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Tipo
Impresos
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Extensión
112
Identificador
0000000163
Miniatura
https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/779450
Notas
Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
[s.n.]
Lugar de publicación
Madrid
Idioma
Español
Europeana Type
TEXT
Europeana Data Provider
Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
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1
Derechos
Universidad Complutense de Madrid
Licencia de uso
CC BY-NC-ND 4.0
Fecha de creación
1926
Formato
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extracted text
SEGUNDO

VIAJE

PLANETARIO

EL HIJO
DE SARA

SEGUNDA
ETAPA

:POR

EL CORONEL IGNOTUS

B IB L IO T E C A

N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A
M ILLAR

NÚM. 106

B IB L IO T E C A

N O V E L E S C O -C IE N T ÍF IC A

oooooaooooooooQ oaoooQ ooaoooooaooooooooaoooooaoaaoaooooaoooaoaaoooooaQ ooaoaooooooaaoaooooooooo

EL

H I J O --------

=

DE

SARA

□ □ □

Es propiedad. Prohibida la repro­
ducción, incluso la ‘‘cinematográfica", sin permiso del autor.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTÍFICA
por «EL CORONEL IGNOTUS.
-----------------------

P e«ta».

I.—DE LOS ANDES AL CIELO. — Prim era etapa de «Viajes Planetarios en el si­ 4
glo x x ............. ................................................................................. Tercera edición.
IL —DEL OCÉANO A VENUS.—Segunda etapa de la misma o b ra , tercera ídem ............ 44
III.
—EL MUNDO VENUSI ANO.—Tercera y últim a etapa de la misma obra, tercera ídem.
IV. —LA DESTERRADA DE LA TIERRA.—Prim era p arte.—EL MUNDO-LUZ....................... 4
V.—EL MUNDO-SOMBRA. -Segunda parte de la anterior....................................................... 44
VI.—EL AMOR EN EL SIGLO CIEN.............................................................................................. ’
VIL—LA MAYOR CONQUISTA. Prim er episodio: LOS VENGADORES... . . . ......................... 4
V III.—POLICÍA TELEGRÁFICA.—Segundo episodio de la anterior........................................... 4
IX.—LOS MODERNOS PROMETEOS.—Tercer y último episodio de la anterior.................. 4
X.—LOS NÁUFRAGOS DEL GLACIAR.— Prim era jornada de Tierras Resucitadas.......... 4
XI.—ANA BATTORI.—Segunda jornada de la anterior..................................................... 3
XII.—EL GUARDIÁN DE LA PAZ.—Ultima ídem id ............................................................... 3
XIII.—LAS PISTAS DEL CRIMEN.—Prim er episodio de EL CRIMEN DEL RAPIDO 373.. 4
X IV —LA CLAVE DEL CRIMEN.—Segundo ídem de íd e m ...................................................... 4
XV.—LA PROFECIA DE DON JAUME.—Prim era etapa de «Segundo Viaje Planetario». 4
4
XVI. - EL HIJO DE SARA.-Segunda ídem de ídem .........................................
4
XVII. —En preparación.— EL SECRETO DE SARA.—Tercera ídem de ídem ...
(Seguirán otras muchas a razón de dos a cuatro por año.)

OTRO GRAN EXI TO
MODERNAS BRUJERIAS DE LA CIENCIA. - Charlas vulgares. 6 ptas.

OTRAS OBRAS DE JOSÉ DE ELOLA
LITERARIAS
*
E U G E N IA .—Novela.................................................. 3
L A PRIM A JU A N A .—Novela, dos to m o s.... 3
B O SQ U EJO S.—Cuentos......................................
3
CO RAZONES B R A V ÍO S .—Cuentos.............. 1
C U BNTO S E ST R A F A L A R IO S DE AY ER
Y M A Ñ A N A . —(Agotada.)
RBM EDIO CONTRA CBGUBR A .-C om edia en dos actos. (Agotada.)
L A N IB T B C IL L A .—Idem en Id., Id.
IN ARTÍCULO M ORTIS.—Idem en un ac­
to, id.
PRt- COCIDAD.—Idem en id., Id.
M A C B B T H .- Versión de la tragedia de este
nombre, de Willian Shakespeare........................ 2
O B R A S D R A M Á T IC A S. - E l salvaje, Luz dé
belleza .........................................................................

BL PIN DE L A G U B R R A .—Con el seudónlmo IONOTU8.............................................................
MORALES, SOCIALES Y POLÍTICAS
BL CREDO Y LA R A Z Ó N .—Segunda edi­
ción. (Agotada.).........................................................

2

3#50

Pesetas.
L A V E R D A D DE LA G U B R R A .—Versión
del inglés. (Agotada.)
L A S C A U SA S DEL D E SA ST R E .—Con seu­
dónimo I gnotus. (Agotada.)
L A C A M PA Ñ A DEL R O SE L L Ó N .-(A gotada.)
BL PLEITO DEL R EG IO N A LISM O .—Con
seudónimo Don Ñuño. (Agotada.)
LA E N F E R M E D A D DE L A P E S E T A ........
LO QUE PU ED E E S P A Ñ A ...............................

2
1

CIENTÍFICAS
P L A N IM E T R ÍA DE PR EC ISIÓ N .— Pre­
miada por la Escuela de Minas, cuatro volú­
menes. (Agotada.)................................................... 60
L E V A N T A M IE N T O S Y R E C O N O C M IEN TO S T O PO G R Á FIC O S.—De texto
en varias Escuelas de Ingenieros, tres volú­
menes. (Agotada.)..................................................... 40
A G EN D A DEL TO PÓ G R A FO ......................... 7
E S P A Ñ A E N M A R R U E C O S.—Mapa de la
zona de influencia española.................................
3

EL HIJO DE SARA
SEGUNDA ETAPA
D E

SEGUNDO VIAJE PLANETARIO
POR

EL C O R O N E L IGNOTUS
(JOSE

DE

ELOLA)

□ □□

ÍNDICE
Páginas

I.— El viajero que llega tarde
a todas partes................
5
II.—En donde Luisa va cayendo
de uno en otro asombro.
8
III. —Día estrellado o noche aso­
leada.............................. 12
IV . —Las cosillas que traía Leblonde en sus vagones... 16
V.—El esperanto zanja un ba­
bélico conflicto............... 20
V I.—El saturniano anillo de la
T ie rra ............................. 23
V II.—Cómo los cabos nuevos se
enganchan en los viejos. 29
V II I.— ¿Basta una golondrina a
hacer verano?................. 31
IX .—Tragicomedia rápida........
34
X.—Camino del eclipse............ 38
X I.— Breve paréntesis ético-as­
tronómico ...................... 44
X II.—Donde, buscando a Luisa,
tropieza Carlos con Guzmán................................ 46
XIIT.—Esta sí que es famosa con­
junción.......................... 49
X IV.—Se desarruga el entrecejo
de Guzm án.................... 52

Páginas

XV.—Los multimillonarios se lle­
van el gran susto...........
X V I.—Se comienza a exponer el
argumento del eclip se...
X V II.— La orquesta del Maestro
R ip o ll.............................
X V III.— El eclipse del v u lg o ..........
XIX.—Entre col y c o l..................
XX.—El tenorino sube a insigne
astrónomo......................
X X L —Un peligroso antojo de Don
Jaum e...........................
X X II. Donde al volar de las estre­
llas parece perezoso el

54
59
63
67
70
72
77

corazón...........................
81
XX1IL--Las últimas jornadas........
85
X X IV .—En donde Sara habla de
n u evo.............................
89
XXV.—El drama toma visos de tra­
gedia..............................
91
XXV I.— El feliz pero incómodo venusizaje del novimundo..
94
X X V II.—Mientras la desterrada llega
98
X X V III.— Donde Ripoll y Carlos cum­
plen sus deberes.............. 101
XXIX.—Salvada.............................. 106
XXX.—P e r d id o ............................... 108

I
EL VIAJERO QUE LLEGA TARDE A TODAS PARTES

En cartas particulares, que recibo, y en
comentarios periodísticos, laméntanse algu­
nos lectores de “ La Profecía de Don Jaume” , que también lo fueron de la primera
expedición planetaria, de no hallar a varios
conspicuos viajeros que en ella conocieron
entre los que en el último capítulo de aque­
lla “ Profecía” dije embarcaron en el autoplanetoide para hacer este segundo via­
je. Y aun de ello hacen ocasión de queja.
Como si el pobre Ignotus, fuera señor de
vidas, y pudiera a su gusto arreglar los
acontecimientos.
Más que aquellos lectores deploro yo, por
tocarme más de cerca, las muertes de
Haupft, Fognino y Fairelo. Pero por mu­
cho que me apenen estas desgracias, para
mí casi de familia, ni nada puedo contra
la imposibilidad en que me ponen de lle­
varlos, vivos, se entiende, nuevamente a Ve­
nus, ni en tal imposibilidad cábeme culpa
alguna.
Si Soledad, la retrechera doncella sevi­
llana de la Capitana, y el simpático, aun­
que un tanto cazurro, maquinista gallego
que con ella casó al regreso de Venus, ha­
bían desde entonces tenido cinco chicos y
ocho chicas, no tiene en ello Ignotus otra
responsabilidad que la de haber dado oca­
sión al conocimiento de los prolíficos pro­
genitores, cuya prole era mucha impedi­
menta para emprender nueva excursión ce­
leste, y por demás costosa para dejarla en
cualquier guardamuebles, digo no, guarda­

niños de la Tierra. Tampoco en esto tengo
culpa.
En cuanto a otro viajero, cuya ausencia
desplace a quienes lo conocieron en la pri­
mera odisea de María Pepa, el francés ja ­
ranero Aristides Leblonde, gran amigóte de
la Capitana y de Don Jaume, no hay por
qué añorar su presencia; pues una hora
antes de la de zarpar de Paramillo, llegó a
toda prisa al autoplanetoide, con tiempo al­
go menos que justo de embarcar su volu­
minoso equipaje. Tan grande casi como el
que había llevado al otro viaje a Venus.
A llá va, pues, alegre como siempre, a pe­
sar de traer esta vez dieciocho años más
que entonces, y rondar los cincuenta. Pero
genio y figura...
Como, según su dicho, tenía poca forma­
lidad para casado, y menos para padre de
familia, célibe continuaba: lamiéndose, a
sus anchas, como suelto buey; gastándose
su cuantiosa fortuna en ver mundo, en dar­
se buena vida, pero no relajada— “pues en
todo” , decía, “es malo el exceso”— y apro­
vechando las frecuentes ocasiones depara­
das por aquel trashumante vivir, de em­
plear su oro en trocar en risas lágrimas
que a su paso encontraba. No por bondad,
si a él lo hemos de creer, sino por satisfa­
cer su gusto de vivir alegremente, sin que a
ello fuera estorbo la desgracia ajena: puro
egoísmo, nada más.
Su sincero afecto y su estimación altí%ma a María Pepa, las pruebas de uno y
otra en tiempos dadas, y su firme amistad
con ella y con el abuelo Jaume, no permi­
tían que, a despecho de su errante vida de
potentado divertido, dejara Leblonde nunca

6

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

pasar más de un año, sin dar su vueltecilla
por el Instituto de Trujillo.
Caía siempre allá como inesperado me­
teoro, sin saber a su llegada si estaría una
semana, un mes o medio año; pues aborre­
ciendo lo que él llamaba la esclavitud de
reglas, orden, planes, perecíase, ya estuvie­
ra en Trujillo o en las quimbambas, por no
hacer cada día sino aquello que al levan­
tarse le pidiera el cuerpo. Sin otra regla,
orden, ni plan que los trazados por sus an­
tojadizas apetencias.
Con sus antiguos amigos, María Pepa y
Ripoll, y su nuevo y gran amigóte Carletes,
pervertido por él, según en broma decía
aquélla, pasaba muy a gusto sus temporadillas, o temporadazas, hasta que una de
sus inesperadas ventoleras le hacía levan­
tar el vuelo de improviso. Y hasta otra vez
que opuesta ventolera le hiciera retornar al
Instituto: también de sopetón; pues no le
remordía la conciencia de haber escrito nun­
ca a sus amigos ni una carta siquiera, en­
tre visita y visita. Llevando en esto su
constancia al punto de que María Pepa le
dijera que no le instaba ya a dar cuenta de
sí, durante sus ausencias, por estar per­
suadida de que no sabía escribir.
La última de sus apariciones, la más meteórica de todas, no llegó a tres días. Por
ello y por ser suceso que, en parangón con
los trascendentales acontecimientos narra­
dos en “ La Profecía de Don Jaume” era
de pequeñísima monta, no la mencionó ei
narrador de aquéllos. Por ello, y porque ha­
biendo coincidido los días de tal visita con
los de más obsesionante excitación, en el
Instituto y en el mundo entero, producida
por la recepción del primer espectrotelegrama de la desterrada en Venus, parecie­
ron, entonces, el arribo y la marcha de Leblonde, menudos incidentes no merecedores
de que el relato de ellos interrumpiera el
más interesante de la acción principal.
Además, por andar Ignotas, en aquellos
días, curioseando la ampolla telegráfica de
la Capitana, no pudo husmear lo que, muy
encerrados, se dijeron Leblonde y Ripoll en
larga y misteriosa conferencia que acabó
en estrepitosas carcajadas; y al salir de la
cual se fué el francés a despedir de María
Pepa y de Carlos. Achacando su precipi­
tada marcha a necesidad de hacer varios
urgentísimos viajes; sin decir nada del para
qué de ellos, y sin clarearse, con la madre
ni el hijo, sobre la causa de las desafora­
das risas en que de nuevo prorrumpieron

francés y catalán, durante la despedida del
primero.
Media hora después partía de Trujillo
el meteoro. Por el aire, claro es, como todo
meteoro.
Ni a María Pepa ni a Carlos les extrañó
no saber nada de Arístides hasta que, sin
esperarlo, lo vieron llegar a Paramillo, una
hora antes d e 'la partida del novimundo;
pues dicho queda que nunca en sus ausen­
cias, daba noticias de sí ni de su paradero.
Sin embargo esta vez habíala dado, aunque
no a ellos, a Ripoll; y nada menos que tres
veces. No por cartas, mas sí con telegra­
mas, de los que a nadie habló el astróno­
mo. Puestos, con escasos días de intervalo, a
los no muchos de su salida de Trujillo, y
sumamente lacónicos; pues decían no más:
“Uno” , el primero; “ Dos” , el siguiente, y
“Tres” , el último. Provocando con ellos en
el viejo almogávar explosiones de risa tan
estrepitosas como las de marras.
¿Causas de ellas? Para conocerlas preciso
es, antes, decir algo del equipaje, ya de pa­
sada mencionado, con que a embarcar lle­
gaba Arístides.
Terminado el último almuerzo hecho en
la Tierra, en donde María Pepa dió la no­
ticia de que volvía a ser capitana; y cuan­
do, comenzando a actuar de tal, se apres­
taba a dar las órdenes preparatorias para
el cierre de la poterna del autoplanetoide
y el despegamiento de éste de las gradas en
donde largos años estuvo reposando, Don
Jaume, que toda la mañana había estado
inquietísimo, cual en espera de algo impa­
cientemente aguardado, se acercó a ella ro­
gándole difiriese un poco aquellas órdenes,
pues todavía faltaba un pasajero.
— Pues si no está a la hora le pasará lo
que a quien llega tarde al tren.
— Pepeta no es el mismo caso... Quien
pierde un tren puede tomar otro pocas ho­
ras después o al día siguiente.
Verdad; mas por lo mismo que para
\ enus no hay orbimotor diario, tienen ma­
yor obligación de ser puntuales quienes
allá deseen ir.
-Sí, dices bien; pero hay personas que
nunca pueden ser puntuales.
— Pues peor para ellas.
En general tienes razón, pero no en
este caso; pues el viajero que nos falta tie­
ne costumbre inveterada de llegar siempre
tarde a todas partes.
—dPues si esta vez no la varía no embar­
ca. so te lo aseguro. Y me asombra que

EL HIJO DE SARA
tú... ¿Se trata de algún sabio eminentísi­
mo?... ¿Quién es?
Para no frustrarle a María Pepa la ale­
gría de la sorpresa que habría de causar­
le la llegada de Aristides, eludió Ripoll con­
testar claramente; y suponiendo estaría ya
aquél para llegar, se limitó a decir, ganan­
do tiempo:
— Precisamente sabio... Muy sabio no es...
Mas eso no es motivo para desdeñarlo.
— Claro que no... Pero entonces...
— Y a tú bien sabes cuánto han bajado
en tu estima y la mía muchos que por sa­
bios pasaban en el mundo; y creo innece­
sario decirte...
— Desde luego... completamente innecesa­
rio. Sobre todo ahora, cuando debo atender
a la maniobra de la partida, ya retrasada
con tu charla, y que por nadie estoy dis­
puesta a demorar ya más.
— Eso ya lo veremos— dijo Don Jaume
para su coleto, siguiendo a María Pepa que,
volviéndole la espalda, había echado a buen
paso hacia el puente de mando, tomándole
delantera. Pues aunque ternes los ochenta
años del abuelo, no podían ir al paso de la
nieta, a quien se esforzaba en alcanzar, pa­
ra decirle, ya, quién era el que llegaba tar­
de a todas partes.
Pero no fué Ripoll quien se lo dijo; pues
otras piernas más veloces que las de él y
las de ella, corrían detrás de ambos: las
de Carlos, quien gritando: “ ¡Qué alegría,
abuelo, qué alegría!” , dejó atrás a Don
Jaume, y conforme se acercaba a María
Pepa continuaba gritando: “ ¡Qué alegría,
mamá! Y a estamos todos, todos: está ahí
Leblonde, Leblonde. Ahora llega a la en­
trada de la poterna.”
A l oir a su hijo adoptivo volvióse rápi­
damente la Capitana con regocijadísimo
semblante.
— ¿Que está ahí Aristides?
— Sí, sí.
— Bien sabía yo que se te quitarían las
prisas de zarpar— dijo Ripoll riéndose.
— De modo que tú lo sabías ya, y que era
a él a quien aguardabas.
— Claro que sí.
— Y yo he estado bien torpe, no recono­
ciéndolo en el viajero que llega tarde a to­
das partes.
Vamos, vamos a recibirle.

Después de efusivos abrazos, cordiales

7

apretones de manos, con que el recién lle­
gado y quienes salían a su encuentro da­
ban expansión a sus regocijos, dijo Don
Jaume a voces, cual siempre hablaba cuan­
do alegre:
— Por poco se queda usted en este pla­
neta cursi. Porque nuestra Señora Capita­
na no creía que valiera la pena de aguar­
dar por quien tan poca sabiduría tiene.
— Mal pensado, muy mal, amiga mía;
pues aun no siendo sabio no es desprecia­
ble, ni con mucho, la sabiduría que yo trai­
go al novimundo. Y si no que lo diga Papá
Ripoll.
— ¡Ja, ja, ja!... Tiene rasón. ¡Ja, ja, ja!... ¡Ja, ja, ja ! Verdad: yo sertifico que nos
trae mucha siensia, muchísima... ¡Ja, ja, ja!
¡Ja, ja, ja!
— No entiendo de acertijos, ni esas car­
cajadas.
— Y a las entenderás, Pepeta. ¡Ja, ja, ja!
Y a las entenderás... Pero ahora lo urgen­
te para que levantemos en seguida el vue­
lo, es que metan el equipaje de Leblonde...
¡Ja, ja, ja!... de Leblonde, en el... ¡Ja, ja,
ja !, en el planetoide.
— ¿Pero usted, que nunca viaja sino con
un maletín, trae equipaje?
— Sí, Carlillos, esta vez lo traigo... Un
viaje a Venus no es una escapadilla de Tru­
jillo a Pekín.
— Verdad. ¿Pero dónde está? No lo veo.
— Aquel es... Aquellos tres vagones...
— ¡Ja, ja, ja!... ¡Ja, ja, ja !
— -Qué divertido estás, abuelo.
— ¡Pero Aristides! Usted es el hombre
de las impedimentas planetarias!... ¡Ave
M aría Purísima! ¡Otro equipaje como el
de la vez pasada! ¡Otro disforme carga­
mento de vituallas!... E s usted un heliogábalo. La gula será la perdición de usted.
Y ahora sin disculpa pues en esta expe­
dición hemos prescindido de la alimenta­
ción química.
— Y a lo sé, Mi Capitana. Y que para co­
mer como comen los cristianos no necesito
ahora traerme los manjares, como me los
traje en el anterior viaje... Por eso esos
vagones no son, cual temerariamente pien­
sa usted, una impedimenta gastronómica,
sino la provisión de ciencia que antes le
dije traigo.
— ¡Ja, ja, ja !
— Y además, si el equipaje es grande yo
no tengo la culpa; porque no es mío sino
de Don Jaume.
— ¡Atiza abuelo!... ¿Qué traes ahí que
tanto abulta?

b i b l io t e c a

n o v e l e s c o -c i e n t i f i c a

— Unas cuantas cosillas... ¡Ja, ja, ja!
— Eso es, Carlos—dijo Arístides— . Tres
vagones de cosillas. Don Jaume te dirá lo
que son.
— Pero, abuelo, si yo traje todas tus co­
sas.
— Y sin embargo, tú ya lo ves, Carletes,
se te olvidaron esas que yo he recogido a
última hora.
— ¡Que se me han olvidado tres vagones
de cosas del abuelo!
— Eso no es posible, Arístides. Ahí no
puede venir lo que V. dice...
— Querida amiga, doy a V. mi palabra de
que ese equipaje es de nuestro almogávar,
y no creo rehúse usted admitirlo.
— Claro que no: que lo entren; porque ya
hemos perdido demasiado tiempo. Pero se
me figura que aquí hay gato encerrado.
— Gato precisamente no. ¿Verdad Ripoll?
— No... Puff, puff... Gato no.
— Bueno, ya aclararemos luego el jeroglí­
fico. Ahora me voy al puente. Tú, Carlos,
cuida de que en cuanto entren las cosillas
del abuelo cierren bien la poterna y tele­
fonéame en cuanto esté cerrada.
— Yo mismo subiré al puente a decírtelo.
Quiero estar a tu lado cuando alcemos el
vuelo, y ver cómo mandas la maniobra.
Media hora después se habían izado los
tres vagones poterna arriba, y aun mucho
más altos, hasta dejarlos sobre la central
explanada de cristal que en el interior del
novimundo era pavimento de la ciudad de
Noviopolis (1).
II
EN DONDE LUISA VA CAYENDO DE UNO EN OTRO
ASOMBRO

Antes de vigilar, según María Pepa le
encargó, el cerramiento de la poterna, asis­
tió Carlos, con gran curiosidad, al izamiento del equipaje de Lcblonde. Operación muy
interesante para éste y el abuelo, a juzgar
por sus reiteradas recomendaciones, a los
mecánicos de las grúas, de grandísimo cui­
dado que evitara porrazos a los bultos de
aquél y bazuqueos de su contenido. Sin du­
da sumamente delicado cuando tal susto
causaban a Don Jaume y a Arístides las
( i ) Si a alguien le sorprende no se describa aho­
ra la cristalina ciudad, considere que ningún novel»,
ta que en una misma sitúa la acción de varias nove­
las la describe en todas; y que de Noviopolis ya so
habló largamente en el primer viaje planetario.

oscilaciones y los cabeceos de los vagones,
y tales precauciones se tomaban con ellos.
__Sí, mucho, hijo mío, cosas delicadísimas—contestó el primero a la anterior ob­
servación hecha en voz alta por el nieto.
__Delicadísimas—repitió Leblonde, echán­
dose a reir.
—¿Pero, qué diablos traéis ahi?... ¡Calla!
Y el techo es de cristal raspado. ¡Qué ra­
reza!... ¿A que...
— Mira, criatura, ten un poco de pacien­
cia, que pronto lo sabrás, en cuanto nos
ayudes a deshacer mi equipaje.
— ¡A h! ¿Voy yo a ayudaros?
— Sí, Carlos—contestó el abuelo corro­
borando lo dicho por Leblonde— . Pero des­
pués, cuando bajes del puente. Ahora, mien­
tras nosotros hacemos llevar esto al pa­
bellón H-3, atiende al cierre de la poter­
na; vete después con tu madre; y cuando
ésta ya no te necesite, baja al pabellón don­
de te aguardaremos.
Fuese Carlos a hacer lo dicho por el
abuelo; subió después de la poterna al
puente; con emoción intensa vió a su
madre adoptiva ejecutar la maniobra de
la lenta ascensión majestuosa con que
el orbimotor iniciaba su despegamiento
de la Tierra—no descrita ahora para
no perder tiempo en repetir descripción
que ya tengo hecha en ocasión análoga— ;
aceleráronse los latidos de su corazón, con
los rápidos incrementos de velocidad en el
ascenso; hizo a María Pepa preguntas y
preguntas; la abrazó, la besó, efusiva y rei­
teradamente, soltando entre abrazos y be­
sos libre rienda a su añeja admiración por
ella, ahora acrecentada al verla triunfa­
dora del enorme peso de su mundo. Por ella
arrancado a la colosal fuerza de la atrac­
ción terrestre, y por ella regido y pilotado
a través de los espacios estelares.
— Basta, hijo, basta, que me ahogas y me
abrumas.
— Eres grande, muy grande. La más
grande de las mujeres... y de los hombres.
— Tonto.
— Y la más buena.
Cuando María Pepa logró se fueran so­
segando los desbordados entusiasmos del
muchacho, llamó la atención de éste hacia
el espectáculo, ya conocido de ella, no in­
sospechado, pero sí nuevo para Carlos, y
desde luego fascinante, ofrecido por el cie­
lo en donde por primera vez veía él lucir la
Tierra como astro.

EL HIJO DE

SARA

9

inmmrrfí

«

S o Guzmán. Ño Guzmán: ahí viene, ahí viene.

Así se les pasaron dos horas en un soplo;
y aun habría continuado la contemplación
y los comentarios sugeridos por ella a no
haber dicho María P epa:
— Es raro que el abuelo no haya subido
por aquí.
— Está muy ocupado con ese equipaje...
¡C alla!: se me había olvidado que él y Le-

blonde me están aguardando para ayudar­
les a desembalarlo.
— ¡A h! ¿Vas tú a ayudar?... Entonces
descubriremos el misterio. De seguro cual­
quier jugarreta de ese Aristides. ¡Qué hu­
mor de hombre! Siempre el mismo.
— ¡Menudo plantón les he dado! ¡Bueno
me estarán poniendo!

BIBLIOTECA

IO

NOVELESCO-CIENTIFICA

— Pues anda, hijo, no les hagas aguardar
más. Y a me dirás después.
— Sí, sí; hasta luego.
*
*

*

Tantos y tantos son los prodigios celes­
tes, que no uno, ni dos, sino cien viajes se­
rían pocos para ver, no todos, sino los más
sonados. No es mucho, pues, que en la pri­
mera expedición del orbimotor pasaran in­
advertidos curiosísimos aspectos del cielo
solamente observables desde las cercanías
de la Tierra. Pues mientras aquél estuvo
en la proximidad de ésta absorbió la aten­
ción de viajeros y cronista el dramático
conflicto provocado, al comienzo del viaje,
por traidora avería intencional del meca­
nismo propulsor del motoplaneta, ocasiona­
da por la misma Sara de quien ahora se
iba en busca; y el cómo, reparándola, sal­
vó la Capitana su novimundo y a sus novimundianos.
Pero ahora, que sin tales angustias, co­
mienza, por dicha, esta segunda excursión
planetaria, bien vale la pena de que al ma­
ravillante panorama ofrecido por Luna, Sol
y Tierra, a los terráqueos recién salidos de
ésta, le sean dedicadas unas palabras. Que
no diré por cuenta propia, por creer prefe­
rible hacer oír a mis lectores las que a Lui­
sa, la más sorprendida de todos aquéllos, la
sugieren los asombros que, asomada a la
ventana de su casa, expone en palique sos­
tenido con Carlos. Tan alegre como ella de
aquel viaje, que, en amor y compañía, ha­
cen juntos por las inmensidades siderales,
en vez de padecer la ausencia a que ya es­
tuvieron resignados.
Ha de advertirse que en tanto charlaban
y charlaban, era esperado el galancete por
Don Jaume y Arístides; pues, al bajar del
puente de maniobras, pensó aquél que el
equipaje misterioso bien podía aguardar,
mientras, para ver a su novia, aprovecha­
ba él la favorable coyuntura que le propor­
cionaba estar a la sazón Guzmán sujeto en
el taller, preparando muchas cosas que el
catalán le había ordenado aderezar.
Dicho esto, oigamos a los chicos, cuando
después de satisfacer su primera necesi­
dad de decirse unas cuantas ternezas, ex­
clamaba ella:
— i Qué barbaridad, Carlos! ¡ Qué barba­
ridad de Luna!
No, Luisilla: la Luna no es ésa sino
la otra.

— ¿La otra?
— Sí: vuelve la cabeza hacia acá, y mí­
rala.
— ¡Calla! ¡Dos lunas!
La exclamación de la linda peruanita res­
pondía a su estupefacción al ver en el cie­
lo, y bastante separados uno de otro los
brillantes discos de lo que ella tomaba por
dos lunas.

— La de la derecha— continuó Carlos— ya
te diré después lo que es; porque no esa,
sino la de la izquierda, es la antigua cono­
cida tuya de la Tierra.
— No puede ser; pues aunque mucho más
pequeña que la de la derecha, no me cabe
duda de que esta de la izquierda es bastan­
te más grande que mi luna de siempre.
— Sí, cosa de vez y media más ancha de
como en la Tierra la veías, y allá continúan
viéndola los pobretes que no pueden volar
como nosotros. Porque entonces la mirabas
tú, y ellos siguen mirándola ahora a dis­
tancia de trescientos ochenta y tantos mil
kilómetros; en tanto nosotros, que desde
la salida de Paramillo venimos acercándo­
nos a ella, la estamos viendo en este mo­
mento desde trescientos mil solamente. Pues
la Luna, como todas las cosas, nos parece
tanto mayor cuanto más cerca de ella.
— Ya, ya: eso sí lo comprendo... Pero, si
ese otro grandísimo redondel blanco de la
derecha no es la Luna, ¿qué es entonces?
— Míralo con atención.
— No le quito ojo.
— ¿Y no ves, en él, unas manchas gran­
des resultantes de ser su blanca luz menos
brillante en ellas que en las zonas que las
rodean?
— Las veo perfectamente.
— Pues ahora, fijándote en las figuras
por los contornos de esas manchas dibuja­
das en ed disco luminoso, acuérdate de los
mapamundis de los atlas geográficos, y de
las formas de los continentes y los mares
en ellos representados.
— ¡Calla! Sí, sí: aquello parece Améri­
ca; aquello España... y Africa... y las Islas
Británicas, y...
— Enmedio el Atlántico..
— Verdad, verdad... Entonces, ¡Ave Ma­
ría Purísima!, entonces eso es...
— Sí: nuestra Tierra. Digo, tuya no más;
mía no.
— ¿Cómo que no?
— Porque yo nací en Venus.
— Verdad: No me acordaba.
— ¡ Qué desencanto!... Y yo que te creía
orgullosísima de mi celeste origen.

EL

HIJO

— N o veo porqué haya de enorgullecerme
el que seas venusiano.
-—Pues está claro: por ser tú la prim era
h ija de E va a quien del cielo le ha caído
el novio.
— ¡ Y yo sin apreciar mi grandísima
suerte!
— No, no te burles: novio de allí venido
tiene que ser un ángel.
— Pero caído, Caídos, tú lo has dicho; y
por lo tanto diablo a quien tenía razón mi
padre en hacerle la cruz, y a quien ahora,
que lo conozco ya, se la habré de hacer yo.
— M iren por dónde sale la mosca muer­
ta, la sosita...

Tras un rato de amorosa y juguetona
charla cambió Luisa de tema diciendo:
— Bueno mientras al fin decido si te hago
o no la cruz, volvámonos al cielo.
— ¡In g ra ta ! Y o no he salido de él desde
que abriste la ventana.
— Basta y a de eso. ¡ Qué hermosísima está
la T ie rra vista así!... Y vista así, a la par
que la Luna. ¡Qué soberbio espectáculo!
— Que jamás habrías visto a no haberte
caído desde el cielo este diablo.
— Tienes razón; y eso me reconcilia algo
contigo... Pero, dime... No sé cómo expli­
carme... Sí, eso es: yo recuerdo haberle
oído a papá que la Luna es algo m ayor que
la cuarta parte de la T ie rra ; y ahora, vis­
tas las dos al mismo tiempo, el redondel
de ésta me parece mucho m ayor que cua­
tro redondeles como los de la Luna de la
izquierda.
— Distingamos: si al decir mayor te re­
fieres, no a los cuerpos enteros, sino tan
sólo a la anchura de ellos, razón tienes;
pues el diámetro, bueno, la anchura lunar,
es poco mayor que la cuarta parte del te­
rrestre. Mas, puntualizando esto, te diré
que a causa de estar nosotros ahora sólo
a 150.000 kilómetros del que hasta ayer
fué nuestro mundo, y a 300.000 de la
Luna, vemos el primero con anchura apa­
rente no de cuatro sino de nueve lunas co­
mo la que solíamos ver desde T ru jillo. Y
como antes te he dicho que ésta la vemos
ahora vez y media m ayor de como allá la
veíamos, por eso se nos muestra el terres­
tre disco que estamos contemplando con an­
chura seis veces m ayor que el de la Luna.
L a cual no es ya nuestro satélite, aun cuan­
do continúa siéndolo de la T ierra. Resulta­
do de todo ello es que la luz en este mo­
mento enviada por T ierra y Luna a este

DE

SARA

11

mundillo en que viajamos, equivale a la de
diez y media lunas llenas como las gozadas
en el mundazo de donde hemos salido (1).
— ¡Jesús!... A hora no me extraña cuán
clarísimo está. Y a quisieran noches como
éstas allá abajo.
— Desde luego. Pero al pensar que ahora
es de noche en el novimundo te equivocas
de medio a medio.
— ¡Cómo que no? Son ya cerca de las
once.
— Pues aunque fuera medianoche aquí se­
ría mediodía.
— ¡ Qué desatino!
— No, nenita, no: la noche la dejamos
allá; y por muchas horas que pasen no de­
jaremos de ver lucir perennemente luz me­
ridiana, de inacabable mediodía, no inte­
rrumpido sino cuando Papá Ripoll haga
las travesuras del eclipse que lo tiene loco.
La triste noche no volveremos a encontrar­
la, sino en el umbrihemisferio del planeta
adonde vamos; si es que tenemos el mal
gusto de no venusizar en su lumihemisferio.
Pues en este último supuesto, no volvere­
mos a necesitar luz artificial hasta que re­
tornemos a la Tierra.
— Carlos, esto y a es abusar de mi candi­
dez. Acostumbrado a hacerme tomar por
ciertas tus frecuentes burletas no ves que
ésta de ahora pasa de la raya; porque de
día no se ven luna ni estrellas como las
estoy viendo.
— Eso es allá, en aquel mundo vu lgar;
pues aquí no cesarás de verlas en todo el
día que para nosotros há comenzado, y cuya
luz no ha de acabársenos durante muchos
días.
( i ) T en ien d o el diám etro de la T ie r r a 12.756 kiló ­
m etros y su ecu ad or 40.000, en tanto los de la L u n a
m iden 3.470 y 10.884, resulta la superficie de la ú l­
tim a 13,2 v eces m enor que la de la prim era, y en
igual relación habrán de estar, por tanto, las canti­
dades de lu z solar reflejad as por la una y la otra
a los espacios. Sin h acer alto en sus respectivos po­
deres reflejan tes, innecesarios para aq u ilatar la total
en viad a al novim undo por los dos astros cuando C ar­
los daba lección d e astronom ía a su n o via; pues
T ie r ra v ista cual n ueve lunas de T ru jillo , y L u n a
igual a vez y m edia dicha luna habían de dar la lu z
de diez y m edia lunas truj¡llanas. Igu ales (m ien tras
nieblas o brum as no se opongan) a las de M adrid,
M éjico , B uen os A ires.
N oticia, esta de la igualdad, qu e doy a riesgo de
que algun a lecto ra se con m ueva, com o una señorita
de mi conocim iento cu yos ojos se llenaron de agua— »
garan tizo no es cuento— al saber, de sopetón, que la
poética lu n a que ella estaba m irando era la m isma
v ista a la propia hora por su n ovio en Cádiz.
Puesto en ven a de com paraciones agregaré que el
volum en de la T ie rra es algo m enor de 49 L u n as, y
su peso poco m enor que el de 81.

12

BIBLIOTECA

NOVE LESCO-CIE.NOTIFICA

— ¡Día estrellado! ¡Qué disparate!
_No, Luisa no. Como no lo es, según
acabo de decirte, que el remoto anoche­
cer de este día que gozamos no llegará tal
vez en varios meses.
— Imposible, imposible... Además, el cielo
entre estrella y estrella, míralo, está tan
negro como el de la noche más oscura.
— Claro está; porque esta luz que nos
alumbra no encuentra en el novimundo otro
aire sino la pequeña provisión interior de
él indispensable para alimentar nuestra res­
piración; mas no una atmósfera en torno de
él semejante a la del mundo viejo.
— ¿Qué tiene eso que ver con...
— Vaya si tiene. Si desde la Tierra no se
ven, en pleno día, las estrellas, y si el diur­
no cielo es allí azul resplandeciente, en vez
de negro como aquí lo vemos, es porque to­
das y cada una de las partículas del aire de
la terrestre atmósfera reflejan en múltiples
direcciones la luz solar llegada a ellas; que
así difundida y esparcida en todos sentidos
incendia el ambiente con celeste claridad.
Que por más intensa que toda otra, salvo
la deslumbrante de la faz del Sol, no per­
mite ver sino ésta, o a lo sumo, en las ho­
ras cercanas a su puesta u orto, la Luna,
Venus y alguno de los más resplandecien­
tes luceros, mas no las tenues luces de la
mayor parte de las estrellas, ahogadas en­
tre aquellos fulgores.
— ¡Jesús, Jesús! ¡Y cuánto sabes, Carlos!
— Si a la Tierra le quitasen su atmósfe­
ra, siempre y a toda hora serían desde ella
visibles las estrellas, como aquí las vemos
por no rodearnos como allí una masa enor­
mísima de aire luminoso, o cual desde la
Luna las veríamos, si en ella alunizara el
autoplanetoide. Pues que también falta a la
Luna sensible atmósfera envolvente.
— ¿ Y cómo sabes tú que en la Luna no
hay aire?
— Mira, monina, tanto vas preguntando,
que, si a todo contesto, te vas a hacer un
lío con mis respuestas.
— Por eso no lo dejes, porque ya lo estoy
hecha; pues si bien tus explicaciones me han
hecho comprender el porqué veo de día las
estrellas, sin que nada me duela, no puedo
convencerme de que ahora es de noche.
— ¿Porqué no?
— Porque sin que haya nubes no veo el
Sol.
— Mal puedes verlo cuando además de vol­
verle la espalda te lo ocultan las paredes
opuestas a la de esta ventana, donde esta­

mos pelando la sabrosa pava, con que hace
un rato me relamo, y gozo...
— Pero decías que el Sol...
— Sube un momento a la azotea, y no más
de un momento, pues te quedo aguardando,
y no quiero se nos enfríe la pava; mira des­
de allí al cielo, a derecha e izquierda, hacia
arriba, hacia absjo...
— ¡E l cielo abajo!
No te asombres... Porque, dime, ¿adonde
ves ahora la Luna y la Tierra?
— ¡Anda, pues es verdad, si seré distraí­
da que no me había fijado en que están
abajo.
— Naturalmente: nuestro esférico plane­
toide está enmedio de los cielos, y como no
es opaco cual la Tierra, sino cristalino y
diáfano, no vemos solamente el medio cielo
situado por encima de nuestro horizonte, si­
no además el otro medio que tenemos deba­
jo de los pies. Pero, anda, sube, mira, y me
creerás. Sin que te lo agradezca entonces;
porque como Santo Tomás, creerás por ha­
ber visto.
— Hasta ahora, hasta ahora. No puedo re­
sistir mi curiosidad; pero en un periquete
estoy de vuelta antes que se te enfríe la
pava.
III
DÍA ESTRELLADO O NOCHE ASOLEADA

Cuando maravillada, con estupefacción
rayana en susto, bajó Luisa de la azotea, la
pava había volado a medio desplumar. Por­
que Teodosia, la mestiza embarcada al mis­
mo tiempre que su niña en el orbimotor, y
apostada en previsora centinela junto a la
esquina de la bocacalle inmediata a la ven­
tana donde se perpetraba el pelamiento,
llegó poco antes, más que a paso, gritando a
Carlos: “ Ño Guzmán, ño Guzmán; ahí vie­
ne, ahí viene” . Noticia que al desplumante
le hizo salir corriendo y desaparecer, en la
dirección no peligrosa de la opuesta esqui­
na, para no ser visto por el padre de su no­
via. Con quien, entrando ya en la casa, se
encontró ésta al retom ar de la azotea.
Dos, que no uno, fueron entonces, ya, los
sustos de la azoradísima chiquilla: el oca­
sionado por ei Sol, recién visto con espan­
table aspecto, y el de si Carlos se habría
podido escabullir a tiempo de no serlo por
Guzmán.
Gracias a no haber sido lerdos la mestiza
ni el mozo, en avisar la una y en huir el
otro, pudo Luisa ocultarle a su padre el se-

EL HIJO DE SARA
gímelo de sus miedos, echando la culpa en­
tera de ambos a aquel terrible sol que aca­
baba de ver. Sin que ello sorprendiese al
instrumentista; pues no era inverosímil que
el mirarlo como entonces se mostraba em­
pavoreciera a una sencilla muehachuela,
desconocedora de las causas de la grandí­
sima e imponente transformación de nues­
tro astro rey. Porque si aun para los ca­
paces de hacerse cargo de ser lógica con­
secuencia de las condiciones en que era vis­
to desde el motoestelar, resultaba impre­
sionante la apariencia de él. ¿Qué mucho
fuese tal impresión la del terror en quien,
sin tal conocimiento, lo acababa de ver con
forma y particularidades diferentísimas de
las siempre en él vistas?
En efecto, el resplandeciente disco de luz
dorada, limitado por la suave curvatura con­
tinua de su circunferencia, que nos es fami­
liar a quienes sólo, en este mundo, nos es
dado mirarlo, veíase desde el autoplanetoide,
no solamente mucho más deslumbrador, por
no atenuar su brillo el velo de la atmósfera,
que a nuestros ojos lo empaña, sino con su
contorno desfigurado con gibas, desgarrado
y perforado por salientes flechas de flamí­
geros dardos, emergentes de la brasa cen­
tral, a modo de surtidores de fuego rojo,
contrastantes con el color dorado de ella;
que subiendo, estirándose, aguzándose, al­
canzaban grandísimas alturas, y ondulando
en ellas, cual si los zarandearan huracanes,
remedaban, reunidos, medusina cabeza en la
que las serpientes de la fábula estaban re­
emplazadas por real cabellera de millares
de chorros de gases inflamados.
Imagínese una inmensa caldera esférica,
para llenar la cual fueran precisas un mi­
llón trescientas mil Tierras, cerrada y hen­
chida de hirvientes metales e inflamados ga­
ses que, desarrollando presiones inconcebi­
blemente colosales, pugnan con crecientes
empujes contra el obstáculo opuesto a su
expansión por las incandescentes paredes,
hasta vencer en cien, en mil, en cien mil
puntos de menor resistencia de ellas las que
éstas les oponen, y desahogarse al exterior
por resquebrajaduras y orificios compara­
bles a otros tantos cráteres solares por don­
de afuera surgen, a torrentes, con apoca­
líptica violencia, llamas con formas varia­
dísimas de chorros y de agujas, de oleadas,
de penachos. Y no como explosiones pasaje­
ras, de terrestres volcanes, sino como in­
gentes erupciones solares que perduran y
perduran ha millones de siglos.
Imagínese todo ello, y una vez imaginado

13

cabrá formar idea, aunque incompleta, de
cómo ven el Sol desde el aviestelar quienes
lo miran no velado por la espesa capa de
aire de la terrestre atmósfera, en cuya luz
ambiente fúndense el deslumbrante fulgor
del núcleo central, y los resplandores menos
vivos de las protuberancias— así se llaman
los ígneos surtidores solares— sofocando los
de ellas en el de aquél, para quien a la vez
contempla desde aquí unos y otro, mirando
al astro entero. Mas cuya individualidad,
hablo de las protuberancias, pueden, sin em­
bargo, apreciarse de diferentes modos en
los terrestres observatorios astronómicos,
recurriendo a diversos arbitrios de obser­
vación.
Mas la inquieta cabellera de fuego de las
protuberancias era una, no más, de las no­
vedades que espantaron a Luisa en el terra­
do. Según va a hacernos ver la conversación
que, a la bajada de él, y a falta de su no­
vio, entabló con su padre, sobrecogida por
recelos de cercano cataclismo solar, para
ella inminente, y con terrores de que chis­
pazos de él pudieran alcanzar al autoplane­
toide.
— Serénate, hija mía— le contestó el inte­
ligente instrumentista— no hay riesgo nin­
guno; pues en el Sol no pasa hoy nada que
en él no esté ocurriendo hace incontables
siglos.
— No, papá: ahora arde con muchísima
más fuerza; yo jamás lo he visto tan en­
cendido, tan terriblemente deslumbrador, ni
arrojando de sí y derramando afuera el
fuego de sus lumbraradas.
— No lo has visto así nunca, porque des­
de donde lo mirabas, con su luz cernida por
cedazo, que no te estorba ahora, no podías
verlo como acaba de mostrársete.
— Pero eso— replicó Luisa comprendiendo
ser el cedazo a que Guzmán se refería el
terrestre aire cuya influencia en la visión de
los astros había, poco ha, explicado Carlos—
no me explica porqué es más grande hoy.
— No lo e s ; te lo parece, nada más, a cau­
sa de que en vez de mirarlo proyectado so­
bre el luminoso azul del firmamento de allá
abajo, lo ves lucir destacándose sobre un
cielo completamente negro.
— Eso ya... ya lo comprendo ahora.
Los puntos suspensivos de la frase ante­
rior corresponden a breve silencio vacilante
de Luisa. Que cuando iba a decir “ya me lo
ha dicho Carlos” , cayó en la cuenta de ser
innecesario enterar a su padre de que, ade­
más de él, tenía otro maestro de astrono-

14

b ib l io t e c a

n o v e l e s c o -c i e n t i f i c a

qué no he visto hasta hoy esa gran aureola
que, con variable anchura, rodea totalmente
núcleo y llamas, dando al contorno exterior
form a irregular muy diferente de la redon­
del perfecto, que yo creía tenía; porqué esa
banda externa no alumbra con el rojo color
de las protuberancias, ni con el amarillo ru­
tilante del núcleo, sino con suave resplandor
__Bueno. Considerando su tamaño hasta
perlino que parece de nube y no de hoguera.
donde suben las crestas de sus llamas, efec­
__Porque no es fuego aun siendo lu z; que
tivamente es mayor de como en la Tierra
aunque
no igual, y desde luego muchísimo
lo veíamos. Mas no que lo sea ahora, pues
más tenue que la de la Luna, es aun cuando
ya lo era cuando allá lo mirabas, aunque ni
sólo en cierto modo, y en uno sólo de sus
tú ni nadie lo pudiera apreciar a simple
aspectos, análoga a la de ésta.
vista. Sí, Luisa, no lo dudes, esos penachos
— No te entiendo. Y o te he oído que la
de llamas, y esas enormes fogaradas te
Luna
es un astro frío y el Sol una estrella
asustan sin motivo... Sí, creeme, sin motivo
en donde todos los cuerpos de que se com­
ninguno; pues están harto lejos para poder
pone se hallan en estado incandescente.
quemarte, y fueron hace ya mucho tiempo
— Cierto; pero es que esa aureola aper­
descubiertas, examinadas y hasta fotogra­
lada por la que me preguntas, ya no es el
fiadas y medidas en los observatorios. Así se
Sol, aun estando formada por substancias
sabe que algunos de esos chorros de fuego
que fueron y ya no son del Sol.
suben hasta 840.000 kilómetros de altura
— Sigo sin entenderte.
por encima de la superficie solar de donde
— Quiero decir que las erupciones de las
brotan (1).
protuberancias de la atmósfera solar (1)
— ¡Qué atrocidad!... Y volando tan lejos
lanzan a los espacios innumerables partícu­
¿no podrán llegar aquí algunas piedras de
las de tenuísima materia, gaseosa, y mu­
esas explosiones?
chísimo más leve que nuestro aire cuando
— ¡Ja, ja, ja !... Por lo visto todavía dura
del astro es expelida. Partículas que al lle­
el susto. Tranquilízate, hija, tranquilízate;
gar a ellas los rayos del Sol lucen con refle­
pues sobre que esas erupciones no son de
jos de ellos, cual los que siempre viste alum­
piedra ni de lavas, sino sólo de gases, esta­
brando la Luna y ahora ves alumbrando
mos suficientemente alejados de ellas para
la T ierra; pero con superior intensidad
no cuidamos de los riesgos que temes.
en una y otra por ser sus cuerpos com­
— ¿De verdad?
pletamente sólidos, en tanto la aureola de
— De verdad. Puedes tener completa con­
que estamos hablando no es en conjunto
fianza; pues hoy estamos a más de 150 ki­
sino nube si tal cabe llamarla muchísimo
lómetros del Sol.
más leve que las de nuestra atmósfera. Si­
— Me parece muy lejos; mas sin hacerme
quiera en ella puedan flotar purverulentos
cargo de esa distancia.
corpusculillos de materia solar, procedentes
— Para que te lo hagas piensa que quien
de sus gases congelados por el frío sideral.
quisiera recorrer una igual en la Tierra ha­
— Ya, ya... ¡Jesús, qué cosas tan extraor­
bría de dar 3.750 veces la vuelta ella.
— ¡Qué enormidad! Gracias a que sabien­
dinarias!
— Eso se llama la corona, solar desde la
do eso ya se me pasa el miedo. Pero aún me
queda por preguntarte otras cosas.
Tierra jamás vista a la par que el disco, en
el brillo del cual se anega la débil luz de
— Pregunta, hija, pregunta.
ella; y solo percibida, cuando en los eclip­
— El porqué ese sol, que, a pesar de mi­
ses de Sol, queda aquel disco oculto, por muy
rarlo despierta me parece visión de pesa­
breves momentos, tras nuestro satélite. En
dilla, se extiende todavía muchísimo más
tom o de cuya oscura redondez, que inter­
allá de adonde llegan las puntas de sus lla­
mas; porqué siendo mucho más enorme de
cepta la luz directa del deslumbrante nú­
cleo, se hace visible, como orla de la Luna,
como siempre lo había visto no me he en­
terado hasta ahora de su enormidad; por­
la suave luz de la corona (2).

mía; lo arregló, cual se ha visto, y prosi­
guió:
__Pero, de todos modos, aun sin ese con­
traste con lo negro del cielo, las grandísi­
mas fogaradas que lo rodean hoy lo hacen,
no parecer, sino ser realmente mayor que
antes.

( i ) E l diám etro de la tierra sólo tiene 12.756. L a
altu ra de dicha protuberancia observada en Y e rk e s
fu e, pues, cercan a a la lo n gitud que recorrería quien
d iera 22 vueltas a nuestro mundo, siguiendo su
ecuador.

( 1 ) Llam ada crom oesfera por oposición al núcleo
cu ya superficie es la fo to esfera .
,
(2) M ás adelante y en sazón m ás oportuna será
dicho algo más sobre lo que se cree de la n atu raleza
de la corona solar.

EL

HIJO

— ¡ A h! Entonces eso es lo que ta n exci­
tado tiene al S r. Ripoll.
— Precisam ente.
— ¡Qué contento e s ta rá a h o ra ! Y a h abrá
tenido tiem po de m ira r bien a su gusto todo
eso.
— C a: q u ie re m ira rlo todavía m ás de
cerca.
— ¡M ás!... ¿Y no se a c erca rá ta n to que
nos alcance u n a de esas protuberancias?
— ¡Ja , ja , ja !... ¿T e vuelve el miedo? Cobardona.
— Como Don Ja u m e es ta n te sta ru d o ; y
cuando m ira el cielo se olvida de todo lo
demás...
— V erdad es; pero no tengas cuidado, pues
y a estarem os a la m ira...
— ¡ P or Dios, p a p á !
— No tengas m iedo; la C apitana no h a de
d ejarle hacer locuras.
— Eso s í : estando aquí la Señora n ad a te ­
mo. ¡Qué ta len to tiene! ¡Qué buena, qué re ­
buena es!
— V erdad, verd ad : inteligente y buena
como nadie... ¿Y qué, se te han acabado ya
las curiosidades?
— L as curiosidades sí, m as los asombros
no.
¡M ira que esto de e s ta r viendo a la vez
el Sol, la L una, la T ie rra y las e s tre lla s ! Lo
veo y no lo creo.
— C ierto; y que no por se r perfectam ente
n a tu ra l, es menos m aravilloso y fascinante.
— G racias a ella que h a inventado este
mundo ta n pequeñín y preciosísimo... Pero,
oye papá, ¿porqué no vemos la T ie rra como
vemos la L una?
— ¿Qué quieres decir?
— Que m ientras el borde de la L una se
destaca d u ra y lim piam ente sobre la n eg ru ­
r a del cielo, veo la T ie rra rodeada de un
estrecho anillo b rillante, cuya luz de p lata
va. degradándose, en penum bra, h a sta des­
hacerse en la n e g ru ra del cielo circundante.
— Porque la luz cen tral es la reflejada por
las p a rte s sólidas o líquidas del mundo, con­
tin en tes y m ares, y la del anillo es el res­
plandor mucho menos fu erte, por el Sol
arran cad o a la atm ó sfera que, cuando está­
bamos allí, veíamos como te rr e s tre cielo.
Azul, no m ás, y a lo estás viendo, cuando
desde la T ie rra contemplado. Y si en la
L u n a n ad a ves sem ejante a ta l anillo se de­
be a que n uestro sa télite no tiene, o apenas
tiene atm ósfera.
— Eso y a lo sabía.
— ¡Que lo sabías!

DE

SARA

15

—Sí... y a te lo he oído o tras veces— con­
testó Luisa, encendidísim a; pues Carlos, r.o
Guzmán e ra quien se lo h ab ía dicho.
Felizm ente, sin h acer alto el últim o en la
inexactitud ni el encendimiento, prosiguió:
— Además, si m iras m ás allá de la Tie­
r ra , hacia la p a rte opuesta adonde queda
el Sol, verás d e trá s de ella algo que no hay
m ás allá de la L u n a: u n a neblinosa clari­
dad.
— No la veo... Sí, y a: u n a leve rá fa g a le­
chosa, muchísimo menos perceptible que el
anillo atm osférico de que acabas de h ab lar­
me ; así como la cola de un cometa pero a n ­
chísim a y la rg a , larg a... ¿Y eso qué es?
— Pues enjam bres de corpusculillos infini­
tesim alm ente dim inutos, arran cad o s a la a t­
m ósfera del mundo p o r la presión de la luz
solar, y por ésta em pujadas a las lejan ías
del universo (1).
— Entonces, esa estela de la T ie rra se
compone como la corona del Sol de pedacitos de...
— ¡Pedacitos!... P a r a no m eternos en hon­
duras, p a ra ti com plicadas, dejarem os p a­
sa r lo de los pedacitos; pero lo que no pasa
es lo de estela.
— ¿P orqué?
— Porque esa cola no sigue a la T ie rra,
ni m arca el camino recién recorrido p o r ella,
sino que como las colas de los com etas se
ve siem pre en dirección opuesta a la del
Sol, cual penacho aventado por lo que pu ­
diéram os llam ar el soplo de la luz solar.
— Pero, oye, si del Sol y la T ie rra están
saliendo siem pre pedacitos lle g ará u n día
en que...
— No te ap u re miedo de q u edarte sin m un­
do en que vivir, a la v u elta de Venus, ni
sin Sol que te alum bre y te caliente. Pues
aun siéndome imposible decirte si T ie rra y
Sol m orirán de ta l m uerte, puedo d a rte cer­
teza de que ta n grandes cantidades de m a­
te ria se contienen en los dos astro s que, de
acabar así por consunción, no sobrevendrían
( i ) E l extrem o de este cono de lu z, cu ya base
era la redon dez de la T ie rra , se hallaba como a
1.600.000 kilóm etros de ésta. S u clarid ad , m enos in ­
tensa que las d e las colas com etarias, e ra sin embai%
go claram ente perceptible desde el novim undo. Cual
lo 9ería p ara quien situado en la L u n a m irara a este
m undo v ie jo poco an tes o poco después d e p resentár­
sele éste en la fase de T ie rra n u e zv , y en ocasión
en que el Sol quedase poco al este o al oeste de di­
cho selènico observador.
E s de suponer que las p artículas aventadas de la
atm ósfera por la presión de la lu z solar , al modo que
las de las cola« de los com etas parecen serlo de sus
n úcleos sean, en su m ayor parte, de hidrógeno y de
helio.

BIBLIO TECA

16

NOVELBSCO-CIENTIFICA

sus fallecimientos antes de muchos millones
de millones de siglos.
— ¡Qué abrumadoras son todas estas co­
sas de los Cielos! ¡No puedo comprender­
las!
— Ni tú, ni los más sabios astrónomos.
— ¡Cómo? ¡Los sabios tampoco?
— Tampoco, Luisa, tampoco.
— ¡Ni Don Jaume?... ¡¡N i la Capitana?
— Ni esos. Ellos y los demás, sean astró­
nomos, físicos, naturalistas, biólogos, no co­
nocen sino unos cuantos fenómenos que ven,
miden, manejan lo mejor que pueden, y no
mal desde luego, para aprovecharse de sus
fuerzas. Pero así cual los niños juegan con
juguetes mecánicos, sin saber los cornos ni
porqués de sus mecanismos ni de sus movi­
mientos, así los sabios ignoran por comple­
to las causas esenciales de los fenómenos
que acontecen en los mundos, en el Sol, en'
las estrellas, en la onda eléctrica, en las
combinaciones químicas, en la germinación
de las plantas, en el nacimiento, la vida y
el morir de las criaturas.
— Pues este es otro asombro para mí...
Entonces no son sabios.
— Lo son, no más, entre ellos quienes en
el estudio aprenden, además de verdades
relativas, la única verdad fundamental que
el estudio es capaz de enseñar: que la Sa­
biduría no es cosa de hombres por muy sa­
bios que sean; sino exclusivo atributo del
Creador de ellos.
IV
LAS COSILLAS QUE TRAÍA LEBLONDE EN SUS VA­
GONES.

Tres horas muy largas iban transcurri­
das desde que Carlos se separó de Don Jau­
me y Aristides, hasta la llegada del prime­
ro al pabellón H 3, donde con los últimos
quedó citado. Y si entonces llegó, cuando
hacía rato que los aguardantes no lo aguar­
daban ya, debióse al asustado “que viene
Ño Guzmán” de la mestiza. Que a tardar
más el instrumentista, en regresar a su ca­
sa, Dios sólo sabe cuándo se habría aparta­
do Cárlos de la ventana de su novia. En
donde entreverando amor con astrofísica y
satisfaciendo curiosidades de Luisa, olvidó
las que a él le inspiraba el equipaje consa­
bido.
Así, cuando llegó al pabellón, ante cuya
puerta cerrada había un montón de male­
tas, no vió al astrónomo ni a su amigóte,

sino solamente los tres vagones, con las com­
puertas descorridas, cercanos a la puerta.
“ No pueden haber tenido tiempo de des­
ocuparlos del todo” pensó; y para ver lo
que aun tuvieran dentro se coló de rondón
en uno de ellos. A nadie halló dentro, ni los
fardos y cajas que allí pensaba hallar; mas
sí la gran sorpresa de que lo que él creía
furgón de carga era lujoso vagón-cama con
un solo lecho, saloncillo, lavabo, etc., etcé­
tera, todo muy confortable, y cuyas venta­
nillas habían sido interiormente condenadas
con tapicería guatada, y por el exterior con
las planchas metálicas, que le daban apa­
riencias de vagón de mercancías. La luz
entraba por cristales cuajados empotrados
en el techo, y la ventilación por pequeños
boquetes, abiertos en aquél, en el piso, y
cerrados con cruzadas barras de hierro.
En ninguno de los departamento había
sino los muebles fijos al vagón. La cama
estaba deshecha, como si alguien hubiese
dormido en ella.
— ¡Qué rareza!... ¿Será...?— se pregunta­
ba Carlos—. Cualquiera adivina qué demo­
nios pueda ser esto.
Mas queriendo, no obstante, averiguarlo,
salióse afuera para meterse en otro vagón,
en cuya puerta tropezó con el criado de Don
Jaume, que, con dos maletas y unos líos de
ropas, salía de él, seguido de su amo y de
Leblonde. El último de los cuales dijo al
ver a Cárlos:
— Ya era hora, criatura. Aviados está­
bamos si te hubiésemos aguardado.
— No pude venir antes. Pero, abuelo, ¿qué
equipaje es este que embalas en coches-ca­
mas?
— ¡Ja, ja, ja ! No meresías que te lo di­
jese. De aguardar tu ayuda se nos enransia el cargamento. ¡Ja, ja, ja !
Las risas del almogávar eran tan des­
compasadas que le hacían llorar y meterse
los puños en los ijares.
— Pero peor para ti—agregó Leblonde—
pues te has perdido el encierro del ganado.
— ¡ El ganado!
— ...que sin ti hemos enchiquerado.
— ¡Enchiquerado!... ¡Ganado en cochescamas!
—Sí, sí!... ¡Ja, ja, ja!... Ahora verás...!
¡Ja, ja, ja ..... ! ¡Ay, ay!
— ¿Pero qué desatinos son esos?
Como Ripoll no podía hablar, pues las
carcajadas, tal era su violencia, le sonaban
ya, a ratos, a quejidos, continuó Arístides,
a quien las risas no le impedían del todo
el uso de la palabra.

