Dos mundos al habla: cuarenta días de relaciones interplanetarias

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Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Antea
Lugar de publicación
Madrid
Idioma
Español
Europeana Type
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Europeana Data Provider
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Universidad Complutense de Madrid
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1922
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F E R H .» N D

JOSE PELLANDIZ

DO/ MUNDO/A L HAfeLA
Novela
M U N Ijo O

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JS pesetas

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E X C L U S IV A

RARA

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VENTA:

hll LlbRERIA RENACIMIENTO. PRECIADOS 46 .-M A D R 1D

J O i E FERRAÜTDIZ

DO/ MUNDO/ A L HAB

CAÑOS, 8

5& -

JOSÉ

FERRÁNDIZ

DO S M U N D O S
AL
H A B L A
C U A R E N T A
D Í A S
DE
RELACIONES INTERPLANETARI AS
NOVELA

Robustecer uno de los ór­
ganos de nuestros sentidos
equivale a robustecer nues­
tra inteligencia, a extender
el circulo de las ideas y a
ennoblecer a la humanidad.
A lejandro de

H umboldt

(CosmosJ.

MADRID
EDITORIAL
ANTEA
Caños, 8
1922

'S,

DOS MUNDOS AL HABLA

JOSÉ

FERRÁNDIZ

DOS MUNDOS
AL
H A B L A
C U A R E N T A
D Í A S
D E
RELACIONES
I N T E R P L A N E T A R I AS
NOVELA

Robustecer uno de los ór­
ganos de nuestros sentidos
equivale a robustecer nues­
tra inteligencia, a extender
el círculo de las ideas y a
ennoblecer a la humanidad.
A lejandro

de

H umboldt

(CosmosJ.

J

MADRID

19 2 4

Es propiedad. Reser­
vados los derechos de
reproducción, traducción
y adaptaciones a la esce­
na y al cinematógrafo.

T a l l e r e s P o l i g r á f i c o s , San Lorenzo, 5.—Teléfono 477-M.

I

EN

EL

COLORADO

(ESTADOS

UNIDOS).— EL

OBSER­

VATORIO.

la región del Norte del Estado del Colorado,
entre las Montañas Rocosas, junto a una, poco
lejana del Pik de Long, por encima del grado 40
y antes del 43 de latitud, a ninguno de los habi­
tantes, un poco heterogéneos, yanquis, ingleses,
alemanes, italianos y de otras procedencias, que de
todo había en el pueblo de Eastbrigde, bajo aque­
lla altura relativamente respetable, a ninguno, re­
pito, podía causar asombro, y menos aún disgusto,
hacia el fin del penúltimo decenio del siglo xix, la
construcción de un Observatorio astronómico sobre
la meseta de la montaña vecina al poblado, como
cosa de dos a tres millas.
Tanto m ejor; esta construcción proporcionaría
bien retribuido empleo a muchos brazos de la lo­
calidad ; atraería a otros de la comarca, o del ve­
cino Estado del Wioming, y ya terminada, sería
albergue de una colonia de sabios que algo habían
de producir, pues no iban a mantenerse del aire ;
y era seguro que animarían un poco el local, ya
con su presencia inofensiva, ya con las visitas, ton

E

6

JOSÉ

FERRÁNDIZ

das distinguidas, que suelen recibir esos estableci­
mientos.
En 1880 y... tantos, ya no era el Colorado como
treinta años antes, un país semisalvaje, en su ma­
yor parte habitado por indios Navajoas, hacia el
Utah, en el Sur ; Pies negros, por el Norte, cerca
del Wioming ; Pieles rojas, en una palabra, pues
ésta llegó a ser la denominación más vulgar ; gen­
tes feroces, con quienes los chinos supieron enten­
derse antes, y acaso mejor, que los americanos y
los europeos, no se sabe por qué. Las minas, muy
abundantes en este territorio, fueron causa de que
se poblara de blancos, y también la construcción
de la gigantesca línea ferroviaria más elevada del
mundo entonces (8.342 pies), la que parte de New
York para concluir en California, después de atra­
vesar por más arriba del centro de los Estados Uni­
dos de Este a Oeste. Pasa por el extremo Sur del
Wioming, cerca del Norte del Colorado, y se llama
Union Pacific Railroad, por otro nombre, ferro­
carril interoceánico.
Su construcción llevó a muchos Estados de la
América del Norte, el Colorado uno de ellos, le­
giones de obreros, de industriales y de ingenieros
de todo el mundo, cuya reunión produjo ciudades
como Denver, capital del Colorado ; pueblos, ran­
cherías, todo, por supuesto, fortificado y militar­
mente guarnecido así contra los indios, como a
fin de mantener el orden entre los blancos proceden­
tes de muy diversos puntos de Europa y de Amé­
rica, lo peor de cada casa.
Pronto fué necesario derivar de la vía férrea
grande otras secundarias, una de ellas la que en

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el W iom ing desde Cheyenne por el P aso E vans
de las M ontañas Rocosas entra en el Colorado y
desciende hasta su capital, Denver.
La región se hallaba ya constituida, poblada
bastante regularm ente por americanos y europeos,
sin que faltaran los chinos inevitables y otros
asiáticos.
Y bien ; aunque nada tenía de asom broso la erec­
ción de un O bservatorio, pues ya entonces los ha­
bía en la m ayor parte de los Estados de La U nión,
y muy notables ; California, por ejem plo, en el
extrem o Oeste poseía uno g ra n d io s o ; ¿ para qué
otro en las cercanías del P ik de L o n g ? V erdad que
faltaba un O bservatorio notable en el C o lo ra d o ;
pero se supo que no era el Gobierno quien funda­
ba este nuevo ; debía ser un m ultim illonario, según
el lujo de construcción que desplegaba.
U n ejército de operarios de diversos oficios ha­
bía invadido la localidad, con no poca satisfacción
del vecindario de E astbrigde (i) y de los colonos y
mineros de sus cercanías, así como de otro poblado
próxim o, dado que tanta gente allí había de pro­
veerse de lo necesario durante no poco tiem po y
anim ar con su presencia tabernas, recreos y otros
lugares. H ablando con los trabajadores era como
se entretenía la curiosidad de aquellas gentes.
P ronto supieron que el futuro establecimiento cien­
tífico se alzaba allí, porque, destinado a un fin es­
pecial, convenía que estuviese distante de las g ra n ­
des poblaciones, cuya cercanía pudiera ser causa
(i) Aunque hemos consultado excelentes mapas de esta
región, no hemos hallado este pueblo.—(N. del E.)

8

J O S É

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de que los astrónom os se distrajeran de su labor
y com unicaran dem asiado con el m undo.
L a desconocida persona millonaria que todo aque­
llo costeaba, decíase que había m anifestado el deseo
de que el O bservatorio se edificara en los Estados
U nidos, y por hom bres de esta R epública fuera di­
rigido y servido. El Colorado pareció al organi­
zador o ejecutor del pensam iento la comarca más
indicada por su situación lejana de los grandes
centros, por la abundancia de cum bres a propósito
para instalar el establecimiento, y tam bién por la
salubridad del clima, seco y frío, ciertam ente ; pero
sano como pocos de Norteam érica.
C ontra lo que generalm ente se cree, no es nece­
saria una gran elevación para los Observatorios
astronóm icos, toda vez que lo prim ero que necesi­
tan es un horizonte visible despejado de obstácu­
los que im pidan observar los ortos y ocasos de los
astros ; después, un aire todo lo puro y transpa­
rente que el astrónom o puede apetecer, y en el
Colorado es tan limpio, que acorta las distancias ;
y brillan de noche las estrellas con tan potente
fulgor, que el europeo no instruido confundiría las
m agnitudes ; para todos, a simple vista, son per­
ceptibles estrellas que en nuestros climas no vemos
los profanos y los que no lo son, sin auxilio de
una lente.
Estaba, pues, bien justificada la elección del Co­
lorado para fundar el establecim iento que iba a ser
teatro de los singularísim os hechos de este relato.
Se había escogido el m onte que nos ocupa en ra­
zón de su privilegiado puesto en la cordillera. Des­
de su meseta se abarcaba el horizonte casi com<

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

9

pleto. El terreno, granítico, es claro, como toda la
comarca, era frondoso, abundante en espacios cul­
tivables, lo mismo que sus alrededores, con mucha
vegetación, desde la gigantesca a la de plantas me­
nores y pequeños arbustos.
Se había empezado por hacer un camino todo lo
directo posible desde la villa de Eastbrigde (cer­
cana a un apeadero del ferrocarril que venía del
Paso Evans en el confín Norte del Colorado con el
Wioming y marchaba hacia Denver), hasta la es­
tribación de la montaña elegida, en cuya base, aco­
tada por ser todo el monte propiedad adquirida
para esta fundación, fueron obstruidos todos los
accesos de modo que sólo quedara uno franco : la
puerta de la posesión, fuerte y abierta en una grue­
sa muralla muy alta, detrás de la cual estaba la vi­
vienda de los primeros guardas, armados por pre­
caución, que aun no eran del todo imposibles las
fechorías de indios y de otras gentes sospechosas.
Desde esta puerta, otro camino ancho ascendía
en zigzag entre árboles, arbustos y plantas florescentes, hasta la meseta, en que se alzaba el Obser­
vatorio. Un carruaje podía subir hasta allí cómo­
damente. De este camino se derivaban otros con­
ducentes a los parques, a los claros, a los vallecilios cultivables y jardines, sitios en que no fal­
taban aislados pabellones, morada de otros guar­
das, de vigilantes, de jardineros y de horticul­
tores.
Toda la meseta superior del monte, bien allana­
da y extensa en un área de 300 metros de lado,
90.000 metros cuadrados (no se habrá podido ob­
tener más planicie perfecta), fué circundada de un

1

lo

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F E R R Á N D I Z

parapeto de cal y canto entre pilares de granito en
bloque ; esta piedra se empleó, en unión con el
hierro y con otros m ateriales modernos, en la cons­
trucción del edificio, que, además de tem plo de
U rania, era verdadero palacio con detalles de for­
taleza, capaz de sostener indefinidamente el asedio
de todos los pieles rojas im aginables y hasta el de
un ejército.
C onstaba la construcción del cuerpo principal y
de otro no tan grande en ala y ángulo recto con
relación a él y ostentaba dos torres bastante altas
y gruesas, destinadas a las observaciones. Debajo,
en toda la obra, tres pisos profusam ente ilum ina­
dos por grandes ventanas con sim etría ordenadas,
y en el centro del cuerpo m ayor, un balcón monu­
mental sobre el ingreso, que se abría en el resalto
central artísticam ente rem atado, de la fachada ex­
puesta al M ediodía. Este cuerpo rodeaba una
especie de patio de honor ; no tan grande su seme­
jante en la otra ala. E n el ángulo recto form ado por
los dos, se extendía el parket, cuidado con esmero,
gracias al agua que no escaseaba y se hacía llegar
mecánicamente.
Más severo que bello era el aspecto del palacio,
cubierto con techum bres bastante inclinadas de pi­
zarra, excepción hecha de una am plia terraza que
había debajo de las torres, ornada con lujosa ba­
laustrada de piedra. De trecho en trecho, los pa­
rarrayos alzaban hacia el espacio sus pértigas co­
ronadas por cinco puntas, y las torres, tan em be­
llecidas cbmo perm itía su destino, com pletaban el
imponente conjunto de la obra.
Que su objeto era servir a la ciencia, lo denun-

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Il

ciaban las veletas de precisión, los anem óm etros y
demás aparatos exteriores indispensables en todo
O bservatorio. El remate de la fachada principal
ostentaba la m uestra de un gran reloj, delicada
obra hecha en Londres ; sobre ella, en bellísima
arm azón de hierro, la sonería de cinco grandes cam ­
panas ; otra pendía, independiente, en elevada es­
padaña, sobre la más avanzada arista del edificio.
Éste se hallaba en comunicación telegráfica con to­
dos los menores del monte y con el pabellón de los
guardas porteros ; otro alam bre lo ponía al habla
con E astbrigde, y de aquí con la estación o apeade­
ro del ferrocarril.
H abitaba los pisos bajos la servidum bre, cerca de
las bodegas y de los almacenes inmediatos a un ta­
ller de obras bastas o rudim entarias. En el ala me­
nor, el bajo contenía algunas habitaciones para vi­
sitantes. O cupaban el prim er piso las viviendas
que se reservaba el fundador y dueño de la casa ;
las del director del O bservatorio y de su segundo ;
la Secretaría, la Biblioteca, una especie de M useo
astronóm ico-histórico, el Archivo, un botiquín bien
provisto y la gran sala de reunión, reservada a los
astrónom os y facultativos, más otras dos, no peque­
ñas, lujosam ente decoradas, una de las cuales abo­
caba a la gran escalera de honor, que partía del
portalón m onum ental.
El segundo piso albergaba a los astrónom os y
a sus fam ilias en cómodos e independientes depar­
tam entos. En el último vivían los servidores que
podríam os llam ar téc n ico s; así se hallaban cerca
de las torres, de las salas de trabajo, de los talle­
res de obra delicada, de la fotografía y calcogra-

12

JOSÉ

FERRÁNDIZ

fía, de la reducida imprentita, de la sección de di­
bujos, planos y delincaciones y, por último, de un
almacén de los objetos que los astrónomos nece­
sitaban tener a mano para sus trabajos. Aun había
otras dependencias y una oficina con apartado para
la Administración en el tercer piso del ala menor;
en su bajo, almacenes de provisiones y de objetos
varios; una sala de reunión para los servidores,
otra para los operarios técnicos y, fuera, en la
meseta, y en alguna que otra elevación, a ella ex­
terior, pabelloncitos destinados a observaciones es­
peciales que pudieran ser necesarias.
Esta es, a grandes rasgos descrita, la cons­
trucción que en tiempo relativamente no largo, pues
se habían puesto en juego los más modernos y
potentes recursos, dieron por terminada arquitectos
e ingenieros, y la pusieron a disposición de los as­
trónomos y de sus subordinados, que a ella se
trasladaron para empezar a surtirla de todo lo ne­
cesario, mientras era amueblada y decorada en
su interior lo más confortablemente posible para
una colonia de sabios, de técnicos, de hombres
laboriosos, allí voluntariamente desterrados.
Se había procurado que echaran poco de menos
la vida del mundo, entretenidos en el billar, la
música, la gimnasia y otras expansiones hones­
tas. Asimismo, se quiso hacerles cómodos el vivir
y el servicio por medio de los modernos adelan­
tos. Gracias a un salto de agua no lejano que el
ingeniero utilizó, la electricidad daba luz, calefac­
ción, movimiento a algunos artefactos e interior
comunicación telefónica, tan abundante que aho­
rraba infinitas idas y venidas con gran facilidad

D O S

M U N D O S

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'3

así para todos los trabajos. Tam bién la electri­
cidad era aplicada a los tim bres de aviso, a una
gran cantidad de m uestras de reloj acertadam ente
distribuidas por todas partes, y daba movimiento
a las torres giratorias de observación y a otros
aparatos astronómicos de rotación calculada.
Difícil hubiera sido asaltar el monte escalando,
y no sin enorm e esfuerzo, sus vallas y obstáculos*
sin que resortes eléctricos hubieran avisado el ata­
que y el lugar por donde se verificaba. P or pre­
caución, se había hecho saber este detalle en Eastbrigde y en los alred ed o res; no estaba de más, aun­
que, en general, aquellas gentes eran pacíficas y
la autoridad, que funcionaba norm alm ente, poco
tenía que hacer con ellas.
M ucho excitó su curiosidad desde que el edifi­
cio estuvo casi term inado la inm ensa cantidad de
bultos, grandes cajones, arcas, em balajes volumi­
nosos, por entre cuyo enrejado de m adera se po­
día ver, envueltos en telas, aparatos extraños y
m áquinas de uso desconocido. Todo iba llegando
por el ferro ca rril; vehículos especiales lo trans­
portaban hasta el Observatorio, donde unos suje­
tos, sin duda técnicos, dirigían su descenso y la
conducción al sitio que debían ocupar, una vez
arm ados y puestos en condiciones.
En una localidad pequeña todo esto enciende
vivam ente los deseos de husm ear y da pasto a
las conversaciones por algún tiempo. No poco fijó
la atención de los habitantes la sucesiva llegada
de personas, a todas luces, distinguidas, y de
otras de menor categoría, m as no de baja condi­
ción, que iban apareciendo con sus muebles y

H

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equipajes ; era el personal del establecim iento, en
el que había algunas m ujeres, tres o cuatro muy
agraciadas, y unos cuantos niños. Se vió que el
personal no bajaba de treinta y tantas personas,
todas extrañas a la localidad, en m ayoría los hom ­
bres, más los jóvenes que los ya entrados en años ;
toda gente sana, robusta, fuerte, ágil y buena para
el trabajo.
Aun más dió que decir el saberse que el direc­
tor, un caballero que parecía coronel retirado o
cosa así, había dado orden de buscar en la locali­
dad algunos obreros ú tile s : electricistas, carpin­
teros, un impresor, dos guardas, un mozo o dos
de caballos, un albañil, canteros y, así, alguno
m ás. ¡ V a y a !, menos m a l; tienen la consideración
de darnos a g an ar algo en un trabajo no excesivo
y seguro. Aquí no hay a stró n o m o s; pero todos
los demás individuos, ¿ por qué no habían de ser
escogidos entre nosotros? En fin, algo es algo.
El ocupar a varios vecinos de E astbrigde y al­
rededores era una medida política encam inada a
conquistar sim patías y a vivir enterados de las
cosas locales, a trueque, ¿ y qué rem edio?, de que
los habitantes a su vez se enteraran por los suyos
em pleados en el Observatorio, del género de exis­
tencia que en él se llevaba. T anto mejor, ya que
ningún secreto inconfesable se pensaba ocultar;
y aun convenía que de ello se convenciera todo
el m undo. Y a pasaría la prim era época de curio­
sidad, y luego todos acabarían por decirse: ¡A h,
s í!, esos buenos señores de la m ontaña, que se
pasan la vida contem plando las estrellas, no hacen
mal a nadie y algo nos producen. Adem ás, dos

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

*5

o tres millas de distancia no es mucho terreno;
pero en un país donde se vive del trabajo, ya esta­
blecen separación bastante para evitar molestias
y asegurar la independencia.
El interés general del vecindario subió todavía
de punto cuando, ya terminado el moblaje del
Observatorio, puesto que no venían más bultos ni
embalajes, ni aparecían gentes extrañas, los natu­
rales empleados en la casa notificaron a sus ami­
gos que se preparaba la fiesta de inauguración.
Una mañana se vió llegar del apeadero a dos da­
mas elegantes y hermosas en compañía de un
joven con aire de gran señor, un anciano, que
parecía rico hacendado o procer, y una sirvienta
de confianza. Del Observatorio había descendido
a esperarlos un carruaje que los condujo a Eastbrigde y luego a la montaña. Cuando traspasa­
ron el umbral de la entrada principal de la po­
sesión, donde los esperaba el director con algunos
otros, estalló una carcasa de cohetes ; allá arriba
sonó alegremente la campana y se oyeron prolon­
gados ¡ ¡ h u rra!!
La fiesta, sin duda, comenzaba. Ya se supo
luego que se había celebrado un banquete ; después,
mientras las señoras aquellas y los astrónomos
con las suyas, los que las tenían, esposas o pa­
rientes, comían en un salón, en otro, los opera­
rios venidos de fuera banqueteaban alegremente.
Los del país comieron juntos después y en abun­
dancia; eso sí, había clases.
Visita y recorrido del local, velada con música,
iluminaciones en el parket y en otros lugares;
todo eso hubo aquel día. Al siguiente, las dos

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señoras, la doncella y el anciano, pero no el jo ­
ven, eran despedidos a la puerta y salían en el
mismo coche para el apeadero.
Fué todo lo que se supo, ni un ápice m ás. El
carruaje se volvió de vacío, y la vida en la m on­
taña continuó ya silenciosa y regular, sin otra
novedad que el sonido de las cam panas del reloj
torrero y algunas luces que desde abajo se veían
acá y allá a diversas alturas durante las noches,
hasta el am anecer.
La gente no tardó en acostum brarse a oír de
boca de los pocos em pleados del país en el O b­
servatorio siempre esta mism a referencia :
—No ocurre nada ex trañ o ; son unas buenas
personas, am ables y trabajadoras ; se vive allí muy
bien, nos tratan cariñosam ente y... ellos a sus
observaciones, a las estrellas, nada m ás.
Sólo dos veces se había vuelto a ver a las ele­
gantes dam as, con intervalos de tres m eses;
¿quiénes serían? ¿D e dónde habrían venido? Y
¡ qué aislam iento el de los astrónom os y sus agre­
gados ! El correo, apenas aum entó ; m uchos días,
el que bajaba invariablemente a recogerlo se vol­
vía sin una carta. Al fin llegó a no bajar, si de la
estafeta no le avisaban por el hilo. Dos meses des­
pués nadie hablaba ya del Observatorio y de sus
gentes.
Pero nosotros, a quienes interesa conocerlas y
saber lo que hacen, allá vamos derechos, ascen­
demos sin que nos vean porteros y g u ardas ; atra­
vesamos el portalón principal y por la gran esca­
lera subim os a la sala donde se reúnen los as­
trónomos a cam biar impresiones.

II
¡ ¡ AHÍ ESTÁ EL HOMBRE ! !

ya bastante más de un año que el Ob­
servatorio fué inaugurado y comenzaron los
trabajos. Nos hallamos en el principio de una her­
mosa noche de fines de marzo del año de 1880 y...
más cerca del 90 que del 85. Bella noche de pri­
mavera, serena y limpia, en que brilla el cielo
con el esplendor que le presta la atmósfera diá­
fana de este país, y las flores embalsaman el am­
biente con emanaciones de extraordinaria intensi­
dad. Apenas mueve las hojas una brisa ligerísima, y un silencio profundo, sólo turbado de cuarto
en cuarto de hora por la sonería del gran reloj,
reina así en el monte como en el edificio, algunas
de cuyas ventanas dejan pasar la luz artificial in­
terior de tal cual habitación.
Entremos en la gran sala. Forman sus muros
un gran paralelogramo ; forrados los cuatro de ta­
picería ; uno de ellos, casi cubierto por lujoso es­
tante lleno de libros. Cómodos y fuertes los mue­
bles, entre los que sobresalen, además del vela­
dor del centro, una mesa de billar, algo reducida,
como las modernas ; un piano y, en los ángulos,

H

ace

2

i8

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cuatro estatuas de bronce sobre pedestales. Sillas,
taburetes, un musiquero, divanes con almohado­
nes, mecedoras, tres mesitas de ajedrez y, sobre
la chimenea de mármol rojo, una muestra de re­
loj casi monumental son los principales objetos
que ilumina la hermosa lámpara central suspen­
dida del techo. En la chimenea arden gruesos
troncos. De color granate obscuro son los pesados
cortinones que cubren la puerta principal y otras
dos menores; éstas comunican, una con la crujía
por la parte menos lejana a la escalera que ter­
mina en la menor de las torres; otra, en la misma
crujía del primer piso, lo mismo que la puerta
grande. De día penetran torrentes de luz por dos
ventanas, también adornadas con rojas cortinas
y guardamalletas de terciopelo.
Nada anuncia allí que el salón pertenece a un
establecimiento científico ; aquello es la vida ordi­
naria de sociedad, el mundo, la distracción en co­
loquios, lecturas y recreos que hagan descansar
la mente del trabajo técnico, de suyo fatigante.
Sin duda que el fundador del establecimiento co­
nocía un poco a los hombres o había sido bien
aconsejado en la elección de medios para hacerles
llevadero aquel destierro.
Cuando, invisibles, penetramos en la sala, hállanse en ella el director del Observatorio, el pri­
mer astrónomo, cuatro más de éstos, tres ayu­
dantes, dos calculadores y el mecánico en jefe;
doce personas, todas del sexo masculino. Es la
hora de un ligero descanso después de comer
y de saborear el té ; se habla de todo, se cambian
impresiones y los técnicos de turno para las ob-

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M U N D O S

AL

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servaciones de la noche se preparan, toman fuer­
zas antes del trabajo.
El profano en A stronom ía creerá que una vez
provisto cualquier O bservatorio del m últiple y com­
plicado m enaje que necesita no hay m ás que em­
pezar desde luego las labores. No es así, por des­
gracia ; precisa largo tiem po de estudios, cálculos,
tanteos y experiencias p ara poner aquello en m ar­
cha. Se estudia el local, el cielo y los aparatos,
cuya colocación, por sí dificilísima, hay que ir
rectificando con extraordinaria parsim onia, por­
que están fijos, por ejem plo, los anteojos y los
telescopios, como los cañones en sus cureñas, pe­
ro... se m ueven; los relojes de precisión tienen sus
veleidades; el mismo local sufre variaciones im­
perceptibles para el que no es astrónomo, y todo
eso hay que notarlo, calcularlo, tom ar el pulso
a los instrum entos, estudiarles el tem peram ento,
que no es igual ni en los salidos de la mism a fá­
brica, pues ninguna puede vanagloriarse de haber
hecho dos m atem áticam ente iguales, ni uno solo
capaz de responder satisfactoriam ente a lo que el
astrónom o desea.
Es necesario hacer la trem enda operación de de­
terminar la hora local, base de casi todos los cálcu­
los y operaciones, y así una infinidad de postula­
dos ineludibles de resolución penosa, lenta, escru­
pulosísim a. E n un O bservatorio todo es m atemá­
tico.
Más de un año había pasado desde que el per­
sonal tomó posesión de este edificio en que nos ha­
llamos y empezó a trabajar ; pero aun se está en
las operaciones preparatorias, que todavía durarán

J O S É

20

F E R R Á N D I Z

algún tiempo : hasta entonces, no comenzará la
especialísima labor científica trascendental, objeto
único de la casa. Entretanto anda en ella todo el
mundo de cabeza : astrónomos, ayudantes, calcu­
ladores, mecánico, relojero, aparatistas, fotógrafo,
dibujantes, operarios en fino y en basto... preocu­
pados todos, atentos e inquietos ; se trata de hacer
Observatorio y bien ; que de lo contrario, jamás
se conseguiría una operación seria, científica rigu­
rosamente y con traza. De todo ello, aun du­
rante las horas de recreo, se habla en esta casa ;
preocupa lo bastante para traspasar el umbral de
la gran sala.
--Y bien, M. Fontignan—dice el director, diri­
giéndose a uno de los astrónomos— ; parece que
sigue dando su poquito de guerra el gran círculo
meridiano de Repsold, ¡ y cuidado si es éste un au­
tor de mi confianza!
—Tanto él como el anteojo del mismo nos traen
ajetreados ; no se ha podido obtener aún sus
máximos y sus mínimos.
—Un poco de paciencia, querido ; vamos despa­
cio, lo que no me apena ; Pauca, sed matura (i),
decía el gran astrónomo Gauss ; mientras nues­
tros resultados sean seguros, poco importa lo
demás.
—Cierto ; pero es desesperante esa inexactitud de
los instrumentos—interviene otro astrónomo—. Ne­
gros nos vemos con las lecturas de los círculos gra­
duados de cada anteojo ; aun no se ha corregido a
satisfacción los errores de las graduaciones, ni se
(i)

Poco, pero seguro.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

21

ha llegado a la valuación justa de la vuelta de los
tornillos micrométricos. El gran ecuatorial varía
mucho en cambiándole de posición ; no hace bien
el asiento sobre las muñoneras así tan fácilmente,
aunque es muy bueno.
—Sí, ya sé ; y de los anteojos de pasos, el de
Salmoiraghi de Milán es el menos inseguro ; ya
lo esperaba yo de esa casa... ; en cambio, se han
movido los pilares de los colimadores (i).
—Y la mira exterior meridiana también ; ¡ cuida­
do si se trabajó sobre esa peña para fijar con fir­
meza!, pues ha variado la mira. Lo que más nos
molesta son los relojes. El péndulo sidéreo d¡e
Strasser, tan cacareado en nuestros días, tiene la
esfera confusa para la lectura y las pulsaciones
tan débiles que no se perciben claras en las obser­
vaciones de vista y oído.
—Pero es segura su marcha. Razón tenía, sin
embargo, Mr. Villougby al defender la superiori­
dad del antiguo péndulo de Dent, y por eso hice
traer uno.
—Que nos sirve muy bien ; ése, y el magnífico
sextante, invención de Mr. Sawyer, que cuando sea
divulgado va a revolucionar los Observatorios del
mundo entero ; es una maravilla con sus tres ejes
de rotación, su amplificación, diez veces mayor que
la ordinaria ; su limbo graduado y alidada inme­
jorables. Su plano casi no varía ; el tercer nivel
que tiene, además de los dos del sistema Pistor
y Martins, facilita mucho las operaciones.
(i) Anteojos pequeños, montados sobre pilares al Norte
y al Sur del anteojo grande, para bien enfilarlo.

22

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—Convenido, Mr. Listrade ; estoy satisfecho de
ese aparato, que he estudiado a conciencia. ¿ No es
verdad que supera con mucho a los ya conocidos,
incluso el Almucantar, de Chandler? No tiene ri­
val para las ascensiones rectas y declinaciones;
mide las alturas dobles con menos error posible de
la vista, es claro; permite observaciones de estre­
llas de tercera y cuarta magnitud, con una preci­
sión admirable, por ningún aparato de esa especie
conseguida. Para la determinación de latitudes as­
tronómicas en todos los vértices de una triangula­
ción, lo encuentro ideal ; y no digo nada de la
exactitud con que por medio de él se obtiene la
hora, lo que es una dicha en tratándose de ha­
llar diferencias de longitudes entre los vértices ; y
como es portátil, tan manuable y separable de
su pie, todo lo facilita, resultándonos tan preciso
como el mejor anteojo cenital aplicable al método
Talcett.
—¡ Cuánto nos hubiera ahorrado si el constructor
de New York se lo hubiera tenido corriente a
tiempo al autor y lo recibiéramos al principio, no
ahora, cinco meses hace!—exclama M. Fontignan—. Francamente, añade, bien veo que hizo
una magnífica elección lady Killarney ; estuvo ins­
pirada, ¿no es cierto, Mr. Listrade?
—Seguramente. Siempre creí que Mr. Sawyer
era un consumado óptico ; pero no me figuré tanta
su aptitud ; no sé, no sé, a dónde llegará por el
camino de las invenciones ; yo espero de él mu­
cho. ..
—Y a propósito de Mr. Sawyer—interrumpe el
director— ; esta noche tampoco ha bajado a so-

DOS

M U N D O S

AL

HABLA

23

lazarse un rato; le echo de menos hace unos días,
y enfermo no está : ¿ qué le ocurre ?
—Venid, Mr. Villougby—dijo M. Fontignan a
otro astrónomo que entonces pasaba cerca del gru­
po— ; decidnos qué le pasa a Mr. Sawyer, que no
se le ve por aquí hace días.
—Ni casi por ninguna parte ; anda muy preocu­
pado ; sé que para poco en su habitación, come
de prisa, apenas habla; se encierra en la torpe...
eso es todo.
—¿ Por qué no le habéis sondeado ?
—De buena gana, señor director ; pero, aunque
es atento y cariñoso, también es un tanto reserva­
do ; la verdad, no me he atrevido, aunque me dis­
pensa gran confianza. Ese hombre trae algo entre
manos.
—¡Y a!, su ideal, estoy en ello; eso es lo ordi­
nario, que no le pone como ahora le veo.
—¿Y si...? Mi mujer ha sabido esta tarde por
la anciana sirvienta de Sawyer que hace días se
acuesta más tarde, madruga y es agitado su sueño.
Desde su alcoba le oye ella hablar dormido : ¡ Dios
mío! ¿Es posible? Pero ¿yo..., yo lo habré conse­
guido?... ¡No veo más que soledad!... No, eso no
es posible; no valía la pena..., sigamos... ; y así
otras cosas incoherentes, que a la vieja intranqui­
lizan, porque son nuevas en su señor.
—Pues hay que tantearle con ante, Mr. Vil­
lougby ; ¡ por el cielo, que nadie sufra aquí es mi
supremo deseo ; no lo olvidéis...
En este momento, apartada con violencia la cor­
tina de la puerta conducente a la escalera de una de
las torres, aparece un hombre de regular estatura,

24

J O S É

F E R R Á N D I Z

como de cuarenta años, cuyo rostro, enérgico e
inteligente, está desencajado; vaga y presa del
asombro, la mirada ; el ademán descompuesto como
toda la figura, cual si algo muy grande o terrible le
impulsara, como el que anuncia un incendio repen­
tino, y con voz muy fuerte, aunque velada por in­
tensísima emoción, grita :
—¡¡S e ñ o r e s !!... ¡amigos míos! lo he hallado
al fin; E L H O M BR E está ahí... ¡lo he visto!,
¡ es un hecho !, ¡ ¡ sí, un hecho ! !...
Como si los impulsara poderoso resorte, levántanse y se dirigen al recién llegado los doce indi­
viduos presentes, algunos con las manos extendi­
das ; de todas las bocas sale esta exclamación :
—¡¡E l h om b re!! ¿Qué decís?—preguntan al­
gunos— . Sufre un trastorno, dicen otros, y el di­
rector : ¿ E l hombre?... pero, ¿cu ál?... ¿ E n
dónde ?
—¡ Sí, el hombre habitante en ese planeta ! No
estoy loco, le he visto ; los anteojos no mienten, y
el mío aún menos—añade, avanzando resuelto, fir­
me, imponente.
—¡ Horror !—gritan varios— ; ¿ qué va a pasar
aquí, Mr. Sawyer?—pues él era el heraldo de tan
aplanante nueva— . ¿No os habréis equivocado?
¿U n espejismo?... ¿una autosugestión?...
—¡N o y mil veces no! ; ¡espejismos en un an­
teojo ! Vosotros me parecéis ahora los perturba­
dos. He dicho el hom bre, la especie humana, vista
por mí en el planeta vecino ; vais a contemplarla
todos conmigo, ¡ venid !
Nadie se mueve.
—¿No será un monstruo?—interroga un astró-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

25

nomo, tal vez sin saber lo que se dice, porque en
su rostro y en los de los otros se pinta una agitación
indescriptible.
—No, no; es el hombre ¡y... civilizado! ; es la
especie humana en su más sublime forma conce­
bible por nosotros ; la especie nuestra, tan busca­
da intelectual mente en los mundos planetarios ; el
desiderátum de la Filosofía y de la Ciencia ; el
objeto de tantas controversias. Repito que ahí
está, digo mal, están, porque no he visto a uno
solo, son cuatro, entre ellos ¡una mujer!...
—Pero ¿cómo es posible—pregunta Mr. Drebler, el subdirector—que con vuestro anteojo no
más hayáis logrado esa visión ?
—¡A h!, es mi secreto, que pronto os descubri­
ré, pues ha llegado la hora.
Y al decir esto, vencido por la emoción, que al­
canza el summum, déjase caer en un diván y con
las dos manos echa hacia atrás el pelo de su cabe­
za. Todos continúan en pie, sin saber qué decir ni
cuál resolución tomar. El director, algo menos tur­
bado, va y cierra las tres puertas, cuyos cerrojos in­
teriores corre. Míranse entonces todos, compren­
diendo, en medio de su agitación, que es aquello
lo bastante grave para ocultarlo por el momento.
Mr. Sawyer vuelve a hablarles :
—No es ilusión, ¿ cómo había de serlo, si tan
precisos tenía hedhos mis estudios ?, y ¡ cuán lar­
gos !
—No lo comprendo—insiste, procurando se­
renarse, el subdirector— ; tener a Venus, pues
ese planeta ha de ser rigurosamente, casi a la
mano...

JOSÉ

26

FERRÁNDIZ

—Veintitrés metros la superficie más cercana (i),
Mr. Drebler; podéis creerme antes que lo compro­
béis todos. A esa distancia, que algo, muy poco,
puedo aún disminuir, creo que se distingue bien
un hombre como nosotros de otro sér cualquiera.
Yo mismo, sí, no creía al pronto a mis ojos ; al
cabo la realidad, por estupefaciente que sobreven­
ga se impone al espíritu del hombre, qiue acaba
por admitirla : esto es lo humano, señores, lo que,
esta noche acaso, vais a experimentar.
Empiezan aquí los rumores, los diálogos y colo­
quios brevísimos, entrecortados.
—El hombre ¡y... culto!... Pero ¡qué progreso
de óptica tan brutal!... ¿Y el mundo, cuando lo
sepa?... ¡Y nosotros!... ¡Quién lo imaginara!...
¡Tremenda carga la que sobre esta casa viene!...
Mr. Sawyer, ¡por Dios vivo!—exclama una voz,
la del director, dominando los tumultuosos mur­
mullos— ; en nombre de lo más sagrado, yo os
conjuro solemnemente a que nos digáis qué es
esto...
(i)

Para darse cuenta de esta visualidad téngase presente

lo que, sin duda, bien . abrían los astrónomos, y por eso no
lo discutieron, a fuer de elem ental: que a 25 metros una
vista normal reconoce bien en el acto a cualquiera persona
ya conocida ; a 30 metros se ve el blanco de los ojos ; a 80
se ven éstos, mas no su blanco ; a 100 se tarda un poco en
reconocer a un sujeto poco tratado, se distinguen las partes
del cuerpo, los movimientos y los detalles no muy finos del
traje ; a 150 se reconoce a un pariente o persona muy tra­
tada ; a 200, ya el rostro se ve confuso en su contorno ; en
el traje, las filas de botones, si ellos se destacan, parecen lí­
neas seguidas, y a los 400, la cara es sólo un redondel ; pero
aún se ve mover brazos y piernas.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

27

—¿ Q u é ? M r. Brigham , querido, ¡que he triun­
fado !— responde, irguiéndose, el que parecía mo­
m entos antes trágica aparición— ; que he conse­
guido el sueño de mi vida, la obra perseguida
por tantos años a fuerza de luchas, desalientos y
obstáculos : eso es lo que sucede aquí en este m on­
te del Colorado. Pero ¿ a qué hablar, señores, si
está expedito el camino de la dem ostración por el
hecho? ¡ E a ! , vamos a la torre. ¡V am os, que ur­
ge !...
—¿ Qué decís de esto, M r. P illsb u ry ? —p reg u n ­
ta M. F ontignan— ; ahora, ¿ n o haréis una frase?
—¡ Pero si M r. Pillsbury no está aquí !—excla­
man varios a la vez— ; acaso haya venido, y al en­
contrar las puertas cerradas... Con la im presión re­
cibida, ni aun hemos notado su ausencia.
— Pues hay que traerle de cabeza—dice seca­
mente el director— ; no puede faltar en estos mo­
mentos, él menos que nadie. Si por hallarse libre
esta noche se ha acostado tan tem prano, desper­
tadle al momento de mi parte.
— No está dormido— dice M r. Villougby, inter­
viniendo— , sino bien despierto y agradablem ente
ocupado ; yo sé dónde encontrarle y le traeré al
momento.
A lgunos sonríen, com prendiendo la alusión.
—Bueno ; conducidle, os ruego, cuanto antes,
y de paso al ayudante Mr. E vans : ningún profe­
sional en A stronom ía de nuestra casa debe faltar
en estos momentos.
Villougby sale. A los cinco m inutos vuelve con los
dos sujetos que faltaban ; vienen algo contraria­
dos, ignorando lo que ocurre ; pronto lo sabrán.

28

J O S É

F E R R Á N D I Z

En seguida, cerradas las puertas y otra que se
abre al pie de la escalera, cuando a tal sitio, que
nosotros no vemos, llegan los astrónomos, suben
todos llenos de ansiedad a la torre, donde les es­
pera el espectáculo más sorprendente que en su
vida pudieron imaginar.
Dejémoslos llegar, y aun que empiecen a ver lo
que allí pasa ; ya volveremos a encontrarlos, que
tienen inspección para un rato. Necesitamos saber
antes algunas cosas acerca de la finalidad que se
había propuesto la persona que fundó el Observa­
torio donde a estos sabios tiene reunidos, quién
son todos y quién es ella. Bien lo merece un acon­
tecimiento, el más trascendental, que pudo ser la
causa de una revolución en la Tierra de efectos in­
calculables.

Ill
EL HADA DEL MONTE HOUSTON

es l a hada bienhechora que h a m anda­

do su rg ir en estas alturas solitarias tan ri­
co santuario del sa b er? H ada, sí, que se trata de
u n a dam a, y casi no hay que decir su procedencia
y an q u i.
E s N orteam érica la patria de los caprichosos
fundadores de instituciones científicas. Así como
en parte de E uropa y en Am érica del Sur los pode­
rosos creen hacer a la H um anidad el mayor de los
beneficios costeando la erección de un anticuado
falansterio, aunque buenos centros de cultura no
sobran por lo num erosos, los yanquis, tan tildados
de sórdido m ercantilism o, es sabido que son los
que aventajan al resto del m undo en el convenci­
m iento de com prender el equilibrio necesario de
la cultura.
L ady K illarney, nee miss E sther H ouston, en
Filadelfia, E stado de Pensilvania, de riquísim a fa­
milia, inglesa por origen, casó en New Y ork con
lord K illarney, irlandés, noble de abolengo, in­
cansable viajero, sportsman acaudalado, más. tarde
consagrado a los negocios y a la política de Glads• f

N u ié n

30

JOSÉ

FERRÁNDIZ

tone en la Alta Cámara, de que fué m iem bro; su­
jeto cultísimo y, aunque práctico a la inglesa, do­
tado de buen natural, generoso corazón y eleva­
das aspiraciones. H abía seguido Esther a su es­
poso a Londres enamorada, aunque se decía que
no tanto como él de ella, y hermosa, buena, soña­
dora, ilustrada y discreta hasta donde una yanqui
puede serlo, había constituido un hogar feliz y
honrado.
Entre las muchas relaciones del gran mundo,
cultivaba el lord la amistad de las notabilidades del
Arte, de la Literatura y, preferentemente, las de
la Ciencia, cuyos adelantos, problemas y aspira­
ciones le interesaban mucho desde su mocedad,
pasada en serios estudios. Para la joven lady los
primeros años de matrimonio fueron como con­
tinua enseñanza en familiar escuela de sabios, cu­
yo trato le acrecentó sus conocimientos, Le depuró
los ya selectos gustos y la aficionó extraordina­
riamente a la parte poética de la ciencia compren­
sible por las mujeres.
Así, llegó a ser entusiasta por la A stronom ía;
una de tantas imaginaciones impresionables ante
lo que es grande y hermoso, a las que Julio Verne
y todavía más Flammarión han exaltado con sus
obras. Soñó, pues, con mundos desconocidos, po­
blados de humanidades y civilizaciones inconcebi­
bles por el vulgo; orbes ingentes flotantes en las
inmensidades del éter, en derredor de estrellas
enormes, blancas, azules, rojas y amarillas. Llegar
a conocerlos: he ahí el hermoso problema. En pre­
sencia de él se enardecían muchos cerebros; pe­
ro... ¡las cabecitas de las mujeres! H ay que co-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

31

nocerlas. Su curiosidad se redobla frente a lo mis­
terioso y lo desconocido.
Los hom bres no podem os form arnos idea de
esos fervores casi místicos que por la propaganda
incesante en libros y más libros de Flam m arión,
adornados con las galas del savoir faire francés,
contagiaron a tantas m ujeres entonces. ¿ E ra un
bien? ¿ E r a un m al? Lo cierto es que, desacre­
ditadas ya en las esferas media y alta de los pue­
blos m ás civilizados filosofías y sectas traídas a la
mesa de disección racionalista; oonseguida una
gran sum a de libertad en el pensar y en el e s c rib ir;
exam inado todo, no sin hallarle grandes lagunas
y vacíos, sin vislum bre de algo nuevo mejor, fuen­
te de ideal y de esperanzas o ilusiones, las alm as,
en su eterna aspiración a lo perfecto y feliz, jam ás
hallado, y en su natural tendencia a lo ignoto,
habían de pretender saciar esos deseos e impul­
sos fuera de la prosaica T ierra, allá en las inescru­
tadas Tierras del cielo, como las llama M. Camilo,
en donde nadie sabe lo que sucede ni lo que puede
suceder.
Los duendes, las hadas, los trasgos, los endria­
gos y los gnom os, por obra, sin duda, inconscien­
te, de la m oderna ciencia, se han trocado para
muchos en espíritus más o menos follatres; los
brujos, en m édium s, y el otro m undo, en otros
m u n d o s; la tendencia a lo maravilloso es la que per­
manece la misma, porque el hom bre tam bién el mis­
mo es, idéntica su ansia de perfecta dicha, idéntico
su descontento en este m undo defectuoso, mezcla de
mucho dolor con poca felicidad, más errores y
mentiras que verdades ; jam ás hallada la absoluta.

32

J OSÉ

F E R R Á N D I Z

Si esto no explica el estado de imaginación de
lady K illarney y de otras m uchas, no tiene expli­
cación posible. C uando ella dió los prim eros pasos
por esta vía ascendente de las ilusiones astronó­
micas, la atm ósfera estaba m uy cargada de tales
corrientes. N atural era que m ientras los sabios
discutían sólo acerca de la posibilidad, ¡y gracias!,
de planetas habitados, haciendo sobre las bases
de lo realm ente científico razonadas conjeturas,
los demás, recibida una idea, le dieran vueltas
vertiginosas en su imaginación hasta las últim as
consecuencias.
P or entonces, el espiritism o aprovechaba este
movimiento que por su conveniencia sectaria favo­
recía, m ientras, por otra parte, abundaban los
candorosos e im presionables fundadores y los con­
tertulios de Centros de discusión sobre estas ma­
terias.
U na circunstancia vino a caldear aún más los
ánim os. Cuando algunos astrónom os dijeron que
acaso los canales rectilíneos (¡ !) del planeta M arte
fueran señales geométricas que aquella hum anidad
nos hacía, m uchos creyeron próxim o el principio
de la era de comunicación interplanetaria. T anto
arraigó esta esperanza, que no faltaron quienes
instituyeran prem ios para el prim ero que descu­
briera un medio de comunicación, fuese el que
fuese, con el rojizo a stro : esto lo recordamos hoy
todos.
Entonces cabalm ente fué cuando a lady K illar­
ney se le ocurrió la idea de una fundación seme­
jante. Sobrado rica era para realizarla. Pensó,
m aduró, habló prim ero con las am igas iniciadas

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

33

com o ella y con varios contertulios de su m arido,
m enos profesionales que amadores de la ciencia ;
los prim eros suelen ser bastante secos y dados a
m ata r ilusiones. Al m ism o tiem po se procuraba
libros en abundancia, folletos y revistas de la es­
pecialidad, con lo que se encariñaba cada día m ás
con su p ro y ecto ; pero no se decidió a intentar su
ejecución, tem erosa de que el lord, un tanto posi­
tivista, lo desaprobara o lo tom ara a risa.
P e ro estaba, sin duda, escrito que el pensam ien­
to de la dam a fuera un hecho, porque al año de
resuelta la realización p ara un porvenir indeter­
m inado, falleció lord K illarney por la rotura de
un aneurism a, sin haber tenido sucesión, y en el
testam ento previam ente hecho se vió que dejaba a
su m ujer toda la parte transm isible, que era g ran ­
de, de su considerable fortuna. Casi al mismo
tiem po heredaba ella parte de la de un tío suyo
inm ensam ente rico y la añadía a la suya paterna :
¡ tres fortunas !
Lloró a su m arido, porque le am aba como se
m ere cía ; pero no iba a estar llorándole, cual A r­
tem isa al suyo, toda la e x iste n c ia : bastante fué,
como hom enaje, el propósito firme de no darle
sucesor y consagrar todos sus amores al hum a­
nitarism o y a la ciencia. M edio año después de
pasado el luto de doce meses, ya em pezaba a con­
solarse y a dar vueltas a su proyecto favorito.
¿ P a ra qué le servirían su enorm e fortuna y su
om ním oda libertad? ¿C uál empleo m ejor de am ­
bas ?
No conseguiría el fin, ¡ah !, que sus astrónomos
descubrieran la comunicación in te rp la n e ta ria ; har3

34

J O S É

F E R R Á N D I Z

to feliz se creía contribuyendo a tan noble empre­
sa. Pero ¿y si lo consiguiera? Este pensamiento la
electrizaba. ¿Por qué no había de ser ella la mu­
jer, gloriosa en los fastos de la historia del mundo,
que uniera su nombre eternamente al más gran­
dioso de los descubrimientos, como Isabel la Cató­
lica al del Nuevo Mundo? Estaba decidida.
Con pretexto de viajar para distraer su pena
de viuda y huir de importunos pretendientes, visi­
tó los Observatorios fundados en América por in­
signes capitalistas más o menos excéntricos ; luego
recorrió los más notables entre los oficiales de Eu­
ropa ; fué a París y allí vió a Flammarión como
un peregrino la efigie objeto de su piadosa ca­
minata.
El astrónomo francés la acogió cariñosamente al
conocer en principio la idea que allí la conducía.
En honor de él hay que consignar que empezó por
disuadirla con la exposición escrupulosa de las di­
ficultades, de la inseguridad y^del no despreciable
coste de la empresa, más lo difícil de reclutar un
personal idóneo, y, aun hallado, ¿cuál sería el
éxito de sus trabajos? La ciencia es adusta, la
Naturaleza resiste mucho a los deseos y esfuer­
zos del hombre, o éste carece de potencia para
dominarla.
Mas cuando Flammarión vió que así no enfria­
ba los entusiasmos de aquella mujer, y por su ac­
titud y palabras pudo vislumbrar la firmeza de su
carácter y la solidez de su fortuna, pensó que
acaso, bien dirigida, pudiera hacer a la ciencia al­
gún beneficio, si no todo el que ansiaba; y como,
vista su tozuda resolución, de cualquier modo no

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

35

retrocedería, preferible era, antes que por des­
alentarla cayera ella, buscando otro auxiliar, en
manos explotadoras engañosas, encargarse él mis­
mo de conducirla y secundarla.
Todavía insistió, no obstante, en lo arduo del
intento, ¡ingrata labor! La óptica, de la que él es­
peraba mucho, progresaba harto lentamente;
¿ quién sabía si la electricidad, con una de sus sor­
presas, pudiera adelantársele? Sería comunicar­
nos sin vernos ; a no ser que de las relaciones con
un planeta más adelantado nos viniera la visión
deseada. ¡ Oh, el imprevisto 1 ¡ Con él soñaban
tan to s! Flammarión mismo cifró en él grandes
esperanzas; pero lo positivo eran las dificultades,
quién sabe si al cabo el fracaso, la certidumbre
del imposible. Tanto podía acabar todo por ahí
como por el éxito.
Estas reflexiones no arredraron a lady Killarney. Insistió, aferrada al propósito que ya debía
llenar su vida entera; volvió a insistir, y tanto,
que el astrónomo, vencido ya, la presentó a su se­
ñora, mujer muy ilustrada, colaboradora, según
se decía, de su marido y rodeada de una corte de
admiradoras que hacían propaganda de divulga­
ción astronómica y algunas de espiritismo. Esto
es muy francés, una bella posse, no sin su tinte de
utilitarismo y de vanidad; pero convengamos en
que de efecto seguro.
Pronto quedó todo convenido. Lady Killarney
daba a Flammarión plenos poderes para escoger
el punto o situación del Observatorio, con tal que
se estableciese en los Estados Unidos y en lugar
un tanto lejano de otro Observatorio cualquiera...

36

J O S É

F E R R Á N D I Z

Además, él reclutaría el personal, o confiaría esta
misión al que juzgara más digno de e lla ; encon­
traría el arquitecto y el ingeniero, o se los indica­
ría, y presidiría la elección de aparatos y demás
material, de acuerdo con el futuro director. Si en
el personal abundaban o todo él lo componían los
yanquis, tanto m ejor; pero lo esencial era la exce­
lencia, el valer de las personas y la última perfec­
ción posible del establecimiento, dada su finalidad;
ésta sobre todo. Lady Killarney ya no saldría de
París basta que no estuviera todo en vías de ‘eje­
cución a gusto suyo. El personal lo pagaría desde
el momento en que cada individuo fuese contra­
tado.
Manos a la obra, se dijo Flammarión, ya com­
prometido; y entre sus numerosos amigos halló
uno que se encargara de buscar y reunir antes que
todo el personal de primeros astrónomos y su di­
rector. Habían de ser todos notables. La comisión
no carecía de escollos; con todo, París es muy
grande, encierra numerosas colonias de todos los
países civilizados y de muy diversas profesiones.
Lo general es que por cualquiera de sus individuos
con quien se tropiece se haga fácil con este hilo
llegar hasta el ovillo que se busca. Hoy abundan
los hombres aptos, los profesionales sin coloca­
ción.
En nuestros hermosos días de la civilización más
esplendente que han conocido los siglos antes se
encuentra un número cualquiera de sabios que de
buenos en la exacta acepción de este adjetivo ; tal
vez en esto nos suceda a los modernos lo contra­
rio que a nuestros predecesores. La ignorancia de

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

n

pasados y aun no rem otos tiempos determ inaba
que cuando un sujeto sabía leer, escribía con buena
letra y algo se le alcanzaba de números tuviera con
sólo esto casi asegurado su pan, si no quería dedi­
carse a las arm as o a dependiente lego de la Ig le­
sia. H oy vemos a cada paso, tanto jóvenes como
hom bres ya m aduros, que poseen tres o cuatro len­
guas o pueden ostentar uno o más títulos acadé­
micos ; pero no tienen qué comer ni dónde alber­
garse lo menos en seis meses del año.
La difusión de las luces intelectuales proporcio­
na a muchos tenderos o fondistas afortunados la
vanidad de verse servidos en bajos m enesteres por
doctores o licenciados, a los que tratan a p u n ta ­
piés del modo m ás correctam ente culto y m oder­
nista.
En las capitales de las naciones que van a la ca­
beza del movimiento progresivo es incalculable el
núm ero de verdaderas aptitudes y especialidades
que no hallan dónde ser utilizadas. La abundancia
del género, que tanto lo deprecia ; la cruel lucha
m oderna por la vida, las pasiones, el influjo de los
poderosos y las banderías políticas y otras causas
lanzan fuera de centro a una buena porción de in­
teligencias aventajadas, que luego no hallan el te­
rreno propicio al desarrollo de su actividad en or­
den a los conocim ientos que poseen. Acaso es P a ­
rís la población que en el m undo ofrece más ejem ­
plos de esta am arga verdad.
No le fué por eso m uy dificultoso al am igo de
confianza de Flam m arión encontrar allí el rastro de
los hom bres que necesitaba, y aun a algunos de
ellos en persona, habida siem pre cuenta de las pre-



J O S É

F E R R Á N D I Z

ferencias de lady K illarney por sus paisanos y por
los ingleses. A esta condición añadía la señora la
de sobresalir en la ciencia, una especialidad en
ella, honorabilidad, moral irreprochable, salud, no
excesivo núm ero de años, excelente educación y
buen carácter, ya que los escogidos habían de vi­
vir aislados del m undo, como los m onjes, sin m ás
trato que el m utuo de los colegas y de sus fam ilias.
Todo lo demás, historia, convicciones políticas,
ideas filosóficas, ser casado o soltero o viudo, nad a
le im portaba. Advirtió que el conserje, el adm inis­
trador, un ordenanza al servicio especial del direc­
tor y un astrónom o joven, con categoría de segun­
do entre los prim eros, ella los p ro p o rcio n aría; este
astrónom o era sobrino suyo.
El patriótico deseo de la fundadora no se pudo
lograr totalm ente. H abía sido necesario, a falta de
yanquis, adm itir a dos franceses : uno, astrónom o
y gran m atem ático; el otro, habilísim o calculador;
m ás un astrónom o escocés. Y entre los otros pro­
fesionales, dos electricistas franceses, un relojero
suizo y un fotógrafo alem án. Eran algunos de és­
tos designados por el director como de su confian­
za absoluta en las respectivas especialidades. E ste
señor, una vez elegido, auxilió en la recluta del
personal técnico al com isionado por F lam m arión.
Y aparte de este ligero detalle, el activo encar­
gado tuvo escogida en menos de un año, y previos
minuciosos informes, com prom etida, contratada y
presentable a lady K illarney la troupe que ella de­
seaba, por m ás que el objeto de sus trabajos cien­
tíficos exigiese dotes no comunes.
M ientras todo esto se hacía, un arquitecto inglés

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

39

y un ingeniero norteam ericano, encontrados por
Flam m arión, en tres meses term inaban los planos
del futuro Observatorio, modificable después a te­
nor del em plazam iento que el ingeniero iba a
elegir.
C uando lady K illarney exam inó este trabajo
gráfico se m anifestó m uy satisfecha de que tan
acertadam ente hubieran interpretado su pensa­
m iento. Poco después salían con los necesarios po­
deres el ingeniero y un ayudante suyo para el Co­
lorado, com arca elegida por Flam m arión, donde
habían de hallar y adquirir en la parte m ontañosa
el lugar de em plazam iento conveniente. A su hora
lo visitaría el director, antes de com enzar las obras,
con el fin de cerciorarse de las condiciones astro­
nóm icas especiales. E ntretanto quedaría en París
estudiando, y no era poco, todo lo necesario en tan
m agna em presa y en coadyuvar al reclutam iento
del personal, al mismo tiempo que se engolfaba en
el m arem ágnum de encargar, adquirir y disponer
para su envío en tiem po oportuno los aparatos y
el m enaje necesario, labor que le hizo escribir m u­
cho, conferenciar, viajar algo y tra tar con m ucha
g e n te ; gracias que los dem ás astrónom os y técni­
cos que iban agregándosele, ya contratados, y que
cobraban sus haberes, m ás algún socorro, le auxi­
liaban solícitos y muy gustosos.

IV
LA ((TROUPE)) DE ASTRÓNOMOS

o diréis, milady, que descuido vuestro asun­
to. Vengo a participaros el resultado de mis
gestiones primeras para reunir servidores de nues­
tro Observatorio...
— ¡O h, mil gracias, sabio maestro! No esperaba
menos de vuestra bondad; os oigo, pues.
—Traigo los nombres de los ya elegidos, los que
os presentaré cuando lo indiquéis; el primero de
todos, el director, ¡gran adquisición!, milady, un
sabio; mas antes creo conveniente haceros conocer
los informes de cada uno, condensados lo posible
de modo que vengan a ser un retrato... a voces.
— Admirable, M. Flammarión ; admirable.
—No encuentro sujeto más a propósito para la
dirección que Mr. Jorge Brigham, nacido en
Boston, hombre de cincuenta y dos años y treinta
de trabajos en pro de la Astronomía, en la que es
eminente. Miembro honorario de varias Acade­
mias, corresponsal de otras, ex profesor, ex ayu­
dante y ex astrónomo primero de tres Observato­
rios, uno de ellos oficial, en los Estados Unidos,
en Inglaterra y en Buenos Aires.
— ¡Oh, muy bien! Un hombre de prestigio.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

41

—S í ; caballero de la Legión de Honor en pre­
mio de servicios científicos y condecorado con otras
distinciones. También autor, algo periodista y muy
laborioso ; tres borlas universitarias.
— Pero ¿ cómo hombres así pueden llegar a
verse... ?
— ¿ E n la pobreza? ¡Ah, señora! ¡E s tan com­
plicada la vida moderna! Mr. Brigham tiene la
desgracia de ser muy probo, rectilíneo y algo al­
tivo, con la conciencia de su honradez, severo, in­
flexible a lo militar, aspecto que ofrece su persona.
Es reflexivo, grave, firme en las resoluciones, poco
hablador, aunque muy buen hablista; sencillo,
muy amable, exquisita educación, eso s í ; pero,
amiga mía, el espinazo un poco duro; se le rom­
pería antes que doblarse. ¿M e entendéis? De ahí
el verse postergado, perseguido, amargado, sin
contar con sus ideas, muy suyas, ¿eh ? Así de
poco sirve ser un sabio, un caballero y muy sim­
pático.
—¡Encantada! ¡Encantada! M. Flammarión,
eso es un hombre. Decidme, ¿ está casado ?
—Viudo, con un hijo adscrito a cierta Misión
científica en A sia; en religión, protestante... No
sé de cuál rama.
— ¡ P s t ! Me es igual—dijo lady Killarney enco­
giéndose de hombros— . El astrónomo, el sabio, el
caballero ; eso.
—Pues lo es cumplido, milady. Oíd esta lectu­
ra de la hoja del segundo : «Se llama James Drebler, paisano vuestro, de Filadelfia. Cuarenta y
ocho años, especialidad en Física matemática y en
Astronomía física; inteligencia sutil, erudita, la de

42

JOSÉ

FERRÁNDIZ

un polígrafo que es, porque está muy fuerte en
Historia, en Filosofía y en Artes. Buen músico por
afición, sociólogo, también autor de varias obras y
condecorado en Inglaterra. Ha viajado mucho.»
—¡Repleta cabeza la suya! ¿Y el carácter?
—«Sereno, templado; un gran corazón muy sim­
ple ; eso le ha perdido. También es viudo, con una
hija mocita, miss Lucy, a la que adora como adoró
a la madre.
»Fuerte (prosigue leyendo M. Camilo), robus­
to, apacible, incansable; tiene amenísima conver­
sación de hombre de sociedad y de fino observa­
dor; dado a la investigación, que en Astronomía
le ha proporcionado muchos laureles...»
—¿ Y se encontraba sin colocación ?
—Casi, porque dos cátedras mal retribuidas en
un colegio particular de Melón nada son para un
hombre de su talla.
—¿ La causa ?
—«Que es buen polemista, un tanto crudo y
enérgico, muy sagaz en conocer a los hombres.
Estos le han conocido a él su dureza, poco grata
a los dominadores. Ha tenido por eso algunos cho­
ques, ha arrostrado injusticias enormes. La epope­
ya de sus desdichas formaría un libro.»
—Así me gustan a mí los hombres; sí; ¿ qué
queréis? Americana, y, por lo que veo, mister
Drebler buen americano también.
—Excelente, y vamos con otro (leyendo) : «Este
es francés, M. Charles de—no se os olvide el de—
Fontignan, católico por el bautismo, independiente
en la conciencia, insigne matemático, ante todo y
sobre todo calculista y positivista, que odia a los

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

43

noveleros fantaseadores (como él) y la música de
Wagner. Como astrónomo, excelente y ya proba­
do. Pasa por perito y muy probo en administra­
ción ; es doctor en Ciencias y buen químico. Un
sabio, s í; pero se lo cree demasiado. A fuer de
marsellés, vanidosillo, rondante, ligero, caballe­
resco a lo Tartarín ; pero advertidlo, nada penden­
ciero ; al contrario, alegróte, sin suspicacia ni
egoísmo, sufrido, laborioso, capaz de estrellarse
por su deber y por la amistad, en que es constante
y agradecido.»
—¡Pobre hombre 1 Ya adivino la causa de su
desgracia.
—Es acaso el menos maltratado por la fortuna.
Estaba y sigue regularmente colocado. El deseo
de mudar de tierra y trabajar con más fruto nos le
ha traído. Yo creo que algo también su mujer, que
lo domina, porque en el fondo es un niño, necesi­
tado de dirección en muchas cosas: ha cumplido
ya cuarenta y nueve años, y no tiene hijos.
—Creo que me será simpático ese francés; me
hace gracia su fisonomía.
—Cuando le veáis aún os hará más gracia. I.e
conozco hace bastantes años y le quiero mucho.
—Por ahí debierais haber empezado, maestro.
—Voy con otro (lee) : ((Eduardo Jobson, es­
cocés, cuarenta y tres años, soltero recalcitrante...»
—¡Ah! ¿No será peligroso en una especie de
comunidad donde hay mujeres?
—No; que observa una moral escrupulosa; la
ciencia es la que le tiene así, aunque guapo, sabio,
fino y elegante, lo que puede serlo un sabio.
—¿Con quién vive?

44

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—Con su madre, una santa señora, adorada
por él.
—Eso es ya otra cosa. ¿ Irá con él al Observa­
torio?
—Irá; son inseparables. Y prosigo: «Jobson,
matemático, ex ayudante de los Observatorios de
Edimburgo y de Dublín, naturalista, físico, dos
veces doctor y diez mil veces fumador en enormes
pipas ; viajó en calidad de médico de Marina mer­
cante, profesión que dejó al morir su padre para
no separarse de la viuda y ser su sostén. Ama la
literatura, la música, los versos y la historia. Di­
buja bien, pinta algo y es un tanto místico a su
modo ; pero sin dejar la pipa. Metodista en protes­
tantismo, excelente sujeto, poco afortunado en su
carrera.»
—Me place que sea médico.
—Es una de las razones de haberle yo escogido,
tanto más cuanto que no gusta de ejercer esa pro­
fesión para vivir; pero la conoce bien. Y ahora
atended a la nota de este otro sabio.
—¿ Americano?
—Inglés. «Heriberto Listrade, casado y con dos
vástagos : una niña de diez años, Alice ; un niño
de doce, Thom ; Mary, su madre, una santa ; el
marido, un incrédulo... Deísta de la cuerda políti­
ca y no más de Mr. Blandlang, ese diputado in­
glés tan tozudo...»
—Sí, s í; el del forzoso juram ento; le admiro por
•su valiente energía.
—Listrade, también ; son amigos ; amistad que
al astrónomo le cuesta cara, pues los fervorosos
anglicanos ortodoxos lo han perseguido como a

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

4S

una fiera, le han cerrado muchas puertas y le te­
nían ya en situación desesperada cuando mi ami­
go y comisionado le escribió con proposiciones pa­
ra vuestra casa.
—¡Vamos! Se le ha salvado.
—Lo merecía, que vale mucho como astrónomo,
geólogo, químico y farmacéutico. La fotografía y
la óptica le son familiares; me han dicho que en
el manejo de instrumentos de precisión no tiene
rival; los que han sido sus jefes ya lo saben y por
eso le estiman; pero las ideas... Pasa por anar­
quista, porque sabe historia, filosofía y religión
comparada, todo lo cual expone con calor aplicado
a una sociología algo radical que asusta a los paz­
guatos que no le conocen ni ven en ese hombre al
buen esposo, buen padre, cumplido caballero, todo
corazón. Sí que es vehemente y enérgico, que exi­
ge que todo se lo demuestren y fuma demasiado,
a veces también en pipa ; mas se hace de él lo que
se quiere, porque se pasa a veces de atento y ob­
sequioso, y algo han abusado de que es grande­
mente compasivo.
—Me lo estoy figurando en un altercado con fa­
náticos.
—Pues no falta jamás a las conveniencias y oye
con calma a todo el mundo. Cuando lo veáis os in­
teresará con su rostro moreno, su barba negra,
ojos penetrantes y fijos, expresión noble, traza dis­
tinguida y voz muy agradable en cualquiera len­
gua que hable de las cuatro vivas que domina, ade­
más del latín y del griego. Tiene ahora cuarenta y
cinco años.
—¿Está ya en París?

