El amor en el siglo cien

Autoría
Lugar de publicación
Madrid

Ver datos completos

Tipo
Impresos
Idioma (código)
spa
Extensión
119
Identificador
0000000155
Miniatura
https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/779456
Notas
Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Librería Rivadeneyra
Lugar de publicación
Madrid
Idioma
Español
Europeana Type
TEXT
Europeana Data Provider
Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
Imagen para miniatura
1
Derechos
Universidad Complutense de Madrid
Licencia de uso
CC BY-NC-ND 4.0
Fecha de creación
1922
Formato
image/jpeg
application/pdf
extracted text
EL A M O R EN
EL SIGLO CIEN
POR

EL C O R O N E L

ÍGNOTUS

.

Es propiedad. Prohibida la repro­
ducción, incluso la "cinematográ­
fica”, sin permiso del autor.

AMOR
EN EL S IG L O C IE N
POR

E L C O R O N E L IG N O TU S
JOSÉ

DE

ELOLA

E3 E3 13

M A D R ID , L IB R E R ÍA R IV A DESTE Y R A
1!

IN D IO
Págs.

P a g i.

Prólogo b rev e .............................................
7
I.—¿Enfermedad?... ¿Accidente?...
¿Muerte?................................
11
H.—El señor García y la señorita
Ramírez comienzan a enti­
biarse .....................................
16
III. —La dormida pareja averia dog
robustas yuntas amatorias.
24
IV. —El despertar.........................
27
V.—Inés y Juan se explican su
vibrar desaforado.................
30
VI.—Capitulo tan breve como ex­
traño .....................................
35
,VII.—Un matrimonio secreto y un
nuevo personaje...................
38
VIII.—El doctor Mob nombra dos so­
ta-ayudantes a Rucandio...
43
IX.—El amor Mob..............................
46
X .—Mundiópolig a vista de pájaro.
52
X I.—Las vías urbanas y las modas
mundiopolitanas..................
56
X II.—Educación fin de siglo... de
siglos ......................................
59

XIII.

—Marcial baja al mundo de los
parias ....................................
63
XIV. —La historia die Cartoya.....
66
XV.—Corazones muertos y corazón
v i v o ........................................
71
X.VI.-—Huérfano de h ijo.......... ...........
75

X V II-— Loa resucitados ven la dicha
y el dolor en lo hondo de

los corazones.................
78
XVIII.—Niñerías .....................................
82
X IX .—Los subayudantes y su inme­
diato jefe...............................
86

X X .—Una infidelidad frustrada de
R u ca n d io...............................
90
X X I.—El interruptor electro-amo­
roso ........................................
94
X X II. — ¡Maldito siglo! ¡Maldita casta!
97
X X III. —Marcial, rebelde y diplomá­
tico ......................................... 101
XXIV . —La fuerza de la inocencia.. 105
X X V —Cabos sueltos............................. 109
XXVI.— La conspiración del amor....... 112
XXVII.—El amor se subleva.................. 115

n

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTÍFICA
por «EL CORONEL IGNOTUS»

Pesetas.

DE LOS ANDES AL CIELO.— P rim e ra e ta p a d e «V iajes P la n e ta rio s en el sig lo x x n » ,
s e g u n d a e d ic ió n ...................................... ......................................
,
DEL OCÉANO A VENUS.— S e g u n d a e ta p a d e la m ism a o b ra, segunc a c • • • •• • ••
EL MUNDO VENUSIANO.—T e rc e ra y última etapa d é la m ism a^o b ra, seg ú n a e .........
LA DESTERRADA DE LA T IE R R A .-P rim e ra p a rte .-E L MUNDO-LUZ...........................................
EL MUNDO-SOMBRA.- S e g u n d a p a rte d e la a n te r io r ............................................................................
EL AMOR EN EL SIGLO CIEN.

4
4
4

4
4

EN PR EN SA :

LA MAYOR CONQUISTA
EN

P R E P A R A C IÓ N :

POLICÍA TELEGRÁFICA.
LOS MODERNOS PROMETEOS.

OTRAS OBRAS DB JOSÉ DE ELOLA
MODERNAS BRU1ERIAS DE LA CIENCIA........................................................... .................
MÁS BRUJERÍAS CIENTÍFICAS.-En p re p a ra c ió n .
EUGENIA.—N ov ela................................................................................................................•>.................................
LA PRIMA JUANA.—N ovela, d o s to m o s ........................................................................................................
B O SQ U EJO S.-C uentos...........................................................................................................................................
CORAZONES BRAVÍOS.—C u e n to s
...........................................................................................................
CUENTOS ESTRAFALARIOS DE AYER Y MAÑANA.—(A g otad a).
REMEDIO CONTRA CEGUERA. -C o m e d ia en d os ac to s (ag o tad a).
LA NIETECILLA— Id e m en id., id .
IN ARTÍCULO MORTIS.—Id e m en u n acto, id .
PRECOCIDAD.— Id e m en id., id .
MACBETH.—V ersió n de la tra g e d i > d e e ste n o m b re , d e W illia m S h a k e s p e a re ....................
OBRAS DRAMATICAS. —El salvaje, Luz de belleza .....................................................................................
EL FIN DE LA GUERRA.—C on el s e u d ó n im o I gnotus.........................................................................

á

3
3
1

2
2
3,50

EL CREDO Y LA RAZÓN —S e g u n d a e d ic ió n ......................................................................... .................
LA VERDAD DE LA GUERRA.— Versión del inglés (agotada).
LAS CAUSAS DEL DESASTRE.—C on seudónimo Ignotus (ago tada.)
LA CAMPAÑA DEL ROSELLON.—(A g otad a.)
EL PLEITO DEL REGIONALISMO.— Con seudónimo Don Ñuño (agotada).
LA ENFERMEDAD DE LA PESETA...............................................................°
LO QUE PUEDE ESPAÑA.............................

3

° E PRECIS,0N- - P re m ia d a P ° r la E sc u e la de M in a s,c u a tro v o lú m e n e s ..
LEVANTAMIENTOS Y RECONOCIMIENTOS TOPOGRÁFICOS.-De te x to en v a ria s E sc u e la s
d e In g e n ie ro s , tre s v o lú m e n e s.............................................
AGENDA DEL TOPOGRAFO..............................................
..............................................................................
ESPAÑA EN MARRUECOS.—M apa d e la zo n a d e ¡a flu e n c ia española.... . . .. .. . . . . . . .

50
30
7
3

PROLOGO BREVE

Desde que Inés Ramírez y Juan García
fueron atacados de encefalitis letárgica, o
de algo que, aun no siéndolo, se lo pare­
ció a los doctores que la diagnosticaron, ha
rodado mucho el mundo; porque 2.921.920
vn ltas, en dicho tiempo dadas, ya es
rodar.
Sabiendo que el letargo, la enfermedad
o el Sueño los sumió en el marasmo en el
nfio 2000, pocas y sencillas operaciones con
las modestas cuatro reglas bastan para po­
ner en claro que al cabo del citado núme­
ro de vueltas, a razón de una por cada vein­
ticuatro horas, llegaba el mundo al año diez
mil de nuestra era, cuando despertaron o
se curaron; pues nadie llegó nunca a sa­
ber si durante aquella larga interrupción
de su vivir consciente estuvieron enfermos
o dormidos. Contaban Inés y Juan, al llegar
dicho año diez mil, ocho mil veintisiete y
ocho mil treinta y cuatro, respectivamente;
de donde se deduce que al cerrar los ojos,
en el 2000, y dormirse sus vidas en el tiem­
po, tenian los años indicados por los picos de
aquellos respetables números. En cuanto a
sus edades verdaderas en el momento de re­
cuperar las vidas que ausentes de ellos es­
tuvieron durante ocho mil años, es difícil
decidir si eran las de los ocho mil veintisie­
te y ocho mil treinta y cuatro que rezaban
sus partidas de bautismo, o los veintisiete y
treinta y cuatro con que se durmieron; pues
suspendida en ellos la actividad vital, nada
había envejecido en sus cuerpos ni en sus
espíritus.
Eran director químico él e ingeniera elec­
tricista ella, de una poderosa empresa de
frío industrial establecida en Bilbao, y ade­
más novios muy próximos a convertirse en
cónyuges.
No es de extrañar que en un mundo donde,
no ya en los tiempos inmediatos a la pri­
mera etapa de la vida de la pareja de que
se habla, pero ni en el siglo cien, colosal
mente más adelantado, pudo llegar a ave­

riguarse el porqué—y me reñero a porqués
csmciales y causas madres, no a efectos su­
cesivos-—crecen las plantas, granan las se­
millas, madura el fruto, ni porqué de unos
mismos padres» nacen hoy hijos y mañana hi­
jas, ni cuáles son las causas Intimas de las
funciones fisiológicas, ni de las enfermeda­
des); no es de extrañar, repito, que en tal
mundo quedaran por siempre ignoradas las
determinantes del letargo de ocho mil años,
que a la vez hizo presa en Juan García y en
Inés Ramírez, a quienes sucesivas y sucesi­
vas generaciones de lumbreras de la Medici­
na estuvieron mirando dormir: observándo­
los atentísimamente y descalabazándose con
el problema de aquel sueño, sin poder afir­
mar, al cabo de ochenta siglos de estudio,
sino la realidad del extraordinario fenómeno;
pero quedándose tan a obscuras sobre sus
causas como lo estaban de las de casi todos
los de la Naturaleza.
Como las insólitas aventuras de los en­
amorados protagonistas de esta historia no
ocurrieron en el siglo xx, al finar el cual
se durmieron, se aletargaron o se congela­
ron, sino en la centésima centuria, pasare­
mos muy a la carrera por cuanto en tal his­
toria quepa considerar como mero, aunque
obligado prólogo sumido en la noche de
¡os tiempos: calificativo muy propio, en el
año diez mil, para acaecimientos del si­
glo xx: mucho más retrasados respecto a
los ocurridos en el C que los años de
Abraham aparecen mirados desde los de
Marconi, la gran guerra mundial y la aper­
tura del canal de Panamá, a distancia in­
ferior a cuarenta y cuatro siglos (1 ): es
decir, mitad casi de los transcurridos entre
el dormirse en Bilbao y el despertar en Mnndiópolis, de la pareja cuyas andanzas va­
mos a relatar.
(1) Este dato lo damos ateniéndonos a la cro­
nología que César Cantú inserta en su conocida
obra de Historia Universal.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
Recapacítese en cuántas y cuántas monar­
quías, repúblicas, pueblos, sociedades > en
lizaciones surgieron en la Historia, crecie­
ron y pasaron desde los patriarcas anterio­
res al diluvio hasta el siglo xx que se ini
cia con síntomas parecidos a presagios de la
muerte de otra civilización más, que por ca­
duca y corrompida desmorona el tiempo,
dejando en vez de ella un mundo nuevo,
mejor tal vez, peor acaso; mas desde luego
diferente: que si no cura añejos males los
vestirá con traje diferente para engañar a
la Humanidad, variando los que sufre o ha­
ciéndolos pesar sobre otras víctimas: reca­
pacítese e infiérase después qué de cambios
no habrá experimentado el mundo en do­
ble tiempo, desde ahora al siglo cien.
Adviértase además que Caldea, Babilonia,
Egipto, Roma, los Bárbaros, el Feudalismo,
nuestra Reconquista, el Renacimiento, el
gran Imperio Hispano, la Revolución Fran­
cesa, pasaron sucesivamente en muchos me­
nos siglos de los transcurridos desde que
en Bilbao cayeron Inés Ramírez y Juan
García en estados catalépticos hasta que recupearon la conciencia de su propio existir.
Basta tener en cuenta esto para deducir
que a las gentes de la centésima centuria
han de sonarles los grandes nombres de
nuestras actuales sociedades como a nos­
otros los de Noé, Nemrod, Semíramis, con
sonido de remotísimo eco, todavía más ale­
jado que el que a nuestros oídos trae éstos.
Ni una sola de las naciones existentes en
este vigésimo siglo perduraba (1) en el si­
glo cien; ni vestigios hallaron, al renacer
en él, los dos protagonistas de esta historia,
de nada que se llamara España, ni Ingla­
terra, ni Francia, ni Alemania. Todos estos
estados habían perecido: al parecer, tra­
gándose unos a otros, pero realmente de­
vorados por el tiempo insaciable, que des­
pués se engulló, sin dejar de ellas rastro, las
poderosas Confederaciones Ibérica, Sajona.
Nipona, Germánica, que entre los siglos x x i i
al x x ix ensangrentaron la Tierra con egoís­
tas luchas de maldita memoria, infecundas
pera la felicidad de los humanos.
Pero mo obstante vernos tan remotos, me
refiero a los pueblos y civilizaciones actua­
les, nos conocían los hombres del año diez
mil muchísimo mejor que nuestros doctos
„ ,n> * * ,he dicho en obras anteriores de esta
misma Biblioteca qne cuando se narran cosas no
mSStaicoS' t SÍn° Ve,nlderas’ es Preclso qne los cramítlcos tengan cierta benevolencia al Juzgar nuet
uufs .u
, emplear 'os tiempos de los verbos
pues el constante uso de futuros y condicionaos'
r ,7 d a d frr r re,amt : n0t0Dla

^

en Historia Antigua conocen las sociedades
y a los personajes de lejanas edades, pues
disponían de documentos y obras impresas
sobre nuestra época, y por ésta legados, que
nosotros no hemos recibido de ninivitas, ni
de persas ni de egipcios.
La Historia se había hecho tan larga, tan
larga, que nadie pretendía estudiarla a
nuestro estilo; los nombres hoy tenidos por
nacionales glorias hablan zozobrado en el
olvido, nanitas vanitatum, salvándose tan
sólo del naufragio los pocos que en el mun­
do cambiaron, no el rumbo de los Imperios,
sir.o los derroteros de la Humanidad, ha­
ciéndola progresar en Moral, Ciencia o ge­
nerales bienes.
Así la Historia, en la instrucción corrien­
te, es cosa brevísima, despachando en cada
lección siglos: sin hacer alto en la existen­
cia de naciones enteras, si éstas no influye­
ron en la vida de todas. De España, por
ejemplo, no se toman en consideración sino
la Reconquista, el descubrimiento y coloni­
zación de América y la lucha con la Refor­
ma; en Francia saltan del Imperio Carlovingio a la Revolución del 93 y al Imperio
Napolecnico como incubador de la guerra
mundial de 1914 a 1919; y así por el estilo
en los demás pueblos: atendiendo tan sólo a
los grandes cambios realizados en el mun­
do, y dejándose al margen la mayor parte
de los nombres propios.
En las Universidades se estudia, en con­
cepto de enseñanza superior, el fructífero
manejo de los ficheros históricos, que ofre­
cen referencias a los libros y páginas donde
pueden hallarse copiosísimos datos sobre
concretos hechos, figuras y aun figurones de
las historias particulares. Los ficheros de
Mundiópolis ocupan cuatro grandes salones
del Palacio de las Crónicas, constan de cua­
tro millones largos de tarjetas y de sesenta
índices clasificados de éstas.
Las tarjetas dan escuetamente el nombre
del suceso o personaje, el tomo y la página
de la Historia General del Mundo, (obra de
varias generaciones de historiadores y ar­
chiveros), y de las historias parciales, mono,
grafías y hasta biografías de útil consulta.
Entre las muchas cosas muertas desde el
año 2000 al 10000 están los idiomas ac­
tuales, estudiados no más por eruditos filó­
logos, como en el siglo xx se estudiaban el
griego clásico, el hebreo y el sánscrito.
Aquellas lenguas europeas se multifurcaron
en filiales idiomas, mas con aplicaciones co­
marcanas sumamente restringidas y sólo
dialectuales; pues así como la Humanidaa
había llegado a tener una capital política
del mundo entero, m u n d io p o l is , cabeza in-

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

discutida de las naciones de la Tierra, to­
das confederadas, del mismo modo se había
alcanzado el interesantísimo progreso de
no tener sino un solo idioma culto para
todo acto oficial, todas las manifestaciones
científicas y literarias y para las necesida­
des de la comunicación social entre perso­
nas educadas en todos los pueblos y en to­
das las latitudes: el esperanto, aquel mismo
esperanto que en los comienzos del siglo xx
daba sus primeros y trabajosos pasos; pues
al convencerse los hombres de que los orgu­
llos nacionales serían siempre insuperable
obstáculo a la adopción para idioma univer­
sal de ninguno de los usados por cualquier
pueblo que fuere, se impuso aquel idioma
huérfano de patria: como lengua científica
primero, en el siglo x x n ; literaria después,
en el xxv; diplomática más tarde, en el
x x x i i ; comercial luego, en el xn, y hasta
universal por último, desde el x l al l .
Sobre la ventaja de permitir a todas las
personas de mediana educación de todos los
Plises entenderse entre sí, ofreció la es­
tructura y aplicación universal del esperanto
la de invariabilidad; pues los siglos lo enri­
quecieron con los vocablos nuevos exigidos
por los progresos de las sociedades, pero sin
modificar los antiguos, ni la construcción,
ni la ortografía: excelencia sumamente es­
timable, pues en oposición a lo que ocurría
a un español, o a un inglés o a un francés
del siglo xx, que no entendían las obras en
sus idiomas escritas seis o siete siglos an­
tes, los hombres del siglo C no tropezaron
con dificultades al consultar añejos libros o
documentos, por no haber esperanto antiguo
y esperanto moderno, sino un solo y único
esperanto: el primitivo, enriquecido, mas no
modificado.
Tal circunstancia fué felicísima para I03
protagonistas de esta historia, que gracias a
ella no se hallaron por completo incomuni­
cados con sus semejantes al volver sus es­
píritus a los muertos, pero imputrefactos,
cuerpos de donde estuvieron ausentes du­
rante ochenta siglos; pues Inés y Juan ha­
bían sido en la primera etapa de sus vidas,
más que esperantistas distinguidos, entu­
siastas apóstoles de la propaganda espe­
rantista.
Según ciencias, artes, industrias, progre­
saban en el mundo, a igual compás crecían
ambiciones, egoístas intereses y ansia de pla­
ceres, haciéndose de día en día, o más bien
de siglo en siglo, más insaciable y más osa­
do el fuerte; más desvalido, más deshereda­
do el débil; pues la máxima de que el dere­
cho es la fuerza se impuso a las sociedades,
señalando por solo límite a los actos las

9

posibilidades de realizarlos: con lo que la
moral vino en el mundo tan a menos como a
más subieron ciencias, progresos positivos y
capacidades materiales.
Sin pretender ahora justificar la anterior
observación con detalles n i ejemplos, que
irán saliendo poco a poco, sólo se dirá, de
momento, que al despertar la dormida pa­
reja halló dividida la humanidad del si­
glo C en dos castas, separadas por un hon­
do abismo: de un lado, la de los superpensantes y supergonzantes, acaparadora, a notr.inor Leo, del poder político, el saber, las
riquezas y los placeres; hartándose de sa­
tisfechas vanidades, saciada, ahita, hastia­
da de materiales goces; pero sin encontrar
la dicha, ni de ella cuidarse, por no tener
idea de lo que fuera la verdadera dicha; de
otra parte, la plebe esclavizada, siendo lo
raás notable que había llegado el mundo a
tal estado como obligada consecuencia de la
aplicación de las teorías comunistas; pues
los apóstoles del comunismo fueron quienes
se convirtieron en los mayores déspotas co­
nocidos en la Historia, cuando de apósto­
les pasaron a triunfantes poseedores; ellos
quienes empujaron al mundo hasta llevarlo
a aquel estado.
La humanidad del año 10000 se descom­
pone en señores, más bien amos, y siervos,
a razón de uno de los primeros por cada
tres millares de los segundos, sumidos en es­
clavitud muchísimo más horrenda que la de
los antiguos esclavos de Cartago y de Boma;
incomparablemente más abrumante y dolorcsa que la de los medioevales siervos de
la gleba; porque la plebe, a la cual se le nie­
ga la instrucción, el sol y el aire libre en
las ciudades y duerme en loa campos en co­
bertizos mal techados, ha descendido a la
condición de bestia de faena, menos aún, de
herramienta de trabajo, empleada en pro­
ducir cuanto para satisfacer necesidades y
placeres han menester los supergozantes.
A tales parias, y parias se los llama, no se
les concede nada de cuanto hace grata la vida
material, nada de cuanto implique goce; y,
sin embargo, a veces se encuentra entre los
pobres parias quienes conocen dichas des­
conocidas de sus opresores.
Faltan en tales sociedades clases medias
y gentes medianamente acomodadas, no ha­
biendo sino ricos a quienes todo sobra, y
miserables que ni siquiera cobran jornal por
su trabajo. Se los alojíi, por precisión indis­
pensable, en sótanos: limpios cuando los pa­
rias pertenecen a particulares, para evitar
se mueran demasiado pronto, lo cual sería
pérdida, como la de un buey o un caballo;
pero inmundos, sí los esclavos son propiedad

10

BIBLIOTECA NOYELESCO-CIENTIFICA

del Estado o de los Municipios, que no se
cuidan de tal pérdida; se los alimenta con
rancho, del que ya se hablará, a fin de dar­
les fuerza para trabajar; se los viste digo,
se los tapa miserablemente, y nada más...
;A h!, sí, se me olvidaba; se deja en li­
bertad a hombres y mujeres de amarse en
sus tugurios, aun cuando por el tiempo en
que comienza la presente historia, ya empe­
zaba a preocupar a los superpensantes pre­
cavidos dicha tolerancia; e invocando el in­
terés de la Humanidad, se iniciaba campa­
ña tendente a cercenar la única tolerancia y

e' único consuelo que en su miseria y ab­
yección les quedaba a estos desdichados.
Negada, según ya queda dicho, la instruc­
ción a los parias, resulta, como obligada con­
secuencia de ello, que en el siglo C todos los
sabios, o cuando menos todos los sabios co­
nocidos, son pudientes siquiera, palabra en
tal mundo equivalente a lo que en el si­
glo xx se llamaba millonario; pues los pu­
dientes de más modesta fortuna entre los
supergozantes de Mundiópolis no poseen
menos de 16 a 20 millones, porque allí na­
die llama rico a quien no sea multimillo­
nario.

FIN DEL PRÓLOGO

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

11

I
¿ENFERMEDAD?... ¿ACCIDENTE?... ¿MUERTE?...

Una tarde del año 2000, al hacer el con­
serje de la Compañía Frigorífica Industrial
su diaria ronda por la fábrica, después de
salir los obreros del trabajo, fué sorprendi­
do por el horrendo frío que experimentó al
abrir la puerta de una de las naves donde
se hallaba una batería de aparatos Linde,
empleados en la fabricación de aire líqui­
do (1 ), y buen número de enormes cilindios de fundición en los que éste era alma­
cenado al salir de aquéllos.
Alarmado, y sabiendo que, de cometer la

imprudencia de entrar allí, donde a conse­
cuencia de un probable accidente acaso rei­
nara temperatura inferior a 100 grados bajo
cero, no saldría a contarlo, cerró inmediata­
mente la puerta, yéndose al despacho del se­
ñor García, el director, para enterarle de la
novedad. A l no hallarlo en la oficina, tele­
foneó a su casa, donde tampoco estaba; e
igualmente inútiles fueron para dar con él
sucesivas llamadas al casino y a todos los
lugares donde a aquellas horas fuera verosí­
m il pudiera hallarse.

(1) La nieve de los montes se funde en pri­
mavera y verano a expensas del calor que en la
cantidad necesaria para licuarse toma de la tie­
rra, con la que está en contacto, y del aire circun­
dante. El agua vaporizada al hervir en la mar­
mita también absorbe, para cambiarse en vapor,
el calor del hogar ; la evaporada en las superficies
de mares, ríos y lagos, sin aplicarle fuego, roba
el calor indispensable para el cambio de estado al
aire en contacto con aquellas superficies. Uno
y otro cambios de estado, sólido a líquido, líquido
a gaseoso, producen frío en torno de ellos; si el
ambiente es cálido lo refrescan, si es frío lo en­
frian más.
Disminuyendo la presión a que un líquido está
sometido se consigue su ebullición o vaporización
a menor temperatura de la correspondiente a tal
cambio de estado a la presión normal de la atmós­
fera al nivel del mar— sabido es que el agua hier­
ve por bajo de los cien grados en las montañas,
siendo tanto más baja la temperatura cuanto ma­
yor la elevación de aquéllas— ; y en consecuen­
cia, como el calor que para el cambio de estado
ha de absorber el líquido rebajará temperatura
ya menor de la ordinaria en condiciones normales,
el enfriamiento producido será mayor.
La evaporación espontánea, sin ebullición, fa ­
vorecida también por la disminución de presiones,
puede, sin necesidad de esto, estimularse soplando
sobre el líquido evaporado. Prueba vulgar de esto
es la de una persona sudorosa que se abanica, y
siente fresco o frío, producido por el calor que su
piel pierde, a expensas del cual se evapora el
sudor.
lie ahí tres maneras de engendrar f r í o ; pero
hay otras :
Mezclando nieve o hielo a cero grados con sal
(o amoníaco) cocineros y reposteros saben produ­
cir temperatura inferior al cero para helar sor­
betes ; mas lo que ignoran, mientras no se lo digan
físicos o químicos, es que la alcanzada es cercana
a 18 grados bajo cero. La explicación de este fe­
nómeno es que del mismo modo que la dismi­
nución de presión determina en los cuerpos apti­
tud para cambiar de estado a temperaturas tanto

más bajas cuanto más decrecen las presiones a
que están sometidos, igual resultado producen de­
terminadas mezclas: por ejemplo, la de nieve y
sal. Véase porqué: el estado natural, a cero gra­
dos, del agua en la cual existe sal en disolución
no es el sólido, sino el líquido, pues es notorio
que el agua del mar resiste sin helarse temperatu­
ras inferiores a la de la congelación del agua or­
dinaria. Puestas nieve y sal en presencia, la se­
gunda persuade a la primera a que se licúe para
quedar ambas en las condiciones en ellas natura­
les a tal temperatura, o como si dijéramos que
les son más agradables. Una vez persuadida la nie­
ve, toma el calor que para licuarse ha menester,
substrayéndolo a cuanto la rodea, perdiéndolo ella
misma al bajar de temperatura, y con la de ella
bajan la del aire circundante, vasija y materias
en contacto con la nieve. De aquí un inicial des­
censo de temperatura.
Una vez licuada la nieve se disuelve la sal en
olla ; y como la disolución es un fenómeno quími­
co que también consume calor, la mezcla toma el
necesario para transformarse en solución salina,
de la sal, el agua, la vasija, etc. Sumándose estas
dos sucesivas causas de enfriamiento rebajan la
temperatura a los 17 y pico de grados bajo cero
de que antes se ha hablado
Verdad que para hacer sorbetes no hace falta
saber ta n to ; pero por eso no dedico esta nota a
los sorbeteros.
Pero 18 grados bajo cero es poca cosa. Demos
un paso más.
Así como la aplicación, más o menos visible, de
ralor, y la disminución de presión produeeD fu­
sión de sólidos y evaporación de líquidos, los mé­
todos inversos, enfriamiento o compresión, o los
dos combinados, dan lugar a la licuefacción de ga­
ses o solidificación de líquidos. Empleando estos
procedimientos se obtienen industrialmente amo­
níaco y ácido carbónico líquidos, con el principal
objeto de aprovechar después en las industrias fr i­
goríficas el frío intenso engendrado por el retor­
no de ellos al estado gaseoso.
Por ejemplo, si se destapa un frasco de ácido
carbónico líquido, la alta presión existente en el
interir del frasco hace salir por su boca un cho-

BIBLIOTECA N O VELESC O -C IEN TIPIC A
Mientras tanto, el escape de frío iba
permeando las paredes de la galería de apa­
ratos, v el enfriamiento avanzando alarman­
temente por las habitaciones y pasillos de
todo el edificio: tanto que la cuarta o quinta
vez que fué el conserje a la garita del telé­
fono, para oír que tampoco estaba el señor
director jugando su habitual partida de tre­
sillo en el Círculo Euskalduna, comenzó a
tiritar; y mirando el termómetro colgado
en la pared, leyó en él siete grados bajo cero:
cosa sumamente extraordinaria en Bilbao a
13 de julio, fecha del escape de aire liquido,
que efectivamente había sobrevenido en la
galería, donde continuaba fluyendo, vapori­
zándose y produciendo, al mezclarse con el

rro líqudldo con gran violencia, que al contacto
con la atmósfera, y por el efecto combinado de la
mayor temperatura y la menor presión de ella, con
respecto a las existentes en el interior del bote, lo
evaporan Inmediatamente, produciéndose un fenó­
meno sorprendente para los no iniciados: el de un
c lo r r o en el fjue se hallan los tres estados de la
naturalezas líquido en la boca del frasco, gaseoso
fuera de él, y sólid o p o r debajo de la boca, en el
in te r io r del frasco; pues el enfriamiento producido
por la evaporación es tan intenso, y roba tal can­
tidad de calor al Acido carbónico del interior, que
hace bajar su temperatura a la de solldiflcación,
y a los pocos momentos no queda dentro de aquél
sino una pequeña cantidad de un polvo blanco lla­
mado nieve de acido c arbó nico : ¡nieve formada
del mismo gas que al respirar expulsamos por la
b o c a ! L a temperatura alcanzada es de 80 grados
bajo cero, lo cual ya es algo mAs que la de la ga­
rrafa de sorbetes.
Pero la gran hazaña de estos últimos tiempos
es la licuefacción del aire, el hidrógeno y basta
el helio, que es el mAs rebelde de todos los gases
a temar el estado líquido.
P ara hacerse cargo de la causa íntima que obra
en la obtención de estos éxitos, conviene dar cier­
tos antecedentes de orden físico.
Según la teoría c in é tica (quiere decir del movi­
miento) de los gases, estos son cuerpos cuyas mo­
léculas se hallan a grandísima distancia unas de
otras, y animadas de incesantes movimientos rapi­
dísimos, por efecto de los cuales la velocidad las
hace substraerse, en cierto modo y hasta ciertos
límites, a la atracción recíproca que cada una ejer­
ce sobre todas las otras y éstas sobre ella. Pero
s’ se comprime el gas, con lo cual ocuparA menor
espacio, las moléculas de él se acercarAn unas a
otias, aumentando con la mayor proximidad entre
ellas la intensidad de sus atracciones mutuas, que,
por lo tanto, opondrAn mayor resistencia que an­
tes a separarse.
Sabido esto, disminuyamos ahora la presión a
que este gas se halla sometido, lo cual producirá la
expansión de él, que para tener lugar ha de ven­
c er las fuerzas a tra ctiva s de sus m oléculas, y tan­
to más cuanto mayor sea la expansión, que crece
con la disminución de la presión.
Pero vencer una o muchas fuerzas im p lic a tra ­
bajo, que exige consum o de energía, lo cual equi­
vale a consumo DE CALOR: quiere decir que el ale­
jamiento de las moléculas no se verifica sino a ex­
pensas del calor substraído a la vasija, y, sobre
todo, al mismo gas expandido, con lo cual se pro­

gaseoso de la atmósfera, aquej espantoso en­
friamiento.
Comprendió el conserje que lo más urgen­
te era abrir todas las puertas y todas las
ventanas de la fábrica para establecer co­
municación con el aire cálido externo, a fin
de contrarrestar en el interior la influencia
del escape, y así lo verificó. U na vez hecho
esto, avisó de la novedad al alto personal de
3a empresa, informándolo de que en ninguna
parte daban noticia del extraviado director
químico. Mal podían darla, pues mientras lo
buscaban por la población, estaba tendido en
el suelo de la helada galería, a cuatro pasos
de la ingeniera electricista, tan tendida y,
al parecer, tan congelada como él.

ducen en éste descensos de temperatura que pue­
den llegar a ser enormes.

Así se obtiene, mediante sucesivas expansiones,
un autoenfriamlento de los gases.
Un aire comprimido por una bomba se enfría
por cualquier procedimiento frigorífico, por ejem­
plo, la vaporización del amoníaco o el Acido carbonico líquidos. Hecho esto, se deja al aire com­
primido en libertad de expandirse, abriendo el reci­
piente que lo guarda dentro de otro que lo envuel­
ve. con lo cual se produce un enframiento que, en
los aparatos Linde, por ejemplo, donde la presión
baja por efecto de la dilatación de 200 a 20 at­
mósferas, alcanza inicialmente descenso de 50 gra­
dos centígrados.
El recipiente en donde aún queda aire compri­
mido, o donde se continúa inyectándolo, es enfria­
do por efecto del citado descenso de temperatura,
con lo cual se enfría el aire contenido en él y
aún no d ilatad o; y por bajo de la temperatura que
así adquiera, muy inferior a la que tenía al co­
mienzo de la operación, se produce nuevo enfria­
miento consiguiente a la que podrem os lla m a r se­
gunda expansión. Una
tercera, una cuarta, van
efectuándose a temperaturas cada una más baja
que la anterior, y acumulándose así los efectos
combinados de sucesivos enfriamientos y expan­
siones, llega el aire a licu arse: lo cual ocurre
cuando la temperatura desciende a 191
grados
bajo cero ; y no sólo a licuarse, sino que, a con­
venir, puede alcanzarse su solidificación : estado en
el cual toma el aspecto de una gelatin a espesa.
El hidrógeno y el helio han sido también licua­
dos : el primero a 250 grados bajo c ero; el segundo
a unos 270, o sea tres no más antes da llegar al
cero absoluto— 273 grados centígrados bajo cero
usual— que es la total carencia de calor.
El aire líquido, que ya se fabrica industrialmen­
te y constituye un artículo de comercio, es hoy en
las industrias frigoríficas el agente por excelencia
pora la conservación de alimentos, siendo muy usa­
do en los barcos. Se emplea en la cirugía como
anestésico.
Su color es azulado, como el del oxigeno, que
de él es obtiene líquido también dejando evaporar
el nitrógeno.
Combinado con aceite y carbón constituye un
explosivo: la o x iq u ilita , cuya potencia es doble
que la de la nitroglicerina, sin ofrecer los peligros
de ésta.
El día en que se produzca más barato será en
•la industria un competidor del vapor y de la elec­
tricidad.

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN
Antes de entrar en aquel recinto a re­
conocer la avería, preciso fué aguardar se
vaciara todo el aire liquido del aparato des­
arreglado, y dejar pasar tiempo de que, en­
cendida la calefacción, ociosa desde el in­
vierno, fuera templándose el ambiente bas­
ta bacer posible, el acceso, sin riesgo a la
nave de los condensadores, donde al fin pe­
netraron ingenieros y operarios cuando la
temperatura subió en ella a 17 grados bajo
cero.

13

paces de determinar la muerte. No estaban,
por lo tanto, vivos, puesto que no vivían;
pero tampoco muertos, pues acaso volvieran
a vivir cuando pasaran, si a pasar llegaran,
aquellos colapsos: eran semicadáveres, cas»
que, por completamente nuevo en los anales
de la Medicina, no podía juzgarse con las
ideas viejas (1).
Como el tal caso era un caso estupendo, y
cada día más estupendo, según caían días,
semanas y años sin que reaccionaran, ni
acabaran de morirse los novios, sucesiva­
* * *
mente fueron examinados éstos por los más
notables médicos de Bilbao primero, y de
Nueve horas iban transcurridas desde que España después: movidos aquéllos de cien­
Inés y Juan cayeron privados junto a un tífica curiosidad, y éstos por duda incrédu­
cilindro de fundición, que poco a poco había la; y a muchos galenos, muchas opiniones.
ido dejando escapar el líquido aire en él al­
Dijeron unos que el primer diagnóstico
macenado. Contra todas las presunciones de era inatacable; calificáronlo otros de desca­
quienes, tan pronto los hallaron allí tendi­ bellado, negando que el frío hubiera sido
dos, los supusieron muertos por congelación, causa de la cristalización orgánica (cuya
no lo estaban.
evidencia no negaba nadie), y oponiendo la
No estaban muertos, a pesar de que ni hipótesis de que tal cristalización no había
respiraban, ni les latía, claro es, el corazón, sobrevenido hasta estar ya las víctimas com­
ni daban la más leve señal de vida: como no pletamente catalepsitizadas (no hallo en el
diccionario palabra capaz de hacer las ve­
fuera el color de la tez de uno y de otra,
único síntoma que alejaba la idea de muer­ ces de este necesario neologismo) por efecto
de un súbito marasmo de desconocida es­
te en quienes los miraban, y al cual debieron
no ser enterrados vivos; pues en vez del pecie; pero que evidentemente debía califi­
carse de nuevo y fulminante tipo de encefa­
amarillento livor cadavérico, típico en los
difuntos, tenían sus rostros la blancura ro­ litis letárgica (2), determinante, bien a la
sàcea de personas de buenos colores en per­ vista estaba, de inmunidad específica de los
encefaliticos a los efectos de las bajas tem­
fecta salud.
Según diagnóstico del médico de la In­ peraturas.
dustrial Frigorífica, se hallaban en estado
Para aquilatar esta ingeniosa hipótesis,
cataléptico, determinado por el violentísi­ se comenzaron en diversos hospitales inme­
mo frío, que al asaltarlos de improviso, con diatos ensayos, cuyo primer resultado fué que
fulminante rapidez, no dió tiempo a que so­ las tres o cuatro docenas de pacientes so­
breviniera el embotamiento lentamente pro­ metidos a ellos salieran, no cristalizados,
gresivo, de funciones fisiológicas y de visce­
ras, que, en forma característicamente pau­
(1) Sin duda, esta opinión estaba apoyada en
latina, acaba con la vida cuando ésta se el siguiente párrafo, que copiamos, o mejor dicho,
pierde por congelación: en suma, quiso la
traducimos, de un autor Inglés:
**... tiene la ventaja sobre otros agentes frigorí­
muerte matarlos tan de prisa, que no les dió
ficas que, mientras la congelación lenta ejerce una
tiempo de morirse.
ncc.jn destructora sobre los tejidos orgánicos so­
La explicación, aunque un tanto atrevida, metidos a ella, la instantánea acción del áire lí­
no es descabellada, pues es sabido que co­ quido deja intactos dichos tejidos, lo cual se evi­
dencia cuando nuevamente se deshielan.”
rrientes eléctricas capaces de matar a un
Son, de otra parte, conocidos de todos los ciru­
elefante o a una ballena, y cuánto más a un janos
los poderosos efectos anestésicos del aire lí­
hombre, se emplea« en terapéutica sin el quido.
(2) Los partidarios de esta segunda hipótesis
menor daño del paciente, con sólo adminis­
que, de haber sido el frío la ünica causa de
trarlas en forma de corrientes alternas sufi­ argüían
la cristalización visceral, habría cesado ésta tan
cientemente rápidas, bastando su instanta­ pronto la pareja fué substraída a la superglacial
neidad para convertirlas de mortíferas en temperatura que en torno suyo determinaba la va­
porización del aire líquido, haciéndola bajar a 211
inocuas.
bajo cero.
Según el citado doctor, sangre, linfas, sue­ grados
Y pues seguían en el mismo estado a los treinta
ros y órganos se les habían súbitamente y tantos sobre cero del estío bilbaíno, era evidente
cristalizado antes de que pasara el tiempo que el enfriamiento había sido, no causa ünica,
necesario para la producción de alteracio­ sino concomitante con la letargía; debiéndose a
ésta que aquél no hubiera matado al director y a
nes de humores y lesiones de visceras ca­ la ingeniera.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
sino muertos, de las cámaras frigoríficas,
donde los encerraron para ver si se criaalizaban: perfecta y totalmente muertos hasta
la medula de los huesos.
Cuando los experimentadores estudiaban
variaciones en el tratamiento, prohibieron
las autoridades las cristalizaciones de loa
encefaliticos, no sin protesta de la Academia
de Medicina de tales cortapisas a la inves­
tigación científica.
Otra luminosa hipótesis explicaba el doble
fenómeno de que ni el frío hubiera matado a
los seudocongelados, ni el calor los deshela­
ra, por la verosímil existencia en el aire es­
capado de los aparatos de cantidades de
Kripton mucho mayores que las normales
en la atmósfera del citado gas, cuyas pro­
piedades extraordinariamente anestésicas y
antipútridas acababan de ser descubiertas
en 1990. Supuesto esto, lógico era que, sa­
turados de kripton los tejidos y linfas de
los enfermos, si es que enfermos cabla lla­
marlos, se produjeran aquellos insólitos fe­
nómenos; pues la misma anestesia inmunizadora de las visceras contra la paulatina
acción del frío las hacía inmunes al calor
después de su instantánea congelación.
La cuarta hipótesis.... Bueno; no es nece­
sario pasar revista a las quince o veinte
restantes, siendo la única acreedora a ex­
cepción la que suponía muertos del todo al
director y a la ingeniera, cuyos buenos co­
lores explicaba, diciendo ser pintados.
Esta hipótesis no era de médicos, sino de
chuscos; y no basándose sino en la maledi­
cencia, no prevaleció, ni pudo impedir que
en un doble sarcófago (no de dobles pare­
des, sino para dos ocupantes) fuera cuidado­
samente acondicionada la semi-interfecta
pareja, y después transportada a diversas
Facultades de Medicina de toda España: no
terminando en esto sus peregrinaciones, que
aun pareciendo póstumas, no lo eran, por
estar disimuladamente vivos los trashuman­
tes novios; pues se extendieron de España
a todos los paises civilizados, para satisfa­
cer el curioso interés de las Facultades ex­
tranjeras, deseosas de convencerse de visu
de lo leído en periódicos, revistas médicas,
y en número inverosímil de memorias, pu­
blicadas con el vano intento de dilucidar el
caso, predominante preocupación, por aquel
tiempo, de todos los sabios de la Medicina.
Así los novios, para quienes no hallo ca­
lificativo más adecuado que el de fiambres,
fueron reconocidos y hasta casi asistidos, con
igual negativo resultado, por los más cons­
picuos doctores del mundo; y asi, durante

cuarenta años, anduvieron rodando de uni­
versidades en academias.
No hay de qué sorprenderse con lo largo
del plazo, pues recorrieron más de setenta
clínicas, y solamente entre Cambridge, Ox­
ford y la Sorbonne se consumieron más de
dos años de la expedición.
Tan constante viajar salía muy caro... Los
gastos de la primera y de la segunda re­
misiones a Madrid y a Barcelona los sufra­
gó la Frigorífica Industrial; pero cuando
Sevilla, Santiago, Valencia y las demás Fa­
cultades de Medicina pidieron les fueran re­
mitidos los anesticongelados, se llamó la
Empresa a andana,diciendo que no veía ra­
zón para pagar viajes de un químico y una
ingeniera en situaciones tan pasivas como el
Sr. García y la señorita Ramírez.
En tal conflicto, y no cabiendo dejar en
medio de la calle aquel doble y valioso ejem­
plar clínico, los prohijó la madrileña Aca­
demia de Medicina, como medio de obtener
judicial nombramiento, a su favor otorgado,
de tutora de los dos ocupantes del sarcófa­
go, en tanto éstos estuvieran privados de
sus facultades.
Seguidamente acordó no atender las peti­
ciones de universidades, hospitales, centras
ni museos nacionales o extranjeros, que so­
licitaban o solicitaran el envío de los sinco­
pizados, a menos de previo compromiso con­
traído por los peticionarios de sufragar los
gastos de viaje de aquéllos y de su conser­
vador-médico, o facultativo de cabecera, úni­
ca persona facultada para abrir el ataúd, y
cuya venia y asistencia eran obligadas para
proceder a reconocimientos o experimenta­
ciones. Las obvenciones, no flojas por cier­
to, de este médico, que venía a ser tutor de
los congelados, en virtud de delegación de
la Academia, correrían asimismo a cargo de
los peticionarios.
Recayó el nombramiento en un brillante
doctor de veintiocho años, que hasta bien
cumplidos los sesenta y ocho no retornó a
Madrid con sus pupilos: sin haber puesto
una sola receta en aquellos cuarenta años,
sin haber visitado un enfermo, sin haber to­
mado a nadie el pulso: quiere decirse a nin­
gún viviente, pues a sus dos compañeros de
viaje se lo tomaba todos los días; pero,
por de contado, sin hallárselo ni una sola
vez, en tantas como en aquella larga etapa
les aplicó el esflmógrafo a las muñecas y a
las sienes, por si algún día se licuara y co­
rriera su congelada sangre, y los paraliza­
dos, no, los detenidos corazones, recupera­
ran su latir interrumpido.
Para decir en todo la verdad, forzoso es
confesar que, en los primeros tiempos, el

15

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

conservador-médico creía en su fuero inter­
no (muy interno), que a despecho de la sana
apariencia de los conservados, estaban los
dos muertos; mas no pudiendo asegurarlo,
y viendo en la corroboración de tal sospe­
cha peligro grave de un inminente entierro
que pondría fin a la bicoca pingüe de la con­
servaduría, se guardaba muy bien de exte­
riorizar tales temores.
Pero si no asistía enfermos, ni ejercía
como médico activo, no por ello holgaba el
tutor delegado, pues durante la larga expe­
dición hubo de ponunciar por cima de mil
quinientas conferencias en universidades y
centros científicos, relatando todo el histo­
rial clínico de los señores del sarcófago;
tuvo que coleccionar y echarse al coleto
cuanto de ellos se dijo y escribió en los lu­
gares por donde fueron pasando : con lo
que, al regresar a España, llegaba revestido
de extraordinaria autoridad en el célebre
caso, por saberse al dedillo toda la copiosí­
sima, más aún, abrumadora bibliografía
que, derrochando ciencia, se había escrito
y publicado sobre Juan e Inés, ignorando
tan sólo qué les había pasado, qué les pasa­
ba y qué les pasaría a Juan e Inés, quienes,
dtspués de paseados por el mundo entero,
volvían a la patria tan desmayados, tan con­
gelados o tan marasmizados, mas tan rosa­
dos y tan duros como de ella salieron; con
los cuerpos rígidos como hierro, según que­
daron al caer en la galería de la fábrica.
Se ha dicho que el conservador no sabía
de los conservados sino lo ya sabido al ser
nombrado para dicho cargo, y no es exacto,
pues, en contra de sus primeras presuncio­
nes, traía al regresar la convicción de que
estaban vivos, la cual tenía por base tres in­
cidentes o accidentes.
Primero. Al doctor le habían nacido, en
todas las partes del mundo, chicos que eran
v.r.a caterva, de la piel del diablo; jugando
un día estos diablejos, ignoro en qué país,
con pólvora y bengalas en la habitación don­
de tranquilamente dormían (?) en su ataúd
los novios, a quienes hacía tiempo les tenían
perdido padre e hijos el respeto, dejaron caer
una bengala ardiendo en la cara del pobre
García; y cuando se enteraron y acudieron
a quitársela, le había hecho ya una quema­
dura, ni más ni menos que si estuviera vivo.
Pero lo más extraño no fué esto, sino que
en unos cuantos días cicatrizó; y después
fué bajando de color y menguando en di­
mensiones, hasta quedar, al cabo de unos
años, en señal leve, como acontece en las
personas vivas.
Segundo. Hallándose en Valparaíso, en
época de epidemia de escarlatina, fué Inés

atacada de ella: la temperatura de su cuer­
po, normal y rebeldemente estacionada des­
de el principio del colapso frígido en siete
grados bajo cero, subió cerca de cuatro, lo
que, aun dejándola en tres por bajo de cero,
equivalia en tal enferma a violentísima fie­
bre; la epidermis se le enrojeció con las ca­
racterísticas rosetas de la erupción; pero
pasados cinco días, la piel había bajado a su
color natural, descendido la temperatura a
los normales siete grados e Inés estaba tan
buena como antes: es decir, tan buena o tan
mala, pero como antes.
Tercero. Entre Tokio y Yokohama des­
cern ió el tren donde iban los dormidos, el
médico, la mujer y la chiquillería del mé­
dico. Se rompió el sarcófago, saliendo sus
ocupantes despedidos, y al recogerlos resul­
taron intacta Inés, y Juan con una pierna
rota (1).
Si esto hubiera ocurrido con anterioridad
a la quemadura de él y a la escarlatina de
ella, habría el médico metido en el ataúd ‘ a
Juan, sin cuidarse de la fractura; pero sa­
biondo ya que en aquellos organismos exis­
tía misteriosa vitalidad, soterrada bajo la
aparente suspensión de las normales fun­
ciones visibles, consideró deber suyo tratar
aquella rotura con igual esmero que trataba
frecuentes accidentes análogos de su empe­
catada prole.
Entablilló, por tanto, el miembro roto, y
c o habiendo para qué cuidarse de la inmo­
vilidad del paciente, no volvió a pensar en
la fractura hasta cincuenta días después,
transcurridos los cuales levantó el apósito,
viendo con sorpresa que estaba totalmente
curada.
¿Qué mayores pruebas de que en aquellas
criaturas había vida tan disimulada e in­
completa como se quisiera, pero indudable
vida?
*

*

*

Al regreso de la peregrinación exhibitoria,
ya convencidos los sabios nacionales y ex­
tranjeros de que por mucho que se devana­
ran los sesos no darían con la incógnita del
problema, pasaron Inés y Juan de la cate­
goría de palpitante caso clínico a la seden-

(1) El aire liquido torna quebradizo todo cuer
po que contenga agua, y como el cuerpo humano la
contiene, no es extraña la rotura de la pierna de
García. Lo mismo ocurre con el hierro, que con
las manos puede reducirse a polvo después de su­
mergido en aire líquido.
En cambio, el cobre y el bronce se tornan corredsos con dicho tratamiento.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
tiempo como antes se habían en él sumido
Eabilonia y Memphis, y como al par y des­
pués que ella se abismaron en la propia
sima todos los actuales pueblos y ciudades
del mundo, cuya herencia se transmitía su­
cesivamente a nuevas naciones, nuevas con­
federaciones, nuevas ciudades.

taria situación de curiosidad científica, cus­
todiada en una lujosa vitrina del Museo An­
tropológico de Madrid.
El museo desapareció en los siglos, Ma­
drid fué raído de la superficie de la Tierra,
España feneció en cuanto estado político, la
Confederación Pan-Hispana se abismó en el

II
EL SEÑOR GARCIA Y LA SEÑORITA RAMIREZ COMIENZAN
A ENTIBIARSE

Los hombres de mañana heredaron de los
hombres de ayer (1) artes, industrias, cien­
cias, que en las manos de aquéllos progre­
saron prodigiosamente.
De la herencia recibida por el siglo C for­
maban parte los dos aletargados del x x i, que,
de museo en museo, de ciudad en ciudad, de
ración en nación, llegaron al Omnimuseo
Internacional de Mundiópolis, cual valiosos
tesoros de la ciencia médica, que todavía lo
estudiaba en concepto de fósiles clínicos.
El museo se llamaba Omni por componer­
se de secciones relativas a todas las cienc.as. La atención de los sabios a los fos’llzados se exp’ ica por ser aquellos dos cu-rpos lo único que en el año l'l'.oo perduraba
en el mundo en el mismo estado y con la
misma apariencia de ochenta siglos antes;
cosa a primera vista increíble, pero muy ex­
plicable filosófica, física y mecánicamente.
En efecto, como se dice en matemáticas,
viviendo se desgastan hombres y animales a
causa del trabajo que el vivir impone a ór­
ganos y músculos, y cuando muertos los con­
sume la putrefacción subsiguiente a la muer­
te; pero como ni Juan ni Inés vivían vida
activa, como no digerían, ni andaban, ni res­
piraban hacía ocho mil años, tenían sus
tubos digestivos, piernas y corazones como
el día mismo de atacarles el marasmo; no
trabajaban, no se deterioraban; y como tamp.'t-o estaban muertos, no podían pudrirse.
Muy lógico, sí, muy lógico; mas no por
(1), Erase de Juan García, que, como hombre
del siglo xx, llama hombres de maQana, en futu­
ro, a los del c, y que hablando después de desper­
tar en este último siglo, emplea el heredaron, en
pretérito, para dar cuenta de la herencia como ya
recogida.

eso menos extraordinario para los curiosos
o cultos visitantes del Omnimuseo Interna­
cional, ni menos interesante para las lum­
breras de las ciencias, que continuaban ana­
lizando las hipótesis emitidas sobre el fenó­
meno en pasadas edades y conservadas en la
bibliografía a él dedicada: no compuesta de
los mismos libros siglos atrás impresos, y
desde siglos comidos de polilla, sino en rei­
teradas ediciones hechas antes de despizcar­
se en polvo aquéllos. Y también se habían
hecho no sé cuántas, aun cuando sí que mu­
chas, ediciones de sarcófagos, unos en pos
de otros desvencijados y podridos al peso de
los años, que, por contraste insólito, fueron
tan impotentes para ablandar la dureza de
los cuerpos del químico y de la ingeniera
como para empalidecer sus rostros.

*

*

*

Roberto Mob, de origen australiano—
Mundiópolis es una ciudad completamente
cosmopolita—, es director del Omnimuseo
Internacional; médico ilustre, no visita, por
estar siempre absorto en altas investigacio­
nes de laboratorio; tiene sesenta y siete
años, y es flaco, flaco y calvo, calvo.
Su ayudante, Doctor en Ciencias por la
tiniversidad de Cantábriga—ciudad cercana
a la desaparecida Santander—, se llama
Marcial Rucandio, y tiene treinta y cuatro
años.
En el momento de verlos por primera vez
los hallamos curioseando ccn interés en el
sarcófago de los bilbaínos: uno la mira a
ella, otro lo mira a él, y cada uno tiene el
dorso de una mano aplicado al cuello de uno
de los congelados.

17

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

—Efectivamente, Rucandio, ésta parece no
estar tan fría cual debiera corresponder a
los siete grados bajo cero que consigna su
monografía.
-— Para mi, este otro no tiene sino dos o
tres bajo cero... Si pudiéramos aplicarles
unos termómetros clínicos... Pero cualquie­
ra logra contacte satisfactorio entre el ter­
mómetro y este sobaco duro como hierro.
— Para todo hay remedio, porque si en
los casos comunes de tomarle la tempera­
tura a un viviente la flexibilidad de la piel
proporciona adaptación satisfactoria al ter­
mómetro, advierta usted que el cristal de
éste es tan rígido y duro como la carne de
estos individuos.
— ¡Ah! Es verdad, sí...
-— Ya comprende usted adonde voy a pa­
rar: improvisando termómetros flexibles,
con sendas peras de goma, que desinfladas
les introduciremos en las axilas, e inflán­
dolas después hasta obtener contacto per­
fecto entre la goma y los cuerpos cuyo ca­
lor deseamos conocer podremos tomarles a
estos fósiles la temperatura, no exacta, claro
está, pero bastante aproximada.
— Y, sobre todo, don Roberto, que lo in­
teresante no es la exactitud de las tempe­
raturas, sino su variación en cuanto indicio
de retorno a la vida.
—Vamos, vamos a preparar lo que nece­
sitamos.

Dos horas después Rucandio y Mob vol­
vían junto al doble ataúd con dos largos
termómetros graduados entre diez grados
por bajo y cinco por encima de cero: las
cubetas quedaban encerradas en peras o bol­
sas de goma cuyos cuellos se ceñían a los
vástagos de cristal de los termómetros, y por
la parte opuesta salían de las bolsas tubos,
como ellas de goma, destinados a dar paso
al aire frío que había de inyectarse en
aquéllas.
Metidas las peras desinfladas en los so­
bacos de Inés y Juan, y comprobada por
los manipulantes la temperatura del aire
de la bomba inyectora (siete grados bajo
cero, obtenidos mediante vaporización del
amoníaco), dieron al émibolo, y una vez
henchidas ambas bolsasi, y cortada la comu­
nicación con el depósito de aire frío, dijo
Mob:
—Ahora, como estos novísimos termóme­
tros clínicos son muy imperfectos, no hay
que apresurarse a consultarlos. Vámonos,
pues, a nuestros quehaceres, y dentro de
dos horas hágame usted el favor de volver
por acá e ir luego a decirme lo que marcan...

Tendría que ver que al cabo de no me acuer­
do cuantas docenas de siglos, fuera esta
gante a resucitar ahora en nuestras ma­
nos...
— Para nosotros sería agradabilísimo.
— Ya lo creo: podríamos interrogarlos
para adquirir antecedentes de la invasión
del síncope.
—Acaso averiguáramos las causas de este
arcano de la ciencia.
— Y tal vez descubriéramos medio de cris­
talizar, a voluntad, las personas..: las per­
sonas, o solamente parte de ellas: lo cual
daría a mí último descubrimiento porten­
tosos vuelos.
— ¿Piensa usted en mayores perfecciona­
mientos de su gloriosa invención del amor
industrial?
— Claro: hasta ahora los más potentes co­
razones utilizados no rinden sino diez y
nueve caballos de amor los de los hombres,
y veintitrés los de las mujeres: rendimien­
to muy por bajo de la total actividad vital
de las humanas criaturas.
— ¿Y piensa usted que sería posible?...
•— Si estos señores resucitan, si las veni­
deras posibilidades que la idea de su resu­
rrección me ha sugerido pudieran conver­
tirse en realidades, la ciencia y la industria
darían un paso de gigante.
Oiga usted: la masticación y las diges­
tiones absorben, por lo menos, el 30 por 100
de las fuerzas vitales del organismo; las se­
creciones de riñones, hígado, bazo, etc.,
quince o veinte; en purificar la sangre, im­
pulsarla a las arterias y repartirla a todo
el cuerpo gastan los pulmones y el corazón
otro treinta por corto; la locomoción con­
sume otro diez, quedando, por lo tanto, dis­
ponible para los sentidos corporales y las
funciones cerebrales y anímicas, de donde
nacen los sentimientos, no más de un déci­
mo a un octavo de la total energía efecti­
va del organismo humano.
Sí, sí: es verdad; mas sin embargo...
—No hay sin embargos: la cosa es clara.
Y si no, dígame: ¿cree usted que la vida,
el aliento vital que diferencia al vivo del
cadáver, reside en el estómago, en los ri­
ñones, ni siquiera en el mismo vil corazón
muscular?
— ¡Qué he de crébr!
Naturalmente, la vida ha de residir eti
el cerebro y en el corazón; pero no en el
corazón fisiológico, sino en la otra parte aní­
mica de dicho órgano, al descubrir la cual
me he convertido en el Mago det. Mundo.
Había que ver la validad y la soberbia
que Mob ponía en acritud y voz al aplicar­
se el presuntuoso’ calificativo.
o

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

— Si, don Roberto, todo eso lo sé: como
sé que en las manos de usted el amor de
hrmbres y mujeres se torna en agente, esen­
cialmente proteico, engendrador de luz, ca­
lor, electricidad, en fuerza propulsora de
trenes, automóviles y aeroplanos: nadie tan
entusiasta como yo de su genial invento;
pero lo que no veo es la relación entre él y
estas dos criaturas, desde hace ochenta si­
glos muertas, o semimuertas.
—Muertas: muertas para siempre, si no
resucitan: muertas también, completamen­
te muertas hoy, aunque mañana resuciten;
pero muertas tan sólo en su grosera parte
material, y anímicamente vivas; pues de
no estarlo no podrían resucitar.
— Es verdad.
—No me interrumpa. Es evidente que to­
dos los órganos de estos dos salvajes del
siglo xx, todos, todos, están muertos, pues­
to que no funcionan hace millares de años.
Pero si al cabo resucitan, probará esto que
la conservación—aun cuando sólo sea dor­
mitante y recluida en lo hondo de sus es­
píritus vitales—de esa sombra de vida es
suficiente a renovar la vida de la carne
muerta mientras la forma de los individuos
no haya perecido...
¿Y dónde— atienda bien ahora—, én dón­
de puede haber estado agazapada esa vita­
lidad, capaz de resurgir mañana en estos
cuerpos?... Fuera de ellos, no; pues enton­
ces estarían los cuerpos putrefactos; más
aún: deshechos.
— Ya veo, ya veo: digo, comienzo a vis­
lumbrar...
—En los órganos paralizados, tampoco;
pues habrían seguido funcionando: luego,
forzosamente, habrán estado refugiadas sus
vidas en el corazón anímico o sensible, degconocido hasta que yo lo hallé en lo hondo
del fisiológico, corazón humano, y en el
espiritual cerebro, no descubierto todavía
entre las circulaciones encefálicas, pero que
encontraré seguramente; pues tengo la cer­
teza de que es tan positiva realidad como
el corazón de donde brota, no la grosera san­
gre, sino el amor inmaterial.
— Según eso, lo que usted piensa es...
— Que mientras no mueren las inmateria­
les esencias de cerebro y corazón viven las
criaturas, aun parecieodo muertas: de un
modo o de otro, pero viven; y por lo tanto,
he aquí el problema que quiero resolver:
tomar un hombre y una mujer de los que
ahora empleo para apoderarme de su flúido amoroso, y transformarlo en fuerzas;
mas no tomándolos en su actual estado de
vida normal y plena, sino limpiándolos, an­
tes de amarrarlos al transformador psico-

eléctrico, de toda esa basura, inmunda ya
perturbadora, de las funciones secretorias,
nutritivas, respiratorias. Tal limpieza po­
dría realizarse mediante una previa crista­
lización de los órganos de la inútil vida
material de las parejas amatorias: inútil,
claro es, para mi objeto científico e indus­
trial.
— Pero si las cristaliza usted se queda­
rán muertas, como éstos.
—No, porque no les cristalizaré los ojos,
ni los cerebros, ni los corazones; bien en­
tendido que no hablo del corazón carne, sino
del recién descubierto corazón aliña, y dei
cerebro espíritu.
Así toda función física, excepto la visual,
quedará muerta; las fuerzas vitales del or­
ganismo dejarán de gastarse en impulsar los
órganos cristalizados, yotido enteras a los
ojos, y al corazón y al cerebro anímicos:
con lo cual mis amantes no vivirán sino
para mirarse, para amarse. Los caballos de
vapor, digo de amor, hoy consumidos por
el vientre, los riñones, etc., etc., se inver­
tirán íntegros en impulsos de pasión amo­
rosa; y cada yunta amatoria, muerta para
todo menos para amarse, rendirá por corto,
no los 42 caballos de hoy, sino 250, equiva­
lentes a 187,5 electrocupidios, puesto que
cada cupidio equivale en fuerza mecánica a
cien kilográmetros (1).
En suma, me propongo operar con criatu­
ras físicamente muertas pero moral y pa­
sionalmente vivas•
(1) Energía es capacidad de producir trabajo:
ura de las maneras de medir el t; abajo, la más
vulgarmente conocida, por referirse al trabajo me­
cánico, es combinando un peso con una altura a
la cual'ha de elevársele; y así, un kilográmetro
es el trabajo desarrollado para subir un kilogra­
mo a un metro de altura, y un caballo de vapor,
igual a 75 kilográmetros, es el trabajo realizado
por una fuerza que en un segundo levanta 75 ki­
logramos a un metro o un kilogramo a 75 metros.
Las fuerzas se suelen medir por los trabajos que
pueden realizar en un tiempo determinado, gene­
ralmente un segundo.
,
Pero es sabido que, levantando grandes pesos
con cuerdas, se calientan las cuerdas, y macha­
cando en hierro frío lo calienta la fuerza que no
puede adelgazarlo ni torcerlo; que encorvando con
la mano o con tenazas un resistente alambre, se
eleva la temperatura de éste; que la fuerza em­
pleada en frotarse las manos las calienta, y la de­
terminada por los frotamientos de las máquinas en
marcha puede llegar a producir, y produce muchas
veces, incendios.
En todos estos casos el trabajo mecánico ejer­
cido por un número x de kilográmetros, se con­
vierte parcial o totalmente, según casos, en calor,
o sea en trabajo calorífico.
A la inversa el calor solar, que es una energía
con diferente apariencia que la fuerza mecánica,
evapora a diario grandísimas cantidades de agua
en mares, lagos y ríos; y una vez evaporadas gota

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

19

—Y además se evitará el malgasto de
fuerza, hoy perdida en esfuerzos de los en­
amorados para romper los grillos y los cin­
turones que los impiden aproximarse uno
a otro. La estadística de estas pérdidas
arroja un tercio de muertos del corazón a
los ocho meses; y los más fuertes, capaces
de soportar más tiempo el proceso cardíaco,
se nos vuelven locos al año, cuando más.
— Eso es lo de menos: nos sobran parias
machos y hembras; lo importante en esto
es asegurar la regularidad en la explotación
de las fuerzas del amor, perturbadas con
esos desarreglos nerviosos de los polos
masculinos; y sobre todo, de los femeninos.
Pero ya hemos charlado bastante, y como

si oss. resurrección se verifica quiero me
coja bien preparado con el estudio del proce­
so de estos señores, hágame usted el favor
de buscar en esa biblioteca sus historiales
clínicos y noticias de los ingredientes y pro­
cedimientos empleados en la fábrica donde
ocurrió el accidente, y de llevarme luego lo
que encuentre.
— No es floja tarea la que me echa usted,
maestro.
Rucandio señalaba los diez armarios ates­
tados de libros relativos a los vizcaínos en
conserva, que cubrían las paredes de la sala,
donde ellos y su bibliografía era lo único
custodiado.
— Ca, hombre, ca... Casi todo eso no son

a gota las sube basta las nubes. Sumadas esas go­
tas en todo el mundo y en un día, dan Incalcula­
ble número de toneladas de agua. El resultado de
levantarlas a las alturas a que aquéllas se ciernen,
representa un trabajo mecánico realzado por el ca­
lor solar equivalente a enorme número de kilográ­
metros o caballos de vapor, que no por ignorado
deja de ser muy real y efectivo : he aquí calor con­
vertido en fuerza mecánica. Del mismo modo que
el carbón de la caldera de la locomotora o el tras­
atlántico, y la gasolina del auto o el avión des­
arrollan calor que se convierte en las visibles fuer­
zas que efectúan el arrastre o la impulsión de
aquellos artefactos de locomoción. Y es de notar
que este calor, nacido de la combustión, es pro­
ducido por una fuerza química: la combinación del
exígeno del aire con el carbono del carbón, que a
su vez no es en definitiva sino afinidad química,
resultante de atracciones eléctricas.
Trabajo mecánico y trabajo calorífico son cosas
equivalentes en Cuanto transformables una en
o tr a ; y así como el primero se mide en kilográme­
tros, el segundo se evalúa en calorías, siendo cada
caloría el trabajo térmico desarrollado para ele­
var en un grado la temperatura de un litro de
agua.
Conocidos experimentos de física han enseñado
que al convertir calorías en trabajo mecánico se
obtiene de cada caloría el equivalente a 425 ki­
lográmetros. Este número, llamado equivalente me­
cánico del calor, manifiesta la enorme capacidad de
trabajo encerrada en la energía calorífica, de la
cual podrá formarse más expresiva idea sabiendo
que un kilogramo de carbón mineral desarrolla al
atder energía que, a poder convertirse sin pérdi­
das en trabajo mecánico, equivaldría al realizado
en una hora por un número de caballos de vapor
variable entre 10 y 12, según naturaleza y calidad
del carbón empleado; o, hablando en términos más
vulgares, el suficiente para levantar a plomo de
dos mil quinientos a tres mil kilogramos a cien
metros de altura. La tonelada de carbón quemado
da, por tanto, energía para elevar a los mismos
cien metros 2.500 o 3.000 toneladas de peso.
Con un kilogramo de petróleo, más enérgico que
el carbón, puede desarrollarse fuerza que, con la
salvedad anterior, es capaz de elevar 4.000 ki­
logramos a 1.000 metros de altura. Pero esto y lo
anterior es en el supuesto de una transformación
íntegra y sin pérdida de energía calorífica en ener­
gía mecánica: transformación ideal que, por des­
dicha para la humanidad, es inasequible; pues en
la máquina de vapor, por ejemplo, no se consigue
a lo sumo obtener en fuerza sino la equivalente a

la décima parte de la que encierra el carbón con­
sumido.
Esta máquina de vapor o un motor de explosión
produce, al mover una dínamo, otra transforma­
ción, engendrando energía eléctrica : calor que se
hace movimiento rotatorio, y pasa luego a ser
electricidad.
Pero ésta nace también directamente del calor
en la pila termoeléctrica, calentando con una
llama de alcohol, por ejemplo, la soldadura de dos
metales.
La fuerza mecánica de la caída del salto de
agua (en definitiva, calor solar que licuó la nieve
que de las montañas baja a la cascada), se trans­
forma igualmente en electricidad.
El calor y la luz del sol producen en las semi­
llas enterradas en la tierra y en las hojas por
donde respiran las plantas, reacciones químicas: he
aquí calor y luz transformados en fuerzas quí­
micas.
Tal cuerpo que no es soluble en tal líquido a
temperaturas normales, se disuelve en él cuando
se calienta la mezcla; y he aquí otro ejemplo de
calor convertido en fuerza química.
Reacciones de este nombre en la pila eléctrica
engendran electricidad, y a la inversa, con elec­
tricidad se provocan combinaciones y descompo­
siciones de diversos cuerpos. Y en el horno eléctreo se fabrica el diamante artificial, y por medio
de •radiaciones ve desdobla el cobre en litrio y
so dio.
La electricidad así obtenida por cualquier pro­
cedimiento, se transforma en calor en la estufa
eléctrica, en luz en la lámpara, en fuerza mecá­
nica en el tranvía, el tren, el auto, en la máquina
de imprimir, en la bomba, etc., etc.: en fuerza quí­
mica en el voltámetro, y en el dorado y plateado
de objetos en la galvanoplastia; labra en la placa
de cobre o cinc la matriz de los fotograbados;
es ondulación electromagnética en la telegrafía
inalámbrica, sonido en el teléfono y el fonógrafo,
y engendra radiaciones maravillosas llamadas ra­
yos catódicos y rayos X.
La energía de la luz se hace energía química en
la placa fotográfica, y energía eléctrica en las pilas
fotoeléctricas, todavía experimentales, pero positi­
vas, presentadas a la New-York Eléctrica! Society,
en las que un par de placas de cobre oxidado, o una
de éste y otra de plata sumergidas en agua salada
desarrollan electricidad que trueca la luz solar en
electricidad al contacto de dicha luz con el cobre:
que se hace sonido en el teléfono emitiendo una
nota, o hace lucir bombillas: con lo cual tenemos
el cambio de la luz natural en luz eléctrica.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

Hora y media después entraba Rucandio
en el despacho de su maestro. Seguíalo un
autómata mecánico, autom, como en el si­
glo cien los llaman, cargado con seis u ocho
folletos y cuatro o cinco libros, que dejó en­
cima de una mesa, junio a la cual se quedó
inmóvil al cesar su amo de transmitirle ór­
denes con el tcJékino de bolsillo, que en éste
se guardó (1).
Al no hallar allí a Mob se dedicó su ayu­
dante a poner registros en los libros para
facilitar la rápida consulta de las noticias
más interesantes sobre el accidente de la
fábrica de Bilbao.
Cuando en esto estaba entró Mob, pregun­
tando al llegar:
—¿La temperatura?
—Nada más que dos grados bajo cero; y
a menos de tratarse de una fiebre pasajera,
como la que este libro dice pasó la señora
en una población prehistórica cuyo nombre

no recuerdo, me parece que estamos en el
comienzo de la descristalización. Pero, ¿a
qué paso se verificará ese crecimiento de
temperatura?... Eso no podremos saberlo
hasta mañana, a no ser tan lento que apre­
ciarlo requiera años, o siglos: que todo po­
dría ser dados los antecedentes.
—Sería una contrariedad tremenda. Mien­
tras tanto, para engañar hasta mañana nues­
tras impaciencias, vamos a curiosear esos
libros.
Al decir esto y advertir Mob que se había
dejado las gafas en el salón donde acababa
de recibir una visita, se acercó a un gran
cuadro colgado en la pared, que contenia una
placa de una substancia entre cristal cua­
jado y celuloide, a los costados de la cual
se alineaban, numerados en hileras parale­
las, muchos botones pulsadores, correspon­
dientes a diversas habitaciones y dependen­
cias del edificio.
Apretó el número 17, y en la placa trans­
lúcida apareció el salón; pues aquel apa­
rato era un teléfoto, vulgarmente llamado
televiscinógrafo, o visci: aparato eléctrico
para ver a distancia, como el teléfono oye
de lejos; y después de mirar atentamente,
dijo, primero para sí y luego a Marcial:
—Allí están, amigo Rucandio; hágame el

El sonido se trueca en electricidad, y de nuevo
en sonido en el teléfono; en fuerza mecánica que
graba en el disco del fonógrafo la voz o la música,
y en el parlógrafo, moderno aparato del que aquí
no cabe sino mención ligera.
La electricidad se hace sonido en el arco voltai­
co y en las bombillas cantantes de De F o rest:
odiones.
La energía química y la luz producen luz en los
cuerpos fosforescentes.
Así toda energía, sea el que quiera su origen,
puede transform arse en otra clase de energía ex­
ternam ente diferente, y ser transportada de un lu­
gar a otro, para lo cual se presta notablem ente la
forma de energía eléctrica.
E stas son las m etam orfosis de la energía, que
al m ostrarse tan pronto en un aspecto como en
otro, para retornar, si se quiere, a su prim itiva
apariencia, prueban que la energía es una, y
que potencias calorífica, mecánica, luminosa, quí­
mica. etc., etc., no son sino apariencias de una
energía única, cuya esencia desconocemos, como
desconocemos’la esencia de todas las cosas.
Por si hicieran falta inás pruebas de que todas
las energías son transform ables, lleguemos a la
que parece m ás fuera del alcance de nuestras ma­
nipulaciones : la gravitación universal o fuerza de
atracción entre los astros, y la energía del orga­
nismo fisiológico que en nosotros reside.
Por efecto de las atracciones ejercidas por la
I.una y el Sol suben los m ares en el flujo de la
m area, y al entrar, en virtud de la elevación de
nivel a este correspondiente, en una turbina que
se establezca en un puerto, o mover otro culquier
artefacto, puede producir fuerza mecánica suscep­
tible de ser convertida en electricidad.
Si ésta la empleo en encender una bombilla, la
gravitación habrá engendrado luz; si la envío a
un voltám etro, la gravitación, convertida en fuer­

za. Química, descompondrá el agua, o depositará
plata, cobre, oro, sobre los cuerpos que se quiera
revestir de tales m etales; puedo con ella encender
una estufa eléctrica, etc., etc.
Nuestros órganos trabajan $ desarrollan fuerza
porque los alimentos sum inistran elementos que,
mediante reacciones químicas, nutren los músculos
que al entrar en actividad desarrollan fuerza mecónica cuyo equivalente calorífico se mide en calorí­
m etros fisiológicos. Los músculos que soportan un
uran peso desarrollando considerable esfuerzo, vi­
bran con vibración que suena, y para oirla no hay
sino aplicar a aquéllos adecuados receptores del
sonido. Si yo empleo la fuerza de mi brazo en
mover la manivela de una dínamo de laboratorio,
convierto la energía de mi brazo en electricidad, y
ésta después, si así me place, en otras energías de
las indicadas.
I»e energía madre, no en el Universo, donde es
probable corresponda tal papel a la gravitación
pero sí en nuestro mundo (y no única), puede ca­
chearse la solar, que apenas sabemos aprovechar
en infinitesimal parte, pues la que a mediodía re­
cibe cada m etro cuadrado en una hora es equiva­
lente a la de dos caballos de vapor.
m A parato del que existen modelos de Tesla
Torres Quevedo y Branly, para mover v gobernar
a distancia la marcha de un bote, un vehículo te
rrestre, un globo, empleando fuerza de una esta­
ción central, transm itida a aquellos vehículos me­
diante su transform ación en ondulación eléctrica
análoga a la impulsada en la telegrafía sin hilos
Como van siendo ya muchas, y acaso demasiado
largas, las notas de este libro, apenas comenza­
do, nos abstenemos de dar noticia más puntual
del teiéktno, con promesa de am pliarla en otro vo­
lumen de la presente biblioteca.

sino hipótesis fantásticas que me tienen sin
cuidado: no se preocupe sino de hechos re­
lativos al accidente y a los primeros reco­
nocimientos de las victimas.
—Respiro; eso ya es otra cosa...
— Hasta luego, Marcial.


