La mayor conquista: primer episodio. Los vengadores

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Madrid

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122
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0000000159
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Notas
Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Librería y Editorial Rivadeneyra
Lugar de publicación
Madrid
Idioma
Español
Europeana Type
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Europeana Data Provider
Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
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1
Derechos
Universidad Complutense de Madrid
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CC BY-NC-ND 4.0
Fecha de creación
1922
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L A M A Y OE OOÑ QTTIST A
P R IM E R E P IS O D IO

BIBLIOTECA
Clásicos Rivadeneyra.
Selección de obras desde los orígenes
hasta fines del siglo xvm. Tomos lujosa­
mente encuadernados en tela y estam­
paciones en oro, 5 pesetas.

Bdiciones selectas.
Obras notables de la literatura uni­
versal, antiguas y modernas. Tomos pri­
morosamente encuadernados en tela,
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Escritores modernos.
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nacionales y extranjeros del siglo xix.
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5 pesetas.

RIVADENEYRA
B randao (R .). —Los pobres, novela; tra­
ducción del portugués; 4 pesetas.
G abriel y G alán (J. M.a). —Obras com­
pletas; dos tomos: rústica, 10 pesetas;
tela, 14 pesetas.
L ópez M ariín (F.). — Blasco Jimeno,
drama premiado por la Real Academia
Española; 4 pesetas.
—E l rebaño; drama; 4 pesetas.
M ata (P.).—Irresponsables; 5 pesetas.
T oral (J.).— Flor de pecado) 5 pesetas.
En prensa.

M as (José).—E l rastrero) novela cas­
tellana.
V illaespesa (F.). Vasos de arcilla)
poesías inéditas.

Escritores contemporáneos.

BIBLIOTECAS PARA NIÑOS

Obras de los más ilustres escritores
contemporáneos nacionales y extranje­
ros. En rústica, con elegantes cubiertas,
5 pesetas.

(Encerradas en artísticos estuches.)

Lecturas para mi hija.
Colección de novelas escogidas que
pueden leerse por todas. En rústica, con
primorosas cubiertas, 4 pesetas.

Viajes y aventuras.
Viajes célebres y novelas de aventu­
ras, con ilustraciones, 5 pesetas.

Biblioteca novelésco-científica.
Colección de todas las obras del ilus­
tre escritor D. José de Elola, Corone/
Ignotas, ilustradas, a 4 pesetas.

Tomos publicados.

V iajes P lanetarios en e \ S iglo x xii
I. —Délos Andes al Cielo.
II. - Del Océano a Venus.
III. —E l Mundo Venusiano.
L a D esterrada de la T ierra
IV. —E l Mundo-Luz.
Y .—E l Mundo-Sombra.
VI.—E l A mor en el S iglo C ien
L a M ayor C onquista
VIL —Los Vengadores.
En prensa.

Po 1Icía T elhgráfica

En preparación.

Los M odernos P rometeos

A lvarez P uente (M.) E l naviero Mas;
I, Los signos, novela; j pesetas.
A lvarez y S otomayor (J.).—Rudezas,
poesías regionales; 4 pesetas.

Serie Liliput.
40 cuentos; 200 dibujos en colores, por
los más populares dibujantes humoris­
tas; 400 páginas; 2,50 pesetas.

Serie Velázquez.
Método simplificado de dibujo y colo­
rido, por el popular dibujante «Karikato»; 100 dibujos; 1,50 pesetas.

Serie Mignon.
Celebradas aventuras de la popular
Mariquita; una peseta.

Serie Rosa.
Cuentos escogidos : El gaitero de
Hameling; Viaje a Marte; El Rey del
Río de Oro; Ratoncita Blanca; 1,50 pe­
setas.

Serie Blanca.
Cuentos para niñas: Corazoncito del
Bosque; Flor de Almendro; El vestido
de baile; Las dos amigas; 1,25 pesetas.

Serie Maravilla.
En colores, ocho cuadernos de inte­
resantísimos cuentos de aventuras, caza
y viajes; una peseta.

Serie Fantasía.
Alicia en el País de las Maravillas; ori­
ginal presentación con artísticas ilus­
traciones, encuadernada en cartoné;
2 pesetas.

Serie Oro (en prensa).
Buby encuentra un tesoro; Buby se
convierte en pájaro; Buby escribe a los
Reyes.

LOS VENGADORES
EL CORONEL IGNOTOS
POR



B IB L IO T E C A N O V E L E S C O - C IE N T ÌF IC A

LA MAYOR
CONQUISTA

Es propiedad. Prohibida la repnducción, incluso la “ cinematográ­
fica”, sin permiso del autor.

^ | > ^ A ^ A /S /S ^ V A A A A A ^ \A A A A A A < > V N A /V S /V V ,,> A A < V V V V X W

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S A /S A A A A A A A A ^ A ^ > A A A A A ^ A A ^ A A A A A A A A A A <

LA M AYOR
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POK

EL CORONEL IGNOTÜS
JOSÉ

DE

ELOLA

PRIM ER EP IS O D IO

LO S VENGADORES
¡31 1 3 El

MADRID, LIBRERÍA RIVADENEYRA



9

ín d ic e :
Págs.

Págs.

I. —Un tren extraño...............
7
XVI.—En donde Bertier cree estar
II. —Las primeras alarmas....
10
sonámbulo ........................
66
III. — Una cita en el desierto...
15
XVII.—Una madeja de pistas en­
IV. —Un viajero que preocupa a
redadas ............................
70
los demás.........................
19
XVIII.—Cabos sueltos que el tiem­
V. —Quién es el argentino y cuál
74
po teje en tramas...........
su portentoso invento.....
22
XIX. —Voz-luz y Luz-palabra...
79
VI.—Lo que busca Lobera en el
XX. —La emboscada..................
82
Sahara ..............................
26
XXI. —El crimen de Tadelaka...
87
VII. —Una idea de Duvery.......
30
XXII. —Al fin habla Emma.........
92
VIII. —Lucha de astucias...........
33
XXIII. —La cobardía de una mujer
IX.—Lo que puede leerse en el
enamorada .......................
96
blanco revés de un pasa­
XXIV. —Duvery va pensando que su
porte ................................
37
hija ha visto claro...........
99
X.—Un importante y proteico
XXV. —La peluca del camello con­
personaje ........................
40
tinúa dando juego........... 104
XI. —Dos interesantes telegra­
XXVI.—Una entrevista interesante... 109
mas ...................................
45
XXVII. —La indiscreción de don
XII. —Un armadijo telegráfico.
48
Gustavo ............................ 113
XIII. —La cólera de Abd-el-Gahel.
54 XXVIII. — Cassín paga la que hizo en
XIV. —Tres días después...........
58
Tadelaka .......................... 116
XV.—Las dos barajas de Moyfsk.
62
122
Paréntesis

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTÍFICA
por «EL CORONEL IGNOTUS»
Pesetas.

DE LOS ANDES AL CIELO.— P rim e ra etapa de «V iajes Planetarios en el siglo x x n » ,
segunda e d ició n ................................... ................................................ ..............................................
DEL OCÉANO A VENUS.— Segunda etapa de la m ism a obra, segunda íd e m .....................

4
4

EL MUNDO VENUSI ANO.— Terce ra y ú ltim a etapa de la m ism a obra, segunda íd e m ... . .

*

LA DESTERRADA DE LA TIERRA.— P rim e ra p a r t e .-E L MUNDO-LUZ......................................

4

EL MUNDO-SOMBRA.— Segunda parte de la a n te rio r..................... ..............................................

4

EL AMOR EN EL SIGLO CIEN................................................................................................................

4

LA MAYOR CONQUISTA.— P rim e r episodio: LOS VENGAD RES...................................... *..........

4

EN PRENSA:
POLICÍA TELEGRÁFICA.
E N P R E P A R A C IÓ N :
LOS MODERNOS PROMETEOS.

OTRAS OBRAS Dt¡ JOSÉ DE EROLA
MODERNAS BRUJERIAS DE LA C IE N C IA .......................................................................................

6

MÁS BRUJERÍAS CIENTÍFICAS. - E n preparación.
EUGENIA.— N ovela....................................................................................................................................

3

LA PRIMA JUANA.— Novela, dos tom os............................................................

3

BOSQUEJOS.— Cuentos............................................................................................................................

3

CORAZONES BRAVIOS— Cuentos

1

...............................................................................................

CUENTOS ESTRAFALARIOS DE AYER Y MAÑANA.— (A go ta d a ).
REMEDIO CONTRA CEGUERA.— Com edia cn dos actos (agotada).
LA NIETECILLA.— Idem en id., id.
IN ARTÍCULO MORTIS.— Id e m en un acto, id.
PRECOCIDAD.— Ide m en id., id.
de este nom bre, d e W illia m Shakespeare.................

2

OBRAS DRAMA ' ICAS.— E l salvaje, Luz de belleza............................................................................

MACBETH.— Versión de la tragedi

2

EL FIN DE LA GUERRA.— Con el seudónim o I g n o t u s .................................................................

3,50*

«aw y —

-----------------------------------------

EL CREDO Y LA RAZÓ N — Segunda edición ................................................................. ................

3

LA VERDAD DE LA GUERRA.— Versión del inglés (agotada).
LAS CAUSAS DEL DESASTRE.— Con seudónim o I g n o t u s (agotada.)
LA CAMPAÑA DEL R0SELL0N.— (Agotada.)
EL PLEITO DEL REGIONALISMO.— Con seudónim o Don Ñuño (agotada).
LA ENFERMEDAD DE LA PESETA........................................................................................................

2

LO QUE PUEDE ESPAÑA.................................................................................... .....................................

1

■wrr-

... .

PLANIMETRIA DE PRECISIÓN.— Prem iada por la Escuela de M inas, cuatro v o lú m e n e s ..

50

LEVANTAMIENTOS Y RECONOCIMIENTOS TOPOGRAFICOS.— De texto en varias Escuelas
de Ingenieros, tres volúm enes.............................................................................. .....................

30

AGENDA DEL TOPÓGRAFO........................................................................................... *.................... -

7

ESPAÑA EN MARRUECOS.— Mapa de la zona de influencia española....................................

3

UN TREN EXTRAÑO
“Bir-el-Charama (Pozos de Charama), vein­
te minutos”, gritó el bereber negro que ha­
cía de mozo de estación en la del pequeño
oasis de aquel nombre, al parar en ella, a las
nueve de la mañana del l.° de abril de 1996,
el tren que, salido de Tánger a las diez de
la noche de la antevíspera, y pasando suce­
sivamente por Fez, Tafilete, El Touat e InSalah, se dejaba ya atrás 2,100 kilómetros,
1.500 de ellos de desierto, al parar resollante
en el trozo citado.
Desde que, vencido el Atlas, salió al Saba­
ra, fué saltando (sin detenerse entre uno y
otro) de oasi^ en oasis: los mismos antaño
utilizados como etapas de las antiguas cara­
vanas, de largo en largo organizadas para
cruzar el mar de arena, y utilizados en la
época de la presente historia para establecer
las estaciones del ferrocarril transahárico;
es decir, de uno de los de e3te nombre, pues
a fines del siglo X X son varios ya los que
salvan la inmensidad del Gran Desierto;
siendo precisamente el recorrido por el tren
dond^vamos a entrar el más atrasado, pues
su vía sólo llega a Agadés, capital de la
montañosa región del A ir o Asben, y toda­
vía distante 800 kilómetros de Kouka, sobre
el lago Tchad, donde acabará la línea cuan­
do sea terminada.
Dicho tren no se parece a los que en Eu­
ropa y América estamos acostumbrados a
ver. En primer lugar, las enormes distan­
cias entre las estaciones donde puede tomar­
se carbón y hacer aguada obligan a emplear
grandes locomotoras con grandísimos depó­
sitos de agua, para alimentarlas en marcha,
y ténders ccn provisión de combustible ade­
cuada para poder correr, sin detenerse, has­
ta 300 kilómetros: trayectos en los cuales,
no solamen-.e ha de engendrar la máquina
fuerza para el arrastre, sino la exigida por
la refrigeración de los vagones de primera
al atravesar durante el día, las inacabables
llanuras, donde el asfixiante calor suele lle­
gar a 60 grados. Y todavía a más cuando el
tren corre encajonado en valles formados
por arenosas dunas o peladas rocas calci­

nadas por la lumbre solar, cuya reflexión
en las desoladas laderas hace subir el ter­
mómetro hasta bordear, a veces, los 70
grados.
Esto de día, pues por la noche la misma
locomotora ha de proveer a la calefacción
de los propios vagones de lujo.
¡Calefacción en el Sahara!...
Sí; no es ningún disparate, aunque al­
guien pueda suponerlo; pues la falta de vege­
tación en la tierra, de humedad en el aire y
de nubes en aquel cielo siempre despejado, son
causa de que la irradiación calorífica del te­
rreno y de las capas de aire en contacto con
él a las altas regiones de la atmósfera sea
tan intensa durante las noches, que no es
raro baje la temperatura hasta dos y tres
grados bajo cero.
Según eso, cualquiera pensará que quien
en el Sahara viva habrá de tener en alter­
nado uso constante variado guardarropa,
con trajes de batista para el día, y abrigos
de pieles para usarlos de noche... Y no e3
así; porque cuando el sol quema, excede en
mucho la temperatura ambiente de la nor­
mal (37 grados) del cuerpo humano, rio sien­
do buen sistema combatirla usando trajes
ligeros, sino, al contrario, recios, que pre­
servan la piel del contacto con el aire más
caliente que ella mejor que los livianos.
De aquí que lo más fresco sea abrigarse
bien con lana o algodón blancos.
¡Valiente frescura!
Verdad es, porque lo más a que usando
tal ropa puede aspirarse es a no sentir ca­
lor superior a 37 grados: temperatura que
nadie tendrá por fresca fuera del Sahara,
pero que lo es muchísimo para quien la com­
para con las que allí pueden padecerse.
Los trenes de la línea Tánger-Agadés, to­
dos mixtos de mercancías y viajeros, no cir­
culan, desde Tafilete a la segunda de aque­
llas poblaciones, sino un día sí y otro no, y
llevan solamente dos clases de coches de via­
jeros: de lujo y para jornaleros indígenas.
Los destinados a los últimos, gentes curti­
das por las inclemencias de un abrasante

8

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIF1CA

sol, no son sino plataform as cubiertas y ro­
deadas de barandales, donde en bancos sin
respaldos, teknas, tuaregs, slim ans, tibous,
kelovis y demás representantes de nume­
rosas tribus mezclas de árabes, berberiscos
y negros, se consideran perfectam ente insta­
lados; pues para ellos hasta los bancos so­
bran, por bastarles para encontrarse a gus­
to que les quiten con un sombrajo el sol de
plano, y hueco donde sentarse en el santo
suelo con las piernas cruzadas a lo moro.
E n cuanto al traqueteo bárbaro de tales pla­
taform as sin ballestas, intolerable para cual­
quier cristiano, no es nada para quienes es­
tán hechos a las trem endas sacudidas del
tro te del camello.
Los vagones de lujo, merecedores de este
calificativo con m ayor motivo que los más
suntuosos de los rápidos europeos y ame­
ricanos, llevan doble acristalado en las ven­
tan as y además un pasillo que rodeando sa­
lones, sleepings y comedores, tiene dobles
paredes al exterior, entre las cuales quedan
cám aras huecas y rellenas de serrín de cor­
cho, para aislar los coches de las extrem as
tem peraturas exteriores.
La calefacción nocturna se obtiene por
medio del vapor sobrante de la locomotora,
y la refrigeración de los salones y comedo­
res, durante el día ocupados por viajeros,
con bloques de hielo de 300 kilogramos, que,
en el centro de los coches, se colocan en ban­
dejas situadas sobre irradiadores sem ejan­
tes a los usuales en los edificios caldeados
con vapor o agua caliente; mas con la dife­
rencia de llenarse los tubos de estos radia­
dores de frío con el agua recién deshelada
de los bloques, que al gotear, de las bande­
ja s a ellos, se calienta poco a poco con el
calor substraído al aire del vagón, aventado
con abanicos eléctricos hacia los tubos.
El agua permanece en los refrigeradores
h asta que su tem peratura sube a 26 .grados,
siendo entonces autom áticam ente desagua­
dos aquéllos y reforzada la provisión de hie­
lo de las bandejas.
Como el calor para licuar los helados blo­
que^ y el necesario para elevar después el
agua de los tubos h asta 26 grados, se tom a
de aire am biente de salones y pasillos!,
la tem peratura se m antiene en ellos alre­
dedor de 28 grados, la cual acaso no parez­
ca m uy agradable a los lectores, pero que
la encontrarían deliciosa como hicieran un
viaje, el cual no les deseo, por el Sahara.
Pero ¿de dónde se tom a el hielo en el
D esierto? De ninguna p arte; porque en las
aldehuelas de aquellos oasis, casi todos de

vegetación raquítica, y m isérrim as ellas en
recursos, no lo hay. Entonces lo carg ará el
tren antes de sa lir de T ánger o de Fez...
Tampoco: eso co n stitu iría sobrecarga enor­
me para la locom otora; y además, cuando
fu era a em plearse en los vagones ya estaría
casi totalm ente deshelado, porque no ha de
olvidarse que este tren viaja a través de
una atm ósfera de fuego, caldeada de día a
tem peraturas cam biantes entre 55 y 70 gra­
dos, salvo en escasos tram os recorridos a la
p recaria som bra de las palm eras de algunos
oasis, en los cuales suele m antenerse entre
los 45 y los 50.
D escifrarem os de u na vez la charada: el
frío p ara congelar el agua de los radiado­
res lo proporciona la locomotora, sacándolo
del fuego de su hogar o del vapor de su
caldera, calentado a doscientos y pico de
grados.
¡Hielo de fuego!... No hay de qué asom­
b rarse: la cosa es vulgarísim a, pues a me­
nos de disponer de un salto de agua, que
no tiene a la mano toda fábrica de frío, con
fuego lo hacen siem pre las industrias fri­
goríficas.
Más aún; h a sta las mismas que fabrican
hielo empleando m otores movidos con elec­
tricidad no producida quemando carbón, si­
no empleando la fuerza de los saltos de
agua, no usan en definitiva sino fuego, que
en lu g ar de ard e r actualm ente en te rre s­
tres hogares, ardió antes en el Sol: fuego
solar almacenado en el agua que cae, y
mueve la tu rb in a y la dínamo, pudl s‘i el
calor del Sol no llegara a la T ierra evapo­
rando en sus ríos y m ares millares o m i­
llones de toneladas de agua, y levantándo­
la a las nubes convertida en vapor, no h a ­
b ría lluvia en los valles ni nieve en las
m ontañas; y si el fuego del Sol no d e rri­
tie ra luego la nieve de los montes, no co­
rre ría n los ríos, ni habría saltos en ellos:
y a ver, entonces, dónde encontrábamos fu e r­
za hidráulica.
Si con calor so lar se transportan las in­
quietas aguas de los m ares a los picachos
de las cordilleras p ara dorm ir allí sueño de
nieve, nadie debe asom brarse de que la lum ­
bre de la locomotora se transforme en los
bloques de hielo de los vagones de lujo del
tre n de T ánger a Agadés.
E l cómo es m uy sencillo; porque adem ás
de la ígnea caldera usual llevin las loco­
m otoras de este tren otra caldera de frío.
E n ella una bomba de succión, movida p o r
la m ism a biela im pulsora de las ruedas,
absorbe p arte del a ire contenido en lo alto

LA

MAYOR

de dicha caldera, en cuyo fondo se vertie­
ron previamente amoníaco o ácido carbóni­
co líquidos, que al evaporarse por efecto del
decrecimiento de presión determinado por
la succión, producen frío intensísimo, en­
friando una salmuera circulante en torno
de moldes llenos de agua natural cuya con­
gelación forma los bloques de hielo usados
para refrescar el tren (1).
Bien se comprende que el sistema es one­
roso, y por ello únicamente personas opu­
lentas viajan en los coches de lujo del
transahárico: banqueros, directores, jefes
de grandes empresas industriales, ricos tu­
ristas, etc. etc.; pues el billete de Tánger a
Agadés cuesta cinco mil pesetas (2 ): pre­
cio muy justificado porque al gasto de car­
bón ha de agregarse el del amoníaco o el
ácido carbónico líquidos, ingredientes Cet­
ros: siendo el único económico en la refri­
geración la sal de la salmuera, pues la sal
sobra por todas partes en el Sahara (3).
Para acabar de dar noticia de las parti­
cularidades más salientes de este tren ex­
traño sólo resta consignar tres:
Primera, por ser frecuente, más aún ha­
bitual, que el polvillo de arena, siempre flo -

(1) Habiéndose explicado l|os medios indus­
triales de producir frío en otra obra de esta bi­
blioteca— El Am or en el Siglo Cien— no parece
oportuno molestar a mis lectores habituales con
la repetición de lo ya dicho.
(2) Cada bloque de hielo de 300 kilogramos
consume, para pasar de cinco grados por bajo a
veintiséis por cima de cero, un número de calo­
rías igual a esos 31 grados multiplicados por 300 ;
es decir, 9.300, las cuales han de sacarse del car­
bón del hogar, cuyo rendimiento allí no pasa de 10
por 100 en la bomba aspirante, a su vez reducido
en la fabricación del hielo en otro 70 por 1 0 0 : lo
cual quiere, en cristiano, decir que, dando cada
kilogramo de hulla 8.000 calorías, sencillas pro­
porciones demuestran que cada bloque puesto en
los vagones exige quemar en la locomotora 40
kilogramos de hulla.
(3) Así, el agua de los depósitos, tan pronto
es hielo en la caldera refrigerante, como vapor en
la de la fuerza propulsora, como agua, líquida de
nuevo, en los radiadores y en el condensador de
la máquina, donde, gracias a la refrigeración, se
logra enfriar dicho condensador en condiciones que
permiten obtener del vapor mayor rendimiento
que el normal en las locomotoras europeas ; ren­
dimiento que es bien sabido crece en toda máquina
de vapor tanto más cuanto mayor sea la diferen­
cia entre la temperatura de aquél al salir de la
caldera donde el agua hierve y la del condensador
en donde tal vapor vuelve a liquidarse. Esta es,
aunque pequeña, una compensación del elevado
coste de la refrigeración.
Quien no vea esto muy claro ahora, tenga un
poquito de paciencia, pues siendo calor y frío per­
sonales muy principales de esta historia, ya llegará
ocasón de ponerlo más claro.

CONQUISTA

9

tantee en el aire del Desierto, cubra los rie­
les de la vía, llevan todas las locomoto­
ras aparatos semejantes a los barre-nieves
de has usadas en los países muy fríos.
Se;gunda, para defenderse de las grandes
tornnentas arenosas levantadas por el vien­
to sur, que unos llaman sirocco y otros
simemn, peligrosísimas cuando sorprenden
a uní tren en marcha, arrojando sobre la vía
aglomeraciones de arena demasiado gran­
des para ser separadas por la barredera
de lia locomotora, se ha recurrido al ex­
pediente de dejar inmóviles las ruedas de
aquéilla y las de los vagones de lujo, comenzandlo en seguida a funcionar, en lugar de
aquéllas, un mecanismo igual al empleado
en l<os tanques de guerra y en ciertos trac­
tores agrícolas.
Ll egado este caso, se desenganchan los va­
gones de mercancías y los de indígenas, re­
concentrando sus ocupantes, ad recalcandum,
en Los de primera: con lo que aligerado el
tren avanza, no sobre carriles, sino sobre la
arena que los cubre; pero, en vez de correr
a velocidad de 60 kilómetros, no marcha Sino
uno y medio a dos por hora.
Con semejante paso de tortuga no se pre­
tenda continuar el viaje, sino librar a los
viajeros del riesgo que, de permanecer el
tren parado, correrían de quedar enterrados
en la arena, y dar tiempo de que, pasada la
tormenta, puedan acudir en auxilio del tren
potentes máquinas limpiadoras pedidas por
telegrafía sin hilos a las estaciones más
cercanas. Estas máquinas de socorro tienen
algo de locomóvil y mucho de perforadoras
de túnel.
P or último, en previsión de caso, no fre­
cuente, pero sí posible, de que la tormenta
sea una de las terribles que alguna vez so­
brevienen— por el estilo de la que en el si­
glo xux dejó enterrada bajo montes de are­
na a toda una caravana francesa, salida de
Ourg'la para hacer estudios de tanteo del
primero de los proyectados ferrocarriles
transaháricos—, llevan los cerrados vagones
de lu jo chimeneas extensibles que según las
arenas suben por los costados y por cima
de ellos van elevándose más y más.
Cinco metros de altura que el tren tiene
(pues pensando en estas contingencias se
hacen altos los vagones), más siete que co­
mo máximo pueden alcanzar las chimeneas,
dan doce: suficientes, salvo tormenta excep­
cional.
Tales chimeneas, en número de dos, y
cubiertas por caperuzas cónicas para que la
arena no las ciegue, proporcionan aire en

10

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

el interior de los vagones mientras los via­
jeros pueden salir del soterrado encierro.
No son, pues, estos artefactos, en defini­
tiva, sino meros ventiladores cuyo funcio­
namiento es activado, de rato en rato, me­
diante aspas giratorias que establecen a
través de ambas chimeneas tiro entre el ex­
terior y los cochds enterrados.
El diámetro interior de ellas pasa de un
metro, dejando hueco suficiente para esca­
las que, al caer el huracán, permiten a los
viajeros salir al exterior.

Como se ve, están tomadas todas las pre­
cauciones para el salvamento, que sólo pue­
de fallar cuando llegue a exceder de doce
metros el espesor de las arenas caídas so­
bre el tren: caso que hasta la fecha de
esta historia no se ha presentado en los fe­
rrocarriles del Desierto, los cuales lo hacen
todavía más remoto tomando la precaución
de no salir de los oasis cuando por indi­
cios, bien conocidos de los indígenas, se ba­
rrunta tormenta que amenace ser grande.