46

J O S É

F E R R Á N D I Z

— L legará un día de estos. P ero escuchad el his­
torial de otro que es su antípoda (lee) : «Henri
V illougby, de treinta y nueve años, norteamerica­
no, gran mecánico y ap aratista de Astronom ía,
inventor, calculador, ingeniero industrial con ribe­
tes de arquitecto y aficiones de geógrafo, porque
ha viajado bastante y ha leído m ás que ha viajado.
E s la sum a b o n d a d : dulce, cariñoso, tolerante, ino­
centón, enam orado de la A stronom ía trascenden­
tal, un poco poeta y un mucho soñador.»
— ¿ Y por qué se hallaba en m ala situación ?
— P o r su timidez para abrirse cam ino. L a lucha
por la existencia le a te r r a ; pero está casado y tie­
n e un niño de ocho a ñ o s ; debe, pues, trabajar,
aunque la desgracia le persiga.
— ¿ S u s ideas?
— Ecléctico, algo socialista, ro m án tico ; en el
proceder, dignísim o, a n g e lic a l; distinguidas su
figura y m aneras. H a sufrido el pobre m uchos em ­
bates de la fortuna.
—A hora descan sará... tra b a ja n d o ; pero con la
existencia asegurada.
—Y no hay m ás, señora. Con el astrónom o jo­
ven que proponéis queda el alto personal comple­
to . El técnico secundario lo reclutará el director,
que es quien ha de utilizarlo; por eso debe inspi­
rarle perfecta confianza. Y a hemos hablado de ello.
V an a ser necesarios cuatro astrónom os ayudantes,
tres calculadores, un mecánico en jefe, un fotógra­
fo director, un electricista con su ayudante, un re­
lojero constructor versado en ciencias, escribientes,
dibujantes y los operarios, ordenanzas y dem ás in­
feriores, como los guardas y otros.

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

47

—Ya sé, ya sé. Quiero también una imprentita
como la que he visto en algunos Observatorios ; de
todo ello trataremos a su tiempo.
—Bien, milady ; siempre vuestro ; ya veis, mi
comisión casi ha terminado...
—Dejándome asombrada de tanta bondad y ex­
quisita galantería.
El astrónomo se inclinó sonriente.
—Ahora—dijo la dama—os pido la gracia de
que me oigáis por unos minutos informar acerca
del joven que pienso llevar allí, caso de que me­
rezca vuestra aprobación.
—Pero ¿cómo he de examinarle? Me falta auto­
ridad.
—Un sabio como vos examina hábilmente a
cualquier facultativo de su ciencia en sólo una con­
versación sostenida con ese propósito. No os pido
un tribunal... académico.
—De ese modo, tenéis razón, puedo sondearle
hasta ver lo que lleva dentro. Le recibiré con sumo
gusto.
—Mil gracias. Por si fuera, como creo, utilizable, dos palabras acerca de él. Ricardo Pillsbury
es mi sobrino, que no andará muy lejos de los
veintiocho años; hijo de mi hermana mayor, que
me lleva diez y nueve ; y como su padre, un buen
mozo, caballeresco, generoso, inteligentísimo, vivo
de ingenio e inventiva, decidor expansivo, alegre y
hombre de sociedad.
—Me agrada esa fisonomía.
—Esperad, que toda medalla tiene su reverso.
Como es rico, estudió el doctorado en Ciencias sólo
por ostentar ese grado y aprovechó, más que lie-

48

JOSÉ

FERRÁNDIZ

vado del amor al estudio y al saber, a impulsos del
estímulo de sobresalir, como lo hizo, entre los con­
discípulos. Pero terminada la carrera, viéndose
fuerte, guapo y mimado por la fortuna, imitó la
juventud de su progenitor, un tanto disipada... Y a
me comprendéis.
—S í; las flores de la primavera de la v id a; son
cosa natural, señora.
—Sea; pero las hay con espinas. Ricardo gastó
más de lo tolerable; hubo que refrenarle, y enton­
ces, incitado por un amigo suyo, que así en broma
solía llamarle hombre inútil y doctor sin libros,
para demostrar que podía no serlo, ingresó de
meritorio ayudante en un establecimiento astronó­
mico, del que salió disgustado por la adustez de su
jefe ; en otro Observatorio estuvo más tiempo y
aprovechó bastante; prometía. Pero muere su pa­
dre cuando muy contento se hallaba de verle en
buen camino y el muchacho..., ya talludo, volvió
a disiparse un poco. Amoríos, viajes, tentativas li­
terarias, porque las Letras le seducen y las Artes
aun m ás; una comedia estrenada y... silbada por
los am igos; dos cuadros, uno mandado retirar de
cierta Exposición por la autoridad... Locuras, aun­
que ya no dispendiosas.
—¿Cuando era más rico?
—Ahí veréis. No mucho m ás; la fortuna consi­
derable era la de mi hermana, y Ricardo, buen
hijo, ni quiso entrar en posesión de la herencia pa­
terna, que siguió y sigue administrando su madre,
ni darle nuevos disgustos por ese lado.
—Vamos, el chico es noblote.
—Eso, s í; pero travieso. Con los viajes y el tra-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

49

to de tantas y variadas gentes se hizo escéptico,
burlón cáustico, de una ironía fina y distinguida
muy honda, con la que afectaba despreciarlo todo
y mirarlo por encima, a fuer de hombre superior
hastiado, que aparentaba una frivolidad segura­
mente no sentida y una indiferencia que él creía de
buen tono.
—Conozco eso bien ; cabalmente, es fruta fran­
cesa.
—Y de todas partes, porque en Inglaterra... Es
que Ricardo tiene un miedo horrible a parecer pe­
dante, creedme, y huyendo de ese escollo, da en
otro: la frivolidad. Sin embargo, ha cambiado
algo.
— ¿ Qué hace ahora ?
—Nada. H ará unos dos años, por otra porfía,
aceptó una plaza de profesor en un liceo de mi
país destinado a los pobres. Cedía el sueldo a bene­
ficio de los alumnos más necesitados, que él mismo
indicaba a la Dirección. Pues allí demostró dotes
estimables para la enseñanza. Explicaba Matemáti­
cas y dirigía una clase de D ibujo; es su debilidad
creerse un gran dibujante y caricaturista genial.
—¿ Lo es en efecto ?
—No anda muy lejos y algún disgusto le ha cos­
tado, aunque es incapaz de la intención de ofen­
der; si no hubiera gente susceptible... Del liceo sa­
lió muy honrosamente, cuando creía haber demos­
trado que no era un rico inepto. Desde entcnces
no ha hecho más que viajar, cuando no ha estado
en casa de su madre mimándola por unos meses, y
luego, ¡a volar! Ella ha sido la que me ha supli­
cado que intente reducirlo a trabajar en mi Obser4

5o

J O S É

F E R R Á N D I Z

vatorio, lo que al fin creo haber conseguido, porque
me quiere m ucho. Mi marido, que tenía debilidad
por él, todo se lo aprobaba.
— De modo que ya está decidido...
— Así parece. T engo en una carta suya la pala­
bra fo rm a l; no falta jam ás a e lla ; eso, no.
— ¿S e encuentra en P a rís? Presentádm ele.
— E stá en Niza, de donde llegará en seguida.
U n a singularidad : no es sportsman, ni ha contraí­
do vicios. U n poco enam oradizo... Si lográram os
casarle... ¡T a n amable, tan tolerante y delicado
como e s !... Y ... vamos, que ya cerca de los vein­
tiocho...
— Muy bien. Me g u sta casi más el reverso de
esa medalla, m ilady. M r. Brigham , con quien
seguram ente sim patizará, hará de ese joven un
hom bre de provecho, lo rectificará insensiblem en­
te, creo yo.
— ¿ Lo creéis ?
—Con toda el alm a. Luego ya verem os. T raéd­
mele, os repito, y ya os diré mi diagnóstico. S u­
pongo que en el O bservatorio os representará...
— N o; eso corresponde al director; mi sobrino,
uno de tantos. Ni él querría tal cometido ni distin­
ción alguna, ni sirve p ara sostenerla. Obedecerá,
trab ajará por tesón, que no es perezoso ni díscolo,
y am enizará aquello un poco.
—Tal supongo, y no estará de m ás en una T e­
baida am ericana.
—Mi última p re g u n ta : entre los elegidos, ¿n o
hay algún espiritista o mormón ?
—No, y me hubiera contrariado m ucho que tira­
ra por esos cam inos cualquier profesor.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A



— Pero si he oído que sois espiritista...
— ¿ Y o ? En manera alguna. Soy espiritualista,
que cree en un Dios y en la otra vida. Si he anda­
do entre esas gentes, que por cierto me asediaban,
lo he hecho para estudiarlas y conocer sus doctri­
nas. He ahí todo. Cuanto a los mormones, me ins­
piran profunda aversión.
— Y o los odio. N o puedo evitarlo.
— A propósito. Mr. Brigham, el director, los
aborrece con toda su alma.
— Eso le faltaba para merecer mi estimación
completa. Había pensado sondearle sobre ese par­
ticular. El Utah, habitado por los mormones, con­
fina con el Colorado; por nada del mundo quisiera
que gentes de esas pusieran sus pies en terreno de
mi propiedad.
— Estad tranquila por ese lado. Mr. Brigham
es toda una garantía de inmunidad.
Así terminó la cordial entrevista. No mucho des­
pués el personal facultativo, con su director a la
cabeza, era recibido por lady Killarney. Quedó ella
bien impresionada de aquellos siete hombres y és­
tos encantados de amabilidad tan distinguida como
atrayente. Aun tuvo con ellos y a solas con el di­
rector algunas entrevistas antes que todos em­
pezaran a entender en los respectivos cometidos
que Mr. Brigham les fué señalando para que le
auxiliaran.
Pasó tiem po; los trabajos siguieron con activi­
dad de yanqui millonario. Brigham y sus astróno­
mos viajaron, visitaron las obras ; la fundadora hi­
zo lo mismo, de incógnito, un par de veces, y ya
iba todo adelantado cuando cierto sujeto algo ex-

52

JOSÉ

FERRÁNDIZ

traño, no muy bien trajeado, pero de porte un tan­
to distinguido, a pesar de su aspecto de filósofo o
cosa así, presentábase en casa de M. Ballemont,
el comisionado de Flammarión. Sabedor de la fun­
dación de un Observatorio en Norteamérica, su pa­
tria, y de que en París reclutaban a los profesores
y especialidades, él venía desde Chicago en solici­
tud de colocación. Su fueiteera la óptica, en la que
había realizado invenciones.
— Pues, querido, siento mucho que llegue usted
ya tarde ; el personal facultativo está completo y
parte del restante, que ha reunido el director,
no yo.
—Me han dicho que M. Flammarión inter­
viene en esta institución. ¿H aría mal yo en visi­
tarle? Si me dierais una carta de introducción...
—Perderá usted el tiempo ; sin embargo, no tengo
inconveniente en hacer la presentación en persona.
El astrónomo francés se expresó de igual mane­
ra ante el pretendiente. Era tarde ; mas como aquel
hombre insistiera, decidido a no salir de París sin
hablar con la misma fundadora, Flammarión le dió
para ella una esquela.
—Es cuanto puedo hacer—le dijo—, y lo deplo­
ro, porque una especialidad más en óptica no es­
torbaría en ese establecimiento. Si la propietaria
me consulta, así se lo diré.
La propietaria oyó de labios del óptico y a la
vez astrónomo cosas tan sorprendentes que en el
mismo día fué a ver a M. Camilo, y desde su casa
pasó a telegrafiar al arquitecto, al ingeniero y a
Mr. Brigham, que se hallaban a la sazón inspec­
cionando las obras del Observatorio.

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

53

Decíales que dispusieran las cosas para una se­
gunda torre, en el mismo edificio, destinada a tra­
bajos especiales independientes desde el principio
hasta que fuera del caso combinarlos con los de
la casa; los realizaría, con su ayudante, un es­
pecialista, amigo de lady Killarney, que, a la ma­
yor brevedad, llegaría para ponerse de acuerdo con
ellos respecto de la construcción.
Aunque no sin gran asombro, la orden fué cum­
plimentada y Mr. Pablo Sawyer, nuestro apareci­
do, pudo un día trasladar a la torre de su dominio
extraños aparatos e instrumentos singulares, cui­
dadosamente envueltos o encajonados, y desde la
inauguración de la casa consagrarse a sus misterio­
sas tareas, sobre las que ni hablaba ni le pregun­
taba nadie, juzgándolo inútil. Se le tenía como un
excéntrico, que con cualquiera idea peregrina, de
acercar astros más que nadie, habría entusiasmado
a lady Killarney ; ya se vería en qué paraba ello.
Entretanto, como Sawyer se mostraba correcto,
amable y excelente compañero (exento, es claro,
de todo servicio), pero autor del inmejorable e
ideal anteojo de pasos que les trajo como regalo
y venían usándolo muy contentos, se acostumbra­
ron a él, reservado y todo como era ; a nadie mo­
lestaba, no tenía cualidades enojosas. Allá él con
la dueña de la casa y con su idea e inventos ; pero...
¿ cuál era ? ¿ Qué hacía Sawyer encerrado en su
torre? Su ayudante manteníase también impenetra­
ble. B ien; el tiempo lo aclararía; mientras, ¡ al
trabajo!, a vivir. Así estaban las cosas cuando vi­
sitamos nosotros esta casa.

V

VENUS, CASI A LA MANO
u b a m o s ya detrás de los profesores por el mis­

S

mo camino que ellos; consta de estas etapas
o p artes: una escalera que desde la crujía del
piso principal, donde está su primera puerta, as­
ciende a través del segundo piso, sin vistas a él ;
luego pasa por el más alto, donde aboca a un co­
rredor, concluido el cual, otra escalera menos an­
cha llega hasta la base de la torre ; aquí, una salataller, atestada de artefactos, en que ahora no te­
nemos tiempo de fijarnos, ni en los que hay, ya
más ordenados, en otra sala sobre la primera, a
la que nos ha conducido desde ésta una escalerilla
de caracol que arranca de un ángulo. En esta se­
gunda estancia continúa la escalerilla hasta el
último piso de la torre, que es el Observatorio de
Mr. Sawyer.
Los que nos precedieron guiados por él, mientras
nos enterábamos de los antecedentes que prece­
den, ahí están : hablan, no muy alto, varios a la
vez. De pronto se hace el silencio de las expecta­
ciones solemnes; ¿qué pasa?, ¿qué se espera?
Podemos presenciarlo si penetramos en la estan­
cia.

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

55

Es parecida, no igual, a los interiores de las to­
rres astronómicas m odernas; giratoria por medio
de una máquina de calculada rotación que la hace
moverse al mismo compás y en igual dirección
que la aparente del girar de la celeste bóveda ; así,
un anteojo apuntado (enfilado) hacia cualquier
astro lo sigue exactamente en su curso sin que el
observador tenga que cuidarse de variarle la po­
sición. Los objetos de uso científico en este sitio
colocados poco difieren, y varios de ellos, nada, de
los que hay en los demás Observatorios (faltan
aquí algunos, por innecesarios) : el reloj, dos teo­
dolitos y colimadores, los niveles, el cronógrafo,
algún aparato de fotografía sideral... No figura
el anteojo de los amigos, destinado a que se en­
tretengan los visitantes profanos en mirar por él
y... no ver nada; pero así no les ocurre la idea
siquiera de acercarse a los que el astrónomo u sa ;
¡cuidado!, que muerden. Un barómetro, termóme­
tros diferenciales, libros, casi todo ese menaje tan­
tas veces descrito y también dibujado en libros de
divulgación...
Preside un extraño anteojo, no precisamente
pequeño, que debe ser o hacer veces del ecuato­
rial, y cuya forma se aparta algo, lo mismo que
sus detalles y accesorios, de los instrumentos de
este género ya conocidos. Como ellos, se asoma
fuera de la torre, oblicuamente dirigido al espacio,
como si amenazara al cielo, irritado porque éste
se está burlando siempre de él, o suplicante en de­
manda de una concesión constantemente denegada.
Turbados y todo, nuestros astrónomos no han
dejado de notar con alguna sorpresa que este an-

56

J O S É

F E R R Á N D I Z

teojo que ven por vez primera no mide las enor­
mes dimensiones de los célebres ya tan conocidos :
el gran ecuatorial del Observatorio del Monte Ha­
milton, cerca de California, que alcanza la longitud
de 15 metros, y su lente objetivo 0,76 de diámetro,
con un aumento de 2.400 veces (1887) ; el de Niza
(1887), 18 metros la longitud del tubo, 0,76 y 18
milímetros el diámetro de la lente : aumenta 2.000 ;
el de Pulkova (cerca de San Petersburgo) (1887),
igual que el de Niza ; el gran telescopio de Lassell,
inglés (1862), cuyo espejo reflector mide un metro
22 centímetros de diámetro, y el tubo 11 metros
y medio : aumenta 2.000 ; así, otros muchos en todo
el mundo civilizado, bien famosos entre los profe­
sionales y aun entre los aficionados. El anteojo que
nos ocupa es mucho menos largo, aunque un tan­
to grueso; indudablemente no llega a las propor­
ciones del principal o más grande que hay en este
mismo Observatorio, en la otra torre, usada por
sus astrónomos. Éstos, involuntariamente, al pa­
sear la mirada en el interior, iluminado por una
sola lucecilla eléctrica, lo primero que han pensa­
do del instrumento es :
— Pero ¿ con tan pobre anteojo puede este hom­
bre acercar a Venus a 23 metros, hallándose en su
mayor distancia o apogeo?
Y , mentalmente, el gran calculista Fontignan
hacía la operación matemática de los diámetros
que precisaban de aumento, habidos estos datos:
la distancia, entonces casi la máxima, de Venus a
la Tierra, la mínima y la intermedia y los veinti­
trés m'etros, poco más o menos, que a-seguraba
Mr. Sawyer.

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

57

—N o; imposible—murmuraron casi todos a la
vez— ; ¿ con eso ? Y no hay en esta estancia algo
que sea más potente, no.
Volvía la desconfianza, que se retrataba en las
mutuas miradas. Éstas asediaban al anteojo, cuya
multitud de exteriores detalles: manivelas, palan­
cas, graduadores, para todos cosa nueva, no com­
prendían.
—Señores—exclama solemnemente Mr. Sawyer,
interrumpiendo los murmullos persistentes— ; las
palabras quedan para después ; ésta es la hora de
los hechos: ahí está ese anteojo de mi invención,
que va a demostrarlos.
Instintivamente, se aproximaron todos al apara­
to ; Sawyer los contiene con un ademán :
—Queridos amigos—dice— : el momento es so­
lemnísimo, decisivo; creo, pues, que por respeto
a la autoridad científica, a la categoría y a los años,
a nuestro director corresponde poner el primero
su vista en ese ocular: lo que vea, nos lo dirá.
Luego, todos podréis disfrutar a la vez de ese es­
pectáculo, que se proyectará por un recurso, tam­
bién debido a mi invención, sobre ese lienzo.
Todos siguen con los ojos la dirección de la
mano de Sawyer hacia una tela blanca, estirada
por el necesario bastidor, y de unos tres y me­
dio metros de lado, en la que antes no reparó nin­
guno.
—Señor director—añade Sawyer—, os lo supli­
co: mirad.
El honorable Brigham se acerca a la lente en
medio de la general ansiedad y de un silencio per­
fecto. Podría oírse el vuelo de una mosca. El ros-



JOSÉ

F E R R Á N D I Z

tro del encanecido director, y podem os verlo de
perfil, expresa, sucesiva y rápidam ente, prim ero,
la intranquila curiosidad, mezclada con la d u d a ;
luego, la extrañeza ; por último, la estupefacción.
¡A h !, no es lo mismo pensar en una cosa o discu­
tirla que verla. L leno de asombro, M r. B righam
cae en la fijeza silenciosa, reconcentrada ; tal vez
ni aun puede hablar, respira difícilmente, concen­
trado todo su sér sobre algo muy grande que lo
absorbe. El silencio e inmovilidad de los dem ás
continúan ; todos están pendientes de lo que dirá
y hará su jefe. ¿ Qué va a suceder? ¿ D e qué serie
de hechos será esto principio?
Sawyer pasea su m irada sobre ellos, y en mo­
mentos, a través de una de las claraboyas, la di­
rige al cielo. La noche de marzo es herm osísim a ;
no hay lu n a ; las estrellas lanzan sus fulgores cen­
telleantes con una potencia adm irable. Allí está,
al Occidente, V enus, causa y objeto de cuanto
sobre esta m ontaña va sucediendo y el astro pre­
sencia indiferente. ¿S a b rá s, ¡oh, m undo el más
cercano al nuestro!, que hacia ti dirigim os nues­
tras m iradas y nuestros deseos, empezando, ¡al
fin!, a conocerte? ¿ O tam poco nos conoces y,
como a ti nosotros, hasta hoy, nos ves en el cielo,
astro brillante y nada m ás?
De pronto el director se levanta conmovido ;
vuélvese hacia los circunstantes, siem pre silen­
ciosos, en este m om ento febricitantes de ansia, y
con la voz velada por emoción profunda, indes­
criptible, exclam a :
— ¡ ¡ Es un h e c h o !! ¡ A dm irable ! ¡ Suprasublim e ! Señores, inconcebible, pero cierno: el hombre,

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

5-9

la humanidad extraterrena, igual que la nuestra,
¡ ¡ ahí está !!
Un ¡aaah ...! prolongado acoge estas entrecor­
tadas palabras. Todos se precipitarían sobre el an­
teojo: es el pensamiento que en ellos surge ; el res­
peto los contiene; el director está entre sus subor­
dinados y el aparato, los mira y, ya un poco menos
conmovido, prosigu e:
— El descubrimiento es un hecho indudable, y
esta noche se hará celebérrima, de eterna memoria
en los fastos de la H isto ria; célebre nuestra nación
amada, célebre esta casa y quien y la erigió y a
ella nos condujo, célebre entre los célebres nues­
tro buen amigo sir Pablo Sawyer, a quien, en nom­
bre de todos, tiendo ahora mis brazos (y así lo
hace), estrechando en ellos al Colón de los cie­
los, al descubridor de todo un globo y una huma­
nidad...
La escena se hace inenarrable; todos se aproxi­
man a Sawyer, intentan abrazarlo, estrujarlo; le
aprietan las manos, hablan, algunos casi lloran,
Villougby uno de ellos. ¡ Extraña índole la de los
hombres civilizados! Produce todo aquello un fenó­
meno visible allí mismo, asombroso, inefable, in­
creíble, y, sin embargo, ante la seguridad de que
se debe a un semejante que entre ellos está, olvidan
el ignoto fenómeno y rodean entusiasmados al des­
cubridor, que les es ya conocido...
— ¡Calm a, señores!— grita el director— ; ¡calma
si es posible!, que nos resta lo más grande. Que­
rido Sawyer, trasladad lo que alcanza el anteojo
a ese lienzo y veamos, contemplemos todos; ¡ qué
revelación, amigos m íos!

£>o

JOSÉ

FERRÁNDIZ

Sawyer mueve dos manivelas del anteojo, toca
en un tornillo, adosa un aparatito de metal, que ha­
bía separado sin duda al bajar precipitadamente
a la sa la ; debe contener uno o dos prismas, acaso
también lentes, y quién sabe cuántas piezas más
destinadas a reflejar y dirigir imágenes.
—¡¡M irad ahora!!—exclama con acento de
triunfo.
¡Espectáculo admirable, sin segundo!; ¡el pri­
mero que ojos de hombre terrícola contem plan!...
Sería necesario emplear la pluma de los colosos de
la descripción literaria para trasladar al papel lo
que a la vista atónita de los astrónomos ahora se
presenta. El blanco lienzo repentinamente se ha ilu­
minado por obra de rayos que parten del aparato
adosado al anteojo, cuyo campo ha iluminado Sa­
wyer por el conocido procedimiento astronómico,
tal vez perfeccionado. Es el mismo fenómeno de
las linternas mágicas más acabadas ; pero la luz
del cuadro mucho más intensa ; el conjunto, emi­
nentemente real y a la vez fantástico. La Natura­
leza ofrece su vida, movimiento y am biente; una
naturaleza, si bien semejante a la terrestre, no
idéntica ; le excede en cantidad de luz, en tonos
múltiples y gradaciones diversas del color, de la
vegetación, de la tierra y de la atmósfera, más
caliginosa que la nuestra y productora de sorpren­
dentes reflejos.
Aparece en el lienzo un dilatado espacio de te­
rreno abundante en árboles y plantas de varias for­
mas y tamaños, en las que predomina el verde
en extensa escala, desde el casi blanco y el ama­
rillo al más obscuro. Abundan las flores de tonos

D O S M U N D O S A L H A B L A

6>I

fuertes y las hojas m uy grandes en algunos ar­
bustos. El terreno es llano, sin duda un trozo de
valle o una meseta, porque no se divisan m onta­
ñas u otras elevaciones. Al fondo, casi en segundo
térm ino, descuella parte de una edificación bellísi­
ma, aunque severas sus form as y poco abundante
el a d o rn o ; sus m uros, de un tono m ahón suave,
reflejan la luz como b arnizados; los huecos no son
m uchos, al menos por esta parte. D om ina la curva
en discreta combinación con la re c ta ; la altu ra,
poca ; se ve el arranque de una techum bre azulada
que tam bién brilla y parece de una sola pieza.
P or esta parte el edificio tiene un pórtico soste­
nido por pilares cuadrados e sb e lto s; entre los dos
centrales, una puerta en arco de medio p u n to ; so­
bre el pórtico, una terraza cubierta de som braje
m orado algo o b sc u ro ; debe ser de tela, porque el
aire la hace o n d u la r; qué hay m ás arriba no se
ve, se sale del cam po de la lente acaso.
— ¡A h !, ¡la habitación de seres civilizados!—ex­
clam an casi a una todos— ; ¿ qué m ejor prueba de
que existen? Pero, ¿hom bres con nuestra form a?
La edificación artística supone el v e stid o : ¿ lo u sa­
rán ?
Como si allá, en V enus, oyeran la interrogación
y desearan satisfacerla, dos figuras hum anas ap a ­
recen sobre el um bral de la puerta, cuyas hojas
no se ven ; avanzan, sobrepasan la terraza y siguen
adelantándose por el jardín, y aum entando, como
es lógico, de tam año.
U na exclam ación ruidosa, espontánea, salida
a la vez de todos los pechos, resuena en la
torre :

62

J O S É

F E R R Á N D I Z

— ¡ ¡ ¡ El hombre !!! ¡ j Es el hombre!!, j el msmo
de la T ierra!
— El mismo exactamente, no ; éste aparece siblimado en la perfección ; ¡ bella forma la su y a !
Los dos individuos, ya muy cerca, se han de­
tenido. Del género masculino deben ser. N> se
distinguen muy detalladamente sus facciones ; mas
el conjunto, armonioso es ; el color, blanco, ma­
tiz entre ebúrneo y opalino; el pelo, negro, en cor­
ta melena de longitud igual, que no llega a los
hombros y va sujeta por un casquete redoido,
bajo y blanco. El cuello y parte del pecho, descu­
bierto, porque la vestimenta se abre por all en
cuadrado. Uno viste sencilla túnica azul con fran­
jas del mismo color, tono más obscuro; le lega
a las rodillas, y no va ceñida ; las piernas, descu­
biertas ; el calzado, amarillo, es bajo. El otro está
cubierto con una especie de toga u hopa amplia y
con artísticos pliegues que le llega cerca de los
pies ; su tinte es violado y las franjas, negras. Nin­
guno tiene barba. La estatura, muy poco m*nor
que la nuestra regular; las proporciones, pe-fectas. Hablan, pues que gesticulan pausadameite ;
avanzan algo más... ¡bellos rostros! que parecen
desde aquí jóvenes. Su andar difiere algo del mestro en el paso y en un ligero contoneo que al
pronto sorprende. Llevan cada uno una sombrilla,
blanca también y cuadrada ; no se percibe de qué
materia.
Los astrónomos los siguen ansiosos con la vista,
sin parpadear ni perder movimiento o detalle; icaso creen estar soñando. ¿Víctimas de un engaio?
No, que se hace imposible. El director, sin dida,

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

63

había visto algo sem ejante por el ocular directa­
m ente, y Saw yer no es capaz de una superchería
que pronto puede ser descubierta. H ablan entre sí,
haciéndose notar lo que observa y percibe cada
uno.
óyese de pronto gritar a M. F ontignan entusias­
m ado :
— ¡ H e ahí a la m ujer! ; por la derecha del vestí­
bulo ; ¡ella es! ¡O h !, ¡divina!
Y otro ¡ a h ! prolongado le corea. En efecto, ha
aparecido la m ujer. Como si hubiera salido por
otra puerta o viniera de distinto sitio, adelántase
hacia los hom bres con el paso m enudito ya obser­
vado, pero m ajestuosa. E s de la m ism a estatura
que ellos, proporciones adm irables, herm osa ca­
beza, largo cabello o negro o bien obscuro y ten­
dido hacia la espalda gracias a una cinta azul
o violada. Ni toca, ni sombrero, ni velo, ni m anto.
Dos túnicas, la superior, corta, no ceñida, es ro­
ja y se diría que la guarnecen flecos; la otra, casi
toca los p ie s; tiene poco vuelo; pliegues, los natu­
rales ; color verde claro, con fimbria verde obs­
curo, algo ancha, distante como un decímetro del
borde.
— ¡O h, adm irable criatu ra!, ¡encantadora!, ¡h e­
chicera!—se oye en el grupo de profesores— . Mi­
radla ; ya llega junto a los h o m b re s; parece joven ;
¿cuál será ahí la apariencia de la vejez?, ¿ a qué
edad llegará ?
— No, pues el saludo algo difiere de los nues­
tros ; nadie se inclina, ella ha extendido hacia
ambos sus m anos a la altura del p e c h o ; los hom­
bres no las tocan, llevan las suyas a la frente...

i

64

JOSÉ

FERRÁNDIZ

Han formado corro... Ahora la sombrilla, tam­
bién blanca, de la joven, porque debe serlo, nos
permite ver de otro modo su rostro... ¡angelical!,
de ópalo; ¡ qué ojos tan grandes tiene esa gente,
querido Pillsbury; como pintor, ¿ no veis que ex­
ceden a los nuestros bastante, siendo las caras
casi como las de aquí ?
—Ya hablaremos de eso, amigo Jobson ; ahora,
atendamos. Veo dos mujeres más bajo el pórtico;
pero no salen de allí... ; visten de blanco, mirad­
las.
—Sí, una se mueve hacia la izquierda; la sigue
un ave bastante grande, gris y azul, que anda
como nuestras gallinas...
— ¡U n niño o niña en la terraza!—interrumpe
Villougby— ; ahora se asoma al barandal ; ¡ es pre­
cioso!, con su tuniquita rosa, y éste no trae som­
brilla. ¿Qué tiene en la m ano?... ¡A h!, un libro,
lo ha abierto, y no debe pesar poco, porque es
grandecito. ¡El libro!, ahí se lee..., luego se escri­
b e...; ¿qué civilización será esa?, ¿inferior?, ¿su­
perior a la nuestra?
— Ese niño o niña excede en belleza al ideal pic­
tórico de nuestros ángeles, y esa mujer, a todo lo
im aginable; ¡buen principio!, ¡bella raza!, ¡por
Dios vivo!
— Raza que usa m angas muy cortas y los brazos
desnudos, ¿no lo reparáis?, ellas sabrán por qué.
—Yo me fijo lo posible en las facciones. Esas
bocas me parecen algo pequeñas en todos; las
frentes, un tanto más altas en la mujer esa que
en las de aquí; ¡pero qué ojazos!... Nadie lleva
collares ni otros adornos; pues pobreza no aparen-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

65

tan; ¿habrá leyes suntuarias en Venus? El color
parece libre, y se prefieren los vivos y puros.
—No veo el pantalón ni el peinado—dice Pillsbury— ; pero, en serio, habla el artista.
En este momento los dos hombres y la mujer de
Venus marchan hacia la derecha y desaparecen del
campo de visualidad. En el pórtico ya no están las
otras damas; el niño lee atento...
—Señores—dice el director— : nos hallamos
emocionadísimos; ¿ no les parece a ustedes que
terminemos? Lo esencial está comprendido; tiem­
po hay de proseguir mientras Venus se halle en
el horizonte. Abajo deben echar de menos a los
que no teníamos que observar esta noche. Nuestro
encierro aquí habrá sido notado y chocará. Surge
una situación nueva y gravísima, en la que debe^
mos pensar mucho, por nosotros y por los demás.
Se impone una regla de conducta muy severa, que
discutiremos.
—Todos a vuestras órdenes; mandad, que no
habrá discrepancias.
—Lo agradezco, y... mando... el desfile; pero
antes, Mr. Sawyer, ¡otro abrazo! Habéis triunfa­
do; entonad el ¡¡eurekaü griego, porque estáis,
y mucho, sobre el nivel de quien lo pronunció al
obtener otro descubrimiento.
Abraza Mr. Brigham al óptico, le obrazan to­
dos... : una breve escena conmovedora, algo tu­
multuosa, de efusión cordial.
—¡ ¡ Hurrah por Mr. Pablo Sawyer!!—exclama
el directo/, al que todos corean—. ¡ Viva lady Esther Killarney, nuestra hada protectora! ¡ Gloria
a los Estados Unidos! Esta fecha de marzo será
5

66

J O S É

F E R R Á N D I Z

eternam ente m em orable. ¡H u rra h ! Estrechém onos
las m anos todos, am igos m uy queridos... Y ahora,
jurem os solem nem ente ante el Dios H acedor S u ­
prem o de todos los m undos posibles y a cuya bon­
dad debemos esta gloria incalculable, imperecede­
ra, que orlará un día nuestros nom bres con el de
lady K illarney, jurem os, repito, por ahora hasta
que todos los aquí reunidos convengam os en que
es tiempo de com unicar este suceso, que nada de
cuanto esta noche ha ocurrido saldrá de nuestros
labios ni aun en la íntim a confianza de los seres
m ás q u e rid o s: m adres, esposas, hijos, parientes,
am igos, ¡nadie!
—Y mi tía, m ucho m enos— interrum pe Pillsbury.
—Seguram ente, a n ad ie; inventem os un pretex­
to, algo que explique nuestra ausencia en la re­
unión de hoy y las que le seguirán : ¿ lo ju ráis?
— Lo juram os.
— P ues descendam os. Nos es necesario el repo­
so... si lo conseguim os. ¿Q uién duerm e esta no­
che? H ay que intentarlo. M r. Sawyer, lo d icho:
habéis vencido, sois aquí el grande hombre ; per­
donad, pues, nuestra incredulidad: ¡era tan ló­
gica !
—Y yo—dice P illsbury—, que os tenia por un
iluso de buena fe, y recordaréis que os prometí,
am igo mío, sentar del todo la cabeza si hacíais vi­
sible la Luna a dos kilóm etros... A hora tendré que
hacerm e a n a c o re ta : es lo proporcionado o justo.
— No, querido—le responde casi al oído el óp­
tico estrechando su mano— ; basta, ya que de cum­
plim iento de propósitos hablam os, el muy bello de

DOS

M U N D O S

AL

HA BL A

67

la insinuación, casi promesa hecha a mí cierto
día respecto de... alguien que todo eso merece:
estoy en el secreto.
Media hora después todo parece dormir en el
edificio que corona la meseta del Monte Houston.

VI
Y AHORA, ¿QUÉ HACEMOS?

e

p o d r ía ju r a r q u e a q u e lla n o c h e lo s o c h o a s ­

trónomos, los cuatro ayudantes, los tres cal­
culadores y el primer mecánico, diez y seis facul­
tativos, o no durmieron, o fué su sueño muy turbado.
Aparte de lo supraextraordinario e inesperado
del descubrimiento, que ellos, mejor que nadie,
habían de apreciar, debieron inquietarles sus con­
secuencias.
El director consideraría el nuevo rumbo que
para él tomaban las cosas, las responsabilidades,
la inmensa tarea que debería dirigir. En justicia,
Sawyer habría de ser ya el director; pero... no es
lo mismo encontrar un procedimiento científico
determinado que presidir el trabajo que de él se
deriva. La verdad era que la fundación de lady
Esther no tenía otro objeto que llegar adonde 'ya
se estaba, y no por obra del director, sino por la
de un subordinado. ¿ L a dimisión? ¿ N o se inter­
pretaría como dictada por el despecho? ¡O por
miedo! ¡Diablo! Eso no... En fin, durmam os,
ya am anecerá; mas el sueño no acudía...
Esto mismo sucedió a casi todos los demás,

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

69

llenos, trastornados sus cerebros con aquella ideota. ¡U n mundo nuevo! ¡ U n a hum anidad desco­
nocida! Ya constaba su existencia, y era mucho,
mas no todo: restaba la comunicación; ¿ se llega­
ría a conseguirla? Entonces... Vale más no pen­
sarlo. El primer paso estaba dado. ¡ Y yo que mi­
raba a ese hombre como a un misántropo casi ma­
níaco!... Está visto, no se puede creer ya en im­
posibles. Y, ¿qué va a pasar aquí? ¿P odrem os
sostener el secreto por todo el tiempo necesario?
Y antes, o después, cuando sea conocido, ¡ po­
bres de nosotros!, mucha gloria, pero el mundo
se nos vendrá encima, no ese nuevo, éste, el nues­
tro... ¿Se desvanecerá Sawyer en el éxito? ¿ P e ro
cómo lo ha logrado? ¿ Q u é anteojo mágico es
ese? No lo concibo, no... ¡ V a y a !, durmam os...
si es posible.
A primera hora de la mañana, el conserje y algún
dependiente que hacía la limpieza notaron que el
subdirector y Mr. Villougby, contra su costumbre,
dirigíanse, hablando con cierto misterio, a la sala
de recreo que ya conocemos ; en ella, apenas ha­
bían entrado, penetró solo el director; casi detrás,
Listrade y Pillsbury, que también venían mano­
teando como quien trata de algo con mucho calor;
minutos después los diez y seis facultativos de la
casa habíanse reunido, y no sin aumento de su extrañeza vió el conserje que salía el director en per­
sona, lo llamaba y le daba orden de no permitir
que nadie en absoluto se introdujera en el salón.
En seguida cerró la puerta. ¿ Q u é objeto sería el
de aquella junta en hora desusada?
Casi al mismo tiempo, la francesa Julia o ma-

yo

J O S É

F E R R Á N D I Z

dame Fontignan, tropezaba en una crujía de las ha­
bitaciones con Jenny, la esposa de Villougby, y
con Mrs. Brígida, la madre de Jobson, que por
otro lado llegaba.
— Anoche ha ocurrido aquí algo extraordinario
—dijo la primera— ; no isé qué hay entre ellos, pues
estuvieron reunidos más tiempo del acostumbrado
y se retiraron más tarde ; el m ío venía preocupado,
pero no pude sacarle el motivo.
— Algo semejante noté yo en Eduardo— intervi­
no la anciana— ; no me chocó; acaso una observa­
ción difícil... Pero esta mañana ha salido más tem­
prano, después de tomar el desayuno en pie y de
prisa.
— Pues Enrique ni aun eso ha hecho: se ha
vestido y ha marchado a escape, también demasia­
do pronto. Nada ; algún fenómeno celeste que ob­
servan.
— No—repuso madame Fontignan— , porque
Carlos, cuando eso ocurre, me lo dice; él no me
calla nada; pero esta vez... no he logrado que ha­
ble; evasivas... medias palabras... Hace un mo­
mento he oído a dos ordenanzas que pasaban ha­
blando, un comentario que me hace sospechar; no,
aquí pasa algo.
— Pero, ¿ qué decían ?
— ^ue anoche, en la sala, daban grandes voces ;
que, al fin, de ella salieron casi todos los técnicos
y se dirigieron hacia las torres; en una entraron...
no he oído más ; pero bajaron algo tarde, eso lo sé.
Aparece en la crujía Edith, la señora de míster
Owen, el conserje inglés; se une al corro, la ente­
ran, y...

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

71

—Yo sé—dice—que antes de subir a las torres,
hicieron llamar a M r. Pillsbury, que estaba en
casa del subdirector, m uy descuidado; pero salió
corriendo con M r. Villougby, que parecía muy in­
tranquilo.
— ¡A h !, entonces pronto lo sabrem os todo—ex­
clam a la francesa— ; Lucy D rebler tiene conm igo
absoluta confianza ; ella me dirá.
— O no dirá, si no lo sabe.
— Intentará saberlo.
—Y, ¿lo conseguirá? Suponed que no.
— Entonces, me afirm aría en mi so sp e c h a ; ocu­
rre algo, y grave.
—Será cosa del cielo.
— No la ocultarían—insistió la francesa.
— Pues, observemos todas.
— Eso, observemos con disim ulo; no descuide­
mos a la servidum bre m asculina, ¿ e h ? , y mucho
arte cada una con nuestro hom bre ; muy torpes ha­
bíam os de ser para no sacar algo. H ablaré a m iss
Lucy, a todas, y nos convendrem os.
— ¡ Eh !, vienen hom bres ; el relojero, O dier, '¿ es­
tará en el secreto? No conviene que nos vean c a ­
b ild ear; hasta luego...
*

*

*

Congregados los diez y seis poseedores del se­
creto, Sawyer empieza a intentar una ligera ex­
plicación del procedim iento con que proyectaba
sobre el fondo blanco las im ágenes recogidas por
el anteojo.
—No os molestéis— le interrum pe M r. D rebler,
el subdirector— ; cada uno de nosotros hemos dado

72

J O S É

F E R R Á N D I Z

vueltas a todo eso. Conocido el alcance de vuestro
instrum ento, Venus sobre el horizonte, el cáloulo
indispensable de colimación, el de m ovim ientos del
planeta ese y de la T ierra, tanto de traslación como
de rotación ; el tener en cuenta que es de d ía en
Venus en la parte de su hemisferio, por nosotros
visible, cuando es aquí de noche o estam os próxi­
mos al crepúsculo, según los tie m p o s; el haber
aprovechado la m áxim a elongación de V enus res­
pecto del Sol, para observar con m ás acierto, y el
haber elegido este astro, y no M arte, m ás lejano,
son puntos de que nos dam os cabal cuenta. Así
mismo, cuanto a vuestros cálculos, a fin de dispo­
ner una combinación de prism as que llevara las
im ágenes al lienzo, no de cabeza, pues el anteojo
suponem os que las dará invertidas como todos ; ni
CDn oblicuidad, cual vistas desde un globo aerostá­
tico, sino rectas, como producto de la cám ara obs­
cura... ; m uy bien, prolijas y com plicadas tareas ;
pero todas están al alcance de un astrónom o cual­
quiera y de un buen óptico, perito en física m ate­
mática, y que lo fueseis, ninguno lo hemos dudado
aquí desde que os tratam os.
No, sir Pablo—añadió M r. Drebler— . Todo eso,
ni nos interesa por el momento, ya entrarem os en
detalles, ni pasa de ser lo accesorio del invento. La
esencia, la base de éste, vuestro anteojo, en fin,
he aquí lo que nos tiene suspensos y asom brados ;
lo que deseam os saber, si no os contraría el reve­
lárnoslo.
— En m anera alguna, s e ñ o re s; recordaréis que
os lo prom etí hace tiempo, cuando me porfiabais
que no lograría llegar de la superficie de la L una

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

73

a distancia de un kilómetro, aunque obtuviera en
mi aparato doble potencia que la del famoso ins­
trum ento de lord Rosse, tan celebrado.
—Sí, lo recordamos.
— Ni habréis olvidado que si os oculté mis tra­
bajos por una razón muy fuerte, que ya os expon­
dré, no así un día mi p ro p ó sito : acortar tan extra­
ordinariamente las distancias planetarias, que vos­
otros y el mundo entero quedarais asombrados. Mi
promesa fué é s t a : «En cuanto obtenga un éxito
verdad, os daré cuenta de él y del procedimiento».
Y a veis que la be cumplido. H asta anoche no ha­
bía logrado distinguir al hom bre; había registra­
do, sí, mares, montañas, tierras, bosques... y ca­
llaba; me sostenía la esperanza del hom bre; sin él
(y supongam os que en Venus no existiera), tam­
bién os habría adm irado; era un triunfo; con él a
la vista, ya lo habéis experimentado, mi éxito era
el más deseable. P o r eso esperé algún tiempo.
— ¡Tiene razón, sí, la tiene I—se oyó exclamar
al grupo de astrónomos.
— Bien me explicaba vuestra incredulidad y
vuestras dudas, que no me o fe n d ía n ; nada más
n a tu ra l; en momentos las he tenido y o ; sí, yo,
que contaba con una base, por vosotros descono­
cida, mi secreto óptico. Realizada la invención, es­
tamos en la hora de que la conozcáis totalmente,
os asiste pleno derecho... Aunque no radicara éste
en que todos hemos venido aquí a trabajar con fin
idéntico, lo habríais adquirido respecto de mí por
vuestra cariñosa acogida de anoche y... de siem­
pre.
— ¡Oh! ¿ Q u é habíamos de hacer? Dejarnos lie-

74

J O S É

F E R R Á N D I Z

var de nuestros im pulsos cordiales, adm iraros,
congratularnos.
— No lo olvidaré ja m á s: por lo tanto, os revelaré
el secreto, y, si queréis, al m undo entero tam ­
bién.
— ¡E so, no, S a w y e r!—exclamó F ontignan con
ím petu— ; haríais m uy mal, no os lo consentiría­
mos ; debéis explotar vuestro invento y el merecido
prestigio consiguiente.
— ¡ Sí, s í !—añadieron todos—, que la hum ani­
dad de la T ie rra..., puede que un día sepam os si
tam bién la de V enus, es ingrata, y el núm ero uno
vale mucho para que se le desprecie: sería el sui­
cidio.
— No lo niego; conocerá, pues, el m undo mi an­
teojo, y su razón científica de ser, cuando vosotros
lo determ inéis. Confieso que algo pensaba en mi
fortuna al tra b a ja r; pero m ás aún en la gloria, y
antes que en ésta, en la idea mism a ; soy algo filó­
sofo. ¡ Oh, la comunicación interplanetaria! ¡Q ué
revolución tan intensa y trascendental para este
m undo n u e stro !
— H abláis como un sabio y como un hom bre de
corazón—dijo entonces M r. B righam — . Volvere­
mos sobre este respecto del beneficio a los hom­
bres ; ahora, cuestiones m ás del momento, seño­
res, creo que reclam an nuestra atención, no sin ur­
gencia, y si me lo perm itís todos, expondré las pri­
m ordiales.
— ¡ H ablad, sí, es verdad ; la situación nuestra
se ha hecho sin gularísim a!—dijeron varios.
—Seré lo breve que pueda. Este descubrim iento
echa sobre nosotros una carga no leve, a la que ya

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

75,

en principio y moralmente veníamos obligados.
¿ Para qué nos trajeron aquí ? Ahora, cuando no
lo esperábamos, ni lo creíamos factible en siglos, o
nunca, algunos, probablemente, Mr. Sawyer nos
coloca de lleno en el camino por él abierto; de un
salto hemos adelantado una centuria.
—O más, ¡quién sabe!...
—Como queráis; por eso opino que si mucho
nos ha de ocupar el conocimiento de la invención,
dado que de ella hemos de servirnos, tiempo nos
queda para ello; está asegurada, y Venus no se
escapará de su órbita.
— ¡ Oh !, seguramente—dicen algunos sonrien­
do— , no hará tal ; se irá, mas para volver a su
tiempo.
—La tarea que vamos a emprender, complicada
y larga es; ¿quién sabe cuánto? Nadie, y... Ars
longa, vita brevis; no somos ya niños, ni quisié­
ramos morir sin haber gozado algo al menos del
fruto de nuestra obra, no sólo nosotros, nuestra
protectora, que bien lo merece...
—Un momento, señor director. Necesario es que
ahora, y en adelante ya, se hable aquí de mi tía
y... con absoluta sinceridad. Creo del caso adver­
tiros, como a todos, que, conociéndola yo algo y
queriéndola mucho, en leal correspondencia a su
afecto, he sido, sin embargo, uno de los que la juz­
garon, no sin algún fundamento, ferviente, ilusio­
nada o casi maniática, en su entusiasmo de alma
bonísima. Vine aquí por complacerla y también
a comenzar de veras mi camino de hombre serio,
dedicado a la ciencia, pero sin fe en la realización
del pensamiento de lady Esther. Soy su deudo, el

76

J O S É

F E R R Á N D I Z

agradecido adm irador de sus altas prendas, no su
cortesano, ni ella los quiere...
—Com prendido, M r. P illsb u rg ; ¿ p o r qué re­
cordarlo ?
— Porque mi conciencia me dicta que hasta por
el bien de lady E sther debem os tra tar aquí de
ella... científicamente, ¿entendéis? Y como por
obra de las conveniencias y de los usos de socie­
dad, yo, sobrino de ella, podría ser un obstáculo...
no querríais ofender mi susceptibilidad, de parien­
te y de agradecido. O s ruego a todos que prescin­
dáis de estas y de todas las consideraciones que
puedan volverse trabas. No soy m ás que un astró­
nomo, el m enos a v e n ta ja d o ; expresaos cual si tal
parentesco no existiera ; que cuanto a los respetos
debidos a la señora, bien seguro estoy de ellos co­
nociéndoos y no ignorando que todos la estim áis.
I Líbrem e el cielo de ofenderos y de ofenderme yo
mismo con la más leve advertencia sobre este p u n ­
to entre caballeros tan h o n o rab les; sólo esto quería
decir.
—Y os lo agradezco, sir R icardo— repuso el di­
rector—, porque algo esta consideración me pre­
ocupaba, consciente de que se im pondría por ece
lado una absoluta franqueza entre nosotros: la
científica pura. V uestro talento y vuestra delicade­
za caballerosa me despejan el terreno. Señores
—añadió—, nuestra posición es delicadísim a, por­
que la obra próxim a a realizarse exige por algún
tiempo un gran secreto, del que la misma fundado­
ra creo que no puede ser exceptuada.
—Exacto— dijo P illsbury— ; temo que si ahora su­
piese lo qu$ ha ocurrido aquí, su razón peligraría.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

77

— Pensábam os lo mismo—prorrum pieron todos*
— Absoluto secreto, como lo juram os anoche
—prosiguió el director— ; esto se dice pronto ; lo di­
fícil está en lo g ra rlo ; prim er punto. S egundo, las
com plicaciones que pueden s u rg ir; tercero, que
hay que poner m anos a la obra en seguida, utili­
zando los días que V enus se hallará al alcance del
instrum ento que poseem os. C uando Saw yer nos
haya enseñado a m anejarlo sabrem os hasta dónde
se puede llegar con él desde la inspección de la su­
perficie de Venus hasta... señores, casi no me atre­
vo a expresarlo, hasta hallar un medio, por im per­
fecto que sea, de que allí se enteren de que los mi­
ram os, de com probar que así es y que nos ven o
n o ; luego... el suprem o ideal: ¡la com unicación!
en principio, aunque laboriosa y rudim entaria.
Creo haber condensado en pocas palabras la rea­
lidad de nuestra situación y la de nuestros deberes.
— ¡O h, m uy bien! ¡M ucho! Interpretáis adm i­
rablem ente lo que todos sentíam os.
—Sois muy galantes ; si, en efecto, opinam os to­
dos lo mismo, toca a M r. Saw yer decirnos ahora a
grandes rasgos el alcance que cree que tiene su in­
vención y, dado él, lo que juzga que debe hacerse
para conseguir su fruto.
—P rocuraré tam bién no fatigaros, queridos am i­
gos. Anoche, cuanto a resultados y fuerzas de mi
anteojo supisteis poco menos que yo m ism o. ¿ N o
os dice vuestro saber y talento lo que de ahí se
puede esperar? Expondré lo que yo creía hacede­
ro. Con mi anteojo sabía estar en posibilidad de ir
inspeccionando diversos lugares de la superficie de
V enus para em pezar en un hem isferio si, como



J O S É

F E R R A NDI Z

creen algunos, los dos movimientos del planeta se
realizan en tiempos iguales o en los dos si, como
yo opino, no es así.
—Y como todos nosotros. Está probado que la
rotación de Venus se verifica en veintitrés horas
nuestras y veintiún minutos.
—Al principio me preocupó la densidad atmos­
férica del planeta, doble que la nuestra y aun más
espesa ; la experiencia me ha demostrado que eso no
es un obstáculo. Hay nubes allí como aquí, lo que
no impide la visión, o a través de ellas, dónde y
cuándo están, o de la atmósfera limpia, cuando así
se halla ; anoche pudisteis notarlo; se veía con ni­
tidez.
—Y a lo observé, no sin recordar la cacareada
densidad— intervino Jobson.
— Recorriendo como pudiera, con distintas pun­
terías, la superficie, en ella encontrar por partes su
contenido parecíame lógico, hasta hallar entre la
flora la fauna y en ésta el animal más inteligente
de la escala. Un sendero, un esquife, ya le denun­
ciaban ; sus mismas obras, la Arquitectura princi­
palmente, me indicarían su nivel mental. ¿No lo
hallaba? Pues contentarme por el momento con mi
invención óptica, daros cuenta de ella con toda mi­
nuciosidad y luego oportunamente lanzarla a la pu­
blicidad. ¿Que encontraba al hombre? Al punto,
como lo he practicado, participaros el hallazgo
para en adelante proceder todos de acuerdo; a eso
vinimos.
— Ahí está el punto fuerte—interrumpió Drebler.
—Convenido. Yo bien comprendía, sin hacerme
ilusiones, que ver no es todo, aunque sí m ucho;

DOS

M U N D O S

AL

HABLA

79

lo bastante para cubrirnos aquí todos de gloria y
hacer una fortuna envidiable. Faltaba saber si éra­
mos igualmente vistos, para procurarlo en caso
contrario, y si podíamos entendernos. De mí sé de­
cir que, sin creerlo imposible, lo tenía y lo tengo
por difícil sólo por los medios ópticos, y otros no
sé em plear; lo reconozco.
— Pues yo abrigo el convencimiento, más que
presentimiento, de que existen y parecerán— insi­
nuó Villougby.
—¡ Ojalá ! Entretanto me atengo a lo seguro. He
aquí, pues, ligeramente esbozado el plan o derro­
tero que percibo a nuestro alcance.
— Cuando nos digáis el máximum de potencia
de ese anteojo...
— Muy poca más, forzándole algo, de la que ano­
che experimentamos. Para Venus en su perigeo,
sobrado alcance. Hubiera yo querido llegar hasta
Júpiter, a cinco mil metros; no he pasado de Ve­
nus y de Marte, si le necesitáramos en su perigeo.
Para esa amable vecina ya nos servirá mi invento;
por lo menos, la estudiaremos de vissu cuanto que­
ramos ; de ese estudio mal han de ir las cosas si no
llegamos pronto a obtener preciosas conquistas;
ellas irán saliendo.
— Decís bien. ¡ Y yo—exclamó Listrade— que
dudaba cuando una tarde, al pie de nuestro anteojo
grande, medio en chanza, me dijisteis : «A éste,
con cierto aditamento que yo sé, en pocos días le
hago dejar muy atrás al de Rosse y al del Obser­
vatorio de Yerkes, en el Viscousin, con sus enor­
mes lentes de un metro y el espesor de diez pul­
gadas en un tubo de veinticinco metros de largo!

8o

j o s é f e r r An d i z

Me acordé de Cristo y del templo destruido y rehe^cho en tres días.
— Es prueba que muy pronto haré, ya menos
atareado; mañana, si os place, podría darle princi­
pio a la operación.
—N o; si cuando llegó aquí vuestro anteojo de
pasos, que tanta labor nos ahorra, ya no dudé que
iríais muy lejos; ahora, que con un anteojo tan
pequeño abordarais a Venus... ¡D iablo! ¡ ¡ Y a esa
distancia!!
—Señores—exclamó el director—, no he tenido ja­
más gran fe en esos colosos de la artillería astro­
nómica. Trabajando con algunos, me he conven­
cido de que hay que rebajar mucho de sus condi­
ciones; en cambio, los dos ecuatoriales de Niza
con lentes objetivas de setenta y seis centímetros el
uno, de treinta y ocho el otro, y, sin embargo,
equivalentes en potencia, me han dado resultados
más positivos. Pero ¿qué digo? Ustedes no igno­
rarán que con un anteojo tan pequeño como el de
Milán, objetivo de veintidós centímetros, se han
hecho descubrimientos en el cielo que no debemos
a esos titanes; que la calidad no depende en los
anteojos sólo de su tamaño ninguno aquí lo igno­
ramos.
—Conformes, señor director; la curvatura de la
lente o del espejo en los telescopios, la composi­
ción del cristal, su pulimento, la combinación o
distancias de focos... ¡Tantos detalles! He ahí a
veces la razón de la mayor potencia, cuando no
es... porque sí, un arcano.
—Por eso, cuando lady Killarney me animaba a
no escatimar gasto para traer aquí un gigante de

DOS

M U N D O S

AL

HABLA

8l

esos, el m ás asom broso que pudiera ser fabricado,
sonreí, encogiéndom e de hom bros, y expliqué a la
señora mis convicciones. Y a llegaríam os a eso
cuando fuera ocasión, y tendríam os que esp erar
dos años a que term inaran la enorm e lente, si la
term inaban. A hora veo confirmados mis juicios.
Bien—agregó— ; en principio tenem os trazada
nuestra r u ta ; por el momento, basta. H oy mismo
M r. Sawyer com enzará a adiestrarnos en el uso
de su a n te o jo ; es lo prim ero. Q ue todo el que con­
ciba una idea la com unique al concilio este de am i­
gos y se anotará. C uanto al secreto, he pensado
que no debem os ya reunirnos aquí m ás que a las
horas que acostum brábam os; como ahora casi to­
dos los trabajos versarán sobre el instrum ento óp­
tico, en la torre que lo alberga nos ju n ta rem o s; a
veces, en la o t r a ; esto no puede chocar a nadie, y
adem ás extenderem os la especie de... cualquiera
cosa, una estrella nueva invisible sin anteojo, un
parvenú satélite de... Alcaid o de D ubhe ( i) que
nos trae atareados, porque a lo m ejor... claro, des­
aparece, ¿ e h ? Esta tarde, en la torre de m íster
Saw yer, a las tres. A hora, si ustedes no tienen
algo que exponer, demos por term inada esta con­
ferencia.
(i)

Estrellas de segunda magnitud de la Osa mayor.

6

VII
EL ÓPTICO Y SU ÓPTICA

s e g u n d a s e s ió n de a q u e l m i s m o d ía en la to ­
rre, donde ya estuvim os la víspera, no fué me­
nos movida que la prim era. Saw yer comenzó el co­
loquio.
— Llegada, señores, la hora de las revelaciones
com pletas, antes de proceder al exam en científico
de ese instrum ento mudo, que puede, no obstante,
decirle al m undo m uchas y grandes cosas, perm i­
tidm e que me dé yo m ism o a conocer. N ada casi
sabéis de mi vida anterior. Me aceptasteis sólo por
mi conducta, que procuré, eso sí, fuese irreprocha­
ble, y nada m ás me preguntasteis ni os dije ; me
reservaba p ara este momento, caso que llegara, o
para contestaros con la verdad si acerca de mi pa­
sado me in te rro g a ra is ; tam bién porque todo el
tiem po y toda la atención me los absorbía el trab a­
jo, con m ucha prisa por mi parte de term inarlo de
uno u otro m odo. Entonces habría lugar para todo.
A hora de mí os hablo lo preciso no m ás a fin de
que m ejor com prendáis en su proceso esta mi
obra.
U n m urm ullo de aprobación siguió a este prólo­
go, sin d uda p e rtin e n te ; el óptico p ro sig u ió :
a

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

83

— Procedo de una fam ilia pobre y laboriosa, que
me educó en el trab ajo y en la severidad de princi­
pios y de conducta. Corrió mi juventud en el estu­
dio serio de Letras y de Ciencias, conocimientos que
pronto necesité p ara ayudar a mis padres, sin de­
ja r por eso de aprender. La óptica me sedujo desde
que la saludé ; a ella hube de consagrar parte de mi
aplicación en un O bservatorio, porque en sus mis­
terios encontraba hasta las delicias del recreo, que
otros buscan en los placeres juveniles. C uando ya
esta ram a de la Física tenía pocos secretos para mí
tropecé con un profesional de ella, bastante excén­
trico al parecer, bajo cuya dirección quise perfec­
cionarm e ; él me tomó afecto, pues era solo, y se
propuso transm itirm e todo su saber. Juntos trab a­
jábam os prim ero en labores corrientes para el ga­
binete físico y el O bservatorio elem ental de algunos
liceos o de particulares, mas para dos o tres comer­
cios de óptica, lo que le proporcionaba desahogado
sustento. Luego, cuando intim am os, me inició en
otras labores, cuyo fin yo no adivinaba, secretas,
com plicadas, extrañas, de inventor... U n día me
d ijo : «Cree, hijo mío, que por aquí—y señalaba a
varios aparatos—vendrá la gran transform ación del
m undo. No te asom bres. Quien ha dado al traste
con las supersticiones rutinarias, que si las dejaran
m antendrían al hom bre en la ignorancia de sí y del
universo, no ha sido más que ¡ la A stronom ía ! ;
pero tal obra no le hubiera sido hacedera si la óptica
no le hubiese quitado los infantiles andadores.»
— j Ah ! ¡ Bien por el m a e stro ! Él sabía dónde les
aprieta el zapato a las hum anas preocupaciones.
Proseguid.

«4

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—No dijo más por entonces ni me atreví a ex­
plorarle. Tiempo adelante él mismo depositaba en
mí toda su confianza y me engolfaba en su secreto.
Había dado con un procedimiento para aumentar
la potencia de las lentes combinadas. Él fué el ver­
dadero inventor de esos gemelos cuyo campo es
tan amplio y que, ya generalizados, aun cuestan
caros; pero necesidades pecuniarias le obligaron a
vender parte del secreto conquistado. ¿Y qué? Él
esperaba más y lo consiguió, siempre sobre aque­
lla base.
—Es curiosísimo todo ello.
—E interesante.
—Bien. ¡N o le interrumpáis!
—Conocida por mí la conquista, en ella trabajé
con mi maestro. Adelantamos. Suyo fué el primer
ultramicroscopio del mundo, perfeccionado meses
antes de que otro óptico patentara el que todos sin
duda conocéis, y obedecía al consabido principio.
¡Fatal coincidencia no esperada!
—¡A h! Esto nadie lo sabe...
—Mi maestro no lo publicó; ¿para qué? Pero
seguimos trabajando en la aplicación de la idea a
los grandes anteojos astronómicos; esperaba de
ellos el sabio... esto, lo que al fin se ha realizado
aquí. Yo me entusiasmé con esta aspiración, la
hice mía.
—Está comprendido el génesis de vuestra perso­
nalidad científica.
—Eso deseaba, señor director. Años pasaron sin
llegar al resultado apetecido, cada vez, sí, más pró­
ximo. Ya entonces muy viejo, mi maestro enfer­
mó. Viéndose morir, me declaró continuador de la

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

*5

gran obra, heredero además de su saber, de sus
talleres y de un capitalito regular. Todo eso fu i;
mas no logré trabajar a mis anchas hasta que mi
hermana y yo quedamos huérfanos. Ella casó con
el hombre que amaba, rico y excelente sujeto; yo
entonces me encontré libre. Con el sueldo del Ob­
servatorio de Chicago, la rentita de mi maestro,
lecciones de Matemáticas y algunos trabajos fáci­
les me sobraba para vivir modestamente y sufragar
mis estudios, que proseguía incansable con la fuer­
za de mi idea fija : las humanidades extraterrenas,
la comunicación al menos con una de ellas, la
transformación consiguiente. Sólo por acaparar
una fortuna y gloria tal vez no me esforzara tanto,
que de sobrados medios disponía para disfrutar de
lo necesario y de algo más sin arrostrar las tortu­
ras y alternativas angustiantes del inventor.
— Comprendido; pero ¡todo eso es casi épico!
—Y o lo encuentro sencillo. Lo demás, lo sabéis.
Iba mi obra muy adelantada cuando tuve noticia
de esta fundación y de su fin.
— ¡A h ! ¿Supisteis también...?
—Todo se sabe un día u otro en este mundo, míster Drebler querido; así lo ha dicho Jesucristo. Un
secreto instinto me llevó a París. S í ; algo me decía
que en tal institución estaba el terreno más favora­
ble a mis propósitos y la facilidad de darles en se­
guida aplicación, sin tener que recorrer el mundo
solicitando la atención de sabios y de Academias,
largo calvario que me aterraba.
—Es, por desgracia, una verdad que he sufri­
do—dijo Drebler, casi a la vez que Listrade— .
Pensasteis bien.

86

J O S É

F E R R Á N D I Z

— Llegué a P a r í s ; era ta rd e ; logré ver e intere­
sar a lady K illa rn e y ; me acogió, y aquí m e tuvis­
teis. Con toda brevedad trasladé mi taller y ense­
res ; me traje a ese pobre Bartlett, mi fiel ayudante
desde ya hacía años, al que saqué de una vida ab­
yecta y m iserable ; eso me lo agradece mucho, de­
m asiado. Y aquí proseguim os silenciosos y con fe
nuestra ya muy adelantada labor. El infeliz anda
mal de c ie n c ia ; en cambio, como práctico pocos le
aventajarán. A divina mis pensam ientos, es leal a
toda prueba, excelente metalista, m anos prim orosas
y lengua m uy corta. En el pulim ento, fundición,
recocido y soldadura de cristales, no tiene rival.
M oralm ente, un monje, al que mi invento entusias­
ma ; casi un dios me cree ; y no dudéis que sin él...
— ¡A dm irable! ¡A dm irable! ¡Y épico! Sí, ¡qué'
diablo! ; muy superior a las m ajaderías de E neas.
Y decidnos—añadió L istrade— ; ¿ os quedaba mu­
cho que vencer al venir aquí ?
— P o co ; un aparato rudim entario o de ensayo,
que ya traía calculado y disponible, a pesar de su
to sq u e d a d ; me ponía al principio la Luna bajo la
m ano, dem asiado cerca... D espués me trajo a V e­
nus un poco borrosa. Así llegó a esta casa.
— ¡ S a p ris ti!—exclam aron varios a una— . Con
sólo eso ya podíais haber dado a esta casa renom ­
bre imperecedero.
— ¡ Bah ! ¡ La L una ! ¿ P a ra qué m olestarse? Ahí
no hay nadie ; no he visto m ás que una vegetación
exigua y una fauna digna de ella, bastante escasa.
Si existen hom bres, no aparecieron o estarán en ef
hem isferio que siem pre nos oculta, lo que d u d o
m ucho.