*

*

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

favor de enviar a su autom a buscar mis
anteojos, que me he dejado sobre la mesa
central del salón.
— Con mucho gusto, maestro— contestó
Marcial, cubriéndose con un ligero capacete
terminado en lo alto por un alambre arro­
llado en espiral elíptica muy complicada,
igual a otra permanentemente enhiesta en
la cabeza del muñeco. Ambas constituían un
sistema de antenas afinadas (sintonizadas)
al mismo tono de vibración eléctrica. Se­
guidamente sacó de un bolsillo una cajita
manipuladora de la transmisión telemecá­
nica, en cuya tapa se leía locom oción , que­
dando por debajo del rótulo varios botoncillos marcados A., P., D., I., E. y T., inicia­
les de las indicaciones adelante, parada, de­
recha, izquierda, vuelta, empujad y tirad.
Oprimiendo la A, puso Marcial en marcha
el autom, y al verlo llegar a la puerta del
despacho pulsó la E, haciéndole con ello
empujar la puerta, por la cual salió. Al per­
derlo de vista se acercó al visci, donde hizo
aparecer sucesivamente los pasillos y apo­
sentos recorridos por el autom, y al autom
mismo, por él guiado, en su marcha a través
de aquéllos, oprimiendo, según iba siendo
necesario, éste o aquél de los pulsadores del
transmisor: que por la antena del capacete
de Rucandio lanzaba la invisible onda elec­
tromagnética, recogida por la antena de su
autom,, y con ella el mandato señal que po­
nía en actividad los oportunos mecanismos
para que ralizara el maniquí lo que se le or­
denaba.
Cuando Marcial lo vió, en el visci, delan­
te de la mesa donde estaban los anteojos, dió
vuelta al transmisor, que en su tapa opuesta
llevaba los rótulos b b a z o s , m a n o s , y bajo
ellos, pulsadores para regir los .movimien­
tos de tales miembros del autómata, que
después de recoger la gafas regresó al des­
pacho, y se las entregó, en propia mano, a
Mob.
Estos maniquíes, mucho más sencillos que
e’ jugador de ajedrez exhibido por Torres
Quevedo en varias exposiciones, no son sino
una variedad del telékino del mismo autor
y de las chalupas gobernadas desde la costa
por Tesla.
La visión de personas, objetos o paisajes
situados a distancia fuera del alcance de la
vista del observador, y del de los anteojos
que éste pueda usar, es problema cuya re­
solución por medios eléctricos preocupa a
los físicos, que ha tiempo se dijeron: Si es
un hecho la posibilidad de hablar desde Ma­
drid con Barcelona, París, mediante alam­
bres tendidos entre aquellas poblaciones (y
sin alambres hoy, con los aparatos de tele­

21

fonía sin conductores), ¿por qué no lo ha
de ser también ver por alambres?; si el te­
léfono es una realidad, ¿por qué no ha de
serla el telé foto?
Las maravillas por la ciencia realizadas
en cincuenta años ha hecho muy osados a
quienes la cultivan, y por ello muchos sa­
bios cavilan y experimentan a estas horas,
en el secreto de sus laboratorios, limando
obstáculos1 y perfeccionando proyectos que
ya han llegado a conocimiento de las gen­
tes, habiendo, entre muchos no viables, al­
guno que ya ha llegado a racional resolución
en teoría; lo cual es esperanza de llegar a
trocarla mañana en aplicación práctica in­
dustrial, que permitirá a quienes por telé­
fono se comuniquen verse a la par que se
hablen; que al arquitecto, al ingeniero di­
rectores de la construcción de un palacio,
un salto de agua, un túnel, les haga ver,
sin moverse de los despachos de sus casas,
cómo los obreros trabajan e interpretan Sus
órdenes; que al general en jefe de un ejér­
cito le ponga delante de los ojos el desarro­
llo de los múltiples y alejados combates,
por su reunión constitutivos de las mons­
truosas batallas modernas, que por abarcar
centenares de kilómetros escapan en su des­
envolvimiento a toda dirección superior:
dirección que con el teléfoto volvería a Ser
posible, aun cuando para esto último sería
preciso el teléfoto sin hilos.
Fantasía, locura, delirante ilusión, dirá
tal vez alguno, como habrían dicho muchos
hace sesenta años a quien vaticinara la fo­
tografía en la obscuridad, o la transmisión
instantánea de noticias y órdenes a la voz
en los citados casos por medio del teléfono.
Y el mundo entero ha visto las utopias de
ayer convertidas en hechos de hoy, como
de muchas fantasías de hoy se formarán las
realidades de mañana (1).
(1) La primera Idea que se ocurrid a quienes
inicialmente se preocuparon con la televisión eléc­
trica fué acudir a un metal del que por 6rufo se va
queriendo ya echar mano para demasiadas cosas:
el selenio, aparentemente indicado para el caso
por muy sensible a la vez a la luz y a la electri­
cidad.
Aun cuando, por causas prolijas para aqut deta­
lladas, no quepa, al parecer, obtener con él satis­
factorios resultados, de las primeras tentativas ba­
sadas en la idea de utilizar dicho metal, nació otra
ingeniosísima: la de combinarle con los procedi­
mientos del fotograbado, la cual esta en camino
de conducir a resultados definitivamente fructí­
feros, sin volver a pensar en el selenio, a menos
que las cosas varíen mucho; pues de serios estu­
dios publicados en Inglaterra resulta que para
resolver el problema de la televisión con ayuda
de dicho metal, en el supuesto de un dibujo o

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
Una vez regresado el autom. se pusieron
m aestro y ayudante a estudiar con afán los
libros por el segundo traídos; y amanecía
y a cuando se fueron a acostar.




*

A la mañana siguiente de la colocación de
1í‘3 term ómetros entró Marcial, sum amente
T ista cuyas dim ensiones no pasen de 25 cen­
tím etro s cuadrados, y segfin la m ayor o m enor de­
licadeza deseada en la reproducción, h a ría fa lta
ten d er e n tre las estaciones tran sm iso ra y recep­
tora. no uno ni dos alam bres conductores, sino
nf.m ero variab le en tre un m ínim o de 15.000 y un
m áxim o de 1 50.000; disponer de igual nóm ero de
celdillas de selenio y del mismo de d im inutas
bom billas e lé c tric a s : y eso p ara ver los objetos,
no en colores, sino en blanco y negro, como en
los g rabados comunes. El coste de tal instalación,
p ara d istan c ia de 150 kilóm etros, sería de muchos,
pero m uchos m illones. La em presa, que por esto
no re su lta ría de lo m ás económico, no sería tam ­
poco realizable por otros conceptos.
Dicho esto, ag reg aré que, si a pesar de ello, he
m encionado el selenio, no ha sido por el gusto de
perder el tiem po, sino con la sana intención de
d a r la a n te rio r n oticia p ara que no lo pierdan
m uchos aspirante* a inventores (no sabios por su­
puesto), que seducidos por las habilidades del ci­
tado m etal, se quiebran in ó tilm en te a estas horas
la cabeza, y h asta se fo rjan falaces ilusiones de
reso lv er el problem a por un cam ino que no puede
conducir a buen puerto a esos Im penitentes Inven­
tores de café de cosas que no cuajan.
No hablem os mfls, por ta n to , del se ten io ; pero
hablem os de o tra cosa. Coja el lector que nada
sepa de estas cosas— los versados en ellns pueden
s a lta r la n o ta— un periódico ilu strad o , y con una
lente del m ayor au m en to que a m ano encuentre
exam ine un trozo de un grabado (que si no está
muy delicadam ente hecho se rv irá m ejor p ara el
objeto). En cu an to lo haga observará que en él
no hay líneas como en los an tig u o s grabados en
m adera o cobre, ni som bras definidas como en los
dibujos hechos a mano, al carbón o a la aguada,
sino una m u ltitu d de p u n tito s que en los blancos
inten sísim o s de la lám ina fa lta n o son apenas
peiceptibles, y están muy alejados unos de o tro s ;
que estos p untos van engrosando, obscureciéndose
y aproxim ándose en tre sí a m edida que se exa­
m inan p a rte s sem iblancas, grises m ás cargadas y
obscuras, h a sta lleg ar a las zonas n egras del di­
bujo, donde parecen Ju n ta rse unos con otros, d an ­
do la sensación de una m asa negra.
Como una teo ría del fotograbado llena un libro,
j a se supone que no he de explicarla aquí, pues
a lo finalidad perseguida al h ab lar de esto b asta
la escueta noticia de que esta clase de dibujo pun­
teado ¡o dibuja la lu z m ed iante la adición a la
m áquina fotográfica de un a placa de c rista l con
ray as finísim as cru zad as que form an una cuad iícu la que la luz no a tra v ie sa sino por su s va­
nos, quedando detenida en las ray as E sta lám ina
tra n sp a re n te a p a rte s se llam a retícula, y se co­
loca d elan te de la placa fotográfica donde ha de
obtenerse el cliché fotográfico y cercana a e l l a :
con lo cual no llega a éste m ás luz sino la cern i­
da por lo que pudiéram os lla m a r cedazo óptico.
T odas las p artes del dibujo u objeto fotografiado
que quedan ta p a d a s por las ra y a s de la cuadrícu­
la no son vista s por el c lic h é : es decir, no lo impiesionan.

excitado, en el comedor de Mob cuando éste
se desayunaba; y sin darle siquiera los bue­
nos días, dijo:
—Maestro, maestro; aquello va m uy de
prisa, muy de prisa: ocho décim as bajo
cero; a este paso, en m enos de veintidós
días se nos plantan esos mozos en la tem ­
peratura normal de todo el mundo.
A trav és de cada uno de estos vanos de la cua­
drícula ve, pues, la placa fotográfica un punto del
original. Si en éste hay m uchísim a luz, ap are­
cerá blanco en el fotograbado final (saltam os, en
obsequio a la brevedad, todo el Interm edio pro­
ceso o p e ra to rio ;)” por otros agujeros ve puntos
poco menos alum brados, pero claros todavía, los
cuales dan lugar en el grabado a m enudos puntito s b astan te separados en tre s í ; y a m edida
que se consideran vanos de cuadrícula fro n tero s
a zonas más obscuras del dibujo, cada vano pro­
duce puntos m ás gruesos y entre sí m ás cercanos
en la lám ina, que se com erán casi todo o todo el
fondo blanco del papel donde se im prim a el g ra ­
bado.
Sabiendo esto, que el rubldlo es un m etal que
cuando se halla cargado de electricidad negativa
la pierde muy lentam ente en la obscuridad y con
gran rapidez si la luz lo a lu m b r a ; que o tro me­
tal, el sodio, tiene la propiedad de ser, en e sta d a
de vapor, e Igualm ente alum brado, un bonísim o con­
ductor eléctrico, sabem os ya b a sta n te p a ra in te n ­
ta r, no describir com pletam ente, pero sí d ar so­
m era y vulfjar idea de la genial y elegantísim a so­
lución que M íster Campbell-Swinton, P residente
de la Sociedad de Rayos X, de L ondres, ha pro­
puesto p ara el problem a de la televisión eléctrica,
con aplauso de doctos. Intentem os in s ta la r su
proyectado ap arato en E spaña.
En el teléfono que en Sevilla, por ejem plo, usa
el am igo con quien converso desde M adrid, y cer­
cana a la bocina, hay una lente em pleada como
objetivo óe una pequeña y su i peneris m áquina
fotográfica m ontada en aquel ap arato . En vez del
vidrio des a stra d o de las cám aras com unes, tiene
ésta perm anentem ente m ontada en su foco una
placa del rubidio an tes citado, pero fabricada, no
de an a hoja continua, sino de dim inutos cubos o
dados de dicho m etal soldados unos a o tr o s : de
modo que se hallan eléctricam ente aislados de
sus inm ediatos por una su b stan cia no conductora
de la electricidad.
Sobre la cara que llam arem os a n te rio r de esta
plancha de rubidio aparece la im agen del am igo
de Sevilla, en ella p in tad a por el objetivo fotográfi­
co, en cu an to aquél se pone delante del teléfo n o ;
pero del mismo modo que en las cám aras ordina­
ria s de fotograbado se interpone e n tre lente y cliché
la retícu la de que an tes se ha hablado, en ésta se
halla siem pre m ontada entre el objetivo v la p lan ­
cha de rubidio una m alla m etálica de hilos muv
finos, cuyo efecto óptico, a p a rte del eléctrico, que
sa ld rá después, es el mismo explicado en aquéllas
al obtener dibujos punteados.
Sobre la superficie pulim entada de rubidio ve­
ría mi am igo de Sevilla, si le fuera dado, que no
le es, m ira r allí dentro, su re tra to constituido,
gracias a la interposición de la m alla, por inflntdan de p u n tito s como los de los fotograbados de
UUU

ue

e sco s

vuc


c u m i p

unu

uC

los dados de rubidio entre sí aislados.
5 ° “ “ Kr,et;a r
el espacio de la o ri^inalísim a
m aquina fotográfica com prendido en tre la lente
y la p lancha de rubidio esta Heno, no de aire, sino

EL AMOR EN EL SIGLO

CIEN

23

— ¿Está usted seguro, amigo Marcial?
— Segurísimo: treinta y nueve grados que
les faltaban ayer, a razón de uno y ocho
décimas por día...

— Sí, es verdad: siempre que ese calen­
tamiento continúe a igual paso. Vamos, va­
mos a verlos... Tal vez hallemos medio de
acelerar la reacción.

de vapor de sodio, queda dicho lo más esencial
de la parte óptica del transmisor telefótico. Va­
mos j a con la eléctrica, pues hasta ahora no te­
nemos sino un retrato en Sevilla, que es poco te­
ner, pues claro está que no lo veo desde aquí, y
que tampoco podría verlo yéndome allá, porque la
cara anterior de la plancha donde está pintado,
mientras el original no se vaya queda en el inte­
rior de la cámara siempre herméticamente ce­
rrada para que no se escape el vapor de sodio— ya
se verá para qué sirve el tal vapor— y porque no
siendo transparente aquella plahcha, como los v i­
drios deslustrados de las máquinas fotográficas
ordinarias, tampoco podría verlo por transparen­
cia en la exterior de dicha plancha. El tal re­
trato es, pues, un secreto impenetrable e inacce­
sible a miradas humanas.
Pero lo que no ven éstas va a verlo un haz de
rayos catódicos, o, mejor dicho, me lo va a hacer
vei sin necesidad de moverme de Madrid. Y aquí
séame permitido un paréntesis para dar una breve
explicación : ni a tanto llega, pues no pasa de
noticia.
Los rayos catódicos son chorros o huracanes
de electrones— o * sea de cargas infinitamente pe­
queñas de electricidad negativa— , que con velocidad de varios centenares de miles de kilóme­
tros vuelan en el interior de los tubos de Crookes.
Estos rayos hacen cosas muy extraordinarias en
los laboratorios y fuera de éstos, siendo lina de
ellas, y la más adecuada para que quienes no son
sabios se hagan cargo de la importancia de ellos,
la de hacer nacer los conocidos rayos X o de
Roentgen en el choque de los electrones que trans­
portan contra el vidrio de los citados tubos. Los
rayos catódicos o los electrones de ellos son, pues,
los padres de dlchso rayos X.
Acabado el paréntesis, que ya se ve no ha sido
largo, y volviendo al teléfoto, diré que en prolon­
gación de la cámara fotográfica recién descripta
se monta un tubo productor de rayos catódicos,
que lanzan éstos sobre el revés de ia plancha de
rubidio, en cuya cara opuesta está el consabido
retrato del sevillano. Mas con la particularidad
de que mientras éste cubre la plancha entera en
tonto el original no se quite de delante del apa­
rato, los rayos catódicos no caen a la vez sobre
todos los minúsculos dados de ella, que por el
otro lado contienen los puntltos que dibujan tal
imagen, sino que sucesivamente tocan ahora uno.
luego otro y otro separándose de los anteriormente
tocados, hasta tocarlos todos: lo cual realizan
merced a un velocísimo movimiento del haz de
ra yo s: tan rápido, que resulta de atracciones y
repulsiones sobre ellos ejercidas por electroima­
nes, que las hacen sucederse a razón de mil cam­
bios de dirección o punterías por segundo, en vir­
tud de los cuales a todos los dados de la plancha
llegan los electrones muchas veces en dicho bre­
ve espacio de tiempo.
Este efecto se ha conseguido merced a la cono­
cida propiedad de los tales rayos de ser atraídos
y repelidos por los polos opuestos de un Im án:
fenómeno interesantísimo, pues utilizándolo se ha
conseguido en los gabinetes de radiología medir
aquellas velocidades de centenares de miles de
kilómetros con que viajan los electrones que com­
ponen dichos rayos.
Cada uno de los dados de rubidio, que en su
otra cara anterior tiene uno de ios puntos cuyo

conjunto dibuja en la plancha la cara de mi
amigo, se electriza negativamente en el momen­
to de ser tocado en su cara posterior por el chorro
catódico; y aquí llega lo genial, maravilloso iba
a decir, de la idea de Campbell-Swinton; porqut»
según estos dados correspondan a puntos negros,
grises o partes blancas del retrato, pasan en el
instrumento de Sevilla y en mi aparato de Ma­
drid cosas completamente diferentes. Véase cuáles.
Partes blancas quiere decir dados de rubidio
muy alumbrados por la lente objetivo, los cuales,
por la propiedad de descargarse con toda rapidez
cuando dicho metal está muy iluminado, ceden in­
mediatamente la electricidad negativa que les co­
munican los electrones de los rayos catódicos, al
chocar con e llo s : electricidad que les es substraída
por el vapor de sodio, con el cual se*hallan en
ccDtacto por la cara alumbrada. Pero este vapor
envuelve la malla metálica, y buena conductora,
por lo tanto, que se electriza también rápida e
intensamente.
Cuando de nuevo vuelva el haz catódico a caer
sobre dados alumbrados se electrizarán de nuevo
éstos rápidamente y transmitirán dicha electri­
zación al sodio y a la malla.
Pero en virtud del incesante oscilar que al haz
catódico imprimen los electroimanes pasa dicho
haz de aquellos dados blancos a otros manchados
en sus caras anteriores con puntltos negros del
retrato, que las cubren por completo; es decir,
que las dejan obscuras, por lo cual no se descar­
gan de la electricidad que los rayos les prestan,
la cual no pasa al vapor sódico ni llega a la malla
metálica que, por lo tanto, no se carga. En los
puntos grises más o menos obscuros de la imagen
que cubren parcialmente mayor o menor superfi­
cie de los datos donde caen, la descarga de éstos
se verifica con rapidez tanto menor cuanto mayor
parte de la superficie de los dados quede obscura,
y por tanto la malla recibe cargas tanto mayores
cuento más menudos son los puntos negros que
sobre la plancha de rubidio dibujan el retrato.
Consecuencia Interesante: la carga eléctrica de
l i malla varia constantemente por efecto de la
llegada de los electrones a la parte posterior de
lo*, dados, diversamente iluminados por la imagen
óptica.
Estos son todos los fenómenos que se producen
en Sevilla. Vengamos ahora a Mpdrid, y a’ aptzrato receptor del teléfoto, de cuya transmisión he
dado somera idea. En lugar de la lente objetiva
de la capital andaluza, tengo ante mí una pantallita circular de una substancia capaz de fosfore­
cer en los puntos donde sea tocada por rayos ca­
tódicos producidos en otro tubo Crookes análogo
al del transmisor: con fosforescencia intensa, que
dará mucha luz cuando sobre ella caigan todos
los engendrados en el tubo de Madrid, con inten­
sidad media o débil., a medida que los rayos que
la toquen sean en menor número; y mantenién­
dose apagada, es decir negra cuando o donde
no la hiera ninguno. En esta pantalla voy a ver
a la consabida amiga.
— Había usted dicho que era amigo— dice un
lector.
— ¿Sí? Bueno, pues ahora es am iga; porque
como fué ayer cuando describí el transmisor, y es
hoy cuando describo el receptor, se fué el amigo
y ha venido una a m iga ; y eso salgo ganando, por­
que es guapa.

24

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

III

LA DORMIDA PAREJA AVERIA DOS ROBUSTAS YUNTAS
AMATORIAS
—Seis grados sobre cero—decía una tarde
Mob—. Vea, Rucandio: aun estando tan rí­
gidos como cualquier difunto, ya sus car­
nes no tienen la dureza de piedra que te­
nían antes.
—S í; esto es el comienzo de la resurrec­
ción. Pero ¿no teme usted que al no estar
ya protegidos por el frío de su congelación
puedan descomponérsenos como dos muer­
tos vulgares? Yo creo que la putrefacción
es ahora el gran peligro.
—Lucharemos contra él, Rucandio: los ro­
dearemos de una atmósfera antipútrida, y
uno de nosotros estará siempre de guardia
junto a ellos por turnos de cuatro o seis
horas.
—Además, Don Roberto, yo creo que para

prevenir la putrefacción sería eficaz un ré­
gimen permanente de corrientes de alta fre­
cuencia.
—Lo simultanearemos con inyecciones in­
travenosas de gases antipútridos: el trata­
miento eléctrico, con sus sacudidas galváni­
cas, suplirá la falta de vibraciones verdade­
ramente vitales, cuya paralización en el or­
ganismo determina la descomposición de los
cuerpos muertos.
—Pero yo creo que mejor resultado que
la electricidad vulgar nos dará la corriente
psicoeléctrica del cupidismo, sin transfor­
marla en corriente ordinaria.
—Amigo Marcial; hoy está usted en vena
de felices ideas; emplearemos la cupidoterapia, indicadísima en este caso por su ori-

La pan talla fosforescente está en un extremo
del tubo catódico d<* que acabo de hablar. Cuando
nada hay que ver; es decir, cuando la amiga no
está delante del objetivo de la cámara fotográiica de Sevilla, no llegan dichos rayos catódicos
— en Madrid producidos—a la pantalla fosfores­
cente que en Madrid m iro; pero cuando aquella
oeQora se coloca delante del transmisor de Sevi­
lla, y en éste ocurren los fenómenos anteriormente
reseñados, los rayos catódicos de mi receptor de
Madrid se mueven del mismo modo y en las mis­
mas direcciones, con respecto a la pantalla, que
los de allá lo verifican con respecto a la imagen
pintada en la placa de rubidio donde se forma la
imagen de dicha señora, porque en Madrid hay
unos electroimanes idénticos y en el mismo cir­
cuito que los de Sevilla, y unos y otros desvían
er» los mismos instantes y de igual manera los
dos haces de rayos de ambas poblaciones.
Pero aun hay más. pues de la malla metálica
de allá sale uno de los alambres de línea—los
otros dos, pues en total son tres los necesarios,
son los de circuito de los electroimanes—, el
cual pone dicha malla en comunicación eléctrica
cod un disco metálico también y horadado en su
centro, situado en el tubo catódico de Madrid,
electrizando dicho disco con las mismas varia­
bles intensidades de aquella placa: muy intensa­
mente al tocar los rayos catódicos de ella partes
Iluminadas del retrato; menos cada vez al llegar
aquéllos a zonas más débilmente alumbradas de
é l ; y nada al caer sobre los negros. Esta elec­
tricidad del disco, por similar, como negativa, a
la de los rayos catódicos, repele los lanzados por
<‘l receptor de Madrid con repulsión mayor o me­
nor, segfln la carga del disco: de modo tal que
cuando ésta es muy fuerte, todo el haz de rayos
pasa por el orificio del disco y llega a la panto-

lia fosforescente, iluminándola fuertemente en la
porte que en ella se corresponde con la del retrato
de la placa de rubidio, reproduciendo dicha par­
te de él iluminada ; cargas menores del disco co­
rrespondientes a las zonas agrisadas de la ima­
gen de allá, sólo dejan pasar por el orificio de él
parte del haz de rayos catódicos, tanto menor
cuanto menos alumbradas aquellas zonas; los ne­
gros que no cargan la malla metálica del trans­
misor de Sevilla, ni, por tanto, el disco del recep­
tor de Madrid, no repelen los rayos excitadores
de la fosforescencia, que quedan interceptados,
sin llegar a la pantalla fosforescente, que perma­
nece^ OBSCURA EN LA ZONA CORRESPONDIENTE A SU
HOMÓLOGA NEGRA DEL RETRATO.
Conviene advertir—y a esto se debe que este
sistema no haya menester las decenas de millares
do celdillas de selenio, de alambres ni bombillas
eléctricas, que actualmente parecen constituir obs­
táculo insuperable a la solución de que al prin­
cipio de esta nota hemos hablado— ; conviene ad­
vertir, repito, que las partes blancas, grises y ne­
gras que en su conjunto dibujan la imagen vista
en la pantalla fosforescente no aparecen al mis­
mo tiemno en ella sino una a una en instantes
sut es vos, lo cual, si la velocidad con que su,VrMmomentf surgen y se apagan no fuera gran" * s^r a causa de que no viéramos sino chisot
} ° H de
!?e !uz’
*an ProDto en unas como en
otras partes
la pantalla.
nnr«Uf 61 °^° humano tiene una propiedad, llamada
ía lmnrat«nd! “? ima"enes- en virtud de la cual
r p .-o - ’ on a retína de un objeto instantádesunaroen esaparecldo tan pronto mostrado, no
un«- dura
,,elí a con, 'ítual instantaneidad, sino
do mucho m ' iCha retina una fracción de segúndde rayos catódicos
“ r qUedee'Sevilla,
tlempo Venertid
o portodo
el haz
recorrer
el

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

gen humano. Elija usted, cuatro apasionadas
yuntas de amantes, que alternarán en el
más potente de nuestros extractores de amo­
roso flùido; y en vez de enviar éste a los
motores o al alumbrado eléctrico lo haremos
vibrar en los cuerpos de estos dos congela­
dos, cuyo proceso resurreetivo ayudaremos
además térmicamente, sacándolos del sarcó­
fago, instalándolos en un lecho y poniendo
debajo de éste un calorífero. Para tenerlos
más a mano los llevaremos a mis habitacio­
nes.
Una vez efectuada la traslación de Inés y
Juan, a diario les era aplicado a ambos el
tratamiento antipútrido; y en cuanto al cupidismo, véase cómo se estableció la corrien­
te a que permanentemente quedaron some­
tidos.
Un alambre partía de la mujer del sóta­
no, o más bien del campo amoroso por ella
engendrado, subiendo a arrollarse a una
pantorrilla de Juan. Por ésta entraba en el
cuerpo de él la corriente, saliéndole por una
mano, enlazada a otra de Inés, por la cual
entraba en ella, para salir por su pantorri­
lla a otro alambre conectado al polo mascu­
lino del par bixesual del sótano.
Más adelante se explicará detalladamen­
te cómo el hombre y la mujer de abajo en­
gendraban la corriente alternativa, que en
un instante corría de él a Inés, de ésta a
Juan y a la mujer de abajo, y en el inme­
diato fluía en sentido contrario: mujer,
retrato pintado por la luz en la lámina de rubidlo,
Igual al que tardan en aparecer en Madrid todos
los puntos de dicho retrato: siendo el efecto
producido en nuestra vista por la totalidad de
ellos el mismo que si a la par aparecieran todos
en la pantalla, donde se ve el retrato entero.
Es lo mismo que ocurre en el cinematógrafo:
que no proyectando en la pantalla sino diez y seis
a veinte imágenes por segundo, produce en el es­
pectador el mismo efecto que si fueran en número
infinito, por no verlas como vistas aisladas, sino
como no interrumpida sucesián de ellas, que en­
gendra la apariencia de su continuado movimiento.
Por lo mismo, lo que yo veo en Madrid no es
un frío retrato inmóvil de mi interlocntora se­
villana, sino su misma cara en movimiento.
Veo, he dicho en presente, y he dicho mal, por­
que el aparato no ha sido aún construido para
general apllcaciún. Debí decir veré cuando el apa­
rato llegue a madurez de aplicación práctica, pues
el estado actual del problema de la televisión eléc­
trica es el de la telegrafía sin hilos cuando Hertz
descubrió la ondulación electromagnética, y todvía no habían llegado Branly, Marconi, etc., a
descubrir la telegrafía sin hilos, hija legítima de
dicha ondulación.
Es seguro que a los técnicos sabrá esta nota a
poco y sentirán curiosidades de detalles que aquí
no cabe d a r; pero también lo es que no puedo
alargarla, pues es probable que a los indoctos les
parezca excesiva. Por lo tanto, quien quiera sa­
ber más pida noticias a la Sociedad de Rayos X
de Londres o al mismo Campbell-Swinton.

25

Juan, Inés y varón del sótano: todo merced
al maravilloso aparato Mob, que oportuna­
mente será descrito.
¿Electricidad?... ¿Amor?... Lo uno y lo
otro. ¿Cómo?... Ya lo veremos.
Aparte el beneficio positivo obtenido de
aquellas corrientes— evitar la putrefacción
de los cuerpos— , lo que menos habían
menester los novios bilbaínos era tal re­
fuerzo de vibraciones amorosas; pues antes
de haber la cristalización paralizado su es­
pontáneo vibrar vibraban ya ellos con efi­
cacia suficiente a hacerlos concertar su boda
para ocho días después de aquel en que ca­
yeron presa del marasmo. De haber sido so­
metidos a semejante tratamiento cuando to­
davía estaban totalmente vivos y despiertos
en Bilbao, no cabe imaginar a qué peligrosos
extremos habría llegado su pasión: gracias
a que en Mundiópolis su estado inerte los
preservaba por el momento de los peligros
de sobresaturación pasional; pero si ésta
perdurara, al volver a la vida, ¿no podría
estallar en congestiones afectivas, en ama­
toria hiperestesia?
— -Marcial, esto marcha cronométricamen­
te— decía una noche Mob, a la cabecera de
los ex cristalizados— . Ya no voy teniendo
duda de que dentro de unos días podrá us­
ted preguntar a sus paisanos ese montón de
interesantes cosas que... ¡Canario!... No ha­
bía pensado en que probablemente no po­
drán ustedes entenderse: mucho temo que
gentes dormidas hace ocho mil años hablen
ur. castellano un poco arcaico.
— Y teme usted bien: el castellano co­
rriente entonces en Bilbao ya no era cosa
muy allá, que digamos; el que hoy se habla
en toda España no conserva punto de se­
mejanza con el clásico de Burgos: agí que
es de creer que sólo algunas palabras suel­
tas sean iguales en los vocabularios por
ellos y por mí usados. La dificultad es gra­
ve. y únicamente veo un rayo de esperanza.
— ¿Cuál?
— Al dormirse nuestros dos vizcaínos ter­
minaba en Bilbao un sarampión de naciona­
lismo bizcaitarra, que debía estar en su apo­
geo cuando éstos eran chicuelos; y si ellos
hablan bien el vascuence, como yo me he
criado en Vizcaya, muy cercana a mi pue­
blo, y lo hablo cual nacido en Guemica...
— Pero con el vascuence ja s a r á lo que con
el español: entre el del siglo veinte y el del
cien...
— Ca, no, señor: aunque por otras causas,
es el vascuence tan inconmovible como el
esperanto, y el de hoy igual, no ya al de

biblioteca novelesco- cientifica

veinte siglos después, sino al de veinte años
antes de la Era cristiana.
— Eso es un idioma geológico... ¡Ojalá lo
hablen estos fósiles!
— Pronto lo hemos de ver, porque hoy es
martes, y los fósiles vendrán a despertarse
hacia el sábado. Buena gana tengo para des­
cansar de guardias.
—No hay que aguardar a entonces, amigo
Marcial; esto lleva una marcha perfecta­
mente normal, y ya no es necesaria nuestra
constante centinela: con dos o tres visitas
por día basta.
El martes a que Rucandio se habla refe­
rido llegaban Inés y Juan a los treinta gra­
dos, con diferencia entre uno y otra de dos
décimas; el jueves de mañana rebasaban
los treinta y tres.
Después de terminadas en dicho día las
cotidianas y matinales manipulaciones anti­
pútridas, procedió don Roberto, según cos­
tumbre, a medir la corriente que los des­
piertos amantes de los sótanos enviaban a
los dormidos amantes de arriba, emplean­
do al efecto un fotómetro contador del nú­
mero de lux (1) con que brillaba una bom­
billa de luz eléctrica intercalada, para efec­
tuar la medición, en el alambre de la linea
de las dos parejas.
Al hacerlo quedaron sorprendidos los dos
sabios de ver lucir la bombilla, no con el
brillo intenso de todos los días, sino con
precaria luz de un rojizo negruzco y con
titilaciones presagiantes de cercana extin­
ción.
Atribuyéndolo a mal funcionamiento del
generador bisexual de abajo, descendió Ru­
candio a los subterráneos, donde halló al
hombre y a la mujer que entonces produ­
cían corriente, sacudidos por epilépticas con­
vulsiones. Participándoselo por radiofonía
a Mob, hizo desamarrar a aquella yunta de
los taburetes del transformador, substituyén­
dola por otra magnífica, compuesta de una
bellísima rubia inglesa y un arrogante tri­
gueño araucano, locamente enamorados de
sus antagónicas bellezas, que tan pronto es­
tuvieron amarrados uno frente a otro y
cruzaron sus ardientes miradas dieron un
salto, es decir, sendos saltos, rompiendo los
cinturones de sujeción y cayendo desmaya­
dos: del mismo modo que la pareja recién
relevada había quedado al ser interrumpida
(1) üoa de las medidas fotométrtcas de la in­
tensidad de los focos luminosos ensayados en los
laboratorios.

la corriente circulante entre ellos y los dor­
midos del piso principal.
Al mismo tiempo, la bombilla que arriba,
miraba Mob lanzó un deslumbrador relám­
pago y se fundió, pareciéndole al sabio, aun
cuando no pudiera asegurarlo (tan rápido
fué todo), que Inés y Juan se estremecían.
— ¿Qué ha pasado, Rucandio?—preguntó
por radiofonía.
— Que la yunta relevada se nos ha priva­
do al cortar la comunicación, y a la en­
trante le ha pasado lo mismo al establecer­
la. Además, ésta ha roto los cinturones de
seguridad.
— Que amarren otra, poniéndola en comu­
nicación, no con estos de aquí, sino con los
motores elevadores del agua o de los moli­
nos. Y usted suba en seguida. Ya sé lo
que es.
Mientras Marcial subía, desconectó Mob
los alambres empalmados a los novios de
arriba, dejando a éstos fuera de circuito; y
cuando aquél llegó dijo al verle entrar:
— Hemos estado a punto de echarlo todo
a perder; mas lo ocurrido prueba que si to­
davía no es un hecho la resurrección de los
órganos corporales de estos españoles, ya se
ha verificado en los anímicos: lo que ha pa­
sado es que, sin sospecharlo, teníamos fun­
cionando aquí una pareja electroamatoria
tan potente como las yuntas de abajo, y en
la que, además, hemos acumulado durante
varios días energía amorosa superior a la
dosai rollada por éstas; que de seguir ha­
ciéndolas funcionar unas contra otras ha­
bríamos estropeado cuantas parejas de pa­
rias hubiéramos emp’ eade, y, lo que es peor,
producido un daño mucho más irreparable
en nuestra pareja fósil, porque ésta no po­
demos reemplazarla como aquéllas.
—Verdad: es el caso de un acumulador
que alcanza tensión igual a la de la dínamo
empleada en su carga.
—Ni más ni menos. Por eso, ya compro­
bado que estos dos individuos han dejado
de ser inertes a la vibración afectiva, lo cual
prueba con evidencia que están anímica y
amorosamente vivos, no nos conviene conti­
nuar cargándolos: es más, deseo que de aquí
al sábado pierdan alguna tensión, para que
al despertarse no sobrevengan complicacio­
nes.
Es de esperar que en estas cuarenta y
tantas horas pierdan bastante flùido por
irradiación.
—Con ello cuento.

27

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

IV
EL DESPERTAR

l o s bilbaínos eran unos novios como Dios
manda, que se querían con buen fin, según
er España se decía en los tiempos de la
primera etapa de su vida, o pour le ton
rnotif, empleando francesa frase, equivalen­
te y contemporánea de la española.
Prueba de ello que habiendo pasado va­
rios años en constante comunicación, libres
de ajena autoridad y vigilancia, supieron
guardarse de toda incorrecta libertad; pues
la mayor que Juan se habla tomado, como
anticipo a cuenta de la boda, fué darle tres
o cuatro besos en la mano a su novia: lo
cual es bien poco, sobre todo si se tiene en
cuenta que nunca le besó los pies, como a
todas horas se los besan los caballeros a las
damas: váyase, pues, lo uno por lo otro.
Dícese esto, antes de dar noticia del des­
pertar de ambos, para que, tomando en
consideración cuál solían proceder, estando
en sus ca1ales, no se los culpe de la desgra­
cia, tal la consideraron ellos, apenándose
mucho, que les acaeció al volver a la vida.
Y por lo mismo se van a dar antecedentes
inmediatos de tal desgracia.
Dicho queda que al caer sincopizados se
querían ya muchísimo. Acumulado a este
cariño los; de las cuatro parejas amatorias
con quienes, durante varios días, habían es­
tado en comunicación electroafectiva, habla
crecido el de ellos desenfrenadamente: tan­
to que, aun habiendo perdido alguno, por
irradiación, como Mob esperaba, bastó el que
dentro les quedó para saturarlos. Agréguese a esto la brutal descarga de eupidismo
recibida por los pobres muchachos al fun­
dirse la bombilla, y se comprenderá que
desde entonces no cesaran de vibrar, alcan­
zando tensiones explosivas; pues si Mob les
había quitado los alambres, se le olvidó to­
mar la precaución de sepárales las manos.
A este vibrar desaforado se debió que, en
vez de despertarse el sábado, según pro­
grama, se adelantara tal suceso al vier­
nes 15 de junio, a las seis de la mañana,
para García, y a las seis y cinco para su
compañera.
Pero antes de reintegrarse por completo
a vida plena, ya en ellos habían comenzado

a trabajar sus cerebros anímicos, que diría
Mob, produciéndole pesadillas. De otra par­
te, ha de tenerse en cuenta que al caer en la
galería de los condensadores de aire, como
heridos del rayo por el frío de 200 grados
bajo cero, y ser fulminantemente anestesia­
dos por el exceso de kripton en dicho aire,
no sintieron, por lo instantánea de ella, la
conmoción del accidente, no siendo, por lo
tanto, de extrañar que aquella diferida sen­
sación fuera la primera experimentada cuan­
do la vida comenzaba a renacer en ellos.
Así, antes de revivir completamente, soña­
ron con aquello, recordando Juan que ha­
bía visto caer a Inés, Inés que había visto
caer a Juan: recuerdo que a los dos los hizo
llorarsie mutuamente, puesto que al enterar­
se ambos de que pensaban se tuvo cada uno
a sí por vivo y por difunto el otro.
La pena que los dos sintieron ya puede
suponerse: digo mal, no es posible supo­
nerla, pues no era la dura, más soportable,
experimentada en los casos vulgares de pér­
dida de un adorado novio o novia, en víspe­
ra de boda, sino dicho dolor, aumentado en
otro cuatro veces mayor a consecuencia de
la cuádruple inyección de amor de otras tan­
tas parejas de amadores.
Atracción semejante a la que al despertar
del todo y convencerse de que los dos esta­
ban vivos, iban a experimentar aquellos no­
vios no la han sentido, ni es probable la
sientan nunca, otros amantes en todo el
universo.
* * *

Juan fué quien primero abrió los ojos. La
luz del día entraba por la ventana; los ra­
yos del sol se entrelazaban con lo* bucles de
Inés, que, de ser dorados, podrían dar lugar
ahora a una bonita figura retórica, que per­
demos por ignorar el color de ellos.
Incompletamente despierto, y todavía
ofuscado por la impresión de la reciente
pesadilla, la creyó al pronto muerta; y rom­
piendo a llorar, se abrazó a ella. Pero al ha­
cerlo y advertir que la adorada criatura no
tenía la rigidez de la muerte, se separó para

biblioteca novelesco -cientifig

28
mirarla, viendo que su color no era el de im
cadáver- y al acercarse nuevamente y sen
« r en el rostro el tibio aliento de la respira­
ción de ella, se trocó su <}olor en jubilo,
yano en delirante cuando, todavía en sue­
ños, pero ya próxima a despertar, entreabrió
Inés la boca, y murmuró: Juan, Juan.
'L a s caricias de que él la colmó entonces
acabaron de despertarla; y al abrir los ojos
y ver junto a sí, vivo, al que creía muerto,
le echó al cuello los brazos, exclamando:
— Juan mío, mi Juan.
— Inés de mi vida— respondió él.
— Tuya.
— Tuyo.

Una hora después hallábanse los prome­
tidos sentados uno frente a otro; pero los
dos con las cabezas bajas, y sin atreverse
a mirarse.
— Yo no sé, no sé.
— N i yo tampoco.
— No estábamos en nuestro juicio.
— Fuimos inconscientes.
— Te juro que no tuve intención.
— Te creo, te creo. A los dos nos ha ocu­
rrido lo mismo: ni tú ni yo hemos podido
pensar en nada hasta ahora... cuando ya es
tarde.
— Gracias a que la última amonestación
está ya publicada... Si quieres, en lugar de
casarnos dentro de ocho días, lo abrevia­
remos.
— Sí, Juan, sí: lo antes posible.
1 es muchachos hablaban cual si su doble
síncope no hubiera durado sino unas cuan­
tas horas; pues las pesadillas que acababan
de recordarles el accidente de ochenta siglos
las interpretaban cual sensaciones borrosas
de cosa recién acaecida.
.
De pronto dijo ella:
— Pero Juan, ¿dónde estamos?... Yo no he
visto nunca esta extraña habitación; no es
de la fábrica.
— Y estos muebles de formas tan estram­
bóticas, que...
— ¿Dónde estamos, Juan? Ven, vamos a
la ventana^. Esto no es Bilbao— dijo ella al
asomarse y atalayar Mundiópolis.
— Claro que no— contestó él— . Es una ciu­
dad que ni remotamente se parece a ningu­
na de las que yo conozco.
¿Dónde estamos, dónde estamos... ¿Qué
es esto?... Mira, m ira aquellos transeúntes...
¡Qué extraños trajes! Aunque más cortos, se
dan cierto aire a túnicas romanas.
— Y esas gentes no andan: sentados en
sillones, en las aceras, son transportados

por el movimiento de éstas, cuyo pavimen­
to se desliza a lo largo de los edificios.
-Y esta calle es circular; y en los costa­
dos de la parte central de ella, en la que no
se ven carruajes, tiene dos canales: míra­
lo... Tal vez pase de trescientos metros la
anchura total de la vía... Losi edificios han
de andar cerca de los cincuenta de altura,
y eso que no parecen tener sino dos pisos;
en las azoteas son más estrechos que en
la planta baja, y todos de forma troncopiramidal... Esto da la impresión de una ciu­
dad mirada por un cristal de aumento: to­
das las casas parecen colosales templos egip­
cios.
— Mirá, mira un aeroplano que aterriza
sobre aquel edificio... Y allí otro, y otro allá,
a la izquierda.
— Es que muchas de esas vastísimas azo­
teas son indudablemente plataformas de
aterrizaje.
— Sí, eso debe de ser. Y las otras parecen
espaciosos jardines... Mira, m ira allí otro
gran biplano que s|e remonta desde aquel
gigantesco edificio... Pero no Sube oblicua­
mente, como todos, sino ascendiendo ver­
ticalmente, a la manera de los globos.
-—Y ¡qué torres tan enormes esas que sa­
len del centro de cúpulas parecidas a domos
de catedrales!
— ¡Que atrocidad!... Acaso alcanzan la al­
tura de la torre Eiffel, de París... Una, dos,
tres... Y aquella otra es lo menos el doble...
Junto a la más lejana flotan en el aire dos
colosales masas que parecen amarradas a
ella a diferentes alturas.
— Deben de ser aeroplanos o dirigibles,
au-qtie la forma pan-zea un tanto .-ara.
— Sí; tienen algo de aeroplano y mucho
de zepelín y de helicóptero..., Efectivamen­
te, están amarrados a la torre. Ahora se
suelta uno y se lanza en vuelo: míralo, mí­
ralo... Y otro s¡e acerca y queda sujeto a
ella.
— Juan: no solamente no estamos en Bil­
bao, sino que me mareo al pensar que esta
inmensa población no es ninguna de las que
conocemos, ni puede ser tampoco ninguna
de las que uno tiene noticias.
— Estoy tan perplejo como tú... Cuanto
veo es tan inusitado, que no sé qué pensar;
y hasta me asalta la idea absurda de que
no estamos en la Tierra, sino en otro pla­
neta...
— Calla, calla... Ya se me ha ocurrido a
mí esa misma idea, y la he rechazado asus­
tada: porque ¿qué seria de nosotros en un
mundo desconocido?
— No, tranquilízate: es imposible que du­
rante nuestro desmayo hayamos salido de la

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

29

Tierra... Porque, mira, el Sol tiene el mis­ antes: tanto, tanto, que el corazón me due­
mo tamaño con que lo hemos visto siem­ le con dolor que no puedo llamar sino dolor
pre; y si estuviéramos en otro mundo, for­ de amor.
zosamente lo veríamos más grande o más
— Y yo, mi vida, mi luz, mi cielo, te ado­
pequeño que desde el nuestro... Además, la
ro cien, mil, qué sé yo cuántas veces más; y
presión atmosférica es la misma a que nues­ me mata el tormento que me causas huyen­
tros pulmones están acostumbrados, pues no
do de mis brazos. Vuelve a ellos, vuelve;
experimentamos novedad alguna al respi­ ven a mí, Inés.
rar; la fuerza de la gravedad es la de nues­
—-Sí, gloria mía... No, no: me has pro­
tro mundo, porque, con independencia de metido... Ahora estamos despiertos; ahora
su extraña forma, esta silla— Juan levanta­ ya somos responsables... No me mires; vuél­
ba una para sopesarla— pesa lo que debe pe­ vete de espaldas, como hago yo, para defen­
sar en la Tierra con arreglo a su tamaño:
derme del mismo impulso, que tampoco po­
lo cual prueba que no estamos en otro pla­ dría resistir, de continuar mirándote.
neta; pues todo tiene en todos diferente pe­
Entonces probó Juan ser tan buen mu
so que en el nuestro.
chacho como honesta Inés; pues en vez de
— Sí, sí; tienes razón... Y sin embargo
aprovecharse de haberle ésta vuelto la es­
tengo miedo: no sé de qué, pero mucho mie­ palda para abrazarla a traición, con lo cual
do... Quiero saber, quiero saber qué signifi­ es de creer no habría podido ella continuar
ca todo esto; quiero saber en dónde esta­ resistiéndole, la obedeció, volviéndose tam­
bién ella.
mos.
— Serénate, mujer, ya lo sabremos... Y no
Los pobres eran dos verdaderos héroes,
te asustes; pues sea dondequiera donde es­ porque apenas se dejaron de ver, el dolor
temos, es evidente que estamos entre gen­ de no verse los hizo prorrumpir en llanto;
tes civilizadas; y sobre todo, porque estás
pues a los dos les parecía que les estaban
amputando miembros de sus propios cuer­
conmigo.
-—Sí, sí; tienes razón; eso, eso es lo inte­ pos.
resante: que estamos juntos, que tengo a
¡Pobres muchachos; ¡Buena la había he­
mi lado a mi Juan de mi alma.
cho Mob con aquella bárbara acumulación
de electrocupidios !
— Inés de mi vida.
Gracias a que aquel padecer imponía gran
Al decir las anteriores palabras se abra­
desgaste de fuerzas, y a que el llanto ayu­
zaron, obedeciendo a simultáneos impulsos
incontrastables: con efusión vivísima y fe­ daba a la eliminación de flùido, fué decre­
ciendo la extremada violencia de la tensión
licidad tan inmensa, que a poco de sentidas
pasional de los primeros momentoos; aun
asustaron a Inés por su violenta intensidad,
poniéndola en guardia y haciéndola arran­ cuando manteniéndose todavía fortísima;
pues para descender a lo que había sido
carse asustada de los brazos de su amado,
el hondo, pero tranquilo amor que en su vi­
diciendo:
— No, Juan mío: acuérdate de lo de an­ vir primero habían gozado los amantes, ten­
tes...; acuérdate de que aun no estamos ca­ dría que continuar descendiendo durante
veinticuatro o treinta horas, por lo menos;
sados, y respétame, respétame: ten tú la
y en tanto éstas pasaran habrían de soste­
fuerza, que a mí me falta, para defenderme
ner tremendas luchas para no recaer en lo
de ti... y de mí misma.
que tanto deploraba Inés.
— Inés, Inés de mi vida..., No me temas...
El más grave peligro, bien lo veían, era
Es terrible lo que me pides; pues casi raya
en imposible resistir a la fuerza de atrac­ aquella constante comunicación a solas, en
la que estaban sometidos al suplicio de Tán­
ción que sobre mí ejerces. Pero me venceré.
— Juan, cuanto nos pasa es desconcertan­ talo; pues era evidente que el régimen de
espalda frente a espalda sólo podría durar
te: paréceme estar en un mundo donde todo
ha crecido en enormes proporciones: las ciu­ algunos ratos para contener impulsos súbi­
dades que nosotros conocíamos se agi­ tos, de otro modo incontrastables; porque
gantan hasta convertirse en esta colosal ciu­ aquella ridicula situación no cabía prolon­
dad que estamos contemplando; los senti­ garla horas y horas. Por eso, comprendién­
mientos crecen, crecen, hinchándose al ex­ dolo, dijo Inés al cabo de un rato:
— Si pudiéramos salir, buscar a quien pre­
tremo de no cabernos en los corazones, que
amenazan romperse con estallidos de pa­ guntar, hablar con alguien...
— Voy a ver— contestó Juan acercándose
sión... Porque yo creía, hace ya mucho tiem­
a la puerta única del aposento; y al inten­
po, que era imposible quererte más de lo
que te quería, y ahora, alma de mi vida, veo tar abrirla, y no lograrlo, prosiguió— : No
puede ser: la puerta está cerrada por fuera.
que te idolatro doble, triple, cuádruple que

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

— ¡Cerrada! ¡Entonces estamos prisione­
ros!—exclamó Inés levantándose.
Pero al volverse, ver a Juan y leerle en
los ojos el deseo de acercársele, corrió hacia
el lado opuesto de una gran mesa, que entre
los dos quedó, sobre la cual estaban unes
cuantos libros, las jeringuillas y los frascos
de los ingredientes del tratamiento antipú­
trido de los días pasados, diciendo:
• —No: tú, a ese lado... De pie no; sién­
tate: allí, allá, más lejos.
—Pero Inés... Estarte viendo desde aquí,
a tal distancia, va a ser peor que estar de
espaldas.
— Lo peor es seguir devorándonos sin ce­
sar con los ojos como ahora... Mira, aquí
hay libros; hojea unos mientras yo miro
otros: asi nos distraeremos-•• ¿Qué es esto?
Cye, oye: "Monografía clínica del viaje rea­
lizado con doña Inés Ramírez y don Juan
García, por el doctor B ernardo M enoyo ” Y
di bajo dice: "Años 2000 al 2040. Vigésima
edición de la primera traducción” .
—¿Pero qué disparates estás diciendo?
— Los que leo en la cubierta de este libro
escrito en esperanto. Míralo... No, no te
acerques. Ahí va.
Al decir esto tiró Inés por cima de la
mesa el libro, que cogió su novio, quien
después de echarle una rápida ojeada, dijo:
—Aquí hay otra cosa todavía más in­
creíble.
—¿El qué?
— El pie de imprenta, que dice; “Tipogra­
fía Arqueólogo-Antropológica. Mundiópolis,
año 8993.
— Año 8993. No puede ser. Es absurdo.
—Tienes razón; es imposible... Y sin em­

bargo, esta ciudad desconocida y extraña,
esa arquitectura ciclópea, esos trajes... No
sé, no sé.
— Yo me mareo, Juan; es absurdo, absur­
do... ¿Quién puede creer que hayamos via­
jado durante cuarenta años sin enterarnos?
Juan, Juan, ¿será que hayamos muerto en
el accidente de la fábrica?; ¿que nuestros
cuerpos, que creemos estar viendo, no ten­
gan realidad, y sean tan sólo una ilusión
de nuestras almas, en las cuales perdura el
recuerdo de ellos?
—No, Inés, no; yo me palpo: mi cuerpo
existe; no es un fantasma.
— Y yo me vuelvo loca... De aer verdad
ese pie de imprenta, forzosamente habría­
mos muerto hace millares de años.
— Como no sea esto una pesadilla, y ficcio­
nes de ella la ciudad y el libro, los canales,
las torres, las azoteas, el viaje, el acciden­
te de la fábrica y el imposible pie de im­
prenta.
—A ver, a ver; aquí hay otros libros; veámoslos.
— ¡Ay, ay!
— ¿Qué te pasa?
— Que me he pinchado con este cortaplu­
mas para ver si estoy dormido o muerto; y
que estoy bien despierto, y muy vivo.
— Pues entonces esto es para perder el
juicio...
—Calla, calla; parece que alguien anda
en la puerta.
Efectivamente, la puerta se abría, y en
ella aparecía Rueandio, que llegaba a hacer
su primera visita cotidiana a los fósiles del
siglo xx.

V
INES Y JUAN SE EXPLICAN SU VIBRAR DESAFORADO

Grande fué la alegría del recién llegado
al ver ya convertida en hecho, y con no po­
cas horas de adelanto sobre lo colegido la
apetecida resurrección o despertar de ’los
-cristalizados; y tanto más por no tenerla
él por cosa indubitada, sino como aleatoria
o problemática.
La curiosa inquietud de los vizcaínos no
dió tiempo a Marcial de dirigirles la pala­
bra; pues apenas hubo, no franqueado, sino

entreabierto la puerta, cayó sobre él un alu­
sión de apremiantes interrogaciones de
uan e Inés, que a la par preguntaban:
¿Dónde estamos?
,
¿Quién y porqué nos ha sacado de Bil­
bao?
¿Cuánto tiempo hemos estado privados?
¿A cuántos estamos?
¿Qué población es ésta?
-'■o recibieron respuesta estas preguntas:

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN
no solamente por no dejar su precipitación
y multiplicidad tiempo ni hueco para con­
testarlas, sino porque habiendo sido hechas
en castellano del siglo xx no fueron enten­
didas por Rucandio, según ya había él pre­
sentido; pues de su castellano del siglo cien
al español en que le hablaban los resucita­
dos, había mucha más diferencia que entre
la lengua de Berceo y la de Pereda y Alarcón. Por eso solamente entendió el hijo de
la moderna Cantábriga algún que otro voca­
blo suelto a los vetustos jóvenes de la muer­
ta Bilbao, de cuyas desgranadas ruinas no
quedaba ni polvo, ya aventado en el tiempo
por los siglos.
Pero, por suerte de los tres, una de las
pocas palabras comprendidas por el ayu­
dante de Mob fué el nombre de aquella po­
blación, leído y releído por él repetidas ve­
ces al consultar, en días cercanos, la biblio­
grafía relativa al caso de los congelados.
Y se dice por suerte, porque al oír tal nom­
bre se acordó Marcial del vascuence; y con­
vencido ya de que en castellano no llegarían
a entenderse, preguntó:
— iZubek Euzkeraz itz egiten duzubef
{¿Hablan ustedes el vascuence?).
— Bai ba. ¿Baña zuk itz egiten dozuT (Ya
lo creo. ¿Pero usted lo habla?).
— Bai, Gemika ondoko basetxz baten azi
naz. (Si me he criado en un caserío próxi­
mo a Guernica).
— Pero ¿no habla usted el castellano?
-— Sí; pero no entiendo el de ustedes, por­
que como es tan arcaico.
— ¡Arcaico!
— ¿Qué dice usted?
-—Que es muy diferente del que hoy se
habla en Iberiola.
— ¡Iberiola! ¿Y qué es eso?
— Lo que en tiempo de ustedes se llamaba
España.
— Caballero, no entendemos una palabra:
digo, supongo, Juan, que tú tampoco en­
tiendes.
— Ni jota... Español arcaico, España anti­
gua, nuestros tiempos; y ese nombre de Iberiola que por primera vez oigo, sonándome
como cosa de la época de Indívil y Mendonío.
— Me explico perfectamente los asombros
de ustedes, pues son muy naturales. Como
no están aún preparados a las sorpresas que
al recuperar la conciencia de sí propios...
— Pero ya las vamos, digo, las íbamos
sospechando.
— ¿Qué nos ha pasado?
— ¿Cuánto tiempo hemos estado desma­
yados?
— ¿Dónde estamos y qué ciudad es ésta?

31

— ¿Qué viaje absurdo es el que relata este
litro que aquí hemos encontrado?
— Mira, Juan, si seguimos preguntando
ambos a la par, y tantas cosas de una vez,
va a serle imposible a este caballero contes­
tarnos.
— Tienes razón.
— Lo mejor es callarnos y dejarle a él
que nos informe de lo que sea más urgen­
te: del modo y en el orden que crea más
oportuno.
— Lo que dice esta señora me parece jui­
ciosísimo y lo más breve.
— Sí, si; Inés tiene razón: hable usted
como quiera.
— Pues entonces sentémonos; pues aun­
que una sola conferencia no bastará para in­
formar a ustedes de lo mucho de que habrán
de enterarse poco a poco; lo más preciso, a
que hoy atenderé, ya da materia para un
rato.
Sentados los tres en torno de la mesa, y
brillantes de curiosidad los ojos de la pa­
reja que, aunque joven y fresca, era indu­
dablemente una fósil pareja, comenzó a ha­
blar Marcial, diciendo:
— Están ustedes en Mundiópolis, capital
del mundo.
— Pero ¿es que el mundo tiene una capi­
tal única?— interrumpió García.
— Juan— dijo Inés— , hemos quedado en
que las preguntas las haremos después.
— Verdad... Perdone, señor...
— Marcial Rucandio, Doctor en Ciencias y
ayudante del Director del Omnimuseo Inter­
nacional, que es el edificio en donde esta­
mos. Mi Director, el ilustrísimo Roberto
Mob, verdadera gloria de la ciencia, no ha
venido conmigo a saludar, o a recibir a us­
tedes, porque no creyendo que despertarían
hasta mañana a la caída de la tarde, ha sa­
lido a un viaje urgente a las Cataratas de
Stanley, pero volverá mañana.
— Pero eso está muy lejos: en el Africa
Ecuatorial... Creo que en el Congo.
— En el Africa, sí; muy lejos, no.
— Juan, Juan: esas interrupciones...
— Ah, sí; tienes razón... No me haga caso,
caballero, y prosiga.
— Después de un sueño muy poco dife­
rente de la muerte, en que han estado us­
tedes postrados desde que el frío horrendo de
un escape de aire líquido, sobrevenido en la
fábrica donde prestaban sus servicios, los
envolvió, congelando y cristalizando todas
las visceras y jugos de sus cuerpos, hace
varias semanas fueron ustedes sometidos a
un tratamiento al cual me complazco de ha­
ber cooperado con mi maestro: gracias a él

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

lenarios, remilenarios, archimilenarios; por­
lian recobrado ustedes la perdida actividad
que debemos andar por el siglo cien o por
de sus funciones orgánicas.
el ciento uno: a menos que todo esto haya
Terminado este exordio, bizo Rucandio
sido impreso con el solo objeto de darnos
un sucinto relato de lo más saliente de
una broma pesada.
cuanto babía acontecido a los novios duran­
— No, señor: nadie piensa aquí en dar a
te el colapso; y al hablarles de su incons­
ustedes bromas de mal gusto; y efectiva­
ciente peregrinación de universidad en uni­
mente, vivimos en la época que, acercán­
versidad y de academia en academia, fué
dose mucho a la verdad, supone; pues es­
Inés quien, no pudiendo contenerse, ex­
tamos a 25 de octubre del 10000.
clamó:
—Pero, pero... es absurdo.
—Entonces, si eso del viaje de los cua­
— Sí, hija mía; absurdo, pero cierto.
renta años es cierto, debo estar hecha un
—Vaya, que aunque me aspen no lo creo.
carcamal, porque tendré sesenta y tres años.
— Señora: aseguro a usted que soy inca­
La señorita Ramírez se quitaba cuatro,
paz..., y menos tratándose de compatriotas.
pues su verdadera edad al congelarse era
—No, no; perdone: no es que yo llame a
veintisiete.
usted embustero, sino que usted o nosotros
Comprendiendo Rucandio que aquello pre­
estamos para que nos metan en un manico­
ocupaba mucho, y muy desagradablemente,
mio. Porque, según esas cuentas, Juan tiene
a la resucitada, dijo galantemente:
8.034 y yo 8.023 (a pesar de ser tantos) los
—Nada de eso, señora; nada de carca­
suyos, seguía Inés quitándose los cuatro de
mal— , y levantándose y oprimiendo una de
costumbre); y no hay Sino mirarnos al es­
las diversas palancas que sobresalían de la
pejo que ha tenido usted la amabilidad de
pared, descorrió medio lienzo de una de las
proporcionarnos para ver que eso no puede
de la habitación, descubriendo un espejo de
ser. No es vanidad, no; pero ¿cómo voy yo a
cuerpo entero; y volviéndose a Inés, pro­
creer que esa mujer que veo en el espejo
siguió :
sea la más vieja del mundo?
—Véalo usted misma y convénzase de que
— Porque ha de distinguir usted entre su
está en el mismo estado y tan joven y fres­
partida de bautismo que indiscutiblemente
ca como el día del-accidente...
tiene esa antigüedad de ocho mil veintitrés
Tranquilizada Inés, y complacida, después
años, y su cuerpo: tan joven cual corres­
de mirarse al espejo, de hallarse tan gua­
ponde a los únicos veintitrés del pico que en
písima y esbelta como de costumbre en stcs
realidad ha vivido; porque lo que envejece
tiempos, contestó:
no son los años, sino la vida; y usted es
—Mil gracias, caballero; menudo peso me
indudable que no ha vivido, aun cuando
ha quitado usted de encima.
haya durado, ochenta siglos.
—Y eso que tiene usted algunos más años
de los sesenta y tres.
— ¡Ave María Purísima!
— ¿Más?... iQué horror! Entonces será
— Ni este caballero tampoco: los ha con­
que después de acabado el viaje todavía he­
servado a ustedes perfectamente la conge­
mos estado desmayados una temporada...
lación a que han estado sometidos.
— ¿Una temporada?... Sí, una temporada;
— ¿Congelados?
pero un poco larga.
—Ni más ni menos.
—Me asusta usted; voy temiendo ser cen­
— Nada, Inés, hay que resignarse. Y bien
tenaria.
podemos consolarnos de nuestras avanzadas
Durante el anterior diálogo sobre la edad
edades, pensando en que, a juzgar por el es­
de su futura, cogía Juan con inquieta cu­
tado en que resucitamos, hemos gozado de
riosidad, uno en pos de otro, varios de los
magnífica salud todo el tiempo que hemos
libros relativos a sus personas, que estaban
estado muertos.
sobre la mesa, sin mirar en ninguno sino la
Como Inési no se daba a partido, fué pre­
fecha de impresión, y murmurando para sí
ciso presentarle argumentos irrefragables:
entre dientes
tres o cuatro diferentes periódicos! del 25 de
—8993... ¡Qué atrocidad! No puede ser.
octubre del año 10000, en que vivían; una
9742... ¡Atiza! 9984...
carta fechada que Rucandio tenía en el bol­
Cuando por aquí andaba de su admirati­
sillo, y, sobre todo, la leve, pero visible ci­
vo soliloquio, oyó a su novia asustarse de
catriz de la quemadura de Juan en la me­
la posibilidad de haber llegado al siglo, sien­
jilla, que no tenía antes del accidente, y
do él quien, sin dar tiempo a Marcial de
una hinchazón perenne del tobillo izquier­
contestarla, dijo:
do, consecuencia de la fractura sufrida en
Centenaria, no, Inés: si no mienten es­
el descarrilamiento del Japón: todo ello co­
tos libros, somos, no centenarios, sino mi­
mo pruebas de lo consignado en la memo-

Palidece la luz del arco porque cada vez va quedando en ustedes menor exceso
de “electrooupidismo”.