EL

HIJO

— Sí, Carlos, desenchiquerarlos; pues, por
cruel refinamiento de ironía de Papá R ipoll, hemos procedido exactamente como en
las plazas de toros y con todas las reglas
del arte: un verdadero apartado en que pa­
ra agu ijar a los bichos a salir de los cajo­
nes no han faltado sino las garrochas...
— ¡Ja, ja l™ ¡A y , a y !
— ¿Pero qué desatinos estás diciendo?
— ¡A y , ay!... Por Dios, Leblonde, no más...
3Ja, ja !
— Pero no fueron necesarias, porque en
cuanto ju n tas y enfrentadas fuimos ponien-do sucesivamente 13S puertas de cada cajón
con la de la casa, y abrimos las compuertas
de aquéllos, como unas ovejitas fueron en
seguida saltando nuestros cabestros al co­
rral... Bueno al pabelloncete ese.
— ¡Vuestros cabestros!
— Sí, es ganado y a talludo.
— ¡Ja, ja!...
— Y ahi están y a tan ricamente.
• — ¡T a n ricamente! Sí, sí; buenos basilis­
cos estarán hechos— pudo decir al fin Ripoll.
— Pero acabaréis de hablar claro.
— Yo, ni claro, ni oscuro. No puedo; me
duele todo el cuerpo de reir. Digáselo de
una vez Leblonde.
— ¿D e una? allá va... Sabrás, Carletes,
que aunque ello sea superior a mis mere­
cimientos, he tenido el honor de traer al
novimundo a los Señores Betulio, Reganio
y Gongonosio.
— ¿Cómo? ¡emparedados en esos vagones!
— Sí, hijo; no hubo más remedio. Por eso
no veía hora de desembalarlos. ¡ Pobrecitos,
llevaban ahí metidos mes y medio! Y por
eso me asustaban los malos modos con ciue
los subían los brutos de las grú as; pues mi
solicitud por esos respetables caballeros
quería evitarles los chichones que al cabo
han de haberse hecho rodando por los sue­
los y contra las paredes de los vagones.
— ¡Qué atrocidad!
— N o te apures. Y a sabemos que no ha
sido cosa mayor, pues a pesar de ser de li­
bras corren bastante bien después del za­
randeo del izamiento. Y que aparte esa me­
nudencia puedo ju rarte que han venido tra­
tados como príncipes: buena cama, buena
mesa, a qué quieres cuerpo. ¡ Cuándo se han
visto en otra!...: periódicos, revistas, tablas
d e logaritmos, reglas de cálculo, todo lo ne­
cesario para que gentes de su fuste pasen
el tiempo gratam ente entretenidas.
— Pero si yo no estoy en Babia, esos nom­
bres son los de tres sapientísimos profeso­
res.
E L HIJO DE SARA

DE

SA R A

17

— No, no estás en B abia: ellos son.
— ¡ Y los has traído en tres cajones? ¡ Y
esas son las cosillas del abuelo?...
— Esas. Y a ves si tuve razón cuando a tu
madre y a ti os dije que aun no teniendo yo
ciencia ninguna, traía al autoplanetoide un
magnífico cargamento científico.
— Pero ¿por qué traerlos así?
— Porque sino, no habrían venido... Y co­
mo a tu abuelo le son muy necesarios.
— ¡Necesarios! No me lo explico. ¿P ara
qué?
— Ese secreto y a no es mío. Pregúntase­
lo a él.
— Abuelo, no comprendo tu interés. Y ,
menos cuando ellos'son quienes con mayor
violencia combatieron tus memorias, con
más temeraria tenacidad negaron el ante­
rior viaje, y con más cruel saña se burla­
ron de él.
— Por eso, por eso; para darme el gus­
tazo de hacerlos caer de sus burros en mi­
tad del cielo; para ver si aquí se atreven a
negar; para cobrarme sus sangrientas cha­
cotas.
— En plata, Carletes, una verdadera ven­
ganza catalana propia de este almogávar.
Pero incruenta y a la postre inocente.
— Quiere decir que, entonces, los habéis,
los habéis...
— Atrévete, criatura... Secuestro, rapto,
embalamiento, sí: de todo ello me acuso;
mas sólo como mero ejecutor del entuerto,
cuyo plan es entero de este feroz astró­
nomo.
— Pues es una barbaridad, aun cuando la
hayas hecho tú ; y...
— ¡Ja, ja , ja !
— Y la idea endemoniada, aun cuando sea
tuya, abuelo.
— Pero muy chistosa.
— No digo que no, Arístides; es más, digo
que sí. ¡Ja, ja, ja ! Mas lo que dudo es que
cuando mamá se entere la encuentre tan
chistosa como a nosotros nos parece.
— A h í le duele al abuelo. Mira qué pron­
to se le han quitado las ganas de reír su
ju garreta en cuanto le has nombrado a la
Señora Capitana. Mírale, mira qué mustio
se ha puesto de repente.
— Verdad: y a no tengo gana ninguna de
reirme; y por eso, lo mejor será que tú,
hijo mío, seas quien se lo cuente, procu­
rando que no se enoje mucho. Pensando an­
tes, ya, en esto, te dije que vinieras al... al...
— A l encierro.
— No, Leblonde, no; ahora no tengo ya

18

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

ganas dé broma. ¡Qué entrecejo me va a
poner Pepeta!
— No es fácil comisión lo que me das,
abuelo...
— Y a lo sé, ya. Por eso se me pone carne
de gallina al pensar en cómo va a mirarme
cuando se entere de esto.
— Pues ¡ea!, no se atormente más con
ello. Yo me avengo a cargar, no sólo con la
material responsabilidad, única que en jus­
ticia me corresponde en los raptos, sino a
que me cuelgue usted las de la idea y del
plan de ellos.
— ¡Cómo! ¿Sería usted capaz?
— Lo soy; tantos réspices me tiene echa­
dos en mi vida, María Pepa, que uno más
no ha de amistarme.
— ¡Leblonde, Leblonde! ¡Queridísimo
Arístides! Es usted, es usted... Esta prue­
ba de amistad, esta abnegación, esta... esta...
mi reconocimiento..., mi... su...
— Pero, abuelo, ¿serás capaz de aceptar?
— Yo... Si él... Rehusar sería ofender a
este querido amigo... Además que, explica­
do así lo hecho, le dará tu madre menos
importancia; pues dirá de seguro: “ Cosas
de Arístides” ... Gracias, gracias, amigo
mío; un abrazo, un abrazo.
— ¿Sabes lo que te digo, papá Ripoll?
— ¿El qué?— preguntó el viejo después de
haber abrazado a su heroico amigo.
— Que eres un cobardón de tomo y lomo...
— Sí, hijo, sí; con mi nieta, cobardísimo.
No me avergüenzo de ello.
— ... y que esta travesura tuya da quince
y raya a la de mis perturbaciones plane­
tarias en el salón de las calculistas.
— Lo confieso, lo confieso. Y en cuanto
con bien me hayas sacado de ésta, confesa­
ré, además, cuanto se te antoje.
— Mas no habrá de ocultársete que con
este mal ejemplo que me das no podrás
ser, en adelante, muy severo conmigo.
— ¡Anda, anda! Cómo aprovecha el biz­
nieto la ocasión de arrim ar el ascua a su
sardina.
— Verdad, Leblonde. Y es lo peor que yo
no sé cómo voy a arreglármelas para ser
con él menos severo que antes.
Pero volvamos a lo que más importa.
Quedamos, pues, en que yo no me he ente­
rado de los raptos ni de la llegada de esos
señores hasta después de estar volando el
autoplanetoide; y que ante la inoportuni­
dad de perturbar a Pepeta en la peligrosa
maniobra del arranque, y no siendo ya po­
sible retornar a la Tierra para desembar­
carlos...

— Quedamos en todo ¡o que usted quiera,
amigo Ripoll. Tengo las espaldas anchas y
diré amén a todos sus embustes.
— Y a lo oyes, Carlos... Díselo tú a tu ma­
dre... Pues mientras yo no me serene no po­
dré hablarle de esto sin que me conozca la
mentira.
— ¡Qué mal, pero qué mal quedas, abuelo!
*

**

Como preámbulo de la presentación, so­
bre inminente ya, oportunísima de los tres
pasajeros a fortioH embarcados en el autoplanetoide y cual epílogo obligado del pre­
sente capítulo, que desembarace de relates
de sucesos pasados el de los venideros lan­
ces del comenzado viaje, preciso es decir
algo del secuestro de aquéllos, que referido
por menor, a estilo de novela policíaca, lle­
naría medio tomo.
No hay que asustarse, no lo llenará; pues
siendo mundos, estrellas y el drama de la
desterrada mucho más interesantes que toda
narración policíaca, condensaré en muy es­
cueta síntesis las precisas noticias que a
dar vry.
Y a sabemos quiénes son los sabios a cu­
yas misteriosas desapariciones se hizo de
pasada referencia en “La Profecía de Don
Jaume” . Prestándoles, entonces, tan escasa
importancia cual les concedió el mundo,
ávido, a la sazón, de sensacionales noticias
y comentarios relativos a los recientes tele­
gramas de la Desterrada, distraído de cuan­
to no fuera esto, y malísimamente dispues­
to contra aquellos señores, a causa de su
científica enemistad con Ripoll. Encampa­
nado por aquellos días a la apoteosis de la
popularidad.
He dicho que sabemos quienes son, a cau­
sa de conocerlos por sus cargos de presiden­
te, secretario y titular, respectivamente, de
las Academias Astronómica, Astrofísica, y
cátedra de Química Estelar de Betulia, Re­
gañía y Gongonosia; pero no por sus nom­
bres, que esta historia vela tras seudónimos
formados masculinizando los de dichas po­
blaciones. Asimismo fingidos para encubrir
los verdaderos de ellas.
¿Porqué la precaución de emplear tan es­
pesos seudónimos?... Para no arañar con el
ridículo a verdaderos, siquier apasionados,
y aun tal vez envidiosos, hombres de cien­
cia, y evitar que sus compatriotas, si acaso
alguno lee este libro, vea en él propósito de
zaherir a personalidades en sus países glo-

EL HIJO DE SARA
riosas. Creo que nadie hallará censurable
mi prudencia.
La idea de llevarlos al viaje “por los ca­
bezones”—perdónese la grosería, pues yo
no hago sino reproducir frase de Ripoll—
venía incubándose de mucho tiempo atrás
en el meollo del Presidente de T. I. de V. P.
Para darse el gustazo de cantarles el trá ­
gala a sus enemigos cuando, ante evidencia
y en lugar donde no tuvieran más remedio
que cantar a su vez la palinodia, dieran
batacazo científico del cual ya no podrían
levantarse.
Durante mucho tiempo, no fué el proyec­
to vislumbrado sino como platónico deseo
Irrealizable, hasta que hablando con Leblonde en la última visita de éste al siste­
ma planetario de Trujillo pasó el deseo a
proyecto. Pues habiéndole caído la idea en
gracia al divertido correntón, ofrecióse a
poner al servicio de ella su travieso ingenio
y todo el tiempo y el dinero que en su ocio­
sa vida y de su gran fortuna le sobraban.
Del vengativo afán del uno y de la come­
zón del otro de divertirse con algo original,
nació el proyecto de los raptos de los res­
petables profesores, en la conferencia, aca­
bada a carcajadas, de la que hice mención
cuando hace poco hablé de la última y bre­
vísima estancia de Leblonde en Trujillo.
Con dinero largo, se hace en el mundo,
si no todo, casi cuanto se quiere. Por ello y
por no haber tropezado ni siquiera en el
casi, pudo poner Arístídes aquellos tres
avisos, “Uno”, “Dos”, “Tres”, en donde fué
Ripoll leyendo: Ha caído Betulio; ya ten­
go a Reganio; Gongnnosio es nuestro. Y
además un cuarto radiotelegrama expedido
ya a bordo de un trasatlántico, que decía
clarísimo: “Raíles y sus pupilos navegan
felizmente. Día fijado, estarán Paramillo.”
Se ha dicho que el telegrama era clarísi­
mo para Ripoll, por saber éste que, al me­
terse a secuestrador, se pavoneaba su ami­
góte con el nombre de aquel inteligente
bandido célebre en la literatura policíaca.
*
**

Haciendo honor a la verdad, he de reco­
nocer que, aun no bastando ello a disculpar
completamente el atropello cometido con ios
tres conspicuos astrónomos, fueron éstos
tratados en los raptos y en el cautiverio
con cuanta consideración y hasta con todo
el mimo compatibles con el abuso de fuerza
de que se los hacía víctimas. Ya hemos oído

19

a Arístides que en sus rodantes prisiones
habían sido corporalmente tratados a cuer­
po de rey, sin otras positivas contrarieda­
des, salvas las de los encierros padecidos,
que unos cuantos chichones, y esos de poca
monta, que al rodar tal cual vez, y darse
algunos testarazos en lo interior de los co­
ches, les ocasionaron las oscilaciones de
éstos al ascender poterna arriba. Total,
nada entre dos platos; pues, sin llegar a
hedidas, en tolondros quedaron.
Además, como aditamento a los cuidados
casi maternales de que anónimamente los
rodeó Leblonde en la prisión y en el viaje,
gracias a los cuales, combinados con la fal­
ta de ejercicio, ganó el que menos de los
sabios diez kilos de peso, merecen mencio­
narse las delicadas atenciones con ellos te­
nidas por Don Jaume al prepararles en el
pabellón H 3 alojamientos ampliamente do­
tados de cuantos aparatos astronómicos, as­
trofísicos y químicos podían proporcionar
gratísimos solaces a profesores de sus ta­
llas. Que, si cautivos, estarianlo, a lo menos^
con suaves cadenas científicas en llevadera
reclusión, donde, nutriendo cultamente sus
cerebros verían engordar sus saberes como
habían sus cuerpos engordado en la prisión
de los vagones.
Anteojos, espectrógrafos, péndulos, interferómetros, etc., instalados en la gran ro­
tonda central astronómica del pabellón H 3,
estaban destinados al privado disfrute, que
podemos llamar doméstico, de los recién ve­
nidos, en tanto no gozaran de los grandes
observatorios oficiales del autoplanetoide. A
la rotonda abrían las tres puertas de los
individuales alojamientos de los forzados
huéspedes, cada uno de los cuales disponía
en el suyo de alcoba, baño, sa’.oncillo, come­
dor y gabinete de trabajo, bien provisto de
menudo instrumental de laboratorio y li­
bros de las especialidades principalmente
cultivadas por los respectivos profesores.
Sin que la cuidadosa y hasta galente previ­
sión del catalán hubiérase olvidado de llevar
allí, lujosamente encuadernadas, las obras
de que cada uno de ellos era autor. Que os­
tentosamente exhibidas en lugares muy vi­
sibles, forzosamente llamarían la atención
de quienes en aquellos despaches entraran;
y sobre todo la de los padres de ellas.
¡Calla! Caigo ahora en la cuenta de que
con el sistema que he seguido de contar las
cosas comenzándolas por el fina!, no he di­
cho todavía, y de seguro me lo censuran ya
no pocos lectores, cómo pudieron perpetrar­
se los raptos, ser embalados, asistidos y aii-

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

mentados en los vagones los tres sabios
viejos...
Con dinero, dinero, más dinero, y varia­
das tramoyas inventadas por la aguda as­
tucia del travieso solterón. Y más no digo;
pues enfrascarme en pormenores sería res­
tar, inconvenientemente, papel, tiempo e in­
terés a otros acontecimientos más actuales
de esta historia a los que ya es hora de pa­
sar.
Pero no antes de salvar un lapsus en que
caí llamando sabios viejos a los secuestra­
dos, cuando debí llamarlos viejos sabios;
pues si machuchos, y aun pasados, como
homhres, estaban todavía en buen uso cien­
tífico.
V
EL ESPERANTO ZANJA UN BABÉLICO CONFLICTO

La puerta exterior del pabellón, por don­
de los tres prisioneros entraron sucesiva­
mente en él, daba acceso a un amplio ves­
tíbulo, al cual abrían otras tres con estos
sendos rótulos: Señor Betulio, Señor Reganio, Señor Gongonosio. Gracias a esto, al
salir estos caballeros de los vagones donde
venían alojados—en lo que no se descuida­
ron apenas vieron las salidas francas— en­
trar en el vestíbulo, y leer cada uno su
nombre en una de las puertas, por ellas se
metieron, cosa muy natural, en sus aloja­
mientos respectivos.
Por eso, mientras cada uno recorría el
suyo, enterándose de él, ninguno pudo per­
catarse de que tenía vecinos.
Al cabo, uno de ellos, Don Reganlo, abrió
la puerta de su gabinete, quedando sorpren­
dido de hallarse en una rotonda astronó­
mica y del magnífico surtido instrumental
allí instalado.
Tan grande era la indignación del digní­
simo sabio por el pasado cautiverio, y tal
se la habían exacerbado los zarándeos y
calabazadas recientemente padecidos en el
embarque del vagón, que ni la vanidosa
comp’acencia de haber visto el alto aprecio
de sus obras hecho por quien alhajara su
despacho, había logrado sino aminorarla,
mas no extinguirla por completo. Y sin em­
bargo, al hallarse de improviso ante la so­
berbia colección de elementos de exploracio­
nes estelares, su cólera cedió ante científica
impaciencia de curiosearlos, siquiera fuese
a la ligera.
Dió así tiempo a que otro de los secues­
trados saliera a la rotonda. Era Don Gon­

gonosio, quien con iguales causas de indig­
nación que el Don Reganio, anteriormente
entrado, pero más peligrosa, pues su genio
se daba cierto aire al de Don Jaume; sin
razón para creer que el señor que allí es­
taba, asomado al ocular de un anteojo, fue­
ra un compañero de infortunio; y no ad­
virtiendo, al pronto, que estaba tan achichonado y empolvado como él, supúsole cul­
pable de su secuestro y malandanzas, y sin
decir ahí va, se abalanzó sobre él a puñeta­
zos entremezclados con insultos. Que el apo­
rreado no entendía, por no hablar el idio­
ma en que los profería el aporreante.
Improperios y porrazos fueron gallarda­
mente contestados; pues aun no siendo el
agredido tan irascible como el agresor, las
cóleras de ambos se igualaron. Porque so­
bre pensar de Gongonosio el Sr. Reganio,
lo que de él había pensado aquél, enconósele
la ira con aquella incalificable recepción a
puñetazos que en su nuevo alojamiento le
hacía quien él daba por hecho ser su car­
celero.
Insultándose en lenguas diferentes no po­
dían entenderse, y tal incomprensión ha­
cíales insistir en el sólo común idioma por
los dos comprendido a costa propia: el de
los puñetazos; mas sin cesar por ello de
desahogarse, al darlos y aguantarlos, con
bilingües injuriosos gritos.
El estrépito de ellos llegó al Sr. Betulio,
cuando en su gabinete se complacía hojean­
do un tomo de sus obras; y más le habría
valido no hacer caso de ellos, que acudir al
zipizape; pues tomándolo los dos rabiosos
combatientes por un nuevo enemigo que lle­
gaba en auxilio de su contrincante, ambos
cayeron sobre él, haciéndole gritar en un
tercer idioma, igualmente incomprendido, y
zurrarlos en el mismo en que él era sacu­
dido. Y en vez de dos, fueron ya tres a vo­
ciferar y a repartir lapos y patadas y tor­
niscones.
Estando en todo su apogeo esta babélica
batalla, cuando a su fin llegaba la conver­
sación últimamente transcrita entre Car­
los, Don Jaume y Leblonde, se acercó a éste
su criado, diciéndole:
— Señor, señor: si esos que se están zum­
bando ahí dentro se atizan como gritan,
pronto no quedarán más que los rabos.
— ¡Qué cosa más raral^ dijo Ripoll— .
No me explico porqué puedan pegarse esos
señores que acaban de conocerse.
— Sospecho que los tres creerán estar zu­
rrándome a mí.
—-Puede que tenga usted razón, Arísti-

EL HIJO DE
des... Entonces io mejor será que vaya us­
ted a sacarlos de su error.
— Lo mejor para ellos; pero no para mí.
Y como es también posible que, no a mí,
sino a usted crean estar zurrando, vaya
usted, amigo, a deshacer el error y aguan­
tar los trastazos.
— ¡Ja, ja, ja ! Abuelo, te han pillado.
— Además, Don Jaume, ¿de qué aprove­
charía mi intervención, no conociendo yo
ninguno de los idiomas que hablen esos ca­
balleros?
— Ni yo tampoco, Arístides.
— Pero sí el esperanto, que de cierto ha­
blan ellos.
La observación de Leblonde respondía a
que, si bien en los tiempos de estos viajes
planetarios no estaba todavía el citado idio­
ma tan generalmente difundido como en los
de “ El Amor en el Siglo Cien” , había de
llegar a estarlo, alcanzaba ya la categoría
de lengua dominada y usada, por los sabios
de todos los países, en menesteres de comu­
nicación científica, en impresión de libros,
en congresos y correspondencia internacio­
nales. Por lo cual, los primates de las
ciencias no se cuidaban ya de aprender, so­
bre las propias, otra lengua que el espe­
ranto. Y a que ésta les bastaba para toda
necesidad científica en que las suyas pa­
trias fuesen insuficientes.
— Eso sí— contestó Don Jaume, torcien­
do un poco el gesto— . Pero yo habría pre­
ferido no comunicarme con esos caballeros
hasta que, pasados unos días, pudiéramos
hablar con cierta calma, que en su actual
excitación es probable les falte.
— Verdad. Lo más probable es que antes
de hacerse entender de esos caballeros cai­
ga sobre quien lo intente un chaparrón de
puñetazos.
— Por eso, Leblonde, por eso...
— ¡Ja, ja, ja ! Ahora el miedo no es sólo
al entrecejo de Pepeta.
— No, amigo mío; no es que yo tenga
miedo, que de uno contra tres exasperados
sería, más bien, prudencia; sino que aun­
que yo sea quien les hable, creo que para
conseguir ser escuchado sería conveniente
entráramos los tres. ¿No le parece a V?
¿No te parece, Carlos?... ¡Calla! No está.
¿Adonde se ha metido?
— No sé. Estaba aquí hace un instante.
— Pues entonces no somos ya tres.
— No se apure por eso; pues usted, yo,
su criado y el mío somos cuatro.
— Mejor; mejor aún. Es buena idea.
— Pues vamos ya, sin aguardar más. Pa­

SARA

21

rece que la cosa urge, pues el estrépito
arrecia... Manuel, Jacobo: venid acá.
Acudieron los criados; púsolos Leblonde
a vanguardia; constituyó con su flaca per­
sona, mal, claro está, el grueso del impro­
visado ejército de intervención; y colocan­
do cual reserva, por no llamarlo impedi­
menta, al astrónomo ochentón, puso en
marcha la hueste, que ya antes de llegar a
la puerta del pabellón echó de ver que en
el interio# de éste había cesado el vocerío.
Novedad que, antes de abrirla, hizo pensar
a los caudillos que, si la paz reinaba aden­
tro, sería innecesaria, y acaso inoportuna,
la proyectada intervención.
¿Pero sería la cesación del griterío indi­
cio de haberse los combatientes amistado?...
¿Sería añagaza encubridora de emboscada
donde caer pudiera el ejército intervencio­
nista?... ¿Sería silencio tétrico consiguiente
a haberse exterminado por completo los be­
ligerantes?
Dudas de semejante gravedad imponían
la celebración de un consejo, incontinenti
comenzado delante de la puerta, y pronto
interrumpido bruscamente por la llegada
de Carlos. Que cayendo entre quienes lo
celebraban cual llovido del cielo, y de pie
cual era su costumbre caer siempre, traía
explicación para todas las dudas del prece­
dente párrafo.
— ¿De dónde caes, criatura?— preguntó
Leblonde.
— De a h í: del pabellón.
— ¿Pero por dónde?
— Por el tejado, abuelo. No he podido
salir por otra parte.
— ¿Pero cuándo entraste?
— Cuando vi el canguelo que los dos te­
níais, se me ocurrió apaciguar yo a esos
pobres señores.
— ¡Atiza!
— ¡ Sapristi!
— ¿Y qué, y qué?
— Todo acabado en bien.
— ¿Pero cómo?
— ¿Qué ha pasado?...
— ¿Qué hiciste?
— ¿Qué dijeron?
— Dejadme hablar.
— Sí, sí.
— Cuando abrí la puerta gritaban a cual
más nuestros ilustres huéspedes; y los gri­
tos salían de la pelota que enracimados,
bregando y apuñeándose sin duelo, forma­
ban...
— ¡Qué atrocidad!

22

BIBLIOTECA

NO VELES CO-CIENTIFICA

— ... caídos y rodando debajo del anteojo
de pasos.
— ¡Me lo habrán estropeado!
— No creo. Mas si lo está, de fijo lo es­
tán mucho más ellos.
— ¿Y qué hiciste?
— Pues desde lejos, y a cubierto de la
puerta entornada, gritarles, en esperanto,
claro está, que no tenían ningún motivo
para tundirse el cuero; y que si en vez de
gritar cada uno en idioma incomprensible
para los otros dos, hablaran todos en espe­
tante, se entenderían como buenos amigos
que deben ser sapientísimos profesores no
separados por agravios ni resentimientos;
y que en cuanto supiesen ser Reganio, Betulio y Gongonosio sus gloriosos nombres,
deplorarían haberse abofeteado y aco­
ceado
— No está mal, criatura, no está mal.
— ¡E s mucho chico éste!
— ¿Y qué?
— Mano de santo: Se desenmadejaron los
sabios; se deshizo el montón; se levantaron
todos. Dijo uno: ¡Reganio, Betulio!; excla­
mó otro: ¡Gongonosio, Reganio!, y el ter­
cero: ¡Betulio, Gongonosio!... ¡El ilustre
astrónomo?— Yo no, será este otro caballe­
ro.— Sí, yo soy, mil gracias.— Y usted será
el sapientísimo...— No tanto.— Sí, sí, el sa­
pientísimo Reganio.— Entonces claro es que
este otro caballero ha de ser el genial autor
de “ Vibraciones Estelares” .— Claro es, el
glorioso...— No me abrumen ustedes: Gon­
gonosio no más.
¿Y es posible— dijo uno— que hombres
como nosotros se hayan golpeado grosera,
brutalmente cual viles ganapanes? Perdó­
nenme, perdónenme.
Sí, sí— repuso otro— . En mi vida me pa­
sará el disgusto.
Y por borrar de mi memoria el vergon­
zoso recuerdo daría yo— ... Pero usted ¿por­
qué me pegaba?— Por creerlo autor o res­
ponsable del atropello conmigo cometido.
— Bien decía yo— saltó Leblonde, inte­
rrumpiendo a Carlos, que en intención para
mí eran los porrazos. Gracias que reparti­
das entre tres han de haber sido más lle­
vaderos.
— Sobre todo no siendo usted ninguno de
los tres... Pero deje a Carlos que continúe
contándonos.
Entonces— dijo Carlos— preguntó otro
de ellos: ¡Un atropello! ¿Cuál?
— Que he sido secuestrado.
— ¿Usted también?
— ¿Cómo también?

— Porque a mí también me han secues­
trado.
, ;
— Y a mí.
— ¡Los tres!
— ¡Los tres!
— Esto es extraordinario, incomprensible.
— Y a mí además me han tenido ence­
rrado no sé cuantas semanas en un vagón
inmundo.
— No, eso no; es mentira. Embustero:
llamar inmundo a un wagorrlit de todo
lujo. Atraque usted a ingratos; cébelos con
escogidísimos manjares; engórdelos hasta...
— Cállese Arístides, y no destripe el
cuento al chico. ¿Qué más? Carlos ¿qué
más?
— Entonces creí oportuno ya mostrarme
e intervenir en la conversación diciéndoles que aunque lo pareciera no habían sido
secuestrados sino invitados por nosotros.
No pude acabar, pues al oír lo de nosotros
volvieron a ponerse furiosos pero ahora
contra mí gritando: — ¡Invitados! ¡Qué
descaro!— ¡Bonito modo de invitar!— Ese,
ése es el secuestrador— Y qué sé yo que
más indignadas exclamaciones.
Y otra vez volvieron a enarbolarse sen­
dos puños en lo alto de seis brazos; y con
desaforado vocerío corrieron los tres sa­
bios hacia mí. Allí habría yo querido verte
Arístides.
— Pues yo no, criatura.
— ¿Y qué hiciste Carlitos?
— Como ni son hércules, ni ágiles, pues
están muy gordos...
— Gracias a mí.
— Cállese Arístides.
— ... y ninguno ha de bajar de los sesen­
ta, habríame sido fácil cardarles a los tres
!a lana. Mas pareciéndome que los infeli­
ces se la habían cardado ya demás, pen­
sando le desagradaría a mamá que de tal
modo recibiésemos a los forasteros en su
novimundo; y deseando ponerme en propi­
cio lugar para seguir, sin riesgo de per­
turbantes puñetazos, conversación capaz de
interesarlos, y sosegarlos a la postre, me
encaramé de un brinco en el anteojo de la
ecuatorial a donde estaba cierto no podríafi seguirme mis barrigudos y machu­
chos agresores; trepé por él, me encaramé
en el contrapeso...
— ¡Ja, ja, ja!
— ¡Ja, ja, ja!
— Y desde allí, medio a horcajadas me­
dio tumbado boca abajo, pude, con la ma­
yor tranquilidad, endilgarles mi discurso.
— ¡Ja, ja, ja ! Es mucho chico éste.

EL HIJO DE
— Buena tribuna te improvisaste.
— Magnífica: descansando, con la barri­
ga en ed anteojo, tenía libres las piernas
y los brazos, y por tanto podía reforzar el
accionado de las manos con el de los pies.
— Parecerías un Don Juan de las Viñas.
— ¡Ave María Purísima! ¡Ja, ja, ja!
j Qué muchacho, qué muchacho!
— ¿Y qué, qué les dijiste?
— Que quienes como ellos viajan gratis,
en un mundo donde ninguno de los pasaje­
ros no oficiales ha obtenido billetes por
menos de varios centenares de miles de
pesos, no pueden negar que se los ha favo­
recido con invitación muy de agradecer, y
que sería en ellos notoria ingratitud...
— ¡Ja, ja, ja ! ¡Virgen del Tremedal!—
A l bisabuelo se le caía la baba— . ¡Qué chi­
co éste, qué chico!
— Que quienes espléndidamente alojados
como ellos, son obsequiados, además, con'el
usufructo de un templo de la ciencia, gra­
cias al cual podrán acrecentar el brillo
de sus ya brillantes famas...
— No, no está mal, Carletes— interrum­
pió Leblonde, riéndose no menos que Don
Jaume— . ¿Y qué te contestaron?
— Esto de las brillante famas produjo
efecto; porque si bien seguían chillando, ya
no era con la fuerza de antes; y la violencia
del compás a que subían y bajaban los puños
asestados hacia mí se atenuó visiblemente.
Pero cuando del todo se acallaron las vo­
ces, se aplacaron los puños, y hasta albo­
rearon sonrisas en los rostros de mis oyen­
tes fué ap oirme que sus egregias obras,
sus inmarcesibles nombres, despampanantes
saberes y merecidísimas famas mundiales,
habían sido las causas de que con ellos se
hicieran las tres solas excepciones entre
todos los sabios de la Tierra. Y que si la
invitación fué hecha en forma un poco ex­
traña, que a ellos los sorprendía y aun pa­
recía indignarlos, fué para evitar se divul­
gara la excepción que los favorecía, susci­
tando envidiosas censuras de otros hom­
bres de ciencia menos resplandecientes que
ellos.
— ¡Qué truhán!
— ¡Qué maquiavélica ocurrencia!
— Mansitos ya, pero sin darse cabal cuen­
ta del completo alcance de mi perorata pre­
guntaron: Pero, acabemos, ¿A qué se nos
invita? ¿Dónde estamos? Y cuando les dije
que viajando en el autoplanetoide salido
para Venus, y en vuelo ya desde cuatro
horas antes por los espacios planetarios,
se quedaron atónitos... Entonces desde lo

SARA

:3

alto de mi tribuna, por el boquete abierto
de la cúpula, os vi acercaros a la puerta;
y figurándome que el abuelo no pensaría
subirse a la ecuatorial para conferenciar
con esos caballeros, he venido a deciros que
me parece conveniente aplace su entrevista
con ellos hasta que del todo se serenen. Se­
gún pienso, habrán de serenarse en cuanto
rumien mi discurso, y recapaciten que, em­
barcados ya en un mundo que no es suyo,
sino nuestro, más cuenta que emperrarse
les ha de traer poner a mal tiempo buena
cara.
— ¡Qué ladino, pero qué ladino eres!
— ¿Pero cómo saliste?
— Acabando de trepar, anteojo arriba,
hasta lo alto del objetivo de la ecuatorial,
descolgándome desde allí a la cornisa del
tejado de la cúpula; y como éste no tiene
sino poco más de cuatro metros de altura
en dicha cornisa, saltando de ésta al suelo.
— ¡Jesús, Jesús! Para haberte matado.
— Ca: un saltillo que no vale la pena.
— Pero, Lehlonde: ¿Ha visto usted qué
demonio de chico?

VI
EL SATURNIANO ANILLO DE LA TIERRA

El sedante discurso del hijo de la des­
terrada en Venus hizo pensar a los as­
trónomos, desterrados también, pero en el
novi mundo, que ponerse hoscos con quienes
los tenían en su poder sería como dar co­
ces contra el aguijón.
De otra parte, la curiosidad despertada
por los insospechados horizontes ofrecidos
por aquella colección de instrumentos y por
las favorabilísimas condiciones de obser­
vación astronómica brindadas por las del
mundo único en donde se hallaban, fueron,
a mayor abundamiento, concomitantes cau­
sas de evolución de las iras de marras, has­
ta trocarlas en resignada tranquilidad. Por
lo pronto aparente, y al poco tiempo trans­
formada en franco y hondo regocijo de ha­
ber sido secuestrados; pues gracias a ello
y a aquellas excepcionales circunstancias y
aparatos hicieron un sensacional descubri­
miento, imposible de realizar desde la Tie­
rra. Compensación sobrada de los pasados
sinsabores, y aun de los suplementos de
peso que los cuidados de Leblonde habían
echado sobre s'us ya machuchos cuerpos;
agobiándolos y haciéndoles resollar penosa-

B IB LIO TECA

N OVELESCO-CIENTIFIC-

Dicho esto, entremos en materia.
mente, en cuanto, olvidados de ellos, pre­
Cuando quedaron solos los reconciliados
tendían moverse cual se movían cuando
contendientes sus miradas buscaron lo que
más esbeltos.
era lógico buscaran. Quiero decir, el cielo,
La cosa no era para menos; pues poces
que habiendo sido hasta entonces para ellos
júbilos científicos podrán tener tan plena
fondo no más sobre el cual resaltaba el
justificación como el de haber descubierto,
manipulante y aun pataleante orador, (fue
de eso se trataba, que este mundo de Adan
los había amigado, pasó a ser objeto prin­
no tiene nada que envidiar al de Saturno
cipal de sus miradas. No siendo extraño
__ya se entiende, al planeta de este nom­
interesara extraordinariamente a astróno­
bre— por estar este nuestro, rodeado tam­
mos tal contemplación, cuando el cielo mosbién de un satumiano anillo. Rectifico: ro­
tróbaseles con las mismas novedades que
deando la Tierra, telúrico ha de ser, no sahabían asombrado a Luisa, y no los asom­
tum iano; mas no por ello, y lo importante
braban a ellos por saber de las causas de
es eso, dejaremos de poder ufanarnos, los
su insólito aspecto cuanto oímos a Carlos
adánicas, con un anillo cósmico. Presea que
explicarle a aquélla, y de cierto algo más.
viste mucho en el sistema planetario, y oe
Pero que aun no asombrándolos atraía su
poseer la cual no tiene por acá ni remota
atención con interés vivísimo, y deleite fas­
sospecha el terrestre vulgo; por no haber
cinante. Pues no era igual saber cómo los
estudiado mecánica celeste, ni atisbado, con
astros deberían verse por quien le fuere
potentes anteojos, ciertos tenuísimos y mis­
dado verlos sin los terrestres velos inter­
teriosos resplandores fugaces tal cual vez
puestos entre la Tierra y ellos, a admirar­
columbrados por rarísimo evento en los
los, en todo su esplendor, desde afuera de
cielos, durante los crepúsculos, desde los
ella, cual los tres sabios los estaban miran­
observatorios tropicales. Sin que hasta aho­
do. Gracias a los secuestros considerados
ra hayan llegado a acuerdo los astrónomos,
ahora óptimas fortunas, a las cuales de­
sobre las causas de ellos, ya evidentes para
bían el éxtasis gozado en aquella su prime­
Reganio, Gongonosio y Betulio.
ra ojeada, no al firmamento, sino a ios dos
En relación con el sensacional hallazgo,
firmamentos, de lo alto y de lo hondo, en­
ha de advertirse que, a causa de la mole­
tre los que volaba el autoplanetoide.
cular estructura espedial del vidrio-corPero esta primera exploración, fácil de
cheo, de que estaban fabricadas las dos en­
realizar rápidamente a simple vista, por
vueltas esféricas del autoplanetoide, con
astrónomos de su fuste, no podía satisfa­
diámetros, externo una de 600 metros, e
cerlos teniendo allí a la mano un soberbio
interno la otra de 516 (1), todos los objetos
arsenal de instrumentos de observación ce­
exteriores, o sea todos los astros, se veían
leste, de los que sin pérdida de tiempo to­
a simp’e vista, por quienes adentro esta­
maron posesión para registrar cada uno
ban, como si los miraran con gemelos de
con uno diferente aquel inagotable campo
fuerte aumento; y que al ser observados
de sus curiosidades, ensanchado como ja­
con anteojos y telescopios, las lentes de és­
más soñaran por las insospechadas exce­
tos, combinadas con el cristal de las en­
lencias de aquel instrumental.
vueltas cristalinas, hacían verlo todo con
No es pues extraño que perdida su ecua­
tamaños oscilantes, entre cuatro y nueve
nimidad habitual, procedieran, no cual se­
veces como los muestran los más poderosos
sudos sabios, sino como rapaces con jugue­
aparatos ópticos por acá conocidos. Este
tes nuevos: celebrando en voz alta las no­
era uno de los más geniales inventos indi­
vedades atisbadas; comunicándoselas a gri­
gestamente técnico para explicado aquí, en­
tos, armando un reloquero astronómico co­
tre los muchos de María Pepa; y a él debía­
mo de cierto no hubo jamás ejemplo en
se una de las favorabilísimas condiciones de
ningún observatorio.
observación astronómica, que amén de la
— ¡Jesús qué preciosidad!... Reganio, Be­
falta de embarazante atmósfera iban a go­
tulio, vengan, vengan. Estoy viendo clarí­
zar los inquilinos del pabellón H-3.
simos los dos soles de Castor.
(x ) L a s descripciones del autoplanetoide y su fa ­
bricación , fueron detallam ente insertas en el libro
“ D e los A n d es al C ie lo ". M as para dar idea, a
q u ien es no las hayan leído, de las dim ensiones de
aquél, les diré que la central plataform a in terior
•obre la cual se ediñeó N oviopolis, media 266.256

m etros cuadrados, y que el volum en interno del
m undillo entero, donde sus pobladores podían mo­
verse, bordeaba lo s 73 m illones de m etros cúbicos.
D isponiendo, por tanto, de 73.000 m illones de litro*
d e aire, m ientras se fab ricaran cu antos hubieren
m enester.

EL

H IJO

DE

SARA

25

Y encaramado allí, pude, con la mayor tranquilidad, endilgarles mi discurso.

—No, Gongonosio, venga usted antes.
Esto es más maravilloso... Una nova incen­
diándose al entrar en la nebulosa de Orion!
—No, no. Esto es más interesante: ¡Qué
cosas estoy viendo!... Con la misma clari­
dad que ios satélites de Júpiter, veo más
de una docena de estrellas que nacen y

ruedan en el Universo de la Gran Espi­
ral (1).
( i ) E n un libro no puede explicarse todo. Y
m enos cuando el todo abarca el universo.
Dígolo a cuento de que, dando m ateria bien so­
b rad a, p ara este v iaje, la observación del eclipse
de R ipoll y el salvam ento de • su víctim a, no pode-

26

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

Y tras perplejidades, con que los tres
luchaban, entre deseo de seguir embriagán­
dose con las maravillas por cada uno pon­
deradas, e inquieto afán de gozar de las
vistas por sus colegas, se levantaban, iban,
venían, asomándose a uno y otro anteojo;
variaban las enfilaciones de ellos; tornaban
a mirar, a admirarse, a llamarse, a aso­
marse a diversos oculares; a regocijarse
con los presuntos descubrimientos que con
tales herramientas harían de cierto en la
travesía estelar; a condolerse de los pobrecitos astrónomos que por no haber tenido
la suerte de ser como ellos invitados al pe­
regrino viaje quedaban recluidos en la Tie­
rra, viendo no más el vulgarísimo cielo de
ésta.
Ahora un paréntesis; pues ocasión tan
pintiparada como la presente para filoso­
far, no se pesca a toda hora, y quiero
aprovecharla exclamando:
¡Oh, cuán instables son los humanos jui­
cios! Me refiero a los de los secuestrados:
furiosos hace un rato, y contentísimos
ahora.
¡Ah! ¿Quién podrá saber dónde está el
bien, do el mal, ni cuáles son los derroteros
de la felicidad y de la desdicha? ¡Ay!...
Basta. Mediten los lectores sobre esto
cuanto les venga en gana, pues yo no digo

más. Porque, para evitar empachos, pide
la prudencia sea administrada en leves do­
sis la filosofía, y por ser ya hora de decir
dos palabras del descubierto anillo. Que,
aun cuando quedó atrás, no está olvidado.
Volando, en las primeras horas de su
viaje, a velocidades muy pequeñas compa­
radas con las que más adelante desarrolla­
ría, había, ya mucho ha, el orbimotor deja­
do atrás los externos límites de la terrá­
quea atmósfera. Cuya altura no puntualizo
ahora para evitar se me tache de posma,
por repetir cosas que en otros libros tengo
dichas.
La lentitud en la marcha fué a intento
mantenida, durante las siete u ocho prime­
ras horas del vuelo, para permanecer en
las cercanías de la Luna y la Tierra tiempo
suficiente a que los ayudantes, por Ripoll
traídos de Trujillo, realizaran el progra­
ma, por éste trazado, de observaciones de
ambas, cuyas finalidades eran, entre otras,
ampliar el plano conocido de la Luna, y
completarlo con el del hemisferio de ella,
desde aquí nunca visto iluminado: o sea el
plano de la luna nueva.
Aun a tal marcha moderada, la distancia
entre el autoplanetoide y la Tierra había
aumentado, desde que Carlos charlaba con
su norria, hasta que saltó de la ecuatorial

moa echarnos a pascar por esos soles de D ios—
estrella s enanas y gigan tes, sencillas, dobles y tr i­
p le s; variables, de d iversas fam ilias, y algun a tan
ex tra ñ a como la d e las nozas— , ni lan zarnos a lar­
gu ísim as excursio n es por nebulosas, cúm ulos estela­
res ni universos, con ev id en te inoportunidad; pues
figurando en el program a del astrónom o catalán,
para el v ia je de regreso, observaciones de esas in­
d iv id u alid ad es cósm icas, entonces se tendrán, de
ellas, m ás frescas n oticias de las que ahora seria
posible dar.
B asten , pues, por lo pronto, las s :guien tes vu lgares
gen eralid ades sobre los asom bios d e los tres sabios;
Q ue el de G ongonosio n o procedía de v e r un a
estrella doble; pues harto sabía él que dobles son—
y ahora no se habla de las triples— poco m enos de
l a m itrd de las del firm am ento; sino de ver lo s dos
soles de aquélla, tasx separados y tan claro s como
jam ás los había visto con lo s más p erfeccionados telescopios de la T ie r ra , rojo u n o y am arillo el otro.
Q ue el entusiasm o del señ or B etu lio nacía de
h ab er cazado una ñora, siendo alusión su com entario
a u n a de las hipótesis científicas sobre el orig-tx*
d e la súbita aparición de una estrella nueva, o del
gran increm ento de lu z experim entado por un a v ie ja
que se reju v en ece, lo uno y lo otro atribuido, en
tal bipótesTS, al enorm e desarrollo de calor en gen ­
drado por el frotam iento de la estrella contra la
m ateria co n stitutiva de una nebulosa. E n donde
aq u élla en tra a velocidad vertigix osa.
H ipótesis de que. cual de otras, se hablará, en la
ocasión por Ripoll prom etida para el regreso; y en
la cual caerán, tam bién, más en su punto explica­
cion es de lo que R cganio creía v e r en la Gran
N ebulosa Espiral. Suponiendo, con otros ilu stres co­

lega s, que nebulosas y aun en jam bres estelares
constituyen otros tantos u n iversos, inm ensam ente
lejanos, y *ca d a uno equiparable al form ado por
Nuestra Via Láctea con sus innum erabilísim as es­
trellas. E n tre las cuales es una de las m ás m enudas
n uestro Sol. T e o ría según la cu al el cielo y el es­
pacio no son un universo, sino m uchos universos ,
tal vez en incontable número, y cada uno com o el
que los astrónom os de ba un siglo creían conocer.
U n iverso s, a las nebulosas me refiero ahora, con
dim ensiones, que en algu n as llegan a 3.000 y m ás
billones de kilóm etros, y en tre sí separados por dis­
tancias incalculables; m ientras otros presuntos uni­
verso® llam ados N u b es Magallánicas (pequeña y gra n ,
de) ocupan extensiones de 45.000 y 135.000 billones
de kilóm etros.
P a ra dar térm ino de com paración a estas inm en­
sidades, conviene recordar que N eptun o, el m ás re­
moto de los planetas, dista del Sol m ás de 4.500
m illones de kilóm etros. D e donde se deduce que en
la Gran N ube M agallánica cabrían holgadísim os 125
trillónos de sistem as solares. A rchiholgadísim os, pues
este núm ero es el cubo de la relación entre la a n ­
ch ura del sistem a, evaluada por defecto, y la de
la citada nube.
P u es la com paración r.os lo ha puesto p eor; por­
que si m areantes eran los billones, más lo son los
trillones.
C ertísim o, m as con ello se prueba, y algo es algo,
cuán in significantes son el hombre, su m undo, su
Sol y toda la fam ilia de solares m undos en la com ­
paración con una sola de las incontables agrupa­
cion es estelares que integran la C reación.
¿ L o que una horm iga com parada con la T ie r r a ? ...
C a: m uchísim o meno9.

el

h ij o

al tejado, de 150.000 a 400.000 kilómetros,
crecidos a 530.000 en la hora que duraron
las presurosas idas y venidas de aparato
en aparato de los compañeros de infortu­
nios de ayer y de actuales bienandanzas.
Tiempo sobrado para fatigar a quienes no
teniendo años para soportar tal ajetreo, los
hizo estabilizarse: uno en un anteojo bus­
cador, en el de pasos otro, el tercero en la
ecuatorial, y todos con juicioso propósito
de mantenerse calladitos para no pertur­
barse en sus observaciones. Que después se
comunicarían y comentarían sosegadamente.
A tal distancia, pues, de 530.000 kilóme­
tros estaba de la Tierra el Sr. Betulio,
cuando mirándola de coronilla— quiere de­
cirse por su polo sur— la curioseaba con­
tentísimo de que, gracias a las ópticas in­
venciones de La Capitana, estaba viéndola,
en cercanía y con claridad cinco o seis ve­
ces mayor de como estaba acostumbrado a
ver la Luna, cuando en el que él llama­
ba "nuestro mundo de ayer” la miraba
con la gran ecuatorial de su observatorio. Y
tales cosas vió, cuando de la coronilla des­
vió el anteojo para pasearlo por la cintura
ecuatorial del propio mundo, que dando un
brinco en su taburete, y olvidando el pru­
dente propósito de no volver a distraer con
gritos a sus colegas, exclamó:
— ¡Señores, señores! ¡U n descubrimiento
importantísimo! La Tierra tiene un anillo
cósmico.
— ¡A h !— repuso Reganio— . ¿E l discutido
anillo meteòrico?
— Menos que discutido— objetó Gongonosio—problemático o fantástico.
— Lo que usted quiera, amigo mío, o más
bien quisiera, mientras, estando allí no po­
día verlo. Pero que ahora, visto desde aquí,
ya no es fantasía de soñadores astrónomos
sino realidad indiscutible.
— Con verlo basta. No es que yo dude de
usted; mas como a veces la predisposición
con que las cosas se interpretan...
—Nunca he creído en tal anillo... Pero no
discutamos. Véanlo, véanlo.
Sabido es— ahora ya no es ninguno de los
sabios sino Ignotus quien habla— que cir­
cundando al planeta Saturno se ve, cuando
mirado con anteojos de potencia adecuada,
uno, o más bien varios anillos luminosos que
lo envuelven. Además el singular aspecto de
este astro es familiar a muchos que, aun
no habiéndolo mirado por anteojos, lo han
visto dibujado en libros y revistas de es­
parcimiento o vulgarización.
Algo no enteramente igual, pero muy se­

r>E SARA

27

mejante, había visto, en torno de la Tierra,
el que dió la noticia de tener ésta igual adi­
tamento; y después de él Reganio, que,
mientras lo miraba, dijo:
— Tiene razón el Señor Betulio; mírelo,
amigo Gongonosio.
Verdad: no cabe duda— agregó este úl­
timo, a poco de acercarse al anteojo— . En
torno de! centro de la zona tórrida, y a dis­
tancia que juzgando por comparación con
el diámetro de la Tierra ha de andar a dis­
tancia de 7.000 a 10.000 kilómetros de la
superficie de ella, veo, en efecto, medio ani­
llo en la región correspondiente al hemis­
ferio iluminado por el Sol.
— Claro, en la opuesta, sumida en la som­
bra proyectada por la Tierra, no puede ser
ese anillo visible; pues no llegando ai él ra­
yos de sol, que iluminan no más el hemis­
ferio en donde luce el día, mal puede refle­
járnoslo.
— Pero es incomparablemente menos lu­
minoso, menos denso, que el de Saturno.
— Verdad. Más bien parece una neblina,
o ráfaga lechosa, poco más perceptible que
la Vía Láctea.
— Claro, esa es la apariencia que, a dis­
tancia vistos desde aquí, han de ofrecernos
en conjunto los hilillos de luz que, entre sí
alejados, forman los meteoritos alumbra­
dos por el Sol y volteantes en torno de la
Tierra; pero en número muchísimo menor
que los que constituyen el satumiano anillo.
— Lo cual quiere decir que la Tierra ha­
brá tenido en tiempos cuya lejanía remotí­
sima ha de alcanzar billones y billones de
siglos; otro satélite más cercano y mucho
más pequeño que la Luna.
— Evidentísimo: un satélite que, acercán­
dose a ella paulatinamente, llegó, en la te­
rrestre prehistoria geológica, al límite in­
ferior de la distancia en que, por ley mecá­
nica, ningún satélite puede resistir sin des­
pedazarse las diferencias de intensidad que
las fuerzas de atracción del planeta al cual
está subordinado ejercen sobre las diversas
partes de variados pesos que constituyan
la totalidad del satélite (1).
( i ) La explicación de tal ruptura es clarísima, y
de sencilla comprensión.
La continuidad de existencia y forma de un cuer­
po es mantenida por las fuerzas internas de cohe­
sión entre sus moléculas, que, ya sean homogéneas
o heterogéneas, tienen, en cada cuerpo, constante
intensidad: tanto si el cuerpo está sobre la super­
ficie de la Tierra o más en general sobre la de un
planeta, o en un satélite que gire en los espacios
cósmicos alrededor de su astro primario.
Pero en este último caso, sobre todas y cada una

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NOVELESCO-CIENTIFICA

— Conformes. Y al romperse en trillones
de trillones de menudos pedazos, se convir­
tió en otros tantos meteoritos, que en en­
jambres continuaron girando, pero ya suel­
to cada uno y de por sí, alrededor del mun­
do. Constituyendo entre todos un anillo de
piedras, polvo y gases, probablemente tan
espeso entonces como ahora es el de Sa­
turno.
— Así es preciso suponerlo.
— Indudable, indudable.
— Cüya gran cantidad de materia envia­
ría entonces mucha luz del Sol, en ella re­
flejada, que mostraría el anillo entero con
luminosidad equiparable a la que hoy ve­
mos en el de Saturno, dibujándolo en tomo
de la Tierra con precisión de contornos, que

falta en éste; pues su difusa luz no puede
recortar escuetamente la redondez de él.
— Perfectamente visto, querido Betulic.
_No puede ser de otra manera... ¿Cau­
sas de esas actuales diferencias de aspecto?
— No pueden ser otras, sino que en el
transcurso de milenios y milenios haya ido
el anillo acercándosenos. Digo, acercándo­
se a la Tierra paulatinamente: siempre me
olvido de que no estoy en ella. Del mismo
modo que el de Saturno ha de ir acercán­
dose el suyo.
Con tal acercamiento progresivo, la cre­
ciente atracción terrestre habrá ido arran­
cando, a su anular apéndice, hoy una, ma­
ñana otra, y tras siglos y más siglos, mi­
llones y millones y millones de millones de
sus partículas. Que como meteoritos, caye-

de las m oléculas del satélite actúan otras fu erzas
ex tern a s: una que lo hace gira r en torno de la
T ie n a , por ejem plo, y d e la cual prescindirem os
ahora, para sim plificar, y otra la gravedad o terres­
tre peso de cada m olécula: que m ientras no lo haco
ca e r se llam a, no graved ad , sir.o gravitación.
Cuando estos pesos tiran de dos m oléculas cerca­
nas y hom ogéneas de un cuerpo— la dos de hierro,
o de agua o de oxígeno— no tienden a alterar la
posición relativa de ellas, ni por tanto la form a del
cu erpo a que p erten ecen ; pues los tiron es de ambas
fu erza s hacia el centro de la T ie rra son iguales y
del mismo sen t:do; y aun cuando el cuei^Jo caiga,
hócelo sin variar de form a. No obstante que cuando
se halle a distancias de i.oo o , too, io radios te­
rrestres de aquel cen tro , lo s pesos de sus m oléculas
irán aum entando de una m illonésim a a un a diezm ilés'm a. a una centésim a de su peso en la superfic'e de la T ie r r a ; pero siendo el mismo el aum ento
para cada una de todas sus hom ogéneas m oléculas
d u rante la caída.
M as considerem os un cu erpo heterogéneo y en él
dos m oléculas, de h ierro una y de otro cuerpo m ás
ligero otra, en tre las cuales existe fu erza de cohe­
sión con valor definido, de 10 por ejem plo, que
cuando el cuerpo esté a distancia grandísim a de la
T ie rra serán atraídas por ésta— no se pare atención
en científicos rigorism os de len gu a je, pues no h a­
llándonos en una cátedra de m ecánica celeste, ni
el len gu aje ni los razonam ientos pueden ten er aquí
aquellos
rigorism os — con
pesos de o’o o o .o n
y
o ’ooo.ooi. C u ya d iferen cia, de diez m illonésim as, es
insignificante para alterar sensiblem ente la distancia
y posición de las dos m oléculas, sujetas una a otra
por aquella fu e rza , cohesiva, d iez m illones de v eces
mayor.
P ero si la distancia a la T ie r ra se hace d iez,
cien , m il, diez mil veces m enor, los pesos, crecien ­
tes en proporción inversa a los cuadrados de las
d istancias, subirán respectivam ente para las dos mo­
léculas heterogéneas a ir y i diezm ilésim as, : i y i
centésim as, n y i , i . ioo y 100 unidades«;; y sus
d iferen cias crecerán progresivam ente a una milésima,
una décima, diez y mil unidades, adquiriendo fu er­
za capaz de luch ar con la de cohesión, supuesta en
d e z , y aun de vencerla, separando entonces las
m oléculas: o sea rompiendo el cuerpo tan pronto
llegu e a distancia critica p ara que el desequilibrio
se produzca fatalm ente.
M as considerando ahora aquellas fu erza s de tras­

lación en la órbita del satélite, que em puja a todas
sus m oléculas, éstas, impulsadas por ellas, conti­
nuarán gravitan d o en torno del astro principal. P ero
no trabadas ya en el deshecho satélite, sino d isgre­
gadas por la ruptura en d iversas sustancias d ife ­
rente*— de aquí la an ch ura de los anillos satu m ianos— y a distancias del planeta dependientes de cu a­
les sean las que para cada sustancia correspondan
al equ ilibrio gra vitatorio en tre la atracción terrestre
y la ce n trífu ga fu e rza opuesta, consiguiente a la ve­
locidad de traslación en la órbita.
El astrónomo Roche calculó la d istan cia al plane­
ta prim ario, por bajo de la cu al no puede su bsistir
ningún satélite sin ser roto en pedazos por las d i­
feren cias de atraccion es d e aquél sobre las m aterias
de d iferen te densidad que componen éste.
Según los satélites tengan, o no, rotación propia
este lim ite es de 2*86 y 2*44 veces el radio del
planeta padre. L ím ites que para la T ie r ra serian
de 18.240 y 15.560 kilóm etros.
E l más extern o de los anillos de Saturn o, sepa#.
rado 2,32 radios saturnianos— 158.000 kilóm etros—
del centro del planeta, queda dentro del lím ite p ara
un satélite no rotatorio, como nu estra L u n a. D ichos
anillos son el actual ejem plo típico de ru p tu ra en
partículas
m eteórL&s,
sim étricam ente d istribuidas,
por orden de densidades, en to m o de la regió n
ecuatorial del p lan eta; donde la atracción gravitatoria de éste es m ayor, a causa d e la hinchazón de
él, en dicha zona, resultan te de la m ayor velocidad
lin eal en ella consiguiente al m ovim iento rotatorio.
M atem áticam ente se ha dem ostrado que- los saté­
lites cercanos a los astros p rincipales y lo s anillos
m eteóricos, son progresivam ente atraídos hacia aque­
llos en los que van cayen d o fraccion ad os en me­
teoritos.
Es posible, m as no puede afirm arse, que todos lo s
planetas hayan tenido o hayan de ten er en pasados
o venid eros m ilenios, anillos, como el d e Satu rn o,
que paulatinam ente hayan ido o hayan de ir co­
m iéndose. E s posible que los bólidos continuam ente
caídos en la T ie rra o que cruzan su atm ósfera sean
restos de un anillo terráqueo m ás robusto que el
que los sabios secuestrados creían ver.
D e e x istir realm ente, sería tan a m enos ven id o
que, solam ente desde los trópicos y a horas m u y
cercanas a los creoúsculos, podría v erse en la Tie<rra- Y eso no más que como m u y leve neblina
lum inosa, sem ejante a la lu z zod iacal; p ero m en os
m arcada, y de tan d ifícil identificación que en fir­
m e no cabria afirm ar procediera de tal causa.