DOS

M U N D O S

AL

H A B L A

87

—De modo que la cuestión de si tiene atmós­
fera...
—Resuelta; hay atmósfera en la Luna. Nada me
importaba. En todo evento, ya iríamos allí. El que
puede para lo más puede para lo menos, dicen los
juristas. Yo, a lo más siempre. Con el mismo apa­
rato, cuando lo tuve un tanto perfeccionado, pude
ver a Marte en su apogeo (i), de una magnitud
por nadie conseguida. No es rojo así observa­
do. Los canales..., ¡ilusión! Bueno; tampoco me
interesaba entonces. ¡ Adelante! Y trabajamos
aquí con ardor, pero serenos (el vértigo en las
invenciones acarrea sus peligros), en la factura
de este que veis, el perfecto; Venus era mi obje­
tivo. Mucho deploraba no poder comunicaros
mis graduales avances ; la razón es hora de ale­
garla ; me ligaba una palabra solemne dada a
mi maestro. No enterar a nadie antes de obtener
algo muy grande, decisivo, j O mucha gloria o nin­
guna !
—¡ Magnífico! ¡ Vaya unos cuarenta años de
edad bien aprovechados, Mr. Sawyer.
—Esta se debe, querido Pillsbury, a mi familia
y a mis maestros, al último principalmente. Ello
fué que avanzando, avanzando, en cuanto un día
tuvimos a Venus en el horizonte, ¡a ella ! ¡Hosan­
na! Había yo calculado bien ; unos pocos metros
su supe-ficie de nuestro ojo; en la distancia máxi­
ma de \einte a treinta metros y con perfecta niti­
dez. Hemos llegado, amigo Bartlett. Lo primero
que vimos con el flamante catalejo fué un mar di(1)

Distancia máxima de la Tierra.

88

JOSÉ

FERRÁNDIZ

iatado, pero ningún barco; lo esperé tres fechas
sin variar la puntería. Con otra nueva pudimos ver
tierras, montañas, cascadas, enormes árboles y ar­
bustos, aves, algunos cuadrúpedos más o menos
parecidos a los de aquí, otros bien diferentes. Ni
un edificio o siquiera un camino, un sendero arti­
ficial, prueba de existir el artífice. De haber allí
hombres, ¿cómo serían?
— Interesantísimo todo eso...
—Para mí desesperante. ¿N o habrá humanidad
allí? ¿No existirá acaso en todo el sistema solar?
¿O debemos buscarla más allá de Júpiter, en las
grandes lejanías que recorren Saturno y U rano?
f A delante! Sin embargo, afinemos aún lo posible
los detalles del anteojo. El definitivo era ya el usa­
do y con lentes insuperables. Nuevas enfilaciones,
nuevos terrenos, un trozo de mar, dos lagos, todo
solitario. ¿E stá desierto el planeta? Imposible. Él
ha de contener su escala de inteligencias, cuyo ex­
tremo superior sea por lo menos ¡el hombre! ¿En
forma de... centauro o de ave? Creí un día ver algo
como la forma humana. T em blé; se me erizó el ca­
bello. La figura desapareció ligera. Otra vez, ¡oh,
delicia! ¡¡U na casa!! Mas no; eran rocas que
afectaban tal forma. Prosigamos. Y giré con mi­
nuciosidad el anteojo, que una fracción de minuto
en su limbo graduado, ¡la de un segundo!, muda­
ría la visual en cientos de leguas. Así hasta que
Dios, sin duda, me inspiró una levísima variante.
Miro... ¡Cielo santo! ¡El edificio! Ahora no es
ilusión. Las rocas no imitan ciertos detalles. ¡He
triunfado! Los habitantes aparecerán ahora o lue­
go o mañana. Fijemos la puntería esta. Bien ; no

D O S M U N D O S A L H A B L A

89

se olvidará. Ahora esperemos. Ahí es de día ; al­
—¡Interesante momento!
—¡ Lo indecible! Señores, no encuentro palabras
con que expresar la intensísima emoción que me em­
bargaba. Con ansiedad indescriptible aguardaba,
reconcentrado todo mi sér. ¿Qué aparecerá? ¿La
forma humana igual a la nuestra? ¿Una semejan­
te más bella? ¿O menos? ¿Otra distinta de la te­
rrestre? ¿Cuál podría ser? Mil divagadores han
asignado a los planetícolas formas caprichosas.
Los que han hablado de una distinta de la huma­
na, más hermosa, más apta para superiores opera­
ciones, no se han atrevido a delinearla. El hombre
esférico, alado o no, ha hecho reír. Yo, amigos
míos, fuera de nuestra constitución física, no en­
cuentro en lo animado algo más hermoso; si lo hay
lo será con relación a lo absoluto, que está fuera
de nuestra comprensión.
—Decís bien—interrumpió Listrade—. En bue­
na filosofía, la belleza es una noción posterior a la
sensación, no un concepto absoluto; es decir, no
existe. Es tan bello el alacrán como el ave del pa­
raíso, el brillo del oro como el color del cieno ; todo
natural, todo bueno, puesto que existe. La noción
de lo bello, hija de la sensación de lo agradable,
neces'.ta un sér cognoscente y sensible ; por lo tan­
to, es relativa, subjetiva, no se da sin ese ente y es
varia, según las condiciones de él. Para la araña
o para el escarabajo las de su especie serán las for­
mas de mayor belleza.
—Conformes. Yo hubiera experimentado una
gran decepción, un efecto aplanante, al saber que
guien dará su fe de vida.

go

J O S É

F E R R Á N D I Z

el sér superior a todos los de V enus, el arquitecto
de sus edificios, bellos según aquella m uestra, era
una esfera con tentáculos, o una foca alada, o un
gorila con piel entre los rem os y larg a cola. P o r el
tam año de la edificación había deducido la e sta tu ra
del habitante : la m ism a nuestra. De aquí mi infi­
nita ansiedad. ¡Q ué m om entos aquellos! Y espe­
raba, ignoro por cuánto tie m p o ; había perdido esta
noción ; pero no la esperanza. E n e fe c to ; involun­
tariam ente, lancé un g rito de sorpresa, de triunfo,
no sé. El m inero que tropieza al cabo de penosos
trabajos con el ansiado filón de oro creo que no
sirve aquí de térm ino para com parar, j El hom bre
apareció ! D igo mal : fué la m ujer. De esas dbs
que visteis aquí anoche, la segunda. Se presentó
sola bajo el pórtico, se detuvo, luego a v a n z ó ; la
luz le dió de lleno... ¡Sublim e espectáculo! ¡U n a
d iv in id a d ! El hom bre de V enus había llegado,
por lo menos, adonde las razas más puras de la
T ierra. Fuese aquél su grado máximo o no, ya
me era igual, puesto que la identidad de form a,
la belleza, según nuestro concepto, estaba asegu­
rada.
—Y algo más, q u e rid o ; fortificada, ya que no
confirm ada, la presunción de que la forma hum ana
terrestre es, por lo menos, la existente sobre todos
los planetas habitados por seres de alta inteligen­
cia, al menos en el sistema solar, digo yo.
— ¡E s o ! ¡E s o !—prorrum pen muchos de los cir­
cunstantes— . Es consoladora, M r. Drebler, esa
idea y ... probable, sí.
— El cristianism o creerá ver en su fundam ento,
observado sobre Venus, una razón potísim a de que

D O S

M U N D O S

A L

H A B L A

91

no repugne a la naturaleza divina tomar nuestra
forma.
— Las religiones, amigo Jobson, no están ahora
sobre el tapete—dijo Listrade con glacial infle­
xión— ; pero seguid, querido Sawyer.
—He concluido mi relato. Supondréis el finaL
Primero quedé como petrificado, atónito; luego,
cual si una conmoción eléctrica me agitara, temblo­
rosas mis carnes, de punta mis cabellos, casi cor­
tada la respiración, me acordé de mi empresa y ...
de vosotros. Entonces, inconsciente, automática­
mente, bajé hasta la sala. He ahí todo.
—Está bien, amigo mío. Ahora, si os parece,
por vía de prólogo, mostradnos en líneas genera­
les lo esencial de vuestro invento; que para esto
nos hemos reunido.
—Con toda mi alma, querido jefe. Y a habréis
oído hablar del novísimo ultramicroscopio que lle­
va el nombre de Siedentopf y Zegismondy, quie­
nes coincidieron con mi maestro. Con ese instru­
mento se observan partículas de ciertas sustancias
cuyo análisis se escapaba antes a todo microsco­
pio ; distingue corpúsculos de cuatro millonésimas
de milímetro de diámetro, amplifica los cinco mi­
llones de glóbulos contenidos en un centímetro cú­
bico de sangre en tal proporción que llenarían así
observados un espacio de seis metros de diámetro
(un centímetro, seis metros; seiscientas veces
más) (1). Los microscopios ordinarios no pasaban
de cuerpos de tres diezmilésimas de milímetro el
diámetro.
(1)

Histórico.

9*

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—No he visto microscopio alguno como ese ul­
tra—dijo el director.
—Ni yo—agregó el mecánico. Y con él otros
afirmaron lo mismo.
—Esta noche, si queréis, llevaré al salón uno que
tengo en mi taller. Pero prosigamos mi exposición
somera. ¿Quién no conoce el sistema de multipli­
cación usado en el mecanismo de los relojes? Una
rueda al girar multiplica por cinco, siete o diez la
revolución de otra, que a su vez hace lo mismo con
una tercera...
—¡ Oh, qué idea 1—exclaman todos a la vez—.
Está comprendida en principio la base de vuestro
invento.
—Lo esperaba de un concurso de sabios.
Todos se inclinaron hacia Sawyer.
—Se conoce—continuó éste—la potencia de un
anteojo, esto es, la de su combinación de lentes,
dos, tres o más. ¿ Por qué no hemos de intentar
multiplicarla? Si lo obtenido es otra multiplicación,
un aumento, verbi gratia, de cien diámetros, y
por un sistema análogo a ese aumento, considera­
do como objeto, le agrandamos en otros cien diá­
metros de los ya adquiridos, el primer objeto se
verá aumentado en diez mil, y si logramos una se­
gunda multiplicación...
—¡Ah!, Mr. Sawyer, no prosigáis, ¡ ¡ archiasombroso!!—exclama el director— ; pero ¿existe ese
medio?... ¿Y los conocidísimos obstáculos de la
visión? La atmósfera con sus corpúsculos, las
mismas imperfecciones de las lentes..., ya me com­
prendéis...
—Seguramente; pero suponed inventada una es-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

93

ped e de cristal hasta hoy desconocida, y otra de pu ­
limento, más un sistema para soldar las dos piezas
de toda lente : la de crown-glass y la de fint-glass,
único medio de que no aparezcan irisadas las im á­
genes...
— ¿ Y eso obtuvisteis?
— Eso, lo que hubiera hecho felices a C lark y al
francés M antois, los dos ópticos hoy m ás fam osos
del m undo; los que tardan un año, dos años en
hacer un gran disco de vidrio y convertirlo en lente
a fuerza de fundir, recocer, moldear y pulir. T odo
eso lo encontró mi m aestro y yo lo hago pronto.
— ¡G loria a él!, ¡¡h u r ra h ! !
—Sonará la hora de que yo declare al m undo su
n o m b re : no quiero m ás fam a que la ju sta . Sin
él yo nada se ria ; m as todo vendrá a su tiem po;
oídm e aún, que poco resta. Lo feliz de esta base
de las m ultiplicaciones lo probará un hecho que
desconocéis por llevar aquí año y m edio a p a rta ­
dos del m undo y entretenidos en fatigosas tareas
de hacer Observatorio. A mi noticia llegó provi­
dencialm ente en un núm ero de cierto sem anario
científico, recibido con una carta de su director,
mi antiguo condiscípulo, al tanto de mis aficio­
nas. Oíd un párrafo del artículo ; eso basta para
nuestro objeto.
Saw yer sacó del bolsillo un im preso y le y ó :
«El astrónom o inglés Elm er Gates ha inventado
un aparato que llama telemicroscopio, el cual, com­
binado con los telescopios ordinarios, ag ran d a de
una m anera sorprendente, hasta ahora no soñada,
los cuerpos celestes. Los experim entos hechos en
el O bservatorio de Greenwich con un objetivo de

JOSÉ

'94

FERRÁNDIZ

22 centímetros (ya veis, señores, que no es gran
cosa; menor que el nuestro y... que el mío) han
dado un aumento de 25.000 diámetros. Según
cálculos del inventor, ya comprobados, la luna po­
drá ser vista a la distancia de 10 kilómetros (dos
leguas)...» (1).
—¡ Cáspita I ¡ Cómo se trabaja en óptica astronó­
mica !...
—Eso me inquietaba, que alguien se me adelan­
tase. Como veis, se trata ahí de una multiplicación
de la potencia conocida del instrumento. Por eso yo
os decía, Mr. Listrade, al parecer, en chanza,
que al anteojo grande que vosotros usabais yo
Le haría alcanzar extraordinariamente.
—Sí, lo recuerdo; me reí como un majadero, y
vos de mí os reiríais allá para vuestro capote.
—No ta l; esas incredulidades se explican muy
bien ; ¡ yo las he experimentado tantas veces !
—De modo que desde hoy, para las observacio­
nes enorme será el campo... ¡V aya un Marte, un
Júpiter, un Saturno, unos asteroides como Eros,
unos satélites como Endymion, que podremos es­
tudiar !...
—Sí, amigo Jobson; en su día, no sabemos
cuándo, porque ahora, en cuanto dominemos el
manejo de ese anteojo, ahí callado, no habrá para
nosotros más cuerpo celeste en el Universo que
Venus; sobre él todas nuestras fuerzas sistemática
y tenazmente hasta lograr... lo que se logre, ¡el
gran fin, señores!—dijo el director—. Continuad,
pues, Mr. Sawyer.
(1)

Histórico.

D O S M U N D O S A L H A B L A

95

— H e term inado mi introducción. Si lo perm itís,
encenderem os los cigarros ; diez m inutos de reposo,
y entraré en la parte rigurosam ente científica de
mi invento, preparatoria de la práctica.
E sta labor ininteligible p ara nosotros, profa­
nos, poco o nada nos interesa ; ni su lenguaje o
jerg a com prenderíam os; sus efectos, ya los disfru­
tarem os. Salgam os de la torre, pues tampoco nos
vendrá mal un ligero descanso que nos disponga
para las novedades que nos esperan.

VIII
CONJETURAS Y COMENTARIOS

C

erca ya del crepúsculo descendían de la torre

los astrónomos y sus auxiliares técnicas muy
animados, un poco menos intranquilos que ¿1 prin­
cipio: se iban habituando a la nueva situacón. El
espíritu del hombre a todo al fin se acostimbra,.
por extraordinario que sea.
H ablaban con viveza, expresaban sus -ostros
el interés que a cada cual movía, y al acaso distri­
buidos en grupos dirigíanse m uy despacio a sus
respectivas habitaciones, se paraban a lo mejor,
andaban unos pocos pasos por aquellas gderías,
entonces desiertas, donde nadie podía en ten rse de
lo que hablaban, y volvían a pararse, comí si lo
que iban a decir esto exigiera.
— N a d a ; lo de siem pre en todo invento: ina ni­
m iedad, en la que nadie habría pensado, / que,
ideada por uno, luego a todos parece la co:a m ás
obvia, como a los famosos com ensales de üolón.
¿ Y no era m ás que eso ?, dice la gente ; e so ie m o s
dicho tam bién nosotros.
—Pues algo era lo que nos ocupa, amig> Jobson. Se dice m uy pronto m ultiplicar, eleva* a la
N potencia una imagen ya de aum ento, sum nistra-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

97

da por una o dos lentes; luego, aumentar ese au­
mento... Reflexionad que la imagen, donde tiene su
tamaño, ya agrandado, es en nuestro ojo; Sawyer
la multiplica cuando ha pasado de la lente produc­
tora y la lleva a la retina en su ampliación máxima
posible; ahí estaba la dificultad.
—Lo reconozco ; pero ya lo habéis visto : resuel­
ta por medio de una nonada. ¿Quién lo imagi­
nara?; ¡oh, manes de Galileo!
—Y luego, querido, ¡vaya un campo de anteojo
con tan poca abertura, relativamente, y no mucha
longitud del tubo ! No extraño ahora que abarcara
a Marte en magnitud extraordinaria, bello gran­
dor... ; una enormidad!
—Lo maravilloso—intervino Listrade—es la lim­
pidez ce esas lentes (i) ; ¡ideal, ideal!; y con la
atmósfera tan pura de este sitio del Colorado, la
visión había de resultar un portento.
—Bien, señores ; ya lo tenemos ; el manejo no lo
veo tan difícil como creimos al principio. Ese hom­
bre es un prodigio de previsión, y sus aparatos lo
son de exactitud y facilidad; dígalo su anteojo de
pasos.
—Sin embargo, Listrade, ya oísteis que no está
contento ; desea más precisión, se queja del fabri­
cante ce New York; ¡si pretenderá suprimir los
inevitalles errores de instrumento y los cálculos
a que ros obligan a todos los astrónomos del mun­
do? Ya lo dijo Brunow en su Astronomía esférica :
«Jamás el constructor de aparatos dejará contento
al astrcnomo: es un imposible.»
(i) Forque en los anteojos los grandes aumentos dis­
minuyen la claridad.
7

98

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—Pero quien ha llegado hasta donde Sawyer
puede pretenderlo todo.
—No lo dudo; mas con su anteojo, y dado el
uso a que lo destina, creo que tanta precisión... Pa­
ra enfilar una estrella de cuarta magnitud o un
borde de planeta, poca es toda exactitud; venga el
retículo, y muy calculado ; usemos los colimadores,
el baño de mercurio...; nada basta; pero ya con
las tierras de un mundo a veinticinco o menos me­
tros, el retículo sobra, se abarca un campo tan
extenso...
—Ya; pero un segundo de desviación en la pun­
tería os traslada a quinientas leguas, ¿qué digo?,
a mucho más de aquel campo: ¡ rápido viaje! Ha­
béis podido observarlo esta tarde con el anteojo
imperfecto o primer modelo en bruto, el borra­
dor, podríamos llamarle, que tiene igual potencia.
—Y bien que nos ha servido para empezar a
enterarnos del mecanismo del definitivo. ¿ Adonde
iremos a parar? ¿Qué nos aguarda?...
Otro grupo tomaba las cosas por distinto lado.
—¡Tableau!—exclamaba M. Fontignan— ; ¡al
diablo todos los medios inventados para la comu­
nicación interplanetaria!, las figuras geométricas
gigantescas para ser vistas desde Marte y que los
marcianos hagan con canales otras semejantes en
señal de que nos han entendido. ¡ Qué ridiculeces
imaginan algunos sabios!
—Reconoceréis que no iba a ser eso privilegio
exclusivo de los tontos : hay necedades científicas
también.
—Lo reconozco, amigo Pillsbury, lo reconozco;
pero es que algunas... A esos ilusionistas les he

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

99

dicho mil veces: ¡No!, con figuras geométricas
nada se lograría; los números, los números...
—Pero..., grandecitos, ¿eh?, de cincuenta le­
guas de eje. ¿ Y cómo decirles a los del mundo ve­
cino, puesto así al habla, el valor de cada cifra y la
base de nuestro sistema de numeración ?
—¡ A h!, por medio de puntos cerca del respec­
tivo número.
—Decid de inflamadas pirámides de Cheops, o
cosa así; ¡ gigantescas piras !
—Bueno, desahogad vuestro humorismo; sabéis
que me regocija. Insisto en que los números...
—¡ E a!, pues yo os aseguro que no dicen apenas
nada. ¿Cómo les haríais entender a los marcianos
o a nuestros venerienses, con puntitos como el
Himalaya, el oficio del cero?
El mecánico y dos ayudantes que formaban par­
te del grupo no pudieron contener una carcajada.
—Del cero y del sistema y de todo daría yo
medios comprensibles al mismo Neptuno—repuso
Fontignan algo picado.
—A Neptuno, el acuático, desde luego.
—Al planeta, digo; expresaría todas las ideas,
puesto que en la creación todo es cantidad.
—¿ Sí ? Expresad, no a Neptuno, a los aquí pre­
sentes, por medio de ese lenguaje, que la cara
del conserje es una mezcla de Mefistófeles y de
Pierrot...
Nuevas carcajadas acogieron esta salida. Fonti­
gnan se encogió de hombros.
—Señores, en serio—dijo Mr. Whyle, el inglés
mecánico en jefe— ; lo evidente es que todos los
medios ideados no pasan de niñadas. Ya tenemos

100

J OSÉ

F E R R À N D I Z

asegurada la visual. Suponed la recíproca: Venus
también nos v e ; en ese mismo edificio poned otro
anteojo; entramos en relaciones ; ya no hay que
trazar con llamas figuras geométricas que ocupen
leguas: objetos del tamaño de una sombrilla se
hacen visibles distintamente...
—Comprendido—interrumpió Pillsbury— ; esta­
ríamos todo un siglo enseñándonos círculos, cua­
drados, rombos, imágenes de seres animados o in­
animados, si fuera posible, con el letrero debajo
en cualquier lengua ; nos pondríamos nosotros mis­
mos a hacer visajes en la terraza y... no llegaría­
mos a transmitir ni a coger de esas gentes más
que un cortísimo número de ideas, todas burdas,
¿no es eso, maestro?
—Exactamente, sir Ricardo. Yo iba a decir que,
en cambio, con sólo ir inspeccionando primero
nosotros, después varios Observatorios, ya instrui­
dos y pertrechados, los lugares habitados de Ve­
nus que pudiera cada establecimiento alcanzar con
diversas punterías, sin otro auxilio y aun no siendo
desde allí vistos, en poco tiempo habríamos cono­
cido más costumbres, ideas, vida y alma de esa
humanidad que en cien años de recíproco inter­
cambio de signos gráficos y de batimanes.
—Pensáis como un sabio, querido, y no se os
ocultará que ese es el camino; así lo ha insinuado
nuestro director; yo no veo otro ni nadie...
—Lo que todos ven—interrumpió con timidez el
ayudante Gregson, también inglés—es que hay una
inmensa laguna, que nos falta el medio de hacer­
nos en Venus presentes; quiero decir, de llevarlos
a la seguridad de que los observamos tan de cerca.

DOS

M U N D O S

AL

HABLA

101

—¡ Oh !, ieso sería el supremo desiderátum—excla^
mó Fontignan.
—¿Ahora os contentáis con tan poco? Reflexio­
nad, primero, lo que ha dicho, y muy bien, el
señor Gregson ; después, que en Venus se dispon­
ga de medios para entrar a igual distancia (menor,
¿para qué?) en relaciones con la Tierra; tras de
esto, que nosotros lo sepamos e intentemos llamar
su atención ; por último, conseguido tal éxito, que
nos hicieran caso y comenzara la comunicación.
—Y ni aun así el supremo ideal sería alcanzado
—insistió el mecánico—. Todavía nos restaba un
medio que no puede suministrar la óptica. De ma­
nera que las relaciones adolecerían de imperfec­
ción. Por lo tanto, estoy con Mr. Brigham ; por
ahora, observar; adelantemos lo posible, conser­
vando el secreto, para que no nos perturbe el mun­
do con su curiosidad, pues de cualquier modo, la
gloria de esta casa y el ideal de su institutora
están logrados ; y cuando lo creamos oportuno los
notificaremos y sobrevendrá el asombro universal.
En suma, que sólo con la tarea de observadores te­
nemos para rato allá arriba, lo mismo que en todas
las dependencias técnicas de la casa; y en la sala
de reuniones, discusión larga y tendida sobre las
dificultades de nuestra posición respecto de los ha­
bitantes de la Tierra y además sobre los medios de
intentar comunicarrfos con los de Venus con esos
medios logrados; ¿quién sabe?, observándola. No
podemos prever lo que de allí nos vendrá, introdu­
cido por el anteojo a través de sus cristales...
—i Mucho, mucho!—exclamaron todos—, no ve­
mos otro camino...

102

J o s é

F E B R Á N D I Z

Mr. Villougby, muy contento, decía a los que
formando otro grupito le acompañaban :
—Muy curioso el anteojo, vista su extremidad
más ancha por la parte exterior de la torre, ¡ mag­
nífico objetivo, por Cristo!
—Fué buena la idea de Mr. Sawyer, hacernos
salir al ándito que rodea por fuera la torre para
examinar así el extremo saliente del anteojo. ¡Y yo,
que, allá en mis cálculos y previsiones conmigo
solo, esperaba que el instrumento fuera un teles­
copio!...
—¿Por qué, amigo Barton?
—Como ayudante que he sido, antes de venir
aquí, en California, traía la impresión de la supe­
rioridad de los telescopios.
—Tienen sus ventajas y también sus lunares ;
en fin, ya lo habéis visto: un anteojo ha sido el
causante de todo esto (i).
—Y muy claro que ve. Esta tarde, Venus, con el
Sol aun casi sobre el horizonte, aparecía magnífica
en nuestro cielo. A simple vista, desde el ándito,
era admirable. Todos nos hemos fijado en ella con
delectación.
—Sí, mirándola va como tierra conquistada, ¿no
es así, querido Lowe? Y le han dirigido algunos
no solamente la mirada, sino los puños, como diciéndole: Ahora te conocemos algo: pronto nos
veremos las caras...
;—¡Ja, ja!, ha sido gracioso: pero más lo sería
que desde allá nos estuvieran contemplando, por(i) En igualdad de dimensiones, los anteoj'os tienen
más potencia que los telescopios.

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

103

que dispongan, más adelantados que aquí, de me­
dios expeditos; y en tal caso, ¡ cómo se habrán
reído de nosotros, aun no dándose cuenta de que
a su mundo nos dirigíamos!
—Todo esto vendrá a parar—dijo otro ayudan­
te, Evans—en que el fotógrafo va a tener mucho
trabajo : un sin fin de vistas del terreno y de retra­
tos de habitantes de Venus. Y ved por dónde, si
con esas gentes llegáramos a entendernos, nuestras
personitas irían a figurar retratadas en su mundo
y saldríamos en sus periódicos ilustrados: allí ha­
brá algún New York HeraJd, creo yo.
—¡Quién sabe lo que habrá... y las sorpresas
que nos aguardan ! Desde luego contad con los di­
bujos y acuarelas que hará Mr. Pillsbury sueltas y
en el libro de actas que se reserva, copia del oficial,
que va escribiendo desde que está aquí y hace de
secretario.
—Sí que tendrá que ver. Yo creo que el día de
mañana esas son las actas que en forma de obra en
varios tomos debiéramos publicar, con dibujos y
todo.
—Es que tienen caricaturas. Como trabajo pri­
vado, en él desborda su autor la fantasía de artista
sin freno alguno.
—Tanto mejor: todo lo serio debe estar ameniza­
do para hacerse más grato.
—No creo que con lo que se nos viene encima
le quede humor para esos entretenimientos.
—¿A ése? En medio del suceso más terrible e
inusitado sacaría su lápiz para fijar impresiones.
Dios le ha hecho así, y lo celebro, porque ños
alegra aquí un poco la vida...

104

J OS É

F E R R Á N D I Z

— Bueno, amigo Drebler. Hem os quedado al fin
solos Mr. Sawyer y nosotros d o s: cambiemos im­
presiones en petit comité. ¿Q ué pensáis de todo
esto?
—T antas cosas, sir Jorge, que no sabría por
dónde comenzar a referirlas. Esperanzas, alegrías,
previsiones y... miedos. Aquí los tuve siem pre;
ahora, más, v han cambiado de índole. Me estoy
acordando de aquel semidiscurso que nos dirigisteis
en vísperas de la inauguración de esta casa, cuando
aun no había llegado a ella ese taram bana de R i­
cardo...
— ¡Ah, sí! Hablé con absoluta franqueza, r¿ qué
otra cosa debía vo hacer? Señores, dije, todos nos
hallábamos en la desgracia, el que menos, en posi­
ción inferior a su mérito. U na hada bienhechora
nos ha sacado del atolladero, nos ha traído aquí,
nos rodea de comodidades, nos asegura la vida hon­
rosa v desahogada, v en caso de que alguno quiera
irse aún ha prometido que le avudará. ¿Q ue el
objeto de su provecto es una ilusión? Soy el prime­
ro en inclinarme a creerlo...
—Entonces vo—le interrumpe Sawyer—os dije
que estabais en vuestro derecho; pero ¡cuidado!, la
palabra imposible no se encuentra en el Dicciona­
rio de los verdaderos hombres de ciencia como vos,
como todos los aquí reunidos ; vo tengo esperanzas ;
mas hov no puedo asegurar otra cosa sino que las
creo fundadas.
—Y me alegraría más que nadie, os contesté,
que se realizaran. Entretanto, lo oositivo es lo po­
sitivo. P a ra el obieto de ladv Killarnev todo este
material aquí reunido, todo el existente en el mundo

DOS

MU NDOS

AL

HABLA

I05

entero es inútil, y nuestra ciencia... también; pero
no tenemos a nuestro alcance cosa mejor, e indu­
dablemente, sin discusión, que no admitiré acerca
de este punto, sobre nosotros pesa el deber moral
de trabajar asidua, honrada, lealmente, para el fin
que se propuso quien nos paga con esplendidez.
Ilusa o no, es una gran alma generosa; no tomar
en serio su propósito y sí sus beneficios, propio
sería de gentes despreciables. Obtengamos o no re­
sultados, y repito que lo dudo, señores, esto es un
Observatorio destinado a estudios planetarios, y
ésos vamos a practicar a conciencia, no porque
en ellos nos venga a acompañar un deudo de lady
Killarney, perfectísimo caballero, obligado a velar
por los intereses de esa dama : aunque él no viniera
hemos de trabajar sinceramente, ocurra lo que ocu­
rriere; yo, director, lo anuncio, lo exigiré, seré
inflexible en eso. Quien no opine así, que desfile,
porque será incompatible con los demás.
— Y nadie desfiló, querido; todos admiramos
vuestra rectitud, y ya veis que hemos trabajado año
y medio como unos hombres.
— Lo que os agradezco, ya vos lo sabéis, con
toda mi alma. Al presente, son también lazos de
afecto los que nos ligan ; nos hemos tomado cari­
ño, felizmente lo diga ; ni una discusión, ni un dis­
gusto, y los trabajos van como debieran o mejor:
la fe era la que faltaba, por qué negarlo?
— Y o — dijo Sawyer— bien lo conocí siempre.
I Oh !, me decía, ya los sorprenderé ; me creen ex­
céntrico, pero no me ponen obstáculos, puedo tra­
bajar: Dios hará el resto.
— Y lo ha hecho, démosle gracias; pero aquí de

io6

j o s é f e r r An d i z

los miedos de nuestro querido sir James, mi se­
gundo.
—Y los míos, señor director; sí, los tengo como
nadie...
—Pues me sucede lo mismo.
—Bien ; eso no nos absuelve de la obligación
de trabajar ahora más que nunca, y ya animados
por la fe, digo mal, por la evidencia, ¿cuál, pues,
en síntesis, es vuestro pensamiento fundamental?
—Muy sencillo: concluiremos, porque es indis­
pensable, lo poco que nos resta para dejar el Obser­
vatorio en condiciones normales, como otro cual­
quiera, labor en que alternaremos, por supuesto
simultaneada con la observación de Venus, y en
adelante a nuestro objeto exclusivamente; ninguna
otra tarea astronómica no relacionada con el fin
primordial, que es también nuestro deber. Esto
pienso yo, salvo los pareceres ajenos, que oiré con
mucho gusto.
—El parecer mío es idéntico al vuestro.
—Digo lo mismo—apoyó Mr. Sawver—, y creo
que todos los restantes opinarán al unísono de ese
criterio.
—Entonces no hay más que hablar por esta tar­
de : a la noche nos veremos a fin de tratar de algu­
nas contingencias... ¡Son tantas las posibles!...
En esto llegaron M. Fontignan con Pillsbury,
While y Gregson por un lado ; Villougbv y los ayu­
dantes por otro; así, vinieron a juntarse otra vez
todos ya cerca de las habitaciones que los espe­
raban.
—¿Contingencias decís, querido director? r¿ A
que no adivináis vos, ni todos los presentes, cuál

D O S

M U N D O S

AL

HABI. A

1 07

estoy pensando que va a ser la primera, la más ge­
neral y ruidosa de este descubrimiento, en cuanto
sea conocido?
—La destrucción de todas las preocupaciones de
este mundo—repuso precipitado Fontignan.
—¡Qué disparate, amigo mío! Siempre con vues­
tra... preocupación de hombre sin ellas...
—No va tan descaminado—dice Listrade— ; pue­
de venir de allá la demostración de que estamos
creyendo muchas mentiras útiles a los explotado­
res...
—Otro que barre para adentro.
—Pues yo creo—dice Jobson—que resultará con­
firmado el esplritualismo...
—¡Ta, ta, ta! Veo que nadie se ha puesto en lo
firme, ¡ y es tan sencillo !... Allá va : lo primero de
todo será un cambio en las modas de las señoras,
que vestirán, se adornarán y se alhajarán a la der­
nière de Venus, vistas las fotografías de allá que
extenderá la Prensa ilustrada. Y eso se hará con
la universal obediencia que no obtienen ni el Papa
ni jefe alguno religioso, político o lo que sea, pues
ninguno se puede envanecer de que le obedezca
todo el mundo, y Su Majestad la Moda, sí. Apues­
to la cabeza.
Todos, hasta el director, rieron la ocurrencia,
que, a la postre, entrañaba un pronóstico bastante
racional y seguro.

IX
CUESTIONES

DE

SEGUNDA

CLASE Y UN

SUSTO

DE

PRIMERA

días pasaron nuestros diez y seis amigos
dedicados al asiduo trabajo de ensayos o ma­
nipulaciones en el anteojo tosco o borrador de
Sawver, que ocupaba e1 penúltimo piso de la torre;
así emprendieron el uso del otro, que continuaba
situado en la misma enfilación o puntería : no era
cosa de perderla, cuando tan feliz había resultado.
Al mismo tiempo se alternaba en las tareas últi­
mas de hacer Observatorio, y durante las reuniones
frecuentes se discutían los hechos experimentados
y las contingencias posibles.
Quedó resuelta la cuestión tan antigua de si
Venus tiene un satélite, como sostenía Cassini, que
creyó haberlo visto en 28 de agosto de 1686, y no
se había llegado a comprobar, aun después de los
trabajos de Lambert. No, no tenía Venus tal saté­
lite o cortejo: Sawyer lo hubiera visto. La densidad
de la atmósfera tampoco era tanta como se había
calculado, y de todos modos no entorpecía la po­
tencia del anteojo. Que Venus vive sumergida entre
densas nieblas, como han dicho tantos, no pa-

T

res

D O S M U N D O S A L H A B L A

I O9

saba de precipitada conjetura, hija de observacio­
nes con instrumentos de corto alcance.
Otra cuestión quedaba en pie : ¿ Por qué Venus
no se ve desde aquí en pleno día, dos a tres horas
(según la distancia angular) antes o después del
crepúsculo, más que cuando el sol ilumina menos
de la cuarta parte de la cara que el planeta nos
presenta? Nunca se ha podido explicar, y Sawyer,
conocedor de este enigma, no se cuidó gran cosa
de aclararlo, porque su objeto era otro: la aproxi­
mación del astro; luego, inspeccionarle la superfi­
cie en busca del habitante.
Se habló de condiciones de habitabilidad. Real­
mente, ésta no era cuestión. Que la temperatura
máxima de Venus fuera o no de 66 grados, como
se cree, y doble la luz que recibe del Sol, al que
ve también dos veces más grande que los habitan­
tes de la T ierra; que en Venus, cuya densidad es
un poco menor que la terrestre, los cuerpos caen
con una poca, muy poca, menos velocidad sobre
el suelo (4,90 metros en el primer segundo de
caída) ; que el hombre terrícola, término obligado
de comparación en todos estos cálculos, en verdad
no muy seguros, no pesaría lo mismo en Venus que
aquí, y que en Júpiter pesaría ¡catorce arrobas!;
que sea Venus un paraíso, como lo describió Bernardino de Saint Pierre, o que sea un horno, a
juicio de muchos modernos ; más joven que la
Tierra o mayor en edad respecto de ella ; todo esto,
en parte, importaba muy poco, puesto que nues­
tros astrónomos no habían de trasladarse allá, ni
los venerienses aquí (en cada medio, los que viven,
adaptados se hallan, y ya se las componen para

I to

J O S É

F E R R Á N D I Z

pasar la existencia), y, en parte, quedaba o rectifi­
cado o confirmado por el anteojo de Sawyer.
Un punto, puramente astronómico, sí que salió
a colación, era inevitable: ¿en cuál latitud de Ve­
nus y en cuál vaga longitud respecto del centro del
hemisferio que el planeta nos estaba presentando
se encontraban el país y el edificio que permitía ver
el anteojo?
— A los 48 grados próximamente de latitud Sur
— contestó en seguida Sawyer— ; la longitud.., más
cerca del borde izquierdo que del centro del disco
a la vista (1) : todo esto... impreciso, ¿eh?
— ¡A h !, muy bien. ¿O s servisteis del retículo?
No hay mejor amigo.
— Me he valido de otro recurso especialísimo,
porque tiempo habrá para los cálculos muy preci­
sos— repuso el inventor.
Trataron de las montañas, tan altas, según al­
gunos, que llegan a medir ocho leguas, una enor­
me desproporción con el tamaño del planeta (su
diámetro 0,98 del de la Tierra ; su masa 0,89 de la
nuestra ; su densidad, 0,92). Según otros, no es tan­
ta su elevación. Sawyer lo había comprobado antes
de acercar tanto el astro, con su anteojo; alturas
considerables, sí que vislumbró; tanto como se
creía, ninguna.
Pero, ¿ qué importaban estos particulares ante la
magnitud del descubrimiento de una humanidad
algo diferente de la de aquí, a juzgar por las prime­
ras muestras, más exquisita y depurada, perfecta o
(i) Venus, como se verá en el capítulo XII, tiene fases:
creciente, menguante, llena, etc., como la Luna ; las ha di­
bujado Perrotin admirablemente.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

III

poco menos con relación a nosotros? Viviría como
pudiera en las condiciones de su medio ; pero vivía
y era inteligente: he ahí lo principal. ¿Su grado
de capacidad intelectual y su cultura? Era el pos­
tulado a resolver, si había medios, y el anteojo mu­
chos podía proporcionar. Por los actos se colige la
civilización. ¿Humanidad distinta de la de nuestro
globo? Seguramente; distinto es el esquimal del
europeo ; mas la especie, no ; los dos son el hom­
bre: éste había sido hallado en Venus ; todo lo de­
más se empequeñecía, se anulaba, ante victoria tan
asombrosa.
Indudablemente, la zona enfilada por el anteojo
debía ser magnífica, un trópico del sur, ni tan ar­
diente como el Ecuador, ni tan frío como los polos,
aunque en los de Venus no se forma el hielo por­
que no hay tiempo ; las estaciones del planeta du­
ran unos dos meses de los nuestros (i), y como la
inclinación de su órbita es grande, 49 grados con
su Ecuador, y el Sol alcanza sobre el horizonte al­
turas considerables, hasta de 71 grados; aunque se
verifiquen cambios algo bruscos en las temperatu­
ras, la humedad de la atmósfera, su espesor, la
gran cantidad de luz, que es calórico, y probable­
mente la naturaleza del suelo, como permitía supo­
nerlo la vegetación observada, tan lujuriante, sua­
vizarían sin duda hasta en los polos, ¡ y cuánto más
en los trópicos!, las condiciones climatológicas.
Los ropajes, un tanto ligeros, de los pocos habitan­
tes ya vistos, permitían esta conjetura.
Se había vuelto a verlos, más a algunos otros, y
(1)

Cincuenta y seis días de los suyos próximamente.

I 12

JOSÉ

FERRÁNDIZÍ

no se observó mucho porque un nublado seguido de?
lluvia mantuvo el cielo con nubes casi dos de loss
tres días, que aprovechó Sawyer para aplicar, como)
había prometido, su aparato ampliador de potenciar
al anteojo ecuatorial de la gran torre, que así podíai
ya competir con el famoso de lord Rosse, lo mismo)
que con los posteriores a él y aventajarlos más de;
lo que los astrónomos se habían figurado; pero yai
nada los asombraba en cuestión de óptica.
Así pasaron tres días. En el cuarto, a la hora del l
medio día, Sawyer anunciaba al director que había i
concluido todas las operaciones que le correspondió)
practicar ; dispuestas quedaban las cosas en el Ob­
servatorio para los trabajos que pudieran ser nece­
sarios en ambas torres.
Aun estaban hablando sobre esto, cuando se pre­
sentó el mecánico en jefe. Todo lo que era de su
incumbencia se hallaba también a punto: el fotó­
grafo había recibido orden de prepararse para labo­
res extraordinarias, y en aquella mañana dió parte
al mecánico de tenerlo todo listo en sus talleres.
Ya salía de la sala, donde recibiera al óptico y al
mecánico, y se dirigía a su habitación para almor­
zar, cuando le detuvo después de hacerle una extra­
ña reverencia medio militar, medio de sociedad ele­
gante, su ordenanza especialmente a él destinado,
aunque servía para otras muchas cosas, el buen
Henoch Mureber, personaje un tanto singular, con
quien hacemos ahora conocimiento. Era inglés y,
como ya hemos dicho, habíalo recomendado muy
encarecidamente lady Killarney al director, que lle­
gó a estimarle mucho.
—¿Qué hay, H enoch?—le preguntó Mr. Brig-

D O S

M U N D O S

AL

"3

H A B L A

ham amablemente, aunque algo preocupado, por­
que le conocía bien y estaba seguro de que sin una
razón de algún peso no se hubiera atrevido a abor­
darle ; tan respetuoso como serio se mostraba con
todos, y algo más aún con él.
—Hay, señor—repuso el ordenanza plantado—,
que noto cierta agitación en toda la casa, principal­
mente entre las señoras. No se trata de diferencias
o cuestiones: aquí, afortunadamente, no se da eso;
es un cuchichear, un secretear..., conversaciones re­
servadas, corrillos, miradas de inteligencia, frases
que parecen convenidas y mucho recatarse. He no­
tado que espían y a la vez tratan de sonsacar,
no vislumbro acerca de cuál cosa, a los hom bres;
calculadores, fotógrafos, administrador, conser­
je, mecánicos ; y ellos, a su vez, han comenza­
do desde ayer a cabildear entre sí ; las mujeres les
han transmitido algo que sin duda a ellas les pre­
ocupa.
—¡ B ah ! Cualquiera bagatela. Mucho ha obser­
vado usted.
—No tanto, señor; no me agrada esa tarea, ni
para ella sirvo, aunque, por necesidad, fui dos años
policíaco en Londres ; ni quisiera hacerme sospe­
choso aquí. Todo eso lo he podido observar así... al
descuido, sin pretenderlo; mas al cabo he llegado a
creer que acaso haya aquí algo digno de vuestra
atención..., y por eso me he atrevido a molestaros.
Perdonad si...
—No, no, Mureber, está bien ; podéis quedar se­
guro de que no diré a nadie que me habéis preveni­
do, y, además, no echaré en saco roto la adverten­
cia. ¿ No hay más?
8

114

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—¡ Oh ! Sí que hay, señor ; sólo que... no me
atrevo... tal vez un error mío...
—Hablad, sea lo que fuere—exclamó el director,
algo impaciente.
—Creo que haríais bien mandando vigilar las to­
rres. Aún no hace una hora que limpiando la esca­
lera de la menor, la de Mr. Sawyer, como se la lla­
ma, he oído en el interior unos golpes secos, metá­
licos, muy extraños y repiquetear luego la campa­
nilla del teléfono.
— Estaría Mr. Sawyer dentro.
—Ni él, ni su ayudante ; éste se ha ocupado toda
la mañana en ultimar el arreglo de sus talleres, co­
mo si fuesen a quedar inactivos ; ya lleva así dos
días. Todo lo pone en orden, lo clasifica, lo empa­
queta, lo guarda muy limpio, s í ; parece aquello otra
cosa que antes. No ha salido de esos sitios hasta
ahora para ir a alm orzar; ya sabéis que come con
su señor. Cuanto a éste, en toda la mañana ha su­
bido más allá de la galería... y gran parte del tiem­
po lo ha pasado en la otra torre, y luego aquí abajo.
—Tenéis razón, yo le he visto antes de que me
hablara, y sé también que había estado largo rato
con Mr. Drebler, entonces...
—En la torre, parecióme que no había nadie...,
de la casa al menos. La puerta cerrada con llave ;
por el ojo de la cerradura no vi a nadie ; pero ese
agujero no descubre más que un espacio corto. El
timbre del teléfono..., sí, pudiera alguien llamar
desde abajo, lo que no sucedía, creedme, lo he com­
probado.
—| Diablo ! ¿ Qué decís ?
—Con prudencia he podido averiguar que en todo

D

S

M U N D O S

AL

H A B L A

115

lo que va de día nadie ha usado el teléfono comu­
nicando con las torres, y menos con esa.. Pero...
más, mucho más me han alarmado los golpes secos
a intervalos iguales.
— No sé qué pensar. ¿ Qué supone usted?
—Señor, en concreto, nada ; he dado mil vueltas
a mi cabeza; no sé, no s é ; cabalmente por eso he
venido.
— Pero el buen ayudante de Mr. Sawyer, o este
mismo, ¿ no habrán dado la llave de esa torre a al­
guien ?...
—Ni lo acostumbran, ni tal cosa han hecho; tam­
bién lo sé. El astrónomo y óptico no ha permitido
aún a nadie entrar ahí, y en estos días, los prime­
ros en que ese lugar es visitado por otros señores,
éstos han entrado y salido siempre con él.
—I Henoch ! ¿No estaría usted soñando?
—Despierto y bien; mis oídos no me engañan.
Dos golpes..., un intervalo. ., después, tres gol­
pes
luego, repiquetea el timbre; vuelve a hacerlo
dos veces..., otro intervalo, tres repiquetees bre­
ves... ¿ Si me engañaría yo en esto? No es posible :
¡cuando he venido!...
—¡ Y a, ya ! ¡ Podér de Dios ! ¿ Qué podrá ser
ello? No acierto, no... En fin, alguna pequeñez,
cua'quier contacto...
—Lo he pensado; pero los golpes esos... ¿ Y si
os dijera que creí escuchar dentro una voz extraña
que no es ninguna de las de casa? Esto me puso el
cabello de punta, lo confieso, y descendí corriendo
a irformarme sobre si el teléfono...
—Soñáis, Mureber, ¡e a !
—-Señor, n o ; la voz no os aseguro que hablara

I IÓ

JOSÉ

FERRÁNDIZ

dentro, tal vez fuera, y llegaba a mí desfigurada;
pero el .timbre y los golpes... ¡ah!, de eso os res­
pondo con mi pescuezo.
—¡B asta! Yo indagaré. Entretanto, ¡silencio ab­
soluto!, aun conmigo, si hay otra persona presen­
te ; en tal caso, una seña, la mano sobre el pecho,
y yo le llamaría ; ¿ me entiende bien?
—Perfectamente, sire.
—Pues, ni una palabra más. Siga usted atento,
sin que se lo conozcan, y ya veremos. Las mujeres
no me dan cuidado; pero eso de la torre. ¡ E a ! A
almorzar tranquilo, ha cumplido usted con su deber.
El inglés hizo otro saludo y despejó. El director
dirigióse pensativo a sus habitaciones. Dados su
cargo, su responsabilidad y cuanto estaba ocurrien­
do, motivos de perplejidad no le faltaban.
A eso de las cinco y cuarto de la tarde, presentes
en la sala que ya conocemos bastantes de los diez
y seis partícipes del secreto, Mr. Brigham, que ha­
bía dado algunas disposiciones para proseguir los
trabajos de observación sobre Venus, preparábase
a comunicar a dos de los técnicos el incidente de la
torre de Mr. Sawyer, lo que no sabía era cómo ni
por dónde empezar. Estaba decidido a no nombrar
a Henoch ; tenía sus razones.
Como para tomar fuerzas en una tregua, sacó un
cigarro, pidió fuego a Mr. Listrade, porque le te­
nía más cerca y enfrente ; encendió, y ya se dispo­
nía a comenzar, no sin rodeos, su comunicación,
cuando se oyó un fuerte grito cerca de la puerta.
—¡Sir Pablo! ¡ Sir Pablo! Salid al instante, os
ruego; ¡salid!...
Miráronse todos sorprendidos. Sawyer, el así lia-

D O S

M U N D O S

AL

H AB L A

1 *7

mado, lanzóse fuera, pero no so lo ; tanto había alar­
m ado aquella voz a los astrónom os por su extraño
acento de angustia, que algunos, el director entre
ellos, y su segundo, tam bién salieron.
El que había gritado era Bartlett, el ayudante y
discípulo de Saw yer : allí estaba aguadísim o, con el
cabello erizado y dem udada la faz, descom puesta
por el terror. Al ver a su jefe, alzando una mano
gritó :
—¡ En la torre hay gente extraña ! ; dan gol­
pes, suena, el tim bre del teléfono y alguien ha­
bla. U na voz desconocida, rara, m isteriosa, en un
inglés pronunciado y acentuado singularm ente...
¡la he oíd o !, son extranjeros.
Estupefacción general. Todos rodean al óptico
ayudante y hablan a un tiempo.
— ¿ N o os dejaríais abierta la p u e rta ? — interrogó
el director, dom inando la batahola de voces.
— No, sire ; la llave está aquí, y no hay otra. D es­
de que sir Pablo, cuando salió y cerró ayer me la
entregó, no la he perdido de vista. De la casa no
ha entrado nadie, estoy seguro, ¿ y para qué?, ¿n i
cóm o?, ¿escalando por fuera? No, no.
— P ero... ¿ p o r qué no entrasteis?
— Subía yo p ara dejar arreglado un detalle del
anteojo, y, cerca ya de la puerta, oí repiquetear la
cam panilla. ¡H o la ! Me llaman creyéndome a h í;
pero, ¡si no lo acostum bran! ¡Si ese teléfono ja ­
m ás se usa! ¿Q u é será? S ir Pablo está abajo con
los dem ás... Entonces oigo los golpes y luego la
voz extraña...
— ¿Q ué decía? ¡P o r el cielo!, hablad—excla­
man todos.

x18

JOSÉ

FERRÁNDJ7

— No distinguí, en mi turbación, más q u e :
« /Núm ero segundo al número tercero!)), o cosa
así, porque mi agitación era horrible ; la verdad,
tuve m iedo; por eso no abrí para en trar. N i sir
P ablo ni yo tenemos arm as, y no sabiendo quién,
ni para qué pudiera estar allí, he venido...
— I Señores !—gritó el director— , ¡ arriba todos
sin tem or algunoI, y suceda lo que suceda... P ero
—añadió deteniéndose—, ¡ a ver !, ¡ al instante !,
uno a cada aparato del teléfono que com unique con
esa torre.
Su acento era el de un general en jefe sobre el
campo.
— ¿ Cuántos aparatos son ?—añadió—, no lo re­
cuerdo.
—Sólo dos.
— ¡A ellos, pues!, en se g u id a ; nosotros, a la to­
rre. V enga esa llave; guiaré yo, me corresponde.
Vos, Lowe, avisad a los que faltan, y con ellos su­
bid al momento.
Salieron dos ayudantes astrónom os hacia los apa­
ratos, y Lowe en busca de los a u s e n te s ; los demás,
en núm ero de siete, siguieron al director.
¿ Qué era aquello ? ¿ Qué pasaba en la torre ?
¿ Quién golpeaba, movía el tim bre y daba tales vo­
ces? P ronto vamos a sab erlo ; sigam os a los llama­
dos, que ya llegan jadeantes, alarm ados, a n sio so s;
tres de ellos traen en la m ano su revólver.

X
NÚMERO 2 , ¡P RESEN TE!

legados ante la puerta de la itorre, siempre mís-

ter Brigham el primero, al instante introdujo
él la llave en la cerradura, mientras los tres que
acababan de aparecer armados, uno de ellos Listrade, avanzaron hasta colocarse a sus lados. La hoja
se abrió, penetraron los primeros del grupo impe­
tuosamente ; el director alentaba a todos con su ac­
titud. Sin duda que en sus mentes bullía la idea
de los bandidos pieles rojas ; ¡ una primera agre­
sión al cabo de casi dos años ! ; no se concebía.
Con ansiosa e inquieta mirada inspeccionaron.
¡ No había nadie! Se podía comprobar a primera
vista, en una estancia sola como aquella. Entraron
los demás, miraron hacia todas partes ; ¡ nadie ! Sa­
lió Mr. Brigham por la puertecilla abierta en el
muro al ándito o balconada que circundaba la torre
por debajo de las troneras de los anteojos, y con dos
astrónomos que le siguieron dió la vuelta... Mira­
ban hacia abajo, en busca de una escala o una cuer­
da por donde hubiera sido factible un escalo. ¡Na­
da ! i N adie!
Pero casi al concluir esta prospección, de vuelta
a la puertecilla por el opuesto lado, sintióse un gol-

120

J O S É

F E R R Á N D I Z

pe extraño y fuerte hacia la cúpula, y en seguida el
tim bre del teléfono repiqueteó con furia. D rebler,
el subdirector, se abalanzó entonces al aparato, agi­
tó los botones de aviso y sobre el pupitre gritó, con
uno de los auriculares junto a su oído:
—¡ Eh ! M r. S traud, aquí estam os ; no hay na­
d ie ; ¿habéis llam ado ahora?
— j ¡ N o !!—fué la respuesta.
— ¡ ¡ N o ! ! —contestó m omentos después m íster
E vans, igualm ente preguntado.
El asom bro fué general. M r. B righam que, ya de
vuelta, oyó estas contestaciones, no se sorprendió
menos. Acercóse al teléfono, tocó sus botones y
g r itó :
—¡ Interrum pid la corriente, cerrad la estancia
del teléfono, guardaos la llave y subid !
Y volviéndose a los circunstantes, un tanto agi­
tado :
—Señores, ¿q u é es esto? ¿U sted es qué supo­
nen ?
Como si el m isterioso agente se apresurara a
contestar por los requeridos, otro golpe seco, me­
tálico, resonó en la cúpula, y el tim bre, un mo­
m ento después, volvió a retem blar... Y a no había
duda de que nadie en la casa lo ponía en movi­
m iento. ¿ D e fuera? Im posible. E sto se dijeron rá­
pidam ente los allí reunidos, sin hablar, inquietos,
suspensos ; pero no les quedó tiempo de reflexio­
nar más. El tim bre dejó oír un breve toque, luego
o t r o ; pasado ligero intervalo tres toques más
igualm ente distanciados que los dos prim eros, y
en seguida, ¡oh asom bro!, ¡oh emoción abrum a­
dora ante la sorpresa de las sorpresas, la m ás es-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

12 I

tupefaciente imaginable! Una voz singularísima,
•que casi no parecía humana, voz seca, entrecorta­
da, bronca, dura y bien perceptible por su inten­
sidad, gritó en in glés:
— /¡Mundo número 2 del Sol al mundo núme­
ro 3 !! Os vemos, os oímos. ¿ Nos veis? ¿ Nos oís?
Tiempo hace que os llamamos.
El efecto fué inenarrable; horroroso, no; aplas­
tante, sí. Los ojos de todos dirigíanse, mientras la
voz hablaba, hacia el sitio de donde parecía salir
su palabra precisa, calmosa, solemne, recalcadas
las sílabas, algo rara la pronunciación. El sitio de
partida era uno de los auriculares dejado por el
último que los usara sobre una mesita metálica in­
mediata al teléfono y apoyada contra un nervio de
hierro de los que formaban la armazón giratoria
de la torre y el sostén de la cúpula, también metá­
lica, desde cuyo coronamiento se lanzaba hacia el
cénit un largo pararrayos de cinco puntas. Hacía
más de una semana que, roto el clavo destinado a
colgar el auricular de aquel lado, lo dejaban, y
así estaba siempre, sobre la mesilla contigua. Aho­
ra él era el que transmitía por su diafragma una
voz venida no se sabía de dónde ni por cuál hilo.
La estupefacción era tan grande en todos, que
nadie desplegaba sus labios. En callando la voz,
miráronse unos a otros interrogativamente, sin sa­
ber qué decirse. De pronto una idea luminosa es­
talló en el cerebro del director que, sin razonarla,
rápido, se acercó a la mesita, se inclinó sobre el
mismo auricular, sin tocarlo, y con voz potente,
sin miedo al fracaso posible en que ni aun tal vez
pensaba, exclam ó:

1*2

J OS É

F E R R Á N D I Z

— ¡ ¡ Mundo número 3 del Sol, al mundo núme­
ro 2 !! ¡ Salud ! Os vemos, y ahora, al fin, acaba­
mos de oíros por vez primera. Si habéis oído estas
palabras, hablad, lo esperamos.
Y majestuoso, arrogante, se volvió hacia sus
subordinados. En su rostro pudieron leer este pen­
samiento : «(Señores, no sé si he cometido una ton­
tería ; si alguien, por un medio que desconocemos,
se burla de nosotros, conocedor él de nuestros tra­
bajos, en la duda, y habida cuenta de esta situa­
ción, creo que no cabía hacer otra cosa, por vía de
prueba, esperemos.» Y como si hubieran leído esta
expresión en su rostro, varios, al fin, rompieron a
hablar:
— ¡ Sí, s í ! Era lo acertado. Aunque alguien de la
Tierra jugara con nosotros, en su misma réplica a
nuestra contestación, se denunciaría; está bien.
— El impulso o corriente telegráfica o telefóni­
ca— observó entonces el mecánico— , paréceme que
viene del pararrayos por la cubierta a los nervios
de sostén, uno de los cuales toca en el teléfono y
en la mesita adyacente.
— ¡A h !... ¡E l pararrayos! Pero éste, ¿con cuál
elemento conductor comunica? Su cadena, que
por ahí cerca desciende, termina en un pozo...
— Y si realmente la palabra procediera de V e­
nus— preguntó Mr. Villougby, algo menos agitado
ya— , ¿ cuánto podrá tardar en llegar y lo mismo
allí la nuestra si Mr. Brigham ha acertado con un
medio (si puede serlo ese auricular) de aquí para
allá como lo es viceversa?
— Si el factor es la electricidad, ya sabéis que
corre trescientos mil kilómetros por segundo; por

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

i 33,

lo tanto, no tardaremos en oír una respuesta, si la
dan. Siendo otro fluido el agente, ya no sé... Pero,
¡D ios santo!, ¿es que hay medio, aunque sea el
éter, a través de tanta distancia y sin hilo? (i)
—¡ Cerrad ah í! Dejad la llave puesta—exclamó
el director—. Nos habíamos olvidado esto, j Es cla­
ro!, las emociones... Está bien. Ahora, por lo me­
nos, nadie podrá presenciar lo que suceda aquí, si
aun ocurre algo.
¡V aya si ocurrió! Y sin hacerse esperar mucho.
Volvió a sonar la campanilla una sola vez y casi al
momento la misma voz habló en el auricular que
en su sitio habían dejado quieto:
—¡Hemos oído! ¡P o r fin !, tras de mucho tiem­
po de veros y oíros. Os observamos, algo os co­
nocemos. Parece que nos dirigís instrumentos; pe­
ro no signos de llamada, ni respuestas a los nues­
tros; ¿por qué?
(1) Las ondas electro-magnéticas viajan a la velocidad
de 299.000 kilómetros por segundo, como la luz ; pero en el
éter... éste es más veloz. Según Gustavo Le Bon, el átomo
simple, indestructible, se disocia en el éter para desvane­
cerse y transformarse allí en energía intraatómica. Los
cuerpos radioactivos emiten sin cesar partículas a gran ve­
locidad, que se mide por el aparato spintariscopio, que acu­
sa de 100.000 a 300.000 kilómetros por segundo. Esta velo­
cidad resulta rápida para comunicaciones interplanetarias
como las de la Tierra a Venus o Marte ; pero lenta si se
tratara de las interestelares, pues de aquí a la alfa del Cen­
tauro, nuestra estrella más cercana, tardaría, a 300.000 ki­
lómetros por segundo, ¡ un año!, y de la pregunta a la res­
puesta inclusive, dos.
Las velocidades conseguidas por el hombre, las mayores,,
son las de proyectiles de artillería, 1.000 a 1.500 metros por
segundo, inicial.

124

JOSÉ

FERRÁNDIZ

¡Tremenda pregunta! Pero los hombres somos
como Dios nos ha hecho, y en vez de una respues­
ta humilde, expresiva de confusión por nuestra in­
ferioridad, allí patente, se contestó a Venus con es­
trepitoso ¡ hurra!, tres veces repetido. ¡ Hurra por
el mundo número dos!
Al poco rato, sin llamada del timbre, el auricu­
lar arrojó la respuesta.
—¡¡Hurra!! ¡Hurra por el mundo número tres
del Sol! ¿Cuál nombre nos dais?
—¡VENUS! La expresión del Amor. ¿ Y a nos­
otros ahí ?
—¡ Dagliah ! En nuestra lengua, La más bri­
llante.
Hubo un intervalo, tras el cual la voz dijo:
—Silencio ya. Cuando volváis a esa misma posi­
ción con el Sol, esperad; hablaremos. Vamos a de­
cir a todo nuestro mundo que ya nos habláis.
—Lacónico, señores, pero expresivo—exclamó el
director, pasado un momento de general mutis­
mo. Sin duda, un mundo se agitaba en aquellas
cabezas de sabio, y no era para menos.
—Sí—repuso Mr. Sawyer—. ¡ Dichosos ellos que
pueden sin peligro decir a sus gentes esta nueva.
¡ Y cuán rápidamente lo harán, sin duda!
—Queridos, de todo se tratará luego. Aquí no
estamos bien, ni hay para qué permanezcamos.
Abajo, pues, tranquilamente, cual si nada hubiera
ocurrido. Tomemos en casa el té; reposemos un
poco, y a la noche, hora de costumbre, todos en el
salón. Llevamos aquí una media hora como medio
siglo. Yo, al menos, me siento fatigado, mareado.
Es muy grande esto, es inmenso, abrumador.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

12 5

¡D ios poderoso! ¿ E n qué vendrá a p a ra r? Desfi­
lemos lo m ás sosegadam ente posible.
— ¡ Vaya !— decía Pillsbury a F ontignan por la
escalera— . No me cabe en la cabeza que en V enus
se hable, aunque m alam ente, el inglés. Aquí hay
m isterio; ¿ n o os parece? Necesito pruebas, evi­
dencia tangible de que desde allá realm ente nos
hablan y, ¡p o r Cristo vivo!, que las tendré. Si lo
consigo, vuestro lenguaje de los núm eros se ha
hundido en el abism o.
— O tras cosas preveo que van a hundirse, aun­
que hasta ahora parecían firm es...
El director, al salir de la torre, había visto a Henoch M ureber, que parecía procurar no ser no­
tado.
—I Eh !—le dijo, habiéndose apartado un poco de
M r. Drebler, con quien iba— . ¿Q u é hacíais aquí?
—Sire, vigilaba la escalera a fin de que nadie
llegara hasta esa puerta. Y a sabéis que h ay ... cu­
riosidad en la casa.
—¿ Y por dónde colige usted que versa sobre lo
que ahí arriba pueda suceder?
— Im posible otro motivo, s e ñ o r ; yo sé mis cuen­
tas, que expondré, si lo m andáis, en sitio donde
no puedan oírnos.
— Bien ; pero sabíais que aquí estábam os.
— H ab ía visto a M r. Lowe ir agitado en bus­
ca... ya sa b éis; había oído antes grandes voces en
la puerta del salón ; algo ocurría, y nadie pensó
en vigilar o g u ard ar la escalera, sino en subir... Y
yo creí que no estaría de más un vigilante fiel.
—Que se ha enterado muy bien de cuanto en la
torre acaba de pasar.