33

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

ria del doctor Menoyo, su antiguo médico de
cabecera, sacada a colación y exhibida por
Rucandio, quien entonces se enteró a la vez
de que ya la hablan curioseado los resuci­
tados, y de que dominaban el esperanto; pues
Inés le quitó de la mano el libro donde él
iba señalando los episodios a que se refería
para leer por sí misma lo referente a la es­
carlatina que habia padecido en Valparaíso.
Este descubrimiento produjo a Marcial gran
satisfacción, y no menor a los ex congela­
dos, pues facilitaba su nueva vida en la so­
ciedad y la época en que hablan caído.
Una vez convencida y resignada— ¿qué iba
a hacer?— , retornaron las curiosidades de
Inés y de su futuro a pedir noticia del mun­
do al que nacían, dándoles Marcial unas
cuantas, por lo pronto someras, de la Indo­
le de las insertas en el prólogo, limitándo­
las a lo más urgente; pues los detalles ya
los irían viendo los redivivos por sí mis­
mos.
—Mire usted, Señor Rucandio: aun cuan­
do la feliz circunstancia de ser nosotros es­
perantistas nos facilita la comunicación con
los habitantes de esta población donde he­
mos venido a dar, no por eso dejaremos de
utilizar los servicios de guía en ella, que tan
galantemente se brinda usted a prestarnos.
— Soy de la opinión de Inés; pues consi­
dero una suerte haber tropezado con un es­
pañol al despertarnos; porque siempre es
más grato deber a un compatriota...
—Oiga, don Marcial, ¿y cuál es ahora la
forma de gobierno en España; digo, en Iberiola? ¿No es así como se llama ahora?
— SI; pero hoy Iberiola no es un estado,
sino una provincia del IMPERIO MEDITERRANICO, constituido por los pueblos del
mediodía de Europa y norte de Africa, Si­
ria, Palestina...
— ¡Qué lástima!
— Su capital está en la isla de Mallorca.
—¿Palma?
— No tengo noticia de la existencia de
ninguna ciudad de tal nombre. La capital se
llama JAFETOPOLIS.
—Mira, hija, mejor que preguntar ahora
a este caballero noticias de lo pasado, que
podremos leer en cualquier epítome histó­
rico, creo más urgente pedírselas de esta
población en donde estamos, si es tan ama­
ble que...
— Con el mayor gusto: esta ciudad, capi­
tal de todas las parciales federaciones de
la Tierra, a su vez agrupadas en una supe­
rior Confederación Mundial, está situada en
la orilla oriental del que antiguamente se
llamaba lago Alberto.

— Entonces estamos en una de las fuentes
del Nilo.
— Precisamente en la más occidental (1).
Desde los tiempos en que ustedes se... se...,
diremos se durmieron, la supremacía polí­
tica y científica del mundo pasó de la ca­
duca Europa a América, después al Asia, y
hoy la luz de la ciencia y las leyes que go­
biernan al mundo salen de lo que antes se
llamaba impenetrable Africa. Por eso asienta
aquí la capital de la suprema Confederación
Mundial.

(1) El lago Alberto, llamado por los indíge­
nas Multan Wzighé, cuya superficie se halla a
cerca de 700 metros sobre el nivel del mar, lo
cual mitiga notablemente en sus orillas el terrible
calor ecuatorial africano, recibid su nombre de
Enrique Stanley, cuando en su última expedición
al Africa Ecuatorial en socorro de Emin Bajfl
hallo a éste en las orillas de dicho lago en abril
de 1888, después de cinco años de haber perdido
toda comunicación con el mundo civilizado, a cau­
sa de la terrible insurrección del Mabdi.
En el lago Alberto, y después de salvar las cé­
lebres cataratas de Mnrchínson, caen ' r aguas
que un brazo del Nilo trae del lago Victoria Nyanza, inmensa sabana de agua que alimenta el gran­
de (6.270 kilómetros de curso) y durante muchísi­
mos siglos misterioso rio, que al salir del lago
Alberto corre hacia el Norte para formar la rama
del llamado Nilo Blanco.
Inmenso se ha llamado al Victoria, cuyas orillas
reconoció Stanley, y sobre cuyas aguas navego nna
temporada, porque tiene superficie que ha sido es­
timada en tres cuartas partes la de España.
Ademiis de las expediciones que realizo después
de haber s ilo nombrado gobernador general del
nuevo Estado del Congo, tres fueron los principales
y grandes viajes de exploración de Enrique
Stanley :
El emprendido en 1871 en busca del célebre y
perdido explorador Llvinsgtone, a quien hallé a
orillas del lago Tangayika, y termino a fines de
1S72 : en él quedo perfectamente comprobado que
se hablan equivocado quienes supusieron que este
lago era la fuente del Nilo.
El gran viaje transafricano de Oriente a Occi­
dente, que duré de 1874 a 1877, recorriendo casi
todo el curso del rio Congo, siendo el origen de la
creación del Estado de este nombre.
La expedición en busca de Emin Bajfl (febrero
de 1887 a 1890).
Dos datos pueden dar idea de las penalidades
soportadas en tales expediciones: en los comien­
zos de la primera perdlfl de peso Stanley 54 li­
bras ; en la última comenzó con nna caravana de
707 hombres, de los cuales sOlo 284 quedaban al
terminarla.
Emin Bajfl era un médico alemfln, Eduardo
Schnitzer, que, entrando como tal en el Ejército
Egipcio, ascendió hasta llegar a gobernador del

Sudfln.

De sus desavenencias con Stanley, que le obligo
a alejarse de la regiOn de los grandes lagos, se
hcblO mucho y no se escribió poco, sin que al cabo
se haya podido hacer luz en quién tenía mfis mo­
tivos de queja. Lo probable es que ninguno en un
aspecto, y los dos en o tr o : pues lo verosímil es
que las desavenencias tuvieran por origen que cada
uno tratara de arrimar el ascua a la sardina in­
glesa y a la sardina germflnica, respectivamente.

3

b ib l io t e c a n o v

e l e s c o - c ie n t if ic a

rablemente más enérgico que antiséptico.
Seguidamente informó Rucandio a sus
y antipútridos: el amor.
nuevos amigos, con quienes na ta
— ¡El amor!
/ado mucho, de los caracteres m
— ¿Qué está usted diciendo?
tes de la civilización en medio de la ®
— Que mientras en ustedes no se reanudó
brotaban, ofreciéndose a prestarles dos o espontáneamente la vibración vital,
i-es libros de carácter sintético sobre tales servadora, en los cuerpos vivos, de la dea'
materias, para que se prepararan a no^som­ composición, que en éstos se ceba cuando
brarse demasiado con las cosas que
la cesación de ella ocasiona la muerte, sus.
de ver, de las cuales se enterará el lectoi
tituimos dicha vibración natural por una p0.
cuando las vean ellos.
,
. tentísima vibración artificial.
Pero en lo que más se detuvo fue en la
— ¿Pero esa vibración?... ¿La naturale­
personalidad, para él excelsa, de Roberto
za de ella?...
Mob, a cuyo saber y a cuyo genio se debía
— ¿Y qué tiene que ver con el amor?
el má3 portentoso invento en los siglos sa­
— Como faltan a ustedes antecedentes
cado a luz por mente humana, y del cual
sobre la manera de provocarla, les será im.
no daba puntuales noticias por no deber an­
ticipar las que seguramente les daría el emi­ posible comprenderla, y hasta les costará
nente sabio, a cuya asistencia debían que su trabajo creerme; pero mientras llega opor­
resurrectivo proceso no se frustrara por la tuna ocasión de darles pruebas convincen­
putrefacción, amenazante de hacer presa en tes, básteles mi palabra de que hemos exellos cuando comenzaron a calentárseles los citado en ustedes vibraciones amorosas...
— ¿Vibraciones amorosas? — preguntó,
cuerpos; pues Mob había sabido combatirla
heroicamente, con éxito que a la vista es­ asombrado, Juan.
— Sí: acumulando en ustedes amor a ten­
taba.
No pudo menos Inés de estremecerse con siones tan altas que personas vivas no Sa­
horror al enterarse del terrible y repugnan­ brían podido soportarlas.
— Ya me lo explico todo, Juan—se le es­
te peligro, y de expresar con efusión su
capó a Inés.
agradecimiento a quienes de él los habían
— ¿El qué, señora?
salvado: sintiendo gran deseo de poder ex­
— No, nada, nada— contestó ella, no cre­
presar personalmente su gratitud al señor
yendo necesario poner a Rucandio en an­
Mob, cual la expresaba a su ayudante.
tecedentes de cosas que nada le importa­
Entretanto, García, a quien en su calidad
ban— . Quiero decir, cierta actividad ínterde químico habían llamado la atención los
frt: -eos del tratamiento antipútrido, que es­ n i y extraordinaria que sentimos, una ex­
taban sobre la mesa, curioseaba las etique­ citación y una nerviosidad que todavía...
— Claro, aún no ha habido tiempo de que
tas de los que las tenían, destapaba y olía
por completo eliminen usjtedes. ¡Qué cabe­
los otros; y al oír hablar de putrefacción
za!... Con el placer de su conversación me
dijo:
— De modo que estos ingredientes y estas h olvidado de esto, que es lo más impor­
tante.
jeringuillas han sido los medios empleados
Verán ustedes: nosotros contábamos con
para preservarnos de la descomposición...
que
su despertar se demorara todavía cua­
— Esos y otros que es imposible sospechen
ustedes... A reserva, como he dicho, de de­ renta y tantas horas, durante las cuales la
pérdida de flúido, por irradiación espontá­
jar a mi maestro la explicación de su por­
nea, habría hecho cesar las supertensiones;
tentoso invento, puedo anticipar a ustedes
y como el despertar ha sobrevenido muebo
que tal medio ha consistido en aplicarles
antes... Soy con ustedes dentro de un mo­
un preservativo no químico, sino físico: no, mento. Voy a buscar el medio de descupidini siquiera físico sino psíquico, incompa- zar a ustedes... En seguida vuelvo.

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

o5

VI
CAPITULO TAN BREVE COMO EXTRAÑO

Apenas vió Inés que Marcial habla tras­
puesto y cerrado la puerta, dijo:
— ¡Qué peso se me ha quitado de encima:
si ya decía yo que nosotros no podíamos
ser responsables de aquello: a lo menos yo...
¡Pero ese M ob!: lo que con nosotros ha
htcho es un indigno e intolerable abuso.
Esas vibraciones... saturarnos de... eso, sin
contar con nuestra aquiescencia.
—Repara, mujer, que no podía consul­
tarnos.
— Pues, entonces, no habernos hecho vi­
brar de esa manera inconveniente, indeco­
rosa, impropia de una mujer como Dios
manda... Ni que fuéramos conejos o ranas.
— Pero, ¿no has oído que si no nos pu­
dríamos?
— Eso es verdad... Pero, aun así, ya antes
de conocerlo, el tal Mob me es horrorosa­
mente antipático.
—Mira, dejemos a Mob, y no nos ocupe­
mos sino de nosotros: de la inmensa dicha
de estar juntos, y otra vez splos... Tenía
una gana ya de que se fuera ese hombre.
— ¿Para qué?... ¿Para volver a las anda­
das? De ningún modo.
— ¡Qué mala eres conmigo!... Si vieras
cómo vibro.
— Pues no te lo agradezco, porque no soy
yo, sino Mob, quien te hace vibrar.. Y lo
que me da más coraje es que yo también
vibro atrozmente.
— Pues entonces, m u je r ..
— ¿Qué?
— Siquiera un beso.
— ¡Un beso!
—Es en la mano, mujer, nada más que en
la mano.
— Ca, no cuentes con ello; ahora que sé
que todo es obra de ese maldito sabio, no
hay miedo de que me ablande... Me pare­
cería que era él quien me besaba.
— ¡Qué tontería!
— Los hombres sois siempre los mismos;
no tenéis delicadeza de sentimientos; todo
os da lo mismo.
— ¡Inés!
— No, no tienes porqué ofenderte; pues a

la vista está que a ti, con tal de que vi­
bremos, te da lo mismo que sea nuestro
cariño o ese indecente amor artificial que
nos han inyectado traicioneramente el que
nos haga vibrar.
— ¡Qué cosas dices! ¡Por Dios, mujer!
¿Pero no ves?
— No hay pero que valga ni veo más sino
que hasta que el cura arregle esto nos
aguantaremos las tensiones. Y aun enton­
ces podré tener tranquila la conciencia;
pero mi dignidad no me permitirá vibrar
hasta estar convencida de que soy yo, y no
ese endemoniado electrocupidismo del mal­
dito Mob la causa de tus vibraciones; y has­
ta que la irradiación de que hablaba el se­
ñor Rucandio nos limpie por completo no
te acuerdes de mi, porque será inútil cuan­
to digas y hagas para convencerme.
— Pues como tardemos en limpiarnos lo
que en resucitar, estamos divertidos: eso
es estúpido.
En esto volvió Rucandio acompañado de
dos automs, que traían entre ambos un
gran arco eléctrico “ Júpiter” por el estilo
de los que se emplean en los talleres de
fotograbado, y cuya fuerza, según dijo, pa­
saba de 15.000 bujías. El, por su parte,
traía dos rollos de grueso alambre conduc­
tor, bien aislado con seda, al parecer igual
al de las líneas maestras de las instalacio­
nes de alumbrado eléctrico.
Dejaron los maniquíes el arco en un rin­
cón, y mientras Rucandio lo ponía en con­
diciones de inmediato funcionamiento dijo
a los novios:
— Pensando que si aguardamos a que por
automática irradiación bajen las tensiones,
todavía van ustedes a estar molestos no po­
cas horas, se me ha ocurrido descargarlos
para que en un momento vuelvan a la nor­
malidad.
— Dios se lo pague a usted— dijo García,
muy asustado con la amenaza de poco antes
de Inés.
— Pero ¿cóm o?... Eso es un arco eléc­
trico.
—Sí, señora.

36

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

—Pues no comprendo.
—Comprenderá usted en cuanto vea...:
es decir, comprenderá el hecho, y se senti­
rá aliviada de su nerviosidad... En cuanto
a la explicación científica, constituye la
esencia del invento de mi maestro: del cual
no me creo autorizado a dar explicaciones
en su ausencia.
Por lo pronto, sólo puedo decir a ustedes
que estos alambres no son conductores
usuales de vulgar cobre, ccmo los de las ca­
nalizaciones ordinarias, sino conductores
psicoeléctricos, cuya genial fabricación ex­
plicará a ustedes don Roberto.
Señora, hágame el favor de darse con el
extremo de éste, desprovisto de la seda ais­
ladora, cuatro o cinco vueltas a la muñeca...
Así... Ahora, Don Juan, haga usted lo
mismo con el otro alambre... Ajá.
En seguida voy a empalmar los extremos
libres a los reóforos del arco. Y no se asom­
bren demasiado de lo que va a ocurrir.
—Pero, Señor Rucandio... ¿Estaremos se­
guros? ¿No habrá peligro?
—Respondo a usted que ro.
—Es que confieso que c n tanta cosa ex­
traña como nos está sucediendo estoy alarmadlsima: no extrañará i sted que deser
saber qué voy a sentir.
—Al principio, una peq-iña sacudida; in­
mediatamente comenzará usted a sentirse
aliviada de la supertensión, y a los dos o
tres minutos, pues para eso he traído un
ai co de grandísima potencia, desaparecerá
la causa de esas vibraciones anormales
que...
—Y Juan dejará también de vibrar; por­
que, de lo contrario, no habremos adelanta­
do nada.
—Naturalmente.
—No hablemos más, señor Rucandio. A
ello.
Según había dicho, empalmó Marcial los
alambres a los terminales del arco, y en
cuanto lo hizo surgió la potentísima luz de
éste, que, aun en medio de la del día, obligó
a los presentes a cerrar los ojos y a des­
viarlos en seguida de él.
—¿Han sentido ustedes algo?
—En el primer instante, una sacudida
fuerte, pero tolerable—contestó Juan.
—Yo también—dijo ella—; pero ahora ya
no siento nada... Ha debido ser efecto de
la extracorriente del cierre del circuito al
establecerse la corriente (1).

-—Efectivamente, señora: ha visto usted

claro... Naturalmente: no me acordaba de
que es usted ingeniera electricista... Espe­
ro que pronto notarán ustedes la descon-

cidad, el polo negativo de dicho generador con el
positivo del mismo ; pero en cuanto esto se hace,
operación que se llama cerrar el circuito, o esta­
blecerlo, comienzan a salir del polo negativo
ELECTRONES, es decir, electricidad negativa, que
con velocidad de unos 300.000 kilómetros al se­
gundo (la de la luz), se precipitan hacia el positi­
vo. Y de paso diremos que esto es lo contrario de
lo que en tiempos se pensaba que acontecía; pues
hasta el descubrimiento de los electrones atribu­
yeron los electricistas sentido opuesto a la corrien­
te, suponiendo fluía del polo positivo al negativo.
Pero las cosas miis interesantes por la electrici­
dad realizadas no son resultado de los fenómenos
que a su paso provoca en el alambre, ni, más
en general, en los circuitos por ella recorridos en
forma de corriente, sino consecuencia de los que
determina juera de dichos circuitos.
Tengo en la mano los extremos de los flexibles
empalmados a los polos opuestos de una pila eléc­
trica, de un acumulador, de una dínamo, o la hor­
quilla metálica del portátil de una lámpara eléctri­
ca antes de introducirlo en el enchufe de la línea
del alumbrado de mi casa, donde habré de meterlo
cuando quiera hacer lucir la lámpara. Mientras no
uua los extremos de los alambres de la pila, o no
introduzca en el enchufe la horquilla terminal del
flexible de la lámpara, no hay corriente en el alam­
bre ni en la lámpara ; pero en el mismo instante
de efectuar lo uno o lo otro y comenzar a correr
electrones por el alambre de la línea, empiezan a
ocurrir fuera de él acciones tan interesantes como
misteriosas.
'Tales acciones son debidas a que del alambre
salen, cuando la corriente fluye a lo largo de él,
sutiles impulsos perturbadores del aire circundan­
te : lo que se llaman líneas o tubos de fu erra de
Faraday: invisibles, claro es, e Inmateriales.
En realidad no es el aire, quiero decir el gas
llamado aire, lo perturbado, sino otra cosa, <1
é te r; pero como sería largo hablar de éste ahora,
sólo diré, para salir del paso sin meterme en hon­
duras, que lo modificado es el estado del espacio—
frase muy socorrida, porque su vaguedad compro­
mete muy poco—, donde al nacer toda corriente
crea UN CAMPO ELECTRO-MAGNETICO, que en
todos los alambres que dentro de su alcance se en­
cuentren formando cerrados circuitos, hace nacer
corrientes de sentido opuesto a la de la pila o la
dínamo que engendran, la que, uniendo los alam­
bres o empleando enchufes, acabo de establecer.
Estas corrientes se llaman de inducción, y a su
utilización se deben todas las grandes hazañas que
la electrodinámica realiza en el mundo; con la
particularidad de que siendo instantáneas, mueren
apenas nacidas, y de que solamente cuando ellas
cesan en su fugaz fluir, adquiere la principal que
las provoca su normal intensidad, por bajo de la
cual queda en los primeros momentos de correr.
La causa de esto es porque las líneas de fuerza
del campo electro-magnético reaccionan sobre el
alambre de la corriente madre, de igual modo que
actúan sobre otro cualquiera de los circuitos pa­
sivos de los que se acaba de hablar, haciendo co­
rrer por el mismo alambre de ella otra corriente
de sentido contrario a la inicial. Con ésta lucha
(1) Un generador de electricidad, ya sea pila,
la corriente nacida de la reacción del campo llama­
dinamo, o, en general, cualquiera, no engendra co­ da extracorriente de cierre, reduciendo la intensi­
rriente en tanto no se enlazan, por medio de alam­ dad de ella durante unos instantes.
bres, cuerpos o aparatos conductores de la electri­
La extracorriente es el resultado de la inercia

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

gestión producida por la corriente que los
va descargando.
— Pero todo esto es para mi incompren­
sible.
— Y para m í... Porque, según se ve, esa
electricidad que luce en el arco la produci­
mos Inés y yo.
—No exactamente: porque eso que efec­
tivamente es electricidad en el arco es otra
cosa cuando sale de ustedes: otra cosa que
en aquélla se transforma merced al alambre
psicoeléctrico; porque ese flúido no lo pro­
ducirían ustedes sino en el caso de trabajar
que a la principal opone el campo magnético para
ser creado por éste.
Mientras la corriente matriz continúa fluyendo
sin variación de intensidad, ni nada perceptible
ocurre en el campo ni por los conductores Inertes si­
tuados en él circula corriente ninguna ; pero si se­
paro las puntas del a'ambre de la pila o saco el
enchufe de la luz eléctrica, es decir, si corto aque­
lla corriente matriz, el campo eléctrico magnético
devuelve a todos los conductores cerrados que en
él str encuentren cuanta energía fué almacenada
antes en dicho campo a expensas de 'a merma com­
probada en la intensidad de la corriente genera­
dora en los primeros momentos del establecimien­
to de ella ; y tal devolución de energía la realiza
el campo de una vez, de pronto, en forma de co­
rrientes engendradas en dichos conductores por
los cuales circulan un instante no más y en sen­
tido contrario a las nacidas al crearse el campo
cuando cerramos el circuito que ahora abrimos, y
sobre el cual actúa la influencia de tal descarga
del campo, en Jornia de corriente cuya intensidad
y sentido se suman a ¡a de la principal: con cuamulación de intensidades manifiesta visiblemen­
te en un chispazo que salta entre las puntas
de los alambres al separarlos en el enchufe; y con
mayor violencia cuanto más rápidamente se sepnrnn.
Esta se llama extracorricnte de ruptura. La
principal, que al establecerse fluía con mucha
menos intensidad que la que le es propia, corre
en el instante de la interrupción con muchísima
m ás: al extremo de que en determinados casos al­
canza violencia capaz de fundir los alambres y de
producir graves accidentes en los aparatos, en las
lineas y basta en las personas.
Quien quiera puede comprobar estas dlfcrsnclas
d ; intensidad de las corrientes cuando son esta­
blecidas e interrumpidas, observando que, antes de
llegar al contacto alambres o enchufe en el primer
caso, o al romperlo en el segundo, saltan chispas
mucho más débiles al cerrar que al interrumpir la
corriente.
Así, una corriente inofensiva en régimen nor­
mal puede producir gravísimos daños si no se
toman precauciones en el momento de interrum­
pirla : las principales de éstas son establecer en
la inmediación de la línea circuitos inertes que ayu­
den a ésta a absorber la descarga del cam po; otra,
abrir el circuito cuan despacio se pueda, para ate­
nuar la rapidez de aquella reacción; otra, y muy
eficaz, ir disminuyendo paulatinamente !a intensi­
dad de la corriente qne ha de interrumpirse antes
de llegar al momento de total apertura del cir­
cuito.
Las extracorrientes de cierre y apertura son los
fenómenos más escandalosos de los producidos por
lo que se llama autoinducción electro-magnética.

37

por si mismos en el aparato Mob, que no be
traído; porque ese flúido sale de sus cuer­
pos por haberlo inyectado en ellos mi maes­
tro en días pasados.
—Vaya una gracia—dijo Inés malhumora­
da, sin que Rucandio la entendiera; pues
lo espontáneo de la protesta le hizo expre­
sarla en español.
— Ya comienzo a ir notando el efecto que
nos había usted anunciado. ¿Y tú?
— Yo me siento menos nerviosa, menos
excitada.
— Ya se lo dije: les ocuire a ustedes lo
mismo que a un acumulador cuando alimen­
ta un arco: según funciona éste pierde
aquél tensión... Y ustedes la pierden muy
de prisa. Vean, vean, con qué rapidez pali­
dece la luz de los carbones: esa es la mejor
prueba de que cada vez va quedando en us­
tedes menor exceso de electrocupidismo.
— Ya se apaga.
— Sea enhorabuena... Y diga usted: ¿ha­
bremos quedado ya completamente limpios
de esot

—En absoluto, doña Inés.
Al oírlo respiró ésta tranquila de haber
pasado el riesgo de que sobrevinieran nue­
vos accidentes amorosos: asi llamaba ella
al ocurrido cuando despertaron, que tanto
la había afligido; y al acordarse de él se
avivó su deseo de repararlo cuanto antes
en la única forma de ella conocida, dicien­
do en consecuencia:
— Señor Rucandio: yo desearía merecer
de usted un favor muy señalado.
— Cuente con él si está en mi mano.
—Pues... que..., tuviera la bondad de lle­
varnos en seguida a una iglesia...
— Señora: en las ciudades de nuestro
mundo moderno no hay templos.
— ¡Cómo!
— Los superpensantes no los( usamos.
— ¡Que n o !... Pero ¿cómo?... ¿Nadie?...
—No, señora.
—Entonces no podrá usted proporcionar­
nos un sacerdote... Necesitábamos uno con
grandísima urgencia.
—No creo... Y eso que tal vez..., Me pa­
rece haber oido que entre los parias hay unos
perturbados que se llaman sacerdotes. Dicen
que consuelan en sus miserias a esa ralea,
con promesas de otra vida mejor que la que
aquí padecen, que les prohíben apoderarse
de lo ajeno, dañar a sus semejantes y otras
tonterías por el estilo; pero como, después
de todo, estas predicaciones nos favorecen a
las clases dominadoras, que no tenemos por
qué regirnos por ellas, no se pone obstáculo
a esos desequilibrados, en la difusión de
tan extrañas máximas, ni al ejercicio en sus

38

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

cuevas de los actos de un culto que desco­
nozco.
— Señor Rucandio, señor Rucandio: al oír
a usted siento mucha pena, se me ocurren
muchas cosas tristes; pero no sé por qué me
parece usted bueno, a pesar de todo, y creo
que accederá a llevarnos donae podamos en­
contrar uno de esos sacerdotes.
— No, eso no puede ser: está prohibida la
entrada de forasteros en los sótanos; y
mientras no vuelva el señor Mob, y autorice
a ustedes....
-—Caballero, yo agradeceré que haga cuan­

to pueda para complacer a Inés: aseguro a
usted que no se trata de un capricho.
— Cuanto puedo hacer, en mi deseo de no
negar a esta señora lo primero que me pide,
es ver si encuentro uno de esos hombres y
traerlo aquí.
— Gracias, gracias, don Marcial.
— ¿Pero no querrían ustedes almorzar an­
tes? No han tomado nada desde que se han
despertado.
— No, no, señor Rucandio; lo otro es lo
primero.
— Como usted quiera, señora: voy en se­
guida y procuraré complacerla cuanto antes.

VIÍ
UN MATRIMONIO SECRETO Y UN NUEVO PERSONAJE

No sólo no le fué difícil a Rucandio ha­
llar, en las cuevas, el sacerdote paria que
buscaba, sino que hasta logró hallarlo es­
pañol, lo cual supuso sería grato a Inés;
pues en contra de lo que, en su ignorancia
de la vida de aquellas pobres gentes creían
los superpensantes, abundaban los sacerdo­
tes entre ellas.
Así que en cuanto indicó al primer paria
bailado al salir del ascensor donde había
bajado al subterráneo, lo que allí iba bus­
cando, lo condujo este a un tugurio mise­
rable, habitado por un anciano, a modo de
Obispo, o Patriarca, cuya ruin morada no
era óbice al respeto que a su gran autoridad
moral tributaban todos aquellos infelices.
Una vez enterado el patriarca, por Rucan­
dio, de que los recién resucitados pedían,
al despertar, un Sacerdote, se apresuró a lla­
mar a un iheriolo (español) que sobre su mo­
destísimo traje no llevaba, por todo distin­
tivo de su ministerio, sino una cruz roja en
el pecho.
Grande fué la sorpresa de Marcial al re­
conocer en él a Ramón Cartoya un superpensante sumamente rico, de quien en su
niñez había sido condiscípulo en el Educatorio de Guernica, y al que perdió de vista
luego, hasta que en su compañía hizo el
viaje de Iberiola a Mundiópolis, al venir a
ocupar la plaza de Vicedirector del Omnimuseo.

Cartoya, tal era el nombre del ex-superpensante a quien en la actualidad hallaba
convertido en sacerdote paria, era, en la
época del citado viaje, siete u ocho años an_
tes, un verdadero hombre de mundo, y ade­
más distinguido arquitecto que a Mundió­
polis iba a encargarse de las obras del Gran
Palacio del Consejo Mundial, según proyecto
suyo, recompensado con el primer premio en
el concurso convocado para substituir al an­
tiguo palacio: que aun cuando a cualquier
arquitecto del siglo veinte parecería estu­
pendo, considerábanlo ya raquítico y misera­
ble los Excelsos (su tratamiento oficial) Con­
sejeros Representantes de las federaciones
confederadas, que una vez al año celebraban
sesiones en él durante un mes para resolver
las cuestiones internacionales pendientes.
Primero en el viaje, y después durante la
residencia de ambos en Mundiópolis reanu­
daron y estrecharon la amistad de la niñez
con frecuente y cordial trato, bruscamente
interrumpido por la misteriosa desapariciónocurrida cuatro años antes, de Cartoya: pre­
cisamente cuando se inauguró, con toda so­
lemnidad, el citado palacio.
Entonces se habló mucho de la desapari­
ción del genial arquitecto, que no asistió a la
fiesta, ni disfrutó del triunfo alcanzado con
la erección del monumental edificio: primero
y único en el mundo, por su belleza, magni­
ficencia, y atrevida y elegante concepción

39

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

arquitectónica: pero Cartoya no volvió a dar
noticia de su persona, cual si la tierra se lo
hubiera tragado.
Se supuso que se habría ahogado en el
lago; se celebraron científicas exequias en
su honor, únicas estiladas entre los superpensantes; se inscribió su nombre, en letras
de oro, sobre el pórtico del palacio, y al poco
tiempo nadie volvió a hablar de él. Con es:os
antecedentes puede imaginarse cuál seria la
sorpresa de Rucandio al encontrarse, de im­
proviso, al buen amigo cuya pérdida había
sentido extraordinariamente.
• — Tú... Tú, aquí... Cuando todos te creía­
mos muerto... ¿Desde cuándo’
— Desde el día de la inauguración del Pa­
lacio del Excelso Consejo.
— Pero, ¿cómo es posible?
—Ya te lo explicaré; aunque no sé si po­
drás entenderme.
— Pero, no es posible que tú seas paria.
— Pues lo soy: no por nacimiento, pero sí
por deseo.
— Pero, Ramón, tú no puedes haber dejado
de ser superpensante para caer en esta ab­
yección.
— Efectivamente: no" sólo no he dejado de
sierlo, sino que ahora soy más superpensante
que antes: lo que ya no soy es supergozante
al estilo vuestro, a mi manera de antes.
— ¡Cuánto, cuánto me alegro de encontrar­
te !... Porque es preciso que recuperes tu
rango, que vuelvas entre nosotros, al lugar
que de derecho te corresponde, al mundo de
allá arriba.
—Amigo mío, no hay que pensar en eso:
porque en éste, en que me hallas, y tú llamas
abyecto mundo, busco el camino de otro que
está más alto, más arriba, mucho más que el
vuestro.
— No comprendo...
—No me extraña.
— Cartoya— dijo el patriarca, interrumpien.
do el diálogo de los dos antiguos amigos— ,
dos extrañas criaturas que parece han sido
víctimas de un accidente increíble, pero a
quienes, sean lo que quiera, hay que atender
necesitan, con urgencia, un sacerdote. Como
son iberiolos me he acordado de usted.
— Pero entonces... ¿Es este caballero el sa­
cerdote?... ¡Tú: tú sacerdote paria! Es im­
posible... Un hombre de tu inteligencia, de
tu cultura, de tu posición no puede haber
caído tan bajo.
— Sí, Marcial, he caído... Pero ahora, como
mi padre ha dicho, lo más urgente es acudir
a la llamada de esas criaturas.
—Vaya, hijo mío, vaya con el señor Ru­
candio.

— ¡Ah! ¿Pero eres tú quien ha venido a
buscarme?
— A ti, no: a un sacerdote: iheriolo a ser
posible.
—Es una buena obra que haces, acaso sin
saberlo.
— Vayan, vayan, hermanos.
— ¡Hermano!— dijo Marcial, molesto de
que así lo llamara un despreciable paria, y
dejando ver en el tono de la exclamación y
en la mirada de desdén que lanzó al patriar,
ca, la molestia de su orgullo ofendido.
— Rucandio, no te ofendas—dijo Cartoya— ;
la molestia que te causa ese nombre de her­
mano, que te ha dado mi padre, y que él y
yo tenemos a honra dar al más vil de los
parias, va a disiparse en seguida: en cuan­
to sepas que a quien te lo ha dado lo llama­
ban, cuando estaba en tu mundo de arriba,
Kraig Hobbson.
— ¡Kraig Hobbson! ¡El eminente físico, el
sabio radiólogo!... Perdone, perdone mi im­
pertinencia, Señor Hobbson. Crea usted...
Pero ¿quién podría sospechar?...
— ¿Que voluntariamente abandonara nadie
por esta obscuridad esas eminencias que su
benevolencia me adjudica?
— No mi benevolencia, sus legítimos títulos.
— Dejemos eso. Yo sólo aspiro ya a ha­
cerme aquí eminente por la caridad... Pero,
vayan, vayan: esos pobres muchachos espe­
ran al padre Cartoya: eso es lo urgente
ahora.
Minutosi después, cuando Rucandio y el
sacerdote subían en el ascensor, oyó éste a
aquél que decía asombrado:
— ¡Cartoya! ¡Hobbson!
— Y Mansfeld, y Souvigni, y Alvar... y
otras varias lumbreras científicas, acaso ya
olvidadas en el mundo de arriba: de seguro
muy ajeno a que casi la mitad de los sa­
cerdotes parias somos antiguos supergozantes, que preferimos a nuestra antigua vida
esa de ahí abajo.
— Pero ¿con qué objeto?
—Para ayudar a esos desdichados a so­
portar la carga de la suya.
—Es absurdo, es absurdo...
—Así nos parecía antes a nosotros.
Rucandio no contestó, porque no hacía
sino repetir, cual hablando consigo mismo:
—Mansfeld, Hobbson, Alvar, Cartoya...
¡Qué asombro, qué asombro!
*

*

*

En cuanto Rucandio y el sacerdote llega­
ron a la habitación de los bilbaínos hizo pre­
sente Inés que Juan y ella necesitaban que-

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
darse solos con el segundo, indicación en
vista de la cual retiróse discretamente el
primero, manifestando que aguardaría en el
inmediato aposento; pues una vez terminada
la conferencia de aquellos con Cartoya, ten­
dría que acompañar a éste a los sótanos,
porque las ordenanzas municipales de Mundiópolis no consienten que sin autorización
permanezca ninguna paria fuera de ellos,
sino bajo la garantía de un superpensante
que lo acompañe y vigile; pues está prohibi­
da la circulación en la ciudad, de gentes de
tal casta.
Al oír esto revelaron muy visible asombro
los rostros de Juan e Inés, y cuando Rucandio se disponía a salir le detuvo Cartoya diciéndole;
—-Marcial, tengo que hacerte una encare­
cida súplica.
— Tú dirás.
— Que si antes de acabar mi entrevista con
estos señores y de que vuelvas para condu­
cirme abajo ves a alguien, o con alguien
hablas, no digas palabra de mí, ni de nuestro
encuentro, ni de que vivo.
— Pero...
— Es un ruego que te hago, invocando
nuestra antigua amistad.
— Basta, Ramón; no diré palabra— contestó
Marcial al tiempo de salir.
Maravillado, oyó Cartoya el relato, increí­
ble, a no hacérselo los mismos protagonistas,
de aquel colapto de 80 siglos; conmovido es­
cuchó sus lamentaciones por la incosciente
falta que al despertar habían cometido, y
su vivo deseo de remendar aquello con in­
mediata boda, que además los dejara tran­
quilos sobre eventuales riesgos de nuevos
accidentes, si otra vez los volvieran a poner,
traidoramente como antes, en estado de supertensión: lo cuál preocupaba mucho a Inés
y no tanto a Juan, por ser menos asustadi­
zo: aun cuando no por ello dejara de desear,
como su novia, ponerse pronto en regla,
anticipando la boda proyectada para ocho
días después: no, no es esto: no demorando
más la demorada ya durante ochenta siglos
es lo que querían decir.
Convencido Cartoya de la urgencia de la
boda, y previo juramento, de ambos, de que
al caer desmayados se había ya publicado
su última amonestación sin que nadie ale­
gara impedimento, decidió casarlos: con
tanto más motivo cuanto que el mismo ju­
ramento era innecesario; porque aun en
la hipótesis de que cualquiera de ellos hubie­
se estado casado en el siglo xx, forzosa­

mente sería ya viudo en el c; asi que media
hora después de comenzada la entrevista les
recitaba Cartoya la epístola de San Pablo
que se sabía de memoria, les echaba las ben­
diciones y los dejaba total y perfectamente
casados. Oon lo cual respiró Inés tranquila,
sin asustarse de su querido Juan.
Desde hacía muchos siglos eran desconoci­
dos en el mundo de los superpensantes, no
ya los matrimonios canónicos, sino hasta los
civiles; pues para unirse, cuándo y por el
tiempo que les apeteciera, no creían necesa­
rias, los supergozantes de ambos sexos, otras
formalidades que el acuerdo mutuo, ni se
avenían con trabas que impidieran la se­
paración una vez satisfechos sus fugaces
deseos, resultando cual consecuencia lógica
de tal manera de pensar y vivir que en el
mundo de arriba no existía el matrimonio
y eran cosas insólitas la prolongación de la
maternidad más allá de! alumbramiento, y
todavía más la paternidad: no importándo­
le a nadie saber de quién era hijo ni qué era
de los suyos. Mas ya se hablará de esto;
pues, si ahora se hace a ello referencia es
solamente como explicación del por qué, an­
tes de llamar a Marcial para que volviera a
conducirlo a las cuevas, dijo Cartoya a los
recién casados, después de abrazarlos:
— Hijos míos, os esperan grandes y tristes
sorpresas en este siglo desdichado en el
que entráis. Como os amo, no solamente
porque sois mis hermanos, sino porque veo
que sois buenos, deseo substraeros, si es
posible, a los dolores que allá abajo sufri­
ríais si los que viven aquí arriba se dieran
cuenta de vuestra semejanza moral con nos­
otros los parias.
— Pero esos infelices de que habla usted...
¿Cuáles son sus padecimientos?
— Hoy no: hoy no quiero decírtelo, hija
mía: hoy no quiero turbar el legítimo gozo
que debe procuraros vuestra unión, mez­
clando a él miserias y dolores... Ya lo sa­
bréis, y tiempo habrá de enteraros de la
horrenda tragedia, que hoy quiero callaros
y que tortura a la mayor y mejor parte de
la Humanidad.
— Pero lo que nos dice usted nos interesa;
desearíamos saber.
Sí, padre, sí: Juan tiene razón, yo
ansio...
— Aguardad, aguardad... ya lo sabréis,
pero no hoy
Hoy amaos: amaos el uno al
otro, sin que el dolor enturbie vuestra dicha.
Más adelante, siempre será pronto, lo sa­
bréis todo. Pero me he desviado del objeto
que llevaba al comenzar a hablaros.

41

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

Creo interesante para vuestra felicidad,
por la cual debo, por lo pronto, mirar, acon­
sejaros que evitéis que estas gentes— estos
superpensantes, como se llaman ellos, aun­
que su pensamiento se arrastre siempre
por el fango— vean en vosotros nada que
pueda interpretarse cual censura a la mi­
seria hondísima de sus vidas opulentas, a
su corrupción, a su fría perversidad, al co­
rrompido cenagal en donde viven.
—¿Pero en qué mundo hemos venido a
despertar?
— En uno mucho peor de cuanto podáis
imaginaros. En una inmunda charca de bes­
tiales goces, en donde no hallaréis ni el
Bien, ni el Deber. Pero pensad que habéis
llegado aquí por voluntad de la providencia.
Si es castigo, aceptadlo; si es otra cosa, disponéos a servir sus fines.
— Sí, sí.
—Pues bien; lo primero que habéis de
hacer, aunque os repugne, es callar lo ocu­
rrido entre nosotros, ocultar que sois espo­
sos unidos por legitimo matrimonio...
— Pero entonces no podremos vivir como
marido y mujer; tendremos que separarnos.
— Sí, Señor García, podréis; en primer
lugar, porque, siéndolo, así deben vivir y
en segundo...
— Pero yo me moriré de vergüenza— dijo
Inés, atajando a Cartoya—de vivir de ese
modo ante quienes ignoren que Juan es mi
marido.
— ¿El juicio de las gentes?... ¡De estas
gentes! No os preocupéis de él...
—Pero...
— Juzgarás lo que para ti, y para nos­
otros, puede y debe valer tal juicio, cuando
te diga que a nadie le sorprenderá veros
vivir como esposos, sin otro título para ello
que vuestro deseo mutuo; mientras que de
saberse que para ello habéis creído necesa­
rio uniros con el bendito vínculo del matri­
monio, os despreciarán por débiles de es­
píritu indignos de vivir entre gentes ilus­
tradas con superior cultura, libres de es­
crúpulos, de preocupaciones rancias y pue­
riles propias no más de parias. Creedme,
creedme, y seguid mi consejo. Cuando llegue
el caso no digáis “estamos casados” , sino
"estamos amigados” . No te escandalices: es
la frase adoptada por los supergonzantes
que se juntan y se apartan por poco más
tiempo, pero ni más ni menos que los ani­
males: es frase que sin ruborizarse pronun­
cian las señoras más encopetadas de la más
distinguida sooiedad.
— ¡Qué vergüenza!

—El único inconveniente, para el plan de
disimulo que os trazo, es que Rucandio está
enterado de nuestra entrevista: siendo pro­
bable que, de hacerse pública vuestra co­
municación con un despreciable paria como
yo, os perjudique; pero intentaré explotar
mi buena amistad con él, en pasados tiem­
pos, para conseguir que guarde silencio
sobre esta conferencia... ¡Quién sabe!... Me
parece que entre lo malo de esta sociedad
no ha de ser de lo peor. Voy a llamarlo,
¡ah!, delante de él tened mucho cuidado de
no tributarme la menor muestra de respeto.
— Entonces dejadnos que antes—al decir
esto se arrodillaba Juan ante Cartoya; y.
siguiendo su ejemplo, decía Inés:
— Sí, sí: permítanos usted que le besemos
la mano.
—Amaos, hijos míos: amaos mucho...
Hace centenares de años que hombres y
mujeres no pueden amarsie con amor de
almas sino allá, en lo hondo de nuestras
catacumbas. Vais a ser la primera pareja
que há siglos puede amarse con noble amor
de cristianas criaturas, no con amor de
bestias, a la luz del sol: gozad de esa gran
dicha, vedada a vuestros hermanos: amaos,
amaos: amaos hoy, sin acordaros sino de
vuestro amor, en tanto llega día en que
además del mandato divino que diciéndoos
“Ámaos el uno al otro” , os ordeno hoy cum­
plir, debáis acordaros de que hay otro:
“Amaos los unos a los otros "
Adiós: ya no podemos continuar hablando
de estas cosas; pues llamaría la atención
que tardara más en avisar a Rucandio.
—Adiós, adiós.
—Gracias, gracias...

*

»

*

Marcial, que durante el tiempo de su es­
pera no había cesado de pensar en el absur­
do de que un hombre de la posición y del
mérito de Cartoya viviera soterrado, y se­
parado de los suyos (los potentados y los
sabios), tuvo una idea súbita, al entrar en
la habitación, creyéndola de seguro éxito
para sacarlo de su lamentable ostracismo.
Asaltóle esta idea cuando, al franquear la
puerta frontera a un enorme ventanal, vio
por éste, a lo lejos, la grandiosa cúpula
translúcida del Palacio del Consejo Mundial,
sobre la cual se yergue la más esbelta y
atrevida torre, de 800 metros, existente en el
mundo, utilizada cual columna de amarre
de los aeroplanos y dirigibles que, de los
más lejanos países de la Tierra, transportan

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
mirativo respeto que, leyéndolo Cartoya en
a Mundiópolis a los representantes de las
los ojos de ambos, les dirigió una mirada
federaciones en las épocas de reunión del
intensa, con propósito de recordarles sus pre­
Excelso Consejo. Tan de improviso, y con
venciones de antes, procurando á la par ha­
tal rapidez, surgió el plan en la mente de
cerla más expresiva con las siguientes pa­
Marcial, a la vista del soberbio edificio, que,
sin hablar palabra, se fué derecho a la ven­ labras :
— Como con las ideas del mundo en que
tana abriéndola de par en par, para que
viven
ustedes no pueden respetar mis razo­
mejor fuera visto el palacio; y volviéndose
a Cartoya y extendiendo el brazo para mos­ nes para proceder como obro, me explico el
trárselo, dijo con voz vibrante de entu­ asombro Que a tos tres les produce mi con­
ducta.
siasmo:
Comprendiendo la indirecta, contestaron
— Ramón, mira esa maravilla, que es tu
los
recién casados, cruzando miradas, de in­
obra, y después dime si el hombre que la
hizo nacer de su inteligencia tiene derecho teligencia con el sacerdote:
— El señor Rucandio tiene mil razones.
a vivir encerrado donde jamás la ve, a subs­
— Quien ha hecho esa maravilla no tiene
traerse al disfrute de su gloria.
derecho a...
— Las hay más puras que esa.
— Señores, agradezco la intención que dic­
— Imposible... Pero además, si tan acor­
chado está en ti el sentimiento de tu legí­ ta sus palabras; mas creo inútil prolongar
discusión que aseguro a ustedes no puede
timo orgullo, y el amor a tu ciencia y a tu
conducir al fin que se proponen. Cuando
arte, contéstame: ¿crees tener derecho para
negarle al mundo otras maravillas como quieras, Marcial... ¡Ah! Me olvidaba adver­
esa, quién sabe si aún más bellas, que pueda tirte que estos señores están amigados.
— Perfectamente.
crear tu inteligencia?
Poniéndose muy colorada, al oír a Carto­
— Pienso en otras más imperecederas: no
ya, le agradeció Inés en el alma les aho­
de hierro, piedra y cristal como esa que,
rrara la declaración, que, a despecho de
si no en diez, morirá en veinte siglos.
cuanto él había dicho, de la manga ancha
— ¿Más imperecederas? ¿Cuáles?
— No me vas a entender..., Y no te ofen­ de los supergozantes, le habría sido a ella
das; porque, al hablar de incapacidad de penosísimo hacer.
Comprenderme, no me refiero a tu inteli­
Fuéronse Rucandio y Cartoya, y al des­
gencia, sino a tus hábitos y a tu corazón—
pedirse en los subterráneos y estrecharse las
contestó el sacerdote, comprendiendo que manos dijo el primero:
seria inútil hablar al sabio de la redención
— Créeme: me voy con igual pena que sí
de los parias, que era la empresa colosal, te hubiera visto suicidarte.
más todavía, racionalmente imposible, en
— Agradezco vivamente tu interés, aun
que estaba pensando. Es imposible Ramón,
cuando por razones muy explicables sea
que sigas en aquellos subterráneos; es pre­ equivocado— y al ver brillar los ojos de Mar­
ciso que vuelvas con nosotros, con los tu­ cial cual si los humedeciera la emoción de
yos; que sacudas esa demencia que te ha
la despedida, pensó que acaso en lo hondo
llevado a ellos.
del alma de su antiguo amigo habría algo
— Figúrense ustedes— prosiguió Marcial,
rara vez hallado en las de los supergozan­
volviéndose a Inés y Juan— , que este ca­ tes, y le dijo— : ¿Tienes curiosidad de saber
ballero es el primer arquitecto del mundo,
porqué me vine y cuál es la causa que aquí
el glorioso autor de ese maravilloso y mo­ me retiene?
numental palacio, de esa torre robusta cual
— Curiosidad no: interés vivísimo
forjada por cíclopes, delicada como encaje
— Pues si no se te pasa, o se te olvida,
tejido por hadas... Y quien tal hizo, y quien baja cualquier noche después de las diez,
podría, si quisiera, llenar el mundo de otras
hora en que termino mis deberes; y, si
maravillas, ha huido de él para ir a sepul­ quieres oírla, te contaré mi historia.
tarse en...
- Bajaré, bajaré: puedes estar seguro.
— ¿Cómo?... ¿Usted es el autor?...
— Adiós, y gracias por tu interés.
— ¿Usted ha hecho eso?
¡Qué horrible drama debe haber en esa
Dijeron Inés y Juan, apreciando simultá­ historia decía Marcial al ver alejarse por
nea e instantáneamente el temple heroico
la galería del subterráneo a Cartoya.
de aquel hombre, el valor de su renuncia­
Quién sabe, quién sabe— murmuraba
ción; y tan claro dejaron vislumbrar su ad­
éste.

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

43

Vill
EL DOCTOR MOB NOMBRA DOS SOTA-AYUDANTES A RUCANDIO

Los recién casados llevaban muy poco
tiempo de vivir en el siglo cien y, por lo
tanto, pensaban y sentían cual criaturas del
veinte: sus organismos, pasajeramente alte­
rados por el exceso de Cupidismo Mob, vol­
vieron a sus normales estados tan pronto
el ayudante de aquél los descargó, convir­
tiendo sus cupidios afectivos sobrantes en
amperios y voltios gastados en la luz del
arco, como pudo gastarlos en la maniobra
del ascensor que funcionaba entre el museo
y las catacumbas: resultando de lo uno y lo
otro que, en cuanto fueron eliminadas las
causas de pasional anormalidad, en nada se
diferenció la luna de miel de Juan e Inés
de cualquiera otra luna de miel del siglo xx,
por lo cual no merece la pena de detenerse
en ella. Ni en nada anterior a la presenta­
ción, al Doctor Mob, de los resucitados: como
no sea a la ligera, y con carácter meramen­
te episódico, en la primera comida que efec­
tuaron en compañía de Rucandio.
Es imposible dar idea de sibaritismo tan
exquisitamente refinado como el que, con
los siglos, habla alcanzado el arte culinario,
creando multitud de platos y manjares: su­
culentos unos, sutilisimamente delicados
otros. El progreso de la cria de animales
comestibles había aromatizado las carnes
con toda suerte de fragancias exquisitas,
la horticultura y la piscicultura se habían
convertido en ciencias profundísimas, la re­
postería se habla remontado a las altas re­
giones de la química transcendente, dando
por resultado todo que los recién casados
no supieran qué era nada de cuanto comían,
aun cuando si que al lado de ello eran por­
querías los menús de trescientas y más pe­
setas el cubierto de los más celebrados maes­
tros de cocina del año MM.
Si ellos, que lo comían, lo ignoraban, vano
intento sería pretender hacérselo saber a
los gourmets que lean esto, quienes habrán
de contentasse con dejar libertad a sus pa­
ladares para forjar placeres cuan deleitosos
aepa la más desbordada fantasía gastronó­
mica: con la certeza de quedarse por bajo

de la realidad; pues para los supergozantes
del siglo cien los primordiales fines de la
vida son soberbia, lujuria y gula, satisfa­
ciendo la última en calidad y en cantidad,
comiendo nada menos que diez o doce pla­
tos por comida, para lo cual ingieren con
cada uno una cápsula preparada con los
reactivos químicos necesarios para acelerar
la digestión estomacal de las substancias
componentes del manjar respectivo: con efi­
cacia tal que no los dejan parar arriba de
diez minutos en el estómago. Unicamente
así se explica la posibilidad de tales gentes
para trasegar pantagruélicas cantidades de
alimentos que los más voraces glotones del
siglo X X no pueden comerse en tres o cua­
tro.
Ya se ve que esto es un progreso sobre
los métodos romanos del tiempo de Lúculo;
pues entre los repugnantes vomitorios de
aquella época que permitían hartarse varias
veces seguidas y este científico medio de
gozar del hartazgo sin el henchimiento, y so­
bre todo sin la expulsión, hay un abismo.
Como de no adoptar previsoras precau­
ciones sería además tan copiosa nutrición
perjudicial a la salud, por engendradora de
obesidades y congestiones, entran también
en la composición de las citadas cápsulas
ingredientes que se apoderan de la mayor
parte de los principios nutritivos de los ali­
mentos: no permitiendo sean asimilados
por el organismo sino una cuarta o quinta
parte de dichos principios.
De aquí la necesidad en todas las casas de
dos jefes de cocina: uno propiamente co­
cinero, y otro jefe-químico, a quien el pri­
mero pasa una lista de los platos de que
va a componerse cada comida, con la anti­
cipación suficiente para que mientras él los
guisa prepare el otro las cápsulas adecua­
das para la acelerada digestión de cada una.
Por último— esto es sumamente intere­
sante— los entremeses y los postres, verda­
dera maravilla de la repostería y la fruti­
cultura químicas, han evolucionado hasta
convertirse en manjares eminentemente ce-

44

BIBLIOTECA N0VELE3C0-CIENTIFICA

rebrales, merced al predominio en ellos de
grandes cantidades de fósforo: que, según
es sabido, constituye el alimento por exce­
lencia de la inteligencia. Gracias a esto ca­
da supergozante, ingiere a diario, en estos
suprafosforadoa alimentos, el fósforo con­
tenido en tres o cuatro docenas de huevos.
Sobre el alcance de este régimen gastrocerebral dió Marcial curiosísimos detalles a
sus convidados), haciéndoles comprender
cómo habla determinado una elevación del
nivel de las inteligencias: al extremo de que
el más torpe de los superpensantes del año
diez mil habría pasado por hombre talen­
tudo a v iv ir en pasadas centurias.
— Egte descubrimiento— dijo al servir a
Inés de una tarta de un bizcocho levísimo—
ha sido el que más ha hecho avanzar al
mundo, pues a él se deben la mayor pane
de nuestros inventos: por ejemplo, el biz­
cocho que está usted comiendo aumenta la
memoria prodigiosamente: estas uvas ejer­
cen notable excitación de las facultades in­
ventivas, y son muy usadas por quienes se
dedican a la ingeniería; la mermelada que
ahora se sirve el Señor García obra direc­
tamente sobre las facultades discursivas de
nuestros filósofos, sugiriéndoles sus más
profundos silogismos; quienes se abisman
en las sublimidades de las altas matemáti­
cas prefieren estas jaleas.
Y no solamente debemos a estos inteli­
gentes manjares nuestros progresos cien­
tíficos, sino asimismo la supremacía políti­
ca, el absoluto e indiscutido dominio que
no obstante lo reducido de su número ejer­
ce nuestra casta de los escogidos, sobre las
innumerables manadas de parias que cons­
tituyen una humanidad inferior a la nues­
tra, una especie de seudocriaturas subracionaTes.
— ¿Y en qué consiste esa inferioridad?—
preguntó Juan, con viveza de expresión alar­
mante para Inés, pues su conocimiento del
carácter de su marido la hizo advertir que
la pregunta sonaba más a protesita que a
interrogación.
— Pues muy sencillo: en la inteligencia...
Como jamás los dejamos probar estos man­
jares, y no les consentimos instruirse, son
evidentemente humanidad inferior.
— Pero eso es...— iba a decir Juan “ eso es
un infame abuso de fuerza” , pero un piso­
tón y una mirada sumamente expresiva de
su mujer lo dejaron callado y perplejo en el
giro que habría de dar a la frasie comenzada
para evitar molestar con ella a su anfitrión,
quien no se dió cuenta de nada porque Inés

se apresuró a tomar la palabra, diciendo
con viveza:
__Es una ingeniosísima idea... Eos uto­
pistas de nuestros tiempos demostraron su
ignorancia del arte de gobernar a las mul­
titudes decretando la instrucción general
obligatoria, con la cual se engreían los hom­
bres el extremo de hacerse imposible man­
tenerlos en la obediencia: indudablemente,
ustedes son mucho más perspicaces.
— SI: nosotros hemos substituido lo que,
con muy buen juicio, ha calificado usted de
utopia de sus contemporáneos, por una ley
mucho más práctica que establece la Igno­
rancia General Obligatoria de cuantos han
de obedecer.
Hecho ya cargo García de que las pala­
bras de Inés respondían al consejo de Cartoya, que él había estado a punto de olvidar,
las secundó diciendo:
— Es indudable, es evidente: asi no ten­
drán ustedes nunca que temer sublevacio­
nes; así habrán asegurado una paz octaviana entre los hombres, haciendo imposibles
las luchas de clases.
— Naturalmente: cuando uno no 'puede, dos
no riñ en : la cosa es clara. Y sin embargo,
me sorprende que personas como ustedes,
educadas en ideas diferentes lo hayan visto
tan pronto: lo cual me prueba que, aun na­
cidos en remota fecha, y aun sin necesidad
de afinar sus inteligencias con estas frutas
y estas confituras son ustedes acreedores a
entrar, por derecho propio, en nuestra casta
de superpensantes.
Después de esta galantería de Marcial,
nada digno de mención ocurrió en la comi­
da, al terminar la cual acompañó aquél al
matrimonio al aposento donde, por la ma­
ñana, se había efectuado la resurrección:
excusándose de no ofrecerles alojamiento
más conveniente porque, a causa de haberse
anticipado aquel acontecimiento, no estaba
preparado otro más confortable y amplio,
que al día siguiente, cuando el maestro re­
tornara, se les destinaría. Y enseñándoles
el juego de unas palancas para hacer salir
de la pared lavabo y diversos utensilios de
aseo y comodidad los dejó solos.
*

*

*

A la tarde siguiente, a tiempo que Inés
encargaba a Juan mayor cuidado en recatar
sus impresiones y reprim ir sus prontos al
hablar con los superpensantes, para no apar­
tarse de la prudente conducta, recomendada
por Cartoya, de callar a todo, por dispara­
tado e infame que les pareciera cuanto vie-

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

ran o escucharan, llegó Marcial para llevar­
los a ver a Mob que los esperaba en su des­
pacho; pues por lo visto, debía el director
tener— esto es observación que para si hizo
Inés— ínfulas de testa coronada, cuando no
creía deber tomarse la molestia de ser él
quien primero visitara a una señora recién
llegada de un viaje nada menos que de
ochenta siglos.
Si antes de conocerlo le era ya don Ro­
berto muy antipático, en principio, a Inés,
por el abuso de confianza de las consabidas
vibraciones, todavía le fué, cuando lo vió,
más antipático de hecho y en persona, por
viejo, feo, espetado y vanidoso; pues no obs­
tante la aparente cortesanía de su recibi­
miento, trascendía de todas sus infatuadas
maneras convencimiento de indiscutible su­
perioridad sobre cuantos se acercaban a él;
porque, efectivamente, entre los superpensantes se tenia Mob por supergenio.
Después de las obligadas, pero frías con­
gratulaciones por su dichoso despertar, muy
diferentes en el tono de las cordiales mane­
ras de Marcial; después de decirles que ya
el último le habla informado de que los re­
cién llegados del siglo veinte no eran tan
bárbaros como era de esperar, dada la época
de donde venían, espetó a los que conside­
raba como casi súbditos suyos lo siguiente:
— Me complace, me complace encontrar en
vosotros— según se ve les apeaba de primera
intención el tratamiento— personas de cere­
bros siquiera semicultivados, porque así po­
dréis apreciar cuán grande es vuestra suer­
te al despertar cuando precisamente acabo
de hacer el descubrimiento más portentoso
que los siglos han visto.
— No, abuela, no tiene— dijo para sí Juan.
— ¡Qué tío más antipático!— pensaba Inés.
— A mi servicio vais a ver grandes cosas;
porque llegáis cuando mi genio se dispone a
remontarse en vuelos todavía más altos...
Hizo una pausa Mob, como esperando al­
go; y comprendiendo Inés cuán importante
era captarse la simpatía de aquel vanidoso,
y que la pausa en su campanuda perorata
era hecha a intento para dar lugar a sus
oyentes de manejar el incensario, dijo:
— SI, señor, sí; estamos encantados. Des­
de que el señor Rucandio nos dejó entrever
lo poco que nuestras pobres inteligencias
han podido columbrar de vuestro maravillo­
so invento estamos impacientes; pues como
somos cultivadores, aunque indignos, de la
ciencia, tenemos verdadera ansia de cono­
cer lo que la benevolencia de Vuestra Excel­
situd quiera mostrarnos de la obra de su ge­
nio... Aun recelando las dificultades que ha­

45

bremos de encontrar para seguirle en esos
vuelos que...
— Muy bien, muy bien, hija mía... El ta­
lento, que ya Rucandio me había dicho te
adorna y tus palabras acaban de evidenciar,
no empece, según veo, a una modestia que
lo avalora más.
— Di tú algo, hombre— dijo ella por lo bajo
a su marido.
— ¿Cómo había de empecer, Excelso Direc­
tor— dijo Juan, que cual se ve era un poco
sarcástico— . ¿Cómo es posible que dos mo­
destas hormigas de una ciencia prehistórica
no sientan su insignificancia ante quien vue­
la, como águila, sobre los sabios de la cien­
cia moderna?
— Tenia usted razón, Rucandio: son muy
simpáticos estos muchachos: muy simpá­
ticos.
— Muchachos... Agradezco el calificativo,
Señor Director, tanto más galante cuanto que
usted podía ser nieto nuestro: y nacido de
la generación número trescientos y pico...
— Ja, ja, ja... Es ocurrente, es ocurrente,
esta señora: y es verdad, tiene razón... Pe­
ro, ya es hora de hablar de cosas serias...
Conviéneos advertir que dado el modo como
habéis venido a mis manos, podría utiliza­
ros en mis investigaciones considerándoos
como simples parias.
Al oír estas palabras, y pensar que esta­
ban a merced de aquel hombre omnipotente
y sin conciencia, se estremecieron de terror,
los esposos, cruzando miradas significativas
en donde ambos leyeron su común pensa­
miento.
— Pero como mi ayudante me ha dicho
que sois listillos, y después de oíros, no me
parecéis tontos del todo se me ocurre la
idea de que acaso, con la ayuda de Rucan­
dio, podáis entender, si no todo mi invento,
la parte necesaria para colaborar en algu­
nos menudos perfeccionamientos que proyec­
to; y en consecuencia he decidido poneros
a sus órdenes en mi laboratorio de investi­
gación. Ese es vuestro destino.
No os oculto que en tesis general habría
yo desconfiado para tales funciones de gen­
tes incultas nacidas en el bárbaro siglo xx:
pero la circunstancia de ser uno de vosotros
electricista y químico el otro, me hace
arriesgarme a poneros a prueba... Allá ve­
remos qué valen vuestra electricidad y vues­
tra química.
Os haréis cargo de que un hombre de mi
altura nó puede perder tiempo en minucias
ni molestarse en explicar detalles de su in­
vento a dos advenedizos. Como además es
probable que no los entendáis, pues no me

46

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

es fácil descender a la altura de vulgares
inteligencias, he resuelto que esas menuden­
cias os sean explicadas por vuestro inme­
diato jefe el señor Rucandio, con los apara­
tos y las yuntas generadoras a la vista.
— ¿Qué será eso de las yuntas?— pregun­
tó Inés en voz baja a su marido.
— Que sé yo, pero, como a ti, me ha cho­
cado.
_El verá de qué conviene enteraros, se­
gún adonde lleguen vuestras luces y él dirá
después el sueldo que merezcáis, dado que
vuestros servicios sirvan de algo. Mientras
tanto os daré casa y comida: de vosotros
depende el obtener, antes o después, remu­
neración metálica.
Quiero insistir en que mi magnanimidad
os hace la merced de no clasificaros desde
luego entre los parias, sino en una categoría
intermedia y provisional entre éstos y los
superpensantes... Según lo que hagáis os
quedaréis entre nosotros con la considera­
ción de tales, u os enviaré allí abajo... ¡Ah!,
Rucandio.
Mientras don Roberto cuchicheaba con
Marcial algo que, sin duda, no quería oyeran
los bárbaros del siglo XX, decía Juan a
Inés:
— Con tal de perderlo de vista, ganas me
dan de decirle que nos envíe desde luego
abajo, y que se guarde sus ayudantías, con
las que no se arruinará.
— No seas loco. Acuérdate de lo que Cartoya nos dejó entrever de la horrible vida de
los parias.
— Pero esto que nos ofrece, esa comida
que nos echa, se parece mucho a la escla­
vitud, o cuando menos a vergonzosa servi­
dumbre, indigna de personas de carrera.
— Calma, Juan, calma: a mal tiempo bue­
na cara. Además, nos ha dejado vislumbrar

el posible ascenso a superpensantes; y como
perece que felizmente vemos a tener poco
roce con él...
_Es que si fuera mucho se me figura que
no iba a poder contenerme.
— Pues mira, hijo, es preciso que mucho
o poco te contengas; porque no estamos para
dar coces contra el aguijón, y porque lo dig­
no no empece, como dice ese tío, a lo pru­
dente.
En esto, terminado el aparte con Marcial
volvía Mob a dirigirse a sus electos subayu­
dantes diciendo:
— Voy, por tanto, a informaros, únicamen­
te en síntesis... ¿Sabéis qué quiere decir
síntesis?
— Sí, Excelso Señor.
— Bien, hija mía, bien: me gusta ver que
sabes tratar a las personas... Decía que os
haré conocer la esencial finalidad de mi
invento, como base sobre la cual caigan más
fructíferamente las enseñanzas menudamen­
te técnicas de vuestro inmediato jefe. Poned
mucha atención, y si no entendéis algo,
aguantaos, por lo pronto, y preguntad des­
pués al señor Rucandio, porque a mí me
molesta que me interrumpan cuando hablo,
y me irritarían vuestras torpezas: yo no so­
porto a la gente torpe. Os permito sentaros,
y ya lo sabéis, nada de interrupciones: como
no sea para aplaudirme.
Dicho esto tomó el sabio la actitud de
quien va a comenzar un discurso en una
academia, carraspeó, y dijo:
Atención y no perdáis ni una palabra, pues
todas han de ser transcendentales.
Inés se esforzaba, entre tanto, en contener
a Juan, que no pudiendo aguantar la gro­
sera altanería de Mob, estaba a dos dedos
de echarlo todo a rodar.

IX
EL AMOR-MOB
Tomando el viejo la palabra dijo:
— En el ignaro y luefie siglo de donde ad­
venís producíais el termicismo, quiero decir
el calor, y la fuerza quemando una grosera
y poluta substancia, que hoy desconocemos
en la Tierra, y que vosotros llamabais car­
bunus.