EL HIJO DE S ARA.
ron y cayeron, y continuarán y seguirán
cayendo en valles, montes, continentes y
mares. Haciendo cada vez menor en peso,
y menos luminoso, el cinturón de luz, hasta
reducirlo a una ruina de anillo. Porque
ruina y no más del más robusto de otros
tiempos es indudablemente ese que estamos
viendo al mirar nuestro mundo.
— Claro. Por estar en estado de evolución
mucho más avanzada que el satumiano,
igualmente sentenciado a ir desaparecien­
do, como éste, hasta su total aniquila­
miento.
— Quién sabe, si hacia los mismos siglos
en que al romperse Febo, el satélite más
cercano a Marte, u otros inmediatos a Jú­
piter, enciendan cintas de luz que, semejan­
tes a estas de que estamos hablando, ro­
deen a esos o a otros planetas.
¿Quedamos, pues, según antes se ha di­
cho, en que nada tiene la Tierra que en­
vidiar a Saturno?... No: tanto como eso no.
Pues aun dando por inconcuso ya, bajo la
fb del testimonio de los convidados de Kipoll, que aquélla tenga también su anillo,
siempre habrá de envidiar la mayor ro­
bustez, la mayor luz y la notoriedad de su
competidor.
En cuanto a los descubridores de la no­
vedad no estaban igualmente alegres con
el descubrimiento; pues si bien Gongonosio
aparentaba júbilo igual al de sus compa­
ñeros por haber hecho regalo de altísima
importancia al mundo de Tolomeo y Copérnico, no podía desechar el molesto recuer­
do de un artículo -satírico por él escrito en
un periódico, vapuleando “ al ignorante que,
alardeando de astrónomo en una revistilla
indocta, sostiene la disparatada fantasía
del anillo terrestre. Sin que nadie cuya ooinión merezca ser tenida en cuenta haya pa­
trocinado tal dislate.”
¡Cómo se arrepentía ahora, Gongonosio,
de haber dejado entonces libre rienda a su
vena satírica!
V II
CÓMO LOS CABOS NUEVOS SE ENGANCHAN EN
LOS VIEJOS

Se recordará que al regresar Carlos de
su primera estancia en Paramillo, al Ins­
tituto Planetario, supo conocerle a su ma­
dre adoptiva, aun cuando ella se esforzara
en ocultársela, la buena opinión que en los

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veinte días de su trato con Luisa había
formado de ésta. No se habrá olvidado que
al marcharse el muchacho, muy pocos días
después de nuevo a Paramillo, y saber que
otra vez iban las dos mujeres a reanudar
la anterior intimidad, escribió a su novia,
encargándole anduviese muy alerta; pues
mientras María Pepa la tuviera junto a sí
la miraría con lente.
Razón tenía; pues en las cinco semanas
largas de aquella intimidad, fué la hija de
Guzmán observada como con microscopio,
por la bonísima señora. A cuya perspicacia
se juntaba maternal vivísimo interés de
cerciorarse de si aquella niña era, por sus
mora'es condiciones, merecedora del amor
del vehemento mozo; y si el cariño con que
le correspondía ella, era lo suficientemente
firme para asentar sobre él dicha capaz de
serlo de dos vidas.
Para averiguarlo acudió, en un princi­
pio, María Pepa, a variadas astucias. En
breve abandonadas, por certeza, muy pron­
to adquirida, de no ser necesarias con la
sencilla criatura, a quien se le transpa­
rentaban corazón y pensamiento en los sin­
ceros ojos. Que con ser bellísimos, atraían
a la madre de Carlos mucho más que por
bellos, por su inocente diafanidad a las mi­
radas con que, un día y otro día, íbale re­
gistrando el alma hasta lo hondo.
Las impresiones de esta segunda tempo­
rada de constante trato caían sobre el sua­
ve afecto en que ya la primera había con­
vertido aquella mutua simpatía inicial de
María Pepa y Luisa, que había asustado a
la primera con recelo de si iría comenzan­
do a enamorarse, ella también, de la novia
de su hijo. Y en cuanto a ésta, sentíase
atraída con rebosante gratitud a la madre
de Carlos, desde que las cartas de él la hi­
cieran entrever esperanza de que aquélla
mirara, no hostil, sino benévola, el amor
que los dos se tenían.
No es mucho, pues, que a la hora de de­
cidirse a embarcar, no se cuidara la Capi­
tana de que haciendo a los muchachos com­
pañeros de viaje, metiéndolos en el autoplanetoide, enorme cual vehípulo, pero muy
reducido en cuanto mundo, y aun como ciu­
dad, daba su determinación frecuentes co­
yunturas a Carlos de ver a Luisa, y le
multiplicaba las tentaciones de infringir el
veto de hablar con ella, que su madre le ha­
bía puesto. Y si no se cuidó de tales tenta­
ciones fué porque aun no creyendo todavía
oportuno decirlo claramente, ya no se pre­
ocupaba, y ya el tuno del chico se lo ha-

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b ía conocido, con la observancia de ta l ve­
to. D iariam ente atropellado desde que, tre s
fechas antes de la p a rtid a del novimundo,
llegaron a P aram illo m adre y novia del
tuno.
Guzmán, p o r el contrario, estab a cavilo­
sísim o; pues igno ran te de lo que en su fue­
ro interno pensaba la Señora, por no haber
vuelto a hab a r con ella en m ás d e mes y
medio, ni por asomo sospechaba pudieran
d ife rir de los antiguos sus actuales pensa­
mientos. Suponiendo, por tanto, que si a
p esar de ello se había decidido a em bar­
car, cuando y a no había tiem po de d e ja r­
los a él y a su h ija en la T ie rra , h abría
sido por im pulso irreflexivo d e últim a hora.
Cuando en el duro tran c e ya de sep ararse
de su Carlos, no atendió a más, ni de m ás
se acordó, que a su a fá n de evitarse ta l
pena.
G anas se le pasaron a Guzmán, el mismo
d ía d e la p a rtid a , d e h a b la r con ella, de los
riesgos de aquella inesperada cercanía de
los m uchachos; m as la distancia, que a des­
pecho de la s bondades de L a C apitana, no
olvidaba él lo sep arab a de ella, el cúmulo
de ocupaciones que sobre ésta pesaban en
los momentos de zarp ar, y lo delicado de
p la n tea rle nuevam ente el vidrioso asunto,
cosa que bien pudiera m olestarla, le r e tr a ­
jo de hacerlo. Lim itándose, cuando Teodosia y L uisa se instalaro n en el novimundo,
a e n c a rg a r m ucha vigilancia a la p rim e ra ;
pues en ella confiaba le a v isa ra si volviere
Don C arlos a rondarles la casa.
Y a sabemos cómo p ag ab a la m estiza ta l
confianza. Conducta que p arecerá imperdo­
nable, a quien no sepa cuán frecuentes son
fem eninas debilidades de viejas con am oríos
mozos. Y si por a ñ a d id u ra son las viejas
nodrizas de los enam orados...
E» más, el encargo de Guzmán a la de su
h ija, debióse solam ente a que con aquel t a ­
ram bana de C arlos nunca se pecaría por
exceso de precaución, aun creyendo, según
creía el in stru m en tista, que ya no se acor­
daba de Luisa. Teniendo, p a ra creerlo así,
motivos d e lo* que no le había hablado a
ella, por lástim a de exacerbarle la herida
que él suponía le h ab ría causado el aban­
dono del veleidoso mozo, que a él no le había
sorprendido.
Preciso es explicar la s últim as reflexio­
nes del in stru m en tista, incom prensibles p a­
r a quien no te n g a los antecedentes que él.
Y si con la s explicaciones desmerece Carlos
en el concepto de m is lectores y m ás de mis

lectoras, lo sen tiré; pero cual fiel cro n ista
no debo fa lse a r la historia.
L a creencia de Guzmán fundábase en lo
que siendo en los astillero s de P aram illo
comidilla de todos, an tes de lleg ar a ellos
M aría P epa y L uisa, h abía subido en la
a lta sociedad de la cercana ciudad de S an­
tiago de Chile a escandaloso tole tole le­
vantado p o r el segundo vuelo de Carlos.
Dado que no me equivocara yo al llam ar
prim ero al de las perturbaciones p lan eta­
rias. De lo cual no respondo; pues noticias
desconocidas entonces p a ra mí, me hacen
sospechar que, en am atorios escarceos, e ra
el biznieto de Don Jaum e, igualm ente p re­
coz que en todo lo demás.
Vamos con el ta l vuelo.
D u ran te su p rim era estancia, con itipoll
y Guzmán, en los célebres astilleros andi­
nos tuvo Carlos curiosidad, que al abuelo
le pareció n atu ralísim a, de conocer la po­
pulosa y bella capital chilena. E n donde,
por te n erla a no m ás de cien kilóm etros,
podría, en las últim as horas de la ta rd e y
prim eras de la noche de los d ías de tra b a jo ,
h allar esparcim iento, term in ad as las ta re a s
a que con ahinco se dedicaba cotidianam en­
te, y p asarse a llá enteros los domingos.
Como la ida en avión no consum ía sino
un cu arto de hora, m inutos más o menos,
allá fue dos veces en la p rim era sem ana de
su p rim era estancia en Param illo. Saliendo
de los astilleros de cinco a seis de la ta rd e
y regresando a media noche.
Su nombre, los de su m adre y Ripoll, co­
nocidísimos, m ás todavía, superlativam ente
ilustres, no y a en Chile, sino en todo Amé­
rica, y en el mundo e n te ro ; su fam a d e m uy
rico, p o r heredado y a de sus verdaderos p a­
dres, y de que lo se ría fabulosam ente al
h ere d ar a su m adre y a su abuelo adopti­
vos; notoriedad que lo señalaba, y a en años
mozos, como u n a esperanza de la ciencia, y
la del sonado v iaje que venía a p re p a ra r,
hacían de él u n a figura in te resa n te donde­
quiera que llegara. Realzadas adem ás las
anterio res prendas por juventud, herm osu
ra, decisión, aleg ría y la ro m ántica aureo­
la de héroe en cierne de expedición superhomérica, acom etida p a ra a rra n c a r a su
bellísim a m adre de las g a rra s de los fero­
ces venusianos— y a se reco rd ará que p e r
feroces era n tenidos por el te rr e s tre vul­
go— no es n ada ex trañ o que en Santiago
fu e ra traíd o , llevado, y a p o rfía ■'gasaja 5o,
en cuanto allá supieron quién e ra el perso­
n aje que a la ciudad h abía llegado.
Tal lo abrum aron en aquellas dos p ri-

EL HIJO
jreras visitas, muy largas para él, breví­
simas para les agasajantes, en espera de
para festejarlo, que acordándose Je
un S>ñor Lentejica, de quien había oído
2 n,urió de un obsequio, hizo propósito de
n0" pasar de la tercera. Y eso por imposi­
bilidad de desairar, sin pecar de grosero,
invitación del Club Araucano de Deportes,
a una gran fiesta, monstruosa decía él, en
su honor proyectada, a la que por subscrip­
ción contribuiría la pléyade de aspirantes
a obsequiantes. Ya convencidos, en vista de
lo largo de la cola, de que a no ser la cola
entera la que hiciere el obsequio, no acaba­
rían nunca de salir, uno a uno, de la cola.
__Debes ir, hijo mío— decía el abuelo un
sábado, orondo hasta estallar de vanidad
con ¡os triunfos del chico— . Sería una gro­
sería desairarlos.
__Si en pocas horas me agobiaron, en las
otras visitas, con presentaciones y presen­
taciones; llevándome y trayéndome de mo­
numento en academia, de museos en fábri­
cas; y en todas partes bombardeándome coa
discursos y fiambres igualmente indigestos,
me espanto de pensar lo. que conmigo van
a hacer durante el día y dos noches en que
ese programa espeluznante me pone a mer­
ced de ellos.
—Hijo mío, el mundo impone ineludibles
molestias, que en tu posición son inexcusa­
bles deberes... Y de más hacen ellos... No,
de más no, porque te lo mereces. Pero aun
asi...
—Bueno, está bien, iré. Mas te aseguro
que por última vez.
— En eso no me meto... Alega aumento
de trabajo urgente, aquí, en el astillero; y
así no les sorprenderá que después de ob­
sequiarte hagas la del humo.
— Así lo diré. Hasta la vuelta, abuelo.

turno

*

**
La fiesta comenzó con una gran comida
de gala de no sé cuántos, pero sí que muchisimos, muchísimos, no invitados, sino in­
vitantes, pues allí todos, menos Oarlos, lo
eran, y entre los cuales descollaban las más
conspicuas damas, y las más elegantes da­
miselas de Santiago, que nerviosísimas ges­
ticulaban, accionaban, hablaban en voz alta,
para que se enterara el convidado de que
con incendiarias ojeadas lo estaban asae­
teando la mitad, cuando menos, de aque­
llas distinguidísimas comensales, súbita y
locamente enamoradas de él.
Entre la comida, al caer de la tarde del

BE

SARA



sabado, y el baile comenzado a media noche
del domingo, fueron sobreviniendo, sin otra
interrupción que la de pocas horas de sue­
ño entre sábado y domingo, función de tea­
tro, serenata, alborada, expedición en au­
tos, desayuno campestre, deportes variados,
aperitivos, piscolabis, refrescos, coñudas,
cenas en peligrosa profusión, concierto ves­
pertino, multitud de Ones y two steps, di­
versos trots de foxes y de otros animales, y
no sé cuántas cosas más. Entremezclado to­
do con profusión de dúos, no musicales sino,
coqueteantes, de Carlos con las más lindas
y decididas señoritas de las del asaeteo a
miradas y sonrisas, anteriormente mencio­
nado.
Siendo mucha faena la de seguir al ob­
sequiado mozo de punta a cabo de la sarta
de fiestas y la ringla de bellas, abro un
paréntesis, a las cinco de la tarde del sá­
bado en que salió de.Param illo y lo cierro
a las diez de la mañana del lunes en que
regresó (..... ) Llenándolo de puntos suspen­
sivos, equivalentes a las muchas lagunas
que por falta de noticias, o antagonismos
entre ellas, suelen dejar las crónicas en
las historias de los pueblos y en las bio­
grafías de los héroes.
Mas no hay que preocuparse; pues para
continuar esta del hijo de Ja desterrada,
no es óbice la mudez del paréntesis, porque
lo interesante de ella no está en él, sino en
el hecho, no dudoso, sino perfectamente
comprobado, de que el propósito de Carlos
de no volver más a Santiago no impidió
que volviera la misma tarde de aquel lunes,
y las del martes y del miércoles... y las d e
casi todos les siguientes días hasta el del
regreso a Trujillo.
Causa de tal inconsecuencia, haber tro­
pezado el propósito en obstáculo, del que
no cabe hab’ ar cual mero epílogo de fies­
tas; pues su importancia lo hizo prólogo'
de episodios de mayor trascendencia.

V III
¿BASTA

UNA GOLONDRINA SOLA A HACER
VERANO?

El tropezón, que para sí quisieran mu­
chos, del propósito de Carlos de recluirse
en Paramillo, se llamaba Yaya Iranzo; y
era la muchacha más olímpica y traviesa­
mente guapa de Santiago. Campeona <ie
tennis, ganadora de copas en el tiro d e
pichón, invencible portera— me refiero ar

:a

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foot-ball, en el que ya las señoritas patea­
ban y chutaban cual los más arrojados ju ­
gadores de hoy— verdadera walkiria en el
steeple-chasse, con igual soltura conducía
un auto a cien kilómetros que un avión a
trescientos: siendo, en suma, estrella de
primera magnitud, entre las más brillan­
tes de la high-hife chilena, la más bestial
o más jamón—ya saben ustedes que así ha­
blan ahora los pollos pera y las niñas
bien — entre las más bestiales y jamones,
dejándolas tan por debajo a todas, que al
lado de ellas parecía no estrella, sino sol.
Su padre, más que rico, escandalosamente
poderoso, era también un sol rutilantísimo
en la alta banca americana, y aun mundial.
Además de mujer despampanante era
Yaya, de lo dicho se infiere, suelta, sueltíaima: más todavía que las señoritas, ya
demasiado sueltas, de estos grises años de
Ignotus, que por el mundo campan sin es­
torbos de mamás ni papás; triscan por ci­
nes, bares, playas, riscos de las sierras, y
frondas de los valles, completamente horras ■
se deslizan por las nieves de los montes; y
resbalan... No nos metamos a decir en qué
resbalan; porque sería muy largo.
— ¡ Qué feo es eso de horras! ¡ Qué mal
hace!— dice una de esas niñas a la mo­
derna.
— ¡Verdad, hija mía! Pero más feos son
los resbalones.
— Es que yo no...
— No he supuesto lo contrario. Y felicito
a usted, y le deseo pueda seguir alardean­
do de su fortaleza. Aunque será mejor que
no la ponga a prueba. Porque no todas...
En la jira campestre matutina, de ¡as
fiestas de marras, se conocieron Yaya y
Carlos; y pálida sería toda ponderación de
sus respectivas impresiones, que abrevian­
d o resumo.
El quedó deslumbrado, con deslumbra­
miento que, sin pasársele, se convirtió en
mareo, del cual no se vió libre en aquel
día ni en muchísimos más. Ella sintióse
enloquecer de am or; pero más fulminan­
temente, mucho más, que como en anterio­
res ocasiones la había atacado igual locura
por diversos galanes. Cosa muy natural;
pues ninguno de ellos podía compararse
con el de ahora.
Conocidas estas premisas sobre el feroz
flechazo; teniendo por delante, los flecha­
dos, todas las fiestas de la tarde y la no­
che, en que no se apartaron uno de otro,
■dando ocasión a acerbas y aun biliosas cen­

suras; siendo vivo y despierto él, resuelta
ella y acaso desmandada, no es extraño
que, desde mediodía hasta las cuatro de la
madrugada crecieran alarmantemente les
estragos de los trabucazos, porque flecha­
zo es poco ya, que al verse por primera
vez se habían disparado. Más si se advier­
te que los diez y ocho años, no encogidos
de Carlos, se veían secundados por los
veintitrés de la enloquecida, mucho más
avezados al tira y afloja de trastornante
coqueteo.
Entonces comenzó el amatorio episodio
destinado a hacer mucho ruido en Santia­
go y dar muchísimo que hablar a murmu­
rantes.
Se ha dicho que lunes, martes, miércoles,
tornó Carlos a bajar a Santiago, lo cual no
fué decir faltara el jueves; pues desde
aquella fiesta ni un solo día, de los de su
estancia en Paramillo, dejó pasar sin vol­
ver por allá.
Todas las tardes llegaba a paraje de las
afueras de la ciudad con Yaya convenido
la víspera; y unas veces en auto, a pie o a
caballo otras, algunas en avión, corrían,
paseaban o volaban; merendaban en lo alto
de un cerrete, o debajo de un árbol con­
versaban; y en suma, hiciesen lo que hi­
cieren, pasaban en un soplo unas cuantas
horas. Que los domingos se convertían en
muchas, y en marítimo el paseo, realizado
en balandro, que en el aeroplano de los as­
tilleros donde Carlos llegaba, se iban a bus­
car a Valparaíso, Viña del Mar o Carta­
gena.
Al fin de tales excursiones, breves o lar­
gas, volvíanse a Los Andes él, y ella a sil
casa. Donde tenía a sus papás bien acos­
tum bradlos a no tener curiosidades de
adonde se le antojara irse sola o acompa­
ñada, de quien la acompañara, ni de cuán­
do volviera. Verdad que la elegancia de su
familia y ca,sa no consentía otra cosa, ni
las exigencias de la vida moderna permitían
se viesen padres e hija sino, de refilón, a
las horas de comer, cuando unos u otra no
comían fuera, o por casualidad coincidían
en el comedor a una misma hora.
Claro está que el sistema tenía la ven­
taja de evitar inquietudes a su amantes
padres si alguna vez se retrasaba más de la
cuenta en regresar a casa; pues no sabien­
do aquéllos nunca la hora a que se reco­
gían sus hijos ni su hija, nunca se asus­
taban. Ni tenían porqué, ya que, temprano
o tarde, siempre al fin regresaban.
Malas lenguas decían, y cada día eran

EL HIJO DE SARA
en mayor número las malas lenguas en
Santiago, por tener Yaya muchas envidio­
sas, que en aquella temporada solía ésta
volver muy tarde. Y sotto roce, y menos
sotto, según pasaba tiempo, contábanse en
todos los salones, y hasta en antesalas y
garajes, historietas malévolas sobre las de­
portivas correrías de la gentil pareja.
Entre estos episodios... ¡Tente pluma!...
Si me descuido doy aire al runrún, olvi­
dándome de que no debe hacerse caso de
tales venticellos; y por poco resulto tan
maldiciente como las envidiosas de Yaya.
$

**

A los muchachos no hay quien los en­
tienda. Y menos cuando son tan Impulsi­
vos como el hijo de la desterrada.
Viene la observación a cuento de que
pasándolo Carlos, con su alegre amiga,
tan divertido cual es de suponer, detiérase
pensar habría de contrariarle la llegada
del día de la vuelta a Trujillo. Aun dado
que a apenarle no llegase, como el muy
embustero, y aun perjuro juraba a la chi­
lena, la víspera de emprender el viaje.
Eso habría sido lo natural, ¿verdad?...
Pues no señor, alegre como unas castañue­
las, partió de Paramillo sin acordarse para
nada de lo que allí dejaba, y con el cora­
zón rebosante de gozo, nacido de la idea
de que en breve iba a ver a su Luisa; y
en vuelo ya, parecióle lenta la raudísima
marcha del avión.
Una vez en el Instituto Planetario, tam­
poco se acordaba de Yaya, como no fuera
tal cual vez, al surgir en su mente, cual
alumbrada por centella, fugaz imagen Je
la guapísima muchacha. Cuya belleza no
impedía fuera apagada inmediatamente
por esta exclamación: ¡Qué diferencia de
una a otra! No obstante ser seguro que a
someter el caso a votos de un jurado im­
parcial, y aun siendo Luisa muy bonita, de
cierto habría fallado en pro de la esplen­
dorosa hermosura, arrogante porte y pi­
cante gracejo de Yaya Iranzo.
Como huella de aquella exclamación,
ahuyentadora del recuerdo, quedábale al
culpado cierto resquemoreillo, cjue en el
muy tarambana no llegaba a formal remor­
dimiento; por no dejarle tiempo de crecer a
tanto disculpas, que a sí mismo se daba el
muy hipócrita, tan falaces como estas:
“ ¡Bah! Una golondrina no hace verano.
Aquello fue otra cosa que esto. Santiago
E L HIJO DE SARA

33

está tan lejos que nunca ¡o sabrá Luisa; y
esto es lo importante.”
*
**

No me preocupa la opinión de mis lecto­
res sobre el traspiés de Carlos, por tener
descontada la benevolencia con que lo ju z­
garán. En cuanto a las lectoras, no nece­
sito se me diga cuán reprensible les parece
a todas la conducta del muy pillo; pues de
sobra sé no han de valer con ellas las dis­
culpas con que la manga ancha de los ca­
balleros pretendía convencerlas de que no
es pillo Carlos.
No he de alegarlas, por lo tanto; y me­
nos cuando por tal lo tengo; pues mal po­
dría yo negarlo teniendo la certeza de que
a estar la lectorcita más severa en e’ pellejo
de Luisilla y llegar a enterarse de la juga­
rreta, tan gitano es el mozo, y tal habría
de trastearla, que al cabo se haría perdo­
nar. ¿Y qué más prueba de que es pillo?
Pero también debo decir, pues no sólo
lo malo ha de contarse, que aun conven­
cido él de que llegada la necesidad todo
sabría hacérselo perdonar de Luisa, lo ate­
rraba llegare ésta a enterarse de la aventuiilla. Y no por miedo del mal rato que
ello le hiciera pasar a él, sino por temor
a la pena que a ella le causaría. Complica­
ciones en un corazón sano, acarreadas por
una cabeza loca.
Por haberlo su madre adoptiva echado
nuevamente a América tuvo poco tiempo
de afianzar, mirando a Luisa, su arrepen­
timiento; pero en su honor ha de recono­
cerse que allá llegó firmemente decidido a
perseverar en él, encastillándose en su fide­
lidad, en el orbimotor y en los talleres, sin
dejarse ver para nada en Santiago, ni en­
terar de su retomo a Yaya. Que había de
estar furiosa; pues no obstante las pro­
mesas que él le hizo al salir de Paramillo,
no le había escrito ni una letra. Loable
propósito— al de la encerrona me refiero—
que, a despecho de abrumantes aburrimien­
tos padecidos en los primeros días de su
estancia en los astilleros, iba cumpliendo
cual se había propuesto.
Mas fué lo malo que, no habiendo me­
nester la dama la avisara el galán de su
regreso, a causa de ser novia su doncella
del atmosférico ambulante del correo an­
dino, una buena tarde aterrizó en Para­
millo un avión, en donde, indignadísima,
venía la arriscada señorita, a reprochar al
pérfido silencios, olvidos y perjurios.
3

34

B IB L IO T E C A

X O V E L E S C O -C IE N T IF IC A

En el almacén de repuestos del planetoi­
de estaba Carlos, cuando precipitadamen­
te, y creyendo darle agradabilísima noti­
cia, entró su ayuda de cámara, gritando:
— La Señorita de Iranzo... Está ahí, está
ahí: acaba de llegar.
La primera impresión que al visitado le
produjo la visita fue malísima, más toda­
vía consternante. Tanto, que en seguida
pensó cómo, sin parecer grosero a quien
tenía derecho a esperar de él no sólo 'ortés
trato sino gratitud, eludiría la entrevista.
Mas sobre ser difícil e! problema, no tuvo
tiempo de buscarle solución; porque a les
dos minutos de avisar el criado que Y aya
estaba afuera ya estaba Y aya adentro. Su­
cesivamente guiada hasta el almacén por
el portero y un mecánico. A quienes, '•on
voz acostumbrada al mando, y sonrisa muy
hecha a imponerse suavemente a los hom­
bres, habíales dicho:
— Dónde esté, donde esté. Soy de toda
confianza, y quiero sorprenderlo.
La segunda impresión de Carlos al ir­
se cara a cara con la enojada compañera
de deportes y excursiones, puede resumir­
se en un
“ iCanario! ¡Qué reguapísima vienes!” ,
que se le escapó; y la tercera, ¡ay!, en
desconfianza de su propia fortaleza.
Con solemne talante de ofendida Juno,
que realzaba su escultural figura, inició el
rifirrafe la recién venida. Tan airada de
frase como insinuante de miradas, acumu­
ló acerbísimos reproches sobre el ingrato a
quien los labios declaraban indigno de pevdón; pero con acariciadora voz donde so­
naban suavemente los más duros concep­
tos. No oídos por Carlos, pues la obsesión
de lo que veían sus ojos lo tenía sordo y
lelo, sin poder pensar sino en que aqU’ Ba
criatura era una maravilla de mujer...
Siguió ella hablando, y él sin contestar
sino con miradas de admiración, mucho
más elocuentes para la avispada damisela,
de cuanto lo habrían sido, disculpas, v pro­
testas y demandas de perdón. Que ella
volvió a decir no podía conceder su digni­
dad. Haciendo para ello esfuerzo tan heroi­
co que le arrancó no afeante llanto, sino
dos solas lagrimillas, y frunció su boca
con lindo pucherito de taimada niña con­
vencida de que en cuanto lo haga se saldrá
con la suya; y con el cual, poniéndose to­
davía más preciosa que antes, acabó de
volver tarumba al embobado admirador.
Como a querer romper lo que de hecho
había ya roto uno, no habría la otra subido

a Paramillo, y como el pobre Carlos no te­
nía fortaleza para vencer hechizos de si­
renas seductoras, reanudáronse las entre­
vistas y las excursiones.
— Pero esto no tiene ya disculpa.
— El tal Caratos, es mucho más que
pillo... es, es...
— Es indigno de Luisa.
Estos comentarios son tres entre los
proferidos por muchísimas lectoras, que
indignadas acaban de tirar este libro, ha­
ciéndole pagar injustamente culpas no de
él sino de Carlos. Quien pesaroso en su
fuero interno de la reincidencia intentaba
acallar remordimientos con aquello de que
una golondrina no hace verano.
— Y a no es una, son dos.
— No, no; peor: una que vuelve.
— ¡ Bribón!
— Sí, hijas mías, muy bribón... Y sin em­
bargo en ninguno de los días de la reinci­
dencia dejó de escribir a Trujillo planas
y planas de apasionada prosa...
— ¡ En los mismos en que correteaba con
la otra!
— En los mismos... Lo cual es prueba de
que, aun traicionándola, no o'.vidaba a
Luisa.
— ¡Hipócrita, falso!
— Distingamos, distingamos: hipócrita sí,
falso no; pues las amorosas protestas de
sus cartas las escribía de todo corazón.
De eso estoy cierto.
— Pues nosotras no, señor Ignotus... Eso
es inexplicable.
— No intentaré explicarlo; pero sí diré
que en este mundo pasan muchas cosas que,
aun cuando incomprensibles, son verdades.
IX
TRAGICOMEDIA RÁPIDA

Prólogo a telón corrido.

Acabo de negar que Carlos fuera falso,
y ahora reflexiono que si con Luisa no, éralo
con Y aya, diariamente, más que el alma
de Judas; y sobre todo, cuando, comuni­
cándole ella habérsele puesto en la cabeza
irse con él a Venus, en el .novimundo,
acompañada de papá, si a éste se lo con­
sintieren sus negocios, o si no sin papá,
acogió él la noticia con trasportes de júbi­
lo, encubridores de resolución firmísima,

EL HIJO

inmediatamente formada, de frustrarle el
propósito. No por miedo de hallarse entre
ella y Luisa en el autoplanetoide, pues en­
tonces no sospechaba que haría el viaje
con su novia-—para él, só’.o ésta era su no­
via— sino porque pasado, con los primeros
días de la recaída, lo más fuerte del ma­
reo de donde ésta nació, y llegado Don Jaume a Paramillo a ultimar preparativos del
viaje, con dos semanas de anticipación a
la partida, ciertas irónicas puntadas de
éste, francas bromas de Valdivia y los
demás pilotos del motoestelar sobre el tole
tole de Santiago, crecido a punto ya de
llegar a los Andes y convertirse en mur­
muración de los astilleros, hiriéronle pen­
sar en la necesidad de cortar con urgencia
y de raíz la “ nueva perturbación cometa­
ria” . Como, acordándose de la “ planetaria
de las raíces cúbicas” , llamaba el abuelo a
las correrías del nieto con su bella compa­
ñera de excursiones. Porque no andar lige­
ro era arriesgarse a que la nueva amiga
—él se emperraba en no llamarla sino así—
le diera un serio disgusto con Luisa cuan­
do ella y María Pepa vinieran a despedir
a los expedicionarios.
Como Carlos, propenso a procedimientos
expeditivos, no perdía tiempo, cuando to­
maba una decisión, y como tenía miedo a
su flaqueza, si pronto no cortara la coti­
diana comunicación con Yaya, un día, en
que con ella tenía concertada una excursión
a un glaciar del monte Tupungato, le envió
por el ambulante del correo una esquela diciéndole: “ No me esperes. Tengo fuerte
fiebre y me meto en la cama.”
No había pasado sino poco más de una
hora, cuando llegaba a Para millo Yaya,
que no logró ver al enfermo; por haberle
dicho su ayuda de cámara, que estando el
señorito con delirio había Don Jaume prohi­
bido, y el terrible Don Jaume era muy ter­
co, que nadie sino el médico, el enfermero
y él entrasen en la alcoba.
En los dos días siguientes se repitió
igual escena; y no en los sucesivos, porque,
convencida Yaya de que serían perdidas
las subidas a Paramillo, contentábase con
dos radiofonemas diarios, bien pagados por
ella al ayuda de cámara, en que éste le
informaba del estado del enfermo. Enfer­
mo solamente para ella; pues gozaba boní­
sima salud, sin padecer sino voluntaria
prisión en el autoplanetoide, fuera del cual
no sacaba las narices.
Bien se ve cuánta razón tuve al acusar­

DE

35

SARA

lo de fals'a, que según va a verse no paró
en la comedia de la enfermedad.
Díjose en “ La Profecía de Don Jaume”
que Ripoll, a quien como a no pocos ribe­
reños del Mediterráneo quedábanle en las
venas algunas gotillas de sangre fenicia,
había tenido la feliz idea de vender a la
puja los billetes de las plazas que, después
de reservadas las de los tripulantes, perso­
nal técnico y comisionadas oficiales de di­
versos países, quedaran vacantes en el aviestelar.
Las ofertas, hechas a los cónsules de la
Unión Iberoamericana en diversos países,
eran telegrafiadas a Paramillo, desde don­
de, con diez días de anticipación al de la
partida, y en igual forma, comunicaría Ri­
poll directamente, a las mayores postores,
haber sido favorecidos con pasaje.
PRIMERA ESCENA

—Abuelo—dijo una mañana Carlos a
Don Jaume, estando éste ocupadísimo en
ultimar la lista de solicitantes para hacer
la adjudicación de billetes— . ¿Me dejas
ver esas notas?
— ¿Qué te importa a ti esto?
— Me importa, papá Ripoll, me importa
mucho.
—¿Para qué?
— En cuanto vea la lista te lo diré.
— Pues, mírala.
— ¡Ah!... Aquí están. Ya me lo figuraba.
— ¿Quiénes están ahí?
— El Señor de Iranzo y su hija.
— ¿Y quiénes son esos señores?... ¡A h!
Ya: el cometa y su papá.
— Sí, abuelo, esos son... ¿Me quieres de­
cir qué significan estas cruces que en la
lista has puesto al lado de los dos nom­
bres?
— Pues que en vista de la cuantía de sus
ofertas les concedo pasaje.
— ¡Imposible!
— ¿Cómo imposible, si los he concedido
hasta por 300.000 pesos y éstos ofrecen
470.000 cada uno?... Dar esos pasajes a
otros sería perder dos diferencias de 170.000
pesos, por tu linda cara. Que, sin despre­
ciarla no merece tanto.
— Pero la de ella sí.
— No te entiendo.
— ¡E a! Pues es preciso, y aun a riesgo
de que me salgas con el estribillo de que
te falto al respeto,...
— ¿Otra vez el respeto?... Bonito está.
— ... debo decirte que sabiendo tú ya que

36

B IB L IO T E C A

N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A

e3a señorita es el cometa de marras, si tú
mismo la metes en el autoplanetoide tuya
será la culpa de que te trastorne todo el
pasaje masculino; y sobre todo, que tú se­
rás la causa de que yo quede expuesto a
su atracción perturbadora.
— ¡Jinojo con el niño!, que siempre me
ha de hacer danzar en todas sus pertur­
baciones.
— En todas no... Y no es mía la culpa
sino de la fatalidad, que...
— ¡Atiza! ¿Nada menos que la fatali­
dad...? Pues mira, hijo, para mí la mayor
fatalidad será que perdamos 340.000 pesos,
de mano a mano.
— Si el inconveniente no es sino ése, no
te apure; pues con tal de desperturbarme
los pagaré yo con mucho gusto. Dile a
mamá que te los dé, cargándomelos en la
cuenta de mi tutoría... No, no. ¡Canario!
Que no se entere mamá de esto... Adelán­
tamelos tú, y te firmaré un pagaré con
vencimiento a mi mayor edad.
— ¡Qué desatinos dices!
— Y te pagaré sin regatear los intereses
que me pongas.
— ¡Carlos!... Que te tiro algo a la cabeza.
— Tuya es la culpa, mía no.
— ¡Mía la culpa de tu insolencia!
— Claro... Comencé dirigiéndote una sú­
plica, y como a ella no contesta mi abuelo,
sino el administrador del viaje, al son que
me tocas bailo, dándote solución para la
dificultad económica. ¿Qué he de hacer,
cuando me rehúsas paternal ayuda?...
—-Mira, no gitanees; que me sé de me­
moria tus lagoterías.
—No hay gitanería en decirte que nunca
creí pesaran más en tu ánimo los intereses
de la caja del Instituto Planetario que el
deseo de sacarme de un conflicto.
— Pero yo no me explico te asuste llevar
de compañera de viaje a una muchacha que
según todos dicen, y todavía más según tú
mismo...
— Pues por eso, por eso. Y no comprendo
que siendo astrónomo no te lo expliques.
Porque ¿sabes tú adonde llegan los come­
tas de órbitas hiperbólicas cuando se ale­
jan a las regiones remotísimas adonde nues­
tros telescopios no pueden seguirles?
— Claro que no.
— Pues entonces debería asustarte que
de nuevo se me acerque el cometa, y me
arrastre Dios sólo sabe adonde; mas desde
luego adonde no quiero ir.
Y ahora papá Ripoll— prosiguió el tra­
vieso mozo, dejando su festivo tono— crée­

me sin pedirme explicaciones que no debo
darte: este asunto, de que hablamos en
broma, es para mí muy serio; pues a no
ser así no habría acudido a tu cariño para
evitar que venga al viaje esa muchacha.
— Te creo sin preguntarte nada. ¿Pero
cómo me las compongo yo para negar pa­
saje a dos de los mayores postores?
Al ver al viejo ya en camino de capitu­
lar, se desvaneció instantáneamente la se­
riedad de Carlos; y recuperando su habi­
tual alegría contestó:
— Pues muy sencillo: haciendo trampa.
— ¡Carlos! ¡Por Dios!
— No te escandalices. Hacerla para sa­
carles el dinero sería feísimo; pero hecha
¡>ara no tomárselo, nada tendrá de inmoral.
— Eso es verdad... ¿Pero cómo justificar
la negativa cuando se ve que concedo otros
pasajes más baratos?
— Ya encontrarás escapatoria en cuanto
pienses que de no hallarla, te quedarías
sin nieto; arrebatado por esa estrella corretona quién sabe si hasta las Nubes viagullánicas...
— ¡Ja, ja, ja!
— ... sin posibilidad de volver ya de tan
inconcebibles lejanías (1).
— ¡Ja, ja, ja ! ¡Ja, ja, ja!... No, hijo;
no: no quiero que te arrastren tan lejos...
Además, que Pepeta no me ha autorizado
sino para llevarte a un viajecillo dentro de
nuestro barrio planetario, mas no a dejar­
te corretear por esos universos... ¡Ja, ja,
ja!... Y menos en malas, o cjemasiado bue­
nas compañías.
ESCENA SEGUNDA

La tarde siguiente a la conversación an­
terior telegrafió Ripoll a los agraciados con
pasaje, la noticia de haberles sido conce­
dido, y que para embarcar les servirían de
billetes los resguardos de haber consignado
en uno de quince o veinte bancos de primer
orden repartidos por todo el mundo, los
precios en que los pasajes les habían sido
adjudicados, con la declaración de “ Para
(i) Y a del tamaño de estas nuíbes cósmicas se
ha dicho algo en la nota de la página 26: pero
nada de la distancia a nosotros, según medición he­
cha por Shapley, de la mayor de ellas, que no
es extraño asustara a Carlos; pues cualquiera se
asusta de sus 1.128,75 siglos de luz, o de otro
modo dicho, de su trillón largo de kilómetros. En
cuanto a la otra nube cósmica N. G. C.-6822, acaso
llegue su distancia, según el mismo observador, a
los 16.125 siglos de luz y a los 15 trillones largos
de kilómetros.

EL

H IJO

girar a favor elel Instituto Trujillano de
Viajes Planetarios” .
Dos días después recibía Carlos de mano
del ambulante del correo aéreo la siguien­
te misiva:
“Idolatrado Carlos:
"Sólo dos letras, pues “ Ramón— el am­
bulante— me dice que todavía te cuesta tra­
bajo leer...”
— ¿Y a ti quién te ha metido a decir que
puedo, ni con trabajo ni sin él...
— Porque la señorita empezaba a esca­
marse de que sin hacer crisis durara tanto
la gravedad del señorito; y creí mejor ir
dando una de cal y otra de arena.
— Te equivocaste... Con la cal bastaba.
Dicho esto continuó Carlos leyendo:
“ ... para avisarte que a causa sin duda de
” tu picara enfermedad no has podido evi” tar le sean negados a papá su pasaje y
”el mío; no obstante haber ofrecido por
"ellos crecidísimas cantidades.”
“ No dudando de tu afán de llevarme a
” tu lado, segura estoy de que arreglarás
” lo que no puede obedecer sino a mala in’’ teligencia o a intrigas de otros peticiona"rios; pero, de todos modos, para facili” tar tu gestión con Don Jaume, tienes car” ta blanca, pues papá me ha abierto de
’’ par en par su caja, para ofrecer, sin re” parar en precio, cuanto sea preciso para
"evitarme la amargura de verte partir de” jando aquí sin vida a tu Y aya.”
“ P. D. Quedo en ascuas en tanto me con"testes que todo está arreglado.”
Terminada la lectura se rascó Carlos la
cabeza, quedándose perplejo.
— ¿Tiene algo que mandarme el señorito?
— No, vete... Y eso que... Aguarda, aguar­
da.— Y diciendo, para sí, “ Con aplazarlo
nada he de ganar” , se fué muy resuelto a
su escritorio; y requiriendo papel y pluma
escribió dos renglones, tachados tan pron­
to como escritos.
Volvió a rascarse la mollera, tornó a es­
cribir, a tachar, y a insistir con mayor
fuerza en los rascamientos; como si, con
las uñas pretendiera afilarse el boto in­
genio.
Tercera vez cogió la pluma que tiró sin
l'egar a posarla en el papel; y levantándo­
se y encarándose con el ambulante salió
del apuro diciendo:
— Dile... dile que... que al leer su carta
he llamado a Don Jaume a mi alcoba; que
con él he tenido la gran trapatiesta; y...
que... y que me ha vuelto el delirio.

DE

37

SARA

Al siguiente día supo Carlos, por igual
conducto, que su recaída más había moles­
tado que apenado a Yaya. Que ya no se
escamaba, por no quedarle, en opinión del
mensajero, ni una escama siquiera que qui­
tarse.
ESCENA TERCERA

Se desenvuelve dos días antes de levar
anclas el orbimotor y estando en Paramillo,
ya, María Pepa y Luisa.
Personajes: Carlos y el ambulante.
— ¡Canario, con la niña!... ¿Pero estás
seguro?
— Segurísimo: lo sé todo por mi novia.
La señorita tiene ya el resguardo en su
poder; saldrá mañana por la tarde de casa,
diciendo que va a pasar en Viña del Mal­
los tres días del campeonato de tennis;
llegará aquí de diez a once de la noche,
para meterse en el alojamiento reservado
a Míster Bocky, a quien le ha pagado su
resguardo a peso de oro, y no dejarse ver
sino cuando el autoplanetoide esté ya en
plena marcha.
— ¡Zambomba!... Gracias, gracias.
ESCENA CUARTA

Carlos, que dejando plantado al ambu­
lante sale corriendo, entra del mismo modo,
y gritando además, en el despacho del
abuelo:
— Papá Ripoll, papá Ripoll... Otra vez el
cometa.
Así comenzó una interesante conferencíá,
a cuya última parte asistió Valdivia, inne­
cesaria de puntualizar, porque los resulta­
dos de ella van a renglón seguido a verse
en la
ESCENA QUINTA

Lugar la entrada de la poterna de acceso
al aviplaneta. Fecha la de la víspera de la
partida de éste. Hora las diez y media de
la noche.
Dos viajeros, amo y criado, aguardan
que el portero del novimundo les franquee
la entrada en éste. El sirviente es quien
ha mostrado al último el resguardo bancario que acredita el derecho de su amo
y de él a embarcar; mientras aquél, con el
cuello de un gabanote subido hasta las ore­
jas, cosa no extraña a aquella hora en lo
alto de los Andes, aguarda cerca, pero fue­
ra del haz de luz salido por la puerta.
P o r t e r o .— Un momento no más, mien­
tras baja el señor Valdivia.

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

V iajero.— Dile que estando los pasajes
en regla no veo porqué ha de tenernos aquí
plantados, con esta temperatura.
P o r t e r o .— (Que ha oído lo dicho por el
amo al criado).— Llegará en seguida. Aquí
está ya.
V aldivia.— (Leyendo el documento que le
ha dado el portero.— “ Pasaje a favor de
Míster Rocky.” ) Está perfectamente en re­
gla. Y a sólo falta muestre usted los docu­
mentos que identifiquen su personalidad.
Pero usted no es Míster Rocky; yo he visto
a usted...
¡A h !, ya caigo: aquí mismo. Usted es el
motorista del auto de la Señorita de Iranzo.
Criado.— Lo fui, sí Señor; pero «hora
estoy al servicio de Míster Rocky.
V aldivia .— Ya... ¿E s ese caballero?
Criado.— Sí. Aquí está su pasaporte y
el mío.
V aldivia .— Muy bien; pero además nece­
sito que ese caballero y usted tengan la
bondad de entrar aquí para que, a la luz,
hagamos la obligada comprobación de las
personas con los retratos de los pasaportes.
M íster R ocky.— (Sin avanzar hacia la luz,
y en voz que queriendo sonar bronca, tiene
atipladas inflexiones.)— Es una intolerable
desconfianza.
V aldivia .— Nada de eso: legal form ali­
dad que se cumple con todos los pasajeros.
Sin justifica’.- su personalidad no puede pa­
sar nadie.

Como Míster Rocky no podía demostrar
ser su cara la misma de la del retrato de
su pasaporte, renunció a embarcar, dió me­
dia vuelta, y a los cinco minutos corría en
auto por la carretera, presa de tan espan­
toso acceso de cólera que, en furioso tras­
porte de ella, se arrancó de una vez y un
tirón todos los pelos, sin dejarse uno solo,
de la hermosa barba con que había subido
a Paramillo, y sin la cual volvía a Santiago.

X
CAMINO DEL ECLIPSE

Gastadas ya no pocas páginas de este
libro en referir sorpresas cósmicas y tra­
vesuras, no sólo de Carlos, sino de Leblonde y del abuelo, nada se ha dicho todavía
del itinerario del viaje. Cosa interesantísi­
ma y aun fundamental. Tiempo es ya de
salvar la omisión.

El 10 de septiembre se despegó de los
astilleros de Paramillo, y partió de la Tie­
rra, el autoplanetoide de la gloriosa inven­
tora zaragozana, que otra vez lo lanzaba
a los espacios interplanetarios, con dos
finalidades principales, conocidas desde la
primera etapa de esta historia: la huma­
nitaria de salvar a la infeliz desterrada
en Venus, y la astrofísica de observar un
jamás visto eclipse solar. No comparable
en duración, ni en particularidades, a los
que, con sujeción a obligados programas,
consiguientes a los monótonos movimientos
y velocidades del eclipsado luminar y del
astro eclipsante, vemos por acá; pues el
proyectado, para ser visto en medio de los
cielos, no habría de tener otro programa
sino el que le apeteciera señalarle al as­
trónomo barcelonés, cuyas inteligencia y
pertinacia habían al cabo convertido en
realidad la nueva travesía sidérea, durante
largos años imposibilitada por ignorancia
del vulgo, emulaciones internacionales y
hasta, penoso el confesarlo, por científicas
envidias.
Los remordimientos de haber dejado
abandonada en Venus a la madre de Carlos
empujaban a Ripoll a ir rectamente a aquel
planeta. Sin demorar el arribo a él por
el tiempo que, a querer observar antes el
proyectado fenómeno, sería preciso inver­
tir en acercarse a Mercurio. Astro destina­
do, en el plan de Don Jaume, a hacer ofi­
cios de pantalla del Sol, y a cuya inmedia­
ción había de llegar el novimundo para dar
comienzo al insólito eclipse, deseado por el
sabio con nerviosísima impaciencia, argu­
mentante contra el remordimiento que, a
quien llevaba padecidos muchos años de
espera en el destierro, poco, en definitiva,
habría de importarle aguardar todavía el
escaso tiempo que el salvamento pudiera
retrasarse por efectuarlo al retorno del
eclipse, en vez de anteponerlo a éste.
De creer es que, a incumbirle a Ripoll
fijar el itinerario, su conciencia, no laxa,
habría replicado a su impaciencia que, va­
liendo una obra de misericordia por todos
los descubrimientos y maravillas astronó­
micas, no debía posponerse la caridad a la
ciencia. Argumento, a ser preciso, reforzable con sospecha vehemente de que su biz­
nieto postizo, y verdadero hijo de la deste­
rrada, tomaría muy a mal fuera diferido el
auxilio a su madre, en tanto satisficiera el
abuelo su capricho de irse a ju gar al escon­
dite con el Sol.
Mas por suerte de la paz interior del vie-

EL

HIJO

jo, y para satisfacción de sus impaciencias
astronómicas, no hubo lugar a discusiones
ce éstas con morales escrúpulos. Pues, ni
de una parte, era María Pepa capaz de
hacer en nadie dejación de su facultad de
fijar por si derrota e itinerario a la eteronave que mandaba, ni a la sazón eran las
respectivas posiciones de Tierra, Venus y
Mercurio adecuadas a enderezar el viaje en
el sentido en que los tres astros se han ci­
tado; sino que, al contrario, aconsejaban
como más conveniente poner, a la salida
de la Tierra, rumbo, no a Venus, sino hacia
Mercurio.
Véase derrotero del viaje, página 88.
El día del comienzo del viaje— 10 de sep­
tiembre— estaba Venus a 73 y Mercurio a
104 millones de kilómetros de la Tierra.
Distancias que, en los próximos días, dis­
minuirían, porque los dos primeros plane­
tas, retrasados en tal fecha con respecto a
nuestro mundo en el sentido de sus movi­
mientos alrededor del Sol, lo aventajaban
en velocidad, e irían acercándosele hasta
llegar los dos, en diferentes días, a cruzar
la recta Tierra-Sol. Pero, a partir de ellos,
en cada uno de los que transcurriesen
irían Venus y Mercurio ganando delantera
a la Tierra y alejándose de ella más y más.
Teniendo en cuenta tales posiciones del
10 de septiembre, resultaba que, a no haber
necesidad de detenerse en Venus sino muy
pocos días, y pudiendo recorrerse en ocho,
por ejemplo, los 53 millones de kilómetros
necesarios para venus-izar el 18, sería po­
sible reanudar el viaje, en busca del eclip­
se, con posibilidad de llegar junto a Mer­
curio en otros tantos días, poco más o menos.
Pero sobre ser imposible prejuzgar el
tiempo que exigiría el salvamento de Sara,
ni aun suponiéndolo muy breve, cabía ad­
mitir que en un viaje de planetaria explo­
ración pudiere Venus ser abandonada sin
que los representantes de la terrestre cien­
cia hubiesen reconocido y enterádose de sus
continentes, mares, islas, ciudades, habi­
tantes, costumbres, civilización, etc. Cosas
que, aun muy a la ligera entrevistas en un
mundo totalmente ignoto, ¿qué menos de un
par de meses habrían de consumir?
En esto estribaba, no la dificultad, sino
la imposibilidad de tomar a Venus por pri­
mera y a Mercurio como segunda etapa del
viaje; pues a causa de correr aquélla más
despacio que éste, la distancia entre ambos,
creciente de 55 a 73 millones de kilómetros
desde el 18 al 28 de septiembre, subiría á

DE

SARA

39

más de 180 millones cuando, en el supuesto
de dos meses de permanencia en Venus, hu­
biere de salirse de tal mundo hacia el 18
de noviembre. Alargamiento del viaje que,
con ser enorme, no sería el más grave de
los inconvenientes de la adopción de tal
itinerario; por tener superior importancia
el consiguiente a los lugares, con respecto
al Sol, de los dos astros: que de estar am­
bos en septiembre al mismo lado de él, lo
tendrían entre ambos al final de noviembre.
Sin que para trasladarse de uno a otro en
dicha época pudiere el orbimotor hacerlo si­
guiendo aquellos 180 millones de kilómetros
de la línea recta Venus-Mercurio; ya que
pasando ésta a unos diez a doce millones
del Sol— o sea casi al lado, astronómica­
mente hablando— mucho antes de llegar a
tal distancia de él quedaría el orbimotor
envuelto entre torrentes de electrones sola­
res, caudalosísimos en tan inmediata cerca­
nía al manantial de donde fluyen, y azota­
do por los magnéticos vendavales salidos de
las manchas solares. En situación todavía
más peligrosa de la que, en el primer viaje,
y a distancia muchísimo mayor, perturbó
las cápsulas electro-cinctóricas, engendradoras de las radiaciones propulsoras del
aviestelar, dejando a éste sin fuerza, sin
gobierno, en peligro de caer en el Sol y de
abrasarse: no de fundirse, de volatilizar­
se en su lumbre.
Catástrofe a la que a duras penas con­
siguió sustraerlo la serenidad de la Capi­
tana, por encontrarse entonces a más de 60
millones de kilómetros de la inmensa ho­
guera, y haber podido aprovechar la ayu­
da de Mercurio. Hazaña que bien sabía ella
no podría repetir, si cometiera la impru­
dencia de acercársele a diez, y pretender
volar en abrasantes y cegadoras regiones,
donde mucho antes de llegar al Sol pere­
cerían abrasados todos los viajeros de su
novimundo. Pues el calor que a diez millones
de kilómetros de él recibirían de sus rayos
sería ¡225 veces mayor que el recibido de
ellos en la Tierra! (1).
He aquí porqué no pensó María Pepa, ni
un instante, en anteponer el salvamento al
eclipse, como a ser posible hacerlo habrían
Carlos y ella deseado. Sin que en definitiva
'es contrariara mucho la demora en el pri­
mero; porque, aun tomando el eclipse por
ti) 225 es el cuadrado de 15, que es la relación,
entre la distancia Tierra-Sol y Novimundo-Sol, su­
puesto éste en la planetaria región central.

B IB L IO T E C A

40

N O V E L E S CO-C IE N T IF IC A

P r im e r a : TO TA L G RA VITA TO R I AJ

S egunda: A N U I A

A las 23 y 45

A las 23 y 58

A las 12 y 2

del 17

del 18

del 19

FASES P R E ­
MONITORIAS
PEL

ECLIPSE
T OT A L
MERCURIAL

D IS T A N C IA S
K

DEL

I

L

O

O R III M O T O R

LA

A M ercurio.. . .

22 . 000.000

8 . 000.000

I .000.000

Al S ol................

79.000.000

65.000.000

61.000.000

TERCERA

DE TOTALIDAD

FASE

w arn rmwTOiEiWMi \ U L G A R

DISTANCIAS

TIERRA
A l Sol: 15 1.000.000 k.
A la Luna: 362.000 k.

c o m e n z ó al l l e g a r

ECLIPSE

A N U L A R :

el a u t o p l a n e t o i c

VISTO

EN LA

EL

HIJO

DE

SARA

PRO G RESIVA

[a^ 4 d

M

A las 20 y 40

A las 23 y 57

d e l 19

del 19

d e l 19

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4OO.OOO

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fo s e

L U M I N O S A

^ ) 3

el 19

midieron,

pero

S

300.000

decrecieron

e a 198.000 k i l ó m e t r o s

41

de

h a s t a .................

Mercurio

y desaparecer

220.000

60.300.000
el a n i l l o

luminoso.

(De fotografías de Carlos Faivel.)

(D el Anuario del Observatorio de Betulia)

42

B IB L IO T E C A

N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A

primera finalidad del viaje, podría llegarse
a Venus a principios de octubre. En total,
veinte fechas, que no eran plazo para im­
pacientar a nadie, en la completa travesía
Tierra-Venus. Aun alargada, con la ida a
Mercurio, a más del triple de lo que reali­
zándola directamente habría resultado.
A quienes, antes que este segundo viaje
planetario, hicieron el primero les sorpren­
derá se propusiera la Capitana recorrer
en veinte días los... millones de kilómetros
del itinerario que trazó en el celeste plano
cuya copia puede verse en la página 88, y
después recorrió exactamente como fué pro­
yectado, imprimiendo al autoplanetoide ve­
locidades mucho mayores de las empleadas
en la anterior expedición a Venus. Gracias
a que en los dieciocho años transcurridos
entre ambos viajes, había María Pepa ro­
bustecido la potencia de las radiantes cáp­
sulas motoras del novimundo, y a que en
el primero era la situación de ella equipa­
rable a la de un motorista encargado de
conducir, en primera prueba, un automóvil,
por desconocida ruta; mientras en el se­
gundo tenía ya plena confianza en las ex­
celentes condiciones de su motoplaneta, co­
nocimiento práctico de las celestes regiones
en donde volaba, prudente experiencia para
sustraerse a la atracción solar cuando y
donde constituyera ésta obstáculo o peligro
en la derrota; y cuando así no fuere, sere­
no atrevimiento para tomarla como auxi­
liar de la autónoma fuerza propulsora del
orbimotor, dejándose ir con ella.
Gracias' a esto, y tan pronto estuvo a
distancia de la Tierra en que la atracción
de ella descendió por bajo de la ejercida
por el Sol, hacia éste se dejó caer osada­
mente con su orbimotor. No contrariando
con los disparos de sus cápsulas cineióricas
la fuerza de dicha atracción solar, sinc
antes bien sumando a ella los impulsos de
aquéllas (1). Así, habría de recorrer el 10
de septiembre cerca de millón y medio de
kilómetros, con movimiento acelerado y ve­
locidad media de unos 17,5 kilómetros por
segundo; cubrir 4,5 millones de kilómetros
el 11, 5,5 el 12, 7 el 13, y más y más de
fecha en fecha, hasta llegar a los 18 millo­
nes el 17 de tal mes. Con aceleradas veloci­
dades cuyos promedios diarios fueron su­
biendo de 52 kilómetros por segundo del 11
( i ) E l cin eto rio de estas cápsulas era un m etal
m uchísim o m ás radioactivo que el radio. Según saben
quienes han leído el prim er v ia je planetario.

al 12, hasta 208 del 17 al 18. Véase derro­
tero: página 88 (1).
No a uno sino a muchos lectores les pa­
recerán absurdas tales marchas, y aun tal
vez alguien, no hondamente versado en as­
tronomía, mas sí lo suficientemente culto en
ella para tener conocimiento de cómo co­
rren los planetas, pensará que Ignotus ha
pasado la raya de la verosimilitud, al atri­
buir a su motoplaneta velocidades incom­
parablemente superiores a las de los de­
más miembros de la solar familia. Y eso,
siendo, precisamente, el más chiquirritín de
todos.
Cúmplele a mi modestia, en primer tér­
mino, rechazar el empleo del posesivo “ su” ,
refiriéndolo a mí y a un mundo que no es
mío, sino de la Capitana. Cumplido este
deber de no pavonearme con las plumas de
ella, haré notar que, siendo el planetoide el
Benjamín de nuestra celestial familia, no
debe a nadie sorprender sea muy veloz;
pues es sabido que los chicos corren más
que los viejos. Pero esto, con ser verdad
vulgar, no llega a verdad astronómica capaz
de convencer al objetante, a quien, por en­
terado de cómo corren los planetas, le su­
pongo al tanto de los tamaños de ellos, e
invitóle a parar la atención en que los más
pequeños, Tierra, Venus, Marte, Mercurio,
son los más rápidos y ágiles, y los muy
obesos, como Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno, los más pesadotes (2). Resulta, pues,
que el argumento de la pequeñez del novi­
mundo se le vuelve en contra al objetante,
según demuestran con elocuencia abruma­
dora los siguientes números:
La Tierra pesa unos 5,5 trillones de to­
neladas y vuela en su órbita a razón de
29,7 kilómetros por segundo; Mercurio, el
más pequeño y rápido de todos los planetas,
con peso mucho menor, de unos 35.000 bi­
llones de toneladas, vuela a razón de 47,7
kilómetros por segundo. ¿Qué extraño, pues,
( i ) P a ra qu e pueda form arse cabal concepto de
esta velocidad, diré que a ella d arla un aeroplano la
v u elta al ecuador en tres m inutos y 12*3 segundos.
M e rectifico: no podría d arla, porque los bólidos qu e
entran en nu estra atm ósfera con velocidades de cu a­
renta a sesenta por segundo se incendian con el calor
del rozam iento contra el aire, y por lo tanto es de
creer que a doscientos se in cend iaria el avión mucho
antes de acabar la v u elta.
(a) N o se toman en cu enta al d ecir esto la s dis­
tan cias al S o l, in flu yentes d e un m odo concom itante
con lo s tam años en las velocid ad es p lan etarias.
L a s velocidades orbitales m edias de los d iv e r­
sos planetas son en kilóm etros las sigu ien tes: M e r­
cu rio , 4>,7; V e n u s, 34,9; T ie r ra , 29,7; M arte, 24;
Júp iter, 13; Satu rn o, 9,6; U rano, 6,8; N ep tu n o, 5,4-

EL HIJO I>E SARA

43

que no pesando el orbimotor sino la insig­
nificancia de 20 millones de toneladas, o
sea, 178.000 millones de veces menos que
Mercurio, corriera el 17 de septiembre cua­
tro veces y media más que él?
Y eso que ni lo anterior tiene en cuenta
que al no recorrer órbita alrededor del Soi,
sino la recta de su caída hacia él, faltábale
velocidad orbital que se opusiera a la atrac­
ción ds éste, ni asoma todavía el argumen­
to Aquilea de esta discusión incidental. A
saber: que ni la Tierra, ni Mercurio, ni
ningún otro de los viejas mundos solares,
pasan de modestos astros secundarios, quie­
ro decir planetas a secas, sin llegar ningu­
no a autoplaneta como el novimundo nacido
del ingenio de la gloriosa aragonesa. Que
con lo de auto, y a despecho de la pequenez
de él, lo hizo subir de la condición de muía
sentenciada a dar vueltas y vueltas a una
noria, a astro primario, a avisidéreo libre
capaz de competir con las más rápidas es­
trellas, y nebulosas, y con los más veloces
enjambres o cúmulos estelares. Cuyas ve­
locidades, a las que nunca llegaría la pru­
dente Capitana, son todavía muchísimo más
raudas que la de 208 kilómetros que el or­
bimotor habría de alcanzar del 17 al 18 de
septiembre (1).

Se ha dicho que, ayudando a la fuerza
de la gravedad solar con la de los motores
de irradiación del motoestelar, se dejó Ma­
ría Pepa caer con él hacia el Sol. Atrevidí­
sima maniobra, no rayante en temeraria
por constarle a la experta capitana que la
prolongación del rumbo de la caída cortaba
la órbita de Mercurio en el lugar en donde
a las doce de la noche del 17 de septiembre
estaría este planeta. Siendo consecuencia
de ello que al hallarse en tal momento éste
en la línea recta autoplanetoide-Sol, y en­
tre el uno y el otro, interceptaría los eflu­
vios gravitatorios del último. Con lo cual
la atracción solar que en el camino reco­
rrido desde el día 11, cuesta abajo como si
dijéramos, habría ido aumentando la velo­
cidad del primero, dejaría, al comenzar, el
18 de tirar de él. Cuando el crecimiento de
la cercanía al Sol. y el consiguiente de la
atracción de él amenazara convertir la cues­
ta en precipicio, donde los poderosos, aun
cuando inmateriales, frenos del orbimotor
pudieran ser ineficaces.
Mirando a esto, eligió María Pepa dicho
punto para variar en él de rumbo y nave­
gar desde entonces en forma que, con ve­
locidades decrecientes y direcciones cons­
tantemente modificadas, volara el autopia-

( i ) D e cir cuál es la velocidad de un buque con
respecto a la costa es cosa, adem ás de fá c il, expre­
s iv a y co n creta; pero si una vez conocida tal v e lo ­
cid ad y perdida la vista de la costa, desde él se
viesen otros dos o m ás barcos en alta m ar, sería
evid en te disparate d ecir que aq uella velocidad era
la de él, con respecto a cu alqu iera de ellos, y m a­
y o r todavía
el afirm ar que lleva ra un a sola y la
misma, con relación a cu antos, con respecto al m ar
donde navegan y a la leja n a costa, se m ueven en
d iversas d irecciones y con m archas diferen tem en te
rápidas.
D ecir que al pasearse en cubierta, el capitán do
un trasatlántico, dando 100 pasos de 65 centím etros
por m inuto,
lleva velocidad de 65 m etros en
tal
tiem po, es verdad solam ente en e l barco, pero no
en e l mar. P u es si v a de popa a proa avanzará
realm ente, con respecto a éste, distancia igual a la
suma de su
an d ar personal m ás el del buque; y
cu an d o vu elva de proa a popa sólo la d iferen cia
en tre am bos si el buque, y esto será lo m ás fre­
cu e n te , an da m ás que él; retrocediendo, en lu ga r de
av an zar, si la m archa del buque fu ese la m ás lenta.
En realidad este capitán— como el m aquinista de
un tren , como el m otorista de un auto— tiene, ade­
m ás de la observación de los objetos ex terio res cer­
can os, otros elem entos de conocim iento: la teórica
velocidad m ecánica de la m áquina que gobierna, la
d irección fija d e la a g u ja imanada, las posiciones
d e lo s astros. P ero quitándole todo esto, metámosle
en un bote, en a lta m ar, donde no vea la costa,
sino sólo, a variables y no cortas d istancias, unos
cu antos bu ques; y digám osle que con sólo observar
las idas y venidas de sus capitanes en los puentes
d e ellos deduzca su velocidad propia, las de dichos

Beñores y la9 de éstos en tre sí. Y como, para ap re­
ciar todo esto, le falta rá posibilidad de referirse a
puntos fijos, será insoluble el problem a, o ten drá
tan tas soluciones como hipótesis haga: suponiendo
sucesivam ente que su bu qu e, o uno u otro de los
que a la vista tiene, perm anece quieto, a fin d e
ser tomado por referen cia estable para determ inar
con respecto a él el m ovim iento de los otros.
D esde que las estrellas ten id as por fija s en pa­
sadas centurias, y en tal supuesto u tilizad as para
evalu ar los m ovim ientos de otros astros, han dejado
de ser consideradas com o tales, por haberse a v e ri­
guado que también ellas corren que se las pelan,
la situación del cupitán de m anías es trasunto de
la del astrónom o que m irando al Cielo, océano sin
costas, intenta averigu ar las velocidades de la s es­
trellas que lo surcan. C ontem plándolas desde un
observatorio volteante con la rotación de la T ie rra ,
además arrastrado por ésta alrededor del S o l, y asi­
mismo llevado por e l S o l en el vuelo d e éste con
todos sus p lanetas h acia la constelación de la Lira.
S in ten er, en la T ie r ra ni en el S o l, m ecánicos
contadores de velocidades. S in saber si en el C ielo
hay algo quieto, sino m ás bien creyen d o, m uy fu n d a­
dam ente, que nada en ¿1 está en reposo.
N o es fácil, pues, ni aun en rigo r posible, d ecir
cuál es la real velocidad ín teg ra y absoluta de n in ­
gún astro ; pues en vano buscan los astrónom os en
el U n iverso referen cias fija s y com unes a todos.
E ste es uno de los m ás com plicados problem as
que ante sí tiene la A stronom ía. Y como, claro está,
no hemos de en trar nosotros en su s com plicaciones,
de ello se infiere que a los resultados de unas
cuantas m ediciones de velocidades cósm icas, segu i­
dam ente insertos, para d ar somera idea de tal ma-

44

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

netoide constantemente protegido por Mer­
curio de la influencia de la gravedad solar.
La cuesta abajo, ya muy pina, a la lle­
gada allí, convertiríase en suavísimo decli­
ve; pues la atracción de Mercurio, predo­
minante ya sobre todas las demás cósmicas
gravedades, sólo reprensentaría, entonces,
fuerza cuya insignificancia puede eviden­
ciarse diciendo que a los 21 millones de ki­
lómetros a que al finar el 17 de septiembre
estaría del planeta el novimundo, el peso
<íe éste—pero, entiéndase bien, su peso
mercurial— sería solamente de unos 870 ki­
logramos terrestres.
Reducidos a esto, por taumaturgias de
las gravedades telúrica y mercurial, los
20.000 millones de ellos que en Paramillo
pesaba el novimundo, claro es que para
quien ¡o había remontado a los cielos, ven­
ciendo el terrestre tirón de aquellos 20 mi­
llones de toneladas de su peso allá abajo,
había de ser un juego, no ya vencer, sino
combinar el actual peso mercúrico de él
con sus propias fuerzas de propulsión, para
irlo acercando paulatinamente a Mercurio.
En los primeros minutos del 18 de sep­
tiembre comenzó, pues, el eclipse gravitatorio del Sol, que duraría hasta el 25; es
decir, siete días.
En estricto rigor, a la par dió principio
el luminoso; pues ya el 18 veíase sobre el
Sol, como un punto negro, la sombra de
Mercurio. Mas no cubriendo todavía sino
una y media diezmilésima del dorado disco
—visto entonces con anchura doble de la
que nos muestra a quienes desde la Tierra
lo miramos, y con superficie y luz cuatro
veces mayores— no merecía la diminuta
mancha en el centro del Sol ser llamada
eclipse.
Pero con el aumento de la proximidad a
Mercurio pronto creció el agujerito a redondelillo negro; que fué engrosando al
punto de que al acabar el día 18, y a ocho
millones de kilómetros del planeta, pareteria a los lectores, debe únicam ente concedérseles el
v alo r relativo propio de ellas.
V elocid ad es de varias decenas de kilóm etros—
que ahora y en lo sucesivo han de entenderse por
segundo— son frecuen tísim as en las estrellas, y no
raras las superiores al centen ar de ellos. P o r lo
común son m ás veloces lo s astros m ás pequeños, y
los más pesados.
Casos especiales son, en tre otros, el de la estrella
“ L a la n d e ", con velocidad superior, en el sentido
del rayo de luz que de ella nos llega, a 335 k iló ­
m etros, y una de la constelación de C efeo (la R. 2),
que alcanza la de 1.037.
El prom edio de la s de los enjam bres, o cúm ulos
estelares, es 130 kilóm etros, llegando alguno a 427.

cíales a los viajeros siete veces mayor que
veinticuatro horas antes.
A las seis <le la mañana del 19, a 6,5 mi­
llones de kilómetros de Mercurio, la sombra
de éste cubría ya más de una centésima de
la faz solar.
Entonces puede decirse comenzó a ha­
cerse perceptible, para los expedicionarios
que no eran astrónomos, el eclipse anular
como apreciable fenómeno, que quienes lo
eran no perdían de vista con sus telesco­
pios desde hacía muchas horas.
A mediodía, estando el planetoide a un
millón de kilómetros del planeta, la som­
bra circular cubría cuatro centésimos del
Sol, e hinchándose, hinchándose, y comién­
dose la luz de nuestro hermoso luminar,
subía respectivamente dicha sombra a 16,
23 , 44, 63 y 98 centésimos, según menguaba
a 500.000, 400.000, 300.000, 250.000, 200.000,
respectivamente, la distancia a Mercurio.
El eclipse total, el verdaderamente inte­
resante para la ciencia, era inminente. Don
Jaume estaba loco de entusiasmo. Reganio,
Betulio, Gongonosio, con los respectivos pe­
llejos a punto de reventar de gozo por ha­
ber sido invitados a ver fenómeno tan des­
pampanante como aquél, tenían a su se­
cuestrador Leblonde por su mejor amigo,
y a porfía derramaban sobre él las des­
bordantes efusiones de sus gratitudes.