S.%6

J O S É

F E R R Á N D I Z

—No, sire; de algo. Que los golpes los da una
fuerza que viene de un astro y... la voz también.
Que ni vos ni los demás señores quieren que esto
lo sepa nadie por miedo a las consecuencias. Pero
yo no ignoraba por qué y para qué se hizo esta
casa y estamos en ella todos.
—¡Ah! ¿Sabíais...?
—¡ Naturalmente ! Se lo he oído a milady mu­
chas veces antes de venir aquí. ¿Se lograría su in­
tento? Esperaba yo que no; mas ya me conocéis;
no hablo apenas con nadie, vivo con mis pensa­
mientos. ¿Conversar? De cosas indiferentes. Yo
soy quien soy. También temo, acaso más que nin­
guno, las consecuencias ahora que, según parece,
avanzáis hacia el fin, atentando al cielo, precipitan­
do las cosas que Dios llevaba despacio. He ahí lo
que me hace temblar.
—Cuando el hombre realiza un adelanto es por­
que el Hacedor Supremo lo permite. ¿H a llegado
la hora que Él tenía señalada? Pudiera ser. Re­
chazad todo temor por ese lado.
—Es que hay horas terribles. No discuto con
vos, señor; soy un pobre ignorante, aunque no sin
ideas propias; que me dejen con ellas.
—Aquí todos, y yo el primero, respetamos las
del prójimo, hijo mío; sé que es usted bueno y
leal; eso me basta; pero me creo obligado a exigir­
le una cosa.
—Mandad, señor. Milady me ordenó que os obe­
deciera como a ella misma, y además sabéis cuán­
to os venero, aunque no lo digo, por vuestras bon­
dades ; soy todo vuestro.
—¡Gracias, H enoch! Ya lo sabía. Lo que os pi-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

H 7

do es un juramento solemne de profundo secreto
sobre lo sucedido y lo que pueda seguirle aq u í; se­
creto absoluto, aun con milady misma, a la que
sólo yo informaré cuando llegue el momento opor­
tuno. Y aun con los diez y seis señores que todo
esto conocen, silencio también, si otra cosa no os
m ando; como si nada supierais. ¿Lo juráis?
—Por Dios, que nos ve y nos oye ; por la me­
moria de lord Killarney y por la salud de milady,
a quien adoro, os lo juro, y que el Señor me con­
dene y milady me desprecie si no lo cumplo.
Así juró Henoch, cuadrándose, con la diestra so­
bre el pecho y extendida la otra hacia el cielo.
— Está bien. Venga esa mano.
—Señor...
—Venga esa mano digo. Así. Ahora, marchad,
vigilad sin ser notado, y el Supremo Hacedor sea
con todos nosotros.
Henoch hizo su acostumbrada reverencia, algo
ex trañ a; dió media vuelta y descendió delante del
director, más de prisa que él. Iba murmurando esta
sentencia de David : «El Señor deshace las maqui­
naciones de los hombres y disipa los intentos de
Jos grandes de la Tierra...»
* * *

Agitadísima fué la conversación de aquella no­
che. Llegaban por grupos a la sala los iniciados,
por grupos que ya venían hablando bajo y con
gran interés. Todos juntos y cerradas las puertas,
el tono de las voces se fué elevando. Hablaban
muchos a la vez, precipitadam ente; se oían excla-

128

J O S É

F E R R Á N D I Z

maciones, negaciones, ideas singulares, admitidas
o rechazadas. Un vértigo parecía poseer a los allí
congregados, que no llegaban ni aun a ordenado
coloquio, y menos a entenderse, como si se halla­
ran en vísperas de una catástrofe prevista y no ha­
llado por ninguno el medio de conjurarla. Pero el
tiempo no se detenía; lo que precisaba dilucidar
pecaba de prolijo. Así el director trató de reducir
a todos, diciendo en alta voz al mecánico:
— Ante todo, Mr. Whyle, mañana mismo, a
Denver para traer el mejor micrófono y el mejor
fonógrafo que halléis expeditos seguros, con todo
su material de placas impresionables del sonido,
diafragmas, discos, etc. Si hay más de uno bueno,
traedlo también ; ya me comprendéis.
— Desde luego. Había pensado en eso y en...
— Necesito cuanto antes, y fabricados aquí, un
par de diafragmas grandes, poderosos, muy sen­
sibles ; los uniremos a la mesilla metálica o direc­
tamente al pararrayos receptor, sin duda alguna,
de esa misteriosa corriente; y por si fueran nece­
sarios, un par de docenas de excelentes y finos au­
riculares, conectables con la misma corriente del
pararrayos, que será eléctrica o no, pero es capaz
de manifestarse en eléctricos instrumentos, ya sa­
bremos por qué. Todo ello de primera, cueste lo
que cueste y traído con rapidez. Recibiréis una or­
den mía para el administrador.
— Lo que no sabemos— insinuó Mr. Jobson—es
el procedimiento de abrir o cerrar la comunicación
y el de llamada que los venerienses emplean para
mover nuestro timbre o producir golpes en la cú­
pula o en sus nervios, y nos convendría para avi-

D O S

M U N D O S

AL

129

H A B L A

sar antes del comienzo de las conferencias. ¿ P o ­
dremos hacerlo?
— Ese medio—dijo Villougby—, si no lo halla­
mos, ellos podrían indicarlo.
— O no, si es él consecuencia de adelantos suyos
imposibles de comunicar, combinaciones de mate­
riales que aquí no existen o allá tienen nombres
no correspondientes al inglés, al que ellos conocen,
o fórmulas inexpresables, a nosotros inasequibles.
¿ Nos bastaría para llamar hacer ruido junto al te­
léfono o gritar sobre él? Lo dudo...
— ¡ Ah ! ¡ El inglés !—clamó vigoroso monsieur
De Fontignan— . Mi pesadilla desde hace unas ho­
ras. ¿Cómo lo saben, aunque rudo y... tan seco?
—Y o he imaginado un medio que...
—Y yo otro, sin duda muy...
—Y o también he calculado que como no sea...
Y desde aquí la charla se animó calurosa, casi
en tumulto.
—Señores—exclamó Pillsbury— , veo que nadie
ha tomado el té ni ha comido con trazas; eso nos
lo van a conocer las señoras, la servidumbre y
hasta los niños. ¡Cuidado con ello! Iba a decir cue
el inglés bárbaro-veneriense ese fué el que me hizo
dudar, pensar que alguno nos hacía objeto de san­
grienta burla, no sé desde dónde ni cómo.
— ¡No, no! ¡Im posible!—exclamaron varios.
— Esa palabrita, amables amigos, habíamos con­
venido en que no la contendría nuestro vocabu­
lario.
— Es que sería un prodigio que alguien así nos
tratara.
— ¿Qué es eso de prodigio? ¿Quién puede aquí
9

130

J O S É

F E R R Ü N D I Z

afirmar en un momento dado que los conocimien­
tos humanos no hayan conseguido determinada
conquista sin que aquí lo sepamos? ¿Conoce al­
guien el invento de Mr. Sawyer que, enunciado
por ahí, parecería un sueño? Pues un hecho e s;
que me nieguen esto.
Hubo un momento de silencio ; luego, ligeros
rumores. El joven astrónomo prosiguió:
—Yo sé, y muchos aquí no ignorarán, que hace
ya bastantes años se trabaja por la comunicación
eléctrica sin hilos y que algo se ha consegui­
do (i).
—{Cierto, sí, cierto!
—Pero poco aún, pues nada práctico se cono­
ce—añadieron algunos.
—Por mi parte—prosiguió el joven—, sé lo que
vais a oír. Hará unos quince años era yo un chi­
quillo ; pero como estudiante, dado a leerlo todo.
Pues en un periódico inglés, destrozado casi, leí
que unos señores, al cabo de muchos estudios, ha­
bían conseguido la comunicación sin hilos bajo
estas dos condiciones: hallarse los dos comunican­
tes en el mismo paralelo terrestre (expectación) y
tener ambos aparatos telegráficos sobre pies su­
mergidos en el agua.
Exclamación de extrañeza. Ninguno conocía se­
mejante hecho.
—Pero... ¿no as chanceáis?
—No está para eso la noche, amigo Listrade;
si no me creéis, buscaré entre mis papeles el re(i) Téngase en cuenta la fecha de la acción, 1884 a 88 lo
más.— (N. del E.)

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

«3i

corte, pues lo conservo, y mañana todos podréis
leerlo.
—¡ O h ! Eso es otra cosa. Y por fin el éxito
¿cuál fué?
—En mi recorte lo veréis. Se colocaron sobre un
mismo paralelo a más de ochenta leguas distantes
dos parejas de los señores aludidos, y convenida
la hora, puestos en condiciones los aparatos, uno
de ellos transmitió lo siguiente: «Hemos triunfa­
do; ¿no es así?» Y el otro, a su vez, envió la res­
puesta : «Es cierto, y el mundo lo sabrá con inmen­
so júbilo» (i). Pero yo, señores, no he sabido na­
da ni conozco a alguien que llegara a enterarse.
¿U n canard? No es imposible, lo reconozco. Sea
lo que quiera, lo que sé es que se itrabaja; que Tesla, que un italiano, Marconi, o dos, y algún fran­
cés no se duermen. Las consecuencias no hay para
qué expresarlas.
—Sea—dijo Mr. Drebler— ; pero, puesto que
nuestro anteojo mete la nariz en Venus...
—A eso iba. Necesito, para acabar de convencer­
me de que Venus habla, una prueba de vista que
convenga con sus hechos de oído , como decimos
en la jerga de observatorio; ambas cosas íntima­
mente unidas, evidentemente en consecuencia: una
acción de allá vista por mí y correspondiente, por
ejemplo, con palabras nuestras.
—No está mal ideado, no—interrumpieron va­
rios, el director inclusive.
—Habida esa prueba, me rendiré, ¿quién no?,
y el inglés allí sabido, sin duda tomado del nues(i)

Histórico.

132

JOSÉ

FERRÁNDIZ

tro, y aunque fuera el chino, me preocupará muy
poco, porque también yo he dado vueltas a este
particular y he encontrado posibilidad de medio;
sólo eso, ¿eh? En fin, si en efecto nos las habe­
rnos con los venerienses, tal vez ellos nos aclaren
el enigma.
—Eso espero...
—Y yo...
—Tajnbién yo. Es más barato, ¡qué diablo!, y
van dos preguntas que dirigirles: la del timbre y
ésta del inglés. ¿No interrogan ellos?
—Lo difícil será que nos podamos entender en
preguntas y respuestas.
—Bien, señores—cortó Mr. Brigham— ; ello es
que los problemas más arduos, cuya solución ni a
imaginar nos atrevíamos, resueltos están, uno des­
de aquí, desde allá el otro. Nos vemos, nos oímos,
algo nos entendemos ; ¡ inmensos avances!, prólo­
go tal vez de incalculables conquistas, causantes
de increíbles transformaciones, quién sabe si de
convulsiones en la Tierra. Todo lo demás paréceme en cierto modo secundario, esperable del tiem­
po y del trabajo, si podemos proseguirlo.
—¡ Sí, sí ! A ,todó «trapo, suceda lo que quiera
—gritaron los oyentes—. Hay que ir hasta el fin.
—Pero ¿cuál es el fin, señores?—pregunta Pillsbury—. ¿Es que se puede fijar?
—Querido, una comunicación algo expedita y
comprensible.
—¡ Ah ! Ese es el fin para mi honorable tía ; en
realidad, aun la comunicación más perfecta, por
ejemplo, como la que sostenemos aquí en casa te­
lefónicamente unos con otros, no pasa de ser un

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

*33

medio; el fin consistirá en los efectos; cabalmente
lo que no estamos en condiciones ahora de calcu­
lar y lo que todos tememos, poco o mucho.
—Verdad es, Mr. Ricardo; ahí está el quid.
—Conformes—intervino Fontignan— ; y como
la magnitud de nuestro avance es tanta, que nos
colmará de gloria...
—Si no nos arrojan desde aquí por esas peñas
abajo.
—No seáis pesimista, Ricardo; todo acabará en
bien, en admiración universal y... en dinero. Per­
donad el prosaísmo.
—No; ¡si es muy propio del numen poético
francés!
—Y del yanqui, ¿no? Propongo, pues, un lige­
ro descanso preparatorio ante la difícil labor que
nos espera ; después de todo, menos pesada que si
Venus no hubiera intervenido para abrirnos una
vía magnífica. Ese reposo lo necesitan nuestros
nervios ; y para que sea más grato, ¿ no os parece
que debiéramos celebrar el gran paso dado con
un cordial banquete de todos nosotros, de los ini­
ciados, digo?
—S í; ¡qué bella idea!, M. Fontignan, como
vuestra. Y mientras comamos hablaremos en grie­
go clásico para que no se entere la servidumbre
de... lo que aun no debe saber.
—¡ Bah ! El francés, amigo Pillsbury, serviría
admirablemente.
—¡Y a lo creo! Para lo mismo que el inglés.
Vuestra lengua natal la saben aquí de cada diez,
ocho; el español, casi otros tantos; ya veis: lo ha­
blan muchos pieles rojas en estas comarcas, donde

>34

JOSÉ

FERRÁNDIZ

quedan rastros de E spaña; y ahí está el Pik
Spagnol para probarlo. ¿ No sabéis que los aquí
reunidos han corrido mucho m undo: han estado en
Italia, en América del Sur, qué sé yo?
— Razón tenéis, ¡ cáspita 1 H ay que dejarlo para
más adelante.
—H asta que los de Venus nos enseñen cualquie­
ra de sus lenguas, pues no creo que usen una sola.
Entonces podremos hablar de estas cosas ante los
profanos y banquetear los buenos profesores de
Dagliah. Ved ah í; ya sabemos una palabra: el
nombre de este pedrusco, esferoide achatado, allá
en otro que tal.
—Pero, según indicios, más culto.
—Será más viejo, con perdón sea dicho; que se
trata de una dama, aunque ya... jamona.
—Que puede enseñarnos mucho.
—Si quiere. ¿ Quién sabe lo que nos enseñará
desde lejos? Preferiría que desde aquí, sin contar
con ella, para no alarmarla en su pudor, le sor­
prendiéramos muchas de sus intimidades. ¿N o nos
ha dado el ejemplo? Veremos quién ríe el último.

XI
V EN US SE INSINÚA

resto de lo que se habló poco puede interesar­
n o s; disquisiciones de técnica, suposiciones
m ás o menos aventuradas sobre lo que podría su­
ceder y acerca de la índole de la hum anidad de
Venus, conjeturas cuanto al procedim iento que ella
seguiría en su comunicación y al modo de corres­
ponderle.
A lgunos no acababan de asom brarse de que tan
pronto y con tal facilidad se hubiera llegado a si­
tuación sem ejante, nada m enos que al desiderátum
de la institutora y dueña de la casa, quien se hu­
biera contentado seguram ente con lo conseguido y
con mucho m enos a los ocho o nueve años de tra ­
bajos, y ahora, apenas pasados unos dos, se esta­
ba en el caso de exceder lo propuesto, entrando en
la comunicación m ism a. ¡ Esplendorosa gloria 1
Cuando se diera cuenta de ella estaría ya m ucho
m ás lejos el descubrim iento de lo que se pudiera
im aginar...
Sobre esto los pareceres se dividieron. ¿C onven­
d ría y.$, con las debidas precauciones, avisar a
lady E sther o continuar los trabajos y no ponerla
en autos hasta haber llegado a un punto que hi-

E

l

136

JOSÉ

FERRÁNDIZ

ciera ya precisa la notificación? Porque Listrade
insinuó que los venerienses, ya animados con el
primer éxito, que en aquella hora sería conocido en
todo su planeta, podrían, ¿y cómo impedírselo?,
requerir a otros Observatorios terrestres y lograr
respuesta de alguno, sin mutua visión ciertamen­
te ; pero esto no obstaría para entenderse, y calcú­
lense las consecuencias. Los de Venus dirían : «Es­
tamos ya al habla con un Observatorio, desde don­
de además nos ven» ; el nombre no podrían darlo ;
pero serán lo bastante astrónomos para acusar
nuestra longitud y nuestra latitud. Eso basta. He­
nos ya descubiertos y reos ante el mundo nuestro
de reserva egoísta.
El razonamiento no caiecía de base racional,
tj Diablo con la contingencia! Se pensó en el me­
dio de conjurarla desde aquí. Villougby entonces
recordó que en algunas estaciones de telegrafía se
decía que habían oído golpes extraños a la misma
hora siempre, y cuya causa quedó en el misterio.
Algunos habían supuesto si desde Marte nos re­
querían. ¿No pudiera ser que Venus desde hace
tiempo nos estuviera llamando? Barton, el ayu­
dante, confirmó la referencia de los puestos tele­
gráficos. La alarma cundió un instante ; pero se de­
cidió al fin callar, esperar.
Dejémoslos dar aún toques a este y a otros te­
mas y dispongámonos a una expedición no larga.
Nos conviene acompañar el mecánico, Mr. Whyle,
en su viaje a Denver, la capital del Colorado, en
busca de los instrumentos pedidos por el director.
Es muy temprano. Apenas ha amanecido cuando
el profesor, con un subordinado suyo, se dispone

D OS

M U N D O S

AL

HABL A

137

a montar en el carruaje, ya dispuesto, que ha de
llevarlo a Eastbrigde y de allí al apeadero en que
tomará el tren para Denver.
Casi en el momento de poner el pie en el estribo
aparece precipitada y risueña Mme. Julia de Fontignan, que lleva un perrito muy mono y un gran
cabás vacío. El sombrero y todo su pergenio deno­
tan que va de viaje también.
— Buenos días, Mr. Whyle—exclama— . ¡Qué
dicha teneros por acompañante I He sabido que
ibais a Denver (el mecánico hizo sin querer un
gesto de sorpresa... no muy grata), y como pensa­
ba ir mañana a Eastbrigde para hacer una multi­
tud de compras, porque me había descuidado en
esto por algún tiempo, he determinado aprovechar
la ocasión ; no es agradable ir y volver sola.
— ¡ Cuánto lo celebro, señora! Estoy a vuestras
órdenes. Será éste un viaje tan corto como agra­
dable.
— Mil gracias, querido. Y ... ¿vais a estar mu­
chos días en la ciudad?
—Si puedo, regresaré esta tarde en el último
tren, el de las siete. Así, pues, si vais a pasar el
día en el pueblo, que os espere el coche. ¿L o oís,
Edmundo? (al cochero). Aguardadme, madame
Julia, y retornaremos juntos. Si en ese tren no lle­
gase, tendréis que venir sola, y yo lo sentiré mu­
cho, aunque no habrá dependido de mí la tardanza
y el quedarme una noche o más en Denver.
Partieron. Poco después llegaban a Eastbrigde,
en donde la francesa se apeaba con su cabás y su
perro para comenzar las correrías por las tiendas.
El mecánico y su auxiliar seguían hasta el apeade-

i 38

JOSÉ

FERRÁNDIZ

ro para tomar el convoy que venía del W iom ing.
Madame Fontignan entró en un cafetín a tomar
tranquila el desayuno; de allí fuése a visitar a una
amiga inglesa, criada en Francia, mujer del far­
macéutico, y a la hora de charla con ella salió para
dar comienzo a sus encargos y compras. Y a lleva­
ba algunas hechas cuando nos la encontramos en
la tienda de quincalla y telas propiedad de una viu­
da. Ambas mujeres ya se conocían.
—Está usted guapísima, Julia. Es claro—decía
la tendera— ; con la vida tan sana y descansada
que llevan ustedes allá arriba...
—Según los tiempos, mistress Holbens.
—¡ Eh I Ya sabemos que en el Observatorio no
hay gran cosa que hacer; las estrellas no son exi­
gentes ; esa casa no depende del Estado, que pu­
diera obligar a su dotación...
—Error grande; cabalmente ahora...
Y, en efecto, cabalmente ahora la tendera acaba­
ba de dar inconscientemente en el blanco, en la
preocupación curiosa de Mme. Julia, que, picada
al mismo tiempo en su vanidad de mujer de un sa­
bio, «Yo te compondré», se dijo, y en alta voz:
—S í; precisamente ahora mismo se están verifi­
cando allí unos trabajos extraordinarios, pero mu­
cho, que cuando sean conocidos van a causar el
asombro del mundo.
—¡H ola! ¿Tal vez han hallado el camino para
llegar.a la Luna?
—O más allá, hija mía. ¡Quién sabe! Lo que os
puedo asegurar es que se trata de un descubrimien­
to estupendo, que no debo revelar; ya comprende­
réis... El secreto profesional—añadió pavoneándo-

POS

MUNDOS

AL

HABLA

139

se— ; pero ¡si lo sabré bien cuando mi marido...!.
—¿ Es el descubridor ? ¡ Cuánto lo celebraría !
—Pudiera serlo, ¿por qué no? Bien conocido es
como una eminencia.
—¡ O h! No lo dudo. Los franceses son hombres
de una gran inventiva. Flammarión...
—¡ P st! ¡Un simple divulgador! Ei astrónomo
de las mujeres... semisabias. No; mi buen Carlos
pertenece a los hombres de ciencia serios, a los
más graves...
—¿Tan francote y alegre como es?
—Sí, señora ; el hombre es una cosa; el sabio,
otra. El director le distingue en primer término en­
tre los astrónomos de primera clase, y míster
Brigham es americano.
Madame Julia, engolfada en sus glorias vanido­
sas, no había notado que al principio de este diá­
logo entraba una señora en compañía de dos suje­
tos, de la clase media al parecer, los cuales mien­
tras ella se entendía con el dependiente sentáronse
en un banco y, por no tener nada mejor en qué en­
tretener la espera, fijáronse en lo que hablaban al
otro extremo del mostrador la tendera y la fran­
cesa.
Esta, colocada ya en la pendiente, charló aún
demasiado y exageró cuanto pudo la importancia
archiestupenda de lo que en el Observatorio esta­
ban haciendo.
Al fin se despidió, y entonces echó de ver que
había allí tres personas desconocidas, en las que
no reparara antes. ¿Cuándo habían entrado? Nada
le importaba.
Así que hubo salido a continuar sus diligencias

140

j o s é

f e r r An d i z

antes de comer con la fam ilia del farm acéutico, uno
de los dos hom bres aquellos, el más joven, comen­
zó a conversar con la tendera, porque la dam a com­
pradora aun tenía para rato escogiendo telas, que
le presentaba el hortera. Como si hab lara de cosa
indiferente, elogió la belleza y la g racia de la se­
ñora que acababa de m archarse.
— Debe ser persona principal. Me parece ex tran ­
jera—dijo.
—S í ; francesa. U na buena m u jer; pero algo p a ­
gada del mérito de su marido, un astrónom o que
ejerce aquí cerca...
— ¿ A quí?
— ¿ Pues no sabéis que en el m onte H ouston hay
un gran O bservatorio?
Y de aquí dió principio un diálogo, en el que la
vendedora hizo con el desconocido lo que la fran ­
cesa había hecho con e lla : d ar gusto a su vanidad.
—Sépase que en esta comarca no tenem os que
envidiar a California ni a Nueva Y ork.
Y le endilgó cuanto la francesa le acababa de
com unicar, bastante aum entado y con un tono de
sinceridad que interesó mucho al interlocutor. No
paró éste m ientras no supo de la viuda cuanto ésta
podía decirle del establecim iento y de su dotación.
Lo que más le interesó fué lo tocante al secreto
profesional que guardaban los astrónom os sobre
una conquista científica ultraasom brosa, tanto que,
según indicios, el m undo estaba abocado a una
transform ación radical en el cam po de la Astrono­
mía ; de ahí el m isterio. Los mismos astrónom os
estaban asustados.
L uego la tendera viuda se reía del desconocido

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

141

cuando ya estaba él lejos como la francesa cele­
braba sus exageraciones con ella para admirarla.
Por la noche ya estaba Edmundo, el criado, que
hacía esta vez de auriga, esperando en la estación
a Mr. Whyle. Madame Fontignan aguardaba en
el coche.
—Al fin, amigo Whyle, habéis despachado en el
día; lo celebro; así iré bien acompañada.
—Mis trabajillos me ha costado; por fin todo es­
tá hecho.
—Cosas del Observatorio, ¿ eh ?
—S í; unos libros, tres barómetros diferenciales,
material de fotografía y de electricidad para repo­
ner...—contestaba como distraído, pero muy sobre
sí, el mecánico.
—Pues ocupa bastante—le dijo la señora—.
¡Cuidado con el tamaño de esas cajas que ahora
coloca ahí arriba Edmundo!... Otra en el pescan­
te... Un gran bulto...
—¡ Qué queréis! En cerca de dos años se han es­
tropeado muchas cosas.
—¿Y no se ha conseguido aún algún resultado...
práctico?...
—Es temprano. Apenas basta ese tiempo trans­
currido para constituir Observatorio. ¡ Es desespe­
rante!... Os lo habrá dicho M. De Fontignan.
Y al hablar así crecíale al inglés el recelo... Pero
no hubo más. Y llegados al Observatorio, la fran­
cesa, con su perro, su cabás y algunos líos o pa­
quetes, se dirigió a su habitación mientras Whyle
daba órdenes para descargar lo que traía. Estaba
contento de su expedición a D enver; pero contra­
riado por no haber asistido a la comunicación que

142

J O S É

F E R R Á N D I Z

los venerienses habían señalado p ara aquella tar­
de. ¿ Qué habría ocurrido en ella? A h o ra lo sa b ría .
Casi al mismo tiem po lo sabrem os nosotros.
W hyle, lleno de curiosidad, en cu an to vió des­
cargados y camino del taller de m ecánica los ap a­
ratos, sin subir a su habitación, dirigióse a la sala
de reuniones, ya ocupada por b astan tes de sus co­
legas. Empezó por dar cuenta de sus com pras ;
eran excelentes, como ya se v e ría ; la m ayor parte,
adquiridas en una casa de la M ain Street, la calle
m ás alta del m undo y muy principal de D enver,
que con ella se consolaba de no poseer la más rica
del m undo 'también, la Q uinta A venida de New
York, y la m ás ancha, M arket Street, de Filadelfia, y la más estrecha, la del Sol, en la H ab an a.
P ara encontrar algunos objetos hubo de visitar dos
fábricas en las afu eras; ¡un día aperreado! Pero
¿ qué había ocurrido en la comunicación, tan espe­
rada, con los de V enus?
¡ O h ! M ucho y bueno, aunque trabajosillo, le
dijeron. El inglés de los venerienses no se hacía a
veces muy inteligible por lo incompleto, rudo, abstruso e impropio en sus vocablos, con una cons­
trucción elem entalísim a a veces, a veces enrevesa­
da y laberíntica. Luego, la dificultad de hacerse
entender allí, no de hacerse oír, que ya les advir­
tieron no ser necesario esforzar la v o z ; pero había
que escoger los térm inos más simples y expresivos,
cortos, lo que no bastaba en muchos casos.
—Pero ¿cóm o saben nuestra lengua?
Se le contestó que sabían cuatro idiomas terres­
tres ; los de las p artes de nuestro planeta que veían
m ás civilizadas; sin duda eran el inglés, el fran-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

14 3

cés, el español y el alemán, probablemente. Reco­
nocida toda la Tierra desde hacía ya larguísimo
tiempo, diez veces veinte veces (sic), la revolución
de ellos en derredor del Sol, y obtenido un medio
de percibir los sonidos que sobre ella se emitían,
combinadamente con la visión, nos observaban.
Habíanse repartido nuestro planeta en par­
celas, las más propicias en proyección para cada
Observatorio de Venus. Con paciencia e indudable­
mente con una gran penetración, las voces, los
gritos, las palabras que oían, las fijaban por un
procedimiento que sería mejor, acaso, que nues­
tros fotófonos y fonógrafos ; pero anotando, cuan­
do lo podían conseguir, la acción que acompaña­
ba o seguía a la voz, lo que muchas veces compro­
bado los iba decidiendo a fijarle más o menos pro­
visionalmente significación, y así formar vocabula­
rios. Los fonógrafos, seguramente repitiendo lo
impresionado, les enseñaban la pronunciación
más o menos aproximada.
Supieron pronunciar algo; mas no leer nuestra
escritura. Veían, sí, letreros sobre las puertas, en
las calles de nuestras ciudades, en los campos, en
los muros, en los anuncios. Sólo rara vez, por con­
jetura, sobre el lugar rotulado, una sastrería, unas
fraguas o taller de máquinas, colegían el significa­
do del rótulo, jamás su pronunciación. Pero todo
lo iban anotando en su escritura propia, y ya
saldría al fin algo, si no seguro, probable. Por lo
menos, poseían el número y forma de nuestros
caracteres bien clasificado, sin haber conocido en
mucho tiempo los sonidos correspondientes ni los
valores de la numeración o si ella lo era.

144

J O S É

F E R R Á N D I Z

Una casualidad les hizo avanzar mucho por este
camino. En un país, claro que no pudieron nom­
brarle con nuestros términos, cierta vez el observa­
dor de él que estaba estudiándole enfiló a un sitio
descubierto, en el que un hombre parecía aleccionar
a varios chiquillos que al pie de un cartelón lleno
de gruesas letras mayúsculas y minúsculas ibanlas pronunciando separada y secamente, según el
hombre las señalaba con una vara.
¡Feliz descubrimiento! El observador, que ya
conocía los caracteres, se apresuró a impresionar
sobre un fotófono, o lo que fuera, los respectivos so­
nidos, claros, sencillos, constantes. Esto se repitió,
y pronto Venus entera supo el sonido de cada letra
nuestra, vocales y consonantes, y el valor de los nú­
meros, observando la manipulación de un contador
de bolas que el hombre aquel usaba combinado con
cifras que sobre un cartel señalaban los muchachos.
—Eso ha ocurrido, sin duda, en España o en Sud
América—había exclamado Pillsbury— ; alguna
escuela en pleno aire libre o en un corral de esos
pueblos semibárbaros, donde la enseñanza se da
groseramente en pésimos edificios o en cuadras. Y
debió ser allí, porque sólo esa magnífica lengua,
que no se merecen, tiene un sonido constante para
cada letra, mientras el inglés, con cinco vocales
escritas produce veintiún sonidos por combinación
con las letras precedentes y siguientes; el fran­
cés, por el contrario, con sus diptongos da una
voz o emisión con dos o tres vocales y también
varía por combinaciones; el alemán...
—Y ¿no pudo ser la tal escuela de Italia?—ha­
bía objetado Mr. Drebler.

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

J45

—También ; el italiano posee tan bella dote de
claridad; asimismo el griego... que ya no se habla.
No sé qué presentimiento me hace inclinarme al
español.
Ello fué que la noticia del valor de los caracteres
corrió todo el planeta ; y por lo que dejaban ahora
entender los comunicantes, llegaron a practicar
igual procedimiento en escuelas primarias de otros
países, penetrando con la visual en su interior.
Al principio, sin duda no sirvió su conquista más
que para la lengua que la motivó. Pero no se
desalentaron. Aún no dominaban el sistema de nu­
meración, lo conocían poco, lo usaban mal, habla­
do o escrito, sin atreverse a cantidades de dos ci­
fras dígitas : uno, dos, cuatro, diez dos diez... ;
así con trabajo, numeraban. Se les prometió la
clave y, poco a poco, más léxico inglés, pronun­
ciado y escrito, para empezar, ya que era la len­
gua que entendían probablemente no ellos solos;
otros establecimientos de proyección favorable, por
ejemplo, a Inglaterra, tal vez a la India inglesa
o a la Australia, también la conocerían. Estos
nuestros comunicantes enfilaban, sin duda, a los
Estados de la Unión. Bueno; inglés en ellos; que
lo escribieran con los caracteres de su lengua y la
traducción al canto; vocabularios que pronto im­
primirían o cosa parecida, y correrían por (todo su
mundo, se habían dicho en la torre de Monte Houston.
Todo lo que va referido por los astrónomos a
While y lo que habían dejado adivinar los de Ve­
nus en su hablar extraño, de frases cortas y muy
comprensivas, más lo habían esbozado que lo ha­
lo

1 46

J O S É

F E R R Á N D I Z

bían dicho. Se les notó una perceptiva muy sutil
del sentido de nuestras frases, aunque no enten­
dieran algunos de sus vocablos; eran unos razona­
dores casi adivinos, muy sintéticos, brutalmente
lógicos. Entre frase y frase de acá para allá y allá
para acá se tardaba poco: la electricidad o el éter
corría a maravilla, ¡ y con qué eficacia I
Hubo un incidente que puso a nuestros amigos
en cuidado. Al explicar los venerienses cómo habían
logrado, más de cien años antes, observar al maes­
tro de escuela en un corral, quién sabe de dónde,
Pillsbury había exclamado en voz relativamente
baja, para ser oído tan sólo de los dos o tres que
tenía cerca:
—¡ Sapristi con los nenes esos!
Y a poco preguntaban los nenes :
—¿ Qué ser sapristi con los niños ?
Miráronse unos a otros los presentes. ¡Cuidado!,
y mucho, que el receptor de Venus era finísimo.
Ya habían dicho que tanto sus medios de visión
como los auditivos, si nos alcanzaban durante el
apogeo o máxima distancia (conjunción superior)
entre Venus y nosotros, claro es que más potentes
eran a distancia mínima (conjunción inferior) y
en las intermedias, dentro de la diferencial de am­
bos extremos. Seguramente variaría algo, cuanto
al sonido, la intensidad asequible; ¡cuidadito,
pues! No eran tan potentes nuestros medios.
La sorpresa grande: Dijeron que habían logrado
primero en su planeta y luego fuera de él, la visión
de objetos por medio de la corriente que les servía
para oír. Así que donde la tal corriente daba en
algo conductor, se introducía en los interiores y

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

«47

retrataba lo que en ellos había al alcance de su pro­
yección. Esto les había facilitado mucho los tra­
bajos.
—I Hola!, esa gente nos está viendo aquí dentro:
donde sus catalejos no penetran lo hace su fluido...
—dijeron varios bajito—, ¿eh?
Se preguntó y respondieron afirmativamente. Ha­
bían notado por casualidad, husmeando aquella
latitud, la construcción del Observatorio. A su
tiempo, se dieron cuenta de lo que era; habían
observado trabajos en las dos torres; por último,
cuando habían salido a la galería o ándito los as­
trónomos y, mirando a Venus, le había enseñado
alguno los puños, también los estaban viendo y
algo los oían. De ahí su última decisión de reque­
rirlos.
—¡ Pues estamos frescos 1—dijo Fontignan— ;
aquí no puede uno revolverse, ni estornudar, sin
que allá lo noten.
—¡ Chist! que tienen las orejas muy largas,
querido; no vayamos a disgustarlos—intervino
Drebler—. Sucederá ahí lo que por acá con los sor­
dos : les voceáis y apenas os oyen ; pero en un mo­
mento dado, no se sabe por qué, tal vez una corrien­
te de aire que va a su oído, les hace percibir lo
que dijisteis en voz muy tenue creyendo que no
les llegaría: no lo olvidemos.
Advirtieron que las figuras o dibujos, los gráfi­
cos que deseáramos mostrarles, se pusieran en con­
tacto con la corriente que servía para hablar. Este
servicio, por desgracia, no sería mutuo: nos falta­
ba el medio receptor; algún día tal vez podrían ex­
plicárnoslo, cuando el léxico lo permitiera. Item :

148

J O S É

F E R R Á N D I Z

conocían nuestra m úsica; ya nos declararían su
juicio acerca de ella y nos harían oír la suya.
—Vamos, sir Ricardo, ahora no dudaréis de que
nos comunicamos con gentes extraterrenas—inter­
peló, al oír esta revelación, hecha con sólo diez o
doce palabras, Mr. Villougby.
—Esperad aún a que venga una demostración.
Todo lo sucedido, aunque sorprendente, podría ser
terreno, y no pasa de indicios.
—Pero ¿qué es lo que aun deseáis?
—Casi nada : ver reflejado en Venus algo que les
indiquemos desde aquí. Reparad que hablamos sin
ver a los de allá, que nos hablan demtro de su casa ,*
únicamente el edificio que ocupan y donde es se­
guro que tienen, si ellos son los que hablan, el apa­
rato o aparatos de que se valen. Para conjeturar
nosotros, pase; como evidencia, ¡ oh !, no.
—Pero ¿ no habéis oído que nos ven y la prue­
ba de que nos oyen?
—De que nos oye alguien, s í ; de que ese alguien
se halle en Venus, perdonad, querido Villougby»
todavía no, o se me ha olvidado la lógica. Repito
que deseo una evidencia, algo que por ocurrir en
Venus a indicación nuestra, no puedan realizar
los que en la Tierra se estén acaso divirtiendo a
costa nuestra. La evidencia de que el anteojo refleia
lo que sucede en el planeta vecino ésa sí que la
tengo. Pues sobre ella hay que proceder.
—Señores—alegó Listrade— ; el razonamiento de
sir Ricardo es todo lo legítimo y concluyente que
se puede exigir, y el asunto lo bastante serio para
que así lo tengamos en cuenta: creo esa prueba
decisiva y necesaria.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

149

—Y bien, ¿cómo realizarla?
—¡ Bah !—exclamó el joven—, por medio de cualquera bagatela, inofensiva, por si acaso: la tengo
pensada, y si Mr. Brigham lo permite, la plantearé
al momento.
—Hacedlo, sir Ricardo; confío en vuestro talen­
to—dijo el director.
Entonces el joven trazó sobre un papel el esque­
ma de lo que iba a hacer; en silencio lo mostró
a todos, y, aprobado, se procedió a transmitir a
Venus el siguiente ruego, un poco extraño a la co­
municación entablada, pero no impertinente u ofen­
sivo :
«Hemos visto desde aquí un hermoso niño con
una mujer. La belleza de los dos nos tiene admira­
dos. Suplicamos que se coloquen sobre esa terraza
unos momentos, para obtener sus figuras, median­
te un procedimiento que poseemos : todo en grato
recuerdo de esta comunicación tan instructiva para
nosotros, por vuestra amable condescendencia.»
—Y ahora veremos lo que resulta, señores—aña­
dió Mr. Drebler, que fué el que pronunció esta pe­
tición sobre el auricular.
Pasaron unos seis a ocho minutos de expectación
tras los cuales sonó el timbre y el aparato habló:
«Sois muy cariñosos y buenos ; observad : la se­
ñora (lady) y el niño están donde lo queréis ; os
desean felicidad (os saludan).
En efecto ; sobre el lienzo se vió que en la terra­
za se hallaban en pie una mujer muy hermosa,
una de las ya vistas, y aquel niño lector. Miraban
de frente, y al poco tiempo de quietud, alzaron fas
dos manos hacia adelante, luego las llevaron al pe-

15°

J O S É

F E R R Á N D I Z

cho y del pecho a la cabeza. U nos m om entos m ás,
y D rebler daba las gracias con el av iso : «E stán ya
copiados.» Listrade había obtenido con una m á­
quina fotográfica de la casa, puesta allí por Sawyer, un cliché bastante preciso.
Con una frase galante de los venerienses fué ce­
rrada la sesión. La evidencia apetecida era un he­
cho. P íllsbury se rindió :
— j P o r fin !—exclam aba— lo hem os conseguido.
O no existe la realidad y estam os aquí todos locos,
lo que no tendría nada de extraño, o es con el p la­
neta V enus con quien hemos entrado en tratos, no
sé si por fortuna o por d e s g ra c ia : el tiem po lo dirá.
Felicitaron al ingenioso joven todos los presentes,
pero él :
— No, queridos— repuso— ; ; si vulgaridad m ayor
apenas se co ncibe!; no hacía falta una inventiva
m uy aguda. Lo que me regocija es la certeza de
que nadie está riéndose de nosotros ; esto sí que
hubiera revestido gravedad. Y por quien soy, que
no habría parado, em pleando entonces toda mi an­
tigua travesura, hasta no descubrir a los graciosos
y ... hacer que les costase la brom ita m uy cara.
— Perfectam ente, am igos m ío s ; sesión aprove­
chada, aunque fatigosa. H olguem os distraídos
m ientras los venerienses participan a su mundo este
suceso de hoy. M añana volverán, como han pro­
m etido al despedirse ; y nosotros debemos aprove­
char la no larga etapa en que la posición de Ve­
nus nos perm ite estar con ella al h a b la : es mucho
lo que hay que estudiar y disponer, y la comida
nos aguarda.

XII
PADRE,

HIJA Y AMIGO.— TERCETO

DE

ASTRONOMÍA

BARATA

misma noche, al salir de la amigable
conferencia en que el mecánico, Whyle, había
sido informado sobre lo que antecede, marchaban
hacia sus habitaciones el segundo, Mr. Drebler,
y su colega Mr. Listrade, comentando lo ocurrido
en el día ; lo mismo, seguramente, iban haciendo,
por parejas o por grupos, los demás.
—¡ Ea !, mi buen Listrade, si os parece, dejemos
esta empecatada cuestión, que acabará por quitar­
nos el poco juicio que nos queda. Una tregua;
refrésquese nuestro cerebro hasta mañana; para su
salud ya sabéis que nada tan propicio como ha­
cerle variar el objeto de la atención.
—Conformes ; pero en quedándome solo, a pesar
mío, el pensamiento se irá derecho a esta endiabla­
da situación nuestra.
—Para impedírselo, os invito a pasar el resto de
la velada conmigo. Tomaremos té de nuevo, fuma­
remos, Lucy hará un poco de música, los tres char­
laremos de... cualquier cosa que no sea el fatal
descubrimiento, hasta que el sueño nos invada.
—Seductora proposición.

A

quella

1S 2

JOSÉ

FERRÁNDIZ

Ya sabemos que Mr. Drebler tenía una hija,
miss Lucy, bellísima criatura entonces de veintiún
abriles, vivo retrato de su difunta madre y único
vástago de aquella unión ; el padre adoraba a la ni­
ña con delirio, lo era todo para él.
Lucy tenía a todos como encantados.
Listrade, al parecer duro e inflexible, incisivo, ló­
gica pura; en el fondo un chiquillo grande que
adoraba a los pequeños de todo el orbe casi tanto
como a Thom y Alice, los dos suyos, profesaba
gran cariño a la joven, atraído por sus prendas y
también agradecido porque en una enfermedad mo­
lesta había cuidado en alternativa con su madre al
pequeñuelo Thom.
Lucy, bastante mimada, no era voluntariosa más
que hasta cierto punto; pero hacía de su padre
lo que se le antojaba, con ser él tan serio y rígido,
y de Listrade también, que aprobaba todos los ca­
prichos de la niña.
Dos horas o algo más de reposo con Drebler y
su hija, realmente no serían despreciable lenitivo
para la mente fatigada por aquel duro día de traba­
jo y de emociones. Un cuarto de hora después hu­
meaban las tazas, servidas por la misma Lucy,
contentísima ante la perspectiva de la conversación
amena e inesperada que presentía, y que dió co­
mienzo al instante. Sólo que, ¡triste sino el de aque­
lla jornada ! Pensaban los dos astrónomos olvidarse
de que lo eran, y la joven dió en el capricho de
llevarlos cabalmente al terreno de la ninfa Astrea.
—Andáis, papá, días hace tan atareados y tra­
bajáis en horas que me parecen inusitadas; os re­
unís más a menudo y por mayor tiempo...

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

>53

—Sí, monísima, hacemos lo más arduo de la
obra de preparación.
—Pero si Mr. Pillsbury me ha dicho que ya casi
está en su fin...
Miráronse ambos amigos como diciéndose : Ese
locatis nos fastidia ahora sin saberlo.
—í£s que así y todo, los últimos detalles...—ob­
jetó Listrade.
—Bueno; yo no entiendo de eso : había creído
que realizada la labor preliminar o preparatoria
entrabais en los principios de la obra seria y or­
dinaria : al ataque del primer planeta. Supongo que
será Marte el asediado por nuestra artillería... con
lentes ; ese que nos hace señas abriendo canales,
y así nos provoca; ¿no es el más próximo?
—Ni Marte nos hace guiños provocativos ni tie^ne canales, ni es el vecino de al lado, hija mía.
No está en el horizonte ahora, y aunque estuviera,
se halla muy lejos y es bastante pequeño.
—Entonces, ¿cuál es el vecino ese?
—Venus, el lucero de la mañana..., cuando no,
como ahora, de la tarde; veleidades de señora—re­
puso Listrade.
—¿ Luego contra ella empezarán las operacio­
nes?
Nueva mirada de los astrónomos algo alarma­
dos. ¡Diablo! Pero no, no es posible... En fin,
¡cuidado!
—Naturalmente, ella será algún día la primera
bloqueada.
—¿ Por qué no ahora, ya que se halla a la vista ?
Ayer la contemplaba a través de mis gemelos de
mar : ¡ hermosísima !

>54

J O S É

F E R R Á N D I Z

— j Qué pronto dicen los ángeles ¡ ahora 1 N o se
entra en asedio así como quiera sobre todo un m un­
do. Ahora, pues ahí le tenemos, se le podrían po­
ner las paralelas y tom arle el pulso... de lejos,
durante los días que perm anezca visible, y ya v e­
ríamos lo que resulta. Se irá, seguiríam os pre­
parando p e rtrec h o s; volverá, que nunca falta, y,
por fin, llegaría la hora. ¡ Entonces sí que ten­
dríam os aquí zafarrancho!
— ¿Q ué resultado posible vislum bráis?
— No intentarem os tender un puente o siquiera
un cable de aquí allá.
— ¡Q ué gracia, p a p á ! ¡U n cable, n o ! ; pero el
anteojazo ese tan grande de algo servirá.
— ¿ Ese que cada día nos parece m ás chico? No
sé. Tal vez nos traigan otro que m ejor nos vaya
aproxim ando y nos descubra si hay ahí m ares,
llanuras, m ontañas si no de cuarenta kilóm etros
de altura como pretendía Schroter, bastante eleva­
das... Se hará lo que que se pueda, hasta que en
el siglo venidero M r. Saw yer, ya m uy adelantado
en sus invenciones, nos aum ente lo indecible la po­
tencia de los instrum entos, y, ¡es claro!, ya ve­
rem os: las gafas, chicas o grandes, se hacen para
ver.
— ¡ Gracioso estáis esta noche, p a p a íto ! P ues
m irad, ayudadm e explicándom e cosas de Venus ;
no conozco de ella m ás que generalidades de cole­
gio, casi olvidadas.
— ¡C ria tu ra ! ¡V a y a una conversación de velada
am ena!
Pero L istrade intervino en apoyo de la niña, y
fué preciso com placerla. Alegrém onos, m eros pro-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

155

fanos, que así oiremos, y no nos estorbará, deta­
lles que los astrónomos no mencionan en sus con­
versaciones, porque son el a b c de su profesión.
— Sea— dijo Mr. Drebler— ; siempre ha de triun­
far en este mundo la mujer.
Oye, pues. Venus, llamada por los persas
M ahid; por los árabes, Zohza (esplendente) ; Ca­
lixtos (bella) por los griegos, y Sukra (deslum­
bradora) por los indios, es el planeta segundo a
partir del Sol, ya que no se comprueba la existen­
cia del llamado Vulcano, más próximo al astro
rey que Mercurio.
— Y de nosotros dista...
— Doscientos cincuenta y siete millones de ki­
lómetros cuando más, apogeo; cuarenta, cuando
menos, perigeo; ciento cuarenta y cinco, distan­
cia media. Marcha por su órbita, que tiene un
desarrollo de 622 millones de kilómetros, a razón de
36.228 por minuto, y 4.900.000 por día suyo o giro
isobre el eje (rotación) en veintitrés horas de las
nuestras, veintiún minutos, ocho segundos, que
sabe Dios cómo allá los dividirán, si en diez, en
doce, en veinte partes; es su día menor que el nues­
tro, aunque no mucho. Se da la particularidad de
que los planetas, desde el Sol a Marte inclusive,
tengan sus días casi iguales. El año de Venus con­
tiene doscientos veinticuatro días nuestros y quince
horas ; otros le han calculado esos mismos días y
diez horas con cuarenta y un minutos.
Se le calculan cuatro estaciones de unos cincuen­
ta y seis días suyos de duración ; cambios notables,
debidos a la considerable inclinación de su eje,
mayor que la del nuestro, que no excede de 23,

156

J O S É

F E R R Á N D I Z

grados 28 minutos, mientras la de Venus llega a
75 grados. Su ecuador se inclina respecto de la
órbita 49 grados 18 minutos. Así el Sol alcanza
sobre aquellos horizontes alturas casi cenitales, a
71 grados por encima o por debajo del ecuador. La
inclinación del eje de Venus sobre el plano de la
eclíptica no pasa de 3 grados 23 minutos 35 segun­
dos.
— En los veranos será aquello un horno...
— T e diré: las estaciones breves, más densa y
húmeda aquella atmósfera que la nuestra, altas las
montañas, hondos los valles y acaso en mayor pro­
porción los mares, respecto de las tierras, que por
acá, sin duda se producen combinaciones de luz,
calórico y humedad que templarán el ambiente en
beneficio de la vegetación y de la fauna. La tem­
peratura máxima es de 66 grados centígrados nues­
tros ; como que el planeta ese recibe dos veces más
calor y luz del Sol que nosotros; pero esos grados
no exceden mucho a los de nuestra zona tórrida.
La altura que el Sol alcanza allí no deja tiempo
de que en el invierno se formen los hielos que
aquí blanquean las regiones polares, se perpetúan
y enfrían tanto nuestra superficie.
Como quiera, un esquimal no viviría bien sobre
Venus; pero un senegaliano se aclimataría fácil­
mente; y los que allí nacieron..., puedes suponer.
Se cree que ihay allí magníficas auroras borea­
les.
— Encuentro curiosísimo todo esto, papá, crée­
me. Y ahora, dime : ¿es muy grande Venus?
— Algo menor que la Tierra ; su diámetro, 12.000
kilómetros, uno arriba, dos abajo, ¿eh?, 98 centé-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

1 57

simas del terrestre; su ecuador mide 38.000; su
masa, 89 centésimas de la nuestra; su densidad,
la del óxido de hierro magnético, 92 ; por lo que
allí los cuerpos pesan algo mertos que aquí y
caen con menor velocidad: 4 metros 65 en el primer
segundo de descenso; en la Tierra, 4 con 90.
— ¡ Cuántos detalles habéis puntualizado los as­
trónomos!, parece imposible. Por supuesto, que
desdé Venus nos verán como una estrella enorme.
— No tanto, pues el tamaño nuestro excede poco
del de esa señora. Acaso nos ve más brillantes,
pues Venus percibe todo nuestro disco iluminado,
mientras nosotros, cuando la tenemos más cer­
ca, le vemos iluminada una parte, y el todo cuan­
do se halla más lejos.
— A ver, explícame eso un poco más claro.
— Y o lo haré— intervino Listrade— , para que
vuestro papá descanse. S í ; cuando más disco, todo
el disco de Venus contemplamos alumbrado, me­
nos luz suya percibimos; y no abráis esos ojazos
de asombro, parecidos a los de los ángeles etéreos
que pinta allá en Londres Alma Tadema ; todo se
explica diciendo que cuando Venus se halla más
próxima, tiene al Sol de espaldas, y o no podemos
distinguir de ella parte alguna o sólo un segmento
en el borde, como el menguante más delgado de
nuestra Luna.
— ¡ Ah !, voy comprendiendo.
— Esperad aún. El plano de la órbita de Venus
no coincide con el de la eclíptica u órbita y tra­
yectoria nuestra, lo que determina posiciones que
producen varios fenómenos de luz y sombra en
Venus para nosotros.

ij8

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—Aun no acabo de...
—Ved esta elipse que ahora dibujo (i), poco ex­
céntrica : es la órbita de Venus ; represento por este
circuidlo a esa dama, situada en la parte inferior
de la elipse. Casi en su centro, otro circulito, es
Su M ajestad el Sol. Ahora trazo otra elipse mayor
y más excéntrica que encierra o comprende en
su interior la antes hecha, la de Venus, y al Sol
en su centro ; por eso Venus es para nosotros inte­
rior ; y pongo este nuevo circuidlo, .también abajo :
es la Tierra. Mirad : están los tres en línea recta,
el Sol en el centro casi, Venus y la Tierra en esos
puntos inferiores de sus órbitas, y una y otra en
la distancia mínima entre sí. A esta postura llama­
mos conjunción inferior.
Con poquito que Venus, ahora invisible para
nosotros, se ladee al marchar en su órbita, ya
aparecerá iluminada en un borde por el Sol: es
el segmento ya mencionado, y aunque pequeño,
como Venus se halla tan cerca, nos envía bastan­
te luz suya, y así la vemos grande.
—Absolutamente comprendido.
—Pues que Venus avance, y veremos aún más
iluminado su disco; pero conste que se va ale­
jando. Al fin ofrecerá la mitad de su cara en luz,
y así aumentará hasta llegar a la postura opuesta,
que ahora dibujo. Venus está ya en su máxima dis­
tancia de la Tierra ; el Sol, entre ambos planetas ;
el nuestro ve a Venus con toda su faz alumbrada,
pero se halla muy lejos: distancia máxima. Esta
es la conjunción superior; ya irá Venus descen(i) Véase la figura al fin del libro.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

169

diendo, su disco perderá terreno de luz, llegará
a la mitad y, al cabo, otra vez al segmento en
conjunción inferior; luego, a la invisibilidad, has­
ta que de nuevo otro segmento, aparecido por el
borde opuesto, la haga observable.
No olvidéis, Lucy, que la Tierra, en tanto, gira
también por su órbita, y el astrónomo debe com­
binar este movimiento con el de Venus para el
cálculo de las posturas, lo que ofrece sus dificul­
tades y ya no es materia de una exposición rudi­
mentaria como la que necesitáis.
—¡ Ah !, me basta lo escuchado. ¡ Muy bien, querido sir Heriberto ! Ahora dejadme deducir.
—Creo que será mejor un leve descanso, otro
sorbito, una pasta y, si lo permitís, cuatro chupa­
das a este veguero, algo rebelde; vuestro papá
encenderá uno nuevo, y luego somos vuestros.
—Cuanto queráis, con tal que esta noche sepa
yo en lo que me interese quién es Venus y cómo
las gasta.
—Convenido.
—Iba a decir—prosiguió miss Lucy pasado el
descanso—que según me permite suponer vuestro
dibujo, Venus pasará periódicamente ante el dis­
co soiar, sin eclipsarlo, es claro, porque es muy
pequeña para eso, dada la distancia. Comprendo
la causa de los pasos, como el que dió tanto que
hablar años hace. Estaba yo cursando mi último
año en el colegio, donde oí cosas muy singulares.
—Probablemente absurdas. Si coincidieran las
órbitas de Venus y de la Tierra en un plano, como
ahí en mi dibujo, habría paso, visible aquí, en
las conjunciones a él propicias : Sol, Venus, Tierra,

1 60

J O S É

F E R R Á N D I Z

Venus interpuesta. No es así. Nuestra hermosa
vecina pasa atravesando el disco solar de Oriente
a Occidente, ya por la parte superior, ya por la
inferior, unas dos veces cada ciento o pocos más
años con intervalo de ocho entre un paso y otro
de la centuria, y luego ya hasta la siguiente. Así
hubo tránsito de Venus por el Sol en 1761 y ocho
años después, en 1769. Cuando estabais en la pen­
sión, 1882, se repetía este período (1874-1882), y
ya no vendrá otro hasta 2004-2012, os lo fío.
— ¿ Eso determina la no coincidencia de las dos
órbitas?
— Y además la diferencia de sus radios. Mirad
de nuevo mi dibujo. Nuestro globo es alcanzado
por Venus en conjunción cada nueve meses, pos­
tura propicia al paso; pero Venus queda la mitad
del tránsito por encima y la otra mitad por debajo
de nuestra órbita, y así la línea visual de la Tierra
a Venus o pasa por encima o pasa por debajo
del Sol y vemos a los dos, pero separados.
— ¿ Qué es necesario para que eso no ocurra y
se dé el paso?
— Que la conjunción suceda en un punto en el
que ambas órbitas coincidan ; en un nodo (nudo),
como pasa en los eclipses de Luna. Y a sabéis que
dos líneas o dos planos que no son paralelos, en
algún punto o puntos han de encontrarse; esos son
los nodos, en los cuales una recta une al Sol
y a sus dos planetas, Venus y la Tierra. Suponed
de alambre las dos órbitas ahí dibujadas, incli­
nadlas en distintos planos o direcciones respecti­
vas, y en dos puntos coincidirán : son los nodos.
— Entendido ; Sol, Venus, la Tierra se hallarán

DOS

M U N D O S

AL

H A B L A

16 r

en una misma línea, la que va de nodo a nodo, y
nosotros veremos a Venus sobre el disco solar,
porque no es tan grande para cubrirlo y eclipsarlo,
dado lo que de él d i s t a ; lo mismo que en un eclip­
se de Sol por la Luna.
Y ¿ no sucede que, a su vez, en otra postura
semejante nos vea Venus atravesar el Sol?
—N o ; como nosotros no vemos pasar por el dis­
co solar a Marte ni a Júpiter, porque son exterio­
res. Fijaos en el dibujo. Con la imaginación co­
locad los dos planetas en todas las situaciones
posibles dentro de sus órbitas ; nunca se dará el
caso de que nos hallemos entre Venus y el Sol.
—Verdad es. Mas aun otra d u d a : ¿ s e sabe la
razón de esos períodos de ocho años entre cada
par de tránsitos de un siglo?
— ¡Y a lo creo! ¡N o faltaba m ás! Es el a b c.
Venus efectúa trece vueltas sobre su órbita en
derredor del Sol, mientras nosotros hacemos ocho;
pero esta proporción no es exacta. Después del
último paso del par con los ocho años de inter­
valo, las conjunciones van difiriendo ligeramente,
y hasta mucho tiempo después no vuelven con
exactitud al nodo.
— No digáis m á s ; está comprendido todo, y es
maravilloso.
Me falta saber cuándo es Venus lucero de la
m añana, cuándo vespertino, y aplicar a estas si­
tuaciones lo que me habéis explicado.
—Sencillísimo. Cuando es lucero de la tarde,
como ahora, esá Venus en la conjunción superior;
la vemos de lleno y pequeña, porque está a su
mayor distancia. Va aumentando en magnitud y
u

I 62

JOSÉ

FERRÁNDIZ

disminuyendo su parte iluminada, hasta próxima­
mente la mitad de su disco, a lo que llamamos
máxima digresión oriental (respecto del Sol). De
aquí, menguando su parte iluminada, llega hasta
el segmento, que al fin se borra ; el astro queda in­
visible entre los rayos del S o l; le tenemos a la
menor distancia.
— ¡ A h !, comprendo: y reaparece en su conjun­
ción inferior, y es lucero de la mañana, que pasa
por las anteriores fases, en sentido contrario, au­
mentando el trozo de disco iluminado hasta otra
vez la mitad...
— Llamada máxima digresión occidental, des­
de donde muestra más cara lúcida progresivamente
hasta el lleno y mínimum de tamaño, conjunción su­
perior, distancia máxima, etcétera. La vemos en
la conjunción inferior al Oriente, dos o tres horas
antes de salir el Sol, y otras dos o más después ;
y en la conjunción superior, al Occidente, el mis­
mo tiempo antes y después del ocaso. No se aleja
del astro rey más que 45 grados del cielo. El an­
teojo poderoso puede verla y observarla aún por
algo más de tiempo, y en ocasiones se la ve muy
bien sin instrumento en pleno día, lo que ha indu­
cido alguna vez al vulgo a tomarla por una estrella
nueva singular y presagio de notables sucesos. En
tiempo de Bonaparte este fenómeno hizo augurar
grandes cosas.
-— ¡Magnífico, sir Heriberto!, y muy claro; sois
un gran expositor.
— Estás fatigando, niña, a sir Heriberto; eres
insaciable curiosa.
— ¡Si ya he concluido!... con Venus y con él.

DOS

M U N D O S

AL

HABI./

163

Tú eres quien me va a decir ahora algo sobre la
historia y la literatura del hermoso planeta vecino.
— De substancia e interés, poco en ese terreno;
óyelo, y a servirnos en seguida más té con algo...
sólido. Galileo fué el primero que en 1610 observó
a Venus con anteojo, y bien primitivo, que le re­
veló, no obstante, las fases del planeta, confir­
matorias del sistema de Copérnico, entonces dis­
cutido y rechazado por los teólogos.
En 1666, Cassini distinguió en Venus manchas
obscuras, todo lo cual sirvióle para calcular la ro­
tación sobre el eje. También creyó encontrarle
un satélite; dos le han atribuido otros.
Sesenta años después, Bianchini observa otras
manchas y efectúa cálculos que el hijo de Cassini
le rectifica. Anda Lambert en sus notables estudios
tras el discutido satélite ; pero ni él ni otro poste­
rior lo hallan: ¿le oculta la luz del Sol? No es
probable ; mas sí muy cierto que desde Venus
se podría estudiar bien, de haber allí astrónomos,
nuestra Luna, porque el Sol no la oculta, al con­
trario, la ilumina para Venus.
— Y ¿no se ha adelantado más?
— Poco, hija mía; aunque se trabaja con ardor
perseverante. Schiaparelli, de Milán, hizo prolijos
estudios, de los que dedujo que Venus tarda tanto en
girar sobre su eje como alrededor del Sol, y por eso
le ofrece siempre la misma cara o hemisferio. Esta
conclusión rectificaba a Schroter, que en 1788 había
calculado el día de Venus. Vico, en 1840, opinaba
lo mismo. Los astrónomos se dividieron, y así esta­
mos, si he de serte sincero yo, que me inclino a Vico.
Lahire es otro investigador de nuestra vecina,

164

J O S É

F E R R Á N D I Z

y el citado Schroter, autor de magníficos dibujos
que ahora está ampliando Perrotin (1). E l jesuíta
Secchi observó la atmósfera de Venus en 1857.
He ahí todo hasta el presente. No es gran cosa
para lo que la Ciencia desea...
— Y creed, Lucy— interrumpió Listrade— , que
hay mucho de inseguro y v a g o : es aventurado
el dogmatizar sobre ello, bien lo evitan los astró­
nomos de hoy.
— Pero todo eso es curiosísimo y, si se quiere,
hasta poético... para los profanos.
— Y a se ha poetizado, ya, hijita, y también se
ha desbarrado ; en suma, palabras. La verdad la
sabrá en el Universo quien la sepa; en la Tierra,
nadie; y no hay más que decir, niña.
— ¡ Admirable ! Quedo satisfecha ; y ahora, sorbi­
do el té, ¿qué toco? ¿Música seria o ligera?
Tres cuartos de hora después, Drebler despen­
día en la puerta a su colega, no sin pedirle perdón
para la insistencia preguntona de Lucy.
— ¡ Pero si es encantadora! Y me alegro de que
le haya dado esta noche por ahí, pues hemos com­
probado que nada sospecha.
— Quiero creerlo; mas no olvidéis que la saga­
cidad femenina disimula bien lo que recela. Como
quiera, durmamos y sea mañana lo que fuere, lo
que tal vez determinen desde allá. ¿ Qué estarán
maquinando?
— Ellos lo sabrán ; nos lo han de dar hecho... ;
no pensarán en invadirnos ; mientras todo sea con­
versación en bárbaro inglés...
#

(1)

Los presentó y se le alabaron mucho en 1890.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

165

— ¡ H um ! R azonan como Escotos, mentes de
acero. Cuando sus ideas y sus cosas se extiendan
por la T ierra, será ella, am igo mío. Veo al direc­
tor muy preocupado, y al mismo R icardo, aunque
hace por disim ular : todos temen algo.
— Bueno, parodiem os a León X : Interim durm am us.

XIII
ALGUNOS DETALLES ERUDITOS Y UN POCO
DE FILOGENIA

al día siguiente lo que sucedió fué que, sin
Y
duda, como efecto del reposo, nuestros ami­
gos, al verse, aparecían de buen ánimo, algo me­

nos afectados porque se iban haciendo a su ex­
cepcional situación. El hombre acaba por habi­
tuarse a todo.
Fueron llegando a la hora de reunión, y como
estaba el tiempo agradable, dirigiéronse hacia
uno de los pabellones destinados a ciertos traba­
jos de observación. Iban tranquilamente. Míster
Pillsbury venía decidor, como en sus buenos mo­
mentos.
—Señores, he soñado que me hallaba inspec­
cionando a Venus directamente por el ocular del
anteojo de Mr. Saw yer; pero se me había movi­
do, y no era el lugar que ahora enfila, sino otro
el que se me ofrecía ; un desierto con extraña ve­
getación. Varié la visual muy poco, un céntimo
de segundo..., no os riáis, se sueña lo que la ima­
ginación dispone. Yo buscaba algún indicio de
humanidad, por ejemplo, una senda, es de los
más expresivos este elem ento ; una choza o eí

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

167

extremo de una chimenea humeante, o un carro­
mato abandonado, sino una barca, en cualquier
lago o río. Pero el río, al fin, pareció, no ancho
y sin barcas. ¡D iablo! ¿ Q u é es lo que veo?
Asombraos, M. Fontignan ; tenía delante..., a
unos cuantos millones de leguas, ¡ un pescador
con c a ñ a !
—Os envidio vuestro humorismo, sir Ricardo.
— ¡Oh, hum anidad!, me dije, eres la misma en
todos los o r b e s ; esto me consuela, porque nos
entenderemos mejor entre iguales.
—Aquí nadie pesca con caña, o sin ella.
— En el Observatorio, no ; cerca de él, sí ; ya lo
habrán visto desde Venus. Pero, escuchad aún.
Al pescador se acercó otro sujeto algo astroso;
¡vam os!, también hay clases ahí... ¡Nueva sor­
presa ! Llevaba el tal en la boca una pipa, míster
Listrade, algo mayor que esa vuestra, y es crecid i t a ; parecía un saxofón. Y fumaba el hombre
como un descosido en aquel Leviatan de las pi­
pas, cuyo humo...
— ¡ P o r el cielo, R icardo!, que sois original.
— E n los sueños, amigo Villougby, sería ori­
ginal el mismo conserje de esta casa, que, des­
pierto, no lo es más que por sus facciones. ¡V a­
ya!, pensé, nos podemos llamar de t ú ; ¿ahí se
fum a?, ¿se pesca con c añ a?, pues no hay más
que hablar.
Esta serie de humoradas alentó algo más a la
reunión : quizás el joven astrónomo, o disimulaba
así su preocupación, o alentar a los otros era lo
que se proponía.
—Señores, la verdad es—dijo Mr. Jobson— ,

168

JOSÉ

FERRÂNDIZ

que hay un sin fin de particularidades a obser­
var. Me he fijado en la vegetación. No soy preci­
samente botánico; sin embargo, encuentro la flo­
ra de Venus bastante distinta ; sobre todo mucha
planta de hojas grandes. El matiz de la luz solar
me parece rosado; al tono del revoco de ese edi­
ficio le encuentro una feliz combinación de colo­
res, como a los trajes de los moradores.
—Y yo— interrumpió Pillsbury—a los ojos de
esa gente les noto un tamaño algo mayor que el
de los nuestros. ¿ No habéis reparado en esa
hermosa hembra, cuyos ojos parecen desde aquí
verdes claros, cuando uno se fija mucho en ellos?
—Milagro fuera que no os llamaran la atención
las señoras.
—¡ Qué queréis, Mr. W hyle!, resabios de la ni­
ñez... retrasada; pero ved que también me em­
bargan ideas serias. Fué que hube de acostarme
divagando sobre cómo será el Observatorio, que,
sin duda, está cerca de esa casita, o granja, o lo
que sea: cuáles aparatos nos dejará ver cuando
aparezca, y al mismo tiempo me cosquilleaba
otra idea; mientras la escabrosa conferencia úl­
tima oíamos de vez en cuando a los de Venus ha­
blar entre sí en su lengua ininteligible por acá,
una de las suyas seguram ente; pero no se reían,
y eso que motivo les dábamos. ¿ Cómo reirán
allí?
— ¡ Donosa ocurrencia !
—¡ Eh ! Mr. Sawyer, ¡ poco a poco ! Que la
Filosofía coloca la facultad de reír entre los dis­
tintivos primeros característicos del ente hum a­
no, ya que en la Tierra ningún animal se ríe...

D OS

M U N D O S

AL

H A B L A

1 69

ostensiblemente, y sólo unos pocos se sabe que
lloran, el perrito de M. Fontignan, por ejemplo.
— Me preocupa muy poco, no sé por qué, la
fauna de Venus. Hemos visto únicamente voláti­
les hasta ahora.
—Ya irá apareciendo todo, querido W h y le; al
animal bípedo implume ya le tenem os; el asno
tardará poco en llegar, y el pavo real acaso me­
nos ; van los tres siempre casi juntos en la Tie­
rra. ¿P o r qué no en Venus?
Coro de risas. Insinuó Mr. Villougby que tal
vez una mecánica muy adelantada haría innece­
saria la fuerza de sangre en Venus. Desde luego
habrá electricidad ; eran de suponer la imprenta,
¡as comunicaciones rápidas, la navegación supra
y subm arina... ¿Se volaría?
En esto llegaron el director y su segundo; los
había acompañado Henoch Mureber, quien, re­
cibidas algunas órdenes, desfiló.
—¡Bien venido! Os aguardábamos.
—¿D e qué se trataba, señores? Aunque ya su­
pongo que...
—N ada; conjeturas y algunas ocurrencias de
sir Ricardo. Esperábamos oíros.
—Y yo, mis buenos amigos, vengo precisa­
mente a eso, a escuchar, con más ganas de ello
que de hablar y discurrir. Con la cabeza hecha
un caos me retiré anoche; distrájeme un poco;
logré dormir ocho h o ras; me levanto despejado;
pero... algo perezoso. Hable quien tenga una
idea cualquiera ; no nos callemos cosa alguna.
—¡O h, ideas! A miles. Lo difícil es por cuál
empezar.