¿Carbunus?... Se referirá usted al car­
bón: es carbón como lo llamábamos.
Te figurarás que necesito yo que me
digas cómo lo llamabais: no se llamaba car­
bón sino carbunus, y he dicho que no se me
interrumpe...
Remotísimo queda el tiempo en que, con

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

47

— Cuán raquíticas nos parecen a los suposterioridad al accidente que os ha tenido
perpensantes de hoy las inteligencias y las
sincopizados, y te esfumó el recuerdo del
aspiraciones que pedían al Amazonas, al Niverdadero nombre del carbunus, consumie­
ger, al Indo unos cuantos miserables millo­
ron los hombres la última tonelada de aquel
nes de elefantes de vapor (1). No sé si vos­
primitivo manantial de potencia que, des­
otros alcanzasteis esa otra mísera antigualla
pués, fué substituido en la industria por el
que llamaban vapor.
jPetroleum y el alcohol. Los postrimeros ya­
cimientos del primero existentes en nuestro
Me he distraído. ¡Ah, s í!; decía que aque­
planeta, fueron, más tarde, prematuramente
llos elefantes de vapor eran utilizados sola­
dilapidados por aquellos salvajes que no
mente donde, en reducidas extensiones, los
sabían aprovechar, al convertir el calor en
transportaban las primitivas y materiales
fuerza o luz, sino una minúscula y ridicula
canalizaciones eléctricas, con su ridicula ba­
proporción del calor producido; mucfioa
lumba de cables, postes, columnas y aisla­
siglos más tarde, se dificultó la obtención
dores, groseros artefactos arrumbados por
del alcohol con el progresivo enfriamiento
la mentalidad moderna; muletas en que una
de la tierra y consiguiente escasez de azú­
ciencia coja se apoyaba cansina para reco­
car en las plantas... Vosotros no sabréis
rrer penosamente un áspero camino.
que el alcohol se obtiene del azúcar.
— ¡Qué contraste con los tiempos presen­
— Algo habia yo oído de ello a los quími­
tes!
cos del siglo x x ; pero a certeza no llegaba
— ¡Bravo, bravo! — exclamó Inés, aplau­
hasta ahora—contestó Juan con ironía trans­
diendo, a rabiar— . A p l a u d e , hombre,
parente que le valió un codazo de su esposa.
aplaude.
Gracias a que en la soberbia de Mob no cabía
— ¡Bravo!—hizo coro Juan— . Perdone,
la idea de que nadie pudiera hablarle, a él,, perdónenos, señor, que lo hayamos inte­
irónicamente.
rrumpido; pero su portentoso y exacto do­
— Para que podáis colegir hasta qué pun­
minio de la historia de la electricidad y de
to se enfrió la Tierra, os diré que la tempe­
los brincos de agua, expuesta con su arre­
ratura de 60 grados, que era la media anual
batadora elocuencia, nos han arrastrado.
de las zonas templadas en el siglo x x ..,
— No hay de qué, no hay de qué...'Ya os
-—No le digas que no, no le digas que no—
he dicho que para aplaudir podéis inte­
dijo Inés, a Juan, asustada al oír el dispa­
rrumpirme cuando os sea imposible conte­
rate.
neros, pues me hago cargo de vuestro entu­
— ...descendió a cuarenta que era la re­
siasmo: es muy natural... Bien, decía: ¡qué
gistrada en el l . Por ley ineludible do la
contraste con los tiempos presentes! Y que­
necesidad, que empujaba a aquellos hoipría decir con los que han precedido a la
etapa que el mundo llamará del A m ob M ob,
bres primitivos, se inició en el mundo la
penosa transición de la ruda época conoci­
porque pensando en éste, el contraste es to­
da con el nombre de la Edad del Humo, a
davía mayor.
los civilizados tiempos en los que os he he­
Hoy, el Geo-termo-atractor arrebata a
cho resucitar.
millares las kilo-calorías (2) a los diversos
—Vosotros conocisteis, pues en ella vege­
mares interiores de fundidos metales que
tasteis, la Edad del Humo; pero ignoráis
hierven en cavernas sumergidas bajo la epi­
que el comienzo del subsiguiente período
dermis del planeta: bastando para ello es­
evolutivo se inició en la Epoca Hidráulica, tablecer dicho aparato a la proximidad de
pobre edad en la que a tropezones comen­
las ingentes chimeneas de los plutónicos
zaron los humanos a dar sus primeros y
hogares llamados volcanes, trocados ya de
vacilantes pasos en la senda del progreso.
verdugos del hombre en sus humildes sier­
Abarca dicho lapso no pocas centurias, y
vos.
se caracterizó tal época por el empleo de la
Hoy, el see-catching-power, o mareo^oafuerza natural de las corrientes lluviales,
tio, almacena millones de miriatonelámecapturada en lo que llamaban brincos de
agua. El primero de éstos fué construido e
inaugurado en el Ganges por un ingeniero
(1) Esto no era otro histórico disparate de Mob,
belga llamado Franklin, en el año 3613.
aunque García lo creyera ; pues, efectivamente: en
elefantes de vapor se había llegado a medir en el
— ¡Atiza!— exclamó García, felizmente en
mundo la fuerza de las grandes maquinas después
español, mientras Mob bebía un sorbo de
de la congelación de aquél en Bilbao, porque el ca­
agua.
ballo era demasiado pequeño.
— Calla, maldito, calla—le dijo su mujer
(2) La kilo-caloría equivale en fuerza mecftnica
a la friolera de 425.000 kilográmetros.
en el propio idioma.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

48
(1), substraídos al flujo y al reflujo de
tros
los mares.
,
. i nc
Hoy el helio-transformador substra
rayos del sol el calor sobrante en l a s » M
tropicales, transportándolo a las r gx
polares, para dulcificar las álguidas temp
raturas de ellas (2). Mucho os Pare“ rJ* ^
sin embargo después de apoderado de esos
poderosos manantiales de energía, todavía
luchaba el hombre con entorpecimientos para
aprovchar tal potencia, hasta que yo he lo­
grado librarle de las faenas de transportar
las energías plutónicas, neptúnica, solar, des­
de el volcán, los océanos o los desiertos, a los
talleres donde han de obrar las actividades
de esos agentes: todavía teníamos que metamorfosearlas entre sí, o en vibraciones eléc­
tricas, lumínicas, químicas o mecánicas; y
si bien hace ya muchos siglos que la huma­
nidad supo prescindir de los pueriles artilugios conductores empleados en las edades te­
nebrosas de los brincos de agua, y si bien
hemos dado a la energía alas de ondulación
eléctrica con que hiende el espacio, al modo
de la idea o la palabra en la telegrafía y en
la telefonía sin hilos, todavía se usa hoy en
el mundo complicada maquinaria para rea­
lizar aquellas transformaciones; todavía son
menester ingenios poderosos para dar a las
fuerzas los impulsos que las llevan de los lu­
gares donde nacen a los talleres donde tra­
bajan: todo esto es potencia malgastada, tra­
bajo improductivo.
Reflexionando un día en todas estas tra­
bas, vi claro que era preciso sacudirlas; que
la Humanidad tiene derecho a exigir a la
moderna ciencia, cuando la ciencia tiene uñ
sabio que se llamaba R oberto M ob, que a su
disposición ponga generadores de energía
con actividad infinita, que por sí reproduz­
can cuanto el hombre les tome... Y Mob se
dijo que él sabría hallar un agente capaz de
transformarse en toda fuerza, susceptible
de ser aprisionado dondequiera, que no
fuera preciso ir a buscar a los cráteres, a
los mares, a la aridez de los desiertos por
el sol calcinados: un manantial omnipresente e inmensurable de proteica energía
potencial.
—¿Cuál?
Hizo Mob nueva pausa, cual querien­
do dar tiempo a que lo dicho labrara huella
en sus oyentes.

toL\Ja¡T í°n meta) de
£ f S
(2)



<!°

rc ° de altura- ™

Para este libro es tema ya sobrado amplio.

Y la había producido, pues tan pronto
como al entrar en materia y salir de preám.
bulos dejó Mob de amontonar palabras pre­
suntuosamente rebuscadas y disparates históricos—muy disculpables a distancia de mu.
chísimos siglos, pues sabe Dios lo que dirían
medos y egipcios al leer las historias que de
ellos estudiábamos en el siglo xx—, su sa­
biduría y su elocuencia, tan colosales como
su vanidad, le hicieron remontarse a al­
tura que no desmerecía de la grandiosidad
del tema planteado. Por ello, y a despecho
de la antipatía que inspiraba a los resuci­
tados, estaban éstos pendientes de sus la­
bios y subyugados por vivísimo interés:
tanto, que al terminar el sabio el anterior
período, y aun cuando no aplaudieron, co­
mo esperaba él, habiendo para ello hecho la
pausa, vió en sus miradas tan ansioso afán
de que siguiera hablando, tal interés en la
resolución del magno problema ante ellos
planteado, que las miradas le supieron a li­
sonja, y le halagó el mutismo cual si fuera
un aplauso.
—Parece que os interesa, ¿eh?
—Sí, sí; mucho, muchísimo—contestare.;
con real sinceridad los interrogados.
—Me parece, amigo Marcial, que aun te­
niendo esta gente poca cultura, como es ló­
gico, podremos sacar algún partido de ellos.
—Ya se lo dije a usted, maestro.
— Sí, sí, y me gusta verlos capaces de in­
teresarse con mi invento... Vosotros no sa­
béis que la gravitación universal, venero in­
extinguible de energías, es la potencia úni­
ca, la fuerza esencial, de la cual sólo son
una de tantas actividades las variadísimas
atracciones y los impulsos que sostienen y
empujan los átomos del universo sideral,
vulgarmente llamados soles, estrellas, mun­
dos; ignoráis asimismo que sólo son moda­
lidades de ella la cohesión que, al trabar las
moléculas, es madre de la forma de los
cuerpos, la gravedad que a las tierras suje­
ta cuanto sobre ellas permanece o se mue­
ve: rocas y ríos, montes y mares, piedras
y nubes; que metamorfosis, no más, de la
misma soberana gravitación son las sim­
patías y las repulsiones eléctricas o magné­
ticas, la afinidad química; que luz, electri­
cidad, magnetismo, cohesión, calor, gravedad,
fuerza expansiva de los gases, son una so;a
cosa: gravitación que ondula o vibra de dis­
tintas maneras. Y claro es que si ignoráis
todo eso, todavía con mayor motivo igno­
raréis que la gravitación no es sino...
Aun no es tiempo de decíroslo.
Hasta ahora no ha sabido el hombre do­
meñar ese agente por excelencia, y emplea11"

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN
, j10gares que se extinguen, e impulsos que
decaen, sus ímprobos esfuerzos, sus fraca­
sos nos dan en él la imagen de aquel rérobo del infierno del Dante, condenado a
empujar pendiente arriba rocas que, al lle­
gar a la cumbre, se despeñan. ¿Y habremos
de imitarlo eternamente?... No, no es ése
el camino; cual nuevos Prometeos, tenemos
que robar al cielo la gravitación; hacer que
en nuestras manos sean fuerza industrial
las fuerzas siderales.!.
pero ¿cómo?... Ya adivino que sospecháis
pretendo detener la carrera de un astro,
capturar el inmenso calor así sobrante y al­
macenar la fuerza colosal que libre queda­
ría al producirse la cesación del movi­
miento.
¿Cuál? ¿Marte, Júpiter, Venus?...
No, ninguno: esta hacedera empresa cons­
tituiría un inmoral abuso de poder, incom­
patible con la buena amistad que nos liga
a venusianos, marcianos y demás veci­
nos de este distrito planetario, donde todos
vivimos; un incorrecto proceder que, per­
turbando el diplomático equilibrio de nues­
tro sistema solar, violaría los convenios
acordados en el Congreso de la Paz Plane­
taria, celebrado el año 8033, en el tercer sa­
télite de Júpiter; atraerla sobre nosotros la
condena del Tribunal de Arbitraje, perma­
nentemente constituido en la zona neutral
del anillo de Saturno, y determinarla una
bélica coalición, contra nosotros, de los de­
más planetas (1).
Pudiera alguien creer que siendo la Luna
plena propiedad nuestra, y no existiendo ha­
bitantes en ella, por hacer mucho tiempo
que todos los lunáticos viven en la Tierra,
podríamos utilizarla para lograr nuestro
objeto...

la velocidad de traslación de nuestro pro­
pio globo, y hacerme dueño de la energía
que así quedaría sobrante (1); pues eso ha­
bría sido gastar de los propios recursos, sin
inmicuírse en haciendas ni en mundos aje­
nos, pero las sociedades de fomento agrícola
me habrían salido al paso, por no avenirse
con ensayos que, pertubando las estaciones,
transformando las labores del campo y re­
tardando la germinación de las plantas, ha­
brían modificado hondamente el rendimiento
de las cosechas y alterado el valor alimen­
ticio de los frutos de donde extraemos los
elixires y extractos con que nutrimos nues­
tros cuerpos, inteligencias y memorias.
Por ello, desdeñando esos vulgares me­
dios, me pregunté:
¿Qué sobra en nuestro mundo, pobre, vie­
jo y frío?... Claro está: hombres, mujeres;
sobre todo, mujeres. Inútil resulta que in­
telectuales, magnates y plutócratas, que los
superpensantes y los supergozantes no pro­
creemos sino por extraordinario evento; in­
útil que, por dicha nuestra, hayamos casi
por completo perdido, como Tolstoi ha siglos
deseaba, la aptitud reproductiva, si la ma­
nada de micro-criaturas que, hacinadas, ve­
getan en los cuchitriles y talleres del sub­
suelo de nuestras ciudades y en las cuevas
de nuestras aldeas, sigue llenando el mundo
con sus inmundas crías.
—¿Cómo atajar el mal?—nos decimos al
ver crecer y crecer ese hormiguero huma­
no (encadenado a nuestras máquinas y fae­
nas), a la par que vemos decaer la aptitud
nutritiva del planeta...
Pasen cien años sin encontrar remedio, y
fatalmente habremos de acudir al canibalis­
mo y nutrirnos con la nauseabunda carne de

-¿ ...?

—Dios nos libre; además de tener, como
luego veréis, algo mejor y más sencillo, me
retrajo de esa empresa el temor a las pro­
testas que la Academia de Bellas Artes for­
mularía en nombre de la poesía y en defen­
sa de las hermosas noches esmaltadas con
!uz que no deslumbra, donde más que los
rayos del melancólico astro brilla la fanta­
sía de poetas y pintores.
No cabe duda de que, sin tropezar con los
inconvenientes señalados, pude disminuir

,

1 Rejamos integra a Mob la responsabilidad
e a afirmación, que debe ser verdad cuando él la
rii.ii'!’ 136 13116 6n e3 sigl° c bajan ya hecho su apamrnn eD J(ipiter y Saturno razas humanas más o
on'niA parec'^ as a la nuestra; para lo cual, en
,flb ,n °e nuestr°a sabios astrofísicos, no están
üavía maduros esos planetas.

fl) El grado de progreso alcanzado en el ma­
nejo de la ondulación eléctrica hace que me pa­
rezca muy hacedera la empresa de que Mob nos ha
hablado, de reducir la velocidad de rotación de
nuestro planeta, pues antójaseme que para conse­
guirlo bastaría...
Lo anterior se ha copiado de nota redactada por
Inés Ramírez que el coronel Ignotus no cree opor­
tuno copiar hasta el final, pues pudiera darle la
ocurrencia de contar el invento cualquier día en
otro libro de esta biblioteca, y no quiere, cuando
menos se lo piense, recibir la sorpresa de verlo pu­
blicado en alguno de otra que no sea la suya, mas
presentada a intento en forma que con ella pueda
confundírsele.
Y no es suspicacia, sino escarmiento; pues usur­
pando el pabellón de esta Biblioteca NovelescoCientífica, creada por Ignotus, han salido a la ca­
lle libros que no ha escrito él, que no pertenecen
a su biblioteca y que, por tanto, no tienen derecho
a cobijarse, como lo hacen, bajo el título de ella:
aun cuando no sea más, porque la cosa puede in­
ducir a error al público.

4

biblioteca novelesco -cientifica
50

dones con aquellos nombres; el amor, a
esas bestiales muchedumbres que, incons­
cientes, sin atender sino a irracionales / formas, siendo a la vez todo ello.
egoísmos, dan rienda suelta a brutales p a ­
Vais a verlo muy claro.
siones y aman, y aman sin tasa ni mesura,
En torno de los soles giran los planetas,
caminando a un verdadero suicidio de la
libando en ellos vida; gira el amante en
especie humana.
torno del amado, y en él cifra la suya. Fuer­
Desde que Mob había comenzado a tocaT
za centrípeta, atracción, son dos nombres
el punto relativo a la reproducción de la
distintos del lazo que encadena los mundos
especie humana, la admiración de los b il­
a sus luminares, y amor es un imán que
baínos había sufrido golpe muy rudo a l
junta corazones: en puridad, fuerza centrí­
apreciar los quilates de su moralidad. P e ro
peta. Desconfianza, recelo, son impulsos ex­
al oírle expresarse con desprecio Inhumano
céntricos, opuestos a la comunicación amo­
de las desventuradas víctim as del cruento
rosa; suprimidlos, y el amor reunirá a los
despotismo de los superpensantes, sintieron
que se aman, cual con la cesación de la fuer­
repulsión, todavía más violenta que antes,
za centrífuga, que a las tierras empuja a
pues presentían algo horrible en lo que aún
recorrer sus órbitas, se incendiarían las tie­
les quedaba por oír.
rras al caer en los soles. Y si a la inversa,
Absorto el sabio en el culto a sí mismo
substraéis a un astro su fuerza centrípeta, o
tributado por su soberbia egolatría, no per­
el amor del corazón de uno de los amantes,
cibió el espanto, que Marcial sí advertía en
aquel mundo, alejándose ciego del hogar de
los rostros de sus oyentes, ni se dió cuenta
donde toma vida, se abismará en las sole­
de los cuchicheos de Inés con Juan; pues
dades del espacio helado por el frío sideral,
asustada al ver la indignación que brillaba
y aquella criatura, con solitaria vida, se hun­
en los ojos de ,éste, procuraba calm arlo
dirá en los hielos de la indiferencia y del
mientras D. Roberto proseguía en los si­
olvido...
guientes términos:
¿Queréis más pruebas? Pues ved los ce­
— Entonces v i que la humanidad tiene an­
los, eclipses del amor, que un astro entro­
te sí no uno, sino dos problemas urgentes;
metido provoca interponiéndose entre quie­
pues aun más alarmante que la penuria de
nes aman. ¿Qué es un eclipse? Sombras.
agentes generadores de fuerza industrial, es
¿Qué son los celos? Sombras.
el crecer desenfrenado de la especie huma­
¿ Y qué son los conflictos pasionales sino
na, cuyo peor enemigo es el am or suelto, y
entrecruzamientos de órbitas, de seres que,
entonces nació en mi mente el genial pro­
con el choque, producen la catástrofe? ¿Y
pósito de resolver, a la par, con una solu­
qué las mariposas del amor, coquetas y te­
ción, los dos problemas.
norios, sino astros errabundos, tornadizos,
Lo diré de una vez: la energía que de la
versátiles cometas, que al volar de sistema
industria va a arrojar toda otra fuerza es
el amor. (Colosal impresión en el auditorio
a sistema planetario van cada día asomán­
dose a un mundo diferente, sin posarse en
y pausa internacional del conferenciante).
ninguno?

Esperaba vuestra sorpresa— continuó el
orador— , que en breve harán cesar mis ex­
plicaciones, porque el amor no es ni más ni
menos que una manifestación hasta hoy no
advertida de la gravitación universal: la
gravitación en su form a psíquica, emplean­
do una palabra ha siglos desterrada del
idioma. Más todavía: tal modo de ser de la
gravitación aventaja a cuantas modalida­
des de ella conocemos; pues mientras éstas
se presentan bajo un solo y mismo aspecto,
amor resume en sí todas las manifestacio­
nes de la energía única, y en tanto, luz, ca­
lórico, electricidad, fuerzas mecánicas, no
son en cada instante sino vibraciones lum í­
nicas, plutónicas y hertzianas o dinámicas;
resultados sucesivos, distintos, de modifica-

E1 giro inesperado tomado por la confe­
rencia había desimpresionado a los esposos,
que seducidos por la indudable originalidad
de las comparaciones de Mob, ya no sentían
raiedo, y hasta llegaron a reírse con algunas
de ellas, con visible complacencia de aquél,
flue continuó:
—Ya veis cómo gravitación y amor son
una misma cosa. Pues también vais a ver
due amor es luz. En incesante giro voltea la
Tierra sobre su propio eje. ¿Sabéis por qué?
jorqu e mientras quedan sumidas en la no^ le las partículas del polvo de su suelo, y
as gotas del agua de sus mares, cada una
Y todas ellas la empujan, impacientes de
fiue, girando presurosa, las lleve donde pue-

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

dan saciar sus ansias de ver alborear la
nueva aurora, bañarse en luz, caldearse y
embriagarse con fuego y resplandores de so­
lares efluvios.
¿No es esto amor? ¿No es insaciable anhe­
lo por las tierras y los mares sentido de
los besos del sol?
Y esa fuerza incesante con que montes y
mares, prados y bosques, hundidos en la
sombra, empujan a los bosques y los mon­
tes, los prados y los mares regocijados con
la lumbre del día. ¿qué es sino envidia, ce­
los, nostalgia de las caricias de ella?
¿Qué más? Quitad la luz del mundo, y
todo será negro, feo: en tinieblas se hundi­
rá la forma, y la belleza morirá con ella.
Surja de nuevo y todo brillará con armo­
nías de líneas, matices y colores; y como
de las piedras saca el eslabón fuego, y co­
mo cuando el sol toca los objetos se desva­
nece la fea sombra entre fulgores de belle­
za de la luz triunfante, asi el amor, engala­
nando pródigamente al ser amado, lo em­
bellece con toda perfección.
¿Calor?— No, mucho más: fuego que arde
en el corazón, caldea las almas, derrite vo­
luntades; manantial ígneo que aun hace
más, pues lo mismo que el fuego material
licúa cobre y estaño pitra formar con ellos
un cuerpo nuevo, el bronce, también amor,
uniendo padre y madre, hace nacer al hijo
del calor de un abrazo. Y para que la ho­
mogeneidad entre calor y amor se os muestre
más patente, advertid que amor tiene tam­
bién su escala termométrica. ¿Os reís?...
Pues vedlo: el odio es el frío absoluto, el
frío aterrador de los espacios siderales; la
antipatía, el punto de congelación del al­
cohol, y la indiferencia, el cero usual, fu­
sión del hielo de los termómetros comunes;
la simpatía representa, grado más, grado
menos, la temperatura de baños a placer;
el flirteo hace subir la columna termomé­
trica al punto señalado para la cría del gu­
sano de seda, y la pasión hierve con borbo­
teos de la ebullición del agua.
¿Electricidad?... Vedlo: el amor, misterio­
sa y simpática corriente que fluye entre el
polo positivo, la mujer, y el negativo, el
hombre, es excitación eléctrica o sugestión
moral (en el fondo lo mismo), que sacu­
diendo al ser, poco antes indiferente, lo
electriza o impresiona, con afectos vibran­
tes en otra alma: influencia inefable, inma­
terial comunicación que aúna caracteres,
suaviza discrepancia: lo mismo exacta­
mente que la corriente eléctrica entre cuer­
pos con diferentes potenciales voltaicos
iguala las tensiones del fluido en uno y
otro.

51

La impresión amorosa, rápida e incons­
ciente que llamamos flechazo, es, lisa y lla­
namente, la chispa eléctrica de moderada
intensidad que, excitando ligero cosquilleo,
no es suficiente a producir grandes estra­
gos; el chispazo violento que destroza el
motor en caso de avería, el rayo destructor
que de la nube salta, son idénticamente
iguales a los escapes del amor contrariado
o escarnecido a extremadas y peligrosas ten­
siones; sus efectos, asesinatos y suicidios;
y la causa esencial, la misma que provoca
el accidente en la máquina o el rayo, falta
de comunicación reguladora capaz de equili­
brar los niveles eléctricos del hombre y la
mujer; pues llegados al colmo del delirio
amoroso, o tensión detonante, es ley fatal
que sobrevenga la catástrofe.
Por último, podéis juzgar de la enorme
potencia efectiva del amor mirando a tra­
vés de la historia sus colosales efectos me­
cánicos al sacudir los corazones de las mu­
chedumbres. El amor a Cristo fué ariete que
derrumbó los templos del paganismo, alud
que sepultó una sociedad, fuerza que, amon­
tonando piedras, levantó catedrales y alzó
a miríadas de mártires del polvo de la tie­
rra a lo alto de los cielos. Sobre cimientos
de inconmovibles voluntades, elevó el amor
patrio incontrastables muros contra los cua­
les se quebraron los ímpetus de Jerjes.
Pirro, Anníbal Napoleón. Una utopía los
derechos ya olvidados del hombre, removió
muchedumbres, convirtiendo sus labriegos
en caudillos, forjando armas, lanzando ejér­
citos de un confín a otro de la Europa.
— ¡Bravo, bravo!— exclamaron a la vez
los tres oyentes, y sin que en los de la vi­
gésima centuria fuera esta vez fingido el
entusiasmo.
— Dejadme acabar... Como veo claro que,
sin vacilaciones, aceptáis las premisas a
las que ha poco sonreíais, tiempo es ya
que dejándome de generalidades, os par­
ticipe que he logrado domeñar el amor;
que he apresado esa sutil potencia, fle­
xible e inteligente al punto de convertir­
se por sí sola— y sin transformador oídlo
bien— en toda suerte de energías, evitando
las dispendiosas transformaciones indus­
triales; que derrocho sin recelo las corrien­
tes suministradas por ese agente inagota­
ble, porque, cual nuevo fénix, renace amor
de sus cenizas. Y conste que esto no es la
exposición de un proyecto, sino la narra­
ción de un hecho; pues con yuntas gene­
radoras y el sencillo instrumento que de­
nomino psico-interruptor, realizo cuanto
hasta ahora han hecho en el mundo el car-

biblioteca novelesco- cientifica

—Excelso Señor: a quien se queda ano­
nadado ante una grandeza abrumadora, ai
ignorante deslumbrado por el mayor genio
que los siglos crearon, es imposible se ie
ocurra nada ni nada diga que no parezca
irrespetuoso después de las palabras qU(¡
hemos tenido la dicha de escuchar.
— ¡Qué lista es!—pensó Juan; y, cuando
ella acabó, agregó por su cuenta, aunque
haciéndose grandísima violencia—. Ni ¿qug
podrán atrevere a decir estas pobres cria­
turas hijas de un siglo bárbaro?
— Tenéis razón; y veo con gusto que
vosotros no sois tan bárbaros como vues­
tro siglo.
Bueno, Rucandio, hágase cargo de ellos;
vaya instruyéndolos, y cuando estén en es­
tado de entender las preguntas que usted
sabe necesito hacerles, avíseme. Hasta en­
tonces no necesito veros.
—Lo cual nos complace mucho—iban pen­
sando ellos al retirarse con Marcial, que
los condujo al nuevo alojamiento, que ya
les habían preparado.

sr

das por el señor Rucandio; yo no desciend

a ‘S K T - P r e n d i d o de no oír la
ovación que esperaba, y creía de ene, gruñó
con amenazadora voz y torvo ceño.
—¿Y es eso todo lo que tenéis que decir,
después de la molestia que por vosotros me
he tomado?
.
La última parte, referente a las yuntas
racionales y al ladrón aparato de cosa tan
sagrada como los latidos del amor huma­
no, habla despertado, nuevamente, la re­
pulsión a Mob de Juan y de Inés, mas con­
vertida ya en horror, que los dejó mudos
al terminar aquél su discurso. Pero al dar­
se cuenta de la expresión de su mirada, del
tono de su voz y verse ya en las cuevas con­
vertidos en yunta, se apresuraron a desva­
necer el enojo del excelso; y como las mu­
jeres suelen ser más despiertas que los hom­
bres, en trances semejantes, ella fué la pri­
mera en acudir a conjurar el peligro, di­
ciendo:

X
MUNDIOPOLIS A VISTA DE PAJARO

El departamento destinado a los cónyu­
ges se componía de tres habitaciones, al
entrar en la3 cuales se quedaron aquéllos
sorprendidos de verlas por completo va­
cías: con los lisos lienzos de las paredes,
las puertas y los balcones por todo mobla­
je; pero pronto hizo Marcial cesar su asom­
bro, enseñándoles cómo, mediante el juego
de diversas palancas y botones, dos de los
aposentos podían cada uno convertirse
sucesivamente y a voluntad, en alcoba, to­
cador, cuarto de baño, retrete, gabinete de
confianza o despacho de trabajo; pues de
las paredes sallan los muebles adecuados
al servicio a que en diversas horas del día
se deseaba dedicarlos: con lo cual aquel de­
partamento con sus únicas tres habitacio­
nes prestaba igual utilidad que si tuviera
diez o doce.

El salón, además de utilizarse para rer:-

bo, podía ser comedor y sala de billar o
de otros juegos.
Entre los utensilios, y en nichos empo­
trados en la pared, había dos automs des­
tinados, indistintamente al servicio de la
mujer y del marido, pues los automs no tie­
nen sexo. En los nichos se hallaban además
los capacetes que marido y mujer hablan de
ponerse para dar órdenes a sus maniquíes,
los transmisores de bolsillo, al efecto nece­
sarios, iguales al que ya se ba visto fun­
cionar en manos de Rucandio, y cartillasprontuarios explicatoriaS del modo práct.co de hacer uso de aquellos monigotes, a
los cuales no les faltaba sino hablar: aun
cuando de seguro habrá quien piense qm
su mudez es cualidad del* tipo del criado
ideal.
Claro es que en el alojamiento había apa
ratos radiotelegráfico y radiotelefónico pa

53

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

ra largas distancias— por eso se llaman te­
les-radiofónicos de comunicación interior
con portería, comedor, repostería, peluque­
ro y demás dependencias del museo; y por
último, allí tenían los esposos a su dispo­
sición un visci, quiero decir un teléfoto:
aparato que no falta en ninguna casa del
siglo cien.
En una historia de diferente Índole que
la presente seria obligada la descripción del
cómodo e ingenioso menaje que en po­
cas lineas queda rápidamente relacionado;
pero en ésta, destinada, no a ramplona me­
cánica de palancas, resortes y ruedas gro­
seramente materiales, sino a la maravillo­
sa psico-mecánica del electro-amor Mob, no
cabe perder tiempo en vulgares mecanismos.
Terminadas las primeras explicaciones
relativas a los diversos usos de las habita­
ciones, se detuvo Marcial en dar a los re­
sucitados instrucciones sobre el modo de
entenderse con la cocina y la repostería,
para que a domicilio les fueran servidas las
comidas, por un torno de donde las toman
los automs, que ponen en la mesa los man­
jares y atienden al servicio: cada uno al
de su amo.
Preguntó Inés a Rucandio si el régimen
de comedor permitía cargar la mano en los
platos que más gustaran a los consumido­
res, a reserva de prescindir de otros, sien­
do, por aquél informada de que podía pe­
dir sin cortapisas en la elección de manja­
res, ni en la cuantía de ellos; y una vez
dicho esto se despidió hasta el día siguien­
te que vendría a buscarlos para instalar­
los en el laboratorio donde juntos hablan
de trabajar los tres.
Inmediatamente se sentaron a la mesa
Inés y Juan, resultando muy triste la pri­
mera parte de la cena, pues pesaba sobre
ellos la impresión depresiva de la confe-'
rencia de Hob, a quien no podían menos de
reconocer grandísimo talento y vastísima
ciencia; pero que cada vez les era, no ya más
antipático, sino más terriblemente odioso;
pues por lo oído sospechaban que cuando
los enteraran de los detalles de la obtención
y aplicaciones del Amor-Mob, su admira­
ción al genio del inventor quedarla muy
por bajo del horror a la maldad de su ne­
gra conciencia. El estado de ánimo de
Inés respecto al excelso quedó gráficamen­
te resumido en esta frase de ella: “SI, Juan,
si; tiene mucho talento, pero Lucifer debe
tener también muchísimo.”
Pero a medida que la cena fué avanzan­
do, aquella angustia que a los dos embar­
gaba al pensar en un tenebroso porvenir,

fue atenuándose hasta quedar olvidada, si­
quiera fuera transitoriamente, por reem­
plazarla sentimientos mucho más dulces y
perfectamente naturales en dos recién ca­
sados, a quienes dejaremos solos— pues que
los automs son tan sordos como mudos y
ciegos— , sin dar sobre su cena otra noticia
que la que se desprende del siguiente diá­
logo, que precedió a otros más efusivos que
se callan:
j
— Pero, ¡qué cena tan rara has pedido!
No veo ni un plato que pueda llamarse for­
mal y en cambio hay aquí cantidades in­
verosímiles de frutas, mermeladas, compo­
tas, tartas, bombones... No te creía tan go­
losa...
— Es que no he pedido todo eso como go­
losina, sino porque siendo los postres los
alimentos especialmente destinados al ce­
rebro, y teniendo urgencia para tratar con
los superpensantes, y quién sabe si para de­
fendernos de ese satánico viejo, de aguzar
el ingenio, he creído oportuno que en esta
primera temporada de nuestra segunda vi­
da debemos someternos a exclusivo régi­
men de postres y entremeses.
— Sí, no está mal la idea; pero...
— Desengáñate, Juan, nuestra primera ar­
ma ha de ser la inteligencia, y pues tene­
mos medio de supraintelectualizarnos rápi­
damente, sería candidez el desaprovechar
esa ventaja... Además, aunque sólo sea por
amor propio, quiero hacer cuanto pueda
para que los superpensantes no nos crean
tontos.
*



*

Al levantarse, después de la primera no­
che pasada en su nuevo domicilio, se dedi­
có el matrimonio a enterarse más a con­
ciencia que la víspera de las maniobras de
cambios de moblaje, y a ejercitarse en el
manipuleo de botones y palancas, necesa­
rio para aquéllas.
Comenzaron por hacer desaparecer la ca­
ma en la pared, lo cual efectuó aquélla gi­
rando hacia arriba alrededor de la cabecera,
quedando cerrado el hueco del muro en don­
de el lecho se escondió por un magnífico es­
pejo de cuerpo entero situado debajo del
colchón metálico, y que cuando la cama se
dedica a su uso natural, queda en la parte
inferior de él, dando frente al suelo. •
Al propio tiempo surgía del piso un
baño, sobre cuyos bordes de porcelana rosa
grupos de estatuillas representaban ninfas
de alabastro corriendo perseguidas por sá­
tiros de bronce. Debajo, un friso de cristal
de roca, que rodeaba el baño, dejando trans-

biblioteca novelesco - cientifica

54

parentar el agua, ostentaba relieves poli­
cromos de ondinas y endriagos entre pe­
ñas y plantas, produciendo la sensación de
que aquéllas retozaban con la persona su­
mergida en el agua. El fondo lo formaba
interiormente una enorme concha nacarada,
y todo el baño descansaba en el lomo de un
enorme cocodrilo, cuyas patas eran las del
baño.
Simultáneamente, y haciendo juego en
lo suntuoso con el baño, salieron de las pa­
redes de la habitación lavabos diversos,
mueblecillos con pulverizadores, cosméticos,
adobos para variados usos, conocidos algu­
nos, desconocidos casi todos de Inés, du­
chas templadas, fría, de vapor y de esencia;
masaje electro-automático, y aparatos te­
ñidores del cabello en colores desde el do­
rado al verde mar y del violeta al clavel
rojo; pues ninguna dama del año diez mil
se presenta, como se estime en algo, dos
días seguidos con igual color de pelo.
Los tintes se hallan en lo alto de unos
capacetes que, puestos en las cabezas de
las elegantes, los extienden con múltiples
cepillos sobre la cabellera que a la par on­
dulan.
Agregúese a todo esto multitud de secre­
tos de tocador, sobre los cuales se quedó a
obscuras Inés, por no tener quien la guiara
en el intrincado toce do corporal de una ele­
gante de Mundiópolis, y se tendrá noción,
al menos» de lo que es el complicado cuar­
to tocador corriente del siglo cien, compli­
cación muy explicable porque el progreso
del culto al cuerpo humano habla llegado
a idear cosas extraordinarias y fantásticas
combinaciones en cabello, uñas, piel y ojos
de las damas, en términos que apreciare­
mos al describir más adelante algún tocado.
La fuerza de la costumbre nos ha hecho
referirnos en lo anterior a las señoras;
pero en descargo de la verdad es preciso
decir que en extravagante presunción allá
se van supergozantes de ambos sexos.
Dará idea del lujo, que es primera necesi­
dad de tales gentes, el siguiente dato: Ni el
más modesto baño-tocador, por el estilo del
de los resucitados, puede montarse por me­
nos de setecientas a ochocientas mil pesetas,
ni el costo de los cotidianos baño y adobo de
una señora baja de trescientas. Gracias a
que no llegando a dos millones el número de
supergozantes del mundo entero, y siendo
ellos los únicos propietarios de él y de los
frutos del trabajo de tres mil millones de
parias total población del globo— son todos
multimillonarios; pues los de fortuna mas

modesta se quejan de no poder vivir con
ocho o diez millones de renta o sueldo.
Una vez enterado el matrimonio de los
primores del cuarto tocador, lo hizo desapa­
recer reemplazándolo sucesivamente por des­
pacho de estudio, gabinete, etc., quedando es­
tupefactos, pues el lujo, el confort y el gusto
artístico superaba a cuanto su fantasía pu­
diera soñar: aun tratándose de un pobre
apeadero, que más no era el suyo, para tran­
seúntes, de paso en el museo.
Terminados tales entretenimientos, llegó
un sastre, que por encargo de Rucandio
traía al matrimonio hasta media docena de
trajes para cada uno, que sobre medida to­
mada la víspera en conformadores automá­
ticos habían sido hechos para reemplazar a
a las sábanas conque Inés había improvisado
precipitadamente unas túnicas, después de
despertarse; pues ya se supondrá no les du­
raban los trajes de Bilbao.
Por cierto, al ver que aquellos trajes no la
tapaban nada apenas de cuanto ella estaba
acostumbrada a recatar del público, y a Juan
no le hacía gracia exhibiera a los superpensantes, no tuvo otro remedio que ponerse
tres, uno sobre otro para velar con unos
lo descubierto por los otrosí
La primera señora que en la calle la en­
contrara diría, evidentemente, en cuanto la
viera, "valiente facha”, pero ella se desqui­
taría diciendo "valiente sinvergüenza”.
Una vez vestidos, se desayunaron ambos
cónyuges; y cuando, de sobremesa, estaban
pensando en que de buena gana darían una
vuelta por la magnífica ciudad, vista por
el abierto halcón, llegó Marcial, que precisa­
mente traía la idea de realizarles el deseo,
por parecerle un poco tiránico meter inme­
diatamente en el laboratorio a sus amigos
del siglo xx— así los llamaba él— sin darles
tiempo de echar ni una ojeada a aquel mun­
do novísimo para ellos. Aquel día echarían
a la ciudad una ojeada, a reserva de que la
exhibición completa y reposada de ella se
hiciera en los sucesivos, dedicándole las tar­
des, y empleando las mañanas en el labora­
torio.
Con muy buen acuerdo, pensó Rucandio
que, preferible a enseñarles menudencias,
perdidas en el interior de las calles, sería
hacerles ver primero entera la capital del
mundo, como la ve quien a ella llega por
vía aérea: ruta la más usual de casi todos
sus visitantes; pues los ferrocarriles son en
el siglo cien, lento y anticuado medio de
transporte solamente usado para mercancías
o para trasladar rebaños de parias emdados
a faenas agrícolas o mineras.

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

Al efecto, pidió al hangar del museo un
aerohelicóptero, aparato que, sobre los aero­
planos de la centuria mil novecientos, tiene
la ventaja de poder mantenerse quieto en la
altura, cuando así conviene, y la de ascender
y descender verticalmente: siendo su único
defecto no alcanzar velocidades superiores a
50 kilómetros a la hora. Por esto no se usa
sino para turismo, prefiriéndose para largos
viajes los zepelines, o los aeroplanos, que lle­
gan a ISO o pasan de 300 respectivamente, y
son iguales en esencia a los del siglo xx,
aunque muchísimo más grandes, absoluta­
mente seguros y con perfeccionamientos de
detalle.
A los cinco minutos de pedido, por teléfo­
no, el helicóptero subían los paseantes a él
en la azotea del museo, desde la cual, y se
gún orden de Rucandio, se dirigió en vuelo
bajo al Gran Palacio Mundial, sito en el cen
tro de la Plaza del Mundo, que lo es a su
vez de la monumental y aristocrática Mundiópolis.
Cuando la aérea nave, ya allí llegada, se
elevó hasta situarse por cima de la torre
del citado edificio, dijo Marcial:
—Este edificio es el Consistorio de las Naciones, donde durante el mes de enero reyes
y presidentes de los países confederados de
todo el orbe, celebran sus sesiones bajo la
presidencia del Supremo Manager del Sin­
dicato Bancario, en este palacio residente, y
el cual ejerce el más alto poder mundial;
pues los banqueros de quienes es presidente
lo tienen superior a reyes y pueblos, por ha­
ber llegado a la meta del progreso, centrali­
zando la inteligente explotación del mundo
en una sola compañía financiera, matando
así antiguas rivalidades de empresas.
Como ven ustedes, este admirable monu­
mento, obra del desgraciado Cartoya, a quien
ya conocen, tiene planta regular, seis fa­
chadas de 325 metros cada una, y 45 de al­
tura. La esbeltísima torre que lo corona,
y cuyo pararrayos tenemos cercano a nues­
tros pies, mide cerca de 800.
Juan e Inés estaban maravillados. Rucan­
dio guardaba silencio para dejar que los fo­
rasteros se dieran cuenta por sí mismos de
la imponente magnificencia del panorama
que ante sí tenían.
A la orilla del lago, esmaltada de plantas
tropicales,, se extiende la urbe internacional,
abierta a las aguas de aquél por canales cir­
culares que en torno de la Plaza del Mundo,
y a crecientes distancias de ella, forma siete
concéntricos cinturones donde brilla la luz
al reflejarse en el agua de ellos. A reserva
de detalles, después puntualizados, estos ca­

55

nales constituyen hermosísimas avenidas cir­
culares, de 250 metros de anchura cada una,
llamadas Envolvente I, Envolvente II... En­
volvente V il.
La primera, inmediata a las fachadas tra­
seras de las doce manzanas de edificios que
rodean la Plaza del Mundo, tiene recorrido
de seis kilómetros en su vuelta completa:
la séptima, a 3.500 metros del palacio, mide
contorno de veinte kilómetros.
La plaza, polígono regular de 24 lados, da
la sensación de una circunferencia, y mide
kilómetro y medio en cualquier sentido. Ro­
dean el consistorio, enclavado en el centro,
jardines y paseos, interiores y externos a
una pista de hipódromo de 3.800 metros de
recorrido.
Un dato curioso: quien en días de carre­
ras, desea verlas desde sillas al efecto colo­
cadas en la azotea del consistorio, ha de pa­
gar, si el número de solicitantes no obliga
a pujarlas, diez mil pesetas por cada una.
Y todavía dice el Supremo Manager que
es de balde: no habiéndolas subido, porque
rara es la vez que no es preciso sacarlas a
subasta. Esta es una de las causas porque se
hizo grande el edificio.
De los 24 lados de la plaza, doce son fachadas de otras tantas manzanas, y los otros
doce, bocacalles que, entre aquéllas, dan acce­
so a grandes avenidas radiales con direccio­
nes perpendiculares a los siete canales en­
volventes. Estas doce avenidas están nume­
radas con los números impares 1, 3, 5, hasta
23, y entre cada dos de ellas, una subavenida
que no llega a la plaza corre desde la en­
volvente circular número 3 a la 7. Las sub­
avenidas llevan números pares del 2 al 24.
Este es, pues, el total número de vías radia­
les. Las largas miden 2.750 metros; las cor­
tas, 1.750; la anchura de todas es de 200.
Quienes, desde lo alto del helicóptero, mira­
ban las envolventes, veían éstas fuertemen­
te dibujadas por los reflejos del agua de los
canales, mientras que ni en la Plaza del
Mundo, toda sobre terreno firme, ni en lag
avenidas radiales advertían vestigios de ella.
Dato final de esta impresión conjunta de
la ciudad: las manzanas edificadas tienen to­
das 100 metros en el sentido de las avenidas,
y en el perpendicular crecen las longitudes
de fachadas desde 180 metros las de la plaza
a 700 las de VII envolvente.
Una observación que a cualquier habitan­
te de nuestras poblaciones de la vigésima
centuria se le habría ocurrido al abarcar en
una ojeada la planta de Mundiópolis rué
hecha por García, diciendo:
— Señor Rucandio, me sorprende en esta

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

56
incomparable ciudad, que casi toda el área
de ella esté ocupada por esas anchurosas
vías de comunicación: al extremo de que tal
vez no llegue a un quinto el espacio dedicado
a edificaciones.
__Ni aun eso, Juan—objetó la mujer de
gstg__t porque los edificios apenas ocupan el
tercio’ del solar de las manzanas casi en su
totalidad dedicado a jardines.
—Efectivamente, las viviendas techadas no
ocupan ni un duodécimo del área desti­
nada a vías y jardines: esa es la caracte­
rística de la moderna población agradable e
higiénica.
—Pero entonces no me explico dónde se
meten loa dos millones de habitantes que
ayer nos dijo usted tiene Mundiópolis; pues
aunque la ciudad es muy grande, las vivien­
das son pocas.
—¿Pero usted ha creído que ahí se aloja
toda esa gente?
—Digo...
—No, hombre: esto es para nosotros, que
necesitamos respirar dentro de casa el aire
fresco y puro de los campos.
—¿Qué quiere usted decir—y no le extra­
ñará que lo ignoremos— con ese nosotros?
—Me refiero a los superpensantes, que no
pasaremos de diez y seis mil a diez y ocho
mil en toda la capital... los otros están abajo'—Los otros son los parias... ¿No es eso?
— Si, señora.
No obstante sus propósitos de disimulo,

no pudo contener Inés un reproche; aun
cuando luego le pesara dejarlo escapar al
ver el calor con que su marido la secun­
daba.
—¿No necesitan ésos, como ustedes, aires
sanos?
—Es diferente—repuso Marcial, un poco
asombrado de oír parangonar casta con casta,
y sorprendiéndole la expresión de tristeza
puesta por Inés en la pregunta— , completa­
mente diferente: la salud de ellos no vale
para la sociedad lo que la de un hombre cul­
to. Hay muchos, y pueden reemplazarse
unos con otros como las bestia?.
—Pero no lo s o n .. ¿Hay por ventura al­
guna diferencia entre ellos y nosotros, y
usted?
— Externas no, sefior García, pero entre
las inteligencias media un abismo
—Naturalmente: como que les niegan
ustedes la instrucción.
— Bien se conoce que son ustedes de otros
tiempos, llenos de prejuicios.
— Sí, don Marcial, ni mi marido ni yo es­
tamos todavía en estado de juzgar una so­
ciedad superior a las de nuestro tiempo.
— Dices bien; lo indudable es que no ha­
biendo de albergar sino ese número de habi­
tantes, sólo elogios y admiraciones merece
esta ciudad.
—Ahora, bajaremos, para que vean uste­
des de cerca una envolvente y una avenida.

XI
LAS VIAS URBANAS Y LAS MODAS MUNDIOPOLITANAS

Posado el helicóptero encima de una de
las plataformas que se yerguen sobre los bu­
levares envolventes, Marcial y sus. acompa­
ñantes fueron bajados, en un ascensor al
centro de una de estas circulares vías, cons­
tituida por un paseo de cien metros de an­
chura, comprendido entre malecones lamidos
por las aguas de dos canales laterales. En
vez de estar estas vías centrales destinadas,
como en las poblaciones del siglo veinte, a
la circulación rodada, y a los peatones aje­
treados con obligaciones o negocios, sólo
transitan por ellas quienes pasean por dis­
tracción o van de compras; pues en el cen­

tro de ellas ?e hallan instalados todos los
comercios de Mundiópolis, bajo artísticas
marquesinas de cristal deslustrado.
Los géneros y objetos, todos a la vista, y
presentados con el mayor lujo, están mar­
cados con sus precios, no teniendo el com­
prador sino echar en un buzón el sieñalado
para lo que desea adquirir: con lo cual sale
por bajo del buzón un llavín cuyas guardas,
correspondientes a tal precio, abren el can­
dado que a su estante sujeta la compra que
va a hacerse; y una vez hecha, no tiene el adquirente sino colocarla, con las sienas de su
domicilio, en el mostrador dstribuidor, des-

g H Jp g
1

¡a aérea nave se elevó hasta situarse por cima de la torre del “Gran Palacio
Mundial".

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

(je el cual le es remitida a casa. El llavín
oueda preso en el candado.
Bajo las bóvedas de la cuádruple fila de
árboles del paseo central se hallan asimis­
mo las fondas y cafés más elegantes; y cada
dos kilómetros se encuentra una piscina de
sesenta metros de anchura por noventa de
larga, con agua viva, suministrada por los
canales laterales, en la cual se zambullen ex­
peditamente los paseantes de ambos sexos
cuando les place; pues la ropa les embaraza
poco, y pronto está quitada. El traje de baño
es muy sencillo y se reduce, para damas y
caballeros, al mallo que unas y otros usan
siempre. La moda de tales traje'? de baño
es muy antigua, pues ya en el siglo X X co­
menzó en algunas playas.
Los dos malecones exteriores están guar­
necidos de barandillas para evitar chapuzo­
nes por descuido en los canales que flanquean
el paseo central en la vuelta entera a la ciu­
dad de la envolvente a que pertenece. Las
dos vías fluviales tienen anchura de 50 me­
tros, y por ellas se verifica, en opuestos sen­
tidos, el tránsito rápido en autos-chalupas:
cómodos vehículos anfibios que pasan de tie­
rra firme al agua con toda facilidad sin más
que dejarse ir al canal con la velocidad ad­
quirida sobre el suelo, y desconectando, en
cuanto se hallan en el agua, las ruedas del
motor, que una palanca embraga en una hé­
lice. Maniobra inversa en cuanto, bogando,
llega el auto a apoyar sus ruedas en las ram­
pas de salida del canal, lo hacen pasar a
tierra firme rodando sobre dichas rampas.
Son, pues, dobles los canales correspon­
dientes a cada una de las siete envolventes.
Exteriormente a los canales, y entre ellos
y las fachadas de los edificios, quedan las
aceras, empleadas por quienes, sin gran prisa,
no han menester usar autos-chalupas: gen­
tes a quienes no puede llamarse peatones,
pues apenas avanza nadie sobre sus pies, si­
no en cómodas butacas, merced al ingenioso
mecanismo de las aceras auto-circulantes.
La anchura total de cada una de éstas es
de 35 metros. No son de una pieza, sino
formadas por cuatro anillos plataformas
concéntricos, enrasantes entre sí, todos al
propio nivel y tan cercanos uno a otro que
la vista no advertirla las rendijas entre
cada dos contiguos, si hacia ellos no atra­
jera la atención el cambio de color del suelo.
La primera plataforma, inmediata a las
fachadas, es de piedra firme, tiene siete me­
tros de anchura y piso blanco; las segunda
tercera y cuarta, de madera, miden seis me­
tros, siendo sus pavimientos, respectivamen­
te, gris bajo, rojo y verde. Todas tienen de

trecho en trecho grupos de diez sillones, en
dos filas fronteras a los canales y al paseo
central de la envolvente, y a la par están
las tres en constante movimiento que las
arrastra con traslación circular, pero a
diferentes velocidades; la gris, lentamente,
a cuatro kilómetros hora; la roja, a ocho,
y la verde, a doce; gradación adoptada para
que el pequeño aumento de velocidad de una
a otra, y de la primera inmóvil, a la segun­
da, no dificulte a los transeúntes, el paso
entre ellas.
Estando siempre en marcha los sillones
y siendo bastante numerosos los grupos de
ellos distribuidos en las moto-aceras, nunca
hay que aguardar arriba de un minuto la
llegada de ellos; y cada viajero se instala en
el de velocidad más de su gusto. Por ejem­
plo, quien se sienta en la moto-acera gris de
la séptima y más larga envolvente (20 ki­
lómetros de contorno) tarda cinco horas en
dar la vuelta completa, viendo en ella la
vía circular entera; quien utiliza un sillón
de la plataforma (casi podríamos decir tio
vivo) roja, dos y media, y una hora y cuaren­
ta minutos quien prefiere la verde.
Lo más extraordinario y admirable es la
poca fuerza necesaria para mantener en mó­
vilmente estosi enormes artefactos, siendo la
razón de ello que apenas pesan nada, por
flotar en los canales, y haber sido fabricadas
dichas plataformas con pesos levisimamente
mayores que los del agua por ellas desalo­
jada. De otra parte, como son continuas, y
giran siempre en los mismos lugares, no han
menester luchar, como los barcos, con la
resistencia del agua al avance, ni hacer es­
fuerzos para hender ésta.
Un motor, cada tres kilómetros, impulsa
su rueda de paletas que, asomando la mi­
tad superior por encima de la plataforma,
hunde la inferior en el canal, desarrollando
contra el agua de él esfuerzo proporcionado
a la velocidad que ha de imprimir a la pla­
taforma por medio de las palas de la rueda.
En los sillones se sienta quien quiere, sin
abono de estipendio alguno; pues los muni­
cipios del siglo cien consideran obligatoria
función suya la del transporte personal gra­
tuito en las poblaciones; no por economizar
a sus potentados habitantes gastos, en abso­
luto indiferentes, para ellos, sino para evi­
tarles roce con cobradores que habrían de
pertenecer a la casta patria, con la cual les
molesta extraordinariamente ponerse en con­
tacto.
En tres sillones verdes de la III» envol­
vente dieron la vuelta a ésta los resucitados
y su cicerone, quedando los primeros maravi-

58

BIBLIOTECA NOYELESCO-CIENTIFICA

liados de la magnificencia de la población,
donde los edificios más modestos son pala­
cios lujosos, y muchos suntuosísimos, pro­
duciendo la impresión de una ciudad cuyas
casas todas fueran templos paganos de
grandeza faraónica: donde lo monumental
y ciclópeo no estorba a "la refinada delica­
deza de un arte robusto y dúctil que mane­
ja la forma arquitectónica y la ornamenta­
ción escultural y polícroma, con amplitud
en la concepción y afiligranado maravilloso
en los detalles.
Los edificios no pasan en Mundiópolis de
dos plantas, pero con elevadlsimos techos.
Los pisos bajos se dedican a cuadras, gara­
ges, c ciñas, etc, etc.: servicios en los que
únicamente aquello que es imposible hagan
los automs se encomienda a parias mudos.
No sordomudos, pues necesitan oír, sino
mudos no más, mediante piadoso tratamien­
to: llamándolo piadoso porque, en vez de
cortarles la lengua, les atrofian las cuerdas
vocales por procedimientos radioeléctricos
sin hacerles daño alguno.
En las azoteas, verdaderos edenes, alter­
nan cactos gigánteos con delicadísimos he­
léchos de centenares de variedades; las es­
beltas palmeras mecen sus palmas sobre las
copas de los amplios flamboyancs, de corali­
no ropaje, y los poéticos húcares cuelgan de
sus ramas melancólicos pabellones y guir­
naldas de color de hoja seca, leves cual en­
caje de hadas tejido por arañas magas.
Vista una envolvente, llevó Marcial u sus
huéspedes a una avenida, tomando para ello
un autoclialupa, al cual subieron por una de
las rampas que en las esquinas "dan acceso
al viaducto, por donde en cada cruce de en­
volventes circulares y avenidas radiales pa­
san éstas por encima de aquéllas.
Todas estas vias radiales tienen por fondo,
hacia el interior de la ciudad, el Palacio
Mundial, y hacia fuera, la inmensa masa de
verdura de la soberbia selva africana, en las
partes donde Mundiópolis no queda ceñida
por el lago, o éste, en primer término, y más
allá el ingente macizo montañoso del gigan­
te africano, el colosal RUVENZORI, con su
cabeza cubierta de perpetuas nieves (1).
Constan las vías radiales de avenida cen­
tral para transeúntes a pie, dos calzadas la­
terales para autos, y aceras quietas. De las
(1) El monte Ruvenzori, colosal gigante orogrfifico africano, fue descubierto por Stanley en
su exploración de las cercanías del lago Alberto
Eduardo, situado a SSO. del Alberto.
Entre ambos se yergue el Ruvenzori, que no es
nn¡> montaba, sino un vasto macizo montañoso,
cuyas mils altas crestas nevadas se elevan a 5.060
metros sobre el nivel del mar.

calzadas bajan rampas curvas a hundirse
en los canales de las envolventes, y por
ellas descienden sobre sus ruedas los autoschalupas para avanzar bogando, al entrar
en el agua.
Ciento veinte metros de anchura y geis
filas de árboles tiene el paseo central don­
de, como en los bulevares envolventes, se
encuentran comercios, cafés, cinematógra­
fos. billares, etc.; cuarenta metros es la
amplitud de cada calzada lateral para tráfi­
co rodado.
i
*

*

*

Incidente que no puede pasarse en silen­
cio, de este primer paseo de los excongela­
dos por la ciudad, fué el encuentro, en la
tercera envolvente, con una dama que es,
en Mundiópolis, árbitro de la elegancia.
Inés, a quien ya debían haber curado de
escandalizados espantos los fresquísimos
trajes— llamémosles así—vestidos por cuan­
tas señoras habla encontrado en s¡u paseo,
no daba crédito a sus ojos, cuando los fijó
en la reina de la moda, que hacia ella se
acercaba, provocando a su paso las siguien­
tes exclamaciones de los paseantes:
“Hoy viene despampanante. ¡Qué atrevi­
do, pero qué artístico y qué elegante! No
hay otra que vista como ella.”
— Es la señora, quiero decir actual ami­
gada, del Manager—dijo Marcial—. Las mo­
das que ella lanza producen siempre extra­
ordinaria sensación: sin duda trae hoy al­
guna nueva creación.
La que era objeto de la general y admi­
rada curiosidad avanzaba por el paseo cen­
tral vestida de universo o firmamento:
traje constituido por sombrero, sandalias,
brazaletes, un collar y un cinturón. Y nada
más.
El collar valía un imperio: sus seis vuel­
tas, de perlas blancas, resaltaban extraordi­
nariamente sobre la tabla del pecho, teñida,
cual los hombros, de bronce obscuro, que
en las partes más bajas del torso iba de­
gradándose hasta hacerse dorado brillante
en cintura y caderas, desde donde conti­
nuaba suavizándose hasta bajar a paja sua­
ve en los pies, cuyas uñas teñia un carmín
vivísimo. De la cintura pendían veinte
sartas de perlas negtas en pabellones, cada
uno más bajo que el anterior, llegando el
último y más inferior de ellos a medio
muslo. Sobre este tenue y transparente de­
lantal, que remedaba la noche, caían ver­
ticalmente, en ondulantes flecos, innume­
rables hilos sueltos de brillantes, rubíes y

EL AMOR E N E L SIGLO CIEN

esmeraldas, dando la sensación de estre­
llas de diversos colores fulgiendo sobre la
noche de las perlas, y deslumbrando— fe­
lizmente en opinión de Inés— a quienes
contemplaban el levísimo traje.
Pero lo más vistoso y original de él era
que entre las blancas perlas del cuello y
las negras del grácil cendal de la cintura
brillaban en el pecho un sol de oro, a la
derecha, y a la izquierda una luna de plata
en cuarto creciente: lo cual sugirió a Gar­
cía la observación de que, a seguir crecien­
do, resultarla aquella demasiada luna cuan­
do llegara a llena.
Las venusinas formas de la bella adqui­
rían notable relieve escultórico con el color
broncíneo de que estaban revestidas; mas,
por un coquetismo refinado, cuello, cara y
brazos se ostentaban, no ya con la nivea
blancura del cutis propio de la dama, sino
con los reflejos nacarados de la madre­
perla, merced a un esmaltado de la tez
obtenido con polvos de estas preciosas ge­
mas trituradas: cejas y pestañas ostentaban
color violeta: los labios fingían pétalos de
clavel rojo.
Finalmente, la cabeza reproducía el pla­
neta Saturno: con la cabellera verde au­
reolada por los consabidos anillos del tí­
pico astro, formados de leves chispas de
pedrería incrustadas en sutiles aros de pla­
tino temblequeantes con la marcha.

59

Ni los célebres tocados de Cleopatra, de
que la historia habla, ni los atrevimientos
de las más renombradas cortesanas habrían
pedido competir en originalidad, costo ni
menos aún en osado impudor con el trans­
parentísimo traje de la más encopetada
de las mundiopolitanas. Uno de los que
extasiados la contemplaban, exclamó:
— Lleva encima por valor de cincuenta
millones.
— Y a pesar de ello no logra tapar na­
da— dijo Inés en español a su marido. ¡Po­
ca vergüenza!
— Pse— repuso él— . Poco más o menos,
como todas las otras que hemos visto.
Y era verdad; pues el pudor de la mujer,
que ya, en el siglo xx, iba siendo antigualla
de pasadas edades, era en el cien cosa por
completo olvidada de damas elegantes ya
llegadas al término del camino emprendido
en el primero de ellos: en el cual, ya las
señoras se esforzaban cada día en enseñar
algo más que la víspera.
Y lo notable es que la pobre Inés, hecha
una facha, en. opinión de cuantas elegantonas la veían, riéndose de sus tres trajes so­
brepuestos, fué aquella tarde mucho más
mirada por los caballeros, que la misma
reina de la moda; pues siendo la única que
tapaba algo, inspiraba el curioso interés que
ni ésta ni aquéllas despertaban.

XII
EDUCACION FIN DE SIGLO... DE SIGLOS

Estando nuestros tres paseantes en la / en todos los países, el cimiento de las so­
ciedades y de la civilización de la centési­
XXII* Avenida Radial, y cuando ya habían
visto una de éstas y una envolvente, pasa­ ma centuria.
Imagínese cuanto el cuerpo y el cerebro
ron pc^r delante de un soberbio ediñeio, so­
de una criatura haya menester entre su
bre cuya monumental puerta se leía, en
nacimiento y los veinte años: desde las
grandes caracteres dorados, casi de un me­
ubres artificiales con leche fosforada, para
tro de altos, E d u c a t o r io I n t e r n a c io n a l .
Pensó Rucandio, al verlo, que faltando « comenzar a robustecer, ya en la lactancia,
las inteligencias, hasta los más perfectos
todavía dos horas y media para la de co­
gabinetes y laboratorios científicos, necesa­
mer— habían almorzado al aire libre, y
rios en todas las carreras y profesiones;
muy bien por cierto, en la III* envolven­
reúnanse todos los conocidos medios higié­
te— , podía aprovecharlas para enseñar a
nicos, mecánicos, gimnásticos y deportivos
sus amigos el establecimiento: interesantí­
de fortalecer y desarrollar los músculos;
simo, por ser los de su clase (donde de nirepártanse unos y otros en dormitorios,
fios pasan a hombres los superpensantes),

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

comedores, aulas, baños, jardines, etc., etc.,
m ontados con los m ayores refinam ien­
tos de la biología, la higiene y la pedago­
gía, disponiendo para ello de un espacio de
700.000 m etros cuadrados—una m anzana
en tera de la VII* Envolvente— ; encomién­
dese todo a los m ás em inentes médicos y
catedráticos, y se tendrán los elementos que
hacen del Educatorio de M undiópolis un
modelo en su género, del cual no cabe dar
detalles que llenarían un libro.
Lo único de que allí nadie cuida es de los
corazones de los educandos: digo mal, se
cuida de atrofiarlos: pues siendo m eta del
sistem a educativo in stru ir en el modo de
sacar de la vida la m ayor sum a de m aterial
placer, m ediante egoísta concepción de ella,
son estorbos a ta l finalidad los corazones
sentim entales y las conciencias pulcras.
N uestra pareja del siglo xx estaba m ara­
villada, no cansándose de prodigar al mag­
nifico establecim iento elogios que, además
de h alagar a Marcial, le hacían ad vertir en
quienes form ulaban los juicios, de que
aquéllos nacían, inteligencias y aun cultu­
ra m uy por encim a de las verosím iles en
los bárbaros del casi prehistórico siglo x x ;
y todavía m ayores de lo que y a él habla
entrevisto en ellos.
A estos educatorios van todos los hijos
de los supergozantes y, por excepción, cuan­
do los nacim ientos escasean alarm antem en­
te, algunos de más bajo linaje; pues no
existiendo el m atrim onio ni la fam ilia, sino
sólo fugaz am lgam iento tran sito rio entre
los supracivilizados amos del m undo; sien­
do la crianza y la educación engorrosas
pejigueras, y sem illero los hijos de disgus­
tos en tre desamigados padres y m adres,
los gobiernos se vieron obligados, en el si­
glo noventa y siete, a dictar leyes y fundar
establecim ientos donde fueran cuidados los
hijos de todo el m undo (entiéndase bien, de
todo el alto mundo) con el lujo indispensa­
ble para quienes habían de ser potentados al
sa lir del colegio, en el cual son todos en­
tregados, a los pocos momentos de nacidos,
por los tocólogos—en el siglo cien nadie
dice comadrón—que, bajo su responsabili­
dad, tienen la obligación de hacerse cargo
de ellos en el momento mismo de nacer.
Pero no paró en esto la previsión de los
legisladores; pues m irando al hecho reco­
nocido da, que quien posee menos de quince
m illones es carga intolerable p ara la socie­
dad, preceptuó la prim itiva ley que a la en­
tra d a de cada recién nacido en un educato rio habrían de en treg ar los padres, en la
caja de éste, cantidad cuyas ren tas basta­

ran no solamente a su frag ar los gastos que
h asta los veinte años ocasionara el pupilo
al establecimiento, sino a constituir, en di­
chos veinte años, acumulándolas al capital,
patrim onio del niño — patrim onio sin pa­
dres—, ascendente a diez y seis millones,
que, en plena propiedad, les es entregado a
los educandos al salir del colegio. Y como
tal patrim onio no basta sino para lo más
estrictam ente indispensable de la vida, por
eso se da carrera a todos.
Los incapaces de estudiar y los pocos que
dem uestran poseer incorregible buen cora­
zón, incapaz de acorcham iento, son consi­
derados como anorm ales em pedernidamen­
te sensibles, degradados de la categoría
de supergozantes, expulsados del colegio y
echados abajo a vivir entre p arias como
uno de tantos, ^.as cantidades a su favor
consignadas en el establecimiento se dedi­
can a constituir los patrim onios de los
adoptados, clase especial de que ya se h a­
blará, y de los nacidos en los educatorios,
—¿Cómo, don Marcial?—preguntó Inés
al oír esto—. ¿Hay aquí nacim ientos?
—Muchos: como educandos y educandas
permanecen en los educatorios h asta los
veinte años...
—Pero ¿es que los tienen revueltos y con
posibilidad de que ocurran esas cosas?
—N aturalm ente... ¿A qué sep ararlo s?...
Es base de nuestro sistem a educativo no
imponer molestias inútiles a los colegiales;
y como sería muy grande la de poner tra ­
bas a la atracción de sexos en las edades
en que se manifiesta con m ayores vehemen­
cias, claro es que los hijos del Educatorio
son numerosos, siendo ra ra la señorita que
sale de él sin haber dado a luz alguna vez;
y las más precoces, varias.
El m atrim onio cruzó m iradas elocuentes;
y haciéndose gran violencia para no decir
lo que pensaban de las precoces colegialas,
se callaron.
Rucandio continuó:
—Este sistem a de crianza y educación
es caro, carísimo, pero sum am ente cómodo
para los progenitores, que en compensación
lo hallan baratísim o de m olestias y penas;
pues no llegando a conocer a los hijos no
hay tem or de unas ni otras. P or eso la ma­
yoría de los padres, que ya al dictarse la ley
no se cuidaban de la progenie sino lo me­
nos posible, dieron por bien gastado el di­
nero que la reform a les costaba.
Pero a poco se tropezó con dificultades;
pues debiendo ser sufragado el depósito
metálico a medias por el padre y la madre,
ésta era siem pre hallada, pero aquél ae lia-

EX AMOR EN EL SIGLO CIEN
maba frecuentemente a andana, recusando
el testimonio de la mamá; y otras veces
escrúpulos de conciencia impedían a ésta
afirmar en redondo si el padre era Fulano
o Zutano. De aquí dificultades en la per­
cepción de cuotas de paternidad y mermas
en su rendimiento.
De otra parte, los nacimientos!, siempre
alarmantemente escasos entre los supergozantes amenazados ya con la extinción
de su casta privilegiada, decrecieron todavía
más, a causa del deseo de substraerse a la
odiosa cuota de paternidad; siendo al cabo
preciso suprimirla en redondo y reemplazar­
la por una contribución general de procrea­
ción, que evitó las indiscretas y vidriosas
pesquisas sobre la paternidad, y a las seño­
ras declaraciones de carácter íntimo y difícil
a veces sobre la personalidad de sus cola­
boradores.
En consecuencia, todo hombre o mujer
queda sometido, en cuanto sale del educatorio, a una cuota anual de procreación, sin
que nadie se entrometa luego en si procrea
o no procrea.
La reforma fué perfectamente acogida,
dando los previstos resultados de aumen­
tar el número de nacimientos y aquietar
las alarmas de los autores de ellos.
— Oiga, señor Rucandio; los educandos y
las educandas de los educatorios, ¿pagan
también la cuota?
— No, señor: no estando en posesión de
sus fortunas nada pagan.
— Según eso, en los educatorios es donde
únicamente no existen trabas para... eso.
— ¡Qué porquería!— interrumpió Inés sin
poder contenerse— . Eso no es un colegio,
sino... Más vale no decirlo.
— Señora, no debe usted juzgar de ligero,
con sus ideas de un siglo obscurantista,
nuestra^ más meditadas instituciones, ni la
clarividente libertad en que los legisladores
han dejado a los pensionistas para obede­
cer a la sabia naturaleza: salvando así déla
extinción a la privilegiada casta de los superpensantes (pues un cuarenta y cinco
por ciento de los nacimientos proceden de
los educatorios), y consiguiendo, además,
que educandos y educandas no aborrezcan
el colegio, como en pasados tiempos.
— Ya lo creo... Pues poco a gusto que es­
tarán con tal régimen...
— El señor Rucandio tiene mil razones,
Inés: tú no te habías fijado en esos intere­
santísimos aspectos de la cuestión. ¿Cómo
habían ios legisladores de avenirse a un
verdadero suicidio de la raza? ¿Cómo caer
en la crueldad de cohibir naturales expan-

61

siones de la juventud, cuya utilidad está
evidenciada en ese cuarenta y cinco por
ciento de que nos habla don Marcial?
— Claro, claro, señor García: veo que tie­
ne usted cerebro de superpensante, criterio
ilustrado y espíritu superior al de su siglo.
Inés, que estaba nerviosa, indignada y
hasta asqueada, olvidó los prudentes pro­
pósitos de recatar sus juicios sobre la so­
ciedad y los hombres del año diez mil; y
aun advirtiendo la ironía, no percibida por
Rucandio, de las palabras de Juan, no le
bastó esta hipócrita manera de condenar la
inmoralidad de los educatorios, y acalora­
da exclamó:
— Sí, con esas teorías todo se justifica...
Hasta la idea fundamental de este sistema,
monstruosa base de todas las demás mons­
truosidades.
— ¡ Monstruosidades !... ¿ Cuáles, doña
Inés?
Esta vez se hablan cambiado los pape­
les: en vez de ser, según costumbre, Juan
el impulsivo y la cauta Inést era él quien
lanzaba miradas y hacía señas, por ella noatendidas con la obediencia de que el ma­
rido solía dar ejemplo en análogos casos;
pues no aviniéndose Inés a que dentro se
le pudriera lo que ya le rebosaba, maldito
si hacía caso de guiños, pisotones ni coda­
zos; y rompiendo por completo miramien­
tos y frenos, contestó a Rucandio:
— ¿Qué monstiuosidad?: la de esta inclu­
sa! .. Porque en definitiva, y a despecho de
este lujo, de estos profesores pletóricos de
ciencia, pero ayunos de afectos paternales,
esto no es otra cosa: inclusa primero y
después hospicio, donde caen todas las cria­
turas que tienen la desdicha de nacer en
este siglo: una inclusa como las de mi
tiempo, no justificación, mas sí remedio a
miserias o crímenes de los padres; pero al
revés que aquéllas, puesto que a éstas no
vienen los hijos de los pobres, sino de los
ricos: únicos padres que en esta época
abandonan los suyos.
— ¡Abandonar!... Me parece injustamen­
te dura esa palabra para aplicarla a quie­
nes saben perfectamente que sus hijos se­
rán aquí atendidos con el esimero que acaba
usted de ver,
— Sin cariño de padres que guíe sus con­
ciencias y sus corazones: este, este es el
más triste de los abandonos de que son víc­
timas estos desventurados niños.
— Juzgando con las ideas de sociedades
atrasadas...
— No, señor, no: juzgando con las de la

«2

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

civilización más ilustrada, con las mismas
de usted.
—Eso ya no lo veo tan claro, doña Inés.
— Pues es clarísimo, y va usted a verlo
pronto. %
—Me pone usted en curiosidad, amisa
mía, y creo se compromete a mucho— con­
testó Rucandio, interesado no sólo en ver
cómo intentaba Inés demostrar lo que a él
le parecía absurda paradoja, sino hasta un
poco subyugado por la vida y el fuego con
que hablaba ella, y por el entusiasmo y la
inteligencia que en sus ojos brillaban. Crea
usted que me interesa verla ingeniarse pa­
ra salir airosa de este aprieto.
— Por si mismo se va usted a convencer.
—No me parece fácil.
—Vamos a verlo. ¿No le parecería a us­
ted doloroso, absurdo, criminal que el au­
tor de la idea madre de una obra, se la
diera incompleta embozada a otra persona
para que la desenvolviera en un libro?
— ¡Qué disparate!
—¿Que el inventor abandonara en el ta­
ller el principio fundamental de su aparato,
o máquina, para que en ausencia suya, huér­
fanos de su dirección y vigilancia, desarro­
llaran los obreros sus ideas planteando el
invento, a salga lo que saliere, y sin cui­
darse ya él de la obra ni la máquina: ni
aun por curiosidad de ver el libro, o el
aparato una vez acabados?
— Amiga mía, eso sería monstruoso:
quien asi procediera demostrarla ser indig­
no de crear nada.
Y piensa usted que una criatura humana,
mero embrión de personalidad al nacer, pe­
ro oon alma que es emanación de sp padre,
y cuerpo que es a veces evidente trasunto
de él, vale menos que el proyecto embriona­
rio de una máquina?
—No es lo mismo, doña Inés.
—No, qué ha de ser. Usted y yo somos y
valemos mucho mási.. ¿Estamos o no con­
formes en que el alma y el cerebro de don
Marcial Rucandio es cosa más importante
que el mecanismo de una linotipia, y o el
aislamiento del alambre de un electroimán?
—Naturalmente... Pero...