XI
BR EV E P A R É N T E S IS ÉTICO -ASTRON Ó M ICO

Corre el orbimotor con tal velocidad que,
llevado a su paso el relato astronómico dsl
último capítulo, ha dejado desmesurada­
mente retrasado el de las aventuras de
nuestra juvenil pareja. Alegres hasta aho­
ra como la luz del Sol, antes de empezar a
empañarse; pero en las cuales parece ya
apuntar un punto negro que, a crecer cual
L a s ya citadas N ubes M agallánicas se alejan do
nosotros a razón de 288, la nebulosa espiral d e
A ndróm eda se nos acerca 330 por segundo, y a l­
guna otra espiral, todavía mucho m ás v elo z, se se­
para del Sol 1.000 en igual tiempo.
L a s velocidades acusadas por el estudio de lo s
espectros de las novas parecen con ducir a veloci­
dades m ucho más asom brosas to d av ia ... Asom brosas,
claro es, para estos pobrecitos m oradores de la
T ierra.
¿Cóm o se han m edido tales velocidades? In te re ­
sante es el saberlo, m as dem asiado largo ya para
esta nota. Lo d ejarem os, pues, para hablar de e llo
al retom o de V en u s.

EL HIJO DE SARA

45

la sombra de Mercurio, acaso tienda sobre
menos si se reflexiona que no eran astros
aquella alegría cendales de tristeza.
indiferentes unos a otros cual los del es­
Y como es conveniente para la buena
pacio, sino criaturas ligadas por afectos,
inteligencia de esta historia que paralelas
y entre las cuales una, el hijo de la des­
marchen, cuan sincrónicas quepa, las na­ terrada, a semejanza del autoplanetoide, y
rraciones de los grandes acontecimientos
tan indómito como éste, no se avenía a re­
cósmicos, que interesan a Ripoll y a la cien­
correr pasivamente rutas impuestas; sino
que, resueltísimo a no seguir sino las ele­
cia, y los amatorios altibajos de Carlos y
de Luisa, forzoso es que, mientras resta­
gidas por su propia voluntad, acercábase
a Luisa, como el novimundo a Mercurio, en
blezco el perdido equilibrio cronológico,
aguarde un poco la impaciencia de quienes
virtud de su autónomo deseo; procuraba
influir en la órbita de su madre adoptiva
desean, ante todo, llegar pronto al eclipse
y a los descubrimientos gracias a él reali­ más conscientemente y más a intento que
Neptuno influye en la de Urano; zarandea­
zados.
Por efecto de lo que unos llaman provi­ ba a Ña Teodosia como a satélite tras del
denciales designios, y otros sino de las cria­ cual se eclipsaba a las miradas de Guzmán;
y huía de éste, si a mano no tenía el saté­
turas— cada una de las cuales recorre la
órbita propia de su vida, mucho menos es­ lite, como el más tímido planeta pudiera
huir de un cometa maléfico.
tudiada e incomparablemente más incierta
Bueno, perdóneseme el lapsus y bórren­
que las de los astros— , ocurre a veces que
me el “ maléfico” ; pues lo del maleficio es
los actos de ellas corren por derroteros
o, mejor dicho, fué patraña de incultos y
concurrentes, dando ocasión a coincidencias
supersticiosos tiempos y hombres.
equiparables a las conjunciones, eclipses y
A sí ocurrió una tarde, tarde por los re­
oposiciones de soles y orbes. Con semejan­
za lógica; puesto que hombres y astros si­ lojes públicos que en el perenne mediodía
guen inmateriales órbitas en las que sólo de Noviópolis señalaban a los noviopolitanos las horas y las fechas en que seguían
el hoy ofrece vivires o existencias, con tan­
gible realidad; ya que el ayer sólo es re­ viviendo los hombres de la Tierra que allá
lejos quedaba; así ocurrió, repito, que no
cuerdo, y el mañana, antes del cual acaso
mueran astro o criatura, no es sino incer­ mirando Carlos a otra órbita que a la de
él preferida, es decir, la de Luisa, con la
tidumbre.
cual solía la suya coincidir en la ventana
Viénenseme a la mente las anteriores
reflexiones al advertir que ni las grandísi­ de ella, allá se fué, no ya como planeta
mas órbitas cósmicas, ni las colosales dis­ atolondrado, sino peor aún, como bólido
tancias entre las innumerables estrellas, ciego. Sin cuidarse de si los otros astros
hormigueantes en los insondables univer­ del sistema a que su novia y él pertenecían
sos, son óbice a que dos astros coincidan iban o no por sus normales y trillados ca­
minos.
en determinadas posiciones con respecto a
Consecuencia del atolondramiento fué
un tercero, acaeciendo entonces las con­
junciones y •oposiciones astronómicas; ni a que, al llamar con los nudillos a la ventana,
para que Luisa se asomara y Teodosia sa­
que con él se alineen y esto sí que es un
colmo de coincidencias, en una y misma liera a montar su centinela, se produjo, no
línea recta, dando lugar a eclipses. Y eso la prevista y apacible conjunción LuisaCarlos, sino un inesperado choque, poco
siguiendo todos ellos sus caminos propios,
grato; pues Guzmán, no su hija, fué quien
entre sí alejadísimos, sin pensar ninguno,
o con más propiedad, sin posibilidad de vo­ abrió la ventana. Guzmán, completamente
luntario intento de influir en las rutas de descarriado de su órbita, porque debiendo
entonces estar en el taller se encontraba
los otros.
en su casa.
Cónstanos, además, qua, a despecho de su
Sin duda a aquella hora había de existir
inverosimilitud, no son las tales coinciden­
cias raros eventos, sino fenómenos frecuen­ alguna general causa perturbante; puesto
tes en los cielos, y, por tanto, a nadie de­ que Luisa hallábase, no en la ventana cual
debiera, sino en la Comandancia General
berá sorprender que entre Carlos, Luisa,
María Pepa y Guzmán, cuyas órbitas se en­ de Noviopolis, donde La Capitana tenía su
residencia, departiendo con ésta; y Ña Teo­
trecruzaban en la estrechez del novimundo,
dosia en vez de apostada en atalaya en la
en lugar de espaciarse por las vastedades
del cosmos, se produjeran asimismo con­ inmediata bocacalle, estaba en la cocina,
donde la había encerrado su amo, prejunciones, oposiciones y aun eclipses. Y

B IBLIO TECA

46

N O VE LESCO -CIEXTIFICA

guntándose muy acuitadísima adonde iría,
ella, si Ño Guzmán la despedía. Punto difi­
cilísimo de resolver; pues tenía grandes
dudas de si en el novi mundo la despacha­
rían billetes para volverse al Perú.
XII
DONDE BUSCANDO A

LUISA

TROPIEZA

CARLOS

CON GUZMÁN

— ¡Usted por aquí, Don Carlos!— dijo el
instrumentista al abrir la ventana.
— ¡Calla!... Sí, yo... Venía... venía.
— Ya sé a qué. No se moleste en decír­
melo. No me habían engañado.
Siendo Carlos muchacho a quien duraban
poco los atortolamientos, pronto salió del
producido por la aparición del suegro en
cierne en el lugar de la esperada novia; y
con desenvoltura contestó:
— Pues que lo sabe, y aunque no lo su­
piese, no se lo he de ocultar. El titubeo de
mi extrañeza, al ver a usted, no era sino
sorpresa, mas no propósito de negar lo que
usted se figura.
— Comprendo que le haya contrariado...
— Se equivoca usted: he dicho sorpresa.
Y en prueba de que no es contrariedad, le
diré que me alegro se me venga a las ma­
nos ocasión que varias veces he pensado
buscar, de hablar seriamente a usted de
mis relaciones con su hija; demorándolo
por razones atendibles.
— ¡ Que usted deseaba...! No era fácil lo
supiera yo, de quien andaba buscándome
las vueltas para hablar con ella.
— Pues ahora ya no se trata de suposi­
ciones; y habiéndomelo oído no puede us­
ted dudarlo. A menos de querer ofenderme.
— Don Carlos; no es ese mi propósito: sé
lo que es la irreflexión de la juventud. Pero
no debe retraerme de cumplir mis deberes
de padre miedo de que usted lo atribuya a
intento de ofenderlo, no creíble en quien
respecto a usted ocupa situación subalter­
na que...
— Eso es una tontería.
— No, Don Carlos.
— Sí, Señor Guzmán: En el caso presen­
te, trastrueca usted nuestras posiciones res­
pectivas; porque siendo usted padre de la
mujer a quien yo quiero, y oponiéndose us­
ted a que me quiera ella, ciego ha de estar
para no ver que el de arriba es usted y el
de debajo yo.
— Pues, por eso precisamente; porque no

quiero esa confusión de papeles con quien
está demasiado alto para que pueda yo
creer que mi hija...
-—Mire, Señor Guzmán— dijo Carlos, in­
terrumpiendo rápidamente al instrumentis­
ta, y recalcando el “ Señor", para hacerlo
sonar a respetuosa deferencia— , sobre ese
punto necesito tener con usted una expli­
cación.
— Y yo con usted. A eso he venido.
— Pues si los dos queremos... Pero no me
parece esta ventana lugar muy indicado...
—Verdad, verdad. Aguarde usted un mo­
mento, que voy a abrir la puerta.
*
* *

La inopinada presencia del instrumentis­
ta donde acabamos de verlo, y los reverdecimientos de sus miedos a Carlos, disipa­
dos, según antes se ha dicho, por el inter­
medio con- Yaya Iranzo, fueron consecuen­
cia de oficiosidad de un astro intruso, que
ni hasta ahora ha intervenido en esta his­
toria, ni en ella volverá a figurar, pasado
este episodio: un menudo satélite u obrero
de confianza de Guzmán, en el taller de re­
paraciones astronómicas, que se creyó en el
caso de corresponder a aquélla enterándolo
de los comentarios de los demás mecánicos
sobre las diarias conversaciones ventaneras
de Luisa y el Señorito; de la hora de ellas,
y de las centinelas de Teodosia en la esqui­
na. Todo lo cual era en Noviópolis secreto
a voces para todos, menos para el padre
de la novia.
■Nuevamente se alarmó éste, y más aho­
ra, por la imposibilidad de llevarse a su
hija lejos de Carlos, y por haberle conven­
cido lo de la Señorita de Iranzo de no ser
Luisa, para aquél, sino mero pasatiempo.
Reflexionando, pues, sobre el mejor partido
que pudiera tomar en el reproducido riesgo,
que él creía pasado; no atreviéndose en su
modesta posición a molestar, de nuevo, con
quejas, a la Señora, que a despecho de
ru bondad podría creerlo inoportuna im­
pertinencia, o acaso interpretarlo cual so­
lapado intento, de que él era incapaz, de
convertir un juego de chiquillos, en lazo
que apresara a su hijo adoptivo; y en la
certeza de que si la dulce y obediente Lui­
sa perduraba en pertinaz desobediencia, ha­
bía de ser por tener tan agarrado al alma
aquel amor que serían vanos cuantos es­
fuerzos hiciera él para desarraigarlo, se le
ocurrió que tal vez fuera lo mejor hablar

EL HIJO
al mismo Carlos. A quien no creía malo
sino loco.
Todo esto estuvo meditando desde que,
una hora antes de la de los paliques de los
novios, le había enterado de éstos su ayu­
dante, cuando la cercanía de dicha hora
hízole pensar que, en tanto analizara pros
y contras de su última idea, era lo más ur­
gente cortar de raíz, sin perder tiempo, la
comunicación entre aquéllos. Y con dicho
propósito, se salió del taller y se fué a
casa.
Esperábale en ella la sorpresa de no ha­
llar allí a Luisa. Quien, según dijo Teodosia, había ido “ donde la Señora” , por ha­
ber recibido una esquelita de ella invitán­
dola a pasar la tarde en su compañía.
Como las gentes preocupadas suelen dis­
currir mal, por suponer frecuentemente a
los demás influidos por sus mismas preocu­
paciones, receló Guzmán, si enterada la Se­
ñora de lo mismo que a él lo había traído
a casa, respondería su llamada a Luisa a
propósito de acabar, hablándole a ella, los
amores que él pensaba cortar hablando a
Carlos. Sospecha alarmantísima; pues lo
que, en tal supuesto, diría la Capitana a
una pobre niña enamorada de hombre muy
por cima de su condición social, habría de
ser mucho más mortificante que cuanto él
pudiere decir a Carlos. Esto le hizo pensar
que de salir verdad aquel supuesto, y no
pudiendo ya adelantarse a la Señora, im­
portábale más no retrasarse a ella. Para
que cuando menos, apareciera clara la si­
multaneidad de ambas gestiones.
Resuelto a hacer la suya incontinenti, y
echándose ya encima la hora de la diaria
cita decidió aguardar a Carlos, atisbando
a hurto su llegada. Y deseando evitar le
diere a Ña Teodosia la ocurrencia de salir
a su encuentro, para que antes de llegar a
la ventana hiciera la del humo, la encerró
en la cocina. Abrumándola antes con durí- simos reproches a su traición, y acuitándo­
la con los miedos y dudas de que ya se ha
hablado.

.

*
* *

— Don Carlos— dijo el padre de Luisa en
cuanto él y el citado se sentaron— . Como
no es cosa de perder el tiempo, diré, sin
preámbulos que para evitarm e y evitar a
mi hija la am argura de imponerle mi auto­
ridad, me ha parecido lo m ejor acudir al
buen corazón de usted.
— Muchas gracias por ese buen concepto.

DE

SARA

47

Pero no se me alcanza qué pueda usted pe­
dir en este asunto a mi buen corazón.
— Muy sencillo, que reflexione usted, si la.
reputación y la tranquilidad de una mu­
chacha honrada y buena no merecen, aun
cuando ella sea humilde, les sea sacrificado
el placer de un pasatiempo de quien está
demasiado alto para hacer de él más que
un tonteo.
— Veo Señor Guzmán... No, nada, nada:
más vale no contestar a usted hasta queacabe de puntualizar qué pretende de mí.
— Que por sí corte ya, lo que habiendo a
la postre de acabarse...
— Eso... Perdone U9ted, y siga: ya novolveré a interrumpirle.
— ... menos daño hará a mi hija cuantomás pronto pierda las imposibles ilusiones
que...
— Pero, hombre, si nada de eso tiene pies
ni cabeza.
— L e ruego que recuerde su propósito de­
no interrumpirme.
— ¡P ero si dice usted unas cosas!... V aya
acabe... ¿Cómo he de evitar yo esos te rri­
bles males?
— N o volviendo a parecer por aquí.
— ¡ Y me lo pide usted en nombre de la
felicidad de Luisa?
— Será el único medio de convencerla de­
que la olvida usted.
— N o veo necesidad de convencerla de­
mentiras. N i aun cuando lo lográramos es­
taría usted más adelantado; porque olvida­
da y todo no me olvidaría.
— Mucha... mucha seguridad es ésa.
— Presunción iba a decir usted. Mas no­
te extrañe, porque no lo es, sino confianza:
la misma de Luisa que, aun supuesto ef
absurdo de que ella me olvidara, tampococreería que pudiera yo olvidarla.
— Son ustedes dos niños; y nada saben
de la vida, ni de los imposibles ofue levanta
entre personas de diversas posiciones.
— Y a hablaremos más adelante de eso úl­
timo. Después de decir a usted que, si aun
tenemos poco conocimiento de la vida, sa­
bemos cuanto hemos de menester de nos­
otros mismos: no solamente cada uno de sí,
sino los dos del otro.
— Don Carlos, no puedo compartir esa se­
guridad; porque si bien no dudo que usted
sepa de Luisa cuanto haya menester, nocreo que ella sepa tanto de usted.
— N o sé porqué.
— Porque ignora que usted ya la ha ol­
vidado...
— ¡Y o ! ¿Que yo?

48

BIB LIO TEC A

N OVELESCO-CIENTIFICA

— ... por la Señorita de Iranzo.
— Señor Guzmán: esa es un arma de
mala ley... Entre esa señorita y Luisa me­
dia tal abismo, que ofende usted a su hija
comparándolas; y más aún suponiendo que
aquélla haya podido ocupar ni un instante
mi corazón lleno de Luisa.
— Y sin embargo...
— No tenía a Luisa al lado; no creía y
sobre todo no quería ofenderla... Y no, no
la ofendía... ¿O es que usted, que presume
de conocer la vida, de saber lo que son
los pocos años, quiere juzgarme olvidando
todo eso?
Quedó Guzmán perplejo, sin querer dar
respuesta que admitiera por válidas las
disculpas de Carlos, ni haber aun, en con­
ciencia, fallado si el delito, tal cual el de­
lincuente lo pintaba, era o no imperdona­
ble. Y eludiendo contestación directa dijo:
— Yo no soy quién para juzgar a usted;
mas lo ocurrido en ese asunto no es para
hacer creer en la firmeza de sentimientos
de que alardea.
— No es un borracho quien una vez se
embriaga... Eso lo sabe todo el mundo...
Pero, ¡por Dios, por Dios!, no use us­
ted con Luisa de esa arma en contra mía.
Se lo pido por la salud de ella, y si precise
fuere lo pediría de rodillas.
— ¡Don Carlos, Don Carlos...! Jamás con­
sentiría yo que usted llegara...
— ¿Porqué no? Crea que no consideraría
humillación arrodillarme por tal causa ante
quien merece mi respeto por padre de la
mujer que ha de ser madre de mis hijos.
Antes de ahora se ha visto que en discu­
siones en donde jugaran la sensibilidad y
los afectos de Carlos, su extema ligereza,
unida a corazón sincero, a firme voluntad
y a viveza con que su vehemencia saltaba
de lógica y hasta ingeniosa argumentación,
a explosiones afectivas, hacían de él un
desconcertante adversario para quien in­
tentara llevarle la contraria, imposibilita­
do de discutir tranquilamente con quien,
sin hacer caso de razonamientos, aturdía
al contrincante, y hasta lo conmovía, con
los apasionados gritos de su corazón. Que
como en trance análogo turbaron, en Trujillo, a María Pepa, trastornaban a Guz­
mán en el actual. Sin dejarle advertir que
precisamente la vehemencia aquella era la
causa principal de su desconfianza cuando
■en reposo y soledad pensaba en los amores
de su hija.
No quiere esto decir que sus recelos se
hubiesen ya desvanecido; mas sí que las

últimas palabras del muchacho, y sobre
todo el fuego en ellas puesto, fueron un
rudo golpe a ellos. En pos del cual, y sin
dar tiempo a que el prudente padre se re­
pusiera de él, lo asegundó Carlos diciendo:
— Aun cuando me sería dolorosísimo que
Luisa supiera eso, no me asusta sufrir ese
dolor, que sería pasajero; pues tengo ¡a
certeza de que entre su bondad y su cariño
me alcanzarían el perdón cuando se lo pi­
diera. No por mí, no, por ella ruego a us­
ted no le cause esa pena. Y con tal de evi­
társela dispuesto estoy a hacer cuanto us­
ted mande: todo, todo... menos prescindir
de ella.
Aun cuando cada vez más bamboleante
todavía se defendió la desconfianza de Guz­
mán, diciendo:
— No se preocupaba usted, como ahora
con la pena de Luisa cuando...
Estrecho era el aprieto en que el instru­
mentista iba a poner a Carlos como éste le
dejara. Pero siguiendo el muy ladino su
costumbre de no dar contestación o ade­
lantarse a preguntas que no pudiera con­
testar, reemplazando las respuestas con
afirmaciones incongruentes con lo pregun­
tado, mas de gran fuerza en lo esencial,
replicó, antes de serle formulado el cargo
que adivinaba ya:
'— ¡Otra vez esa muñeca loca!... Pero si
aquello no fué sino un relámpago en mis
ojos, fugaz instante de pasajera distrac­
ción con quien a muchos había antes dis­
traído; pero nada en mi corazón lleno de
mi Luisa; nada, nada en mi vida, que es
entera de ella, y que aun entonces no dejó
de seguir siendo suya. Si esto, que es tan
verdad como el cariño que usted tiene a
su hija no le conmueve a usted, dígaselo.
Si la pena que causará usted a la inocente
quiere imponérsela, por haber visto que ese
será para mí el mayor castigo, cuénteselo
todo, pero...
— Ni soy quién para imponer a usted cas­
tigos, ni...
-—Lo aceptaré, lo aceptaré... Pero seguro
de que, a despecho de todo, conseguiré ha­
cerle ver a ella que ella y sólo ella...
— Don Carlos, sus relaciones con la Se­
ñorita de Iranzo no son la causa que me ha
hecho buscar esta entrevista.
— Y a usted también, también a usted le
convencerá de lo mismo— replicó el mucha­
cho sin hacer caso de las últimas palabras
de Guzmán— . Vaya, vaya y pregunte al
Sr. Ripoll, y él le dirá que por mí se quedó
aquélla en Paramillo con billete tomado

EL HIJO DE
para este viaje; que alegremente la he de­
jado allá para cortar de raíz lo que mi fla­
queza no supo evitar.
En esto estaban de su conferencia, padre
y novio de Luisa, cuando por delante de la
ventana vieron cruzar a ésta que regresaba
a casa.
Al verla, fuése Guzmán precipitadamente
a la cocina; desencerró a Teodosia; le en­
cargó que al abrir la puerta a Luisa le di­
jera lo aguardara en su cuarto, en tanto él
despedía a una visita que tenía; y después
de prohibirle con terribles amenazas deja­
ra conocer a aquélla estar él enterado de
sus diarias entrevistas con Carlos, retornó
al gabinete donde aguardaba éste, a quien
sin acritud, pero muy serio dijo:
— Don Carlos, aun cuando yo no ponga
en duda su buena fe de hoy, continúo vien­
do tan graves obstáculos...
— Esos en que usted piensa no tienen
fuerza alguna—-interrumpió el muchacho
sin dejar que acabara Guzmán— . Se lo de­
mostraré a usted pronto.
— ¿Cómo?
— Enterándole de lo que dentro de una
hora me habrá dicho mi madre.
— Mucha seguridad me parece.
— E s que en mi madre la tengo yo tan
absoluta como en Luisa. Adiós, adiós. No
quiero perder tiempo.
Quedóse caviloso Guzmán. Y un momento
después, al ver pasar al mozo, a la carreja,
por delante de la ventana, díjose para sí:
Mucho me temo no haber adelantado
nada. Porque si se equivoca estaremos en
las mismas; y si acierta, y la Señora cede,
todavía será peor; pues entonces no tendré
más remedio que ir a verla, decirle lo que
quería seguir callando; y por eso es seguro
que no pasa.
XIII
ÉSTA SÍ QUE ES FAMOSA CONJUNCIÓN

Cuando contagiado de las vehemencias de
Carlos, corriendo en pos de él, dándole ya
alcance, voy a zamparme en seguimiento
suyo, y sin pedir permiso, en el gabinete
de María Pepa, caigo en la cuenta de no
ser el cohete el solo personaje de esta his­
toria; y advierto quedaría mal hilvanada
con la anterior escena la que iba a referir,
si de una a otra saltara, dejando sin con­
tar la desarrollada, en la misma habita­
ción, entre la madre y la novia del cohete,
EL H IJO DE SARA

49

SARA

mientras éste conferenciaba con el padre
de la última.
A l decir de los paliques ventaneros, que
para todos, menos para Guzmán, eran se­
cretos a voces, en el todos dejé incluida a
María Pepa. No por inadvertencia, sino
por estarlo realmente; sin que las voces la
inquietasen, como alarmaron al instrumen­
tista cuando las oyó al cabo.
Si la Capitana pensaba, como Carlos,
que metiendo ella misma a Luisa en el novimundo, ipso facto anuló su veto a la co­
municación de los enamorados, por haberlo
dictado para el mundo viejo donde ya no
vivían, o si, considerándolo válido para
todos los mundos, hacía la vista gorda a
su infracción, es duda que ni puedo ni im­
porta dilucidar; pues lo interesante para
mí y los novios no es el porque sonriera
María Pepa, sino el hecho de que se son­
reía cuando, en presencia suya, y echando
menos sus veinte años, comentaba Arístides los paliques de Carlos con aquella
preciosa chiquilla, y Don Jaume contaba
cómo el muy granuja lo había embaucado
a él con lo de la perturbación planetaria y
enloquecido a la inocente calculista some­
tiéndola a intenso tratamiento de raíces
cúbicas.
— No me extraña— exclamó Leblonde al
oir al astfónomo— . ¡Qué horror! Con se­
mejante tratamiento yo también enloque­
cería.
— No se asuste, amigo Arístides— res­
pondió María Pepa— . No hay riesgo de que
a Carlos se le ocurra aplicárselo a usted.
— No, no pensaba en Carlos, sino en que,
de aplicármelo ella, también yo enloque­
cería.
— ¡Ja, ja, ja ! Y a lo creo— saltó Don Jau­
me— . Pero limpíese, amigo: está usted muy
machucho para...
— Y a me he dolido de ello.
— Mas no se apure; pues si quiere tra­
tamiento de raíces, me ofrezco, ¡ja, ja,
ja!..., me ofrezco a colmarle las medidas.
— No, no: usted me volvería, no loco,
sino tonto.

Cortando la anterior referencia episódi­
ca, y tornando a lo esencial, resulta que
las medias sonrisas y las risas francas
de María Pepa bastarían, aun careciendo
de los antecedentes conocidos sobre sus sen­
timientos y opiniones con respecto a Luisa,
para inducir que, al embarcar con ésta en
4

50

B IB L IO T E C A

N O V E L E S C O -C I E N T I F I C A

el autoplanetoide, debía de tener resuelta
in rúente, aun cuando lo callara, la boda de
ella y Carlos.
Pero aun hay más: dicha resolución no
nacía solamente de frío convencimiento de
poseer la peruanita las morales excelencias
por María Pepa deseadas en la mujer que
hubiera de serlo de su hijo adoptivo; pues
se robustecía con el tierno cariño a ella que
la estrecha intimidad de la pasada convi­
vencia había despertado; y al cual se le
hacía penosa la súbita interrupción de la
vista y el trato con Luisilla, desde que al
embarcar volvióse ésta con su padre, y a
la Capitana la ocuparon las atenciones del
mando, muy absorbentes en los comienzos
del viaje.
La derrota del avisidéreo, y la vigilan­
cia de la gravitación solar, por la que se
dejó atraer hasta el 18 de septiembre, era
su constante cuidado en dichos comienzos,
teniéndola pendiente, a todas horas, de la
creciente intensidad de ella, para evitar
degenerara la atracción en arrastre irre­
sistible. Miedo al cual la impidió satisfacer
en los primeros días del viaje su deseo de
reanudar la añorada comunicación con la
chiqqilla, por no poderle dedicar tiempo
ninguno. Mas como, aunque no cósmica,
existía también positiva atracción entre las
dos mujeres, por ella se dejó María Pepa
arrastrar, tan pronto no tuvo ya recelo de
que la otra la arrastrara. Quiero decir
que escribió a Luisa la esquela de que Ña
Teodosia habló a Guzmán. No motivada,
cual cavilosidad de éste barruntara, por
análogas causas a las complicadas que lo
impulsaron a él a buscar a Carlos, sino por
móviles mucho más sencillos: vivo deseo de
ver a la chiquilla, y gana, muchos días
reprimida, de charlar con ella.
Acudió ésta gozosísima, no obstante per­
der, con la llamada, la conversación de aque­
lla tarde con Carlos; pues aunque viéndo­
lo, departiendo con él, y recordando cuando
se iba lo salado que era, tenía la novia dis­
tracciones no disfrutadas con la madre, lio
por ello dejaba de sentir, ella también, se
hubiesen acabado los largos ratos que an­
tes pasaban juntas.
Comenzó la entrevista con recíproca cor­
dialidad. Muy efusiva, por darse cuenta
ambas de la alegría sentida, al verla, por
la otra.
Ni María Pepa abrigaba ningún propó­
sito trascendental, ni desde mucho tiempo
atrás, miraba a Luisa con aquella lente de
marras que a ésta le asustaba cuando pen­

saba en ella. Y sin embargo la casualidad
quiso que, pasadas las primeras efusiones
de la llegada, preguntara Luisa si “la Se­
ñora” no tenía ya cálculos que encargarle.
Con lo que viniéndosele entonces, a la últi- ,
na, al magín la historieta de las raíces
cúbicas, y eslabonándosele sucesivamente
con este recuerdo el de Carlos, y el de las
diarias conversaciones de la ventana, ocurriósele, sin darse hasta más tarde cuenta
del apurado trance en que ponía a la mu­
chacha, asestarle de nuevo el temible mi­
croscopio de otros tiempos. Pues tal le
pareció a la preguntada la pregunta de “ si
hacía mucho tiempo que no había visto a
Carlos” .
Cierto que ni el tono de ella, ni la sonri­
sa, entre burlona e indulgente, con que fué
formulada eran para asustar; pero tam­
bién lo es que el azoramiento de Luisa, hijo
de su vacilación de responder con la ver­
dad, o de ocultársela a quien tenía prohi­
bido a Carlos que la viera y hablara, no le
permitían ver sino el fondo de la gravísi­
ma interrogación; sin apreciar aquellas
tranquilizadoras, aun cuando no para ella
tranquilizantes apariencias.
El primer efecto de la preguntita fué
arrebolar el rostro de la niña con encendi­
miento comparable al de la más brillante
fácula solar (1). Y no es poco decir, pues
doblemente cercano el Sol al autoplanetoide
que a la Tierra, y sin las persianas de una
atmósfera veíanlo, desde Noviópolis, rutilan­
tísimo los novipolitanos. Tanto que ninguno
se atrevía a salir a la calle sin ponerse en
los ojos cazoletas de cristal triplemente ahu­
mado, y que dentro de las habitaciones era
preciso cerner la externa luz por visillos
triples también, y negros, colocados en to­
das las vidrieras.
Entonces fué cuando el vivísimo rubor,
los ojos bajos y la lucha, que la Capitana
vió libraban miedo y sinceridad en el alma
de Luisa, hicieron a la preguntante hacer­
se cargo de ser, no preguntita, sino preguntaza la que había hecho. Y entonces sí
que, hondamente interesada en las perple­
jidades de la pobre ánima vili, la miró con
<i) Así como el Sol tiene manchas oscuras, de
que todo el mundo ha oído hablar, presenta espa­
cios mucho más brillantes que el fondo del disco.
Cuando estos espacios son grandes y en el examen
de ellos se atiende principalmente a su mayor luz,
se llaman fáculas; y si formando menudo moteado de
puntitos con exceso de brillo sobre el fondo del dis­
co, se los relaciona con las sustancias cuya ignic'ón
los procfuce, se designan con el nombre de flocu los;
de hidrógeno, calcio, etc.

51
EL HIJO DE SARA
toda intensidad. Cual queriendo leerle en y, mirándome, vuelve a decirme. ¿De ver­
el rostro los vaivenes de su lucha interior, dad lo quieres mucho?
Dándole un vuelco el corazón, por rece­
y adivinar el desenlace de ella. Gracias al
interés de esta observación no se le hizo lar pudiera disiparse la esperanza que en
él se le había entrado, al oir la pregunta
larga la tardanza de Luisa en contestar.
IIízalo ésta levantando los ojos, llenos de la madre de Carlos y el cariñoso tono
de agua, posándolos un instante en la Se­ en que fué hecha, levantó Luisa la mirada,
ñora, para bajarlos nuevamente vergonzo­ húmeda aún con lágrimas, pero resplande­
sa, y diciendo con la apagada voz de quien ciente ahora con la luz de aquel vivísimo
amor de su alma. Que para expresarse,
confiesa consternado propia culpa grave:
como se le pedía, con palabras no acudió a
—Señora: lo vi ayer.
La lealtad de la muchacha, que en su frases hiperbólicas, ni a superlativos, sino
cara era abochornada confusión, iluminó que con toda sencillez repitió como antes:
con resplandor de alegría la mirada con “Mucho, mucho”. Mas con ternura tal, con
que María Pepa acariciaba a la enamora­ tan robusta convicción, con fe tan viva y
da de su hijo, sin que ésta lo advirtiera. con destellos de tan firme verdad en actitud
Pero ya puesta en camino de investigacio­ y mirada que, atraída María Pepa por
nes, y queriendo ahondar en su grato ex­ cordial impulso incontrastable, se levantó,
perimento, dijo, fingiendo, a duras penas, se acercó a ella y, abrazándola, dijo:
—Y yo, también, a tí te quiero mucho.
no sentidas severidades en la voz:
—¡Dios mío! ¡Señora!
—¿Cómo? ¡Lo has visto ayer!
—Mucho, hija mía, mucho.
—Sí, Señora.
Contestó Luisa, todavía más consterna­ —¡Señora!... ¡Señora!... Entonces es
da que antes, por sonarle a reproche la que... que... que me perdona usted.
pregunta, y a condenación la fingida sor­ —¡Tonta!... No te perdono, sino que te
presa en el tono de ella. Y tras breve si­ absuelvo... Bien sé yo cuán difícil es defen­
lencio paia tomar respiro, que la alentara derse de ese tuno que te ha sorbido el seso.
en la resolución de apurar de una vez to­ —No es tuno, no: es muy bueno... Pero,
das las amarguras del conflicto en que es­ perdóneme: con la alegría me he distraído
taba, agregó con tan firme decisión interna de dar a usted las gracias. Usted sí que es
bonísima. Gracias, gracias.
como externa timidez:
—... Y anteayer... Y todas las tardes
Decía esto Luisa besándole las manos a
María Pepa, con entusiasmo tal que ésta
desde que llegamos a Paramillo.
De momento en momento brillaba mayor le dijo:
—Besos tan apretados, es lástima se
júbilo en el semblante de la leal aragone­
sa; la avergonzada confusión de Luisa se pierdan en las manos, que no pueden de­
resolvía en llanto; su miedo a los repro­ volverlos.
—Verdad, verdad; gracias, gracias; lo
ches que temía iba a oir, la impulsó a ade­
lantarse a ellos; e inculpándose ella misma, estaba deseando.
Al decir esto echó Luisa los brazos al
prosiguió, entre suspiros y sollozos:
—Sí, sí señora, he hecho muy mal: lo cuello de la madre de su novio y la cubrió
sé... Sí, yo sabía que usted le tiene prohi­ la cara de besos y de lágrimas. Pero muy
bido que me vea... Pero no pude remediar­ otras de las de antes: dulces, tan dulces
lo... La prueba de que no pude es que tam­ como las que con besos le devolvía aquélla.
bién mi padre me tiene prohibido hablar Quien, cuando ya creyó no quedar adeuda­
con Carlos; y yo, que en todo le obedezco da, se apartó de Luisa, y brillantes los ojos,
siempre, y en esto hice grandísimos esfuer­ con el placer de antemano gozado de la ca­
zos para obedecerlo, no pude. No, no pude. ridad que iba a hacer, preguntó alegre­
—¿Y porqué no pudiste, hija mía?
mente :
—Porque me convencí de que papá me
—¿Y qué?... ¿Con el perdón te basta*.
mandaba un imposible.
¿Es que no quieres más?
—Pero ¿porqué imposible?
—Yo no sé—contestó la chiquilla, azora—Porque... porque... lo quiero mucho, dísima, y encendida otra vez c»>mo la gra­
mucho... Perdóneme... No, no soy descara­ na—. No entiendo, no me atrevo a esperar,
da; yo no quiero faltarle a usted al respe­ ni a pensar qué quiera usted decir...
to; sino que lo quiero tanto, tanto, que­
—Que lo que para Carlos quiero yo es
que no sé disimularlo.
mujer que lo quiera como tú; que sienta y
—No, no lo disimules. Y levanta los ojos, piense como tú.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIEN TIFICA

—¡Dios mío, qué felicidad!... ¡Dios la
bendiga a usted! Pero ¡qué lastima que
Carlos no esté aquí y la oiga!
Desisto de contar, pues lo haría mal, el
resto de la escena entre las dos angelicales
criaturas. Pongan ustedes cuanto fuego
quieran en la gratitud de la amante mu­
chacha, y aún se quedarán cortos; figú­
rense la dulce complacencia con que la no­
ble alma de la Capitana se recreaba en la
felicidad de Luisa, que su bondad y su
recta comprensión habían hecho nacer, y
que sería a la vez felicidad de Carlos, y
ya tienen de sobra para saber lo que yo
callo. Solamente diré, por no omitir cosa
que a María Pepa no escapó, la impresión
que a ésta le hizo ver que el primer pen­
samiento de Luisa, al sentirse feliz, fuera
de pena de que en el mismo instante que
ella no compartiera Carlos tal felicidad.

como lloraba con alegres lágrimas, le dió
la feliz nueva.
También estaba escrito que, en aquellas
tres horas, todos habían de ir de sorpresa
en sorpresa: de Luisa al ser llamada por
María Pepa, de Guzmán al enterarse en el
taller de lo de la ventana, de Teodosia al
verse descubierta, de Carlos cuando en lu­
gar de hallarse con la novia amabilísima se
tropezó con el adusto padre; nuevas sor­
presas de padre, novia y novio, cuando ha­
llaron amor de hombre, el primero, donde
no creía hubiese sino antojo de chico; abso­
lución cariñosa la segunda, en vez de peno­
sa sentencia; concedida, el tercero, antes
de formularla, la petición que iba a hacer
a María Pepa; y, por último, sorpresa su­
perior a todas éstas, y agradecimiento al
nivel de ella, de Guzmán al referirle Luisa
su entrevista con la Capitana. Que tenien­
do en sus manos la alegría y la tristeza de
los muñecos, y estando ya resuelta a dar­
les la primera, era la única que no tuvo
sorpresa.
*

XIV
SE DESARRUGA EL ENTRECEJO DE GUZMÁN

A la vista está cuán oportuno estuve en
no zamparme, detrás de Carlos, en el ga­
binete de su madre adoptiva; pues sin pe­
car con ella de indiscreto entrometido en
familiares expansiones, sé ya lo que antes
de acabar él de enterarla de su entrevista
con Guzmán, le dijo ella al referirle !a
que con Luisa había tenido al mismo tiem­
po. Lo sé, aunque no lo oyera, porque so­
bre caerse de su peso, se lo oí, después, a
él referírselo a su novia, con detalles. Que
por brevedad callo, pues ni ponen ni qui­
tan en lo esencial del desenlace del idilio,
ya conorido, de los chicos. Que creyendo, y
con razón al parecer, haber llegado al fin
a que el refrán dice debe aguardarse para
ser dichoso, lo eran plenamente. Mas si­
gamos.
De Dios estaba que nadie oyera entero,
salvo los lectores y yo que lo sabemos ya,
lo que Guzmán y Carlos se dijeron en la
entrevista celebrada aquella tarde. Pues
así, como la Capitana le cortó al último el
relato de ella, para contarle su conversa­
ción con Luisa, no dejó ésta a su padre ni
empezarlo, cuando, después de ido Carlos,
lo intentó. Pues sin darle tiempo ni de
abrir la boca, se le abalanzó al cuello, y con
desbordada locuacidad, que tan pronto reía

*

* *

Sin advertir que en la emoción de su pa­
dre quedaba aún sombra de recelos que ate­
nuaba el agradecimiento y la alegría con que
la escuchaba, hablaba Luisa, sin tomar res­
piro. Y como tenía cuerda para seguir ha­
blando de lo mismo horas y horas, no cabe
prejuzgar cuántas habría hablado, a no
haberse metido Carlos, de sopetón, en don­
de estaban padre e hija, y cortádole la pa­
labra, diciendo:
—Señor Guzmán, no en nombre mío, sino
enviado por mi madre, vengo a decir a us­
ted que ella quiere lo mismo que yo quiero,
y que lo que supone sabrá usted ya, por
Luisa, es la pura verdad, y la expresión de
sus deseos. Ella hace a Luisa la justicia, y
tiene en m í y en ella la confianza que usted
no tenía en mí.
Conmovidísimo, se levantó Guzmán y
contestó:
—Don Carlos: gracias, gracias; muchí­
simas, muchísimas, a usted y a ella... Y
mientras voy yo a dárselas dígale...
En vez de terminar la frase' la dejó en
suspenso el instrumentista; ahondóse en su
entrecejo el ceño de la inquietud antes
aludida; dijo titubeando: “O sino”...; y »1
fin, cual decidido a despejar pronto morti­
ficante situación, salió de sus perplejidades
diciendo:
—No, no le diga nada. Mejor es que, en
persona, vaya yo mismo a darle las gra-

S3

EL HIJO DE SARA
cías... Si es que no cree usted que ahora
la moleste.
— De ningún modo.
— Vamos entonces.
Salieron juntos los dos hombres, y sor­
prendido Carlos de no oir palabra al otro
en el camino hasta la Comandancia, repa­
ró en lo que a Luisa le había pasado inad­
vertido; es decir, en la falta de alegría
que el padre de ella parecía lógico sintiera
en aquella ocasión.
Adelantóse aquél a avisar a María Pe­
pa; y cuando, de vuelta, y ya en la puer­
ta de la habitación en donde estaba ella,
se disponía a dejar que Guzmán entrara
solo, detúvole éste, diciendo:
— No se vaya, Don Carlos. Debe usted
oir lo que a su mamá vengo a decir.
— ¡A h!
— Sí, señor; venga, venga.
Después de dar las gracias, con la sin­
ceridad de su agradecimiento, y de acoger­
las María Pepa con su habitual llaneza
bondadosa, dijo el recién llegado:
— Sí, agradecidísimo. Pero esta honra
me impone obligación, que hasta ahora no
tenía, de hacer saber a usted que Luisa no
es mi hija, sino por haberla prohijado.
— Sí, sí: como yo.
— Pero con una diferencia: usted sabe
quienes fueron sus padres; mientras mi
pobre Luisa no ha conocido a otros que a
mi mujer y a mí.
— Pues con ellos me basta... Hace ya mu­
cho tiempo que yo sabía eso... Y aun cuan­
do no, y aunque fuera hija del verdugo...
— Gracias, Don Carlos...
Sonaban tristes las gracias del apenado
padre; por reparar, al darlas, en el con­
traste de la vehemencia del muchacho con
el prudente silencio y contrariado gesto de
La Capitana, y colegir de ellos no parecerle
a ella la novedad tan baladí como a su hijo.
— Muchas gracias. Porque no todo el
mundo suele ver estas cosas como usted...
Por eso...
— Si no hay inconveniente en ello— dijo,
atajándolo, muy seria y reservada, María
Pepa— cuéntenos la historia de esa adop­
ción.
— Es muy corta y sencilla... Llevaba yo
seis años de casado sin sucesión. Y esto,
que a mí me contrariaba, era inconsolable
pena para mi bonísima mujer. Una maña­
na al salir para el observatorio, acompa­
ñado de ella, cual solía, hasta la puerta de
la verja del jardincito del pabellón que en
aquél ocupábamos, vimos delante de ella

un envoltorio, hallando, en él, al deshacer­
lo, una criatura.
Dios nos la manda, dijo mi mujer; yo
vacilé; mas insistiendo ella, y no querien­
do disgustarla yo, recogimos la niña, la
prohijamos mas tarde; y mi mujer murió
convencida y yo he vivido y vivo con igual
convencimiento de que efectivamente fue
merced de Dios darnos por hija a uno ce
sus ángeles.
— ¿Y no hay indicios de quiénes fueran
sus verdaderos padres?— preguntó María
Pepa conmovida, mas sin dejar adivinar
lo que más interesaba a los dos hombres.
— Solamente murmuraciones propias de
localidades pequeñas que, acaso sin razón,
suponían quién pudiera ser la madre.
— Pero todo eso— interrumpió nervioso
Carlos— no tiene que ver.
— Tiene hijo mío, tiene— dijo saliendo al
fin de su reserva María Pepa— . O, mejor
dicho, podría haber tenido que ver. Mas no
te alarmes; porque tampoco yo necesito
para Luisa más padres que los que Dios le
dió al faltarle los suyos; y porque quien
con ella ha hecho veces de padre no merece
recoger amarguras en pago de su buena
obra.
— ¡Mamá, mamá! ¡Qué buena, qué bue­
na eres siempre!
— Buena no, santa— exclamó Guzmán,
temblándole la voz, y no llorando porque
no sabía, pero con los ojos brillantísimos.
— No exagere Guzmán: una mujer que
sabe que para ser verdadera cristiana ha
de cumplir los mandamientos que Dios nos
dió, y tratar a sus criaturas como a her­
manos.
Al acabar de decir esto, y sin duda ven­
cida por las repetidas y encontradas im­
presiones de la tarde, rompió a llorar la
valiente Capitana. Y no como lloraba an­
tes al abrazarla Luisa, sino con verdadera
pena. Que a juzgar por lo abundante de
sus lágrimas había de ser hondísima.
— Nada, hijo mío; nada Guzmán: emo­
ción, debilidades, tonterías: nerviosidades
que, aunque no con frecuencia, vienen a
a recordarme algunas veces mis flaquezas
de mujer y una pena amarguísima de le­
janos tiempos... Nada. Y a lo ven. Ya pasó.
Lo mejor es no pensar más en ella.
Con esto terminó lo sustancial de la en­
trevista que disipó la preocupación, y des­
arrugó el ceño del padre de Luisa.
*
**

b ib l io t e c a

NOVELESCO-CIENTIFICA

Desde el día siguiente, por expreso man­
dato de María Pepa, acabaron las conver­
saciones protegidas por Teodosia. Impro­
pias, en opinión de aquélla, de quienes eran
novios casi oficiales ya. Un casi muy pe­
queño, cual dependiente nada más de que
pasadas sus bondadosas espontaneidades
de la víspera, cayó en la cuenta, de que
cercano el día de que Carlos recuperara a
su verdadera madre; y aun siendo de creer
que ésta aprobara la elección de su hijo, ya
aprobada por la madre adoptiva, no -eiía
delicado publicar la oficialidad del noviaz­
go en tanto no fuera refrendada con el
asenso de la Desterrada. Hasta entonces
serían Luisa y Carlos semiprometidos, a
quienes les estorbaría poco el semi; pues
cotidianamente se verían en la tertulia que,
entre la última comida y la hora de acos­
tarse, armaban en el saloncillo de La Ca­
pitana, Don Jaume, Leblonde, Caídos, y tal
cual vez alguno de los pilotos libres de ser­
vicio.
Por cierto, que en cuanto a ella comenzó
a asistir Luisa, solía Aristides hacer todo
lo posible por distraer a La Capitana con
cuanta frecuencia le era dable, para dar a
los chicos respirillos aprovechables para
sus apartes. No siempre se salía con la
suya, por calarle María Pepa la intención,
mas sin llevar su tiranía al punto de no
distraerse nunca. Aunque no muchas veces,
y demasiado breves para el deseo de Car­
los, que de ello se quejaba, en los apartes,
diciéndole a su novia que la tertulia era
muchísimo más sosa que la ventana. Opi­
nión no compartida por ella; pues si efecti­
vamente charlaban ahora menos, nadie les
ponía tasa en el mirarse, y gozaban tran­
quilidad presente y confianza en el mañana
que en la ventana no tenían.
No podía Carlos menos de asentir a es­
tas razones; pero de mala gana. Y tanto
peor cuanto que María Pepa conociéndole
bien, y por ser una rancia, se las había
arreglado de modo que hacía inútiles— a
no ser en furtivos encuentros de muy po­
cos minutos— todas las travesuras que el
novio ponía en juego para agenciarse char­
las, fuera de tum o, a solas con su novia.
Pues no fiándose ella, ni Guzmán, de la vi­
gilancia de Teodosia, y culpa de ésta era
tal desconfianza, había resuelto que al irse
el último al taller, después de la comida
de mediodía, dejara a Luisa en la Coman­
dancia, donde enteras pasaba las tardes
en compañía de la Capitana que consigo se

la llevaba al puente de mando, a los alma­
cenes, a los observatorios, a la biblioteca;
sin separarse de ella hasta la hora de
acabar la tertulia nocturna. Rectifico: cre­
puscular no más mientras la sombra de
Mercurio no cubriera sino parte del Sol, y
nocturna, tan sólo cuando engordara hasta
taparlo entero.
A dicha hora llegaba Guzmán, saludaba
a los tertulianos, y sin parar allí sino po­
cos minutos aun cuando a veces fuera ins­
tado a permanecer un rato, se llevaba a
Luisa. Yéndose muy agradecido a las ins­
tancias de aquellos señores, mas sin apro­
vecharse de ellas para alternar cor. ellos
en pie de intimidad. Pues, según decía a
su hija, la novia era ella, pero no él.
Razón tenía Carlos en llamar rancia a
su madre adoptiva. Pues ¿qué mayor ranciedad que aquel régimen de noviazgo, ridículamente austero, no ya para novios del
siglo x x iii , sino para los que en el x x cam­
paban a sus anchas, libres de enojosas tu­
telas maternales?; ¿qué mayor ñoñez que
aquella molesta vigilancia ajustada a cancerbéricos patrones de los tiempos arcaicos
en que Mari Castaña educaba a sus hijas
esclavizándolas en nombre de la moral, de!
“ qué dirán” y de lo de entre santa y san­
to, etc.?
Como además de rancia era María Pepa
avispada, pensó, y no mal, que más fácil y
eficaz que vigilar al ladino de Carlos, sería
tener al lado a la inocente Luisa. Y por
último, viniéndose el eclipse encima a más
andar, ocupaban a Carlos casi todo el día
los preparativos para que la observación
fuera muy fructífera, pues aunque los
astrónomos procedentes de Trujillo eran
entusiastamente ayudados por Reganio, Betulio y Gongonosio, no por ello le sobraban
a Ripoll auxiliares, por muchos que tuvie­
ra, para desarrollar sus planes, que traían
al biznieto a todas horas de cabeza.

XV
LOS

MULTIMILLONARIOS SE

LLEVAN EL

GRAN

SUSTO

El 18 de setiembre, era en el novimundo,
la luz tan cegadora, que los ojos no podían
resistirla sino a través de gafas triplemen­
te ahumadas. No siendo éste el solo efecto
fisiológico de hallarse los viajeros a dis­
tancia del Sol muy poco superior a la mi­
tad de la de él a la T ierra; pues el calor,

EL

HIJO

lo mismo que la luz de él recibidos habían
subido a casi cuatro veces lo que en aqué­
lla son. En virtud del conocido principio
físico de que una y otro crecen o dismi­
nuyen en proporción inversa a los cuadra­
dos de las distancias a los focos luminosos
caloríficos.
Cuando, ya antes de llegar tal fecha, pasó
el termómetro de 39 grados a la sombra,
y los novimundianos se enteraron de que
en días sucesivos subiría no mucho, sino
muchísimo, pero muchísimo más, en segui­
da vieron qua si de la luz se habían podido
defender con gafas, contra el calor sería
inútil se pusieran nada; y por ello pensa­
ron en quitárselo todo. Ofensa a la moral
que los rígidos principios de la Capitana
no podían consentir en un mundo por ella
regido. Quien en vista de que aquellos 39
grados cogieron a los expedicionarios tan
ligeros de ropa que el más leve aligera­
miento nuevo los dejaría ya intolerable­
mente pornográficos, dijo: “ Basta, señores,
basta.” Diciéndolo, en un bando, donde se
prohibía que nadie se quitara ni una hila­
cha más.
La primera impresión de los acalorados
fué de protesta contra tal despotismo; la
segunda clamar por la constitución de un
parlamento que en Noviópolis pusiera fre­
no a la autoridad de la Capitana. Pero
pronto vieron que se fundaba la prohibi­
ción no solamente en severos cánones mo­
rales, sino en rigurosos principios de física,
desconocidos u olvidados por quienes su­
ponían que con temperatura ambiente su­
perior a 37 grados, normales en el orga­
nismo humano, pudiera ser el prescindir
de ropa defensa contra ella. Cuando, por
el contrario, mientras no creciera mucho
más, estarían más frescos, o cuando menos
no tan sofocado», quienes' más se abriga­
ran; y de subir a lo que en aquel viaje era
lógico ascendiera, ni con ropa ni sin ella
habría esperanza de alivio. Porque en un
homo se achicharran igualmente el abri­
gado y el desnudo.
Pobres novimundianos si María Pepa,
aleccionada por terrible accidente relatado
en la historia del primer viaje planetario,
no hubiese tenido desde antes de zarpar
prevista la necesidad de precaverse contra
un general churruscamiento del pasaje y
preparado el modo de evitarlo, refrescando
el interior del autoplanetoide con incesan­
tes y reguladas vaporizaciones de aire lí­
quido. Tanto más abundantes cuanto más
cerca aquél del Sol.

DE

SARA

55

Lo ingenioso de este remedio estaba, no
en la utilización /del hecho vulgarísimo de
que vaporizando aire líquido (1) se obtie­
nen muy grandes bajas de temperatura,
sino en que no llevando el orbimotor en sus
almacenes sino corta provisión de los fortísimos tubos metálicos en donde suele al­
macenarse dicho aire, que pudieren bastar
en pequeñas necesidades imprevistas, pero
no las enormes cantidades de él que mien­
tras se volara por las regiones cálidas
del sistema planetario, habrían de consu­
mirse, era lo más notable la circunstan­
cia de que aquel aire, y por lo tanto el
frío, se obtuviera del mismo espantoso ca­
lor solar que se necesitaba combatir.
Me apresuro a declarar, pues la, Capita­
na, incapaz de adornarse con ajenas plu­
mas, no me perdonaría la engalanara yo
con ellas que el invento no era nuevo ni
suyo, sino del ingeniero argentino Pepe
Lobera. Que por primera vez lo aplicó en
un combate contra los sublevados indíge­
nas sahareños del gran desierto africano.
Según se puntualiza en el libro “ Los Mo­
dernos Prometeos (2). Por ello siendo cosa
sabida de los doctos, y aun de los indoctos
que han leído dicho libro, huelgan, aquí,
pormenores del invento, que impidió que en
ninguno de los días desde el 15 al 19 de
setiembre pasaran de los 39 grados los ter­
mómetros de Noviópolis. Temperatura, no
primaveral, pero sí soportable, aunque so­
focantísima para el cuerpo humano. Sobre
todo si de continuo lo acaricia el soplo de
gigantescos ventiladores, como los allí vol­
teantes sin cesar; y también impulsados
por el gran enemigo, el calor solar, trans­
formado en mecánica fuerza.
He hecho expresa alusión al día 18, en
que más caudalosos fueron los torrentes
de luz y de calor del Sol llegados; porque
el puntito negro visto en el centro de él
(ya se recordará la sombra Mercurio) ha­
bía, al finar dicha fecha, engordado ya, no
mucho pero sí a ojos vistas; y porque se­
gún fué avanzando la del 19 subió a re­
donda mancha, que hinchándose de hora en
hora, y más vertiginosamente cuanto más
tiempo transcurría después de la media
noche— entonces ya no asoleada sino ne­
gra— , del 19 al 20 llegó a cubrir toda la
redondez del Sol.
Comenzaba el esperado, digo mal, bus­

co

La temperatura de vaporización del aire líqui­
do es de 174 grados bajo cero.
(2) Tercera pare de la obra “ La Mayor Conquis­
ta". de esta misma Biblioteca Novelesca-Cientifica.

B IB L IO T E C A

N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A

cado eclipse totalísimo. Pero antes de su­
mirnos, con los entusiasmados astrónomos,
en el piélago de bellezas ante sus ojos des­
plegadas, y enfrascarnos en la multitud de
descubrimientos que iban a encumbrarlos
de hormigas a cóndores de las ciencias—no
siempre han de ser águilas— ; antes, repi­
to, de contar todo esto, preciso es decir algo
acerca del eclipse anular premonitorio y
progresivo, por ser totalmente diferente de
los de tal clase que por acá se estilan y
que poco más o menos duró, y no es ésta la
más leve diferencia, las veinticuatro horas
del día 19.
No faltará quien, de ligero, tilde de ex­
travagantes los calificativos subrayados, sin
advertir cuán puntualmente corresponden
a los caracteres del inusitado acontecimien­
to a que se refieren.
En efecto, en los eclipses desde la Tierra
vistos como anulares la idea de progresión no
puede aplicarse sino a la cuantía, creciente
en su primera fase (mitad izquierda de la
lámina de las páginas 40 y 41), y decrecien­
te en la última (mitad derecha de aquélla),
de la superficie del Sol oculta por la Luna,
hasta llegar y a partir respectivamente de
la fase anular. Razones de ello son: Prime­
ra, que desde el principio al fin de los co­
nocidos eclipses usuales no varía la rela­
ción de los tamaños aparentes de la negra
Luna y el brillante Sol, pues tampoco va­
rían apreciablemente las distancias a la
Tierra de una y otro; segunda, que el dis­
co de la sombra de la Luna va corriéndose
lateralmente de izquierda a derecha sobre
el del segundo, por moverse nuestro saté­
lite transversalmente respecto a la línea
Tierra Sol.
Estas son las normas invariables—o mo­
nótonos programas a que en otra ocasión
me he referido—de nuestros eclipses; mien­
tras en el mercurial por Ripoll ideado y
cuya ejecución encomendó a Pepeta (Véase
la lámina en donde ambos eclipses apare­
cen comparados), supo ésta conducir su
orbimotor de modo que desde él vieran los
novimundianos a Mercurio, no correr, como
a la Luna, sobre el Sol, en el aclipse repre­
sentado abajo, sino siempre clavado en el
centro de nuestro resplandeciente luminar.
Y no con invariabilidad de tamaño aparen­
te, en relación con el de éste, sino creciendo
el suyo, y por tanto el de su sombra, en la
fulgente esfera, a consecuencia del constan­
te acercamiento progresivo del autoplanetoide al planeta, sin salirse en su movimien­
to de la prolongación de la línea recta Sol-

Mercurio. Siendo forzosa consecuencia de
ello que correlativo al aumento de la som­
bra sobre el Sol, disminuyera, también pro­
gresivamente, el brillante anillo luminoso
que la rodeaba. (Véase lámina páginas 40
y 41) (1).
El otro calificativo, premonitorio, sería,
no ya extravagante, sino absurdo aplicado
a un eclipse anular, de los observados en
la Tierra; pues jamás ninguno de tal clase
alcanza la totalidad; por ser característico
en el desenvolvimiento de ellos, y circuns­
tancia precisa para la producción de ellos
que la Luna no pueda comerse por entero
el Sol, por ser el aparente disco de ella
más pequeño que el de éste, en las ocasio­
nes en que acaecen los eclipses de tal clase.
Mas como el caso, imposible en los de
aquí, fué realidad en el visto desde el novimundo, resulta evidenciada la razón de ha­
ber llamado premonitorio del total al anu­
lar que, por libérrima voluntad de Don Jaume, fué prólogo de él.
Otro contraste justificativo de la califi­
cación de extraordinario, resultante de la
comparación de las fases anulares de los
eclipses clásicos y este eclipse moderno, es
la grandísima diferencia (Vuelvan a ver
la lámina, y perdonen si me pongo pesado)
de sus duraciones. Pues mientras la de los
primeros no puede exceder, y eso cuando
más larga, de diez a doce minutos la del
mercurial, encima de aquél representada;
pasó de 48 horas (2).
Por último, y pasando por alto otras me­
nudas diferencias de secundario interés
astronómico, no debo omitir, por referirse
a impresiones de la gente indocta que, aun
en aquella expedición científica, no faltaba
entre los multimillonarios del pasaje, que
la habitual y regulada continuidad de la
traslación de la Luna sobre el Sol en los
eclipses hasta entonces vistos por los viaje­
ros, en su mundo, hace nacer, en quien
desde allí los contempla, confianza de que a
( 1) A u n q u e tam bién se acercaba el planetoide al
S o l, la proporción en que su distancia a él iba d is­
m in uyen do, era m uchísim o m enor que la correspon­
diente a las distancias a M ercu rio. D e aquí que la
variación en el tamaño de la totalidad del disco solar
apenas dejara sen tir su in flu en cia en cuantía sensi­
ble a sim ple vista. S i bien los aparatos la apreciaran
y los cálculos la tom aran en cuenta.
(2) L a duración de un eclipse terráqueo depende
del tiempo que el astro eclipsado tard a en atravesar
el cono de sombra proyectado por el astro eclipsante;
es decir, la T ie rra en los eclipses de L u n a, y ésta
en los de Sol. Tiem p o, en general tanto m ayor cuan­
to m enor la distancia de la L u n a a la T ie rra el día
del eclipse.

EL HIJO DE

SARA

57

Aunque fuera hija del verdugo.

las primeras fases en que el Sol va ane­
gándose paulatinamente en la sombra lu­
nar, han de suceder otras en las que poco
a poco, y por efecto de dicha continuidad,
resurgirá nuevamente la luz. Mientras que
aquel puntito negro, del que por insignifi­
cante no se cuidó el vulgo novipolitano,
al verlo aparecer en el centro del disco lu­

minoso, ni tampoco despertó inquietudes
cuando en los dos días siguientes fué cre­
ciendo con extremada lentitud, comenzó ya
a desazonar a dichos indoctos cuando se
convirtió, primero en mancha, y en man­
chón después, que agarrado pertinazmente
al centro del Sol iba hinchándose, hinchán­
dose, desmesurada, descompasadamente, ha-

58

B IB L IO T E C A

N O Y E L E S C O -C I E N T I F I C A

ciándoles creer que estaban asistiendo a
progresiva y muy cercana extinción total
del Padre de la Vida del Sistema Planeta­
rio.
Catástrofe tanto más verosímil e in­
minente, para los espantados novimundianos, cuando simultáneamente con el rapidí­
simo y angustioso adelgazamiento del ani­
llo luminoso, en donde solamente lucía aún,
pero cada vez menos y a punto de apagar­
se, el .bienhechor fuego del hogar en torno
al que los mundos se calientan, veíanlo em­
palidecer de momento en momento; y cuan­
do la cegante claridad meridiana, y el to­
rridísimo calor, más padecidos que gozados
en el planetoide durante los pasados días,
iban cayendo, con velocidad alarmantísima,
hacia la oscuridad y el frío.
Estas fisiológicas variaciones, que los via­
jeros comenzaron a percibir, y sólo leve­
mente, al levantarse de la cama el día 19,
crecieron con rapidez, y sin intermisión,
hasta la media noche. Hora a la que ape­
nas se veía en Noviópolis, y a la cual mar­
caban cinco grados los termómetros pú­
blicos.
Huelga decir que todos se habían quita­
do las gafas; que driles de los hombres,
batistas leves y sutiles cendales de las da­
mas, fueron apresuradamente reemplaza­
dos con gruesos paños, terciopelos, pieles
y acolchados. Pero creyendo, señoras y ca­
balleros, cuando los asaltaron los primeros
tiritones, sin haber todavía pensado en un
posible apagamiento solar, que tan súbito
frío sería transitorio, y atribuible a que a
los encargados de la refrigeración por aire
líquido se les hubiese ido la mano en las
dosis de las vaporizaciones. Pues la gente
ignoraba que varias horas antes había la
Capitana dado orden de suspenderlas.
Mas cuando tal noticia se divulgó, y pa­
sando tiempo fueron acentuándose más y
más oscuridad y frío, el susto fuá ma­
yúsculo. Sin que hasta la una de la ma­
drugada del 20 cesaran las angustias de
los espantados millonarios indoctos.
Cuidado, y vaya de paréntesis, impres­
cindible para evitar se dé por agraviada la
respetable clase recién aludida, que a sus
representantes en el planetoide no los he
llamado indoctos en crematísticas y finan­
cieras culturas, sino en astronomía y cien­
cias físicas; y cual satisfacción a su amor
propio me apresuro a llamarlos archidoctos
en aquellos saberes, en los cuales son vul­
go ignorantísimo los conspicuos astrónomos

y físicos eximios que con ellos viajaban.
Dicho esto, nadie puede ya ofenderse, pues­
to que iguales quedan millonarios y sabios.
*
* *

Tres fueron los acontecimientos y los
tres debidos a las fecundas iniciativas de
la aragonesa que disiparon los terrores de
quienes los sentían: el encendimiento de
los arcos voltaicos de Noviópolis; el de la
calefacción, aun cuando propiamente no
pueda decirse que encendida fuera, sino
puesta en actividad con el desprendimiento
de tibios efluvios irradiados de las quími­
cas reacciones esotérmicas empleadas para
combatir el frío en el novimundísimo, no
en el mundinovísimo (1); y por último pu­
blicación de un bando, donde la Capitán^
tranquilizaba al pueblo haciéndole saber
que aun cuando en veinticuatro horas—tal
vez más si a Don Jaume le pluguiere, y
más necesitare para sus trascendentales
observaciones—no verían el Sol, la causa
de ello no sería apagamiento de él sino ha­
berlo el astrónomo tapado con Mercurio,
encomendándole a Pepeta que entretanto
diera calor y luz a los viajeros.
Claro es que si unas horas antes se hu­
biese la Capitana posesionado de sus fun­
ciones de sol interino se habrían los asus­
tados ahorrado los terrores. Pero el eclipse
habría perdido la nota pintoresca y sensa­
cional puesta en él por el estúpido atribulamiento del pasaje. Que no obstante com­
ponerse en su mayoría de civilizadas gen­
tes del siglo x x i i i , dió espectáculo propio
de oscurantistas tiempos en que pueblos sal­
vajes o supersticiosas gentes barruntaban
maleficio cuando la Luna se metía entre el
Sol y la Tierra.
Por último, no he de ocultar que a los
retrasos del alumbrado, la calefacción y el
bando no fueron ajenos Don Jaume, Car­
los y Leblonde. Quienes muy divertidos con
las primeras inquietudes de sus compañeros
de viaje, y deseando ver a donde llegarían,
les dieron la bromita de intrigar con la Ca­
pitana para consegvfir de eilla defiriera
unas horas el quitarles el susto.
( i ) Cuando dos cuerpos se combinan ocurre una
de dos cosas: que dicha reacción química consuma cclor tomado al ambiente o a los cuerpos, o que lo des­
prenda. Las primeras combinaciones se llaman endo­
térmicas, y enfrian el ambiente.; las segundas esotér­
micas, y lo calientan.