1 70

J O S É

F E R R Á N D I Z

—Por donde se a ; ya se irá ordenando todo.
Mr. Pillsbury, ¿hicisteis el acta? ¡Cuidado aho­
ra ! Que ese documento reviste ya excepcional
importancia y tendrá un día carácter histórico y
universal.
— El acta se halla terminada.
— Muy bien, Mr. Whyle. ¿ S e trabaja en esos
objetos ?
—Activamente. Pasado mañana se podrá usar­
los, siquiera algunos.
— Una advertencia. No es posible evitar nues­
tros comentarios en familia mientras conferencia­
mos con los señores de Venus, cuyo oído... eléc­
trico es sutilísimo, y por lo que han dicho, su vista
penetra, con la corriente de que disponen, hasta
los interiores. ¡ Cuidado, pues, con el gesto y con
los apartes ; pudieran traernos un conflicto. ¿ Qué
lengua poco hablada o muerta es más conocida
aquí de todos nosotros ?
— El latín ; no cabe duda.
— En él había pensado. No usándolo pueblo al­
guno cuando en Venus empezaron a estudiar idio­
mas terrestres ignoran allá la lengua del Lacio.
Recordémosla todos un poco. ¡ Oh, días del Liceo
y de la Universidad!
— B en e dicis, d o m in e; latiné loquem ur, Ínter n os

—exclamaron varios en prueba de no haber olvi­
dado aquellos días.
— Los venerienses bien hacen apartes, o lo que
sea, en su lengua, desconocida aquí.
— ¡A h ! ¿L o habíais notado?
— ¡Pero si hablan casi a voces! Quizás los sa­
bios de esa casa no conozcan más que el inglés,

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

1 7 1

si sólo han estudiado esta parte de América. O tro s
sabrán francés, según la parcela terrestre que ha­
yan observado. ¿ Y si alguno de ellos se encuentra
entre nuestros interlocutores? El latín nos valga
con Venus.
—Y aquí mismo, caso de extrema necesidad con
los iletrados de la casa.
—No me parece mal. Pero vos, amigo Sawyer,
¿ n o decís nada? ¿Q uién creyera que sois el autor
de lo que a todos nos trae casi locos?
—P ensaba ahora mismo en nuestra situación res­
pecto de esa hum anidad con la que vamos a e n ­
tendernos, bien o mal.
—Ya habrá manera, puesto que existe un habla
común ; las condiciones se equipararán, si no son
más ventajosas para nosotros, que dominamos la
lengua empleada.
— Equipararse, nunca, M. Fontignan ; permitid­
me discrepar en esto. Salta a la vista la superio­
ridad en medios de esos hombres en lo material :
flùido comunicante, audición, vista, mecánica po­
derosa, quién sabe hasta dónde ; recursos que pue­
den retirar cuando les plazca ; depende de ellos
nuestra relación. Seguram ente aun poseen otros,
que no han mostrado. ¿Q uién sabe cuáles sean?
Lo conocido es que razonan magníficamente y más
nos adivinan que nos comprenden. Nuestra posi­
ción es, pues, comprometida.
—No tanto, no; ya veremos.
—¿ Q u é ? Yo digo que más de lo imaginable.
E n primer lugar, nos conocen, vienen estudiándo­
nos hace siglos ; nosotros conocemos desde ayer
no más que su existencia, un trocito de terreno y

172

JOSÉ

FERRÁNDIZ

unos cuantos hombres. ¿E s diferencia? No pode­
mos mentirles ni disimular la inferioridad nues­
tra. Más nos conviene reconocerla antes que nos
la echen en cara.
—¡ Tiene razón, tiene razón !—exclamaron va­
rios.
—Conformes—insistió Fontignan— . Hay que
proceder con juicio, seriedad y grandeza, como
hombres ante todo honrados; diré m á s: afectuo­
sos, sencillos. Siempre he creído que como el ca­
mino recto no había otro. No obstante, al fin se
trata de una humanidad frente a otra y de hombres
a hombres...
— ¡Ah, Mr. Carlos! Cabalmente esa es mi pre­
ocupación. Hombre es el zulú, y en Filosofía no
puede contender con el europeo. ¿ Quién os ha di­
cho que se trata de una humanidad exactamente co­
mo la nuestra, sin otra ventaja, y ya sería mucha,
que la antelación en el advenimiento a una gran
cultura y a su correlativa suma y potencia de me­
dios? ¿N o podría ser intrínsecamente superior así
en lo mental como en lo físico? He ahí la gran
cuestión objeto de mis meditaciones, no en verdad
sólo de h o y ; es problema que he estudiado bas­
tante.
Miráronse todos interrogativamente. Volvía la
intranquilidad; acababa de surgir un problema
complicado ¡tan extenso!
—Ya, señores—prosiguió el óptico—, el razo­
nar, el construir un elemental lenguaje, el adivi­
narnos y las formas físicas tan delicadas, los movi­
mientos, el color de su cutis, la magnitud de los
ojos, las proporciones de la frente, las facciones

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

173

en perfecto óvalo de esos hom bres y de esas m u­
jeres me habían confirm ado en algo que siem pre
creí p o sib le : una raza refinada respecto de la nues­
tra. Porque sa b e d lo : p ara mí la pluralidad de m undoá habitados es el gran pensam iento de mi vida
por él me consagré exclusivam ente a la óptica des­
de que me adoptó mi m a e stro ; en él he pensado
cuando en mis tareas de inventor me entregaba al
reposo; él me alentaba, y si alguna vez me lo per­
mitís yo os referiré mis pobres elucubraciones.
— ¡A hora m ism o! ¡A h o ra! ¡S i es curiosísim o!...
— ¡ Y necesario !
— ¡ F u n d a m e n ta l!
Se oyó exclam ar por uno y otro lado. H ubo lue­
go una ligera pausa.
— Bien. Procuraré no fatigaros—empezó dicien­
do Saw yer— . N adie ignora aquí que la idea de la
pluralidad de hum anidades planetarias, con la as­
piración consiguiente a conocerlas, data de m uy
an tig u o : desde que se supo algo de lo que los pla­
netas podían ser.
En mis ratos de estudio, y guiado por mi inolvi­
dable maestro, he repasado cuanto han dicho los
V edas, el Código de M anú, los Zendas, Zoroastro,
los celtas y los galos sobre la habitabilidad de la
L una.
Egipcios, griegos, el antiguo Orfeo, A naxim andro, Anaxím enes, Em pédocles, Aristarco, Leucipo, todos los filósofos antiguos, suponen habitable
nuestro satélite. Al buen A naxágoras se le persi­
gue por so sten erlo ; P itágoras lo enseña en su doc­
trin a secreta; Filolao y Nicetas, en la escuela de
P itá g o ra s, casi conciben el m ism o universo que

.174

JOSÉ

FERRÁNDIZ

veinte siglos después Copérnico. Xenófanes no les
anda lejos; es el creador de la escuela eleática. Petronio de Himera sostiene que hay ciento treinta
y ocho mundos habitados, doctrina que según Plu­
tarco ya se enseñaba en la India... Seleuco, la doc­
trina secreta de Platón, la de Epicuro, todos me­
nos Aristóteles, se inclinan a la pluralidad o la sos­
tienen.
No he leído sus obras ; pero sí los lugares que
de ellas se citan.
—Poco más o menos eso podemos decir aquí
nosotros.
—Comprendido y nos basta. Ese argumento po­
deroso «¿ Por qué ha de estar habitado un solo
mundo, ni peor ni mejor que los otros?» lo emplea
el griego Meliodoro de Lampsaco, y Anaxarco ha­
ce esta misma pregunta a Alejandro, Lucrecio la
repite en su poema De natura rerum y Plutarco en
su tratado de Facie in orbe Lunce.
De la antigüedad pagana ya no recuerdo otros
testim onios; pero ¿y los de los cristianos?
Orígenes, libro De los principios; después de él,
ninguno, porque prevalece la filosofía aristotélica
y la ciencia retrograda. El exagerado Tertuliano
dice: «Ya no necesitamos ciencia teniendo a Cris­
to», glosa de ciertos fanáticos que entendieron mal
a San Pablo, según los cuales convenía saber poco
y aun nada.
Mas en la Edad Media se avanza algo, no mu­
cho. Nicolás Cusano, en su libro De docta! ignorantia; Giordano Bruno, Dell’infinito; Montaigne,
Ensayos, y por fin, Galileo, que esboza, tímido, la
cuestión, pues le sobraban motivos de mostrarse

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

175

cauto, ya que no se le perm itió ni llamar astro a la
T ierra. Luego, Descartes, K epler, Astronom ía L u naris, S o m n iu m astronom icum ; Cam panella, Ciu­
dad del S o l... No todos afirman rotundam ente, aun
hay peligro ; pero adm iten la posibilidad.
Y a desde el siglo xvn aum enta el núm ero. Fabricius, O tto de Guerike, R oberto Bulton, el obis­
po W ilkins (L u n a habitable), Locke, Cyrano de
Bergerac, Hevellius (Selenografía), M ilton, el je­
suíta K irker (V ia je extático celeste), Fontanelle y
el más científico de todos, H uiggens, en su obra
póstum a, Cosmotheoros.
Del siglo xviii recuerdo ahora a Bayle, a LeiJbnitz, Newton, el visionario Sw edenborg, Voltaire,
Condillac, ¡y es religioso!, Lavater, Saint-Pierre,
D iderot, José de M aistre, ¡con ser quien e ra!,
K an t, Goethe, K rausse, Schelling, y entre los as­
trónom os, H erschell, Lalande, Laplace y alguno
m ás.
El siglo xix produce muchos y pocos, m uy ra­
ros, los que los com baten, sin éxito en su tota­
lidad.
Leídas estas citas y algún libro todo entero, no
necesitaba tanto para convencerm e. S abía yo bas­
tante A stronom ía, bastante Física y L ógica; tenía
de Dios idea suficientemente elevada y lo mismo
del Cosm os p ara estar persuadido sin m ás arg u ­
m entos.
Son pocos, pero convincentes, los que todos re­
piten. Que sería un m ilagro, no, un absurdo, que
solam ente la T ierra tuviese habitantes ; carece de
títulos para este privilegio, contrario a la N atura­
leza ; es mi firmísima convicción.

176

J O S É

F E R R Á N D I Z

¿M is aspiraciones? Las conocéis: llegar por la
ciencia al conocimiento de esas humanidades, de­
seado por la nuestra sabia que en la Tierra ha sido.
No quería ella estar sola en el universo, ni tampo­
co morir. Al hombre culto repugna el no ser, por­
que tiene buena noción del ser y de la eternidad,
por lo menos a posteriori; porque ama la Natura­
leza y no quiere dejar de contemplarla cuando ape­
nas la conoce; le adivina más hermosuras, vislum­
bra el infinito y necesita un ideal supremo del bien,
de la justicia, de la verdad y del amor, sus ansias
eternas de bien inacabable...
*

*

*

Un rumor, de aprobación, sin duda, acogió es­
te período, expresado con la natural elocuencia
de las convicciones profundas, arraigadas, tanto
en la razón como en el sentimiento, y por eso res­
petables, aunque no se compartan.
—Y por lo que hace a esas humanidades taxati­
vamente...— insinuó Listrade.
—A eso iba, si no os molesto.
— ¡No, no! Todo lo contrario—dijeron los re­
unidos.
—Trabajando con fe, porque algo me decía aquí
dentro «Tú llegarás», estudiaba un poco a los na­
turalistas y a los antropólogos. Eran las suyas ma­
terias relacionadas con mi ideal.
—¿ Pudisteis libraros del prejuicio que yo llamo
de reducción a la unidad hom bre terrestre, al que
se toma como tipo-medida de la habitabilidad de
cada planeta?

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

1 77

—Seguramente, amigo Listrade ; y también evi­
té otro error: el de las fantásticas formas de la hu­
manidad en cada mundo, según la temperatura de
él. Conozco eso; es la filogenia más arbitraria y
ridicula que pudo concebir la ligereza humana, la
ciencia embrionaria, que aun sigue disparatando
en periódicos y revistas. ¿E s Júpiter mucho mayor
que la Tierra? Pues sus hombres medirán veinte o
treinta varas... y muy pálidos, porque allí hay me­
nos luz.
—¿ Creéis, pues, en una sola forma y ésta la hu­
mana terrestre?
—Creer en absoluto... Inclinarme todo lo posible
en lógica nuestra y a impulsos también del senti­
miento y de la estética subjetiva. Algo me grita :
j El hombre es universal o poco m enos!
—¿E n qué os fundáis siquiera algo... vaga­
mente ?
—En la filogenia terrestre, señores; que mis co­
nocimientos en Física y en embriología me permi­
ten suponer o universal o, por lo menos, la misma
en todo el sistema del Sol.
—No es débil la base—apoyó Jobson.
—Oíd por un momento. Sabéis todos de dónde
proceden los gérmenes vivos, del agua ; esto es ya
evidente ; y no ignoráis que la constitución de las
que M. Camilo llama tierras del cielo es en el fon­
do la misma terrestre. Luego de igual formación
cósmica los planetas y de iguales elementos, igual
proceso de la vida vegetal y animal e iguales efec­
tos, a sab er: en todo planeta una escala más o me­
nos múltiple en gradaciones de seres animados,
desde el menos inteligente hasta el más, el hom12

17»

JOSÉ

FERRA N DIZ

bre, con la forma que rigurosamente le correspon­
de en virtud de su proceso genésico; y como es éste
igual en todos los planetas...
—Os resulta necesariamente en todos el mismo
hombre, ¿no?
—En el fondo, el mismo, amigo Fontignan ; sólo
que así como en la Tierra tenemos diferenciaciones
en la humana especie, yo admito una escala inde­
finida de ellas en grados ascendentes hasta una su­
blimación para nosotros imposible de determinar,
sin límites por el hombre concebibles.
—Hacéis, pues, lo que muchas religiones: relle­
nar con ángeles o genios el vacío mediante entre el
hombre y Dios.
—Exacto, si queréis. Esas religiones, por heren­
cia unas de otras o siguiendo a su manera los ins­
tintos humanos innatos, que algún valor, alguna
causa, algún fin han de tener, no podían confor­
marse con ese vacío por una razón suprema.
—Veámosla ; eso es ahora oportuno.
—Y sencillo. La razón es que toda escala supone
por necesidad extremos y medio...
—¡ A h ! Decís muy bien—exclamaron varios a un
tiempo.
—Es perfectamente lógico. Tomando aquí como
extremo inferior el animal menos inteligente que
haya, asciende la escala hasta el hombre. Mas así
como en la creación no acaba la serie o gama de lo
creado, esto es, no se agota en la Tierra, pues hay
otras tierras, así tampoco la escala de la inteligen­
cia alcanza su cumbre y término en el hombre.
¿Cuál es este último extremo? No podemos hoy
científicamente saberlo ; pero sí concebirlo. Él será

DOS

M U N D OS

AL

HABLA

179

el summum de la inteligencia ; llamadle como que­
ráis : Dios, Supremo Hacedor, Primera causa ; es
lo mismo, el extremo. Imposible que entre Él y el
hombre no exista una inmensurable gradación de
medios; esa es una escala indefinida. Cómo está
graduada y con cuál distribución en el Cosmos,
¿quién puede saberlo? Que existe es lo que no
dudo.
— ¡ Muy seriamente razonado ! ¡ Mucho !
— Amigos míos, aquí mismo, en la Tierra, apa­
recen diferencias, fenómenos mentales que invitan
mucho a pensar por lo que exceden de lo ordinario.
El niño Mozart, el famoso calculador Inaudi (1),
esos memoriones asombrosos, esas aptitudes increí­
bles, esas facultades adivinatorias, esas compren­
siones inmensas, que a lo mejor dejan estupefacto
al mundo sabio, ¿ no nos indican que la misma hu­
manidad de acá abajo entraña elementos, potencias,
que por desconocidos procesos pueden sublimarla
quién sabe hasta dónde? Pues colocadla en mejo­
res condiciones y... ¿a cuál perfección no podría
llegar ?
— ¡ Es cierto! ¡ Es cierto! Alguna vez hemos pen­
sado todos en ello.
— E l modo de conocer: he ahí algo parecido a la
clave. Aquí, por ejemplo, de una ojeada adivina­
mos más que percibimos una obra sencilla. Fijaos
en la palabra y en los números. Cualquier hombre
bien equilibrado lee una frase no larga con un gol­
pe de vista y lo mismo un número que no exceda
de seis cifras; pongamos doce si son ceros once de
ellas.
(1)

Por entonces ya era muy conocido.— (N. del E . )

1 80

J O S É

F E R R Á N D I Z

P ues a lo mejor aparece un sujeto que de un vis­
tazo se lee una pá g in a u otro que aprecia sin error
una cantidad expresada por treinta cifras. Con la
memoria ocurren casos portentosos. H a y quien
aprende un libro de doscientas páginas con leerlo
una vez y no lo olvida ya... ¡T a n ta s rarezas! P e ro
¿son posibles? Pues demuestran la facultad en u na
extensión cuyo límite no podemos señalar...
—Creo que están ellas más en el sensorio— obje­
tó Listrade—, y a ése algún límite cabe señalarle.
Se ha visto realmente leer cantidades de treinta ci­
fras con mirarlas un segundo; mas no a un hom ­
bre que perciba la marcha de la manecilla pequeña,
la horaria, de un reloj en cada uno de sus avances,
o los de la caída de las pesas del mismo reloj..., ni
el crecimiento de la hierba, ni varios de los rayos
del prisma. Nuestro oído, por fortuna acaso, no
percibe la explosión del choque de un papel de fu­
m ar que da sobre el suelo; no se ha conocido un
ejemplo ni de una vista tan sutil que dé cuenta de
la diferencia entre un ángulo recto y otro al que le
falten para serlo dos minutos.
— ¿ Y qué, sir Heriberto? Los excesos que he
mencionado reales son y su fuerza indicativa tie­
nen... ¿Sois materialista? ¿ Y ahora distinguís en­
tre el sensorio y el ente que percibe lo que él le
transmite, el yo? E stá bien; eso no bastará para
establecer la imposibilidad de que otra constitución
física más potente permita conocer esas y otras
contingencias en un medio más apropiado, como en
éste facilita a ciertos sujetos las percepciones, las
retentivas y las sensibilidades que he aducido.
—Convengo en ello.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

1 81

—Padecemos la manía de limitar, porque muy
limitados nos vem os; al mismo Sér Supremo le
marcamos líneas. ¿ Es que no sabe, ni puede hacer,
ni ha hecho más que lo conocido por nosotros? Y a
había creado o ella existía, me es igual, la electri­
cidad y no la habíamos conocido. Aun hoy no sa­
bemos definirla. ¿N o pueden existir otras humani­
dades? He ahí al Creador o a la Naturaleza, si lo
preferís, empequeñecido. Por eso decía Diderot:
«Agrandad a Dios». ¿O haría mundos desiertos de
seres inteligentes? ¿N o decimos que aborrece el
vacío ?
—Vos mismo, amable Sawyer, algo le limitáis en
la factura de humanas formas—insistió Listrade con
su acerada lógica.
—No. Yo veo una ley, por ejemplo, como la de
ser esféricos los cuerpos celestes, sin que por eso
juzgue impotente al Creador para otras formas.
¿Q uién demostrará que está ya hecho todo lo fac­
tible en el universo? Lo que sé, como lo sabéis vos
y todos aquí, es la ley de esa esfericidad ; lo mismo
puede existir la de la forma del sér inteligente cor­
poral...
Otro rumor, compuesto de varios j Bien contesta­
do! ¡S í! ¡No le falta lógica!, se dejó entonces oír.
— Esférico es—prosiguió el óptico—ese planeta,
mal llamado satélite de Sirio, descubierto por Clarke mediante el gran anteojo de Cambridge (i). A
la vez que la ley de esfericidad planetaria en otros
sistemas demuestra con su presencia otra ley ya
(i) En Cambrigde, del Massachussets, Estados Unidos.
Años después de la época de este relato, ese, o quién sabe
si otro, planeta de Sirio fué observado bien distintamente ;

1 82

J O S É

F E R R Á N D I Z

prevista, sólo prevista : la de que hay otros siste-mas, que las estrellas fijas van acompañadas de
planetas en torno de ellas girantes; cada una es un
sol, un centro de mundos como el nuestro. Ahora el
descubrimiento de nuestra forma humana en Venus,
¿ por qué no ha de indicarnos esa ley de la forma
del sér más inteligente en cada planeta?
Cuanto al hombre, no negaré lo posible de un sér
más perfecto en mentalidad que nosotros y con la
forma que os plazca atribuirle, aunque sea la de
arácnido, la más repugnante para nuestra estética ;
el posse, la posibilidad en absoluto, nunca se niega,
y menos en el Cosmos. No obstante, señores, al
pensar en la constitución física de las humanida­
des posibles en nuestro sistema solar, no supe ni
pude concebir más que la forma nuestra, claro es
que perfectible hasta donde se quiera en fuerza,
agilidad, salud, percepción, raciocinio..., potencias;
pero al fin la forma humana.
—Natural lo encuentro. El león no concibe for­
ma igual en belleza a la suya. Nosotros pintamos
con la nuestra a Dios, a los espíritus, a los duen­
des...
—Conozco el argumento y su fuerza, propuesto él
así en absoluto, ni ignoro las imperfecciones de
nuestra constitución ; no vemos lo que tenemos de­
trás ; nos faltan alas, quizás nos sobran o los intes­
tinos o el estómago. Pero examinad nuestra fau n a:
el más inteligente de ella, el simio, el que más se
nos aproxima...
y debe ser enorme, bastante mayor que el Sol, para poder
ser visto desde aquí a tantos billones de leguas, siquiera
con instrumentos muy poderosos.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

183

— ¡C uidado! Q ue va a protestar el elefante.
— No, M r. L istrade, no p ro te sta rá; no se le ocul­
ta la vivacidad del mono, superior a la de él, y la
m ayor riqueza de m iem bros. Con m ás luz m ental
haría, por m inisterio de ellos, obras como las nues­
tras ; y si, como creyó leí autor del libro De loquela
simiarum (del ¡habla de los monos), se le pudiera
dotar de lenguaje...
— ¡O h !—atajó P illsbury— . No dudo que dejaría
tam añitos a m uchos parlam entarios sin rabo. Y o
tam bién relaciono esas cualidades con la form a, un
día cuadrupédica, allá en la noche de los tiem pos,
luego tendente a la erección, de que tan mal uso
hacemos hoy. L a form a denuncia o implica no sólo
proporción de facultades, sino cantidad y disposi­
ción de ellas, sobre todo de las cognoscentes, por­
que hay que d e se n g a ñ a rse : en el conocer está la di­
ferenciación.
—S í ; en conocer generalizando, ser capaz del
concepto de los universales, de lo abstracto y, vice­
versa, de particularizar lo general, m ás de crear en
la mente, lo que no le es dado al león de conce­
bir. M ientras no me presenten un sér así do­
tado, pero con otra form a, creeré, y m ás una vez
conocida la hum anidad de V enus, que esa for­
ma es la propia, no sé si por necesidad absolu­
ta o por ley c o n tin g e n te ; la propia, digo, del
ser m ás elevado de cada m undo, tal vez de todo
el universo.
— En rigor no cabe objeción—dijo entonces el di­
rector— . H e dado tam bién vueltas a ese punto ; y
respecto de las diferencias entre hum anidad y hu­
m anidad, presupuesta la m ism a form a...

j

184

J O S É

F E R R Á N D I Z

— ¡O h ! La filogenia universal, ¿no es eso? Po­
dría condensarse en pocas palabras.
— ¿O s atreveríais?
— Probaré. Si el hombre es el ente más sabio o
en potencia de serlo, en cada planeta, su grado de
excelencia dependerá de la combinación de la mate­
ria en el planeta respectivo y diferente en cada uno
de ellos, sin duda.
— Bien formulado. Ampliad, no obstante, si gus­
táis.
— Figuraos, Mr. Drebler, que..., ya está visto,
la Tierra no puede producir un ente más aventaja­
do que el hombre; esto se debe a la combinación
de sus elementos, aunque sean esencialmente los
mismos que los de los otros planetas. Cambiad esa
disposición, esa química, y dará o un ente inferior
u otro superior. Fijar en qué grado y manera, im­
posible ; pero la deducción es lógica. Alguien ha di­
cho que el hombre es una bestia perfeccionada ; esto
indica que en alguna parte podrá existir el hombre
perfeccionado.
— ¿ Y si ya hubiera existido aquí ?
— No, Mr. Listrade. Objetáis para oírme o encau­
zarme ; pero sois lo bastante sabio para compren­
der que si esa especie hubiera pasado por este pla­
neta, de su estancia dejara señales, que hoy estu­
diaríamos ; lejos de eso, las reliquias de nuestros
antepasados son propias de nuestra condición o de
otra inferior. También sabéis que llegada la Tierra
a su estado adulto, a éste corresponde el máximum
de elevación intelectual. ¿ Creéis en la materia prima
o única?
—A todo trapo.

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

85

—Le atribuiréis la procedencia de los cuerpos lla­
mados irreductibles a otros; los simples, si los hay,
modalidades suyas, ¿no? Ya que asentís, supóngoos convencido de la diferenciación del vulgar­
mente llamado mundo inorgánico.
—Lógicamente ; el orgánico procede de él por ge­
neración espontánea.
—Yo no la llamo así. Espontaneidad es voluntad
determinada, inconcebible, en lo inorgánico; le lla­
mo hecho. La prosecución o continuación de ese
mundo por diferenciaciones progresivas, naturales,
inevitables, hasta el orgánico en virtud de una ley,
que titularéis natural, y yo divina ; pero ley que se
realiza por grados, la Naturaleza no da saltos.
Así esa diferenciación se ha detenido aquí en e1
hombre, porque las condiciones del planeta no pa­
san de la potencia de producirle; pero en otros ha
podido su plasma ascender más.
— Encuentro aceptable esa teoría ; lo digo since­
ramente.
—¡Al fin convenimos en algo! Ya veis, no he
hablado del alma ni de cuestión alguna metafísica.
No sé científicamente si habrá ángeles ; lo que no
puedo rechazar es la posibilidad de seres tan suti­
les que sus cuerpos, como los de ciertas medusas
en el agua, no sean perceptibles para nuestros ojos
en el aire y puedan recorrer espacios interplaneta­
rios. Flammarión así lo supone.
—Haciendo el juego de los espiritistas, a cuyo
campo ahora os acercáis.
—En manera alguna. El espiritismo es de suyo
metempsicosista, por lo menos del hombre al hom­
bre; yo tengo por absurda y contranatural esa hi-

86

J O S É

F E R R Á N D I Z

pótesis, producto del concepto anímico o de oposi­
ción entre el espíritu y el cuerpo. Y cuenta que no
entro en la cuestión de si aquél existe por sí o es
resultante de la organización, ni si persevera des­
pués de deshecha ésta, si es que totalm ente se des­
hace, sin dejar, por ejemplo, ese cuerpo astral, cuya
posibilidad no se puede hoy negar científicamente
sin peligro.
— Ni afirm arla.
—Convenido. Como quiera, me repugna esa en­
trada en nuevo cuerpo sin mem oria del anterior,
otra infancia que no veo justificada, y así m uchas
veces. E se alm acén de espíritus disponibles para
una infinidad de cuerpos... N o ; jam ás. E xtraño me
parece cómo ha podido am algam arse tal doctrina
con la de la pluralidad de m undos.
— P or industria s e c ta ria ; para tener a m ano plu­
ralidad de existencias y b arajarlas entre adeptos bo­
nachones. ¡ Cómo aprovecharía si viviera el bueno
de Alian K ardek el descubrim iento que aquí nos
re ú n e !
—Y a intentarán utilizarlo, cuando sea público,
sus sucesores, no m enos aprovechados—apoyó Eontignan.
Y en este m omento el gran reloj dió una hora.
—Señores—d ijp el director— , ha llegado el mo­
m ento de volver al trabajo. Callen, si gustáis, las
ideas, que van a hablar las cosas y los hechos.

XI V
LO IMPREVISTO

Saw yer—decía V illougby al salir de la refe­
rida conversación a Pillsbury, a L istrade y a
Drebler, que con él iban— , este Saw yer, antes tan
taciturno, en cuanto ha salido con su intento se
nos ha m anifestado otro hom bre m as abierto, con
palabra fácil y elocuente. Me ha gustado su de­
fensa de la doctrina contenida en un pasaje de
R enán : «Estas diversas hum anidades (de la Tie­
rra) tan desiguales en am plitud, están construi­
das, poco más o menos, sobre el m ism o plan psi­
cológico, y se puede decir, sin tem or de equivo­
carse, que las otras hum anidades, sem bradas en
el espacio, no difieren esencialm ente de la nuestra.»
Es texto que he tenido siem pre m uy en la m em oria.
— De R enán es tam bién el argum ento sobre la
no existencia aquí de seres superiores al hom bre,
puesto que no hay ni vestigios de su obra—repuso
Listrade— . Y o estoy conform e con el óptico. Si le
hice objeciones, fué p ara calentarle un poco ; por
eso mismo que decís de haberse revelado otro
hombre, y grande, hay que reconocerlo, en su
m odesta sencillez. No es tan torpe que no se dé
cuenta de que se le puede ya equiparar a los m ás
st e

E

I 88

JOSÉ

FERRÁND1Z

ilustres inventores, y, no obstante, no se ha en­
vanecido; su cerebro continúa sereno, equilibrado
y muy en la realidad. Esto me encanta, porque,
francamente, llegué a temer una perturbación por
la vanidad, después de todo, muy explicable.
—¿N o le encontráis un poco místico?
—¿Qué importa para mí ese detalle, amigo Drebler? Reminiscencias de la educación ; en cambio,
carece de fanatismo y de prejuicios cerrados. A la
postre, ¿ quién se atreverá a sostener que no existe
una primera causa? Yo mismo, no; pues bien,
en ella nos encontraremos todos, dándole diversos
nombres, uno de ellos lo incognoscible, otro lo ab­
soluto, y reconociéndole por deducción estas o las
otras cualidades, ideas e intervenciones... No me
preocupa eso en los hombres, sino cuando los
hace soberbios y agresivos. He sido amigo y ad­
mirador de Brandlang, no por el ateísmo, real o no,
que se le atribuye; ha sido por su entereza en
combatir en la Cámara de los Comunes la impo­
sición del juramento religioso de un modo farisai­
co, despótico, a gusto de próceres escépticos. Bien ;
ahora, a lo nuestro, que es duro.
¡ Vaya si lo era ! En unos seis días, los trabajos
se hicieron gradualmente más espinosos. Los dia­
fragmas y auriculares servían a la perfección ; bien
que, aun sin ellos se podía operar, dada la finísima
perceptiva de los venerienses. La cámara fotográ­
fica iba obteniendo las vistas que era posible.
Pillsbury sacaba sus croquis de lo que aparecía
proyectado en el lienzo. Sawyer, atento siempre al
anteojo, y W hyle a la comunicación eléctrica ; to­
dos oído avizor, la inteligencia alerta, la palabra

D O S

M U N D O S

A L

H A B L A

189

muy precavida, porque desde Venus preguntaban
con una intención incisiva, implacable, y sabido
era que veían el interior de la torre tan bien como
el edificio por de fuera, y que su oído era finísimo;
¡diablo!, no convenía ni ofender ni aparecer de­
masiado inferiores.
U na de las cosas que preguntaron primeramente
fué por qué habiendo mujeres en el Observatorio
ninguna se hallaba presente en los trabajos de co­
municación. Este requerimiento dejó helados a los
astrónomos, que se miraron, sin saber qué decirse:
la respuesta se hacía embarazosa.
— H enos aquí en berlina, señores—dijo en voz
muy baja Pillsbury— ; ¿ cómo responder con la
triste verdad? Ni una calculadora tenem os; ¡lás­
tima que aquella joven de París tuviera a última
hora miedo a este clima! Hermosuras hay aquí,
¡vive D io s !; astrónomas..., las Browinsky, las
Klumpte, son en la Tierra género casi de contra­
bando, y, por lo visto, abundante en Venus ; ¡ ho­
rrible !, ¡ aplastante ! Pero hay que responder algo...
lo que se pueda...
El director, en tanto, había ideado una evasiva:
«En esta comarca no hay a stró n o m a s; pero la
fundación de nuestro Observatorio se debe a una
mujer, hoy ausente ; ya vendrá, y la veréis.»
— Eso se parece algo a los temas del método
Ollendorf— insinuó risueño el joven— . Añadid otra
excusa y verdad : «Aun no hemos participado a na­
die extraño a nosotros, los presentes, esta comu­
nicación.»
Así se hizo; pero preguntaron la causa. Nuevo
aprieto. H ubo, que responder al cabo que en la

1 90

J OS É

F E R R Á N D I Z

Tierra la mujer, por lo común, no se iniciaba en
la ciencia; y en cuanto a los hombres..., esperá­
bamos estar más adelantados de relaciones con V e­
nus para enterarlos, primero, sólo a los astróno­
mos ; luego, al resto, a fin de que antes no nos
abrumaran con su precipitada curiosidad. ¡Qué
confesión!; pero fué aceptada con un «Está bien».
La mayoría de las interrogaciones de allá versó
acerca de palabras abstractas: honor, virtud, mo­
destia, pudor, moral... Tenían un vocabulario apar­
te de términos cuyo significado aun no habían
podido conocer, y pretendían irlo llenando ; pero
¡tremenda dificultad la de las respuestas claras!
Gracias a que los preguntones adivinaban como
unos telépatas consumados.
—Esa gente—observó el mecánico—parece que
no pronuncia del todo mal, sin duda porque con
los signos de la escritura de su lenguaje han co­
piado o fijado los sonidos del nuestro; no conci­
bo otro medio. Esa escritura querría yo ver.
—Ya les pediremos que nos la muestren, si
antes no lo hacen ; más me preocupa su viveza
de comprensión, su lógica y su espíritu acerada­
mente rectilíneo—repuso el director— ; en fin, nos
vamos entendiendo con menos dificultad.
—Pero aprietan los tornillos, que da escalofríos
—objetó Pillsbury, siempre en voz casi impercep­
tible cuando no acertaba con el latín más ade­
cuado— . Lo que yo desearía saber era su lengua.
¿M onosilábica? ¿A glutinante? ¿Con o sin voca­
les, esto es, gutural? ¿E s como las nuestras indoarias? ¿A cuál de las hijas o de las nietas del
sánscrito se parece? ¿Y las palabras semejantes

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

1 9 1

a las nuestras? ¿ L a s h a b rá ? ¿Tendrem os coinci­
dencias, y con nuestro vocablo bestia dirán allí
doctor, o con la voz imbécil, diputado o estadista?
Tuvieron que contenerse los compañeros para
no soltar la carcajada; pero sonrieron.
—Señores, que aun no humos oído cómo se ríe
homéricamente en Venus, donde tampoco he visto
a nadie con paraguas, fumando, con bastón, con
sombrero de copa, con uniforme militar ni a ca­
ballo, ni siquiera en burro. Carros o coches, tam ­
poco apa re c en ; pero algunos caballeros bastante
aligerados de ropa, s í ; hacia la izquierda hay uno
ahora.
— ¡ P o r el cielo, sir Ricardo!, que llenáis ios in­
tervalos de pregunta a respuesta donosamente.
—A guardad ; hablaba de la risa, ¿ y si nos oye­
ran soltarla? ¿Creerían tal vez que era llanto o
señal de fastidio, y ganas de dormir? H a y que
rogarles que se rían.
— Mejor será—dijo Listrade—soltarles una bar­
baridad o una tontería.
—S í ; pero, ¿ les hará gracia ? ¿ Cómo saber los
resortes de su hum orismo? ¿ Y si la risa fuera
distinta de la nuestra y la tomábamos por ex p re ­
sión de ira?... O íd: he sospechado si habría ne­
gros en V e n u s; hasta ahora no han salido; ¿los
ocultarán? Tampoco se valen de animales para
usos de fuerza ni se ven arm as... ; verdad que en
un O bservatorio...; ¡pero qué paisaje tan bello!,
y ¡qué mujeres! He visto sonreír o cosa así a una,
hablando con otra... ¿ S i dominarán ahí más que
por acá? No lo creo; se ve demasiado orden para
eso.

192

JOSÉ

FERRÁNDI2

—O serán otras mujeres...
—Opino por la unidad femenina en el Universo.
Así pasaron los seis días en trabajos de cerca
de una hora de comunicación, comentados luego
en discusiones amigables que se amenizaban como
se podía, y en las que se razonaban preparativos
para entenderse con Venus y..., lo que más se
temía, con la T ierra; en ella estaba el gran pe­
ligro amenazador. ¿P or dónde llegaría su primer
golpe ?
En la mañana del día séptimo, a eso de las once,
hallándose los astrónomos en sus habitaciones la
mayor parte, y todo el mundo en sus labores, se
oyó de pronto en la crujía del piso de las vivien­
das de los técnicos la voz de Henoch Mureber, que,
en tono alto, con claridad, articulando bien las
palabras, en inflexión solemne, casi apocalíptica,
gritó por dos veces:
—¡ Señores! j Atención ! j ¡ Lady Esther de Killarney llega!! ¡Bien venida! ¡Q ue Dios la proteja
siempre ! ¡ ¡ Paso a la muy graciosa señora !!
El efecto sería difícil de describir. Casi a un
tiempo las puertas de los cuartos del director, del
segundo y de Pillsbury se abrieron, y ellos avan­
zaron a la galería más turbados que si hubieran
oído la fatídica voz de ¡fuego! Segundos después
aparecieron Listrade y Villougby. Todos encontra­
ron rígido a H enoch; le interrogaron, dudosos
acaso de su razón, y él, extendiendo la mano:
—Sube en carruaje—exclamó— ; ahora entrará
en el segundo trozo de pendientes ; ¡ la he visto!
—Pero... ¡desgraciado!
—¿Y no era lo mejor prevenir a los señores así?

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

193

Estaba yo asomado a una ventana del piso alto
cuando vi llegar un coche tirado por dos caballos,
detenerse en la puerta, que no tardó en abrir el
criado, gorra en mano, y haciendo profundas re­
verencias ; al minuto emprendió la subida ; alguien
sacó después la cabeza por la ventanilla del vehícu­
lo : ¡era m ilady!, tengo buena vista.
—¡Dios mío, qué conflicto!, ¡en estos momen­
tos !—exclamó el director— . Señores, ¡ vaya una
complicación ! Sir Ricardo, de vos lo espero todo.
¡Adiós precauciones!, ¿qué va a pasar aquí?
—¡ Mi tía en esta casa ahora, y sin el previo
aviso que prometió!... ¿Q ué sucederá?
—Sea lo que fuere, urge determinar algo, ¡ santo
cielo! ¡E a!, decidámonos: hay que salir a recibir­
la—exclamó el director— . ¡ Henoch !, ¡ a escape !,
avisad a Mme. de Fontignan y a mis Lucy que
bajen, sin perder momento, como estén, y decidles
para qué.
Henoch obedeció presuroso. Llegaron el mecá­
nico y un ayudante, varias mujeres asomaron por
acá y por allá; notábase que la casa se ponía en
conmoción ; ya se dejaba oír el ruido del carruaje
sobre el arrecife del camino ascendente en zigzag...
Aparecieron las señoras requeridas, y con Mr. Brigham, su segundo, Villougby y Pillsbury se diri­
gieron a la puerta principal del edificio. El direc­
tor había dado orden al ayudante de prevenir a los
demás .técnicos no presentes en la crujía y encargar­
les prudencia, estar atentos a lo que le oyeran o a
las instrucciones que pudiese enviarles con Mr. Vil­
lougby.
Descendieron. Apenas pisaban el umbral del por13

194

JOSÉ

FERRÁNDIZ

talón, deteníase ante él un carruaje bastante basto,
ya viejo, del que tiraban dos caballos altos y fuer­
tes ; abríase la puertecilla y bajaba lady Esther,
radiante de satisfacción y seguida tan sólo de su
doncella predilecta, Sally. Vestía una falda de paño
gris con adornos negros y un abrigo de este color
con pieles de marta ; en la cabeza, gracioso y sen­
cillo sombrero con plumas, también grises, y velo
de tul sembrado de abalorios, para guardar el
rostro.
Elegante y bella ; no representaba los treinta y
dos o treinta y tres años que contaría a la sazón.
Su rostro blanco, matiz norteam ericano; sus her­
mosos y vivos ojos, el óvalo de la faz, la nariz
recta, la boca un poco grande, pero bien dibuja­
da, y toda la expresión atractiva, aunque algo
enérgica, le daban títulos suficientes para figurar
aún entre las bellezas.
Dirigióse primero a Mme. de Fontignan, que le
daba la bienvenida con la dulce y desenfadada cor­
tesía francesa.
—Mil gracias, Julia ; usted siempre guapa y gra­
ciosamente alegre. Pero..., Lucy, ¡si estáis hecha
lo que se llama una herm osura!... Míster Drebler,
os envidio; cualquiera cosa muy buena daría por
tener una hija como la vuestra, ¡ y con su talento!...
Drebler se inclinó.
Las mujeres se besaron, y luego Esther al di­
rector :
—Querido sir Jorge: no sólo no pasan por usted
los años, sino que es usted quien pasa por encima
de ellos, triunfante ; le encuentro hasta rejuvene­
cido, y aquí a todos los presentes, con la mejor

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

*95

traza de salud y bienestar. ¡Cuánto me satisface!,
no os lo podéis imaginar...
—Señora, tal vez el trabajo nos saneará la exis­
tencia ; en efecto, bien nos encontramos aquí, sin
excepción, todos.
—Y tú, Ricardo, por lo que veo, te hallas a
g u sto ; me parece que has engordado.
—Pues no será porque huelga—intervino Drebler.
—Vamos, ¿vas sentando la cabeza? Ya se lo
dije a Flammarión. Por supuesto, que algo da­
rás que hacer a sir Jorge...
—No, m ilady: laborioso, bueno y amable como
el primero.
— Mi jefe, querida tía, suele calumniarme; pero
subamos si te place (hablando habían llegado al
pie de la escalera), y verás a los demás amigos.
—Que nadie interrumpa su trabajo o su des­
canso por m í; tiempo nos queda. Seguramente me
esperabais, aunque no a fecha fija, que no quise
comunicaros, porque no era necesario : ¿ qué más
daba una cualquiera? Yo llegaría.
—Señora—repuso el director—, aquí desearía­
mos teneros constantemente; ni un momento de­
jáis de hallaros con presencia mental entre nos­
otros ; pero, la verdad, no adivino por qué supo­
néis que debíamos esperar la gran alegría de ve­
ros ; ha sido la más grata sorpresa...
—Sir Jorge, ¿qué decís? Siquiera para felici­
tar a usted, a todos, ¿no había de venir? He que­
rido ser la primera, y no sé, no sé... Al cochero
que nos ha traído le han dado en la administración
de Eastbrigde un gran paquete de oartas del co-

1 96

J OS É

F E R R A N D 1Z

rreo de anoche, y de los de hoy, más otro de te­
legram as; ahí los habrán dejado, y los veréis.
Supe que ayer tarde el correo para esta casa fué
abundante ; hubo también telegramas.
—Todo lo cual, querida tía, viene a mi poder,
como secretario que so y ; pero está sin abrir, aun­
que no dejó de chocarme, porque ayer fué un
día de mucho trabajo hasta la hora de acostarnos.
— Mejor, pues; creo más ahora que soy la pri­
mera...
Entraban en la crujía principal, y Pillsbury
aprovechó un momento para decir aparte a Villougby :
— Id pronto; que entren en la sala los compa­
ñeros que halléis, pero no Saw yer: advertidle que
tarde un poco y entre dispuesto a secundar al
director y a mí en cuanto digamos, por extraño
que le parezca...; mas... ¡al diablo con todo! Sa­
wyer llega y mi tía lo saluda... ¿Cómo saldremos
de esto?
— ¡ Querido sir Pablo! ¡Bien hallado! ¡ Y tan
bien! ¡Excelente aspecto!, como el de todos, y
con tanta labor... Iba a tener el gusto de ser la
primera en felicitar a sir Jorge, y esperaba veros
aparecer. ¡Qué dicha! No creí que...
— Pero, milady, ¿acaso procede una felicita­
ción?... ¿Con motivo de qué?
— No llevéis la modestia hasta semejante ex­
tremo. Ahora hablaremos todos algo de esto, y
luego aun más largamente: no temáis fatigar­
me, no.
— Esta mujer sabe algo—dijéronse todos mutua­
mente con la mirada, a tiempo que, llegados ya a

DOS

mundos

al

habla

197

la sala, aparecían los demás astrónomos, el me­
cánico, los iniciados, y la sospecha se les comu­
nicaba de los otros ; apenas lograba nadie disimu­
lar su turbación ; y lady Esther, muy engolfada
en su motivo y propósito de congratulación debía
encontrarse, cuando no lo echó de ver, sino que
tomó asiento con Mme. Fontignan y Lucy, y rogó
a los demás que la imitaran.
—Aquí, sir Jorge; y vos, Sawver. Primero debo
pediros perdón por haberos interrumpido y venir
antes que me llamarais, como lo habréis sin duda
pensado: impaciencias de m ujer; fuego, ¡ah!,
mi felicitación; pero ¿cómo, ¡Dios mío!, expre­
sarla tal cual la siento aquí?
—Miladv, ya os hemos dicho que no adivina­
mos la razón.
—¿Que no, y estáis siendo la admiración y el
objeto de la curiosidad del mundo entero, y yo
lo mismo?
Estas palabras caveron como una granada en
medio de la concurrencia masculina, y dejaron a
Lucy v a la francesa estupefactas, mientras lady
Killarnev sacaba su carterita v de ella un recorte
de diario, que entregó al director, diciéndole:
— ¿N o adivináis, v se imprime esto? Leed, es
del New York Herald.
Míster Brigham levó para sí, medio convulso,
v sin pronunciar palabra, lo que sigue :
«Nos telegrafía nuestro diligente corresponsal
en el Colorado que en el Observatorio del Monte
Houston, no lejos de Denver, fundado por un par­
ticular, nuestro compatriota, ocurren cosas de alta
importancia e interés científico. Los astrónomos

198

J O S É

F E R R Á N D I Z

allí reunidos son dueños de un telescopio único
en el mundo, que deja en mantillas al famoso
de lord Rossie, a todos los de California, inclu­
so el del Monte Hamilton y el del Monte W ilson, pues este nuevo aumenta unas 300.000 veces
la visual, éxito hasta aquí no soñado. Esos feli­
ces astrónomos han llegado a ver cosas de tal
entidad y trascendencia, que ellos mismos son
presa del mayor asombro. La revelación al mun­
do de lo que han observado pudiera ocasionar
trascendentalísimas consecuencias, no sólo entre
los sabios, sino en la misma vida social de los
pueblos, y por esto en ese Observatorio se guar­
da por ahora el más profundo secreto en espera
de perfeccionar sus conquistas y del momento
oportuno para entregarlas al dominio público sin
peligro alguno.»
((Esto permite creer que acaso estemos próxi­
mos a una revolución grandiosa, que empezará
por el campo de la Astronomía y llegará quién
sabe adonde.»
Consternado Mr. Brigham antes de mediar la
lectura, alzó la vista e hizo a Drebler una seña ; él,
cuando su jefe hubo concluido de leer:
— Lucv— dijo a su hija— , con permiso de miladv, te ruego que por unos momentos, que vamos
a llenar hablando de un asunto científico muv
árido oara las niñas, salgas v avises a las señoras
a fin de que se dispongan a venir cuando el di­
rector, de parte de miladv, se lo suplique.
Madame Fontignan lanzó una mirada iracunda
sobre el astrónomo: había comprendido: pero se
levantó a la vez que Lucv, ambas saludaron a

D O S

M U N D O S

AL

H AB L A

199

lady Killarney y isalieron. Pillsbury al instante
cerró la puerta y se colocó apoyado de espaldas
en sus hojas. Entonces el director, ya algo re­
puesto :
—Señores : todo está explicado—exclamó afec­
tando tranquilidad no sentida: ¡estos periodis­
tas ! Oíd una especie de canard, puesto que algún
fundamento tiene : él ha ocasionado en milady la
molestia de este viaje y el gusto en nosotros de
verla cuando no la esperábamos.
Y leyó el suelto en alta voz. Pero la dama no
pareció convencerse.
—¡Canard! ¡Canard! Pero, ¿no sabéis la con­
moción que ha producido? En el maletín traigo
diarios de Londres, de París, de Berlín, y, entre
los nuestros, de Boston, de Chicago, ¿qué sé yo?
Unos copian el suelto ese, otros lo comentan, y ya
los hubo ayer que dieron detalles sobre esta casa
y su institución, sobre su personal, su fundadora
y lo que de todos se puede esperar. Somos la
troupe científica del día, señores. Ya se discute so­
bre la probabilidad de escudriñar los mundos.
¿ Cuánto acercará un planeta el anteojo que au­
mente en trescientas mil veces? He aquí una cues­
tión : ya se han hecho cálculos, y muchos creen
que así los habitantes serán visibles si alcanzan
nuestro tamaño al menos. Todo el montón de car­
tas y de telegramas, seguramente de eso tra ta ; se
nos requiere, el mundo culto fija en este monte sus
miradas...
—¡ Oh, ligereza humana !
—Os diré : algo hay en el fondo, y por algo ese
corresponsal ha escrito. Eso pensé. El suelto suyo

200

J O S É

F E R R Á N D I Z

tiene ya cuatro días, o cinco, de fecha. Lo hice
buscar porque me enteré en Chicago, adonde ha­
bía ido a pasar una temporada con mi prima Emma en la posesión que allí tiene. Pero habíamos
venido a su casa de la avenida Michigan, la
principal de la población, porque Emma quería
hacer unas compras. Allí, unos caballeros, amigos
del marido, hablaron del suceso astronómico de­
lante de nosotras: habían oído vaguedades y traían
un periódico local en el que leyeron antes de po­
nerse a discutir.
— ¡ Esther ! ¡ Pero si ese es tu Observatorio !—
exclamó mi prima.
Toda azorada, leí y releí ; luego hice buscar el
número del New York Herald, donde pude ver la
referencia original, que recorté v guardé. Y a no
tuve paciencia, y al instante dispuse mi viaje, su­
poniendo que me avisaríais a Londres, por creer­
me allí, o a Nueva York. Llego con el ansia que
podéis suponer; no quiero telegrafiar desde Eastbrigde para que se me envíe el carruaje de esta
casa ; me parece más breve tomar allí uno, como
lo conseguí en cinco minutos, v aquí me tenéis.
—Y el bárbaro del portero de abajo, que dis­
pone de un teléfono, se calla, no avisa—dijo Pillsbury.
— ¿P ara qué? Fui yo quien le rogó que no lo
hiciera; ¡le vi tan turbado! En fin, eso es lo ocu­
rrido : ahora soy toda oídos, sir 'J'orge.
—Señora, motivo de tanto ruido, no creo que
exista; no en verdad; algo muy grato..., eso, s í;
pero con lealtad os digo que en esta casa no lo
creíamos, al menos por el momento, un hecho de

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

201

tal magnitud, lo bastante decisivo para justificar
un aviso. Ansiáis, y nosotros igualmente, mucho,
y lo conseguido era no más que... algo.
— ¡A h! Ya dije yo que no mentía el correspon­
sal, a lo sumo, en una cosa.
—No totalmente ; en lo que exageró más fue en
la potencia del anteojo. Lo que no me explico, ni
creo que ninguno de esta casa, es cómo ese perio­
dista ha sabido...
—Ni nos importa, amigo mío.
—¡Oh, sí! Y mucho. Esas cartas nos lo proba­
rán. Si el mundo, aunque no sea más que el cien­
tífico, se nos viene encima antes de tiempo, nos
causará dos males : estorbarnos el trabajo y sus­
citar el ridículo de que resulte el descubrimiento
menos valioso de lo que se creyó al principio.
—Encuentro que tenéis razón. ¡Ah, sí! Mucha.
No hab'a caído en ello.
—Ahora juzgo más conveniente, en cuanto os
saluden las señoras, que descanséis un poco antes
del almuerzo. Hecho esto, con toda tranquilidad
tendremos el gusto de informaros totalmente; en­
tonces juzgaréis de nuestra labor. Os advierto que
aquí las mujeres nada saben de esto, lo que mucho
nos conviene.
—Supongo, pues, algo muy grande, ya que lo
reserváis; algo...
—Que permita fundar esperanzas en el logro del
fin que perseguim os; ¿no es eso, querida tía?
Pues casi lo has acertado; pero... las señoras lle­
gan ; nosotros, con tu permiso, no te cansamos ya
más.
En efecto; Mme. Fontignan, miss Lucy, mistress

202

JOSÉ

FERRÁNDIZ

Brígida, la madre de Mr. Jobson, respetable seño­
ra ; Mary, la esposa de Listrade; Jenny, la de
Villougby; Edith, la del conserje; Harold Owen
y otras dos venían hacia el salón ; entraron y co­
menzó la recepción del elemento femenino.

XV
VISITA AL OBSERVATORIO Y VIAJE POR LA LUNA,
SIN MOVERSE DE LA TIERRA

eñores,

ya

e s tá v i s t o ; n o s h a tr a ic io n a d o al­

guien, puesto que de este país procede la no^
ticia. De ello trataremos a su hora. Por el momen­
to, lo que urge es conjurar esta tormenta. Querido
Ricardo, perdonadme como sobrino de lady Esth e r; no veo otro recurso que engañarla... un
poco...
—Os lo iba a proponer a vos, como jefe, y a to­
dos. Creo eso indispensable.
—Me tranquilizáis en principio. ¿Opina alguno
de otro modo?
—¡ Conformes todos !—exclamaron los astróno­
mos reunidos por el director en el pabellón consa­
bido en cuanto dejó a la dama con las otras se­
ñoras.
—Bien. Ahora denme una idea, e ingeniosa,
para ese inocente engaño.
—Tengo una—dijo Pillsbury—. Me obligaba
encontrarla para sosegaros, asumiendo responsa­
bilidades... de familia; pero necesito que míster
Sawver sea mi cómplice.
-—A vuestra disposición, Ricardo.

204

J O S É

F E R R Á N D I Z

—Pues he aquí mi proyecto. Por dicha nuestra,
la Luna está empezando su creciente y así ofrece
algún disco observable. Vos, amigo Sawver, en
todo lo que resta de día, solo o auxiliado por quien
elijáis, hacéis la puntería con el anteojo de la torre
grande, aplicado a él, es claro, vuestro amplia­
dor. ¿Podréis acercar así mucho la L u n a ?
—Como unas cuatro millas de primera intención
sin forzar; aumento de más de ocho mil veces; vi­
sibles, según mi cálculo, así al aire hecho, objetos
de dos y medio metros.
— Más de lo que necesitamos ; no lleguéis a tan ­
to. Sesión, pues, de selenismo. Como realmente
ese resultado es considerable, bastará a satisfacer
a mi señora tía, y aun a asombrarla. Mientras dis­
ponéis el anteojo, Mr. Villougby, algún otro y yo
repasaremos el mapa lunar de Lecouiturier y Chapins ( t86o) ; no hav otro en casa más exacto. Vos
nos diréis aproximadamente el campo de vuestra
puntería para que lo tengamos en cuenta al pasear
a la señora por el hemisferio lunar... sentada en
una silla.
— j M agnífico!
— Diréis a mi tía que este efecto es sólo el pri­
mer avance de vuestras invenciones, probadas en
el anteojo de esa torre ; pero que dentro de poco el
vuestro irá mucho más lejos, y así la iremos pre­
parando. Se le añadirá que le avisaremos en con­
siguiendo este fin. Porque, sabedlo, vo me encar­
go de hacer que se vaya pronto y llena de alegría.
Le sugeriré esta determinación.
— ¿ L o esperáis?—preguntó el director.
— Me pinto solo para eso. Pero he dicho suge-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

205

rirle; no otra cosa, ¿eh? Porque es muy aguda.
—En medio de todo, la encuentro serena, no...,
¡vamos!, exaltada.
—Pues de sopetón le encajaron la nueva, amigo
Drebler. ¡Tiene la naturaleza femenina tantos ve­
ricuetos ! También yo noto en mi amable tía un
poco más de aplomo, sin pérdida de su viva gra­
cia. Los años..., ahora que ella no nos oye.
—Vamos, Ricardo, que decirle: Señora y pro­
pietaria de esta casa, márchese de ella, que nos
está estorbando...
—¡ B ah ! En todas las cosas lo de menos es el
fondo, si su noción se infunde con arte. ¿Q ueda
todo convenido?
—En absoluto, si alguien no expone cosa prefe­
rible.
—¡No, no! A distribuirnos el trabajo.
—Míster Sawyer, hay que remover de vues­
tra torre cuanto pudiera denunciarnos, porque
mi tía querrá visitarla, como todo el estableci­
miento.
—Opino que se encargue uno de vigilar ese si­
tio, por si Venus hablara, enjaretarle una excusa
aceptable, que ahora inventaremos. Y en la visita
a mi torre, ya sé mi lección : el anteojo aun es apa­
rato en estudio.
*
—¿ Y de ese cúmulo de cartas y de telegramas,
señor director?...
—Algo hay que leer y pronto, por si precisara
alguna respuesta inexcusable ; en general, ya idea­
remos las evasivas para los periódicos y para los
sabios con el fin de que no nos mareen si lo con­
seguimos. Orden severa de no dejar entrar a cu-

ao6

J OSÉ

F E R R Á N D I Z

rioso alguno y de v i g il a r ; yo sabré la causa de
esa noticia fatal. Ahora nos espera el almuerzo.
Un poco después de él Mr. Brigham llamaba a
Henoch. Por éste se enteró a solas de que desde
el día en que sonaron los golpes ningún extraño
había entrado en el O bservatorio; cartas recibidas,
pocas; enviadas, una de Mr. Pillsbury a su m a­
dre. Comunicación con el exterior, la ordinaria y
precisa, excepto el viaje del mecánico a Denver y
de Mme. Fontignan a Eastbrigde para sus com­
pras.
— ¿ Y mormones?
—Ni en cien leguas, señor.
— No entiendo esto. De la casa no hallo un solo
sospechoso. ¿ Y usted ?
—Tampoco vislumbro culpabilidad; ahora, in­
discreción... ¡L as mujeres!... Tengo una idea algo
obscura, propia de antiguo policíaco.
— No creo que mujer alguna de casa... No, no.
—«Buscad a la mujer», decía el juez aquel tan
famoso. Yo por ese camino rastreo.
— ¿ S e puede saber vuestra idea?
—Cierto que s í ; mas dejadme un par de d í a s ;
aun es un feto. Cuando llegue a criatura formada
os servirá.
—Como queráis, Henoch. ¡Prudencia!
No hubo más. Los preparativos se hicieron ex­
pedita y prontamente, porque lady Esther dejó
unas horas libres a todos, entretenida con las mu­
jeres o descansando.
Mediada la tarde la visitaron, ya preparados, y
le hicieron saber que a la noche comprobaría los
adelantos conseguidos, teniendo a la Luna muy

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

207

cerca. El efecto fué el deseado. Esther se entusias­
mó. Algo más tranquila a los diez minutos, se dejó
llevar a una visita del Observatorio, en compañía
del director, de Mr. Sawyer y de Pillsbury, hasta
antes de la hora de comer, porque tenía invitadas
a las señoras.
—Y en seguida, con nosotros—le dijo su sobri­
no— . Vuelvo a rogarte mucha reserva; ni el me­
nor indicio. Las tareas extraordinarias de algún
tiempo acá les tienen viva cierta curiosidad, por
lo mismo que nada les decimos, ni se hará eso has­
ta que ya no sea peligroso. Hay aquí muchas mu­
jeres y de varias categorías...
—Descuida, Ricardo; nada me sacarán. No ol­
vido lo que me dijo Mr. Brigham esta mañana.
—Y el mismo silencio fuera de aquí, sea en
nuestro país o en Inglaterra; más aun: desmentir
lo posible.
—Confía en mí, niño. Desde aquí voy a Lon­
dres, a la posesión que tengo cerca, ya sabes.
—Acertadísimo el retiro, s í; mejor fuera queda­
ros con nosotros; vamos a echaros de menos. El
verano aquí no es intolerable, aunque aburrido,
para una dama. Lo peor es que nos hallamos en
pleno trabajo abrumador, tiránico, que no permite
distraerse de él un momento, y tendrías que estar
sola casi siempre.
—Pero, hijo, ¡ si tengo citado en Londres a mi
administrador general para de aquí a seis días!
En viendo sólo a grandes trazos esa conquista me
vov para no volver hasta el otoño.
El joven, al oír esto, se halló descargado de un
gran peso. Él y los otros dos se miraron satisfechos.

2 o8

JOSÉ

FERRÁNDIZ

Comenzó la inspección por las diversas salas...
—¡ Al fin en la torre de Saw yer! ¿ No es ya mis­
teriosa?—añadió la señora.
—N o ; eso pertenece a la historia ; ya trabajamos
juntos; sin eso no habríamos llegado adonde nos
vemos. Ahí tenéis su anteojo, del que lo espera­
mos todo... Ya lo ha subido y en muy buena dis­
posición ; promete, y quién sabe si pasará con mu­
cho de las hipérboles de ese maldito corresponsal.
No nos atrevemos ni a mirar, sin estar Sawyer pre­
sente, este aparato singular; tan delicado es.
—Tampoco me doy cuenta de todo eso que lo
rodea. ¿Son reflectores?
—Hay de todo, y lo que está dentro, las tri­
pas...
—Pero ¡si es relativamente pequeño!
—Las tripas no las tiene vacías.
—Y él, Sawyer, ¿no dijo que venía aquí? ¿P or
qué no está ?
—Por... modestia. Créeme, E sth er; le conozco;
huye del elogio.
Diciendo esto el joven y el director cambiaron
una mirada inquieta. Diafragmas, auriculares, to­
do había sido retirado; pero un auricular del telé­
fono, sin duda por olvido, estaba sobre la mesi­
lla ¡ conectado ! ¡ Cielo santo ! ¡ Si Venus en tal
momento largara un aviso!... Por fortuna, no avi­
só. Pillsbury, con arte, dió por terminada la visi­
ta a la torre. Faltaban los pabellones y otras es­
tancias.
Pasaron a los talleres; luego, a las oficinas;
todo lo examinó y apreció la señora muy satis­
fecha.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

209

En tanto los astrónomos no se dormían. Venus
no llamó, sabe Dios por qué. ¡U na dicha! Y a la
hora de comer todo estaba preparado.
—Amigo Sawyer, ¡por la cabeza de Medusa!,
¿respondéis del éxito?
—Con la cabeza... mía. Vengo de ultimar prue­
bas. Si os place, momentos antes subid y experi­
mentaremos. ¡Ni una nubecilla! Saldremos airo­
sos, sir Jorge.
— ¡Que os oiga el cielo! ¡Y con esta mujer, que
ahora nos sale casi facultativa !, según lo que ha
dicho al ir examinando cada objeto...
—Tanto mejor para... engañarla inocentemente
con la verdad.
—Gracias que se va pronto; lo ha dicho. ¡ Si su­
piera...! No es tiempo aun. ¿Quién imagina lo que
de ese planeta puede venir? Y de la Tierra., esas
cartas...
—Y más que han llegado hace un momento, y
un propio de ese viejo que se cree astrónomo en
su posesión del pico del Oeste, donde estudia el
cielo, a falta de otro sport.
—Sí, Shingerson. Un iluso, pesado y maníaco.
No dejadle pasar...
—Le impide venir el reuma.
— ¡Bendito sea él! ¡Dios me perdone! Ya tengo
redactadas las circulares, un paliativo para pocas
semanas, porque los aun no iniciados aquí al cabo
leerán periódicos. En fin, si contenemos al mundo
y preparamos bien a esta señora, lo demás lo ire­
mos sorteando según se presente.
—Como ese corresponsal vive en Denver, anda­
rá por ahí al atisbo. Por fortuna, el pueblo cerca14

2 JO

J O S É

F E R R Á N D Í Z

no, E astbrigde, nos estim a, es pequeño, agrícola,
no tiene s a b io s ; lo dem ás poblado dista b a s ta n te ;
no nos am ilanem os...
E spléndida estaba la noche, perfum ado el am ­
biente de la m ontaña, lim pio el cielo.
A la hora conveniente, después de la comida,
iban llegando los astrónom os a la torre, donde
Sawyer, con su ayudante y M r. Jobson, hallábanse
al pie del g ran anteojo. U n lienzo blanco extendi­
do esperaba las proyecciones del reflector. H enoch
M ureber andaba no lejos de la estancia ojo avi­
zor, pero disim ulado. El director esperaba a lady
E sther junto a la puerta. No tardó, acom pañada
por su sobrino y por L istrade.
— ¡ H erm osa noche, sir Jo rg e! Y ¡qué cielo!
— Aun es más diáfano el de los Andes. H e ob­
servado allí un eclipse de L una. Como aquello no
hay nada.
— N o ; pues aquí... Desde la ventana he visto a
Procyon, a Sirio y a E spiga, que lanzaba fuego;
a R égulo casi no le he conocido. ¡Sublim e! ¡S u ­
blim e! Y disponéis de un horizonte visible casi
perfecto.
En esto se oyó la voz clara de un tenor, casi ba­
rítono, que invisible a lo lejos, en tono parecido al
de los vigías de barco, pronunciaba o casi can­
taba :
<(¡ El reino de la verdad y de la dicha no es de
este m undo; Dios nos espera en otra parte!»
E sta especie de pregón fatídico, inesperado, en
medio del solemne silencio de la noche, era una
interrupción muy lúgubre. Pero E sther sonrió.
— ¡ Pobre Henoch ! ¡ Siem pre en su pacífico ex-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

2II

travío! Esa misma sentencia y algunas otras lan­
zaba también en casa a lo mejor y sin venir al
caso.
— Es la única señal de su perturbación tranquila.
Y a nos tiene acostumbrados. Pero creed que a ve­
ces emite sus frases en momentos que ni de pro­
pósito para impresionar. Son el compendio de
su fe.
— H oy le he hablado. Le encuentro más normal,
casi contento, aunque sombreado siempre con esa
nube de am argura... Dice que esto le prueba me­
jor que Londres.
— ¿ H a s sabido de su mujer?
— ¡ La muy loca ! ¡ Im bécil! Estuvo en mi casa ;
venía muy compuesta y pin ta d a ; figúrate, Ricar­
do, preguntando por él. No quise hablarle; hice
decirle que le teníamos en una posesión mía, sin
expresarle cuál, donde se encontraba muy bien.
No ha vuelto, porque ya no se le dió dinero. Es
doloroso cómo puede una estúpida alocada destro­
zar a un sér bonísimo, leal, cariñoso... Porque
yo creo que no sanará.
— Opino lo mismo; pero mejorar bastante, sí;
le veo más accesible y equilibrado. Am a los pája­
ros y las flores, le encantan los niños, lee, habla
sobriamente y hace cualquier servicio a la perfec­
ción. Pero entremos; nos aguarda la L una... an­
dando por su órbita.
Después de los saludos obligados el director dió
la orden, ¡Prevenidos!, y rogó a la dam a que ocu­
para una sillita que le tenían dispuesta ; los demás
acomodáronse como pudieron, dando frente al
lienzo blanco; en pie Mr. Brigham y sirviendo el

2 12

JOSÉ

FERRÁNDIZ

aparato los designados ; no lejos de ellos, Ricardo.
A otra voz del director dió principio la sesión.
No nos interesa; a los facultativos allí presentes,
sí, puesto que ninguno había contemplado paisa­
jes lunares a tan corta distancia, y verlos mucho
más cerca todavía era espectáculo que se reserva­
ban, no sin curiosidad, para días más tranquilos
cuando sobrevinieran.
¡ Oh, qué paseos esperaban darse al menos por
el sistema solar!
Sin ir muy lejos, casi en nuestra casa, la Luna
habría de presentarse tal como es, Isis sin velo, y
se sabría de una vez lo que tanto nos oculta ; pero
no ella sola; quedaba el misterio de la otra, nues­
tro segundo satélite, invisible para casi todos los
terrícolas ; esa esferita como un bólido muy grue­
so, presentido y al fin descubierto por M. Petit,
que calculó sus elementos, astro diminuto que gira
en derredor nuestro ¡en tres horas y veinte minu­
tos !, a una velocidad asombrosa, que parece de­
biera producir su inflamación, y a la distancia de
8.140 kilómetros. ¡Ahí mismo, a la puerta de la
calle! Da la vuelta sobre sí misma, de modo que
los puntos de su ecuador recorren 90 kilómetros
por hora...
¿Estará habitada? ¿Por qué no? ¡Oh, próxima
vecindad de humanidades! Tan cerca y tan lejos
a un tiempo. ¿O será un pedrusco árido y pelado,
sin atmósfera? ¿Cómo practicar su observación a
tan vertiginosa marcha, dificilísima de imprimir al
anteojo apuntado? El de Sawyer aclararía muchos
de estos postulados.
Pero todo este ancho campo quedaba para el

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

213

porvenir. Ahora todo estaba reducido, lo mismo
para nuestros amigos los técnicos que para lady
Esther, a contemplar el paisaje de uno o dos pun­
tos lunares, como aquí vemos desde un pueblo la
montaña no lejana, los cónicos picarachos, las lla­
nuras entre ellos, tal vez algún indicio que anun­
ciara vegetación o presencia de aguas. Un edificio
habría tenido que ser bastante grande para acusar
su presencia, dado que Sawyer, de intento, secun­
dando a sir Ricardo, no había extremado la apro­
ximación, por si acaso. ¿Quién sabía lo que hubie­
ra podido aparecer, excluido y todo el hombre,
pero que motivara en la dama preguntas difíciles
de contestar en concordancia con la ficción allí
creada ?
Lo esencial y conseguido era que la dueña de la
casa pudiera decir que habían logrado sus astró­
nomos y ella visto en su presencia lo que ningún
otro observador, poseyendo los más potentes ins­
trumentos, consiguiera antes en el mundo. Este
resultado se hacía evidente, produciendo en todos
una alegría inmensa y efusiva. La señora no ca­
bía en sí de g o zo ; lanzaba espontáneas exclama­
ciones, hijas del asombro y también de una admi­
ración casi infantil, entusiasta. Había reparado en
cierta montaña algo que le parecía vegetación y
luego otra variedad de matices del verde y del
gris. Preguntó; pero nadie sabía con certeza la
existencia de vegetación ni de atmósfera siquiera
en la Luna, como opinaba Laussedat por sus ob­
servaciones de 1860. ¿Qué importaba?...
Al cabo, por hermoso y extraordinario que fue­
ra aquello, la señora se sintió algo cansada.