—Y sin embargo, usted que tiene por in
digno de crear nada a quien no se cuida de...
— Ya, ya veo donde vá usted a parar; pero
no es lo mismo, no es lo mismo.
—Lógica, Don Marcial: si con ella discurre
no tendrá más remedio que condenar tam­
bién a quien entrega su hijo en estos educatorios para que sea moldeado, o deforma­
do, o pervertido por indiferentes equipara­
bles a obreros mercenarios.
— Amigo García, esto es una verdadera
polemista: son ingeniosas, ingeniosísimas
sus comparaciones.
—No, señor, no: lo ingenioso es eludir
contestación a mis preguntas,!con elogio
que no merezco: así se acredita de galante,
me deja agradecida, más no demuestra su
razón.
— Es usted una implacable adversaria.
—Nada de eso, y en prueba de que no
quiero acorralar a usted en sus últimas trin­
cheras, tengo la generosidad de no insistir
en demandar contestación a mis pregunta?
anteriores, ni a esta otra que le permito se
conteste bajito en su conciencia: ¿No ve
usted claro, como lo veo yo, que cada criatura
que entra en estos educatortos es víctima
de un verdadero crimen de sus padres?
La pregunta pareció hacer tan honda me­
lla en Marcial que vaciló un momento, y
al cabo contestó con voz poco firme.
— Dura está usted de frases.
—Y hábil usted para soslayar el contes­
tarlas.
—Inés, yo creo que estamos ya abusando
de la amabilidad con que Marcial nos, ha
dedicado el dia casi entero.
—A lo cual estoy tan agradecido como
tú; y espero que perdone la temeridad con
que una salvaje de la España prehistórica
emite juicios sobre el mundo civilizado.
— Ni subscribo el calificativo que se apli­
ca usted ni tengo nada que perdonar, sino, al
contrario, agradecer a ustedes su compañía:
en la cual he pasado un día tan agradable
como hace mucho tiempo no habla pasado
otro.
— Efecto— contestó García—de nuestro exótismo que es para usted una novedad.

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

63

XIII
MARCIAL BAJA AL MUNDO DE LOS PARIAS

Llegado al Museo, y después de despe­ voluntad, se había hundido, como el sabio
dirse de Juan e Inés, a lá puerta de las ha­ arquitecto.
bitaciones de éstos, fuése Marcial a las su­
Durante los dos días, que terminaban en
yas un tanto preocupado; pues los argumen­ aquella noche, las curiosidades inspiradas
tos de Inés, sobre la supercivilizada edu­ por Juan e Inés hablan distraído la otra
cación motjerna, habían hecho en el todavía
curiosidad que el encuentro con su antiguo
más efecto del apreciado por ella; y desde amigo había despertado; pero ahora la avi­
luego incomparablemente más del que ha­
vaba de nuevo el recuerdo levantado por la
bían dejado traslucir las bromas tras las
lectura de aquel párrafo, excitando con in­
cuales se esforzó él en ocultarlo.
quieta impaciencia su deseo de conocer los
Mientras a solas cenaba, no cesó de dar motivos del inconcebible absurdo de que Car­
vueltas a lo mismo; y aunque todo aquello
toya hubiera renunciado a su gloriosa y
pugnaba con susi convicciones de siempre,
sibarítica vida entre los sabios, los poten­
decíase, que aun despojados los argumentos
tados y los felices del mundo, para sumirse
de Inés de toda la ojarasca de sensiblería,
en la abyecta existencia de los Ignorantes,
que sin duda era lo más impresionante en
míseros y desventurados parias; y pensan­
ellos, no podia negársele a muchos fuerza de
do que mientras no satisficiera aquel de­
seo de pronto exarcebado, no haría cosa
razones...
—No— se dijo al llegar a este punto de su
de provecho, recogió los papeles, miró el
mental monólogo— , en todo esto no hay un
rel 0j_ e ran las diez y media— y salió de
adarme de razón, sino emoción ridicula; ex­ sus habitaciones, dirigiéndose al ascen­
citación de añejas sensibilidades de que ya
sor que había de bajarle a los subterráneos,
creía estar completamente curado, y que al
adonde lo llevaba el interés de oir la pro­
oír a Inés se me han vuelto a alborotar con metida historia del suicidio de Cartoya como
el recuerdo de... Ridiculeces, debilidades ver­ Siupergozante.
gonzosas: pues ¡no hubo un rato en que me
Llegado abajo, preguntó sucesivamente a
pareció sentir lo que unos antiquísimos li­ tres o cuatro transeúntes dónde vivía el
bros, que una vez me cayeron a las manos
que iba buscando, y en vista de que no su­
llaman mordimiento! ¡Qué disparate!
pieron darle respuesta, decidió, por conse­
Así se le fué la cena, sin darse cuenta de jo de uno de los preguntados, encaminarse
que comía, y al terminarla, pasó al despa­ al cuchitril del Patriarca Hobbson, a quien
cho a continuar la comenzada redacción de
suplicó lo encaminara, según lo hizo, en­
una memoria científica sobre un punto inte­
cargando a un paria que lo condujera a la
resante de biología.
morada de Cartoya; y fijando en Rucan­
A los pocos minutos de coger la pluma
dio, al saludarlo cuando de él se despidió,
tuvo que comprobar una cita en un libro,
una bondadosa pero- penetrante mirada,
donde, al consultarlo, tropezó con el siguien­
dijo;
te párrafo: “De las investigaciones y expe­
_Que Dios os vea venir, y os guie, hijo
rimentos realizados en cerebros de niños—
mío.
la memoria de Rucandio se referia al des­
_¡Dios!... Gracias por la intención, se­
envolvimiento de la inteligencia en los pri­
ñor Hobbson,— contestó Rucandio, en quien
meros años de la inteligencia en los prime­
su gran respeto al sabio radiólogo, de fama
ros años de la infancia— por el eminente
universal, pudo más que la extrañeza de
Masfeld resulta...”
oír de su boca aquella pueril invocación a
Al leer esto, acordóse Marcial de que se­
un Dios en el que hacía siglos no pensaban
gún le había dicho Cartoya, aquel eminen­
los superpensantes: desde que sus inteli­
te J.Iansfeld era en la actualidad paria: sa­
gencias y sus voluntades no perseguían en
cerdote paria; estado en que, por propia

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
la vida otra finalidad que amontonar pía
ceres.
. ,
Muchas veces había bajado Marcial a los
subterráneos; pero sin pasar nunca más allá
de las hermosas, despejadas y altas naves
dedicadas a talleres, donde los parias tra­
bajan, ni de los magníficos almacenes don­
de se acumulan los productos de tal tra­
bajo, destinados a satisfacer ¡necesidades
de sus opresores.
Veía, pues, aquella noche, por primera
vez, los angostos corredores, que hacen ve­
ces de calles, en el tétrico albergue, donde
la civilización del siglo cien confina las
multitudes parias de Mundiópolis, empare­
dándolas en las entrañas de la tierra. Con­
forme avanzaba por el dédalo de galerías
cuyos techos se alcanzan con sólo levantar
el brazo y se cruzaba con míseros transeún­
tes, hacíanle éstos el efecto de topos o
lagartos que a tientas se movieran en una
gigantesca madriguera: a tientas porque
el contraste entre la deslumbrante luz de
loa talleres y la precaria claridad, sórdida­
mente economizada en los instes callejones,
prodújole, al entrar en éstos, la impresión
de que todos aquellos desdichados hormi­
gueaban entre tinieblas.
Cuando síus ojos se acostumbraron a tan
melancólica penumbra, le pareció que aque­
lla luz precaria era la estrictamente indis­
pensable para hacerse cargo de cuán triste
debía ser la vida de las desmedradas y ma­
cilentas criaturas condenadas a vegetar perennemepte como hongos en las cuevas.
Pero, ¿porqué aquella sorpresa; porqué
la deprimente impresión, que experimentaba
cuando él sabía perfectamente, de mucho
tiempo atrás, cómo viven los parias?. . Sí,
lo sabía; pero ni lo había visto, ni sentido
hasta entonces la opresión física de aquel
aire mefítico; ni la moral producida por
el negruzco techo de los inacabables corre­
dores, que parecía pesarle sobre la cabeza;
ni la angustiosa sensación de la estrechez
de ellos, entre pared y pared, tan cercanas
una a otra que, por combinado efecto de la
perspectiva y la obscuridad, simulaban jun­
tarse a un centenar de metros, interceptan­
do el paso y estrujando entre ellos a los
transeúntes vistos a distancia.
No, no era lo mismo pensar “en lo de
abajo”, mientras a pleno aire y a la luz del
sol se paseaba por las soberbias avenidas
de Mundiópolis, que verlo a deficiente luz
casi vencida por la sombra, sintiendo caer,
de tanto en tanto, sobre sí las gotas de agua
destiladas por la humedad de paredes y bó­
vedas: no era lo mismo decir “los parlas

moran allá abajo” , a verlos hacinados en
sus tenebrosas espeluncas, y circular por
los hediondos callejones; pues la omnipo­
tente ciencia del ságlo cien no bahía sa­
bido resolver el problema de la eficaz ven­
tilación de los subterráneos, sino en los
hermosos almacenes en donde importa con­
servar en buen estado los productos de la
industria de los parias, pero no en las cue­
vas habitadas por ellos.
Considerándose Marcial— como todos los
de arriba— de otra casta incomparablemen­
te superior a los de abajo, mirábalos casi
como a bestias, de las cuales nadie se asom­
bra vivan cómo tales, y por ello sentía,
no solamente las impresiones indicadas,
sino además molestia de verse entre el re­
baño en promiscuidad con gentes, degrada­
das: en suma, asco.
¿Qué diría su maestro, a saber por
dónde andaba, revuelto con toda aquella ba­
sura?— se decía, ya casi arrepentido o aver­
gonzado de su bajada a las catacumbas—.
¿Qué habría contestado Don Roberto, a
quien, cual Hobbson con él, hubiera tenido
la impertinencia de suponer que un hom­
bre de ciencia, un superpensante, pudiera
ser guiado, no por la fuerza de su inteli­
gencia y de su voluntad soberana, sino por
fantásticos poderes sobrenaturales?...
A buen seguro que Mob no habría dejado
de rechazar la afirmación de que en sus actos
pudiera influir un Dios sólo existente en la
superstición de los desventurados: tan se­
guro, que sintiendo Rucandio no pequeña
vergüenza de pensar lo que diría Don Ro­
berto, a conocerlas, de las debilidades de
su ayudante, se detuvo a mitad de camino
diciéndose que acaso fuera lo mejor vol­
verse arriba sin ver a Cartoya. Pero, fuera
curiosidad de conocer la prometida histo­
ria, fuera afecto a su antiguo amigo, en­
tonces avivado por estar viendo que el sa­
crificio del sabio arquitecto era, de obede­
cer a impulso voluntario, todavía más he­
roico o insensato de cuanto él pudo supo­
ner antes de bajar a las cuevas; fuere lo
que quisiere, triunfó tal interés de sus va­
cilaciones, por completo vencidas cuando
le dijo la conciencia ser deber de su antigua
amistad hacer cuanto pudiere para arran­
car a Cartoya del ruin estado en que lo
hallaba...

Cuando entró en casa de Cartoya, si es
que cuadra tal nombre al tugurio habitado
por el sacerdote, estaba éste escribiendo so-

65

EL AMOR EX EL SIGLO CIEN

bre una tabla apoyada en dos grandes pedruscos que hacían veces de patas.
Aquella rudimentaria mesa, un tarugo
de madera procedente del aserrado tocón de
un árbol, utilizado cual sillón; dos gran­
des piedras de formas irregulares que ha­
cían veces de sillas para los visitantes; una
alacena para libros, mal pergeñada con
unas tablas viejas; una arqueta destinada
a guardarropa, que solamente contenía una
muda interior y un balandrán, completa­
ban, con un jergón, tirado en el suelo, y
un cántaro con agua, todo el ajuar de la
cueva habitada por el sabio autor y genial
artífice del Gran Palacio Mundial
— Este caballero pregunta por usted—
dijo, al entrar, el muchacho que guiaba a
Marcial.
Levantó Cartoya la cabeza, dejó la plu­
ma, se levantó y, saliendo al encuentro de
Marcial, lo abrazó, diciendo:
— ¡Qué alegría! ¡Qué alegría tengo al ver
que no quedó en proyecto tu venida!... ¡Qué
alegría al verte en mi casa.
— Y yo, ¡qué tristeza tan grande!... ¡Tú
casa!... Esto no es casa, sino una madri­
guera, un cubil.
— Pues es mi casa... Comprendo te sor­
prenda el contraste entre ella y mi palacio
de allá arriba.
— ¡Tu casa esto!.... ¿Y puedes vivir aquí?
— Es pronto para que te lo expliques...
Si es que al fin llegas a explicártelo, como
a Dios se lo pido.
>
— Otra vez Dios... Ya es la segunda en
diez minutos.
— No te extrañe: si a menud/o bajaras
por aquí te encontrarías con Dios a cada
paso: Dios está siempre entre los desgra­
ciados?... Pero como supongo que no has ba­
jado para ver mi casa, sino para verme, y
sobre todo para oírme...
— Sí, si; pero la sensación deprimente
que experimento desde que tal cual es, no
cual yo creía, he visto este angustioso mun­
do y en él soterrados de por vida a sus
abyectos pobladores..,
— Perdona te interrumpa, porque me im­
porta mucho entender bien lo que quieres
decir.

— ¿Entenderme?.. Creo que hablo claro...
— Sí, las palabras son claras: “sensación
deprimente”, “abyectos pobladores” ; pero
entre ellas y el tono en que las dices me
sugieren la duda de si la sensación que
sientes al rozarte con mis pobres herma­
nos, en su tétrico mundo, es desprecio o
es lástima.
— ¡Lástim a!.., ¿Qué es eso?... No com­
prendo esa palabra...
— ¡Válgame Dios, qué cosas ignoráis los
Sabios del siglo cien!-.-' Perdona, y no te
ofenda mi sorpresa, pues no eres tú, sino
tu siglo, el que ha olvidado, para no pade­
cerla, que lástima es dolor sentido por mal
que sin dañamos daña a otros. Dime, ¿es
eso, o solamente repugnancia, lo que te
inspiran esos parias que has encontrado
en el camino de mi casa?
— Si he de ser franco, no puedo contes­
tarte; pues yo mismo no sé si el senti­
miento indefinible que, al ver de cerca a
esta raza inferior, se junta a mi desprecio
de siempre a ella, es o no es lo que tú lla­
mas lástima: nuevo el sentimiento, desco­
nocida la palabra, no te sorprenderá que
no pueda contestarte.
— Ni a ti mis dudas: que según se obscu­
recen para ti, se me van aclarando. .
Dime— voy a ayudarte a ver en ellas— si en
esite instante hubieras de aplicar un califi­
cativo a los parias, ¿cómo los llamarías:
viles o desdichados?
— Pobres gentes... Es tristísimo...
— No sigas: tu clara inteligencia no en­
tiende aún qué es lástima, pero tu corazón
la siente. Mis dudas han cesado: puedo re­
latarte mi historia; mas cuando ella te ha­
ga entender qué es lástima, prepárate a no
asombrarte de saber que por grande que
sea tu conmiseración ante la miserable vida
de estos parias, todavía es muchísimo ma­
yor la compasión que tienen ellos de los
supergozantes.
— ¡Qué disparate!
— Tienes razón, voy demasiado de prisa:
un arquitecto, como yo, no debe comenzar
los edificios por las azoteas, sino por los
cimientos: demos de lado esto y vamos a
mi historia.

5

66

BIBLIO TECA NO VELESCO -CIEN TIFICA

XIV
L A H ISTOR IA DE C A R T O Y A

_Como dos años antes de la terminación
del Palacio del Mundo bajé yo aquí, la pri­
mera vez, por estarse muriendo un capataz,
de quien quería recoger los planos, que en
su poder tenia, de unas bóvedas donde su
cuadrilla trabajaba. He de decirte que el
roce con mi« obreros había modificado algo
mis antiguas ideas sobre les parias; y en
mi desprecio de superpensante se iba
abriendo camino ya la idea de que entre
sus cerebros y los nuestros no hay otra di:
ferencia sino la existente entre una tierra
inculta y otra cultivada
— La misma peregrina ocurrencia de
García y de Inés,... ¡Qué disparate!... Ideas
del siglo xx.
— No discutamos eso ahora. El capataz
de que hablo, hijo de una larga generación
de parias, sin instrucción, sin haber pro­
bado jamás nuestros alimentos cerebrales,
tenia inteligencia natural, rápida compren­
sión y buen criterio.
Estamos en la habitación donde, sobre
un jergón como ése, y en ese mismo sitio,
yacía el obrero enfermo. Junto a su cabe­
cera estaba una anciana: su mujer, quiero
decir su esposa...; bien, para que me en­
tiendas, una mujer amigada con él durante
veinticinco años, en los cuales había Sido
su asidua compañera de todos los días:
alegre si él lo estaba, llorosa al verle
triste...
— ¡Qué rareza!...¡Un hombre y una mu­
jer amigados durante veinticinco años,
juntos a diario!
— Aún te parecerá más raro que los cua­
tro hijos que rodeaban el camastro del en­
fermo fueran nacidos todos de aquella mis­
ma mujer; más todavía, que desde que na­
cieron no se hubieran separado de él ni de
ella.
— He ahí la causa madre de la inferiori­
dad de esta raza; porque, ¿qué hombre es
capaz de hacer nada de provecho con una
mujer y cuatro criaturas amarradas a su
vida con pesada cadena? ¿Qué puede hacer?
— Amarlos, ser amado de ellos: nada
más... Mientras tú y yo, superpensantes
distinguidos, somos hijos de quienes no hi­

cieron sino procreamos y abandonarnos en
un lujoso educatorio. .
— ¡Abandonarnos!... ¡Tú también esa
idea!—-dijo Marcial recordando las palabras
de Inés, cuando aquella misma tarde le ha­
bía él enseñado el educatorio— : no parece
sino que hoy se pone todo el mundo de
acuerdo.
— ¿De acuerdo? ¿Quiénes? ¿Para qué?
•— Nada, nada. . Sigue.
— Pues bien, los hijos de los miserables
parias tienen todos lo que ni tú ni yo tu­
vimos: padre y madre: cariño en sus in­
fancias.
— Bien, ¿y qué?
— Ni tú sabes lo que eso significa, ni yo
lo supe hasta verlo primero, y sentirlo aquí
luego, y recordar después, con pena y con
remordimiento, que allá arriba había yo
sido padre, sin saber quiénes son ni dónde
están mis hijos.
El rostro de Marcial revelaba que el
asunto tratado por Cartoya y las palabras
de éste le producían hondo efecto: refor­
zando el que ya le había producido oír a
Inés llamar crimen al abandono de los ni­
ños en los educatorios. El sacerdote pro­
siguió.
-— Al verme, conoció el capataz el objeto
de mi venida, y señalando esa alacena que
está detrás de ti, me invitó a recoger de
ella mis planos; pues él no podría ya utili­
zarlos en mi servicio por estar cierto de
que se moría.
Su asombrosa tranquilidad, al hablar de
la muerte, contrastaba con el terror de los
superpensantes a ella, y con el dolor de su
mujer y de los cuatro hijos que rodeaban
el lecho. La primogénita tenía veintiún años
y unos ojos grandes, grandes, y todavía más
dulces que grandes...
Al decir esto, se pasó Cartoya una mano
por los suyos para enjugarse las lágrimas,
y con voz conmovida prosiguió:
Juana, hijos míos— dijo el enfermo— .
dad gracias a este señor, que ha sido bue­
no para mí... No todos los de arriba son
como él...

EL AMOR EX EL .SIGLO CIEN

Con la humildad característica en estas
pobres gentes me besaron la mano mujer e
hijos, siendo ella la última en hacerlo.
Gracias, señor, me dijo, fijando en mí
la mirada serena de Sus hermosos ojos, en­
señándome en ellos el fondo de su alma de
ángel, y posando después sus labios en mi
mano... Los besos de los otros los recuerda
mi memoria; el de ella, al cabo de siete
años, es aun en este instante suave deleite
de mi corazón.
— ¿Deleite, y al recordarlo lloras?...
— Cosas del corazón.
— Ya: te olvidó después ella— dijo Mar­
cial con expresión demasiado amarga para
que procediera solamente de compasión al
sufrimiento ajeno— . Lo comprendo; te
compadezco.
— No, no es eso. Aguarda, aguarda. Al
día siguiente volví a ver al enfermo, diciéndome a mí mismo que me traía inte­
rés, que no me habría ocurrido dispensarle,
a no estarme acordando desde la víspera
de los ojos, y del beso en mi mano, de
María.
-—¿María?... [Qué nombre tan raro!--¡Y es bonito!
— Creyendo la inocente que el afecto a su
padre me traía, lo agradeció, y me re­
compensó mostrándome su gratitud en la
mirada... Y volví al otro día, encontrando
aquí a Hobbson, que, después de prestar al
moribundo auxilios de que es inútil te ha­
ble, pues nada comprenderías de ellos, le
ofrecía ¡para después de muerto! dichas
para mí incomprensibles en un mundo de
arriba.
Esto me confundió, principalmente por el
acento de convicción incontrastable que vi­
braba en las promesas de Hobbson; pero lo
que me dejó en el alma huella indeleble fué
la solemne paz de aquella muerte, la serena
confianza con que aquel hombre dijo cuan­
do, más bien que hundirse, pareció adorme­
cerse en el terrible más allá; “Juana, hijos
míos, hasta que nos veamos allá arriba”...
Yo no había visto nunca morir de tal ma­
nera a ninguno de nuestros sfupraintenlec* tuales, ni tampoco llorar a nadie muerte de
otro como lloraban la mujer y los hijos del
obrero; y eso que había visto morir sabios,
magnates, príncipes, a quienes no lloraba
nadie; porque el mundo en que viven ha
suprimido todos los dolores del alma, menos
los producidos por heridas en el egoísmo...
Pero, perdona, creo estar abusando de...
— No, no; me interesa cuanto dices: si­
gue, sigue.
— Salí de esta habitación al mismo tiem-

po que Hobbson, a quien aún no conocía;
y deseoso de satisfacer mi curiosidad, le
pregunté, con la escasa ceremonia usada por
la raza superior con estos parias: ¿Qué
vida y qué felicidad son esas de que ha­
blabas ahí dentro? ¿Es que vosotros creéis,
supersticiosamente, que al morir reencar­
náis en nuestros cuerpos, para gozar las di­
chas que los superpensantes disfrutamos
allá arriba?
— No; vuestra vida, que es goce, mas no
es dicha, no la queremos los parias.
— ¡Qué disparate!.— contesté— -. ¡Qué
más quisierais!
— No; vuestra vida nos avergonzaría. No
os envidiamos; os compadecemos.
— Insolente... Da gracias a que no tomo
en cuenta tus palabras, por comprender que
tu ignorancia te hace irresponsable.
— Irresponsable, no... No veas jactancia
eu mí al decirte que me llamo Kraig Hobb­
son, sino deseo de que para ti tengan algún
peso estas palabras: “La felicidad que pro­
metía a ese moribundo es más verdad y
más pura que la vuestra; el mundo en que
se goza no es el vuestro, está mucho más
alto."
Por el efecto que te produjo a ti ver con­
vertido en paria al eminente sabio, com­
prenderás mi impresión al oír el nombre
del respetado anciano. Subí con una mul­
titud de ideas contradictorias, con un mun­
do de imprecisos sentimientos, y rebosante
el juicio de perplejidades; mas todas es­
tas nubes de mi espíritu no bastaban a ve­
lar algo que sin cesar veía claro: la imagen
de la hermosa huérfana.
Tres días pasé defendiéndome del deseo
de bajar, hasta que al cabo de ellos me pre­
senté de nuevo aquí, con el mentido pre­
texto de faltarme aún unos papeles que de­
bían haberse quedado en la alacena... Claro
que no los encontramos; pero vi a María,
la miré, la miré, hablé con ella; y al mar­
charme encargué a aquellas buenas gentes
que buscaran, pues volvería por los papeles;
y cuando al otro día me dijeron que en vano
habían registrado en todos los rincones, me
pregunté qué nuevos pretextos idearía para
continuar viendo a aquella mujer.
Acogiéndome a los más pueriles e increí­
bles, bajé otras cuatro o cinco veces, mas
las dos últimas no hallé en casa a María, lo
cual me dolió más, porque sus inocentes
ojos ya me habían revelado la complacen­
cia con que me veían.
— Naturalmente: para una infeliz paria
sería muy halagüeño tu deseo; mas no com­
prendo cómo tardabas tanto: cuanto más

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
Dicho esto, echó a correr, dejándome tan
pronto lo hubieras satisfecho, antes la ha­
cierto
de que con toda su alma me quería,
brías olvidado.
como de la inutilidad de seguirla y preten­
_No; la posesión lo habría aumentado.
derla como a cualquiera de nuestras seño­
_¡Qué disparate!... Todo haDría sido
ras supergozantes.
cuestión, si no de días, de semanas... de un
— Pero, ¿qué quería? ¿Qué más podía pe­
mes.
dir que lo que la ofrecías?
El tono vacilante con que Marcial decía
— El alma para la vida entera: lo que
esto contrastaba con lo categórico de los
ella me había dado ya antes de pedírselo yo.
conceptos. Cartoya respondió:
— ¡Qué atrocidad!... ¿En qué cabeza puede
— Te equivocas: en mi experiencia de
supergozante así lo creía yo, hasta enterar­ caber que un amor dure toda la vida?
— Tienes razón, el amor de por vida no
me, con gran sorpresa mía, de que mi de­
cabe en la cabeza, cabe en los corazones.
seo era pasar la vida entera en compañía
— Ramón, hace una hora que no dices sino
de aquella mujer; aun pareciéndome esto
tan absurdo entonces como a ti pueda pare- insensateces. Y es lo peor que, oyéndote, no
son menos descabelladas mis ideas que las
certe al escucharlo.
— Sí, sí... me parece absurdo, muy absur­ tuyas.
— No, Marcial, no: esas que llamas desca­
do— contestó Marcial, más como si quisiera
convencerse a sí mismo que hablar para su belladas ideas tuyas, no son todavía Ideas,
sino sentimientos.
amigo.
— Puede ser... Te veo tan impresionado
— He aquí cómo me enteré de ello. Con­
que me contagias— contestó Rucandio, defen­
vencido de que su familia me la ocultaba,
diéndose del asalto de amargos recuerdos
indagué, espié, me ingenié, hasta que una
tarde, al salir ella del taller de bordado en propios, en los que, más que en el contagio a
donde trabajaba, y ver el júbilo con que sus que aludía, radicaba la causa de su emoción.
ojos me miraban, creí, por un momento,
— Por tus asombros juzgarás de los míos
estar ya a punto de logar mis deseos. al escuchar a la pobre paria, que, a despecho
Pero en cuanto le dije que estaba enamora­ de ellos y de su humilde condición y traje,
do de ella, me contestó con ingenua con­ me parecía más hermosa, más buena y más
fianza: "Yo también lo quiero mucho a us­ digna de las más seductoras bellezas de
ted, señor, y tengo mucha pena de que no nuestro mundo.
pueda ser.”
Me volví, decidido a olvidar lo que no
— ¿No pueda ser? ¿El qué no puede ser?—
creí pasara de contrariedad de un capricho
lo pregunté.
frustrado; mas presto conocí que la absur­
-—Que nos queramos... Es decir, queremos
da exageración de aquel amor a mí, de que
sí; pero siempre lejos.
Maiía me habló, como capaz de llenar su
— ¡Lejos! ¿Por qué?
existencia, ya no me parecía tan absurda
— Porque es usted de arriba y yo de
desde que con su negativa me había quitado
abajo.
la esperanza de aquietar los impulsos del
Protesté de que aquello pudiera ser obs­ mío con la satisfacción de él en la habitual
táculo; pues queriéndonos, no teníamos sino
y transitoria forma que únicamente conocen
amigamos, como otros cualesquiera en
los supergonzantes: en esto idénticos,, como
nuestro caso; y, en consecuencia, la invité
dijo bien ella, a los irracionales.
a venirse a mi casa.
— ¡Ramón!
— No me ofendo, señor, pues ya sé que
— Te desafío a que me señales alguna di­
los “ amos” ignoráis que “ Dios no quiere
ferencia entre el vuestro y el de ellos.
que hombres y mujeres se junten y se apar­
— Ya hablaremos de eso. Ahora continúa
ten como los animales” ; pero no puede ser.
tu historia.
Váyase, déjeme, no hurgue en mí pena...
— Según pasaban días sin verla, iba con­
Allá arriba se olvidará usted pronto de la
venciéndome de que también sentía yo aquel
pobre paria.
robusto e inacabable sentimiento de que ha­
— Tú, tú eres quien quiere olvidarse bía hablado ella.
de mí.
No intentes explicártelo: no lo compren­
— Nunca, señor: lo quiero mucho, mu­ derás, pues tal amor es uno de los nobles y
cho: para siempre, para siempre— me con­ hermosísimos goces que entre el placer s,e
testó, rompiendo en llanto— : no como us­ han dejado perdidos las civilizaciones, sólo
ted a mí, con cariño de unos días, que no preocupadas con placeres materiales; y como
vale para pagar el mío... Ya sé que los de potentados y gozantes se lo dejaron tan le­
arriba no pueden dar ustedes más; pero, por
jos y olvidado como la caridad, la abnega­
eso mismo nunca, nunca.
ción y el patriotismo, no es extraño que

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

tales sentimientos y virtudes Layan caído
en manos de los bárbaros, y que sólo ellos
los entiendan.
Convertida mi vida en un tormento, por
la inutilidad de mis diarios esfuerzos para
ver a María, una mañana me dijeron que
en mi despacho me aguardaba un paria con
una cruz roja, sobre el traje, en el pecho.
Era Hobbson que, rebuscando para en­
contrar alguna noble aspiración en el alma
de quien tenía cuanto hace agradable la
vida, acabó suplicándome que dejara de ati­
zar los dolores de una desdichada que, no
pudiendo sino pisar abrojos en la suya, sen­
tiría más cruelmente las punzadas de ellos,
en tanto continuara persiguiéndola el hom­
bre a quien, sin esperanza, amaba.
Renuncio a detallarte la larga conferen­
cia llena de protestas y súplicas mías, de
alternativos reproches y consuelos de Hobb­
son, quien, al oírme que yo también tenía
anhelo de unirme a María de por vida, me
contestó que, a no ser tal deseo engañosa
•vehemencia de un instante, él me marcaba
el único camino de conseguir la inacabable
unión ansiada.
A continuación de esto, explicó Cartoya
a Marcial cómo le había a él impuesto
Hobbson en los deberes de los esposos y los
padres en el indisoluble matrimonio cris­
tiano— explicación aquí omitida por no ser
necesaria a los lectores, como lo era a Mar­
cial— y cómo le exigió, cual garantía de la
solidez de su resolución de contraerlo en
tales condiciones, que antes de ello estuviera
dos meses sin ver a María.
Pasado dicho plazo— continuó el narra­
dor— el mismo Hobbson bendijo nuestra
boda, sin exigirme la previa conversión al
cristianismo, mas sí solemne compromiso
aceptando la indisolubilidad del matrimo­
nio y los deberes consiguientes a ella con
mi esposa y con nuestros venideros hijos.
Subió María de su cueva a mi casa. Vi­
víamos al principio el uno para el otro, y
después aquella criatura a quien ya era
deudor de la gloria de su amor purísimo, me
dio una nueva gloria en el amor de nues­
tro hijo.
— ¡Ah! Tuvisteis un hijo.
— Y cuando yo, que siempre había visto
criar los niños por procedimientos quími­
cos, vi a mi mujer alimentar con sangre de
sus venas al hijo de mi sangre; cuando vi,
por la primera vez, lo que es una verdadera
madre, sentí lo que no explico por estar
cierto de que quien nunca lo ha sentido no
lo entiende... Ven, mira el hermoso ángel
que me dió aquella criatura.
Se levantó Cartoya, y alzando la manta

69

que cubría el jergón, mostró un pequeñín
blanco y rubio que dormía con la paz her­
niosa de la infancia, y dijo:
— Míralo, tan hermoso como el amor de
que ha nacido... Quienes perdéis los hijos
antes de conocerlos no gozaréis jamás la di­
cha que ahora gozo besándolo y diciendo:
mío, mío.
Sintió Marcial un enternecimiento tan in­
sólito como la escena para él inusitada que
lo producía, y visiblemente conmovido, asin­
tió, contestando a Cartoya:
— Sí, debe ser muy dulce besar a una
criatura como esa... Esos besos deben ser
otra cosa que los de la pasión, deben...
— Gracias a Dios, ya empiezas a ver cla­
ro en mis palabras...
— No en todas las que te he oído. Hasta
ahora sólo veo claro en esto; y creo que no
eres tú, sino ese niño dormido el que me
convence— . Y para sí pensó: — Ese... u
otro...
— Mejor, mejor...
— ¡Mejor!... ¿Por qué?
Pensó Cartoya: “Porque Dios no se de­
muestra con teoremas, sino que se le ve en
la evidencia de sus obras”, mas sólo dijo:
— Porque eso prueba que tu corazón vale
más que los de la gente con quien andas...
Pero sigo mi historia.
Era muy grande mi felicidad para ser de
este mundo. Llevábamos año y medio casa­
dos, daba los últimos retoques a las obras del
Palacio Mundial, cuando una tarde subió la
madre de María diciendo a ésta, con toda
sencillez, cual cosa balad!, que “le había
llegado su semana de asistencia”...
Entonces supe que, para cuidar a los pa­
rias enfermos sin familia, llevan turno to­
dos sus hermanos. A mi mujer, que había
cumplido el suyo hacía dos años, le llegaba
de nuevo. La enfermedad que entonces ha­
cía estragos en los parias era el cólera.
Aterrado, me opuse a que bajara, contes­
tándome ella que aquel era uno de los de­
beres de su religión, los cuales había yo pro­
metido respetar; que su Dios dijo a los hom­
bres: Amaos los unos a los otros, con amor
definido en el mandato de amar al prójimo
como a sí mismo; y que tal eq el modo como
se aman los parias.
El tranquilo heroísmo de María, la sen­
cillez con que su madre lo hallaba natura!,
y el ver a sus hermanos de religión dis­
puestos siempre a todo sacrificio para pres­
tarse mutua ayuda, me inspiró hondo res­
peto, y me retrajo de intentar apartar a mi
esposa de la obediencia al soberano poder
moral de quien tal triunfa de egoísmos y pa­
siones de la Humanidad, en la que solamen-

BIBLIOTECA NOYELESCO-CIENTIFICA
te loa superpensantes, minúscula fracción de
ella, sois los desobedientes: exigua minoría,
de día en día más pequeña, cuya desobedien­
cia no obsta al triunfo; pues si vosotros sois
los amos del mundo material, nosotros, que
no vemos nuestro reino en él, somos reyes de
las almas.
— Pero si eso es verdad, ¿cómo los amos
Ignoramos vuestra fuerza y aun la existen­
cia de ese otro mundo vuestro?
— Porque jamás pensáis sino en el
cuerpo.
— ¿En qué hemos de pensar?... Asi, pen­
sando en él, no cometemos, como estos igno­
rantes, el higiénico crimen de ocultar a las
autoridades la existencia de focos de con­
tagios, impidiéndoles que corten las epidedemias, matando a los enfermos incurables
como hacen las gentes civilizadas para evi­
tar la infección de los sanos. Pero dejemos
eso: estoy curioso de saber si María bajó
por fin a asistir a los coléricos.
— Bajó; y a los tres días moría diciéndome: “Allá arriba, allá arriba, Ramón: bús­
came arriba, arriba.”
— Otra vez. ¿Qué absurdo mundo es ese
adonde van los muertos?
— Un mundo de almas siempre vivas.
— Pero tú, ¿creías en él?
— Cuando ella murió, todavía no; pero
lo sentía ya. En año y medio de oírla ha­
blarme con su dulce bondad de cosas para
mí tan incomprensibles como hermosas, ha­
bía comenzado a entrever insospechadas in­
mensidades, a vislumbrar una Omnipoten­
cia que hace cuanto acaece en el universo,
y nosotros no sabemos hacer; a presentir
una Bondad capaz de hacer latir los cora­
zones de las víctimas, por vosotros sumi­
das en abyección y desventura, con goces
que desconocéis, con puras dichas que ni si­
quiera sospecháis: el amor de mi santa es­
pora me había ido ensanchando el corazón
para que en él cupiera otro más abnegado:
e: amor a los hombres; y al ver cómo ella
inmolaba a él vida y dicha, vibró mi cora­
zón con amor a mis hermanos, y en pos de
éste con otro más grande aún, como origen
de aquél: amor al Padre de todo lo creado;
y al oírla decirme que arriba la buscara,
creí, creí que el hombre es algo más que pas­
to de gusanos, creí que allí la encontraría.
— Sí; emoción, sentimentalismo.
Entonces, sí; después, convencimiento,
profunda fe, mas reflexiva. No hemos de
discutir, pues los axiomas que impone la
evidencia nunca han podido demostrarse:
tus ciencias y las mías están llenas de axio­
mas, en que los sabios creen por necesarios:

sin ellos no habría ciencias, como sin Dios
no habría mundos...
La primera madre que a mano estaba
cerca de mi esposa enferma amamantó a mi
hijo como suyo. Al día siguiente de morir
María me preguntó Hobbson qué pensaba
hacer de mi hijo. “Un hermano de los her­
manos de su madre”, le contesté, y en segui­
da solicité de él que a fondo me explicara
lo que de su religión me había hecho pre­
sentir María.
Un mes después le pedí ser ungido sacer­
dote. Impuso a mis deseos medio año de es­
pera; pero aquel mismo día me administró
el bautismo de cristiano.
— ¿Qué es eso? ¿Qué significa?
Después de la explicación a estas pregun­
tas, innecesaria aquí, agregó Cartoya:
— Desde entonces soy paria; y aun cuan­
do aquí he sufrido, y sufro mucho, gozo tam­
bién lo que jamás gocé en mi mundo; y me
hallo feliz; y valgo más que allí valía.
Transcurridos, hace tres años, los seis me­
ses de prueba, fui ordenado sacerdote.
— ¿Y crees? ¿Crees de verdad todas esas
cosas extraordinarias de tan extraña reli­
gión?
— Todas, todas: con fe tan honda que, más
clara que tú ves la del Sol, veo yo la luz
de Dios, al que le pido os la haga ver a
cuantos estáis tan ciegos como lo estuve yo.
Pero es la una, y ya estoy abusando de
tu amistoso interés.
— No, no... Aunque, efectivamente, es tar­
de, y preciso será dejar para otro día lo Cffle
pensaba decirte...
— Marcial, para eso será siempre tarde:
estoy aquí para siempre.
— Pero...
— Es inútil. Dame un a'-:-?;-'': v si alguna
vez vuelves a acordarte de que aquí...
— Sí, sí, me acordaré...
Se abrazaron ambos amigos. Cuando Car­
toya se dirigía a la puerta, con ánimo de
acompañar a Rucandio hasta 'dejarlo en el
ascensor, lo detuvo éste, diciendo un poco
confuso:
— Ramón, ¿podría ver otra vez a tu hijo
antes de marcharme?
— ¡No has de poder!... Con mil amores—
contestó Cartoya, rebosándole la alegría en
la voz y en los ojos...— Yen, ven; y gracias,
gracias.
Se acercó Marcial al jergón y fijó en el
niño una mirada intensa y larga, larga.
— ¡Qué hermoso es!— pensaba— . He aquí
el embrión de alma por modelar de que ha­
blaba Inés; el embrión que este padre no
quiere abandonar como nosotros...— Y de
pronto, cual respondiendo a otras ideas, pre-

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN
guntó: — Ramón, ¿qué edad tiene este
niño?
— Cuatro años— respondió Cartoya, que
no apartaba de su amigo los ansiosos ojos,
comprendiendo que algo para él incompernsible, pero grande y bueno ocurría en su
corazón.
— Cuatro años, cuatro años... ¡Qué casua­
lidad, qué triste casualidad!— murmuró por
lo bajo Marcial muy impresionado, sin que
Cartoya entendiera sus palabras; y volvién­
dose a éste continuó en voz alta: — ¿Me de­
jas darle un beso?
— Dáselo, dáselo... Y no te extrañen es­
tas lágrimas que se me escapan al conce­
der lo que me pides, porque son dulces, dul­
ces... Pero qué, ¿estás también llorando?
— No, no, yo no— replicó vivamente Mar­
cial, pasándose las manos por los párpados,

71

al erguirse después de haber besado al an­
gelito.
— Marcial, no olvides lo que voy a decir­
te: como tú y yo acabamos de m irar a mi
hijo, nunca ha sido mirado, jamás será
mirado niño ninguno en los educatorios.
— Tienes razón: ninguno... ninguno...
A l decir esto, y cual si huyera de una
mala idea que allí se quisiera dejar, salió
bruscamente Rucandio de la covacha, sin
dar tiempo a Cartoya de acompañarle, y
gritando, ya desde la puerta:
— Adiós, hasta otro día.

La idea de que quería huir Marcial se fue
con é l; pues al entrar en su casa todavía iba
repitiendo: Ninguno, ninguno.

XV
CORAZONES MUERTOS Y CORAZON VIVO

A las diez de la mañana siguiente fueron
Inés y Juan llevados por Rucandio al la­
boratorio donde a jus órdenes iban a tra­
bajar: o mejor dicho, a los laboratorios,
pues en una misma galería del museo, y
entre sí comunicantes, vieron uno de quí­
mica, otro de electricidad y otro biológico,
amén de los dedicados a diversas ciencias
relacionadas con el invento Mob.
— Am igos míos— dijo
Marcial—-, aquí
trabajaremos juntos en la tarea que nues­
tro samo maestro nos ha cordado: tan se­
ductora, y aun acaso gloriosa, como larga y
d ifícil: tanto, que antes de que su química
de usted, querido García, y su electricidad,
mi buena amiga, puedan modernizarse en la
medida necesaria para ayudarme, ha de
pasar una temporadita, en la cual habrán
de ser ustedes, más que mis ayudantes, mis
discípulos.
— Lo que yo no me explico es cómo al doo
tor Mob se le ha ocurrido dar a usted ayu­
dantes tan anticuados como mi muj... mi
amigada y yo.
— N i yo, don Marcial... Teniendo, cual
tendrán ustedes, muchas personas más al
tanto que nosotros del progreso científico
de este siglo no lo comprendo.
— Supongo, y no lo afirmo, pues Mob no

deja traslucir los motivos de sus actos, su­
pongo, digo, que por estar su invento, aun­
que ultimado, pendiente todavía de desen­
volvimientos en los que vamos a trabajar,
no ha de agradarle descubrir sus secretos
a otros hombres de ciencia: con ia oola ex­
cepción de mi pesrona, cuya lealtad 1 e
consta.
— Ya... Vea usted por dónde le han ve­
nido a ser útiles al gran sabio esta electri­
cista y este químico en conserva.
— Además, como vamos a resolver pro­
blemas de dos ciencias completamente nue­
vas, la Elcctro-cupidia y la Psico-liistología,
creadas por el ilustre biólogo, cualquier superpensante, aun isiendo culto, tropezaría
en las mismas dificultades, poco más o me­
nos, que ustedes... Y entremos ya en mate­
ria, comenzando por la Psico-histología,
cuyo origen ha sido el descubrimiento he­
cho por Mob, en el muscular corazón hu­
mano, de algo que no se halla en los cora­
zones de los irracionales.
Ese algo es el corazón anímico, capaz de
experimentar, no sensaciones físicas, sino
sentimientos inmateriales.
— ¿Ha descubierto eso ese hombre?
— Sí, amiga mía. Vengan y vean. Miran­
do por cualquiera de estos doce microsco-

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
píos binoculares, verán ustedes, con el ojo
derecho, pedazos de corazón humano en to­
dos ellos, y con el izquierdo trozos de co­
razones de animales de diversas especies,
diferentes de unos a otros microscopios. Mi­
ren, y fíjense en las diferencias que mi ex­
plicación irá señalando.
Como rasgo común a todos, advertirán
ustedes multitud de celdillas, que constitu­
yen la muscular contextura del corazón ana­
tómico encargado de las funciones puramen­
te físicas.
— Sí, sí— dijo Inés— : infinidad de vasos
con estructura semejante a la de un panal
de cera.
— Precisamente: eso es lo que se encuen­
tra en todo corazón meramente animal, sin
más función que dar paso a la sangre: eso,
y no más. Pero en el humano corazón, que
rodemos llamar hogar del amor, hay más.
Miren, miren ahora a la derecha. ¿No ven
ustedes algo que en la izquierda falta?
— Sí, es verdad: a mi me parece ver
como si entre los intersticios de la vascular
contextura hubiera un líquido— dijo Inés— .
¿Y tú, Juan, lo ves?
— SI... Y además, como un s puntitos gri­
sáceos, de donde salen varias hebras en
constante movimiento. Fíjate, Inés.
— Sí, sí; yo también las veo.
— Pues como ya no han de ver ustedes
más, pueden dejar los mlcroscoDibs, cercio­
rándose antes, si les place, de que por mu­
cho que miren en los corazones de la izquier­
da, que son los de animales, nada verán en
ellos semejante a lo visto en los de la espe­
cie humana.
— ¿Y eso qué es, don Marcial’
-Esos son los elementes depositarios de
las capacidades psíquicas, donde nacen los
sentimientos, amor, odio, etc., etc.
— Pero, ¿cómo?
— Ni lo sé, ni me importa: tampoco sa­
bemos cómo la electricidad nace, y sin em­
bargo la utilizamos sin rasgar el arcano de
su causa esencial: del mismo modo que mi
maestro ha llegado a explotar la fuerza del
amor sin entrar en lo hondo de su origen.
Quedándome, por tanto, en lo que sé y co­
nozco, diré a ustedes que ese líquido es el
plasma amoroso, en donde flotan esos pun­
titos o núcleos invisibles para los antiguos
microscopios; que las hebras vistas por
García son tentáculos o fibrillas que de los
núcleos salen, siendo de naturaleza emi­
nentemente eláctica y contráctil, o sensible,
y que, efectivamente, ondulan sin cesar en
el -alosma.
— ¿Y eso es?...

-—La célula anímica, donde el amor se
incuba.
Ella va a ser primer objeto de nuestros ex­
perimentos, poroue los núcleos vienen a ser
como los elementos cobre y zinc de una pila
eléctrica, y el plasma como el liquido con­
ductor donde aquéllos se sumergen.
— ¿Cómo?
— Ni más ni menos, salvo la diferencia,
un tanto borrosa, entre electricidad y
amor. Química y eléctricamente, y ya aquí
ven ustedes la tarea que a cada uno le es­
pera, hemos de analizar el plasma, los nú­
cleos y las fibrillas.
— Bien, don Marcial; pero esto es tan ex­
traordinario, que, francamente, se me hace
muy difícil comprender cómo ahí nace un
sentimiento inmaterial. Por eso, si quisie­
ra usted la bondad de comenzar por expli­
carnos...
— Amiga mia, con mucho gusto lo haría
inmediatamente, si un quehacer urgentísi­
mo no me obligara a salir sin demora, y si
no fuera porque lo que usted desea saber
se halla mucho mejor explicado de como yo
podría explicárselo en estos párrafos de esta
memoria, todavía inédita, del señor Mob
.Marcial, que durante toda la anterior
conversación había estado distraído, come
si algo diferente de las explicaciones de
ella le. procupara, dió a Inés un cuaderno
diciendo:
— Toda la memoria han de estudiarla us­
tedes a conciencia; mas, por lo pronto, en
esta página tienen lo que me preguntaba
usted y más la interesa de momento.
*

*

*

Mientras marido y mujer se quedaban le­
yendo la memoria de Mob, donde habia ma­
teria par? hondo y largo estudio, pues las
aplicaciones industriales del amor son tan
complejas que no pueden explicarse en un
dos por tres, se fué Marcial a su tocador, y
se vistió, ccmo quien se dispone a hacer una
visita de cumplido, que debía ser para él
interesante, y hasta trascendental, a juz­
gar por lo meditabundo y cejijunto de su
semblante; y porque, pensando en tal visita,
habiasele ido entera la pasada noche, de su
bajada a los subterráneos, sin conseguir pe­
gar los ojos.
Una vez vestido, bajó al auto que lo espe­
raba a la puerta del museo. Diez minutos
después llegaba al palacio de la hermosa
Clara Snow, subía a un suntuoso salón,
donde no tuvo que aguardar más de cinco
minutos hasta que un autom, guiado por
ella desde su tocador, se presentó para con-

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

ducirle a aquel Intimo santuario, donde,
dándole prueba de cordial confianza, e in­
terrumpiendo la interesante operación de
su tocado, 10 iba a recibir, acogiéndole con
evidente y hasta insinuante afecto.
Fero antes de referir ¡a conversación en
seguida entablada, preciso es dar ciertos an­
tecedentes sobre quienes la sostuvieron.
La señora Snow era una de tantas multimillonarias, y este tantas equivale a todas,
como en el siglo cien campaban por el mun­
do cual moro Sin señor: no ya sueltas, sueltisimas, más aún, desenfrenadas, hacien­
do cosas que habrían ruborizado a las más
descocadas cortesanas de la vigésima cen­
turia, y en Mundiópolis eran, no ya corrien<.es, sino del mejor tono.
¿Inmoralidad?... No: para ser inmoral es
preciso infringir las leyes de una ética, y
como siglos antes habían ya prescindido los
supergozantes de toda moral, en el cien no
son estas señoras inmorales, sino amorales:
con la mayor tranquilidad, sin el menor ru­
bor, con inconsciencia plena, exhibiendo los
vicios de sus vidas con igual impudicia,
cuando no igual orgullo que ostentan sus
bellezas.
Años atrás, andando Clara por los vein­
tisiete años y Marcial por los treinta, ha­
bíanse encontrado y amádose ¡casi un año!,
como se aman los supergozantes. Fué un
episodio agradable para ella: para él más
que agradable; pues a tener idea de lo que
en estos tiempos nuestros significa estar ena­
morado, habría conocido que, salvas radi­
cales diferencias nacidas de su época y cos­
tumbres, estaba enamorado.
Cuando ella advidtió que, aun agradable
y todo, era ya largo y se ponía serio, e iba
apretando ya cual lazo lo que sólo quería fue­
ra juego, puso punto final al amigamiento:
muy cordialmente, si, pero con energía,
contra la cual no pretendió luchar Marcial,
no por falta de deseo, sino por conocer que
toda lucha seria inútil y le pondría en ri­
dículo.

El no tuvo el acerbo dolor de un desenga­
ñado de estos tiempos; no dijo, ni aun pen­
só, que no podía vivir sin Clara; pero expe­
rimentó contrariedad muy grande y dura­
dera, cuan parecida a pena, o por lo menos
a melancolía, era posible en un hombre de
mundo, bien impuesto de a lo que obliga el
ser superpensante.
Ella le conoció el disgusto, lo agradeció
por lisonjearla, y agradeció más todavía la
discreción con que Marcial lo recataba, sin
molestarla con súplicas de prolongar lo que
ya era razón se terminara; pues habla durade casi un año, cuando ni uno solo de sus

73

otros amigados consiguió encadenarla más
de cinco meses en ninguno de sus trece amigamientos serios, sin contar vuelos sueltos.
Después se habían visto de tanto en tan­
to, en sociedad, y héchose recíprocas visi­
tas de atención, menos frecuentes de día
en día.
— Dichosos los ojos que te ven— dijo Cla­
ra saliendo al encuentro de Marcial, al en­
erar éste en el tocador— . Después de tener­
me olvidada tanto tiempo, no te mereces
este abrazo tan apretado, y menos este beso.
— Que si tal piensas agradezco más. Pero
estás equivocada: no fué olvido la causa..
— No mientas... Y aunque lo fuera, razón
de más para avivarte la memoria, que es
una caprichosa incomprensible: buena prueoa lo que me pasa a mí al cabo de... de...
a punto fijo no me acuerdo cuántos años;
pero es igual, el ayer da lo mismo; lo que
ahora importa es hoy. Siéntate. Tenía una
gana loca de verte y de charlar contigo...
No, ahí no... No te vas poco lejos-. ¿Te
asusto?
— Bien sabes que no.
— Como ve veo tan serio...
— Es que vengo a hablar de cosas serias.
— Me alegro, pues me has adivinado el
pensamiento.
— ¿Cómo?
— SI, Marcial: hay extrañísimas casuali­
dades; porque si tú no hubieras venido hoy,
cualquiera de estos dias habría yo ido a tu
casa... y también a cosas serias.
— ¿A mi casa, después de tanto tiempo?
¿A qué?
— A hacerte el amor. ¿Te parece poco se­
rio?
— Clara, no bromees. Me harías mucho
daño.
— Veo que no era vanidad a i ilusión de
que no me darlas calabazas.
—Pero, ¿es verdad, Clara?
— Tanto, que ayer hice arreglar las ha­
bitaciones tuyas: prefiero que te vengas tú
aquí a irme yo a tu casa. Mi visita iba a
ser a preguntarte si no echas, como yo, de
menos los gratos días de nuestro amigamiento; si no querrías reverdecerlos.
— Ya lo creo que querría. Pero...
— Tu venida me economiza el paseo, y el
rapto, pues te advierto que, a ser preciso,
iba decidida a traerte, aunque fuera a la
fuerza. Pero puesto que estás ya aquí, te
quedas...
— Bien, Clara, si.-Harto debes saber... Pero
dime... Te voy a hacer una pregunta muy
rara, pero muy interesante para mí.
— Tú dirás.

BIBLIO TECA N O YELESCO-CIF.NTIFICA

-—Este nuevo amigamiento ¿acabará, como
el otro, por cansancio tuyo?
— Vaya usted a saber... Puede que seas tú
quien primero se canse: en lo porvenir na­
die lee.
— Yo leo que jamás me cansaré de ti.
— ¡Jamás! ¡Qué atrocidad!... Mil gracias,
mil gracias; 'pero aun agradeciendo tu ga­
lantería, puedes estar tranquilo, que no co­
meteré la felonía de cogerte, ni de recor­
darte la palabra; pues ni creo en imposibles
ni se los pido a nadie... ¡Qué exagerado
eres! Ni que estuvieras hecbo de otro barro
que todos los demás hombres.
— Y tú eres del mismo barro que todas las
...nuestras mujeres... ¿no es verdad?
— Naturalmente. No me tengo por fenó­
meno.
— Entonces, claro está que esto acabará
por ti, como aquello.
— Hombre, aun cuando no sea creíble que
nunca te canses de mi, tanto podrías tar­
dar...
— Entonces Clara, agradeciéndote en el
alma la distinción, que no olvidaré nunca,
es imposible reanudar nuestro amigamiento.
— ¡Cómo! ¿Pero no te gusto ya?
— Mas que nunca... Precisamente porque
me atraes con fuerza de la que no tienes
idea, no quiero renovar dolores que ahora
serían todavía más crueles al verme nueva­
mente abandonado.
— ¡Qué tontería...! ¿Y porqué has de
sufrir? No seas nifio... Dices unas cosas que
a nadie so le ocurren.
— Lo peor, Clara, es que las siento; pót
esc no quiero adormecerme en dulce sueño,
del que ha de despertarme el desengaño.
— ¡Qué palabras tan raras!
— No, no; prefiero no soñar.
— Pues lo siento de veras, créelo: me con­
traría muchísimo renunciar a la ilusión de
pasar otra temporada contigo. ¡Habría sido
tan grata! Mas ¡qué le hemos de hacer! Pi­
des cosas tan extrañas...
— No, no las pido, pues sé que son impo­
sibles.
— Tonto... En fin, ya que no podamos ser
amigados nos contentaremos con ser ami­
gos muy sinceros... Te aseguro que me fas­
tidia atrozmente tener ahora que buscar
otro, y, puedes creerme, quienquiera que
sea, te voy a echar mucho de menos.
— Mil gracias, Clara— contesté Marcial en­
tre amargo e irónico, esforzándose en re­
catar sentimientos risibles en el mundo de
los supergozantes— . Pero, con todo esto, no
te he dicho el objeto de mi venida.
— Verdad es que no venias a lo que yo

pensaba... Y no te pongas demasiado presu­
mido con este suspiro que se me escapa al
recordarlo... Tú dirás.
— Creo estar seguro de que nuestro ami­
gamiento tuvo consecuencias naturales.
— ¿ Consecuencias ?
— Cuando nos separamos tú estabas en­
cinta.
— ¡Ah, sít ün mes después di a luz... ¿Y
qué?
— Que desearla saber la fecha exacta, y si
fué niño o niña.
— Pues, hijo, debió ser...; si, hacia enero
o febrero; hará tres, o cuatro años, creo que
deben ser cuatro, pero de la fecha precisa no
me acuerdo. El sexo no lo he sabido nunca:
no se me ocurrió preguntar. ¿Pero a ti qué
te importa y a qué vienen ahora estas in­
dagaciones?
En la punta de la lengua tuvo Marcial el
contestar: “Porque quiero conocer y abra­
zar a mi hijo” ; pero el mismo miedo al ri­
dículo, que antes le había contenido, le hizo
dar respuesta muy distinta, ya preparada
desde la víspera, cuando después de haber
mirado al hijo de Cartoya decidió pregun­
tar a Clara los datos que ésta no sabía dar­
le. Por ello contestó:
— Estoy haciendo unos estudios sobre la
transmisión a la prole de particularidades
físicas y morales de ios padres, y he pen­
sado que conociéndome a mi mismo mejor
que a nadie, en un hijo mío será donde mis
observaciones resulten más fructíferas.
— Ya: se trata de un interés científico...
— Claro... ¿Y no habrá medio...?
-—Como el tocólogo que se hizo cargo de
la criatura no se quedara con nota... Creo
•¿e la ley los hace responsables de los ni­
ños, y los obliga a llevar unos indices.
— ¡Ahr es verdad! Por ahí tal vez podré...
¿Quien fué, quién fué?
Averiguado el nombre de quién habla lle­
vado su hijo al educatorio, se despidieron
los ex amigados cordialísimamente, como si
nada hubiera pasado entre ellos, y sin que
la fracasada tentativa de aquel reflorecido
amigamiento proyectara la menor sombra
sobre la sincera amistad de Clara, que al
marcharse Marcial se quedaba pensando:
“Es un fastidio; ya me habla consentido...
Pero más vale así, porque este chico fué
siempre raro, pero ahora está loco perdido:
por menos hay algunos en los manicomios”.
El, por su parte, iba diciendo al salir a
la calle: “Dicen bien Ramón e Inés: no hay
diferencia con una yegua ni con una galli­
na. Digo, sí la hay: una amamanta y otra
cuida a sus crías.

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

XVI
HUERFANO DE HIJO

El doctor, a cuya casa fué Rucandio la
el sapientísimo Mob, por no creer en el
misma tarde del día de su visita a Clara, te­
alma.
nía el archivo muy en regla, según demos­
Aquello le había curado del amor a Cla­
tró su libreta de entregas correspondiente
ra: de repente, como cura un cauterio,
al año 9996, donde aquél pudo leer: "19
o como si le hubieran arrancado brutal­
de enero. Varón nacido de doña Clara
mente y de un solo tirón la espina añeja
Snow: normal; 4.713 gramos.” Debajo, la
que aquel día había vuelto a pincharle, al
filma del médico, una nota, de diferente le­
renacer sus muertas esperanzas, sólo para
tra, certificando la recepción en el Educamorir definitivamente. Ya no le punza­
torio Internacional, una firma ilegible y el
ría más porque estaba extirpada; pero
sello del establecimiento.
en lugar de ella quedaba otra, y ésta impo­
sible de arrancar: la espina del infructuoso
Pero aquí se acabó la pista, pues en el
afán de besar a su hijo, despertado al be­
educatorio, adonde en seguida fué Marcial,
sar al de Cartoya, de abrazar a aquel hijo,
lo enteraron, después de torearlo dos o tres
abandonado, según frase de Inés; y, lo que
horas largas, de que el 19 de enero habían
era más grave, según acusación ya formula­
tenido entrada tres niñas y cinco niños, y
da por su propia conciencia.
de haber ya, a la fecha, fallecido tres de
estos últimos.
Mirando en derredor, pensando en lo que
En cuanto a saber cuál fué el entregado
en aquel mundo hacían todos sus contem­
por el Doctor N, que había traído el suyo,
poráneos, buscaba justificación a su proce­
era imposible; pues los estatutos del esta­
der en la general conducta, queriendo com­
blecimiento vedan tales pesquisas, ya que
batir el despertar de su conciencia a fuer­
por sabia prescripción de la ley, ésta no re­
za de argumentos que su juicio hallaba en
conoce a los educandos otros padres que la
abundancia en usos, leyes» y hasta en la
Sociedad y el Educatorio.
misma despiadada filosofía del egoísmo;
De regreso en su casa, en el estado de
mas cuando ya veía seguro el triunfo de sus
ánimo de quien acaba de perder una espe­
sesudos raciocinios, eran éstos arrollados
ranza, comenzó a repasar sus impresiones
por un dolor mucho más fuerte que todos
de aquel día.
los argumentos: por la pena de serle, por
su culpa, imposible satisfacer aquel deseo,
Primera: el resurgimiento, a la vista de
en su impotencia torturante, de besar a su
Clara, y al oír su tentadora oferta, del
hijo; por la estéril lamentación del senti­
antiguo amor a ella, que ahora, después de
miento de su paternidad, tardíamente des­
haber oído la víspera a Cartoya cosas para
pertado.
su inteligencia completamente nuevas, veía
claro que, aun contaminado del ambiente
— Pero será posible que los parias sean
donde tal amor había nacido y del modo •quienes tengan razón?— exclamó levantán­
meramente físico de entenderlo la que se lo
dose agitado— . ¡Qué desatino...! Esto son
inspiraba, había sido para él algo distinto
locuras... El mundo entero, el que vale, el
del conocido por los supergozantes, teniendo
que discurre y pesa, el de los inteligentes y
cierta semejanza al de Cartoya a su mujer:
los sabios, no puede equivocarse; forzosa­
En seguida, su temor a que la dicha de un
mente ha de tener razón... Los degradados
nuevo amigamiento hiciera más dolorosa la
parias, el desequilibrado Cartoya, esos dos
segura separación: Después, la impresión
bárbaros, venidos de siglos ignorantes, no
que en él hizo la fría indiferencia de ella
pueden prevalecer contra la inteligencia y
ante la negativa de él; y, sobre todo, el ab­
la sabiduría de los míos, contra mi propio
soluto olvido de aquel hijo que, cual Ra­
juicio y mi sentir... ¿Mi sentir? Qué me
món e Inés decían, ya miraba Marcial como
importa el sentir, cuando él precisamente es
prolongación de él y de Clara: carne de sus
responsable de la fascinación que en mí están
carnes y sangre de sus sangres, y alma na­
ejerciendo las insensateces oídas a esas
cida de sus almas, aun cuando lo negara
gentes... No se burlaría poco Mob al ente-

BIBLIOTECA NOYELESCO-CIENTIFICA

la dicha que gozas contemplando y acari­
rarse de que tolero a mi corazón subírseme
ciando al tuvo; porque...: porque me odio
a la cabeza a discutir con el cerebro.
Así me luce el pelo: primero, la estupi­ a mí mismo...
— Serénate, Marcial, serénate.
dez de desdeñar a Clara, pretendiendo
— Me odio o me desprecio... Yo mismo
amores Imposibles para gentes de juicio, y
le dije ayer a Inés, condenándome con mis
después, la imbecilidad de torturarme con
propias palabras, me acuerdo bien de ellas:
este otro imposible, que no atormenta a nin­
gún padre que no tenga perdido por com­ “Quien abandona sus obras es indigno de
crear nada“. Y yo he abandonado la más
pleto el seso.
Hay que desimpresionarse y reponerse de grande, la más noble de mis obras...
— No, Marcial, no; no eres indigno: lo
esta vergonzosa crisis de sentimentalismo,
eras
ayer; pero al sentir ese dolor por el
causada por la vista de esa mujer. Esto se
mal que hiciste, hoy ya no lo eres.
pasará cual pasó lo de antaño; y al niño lo
— Es un torturador remordimiento.
olvidaré..., o, por lo menos, me acostumbra­
— No es solamente eso; es algo más, y tie­
ré a su pérdida como me habitué a la de
su madre: no con mayor facilidad, puesto ne nombre mucho menos terrible: es arre­
pentimiento, que al doler cual te duele, es­
que nunca he disfrutado de su compañía,

borrando tu indignidad pasada.
cual disfruté la de ella...
— Imposible, imposible.
A trabajar, a trabajar; el trabajo me dis­
— No hay imposibles para la Omnipoten­
traerá, sujetándome el pensamiento a cosas
cia.
Mi Dios te dice por mi voz que ese do­
serias. Y se puso a trabajar.
Pero después de una hora de inútiles es­ lor ha comenzado ya a lavar la mancha que
tanto te atormenta. Sufre, Marcial, sufre:
fuerzos para concentrar en su tarea la re­
el sufrimiento que redime y ennoblece es
belde imaginación, que se escapaba a cada
bueno.
paso, tan pronto recordando los sucesos del
— No me hables de cosas incomprensi­
día como queriendo analizar el perturbado
bles...
estado de su ánimo, comprendió que nada
de provecho haría aquella noche, y decidió
— ¿Pero tu Dios dice de verdad eso...?
acostarse; mas cuando, preocupado con la
¿Lo crees tú realmente...? No puede ser, no
idea de aquel hijo perdido irremisiblemen­
puede ser... No me hables de cosas que no
te, entraba en la alcoba, dió de improviso
media vuelta, cerró la puerta de ella, y me­ entiendo.
— No te hablaré... El tiempo es suyo; El
dia hora después abría la de la cueva de
te hablará eligiendo su hora. Ahora sólo
Cartoya, que al verlo tan inopinadamente,
quiero decirte que si no te parece indiscre­
exclamó:
ción la simpatía de un corazón amigo y ha­
— ¡Tú! ¡Otra vez hoy...!
llas alivio en abrirle el tuyo, puedes hablar;
— Perdona, Ramón... Es muy tarde, casi
que calles si te repugna hablar; que mires a
media noche, e Irías ya a acostarte.
mi hijo, puesto que a eso has venido y en ello
— No te preocupe eso. Te esperaba, sí,
pero no tan pronto. Mejor, mejor.
crees hallar consuelo. Estate cuanto quieras
— Oye, Ramón: la primera vez que bajas­ y vete cuando te plazca...
te aquí, los ojos de María fueron para ti
Marcial se acercó al pobre lecho donde
imán, que te hizo volver al día siguiente...
dormía el niño con la rubia cabellera es­
Me ha pasado lo mismo.
parcida en la almohada y los desnudos bra— No te entiendo, Marcial.
citos por cima de la manta; lo miró largo
— Anoche no he pegado los ojos, y como
rato y murmuró:
tampoco los pegaría hoy si antes no satis­
— ¿Será aquél tan hermoso...? Ahora estará
fago mi deseo de mirar a tu hijo, vengo a
durmiendo como éste... ¡Qué feliz es Car­
verlo.
toya...! ¡Y qué feliz también este niño! Lo
— ¡A mi hijo...! ¿Pero cómo es posible
recibió, al nacer, el cariño de sus padres; al
que a tal extremo te trastorne un niño al
mío, no; lo llevará su padre por la vida, lo
que sólo un momento has visto? Y para eso,
consolará si llora; el mío irá solo por el
dormido.

mundo, y solo llorará, porque no tiene pa­
— Porque hasta ayer no había pensado en
dre.
que hace cuatro años perdí el mío; porque,
-—Él tuyo tiene un Padre que vela y pue­
de pronto, se me hincha hoy el corazón ab­
de más que tú y que yo: El Padre de todo
surdamente con el cariño a un imposible;
lo existente, que no le faltará: el mismo
porque anoche entrevi que esa criatura es
Padre tuyo, que, cuando menos podías es­
para ti lo que nunca podrá ser para mí mi
perarlo, ve tu aflicción y te trae aquí para
abandonado hijo; porque tengo envidia de
darte el consuelo de oírme que tu hijo no

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

está en el mundo abandonado, pues vela
sobre él un poder mucho mayor que el tuyo,
mucho mayor que el m ío; para hacerte sa­
ber que una misma mirada de amor cae de
lo alto en este instante sobre esos dos niños,
pues los dos son sus hijos.
— ;Qué cosas tan increíbles dices...! Pero
sen dulces, muy dulces; parece que mitigan
la crudeza del dolor que siento... Y en me­
dio de mi pena me consuela mirar a tu hijo,
pensar que una misma inocencia dará a éste
y al mío la misma paz de ese plácido sueño;
me consuela pensar que, por lo menos hoy,
no le toca a él este dolor que siento.

