciones de
dicha colección, la cual sirvió de base a varios
estudios publicados en el extranjero, por eonstituir la serie más com pleta hasta hoy conocida de
los de una nova. H asta el hoy en que vive el C oronel Ignotus.
V
LEBLONDE APRENDE CUATRO VULGARIDADES DE
LAS NOVAS
?
88
B IB L IO T E C A N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A
y aunque fuera muy grande, no creo que
bastará a ...
— ¡Ja, ja, ja !... Es una idea originalísima. Te aseguro que a ningún astrónomo se
le ha ocurrido hasta ahora causa tan pe
regrina de esos incendios estelares. ¡Ja,
ja, ja !
He de decírselo al abuelo. Y tú verás qué
chaparrón de recongelaciones te echa en
cima.
— Pues qué le hemos de hacer: me recon
gelaré... Pero, volviendo a lo otro, esa del
millón de veces, sería tan grande por lo
menos como ésta...
— Ca, aun cuando muy enllantes no lle
gaba ninguna de las conocidas hasta la fe
cha a set excepcional como ésta. A la cual
sólo se le ha acercado, aunque quedándose
muy por bajo de ella, la de Ticho-Brahe de
que habló el abuelo.
— Entonces hemos tenido el honor de des
cubrir, porque no negarás que, aunque por
mi ignorancia indigno de ello, soy uno de
los descubridores...
— Gracias a los submarinos rojos.
— ¡Los submarinos rojos!... ¿Qué tienen
que ver?
— Claro está: porque si ellos no nos hu
biesen echado de su mundo, sabe Dios cuan
tos meses habría el orbimotor estado en
el lumihemisferio; y durante ellos habría
la nova crecido y encogídose, sin que de
ello nos hubiésemos enterado, ni hubieras
tú alcanzado ese honor con que te pavo
neas.
— Pues muy agradecido a los hombres
negros que me han proporcionado la oca
sión de hombrearme con los Betulios y los
Gongonosios- Es halagüeño esto de ser
descubridor de la mayor nova de los cielos.
— Según lo que tú entiendas por mayor.
— ¿Lo que yo entiendo?... Pues, lo que
todo el mundo: la más grande de todas.
— Lo sospechaba... Y probablemente te
equivocas; porque si tienes una naranja a
cuatro pasos forzosamente la verás más
grande que una sandía a treinta metros. Y
sin embargo la naranja es más pequeña.
— ¡A h ! Si lo pones así.
— Es que así hay que ponerlo; porque el
promedio de veintidós distancias, medidas
desde la Tierra donde fueron observadas,
a otras tantas novas— y el ser promedio
significa que muchas estaban a muy supe
riores lejanías— , es de 1.500 años de luz;
o sea 13.000 billones muy largos de kiló
metros (1).
— No empieces a abrumarme con billones.
Que si caben en tu matemático meollo, es
imposible que entren en mi pobre cabeza.
— Ni en la mía, ni en la de nadie; pero
ésos e incomparablemente más caben, holgadísimamente, en las inmensidades del uni
verso, donde...
— Para, criatura, para; que no quiero
marearme. Para, y vuelve de esos cerros,
o esas novas de Ubeda a lo que te pregunté.
— ¿E l qué?
— Si esa estrella nueva que tanto ponde
ráis es o no la más grande de las conocidas.
— Eso no lo sabremos hasta después de
medir, además de su anchura, la distancia
a que tenemos esa estrella. Mas sospecho
que con esto ha de pagamos cosa por el
estilo de la del ejemplo de la naranja y la
sandía de marras.
— ¿Cómo, cómo?
— Quiero decir que si nos parece enorme,
cual ninguna, es muy probable sea, no p or
tener mayor tamaño, ni más luz que todas
las conocidas hasta hoy, sino porque esté
mucho más cerca de nosotros que aquéllas.
Y ojalá sea a sí; pues cuanto más cerca
na mejor observaremos sus cambios de luz,
temperatura, color.
— ¿Cómo? ¿También varían de color?...
Yo creía que eso era cosa invariable en las
estrellas; yo os he oído decir que las hay
de colores diferentes, pero que en cada una
es siempre el mismo: Que Rigel, Sirio A ldebarán son respectivamente... Bueno, no
sé de qué colores; pero que Fulana es siem
pre blanca, y Zutana azulada, y Mengana
amarilla.
— Sí, eso es verdad; pero verdad circuns(1) Más fácilmente comprensible: 32,5 millones de vueltas en redondo a la Tierra, o 43.333
viajes, también redondos, de ida y vuelta al Sol
cuando se encuentra a la distancia media que
de nosotros lo separa. Viajes en que un avión
que, sin parar, volara a 200 kilómetros por hora
tardaría, respectivamente, ocho días y cho ho
ras, y 177 años, 23 meses y nueve días.
E L SECR ETO DE SA R A
89
El agua corría desde la porta al fondo de la cala.
tAncial durante las vidas de los hombres,
más todavía de las humanidades, que en
toda la duración de ellas no ven ni un solo
cambio de color en los soles; pero no perdu
rable verdad a través de las enteras vidas
de éstos en el universo; pues con cada uno
de los colores diferentes que en el tiempo
van tomando viven durante billones de
siglos.
— ¡Otra vez los billones!
90
BIBLIOTECA XOYELESCO-CIEXTIFIC A
— Agradece que no te meta en los trillones.
— Tanto se me da de unos como de otros.
En pasando de unos c i ntos de miles de
pesetas yo no me entero de lo que mis che
ques tienen dentro, hasta después de habér
melos gastado. Siempre fui refractario a
las matemáticas.
Y si con los cheques que yo escribo, y con
las pesetas que en la mano tengo me pasa
eso, figúrate qué podrá pasarme con esas
trillonadas, que vuelan por los cielos. Deja
pues de ofuscarme con ellas y vuelve a los
colores de las estrellas que es tema más
bonito y vistoso.
— Por la índole del que ahora estoy tra
tando, a la fuerza habré de complacerte,
aun sin que a ello me moviera propósito de
hacer lo que me pides. Porque lo más inte
resante en estas estrellas temporales es que
las variaciones de color, que para produ
cirse en los demás soles requieren el tras
curso de inmensurables plazos, sobrevienen
en ellas, y en ellas se suceden, en meses,
días y horas.
— Eso será que allí se van quemando co
sas diferentes; que cada una dará llamas
de diferentes clases.
— Tal vez en ciertos límites haya algo de
eso, pero lo más seguro es que lo que prin
cipalmente influye en el color y la luz de
las estrellas no son las materias que allí
arden. Cosa que no es lo mismo que que
marse.
— ¡Cómo que no! Y o creo que lo mismo.
— Te equivocas: un carbón que a cenizas
se reduce arde y se quema, el hierro de una
barra enrojecida, el que, líquido, resplan
dece en la caldera de fundición, el filamento
de una bombilla eléctrica arden, mas no
se queman.
— ¡Calla, pues es verdad!
— Puesto que ya lo has visto, continúo
donde quedé cuando tu interrupción no me
dejó decirte que los colores de las estrellas
dependen, más que de la diversidad de los
cuerpos en ignición en ellas, de las diferen
tes temperaturas a que arden.
— ¿Y cuáles son esos diversos colores
cambiantes en las nuevas.
— No en todas se suceden de igual modo;
pero, en términos generales, puede decirse
Que pasan muy rápidamente de negras, o
rojas, o amarillas, a blancas, azuladas—
siendo entonces cuando fulgen más intensa
mente, más grandes son, están a mayor
temperatura— ; que no tan vertiginosamen
te, pero siempre de prisa, en meses o en po
cos años, van sucesivamente experimentan
do nuevas metamorfosis. Hasta parar, por
último, en blancas otra vez; pero muchísimo
más pálidas que cuando estaban en la cum
bre de su explosión pasada.
A esto me refería al prometerte una des
pampanante función de pirotecnia estelar.
— Aguarda, aguarda, que con tanto char
lar, no he advertido que hay una cosa aquí
que no funciona.
VI
COMIENZA LA PIROTECNIA ESTELAR
— ¿H as arreglado ya eso?
— Sí.
— Entonces dime pues me dejaste con la
curiosidad. ¿Varían mucho esas cambian
tes temperaturas de las novas?
— En varios, y a veces no pocos, millares
de grados. (X)
— ¡Menudos fogoneros! Mucho será que
por allá no anden los diablejos del Señor
Pedro Botero.
— Estás en vena hoy de originalísimas y
atrevidas hipótesis.
— ¿Porqué lo dices ahora?
— Porque cuanto conozco de lo escrito
sobre pluralidad de mundos habitados ver
sa únicamente sobre los planetas, pero ja
más se le ha ocurrido a nadie que en las
estrellas pueda haberlos.
— Como nosotros claro está que no; pero
como los de mi hipótesis estarían allí en su
elemento...
— Es indudable, tienes mil razones... Y
(1) Hertsprung midió, 7,200 grados en la pri
mera fase del desarrollo de la nova del Aguila,
Wilsing halló en diversos días, desde el 10 de
junio al 4 de julio de 1919 : 9.000, 5.700, 10.000,
7.200 y 11.000 grados.— Astronomía de Newcomh
y Engelman— 1926— páginas 624 y 625.
BL SECRETO DE SARA
91
no sólo ha de ser novedad para los astró
nomos, sino para los teólogos, a quienes
sorprenderá, que en las estrellas pongas las
calderas infernales.
—No había caído en ello. ¿Pero tú qué
opinas?
—Visto el asunto en su aspecto astronó
mico, que en teologías no me meto, pienso
que eres muy dueño de pensar para tu par
ticular uso lo que quieras.
Un señor Russell y un señor Eddington
dicen, y allá ellos, que ese calor procede del
que el éter desprende al trocarse en mate
ria. Esta es una fuerza, desconocida como
tantas otras, y también hipotética, interior
a las estrellas y en sus senos dormida, en
tanto llegan a un estado propicio para que,
despertándose, entre en actividad y se
transforme en calor, energía química, ra
dioactividad... Sólo Dios lo sabe (1).
—No te remontes tanto que también con
todo eso me mareas.
— Pues bajo de esa altura para decirte
que, si a ti te parece más bonita tu hipóte
sis que la de esos astrónomos, no veo porqué
hayas de negarte el gustazo de quitar de
las estrellas la fuerza desconocida de ellas
y reemplazarla por tus calderas. Digo las
de Pedro Botero.
—Lo pensaré... Pero hace tiempo que no
hacemos sino nerder el que gastamos-en
estas tonterías, y ya tengo impaciencia de
ver las prometidas pirotecnias.
—Ya es cosa de un momento. Pero ahora
se me ocurre que, para tan vistoso e insóli
to espectáculo, como el que vas a ver, eres
tú poco público.
—Pues tú me has convidado.
—Pero como ahora quiero convidar más
gente vas a irte a buscar a Luisa...
(1) A unque el asu n to es b a s ta n te com plicado,
tie n e ta l gran d eza que no resisto a la ten tació n
d e decir algo sobre él, p rocurando red u cirlo a las
m ayores brev ed ad y sencillez en que yo pueda
condensarlo.
E n “E l H ijo de S a r a ”, y a l h a b la r de la teo
r í a de la evolución de la s estrellas, se dijo, que
e l a d m itirla exigía, según su m ism o a u to r, supo
n e r la ex isten cia en aq u éllas de una desconocida
ju e n te de energía. A h o ra agrego que es digno
d e atención, y a u n so rp rendente, el hecho de que
habiendo de se r colosal ta l energía, pues que de
e lla depende la ex isten cia de la e s tre lla , vaya a
b uscarla, genialm ente, E ddington en los ultram icroscópicos elem entos de los átom os. ; L os At o
e stre lla s, ve aquél nacer el desconocido m an an
tia l de potencia de éstas.
T o d av ía m ás, a l tra sfo rm a rs e hidrógeno en
helio se obtiene, en cada Atomo del ú ltim o ,-c a n ti
dad de m a te ria ocho m ilésim as m enor que la
del hidrógeno de que se form ó, en v ista de lo
cual y razonando con evidente lógica, física y
m atem ática, opina el citado astrónom o que nc
pudirndo haberse reducido a la nada la m aterid
que Jaita ha de buscarse en la tran sfo rm ac ió n de
ella en energía. M etam orfosis que ya no coge
de so rp resa a físicos, ni a quím icos.
Yendo aú n m ás u l l á ; raciocinando sobre el
destino y la inversión en el U niverso de la en er
g ía irra d ia d a de los astros...
No sigo porque el tem a es excesivam ente in
trin cad o . P ero lo dicho b a s ta a evidenciar a
cuán sublim e a ltu ra llegan la s razonadas f a n ta
sía s de astrónom os, físicos, m atem áticos.
M uchísim o m ás poetas que quienes de ta le s lle
van nombre.
Y p a ra te rm in a r fantaseem os tam bién. ¿Q ué
fu en te de en erg ía se rá esa, de donde m an a la
v id a que lleva a las e s tre lla s del inicial estado de
nebulosa am orfa a sol resplandeciente, destinado
a la p ostre, cuando decae el m an an tial a pa
r a r en e s tre lla m u e rta y fría ? ... ¿No podrá sea
la m ism a que engendra la vida m aterial— pero
en tién d ase bien é sta no m ás— del cuerpo hum ano,
y lleva a éste desde el seno m aterno, donde se
Ju n ta el polvo de que las c r ia tu ra s salen, h a s ta
devolvérselo a la tie r r a de donde salió?
T am poco a h o ra puedo c o n tin u a r ; porque ya es
tam os en la linde donde la s ciencias positivas
se tra b a n , con evidentes pero inasequibles i ela
ciones, a las filosóficas. P o r ello solam ente a g re
g aré que tam bién e n tre el cuerpo del hom bre y
el hom bre en tero h ay u n a d iferencia pero no m a
te ria l, cual la ex iste n te e n tre el helio y el h i
drógeno : en éstos es en erg ía física, en los hom
bres en erg ía aním ica, m ucho m enos g r o s e r a : fu e r
za v ita l que, ni fab rican , ni h a lla n los biólogos ;
alm a en sum a.
mos
DANDO VIDA A LOS SO LES !...
¿S e rá efectiv am en te así?... ¿N o lo será?... Sólo
D ios lo s a b e ; p ero sea o no, la idea es deslum
b rad o ra , m arav illo sa, fascin an te, y adem ás pro
fu n d a. y lógicam ente razonada.