214

J O S É

F E R R Á N D I Z

—Os he fatigado mucho—dijo a Mr. Jobson—.
Lo admirable para mí no está en los detalles, sino
en el conjunto, y ese ya queda apreciado ; necesita­
mos todos descansar. Quedó complacidísima; no
esperaba tanto. ¡Si esto se supiera por ahí!... No,
no; hay que reservarlo.
—Debo advertiros, milady—intervino el direc­
tor—, que si llegáramos, como esperamos, al re­
sultado que Mr. Sawyer tiene por seguro, ya no
sería la Luna el objeto de nuestra labor; quedaría
para más adelante, porque iríamos sobre más pin­
gües tierras.
—¿L a s de un planeta?
—Naturalmente. Quien puede ir muy lejos a
cultivar un campo fértil no se queda cerca en uno
estéril. El hemisferio lunar que vemos debe serlo
ya ; en cambio, Marte, Venus tienen vida vigorosa.
—¡S i la encontrarais!... ¡¡D ios santo!!
—Al momento os llamaríamos.
—Y desde el fin del mundo correría. Mas no de
tan lejos. Deseo quietud para mis pensamientos,
mi cultura, todavía desordenada, y mis altruismo^.
Pasaré unas horas en Nueva York, y de allí, a mi
casa de Londres. Dirigios siempre a ella. Como­
quiera, este otoño volveremos a vernos. Tú, Ri­
cardo, no escribas sólo a tu madre y a... otra, ¿ no?
—Os juro por el alfa del Centauro (no hay es­
trella más próxima), que a nadie.
—Bien, señores; contentísima, encantada, llena
de esperanzas. Mañana partiré. Dadme, querido
sir Jorge, cuantos encargos queráis.
Al bajar lady Killarney se cogió del brazo de su
sobrino y quedó con éste un poco atrás.

DOS

M U N D O S

AL

HABL A

2I5

— ¿Qué le digo a tu madre? ¿Quieres algo para
ella?
—Nada; le había escrito días hace; cuéntale có­
mo me has encontrado.
—Está contenta, en secreto sea dicho. ¿ Y de
mí, deseas algo?
—Que me estimes tanto como yo te quiero. Com­
prendo el alcance de la pregunta. Me hallo bien
aqu í; me quieren, la familia Jobson me cuida como
suyo ; de lo que mamá envía, me sobra. ¡ Admíra­
te! Y a tengo ahorros; no sé cuánto, algo.
— ¿ Y no piensas en la vida?... Andas ya cerca
de los treinta.
—No hablemos de eso.
— ¿P or qué? Y o quisiera verte definitivamente
hecho hombre serio, a tu elección ; libre, es claro;
nadie te pondrá necias trabas : a la europea, siem­
pre americanos.
—Por hoy no tengo miras. Cuando vuelvas ha­
blaremos de esto... por hablar.
—Si algún día eliges, yo espero que responda la
escogida a los más altos sentimientos, no más que
a ellos.
— Responderá; os lo aseguro.
— ¡H o la! Te he cogido; tú tienes algo ahí den­
tro ; lo preveía ; pero me faltaba la prueba, que se
te ha escapado. ¡ Me alegro! Así me voy más con­
tenta.
Al día siguiente el coche del Observatorio con­
ducía a la fundadora de él hasta la estación del
ferrocarril transversal y, libres ya los astrónomos,
todo volvía a seguir en la casa el curso empren­
dido.

XVI
TEMORES DE LAS MUJERES Y HUMILLACIÓN
DE LOS HOMBRES

a pedir desde Venus cuentas más
estrechas e implacablemente formuladas.
Como si hubieran estado esperando la marcha
de lady Esther, cerca de la hora de costumbre sonó
la llamada.
Mr. W h y le había ideado conectar con el ner­
vio férreo de la torre, a su vez unido al pararrayos,
un timbre de nota más grave que los otros, colo­
cado en la crujía principal y oculto su alambre
conductor; no así otro que parecía salir de casa de
Mr. Brigham y producía la ilusión de ser éste
quien llamaba. Otros dos timbres con igual sonido
bronco hacían el mismo oficio en la sala de re­
uniones y en la crujía de las habitaciones del me­
cánico mismo y de los ayudantes. Así no era ne­
cesaria la guardia en la torre; nadie podía confun­
dir el aviso aquel con otros, y los no iniciados lo
supondrían, caso de notarlo, emanado de la Direc­
ción.
— No estamos facultados para la iniciativa en el
llamar—había dicho W h y le — ; ignoramos todo
procedimiento que no sea el de responder cuando

C

om enzaron

D O S

M U N D O S

A L

H A B L A

2 17

ya está la comunicación establecida. ¿P or cuál me­
dio? No lo sabemos, ni si él está en funciones o
cortado cuando no comunicamos. Desde allí por
ese invento nos ven o por otro; nosotros a ellos
sólo en el exterior y no muy extenso.
— Lo peor es que no nos indican procedimiento
para llamarlos, acaso porque no les sea posible ex­
plicárnosle, ya cuanto al aparato, ya cuanto al
género de fluidos o combinación química por él
exigido. ¿ Qué saben ellos si existen esos elemen­
tos aquí o cómo se llaman en nuestras lenguas?
— Pensáis bien, querido director. De modo, se­
ñores, que son grandes nuestras desventajas, aun­
que nos van entendiendo cada vez mejor; ya em­
plean nuestros números menos mal, pero sin
decirnos cuál sea el sistema de los suyos ni la
división del tiempo: revoluciones sobre el eje,
recorridos de la órbita, he ahí toda su base de
cálculo.
— Los que se explican, ¡vive el cielo!— inte­
rrumpió sir Ricardo, son los terrícolas. ¡Qué ba­
lumba se debe haber armado! Todas las cartas y
los telegramas dicen lo mismo. ¿ Qué descubri­
miento es ése? ¿Qué ven ustedes? ¿Cuánto au­
mento? Así, establecimientos, Sociedades, Li­
ceos, centros espiritistas, ¡no podían faltar!, mu­
chos particulares y bastantes periódicos.
— Lo esperábamos: ataque descontado.
— American Reviere ofrece 12.000 dólares por
una conferencia telegráfica y la exclusiva de su
reproducción. La Tribunc, 30.000 por (toda la his­
toria y referencias en forma que dará el repórter
especial que designe la Empresa.

218

j o s é f e r r á n d i z

— ¡E h !, ¡la gentecita! Y a saca la cabeza el in­
dustrialismo.
— Hay cartas de chacota incrédula, y dos de
casas editoriales. Happleton nos pide precio por
la exclusiva de un libro hecho por nosotros y ccn
dibujos... Dos iglesias calvinistas y una swedemborgiana solicitan informes para tratar en los pul­
pitos de esta novedad en sus relaciones con la re­
ligión.
— Les entra cierto miedo...
— Creed mejor, amigo Listrade, en la emulación
egoísta entre ellos (no ofrecen ni un centavo por
los informes), emulación y vanidad. ¡Miedo ellos!
¿ De qué ? No hay pastor de esos que no se halle
convencido de la duración de su culto mientras él
viva; después..., ¡el diluvio!
— Opino— dijo Mr. Drebler— que los más temi­
bles podrían ser los Observatorios ; el honor de ca­
da casa... La de Cambrigde temerá por la superio­
ridad de su anteojo, afamado por los trabajos de
Bond y de Clarke ; el Observatorio de Monte Hamilton, ahí, cerca de California, verá en peligro
su lente de 97 centímetros en un tubo de 15 me­
tros, con un aumento de 2.400 veces ; ya sabéis que
es nuevo (1). El de Niza, otra lente de 76 centíme­
tros, 18 metros el tubo, 2.000 veces el aumento; el
de Pulkova (Petersburgo), igual que el de Niza;
el de Malbourne, gran telescopio con espejo de
1,22 metros, aumento de 2.000 veces; el del Pico
de Wilson, California (Los Ángeles), telescopio,
(r) Lo era entonces, construido en 1887, como los. dos
que tras él se mencionan.

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AL

H A B L A

319

40 pulgadas su espejo; costó 100.000 dólares, lo
hizo Clark... ¿ Y el famosísimo telescopio de lord
Rosse, de 16 metros el tubo y dos el diámetro de
su espejo? Todos procurarían quitarnos importan­
cia.
—Lo mejor que podían hacer: así quedaríamos
tranquilos, olvidados. Como quiera, cuando lle­
gue la hora será lo que haya de ser... ¿No escri­
be alguna casa constructora de aparatos?
—Ninguna, sir Jorge; es pronto. Esos ingenie­
ros, ricos y acreditados, saben esperar y no pe­
can de crédulos ni de impresionables, ¿verdad,
amigo Sawyer?
—Seguramente; los conozco bien. ¿N o trae más
el correo?
—En substancia apreciable, no. Esperó la apro­
bación del texto de las circulares para darles sa­
lida.
—Variado en algún detalle, lo tendréis luego.
Estos días, para descansaros algo leeremos entre
todos correo y Prensa, hasta que el turbión pase,
porque nuestra negativa nos haya devuelto al se­
creto...
Al decir esto el director, se oyó a Henoch decir
claro y vibrante, no lejos:
—¡Nada hay oculto que no se sepa o escondido
que no se descubra...!
Acostumbrados y todo a estas sentencias, los
astrónomos ahora se miraron impresionados. El
director, por una de esas inspiraciones impulsi­
vas, repentinas, salió.
—Señor—dijo Henoch al verle—, la criatura
prometida la tenemos: la he traído de Easbrigde.

2 20

J O S É

F E R R Á N D I Z

— ¡ Ah ! Decid pronto.
—Sabéis que tuve el honor de g uiar como co­
chero el carruaje que condujo a milady a la esta­
ción. Al volver de ella, sin prisa, me detuve en el
pueblo, dejé el vehículo en la casa de Correos y
comencé mis pesquisas. R esultado: lo previsto,
J siempre la m u j e r ! Madame de Fontignan, que
fué allí, cuando Mr. W hyle a Denver, había he­
cho compras en casa de la viuda quinquillera, la
cual hubo de bromearse respecto de la existencia
reg-alona de los astrónomos en esta casa. Ligera
la francesa, para defender a todos dijo que habían
descubierto algo que asombraría al m undo; como
que aterrados estaban ellos mismos.
— ¡No es imposible! ¡L a vanidad! Pero una
tendera no creo que...
— Esperad. Mientras la francesa charloteaba
sin tino, la estaban escuchando dos sujetos, acom­
pañantes de otra compradora extraña al pueblo.
Pues bien : uno de ellos era el corresponsal del
New York Herald en Denver.
—¡S a n to cielo! ¡A cabáram os! Pero ¿cómo pu­
disteis saber...
— Porque allí es público; no he tenido que es­
forzarme, no se le da importancia. El corresponsal
ha vuelto allí para indagar; quería venir a veros;
mas se le dijo que... erais severísimo y con cara
de pocos amigos.
— Más vale así. ¡U n a francesa había de ser!
En fin, ¡silencio!
— En ello estaba. Se trata de una aturdida im­
previsora, que no sabe aún lo que ha hecho ni
se acuerda. Si esto se trasluce le van a dar a su

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M U N D O S

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221

marido cada bro m a z o ...; y él, que es noblote, su­
frirá un disgusto inútil.
— Razón tenéis. No olvidaré este servicio vues­
tro ; eso sí, continuad alerta.
Volvió sir Jorge a reunirse con los demás.
— Estaba diciendo Mr. Jobson que los venerienses pueden cortar relaciones cuando quieran,,
y en cambio se hallan capacitados para obligar­
nos a comunicar con ellos aunque no queramos.
¿ Quién les impediría atronarnos a fuerza de ruidos
en las torres?
— Más aun—apoyó Villougby— ; ¿ y si disponen
de medios para incendiar este edificio con explo­
siones causadas por corrientes contrarias y cru­
zadas? U n a hipótesis, lo sé, mas no tan absurda,
no.
Asintieron todos. ¡ N a d a !, había que ser cautos,
amables, atenerse a la situación. En tal estado los
ánimos, se había oído el llamamiento de Venus.
Mientras nuestros amigos discutían lo que va
referido, celebrábase otro coloquio en uno de los
cenadores del parque. Se habían ido juntando va­
rias señoras que allí solían pasar el rato y aun
llevarse la costura.
—Nada, que la señora no ha soltado prenda—de­
cía Mme. de Fontignan. Eso confirma nuestras
sospechas, tanto como su venida sin avisar, a
raíz del cambio operado en la casa. Luego, conver­
saciones misteriosas con ellos..., aquí sucede algo.
—Pero ¿qué puede ser?
— ¡A y !, amiga Jenny, ¡tantas cosas! Y o sé
que hace bastantes años se temió en todos los
Observatorios un choque espantoso con cierto co-

.2 2 2

J O S É

F E R R Á N D I Z

meta enorme. Sólo tres días faltaban ya para que
nos hiciera pedazos. P u es hubo convenio general
entre astrónomos de callarse, y se cumplió. Nada
se supo hasta un año después. Carlos me lo ha
contado varias veces. El cometa se desvió...
—Pero ahora no hay cometa alguno u otro
cuerpo celeste extraordinario en el horizonte.
—Y ¿ qué sabemos, mistress Listrade, si aquel
mismo cometa vuelve y ellos ya lo ven ? Suponed,
si no, que es un planeta el que ha cambiado el
rumbo, se nos viene derecho, únicamente notado
por los astrónomos. Ese correo tan voluminoso
de ayer, de hoy... ¿ S e entenderán los Observato­
rios? ¿L lam arían desde aquí a la señora?
—Sois terrible, Julia— repuso miss Lucy— . Lady
Esther se ha ido muy contenta.
—O aparentándolo, querida niña. Es prudente
ponerse en lo peor. Decís que vuestro papá no
da lumbres, ni sir Ricardo, que tanto os quiere.
Pues mi Carlos, que todo me lo cuenta, esta vez
¡ ni una esfinge! Vos, mistress Brígida, ¿ habéis
obtenido algo de vuestro hijo ?
—No lo he intentado. Si hay un peligro inevita­
ble, no me lo ha de d e c ir ; si es un secreto profe­
sional, tampoco, ni yo le propondría tal vileza:
que algo calla, eso no lo dudo.
—Sospecho—dijo miss Lucy—algo no tan ho­
rrible: un descubrimiento.
—¿ E n qué os fundáis?
—Aunque joven, soy algo observadora. Noto
que la preocupación de papá es honda, mas no
sin ie s tra ; le conozco bien, y si temiera un cata­
clismo, ¡a h !, ¡qué m iradas furtivas me lanza-

D O S

M U N D O S

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H A B L A

223

r í a ! Las que en una ocasión, cuando temió que
nos quedáramos en la miseria.
— Razonáis bien ; pero los hombres saben disi­
mular. Si es un descubrimiento, ¿por qué ocul­
tarlo? Lo dicho, m antengam os nuestro convenio:
cada una atisbe al suyo y comunique a las demás
lo que pueda rastrear.
— Permitidme— interrumpió la señora del con­
serje— , mistress Edith Owen, que me sitúe junto
a la puerta ; he reparado que Henoch, como quien
no hace nada, ronda los sitios en que ellos se
reúnen ; tal vez se lo m andan ; él tose o canta una
sentencia si alguien pasa. A mí no me engaña ese
demente para unas cosas y que corta un pelo en
el aire en tratándose de otras ; y ¡ cualquiera le saca
una p a la b r a ! ¿ Será el solo sirviente que sepa
algo ?
Al cabo de mucho discutir y conjeturar se con­
vino en que Lucy no dejaría en paz a Pillsbury
hasta conseguir o una revelación o siquiera indi­
cios ; las dem ás no se descuidarían : era ya caso
de honor... femenino aquel misterio.
Poco sospechaban esta conjura de las faldas
nuestros buenos técnicos al entrar en la torre,
preparados a todo.
Empezaron por saber que los señores venerienses habían descansado un día, el de costumbre,
pero no dijeron con cuál intervalo, y otro lo ha­
bían invertido en detalles conducentes al mejor
modo de comunicar.
— ¡ Vaya !—exclamó Pillsbury—, '¿ cuántos días
tendrá ahí la sem ana? Su número indicaría la re­
sistencia de la raza para el trabajo.

224

J O S É

F E R R Á N D I Z

No había concluido este período el joven, cuan­
do desde el planeta al habla preguntaron :
— ¿ Produce vuestra tierra lo bastante para que
todos os alimentéis bien y de nada carezca nin­
guno ?
Sorpresa general. Todo lo esperaban menos
esto.
— ¡ Ea !, ¡ nos han c a la d o ! Ahí han leído al pen­
sador Lermina, el del opúsculo Vientre y Cerebro
—exclamó sir Ricardo— , si no han escuchado a
los sudamericanos su ad a g io : Tripas llevan pies.
La preguntita es peliaguda. ¿ Qué respondemos ?
— La verdad, Ricardo— repuso el director— . Ni
esto produce lo bastante ni acertamos a distribuir
lo que da.
Contestaron desde Venus que ya lo sospechaban
porque nos veían matar animales para comerlos,
y dejar inculta mucha tierra... civilizada.
Matar mucho a comer, era su escueta y ruda
frase; aquí nos alimentan frutos del suelo, no ca­
dáveres. ¡N a d a m atar!
— ¡ Ea !, vegetarianos— insistía Pillsbury— ; ¡si
vinierais y probarais un rosbif!...
Los de allá continuaban gritando:
— ¡Carne mala a comer!
Se les contestó que así ya se iba comprendiendo
entre nosotros, a lo que replicaron :
— Pero matáis también para no comer, hom­
bres a hombres, ¡y a mujeres, uno a otro, muchos
a muchos, y así siempre desde que os vemos, con
horror !, ¡ mal, rmucho mal !

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

225

R e sp u e sta : una ev asiv a; las pasiones, la cultu­
ra im perfecta...
— j No, n o !—volvieron a vociferar— ; no, que se
m ata en lugares donde hay ciencia y se m ira al
cielo con instrum entos y hay m aestros y hay tem ­
plos. T enéis hom bres que m atan por oficio a otros
hom bres tam bién dedicados a eso : ¡h o rro r!,
¡m ald ad !, ¡raza inferior!, ¡planeta de m uerte!
Aquello se iba poniendo serio; no se m ordían
la lengua los hijos de V enus. A través de su in­
glés infam e se com prendía que si dom inaran este
idioma no se m ostrarían menos duros. P or su modo
de expresarse ahora, vinieron nuestros am igos en
conocim iento de que las inflexiones o acentos de
ira, casi iguales eran allí que en la T ierra. No
se veía a los que hablaban, sin duda por medio
de aparatos fijos en el interior del edificio; si re­
gularm ente era uno solo el interlocutor, a veces
se oía que coreaban otros, y no todos hom bres,
a juzgar por algunas voces atipladas.
En el exterior, completa c a lm a : tal cual indi­
viduo que andaba tranquilo. A lrededor de una
m ujer revoloteaba un ave m agnífica, m ayor que
nuestras águilas, con alas de brillante azul y
cuerpo dorado claro. La joven le m ostraba algo
que en la m ano tenía y el volátil se le posaba en
un hom bro, luego se rem ontaba en el espacio, des­
cendía, an d ab a cerca de la m ujer, se dejaba aca­
riciar... Bien dom esticaban en V enus a los p á ja ­
ros grandes, ya que no se los comían.
—Y ¿ p o r qué tan ta m uerte?— insistían im pla­
cables.
— ¡ E stam os lucidos, se ñ o re s!—exclamó m íster
16

226

J O S É

F E R R Á N D Í Z

Drebler ; situación de reo ante el attorney (i), pero
con m ala o ninguna defensa.
— ¡ Aquí no se m a ta !—prosiguieron los del m un­
do vecino, viendo que tardaba la respuesta. El hom ­
bre y la m ujer nacen para vivir (traducim os al
lenguaje corriente el de allá, rudim entario) ; y
porque p ara eso nacen, nadie puede privarles de
la e x iste n cia : todos debem os conservar y hacer
dichosa la de los otros.
Saw yer insinuó que, p ara no quedar m udos, se
respondiera con una interrogante. ¿ No existen
ahí pasiones o instintos opuestos, ni hom bres de­
fectuosos, extraviados? ¡N unca lo p reg u n ta ra n !,
la explosión fué terrible.
— ¡N o ! No no hay contradicción ni mal ni ex­
travío que autorice a m a ta r; ¡n o !..., ¡ ¡ n o ! ! ...,
¡ I ¡ n o !!! (así, tres v eces). Lo contradictorio se
compone con la razón y el s a b e r : el error se co­
rrige de m uchos modos pacíficos: ¡m atar, nunca!,
¡n u n c a !, es propio de bestias que luchan por el
hambre y por la hembra, ¡com o vosotros!, ¡raza
inferior! T anto tiem po que os estam os viendo des­
trozaros por tierra y por m a r ; m ultitudes arm a­
das contra otras, o en riñas particulares, a todas
horas, en todas partes, m ás o menos civilizadas.
r¿ De qué os sirve el saber? ¿Q u é idea tenéis de
vuestra condición de hom bres? M atáis y m altra­
táis a la m ujer, al niño, al anciano, al débil, al
indefenso. Y lo vemos, ¡¡h o rro r!! aquí, ¡n o !,
¡ ¡n o ! !, ¡ ¡ ¡ N O ! ! !
P or m omentos la emoción de los astrónom os iba
(i)

El fiscal acusador.

DOS

M U N D O S

AL

H A B L A

22 7

siendo más intensa ; mirábanse inquietos. Se diría
que sobre sus frentes pesaba la acusación de todos
los crímenes sangrientos, de todas las matanzas de
su desdichado mundo. Lucháis covio bestias por
la vida y por la hem bra... Esta expresión cruel
los tenía sobrexcitados. En aquel juicio terrible de
mundo a mundo no se podía mentir ni disimular ;
el juez había visto por sí mismo los delitos.
Pillsbury entonces, muy pálido, agitado por in­
terna conmoción, habló, no en latín, en claro in­
glés, no importándole ya que le oyeran en Ve­
nus o en el confín del sistema plan e tario :
— ¡H orroroso y humillante es esto!, señores,
porque... ¡es verdad! U n a verdad que, pronuncia­
da desde otro orbe, hiere despiadadamente por
más que bien la conozcamos.
— ¡ Cierto, por desgracia !—exclamaron el direc­
tor, su segundo y algún otro, inclinadas las cabe­
zas.
— H ora es de que os haga una confesión dolorosa : Desde que, siendo ya mozo, vi a un hombre
pegar a una pobre, indefensa y sometida mujer,
me encuentro mal en este m u n d o ; siento vergüen­
za de pertenecer a una especie capaz de tal infa­
mia, que yo mismo cometiera, de ser otra mi edu­
cación. ¿ E n qué, pues, nos diferenciamos de las
bestias? Ellas no poseen nuestros conocimientos.
— Dais en la clave, querido; la ignorancia—in­
sinuó Jobson.
— ¡ E h ! , ¿q u é es eso? ¿ Y los crímenes de la
gente culta, refinada? ¿ N o ha habido entre ella
quien m atara a su propia m adre? Alguno de esos
sabía más que yo y lo educaron mejor que a mí.

22 8

J O S É

F E R R Á N D 1 Z

Como una saeta llevo clavada esta verdad en mi
conciencia, am igos míos, que tam bién los que pa­
recemos ligeros solemos ocultar hondas am arg u ­
ras bajo exteriores hum orism os, hasta que alguna
vez, como ahora, la verdad nos sacude...
U n silencio profundo acogió declaración tan in­
esperada. M irándose algunos de los presentes, pa­
recían d e c irse : Tiene ra z ó n ; yo tam bién llevo
aquí dentro algo muy triste en que no quiero
pensar.
— Creedme : exam inada sin piedad mi concien­
cia, cual si la de otro fuese, aunque lim pias mis
m anos de la sangre del dolor y del sudor a je n o ;
reducidas a niñerías mis debilidades juveniles, que
a nadie costaron, que yo sepa, una lágrim a, encuéntrom e tan inferior..., vivo de mí tan descon­
tento..., hay tantas acciones m ías que me pesan
como losa de plom o...
— A m igo sir R icardo— interrum pió L istrade rom­
piendo aquel silencio— : sois todo un hom bre; me
lo había figurado. Y a mi vez, os aseguro que
todo eso, tan abom inable para los venerienses,
tam bién me horroriza y me indispone con lo que
llam am os la Creación. Lo que R enán califica de
inmoralidad de la Naturaleza o del Cosmos, con
la frialdad de judío culto que le distingue, yo lo
hallo tan m onstruoso que si no hubiera seres a
quien mucho amo se me haría odiosa la vida.
¿ P o r qué la lu ch a?— añadió— ; ¿ p o r qué la
m uerte de unos, vida de otros, el similicidio o m uer­
te del semejante por su sem ejante, y el altruicidio,
m uerte del sér de una especie por el de otra?
¿ P o r qué el dolor en vidas tan cortas y trabajosas,

DOS

M U N D O S

AL

H A B L A

229

aunque no hubiera lucha? ¡Que es una ley!, se
dice estúpidamente. Peor aun; por ser ley y no
contingencia, la odio yo: es la suprema injusticia,
la fuerza, última razón así de los cristianos como
de los racionalistas necios, como del loco m am arra­
cho de Nietzsche y del profundo, pero cruel Schopenhauer.
¡El mundo o Universo, voluntad, dice, con una
finalidad cualquiera! Y en aras de ella sacrificar
miríadas de miríadas de seres nobles, inteligen­
tes, traídos a la existencia sin su consentimiento,
forzados en su medio, capaces de aspiraciones que
nunca verán realizadas ; más afligidos en su vivir
por el mal y el dolor, que son grandes y abun­
dantes, que favorecidos por el bien, siempre raro...
¿ Morirán sin premio los que hicieron bien, sin
castigo los malos? Y todos, viviendo y muriendo,
sin lograr el objeto de las ansias que esa volun­
tad cruel, afirmada por Schopenhauer, les infundie­
ra, cumplirán, sacrificados, sus designios, que nada
les im portan: ¡horrendo!, ¡inconcebible!
S í; ya oigo decirme que esa voluntad ante nadie
es responsable, y no debe nada al hombre : enton­
ces, ¿qué le debo yo a mi hijo? Nada nos debe,
¿es ciega? Pero nos ha formado, nos ha provisto
de ideas y de aspiraciones que en nosotros des­
pierta el Cosmos, y ahí se queda su acción. ¡ Amar­
go sarcasm o! Aptos para comprender todo lo
grande, lo eterno, el bien, la dicha, y no poseerlos
sino durante una corta y penosa existencia; fu­
gaces como relámpagos en medio de persistentes
sombras...
Francamente, no lo concibo ni puedo aceptarlo.

230

J O S É

F E R R Á N D I Z

Si no hay para nosotros más que el no ser, lo m is­
mo que p a ra las bestias, no existiría m ayor in­
justicia, porque somos capaces de concebir, sentir
y ansiar lo que ellas no...
¿ O s sorprende en mí, por el rum or que oigo?
¡ Si es que, igual que a vosotros, tam poco me sa­
tisfacen soluciones a posteriori con sus corres­
pondientes apriorism os de una filosofía idiota cuan­
do no m alvada, como la de K ant, que nunca de­
m uestra lo que afirma ni le sería posible ! Sólo trata
de justificar hechos, nada más que hechos, fuerzas
brutas, fatales, con un razonar grosero, em brollo­
so y abstruso, sacando consecuencias en el aire y
afirm ando finalidades arbitrariam ente.
Como si las conociera alguien con evidencia,
las form ula ese filosofismo seco y despiadado que
se llama científico, porque bastardea la c ie n c ia ;
progresivo, cual si la verdad pudiera o progresar o
retroceder; razonador siem pre en la sinrazón de
sus pedantescas soluciones arbitrarias, que ni re­
suelven cosa alguna ni consuelan, basadas en el
vacío.
Calló el astrónom o racionalista, que había ido
alzando la voz y exaltándose a m edida que ha­
blaba ; y callaron todos por un momento, realm en­
te solemne, hasta que
—Señores—dijo el director, llamando am able­
mente al orden— ; no es hora de c u e stio n a r: espe­
ran allá, en ese m undo, nuestra contestación. ¿Q ué
les decim os?
—Sim plem ente— repuso L istrade—, que somos
los cafres del sistem a so lar: que aquí dentro los
m ás civilizados valemos m enos que los salvajes,

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

2 3 í

excusables en su rudeza ; que de todo ello tenem os
conciencia en esta casa ; pero ni nosotros ni nadie
en este globo se explica rigurosa, racionalm ente,
las causas ; si ellos las conocen, que nos ilustren ;
nuestros sabios, con ser tantos, no nos sirven para
eso ni... para otra cosa.
En este m omento V enus recobró el uso de la
palabra.
— L a causa de vuestro estado—gritó—debe ser
la inclinación del eje del planeta; ella hace tal
vez m ezquina su producción y malos, por pobres,
a los habitantes.
— ¿ H o la ? —exclamó P illsbury— ; ¿ esas tene­
mos ?
Y lanzándose rápido sobre el receptor, sin que
nadie osara contenerle, v o ceó :
— M ás inclinado está el eje vuestro, y os creéis
ricos y buenos.
L a réplica no se hizo esperar.
— E sta inclinación, por ser como es, no esteriliza
ninguna parte de nuestro suelo, y equivale a una
m ucho m enor que la vuestra.
— ¡T rem enda lección, querido R icardo, ¡y rá­
p id a! Los polos de V enus no se h ielan ; cam bian
las tem peraturas, pero no m ucho y com penetrándo­
se ; así se com pensan.
— Lo suyo hará el excesivo calor, am igo Drebler....
— ¡ Poco a p o c o !, r¿ olvidáis que en los planetas
próxim os al Sol hay m enos calórico en m ovim iento,
y, en cambio, en los lejanos hay más, lo que equi­
libra en unos y otros las tem peraturas? M arte y
nosotros nos hallam os en peor situación que Ve-

232

J O S É

F E R R Á N D I Z

ñus y Júpiter (i) ; nosotros, sobre todo. Conteste­
mos reconociéndolo, a ver si allá se amansan algo.
Así debió suceder, puesto que respondieron :
— Es hora de retirarnos: reflexionaremos. Vos­
otros, los de esa casa, buenos; os deseamos toda
felicidad.
— ¡ Aaaah ! Respiremos. Esto se presenta dificul­
toso; en fin, ya puestos en el trance, ¡adelante!
Este fué el ¡rompan filas! del director. Los de­
más descendieron reflexivos y algo mustios.
— En todas partes cuecen habas—decía sir R i­
cardo ; ya saldrán las de Venus, y veremos quién
es el último en reírse.
(i) La órbita de Júpiter sólo está inclinada cuatro gra­
dos respecto de su ecuador; así, sus temperaturas diferi­
rán muy poco en todo su largo año ; casi como doce de los
nuestros

XVII
VENUS

SE ESPONTANEA UN TANTO

papel había hecho la Tierra ante su
vecina ; pero ésta, que ya pudo prever lo que
ocurrió, no quedaría sorprendida con el silencio y
las vacilaciones o evasivas de los astrónomos. Lo
esencial le sería conocer las causas morales de
los hechos que ya tenía observados y profundizar
en lo que ni los aparatos auxiliares del ojo ni los
del oído habían bastado a mostrarle.
¿Se propondría corregirnos, transmitiéndonos
sus ideales y los adelantos físicos que pudiera?
Este punto discutieron al día siguiente los ini­
ciados. Villougby, Fontignan y W hyle creían en
tan benévola disposición ; Pillsbury dudaba; Drebler y Listrade se inclinaban al egoísmo práctico
de Venus, y el director con los restantes mante­
níase a la expectativa, sin emitir juicio.
Se había notado que el ligero inconveniente de
la tardanza entre las preguntas y las respuestas
resultaba útil a nuestros amigos, porque les dejaba
un poco tiempo hábil para reflexionar sobre las
interpelaciones arduas.
Si la palabra hubiera marchado con la velocidad
del sonido, 340 metros por segundo, pasaran más

D

esair ad o

2 34

J O S É

F E R R Á N D I Z

de sesenta horas entre requerimiento y contesta­
ción, suponiendo que el sonido se propagara, que
no se propaga, a través del éter, como en el aire.
Con la rapidez de la luz, 55.000 leguas por segun­
do, habría tardado algo menos de dos minutos en
la distancia mínima, y en la media, unos seis. Con
la velocidad del fluido eléctrico, 100.000 leguas
por segundo, bastaba un minuto y pocos segun­
dos en la distancia mínima, y algo más de tres
en la media de Venus a nosotros. ¿ Cuál sería el
agente en uso, que no respondía a ninguna cifra
de este cálculo hecho por los astrónomos del Mon­
te Houston? Y a se sabría.
Fontignan calculaba tan sólo el espesor de la
atmósfera de Venus y el de la nuestra, dado que
el éter interplanetario es perfectamente elástico
en sus ondas, y lo mismo transmite la alteración
de ellas a una distancia que a otra. Verdad ; pero
nada resolvía : el hecho era que la vibración del
teléfono o lo que fuese, de Venus, tardaba poco
más de medio minuto, y lo mismo la de nuestro
aparato, puesto que fué el espacio de tiempo más
corto comprobado cuidadosamente en los diálogos
rápidos.
Menos claro aun aparecía otro punto: ¿Hasta
cuál distancia eran eficaces el fluido que empleaba
Venus y la visual de sus catalejos? Sin duda que
éstos superarían al de Mr. Saw yer; llegaría oca­
sión de conocerlo. Ahora 16 importante era la
conducta en las comunicaciones. Se acordó no que­
dar cortos en hacer preguntas, puesto que allá
no se descuidaban.
El óptico se manifestó por este lado algo op-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

235

timista. ¿Qué podía suceder? La índole mala o
buena de la Tierra ya la conocían sus vecinos.
Entabladas las relaciones, a la postre, la superio­
ridad de Venus redundaría en utilidad nuestra. Se­
res tan elevados como parecían, de seguro estaban
en disposición de hacerse cargo de que los mun­
dos, como los individuos, no son responsables de
su plasma, que no crean, ni de su medio. ¿Q ué
fueran los hombres de Venus aquí?
Bajo la influencia de estas atinadas reflexiones,
comenzó la sesión siguiente a la ya referida. Sin
embargo, preparados a todo entraban los técnicos
en la torre. Fué inútil, porque Venus la tomó con
el vocabulario, y hacía bien ; era lo más preciso
para entenderse.
—¡Ladinos!—decía M. Fontignan— . Sospechan
que por hablar mal inglés se aventuraron ayer de­
masiado. Mirad cómo por cada vocablo de cosas
piden la significación de cinco de ideas, y ya lle­
van hoy dos sinónimos solicitados.
Entretanto, Mr. Pillsbury, cuando le dejaban,
daba gusto a sus ojos y... a su lápiz. Esta vez
había gente en la terraza y ante el edificio.
—¿N o veis, amigo Jobson, a esa mujer? ¿Q ué
digo? A esa diosa, la de los ojos verdes. Ahora nos
da la cara.
—Sí, una divinidad ; está sentada frente a otra
no menos bella, algo más alta. En efecto, será
ilusión ; pero se nota el matiz verde en sus ojos ;
no así en los de la otra, y los tiene bien grandes,
muy negros.
—Me encantó desde que la vi ; no creo que apa­
rezca otra superior a ella.

236

JOSÉ

FERRÁNDIZ

— Menos mal que a tanta distancia no le haréis
cocos ; hasta el flirt es imposible...
—Os d iré; el flirt precisamente, no ; pero deseo
hacerla sabedora de que ha flechado a un terrí­
cola. No existe mujer en todo el sistema solar,
en todo el Universo, que no se envanezca de saber
que agrada.
—Y ... ¿cómo se lo vais a decir?
—¡ B ah ! En cuanto conozcan del todo allí nues­
tra escritura. Quiero ser el autor de la primera
carta telegráfica enviada desde la Tierra a Ve­
nus; y ha de ser castamente am atoria: ¡el amor!
¡Oh, fuente de la vida! De mis estudios arqueo­
lógicos, nada profundos, conservo nota de la pri­
mera carta de amor que se conoce entre las es­
critas en nuestro globo; la guarda el Museo Bri­
tánico; está escrita en ladrillo cocido, hace la
pequeñez de mil quinientos y tantos años, y es
petición de mano a una princesa egipcia. La res­
puesta se ignora.
—Y queréis que en un Museo de Venus, el de
cosas nuestras, figure una primera carta...
—Primera de verdad, no primera conocida, como
la egipcia.
—No pediréis la mano...
—Diré cosas que a esa criatura incomparable
gusten y que la posteridad recuerde con honor
para nuestra galantería; en algo hemos de quedar
bien.
—O no, ¿qué sabéis? Suponed que el extrema­
do progreso ha hecho a esas gentes muy posi­
tivistas. Se reirían de vuestro lirismo. Más efecto,
acaso, causaríais con algo parecido a esto:

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

237

«Señora: sois bellísima (este requiebro jamás
pasará de moda), os saluda y os ama 44 kilos de
oxígeno, 22 de carbono, 7 de hidrógeno, 1,75 de
calcio, 1,72 de ázoe, 0,30 de fósforo, 0,80 de cloro,
0,08 *de potasio, 0,07 de sodio, 0,05 de magnesio y
0,04 de hierro ; esto es un hombre en la Tierra, 78
kilos 31 centésimas, por lo regular.» Obtendríais un
éxito, porque si allí son prácticos, se encontrarían
por conducto vuestro con un dato científico pre­
cioso.
— No lo dudo, si conocieran nuestras materias,
nuestros gases y nuestro sistema de pesas.
— Y a lo preguntarían ; su vez le ha de llegar a
la química.
— Antes irá allí mi carta. Y a tengo hecho un
esbozo de borrador; si pudiera transmitirla al pri­
mer descuido de los compañeros, estando esa sílfide en escena, es claro; quiero saber su nombre.
— Tendría gracia que resultara feo para nuestro
gusto en la fonética. Y ¿os lo dirían?
— Espero que sí. ¿El primer nombre de mujer
veneriense transmitido a la Tierra? ¡V aya si lo
dirían!, o no es mujer ésa.
— Hasta ahora no han mostrado gana de cono­
cer nombres nuestros, ni de que lleguen aquí los
su yo s; no tendrá eso importancia para ellos.
— La tiene para mí, y grande.
— Lo que os ruego es que no dejéis de leerme
ese borrador antes de transmitirlo; con tan alto
destino arqueológico y cosa vuestra, debe ser pe­
regrino.
— Tomad, lo traía, dos cuartillas; devolvédmelas
disimuladamente al salir: el director me llama

238

J O S É

F E R R Á N D I Z

para que sustituya en el trabajo a Listrade, que
tendrá ya deseos de encender su pipa.
— ¿ E s que la apaga?
Jobson, en un descanso, pudo leer sin ser no­
tado el borrador, que se guardó sonriendo. Entró
en faena su autor cuando los venerienses, dejado
el diccionario, se metían de nuevo en honduras in­
quietantes.
— Viven en vuestro mundo varias razas de dis­
tintos colores, menos civilizadas las menos blancas
—decían.
— A éstos, les voy a contestar a mi manera,
señor director; permitidlo.
— ¡P o r el cielo, Ricardo!, no nos comprome­
táis.
— No, n o ; pero dejadme, os ruego.
Y al momento respondió:
— Así e s ; mas sólo una humanidad, y todas
nuestras razas son aptas para la cultura, está ya
probado. Si todas no la disfrutan débese al ca­
mino lento y tortuoso que han seguido las ideas
civilizadoras.
— ¡Culpables los blancos!—repusieron sin mor­
derse la lengua desde allá.
— ¡D iablo!, ¡qué estocada!—exclamó Whyle.
— Esperad— le dijo en latín Pillsbury—, les vov
a clavar el estoque ahora—y gritó:
— Decidnos si ahí sucede lo mismo.
Sonrieron todos: ¡buena ocurrencia!
— Hubo aquí— respondieron—dos razas inferio­
res que ya no existen: ¡las hemos extinguido!
Estupefacción, miradas, sonrisas. ¿ Qué tal? He
ahí a los que abominan de nuestras guerras v han

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

239

sobrepasado la conducta de los Estados Unidos
con los pieles rojas.
—No, pues yo aprovecho la ocasión, y veremos
si el reo se trueca en juez. ¡Vosotros!—dijo— ,
¡vosotros, que repugnáis el matar!
—No hemos matado. Eran razas duras, y por
medios científicos suaves las hemos aislado impi­
diéndoles sin violencia el reproducirse. Ya no
hay más que una, muy pacífica y poco numerosa.
—¡V aya!, señores, Nietzsche del brazo con Malthus y con Maquiavelo. ¡Angelitos! ¿Continúo?
—Como os plazca; después de todo...
—Esa raza vuestra tan bella (adulemos un poco*
— prosiguió el joven—, lo será después de varios
perfeccionamientos.
—S í; nos hemos perfeccionado gradualmente,
ya por obra de nuestra íntima naturaleza, ya por
la ciencia, aislando a los recién nacidos defectuo­
sos irremediables, cada vez más raros, y procu­
rando las uniones sanas.
—¡Ira de Dios con los justos esos! Helenismo
poro—exclamó Fontignan en francés, en tanto
Venus decía bien fuerte en un inglés de perros:
—Ya estamos bien; ocupamos toda la tierra
habitable; la exigua raza inferior restante nos sirve
y nos am a: es libre. Queda un animal con forma
parecida a la humana ; también vosotros tenéis
uno. Vais a ver el nuestro. Es manso, inteligente,
aprende a hablar tan sólo de cosas comunes, no
de ideas ; lee, escribe, nos sirve, no sabe separarse
de nosotros, eso le asu sta; se multiplica y vive
poco: miradle ahora.
En medio del asombro de todos, tres minutos

2 4 0

J O S É

F E R R Á N D I Z

después aparecía sobre la terraza en V enus un
hom brecillo como de ochenta a noventa centíme­
tros de estatura, piel color gris c la ro ; pelo en la
cabeza, corto y azul, sin barba (no había sido aún
vista una en V enus), casi desnudo, pues vestía
una tuniquita corta blanca, un casquete del m ism o
color y calzado am arillo.
Se le exam inó cuanto se pudo, m ientras W h y le
sacaba instantáneas de él. E staba bien formado, la
faz un poco alargada, con líneas de V de corazón ;
no alta la frente, ni muy grandes, pero vivos los
ojos, n e g ro s ; sim pática la expresión, bonachona, y
el conjunto, alegróte, pacífico.
Perm anecía en pie, de frente; de vez en cuando
llevaba a la cabeza las manos, luego al pecho; se
inclinaba hacia adelante y parecía sonreír, ense­
ñando unos dientes cortos, blanquísim os, que m ás
tarde se supo no eran m ás que dos huesos corridos,
superior e inferior, en una boca más pequeña que
grande. L as facciones, bastante regulares ; recta la
nariz, no gruesos los labios, un tanto prom inentes
los póm ulos. M ucho había de regocijada simplici­
dad en su cara y en sus movimientos. Más adelan­
te dijeron de tan singular raza, sus dueños, que tenía
el corazón en el lado derecho.
Com o unos seis m inutos permaneció así el ho­
m únculo aquel hasta que una mujer salió y se lo
llevó cogido de la m a n o : andaba con soltura casi
rítm ica y m ajestuosa.
— ¡ E a ! Tenem os ahí el mono de Venus, más
guapo que nuestro adm inistrador y que m uchos co­
nocidos de por acá ; m ás inteligente que el portero
de la verja ; m ás sim pático, sin duda, que el con-

DOS

M UN DOS

AL

241

HABLA

serje; ¿ y si anduviera más equilibrado mental­
mente que Henoch? Está visto que hasta en el si­
mio nos superan.
Reían los compañeros estas salidas de sir Ri­
cardo.
—¡ Eh ! No tomarlo a broma ; el hombre terrícola
tal vez haría muy bien de lacayo gorila en Venus,
mejor que un esquimal o un malayo : j estamos luci­
dos ! Voy a dirigir sobre ese ente una preguntilla
o dos.
—Visto: es bello. ¿Cómo le tratáis? ¿Qué nom­
bre lleva ahí su especie?
—¿Cómo le hemos de tratar? Dulcemente: es li­
bre, en cierto modo, un niño perpetuo. Su especie
se llama Flings, y ese individuo, Jut; es masculino
y joven, nueve veces, diez veces el tiempo de correr
nuestra órbita.
—¡Joven, a los ochenta años nuestros!—decían
todos—. ¿Cuánto vivirá el hombre de ese planeta?
—En nuestras casas suele haberlos—continuaron
nuestros vecinos—, una pareja regularmente, por­
que no abundan. Ya no nos servimos de animales;
a los nocivos los hemos suprimido, si no eran re­
formables ; a otros les hemos mudado el natural.
Era el más dañoso uno cuya mordedura nos ponía
enfermos ; ya no existe; lo que hoy resta es inofen­
sivo, y no debe morir por nuestra mano.
—¡Vaya! ¡ Pobrecitos ! ¡Y han exterminado sua­
vemente toda una Historia Natural! El reverso de
Noé. Pero al cabo, libres de alimañas y seres peli­
grosos, dominadora la ciencia y el derecho a la vida
exigido en institución intangible, ¿será muy tra­
bajosa? Voy a preguntarlo.
16

242

J O S É

F E R R Á N D I Z

R espondieron que no. La alim entación de toda
la raza estaba asegurada por plantas que crecían
dondequiera, sin cultivo, sabrosas y m uy nutriti­
vas ; no había más que tom arlas. N o era el único
m a n ja r ; había otros m uchos y abundantes.
— ¿ La habitación ?
— U n derecho tam bién. A lim ento, albergue, ves­
tido, libertad y saber, son los cinco derechos de
nuestro m undo todo; a nadie se priva de ellos.
— ¿ P o r cuáles objetos, pues, trabajáis y sentís
emulación ?
— P or m uchos. Los gustos de cada uno, ser hon­
rado por la sabiduría y por haber producido una
cosa buena para todos ; el proporcionarse m ayores
satisfacciones, el gusto de saber y de inventar y el
verse libre antes de lo ordinario de algunos trabajos
y deberes que obligaban a cada uno por determ inado
tiem po en bien de los otros. P a ra conseguir ese
prem io hay que haber realizado algo que valga m u­
cho m ás que el trabajo ordinario durante el tiempo
que el prem iado se libra de él.
— ¡ S in g u lar sociología !—exclam aron los astró­
nom os— . Luego, ¿ tenéis leyes ?
— Pocas : las naturales son la base de las que he­
mos d ic ta d o ; ya sabéis las cinco fundam entales,
las colum nas de la vida. Las dem ás son su conse­
cuencia.
— ¿C óm o obligáis al deber?
—Y a no se obliga, ni hay deber penoso, toda
conquista que exige sufrim iento de alguien se re­
lega para cuando sea factible sin ese o b stácu lo ;
por eso, adelantam os poco... Cada cual sigue su
instinto y trab aja así con más fruto. Estos instin-

DOS

M U N D O S

AL

H A B L A

243

tos suelen ser hereditarios; pero nuestra ciencia sa­
be infundirlos (¿aludían a la sugestión?) en tiem­
po oportuno a los niños, según la necesidad que
notamos de gente dedicada a tal o cual ocupación,
siempre durante el tiempo establecido ; pasado él,
nadie hace más que lo que le place : ha ganado su
vida. Si quiere aún laborar, será para bien particu­
lar, y para su honor.
— ¿ Y el rebelde ?
— No los hay; ya os diremos por qué ; no puede
haberlos, como no hay defectuosos físicamente.
Nadie se rebela contra su bien y contra la verdad
conocida y amada. La ciencia corrige aquí pronto,
bien y con dulzura las imperfecciones físicas acci­
dentales.
— Os escuchamos admirados— dijo el director.
— Queríamos que supierais estas cosas, que mu­
cho necesitáis. Esperamos que nuestras relaciones
os hagan bien ; por eso os requeríamos, con pena
de que no lo notarais, hasta que al fin vosotros nos
habéis respondido; ¿era impotente vuestro saber, y
pobres, por lo tanto, vuestros medios?
— S í ; pero aquí trabajando, los que vivimos re­
unidos, hemos logrado, primero, ver ese planeta
muy cerca : es nuestra conquista última, reciente ;
el oíros, a vosotros se debe.
— T odo se perfeccionará. Nos interesa la condi­
ción de vuestras mujeres, alejadas de la ciencia
y del régimen público de la v id a ; no lo están
aquí.
— ¡O h , la galantería! ¡Cóm o se conoce que no
les preocupa el pan de cada d ía !— prorrumpió en
inglés el mecánico— . Preguntad, sir Ricardo, si

244

J O S É

F E R R Á N D I Z

han participado ya a su mundo el detalle de sus re­
laciones con nosotros.
Contestaron que, en detalle, n o ; era aún tempra­
no y molesto para ellos. Y vosotros, añadieron,
bastante labor tendréis con oírnos.
— ¿Qué pensáis, pues, hacer más adelante?
— Esperar que divulguéis vuestra invención a
otros Observatorios y deis a ese mundo la nueva de
nuestro conocimiento. Entonces nos pondremos de
acuerdo para disponer gradualmente una comuni­
cación múltiple, simultánea, bien distribuida por
regiones.
— ¡ Y a ! —dijo sonriendo y muy bajito, en fran­
cés, Mr. Drebler al director— . Parece que también
ahí militan razoncillas de prudencia, ¿eh?
— Lo que nos descarga de un gran temor; respiro
y quedo bien impresionado de ese mundo razona­
ble, aunque él nos tome por...
— Lo que somos— interrumpió sir Ricardo— ; era
desventaja descontada; toda incultura se paga.
¿O s parece que insinuemos ser hora de retirarnos?
Minutos después, no poco fatigados al cabo de
dos horas de sostenida tensión mental, los técnicos
desfilaban. Y a discutirían sobre lo hecho en aque­
lla no tan ingrata sesión.
—Me temo, querido Ricardo— dijo sotto voce
Mr. Jobson— , que tomada como indicio la vida de
ese gorila, o lo que sea, de Venus, vuestra adorable
sílfide haya cumplido los cien años.
— No importa. La juventud y la vejez son con­
ceptos los más relativos. Sara, a los noventa años,
enamoró a un rey. No el tiempo, sino el estado, es
el que determina la belleza y la edad. Una esquí-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

245

mal joven no compite con una francesa cuarentona
guapa o con una alemana, y... la hermosura es
siempre hermosura, ¡ oh, Ninón de L’Enclós, inol­
vidable 1
—Bien, ahí tenéis vuestro borrador. Sin lisonja,
¡una joya!... literaria, digna del Museo Arqueoló­
gico Veneriense.

XVIII
CONSECUENCIAS

EN LA TIERRA

DE

UNA

BROMA

CON EL CIELO

M

iss Lucy tenía sus motivos de estar pre­
ocupada. Aparte el deseo de conocer lo
que traían entre manos los técnicos, otro impul­
so más vivo hacíale ansiar y a la vez temer una
entrevista a solas con Pillsbury. La joven sufría
en silencio viendo en un momento desvanecidas
muy dulces esperanzas. Pero como americana y,
además, educada en la adversidad, prefería
afrontar lo real más temible a padecer las in­
quietudes de una situación equívoca.
La noche anterior, tras la referida contienda
con los de Venus, Ricardo había llegado con
Mr. Drebler hasta la puerta de la habitación de
éste. Parecían menos intranquilos que de ordi­
nario. Se despidieron prometiendo el joven vol­
ver al día siguiente para conversar con Lucy un
rato como solían. Y con esta esperanza entraba
ahora en el gabinete de la adorable niña.
— Pasad, Ricardo, p a s a d ; al fin se os ve por
aquí.
— Las exigencias de la profesión, amable L u­
cy, van siendo mayores cada vez.

D OS

M U N D O S

AL

HABLA

247

—Y a lo sé, y no adivino a causa de cuál no­
vedad... científica.
—Sucede que en vísperas de term inar las ta­
reas preparatorias, comienza lo m ás serio; no
hemos venido aquí a holgar.
—No olvido que vuestra graciosa tía se pro­
puso un fin; en general, le conozco; en concre­
to, nada se nois d i c e ; mereceremos ital descon­
fianza.
—N o lo creáis. ¿ H abíam os de mortificar vues­
tra atención hablando de áridos tecnicism os?
—Pero decirnos... decirme: en esto ahora nos
ocupamos, ¿sería m ortificante?
—Si de vos sola se tra tara ...
—Y cuando afectáis darm e pruebas de singu­
lar confianza sobre otros asuntos, ¿es a las de­
más, o a mí sola a quien os dirigís?
—¡D ia b lo !, pensó Ricardo, esta niña se tira a
fondo. Y en alta voz:
— R epito que tales arideces...
— Deben serlo mucho, ya que vuestro ingenio,
tan certero en amenizarme las de la H istoria y
las del Arte, no os sirve para esas del cielo— in­
sinuó la joven estrechando el círculo.
—P en sab a intentar... ; pero en hallándom e
algo menos em bargado.
—No, n o ; ¿ a qué fatigaros? N o tengo inte­
rés alguno del m omento. Al fin todo se sabe,
dice el Evangelio. Sólo una cosa tenía el capri­
cho de ver.
— Decidla, y...
—Sim plem ente las actas de esos trabajos, di­
go mal, la copia con dibujos.

248

J O S É

F E R R Á N D I Z

—¡ Santo cielo! ¡ Cualquiera te enseña a ti ese
lib ro !
Y en voz perceptible :
—La tendréis en cuanto la term ine: hoy es un
esbozo. («Aplaza y vencerás», dijiste, ¡oh, Maquiavelo!)
—¡ Qué desgracia !—repuso burlona miss Lucy, desesperando ya de obtener éxito acerca del
ansiado enigma, y con brusca transición— : A
mi vez tengo novedades que mostraros. H e reci­
bido hermosas láminas inglesas y piezas de mú­
sica para mi órgano orchestrion, más una carta
bellísima de mi amiga Ketty, ya sabéis, la de
Boston. Nada os oculto, absolutamente nada, bien
os consta.
—Cierto (¡y no deja el tem a!, no), confianza
que estimo probatoria de un afecto al cual tam­
bién os consta que yo correspondo; ¡ me hace tan
feliz!
En este momento pasa el vigilante Henoch,
diciendo:
—«¡ ¡ El reino de la dicha no es de este mundo.
Dios nos espera en otra parte!!»
Miráronse impresionados los dos jóvenes; ca­
llaron por unos instantes, y, al fin, R icardo:
—Nada, el pobre loco.
—Pero, ¡en qué momento!
—No seáis supersticiosa. Os decía que esa vues­
tra confianza...
—No se ve correspondida, Ricardo; prescin­
did de vanas galanterías. No lo mereceré, ¡pobre
chiquilla!, de vos, hombre de ciencia, del gran
mundo y... de fortuna.

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

249

—Pero, Lucy, ¡por Dios vivo! Me parecéis
otra, ¡ que seáis conmigo ahora tan injusta, y
conociéndome tanto!
—Precisa tratar mucho a cualquiera para co­
nocerle—repuso Lucy en tono de cierta amargu­
ra—. El tiempo va enseñando tantas cosas...
Comprendo que algunas vuestras me calléis, ocu­
paciones, proyectos..., amores...
—¿Qué habéis dicho?—exclamó Ricardo, le­
vantándose como por resorte—. ¿Amores yo?
—¿Y por qué no? Es lo más natural y estáis
en vuestro perfecto derecho de alimentarlos y...
de no confiármelos.
Sentada, como estaba, sobre el taburete pró­
ximo al piano, volvióse hacia el teclado y se dis­
puso a preludiar algo, tal vez por no descubrir
ya su emoción profunda.
—¡No, Lucy! Evasivas, nunca; es necesario
que me expliquéis esas reticencias y que a mi
vez hable yo como quien soy. ¡Oh, no! La in­
justicia, jamás. Alguien os ha engañado.
—¿ Qué he de deciros, ni qué importancia tie­
ne todo esto? ¿Os acuso? ¿No reconozco vues­
tro derecho? ¿H e alegado alguno mío? Pero,
engañada, no hablo; si no habéis mentido... vos
mismo.
- ¿ Yo?
—Vos, ciertamente, por medio de vuestra pa­
labra escrita; ya sabéis cuán conocida me es
vuestra letra.
—Vais a volverme loco—exclamó el joven real­
mente muy agitado—. ¿Que os oculto una intri­
ga y que por un escrito mío la conocéis?

2 50

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—Sí—repuso, al parecer, fríamente Lucy— ;
desde la pasada noche, al leer este papel.
Al hablar así extraía de su bolsillo una hoja,
la desdoblaba y se la ofrecía al astrónomo.
-—Anoche, al despediros, lo dejasteis caer, os
hago la justicia de que involuntariamente. No
quise recogerlo, y dároslo en presencia de un jefe
vuestro; pero... aquí lo tenéis. ¡ Ea ! ¿E s esa vues­
tra escritura, o no ?
El Mane, Thecel, Phares ante Baltasar, la som­
bra de Banquo, no produjeran el aterrador efecto
que en Pillsbury aquella cuartilla.
—¡Soy perdido!—pensó midiendo de una sola
mirada el conflicto y sin alargar la mano hacia el
terrible manuscrito. ¿Cómo declarar la verdad
sin descubrir el secreto que a fuer de hombre de
honor le ligaba? ¿Cuál recurso, no indigno ni
ridículo, emplear al instante? Tras unos segun­
dos de silencio:
—Ese papel, Lucy...—balbuceó.
—Parece que os ha turbado verle en mis ma­
nos.
Momentos otra vez de silencio y la voz triste
de Henoch, que lentamente emitía estas palabras
del Salmo V II:
—«¡Abrió una laguna, la cavó, y cayó en la
fosa que él mismo había hecho!»
—S í; me he abierto ese abismo, inocentemen­
te. En vano el negar—añadió con desaliento—,
que todas las apariencias me abrum an; sin em­
bargo, os doy mi palabra de honor; juraré, si lo
queréis, por lo más sagrado, que eso no es una
carta de amorío, ni va dirigida a mujer alguna

D O S

M U N D O S

AL

H AB L A

2$ I

de este m undo, y que en él, ¡si lo sab éis!, no
amo a otra que... ¡a vos!
—¡ A mí !—prorrum pió ella, al oír por vez pri­
m era tal confesión, y reponiéndose p ara velar sus
emociones, atenta a la dignidad de m ujer, aña­
dió, irónica— , yo no tengo verdes los ojos, ni de
ópalo el cutis, ni uso trajes de form a y colores
teatrales.
—Y todo eso, ¿ no se os alcanza que está fue­
ra de la vida n orm al?— interrogó R icardo, un
tanto repuesto, y asiéndose de un clavo ardiente.
—Lo que veo es el intento de velarm e esos
am ores; reconocedlo, es más digno, y... sed di­
choso ; os lo deseo m ás que nadie—afirmó la po­
bre niña con voz un tanto ahogada.
— Dichoso, nunca, viéndoos víctim a de un
error.
— ¿ Y qué puede afectaros? ¿ P o r qué pensar
en esta criatura a la que realm ente nada debéis?
C uidad de que os crea tan noblem ente sincero
como enam orado esa belleza. No hablem os más de
esto y recuperad vuestro escrito, caballero, para ter­
m inarlo y rem itirlo a su destino.
Inm óvil, desolado, Pillsbury ni trató de tom ar
el papel, ni sabía qué h a c e rse ; el m undo se hun­
día bajo sus plantas.
—Veo vuestra turbación—prosiguió m iss Lucy—, sin explicárm ela. T al vez os asom bra mi
m anera de juzgar las cosas. ¿Q u é queréis? No
pertenezco al gran m undo, y así m e había for­
m ado del honor, de los afectos y de la sinceri­
dad, conceptos que os parecerán singulares. Ig ­
noro de qué m anera entenderán todo esto las

j

252

JOSÉ

FERRÁNDIZ

gentes de la alta sociedad; pero cuanto a vos, sí,
me había hecho la ilusión de que pensábamos al
unísono, deducíalo de vuestras conversaciones,
aceptadas, ¡inocente!, como sinceras.
—¡ Lucy, por lo que más améis! Oíd sólo una
palabra...
No pudo continuar. Apareció en la puerta que
daba al interior Mr. Drebler, risueño, como dis­
puesto a pasar un rato agradable con su hija.
Esta y Pillsbury quedaron silenciosos un mo­
mento.
—¿Y a os ibais, Ricardo?—preguntó el sub­
jefe— ; venía pensando en charlar y distraerme
hasta la hora del almuerzo.
No supo el interpelado qué contestar. ¿Sería
un mal o un bien aquella interrupción? ¿H abría
oído algo Mr. Drebler? ¿Adivinaba la situación
con sus precedentes? ¿Q ué iba a suceder? Se
decidió rápidamente a arrostrarlo todo; al fin el
subdirector era un hombre, y de m undo; medio
habría de entenderse.
—Bien—repuso dominando su emoción—, me
quedaré. ¡ Es tan grato para m í!
Drebler se inclinó, siempre efusivo.
—Parece—dijo—que discutíais, Lucy.
—Papá, todo porque nuestro amigo se obsti­
naba en negarme que está enamorado. ¡ Horrible
crimen !
—Hija, en asuntos del corazón la absoluta re­
serva se impone a los hombres. Pero tú, ¿cómo
^abes... ?
—No soy curiosa ; mas anoche se le cayó ahí
fuera una carta amatoria sin sobre, como la ves;

D O S

M U N D O S

AL

H AB L A

253

la leí... ahora se la devolvía. N iega la índole de
ella y no el haberla escrito.
— ¿ M e permitís, R icardo? Y a que mi hija...
Veamos. Pero, ¿sólo tú la has leído?
— Naturalmente, papá.
— Es que variaría mucho la cuestión. ¡ Ah 1
—exclamó Mr. Drebler cuando hubo pasado la vista
por aquellas líneas— . ¡Si esto ya lo conocía y o l
Ahora fué cuando el asombro del joven llegó
al superlativo. ¿ Q u e conocía sir James aquello?
¿ Por quién, si únicamente Mr. Jobson lo había te­
nido en su poder un rato?
—Sí, niña— insistió el padre—y es precioso ;
saboréalo una vez más, medianamente declamado.
Y en alta voz leyó el escrito. E ra un saludo-in­
vocación de corte medio oriental, medio román­
tico español, dirigido a la síifide veneriense, sin
nom brar el planeta, su patria, le llamaba ese m u n ­
do encantador. Describía la hermosura y el tra­
je, no sin señalar el sitio que ella solía elegir,
a fin de que no dudara que a ella se dirigía un
hombre desde aquí.
— No termina en esta cuartilla—dijo el lector
cuando hubo concluido— ; pasa a otra, y es sen­
sible que no conozcas todo este fragmento litera­
rio como yo, que aun recuerdo el final.
— ¿ P e ro , t ú ? — interrogó aún Lucy...
— ¿ P o r qué no? Supón que Ricardo me lo te­
nía recitado en consulta... literaria, por haber
yo mediado para la factura de esa página.
— Entonces, ¿tam bién conocerás esos amores?
— Pero, ¿qué amores, ni qué calabazas? Niña,
ignoras en tu inexperiencia que hoy las cartas de

^54

JOSÉ

FERRÁNDIZ

•enamorados no se escriben a s í; una, pergeñada
como ésta, pondría a su autor en soberano ri­
dículo. ¿ Qué pensarías de Ricardo mismo si te
la hubiera dirigido? Que se bromeaba, o que su
juicio padecía un eclipse.
No era esta precisamente la opinión de Lucy,
que, salvos los detalles del color verde en los ojos
y del vestido, no creía desmerecer toda aquella
sarta de acalorados piropos. Aun turbada, no
caía en la cuenta de que su padre estaba desvian­
do la cuestión y le quitaba su carácter sentimen­
tal.
—Y si Mr. Pillsbury sabía que así halagaba
especiales gustos de esa... mujer...
—De ella, precisamente, n o ; sino de otra per­
sona ; de mí, por ejemplo, o de un editor. Los
originales de las novelas se escriben en cuarti­
llas por sólo un lado, lo que facilita la composi­
ción tipográfica.
—¿U n libro?
—¡ E a ! Lo diré todo. Ricardo no es el autor,
¡para eso tiene ahora el tiem po!; lo es otro, que
hizo y rehizo veinte veces ese romántico saludo,
sin que le saliera bien. Conoce a nuestro amigo,
pero tiene más confianza en m í; por eso me ro­
gó que intercediera con él para que, a fuer de bri­
llante escritor, que es, le redactara sólo ese trozo
en sus ratos de descanso: he ahí todo.
—Sí... papá... es posible—balbuceó indecisa
la muchacha— ; sí, mas, ¿por qué sir Ricardo
no me lo ha dicho?
—¿L e has dado tiempo? No sé si he apare­
cido aquí en el instante en que iría a explicarte

DOS

M U N D O S

AL

HABLA

255

el hecho, sin nombrar al autor, pues queda obli­
gado, como es riguroso en estos casos, a no re­
velar su colaboración.
Lucy miraba indecisa a su padre y a Pillsbury,
no encontrando razones que oponer. Conocía la
veracidad del uno y las dotes literarias del otro ;
el hecho no era imposible ni raro.
—Será—dijo al fin—un libro muy entretenido.
Habló así ya un tanto desarmada, otro tanto
deseando estarlo.
—Sí, hija mía ; un novelón de época, la grie­
ga ; se desarrolla en Atenas en una casa rodeada
de jardines. Ricardo, tan puntilloso en cuestiones
de honor, te habrá ocultado estos detalles, aun
arrostrando tus reproches por..., ¿cómo diré?,
por misterioso ahora contigo, que todo se lo con­
fías.
— Razón tienes, papá. Y vos, Ricardo, olvidad
este mal rato aquí sufrido, no por vuestra parte
sólo, creedme, pues no concibo y me tortura la in­
sinceridad en los que am o.
La declaración quedaba hecha y la tormenta
disipada a tiempo que se oía el toque para el al­
muerzo.
A los postres de él, en la habitación de Mr. Jobson, donde Ricardo comía y le cuidaban, el enamo­
rado refirió a su colega lo ocurrido, pidiéndole su
opinión.
— ¿O s ha dicho algo Mr. James al despediros?
— Nada; quedó sin separarse de su hija.
— ¡Hombre sensato! No ignoraba el afecto entre
su hija y v o s; indudablemente os había oído al
llegar; escuchó aún más, y supo intervenir a tiem-

256

J O S É

F E R R A N D I Z

po con suma delicadeza para conjurar el chubas­
c o ; ¡al fin es padre!..., no lo olvidéis, ansioso de
la ventura de su hija.
— ¡Si le agradezco en el alma su ingeniosa in­
tervención ! Estando él tranquilo no le fué difícil
hallar un expediente. Pienso tener con él una en­
trevista, la inevitable.
— ¡Quieto!, y dejadme, si gustáis, ahorraros ese
trámite. Veré yo a Mr. James. Si después nada os
dice sobre esto, callad también, hasta que llegue
el momento oportuno. Entretanto, ¡por el cielo,
Ricardo!, os lo digo escudado tras de lo mucho
que aquí todos, y yo aun más, os queremos ; ¡ que
sea ésta la última tontería de vuestra juventud...,
ya declinante ! Escribid a vuestra madre y a lady
lEsther, que autoricen mis gestiones con carácter
oficial para cuando nos descarguemos de esta labor
aplastante.
—Si yo dilataba una situación indefinida, os con­
fieso que lo hacía temiendo la altivez del subjefe ;
no tiene fortuna, es pundonoroso por demás. Ya
veis, lo contrario de lo que suele ocurrir, la for­
tuna del novio sirviendo de obstáculo. Luego...
¿ cómo tratar de asuntos privados, de amor, mien­
tras nos abruma... V enus?
— C ie rto ; pero yo lo arreglaré todo.