Antes de irme quiero empaparme bien en
la pureza y la dulzura de ese sueño, para
que ellas puedan defenderme de mis negras
ideas cuando me vuelva arriba solo.
— ¿Y porqué has de irte...? Pues tene­
mos la suerte de que, por misterio tan in­
comprensible como todos los del corazón hu­
mano, te consuela la cercanía de mi hijo;
siéntate cerca de él y estáte cuanto -quie­
ras.
—Pero, tú... Es ya muy tarde... No pue­
do, no debo...
— ¿En qué mejor ni más a gusto pasar la
noche que en aliviar una desdicha?
— Gracias, Ramón, gracias; eres bueno...
Me sentaré junto a él un rato..., un ratito...
Al ver a su amigo sentarse sonrió Cartoya bondadosamente y le imitó, sin perder­
lo de vista, cual queriendo penetrar a tra­
vés de su semblante en el cúmulo de senti­
mientos nuevos que en su alma combatían.
Así transcurrió un rato largo, muy lar­
go; el expresivo rostro de Marcial reflejaba
la lucha en su interior librada por contra­
puestos propósitos, hasta que al fin, como
quien, en pos de largas vacilaciones, toma
una resolución, dijo para sí:
— Si, es lo mejor; por cada confianza que
le he hecho me ha devueto un consuelo.
Y volviéndose a Cartoya, continuó en al­
ta voz:
—Ramón, necesito contártelo todo.
— Si eso te alivia, estoy a tus órdenes.
— Pero va a ser largo, pues necesito en­
señarte hasta lo hondo de mi corazón; y
como es muy tarde y tienes que descansar,
mejor será aplazarlo hasta mañana.
— Si lo aplazáramos no descansaría, pen­
sando que tú no descansabas.
Cerca ya de las tres de la noche comen­
zó Rucandio la historia de sus amores con
Clara y de su aspiración de hallar en ellos
lo que ella era incapaz de darle. Relató
luego las impresiones nuevas despertadas

77

en él por la comunicación con Inés, Juan y
el mismo Cartoya; su resolución de la vís­
pera de buscar a su hijo; la visita a Clara,
las pesquisas inútiles para encontrar al ni­
ño; y como ciego, a tientas en un descono­
cido mundo, para andar por el cual Carto­
ya le servia de lazarillo, fué después expo­
niendo sus insólitas impresiones de aquellos
días, determinantes de la crisis moral por
que su espíritu pasaba.
Fué larga, larguísima, la conferencia, muy
parecida a confesión, en que, olvidados am­
bos de todo menos de la tragedia de aquel
alma, y faltos, en los subterráneos, de la
luz del amanecer, no se enteraron de que
la noche hacia pasado; y cuando hablando
continuaban todavía a las siete de la maña­
na, despertó el pequeñuelo.
Abrió los ojos, se frotó los párpados con
sus manecitas gordezuelas y rosadas, se sen­
tó en la cama y en seguida, con la rapidez
característica en los niños, para adquirir el
pleno uso de los sentidos cuando espontánea­
mente se despiertan, dijo:
— Papá, papá... Yen a vitime... ¿Quen es
ete señó?
Volvió rápidamente la cabeza Marcial,
como si oyera algo muy extraordinario; y
lo era en efecto para él; pues como en el
siglo cien solamente los empleados de los
educatorios andan entre niños, aquélla era
la primera vez que su oído era acariciado
por la fresca voz de una criaturita, produ­
ciéndole impresión tan nueva en el corazón
como en el oído.
Cartoya corrió al lecho, cogió en brazos
a su hijo, volvió con él junto a Marcial, y
sentándose al niño, en camiseja, descalcito
y en pernetas sobre las rodillas, dijo a éste:
—Este es un pobrecito señor que tenía un
niño como tú, y se le ha perdido.
— ¡Pobe señó...! Habá lorado mucho.
Mira, señó, yo tamén tini un pipí, y se fo;
y loré mucho. ¿Te s’ecapó tu nené como pi­
pí? Pipí, malo; nené, malo... Yo no m’ ecapo,
yo no dejo solo a papá.
Marcial, que al ver el tierno corpezuelo
no tenía ojos ni admiración bastantes para
extasiarse en aquella para él ignota mara­
villa de la naturaleza, sintió emoción hon­
dísima al oír la inocente charla del pe­
queño.
Pero al oírle “yo no dejo solo a papá” y
acordarse de que él había dejado solo a su
hijo, prorrumpió en llanto amarguísimo.
—No lores, señó. Papá me tajo oto pipí;
tu papá te taerá oto nené.
Marcial continuaba llorando, con la cara
escondida entre las manos» y cada vez con

78

BIBLIOTECA XOVELESCO-CIENTIFICA

mayor desconsuelo, porque la vista de aquel
ángel en brazos de su padre le hacía com­
prender con amarga evidencia io que habla
perdido abandonando a su hijo.
Con los hermosos ojazos muy abiertos
miraba el pequeñín muy asombrado aquella
pena. Cartoya le dijo a media voz unas pa­
labras al oído y lo acercó a Marcial, hasta
que con sus manecitas pudo agarrar los de­
dos de éste y tirar de ellos para apartarle
de la cara las manos, con que se la cubría,
diciendo al mismo tiempo:
—No lores más, señó... No quero que lo­
res... Papá dise que me queres mucho; yo

tamén te queriré y jugaré contigo... Pero
si loras no te queriré.
Imposible describir de modo que de ella
dé fiel idea la sorpresa de Marcial al sentir
los tirones de aquellas manecitas ni la dul­
zura del consuelo que le procuraron las ca­
riñosas e inocentes palabras que los acom­
pañaban; pero mayor fué aún la tibia sua­
vidad que alivió su alma cuando, dicien­
do a su hijo “ bésalo, bésalo”, puso Cartoya
al niño en las rodillas de sil amigo y sintió
éste que los brazos de la criaturita se ce­
ñían a su cuello repitiendo:
— Yo jugaré contigo, pero no se lora.

XVII
LOS RESUCITADOS VEN LA DICHA Y EL DOLOR EN LO HONDO
DE LOS CORAZONES

—Tarda hoy Rucandio.
— Sí; y lo siento: deseo hacerle unas
cuantas preguntas... Con esto del amor Mob
me ocurre lo que de niña con los cuentos de
miedo: a pesar del que me infundían eran
los que más me interesaban.
— No me extraña: esos descubrimientos
relativos al corazón tienen aspecto de cosa
casi satánica; pero indudablemente son fas­
cinadores.
— Yo no he podido entender del todo lo
que llevamos leído de la memoria, ni acabo
de convencerme de la posibilidad de todo
ello. Además, como el cuaderno que nos dejó
don Marcial no explica sino una parte de
la invención, tengo presentimiento, muy pa­
recido a terror, de que en lo restante hemos
do encontrar algo espantosamente horrible:
diabólico, como decías antes. Y tengo miedo,
Juan, mucho miedo.
Tal hablaban en el laboratorio los es­
pañoles de la vigésima centuria mientras
aguardaban a Marcial, que no llegaría
aquella mañana, porque el cansancio físico
de dos noches en vela, unido al rendimien­
to ocasionado por la crisis moral que atra­
vesaba, habían agotado su resistencia cor­
poral; y la necesidad de descanso aprove­
chó, para imponerse a la tensión del espí­
ritu, el plácido oasis que en los dolores de
éste abrió la escena con el hijo de Cartoya.
Así, cuando ya corridas las ocho de la ma­

ñana, subió Rucandio a su habitación, se ten­
dió en la cama, quedándose casi instantá­
neamente dormido como un leño, sin que
hasta pasadas las tres de la tarde diera
cuenta de su persona.
Cerca de las doce, cuando marido y mu­
jer, pensando ya que su inmediato jefe no
irla al laboratorio aquella mañana, se dis­
ponían a marcharse a su alojamiento, se
abrió la puerta de aquél, presentándose en
ella el excelso Mob, que venía a darse una
vuelta por allí, con objeto de conocer las
impresiones de Marcial sobre el fruto obte­
nido de sus primeras lecciones a los bárba­
ros y sobre posibilidad de que llegaran a
servir para algo.
Al enterarse de que Rucandio no había
ido se le ocurrió tantearlos él; y haciéndo­
les algunas preguntas, le satisfizo verlos ya
enterados de las fibrillas y del plasma amoro­
so, y le agradaron sus curiosidades sobre el
modo de engendrarse en ellas afectos y
odios.
Esto, y la vanidad de Mob, que se compla­
cía siempre en hablar de su invento, le deci­
dió a echar la mañana a perros, dando él por
excepción la conferencia de aquel día a los
bárbaros, y utilizando en ella un aparato muy
curioso, externamente similar a un cinema­
tógrafo, e ideado por él para convencer a
la gente de la realidad de sus descubrimien­
tos, sin descubrir detalles de ellos: bien por

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

que quisiera mantenerlos ocultos, bien, y
todo puede ser, porque él mismo no cono­
ciera sino sus efectos.
Por eso cuando Inés le preguntó, como lo
había la víspera preguntado a Marcial, de
qué manera nace el amor en las fibras y en
el plasma, contestó:
— El movimiento se demuestra an3ando,
y, por lo tanto, mejor que daros explicacio­
nes, acaso incomprensibles para vosotros,
prefiero haceros ver los mismos corazones
funcionando, hacer nacer ante vuestros ojos
el amor en ellos.
— Ya ayer nos enseñó don Marcial en los
microscopios...
—No es eso; ayer no visteis S'no pedacilos de corazones cortados con micrótomos,
mientras hoy vais a ver corazones enteros,
vivos, latiendo en el interior de criaturas;
hoy vais a ver el amor, la dicha y el dolor en
movimiento (1).
A l oír esto se estremeció ella de terror, y
tentada estuvo de decir que no quería ver
nada; mas su curiosidad se sobrepuso al
miedo, y preguntó:
— ¿Pero corazones vivos...? ¿Dentro de
criaturas también vivas...? ¿Es posible?
— Sí, pequeña, sí.
— ¿Entonces esas criaturas tendrán los
pechos desgarrados?
— Por el dolor, algunas; pero enteros, sin
una cortadura de bisturí. Con anterioridad
al descubrimiento de los rayos ómicron ese
habría sido el procedinfiento necesariamen­
te empleado. Como en la antigüedad se per­
foraban los estómagos de los perros vivos
para estudiar la digestión, así abríamos nos­
otros a los parias, manteniéndolos vi­
vos también, para hacer el estudio de diver­
sos órganos; pues es mucho más útil expe­
rimentar en personas que en perros, gatos
o conejos. Pero así como los rayos X, ya
conocidos en vuestra época, permitían cier­
tas exploraciones internas por la diversa
transparencia a dichos rayos de las carnes
y los huesos, los rayos ómicron, desconoci­
dos de vosotros, han proporcionado una va­
riadísima escala de radiaciones, a las cua­
les son transparentes los huesos, y unas u
otras clases de orgánicos tejidos. Según al
aplicarlas, se gradúe la intensidad de ellas,
(1) El micrótomo es un aparato maravilla de
la mecánica moderna con el que el histólogo cor­
ta los tejidos animales que, previamente tefiidos,
desea estudiar al microscopio, dejándolos reduci­
dos a un inverosímil espesor de diminutas frac­
ciones de milímetros (milésimas de milímetro),
con !o cual pueden estudiarse por transparencia.
Los botánicos usan igualmente mucho este aparato
para el estudio de las plantas.

79

penetran más o menos en el cuerpo huma­
no, haciendo invisibles las partes de él que
no se quieran observar y visibles las que
importe examinar.
Así, cual Si fueran vulgares placas foto­
gráficas, he obtenido las omicrografías de
corazones vivos que voy a mostraros, pro­
yectándolas con un cinematógrafo que am­
plía extraordinariamente el tamaño de los
que vamos a examinar en la lección de hoy.
Venid, el aparato está en otra habita­
ción.

Instalados los esposos frente a dos pan­
tallas cinematográficas gemelas, vieron apa­
recer en la de la izquierda un hombre y
una mujer en tamaños naturales, y en la
de la derecha dos enormes, corazones, cada
uno de más de tres metros, tan transpa­
rentes como si fueran de cristal. Al propio
tiempo, un fonógrafo comenzó a recitar la
declaración de apasionado amor hecha por
el caballero a la dama, mientras el cine­
matógrafo reproducía el rostro de él ani­
mado con entusiasta afecto que lo movía,
y el de ella, helado por la absoluta indife­
rencia con que oía la expresión del amor
que inspiraba: más categóricamente mani­
festada, al fin, en la negativa de correspon­
dencia expresada en palabras que el fonó­
grafo repitió (1).
— Fijaos bien— dijo Mob al comenzar la

(1) Es de suponer que el procedimiento em­
pleado para fotografiar los corazones cinematográ­
ficamente vistos por los redivivos bárbaros del si­
glo xx, fuera semejante, aunque, naturalmente,
perfeccionado, pues tiempo dan ochenta siglos para
perfeccionar cualquier Invento, de uno novísimo—novísimo en 1921—del Doctor Jules H. Stein, lla­
mado FLUIDO X : X-ray-fluid lo llama él en inglés,
y nosotros abreviamos la traducción.
Es sabido que los rayos X, a los que acude el
tai doctor para dar nombre a su invención, pa­
san a través de las carnes, trasparentes a ellos,
como lo es el carbón, no siéndolo, en cambio, el
cristal, que los intercepta como los huesos y el
plomo.
Tal es la causa, también lo sabe casi todo el
mundo, de que la utilidad principal de esos ex­
traordinarios rayos en diagnósticos médicos se ma­
nifieste al formular los referentes a padecimien­
tos óseos, siendo muy limitada en los reconoci­
mientos de visceras como el hígado, el corazón,
etcétera, que con dichos rayos se ven sumamente
confusos.
El flùido de! Doctor Stein no es e! fin del ca­
mino, pero bien puede ser el comienzo del que
hay que recorrer hasta llegar a ver con claridad
completa todos los órganos internos del cuerpo
humano : pues dicho invento tiende, y en tal pro­
pósito parece haber obtenido ya muy atinados re­
sultados, a hacer transparentes, en el grado en
cada caso conveniente, las partes del organismo

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENT1FICA

proyección de los corazones en la otra pan­
talla—. El de la mujer es el de la derecha;
el líquido plasma amoroso contenido en sus
celdillas está perfectamente transparente y
las fibrillas amatorias flotantes en él com­
pletamente quietas; esa quietud es indife­
rencia. En el otro corazón, el del enamo­
rado, esas mismas fibrillas se agitan con
incesante movimiento, oscilan temblorosas,
vibrando con impulsos de am o r- ¿Apre­
ciáis las diferencias que os señalo?
—SI. si, s jñcr.
—Son perfectamente perceptibles.
—Pues ahora, sin preocuparnos del des­
deñado, quiero mostraros el corazón de la
misma desdeñosa, a la que, como veis, man­
tengo en la pantalla, cuando lo Impresiona
la vista de ese otro caballero que ahora
aparece, en la proyección, en el lugar don­
de el otro estaba antes.
El cinematógrafo y el fonógrafo repre­
sentaban una escena de amor correspondique no se quieran examinar, y estorben para ver
otras qtie deseen reconocerse, dejándolas menos
translficidns u opacas.
En una revista norteamericana de este mismo
af:o acaba de publicar el doctor ' citado vistas
fotogrAflcns de la mano de un feto, de un feto
entero y de un murciélago, tomadas después de
aplicarles sil Invento, y tales vistas muestran con
estimables detalles no solamente los huesos, sino
tejidos internos situados detrfls de otros, que en
nada entorpecen la vista de los primeros, por re­
sultar la transparencia de los segundos absoluta.
El problema físico-químico que el inventor se
pií.puso resolver para llegar a los resultados per­
seguidos, resulta puntualizado por palabras de
aquél, que fielmente traduzco:
“La acción del Atildo X se basa en las leyes de
la refracción. El Adido se compone de cierto ndmoro de líquidos químicos—que naturalmente
calla cufiles sean—, los cuales rodean y penetran
objetos o tejidos, haciéndolos, a voluntad, trans­
parentes o semitransparentes. Puede afirmarse
que diferentes tejidos tienen diferentes índices
de refracción : que la ley bien conocida que rige
para los índices de refracción de los cuerpos in­
orgánicos* puede hasta cierto punto aplicarse a
los cuerpos orgánicos en estos términos: si un
vegetal o el cuerpo de un animal se sumerge hasta
saturarlo en un líquido cuyo índice de refrac­
ción sea próximamente la mitad del de dicho cuer­
po, el resultado es una menor reflexión de la luz
y una aproximada transparencia.”
Ademfts de los resultados que el Doctor Stein
consigna en la noticia de su descubrimiento haber
obtenido en la inspección de organismos animales,
entre los cuales habla del examen de sistemas
vasculares, es sumamente curioso y sumamente
expresivo el siguiente, que se refiere a estudios
vegetales:
Una tabla de madera de media pulgada de
grueso sometida al tratamiento del Adido X, deja
ver no solamente todos los detalles d'e su fibrosa
estructura interna, sino que, a travos de ella, per­
mite leer un impreso colocado al otro lado.
Tal es la forma en que el inventor se expresa
en una revista de Nueva York.

do: dulces miradas, extáticas contempla­
ciones, amorosas frases, mutuas carcias...
—Mirad, mirad los corazones, que son lo
interesante, y veréis cómo las gratas im­
presiones fie esos» felices novios dilatan
núcleos y fibrillas aumentando sus volúme­
nes hasta llenar con ellos todo el espacio
en situación Je indiferencia reservado al
plasma. Miradlos, ya ocupando por entero
los huecos del corazón físico y producien­
do en él la impresión de henchimiento y
plenitud, la exuberancia de vida que las
criaturas experimentan al sentirse felices.
—Si, sí, es verdad—dijo Inés—: eso, eso
se siente cuando se es dichoso.
Mirad, transparentados en los rostros de
los amantes de una pantalla los efectos de lo
que veis en sus corazones en la otra... Eso
es la dicha, que acelera el latir de su san­
gre, colorea sus semblantes, brilla en sus
miradas. Vedlos, vedlos.
—Sí, sí, es verdad, señor Mob, en esas
caras resplandece la felicidad; tiene usted
razón: el henchimiento que nos ha hecho
ver en los corazones es el amor, que inun­
da las almas de esas dos criaturas.
—¿Almas? ¡Qué cosas dices, hombre...!
¡Qué terminacho...! Esas son antiguallas...
El amor no es sino lo que acabáis de ver:
una dilatación física, ni más ni menos, co­
mo la del mercurio en el termómetro cuan­
do sube la temperatura: una hinchazón o
una hipertrofia: hay pruebas concluyent-s.
—Sin embargo, señor Mob...
—Mira, chiquita, no pierdas el tiempo; a
mí no se me hacen observaciones.
—No, no, señor, de ningún modo; no era
esa mi intención, sino que desearíamos sa­
ber lo que pasa en...
—¿En eso que vosotros llamáis alma...?
No lo puedo decir. Mi ciencia sólo ha visto
fenómenos tangibles, ni se cuida de otros;
ni el análisis, ni el microscopio ni el escal­
pelo penetran más allá de la carne. Para sa­
berlo sería preciso preguntarlo a las igno­
rantes criaturas que todavía aman como en
edades atrasadas se entendía el amor; a los
seres inferiores, que son en nuestras manos
instrumentos de trabajo; a jornaleros, a
ideólogos y poetas... Mas no, no pregunte­
mos: contestarían en un lenguaje arcaico e
incomprensible, con vocablos e ideas que
nuestra ciencia desconoce; hablarían de sen­
timientos, y sólo conocemos sensaciones; de
sacrificio, abnegación y de una multitud de
platonismos que en nuestros oídos sonarían
a hueco.
Pero dejemos ya estas vaciedades, y vol­
vamos a lo práctico y positivo, para lo cual
voy a mostraros ahora lo que pasa en los co-

Mirad reflejados en ios rostros de los amantes de una pantalla los efectos de lo
que veis en sus corazones en la otra...

81

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

razones atenazados por el dolor. Pero en esto
podemos ir ya más de prisa. Mirad: esos que
uno en pos de otro hago desfilar por la pan­
talla de la izquierda son gentes afligidas por
amor contrariado, desdenes, celos o pérdidas
de queridos seres: dolor este último sólo
padecido ya, en el mundo, por los estúpidos
parias, que se obstinan en vivir aferrados a
una vetusta institución que llaman familia.
Las muecas de las caras que vais viendo re­
velan los tormentos que el dolor hace pade­
cer a esas criaturas.
En la pantalla surgían, para pasar y des­
aparecer según hablaba el sabio, sucesivos
semblantes contraídos por pesar, temor, có­
lera; una lúgubre procesión de ojos llorosos
y adoloridas caras contristando hondamente
a los conmovidos espectadores de aquella
extraordinaria sesión cinematográfica: con
tristeza todavía mayor al ver desfilar por la
ctra pantalla un rosario de torturados cora­
zones, correspondientes a aquellos desdicha­
dos, y oír a Mob explicar de este modo los
fenómenos que aparecían bien visibles en
la pantalla.
— A la inversa de lo que en aquellos dos
amantes dichosos de antes habéis visto, mirad
cómo en estos infelices se contrae la célula
amorosa en términos de hacerla impercepti­
ble a los más poderosos microscopios del psico-histólogo; se retraen las fibrillas cual si
fueran absorbidas por los núcleos, encogién­
dose— vedlo, vedlo— con doloroso y convulso
temblor; el plasma pierde su habitual trans­
parencia y fluidez; se enturbia al espesarse,
y como consecuencia de estas disminuciones
de volumen, las partes carnosas del corazón
material experimentan sensación de vacui­
dad, haciendo decaer el ritmo con que se
marca el fluir de la vida: la sangre pierde
calor, corre en las venas dolorosamente, y
* la desdicha obscurece el semblaflte con livor
cadavério.
— ¿Qué te pasa, pequeña?
— Que estoy conmovidísima. ¡Pobres cria­
turas... pobres criaturas!.. ¡Cuánto debe
usted haber padecido teniendo, para hacer
su descubrimiento, que ver y remover tantos
dolores!
— Tú estás loca, criatura... ¡Padecer! ¡Qué
desatino! ¿No comprendes que cada uno de
esos latidos de dolor que mi ciencia descu­
bría, analizándolo, espiando su desarrollo,
inquiriendo su causa, empleándolo después
en cosas útiles, era un triunfo de mi genio?...
¡ Qué cosas más raras se les ocurren a estos
fósiles resucitados!
— S í; ya comprenderá usted que gentes tan
atrasadas como nosotros han de maravillar­
se de todo esto— dijo García al ver a Inés

tan anonada por la inhumana contestación
del sabio, o tan indignada de ella, que de dar
respuesta, era de temer fuera muy desagra­
dable para Mob. Y luego prosiguió: — ¿Y no
ha hecho usted estudios para inmunizar con­
tra el dolor los corazones, o siquiera para
atenuar sus padecimientos? Habría sido un
precioso prob'tma que únicamente un ge­
nio como el de usted sería capaz de resolver.
— Aciertas en ^sto: en el mundo sólo yo
soy capaz de resolverlo; pero no lo resolve­
ré, porque yo no hago nunca tonterías, y se­
ría imbecilidad privar a las industrias con
que los superpensantes nos beneficiamos de
las poderosas fuerzas desarrolladas por los
padecimientos de los parias... ¿No comprenaes que la idea de amenguar dolores a esa
ralea sería tan absurda como la de aneste­
siar a los bueyes al uncirlos a la carreta
para que no sintieran los pinchazos del
aguijón que los hace andar?
— Juan, yo me pongo mala.
— Calla, calla, mujer. SI, sí, señor; tiene
usted mil razones— contestó Juan con voz
ahogada por el espanto que le inspiraba la
fría inmoralidad del hombre en cuyo poder
estaban Inés y él— . Sí, sí, señor; mi pre­
gunta era desatinada; ya comprendo el lógi­
co interés de los superpensantes en aumen­
tar dolores que benefician al progreso.
Inés no tenía fuerzas para hablar: única­
mente en sus ojos, clavados en Mob con ex­
presión de terror, podían conocerse sus im­
presiones. Felizmente, no la miraba aquél,
y tal vez atribuía aquel mutismo a estupe­
facción de ella ante su talento y su ciencia.
Por ello prosiguió;
— Ya que habéis comprendido cuán estú­
pido sería en los superpensantes perder las
ventajas obtenidas de dolores que a nosotros
no han de dolemos, voy a completar lo di­
cho con dos palabras que os preparen para
entender fácilmente en sucesivas explica­
ciones cómo transformo el amor en ener­
gías industriales: el amor y el dolor; pues
precisamente los dolores del amor encierran
muchísima más fuerza que las dichas de él
nacidas.
Como a vosotros no se os habrá de alcan­
zar, os diré que si por su exquisita sensibi­
lidad, por lo incoercible de sus retracciones
y por su constitución ignorada, escapan cé­
lulas y fibrillas a la manipulación indus­
trial, siendo para la vida práctica en abso­
luto inútiles, no ocurre lo mismo con el plas­
ma, que aun veleidoso en su composición y
accidentes externos, tiene existencia menos
variable, y más perceptible realidad. De es­
tudio metódico y de repetido s experimen­
tos resulta que el tal líquido no viene a ser

6

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
sino un intermediario, o, hablando con ma­
yor propiedad, un transformador de fenó­
menos anímicos en sensaciones fisiológicas
propulsoras del trabajo material efectivo del
corazón, la sangre, etc., etc.
De esto a la aplicación mecánica no hay
sino un paso, fácilmente salvado tan pron­
to se reflexiona en la flagrante semejanza
del plasma amoroso al agua acidulada de
nr.a pila eléctrica; pues aun siendo la com­
posición química de ese misterioso líquido
un secreto que todavía se resiste al análi­
sis, mis experimentos me permiten afirmar
que físicamente no es sino un mero conduc­
tor del flúido psicoelóctrico: ni más ni me­
nos, un conductor análogo a los alambres
de dinamos y motores: al ozo-voltio, o al
eteridio (1 ); que del mismo modo que és­
tos dan paso a ondulaciones electromagné­
ticas, lo ofrece éste a las reacciones electroamatorias entre él y los núcleos y fibrillas.
Y con esto doy fin a esta conferencia, que
habéis tenido la suerte de escucharme, y
que espero habrá hecho dar un buen avan­
ce a vuestra instrucción.
— Sí, sí, señor: muy grande. Mil gracias,
mil gracias— se apresuró a contestar Gar­
cía, dando un codazo a su mujer, a quien
dijo por lo bajo en español: “ di algo, di
algo” .

—Muchas gracias, muchas gracias— mur­
muró ella con voz desfallecida.
— Cuando venga Rucandio enteradle de lo
que os he explicado, para que no pierda
tiempo en repetíroslo. Y adiós, pequeños.
Cuando el matrimonio se quedó solo, ex­
clamó Juan:
— Buen susto me has dado: a cada paso
creía que ibas a hacer algún comentario in­
dignado, o que en la cara te iba a conocer
Mob los pensamientos. Ahora resulta que
eres tú quien olvida la prudencia que a cada
paso me predicabas estos días pasados.
— Es que esjoy mala; que ese hombre me
ha puesto enferma; que si hubiera durado
más el horrible espectáculo de la tortura de
esos pobres corazones, no lo habría podido
resistir, y habría echado a correr, y gritado
y dicho... No sé qué, pero de cierto algo que
no habrían sido elogios, porque solamente la
vista de ese infame me pone enferma de
aborrecimiento... Perverso, perverso.
— Infame, sí, y perverso: tienes razón...
Y más temible cuanto más perverso, porque
nos tiene en su poder... Pero a despecho de
ello, ¡qué ciencia y qué talento los suyos!
— Sí, colosales, pero malditos... El es la
prueba de a lo que puede conducir la bien­
hechora ciencia cuando marcha sola, huér­
fana de toda idea de moralidad.

XVIII
NIÑ E R IA S

D ifícil es saber si, a tener Mob noticia
del amor naciente en el corazón de su ayu­
dante, habría considerado que valiera la
pena de beneficiarlo industrialmente; mas
sí se sabe que a Marcial le hacía un gran
beneficio.
Magnífica ocasión sería esta de filosofar
un poco; pero por ser las realidades más
convincentes que todas las filosofías y todas
(H
En días posteriores explicó Marcial a los
esposos qué son el ozo-voltio y el eteridio, desco­
nocidos de ambos como descubiertos, estudia­
dos y utilizados mientras dormían. El ozo-voltio
es oí pns Inteligente que en la atmósfera ofrece
cauce a la palabra humana transmitida por el
telégrafo sin h ilos; el eteridio, en los espacios si­
derales da paso a las Ideas que de unos a otros
mundos transmite la telegrafía interplaneteria
del siglo cien.— Nota de Juan García.

las reflexiones, dejamos al lector que filoso­
fe, si le place, por su cuenta, limitándonos
a consignar el hecho de que Marcial sentía
alivio a los dolores morales nacidos de las
perplejidades de su espíritu entre ideac
y costumbres arraigadas, guías indiscutidos
hasta entonces de su vida, y los sentimien­
tos despertados en él por Cartoya y los nue­
vos amigos del siglo viejo: sentimientos ab­
surdos para su inteligencia, pero simpáticos
al corazón.
L o más extraordinario era que el alivio
llegaba, no traído por consejos de sabio, ni
por consuelos de mujer amada, sino por la
vulgarísim a charla de un niño; por las ca­
ricias, los enfados inocentes y los capricho­
sos despotismos de una criaturita de cuatro

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

años: Pinín, el hijo de Cartoya, a quien a
diario bajaba a ver Marcial, cual si fuera su
novia, invirtiendo en tal visita el tiempo
antes dedicado al paseo de la tarde.
Acaso diga alguien que éstas son inverosi­
militudes y puerilidades. No lo niego; pero
en el corazón humano, cuyos misterios más
hondos no había rasgado Mob, aunque asi
lo creyera, cabe toda inverosimilitud, sien­
do una de ellas que las infantiles puerilida­
des de Pinín hicieran conllevar a Marcial
las tribulaciones y remordimientos; pues
imposibilitado de'derram ar sus afectos so­
bre el hijo propio, consolábase derramándo­
los en el de Cart-oya, y le sabían los besos de
Pinín a perdón enviado por el abandonado
en el educatorio. He ahí el porqué de la es­
trecha amistad del arrapiezo con el sabio.
Era frecuente que al bajar Rucandio a
ver a su amiguito no encontrara a Ramón
en casa, pues por la tarde salía a menu­
do, solicitado por atenciones de su minis­
terio.
En tales ocasiones llamaba Marcial en la
cueva inmediata, donde al cuidado de una
pobre vieja viuda quedaba el niño en au­
sencias del padre.
Pinín veía llegar con gozo a su nuevo
amigo, que solia traer los bolsillos llenos
de golosinas; saltaba en sus rodillas, y con
éi charlaba contando o preguntando una
porción de niñerías, no transcritas aquí
para evitar acusaciones de insistencia en las
puerilidades, que acaso han sido ya a es­
tas horas criticadas; pero que quienes se­
pan cómo habla un niño de cuatro años e
imaginación despierta, llena de curiosida­
des, podrán de sobra imaginar: cosa de que
Marcial era incapaz, por ser aquel el primer
niño con quien se rozaba, y que, por tanto,
tenía para él encanto y novedad extraor­
dinarios.
Pero aunque no se llenen páginas con las
conversaciones en que la sabiduría de Mar­
cial hacía el descubrimiento dé! mundo,
para él desconocido, de la Infancia, no es­
tará demás dar idea de alguna, por la In­
fluencia que las candideces del niño ejer­
cían en el sabio.
Un día habló éste del Sol, y como el chico
no dejaba pasar sin la pregunta consiguien­
te palabra alguna que le fuera desconocida,
quiso saber qué es el Sol. La dolorosa idea de
que a la edad de cuatro años corridos no
hubiera aquel angelito visto todavía el Sol,
dejó a Marcial mudo y reflexivo, hasta que,
repuesto de la triste sorpresa, y empujado
por la impaciencia de la criatura, dió una
explicación cuan adecuada como pudo de lo
preguntado.

83

—Té bonito será... ¿Po té no me lleva
papá al sol?— preguntó Pinín.
— Porque no puede— repuso muy conmovi­
do Rucandio, pensando en que aquel niño
estaba sentenciado, por ser paria, a no ver
el Sol: nunca, si al llegar a hombre lo des­
tinaban a trabajos subterráneos, o en el
caso contrario, a no verlo sino durante las
horas de penoso trabajo al aire libre, para
volver, en el instante de finar la jornada, a
su enterrado destierro (1).
— ¿Y po té no pere? Yo quiriba ir al sol.
— Porque no le dejan.
(1) Acaso parezca exagerada la pintura de
situación tan horrible como la de los parias: y,
sin embargo, la historia de las iniquidades de los
hombres prueba que no hay crimen, por hórreudo
que sen. que las sociedades no cometan, cuando
no tienen una moral que las enfrene.
Lo que la esclavitud ha sido como institución
8oital, sus horrores, estíin descritos en multitud
de libros; lo que con los cristianos hicieron Itoma
y otros pueblos, por el delito no mfis de serlo, es
harto sabido; pero en relación con la vida de
los parlas del siglo cien, inhumanamente recluidos
eo las catacumbas, tiene oportunidad el trans­
cribir unos párrafos de un documento histórico;
el informe sobre el trabajo de las minas de car­
bón de la tiran Bretaña, emitido por la comisión
inspectora al efecto nombrada, después de años
y años de campañas denunciando crímenes sin
cuento cometWos en la infame explotación del
hombre por el hombre: crímenes de los superrjozunles del slylo xtx, no contra raza considerada
inferior, sino contra criaturas de la propia, en
países llamados cristianos y hasta liberales y de­
mócratas.
La inspección fué decretada en Londres en
1S42, y de su informe son los siguientes pftrrafos:
“ La Comisión ha hallado mujeres trabajando
bajo tierra como bestias de carga (beasts o/ burdcn), rodeadas por un asqueroso ambiente de de­
caimiento físico, degradación y corrupción moral,
del cual no puede dar idea ni siquiera la vida
entre salvajes. Niños de seis, cinco y hasta de
cuatro años, entontecidos, encanijados, medio
hambrientos, son obligados a arrastrar a cuatro
patas (un all fours) en las galerías bajas de techo
de los pozos de carbón carretones cargados, a
los que se les unce con cadenas que rodean sus
cinturas y que pasan por entre sus piernas...
En muchas minas las galerías rezuman agua.
No se presta la menor atención a la ventilación
ni a los drenajes... Así, las pobres mujeres vi­
ven chorreando y semlasfixiadas por falta de
aire.
Es frecuente ver mozuelos enclenques traba­
jando con las vngonetas en galerías no mfis al­
tas de 22 pulgadas— 55 centímetros— , con lo»
cuerpos horas y horas encorvados en actitudes
que al crecer producían definitivas deformida­
des en muchos de aquellos infelices. Las muje­
res tienen que recorrer, arrastrando sus cargas,
quince kilómetros diarios. En una ocasión una
muchacha trabajó de un tirón veinticuatro ho­
ras. descansó dos y comenzó otra tarea de doce.
Basta : eso fuó lo que vió la comisión, que nom­
brada publicamente, es probable no viera todo
lo que en las minas pasara, pues los propietarios
ya tomarían precauciones para ocultarles algo.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

84
— ¿Quen no le desa?
“Nosotros” , fué la respuesta que acudió a
los labios de Rucandio; pero después de va­
cilar un rato buscando otra, dijo:
— Los de arriba.
__¡Té malos! No los quero, no los que­
ro... Tú no eres de ariba. ¿Verá? Tú eres
beno, Masial.
__No, hijo mío, no: no soy de arriba
contestó el pobre sabio, asustado de que Pinín no lo quisiera, si sabia que era malo.

Aquel día se lo pasó Marcial pensando en
la civilización que negaba el sol al hijo de
Cartoya, por tener padre, y que al suyo no
se lo concedía sino a costa de dejarlo sin
padre.
Otra vez bajó con ropitas de niño, para su
amiguito, pues le apenaba ver cuán míseras
eran las que usaba. Pero habiéndole sido
aquel día imposible bajar por la tarde, lo
efectuó por la noche, cuando ya estaba el
niño dormido, habiendo, por lo tanto, de
contentarse con darle el trajecito al padre,
y quedándose asombrado cuando, después
de expresar éste efusivamente su agradeci­
miento, se excusó de admitir el regalo,
regándole volviera a llevarse el vestidito.
Pero si la negativa le asombró, el asombro
llegó a estupefacción al oír dar por causa de
ella “que los otros niños parias, amiguitos
de su hijo, y aun acaso los padres, podrían
sentir envidia al verlo mejor vestido que
ellos, y Pinín, orgullo”.
—¿Y qué?... ¿Cómo es posible que a ti te
sea indiferente verlo bien o mal vestido?...
Estaría tan guapo con ese traje...
—Más que el traje del cuerpo, me preocu­
pa el adorno de su alma.
—El alma, el alma. Siempre el alma...
Vosotros sacrificáis siempre a eso el cuerpo.
—Lo contrario que vosotros.
—Es una crueldad.
—Veremos si piensas de igual modo cuan­
do tu cuerpo muera y perdure tu alma... So­
mos más lógicos, más previsores que vos­
otros sacrificando lo perecedero a lo eterno.
La discusión que siguió a esto no hay por
qué transcribirla, y tanto menos cuanto
Cartoya procuraba no prolongar las discu­
siones de tal índole, pues para hacer ver a
Marcial la luz de la verdad, fiaba más en el
resplandor de ella que en el efecto de las
controversias.
Mas viendo la contrariedad de Rucandio
al recoger el paquete, le dijo que, para pro­
barle que no se oponía a que, si lo deseaba
obsequiara a su hijo, podía traerle jugue^
tes... siempre que fueran más de uno.

Con cuatro preciosísimos bajó Rucandio
a la tarde siguiente, gozando de antemano
en el camino con la perspectiva, no defrau­
dada a la llegada, de la grande y ruidosa
alegría de su amiguito cuando viera el ob­
sequio.
La felicidad del rapazuelo fué demasiado
grande para satisfacerse con el disfrute so­
litario de aquel inopinado tesoro, cuya gran­
deza era excesiva para él solo; asi que, cuan­
do acabó de hacerse cargo de la inmensa
cuantía de sus riquezas ¿y de recompensar
con abrazos y besos la generosidad de su
amigo, se le escapó de pronto de los brazos,
y se salió corriendo, sin dar a Marcial tiem­
po de detenerle, gritando como loco:
—Ahora veno, ahora velvo... Voy por Pati­
to y por...

A los pocos minutos volvía Pinín, acom­
pañado de Paquito y Mauricio, dos arrapie­
zos poco más o menos de su misma fecha,
a quienes había ido a buscar a las vecinas
cuevas, donde vivían, para convidarlos a ju­
gar, compartiendo con él la felicidad que se
le había entrado por las puertas.
—Toro, toro, lo ha taíro Masial pa mí...
Es este señó beno pote no es de ariba—tal
fué la frase con que la feliz criatura hizo
a sus amiguitos la presentación de los ju­
guetes y del donante de ellos.
Una vez pasada la admiración de los re­
cién llegados ante aquellas preciosidades
que, per recelo de verlas desvanecerse, no
se atrevían al principio a tocar, les perdie­
ron el respeto al decir Pinín:
—Vamos a jubar. Masial, ven a jubar con
nosotos.
—¿Cómo se juga con eto?
— ¿Y eto qué es, señó?—preguntó Paqui­
to, tomando confianza con el señor.
El sabio ayudante del excelso Mob no se
desdeñó de oficiar de guía de aquellos pequeñines en el bello y para ellos ignoto ps
raíso en donde penetraban; y di6 cuerda a
un automóvil, que salió corriendo entre las
piernas de los rapazuelos, e hizo dar voltere­
tas a un payaso de circo, e hizo mover cabe­
za, ojos y cola a un rugiente león minúscu­
lo; y sobre una tabla colocó casas, árboles
y bardas de los corrales de una explotación
ganadera, y metió las reses de ella en los
corrales: todo entre la algazara y el bulli­
cio de palmoteos, gritos y risas de los tres
chiquillos, locos de júbilo, que lo asaetea­
ban a preguntas, y le tiraban, quién de un
brazo, quién de otro, sin darle tiempo de
contestar, ni aun de atender a tanto.
Aquella felicidad, que era su obra, le ha-

£L AMOK EN EL SIGLO CIEN

cía mucho bien, a la par manifestado en la
tierna emoción, que acariciaba su alma, y
en las alegres risas en que le hacían pro­
rrumpir ¡as cosas dichas, hechas o pregun­
tadas por aquellos inocentes.
En esto estaban cuando, acaso por no im­
pensado evento, regresó Cartoya más tem­
prano de lo acostumbrado; pues aunque afir­
marlo no se pueda, es de sospechar lo hicie­
ra a intento, pensando provocar la escena
sobrevenida al terminar el juego de los ni­
ños, que se prolongó después de su llegada,
y durante el cual dió gracias a Rucandio,
conversando después con él mientras juga­
ban los pequeños.
En esto se presentó en la puerta una jovencita, hermana mayor de Paquito y Mau­
ricio, a quienes venía a buscar, por ser ya
hora de cenar y acostarse: no en opinión de
Mauricio ni de Paquito, que replicaron al
unísono: "es tempano, no queremos, no nos
vamos, vete, vete” , porque de buena fe les
parecía imposible que tan rápidamente hu­
bieran transcurrido las tres horas que lle­
vaban de juego.
Fué precisa la intervención de Cartoya
para restablecer la desacatada autoridad de
la hermana mayor, y reducir a la obedien­
cia a los amotinados, que al fln se resigna­
ron, a la fuerza, a marcharse; mas ponien­
do unas caras muy tristes al soltar los ju­
guetes que tenían en las manos: tan tristes,
que a los ojos asomaron las lágrimas.
Al verlo, dijo Cartoya:
— Pinín, Mauricio y Paquito van a llorar.
¿Sabes por qué?
— No, papá.
— Yo quiría el león.
— Yo, las cahitas—Mauricio llamaba ca­
bras a los toros.
— Ya lo oyes, Pinín.
Entonces llegó el turno a Pinín, no de
llorar aún, mas sí de emsombrecérsele la
cara, haciendo exclamar a Marcial:
— Pero ¿Qué vas a hacer, Ramón?
— Déjame, Marcial.
— Hijo mío, ¿no has oído lo que dicen
Mauricio y Paquito? Los pobrecitos no tie­
nen juguetes como tú.
—Mira, Mariso, manana velves, y yo te
pestaré las cahitas.
—Quero el lión, quero el llón—berreó Pa­
quito rompiendo a llorar a lágrima viva.
— Tamén te lo pestaré manana.
— Aguarda, Petra; no te lleves todavía
los niños—dijo Cartoya a la muchacha; y
acercándose a su hijo, le habló en voz baja,
acariciándolo, pero en tono enérgico.
— Si yo se los pestaré manana—contestó
el niño defendiéndose de la argumentación

85

do su padre— .Te velvan, te velvan manana.
—Y hasta mañana estarán llorando por­
que ellos no tienen juguetes v tú sí... Y yo
n< quiero que se los prestes, sino que se los
des... ¿Quieres tú hacer llorar a los pobre­
citos? ¿Quieres ser un niño malo?
—No, no. Toma, Mariso; toma, Patito.
Marcial, el superpensante, educado en el
culto al egoísmo, vió admirado que Pinín,
con los ojos llenos de agua por la terrible
pena de separarse del león y las cabras,
daba uno y otras a sus amigos; y volvién­
dose a Cartoya, dijo:
—Es cruel, Ramón, es cruel eso que ha­
ces con el pobre niño.
— Es que vuelvo a pensar en su alma...
Y dime: *no sería crueldad ver correr in­
diferentemente las lágrimas de los otros?
Míralos a los tres: ya no llora ninguno.
Querías hacer feliz a uno. ¿Te pesa que
sean tres los dichosos?
— Pero él es tu hijo.
—Arriba basáis la educación en el egoís­
m o; nosotros la asentamos en la caridad.
Marcial calló y se quedó reflexionando...
Los vecinitos se marchaban locos de ale­
gría. Cuando estuvieron fuera llamó Ramón
a su hijo y le preguntó si sentía lo que ha­
bía hecho, contestando el niño que no, por­
que “ si Pinín no da juguetes a los pobesitos te no tenen, Pinín malo no lo tere Yos” .
Su padre se lo comía a besos y lloraba de
gozo; Marcial hacía esfuerzos para no imi­
tarle, sentía multitud de sensaciones com­
pletamente nuevas, repetía para sí “egoís­
mo, caridad”, y, sobre todo, le asombraba la
alegría del niño después del sacrificio recién
hecho, produciéndole sorpresa oír en sus
labios el nombre de Dios; mas sin chocarle
en ellos como le había extrañado en los de
Hobbs y Cartoya.
Dió Ramón a su hijo la frugal cena, lo
desnudó, y en cuanto esto estuvo hecho vió
Marcial que el niño, en camisilla, se arro­
dillaba en el lecho para hacer su diaria ora­
ción. Pero en el momento de hacer padre
e hijo la señal de la cruz, dijo el último:
—Masial, ¿po te no te pesinas?
— ¿Y o...? Porque... no sé.
— ¿No sabes pesinate? ¿No te ha enseña­
do tu papá?
— ¿No te ha enseñado tu papá?—repitió
Pinín.
Marcial no sabía dar respuesta, que por
é¡ dió Ramón, acudiendo en su auxilio y
contestando:
-—Hijo mío, Marcial no ha tenido papá
como tú.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
— ¡Pobesito Masial! Papá, enséñale tú a
pesinase.
— No, yo no... Tú, enséñale tú.
Cartoya, que acaso había preparado la es­
cena de los juguetes, mas sin pensar en la
que estaba desarrollándose, tuvo miedo de
que Marcial pudiera ver en ella un lazo, y
volviéndose a él dijo:
— Es decir, yo no sé si debo... Si quieres
irte, vete, Marcial.
No tuv^ tiempo éste de contestar a su

amigo, pues la impaciencia del inocente
déspota, al que no se atrevía a desobedecer,
gritó en tono autoritario:
— Ven, Masial, ven; yo te enseñaré.
Y Marcial se acercó.
— Arorillate aquí... Tae la manita... Mira,
así... Po la señal...
Cartoya se apartó, y conmovido hasta lo
más profundo de su corazón, murmuró muy
bajo:
— Dios ha comenzado a escoger sus horas.

XIX
LOS SUBAYUDANTES Y SU INMEDIATO JEFE

Al cabo de un mes largo que, ya despier­
tos, llevaban en Mundiópolis Juan e Inés,
y a despecho de su admiración de los ma­
ravillosos progresos del siglo cien, deplora­
ban vivamente no haber vuelto en sí a los
pocos días o meses del accidente de la fá­
brica, para continuar viviendo en su tierra
y su tiempo.
Causa principal de este disgusto era el
maldito invento Mob y el recelo a la cola­
boración personal que habrían de prestar a
los manipuleos de él; pues yendo sai ins­
trucción ya bastante avanzada, y aun cuan­
do todavía no habían sido llevados a las ca­
tacumbas a ver funcionar el aparato que a
las yuntas de amantes les robaba su amor—
frase de Inési— , suponían ya cercano el mo­
mento de que se les exigiera tal colaborar
ción: que, aun sin necesidad del citado es­
pectáculo los tenía desazonados; pues por
ciertos indicios de lo estudiado, temían fue­
ra el prestarla incompatible con los dicta­
dos de su conciencia.
Por ejemplo, los alambres psicoeléctricos
usados en el aparato Mob necesitaban ser
conductores a la vez de la electricidad y
del amor (de aquí su nombre compuesto),
lo cual se conseguía agregando al cobre de
los ordinarios, al tiempo de fundirlos, ce­
nizas de nervios humanos: cosa que aun
repugnando a Inés, y hasta al mismo Juan,
no era lo peor, por no ser a la postre
nervios de vivientes, sino de cadáveres;
mientras que en el interruptor psicoeléctrico (el célebre aparato) se usaban trocitos
de dichos alambres con sus puntas bañadas

con unas gotas de plasma amoroso, para
aumentar su conductibilidad psíquica.
Acerca de este extremo decía la memoria
de Mob: “Conviene que este plasma esté en
’’estado transparente de placidez amorosa,
’’que sea de mujer, por más sensible, y ex­
tra erlo en momentos de gran efusión: por
’’ejemplo, cuando una madre está lactando
”a su hijo.”
Por si tal extracción, ya sacrilega para
nuestros vizcaínos, fuera poco, todavía los
tenían más alarmados unas pantallas del
aparato sobre las cuales se extendía otra
gota del mismo plasma, pero éste “entur­
biado por desengaños, pérdida de personas
’’amadas, etc., etc.” : asustándolos principal­
mente en esto la idea de que uno y otro
plasma habían de extraerse de personas vi­
vas, empleando para ello una bomba aspi­
rante, ya estudiada por los esposos, y seme­
jante a las usadas en cirugía para sacar la
sinovia de las articulaciones enfermas.
Los adelantos que permitían operar con
ella en los corazones de los pacientes, y
hasta no hacerles daño, según decía Mob
y no era artículo de fe para los esposos, no
bastaban a aminorar su horror a la opera­
ción: tan grande, que estaban firmemente
decididos a rehusarse a practicarla, caso
de serles encomendada, tranquilizándolos
únicamente saber que por lo pronto no sería
necesaria, pues sólo era precisa cuando se
fabricaban aparatos, de los cuales existía
número suficiente para las necesidades de
momento, según Marcial les había dicho.
Aun cuando, por imperativos del deber.

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

estaban resueltos nuestros vizcaínos a afron­
tar las consecuencias de una desobediencia
a Mob, no por eso dejaba de preocuparles
hasta dónde pudieran llegar aquéllas; y
pensando en esto creyó Juan conveniente
enterarse de cuál era la situación de su
mujer y él en la sociedad donde habían cal­
do, cuáles sus individuales derechos» cuál
la autoridad legal, si es que alguna tenía,
de Mob sobre ellos, y de si podría efectiva­
mente echarlos a las catacumbas, si le vi­
niera en gana, según les dijo en su primera
entrevista.
En consecuencia, decidió tantear a Mar­
cial, con quien el matrimonio ganaba con­
fianza muy de prisa y a quien ya profesa^
ban verdadero afecto, al parecer correspon­
dido; pues aparte sus personales atenciones
con ellos, en él Iban notando de día en día,
no solamente menores durezas y despre­
cio al hablar de los pobres parias, sino que
ya no se escandalizaba como antes de las
críticas y aun censuras de ellos a la socie­
dad y la conducta de los supergozantes.
La misma noche del día en que tomó tal
decisión pudo ponerla Juan por obra, pues
Marcial, a quien ya no llamaba señor Rucandio, sino por su nombre propio, y sin
don que él le había apeado, fué a charlar
un rato con sus amigos, según solía de
cuando en cuando por darle lástima el ais­
lamiento de la desvalida pareja en aquel
mundo, y aun por haber vislumbrado al­
guna vez en la cara de Inés y en ciertas
frases de ella y de su marido recelos gra­
ves sobre lo que lo porvenir pudiera re­
servarles.
— Viene usted a tiempo, querido mentor;
tenemos que hacerle una pregunta que nos
interesa.
— ¿Qué es ello, Juan?
— Queríamos saber cuál es la diferencia
de condiciones legales por las cuales se de­
termina. en esta sociedad, que un hombre
sea admitido en la categoría de supergozante o relegado entre los parias.
— La posesión o la carencia de fortuna.
— No es muy caritativo ni siquiera filan­
trópico, pero con la moral del siglo cien
no me extraña— exclamó Inés, que cada vez
se permitía mayores atrevimientos con su
inmediato jefe, como llamaba Mob a Mar­
cial.
— Déjate de comentarios y vamos a lo
que ahora importa. Según eso, resulta que,
no teniendo nosotros fortuna, sólo por la
magnanimidad del excelso Don Roberto
hemos escapado de ir a parar a las cata­
cumbas; ¿no es así?

87

— No tanto, Juan— dijo Rucandio no que­
riendo alarmar a sus amigos, mas vacilan­
do un tanto en su respuesta— . Además, no
todos los parias están en las catacumbas.
— Sí, ya sabemos: aquí arriba están los
domésticos servidores de los supergozantes.
La verdad es que para vivir equiparada a
una cocinera no valía la pena de hacer ocho
mil años de antesala a la puerta del siglo
cien.
— ¡Qué cosas dice usted, Inés!... Ustedes
no son aquí criados; tienen en el laboratorio
una posición científica.
— SI, por la comida y el alojamiento: no
se ha corrido con nosotros el excelso.
— Sin duda no hizo alto en ello; pero yo
le diré que los servicios de ustedes son
útiles y en seguida se les señalará sueldo.
— Aun cuando eso tenga su importancia,
nos preocupa más saber si ante las leyes
de esta sociedad somos personas dueñas de
si mismas.
— Se hará usted cargo, amigo García, de
que el extraordinario caso de ustedes no pue­
de estar previsto en las leyes.
— Sí, ya lo comprendemos; pero por eso
mismo nos interesa más puntualizar lo
que...
— Déjate ya de circunloquios, Juan. Oiga,
Marcial; lo tenemos a usted por un buen
amigo, confiamos en su afecto, y usted es
la única persona de quien, en caso necesa­
rio, esperamos recibir ayuda.
— Creen ustedes bien: no se equivocan.
— Pues entonces díganos con lealtad:
¿somos o no somos esclavos de Mob?
— ¡Esclavos...! ¡Qué atrocidad!
— Asombrarse no es responder, Marcial...
¿Hasta dónde llega la autoridad sobre nos­
otros de su maestro de usted?
— Amigos míos, si he de ser sincero, no
me es fácil contestar de momento, mas con­
sultaré inmediatamente con quien pueda
asesorarme. Pero ¿a qué obedece en concreto
esa pregunta de hoy? No hay motivo para la
alarma que en ustedes veo. ¿Es que temen
algún peligro inmediato?
— El de tener que resistimos a obedecer
órdenes de Mob o de usted en su nombre—
contestó el marido.
— Pero ¿por qué?
— Porque nosotros— dijo la mujer— tene­
mos algo que no tienen ustedes los superpensantes que acaso nos obligue a rehusar
nuestra cooperación a la obra de ese hom­
bre.
— ¿Y qué es. Inés? ¿Qué es eso que nos­
otros no tenemos?
— Conciencia, idea de deberes, respeto y

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

88
mo gentes nacidas a ocho mil años de dis­
amor a nuestros semejantes, convencimien­
tancia?
to de que los parias son y valen tanto como
__Porque para ese Dios de que Cartoya
nosotros.
y nosotros hablamos son un instante eses
—Tal vez no sean ustedes solos quienes...
millares de años; porque sus verdades no
— ¡Usited, usted!... Ya. ya lo sospechá­
se mudan con el tiempo; porque al des­
bamos.
pertarnos después de ochenta siglos todo
__Usted no es como los otros; ya lo sa­
lo hallamos cambiado en este mundo: cien­
bíamos.
cias, costumbres, leyes; siendo lo único que
__No, amigos míos, no vayan ustedes tan
perdura inmutable la Ley de Dios: idéntica
de prisa.
en los labios de Cartoya y en los de nues­
— Sí, sí, Marcial; usted es bueno.
tras madres que nos la enseñaron.
__Yo no sé ya qué soy, y, por tanto, es
__, Ue veras? ¿De veras? Pero ¿puede
muy difícil que lo sepan ustedes. Por ahora
hac>er algo invariable a través de ochenta
sólo puedo decirles que no están solos ni
siglos?
abandonados en el mundo.
__|La conformidad, que le sorprende a
— Gracias, gracias.
usted, de nuestro sentir y el de Cartoya es
—Marcial, Marcial, no es probable que
buena prueba de ello.
nunca podamos pagar la protección que nos
—Verdad, verdad... Pero vuestro Dios...
ofrece, mas de seguro se la pagará a usted
¿cómo demostráis su existencia? Porque yo
Dios.
no puedo creer sino en los seres que veo,
__Pero ¿es que no he de oír hablar a
en las verdades demostrables, en las cosas
todas horas de otra cosa?
cuya esencia conozco.
— ¿De qué?
—¿Está usted seguro?
__De nada, de nada... Pero, dígame, ten­
—Y tanto.
go curiosidad de saber cómo ese Dios de
—Entonces, usted, que es matemático,
que hablan podrá pagarme lo que ustedes no
podrá demostrar que dos cosas iguales a
puedan... ¿Cómo lo pagará?
una tercera son iguales entre sí, que dos
— Podrá porque lo puede todo — dijo
paralelas no pueden encontrarse o que sólo
Juan.
se tocan en el infinito.
— Le devolverá a usted— dijo Inés— el
—Eso son axiomas, y, como tales, indemos­
bien que nos haga en paz de la conciencia,
trables.
en dicha interna, que los demás supergo—Pero ¿cree usted en la verdad de ellos?
zantes no conocen y usted merece disfru­
—Naturalmente: si no creyera no podría
tar; en íntima satisfacción de sí propio,
tener fe en la Ciencia.
muy diferente de la vanidosa soberbia de
—Pues conste, amigo Marcial — le inte­
su maestro; en el placer que sentirá usted,
rrumpió Inés— , que crea usted en esas y
que está usted ya sintiendo, de hacer bien
otras muchas verdades que no son material­
a sus semejantes.
mente demostrables.
— Sí, sí, es verdad; en eso tiene usted
— La misma idea de Cartoya; la misana.
razón; efectivamente, efectivamente. Pero
— Como cree usted—agregó García—en
es extraño, es extraño.
todas las fuerzas de la naturaleza, cuya
— ¿El qué, Marcial?
esencia desconocen en absoluto todos los
— La coincidencia entre esas palabras y
sabios, y en tanta y tanta cosa como trans­
otras... Díganme ustedes, pero sin engañar­
forman san crearlas; porque los hombres
me: ¿han hablado con Cartoya en estos
nada crean, siendo solamente capaces de
días?... La verdad.
utilizar lo que, ya creado, pone en sus mar— Cartoya es el arquitecto, el sacerdote
nos un Creador.
paria, ¿no es, eso?
— Sí.
—No, no lo hemos visto desde que usted
A1 finalizar la conversación cuyo princi­
lo trajo.
pio se ha transcrito, la cual se prolongó
--S ó lo ese día hemos hablado con él.
durante largo rato, procuró Marcial tran­
—Es verdad: es imposible: no lo habrían
quilizar a sus amigos, diciéndoles que, de
dejado salir de las catacumbas. Y, sin em­
llegar para ellos el temido momento de
bargo, vosotros, él, y hasta su hijo, habláis
creerse obligados a negar cumplimiento a
siempre de las mismas cosas: alma, amor a
los demás hombres, vida eterna, otro mun­ las órdenes de Mob, era de esperar fuera al
do, Dios... ¿Cómo es posible que sin estar de
comunicárselas el mismo Marcial; pero que
acuerdo para perturbarme hablen lo missi, contra lo probable, procedieran del mis-

89
EL AMOR EN EL SIGLO CIEN
—Ya tienen ustedes existencia oficial en
mo D. Roberto en persona, no demostraran
nunca a éste la menor repugnancia en obe­ el registro de la población. En este momen­
decerlas; pues ya él, Marcial, se Ingeniarla to vengo de dejarlo todo ultimado. No es
luego para no exigirles nada contra su con­ muy brillante la posición con que han sido
ciencia. Así los dejó sosegados de momento inscritos, pero creo que no hemos escapado
del todo mal.
y muy agradecidos, al despedirse de ellos.
—Gracias, Marcial, gracias.
A la mañana siguiente celebró larga con­
—Bueno. ¿Y en qué concepto?
sulta con un jurisconsulto reputado; desde
—La interpretación dada a las leyes co­
allí se fué a la oficina del Registro civil de
Mundiópolis, donde se cercioró de que ni munes por los abogados oficiales, al conocer
Juan ni Inés hablan sido hechos inscribir el raro caso de ustedes no ha permitido em­
por Mob en el padrón municipal, resultan­ padronarlos sino como parias domésticos.
do de ello que no tenían existencia ni per­
—Ya ve usted cómo tenía yo razón al de­
sonalidad oficial.
cir que éramos esclavos.
—¿Y a eso lo llama usted no haber esca­
De vuelta al museo, eligió la hora en que
sabía estaba Mob muy enfrascado en un pado mal? No es usted difícil de contentar.
—Para eso prefiero que de una vez nos
problema interesante, para ir a su despa­
cho a exponerle la urgencia de empadronar echen ustedes a las catacumbas.
—Tiene razón Inés: si al fin y al cabo
a los resucitados; pues el museo se hallaba
en descubierto con la ley por ocultación hemos de parar en eso, más valiera quitar­
de personas. Y al informarle de los trámi­ nos de una vez quebraderos de cabeza.
—Allí siquiera estaríamos con gentes a
tes oficinescos requeridos por la tramitación
del asunto, detalló con intencionada ma­ quienes podríamos llamar hermanos nues­
chaconería los formulismos y dificultades: tros y no tendríamos por amo al odioso
todo muy bien exagerado e insistiendo en Mob.
la premura de que Don Roberto, no demo­
—ES que no es) Mob el amo; perdonen,
rara tales diligencias.
quiero decir el patrono de ustedes: es que
El resultado fué el previsto por Marcial: no pudiendo lograr que los clasificaran de
malhumorada protesta del sabio de que él otra manera, me he arreglado de modo que
hubiere de descender a tales menudencias el patrono no sea Mob, sino yo: por eso he
teniendo cosas de más fuste entre manos, dicho que no escapábamos mal.
— ¡Ah! ¿Usted?
y orden a aquél de que, sin volver a mo­
lestarle, hiciera cuanto preciso fuere; y
—Ante la ley soy el patrono, pero para
ante la manifestación de éste de imposibi­ ustedes seré siempre lo que hasta ahora:
lidad oficial de que tales gestiones; fueran el amigo.
hechas sino por la persona que asumiera el
—Marcial, Marcial, perdone nuestras in­
carácter de patrono o amo de Juan e Inés, conveniencias.
que, por no tener fortuna, habían de ser
—Gracias, gracias... Ha hecho usted por
empadronados como parias domésticos, con­ nosotros lo que más ansiábamos: sacarnos
testó enfurecido Don Roberto que lo dejara de las) garras de ese hombre odioso, de esa
en paz; que no quería perder más tiempo fiera.
con aquellos salvajes, y que él lo hiciera
— ¡Qué exageración!... Pobre Mob—con­
todo por su cuenta sin aburrirlo con con­ testó Rucandio a Inés, creyéndose todavía
sultas ni engorros.
en el deber de salir por su maestro, aun­
—Pero eso—insistió Marcial astutamen­ que no a la verdad con calor excesivo.
te—es imposible, como no sea presentándo­
—Pero tengan en cuenta que como de
me yo. en vez de usted, como amo de loa esto no he de hablar, por ahora, a don Ro­
bárbaros.
berto, ni las escasas relaciones de usteae»
—¿Y qué más da? No es un honor tan con él han de sufrir variación, no conviene
grande que me preocupe perderlo.
le dejen traslucir que están ustedes entera—Entonces todo podrá arreglarse sin mo­ dos de haber salido de su dependencia. Y,
lestia de usted.
por lo pronto, no teman nada de lo que re­
—Eso quiero. Y ahora, con su permiso celaban, pues! en nuestras inmediatas tareas
vov a continuar mi trabajo.
f
nada tendrán que hacer que pueda repug­
narles.
—¿Cuáles son esas tareas?
Al día siguiente decía Marcial a sus
—Preparar un acumulador de amor para
amigos:
las experiencias demostrativas de una con-

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIPICA

fe rene ia que, sobre su invento, desea dar
Mob a los representantes de todas las na­
ciones, aprovechando la venioa de éstos al
Consistorio de enero. Pero eso sí, prepá­
rense a sujetar sus nervios; pues ya es pre­
ciso que uno de estos días bajen conmigo
a ver el funcionamiento del interruptor.
— Lo cual quiere decir a ver el suplicio
de los infelices a quienes...
— Ve usted, lo que yo temia: en lugar
de prepararse a domar esos picaros nervios,
usted misma comienza desde ahora a exci­

társelos... Es preciso ser fuerte, amiga
Inés. Además, eso del suplicio es una exageración... Si yo pudiera le evitarla a us­
ted el espectáculo, pero...
__N0j no: si por mi misma quiero ver el
extremo a que llega la perversidad de los
supergozantea Seré fuerte, esté usted se­
guro: ya no me voy asustando de nada: su
maestro de usted me curó de espanto en
una sesión cinematográfica, donde aprendí
que el dolor de nuestros seraetentes es cosa
sumamente útil para sus verdugos.