II
LAS PRIMERAS ALARMAS
■—Pues si tan extraño le parece viajar por
el Desierto sin sentir calor, y se llama us­
ted a engaño, he aquí la ocasión de sentir,
si no todo el de las arenosas regiones, pues­
to que Gharama es un oasis, algo a aquél
parecido.
— Sí, hombre, sí: voy a bajar: es casi
vergonzoso acabar un viaje a través del
Sahara sin conocer su calor: lo más típico
de él. Para eso me habría quedado en mi
casa de Buenos Aires, o me habría ido a
veranear a Suiza.
Quién así hablaba era, según la última
frase deja entrever, un bonaerense.
Albo, elegante, esbelto, pero robusto y
fuerte, no era, ni mucho menos, un Adonis;
pero su rostro vivo y simpático revelaba
inteligencia, energía y franqueza. Edad,
treinta y cuatro años; nombre, Pepe L o­
bera.
El que lo invitaba a bajar del tren era
un francés de cincuenta y tres años, Monsieur Héctor Duvery, ingeniero jefe de la
compañía constructora de aquel ferrocarril,
quien, después de una temporada pasada
con licencia en Francia, retornaba a su des­
tino en compañía de sus hijos: Emma, de
veinticuatro años, y Raúl, de diez y nueve.
Dedicado, al padre me refiero, desde los
treinta años a empresas ferroviarias en el
Sahara, su tez se había tostado en térmi­
nos que ya no la aclaraban sus transitorias
residencias de unos cuantos meses, cada
cuatro o cinco años, en la madre patria, y
el color bronceado de su cara parecía toda­
vía más obscuro por resaltar sobre la plata
de sus cabellos y su barba, completa y pre­
maturamente blancos.

Los seis lustros de desierto no solamente
habían curtido su piel, sino templado y en­
durecido su organismo: era tan duro a las
penalidades africanas como un tuareg o un
eulad-sliman; hablaba sueltamente cuatro o
cinco lenguas africanas entre idiomas y mo­
dificaciones dialectales usadas por las di­
versas trib u s esparcidas en la inmensidad
del Sahara; su conocimiento de rutas, agua­
das, oasis, zocos, y de la meteorología del
Desierto le permitía orientarse en él como
el mejor guía, conociendo, además de todo
esto, algo tan importante o más: caracteres,
costumbres, rivalidades y arterías de casi
todas las tribus nómadas o seminómadas,
traicioneras y crueles, que viven de la ra­
piña y las violencias que habitualmente
hacen pesar sobre las sedentarias, y cuando
pueden sobre colonos o viajeros europeos.
A tal conocimiento del país, mejor dicho
países, y de sus habitantes, a su serenidad
y a su valor a toda prueba, debía haber
salido bien, donde muchos habrían fraca­
sado, de no pocos aprietos en que hombres,
suelo y clima le habían puesto: sus idas y
venidas, sus empresas y aun hazañas, habían hecho conocida de muchos su persona
en el Sahara, y fam iliar su nombre a cuan­
tos viven desde el E rg a Ennedi y de Koufra al Eglab. (1)
Años atrás, no siendo todavía sino uno
de tantos ingenieros al servicio de la em­
presa del ferrocarril argelino de Constanti(1)
El Sahara no es, cual no pocos suponen,
una sola llanura arenosa tendida del Atlántico
al N ilo y del A tlas al SenegaT, el Níger y las
selvas ecuatoriales.
Aun cuando árido y desolado por todas partes,

LA

MAYOR

CONQUISTA

11

na a Bislcra, concesionaria de la prolonga­
ción de él hasta Kouka, en el lago Tckad,
donde se alcanza el límite meridional del
Gran Desierto, habíase casado con la hija
de un coronel francés del Ejército de Ar­
gelia, la cual le había seguido de oasis en
oasis: más adentrado cada uno en el Saha­
ra según avanzaba el tendido de la línea,
hasta dejarla terminada. En uno de estos
oasis, en el de Kawar, había nacido su hija
Em m a.
Finalizado aquel ferrocarril, pasó, ascen­
dido ya, a cargo de mayor importancia, en
la construcción de la vía Tafilete-AgadésKouka, viajando en la cual lo encontramos.
En el Touat había nacido Raúl, allí perdió
Duvery a su esposa; y nombrado a poco
Ingeniero Jefe de las obras de la línea, con
los progresos de ésta fué avanzando suce­

sivamente a diversos lugares el de su resi­
dencia, para mantenerla en: el centro de los
trabajos en ejecución. Así pasó a In-Salah
primero, a Agadés más tarde, y en el mo­
mento de comenzar esta narración tiene ya
su casa y su centro de trabajos 230 kilóme­
tros más allá de Agadés, en Techiasco.
Em m a es una bellísima muchacha rubia
de sosegado y dulce carácter, con aparien­
cia delicada que recuerda el tipo de las Ofe­
lias y Desdémonas: Raúl, un mozo que
acostumbrado desde los doce años a acom­
pañar a su padre en sus expediciones y he­
cho a la dura vida del Desierto, tiene des­
arrollo superior a sus años. Todavía más
curtido de rostro que Don Héctor, habla el
árabe como si árabe fuera, y el temaxec co­
mo un tuareg.
— Pues andando, señor Lobera— dijo Du-

*salvo en los oasis, entre sí separados por gran­
des distancias, la reunión de algunos de éstos en
manchas de variable extensión y la agrupación
de verdaderas montañas divide el terreno en lla­
nuras extensísimas, pero que no constituyen todo
el Desierto de Sahara.
Del Atlántico, entre el Sahara español— Río de
Oro— y las bocas del Senegal, se tiende de sur­
oeste a noroeste hasta el Golfo de las Sirtes,
en el Mediterráneo, una inmensa llanura de más
de 2.500 kilómetros de longitud, con anchura va­
riable que supera a trechos los 1 000 formada
por los desiertos del Iguidí, Ouaran, el Djouf y
el Gran Erg (erg significa montaña de arena),
arrugada por las colinas de Tamar, montes del
Eglah, las dunas tel Iguidí y El Erg, y perpendiculcularmente cruzada al sur de Argelia y Ma­
rruecos por la cadena (no continua) de oasis de
Tafilete, El Touat e In-Saláh
Más al centro, otras grandísimas llanuras, mas
no tan colosales como la anterior, quedan com­
prendidas entre comarcas montañosas y cadenas
de oasis muy alejadas unas de otras.
Los más salientes de dichos grupos orográficos
son El Adrar de los lfoghas, El Ahagar, más al
Norte, y todavía más la meseta de Tassili y la
llamada (zona pedregosa) de Tlnguert.
Detrás, es decir, más al este y en la parte
meridicional del Desierto, se encuentra el país
del Air o Asbon con los macizos montañosos de
Timgué o Tintelloust. Más allá, de norte a sur,
se tiende la línea de los oasis de Kawar y Bilma
hasta el lago Tchaad, y todavía más lejos se su­
ceden al sur do Trípoli zonas pedregosas, el país
de Fezzatn y el maciso montañoso del Tlbesti
con el país quebrado de Borkon, a él ligado.
Por último, al noroeste se extiende el inmenso
Desierto Líbico que hacia oriente llega al Nilo,
al norte, a los oasis de Aoudjila, y en el cual
se hallan enclavados los grandes oasis de Koufra.
Distancia media del Nilo al Atlántico— este a
oeste— 5.000 kilómetros. Del Golfo de las Sirtes
al lago Tchaad— norte a sur— unos 2.000.
En esta vasta extensión, de unos 8 millones
de kilómetros cuadrados, poco menor que la de
Europa entera, la superficie de los oasis no al­
canza sino 200.000, es decir, solamente dos quin­
tos de la de España, y el número de pobladores

del Sahara entero no llega al medio m illón: o
sea menos de uno por cada 16 kilómetros cua­
drados.
Existen grandes alturas, de las cuales son las
más notables el monte Tousidé, en el Tibesti, de
2.500 metros de elevación ; el Tengik, el Doghem,
el Eghellatt y el Bagsen, en el Air, de 1.350 a
1.880 ; el Eglab, macizo notable no por su altura,
sino por su constitución de granito y pórfido, que
en el Sahara occidental sobresale de las líneas
formadas por las dunas de arena características
de la región del Iguidí.
Rasgo notable o extraño, dados los caracteres
generales del Desierto, es la existencia en él de
lagos, que se encuentran en la región de Tassili,
y los cuales supone Mr. Duveyrier son chascos
formados en antiguos cráteres de volcanes apa­
gados.
Von Bary visitó en 1876 unos lagos llamados
Miharo, comprobando que no son sino trozos de
un desaparecido río (uad), que a veces se juutan
en un solo estanque y otras veces se reducen a
aislados fangales de agua termal. En este reco­
nocimiento no fueron vistos cocodrilos, pero sí
huellas evidentes de una especie pequeña de es­
tos saurios.
El único carácter de unidad entre las diversas
regiones del Sahara es la gran escasez o falta
absoluta dé aguas vivas y la penuria de vapor
de agua en el aire: tal que ni las armas se to­
man de orín ni las carnes muertas se pudren.
Las lluvias caen en las regiones más favorecidas
por ellas, tal es la inmediata al Níger, en tres o
cuatro chaparrones de julio a septiembre, dando
entre todos un mísero total de cinco a seis cen­
tímetros en el año entero— Capitán A. II. W.
Haywod, exploración realizada en 1910— , y por
ello, con ser raquítica la vegetación de las es­
tepas que por el sur limitan el Desierto, es me­
nos miserable que la que existe en algunos que
otros lugares, escasos y entre sí alejadísimos del
Sahara.
Hay comarcas donde la tierra pasa cuatro y cinco
años sin recibir una gota de agua, y en las regiones
centrales, donde moran los tuaregs, se han re­
gistrado hasta diez sin un solo aguacero.
Fuera de los oasis— donde crecen la palmera, po­
cos cereales, principalmente mijo, árboles de goma y

#

12

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

very— . Voy a hacer a usted los honores de
esta inhospitalaria tierra.
— Yo también bajo, papá: estoy harto de
encierro. Y tú, Emma, ¿no vienes?
— Sí, bajaré también. Pero, Señor Lobera,
¿adonde va usted tan de prisa, sin g o g les —
nombre inglés, y usual, de los anteojos obs­
curos con montura de cuero, empleados pa­
ra preservar los ojos de la reverberación del
sol en los arenales y del polvo de éstos— ,
sin velo y sin abrigo?
— Es verdad. Mil gracias por el aviso.
Pusiéronse los cuatro viajeros los ante­
ojos, cubriéndose las caras con tupidas ga­
sas blancas y las cabezas con cascos salak o ff de corcho, echándose sobre sus trajes
balandranes, blancos también, de lana y
descendieron del tren.
E l oasis de Gharama es una faja larga y

estrecha que rompe la monotonía de la are­
nosa dilatada llanura— prolongada hasta per­
derse de vista— con raquíticas manchas de
hierba que disputan el suelo a las arenas y
en las cuales crecen palmeras, anémicas y
ralas salvo en las cercanías de los pozos.
En uno de éstos está la- toma de agua de
la locomotora.
Salpican el paisaje pequeños grupos de
ruines casuchas y ranchos míseros, de ado­
bes. En estas viviendas se albergan los seis­
cientos habitantes de la desolada aldehuela.
Unos son negros, otros lo parecen; pues la
diferencia entre blancos y negros hijos del
desierto son de día en día menores en el
del Sahara, donde para diferenciarlos es
precisa vista muy hecha a verlos; porque
los negros se van de día en día destiñendo
con los constantes cruzamientos, que simul-

aun acacias, en las estepas meridionales lindantes
con la Nigricia— , solamente en los lechos de lo que
ha muchos siglos fueron ríos, y hoy sólo son cadá­
veres de ellos, y en las cercanías de algunos pozos,
se hallan mimosas y unos espartosos, escasos y
resecos pastos, que sin lluvia viven hasta tres años.
Cuando los camellos de una tribu nómada los con­
sumen, tienen a veces que andar ochenta, cien y
aun doscientos kilómetros hasta encontrar otros
donde aquéllos y sus frugales cabras puedan vivir.
Y, sin embargo, el aspecto del Sahara atestigua
que en remotas edades prehistóricas las aguas con­
tribuyeron a modelar sus formas. Anchos cñuces
con márgenes todavía claramente marcadas hablan
de ríos qué por ellos corrieron, y en donde nadaban
cocodrilos, tan desaparecidos como las aguas, que
llegaban a aquéllos por barrancos profundos, hoy
desecados, pero perfectamente visib les; surcando
las mesetas o descolgándose en torrenteras por las
pendientes de ellas. El viajero puede ver todavía
en muchos lugares troncos petrificados, restos de
selvas donde corrían el rinoceronte y el elefante,
representados por escultóricas tallas en las rocas
de las montañas de comarcas donde hace muchísi­
mos siglos no han sido vistos tales animales.
Todo murió, la fauna cual la flora, con la des­
aparición del agua, que hoy no se halla en toda la
inmensidad del desierto, sino en lo hondo de los po­
zos, y para eso en escasos parajes, siendo muy raro
que no sea salobre y muy desagradable para el via­
jero no acostumbrado a ella.
Los actuales cambios que el Sahara sufre son de­
bidos a los agentes atmosféricos. Las rocas se des­
granan para transformarse en movedizas dunas de
arena, formadas de polvo, que el viento arrastra y
deja caer aquí y allá, quedando los materiales más
gruesos en las llamadas, para formar extensiones
pedregosas con piso de cantos sueltos, que alternan
con los arenales y los trozos de pelada roca, por
el sol calcinada, y cuyo contacto abrasa.
Se creyó en tiempos que las dunas formadas por
los aéreos aluviones de arenas procedentes de dicha
disgregación de rocas ocupaban lugares fijo s; y no
es así, sino que son movedizas, aun cuando estos
montículos de polvo no viajen tan rápidamente
como puede creer quien, sorprendido por una de
las frecuentes tempestades de viento seco propias
del desierto, ve las arenas aventadas de modo tal,
que, según dicho de los habitantes, hacen humear
las colinas.

De estas tempestades de arena dicen las tradicio­
nes, por boca de Herodoto, que han sepul­
tado hasta ejércitos enteros; pero lo cierto es que
el número de caravanas que han perecido enterra­
das en la arena no es pequeño, y el de‘ viajeros,
grande.
Pasada la tormenta, el paisaje no parece haber
cambiado : las dunas ocupan los mismos lugares que
antes de e lla ; pues un día y una tempestad son
poco para hacer cambiar los arenosos montes de lu­
gares ; pero días y días y meses y años de tor­
menta tras tormenta realizan los cambios a la lar­
ga. Y así ha sido comprobado por viajeros y g u ía s:
comparando el terreno en épocas entre sí aleja­
das y no mucho, la transformación de las formas
del suelo y el transporte de las dunas.
En cuando a estragos de otro orden, la Historia
tiene, por desdicha, comprobadas importantes catás­
trofes, entre las cuales merece especialmente seña­
larse la de Ouargla, en el Sabara argelino, en la
cual pereció entera la caravana francesa que for­
maba la segunda expedición enviada para realizar
estudios de reconocimiento de la venidera vía fé­
rrea transahaárica.
Sin que la tempestad a que se refiere tuviera ca­
racteres tan terribles como los que entierran cara­
vanas enteras, M. Duveyrier, distinguido viajero,
dice de una por la cual fué sorprendido :
“ El sirocco— nombre italiano del simoun— empuja
ante sí inmensas trombas de aren as: se ven pasar
enormes cantidades de densísimo polvo en ciclónicos
giros, que zarandean, cual llamaradas de un incen­
dio, las rojizas masas que corren sobre la haz del
desierto con huracanada rapidez: tan pronto vo­
lando por ¡o alto como barriendo el suelo y flage­
lando con sus púas de arena cuanto sobre él se
halla. ”
Contra el ímpetu del vendaval, reforzado por la
masa polvorienta en suspensión, no hay más de­
fensa que tenderse boca abajo. Pero esto lleva con.
sigo otro terrible riesgo: el de quedar en poco tiem­
po sepultado si la tormenta es de importancia.
Aun sin llegar el caso de ser sorprendido por una
de éstas, el viajero padece extraordinariamente
con viento más moderado, pues el polvo que en
ellos vuela casi constantemente se mete, a través
del velo, en boca y narices, cae en la comida y se
filtra entre las ropas, constituyendo una terrible
molestia incesante, a veces días y días.

LA

MAYOR

t'áneam ente ennegrecen a los blancos, obs­
curecidos adem ás por la incesante acción
del sol.
Por de contado, nada de esto pudo ser ad­
vertido por el viajero argentino al bajarse
del tren, pues cuantos hombres veía en el
oasis eran “A hel-el-litzam "—gentes del ve­
lo—con las caras cubiertas con telas blan­
cas o negras: usadas estas últim as, según
le dijo Duvery, por los tuaregs de sangre
pura y las blancas por los africanos de ra­
zas menos aristocráticas y por los m esti­
zos. (1) Y no sólo por esto, sino porque
aunque tales gentes se hubieran despojado
do los velos (o trapos si se tra ta de pobres
que no pueden perm itirse tal lujo), tampoco
hab ría podido averiguar Lobera los verda­
deros colores de las caras; pues las habría
visto teñidas todas del mismo azul obscuro
que veía en las manos y los brazos de cuan­
tos pasaban junto a él: por ser costum bre
de aquellas tribus em badurnarse la piel con
índigo obtenido de plantas indígenas.
La m iseria de los tugurios del aduar re­
saltaba al com pararlos con los edificios de
buena m am postería destinados a viviendas
y oficinas del personal de la línea y a de­
pósitos de m ercancías y m aterial de trac­
ción.
En cuanto puso Lobera el pie en tie rra le
pareció e n tra r en un horno; pues si gra­
cias a la lana de su abrigo no1sintió los 56
grados del sol que, mal cernido entre claras
palm eras, caía sobre él, ni aun los 47 del
term óm etro colgado bajo la cubierta de los
soportales de la estación, experimentó bas­
tan te más de los 37 de su tem peratura per­
sonal. teniendo que m eter precipitadam ente
las manos en los bolsillos, porque al caer el
col sobre ellas le produjo sensación muy
parecida a quem adura.
Después de dar unos cuantos centenares
de pasos a la precaria som bra de las palme­
ras, preguntó:
—¿Y es esto todo lo que hay que ver en
este oasis?
—Todo, amigo mío: sin variación alguna
se prolonga este mismo paisaje h asta llegar,
al cabo de pocos kilóm etros, a las llanuras
de arena que dejamos atrás y las que re­
correrem os cuando de aquí partam os.
(1) El litzam en una u otra forma usado es
una protección absolutamente necesaria en el Sa­
bara do dfa. y que la costumbre hace a los indíge­
nas usar hasta de noche, para preservarse de
olio on la boca entren impurezas. Así no es fñcil
conocer a las ¡rentes en aquellos países, mientras
ellos no quiera descubrirse: Duveyrier, Nachtigal, Bath, Reclus.

CONQUISTA

13

■—Pues que me devuelvan el dinero..., ¡Y
que a esto lo llamen un oasis!...
—¿Pero quería usted h allar parques y
selvas en el S ahara?
—No pedía tanto, señorita: m as una um­
b ría un poco más espesa, aun siendo peqíieñita, no vendría mal.
—Cuando nos preguntaba usted por la
fuerza del sol del Desierto, pareciéndole
poco cuanto de ella decíamos, bien sabía yo
que variaría de opinión tan pronto recibie­
ra sus caricias.
—No, amigo Raúl, está usted equivocado:
por mucho que el sol queme, nunca ha de
parecerme demás—contestó el argentino con
vehemencia: tan extraña, dado el asunto
que la determ inaba, que todos lo m iraro n
sorsoi’prendios, diciendo Emma:
**
—Admiro ese entusiasmo por el sol, pero
soy de contrario parecer; pues aun estando
bien curada de espantos, como nacida y
criada en el Desierto, por poco que caliente
me parece mucho.
—Digo lo mismo; y con m ayor conoci­
m iento que mi hija, que habiendo vivido
siem pre en oasis mucho mejores que éste,
y no saliendo de casa sino por rarísim a ex­
cepción antes de ponerse el sol, no lo ha
desafiado como yo, en mis trabajos a través
de las inacabables planicies de abrasadora
arena, sin otro resguardo desde el am anecer
a la caída de la tard e que la del som brajo
de lona bajo el cual instalaba el aparato.
—Pero no me negará usted la im ponente
m ajestad de ese poder del Sol, que es vida
de la Tierra—Y con frecuencia, causa, en Africa, de
m uerte, y siempre de la h o rrib le aridez de
estas resecas tierras.
A esta respuesta de Don H éctor replicó
Lobera con su habitual viveza:
—Sí, claro; m ientras el hombre no con­
siga...—Pero al ir a com pletar la idea que
le pasaba por el pensamiento advirtió que
hacerlo sería descubrir propósitos que debía
reservar, y en lugar de decir, como la men­
te le dictaba, “m ientras el hom bre no con­
siga apoderarse de ella y hacerla ú til”, aca­
bó la frase diciendo: “hallar modo de de­
fenderse más eficazmente de sus rig o res.”
Mas la viveza de Lobera, suficiente a sa­
carlo pronto del apuro, no logró que su
breve pausa y su vacilación entre el co­
mienzo y el final de la respuesta dada a
Duvery quedaran recatadas a la perspicacia
de éste, haciéndole pensar que lo que su
interlocutor decía no expresaba su verda­
dero pensam iento; y aun cuando la discre-

BIBLIOTECA

14

NOVELESCO-CIENTIFICA

ción del ingeniero le retrajo de mostrar de­
seo de inquirir lo que el otro callaba, no
pudo evitar que a los ojos le saliera la sor­
presa nacida de las ideas, al parecer absur­
das, que le pasaban por el pensamiento co­
mo interpretación de la fugaz perplejidad
de su compañero de viaje, ni que empuja­
das por dicha sorpresa se le escaparan las
siguientes palabras:
— Jamás domará el hombre este sol del
Desierto.
— Claro que no: no digo eso— ¡qué desati­
n o!— : ni que estuviera loco... Quiero de­
cir..-, estaba pensando en que... en que
con el tiempo progresarán los medios de
defenderse contra él...
— Sí, sí: eso había entendido— repuso Duvery, en quien la insistencia de Lobera en
dar innecesarias explicaciones, aumentó la
certeza de que algo ocultaba.
— Y ya ve usted que no voy descamina­
do; porque entre atravesar este desierto so­
metido, durante semanas y semanas, a los
terribles riesgos y penalidades de las cara­
vanas de pasadas épocas, y salvarlo como,
gracias a hombres como usted, lo hacemos
hoy en un vagón de lujo y en dos días, ya
es mucho adelantar. Tras éste vendrán otros
progresos.
—Pues mientras llegan me parece que
haremos bien en aguardarlos en sitio algo
más fresco— dijo Emma.
De acuerdo todos con la proposición de
Emma dieron la vuelta, encaminándose al
vagón, a la puerta del cual encontró Duvery al jefe de la estación que, enterado por
los empleados del movimiento de la presen­
cia en el tren del señor Ingeniero Director,
acudía a saludarlo y a ponerse a sus ór­
denes.
—Muchas gracias, Morlain — dijo don
Héctor contestando al saludo de su subor­
dinado— . ¿Tiene usted a quien confiar la
estación y el servicio durante quince horas?
— Sí señor. Además que en ese tiempo no
ha de pasar más tren que el ascendente de
mañana, y el subjefe puede...
—Pues entonces, entregúele una y otro,
y véngase conmigo hasta Bir-Asiou: hemos
de hablar de asuntos del tráfico, y aquí no
hay tiempo, so pena de retrasar la marcha
del tren, lo cual no quiero. Bajará usted en
Bir-Asiou, de donde podrá luego volverse
en el ascendente.
—Pues voy a prevenir al subjefe y en se­
guida vuelvo, Señor Director.
*

*

#

Seis horas y media tardó el tren en de­

vorar los 370 kilómetros entre las estacio­
nes contiguas de Gharama y Asiou, lugar,
este último, conocidísimo en toda aquella
región del Desierto por sus cuatro pozos de
agua cuya abundancia hizo de Bir-Asiou
nudo muy importante, en tiempos, de las
rutas de las antiguas caravanas de Gadamés,
El Tibesti, El Touat y El Air.
Durante el trayecto permaneció Héctor
Duvery apartado de sus hijos y de su ami­
go el argentino, encerrándose con el jefe de
estación en el reservado, que utilizaba como
despacho de trabajo en sus frecuentes via­
jes en los trenes de la compañía de que e
director, entablando con él conversación, que
debió ser interesante y hasta grave, pues aun­
que el ingeniero era hombre acostumbrado
a dominarse, tenía al acabar la conferencia
aspecto preocupado, que no escapó a Emma
cuando, como antes de la llegada a Asiou,
volvió su padre a reunirse al grupo de la
gente joven, acompañado del jefe de Charama, a quien, como final de la conferencia
con él mantenida, dijo poco antes de salir
ambos del reservado:
— Como ya nos conocemos hace tiempo,
sabe usted, Morlain, que siempre he sido
incrédulo respecto a sucesos de la índole de
los que teme usted. Esa sublevación general
de todas las tribus del Sahara es aconteci­
miento que hace treinta años vengo oyendo
anunciar, sin que nunca hayan pasado del
anuncio, o quedando, a lo sumo, en fecho­
rías aisladas, cada vez menos frecuentes, de
bandoleros más que de insurgentes.
— Sin embargo, Don Héctor, mis noticias
no me dejan dudas de que propagandistas y
agitadores recorren el Desierto en todas di­
recciones, exacerbando los ánimos y aunan­
do voluntades para algo por el estilo de lo
que antaño llamaban la guerra santa.
— Sí, sí; pero sobre que entre los árabes
puros o semipuros y los tuaregs existen
odiosidades que por algo se llaman africa­
nas, sabe usted bien que son muchas las
tribus de otras razas o mestizas, que jamás
han podido deponer sus odios intestinos al
odio a nosotros; y que no pocas tienen más
agravios recibidos de tuaregs o de slimanes
que de los europeos.
—Es que a medida que el desarrollo de los
ferrocarriles va dejando sin medios de vida
a quienes antes se la ganaban en el tráfico,
cada día más mísero, de las caravanas, nos
van odiando más; es que el botín que para
estas gentes es supremo aliciente de un al­
zamiento contra los europeos, nunca fué tan

LA M A Y O R C O N Q U I S T A
15
grande como el ofrecido ahora por nuestros pidiendo guarniciones para las estaciones y
ferrocarriles y nuestros almacenes abarrota­ piquetes para la custodia de los trenes.
dos de mercancías que codician, aunque no
—Creo, Don Héctor, que no estará de más;
tanto como la posesión de nuestras mujeres y si no manda otra cosa, como dentro de
y nuestras hijas.
cinco o seis minutos llegaremos a Asiou, me
— ¡Nuestras h ijas!— exclamó alarmado despido de usted.
Duvery, reprimiéndose en seguida—. Ca,
—Hasta la vista, y téngame al corriente
hombre, ca. Sigo pensando como siempre; de cualquier novedad. Yo saldré dentro de
pero en asunto de tal gravedad no ha de unos días de Agadés para volver a instalar­
guiarme criterio cerrado, que, a despecho de me en Techiasco; pero como allí estaré en
mi experiencia, podría ser erróneo. Y, en comunicación frecuente con dicha población,
cuanto llegue a Agadés, telefonearé a los no tiene usted sino pedirla con el capitán
comandantes generales de Tombuctú y Ma­ de la gendarmería y decirle lo que yo deba
rruecos, informándoles de estos temores y saber.