XIX
POR TIERRAS DE VENUS

indispensable dedicar gran parte o toda la
tarde de aquel mismo día al examen de lo
que arrojaba el mundo en cartas, telegramas y todo
género de publicaciones sobre el asendereado Ob­
servatorio en tela de juicio, y luego determinar lo
conveniente para defenderlo. Esta regla de con­
ducta se deduciría de los materiales acumulados.
Los ocho primeros astrónomos y el jefe, manos
a la obra en la Secretaría, se percataron de que la
conmoción realmente sensible ocurría entre las gen­
tes semicultas. En esa región se ama y se cree
conquistables las relaciones interplanetarias ; y
como el hombre se inclina a creer en lo que de­
sea y desea lo que le agrada más, decidiéndose
en pro o en contra de sistemas o personas, guiado
por ese prejuicio, no ajeno a su interés; en los
círculos de tal región del filosofismo barato, de la
ciencia elemental, de la política gruesa y del cán­
dido espiritismo, se manifestó intensa la discusión
por todas partes.
No se controvertía la posibilidad del descubri­
miento, sino su origen, proceso y alcance : éste no
podía ser otro que la ansiada comunicación de

E

RA

17

258

J O S É

F E R R Á N D I Z

m undos; ¿con cuál? De N eptuno a Júpiter p a re ­
cían a m uchos los planetas harto distantes respecto
del n u e stro ; M ercurio, dem asiado próxim o al Sol
y m uy p e q u e ñ o ; m ás en situación se estim aba a
V enus y a M arte, a éste sobre todo, por lo que
revivieron las conversaciones sobre los traídos y
llevados canales.
A gotado este prim er tema, se trataba del O bserva­
torio, por nadie oído nom brar antes ; que estaba en
los Estados U nidos y en el Colorado, comarca de la
que m uchísim os ignoraban la existencia, no pocos,
los confines. ¡ V a y a !, un establecim iento particu­
lar (en más de un país no se concibe que pueda
haberlos) ; y le hacía sim pático el ser fundación de
una señora.
En concreto, no había otro fondo para tales co­
loquios de círculo, casino, café o casa ; lo que los
prolongaba eran las disputas acerca de las con­
secuencias de la comunicación, si se lograra, o bien
contra los que se atrevían a negarle posibilidad o
a deducir muy diversos efectos. Entre éstos form a­
ban los burlones, los hom bres prácticos, dados a
rechazar lo que no com prenden, los que regatean
a la ciencia su poder hasta que no lo ven innega­
ble y... aprovechable; por último, los imbuidos
en tal o cual idea, a su juicio en peligro si una
conquista dada se realizase. De éstos, los prim iti­
vos y burdos, m ás cercanos al apóstol Santo To­
más que a Salomón, creen cuando ya ven y tocan,
precisam ente al hacerse imposible la fe, sustituida
por la evidencia.
O tros preguntaban si todo sería un enorme puf
lanzado por el O bservatorio yanqui, ansioso de

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

259

notoriedad. ¿ Y los profesionales de la ciencia? Al­
gunos asi opinaban ; la m ayoría, ¡ perfecto silencio !
¿ L a verdad? Dios y unos pocos hom bres la
sabían. De aparecer enunciada como era, no le
faltaran incrédulos, que la infeliz no cabe en las
mentes y en los corazones de los no preparados a
recibirla ; así, para entrar ha de bienquistarse an­
tes con éstos que con aquéllas.
Los O bservatorios, los centros realmente cientí­
ficos, tal vez trataran del asunto en privado, no
sin ponerlo en cuarentena. En la Prensa, como
siempre, <se exhibieron los especialistas de las sec­
ciones de ciencias, ávidos de lucir la suya con tal
motivo. Esto quiere decir que se disparató de lo
lindo.
Se pasó en nuestra Secretaría a las com unica­
ciones directas. Leídas las pocas cartas enviadas
a los astrónom os por sus am igos particulares con
las consabidas preguntas : ¿ Qué ocurre ahí ? ¿ Es
cierto lo que he leído?, etc., desfiló el montón
de telegram as, atrasados o no, casi todos proce­
dentes de esos sujetos que se figuran que nadie
tiene que hacer m ás que servir a su curiosidad. Se
formuló una sola respuesta p ara todos los que la
traían pagada, y silencio cuanto a los dem ás.
— Bien, señores—dijo M. de Fontignan determ i­
nando un breve descanso— ; en suma, que de los
seudopensadores, cada uno arrim a el pez a su as­
cua política, filosófica o lo que sea...
—Y he om itido— interrum pió Mr. P illsbury—
traer a colación los periódicos y revistas donde se
han despachado a su gusto esos felices poetas que
sienten m ás que piensan, porque no pueden pen-

26o

J O S É

F E R R Á N D I Z

sar, y las almas sentimentales que todo lo ven
tras de sus gafas románticas ; buenas gentes, para
quienes la verdad suele actuar de enemiga. ¡ Al
archivo con toda esa hojarasca!
—Lo merece—intervino Mr. Heriberto— ; pero
¿no es cierto que esa confusión caótica de inteli­
gencias y sentimientos hace pensar en que se ne­
cesita ya algo nuevo, extraordinario en su gran­
deza, que fuertemente nos sacuda para infiltrarnos
un poco de buen sentido, venga de Venus o de
la nebulosa de Andrómeda?
—Hablaremos de eso cuando venga un respiro
—contestó el jefe; y no soy yo el único que lo
desea.
—Sin duda es así—asintieron los otros— ; pero
acabemos ahora esta requisa.
—¡ Pobre de mi buena tía cuando llegue a Lon­
dres ! Se encontrará con otro alud como éste de
cartas y telegramas, y el de importunos visitan­
tes, reporters inclusive... Todo por la indiscreción,
acaso, de algún portero.
Quedó acordado cuando terminó el trabajo aquel,
lanzar en medio de tantas discusiones y delirios,
el chorro frío de una negación seca y rotunda de
Mr. Brigham, formulada en sobria carta-circular
a varios establecimientos científicos de verdad y a
la Prensa más leída. «Señores: aquí no ha pasado
nada, vendría a decir; somos unos técnicos mo­
destísimos de esta casa, acabada de fundar, así
como por sport, y aun no en aptitud de servir ;
¿cómo realizar conquistas en tal situación?»
Y eso mismo escribía luego Flammarión a lady
Esther : «Creo en un canard, puesto que los de

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

2Ó1

Monte Houston no habrán tenido aún tiempo de
hallar exactamente la hora ni de dominar los apa­
ratos.» Esta opinión tranquilizó bastante a la bue­
na señora.
—Será muy gracioso—decía Fontignan, echan­
do al cajón cercano un montón de papeles ya in­
útiles—. Veréis, amigo Mr. Villougby, el ¡rompan
filas ! general, coreado por la chacota de los sesudos.
Todavía se trabajó en los detalles referentes a la
ejecución de lo acordado allí en la Secretaría. Cuan­
do se dispersaron, relativamente contentos, igno­
raban que descendían de la torre de Sawyer, tam­
bién un tanto alegres, algunos de los que no habían
tomado parte en el referido escrutinio; eran los
de segunda fila, iniciados, como sabemos, en el
secreto, ahora los unía cierta especie de conjura :
Wyle, el mecánico; los cuatro astrónomos ayudan­
tes : Evans, Lowe, Straud y Barton, más los calcu­
ladores Smith, Gregson y Aurillac; finalmente,
el fotógrafo Bergen. Se habían dado cita en el
piso de dicha torre ocupado por el anteojo que
llamaban borrador, no tan perfecto como el que en
el piso superior estaba sirviendo para las comu­
nicaciones ; pero ¡un señor anteojo!, enfilado tam­
bién sobre Venus.
¿ Qué fin los había conducido allí mientras sus
jefes se hallaban en la Secretaría? No pudieron
ir sino protegidos por un cómplice, el solo que
guardaba la llave de aquella estancia, el ayudante
de Mr. Sawyer, ¿siéndole infiel? No, que tam­
bién éste formaba erftre los conjurados en unión
de... ¡Mr. Pillsbury! Mas no era cosa de alarmar­
se : veamos.

262

JOSÉ

FERRÁNDIZ

Todo consistía en que alguno de los astróno­
mos ayudantes había mostrado ante los otros su
disgusto porque, obligados todos a m antenerse al
habla con los de Venus, no era posible mover la
puntería para escudriñar otros parajes del planeta ;
y él se ausentaría pronto, ¿no era sensible?
Asintieron los que le oían. Pero el preopinante
acariciaba una idea : valerse del segundo anteojo
manejándolo a salga lo que saliere en ratos dis­
ponibles ; él y los otros ayudantes adiestrados en
tal operación, se comprometían a obtener una se­
rie curiosa de paisajes del vecino mundo, desde las
cinco y media de la tarde, durante una hora, mien­
tras los otros técnicos holgaban o se disponían para
la cormmicación allá hacia las siete y cuarto, cuando
solía llamar Venus, que entonces no daba en el oca­
so hasta cerca de las nueve.
Exploraron a Mr. Sawyer. ¿P or qué no?, les
dijo ; que gozaran de tan inocente distracción ; él
no podría acom pañarlos; pero les prestaría a su
fiel Barlett y aun les prepararía bien el instrumen­
to. Consultó luego reservadamente a Pillsbury.
—¡ Que se diviertan!—dijo éste— ; ¡quién pudie­
ra estar con ellos! Y es lo probable que vean y
copien algo notable o útil si llevan al fotógrafo. En
tal caso, ya me enseñaréis pruebas reveladas.
—Por supuesto que el director...
—Descuidad ; estoy aquí para obtener su indul­
gencia si se entera y tuerce el gesto.
¿Q ué vieron? La fortuna quiso favorecerles. H a­
bían llevado el necesario lienzo blanco reflector,
dispuesto rápidamente. Barlett todo lo tenía listo:
prismas, iluminación y otros detalles ; Sawyer les

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

263

había dejado el anteojo en muy favorable punte­
ría, no les quedaba más que empezar a hacer tan­
teos. De este modo, imitando al mono de la fábula
de Iriarte, cuando para divertir a sus amigos les
daba, como hacía su amo ante el público, un es­
pectáculo de fantasmagoría, pero nuestros buenos
astrónomos con la linterna encendida, en tres se­
siones pasearon a su placer las miradas, no sin
asombro, a veces indescriptible, por la superficie
del vecino mundo.
¿ Qué vieron ? Sería muy largo referirlo. Tierras
frondosísimas, ornadas con una vegetación y una
flora espléndidas y lujuriantes, riquísimas en
colores y matices. Altas y escarpadas monta­
ñas, en su mayoría también pobladas de plan­
tas y árboles; valles, ríos, el mar, acantilados
abruptos, un lago en el que, no sin gran alegría,
distinguieron embarcaciones pequeñas, sin arbola­
dura, que debían moverse quién sabe por cuál ma­
quinaria. Un poco tardaron en percibir la presen­
cia de hombres y mujeres en el campo, en casitas
preciosas y en poblados pequeños, como si dijé­
ramos aldeas. Pero ellos deseaban algo más: la
urbe, si en Venus la había, que pudiera no ser así,
decía uno de ellos, convencido de que las grandes
poblaciones, las Babilonias modernas, decía él, no
son otra cosa que centros de miseria moral y ma­
terial que irradia sobre las sociedades para co­
rromperlas, alejando al hombre del campo y de
la agricultura, base de la ordenada vida, al tenor
de las divinas leyes.
Y la ciudad, al fin, llegó, no podían reconocer
si pequeña o grande, mas sí que aparecía bellísi-

264

J OS É

F E R R Á N D I Z

ma, con edificios bajos, pero bastantes torres altas,
miradores o lo que fuesen. Ni vestigio siquiera
de murallas o fortificaciones; tampoco esas vías
tiradas a cordel, ni las edificaciones simétricas,
de fatigante monotonía que forman nuestras calles,
asemejándolas a dos series paralelas afrontadas
de anaqueles con los huecos en forzadas hileras.
No; allí se construía sin duda más para el in­
terior que para el ornato externo, con una libertad
parecida a la de nuestras ciudades antiguas, así
en los vanos como en los saledizos, miembros,
adornos, puertas y terrazas. Mucha columna, ci­
lindrica o prismática ; poco balconaje y de balaus­
trada gruesa y con muy diversas formas, abundan­
do casi tanto el arco pleno como la ojiva y el adin­
telado, las cornisas, los filetes, las grecas, las es­
taturas, las cenefas que imitaban flores entre hojas,
todo ello con algunas semejanzas de nuestras ar­
quitecturas, no faltando más que el arco de herra­
dura y el de ojo de aguja.
Variedad gratísima de colorido en los revocos
o materiales de paramento; pero los matices no
eran fuertes ; el amarillo claro, el violado, el ver­
doso, el rosa y el azulado con absoluta carencia
de metales u objetos brillantes que de ese ma­
terial parecieran. No había tejados: todas las te­
chumbres sin declive, signo de no caer sobre ellas
nieve y de secarse muy pronto la lluvia ; el terrado
era casi general.
Vieron dos edificios con aspecto de templos : así
eran de monumentales; pero ninguna estatua con
ese aspecto, y en parte alguna un solo letrero que
sirviese de anuncio. Pocos transeúntes, que mar-

DOS

M UN DOS

AL

HABLA

265

chaban todos despacio, ostentando la más abiga­
rrada variedad en los colores de su vestir, un tanto
uniforme en la forma, sin que apareciera un solo
pantalón ni un sombrero como los nuestros; lo
frecuente era el quitasol o paraguas, casi siempre
poligonal y de colores también diversos ; todo el
mundo lo llevaba, hasta los niños.
Veíanse carruajes pequeños y ligeros, que tam­
bién más despacio que de prisa marchaban, no se
veía a impulsos de cuál mecanismo, que debía ser
muy pequeño, llevando una o más personas. Nota­
ron nuestros amigos la ausencia de cuanto pudiera
significar una tienda o almacén destinado al pú­
blico, circunstancia que estimó alguno de ellos co­
mo inequívoca muestra de una sociedad feliz. ¡M al­
ditas balanza, vara de medir y caja de fondos!,
deda entusiasmado. Indicios de gente armada,
ni el menor.
Aun tropezaron con otra población. Se hallaba
en plena fiesta, a juzgar por el aspecto de las
gentes. El anteojo había enfilado por dichos^ ca­
sualidad una plaza bastante extensa, en la que
se veía de frente, entre dos avenidas, como todas,
no muv anchas, un edificio magn'fico, de ornato
brillante v prolijo, con todas las apariencias de un
templo: elevación, columnas, torres, un gran pór­
tico... De él vieron a poco ii saliendo un numero­
so cortejo en cuatro filas, formado por hombres,
mujeres y niños, en secciones uniformadas, con
vestimenta muv lujosa, de llamativos colores bien
combinados. En las manos llevaban varas unos,
ramos de flores otros v, al final, en una especie de
carroza, un templete, en cuyo centro brillaba hasta

2 66

JOSÉ

FERRÁNDIZ

deslumbrar con azulada luz, algo que el anteojo
no precisaba. Debía ser un objeto sagrado, porque,
al parecer, las gentes que ocupaban la plaza in­
clináronse profundamente y luego alzaron hacia
el cielo las manos. Aun detrás de aquel signo o
lo que fuere, iban, como cerrando la procesión,
un hombre, y a sus lados dos mujeres, los tres
ricamente ataviados, con luengos mantos color es­
carlata, y coronas de hojas verdes y de flores...
Nueva puntería, durándoles aún el asombro de
la referida visión, les puso delante en medio de
verde llanura, otra edificación grandiosa, coro­
nada por altísima y muy bella torre de cinco pisos.
La puerta, cerrada ; ni un alma en cuanto campo
abarcaba la vista. ¿ Qué sería aquello?
Lo último observado fué, en paisaje imponente,
gigantesca y vaporosa cascada descendía de muy
elevada y abrupta montaña.
Cualquiera puede suponer los comentarios que
harían al término de cada sesión los buenos téc­
nicos, sobre todo al salir de la última y más fecun­
da en vistas sorprendentes.
—Grande es todo eso; mas ¿qué vale compa­
rado con poder vernos y oírnos? ¿Y si aun han
descubierto otras cosas?... Yo me pregunto si serán
allí metales los que desde aquí lo parecen, y cuál
el más valioso. Preseas no lleva esa gente. He
visto en la última sección de mujeres unos collares
blancos, de bolitas luminosas bastante gruesas;
no las creo piedras de joyería, como las nuestras.
—Creedme—insinuó Gregson—, allí será poco
más o menos, todo como aquí, ya que los elementos
del planeta son casi iguales.

DOS

M U N D O S

AL

HAB L A

267

— Perm itid—le dice Barlett— ; mi señor y maes­
tro rechaza la afirmación de cierto filósofo : «que
no hay cosa alguna en el U niverso que no exista
en la T ierra».
—P ero habéis todos visto que en V enus se adora
algo.
—H e ahí otra cuestión de muy distinto orden.
Dondequiera que haya seres racionales se tendrá
idea del Suprem o H acedor y prim era causa. ¡ Él
sí que es lo universal, que está en todo y todo
en É l !
— Muy cierto— apoyó S traud— ; para saber lo
que hay en la T ierra, nos falta m uchísim o aún,
y para saber lo que no hay en el U niverso pre­
cisaría conocerle todo : ¡ el imposible !

<•

XX
JUICIO SEVERO Y CONFESIÓN OBLIGADA

esde

la p r im e r a c o n v e r s a c ió n b o r r a s c o s a , n u e s-

tros amigos empezaban siempre otra con los
venerienses bajo el peso de cierto temor. Esta
noche, más recelosos, si cabe, se dirigieron a la
torre. Desde Venus iban estrechando el cerco;
¿por dónde saldrían esta vez?
—Como veis—empezaron sin preámbulos—, he­
mos logrado muchas conquistas sin quedar satis­
fechos; las sociales nos permiten dirigir la atención
a otras de diverso orden constantemente, porque
si nos durmiéramos sobre lo adquirido, no tar­
daríamos en retroceder ; ¿ no lo estimáis así ?
—Totalmente—se contestó-—, y lo prueba nues­
tra presencia en este lugar de trabajo.
—Aquí — prosiguieron — investigamos ahora el
origen de la vida, misterio de la generación, por
si nos fuera posible un día modificarla y utilizarla.
Lo conseguido hasta hoy, en beneficio de nuestra
raza, es poco.
—¡Pobrecitos!—susurró Mr. Listrade—, ¡no es
nada lo que buscan! ¿Andarán en eso tan atrasa­
dos como nosotros, pese a los trabajos de Schafer

DOS

M U N D O S

AL

HABLA

269

y de Carrel? Y dirigiéndose a Venus: —Algunos
sabios persiguen aquí ese fin mismo.
Venus respondió con un estrepitoso parabién,
hablado muy m al; pero extrañaba el desorden
científico nuestro. No habíamos conseguido que
hubiera en el planeta el contingente de humanidad
que él puede mantener, ni menos ni más, y soste­
nerlo, como es justo, bien distribuido sobre la su­
perficie ; no habíamos alcanzado el dominio de
muchas fuerzas naturales, adversas a nuestro bien­
estar, y ya, sin embargo, queríamos hallar una
solución tan difícil: ¡era contradictorio!
—Reconocemos—se contestó—que a causa de
las guerras, fruto de las ambiciones de dominio,
los sabios son pocos, sus trabajos lentos, obs­
truidos por los obstáculos que les suscita la igno­
rancia y difícilmente traducidos a fines prácticos.
—Entendido; proseguid.
—De aquí el habernos confundido y extraviado.
No obstante, hemos seguido inconscientemente así
en lo material como en lo mental, su inseparable,
caminos paralelos sutilizando progresivamente la
materia y las funciones del espíritu.
—Algo de eso, también nosotros. Puntualizad
un poco ese proceso.
—Muy sencillo. En las primeras edades se la­
boraba sobre piedra y sólidos en bruto; para el
alma, un vivir de material egoísmo. Después nos
ocupamos en descomponer la materia, obtuvimos
los metales, concebimos vaga idea de la unidad
de la materia, transformándola como nos iba sien­
do posible: así estudiamos los líquidos; al mismo
tiempo, en los espíritus imperaba progresivamente

270

JOSÉ

FERRÁNDIZ

el sentimiento, la familia, la patria, la poesía, las
letras, las artes. Período muy largo durante el
cual el concepto de lo sobrehumano, del Creador,
se fué depurando.
Llegamos, en los tiempos modernos, a tratar
ya con los gases, o materia sutil, a la vez que en
las mentes la imaginación, unida a más copioso
saber, imperaba entre los civilizados. Por último,
la época de los fluidos (electricidad, éter...) y en
las almas la razón y una fe muy esclarecida, cons­
tituyendo el reinado de las ideas; hoy éstas pre­
ceden a las conquistas, ansiando multiplicarlas, y
así hemos ensanchado nuestros horizontes, limi­
tados antes al planeta, que creíamos centro v ob­
jeto del Universo, por no comprender éste con su
realidad.
—¡Desequilibrio, así y todo!, ¡desequilibrio!
—gritaron los venerienses— ; porque de esa labor
gradual debisteis necesariamente extraer los ele­
mentos de vuestra dicha : amaros, o al menos no
hostilizaros ; distribuiros con equidad todos los bie­
nes y adelantar así más de prisa, fomentando el
trabajo de los sabios, de los verdaderos, no con­
fundidos con los falsos. Comprendemos, pues, el
proceso de vuestro saber; pero no su desorden y
esterilidad. H ay mucho de obscuro en todo eso.
—Mi buen sir Heriberto, sustituidme ; me veo
perplejo.
—Probaré, respetable jefe, probaré—y entrando
en funciones— : Todo consiste en que nuestra ani­
malidad resistió siempre el imperio del derecho y
el del amor, nociones que asimiló a sus egoísmos,
corrompiéndolas y extraviándolas.

DOS

M U N D O S

AL

H A B L A

27 1

—¡¡A ...h ü , lo entendemos, señor; pero ex­
plicadlo aún.
—El que se creía fuerte atentaba a la propiedad
y a la libertad del menos potente, y, satisfecho
con su poder, despreció la cultura. Los más pode­
rosos fueron y... todavía son los ignorantes. Eri­
gieron la fuerza en razón y en derecho, y el saber,
en oficio de viles. Sometieron a otros, ignorantes
y además débiles. De aquí las guerras, la época
larguísima del absoluto dominio de las armas, el
constante obstáculo para el sabio, que ha progre­
sado en medio de tanta confusión, despreciado y
con frecuencia perseguido.
—Pero, ¿ no tenéis noción del Creador Supre­
mo? Desde aquí vemos que adoráis algo...
—S í; creemos en un solo Hacedor, primera
causa, consciente, providente y remunerador.
—¡ ¡ Oh ! ! Si es así, ¿ cómo sois tan crueles ? Por­
que, lo presenciamos : vuestra vida es despiadada,
pudiendo ser dulce y bella. Percibimos ahí una
civilización que lo parece en lo externo, aunque
atrasada y en su interior ya podrida, ¡perversa!,
¡ y tan lenta! Si os guiara la noción del Creador,
con poca civilización y todo, os sobraría para no
mostraros tan feroces...
—Estos caballeros—observó Pillsbury—hacen as­
pavientos ; pero no han referido el proceso de su
cultura hasta llegar adonde se h alla; mas todo
se andará y algún día ajustaremos cuentas. Res­
ponded ahora como podáis, dada la situación.
—No todos—prosiguió sobre el aparato Listrade—tienen esa noción igual ni perfecta, y así su
moral se hace deficiente.

272

J O S É

F E R R Á N D I Z

—¡N o !, ¡n o ! Eso no importa, no. En alguien
estará la culpa de esas diferencias y de que no im­
pere la justicia siempre. ¿ Disentís acerca de las
verdades naturales como las leyes de la cantidad o
las de la atracción al centro?...
—Los civilizados no... ni casi nadie.
—Pues tampoco pueden disentir en lo otro. La
verdad es sólo una, una la eterna justicia, como
una la Creación y uno el Creador.
—La animalidad..., ya hemos dicho que ofusca
aquí las inteligencias.
—Y en todas partes, si no la dirigen: esto es
lo que se ha de procurar ante todo, que no se
sobreponga el bruto al hombre. Qué, ¿ no os en­
señan nada las consecuencias de ese desorden,
siempre las mismas, y creando la infelicidad gene­
ral ? ¿ Cómo tenéis en cuenta la experiencia para
lo material y no en lo moral para la dicha de
todos ?...
—¡E so es apretar los tornillos, señores!—excla­
mó Fontignan no pudiendo contenerse.
—No conocéis la compasión, porque realmente
no os am áis: así es posible que os destrocéis en
guerras; ahora mismo vemos una, y así siempre:
¿quién las dispone? (Insistían en su tema favo­
rito.)
—Los dominadores—contestó secamente Listrade.
—Mucho ganarán en ellas sus egoísmos y tam­
bién los que los sirven.
—La mayoría van a la lucha u obligados o en­
gañados de uno u otro modo.
—¡Im posible!, ¡imposible! ¿Cómo han de obli-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

2 73

gar o seducir unos pocos a la multitud, hasta lle­
varla a la muerte en beneficio ajeno? Eso no, ¡y
no ! ; es demasiada inferioridad.
—Desgraciadamente, la padecemos. ¿ Sus cau­
sas? Difíciles de explicar en estos diálogos.
—Las causas de un mal—gritaron apretando más
la clavija—tienen que ser otro mal. Ahora nos
explicamos lo que tanto nos preocupaba: el ver
que frecuentemente el hombre se mata a sí mismo,
lo que no hacen ni ahí ni aquí los animales más
inferiores (i). Pero los que desprecian su vida
hasta exponerla sin utilidad propia a la orden e
interés de otro, lógico es que se la quiten al verse
en desgracia.
—Parece que afinan la puntería, querido sir
Ricardo—insinuó Fontignan.
—Sí, ¡es molestísimo esto, es insufrible!, y... lo
que me tem o: que aun preguntarán implacables.
En efecto, habiendo contestado el director, otra
vez en ejercicio, que a veces la guerra puede ser
justa para uno de los beligerantes,
—Pero al otro—le objetaron—, ¿ por qué el resto
de esa humanidad no lo reprime y desarma antes
que proceda a la ofensiva? ¿Cómo no hace im­
posible que la intente siquiera? Dada una dife­
rencia entre razas o comarcas, ¿ cuál puede ser,
que se haga insoluble en justicia para seres racio­
nales, de otro modo que por una matanza?
Era la pregunta sin respuesta, la negación y
condena de toda nuestra estúpida filosofía de la
guerra.
(i) Está probado que el escorpión no se suicida.
18

274

J O S É

F E R R Á N D I Z

D urante el silencio que siguió en la torre tras
el trem endo interrogante, m irándose unos a otros
los pobres astrónom os pensadores, concibió Pillsbury la idea de proponer :
— Confesemos, señores, que estam os locos, si es
que allí com prenden qué es la dem encia, y conté­
mosles lo que respondió Voltaire a Federico II,
que le decía presenciando una formación m ilitar:
«¡S i toda esta gente arm ada se volviese ahora
loca...!» ((Señor, el peligro vendría de que se vol­
viera cuerda.» P or eso el mismo em perador p rusia­
no afirm aba en otra ocasión : «Si mis soldados
em pezaran a pensar, ninguno quedaría en las filas.»
Sonrieron todos tristem ente, y el joven añadió :
— Estim able M. Fontignan : como buen fran­
cés, decid a V enus algo de vuestro am puloso mili­
tarism o ; y aun podíais entonar el flamante him no
de Boulanger : E n revenant de la revue ; es un can­
cán bélico delicioso; pero allí acaso no conozcan
la lengua de Molière.
—Sois divertidísim o, R icardo. ¡ B oulangerista
yo! ¡Si en dos ocasiones por poco me m atan
los chauvinistas, y en otra me quitaron una cá­
tedra !
— ¡ Ah !, ¡ venga esa m ano !
Los de V enus, sin duda porque se tardaba en
responderles, volvieron a la carga con más bríos.
—Sí—prorrum pió una voz viril y dura— ; como
desconocéis la compasión ignoráis tam bién la jus­
ticia. Nos am arga ver cómo ahí los que producen
los frutos, los que hacen las viviendas, entregan
su producción a los que nada hacen, pero viven
en la abundancia ; los productores, en la escasez.

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

275

Eso hará odioso el trabajo y suscitará la envidia...
Pero más nos horroriza ver que en vuestras
ciudades hay hombres sin otro albergue en las
frías noches que los huecos de las puertas, y pa­
sáis a su lado indiferentes, hombres bien vestidos
que se dirigen a cómodas moradas... : ¡horroroso!,
¡¡abominable!, ¡infam e! Y esto siempre: misera­
bles en el campo, en la población, en dondequiera.
—Nos acorralan como fieras—dijo entonces míster Drebler— . ¡A h !, ¡si supieseis que hay en la
Tierra muy orondos individualistas emperrados en
sostener que así conviene para excitar actividades
con eso que se llama la lucha por la existencia...!
Y el que sucumba, aunque sea un justo, que re­
viente. Hágase la selección y perezca media hu­
m anidad. Pero la selección no se realiza y la
humanidad entera va degenerando. No lo impe­
dirán esos otros, los socialistas, cuyo ideal con­
siste en que no es nada quien no es obrero ma­
nual, y, por lo tanto, éste ha de llegar, en esa
misma lucha, a ser el dom inador; los otros, unos
parias...
—Bien decís—corroboró Mr. Villougby— . A
unos y a otros, ¡cuántas veces los he llamado crue­
les, ignorantes, imbéciles! Bien se habla o escribe
al abrigo de confortable gabinete y tras una co­
mida suculenta. Mas ¿por qué se niegan esos in­
dividualistas a admitir la sencilla y obvia distin­
ción entre la lucha del hombre contra los obstácu­
los de la Naturaleza y la de un hombre contra los
otros? ¿P o r qué no quieren ni oír que no existe
sér hum ano del todo inútil, que la sociedad viene
obligada a indagar para qué puede servir y

276

J OS É

F E R R Á N D 1Z

dedicarlo a ello, y que si, efecto de lo inevitable,
se inutiliza, debe sostenerlo, porque tiene derecho
a la vida, porque, en último extremo, no debiera
ser miserable más que el criminal, y... aun éste,
probablemente no delinquiera en una organiza­
ción justa?
— ¡Verdad, verdad! Y yo— agregaba Mr. Listrade— sostengo que aun queriendo delinquir, bien
tratado y todo, medios sobran de reducirlo. Bien ;
estamos divagando, ¿qué respondemos ahora?
— ¡N o lo sé!— reconoció el director muy apena­
do— . Cabalmente esa vergüenza de los sin alber­
gue me ha hecho sufrir bastante y he procurado
combatirla... ; mas ¿de qué sirve la acción de unos
pocos? Bueno, dejemos que los venerienses con­
tinúen asaeteándonos sin piedad; lo merecemos a
título de representantes frente a ellos de todo nues­
tro mundo.
¡ Y vaya si continuaron! Venían bien pertre­
chados.
— Sois crueles con el débil, con las mujeres y
los niños, que vemos desde aquí abandonados y
maltratados.
Así hablaba ahora una armoniosa y fina, pero
enérgica, voz de mujer, coreada al final de su in­
vectiva por otras como ella, que gritaron :
— Sí, sí, lo estamos viendo siempre con horror.
— ¡Santo cielo! ¡Esto nos faltaba! ¡E l coro de
señoras! Con hombres hay manera de contender;
pero ¡ con mujeres! La galantería ata la lengua,
¡ y no digo nada si ellas tienen razón ! Y a podemos
prepararnos.
-—Oíd, Ricardo; opino que estáis indicado para

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

277

entenderos, si hay modo, con esas mujeres, ya
que en galantería sois más doctor que en Ciencias.
—Por lo mismo, tiemblo; en fin, ¡allá voy!
—¡ Gracias al Supremo Hacedor—dijo sobre el
aparato— , que nos otorgáis la honra de hablarnos
las señoras de ese mundo! ¡Felices nosotros mil
veces por gracia tan inmerecida! Sabed—conti­
nuó—que igual horror sentimos aquí muchísimos
seres, y en esta casa, todos; pero, ¡ay!, son más
los insensibles, y nos falta potencia para otra cosa
que lamentarnos y esperar del Ser Supremo tiem­
pos mejores. ¿ Me habéis entendido, adorables be­
llezas que hacéis la bondad de oírme?
Y se volvió hacia sus colegas con gesto de
significarles: ¿E h ?, señores; creo que no voy del
todo mal. La respuesta confirmó esta presunción.
—¡Oh, sí!—gritaban varias argentinas voces,
aunque en detestable inglés— ; hemos entendido
muy complacidas. Vos, caballero ( gentlem an), os
mostráis amable, nos agrada veros tan atractivo
y... ¡guapo!
Difícilmente contuvieron los colegas la risa, cons­
cientes de que con cien ojos y oídos los obser­
vaban.
—¡ Oh, mujeres !—murmuraba en latín míster
Drebler—, en todas partes, en cualquier estado,
las mismas... Menos mal que éstas no parecen
marimachos científicos.
—Pero lo que es francas... Bien que a esa dis­
tancia e invisibles...
—Y a tenemos observado—volvió a hablar la
voz primera—cómo os conducís en esa casa con
las mujeres y los niños, todos muy agraciados:

278

JO SÉ

F E R R Á N D 1Z

mansión de paz y de estudio, ¡ honor a ella ! No
a vosotros, a los crueles dirigimos nuestra repro­
bación, porque solemnes son y trascendentales
estas conferencias, destinadas a perpetuarse en la
Historia.
—¡ Por las Pléyadas que no se explica mal cuan­
to al fondo esa hem bra!—exclamó Sawyer, hasta
entonces silencioso— . Ved cómo respondéis, R i­
cardo, para dejarnos bien.
—¡ Dios me asista !, querido ; atended—y sobre
el diafragma— : Pensamos eso mismo, agradeci­
dos a vuestra bondad. Lo que veis aquí no tiene
mérito alguno, dados nuestros sentimientos ; lo que
no veis, gentiles señoras (ademán a los compañe­
ros de expresarles: Allá va otro piropo, a ver
si las dejamos propicias para lo sucesivo), lo que
no veis es nuestra admiración embelesada ante la
hermosura de las que a veces aparecéis al alcance
de nuestra vista. Nunca pudimos figurarnos be­
lleza tanta ; tiempo es ya de que os lo digamos.
No tardó en oírse un concierto de exclamacio­
nes, muestras de agrado y contento, en inglés, so­
bre el fondo de coloquios en voz menos perceptible
y lengua indudablemente de a llá :
—Sois—añadieron—todos excelentes ; nos place
veros y oíros; mas... ¿por qué vuestras mujeres
no hablan, al menos con nosotras?
—Lo estaba temiendo—exclamó Fontignan—.
¿ Qué les decimos ?
—¡A h!, estimado Mr. Carlos, ¿no lo adivináis?
Pues una bella mentira dilatoria : oíd.
—Tienen de ese honor grandes deseos ; pero el
tiempo urge, apenas basta el disponible ya para

D OS

M U N D O S

AL

H A B L A

279

conversaciones im portantes, que no quieren en­
torpecer. U n poco las retrae el convencim iento
de no poseer m ucha ciencia ; m as dentro de poco
hallarem os ocasión de que se pongan a vuestras
órdenes.
—¿ Ciencia no? A hora no se trata de eso : es que
nos gustan, ¡ son tan bellas !
¡Si oyera esto Mme. de F o n tig n a n !, pensaba
para sí el director, ¿ qué le diría a su am iga la
tendera ?
Volvieron a tom ar la palabra los hom bres. N ue­
va expectación en la torre tras un incidente de
tregua. Seguían por el cam ino escabroso de las
relaciones sociales. Se engolfaron por la trocha
accidentada de la eugenesia. Entonces Jobson, que
había perm anecido callando y observando, consul­
tó al director:
— Esos señores nos van a m arear de lo lindo
m ientras puedan perm anecer al habla, poniéndo­
nos en un brete cada cuarto de hora. Y o creo que
merece la pena de intentar eludirlo.
— ¡O h, s í! ; pero ¿có m o ?—preguntaron algu­
nos.
—No hallo otro medio que adelantarnos en una
especie de suave, pero substanciosa confesión ge­
neral : ««Honorables venerienses, la v e rd a d : somos
así y del otro modo, y aquí lo que pasa es esto
y lo de m ás allá.» ¿Q ué os parece, am able jefe?
—A mí, de p e rla s; a los dem ás... que lo digan.
—¡ T am bién, tam bién !, ¡ ingenioso reourso !—di­
jeron— ; después de todo, ahí habíam os de llegar...
—Cierto. M entir no lo consiente nuestra pro­
bidad ni podríam os, porque nos vienen estudiando

28o

JOSÉ

FERRÁNDIZ

hace das siglos, de vista y oído, como se dice
en nuestro argot de Observatorio. Nos contradiría­
mos con peligro de gran descrédito cuando la co­
municación se haga general. Que mienta entonces
bajo su responsabilidad el Observatorio que guste
de ponerse en ridículo—expuso el subjefe.
M ientras tanto, el director, reconcentrando sus
pensamientos, callaba meditabundo. Pronto se
acercó al transmisor, y aceptando para empezar
el terreno de la eugenesia que le imponían los de
Venus, tomó la p alab ra:
—Vais a oír toda la verdad leal y francamente
expuesta. S í; equivocado rumbo seguimos en esta
cuestión los de este mundo : tratar de impedir las
uniones entre defectuosos y aun someterlos a una
operación que los haga impotentes. R esultado: la
odiosidad y favorecer las uniones clandestinas, no
atacando el mal en sus raíces, que son la miseria
y el vicio, porque esto, sobre ser difícil, no favo­
rece a los egoísmos de los dominadores.
— Bien ; pero el vicio procede de la ignorancia,
que no es difícil combatir.
—Ahí no lo será; aquí hemos errado también
el camino, preocupados en sólo imbuir conoci­
mientos, y no hábilmente en verdad, fatigando los
cerebros, sin cuidarnos de educar las voluntades y
los sentimientos. He ahí el gran desacierto de nues­
tro mundo todo. Pocas condiciones posee para
la felicidad abundante, ya que no completa ; pero
una voluntad social decidida las habría utilizado
con fruto.
—Nos aclaráis en parte el enigma para nosotros
de tantas miserias vuestras, una de ellas (y vuelta

D OS

M U N D O S

AL

H A B L A

281

a su tema) que seáis tan irritables para m atar a
un leve ofensor, no sin peligro, y luego m ansa­
m ente os sometáis en m ultitud al que es uno solo
o un conjunto de pocos, que os ordenan m atar a
quien no os ofendió, si no os destroza él.
— E xacto; y tanta es nuestra inferioridad que a
nadie indigna leer u oír que el hombre es un ani­
mal guerrero.
— Pues m ientras no llegue a la paz perfecta será
un animal esclavo, pobre, infeliz y abyecto. Per­
donad estas expresiones, por ser verdaderas.
— ¡V a y a ! Es la prim era vez que nos piden se
les dispense una crudeza—observó Ricardo— . ¿ S i
los iremos educando, es decir, pervirtiendo? ¿ O se
lo habrán aconsejado las m ujeres?
— La verdad es sagrada y nunca ofende—si­
guió com unicando el director— . Sabed que la
m ayoría de nuestros hom bres son lo bastante cie­
gos para creer que la guerra es necesaria ya para
civilizar, ya para que no se pueble el planeta dema­
siado.
— ¡H o rro r!, ¡iniquidad!, ¡brutal torpeza! La
guerra es un mal absoluto, que no puede crear
bien alguno.
—Lo sabem os en esta casa. Oíd una m ayor con­
tradicción. Cada pueblo o raza labora como pue­
de en aum entar su núm ero de pobladores en m a­
yor cantidad que los otros, para vencerlos en la
posible guerra. Aquí toda diferenciación, sea la
que fuere, engendra el odio y la lucha, y nadie
piensa en que podríam os m antener una hum ani­
dad dichosa en equilibrio, prolongándose, ade­
más, la vida, tres veces hoy más bieve que el

282

J O S É

F E R R Á N D I Z

plazo natural. Pues no, que todos vivimos in­
felizmente, oprimidos, ignorantes, llenos de mie­
do y enfermos.
— Señores— añadió en latín, volviéndose a sus
subordinados— , mayor franqueza no cabe.
— ¡M uy bien! Vale así más. Acabemos de una
vez, si hay manera.
— Sospechado todo eso— contestaron de allá— .
Muy aflictivo el saberlo, aunque nos convenga.
Proseguid.
— Tened presente que aun los privilegiados no
son más felices; los esclavizan su riqueza, su
posición, su ociosidad y sus vicios. A estas horas,
todavía casi un tercio de nuesitros habitantes se
halla en estado salvaje ; de los pobladores de co­
marcas civilizadas, más de la mitad no sabe leer
lo escrito ni es capaz de elevar su comprensión a
las ideas generales y menos a las abstractas. So­
mos la especie animal más adelantada del planeta
y acaso la más atrasada del sistema solar: since­
ramente lo reconocemos.
— Agradecidos, nosotros. Ahora se nos alcanza
la causa de que temáis que sean ahí conocidas sin
cuidadosa preparación estas comunicaciones.
— Sí, que aun los dedicados a las ciencias son
de temer por su envidia y su soberbia. Parecemos
una humanidad grande bajo algún aspecto, siendo
pequeños y mezquinos bajo todos los otros. En los
inventos, ni grandes, ni pequeños; en lo social y
moral, miserables; es donde hemos fracasado más
desastrosamente. La contradicción es nuestra ca­
racterística, no lo olvidéis, pues teniendo a mano
más elementos para la felicidad social, que para

D O S

M U N D O S

AL

H ABL A

283

dom inar con inventos la N aturaleza, algo hayam os
logrado en esto, casi nada en lo otro, en lo esen­
cial. H enos aquí, hum anidad que en lo hum ano es
precisam ente donde se ha estrellado.
—Pero.:, ¿ n o tenéis pensadores que hayan acer­
tado con cosa tan sencilla como un sistema certero?
— ¡ O jalá que no los tu v iéram o s! A bundan ellos
y los sistemas que se contradicen, y todos fracasa­
ron. Fluctúa toda esa balum ba en tre dos criterios:
el de la lucha por la existencia y el del trabajo
igual para todos y con la misma rem uneración. Si
fuera verdadero el uno, sería erróneo el otro. La
experiencia dem uestra la falsedad de ambos, y así
vivimos estancados en continuo conflicto y m ales­
tar, disconform es los sabios y m aestros, en lucha
los dom inadores, pasando los pueblos de una tira­
nía a una rebelión, que en tiranía concluye pronto,
de modo que las buenas gentes suelen d e c ir: ¿ La
libertad ha m uerto? ¡G racias al C reador, ya so­
mos libres !
— ¡D oloroso! Y, ¿os falta quien alimente los
principios de la verdad como vosotros, nuestros
amigos (R um or de satisfacción en los astrónomos),
seres equilibrados, que no lucháis con nadie?
— P ero pertenecem os a la m inoría. La ignoran­
cia ha generalizado el grosero escepticismo arri­
ba y abajo. Los que gobiernan no lo hacen por el
bien general, sino buscando su interés p articu lar;
por eso pelean los fuertes para alcanzar el mando,
y a todos nos desmoraliza esa lucha. Las m ultitudes
no am an a los literatos, com prenden mal a los ar­
tistas, si los com prenden, y desprecian a los sa­
bios.

284

J O S É

F E R R Á N D I Z

— ¿Qué aman, pues?
—A los luchadores, sea con las fieras, sea con
los hombres... Tales somos, ¡adm irados a m ig o s/,
y noblemente os lo manifestamos, para ahorraros
interrogaciones fatigosas.
La respuesta no se hizo esperar: fué un clamor
de aprobaciones y de gracias.
— Habéis hablado como sabios honrados. En
pocas palabras nos habéis enseñado más que hu­
biéramos conseguido saber desde aquí mediante
grandes y prolongados esfuerzos. Queda escrito
cuanto os hem os oído. Nuesitra gratitud será per­
petua. Estaréis fatigados, así en lo que aun resta
de esta etapa de comunicaciones posibles, ya no
trataremos más que sobre vuestros adelantos mate­
riales, que nos interesan. Hasta mañana, ¡sed di­
chosos !
— ¡P o r fin, Dios santo!—exclamaron todos— .
Salimos del atolladero gracias a vuestra idea, que­
rido Jobson. ¡Qué noche! ; pero la última de apu­
ros.
—Y o—decía sir Ricardo al dirigirse hacia las
habitaciones— , temí lo que afortunadamente no
ha sucedido: que las mujeres nos hubieran interro­
gado escuetamente sobre la condición de las te­
rrestres, pues sin mentir no había otra contestación
que ésta : «Señoras, aquí en unas comarcas, la mu­
jer es todavía una c o sa ; en otras, que se dicen ci­
vilizadas, una bestia ; en casi todo el mundo, una
máquina de placer y de procrear. Hay sitios, como
la patria de este señor que veis fumando un pitillo,
donde la mujer, precisamente a título de máquina,
sojuzga al hombre y lo patea... En otros, uno de

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

285

ellos, éste que habitamos los presentes— añadió
adelantándose al desquite que previó de Fontignan— , la mujer es una diosa funesta, porque el
bárbaro del hombre, para proporcionarle riquezas
y ocio, se consagra a las ocupaciones más lucrati­
vas, que no son las realmente científicas, por lo que
en el país, si hay una aparatosa y febril civiliza­
ción, falta una verdadera cultura... ¿ Digo bien, se­
ñores? ¡Gran dicha el haber quedado este punto
para la otra aparición de Venus!
— Entonces se habrán humanizado allí más que
ahora— insinuó Drebler.
— Quizá, y así no se asombrarán si les decimos
que un pensador inglés ha clasificado, no sin fun­
damento, nuestra humanidad en tres grupos: tra­
bajadores, mendigos y ladrones.
Fué muy reída esta cita.
Al separarse todos, Mr. Jobson y Ricardo iban
juntos al cuarto del primero.
— Lo dicho, ¿eh? Procurad veros cuanto antes
con miss Lucy. La mentira-verdad que habéis idea­
do me parece insuperable. Iba ya creciendo con
malos síntomas la curiosidad entre los no inicia­
dos ; situación peligrosa, que nadie como vos, R i­
cardo, vale para conjurarla. Cuanto a vuestro
asunto... privado, confiad en mí, va por buen ca­
mino.

XXI
MIRANDO AL PORVENIR

uy contenta iba miss Lucy a la reunión

de las
señoras en el cenador acostum brado; llevaba
la seguridad de un éxito ante sus am igas. Aquella
m añana Pillsbury habíale hablado sobre cosas
gratas, y al fin ella lo había traído al terreno que
le interesaba.
—Pero, ¡ qué atareados, R ic a rd o ! Anoche venía
papá del trabajo con pocas ganas de cenar y mu­
chas de dorm ir. P or supuesto, ni una palabra re­
ferente a esa ím proba tarea.
—¿ P a ra qué? {U na cosa tan árida!
—Que sabéis cuánto me gustaría saber algo de
ella ; pero...
—¿S olam ente algo? ¿ Lo esencial, y así, en con­
junto, sin tecnicism o?
— ¡N aturalm ente!, al alcance de mi com pren­
sión.
—Siem pre me ha parecido que no acertaría, os
lo dije y a ; tan acostum brado estoy, estamos, aquí
los profesionales, a expresarnos en astrónom os...
i. as mi deseo de com placeros tal vez me inspire.
En seguida el joven se dió traza para hacer creer
a su am ada que hallándose en los consabidos tra-

M

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

287

bajos de establecimiento, y llegado el tiempo de
hacerse Venus visible, no se ocuparon del planeta,
que entonces no les interesaba; pero Sawyer, a fi­
nes de marzo, hubo de fijar incidentalmente la pro­
yección de su poderoso anteojo sobre él, y con in­
decible sorpresa encontró en la superficie visible
algo nunca descubierto, por impotencia de los an­
teojos y telescopios conocidos, a los que supera el
de nuestro amigo, ¡ un coloso en la óptica!
—Ya tenía yo de él muy ventajosa opinión—in­
terrumpió Lucy.
El astrónomo prosiguió exponiéndole que cientí­
ficamente el hecho era de tal magnitud, que si
nuestro Observatorio demostrara irrecusablemente
haber sido el descubridor, se cubriría de gloria,
mas también su fundadora.
—¡A h!—exclamó la inocente niña con seguri­
dad—, ¿quién lo duda? Voy comprendiendo.
Eso deseaba Pillsbury, que prosiguió:
—Así os daréis cuenta de que relegáramos de
momento las tareas ordinarias todos los astróno­
mos de primera fila con el fotógrafo y el mecánico,
atentos ya sólo a la feliz novedad.
—Que consistía...
—Figuraos que viene siendo antigua cuestión
batallona entre astrónomos si Venus gira sobre su
eje en el mismo tiempo que recorre su órbita, o,
por el contrario, en menos de veinticuatro horas
nuestras.
—Conozco eso. Papá y Mr. Heriberto me lo di­
jeron la otra noche.
—Tanto mejor, para que apreciéis lo encontra­
do : un detalle por el cual se evidencia el segundo

288

J O S É

F E R R Á N D 12

término de esa cuestión y queda para siempre re­
suelta.
—¡ Oh, magnífico ! ¡ Vaya si nos cubrirem os de
gloria !
— Pero a su tiempo, ¿eh? Nada de imprudentes
precipitaciones y... callad mi confidencia. Ahora
los pormenores y datos científicos de este feliz ha­
llazgo no acertaría jamás a presentároslos bien com­
prensibles.
— Ni los necesito— repuso miss Lucy, ya con­
vencida— ; pero ¿tanto hace trabajar eso, que an­
déis todos aquí de cabeza?
— Olvidáis que Venus va a desaparecer dentro
de muy poco; sin esa tarea tan prolija y pertinaz
no llegaríamos al resultado satisfactorio hasta la
siguiente reaparición.
No fué necesario más. La verdad mentirosa ha­
bía surtido buen efecto, y así miss Lucy pudo
ufanarse ante las señoras de haber logrado, con
su influjo sobre sir Ricardo, arrancarle el secreto
a nadie más revelado, que a todas traía intran­
quilas. Y al día siguiente Henoch declaraba al di­
rector que, no explicándose la causa, había notado
totalmente calmada la ansiedad de los no inicia­
dos, ¡gracias a D ios!, cualquiera que fuese dicha
causa. Satisfecho y contento llegó, pues, sir R i­
cardo al sitio acupado por sus colegas, que iban
a tratar, como tenían decidido la víspera, sobre
los procedimientos que imponía la situación.
—Amigos míos— les dijo el director cuando es­
tuvieron todos presentes— , el día está hermoso,
primaveral; si les parece, hablemos paseando
por el parque, nos sentaremos algún rato, volvere-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

289

mos a marchar... ; esto anima y conforta. Nada
formulistas, nosotros discutimos y exponemos en
familia, aunque a conciencia.
—Muy bien pensado, y para un trabajo algo...
peliagudo, que nos oree el ambiente, hoy tibio, de
la montaña. Hemos de estudiar muchos respectos
y pronto, antes que surja algo imprevisto que nos
embargue.
—De acuerdo, Mr. Saw yer; y decidme—añadió
el director dirigiéndose al parque seguido por los
demás— ; ¿no os parece, y a todos como a mí, es­
tar soñando? ¿Quién nos hubiera dicho al inau­
gurar esta casa lo que nos esperaba? Ni vos mis­
mo, que tanto nos traíais oculto y bien preparado.
—Tal como se está desarrollando, n o : vagueda­
des..., presunciones...
—Pero henos ya habituados, j condición huma­
na inexplicable!, a nuestro soñar, eso sí, con ló­
gica, lo que hace fructífera nuestra acción.
—Aunque desde la noche inolvidable de la pri­
mera visión de Venus, todo trabajo ordinario se
hace de prisa, dejando gran parte en suspenso...
—No os inquiete eso, celoso Mr. Villougby,
que alguna espera admite, y lo otro, ninguna. Des­
pués de todo, ¿ no trabajábamos para ponernos en
aptitud de buscar mucho menos de lo que ya te­
nemos? Pues he ahí rebasada la meta que juzgá­
bamos inaccesible : lo demás importa poco.
Todos asintieron.
—Yo también preferiría—continuó Mr. Brig­
ham—que todo se hubiera practicado según su or­
den de valores ; no es culpa nuestra lo que suce­
de. ¿Q ué habrían hecho otros en nuestro caso?
i?

2QO

J O S É

F E R R Á N D I Z

A lo esencial, pues. Suplicóos, m is buenos ami­
gos, que francam ente exponga cada uno lo que
sienta, y así escogerem os de acuerdo lo preferible.
— Creo conveniente—dijo entonces P illsbury—
d ar prim ero cuenta de las relaciones con el exte­
rior. Todo está despachado. A estas horas cono­
cerán los que nos proponíam os despistar, las de­
term inaciones de nuestro director. D entro de cua­
tro o cinco días nos lo dirá la P ren sa, o poco des­
pués, que se m uestra siem pre m ás tardía en rec­
tificar que en lanzar especies. Podem os estar tra n ­
quilos por esa parte. A lguna carta se recibe aún,
pero insignificante. Las actas, al día, gracias al
fonógrafo.
— Perfectam ente, R ic a rd o ; sois, cuando queréis,
un prodigio de puntualidad.
— Gracias, m aestro, merezca o no ese e lo g io ; ya
os daré, por grata sorpresa, otra prueba de no des­
cuidarm e.
— ¿ No se puede recibir ahora?
— D esde lu e g o ; pero nos haría perder algún
tiem po.
—Como queráis.
— Lo que deseo es insinuar que si hemos de
tra tar con fruto de lo actual sondeem os lo posible
el porvenir, objeto de nuestras precauciones. Se­
ñores, con toda franqueza preguntém onos: ¿qué
va a p asar aquí y en la T ierra entera cuando este
inesperado hecho sea del dom inio universal y las
com unicaciones con Venus se generalicen? Por­
que los aquí reunidos hemos de aparecer ante el
m undo sinceros y honrados ; aunque alguien mal­
diga la hora en que alcanzam os este éxito.

D O S

M U N D O S

AL

H AB L A

291

— Vais bien encaminado — afirmó ífobson— .
Quién más, quién menos, viene aquí pensando en
eso. Sea lo que fuere, a ello nos hemos de pre­
parar y cuanto antes, pues luego la ejecución no
será breve. Y o quisiera oír a alguno enunciar el
orden, por lo menos, con que él crea probable
que todo se desarrollará.
— Si me permitís— dijo Mr. Villougby— , expon­
dré cómo preveo las cosas. En primer término,
convendría, mientras sigamos al habla con Venus,
no sin practicar otras labores indispensables, dis­
tribuirnos el estudio de cada parte de la ejecución
en lo referente a las relaciones exteriores. Uno o
dos de nosotros se ocuparán en las notificaciones
a los sabios; otros, en lo tocante a la Prensa pro­
fesional y a la grande ; otros, a su vez, entenderán
en el arreglo de esta casa, que debemos presentar
aceptable cuando sea visitada por sabios: esto
ha de llegar.
— Lo teníamos pensado— apoyó el subdirector— ,
continuad.
— Otro apartado : la reproducción de vistas y de
discos parlantes, prueba más fehaciente que las ac­
tas, de la realidad de nuestras comunicaciones.
Míster Sawyer se ocupará en lo pertinente a la pu­
blicación de su invento óptico, y Mr. Pillsbury,
en todo lo divulgable por la imprenta o los es­
critos. No holgará requerir a su hora el auxilio
de las autoridades contra cualquier abuso de los
extraños y concertarnos con la sección de Telé­
grafos. Por último, sir Ricardo, entiendo que con
las precauciones de rigor habrá que descorrer el
velo de este secreto ante lady Esther.

2Ç2

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—Lo tengo pensado, no sin mucho discutirlo
conmigo mismo. ¿M i parecer? Llam arla en se­
guida. Que no desaparezca ese planeta sin que
ella haya visto y oído a sus habitantes, y éstos la
hayan conocido. ¿Ello ha de ser? Pues sobre la
marcha.
—¿O bligarla tan pronto a nuevo viaje apenas
vuelta a Londres?
—Es para todo fuerte e intrépida, Eduardo,
cuanto más tratándose de...
—Concedido; pero ¿no tem éis...?
—Ya no. La encontré muy cambiada, en buen
sentido, al despedirla. Precauciones, s í ; mas no
excesivas. Leeré a todos la carta que hoy he de
remitirle y consultaré sohj-e el contenido de la in­
evitable que le enviará nuestro jefe: la invitación
oficial. Así vendrá gradualmente preparada.
—¿Y luego?
—Luego se irá o se quedará; es lo mismo: ¡ya
no ha de estorbarnos! Añado al esbozo de plan
ideado por sir Enrique un punto que se nos ha
de imponer y él ha insinuado: reunir aquí a los
astrónomos más notables, directores de estableci­
miento, ello en secreto, por supuesto, para que
vean y toquen nuestra obra.
—¿N o ofrecerá esa reunión dificultades?
—Cosa fácil, amigo Fontignan. Cada sabio cree­
rá, sin que tal le digamos, al llamarlo, que es él
sólo el invitado. Ya todos aquí, hacerles la histo­
ria del hecho, mostrarles el anteojo y su uso, que
escuchen en el fonógrafo unas cuantas conversa­
ciones de Venus...
—Las no depresivas, '¿ verdad ?

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

293

—Desde luego; que examinen las fotografías y
que vean por el ocular y en el lienzo el planeta
desde donde nos hablan los venerienses. Paten­
tizada la conquista, en medio de la estupefacción
de esos señores...
—Perm itidm e: ¿qué dirá y hará Flammarión?
—En justicia, no es invitable ; no dirige Obser­
vatorio alguno, Mr. Carlos ; pero cierto derecho le
asiste moralmente. Yo guardo de él grato recuer­
do. Consultaremos a mi tía, si le place a nuestro
director; no creo que M. Camilo, que mucho os
estima, estorbe aquí.
—¡ Oh, eso nunca 1
—Admirados los sabios—prosiguió el joven R i­
cardo—, los despediríamos después de espléndida­
mente obsequiados, y una vez convenido con ellos
el plan de gradual notificación sistemática y uni­
forme al terrestre mundo, seguiríamos trabajando
en lo nuestro. Así la responsabilidad sería colecti­
va, no sólo nuestra, lo que mucho nos importa, y
ya iríamos experimentando los resultados, creo yo.
—Todo eso me parece muy aceptable—afirmó el
subjefe.
— Mientras no le ocurra a otro una idea más ati­
nada o cualesquiera modificaciones de la mía.
—Y ... ¿habéis pensado en los detalles del alo­
jamiento ?
—Allá el conserje y el administrador. La casa
es grande, bien surtida y confortable. En total,
vendrán unos veinte a treinta señores, que pode­
mos repartirnos e instalar cada cual a uno de
ellos; ¿los pocos restantes?... Sitio hay de sobra
disponible.

294

J O S É

F E R R Á N D I Z

—¡ Tendrán que oír las reuniones de experien­
cias ante asamblea sem ejante!, y luego, los co­
mentarios de los buenos profesores entre sí y con
nosotros.
—Saldremos airosos, no lo dudéis, sir H eriberto.
Y en vos precisamente pensaba para resolver cier­
tos puntos referentes a ese particular.
—¡ Ea !—exclamó el director— ; aceptado en prin­
cipio todo lo expuesto, incluso la venida de Flammarión. ¿Place, señores?
—Por completo—contestaron todos.
—¡A dm irable!; pero ¿no fuma aquí nadie?,
¿ ni el mismo Mr. Listrade, ni Fontignan, los de
la pipa inseparable? ¡Lo que nos embarga esta
balum ba!—exclamó el bondadoso director— . ¡V a­
ya !, sentémonos como podamos en este pabelloncito lejano y... denme un cigarro, ¡he olvidado la
petaca!
Se hizo así, y tras una ligera pausa Mr. Brig­
ham continuó:
—Conviene, sí, diluir la responsabilidad ; ¡ harta
es la nuestra ineludible!, y también repartir el
trabajo. Nuestros ilustres colegas no pensarán en
dejarnos proceder solos; pronto sentirían las po­
co gratas consecuencias, ni podrían convenirse para
semejante abandono. Ya en el terreno de los he­
chos, cada Observatorio tendrá tanto interés o más
que nosotros en no quedar rezagado y en evitar
contrariedades por parte del vulgo ilustrado o n o ;
por lo tanto, nos prestaríamos todos nuestro mutuo
auxilio.
—¿ No os parece—preguntó W hyle—que sería
del caso, para esto último, convenir con los direc-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

295

tores una cifra telegráfica defensiva contra indis­
creciones ?
—¡Oh!, ¡bien pensado!
— ¿ Y una señal disimulada en los sobres de car­
tas, para no abrir sin dilación más que las sus­
tanciosas ?
—También. Telégrafo y Correo sobre todo, que
de la gente ya nos libraríamos.
—Opino, querido jefe, que deberíamos subven­
cionar a los dos hospederos y a alguien más del
cercano Eastbrigde, y al fondista más acreditado
de Denver para que a todo viajero con propósito
o trazas de invadirnos le disuadieran y aun lo
atemorizaran. Ahorraríamos trabajo a los porteros
de la valla.
—¡Magnífico!, sir Ricardo—exclamaron va­
rios— : idea como vuestra. Una artillería invisible
y sorda.
—¡Señores, mil gracias! (inclinándose risueño),
es que el egoísmo aguza la inventiva.
—Va todo perfectamente ideado—continuó el di­
rector— ; pero ¿ y lo imprevisto? He ahí mi pre­
ocupación constante. A lo mejor, lo que parecía
detalle truécase en causa de grandes efectos. Me
pierdo en conjeturas, todo lo espero, todo lo te­
mo ; es la razón de mi deseo de oíros a todos, el
primero vos, Mr. Sawyer. Os corresponde por de­
recho propio y porque seguramente antes que na­
die ven'ais pensando en el porvenir.
Volviéronse todos hacia el óptico, mirándole con
cierta expectación.
—Poco podré exponer—dijo—que pueda ilustra­
ros siendo quienes sois, aunque mucho he medi-

296

J O S É

F E R R Á N D I Z

tado sobre lo que ha sido mi gran aspiración. Creía
mi maestro, como sabéis, en la comunicación in­
terplanetaria ; pero no le pasaba lo que a otros
convencidos o entusiastas de una idea o reforma,
que no pueden contestar categóricamente si se
les pregunta qué sucedería al día siguiente de su
realización. Él preveía, si no todo, gran parte de
lo que podría sobrevenir.
Constituido yo en su continuador, ya me encon­
tré más cerca del logro y me di cuenta de una
situación parecida a la de Gutcnberg, si otros hu­
bieran vislumbrado la posibilidad de la imprenta,
juzgándola unos inocente, otros nociva, a título de
opuesta a sus intereses ; pero él había considerado
su invención y las resultas bajo todos los aspectos
Imaginables. Eso hice yo, a la vez estudiando,
otro día os lo he dicho, cuanto escribieron los
que de esto trataron más o menos fantásticamente,
sin pasar ni orno de ellos de generalidades vulgarí­
simas.
En s ín te s is : lo que nos reúne lo tenía imagi­
nado, el tiempo dirá si con acierto. Aquí nuestro
amable sir Ricardo, con el ingenio que le distin­
gue y demostrando cabal conocimiento del mundo,
ha dicho que el primer efecto de este aconteci­
miento se manifestaría en la indumentaria feme­
nil. ¡ Gran verdad en forma de agudeza!, ¡motivo
de dulces esperanzas!, ¡el ejemplo de la mujer
copiando un modelo o tipo de superior estética e
imponiéndolo, seguramente al otro sexo!... ¿N o
presentís la trascendencia en el orden espiritual
como en el suntuario?
— Muy posible, ¡m ucho!