EL

HIJO

XVI
SE COMIENZA A EXPONER EL ARGUMENTO
DEL ECLIPSE

Con ser Luisa cobardona como el más
pusilánime, y uno. Lebionde de tantos mi­
llonarios indoctos, ni ella ni él se asusta­
ran como quienes creyeron hallarse en los
pródromos de un solar apagamiento. La
enamorada niña por tener cerca a Carlos
que la tranquilizaba, y junto a quien sen­
tíase animosa para arrostrar todos los
riesgos y todos los dolores que la vida le
pudiera enviar; el alegre cotorrón porque,
¿qué podría ya espantar a quien, en el pri­
mer viaje planetario, habíase, como él, des­
plomado en la Tierra, desde lo alto de
las nubes de los Andes a lo más hondo del
Océano Pacífico, escapado en Venus a geo­
lógica catástrofe submarina, y estado entre
la Tierra y Venus a punto de caerse con el
autoplanetoide en las llamas del Sol? ¿Ni
qué había de asustar, en el mundo, a quien
tanto mundo había corrido, ni en el Uni­
verso a quien tan hecho estaba a correr
cielos?
Además, aunque era lego Aristides en
científicas honduras, su larga convivencia
con astrónomos habíale dado un barniz de
astronómica erudición a la violeta. Insufi­
ciente, desde luego, para montar, como Don
Jaurne, ni dar cuerda, como María Pepa,
el más pequeño eclipse; pero sobrada para
preservarlo de tomar por reales amenazas
de cataclismo cósmico las apariencias es­
pantables para
los neófitos en siderales
correrías. Y tanto menos estando él en el
secreto de no ser sino trucos escénicos de
su viejo amigóte, a fin de presentar su
eclipse, al público, con la espectacular mag­
nificencia propia de su argumento extra­
ordinario.
Esta alusión al argumento, y el acercar­
se a más andar la totalidad del eclipse, me
hace advertir que, si no me doy prisa a
decir algo del programa, se nos vendrá en­
cima el fenómeno antes de saber nada de
los interesantísimos problemas que, obser­
vándolo, confiaba resolver Ripoll.
Son las ocho de la noche en que el anillo
solar, ya muy delgado, había de adelga­
zarse más y más, hasta desaparecer de­
trás del más minúsculo de todos los plane­
tas—los asteroides no se toman en cuen­
ta—, y a la sazón tan obesísimo como ja­
más creyérase pudieran verlo ojos de
hombres. En la tertulia de la Capitana con­

DE

SARA

59

versan sus habituales concurrentes, y cu­
chichean Carlos y Luisa más que de cos­
tumbre. Gracias a intencionada ayuda de
Lebionde, que aprovecha aquellos críticos
instantes astronómicos y el susto del pasaje
para bromear con el Padre del Eclipse,
burlarse de ios asustados, y entretener a
María Pepa con no interrumpido aluvión
de dicharachos y cuchufletas, que la hacen
olvidarse de lanzar a la enamorada pareja
las frecuentes miradas que solían cohibirla;
y gracias, además, a que cuando mira ve
muy poco. Pues, no encendida aún la luz
eléctrica, y ya mermadísima la del Sol, que
en noches anteriores alumbraba el salón
con intensa claridad, hállase éste en pe­
numbra semejante a la que un crepúsculo
avanzado pone en cualquier habitación de
la Tierra.
Cual precavido general al cabo ya de sus
disposiciones preparatorias de próxima ba­
talla, emplea Ripoll el tiempo sobrante
hasta el comienzo de la totalidad en seguir
y aun reforzar, las bromas de Lebionde. El
Argos ríe, ríe; y riendo se olvida de la vi­
gilancia de los novios, que charlan, charlan:
tan a sus anchas cual charlaban en la ven­
tana de Luisilla. Lebionde se vuelve, de
cuando en cuando, a Carlos, para hacerle
guiños como diciéndole: “ Buen verde os
estáis dando” ; pero perdiendo tiempo >'
guiños, porque aquél no mira sino a Luisa.
Agotadas las ironías de Aristides contra
el pasaje, volviéronse contra Don Jaume,
diciendo:
— Muy alegre está usted, amigo Ripoll.
—Mucho que sí... No es para menos.
— Si sale bien.
— Tendría que ver que no saliera.
— Esa presunción tienen, antes del estre­
no, no pocos autores que luego son silba­
dos...
— Sí; los autores de las tonterías que
hacen en los teatros. Nos ha fastidiado con
la ocurrencia de compararme con un lite­
rato... Hasta ahí podían llegar las bromas.
— Sosiégúese, Papá Ripoll... Que no in­
tento ofenderlo.
— Además, este estreno no puede fraca­
sar por torpezas de comiquillos capaces de
estropeármelo, pues lo interpretarán acto­
res que jamás se equivocan. Aun cuando
sea usted ignorante, no, aunque lo es, no
creo llegue su ignorancia al extremo de su­
poner a Mercurio, ni al Sol, capaces de
olvidar sus papeles.
—Pero ¿y si el autoplanetoide se equivo­
ca en el suyo?

60

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

— ¿Equivocarse'.'... ¡Qué airosidad!... Pero
eso no me incumbe a mí, sino a Pepeta...
Contéstale, contesta a este reventador de .
estrenos, que ahora la toma contigo, que
es imposible que tu autoplanetoide se equi­
voque.
— No tanto, abuelo Jaume, no tanto— con­
testó riéndose la Capitana— . Porque ni él
ni yo hemos tenido tanto tiempo como el Sol
y Mercurio de ensayar nuestros papeles.
— Pues entonces, ya está claro de quién
será la culpa si hay fracaso... Los aplausos
para mí, ¡ja, ja, ja !, y los silbidos para ti,
Pepeta... Y a lo oye usted, Aristides, duro
con ella; y a mí déjeme en paz.
— Pero no sin decirle antes que ella po­
drá o no fracasar, mientras que usted ha
fracasado ya ideando un eclipse completa­
mente innecesario.
— ¡Innesesario!
— Más todavía, inútil.
— Leblonde, que le tiro a usted algo.
— Y que todas esas novedades con que
se ufana usted, no son tales novedades.
— Aristides, Aristides... Sujétame, Pepe­
ta, que le mato.
— Aunque ignorante, estoy dispuesto a
probar, en discusión científica, lo dicho.
— Una discusión sientífica con usted.
¡Virgen del Tremedal!
— De la que hago árbitro a la Capitana.
— ¿Oyes esto, Carletes?...
— ¿Qué? ¡Ah!
— El muy ilustre Doctor Leblonde me
invita a una controversia astronómica.
— Sí, sí, ya lo he oído— mintió el mozo,
no enterado de nada— . Será interesantí­
sima.— Y demostró seguidamente su inte­
rés, volviéndose a enfrascar en lo suyo.
— Supongo que me ayudarás contra tan
terrible adversario.
— Carlos, di que sí; di que sí. Que te ha­
bla Don Jaume.
— Si, abuelo, sí...
— Cálle.' e el mocoso. Yo no discuto con
aprendiciilos.
— Perdón, Señor Leblonde. Y a no digo
palabra... sino a ti, cielo mío...
Se sobreentiende que este cielo no es Le­
blonde.
— Tiene razón Aristides— dijo la árbi­
tra— . Dos contra uno no es partida igual.
— ¿Qué harían, a reconocerme la ciencia
que me niegan, y no necesito para quitarle
al padre del eclipse todos los moños que
se ha puesto?
Prepárese, Papá It i poli, que comienza
la discusión científica.

— ¿Comienza por los moños?
— No; ese será el final. Comienza pre­
guntándole a usted: ¿qué se propone ense­
ñar al mundo, o mejor dicho al novimundo,
con su cacareado eclipse?
— ¡Pero hombre, si a cuantos han queri­
do oirlo se lo he dicho ya una docena de
veces! ¿No sabe usted, claro que no, que
los eclipses totales son las únicas ocasiones
de estudiar el maravilloso fenómeno de una
transformación del espectro solar?
— Entendámonos bien. ¿Quiere usted de­
cir el arco iris?
— ¡Jesús, qué vulgaridad!
— Pero, séalo o no, ¿es eso?
— Eso es. En el instante de llegar la Luna
a cubrir todo el Sol, en su arco iris, como
usted lo llama, hasta entonces formado por
la conocida franja de colores cambiantes,
estriados en múltiples lugares con rayas
negras, se apaga de improviso el espectro
continuo de las bandas, quiero decir se tor­
na oscuro el fondo de colores del arco, y,
a la inversa, se encienden con brillantísi­
mos colores las rayas negras de antes.
— Todo eso lo sé, aunque me esté mal el
decirlo.
— ¿ Y sabe usted también que el arco con­
tinuo procede de la luz de la fotoesfera, y
el de rayas brillantes de lo que llamó Lan­
gley “pradera de solares llamas” , y técni­
camente es designado con el nombre de cromoesfera?
— Sí, señor; y además sé que esa cromoesfera es la atmósfera solar.
— ¡Hombre, hombre! No está mal del
todo. Aunque no ha de entenderse que esa
atmósfera se parezca a la nuestra.
— Ojo, Papá Ripoll, no vaya el contrin­
cante a resultar todo un astrónomo.
— No tanto, amiga mía. Pero como algo
ha de habérseme pegado de ustedes, tam­
bién sé que la fotoesfera es el nombre sa­
bio de la bola formada por los continentes
y los añares del Sol.
— ¡La bola!... ¡Recongelasión!... ¡Los
continentes y los mares del Sol! ¡Virgen
del Tremedal, qué desatinos!
— Yo creo que nuestro amigo habrá que­
rido decir el núcleo solar.
— Claro, querida Capitana, claro. Si este
almogávar no fuera demasiado matemáti­
co, para apreciar las elegancias de mi es­
tilo figurado, habría sobreentendido que era
ingente la bola, ígneos los continentes, y
los mares flamígeros.
— Vaya por el estilo figurado e ígneo. Y
ahora volvamos a lo mío: a causa de la ve-

EL HIJO DE SARA

61

locidad con que la sombra de la Luna res­
bala sobre el Sol, en los eclipses, tan fugaz
es la duración de ese arco iris nuevo de
luminosas rayas, a poco de encendidas apa­
gadas, que se le ha dado el nombre de es­
pectro relámpago.
— También lo sé.
— Carlos, Carlos: ¡Leblonde lo sabe todo!
El muchacho no se dió por enterado, y
Don Jaume prosiguió:
— Mas, por lo visto, ignora usted que en
mi eclipse dejará de engrosar la sombra de
Mercurio en cuanto llegue a la flameante
pradera cromoesférica—yo también me
permito mis primores del estilo figurado—
en cuyo borde la mantendré fija, regulando,
para ello, la marcha del autoplanetoide por
la del planeta vecino, de modo que no va­
ríen las relaciones de las distancias de uno
y otro al Sol.
—Ya cayó el primer moño que le quito
a usted: Todo eso no lo hará usted, sino
la Cajñtana.
— Ella lo hará; pero la idea es mía...
— Papá Ripoll tiene razón. Mi papel en
eso viene a ser como el del mozo que mueve
el mecanismo de la ecuatorial para apun­
tarla donde el astrónomo le ordena.
— Grasias, Pepeta, grasias. Conste, Le­
blonde, que todavía se me tiene firme el
moño.
— Ya caerá a otro tirón... Pero continúe
usted.
— Conseguida la permanencia de mutuas
posiciones del Sol, Mercurio y el novimundo, en lugar de tener breves instantes ais­
lada la cromoesfera delante de telescopios
y espectrógrafos, a ella podré mantener
apuntados unos y otros cuanto tiempo se
me antoje y haya menester, para estudiar­
la con toda calma y averiguar a ciencia
cierta, no las cuatro vulgaridades hasta
ahora sabidas sobre los cuerpos que la
constituyen, alturas a que arden, tempera­
turas y presiones por ellos alcanzadas en
diversas regiones de la solar hoguera, sen­
tidos y velocidades de los huracanados tor­
bellinos de fuego, estados eléctricos y mag­
néticos predominantes en la base, en el
centro y en lo alto de esa atmósfera (1).
¿Sabía usted también esto?

— Si le digo que sí no me va usted a
creer.
¿Y le parece moco de pavo todo ello?
— ¡Qué ha de parecerme!... Pero no anda
por ahí el busilis de mis criticas.
— ¿En dónde, pues?
— Se lo diré cuando me diga si con eso
se acaba el argumento o el programa de...
— ¡Ca, hombre, ca! Más allá de esas flamigerías quedan todavía otras.
— Sí, ya lo sé: la extraatmósfera de las
protuberancias, corona interior, o como si
dijéramos zona de ensanche del Sol.
-¡Jesús qué ocurrencia!—dijo María
Pepa.
— No tan descabellada; pues quedando
todavía más lejos otra ultraatmósfera, en
donde las flamigerías se degradan en la
perlina luz de la extensa corona exterior,
necesito dos nombres para esas dos zonas:
la del ensanche aquélla, y ésta la del ex­
trarradio solar.
— ¡Ave María Purísima!
— ¡ Recongelasión! Con este símil no pre­
sumirá usted de literarias elegancias. Si
hasta a Pepeta le ha escandalizado lo Jet
extrarradio.
— Pues no en obsequio a usted, sino por
deferencia a jella, no volveré a llamar así
a la corona exterior.
— Vaya, si no abrevian ustedes, voy a .
tener yo que cortarles la palabra. Porque
el anillo enflaquece tan deprisa que ya
apenas no vemos los dedos de las manos,
que de frías no siento las yemas de los
míos, y que ya es tiempo de acabar con los
miedos del pasaje, antes de que la broma
se le haga demasiado pesada.
— Si este hombre de Dios me dejara ha­
blar sin interrumpirme, dos minutos me
bastarían para decir que en la corona ex­
terior separaré los espectros de sus partes
gaseosas de los de sus partes sólidas.
— ¡Una atmósfera sólida! Eso nc puede
ser.
— No yo, sino usted, Aristides, ha sido
quien llamó atmósfera a la corona.
¡Ah! ¿No lo es? Pues entonces ¿qué es?
-—Bien quisieran los más sabios astróno-

( i ) Sabido es cuán maravilloso instrumento de
análisis químico es el espectro. Cuya primera hazaña,
al pasar de los laboratorios de química a los de astro­
física, fué descubrir que en el Sol arden muchos de
los cuerpos de la Tierra, hallando alguno allí, el he­
lio, antes de que acá hubiese sido descubierto; que

en el análisis, no ya solar sino estelar, enseña que en
las estrellas de tales y cuales clases, o colores, arden
determinados cuerpos y otros distintos en las de di­
ferentes tonalidades y estado de desarrollo. Pues tam­
bién los astrónomos emplean el espectro para clasifi­
car los celestes luminares según la etapa en que se

62

BIBLIOTECA

NOYELESCO-CIENTIFICA

mes poder contestar a esa pregunta con
algo más jugoso que hipotéticas conjetu­
ras (1).
—Dice muy bien Pepeta. Y precisamente
para empujar esas hipótesis cuanto me sea
posible en el camino de la realidad, he idea­
do este eclipse. En el cual veremos sucesi­
vamente...
—Basta, papá; se acabó la discusión
científica. Tus tres astros corren más deprisa que ella; y ya no puedo retrasar por
más tiempo el dar luz y calor a esas pobres
gentes.
— ¡Porra!, pues es verdad. Antes de un
cuarto de hora no veremos ni un rayo de
luz del núcleo solar. Si me descuido, me
hace este sempiterno charlatán perder los
primeros momentos de la totalidad. Carlos,
Carlos, a los aparatos.
...Pero ¿no me oyes? Vámonos, vámonos,
en seguida.
—Eso es una fuga vergonzosa. Pero tar­
día para evitar que de un solo tirón le qui­
te a usted todos los moños. Porque si des­
de que salimos de la terrestre atmósfera

estamos viendo a todas horas la cromoesfera del Sol, las llamas de sus protube­
rancias y la suave luz de la corona, tengo
razón sobrada para decir que este eclipse,
muy bonito en la Tierra, donde de fijo no
se atreverá usted a representarlo, es aquí
completamente inútil, pues maldita la falta
que nos hace para ver todo eso.
—Ignorante, archignorante, ignorantón.
Por muy fuerte que tire no es usted quién
para quitarme los moños, que me pongo
porque puedo. Ya, ya se lo probaré, en
cuanto tenga posibilidad de perder el tiem­
po con usted.
Adiós, Pepeta: hasta que acabe la to­
talidad; porque esta noche no me aparto
de los aparatos, y mañana almorzaré, co­
meré y cenaré junto a ellos. Anda, Carletes. Vamos a darnos el gran paseo por
el elegante extrarradio de la elegante bola
de Aristides, a la sombra de su elegante
estilo figurado.
¡Adiós, Pepeta!... ¡Ah! Tú, Luisilla, no
esperes ver el pelo a tu novio hasta pasado
mañana. Lo prohíbe el Sol.

hallan de su evolución : nacim iento, desarrollo, apo­
gei» (estrellas gigan tes); decadencia, senectud y m uer­
te (enanas y negras).
T o d o esto se averigu a porque cada sustancia en
ignición pinta en el espectro de su luz rayas que po­
dríam os llam ar personales de aquélla. Con lo que la
presencia o falta de ellas dice, a quien lo exam ina:
“ aquí e sto y” , o bien “ búscam e en otra p a rte ". S i
bien, a veces, y aquí de las com plicaciones espectros­
c o p ia s , gaste el estelogram a perturbadoras chanzas,
nacidas principalm ente d e que sobre lo dicho e$ el
espectro cuanto seguidam ente v a a d ecirse:
Term óm etro, o m ás bien piròm etro, que por la es­
tru ctu ra gen eral, exten sión , tonos e intensidades de
los colores de sus bandas y rayas m ide las tem pera­
turas de k>s astros que lo producen. P o r modo análogo, aunque más com plicado, a como, en este m un­
do, mide las de los hornos de fundición.
M anóm etro de las presiones ex isten tes en las ce­
lestiales hogueras. R evelad as por los variable« g ru e ­
sos de las rayas espectrales.
Baróm etro, o n iv e l, que, por la superposición de
rayas de igual naturaleza y d iferen tes gruesos e in­
tensidades de lu z, m ide las altu ra s a que, en la crom oes fera solar, o en las explosivas hinchazones de
las novas, llegan sus ard ien tes gases.
Fotóm etro de las can tidades de luz em itidas por di­
versos astros.
M etro de la9 velocidades de estrellas, nebulosas y
enjam bres estelares, y veleta de los sen tidos en que
vuelan. Lo uno y lo o tro revelado por él cuanto y
hacia donde se desvían las raya« espectrales de los
sitios fijos que, según sus colores, les corresponden
en el normal espectro de la lu z de un cuerpo quieto
con respecto al lugar donde el espectro es recibido.
(»> Q ue la coron a no puede ser una atm ósfera,
en el sentido usual de esta palabra, pruébanlo varias
cosas: P rim era, que llegando a veces el variable es­
pesor de esa aureola a cinco radios solares, es decir
más de 3.485.000 kilóm etros, la presión d e tal masa
co n tin ua de un gas atm osférico habría de dar a sus

capas in ferio res densidad d iscordante con lo que la
observación dice. A no ser dicho gas centen ares de
veces más lig ero que el hidrógeno. Y nuestras huma­
nas m entes no conciben qué podría ser, ni cómo e x is­
tiría, tan ultralevisim a m ateria. S egu n d a: que habien­
do sido la coron a atravesad a varias veces por com e­
tas que pasaron m uy cercan os al Sol, la m ás leve
atm ósfera habría obrado sobre e llo s cual la n u estra
sobre lo s bólidos qu e, p ti.etra n d o en ella a velocida­
des d e 40 y 60 kilóm etros poj: segundo, son vap ori­
zados y deshechos por el ca lo r desarrollado en su
frotam iento co n tra dicha atm ósfera. P u e s si esto ocu­
rre en ésta, aun hallándose tan rarificada cu al lo está
a cien kilóm etros de altu ra ; ¿qué no habría ocurrido
con com eta que, com o el de 1843, cru zó la supuesta
atm ósfera coronal a velocidad de 570 kilóm etros por
segun do? ¿Cóm o no habrían éste y otros sido des­
truid os?
¿Q u é es pues la coron a? H asta h oy no hay pala^
bra que sintéticam ente la califiqu e; pero analíticam en­
te dicenos el espectro haber allí gases incandescentes
que, en él hablan con las voces de tres fu ertes ra­
yas violeta, dos débiles añil y azul, una, m uy fu e rte ,
v erd e (la m ás típica del presunto coronium ) y otra
n aran ja fu erte. Siq u ier no con serven , en absoluto,
idénticas intensidades las observadas en distintos
eclipses.
H ay m otivo para cre e r (observaciones de F uruhjelm ) se hallen estos gases agitados con violen tos mo­
vim ientos que en ocasiones alcanzaron velocidades de
200 kilóm etros al segundo.
Se sabe que la corona gira con el S o l, más p re­
cediéndole; pues su velocidad de rotación es tre s o
cuatro kilóm etros por segundo m ayor que la de él.
V elocid ad que aunque puede m edirse de otro modo
es m edida tam bién por el espectro.
E l fondo continuo del de la corona indica la ex is­
tencia en ella de partículas sólidas o líquidas en ign i­
ción , indudablem ente expelidas del S o l; y cu yo peso
parece ser contrarrestado por la presión de su lu z ra­
diante. Q ue, en lucha con tal peso, habrá de m ante­
n erlas en suspensión en la corona.

EL, H IJO

XVII
LA ORQUESTA DEL MAESTRO RIPOLL

Los astrónomos de la nutrida falange de
Trujillo, y los secuestrados sabios, venían
trabajando ya, como buenos amigos, desde
el comienzo del eclipse anular. Mas con
sosiego que, a los cinco minutos de acabar­
se la tertulia de la Capitana, se trocó en
febril actividad, empleada en el complica­
do manejo de numerosas y nutridas bate­
rías de anteojos y telescopios de diver­
sos calibres y variados empleos. Dispuestos
unos para personales observaciones ocula­
res, en otros no miraban astrónomos, sino
máquinas fotográficas, con poder de percep­
ción muy superior al de la vista humana,
en cuanto ésta es susceptible de apreciar,
y por aditamento, aptas para ver luces
cuya existencia no sospechó el hombre, has­
ta que la fotografía se las reveló. Por no
ser su retina sensible a los colores de
ellas.
Algunas de estas máquinas tomarían, en
largas exposiciones, pocas y sucesivas vis­
tas de conjunto de la tenue corona exte­
rior; mientras otras, verdaderos revólvers
fotogáficos, enfiladas a la más luminosa
corona interior, o a la brillante atmósfera
cromosférica, captarían sucesivos aspectos
de ellas en multitud de vistas, con automá­
ticas indicaciones en éstas impresas de la
hora a que cada una fuera obtenida.
Estas baterías fotográficas, que nada dis­
paraban, sino al contrario, eran incesante­
mente bombardeadas con los rayos de todas
las luces diversamente coloreadas de cro­
mosfera, protuberancias y corona, repro­
ducían en sus placas sensibles las imáge­
nes de estos -leves apéndices del Sol, me­
diante íntegra combinación en tales vistas
de todos sus colores. En lo cual diferían de
otras baterías, de espectroheliógrafos (l),
cada uno de los cuales tomaría monocromá­
ticos panoramas de aureolas y halos, ilu­
minados con las luces— de un sólo color en
cada vista— , características de los diver­
sos cuerpos que allí lucen, respectivamente
filtradas por sendas rendijillas. Que ce­
rrando el paso a los demás colores, darían
en cada placa las panorámicas topografías
del amarillo, o el verde o el violeta, etc.
Algo así como los planos gaseoso-geológicos
( i) De estos instrumentos ya s? dió noticia en La
Profecia de Don Jaume.

DE

SARA

ti3

de los diversos cuerpos por ellos revelados
en las ígneas o semietéreas regiones a que
correspondían.
Mucho parecerá lo dicho a quienes des­
conozcan las capacidades del instrumental
de los modernos observatorios. Y sin em­
bargo, todavía no he hablado de la más im­
portante artillería espectral de Don Jau­
me, que era de dos clases diferentes : una de
mera proyección, y de estudio la otra. Las
baterías de la primera, destinadas tan sólo
a recreo del pasaje, reproducían ampliadísimas, en opalinas pantallas de cristal,
instaladas en el paraninfo del Casino In­
ternacional, los espectros de cromosfera,
protuberancias y corona, correspondientes
a diversas lejanías del núcleo solar oculto
por la sombra de Mercurio; presentando
así al vulgo, en topografías más sencillas
que las ya mencionadas, el cromatismo es­
calonado de todas las luces de aquellas re­
giones, o “ iridiscentes mapas del ensanche
y del extrarradio” como insistiendo en la
figura retórica que horrorizó a Don Jaume,
la agravaba Leblonde.
Gracias a que el astrónomo no le oía;
pues dejando a ayudantes el manipuleo de
esta sección espectacular, no se cuidaba
sino de la de estudio, que en vez de enviar
las irisadas bandas o brillantes líneas a
pantallas donde a la postre se desvanecie­
ran, las fijaban permanentemente en mul­
titud de placas. Acumulando así copiosísi­
mo arsenal de documentos espectrofotográficos, de cuyo subsiguiente y complicado
examen había de salir la solución de diver­
sos problemas, químicos, térmicos, dinámi­
cos y eléctricos, relativos a lo que, a fai',a
de mejor apropiado nombre, hemos llamado
atmósfera y ultraatmósfera solar. Pues los
espectrogramas astronómicos son, cuando
interpretados en los observatorios, termó­
metro del Sol, piròmetro de las hogueras
estelares y solar; metro de las ondulacio­
nes de la luz y cronógrafo de sus pulsacio­
nes; nivel de las alturas y manómetro de
las presiones a que diversos gases arden
en aquellas hogueras; taxímetro de las ca­
rreras de los astros por el universo, que
mide las velocidades con que a quien los
contempla se le acercan o alueñan; maravi­
lloso instrumento de química estelar, gra­
cias al cual sábese ya no poco de la com­
posición de los luminares de nuestro firma­
mento; y, por último, fisgón entrometido
que sin equivocarse, cuando más, sino en
billones de siglos, cuya huella en un astro
es menos perceptible que el estrago de un

b ib l io t e c a

n o v e l e s c o -c i e n t i f i c a

Gl
año en el rostro de una dama, les averigua
a las estrellas las edades.
¿En qué? ¿Cómo?
En la naturaleza de la luz con que nos
miran, y en los colores de la tez de cada
una, ópticamente analizados; en la apa­
riencia, número y posición de las rayas o
arrugas de sus espectros evaluadas en déci­
mas de millonésima de milímetro (1 ); en
la amplitud de sus redondeces evaluadas
con los interferóm etros; en sus pesos y en
lo apretado o flojo de sus carnes, conocidas
uno u otro por sus densidades.
No es broma, no; aun cuando parecerlo pueda; pues así un Señor Rusell, un
( i)
Cuando la m ecánica realizó la hazaña de poner
en uso en los talleres de precisión el m icrón, igual
a una m ilésim a de m ilím etro, logrando, gracias a ello,
la fabricación en serie de piezas intercam biables en
las m áquinas de un mismo tipo, y el grandísim o pro­
greso recientem ente alcanzado en las fab riles indus­
trias m odernas, se creyó haber llegado al últim o lím i­
te de precisión en las m ediciones.
M ás para la espectroscopia, necesitada de m edir
lon gitudes, inconcebiblem ente dim inutas, de las ondas
de las vibraciones lum ínicas, quím icas, etc., era el
m inúsculo m icron desm esuradam ente gran d e; y bus­
cando m edida más ajustad a a sus necesidades ideó y
em plea a toda hora la Unidad A rm strong, de medida
de aquellas ondas, cu yo valo r es de una diezm ilésim a
de m icrón. Cabiendo, por lo tanto, diez m illones de
ellas en un m ilím etro, y diez mil m illones en el m e­
tro. U nidad en que es posible hallen los naturalistas
la adecuada para las m ediciones del mundo de lo ul­
tram icroscòpico.
^
N ótese, pues el contraste m erece señalarse, que
quien es más usan esta archim icroscópica vara de m e­
d ir son los astrónom os, constantem ente atareados en
la determ inación de desm esuradas d istancias sid era­
les. E llo s, que arrum bando el kilóm etro, tan incómo­
dam ente dim inuto para m edirlas cual lo sería el mi­
lím etro para evalu ar travesías trasoceánicas, lo sus­
tituyeron con la U nidad Astronóm ica— distancia media
de la T ie rra ai Sol. de 149.5 m illones de kilóm e­
tros— ; ellos, que todavía hallaron ésta em barazosa,
por pequeña, para lejan ías extraplanetarias reem pla­
zándola en ellas por el A ñ o de L u z , igual a kiló ­
metros 9.460.000.000.000; que propio solam ente para
estrellas en tre sí cercanas, han tenido a la postre
que sustituirlo con el Parsec, d e 3,225 años de luz,
o 30.511.000.000.000 de kilóm etros; ellos son quienes
más usan la unidad A rm strong. Q ue, para el cono­
cim iento del un iverso, es, aunque parezca paradójico,
m uchísim o más útil que esos otros gigantescos pa­
trones de m edida.
¿Q uieren ustedes que acabemos la nota compa­
rando el parsec con la unidad espectroscóp ica?...
¿ S í? ... P u es entonces verem os que en el prim ero
caben 305,11 cuatrillon es de la segunda; y que la
d istancia del Sol a la nube cósm ica N . G. C.-6822
(500.000 parsecs) m ide
I 5(i)2*55 5*ooo.ooo.ooo.ooo.ooo.ooo.ooo.000
unidades espectroscópicas. N úm ero adecuado para
darse cuenta de que no cabe d ársela de la ex ten ­
sión del campo donde se desen vuelven las in vesti­
gaciones del astrónom o. Y eso restringiéndolo al solo
aspecto de las distancias lin eales: el menos in tere­
sante y m enos vasto de los m últiples que o frece ese
vastísim o horizonte.

Señor Eddington y otros varios no menos
ilustres, nos han hecho saber que la sober­
bia Betelgense no es sino una mamoncilla,
pero mamoncilla colosalmente gigantesca;
que Arcturo es un chicuelo todavía no sa­
lido de la infancia, cuya hermana mayor,
Capella, es ya una mujercita; que Sirio y
Rigel son matronas en el apogeo y la ple­
nitud de la vida y la belleza; y que nues­
tro Sol pena da confesarlo, es, ¡a y !, jamo­
na que de madura va pasándose, y cuya
tez, inmaculadamente nivea en remotísimos
milenios, amarillea ya, y está llena de man­
chas (1).
< i) L a teo ría a que se alude, m uy en boga en
los tiempos m odernos, siqu ier no falten contradic­
tores a ciertos puntos de ella, es la de la Evolución
E stelar, debida a Russel. D e quien, en tal camino,
fu é L o c k y e r precu rso r; y robustecida, aunque no
dem ostrada, por los hondísim os cálculos y argumen­
tos de Eddington. Segú n tal hipótesis, sobre la cual
existe bibliografía copiosísima, todas las estrellas
(salvo las m isteriosas novas, y las extravagantes
IV olf Rayet, en cu yo iris son de lu z las oscuras
rayas de los otros espectros estelares), pasaron, pa­
san o pasarán por las siguien tes etapas de desenvol­
vim iento:
N A C IM IE N T O

DE

LA

ESTR E LL A

A la in versa de los seres orgánico«, chiquitines en
los com ienzos de la vida, grandes con e l correr del
tiempo, la estrella es al n acer, no grande, sino
enorm e, m uchísim o m ás grande que será cuando su
fu ego in tern o, que en ella es lo que la sangre en
los seres animados, llagu e al apogeo de su acti­
vidad.
N ace cuando m ateriales p artículas— esta palabra no
da suficiente idea de tenuidad, pero no hallo otra
más apropiada al caso en el idioma— cuando mate­
riales partículas en colosal núm ero flotantes en ex­
tensión del espacio más colosal aún, comienzan a
sentir— sabido es que la m ateria atrae a la materia—
m utuas atraccion es; que, por su combinada acción,
inician la caída de todas hacia u n núcleo central
de la leve inm ensa m asa en vías ya de transfor­
marse de polvo cósm ico en estrella.
¿ D ónde está dicho núcleo ? E n lo s lugares de la
vastísim a extensión considerada en donde los cor­
púsculos se hallan en tre sí m enos alejados, y de
lo« cuales parten las predom inantes atracciones.
La total y diluí di sim a m asa de la estrella va,
por tanto, condensándose progresivam ente, con el
acercam iento a un común centro de atracción de
todas sus partículas: reduciéndose en volum en, en­
cogiéndose y coagulándose (tolérese el vocablo). Pero
despac o, despacísirr.o; porque las fu erzas de interna
gravitación , que tienden a soldar m ateria con mate­
ria, son con trarrestadas por otras, en cu ya expos’-*
ción no cabe entrar aquí, tendentes a disgregarla,
que aun no prevaleciendo definitivam ente, retrasan
los efecto s de aquéllas.
Con el encogim iento se calien ta el nuevo astro,
como físicam ente le acontece a cuanto es sometido
a presiones, t?>nto m ás cuanto m ás tiempo pása.
Tiem po que en las evolucion es de la vida de una
estrella, cuéntase, aun cuando no pueda ser contado,
por m ontones de billones de siglos, para cada una de
las etapas sucesivas.
E n el período equiparable a la lactancia de las
criatu ras, la estrella es ro ja, su tem peratura cerca-

EL

HIJO

DE

65

SARA

La actividad de los observadores, en nú­
mero de más de medio centenar, capitanea­
dos por Ripoll, sólo es comparable a la des­
plegada cuando en el Instituto de Viajes
Planetarios fué recibido el primer radio­
grama espectrotelegráfico de la Desterra­
da. Sin que jamás hubiesen sido antes al­

eanzadas {ales actividades en ningún ob­
servatorio.
Verdad que nunca otro ninguno pudo
observar fenómeno que brindase a los des­
cubrimientos astrofísicos los amplios hori­
zontes del eclipse mercurial; ni había me­
moria de haberse acumulado en otro algu-

n a a 3.000 grad os, y perten ece al tipo de B etelgen se, d e la constelación O rion . A u n q u e no todas
las estrellas nazcan con las crecid as dim ensiones de
este coloso estelar, y otras en cam bio, com o A ld e taran, sean to d avía más grandes. P u es m ientras la
prim era tiene volum en poco m enor que seten ta y
m edio m illones de soles como el nuestro, el de la
segu n d a pasa de los 96 m illones largos d e ellos. *
N o faltará quien d iga al leer esto : ¡Q u é atro ci­
d a d ! Y , sin em bargo, a todo hay quien ga n e; pues
para llen ar espacio igual al que A ntarés ocupa en el
cie lo seria preciso ech ar en él 465 m illones de
soles.
¿P e ro cómo se ha m edido todo esto ? G racias a
u n señor M ichelson que tuvo la prim era idea de
un aparato llam ado interferóm etro, a un señor
P e z s e que lo usó el prim ero, m idiéndole la cin tu ra
a Betelgen se, y a otros astrónom os que después se
la han m edido a otras estrellas.

en los observatorios com o estrella enana. S egú n e n ­
v ejezca pasará n u evam en te, pero en orden inverso,
por los colores de su gigantea época: azu l, blanca,
paja, am arilla, narai ja , roja. Y cada vez más fría ,
m ás densa, más pesada, m ás veloz.
U n a de estas enanas, insignificante astre jo de la
V ia L actea, es nuestro Sol.

IN F A N C IA ,

A D O L E S C E N C IA

Y

JU VEN TU D

M erm ando en tam año, creciendo en densidad; con
tem p eratu ra de 3.500 a 4.500, y color anaranjado
p asa el nuevo astro sus in fan tiles siglos. S u tipo
e l del resplandesciente A rturo.
L a adolescencia trueca en am arilla la luz de la
estrella y elev a su tem peratura a 5.500 ó 6.000
grad os. Cabella es una adolescente de los cielos. E n
la p rim era ju v en tu d baja el am arillo intenso al am a­
rillo p ajizo, de la Polar, y el ca lo r sube a 6.500 ó
7.000 grados. Y cuando la jo ven llega y a a la etapa
en que alcan za plenitud de vida, en ergía y lu z , se
h ace com pletam ente blanca y sube a 9.000 grados.
S u tipo es el de D en eb.
PLEN O

\PO G E O

L le g a a él la estrella continuando encogiéndose,
subiendo a 10.000 grad os, y aun pasando, pues por
procedim ientos fotoeléctricos, ha m edido Sam pson
tem peraturas de 15.500 en alfa de A ndróm eda y de
16.900 en gama de Cosiopca. S u co lor, deslum bran­
te , es blanco azulado. E n tre las de este tipo (estre­
llas de helio) es conspicua Rigel.
EDAD

MADURA,

VE JE Z

L a etapa an terio r m arca período crítico en el vi­
v ir de las estrellas, que en adelante sigu en , como
siem pre, encogiéndose; pero que en v ez de ir sim ul­
táneam ente aum entando de tem peratura, com ienzan
a en friarse.
¿ P o rq u é ? ... E s de creer que por h~ber llegado la
condensación de las gaseosas m oléculas en lo in te­
rio r de ellas a punto que varian d o las condiciones
d e su incesante m ovim iento en el seno de la estre­
lla— y m ás n o digo, por no en tra r en honduras es­
pantables— , dicha transform ación es causa de que a
ca d a aum ento de densidad correspondan b aja de tem ­
p eratu ra, atenuación de brillo y oscurecim iento de
color.
C om ienza la etapa descendente del d esen volvim ien ­
to cósm ico; la estrella, llam ada gigamte desde su na­
cim iento hasta la iniciación de la decadencia de su
activid ad en ergética, va a ser en adelante conocida

EL HIJO DE SARA

M U ERTE

P asará m ás tiem po; el calor y la lu z de la h ogue­
ra irán ca y e n d o ... P asará más, la estrella con tin u ará
en frián d ose, oscurecién dose; su s gases se harán lí­
quidos, qu e, con tiem po y frío , llegarán a incandes­
centes sólidos, apagados al cabo con m ás tiem po y
más frío ; la estrella se hará negra, m uriendo como
tal. ¿ Y d e sp u és?... N o h ay quien conteste.
T a l es, o tal será, la historia de la estrella, si es
que antes de m orir de senectud no p erece de vio­
len ta m uerte. C osa qu e no es probable sea frecuen te.
¿P ero cóm o se razona todo esto? Y no digo ju s ­
tifica porque en nin gu n a cien cia (salvo las m atem áti­
cas que no son cien cias causales sino in stru m en ta­
les) pueden ju stificarse las teorías plenam ente. Todo
esto ¿en qué se fu n d a ? ... En su m ayor parte en el
prodigioso an álisis de los m aravillosos espectrotelegram as por la fo to gra fía recibidos de las estrellas;
en leyes de física gen eral, en principios m ecánicos,
en la term odinám ica, en la teoría de los gases, en
m ultitud de observaciones, cálcu los, y en la poderosa
in teligen cia de gen iales astro fís;cos. C u yo s grandísi­
mos talen tos y vastísim a cien cia no han podido poner
d e acuerdo, con esta “ T e o ría de la E v o lu ció n ” , los
fenóm enos observados en las estrellas raras, ni tam ­
poco explicar cómo ocurren las cosas en tal evolu­
ción sin asentarla en la suposición p revia de la e x is ­
ten cia en toda estrella de una desconocida fu e n te de
energía cu yo origen buscan, sin h allarlo m ientras dis­
curren por los cam inos de la cien cia; pero que en ­
cu entran en seguida, si en D io s piensan.
¿C U Á N TO

V IV E N

LAS

ESTR ELLAS?

No todas lo m ismo; pues solam ente las que nacen
m uy grandes tienen en ergía para recorrer, viviendo
cual gigan tes, todas las etapas desde el tipo de B e ­
telgen se hasta el de R igel; en tanto otras, sin llegar
a azules com ienzan a d ecaer, pasando a enanas, cu an ­
do son blancas o am arillas.
Cual las m u jeres que conservando unas su belleza
y frescu ra en años m uy m aduros, ájan se otras y
m archítanse a los trein ta, y aun a los veinticinco.
B ien , ¿pero, en siglos, cuánto v iv e n ? ... Im posible
d ecirlo : la inm ensidad, en el tiempo, de sus existires
corre parejas con la inm ensidad de los espacios don­
d e vuelan sus luces. Y n o y a la vid a en tera de una
estrella sino la duración de uno d e sus períodos rojo,
blanco, am arillo, escapa a todo cálculo. Sin que,
acerca de esto, quepa d ecir sino que en su actual
etapa am arilla viene nuestro Sol sum inistrando luz
y calor a la T ie rra desde hace más de un m illar de
m illones de años, sin variación en las cuantías de
una y otro recibidas, ni sensible alteración en la
activid ad de su in te m a energía.

5

66

BIBLIOTECA novelesco-cientifica

partitura. Y así, sin apartar la vista
nc la riqueza instrumental acopiada, ni el leste
de
ésta,
enviaba las oportunas órdenes a
número de príncipes de la astrononu P - las baterías
o astrofísicas <!e
Don Jaume reunidos en el novimundo m observación. astronómicas
Incesante
teje
maneje, en qUe
en montar observatorio alguno Rabiase gas­ a despecho de sus años, leves
a su entu­
tado la millonada invertida por el Instituto siasmo,
estuvo
las
veinticuatro
horas,
siete
Trujillano en dotarlo de poderosos medios minutos y diecinueve segundos con treinH
de investigación desconocidos en e mu» ^ y siete centésimas, que duró la totalidad
viejo. Donde, además, los habría hecho in­ del eclipse. Hasta que satisfecho de haber
útiles la lejanía del Sol; mientras que para
realizado cuantas observaciones creía
quienes iban a utilizarlos a un tercio casi ya
de la distancia de la Tierra a él resultarían necesarias, telefoneó a la Capitana, para
que, dejando de volar en conserva con Mer­
eficacísimos.
Como maestro concertador de aquella or­ curio, fuese aumentando la distancia a él
questa de armonías siderales, no tenía a del orbimotor y dando acceso a éste de la
su cargo Don Jaume aparato ninguno de luz y el calor del núcleo solar.
No sorprenda la minuciosidad con que se
los potentísimos destinados a observacio­
nes restringidas a variados detalles, sino consigna la duración de la fase de la tota­
un anteojo que, comparado con los mons­ lidad; porque en estas cosas son siempre
truos ópticos manejados por los astrónomos puntualísimos los astrónomos.
a sus órdenes, parecía un juguete; siendo,
En cuanto a Carlos no desempeñaba en
no obstante, el adecuado para quien no de­ el solemne acontecimiento papel a la me­
biendo tocar tal ni cual instrumento, sino dida de su competencia; pues opinando el
dirigirlos todos, no había menester tener abuelo, como decía Arístides, que no servía
delante el papel de ninguno, sino la parti­ ya el muchacho sino para representar el
tura entera. En tal concierto escrita, en de “novio de la niña”, desconfiando de sus
torno del enorme calderón negro, con que distracciones, y hasta quién sabe si de su
la sombra de Mercurio ocultaba los fulgo­ paciencia para aguantar sin escapadas el
res de la central fotoesfera del Sol, con las eclipse entero, intolerablemente largo para
corcheas, trémolos crescendos de las lla­ él, en cuanto eclipse, no de Sol, sino de
maradas del circundante esplendoroso ani­ Luisa, le encargó la menuda tarea de man­
llo cromoesférico, y más allá con las lentes dar la maniobra de los anteojos, películas
y cadenciosas notas de los nacarados tonos y proyectores que, en los cinematógrafos
de la aureola coronal, prolongada irregu­ del paraninfo del casino, ampliaban, en
larmente acá y allá en extensión grandísi­ exhibición popular, las vistas del fenóme­
ma hasta diluirse y apagarse en el cielo (1). no, simultáneas casi con la marcha de éste.
No tenía batuta, de Ripoll hablo; pues
Vistosísimo espectáculo, de organizar el
repartidos sus instrumentistas en múlti­ cual no se hubiese cuidado Don Jaume, a
ples dependencias separadas, y atentos a tener sólo por objeto divertir a los igno­
los oculares de los anteojos, o a sus cáma­ rantes del pasaje, no capacitados para sa­
ras y espectrógrafos, no habrían podido borearlo en telescopios y espectrógrafos.
enterarse del compás que aquélla les mar­ Pues
si bien fueron disfrutados por aque­
cara ; y porque, de otra parte, una sola ba­ lla gentecilla
las primicias de dichas pelí­
tuta no habría podido señalar los compases culas, era principal
finalidad de ellas ar­
diferentes a que debían ser ejecutados los chivarlas para reproducir,
al regreso del
variados trabajos de las diversas secciones viaje, ante los sabios de la Tierra,
la inte­
de observadores.
gridad
de
aquel
soberbio
eclipse.
En
el que
Por ello, la batuta había sido reempla­ acaso no creyeran a no verlo.
zada con una bocina transmisora y un cua­
De los numerosos descubrimientos deri­
dro telefónico, situado debajo del ocular vados
de la observación de él, es prematu­
del anteojo con el cual leía Ripoll la ce- ro hablar;
pues aunque de ellos barrunta­
ran no poco Ripoll y sus más perspicaces
colaboradores, y algo de sus esperanzas de­
(O Y a antes se ha dicho que en ocasiones ha
llegado a medir unco radios solares, o sea casi 3,5
jaran traslucir en sonrisas, reticencias y
millones de kilómetros. Se cree que los aumentos y
guiños, nada aventurarían esplícitamente so­
disminuciones de anchura de la corona y las inten­
bre positivas realidades, en tanto no fue
sidades de las protuberancias, guardan relación con
ran analizados e interpretados sosegada­
las periódicas variaciones de actividad de las mauchas solares.
mente los millares de documentos obtenidos

EL HIJO DE SARA

Como mientras no suena no interesa una
orquesta, aun siendo tan magnífica como
la de Ripoll; y ésta no ha de sonar en tan­
to no se acaben, y ello es tarea larga, mu­
chísimas mediciones y larguísimos cálculos,
parcceme oportuno dejar a los astrónomos
en su ajetreo ambicioso de escudriñarle las
entrañas al eclipse y contentándonos con
más modesta aspiración de mirarlo por de
fuera, optar entre irnos en la distinguida
compañía de la aristocracia a verlo en las
películas del Casino Internacional, o mez­
clarnos con la plebe, que en el balconcillo
circular de ronda lo contempla a simple vis­
ta o mirando por tumo con modestos cata­
lejos montados en su barandilla, para co­
mún disfrute a turno, o bien subirnos, como
Luisa y Arístides, en compañía de la Ca­
pitana, al puente de mando, a donde esta
se fue al acabarse la tertulia. Pues allí ne­
cesitaba estar para dirigir la delicadísima
maniobra de mantener el autoplanetoide en
marcha y rumbo, que ni hicieran variar las
posiciones respectivas de él Mercurio y el
Sol, ni alteraran la proporción de las dis­
tancias, según era preciso, para que ni de
la sombra del planeta se escapara parte
alguna de! central disco solar, ni aquélla se
comiera nada de la cromoesfera y la coro­
na. So pena de que el menor descuido le
estropeara a Don Jaume la totalidad de su
eclipse. Con lo cual pondría el grito en el
cielo... No: esto, sobre majadería, sería
decir muy poco para quien en el cielo esta­
ba ya; pero tal gritaría que sus gritos se­
rían seguramente oídos en la Gran Espi­
ral en la nebulosa de Andrómeda y hasta
en las Nubes Magallánicas (1).
Pero, digámoslo en honor de María Pepa
y de los pilotos de cuarto a sus órdenes e
inmediación en aquellas veinticuatro horas,

ni un solo grito del astrónomo se oyó en
aquellos remotísimos barrios de nuestro
universo, si es que a él pertenecen— cosa
aun no decidida en los empadronamientos
cósmicos—o universos diferentes de éste,
de la Vía Láctea por donde rueda Papá Sol
con todos sus planetas. Más todavía, ni
en el cercanísimo Mercurio del cual sólo
distaba el orbimotor la insignificancia de
198 millares largos de kilómetros, oyeron
rechistar al abuelo Jaume que ni en lo más
mínimo tuvo que quejarse de la pericia íe
la experta eteronauta en el manejo de su
autoastro.
Dicho ya esto tomemos la conversación
sostenida en el puente, pues en él optamos
por quedarnos, cuando María Pepa dice a
Luisa:
— Que sea la última vez. Ya sabes que el
Doña Josefa me crispa los nervios; que no
eres ni piloto ni obrero para llamarme Ca­
pitana, y que el Señora me disuena des­
agradablemente en los labios de quien va a
ser mujer de mi hijo.
— Ya sabe usted Seño... mamá que llamar
a usted así es más que mi mayor gusto, mi
mayor deseo. Pero nunca me atrevo.
— No puede darse pareja más antitética
que estos chicos, ella a nada se atreve, y
a él no hay atrevimiento que lo arredre.
— Pues por eso, amigó Arístides, por
eso se entienden. Pero ¿de qué estaba yo
hablando?
— Iba usted a decirnos— contestó Luisa—
cuánto mayor que lo veíamos en la Tierra
vemos ahora el Sol.
— No, niña, no—interrumpió Leblonde— .
Aquel Sol de la Tierra no lo vemos ahora
ni pequeño ni grande; pues ese manchón
negro de Mercurio no nos deja ver sino su
alborotada cabellera que allá no veíamos,
pero ni una pizca de su cara.
— Verdad, Don Arístides. Debí haber pre­
guntado por el tamaño del manchón, o cómo
lo veríamos a no tener a Mercurio enmedio.
— Lo uno y lo otro es lo mismo, dicho
con palabras diferentes. Hoy está usted te­
rrible, Arístides. Apenas suelta al abuelo
la toma con la pobre Luisa.
— Váyase por las veces que conmigo la

( i ) Sin que el cuidado de guiarlo la impidiera
charlar con Leblonde y con Luisa sobre el sober­
bio espectáculo del eclipse. Pues para vigilar si el
piloto de cuarto ajustaba las cohetarias descargas
radioactivas de las cápsulas que impulsaban el orbimotor, a lo que requerian rumbo y velocidad debi­
dos, bastábale, /cuando cada cinco minutos la avisa­
ba un timbre cronográfico, echar una oj'eada al cris­
talino espejo esférico de maniobra, cuya descripción

fue hecha en el libro “ Del Océano a Venus” , y que
en miniatura reproducía el autoplanetoide y las cáp­
sulas propulsoras de él apagad: s e inertes y las en­
cendidas o en actividad en cada instante; y cotejar
si tales cápsulas eran las que, teniendo en cuenta el
movimiento de Mercurio, había ella calculado debian
funcionar en tal momento marcándolas en un ex­
presivo y cómodo cuadro gráfico que a la vista tenia,
como guión de ruta.— Nota de uno de los pilotos.

mientras a la corona y a la cromoesfera
estuvieran apuntados los instrumentos que
los proporcionaron.
XVIII
EL ECLIPSE DEL VULGO

b ib l io t e c a

NOVELESCO-CIENTIFICA

toman todos ustedes. Pero cortemos el in­
explicación incidente y continúe usted la
terrumpida.
n .
— Estando como estamos a unos 53.^00. ü
kilómetros del Sol en vez de a los 150.000.000
que de él nos separaban al salir de F<aamillo, su anchura aparente es hoy, para
ncsotros, más de dos y media veces mayor
oue la de entonces; y en superficie vemos
¿ mancha que exactamente nos lo tapa con
las de seis soles y pico como el que alia
ven ahora.
__En eso de las proporciones no me suelo
hacer cargo sino de lo que me entra por
los ojos. La relación de esas anchuras debe
ser como las de un duro y una moneda de
dos pesetas, pues dos y media de éstas ha­
cen un duro.
__¡C a hombre! Confunde usted lastimo­
samente el valor con el tamaño. La rela­
ción es todavía mucho mayor que la que
hay entre un duro y una monedilla de me­
dia peseta. Pero eso sería a mirarlo a sim­
ple vista como allá; pues el Sol enlutado
que ahora vemos a través del vidrio de
aumento de las paredes del novimundo es,
en comparación con el de allá abajo, ¡o que
una sandía de buen tamaño respecto a una
avellana.
— ¡Qué atrocidad!... Pero, dígame Maripepa, ¿porqué las llamaradas rojas que sur­
gen de los bordes del manchón brillan hoy
muchísimo más que como brillaban cuando
comenzamos a verlas desde que salimos de
la atmósfera terrestre, y hemos seguido
viéndolas?
— Tirrín, tirrín, tirrín.
— Mamá, mamá: el timbre.
Miró la Capitana el globo cristalino de
maniobra, consultó su cuadro, ordenó al pi­
loto '“apague la cápsula 36, encienda la 37,
frene con la 87” ; y volviéndose a Leblonde
d ijo: “ Siga usted, Arístides.”
— ¿Y porqué es también más luminosa la
opalina claridad de la corona y se aleja su
límite más del Sol que en estos días pasa­
dos?... ¿E s que ha crecido?
— Pudiera ser, porque su forma y dimen­
siones son muy variables. Pero, aun sin
eso, porque en esos días las veíamos en
torno de la fotoesfera solar, cuyo mayor
brillo aminoraba la impresión que nos ha­
cían protuberancias y corona; y además
las mirábamos a través de las gafas ahu­
madas, con que nos defendíamos de la ce­
gante luz del núcleo.
— Verdad, verdad.
— Por eso se reía Papá Ripoll al oirle a

usted que, visto ya todo eso desde que nos
apartamos de la Tierra, era inútil su
eclipse.
— Ya.
— Porque ni usted, ni yo, ni nadie, había­
mos visto cromoesfera y corona como las
vemos ahora. Y todavía menos podían verlas antes de hoy los aparatos fotográficos
a los que no había modo de calafatear con­
tra las perturbadoras filtraciones de la in­
tensísima luz fotosférica, que habría estro­
peado las placas lentas, propias pa^-a foto­
grafiar la atmósfera y sobre todo la corona
solar.
— ¡Canario! No había pensado en eso al
decir lo de la inutilidad, y lo de los moños.
¡Bueno me va a poner de ignorantón en
cuanto se desembarace de lo que ahora le
interesa.
— Mucho me lo temo, amigo mío.
— ¡Jesús, Jesús! ¡Qué atrocidad, qué
miedo!
— ¿De qué? hija mía.
— De aquella espantosa llama que sube y
sube...
— Todavía hay, a veces, protuberancias
mucho mayores. Pues aunque muy alta no
ha de pasar, ésa, por lo que a bulto puedo
colegir, de 500.000 a 600.000 kilómetros.
— ¡ Zambomba!
— Y alguna ha habido entre las ya obser­
vadas mucho más altas. Por ejemplo la
medida en el observatorio de Yerkes, en
octubre de 1920, que subió 831.000 kilóme­
tros sobre el disco del Sol.
— ¡A ve María Purísima! Eso es muchí­
simo.
— Más de lo que habría de correr quien
quisiera dar veintiuna veces la vuelta al
mundo.
— ¡A cuál?: ¿al novimundo?
— No Leblonde no, al viejo.
-—Pero por lo que yo he oído a papá, y a
Carlos, se me figura que eso es más que lo
que hay de la Tierra a la Luna.
— Desde luego, más del doble: no mucho,
pero más. Pues la distancia media de una
a otra es de 384.000.
— De modo, entonces, que si de la Luna
salieran surtidores de fuego por el estilo
de ése...
— Seguramente quedaría
carbonizado
cuanto existe en la superficie de la Tierra.
— ¡Qué horror!
-—No te asustes. El supuesto de Leblonde
no es posible; la Luna no podrá nunca pro­
ducir tales llamas.
— Más vale así. Porque sin tal seguridad

EL HIJO DE SARA
era cosa de fijar, a perpetuidad, nuestra
residencia en este novimundo, y no consen­
tir nunca que volviera el otro; o quedarnos
a vivir en Venus con la suegra de Luisa,
Cosa que acaso no agradara a la nuera.
— ¡ Qué cosas tiene usted, Señor Leblonde!... Pero, yo quisiera todavía, saber cuál
es el tamaño verdadero de esa corona tan
bonita, que tan grande nos parece, y por­
que es mucho más ancha por los lados que
por arriba y por abajo.
— Eso es ahora, pues a veces esa au­
reola del Sol parece sensiblemente redon­
da, aunque no con redondez continua sino
desgarrada acá y allá por rayos o haces
de luz; otras se aproxima a la forma cua­
dranglar, y otras se estrecha, como ahora
vemos, de arriba a abajo, mientras lateral­
mente se prolonga ensanchándose desmesu­
radamente en la forma de estirados mecho­
nes que estamos viendo. Tanto más aguza­
dos cuanto más lejos de su base. (Véase di­
bujo de la cubierta de este libro.)
— ¿Y porqué ese tira y afloja de acordeón
con el que ahora me encojo por un lado
para estirarme por los otros?
— Es parecer de los astrónomos, sin que
en redondo se atrevan a afirmarlo, que ese
tira y afloja, en el tamaño y forma de la
corona, las alternativas en la intensidad de
las protuberancias y los lugares en donde
estallan éstas guardan relación, con el ciclo
de las variaciones que en períodos de unos
veintidós años, se manifiestan en el núme­
ro, zonas y actividad de las manchas so­
lares.
— Debe ser colosal la anchura de la co. roña entre las puntas de esos dos tufos tie­
sos de derecha e izquierda.
— Colosal, sí, medida en terrestres patro­
nes; pero pequeña comparada con las ex­
tensiones planetarias, un punto en la Vía
Láctea, nada en las lejanías de las infini­
tudes cósmicas.
— No se remonte amiga mía adonde no
hemos de poder seguirla; y apreciándolas
en esos míseros patrones de la Tierra úni­
cos asequibles a Luisa y a mí, díganos cuá­
les son las dimensiones de esa aureola.
— Pues ahora, que es una de las veces en
que mayores las alcanza, presentándosenos
en condiciones adecuadas para que entera
podamos percibirla hasta sus límites extre­
mos, puede calcularse la anchura de ella
en cinco veces la del núcleo solar. Es decir
cosa de 6.970.000 kilómetros.
— ¡Otra vez los abrumantes millones!...
Cuando a tal número llegan los kilómetros,

69

ni le sirven a uno para enterarse de lo que
llevan dentro, ni pueden ya considerarse
como terrestres medidas, puesto que no ca­
ben en la Tierra. Si no lo dice usted de
otra manera, como si nada hubiera dicho.
—Yo me he quedado tan a oscuras como
Don Arístides.
— Lo diré de otro modo usando otra uni­
dad. Déjenme echar una breve cuenta... Ya
está... Si tuviésemos un alambre de longi­
tud igual a la anchura actual de la corona,
y en él fuéramos engarzando mundos como
si fueran perlas necesitaríamos 547 mun­
dos del tamaño de la Tierra para hacer el
collar. Pues teniendo la Tierra 12.754 ki­
lómetros de diámetro...
— No, no ¡por Dios! No más matemáti­
cas. Con las perlas nos basta.
— Pero ¿qué es esa corona?
— Eso, hija mía, pregúntalo al abuelo
cuando acabe de estudiar su eclipse. Por­
que hasta ahora se dicen sobre eso varias
cosas y no todas iguales.
—Dicen los sabios que hay allí un cierto
gas extraño, verdirrojo, que se llama coronium, y acá no conocemos. Digo, que no
conocen ellos; porque que yo no lo conozca
nada tiene de raro.
— Pero yo le he oído a Carlos que con
este eclipse va Don Jaume a acabar con el
coronium, poniendo en lugar de él otro
nuevo que se llama... ¿Cómo lo llamó Car­
los?... No me acuerdo.
— Ya, ya el que Ripoll cree haber descu­
bierto en nuestro primer viaje a Venus:
el ripollium.
— Eso, eso: ahora me acuerdo, así lo
llama Carlos.
— No te pasa con él lo que con el gas.
— Don Arístides: no entiendo qué quiere
usted decir.
— Que en medio minuto nos has soltado
qué sé yo cuántas veces el nombre de tu
novio.
— Yo... No sé... Es que...
— Déjela Arístides. Ya la ha puesto us­
ted como una cereza.
— Obedezco y me vuelvo a lo mío.
—¿Qué es lo de usted, ahora?
— Que no valía la pena de tomarse tanto
trabajo sin otro resultado que poner un gas
en el lugar de otro.
— Eso no, porque no siendo iguales...
— Pero si nadie sabe lo que el coronium
sea, y si Papá Ripoll ignora todavía lo que
el ripollium tenga dentro, tanto se me da
a mí de uno como de otro; y no me explico
cómo sin saber qué son ninguno de los dos,

b ib l io t e c a

n o v e l e s c o -C IE N T IF IC A

pueda nadie decir que son iguales ni que
son diferentes. ¿Qué me dice usted a esto
— Que me está usted poniendo en un
apriete, y que se nos ha hecho un terrible
polemista.
, ,
_Es que ya me he cansado de hacerm
siempre el chiquito; que ha llegado la hora
de decir “ aquí estoy, sépase quien es Ca­
lleja”... Y si, cual es posible, resultare de
las investigaciones de los sabios quedarnos
a la postre sin ccronium ni ripollium...
— ¡Ja, ja, ja ! Vayan un chistoso desen­
lace que se le ocurre a usted.
— Pero ¿es imposible?
— ¡Dios me libre de meterme a profeta.
— Pues entonces, ¿me quiere usted deur
de qué les habría servido a los sabios su
sabiduría?
— ¿Sabe usted lo que estoy pensando?
Señor polemista.
— No es fácil.
_Que sin llegar a esos iconoclastas radi­
calismos, ni a sus burlescas sátiras, alguna
vez me suenan a filosofía las chirigotas de
usted.
— Es que voy prosperando: en mi con­
troversia de hace un rato con Don Jaume
subí a astrónomo: ahora subo a filósofo, y
triunfo de la insigne María Pepa. A este
paso sólo Dios sabe adonde llegaré.
XIX
ENTRE COL Y COL...