P a r a d esh acer u n átom o, o p a ra tra sfo rm a r
lo en o tro m ás sencillo, d esatan d o las fuerzas
ra d ia c tiv a s que tra b a n su s elem entos, es preci
so g a s ta r en el empollo, recuérdese lo dicho cu an
d o la C a p itan a fab rica b a su p isto la espectral,
trem eb u n d as fuerzas.
E s u n p rin cip io conocido la reversibilidad de
fenóm enos in v e rs o s : la dinam o que, aplicándole
fu e rz a m ecánica produce electricidad, engendra,
a la in v ersa, fu erz a si la alim entam os electrici
d ad ; la com binación quím ica que p a ra realizarse
h a m en ester calor, lo devuelve a l am biente al
deshacerse, etc.
B asado en esto dice E d d in g to n : Si la r u p tu ra
d e u n átom o consum e fu erz a ex tern a, — no es aquí
p e rtin e n te h acer d iferen cia e n tre fu erza y ener
g ía — lógico es p en sar que a l ag ru p arse, p a ra cons
t i t u i r átom os estelares, los elem entos de ellos, es
d ecir, p ro to n es positivos y electrones negativos,
d en lu g a r a d esprendim ientos de energüa. m an i
festad a, en u n a s u o tra s de las form as de é s t a :
m ovim iento, luz, calor, etc. Y a sí, de la form a
ción de átom os d e los cuerpos que in te g ra n las
B IB L IO T E C A
N O V E L E S C O -C I E N T X P I C A
— En esto habíamos de parar. Bonito
papel voy yo a hacer entre los tórtolos. Y
que en cuanto ella esté aquí van a tener
muy poca enjundia tus explicaciones astro
nómicas— Te equivocas. No se me había ocurrido
invitarte a presenciar cómo arrullo a mi
tórtola; porque además de Luisa, vas a
traerte a mi madre y a mamá Pepa, que a
estas alturas ya podrá dejar a Valdivia el
gobierno del autoplanetoide. Anda que esto
va . estando en punto.
Efectivamente, a los cinco minutos de
salir Leblonde de la bóveda del anteojo
ecuatorial ametrallador, al que se adaptaba
el policromático espectroscopio, y la lin
terna proyectara del retrato coloreado del
iris de la nova, lucía el tal retrato en la
pantalla. A la par que en otras, situadas a
los lados de ella, se exhibían los de unas
cuantas estrellas ordinarias de diversas
edades, y, por lo "tanto, de colores y brillos
diferentes. Idea oportunísima de Carlos por
lo que pronto se verá.
Y a antes, en otra cúpula inmediata, ha
bía comenzado a funcionar el espectógrafo
fotográfico. Pero de él no me cuido; pues
aun siendo el más útil de los dos instru
mentos, porque las placas con él obtenidas
son fehacientes y perennes documentos, so
bre los cuales se quemarán las pestañas los
astrónomos, al hacer a posteriori el con
cienzudo estudio de la nova, en tanto el
otro solamente reproduce los fenómenos en
la pantalla, sin dejar traza en ella de la
historia de aquéllos; sin embargo el empleo
del primero requiere mucha más ciencia y
tiempo de que sólo disponen los sabios. Y
como no creo tener lectores entre ellos...
Además, faltando .en tales espectros, la
pirotecnia, cinematográficamente mostrada
por el espectroscopio, no entran en el pro
grama de la función ofrecida a Aristides,
ni hay por qué decir de ellos ni palabra. Y
si a alguien sabe a poco lo que aquí va
a leer, cómprese un libro de astronomía
honda, o matricúlese en cualquiera univer
sidad en Astrofísica. Que no por ello ha de
picarse Ignotus.
Cuando con Leblonde llegaron las dos ma
dres y la novia de Carlos vieron en la pan
talla a siete alturas diferentes y en escalera
como antes se ha dicho, o sea corridas unas
con respecto a otras, de derecha a izquier
da, las bandas y las rayas luminosas co
rrespondientes a cada uno de los colores
que brillaban en la nova. Entremezclábanse
con ellas otras rayas oscuras, finas aquí y
allá, gruesas acá y acullá, que con las par
tes lúcidas completaban el cambiante espec
tro de la nova, equiparable a los retratos
múltiples de mi amiga por el fotógrafo ca
lificados de adefesios; y a uno y a otro
lado de aquél estaban los retratos sencillos
de la citada amiga. No, me he hecho un
lío: los retratos, o espectros quietos e in
variables, de los iris de una estrella de ca
da color, los de unas cuantas nebulosas, y
algún otro de que sería demasiado compli
cado hablar.
Aquello era el primer cuadro del cós
mico espectáculo, que por la belleza, va
riedad y suave gradación de las luces exhi
bidas en él hizo exclamar a Luisa en cuantolo vió:
— iQué bonito, qué bonito!— Y en seguida
agregó con enorgullecida admiración hacia
su novio— ¡¡ Y lo has hecho tú!!
— No, nena, no— contestó Carlos, sonrien
te, mientras María Pepa y Sara sonreían
también. — Eso lo hacen las estrellas. Y o
sólo arreglo los trebejos que te lo hacen
ver.
— Anda, anda con la niña. [Pues no eran
moños, que digamos, los que quería ponerle
al novio!
— Arístides, no empiece con sus bromas;
que no quise decir lo que usted y Carlos
han supuesto; pues aun sabiendo poco, no
soy tan cándida que lo crea a él capaz de
encender esas luces en el cielo, sino tan
sólo de lo que dice ha hecho.
Al llegar a este punto una dificultad me
ataja la carrera de la pluma. Páraseme
ésta, quédome suspenso, y recapacitando veo
que, aun no proponiéndome relatar la evo
lución completa, de varios meses de la nue
va, principal personaje, por ahora, de esta
EL SECRETO DE SARA
Jjistoria; y aun limitándome a lo más sen
sacional de la cinematografía de ella, en
los pocos días anteriores y siguientes a su
refulgencia máxima, no podrá menos de re
sultar larguísimo este astrofísico episodio,
si pretendo que los convidados de Carlos pa
sen todo ese tiempo en continúa contem
plación de la pantalla, que no hay necesi
dad de prolongar tan abrumantemente.
Porque aun habiendo dicho ya ser especial
carácter de esta clase de estrellas el mos
trar en sus espectros distribución instable
de luces y de sombras, de rayas y colores,
en vez de la quietud normal de los de las
fijas (1), ello no significa que tales muta
ciones se produzcan en minutos, ni que pa
ra advertirlas fuérales preciso a quienes
de ellas van a hablarnos, constituirse en
no interrumpida centinela. Pues para verlas bastaríales acudir a mirarlas cuando
Carlos, Betulio o Gongonosio, turnantes, du
rante muchos días, en la constante vigilan
cia del espectroscopio los avisaren por so
brevenir variación de entidad en el espec
táculo.
Conste pues que las observaciones per
sonales, preguntas y respuestas por éste
sugeridas, a quienes lo miraban, se suce
dieron no en el corto tiempo en que abre
viadas van a ser leídas sino en varios días.
Advertencia que hago para evitarme vapu
leos, por los que a algunos. doctos parece
rán anacronismos en la narración del des
envolvimiento de la nova.
VII
LOS CONVULSIVOS PAROXISMOS DE UNA ES
TRELLA
El retablo expuesto en la pantalla, donde
los monigotes eran astros, no despertaba en
Luisa ni en Arístides sino la admiración
nacida de la limpidez bellísima del cuadro.
Increíble hoy (1927) pueda lograrse en es
pectros de estrellas, y casi comparable,
gracias al prodigioso invento del policro(1) Entiéndase que "fijas” no quiere aquí decir quietas en el espacio, — donde de ninguna se
sabe que lo esté, aun cuando los astrónomos de
pasados tiempos creyeran lo contrario— ; sino de
brillo y estado físico invariables en los brevísimos
93
mático espectroscopio múltiple, con la que
embelesa a quienes ven, en el del Sol, lumi
nosas tonalidades que son remedo mísero
de las que dar pueda la más valiente y sua
ve paleta de pintura. Pero la astronómica
cultura de la Capitana y Mistress Haig,
hacíales gozar de otras simultáneas ad
miraciones de diferente género: las que so
brecogen a todo astrónomo ante la potencia
colosal, la espantosa violencia y la ampli
tud inmensurable de las inconcebibles con
vulsiones provocadas en las estrellas nuevas
por ígneos estallidos revelados en la lectura
de sus confusísimos espectros. Porque aque
llas luces, aquellas bandas, aquellas rayas,
brillantes, mortecinas o negras, finas o
gruesas, en sus propios lugares o desviadas
de ellos, eran para las dos mujeres pala
bras de un lenguaje sideral, con que la
luz iba escribiendo en la pantalla, hasta
donde puede entenderlas la comprensión hu
mana, las explicaciones, no de todos pero
sí de no pocos de los cataclismos sucesi
vos de la cósmica catástrofe, que fugaz
mente devolvían a la caduca o muerta es
trella las refulgencias de sus mejores días.
Explicaciones que, como a cuantos estu
dian estos desconcertantes astros, les decían
cosas incongruentes, más todavía antagó
nicas. Pues los retratos sin edad de aque
lla amiga mía, que a la par nos la muestran
fresca, ajada, niña y vieja, así los de la
estrella, vistos en la pantalla, hacían pen
sar a Sara y María Pepa, que estaban
viendo a un mismo tiempo no una sino va
rias de edades diferentes. Absurdo, apa
rente a lo menos, y no el único con que se
devanan los sesos los astrónomos. Sin ha
ber aun llegado a indudable explicación de
ellos, sino tan sólo a teorías e hipótesis,
más o menos estimables y todas incomple
tas; pero algunas de ellas ingeniosísimas,
razonadas y hasta fascinantes.
— Es indudable— decía la Capitana se
ñalando a la pantalla— . Eso no es el es
pectro de una estrella, sino montón aná
logo al que resultaría de colocar unos soperíodos de pocos siglos, en qne a la humanidad
le es dable observarlas. Y no sorprenda Ja superlativada adjetivación aplicada a los siglos,
pues no se aplica a humanos períodos, sino a
los de las vidas de las estrellas.
!>4
biblioteca nov ¿lesco -cie ntifica
bré otros varios de esos situados a los la
dos de él, y pertenecientes a normales es
trellas.
— Si: de esta, y de esta otra...— agregó
Mistress Haig— . Y además...
— Sí, madre— dijo Carlos, prosiguiendo
donde Sara vacilaba— además otras cosas
que no están, que no pueden estar en nin
guna de esas.
— Y como esta estrella es una, y sólq una
puede ser, lo único razonable que cabe pen
sar es que sobre las bandas y las rayas
brillantes del núcleo de la estrella vieja,
vemos otras rayas de su superficie; es de
cir, de la incendiada atmósfera o cromos
fera de ella, extraordinariamente dilatada,
por insólita, súbita y colosal elevación de
su temperatura. Que por lo súbita no ha
interior del astro.
(Si a alguno le estorbaren las rayas del
anterior párrafo, táchelas, ponga “ luces”
en el lugar de ellas, y es de creer no tenga
ya dificultad alguna de comprensión.)
— Es cierto. Mistress Sana A ello se opo
ne que ese calor, al dilatar la estrella, ha
de consumirse, en grandísima parte, en
crear el movimiento de expansión de la
materia de esa atmósfera; y otra no menos
grande, mayor tal vez, se disipará, devora
da por el frío absoluto de las inmensidades
del estar sideral, en que la estrella flota,
y que por todas partes la rodea.
— Pero ¡qué incendios, qué explosiones
tan espantosas e inconcebibles! Al lado de
su lumbre, ha de ser tibio el fuego del Sol.
— Y comparadas con esas inmensas ex
pansiones ardientes, no parecen sino pobres
cohetes de feria los incandescentes surtido
res gaseosos de las protuberancias de la
cromosfera solar, que remontan sus llama
radas a alturas de centenares de miles de
kilómetros.
—'Claro está, mamá Pepa, dices bien:
pobres cohetes de mísera pólvora... Pero no
es sólo eso. Mirad, mirad: todavía hay una
cosa más notable en la que no os habéis
fijado.
— ¿El qué?
— Que además de cuanto en ese espectro
ya habéis visto, del núcleo y de la cromos
fera, todavía hay en él algo sumamente
extraordinario, porque no puede ser, ni
puede proceder de la estrella.
— i A qué te refieres, hijo?
__A esas rayas de diversos colores des
viadas de sus lugares normales hacia el
violeta: no un poco ni aun mucho, sino
tremenda e ' inverosímilmente— Sí, es verdad: algunas se salen casi de
las regiones de sus colores y aparecen de
bajo de las de los inmediatos.
(Se recuerda a los doctos, que se dice
“ debajo” refiriéndose, no a un espectro or
dinario, sino al escalonado de reciente in
vención.)
— Efectivamente: esas desviaciones son
grandísimas, como jamás se han visto en
ninguna estrella; y de interpretarlas según
suelen interpretarse, indicarían que la nova
se nos viene acercando, con velocidad que
sospecho ha de ser excesiva para admitir
que con ella vuele ninguna estrella.
— Cual sea no ha de ser posible decirlo
en tanto no se midan las desviaciones en
las fotografías que está tomando el espec
trógrafo. Pero por comparación que, a bul
to y de memoria hago, con las correspon
dientes a velocidades conocidas, no me ex
trañará, y aun casi aseguro de antemano,
que la luz que produce esas rayas venga
acercándose al autoplanetoide a razón de
2.500 kilómetros por segundo (1).
— ¡Qué atrocidad!— exclamó Luisa.
— No lo creo— agregó Leblonde— . Eso
es el clásico mentir de las estrellas... A
menos que no sea embuste tuyo.
— Te desprecio, Arístides... Si estuviera
aquí el abuelo diría: “ Calle el ignorante.”
— Pues no lo creo, ea.
— N i yo.
— Anda, chúpate esa... Yo seré un igno
rantón; pero ahora, que tu madre me ha
dado la razón, sacúdete lo que ella dice.