III
UNA CITA EN EL DESIERTO
Delante de Morlain se apearon del tren,
en Bir-el-Asiou, dos viajeros, que cuando poco
antes se encaminaban por el corredor a la
plataforma de bajada cruzaron las siguien­
tes frases, en castellano, por creer que na­
die allí entendería esta lengua:
—¿Estás seguro de conocerlo?... ¿Cómo te
las vas a arreglar si todos tienen tapada la
cara con el litzam ?
—Es que, aunque así no fuera, no lo co­
nocería, pues no lo he visto en mi vida; pero
Al-Reshid me dijo en In-Salah que en cuan­
to ese hombre viera llegar el tren se nos
daría a conocer remangándose la manga has­
ta el hombro, para rascarse en el izquierdo.
A no ser porque el viajero que primero ha­
bló le era muy antipático a Lobera, es proba­
ble que, al pasar ellos por su lado en el pasillo
y oírlos expresarse en español, su abierto y
expansivo carácter le habría impulsado a
establecer comunicación con quienes habla­
ban su idioma natal; mas no inspirándole
aquel caballero la menor simpatía, se abs­
tuvo de decirle nada. Pero la estrambótica
manera como había de darse a conocer el
incógnito personaje que, por lo visto, aguar­
daba en Asiou la llegada de los españoles
excitó su curiosidad, haciéndole quedarse en
la plataforma del vagón, buscando con la
vista si entre los quince o veinte africanos
que en el andén estaban daba alguno seña­
les de picarle el hombro izquierdo.
Efectivamente, al extremo del cobertizo
que sombreaba la fachada de la estación
vió que un moro alto, flaco y apartado de

donde hormigueaban cargadores y mozos,
se remangaba la chilaba rascándose con arre­
glo a lo dicho por el que, en tanto no se de­
muestre lo contrario, hemos1 de tener por
español. Y no sólo vió esto, sino al más
grueso de sus compañeros de viaje, llevar­
se, como el moro, una mano al hombro iz­
quierdo, y rascarse también, pero por en­
cima de las ropas y sin remangarse.
Aquella concordancia de simultáneas pi­
cazones sorprendió muchísimo a Lobera.
El que aguardaba a los recién llegados
usaba traje que al argentino no le indicaba
nada, pero que a los acostumbrados a dis­
tinguir castas y calidades de los pobladores
del Desierto decían a las claras, si ya no lo
dijera la arrogancia de su talante, que el
hombre aquel no era un cualquiera; siendo,
por tanto, raro se rascara los piojos como
un esclavo o un azacán.
El contraste de semejante acto con su
orgullosa apostura fué advertido, no sólo por
Lobera, sino por Morlain, que al apartarse
del vagón iba detrás de los españoles y, por
lo tanto, en la dirección de aquel hombre,
que resultó blanco de las miradas del jefe
de Gharama, de los españoles y del argen­
tino.
Los dos viajeros avanzaron rápidamente
hacia el africano, mientras el ferroviario se
sorprendía de ver en la carne, teñida de
azul, que aquél dejaba ver al remangarse el
brazo, una parte no teñida de la piel que
tenía en blanco la forma de una estrella,
tatuaje distintivo de los naturales de uno

16

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

de los oas'ia de Aoudjila (1), al reconocer el
cual acortó Morlain el paso con que antes
marchaba rápidamente hacia ía puerta de
la oficina de su colega el jefe de la estación,
y dijo para su capote:
— Pues nó viene ,e de poco lejos; porque
es un árabe de allá, un jefe zouiya, no me
cabe duda. ¡Qué raro! ¿Qué se le habrá per­
dido aquí a ese mozo?... Entre Aoudjila y
Asiou no hay tráfico ninguno, ni las gentes
de por acá tienen relaciones con aquéllas.
En esto vió a los dos viajeros pararse de­
lante del zouiya, extrañándole que los recién
desembarcados se dirigieran, no a un em­
pleado de la estación, europeo como ellos,
sino a un africano a quien no habrían de
entender, y que tampoco los entendería.
Pensando en esto, y aguzada su curiosi­
dad por el grupo que al llegar unos donde
aguardaba el otro formaban los tres, se paró
Morlain: deplorando que la distancia le im­
pidiera oír la conversación entablada, con­
tra sus presunciones lógicas de que aque­
llos hombres no podrían entenderse, y
avivando su ya despierta desconfianza el
cambio de actitud del zouiya, que reservada
en el momento de acercársele los españoles,
se transformó inmediatamente al oírles las
primeras palabras.
Agregábase a esto la extrafieza que al
francés le produjo ver que, no obstante la
cordial actitud del moro, no durara su con­
versación con los recién llegados sino bre­
vísimos instantes: los precisos no más para
que entre uno y otros se cruzaran en purí­
simo árabe, cual sólo lo hablan mahometa­
nos cultos, las siguientes palabras, desde
luego no oídas por Morlain, que no teniendo
los antecedentes que Lobera, no hizo alto
en la maniobra de los rascamientos de hom­
bros:
— ¿Por dónde nace el sol?
— Por el país de donde vengo. ¿Cómo te
llamas?
— ¿Quién lo pregunta?
— Ben-Casim.
— Entonces, soy Bu-Yahi. ¿ C u á n d o ?
¿Dónde?
— En las grutas de Doghem, a media no­
che. Que todos se preparen para estar allí
cinco días después de recibir el aviso.
(1)
Archipiélago de oasis situado en la ?.ona
oriental de la Tripolitania, a no más de 300 kiló­
metros del Mediterráneo, en la linde norte del De­
sierto de Libia y cercano ai oasis egipcio, de
Siouah, conocidísimo como asiento del célebre tem­
plo de .Tfipiter Amnon. Zouiyas es el nombre de
las tribus árabes de estas regiones.

— Al-lah quede contigo.
— Y que contigo vaya.
Dicho esto, se separaron quienes, para
cruzar tan lacónicas frases, llegaban al cen­
tro del Desierto de opuestos extremos del
A frica; y al dar la vuelta los españoles y
retornar hacia el tren, donde no entraron
sino después de transcurrido un rato, pasa­
ron al lado de Morlain, que los m iró con ex­
trema atención, por ellos no advertida a
causa de ir muy embebidos en conversación,
de la que al paso oyó aquél unas cuantas
palabras, sin entenderlas por haber sido di­
chas en castellano; pero advirtiendo bien
la extremada dureza de los sonidos de las
pronunciadas por el menos alto de ellos,
quien chapurraba aquella lengua con mar­
cadísimo acento árabe y ásperas entonacio­
nes guturales, propias de este último idio­
ma, a Morlain fam iliar; pues, como todos
los empleados de los ferrocarriles de la Com­
pañía del Sahara, lo manejaba sueltamente.
— ¿Qué es eso que hablan?— di jóse para
sí— . Arabe, no; temaxec, tampoco; mas de
seguro es una lengua prima hermana..., tal
vez el dialecto que usen los zouiyas, puesto
que acaban de hablar con uno... Tam­
bién es raro que europeos sepan eso... Eu­
ropeos. ¿Europeos con esas caras?... Tan
europeos son ellos como yo moro... ¡Y qué
corta ha sido la conversación con el otro! Si
solamente para cambiar con éstos esas cuatro
palabras ha venido ese hombre desde su tie­
rra, ya deben ser interesants. No me gusta,
no m/e gusta nada esto: aquí hay algo que
merece la pena de m irarlo despacio.
A l llegar a este punto de su soliloquio
llamó a uno de los negros sudaneses emplea­
dos como mozos de estación, y le encargó
rogara al jefe de ella que hiciera el favor de
salir, pues deseaba hablarle su compañero
de Bir-el-Gharama: no yendo el mismo Mor­
lain en busca de él por no perder de vista
a quienes le inspiraban vehementísimas sos­
pechas de traer entre manos algo relacionado
con los temores de que poco antes había ha­
blado al ingeniero jefe.
*

*

*

Se ha dicho antes que a Lobera le era par­
ticularmente antipático el más alto y de más
distinguido porte de los dos españoles—si es
que Morlain estaba equivocado al creerlos
africanos— ; pero faltó agregar que tal anti­
patía no era irreflexiva, sino motivada por
haber observado que aquel hombre no había
dejado de m irar a Emma durante el tiem po,

*

LA

MAYOR

que una y otro habían estado en el salón:
con insistencia tan elocuente, que no era ne­
cesario ser lince p ara adivinar el móvil de
lag m iradas del buen mozo.. Pues, a despecho
de su atezado rostro, era un hermoso hom­
bre aquel; y por lo mismo más antipático a
Lobera, m uy receloso de la im presión que
su varonil belleza p udiera producir a la francesita.
Con la anterior explicación de aquella an­
tip a tía queda ya dicho, aunque no se haya
dicho, que por lo menos tanto como el otro
m iraba a Emina el argentino. De aquí que
al oír las frases castellanas al paso sorpren­
didas involuntariam ente, y ©cunársele que
cuando alguien aguardaba al guapo mozo
en Bir-Asiou era probable fuera éste el té r­
m ino de su viaje, se alegrara, por no se n tir
deseo ninguno de continuar teniéndolo por
com pañero hasta Agadés, o hablando más
fielmente, por no desear tal com pañía p ara
E m m a; y para cerciorarse de si el viajero
se quedaba allí, perm aneció en la platafor­
m a del coche-salón, desde donde, apoyado
en su barandilla, no lo perdía de vista.
Pasados diez m inutos, comenzó a tem er
que su deseo no se iba a realizar, pues los
paseos que los dos españoles daban de ex­
trem o a extremo del andén cubierto por la
m arquesina, no eran propios de quienes han
term inado un viaje, sino de quienes m atan
el tiempo m ientras oyen la voz de “viajeros
al tr e n ”.
Cuando tales reflexiones hacía el am eri­
cano, salió a la plataform a Duvery, y le
preguntó:
—¿Qué m ira usted con ta n ta atención, se­
ñor Lobera?
—A esos dos compañeros nuestros de via­
je, que por el habla, pero no en lo cetrino
de las caras, parecen españoles, y a aquel
tu areg descomunal que se recuesta en la
últim a columna junto a la que ha parado
la locomotora.
—Buen tipo; pero no es tuareg, sino un
caíd o un árabe de calidad de Baharieb, Djalo, Aoudjila o algún otro de los oasis que
quedan al s u r de La Cirenaica (Trípoli) y
de la meseta de Libia. P or aquí es raro ver
tales gentes, pues su país está sum am ente
alejado de éste. Pero ¿qué es lo que le cho­
ca a usted en él y en los otros?
—Que a todos les pica al mismo tiem po el
hombro izquierdo.
— ¡Qué rareza!
—P o r eso me ha sorprendido.
Seguidam ente refirió Lobera a Duvery lo
que había oído y visto, y cuando todavía no
LOS VENGADORES

CONQUISTA

17

había term inado de hacerlo, hubo de in te­
rru m p ir m om entáneam ente su narración,
pues uno y otro tuvieron que ap a rtarse p ara
dejar libre acceso a la plataform a a los via­
jeros de quienes hablaban: que habiendo
oído la llam ada de "viajeros al tre n ”, retor­
naban a éste.
Reanudado y acabado el relato, cuando ya
aquéllos estaban en el in terio r del vagón,
nacieron en el ánimo ded ingeniero apren­
siones análogas a las que la presencia de un
zouiya en Asiou habían inspirado a M orlain:
y todavía más fundadas; pues a los motivos
que despertaron los recelos del últim o se
juntaban los sugeridos a Don H éctor por lo
extraño de que personas que no se conocían
se citaran al paso de un tren en medio del
desierto, adoptando aquel extravagante me­
dio de reconocerse; pues todo ello olía a
complot desde cien leguas. Pero pasados dos
m inutos se distrajo de estas preocupaciones
al darse cuenta de que a pesar de la llam a­
da de “viajeros al tre n ” y del silbido pre­
cursor de la salida, no arrancaba la locomo­
tora, por no haber dado la orden de p artid a
el jefe de estación, que sin parecer acordar­
se de tal cosa, conversaba anim adam ente
con su colega M orlain a pocos pasos de la
plataform a donde estaba Duvery, que le
gritó:
—Gudín, ¿porqué no da ustd la salida?...
Ya ha pasado la hora... ¿Ocurre alguna no­
vedad ?
—Nada, nada, Señor D irector—. Es que no
han acabado de cargar el carbón. E n segui­
da saldrá el tren —contestó el interpelado,
que tan pronto hubo dado a voces esta res­
puesta, se acercó, acompañado de Morlain,
adonde estaba el jefe de ambos, a quien el
últim o dijo acercándose y en voz baja:
—No es eso, Señor D irector, sino que por
razones de im portancia, que ya le explicaré,
me he perm itido tom ar ©1 nombre de usted
para hacer a Gudín dem orar la salida h asta
que yo term ine de h ablar con él de cosas
urgentísim as.
— ¡Tom ar mi nombre!... ¡Sin consultar­
me!... Me p airee Morlain que habiendo us­
ted de quedarse en Asiou, tiempo le sobra­
rá después p ara hablar cuanto quiera.
—Es que no me quedo; pues, si usted no
me lo prohíbe, me voy yo también.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Porque tengo que com unicar a usted no­
vedades im portantes. Si después de cono­
cerlas desaprueba lo que me he perm itido
hacer, me avengo a ser despedido de la
Compañía; mas por lo pronto autorice,
2

18

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

bajo mi responsabilidad, a demorar la sali­
da hasta que yo haga a Gudín un encargo,
que después de las noticias que él me ha
dado, es importantísimo; y permítanos, en­
tretanto, apartarnos, pues no conviene se
nos vea secreteando con usted.
—Gudín; no dé usted la salida hasta que
Morlain se lo indique.
Al decir esto miraba Duvery hacia el si­
tio donde continuaba el zouiya, lo que ad­
vertido por Morlain le hizo decir:
—Por ahí, Señor Director: por ahí, por
ahí está la causa de mi proceder. Hasta
ahora.
Lobera, que discretamente se había apar­
tado un poco de Duvery mientras con éste
cuchicheaba su subordinado, se disponía ya
a entrar en el coche, mas se detuvo al oír
a aquél decirle:
—No se vaya usted, señor Lobera; hága­
me el favor de quedarse.
Reanudando su conversación, se alejaron
los dos jefes hacia la cabeza del tren; y de­
teniéndose al llegar a la locomotora, repren­
dió Gudín al maquinista y al fogonero por
la tardanza en cargar el carbón, que desde
cinco minutos antes tenían ya estibado en
el ténder: haciéndolo tan descompuestamen­
te, con tan desaforados gritos y dureza tal,
que llegaba a insultante: injusticia contra
la que no pudieron protestar, por haber
sido hecha la reprensión en árabe, no enten­
dido por ninguno de ellos; pero cuyo violen­
to y ofensivo tono fué mentalmente comen­
tado por el zouiya, que la oía, en los siguien­
tes términos:
— Estos malditos perros cristianos son
siempre los mismos: déspotas y soberbios.
Entre el tiempo invertido por Morlain y
Gudín en llegar a la máquina, los dos minu­
tos que junto a ella se detuvieron y el gas­
tado en el retorno hacia la cola del tren,
tuvo el primero el suficiente para hacer a
su compañero de Asiou los encargos de que
había hablado a Duvery. Hecho esto, subió
al tren, mientras el otro daba la salida.
Un minuto después arrancaba la locomo­
tora.
—Ya ha conocido usted que *el moro es
un zouiya... ¿No es verdad, Señor Direc­
tor?— dijo Morlain tan pronto estuvo al lado
de su jefe.
— Sí.
—Pues necesito hablar a usted en su des­
pacho, donde nadie pueda oírnos.
—Vamos... Venga, señor Lobera; venga
con nosotros.
No lo extrañe, Morlain: además de ser

este caballero un europeo, digo no, quiero
decir de los nuestros, sabe y ha visto cosas
probablemente relacionadas con las que us­
ted quiere comunicarme.
Pasamos por alto los comienzos de la con­
versación en el reservado, pues en ellos ex­
pusieron Morlain y Lobera lo que cada uno
había visto, oído y pensado, todo ya conoci­
do del lector.
Cuando Duvery fué enterado de ello, dijo:
— Lo que el señor Lobera ha oído da mu­
cho más valor a lo que usted, antes de sa­
berlo, ha sospechado, amigo Morlain; y aun
cuando acaso sean suspicacias nuestras
aprensiones, pienso que, por lo pronto, urge
esclarecer quiénes son esos viajeros. Para
ello, voy a ordenar al revisor del tren que
haga nuevo contraste de billetes, y que al
hacerlo pida sus pasaportes a esos señores,
fijándose muy bien en sus personas y en los
datos contenidos en los pasaportes.
— Me parece perfectamente. Pero ¿no será
eso darles la voz de alerta: enterarlos de
que se desconfía de ellos?
— No, amigo Lobera; porque no vamos a
ser tan tontos que se los pidamos sólo a
ellos. Precisamente para evitar que re­
celen nada me va usted hacer el favor de
volverse al salón; pues usted será uno de
los viajeros a quienes más moleste el revi­
sor con preguntas insistentes, petición de
detalles indiscretos y hasta groserías, que yo
le encargaré cometa con usted muy osten­
siblemente, mientras a ellos no hará sino
leerles los pasaportes...
¡Calla, n o !: mejor será recogérselos a to­
dos los viajeros diciendo que a la llegada a
Agadés hay que entregarlos en la oficina de
la Gendarmería, en la cual les serán ma­
ñana devueltos individualmente. Esto se ha
hecho ya algunas veces, no chocará a nadie,
y en cuanto yo llegue a Agadés prevendré
al capitán.
¡Ah! Señor Lobera, procure no dejar co­
nocer que habla usted castellano; pues no
conviene enterarlos de que estamos al tan­
to de la seña del hombro: sería ponerlos en
guardia.
Hasta luego; y en cuanto vea usted que
el revisor acaba la recogida de pasaportes
haga el favor de volver por acá.
—Hasta luego, monsieur Duvery— contes­
tó el americano, muy satisfecho de volverse
junto a Emma: no sólo por el gusto, y no
era poco, de su compañía, sino para saber
si el otro continuaba mirándola, y más aún,
si lo miraba ella: preocupación que le ha-

LA

MAYOR

CONQUISTA

19

No lejos del grupo formado por los tres,
pero al opuesto costado del vagón, leía ésta,
y hacia ella se dirigió Lobera en cuanto en­
tró, pensando para sí: “ ése empieza a ado­
rar al santo por la peana... Cuando se pre­
ocupa de entablar relación con la familia,
es que indudablemente va a Agadés... ¡Y que
yo tenga que marcharme!
¡También es
suerte m ía !”

bía tenido distraído durante toda la ante­
rior conversación.
Corrió, pues, sin pérdida de tiempo al sa­
lón, sorprendiéndole en cuanto allá llegó
ver a Raúl muy de palique con los dos es­
pañoles sospechosos; pues al volver al tren,
el que más preocupaba al argentino se las
había ingeniado para entablar conversación
con el hermano de Emma.

11/
UN VIAJERO QUE PREOCUPA A LOS DEMAS
L o primero que, al sentarse al lado de
Emma, dijo Lobera, fué:
— Parece que su hermano de usted se ha
hecho amigo de esos dos pájaros.
— Sí: le ofrecieron un tabaco estando los
tres en el pasillo, y al entrar luego y pedir
refrescos lo invitaron a acompañarlos...
Pero, ¿por qué los califica usted de voláti­
les?... Parece que no le agradan a usted
mucho.
— ¿Mucho?...: ni poco... ¿Cuánto aposta­
mos a que fué el más alto quien tomó la
iniciativa de las finuras con Raúl?
— No sé cuál sería.
— Yo, sí.
— Perspicacia es, no habiéndolo visto.
— Hay cosas que, aun sin verlas los ojos,
las adivina e l., el... el más torpe, cuando
tiene antecedentes y cuando observaciones
anteriores...
— ¿Antecedentes? — exclamó Emma, apa­
rentando sorpresa no sentida y con la cara
como una amapola por haber entendido
“ corazón” cuando Lobera dijo “ torpe” : tra­
ducción muy bien hecha, pues aquella pa­
labra tenía en el pensamiento el argentino
cuando dijo la otra, después del balbuceo y
de los el con puntos suspensivos, por parecerle demasiado correr hablar de corazón a
una señorita a la que sólo había tratado en
el viaje y en los cinco días que lo precedie­
ron, por ambos pasados en el mismo hotel
de Tánger, donde él había presentado a
Duvery una carta del Embajador de Fran­
cia en Buenos Aires encareciendo al inge­
niero lo asistiera con su experiencia del
Desierto, dándole las noticias que hubiera
menester para el mejor resultado de los
asuntos que lo llevaban al del Sahara.
— ¿Observaciones anteriores?... No com­

prendo— agregó ella, faltando a la verdad;
pues sabía perfectamente que su reciente
amigo aludía a las miradas insistentes del
que con Raúl hablaba.
— ¿No?... Pues la actitud de ese buen mo­
zo... Y a ve usted que mi antipatía no me
ciega al extremo de negar que lo es: y de
real orden. Y ya él demuestra que se lo
sabe. Y en cuanto a su actitud, está tan
clara que...
— ¿Clara?... Para usted.
— ¿Y para usted no?... ¿Usted no ha re­
parado nada?... ¿De nada se ha enterado?..
Perdone mi franqueza, pero no lo creo: de­
jaría usted de ser hija de Eva si no supiera
ver que ese liombre hace cuanto puede por
exteriorizar con insistencia, rayana ya en
descaro...
— Usted olvida, señor Lobera— dijo ella
simulando candidez, desmentida por su son­
risa maliciosa— que soy una salvaje criada
en un desierto, y sin la práctica de las
muchachas civilizadas que saben enterar­
se de...
— Se ha vendido usted, se ha vendido...
Suponer que algo hay de qué enterarse, es
estar enterada de lo que dice no haber vis­
to. Con su contestación me enseña usted
algo muy útil para quien, como yo, va a
andar entre las hijas del Sahara.
— ¿El qué?
— Que no debo fiarme de la lealtad de
ellas.
— ¡Ja, ja, ja! Por pasarse de listo llega
usted a mal pensado; y es muy feo, feísimo,
hacer juicios temerarios.
— Ahora veremos si lo son.
— ¿Cómo lo va usted a ver?
— Poniendo a prueba esa candidez africa­
na de que alardea usted; pero advierta

20

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NOVELESCO-CIENTIFICA

que en la prueba se juega su crédito de
veraz: a lo menos, conmigo.
— Me asusta usted.
—Vamos a ver: ¿puede usted asegurar,
por .esa sinceridad salvaje de que presume,
que no sabe a quién mira sin cesar ese
hombre?
—Antes que ser tenida por taimada, con­
fesaré que ese caballero parece mirarnos
mucho.
— ¿Mirarnos? Querrá decir mirarme.
—Eso no lo puedo afirmar: para saber
adonde mira sería preciso que lo mirara yo.
— Entonces, si usted no lo ha mirado,
¿cómo sabe que él nos mira?
— ¡Ay, amigo mío, como se ven una por­
ción de cosas sin mirarlas!
— Yo creía que esa era habilidad de las
muchachas civilizadas, pero no de las pobrecitas sahareñas.
— ¡Ja, ja, ja!
—Vaya, la reputación de sinceras la tie­
nen ya en peligro esas pobres muchachas;
pero han perdido por completo la de can­
didez.
— ¡Pobrecitas!
— Y ahora veremos lo que queda de la
sinceridad con que pretende usted engala­
narse.
— Pero entendámonos: ¿estamos hablando
de mí o sólo en general de mas paisanas?
— De ellas, de ellas nada más; pero yo
he de juzgarlas por la muestra. ¿Puedo ha­
cer una pregunta indiscreta y temible para
usted?
—Venga: soy yo muy valiente, aunque
todos digan lo contrario.
— Pues, ahí va: puesto que sabe usted ver
sin mirar— es usted misma quien lo ha di­
cho— , ¿no se ha dado cuenta de las manio­
bras de ese broncíneo Apolo, que cuando
yo llegué nos volvía la espalda, ha estado
haciendo con su silla hasta ponerse de fren­
te a usted como está ahora?
— Si mi fama de sincera depende de eso,
no la pierdo, pues reconozco que ese ca­
ballero estaba antes de espaldas y de frente
ahora. ¿Quiere usted mayor lealtad?... ¿Qué
más puede pedirme?
— Si no fuera demasiado, que moviera
usted un poco hacia este lado su sillón, ma­
niobra más fácil puesto que es giratorio,
que las de él con su silla.
— Pues sería demasiado, si señor— repuso
Emma; pero al ver en la cara de Lobera
la impresión que le hacía la sequedad de la
respuesta, más perceptible por contrastar
con el jocoso tono del anterior escarceo,

quiso atenuar lo duro de ella, agregando: —
pero no más sino porque no veo motivo pa­
ra hacer violentas exterioridades parecidas
a descortesía.
-—Están divinamente educadas las salva­
jes que por aquí se estilan; además, siem­
pre es grata la admirac!5n de los guapos
mozos...
— Señor Lobera, repare que está usted un
poco nervioso demás—le atajó Emma, que,
no obstante la suavidad y dulzura, habitua­
les en ella, del tono de la frase, dió a ésta
gran energía.
— Dígalo usted más claro: inconveniente,
incorrecto.
Al decir esto apartó Lobera los ojos brus­
camente de Emma, volviéndolos hacia el
que consideraba peligroso rival suyo: con
expresión de hostilidad tan manifiesta, que
apreciada inmediatamente por el objeto de
ella, al mismo tiempo que el origen de don­
de nacía, provocó en él correspondencia con
mirada muy en armonía con la que en sí
veía clavada.
Emma vi ó que aquellos dos hombres se
contemplaban de hito en hito retadores, que
ninguno quería ser el primero en bajar los
ojos; y asustada de la feroz expresión de
los que miraban a Lobera, y comprendiendo
que declarar rápida y categóricamente la
escasa simpatía que el otro la inspiraba era
el sólo medio que en su mano tenía de
atraer nuevamente hacia sí los que de ella
se habían apartado, y de evitar sobrevinie­
ra el choque, que parecía inevitable si aque­
llos hombres continuaban mirándose cual
se estaban mirando, dijo:
— No mire más a ese antipático mulato.
Entre la destemplada réplica de'í argen­
tino a Emma y esta súplica de ella, reiorzada por los calificativos aplicados a aquel
hombre, ni había tiempo, ni ella podía te­
ner calma para formular los anteriores jui­
ciosos raciocinios; y, por tanto, probable­
mente obedecieron sus palabras a rapidísi­
ma intuición, que en la mujer es muy fre­
cuente se adelante al pensamiento.
Fuera uno, fuera otro, el inmediato efec­
to fué que al oírla llamar mulato y antipá­
tico al hombre a quien, por creerlo ya pre­
ferido de ella, había vuelto él su rabia, hija
de aquella creencia, se sorprendió Lobera;
y apartando rápidamente de él los ojos para
mirar a Emma y convencerse del alcance
de las palabras de ésta, preguntó con
ansia:
— ¿De veras?... ¿De veras?...
— ¿El qué?