Van transcurridas nueve horas desde que
Ripoll telefoneó a la Capitana orden de po­
ner fin al eclipse. Cuando, plenamente sa­
tisfecho de haberlo mirado y remirado, le
pareció ser justo ya que sus ayudantes y
él durmieran después de venticuatro horas
de observación no interrumpida.
También María Pepa se acostó, después
de entregar al piloto de cuarto el orbimotor en rumbo ya que, comenzando a sepa­
rarlo de Mercurio, iba de nuevo a circun­
dar de luz la negrura de éste, con el anillo
solar de los pasados días. Que en vez de
disminuir, como en aquéllos, crecería como
hoguera que, prendiendo en el contorno de
la sombra la incendiaría de los oordes al
centro, haciendo aumentar muy deprisa el
calor y la luz en e) autoplanetoide. En donde
pronto serían ya inútiles abrigos, pieles,
arcos voltaicos y calefacción; y tornarían
a ser indispensables las ahumadas gafas y
las vaporizaciones frigoríficas.

Después del reciente ajetreo todo duerme
en Noviopolis. O más bien casi todos; por­
que, corroborando el proverbio gallego “os
demos non durmen” , todavía queda des­
pierto un diablo.

Además, siendo sabido de remota antigüe­
dad, no ya en Galicia, sino en todas partes,
que tentar a inocentes es oficio de diablos,
no es extraño se las ingeniara aquél para
que, en medio del general dormir, se des­
velara Luisa, y entretuviera su desvelo sa­
liendo a la ventana, donde no se asomaba
desde su ascenso a oficial novia del consa­
bido diablo. Quien, con deseo grandísimo de
charla, no tan de refilón ni ceremoniosa
cual la de la tertulia, agarró por los pelos
la ocasión, brindada por la bienhechora
protección de Morfeo.
Después de privación de varios días, y
cogido el palique con gana, se dijeron los
chicos muchas dulcísimas bobadas, que no
he de repetir.
Al acabárseles— por aquel día se entien­
de— las ternezas, Luisa, que al recogerse,
la víspera, mucho antes del final del eclipse
se enteró de que la cinematografía enco­
mendada a Carlos habíase de pronto inte­
rrumpido, le preguntó:
— ¿Y qué, tardaste mucho en componer
la avería de las películas?
— Ca, si no hubo avería.
— ¿Cómo que no?, si al acompañarme a
casa Don Aristides, pasamos por allí, y vi­
mos que aquello no andaba, y al público
impaciente, porque la interrupción se le iba
haciendo larga. Por cierto que, con motivo
de eso, volvió Leblonde a su broma de que
te he entontecido y de que ya no sirves
sino para arrullarme.
— ¿Sí, eh? Y a verán él y el abuelo, que
le hace coro en las burletas— exclamó el
mozo levantando en alto un fajo de papeles
que en la mano llevaba, cual si con él ame­
nazara a los burlones— , ya verán que el tenorzuelo, como dicen, sirve para algo mas
que para cantar dúos con la tiple.
— Pero acaba. ¿Cómo, si no hubo avería,
se interrumpió el cine?
— Porque interrupción no es lo mismo
que avería. Lo que pasó fué...
No pudo Carlos proseguir. Pues, habién­
doles dado su amor a los enamorados cuer­
da más larga que Morfeo a los durmientes,
y habiéndola gastado casi toda en lortoIcos, ocurrió que cuando ellos comenzaban
a hablar del cinematógrafo, asomó Leblon­
de por el extremo de la calle, avanzó caute­
loso, pegado a las fachadas; y llegando, de

EL HIJO DE SARA
improviso, a la ventana, cortó la explica­
ción de la avería, diciendo muy jovial:
—Buenos días, palomitos. Bien se apro­
vecha la mañana... ¡Anda, qué miedo lleva
la paloma! Ni que yo fuera un gavilán.
Las últimas palabras de Leblonde co­
mentaban la precipitada huida de Luisa y
el golpetazo que al cerrar la ventana dió
con las vidrieras.
— Me figuro que tu susto no será tan
grande.
— Claro que no. Pero me ha fastidiado.
— No me irás a guardar rencor por la
broma...
— Claro que no, hombre... Además que
tal vez me hayas hecho un favor. Pues veo
ya mucha gente por la calle, y debe de ser
más tarde de lo que yo creía.
— Como que si te descuidas se te pasa la
hora de almorzar. Allá vcy yo.
— Pues vamos, vamos. Ya le diré a Luisa
que te perdone el susto; pues tú no has de
contarles a su padre ni a mamá...
— ¡Qué desatino! Soy por principios pro­
tector de todos los oprimidos y espontáneo
cómplice de toda rebeldía.
Lo mismo que en sus irregulares visitas
al Instituto de Trujillo, almorzaba y comía
I.eblomle diariamente en familia con la Ca­
pitana, Carlos y Don Jaume. El último de
los cuales, recién levantado de la cama, impacientisimo por irse a comenzar el labo­
rioso examen de su ubérrima cosecha de
vistas y de espectros, y sin aguardar a
nadie, estaba ya sentado a la mesa, cuando
al comedor llegaron su biznieto postizo y
Leblonde, y casi al mismo tiempo María
Pepa.
El abuelo estaba enterado de la : uspensión del espectáculo pintoresco astronómico
del Casino Internacional; pues cuando Car­
los se tropezó en el cielo con lo que pronto
sabremos, le telefoneó que acababa de ver
una novedad, muchísimo más interesante
que divertir a los millonarios con la ci­
nematografía, y que, por tanto, era pre­
ciso le enviara quien lo sustituyera en el
trajín peliculesco.
Después de contestar que también él te­
nía cosas de más jugo a que atender, y no
serle posible distraer a nadie de labores de
mayor entidad, preguntó Don Jaume cuál
era la novedad vista por Carlos. Y no que­
riendo decírselo éste antes de convencerse
de que sus presunciones sobre lo columbrado
no eran engañosas, y surgiendo en aquel
mismo momento una protuberancia nueva
en el borde del Sol, bufó el viejo:

71

— Déjame, déjame. No me hagas perder
tiempo en menudencias. Yo sí que tengo
ahora novedad gorda a que atender.
Y tiró el auditivo; y agarrándose a la
bocina voceó órdenes a los observadores
para que dos anteojos fotográficos fueran
apuntados al lugar en donde la protube­
rancia flameaba.
— Pues si los aristócratas quieren seguir
viendo el eclipse, que se echen al arroyo,
cual la plebe, a mirarlo— dijo Carlos; y
sin volver a cuidarse del cinematógrafo se
puso a observar ahincadamente, no la co­
rona.-ni la cromosfera, sino las cercanías
de ellas, en las cuales había percibido tres
puntitos brillantes, pero muy chiquitines,
no coincidentes con las posiciones de nin­
guna de las estrellas conocidas que en aque­
lla fecha podían ser vistas desde el plane­
toide a la proximidad del Sol.
— ¿.Serán estrellas no registradas hasta
ahora en ningún catálogo?— se preguntó el
muchacho—. Imposible; eso podría ser si
las hubiese visto con un instrumento de
primer orden; pero no empleando este an­
teojo de pacotilla. Sin embargo, bueno es
asegurarme, mirando los catálogos este­
lares.
Dos minutos después estaba Carlos en la
biblioteca del autoplanetoide; sacaba del
casillero estelar unas cuantas láminas del
Gran Mapa del Cielo, correspondientes a la
región de Acuario, sobre la cual se veía el
Sol entonces desde el novimundo, y los cua­
dros de situación de las estrellas incluidas
en dichas hojas del Gran Mapa Celeste (1),
y a la carrera se volvió con tales documen­
tos junto a su anteojo.
Sucesivamente observó, con él, los tres
puntitos brillantes y anotó sus resultados;
hizo rápidos cálculos, más sencillos y bre­
ves de lo que habrían sido, 'de hallarse en
la Tierra— por no tener el novimundo mo­
vimiento rotatorio— , para determinar las
posiciones en el cielo ocupadas por aquellas
( i ) Si quisiéramos dar cuenta de todos los catá­
logos del ciclo desde el “ Almagesto” de Tolomeo,
con 1.025 estrellas, hasta el de Thoraé-Córdoba, de
la Argentina, con 489.827; de Gilí y Kaptein, 454.875,
y los “ Haward Maps” , etc., necesitaríamos muchas
páginas forzosamente muy monótonas. Por ello so­
lamente agregaré a lo dicho, que actualmente se está
confeccionando, en colaboración, por muchos obser­
vatorios, un nuevo Mapa del Cielo; y que en los
tiempos del segundo viaje a Venus tenía Carlos a
su disposición catálogos en donde figuraban estrellas
hasta la vigésima magnitud en número de más de
1.278.000. Las cuales sólo son una pequeña parte de
las del universo. ( “ Módem Astrophisics” . Página 167
Herbert Dingle.)

72

BIBLIO TECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

tres chispas de luz; y al cabo de una hora,
una vez obtenidas dichas posiciones, y se­
guro de no corresponder ninguna a la de
ninguna estrella del catálogo, exclamó:
“ ¡Canario! ¿Habré descubierto de un gol­
pe tres planetas?... ¡Menudo golpe!... Por
eso mismo hay que desconfiar... ¿Tendría
Leverrier razón en su hipótesis sobre la
causa de las irregularidades de Mercu­
rio? ¿Será que, así como él fué el Colon
de las heladas lejanías del sistema pla­
netario, vaya yo a serlo de las plutonicas
cercanías del Sol?”
Un estrepitoso vocerío, acompañado de
palmadas, silbidos, bastoneo, todo llegado
por el alta voz del Casino Internacional,
desvió el monólogo de Carlos de los eleva­
dos derroteros por donde iba discurriendo,
haciéndole decir:
“ ¡Anda, anda! Los elegantones del pa­
raninfo aúllan y patean como gañanes. Si
pronto no pongo a esto remedio, no van a
dejarme trabajar... Lo mejor es echarlos a
la calle.” Y sin perder minuto en hacerlo
como lo pensaba, se acercó al teléfono, y
por él gritó:
“ Respetable público: como la avería es
de ordago, e imposible repararla en mu­
chas horas, quienes quieran seguir viendo
el eclipse pueden irse a mirarlo desde los
balconcillos del paseo de ronda. Y quien no
quiera codearse con el populacho que se
vaya a la cama.”
La respuesta del respetable público, lle­
gada por la misma bocina que había traído
las protestas anteriores, fué estruendoso
clamoreo de gritos y silbidos, que paulati­
namente decreció, hasta apagarse, cuando
todos los protestantes hubieron salido del
casino para irse a los balconcillos o a dor­
mir. Según podían más en unos u otros sus
aficiones astronómicas o su repugnancia al
populacho.
Ya en sosiego Carlos, continuó el solilo­
quio, mental a ratos, oral otros; pues el
Colón en cierne de los sidéreos océanos ri­
bereños del Sol estaba excitadísimo. Acaso
tanto como en igual evento lo habría estado
su impulsivo y postizo bisabuelo.
“Antes de aventurar afirmación ninguna,
necesito observar otras dos veces, por lo
menos, cada uno de esos astrejos. Porque
sería de ver cómo se burlaría de mí papá
Ripoll, si le fuera con otra planetaria no­
vedad como la de Luisa.
” De ser, cual me figuro, planetillos los
que veo, exigen los cánones de la mecánica
celeste que para no caerse en el Sol corran

sumamente deprisa (1), y, por tanto, dos
horas de intervalo entre cada dos obser­
vaciones de uno mismo me serán suficientes
para salir de dudas... Sí; pero como el eclip­
se ha de durar aún diecinueve, puedo, y así
será mejor, distanciarlas de cuatro en cua­
tro. Con lo que, aun teniendo mayor hol­
gura para hacer los primeros cálculos, to­
davía me quedarán siete libres después.
Que para completarlos no me sobrarán,
pues son morrocotudos.”
Como nb es cosa de distraer al presunto
descubridor en las observaciones ni en los
cálculos, déjolo con sus aún inéditos plane­
tas: tan a solas con ellos cual lo dejé con
Luisa cuando, acabada su astronómica la­
bor, con ella ¡rabiaba en la ventana. Pero
con una diferencia: que, para nosotros, van
los planetas a dejar de ser inéditos, en el
almuerzo que Ripoll está engullendo ya en
el comedor de la Comandancia general, y
para el mundo entero, o más bien en tres
mundos (el nuevo, el viejo y Venus), en
cuanto Don Jaume sople a inflados carri­
llos en las trompetas de la fama, prego­
nando la hazaña astronómica de “este dia­
blo de chico” ; mientras que no hay cuidado
cuente Luisa a nadie las lindas cosas con
que el diablo la recreó el oído.
XX
EL TENORINO SUBE A INSIGNE ASTRÓNOMO

Obsesionado el padre de! eclipse con los
tesoros del copiosísimo surtido de observa­
ciones que lo estaban aguardando, no se
acordaba, ni de la interrupción del cinema­
tógrafo, ni de haber sido causa de ella la
< i) Cuanto má9 cercano un planeta del Sol, y
cuanto más materia contenga, con mayor fuerza lo
atraerá éste. Es sabido que si los planetas no caen
en él ni la Luna se desploma sobre la Tierra es por­
que los pesos solares de unos y el terrestre peso de
la otra son contrarrestados por sus velocidades de
traslación: lo mismo que el aeroplano no cae al
suelo porque su peso es anulado por los impulsos
del motor, que habrá de ser de mayor fuerza cuanto
más pese el aparato; pues a su vez necesitará éste
mayor velocidad para no caer. De igual modo, a
mayor masa del planeta, mayor velocidad en su ó Ñu­
ta le será menester para no caerse al Sol.
Pero el peso solar de un planeta, o sea la fuerza
conque hacia el Sol es atraído, depende no sola­
mente de su masa o total cantidad de materia con­
tenida en él, sino además, y más aún, de su distan­
cia a aquel centro de atracción. De donde se deduce
que dos son los factores que aumentan las velocida­
des planetarias: masa del planeta y cercanía ai Sol.
Ya en nota anterior se ha visto que la realidad
corrobora esta deducción teórica.

EL HIJO DE SARA

73

El eclipse visto cinematográficamente en el Paraninfo del Casino Internacional.

novedad que Carlos le avisó veía en el cielo,
sin querer darle entonces explicaciones so­
bre ella.
Ni es de extrañar que la multitud de in­
teresantísimas sorpresas por aquel eclipse
único ofrecidas le borraran de la memoria
dicha novedad; ni que nada sobre tal punto
preguntara a Carlos, al verlo entrar en
Compañía de Leblonde; ni que su sola pre­

ocupación fuera embaular el almuerzo muy
deprisa, para irse a los laboratorios a ver,
clasificar y repartir a sus auxiliares, para
que las estudiasen, los muchos centenares
de placas impresionadas en aquellas deli­
ciosas horas del eclipse.
Pero de poco le sirvió su comer presuro­
so, atarugándose a lo pavo— y no por gula,
sino por afán de acabar pronto— ; pues si

74

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

bien acababa los postres cuando los otros
estaban todavía en el segundo plato, no por
eso se fué con la prisa pensada. Porque
cuando, tomando el último sorbo del café,
echaba atrás su silla para levantarse, dijo
Carlos:
— Aguarda un minuto, abuelo. Tengo que
decirte algo muy sonado.
— Si acaba de sonar en un minuto, bueno;
pero si no, vete a otra parte cop la música.
— Eso tú lo decidirás en cuanto sepas que
de un tiro he cazado tres dioses.
No estoy ahora para bromas. Tengo de­
masiadas cosas que...
— No es broma, sino pura verdad: Plutón, Vulcano y Proserpina.
— Vaya, vaya, déjame en paz—refunfuñó
el viejo levantándose— . Me voy.
—¿Cuánto apostamos a que no?
— ¿Que no? Hasta luego, Pepeta.
— Pues entonces sólo mamá y Arístides
sabrán que Vulcano, Plutón y Proserpina
son, además de añejos dioses mitológicos,
tres planetas fresquitos.
— ¡Qué, qué!— exclamó el abuelo parán­
dose de pronto, y volviéndose, cual movido
por resorte, cuando llegaba ya a la puerta
de salida.
— Digo, no: calentísimos, según cuadra
a sus nombres y a las regiones donde viven.
— Te advierto que si es broma, como no
puede ser menos, no te vas a reír de la
gracia...
La prueba de que es verdad, y demasiado
temerario tú afirmando que tiene que ser
broma, está aquí— dijo el muchacho, mos­
trando la carpeta de papeles de que ya
antes se ha hablado.
— ¿Ahí?... ¿Y qué tienes ahí?
— Las cédulas personales de esos tres
nuevos Benjamines planetarios que entre
el eclipse y yo hemos dado a luz.
— Pero ¿es verdad? Pero...
— ¡Qué posma estás, abuelo! Toma esto,
échale una ojeada y te enterarás de sus
respectivas señas personales. Pues ahí pun­
tualizo masas, pesos, órbitas, elementos
para conocer los tiempos empleados por
ellos en recorrerlas.
— ¿Y eso para qué sirve?— interrumpió
Leblonde.
— ¡Arístides! ¡Por Dios! ¿Tampoco sa­
bes eso?... Para averiguar la duración de
los años vulcànico, plutònico, proserpínico ;
para saber las velocidades con que corren
alrededor de su papá esos tres planetillos.
Todo eso está ahí, en esos cálculos, aunque
sin primores de aproximación, para los que

no daban tiempo las diecisiete horas que he
invertido en ellos.
— ¡Qué espanto!
—¿De modo que es verdad, hijo mío?
—preguntó María Pepa, conmovida.
— ¿También tú lo dudas? ¡Tú también,
mamá!... Pues pregúntale al abuelo, que ya
se está cayendo del burro de sus increduli­
dades.
Efectivamente, abierto el cartapacio de
Carlos, hojeaba y ojeaba Don Jaume los
papeles de él, llenos de números, letras la­
tinas, griegas, logaritmos, integrales, ecua­
ciones; dábase cabal cuenta de ser aquello
mucho para broma; comenzaba a pensar
pudiera ser verdad; menudeaba breves ex­
clamaciones; y cuando María Pepa se le
acercó a enterarse de los cálculos que la
posteridad habría de colocar entre ios glo­
riosos documentos de los anales de la as­
tronomía, dijo:
— Sí, sí, Pepeta; esto párese más serio
de lo que yo pensaba... ¡Porra, si lo párese!
Mira, mira: ha observado tres posisiones
de cada uno, dedusiendo de ellas...
— Sí, ya lo veo; y además...
— ¡Este diablo de chico! De un golpe,
zas, descubre tres planetas. ¡ Recongelasión!
No hay cosa paresida en la historia astro­
nómica. ¡ Es mucho Carlos éste!
-Tienes razón, papá Kipoll. Es decir,
así, a primera vista, parece que lodo está
perfectamente planteado.
— Mira, Pepeta, no estés de pie; acerca
aouí una silla, y ayúdame a comprobar con
calma la resolución de estas ecuaciones...
Tú, Carlos, tráele a tu madre papel y lápiz,
y dale tu espiral logarítmica de bolsillo.
— Pero, abuelo. ¿No decías que te ibas?...
— Anda, granuja, trae lo que te pido.
— Bien sabía yo que no te irías...
— ¡Este diablo de chico! ¡Este diablo de
chico!— seguía murmurando Kipoll, a quien
se le caía la baba, mientras el chico iba por
el papel y el lápiz.
Vuelto con uno y otro, mientras Pepeta
y Don Jaume se engolfaban en sus compro­
baciones, fumaban y parlaban Carlos y Le­
blonde, apartados de ellos en un extremo
del comedor.
— Has estado a punto de inmortalizar tu
nombre.
— No; he estado a punto de inmortali­
zártelo.
— Mucho te lo agradezco, criatura; pero
no entiendo cómo.
— Muy sencillo. Porque mi primera idea

EL HIJO DE
fué poner a esos planetas los nombres de
mamá, el abuelo y el tuyo.
— ¡Caracoles! Jamás pude soñar ccn tal
honor.
_Tú ibas a ser Vulcano.
— ¿Y porqué no lo soy? ¿Porqué me has
desvulcanizado“
— Querrás decir porqué a Vulcano no lo
he aristizado.
— Justo; eso es.
— Para no descomponer la armonía del
sistema planetario.
— Non capisco qué tenga la armonía que
ver...
— Porque eres miope. Con la sola excep­
ción de nuestro vulgar mundo adánico, mi­
tológicos son los nombres de todos los pla­
netas... Bueno. ¿Sabes tú cómo se llaman
todos los planetas?
— Lo sé; pero no veo qué tenga que ver
eso con las armonías celestiales.
— Pues está claro: eso prueba que el cla­
sicismo impera en el sistema planetario, y
que, de no inspirarme en él al Jar nombres
a los recién nacidos, habría trastonado esa
clásica armonía.
— Verdad, chico, verdad. Tienes razón
que he estado miope.
— Además, comprenderás que a un mun­
do en donde, por hallarse cercanísimo el
Sol, es su temperatura de varios centena­
res de grados...
— No te cueles, Carletes.
— No me meló; y perdonando a tu igno­
rancia astrofísica el juicio temerario de la
coladura, continúo donde me interrumpiste
cuando iba a decir que a ese mundo le
cuadra el nombre de Vulcano mucho mejor
que el de un fresco como tú.
— Es indudable. Y aunque deplore no ver­
me perpetuado en los cielos, me rindo a tus
razones. Además, no todos podemos aspirar
como tú y tus dioses griegos a la inmorta­
lidad...
— ¡Recongelasión, esto es magnífico!—
gritó en esto Don Jaume, acompañando la
exclamación de un puñetazo en la mesa.
— Mira, mira: al abuelo se le escapa del
cuerpo en recongelaciones el orgullo de tu
precocidad... ¡ Padre de mundos ya a los
diecinueve años! Es bastante bonito.
— Sin vanidad, se me figura que no está
mal para el tenorino de quien decíais que...
— No me recu eras mi injusticia; no me
abrumes desde tu excelsitud de Colón Jel
sistema solar.
— Perdona, Arístides: un poquito más;
porque él no descubrió sino un continente...

SARA

75

— Verdad, verdad: tan sólo medio mun­
do; y tú descubres tres mundos enteros.
— Y , por lo tanto, valgo...
•— Si no se me ha olvidado la aritmética,
claro está: seis colones.
— Aquí, papá Ripoll— dijo María Pepa— ;
aqui, en la última hoja, queda algo muy
interesante.
— ¿El qué? A ver.
— Las posiciones— contestó Carlos po­
niéndose en dos brincos al lado de la mesa—
que dos de esos planetas, Proserpina y Vul­
cano, deberán, según mis cálculos, ocupar
en el cielo a las dieciséis, uno, y a las die­
ciséis y cuarto, otro. Las de Plutón no tuve
tiempo de calcularlas.
En lo cual no decía verdad Cardos; pues
si a Plutón le hubiese dedicado el tiempo
que perdió en la ventana de Luisa, le ha­
bría sobrado tanto cuanto menos como de­
cía le faltó.
— El Señor Carranza está ahí fuera— dijo
un criado, presentándose a la puerta— , y
pregunta si al Señor Presidente le ocurre
algo.
Carranza era el primer astrónomo de los
procedentes de Trujillo.
— Que pase, que pase— contestó Ripoll, y
volviéndose hacia Carlos y Pepeta dijo:
— Claro; los tenía citados a todos a las
once, para distribuirles el trabajo, y les
sorprende que no vaya.
— Perdone, Don Jaume— dijo entrando el
anunciado— ; pero al no verlo llegar, temí...
— Es que hay grandes novedades, ami­
go Carranza; estupendas novedades: Car­
los ha descubierto tres... tres... tres bólidos
— al decir esto se deshacía a visajes el vie­
jo, para que ni María Pepa ni el chico lo
contradijeran— ; tres magníficos bólidos
circunmercuri ales.
Las caras de cuantos escuchaban a Ripoll
expresaron mudo pero expresivo asombro;
en Leblonde, que no podía apreciar más, de
oir mentir descaradamente a señor tan res­
petable; en Carlos y María Pepa de lo mis­
mo, de que aquél concediera importancia a
cosa en los cielos tan insignificante como
un bólido, y sobre todo del disparatón en
que incurría llamando circunmercuriales a
los mentidamente descubiertos; en el as­
trónomo de T. I. de P. V., ignorante de la
mentira, de la inverosimilitud de que su
jefe se entusiasmara con cosa tan despre­
ciable.
_Por eso— continuó impertérrito Den
Jaume— , mientras me impongo en intere­
santes particularidades del descubrimiento,

76

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

aplazaremos el comienzo de lo otro. Ya avi­
saré, ya avisaré a ustedes cuando hayamos
de comenzar a trabajar.
— Cuando usted mande, Sr. Presidente.
—Hasta luego, Carranza.
Dió el astrónomo media vuelta, salió, y
a los pocos minutos comunicaba a los demás
astrónomos la triste noticia de que las
emociones del eclipse habían trastornado
al pobre Presidente.
— ¡Pero, abuelo!
— ¡ Pero, papá Ripoll!
—¿A qué esas señas?
— ¿Y a qué ese montón de disparates?
— ¿Cómo? ¿Disparates nuestro sabio?
¡Yo creía que eso se quedaba para mi!
— De marca mayor: tienen razón, amigo
Arístides... Pero es que de Dronto no se me
ocurrieron otros menores. ¡ Qué cosas irá
diciendo Carranza!
— Pero, Papá, ¿a qué decir ninguno?
— Y sobre todo, a qué esa descabellada
ocurrencia de disfrazar mis planetas de
bólidos.
— Porque si tú, Pepeta, yor demasiado
buena, y tú, chiquillo, por inexperiencia, os
chupáis el dedo, yo, por viejo y ladino, no
me lo chupo. Ca.
— No te entiendo.
— Ni yo.
— Ahora entenderéis. Si nos clareamos
antes de tiempo, pudiera ser— se han dado
casos—que entre los sabios que nos acom­
pañan hubiera alguno que, mientras com­
pulsamos el descubrimiento de Carlos, cal­
culamos a conciencia órbitas y demás za­
randajas de esos planetas, y redacta su
memoria, se aprovechara de nuestra indis­
creción, apresurándose a soltar la especie
Je haber él también realizado el descubri­
miento; y hasta se nos adelantara, dicien­
do vaguedades, mientras nosotros prepara­
mos concienzudamente la justificación de
todo. Sabiendo que existen esos astros, la
truhanada le sería muy fácil.
— Pues entonces han sido oportunísimos
esos disparates.
—Nequáquam: cuando me salieron los
colmillos postizos tuve muy buen cuidado
de encargarle al dentista me los hiciera
más retorcidos todavía que los que se me
habían caído. Y eso que los viejos no lo es­
taban poco...
Hay que tener en cuenta que el triunfo
de Carlos tendrá resonancia sobrada a des­
pertar, en quien no sea escrupuloso, codicia
de atribuirse la hazaña.
—Verdad— asintió María Pepa— . Hace

tres siglos afirman los astrónomos que no
existen, más todavía, que parece irracional
admitir puedan existir planetas inframercuriales.
— Y este diablejo los deja mal a todos.
Pero lo que más me regocija es que, mien­
tras yo, con lo observado en el eclipse, ma­
chaco la pretendida materialidad de la luz,
de las hipótesis de Einstein, que hace tres
siglos anda tambaleándose sin acabar de
caerse, este arrapiezo le va a dar la punti­
lla, haciendo ver, ya sin lugar a dudas, que
la causa de las irregularidades del movi­
miento de Mercurio no es la supuesta por
aquel antipático sino la cercanía a el de
esos tres planetas que nos regala Carlos (1).
( i ) Se ha discutido mucho si existen planetas intramercuriales. Hubo quienes, en tiempos, pretendie­
ron haberlos visto cruzar, como puntos oscuros, so­
bre el Sol, y quienes reputaron ilusión tal cr e en c a ;
se supuso después que planetas eran ciertos puntos
brillantes, muy cercanos a aquél, durante los e c lip ­
ses, vistos, entre otros, por Sw ift y W atson; y más
tarde se dijo que no eran tales sino estrella«; el
ilustre Leverrier apuntó antaño que a las atracciones
de esos problemáticos astros, pudiera acaso ser de­
bido el corrimiento del perihelio de M ercurio, mo­
dernamente explicado por Einstein como consecuen­
cia de los postulados de su teoría de la relatividad,
y por él invocado como argumento en pro de la
certeza de ella.
Entre paréntesis: conviene sepan, quienes de ello
estén ayunos, que el perihelio de Mercurio, o punto
de su órbita más cercano al Sol, no es fijo en ésta,
sino que en ella va corriéndose a razón de cuarenta
segundos de arco por siglo, con traslación que en
los ochenta y ocho días del año mercuriano es do
unos diez kilómetros corridos.
Resumen, ya cerrado el paréntesis: que siendo opi­
nión autorizada en los observatorios la de la impro­
babilidad de la existencia de planetas intraraercuriales, estaba muy justificado el entusiasmo con que
Ripoll decía del biznieto: “ L os apabulla a todos” .
Adem ás, como no solamente era el astrónomo al­
mogávar, según ya tengo dicho, enemigo personal de
Arrhenius, el ilustre autor de “ El Porvenir de las
Estrellas” , sino de Einstein también— no obstante
haberse muerto entrambos sabios muchísimo antes
de nacer él— , lógicamente había de regocijarle que
Carlos fallara el pleito entre Leverrier y Einstein
en contra de este último.
Pero en el descubrimiento del tenorino ascendido
a Colón planetario lo más increíble, para la que R i­
poll llamaba “ rutinaria astronomía del s:glo x x " , era
que de los tres planetas descubiertos, dos, Plutón y
Proserpina, no eran matrimonio cual dice la mito­
logía ni planeta y satélite, cual pedirían los cánones
del sistema planetario a dos astros que juntos via­
jan alrededor del Sol; sino dos mundos casi iguales,
evidentemente nacidos de un solo parto sideral, y
gemelos, por tanto, que entre sí cercanísimos, pues
su distancia no pasaba de 3.600.000 kilómetros, re­
corrían el uno en pos del otro, y con idénticas ve­
locidades una misma órbita. Como dos muías en­
ganchadas en reata siguen la misma carretera.
Acaso el tal descubrimiento no asombre a los no
versados en astronomía, no capacitados para perca­
tarse de que la tal pareja constituía una infracción
escandalosa— asi hablarán los astrónomos de hoy— de

EL HIJO DE SARA
—Y a los que puede usted llamar tatara­
nietos.
— ¡Ja, ja, ja!... No había caído. Tiene
rasón Arístides. ¿Oyes, Pepeta?... ¿Oyes,
Carletes?... Claro los hijos del biznieto. ¡Ja,
ja, ja!, no tiene vuelta de hoja, tienen que
ser tataranietos míos. ¡Ja, ja, ja !
— Papá Ripoll, el buen humor te hace
olvidar que no faltan sino veinte minutos
para que Vulcano el primero de esos nue­
vos planetas, llegue al lugar calculado por
Carlos.
— ¡Recongelasión!, que es verdad. ¿En
qué pensaría yo? Anem Carlitos; unem,
cmem Pepeta. Vamos a casar a Vulcano
antes que se nos escape. Tú Pepeta a un
anteojo, yo a otro; para comprobar por
duplicado si Vulcano primero y después
Proserpina llegan a sus horas o se retrasan
a las citas.
—Vamos papá.
—Tú, Carlos, saca en un periquete, pero
cuidado con equivocarte, copias para tu
madre y para mí de las coordenadas de los
sitios a donde hemos de apuntar los anteo­
jos, para fusilar al paso a mis tataranietos.
—Caza a la espera.
—Eso es Leblonde, casa a la espera. Y
luego mientras Pepeta y yo acechamos las
llegadas de nuestros dos conejos, entreten­
te tú en calcular por dónde andará el Se­
ñor Plutón dos horas después. Porque tam­
bién hay que casarlo.
Anem, anem... Y chitón para que nadie
huela lo que hagamos hasta que... ¡Moco­
so!, rae has quitado de encima una porrada
de años. Me siento tan ligero como un chi­
co de sincuenta.
XXI
UN PELIGROSO ANTOJO DE

DON JAUME

¿Quién pensara que las nerviosas impa­
ciencias del Presidente del T. I. de V. P.,
las leyes de la clásica mecánica planetaria, y otro
atropello de la ley de Bode. El célebre astrónomo
alemán, que, con tal ley, señaló las distancias del
Sol a que pudo haber, hay, o podrá haber planetas;
y en la cual no había lugar donde meter a los me­
llizos de Carlos.
Verdad que no era éste el primer caso de que tal
ley fallara; pues ya por embustera la había dejado
anteriormente, el descubrimiento de Neptuno: que
no hallando sin duda de su agrado el lugar que Bode
le tenía prevenido en el Cielo se lo buscó más de su
gusto, sin cuidarse de falsillas ni leyes. Y verdad
también que no era éste el primero, ni el segundo,
ni el décimo caso en que un descubrimiento echaba
abajo, en astronomía, y en las demás ciencias, leyes,
hipótesis, teorías reemplazadas por otras fundadas

77

de escudriñar los documentos del ansiado
eclipse, remitieran al punto de no acordar­
se de ellas en tres días?
Aquel descuido, inconcebible para sus
asombrados ayudantes, acabó de persuadir­
los de que Don Jaume chocheaba. Y esto
era cierto, si bien se equivocaran en la
causa, no proviniente de senil meollo, sino
de explicable flaqueza sentimental. Pues si
a menudo chochean los abuelos con sus nie­
tos ¿qué mucho chocheara Ripoll con sus
tataranietos, ni a quién sorprenderá que
tan pronto se convenció de no tratarse de
malogrados fetos de abortada fantasía,
sino de bien logrados frutos del parto feli­
císimo de Carlos— ésta es otra retórica
figura que a Leblonde le salió un poquillo
extravagante—en nada se ocupara sino en
engalanarlos con todos los arrequives y
aderezos propios de una sensacional memo­
ria científica, que él y Pepeta ayudaron al
chico a redactar con la mayor premura.
De lo anterior se infiere, aun no habién­
dolo dicho, que en los previstos tiempos
acudieron a los lugares vaticinados por
Carlos los flamantes planetas. Echando,
con su puntualidad, por tierra, no solamen­
te las aseveraciones de no pocos astróno­
mos relativas a imposibilidad de su exis­
tencia, no solamente el andamiaje relati­
vista de Einstein, sino la famosa Ley de
Bode, que estableciendo los lugares en don­
de hay hoy, o pudo ayer haber planetas,
prevaleció en Astronomía durante algunos
siglos. Todo ello derrumbado de un papi­
rotazo por el hijo de la desterrada, quien
a la par descubría un caso único y nue­
vo: el de dos planetas gemelos Plutón v
Proserpina que a distancia sensib'emente
invariable y escasa recorrían con iguales
velocidades una misma órbita, trastornando
con este desconocido parentesco de ambos
sobre aquél, y en el mañana destinadas a morir de
igual muerte a manos de otro descubrimiento.
Sin que por ello deban desdeñarse; pues de ellas
nace el progreso científico, base del industrial. Pero
que no será moral progreso de las sociedades, ni me­
joramiento de las relaciones entre los hombres, ni
humana civilización de sus almas, como éstos olvi­
den que la ciencia capaz de alcanzar unas cuantas
verdades no será jamás la Verdad Integra; y que
civilizaciones cuidadosas no más de material me­
jora y de satisfacciones de necesidades o apetitos
corporales fueron siempre y asi seguirán siendo des­
peñaderos que conducen a feroces egoísmos de hom­
bres y de pueblos, cual ley suprema de los fuertes,
a la ruina de las sociedades, a degeneración y bar­
barie de las almas.

78

BIBLIOTECA XOVELESCO-CIENTIFICA

dioses cuanto de tiempo inmemorial sabíase
por la mitología (1).
Al acabar el tercer día de encerrona de
los tres colaborantes, fué leída en el para­
ninfo la luminosísima memoria, en sesión
memorable de 24 de setiembre. Alumbra­
da, siquier cayese su hora en lo que por
acá llamamos noche, por sol esplendoroso,
que en aquellos tres días había recuperado
su pasada brillantez. Con asistencia de to­
dos los sabios residentes en el novimundo,
a los cuales dejó Carlos boquiabiertos con
la tal memoria. Impepinable según dicho
de Aristides que de ella se quedó en ayu­
nas, preciosa para Luisa que no sacó más
que él en limpio, y trascendental en opinión
del escogidísimo conclave de sabios que tri­
butó entusiasta ovación al que Lebl mde
llamaba a gritos padre de inundog y de
dioses. Mientras Ripoll pensaba que, ya no
treinta, sino cincuenta eran los años que
de encima le quitaban, María Pepa y Luisa
se abrazaban, llorando contentísimas, y el
astrónomo Carranza torcía el gesto com­
prendiendo que con lo de los bólidos se ha­
bía el Presidente chungueado de él.
Era de creer que terminados los ante­
riores incidentales afanes de Don .Jaume
no perdiera ya momento en comenzar a re­
coger la cosecha del eclipse. Y sin embar­
go, no fué así; pues su férvido entusiasmo
por tal recolección habíasele resfriado ex­
traordinariamente en aquellos ti es días. Si
bien, prudente y solapado, a nadie dijo
nada del resfriamiento hasta que la misma
noche de la sesión gloriosa, y estando en
la tertulia de la Capitana, preguntó simu­
lando candidez, cosa de él bien sabida y
sólo preguntada en busca de respuesta t.ue
sinuosamente lo llevara adonde, a cara des­
cubierta, no se atrevía a ir. Con tales in­
tenciones dijo:
— Oye, Pepeta, para llegar a Venus no
podremos seguir en este rumbo.
— Desde luego, que no. La necesidad de
proteger el autoplanetoide contra la atrac­
ción solar, demasiado intensa para luchar
con ella de poder a poder, en tanto no nos
hayamos separado a noventa o siquiera a
ochenta millones de kilómetros del Sol, nos
obliga a volar manteniéndonos estos días,
como nos mantuvimos el 18 y el 19, al acer­
carnos a él, en la prolongación de su enfi( i ) Impórtanos advertir que todas las afirmacio­
nes del párrafo a que esta nota se íefiere, no las
hace por su cuenta Ignotus, líbrele Dios, de tal te­
meridad; sino que están tomadas de la célebre me­
moria.

lación con Mercurio. Para que éste ;r.te¡cepte, evitando tiren de nosotros peligro­
samente, los efluvios atractivos de aquél (1).
Así seguiremos todo el día de hoy y el de
mañana.
— Pero eso es alejarnos de Venus; pues
corremos en el mismo sentido y más de pri­
sa que ella.
— Cierto; pero es inevitable hasta pasa­
do mañana, que llegando a regiones en
donde ya podremos contrarrestar con nues­
tras propias fuerzas la aminorada atrac­
ción solar, viraremos para ir al encuentro
de Venus. Y entonces, a la par que ella se
acercará a nosotros, el orbimjtor correrá
a su encuentro.
—Todavía la tenemos muy atrás. Y así.
hasta el seis de octubre, en que has fijado
la fecha de llegáda allí, habremos de des­
andar casi todo el camino que hasta pasa­
do mañana hayamos hecho desde que nos
apartamos de Mercurio.
— Ya he dicho que es inevitable. Ni mon­
tes, ni ríos en tierra firme, ni corrientes
en los mares, ni vientos en los aires, per­
miten casi nunca a ferrocarriles, buques ni
aeroplanos correr, bogar ni volar recta­
mente entre los lugares de partida y lle­
gada; y a semejanza de ellos, tampoco pue­
de volar mi aviestelar sino sorteando las
gravitaciones cósmicas, que son las corrien­
tes y los vientos de este etéreo océano.
— Indudable, indudable. No era censura,
no; sino que como de algo se ha de ha­
blar— contestó el taimado viejo, que en se­
guida comenzó a arrimar disimuladamente
el ascua a la sardina que traía guardada,
mas cuidando no se le viera todavía— . Por
eso, pues en algo hemos de entretener es­
tos ratos de asueto, se me ocurre que si
ahora se parase el autoplanetoide, o si lo
hubieses tú parado antes de despedirnos de
Mercurio, quieto podría haber aguardado
hasta que, acercándosenos, Venus ofreciere
ocasión de lanzarlo rectamente al punto a
donde ha de llegar el seis de octubre. Con
la ventaja, prosiguió titubeante el viejo,
por saber que la necesidad de hacerse el
tonto le iba a hacer decir la tontería que
había menester para sacar partido de ella,
de ahorrarte la fuerza de todo el cinetorio
que has de malgastar con el alargamiento
de nuestra ruta actual.
— ¡Por Dios, Papá Ripoll! Te olvidas,
pues saberlo lo . abes que esa quietud del
( i ) Véase derrotero del viaje, fechas siguientes a
la del jo de septiembre (pág. 88).

EL

HIJO BE

SARA

79

orbimotor, que tampoco se logra sin gastaPorque has podido echar la cuenta de
fuerza no sería posible a no tener el poder
la fuerza y del tiempo necesarios para la
ue me falta de detener antes la marcha
expedicioncilla.
de Mercurio, para aguardar, guarecida a
— ¡Ah, ya! Pues... No... Es que...
su sombra, que se acercara Venus; pues de
Acaba de una vez. Sin saber a punto
habernos faltado la protección de dicha
fijo qué maquinas, hace ya rato he visto
sombra en los primeros días, nos habría­
que algo tramas.
mos caído al Sol.
— No tramar, no. Sino que como el pa­
—Verdad, mujer. Mentira parece se me
sado eclipse ha perdido interés.
haya escapado tal desatino. Mayor no po­
— ¡Farsante! Después de marearnos, con
dría decirlo el mismo Aristides.
que era el más grande acontecimiento visto
__¿Rompe usted el fuego ya?... Pues,
en los cielos, nos sale ahora con que no
mire, hoy no tengo gana de pelea. Me en­
tiene interés... ¡Charlatán! ¡Fracasado!
tretiene más oír a María Pepa.
— No, Leblonde, ni yo he engañado a na­
__Mil gracias Aristides.
die, ni puede hablarse de fracaso mientras
__y cuando habla usted mirar la cara
no se hagan los estudios suspendidos. Pero
de Luisilla... Esta no da las gracias. Se
comprenderá usted, y sobre todo, tú, com­
comprende; porque no se ha enterado.
prenderás, Pepeta, que a pesar de su mag­
__Pero sea como quiera— insistió Don
nificencia forzosamente ha de parecerme
ahora muy mísero mi eclipse mercurial
Jaume tomando ya el camino de la meta
cuando pienso en lo que podría ser otro
adonde se proponía llegar— , es una lásti­
eclipse plutònico, proserpínico, y sobre todo
ma ese desperdicio de cinetorio, que sería
vulcànico.
útilísimo empleándolo en alguna expedi— Carlos, Carlos.
cioncilla de estudio que cupiera hacer al
-—Qué.
paso... y que... y que pudiera realizarse sin
— ¿Pero no te has enterado?... Claro que
gastar -más fuerza de la que al fin consu­
no... Tu abuelo reniega de su eclipse...
mirás.
— Sí, ya lo he oído...
No diré yo que María Pepa viera ya la
— Y que le pide el cuerpo más: un surti­
punca de la cola de la sardina del abuelo;
do completo, un montón de eclipses de di­
pero viérala o no, la puso sobre aviso lo
versas familias. ¡A varicioso! .Ansioso!
de la económica expedición de estudio...
— Sí, muy ansioso. El abuelo es atroz—
Más por saber cuán marrullero era el Se­
contestó el descubridor de los planetas que
ñor Presidente y advertir cuán vacilante
amenazaban volver loco a Don Jaume. Y
hablaba. Por ello para conocerle la causa
dicho esto dejó de atender a Aristides para
del aprieto en que lo veía, no quiso darle
tiempo, entablando discusión, de buscar hi7 retornar toda su atención a quien pueden
ustedes figurarse.
pócrita salida; sino que mirándolo con des­
En tanto, Ripoll y la Capitana discutían
confianza preguntó solamente:
acaloradamente.
— ¿Una expedición de estudio?
— ¿Pero te has vuelto loco?— decía ella.
— Que por supuesto, y del mismo modo
— No, Pepeta: óyeme y verás: la favora­
que no aumentaría el consumo de cinetorio,
ble posición que hoy tiene Vulcano no exi­
tampoco habría de alterar la fecha de lle­
giría para llegar junto a él, sino tres días
gada a Venus... Pues en ella sólo se inver­
a lo sumo de caída que te saldría baratísi­
tirían las jornadas que vamos a malbara­
ma, pues de nosotros tiraría el Sol.
tar.
— ¡Sapristi! Otra caída como aquélla.
— Tú no hablarás, como dijiste antes, sino
— No, Aristides, dada la proximidad a
para matar el tiempo, pero no pierdes el
que del Sol nos llevaría ésta, muchísimo
que matas.
más peligrosa.
En esta pulla y en la sonrisa irónica de
__Te equivocas, hija mía. Poique pudienque fué acompañada conoció, ya sin lugar
do emplear a última hora, a Vulcano, como
a dudas, el ladino camastrón, que Pepeta
hace pocos días empleaste a Mercurio, ha­
le veía ya la cola a su sardina, aun cuando
ciendo de él escudo protector contra la gratodavía no supiera si era pequeña o gran­
vedad solar...
de. Y defendiéndose, de enseñársela entera,
__Protesto. Por usted mismo sé que esa
mientras buscaba modo de disfrazarla ae
gravedad convierte cada kilogramo terres­
menudo boquerón se limitó a decir, apa­
tre en más de veintisiete solares, así que
rentando no entender:
aun sin contar el riesgo de que en esa caí— ¿Porqué?

80

B IB L IO T E C A

N O V E L E S C O -C I E N T I F I C A

da baratísima como usted la llama nos sa­
liera muy cara por rompernos en ella, no
algunos, sino todos los huesos, no podría­
mos tirar de nuestros cuerpos, ni aun po­
nernos en pie. Porque mis 60 kilos de allá
o mis pocos gramos de hoy me pesarían
más de... de... de unos 1.700 kilos.
— No diga disparates, hombre, eso sería
ya llegados al Sol.
— Pero la luz y el calor serían... serían
infernales.
— Ya nos defenderíamos de ellos.
— No podríamos, papá.
— Sí, Pepeta. Con buena voluntad, con tu
talento, y con los recursos de que dispones
en el autoplanetoide se puede todo... Sería
soberbiamente esplehdoroso: ¡qué insospe­
chados descubrimientos! ¡qué excelsas be­
llezas !
— Pero, papá reflexiona.
— ¡Qué embelesos! ¡Qué glorias! ¡Qué...
— Pero atiende, hombre, atiende.
— Tú eres, tú, quien se me hace la sor­
da. Piensa hija mía que podríamos con­
templar el Sol tan sólo a doce millones de
kilómetros.
— Precisamente en eso pienso.
—No, no piensas en que eso sería verlo
156 veces mayor que en la Tierra (1). No,
si pensaras en tal magnificencia no harías
objecciones. Imagínate, imagínese Aristi­
des, cómo veríamos la cromoesfera, cómo
veríamos la corona, y cómo el día antes del
eclipse veríamos el núcleo fotoesférico, sus
refulgentes fáculas, lo hondo de los vérti­
ces de sus colosales manchas los flamepntes
torbellinos de electrizado hidrógeno infla­
mado volteantes en lo alto de los cráteres
de ellas en donde caben mundos.
—No, no veríamos nada, porque antes
habríamos perecido.
— Pepeta, no te conosco: Tú nunca has
sido pusilánime.
— Ni lo soy.
— Hija mía, hija mía: ¡por Dios! no me
niegues ese delicioso goce, no prives a la
siensia de los tesoros que...
— Estás loco, estás loco.
— No, no.
— Sí, rematado.
Tan viva y aun ruidosa era la discusión,
que siéndoles ya imposible a los novios con­
tinuar indiferentes al punto debatido, y
apartados de quienes la sostenían, se ha­
bían acercado a éstos. Con lo que al ver
( i ) Para inflar su perro no hablaba áe diámetros;
Ripoll. sino de superficies.

junto a sí a Carlos exclamó Ripoll buscan­
do en él ayuda:
— Carlitos, hijo mío, ayúdame. Tú eres
valiente; tú amas la siensia; tú verás que
paresen providensiales tus descubrimientos
para brindarnos esta ocasión única de asercarnos al Sol, en términos...
— No Carlos, no: más no; ¡qué espan­
to!— clamó Luisa.
— Abuelo, no sería prudente ni piadoso
comprometer con imprudencias, ni demorar
siquiera el salvamento de mi pobre madre.
—No lo demoraríamos, hijo mío.
— Te equivocas: aun admitiendo la posi­
bilidad, que niego, de salir bien de esa loca
aventura, perderíamos de cuatro a cinco
días.
—¿Estás segura?
— Segurísima.
—Entonces no insisto más. Tiene rasón
Carlos: Lo primero es su madre. Pero crée­
me, hijo mío, aunque por tí lo haga gusto­
so, en mi vida he hecho tan duro sacri­
ficio.
— No lo mires cual sacrificio, sino como
imposibilidad. Así te dolerá menos.
— Carlos dice bien—agregó María Pepa—.
Tu irreflexivo anhelo no te deja ver ahora,
como verás en cuanto te serenes, que esa
multiplicación de 156 veces en el aparente
tamaño del Sol no se conseguiría sino a
costa de crecimiento igual en el calor de él
llegado al novimundo. Y esto sería la muer­
te; pues no tenemos medios de defendernos
contra tan horrendas temperaturas.
— Piensa también, abuelo, que nuestra
provisión de cinetorio no es suficiente a
darnos la fuerza necesaria para subir la
cuesta arriba de Vulcano a Venus y des­
pués de ella la de Venus a la Tierra.
— ¡Qué dolor, qué dolor, no poder con­
vertir nunca en realidad las hermosas con­
quistas de la siensia en que yo había so­
ñado !
— Que ahora no sean posibles— objetó
María Pepa, acaso solamente para consolar
al pobre viejo— no implica que nunca pue­
da serlo.
—¿Cómo, cómo Pepeta?
— Que acaso construyendo otro orbimotor
mucho menos pesado que éste, no para dos­
cientos sino para diez o doce pasajeros;
con mayor número de cápsulas propulso­
ras; todo él cargado de enormes provisio­
nes de cinetorio, y copiosamente abastecido
de aire líquido, para luchar con las tre­
mendas atracciones gravitatorias y las te­
rribles temperaturas de las regiones cir-

81

EL HIJO DE SARA

p '.n

M are s liguidos.

i Mares helados
i permanentemente.
------------- Ruto navegación subglacial.
++ + + + + Id
id
subterránea
•*—

Dirección huracanes

X A.P Lugar amarage.
x ap
¡d. espera
- * ------ Direcciones especialmente vi
— — — —Derrota de Sara
................
Id del Orbimotór
1000

o

ESCALA
1000

1 II 1 1 1 1 1 11 I I

2000

3000

4000

— I—

cunsolares; haciendo en suma un avisidereo sutil que respecto a éste fuese lo que el
avión es al dirigible, tal vez pueda llegar­
se algún día a Vulcano. O siquiera a Pro­
serpina.
— ¿Sí, sí? ¿Tú crees...? Serías capaz de
fabricármelo cuando al mundo volvamos.
— Sí, papá, sí: te prometo intentarlo. Y
mientras tanto, lo que ahora has de hacer
es volverte a tu eclipse, con el que has es­
tado un poco ingrato.
—Aun más que ingrato: descastado.
¿Quién habría de esperar tal volubilidad
de un hombre de los años de usted?
— Tiene razón Aristides. No estaría bien,
abuelo, que después de tus intimidades con
Mercurio, y de los favores que le debes, te
fueras ahora con Proserpina a picos pardos.
—Vaya, basta de conversación, que ya es
muy tarde—dijo la Capitana—, ya está ahí
Guzmán por Luisa, y es hora de acostarse.
EL H IJO DE SARA

Al salir, juntos de la tertulia, Aristides
y Carlos decía el primero:
— Ya me explico porqué no se acordaba
Don Jaume del eclipse del otro día. Era
que lo tenía vuelto el juicio el nuevo que
se le había antojado.
— ¡Canario! Con el anteojo del abuelo.
— Gracias que tu madre lo ha trasteado
bien.
— Como a los chicos temosos: desempe­
rrándolo con la promesa de un juguete
nuevo.
XXII
DONDE EL VOLAR DE LAS ESTRELLAS PARECE
PEREZOSO AL CORAZÓN

Al comenzar el 25 de setiembre viró el
orbimotor hacia Venus (Véase croquis, pá­
gina 88) prescindiendo de la protección de
6

82

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

Mercurio, otra vez reducido para quienes
lo veían sobre la redondez solar de la que
iba a escaparse como cabecilla de alfiler, y
poco más o menos, como había sido visto
el día 17. Entonces acabó la segunda fase
anular del eclipse, que, comprendidas todas
por las que había pasado, duró en total
¡más de ocho días!
Los diez largos que habían de transcu­
rrir hasta el 6 de octubre, fijado, según
oímos a Don Jaume, para la llegada a Ve­
nus, parecíanle otros tanto siglos a la an­
siosa impaciencia que de conocer y salvar
a su madre tenía el hijo de la desterrada.
Quien, entre tanto, provocaba cuantas oca­
siones podía de que Arístides y Ripoll le
hablaran de ella, agobiándolos a preguntas
sobre su física personalidad, sus condiciones
intelectuales y morales, e instándolos a
que le refirieran episodios de su vida. Que
suponía conocerían, por haberla tratado
mucho tiempo en la estrecha y larga con­
nivencia de los dos con ella, en el anterior
viaje y en la larga estada del orbimotor
en el fondo de los mares de Venus, mien­
tras allí lo tuvo retenido la atracción mag­
nética de uno de sus polos de tal nombre.
A María Pepa nada le preguntaba. Por
delicado recelo de si aquel interés por su
madre verdadera, que en nada mermaba
su adoración a la adoptiva, pudiera ser por
ésta interpretado como disminución de su
cariño a ella.
Tal prudente abstención era una suerte
para María Pepa; pues la libraba de que
el muchacho le conociera las preocupacio­
nes, de día en día más intensas, según veía
acercarse el momento de encontrarse nue­
vamente con su antigua y temible enemiga,
y una vez conocidas, sospechase algo del
alcance y causas de ellas; y además la evi­
taba mentir, cual, por piedad a Sara y ca­
riño a su hijo, mentían constantemente Leblonde y Don Jaume, para no descubrirle
las morales lacras, maldades y crímenes de
la perversa mujer de quien había nacido.
Díjose en la primera parte de esta his­
toria que el caritativo propósito de evitar
a Carlos la tristeza de avergonzarse de la
madre de quien se creía huérfano, habíale
dejado ignorar la verdadera historia de
ella, diciéndole tan sólo que de su padre se
había divorciado por incompatibilidad de
caracteres, y calládole que nunca había es­
tado cristianamente casada con el que des­
pués fué marido de María Pepa. Además,
como Carlos no la había conocido; como
desde su infancia sólo Ripoll y María Pepa

podían hablarle de ella, y ambos procura­
ban no hacerlo, sino en raras ineludibles
ocasiones, con cuanta brevedad podían y
rehuyendo tratar a fondo el espinoso tema;
como, por último, no le había faltado el
cariño de una madre, por tenerla amantísima en la segunda esposa de su padre,
nunca sintió por la presunta muerta el in­
terés y las curiosidades despiertas al sa­
ber que era viva, que había padecido dieci­
nueve años de destierro y que la iba a
conocer en breve.
No eran livianos, no, los aprietos en que
tales curiosidades ponían al abuelo y a
Arístides, de los cuales salía éste ponde­
rando la belleza y valentía de Sara, y ca­
llando que, a despecho de tales cualidades,
jamás mujer alguna le había sido tan odio­
sa, a causa del orgullo satánico, la fiera en­
vidia y la deslealtad que la hicieron des­
empeñar tan terrible papel en el primer
viaje a Venus; y en cuanto a Ripoll, sor­
teaba los conflictos elogiando el talento, la
ciencia y los triunfos de ella, omitiendo sus
odios y sus crímenes contra María Pepa
— conocidos de quienes han leído los “Via­
jes Planetarios en el Siglo X X II”— ; mas
cuidando de no adornarla, pues a tanto no
sabía llegar su ruda sinceridad, con mora­
les cualidades que no tenía antaño, y pu­
diera muy bien no haber adquirido en el
destierro.
Bastante era perdonarla, dando por ex­
tinguida su condena. Pero ni el catalán po­
día olvidar las justas causas de ella, ni
menos rehabilitar, en su fuero interno, a la
sentenciada, mientras no viera si ella mis­
ma se había rehabilitado, sufriendo los do­
lores del destierro cual justa expiación, y
abriendo su corazón a mejores sentimien­
tos, o si aquellos padeceres habían, por el
contrario, exacerbado sus rencores, desper­
tándole afanes de ulteriores venganzas.
Esta última duda de si iban a encontrar­
se con una Sara nueva o con la misma te­
mible Sara de antes, tenía intranquilos, no
solamente a Don Jaume y a Arístides, sino
todavía más a María Pepa, que con ellos
habló sobre tal punto más de una y de dos
veces en aquellos diez días.
Arístides era el más escéptico de los tres.
Pues, aun no pecando de cobarde, no tenía
reparo en confesar que Mistress Haig era
la única criatura a quien había tenido mie­
do, pero tan espantoso, que cuando recor­
daba cómo le descubrió su última y más
traidora trama contra María Pepa, toda­
vía, a pesar de los años transcurridos, se

EL

HIJO

DE

SARA

83

Dios el arrepentimiento de ella. Sería ho­
estremecía horrorizado como entonces de
rrible haber hecho este viaje para traer en­
la fría perversidad de ella; y le parecían
tre nosotros a aquel monstruo de maldades,
actuales los terrores que al correr a frus­
para hacer saber a Carlos que es hijo de
trarle el preparado crimen sentía, pensan­
la víbora de que Arístides hablaba. Sería
do que cada instante de su carrera fuera
horrible, horrible, que los dolores de esos
el último de la vida de la Capitana.
años de destierro no hubiesen dado -otro
— No, no— decía el vehemente Leblonfruto que envenenarle aún más el corazón.
de— . Quien nació víbora, víbora morirá.
Horrible, sí... Para mí sobre todo, pues eso
— No quiera Dios que acierte usted— dijo
haría mucho más doloroso mi remordi­
Don Jaume— . Sería horrible que el fruto
miento.
de este viaje fuera darle tal madre al po­
— ¡Remordimiento! No sé porqué, ni por­
bre Carlos.
qué para usted más que...
— Y sobre todo, Arístides— agregó María
— Cavilosidades— dijo rápidamente María
Pepa, tal vez más recelosa, en realidad,
Pepa, para no dar tiempo a que, arrastra­
de lo que indicaban sus palabras— . No to­
do por su vivísima emoción, dejase el an­
memos temerariamente por certeza el des­
ciano traslucir su personal culpabilidad en
consolador pesimismo de usted. Dios puede
el abandono de Sara. Por considerarse res­
haberle ablandado el corazón.
ponsable de que hayamos emprendido este
— Lo dudo, pues jamás he visto, no se me
viaje.
olvida no, nada tan horrendamente feo, con
— Sí, sí...— asintió Ripoll, advirtiendo ha­
aterradora fealdad satánica, como la cara
ber estado a punto de que su corazón ven­
de aquella bellísima mujer cuando, al lle­
diera el secreto de aquél tremendo episodio
gar usted, corriendo, a salvarle la vida, le
disparó el pistoletazo del que estuvo a pun­ de su vida.
— Tú has obrado a impulso de un buen
to de moi;ir. No, el corazón que vi asomar­
sentimiento, y eso debe bastar a tu tran­
se a aquella cara no latirá jamás sino im­
quilidad.
pulsado por el odio; en él no caben sino
— María Pepa tiene razón, amigo mío:
malas pasiones; su dureza no es capaz de
esa cavilosidad no tiene razón de ser. Tanto
ablandarla el arrepentimiento.
más, cuanto que no todos en su caso ha­
— No, eso no. No hay corazón cuya dure­
brían cedido a ese noble propósito... Yo, por
za le sea a Dios imposible el ablandar.
ejemplo, la habría dejado en su destierro.
— ¡Qué sabe ella de Dios!
Porque muerto el perro...
— Pero Dios sabe de ella, y puede haber­
— No lo creo, Leblonde. Eso no es en us­
le dado la luz que le faltaba.
ted sino mentida jactancia de dureza de
— Si así lo pone usted, no tendré la te­
sentimientos que sabenlos no tiene.
meridad de contradecirla. Pero sería un
— No, María Pepa. Ni soy capaz de sen­
milagro.
— No diré que no. Pero Dios los está
tir odios, ni habiendo nunca esa mujer he­
cho nada contra mí, tengo personales moti­
haciendo a todas horas desde el principio
vos para aborrecerla. Pero no se me olvida
de las cosas y de las criaturas.
aquella cara, y al recordarla pienso que su
— Verdad, verdad, Pepeta...
odio a usted es inextinguible; y aun dado
— Porque, ¿qué es un milagro?... Todo
que ahora crea «lia estar arrepentida, temo
hecho, sea de orden físico o de orden moral,
que, al verse en salvo y otra vez frente a
nacido de causas y de fuerzas cuyo origen
usted, sus malas pasiones resurjan, enca­
no se explica el hombre. Es decir, cuanto
nadas, y que por ellas aventado se desva­
en el mundo y en el cielo nace, existe y
nezca el arrepentimiento.
muere: el nacimiento de una estrella; la
germinación de una semilla; la infusión de
— ¡Qué horror! ¡Por Dios, Leblonde!
la vida en una masa de ruin carne, para
¡ Qué encono!
hacer de ella una criatura; la memoria, la
— No la aborrezco, ya lo he dicho. Lo que
inteligencia, la voluntad humanas; las con­
yo tengo es miedo por usted, y lo que digo,
versiones de un San Pablo y de un San
precaución consiguiente a mi creencia de
Agustín de pecadores en Santos.
que de ella es preciso guardarse.
— Sí, hija mía, sí. Por eso, desde que te
— Y a lo ves, ya lo ves: si Leblonde acier­
hice compartir mi creencia en la probabili­
ta, .mía será la culpa.
dad de que Sara viviera, y a ti y a mí nos
— Basta, papá; basta ya, Arístides. To­
asaltó temor de que siguiese siendo como la
das esas hipótesis sin otra base que malos
conocimos, ni un día he dejado de pedir a
pensamientos no sirven sino para atormen-

&4

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

taraos inútilmente con visiones de venide­
ros males que acaso Dios tiene resuelto
no padezcamos nunca. Y aun son algo peor:
falta de caridad con una criatura a quien
juzgamos a distancia inmensa, sin verla,
sin oirla, sin saber nada de sus sentires
ni sus actos durante diecinueve años. Sólo
Dios y ella saben lo que, con temeridad
nada piadosa, estamos intentando adivinar.
El mañana sólo es de Dios. Dejémoslo a El
que del nuestro se cuide. Y en tanto llega
ese mañana pídale, como papá Ripoll y yo,
por esa desdichada.
— Sí, Leblonde, s í; hágalo, hágalo— dijo,
conmovidísimo, el pobre anciano, saliendo
del ensimismamiento en que hacía rato es­
taba.
— Lo haré, lo haré... Es usted la de siem­
pre, María Pepa; la de siempre: única.
— Unica, no; gracias a Dios, todavía que­
dan muchas cristianas en el mundo, y yo
soy una de ellas nada más...
Le cortó a María Pepa la palabra Luisa,
que, seguida de Carlos, entraba gritando:
— Mamá, mamá, Don Jaume: Vengan, co­
rran. Es precioso, preciosísimo.
— ¿E l qué?— preguntó Aristides.
— Venus, Venus— contestó Luisa.
— Vengan— insistió Carlos— . Los tres
cuartos de su disco, en creciente, vistos en
el gran reflector— telescopio de espejo— ,
son una maravilla. Nunca, papá Ripoll,
pudo un astrónomo soñar cosa semejante.
— Eso que naturalmente te sorprende a
ti— respondió Aristides— lo vimos nosotros
mucho más cercano y más maravilloso en el
anterior viaje. Pero de todos modos, vamos,
pues aunque ello no sea para nosotros no­
vedad, nos proporcionará el placer de vol­
ver a avistarnos con esa antigua conocida.
— Tiene razón Aristides; vamos. Ven,
Papá Ripoll— dijo María Pepa, deseosa de
distraer al anciano de las cavilaciones en
que otra vez habíase sumido.
Era el 29 de septiembre; la lunita, tal
la llamaba Luisa, se veía a irnos 25 millo­
nes de kilómetros; y a tan corta distan­
cia, sin el cendal de aire atmosférico que
reduce el brillo de todos los astros, en la
Tierra, y contemplada en aquel telescopio,
cuyo aumento era muchísimo mayor que los
de todos los fabricados hasta el siglo X X ,
mostrábase con el tamaño aparente de una
cereza gorda— minúscula cual luna, más
colosal para estrella o planeta— , nítida y
bella sobre toda ponderación, con la nivea
blancura con que la luz solar ilumina, al
reflejarse en él, el espeso manto de nubes

que circundan aquel mundo. Y aun cuando
esto no permitiera ver a Venus cual tierra,
sino como astro, exclamó Luisa entusias­
mada:
— ¡Qué bonito, qué bonito es el mundo
adonde vamos! ¡Qué hermoso, qué hermoso
debe de ser vivir a llí!
— ¿Hermoso?... Eso se lo sabe Dios... Y
también, a su costa, mi desgraciada ma­
dre...
Nadie supo qué contestar a esta amarga
observación de Carlos, que con los ojos fijos
en el resplandeciente disco, único entonces
para él en la inmensidad del firmamento,
permaneció un momento silencioso, pensan­
do: “ Allí, allí está. Infeliz madre mía.”
Aquel hombre de diecinueve años, que no
conocía, que nunca había conocido a su
madre, la amaba ya antes de verla, con el
corazón acongojado con el presentimiento,
del cual había nacido aquel cariño, de los
penosos padeceres de ella. Porque el dolor
ajeno es un' imán que atrae a las almas
nobles.
Aunque no hablara, no lo habían menes­
ter, cuantos junto a él estaban, para leerle
el pensamiento; pues veían en donde su
mirada se clavaba, y la ansiosa expresión
de su semblante; y mientras él sólo miraba
a Venus, doliéndole lo infructuoso de su
afán, que no por insensato dejaba de acu­
ciarlo, de ver allí a su madre, los demás
sólo a él lo miraban, respetando su silencio.
Hasta que, haciéndoseles de minuto en mi­
nuto más penoso, lo rompió Luisa acer­
cándose a él, cogiéndole la mano y diciéndole:
— Carlos: pronto la verás.
— No te atormentes, hijo m ío: Luisa tie­
ne razón. Ya queda poco.
— ¡P oco! Todavía siete días, siete siglos!
Mamá Pepa, mamá Pepa: por mí, que
soy lo que más quieres, fuerza la marcha
cuanto esté en tu mano. Cada minuto que
ganes es un tormento que me ahorras.
— Te lo prometo, hijo de mi alma. Ven,
vamos arriba, al puente. Derrocharemos
cuanta fuerza podamos, y si no tan deprisa
como pide tu justísimo anhelo, haremos que
el orbimotor vuele como vuelan las estre­
llas más veloces.