(1 ) Velocidades medias de acercamientos de la
nova del Águila, medidas en sucesivos días, y al
gunas solamente separadas por intervalos de ho
ras, fueron : 1.42G, 2.20G. 1.200. 1.660, 2.368 y
450 kilómetros por segundo. En la misma estrella
y en opuesto sentido se midieron otras de 1.400
y 1.750. Datos tomados de la nueva y soberbia
obra El Firmamento, de que es autor el emi
nente Padre Rodés, Director del Observatorio del
Ebro de la Compafiía de Jesús. Autor y libro ya
varias veces citados en éste.
EL SECRETO DE SARA
— Me explicaré, Señor Leblonde: no es
que yo niegue que el manantial de luz del
cual provienen esas rayas, y al que aludía
Carlos, vuele al paso que él presume...
— ¡Ja, ja ! Prepárate: ya, ya veremos en
lo que para la ayuda que has creído te
llega. Sigue, madre, sigue; y acaba tú de
apabullarlo.
— Si es para’ eso no sigo. Y si el Señor
Leblonde...
— Siga, Mistress Haig, siga: manos blan
cas no ofendan; y lo que dicho por ese mo
nigote sería apabullo, resultará, oído de
usted, enseñanza agradecida.
— Pues entonces, le diré, y para conven
cerlo. cor> mayor facilidad, someto mi
opinión a la de su muy antigua amiga la
Capitana, que aun creyendo que esos res
plandores, de que Carlos habla, son produ
cidos “ fectivamento por algo que se nos
acerca a velocidad por el estilo de la que
él supone, no veo posibilidad de que ese
ulgo esté en la estrella.
— Eso es, eso es: por ahí iba yo. ¿No te
parece a ti lo mismo, mamá Pepa?
— Sí, Carlos: también yo pienso, como tu
madre y tú, que esa velocidad no puede ser
de la estrella; porque en coníparación con
las medidas para otras muchísimas, y que
en la mayor parte de ellas varían entre
unos cuantos y treinta kilómetros per se
gundo, son inverosímilmente desmesuradas.
Verdad que hay algunas, pero pocas ex
cepciones, de otras que corren mucho más;
pero ni la más rápida de las excepcional
mente veloces llega siquiera, o a lo menos
no ha llegado a mi noticia, a la mitad de
esos 2.500 kilómetros, que poco más o me
nos ha de ser la del acercamiento de las
luces a que te refieres (1).
— Pero ¿es que entre los tres quieren
ustedes volverme loco?... Porque todas las
luces del cielo son estrellas. Eso lo sabe
todo el mundo.
— Querrás decir tu mundo.
— Si es que las cosas han variado en este
novimundo donde tú naciste.
(1) La estrella Lalande vuela 335 kilómetros
por segundo ; la R. Z. de la constelación de <'efeo. a que la Capitana alude, 1.378.— “J/or/'in
a*trop/ii«ics, por Herbert Dingle— Londres 1924.
\
95
— Arístides, más cuenta te tendrá dejar
hablar a mamá Pepa, oírla y callar.
— Am igo mío, aunque usted no lo crea, él
mentir de las estrellas es verdad acreditada
en muchas ocasiones.
-—Y mis embustes son esas verdades.
— Ahora eres tú quien debe oír y callar.
— Y si ustedes no callan, callo yo.
— Eso no: sigue, ya me callo.
— Pues además fundo mi creencia, no sólo
en lo ya dicho, sino en que si efectivamente
fuese la estrella la que a tal velocidad se
nos acercase, no serían unas cuantas rayas
de ciertos colores, sino las correspondientes
a todos, las que veríamos con esas desme
suradas desviaciones sólo, en algunas ad
vertidas; pues no una parte de los cuerpos
que la integran, sino cuantos en ella arden
y lucen se nos aproximarían con iguales
velocidades.
— Eso no tiene vuelta de hoja— apoyó
Sara— . De no ser así desaparecería la es
trella deshaciéndose en pedazos.
— No comprendo porqué.
— Me pasa lo que a Arístides: yo tam
poco lo entiendo.
— Anda, Carlos, explícaselo a esta niña
— dijo Sara— : es probable que explicado
por ti lo entienda antes.
V III
LOS ENGANCHES DE LAS NOVAS
Haciendo lo que su madre le había dicho
comenzó a hablar Carlos, diciéndole a su
novia:
— La cosa no es difícil de entender, por
que basta que pienses en lo que forzosa
mente pasaría si unas partes de la estrella
volaran a 2.500 kilómetros por segundo,
otras a 1.000 y otras a 10. Imagínalo y...
— No puedo, Carlos, me mareas.
— Vaya una noticia. Ni eso es novedad,
ni para ello se necesitan novas; y se me
figura que, mareando a la discípula, poco
va a enseñarle el maestro.
— No me interrumpas, hombre. En un
momento vas a comprender, Luisilla. ¿Qué
pasaría en un tren cuya locomotora corrie•
96
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFJCA
ra a ochenta kilómetros por hora, sin que
el primer vagón, el segundo, el tercero pu
dieran seguirla sino a sesenta, cuarenta,
treinta?
— Pues está claro que los vagones se
quedarían atrás.
— Eso es; y cada uno tanto más retra
sado, con respecto a la locomotora, cuanto
más difiriera su velocidad de la de ella.
— Naturalmente.
— Pues ahora dime. ¿Cómo podrá eso
ocurrir en un tren donde el primer vagón
va enganchado a la locomotora, el segundo
al primero, a éste el segundo, etc.?
— Pues sería preciso que antes se les rom
pieran, a los vagones, los enganches.
— Ajá. Y más aún que preciso inevita
ble: de ser aquéllas las velocidades se rom
pieran forzosamente.
■— Claro.
— ¿Qué dices a esto, Arístides?
-— Que no yendo en el tren no me asusta
que descarrile; y, por mí, que se rompan.
— Pues ya se han roto; y en cuanto a 106
vagones se les rompen ya no hay tren, sino
trozos de él desparramados a distancias cre
cientes, de momento en momento, a lo lar
go de la vía, por donde sueltos corren aho
ra vagones y locomotora. Si es que aque
llas roturas no trajeron consigo los desca
rrilamientos de que hablabas.
— Y a lo veo, Carlos, ya lo veo: a la es
trella se le han roto los enganches.
— No, Luisa, no vayas tan de prisa.
— Entonces ya no entiendo.
— Ten calma que ahora entenderás. Al
tren deshecho nadie puede verlo como tal
tren, porque de él no existen ya sino peda
zos sueltos muy separados unos de otros; si
a la estrella se le hubiesen roto, como tú
dices, los enganches entre el hidrógeno, el
calcio, el hierro y los demás cuerpos in
candescentes, cuyas luces respectivas pin
tan, en la pantalla que estamos mirando,
esta y esta rayas, en las que leo que esos
cuerpos vuelan hacia nosotros con veloci
dades entre sí diferentes, cual las de los
vagones y la locomotora, tampoco podría
mos ver ya la nova; pues las partes de ella
compuestas por cada uno de los cuerpos de
más lento volar, habrían ido desenganchán
dose también, rezagándose con respecto a
los má¿5 veloces, y quedando esparcidos en
la inmensidad del universo a lo largo del
camino que siguieran -stos: a distancias
enormes unos de otros, y sin constituir ya
por su deshecha mezcla el sol que antes
formaban. Cual los desperdigados vagones
no forman el tren.
-— Es verdad: ya lo entiendo.
— Pues yo no. Porque como estoy viendo
la estrella es imposible me convenzas de que
ya no existe.
— Es que ni por un momento me ha pa
sado por la cabeza la idea de convencerte
de ello. Y ahí está el busilis de lo que tú
no entiendes: Pues si estamos viéndola bri
llar, y cada vez con mayor intensidad, eso
es irrecusable prueba de que no se le han
roto los enganches, y testimonio del cual
no parece posible deducir sino que las ra
yas reveladoras de velocidades tan tremen
damente discordantes como esas, que for
zosamente habrían de despedazar el astro,
no deben todas proceder de la lumbre de
él; sino que algunas han de emanar de lu
ces fuera de él encendidas.
— Chico, me has convencido. Bravo, hom
bre, bravo— exclamó Leblonde— . No dirás
ahora que soy un crítico mordaz.
— Sí, Carlos, dice bien Arístides: está
perfectamente visto y explicado— dijo muy
satisfecha María Pepa.
Y a ve usted, Mistress Haig, que su hijo
no ha perdido el tiempo en que de él he
cuidado como madre interina.
— Interina, no; porque sigue usted sién
dolo, a diferente título, pero no menos res
petable, y tal vez más, que el que yo tengo
para llamarlo mío: título que se funda en
mi agradecimiento y en el suyo.
— Sí, sí— agregó muy efusivamente erar
los.
— Sí, señora, dice bien: ni él, ni la maes
tra que ha tenido la suerte de tener, han
perdido ese tiempo; y a mí me enorgullece
ver en él el hombre que me devuelve usted
en vez del niño que perdí.
97
EL SECRETO DE SARA
IX
DE
CÓMO
SE
LEE
ALGO
DE
LO
QUE
DICEN
LOS ESTELOGRAMAS
Como las efusiones de las dos madres,
y los piropos a Carlos, amenazaban pro
longa: se más de lo conveniente a los pro
gresos de las explicaciones de la nova los
cortó aquél diciendo:
— Bueno, dejemos eso, madre. Se me figu
ra que, cuando me dijiste que explicara a
Luisa este episodio del tren roto, no ha
bías tú acabado lo que ibas a decir.
— Sí, efectivamente.
— Pues acaba: ¿qué era?
— Nada más, sino que las razones por ti
■dadas, en prueba de que esas desmesura
das velocidades no son de la nova, se com
pletan con otra.
— ¿Cuál, señora? Con todas estas cosas
tan novísimas...
— Claro, como que son de novas.
— Déjame, Carlos. Decía, señora, que con
todo esto que les estoy oyendo, completa
mente ignorado de quien, como yo, ni sospe
cha tenía de ello, han conseguido ustedes
despertar mi interés de un modo extraor
dinario ¿Cuál es esa otra razón que toda
vía no ha dicho usted?
— Una muy evidente, Señor LeWonde:
que si ahora vemos esas rayas tan fortísimamente corridas, hacia el violeta, de los
normales sitios donde se hallan en los co
rrientes espectros estelares, dentro de unos
días, de horas acaso, veremos otras, tam
bién muy desviadas, aunque no tanto como
éstas, en opuesto sentido hacia el rojo (1).
— Y a — dijo M aría Pepa echando una mi
rada de inteligencia a Carlos.
— Y que como tal desviación, en tal sen
tido, indica que la luz que produce la raya
se nos aleja en vez de acercársenos, resul
tará el absurdo, jamás visto en el cielo,
más todavía, mecánica, cósmica y racional
mente imposible, de que una estrella vuele
hoy en un sentido y mañana se arrepienta
y vuelva atrás para volar en el opuesto.
(1 )
Este fenómeno, por Mistress H a ig anun
ciado, se observa en etapas de desenvolvimiento
d e las novas subsiguientes a la explosión primera.
E L SECRETO D E SARA
— Evidente, evidente: eso sólo lo hacen
los hombres— dijo M aría Pepa.
— P or pensar como usted veo yo, en eso,
nueva razón en apoyo de la creencia de
que ni esa multitud de velocidades son to
das de la estrella, ni que aun las que a esta
pertenezcan corresponden todas a la estre
lla entera. En donde, además de los movi
mientos de su núcleo, parece haber otros,
no siempre iguales, ni en el mismo senti
do, de su atm ósfera: bueno, de su cromos
fera.
— Eso es, eso es.
— Y como la temperatura de esa atmós
fe ra estelar ha de variar, en diversos pe
ríodos de la explosión, subiendo en unos, y
bajando en otros, en los primeros se dila
tará acercándose a nosotros, y en los otros
se contraerá alejándosenos. Ocurriendo es
to último cuando, pasado lo más fuerte del
cataclismo, se repliegan sobre el núcleo
estelar los ardientes vapores, pero ya me
nos que antes, de aquella cromosfera enco
gida por el enfriamiento.
— Así, así tiene que ser; y no puede ser
de otra manera.
— N o tan en absoluto, Carlos: eso pare
ce, parece nada más, que podrá ser.
— Verdad, mamá: en estas cosas, no po
demos pasar de un razonable nos parece.
Pero sigue, madre. Pues, por lo visto, tú
eres la única capaz aquí de reducir a ese
rebelde incrédulo, que sólo a ti te escucha
Continúa, continúa hasta el fin la explica
ción.
— Y a poco queda: las velocidades menos
vertiginosas de las observadas en las no
vas son las de sus diversas partes que, sin
llegar a separarse unas de otras por efec
to de aquéllas, y sin poder suficiente a ma
tar la estrella, se manifiestan con diferen
tes cuantías, y en opuestos sentidos, cuan
do la nova se hincha y crece en luz oescompasadamente, y cuando, pasado el bri
llo máximo a que llega, comienza a decaer,
palidece, y cambia de colores.
Todo eso parece ser indicio, si no prueba
de correlativas variaciones de naturaleza o
estado físico, acaecidas en semanas o me
ses. M ientras que para trasform arse de
tal modo han menester otras estrellas, ya
7
98
B IB L IO T E C A
N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A
cr^o habérselo dicho a usted antes, que
sobre ellas caigan montones y montones de
millares de siglos. Y no es inútil pesadez
el insistir en tal diferencia; pues el mayor
prodigio de las novas es la existencia de
ellas, y el apreciarse en estos extrañísimos
astros cambios de otra índole, de los obser
vados en los que con luces propias brillan
en el universo.
— ¡Qué atrocidad!... Habrá de ser incon
cebible la fuerza de la catástrofe, que en
el cielo encienda una nova, cuando en tan
corto tiempo realiza esa obra de trasfor
mación, que las fuerzas inmensas de las
otras hogueras estelares no pueden acabar
sino en muchísimos milenios.
— Cierto, Señor Leblonde, y verosímil
mente esa ha de ser la fuerza que enciende
fuera de la nova esa otra lumbrarada, ex
terna a ella, que hacia nosotros corre cual
nos dicen las rayas de ese espectro, que
por sus corrimientos miden las velocidades
insólitas de 2.000 y más kilómetros por se
gundo.
— Yo no puedo hacerme cargo de ese co
rrer— dijo Luisa.
— Pues te lo harás muy fácilmente cuan
do te diga que, a poder viajar en un aero
plano, que así volara, darías en un minuto
tres vueltas a la Tierra, o irías de Madrid
a Manila, o de Madrid al polo norte en
menos de siete segundos.