LA

MAYOR

— Que le es a usted antipático.
— De usted depende— contestó ella, semitranquila nada más, y esforzándose por re­
tener con la suya aquella vacilante mirada
combatida por la atracción de los ojos de
Emma y por deseo de volverse hacia el otro
para probarle que no era temor a él la que
le había hecho desviar los suyos.
— ¡De mí!
-— Sí: porque me asustan las vehemencias
rabiosas, me aterran las violencias, aborrez­
co a los matones, y porque si vuelve usted
a m irar a ese hombre me va usted a pare­
cer tan antipático como él.
P o r suerte, fué entonces ayudada Emma
por la casualidad, que trajo al revisor, quien
al pedir a Lobera el pasaporte se interpuso
entre él y el español, impidiéndole ver que
éste lo contemplaba con sonrisa de altanero
desdén, por creer haberlo acobardado: tan
ofensiva, que a enterarse de ella no la ha­
bría soportado el americano.
Sacó éste la cartera y de ella el pasapor­
te, que entregó al revisor, quien, después
de m irarlo y remirarlo y de molestar a L o­
bera con las insistentes preguntas por Duvery anunciadas, de las cuales iba tomando
nota, se guardó el documento, diciendo:
— Mañana por la tarde podrá usted reco­
gerlo en Agadés del Capitán de Gendar­
mería.
— ¡Cómo! ¿Se lleva usted mi pasaporte?...
¿Y si yo tuviera que salir de Agadés por la
mañana?
— No podría usted marcharse.
— Pues eso es un abuso, un intolerable
abuso.
— Es lo que se hace con todos los viaje­
ros. No pretenderá usted que por su linda
cara haga con usted una excepción.
— Me quejaré.
— Haga lo que quiera: no tengo tiempo
que perder.
A l decir esto con desabrido tono, volvió
la espalda el revisor para continuar la re­
cogida de pasaportes.
— Grosero, mal educado— gritó Lobera fin­
giendo gran enojo, al ver el cual le dijo
Emma:
— ¡Por Dios, amigo mío! ¿Qué mosca le
ha picado a usted hoy? ¿Es que a todo tran­
ce quiere pelearse con alguien?
— No haga caso de esto: la grosería del
revisor y mi indignación son comedia, cosa
convenida.
— ¡Comedia! ¿Qué quiere usted decir?
Cuando Lobera iba a contestar a Emma
no pudo hacerlo porque en aquel momento

CONQUISTA

21

le hacía Raúl otra pregunta al acercarse a
él, después de haber cambiado unas cuan­
tas palabras con el revisor; pues al oír el
altercado se apartó precipitadamente de los
dos viajeros con quienes departía, para ir
a enterar al empleado de que el argentino
era amigo del señor Duvery y persona de
toda confianza: sorprendiéndole recibir del
revisor respuesta que le hizo preguntar a
Lobera al llegar junto a él:
— ¿Qué embolismos son esos..., Lobera?
¿Qué quiere decir ese hombre?
— Hable usted bajo, Raúl.
— Bueno, pero dígame: ¿a santo de qué
se peleaban ustedes de m entirijillas? Eso
me ha dicho el revisor, dejándome con la
palabra en la boca y con la boca abierta.
— Vaya usted a preguntárselo a Don
Héctor.
— ¡A mi padre! ¿Qué tiene él que ver?...
— Tiene, amigo mío, tiene: en este tren
nadie puede hacer nada sin permiso del
Director: él es quien ha dispuesto...
— ¡Que se peleen ustedes!— exclamó Em­
ma— . ¡Qué disparate!
— No puedo ser más explícito... Pero, ¡qué
cabeza ten g o !: lo primero en que debí pen­
sar es lo primero que se me olvidaba.
— ¿El qué?
— ¿Ha hablado usted de mí con los espa­
ñoles? ¿Les ha dicho usted que soy argen­
tino?
,
,
>
— No.
'
— Respiro.
— ¿Pero es que le quitaría a usted la res­
piración que lo hubiéramos nombrado?...
¡Qué raro está usted hoy!
— Tiene razón Raúl. ¿Qué mal habría en
que supieran que es usted argentino?
— Que ello habría contrariado al Señor
Duvery, que si le parece conveniente ya
dirá a ustedes por qué no quiere que esos
señores sepan dónde he nacido ni cuál es
mi idioma.
— Esto es el juego de los despropósitos...
Porque si quería usted viajar de incógnito,
como las testas coronadas, habría sido ló­
gico pensarlo al comenzar el viaje; mas no
me cabe en la cabeza que a mi padre le
preocupe ese incógnito.
— Raúl, ya he dicho a usted que le pre­
gunte a él... Creo que se trata de asuntos
de la compañía del ferrocarril— respondió
Lobera, haciendo disimuladas señas a Raúl
para que no insistiera en sus preguntas;
pues no le parecía discreto alarmar a Emma
hablando de los temores de sublevaciones
que preocupaban a Morlain y al mismo Du-

BIBLIOTECA NOVELESGO-CIENTIFICA
22
very, ni de la sospechosa cita de los viaje­ soy yo quien no cree palabra de cuanto
ros con el zouiya. Y dicho esto prosiguió: — dice usted, y se lo espeto en su cara, to­
Yaya a buscar a su papá, qu© está en su mándome justísimo desquite: es decir, que,
reservado; cuéntele mi discusión con el re­ dando a las cosas su feo, pero verdadero
visor, lo que con esos dos viajeros haya nombre, ni usted ni yo nos mordemos la
usted hablado; y entonces comprenderá us­ lengua para llamarnos embusteros. ¿Le pa­
ted los motivos de mi incógnito, que le rece a usted poca franqueza? ¡Hombre de
agradeceré me diga luego; pues crea, amigo Dios! ¿Adonde quiere usted llegar?
—¿Adonde?... No me atrevo a decirlo: va
Raúl, que para mí no están todavía muy
usted a pensar que es pronto.
claros.
—Cuando usted lo conoce, debe tener ra­
Decía esto el argentino por pensar que
en cuanto Duvery se enterase de haber su zón: la confianza requiere tiempo, conoci­
hijo trabado conversación con los dos sos­ miento hondo de las personas: no cabe im­
pechosos preguntaría al muchacho lo que provisarla.
—Verdad; mas todo eso resulta inútil,
de sí dijeran ellos; y en cuanto a la men­
tida ignorancia de la causa de su incógnito amiga mía, si no tiene una base.
—¿Cuál?
la echaba por delante como preparación pa­
—Simpatía.
ra defenderse de las preguntes que suponía
—Natu ral mente.
iba a hacerle Emma en cuanto su hermano
—Y si yo me atreviera a preguntar...
se fuese, y que, efectivamente, apenas éste
—No; no se atreva: hoy estoy ya cansada
salió, dijo:
—¿Sabe usted que me parecen muy raros de preguntas. Ni que fuera usted un juez.
—Pero...
el fingido altercado con el revisor, ese re­
—Nada, que no contesto.
pentino incógnito; y no raro, rarísimo, has­
Al decir esto mentía Emma como ya va­
ta el punto de no creerlo, que usted ignore
los motivos de él?... Ni mi padre es capaz rias veces había mentido aquella tarde, no
de pretender de nadie que oculte su nacio­ obstante su innato aborrecimiento a la men­
nalidad, ni usted de avenirse a ello sin tira; pues a tener Lobera más malicia ha­
bría leído en sus ojos la respuesta que de­
saber el porqué.
—Es, amiga Emma, que el señor Duvery cía negar.
Mas no lo vió, pues con sus treinta y
me dispensa el honor de tratarme con ma­
cuatro años era un inocentón el argentino,
yores confianza y franqueza que su hija.
— ¡Más!... Hace un rato me dijo usted que por ser sabio, y no de tres al cuarto,
que no me creía, permitiéndose dudar, no, sino sabio notable, sabía de mujeres lo que
negar en redondo, mi sinceridad; ahora saben los sabios: es decir, nada-

ü

QUIEN ES EL ARGENTINO Y CUAL SU PORTENTOSO INVENTO
Cuatro años antes de su viaje a Africa
dió Pepe Lobera cima a la resolución del
magno problema que había consumido dos
tercios de la vida y otros tantos de la for­
tuna de su padre: quedando todavía sufi­
ciente con el resto de la última para que
cada uno de sus hijos, Manolo y Pepe, he­
redaran más de doce millones de pesos fuer­
tes, también comprometidos, a la hora en
que con el último hemos hecho conocimien­
to, en una arriesgada empresa científicoindustrial.
Aun cuando muy a la carrera, por no ser
ello objeto de este libro, pero sí obligado

antecedente de la historia narrada en él,
diremos que aquel fortunón lo había here­
dado de su padre el que lo fué de Manolo
y Pepe.
El potentado abuelo de los últimos, tron­
co de esta rama americana de Loberas cu­
yas raíces más hondas se hablan nutrido de
savia castellana vieja, era un ingeniero de
minas español contratado al terminar su ca­
rrera por una compañía minerá de Mendo­
za (Argentina), donde tuvo la suerte de
descubrir, en Uspallata, unos ubérrimos ya­
cimientos de plata, que a través de largas
vicisitudes y durísimas luchas lo hicieron

LA M A Y O R
poderoso. Su hijo único, nacido en la Ar­
gentina, era tierra adecuada para que en
él fructificara la solidísima instrucción que
su padre le dió, sobre la cual edificó él, por
propia cuenta, bien ganado crédito de sa­
bio: no ya entusiasta, sino románticamente
enamorado de las ciencias físicas, a los pro­
gresos de las cuales dedicó vida y fortuna:
excepto el tercio aquel que, al resolverse a
enfrascarse de lleno eh los experimentos
costosísimos y en las onerosas empresas
acometidas por la gloria de su amada (en­
tiéndase la ciencia), y decidirse a emplear
talento, oro y trabajo en bien de la Huma­
nidad, tuvo la previsión de consignar como
inalienable patrimonio a nombre de sus
hijos.
El principal problema en donde concen­
tró la actividad de los últimos veinticinco
años de su vida fué el de capturar la fuerza
del Sol para dar a los hombres energía in­
dustrial de calor transportable, que con la
de los saltos de agua pudiera ayudar pri­
mero y substituir después a los combusti­
bles en su tarea colosal de satisfacer nece­
sidades vertiginosamente crecientes de día
en día, de la industria moderna, las cuales
pesan hoy abrumadoramente sobre las mi­
nas de carbón y los pozos de petróleo, que
al cabo quedarán exhaustos.
Tal agotamiento que, de sobrevenir antes
de hallar los hombres substitutivos a los
combustibles hoy usados, sería tremendo
conflicto mundial de incalculables conse­
cuencias, llegará en plazo que han tratado
de fijar sabios que todavía existen en el
mundo con el altruismo suficiente para em­
plear su vida en bien de sus semejantes y
preocuparse de lo porvenir; llegando, como
consecuencia de sus estudios, a conclusiones
que no dan sino pocos siglos de duración a
esas reservas de calor y potencia encerra­
das al alcance del hombre en las entrañas
del Globo. (1)
(1) Acerca de este interesante extremo dice un
autor moderno: “Gastamos estos recursos en alar­
mante proporción, cual si hubiera, que no la hay,
razón para suponer que la provisión de ellos en
nuestro planeta pueda ser inagotable, o que esos
depósitos hubieran de ser reemplazados por yaci­
mientos que se fueran formando al mismo paso
que se vacían los existentes. En realidad, vi­
vimos imprudentemente, no de las rentas, sino
de nuestro capital de combustibles, vorazmente
tragado por máquinas y hornos de todas clases;
pero con la agravante circunstancia de que la
Humanidad ignora a cuánto asciende realmente
dicho capital.
"Se han hecho estimaciones, cuan serias caben
en la materia, sobre la probable duración de la

CONQUISTA

23

¡Bah!, tres o cuatro siglos dan respiro
muy holgado, y no hay motivo de asustarse,
dirán quienes no piensan sino en el hoy,
que pronto pasa, por no advertir que mu­
chísimo antes de llegar el total agotamiento
se dejará sentir la escasez, madre de la ca­
restía, en términos de dificultar la vida de
unas industrias, de imposibilitar la de otras,
de privar a los hombres de calor hasta en
el propio lar de la familia: penuria y ca­
restía que, vislumbrándose cercanas, ame­
nazan ya al mundo con porvenir horrenda­
mente pavoroso; pues la madera se va tam­
bién, y muy de prisa.
Por eso, hace ya tiempo que una pléyade
de eminentes físicos se preocupa y ocupa en
buscar prácticos medios industriales de apo­
derarse en el mar, para transportarla a los
continentes, de la fuerza mecánica del flujo
y el reflujo de los océanos, de capturar las
energías térmicas del calor central terres­
tre y las que laten en ei seno de los rayos
de sol.
Dejando para venideros libros de esta bi­
blioteca relatar las hazañas de los sabios
(conocidos de Ignotus) que teniendo a estas
horas ya resueltos los dos primeros pro­
blemas, implantarán sus invenciones el día
menos pensado, vamos a relatar en éste,
que los lectores tienen ante sí, cómo Lobe­
ra había resuelto el último, y los peligros,
aventuras y luchas en que se vió envuelto
y hubo de sostener hasta dar cima a su
magna empresa.
Para formar idea del inmenso tesoro de
fuerza que del Sol recibe esta Tierra habi­
tada por hombres, hasta hoy incapaces de
aprovecharlo sino en proporción minúscu­
la, es útil y curioso saber que de estudios
riqueza de las grandes cuencas hulleras del mun­
do, y, aparte naturales discrepancias de algunas
opiniones, en conjunto dedúcese de las evaluacio­
nes mejor fundadas que el total agotamiento de
todos los yacimientos carboníferos será obra de
unos cinco sig lo s: cuatro en el tiempo de Lobera.
"En cuanto al petróleo y gases combustibles
producidos por la Naturaleza, no ha habido ni
habrá jamás ojos humanos que puedan ver el
fondo de las subterráneas cavidades donde están
contenidos: mas no es peligro de mañana, sino
hecho de hoy, que el petróleo y sus derivados van
comenzando a escasear en el mundo; pues aun
cuando de año en año crece la producción, y
muy de prisa, esto no es resultado del descubri­
miento de nuevas regiones petrolíferas, sino de
la perforación de mayor número de pozos en las
ya conocidas y explotadas. Además, estos pozos
tienen muy corta v id a ; y como otros nuevos son
sin cesar abiertos a la explotación, los campos
de petróleo aprovechables hoy quedarán pronto
cubiertos de ellos por completo.”

24

BIBLIOTECA

NO VELESCO-CIENTIFICA

realizados por Sir Norman Lockyer en las
rayas del espectro solar, correspondientes
a la luz con que en la superficie luminosa
de aquel astro, llamada fotoesfera, arde el
hierro, resulta que las llamas de dicho me­
tal tienen allí temperatura de seis m il gra­
dos centígrados; calor del cual no es fácil
forme juicio la mente humana, ni siquiera
pensando que el hierro se funde a mil qui­
nientos grados y el platino a dos mil.
Y aun los seis mil medidos no son sino
los correspondientes al citado metal en la
superficie (lo más frío del astro), cuya tem­
peratura absoluta llega, según el sabio po­
laco F. Biscoe, a siete mil trescientos gra­
dos (1).
Pero como la comprensión de estas tem­
peraturas es inasequible a la mayor parte
de las personas, confundidas por su enor­
midad, se ha buscado el ponerla al alcan­
ce de todo el mundo, estableciendo dife­
rentes analogías acudiendo, entre otras, a
la consideración de los efectos que, con­
centrados, serían capaces de producir los
rayos solares llegados en un año a la Tie­
rra: insignificantísima porción no más de
los que el Sol despide. Así, midiendo calo­
rías (2), tomando en cuenta pérdidas, et­
cétera, se ha llegado a evaluaciones apro­
ximadas, pero seriamjente hechas, de las
cuales resulta que el calor por dichos ra­
yos engendrado, al tocar nuestro mundo,
sería suficiente para licuar una costra de
hielo que con cincuenta metros de espesor
cubriera todos sus continentes y sus ma­
res (3).

Como el segundo Lobera (padre del Pepe,
a quien con tanta sabiduría había vuelto
Emma lelo) estaba bien al tanto de lo
que significa esa inaprovechada potencia
de tal calor, y tenía confianza en las posi­
bilidades de la ciencia moderna, se puso a
la faena de apresarlo; mas sabiendo, asi­
mismo, cuán enorme distancia separa el
invento, resuelto, del proyecto en realidad
implantado en la fábrica, en el taller, en la
vida; y robustecido este convencimiento en
sus pruebas y ensayos, que habrían hecho
desistir de la empresa a otro hombre de
menor tesón, no le arredró ver pasar años
y años en que, a despecho de indubitables
avances, todavía divisaba lejano el término
de su largo camino, haciéndole pensar que
tal vez fuera corta su vida para alcanzarlo;
por lo que al llegar sus hijos a la edad de la
razón y apreciar él en ellos no común in­
teligencia, decidió prepararlos para auxi­
liares, por lo pronto, de su obra, y conti­
nuadores de ella en lo venidero, si a él no
le fuera dado acabarla.
De extremo a extremo de la América Es­
pañola era conocido este hombre extraordi­
nario, a quien recompensaban todos llamán­
dole chiflado: todos menos sus hijos y al­
gunos sabios: tan nobles, románticos y per­
severantes y tan persuadidos como él de
que el camino por él emprendido llevaba
al éxito final: aun cuando algunas piedras
en el caunino atravesadas impidieran toda­
vía recorrerlo velozmente.
Antes de acabar de removerlas lo sor­
prendió la muerte, siendo José, el hijo me-

(1) Resultado de concienzudas determinaciones
cuyos resultados fueron publicados en 1916 en el
Scientific American, y realizadas mediante la ob­
servación de las radiaciones de las ondas lumi­
nosas en diversas regiones del espectro solar.
(2)
Caloría, cantidad de calor necesaria para
elevar en un grado la temperatura de un kilo­
gramo de agua.
(3) “ Todavía me marea un poco el tamaño de
esa costra helada y la necesidad de reunir para
fundirla el calor recibido en todo un año.” Dice
el lector calmoso, aficionado a apurar, hasta lo
hondo, estas curiosidades que el impaciente salta
cuando la explicación de ellas dura lo que ya no
tolera su impaciencia.

sería necesario para alcanzar aquel total en doce
meses.
Hecha la cuenta, bien fácil por cierto, resulta
derretido en cada día el hielo de una envoltura
de la misma extensión antes indicada, igual a
la de la redondez de la Tierra, pero cuyo grueso
ya no es sino de trece y medio centímetros.
Supongo que esto ya irá pareciendo más com­
prensible.
Mirándo a los centímetros del grueso del hielo,
s í ; pero pensando en la extensión de los quinien­
tos y pico de millones de ^kilómetros cuadrados
de la superficie de esa fría corteza que ha puesto
usted a la Tierra, todavía me estorban los mi­
llones, y los kilóm etros: y si me apura usted,
hasta la corteza.
L a corteza no la puedo quitar, eso es cosa del
Sol, pero quitaremos los millones con sólo cubi­
car la cantidad de hielo contenido en ella, mul­
tiplicando los perturbadores millones de kilómetros
de la superficie por los centímetros del grueso.
i Pero, señ or! : le digo que son muchos y va a
multiplicarlos. Valiente modo de...
Calma, c a lm a ; en esta multiplicación hay do­
ble taumaturgia, que nos va a dar el resultado
por usted apetecido: primera, la que nos ense-

“ Si usted quisiera simplificar la cosa un poco”
N o puedo desairarlo, pero huyéndole al riesgo de
abu rrir a los otros, escamoteo el tema del texto
principal para esconderlo en esta nota. Y así
quien lleve prisa que la salte.
Efectivamente, tiene razón el señor para quien
la e sc ribo : el hielo es demasiado grueso y el año
excesivamente largo. Por eso, bajo del año al día
y reduzca los 50 metros deshelados en los 365
días al deshielo que en cada veinticuatro horas

25
dades y a los centros fabriles que habrían
de transformarla en fuerza mecánica, calor
o luz, el Trust Internacional del Calor y
de las Fuerzas Térmicas, sociedad anóni­
ma dirigida por un consejo, a su vez man­
goneado por cinco financieros nada anóni­
mos, verían en la empresa una temible
competidora capaz de dar más barato que
aquélla el calor y la fuerza, gracias a ha­
ber sido ya convertido en hecho el sueño
de Tesla y otros célebres electricistas, que
empleando métodos en cierto modo simila­
res a los de la radiotelegrafía, propusieron
transportar a grandísimas distancias la
fuerza, a través de las altas regiones de la
atmósfera, sin necesidad de cables eléctri­
cos y con pérdidas de fluido cien veces me­
nores que las ocasionadas por éstos.