O O

..

85

EL HIJO DE SARA
XXIII
LAS ÚLTIMAS JORNADAS

Con estar Sara todavía tan lejos de los
qne en su socorro volaban, iba a llenar el
autop'.anetoide durante el tiempo que aún
transcurriría hasta la llegada a Venus. Pues
no sólo ocupaba mente y corazón de los
principales personajes de este drama, cons­
tituyendo su obsesión permanente, sino que
aun no teniendo el coro, o sea el resto de
los expedicionarios, tan hondos motivos de
preocupación como ellos, era lógico hiciera,
como hacia, constante objeto de sus con­
versaciones a la desterrada, por salvar a
quien había sido acometido el viaje; y que
en la Tierra fué, mientras allá vivió, rele­
vante personalidad: eximia en ciencias,
reputada en armas y tan aventajada en
perfecciones físicas como lo atestiguaban
los reiterados premios de belleza que había
ganado en Yanquilandia. Triple reputación
que, por sus múltiples facetas, forzosamen­
te había de interesar en alguno de sus va­
rios aspectos, cuando no a unos a otros de
cuantos esperaban conocer en breve a quien
la había ganado. Además, en las tertulias
del casino aristocrático y del cafetín ple­
beyo, donde se mataba el tiempo charlando
del ignoto mundo adonde se iba, de los lar­
gos años allí pasados por la desterrada,
del valor, cultura e inteligencia de ella, ha­
llaban los viajeros campo amplísimo, no res­
tringido sino por sus individuales capacida­
des imaginativas, para fantasear sobre las
portentosas aventuras verosímilmente co­
rridas en tal mundo por la antigua Acade­
mia de Bostón y excomandante de la B¡fronte Aviación Atlántica.
Dicho esto, como parte de esta crónica,
que sería deficiente a consignar no más
impresiones y actos de unos cuantos cons­
picuos personajes, con olvido del pueblo novipolitano, dejemos ya a los fantaseadores
del coro. Pues más que fantasías, nos im­
portan realidades inmediatas ya, de la lle­
gada a Venus, que van a relatarse. Sin
otra dilación que la, muy breve y obligada,
de hacer constar el estado de ánimo y
los recelos por María Pepa disimulados,
más en crudo, su miedo, no a materiales
daños, sino a la influencia que la madre
verdadera, aureolada con sus románticos
padeceres, pudiera ejercer, de seguir sien­
do la artera e inteligente Sara de otros
tiempos, en el cariño de Carlos, en que se
compendiaba la felicidad de la inquieta ma­

dre adoptiva. Asustada de que la madre
nueva pudiere hacer creer al muchacho que
ella había tenido responsabilidad en la sen­
tencia de su abandono en Venus. Creencia
en que acaso estuviese de buena fe la aban­
donada.
En cuanto a Ripoll, crecíanle a terrores,
según a Venus se acercaba, los recelos de
que Sara hiciera conocer a Carlos que él
fué uno de los que, sin autoridad, dictaron
la tremenda sentencia, y en quienes el mu­
chacho vería, muy probablemente, verdu­
gos más que jueces.
Y, sin embargo, Maria Pepa forzaba
cuanto le era posible las cohetarias descar­
gas de las cápsulas motoras de su aviestelar. Que volando a velocidad vertiginosa,
permitiría salvar a Mistress Haig antes de
lo pensado: fuere o no fuere su enemiga,
arrepentida o impenitente; pues si en esto
podían caber dudas, no había ninguna en
que era una criatura humana. Lo cual bas­
taba para quien rezaba el Padre Nuestro
tan a conciencia como la Capitana.
El pobre anciano, más abatido que ella
al peso de cavilaciones, que sus muchos
años no podían conllevar con gual forta­
leza que María Pepa, sacaba, sin embargo,
ánimo de flaqueza, diciéndose que cuando
los remordimientos lo empujaron a promo­
ver el salvamento de su víctima de antaño,
había aceptado todas las posibles contin­
gencias de su resolución; y que si Dios qui­
siere castigar su culpa privándolo del cariño
de Carlos, ello sería porque tal expiación
fuera precisa para el otorgamiento del per­
dón. Y lo que» sobre todo ansiaba él era
creerse perdonado.
Por último, Leblonde insistía en su tema:
“ Cuanto más suave y mansa nos parezca,
más deberemos vigilarla. Porque es falsa,
muy falsa... O, cuando menos, lo era tanto,
que mucho habrá de hacer, antes de con­
vencerme a mí de que ya no lo es.”
*
* *

La Capitana cumplió su promesa a Car­
los; haciendo correr el orbimotor, en cada
uno de los días 29 y 30, once millones de
kilómetros, correspondiente a marcha me­
dia de 119 por segundo. Equiparable a la
velocidad media de las seis nebulosas desde
la Tierra vistas en la constelación Sagita­
rio: superior a las que llevaba el novimuhdo al comenzar el día 29 y al finar el 30, e
inferior a las de las últimas horas del pri­
mero y primeras del segundo, en las cuales

86

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NOVELES CO-CIENTIFICA

sobrepasó la de 130 kilómetros, que es el
promedio de las de los movimientos ya me­
didos en los enjambres estelares más cons­
picuos hasta hoy descubiertos (1).
La razón de estas diferencias de marcha,
según horas de los citados días, nos la va
a dar el siguiente diálogo sostenido en el
puente, por Carlos y su madre adoptiva,
en las primeras horas del día treinta.
¿— ...Entonces, mamá, ¿qué es, en defini­
tiva, lo que ganaremos en la llegada?
— Más de dos fechas; pues mi anterioi;
plan era llegar el seis, mientras que con la
aceleración, superior a la proyectada, que
ayer y hoy hemos impreso al vuelo, estare­
mos el tres en Venus. Si Dios quiere.
— Pero yo creo que, a no haber hoy acor­
tado la marcha, todavía podríamos haber
adelantado más. Porque ahora me parece
que no vamos tan deprisa como ayer a últi­
ma hora, ni aun como esta madrugada.
— Desde luego, hijo mío.
— Pues entonces...
— No sigas. Tu naturalísima impaciencia
te hace pensar lo que no pensarías, a tener
calma para echar de ver que, si al llegar
cerca de Venus, siguiéramos marchando a
estas espantosas velocidades, la remanente
entonces del orbimotor no nos permitiría
pararlo donde y cuando conviniera iniciar
el descenso, sino que nos arrastraría mu­
cho más allá.
— Tienes razón. Soy un atolondrado.
— La necesidad de frenar paulatinamen­
te, para no dar lugar a bruscas disminu­
ciones de velocidad capaces de destrozar la
armazón del autoplanetoide, me obliga, ya
desde hoy, a ir acortando la marcha poco
a poco, durante los días que de viaje nos
quedan. Esto es resultado de cálculos que
tengo hechos (2).
— Verdad, verdad.
— Si de otro modo procediese, ni tú lle­
garías a conocer a tu madre, ni ella saldría
jamás de Venus, ni el novimundo, ni nin­

guno de cuantos en él vamos retornaríamos
nur.ca a la Tierra.
— Verdad: soy un majadero.
— No, Carlos: es que te ofusca la vehe­
mencia de tu deseo, sin dejarte ver que,
llegados donde el orbimotor haya de bajar
a Venus, dejándose llevar de la atracción
de la gravedad de ese mundo, ha de habér­
sele antes agotado el formidable impulso
de nuestro actual vuelo. Siendo preciso
para ello que las jom adas venideras sean
más cortas cada día que las de ayer y hoy.
— Qué le hemos de hacer. Tienes razón;
y mentira me parece ahora que en cosa
tan evidente te haya sido preciso ponerme
puntos sobre las ies.
*

* *

Dos días después, la víspera del que, a
consecuencia de la aceleración de marcha,
contábase fuera el de llegada a Venus, la
tertulia habitual de María Pepa era, más
bien, tertulia de la Señora Capitana, por
estar reunida en el puente de maniobra, de
donde ya no se apartaba aquélla. Asiduidad
consiguiente a estarse llegando a parajes
cercanos al mundo de destino, donde la
gravedad de éste iba a tirar ya muy per­
ceptiblemente del autoplanetoide, con ma­
yor fuerza, de momento en momento, hasta
hacerse predominante12sobre toda otra cós­
mica atracción externa, y sobre la misma
interna fuerza propulsora de aquél. Y
como entonces comenzaría el descenso a Ve­
nus, y como el menor descuido durante él
podía convertir la necesaria suavidad de la
bajada en violenta y espantosa caída que,
contra el suelo del planeta, hiciera pizcas
el orbimotor, la Capitana de éste no quería
confiar su delicadísimo gobierno a ninguno
de los oficiales de cuarto.
Que tampoco había ya— me refiero a los
cuartos, no a los oficiales— ; pues como Es­
tado Mayor que, en día de combate, rodea
al General en Jefe, no ya los oficiales de
servicio, sino todos los pilotos se hallaban
(1 ) Algunos de éstos alcanzan la de 427 kilóme­
tros por segundo— Herbert Dingle— . Estos enjam­
en el puente en torno de María Pepa y en
bres son los que los astrónomos, buscando nomíbre
compañía de los habituales tertulianos de
más expresivo para el común de las gentes, llaman
ésta.
cúmulos de estrellas. En algunos de ellos se han con­
tado centenares de miles de estrellas. Aun cuando
Excusado es decir que ni ella, atenta al
dada la grandísima distancia a que las tenemos, es ' mando, ni ningún otro de cuantos allí es­
casi seguro no veamos de las que los componen sino
taban tenían atención ni palabras sino para
solamente las gigantes. Pasan de 100 los ya cono­
cidos.
la derrota, las descargas, en tal sazón ya
(2) Teniendo puntualmente dicho, en el primer
no impulsivas, sino frenantes, y para con­
viaje planetario cómo la Capitana frenaba descargan,
templar a Venus. Que con el constante cre­
do capsulas que imprimían al orbimotor impulsos
opuestos a la dirección de su vuelo no es pertinente
cimiento de sus aparentes dimensiones iba
repetirlo aquí, con pormenores.
a ir perdiendo progresivamente el aspecto

EL HIJO DE SAJIA
de astro para mostrarse con apariencias
de mundo.
—Ahora— decía María Pepa, consultando
un tablero esmaltado de negro, donde un
anteojo invertido proyectaba la argentada
y reducidísima imagen del enorme disco de
Venus, y haciendo lina lectura en una es­
cala milimétrica en él grabada—estamos a
medio millón de kilómetros.
He de advertir que impropiamente hablé,
en anteriores párrafos cercanos, de la ter­
tulia del puente, cuando debí decir de las
dos tertulias: una, la más numerosa, com­
puesta por la Capitana, Ripoll, Carlos, los
pilotos y Guzmán; y otra, cuan reducida
puede ser una tertulia, si es que dos dia­
logantes llegan a constituirla—-duda de la
que no me saca el diccionario— , formada
por Luisa y Leblonde. Quienes, no enten­
diendo apenas nada de los temas astronó­
micos, físicos y mecánicos sobre los que
versaba la conversación en el cónclave téc­
nico, hacían rancho aparte.
—Don Arístides— decía Luisa.
— Dale. ¿Cuántas veces habré de decirte
que n> me llames don? ¿Es empeño de recordame que soy viejo?
— No, no, señor... Porque no lo es usted.
— Aduladora.
— Nada de eso... Pero, dígame: medio
millón de kilómetros debe de ser una dis­
tancia grandísima. ¿Verdad?
— Eso me parece a mí... Mas, por lo visto,
ni tú ni yo sabemos lo que nos pescamos.
Porque para esos es pequeñísima... Oye,
oye a tu novio: ahora mismo está diciendo
que le parece estar tocando ya con la mano
ese mundo.
— Pues tampoco entiendo eso. Porque a
mí no me parece mundo, sino sólo una bola
grandísima, de nubes, en donde no veo
continente ni mares como los vi en la Tie­
rra cuando todavía estábamos cerca de ella.
— Es porque en esta otra tierra está
siempre tan nublado que, aunque la luz es
intensísima, los señores venusianos nunca
ven el Sol.
— ¿Cómo hay luz si no hay sol?
— Eso pregúntaselo a los de aquel corro.
Yo sólo sé que la hay, porque la he visto.
— ¡Ah, sí! No me acordaba que usted
es de los que ya estuvieron ahí abajo.
— Y por eso puedo también decirte que
las tierras y los mares que echas de menos,
en la que te parece bola de espuma de ja­
bón, no los verás sino cuando, muy poco
antes de acuatizar en sus océanos, haya el
novimundo franqueado ese manto; no, man­

87

to es poco, ese colchón de nubes con que se
abriga Venus, si la miramos por su lado
frío, o toldo, o quitasol, si la miramos por
el lado caliente, con el que se defiende del
tortísimo ardor de los directos rayos sola­
res. Mas te confieso que, aunque algo de
eso he oído, no sé bien todavía por cuál de
los dos lados la estaremos mirando.
—¿Y dice usted que no vamos a aterri­
zar en el suelo, sino que amarizaremos en
los mares? (1).
— Claro, hija mía.
—¿Y porqué claro?
—'Porque cayendo desde el cielo, como el
autoplanetoide caerá, pues que en aquél es­
tamos, preferible es caer sobre el blando
mar, y darse un chapuzón en él, a despan­
zurrase contra rocas. Pues con lo primero
sólo se corre el riesgo de que, como la vez
pasada, dure el chapuzón varios meses.
—'¡Varios meses bajo el agua!
— No te apure eso; pues, quitando los
malos ratos que nos dió tu futura suegra...
(¡Tente lengua!)— Esto no lo dijo, más lo
pensó Leblonde, al darse cuenta de que la
suya se le había escapado; y queriendo en­
mendarlo titubeó, hasta que al cabo lo com­
puso, agregando:
Quiero decir que los malos ratos fue­
ron... porque... porque corrió un peligro
cuando... cuando el alumbramiento de Car­
los, que nos hizo temer por su vida... Pero
de esto no le hables a tu novio, pues para
nadie es plato de gusto saber que ha estado
a punto de matar a su madre.
—No veo porqué; pues no teniendo
culpa...
— Sí, es verdad... Mas ya comprenderás
que cuando Don Jaume y María Pepa se
lo han ocultado, sus razones tendrán. Y si
ahora lo supiera por ti...
— Ca, no señor. Pierda cuidado, que nada
le dire.
— ¡U f!
— ¿Qué?
— Nada. Es decir, sí: que quitando esos
sustos que nos dió tu suegra, no lo pasamos
del todo mal en aquella submarivenusina
temporada. Además, conociendo, como ya
conoce ahora María Pepa, la existencia del
riesgo de quedamos sujetos al fondo de
esos mares, bien puede asegurarse que se
habrá precavido contra él.
—¿Qué es eso? ¿Qué pasa allí?
( i ) Todavía andaba la gente discutiendo en el si­
glo X X III, si debía decirse amarar, como en el X X
decretó la Academia de la Lengua, o si era más bo­
nito amarizar, o más genónco y flexible acuatizar.

novelesco-cientifica

biblioteca
88

DERROTERO

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— No sé. Vamos a verlo.
Lo que en la otra tertulia ocurría era
que, con la sola excepción de la Capitana,
a quien en aquellas circunstancias ningún
acontecimiento, por importante que fuese,
era suficiente a hacerle abandonar su sillón

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23 Noí>?

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A

de mando, habían echado a correr a la ca­
bina alta del puente, que era la estación o
gabinete radiotelegráfico donde hacía guar­
dia el telegrafista de turno, encargado de
comunicar las órdenes, para la maniobra,
a las centrales de diversos servicios, y muy

89
EL HIJO DE SARA
Aquel “de afuera” hizo salir a todos,
salvo la Capitana, de estampía al gabinete
Orbita de planetas antiguos - - - - telegráfico; pues de afuera nadie podía te­
Id. de] Id. nuevos
------legrafiar, sino Sara, adelantándose a la
Derrota autoplanetoide X, .........
ocasión prevista en el último radiograma,
Planetas
O
de
ella recibido en la Tierra, en el cual
Autoplanetoide

había
dicho:
9 HobTQ
“Cuando lleguen cien millares kilómetros
Venus, planeen sobre hemisferio inacaba­
ble noche; avísenme con radiofonía plane­
toide; y sin acercarse menor distancia,
5
aguarden noticias necesarias evitar acci­
Jo
dentes descenso estos mares.”
i
Cuando en la estación entraron Carlos,
10
L
300ct‘ 6
Ripoll y los pilotos, muy de cerca seguidos
por Luisa y Leblonde, ya había el telegra­
s -2 0
fista contestado a la llamada con la señal
o
de “listo para recibir”.
a?
K - I 30
A poco, comenzó a oscilar en una pan­
UJ
f
talla blanca el rayo de luz del receptor te­
legráfico Wheastone (1), con vaivenes, le­
•o -| 40
-I
ves para los punto y amplios para las ra­
■oyas, del alfabeto Morse. Y según el tele­
$ - 50
200ct‘ o x
grafista leía, en los estremecimientos de la
/ O
temblorosa ¡ucecilla, las letras desde afue­
60
ra transmitidas, lentamente las decía en
alta voz a Don Jaume y a Carlos. Que sen­
- 70
tados a ambos lados de él, y sobrecogidos
QuJ -I 60
por intensísima emoción, las iban anotando.
-

90

07 9Dcb?

suj - 100

Oí-J

XXIV
UN DONDE SARA VUELVE A HABLAR

La recepción del despacho, que, efectiva­
mente, y cual no podía menos, era de Mistress Haig, fue incomparablemente más fá­
5 - I 120
?3Nob':
cil que las de los de la misma procedencia
recibidos en la Tierra; pues si bien el de
150
ahora no llegaba, como aquellos llegaron,
encarrilados en los etéreos rieles de la ra­
diotelegrafía dirigida de la estación emi­
1 140
s tamaños de los astros ha sido
sora que con Trujillo comunicó entonces
eciso figurarlos mucho mayores
i 150
desde muchos, muchos millones de kilóme­
e su reducción a escala
tros, era un juego para tal estación, aun
sin necesidad de enfilar sus ondas, hacerse
oir en el novimundo, del que sólo lo sepa­
raba ya distancia centenares de veces me­
nor que la salvada por las anteriores trans­
misiones.
He aquí el texto del radiograma:
especialmente a la de propulsión del auto“Observatorio de Uo. Noctohemisferio.
planetoide. Quien diciendo telefónicamente Venus.
al puente: “De afuera llega la señal inter­
nacional de llamada a comunicar”, acababa (i) Comúnmente usado en la telegrafía por cable
de avisar la inesperadísima recepción de un submarino,
y ya explicado en otro libro de esta Bi­
telegrama.
blioteca.
^03Dcbe

110

90

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

"Visto ha poco autoplanetoide, aprove­
cho oportunidad ganar horas, por urgen­
cia adelantar noticias ofrecidas mi último
despacho tres setiembre, a la Tierra.”
No dejó Carlos de observar, con asenti­
miento de Ripoll, que aquel tres de setiem­
bre demostraba por sí solo la gran cultura
científica de quien, no obstante la larga du­
ración de su destierro, había sabido conser­
var las terrestres fechas, que con las venusianas no podían tener conexión ninguna,
a consecuencia de la grandísima y forzosa
discrepancia de los calendarios de ambos
mundos. Y a que los de los diversos plane­
tas han de ser obligada secuela de los di­
ferentes movimientos de éstos.
“ Retención— continuaba el telegrama—
del novimundo, anterior viaje, fondo mares
Venus, no pudo depender sino de atracción
sobre él de uno de estos polos magnéticos.”
— ¡ Lo ha averiguado, lo ha averiguado!
—exclamó asombrado Ripoll.
— ¡Qué inteligencia!— agregó Carlos, en­
orgullecido.
“ Para evitar repetición aquel accidente
conviene amarice ahora planetoide lugar
muy alejado ellos.”
— Por lo visto, abuelo, también sabe dón­
de están los magnéticos polos de ese mundo.
— Indudablemente. ¡Qué mujer, qué mu­
jer!
— Calla, abuelo. Que vamos a equivocar­
nos.
“¿Reciben bien? ¿Se enteran de cuanto
digo?”
— Conteste que perfectamente— exclamó
Carlos, vibrante de emoción; y después
agregó con voz ahogada y tartamudeante
frase— : Dígale, además, que su hijo está
al aparato... y que él... él es quien... quien
ahora habla con ella.
— Y que con él está el Señor Ripoll—
apuntó a su vez Don Jaume, conmovidísimo
con temerosa incertidumbre de los senti­
mientos que despertaría en la desterrada
la noticia de llegar su hijo en compañía de
uno de los responsables de que su madre
no lo conociera y de la privación de él, por
ella padecida, durante toda la vida de aquel
hijo.
Y dígale también— continuó, trémulo, el
anciano, queriendo comenzar a hacer méri­
tos para ser perdonado— que los dos con­
fiamos en que la salvaremos muy en breve.
Mientras el telegrafista transmitía cuan­
to acababa de ordenársele, él y cuantos lo

rodeaban sentían hinchárseles los corazones
en los pechos, y los ojos henchírseles de
agua: que en la cara de Carlos rebosaba ya
en dos calladas lágrimas, en la del pobre Ri­
poll corría en hilos de ellas, en la de Luisa
era copiosísimo llanto de Magdalena, y
que hasta al reacio Leblonde, no obstante
sus arraigadas prevenciones, le obligó a pa­
sarse varias veces la mano por los ojos,
mientras, en lucha contra aquella emoción,
se esforzaba en dominarla pensando para
sí: “ En estos, en estos enternecimientos
está el peligro; de ellos hay que guardar­
se... Pues bien a costa nuestra aprendimos
antaño de cuánto era capaz su hipócrita
falsía.”
Apenas terminada la transmisión, con­
testaron de allá: “ ¡Mi hijo! ¡Hijo m ío!”
Y en seguida comenzó la lucecilla a tem­
blar en la pantalla receptora; no con osci­
laciones inteligentemente reguladas para
formar perceptibles letras, sino con agua­
dísimas incongruentes sacudidas separadas
por intervalos de silencio; es decir, de
quietud del rayito luminoso.
— ¿Qué dice, qué dice?— preguntó impu­
dentísimo Carlos, al no oir dictar al tele­
grafista.
— Nada, Don Carlos; las señales que aho­
ra llegan a la pantalla no significan nada.
Parece como si en la estación de allí estu­
viese un chiquillo jugando con el manipu­
lador.
— ¿Será avería?— insinuó Don Jaume.
— No, abuelo; de serlo, no recibiríamos
ni esos inexpresivos garabatos. ¡ Qué con­
trariedad!... Pregunte, pregunte en segui­
da qué pasa.
Transcurrieron varios minutos, de verda­
dera angustia para todos, en que, a pesar
de haber repetido tres veces el telegrafista:
“Transmisión indescifrable. ¿Qué ocurre
ahí?” , no se recibió como respuesta sino los
mismos nerviosos e indescifrables titileos
del hiiillo luminoso.
— Es extrañísimo, incomprensible— repe­
tía el telegrafista.
— ¡Qué contratiempo! ¡Qué desgracia!
— repetía Carlos— . ¿No será defecto de re­
cepción de este aparato? Véalo, véalo.
— No, señor; no, señor.
— ¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios!— mu­
sitaba apuradísimo Ripoll.
— Callen, callen. Ya, ya— gritó el telegra­
fista, que otra vez comenzó a dictar:
“Impresión saber está hablándome hijo
de mi alma me impidió continuar transmi-

EL HIJO DE
tiendo hasta sobreponerme mi trastorno.
Nadie si no yo puede aquí telegrafiar idio­
mas de la Tierra, ni sustituirme avisarte
aguardaras me repusiera mi impresión; y
no pudiendo coordinar palabras seguí gol­
peando manipulador para evitar te retiraras
creyendo en avería... ¡ Al fin acaban mis tor­
turas, al fin voy a conocerte, hijo rnío, al
f in !...”

Tras las últimas palabras retomaron las
oscilaciones desordenadas. Todos comenta­
ban, sobrecogidos por intensísima piedad, la
situación de aquella desdichada que al cabo
de diecinueve desconsolados años de deses­
peranza oía que el hijo a quien no conocía,
de quien siempre había estado privada, a
quien no veía, ni podía abrazar, la hablaba
desde el firmamento, diciéndola “ pronto me
tendrás en tus brazos".
Solamente Le'blonde y Don Jaume calla­
ban: no porque no se dieran cuenta, cual se
la daban los demás, de la situación de la po­
bre madre, sino poique malévol
revención
contra ella le sugería al primero que el tras­
torno no debió ser tan hondo como ella lo
pintaba, cuando le permitió reflexionar se­
sudamente en la necesidad de seguir teclean­
do en el manipulador. Y al ocurrírsele tal
observación preguntábase si no sería emo­
ción y trastorno una de tantas farsas como
en tiempos había representado la desalma­
da mujer, que en su vida amó a nadie sino
a sí.
Don Jaume, por su parte, tal vez sin me­
ditar que en el trance emotivo por que pa­
saba aquella desdichada era lógico fuera su
hijo quien únicamente y por entero le llenase
pensamiento y corazón, echaba de menos, en
las últimas palabras por ella transmitidas,
una siquiera de respuesta a las suyas, que
él pudiera tomar como albor de esperan­
za de que los rencores incubados en el des­
tierro, contra el causante de él, los podría
ablandar el agradecimiento al bien que éste
venía a traerle, devolviéndole a su hijo y
poniendo fin a sus padeceres. Y los temores
del anciano insinuaban al oído de sus añe­
jas desconfianzas, gemelas de las sentidas
por Aristides: “ Además, no parece haber
aprendido a conocer a Dios en el destierro...
Porque ¿qué madre en la situación de ella
no se habría acordado de nombrarlo al ha­
blar de sus dolores a punto de cesar?...
¿Cuál que a Dios conociera no le habría
dado gracias al hablar con su hijo por la
primera vez?... ¿Cuál no le habría pedido
protección para éste en la peligrosa prue­
ba, ya cercana, del amaraje en Venus?”

SARA

91

XXV
EL DRAMA TOMA VISOS DE TRAGEDIA

“ Mi emoción ha vuelto a desperdiciar
tiempo. Por si no puedo telegrafiar, como
avisé, cuando lleguéis cien mil kilómetros,
voy transmitir mapa donde con una cruz
y A. P. señalo lugar seguro amarizaje le­
jos polo magnético. Después navegue orbimotor ir a aguardarme señal cruz y a p
ensenada Isla Túm, abrigo montes peren­
nes huracanes violentos.
"Llegaré mismo submarino autoplanetoide quede este mundo. Si tardo más cinco
días alcen vuelo; pues será señal de que
jamás llegaré.
"Vigilen vuestros sumergibles. Si ven
otros fanales rojos, destruyanlos sin aviso.
Mío fanal verde.”
— ¿Qué te pasa, madre?— gritó Carlos,
cual si Sara pudiere oirlo; y en seguida
dijo al telegrafista— : Pregúntelo, pregún­
telo.
Así lo hizo éste, y la respuesta fué:
“ Urge más dispongas aparato recibir
mapa. Inútil preguntar: no contesto.”
Mientras el telegrafista hacía las conmu­
taciones necesarias para recibir dibujos en
vez de palabras, decía Carlos:
— Está en peligro, está en peligro.
— Parece indudable— contestó Ripoll.
— Y muy grave e inminente, cuando tal
urgencia tiene en enviamos el mapa, antes
de dar explicaciones que calmen nuestra an­
siedad.
— Y cuando además dice— observó I.eblonde— que levantemos vuelo si en cinco
días no llega.
— Lo que es eso— protestó Carlos, sin dar­
se cuenta de la imposibilidad de realizar en
un mundo totalmente desconocido, y aun
hostil, a juzgar por los dicho de los sumer­
gibles de fanal rojo, las pesquisas de que
en seguida habló— no será hasta que yo
haya averiguado qué es de ella.
A l acabar el hijo de decir esto, ya el re­
ceptor gráfico de la estación había comen­
zado a recibir el mapa que la madre trans­
mitía; y el cual quedó trazado en la hoja
de aquél en muy pocos minutos.
Mas siendo de momento más interesante
que el examen de él la contestación de Sara
a la pregunta “¿Qué te ocurre, madre?...
Dilo por Dios” , que le fué transmitida tan
pronto terminó la recepción del documento,
a la respuesta atenderemos:
Hela aquí:

92

B IB L IO T E C A

N 'O V E L E S C O -C I E N T I F I C A

“ Estallada guerra trogloditas hombresnegros umbrihemisferio, y mis amigos, ios
hombres luz lumihemisferio, y a punto ser
bloqueado este observatorio, voy embarcar
mi submarino intentar escapar. Me reuniré
vosotros ensenada Túm, si en mi navegación
subterránea, subglacial y submarina no tro­
piezo sumergibles enemigos ya cercanos.
’’ Interesantísimo : terribles huracanes
permanentes este mundo hacen peligrosa su­
bida superficie mar sumergibles tripulados
por quienes ignoráis modo defenderos ellos.
Mi submarino lleva radio gonómetro telefó­
nico, comunicarme contigo cuando este­
mos a...”
Nuevamente interrumpida la transmisión,
multiplicó Carlos sus preguntas durante dos
minutos, al cabo de los cuales volvió su ma­
dre a hablar, diciendo:
“Aviso llegan enemigos. Huyo sin perder
tiempo evitar tropezarlos subterránea marí­
tima salida este observatorio a rutas sub­
glaciales. Imposible comuniquemos hasta
pasados varios días, cuando orbimotor esté
al alcance de mi radio.”
—Oiga, oiga—gritó Carlos.
“ Imposible. Por un minuto puedo perder­
te para siempre.”
— Tampoco en este trance se acuerda de
pedir a Dios ayuda— fué lo primero que
para sí pensó Ripoll al quedar inmóvil el
punto luminoso que en la blanca pantalla
receptora había reproducido las oscilacio­
nes de las ondas eléctricas portadoras de
las palabras de la Desterrada.
Tan pronto Carlos se convenció de la in­
utilidad de aguardar nuevos telegramas, se
acercó a los pilotos y a Ripoll, que, exami­
nando el curioso mapa, comentaban sus par­
ticularidades topográficas, inverosímilmen­
te extrañas para hombres de la Tierra; la
multiplicidad de interesantísimos signes
convencionales y las explicaciones de ellos.
Comprobantes de que al consignarlos había
querido Sara hacer el mapa cuan expresivo
pudo, en previsión de que a ella le faltara
tiempo para seguir transmitiendo los avi­
sos que, precipitadamente, y si no en todo,
en parte, pudo al cabo dar a los que en su
busca iban.
— Lo más urgente ahora es llevarle a
mamá este mapa y las cuartillas de los ra­
diogramas de mi madre. Vamos, abuelo.
—Tienes razón, hijo mío. Vamos allá.
Por la sorpresa que al lector (véase pá­
gina 81) le causen las novedades del mapa
de aquel mundo con un hemisferio entero
constantemente bañado en luz y calor, y

otro con sus tierras constantemente amor­
tajadas con sudario de nieve, y sus mares
eternamente helados en la total redondez
de medio globo; por la que le inspiren las
flechas indicadoras del sentido, invariable
para cada lugar, diverso de unos a otros,
en que soplan allí sin intermisión violentí­
simos huracanes que jamás se aplacan; por
la extrañeza que le producirá ver en él
marcadas extrañas rutas de navegación por
debajo de los bancos de hielo y de los conti­
nentes, podrá juzgarse mucho más breve­
mente que por mis explicaciones del asom­
bro de cuantos contemplaban el dibujo te­
legrafiado por la Desterrada (1).
— Aunque a nosotros— dijo la Capitana
a Don Jaume tan pronto la enteraron de
los radiogramas y le mostraron el mapa—
no deba cogernos de sorpresa el talento y la
cultura de Mistress Haig, esto que estamos
viendo es verdaderamente portentoso.
— Eso estaba pensando yo, mamá; pero
ya puedes .suponer cuánto me alegra y cuál
me halaga oirlo de tus labios.
— Y tanto como su inteligencia es de ad­
mirar el sereno valor que en su actual ries­
go le deja plena libertad de espíritu para
facilitar nuestra maniobra en la bajada,
prevenirnos de los varios peligros que po­
demos correr y pensar previsoramente has­
ta en nuestro regreso.
— Sin embargo, mamá, en ese punto me
parece que fácilmente podría resultar equi­
vocada mi madre.
—¿Porqué?
— Porque en un viaje tan largo como el
de Uo a la ensenada donde nos dice vaya­
mos a aguardarla, puede tropezar con mu­
chas contingencias que la impidan reali­
zarlo con arreglo a su programa.
— Es verdad.
— Claro que lo es, abuelo; y todavía más
cuando en tal viaje acaso tenga que dete­
nerse una o más veces, o dar largos rodeos
para evitar encuentros con sus enemigos. Y
si por ocurrirle esto no llega en el tiempo
previsto, no por ello deberíamos deducir que
no pueda llegar en los siguientes días, ni
hacer caso de su “jamás llegaré ya” .
— Tienes razón, hijo mío; comprendo lo
que piensas; y adelantándome al deseo que
de cierto tienes, te prometo que no limitaré
la estancia en Venus a los cinco días fijados
por tu madre, sino que la prolongaré en
( i ) Las causas y explicaciones astronómicas y fí­
sicas de tales caracteres de aquel mundo se puntua­
lizaron en el libro “ La Desterrada de la Tierra” .

Eli HIJO DE SARA
tanto quede racional esperanza de salvarla.
— Gracias, gracias... Además, el no llegar
antes de esos cinco días podrá asimismo de­
pender, no de que haya muerto, sino de que
haya sido apresada por sus enemigos... Y
entonces, claro es que mi deber sería inten­
tar libertarla.
— ¡Carlos, Carlos!— exclamó Luisa salien­
do del mutismo en que hacía rato estaba— .
Eso que, en tierras y contra gentes conoci­
das, podría considerarse hermosa aspiración
de tu deber de hijo, cumplido a extremo he­
roico, sería ahí, en donde todo te es desco­
nocido, no temeraria ya, sino insensata, ab­
surda e inútil locura.
— No, Luisa; no se puede así, a priori,
decir ’ o que es locura. Muchos empeños, ca­
lificados por el miedo de insensatos, son a
veces posibles para firme resolución de aco­
meterlos. Además, en una situación sin
ejemplo, cual la mía, los deberes de hijo no
deben medirse por usuales patrones.
— ¿Pero es que quieres combatir tú solo
contra esos ejércitos de medio mundo de
que tu madre habla?—insistió Luisa, asus­
tadísima de los peligros a que Carlos pare­
cía dispuesto a correr ciego, y faltándole
muy poco para llorar.
— Todo esto, hijos míos— interrumpió Ma­
ría Pepa, apretando significativamente la
mano a Luisa, que a su lado estaba— , es
prematuro. Pues lo que deba hacerse, si es
que algo fuere preciso hacer, no podremos
juzgarlo hasta que hayan pasado los cinco
días que ella nos dice hemos de aguardarla.
— ¿Pero tú me prometes que la buscare­
mos, que me dejarás...
— Yo te prometo que, por salvarla, haré
cuanto haría por salvarte a ti; que no re­
gresaré a la Tierra hasta creer inútil per­
manecer en Venus, o hasta que los peligros
indicados por tu madre amenacen seria­
mente las doscientas vidas de cuantos aquí
vamos y que es obligación mía defender.
— Sí... Pero eso es muy vago, y yo qui­
siera...
— ¡Vago! ¿No has oído que por ella haré
cuanto haría por ti? ¿Será que ahora te
parezca ya mezquino o cobarde el cariño
que te tengo?
— No, no, mamá. Perdóname, no el haber
yo pensado semejante desatino, sino mi li­
gereza dando ocasión a que tú puedas du­
darlo.
— No lo he dudado. Si te lo pregunté fué
para hacerte ver que te he ofrecido cuanto
puedo.
— Sí; me basta, me basta.

93

— Pues ahora no perdamos tiempo— con­
tinuó la Capitana dirigiéndose ya, no sola
mente a Carlos, sino a los pilotos y a Ripoll—. Dentro de pocas horas estaremos lo
suficientemente cerca de Venus para volar
contorneándola y reconocerla a pocos cen­
tenares de kilómetros, en busca del lugar
de descenso. Gracias a las noticias y al
mapa de tu madre, esta empresa será mu­
cho más fácil y menos incierta que fué en
el otro viaje. Pues sobre darnos ya esco­
gido el lugar, que entonces hubimos de ele­
gir por presunciones y apariencias de tie­
rras y de mares, nos lo marca su plano en
paraje fácil de reconocer, por las formas
muy caracterizadas de los continentes y
de las inconfundibles costas de la isla de
Túm, y por la previsión que, habiendo ele­
gido tal lugar en las cercanías de la línea
límite de los hemisferios luminoso y negro
del planeta, nos da ya trazada y visible­
mente señalada en él la dirección de nues­
tros vuelos espirales de reconocimiento.
Creyendo que en cuanto el orbdmotor
descansara ya sobre el mar donde vamos a
descender, podría yo también descansar de
mi larga atención a la maniobra del día en­
tero de hoy, pensaba no apartarme ya del
puente hasta que el dtescenso esituvijera
realizado. Pero en vista de -que las instruc­
ciones recibidas hacen preciso que inme­
diatamente que dejemos de volar empren­
damos la navegación marítima, que, desde
el lugar donde acuaticemos, ha de llevar­
nos al golfo a sotavento de los huracanes
cuya existencia ignorábamos, y los cuales
habrá que sortear en la travesía, paréceme esto demasiada responsabilidad para
descargarla en nadie. Por tanto, para no es­
tar rendida y agotada cuando llegue tal
necesidad, voy a tomarme cuatro o cinco
horas de descanso, durante los cuales us­
ted, Medina, y tú, Carlos, me reemplaza­
rán, repartiéndose los cometidos de mante­
ner el uno la enfilación de Venus, e ir el
otro frenando constantemente, con arreglo
a este cuadro de disminución de velocida­
des.
Según mi cuenta, todavía tardaremos
cinco horas largas en llegar a treinta mil
kilómetros. Entonces, la anchura de la
imagen reducida de Venus habrá aumen­
tado en la escalilla del espejo de distan­
cias a 93 centímetros, y entonces me lla­
marán ustedes por teléfono, para que ven­
ga a encargarme del mando en la caída.
Hasta luego, Medina; hasta luego, hijo
mío.

94

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

Como hasta esa hora no habrá nada nue­
vo que ver, todos los demás pueden ustedes
tomar mi ejemplo y retirarse a descansar.
Adiós, papá Ripoll; adiós, Arístides. Ven­
te, Luisilla. Me la llevo, Guzmán. Como ha
de gustarle ver la llegada, y a mí ha de ser
a quien primero avisen, viniéndose conmi­
go no perderá el comienzo del espectáculo.
No faltará en la Comandancia una cama
donde duerma a la par que lo haga yo.
Ha de advertirse que a medida que Car­
los se iba acercando a su verdadera madre,
más y más se apretaba la adoptiva a Lui­
sa: no reflexiva, sino inconscientemente y,
por supuesto, sin que ello implicara que de
aquél se apartara María Pepa, ni mengua
en él de su cariño a ella; pero era inevita­
ble, y no habia razón para que él lo evitara,
que el vehemente mozo tuviera a todas ho­
ras llenos corazón y pensamiento de la in­
fortunada madre a quien iba a buscar.
Cuando en la Comandancia entraban Ri­
poll y Lehlonde, sin haber cruzado palabra
en la bajada desde el puente a ella, pues
los dos iban muy meditabundos, y antes de
separarse para dirigirse a sus respectivas
habitaciones, dijo el primero:
—¿En qué venía usted pensando?
—En ella...
—Claro...
—Venía dándole vueltas a las palabras
de María Pepa, cuando preguntó a Carlos
si ahora tenía por mezquino su cariño. ¿Se
fijó usted en ello?
—Ya lo creo; pero ya usted vió con qué
brío respondió él. ¿Es que usted lo duciaba?... Carlos no es un ingrato; adora a
Pepeta.
—Bien lo sé. Es más, nadie está más
convencido que yo de cuánto vale ese chico.
Y sin embargo, no pude entonces evitar
que, al mirarlos a él y a ella, mi imagina­
ción interpusiera entre los dos la imagen
de la oirá madre; ni que mi cavilosidad
pensara en los dolores, no fáciles de pre­
ver, que a María Pepa y Carlos les esta­
rían reservados si en la otra madre hallá­
ramos la misma mujer de antes.
—Calle, calle... Algo menos preciso, pero
muy parecido, me venia atormentando...
Pero, no, no. De ser así, no nos habría
traído hasta aquí Dios... Pidámosle que
todo esto quede en aprensiones... Es aecir,
yo se lo vengo pidiendo hace ya tiempo.
—Y para hacer lo mismo, tampoco he
menester yo que me lo diga usted.

—Pues sigamos pidiendo... Porque sería
horroroso. Para mí sobre todo.
—¿Porqué más para usted?
—No; por nada, por nada. Hasta luego.
—Hasta luego.
XXVI
EL FELIZ PERO INCÓMODO VENUSIZAJE
DEL NOVIMUNDO

A las tres y media de la madrugada del
tres de octubre—hora y lenguaje de la
Tierra, no del novimundo, donde a tal
hora lucía, como a todas, el Sol en el meri­
diano—repicó el timbre del teléfono en el
despacho de la Capitana.
Enterada de que del puente la avisaban
ser ya tiempo de que subiera allá, rápida
saltó de la cama al suelo, se vistió precipi­
tadamente y, acercándose, cuando ya esta­
ba a punto de acabar de hacerlo, a la puer­
ta de él comunicante con el antedespacho,
la entreabrió y dijo:
—Niña, arriba.
—Ya estoy, ya estoy. He oído el timbre,
y en un momento estaré vestida.
Efectivamente, dos minutos después Lui­
sa y María Pepa se encontraban en el des­
pacho dando aquélla a ésta un cariñoso
beso, devuelto con no menor cordialidad.
—Vamos arriba.
—¿Voy yo a ver eso con usted? ¿No la
estorbaré?
—No, hija mía... Como no he de poder
hacerte caso, el tenerte cerca no me es­
torba. Pero quiero que te vengas al puen­
te porque desde allí verás mucho mejor que
desde cualquier otro sitio el soberbio es­
pectáculo de que vamos a gozar.
—Me alegro, me alegro... Ya sabe que yo
siempre me alegro de estar cerca de usted.
—Gracias, hija mía, y a mí también me
gusta. Ya lo sabes. Ea, andando.
Llegada María Pepa arriba, todavía hizo
qúe el orbimotor avanzara recto a Venus
otros diez mil kilómetros, y cuando estuvo
a -20.000 se dispuso a emprender el des­
censo.
Va a comenzar la caída a Venus del no­
vimundo. Que pesando veinte millones de
toneladas en la superficie de la Tierra
—según creo haber ya recordado a quienes
leyeron el primer viaje planetario y dícholo
a quienes no—, habría de tener cuando es­
tuviera en la del planeta de llegada peso
venusino de dieciséis millones de ellas. Por

/

EL HIJO DE SARA

ser la fuerza atractiva de Venus solamen­
te ocho décimas de la de nuestra terrestre
gravedad. Y dicho esto, basta un sencillo
cálculo para averiguar que cuando a veinte
mil kilómetros de altura sobre aquel mun­
do, sería de 1’625 toneladas el peso en él
del autoplanetoide.
¡ Una caída desde una altura de' veinte
millares de kilómetros, con tal peso, que
cuanto más fuera bajándose más iría cre­
ciendo, hasta los ya indicados dieciséis mi­
llones de toneladas!
No asustarse; porque la Capitana no
ha de dejar caer a plomo el autoplanetoide, como cae la piedra soltada desde lo
alto de una torre, sino oblicua y paulatina­
mente, como al suelo llega la granada del
cañón horizontalmente disparado en lo alto
de un cerro. Pues al modo que el peso del
proyectil es parcialmente contrarrestado
por la fuerza impulsiva del disparo, poco
a poco vencida por aquél, así las descargas
horizontales de las cápsulas del ecuador
del novimundo, combinando su fuerza con
la del peso de éste, le harían recorrer una
trayectoria espiral que en tomo de Venus
diera varias vueltas cada vez cercanas a
su superficie. Tantas como fueren precisas
para que al fin de la última llegara al mar
en dirección rasante, y en él bucease por
efecto de la velocidad remanente; redu­
cida en términos de que no resultara peli­
grosa.
La primera, más amplia y más externa
de las vueltas de dicha espiral comenzó al
llegar el aviplaneta a los citados 20.000
kilómetros de Venus. Dando orden María
Pepa, al iniciarla, de que la sirena de a
bordo lanzara tres rugidos largos, seguidos
cada uno de dos trémolos breves. Señal que
el vecindario de Noviópolis sabía de ante­
mano sería dada tan pronto comenzara el
descenso al mundo de destino.
Cuatro y media fueron las vueltas que,
en torno de éste, dió el autoplanetoide, a
velocidades rapidísimamente decrecientes y
con complicadísima maniobra— no puntua­
lizada ahora por haberla ya explicado en
“ El Océano a Venus”— , antes de que en el
mar se hundiese.
Durante toda la primera todavía siguió
volando el avisidéreo en el vacío cósmico
y en las altas regiones de la atmósfera venusiana. En la segunda ya se sumió, sur­
cándola, en la espesísima y alta capa de
nubes que envuelven aquel mundo, y cuya
densa cerrazón lechosa impedía aún ver
mares y tierras de él; que al comenzar la

95

tercera vuelta y quedar la nubosa envol­
vente por encima de la voladora nave, ya
aparecieron a la vista de sus tripulantes.
Los cuales saludaron el maravilloso pano­
rama, a sus ojos surgido, con general y
entusiasta clamor, cuyo estruendo ahogó
los asustados chillidos de unos cuantos cobardones, más sensibles que a aquellas es­
pléndidas bellezas, al miedo de verse tan
altos cual sobre ellas estaban, y pensar que
desde aquella altura habían de caer.
Desde que continentes y océanos fueron
vistos, María Pepa ajustó la dirección del
vuelo de modo que en las restantes vueltas
siguiera exactamente la faja circular clarísimamente perceptible de separación del
hemisferio, siempre amortajado con hie­
los, sombra y nieves, del otro medio mundo
resplandeciente en su región central de luz
deslumbradora, que amorteciéndose paula­
tinamente, sqgún bañaba aguas y tierras
más cercanas a la línea divisoria de la luz
y la sombra, se convertía primero en suave
luz, al cabo degradada en penumbrosa cla­
ridad precaria cuando llegaba a los confi­
nes con el umbrihemisferio.
— ¡Qué precioso, qué precioso!—exclamó
Luisa.
— Verdad—dijo Don Jaume— . Precioso,
preciosísimo, visto de ese lado; pero im­
ponente, temeroso, horrendo, mirado por el
otro.
— Verdad, abuelo, verdad—asintió amar­
gamente Carlos, atormentado por la duda
de en cuál de aquellos tan diferentes he­
misferios habría corrido la vida de su ma­
dre, durante su destierro. Y ya no dijo
más, por tener concentrada su atención en
el cotejo de lo que en Venu3 veía con el
mapa enviado por aquélla.
— Sí, tiene usted razón Don Jaume—pro­
siguió la muchacha— . Pero, de todos mo­
dos, es maravilloso esto de estar al mismo
tiempo viendo los resplandores de clarísi­
mo día y las oscuridades de una cerrada no­
che. En la Tierra no lo creería nadie. No,
Carlos, no; no te aflija el mirar esa noche,
porque no vamos a ella, sino a la luz de ese
hermoso medio mundo en donde vas a ha­
llar y a abrazar a tu madre.
— Si desde el otro puede llegar a él salva.
— Llegará, Carlos, llegará... Tengo de
ello presentimiento tan firme y confiado,
que tan sólo del mismo Dios puede venirme.
— El te oiga y te pague esas palabras de
esperanza...
—Carlos, Carlos, fíjate: en el mapa y

96

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

allá abajo— gritó María Pepa— . No estoy
segura aún, mas me parece...
— Sí, sí: aquel es el archipiélago Koxo, y
a la izquierda, más lejos, la isla Túm.
— No cabe duda, no: míralo, mira.
— Indudable.
— Sí, si.
Dijeron a la par Ripoll, Leblonde y Ma­
ría Pepa, después que, acercándose a Car­
los, consultaron el mapa.
— Y allí—prosiguió el muchacho, seña­
lando a un nevado y enhiesto montañón
alargado, erguido en la penumbra que bor­
deaba el noctohemisferio, ya cerca de la
línea donde moría la noche y alboreaba el
día— allí debe de estar el observatorio des­
de donde telegrafió y de donde iba a inten­
tar salir.
— Sí—asintió María Pepa, mirando al­
ternativamente al mundo que a sus pies te­
nía y al mapa de la parte de él sobre la
que a la sazón volaban— . Tiene que ser
ese... Es evidente la identidad de forma en
tre él y esta representación del que el mapa
señala con el letrero Uo, que es el observa­
torio desde donde telegrafió tu madre.
— Y por debajo, de esa inmensa sabana
de hielo que al sur se extiende entre los
dos continentes ha de estar ahora nave­
gando. Si es que pudo escapar; si es que
no la...
— Para que Dios la ayude...— dijo la Ca­
pitana, y con vibrante voz comenzó— : Pa­
dre nuestro que estás en los cielos...
— El pan nuestro de cada día...—contes­
taron cuantos con ella estaban en el puen­
te, sintiendo que sus corazones, oprimidos
con angustia, los dilataba la esperanza al
acabar diciendo: “ Mas líbranos de mal” ,
y agregar María Pepa: “Y líbrala de mal” .
Durante la oración ya quedaban atrás los
alumbrados continentes vivos y las oscuras
tierras muertas, los océanos de inquietas
olas y los desolados mares de petrificadas
aguas, representados en el mapa; y al dar­
se cuenta de ello dijo la Capitana:
— Comenzamos la penúltima vuelta, y es
preciso que tú, Carlos, y usted, Medina, se
fijen bien en las notables particularidades
de las costas, sobre las cuales les iré yo
llamando la atención, en las inmediaciones
del límite de los dos hemisferios, y anotan­
do cuando se las señale el tiempo que
transcurra desde que pasemos sobre cada
una de las partes señaladas hasta llegar a
la siguiente. Tú, Papá Ripoll, y usted, Ferrán, calcularán por separado, mediante las

velocidades leídas en el registro de ellas,
las distancias recorridas entre cada dos con­
secutivas señales mías, para que pueda yo
elegir uno de esos lugares anterior al en que
debemos caer, y de él distante no menos de
tres mil kilómetros. Pues al pasar sobre
él, en la última vuelta, habré de apagar
todas las cápsulas propulsoras, para llegar
al mar solamente por la acción combinada
de nuestro peso y una velocidad remanen­
te, pequeña ya, del orbimotor.
— Esa punta... Ese golfo... Aquel pro­
montorio— decía la Capitana, según con­
torneaba el venusino círculo máximo. Y a
medida que señalaba cada uno de aquellos
conspicuos parajes de las costas, iban sus
auxiliares ejecutando lo que ella había or­
denado.
Volvió a pasarse ya a no mayor altura
de un millar de kilómetros, sobre las re­
giones figuradas en el mapa; vióse con toda
claridad el océano a cuyo centro correspon­
día la señal de amaraje en él marcada; y
a poco de dejarlo atrás dijeron Ripoll y
Ferrán, respectivamente:
—El gran golfo de hielo, a 3.900 kiló­
metros.
— El gran archipiélago del saliente, a
2.800 antes de la señal A. P.
La última vuelta se acercaba a su fin...
—Ahí está el golfo—gritó Ferrán.
—Atención—ordenó la Capitana en la
bocina del teléfono comunicante con la cen­
tral eléctrica de excitación de cápsulas.
—El archipiélago, Pepeta; el archipié­
lago...
— Frenar con cargas delanteras—volvió
a ordenar; y hablando en otra bocina, dijo:
— Avisen al pasaje.
Cumpliendo la última orden gritó el alta
voz de la torre de la Comandancia:
“ Estamos a punto de llegar. Prepárese
el pasaje— agarrándose cada uno a lo 'que
pueda—contra posibles caídas al chocar el
novimundo contra el mar. Mas no se asus­
te nadie, aunque el choque sea duro, ni se
alarme al ver que chapuzamos y bajamos
a gran profundidad bajo las aguas; pues
pronto, y cuando las resistencias de ellas
hayan consumido nuestra velocidad, nos su­
birá la fuerza de flotación del orbimotor
a la superficie de las olas.”
En todo el novimundo no había quien no

EL HIJO DE SARA
sintiera latirle apresuradamente el cora­
zón. Luisa, al lado de Carlos, pálida como
una muerta y apretándose a él. estaba sin
embargo, entera y firme.
Llegó el temido momento de tocar ei auloplanetide el mar, de rebotar sobre él,
caer de nuevo, ochocientos metros más allá,
y sumirse en las aguas y en la oscuridad.
Ciñendo el brazo Carlos a la cintura de
su amada, y apretándola castamente con­
tra 3Í, sin otro pensamiento que el de ha­
cerla sentir su protección, dijo:
— No tengas miedo, vida mía; no te
asustes.
— A tu lado, de nada.
Y a tener la malicia que en su alma fal­
taba, habría agregado: “ De nada, ni de ti.”
Apenas contestó Luisa a Carlos, se en­
cendieron los arcos eléctricos de Noviópolis
y los pasajeros vieron huir por ambos la­
dos del orbimotor, a gran velocidad, las
aguas venusinas y los peces que en en­
jambres las poblaban. A los pocos minutos
se trocó la bajada en ascensión, y transcu­
rridos otros cuantos, a raudales volvió la
luz a penetrar en el novimundo, y éste em­
pezó a mecerse en lo alto de las olas.
— Gracias a Dios—dijo María Pepa.
— Viva la Capitana— voceó el pasaje.
— Mamá, mamá—-gritó Carlos, estre­
chándola en sus brazos.
*
**

He dicho que el orbimotor era mecido
por las olas. Y a oirme Arístides, y otros
muchos aquejados por las iguales incomo­
didades que a él lo molestaban, es proba­
ble se indignara conmigo al oirme llamar
mecimiento a lo que era para ellos inso­
portable zarandeo, muchísimo más duro que
el de un ruin barquichuelo cogido de tra­
vés por desaforado temporal. Que recor­
dando a Leblonde el que, en el anterior
viaje, sacudió al novimundo, antes de le­
vantar el vuelo de regreso, cuando, esca­
pando de su larga prisión en el fondo del
mar, subió a la superficie de él, le hizo
decir:
— Nos equivocamos por completo la otra
vez, amigo Ripoll, atribuyendo la paliza
que estas olas nos daban a la catástrofe
geológica de que acabábamos de librarnos.
Pues parece que la paliza es pan de cada
día en estos deliciosos mares.
— Por lo visto, sí—contestó el anciano— .
Esto ha de ser efecto de los huracanes
permanentes de que Mistress Haig habla
en sus telegramas.
EL HIJO DE SARA

97

— El porqué me es igual... ¡Vaya un
mundo bonito! Medio, negro como la pez,
y el otro medio, el preciosísimo que en­
cantaba a Luisilla, azotado sin cesar por
inaguantables ventarrones bestiales. Cual­
quiera navega en estas aguas, y cualquiera
se atreve a dar un paseíto por esas tie­
rras... ¡ Pasear! Como no sea panza a tie­
rra y arrastrándose como los lagartos...
Esto es muy malo, viejo mío.
—No se puede juzgar por primeras apa­
riencias... Allá veremos, cuando...
— ¿Cuando qué? ¡Pero usted se figura
que yo quiero pasar aquí de las aparien­
cias! ¡Atiza! ¿Adonde me agarro? ¡Me­
nudo bamboleo! ¡Qué atrocidad!... ¡E h!
María Pepa, María Pepa.
— ¿Qué quiere usted?
— Decirle que está usted quedando muy
mal; que su decantada previsión ha fallado
esta vez.
—¿Porqué?
—Porque de fijo está descalabrada ya a
estas horas, la mitad, cuando menos, del
pasaje; y la culpa es de usted.
— ¡Mía!
— Claro: por no haberse traído, para re­
partírnoslas dos centenares de chichone­
ras... ¡Otro que tal! Agárrame, Carlitos,
que me desmorono. Esto es inaguantable.
Yo quiero volverme al fondo del mar como
la otra vez. Tan quietecitos y tan a gusto
como estuvimos allí... ¡Canario! ¡Ay, ay!
— ¿Qué, se ha hecho usted daño?
— No; esta vez no me he roto nada to­
davía; ha sido un porrazo con suerte. Pero
todo se andará, y ya acabaremos todos
por rompérnoslo todo. Esto es peor que
correr, en patache, una galerna en el Can­
tábrico...
— No se apure, Arístides, que algo me­
jorará esto cuando muy pronto comence­
mos a capear el temporal comiendo de­
lante de los huracanes. Mire: ya mamá da
la orden de comenzar las descargas de las
cápsulas del lado de donde sopla el hura­
cán (1). Ya verá cómo pronto...
— Lo veré en la cama, donde ahora mis­
mo voy a zamparme, para siquiera darme
los porrazos contra los colchones... Pero,
hasta llegar a ella, la travesía no es fácil...
( i ) Recuerdo a mis lectores para que se den
cuenta del alcance de lo dicho por Carlos, que las
descargas de las cápsulas obraban sobre el orbi-n >tor
como en un cohete la ignición de su carga, es decir
impulsándolo en dirección opuesta; la misma en el
considerado caso, de la travesía a la Isla Túm, a que
lo empujaba el vendabal.

98

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No voy a tener otro remedio que hacerla
a cuatro patas.

XXVII
MIENTRAS LA DESTERRADA LLEGA

Tan pronto comenzó el orbimotor a huir
del huracán, navegando en su misma di­
rección y sentido, ya el empuje de el, >
según la Capitana había previsto, no lo
castigaba tan duramente como antes, ni los
balanceos por el viento ocasionados moles­
taron al pasaje en la travesía hasta la en­
senada de refugio, al extremo que las ex­
perimentadas anteriormente. Salvo en el
rato que, para acogerse a ella, se tardó en
doblar el cabo sur de la isla Túm, durante
el cual, soplando el viento atravesado con
respecto al rumbo, volvió a ser zarandeado
el novimundo con la anterior violencia. Pe­
ro una vez internado en el entrante, a so­
tavento de los altísimos montes de la isia,
y por ellos cubierto de eólicos embates, no
sufrió ya otros que los de la gruesa mar
de fondo, habitual en los venusinos océa­
nos, y por Leblonde llamada mar de triple
fondo.
No siendo sino de unos dos mil kilóme­
tros la distancia desde el lugar de la caída
hasta la ensenada donde había de aguar­
darse a la madre de Carlos, y ayudada la
marcha por el huracán de 70 kilómetros
por minuto (velocidad nunca alcanzada por
ios de la Tierra), que soplaba en popa, si­
quier no la tuviera el orbimotor, pudo en­
trarse en dicha ensenada pocas horas des­
pués de acabado el día tres de octubre.
Apenas llegados, reuniéronse Don -Jaume, Carlos y María Pepa en el despacho
de ésta, y con la escala que la desterrada
había tenido el buen acuerdo de no omitir
en el telegrafiado mapa, procedieron a me­
dir la distancia desde Uo a Túm. Resultan­
do ésta de poco más de cinco mil kilómetros,
y'sabiéndose que la madre de Carlos, pues
ella lo había dicho, iba a recorrerla en el
sumergible que, en tiempos, habíh, sido
submarino bote del autoplanetoide, cuyo
tipo era igual al de los tres actualmente
disponibles en él, de lo uno y lo otro se de­
dujo que, supuestos de iguales fuerzas pro­
pulsoras el combustible usado por aquél y el
gaseoso empleado en éstos, bastaríanle tres
días y medio escasos para llegar a Túm
de no ser entorpecido con detenciones ni

desvíos de la ruta marcada en el mapa. Pues
desde el otro viaje, sabían María Pepa y
Ripoll que en las aguas de Venus, menos
densas y menos resistentes que las de los
terrestres mares, eran capaces sus chalu­
pas sumergibles de desarrollar marcha de
unos sesenta kilómetros a la hora. Siendo
de creer que si Sara marcó en cinco días
el plazo máximo de su llegada, las treinta
y seis horas de exceso serían el margen
por ella tomado en previsión de posibles
demoras ocasionadas por imprevistas con­
tingencias eventuales.
No había, por tanto, que esperarla sino
tres días después, cuando más pronto, del
de llegada del novimundo a Túm; y si úni­
camente a tal espera hubiérase hasta en­
tonces de atenderse, nada sino aguardar se­
ría preciso hacer.
Mas, teniendo presente el encargo de la
desterrada, le ejercen, en previsión de hosti­
lidades contra el orbimotor, cuidadosa vigi­
lancia, de los submarinos con fanales rojos,
de los hombres del noctohemisferio, inme­
diatamente resolvió la Capitana se hicieran
a la mar dos de los tres sumergibles de que
disponía. Dejando el tercero de reserva en
su garage acuático, o cámara de lanza­
miento, situada cual las de aquellos a modo
de balconcillos volados sobre la superficie
externa del novimundo (1).
Dióse orden a los primeros de reconocer,
en primer término, la ensenada, en torno
del autoplanetoide; y después, y una vez
adquirida la certeza de hallarse aquélla
limpia de submarinos, la de cruzar en la
boca de ella, entre las puntas Lía y Lo,
avizorando mar afuera y comunicándose
entre sí con sus radioteléfonos.
Prevínose además a los dos barquichuelos que, en caso de ver un fanal rojo, in­
mediatamente apagaran ambos sus lucas
exteriores, se dirigieran hacia la nave por­
tadora de él y, protegidos por la oscuridad,
se le acercaran mucho para destruirla con
'as granadas disparadas por el cañoncillo
montado en cada uno de los novimundianos
sumergibles. Igual al empleado antaño por
el padre de Carlos en sus cacerías de cetá­
ceos venusianos: si bien reemplazando aho­
ra las granadas arpones de pesca entonces
usadas, por proyectiles rompedores, de tre­
menda fuerza explosiva.
No pudiendo María Pepa, cual buena ca(x) Estas cámaras fueron puntualmente descritas
en uno de los anteriores libros de esta Biblioteca;
asi como la operación del lanzamiento al mar de los
sumergibles.