— No puede ser, Carlos.
— Verdad; pero podría serlo, si tuvieras
vehículo capaz de volar a tal velocidad, y
ésta no lo incendiara.
— ¡Cómo! ¿Incendiarlo?
— Sí: con el calor desarrollado por su ro
zamiento con el aire.
— ¿Pero es que cosa tan suave como el
aire, que no es nada, puede?... ¡Ah, sí,
ahora me acuerdo que una vez me expli
caste cómo, rozando con él, se encienden
las estrellas, errantes o astrolitos que en
tran en nuestra atmósfera— ¡Niños, niños, que con esas menuden
cias habéis interrumpido a mi profesora!
¡Miren que entretenerse a estas alturas
con insignificantes aeroplanos y aerolitos,
cuando estamos pendientes!... ¿En qué es
tábamos?... ¡Ah, sí! Oiga usted, Mistress
Haig, vuelvo a mi pregunta de antes: si
esa hoguera que tan de prisa vuela no es
el núcleo de la estrella, ni tampoco está
formada por las llamas de su atmósfera,
¿qué es?
— Pues otros fuegos encendidos en tor
no de la nova. Y vea usted por dónde lo
que hablaban Luisa y Carlos, no es tan
impertinente como Usted supone. Pues lo
que pasa con los aerolitos, acaso sea, aun
que en escala incomparablemente mayor,
verdadero trasunto de lo que ocurra en
una estrella vieja que se convierta en nova,
porque en su carrera por el universo llegue
a una nebulosa oscura, y penetrando en
ésta, a grandísima velocidad, incendie la
materia de ella, produciendo la luz que
vimos ha de estar fuera de la estrella.
— Pero esa materia de las nebulosas...
— Tal vez sea más tenue que la de nues
tra alta atmósfera; pero en cambio abarca
extensiones colosales ocupadas por* sus
gases, entre los cuales flota el polvo cós
mico que, cuando alumbrado, nos envía la
melancólica luz de la nebulosa.
— Las nebulosas... Eso es para mí otra
complicación.
— No solamente para ti, Arístides, sino
para muchos que saben de esas cosas más
que tú.
— De ello no me cuido... Pero, en fin,
aunque no estoy muy fuerte en nebulosas,
dejaremos para otra ocasión el instruirme
en esto. Pues por ahora me basta con ha
ber aprendido, y muchas gracias, Mistress
Haig, por su lección, que no la nova, sino
la incendiada nebulosa, es la que se nos
acerca a esas fantasmagóricas velocidades.
— ¡Qué disparate!
— ¿Cómo disparate? Tu madre acaba de
decirlo.
— Qué ha de haber dicho.
—Lo hemos oído todos. A usted acudo,.
Doña Sara.
— Sin duda no me he explicado bien...
Pues no quise decir que la nebulosa en su
totalidad se nos aproxime, sino que parte
de la materia de ella, turbulentamente a g i
tada y comprimida por la carrera y la
masa grandísima de la nova, es incendia
da, barrida y empujada por ésta en direc-
99
EL SECRETO DE SARA
ción hacia nosotros mas sin por ello se
pararse del resto de la nebulosa.
— ¿Lo ves, hombre, lo ves?... Tomaste el
rábano por las hojas.
•
— Como las tiene al lado, y como
en estas cosas ando a oscuras y a tientas,
no creo tenga nada de particular mi equi
vocación.
— No, nada: lo mismo que si porque un
barco, que va de Lisboa a Cuba, empuja en.
tomo suyo el agua que desaloja dijeras
que el Atlántico entero se mueve, y cambia
de lugar, con respecto a los continentes que
lo rodean.
— Bueno; pues como si no lo hubiera di
cho. No por eso ha de perder nada mi re
putación de astrónomo. Si hubieres tú caí
do en ese lapsus, sería imperdonable, pa
decería tu crédito, y te apabullaría la re
cién ganada gloria del descubrimiento de
Plutón, Vulpano y Proserpina. Mientras
que yo, tan fresco: ni Plutón se me en
fría, ni Proserpina se ruboriza con mi dis
parate. Alguna vez habría de serme útil
mi ignorancia.
— Eres todo un filósofo.
— Pero ¿no tengo razón?
— Claro está que la tienes... Por eso te
digo que eres un filósofo.
— Pero, mamá— dijo entonces Luisa— ,
todo eso que han dicho ustedes, ¿porqué
es?; ¿qué pasa en esa estrella?; ¿porqué
se encendió de repente?; ¿porqué crece pri
mero, y luego baja la luz de ella?; ¿por
qué cambia de colores?; ¿porqué se calien
ta y se enfría?; ¿porqué...
— Pues no preguntas pocas cosas, chi
quilla... Pero la verdad es que a no haber
te adelantado a preguntarlas tú, no habría
pasado mucho tiempo sin que las pregun
tara yo. Pues todo eso es lo que ahora me
inspira más curiosidad.
— Y a mí, Señor Leblonde: una curiosi
dad atroz.
— Pues ya lo oyen: hago mías las pre
guntas de Luisa; y a ustedes toca colmar
nos las curiosidades.
— No, ya lo has dicho tú, no preguntáis
poco.
— Tanto es, amigo Aristides—agregó Ma
ría Pepa— , que si ahora, que se nos ha re
velado usted como filósofo, aplica esa lla
mante filosofía a desentrañar las contesta
ciones que a sus curiosidades demos, tan
pronto admirará los recursos poderosos de
la ciencia astronómica, el amplio campo de
los saberes astrofísicos, y el maravilloso in
genio de los sabios dedicados a estos se
ductores estudios, como se sorprenderá
viendo que en lo esencial, y en lo profun
do, allá se van la ignorancia de usted y la
ignorancia de ellos, que son gigantes en la
investigación de limitados conocimientos
relativos, pigmeos en los conocimientos esen
ciales, absolutos (1).
Pero en fin entre todos, los que sabemos
de estas cosas un poco más que usted y
Luisa, procuraremos satisfacerles como
podamos esas curiosidades.
X
LOS OSCUROS PORQUÉS
Van a ser satisfechas las curiosidades
de Luisa y de Leblonde. A buen seguro
coincidentes con las sentidas por cuantos
lectores, no versados en alta astronomía,
hayan llegado hasta el final del anterior
capítulo.
Obvio es'que lo í;ue a decir voy escríbolo
utilizando cual falsilla las preguntas de la
curiosa y el curioso, que a chaparrón caían
(1) Para quienes, frecuentemente con muy poca
ciencia, y siempre con supina ignorancia de la
religión, hablan a la ligera de inciertos conflictos
entre la religión y la ciencia, serán profunda
mente instructivas las siguientes palabras de Herbert Dingle, autor de un precioso libro ya citado
en anteriores notas. Hélas a q u í:
“ Las investigaciones sobre lo que el Universo
ha sido en pasados tiempos tropiezan en tan
serias dificultades, que ellas son una de las cau
sas de que tan escasas sean nuestras actuales
certidumbres sobre el Universo actual.”
“ En las vagas y vacilantes conjeturas que úni
camente cabe hagamos, no puede hallar la cieticia
indicio del principio de las cosas ni aún del ci
clo de los cambios ocurridos en el cosmos. Paso
a paso vamos intentando remontarnos hacia tal
principio, por inseguros caminos, hasta quedar
detenidos ante la incógnita de cuál pueda haber
sido el primer modo de existir la materia.”
“ Y así llegamos a metafísicos problemas, que
la astronomía no puede resolver
En la esencia los mismos que ni la química,
ni la electricidad, ni la biología, ni la medicina
pueden explicar.
(00
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
ble a una caldera de metales y piedras en
sobre Carlos y sus dos madres, y las res
fusión, mas sin paredes, y cuyo fondo es
puestas con que éstos fueron entretejiendo
el centro del astro, donde el calor es má
no historia fidedigna y comprobada, por na
xime?.
die escrita todavía, de la nova, sino rami
Sin hablar de otras causas de enfria
llete de novelas diferentes, a las que die
miento,
capaces de influir en el general de
ron argumento interpretaciones varias de
hechos sucesivamente observados en diver la estrella, es una sumamente poderosa, el
frío absoluto—273 grados bajo cero— de
sas observatorios y épocas.
los insondables espacios del vacío cósmico
No pocas ya desechadas hoy, alguna otra
en contacto con la superficie de aquélla,
que acaso pase mañana a verdadera histo
que por esto ha de enfriarse más rápida
ria, si en sólidas certezas llegan a conden
mente que su interior.
sarse sus actuales presunciones. Verosími
Cuando tal enfriamiento haga descender
les y estimables por lo ingenioso de sus
la temperatura de dicha superficie por bajo
razonamientos y por la suma de trabajo y
de las de fusión de los cuerpos líquidos
saber necesarios para levantarla; pero no
en ella, comenzarán éstos a coagularse pa
más por ahora.
sando el estado sólido; y en torno de la
Mas no por ello deben mirarse con des
fundida masa interna se irá formando,
dén estas hipótesis; pues ellas, y otras de
primero una película y después una costra
su jaez son las, que paso a paso, van ha
de materiales más pesadbs, por sólidos,
ciendo avanzar la astronomía y las demás
que los de la ardiente masa fluida que
ciencias. Y como de otra parte pocos te
por debajo tiene, y tendentes, por tanto, a
mas serán de superior belleza que éste, de
sumergirse en ella- Corteza tan frágil
cómo surge y se transforma una estrella
para soportar sin romperse la fuerza de
nueva, vale la pena de contar las novelas
su peso, como débil para resistir las pre
a que ha dado lugar. Aunque no por el
siones ingentes de los vapores desprendi
método de preguntas y respuestas, cruza
dos de la caldera interna (1), presos deba
das entre los personajes de esta otra nove
jo de ella.
la; pues de no adoptar otro diferente re
Cual consecuencia de esta colosal oposi
sultaría penosamente larga la narración.
ción de pesos hacia abajo, y empujes ha
Para abreviar la cual condenso, sin incisos,
cia arriba, sobrevendrán roturas de la cos
lo que mucho más por extenso pregunta
ron y oyeron Luisa y Arístides.
tra, hundimiento de sus trozos, y salida, por
las brechas así abiertas, del inflamado lí
*
quido y de comprimidos gases desprendi
* *
dos de él. Todo en espantosas erupciones,
Una estrella, o sea un sol, es una in de cuya violencia no cabe formar idea sino
mensa y rotatoria masa elipsoidal, consti
imaginando a que podría llegar la suma de
tuida, o por gases incandescentes desde el
las de no sé qué incalculables multitudes
centro hasta la superficie de ella, o por
de terrestres volcanes.
océano sin orillas de flamígeros líquidos
En tanto no se rompa la cáscara, será la
en fusión, rodeados de vapores, igualmente
ardientes, o cuando ya en la etapa que
(1) A fin de evitar interpretaciones erróneas
tras larguísimo proceso terminará en apa
de quienes no tengan presente que estamos ha
gamiento de la sideral hoguera, por cuer
blando de soles, no de mundos, advertiré que no
ha de confundirse la caldera del símil empleado,
pos sólidos al rojo, más o menos ardien
con la que, en pasados tiempos, supusieron los
tes y luminosos según sea la edad de la ya
hombres de ciencia existente en el centro de la
Tierra, con arregio a la hipótesis ya desmnrunavieja estrella; que al fin se muere al en
riu del Juego central. Hoy sustituida según se
friarse por completo.
lia dicho en otros libros de esta biblioteca por
Para más fácil comprensión de lo que
la de un núcleo sólido, o que se comporta como
tal.
Teoría admirable y atractivamente expuesta
va a decirse, consideremos una en el se
en el libro “La Corteza Terrestre” de Vicente
gundo de los estados citados, y equipara
Inglada.
E l. SECRETO DE SARA
estrella invisible, por negra (1), o poco
perceptible en el firmamento; pues la luz
despedida por los cuerpos sólidos en in
candescencia es mucho menos intensa que
la emitida por los líquidos y gases en igual
estado. Mas tan pronto la costra se desga
rra, se hunde, desaparece, y afuera sa:e el
fuego interno de ella, parece que en el cielo
surge un nuevo sol esplendoroso, o que uno
viejo brilla de improviso, con intensidad
millares de veces superior a la que antes
tenía.
Cuando el efecto de la expansión comien
za a irse pasando, iniciase el descenso de
la estrella.
Supuesta otra completamente gaseosa, o
líquida y gaseosa, una teoría semejante en
cierto modo a la anterior, sustituye la costra
sólida por condensaciones de vapores en
volviéndola en velo que, interpuesto entre
ella y la Tierra, atenúa el brillo con que
desde 'ésta la vemos. El cual 6e centuplica
cuando el descenso de temperatura permi
te que, entre los gases de aquella atmósfe
ra estelar, se produzcan combinaciones por
el estilo de nuestras explosiones químicas,
sólo que incomparablemente más violentas.
Desprendiéndose de ellas el calor y la luz
que pasajeramente rejuvenecen la faz de
la estrella.
Incapaces una y otra teoría de explicar
fenómenos no conocidos de las novas cuan
do fueron propuestas, tienen hoy muy po
cos mantenedores.
*
**
Explicaciones más modernas suponen que
el grandísimo calor necesario para que las
estrellas, de que estamos hablando, alean(1) Entiéndase que, además de las estrellas
muertas, negras en realidad por estir ya apa
gadas, son también, para nosotros, negras de he
cho cuantas, no estando muertas todavía, ya no
brillan con fulgor suficiente a impresionar nues
tra retina, ni las placas fotográficas de los teles
copios. En lo cual puede influir, no sólo la debi
lidad de la estrella, por vieja, sino su excesiva
distancia a la Tierra, y la ¡»érdida de luz expe
rimentada por sus destellos al atravesar las ne
bulosas oscuras, tan concienzudamente estudia
das por el P. Hagen, Director del Observatorio
del Vaticano.
101
cen la brillantez con que se nos revelan, es
desarrollado de improviso por choque o
frotamiento.
Del choque de un pequeño eslabón con
tra menuda piedra nace fuego. El encuen
tro de las colosales masas de quintillones
de toneladas de dos estrellas (1), que en
el espacio vuelen a grandísimas velocida
des, forzosa y súbitamente engendraría ca
lor cuya intensidad fáltannos medios de
evaluar; mas desde luego suficiente a ex
plicar la violentísima explosión de luz ca
racterística en la aparición de toda nova.