LA M A Y O R C O N Q U I S T A

ñor, quien, a los pocos meses de fallecer el
padre, venció el último obstáculo.
Ya no había cuidado de tropezar en cien­
tíficas chinitas; pero en cambio se hallaba
llena de pedruscos económicos la dura sen­
da que es calvario de sabios en cuanto, para
echar sus inventos a la calle, han de buscar
un capital que no se preocupa con la cien­
cia, sino con el interés de la ganancia, que
matará toda empresa bienhechora como no
rinda fuerte dividendo.
Era punto flaco del invento, flaco mer­
cantilmente considerado, que tan luego co­
mo la fuerza del Sol fuera capturada en
grandes proporciones, incomparablemente
mayores que las alcanzadas en los peque­
ños ensayos hechos desde comienzos del
siglo XX (1), y tan pronto fuera converti­
da en electricidad transportable a las ciu­

fiaron, y usted ha olvidado, de que cuando el chocado en lo que ha dicho usted al afirmar que el
multiplicador es menor que uno, el producto ob­ calor de los rayos solares que llegan a la Tierra
tenido resulta más pequeño que el multiplicando; se engendra al tocar aquéllos el suelo. Y me cho­
segunda, que introduciendo un cambio de unidad ca porque a mí me parece que ese calor fué en­
de medida, que me voy a permitir, hablando, no gendrado en el sol que los envía.
Sí, señor; allá se engendraron, pero no salen de
de kilómetros de superficie helalla, sino de tone­
ladas de peso de agua congelada, completo el cu­ él como calor que en el espacio se propague, puesbileteo que me permite decir a usted que el hielo ya usted sabe que en éste reina el horrendo frío si­
fundido—el mismo de los perturbadores millo­ deral, sino como vibración etérea, que no es ca­
nes—llenaría un recipiente de 68.830 kilómetros lor, sino movimiento capaz de producirlo en cuan­
to toca a algo; ese algo es la Tierra y los plane­
cúbicos.
tas. En donde resurge como calor actual el naci­
j Qué atrocidad!
Todavía mayor de lo que a primera impresión do en el Sol que entre él y aquéllos no es calor
parece, porque cada uno de esos kilómetros cú­ efectivo sino sólo radiante. Del mismo modo que
bicos pesa muy cerca de 1.000 toneladas, y el la voz que actúa en un teléfono no es voz sino al
llegar al del otro extremo de la línea, no siendo
bloque fundido en cadá veinticuatro horas:
en ésta sino corriente eléctrica.
08 .850 .000 .000.000 de éstas.
(1) Las tentativas a que aquí se hace referen­
O en kilogramos, 68.850.000.000.000.000.
cia fueron, a grandes rasgos referidas, las si­
jOtra vez los números mareantes!
Tropezar siempre con ellos es sino de cuantos guientes :
Hershel, Pouillet, Mouchot fueron los primeros
Sienten curiosidades geológicas o astronómicas
Pero visto que ni auii bajando al día hemos con­ sabios que pensaron en la posibilidad teórica de
seguido desembarazarnos de ellos, continuemos utilizar la potencia calorífica solar. En posterio­
descendiendo, nO ya a la hora, n f al minuto, sino res épocas surgieron no pocos proyectos propo­
al segundo, y con igual finalidad de desembara­ niendo soluciones prácticas, aun cuando no lle­
zarnos de unos cuantos ceros, subamos nuevamen­ garan a positiva aplicación, siendo entre ellos
te de los kilogramos a las toneladas: con lo digno de mencionarlo especialmente el motor
cual, y sabiendo que un día contiene 86.400 se­ helio-dinámico que el ingeniero Sr. Pérez Nueros
gundos, podremos decir que en cada uno de éstos presentó en una notable memoria a la Academia
llega a la Tierra calor solar suficiente para de­ de Ciencias de Madrid.
Sobre el problema, sintetizándolo en la forma
rretir 796.875.000 toneladas de nieve: masa que
de estar en un montón y de quererla transportar inimitable que sólo él sabía hacerlo, dijo nuestro
Echagaray,
de gloriosa memoria, en su preciosa
en trenes, cada uno cargado con 500 toneladas,
exigiría un número de ellos que saliendo de obra “Las Teorías Modernas de la Física” :
“Todos los aparatos inventados hasta el día
minuto en minuto, tardarían en agotarla idos
son análogos: una gran caja de cristal herméti­
años y nueve m eses!
Ahora ya voy haciéndome cargo de lo que es camente cerrada para que por las uniones no se
escape el calor acumulado: bajo ella otro) de hie­
el calor solar de que en la Tierra disponemos.
Sí, pero tenga usted en cuenta que eso no re­ rro ennegrecido para que la luz que atravesó el
presenta sino la energía térmica, pero no toda la cristal se convierta en calor: dentro de la última
energía recibida del Sol, que además nos envía la aire o agua, que una vez calentados pasan a cual­
lumínica, la química, la eléctrica, la magnética y quiera de las máquinas térmicas de tipos cono­
la gravitatoria que sostiene nuestro mundo en el cidos y en ella funcionan... Agréguense pantallas
vacío y lo empuja en su carrera en torno del o reflectores que concentren sobre el cristal los
centro planetario. Esta última es de fácil eva­ oblicuos rayos de sol y se tehdrá idea de lo que
luación mecánica; las otras no han sido medidas son todas las máquinas solares inventadas hasta
el día, etc.”
todavía, que yo sepa.
Entre los ensayos prácticos, algunos han lleEstá bien, pero todavía queda algo que mé ha

26

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

VI
LO QUE BUSCA LOBERA EN EL SAHARA
Al darse cuenta Lobera de cuál era el ma­
yor obstáculo económico en que sus planes
estaban en riesgo de tropezar, creyó con­
jurarlo procediendo, no cual competidor
presunto, sino como aspirante a asociado del
poderoso trust, avistándose en Londres con
sus mangoneadores, que allí se dieron cita
para oír la proposición presentada por el
inventor para constituir la sociedad solar
como una filial de la carbonífera: herejía
científica—pues es sabido que el Sol es
padre del carbón (1)—con la que en este
picaro mundo, que tiene en más el dinero
que la ciencia, no había más remedio que
transigir.
Claro está que nuestro héroe no estaba
dispuesto a revelar su secreto científico;
pero ofreció a los reunidos hacerles ver
prueba experimental de los resultados in­
dustriales de él en la pequeña instalación
que a un centenar de kilómetros de Bue­
nos Aires tenía montada y en funciones.
Aceptada la proposición, se verificó la
prueba, y la eficacia de ella, que en análo­
gos casos suele orillar las dificultades finan­
cieras, fué causa en éste de aumentarlas;

pues cuando aquellos cinco príncipes de la
banca mundial hicieron cuentas, vieron que
no queriendo los Loberas hijos sacudirse
los nobles estímulos que impulsaron al pa­
dre, habían fijado en su proposición pre­
cios máximos de venta a la energía solar,
que no les convenían, pues perfectamente
remuneradores para industriales de con­
ciencia, rendirían utilidad menor de la que
los multimillonarios del trust, jamás cohi­
bidos por escrúpulos absurdos en quien no
la tiene, obtenían en la venta del carbón y
el petróleo, además susceptibles de propor­
cionar adicional ganancia con polo adulte­
rarlos: ventaja con la que no podía contarse
al expender rayos concentrados del Sol, pues
aquellos señores no veían con qué podrían
mezclarlos.
—¿Aumentar capital para disminuir el
interés que ahora obtenemos?... ¡Qué dis­
parate!—dijo uno.
—Pero adviertan ustedes que las provi­
siones de combustible van a agotarse en el
mundo, lo cual pondrá a la humanidad en
un conflicto horrendo—contestó Lobera.
— ¡Ta, ta-, ta!... Para entonces ya nos ha-

gado a funcionar industrialmente, aun cuando tan
sólo como modestas instalaciones de restringida
aplicación local, las cuales sólo mencionaremos
ahora; pues cuando veamos a Lobera en la faena
montando y explotando su Central Solar caerán
más a punto noticias más puntuales de tales
tentativas.
La primera fué debida a Bricson, el inventor
de los barcos llamados monitores, que desde 1865
trabajó durante trece años en la empresa, aban­
donada al cabo a causa de la pequenez del ren­
dimiento obtenido.
El doctor Williams Calver, en las áridas comar­
cas de Arizona, logró, según testimonio de Ar­
chibald Williams, producir con calor solar colo­
sales temperaturas, dobles de las del arco voltai­
co, que es Ja mayor hasta ahora producida por
el hombre, empleando otros medios.
En la granja de avestruces de Pasadena (Ca­
lifornia) y en las cercanías del magnífico obser­
vatorio solar de Monte Wilson funcionan reflec­
tores que concentran los rayos del Sol sobre re­
cipientes donde hierve agua cuyo vapor mueve
una bomba elevadora de agua con rendimiento
superior a 200.000 litros por hora.
En Argelia y en Australia se han hecho apli­
caciones para el riego de los campos, de las que
no tenemos otra noticia que la de su existencia;
pero la instalación más notable de todas las

montadas hasta hoy (1921) es la de Meadi, cerca
de El Cairo, por los señores Shumans, Boys y
Ackerman que convierte el calor de los rayos
solares en fuerza mecánica, produciendo ésta en
la cuantía de 100 caballos de vapor, a razón de
uno por cada 2,25 metros cuadrados de superfi­
cie insolada.
Por último, en discrepancia con los anteriores
sistemas, todos los cuales responden a la con­
cepción del problema considerado como lo sinte­
tizan las palabras de Echegaray que encabezan
esta nota, existe otro sistema, no aplicado en
gran escala, el de Tesla, que transforma el calor
directamente en electricidad por medios que más
adelante tendremos ocasión de exponer, pues esta
nota se ha hecho ya demasiado larga y no pode­
mos decir más ni dar detalles del sensacio­
nal procedimiento que revolucionó el mundo en
1996, porque para llenar el presente libro dan
sobrada materia la empresa y las aventuras de
Lobera.
(1) Y madre la Tierra; pues entre la tierra y
el agua de ella y el calor y ía fuerza química ae
los rayos solares hacen crecer los árboles, de don­
de hoy saca el hombre carbones vegetales, y hace
centenares de siglos engendraron las selvas que
petrificadas bajo el suelo son hoy minas de car­
bones minerales.

LA

MAY OR

CONQUISTA

27

bremos muerto... ¿Quién se preocupa ahora desacreditada su firma por el Trust Carbocon eso?
Petrolífero.
—Yo.
3.
° Hacer ruidosa campaña de prensa,
—Bien se ve que no es usted hombre de basada en la autoridad de pagados hombres
negocios.
con ciencia y sin conciencia, para retraer
—De modo que la resolución de ustedes... de comprar acciones de La Solar a peque­
—Está muy bien pensada: no nos con­ ños rentistas: propalando que el invento
viene el que nos propone.
era un disparate científico y un negocio
—Pero es que la cuestión tiene otro as­ ruinoso.
pecto, en el que acaso no han pensado us­
4.
° Que si a despecho de esto se consti­
tedes.
tuyera empresa, no se repararía en gastos
—¿Cuál?
ni medios—disimulados, fclaro está—paria

—Que si establezco la explotación con ca­ provocar accidentes en lá explotación, es­
pital independiente, mis precios obligarán tropear los aparatos de ella, etc., etc.
al Trust a rebajar los suyos muy por bajo
5.
° Que por grandes que fueran estarían
del que ahora parece a ustedes pequeño.
bien empleados los sacrificios pecuniarios
—Es indudable: sí señur.
que impidieran surgiera competencia tan
—No se nos ha escapado esa considera­ temible cual la de quien, en vez de las mí­
ción.
seras reservas de energía de las minas de
—Conste que al dirigirme a ustedes he carbón y los pozos de petról^) de un menu­
querido evitar me atribuyan propósitos de do planeta cual la Tierra, dispondría de
hostiles competencias, pues mi proposición las inmensas e inagotables fuerzas alma­
tiende precisamente a no entablarlas: bien cenadas en el Sol.
asociándonos en la explotación, bien acor­
6.
° Que de los millones que en lo acor­
dando equitativos precios.
dado se invirtieran se resarciría el Trust
—Por lo- cual le quedamos agradecidí­ fácil y brevemente elevando en unas pesimos.
setejas el precio en todo el mundo de la to­
—Obligadísimos.
nelada de carbón y del bidón de gasolina.
—Reconocidísimos.
Inmediatamente, en cuanto implicaba des­
—Y fuera de esa cooperación celebrare­ crédito científico y económica guerra, y por
mos poder serle útiles.
etapas sucesivas en lo que eran traidoras
—Y hasta recomendarlo a capitalistas asechanzas contra instalaciones y apara­
amigos nuestros.
tos, fué realizada la campaña de los ilus­
—Y cuando tenga su explotación en mar­ tres bandoleros, honrados y adulados en
cha mantener con usted las más cordiales el mundo como fortísimos puntales del cré­
relaciones.
dito y la industria; porque las ultracivilizadas sociedades modernas califican de im­
béciles a quienes disponiendo de fuerza y
De la cordialidad que al retirarse el in­ pudiendo abusar no abusan de ella, limi­
ventor le fué expresivamente reiterada, y tándose a usarla, e indefectiblemente aplau­
en lo sincero de la cual creyó él cándida­ den a quienes, tienen suficientes habilidad y
mente, podían dar testimonio los acuerdos desaprensión para ganar dinero sin parar en
secretos que en cuanto se apartó de ellos to­ la cárcel: donde los negociantes poderosos
maron aquellos cinco pulpos de la gran in­ es rarísimo den, porque negocio y éxito lo
dustria y el alto comercio, que con las in­ justifican todo.
contables ventosas de sus larguísimos ten­
Prescindiendo de circunstanciada narra­
táculos, extendidos por el mündo entero, ción retrospectiva de las luchas entre los
hacían presa en todo, teniendo siempre una Loberas y los cartopetrolíferos, basta al ob­
que alcanzaba a chupar en todo paraje don­ jeto de esta historia hacer saber que por
de hiciera falta un kilo de carbón, un litro milagro encontraron aquéllos capital que,
de petróleo o un bidón de gasolina. Véanse unido al suyo, completara los cincuenta mi­
los acuerdos:
llones de pesos fuertes necesarios para
1.
° Vigilar por medio de su policía par­montar la explotación en gran escala: un
ticular cuantos pasos diera Lobera para milagro debido, entre otras cosas, a que a
allegar capitaJl.
los ataques técnicofinancieros del Trust fue­
2.
° Hacer saber a todo banquero o ban­ron opuestos, no solamente los artículos por
co que, de prestarle apoyo, le sería deciar los dos hermanos escritos y por ellos paga­
rajda guerra financiera, negado crédito y dos a los periódicos, sino otros muchos cuyo

28

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origen siempre quedó para ellos en las som­
bras de profundo misterio.
Preocupados estaban con la curiosidad de
saber a quién debían ayuda tan oportuna,
llegada después de haber sido desahu­
ciados por todos los hombres de negocios,
a quienes habían tratado de interesar en
la empresa, cuando espontáneamente se les
presentó un fuerte banquero sueco, esta­
blecido en Chile, manifestándoles que él
y unos amigos estaban dispuestos a sus­
cribir en firme todas las acciones de la pro­
yectada Anónima Americana de Energía
Solar, que gracias a esto fué constituida a
poco con el nombre de Panamericana Termoh el i odin árnica, domiciliada en Buenos
Aires.
El banquero y Jos amigos cubrieron de
primera intención todo el capital, sin otro
trabajo que firmar un compromiso para lo
venidero y sin sacar ni una peseta de sus
cajas, pues a la hora de ingresar aquél en
la de la nueva empresa ya habían vendido
casi todas las acciones a sus clientes: no a
cambio de promesas, como las que ellos
suscribieron al adquirirlas, sino en dinero
contante y sonante, parte del cual quedó, en
concepto de primal, en poder de los capita­
listas: que fuera un éxito o un fracaso para
los accionistas la venidera sociedad, ya ha­
blan realizado un bonito negocio, además
de quedarse de mangoneadores de ella, y a la
vista de los que pudieran ir cayendo.
Las acciones fueron vendidas, en su ma­
yor parte, a pequeños rentistas hispano­
americanos y españoles, explotando el pa­
triotismo y el sentimiento de fraternidad
de razas, por ser hispanoamericanos el in­
ventor y la empresa llamados a poner fin
a la intolerable tiranía del Trust de Fuer­
zas Térmicas, cuyas acciones sufrieron fuer­
te depreciación en todas las bolsas al di­
vulgarse la noticia de haberse constituido
su competidora “ La Solar” : aun cuando
para reponerse a las pocas semanas, cual
consecuencia de la vertiginosa baja de las
de la nueva sociedad, determinada por alar­
mantes rumores de que ésta tropezaba con
graves dificultades de orden técnico.
Pocos meses después comenzaron las
obras de instalación en “Los Llanos de Boliv ia ” , comarca que por su situación en la
zona tórrida, donde los rayos del sol lle­
gan con fuerza máxima al terrestre suelo,
era muy ventajosa para la explotación de
ellos.
Pero las obras hubieron de interrumpir­
se a causa de dificultades suscitadas por el

Gobierno boliviano, uno de cuyos prohom­
bres fué ganado por los carbopetrolíferos,
y vueltas a reanudar al ser aquél derribado
del poder por otro político a la devoción
de los heliodinámicos
De tumbo en tumbo, y venciendo peque­
ños pero menudeados accidentes, que los
Loberas perjuraban no podían ser sino in­
tencionados, ya se iba entreviendo el día
de la inauguración de los trabajos de acue­
llas vastas fábricas, cuando traidores em­
pleados, sobornados ya se sabe por quién,
provocaron hábil y disimuladamente form i­
dable explosión que inutilizó las principa­
les máquinas, segando al paso varias v i­
das; y pasada una semana del accidente,
bien exagerado en revistas industriales y
financieras, dieron éstas la noticia de que
la empresa desistía de la explotación solar.
Consternados los pobres y modestos ac­
cionistas, que habían pagado sus “solare*,
a cien pesos, los que menos, inundaron con
ellas los mercados, no encontrando quien
les diera más de ocho; y las “ térmicas” ,
que si no tan bajas no andaban muy bo­
yantes, subieron a las nubes, al divulgarse
que para no perderlo todo se proponía la
fracasada empresa dedicar los aparatos que
la explosión había respetado a montar una
gran fábrica de vidrio, que aun ignorándo­
se todavía dónde podría establecerse, era
indudable habría de ser fuera de América;
pues el descrédito de los Loberas les im­
pedía pensar en d irigir fabricación ningu­
na en el mismo teatro de su ruidosísimo
fracaso.
Y, sin embargo, los inventores no habían
desistido de sus propósitos, sino resuelto
perseguirlos a callandas, después de la si­
guiente conferencia con el banquero sueco,
presidente del Consejo de Administración
de la Termoheliodinámica, que pocos días
después de la catástrofe, y cuando el páni­
co de los accionistas los había hecho ven­
der sus acciones por lo que habían querido
darles, llegó a Los Llanos, donde halló mus­
tios y cariacontecidos a los dos Loberas, a
quienes presentándose como salvador dijo:
— No se apuren ustedes, aquí estoy yo. Sé
que todo lo ocurrido es obra de la tradora
guerra del Trust Térmico, y como Tengo
fe absoluta en el invento de ustedes, ai éxi­
to de él acabo de jugarme, a cara o cruz,
toda mi fortuna.
— ¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir?
— Que la he empleado entera y empeñado
todo mi crédito en adquirir cuantas icciones de nuestra sociedad han salido j sal-

LA

MAYOR

CONQUISTA

29

gam al mercado; que excepto algunas pocas
del calor solar por el procedimiento de Lo­
que; por ahí puedan quedar, ustedes y yo
bera, se lanzaría la especie ya indicada en
sonnos dueños de la totalidad de ellas y
anteriores párrafos.
podlemos proseguir la empresa por nuestra
Y mientras Manolo se quedaba en Los
cuemta, sin dársela a nadie de nuestros
Llanos embalando los aparatos que la ex­
actos.
plosión no había destruido, y los restos que
A quella heroica prueba de amistad y no­
todavía pudieran componerse de los destro­
ble confianza del banquero conmovió a ios
zados, y en tanto el banquero sueco se
inocentes hermanos que lo abrazaron efuocupaba en hacer adquirir por segunda ma­
sivaimente.
no en diversos países dos grandes dirigibles
U na vez aquietados tales transportes de
para establecer ostensiblemente una línea de
agradecimiento tomó de nuevo la palabra
viajeros entre Valparaíso y Nueva Zelanda,
el Jhéroe, continuando:
pero en realidad para hacer la mudanza,
— Pero para triunfar de enemigos mu­
se trasladaba Pepe Lobera en un aerohelicho más poderosos que nosotros no es posi­
cóptero de la Heliodinámica, a París, Lon­
ble seguir luchando cara a cara, sino suplir
dres, Madrid y Barcelona; allí encargaba a
la fiuerza que nos falta con astucias...; mas
testaferros con quienes le puso el sueco en
para, ello es preciso que también ustedes
relación, de comprar fraccionadamente y en
sacrifiquen algo.
diversas plazas los elementos necesarios
— Estamos dispuestos...
para substituir a los destruidos cuando en
— Usted dirá.
A frica fuera montada la nueva instalación.
— E l sacrificio que les pido no es más
Una vez encauzadas estas adquisiciones
que de amor propio, y solamente transito­
marcharía el inventor al Desierto de Saha­
rio mientras llega la hora de un ruidoso
ra, donde había decidido establecer la su­
desquiite.
puesta vidriera, careta de la verdadera ex­
— Expliqúese usted pronto.
plotación, eligiendo en tal viaje sitio ade­
— Necesitamos engañar a todo el mundo,
cuado para ésta.
para que los del carbón crean que ustedes
He aquí porqué nunca le pareciera a Pepe
mismos reconocen haberse equivocado...
excesiva la fuerza del So] aunque quemara
— Eso es muy duro.
abrasadoramente.
— Déjeme terminar. Sólo asi cabe pensar
en proseguir, y para eso fuera de Am érica
*
*
*
y en secreto, nuestro plan, hasta que poda­
mos presentarnos en los mercados indus­
Satbido ya a qué iba al Desierto nuestro
triales diciendo a fabricantes y a empre­
protagonista, fáltanos, para no dejar coja
sas de tracción y alumbrado: “Mañana po­
la narración retrospectiva a que se ha de­
demos poner en su casa de usted los kilo­
dicado este capítulo, insertar un diálogo,
vatios o los caballos de vapor que necesite,
que dirá quiénes fueron los ignorados pa­
treinta por ciento más baratos que el Trust
gadores, que los Loberas no habían logrado
de Fuerzas Térmicas.”
descubrir, de los artículos en defensa del in­
Ese es él desquite que en plazo de uno y
vento y la empresa, quiénes los autores del
medio o dos años ofrezco a ustedes.
milagro de haber el sueco reunido capital
— Bien; pero...
para constituir la sociedad, y porqué se ha
•—Para ello es indispensable montar las
llamado candidez a la creencia de los dos
fábricas en lugar tan lejano y extraviado
hermanos en el heroico desinterés de su
que nos permita ocultar su real objeto, di­
socio.
ciendo ostensiblemente que vamos a explo­
Interlocutores, dos de los cinco magnates
tar negocios diferentes; y para ello es pre­
del Trust de Fuerzas Térmicas; fecha, el
ciso que seamos nosotros mismos quienes
día siguiente de haber convenido con sus
confiesen su fracaso, desacreditándonos en
compañeros de consejo los acuerdos reser­
términos que inspiren al Trust creencia de
vados con anterioridad copiados; términos,
que, habiéndonos aplastado definitivamen­
los siguientes:
te, ya no tiene por qué cuidarse de nos­
— ¡Qué soberbios negocios haría en poco
otros.
tiempo quien pudiera manejar en bolsa las
Después de discusión no breve, acorda­
acciones de las dos sociedades, influyendo
ron los tres que, por form ar parte de la
antes en sus precios— dijo uno de los ami­
instalación estropeada elementos de fabri­
gos que pronto pasarían a compinches.
cación de’ vidrio necesario para la captura
Y el otro contestó, abriendo ©1 ojo:

30

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—¿Qué le parece a usted de Rusk—el
nombre de banquero sueco?
—De perlas.

—Ya lo creo... Pero como la nueva no
hemos de dejar que se forme...
—¿Y si, a pesar de todo, se formara?...
¿Quién nos asegura que alguno de nuestros
compañeros, viendo lo que nosotros vemos,
no la favorecerá bajo cuerda?... ¿Que no
provocará alzas y bajas de las acciones de
ambas sociedades, aprovechándolas para
comprar y vender a golpe seguro, tomán­
donos de primos, redondeándose a costa
nuestra y burlándose de la simpleza de sus
compañeros de consejo?
—Es verdad... Y de esos no debe uno
fiarse.
—La cosa sería facilísima para quien o
quienes dispusieran de un fuerte capital,
que movido siempre a tiro hecho no corre­
ría el menor riesgo, y que en uno o dos
años produciría el sesenta o setenta por
ciento, cuando no el cien.

—Cierto, cierto. Conque dos hombres
como usted y yo juntaran sus recursos,
buscando un testaferro para constituir la
nueva empresa, ese hombre de paja haría
en la Solar lo que quisieran ellos y los ten­
dría al tanto de todas las incidencias de
ella; y sabiendo a la par interioridades y
proyectos del Trust por ser miembros de
su comité directivo les sería facilísimo...
—Ve usted el asunto perfectamente. Es­
tamos expuestos a que en esa forma nos
engañen nuestros queridos amigos.
—Hablemos claro. Entre engañar y ser
engañados la elección no es dudosa. ¿No le
parece a usted?
—Sin duda alguna...
—Pues si estamos de acuerdo en eso, ya
no nos falta sino el testaferro.

Estos señores pagaron con una mano,
como miembros del Trust, la campaña de
prensa contra el invento, mientras con otra,
por su propia cuenta, dieron lo que costa­
ron los artículos que, con asombro de los
inventores, se publicaron en defensa de
aquél y de ellos; estos vivos financieros
proporcionaron bajo cuerda al sueco los
fondos necesarios para constituir “La Solar”
y ellos se embolsaron la ganancia, no floja,
realizada al colocar las acciones entre mo­
destos capitalistas; ellos vendían acciones
del Trust cuando estaban caras, para com­
prar con su producto las de La Solar, por
ellos depreciadas previamente, a reserva de
realizar después la maniobra inversa: bonito
tejemaneje con el cual sacaron a su capital
en dos años no el setenta, sino el ciento
treinta por ciento, aunque, eso sí, arruinan­
do a mucha gente. En cuanto a la heroici­
dad del sueco, a su desinterés, etc., etc.,
le valía muy regular tajada.
Pero tales maniobras, dice un cándido,
son un robo, viles fulleros quienes de tal
manera juegan con ventaja¡Qué lenguaje! ¡Qué atrocidad! No sabe
usted lo que se dice ni entiende de estas
cosas.
¿Cómo que no? El catecismo, la caballe­
rosidad...
i
¡Pero hombre de Dios! ¿Quién se acuerda
del prójimo ni de caballerosidades cuando
se trata de negocios? Lo necesario es saber
no tropezar en ellos con el juez, tropezón
raro en quienes entienden los negocios.

m
UNA IDEA DE DUVERY
Una vez terminada por el revisor la re­
cogida de pasaportes, se fué con ellos al
departamento donde estaban Duvery, su hijo
y Morlain: diciendo al primero al entre­
garle aquellos documentos:
—Los dos primeros son los de los espa­
ñoles que interesan a usted, Señor Direc­
tor.
— ¡Ah! ¿Han resultado efectivamente es­
pañoles?

—Los pasaportes eso dicen.
—Ya te lo había yo dicho.
—Sí, porque ellos te lo dijeron; mas no
es lo mismo que lo digan los pasaportes:
y aun así...
—Son personas distinguidas, cultísimas:
es decir, uno de ellos, porque del secreta­
rio, que no habla francés, nada puedo de­
cir; pero el otro es atento, finísimo, inte­
ligente, agradabilísimo.