EL

H IJ O

pitaña, abandonar su puesto en el orbimotor, turnarían Carlos y los tres pilotos en
el mando de la submarina pareja de vigi­
lancia. Que para tranquilidád de quienes
quedaban en el autoplanetoide, y poder ser
en caso necesario socorrida y auxiliada por
el sumergible de reserva, mantendría con
el autoplanetoide constante comunicación,
no solamente radiotelefónica, sino radiogoniométrica. Gracias a la cual, en cual­
quier momento, sabría María Pepa la di­
rección en que al telefonear se hallaran los
barcos telefoneantes. Cuyas tripulaciones
se componían, en cada uno, de piloto co­
mandante, un mecánico y un telegrafista.
*
**

No tres, sino cuatro días, pasaron sin
que, por suerte, fuese vista ni una sola luz
roja entre las aguas. La vida durante ellos
fué, en Noviópolis, además de molesta por
los balanceos, sumamente aburrida y mo­
nótona para la mayor parte de los pasaje­
ros. Pues su única posible distracción en
tales días era curiosear las costas y mon­
tañas circundantes, con los muchos y so­
berbios anteojos del novimundo, que ¡es
mostraban las más cercanas de unas y
otras como si las tuvieran a menos de un
kilómetro.
Pero las tierras tenían poco que ver; pues
salvo escasos, enormes, verrugosos y anta­
ñones troncos de árboles, con cortas y re­
cias ramas fantásticamente retorcidas,
agitadas sin cesar por furiosas ráfagas
continuas, y completamente desprovistas de
hojas, no se veía en toda la redondez del
horizonte ningún otro indicio de vegeta­
ción (1). Dado que vegetales fueran aque­
llos dantescos troncos. Cosa por Leblonde
negada diciendo que, cuando en astillas
no saltaban, con tales zarándeos, ni ellos
ni sus ramas podían ser sino de cimbrean­
te metal.
Esto, la nieve sobre algún que otro mon­
te en las partes del paisaje por el día alum­
bradas, la que encaperuzaba toda cima er­
guida sobre las sombras del hemisferio de
la noche, en las proximidades de la zona
crepuscular que lo separaba del lumiherrisferio, era lo único visto sobre las tierras.
Que más que tales eran montones de ári­
das y revueltas rocas, hacinamiento de in( i ) No porque aunque precaria no hubiese, otra
según saben los lectores de “ La Desterrada de la
Tierra” ; sino porque enana y rastrera no podia ser
apreciada por quienes tampoco sospechaban pudiera
existir tan extraña vegetación.

DE

99

SARA

gentes montes, de agudísimas crestas, afi­
lados picos, laderas de agrios desgarrones,
faldas tajadas en enhiestos cantiles, mara­
ña de tortuosos barrancos, hondas quebra­
das y empinados riscos. Y ni un solo hom­
bre, ni un cuadrúpedo, ni un ave, ni un
barco en cuanto la vista podia abarcar en
tierras y mares; ni ciudades, ni aldeas, m
chozas, ni el menor vestigio de vivienda, m
nada que revelara vida. Dando impresión
todo ello de soledad tan absoluta, a quie­
nes desde el autoplanetoide contemplaban
el desolado panorama; que a no constarles,
por el despacho de la infeliz a quien ve­
nían a salvar, la existencia en aquel mundo
de las dos razas, cuando menos, de lumivenusianos y noctovenusianos mencianadas
en dicho radiograma habrían de plano ase­
gurado hallarse en un planeta aun más que
inhabitado, inhabitable. Y pues que no era
así, ¿en dónde estaban, en dónde se me­
tían, cómo vivían sus habitantes?
Estas preguntas, incontestables para
quienes no han leído “ La Desterrada de
la Tierra” , en tanto no pudiere darles
respuesta Mistress Haig, eran causa de
que hasta los viajeros más indiferentes a
las emotivas razones que a los principales
personajes de este drama los tendrían an­
helantes en tanto no llegara aquélla, de­
searan vivamente, siquiera curiosidad fue­
se el solo incentivo del deseo, verla entrar
pronto salva en el novimundo.
*

**

— ¿Pero cómo—me pregunta un lector
con quien me entiendo por radiotelepatia,
reciente invención de que acaso hablaré en
otro libro, andando el tiempo— , cómo, Se­
ñor Ignotus, podían los submarinos del
autoplanetoide navegar en mares totalmen­
te desconocidos para sus terrestres pilotos,
sin riesgo de tropiezos contra islas, costas,
cayos o arrecifes cuya situación no podía
estar señalada en mapa tan pequeño, como
el enviado por la madre de Carlos? ¿Ni
cómo era posible fuera cada uno conocien­
do, durante sus cruceros, sus variables si­
tuaciones con respecto al autoplanetoide,
cual a los dos les era preciso para volver
a éste?
— Gracias— respondo— a que, no al pre­
parar el segundo viaje a Venus, sino con
antelación al primero, ya María Pepa ha­
bía resuelto, en lo posible, las dificultades
con que sus chalupas tropezarían de cier­
to en las subnavegaáones por los descono-

100

B IB LIO T E C A

NO VELESCO -CIENTIFICA

cidos mares de un ignoto mundo. Cuando
para aminorarlas no tenía, ni siquiera el
sumario mapa con que ahora contaba.
— ¿ Y cómo pudo?...
— Sin entrar en honduras, y acudiendo a
ramplón símil, trataré de explicarlo. Su­
ponga usted que en un taxímetro monta­
mos un tablero horizontal donde hayamos
llegado una hoja de papel sobre la cual
apoyé la punta de un lápiz (o una pluma),
quieto en tanto esté parado el automóvil;
pero que, ligado por apropiado mecanismo
al contador del taxímetro, se ponga en
movimiento cuando el coche eche a andar,
y avance sobre el papel un milímetro (pon­
go por caso pues la relación puede variar)
por cada kilómetro de efectivo recorrido
de las ruedas. Con lo cual diez, cien, qui­
nientos kilómetros de marcha quedaran
marcados por trazados del lápiz de diez,
cien, cincuenta centímetros.
Esto no tiene complicación ninguna, pues
el tal aparato no es en suma, sino un con­
tador que en lugar de transmitir, reducién­
dolo, el movimiento de las ruedas del auto
a las roldanillas portadoras de los núme­
ros, que marcan las cantidades a pagar,
mueve el carrito portador del lápiz, que en
el papel señala kilómetros cubiertos.
Pero si el bastidor, en donde va el table­
ro, es movible a su vez mediante mecanis­
mo que, relacionándolo con el volante ma­
nejado por el motorista, lo haga girar con
el papel a derecha o izquierda cada vez
que hacia las opuestas manos vire el auto,
entonces todo cambio de dirección de la
marcha dará lugar a cambio igual en la
de la raya por el lápiz señalada. Que re­
produciendo todas las inflexiones de la ruta
recorrida dará, en definitiva, el plano a es­
cala de ella; y en consecuencia la distan­
cia en todo momento al punto de partida,
y la dirección en que respecto a éste se
halle el auto.
— Ya, ya.
— Ponga usted, submarino en donde dije
taxímetro; haga que el lápiz sea impulsa­
do por el giro del eje de la hélice, en vez
de serlo por el de las ruedas; relacione los
giros del bastidor y del papel en él mon­
tado con los del timón del barco, en vez de
hacerlos depender de los del volante; y ya
podrá usted hacerse cargo de cómo los pi­
lotos de los submarinillos sabían a toda
hora dónde se hallaban con respecto al orbimotor. Que, mientras ellos navegaban,
permanecía quieto; o cuando menos, casi
quieto.

— Pero ese casi...
— Adivino, lector avispadísimo, que su
perspicacia está pensando en las dificulta­
des de mantener quieto el novimundo en
mar muy agitado, en donde acaso lo em­
pujaban marinas corrientes desconocidas de
la Capitana, y muy capaces de hacerlo de­
rivar en términos de que el casi sobrara
para llevarlo muy lejos de adonde, al retor­
nar los submarinos, creyeran encontrarlo.
— Sí, señor: eso, eso. Y entonces, y no
pudiendo dar con él estarían perdidos.
— Pues para eso había dos remedios: P ri­
mero que la Capitana cuidaba bien de mi­
rar cada dos horas a tres picachos de la
isla Túm, y de comparar las direcciones
en que cada uno de ellos era visto con las
obtenidas al observar por la primera vez
dichas enfilaciones. Con lo cual, y avisada
por las discrepancias de haber el autoplanetoide derivado, medía las cuantías de
aquéllas, calculaba el cuanto y hada dónde
de la deriva, y deducía de esta el rumbo
y el tiempo de navegación necesarios para
llevarlo nuevamente al lugar donde estaba
a la partida de los submarinos enviados a
cruzar.
Segundo, que cuando los comandantes de
dichos barcos querían saber hacia qué par­
te del horizonte se hallaran el oí-bimotor
o el compañero de exploración, conseguían­
lo mediante radiogoniómetros telegráficos
que, al comunicar con uno u otro, indica­
ban, mediante la posición tomada por la
receptora antena de cuadro giratorio, la di­
rección de llegada de las ondas telegráficas
emitidas por el orbimotor o el otro subma­
rino. Dato, además, utilizable para com­
probar el buen funcionamiento del itinera­
rio de la marcha propia, dibujado por el
lápiz de que he hablado antes.
— No niego cuán ingeniosísimo es todo
eso. Mas con todo no me parece envidiable
la situación de los pobres pilotos obligados
a navegar a tientas.
— Cierto es; pero así andan, por el mun­
do, no mal del todo, muchos ciegos: guián­
dose solamente por el ruido de los golpes
de un palo. Que es instrumento en mi en­
tender mucho más rudimentario, o lazari­
llo menos de fiar que el contador y el ra­
diogoniómetro de los sumergibles del autoplanetoide.
— ¿Pero en qué consiste ese radiogo... no
sé qué?
— El dar explicaciones de él, cuando es­
tán aguardándola dramáticas escenas, cuyo
relato no quiero posponer a fría descrip-

EL HIJO DE
ción de telegráficos trebejos, no es oportu­
no ahora. Ni necesario; pues el radiogonió­
metro puede usted estudiarlo en muchos li­
bros ya elementales hoy... Y si aun esos
le vinieren a usted anchos en mi novela
“ Policía Telegráfica” hallará vulgarísimamente expuestas su teoría, funcionamiento
y aplicaciones, a la medida de curiosidades
holgazanas.
— Señor Ignotus, usted no pierde ripio
para enviarnos tan pronto a una como a
otra de las novelas de su Biblioteca.
— Cierto; y en prueba de ello, agregaré
que también antes de hacerme usted su úl­
tima pregunta relativa al cómo se las arre­
glaban los novimundianos submarinos, para
no tropezar contra tierras y bajos en sus
navegaciones, la había yo contestado. Cuan­
do en “ El Mundo Sombra” relaté un viaje
que Sara realizó por debajo de los hielos
del umbrihemisferio venusiano, viendo con
ayuda del teléfono lo que sus ojos eran in­
capaces de columbrar siquiera. Sin que
para ello hubiese menester de inventar
nada nuevo, como no fueran menudos per­
feccionamientos de aplicación práctica; sino
sólo explotar ideas y métodos de navega­
ción submarina ya conocidos en estos tiem­
pos en que vivimos usted y yo.
Y como en mí sería pesadez abrumante
amontonar, en este libro, explicaciones de
cuantos inventos, presentes y futuros, creí
discreto distribuir en muchos, para no dar
las sino en leves dosis, bástele a usted sa­
ber, pues ello es lo importante para seguir
el desenvolvimiento de esta narración, que
imposibilitados los pilotos de los sumergi­
bles de que sus ojos vieran en el seno de
las aguas las rutas que habían de seguir
veíanlas, sin embargo, con los ojos del telé­
fono. O dicho en otra guisa, si tal modo
de hablar le parece a usted absurdo, sus
inteligencias otan los caminos que habían
de recorrer, oían los escollos de los que al
frente, por la derecha o izquierda les con­
venía apartarse; oían las profundidades a
que bajo las quillas de sus barcos quedaba
el fondo de los mares en donde navegaban.
Como si despertando a los rugidos de las
sirenas de a bordo, cobraran voces las tie­
rras y las rocas en los mares sumidas, y
con ellas gritaran a los sumergibles: “Aquí
estoy, aquí estoy: a tal o cuál distancia de
tu proa, de tu banda, o de tu quilla. De­
tente; vira; apártate; guárdate de mí.”

101

SARA
X X VIII

donde mpoLL y carlos cumplen sus deberes

Corrida ya la mitad del cuarto día, y
pocas horas de la calculada para la c’.e
posible llegada de la madre de Carlos, no
sólo no llegaba, sino que ni los submarinos,
mar afuera de la boca de la ensenada a unos
setecientos kilómetros del autoplanetoide,
transmitían aviso alguno de ver el espera­
do fanal verde del pilotado por aquélla;
y lo que era aun peor, pues verlo entre las
aguas no podrían sino cuando llegara ya
muy cerca de ellos, sin que hubiesen recibi­
do ninguno de los telegramas radiogeniométricos que, tan pronto supusiera la espera­
da hallarse de quienes la aguardaban, a
distancia a la que pudieran recibirlos, era
verosímil emitiera con frecuencia, a fin
de anticipar noticia de su arribo. Silencio
que, habida cuenta del conocido alcance de
su aparato radiogoniomètrico, hacía pre­
sumir que todavía habría de hallarse, a
más de veintitrés horas de marcha de don­
de estaba el autoplanetoide. Y como agre­
gadas dichas horas al momento actual com­
pletaban casi los cinco días por ella seña­
lados, como plazo máximo, a la espera,
esto suscitaba muy fundado temor de que
estuviese todavía más lejos — el cuanto
sólo ella y Dios podían saberlo— y de que,
por lo tanto, no llegara dentro de aquel
plazo.
Tales recelos producían intranquilidad
en todos los aguardantes, y muy singular­
mente en el viejo Ripoll, cuyas nerviosida­
des y desasosiegos, en aquellos días, se
igualaron con la inquietud casi febril del
vehementísimo Carlos.
Este que, mientras los demás pilotos ha­
cían cuartos alternados de ocho horas de
mando y ocho de descansa en los sumergi­
bles exploradores, había navegado dieciséis
por cada ocho de reposo, hacía dos que, re­
gresado de la última salida, habíase reco­
gido a su alcoba; y cuando todos lo creían
dvmiiendo en ella, entró de improviso en
el despacho de su madre adoptiva, donde
con ésta estaban Luisa, Don Jaume y Leblonde.
— ¿Y tú? ¿Cómo a estas horas?— pregun­
tó M aría Pepa.
— Si acabas de acostarte— agregó Luisa.
— Tan imposible es que yo duerma, en
tanto me atormente esta incertidumbre so­
bre qué es de mi madre, como que me esté

102

BIBLIO TECA

NOVELESOO-CIENTIFICA

aquí, pegado como una ostra al autoplanetoide.
— Pero si debes estar muerto de can­
sancio.
— Te equivocas Luisa, no siento ningu­
no... Más cansada estará ella. Y además de
mi anhelo, es mi deber el que me impulsa.
— ¿A qué hijo mío?— preguntó María
Pepa.
— A salir ahora mismo a buscarla.
— ¿ A buscarla más allá de la boca de la
ensenada?...
— Sí, mamá.
— ¿Pero por dónde? ¿En qué dirección?
— Por el camino que ha de traer; en la
dirección que, en el mapa, ha marcado ella
misma a su derrota... Mamá, te ruego que
tu cariño no te ofusque al punto de que
los miedos que por mi sientas pesen más
en tu ánimo que la apreciación de a qué me
obliga la situación de mi pobre madre.
— No es eso; pero...
— N o; peros no. No me hagas arrepentir
de no haber procedido sin contar contigo.

— ¿Cómo?
— Mi primera idea, de hace un momento,
al levantarme de la cama, fué irme dere­
cho al submarino y salirme en él, sin de­
cirte nada.
— ¡Irte sin decir nada a quien hasta aho­
ra ha sido tu madre!
— ¡Carlos, Carlos!
— Ya ves que no lo he hecho.
— Me alegro hijo mío, me alegro. Por­
que, sobre la pena que eso me habría cau­
sado, habrías caído en falta grave de otra
índole, disponiendo, por ti, del sumergible,
sin autorización de quien en él, en tí y en
todo manda aquí, y tiene la responsabili­
dad de cuanto aquí ocurra.
— Tendrías razón si lo hubiese hecho.
— O si lo hicieres.
— Esa advertencia me hace sospechar
que estás resuelta ya a oponerte a mi de­
seo; que los miedos por mí no te dejan ver
que ante deberes tan imperiosos como este
que me emnuja, la prudencia, disculpable
en tí por referirse a mí, sería en mí bo­
chornosa cobardía, inhumano abandono, re­
mordimiento para toda mi vida.
— T e equivocas Carlos. Aun no he resuel­
to nada.
— ¿Entonces...?
— Ni nada puedo decidir mientras no co­
nozca la extensión de tus prepósitos, ni
sepa cómo piensas realizarlos.
— Ya lo he dicho: buscarla.
— ¿En la inmensidad de un mar que te

es desconocido en absoluto?— objetó María
Pepa.
__¿En la extensión de un mundo entero
del que nada sabes?— agregó Ripoll.
__ Si ahí es donde está, ¿dónde sino ahí
he de buscarla? Ni mía ni suya es la culpa
de que ahí esté.
Esta valiente respuesta del impetuoso
muchacho que dejó consternado y mudo a
Don Jaume, por no ignorar como él de
quién era tal culpa, fué contestada por
María Pepa diciendo:
— Claro que no. Mas lo que ahora me im­
porta es saber si puedo considerar tu pro­
pósito como empresa que, aunque difícil y
arriesgada, sea racionalmente hacedera, o
si te lanzas, inconsciente, a hermosa pero
imposible e inútil insansatez.
— Yo no sé... Yo no he pensado sino en ir
adonde mi corazón me arrastra.
— Carlos, Carlos: piensa en el mío tam­
bién. ¡P or m í!, ¡por D ios!, piensa no sólo
en ir sino en volver. Piensa, qué sería de
mí si no volvieras.
— Volveré Luisa, volveré. Dios me trae­
rá. Y no me quites ánimo, que me sobraba
mientras sólo pensaba en arriesgar mi vida,
y no quiero me falte al acordarme de que
también arriesgo mi felicidad y la tuya...
No, no; también esto sería cobardía... Aho­
ra ya hay sacrificio que vale algo... Pero lo
haré, lo haré: lo debo hacer... Y también
yo te pido que tus lágrimas no me lo hagan
más penoso... Ni las tuyas mamá. No me
lloréis, no me lloréis.
— N o: ya no lloro Carlos— gimió Luisa,
sollozando como una Magdalena— . Haz lo
que debas, ya no lloro.
— Ni yo— agregó María Pepa reprimien­
do su llanto— . Pero esta niña tiene razón:
es preciso pensar, no sólo en ir arrastrado
por el corazón, sino guiado por el juicio.
Y yo, que también tengo obligaciones que
cumplir, debo prever el caso desgraciado
de que no halles a tu madre, y debo, si éste
llega, cuidarme de tu vuelta. Y tú, y tú tam­
bién debes cuidarte de ella; porque aquí
dejas también algo en que debes pensar.
— Sí, sí, mamá: tienes razón... Pero yo
no sé cómo... Y a he dicho que hasta ahora
sólo he pensado en ir...
— Pues bien, como yo me doy tanta cuen­
ta como tú de tu filial deber; como no te
eduqué para cobarde ni egoísta, compren­
do, es más, aplaudo, que hoy no te cuides
de tu vida. Pero ese olvido tuyo debo yo
subsanarlo; y por lo tanto no te sorpren­
derá que...

EL HIJO DE SARA
— ¡Ah!... ¿De modo que todo ese preám­
bulo no es sino para negarme...
— Carlos, ¡por Dios! Déjame acabar. No
es eso; sino que si te avienes a las condi­
ciones que va a imponerte el cariño de quien,
hasta que tengas otra, es todavía tu ma­
dre, no seré obstáculo...
— Gracias, gracias, madre de mi alma:
mi madre de antes de ahora y siempre.
— Pero, si no me juras hacer cuanto yo
mande, y únicamente lo que yo autorice; que
no navegarás sino hasta donde yo consien­
ta, y por donde disponga; que regresarás
en cuanto yo lo ordene, no ya tu madre
sino la Capitana te prohibirá terminante­
mente, más todavía, te impedirá salir del
planetoide.
— Haré lo que me mandes; pues no creo...
— ¿Que te quiera engañar como a un chi­
quillo?
— No he dicho eso.
— Pero lo has pensado. Puedes tranquili­
zarte recordando que hace ya tiempo te
trato como a hombre.
No me interrumpas y óyeme: Saldrás de
la ensenada en el sumergible, doblarás la
Punta Lo, y en la dirección que tu madre
ha marcado en el mapa a su derrota, avan­
zarás quinientos kilómetros más allá de la
punta, pero no más.
— Es poco.
— No discuto, mando. Y además no es
poco; pues seiscientos kilómetros, de aquí
a la punta Lo, quinientos más que te per­
mito avanzar, y seiscientos del alcance, que
presupongo a la radiofonía de tu madre
son 1.700. Además, como al llegar al límite
de tu navegación te permito permanecer
allí, sin avanzar, seis horas, durante las
cuales podrá tu madre recorrer 350, esto
elevará la extensión de la ruta en total
explorada a casi 'la mitad de la distancia
que según nuestro cálculo debía ya ella ha­
ber cubierto; y el no oirla será prueba de
la inutilidad de aguardarla en dicha direc­
ción.
— Pero podrá venir en otra.
— Cierto. Ya he pensado en ello. Si su
retraso no depende de accidente irreme­
diable, contra el cual seríamos impotentes,
habremos de achacar la demora a que para
esquivar peligrosos encuentros haya varia­
do y alargado su derrota.
— Si, si.
— Además, las grandes flechas gruesas
de su mapa indican que los mares al sur
de la Isla Túm, entre ésta y el archipiéla­
go Koxo, son los más frecuentados por los

103

submarinos rojos. Luego, si para rehuirlos
ha variado de ruta, es verosímil que el re­
traso en su llegada sea debido a que a es­
tas horas esté navegando, todavía, por el
norte, para entrar aquí por el lado de la
punta Lía, en vez de costear la isla por el
sur según pensaba hacerlo.
— Verdad, verdad. Gracias, mamá, gra­
cias por ayudarme con el seso, que veo me
faltaba. Entonces, ¿si al fin no llega por el
lado de Lo?...
— Te permitiré que por el norte avances
otros quinientos kilómetros más allá de
punta Lía, y allí la aguardes durante otras
seis horas.
— ¿Serán bastantes?
— Sí: Entre ida al primer lugar de es­
pera y la duración de ésta transcurrirán
de veintiséis a veintiocho horas; agregán­
doles treinta o treinta y una de la ida y la
espera al norte de Lía, más otras veinte
de tu retorno al autoplanetoide, harán más
de tres días.
—¿Va a estar Carlos tres días fuera?—
preguntó Luisa, angustiadísima.
— No, mujer, no—replicó él-—. Es decir...
Eso sólo sería en un caso extremo.
— Dice bien Carlos, hija mía— corroboró
María Pepa, cariñosa y compasivamente—•.
Ese plazo es el máximo que, poniéndose en
lo peor, es preciso asignar a su explora­
ción.
— Y si, una vez pasado, no llegare mi
madre... ¿Podré?
— No. Pasados estos tres días, regresa­
rás.
— Pero...
— Si no me lo juras por... por mí..., no pol­
la felicidad de Luisa, no embarcarás en el
sumergible.
— Te lo juro.
— Pues a cambio de tu juramento te pro­
meto que, si a tu regreso no vuelves con tu
madre, aquí la aguardaremos tres días
más, o en suma, doble tiempo, con el que
ya llevamos aguardado, del que ella nos
marcó... Y aún más, si más necesitares
para convencerte de la inutilidad de pro­
longar la espera.
Se ha dicho antes que Don Jaume enmu­
deció, quedando anonadado, cuando dijo
Carlos que ni él ni su madre tenían culpa
alguna en el desvalimiento en que ésta se
hallaba en aquel mundo. Sintiendo, al oirle,
tan fortísima impresión que, olvidado de
que no estaba solo, murmuró sordamente:

104

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

“Verdad, verdad; tiene razón; yo soy el
único culpable.”
Gi acias a que los otros discutían apa­
sionadamente no fué de ellos oída la ex­
clamación, dicha entre dientes por el an­
ciano. Que advirtiendo en seguida su im­
prudencia, no dejó ya a su lengua exterio­
rizar las recriminaciones con que sus re­
mordimientos le reprochaban los dolores
que por su culpa había padecido la deste­
rrada, lo acusaban de su posible muerte,
que acaso acaecía en aquellos instantes, y
lo que aun era peor, de que por culpa de él
pudiere morir Carlos en el empeño temeroso
a que iba a arrojarse. Y aterrado pensaba:
“Yo, yo seré quien en realidad mate a
este hijo de mi alma... Es horrible, es ho­
rrible... Bien castigado estoy...”
Y mientras los otros discutían, continua­
ba monologando interiormente:
“Lo peor es que yo no puedo contrariar
su propósito; porque, tiene razón, es su
deber. Pero yo soy, yo, quien lo ha puesto
en tan terrible trance... ¿Quién, quién ha­
bía de pensar que el hijo de la mujer a
quien yo abandoné en estos mares, había
de llegar a ser el gran cariño de mi vejez,
ni que al cabo de los años habría de verlo
en este trance?
”Sí, sí, ¡esta es la justicia que Dios hace
conmigo!...
’’Sería espantoso, horrendo que, viejo ca­
duco, viera morir a ese hermoso muchacho,
pletórico de vida, de inteligencia, de valor,
de bondad... No, no... Me volvería loco.
”Y sería lo mejor; porque loco padecería
menos que cuerdo. Pues la locura sería ol­
vido de que por culpa mía había muerto
ese pedazo el más querido de mi alma...”
En tanto el pobre viejo padecía estas
torturas, María Pepa, o con más propiedad
la Capitana, terminaba de dar a Carlos sus
instrucciones. Cuyos puntuales pormenores
callo, para no ser prolijo; limitándome a
consignar que las principales fueron: pres­
cripción de comunicar telegráficamente de
media en media hora con el orbimotor, por
el intermedio de los submarinos apostados
en la boca de la ensenada, cuando él la hu­
biere rebasado; orden de retornar tan
pronto perdiese dicha comunicación, si tal
caso llegare, y mandato de hacerlo inme­
diatamente, sin discusión ni demora, si por
cualquier imprevisto evento estimare la Ca­
pitana necesario ordenarle volver.
Cuando ella terminaba y él manifestaba
su resolución de embarcar sin pérdida de
tiempo, los sollozos de Luisa, que estaba

al lado de Ripoll y no podía ya llorar, como
antes, silenciosa, hicieron al abuelo darse
cuenta del estado a cjue llegaban las cosas.
Muy a punto para que el soliloquio de su
conciencia, que entonces decía callandito:
“No, no sobrevivirlo, no”, pudiera conti­
nuarse en alta voz y convertirse en diálo­
go, diciendo:
—Sí, hijo mío, sí tienes razón. Tanto,
que yo me voy contigo.
—¡Papá Ripoll3 ¿Qué dices?
—Lo que has oido, Pepeta: que me voy
con él.
—Eso es un desatino, abuelo.
—Si no hay peligro para ti, tampoco para
mí ha de haberlo; y si lo hay, ninguno para
mí tan espantoso como que te me mueras
dejándome a mí vivo.
■—Y a mí, y a mí—gimió Luisa—. ¡ Car­
los, Carlos mío!
Este lamento de la pobre enamorada
atrajo a Carlos, impidiéndole dar respuesta
a Don Jaume, a quien la Capitana pregun­
taba:
—Pero repara que a tus años...
—Quien tantos deja ya detrás, pierde
menos si muere que quien los tiene por de­
lante. Además, ¿no me has oido? ¿Qué se­
ría mi vida sin Carlos?...

—¿Y de mí qué sería? ¡Ah, si aquí no
me atara la responsabilidad de! mando, si
a mi cargo no estuvieran todas estas vidas!
—Tú me das la razón... Como a mí nada
me ata... Además—al decir esto se acercó
el viejo a María Pepa, miró a Carlos, que
no atendía sino a consolar a Luisa, y con
voz queda y temblorosa dijo casi al oído
de aquélla—, aunque no me arrastrara el
cariño al chico, tú, hija mía, sabes bien
que nadie, ni él siquiera, tiene tan estrecha
obligación como yo de acudir, el primero,
en auxilio de esa desdichada, ni de hacer
por salvarla más que nadie. Puesto que yo
hice el daño, soy el más obligado a repa­
rarlo.
—Verdad.
—El va en busca de su madre. Yo busco
mi perdón.
—Ve... Además, así será mejor; pues ya
has oído lo que a Carlos le he dicho...
—No, nada; yo no podía oir sino a mis
temores por él y a mis remordimientos.
—Pues escucha.
La Capitana repitió rápidamente cuanto
había encargado a Carlos, y acabó diciendo:
—Así, yendo tú, podrás imponerte a él
si le diere tentación de desobedecerme o de
hacer insensateces.

EL HIJO BE

SARA

105

— Llegó el temido momento de tocar el autoplanetoide el mar, de rebotar sobre él.

— Sí, sí, verdad. Y a ves, esa es otra ra­
zón para que con él vaya.
— Luisa, alma mía— decía al mismo tiem­
po Carlos— , ten confianza... Pidiéndoselo
tú a Dios me traerá con bien... Sí, mujer,
sí. ¡Por mi cariño! Ayúdame cual compa­
ñera que has de ser de mi vida, que ya
eres de mi alma; ayúdame a cumplir mis
deberes... Piensa, alma mía, que tu llanto
puede apartarme de ellos; piensa que este

tiempo que a tu lado estoy pasando es per­
dido, tal vez, para la salvación de mi po­
bre madre.
— Vete, sí, Carlos, vete... Tienes razón.
Adiós.
— Hasta la vuelta... Adiós, mamá; adiós,
abuelo.
— No, a mí no.
— ¿Pero es que insistes?
— Claro que sí.

106

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NOVELESCO-CIENTIFICA

— ¿Pero no ves que...?
—Insisto, y voy; y tu madre lo aprueba.
—¡Cómo, mamá! ¿Tú?
—Sí.
— Ya lo oyes. Además, yo, que adiviné
que vivía tu otra madre; yo, que vencí
cuantos obstáculos se oponían a su salva­
mento, no he de quedarme aquí cuando vas
a buscarla. Al ir contigo no hago sino lle­
gar al fin de mi obra. Nada más natural.
— Abuelo, abuelo— exclamó Carlos, y no
pudo decir más porque le ahogaba la emo­
ción al abrazar al viejo.
De los brazos de Ripoll pasó Carlos a
los de su madre adoptiva, que le dijo:
— Acuérdate, hijo mío, de lo que me has
jurado.
—Te lo prometo.
—Obedece al abuelo como a mí me obe­
decerías.
— Lo obedeceré.
— Defiende tu vida. No ya por mí, que
soy tu ayer, sino pensando que tu vida es
la felicidad de esa criatura angelical, que
es tu mañana.
— La defenderé.
— Luisa—llamó María Pepa, separándose
de los brazos de Carlos.
— Mamá.
— Dale un abrazo.
— Sí, sí.
— Gracias.
—Gracias.
— Vámonos, Carlos.
—Vamos, abuelo, vamos.
— Que Dios nos lleve— dijo al salir el va­
liente almogávar.
—Que él os traiga— contestó María Pepa.
Salieron el abuelo y el mozo, y al cerrar­
se detrás de ellos la puerta cayó Luisa de
rodillas, y con intensísimo fervor impetró:
— Amparadlo, amparadlo, Madre mía del
Pilar.
— Amparadlo, amparadlo— imploró Ma­
ría Pepa cayendo de hinojos junto a Luisa.

Según lo convenido, cada media hora lle­
gaba al orbimotor radiofonema diciendo:
“ Vamos bien.” Al recibirlo, daban gracias
a Dios las dos mujeres, y volvían a rezar,
para que a la media hora las enviara igual
consuelo.
Pero además de estos telegramas hacia
atrás, lanzaba Carlos otro, de cuarto en
cuarto de hora repetido que, exten­
diéndose en todas direcciones en derredor
del submarino, llevaba entre sus ondas,
para hacerlas surgir en la deseada antena
que en el seno de las aguas buscaban, es­
tas palabras:
“ Te busco, madre.”
Cada vez que el telegrafista emitía cate
aviso, el abuelo y el nieto aguardaban an­
siosos, casi sin respirar durante unos mi­
nutos, que el alta voz del sumergible les
diese la anhelada respuesta. Pero habiendo,
ya muchas veces, aguardado en vano, cre­
cíanles inquietud y zozobra más cada vez
a cada nueva espera.
— No hay que desesperar— decía Ripoll,
no muy convencido—. Todavía no hemos
llegado a los quinientos kilómetros de Pun­
ta Lo, donde aún habremos de aguardar
seis horas.
—Y que es probable— contestaba Carlos
esforzándose en conservar sus esperan­
zas— que, como mamá Pepa cree, mientras
nosotros buscamos a mi madre por el sur
de la isla, esté ella a estas horas navegan­
do por el norte.
— O quién sabe si llegando ya por tal
lado a la boca de la ensenada.
— Sí, sí; tal vez, cuando menos lo pense­
mos, recibamos orden de volver, por estar
ya a la vista del orbimotor el fanal verde
del submarino de mi madre...
— Ya ha pasado otro cuarto de hora.
Vuelva, Martínez, vuelva a transmitir.
Otra vez la antent. emisora irradió en
torno del sumergible el “ Te busco, madre” .
—Nada tampoco.
—Nada. Es desesperante.

XXIX
SALV ADA

Mientras juntas rezaban María Pepa y
Luisa, que con buen acuerdo rezaban mu­
cho en aquel trance, navegaban Carlos y
Ripoll, doblaban la punta Lo, y, sumergi­
dos, remontaban la derrota que según el
mapa debía traer Sara.

— Ya ha pasado otro cuarto de hora.
Vuelva, Martínez, vuelva. ¡Dios mío, que
me oiga!
El radiófono reiteró la llamada; despertó
ésta una antena hallada en su camino. “ Te
busco, madre” , repitió a quinientos kilóme­
tros de distatncia el alta voz, ligado al re­
ceptor de un submarino; y al minuto tem-

EL HIJO DE SARA
biaban de gozo Carlos y Ripoll al oír en
el suyo:
—Hijo, hijo.
— ¡Gracias a Dios!—exclamó el anciano.
— Madre; aquí estoy.
— ¡Dónde, hijo mío, dónde!—preguntó el
alta voz del sumergible de Carlos— . ¿No
me respondes?... Habrá sido alucinación áe
mi deseo.
— No, no— contestó el muchacho, a quien
la impresión le había sobrecogido al punto
de impedirle dar rápida respuesta—. Estas
salvada. Estamos a doscientas millas al
oriente de Punta Lo y a milla y media al
sur de la costa de la isla.
— Gracias, gracias hijo mío. ¡Qué ansia,
qué ansia tengo de conocerte, de abrazarte!
— Y yo, y yo. ¡Pobre madre mía!
— Mucho, muchísimo, sí: antes muy po­
bre. Pero no hoy que me traes alegría con
que ya no soñaba, y me hace olvidarme de
todas mis desdichas.
— Desventurada—murmuró Don Jaume,
palideciendo intensamente al oír a Sara re­
cordar los males de que él era causante; y
cuya palidez, que parecía imposible pudie­
ra ser mayor, todavia creció a verdadero
livor cadavérico cuando Cavíos contestó a
la desterrada diciendo:
— No te la traigo, te la traemos.
— ¿Me traéis?... ¿El qué?... No entiendo.
— Que esta alegría de hoy no te la traigo
solamente yo porque conmigo está el abue­
lo Jaume.
—¿El abuelo?—preguntó el alta voz con
extrañeza.
—¿Qué te pasa, abuelo?
— Nada, un vahído. Ya pasó.
—¿De veras?
—De veras hombre: ya lo ves.
—¿Pero ese abuelo...?— insistió el alta voz.
—Es el Señor Ripoll a quien tú ya cono­
ces y que ya a la salida de la Tierra te te­
legrafiamos que venía conmigo. ¿No lo re­
cuerdas?
— Sí— contestó lacónicamente el alta voz.
Gracias a que Carlos no se curaba en­
tonces sino de su conversación telefónica,
no advirtió que el pobre abuelo iba demu­
dándose más y más, mientras él continuaba.
— El, más que yo te trae estas alegrías
que ya desesperabas de gozar. Pues él adi­
vinó que no habías muerto, cuando todos
creían imposible que vivieras; él proyectó
este viaje, y venció los muchísimos obstácu­
los suscitados a su realización; él es quien,
hasta en esta salida que, al ver que no lle­
gabas hemos hecho para buscarte, ha que­

107

rido acompañarme en este sumergible; él,
más que yo... he dicho mal: él y yo no, es
quien en realidad te salva.
Mientras Carlos hablaba con su habitual
vehemencia, inútilmente se esforzaba Ripoll
con inquietud angustiosa, en colegir la im­
presión que estaría produciendo a la madre
de aquél, saber que con su hijo estaba el
responsable de su destierro, de todos sus
dolores. Y con ansioso afán aguardaba que
Sara respondiese y que lo hiciera en forma
capaz de dar indicio de si el rencor de la
víctima al verdugo se había suavizado con
lo oído al muchacho.
Mistress Haig, a su vez, en el otro sub­
marino, sobresaltóse oyendo que junto a su
hijo estaba el hombre que de él la había
apartado, el que la sentenció a dieciocho
cruelísimos años de destierro. Sobresalto
que se hizo opresión del corazón, al recor­
dar la que lo padecía, no por primera vez
desde que recibió el espectrograma a que
su hijo acababa de aludir, que todas sus
maldades eran conocidas del anciano a quien
aquél llamaba abuelo, y de quien hablaba
con el vivo cariño revelado en los últimas pa­
labras del muchacho. Y con recelo congojo­
so, formulábase la infeliz estas pavorosas
preguntas: ¿Qué sabrá mi hijo de mi vida
pasada?... ¿Qué llegará a saber?
No es pues extraño que tales perplejida­
des, y el estado de ánimo consiguiente a
ellas, no la dejaran responder a la larga
y calurosa parrafada del muchacho sino
con un “ Da gracias en mi nombre a ese ca­
ballero” , que ensombreció el rostro de Ri­
poll. Por parecerle muchísimo más frío que
el entusiasta' modo como de su empeño en
salvarla acababa de hablar Carlos. A quien
encargó seguidamente dijera de su parte a
Sara que desde la última vez en que ella
y él se habían visto, el hijo de la desvalida
desterrada había sido el gran amor de su
vejez, la mayor pasión de su vida.
— Gracias por todo— contestó el alta voz,
repitiendo las palabras, mas sin reproducir
el temblor de la voz que allá lejos, muy le­
jos, las decia, ni la diferencia entre el tono
de ellas y el de las que siguieron inmedia­
tamente, encargando que el novimundiano
sumergible se mantuviera, a escasísima mar­
cha, en la cercanía del lugar donde enton­
ces se hallaba, y emitiera de diez en diez
minutos dos silbidos con el radioteléfono.
Los que al llegar al radiogoniómetro del
submarino de Sara darían a ésta, en el cua­
dro receptor de aquél, el rumbo en que de-

108

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

biera dirigirse para llegar adonde el otro
habría de aguardarla.
— Así lo haré ahora mismo— contestó
Carlos.
—Oye, oye—insistió el alta voz—. Como
te ha de ser difícil navegar en estos ma­
res...
— No, no... Es decir, para volver a la
ensenada no tengo sino costear la isla, y
para ello me basta recoger en los auditi­
vos de derrota los ecos que ella me devuel­
va de los rugidos de mi sirena, y medir en
el cronógrafo los segundos entre rugido y
eco, que me dan mi distancia a la costa.
— Sí, sí... Pero no importa; pues puede
haber otros peligros. Así que en cuanto
veas mi fanal verde darás tres veces repe­
tidas la señal que hemos convenido, me de­
jarás pasar delante, pues conozco el camino
y sigue tú detrás.
— Haré cuanto me mandas.
—Voy a forzar la marcha, para que an­
tes de siete horas podamos vernos... Es de­
cir ver nuestras luces, porque nosotros es
imposible nos veamos hasta llegar al orbimotor y salir de estos encierros. ¡Qué im­
paciencia, qué impaciencia!
—Sí madre, sí; y no es menor la mía...
Pero mientras llegas aquí, y al fin desem­
barcamos todos en el planetoide, podremos
seguir comunicándonos.
—Cuando nos lo permita la maniobra sí.
Mas no mucho; pues no hay que descuidar­
la ni distraerse... Sería tristísimo que, a
última hora, un accidente... No quiero pen­
sarlo. Hasta luego.
Ripoll, que continuaba dando vueltas y
vueltas a sus cavilaciones, salió de ellas
cuando se percató de que ya no sonaba el
alta voz, y dijo;
— Carlos, ya creo que es tiempo de avisar
a Pepeta.
— Tienes razón, abuelo. Telegrafíe Mar­
tínez: “ Hallada. Nos dice radioteléfono lle­
gará nuestra altura dentro siete horas y
seguiremos juntos orbimotor diecisiete des­
pués. Continuaré telegrafiando como antes
de media en media hora.— Te abrazamos
con toda el alma y abraza tú por mí a mi
Luisa.”
XXX
P E R D I D O

Inútil fuera referir las conversaciones de
María Pepa y Luisa durante las dieciocho
horas que, a partir de la salida de Carlos

y Don Jaume, tardó en llegarles el telegra­
ma de éstos anunciando su regreso para
cuando tuvieran a la vista el submarino de
la Desterrada. Pues sabido es en qué, y de
quién, podrían pensar y hablar las dos
mujeres.
La tensión de espíritu, en que hasta en­
tonces estuvieron, no les permitió, no ya
pegar los ojos mas ni siquiera pretenderlo,
durante aquella larga espera que, juntas
se pasaron levantadas; y sólo en algún que
otro rato acompañadas por Aristides o Guzmán.
Mas cuando al fin, con la llegada del de­
seado aviso, cesaron los temores de que
Carlos hubiere de alejarse más, el alivio
sentido por los acongojados ánimos relajó
la excitación nerviosa, y ambas se dieron
cuenta del rendimiento de sus cuerpos, y de
serles imprescindible descansar. Según hi­
cieron: en su cama la Capitana, y la mu­
chacha en el lecho volante que, como en
otras ocasiones fué instalado en el ante­
despacho.
Tan cansadas estaban que al recogerse
no cambiaron sino las siguientes breves
frases:
— Bien hacía yo en confiar que habría de
amparármelo mi Virgen del Pilar.
— Verdad, hija mía, verdad. Ya le he
dado yo gracias.
— Y yo, y yo, mamá... Que duerma usted
muy bien.
— Lo mismo te deseo.
*
**

Ya en la cama, recordó María Pepa que,
al irse Carlos a embarcar había Luisa pe­
dido a la Virgen del Pilar lo protegiera.
No había hecho entonces alto en ello, por
preocuparla predominantemente los peligros
a que hijo adoptivo se arrojaba; pero ya
más tranquila, pensó:
“ Que yo, zaragozana, me vuelva en mis
’’ angustias a la Virgen del Pilar es natu” ralísimo; pero que, en las suyas, se acuer” de de la patrona de mi tierra esa niña,
’’nacida y criada en El Perú, es muy raro,
rarísimo.” Y ya no pensó más, pues el
cansancio la durmió.
De un tirón durmió ocho horas; y cuan­
do al cabo de ellas se levantó volvió a de­
cirse: es muy raro, muy raro. Aguijándola
tanto la curiosidad de saber el origen de
aquella fervorosa devoción de una peruana
a la patrona de los aragoneses, que apenas
la muchacha, vestida ya, salió al despacho
en donde ella se hallaba, dijóle:

EL HIJO DE
— Oye, Luisilla, ¿quién te ha hablado a
tí de la Virgen del Pilar?
— Mamá, Juana.
— ¿La mujer de Guzmán?
— Sí.
— ¿Pero ella era española?
— No señora: de Lima.
— Entonces habría vivido en Aragón o
cuando menos en España.
— Tampoco, sino que cuando ella y papá
Guzmán me recogieron tenía yo una medallita del Pilar al cuello.
— ¡A h! ¿Tú tenías?
— Sí. Y pensando mamá Juana que me la
había puesto mi madre, me acostumbró,
desde chiquirritína, y no he perdido la cos­
tumbre, a rezarle todas las noches y a be­
sar su medalla.
Y me decía: Bésala, bésala: tal vez tus
besos a esa Virgen lleguen hasta el cielo,
donde acaso esté ya tu pobre madre y la
consuelen de los que no ha podido darte.
La delicada idea de aquella buena mujer
conmovió vivamente a María Pepa: no ya
como habría conmovido a cualquier persona
sensible, sino mucho más, por traerle a la
memoria antiguos y amarguísimos dolores
propios, que al renacer le llenaron los ojos
de lágrimas. Los mismos de que no había
querido hablar a Carlos y a Guzmán, cuan­
do la entristecieron al saber que Luisa era
una niña abandonada.
— Siento mucho haber afligido a usted...
Perdóneme.
— ¿De qué hija mía?... ¿Qué culpa tienes
tú de que una dolorosa coincidencia haya
avivado las punzadas de una gran pena de
mi vida?...
¿ Y esa medalla?
— La llevo siempre colgada de una cade­
nilla. Mírela: es muy bonita.
A l decir esto se echó mano Luisa al cue­
llo, y sacándose, por la cabeza, la cadena,
a la par que se acercaba a M aría Pepa
que a su encuentro venía, le mostró la me­
dalla, de oro, cual la cadena, y rodeada de
una guarnición de chispas de rubíes.
Al cogerla y mirarla la Capitana abrió
los ojos desmesuradamente; esclamó: “ ¡Dios
mío, Dios mío! No puede ser” ; y temblan­
do de los pies a la cabeza, con la mirada
intensísimamente fija en la medalla, prosi­
guió con voz entrecortada:
— No puede ser... Pero es igual... igual...
Luisa, ¿cómo tienes tú esta medalla?...
¿Cómo? ¿Porqué?
— No sé... no sé... Yo sólo sé lo que le he
dicho.

SARA

109

— Puede haber dos, puede haber más,
iguales... ¡Jesús, Jesús!
— ¿Se pone usted mala?
— No puede ser— repitió María Pepa, sin
atender a Luisa; y creciéndole espantosa­
mente la excitación que la agitaba conti­
nuó:— No, no. Es una imposible insensatez;
probablemente no concordarán las fechas;
Lima está lejísimos para que allá llevaran
a mi hija los que me la robaron...
— ¿Qué dice usted?; ¿qué dice usted?
— Nada, nada... Es decir sí, que vayan,
ahora mismo, a buscar a Guzmán; que ven­
ga a la carrera: en seguida, en seguida.
Anda, anda, avisa a un criado. Corre, corre
hija mía...
— ¡H ija mía!— repitió María Pepa con
acento inexpresable, dejándose caer en una
silla cuando Luisa salía a cumplir su en­
cargo; y después continuó:— Son delirios,
delirios: las pesquisas dieron casi evidencia
de que había perecido... Pero mientras yo
no hable con Guzmán esa medalla no me
permitirá vivir tranquila.
Dicho esto calló; aun cuando en su cere­
bro atropellábanse ideas, conjeturas, argu­
mentos y le bregaban en el corazón temo­
res y esperanzas. De su ensimismamiento
y su tortura la sacó Luisa, que, entrando
dijo:
— Para ganar tiempo he llamado yo mis­
ma al taller, donde ahora debía estar papá,
y me han dicho que por haberse lastimado
el mecánico del sumergible que salió, hace
una hora, a relevar el de enlace con Carlos,
se ha ido en lugar de él.
— ¡Dios mío, Dios mío! ¡Otras quince o
dieciséis horas de esta horrorosa incerti­
dumbre !
— Lo que siento es haber sido yo quien...
— No, hija...; no, Luisa; tú no tienes...
¡Qué idea! Sí, sí. Y a no necesito a Guz­
mán... Luisa, desnúdate, desnúdate. Aprisa,
aprisa... Ven, yo te ayudaré.
La ayuda fué dar un tirón, que antes
de salir los brazos de las mangas del ves­
tido, ya había rajado éste, y desgarrar la
camisa,- dejando al descubierto media espal­
da y un lunar que sobre el hombro derecho
tenía Luisa. A l verlo, dió María Pepa un
grito de alegría delirante, abalanzándose a
besarlo y besarlo con hambre de dieciséis
años. Como, cuando lactando a su hija, so­
lía complacerse en besarlo siempre que le
mudaba la diminuta camisilla:
— Aquí, aquí te besaba yo, hija de mi
alma.

no

B IB LIO T E C A

NO VELESC O -C IEN TIFIC A

— ¿Qué, qué?— preguntó asombrada Lui­
sa, sin creer a sus oídos.
— Que eres mi hija, mi hija; que eres Ja
hija de mi alma, la que creía perdida para
siempre.
— ¿Pero es verdad?
— Sí, sí.
Hablaba María Pepa estrechando contra
el suyo aquel cuerpo querido, e inundando
a la par de lágrimas y besos cara, cuello,
cabeza, hombros y brazos de Luisa. Que,
convencida al cabo, devolvía las caricias
desbordante de júbilo y diciendo:
— Mamá, mamá, ahora si que es verdad.
¡Qué alegría! ¡Qué alegría!
— Te robaron chiquitita: aún no tenías
un año. N o creía volver jamás a verte.
¡Gracias, Dios mío, gracias! Cuando el hijo
con que me consolasteis de la pérdida de
ésta encuentra su otra madre, que es más
madre que yo, me devolvéis a la hija de mis
entrañas... Y es la criatura que, a poder,
habría yo elegido para hija: esta gloria
de niña, a quien mi corazón adivinó; a
quien como a hija quería ya, sin saber que
lo era.
— Verdad, mamá; y yo, y yo. Si usted
supiera...
— De tú, alma mía; háblame de tú. Soy
tu madre, tu madre.
— Sí, sí. ¡Qué gusto!... Si tú supieras
cuánto te quería ya... ¡ Qué alegría, qué ale­
gría tendrá ahora mamá Juana en el cielo!
Y cuando vuelva, ¡qué alegría va a tener
papá Guzmán! Y Carlos, ¡qué contento se
pondrá!
— ¡Carlos!...— dijo sobresaltada la Capi­
tana, que, apartándose de Luisa, enmudeció
inmediatamente, por no decir cuál era la
terrible idea que la había asaltado. Mas su
semblante, en donde consternada expresión
apagó la luz de júbilo que antes lo ilumi­
naba, expresó claramente, sin que su boca
lo dijera, que pensaba en algo sumamente
triste, que la impensada dicha de haber re­
cuperado a la que creía su hija no !a dejó
antes advertir; algo tan doloroso, tan terri­
ble, que contrajo su rostro con gesto de
acerbísimo padecer.
— ¿Qué te pasa, mamá?— preguntó Luisa,
No obtuvo otra respuesta sino una inten­
sísima mirada, larga, muy larga, entre es­
pantada e impotentemente compasiva, don­
de leyó lástima a ella, que le hizo repetir
con angustioso afán:
— ¿Qué te pasa?... Me asustas, madre
mía.
— ¡Pobre hija! ¡Pobres hijos!— gimió

María Pepa al sentir en sus manos la pre­
sión apremiante de ¡as manos de Luisa pi­
diéndole respuesta.
Estas palabras, y un torrente de lágri­
mas, fueron la única que se atrevió a dar.
Por aterrarle decir claro a la pobre cria­
tura, aunque a la postre habría de decír­
selo, lo que a ella la estaba torturando.
Pero no fué preciso, porque lo adivinó
ella.
Véase cómo, y véase, además, porqué no
había pensado antes en ello: Sabía que
Carlos no era hijo de María Pepa, sino de
la Desterrada, alguna vez había oído ha­
blar, tan de soslayo y vagamente, que lo
tenía olvidado, de un primer matrimonio
del marido de la Capitana. Pero todo ello
era tan remoto, tan impreciso, que al oirse
llamar hija y sentirse acariciada, con an­
sioso afán, por la mujer a quien férvida­
mente amaba y respetaba, cual propia, sin­
tió en el corazón instintiva e irreflexiva­
mente la felicidad de María Pepa, entre­
gándose al goce de haber hallado en ella
verdadera madre, hasta que oyendo el ¡ Po­
bre hija!, y más aún el ¡Pobres hijos!, y
echando de ver que al nombrar ella a Car­
los habíase instantáneamente trocado en
aflicción y espanto el recentísimo júbilo
desbordado de aquélla, fué este el rayo de
luz que, alumbrando sus reminiscencias le­
janas e imprecisas, le hizo preguntar, tem­
blorosa :
— ¿Es oue el padre de Carlos?... Mamá,
mamá, ¿es que mi padre era también...?
— ¡H ija de mi alma! Ven con tu madre,
que sólo puede darte lágrimas que juntar a
las tuyas.
— ¡Hermanos!... ¡Qué horror!... ¡Perdi­
do, perdido para m í!— decía lentamente la
pobre criatura, anonadada por la muerte
intantánea de la ilusión en el amor que era
su vida.
— Ven, ven... ¡Llora, llora, hija mía,
llora!

Juntas y abrazadas lloraron mucho, mu­
cho. Sin decir una sino ¡Carlos, Carlos!, y
la otra ¡H ijos míos, hijos míos! Hasta que
la pobre enamorada insinuó tímidamente:
— Mamá, tú dijiste que bien podría haber
muchas medallas iguales.
— Sí.
— ¿ Y no podría también haber otros lu­
nares como el mío?
La lástima de la madre fué entonces to­
davía más dolorosa que antes; e impulsada

EL HIJO DE
por ella, más que por creer posible tal acu­
mulación de coincidencias, y doliéndole ce­
rrar de golpe toda puerta a la esperanza
de la desdichada criatura, contestó:
— Si, hija mía; tienes razón... Acaso me
he precipitado, dando por realidades lo que
sólo son indicios... No, no te confíes dema­
siado, porque son muy fuertes... Pero tam­
poco desesperes, porque nada podremos
afirmar de cierto hasta que yo hable con
Guzmán, y él y yo compulsemos fechas y
lugares.
— Ay, mamá, si Dios quisiera... No es que
yo no la quiera a usted, no... Pero Carlos,
mi Carlos...
— No, hija mía... No, Luisa— rectificó la
angelical mujer, al advertir que el nombre
de hija que enorgullecía a aquélla antes de
creer que lo era suya, la asustaba ahora— .
¡ Cómo he de extrañar lo que te pasa, si
jamás he pedido nada a Dios con el anhelo
con que le estoy pidiendo me quite la hija
que he creído me daba, para que de mí pue­
da recibirla Carlos! No te confíes, ni tam­
poco desesperes; ponte, como me pongo yo,
en sus manos.
— Sí, sí. Yo se lo pediré con toda mi
alma...
— En cuanto vuelva Guzmán, hablaré lar­
gamente con él, y puede ser que todo quede
en este susto.
— Y cuando venga Carlos, ¿qué le digo?
— Nada, hija mía, nada... Tiempo habrá
de decírselo, si resultare cierto; si no, ¿a
que hacerle pasar lo que estamos pasando?
— Sí, tiene usted razón... Pero yo no voy
a poder ocultarle mi inquietud... Me pre­
guntará, lloraré, me lo conocerá, me lo sa­
cará todo. Yo no tengo la culpa..., pero no
sé ocultarle nada.
— ¡Pobre mía!... Verdad, tú no tienes la
culpa de que tu corazón sea de cristal para
el que quieres. Pero ahora es preciso que
no te lo vea él, en tanto yo no aclare lo que
nos preocupa. Sus vehemencias serían te­
mibles mientras no podamos oponerles una
positiva certeza, sea la que quiera. Mas
¿cómo, cómo?... Sí, no queda otro camino.
— ¿Cuál?
— Una venial mentira, para evitar los da­
ños de que te vea, antes de tiempo: hasta
que yo haya hablado con Guzmán, fingire­
mos que estás mala.
— Lo que usted mande. Tanto le quiero,
que prefiero no verlo, si así puedo evitarle
que padezca esta horrorosa incertidumbre
que yo estoy padeciendo... Y puede que
nada tenga que fingir.

SARA

111

— ¿Qué? Sí, es verdad. ¿Cómo no lo he
visto antes? Tienes el rostro descompuesto...
Claro, estas terribles horas que acabamos
de pasar... ¿Y el pulso?... Ven, ven que te
acueste ahora mismo... No, allí no: en mi
cama, en mi cama... ¡Pobre alma mía!...
¡Pobrecita!... ¡Pobrecita!...
Efectivamente, nada fingía Luisa, que a
las tres horas de acostarse deliraba con tan
alta fiebre, que habría alarmado mucho al
médico, inmediatamente llamado, a no ha­
ber hallado éste lógica explicación a ella en
el nervioso desequilibrio consiguiente a vio­
lentas y encontradas emociones tortísimas,
que María Pepa lo enteró! parecían ser
causa de la indisposición. Mas que, aun
así explicada, era preciso combatir con
energía y sin perder tiempo.
Cuando el Doctor formulaba sus pres­
cripciones llegó aviso de que Ripoll y Car­
los, dentro de la ensenada ya, telegrafiaban
que seguían sin novedad; que con ellos ve­
nía el submarino de la Desterrada, y que
en tres horas estarían todos en el novimundo.
En aquellas horas no se apartó María
Pepa de la cabecera de Luisa; ni, en cuanto
le hizo los primeros remedios ordenados por
el médico, soltó una mano de ella que tenía
entre las suyas, mientras en su mente pug­
naban por ocuparla entera recuerdos de
ayer, realidades e incertidumbres de hoy,
temores del mañana; aquella niña que el
corazón de la mujer ansiaba fuera su hija,
y a la que rechazaba su corazón de madre,
¡Tensando que su dicha maternal sería la
desventura de la pobre niña; Carlos, su
gran amor, desde que perdió a su hija y a
su marido, y cuya felicidad le era carísi­
ma; Alvaro, su esposo, y la breve dicha con
él gozada; la mujer que ahora se acercaba
en el submarino, y que en lo sucesivo ha­
bría de ser la verdadera madre del que
hasta entonces no tuvo otra sino ella; su
antigua rivalidad científica, y pasional des­
pués, con Sara, y los perversos sentimientos
de ésta, que en su odio no había retrocedi­
do en llegar hasta el crimen...
¿Sería la misma de antes? Le atribuiría
a ella responsabilidad en la dura sentencia
de abandono que le fué impuesta por los tres
ancianos? ¿La acusaría de haberle robado
el cariño de su hijo? ¿Qué entraría con
ella en el orbimotor?... ¿Volvería arrepen­
tida, o con el corazón henchido de aborre­
cimiento acumulado en dieciocho años de
destierro? ¿Cómo podría influir en aquel
hijo de las dos?

112

B IB L IO T E C A

N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A

A l llegar a este punto, el recuerdo de
Carlos tiraba del de Luisa, y el tremendo
conflicto del momento volvía a sobreponerse
a todas las demás cavilaciones. ¿Sería efec­
tivamente su hija, cual era de temer? ¡Te­
merlo ella! ¡Qué absurdo! ¿Serían, al fin,
hermanos aquellas infelices criaturas?... Y
de nuevo recuerdos, incertidumbres y terro­
res se le enredaban en el pensamiento y
apretaban las tenazas que le oprimían el
corazón.
*
* *

— Ahí están, ahí están— entró gritando
Arístides— . ¡Calla!
— Es que Luisita se me ha puesto enfer.
ma... Ahora voy. En cuanto llame a mi don­
cella, para que se quede a su cuidado unos
momentos. Y como no quiero faltar de aquí
sino lo menos posible, hágame usted el fa ­
vor de ir allá y de avisarme, por teléfono,
cuando los sumergibles estén ya dentro de
las casamatas. Porque mientras achican el
agua de los garajes tengo tiempo de llegar
a recibirlos cuando entren en el orbimotor.
Pasado un rato, llegó el aviso, haciendo
estremecerse a la avisada. Que al ponerse
en pie y echar a andar, para ir a recibir
a la que tan trágicamente había salido
del autoplanetoide, y que a él volvía en los
comienzos de una nueva tragedia, se san­
tiguó diciendo: “ Madre mía del Pilar.

que ya no sea aquella temible Sara de
otros tiempos.”

Eche usted puntos suspensivos... Pues to­
davía no son tantos como habría menester,
de continuar poniéndolos hasta tener com­
pletas las noticias, y ordenarlas en presen­
table forma, de la entrada de la Desterrada
en el ofihimotor, de sus primeras entrevis­
tas con su hijo, Don Jaume y la Capitana;
de la conferencia de ésta con Guzmán, y de
otros graves lances y peripecias que ni en
sueños podía yo presumir surgieran a últi­
ma hora. Precisamente cuando, con el sal­
vamento de la madre de Carlos, creía yo
llegara el desenlace de esta historia, con el
que tan inevitablemente, cual los lectores
ven, se me enredan conflictos cuyo desen­
volvimiento, culpa de los sucesos es, no mía,
no caben ya en el presente tomo; habiendo,
por lo tanto, de quedar para otro.
Esto le pasa a mucha gente: que cuando
espera un hijo le llegan dos, gemelos. Y ese
es mi caso ahora que, recién dado a luz “ El
hijo de Sara” , no salgo aún de mi cuidado;
pues continúo en cinta, y ya muy avanzado,
de “ El Secreto de Sara” . Ultima parte, que
pergeñando quedo, de este Segundo Viaje
Planetario.
F IN D E “ E L H IJO DE S A R A ”

EN PREPARACION:

EL

SECRETO

DE

SAR A

Colecciones