Más todavía, los efectos del encuentro
de dos masas, de dimensiones tan inmensas
cual los soles que choquen, han de mani
festarse más intensamente en las partes
de ellos que directa e inmediatamente cho
can: es decir en las superficies de las dos
estrellas, y en las zonas internas más cer
canas a dichas superficies: con preferencia
y superior intensidad que en las más Pon
damente situadas a proximidad de sus cen
tros. Con la consecuencia de que los creci
mientos de temperatura y luz, principal
mente superficiales, se verifiquen donde
más pronto han de ser combatidos por la
absoluta frialdad de los espacios estelares
por doquier circundantes, y en contacto
inmediato con lo exterior de la estrella, o
mejor dicho del sol único en que algunos
suponen funde el choque a los dos que cho
caron (2). Luego, a medida que, por ra
diación, comience a difundirse, en las in
mensidades siderales, aquel calor superfi
cial, lógico es que, paulatinamente, vaya
enfriándose la nova. Lo cual explicaría la
<1) La estrella de mayor masa de las hasta
hoy pesadas es de cerca de cien rail cuatrillones
de toneladas, la menor, de miles de cuatrillones.
Una estrella de menor masa que ésta apenas
tendría energía luminosa, otra mayor que aquélla
no podría resistir la violencia de sus radiaciones,
que la harían estallar, esparciendo sus Atomos, que
irían a aumentar la materia de otras estrellas
y de las nebulosas.
Esto brinda ocasión para hacer sentir la in
mensidad del Universo, de la cual daré idea di
ciendo que si los miles de millones de estrellas
■que lo pueblan se deshicieran y la materia de
todas ellas se repartiera uniformemente en la
extensión total del espacio por ellas ocupado, co
rrespondería un solo miligramo de materia a
cada 333.333 kilómetros cúbicos.
(2) Tal opina Bickerton.
biblioteca novelesco - cientifica
progresiva decadencia de brülo observada
en todas (1).
Esta hipótesis a la que, aun hoy, no le
faltan algunos aunque no muchos partida
rios, parece a primera vista razonable,
pues la grandeza de la supuesta causa me
cánica de la estelar catástrofe guarda de
bida proporción con los descompasados au
mentos, a que ya se ha hecho referencia,
de cien mil y hasta un millón de veces en la
luz de la ingente fogarada que por el Cos
mos va volando.
Pero para admitir que esta sideral fan
tasía terrorífica pueda alcanzar la conside
ración de historia se ofrecen varias difi
cultades de gran monta.
En primer término, lo hasta hoy sabido
respecto al total número de estrellas, dice
que, aun siendo éste enormísimo, tal es la
vastedad del universo insondado e Inson
dable, que en él sé hallan desparramadas
a distancias tan colosales, entre cualquie
ra y las demás, que la colisión de dos de
ellas ha de ser accidente rarísimo en el
espacio y en el tiempo. A menos que el
universo fuera inverosímil hormiguero de
estrellas oscuras; pues Linndemann ha cal
culado que, para que el número de choques
estelares correspondiera al grado de fre
cuencia con que surgen novas, sería preciso
que en el cielo pulularían ¡4.000 estrellas
negras por cada una de las luminosas!
¿Puede nadie negar que exista tal ’can
tidad de decrépitos soles?... Temerario se
ría quien se atreviera a tanto; mas casi
todos los astrónomos conceptúan superior
temeridad el dar por existente tan crecido
hormiguero de estrellas muertas o expiran
tes en el universo, sin más razón, para ello,
que el afán de sostener una hipótesis que
en otros aspectos no parece sostenible (2).
(1) Nota para los enterados.— Importa ad
viertan éstos i|ue en nada de lo dicho, en esta
rápida exposición de las más salientes hipótesis
explicativas de las novas, se intenta contrastar, a
la luz arrojada por el examen de los sucesivos es
pectros de ellas, las teorías de que someramente
6e da cuenta. Pues ello equivaldría a inoportuna
pretensión de convertir estas vulgares noticias
en serio estudio que no es de este lugar.
(2) A medida que se fabrican telescopios más
poderosos, y placas fotográficas de mayor sensi
bilidad, va creciendo rápidamente el número de
Y todavía hay otro reparo de importan
cia que oponer a la hipótesis de que esta
mos hablando; pues para que ciertos fenó
menos— en cuya exposición no cabe entrar
aquí— por la observación comprobados en
las novas puedan provenir del choque de
dos estrellas sería preciso suponerles a am
bas velocidades opuestas de 1.000 a 1.100
kilómetros, excesivas para admitidas en tan
gran número de soles muertos; suponer
siempre que una de ellas se nos acercara,
que otra se nos aproximara; y para colmo
de forzados supuestos inverosímiles, que
siempre aquélla tuviera determinadas y las
mismas condiciones, y ésta otras diferen
tes a priori fijas, que sería absurdo im
ponerles sin más base que su situación con
respecto a tan menudo astrejo como la Tie
rra, cuya posición no ha de tener impor
tancia bastante a dictar leyes al movimien
to de los soles-
XI
LA NOVELA HOY MÁS EN BOGA DE LAS NOVAS
Declarando que en este rápido recorrido
se prescinde de varias hipótesis, o extra
vagantes o incompatibles a primera vista
con los resultados obtenidos de concienzu
da observación, vamos ya con la última de
las principales explicaciones de las catás
trofes estelares engendradoras de las no
vas.
Sugerida por el astrónomo Seeliger, tan
hipotética como las anteriores, no ha reci
bido todavía él unánime asenso de las
autoridades en Astrofísica, pero reúne a
su favor abundancia de concordantes vo
tos de ellas.
estrellas vistas y el de la apreciación del total
de las existentes. Acerca de este total de soles,
que en el cosmos pululan en cantidades de que
no tienen ni sospecha quienes no se han dedicado
a estudios astronómicos profundos, la última pa
labra es la dicha en el Scientific News Servios
del Smithsonian Instituí, en donde como resultado
de recuentos hechos sobre gran número de fo
tografías obtenidas por Ivaptein de diversas re
giones del cielo, y de las relaciones existentes
entre las sucesivas magnitudes, se estima en
30.000 millones el total número de estrellas.
EL, SECRETO DE SARA
103
dentro de toda probabilidad, con los de las
Da dicha teoría por causa de los fe
altas zonas de nuestra atmósfera, y entre
nómenos que fotómetros y espectroscopios
los cuales flota en suspensión polvo cósmi
leen en aquellas estrellas el desarrollo, por
co extraordinariamente diluido, no faltará
frotamiento, de las inmensas cantidades de
quien piense que dichas nebulosas son...
calor -necesarias para producir tales in
¿cómo lo diré yo?... demasiado suaves para
cendios.
que el rozamiento del intruso cuerpo con
A cuánto puede llegar el nacido de un
tra ellas pueda originar las grandes can
frotam iento sóbenlo todos los salvajes, que
tidades de calor que dan lugar a la explo
en sus selvas hacen fuego mediante el roce
sión lumínica, característica del nacimien
de un p a lo . con o tro ; no obstante ser la
to de un sol nuevo.
rapidez de frotación pequeña, como obteni
Y sin embargo se equivocará quien ast
da por el movimiento de las manos. Sóben
razone; pues si no cabe comparar la sua
lo, asimismo, cuantos encienden fósforos,
vidad de la nebulosa con las irregularida
frotándolos contra las asperezas de un pe
des de la superficie de la lija de una caja
dazo de lija, y quienes han oído hablar óel
de cerillas, tampoco la aspereza de ésta es
no raro accidente en los trenes de incen
equiparable a la tersura del eje de las
diarse algún vagón por excesos de roza
ruedas de un vagón, ni a la fluidez del
mientos entre los ejes de sus ruedas y los
agua, que aquí, en la Tierra, puedo hacer
cojinetes en que giran- Caso, este último
h ervir sólo con agitarla mediante el giro,
más digno de ser notado, por no producirse
dentro del recipiente que la contenga, de
el roce, entre superficies ásperas, como las
una rueda de paletas, volteadas con sufi
de los palos y la lija , sino pulimentadas
ciente velocidad para ello: la alcanzada por
en el tom o.
Rumkford en conocidísimo experimento (1)
El frotamiento, que se supone causa de la
de laboratorio, empleando un motor que,
aparición de la nova, será el producido, por
como fabricado por nuestras míseras capa
el movimiento de una estrella oscura que
cidades mecánicas, no es capaz de desarro
vuela, como todas, a velocidad, que aun
llar sino velocidades igualmente míseras,
cuando no excesiva para astro es descom
pasada, vertiginosa, loca en comparación ■ en comparación con las de aquellas estre
llas, al rozar con los gases y el polvo de
con las más raudas logradas en los arte
las nebulosas.
factos que maneja el hombre; y que lle
Más todavía, y en otro aspecto: en el
gando con tal velocidad a una región del
cielo mismo encontramos millares y m illa
cielo ocupada por una nebulosa penetre en
res, muchísmos millares de ejemplos cós
ella. N o corriendo como un tren que cubra
micos análogos al incendio de las estrellas
25 metros por segundo, ni cual avión que
temporales. Me refiero al fenómeno, vulgar
salve 125, sino con vuelo diez, cien, mil,
no ya para astrónomos sino para el vul
cuatro mil veces más rápido que el del
go mismo, de las lluvias de estrellas, mal
avión, o cincuenta, quinientas, cinco mil,
llamadas fugaces, a las que, por no ser es
veinte mil veces más que el del expreso.
trellas, propone el Padre Rodés se les dé
Según cual sea la rapidez de la estrella
el nombre de estelas fugaces o meteóricas,
que corra a convertirse en nova (1).
Por ser, según se cree, la m ateria de las
nebulosas difusas y oscuras, donde la nova
y el ofrecido por los bólidos.
Son las primeras pedazos, en general
ha penetrado, sumamente tenue, cual com
puesta de levísimos gases, comparables,
pequeños, de m ateria cósmica, y piedras
grandes y aun muy grandes, los segundos,
Por si alguien repara que en otro libro de esta
biblioteca, di número mucho menor de estrellas,
he de hacer advertir que entonces no se habla
publicado aún en la citada revista este nuevo
recuento hecho por el astrónomo Abbot.
(1 ) L a última seria la que correspondiera a
una nova que volara al paso de la estrella 1.366
A. G. Berlín cuya velocidad es de 494 kilómetros.
No de las más rápidas entre las que tienen
medidas las suyas en los observatorios.
(1 ) De este curioso experimento di cabal no
ticia en una de las vulgarizaciones publicadas eu
mi libro “ Modernas Brujerías de las Cieueias"*
104
b ib l io t e c a
n o v e l e s c o -c i e n t i f i c a
que al cruzar las altas capas de ia atmos
fera se incendian al ludir con ésta, no obs
tante lo tenue de ella a tal altura, por ele
varse sus temperaturas a 2.000 y 3.000
grados. Y que no sólo se inflaman, sino
que se funden, se volatilizan o estallan en
fragmentos, que caen al suelo, en donde ¡>e
recogen (1).
Todo ello como resultado de demostrada
ley termodinámica en virtud de la cual,
todo cuerpo en movimiento— y cuerpos son,
perdónese la vulgaridad, porque ahora no
sobra recordarla, no solamente los sólidos
sino los líquidos y los gases— que choca o
roza con otro, perdiendo por tal causa, to
tal o parcialmente, la velocidad que lleva,
transforma en calor parte tanto mayor
de la energía de su movimiento cuanto ma
yor es la masa del cuerpo y más crecida
la rapidez de él. Transformación que se
realiza a expensas de la velocidad anulacia
o reducida de su carrera.
Tal es la explicación de porqué se incen
dian los astrolitos al pasar por la atmós
fera; tal es la causa íntima de la luz in
tensa que acompaña a los bólidos, e ilumi
na los aires en tomo de ellos, tal el por
qué de sus detonantes estallidos.
Dicho esto’, bien sabido y probado, no
hay sino pasar de las menudas masas ae
los astrolitos a las colosales acumulaciones
de materia en las estrellas, y de la peque
ñísima extensión de nuestra atmósfera a
la vastedad desmesurada de los espacios
ocupados por las nebulosas, para tener ra
cional evidencia de cuán posible es tengan
la misma causa los calores engéndralos
por el roce de unos y de otras con la
atmósfera y con la nebulosa. Con propor
ción análoga entre las cuantías de ellos a
la existente entre las masas y extensiones
recientemente contrapuestas.
Veamos lo que el razonamiento dice po
l i ) En general, la diferencia entre estelas
fugaces y bólidos es, que suele darse el primer
nombre a aquéllas que, durante el breve tiempo
en que se les ve correr en el cielo, cuando el
pueblo dice “se ha caído una e stre lla ’, no alcan
zan brillo superior al de una estrella real de pri
mera magnitud ; en tanto los bólidos, mnclio más
brillantes, son a veces visibles hasta en pleno
día. Las primeras sólo producen polvo no visible;
hasta que las explosiones de m illares de millares
dría acontecer, en la citada hipótesis en el
astro viajero, y en la nebulosa en donde
entre.
El súbito calor en tremendas proporciones desarrollado, por el rozamiento se producirá principalmente en las partes que
directamente luden con la nebulosa: es decir, en las zonas externas de la nova, donde
ésta resplandece con fulgencia incomparablemente superior al precario lucir—acaso
para nosotros nulo—que tenía cuando
vieja.
Débese tal explosión de luz, no solamente
a que el roce atiza más y más, de momer.to en momento, las nuevas llamaradas que
acaba de encender; sino porque los comde ellas, durante largos periodos, acumula en
el suelo de la Tierra, con otros polvos de terreatre origen este polvo, de los cielos venido, cuya
naturaleza cósmica se identifica químicamente.
En tanto los segundos se dividen en pedazos de
tamaño apreciable del cual se ha dicho ya es
muy grande a veces.
Dos bólidos para los españoles, dignos de men
ción, por diversos conceptos, fueron:
ESTA
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NORMAL
DE L A
ESTRELLA
BETELGEUSE^
KOJ £
E L SECRETO DE SARA
103
bustibles de la hoguera en donde éstas
prenden, quiero decir el cuerpo de la es
trella, ha de crecer muchísimo en volumen,
a causa de la dilatación consiguiente a
toda elevación— ¡y qué elevación ésta!—
de temperatura de los cuerpos de aquellas
zonas externas. Lógico es, pues, crezcan
tamaño y brillo de la nova como la obser
vación comprueba.