XX
UNA INFIDELIDAD FRUSTRADA DE RUCANDIO

El temido día de la bajada de Inés y
Juan a ver trabajar una yunta en el psicointerruptor fué la ocasión de avistarse por
segunda vez con el sacerdote que había
bendecido su matrimonio, pues Cartoya te­
nía manifestado a Marcial deseo de conocer
el aparato y su funcionamiento. Pero antes
de llevarlos, a ellos y al lector, a contemplar
el impresionante espectáculo, conviénenos
saber el porqué de aquel deseo.
Marcial continuaba bajando casi todas las
tardes a charlar y jubar con su amigo Pinín, personaje cuya importancia iba cre­
ciendo, en opinión del sabio; pues no sola­
mente lo amaba en agradecimiento a los
consuelos hallados por su alma en aquella
extraña y peregrina amistad, fino que ya
lo respetaba por su inteligencia: afirmación
que, tratándose de un sabio y un rapazuelo, es demasiado atrevida para dejada sin
la explicación de ser el tal respeto cosa muy
diferente del que a Rucandio le inspiraba el
talentazo de don Roberto.
Diferente, pero tal vez más trascenden­
tal: pues a dicho respeto fué debido que en
la conciencia del ayudante de Mob se abrie­
ra paso esta verdad: “ Los parias no son
subcriaturas inferiores, sino esencialmente
Iguales a los superpensantes” . Con lo cual
daba razón a Cartoya, Inés y Juan, en con­
tra de sí propio, que muchas veces, en dis­
cusión con ellos, había negado tal identi­
dad, y hasta ofendídole en su orgullo oírse­
la sostener a los otros.
¿Cómo habla llegado a deponer su ante­

rior convencimiento? No ciertamente por
sentimentalismo; pues si bien éste era la
causa originaria de la evolución moral e in­
telectual de Rucandio, un hombre de sus
años y su cultura no podía rendirse a sólo
eso; y asi todas sus crisis emotivas termi­
naban en reacción del juicio, donde la in­
teligencia del superpensante, ayudada por
lor egoísmos del supergozante, batía en bre­
cha los impulsos del corazón que, según
frase suya, pretendía invalidarle el seso;
y así, en cuanto de vuelta de las visitas a
su amiguito, pasaba un rato a solas, libre
de la influencia del chiquillo, comenzaba el
cerebro a burlarse de la ridicula puerilidad
de la amistad del sabio con el monigote,
peleándose con el recuerdo de éste: tan
agarrado al corazón que, imponiendo silen­
cio al cerebro, u obligando a Rucandio a ha­
cerse el sordo a sus protestas, se lo llevaba
al día siguiente a la habitual visita.
En una de tales discusiones díjole el co­
razón: “No sólo es una preciosidad y un
encanto, sino una criatura inteligentísima;
y eso que no lo han criado con leche fos­
forada” , replicando el juicio que segura­
mente tendrían mucho más talento que Pinín los chicos de los educatorios, alimenta­
dos sabiamente. Entre dos proposiciones tan
radicalmente antagónicas, el camino no po­
día ser dlioso para un sabio: la experimen­
tación comparada, por lo cual se fué Rucan­
dio al Educatorio Internacional, donde, con
pretexto de los consabidos estudios sobre
la inteligencia de los niños, que ya le ha-

91

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

bían sacado de un aprieto en su conversa­
ción con Clara Snow, obtuvo un permiso del
director para andar cuanto quisiera entre
los pequeñuelos de cuatro a cinco años.
Seis u ocho visitas hizo al establecimien­
to, intentando trabar, con unos cuantos chi­
cos que a primera vista le fueron simpáticfts,
amistad por el estilo de la mantenida con
Pinin; pero infructuosamente, pues no obs­
tante su propósito de ser infiel al hijo de
Cartoya, no logró conseguirlo, porque en
cuanto los desagradecidos del educatorio se
le comían los caramelos de los bolsillos,
echaban a correr sin volverle a hacer caso.
Besos y abrazos como los de su amigo, ni
por pienso: aquellos niños, a quienes nun­
ca había besado ni abrazado nadie, no los
daban y resistían recibirlos: siendo lo más
triste para el pobre sabio, perturbado por
emociones absurdas en un supergozante,
que cada vez que un niño le negaba una ca­
ricia le ocurría la idea torturadora de que
acaso era su hijo aquel que no quería be­
sarlo.
Un día que, a intento, no llevó caramelos,
no logró retener medio minuto a su lado a
ninguno, y recordó otra tarde en que, no por
habérsele olvidado los de Pinin le había
Pinin negado sus caricias habituales: mas
todavía cuando llegó su padre y supo, por
Marcial, que aquella tarde no había habido
golosinas, dijo el pequeño, como para dis­
culpar a su amigo: “El pobe Masial no pere
dar toros los días”.
En sus expediciones al educatorio hizo en­
sayos para aquilatar la inteligencia de va­
rios educandos de edad análoga a la de su
amiguito, y aun con algunos mayores que él,
hallándolos a todos torpes, comparados con
éste: con gran regocijo del corazón, que
cantó el trágala al cerebro, enviándolo a la
porra cuando éste volvió a hablar de ali­
mentación fosforada.
Marcial, que se había enterado, y hasta
*se había reído, del régimen alimenticio, de
postres y entremeses, por Inés establecido
en sus comidas y en las de Juan, con am­
bicioso propósito de supraintelectualizarse
(perdónese la palabreja), preguntó aquella
misma noche a una y otro qué resultado ha­
bían obtenido de tal régimen, contestándo­
le ellos que al cabo de cuarenta días de no
comer sino cosas leves y excitantes, habían
desistido del tratamiento, porque sus facul­
tades intelectuales no adelantaban ni un
paso. La categórica Inés resumió su opi­
nión así: “Nada, amigo Marcial, que la cé­
lebre alimentación suprofosforada es un
camelo” -, y Juan, menos cáustico, pero no
menos concluyente, dijo que después de un

atracón de mermeladas matemáticas habla
invertido en resolver un problema de cálcu­
lo doble tiempo que otros análogos le lle­
vaban en Bilbao.
Mas la causa definitivamente determinan­
te de la cesación de las visitas de Rucandio
al educatorio fué ver los malos sentimientos
de los chiquillos, que sin que nadie les fue­
ra a la mano, sino para azotarlos cuando se
hacían molestos o tenían mal humor los ce­
ladores, se peleaban como fierecillas por
los juguetes, o para imponer su voluntad,
en los juegos saliendo de estas luchas con las
manecitas llenas de mechones de los con­
tendientes, y las caras surcadas con las
huellas de uñas adversarias.
¡Qué diferencia de Pinin, dando el Uón
y las cahitas a Patito y Marisol
Aquel día salió Marcial del magnífico co­
legio para no volver más, diciendo:
— Es más guapo, más listo y muchísimo
más bueno— la bondad, cosa nunca tomada
en cuenta por los superpensantes, iba te­
niendo ya valor para Marcial— que todos es­
tos egoístas tigrecillos. Inés tenía razón la
tarde que la traje aquí; y voy temiendo que
al cabo resultemos, mi siglo y yo, en todo
equivocados.
Claro es qüe esto lo decía el corazón,
pero sin que el cerebro se atreviera a re­
chistar.
*

*

»

Los chicos todo lo trastornan: cuando
íbamos a decir por qué Cartoya deseaba
asistir a la visita de los resucitados a la
Central Electro-Amatoria, se nos atravesó
Pinin primero, y en pos de él los muñecos
del educatorio, y entre uno y otros nos han
llevado a cien leguas del asunto.
En los ratos que el hijo, que era lo prin­
cipal, lo dejaba tranquilo, conversaba Ru­
candio con el padre, gustosamente resignado
éste con su descenso al segundo lugar en el
afecto del antiguo amigo.
En estas frecuentes pláticas se enteraba
Marcial de particularidades de ia triste vida
de los parias, de su resignación, del abne­
gado amor que entre sí se tenían, de que en
sus corazones no había odio a los supergozantes. Y la palabra hermano, que al oírsela
a Hobbson le sonó un día cual desacato a loa
superpensantes, le iba ya pareciendo admira­
ble caridad hacia ellos de los parias: y has­
ta llegó a pensar, aun cuando fugazmente y
a despecho del juicio, reacio a concederlo,
que el pensamiento y las aspiraciones de
aquellas pobres gentes volaban remontándo­
se a más altas y más nobles regiones que los
de los superpensantes: no, no era tan absur-

92

BIBLIOTECA NOYELESCO-C IE NTIFIC A

da como al oírla por primera vez le pareció
la frase de Cartoya, cuando al ver el asom­
bro de Marcial de hallarlo entre los parias
y de que ya no fuera superpensante, le con­
testó: “Aquí soy más superpensante que allá
arriba”.
Los dos españoles— bueno, iberiolos— ha­
blaban a menudo de sus otros compatriotas
los descongelados del siglo xx, por quienes
Cartoya se interesaba mucho: no solamente
por simpatía a ellos, sino porque aprovecha­
ba el afecto que Marcial les profesaba para
despertar en la conciencia de éste condena­
ción de la moral y las leyes de una sociedad
que colocaba a criaturas tan evidentemente
iguales a él en injusta y odiosa c-ndición de
inferioridad: de lo cual, a deducir la pro­
pia consecuencia no a favor de Juan e Inés,
sino de los parias, había tan sólo un paso,
máxime estando entre ésos Cartoya, Hobbson, Alvar, y otros que, cuando no tan
sal ios, tenían razón igual a la de los de
arriba; y sobre todo, y por cima de todos,
Pinín, sentenciado a ser por siempre paria:
sent-ncia que a Marcial le parecía, no sólo
absurda, sino infame.
Pero tal paro quería Ramón que lo diera
su amigo solo, sin sentirse empujado.
Cuando por éste conoció el sacerdote el in­
vento Mob, del cual recibía entonces la pri­
mara noticia, tuvo para él frases de in->*gnada condenación, fulminándola en nombre
del respeto a la personalidad humana, ho­
llada impíamente por el sabio inventor.
Entpnces se explicó porqué en los dos o
tres últimos años habían ocurrido en los pa­
rias de propiedad del Omnimuseo repetidos
casos de extraños fallecimientos dobles de
marido y mujer en matrimonios jóvenes, o
de prometida y prometido, en novios próxi­
mos a casarse: desaparecidos unos y otros
con anterioridad de sus domicilios durante
largas temporadas, sin que de ellos se volvie­
ra a tener noticia hasta saber .a del fallícimiento; entonces se explicó el porqué,
después de ausencias igualmente misterio­
sas, vagaban no pocos desgraciados demen­
tes por los corredores de las catacumbas; y
su indignación al conocer la causa, le hizo
exclamar:
— ¿De modo que esos Infelices no son víc­
timas de accidentes desgraciados, sino de
nueva y premeditada infamia, de otro exe­
crable crimen de esa perversa sociedad? ¡Y
tú, tú, colaboras en esa perversidad!
— Yo... Ramón, yo no veo... digo, con arre­
gle a las ideas que mi mundo tiene sobre
los parias, no veo, no veía nada reprobable
en... Ahora, no sé; y aun todavía dudo sea
censurable utilizar en provecho de la socie­

dad la fuerza del amor; porque todas las
naciones han sacrificado siempre el indivi­
duo a la colectividad, y en las antiguas gue­
rras morían los hombres por millares y mi­
llones, sin que en ello viera nadie...
-—Entonces, si mañana te ordena Mob que,
para robarles el hermoso amor que se tie­
nen, "mates poco a poco, o prives de razón a
esos pobres muchachos que han caído en
vuestras garras...
— Es diferente: no son parias...
— Acabas de decirme que son parias, do­
mésticos, que son tuyos.
— Sí; pero no es lo mismo: no han nacido
parias.
— Pero son idénticos a ellos. Mas no dis­
cutamos eso, pues si aun estando convenci­
do, como lo estás ya, de que los parias so­
mos, no ya iguales a nuestros compatriotas,
sino iguales a ti, continúa pareciendo legí­
timo aplicar tal tormento a los nacidos pa­
rias, también te lo parecerá que cuando mi
hijo, paria desde su nacimiento, llegue a la
edad de amar, sea para él el amor no ma­
nantial de dichas, sino sentencia de muerte
o de demencia.
— No, no: Pinín, no.
— ¿Porqué los otros sí y Pinín no, si aquí
somos todos hermanos?
Marcial, sin saber qué decir, callaba con­
fundido.
— Contéstame, contéstame. Y ahora no es
a tus sentimientos ni a tu corazón, sino a
tu inteligencia, a tu razón, a las que pido
la respuesta.
¿Qué justicia, ni qué equidad son las tu­
yas, que por que amas a mi hijo quieres me­
dirlo por distinto rasero que a sus hermanos,
hijos de Dios como él?
— Es verdad, es verdad... La Humanidad
no es mía, yo no tengo derecho a repar­
tir a gusto mío el dolor entre sus hijos; sí,
lo que dices es lógico y es justo... No co­
nozco ninguna ley donde esté escrito, pero
debe haberla.
— La hay; está escrita en los corazones
parias, y dice: “Amarás a tu prójimo como
a ti mismo”.
— Pero, ¿quién la ha dictado?
Dios. El Creador de todo lo existente.
- ¡Dios, otra vez Dios! Otra vez el poder
sobrenatural, propio para ofuscar a los ig­
norantes.
Oye> Marcial: ¿qué pensarías de quien
dijera que el pensamiento y la voluntad del
que hizo la primera caldera de vapor eran
cosas increíbles por sobrenaturales?
— No es lo mismo.
Tú has inventado máquinas, escrito li­
bros; yo he levantado monumentos... Esas

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

son obras nuestras, nosotros sus autores...
¿Verdad:
— Naturalmente.
— ¿Qué te parecería si alguien sostuviera
que ni tú, que inventaste la máquina, ni yo,
que con arcilla, cemento y hierro, levanté
el Palacio Mundial, existimos; que ni Rucandio ni Cartoya son seres reales, sino fan­
tasmas para ofuscar incautos; si alguno pre­
tendiera que por ser el hierro, el cobre, el
cemento, lo único real, digo mal, material
en nuestras obras, hierro, cobre y cemento
son los autores de ellas?
— El supuesto es absurdo: toda obra con
plan, orden y finalidad tiene forzosamente
un artífice, un creador.
— Con la sola excepción del Universo y de
la Humanidad, que para los vanidosos inca­
paces de crear uno ni otra, son lo único que
no tiene creador.
— Eso es obra de las fuerzas naturales.
— No negarás que el Universo y la Hu­
manidad tienen bastante más que hacer que
una locomotora o el Palacio Mundial... Pues
bien, encarga a esas fuerzas naturales que
por sí solas, sin una inteligencia y una vo­
luntad superiores que las guíen, hagan la
locomotora o el palacio.
— ¡Qué disparate!
— ¿Y no te lo parece que sin inteligencia
ni voluntad que las gobiernen hagan solas
un sol, o que hagan un Pinín?
— No, eso no; tu hijo es obra tuya y de su
madre.
— Como la estatua es obra del molde en
que se cuaja y del bronce de ella. Pero, ¿y
el escultor?... Padre y madre son molde y
bronce, insconcientes de cómo será su hijo,
impotentes para crearlo voluntariamente,
incapaces de modelarlo; instrumentos pasi­
vos del escultor supremo.
— Eso es verdad.
— Y además de verdad, es luz que ha de
alumbrarte otras verdades. Al fin acabarás
por conocerlas todas.
— De que yo asienta en un punto concre­
to no debes deducir que en todo me con­
vences.
— Marcial, no me supongas la ambiciosa
pretensión de hacerte conocer a Dios.
— Entonces, ¿a qué lo que me dices?
— Para hacerte notar que ya él te ha pues­
to en el recto camino que ha de llevarte a
conocerle.

93

— No, no; vas demasiado de prisa... Pero,
¿cuál es ese camino?
— El del Amor que ha hecho vibrar en tu
corazón, hasta ahora poco seco... Pero de­
jemos esto. El tiene tiempo, y a mí me fal­
ta para conocer detalles de esa inhumana
invención y del modo cómo de ella son vic­
timas mis pobres parias.
Seguidamente, y sin detalles científicos,
que eran los menos interesantes para el
sacerdote, explicó a éste Rucandio que las
parejas a quienes habla de substraérseles sir
amor eran separadas en celdas individuales,
donde, corporalmente, eran bien atendidas.
El objeto de tal separación era hacerles pade­
cer dolor de ausencia, a fin de que el deseo
de verse intensificara la fuerza de su amor
cuando fueran llevadas al interruptor. Des­
pués de cada sesión, en la que no les era
consentido mirarse sino a distancia, se las
volvía a sus celdas, hasta otra.
Toda persona de medianos sentimientos
puede imaginarse el horror sentido por Car­
toya, y expresado con tan cálida energía
que logró sacudir el acorchado corazón de
supergozante de Marcial, a quien en aquel
momento le pareció oír en lo interior de su
conciencia la pregunta si no era deber suyo
negarse a continuar prestando su colabora­
ción en tan nefando crimen; y sorprendién­
dole que al dejar entrever estas dudas a
su amigo calificara éste de prematura toda
determinación radical de tal naturaleza, que
equivaliera a un rompimiento con Mob.
En vez de esto, le aconsejó aguardase
hasta que después de ver Cartoya por sus
propios ojos las pobres yuntas en el apara­
to, formara opinión acerca de si el hecho de
continuar Marcial interviniendo como jefe
de las manipulaciones electro-psíquicas,
permitiría idear medio de aliviar en algo la
suerte de los infelices sometidos al proce­
dimiento. Pues, de caer en otras manos, se
perdería toda esperanza de hallar manera
de atenuar sus males, sobre la cual ya le
ocurría al sacerdote idea que recogió Mar­
cial para estudiarla.
Ai separarse aquella tarde, ambos amigos
quedaron citados para la mañana siguiente,
junto a la salida inferior del ascensor del
Omnimuseo, donde se juntaría Cartoya con
Marcial, Juan e Inés, para ir todos juntos a
ver funcionar el psico-interruptor.

94

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

XXI
EL INTERRUPTOR ELECTRO-AMOROSO

Mob tenia montados y en funciones tres
psicointerruptores, cada uno en un salón
de diez metros de largo por siete de ancho.
Idénticos entre sí, basta describir uno para
conocerlos toaos. Dos sólidos sillones fron­
teros atornillados al piso constituyen el
potro del suplicio de los amadores, bestial­
mente llamados yuntas por el inventor, o
hablando con científica serenidad los polos
masculino y femenino del par bisexual for­
mado por cada amante pareja.
Paralelamente a la dirección determinada
por los dos sillones pende del techo, encima
de ellos, un gran carrete, al exterior igual
a los usados en electrotíinámica, pero dife­
rente de éstos en que el alambre arrollado
en él no es un vulgar flexible eléctrico, sino
psicoeléctrico, o sea nervosizado del modo
que se recordará indignó a nuestros amigos
■del siglo xx. Las dos puntas sueltas de
este alambre, extrasensibilizadas con plasma
transparente y plácido, entran en loe ex
tremos de un largo tubo de cristal, cerrado,
paralelo al carrete y casi de su misma lougilrd (más de cinco metros), quedando una
de las puntas encerradas en dicho tuto sob r; lo cabeza de la mujer y otra acora la
del hombre sentados en el interruptor.
El tubo, en cuyo ’ nterior se ha uecho et
yació, no es igual, pero si equiparable, salvo
dimensiones y particularidades demasiado
técnicas para puntualizadas aquí, a los tubos
de CROOKES. Dentro de él, entre las pun­
tas del alambre psicoeléctrico, estallan des­
cargas intermitentes de amor, como entre
los polos de los CROOKES saltan los rayos
catódicos engendradores de los X, amén de
otras, diversas radiaciones (1).
(1) En un tubo de donde se ba extraído el
aire hasta dejarlo en estado de tenuidad muy
próximo al vacío absoluto, y en cuyos extremos
van montados los de dos alambres, puestos en
comunicación con los polos de un gtnerador de
electricidad, salta de una a otra punta metálica
la corriente (que no pasa cuando el tubo está
lirno de aire) en forma de luminosidad de dife­
rente color y diversos caracteres, según sea ma­
yor o menor el enrarecimiento del aíre. Esta des­
carga lleva del alambre negativo al positivo elec-

En torno de cada sillón, y a la altura de
los ojos de los amantes, giran sendas pan­
tallas bañadas en el plasma enturbiado por
dolores morales de que ya se ha hablado.
Siendo aquéllas movidas por»un aparato de
relojería, a razón de una vuelta por segundo,
cada una oculta fugazmente un amador al
otro sesenta veces por minuto; y como el
movimiento de una va retrasado medio se­
gundo con respecto al de la otra el resultado
es que los amantes se miran y dejan de
te"se ciento veinte veces por mi.i no. Este
es el número de las que en dicho tiempo
sienten nacer y morir la fuerza atractiva
que no logra acercarlos por dos causas: una
tener cinturas y tobillos aprisionados por
correas y grilletes, otra, de apariencia me­
nos violenta, pero más cruel en realidad,
porque al pasar las pantallas impregnadas
de plasma doloroso a pocos centímetros de
los corazones experimentan éstos depresión
paralizante del impulso amoroso.
Pero al siguiente instante de nuevo dejan
las pantallas expedito camino a las miradas,
la vista del ser amado hace reaccionar enér­
gicamente ambos corazones con resurgientes
impulsos afectivos; otra vez muertos y otra
vez renacidos, nuevamente extintos y de
nuevo excitados, por efecto del movimiento
de relojería, a razón de las citadas ciento
veinte veces por minuto.
En sus analogías eléctricas es todo esto
vulgarísimo, pues el interruptor psíquico
trones, es decir, cargas eléctricas no unidas a
substancia material alguna, constituyendo los ra­
yos catódicos capaces de atravesar delgadas pla­
cas de aluminio, y semejantes cuando no iguales a
las radiaciones befo'emitidas por el radio.
A la par corren en sentido inverso, de la punta
positiva a la negativa, otros rayos llamados (mó­
dicos formados por iones positivos, o sea partícu­
las infinitesimales de materia cargada de electri­
cidad positiva, análogas a los rayos al]a del radio.
Tor último, los rayos catódicos dan lugar, al
chocar con los vidrios de los tubos de Crookes, a
los rayos X o de Roetgen, asimilables a los gama
del radio.
Como de todo esto se ha hablado ya en otros
libros de esta biblioteca, pónese aquí fin a esta
nota.

95

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN
viene a ser en esencia un plagio de los elec­
tromagnéticos, usados en el mundo muchí­
simo antes de la congelación de Juan e
Inés; pero lo maravilloso del invento M od
es su parte anímica, sólo posible merced al
descubrimiento del corazón psíquico: pues
así como en todo el espacio o ambiente alre­
dedor de un alambre conductor, por el que
circula una corriente eléctrica, crea esta co­
rriente lo que los electricistas del siglo xx
llamaban campo electro-magnético; y asi
como cada inierrupción o cada cambio de in­
tensidad de la corriente determina correla­
tiva variación de dicho campo, tan real y
efectiva como invisible y misteriosa, de
igual manera en torno de los que aman flo­
tan también sutilísimas y etéreas, pero co­
losales fuerzas latentes en un CAMPO ELEC­
TRO-AMATORIO. El vuelo de la atracción
amorosa de uno a otro amante crea este
campo, que se extingue tan pronto cesa di­
cha atracción (1).
Es sabido que las rápidas interrupciones
de una corriente eléctrica son causa de que
al crearse el campo de este nombre, con la
iniciación de ella, o al desaparecer tal cam­
po, cuando es interrumpida, las fuerzas en
el mismo existentes actúen a su vez sobre
todo alambre que forme cerrado circuito
dentro del alcance de tales fuerzas, las cua­
les hacen nacer, en dichos alambres, ins­
tantáneas corrientes de inducción, cuyo des­
cubrimiento por Faraday filé base de la
electro-dinámica industrial y de las aplica­
ciones más fructíferas, útiles y portentosas
de la electricidad (2).
Un fenómeno análogo, pero electro-aní­
mico, es el utilizado en el interruptor psí­
quico.
Cuando sentemos en las butacas una pa­
reja, las primeras miradas que los amantes
se lancen crearán en tom o de ellos un cam­
po amatorio; las fuerzas en este palpitan­
tes, que en un principio no serán sino amor,
(1) Puede verse lo dicho en la nota de la pfiglna 36 de este libro lo dicho en ella sobre los
campos electro-magnéticos.
(2) Los interruptores usados en numerosas
aplicaciones de la electro-dinámica son, cual su
nombre lo indica, aparatos destinados a cortar au­
tomáticamente una corriente para dejarla fluir al
instante siguiente y cortarla de nuevo, y así su­
cesivamente, llegando la rapidez de estas inte­
rrupciones a medirse por algunos a millares de
veces por segundo.
Entre otras aplicaciones de los interruptores son
muy interesantes las terapéuticas que merced a
la instantaneidad de las sucesivas corrientes a
que dejan paso, se hacen beneficiosas para el or­
ganismo humano corrientes de brutales tensiones

actuarán sobre el carrete del techo, en cu­
yo alambre, susceptible de transportar con­
juntamente amor y electricidad, fluirá una
corriente mixta ya, es decir psico-eléctrica,
que en el tubo de cristal estallará en cas­
cada de violadas chispas, de punta a punta
del conductor sensibilizado con plasma amo­
roso: cascada muy análoga a la de electro­
nes de los tubos de Crookes.
Interponiéndose las pantallas entre los
amantes cortarán la corriente amatoria. Con
ésta desaparecerá el campo de igual nombre
que, al cesar, engendrará en el carrete otra
corriente inducida de sentido opuesto a la
primera, tan instantánea como ella y que
en dirección inversa saltará en descarga
entre las puntas encerradas en el tubo, y asi
sucesivamente.
Esto veremos tan pronto entre en acti­
vidad el aparato, pero ello no es sino la
primera parte del invento.




*

Al salir Rucandio y sus ayudantes, o
discípulos, del ascensor a las catacumbas
hallaron a Cartoya que tuvo gran placer
en volver a encontrar al matrimonio, com­
placidísimo a ?u vez al ver de nuevo al sa­
cerdote.
Llegados a la Central Psico-Eléctrica, hi­
zo Rucandio a sus acompañantes una ex­
plicación por el estilo de la anterior, pero
mucho más12prolija y científica, terminándola
con las siguientes palabras:
—Asi como del campo amatorio nacen las
descargas del tubo de vacio, que son ya
electro-amor, la parte eléctrica de dichas
descargas crea, a su vez, otro campo, pero
ya exclusivamente electro - magnético, el
cual utilizamos, en la forma usual, para
excitar corrientes ordinarias en aquel otro
gran carrete del conocido tipo Rumkford.
El conjunto de interruptor cronométri­
co, tubo irradiante, y los dos carretes forque, de ser mas duraderas, matarían a los pa­
cientes.
La finalidad cotnfin y general de los interrupto­
res es poner en acción las fuerzas de los campos
magnéticos latentes e inactivas en ellos mientras
las corrientes de que nacen circulan sin cambio
de intensidad, pero que quedan libres y son apro­
vechables en diversos trabajos, cada vez que se
corta la corriente. Si ésta se corta den veces en
un segundo, cien veces trabajará el cam po; si dos
mil, dos mil veces podrán utilizarse por segundo
tales fuerzas, lo cual, prácticamente, equivale a
utilizarlas constantemente, següff se ha dicho en
una nota de este mismo libro, relativa a las ex­
tracorrientes de ruptura o de cierre.

96

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

man un verdadero convertidor electroamoroso.
El amor, ya transformado en electricidad
circulante en el Rumkford, recorre después
un circuito semejante a los de la te­
legrafía sin hilos, que por una antena de
lo alto de la torre del Omnimuseo, lanza la
ondulación eléctrica al espacio, de donde es
recogida por otras antenas receptoras: bien
de aparatos de telefonía, de las estufas de
calefacción, y de los motores de bombas,
aeroplanos o trenes impulsados por dicha
ondulación.
Mientras duraba la técnica explicación,
hecha sobre el aparato en vacío, lo prodi­
gioso del invento tenia suspensos y mara­
villados a sus oyentes; pero al ordenar Mar.
cial al maquinista prapararlo todo para
ponerlo en actividad cuando llegara la pa­
reja impulsora, la idea de que se acercaba
el momento de la demostración práctica
hizo palidecer a Inés, Juan y Cartoya; y al
oír la primera dar cuerda a la máquina de
relojería, tan lúgubremente le sonó aquel
ruido, y tal repercutió en su corazón el
chirriar de hierros destinados a torturar
dos corazones, a intervalos fría y matemá­
ticamente medidos, que no pudo contenerse,
y exclamó:
— Marcial, yo creo que Juan y yo estamos
ya perfectamente enterados del aparato, y
que para comprender su funcionamiento no
es absolutamente indispensable verlo' fun­
cionar... ¿No te parece Juan?
— Me parece lo mismo— contestó éste con
voz velada por la emoción sentida al pensar
en el espectáculo que los amenazaba.
— Sin embargo, amigos míos, para el es­
tudio del rendimiento en fuerza no es lo
mismo ver el convertidor parado o en mar­
cha.
—-Marcial, en cuanto yo vea ahí amarra­
dos a dos infelices ni podré estudiar nada,
ni siquiera leer voltímetros, ni amperíme­
tros; pues me será imposible contener las
lágrimas.
— Mi mujer tiene razón, y de mí estoy
pensando que preferiría quedarme aquí, ya
para siempre entre loe parias, a presenciar
cómo, a dos semejantes míos, se les roba
el santo amor encendido por Dios en sus
corazones.
— Dice usted bien García— dijo el sacer­
dote— ; eso es impío, inhumano, sacrilego...
¡Desdichados, desdichados hermanos míos!
_Marcial se había contagiado de la emo­
ción de sus amigos: él, a quien vimos al
principio de esta historia haciendo relevar
con toda frialdad yuntas accidentadas en el

interruptor; que, impávido, había vigilado
innumerables veces el trabajo de las pare­
jas en el aparato, cuando no veía en los
parias sino bestias o cosas, temía que la
escena cuyo comienzo estaba diferido por
la súplica de Inés y los comentarios de su
marido y Cartoya, le produjera muy otro
efecto que cuando sus antiguas ideas de
superpensante no se bamboleaban todavía
como entonces al extremo de estar ya a
punto de renegar de ellas; y vacilaba entre
el deseo de evitar a sus amigos el temido
espectáculo y el hábito de obedecer a su
maestro que le había ordenado enterar per­
fectamente a los discípulos del funciona­
miento del aparato. Por ello, luchando to­
davía consigo mismo, dijo:
— Bien quisiera, amigos míos, evitar a
ustedes el penoso espectáculo que tanto les
repugna, pero--— Oye, Marcial— le interrumpió Cartoya— ;
si el aparato no echa a andar ahora, delante
de nosotros, no por eso dejará de funcionar
hoy: ¿no es así?
— Desde luego, si no funcionara, avisa­
rían las centrales de los servicios que no
podían trabajar, por no llegar fuerza a sus
antenas; don Roberto indagaría el porqué
y daría orden de echar a andar el inte­
rruptor.
— Señora, ya vé usted— dijo Cartoya di­
rigiéndose a Inés— que aun poniendo a Mar­
cial en el trance de desobedecer a su jefe,
no lograremos librar de los dolores de hoy
a esas pobres criaturas, y acaso provocára­
mos un rompimiento de él con su maestro:
más dañino, en definitiva, paia nuestros
hermanos que el daño transitorio solamen­
te diferido, pero no evitado.
Además, he venido hoy aquí no por gus­
to de ver ese horrible espectáculo, sino con
esperanza de que viéndolo, y sabiendo cómo
y de qué modo padecen esos desgraciados,
tal vez halle manera de hacer algo en su
alivio... Para combatir un mal es preciso co­
nocerlo. En cuanto a ustedes, acaso puedan,
como auxiliares de Marcial y de Mob, ayu­
darme a hallar camino para esa buena obra,
p.ir eso pienso que el propósito de amenguar
los males de mañana debe darnos las fuerza
de contemplar los males de hoy.
— Como usted mande, padre— dijo Inés.
— Si usted no se siente con fuerzas, que
no se quede sino su marido.
_Me quedo; seré fuerte: quiero ver por
mis ojos hasta dónde llega la inhumana per­
versidad de este siglo maldito.
_Sí— exclamó Juan— . Para maldecir a
los infames autores de ella; para pedir a

EL AMO.l

97

EL SIGLO CIEN

EN

Dios castigo a la medida de sus infamias.
Viendo Marcial ofensa personal en las an­
teriores frases, airadamente se levanté, gri­
tando:
— Señor García, antes de llamar infames...
— Calla, Marcial: aguarda un instante no
más. Juan, no pida usted a Dios cosas con­
trarias a su bondad, a su amor, del que no
excluye a sus enemigos, opuestas a su vo­
luntad: pídale luz que alumbre las concien­
cias ciegas de nuestros verdugos; pídale que
le perdone a usted ese mal sentimiento, esas
maldiciones- y para ello perdone usted, como
desde ahora perdono yo cuanto daño nos ha­
cen y nos hagan los superpensantes.
— Pues perdóneme, padre—dijo García a
Cartoya—porque ya he perdonado. Perdó­
neme, Marcial, la ofensa que haya visto en
mis palabras.
No creyendo a sus oídos, volvióse Marcial
hacia Ramón, preguntando asombrado:
—¿Qué poder tienes tú sobre este hombre
a quien hoy hablas por la segunda vez?
— Yo, ninguno. Pregúntaselo a él, y te
dirá que no es a mí a quien obedece, sino a
la autoridad que a mis palabras da el Dios
en quien no crees.
—Perdóneme, Marcial— insistió Juan.
— Perdonado, perdonado.
Abrazando Cartoya uno en pos de otro a
Juan y a Marcial, dijo a éste al tiempo de
abrazarle:
— Todavía no crees, mas obedeces ya el
mandato de quien te ordena perdonar a tus
deudores: ya pedirás que te sean tus deudas
perdonadas: lo pedirás, estoy seguro; y
acuérdate de que hoy te prometo el perdón
para ti, en pago del perdón que has conce­
dido.
—No te entiendo.
— Ya entenderás. Ahora atendamos a lo

que aquí nos ha traído, y acabemos cuanto
antes de pasar el mal rato.
— Pues... que traigan la yunta de turno—
ordenó Marcial al maquinista, con voz no
muy segura.
Después de dar tal orden, fué sucesivamen­
te revisando llaves de paso, empalmes y reóforos de todo el aparato, mas sin tener real­
mente la cabeza en lo que estaba haciendo,
sino en la balumba de ideas en ella amon­
tonadas, cual consecuencia de las insólitas
impresiones recientemente recibidas.
Conducido por el primer maquinista, en­
tró un hombre, con los ojos vendados, a
quien aquél sentó en uno de los sillones, cal­
zándole los grillos y ciñéndole el cinturón
de seguridad. Simultáneamente, y por otra,
puerta, trajo el segundo maquinista una mu­
jer joven, también con una venda sobre ios
ojos, instalándola en el otro sillón, del mis­
mo modo que a su marido, pues eran matri­
monio: dos muchachos apasionados, que,
encerrados cada uno en su celda a los po­
cos días de casarse, se veían desde entonces
a diario, pero únicamente en el aparato, sin
poder darse un beso ni un abrazo, ni siquie­
ra estrecharse las manos.
Los resucitados y el sacerdote hacían es­
fuerzos para dominar su emoción; Marcial
pensaba en lo que él habría experimentado
si a Clara Snow y a él los hubieran sentado
en aquellos sillones cuando todavía ella no
había matado el amor que la tenía.
Una vez instaladas las dos víctimas, dió
orden Marcial de poner en marcha el meca­
nismo de relojería, y en cuanto se oyó el tic­
tac de su péndola, comenzaron a girar las
dos pantallas en torno del hombre y de la
mujer, a quienes los maquinistas les quita­
ron las vendas que les impedían mirarse.

XXÍ¡
¡MALDITO SIGLO! ¡MALDITA CASTA!

En el instante en que los infelices espo­
sos aherrojados en los sillones se vieron,
lució en sus ojos con deslumbrante brillo el
ansia de mirarse, y exclamaron con apa­
sionado acento: "Alma de mi vi...” él, y
“Eduardo, Eduar...” ella, mas sin poder aca­
bar uno ni otro estas frases; porque, ade­

más de interceptarles las miradas, las pan­
tallas lanzaban sobre los corazones sus ra­
diaciones dolorosas, paralizando de repente
sus impulsos de amor.
El rápido y violento cambio de expresión,
delator en los rostros del tránsito del amor
pujante al amor violentamente sofocado,

7

BIBLIOTECA NO VELESCO -CIEN TIFICA

98

espectadores de la tremenda
produjo a los
menos dolorosa Que
escena impresión poco
" l l j u a f j u a n t n S 'a l m a , esto es horrible,
horrible-—gimió Inés, estrechando la mano
de su marido, que contestó:
■ o.
Íno mires
—No los mir ,
• .................
" N a d i e quería mirarlos; y, sin embargo,
nadie podía apartar los ojos de ellos...
En marcha normal del aparato, las pare­
jas fuertes y las que llevaban poco tiempo so­
metidas al inicuo tratamiento, solían insistir
en sus frases cariñosas y lamentosas quejas,
cada vez que las pantallas abrían libre paso
a sus miradas, pero en tono más bajo y con
energía decreciente conforme la sesión se
prolongaba. Las más débiles, y las atormen­
tadas desde larga fecha en el interruptor,
enmudecían a poco de comenzada la jorna­
da; y a medida que en uno y otro caso iba
la actividad afectiva refugiándose única­
mente en las miradas, el amor, y por tanto
la electricidad producida decaían rápida­
mente.
Esta irregularidad en el rendimiento in­
dustrial era grave preocupación de Mob.
Pero lo dicho se refiere al funeionamiénto normal, no alcanzado en la sesión de que
estamos hablando, porque el estado de pre­
ocupación de Marcial al revisar el inte­
rruptor había sido causa de que, en vez de
dar media vuelta al conmutador del carrete
Rumkford meramente eléctrico, le diera
vuelta entera, dejando tan abierto su circui­
to como estaba antes; y no pudiendo, por
tanto, nacer en él corrientes, no había trans­
formación.
En el tubo fulguraban las descargas de
emor, que el alternativo juego de las pan­
tallas hacia nacer del establecimiento y de
la cesación del campo pasional; pero al no
poder convertirse en electricidad las fuer­
zas de aquellos pasionales efluvios, reaccio­
naban sobre los amantes, elevando más y
más sus tensiones y reforzando sus impul­
sos afectivos: por lo cual ni un instante
cesaban las frases cariñosas, ni las quejas
que la imposibilidad de acercarse arranca­
ba a los infelices (1).
(1) Eran víctimas de lo que no puede tener
otro nombre que el de una autoinducción amo­
rosa en todo semejante a la eléctrica, que, como
es sabido, eleva extraordinaria y hasta peligro­
samente la extracorriente de ruptura, que al
terrumpir un circuito refuerza la que ya circn
laba po él, aumentando la intensidad de la chis
pa que todo el mundo puede ver en los enchu
fes de las líneas domésticas del alumbrado Chis
pa més fuetre al sacar el enchufe que kl me
terlo.

Con sólo esto sobraba para hacer int
rabie el espectáculo del padecer de aqueU^
pobres gentes a quienes presenciaban ^
martirio; pero a tal causa natural de con*1*
miseración se agregaba otra que no cab'
llamar sino sobrenatural, procedente ¿
la inadvertencia de Rucandio; pues el can6
p0 amoroso> que no se transformaba
en cam­
po eléctrico, ni podía ser totalmente reab­
sorbido por los amantes, crecía y crecía en
voltaje psíquico (1), sobreexcitando, por ¡n.
fluencia, la sensibilidad afectiva de quienes
dentro de él se hallaban: con lo cual, amo­
res, dolores, simpatía y compasión eran sen­
tidos por los sometidos a aquel influjo misterioso con pujanza creciente a cada nueva
descarga del tubo de vacio: a tal extremo
que la lástima a los desdichados presos en
el interruptor les dolía a quienes los mira­
ban con dolor de propio tormento insopor­
table.
El primero en rebelarse airadamente con­
tra él fué García, que gritando: “No, no, no
más; esto es horrible, no lo soporto más”,
se abalanzó, una en pos de otra, a las dos
pantallas, que arrancó de cuajo de las vari­
llas donde estaban montadas. Ya podía se­
guir andando el maldito aparato de relo­
jería, sin que por ello dejaran de mirarse
los pobres parias.
Pero tal acción no precedió sino escasos
segundos a la de arrojarse Marcial al con­
mutador del circuito amatorio, abriéndolo
para detener su funcionamiento, a la par
que Cartoya, el maquinista y su ayudante,
gritando: “ Pobrecitos, infelices”, abrían
apresuradamente los grillos y deshebiliaban
los cinturones de los desventurados espo­
sos, que al sentirse libres se precipitaron
uno en brazos del otro, ebrios de dicha, sólo
comparable al pasado penar.
Inés nada hizo, porque al lanzarse Juan
a romper las pantallas, cayó desvanecida.
— Idos, idos—gritó Marcial a los pobres
libertados—, idos a vuestra casa; escapad,
sed felices, amaos.
Ellos no se lo hicieron repetir. Los ma­
quinistas se apresuraron a enseñarles el
camino para salir de la central, mientras
García, Cartoya y Marcial procuraban re­
animar a Inés, que a poco volvió en sí, se­
renándose al ver desocupado el interruptor
y saber que la yunta ya no era tal, sino fe(1) Aun cuando similares los campos eléctrico y amatorio, este Ultimo no tiene la rap
autoconductora del primero, y, por lo tant, no
se descarga tan brutalmente como aquél. Observación tomada de una de las múltiples memorías de Mob sobre su invento.

EL .AMOR EN EL SIGLO CIEN

liz pareja en libertad de amarse en su ho­
gar, donde estaría por entonces llegando.
Pasado un rato, y ya atenuada la sobre­
excitación de la sensibilidad de los actores
del pasado suceso, se acordó Marcial de Mob
y de la necesidad de informarlo del acci­
dente, cayendo entonces en la cuenta de que
debía de haber obedecido a causa diferente
de la compasión natural, pues si lo hecho
por Juan y Cartoya podía atribuirse a su
delicada sensibilidad habitual, ro era posi­
ble explicar de igual manera el arrebato de
Marcial, ni menos el proceder de los maqui­
nistas, avezados a ver a diario con indife­
rencia los sufrimientos de las víctimas del
interruptor.
Pensando en esto, recordando que la lás­
tima por él experimentada había ido au­
mentando a sacudidas rítmicas, como si
concordaran con los golpes del reloj, y coin­
cidiendo con esta observación el haber diri­
gido una casual mirada al totalizador de la
electricidad engendrada en cada jornada,
que le hizo ver la aguja de él en cero, se
hizo cargo de pronto de que alguna avería
de! aparato había impedido la transforma­
ción en colombios eléctricos de los cupidios
producidos por la pareja; y comprendió ade­
más que el responsable de aquella general
sobreexcitación de sensibilidades era él,
pues al revisar el aparato en busca de la
avería y no hallar ninguna, vió abierto el
conmutador del carrete exclusivamente eléc­
trico.
Aquello le tranquilizó, porque al dar cuen­
ta a Mob, ya no aparecería el hecho como
intencionado y penable, sino como uno de
tantos accidentes propios de todas las cen­
trales: felizmente para García, quien, de otro
modo, habría pagado caro el desacato de
romper el interruptor del excelso Don Ro­
berto.
*

*

*

Mientras se desarrollaba en la Central la
escena recién descripta, otra, llamada a te­
ner graves consecuencias, ocurría en casa de
la viuda a cuyo cuidado quedaba Pinín en
ausencias de su padre.
A los pocos minutos de salir Cartoya en
busca de sus amigos, llamaron a su*puerta
dos médicos del Educatorio Internacional,
encargados de girar visita a los niños
parias que, a consecuencia de anterior re­
conocimiento anual, habían sido empadro­
nados como aptos, por constitución física y
por intelectualidad, para completar el nú­
mero mínimo de pensionistas de aquel esta­
blecimiento, donde de año en año crecía el
de plazas inocupadas, por escasez de hijos

99

de supergozantes, más lerdos cada día en
procrear; y que sopeña de extinción veni­
dera de la sublime casta de los superpensantes, era preciso fueran ocupadas, ascen­
diendo para ello a criaturas parias.
La ley prevenía que estos ascendidos se
escogieran entre lo más hermoso y avispade de la población infantil comprendida en­
tre cuatro y cinco años. En junio se hacía un
reconocimiento, base del padrón de candida­
tos; entre junio y diciembre, el personal
médico del educatorio estudiaba los datos
del padrón, designando, en vista de ellos, los
niños que en primero de diciembre habían
de ingresar en el establecimiento, si entre
dichas dos épocas no hubieren decaído.
Para ver si Pinín había padecido dicha de­
cadencia, se presentaban en su casa los dos
médicos, pues al hijo de Cartoya le había
sido dispensado el alto honor de escogerlo
como buena semilla de superpensante.
A los golpes dados en la puerta, salió la
vieja de la casa de al lado, y al enterarse
los doctores de que el chiquillo estaba a su
cuidado, les tuvo sin ninguno la ausen­
cia del padre, a quien no habían menester
para reconocer rápidamente al h ijo; efec­
tuado lo cual, pusieron en las listas que lle­
vaban una D y una A (definitivamente ad­
m itido), y dieron a la viuda, para que la
entregara a Cartoya, una papeleta concebi­
da en los siguientes términos:
‘ Entregúese a los celadores del Educato­
rio Internacional el niño Juan Cartoya. 1.”
de diciembre de 10000.— P. O. del Supremo
Manager.— El Director del Educatorio In­
ternacional de Mundiópolis, R. Ademar.”
—Vendrán por él dentro de cuatro ho­
ras— dijeron los doctores al marcharse— ;
para entonces ha de estar listo el niño.
Ya habían pasado tres, cuando al volver
a casa se enteró Ramón de que los mismos
que robaban el amor a los esposos iban a
robarle su hijo, sin posible apelación; y tras
el anonadamiento del primer instante al re­
cibir el golpe, se sublevó, pensando en no
acatar la orden...
Pero, ¿cóm o? ¿Qué podía él contra la so­
ciedad omnipotente en la cual no era sino
un mísero esclavo?...
De pronto exclam ó'
Marcial, Marcial—. Y echando a correr
volvió a la Central Psico-Eléctrica, donde
aprovechando haber sido allí visto una hora
antes en compañía de su amigo, y diciendo
tener precisión de hablarle de un asunto que
interesaba mucho al Sr. Rucandio, consiguió
lo pusieran en comunicación telefónica con
éste.
—¿Qué ocurre?— preguntó desde arriba

biblioteca novelesco - cientifiga

100

¿Quién es?

Marcial al acudir al aparato .
,
_Soy yo, Ramón. Una desgracia horr ble; me quitan a Piuín_No puede ser... ¿Quién.
_s5j se lo llevan los del educatono.

— Imposible, imposible.
-D e n t r o de media hora vendrán a bus­
carlo los celadores. Aun cuando me resista
me lo llevarán a viva fuerza... ¿No me
oyes?... No contesta... Marcial, Marcial...
Nada... No me oye..., o no me hace caso.
Dejó el teléfono, y regresó a su casa cons­
ternado.
Al llegar allá cogió a su bijo, lo sentó en
sus rodillas, lo abrazó y lo besó ansiosa y
repetidamente, con el ansia insaciable na­
cida de la terrible idea de ser aquellos be­
sos los besos de una eterna despedida; y llo­
raba, lloraba sin consuelo la desgracia que lo
hería: mucho peor que la muerte del niño,
porque era la perversión de su inocente y an­
gelical corazón, la ruina de la bondad de su
Pinín, en la cual se deleitaba, por ser lo
más amable en la hermosa criatura, más
hermosa aún de alma que de cuerpo.
¡Y de su puro corazón de ángel iban a ha­
cer un corazón inmundo de supergozante!...
¡Y aquel hijo no volvería a dormirse en los
brazos de su padre!...
— ¿Dónde, dónde podria yo esconderlo?
¿Adonde huir con él?... ¡Qué estúpida ilu­
sión!... De nuestros subterráneos no sale
ningún paria sin un pase de la autoridad o
bajo la garantía de un supergozante.
Cuando en esto andaba Cartoya de sus
amargos sentimientos, y el niño lo miraba
confuso y asustado, diciéndole: “¿Qué te
dolé, papá?... No lores, yo seré mi beno” ;
sr presentó Rucandio en la puerta, di­
ciendo:
— ¿Qué pasa?
Al oírlo entró la esperanza en el alma del
desgraciado padre, que poniéndose en pie y
dejando en el suelo a Pinín, corrió a su
amigo, diciendo al mismo tiempo padre e
hijo las siguientes palabras:
— Ven, ven, Masial. Papá lora mucho, y
yo no he siró malo. Dile que no lore.
— ¡Ah! Al fin vieneg... Gracias, gracias.
— ¿Lo dudabas?
— No, no— repuso Cartoya, queriendo ocul­
tar a su amigo su reciente desconfianza.
— No quero que lore papá.
— No, hijo mío, no llorará más.
— ... pero como no oiste mis últimas pala­
bras del teléfono...
— Te dejé con la palabra en la boca, para
so perder tiempo en bajar.
— No he siró malo, no he siró malo.

-No, ángel mío, no: no has sido malo;
pero quieren que lo seas.
— Pero, ¿cómo ha sido eso?... ¿Dices que
van a venir en seguida?... ¿Quién te lo ha
dicho? ¿Cómo lo sabes?
— Si, ya deben llegar de un momento a
otro: mira, mira el aviso. Me lo roban, me
lo roban. Otra infamia, otra infamia como la
de esta mañana.
— ¡Ah!— dijo Marcial al leer el aviso— ;
viene la orden en nombre del Manager.
— Y no puedes hacer nada... ¿No es eso?...
Me lo robarán, me lo robarán.
— Para dejar que nos lo roben no habría
yo bajado.
— Dios te lo pague... Pero, ¿podrás? ¿Es
que crees posible evitarlo? ¿Cómo?
— Qué sé yo. Pero se me figura que cuan­
do esa canalla venga por el niño y se en­
cuentre aquí, en vez de un paria, con el Sub­
director del Omnimuseo... Pero, ¿qué les
diré? ¿Cómo justificar la negativa?... Nece­
sitábamos una artimaña de leguleyo a que
agarrarnos, y a mí no se me ocurre nada:
sé tan poco de eso... ¡Por vida de!... ¡Que
no haya tiempo de consultar a un abogado!
— No lo hay, Marcial. Dentro de poco...
No, ya están ahí. Oye, oye. Por desgracia,
conozco bien ese vocerío: es el de todos los
años por esta época.
Referiase Cartoya a las imprecaciones de
los padres y a los lamentos de las madres,
cuyos hijos se llevaban los celadores del
educatorio, que ya tenían casi completa la
redada; pues Pinín era uno de los últimos
que hablan de recoger.
Gran golpe de gente avanzaba apiñándo­
se en el estrecho corredor subterráneo. En
cabeza, dos celadores, un jefe de policía y
cuatro guardias; detrás, treinta y tantas
criaturas de ambos sexos; en pos de ellas,
una fuerte sección de policía con las armas
preparadas para meter en cintura a quienes
se opusieran a la requisa, y para mantener
a raya y a distancia a los pobres padres que,
en montón y acompañados de otros muchos
parias, seguían detrás, colmando de impro­
perios a los ejecutores del inhumano secues­
tro en masa; pero sin decidirse a oponerse
por la violencia a él; pues todavía estaba
fresco el recuerdo de una hecatombre en la
que a centenares habían perecido los desar­
mados parias y no pocos de los niños por
ellos rescatados en el primer empuje de la
desesperación que les hizo olvidarse de que
inermes manos pueden muy poco contra bue­
nos rifles.
Los insultos más menudeantes eran los de
“malditos, renegados” ; pues efectivamente,
parias renegados eran los celadores y los

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

guardias, que contestaban de cuando en
cuando a los denuestos, llamando estúpidos
a quienes los proferían, y desagradecidos,
además, al favor dispensado a sus hijos al
convertirlos de esclavos en señores.
— Eso que oyes, Marcial,son los lamentos
da los desdichados en mi mismo caso, a quie­
nes ya les han arrebatado sus hijos.
Rucandio, en quien la escena de la maña­
na había producido dolorosísima y persis­
tente impresión; que desde el término de
aquélla, hasta ser llamado por Cartoya al te­
léfono, había estado sumido en honda medi­
tación, de la cual le sacó la noticia del pe­
ligro que amenazaba a Pinín, recibió nuevo

101

asalto a su sensibilidad exacerbada al oír
los dolorosos lamentos de las madres que,
fundidos en un solo alarido de dolor, llegaban
por la angosta galería seguida por el triste
cortejo. Fué aquello decisivo empuje que
en un instante convirtió en certezas todas
sus dudas y vacilaciones de dos mese»; cer­
tezas nuevas ante las cuales se derrumbaron
de una vez toda las certezas pasadas, con
derrumbamiento de cuya intensidad fué sín­
tesis el fallo del corazón y el pensamiento,
que de ambos se escapó en esta exclama­
ción:
— ¡Maldito siglo, maldita sociedad, maldi­
ta casta de verdugos infames!

XXIII
MARCIAL, REBELDE Y DIPLOMÁTICO
—Ramón Cartoya—dijo uno de los cela­
dores al entrar ambos en la cueva.
— Yo soy.
— ¿Es ese chico tu hijo?
— SI; pero...
— Habrás recibido una orden para entre­
gárnoslo.
— Sí; pero estaba fuera de casa cuando
la trajeron—contestó el pobre padre, pen­
sando que, sí lograra demorar la entrega, si­
quiera fuera poco tiempo, facilitaría a Mar­
cial el hallar medio de eludirla—, y como
no he dispuesto de las cuatro horas que el
aviso me concede, no he podido prepararlo,
ni utilizarlas para despedirme de él, tengo
derecho a que no me lo quiten hasta dentro
de esas cuatro horas.
—Ni más ni menos: como que vamos a
hacer otro viaje por tu linda cara...
—No hay nada que preparar para darnos
el chico, porque en el educatorio han de ti­
rar todo lo que lleva encima; y para despe­
dirte de él, te bastan dos minutos: conque
despacha, que es tarde, y tenemos que lle­
várnoslo en seguida.
—No quero irme con eáe hombe malo; no
quero, no quero—gritó el niño abrazándose
a un muslo de su padre y apretando contra
é! la cabecita—. Teño miero, teño miero.
—No seas tonto— dijo el celador que pa­
recía menos bruto de los dos— ; te pondre­
mos un traje muy bonito.
—No voy, no voy, no quero taje, quero
papá.

—Miren el mocoso— dijo el celador que
acababa de hablar, mientras el otro se ade­
lantaba para coger la mano de Pinín, di­
ciendo:
— Se acabó; se hace tarde; venga el chico.
Al ver tal ademán, se escondió el niño de­
trás de su padre; y echándose Marcial so­
bre aquel bruto, y dándole un violento em­
pellón que le hizo retroceder tambaleándose
dos o tres pasos, gritó:
— Quieto, y cuidado con tocar al niño.
— Teño miero, Masial; teño miero.
— ¿A usted quién le mete aquí?—pregun­
tó el celador, no con mucha energía, por
pensar que un chispazo de franca resisten­
cia podría exacerbar peligrosamente a la
multitud vociferante, determinando rebe­
lión, que aun cuando luego fuera castigada,
podía, por lo pronto, salirle cara a él; y en
seguida, comprendiendo la necesidad de no
perder minutos en cortar el incidente, se
volvió hacia la puerta, gritando:
— Auxilio, Señor Inspector.
Al oírlo, Marcial empujó a Ramón . y al
niño al fondo de la habitación, y avanzó ha­
cia la puerta por donde, seguido de dos
guardias armados, entraba el inspector, su­
mamente sorprendido de ver que aquella
desobediencia a la autoridad partía de un
superpensante; pues en el porte, traje y al­
tivas maneras de Rucandio, conocieron
aquél y los celadores que éste lo era. Y sa­
biendo que siéndolo no podían tratarlo como
a un paria, le dijo cortésmente:

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
__Caballero, supongo que al oponerse a
que nos llevemos ese niño ignora usted que
lo hacemos por orden terminante, que, en
último extremo, procede del Manager.
Meditando con gran intensidad en la ma­
nera de impedir el secuestro de Pinin, sin
caer él en desacato que empeorara el asun­
to, mas sin hallar en tal premura modo há­
bil de oponerse francamente a él, respondió
Rucandio, para salir del paso ganando tiem­
po y sin parecer un rebelde:
— Yo no me he opuesto al cumplimiento
de órdenes de la autoridad, sino impedido
un brutal atropello de ese hombre.
— Y usted jquién es? ¿Con qué derecho?
— El Subdirector del Omiymuseo Interna­
cional.
— Yo no sabía... 'Perdone Vuecencia.
— Echalo, Masial; echa fera al homne
malo.
— Espero, Señor Director— dijo el jefe de
los policías— , que, reconocida por el cela­
dor su ignorancia, la perdonará Vuecencia
y no pondrá obstáculo a que él y nosotros
cumplamos nuestro deber.
— De ningún modo; puede continuar la
requisa, porque el asunto de este niño lo
arreglaré personalmente con los superiores
de ustedes.
— No me ha entendido Vuecencia, Señor
Director; el asunto podrá Vuecencia arre­
glarlo en el educatorio después que esté
allí el niño; pero como nuestras órdenes
sen terminantes, tenemos que llevamos to­
dos los incluidos en la lista que se nos ha
dado.
— Y éste, precisamente, es el que primero
designó la comisión electora.
— ¿Y qué más tiene él que otros?
— Porque dicen que es el más fuerte y el
más inteligente.
Esta contestación fué para Marcial luz
que le mostró pretexto a qué acogerse, con­
testando:
— Pues por igual razón no puedo inte­
rrumpir los experimentos biológico-mentales que con él estoy realizando y son base
de interesantísimos trabajos del Omnimuseo.
— Estoy seguro que en cuanto lo sepa el
gerente del educatorio dará al Señor Direc­
tor toda clase de facilidades. Con mucho
gusto me ofrezco a enterarle de ello esta
noche al entregar el niño. Vuecencia mismo
puede ir esta noche, y seguramente...
. ~ Lo Que T° he óe hacer ya lo sé, señor
inspector. He bajado a buscar el niño por
tener preparados experimentos que no pien­
so demorar por un capricho sin finali­
dad, pues no habiendo de quedarse en de­

finitiva en el educatorio, es tonto llevárselo
hoy para que de él salga mañana; y además
perturba el régimen de los trabajos prepa­
rados en el museo para hoy y mañana.
— Yo lo deploro, Señor Director, pero la
orden que tenemos que cumplir es llevar­
nos esa criatura.
— Pues para llevársela tendrá usted que
quiiáisela, no a un paria, sino a m í en per­
sona.
— Requiero a usted en nombre de la ley
a que...

— Y yo a usted a que no sea insolente con
quien es más que usted.
— No es insolencia; respeto a V. E., pero
cumplo mi deber. Por última vez le re­
quiero.
— He dicho que no entrego el niño. Basta.
— Lo siento mucho, pero Vuecencia me
obliga a ello. Muchachos, adentro— dijo ei
inspector— . Espero que Vuecencia no me
pondrá en el caso de hacer uso de la fuerza,
— A l ver que los dos guardias, que toda­
vía estaban afuera, aparecían en la puerta,
detrás de sus compañeros, sacó Marcial una
pistola y dijo:
-—A quien dé un paso más. a quien in­
tente poner la mano sobre ese niño, lo ma­
to; tengo ocho tiros en la pistola; todavía
me sobran unos cuantos.
La arrogante y resuelta actitud de Marc al hizo ver claro al inspector que para
apoderarse de Pinin tenia que matar antes
a aquél: cosa que a renegados parias, como
él y sus guardias, acostumbrados a arras­
trarse a toda hora ante los superpensantes, les parecía, y con razón, aventura de­
masiado peligrosa; aun sin contar con el
riesgo de que si sonara en la covacha un
tiro pudiera éste ser señal de un general
ataque por la espalda. Por ello, en vez de
avanzar, retrocedieron dos o tres pasos jefe
y guardias. Los celadores no tuvieron que
retroceder porque ya antes hablan huido
precipitadamente al callejón, empujando a
los guardias que estaban en la puerta.
A l ver la impresión producida por su ac­
titud quiso Marcial aprovecharla, y agregó:
— Además de mi cargo oficial soy súbdito
extranjero. Usted verá si le conviene atro­
pellar a un iberiolo amparado por el poder
de la Federación Mediterránea; pues le
prevengo que hasta el niño no llegan sin
matarme antes... Suponiendo que puedan.
— Señor Director, desisto; pero en usted
declino la responsabilidad por el incumpli­
miento de una Orden del Supremo Mana­
ger. Daré parte a mis superiores y mis su­
bordinados atestiguarán...
— Acepto todas las responsabilidades;

103

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

atestigüen cuanto les parezca, pero no si­
gan molestándome y retírense pronto.
Sin hacerse repetir la indicación, ni aun
detenerse a recoger los otros dos niños que
aun les faltaban, por temor a un motín de
la plebe, que ya los estrechaba por delante
y por detrás, se encaminaron directamente
celadores, inspectores y guardias a los as­
censores para salir cuanto antes de los sub­
terráneos.
Al verlos marchar palmoteó Pinín. gri­
tando:
— Masial echó fera hombe malo; Masial
echó fera hombe malo.
El agradecimiento de Cartoya se desbordó
en efusivas frases y repetidos abrazos.
— ¡Bendito seas, bendito seas! ¡Dios te
lo pague...! Ven, Pinín, ven; dale muchos
besos y no te olvides nunca de que debes a
Marcial más que la vida: Y quiérele mu­
cho, mucho.
—Sí; yo quero mucho Masía] valente.
Teñe pitóla. Hombe feo finió miero Ma­
sial... Yo quero tu pitóla matar hombes feos
si velven.
El chiquillo decía todo esto entre abra­
zos y besos de que su padre y Rucandio no
se cansaban de cubrirlo, y los cuales inte­
rrumpieron fan pronto las últimas palabras
de la criatura les recordaron la realidad, ha­
ciéndoles pensar que si había pasado la in­
minencia del peligro, aun subsistía éste;
pues, verosímilmente, las autoridades adop­
tarían disposiciones eficaces para el cum­
plimiento de la orden recién desacatada por
Marcial.
— Sí vuelven..., sí, es verdad— dijo cons­
ternado Cartoya.
— Volverán; de seguro: con lo hecho sólo
he conseguido ganar tiempo, tomar un res­
piro; pero si no sé aprovecharlo, nada ha­
bremos logrado.
— Y tú, Marcial, te has comprometido, te
has puesto en una situación grave por nos­
otros...
—No te preocupe eso; ya procuraré salir
de ella: lo urgente es el niño... Cuando vuel­
van vendrán en condiciones que, aun estan­
do yo aquí, harán imposible salvarlo.
— Y puede que se presenten esta misma no­
che, cuando todo el mundo duerma, para
cogernos por sorpresa. ¿Qué hacer, Marcial?
¿Qué hago?
— Creo, como tú, que volverán muy pron­
to, y no veo más salida de momento que
llevarme a Pinín a mi casa para que no lo
encuentren cuando vuelvan. Tú les dirás
que vayan a reclamármelo al Omnimuseo.
Veremos si se atreven. Y de atreverse, estoy
seguro de que allí no me lo quitan.

— Pero Marcial, ¿es que vas a ponerte en
franca rebeldía por mí?
—No te cuides de eso. Allá estará con­
migo hasta que yo consiga arreglar defini­
tivamente el asunto; en mis ausencias lo
atenderá y cuidará Inés.
— Si, sí; tienes razón.
— Pinín, ¿quieres venirte arriba conmigo?
— Sí..., contigo, sí... Pero ¿y papá...? Papá
venirá tamén.
— Te enseñaré el sol, que tan bonito es y
tanta gana tienes de ver.
— Si, sí; el sol, sí... Pero papá venira a
velo.
— Hijo mío, yo no puedo ir ahora; ya iré
luego. Marcial te quiere mucho.
— Yo tamén lo quero...; pero te vena to­
ras las tares tomo ahora.
—Ramón, no podemos perder tiempo;
tengo que hacer gestiones urgentes para
parar definitivamente el golpe; y como Pi­
nín está duro de pelar, venios loe dos arri­
ba; y allí, con calma, procurarás conven­
cerlo de que se contente con papá Marcial,
mientras pasa el nublado.
— ¿Pasará?
— En procurarlo voy a esforzarme sin de­
mora, y espero que sea fácil hacer susti­
tuir a Pinín con otro niño cualquiera.
— ¡Cómo! ¿Arrojar mi desgracia sobre
otro? No; eso, no... ¿Quitarle a otro padre
su hijo? De ningún modo.
— Pero ¿estás loco? ¿Es ese el cariño que
tienes a tu hijo?
— Hasta dar por él la vida; pero no hasta
hacer mal por culpa suya.
— ¿Pero qué gente sois los parias...? No
sé si llamaros héroes o dementes.
—Ni lo uno ni lo otro: cristianos nada
más; verdaderos cristianos, no en el nombre,
en el alma.
— ¿Cristianos?... ¿Cristianos?... Ese nom­
bre... ¡Ah, sí! Roma, el circo, las fieras, los
mártires... ¿Y sois?...
— Los mismos: sólo que ahora el marti­
rio dura la vida entera, y los tigres son los
superpensantes, que roban nuestros hijos...
— Bueno: dejemos esto ahora; el tiempo
apremia. Vamos arriba.
*

*

*

El plan de Marcial era contar a Mob la
fábula de los mentales experimentos con
Pinín para ponerlo de su parte en la defen­
sa de los fueros de la labor científica del
Cmnimuseo; pues pensaba decirle que, en
concepto de subdirector de él, escribía la
memoria, que sería publicada como trabajo
del establecimiento. Pero, aun confiando en

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
104
subalternos, osaran discutir con un superpen.
que la soberbia del maestro sería un buen
sante y faltar al respeto a un alto funcio­
aliado en la defensa de los tales fueros no
nario” : atrevimiento que, de prevalecer
se le ocultaba que a ser Ramón y su hijo
m opiedad del Omnimuseo, o siquiera de constituiría funestísimo ejemplo.
Agregó Rucandio que su venida no tenía
quien se había opuesto a que se lo llevaran
al educatorio, resultaría tal defensa mas inicialmente más objeto que dar la qUeja
a su buen amigo, poniéndole en condiciones
fácil y más justificada su actitud de aquella
de enterar al Supremo Manager de la vertarde.
Por ello inquirió de Cartoya, en el ascen­ dad de lo ocurrido para que no fuera sor­
sor, el nombre de su amo, averiguando que prendida su buena fe si el Educatorio, oyen­
era siervo de la Imprenta Oficial del Consis­ do solamente a aquella canalla, incurriera
en versión pasionada.
torio, donde ejercía el cargo de corrector de
pruebas, por nombramiento del secretario
Dijo en seguida, como cosa segurísima,
de aquel alto Cuerpo, desempeñando ade­ que el Omnimuseo reclamarla oficialmente,
más el ministerio de párroco del numeroso
por considerar intolerable que se pusieran
personal paría de ella, por designación de
entorpecimientos a sus científicas tareas; y
Hobsson; pues no reconociendo los super- terminó indicando que cualquier dificultad
pensantes la religión de sus esclavos, les o roce con el Educatorio se orillaría mejor
eran desconocidos como tales los sacerdotes si el niño y su padre fueran propiedad del
de ella, que habían de trabajar como obre­ museo, o aun del mismo Marcial, que ya
ros t n algún oficio o faena.
hacía tiempo tenía pensado comprarlos, ha­
Llegados arriba, se fué Marcial derecho
biéndose descuidado en hacerlo; por lo cual,
a las habitaciones de sus amigos del si­ y además del favor de poner en guardia al
glo xx, donde, mientras salla él a las ges­
Manager contra informaciones tendencio­
tiones de que antes había hablado, quedaron
sas, esperaba de la buena amistad del secre­
Cartoya y su hijo, en compañía de Juan, y
tario que accediera a venderle inmediata­
nc de Inés, por estar ésta desde la mañana
mente los citados siervos.
en cama a consecuencia de la impresión re­
Como entre personas de la privilegiada
cibida en la Central Psicoeléctrica.
casta
de los interlocutores no cabían discre­
Al salir, dijo Rucandio a Juan y a Car­
pancias por viles parias, ya fueran éstos
toya sucesivamente:
— Ni creo que los del educatorio vuelvan Ramón y su hijo, ya fueran los agentes, le
bastó al funcionario saber que existía un
abajo antes de mi regreso ni que, aun vol­
viendo, se atrevan a subir por el niño a conflicto entre éstos y un superpensante para
dar a éste la razón, sin querer saber más, y
mi casa, y menos que al no hallarlo en ella
para hacer cuanto le fuera grato: el Mana­
se les ocurra burearlo aquí; mas, por si aca­
so, de llamar alguien a esta puerta, escon­ ger corría de su cuenta, y los siervos ten­
dría sumo gusto en vendérselos en aquel
da usted a Cartoya y a su hijo en los za­
quizamíes de los automs, o, mejor, en el ba­ mismo momento.
ño, empotrándolo en seguida en su hueco del
Tal amabilidad dió alas a Rucandio para
muro. Espero volver pronto; mas, de no ser tocar discretamente el punto delicado de la
así, aguárdame aquí, tarde lo que tarde.
fecha de la compra de Ramón y Pinín, la­
Hecho este último encargo a Cartoya, sa­ mentándose de que, por distraído en no ha­
lió Marcial a la carrera, entró en su casa, berla solicitado del amable secretario ocho
donde no estuvo sino el tiempo indispensa­ días antes, según tenía pensado, no le fuera
ble para echarse al bolsillo un libro de che­ posible robustecer su oposición de aquella
ques del Banco Congolés y pedir por telé­ tarde al embargo del chico invocando an­
fono su auto al garage del museo.
teriores derechos de propiedad sobre él, la­
Cinco minutos después de subir en él se
mentación contestada por el amable amigo
apeaba en uno de los monumentales patios
(como buen supergozante, poco escrupulo­
del Palacio Mundial, otros cinco más tarde
so), diciendo que ño habiendo él de des­
era recibido por el Secretario del Consis­ mentirlo, podía alegarlos si le hacía falta
torio, con quien le unían buenas relaciones,
para sentar mejor las costuras a aquellos
y después de informar a éste de los soco­ insolentes parias'; pues lo esencial era que
rridos estudios sobre las inteligencias in­ quedara en su punto la casta privilegiada.
fantiles, le relató su altercado con los cela­ En consecuencia, al llenar con ios nombres
dores y el inspector, desfigurándolo bastante
de Cartoya y su hijo, y con el precio de
para que en él resaltara, no su desobedien­ compra, los blancos del contrato impreso
cia, sino “el escándalo de que unos viles usado en tales transacciones, estamparon en
parias domésticos, como aquellos empleados
él fecha ocho días atrasada.

... a quien intente poner la mano sobre ese niño, lo mato: tengo ocho tiros
en la pistola.

«

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN
E l precio no podía dar lugar a regateo
entre personas de tal fuste.
De vuelta en el Omnimuseo, se fué Mar­
cial derecho a ver a don Roberto, y hacién­
dose el indignado, le pidió formulara dura
queja oficial contra la tentativa de quitarle
un chiquillo que estaba empleando en los
trabajos ya repetidamente aludidos; cuan­
do, precisamente para evitarse complicacio­
nes si se le moría en algún experimento, lo
habla comprado unos cuantos días antes.
La fidelidad puesta en esta parte del relato
da la medida de la veracidad de la versión
que hizo de su rifirrafe con los del educatorio; pero el fin justifica los medios, y
como el fin era evitar que a Cartoya le qui­
taran su hijo, y como el resultado fué que
Mob se indignara, como se había indignado
el secretario del Manager, con el inaudito
atrevimiento de la canalla paria, bien pue­
den perdonarse los embustes de Rucandio,
que recibió encargo de Mob de redactar y
ponerle a la firma al día siguiente un enér­
gico oficio al Gerente del Educatorio recla­
mando que el chico fuera borrado de las lis­
tas de educandos, por estar destinado a ánim a -vili en interesantes labores del Omni­
museo, y pidiendo castigo para los celadores
y el inspector.
Pero si no tenían culpa ninguna— dirá el
lector— , pues cumplían órdenes de sus je ­
fes, y además podían contar las cosas de
muy distinto modo que Marcial.
Esta objeción se contesta en dos partes:
primera, ante el testimonio de un superpen-

105

sante nada pesan, en los tribunales del si­
glo cien, los de mil parias, aún cuando sean
renegados; y no hay que sorprenderse, pues
algo o mucho de esto pasaba ya en el vein­
te, en que si no había superpensantes, ya
había supergozantes de influencia incontras­
table, a quienes les era permitido todo atro­
pello, sin que nada pesara en contra de ellos
ni dichos ni razonad los humildes; segunda,
que también es frecuente en el tiempo del
lector que si una autoridad tropieza con un
poderoso, paguen el pato quienes en el dis­
gusto de éste no tuvieron culpa, por no ha­
ber hecho sino ejecutar órdenes de aquélla.
P or conocer su mundo, se quedó Rucan­
dio perfectamente tranquilo respecto a Pinín después de las dos conferencias rese­
ñadas, la última de las cuales terminó di­
ciendo aquél a Mob que también tenía que
enterarlo de un pequeño incidente sin im­
portancia ocurrido aquella mañana en uno
de los interruptores.
— ¿Dice usted que no tiene importancia?
— Ninguna; pero como ha revestido par­
ticularidades curiosísimas sobre las cuales
convendrá experimentar, pues creo han de
prestarse a interesantes deducciones de las
que quiero hablar a usted.
— Entonces, como eso parece cosa larga,
y ya es casi media noche, lo dejaremos para
mañana. Véngase temprano, porque además
hemos de hablar del acumulador psicoeléctrico, que necesito tenga usted listo para el
mes que viene.

XXIV
LA FUERZA DE LA INOCENCIA

Acabada la conversación con Mob, entró
Marcial en casa de sus amigos del siglo xx,
hallando a Pinín dormido en las rodillas de
su padre. A l entrar dijo:
— Albricias, Ramón: en unos días estará
todo arreglado; pero en tanto dan fruto
mis gestiones de hoy para que sea anulada
la orden de embargo del niño, no conviene
que ni él ni tú volváis abajo.
— Gracias, Marcial, gracias. ¿Cómo podré
pagarte?
— Tal vez soy yo, no tú, quien todavía
queda en deuda contigo y con tu hijo.