L, A

MAYOR

—Yeo que te ha conquistado. Y usted,
Morlain, ¿qué piensa de ellos después de
haber oído a mi hijo?
—Que, salvo mi respeto a su opinión, y
a pesar de lo que dicen los pasaportes, tan
españoles son esos mozos como yo; y estoy
seguro que cuando usted se fije con deten­
ción en ellos pensará también que sus ca­
ras no son de europeos.
—Todo porque son o están morenos. Si
por eso fuera, me parece que más morenos
que mi padre y yo...
—No es eso, no es eso: no se traita del
color, sino de inconfundibles rasgos típi­
cos. En fin, tan seguro estoy de lo que
digo, que al fallo del Señor Director me
atengo. Y a veremos lo que dice cuando los
mire despacio.
—Pero a todo esto estamos perdiendo el
tiempo, pues de los pasaportes aún no he
leído sino los nombres: Gaspar Núñez,
Manuel Pozo.
En este llegó un camarero avisando que
iba a servirse la comida, lo cual hizo a
Duvery aplazar el examen detenido de
aquellos documentos hasta después de aqué­
lla o de la llegada a Agadés, para la que
sólo faltaban cuatro horas.
Guardándoselos, pues, dijo de pronto a
su hijo, como obedeciendo a repentina
idea:
—Tú, pásate por el salón y dile a Emma
que venga. En seguida, ve al comedor, y
en cuanto veas que tus amigos han elegido
mesa encarga de mi parte al maître d'hôtel
que nos reserve una al lado de la de ellos.
Aquí te aguardo hasta que vuelvas a avi­
sarme que ya están allá.
—¿Y si estuvieran ya ocupadas las me­
sas contiguas a las de los españoles?
—Le dices al maître que indique a quie­
nes ocupen una de ellas que es la reserva­
da para el Ingeniero Jefe de la Compañía,
suplicándoles se trasladen a otra.
Salió Raúl a cumplir los encargos de su
padre, y como consecuencia del primero
llegaron poco después Emma y Lobera al
reservado donde aguardaba Duvery, pre­
guntando ella:
—Papá, ¿vamos al comedor?
—Sí, en cuanto vuelva Raúl, a quien he
enviado a que reserven mesa.
—Pues yo también me voy a buscar si­
tio—se apresuró a decir el argentino, de­
seando no perder tiempo para poder aco­
modarse en uno cercano al de Emma.
■—No, amigo mío: es decir, si usted no

CONQUISTA

31

tiene inconveniente en darme el guste de
comer con nosotros.
— ¡Inconveniente!... Pero como las me­
sas no son sino de cuatro plazas, y somos
cinco...
—No, yo comeré en otra.
—Tampoco, amigo Morlain. Será Raúl
quiep se busque acomodo donde pueda.
—Mientras Lobera representaba, aunque
sin gran empeño, la farsa de rehusar la
invitación para no echar a Raúl fuera de
la mesa, volvió éste diciendo que ya esta­
ba una reservada al lado de la de los es­
pañoles.
Al enterarse Lobera de que iban a ins­
talarse en mesa inmediata a la de su an­
tipático seudocompatriota, se le puso cara
de mal humor, solamente advertido por
su amiga Emma, bien enterada del porqué,
y no preocupada con él por estar cierta de
que ella sabría desarrugarle el ceño, como
efectivamente lo consiguió tan pronto como
llegada al comedor se apresuró a tomar
asiento, la primera, dando la espalda al
hermoso moreno: con lo cual vió iluminarse
por ensalmo con plácida sonrisa el sombrío
rostro del americano.
Mientras entre ella y él se desarrollaba
esta muda escena, Duvery, que en cuanto
entró se había fijadó en que por estar los
viajeros sospechosos solos en una mesa so­
braban plazas en ella, dijo aparte a Raúl:
—A ver cómo te arreglas con habilidad
para que te conviden a comer tus nuevos
amigos.
—-¡Que me conviden!—contestó el mu­
chacho, asombrado de las rarezas que a su
padre se le ocurrían aquella tarde.
—No te escandalices, hombre: he queri­
do decir que te ofrezcan uno de los sitios
vacíos en su mesa—replicó Don Héctor,
que después llamó al camarero, cuchicheó
con él e invitó a Morlain a sentarse a su
lado, fronteros ambos a los supuestos es­
pañoles.
Procurando ser oído de éstos encargaba
mientras tanto Raúl al camarero, levantan­
do la voz, que le buscara un sitio, con lo
cual obtuvo el resultado apetecido; pues
levantándose de su asiento el que Lobera
había llamado broncíneo Apolo, se le acer­
có, invitándolo a comer en su compañía.
Al ver a su hijo ya sentado en la mesa
inmediata, se sonrió el ingeniero; encargó
en voz baja a Morlain, con gran sorpresa
de éste, que no mirara apenas durante la
comida a los vecinos, y una vez terminado
este aparte, llamó a Lobera en alta voz,

32

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esforzándola bastante p ara que se en terara
Raúl, M onsieur Loubegray.
—Ya tenemos aquí—dijo Errnna por Jo
bajo a éste—su incógnito de usted.
—Que ya ve cómo interesa a su papá, y
por culpa del cual me llamó usted embus­
tero.
—Con in ju stic ia que reparo devolvién­
dole su fam a de veraz... en -eso.
—Y en todo.
Dicho esto, ya no pudieron los m ucha­
chos volver a »cuchichear en toda la comi­
da; pues en seguida se generalizó la con­
versación, sin que ninguno de los cuatro
que en la mesa estaban pareciera acordar­
se de los españoles que a todos preocu­
paban.
La idea que Duvery habla tenido para
procurarse medio de exam inarlos a con­
ciencia, sin que se dieran cuenta de la cu­
riosidad que despertaban, dió resultado al
finalizar la comida; pues al ver Núñez pa­
sar de largo delante de su m esa al cam are­
ro, que de una en o tra iba cobrando, lo
llamó para pagar el gasto hecho en la suya:
con protesta de Raúl, que, por estar en aquel
tren como en propia casa, alegaba su m ejor
derecho al papel de anfitrión: quedando amgos iguales al m anifestarles el mayordomo
que todo lo había pagado ya el Señor Di­
rector.
Al oír esto dijo Núñez a Raúl, pero m i­
rando francam ente a Duvery:
—Me parece un abuso aceptar esa ga­
lantería, aun cuando no por ello la agra­
dezca menos.
Y alegrándose en su fuero interno del
incidente que, obligándole a dem ostrar
agradecim iento al padre, le p erm itía acer­
carse a la hija, y aun tal vez saludarla, se
levantó para ir a d ar las gracias.
Pero estando sentado junto al vidrio, en
el rincón, para sialir de allí hubo de aguar­
dar a que sxi secretario se levantara y le
dejara paso, resultando que, colocado Du­
very junto al callejón central entre las me­
sas, -pudo adelantársele al ad v ertir su pro­
pósito; y así, en vez de ser Núñez el que
llegara a la mesa de Emma, fué el padre
de ésta quien llegó a la de Núñez en el
momento de salir éste al pasadizo, en don­
de ambos se encontraron.
—Señor Director, en el conflicto en que
su am abilidad me pone de pasar por poco
delicado, aceptando su obsequio, o de ofen­
derlo, rehusándolo, prefiero ev itar esto y
doy a usted m il y m il gracias.
—Caballero, ¡por Dios! No merece la

pena de hablar de sem ejante m enudencia.
Ya antes obsequiaron ustedes a mi hijo,
ahora se aprestaban a obsequiarlo nueva­
mente. L a falta de delicadeza h ab ría sido
que estando casi en propia casa, como él
ha dicho bien, pues este tren es u n a pro­
longación de la mía, no hubiera yo corres­
pondido a las atenciones an terio res de us­
tedes y al honor que han hecho a R aúl in ­
vitándolo a comer en su compañía. A parte
que, habiendo yo tratad o en A rgelia m u­
chos españoles, me es sum am ente grato,
por serlo ustedes, darles esta pequeña
m uestra de mi deferencia.
—No es esta la prim era vez, pero sí una
más, que me deja agradecido la proverbial
cortesía francesa: lo cual no q u ita que en
m í sea un abuso...
—Vaya, veo que el rumbo, tan proverbial
en españoles cual para usted lo es la cortesía
francesa, le deja un am argor que no quiere
le quede el día que he tenido el honor de
conocerlo. P ara quitárselo gustosos acepta­
remos, mis amigos y yo, los tabacos y u na
copa de licor p ara ten er el gusto de b rin ­
d ar por España.
—Encantado y agradecidísim o—contestó
Núñez, m ientras Pozo continuaba callado.
—Raúl—dijo Duvery al sentarse en el si­
tio que su hijo había ocupado—, como ya
no faltan sino dos horas p ara la llegada, y
prefiero pasarlas en g rata charla con estos
señores, a irm e a recoger los papeles y p la­
nos que he dejado esparcidos en la m esa y
en el sofá del reservado, ve allá, guárda­
melos con orden en la c a rte ra de documen­
tos, y cuando lo hayas hecho vuelve a ver
si alcanzas u na copa. ¡Ah! L lévate de paso
a Em m a p ara que recoja sus trebejos y los
míos en las m aletas.
—Morlain, M onsieur Loubegray, vengan,
vengan acá: estos señores tienen la am a­
bilidad de invitarnos a tom ar los licores.
Morlain se levantó en seguida de la me­
sa; pero Lobera, demasiado entretenido
con Emma; pues ni ella ni él se habían
enterado de lo dicho por Don Héctor, tardó
bastante más en acudir a la llam ada: ta r­
danza y distracción que hicieron muy poca
gracia a Núñez, por pensar que él tam bién
se h ab ría distraído a ten er la suerte de
estar hablando con la francesita, quien al
darse, al fin, cuenta del encargo de su pa­
dre se levantó, y devolviendo m uy ceremo­
niosam ente la reverencia con que la salu­
daba el señor Núñez, dió la v u elta y se fué
con su herm ano a cum plir dicho encargo.
—Tengo el gusto de p resen tar a ustedes

... llegó sobre Agadés un dirigible con ochenta gendarm es senegaleses para
refo rzar la compañía de Berber.



:

LA

MAYOR

CONQUISTA

a Mr. Loubegray, del Consejo de Adminis­
tración de los Transaháricos, y a Mr. Morlain, jefe de Bir-el-Gharama—dijo el inge­
niero a Núñez y Pozo— ; y volviéndose lue­
go a los presentados por él, y señalando a
sus nuevos conocidos:— Los señores Don...,
quedándose parado, cual si ignorara los
nombres que poco antes había leído en los
pasaportes y recordaba perfectamente.
— Gaspar Núñez, banquero y armador de
Tenerife y de Villa Cisneros, pues en Ca­
narias y en Río de Oro tengo casas, que
son de ustedes, y factorías, que pongo a su
disposición. Mi secretario, el señor Pozo,
que no extrañarán ustedes no tome parte
en la conversación, pues aunque entiende
el francés, no consigue sacudir la invenci­
ble timidez que le retrae de hablarlo.
— Entonces procuraré hacerle menos pe­
nosa nuestra conversación; pues habiendo
vivido muchos años en Argelia, donde el
idioma de ustedes se habla más acaso que

/

33

el mío, algo se me ha pegado; y aunque lo
hablo incorrectamente, creo poder enten­
derme con el señor Pozo.
Después de decir esto, y aprovechando
estar Núñez distraído con el mozo eligien­
do los mejores tabacos y licores que pu­
dieran servirles, Duvery recomendó, rápi­
damente y por lo bajo, al argentino que
pusiera atención al modo cómo Pozo ha­
blara el español, e inmediatamente comen­
zó a conversar con este último en dicho
idioma, pidiéndole noticias de Tenerife y
Río de Oro, a las cuales contestó el pre­
guntado en un castellano tan incorrecto,
cuando menos, como el de Duvery, pero
muchísimo más duro, y cuyos agrios soni­
dos guturales, capaces de desgarrar las
gargantas castellanas, hería el oído de Lo­
bera todavía más que si hubiera nacido en
la Península, por estar habituado a la sua­
ve pronunciación americana.

VIII
LUCHA DE ASTUCIAS
La premiosa conversación de Pozo y
Duvery agradaba poquísimo al señor Nú­
ñez, porque el desastroso castellano del
primero le inspiraba temores, al principio
de aquélla, de que el segundo pensara en
la imposibilidad de que un nacido en Es­
paña maltratara de tal modo la hermosa
lengua de Cervantes; pero pronto se le des*
vanecieron al reparar que las dificultades
del francés para expresarse en ella lo pre­
ocupaban en términos de no dejarle ente­
rarse de los desatinos de su interlocutor.
Mas, sin embargo, no estando muy seguro
de la discreción de su secretario, procuró
cortar pronto el diálogo, tomando él la pa­
labra, y con Ista la dirección del rumbo de
la conversación general, sostenida en fran­
cés para que en ella no pudiera su compa­
ñero meter baza.
Hablaba Núñez como quien nada tiene
que ocultar, mostrándose muy comunicati­
vo: sin ser por nadie preguntado dijo que
su viaje a Agadés tenía por objeto buscar
medio de trasladarse a la región de
Baoutch, en la Nigricia, donde proyectaba
montar una gran explotación de cortas de
madera en las selvas surcadas por el río
LOS VENGADORES

Benoué, afluente del Níger, reunir los de­
rribados troncos en balsas que bajarían
ríos abajo, por los dos citados, hasta la
desembocadura del Níger, en Akassa, don­
de aserradoras de gran potencia, movidas
por el mismo río, convertirían los troncos
en tablazón y viguería, fundando así, en la
costa de Guinea, un gran emporio made­
rero para abastecer los mercados de Euro­
pa con los grandes veleros de hasta cinco
y seis palos de su flota: beneficiándose a
la par con la venta de la madera y con ios
fletes de ella.
Preguntó seguidamente si podría hallar
en Agadés automóviles para la expedición,
cuyo recorrido, solamente hasta Bida, pa­
saría de 1.000 kilómetros, contestándole
Duvery que en Agadés no había otros au­
tomóviles que los de los ferrocarriles
transaháricos, en el número estrictamente
indispensable para los servicios de replan­
teo, explanación y tendido de vía en el tra­
mo en construcción hasta Kano (1); que
(1) Término septentrional del ferrocarril in­
glés de la Nigricia, que en Lagos parte de la
costa del Golfo de Guinea.

3

34

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

a no ser tan ajustado a las necesidades de
la empresa el número de ellos, y a no ha­
ber otros inconvenientes para el empleo de
tal medio de locomoción en las comarcas
que Núñez se proponía recorrer, tendría
sumo gusto en ofrecerle alguno;
pues
los europeos establecidos en países inhos­
pitalarios tienen obligación moral de pres­
tar cordial ayuda a quienes por ellos via­
jan entre hostiles salvajes o gentes semi­
bárbaras.
Respecto a los inconvenientes antes alu­
didos, dijo que, aparte la carencia -de au­
tomóviles que poder brindar al señor N ú ­
ñez, había de pensar éste que una vez sa­
lido del Desierto tropezaría con imposibi­
lidad de avanzar en tales vehículos a tra­
vés de los bosques y terrenos quebrados de
la N igricia; que la total falta de lugares
donde adquirir gasolina era otro insupera­
ble obstáculo y, sobre todo, que las tribus
cruzadas por su itinerario de Agadés al
Baoutch aborrecen de muerte el automóvil
y a los automovilistas: siendo verdadera
temeridad aventurarse entre sus ignoran­
tes y malévolos pobladores empleando di­
cho medio de locomoción.
T al expedición no podía, por tanto, rea­
lizarse sino en los clásicos camellos, bus­
cando buenos y fieles guías, cada vez más
escasos desde el establecimiento de la vía
férrea (1 ); pero sin esperanza de hallar en

(1) La profesión de guía, que en algunas fa­
milias es hereditaria— dice una notable obra geo­
gráfica— , viene a ser como una especie de sa­
cerdocio, porque del guía dependen las vidas de
cuantos forman la caravana que a su pericia se
entregan. Antes de la salida se lo considera, se
le ruega, se lo ad u la; al término del viaje, si
es feliz, se le colma de gracias.
Las arenas movedizas o la roca abrasadora;
el calor horrendo del día seguido del frío de la
noche; el alejamiento de uno a otro de los pozos
que forman los obligados puntos de paso de las
rutas sin camino trazado entre ellos, que ha
de encontrar el guía fijándose en señales ape­
nas perceptibles, sin que para llegar a la ma­
yor parte de aquéllos, meros puntos en la in­
mensidad del desierto, sea Util el guiarse por las
estrellas; las sequías impensadas que los agotan,
poniendo a los viajeros frente a frente del fan­
tasma de la muerte por sed, o por lo menos el
de semanas de marcha con ración deficiente del
agua repugnante de los zaques transportados a
lomo de camello, son corrientes peligros que ex­
plican el grandísimo cuidado y la solemnidad
con qüe se prepara la organización y la salida
de las caravanas, y la autoridad en ellas ejercida
por los guías, que, sobre todo en las expediciones
árabes, llega a ser verdaderamente despótica.
En la caravana es fundamental la estrecha
unión de todos: el que se aparta del grupo y se
extravía está perdido irremisiblemente, porque cae

Agadés ninguno capaz de llegar hasta el
Baoutch, sino, a lo sumo, a la linde del De­
sierto con la N igricia, donde sería pteciso
buscar otros prácticos en las estepas fron­
terizas y en las selvas de la cuenca del
Níger.
— Y a propósito— dijo al tocarse este punto
el jefe de Bir-el-Gharam a— , ¿ustedes no
conocerán el idioma de las tribus entre las
que van a meterse?
— Claro que no— repuso Núñez.
— ¿Cómo han de conocerlo?... Pero ya
sabe usted, Morlain, que con el temaxec (2)
y el árabe basta para bandeárselas aquí, por
todas partes, pues siempre se encuentra
quien hable uno u otro: mejor o peor.
— Pero es el caso que nosotros no sabe­
mos palabra ni del idioma de los tuaregs
ni de árabe— dijo Núñez con tal prisa y
tan gran energía cual si negara algo des­
en el más terrible desamparo y en la soledad
más absoluta: soledad en el espacio, soledad en
el tiempo, soledad en el silencio, donde el viento
no encuentra hojas que hacer crujir, donde no
hay agua que c o rra ; soledad donde sólo llegarán
a hacer compañía al extraviado el hambre y la
sed, sobre todo la sed. Inútil que corra, todo está
muy le jo s ; inútil que grite, nadie le oirá... Y
cuando las fuerzas flaquean y la esperanza se
pierde, llegan las alucinaciones, que duran hasta
que la debilidad lo rinde... Be echa en el suelo,
muere, y el viento va trayendo día tras día sobre
su cuerpo fina arena, que ai cabo forma un mon­
téenlo, bajo el cual yace un cadáver momificado
por el calor y la sequía.
El guía ha de conocer además otros enemigos
de las caravanas: los ladrones nómadas que in­
festan las rutas más frecuentadas por e lla s ; la­
drones procedentes a veces de muchos, muchos
centenares de kilómetros de distancia; pues hay
tribus enteras que solamente del pillaje viven,
señalándose entre ellas la de los Ahagar, de raza
tuareg.
Dice un viajero— Míster Haywood— que recien­
temente, en 1910, cruzó el Sahara de Tombuctu
a Argelia, refiriéndose a una ocasión en que es­
tuvo perdido:
“ Camino ni senda no había ninguno. En el De­
sierto son caminos y sendas cosas desconocidas
en cuanto se aparta uno de los oasis: cada ca­
ravana busca su ruta en la inmensidad de aque­
llas soledades: cada guía tiene sus propias se­
ñales y sus peculiares mañas para hallar su ca­
mino y salir de apuros, y dos caravanas parti­
das de un mismo lugar para un mismo pozo van
por distintas rutas sin alcanzar sieniera a verse.”
Imagínese la situación del viajero europeo que
se vea aislado de su caravana.
(2) El temazee o temazig, del cual hay varios
dialectos, es el idioma de los tuaregs, siendo no­
table que la conservación y enseñanza de él está
principalmente encomendada a las mujeres, que
son las que en esta raza conservan el tesoro de
la ciencia y cultivan la poesía y la música.
De este idioma existe una gramática publicada
por Monsieur Hannoteaux, que las damas tuaregs
conocen, estudian, comentan y divulgan.

LA

MAYOR

honroso, y con resuelto aplomo, que no so­
lamente no engañó a los franceses, sino
que, haciéndoles fijarle en la fuerza y ra­
pidez de la negativa, les dio certeza de que
mentía y robusteció la desconfianza que les
inspiraban quienes ya iban recelando no
eran españole^.
—Mal preparados, mal, vienen ustedes
para emprender expedición como la pro­
yectada,
— Por eso contamos contratar un intér­
prete en Agadés.
—No abundan, porque el francés lo ha­
blan aquí muy pocos y el español nadie
sino yo. Además, que ya no les basta a us­
tedes un guía fiel, pues también necesitan
fiel intérprete; y la fidelidad es fruta es­
casa en estas tierras.
— Supongo que un comerciante de Agadés
al que vengo recomendado por nuestro co­
mún banquero de Dakar podrá hallarme
guía e intérprete; pero si él no acertara a
servirme, acaso me atreviera a invocar los
sentimientos de fraternidad europea de que
hace poco hablaba usted, para suplicarle que,
con su conocimiento del país y su influen­
cia en él, me ayudara en esa difícil busca
de gentes expertas y leales.
— Cuente con mi ayuda si la ha menester.
Al contestar así, advirtió don Héctor un
gesto de asombro, o de susto más bien, he­
cho por Pozo al oír la petición de ayuda
formulada por Núfiez, y prosiguió:
—Pero no creo le sea a usted necesario
acudir a mí; pues la persona a quien viene
recomendado puede servirlo mejor que na­
die, por ser quien en Agadés organiza todas
las caravanas comerciales de alguna impor­
tancia.
—¿Cómo sabe usted quién es esa persona,
si aun no la he nombrado?—preguntó Núñez con viveza, reveladora acaso de recelo.
—Ni hace falta; pues no habiendo en
Agadés, ni aun en todo el Air, sino un
hombre cuyas relaciones comerciales se ex­
tiendan más allá del Tibesti, Fezzan y el
Djouf (1), en cuanto ha dicho usted que el
de que habla las mantiene con Dakar, for­
zosamente tenía yo que pensar en Isaías
Moyfsk, el hebreo ruso.
— Efectivamente, de él se trata.
— Como que no puede ser otro, ni usted
venir mejor encaminado: lo que ese no pue­
da hacer en su obsequio menos podría ha­
cerlo yo.

(1)

Puede verse nota en la página 11.