DOS

M U N D O S

AL

H A B L A

297

—Y lo mismo en otras regiones. Aquí todo
e s ya viejo y está gastado o podrido. Sobre todo
se ha dicho la última palabra, exceptuado el cam­
po de las ciencias naturales. Emitir un concepto
nuevo, casi no es p o s ib le : todo está dicho, y en
su mayor parte discutido y... fracasado. Pero los
grandes problemas, al fin de este siglo que taq
eulto se cree, ¡problemas siguen siendo!
— ¡ Es verdad, es v e r d a d !—se oyó exclamar a
los presentes.
— ¿ Quién, pues, duda que en tal estado nos
haría mucho bien algo nuevo, savia fresca y lim­
pia? Por natural instinto copiaríamos ideas, ins­
tituciones y c o stum bres; se ampliaría el campo de
la ciencia, el arte se enriquecería con nuevas for­
m as y derroteros, todo para señalar al pensamien­
to y a la acción hum ana orientaciones distintas
de las conocidas. En la música, por ejemplo, ¿ y
quién de vosotros no la adora como yo?, posible
es que halláramos robusto venero de inspiración.
Seguram ente en Venus se cultiva, ya la oiremos,
como nos han p rom etido; conocen la nuestra, y
de ella ejecutan tal vez lo que les gusta ; la Arqui­
tectura...
— ¡O h, qué idea! No se había esbozado aún
aquí, j nos ocupa y ajetrea tanto esta ingrata la­
b o r ! —dijeron algunos.
— Comprenderéis que todo esto es lógico, aun
cuando ese planeta vecino se hallara al mismo ni­
vel de adelanto que el nuestro ; imaginad lo que
puede esperarse de la ventaja que nos lleva.
Nuevas muestras de grato asentimiento.
— La aparición de un mundo nuevo, asequible

298

J O S É

F E R R Á N D I Z

al hom bre, al final de este siglo xix, sería una
gloria, un suceso m ás grande que otro alguno
acaecido aquí : una conquista por nadie alcan zad a;
el principio de nueva E ra en los fastos de nuestra
asendereada hum anidad.
C uanto ha pasado en esta casa, lo que guardan
im presionado esos discos, nuestras personas y aun
las de la servidum bre misma, pasarán glorifica­
dos a la posteridad con el nimbo de un hecho pro­
videncial, y ..., perm itidme, señores, que por un
momento me envanezca : envaneceos todos conmi­
go, al fin somos hom bres de nuestro m undo, un
tanto infantil...
— ¡H u rra h por sir P ab lo !—gritaron entusias­
m ados sus colegas, sin poderse reprim ir— . ¡ Sí,
sí !, ¡ qué gloria la nuestra, y m ás la vuestra, Sawyer, por haber sido el...
— El instrum ento y no más, queridos ; vosotros,
los colaboradores absolutam ente necesarios, sin
los cuales poco hubiera yo conseguido. Pero ¿ y
la noble dam a que aquí nos trajo ? H e ahí la figu­
ra m ás grande, atrayente, ¡en can tad o ra!, en su
rom anticism o casi profètico, en su fe superior, sin
duda, a la de todos nosotros, actores en una epo­
peya inm ensa, increíble en trascendencia, tal vez
providencial complemento de la Redención ini­
ciada en Jerusalén.
Nueva explosión de entusiasm o. S ir R icardo
fué hacia el óptico y lo abrazó efusivam ente. Con­
m oviéronse todos, aunque Saw yer no peroraba, no
se había levantado para hablar, lo hacía fam iliar­
m ente, con calm a y llaneza, si bien a veces algo
emocionado.

D OS

M U N D O S

AL

H A B L A

29 9

—Y bien—preguntó Mr. Listrade parn encauzar
aquella exposición—, ¿ cómo os formuláis en con­
creto el desarrollo de esa conmoción mundial?
—Estoy absolutamente de acuerdo con nuestro
director en lo tocante a los preparativos, y de ahí
para más allá... Suponed en cada Observatorio de
la Tierra, o en muchos, un ejemplar de mi anteojo,
ya manejable. En Venus hay ansia de entrar todos
en relaciones con los de aquí, por lo cual cada cen­
tro científico ha dirigido su puntería, voz y avisos
a otro nuestro. En tanto, las gentes, ocupadas sólo
en las minucias de esta vida vulgar, no se figuran
la expectación de que están siendo objeto en otro
mundo que las ve y oye, y lo que se fragua entre
sabios de aquél y de éste: ¿arrojarles de improviso
la nueva? ¡H orror! H abrá que convenir en me­
dios, como aquí se ha dicho, progresivos y escalo­
nados para notificarla. ¿L a Prensa? ¿E l libro des­
pués? Ya se decidirá.
Lo que sospecho, y casi lo aseguro, es que entre
varios, aunque selectos, el secreto poco tardaría en
trascender confusamente a las masas, pues cada
iniciado tiene un amigo íntimo, y éste, a su vez,
otro ; sucede esto siempre ; en consecuencia, los ru­
mores en crescendo y la inquietud curiosa.
—Tanto mejor, ¿qué diablo? Eso constreñiría a
todos a no retardar los trabajos de divulgación.
—Exacto, querido Straud. Como quiera, la hora
grande llegaría, y desde ella... confieso que ya mis
previsiones adolecen de vagas. Pienso en lo que
habrían de esforzarse los Observatorios para eludir
o atenuar la invasión de profanos ; primero, prínci­
pes y m agnates; después, sabios y profesores; y,

3oo

J O S É

F E R R Á N D I Z

¿cómo contener, en las ciudades principalmente, al
vulgo? Habría que montar, para entretenerlo, un
anteojo en cada uno de los lugares a propósito.
— ¡ Cómo olvidáis, sir Pablo, vuestros propios in­
tereses ! ¡ Entregar, así como quiera, vuestro inven­
to al mundo ingrato ! ¡ T irar a la calle una fortuna !
— ¡ P s t ! He meditado sobre ello, M. Fontignan,
y no mucho. Ya conozco esos d e talles: obtener una
patente, encomendar la fabricación a una casa de
primer orden, un contrato... ¡simples materialida­
des!, que llegan a su tiempo. ¿ L a fortuna? ¡Si no
tengo esposa, ni hijos, soy sobrio y estoy sano! H e
puesto mis pensamientos mucho más arriba. El
g ran resultado, la comunicación intermundial, ya
lo tengo a m ano; después, la gloria consiguiente,
que tampoco ansio.
— ¡ Eso, no; eso, no! Y a cuidaremos aquí de que
ni se frustre vuestra gloria, ni vaya por la ventana
la fortuna que merecéis ; os lo digo yo, Ricardo
Pillsbury, en este momento, solo, representando a
lady Ivillarney. Sois nuestro, y de vos, nosotros;
■la suerte de todos ha de ser común, la de una fami­
lia creada por la ciencia y por un noble fin, que
valen más que los vínculos de la sangre ; lo ha di­
cho Jesucristo, nuestro Redentor. No os veréis,
.¡ im posible!, como tantos otros inventores no creí­
dos, despreciados o suplantados (Sensación) vil­
m e n t e ; y, cuanto a la gloria...
— No espero—interrumpió Sawyer—que la hu­
manidad me adore, vivo o muerto ; no sueño con
estatuas, mas tampoco temo que me deparen las
am arguras sufridas por Colón ; han cambiado los
tiempos, y...—añadió sonriendo— , como no he de

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

301

ser almirante, ni virrey, de esas tierras descubier­
tas, libre quedaré de los desaciertos del ilustre genovés y de la envidia de los contemporáneos.
Sonrieron también todos ante salida tan ingenua,
y el director dijo muy en serio:
— De la envidia..., no tanto ; pero os defendería­
mos ; además, media hum anidad se pondría de
vuestro lado. Colón descubrió un continente, come­
tió luego errores; vos nos dais ¡un m undo entero!,
¡ ¡ y civilizado!!; conquista incruenta y limpia de
violencias y de indignas explotaciones sobre el in­
dígena, eso.
Gran conmoción en todos, rumores de afectuosa
conformidad.
— En fin, mis entrañables amigos—exclamó Sawyer— , mis hermanos, ha dicho bien Ricardo, de
esto no hablemos, ¿ p a ra qué? A vosotros me e n ­
trego.
— ¡ Muy bien !—exclamó el aludido, que viendo
a la reunión profundamente impresionada, intentó
calmarla, añadiendo— : Y como llevamos aquí sen­
tados un rato, convertidos en chimeneas, envueltos
en denso humo, opino que de nuevo paseemos en
beneficio de nuestros pulmones.
Salieron, y aun Sawyer dijo:
— Agradezco vuestra conformidad con mi sentir
en este asuntillo de personal interés: lo esencial es
lo otro, lo que pasará aquí en este planeta.
— Decid— repuso Ricardo— ¡ el caos !, es lo que
e s p e r o : el tumulto de los semisabios, la gritería de
los románticos e impresionables, el pataleo de los
que se creerán perjudicados. Flam m arión se hin­
chará como un aeróstato, sin desperdiciar la opor-

302

JOSÉ

FERRÁNDIZ

tunidad de exhibirse: «Yo dirigí a esa dama, yo
le proporcioné esos sabios, Y O ...» No os riáis, se­
ñores, después de todo, es muy humano, y, en
parte, ju sto ; no ha de irrogarnos m olestia; pero,
continuad, sir Pablo.
— Im agino la primera explosión, a pesar de las
graduadas preparaciones. Si con sólo esa noticia
de un corresponsal, carente de autoridad científica,
se ha producido gran revuelo, ¿ qué ocurrirá cuan­
do, desde veinte o treinta Observatorios, gradual­
mente, se diga en serio a las m asas: «La comuni­
cación, al menos con iun planeta es un hecho; es­
tamos y continuaremos para siempre al habla con
los habitantes de Venus, viéndonos además mutua­
mente de mundo a mundo. Y eso se debe al invento
de tal astrónomo, en tal establecimiento, funda­
ción de...»?
¡Inm enso estupor! Todo un mundo pasmado,
hondamente conmovido, volviendo las miradas in­
terrogantes a los Observatorios origen de la noti­
cia. Claro es que tras ella aparecerán las pruebas
en la Prensa de toda la T ierra; la que llaman
ilustrada publicará las vistas aquí obtenidas y las
que otros Centros faciliten, más las conversacio­
nes posteriores sucesivas de planeta a planeta, y
nuestra casa de todo ello será lo histórico y funda­
mental. Láminas del edificio, retratos y biografías
de la institutora y de todos nosotros, una tromba
de informaciones y dibujos que el público se arre­
batará de las manos. Se habrá publicado ya vues­
tro libro de actas, Ricardo, con grabados (los publicables, ¿n o ?), para ahorrarnos en lo posible,
¿eh?, solicitudes apremiantes de interviews por

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

303

periodistas y editores ; otro libro, el que tengo en
borrador para dar a conocer mi anteojo a todos,
sabios y profanos, habrá aparecido casi a la vez,
y todo se traducirá a varias lenguas, se venderán
las ediciones apenas llegadas a los libreros... Y
con todo eso, no escaparem os a la curiosidad uni­
versal, que con nada se verá satisfecha.
Será aclam ada lady E sther como bienhechora de
la hum anidad y causante del más asom broso de
los p ro g re so s; glorificación que ha de alcanzaros,
R icardo, prim ero, en calidad de deudo de la fun­
dadora ; después, como literato, historiador y ar­
tista, aparte lo de astrónom o.
— No hacía falta tanto para aplastarm e, y creed
que si puedo...
— No podréis. L as naciones, nuestras patrias,
recabarán cada una el honor de los suyos. A vos,
M . F ontignan, os hará Francia una apoteosis
m ás solem ne que la de B oulanger. ¡ Flor de un
d ía !
—S ería abrum adora. Diez años antes me habría
h a la g a d o ; ahora me infunde temor, pero me con­
suela no ser yo solo, porque, am igos míos, el puf
francés será m uy bam bollesco; tanto como el nor­
team ericano, jam ás. E sa nación, si olvida al ven­
cido o lo arrolla, no conoce segundo en la exalta­
ción de los suyos que triunfan.
— De todo lo cual deduzco— repuso R icardo—
que acaso nos veamos en el trance de pedir hospi­
talidad y am paro a los pieles rojas que aun que­
d an por a h í ; esto sin contar con la contraria.
— ¿Q u é queréis decir?
— A ludo a la furia de los que se crean lesiona-

3°4

JOSÉ

FERRÁNDIZ

dos por esta obra nuestra enormemente trascenden­
tal, o sea, feliz para unos, dañosa para otros y és­
tos no impotentes...
—No se atreverán; pasaron los tiempos de
Gutenberg, de Galileo y de Papin. ¿Que nos dis­
cuten? Eso no hace doler las m uelas; no discuti­
rán vuestro anteojo, Sawyer, ni los técnicos ni los
legos; descuidad.
—Lo que sucederá, y curioso de ver, será un
nuevo estímulo de la publicidad, porque la gente
leerá con avidez los boletines de los Observato­
rios y más tarde, generalizadas y normalizadas las
relaciones entre los dos mundos, los periódicos in­
sertarán los partes de Venus, al lado de los de
nuestras naciones, y los dibujos que de las obser­
vaciones se obtengan. Como nuestras lenguas pa­
saron a Venus, las de ese planeta, si aun no goza
la unidad filológica, pueden llegar aquí no difícil­
mente a ser estudiadas y luego darnos a conocer
la literatura, la historia, la filosofía, la política,
el teatro, si lo hay, las artes; será el movimiento
más fecundo, y, por ser mutuo, útil también para
los venerienses.
—Pero aquí el más peligroso— afirmó Drebler.
—No hay innovación que no implique transito­
rios peligros; yo, al menos, no la conozco. Y no
he mencionado otra probabilidad, que de ser un
hecho resultaría incalculable en sus efectos.
Los astrónomos, que se movían a paso lento, pa­
ráronse al oír esta indicación.
—Decid, decid, Mr. Sawyer.
—Venus no nos ha hablado más que de sí y
de nosotros y no ha expuesto el total alcance de

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

305

su potencia. Suponed habitado a M ercurio; pues
con él comunicarán o al menos lo tendrán bien
inspeccionado. ¿ Y quién nos asegura que no pue­
den, saltando sobre nosotros, llegar siquiera a
Marte y a alguno de los ochenta y dos asteroi­
des, ya que no a Júpiter?
—¡D iablo!, que pensáis bien, y en tal caso...
—En tal caso las relaciones nuestras con Ve­
nus podrían traernos conocimientos muy lumino­
sos; y si otras humanidades existieran... ¡no es
nada!, por conducto de la veneriense ponernos en
contacto con ellas. Pero esto es ya fantasear, bien
que dentro de lo posible. Mis reflexiones no pa­
san de a q u í: el que algo más haya ideado, que
lo manifieste—dijo, y echó a andar imitado por los
otros.
—No, no—le respondieron— ; en pocas palabras
todo lo habéis sintetizado, ninguno expresaría
más.
—Cierto—confirmó el director—, y siendo así,
podemos dar por terminada esta sustanciosa confe­
rencia.
Ya dentro del edificio, Pillsbury quedó solo con
Mr. Brigham, al que mostró unas fotografías.
—Lo prometido—le dijo— : ved y juzgad.
—De Venus, ¿no? Pero ¿cómo y cuándo?
—Con el otro anteojo de Sawyer, en ratos apro­
vechables para los ayudantes: una travesura, si
queréis.
—En la que no falta vuestra parte...
—Por eso os pido indulgencia incluso para mí.
—¡Indulgencia!, abrazadlos en mi nombre.
20

XXII

HACIA LA DIVULGACIÓN DEL SUCESO

un buen día por la mañana llegó lady
Esther, ya no produjo trastorno alguno; la
esperaban. Había telegrafiado desde una estación
de la vía férrea que venía con su doncella de con­
fianza. Henoch Mureber conducía el coche propio
del O bservatorio; dentro iban, hacia el apeadero,
no lejano, de Eastbrigde, Mr. Drebler y Ricardo,
para recibir a la fundadora y acompañarla hasta
la puerta del edificio, donde la esperaba el direc­
tor con Mr. Sawyer y algunos otros de los prime­
ros técnicos.
Bien adiestrados marchaban el subjefe y el jo­
ven, a fin de ir disponiendo aún más que estaba
el ánimo de la señora durante la subida del apea­
dero al Observatorio. Desde que entrara en éste,
ya pertenecía a los demás, cada uno a tenor de lo
convenido, continuar la misma labor preparadora.
Venía lady Esther dando inequívocas muestras
de contento, radiante y comunicativa. Abrazó a
su sobrino y fué escuchando atenta por el trayecto
ascendente lo que él y Drebler le decían ya por su
cuenta, ya respondiendo a sus preguntas.
El director, al percatarse de esto, viendo a la

C

uando

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

307

visitante apearse y saludarle risueña, cobró ánimos,
y algo más tranquilo condújola del brazo hasta la
gran sala de honor, donde ella tomó asiento para
recibir la bienvenida de los astrónomos que no ha­
bían bajado hasta la puerta y allí la esperaban.
Esto cumplido, hubo una breve pausa : lady Esther seguramente aguardaba que tomase Mr. Brigham la iniciativa de la conversación, que, en efec­
to, comenzó él, mas sólo para suplicar a la recién
llegada que después de recibir los saludos de fas
señoras y los respetos de los inferiores, pasara
a descansar a sus habitaciones ; bien lo necesitaba
tras una noche en el tren. Como la indicación no
podía ser más acertada, la viajera accedió gustosa.
—Y bien, Ricardo, ¿cómo la encontráis?
—Mejor de lo que esperaba, mi amable jefe, me­
jor. Vuestra bien meditada misiva hizo lo suyo;
la mía, por los indicios, algo también. Ya es mu­
cho; pero no por ello variemos nuestro plan hábil
y suavemente informatorio.
—En manera alguna, hijo mío; nada de exce­
siva confianza.
—j Bien ! yo almorzaré con Esther y todavía daré
otro avance ; después, todo reservado a vuestro ta­
lento y al de mis compañeros.
—Voy a convocarlos para ultimar detalles, y...
¡ que Dios nos favorezca !
Lo que se desarrolló en la conferencia comenzada
a eso de las tres de la tarde en la sala que ya
conocemos, no es difícil adivinarlo.
Mr. Brigham, sereno, reposado, un si es no
es alegre, y en lenguaje familiar, pero correcto,
preciso y no sin cierta ática gravedad, refirió a la

3o8

J O S É

F E R R Á N D I Z

institutora toda la historia de lo sucedido a p artir
de la noche en que Saw yer los había sorprendido
con su estupenda revelación. No form aba su relato
precisam ente un discurso, más parecía simple re­
ferencia de una serie de hechos vulgares, coronada
con la confesión franca de haber ocultado a la se­
ñora lo descubierto, cuando hizo su anterior vi­
sita.
Lady Esther, al oír, al cabo, la verdad entera,
hizo un gesto de asombro, lanzó un ligero grito,
paseó luego su m irada sobre los circunstantes, y
viéndolos a todos tranquilos:
— ¡D ios m ío!—exclamó—, ¿es posible?
N adie le respondía. Perm aneció unos instantes
como perpleja con la vista extraviada.
— ¡M i sueño de tantos años!—m urm uró al fin,
cual si hablara consigo misma— ; ¡m i aspiración
constante, realizada... ! No esperé jam ás tanto, no,
¡ un planeta escudriñable aquí, a pocos metros de
d ista n c ia !..., ¡sus habitantes conversando con nos­
otro s!... ¡N unca, nunca! (Volviéndose hacia su
sobrino.) P ara im aginado y propuesto, s í ; ¡ pero
ya un h e c h o ...! ¿eso se os debe?
— M ilady—contestó el director—, todo, n o ; sola­
m ente la parte v is u a l; la auditiva, a los de V enus,
a la casualidad de que observándonos, pudieron
vernos apuntando el anteojo, ¿qué sé yo? No pen­
semos más que en el hecho, cuyas pruebas vais
a tocar ahora mismo.
—Y ese corresponsal del New York Herald ¡n o
iba descam inado!...
— No m intió cuanto al fondo de su telegram a ;
efecto, no sabem os de cuál equívoco o referencia

D O S

M U N D O S

AL

H AB L A

309

desfigurada o errónea, ¿qué nos importa ya ? Mas
entonces... Comprenderéis cuánto nos interesaba
el secreto, más el evitaros presenciar aquí lo agrio
de las conversaciones con ese mundo y lo aun más
molesto de la curiosidad del nuestro. Tiempo habría
luego menos difícil para informaros, como al fin
tengo el honor de realizarlo, ya completa en cierto
modo la introducción de la obra complicadísima
que nos espera.
Esther a s in tió ; pensativa como aun seguía, se
daba alguna cuenta de la situación.
—Sí—dijo— ; ha sido mejor, lo reconozco; así
alcanzo ya segura vuestra victoria.
Mr. Brigham, notando tan excelente disposi­
ción de ánimo, reanudó el hilo del relato, y siempre
atento a la expresión del rostro de la informada,
para atemperarse a las emociones que trasluciera,
expuso todos los detalles, los trabajos, las dispo­
siciones, lo que entre los astrónomos iniciados se
había discutido y las precauciones para mantener
el secreto, velándolo a las mujeres y a los demás
que aun no debían conocerlo.
Así, mezclando lo extraordinario con lo corrien­
te, supo entretener a fuerza de habilidad en esta
amena alternativa el más vivo interés en la noble
viuda, sin fatigarla y, a veces, haciéndola sonreír.
El caso era acostumbrarla paulatinamente al me­
dio, a la singular realidad de lo que había ella
alimentado como ideal remoto. Mr. Brigham
consiguió este propósito en menos de una hora.
La escena de la torre, cuando Venus se hizo al
fin presente, produjo en Esther un efecto muy vivo
y hondo.

310

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—¡ Qué situación ! Realmente épica, amigo míster Brigham.
—Sí, m ilady; pero a dos milímetros del más
tremendo ridículo, creedme. En fin, escena segura­
mente inicial, que formará época en la historia de
dos mundos : así había de ser.
Y en seguida, para satisfacer la natural ansie­
dad de la dama, el director hizo funcionar los fo­
nógrafos ; se entraba en el terreno de las demostra­
ciones, cuidando omitir alguna que otra conversa­
ción batallona poco grata.
—¡ Santo cielo, qué inglés !—exclamaba Esther— ; ¡y cuán extrañas voces! Basta oírlas para
reconocer su procedencia extraterrena. ¡ Admirable
ingenio para conocer nuestra escritura y rastrear
el idioma correspondiente en cada localidad! ¡Por­
tentosa y sutil penetración la de esas gentes para
entendernos!, y... la verdad, en medio de la rudeza
y deficiencias de su lenguaje, esos hombres ¡y esas
m ujeres!, expresan bien su pensamiento^ Perdo­
nad, pues, mi mal contenida impaciencia por verlos
y oírlos.
Para apaciguársela hizo el director que a la voz
de los fonógrafos sucediera la inspección de las
fotografías, imperfecta imagen de la realidad, de­
cía él ; pero bastante para suministrar una vaga
idea.
Esther se fijó ante todo en los trajes femeniles,
cuya simplicidad elegante hubo de chocarle más
aún que lo sobrio de la indumentaria masculina.
Con alguna de las vistas en la mano quedaba unos
minutos, los ojos fijos, el ánimo suspenso, acaso
preguntándose: ¿Pero es una realidad? Las prue-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

3'i

bas que ostentaban m ontañas abruptas, cascadas
gigantescas, bravias costas en acantilado y solita­
r ia s ; las de la fiesta pública y su cortejo, la deja­
ron como alelada en medio del silencio de los cir­
cunstantes ; pero no le notaron éstos signo algu­
no de interior perturbación o de sacudida, fuese
a impulsos del gozo o de otro a fe c to ; entraba
francam ente en situación. Aquello iba bien, así
se lo expresaban con la m irada el director, Pillsibury y S aw yer; así tam bién las m utuas señas d i
los otros, no sin precaución de ser n o ta d o s: habla
un espejo...
Concluida la p arte principal, la dem ostrativa,
aun M r. B righam hizo algunas consideraciones
con cuanta am enidad supo, m otivando que la con­
versación se hiciera general y m ovida.
— E staréis fatigada, señora—dijo al fin el direc­
tor.
— ¡O h, no!, al contrario, interesadísim a y an­
siosa, llena tam bién de alegría y ..., lo diré, seño­
res, de adm iración hacia todos los presentes, aun­
que no he visto aún directam ente la realidad, que
ya im agino, en verdad, no sin tem erla un poco.
H e podido darm e cuenta, eso sí, de lo arduo,
fatigante y peligroso de vuestra obra.
—A gradecidísim os. No es para ta n to ; se ha h e­
cho lo que se ha podido, ciertam ente con ardor y
devoción ; ahora perm itidm e, son las cinco y cuarto,
el té nos serviría de sedante después de exposición
tan prolongada. Presum iéndolo, había dispuesto, si
otra cosa no ordenáis, que nos le sirvieran aquí
mismo.
— ¡ E ncantada ! V enga el té con mil amores, y

312

J O S É

F E R R Á N D I Z

mientras lo saboreamos, tendré aún el placer de
oír a todos cuanto les ocurra.
Trataron de la última parte, la de la notificación
al mundo, cuyo plan y detalles le fueron presen­
tando como si la consultaran.
—Todo perfecto, señores; sabiamente ideado,
previstas las contingencias posibles. ¡M i pobre R i­
cardo I, ¡cuánto habrás trabajado ! ¡ Ah !, ¡M r. Sawyer, Mr. Saw yer!, seguramente el cielo me asis­
tía cuando escuchándoos en París me decidí a
aceptar vuestro concurso. Aquella fué la hora deci­
siva de este acontecimiento, único en el mundo.
Y vos, Mr. Brigham , ¡qué de sabiduría, paciencia
y laboriosidad habéis desplegado, realizando tra­
bajo tan enorme en el transcurso de tan poco tiem­
po, ¡un mes! No vuelvo de mi asombro.
— Pero, milady, ¡si hemos sido diez y seis en la
tarea, a cual más activo!... Añadid la parte de los
inferiores, que, si bien no conociendo el objeto,
han cumplido como nosotros, sin excitación al­
guna, sin cometer la menor falta : a cada cual lo
suyo.
—Y el consiguiente premio, a m :go m ío; de ése
hablaremos a su hora, que yo nunca he sido in­
grata.
— ¿N o estam os suficientemente retribuidos?
—preguntó Ricardo.
— ¡Calla tú!, ¡taram bana converso!— le dijo su
tía sonriendo.
—Es que tiene razón, señora—exclamaron todos.
—Y yo también. Si el m undo nos estuviera
oyendo, lo reconocería. Pero quede a un lado este
asunto, exclusivamente mío, y hablemos aún, des-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

3 13

de luego en familia, sobre esa notificación esca­
brosa.
Yo—añadió—encuentro insuperable en sagaci­
dad vuestra carta a los sabios y la nota que les
ofrecéis pa ra transmitirla, cuando lo crean del
caso, a la Prensa. La aceptarán seguramente. Por
mi gusto, me hallaría aquí al venir ellos, para con­
templar su estupefacción y oír lo que se les ocurrie­
ra. Digo esto, si no constituyera un obstáculo.
— De ningún modo, ¿ p o r q u é ? —dijo Mr. Listrade — ; ahora bien, cuanto a esas eminencias,
hombres al fin, ¿ quién prevé el efecto sobre ellos
de vuestra amabilidad y de... vuestra belleza?
— ¡ Sir Heriberto! ¿T am bién galanteador, ade­
más de incomparable polemista?
— Pero, adorada Esther—le preguntó Ricardo— ,
¿es que el ser galante ha de estar reservado a los
necios? P re g u n ta es que hizo Descartes a uno de
ellos.
— Creo conveniente que esos astrónomos os co­
nozcan—dijo en serio el director— . Estamos en
mayo ; Venus, en desapareciendo, tardará en vol­
ver ; antes que se vaya, aún trabajaremos, prose­
guirá la discusión y los preparativos ya más per­
filados, en orden al procedimiento ejecutivo, cuyas
partes han de sucederse escalonadas con arte. Des­
pués vendrán los sabios, se m archarán habiendo
visto y, si hay ocasión, hablado a los venerienses,
y luego..., más o menos tarde, tras de muchas co­
municaciones en secreto de profesionales, ¡el gran
secreto mundial!, ¡el asombro de los hoy vivos y
de las generaciones futuras!... Ese momento de la
publicidad es el que me preocupa.

3U

JOSÉ

FERRÁNDIZ

—Más aun a mí, lady Esther estimada—in­
terrumpió M. Fontignan—, y os diré la razón.
Que el borrador de todo ese plan está muy bien
hecho, como de quien es ; pero no se merece
nuestro mundo tales respetos. Si valiera mi opi­
nión...
—¿ Qué proceder adoptaríais ?—interrogó Pillsbury en tono de buen humor, acaso deseando ame­
nizar más el final de la sesión.
—¿Q ué?—repuso animándose el francés— : an­
tes de lanzar impresos reuniría en París, centro y
cerebro del mundo culto, y en un amplísimo local,
representaciones de las diversas clases sociales, di­
rigentes y dirigidas; y ante ellas prologaría y
anunciaría la vulgarización de la nueva poco más
o menos de este modo :
—¡ Veamos !, j veamos !, j este M. Carlos 1—ex­
clamaron los astrónomos alegremente.
Aquello tomaba otro cariz. El francés, en pie, co­
menzó de este m odo:
— ¡Hum anidad contradictoria!, grey atontada y
estólida de rutinarios, que vivís más a impulsos
del esclavizante instinto que de la razón y de una
fe salvadora, sin preocuparos de saber de dónde
venís, a qué y a dónde vais; ayunos de verdaderas
convicciones y por esto sin moral seria y eficaz;
media vida siervos de la sexualidad, la otra media
de la acquisividad y de necias ambiciones, y los
últimos años desilusionados al conocer que todo
eso era vanidad y mentira... ¡Taifa inmensa de ce­
rebros hueros, que presumís de ciencia y no sa­
béis nada de nada! ¡O ídm e!, sabed al fin que va
a aparecer en la Tierra algo bueno, grande y nue-

DOS

MUNDOS

AL

HABLA

3'5

vo. Oh stulti, aliquando sápite!, que dijo Davidr
y bien os conocía...
—¡Sublime, M. Carlos! ¡Donoso, ciceroniano
ex abrupto !—gritaron algunos.
—¡ Bueno para que le tiraran los bancos a la
cabeza !—dijo Villougby.
—¿Q ué habían de tirar? Todo acto de valor se
impone. Yo continuaría: Sabed que se avecina un
acontecimiento inaudito, primero en este mundo y
causa de una radical transformación en e! sentido
del bien. ¿N o deseabais todos, fantaseando, el des­
cubrimiento de un medio para comunicarnos con los
habitantes de algún planeta o de varios? Sabed
que ya es una realidad. Con los hombres habi­
tantes del planeta Venus tiempo hace que se man­
tiene comunicación, en secreto, para impedir que
vuestra curiosidad bárbara perturbe a los sabios co­
municantes. Os lo notifico ya, de su parte, yo, tes­
tigo presencial en el Observatorio de ........... , tea­
tro del descubrimiento, donde soy aprendiz de as­
pirante a pretendiente de astrónomo, y he tomado
parte en todos los trabajos.
Explosión de contento, no exenta de curiosidad.
— ¡M uy expresivo!—dijo alguno— ; pero...
— Dejadme proseguir. De ese mundo van a lle­
gar, no habitantes, que eso es imposible ; pero sí
ejemplos, ideas, ciencias y enseñanzas tales que
en efectos (transformadores excederán a las con­
quistas de Ciro, de Alejandro, de los Césares,
de Atila, de Cario Magno, de las Cruzadas, del
Renacimiento, de las Revoluciones inglesa y de
Francia y de Napoleón I ; mas sin armas ni ejér­
citos ni sublevaciones o intrigas ; sin daño de un

316

J O S É

F E R R Á N D I Z

solo insecto, sino m ediante un anteojo astronóm ico
y un fluido que transm ite la palabra hablada.
— ¡O s creerían loco!, F ontignan, os silbarían
le dijeron, siem pre brom eando, que los ánim os
así un poco se esparcían.
— ¡L oco! Enorm es desatinos aplauden las m asas
y los mismos sabios todos los días.
— ¡B ien dicho!—exclamó lady E sther, que tam ­
bién había entrado en la nueva corriente, en ver­
dad saludable para su im presionada afectividad— .
¡B ien dicho! ; pero no pocos negarían gritan d o y
pateando.
— Y yo al oírlos: ¡A ver! ¿Q ué chillería es ésa?
¿ Quién teme ahí por sus intereses o su diversión
favorita, porque otra cosa no basta para conmove­
ros ? ¡ Ah !, sí, ya os veo : sois la turba de los explo­
tadores del mal ; como he anunciado un bien g ra n ­
dísimo, vuestro egoísm o se alarm a. Togados que
nada seríais si concluyeran los pleitos y los crí­
m enes que tan hábilm ente c u ltiv á is; hom bres de
arm as, interesados en que nadie viva en paz; pe­
dantes de todos los m agisterios, dedicados exclu­
siva y tozudam ente a hacer odioso el saber, adus­
tas las ciencias, nocivo el libro, nula la instruc­
ción y degradante la educación ; m as oídme los úl­
timos, que os im porta. Y o os separo del resto de la
m asa, porque, erigidos en clases intelectuales, sois
su cerebro y... ¡así m edran sus trip as! Pero ahora
veo que rezongáis vosotros, los políticos, sociólo­
gos, pensadores y escribidores de profesión, a coro
con los financieros y grandes industriales, aunque
aun no os he dicho, a los que vivís de parecer sa­
bios, que sois la calam idad más dañosa que padecen

D OS

M U N D O S

AL

H AB L A

317

los hum anos ; sois los causantes de la general desdi­
cha, impunes tras el parapeto de los errores que
ocasionáis, y form ando esa cadena de oligarquías
que oprim e al m undo...
— A hora es cuando aplaudirían los pobres, los
pequeños, M. Carlos.
— El día que las m asas se percaten—prosiguió
sin hacer caso de la interrupción—y se convenzan
de que ni sois sabios ni realmente poderosos ni
buenos ni altruistas ni nada, en fin, más que sa­
cos de egoísm o corrom pidos, fríos, crueles en vues­
tra solemne y estirada hipocresía, ¡pobres de vos­
otros ! Pero esa hora tardará, aunque va a adelan­
tarla ese m undo n u e v o ; aun seguiréis venerados
por los tontos y tem idos por los débiles... P arece
que no gritáis ahora, cuando os presento no cer­
cana vuestra ruina, ¡tanto como la deseo! desde
que os sufro.
T ranquilizaos por el momento, farisaicos patro­
nos de la Beneficencia, tan pródigos en lev an tar
Asilos como en crear a los asilados ; aun no sal­
drá el pobre de vuestras re d e s ; y cuando salga, n o
será presa de los que ahora me aplauden im pruden­
tes. ¡Q uietas esas m an o s!, teatrales sociólogos de
los bajos fondos, m aestros en el arte de redim ir aí
obrero em pezando por dejar vosotros de serlo, tro­
cada la blusa en levita y la condición de ham brien­
ta oveja en la de pastor rollizo y ahito, ¿ n o aplau­
dís y a ? R espirad un poco; las m asas que trabajan
p ara m anteneros ociosos aun no verán clara su es­
tulticia que fom entáis y cuidáis como valladar que
os defiende...
R u m o r de significación dudosa. La concurrencia

3>8

JOSÉ

FERRÁNDIZ

empezaba a preguntarse: ¿ qué se propone este
hombre? ¿E s que habla en serio?
—Ahora—continuó—, seguramente me aproba­
rían los adinerados; pero, ¡eh!, les diría, nego­
ciantes, financieros, toda esa turba de la que no
sabré decir si ha convertido en ladronera una fase
necesaria de la vida, el tráfico, o si del robo or­
ganizado ha producido el comercio; tanto me da,
puesto que los incapaces de robar no podemos
librarnos de vuestras uñas, ¡oh, ricos pobres!, ¡en
lo exterior, señores, realmente, esclavos del mi­
llón, del que no obtenéis más que lo peor; el an­
sia, la inquietud y zozobra, el ajetreo de vuestro
mundo despiadado; y lo grato lo disfrutan en lujo,
en ocio y vanidad vuestras mujeres que os des­
precian, vuestros gandules criados que os roban
y os traicionan ! No os irritéis conmigo, que os
diré una gran verdad de consuelo. Valen menos
que vosotros, haraganes sacerdotes del dios-oro,
ios santones y la gleba abyecta de los políticos
y de los acaparadores del saber y de las letras.
Como vosotros, su único objetivo es la riqueza por
ella misma ; pero, ¡ ay !, que para lograrla pelean
más que vosotros, se arrastran como reptiles, su­
fren desprecios y pateaduras al ofrecer al mejor
postor su mercancía intelectual, y a la postre la
venden barata sin ganar ni la milésima parte de
vuestras fortunas.
Aquí fué lady Esther la que dió la señal de los
¡¡Bravo!, ¡Eso es hablar!, seguida por los hom­
bres ; Fontignan, así alentado, siguió a ú n :
— ¿M e habéis oído bien? ¿P o r qué ahora ca­
lláis?, sabios de escena, patriotas de vuestra casa

D O S

M U N D O S

AL

H AB L A

319

exclusivamente, maestros del saber lo malo, legis­
ladores de la argucia favorable a vuestro in te rés;
indignaos con este pobre matemático, ahora que
os expresa su profundo desprecio y el gozo con
que espera que seáis las primeras víctimas del
bien que se avecina. ¡Grandes bellacos!, ¡se­
pulcros blanqueador, viles tacaños que nada apor­
táis a la humanidad, pero la hacéis tributaria vues­
tra, siendo lo más innoble de la cadena opresora,
lo que ha pervertido a las masas infundiéndoles el
escepticismo agnóstico para que sean rebaños de
brutos sin conciencia ni fe ni dignidad! ; ¡ y no se
han convertido aún en fieras que os destrocen !...
— ¡H u rra h por Fontignan !—prorrumpió a una
todo el auditorio, dando tal vez suelta al íntimo
rencor que el honrado lleva dentro, herido por la
injusticia triunfante.
— Sí, admirada milady, muy amados colegas,
afirmaría eso, que nadie se atreve a decir o es­
cribir, y además esto: Os habéis empeñado en
que se olvide o desconozca la imperiosa y evi­
dente necesidad de que el hombre, por ser el
menos bestia del planeta, viva en relación con lo
supraterrestre. ¿ P ara qué necesitan de una espi­
ritualidad el asno y el lobo y el cocodrilo? El
reino del espíritu no puede ser para las peñas y
los brutos, es para las almas, y vosotros, sub­
virtiendo los términos, dais como doctrina a las
inteligencias las brutalidades que bastan al co­
codrilo, al lobo y el asno.
— ¡Certera puntería, por el cielo!
— No le interrumpáis, veamos a dónde va. Esto
conforta...

320

J O S É

F E R R Á N D I Z

— Los oyentes se habrían lanzado sobre él.
— O n o ; su mismo estupor los paralizaría, y y o :
La gente esa aun no os conoce, pero yo, sí, ¡ fal­
sarios! Si una vez os acorralan tenéis que decla­
rar que todo el fondo de vuestra doctrina con­
siste en el derecho del fuerte; he ahí lo único
positivo, decís, lo demás, negaciones desolado­
ras que se resumen en esta expresión : Ignora­
m os, ignoraremos siempre. Pues entonces, ¿ q u é
sabéis? ¿ P o r qué os dejáis llamar sabios?
— ¡A dm irable! ¡Contundente!—gritó Villougby con calor.
— Más apremiados aún, salís por la tangente de
una gran simpleza : el culto de la hum anidad; que
esperáis para las futuras generaciones, de las que
no os importa un comino, los bienes del progreso
indefinido (nuevo tópico idiota), y para vosotros
la sanción aprobatoria o no de la historia... ¡Ahí
os las den t o d a s !
¿ Que ya la multitud va deduciendo las conse­
cuencias de esa filosofía brutal? Lo sabéis ¡mise­
rables! ¿ D e modo, os increpa la masa, que no
hay nada ni aquí ni más allá, que la fuerza y el
castigo único es el juicio de hombres que no he­
mos de conocer? ¡A h ! , pues veremos quién es
ahora el fuerte. Pero no os atemoriza ese razonar
peligroso, es herencia que dejáis a la posteridad;
en tanto no se manifieste ahora en hechos, o si
lo intenta os amparen los c a ñ o n es: «Gocemos, v
tras de nosotros, ¡el diluvio!» Ya veis cuánto os
conozco.
— ¡ Es verdad, m ucha v e rd a d !—dijo al director
lady Esther— . Precisa algo nuevo y muy fuerte,

D O S

M U N D O S

AL

321

HABfcA

m uy grande, que barra tanta m iseria ; de aquí no
lo espero: si de allá viniese...
— ¡ Q uiéralo Dios, s e ñ o ra ! ¿ Q uerrá, y por obra
nuestra ? P ero escuchem os a nuestro h o m b re ; ¿ no
le conocíais bajo ese aspecto?
Y nuestro hom bre decía e n é rg ic o : —Mas yo
he venido a notificaros que ese diluvio pudiera
cogeros vivos, sin que os valiera vuestro arte de
eludir la justicia hum ana, porque el golpe sería
obra de la divina y eterna, piedra an g u lar sobre
la que se destroza el que cae y sobre quien cae
un día ella, queda ap lastad o ; es la que, llegado su
tiempo, juzga a los jueces, a las jiusticias terre­
nas : yo la espero.
— ¡O h, m uy bien! ¡B ella invocación al auxilio
so b reh u m an o !
— ¡C h ist!, sir Enrique, pues ahora la toma con
la m ujer.
—¿ Os retiráis, asustadas acaso, las señoras que
atentas me escuchabais ? Quedaos, porción la me­
nos culpable del género hum ano, eternas pupilas,
enferm as y en definitiva, siervas. V uestro sexo
es el m enos am enazado, que radica su influjo en
la N aturaleza. C uando el hom bre sea m enos ani­
mal, ya no estaréis dispensadas, como ahora, las
que sois herm osas, de tener sentido común, ni
suplirán los guiñapos y las piedras engarzadas en
oro el ju sto y noble atractivo de las bellas y sóli­
das pren d as. V ivís al presente entre la condición de
vestal y la de odalisca, con apariencias de aqué­
lla, pero pensando siem pre en ésta. D ignificado
el varón por las transform aciones que anuncio, mas
vestales entonces vosotras y nunca odaliscas, rei21

322

J O S É

F E R R Á N D I Z

naréis inevitablemente por la influencia legítima
de lo mucho bueno que en vuestro sér ha puesto
el Hacedor, y ahora late eclipsado por culpa de la
majadería de los hombres.
Estalló la salva de aplausos iniciada por lady
Esther, que no cabía en sí de satisfacción y gozo,
ante un tan inesperado incidente, que a todos dis­
traía y animaba, refrescando las mentes maltrechas
por el ímprobo trabajo.
—Y a lo habéis oído—recapituló Fontignan— , re­
tenedlo, explotadores de la mujer, del niño y del
débil desgraciado; caritativos del diablo, vuestro
poder agoniza. Nuevo Juan Bautista os señalo
una redención que si tardara poco, ¿y quién lo
sabe?, daría al traste con vuestra obra entera, no
sin que sufrierais, como os lo deseo, la pena me­
recida. El principio de este fin vais a verlo muy
pronto, ¡preparaos!...
Calló el francés y se inclinó hacia la dama, que
otra vez significó su beneplácito, seguida por
todos.
—¡M uy bien, amigo M. Carlos— interpeló en­
tonces Lisitrade— ; pero duro en demasía ! ¡ Un poco
de piedad aun para los que no la ejercen ! Sólo
Dios puede ser implacable a veces. El hombre obra
bajo la presión de sus educadores, del medio en
que vive, de su misma condición imperfecta, como
la tierra que habita.
—Y los buenos, los que padecen, trabajan y a
nadie hacen daño, ¿han venido de la Luna? ¿Los
han educado los ángeles ? ¿ Viven en otro medio
paradisíaco? ¿Su condición es la de semidioses?
r¿ Les faltarían medios de hacer el mal que no ha-

D O S

M U N D O S

AL

H A B L A

323

cen? ¿Carecen de ellos para el bien los aferrados
al mal? Nadie lo sabe como vos, eterno persegui­
do, a pesar de vuestra inagotable bondad, talento
y grandes servicios. Que os digan ese pobre amigo
Villougby o ese infeliz Jobson, ambos tan injus­
tamente asendereados : ¡ que hablen !
No hablaron. Hubo unos momentos de silencio
y algún murmullo después, bajo la impresión de
aquella respuesta abrumadora de Fontignan. Esther
miraba a unos y a otros sin atreverse a decir una
palabra. Fué Listrade quien la tomó de nuevo,
replicando:
—Por lo mismo que he sufrido tanto me asiste
autoridad para hablar de misericordia: no se la
niego yo ni a mis perseguidores, ni desconozco
que algún motivo les habré proporcionado por
torpeza ; todos somos falibles, M. Carlos. Tened
presente que así os habla un tildado de revolucio­
nario..., que sabe cuán injustas son las revolucio­
nes, violencias negativas que destruyen y no edi­
fican ; esto lo hacen después sobre las ruinas los
espíritus constructivos.
—Tenéis razón. Pero yo amo sobre todo la jus­
ticia. Y o he sufrido pocas iniquidades ; infinitamen­
te más me han lastimado las que he visto caer so­
bre mis semejantes, y no puedo, no, excusar a
sus autores cuando son instruidos, fuertes y po­
derosos, que todo lo tienen a mano para hacer el
bien ; eso digo, y ya es mucho que jamás haya
pensado en venganzas.
—Lo creo a todo trapo, que no en vano aquí
nos conocemos ya todos; y pues sois tan noble
comprended que no nos toca a los hombres juzgar

3^4

J O S É

F E R R Á N D I Z

de plano a nuestros sem ejantes, por... eso, por
sem ejantes.
—Cuanto a mí, decís bien, querido; harto sé
que no soy un ju sto ; ¡que Dios no me niegue su
p ie d a d !
Como si este epifonema dicho en serio hubiera
sido una señal de levantar la sesión, el director
dió el brazo a lady Esther, detrás empezaron a salir
los otros, haciendo com entarios diversos, en gene­
ral placenteros, sobre aquella ocurrencia singular
del astrónom o francés.

XXIII
¡ LA GRAN HORA SE ACERCA ! ESPERANZAS Y TEMORES

era necesario aprovechar las horas, si los
venerienses dejaran aquella noche en silencio
y de tregua, si no, también, apenas terminada la
comida ya estaban nuestros amigos conduciendo
hacia la torre de Sawyer a lady Esther, cuyos
vehementes deseos de contemplar con visión di­
recta lo descubierto, intentaban llenar cuanto an­
tes. Subían tranquilos, sin temer ya nada. Si los
de Venus no avisaran, habría tiempo de observar
minuciosamente el exterior de la casa desde dond*
se comunicaban ; y si les diera por hablar, tanto
mejor : la fundadora disfrutaría antes de lo que es­
peraba nueva emoción agradable.
Al pasar por la pieza ocupada por el anteojo bo­
rrador, la señora, que iba del brazo de su pariente,
detuvo a los acompañantes, inspeccionó despacio
el local y quedó luego unos instantes reflexiva ante
aquel aparato misterioso y mudo, llamado a figu­
rar en la historia tan honrosamente, que competi­
ría con el de Galileo, que se conserva en Florencia.
Pasado un minuto se dirigió al óptico:
—No acaba de entrarme en la cabeza que este

C

omo

326

J O S É

F E R R A

N D I Z

anteojo, nada colosal, superando a todo lo cono­
cido nos haya llevado tan lejos.
—Y a era universalm ente sabido que no por e*
tam año alcanzan m ás poder los anteojos ; eso aca­
baré de evidenciarlo cuando exponga mi invento...
— ...A som bro del m undo sabio, ya lo concibo ; y
después parecerá, como todo lo inventado en este
m undo, una obra sencilla, aunque antes por nadie
concebida; es ló g ic o ; m as no destruirá vuestra
fama, porque nuestra patria am ericana no es tan
ingrata como la E uropa antigua y... la presente.
F ig u rará vuestro anteojo en un Museo científico
de Nueva Y ork.
—Y otros ejem plares asim ism o en diversos sitios
de honor— insinuó M r. B righam — . Acaso no falte
una M aría de Médicis que al ver a través de sus
cristales lo que ni en sueños podía figurarse, caiga
de rodillas profundam ente conmovida.
—T endré presente el recuerdo histórico.
— En este instrum ento, señora, es realidad el
alcance teórico, no así en todos los conocidos
hasta hoy.
—Y a sé, y a ; se m arcan, por ejemplo, tres mi!
d iá m e tro s; pero en la práctica no se obtiene arri­
ba de mil doscientos, a consecuencia de la at­
m ósfera y de otros obstáculos.
— P ues aquí todo es rigurosam ente exacto, y
vais a com probarlo ahora, guiada por el inventor.
M r. Saw yer se adelantó un paso.
— La visión—dijo—no resulta en este borrador
tan nítida como en el anteojo definitivo; pero sí
m uy clara. L as fotografías que antes habéis exa­
m inado, se obtuvieron con él y son bastante preci-

DOS

M U N D O S

AL

H A B L A

327

sas, aunque tom adas sobre lo reflejado en el lienzo.
A hora os presentará éste algún paisaje nuevo,
porque antes de comer lo enfilé al acaso, es claro,
y di con un herm oso local. A lum braré ahora y
juzgaréis.
—Yo preferiría—dijo el director—que percibiera
directam ente m ilady esa perspectiva por el ocular.
R etirad los reflectores.
— ¿ Creeréis, am igos míos, que siento algún te­
m or?—preguntó E sther— . Si el contem plar un pai­
saje de la Luna a la distancia de algunas millas
me ocasionó impresión tan honda que jam ás ol­
vidaré, ¿cuál será la que me produzca esta m ara­
villa de una tierra planetaria, a pocos m etros su
prim er térm ino?
— Pues menor aun, dado que ya estás iniciada;
ninguna visión horrenda se te va a ofrecer.
— No importa, R icard o ; no es únicam ente lo te­
rrible lo que em ociona... ¿ N o ocurre a veces e x ­
perim entar cierta vacilación y aun miedo ante la
realidad de aquello mismo ardientem ente deseado
y al cabo en nuestro poder? Eso me sucede ahora.
M as no quiero que me taches de frívola timidez.
M r. Sawyer, estoy a vuestra disposición—dijo
avanzando hacia el anteojo.
En poco tiem po el óptico lo preparó todo e h :zo
colocarse a la señera de modo que observara fácil­
m ente por el ocular, y diciéndole:
— Se os presenta una perspectiva preciosa.
U nos cuantos segundos después de haber aplica­
do la vista dió la observadora un grito, separándo­
se un tanto del aparato.
— ¡D ios santo! ¿ P e ro es posible, señores? ¡O h.

3**

J O S É

F E R R Á N D I Z

lo inimaginable! El asomarse al abismo de otro
mundo jamás previsto ni soñado; una realidad
enorme, solemne, silenciosa, fantástica, pero inne­
gable...
—Querida Esther—imploró Ricardo un poco alar­
mado y diciendo con los ojos a sus colegas : «¿ Ha­
bremos ido demasiado lejos?»— : no seas tan im­
presionable, ningún horror mirabas, continúa se­
renamente.
—¡Ah, hijo mío!, horrores, no; pero lo impo­
nente, sí. Es una especie de anfiteatro de montañas
accidentadísimas cual no las he visto jamás : ro­
dean un valle angosto, con lujuriante y extraña
vegetación ; él continúa hacia el centro, encajo­
nado en interminable desfiladero de picos y más
picos, agudos unos y pelados ; otros, con plan­
tas de varios matices... Por entre dos de ellos,
a la izquierda, se despeña un verdadero río de
agua cuyo paradero no se ve desde aquí. Jn
trocito de cielo blancuzco más que azul ; luz vi­
vísima, sombras suaves en gradaciones varias
y admirables, un juego de tonos espléndido,
deslumbrante; el disco del Sol no ise ve..., lo de­
ploro.
—Bien, y ¿ qué tiene todo ello de particular si
no es su diferencia con lo nuestro?
—¿Te estás burlando, niño? Tiene la pesantez
aplanante de lo extraño, de lo inmenso en su ma­
jestad muda. Tiene lo inaudito de avocarse inpensadamente a otro mundo nunca imaginado y
encontrarse en él realmente y fuera del propo,
ante una naturaleza ignota, con su ambiente, pira
mí extraño, con un no sé qué de abrumador, am-

D O S

M U N D O S

AL

H AB L A

329

que terriblem ente bello y g ra n d io so ; ¿ te parece
poco?
Y al decir esto, como excitada a pesar suyo,
por ese impulso que nos lleva a m irar lo que fuer­
tem ente nos conmueve, aunque sea horrible, imán
con que nos atrae el abism o, volvió a m irar por la
lente.
—¡A sí!, ¡valor, m ilady!—exclamó M r. Brigham — ; ¡si no hay peligro alguno!
—¡ Estupendo co n ju n to !—volvió a decir ella tras
un momento de observación. Esto confunde y
anonada, no parece real, sino calenturiento; pero...
no, que bien lim piam ente lo perciben los ojos;
están ahí en ese paisaje que ninguno de la T ierra,
ni el mismo H um boldt, ni K ok, ni Stanley, ni gran
viajero o explorador vió jam á s... ¡ Ea, R icardo!,
mira para convencerte.
—No, querida, he observado ahí mismo otros
panoram as, y... lo que nos resta ; por uno m ás...
—B ien, miraré yo... ¡A h !, gente que aparece
a lo lejos y se va aproxim ando... ; m ujeres, dos,
tres, c in c o ...; dos hom bres ahora. ¡Cóm o andan!,
¡qué ritm o!, ¡y qué gracia en los m ovim ientos!
Los trajes ya no me sorprenden, pero sí la feliz
combinación de sus colores. Esa gente posee una
estética deliciosa. A vanzan atravesando el valle...,
y parece que van departiendo ; son ellas m uy gen­
tile s; si estuvieran m ás cerca..., así y todo se ve
que son bonitas... ¡Q ué lástim a!, desaparecen tras
de unos arbustos. No puedo m ás—añadió retiran­
do el rostro del anteojo y recostándose hacia atrás,
como anonadada, en la silla— . No, no puedo: esto
excede a cuanto había esperado...

33 °

J OSÉ

F E K R Á N D I Z

— Reposad tranquilamente, milady, no hay pri­
sa— le dijo Sawyer.
— ¿Conque era verdad? ¿H ay otro mundo con
su humanidad inteligente, culta y bella? Y a lo
vemos, diríase que lo tocamos; vosotros lo habéis
oído..., y no será tal vez ese mundo solo, otros...
— Seguramente, señora.
— Pero aquí estamos reunidos los causantes de
que esa realidad llegue a nuestra evidencia en la
Tierra. ¿Para bien?, ¿para mal? Nuestra respon­
sabilidad, la mía principalmente, aunque de mujer,
llega a lo incalculable y aterrador.
— No, milady— exclamaron varios— ; un descu­
brimiento es siempre trascendente al bien— aña­
dió el subjefe— ; es providencial, por más que al
principio ocasione alguna perturbación, que luego
él mismo compensa y que...
Le interrumpió el acento lastimero de una voz
lejana y lúgubre : «No busques, semitonaba, las
cosas más altas que tú, ni escudriñes las más
fuertes; ¿por qué ver por tus ojos las que están
escondidas?» (i).
— ¡ Ese hombre tiene la oportunidad de lo depri­
mente!— exclamó Drebler,
— ¿Qué nos importa ahora?— repuso Esther— .
Poned, si gustáis, los reflectores y vea yo ese
paisaje sobre el lienzo... ¡O h !, ¡muy hermo­
so !, el mismo ; pero no tan imponente. ¡ Es singu­
lar ! ¿ Y decíais, sir Pablo, que no era neta la vi­
sión ?
— Y a la compararéis con la del otro anteojo, si
(i)

Libro de Job, cap. III, v. 22 y 23.

D OS

M U N D O S

AL

H ABL A

331

os parece que subam os a tratar con é l: ¡es m uy
a m a b le !
— Esperad, necesito un ligero descanso... Abre
esas ventanas, R icardo, si no m olesta a estos se­
ñores ; respirem os a pleno pulm ón el aire puro de
la m ontaña... A sí— añadió asom ándose— . Este es­
pectáculo es grandioso y fortalece, no abrum a, que
es n u e s tro ; gocém osle unos instantes.
P illsbury y algunos m ás la rodearon ; otros hi­
cieron corro junto al ventanal o p u e sto ; probable­
mente deseaban lo mismo que Esther, reposo mo­
m entáneo, tregua, y la noche a ello convidaba.
¡ Oh, s í ! M uy herm osa, de principios de mayo,
en aquel paraje accidentado y solitario, pero m ag­
nífico. U n cielo espléndido, sin una nube, fondo
obscuro, donde parpadeaban, con vigor no conocido
en Europa, las estrellas de todas m agnitudes, ta­
chonándolo con su brillo, y la Vía Láctea se pre­
sentaba con una blancura intensa desconocida en
nuestros países.
El m isterio insondable del inmenso espacio, di­
gam os abism o de la altura o del más allá, del infi­
nito señalado por la recta de Euclides, el firmam en­
to, en fin, con su población incontable de soles y
de m undos, se hacía sentir hondam ente por donde
quiera que se le m irase, encantado por la profusión
de sus bellezas.
Buen núm ero de prim ordiales m agnitudes este­
lares presidía, descollando con su continuo titilar,
sobre la ingente m ultitud de astros ; presencias mu­
das y enigm áticas, eterno arcano, cada ciual, g ran ­
de o pequeño ; desesperante interrogación para
el hom bre-horm iga de este planeta que las contem-

332

JOSÉ

FERRÁNDIZ

pía absorto queriendo adivinar su razón de ser y su
función respectiva en el Cosmos.
Al Norte, en el cénit, las estrellas más conspicuas
de la Osa mayor; Alcaid, Mizar, Alioth, Dubhe,
Merach, Fhegda, B enesnasch; primates de una
constelación formada por ochenta y siete lumina­
res. Debajo, la Polar, e inmóvil, sobre quien gira
toda la bóveda celeste, y descendiendo aún, las
cinco estrellas de Casiopea. Al Este, la preciosa
Vega, de la Lira, ostentaba su blanco brillo de dia­
mante. Rojizo aparece el del gentil Arcturo; tam­
bién por el Este, no lejos de la Corona boreal, en
que se destaca la finísima Gemma, su piedra más
brillante.
Alumbra y hermosea el espacio próximo al Me­
ridiano la Espiga de la Virgen, flameante joya de
esta región celeste. ¡Herm osa Régulo!, verdadero
León (i) por la intensidad lumínica ; Itú centellea­
bas majestuosa, dominando y embelleciendo una
parcela de cielo, donde la bellísima Procyon compi­
tiera contigo en esplendores y grandeza; pero Ve­
nus aparece allí cerca, más exuberante y magnífi­
ca, aunque no centellea, y así conquista, atrayente,
las miradas del terrícola embelesado.
Cástor y Pólux, los Gemelos, y mucho más lu­
ciente que ellos, la Cabrita, no logran superar el es­
plendor tranquilo, pero intenso, de Venus, que va
hacia su ocaso lentamente. ¿Quién, al mirarla, di­
ría que nos observaba escudriñante, aguda y ansio­
sa, con incansable insistencia, y que, declarada ya
(i) Se alude a que esta estrella de primera magnitud
está en la constelación llamada Leo, el león.

DOS

M U N D O S

AL

H AB L A

333

nuestra am iga, había en este m undo sublunar gen­
tes que esperasen de ella grandes cosas ?
{M ajestad augusta del U niverso! ¡Cóm o indife­
rente, serena, im perturbable, presencias cuanto en
su seno se realiza, lo mismo el surgir y form arse de
los m undos que su extinción en el inmenso espa­
cio; o los choques, los estallidos, las colisiones de
los cometas, de las enorm es esferas circulantes que
se parten en pedazos si no se convierten en polvo
cósmico im palpable!
Con la misma silenciosa calma, siempre igual
por m iríadas y m iríadas de siglos, vienes asistien­
do ya a la regularidad con que se atraen y mue­
ven todos los globos en los espacios, ya a las alte­
raciones que las leyes eternas de lo existente deter­
m inan.
Así tam bién has venido asistiendo a los hechos
realizados en nuestro pobre y exiguo m undo, g ra­
no de polvo en la Creación ; lo mismo las guerras
y las invasiones de la barbarie prim itiva, que los
refinam ientos conquistados por la cultura ; amores y
odios, horribles m atanzas y alegres fiestas, las or­
gías de Sem íram is en sus jardines suspendidos de
Babilonia y el entierro del Crucificado en un ano­
checer trem endo y luctuoso; las S aturnales latinas
y las O lim píadas helénicas, lo mismo que el in­
cendio de R om a por Nerón ; los delirantes carna­
vales de Venecia y los horrores de la Saint-B artelem y ...
Y así, m ientras tus millones y millones de ojos
m iran sin cesar, eternam ente, nuestra T ierra, y la
m ultitud innum erable de m undos, con sus hum ani­
dades distintas, desde las m ás rudim entarias hasta

334

J O S E

F E R R A N D I Z

las sublim adas y casi angélicas, cuya esencia aquí
apenas concebimos, viven dispersas en el éter, y
van cam inando con secular lentitud hacia su fin,
para ser reem plazadas por otras creaciones. Las
que subsistáis, focos de luz, de fuego, de calor y
vida, perm aneceréis, perennes esfinges, m antenien­
do cada una su cortejo de m undos habitables, hasta
que en el reloj de la E ternidad suene la hora de ex­
tinguiros.
¿ Acaso os conocéis, os habláis a través de los
espacios conscientes, os atraéis y equilibráis co­
mo potentes imanes, teniendo un alma, o sois tan
sólo ingentes m asas esféricas en violentísim a ig­
nición, fuerzas ciegas, focos irradiantes y atra­
yentes, destinadas a m archar a través del infini­
to por im pulso del E spíritu Creador, sostén y or­
denador de cuanto e x iste?...
Estos pensam ientos han pasado por nuestra
mente m ientras la im presionada lady E sther y los
astrónom os, silenciosos algunos, susurrando muy
bajo los otros, han refrescado todos, como ella,
sus espíritus en grata ojeada sobre la Naturaleza
que los circunda. Quizá tam bién por ellos han
pasado estas mism as reflexiones al abstraerse, de­
jando vagar las m iradas y la im aginación a su
propio impulso en el silencio solemne de la tran­
quila noche, sólo turbado a veces por el canto de
algún ave vigilante.
Al fin la dam a, saliendo de su callado ensim is­
mamiento, se apartó de la ventana un poco, en
adem án de hablar a sus a m ig o s ; la detuvo con la
palabra en la boca un torrente de arm onía ; los
grandiosos acordes, las notas electrizantes de la

DOS

M U N D O S

AL

HABLA

335

escena del templo en el Parsifal sonaron salidas
de un potente órgano, cuyo eco se difundía por
los solitarios espacios en la tranquila calma de la
Naturaleza, repercutiendo en las montañas, lle­
nándolo todo con su grandeza incomparable.
— ¡ M i hija Lucy ! La pobre se distrae en el or­
chèstrion, que no hace mucho hice Itraerle de Bos­
ton ; no se figura que la oyen, ni la sensación que
nos causa...
— ¡ Arrobador, maestro ! ¡ Coincidencia felicísi­
ma! Esas notas son bálsamo que reanima mi es­
píritu, un poco aletargado. ¡ Noche inolvidable,
tan fecunda en intensas sensaciones ! Pero, escu­
chemos.
Continuaba la música su majestuoso desarrollo,
atenta y gratamente oído desde la torre, cuando
las campanas del reloj se le unieron, y, en lo más
culminante y sensacional de ella, vibró de pronto,
acorde con su tonalidad y a manera de recitado
acompañante, la exaltada semisalmodia de Mureber, que parecía venir de las montañas o de entre
la cercana arboleda :
((Pero, ¿no piensas que Dios está más alto que
el cielo y que se eleva sobre la cumbre de las es­
trellas?» ( i )
Miráronse todos, algo sorprendidos, y lady Es­
ther Ies dijo :
— Sí que pienso en el Creador ante su obra ; ¡ si
bendijera Él la nuestra!...
— L o hará, y de cualquier modo, cúmplase su
voluntad. Pero ¿ no habéis reparado que ésta es
(i)

Job, XXII, i2.

Á

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