He ahí explicado el grandioso crecimien
to de luz. Y no sólo éste, sino la desvia
ción de las rayas brillantes del espectro,
procedentes de luces de la estrella que vue
lan hacia el observador, y les fueron mos
trados a Luisa y a Leblonde por quienes
les explicaban el fenómeno; pues el aumen-
to de volumen de los gases exteriores al
núcleo de la estrella, producido por el ca
lentamiento de ellos, a tan tremendas tem
peraturas, ha de ir acompañado de ex
plosiones con fuerza inmensurable, que ha
cia afuera repelan con violencia y veloci
dad enorme dichos gases ardientes. Que
al alejarse del centro de la nova se acercan
a la Tierra y al autoplanetoide. Es decir
que hacia ésrte volaban vista aquélla des
de él.
Mas, verosímilmente, no son estas las so
las luces que se nos acercan, pues otras han
de hacerlo, aún más rápidamente, con las
velocidades que leídas en las rayas som
brías del espectro, desmesuradamente des-
E1 que, en pleno día, de 1 «le febrero de 189C,
apareció sobre Madrid, con brillo superior al del
Sol, siendo motivo de espanto en muchas pobla
ciones y en los campos del centro de Espada, tan
to por su gran luz, cual por lo horrísono del es
tampido de su explosión.
El aparecido en Olivenza, el i9 de junio de
19Z4, cuya celebridad, nacional y extranjera, de
Indole diferente, procede de lo notabilísimo del
análisis químico es|>ectrtal de sus fragmentos, que
es uno de los estudios más completos en su gé
nero, hecho por M artínez Risco. Se halla inser
to en el Anuario del Observatorio Astronómico de
Madrid, correspondiente al año 1925.
Y para que todo se quedara en España, el se
ñor Fernández Navarro, de la Facultad de Cien
cias de Madrid, publicó acerca de este meteorito
un meritísimo estudio petrográfico.
CORRESPONDE
A
LA
NOTA
DE
LAS
NORMAL
PÁGINAS
85
Y
86
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R o j a.
ROJO
106
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
viadas de sus ordinarias posiciones, les pa
recían, a Carlos y a sus madres, excesivas
para admitir que procedieran de movimien
tos de la estrella entera. Véase dónde y
cómo podrán encenderse estas luces.
Así como los bólidos iluminan en tomo
suyo la atmósfera en cuyo seno avanzan,
así la estrella, repentinamente inflamada—
está mal dicho, superinflamada— es lógico
ilumine, y aun inflame, los átomos de los
gases y de las pulverulentas partículas de
la nebulosa que desgarra en su carrera:
como desgarra el submarino las aguas en
cuyo seno avanza. Es igualmente verosímil
más aun, parece inevitable que polvo y
gases han de ser rechazados y aventados
por delante de la estrella lanzada a tra
vés de ellos: en lo cual ha de influir no
solamente una presión mecánica de ma
teria de ésta contra materia de la nebu
losa, sino además el fenómeno ya conocido
del empuje de la luz deslumbradora irra
diante de la estrella (1).
Estos archimillones de átomos y de piz
cas de polvo, serán las brillantes chispas
que, fuera de la estrella, formarán los en
jambres de luces que de ésta se apartan, y
que entre ella y quienes las observen se
aproximarán a éstos. Estas luces serán
las animadas de las velocidades, anómala
mente excesivas, reveladas por los monto(I ) Suelen creer quienes sólo tienen someras
nociones de astronomía, que las mal llamadas co
las de ios cometas son, como su embustero nom
bre hace pensar, apéndices que como el rabo'
al perro o la estela al barco, siguen a esos apre
surados astros en sus raudas carreras.
Y no es a s í; pues dichas colas van cambiando
de dirección, opuesta siempre a la en que el Sol
se halla con respecto al núcleo cometario. Alre
dedor del cual dan la vuelta completa en el to
tal de su orbitaria carrera: no contó -olas, sino
cual penachos aventados por vientos de variable
sentido, que a veces los impulsan por delante del
cometa. Con lo cual se ve claro que no son colas,
aunque lo crea la gente.
Pero, i qué viento es ese?... Si la seudo cola
se dirigiera al Sol, en vez de huir de él, podría
suponérsela formada por la tenue materia arran
cada al cometa por la atracción sola r; pero estan
do repelida por aquél, preciso es que de él irradie
impulso, al viento equiparable, y capaz de so
brepujar tal atracción. De hondos estudios deducen
astrónomos y físicos, que la fuerza a que el fe
nómeno ha de atribuirse es la presión de la luz,
por aquél emitida, a que alude el empuje, de
que el texto habla, sobre la leve materia de la
nebulosa donde la nova avanza.
nes de las rayas oscuras a que nos hemos
referido. (1)
*
* *
Ha trascurrido tiempo, y con él sobre
viene progresiva disminución del rutilan
tísimo lucir de la nova, que al Anal de la
evolución ha de convertirla en triste es
trella difícilmente perceptible, aun para el
telescopio, entre los grandes luminares ciel
firmamento.
Es que por no ser ingénito en la estre
lla el calor de la conflagración primera de
caerá forzosamente. Y ello por dos razo
nes: primera porque nacido a expensas de
la velocidad, las mermas de ésta han de
hacer disminuir la intensidad del frota
miento; segunda, porque gran parte de di
cho calor habrá de consumirse en elevar,
por radiación, la temperatura de las partes
no muy alejadas de la nebulosa circundan
te. Como una estufa eleva la temperaturade la habitación en donde está encendida.
Pero disminución de temperatura es men
gua de brillo, encogimiento de los vapores
anteriormente dilatados, que al replegarse
hacia el centro de la nova se nos alejan,
en la mitad de ella por nosotros vista. Pro
duciendo, en su espectral retrato, el corri
miento de rayas anunciado por Sara, como
opuesto al observado cuando la explosión
inicial dilataba los gases contraídos ahora.
A la par decae la aureola que a la es
trella formaba la inflamada nebulosa, y a
la postre apágase ésta.
Todavía han de surgir otros fenómenos
aun más extraordinarios, cambios de color
y de naturaleza de la estrella, en el intento
de explicar los cuales comienza a tamba
learse la teoría de la colisión con la nebu
losa (2).
¡ Cuánto queda aun por decir! Pero no
cabe en este libro.
(1) No son rayas bien individualizadas, sin«
montones de ella s; porque las luces que se apar
tan de la estrella, hócenlo, unas en dirección rec
ta, hacia donde nos hallamos, y otras con muy
diversas oblicuidades; y, por tanto, con múlti
pies velocidades diferentes de acercamiento. Dan
do lugar a diferentes desviaciones de las rayas.
(2) Véase lo que sobre este extremo dice una
EL SECRETO DE SARA
XII
¿RESTO S
DE MUNDOS, PARTICULAS
PIZCAS
DE SOLES,
D E 'C O M E T A S ?
A las treinta y nueve horas de ser vista,
por primera vez, llegó la nova a un apogeo
de refulgencia jamás alcanzado por nin
guna otra; y medida con el ín terf erómetro (1) resultó su tamaño aparente, no mu
cho, pero sí algo mayor que el doble del
que vista desde la tierra tiene Venus cuan
do más grande se nos muestra.
Una enormidad de astro. Según dicho de
Don Jaume, jubilosamente enajenado.
Cuando además de la"'opulenta redonaez
de la prodigiosa estrella, fue medida la
distancia a que estaba, ya pudo Carlos
contestar la pregunta por Leblonde hecha
al surgir la luz de ella en los cielos. Lo
cual hizo diciendo:
m o d e rn ís im a o b ra , d e u n ilu s tr e a stró n o m o , q u e
h a s t a d o n d e p u e d e e x p lic a , d e u n m odo fa s c in a n
t e , lo q u e o c u rre en la s e s tr e l la s te m p o ra le s :
“ L os p rin c ip a le s fe n ó m e n o s d e la s n o v a s p u e
d e n p u e s s e r con ceb id o s, p e ro no e x p lic a d o s, p o r
l a h ip ó te s is d e u n a c o lisió n e n tr e la e s tr e l la y
la n e b u lo sa . E n la b re v e n o tic ia q u e h em o s d ad o ,
s e h a p re s c in d id o , d e sd e luego, d e d iv e rs a s p a r
tic u la rid a d e s , y a lg u n a s in d u d a b le m e n te d e p e n
d ie n te s d e e sp e c ia le s c irc u n s ta n c ia s d e d iv e rs a s
c o lis io n e s : e s ta d o s f ís ic o s ”— d e sc o n o c id o s en su
e s e n c ia p o r n o e s t a r a l a lc a n c e d e lo q u e p u e d en
e n s e ñ a rn o s n u e s tr o s la b o ra to rio s d e e x p e r im e n ta
c ió n — “d e la s d im e n s io n e s d e la e s tr e lla > la
n e b u lo sa , d e la s v e lo c id a d e s a l so b r e v e n ir los
ch o q u es, d el lu g a r e n q u e d o n d e é s to s o c u rra n
se h a lle n re s p e c to a n o s o tro s . P e ro d e to d a s e s
t a s c o sa s h a d e p re s c in d irs e , h a s t a q u e d is p o n ie n
d o d e m á s p o d e ro so s m e d io s d e o b se rv a c ió n y d e
m a y o r c o n o c im ie n to d e a q u e llo s fís ic o s p ro ceso s,
se a m o s c a p a c e s d e a c o m e te r su e s tu d io ." .
(1 ) E l in te r fe r ó m e tr o , m o d e rn o a p a r a t o d e
ó p tic a a s tro n ó m ic a , tie n e p o r ra s g o c a r a c te r ís
tic o , y h a s ta s o rp re n d e n te , el d e m e d ir e n o rm ís i
m a s d im e n s io n e s re a le s d e la s e s tr e lla s , q u e la
d is ta n c ia re d u c e a m in ú s c u lo s o in a p re c ia b le s t a
m a ñ o s e n los te le sc o p io s, v a lié n d o se , com o u n id a
d e s d e m e d id a , d e la s lo n g itu d e s in fin ite s im a le s
d e la s o n d a s v ib r a to r ia s del é te r, que, re c ú n sea n
s u s ta m a ñ o s , tr a e n lu ces d e u n o s u o tro s c o lo re s
d e d ic h a s e s tr e lla s .
E l in te r e s a n tís im o y p re c io so m odo to m o f u n
c io n a h a b r á d e q u e d a r p a r a o tr o lib ro , p u e s en
é s te , p o r d e m á s re c a r g a d o y a d e n o ta s , no c ab e s u
c o m p lic a d a y no b re v e e x p lic ac ió n . D e b ien d o c o n
te n ta r n o s , p o r a h o ra , con d e c ir q u e con r l in t e r
f e r ó m e t r o se h a n m ed id o , en lo s ú ltim o s tie m p o s,
los d iá m e tro s d e u n o s c u a n to s colosos e s te la re s .
E n t r e los c u a le s m e re c en e sp e c ia lm e n te s e r c i
ta d o s A ld eb a rá n , D e telg eu se , A n ta r é s , d e 50, 3 0 0
y 4 5 0 m illo n e s d e k iló m e tro s d e a n c h u r a . S u p e
r io r e s r e s p e c tiv a m e n te a la s q u e r e s u l t a r í a n d e
p o n e r u n a s a l la d o d e o tro s 54, 217 y 326 so les
com o e l n u e s tr o .
107
—Como yo suponía, y aun cuando l*'s
hombres no han visto jamás ninguna tan
enorme como esta, no quiere ello decir que
en real tamaño absoluto sea la más gran
de, sino que, incomparablemente más cer
cana que todas las anteriormente conoci
das, nos lo parece, por tenerla casi al lado
nuestro.
—¿Al lado?... ¿Qué llamas tú al lado?
—Tenerla a la mitad casi de la distancia
que nos separa de la estrella más cercana
a nosotros; pues sólo dista del Sol poco
más de dos años de luz (1). O sea dieciocho
billones de kilómetros.
—¡Otra vez esos disparatados números!
—¿Y qué culpa tengo yo de que el uriverso sea tan grande y tan pequeño tú?
—Me tapaste la boca— Pero siendo tú
no menos pequeñín, ¿cómo te las compones
para que en la cabeza te quepan esas dis
tancias, esos tamaños?
(1 )
E s ta m á s p ró x im a v e c in a n u e s tr a en el
U n iv e rs o e s la A lfa d el C en ta u ro, que d e s p r e
c ia n d o p icos in fe rio re s a Jn d e ce n a d el v iilla r de
m illo n e s, só lo d is ta d el Sol 3 9 .7 6 6 .0 0 0 .0 0 0 .0 0 0 ki
ló m e tro s (4 ’2 a ñ o s d e lu z ).
E s t a e s u n a d e la s e s tr e l la s d o b le s m e n c im u d a s
en la n o ta d o n d e se d ió n o tic ia d e la s v a ria b le s
p o r eclip se.
C o m p ó n e n la dos so le s d e b rillo poco m e n o r
u n o , y m u y s u p e r io r o tro , a l d el q ue n o s a lu m b ra ,
lo s c u a le s s e m u e v e n u n o e n to r n o d e o tr o en
u n a ó rb ita , cuyo m a y o r d iá m e tro e s d e 7.000 k i
ló m e tro s , d a n d o u n a v u e lta a e lla en s e te n ta y
n u e v e a ñ o s. Y a e s to h a d e a g re g a r s e q u e m o
d e r n a s o b s e rv a c io n e s h a n d e s c u b ie rto q u e o tro
sol a le ja d o d e d ic h a ó r b ita b illó n y m ed io d e
k iló m e tro s fo rm a eou a q u é llo s u n a n o ta b le tr i p le
e s tr e lla . E l tie m p o in v e rtid o p o r e s te t e r c e r a s tr o
e n s u re v o lu c ió n en to r n o d e los o tro s h a d e s e r
d e c e n te n a r e s d e m ile s d e a ñ o s.