CONQUISTA

35

Del mismo modo que, por tener mucho
que ocultar de Duvery, y más concretamen­
te de las autoridades francesas del Desier­
to, había Núñez solicitado, audaz y malicio­
samente, la ayuda del ingeniero, para ha­
cer creer que no ocultaba nada, cuando es­
pontáneamente daba facilidades para que
le pusiera centinelas de vista en las andan­
zas y correrías que decía iba a emprender,
así Duvery evitaba a intento demostrar in­
terés de aprovecharse de la ocasión brin­
dada; pues sobre no creer en la expedición
al Baoutch y la Nigricia, por razones que
más adelante le oiremos exponer, y aun pro­
poniéndose arbitrar medio de vigilar en lo
sucesivo a aquellos personajes, que parecían
serlo de cuidado, creyó más importante, flor
lo pronto, velar su desconfianza: en lo cual
acertaba, futes su contestación rehusando
inmiscuirse en los asuntos de ellos desarru­
gó inmediatamente el funcido entrecejo del
secretario.
Mientras tanto Morlain, bien percatado
de la perspicacia con que su jefe había pro­
vocado aquella tertulia, donde a su sabor
estaban ambos examinando a los sospecho­
sos, en vez de vigilarlos a distancia con in­
sistentes miradas, expuestas a ponerlos en
guardia si ellos las advirtieran, admiraba
asimismo la habilidad con que don Héctor
rehusaba el burdo medio de espiarlos que
con el sólo objeto de hacerse el inocente, le
ofrecía Núñez.
Y es que por algo llevaban subordinado y
jefe dos tercios de sus vidas residiendo en­
tre arteros musulmanes, aprendiendo en su
trato que es la doblez la mayor fuerza para
luchar con quienes en la falsía tienen la
más fuerte de sus armas. “ Con los perros
cristianos, la mala fe es virtud” : tal es la
norma de conducta de berberiscos y árabes,
y si tan tonto es el cristiano que, cuando
entre ellos anda, no vuelve por pasiva en
beneficio propio el aforismo, lleva la de
perder constantemente en ei trato y en los
trates con ellos.
Después de lo dicho derivó la conversa­
ción por otros cauces, versando sobre cosas
de Francia y España, que Núñez demostró
conocer perfectamente. Entonces tomaron
parte en ella Lobera y Raúl, atenidos, des­
de la vuelta de éste, a conversar entre sí,
y entonces se presentó ocasión de que se
dirigieran la palabra Núñez y Lobera, cru­
zando las miradas, donde de cuanao en
cuando relucían chispazos cual los que ha­
bían asustado a Emma cuando con el se­
gundo departía en el salón; pero ahora tan

36

BIBLIOTECA

NOVELESCO-C IENTIFICA

fugaces, imperceptibles y disimulados en­ hay tres habitaciones siempre preparadas
tre corteses o sutiles frases, que ninguno para los transeúntes. Usted ocupará una,
de los tertulianos se daba cuenta de ellos,
Morlain otra.
aunque los dos rivales los interpretaran
—¿Pues qué he de hacer sino aceptar
perfectamente: Emma no estaba allí, mas el agradecido y satisfecho de continuar en tan
recuerdo de ella se hallaba entre quienes agradable compañía?
con aquellas ligeras ojeadas se decían que
—De sus cosas de usted hablaremos ma­
para conquistarla estaban ambos decididos ñana, o pasado más bien, pues supongo le
a arrollar todo obstáculo.
dará lo mismo uno o dos días antes o des­
Veinte minutos antes de la media noche, pués, y yo tengo mañana que atender a algo
hora de la llegada al término del viaje, se más urgente.
disolvió la improvisada tertulia, cruzándo­
—Tanto me da un día como otro.
se toda suerte de amabilidades entre los
—Pues recoja ya sus efectos, porque den­
viajeros: ofreciendo Duvery a iNuñez su tro de cinco minutos llegaremos.
casa, en el edificio de las oficinas del ferro­
Efectivamente, poco después se detenía,
carril, donde residiría el poco tiempo que ya de una vez, el tren, que llevaba corrien­
había de permanecer en Agadés, antes de do más de sesenta horas, en las que había
levantar el campo para el centro de traba­ devorado muy poco menos de tres mil ki­
jos de Techiasco; poniéndose Núñez a la lómetros: a ojo de buen cubero, la distan­
disposición del ingeniero en el alojamiento, cia de Constantinopla a Barcelona.
que Moyfsk le habría buscado, y que, según
En el andén aguardaban al Ingeniero
al oírle manifestó Duvery, no podría ser Jefe todo el personal del ferrocarril y el
sino la misma casa del judío; pues en Aga­
Capitán de la Gendarmería Sahárica: una
dés no se estilan fondas ni hoteles propios extraña gendarmería montada en mehapara europeos, y porque fuera de una es­ ris (1) a veces, en bicicletas otras, y hasta
casa docena de casas de personas civiliza­ en motociclos con sidccars, armados de
das, las demás viviendas del poblachón ametralladoras ligeras: según la clase de
aquel no son sino inmundas pocilgas.
servicios, las distancias a que han de pres­
—Después de lo que míe ha oído, compren­ tarse y la rapidez por ellos exigida.
derá usted, amigo mío—dijo don Héctor a
Hallábase entre quienes aguardaban el
Lobera, cuando ambos se apartaban de los
tren el judío Moyfsk en espera de Núñez y
otros—, que como a usted no le aguarda
de Pozo, quien, por no conocerlos, gritó:
ningún Moyfsk que lo pueda alojar, he de
Monsieur Nunés, Monsieur Posó.
alojarlo yo.
—¿Es usted el Señor Moyfsk?—preguntó
—Pero eso, que en usted es bondad, en
Pozo en árabe, acercándose a él.
mí sería abuso de confianza.
—El mismo—contestó en el mismo idio­
—Con aceptar mi ofrecimiento no hará
ma
el preguntado.
usted sino usar, como todos aquí en seme­
—Somos
Núñez y Pozo—le interrumpió
jantes casos, de la hospitalidad que cuan­
en francés el primero con gran viveza, al
tos viven en estos destierros, sean cristianos
o moros, ofrecen cordialmente a todo tran­ ver que se acercaba Raúl, y levantando mu­
seúnte: eso no más es lo que ofrezco a quien cho la voz, agregó:—Pierde usted el tiempo
me ha sido recomendado por un embajador hablando en árabe: no entendemos ni jota.
— ¡Ah! Yo creía—contestó en francés el
de mi país, y a quien no puedo mirar como
recién llegado; pues hemos convivido siete judío...
—Pues creía usted mal—replicó contra­
días entre el hotel de Tánger y este tren,
estando ya ligados por simpatía que va to­ riado* y con mal modo Núñez.
mando visos de amistad.
Cuando se lance usted a sus correrías por
meliari o camello de silla y carrera es
esas tierras, ya verá que cualquier descono­ de(1)razaEl completamente
diferente al de carga;
cido a cuya puerta llegue le ofrecerá, me­ soporta hasta siete días sin comer ni beber en
jores o peores, según pueda, un cubierto en verano, en marcha y cargado.
El de carga no marcha sino a razón de cuatro
la mesa y una cama que todos damos, no
a cinco kilómetros por hora, y por día, de 25 a 40 ;
cual favor, sino por costumbre, elevada a el mehari pasa de los 100 por jornada, citAndose
deber de humanidad. Se alojará usted en el caso de 150, no en una, sino en dos repetidas
el edificio de la Compañía, donde además jornadas hechas por un mehari de In-Salah.
Los franceses usan meharis para servicios de
de los pabellones de los empleados y del correos,
y tienen organizadas secciones de tropas
mío, que ahora sólo utilizo como apeadero, en ellos montadas, que llaman meharistas.

LA

MAYOR

—Perdóneme.
—Vamos andando. Pronto.
—Poca gracia le ha hecho la indiscreción
del judío—dijo a Raúl Morlain—. Y por lo
visto, el hom bre llega a país conquistado,

CONQUISTA

37

pues tr a ta a zapatazos al opulento Moyfsk.
Bien se ve que no viene a pedirle dinero;
y cuando ta n hum ilde ag u an ta el viejo los
sofiones tiene que ser porque dinero o m ie­
do ande por medio.

IK
LO QUE PUEDE LEERSE EN EL BLANCO REVES DE UN PASAPORTE
—Sin embargo, B ertier, estos pasaportes
parecen estar en regla, y los retratos concuerdan con las caras de los señores Núñez
y Pozo. Voy tem iendo haberm e pasado de
listo.
Las anteriores palabras las decía Duvery
en su despacho de la oficina de los ferro­
carriles, donde, a las nueve de la m añana
siguiente a la llegada a Agadés, conversa­
ba con M orlain, Lobera y B ertier (el capi­
tá n de la gendarm ería), a quien había lla­
mado p ara ponerle en autos de sus recelos
sobre Núñez y Pozo, que, según noticias
dadas por el revisor, habían subido al tren
en Tafilete.
— Don H éctor—dijo el capitán—, el estar
los pasaportes en regla significa poco, pues
que los bribones tien en siem pre sus pape­
les arreglados: lo sabemos bien quienes nos
pasam os la vida persiguiéndolos. Ya exa­
m inarem os los pasaportes luego; porque
antes, y ya enterado del resum en que usted
h a hecho, deseo que cada uno de estos se­
ñores cuente puntualm ente Jo que por sí
haya visto, oído y observado; pero los he­
chos solamente, sin com entarios, para no
influir con ellos en mi juicio.
Haciendo lo que decía el oficial, repitió
Lobera las palabras oídas a Pozo y a Nüñez en el pasillo del vagón, agregando que
quien hablaba el castellano como el prim e­
ro de ellos no le parecía posible fuera es­
pañol.
Refirió M orlain después las observacio­
nes que en Asiou había hecho por sorpren­
derle que dos europeos se b ajaran del tren
ta n sólo p ara hablar con el zouiya un mi­
nuto, si acaso, no pudiendo decir respecto
a Pozo si hablaba bien o m al el español,
que bueno o malo le sonaba a él árabe.
Dijo además que si detuvo la salida del
tre n fué para preg u n tar a Gudín (el jefe
de estación) desde cuándo estaba el zouiya
en el poblado, contestándole aquél que ha­

bía llegado la víspera por la tard e: es de­
cir, con tiempo justo para alcanzar el paso
del tre n ; y term inó m anifestando haber
encomendado a su com pañero que indaga­
ra quién era aquel hom bre y los negocios
que en Asiou tu v iera, p ara com unicarlo en
cuanto lo supiera.
Duvery, hablando el último, dijo que ade­
m ás de parecerle indudablem ente árabes
los rasgos fisionómicos de los dos viajeros,
le sorprendía que hom bre ta n inteligente
como Núñez no se hubiera enterado, antes
de em prender el viaje, de la dificultad de
comunicaciones entre el D esierto y la Nigricia, y que tom ara Agadés (1) como punto
de p artid a de su expedición: cosa muy rafa
en quien, teniendo flota propia, forzosamen­
te debía saber que desem barcando en L a­
gos, y tom ando allí el ferro c arril de Kano,
(1) Agadés es población que, como capital de
la comarca de Air o Asben, ha prevalecido sobre
la antigua Tinchaman, cuyas ruinas se hallan a
unos 40 kilómetros al norte de la nueva.
Agadés fué en tiempos la más populosa pobla­
ción del Sahara. Juzgando Barth por la superficie
cubierta por los restos de la antigua ciudadi le
supone 50.000 habitantes. Su prosperidad mayor
fué en el año de 1500; a fines del siglo xvm
fué arrasada por los tuaregs, y con posterioridad
resurgió con población compuesta principalmente
de mercaderes, míseros en su mayoría, de todas
castas, razas e idiomas. Las viviendas nuevas se
hallan entremezcladas hoy con las ruinas anti­
guas. Tiene una torre notable, más ancha en el
centro que en la base y en lo alto, y erizada de
puntas de vigas que al exterior sobresalen como
pflas de erizo.
Las mujeres son las que cultivan las pequeñas
industrias de Agadés: objetos de cuero, esteras
y quesos.
El principal comercio es el de la sal, que ca­
ravanas hasta de 8.000 camellos van a buscar a
los oasis de Bilma para llevarla luego al sur.
Es de notar que hacia mediados del siglo xix
todavía no se empleaba la moneda para las tran­
sacciones en el mercado de Agadés, sino granos,
telas, sol, cabras, d á tiles; y aun hoy mismo la
moneda es cosa rara en la población y todavía
más en el resto de la comarca.

38

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

podría llegar al Baoutch, por Egga y Keffi,
sin los tropiezos ni los peligros del extraño
itinerario que pensaba seguir.
— Bien— dijo Bertier al acabar de hablar
Don Héctor— . Abora es ya la ocasión de
ver con calma los pasaportes: Autorizados,
en primer lugar, por el Gobernador Gene­
ral de Río de Oro, a la salida de Villa Cisneros: visados, seis días después, a la lle­
gada a Mogador... Seis días...: esto quiere
decir que se detuvieron en el camino, pues
ese tren no puede tardar más de uno entre
dichas poblaciones.
—Algo más: veintiséis horas— dijo Duvery— . Pero ¿qué diablos podría tener que
hacer un banquero del fuste de Núñez en
los míseros aduares, que son los únicos po­
blados donde se detiene ese tren?
-—El lo sabrá—contestó Bertier— . Pero
sigamos. Al otro día, llegada y refrendo en
Marrakesh, para Tafilete y Agadés.
— Sí que es un camino raro para venir
de Río de Oro— observó Morlain.
— Y todavía más para ir a la Nigricia:
adonde, aun descartado el itinerario de que
antes hablé, podía haber ido ese señor por
los ferrocarriles de la costa a San Luis y
de San Luis a Tombuctú, siguiendo luego
embarcado por el Níger: con toda comodi­
dad y en tiempo quince o veinte veces
menor.
— Sí, Señor Director; pero en ese camino
no habría tenido el gusto de ver rascarse
en Bir Asiou al zouiya de Aoudjila: de
donde yo deduzco que la rascadura y la
conversación debían ser tan urgentes como
substanciosas para ellos...: y quién sabe si
para nosotros.
— Supongo— dijo el capitán— que sospe­
cha usted que esos pájaros andan metidos
en la conspiración de que hay rumores.
— ¡Ah! ¿Han llegado también- a usted
esos rumores, amigo Bertier?— preguntó el
ingeniero con viveza.
— Sí señor: va sonando ya mucho ese
runrún.
— A mí se me ha metido en la cabeza—
dijo Morlain— que el zouiya y estos dos son
agitadores, que no han hecho sino comuni­
carse una orden o un aviso previamente
convenidos.
—Aun sin conocer el Desierto como us­
tedes, lo estudiado de él antes de empren­
der este viaje me basta para apreciar lo
absurdo de los itinerarios que toman esas
gentes; y esto, unido a sus extraños modos
•de reconocerse, me hace pensar como el

señor Morlain. ¡Lástima que esos pasapor­
tes no puedan dar más luz!
—Aguarde, aguarde, señor Lobera: toda­
vía no he dicho yo mi última palabra, por­
que de que los pasaportes han sido expe­
didos a españoles no cabe duda; de que los
retratos pegados en ellos corresponden a
los compañeros de viaje de ustedes, tam­
poco; pero...
Al decir esto miraba y remiraba Bertier
los pasaportes por el derecho, por el revés
y al trasluz.
— Pero si están en regla, y los retratos
son de esos señores, no veo...,
— Señor Lobera, es indudable la identi­
dad de los retratos y de los hombres, pero
nada hay en los pasaportes que nos pruebe

la de los retratos y los nombres.
— ¡Ah!
—Es verdad.
—Y de sobra sé yo que si éstos andan en
conspiraciones ya habrán cuidado de no
ponerse en camino sin ir perfectamente en
regla.
—¿Pero qué busca usted con ese examen?
—A punto fijo, no lo sé; pero, como los
perdigueros, olfateo, por si mi olfato de pe­
rro viejo descubre algún indicio...: una
raspadura, una enmienda, que muchos fal­
sificadores hacen preciosamente; si los se­
llos en seco están hechos a presión o con
un estilete, o un palillo m ojado...
— ¿Y qué? ¿Llalla usted algo de eso?—
preguntó Duvery con gran interés.
—No: ni enmienda, ni raspadura, ni se­
llo sospechoso: tan bien hecho está, si lo
hay, el gatuperio, que no sé descubrirlo.
— ¡Qué contrariedad!— exclamó Morlain— .
Porque estoy tan cierto de que no me equi­
voco, que apostaría hasta...
— ¡Calla!
— ¿Ve usted algo?
— Puede ser. Vamos, vamos a la luz—
contestó Bertier aproximándose, seguido de
los otros, al balcón. Llegado a éste, levantó
la persiana, miró atentamente los pasapor­
tes por el revés, y d ijo :— Señor Director,
¿tendría usted a mano una lente de au­
mento?
— Sí, en la oficina de los delineantes.
Morlain, hágame el favor de ir a pedirles
una de las de mayor aumento. ¿Qué quiere
usted mirar, Bertier?
— Perdone, Don Héctor: hasta estar se­
guro de lo que sospecho, no quiero hacer
concebir esperanzas que pudieran des­
hacerse.

LA

MAYOR

— Pero, ¿qué diablos va usted a ver con
la lente en el revés de esos documentos?
— Dispénseme, señor Lobera, que no con­
teste por ahora.
Vuelto M orlain con la lente, hizo con ella
el oficial un breve examen del dorso de am­
bos pasaportes, y en seguida afirmó con aire
de triunfo:
— Estos retratos no son los de los pro­
pietarios de los pasaportes.
— ¿Cómo?
— ¿En qué lo conoce usted?
— ¡Pero si los retratos están en el otro
lado!
— Pues en éste está la prueba de lo que
digo, y por éste es preciso mirarlos. Ven­
gan y fíjense en él papel de los dos pasa­
portes: sobre todo en el de Núñez; pues,
aunque en los dos se ve lo mismo, está
más marcado en el de éste. Miren detrás
de las esquinas en donde están pegados los
retratos.
— Yo no veo nada.
— Yo, tampoco.
— N i yo.
— ¿No advierten ustedes diferencia entre
esas partes del papel y el resto de las
hojas?
— N o sé...: como no sea que el papel pa­
rece estar ahí algo menos satinado.
— En este otro parece más obscuro, o más
sucio, en la parte opuesta a la ocupada por
el retrato, que en el resto de la hoja.
— Pues, eso es.
— Pero no veo qué importancia pueda te­
ner eso.
— N i yo.
— Pues la tiene grande; y en eso conozco
que éstos no son los retratos que vió pe­
gados en los pasaportes quien los expidió
en Villa Cisneros: que no son los de los
verdaderos Pozo y Núñez.
— Pero, ¿cómo puede usted deducir todo
eso de que una parte del papel esté menos
satinada o un poco más sucia que el resto?
.— Porque de algo ha de servirme llevar
toda mi vida de pelear con bribones y co­
nocer sus tretas; porque estoy viendo claro
que estos pasaportes fueron humedecidos
por detrás para despegar los retratos pri­
meramente unidos a ellos y substituirlos
por éstos.
— Pero entonces— objetó Lobera— se ha­
bría emborronado la tinta de lo manus­
crito. .
— Es que por eso no mojaron las hojas
enteras, ni por las dos caras, sino que poco
a poco fueron humedeciendo únicamente la
del revés con un pincel y tan sólo en las

CONQUISTA

39

partes cubiertas por los retratos!. Como el
papel es gordo, tendrían que poner agua va­
rias veces y con relativa abundancia hasta
calar al otro lado, donde estaba la goma qu0
había que reblandecer.
— Ya, ya veo— interrumpió Lobera— . En
esa parte se abolsó el papel y se puso es­
ponjoso.
— Eso es; y perdió el satinado, según se
ve en éste, donde la parte que fué mojada
no aparece sucia, porque al doblar la hoja
quedó en el interior del doblez preservada
del polvo del bolsillo, mientras en este otro,
doblado con dicha parte al exterior, la su­
ciedad se ha agarrado a la superficie del
cuadrado correspondiente al retrato, más
fofa y áspera que el resto del papel, en
cuyo satinado resbala m ejor el polvo.
— Es muy curioso, curiosísimo— dijo Don
Héctor— . Traiga, amigo Bertier, traiga. Ya
puesto en camino con su explicación, quie­
ro m irar todo eso con la lente.
— Fíjese, fíjese, Señor Duvery— dijo el
argentino, que por tener muy buena vista
no había menester lente para escudriñar el
pasaporte que en la mano tenía— ; las bol­
sas que el papel formó al ser mojado se
ven todavía, aunque aplastadas al pegar y
apretar encima de él los segundos retratos.
Estoy seguro de que el señor Bertier tiene
razón.
— Además— agregó éste— , con la lente
verá usted claro como un fruncido de plieguecillos todo alrededor de los bordes de
uno de los retratos, de lo cual no hay se­
ñales en el otro.
— Sí, es verdad; pero ¿porqué esa dife
rencia entre los dos?
— Porque en uno el retrato antiguo era
algo más grande que el que lo ha substi­
tuido, y al pegar éste quedó en torno de él
como una cenefa de papel mojado y abol­
sado aplastada después con la uña o una
plegadera; mientras que siendo en el otro
mayor el retrato nuevo que el que ha ve­
nido a reemplazar no quedó en torno de él
tal Cenefa de papel fofo.
— Am igo mío, tiene usted unas dotes de
observador y unas facultades deductivas
de prim er orden.
— No, Don Héctor, la costumbre, no más:
saber que en estos casos es preciso fijarse
en menudencias, porque las cosas grandes
no las descuidan nunca los criminales, y
menos los conspiradores.
— Se me figura, Señor Bertier, que con
esto ya no puede cabernos duda de que
esos mozos lo son.

40

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NOVELESCO-CIENTIFICA

— Mire, Señor Morlain: visto esto en un
solo pasaporte me escamaría, en dos es mu­
chísimo más grave; y siendo éstos los de
esos viajeros en quienes hemos advertido
tantas cosas extrañas, y cuando corren los
rumores que sabemos, sobra para que yo
los tenga por tan sospechosos como usted,
y me preocupe de que al salir de aquí va­
yan vigilados. Señor Director, ¿cuándo han
de ir esos hombres a recoger a mi oficina
sus documentos?
— Ordené al revisor que les dijera que en
la tarde de hoy.
— Entonces hay tiempo; pero yo no que­
rría hacerlas fuera de aquí...
— ¿Qué no quiere usted hacer? ¿Para qué
hay tiempo?
— Para sacar unas reproducciones de los
retratos. Había pensado encargárselas al
Jefe del Registro de Indígenas, pero es muy
charlatán. ¿No tendrían ustedes aquí má­
quina fotográfica?
— Y fotógrafo: mi hijo es un aficionado
de primera fuerza, mejor que muchos fo­
tógrafos de profesión.
AI decir esto tocó Duvery a un timbre,
dando seguidamente orden al criado que
acudió de ir a llamar al señorito Raúl.
A poco se presentó el muchacho, oyendo
de Bertier que deseaba le hiciera urgente­
mente reproducciones de los dos retratos,
sin clavar chinches ni dejar en los pasa­
portes señal alguna delatora de la opera­
ción con ellos realizada, y devolviéndoselos
cuanto antes pudiera.

— Dentro de diez m inutos— contestó
Raúl— estarán las placas reveladas. ¡Ah!
¿Cuántas pruebas necesita usted?
— Veinte o veinticinco de cada uno, pero
hasta mañana a la hora de salida de los
correos no me corren prisa.
— ¿Va usted a circularlas— preguntó L o­
bera.
— Sí, a otros tantos puestos de gendar­
mería, con una nota al pie diciendo: “ Vigílese llegada ahí. Seguir disimuladamente
pasos- Telegrafiar cuanto se averigüe. No
fijarse traje: probable disfraz. Muy altos
ambos: esbelto uno, gordo otro.”
— H ijo mío, siento darte la mala noticia
de que tu culto amigo tiene todas las tra­
zas de ser distinguidísimo, sí, pero distin­
guidísimo bribón... ¡Ja, ja, ja!
Poniéndose muy colorado, se fué el mu­
chacho, cruzándose en la puerta con un or­
denanza que, entregando un pliego a Du­
very, dijo:
— Señor D irector: esto envía para usted
el telegrafista de la estación.
Abierto el sobre resultó contener un te­
legrama de Bir-Asiou cifrado con la clave
de servicio de la Compañía.
— ¡Ah! P or lo visto Gudín ha averiguado
algo del asunto; porque si fueran cosas del
servicio telegrafiaría al jefe de estación y
no a mí. V oy a descifrarlo yo mismo.
Aguarden un momento: no es largo.
Y se sentó a su mesa de despacho, de
un cajón de la cual sacó la clave telegrá­
fica.

X
UN IMPORTANTE Y PROTEICO PERSONAJE
Cincuenta años antes del comienzo de
esta historia— no hay más remedio que to­
marlo de tan lejos— los españoles y los
franceses de Argelia, Marruecos y Río de
Oro se vieron sorprendidos por una terrible
sublevación, acaudillada por un árabe lla­
mado Abd-el-Gahel, que se decía descen­
diente del Profeta: principal requisito que,
para arrastrar masas agarenas, han menes­
ter los caudillos africanos a quienes no
suele faltarles; pues es sabido que tales
descendientes, con autenticidad genealógica
bastante problemática, se encuentran siem­
pre a punto en el mundo mahometano en

cuanto se vislumbra posibilidad de matar
cristianos o judíos, o de desvalijarlos, coscas
que suelen ir unidas.
No obstante su rabioso fanatismo, era el
cabeza de aquella insurrección hombre de
gran inteligencia, no solamente demostra­
da organizando la general y simultánea
matanza de europeos sorprendidos en un
día y una hora, en todas partes, sin dadles
tiempo a la defensa, sino dirigiendo des­
pués la guerra que fué consecuencia de
aquella bárbara hecatombe y duró tres
años.
A l cabo de ellos fué el alzamiento sofo-

LA MA Y O R C O N Q U I S T A
41
cado, cual era inevitable, por sus poderosos nes robados años antes; y el tesoro, que en
adversarios, y apagados en sangre africana la mente del caudillo, vencido pero no do­
los últimos focos de la rebelión: final eta­ mado, era la base indispensable para hacer
pa de la cruenta lucha, en la que, peleando fructífera la venidera insurrección, comen­
como león acorralado, se abrió paso Abd-el- zó a crecer y crecer.
Galiel entre sus enemigos, cuando parecía
Entre los hijos de Abd-el-Gahel había
estar ya a punto de caer en manos de ellos, uno, Alí, tal vez de igual talento y no me­
y desapareció sin dejar rastro del lugar nos fanático que el padre, pero en quien
donde se había refugiado.
no veía éste todas las condiciones requeri­
Como el de un héroe legendario, como el das en el héroe anunciado en las canciones,
de un semidiós, quedó su nomibre venerado o más bien himnos populares, que él había
por la grey musulmana; los poetas glorifi­ hecho componer. Además, el tesoro debía
caron y perpetuaron sus hazañas en can­ engrosar durante largo plazo hasta llegar al
ciones religioso-patrióticas, cantadas por mínimo prefijado por su fundador para
las madres a sus hijos, repitiéndolas éstos lanzarse a nueva guerra; y era igualmente
en sus más tiernos años, oyéndolas, ya preciso que el pueblo de donde había de
hombres, a santones y muezzines. Y altos salir la carne de cañón olvidara el terrible
y bajos, grandes y pequeños, sabían de me­ castigo infligido por España y Francia a
moria el estribillo con que todas termina­ los rebeldes de la pasada: todo lo cual fué
causa de que el papel de aquel hijo se li­
ban. Helo aquí:
“De Abd-el-Gahel nos vendrá el venga ­ mitara al de auxiliar del padre en la labor
dor ; Abd-el-Gahel hará invencible la sagra­ preparatoria de la obra que había de rea­
lizar su descendencia, y de que transcurrie­
da cimitarra del Islam.”
Creían los más crédulos que Abd-el-Gahel ran veinticinco años antes de llegar a ios
vivía y viviría, hasta triunfar, por muchos quince un nieto de Abd-el-Gahel, frisante
años que pasaran, y los menos inocentes en los sesenta por entonces.
Criado el muchacho por Alí, el antiguo
pensaban que no él, sino uno de su raza,
caudillo y un bastardo de éste, llamado Bensería el anunciado triunfador.
Pero espoleado el talento de aquel hom­ Cassim, en el más feroz aborrecimiento a
bre por sus odios de raza, que el venci­ los cristianos; hermoso, inteligente, fuerte,
miento exacerbaba, dió sus mayores frutos duro y no valiente, sino temerario, era el
en la preparación de nueva, pero aplazada orgullo iy la idolatría del padre, y más aún
del abuelo, que llamó a hijos y nieto el día
lucha. Véase cómo:
Desde los comienzos del pasado alza­ en que éste cumplió la edad citada, y en
miento había organizado la disciplina de presencia de los primeros dijo al último:
—Recítame una de las canciones popula­
los saqueos en forma que, dejando amplio
margen a la concupiscencia de la canalla, res que cantan mis hazañas, las venideras
reservaba al “Tesoro de la Guerra” el ter­ glorias del Islam y la vileza de los perros
cio del producto de los latrocinios que, al cristianos.
acabar la rebelión, habían desvalijado los
Y cuando el mozo hubo obedecido, le pre­
bancos de casi todas las poblaciones y va­ guntó:
ciado los bolsillos de casi todos los euro­
—Hijo mío, ¿tienes tú fe en la promesa
peos: arrojando un total de millones y mi­ de ese triunfo final de los hijos de Ismael?
llones que, a medida que eran recogidos! ¿Crees que esa promesa es voz de Al-lah?
ponía aquel hombre a buen recaudo en el
—Sí.
escondrijo del desierto, donde al finar la
—¿Lo crees firmemente: cual si de labios
guerra se refugió en su huida.
del mismo Al-lah, o de su Profeta, la escu­
Cuando pasaron seis o siete años y los charas?
cristianos se olvidaron de Abd-el-Gahel, a
— Sí.
quien no pocos daban por muerto y otros
—¿Y crees también que el triunfador sal­
por huido a Arabia o a Persia, comenzó él drá de nuestra estirpe?
a ir empleando poco a poco la parte amo­
—Con más fe todavía.
nedada del tesoro en valores de renta de
— ¡Con más!... ¿Porqué, con más?
los países civilizados, valiéndose para ello
—Porque tu sangre corre y hierve en mis
de agentes comerciales, musulmanes o he­ venas con vigor que no tiene la floja san­
breos, residentes en Inglaterra, América, el gre de los otros africanos que en torno mío
Japón y Australia; depositó en diversos veo; porque conozco que esos hervores na­
bancos de dichos países los títulos y accio­ cen de ansia de venganza.