— ¿Tú? ¿Tú con nosotros?
— Si; soy otro hombre, otro hombre me­
jor que hace dos meses.
—Marcial, Marcial, ¡qué alegría me da
oírte! Si crees deberme algo, harto pagado
estoy con ella.
— Bien, bien; ahora vamos a mis habita­
ciones: tenemos que acostar a Pinín.
Después de decir adiós a García, que se
regocijó con las buenas impresiones que Ru­
candio traía de sus diligencias, fuéronse és­
te y Cartoya con el niño a casa del prime­
ro, en cuya cama acostaron a la criatura,

106

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

sin que se despertara sino a medias, mien­ —Hasta mañana, que subiré temprano a
tras lo desnudaban, para dormirse de nue­ veros a los dos.
Sintiendo hondísimo respeto a la abnega­
vo inmediatamente.
da caridad que, aun no entendiéndola, se le
—Mañana, con calma — dijo Marcial —, imponía
su grandeza, contestó Marcial:
arreglaremos una habitación para que tú y —Haz por
lo que quieras.
Pinln paséis estos días... Qué estos días... Y acordándose,
al ver a Cartoya abrir la
Si me olvidaba de decirte lo mejor: que ni
de que al día siguiente no le deja­
abora ni nunca tenéis ya que volver a esos puerta,
rían subir los empleados de los ascensores,
tétricos subterráneos.
a no llevar autorización, lo detuvo mientras
—¿Cómo es eso?
—Porque ya no sois siervos del Consisto­ escribía y le entregaba un pase para subir
rio: porque soy yo vuestro amo. Perdona, al Omnimuseo siempre que le conviniera.
quiero decir que sois vosotros únicos due­
* * *
ños de vosotros mismos: que os quedáis de­
finitivamente aquí.
Cuando Marcial se quedó a solas con el
— ¡Qué bueno eres, Marcial! ¿Nos has
dormido sintió en primer lugar la sa­
comprado? ¿Es a eso a lo que has salido? niño
tisfacción
de la buena obra realizada al con­
—Sí... Ya no tendré que explicarle a Pia su padre y salvar su alma de
nín cómo es el sol, porque gozará de él to­ servárselo
la
perversión
a que en el educatorio estaba
dos los días.
sentenciado—ya
en sus soliloquios pronun­
•—¡Qué bueno eres!
ciaba Marcial sin sorprenderse, y con fre­
— ;Qué tontería! Todo se reduce a que cuencia,
la palabra alma, nunca usada por
quiero mucho a este muñeco, un poco a ti;
superpensantes—; después, el placer de
y que no me avengo a que volváis a ente­ los
no privarse de la vista ni la comunicación
rraros.
el pequeñín, que tan adentro se le ha­
Al ver Cartoya la alegría de Marcial a la con
bía
metido
en el alma; y, por último, el ver­
idea de que Pinín no volviera a las cuevas, lo, en ausencia
confiado a su
aplazó el decirle que siendo paria el niño, guarda y cuidado,delle padre,
producía
la cándida,
jamás su padre haría de él un renegado que pero noble ilusión de mirarlo, como
fue­
abandonara a sus hermanos; y así, callando ra su propio hijo, con la ternura y elsiorgu­
esto, únicamente contestó que no pudiendo llo de padre.
él, por su ministerio, separarse de sus otros
a la atracción poderosa que sen­
hijos en religión, dejaba el niño a su cuida­ tía,Cediendo
se
acercó
la cama y le di ó un beso,
do y se volvía abajo; pues aquéllos podían suave para no adespertarlo,
largo, muy
necesitar de sus auxilios aquella misma largo; y al enderezarse y pero
apartarse de la
noche.
murmuró a media voz:
—Pero luego... No siendo ya siervo de na­ cama
—¡Qué
fuerza tan colosal en la debilidad
die...
de
este
niño
dormido...! ¿De dónde, de dón­
—Luego, bendiciendo tu nombre, desean­ de le viene ese
que ha cambiado los
do ocasión de dar por ti la vida, seguiré al pensamientos depoder,
mi
vida
entera, trastorna­
lado de mis hermanos, ayudándoles a so­ do mi conciencia de superpensante,
remplaportar sus dolores, a llevar su cruz.
do
mi
orgullo
de
raza
por
desapego
y re­
—Pero estando aquí podrás bajar a ver­ pulsión a los míos, que me hace sentir
y
los.
me
hace
pensar
casi
casi
como
los
pobres
—Entonces ellos no me verían llevar la
cruz como ellos; no les podría predicar re­ parias?...
¿De dónde, de dónde le viene a este an­
signación a unos dolores a que vieran me gelito
inocente esa fuerza que ha arrollado
había yo substraído.
mis egoísmos de supergozante, mis convic­
—Pero...
ciones de sabio, mi concepto material y ras­
—Querido Marcial, olvidas que por pro­ trero de la vida?...
pia voluntad me hice paria, que por propio
¿Es que Pinín es más fuerte, más inteli­
deseo comparto la esclavitud de esos des­ gente, más culto que yo?... ¡Qué desatino!
graciados, e ignoras que mi ley me ordena Este niño ha triunfado de mí sin enterarse,
no querer para mí lo que no quiera para mis sin proponérselo, empleando inconsciente­
hermanos... Otro abrazo, Marcial; a tu cui­ mente su poder, sin darse cuenta de la exis­
dado dejo mi hijo. Como mis otros hijos de tencia de él.
allá abajo no tengo a quién confiarlos, me Luego es necesario que su fuerza sea pres­
voy con ellos.
tada, externa, superior a él y por otro mo­
—Pero...
vida: sobrenatural, en suma...


107

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

¿Otro?...
¿Será ese que Cartoya llama Dios, y que,
como él me dijo, me encuentro a cada paso
desde que bajé allá abajo...?
¿Y esa ley de que hablaba Ramón: durí­
sima, terrible de cumplir, inhumana...? No,
inhumana, no; al contrario, pues hace de
los hombres hermanos y les impone heroi­
cos sacrificios en beneficio de otros: inhu­
mana, no; tremenda, sí, pero noble, hermo­
sa, grande... y justa; porque a despecho de
mi orgullo, y aunque me duela confesarlo,
ya es para mí indudable que moralmente
soy igual a cualquier paria.
Más de dos horas continuó Marcial mo­
nologando a media voz y mentalmente, ex­
citado por los acontecimientos y emociones
que, unas en pos de otros y en aquel mismo
día, se habían sucedido, impresionando su
sensibilidad y sacudiendo su conciencia:
primero, en Ta central; luego en la cueva
de Cartoya, y por último, en aquellas horas
en que junto a Pinín, dormido, íbale reme­
morando la memoria todo el proceso de la
evolución espiritual que hacía dos meses se
realizaba en él.
Pasadas ya las tres de la madrugada, y
rendido al cansancio físico y mural consi­
guiente a la excepcional actividad que cuer­
po, corazón y pensamiento habían desplega­
do en aquel día, sintió imperiosa necesidad
de descansar, disponiéndose a hacerlo en un
sillón; mas cuando ya se recostaba en él le
asaltó repentino deseo, no por pueril menos
vivo y sugestionante, de dormirse abraza­
do a Pinín: deleitándole la idea del placer
de sentir junto a sí a la criatura, pensando
que el ambiente de inocente pureza emana­
da del niño daría apacible sosiego a su men­
te turbada; y tal se impuso aquel afán a
teda reflexión que, aun reprochándose el ce­
der a él como debilidad indisculpable en
hombre de su fuerte espíritu, se tendió al
lado del chiquillo, con gran cuidado para
no despertarlo; rodeó con los brazos su tier­
no corpezuelo, colocando sobre uno la rubia
cabecita; posó en su frente los labios, y al
hacerlo sintió que el deseo no le había en­
gañado con falaces promesas; pues invadió
su ser ternura tan dulcísima y bienestar tan
plácido, que le hizo exclamar:
— ¡Qué suavidad, qué gozo tan hermoso y
tan puro! ¡Qué dicha tan desconocida de los
supergozantes!
Sin saberlo, Marcial continuaba acercán­
dose a aquel que dijo “ Dejad que los niños
se acerquen a mí...”
En esto le asaltó el penoso recuerdo de
otro niño, que en el educatorio estaría dur­
miendo solo, sin brazos que ciñeran su cuer­

po ni cariño que lo protegiera como el suyo
protegía a Pinín; mas fuera por ficción de
la mente, ya medio adormecida por el sueño
que el cansancio imponía, o fuera recom­
pensa al amor de padre que, aun no siendo
su hijo, sentia por aquél, no le dolió el re­
cuerdo del abandono del suyo, según solía
otras veces dolerle; pues las punzadas del
remordimiento se embotaban en robusta es­
peranza de que, como abrazaba entonces a
Pinín, también un día estrecharía contra su
corazón al perdido hijo.
Esta dulce esperanza acabó de adormecer­
lo; y al quedarse por completo dormido, de
la esperanza nació ensueño que cual si fuera
realidad se la hacia gozar; pues soñaba que
su hijo era quien dormía a su lado, protegido
por él: cuando era él, Marcial, el hombre
fuerte, quien feliz descansaba bajo la protec­
ción de un angelito de cuatro años.
Y ¡cosa extraña!, al despertarse a la ma­
ñana y ver que aquella dicha sólo había sido
sueño no sintió el amargor del desengaño, de
no hallar junto a sí a su perdido hijo: porqu9
se despertó con el convencimiento inverosí­
mil, pero tan pleno y absoluto como misterio­
so, de que el ensueño equivalía a solemne
promesa de que alguien—él no sabía quién,
pero alguien con poder para convertirla en
realidad, alguien cuyas promesas no podían
fallar— le hacía de que aquella ilusión era
el anuncio de venidera realidad.
Tan hondo era este convencimiento, con
tal serenidad aquietaba su espíritu, y tal
había aplacado sus remordimientos por et
abandono de su hijo, que él mismo se ma­
ravillaba de que un mero presentimiento
irreflexivo tuviera tanta fuerza; y de nue­
vo pensó, como cuando la noche antes que­
ría explicarse la fuerza de Pinín, en una
fuerza y en un poder superiores; y se acor­
dó del escultor que, según frase de Cartoya,
creaba criaturas de las que el padre no era
sino bronce o barro, la madre molde tan
inconsciente e impotente como el barro, y
en las que vida y alma eran obra de aquél.
— ¿Será verdad?... ¿Será?— decía.
*

*

*

La ilación lógica en la exposición del en­
cadenamiento de las ideas y sentimientos
de Marcial nos ha hecho infringir el orden
cronológico de los hechos; pues ni los pen­
samientos de él posteriores a su despertar
fueron inmediatos a éste ni se le ocurrie­
ron hasta más tarde; pues habiendo des­
pertado Pinín antes que él, la charla y las
preguntas del niño no le permitieron pen-

108

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

sar sino en buscar respuesta a ellas, lo cual
no era m u y fá cil.
A l a b rir los ojos no extrañ ó el pequeñín
no h a lla r a su padre a su lado, pues todas
las m añanas sa lía éste tem prano de casa,
p ara aten der a los deberes de su m in isterio,
m ucho antes de que su h ijo se levan tara. Y
aun cuando debiera sorprenderle v e r a M ar­
cial acostado con él, no le asom bró, por m a­
ra v illa rle m ucho m ás otras cosas: la luz
del sol que por p rim era vez vela, el dorado
de m olduras y tallas, y los viv o s colores de
la s tap icerías.
Paseó la ató n ita m irad a por la h a b ita ­
ción : se sentó en el lecho y se fro tó con
los puños los párpados, puea no creía en la
luz que en lu g a r de la tenebrosa penum bra
de Su covacha v e ia en tra r por la s am plias
ven tan as que p o r descuido dejó abiertas
M arcial al aco starse; y cuando se hubo
convencido de que la lu z e ra verdad, ex­
clam ó adm irado:
— ;T e bonito! ¡T e b o n ito !... Papá, p ap á...
¡A n d a!, es M a sia l... E s tá m u m iro ... M asial,
M a sia l... desp iétate... ¿T e es eto tan bo­
n ito?
A l m ism o tiem po que P in ín decía esto
zarandeaba a su am igo, que no le respondía
tan pronto como aquél deseaba.
— ¿ T e es eto, M asial? ¿T e es eta lu s tan
bonita?
— E l Sol, P in ín — contestó R u can dio le­
vantándose, al m isino tiem po que la im pa­
cien cia h a cía al chiqu illo s a lta r, en cam isa
y descalzo, por el otro lado de la cam a.
— ¿ E s eto el Sol?— preguntó, señalando
un herm oso espejo con m arco dorado.
— No, P in ín . Ven.
Cogiéndolo en brazos lo llevó a la ven ta­
na, y, abriéndola, dijo:
— M ira, el Sol es ése.
P in ín se confundió y tom ando la bóveda
celeste por el Sol, exclam ó m aravillad o y
reflexivo:
— ¡T e bonito! ¡T e asul!
— No, P in ín , no: eso no es el Sol, sino
el cielo.
— E l sielo, el sie lo ... A h í está P ap á Yos,
y la V in gen , y m i m am á M aría, te e ra m i
ben a... ¡T e bonito es, M asial! ¡T e boni­
to !... P ero entonses, ¿tu ál es e l Sol?
— A quel redondo y dorado.
— ¡T e ran de!... No lo pero m irar... ¡Te
alto etá! ¿L o has poniro tú ah í ariba?
— No, h ijo mío.
— No alcan sarás, ¿ v e rá ? ... Tom o e tá m i
a lto tú no peres subite tan ariba.
— N o: no puedo.

— P u es ¿ tién lo ha pesto a r ib a ? ... ¿T ién
h a hasido el Sol? ¿H as siró tú, M asial?
— No, P in ín : tampoco he sido yo.
— Caro: es m i ran de; no p eres... En ton ­
ses, ¿tién lo h a hasido?
— No sé, h ijo m ío: tien es razón, no
puedo...
E n este m om ento entraba C artoya, a
quien dijo su am igo:
— Ram ón, tu h ijo m e está haciendo unas
p regun tas dificilísim as.
— ¿T ién lo ha h a s id o ? ... Papá, p ap á...
M asial no sabe tién h a hasido el Sol, y lo
ha pesto ariba. ¿T ién ha siró?
— ¡Cómo, P in ín !
¿No sabes tú quién h a
hecho el Sol?
— No lo sabo.
— ¿No sabes “ quién Ha criado” t
— Sí, eso s í lo sabo: lo h a quiaro Y o s ...
Yos lo ha quiaro toro— contestó el niño en
tono de certeza que im presionó a M arcial,
por sorprenderle h a lla rla tan profunda en
la m ente de un a cria tu rita de cuatro años,
como revelaba el acento de absoluta y fir­
me con vicción de aquel “ lo h a quiaro to ro ” .
E n seguida prosiguió P in ín :
— Papá, papá, M asial m e h a tairo al sielo;
m íralo te bonito.
— No— pensó el padre: tú eres quien y a
has puesto a M arcial en cam ino del cielo.
Y en a lta voz dijo:
— P inín... ¿ tú no habrás rezado todavía?
— No: to ra vía no.
— P u es ve n ... Con tu perm iso, M arcial.
Con gran viv e z a se descolgó el niño de
los brazos de su am igo, en los cuales esta­
ba to d avía; se a rro d illó en el suelo, y al
ir a p ersignarse, al m ism o tiem po que lo
h a cía su padre, y al a d ve rtir que M arcial
no los im itaba, le preguntó vivam en te:
— ¿T e se h a o lviraro p esin ate como te
enseñé?
— No, h ijo m ío. E s que M a rcia l se h a p er­
signado antes— contestó C artoya.
M arcial sintió algo parecido a verg ü en za
de que P in ín sup iera que, efectivam ente,
h a b ía olvidado su lección.
E l chiquillo, que no sabía sino a retazos
el P adren uestro, comenzó diciendo: “ Pade
nesto", y después fueron padre e h ijo reci­
tando las p rim eras fra ses de la oración:
cortadas, despacio, yendo delante el h ijo en
las que recordaba, y otras veces el padre
cuando a aquél le falta b a la m em oria. Pero
de pronto se detuvo el chiqu illo p ara vol­
verse h a cia R u can dio y p regu n tarle:
— ¿Po te no resas, M a s ia l? ... A ro rílla te.
— D e ja a M arcial, h ijo m ío; y a h a re­
zado.

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

— No, no ha resado: no pere ser: se ha
nispertaro despés te yo.— Y con tono des­
pótico ordenó:
— Aroríllate, Masial.
Marcial no dudó ni un momento y se
arrodilló. Pinín continuó entonces:
— El pan nesto... ¿Tomo sigue, papá?
Ramón no pudo contestar, porque el ver
a Marcial arrodillado junto a sí y a Pinín lo
conmovía tan hondamente, que el nudo que
tenía en la garganta lo imposibilitaba por
completo de hablar, en vista de lo cual la
viveza de Pinín hizo a égte decir:
— No me atuerdo tomo es. Masial, ¿tomo
se dise despés del pan nesto?
— No sé, hijo mío...— contestó éste hacien­
do un esfuerzo.
— Este Masial no sabe nara— exclamó el
arrapiezo, avergonzando al sabio— . Enséña­
le, papá. Mira, Masial: tú dises ton mí lo
mimo te papá.
— El pan nuestro de cada día— dijo Cartoya sobreponiéndose a su emoción.
— ... de cararía, Masial— dijo Pinín.
— . . de cada día— repitió Rucandio.
Y así llegaron al final de la oración.


*

*

Como Rucandio había de poner el oficio
para el Educatorio y llevárselo a firmar a

109

Mob, y como había quedado en ver tempra­
no a su maestro, se fué a estos menesteres
tan pronto se hubo desayunado con Ramón
y el niño, y llevado a éste a casa de los ami­
gos del siglo veinte, donde al cuidado de
Inés, ya respuesta de su indisposición, lo
dejaron.
Cartoya se fué también a sus diarios que­
haceres.
Lio primero que al entrar en el laboratorio
a redactar los oficios vió Marcial a través de
los cristales) de una ventana fué el Sol, di­
ciendo al verlo:
— Tiene razón Pinín: es muy grande, muy
grande, no puedo hacerlo: los sabios no po­
demos hacerlo: como no podemos hacer ni
una mosca, que, pareciendo tan pequeña, no
es menos grande que el Sol; como nada sa­
bemos hacer de la nada; como ni el mismo
Mob, esie coloso de la ciencia, sabe hacer el
amor, teniendo que robar el amor que Otro
más grande, más sabio, más poderoso que él
hace nacer én los corazones de los hom­
bres..
“Venga a nos el tu reino.” ¿Qué reino será
ese que piden esas gentes) que no aspiran a
riquezas ni a honores?
Esta noche, cuando suba Ramón a hacer
rezar al niño, he de preguntárselo.

XXV
CABOS SUELTOS

El acumulador psico-eléctrico estaba a
punto de ser terminado. En él trabajaban
con ahinco los españoles del stiglo xx, no
porque los entusiasmaran los proyectados
experimentos de Don Roberto, sino porque
después de una larga conferencia de Carto­
ya y Rucandio les dijeron éstos que esta­
ban cooperando a una buena obra, pero sin
darles más explicaciones.
Por cierto que si Marcial se decidió a
dirigir tal trabajo fué a causa de la citada
conferencia y gracias a la autoridad de su
amigo sobre él; pues como la carga del
acumulador debía, naturalmente, efectuar­
se con amor robado por el interruptor, al
cual le tenía ya el semiconvertido superpensante aversión no menor que los vizcaí­

nos, experimentaba grandísima repugnan­
cia a intervenir en dicha carga y a conti­
nuar colaborando en la obra infame de su
maestro: repugnancia que combatió Carto­
ya, diciendo:
— Para lograr que esas infamias dañen
menos a sus actuales víctimas es preciso
que tú sigas al frente de ellas: lo ocurrido
ayer mañana en la central a los maquinis­
tas) me ha sugerido el cómo tú y nuestros
dos compatriotas podréis tal vez atenuar
esos males. Pero para ello habéis de ven­
ceros, e intentar, y probar.
Seguidamente argüyó Ramón, con argu­
mentas demasiado técnicos, sobre posibilida­
des de obtener importantísimos resultados,
mas todavía tan problemáticos que sería

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
prematuro e inoportuno hablar de ellos aho­
ra, en tanto no se vea si el proyecto a que
se refería acaba en éxito o fracaso.
Pero lo que más influyó para que Mar­
cial y el matrimonio bajaran a diario, y
sin reparo, al interruptor fué el cambio in­
troducido en el régimen de la explotación
del amor por orden de Mob, pero a pro­
puesta de Rucandio, y como consecuencia
de idea por Ramón sugerida a su amigo
para que la madurara.
Después de reflexionar sobre ella, contó
Marcial a su maestro el accidente ocurrido
en la central, atribuyéndolo habilidosamen­
te al decaído estado en que el continuado
trabajo en el interruptor ponía a las pare­
jas, siendo causa de que todos y cada uno de
sus impulsos amorosos, sin suficiente ener­
gía para vencer la inercia del campo eléctri­
co, ni producir, por tanto, corriente de esta
clase, se fueran acumulando en el campo
amatorio, que por no transformarse en
electricidad, crecía y crecía en potencia
hasta alcanzar las peligrosas proporciones
que lo acaecido había evidenciado.
Después de decir esto, insistió Marcial en
que el rendimiento eléctrico de cada pare­
ja, máximo para todas el primer dia de
trabajo, bajaba ya muy perceptiblemente al
segundo y en los siguientes continuaba des­
cendiendo cada vez más de prisa, con resul­
tados ya, por lo pronto, antieconómicos que
constituirían mañana un serio obstáculo
para dar al invento la extensión de mun­
dial aplicación industrial que deseaba Mob;
pues con tedas sus excelencias científicas
lo impediría el carácter verdaderamente
ruinoso de una explotación basada sobre el
actual régimen de continuado trabajo de
los amantes.
Tan bién presentó Rucandio la cuestión
y tan sesudas le parecieron a Mob, en su
doble aspecto fabril y financiero, las obser­
vaciones de aquél, que lo autorizó a hacer
ensayosi suprimiendo el encierro e incomu­
nicación previa de hombre y mujer, y no
haciéndolos trabajar sino una sola sesión
de tiempo en tiempo, para dárselo de re­
poner sus fuerzas de una a otra: sistema
que era de suponer diera además, el resul­
tado de hacer cesar la excesiva mortandad
y los casos de demencia, evitando el que­
branto metálico representado por la pérdi­
da del gran número de esclavos consumi­
dos en el oneroso régimen.
Por lo pronto turnarían los siervos del
Omnimuseo, los de Mob y los de Rucandio.
Después, para cuando la explotación se ex­
tendiera a todo el mundo, podría votar el

Consistorio una ley (por el estilo de la que
en pasadas edade se llamó de Servicio Mi­
litar General Obligatorio) imponiendo a
todos los novios y esposos parias la pres­
tación personal en los interruptores: tal
vez bastaran turnos de un día por semes­
tre y pareja, tal vez no fuera necesario ni
aun llegar a tanto.
— Pues a ello, amigo Marcial— dijo el sa­
bio una vez decidido— : a ensayar; y en
cuanto llevemos una semana del nuevo ré­
gimen, súbame losi partes de trabajo para
compararlos con los antiguos y juzgar del
resultado. Y no me olvide usted el acumu­
lador.
— No, señor: quedará listo hacia el cinco
de enero: con lo cual dispondremos para
pruebas y retoques de una semana, hasta
el doce, en que s|e reúne el Consistorio.
He ahí cómo entre Cartoya, padre de la
idea inicial, y Marcial, que le dió forma
económica y científica, lograron que el con­
tinuado y mortífero tormento de unos cuan­
tos pasara a ser mal más extendido, pero
soportable para todos. Siendo muy de notar
que, enteradas por el primero las presuntas
víctimas de que sometiéndose a aquel duro,
mas; breve, padecer de un día salvaban la
vida o la razón a sus hermanos, lo acepta­
ron de buen grado.
Y era que la abnegada hermandad de que
los cristianos de las catacumbas de Roma
dieron ejemplo altísimo en los remotos y
gloriosos tiempos de las persecuciones y
los martirios, había revivido entre los de
las catacumbas del siglo cien; y así, mien­
tras civilización y progreso materiales,
bienestar y disfrutes corpóreos llegaban
al último extremo de refinamiento en la su­
perficie de la Tierra, donde dos millones
escasos de supergozantes sin moral y sin
fe, sino en las fuerzas de sus egoísmos, se
ahitaban de placeres, los tres mil millones
de parias de las catacumbas padecían en
sus cuerpos, mas gozaban de paz espiritual,
se hacían mejores, progresaban en sus almas,
hallando en el Amor supremos goces.
Los supergozantes, no indiscutibles, pero
sí indiscutidos reyes del reino terrenal,
habían derribado religión y templos, con de­
moledoras piquetas que se llamaban avari­
cia, lujuria, vanidosa soberbia, afán de oro,
ansia de sensuales placeres; en el mundo
visible no quedaba vestigio de espíritu cris­
tiano, y en él reinaba el oro e imperaba el
vicio; pero abajo se improvisaban templos
en las cuevas, en cada corazón se alzaba
un ara, la caridad era sedante de todos loa
dolores de las innumerables muchedumbres

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

parias, crecientes de día en día, que mar­
chaban con pie firme hacia otro Reino que
“no era de este mundo” : el Cristianismo
avanzaba hacia el triunfo final; no visto
ni siquiera sospechado por los supergozantes, que creían muerto desde siglos atrás
el Cristianismo, pero que era visto por el
que mira desde arriba y sabe que ese triun­
fo no es terrestre conquista, sino celestial
victoria, ¡Los cristianos lo hablan al fin en­
tendido, mas les habla costado muchos" si­
glos!
Gracias a esto sobraron parejas, volunta­
rias que para auxiliar a sus hermanos se
prestaron a padecer los tormentos de un
día en el interruptor. Era el triunfo de la
caridad movida por la fe, por la esperanza
sostenida.
Gracias a esto evitó Cartoya una ruptu­
ra de Marcial con Mob que imposibilitando
el alivio, ya logrado, de los padecimientos
de los parias habría impedido alcanzar
otros bienes en lo venidero; gracias a esto
se consiguió que sin reparo, aunque impo­
niéndose violencia, continuaran Inés y Juan
prestando su colaboración científica: es
decir, Juan principalmente; pues Inés te­
nia muy descuidadas las tareas de tal ín­
dole por las» de madre de Pinin, con entu­
siasmo desempeñadas durante todo el tiem­
po que Marcial, ayudado por Juan, atendía
a la fabricación, primero, y a la carga, des­
pués, del acumulador psicoeléctrico: o más
bien de los acumuladores; pues además del
encargado por Don Roberto se fabricaban,
a callandast otros cuatro, según acuerdo
tomado por Marcial y Ramón en la confe­
rencia reservada a que anteriormente se ha
aludido.
Finalizada la semana de ensayo del nue­
vo régimen, los partes de trabajo conven­
cieron a Mob de que en el relevo cotidiano
de las parejas estribaba el acertado planteo
económico del negocio y el eficaz rendi­
miento del amor industrial; y una vez de
ello persuadido celebró interesante confe­
rencia con el Supremo Manager para con­
seguir de él que en el Mensaje que había de
leerse en la próxima Asamblea del Consis­
torio Internacional fuera incluido el pro­
yecto de ley sometiendo a los parias del
mundo entero a la general prestación amo­
rosa. El éxito coronó los deseos de Don Ro­
berto, que empleó para convencer al mag­

111

nate procedimiento muy usado ya con no
pocos respetadísimos prohombres políticos
del siglo x x : una generosa disimulada ofer­
ta de acciones liberadas de la futura em­
presa.
El proyecto habría de presentarse a con­
tinuación de la conferencia que Mob daría
a reyes y presidentes de repúblicas repre­
sentantes de todos los pueblos de la Tierra
para explicarles experimentalmente su in­
vento y las grandísimas ventajas que las
industrias de los supergozantes podrían
obtener del Amor Paria: nombre no capri­
choso; pues desde la época de sus prime­
ras investigaciones sabia el director del
Omnimuseo que lo que fos supergozantes
llaman amor, experimentándolo pero no
sintiéndolo, no pasa de mero cosquilleo ner­
vioso, incapaz de mover el corazón, ni por
lo tanto los aparatos psicoeléctricos.
Y esto era una verdad experimental;
pues ninguna de varias parejas de amiga­
dos, al parecer apasionadísimos, que, por
deporte, se sentaron sucesivamente en el
interruptor, lograron encender, por muchas
vueltas que las pantallas dieron, ni una bom­
billa microscópica de una mísera bujía,
cuando cualquier pareja paria hacía lucir
un arco voltaico de 16.000.
Aun cuando ya se ha dicho que durante
el día cuidaba Inés de Pinin, de noche no
se avenía Marcial a quedarse sin su chico,
para quien no había preparado cuarto ni
cama aparte, según pensara en un princi­
pio, sino que, como la primera noche que
lo tuvo de huésped, siguieron durmiendo
juntos las siguientes, y jubando desafora­
damente al despertarse de mañana: gatean­
do el chiquillo por encima del sabio; ha­
ciendo volatines sobre sus piernas levanta­
das en alto; dando horrendas caídas... sobre
los colchones: divirtiéndose, en suma, sa­
bio y chico estrepitosamente.
Como, para evitarse regaños de Pinin,
Marcial no había tenido más remedio que
aprenderse el Padrenuestro y decirlo todos
los días con su profesor, a fuerza de repe­
tirlo empezaba a entenderlo; y su gran in­
teligencia, impulsada por un hermoso co­
razón, iba ya viendo brillar la luz donde el
sabio había andado siempre entre tinieblas;
y el corazón gozaba en cosas en las cuales
jamás pensó el supergozante pudiera ha­
llarse goce alguno.

112

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

XXVI
LA CONSPIRACION DEL AMOR

En los últimos dias de diciembre del año
10000 quedaron terminados los cinco acu­
muladores. Fundados en los mismos prin­
cipios esenciales que el interruptor, no hay
por qué dar sobre ellos técnicos detalles,
engorrosos tal vez a estas alturas; pues a
nuestro interés, no científico, humano, le
basta con saber que los cargaba el aparato
Mob, en forma análoga a como una dínamo
carga un acumulador eléctrico ordinario,
condensando el amor en enormes cantida­
des en unas placas de platino esponjoso,
con estructura en lo esencial análoga a un
panal de cera, impregnadas de plasma amo­
roso.
Este era el rasgo común a los cinco fa­
bricados; mas con la diferencia, entre el
destinado a los experimentos de Don Ro­
berto y los cuatro cuya existencia desco­
nocía, de que el primero se descargaba a
través de un tubo psícoeléc,trico y un pe­
queño carrete electromagnético, semejantes
ambos, aun cuando mucho más pequeños,
a los del interruptor; mientras los otros
estaban provistos de antenas similares, sal­
vo Sus diminutas dimensiones, a las de la
telegrafía sin hilos. Por estas antenasi lan­
zaban dichos acumuladores al espacio el
amor; pero no transformado en onda eléc­
trica, sino en su forma propia de amorosa
vibración.
Seguidamente se realizaron en los sub­
terráneos repetidas pruebas con ellos a
completa satisfacción de Rucandio, Cartoya
y los resucitados bárbaros, como siempre
llamaba Mob a los esposos bilbaínos.
Pocos días después Marcial presentó a
Mob el modelo único, sin hablarle palabra
de los otros cuatro. Sometido éste a ensa­
yos (completamente diferentes de los efec­
tuados con aquéllos), quedó satisfechísimo,
felicitando a Marcial y hasta a Inés y Juan,
a quienes dijo que continuando en tal cami­
no ganarían el ascenso a la privilegiada
casta de los superpensantes.
Por aquellos días quedó definitiva y fa­
vorablemente resuelto el asunto de Pinín

con la anulación de la orden de ingreso en
el educatorio.
Al saberlo su padre se le ocurrió bajár­
selo a su casa, pero no dijo nada por lás­
tima a Marcial, aplazando el hacerlo hasta
que pasara la ya cercana conferencia de
Mob, de la cual se esperaban grandes no­
vedades, en las cuales confiaba el sacerdote
para que a su amigo le fuera menos peno­
sa la separación del niño.
Que la lástima estaba bien justificada lo
demositró el cambio en la fisonomía de
Marcial desde que comunicó a Cartoya la
noticia del feliz desenlace del asunto hasta
que lo vió marcharse solo, como todas las
noches; pues su cara larga, larga, al dar la
buena nueva, como si se tratara de una
desgracia, por estar pensando que se que­
daba sin su monigotillo, se fué aclarando,
poco a poco, al no oír al padre decir nada
de llevarse a su hijo; y Cuando ya se con­
venció de que por entonces no habla peligro
de que le quitaran el muñeco, le rebosó en
el rostro la alegría, cuya causa era tan
transparente para su buen amigo, que para
sí pensaba:
— Este sabio que juega con mi hijo a las
muñecas parece cosa extraordinaria; pero
lo es todavía más de lo que parece, pues
mirando en lo hondo verá quien mirar sepa
que, aunque Pinín no es sabio, el muñeco
es Marcial: por dicha de Marcial, que tan
sólo aniñándose ha logrado limpiarse de su
inmunda lepra moral de supergozant'e. Sólo
así...
— ¡Qué callado te has quedado!— dijo Mar­
cial, sorprendido del mutismo de su amigo
y cortando asi sus reflexiones.
Y yo ¡qué cabeza tengo! Con la noticia
de Pinín se me pasó decirte que Mob me ha
ordenado que vaya mañana a reconocer la
sala de sesiones del Palacio Mundial y a
proyectar lá inslación del aparato para su
conferencia. Como para disimular la de los
alambres conductores de los acumuladoresantenas de modo que no descubran la exis­
tencia de éstos, me convendría saber par-

113

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

ellos haría caer más de m i l l a r y medio de
parias. ¿Pero a qué? El cristianismo no as­
pira a conquistar por la violencia el mundo,
sino a que en él triunfe el amor...
Y lo va consiguiendo, y muy deprisa; pues
el amor cristiano ha conquistado ya esos
A l otro día fueron efectivamente los dos
3.000 millones de criaturas parias en un
amigos al Palacio Mundial, acompañados
mundo cuya total población es de 3.002.
de García y Cartoya, representando este
Ese es nuestro triunfo; pues aun siendo
último el papel de obrero a las órdenes de
en apariencia esclavo, el cristianismo reina
Marcial.
en las almas de la inmensa m ayoría de la
Ha de advertirse que García, influido
Humanidad. Usted ha olvidado, hijo mío,
aún por las ideas propias de su remoto si­
que en los combates del cristianismo los
glo, ni habla alcanzado la egoísta ecuani­
cristianos no vencemos matando, sino pade­
midad de los superpensantes, a loe que
ciendo y muriendo: como los mártires délos
aborrecía, ni la abnegada caridad de loq
circos paganos, como los misioneros ator­
parias cristianos, en quienes miraba sus
mentados por salvajes.
verdaderos congéneres y con loe cuales se
Porque en los otros heroísmos, honrados
iban todas sius simpatías: de aquí que su
en el mundo, y engendradores de "hombres
impulsivo carácter y su decidida mala vo­
capaces de m orir por una idea, mueren sus
luntad contra Mob tuvieran exacerbada su
héroes por matar, y los héroes cristianos
indignación contra éste y la sociedad de
mueren para alcanzar la salvación de sus
los supergozantes: en tales términos que en
verdugos, mostrándoles que la muerte es
tanto no consiguiera Cartoya sosegarlo,
albor de vida mejor que ésta.
casi serla entorpecimiento, grave a veces,
más que auxiliar de los planes de éste;
Jesjús nos epseñó que asi se triunfa; pues
pues sus furores de rebelde hablan amena­
él no amotinó el pueblo de Jerusalén el Do­
zado contagiar a Marcial.
mingo de Ramos, cual lo hubiera hecho de
querer empujarlo a conquistar un reino de
Asi, departiendo los tres una tarde, decía
aquí abajo; sino que con su muerte en cruz
García, refiriéndose a los proyectos, toda­
conquistó para sus hijos reine eterno. ¡En
vía obscuros para él, perseguidos con los
cruz que era patibulo infamante!
acumuladores:
¿Creeriase hoy posible que los hombres
— Yo creo, Padre, con el mayor respeto a
llegaran a adorar cosa tan odiosa como la
usted, que esos caminos son largos y equi­
horca, la guillotina, el tajo y el hacha del
vocados. Para m i es claro que dos millones
verdugo? Pues eso era la cruz, de la que
de parias contra veinte m il superpensan­
Jesús hizo adorado lábaro, emblema de
tes, en Mundiópolis, y tres mil millones
amor.
contra dos millonea, en el mundo, no ne­
cesitan sino querer para barrerlos, para
P or el amor hay que triunfar, amigo
aniquilarlos, para entronizar la justicia en
Juan.
el mundo.
Marcial ola y callaba, pensando en aque­
— Tiene usted m il razones.
lla prodigiosa transformación— que era un
hecho rigurosamente histórico— de un signo
— L o ve usted.
de infam ia en emblema de amor, en aque­
.—Aguarde, Ee dicho mal: tendría usted
llos inverosímiles, mas positivos, triunfos
m il razones si los parias fuéramos un pue­
de la resignación y de la muerte.
blo, una nación o una clase qué aspirara
al dominio, o si yo fuera un rey o un gue­
— Entonces, don Ramón ¿usted espera
rrero sediento de conquistas; pero soy sa­
que con lo que traemos entre manosi llega­
cerdote y los parias somos ante todo cris­
remos al triunfo final y definitivo que per­
tianos, habiendo felizmente progresado mu­
mita a nuestros hermanos subir sobre la
cho en sinceridad de sentimientos y en
superficie de la Tierra a compartir con los
moral conducta, desde los tiempos de donde
supergozantes los dones de la Naturaleza
que éstos detentan hoy?
usted viene.
Ha dicho usted bien; de sobrevenir esa
•—Eso les será dado a nuestros herma­
sublevación y esos asaltos inopinados con
nos por “añadidura"; pero ya sabes, hijo
que sueña, creo que de nada les valdría a los
mío, que el mayor bien no es ése. En cuan­
superpensantes el poder y las armas que
to a tu pregunta de si ahora alcanzaremos
monopolizan, pues serian aplastados por la
ese triunfo final, no puedo contestarte... V
abrumadora masa que sobre cada uno de
aun temo que no ha llegado todavía el tíem-

ticularidades de la construcción del palacio,
que tú conocerás perfectamente, es preciso
que me acompañes en mi visita para ulti­
mar sobre el terreno los detalles, de ejecu­
ción de nuestros planes.

8

114

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

po de alcanzarlo: sólo sé que por él traba­
jamos, que a él nos acercamos, que si nos­
otros no lo vemos, lo verán nuestros hijos.
Aquietados con la anterior o semejantes
plácticas los bélicos ímpetus de García, aun
tropezaba la proyectada empresja en algún
escrúpulo de conciencia de Marcial, nacido
al ocurrírsele la idea de que tal obra era un
complot o acaso una traición a Mob.
Combatíalo diciéndose que ser víctima de
ellas es fatal sino de todos los déspotas que
abusan de su fuerza contra quienes, faltos
de la necesaria para defenderse, forzosa­
mente han de suplirla con la astucia; de­
cíase que sin inferir personal daño a do'n
Roberto, ni en su persona ni en sus inte­
reses, se perseguía alcanzar bienes gene­
rales, poniendo fin a sus infamias contra
los infelices de las catacumbas; que para
hacer cesar los males de éstos no había
otros caminos que la violencia, al principio
preconizada por García, o el suave pero há­
bil plan ideado por Cartoya, buscando, no
el castigo, sino la redención de los verdugos
de los parias.
¿Pero es que Marcial era cristiano ya?:
externa y oficialmente nó; pero, según se
ve, sentía ya casi como tal.
Y tal vez por lo mismo no conseguía aca­
llar sus escrúpulos, que como supergozante
no habría sentido, de engañar al “excelso” ;
pero éstos cesaron por completo cuando al
llamarle Mob para comunicarle la recepción
de un oficio del Educatorio Internacional
participando que “el chico do los experi­
mentos” había sido borrado de las listas
de pupilos de aquél, agregó que cuando sa­
lieran del negocio, por lo pronto absborbente, de su cercana conferencia en el Consis­
torio, le había Marcial de traer el mucha­
cho; pues también él necesitaba experimen­
tar en aquél ideas que hacía tiempo tenía
sobre el modo de excitar o anular en los
cerebros la memoria.
— ¡Pinín en manos de esta hiena, para
que me lo mate o me lo vuelva Idiota con
sus experimentos!—decía Ruíandlo al salir
del despacho de su maestro— Todo antes
que eso.
Y se acabaron sus vacilaciones, que de
igual modo se le habrían quitado, aunque
para salvar al niño de las garras de Mob le
hubiera sido necesario matar a éste.
El acumulador destinado a las demostra­
tivas explicaciones sobre el amor Mob que­
dó la víspera de la apertura de las sesiones
del consistorio instalado un poco más alto
que el pasamanos de la barandilla del es­

trado de la mesa presidencial, y detrás do
aquélla.
De él salían alambres cuya finalidad era
ponerlo en comunicación con diversos apara­
tos eléctricos distribuidos por el salón, con
el objeto que el mismo Mob nos hará en
breve conocer; y por orden de éste se los
habla disimulado cuidadosamente entre
fustes, capiteles, adornos y molduras;
pues importaba a la elegancia de sus expe­
rimentos recatar del público toda externa
comunicación entre dichos aparatos y el
acumulador amoroso que había de hacerlos
funcionar.
Pero a estos alambres se agregaron otros,
tan discretamente disimulados como ellos,
tendidos entre el citado acumulador y los
cuatro de “antenas radiantes” , instalados
sobre la monumental cornisa alta del salón,
y retrasados con resipecto a ella en los va­
nos del muro correspondientes a los venta­
nales por donde entra la luz que desde lo al­
to ilumina el grandioso hemiciclo.
Entremos en él.
Las lujosas mesas y ostentosos tronos, sitiuados detrás de ellas, de los monarcas y
presidentes representantes de todas las na­
ciones, ocupan semicírculos Concéntricos
dispuestos en gradería.
Tronos y mesas son de roble, ostentando
esculpidas en él las armas, policromas, de
la nación o naciones correspondientes.
Dichos monarcas están sometidos al Co­
mité de Institucionesi Bancarias que presi­
de el Manager: lógica y natural dependen­
cia, pues en la sociedad desmoralizada del
siglo cien, el dinero tiene que ser, en defi­
nitiva el a m o : verdad inconcusa de la cual
ya se van viendo ha tiempo pruebas en
nuestro siglo veinte.
Detrás de la enorme mesa presidencial,
de oro macizo, están nueve sillones, de oro
también: ocho para los vocales del comité
bancario y otro central, más suntuoso y
elevado, para el Supremo Manager.
Por último, en tom o de las partes des­
criptas se hallan las tribunas, distribuidas
en seis pisos, y lujosísimas, cual es de ene,
por estar destinadas tan sólo a superpensantes y supergozantes: siendo tan amplias
que en ellas pueden acomodarse hasta 15.000
personas; pues las sesiones del Consistorio
Mundial despiertan siempre extraordinario
interés en la culta población de Mundiópolis; y la que como inaugural de la legisla­
tura se iba a celebrar el 12 de enero del
año 10.001, excitaba aún mayor curiosidad:
por saberse que la presentación de un pro­
yecto de ley interesantísimo que había de

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

leer el Manager, sería precedida por la no­
ticia y la explicación de un prodigioso In­
vento del sapientísimo Director del Omnimüseo: que al abaratar el coste de los "5oces de los supergozantes aumentaría los dis­
frutados.
La víspera del citado día comunicó Mob
a Marcial los términos de dicho proyecto
de ley que entre el Manager y él habían
redactado.
Sencillo, breve y razonado, helo aquí:
“Considerando: que el amor paria es, se­
gún habéis visto, la mayor fuerza, hasta hoy
inexplotada, de la naturaleza; que mientras
los supergozantes pechamos con oneroso im­
puesto de procreación que no pagan los pa­
rlas, injusto e irritante privilegio que no
debe subsistir; que no teniendo éstos me­
dios de pagar un tributo metálico, por no
poseer nada, preciso es que de algún modo
paguen.

115

El Consistorio ha decretado: Todos los pa­
rias quedan sujetos a obligatoria presta­
ción de su amor, a la sociedad, exigióle en
los plazos y épocas que los reglamentos y
las necesidades de las industrias determinen.
Dicha prestación se hará efectiva por tur­
no: primeramente entre los novios como
requisito previo para autorizar su unión;
segundo, entre los ya amigados. (Ya se sabe
que los supergozantes no dicen nunca ma­
trimonio.)
Cuando Marcial comunicó a sus amigos
el texto del proyecto, dijo Cartoya:
Aun cuando solamente consiguiéramos
eso, ya es mucho, comparado con el régimen
de tormento continuo primitivamente apli­
cado por Mob, y que, a no ser por ti, sería
el que ese decreto extendería a todo el mun­
do. Pero confío en que obtendremos mucho
más.

XXVII
EL AMOR SE SUBLEVA
Son las dos y media de la tarde del 12 de
enero, cuando comienzan a llegar a la monu­
mental Mundiópolis los primeros monarcas,
magnates, plutócratas y príncipes de la cien­
cia, que en aeromóviles y aeroexpresos de
múltiples trazados y variados aspectos acu­
den de todas las naciones de la Tierra a la
primera sesión del Consistorio, convocada
para las tres en punto del citado día.
El ardiente sol de la zona tórrida luce con
fulgor deslumbrante y abrasadores rayos; el
calor en los alrededores de la capital del mun­
do es verdaderamente asfixiante; pero una
extensa nube, artificialmente formada por
los “vaporizadores automáticos” del Munici­
pio, y que la acción de "aspiradores” de tre­
menda potencia suspende a modo de inmen­
so toldo, sobre la herhiosá urbe, protege a
ésta del rutilante resplandor de la tropical
luz meridiana que, cernida st través de la
nube, se cambia en blanda, aun cuando in­
tènsa claridad de suavísimos tonos. Corrien­
tes de aire frío, inyectadas por “insufladores eléctricos” en las entrañas de la protec­
tora nube, provocan en ella ligera conden­
sación de vapores que, descendiendo a modo
de sutil rocío, y volviendo a vaporizarse an­
tes de llegar al suelo, templan los ardores

del aire con humedad que suaviza el am­
biente: al punto de no marcar las columnas
termométricas de avenidas y envolventes
sino veintiún grados de temperatura.
A las dos y cuarenta y cinco, llenas ya la3
tribunas del salón de sesiones del Palacio
Mundial, son cerradas las puertas de éste; a
las dos y cincuenta penetran, con solemnísi­
mo ceremonial, en el hemiciclo los represen­
tantes de las naciones, tomando puesto ante
sus sitiales; a las tres, el Comité Bancari,-,
precediendo al Manager, se presenta en el
estrado presidencial.
Desde diez minutos antes, Mob, acompa­
ñado de Marcial, ocupa Su puesto junto al
acumulador, a la derecha y delante de la
mesa presidencial; a mayor distancia de ésta,
pero cercanos a los anteriores, y detrás de
una gran columna, para pasar inadvertidos
de la concurrencia, se colocan Cartoya y
García, allí admitidos en calidad de obreros
electricistas, a prevención de que puedan
ser necesarios sus servicios.
Abierta por el Manager la legislatura, to­
man asiento todos los miembros del Consis­
torio, y el secretario da inmediata lectura del
programa de aquélla. A esto, y al reparto
para estudio de los representantes, de las pro-

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

posiciones presentadas a la Asamblea para
ser discutidas y votadas en sesiones sucesi­
vas, solía otros años reducirse la inaugural;
pero para la que se estaba celebrando con­
signaba el orden del día que, terminado el
reparto, daría el excelso Mob su conferencia.
La frase inicial de éste al dirigirse al au­
ditorio bastará a quien se fije en ella para
juzgar de cómo se escalonan los respetos en
las sociedades del siglo cien. He aquí la fra­
se, cual expresivo botón de muestra:
“Egregios millonarios, ilustres monarcas,
pudientes caballeros, insignes sabios, bellas
damas.”
En pos de ella expuso antecedentes de su
genial invención; describió el trazado y el
funcionamiento del psicointerniptor, y pasó
revista a la potencia y utilidad de todos los
manantiales de energía ofrecidos por la Na­
turaleza, cuyas fuerzas aprovecha el hom­
bre: míseras en comparación de las colosa­
les e inagotables energías del Amor Mob.
El estilo y conceptos con que desenvolvió
estos temas fueron, salvo mayores atilda­
mientos y ampulosidad, los mismos que el
lector ya conoce, por ser los empleados por
Mob en sus explicaciones a los redivivos es­
posos del siglo xx. Por ello pasaremos por
alto cuanto ya es conocido, transcribiendo
tan sólo la última parte de la conferencia,
cuando, llegando ya a los experimentos re­
creativos, decía el orador:
— Aun cuando nuevo todo esto, hay algo
más importante, maravilloso y útil; pues el
agente que va a revolucionar el mundo, que
todavía no es sino amor al estallar entre las
puntas de los alambres nervosizados, ya es
otra cosa cuando mueve la aguja indicadora
de un galvanómetro intercalado en cual­
quier circuito de alambre ordinario sometido
a la inducción electro-amorosa; amor se ha
transformado, pues, en electricidad; si en
vez de a un galvanómetro llevo el amor a un
fino alambre, se caldea éste al rojo, y ahora
el amor es fuego; Si en la corriente inter­
pongo un voltámetro, se producen en él com­
binaciones y descomposiciones! químicas por
haberse trocado aquel agente en fuerza quí­
mica; si se monta un motor, gira su rueda a
impulso de la fuerza mecánica que arrastra
el automóvil, el barco o el avión; y si, por
último, intercalo en el circuito un arco vol­
taico, la luz que en éste brilla es amor trans­
formado, amor que nos deslumbra...
Y todas estas metamorfosis de la energía
afectiva se logran fácil, suavemente, merced
a un prodigioso instinto que, como cualidad
esencial de su misteriosa omnipotencia, tie­
ne el amor de plegarse, como diría un poe­
ta, a todo sacrificio que se le demande.

Para dar fin a esta conferencia, voy a po­
ner a vuestra vista, a modo de expresiva y
curiosa demostración, los portentos de esas
transformaciones industriales, haciéndoos
presenciar variados experimentos calorífi­
cos, mecánicos, luminosos, en los cuales gas­
taré los millones de cupidios almacenados en
el acumulador psíquico que aquí veis. Advier­
to que el cvpidio eg una medida del amo»,
como el metro de las distancias, el litro de
las capacidades y el grado de las temperatu­
ras, y que mi acumulador es susceptible de
condensar amor en grandes cantidades a
tensiones enormes, que, gracias a la extra­
ordinaria resistencia y perfección del apa­
rato, no resultan alarmantemente peligrosas.
De él pasará el amor sucesivamente a los
aparatos que veis en diversos lugares del sa­
lón y al arco eléctrico pendiente de la bóve­
da, y en éste y en aquéllos le veréis reali­
zar diferentes clases de trabajos.
Comenzaré por el experimento térmico, elevador de la temperatura en este recinto, en­
viando amor del que aquí tengo condensado
a aquella gran esfera metálica, de la cual
irradiará el calor que en breve va a incen­
diar sius moléculas. La veréis primero de
color rojo obscuro, rojo claro después, rojo
blanco en seguida; y sucesivamente, cerú­
lea, dorada a medida que aumente su tempe­
ratura; llegando al cabo, con superiores cre­
cimientos de ésta, a hacerse completamente
diáfana. Pronto sentiréis subir notablemente
la temperatura, y de no interrumpir a tiem­
po la corriente, la irradiación llegaría a abra­
sarnos.
No os asustéis, señoras; no hay riesgo
ninguno; tengo el amor sujeto con cadenas
muy firmes; en mig manos Se convierte en
juguete su terrible poder.
Ya. Rucan di o— ordenó, volviéndose a Mar­
cial; pues el sublime Mob no descendía a
tocar llaves ni conmutadores.
Ofrecido camino al flúido almacenado en
el acumulador, súbitamente se incendió la
esfera con fulgores cambiantes, desde el obs­
curo rojo al dorado brillante, recorriendo la
primera parte de la gama de matices previa­
mente anunciada; pero llegada a tal estado
su brillo se mantuvo estacionario durante
varios segundos: con sorpresa de Mob, que
aseguraba a sus oyentes que en breve se tor­
narla diáfana la esfera.
Pero pasaba tiempo, y el experimento no
llegaba a la fase anunciada.
Lo que ocurría— inexplicable para el con­
ferenciante. que viendo encenderse con re­
gularidad las descargas psíquicas en el tubo
de vacío de su acumulador, no podía com-

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

prender cómo no reforzaban en la forma or­
dinaria la corriente eléctrica que caldeaba la
bola— , era muy sencillo, siendo su explica­
ción que al abrir Marcial la llave para que
el acumulador por todos visto comenzara a
descargarse a través de la esfera, abrió a la
par la comunicación excitante de la activi­
dad de los otros acumuladores ocultos, que
por sus antenas comenzaron a descargarse
en el recinto del Consistorio; pero sin que
el amor en ellos contenido se transformara
en electricidad como en el de la plataforma
presidencial, sino desprendiéndose de dichas
antenas en forma de ondulación o impulsio­
nes afectivas.
Con esto resultaba que las diferencias de
intensidad de los bruscos cambios del campo
amatorio producidos por las descargas de
sentidos opuestos del tubo psíquico de va­
cío quedaban atenuadas por la irradiación
de las antenas, impidiendo que las corrientes
eléctricas alcanzaran en la esfera la energía
prevista y comprobada en las pruebas días
antes hechas por Mob, cuando su acumula­
dor funcionaba solo, sin estar perturbado
por la acción de los otros con los que ahora
comunicaba.
Pero, además de este fenómeno eléctrico,
se iniciaba otro, de muy diversa índole, que
era el perseguido por Cartoya y Rucandto,
y en la posibilidad del cual les había hecho
fijarse el escape ocurrido en el interruptor,
cuando los maquinistas libertaron a la pa­
reja paria; pues en el vasto salón del Con­
sistorio comenzaba a flotar algo extraordi­
nario; una etérea influencia que, al ondular
en el ambiente con suavidad de hálito de
dulcísimas brisas, oreaba las frentes de los
sesudos superpensantes y acorchados supergozantes, y aun parecía ir infiltrándoseles
en los duros corazones.
— Rucandio, debe de haber una irregula­
ridad en la línea, alguna falta de aislamien­
to, una derivación a tierra. A ver, a ver—
dijo Mob, acercándose al acumulador y re­
visando por sí mismo, pero ya un tanto tur­
bado por la influencia misteriosa que a to­
dos alcanzaba, reóforos y conexiones; y vol­
viéndose hacia la presidencia, prosiguió:
— No puede ser sino un insignificante entor­
pecimiento en la parte eléctrica del circuito.
Ya a cesar en seguida: el aparato ha fun­
cionado perfectamente en las pruebas.
Pero, mientras hablaba, los cuatro acumu­
ladores de las bóvedas continuaban lanzando
impulso sobre impulso, inundando el salón
de amor a tensiones crecientes a cada cen­
tésima de segundo. De aquí nacieron dos si-

117

multáneos resultados, eléctrico uno, aními­
co otro.
El primero fué que, descargándose más
de prisa los acumuladores de las antenas que
el comunicante con las esfera, llegó un mo­
mento en que la presión (o el voltaje) en él
del amor venció la presión de éste en aqué­
llos; y en lugar de seguir descargándose por
la corriente eléctrica que caldeaba la esfe­
ra, lo verificó a través de dichos acumula­
dores, reforzando el escape de amor por las
antenas, donde luchaba con menores resis
tencias; y en cuanto esto ocurrió, la esfera,
cuya ignición venía ya decreciendo cüal
brasa a punto de extinguirse, se apagó to­
talmente.
— Un escape, un escape— gritó el sabio,
acudiendo a atajarlo— . En seguida quedará
remediado, respondo de ello— . Y con inusi­
tada excitación, encendidos ojos y voz vi­
brante, pues ni él se substraía a la Influen­
cia poderosa del Amor, triunfante de quien,
en su soberbia había osado encadenarlo y
prostituirlo, prosiguió: — No lo dudéis; os
juro por Ja amada memoria de mi madre que
vais a presenciar los prodigios del amor om­
nipotente.

Ya no ondulaba el aire blandamente con
caricias de suaves aleteos, sino que, al rom­
per su cárcel y esparcirse por doquier sin
obstáculo, invadía el amor todos los cora­
zones, sacudiéndolos con vibración potente.
Y la influencia de él iluminaba con ani­
madas sonrisas los fríos rostros de los es­
petados académicos, desarrugaba el ceño de
los monarcas de solemne aspecto, daba vive­
za y suavidad a los duros semblantes de los
multimillonarios, y lucía en los ojos de las
damas, levantando en todos los supergozantes, no el amor-sensación, único que hasta
entonces conocían, sino amor-sentimiento;
no el amor-carne, sino el amor-alma. El amor
paria, al hacerlos esclavos, los sacudía con
vehementes ansias de nobilísimos afectos: el
fuego destinado a incendiar la esfera ardía
en los corazones.
— Sí, sí— vociferaba el inventor fuera de
sí— ; es el Amor omnipotente, el Amor eter­
no, el tirano del mundo, el Rey del Universo;
la fuerza incontrastable que arrolla toda
valla y arrasa todo obstáculo: amor, ger­
men del hombre, cuna donde lo mecen cari­
cias de la madre, escudo que le prestan los
desvelos del padre, calor de vida que infla­
ma a los amantes, altar donde comulgan los
esposos, báculo de vejeces que en los hijos se
apoyan.

118

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

En aquel instante se adelantó Mareial
hasta colocarse delante del presidente; y
hallando palabras que al unísono hicieron
latir todos los corazones, gritó:
— Supremo Manager, en nombre del más
santo de los amores, del amor paternal, pido
la palabra.
No tuvo tiempo el Manager de otorgar su
venia, pues cuando iba a darla, de todos los
ámbitos del salón se alzaron clamores de
quienes, al oírle invocar el amor paternal,
gritaban:
—Que hable, que hable.
—Hermanos— dijo Rucandio— , nuestros
hijos viven privados de nuestros cuidados en
los educatorios; en nuestros hogares falta el
calor de sus caricias.
— Sí, sí, tiene razón: es verdad, es verdad
—contestó la multitud.
—Dejadme continuar: el amor es sagra­
do; encenagarlo en usos industriales, odio­
so sacrilegio.
—Sí, sí...
—En nombre del amor que en este instan­
te hinche de nobles sentimientos vuestras
almas, os denuncio el crimen de que nuestra
sociedad es reo, manteniendo en subterrá­
neos a millones de criaturas en cuyas almas
ha nacido ese hermoso amor que vuestros
corazones gozan hoy por la primera vez.
— ¡Desgraciados, desgraciados!— coreó la
muchedumbre.
—Propongo, en consecuencia, la inmedia­
ta votación de la siguiente ley:
"I.» Quedan suprimidos los educatorios;
padres y madres podrán sacar de ellos a sus
hijos.
2.o Se prohibe destinar el amor a otros
usos que a sus nobilísimos fines naturales, y
se declara sacrilega toda experimentación
con él.
3.° Como hermanos de los superpensantes,
se concede a los parias todos los derechos y
disfrutes por aquéllos gozados, y queda des­
de hoy abolida la esclavitud en el mundo.”
No hubo lugar a votación, pues no sola­
mente los representantes de las naciones,
sino las tribunas en masa, aprobaron, por
aclamación unánime, cada una de las tres
propuestas, a medida que fueron leídas por
Marcial.
Apenas aprobadas, se oyó una voz que gri­
taba: “Al educatorio a rescatar a vuestros
hijos.”
Era la de Cartoya que, pensando que de
la parte de la ley relativa a los hijos era de
la que podían esperarse más hondos y dura­
deros efectos, quería aprovechar la excitada
sensibilidad de los superpensantes, para que

cuando pasara su artificial excitación, estu­
vieran los corazones sujetos ya por los afec­
tos despertados en ellos por la vista de los
recuperados hijos.
—A los subterráneos: a libertar a los pa­
rias—gritó Juan.
*

*

»

Padres y madres, con Marcial a la cabeza,
corrieron al educatorio, y al llegar a él se
apoderaron de los libros registros (secretos
según se ha dicho ya), averiguando en ellos
los nombres y los números con que en el es­
tablecimiento eran designados los niños que
cada uno buscaba.
Cuatro horas después no quedaba allí ni
una criatura.
Quienes no tenían hijos que buscar en el
educatorio siguieron a Juan, derribaron las
puertas de las catacumbas, cortaron las co­
rrientes normalmente preparadas para elec­
trocutar a quienes intentaran fugarse de su
cárcel subterránea, y, antes de ponerse, vió
el sol de aquel día las envolventes y aveni­
das de Mundiópolis rebosantes de parias cir­
culando por ellas en hermosa fraternidad
con los supergozantes.
*

*

*

Cuando, loco de júbilo, salía Marcial del
educatorio con su hijo en brazos, se halló
de improviso frente a frente con Clara Snow,
que llevaba una niña de la mano, y al verlo
exclamó con gran alegía:
—Marcial, Marcial.
—Clara.
—¿Ese niño?
—Es el nuestro.
—Déjame besarle.
—Bésalo.
—Marcial, lo adoro a él, y a ti te adoro
más que nunca. Venid, venid, seremos feli­
císimos.
Sin apresurarse a aceptar la invitación,
preguntó Marcial.
—¿Y esa niña?
—Es la única que puedo llevarme, porque
su padre ha muerto; los de mis otros hijos
se me han adelantado, como tú, llevándose
los suyos.
—Entonces, nadie podrá disputártela... y
ella bastará a llenar tu corazón... El mío
está tan lleno con el amor a este niño, que en
él no hay hueco para otro amor ninguno. Lle­
vémonos cada uno nuestro hijo.
—Pero ese es también mío.
—Por eso podrás verlo siempre que te

119

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN

Cuando llegada, o pasada más bien, la
hora de acostarse, dijo Cartoya que, pues
Marcial tenía ya su hijo, se llevaba a P i­
nín, le contestó su amigo:
— No, Ramón, necesito que me dediques
esta noche... En lugar de dormir, como es­
tos dias, Pinín conmigo, juntos dormirán en
mi cama nuestros hijos, y mientras ellos
duermen, nosotros hablaremos.
— Como quieras.

plazca; pero a mi, no: temerla encontrarme
con los padres de tus otros hijos.
Dicho esto, subió a su auto con el niño y
se alejó, dejando a Clara afligidísima, por­
que en su corazón, mayor que el de Marcial,
aún le quedaba hueco para muchísimos
amores.
»

*■

*

Cuando Marcial llegó al Omnimuseo, con
su hijo en los brazos, lo estaban aguardan­
do en sus habitaciones Inés, Juan, Cartoya
y Pinín. L o primero que a su llegada hizo
fué poner al niño en el suelo, atraer a si a
Pinín (sorprendidisimo de ver a su amigo
con otro chico), y decirle:
— Pinín, te traigo este niño, que estaba
solito y no tenia papá.
— ¡Pobesito!
— ¿Quieres ser su hermanito?
— SI; heno.
— ¿Y lo querrás mucho?
— Si, como a Mariso.
En seguida, volviéndose a su hijo, dijo
Marcial:
— Y tú, hijo mío, quiere mucho a Pinín;
mucho, mucho. Abrázalo, abrázalo: él es
quien te ha traído a los brazos de tu padre.
El niño estaba un poco asombrado, en vis­
ta de lo cual fué Pinín quien tomó la inicia­
tiva del abrazo, que fué triple; pues al ver
a uno en brazos de otro, a los dos niños los
estrechó Marcial entre los suyos; y en cuan­
to los abrió, dijo Pinín, tirando de la mano
del recién venido:
— Ven, hemanito, ven; vamos a jubar.
Teño un payaso mi bonito, te meve los basos y abe y siera los ojos... Ven, hombe,
ven.
Llegó entonces el turno de ser abrazados
a los otros amigos de Marcial. Los chicuelos
ya lo eran, y jugaban y charlaban en un rin­
cón, mientras los otros los miraban con los
párpados húmedos de alegría.

• • •

Media hora después, los niños dormían
juntos en la cama de Marcial. Sus padres,
conmovidos, al punto de no poder uno ni
otro pronunciar palabra, se recreaban en su
tranquilo sueño.
Cuando Marcial logró sobreponerse a su
emoción dijo:
— Ramón, la primera noche que aquí dur­
mió tu hijo, alguien, yo no sé quién, pero
creí que alguien me prometía devolverme
el hijo que yo mismo había abandonado. Esa
promesa se ha cumplido. ¿Sabes tú quién es
ese alguien que yo presiento y busco, y no
acierto a encontrar?
— Te equivocas, Marcial: aunque tu inte­
ligencia no lo vea todavía, tu corazón ya lo
ha encontrado.
Es el mismo que el día en que, viendo
dormir a mi hijo, llorabas por el tuyo aban­
donado, te dije que velaba por él como
velaba por el mío. Míralos juntos ya a los
dos, protegidos, más que por ti y por mí, por
el Omnipotente Padre de todo lo creado.
—Ramón, quiero saber, quiero saber lo
que tú le pediste a Ilobbson te enseñara
cuando te hiciste paria; quiero conocer esa
Fuerza que os hace a los cristianos más
fuertes que el dolor, quiero llegar a ser co­
mo vosotros.
— Ven, ven. Ahora ya puedes compren­
derme porque amas; ahora ya me compren­
derás. Ven.

FIN

BIBLIOTECA

RI VADEN EYRA

I________________________________

C lasicos Rivadenevra.
Selección de obras desde los orígenes
hasta fines del siglo xvm. Tomos lujosa­
mente encuadernados en tela y estam­
paciones en oro, 5 pesetas.

Ediciones selectas.
Obras notables de la literatura uni­
versal, antiguas y modernas. Tomos pri­
morosamente encuadernados en tela,
con estampaciones en plata, 6 pesetas.

B r a n d a o (R.).—Los pobres, novela; tra­
ducción del portugués; 4 pesetas.
G a b r ie l y G a l Xn (J. M .a).—Obras com­
pletas; dos tomos: rústica, 10 pesetas;
tela, 14 pesetas.
L ó pez M a r t ín (F.).— Blasco Jimeno,
drama premiado por la Real Academia
Española; 4 pesetas.
E l rebaño; drama; 4 pesetas.
Mata (P.j.~ Irresponsables; 5 pesetas.
T oral ( J .) . — Flor de pecado; 5 pesetas.

Escritores m odernos.

En prensa.

Obras de los más célebres escritores
nacionales y extranjeros del siglo xix.
Kn rústica, bajo artísticas cubiertas,
5 pesetas.

tellana.

E scr.tores contem poráneos.
Obras de los más ilustres escritores
contemporáneos nacionales y extranje­
ros. hn rústica, con elegantes cubiertas,
5 pesetas.

Lecturas para mi hija.
Colección de novelas escogidas que
pueden leerse por todas. En rústica, con
primorosas cubiertas, 4 pesetas.

M a s ( J o s é ) . —E l rastrero; novela

cas­

V i l l a e s p e s a (F.).--Vasos de. arcilla;
poesías inéditas.

BIBLIOTECAS PARA NIÑOS
(Encerradas en artísticos estuches.)

I

Serie Liliput.
40 cuentos; 200 dibujos en colores, por
los más populares dibujantes humoris­
tas; 400 páginas; 2, -o pesetas.

Serie Velázquez.

Viajes y aventuras.

Método simplificado de dibujo y colo­
rido, por el popular dibujante «Karikato»; 100 dibujos; 1,50 pesetas.

Viajes célebres y novelas de aventu­
ras, con ilustraciones, 5 pesetas.

Serie Mignon.

B iblioteca novelesco-científica.

Celebradas aventuras de la popular
Mariquita; una peseta.

Colección de todas las obras del ilus­
tre escritor D. José de Elola, Coronel
Ignotas, ilustradas, a 4 pesetas.

Serie Rosa.

Tom os publicados.
V i a je s P i.a x e t a r io s en e l S ig lo x x i i

I. —Délos Andes al Cielo.
II. —Del Océano a Venus.
III. —E l Mundo Venusiano.
L a D e s t e r r a d a d e la T ie r r a

IV. —E l .Mundo-Luz.
\ .—E l Mundo-Sombra.
V I.—E l Amor en el Siglo Cien.

En prensa.

I . a M a y o r C o n q u ista

En preparación.
O t r a s v a r ia s .

A l v a r e z P u e n t e (M. i—Elnaviero Mas;
/, Los signos, novela-, 4 pesetas.
A l v a r e z y S oto m a y o r ( J . ) . _ Rudezas,
poesías regionales; 4 pesetas.

Cuentos escogidos: El gaitero de
Hameling; Viaje a Marte; El Rey del
Río de Oro; Ratoncita Blanca; 1,50 pe­
setas.

Serie Blanca.
Cuentos para niñas: Corazoncito del
Bosque; Flor de Almendro; El vestido
de baile; Las dos amigas; 1,25 pesetas.

Serie M aravilla.
En colores, ocho cuadernos de inte­
resantísimos i lientos de aventuras, caza
y viajes; una peseta.

Serie Fantasía.
Alicia en el País de las Maravillas; ori­
ginal presentación con artísticas ilus­
traciones , encuadernada en cartoné;
2 pesetas.

Serle Oro (en prensa).
Bubv encuentra un tesoro; Bubv se
convierte en pájaro; Bubv escribe a los
Reyes.

Colecciones