L lé v a m e e s to a d e c ir q u e n u e s tr a c o n o c id ísim a
E s tr e lla P o la r es ta m b ié n tr ip le , y e je m p lo d e
o tr o s is te m a m ú ltip le , c u rio s o p o r los d ife re n
te s c o lo re s d e los c o m p o n e n te s, es el d e u n a
e s tr e l la d e la c o n ste la c ió n E rid a n l , fo r m a d a p o r
d o s so les a z u la d o s , que g ira n d o com o re s p e c to
u n a a o tr a g ir a n T i e r r a y L u n a , lo h a c e n a la
vez com o é s ta s a lre d e d o r d el Sol en to r n o de
u n a e s tr e l la p r in c ip a l a m a rilla . E l .lem p o em
p le a d o e n e l p rim e ro d e d ic h o s g iro s es d e <le n
to o c h e n ta a ñ o s, el c o n su m id o e n e l se g u n d o se
te n ta 8Ígl 08. .
D e sp u é s d e h a b e r h a b la d o d e a lg u n a s e s tr e lla s
tr ip le s , n o debo a c a b a r e s ta n o ta s in d a r n o tic ia
d e u n a c u á d ru p le . E j e m p lo : C a sto r , d e G ém in is,
in te g r a d a p o r d o s p a re s d e so les en c a d a un o
d e los c u a le s v a ls a n s u s e s tr e l la s d a n d o u n a
v u e lta e n tr e s y n u e v e d ía s , re s p e c tiv a m e n te , en
e x tre m o s o p u e sto s d el s a ló n , a l c u a l d a n c o n ju n
ta m e n te a m b a s p a r e ja s la v u e lta e n te r a e n t r e s
c ie n to s c in c u e n ta a ñ o s.
L o c u a l es u n reco rd q ue d e ja ta m a ñ ito a los
a h o r a en m oda d e e sos d a n z a n te s q u e b a ila n d o
e l C h a r le s to n p a s a n d o s c ie n ta s h o ra s .
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIEN/ 1FICA
108
— Porque... Mira, el porqué va a meter
nos en filosofías demasiado hondas.
— No, nada de filosofías. Además, ¿para
qué, si ya habéis acabado de estudiar esa
estrella?
— ¡A cabar! Ni por pienso.
— ¿Cómo?... Si ya se lo habéis medido
todo, y ya ha engordado cuanto puede,
¿qué más le queréis ver?
— Cómo enflaquece y se trasforma. Eso
es precisamente lo más oscuro y más inte
resante en todas. Y acaso la extrema cer
canía de ésta nos permita ver algo que
arroje luz en el porqué y el cómo de sus
enigmáticas metamorfosis finales.
— En suma, que vais a ver cómo enve
jece.
— Envejecer... No es eso, sino tal vez...
No te lo digo, porque como también eso es
muy hondo, será mejor dejarte en la creen
cia de que efectivamente vamos a mirar co
mo envejece.
— Pues no os alabo el gusto; y como no
es el mío contemplar viejas, ha acabado
de interesarme ya esa nova de la que ni
palabra volveré a preguntarte.
*
**
Aun cuando los astrónomos continua.on
observando la nova y tomando qué sé yo
cuántos centenares de fotografías de e!la,
no solamente todos los días del viaje de
retorno, sino durante varios meses después
de acabado éste, tampoco yo vuelvo a . uidarme de ella. Aunque no por las mismas
razones que le quitaron las curiosidades a
Le'blonde, sino por necesidad de atender a
otras cosas.
La más saliente fué que a los cinco días
de salir de Venus, llamó la atención de los
viajeros otra novedad, que aun siendo nue
va no era nova, sino una nubecilla blan
quecina que desde acá— este acá se refiere
a la Tierra— no habría sido percibida, por
ahogarse su leve luz en la de las estrellas
difusamente esparcida en nuestra atmósfe
ra, y por no tener esta transparencia per
fecta. Pero que sobre el negrísimo fondo
del cielo visto por los viajeros planetarios
y sin aire interpuesto entre ella y el novi-
mundo, era desde éste divisada, con toda
claridad, hacia la izquierda y bastante se
parada de la Tierra, que lucía como el más
refulgente de todos los luceros. Pues
Venus, dada la cercanía a que aún estaba
de ella el orbimotor, no era vista como lu
cero* sino como una luna pequeñita.
Los datos,que a dar voy, de dicha nubecilla, no los tenía Don Jaume cuando por
primera vez la vió; pero con sus aparatos
y sus ayudantes los obtuvo en tres días.
Siendo de gran ayuda, para medirlos fá
cilmente, la rauda velocidad, de unos seis
millones de kilómetros por día, a que, de
lante de las lejanas estrellas, fijas al pa
recer, y entre los planetas, de conocidas
marchas, se movía, en el cielo, la nube a
corta distancia del autoplanetoide. Y con
tribuyendo, además de todo esto, a tal fa
cilidad el tener María Pepa, para las ne
cesidades de la derrota, un gran mapa pla
netario de las órbitas de Venus, la Tierra
y Mercurio, del que es reducción simplifica
da el publicado en “ El hijo de Sara” .
Larga y estrecha, tenía la nube longitud
también cercana a seis millones de kilóme
tros, por unos doscientos mil de anchura.
Dimensiones cuya apreciación se facilita
reparando en que la longitud es cuatro veces
la distancia de la Tierra al Sol, y la
anchura una séptima parte de la de éste,
y casi quince veces la de la Tierra.
La proximidad a que ya he hecho reterencia, era efectivamente muy grande;
pues los extremos de la nube sólo distaban
del orbimotor ochenta y cinco millones de
kilómetros uno y noventa el otro.
Colocadas, en el mapa planetario de ia
Capitana, las posiciones de ella en el fir
mamento en varios días, se pudo ver que
formaban sucesivos trozos de una órbita
elíptica recorrida por la nube. El eje mayor
de dicha elipse, orientado en la dirección
Sol4constelación del León, resultó ser de
1.500 a 1.600 millones de kilómetros— y di
go, como Carlos, que, no habiéndolo yo he
cho, no tengo culpa en la enormidad del
universo. — Por último, elipse y nube cru
zaban, casi perpendicularmente, la órbita
terráquea, en los lugares de ésta adonde lie-
E L SECRETO DE SAR A
galúa la T ierra en días próximos al 19 je
noviembre.
109
Aquellas observaciones, casi i;n juego,
como cuantas se refieren a los astros cer
canos de nuestro sistema solar, fueron ter
minadas en tres días. Pero mucho antes
de acabarlas, no ya el abuelo y el nieto,
astrónomos de pe y pe y doble u, sino has
ta el último de sus auxiliares cayó en la
cuenta de que aquello era la conocida con
densación máxima de una innumerable y
errante fam ilia de astrolitos desparra
mados a lo largo de la citada elipse, tam
bién conocidísima- Como cauce por donde
aquéllos 'corren, formando uno de los mu
chos ríos de m ateria cósmica que surcan
los espacios siderales. Río que en la parte
de él correspondiente a la nube hacíase vi
sible por ser en ella más robusto y cauda
loso, que en el resto de su curso, a causa
.-de ir los aerolitos muchísimos más apre
tados unos a otros, y ser incomparable
mente en mayor número que en el resto
de la órbita.
Alrededor de la citada fecha entran to
dos los años en la terrestre atmósfera di
chos astrolitos, dando lugar a las lluvias
de las estrellas llamadas leónidas. Siem
pre abundantes, pero que en períodos de
33 o 34 años, cuando es la condensación de
ellas la que se cruza con el camino de la
T ierra, han «lado lugar a algunas en las
cuales se ha llegado a estimar hasta en
diez m il el número de estrellas fugaces
vistas por ahora.
Que, con ser muchas, sólo fueron peque
ñísima parte de las que componen el enjam
b re; pues de los cálculos, por Newrom b he
chos, sobre los datos del chaparrón de 1867
resultó ser de un millón por segundo el nú
mero de las que pasaban, no solamente por
nuestra atmósfera, sino en torno de la
T ierra (1).
Recordando esto dijo Don Jaume a Re
peta:
— Menuda perdigonada nos habrían ati
zado las leónidas, a no haberlas visto a
tiempo.
— No era preciso tanto; pues siempre lo
tendríamos para variar de rumbo cuando
acercándonos a ellas viéramos lucir todos
esos astrolitos iluminados por el S o l: no
como tenue nube según ahora los vemos,
sino como haz de brillantes chispas de luz,
o como bando de blancas palomas visto en
la .lejanía,
— ¡V a y a un bando de 200.000 kilómetros
de anchura y de no sé cuántos millones
de largo! No ha de ser fácil reunir tantas
palomas.
— No, Aristides. N i aun siendo perdigo
nes, como dice el abuelo.
— Sea lo que quiera, como aunque tú no
los reúnas, allá vuelan cortándonos el ca
mino a la Tierra, es indudable que para
evitar el encuentro con ellos hemos de dar
no pequeño rodeo que lo menos demorará
en diez o doce días el fin del viaje. Porque
meternos ahí sería insensato.
Tenía razón la Capitana; pues todos
aquellos pedaeitos o pedazotes de piedra
que para nuestro mundo no son sino in
ofensivos perdigoncillos, por hacerse pol
vo, fundirse, volatilizarse o caer, en me
nudos trozos, a su suelo, después de incen
diarse en la atmósfera, según antes se ha
dicho, serían, de tropezar con las cristali
nas paredes del novimundo, proyectiles pe
ligrosísimos. Pues, no teniendo aquél una
envuelta atmosférica protectora de ellas,
bastaría que uno solo las perforara para
poner fin al via je y a las vidas de todos
los viajeros.
Para que la cuesta arriba del via je de re
torno de Venus, en lucha contra la atrac
ción del Sol, tendente a separar al auto-
(1 ) De la intensidad alcanzada 'ior algunas
de estas lluvias de estrellas dará idea el sim ien
te párrafo de la magnífica obra anteriormente
citada. El Firmamento, recientemente publicada
por el P. Rodés.
"Sin duda el fenómeno celeste más espléndido
y aparatoso que ha presenciado la Humanidad,
durante los tiempos históricos, fué el ile la no
che y madrugada del 12 de noviembre de 1833.
cuando por efecto de haber penetrado nuestro
planeta en el interior de un numeroso enjambre
de astrolitos, éstos so precipitaron sobre nuestra
atmósfera durante mAs de cuatro horas, ofrecien
do el sublime aspecto de una conflagración uni
versal del Firmamento. La repión del globo me
jor situada para presenciarlo fué la de América
del Norte, según el testigo ocular Olmsted, (pro
fesor de la Universidad de Yale y con él coin-
no
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
mundo de destino, entre la órbita terrestre
y la de Marte.
planetoide de la Tierra, no resultara tan
pina, había la Capitana arreglado su de
rrota de modo que, hasta llegar a la pro
ximidad de aquélla, volara el novimundo a
la sombra del planeta recién abandonado.
Dicho esto, basta echar una ojeada al
mapa planetario, a que poco ha se hizo re
ferencia, para ver que la llegada a la Tie
rra había de verificarse en la segunda de
cena de noviembre; y que para ello sería
preciso cruzar el enjambre de las leónidas,
metiéndose en plena perdigonada. De aquí
la necesidad de la variación de rumbo, re
suelta por la Capitana, para rebasar la
órbita de la Tierra mucho antes de llegar
cerca del peligroso henchimiento del cau
dal de aquella corriente; rodear tal aluvión
por el extremo de él más distante del Sol;
cruzar la órbita, por donde fluía aquél, en
parajes en donde solamente fuera arroyejo
de estrellas, y seguir luego viaje hacia el
No suelen ir las cosas de este mundo,
ni aun las del novimundo, de modo que a
todos satisfagan. Así, la dilación del térmi
no del periplo planetario, que contrariaba
a Carlos, y aun a Luisa, si bien la última
no lo dijera, como el primero, a todo el
mundo, sino tan sólo a éste, cuando el im
paciente novio la apremiaba a compartir
su mal humor por el retraso de la boda,
fija para el día siguiente del de llegada
a Trujillo, complacía extraordinariamente
a los sabios antes amustiados con la pers
pectiva de presentarse a sus terrestres co-
ciden otros muchos de cuya veracidad no pueda
dudarse; ; el espectáculo resultó de los imW gran
diosos que puede concebir la fa n ta sía : tydo el
cielo surcado de bandas luminosas que se renova
ban sin cesar y semejaban rápidos cohetes lan
zados en todas direcciones; globos de fuego tan
resplandeciente que llegaron a despertar a quie
nes dormían en sus camas, cruzaban veloces el
Firmamento, dejando en pos de sí una estela de
blanquísima luz, que permanecía visible y esta
cionaria durante varios minutos y en algún caso
hasta media hora. L a frecuencia de los proyectiles
luminosos era tan rápida que algunos observado
res la estimaron en más de diez mil por hora,
y algunos la compararon a la rapidez con que
se suceden los copos de nieve en una fuerte tem
pestad de invierno. L a impresión general ¿ué de
terror y de que había llegado el día del Juicio
y el fin de los tiempos; todas las estrellas pare
cían precipitarse sobre la Tierra, tal fue la llu
via de estrellas de 1833, con su radiante en la
constelación del León.”
El gran explorador llum boldt había ;*a con
templado un espectáculo semejante en Cumaná
en 1799. En 18CG y en 1899 se repitió el fenó
meno. pero con menor intensidad cada v e z ; y
er. 1901 se reprodujo nuevamente; pero sin que
el máximo llegara sino a 500 estelas por hora.
Se atribuyen fundadamente estas sucesivas dis
minuciones a haber pasado el enjambre de astrolitos a distancia de los grandes planetas ex
teriores, suficientemente reducidas para que las
atracciones de las masas de éstos hicieran sentir
muy sensiblemente su influencia, modificando las
órbitas que aquéllos siguen y desviando del ca
mino en que habían de encontrar a la Tierra a
los núcleos más densos. Influencias que en lo ve
nidero acaso vuelvan a desviarlos en sentido con
trario, reproduciendo entonces lluvias de estelas
igualmente copiosas, o todavía más, que las an
teriormente vistas.
No todas las estrellas fugaces vienen del ra-
diante L e ó n ; pues de la constelación de l'etveo
Irradian lqs llamadas por los astrónomos per
ileidas, y por el pueblo lágrimas de San l.nrcnzo,
formando el enjambre de agosto, sumamente nu
meroso ; y porque en diversos meses del año
son habituales lluvias menos abundantes que,
periódicamente, llegan a la atm ósfera: v irg in i
dad, lívidas, acu áridas, escorpiónidos, táuridas,
etcétera, etc., procedentes de radiantes situados
en las constelaciones de las cuales toman nombre;
y otras como las biélidas, que deben su nombre
al cometa que parece haberlas engendrado.
Las velocidades con que unas y otras recorren
la terrestre atmósfera oscilan—-catálogo tic Den
ning— entre 77 kilómetros al segundo que es la
de las leónidas y 24 para las capricórnidas.
Además, todo el año se ven de cuando en
cuando otras llamadas esporádicas, con frecuen
cia media do cuatro a seis por hora.
B ólid os: Cuando la masa de un astrolito es
suficientemente grande para no volatili .arse* al
cruzar la atmósfera se llama bólido, y también
urauolito.
Los pedazos de ellos que a la Tierra caen, por
lo común pequeños, [tesan a veces crecido número
de gramos, hasta kilogramos que, excepcional men
te, llegan en algunos a muchos, pero muchos, ha
biendo de ellos ejemplares en no pocos museos.
A veces dan lugar a verdaderas lluvias de pie
dras. Y siempre suelen producir gran luz, visible,
en ocasiones, hasta en pleno día, acompañada de
tremendas explosiones.
Es digno de llamar la atención que la Tierra
engorda en cuantía de varias toneladas al día
por la caída de estos restos, en el espacio erran
tes, de mundos, soles o cometas rotos.
Se ha comprobado la identidad entre las órbi
tas de varios ejemplares de astrolitos y las de
algunos desaparecidos cometas, la materia de los
cuales se ha desintegrado en enjambre de astro
litos.
X III
VANITAS
VANITATUM
111
E L SECRETO DE SA R A
legas completamente hueros de descubri
mientos.
Nacía el contento de aquellos preclaros
varones de que tan pronto quedó Sara li
bre de sus ya idos cuidados, fueron orga
nizadas en el Casino Internacional diarias
y no breves conferencias, en las cuales
contaba aquélla, a los preclaros, y a quie
nes sin serlo querían oírla, cómo era aquel
mundo que no lograron ver. Para que unos
y otros pudieran a su vez contárselo, en la
Tierra, a quienes por Venus preguntaran.
Temas de tales conferencias fueron, no
todos, pues algunos tienen sabor de inti
midad impropios para conferencias de tal
clase, pero sí casi todos loa desarrollados
en “ El Mundo-Luz” y en el “ Mundo-Som
bra” . Holgando por lo tanto repetirlos
aquí.
Las tales conferencias eran escuchadas,
sin parpadear, por el auditorio. Pero no
eran ellas el único motivo de satisfacción
de aquellos cultivadores de muy vanadas
ciencias, que en la multitud de noticias
recogidas por Sara, y de investigaciones
por ella hechas, en diecinueve años de venusiana vida, hallaban todos y cada uno
algo, cuando no mucho, digno de estudio y
hasta de admiración, referente a sus res
pectivas aficiones y especialidades. Pues a
esto sumábase que la conferenciante dedi
caba, además, todas las mañanas tres horas
a dar, por turno, confidenciales audiencias
a uno y a otro sabio, explanando en ellas
sus explicaciones, a la medida de las pecu
liares curiosidades de cada uno. Y por úl
timo, lo más extraordinario, y jamás visto
entre hombres de ciencia, era que aquella
viviente enciclopedia de los saberes venusianos, abríales las arquetas donde alma
cenaba cuadernos, datos, estudios, cálcu
los, fotografías, descripciones, y dejábales
que, entrando a saco en el científico equi
paje, se llevaran lo que más les pluguiera.
Con lo que cada uno salía de la audiencia
regodeándose con el pedazo de sabiduría
venusina que más le apeteciera y se llevaba
en los bolsillos. Para sacar de él monogra
fías, folletos o voluminosas obras.
¡Todo, todo lo repartió la exdesterrada!
Salvo unas cuantas cosas singularmente
interesantes de antemano apartadas del
montón de científica quincalla que formaba
el saldo, y reservadas para sn hijo cuan
do éste pudiese cuidarse de algo más que de
la novia, y para Ripoll, cuando el astróno
mo coronara la empresa, en que andaba
metido, de idear una flamante teoría expli
cativa de las novas, más acorde con lo
visto en la suya que algunas de las anti
cuadas explicaciones de la hipótesis de
Seeliger. Y perdonen los lectores si esas
son las que les ha servido Ignotus; pues
no habiendo éste visto, por no haber to
davía pasado de 1927, la nova de Don Jaume, no ha podido dar otras; y porque si
anticuadas en los tiempos del viaje a Ve
nus todavía no están, al enviar este libro
a la imprenta, tan rancias que no puedan
presentarse.
Todos los beneficiados con los valiosísi
mos regalos de las fructíferas visitas a
Mistress Haig, salían de ellas, no solamen
te entusiasmados con su espléndida gene
rosidad, sino admiradísimos. Por parecerles inconcebible que sabio alguno, si
quier no fuera sabio sino sabia, hiciese tal
baratillo de ciencia repartiendo a boleo los
tesoros de la suya. Admiración tan grande
que a algunos se les rezumaba en las si
guientes o parecidas frases dichas a la do
nante:
— Pero a este paso no se quedará usted
con nada. Y aun cuando puede estar segu
ra de que yo no he de omitir, al publicar
mis obras, que mis estudios originales y
mis personales deducciones los he levan
tado sobre datos recibidos de usted...
— No le preocupe eso.
— Pues no faltaba más... Poro no estoy
tan cierto de que todos mis colegas tengan
igual delicadeza.
—Todos ustedes dicen lo mismo de los
otros. Mas no se cuiden de ello; porque
esas vanidades de amor propio me son ya
indiferentes, por llegarme ahora al alma
goces y amores muchísimo más hondos; y
llenarme el espíritu cuidados más tras
cendentales.
*
* *
112
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFIC A
Los goces a que Sara aludía eran los que
a su corazón causaba el disfrutar del per
dido hijo, aumentados con el sano orgullo
de ver cómo aquel hijo era, y con la dulce
sensación, que le llenaba la conciencia, de
verse en paz con sas antiguos enemigos, y
de sentirse, no sólo perdonada, sino estima
da por su víctima de antaño.
Los actuales afanes de su espíritu, elec
tivamente de mucho más alcance que to
das las preocupaciones científicas, por no
tener, como éstas, perecedero término cer
cano en el fin de la vida, nacían de que to
das las noches daba con María Pepa, la
mujer a quien tanto había odiado, leccio
nes de catecismo.
Las primeras, las únicas; pues a e.ua,
hija de un profesor /científicamente ateo!,
según él— ¡pobre ignorantón!— nacida y
educada en una sociedad cuya moral había
sido roída por el positivismo, nadie le
había enseñado nunca sino ciencia atea.
Engañándola, diciéndole que la ciencia lo
explicaba todo, que ésta, el poder, el dine
ro, la belleza, de que ella estaba espléndi
damente dotada, y el placer eran lo único
que, en la vida, debía respetarse y conquis
tarse sin reparar en medios.
Así había vivido más de treinta años,
hallando en la hermosura y en la afición
de Alvaro, su marido laico, placer, mas no
el amor en su alma incubado por la hermo
sura moral de Aol, el monstruo de física
fealdad que, en Venus, la recogió y la pro
tegió durante los primeros terribles tiem
pos de su vida en aquel mundo.
El fué el primero que la hizo conven
cerse de que las ciencias sólo explican lo
externo y transitorio de las cosas, con ex
plicaciones mudables y a veces embuste
ras, sin decir nada de lo hondo y esencial;
que sobre los saberes relativos de los hom
bres está el saber absoluto de la Suprema
Causa. Pero la muerte se lo arrebató an
tes de que pudiera recibir de él plena feli
cidad; pero después de haber de él apren
dido que nada ni nacie merece nuestro
amor como el Eterno Padre de todo lo
creado, de todas las criaturas; que a éstas
les debemos amor: eí propio amor que nos
tenemos a nosotros mismos.
Exactamente igual que lo que ahora te
decía María Pepa al enseñarla los Magdamientos de la Ley de Dios. ¡Iguales, en la
Tierra, a los que a los hombres de aquel
mundo les trazaban el camino del bien!
Iguales, como nacidos de una misma vo
luntad, de iguales sabiduría y bondad.
— “ Los perdono— había oído allá a aquel
hombre que había comenzado a redimiría,
refiriéndose a sus enemigos—para que a
mí se me perdone” ; y ahora oía a María
Pepa enseñarla a dirigirse al Padre Uni
versal diciéndole: “ Perdónanos nuestras
deudas así como nosotros perdonamos a
nuestros deudores.”
Voy a acabar. En los cuarenta días que
todavía duró el viaje no ocurrió peripecia
digna de mención.
El autoplanetoide amarizó en el Medi
terráneo, entre las Baleares y Valencia.
Excepto Valdivia y unos cuantos tripulan
tes, que habían de llevar el novimundo a
Paramillo, todo el pasaje desembarcó en
Valencia.
Desde allí se desparramaron por el mun
do los sabios para ir a lucir en sus respec
tivas academias la sabiduría que Sara íes
había insuflado. Sin que todos, ¡ay!, í'nrzoso es, aunque triste, declararlo, le cum
plieran la promesa de confesar la insufla
ción.
La Desterrada, Arístides, Ripoll, la Ca
pitana y los dos tórtolos salieron inmedia
tamente para el Instituto de Trujillo. Don
de dos días después se celebraron, en el
misimo día, el bautizo de Sara y la boda de
su hijo.
FIN DEL SEGUNDO VIAJE
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIFXHFICA
por «EL CORONEL IGNOTUS»
Peseta».
I.
DE LOS ANDES AL CIELO. — Prim era etapa de «V iajes Planetarios en el si
g lo x x n * ..................................................................... ........ Tercera edición.
4
I I .— DEL OCÉANO A VENUS .—Segunda etapa de la misma obra, tercera íd em ...........
4
I I I . _ E L MUNDO VENUSIANO.—Tercera y últim a etapa de la misma obra, tercera ídem .
4
IV .
— LA DESTERRADA DE LA TIERRA.— Prim era p a rte.— EL MUNDO-LUZ. . . . ........
4
. V .— EL MUNDO-SOMBRA.-Segunda parte de la a n t e r io r ................................................
4
V i . — EL AMOR EN EL SIGLO CIEN.............. .....................................................................
V il.— LA MAYOR CONQUISTA. P rim er episodio: LOS VENGADORES.................................
V I I I . — POLICÍA TELEGRÁFICA.—Segundo episodio de la an terior.................... ..................
IX - LOS MODERNOS PROMETEOS.—Tercer y último episodio de la an terior........... ..
X.— LOS NÁUFRAGOS DEL GLACIAR.— Prim era jornada do Tierras R esu citad as... ..
X I.— ANA BATTORI.—Segunda jornada de la an terior................................................ 3
—X II. EL GUARDIÁN DE LA PAZ.— Ultim a ídem id ......................................................... 3
-X III.— LAS PISTAS DEL C R IM E N . —Prim er episodio de EL CRIMEN DEL RAPIDO 373L.
XIV—
CLAVE DEL CRIMEN.—Segundo ídem de í d e m ...................................... . . . . .
X V .— LA PROFECIA DE DON JAUME.—Prim era etapa de «Segundo Viaje P la n eta rio».
X V I . - E L HIJO DE SARA.— Segunda ídem de íd em ..............................................................
X V II — EL SECRETO DE SARA — 'II'ercera ídem de ídem .....................................................
(En preparación el X V I I I volu m en .)
4
4
4
4
4
LA
4
4
4
4
O T R O GRAN E X I T O
MODERNAS BRUJERIAS DE LA CIENCIA. -- Charlas vulgares. 6 ptas.
OTRAS OBRAS DB JOSÉ DE ELOLA
LITERARIAS
Pesetas.
E U G E N IA .—Novela... ...................................
L A P R IM A J U A N A .—Novela, dos tomus....
BOSQ UEJO S.—Cuentos.................................
C O R A Z O N E S B R A V ÍO S .— Cuentos...........
C U E N T O S E S T R A F A L A R IO S DE A Y E R
Y M A Ñ A N A .-(A g o ta d a .)
R E M E D IO C O N T R A C E G U E R A .—Come
dia en dos actos. (Agotada.)
L A N IE T E C IL L A .—Idem en íd., id.
IN A R T ÍC U L O M ORT1S.—Idem en un ac
to, íd.
P R E C O C ID A D .—Idem en íd., íd.
M A C B B T H .—Versión de la tragedia de este
nombre, de Willian Shakespeare...................
O B R A S D R A M Á T IC A S . —E l salvaje, Luz de
belleza............................................................
E L F IN DE L A G U E R R A . Con el seudó
nimo IGKOTU8.................................................
3
3
3
1
2
1
CIENTIFICAS*
2
2
3,50
MORALES, SOCIALES Y POLÍTICAS
E L CREDO Y L A R A Z Ó N .—Segunda edi
ción. (Agotada.)..............................................
Pesetas.
L A V E R D A D DE L A G U E R R A .—Versión
del inglés. (Agolada.)
L A S C A U S A S D E L D E S A S TR E . —Con seu
dónimo I gnotus. (Agotada )
L A C A M P A Ñ A D E L R O S E L L Ó N . (Ago
tada.)
E L P L E IT O D E L R E G IO N A L IS M O .-C o n
seudónimo Don Ñuño. (Agotada )
L A E N F E R M E D A D DE L A P E S E T A . . .
L O QUE PU E D E E S P A Ñ A .........................
3
P L A N I M E T R Í A DE P R E C IS IÓ N .— Pre
miada por la Escuela de Minas, cuatro volú
menes. (Agotada.).........................................
L E V A N T A M IE N T O S Y R E C O N O C I
M IE N T O S T O P O G R Á F IC O S .—De texto
en varias Escuelas de Ingenieros, tres vo¡ómenes. (Agotada.)..........................................
A G E N D A D E L T O P Ó G R A F O ...................
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Mapa de la
zona de influencia española.......... .............
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7
PIDANSE EN TODAS LAS LIBRERIAS o al autor, Princesa, M A M
Rivadeneyra (S. A .).- -Artes Oráticas