42

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NOVELESCO-CIENTIFICA

— Alí, buen cachorro de león has saca­
do— dijo Ben-Cassim, volviéndose satisfecho
a su hermano.
— No es malo, no, pero me gustaría más
de tigre.
— Padre— contestó el mozo— , si el león
tuviera la inteligencia del hombre bien
pronto juntaría a su valor las astucias del
tigre.
— Buena respuesta— exclamó el viejo en­
tusiasmado— . Pero óyeme, hijo m ío: ¿crees
que nuestros hermanos oprimidos tendrán
que aguardar mucho al prometido venga­
dor?
<— Lo que yo tarde en llegar a homore.
No, digo m al: lo que los demás tarden en
ver que ya lo soy.
— Entonces— dijo A lí— es que crees ser
tú quien...
— Sí, padre.
— Repara, hijo, que es mucha presunción.
— Presunción, no; confianza en la empre­
sa y fe en mí mismo.
— Y yo también, rapaz: también yo tengo
fe en el temple de tu alma— gritó el abuelo
levantándose para abrazar al nieto.— Pero
¿a qué edad piensas tú que estarás en es­
tado de dar cima a esa empresa?
— A los veinte; a lo sumo, a los veinti­
cinco años.
— En eso yerras, hijo m ío: para ese em­
peño se necesita un hombre de cuarenta.
— ¡Cuarenta años! ¿Y he de esperar, en­
tonces, veinticinco?... No, no.
— S í; porque no basta que te sientas
hombre si no sabes desconfiar y guardarte
tde los otros hombres, servirte de ellos, dos minándolos con toda suerte de superiorida­
des, que tienes que adquirir; porque has
de probar y padecer deslealtades, traicio­
nes, habituarte al disimulo y a la astucia,
aprender a vestirte sobre la piel de tigre
el vellón de cordero que lo oculte; por­
que para vencer al europeo has menester
saber hacerte su igual por la inteligencia
y la cultura; porque hay que dejar tiempo
de que los medios materiales que vengo
preparando años y años crezcan en térmi­
nos de bastar a la empresa; porque si an­
tes de acometerla no te pertrecharas de to­
das esas arm^as, más fuertes que el alfanje
y la lanza, y el valor, y el odio, fracasarías
como fracasé yo, que no te voy en zaga en
corazón, ni en inteligencia, ni en aborreci­
miento a nuestros enemigos.
— ¿Y hasta los cuarenta años habré de
consumirme en inacción desesperante?
— En inacción, no: de aquí a entonces

trabajarás sin tregua ni descanso: primero
en prepararte a conquistar la gloria que
por mi boca te promete Al-lah, y luego en
preparar a quienes han de obedecerte.

— ¿Cómo?
— Ya lo sabrás cuando debas saberlo...
Va a comenzar para ti nueva vida, en don­
de pondré a prueba, no tu valor, sino tu
inteligencia, y todavía más tu flexibilidad
para plegarte a cuanto ha menester el
hombre necesario, y tu decisión, no impulsi­
va, sino fría y tenaz, de convertirte en ese
hombre.
Pasados unos años podré decirte si eres
digno de la grandiosa obra a la que quie­
res y queremos consagrarte.
*

*

*

Quince días después de la solemne con­
ferencia de los dos Abd-el-Gahel, abuelo y
nieto, entraba interno en un colegio de
Santa Cruz de Tenerife un muchacho moro,
hijo, según fué consignado en el registro
del establecimiento, de un comerciante
árabe de Río de Oro cuya adhesión a Es­
paña era notoria, lo cual no le impedía ser
bajo cuerda valioso colaborador del viejo
guerrero.
Dos años más tarde salió el morito del
colegio, donde dejaba fama de dulce, hu­
milde y bondadoso, trasladándose a Sevi­
lla, en compañía de un ayo, y recibiendo
allí lecciones, espléndidamente pagadas y
notablemente aprovechadas, de escogidos
maestros.
Cinco años después, hablando ya suelta
y correctamente el español y haciéndose
pasar por nacido en España, pasó a París,
matriculándose sucesivamente en van os
liceos.
A los doce de su entrada en el colegio
de Tenerife, contando veintisiete, se alista­
ba en la legión extranjera, del Ejército
Francés del Tonkín, y al combatir allí una
terrible insurrección se distinguió, ascen­
diendo a oficial de aquélla: con lo cual pu­
do estudiar a conciencia la táctica de los
franceses contra tropas irregulares, y sus
procedimientos de política colonial.
El morito del colegio de Tenerife y el
hombre de la legión del Tonkín era Abdel-Gahel, el nieto, que durante estas pere­
grinaciones hizo furtivamente tres o cua­
tro escapadas al cubil del abuelo (entusias­
mado al ver que en el muchacho iba gra­
nando el hombre que él se había propuesto
form ar), y que al cumplir los treinta y
cuatro años, y ya granado por completo,

LA

MAYOR

empleó dos años en viajar por todos los
países mahometanos que rodean el Sahara,
relacionándose con los más influyentes mu­
sulmanes, regresando al terminar tales via­
jes al Iguidí, donde el anciano tenía su es­
condrijo en las montañas de El Eglab.
Seguro ya el abuelo (el padre había
muerto) de las cualidades excepcionales
del nieto, convocó a su residencia a nueve
altos caícles, entre ellos su bastardo BenCassim, y santones de diversos países del
Africa septentrional, diciéndoles al presen­
tarles a aquél:
“He aquí a mi sucesor: el anunciado hé­
roe de mi sangre, que terminará la obra
que yo no tengo fuerza para acabar. No
creo verla, pues la he fijado para de aquí
a cuatro años y soy muy viejo ya. Em­
pleadlos en prepararla sigilosamente, ga­
nando adictos en el pueblo, fundando, co­
mo mi elegido os dirá, sociedades secretas a
la moda de los países civilizados. Obede­
cedle, sin sorprenderos de novedades, ni
resistirlas, pues si hasta ahora hemos fra­
casado en nuestras luchas con los europeos
ha sido por nuestra terquedad en no em­
plear sus progresos. Este es desde hoy el
ghan caíd , a quien soy el primero en obede­
cer porque sabe y puede más que vosotros,
más que yo; porque su vida entera se ha
consagrado a preparar el triunfo; porque
es el enviado de Al-lah; porque al valor de
un buen musulmán junta la malicia y la
ciencia de los perros cristianos. Vosotros,
que hoy lo conocéis por mí, se lo daréis a
conocer al pueblo el día que él señale. Obe­
decedle, como a mí me habéis obedecido,
como yo mismo le obedezco desde hoy, y
mi maldición acompañe eternamente a quien
se atreva a desobedecerle.”
Dicho esto se levantó el anciano, y ce­
diendo a su nieto la presidencia se proster­
nó ante él, jurándole sobre el Corán ciega
obediencia: acto de acatamiento que uno
en pos de otro repitieron los asistentes al
solemne conclave, donde antes de separar­
se, a propuesta del nuevo jefe, quedó apro­
bado que en tanto fuera dado a conocer
públicamente como tal, en el plazo indica­
do por el viejo caudillo, ejercería la auto­
ridad como desconocido Gran Caíd de aque­
lla asamblea, que pasó a denominarse Di­
ván Supremo de una sociedad secreta cuyo
establecimiento habría de ser la primera
labor de los presentes: una terrible maffia
o mano negra cuyo nombre, “Hermanos de
Africa Vengadora” , basta a dar idea de su
fin y sus procedimientos.

43

CONQUISTA

En los días siguientes fueron retornando
los reunidos a sus residencias diseminadas,
desde Marruecos al Sudán, de R ío de Oro
a Egipto.
Aparte los títulos que su sangre, su in­
teligencia y su saber daban al nuevo jefe,
le había puesto la experiencia de su abuelo
en posesión de otro, aun de mayor fuerza,
al entregar, no al Supremo Diván, sino a
su nieto, el célebre tesoro de la rebelión;
pues sabía el viejo que en Africa, como en
todas partes, el dinero manda.
Aquel segundo Abd-el-Gahel era el Gas­
par Núñez que hemos conocido en el tren
de AgadéS. Su compañero Pozo era el
Ben-Cassim, nacido del viejo Abd-el-Gahel
y de una esclava, y quince años mayor que
el recién ungido Gran Caíd.
Ben-Cassim, el zouiya encontrado en
Bir-Asiou y otros cuantos jefes importan­
tes venían dedicándose a recorrer las di­
versas tribus del Desierto, a fin de inspec­
cionar la labor realizada por los jefes ie
menor categoría de la conjuración y dán­
doles la voz de alerta para que fueran pre­
parándose por acercarse ya el momento de
que Al-lah enviara el héroe vaticinado.
El viaje de Gahel tenía gor objeto avis­
tarse en Agadés con los cabecillas del Senegal y del Sudán y transmitirles, pero aun
sin revelar su personalidad, la orden de
concurrencia de los principales jefes a las
grutas de Doghem, para donde habían ci­
tado ya al zouiya.
Porque Gahel iba a cumplir los cuarenta
años, y en los seis que en A frica llevaba
había terminado la organización de los-'
hermanos africanos y los preparativos de
adquisición de armas, municiones y repar­
to de ellas: faena esta última en la que ha­
bía ayudado aquella secreta sociedad y al­
gunos comerciantes judíos que por interés
o temor fueron recibiendo poco a poco el
armamento oculto entre los fardos de las
mercancías de sus tráficos, distribuyéndo­
los de la misma manera a los comprome­
tidos en la conspiración.
La mina estaba bien cargada y ya presta
para reventar en cuanto el Gran Caíd die­
ra la señal.
*

*

*

Apenas llegado a casa de Moyfsk, que
después del edificio del ferrocarril era la
mejor del pueblo, pidió Abd-el-Gahel noti­
cias al hebreo doblemente ingerto de ruso
y africano, de si estaban allí ya algunas
de las personas que en aquélla debía

en-

44

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CJENTIFICA

contrar, respondiendo el preguntado que
con disfraces de camelleros habían llegado
aquella tarde de Yatenga uno y de Baggara otro.
—Esta es buena señal—dijo Gahel a
Cassin—. No es poco triunfo el haber con­
seguido hacer puntuales a nuestros indife­
rentes y perezosos compatriotas. Y en se­
guida, volviéndose a Moyfsk, le preguntó:
—¿Están ahí?
—Sí.
—Pues llámalos; prefiero hablar con ellos
esta noche para que al amanecer se vayan.
No conviene sean vistos aquí mientras yo
permanezca en Agadés, y a estas horas hay
pocos ojos abiertos que puedan enterarse
de nuestra entrevista.
Mientras Moyfsk salía a cumplir las ór­
denes de Gahel, que no obstante la riqueza
del judío y (su influencia en el Air, eran
por él obedecidas con la presteza y humil­
dad de un criado, Ben-Cassim dijo con cara
de mal humor:
—Gahel, ¿dices que mientras permanez­
cas aquí?... Yo creía que vistos esos hom­
bres nos iríamos en el tren de pasado ma­
ñana.
—Yo también lo creía ayer; pero hoy
pienso otra cosa.
—¿Porqué? ¿Qué se nos ha perdido aquí?
—Nada hasta ahora; mas si no soy pru­
dente perderé la confianza de ese director
de los ferrocarriles, lo cual es peligroso;
pues es hombre listo, y si recelara de
nosotros podría frustrarnos la sorpresa, que
es base primordial de mi plan. No quiero
• que a quienes me han oído hablar de una
expedición a la Nigricia pueda ocurrírseles,
al verme tomar el camino de Marruecos,
que no soy quien parezco, y hacer a la gen­
darmería curiosear en nuestros asuntos.
—Pues entonces, ¿a qué inventaste esa
fantástica expedición?
—Porque al hallarme con personas ilus­
tradas, de algún modo había de justificar
él viaje de dos europeos como tú y yo al
corazón del Desierto.
—Haberles dicho que viajábamos por
recreo.
— ¡Turismo en el Sahara!... ¡Un viaje

de placer por estos horribles arenales!...
No disparates, Cassim: hacía falta decir
algo verosímil; y no pudiendo inventar
negocio en Agadés, que ellos, conocedores
del país, no sospecharan era fingido, in­
venté una expedición para la cual pudiera
ser Agadés punto de partida y en armonía
con la clase de tráfico del comerciante cuyo
nombre uso.
—Entonces, ¿piensas realmente que sal­
gamos de aquí para el Baoutch? Eso va a
retrasarnos.
—Salir, sí, pero llegar, no: en el camino
cambiaremos de rumbo, de pellejo y nom­
bre para ir donde nuestros asuntos nos
llamen.
—¿Y cuánto tiem¡po vamos a perder en
esta población?
—El necesario para organizar la cara­
vana.
—Eso nos llevará algunos días—objetó
Ben-Cassim, cada vez de peor humor—, en
los cuales me temo mucho crezca algo que
ya he visto nacer y puede ser estorbo...
—No sigas, ya te entiendo: llega tu aviso
tarde; y además te prevengo que estoy fir­
memente resuelto, y cueste lo que cueste, a
que la hurí rubia sea mía. En cuanto a los
entorpecimientos de mis planes no te den
cuidado.
—Ya sospechaba yo que esa maldita pe­
rra cristiana tenía la culpa de la prolon­
gación de nuestra estancia aquí.
—Basta, Ben-Cassim. Eso es cuenta mía,
y sabes que cuando digo quiero no aguan­
to reparos ni doy explicaciones.
Torció Cassim el gesto y guardó silencio
hasta la llegada de Moyfsk, a quien seguian los dos conjurados, que, después
de dar cuenta a Abd-el-Gahel de sus traba­
jos y preparativos, fueron informados por
éste del lugar de la cita a que a las cinco
fechas de recibir el oportuno aviso habían
de concurrir en Doghem los jefes princi­
pales de las tribus y comarcas comprome­
tidas en la conspiraciónDespués de esto se despidieron para ha­
cer sus preparativos de inmediata partida
antes de que amaneciera, porque eran ya
pasadas las tres de la madrugada.

LA

A1AY0R

CONQUISTA

45


DOS INTERESANTES TELEGRAMAS
Cuando Duvery term inó de descifrar el
telegram a del jefe de estación de Bir-elAsiou, leyó en a lta voz:
“Zouiya llegó ta rd e anteayer caravana
seis camellos, con camelleros Aoudjila. Guía
no es de allí, sino un teda del E nnedi "tél
me da estas noticias) contratado en BirHara-D jim m a reem plazar el que zouiya tra ta
su país que, herido puñalada pendencia,
quedó en H ara.”
— ¡H ara! Vaya un camino p ara ir de
A oudjila a Bir-Asiou—interrum pió Morlain.
—No sea impaciente, hom bre; aguarde
h asta el final...
“Itin e ra rio traído de H ara aquí fué Nimro, Dagama, K ouka.”
— ¡Por el Sur del lago T chad!—exclamó
asom brado Lobera.
—Acortando tam bién: como Núñez para
venir de Río de Oro.
—Paciencia, señores, que falta poco y a...
“Djibbela, Bilma, Djebalo. De Djebalo a
Asiou m archa forzada, tres camellos reven­
tados camino. Los seis llegados no podían
ya tir a r cuerpo, llegando casi sin joro­
bas” (1).
—Claro, p ara no fa lta r a la cita en Asiou
con esos pillos.
(1) La joroba es la reserva de grasa del came­
llo. Cuando está una larga temporada en el pas­
to sin trabajar, después de una expedición que lo
ha enflaquecido dejándole dicha joroba casi reduci­
da al pellejo, comienza por reponer sus carnes, y
después va acumulando grasa a la joroba, que en­
gorda y se alucia hasta crecer al tamaño normal
en buen estado. En marcha, y aun cuando reciban
la necesaria nutrición, consumen estos animales
una parte de la grasa de sus jorobas, quemada
en el trabajo muscular de la locomoción y del
arrastre de la carga. Cuando los esfuerzos exigi­
dos no son excesivos, la disminución de tamaño
de aquel apéndice dorsal es moderada, cuando la
alimentación es escasa casi la totalidad de aqué­
llos se hacen a expensas de la citada grasa, re­
duciendo muchísimo el tamaño de la joroba, y a
medida que ésta va disminujendo pierde la bes­
tia fuerzas muy notablemente, y su capacidad de
resistencia decrece con rapidez.
He aquí por qué cuando los prácticos compran
o alquilan camellos la joroba es lo primero que
les miran y tientan, y he aquí explicada la frase,
al parecer extraña, del final del telegrama de
Gudín.

—Déjeme acabar, M orlain:
“Por lo oído camelleros, dice guía que
zouiya es jefe Aoudjila llamado Bu-Yahi.
Quiso m archarse ayer recien salido tren ;
pero camellos no podían. Se fué hoy m a­
drugada vereda Timisao, pero guía dijo
cambia ru ta frecuencia, y él casi nunca sa­
be dónde van h asta esta r ya camino. Me
he perm itido tom ar caja com pañía tres­
cientos francos sobornar guía. Espero apro­
bación.—Gudín.”
—Esto se pone cada vez más turbio—
dijo M orlain al term in ar Duvery la lectura.
—Q uerrá usted decir más claro.
—Tiene razón el señor Lobera: m uchí­
simo más claro.
—Pienso lo que Lobera y Bertier. Va­
mos, vamos a ver el itin erario de ese mo­
zo—dijo Duvery, acercándose a una ancha
m esa de dibujo donde estaba extendido un
gran m apa del Desierto, en torno al cual
se agruparon todos, y cogiendo un curvím etro para m edir con él el recorrido del
zouiya en tre su oasis y Bir-Asiou.
—No hace falta mapa: está bien claro
que el tal itin erario es u na m araña de
eses y zedas.
—Verdad, Lobera; pero quiero medirlo.
Y después de pasear el curvím etro sobre
el mapa, dijo:
—Por la vía directa de Mourzuk y Egueri no hay desde A oudjila a Asiou sino de
m il quinientos a mil setecientos kilóme­
tros, m ientras que siguiendo esas eses y
zedas sube el recorrido a más de cuatro
mil.
—¿Y el otro? Ya que tiene usted en la
mano el curvím etro, Señor Director, me gus*.
ta ría saber lo que desde Río de Oro h an
recorrido sus compañeros de tren.
—Pues unos tres m il quinientos—con­
testó Duvery a la pregunta de Bertier, des­
pués de m edirlos en el mapa.
—Es decir, que en tre uno y otros se han
echado al cuerpo ocho mil mal contados.
—P ara no hablarse sino un m inuto—re­
calcó Morlain, a quien no desagradaba vie­
ran todos confirmada su perspicacia al dar
1a. voz de alerta—, y p ara eso escaso.

46

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NOVELESCO-CIENTIFICA

— Previos los rascamientos de sus simul­
secretario Pozo.— Capitán Gendarmería Agadés: Bertier.”
táneas picazones.
— Perfectamente, perfectamente.
— ¿Y usted que opina, Bert'ier? ¿Piensa
usted hacer algo más que circular los re­
— Señor Director, ¿son de toda confianza
tratos?
les telegrafistas de la estación del ferro­
carril?
— Para mí sería fundamental saber cuá­
les han sido las pocas palabras que esos
— Desde luego. Pero un telegram a ¡de
hombres han cambiado en Bir-Asiou; pero
esa índole iría mejor y más directo por la
siendo imposible averiguarlas, los vigilaré
telegrafía sin hilos del Gobierno, y sin ne­
cual si tuviera la certeza de que son jefes
cesidad de reexpedición en Tafilete y en
Tendouf.
de la conspiración que viajan para hacer
propaganda en favor de ella.
— Si tuviera clave para comunicar con
— Es verosímil, es verosímil..., ¿ Y qué
el cónsul, así lo haría; pero no teniéndola,
y estando ahora de servicio en la estación
piensa usted de sus relaciones con Moyfsk?
radiotelegráfica Morand, que es un perdido
•— Ese es un canalla de lo más ladino;
y un borrachín, de cuya reserva no me fío
pero no viene mal tenerlo como cabo de
para un telegrama de esta naturaleza sin
estas madejas.
cifrarlo, tendríamos que aguardar a que
— Y respecto a la identidad de esos dos
esta tarde lo relevaran, y esto haría perderpajarracos, ¿no habría medio de averiguar
más tiempo que la reexpedición por una
nada?
línea de poco servicio, como la de Tendouf,
— Esa identidad es precisamente el ovi­
que con la indicación de oficial y urgentí­
llo en que estaba pensando; pero el judío
simo lo cursará rápidamente.
no dará chispas, a menos que yo tenga la
<

— No sé, Bertier; para mí no compensa.
suerte de cogerlo con las manos en la masa
— Pero es que además tengo indicios, y
en uno de sus muchos negocios turbios;
ese es uno de los motivos que más me in­
pero no es fácil: sabe mucho... ¡Qué idea!
ducen a creer en la existencia de una cons­
Tal vez de nada sirva; mas, por si acaso,
piración mejor preparada que ninguna de
llágame el favor de ordenar en el despacho
las anteriores, de que en el Desierto hay
de mercancías que no le entreguen carga­
establecidas estaciones radiotelegráficas en
mento ninguno a él consignado sino des­
lugares recónditos: no solamente para co­
pués de avisarme y de haberlo yo visto.
municarse, sino para interceptar los des­
— ¡Ah!... Sospecho lo que recela usted;
pachos nuestros que no vayan cifrados.
pero sabe Dios los días que eso podrá tar­
— Eso sería gravísimo... Pero usted cree...
dar; y hasta tanto no sabremos quiénes son
— Ordenes y noticias dadas a lugares le­
esos hombres.
janos se han traslucido en otros muy dis­
— Quienes son, no; pero sí quienes nc
tantes, con detalles, y sobre todo con ra­
son; y en cuanto la certeza moral que ya
pidez, que no bastaría a explicar la infide­
tengo se convierta en positiva convicción
lidad de algún telegrafista.
de que los pasaportes no son de ellos, eso
— Demonio, demonio: tiene usted razón
me bastará para ponerlos a buen recaudo,
para transmitir ese telegrama por la línea
por supuesta personalidad. Entonces es po­
de la compañía. Démelo y se lo confiaré al
sible que, asustándose, cante Moyfsk los
telegrafista más discreto.
verdaderos nombres.
— Que pida comunicación directa con el
— Pero no podrá usted adquirir esa cer­
gabinete telegráfico de la gendarmería de
teza oficial de que no son quienes ellos
dicen.
Tafilete: así no se enterarán en las estacio­
nes intermedias.
— Puede que sí, señor Lobera. P o r lo me­
nos, lo intentaré, telegrafiando a nuestro
— No, usted no olvida precaución.
cónsul en R ío de Oro.
— Ninguna sobra, señor Lobera, pues v i­
— ¡Ah!
vimos rodeados de gentes solapadas, y todo
Sentóse a la mesa el oficial, y al cabo de
nos es hostil aquí: hasta los mismos indí­
un rato leyó en alta voz:
genas adictos, que pagamos y empleamos en
“Telegram a oficial urgentísimo.— Cónsul
diversos servicios, la adhesión de los cua­
Francia en V illa Cisneros: vía Tafilete:
les sólo se debe a circunstanciales conve­
Tendouf.— Importantísimo seguridad públi­
niencias, pero dispuestos a vendernos en
ca me transmita brevedad señas persona­
cuanto crean poder hacerlo sin peligro. Si
les banquero esa ciudad Gaspar Núñez y
piensa usted pasar algún tiempo en estas

LA

MAYOR

tierras, no lo olvide, señor Lobera: es un
buen consejo.
En esto retornó Raúl «son los pasaportes,
que devolvió al gendarme diciéndole que a
la caída de la tarde estarían listas las
pruebas pedidas.
Al recibir Bertier los pasaportes los miró
y remiró para cerciorase de que nada en
ellos podría revelar a Núñez, cuando a la
tarde fuera a recogerlos, la operación a
que habían sido sometidos; y tranquilo res­
pecto a dicho extremo, los metió en el.mon­
tón de los entregados por el revisor, mar­
chándose con ellos a su oficina.
*

*

*

Aquella misma tarde, a la caída de ella,
visitó el Señor Núñez a Duvery; no sola­
mente como cortés agradecido a sus aten­
ciones en el tren, sino para dar un golpe de
audacia, diciéndole que las dificultades
por Moyfsk halladas, no para encontrar
guía, pero sí intérprete, lo movían a abu­
sar de la amabilidad del ingeniero en de­
manda de ayuda en tal necesidad: ayuda
que el requerido deploró no poder, por lo
pronto, prestar; pues la única persona apta
para dicho servicio acababa de ofrecérsela
a M. Loubegray para una excursión no tan
lejana como la de Núñez, pues no había de
llegar a la Nigricia, pero que en la misma
d'lección iba a verificar en las zonas del
Sahara lindantes con aquélla.
Esto, que era verdad, hizo poquísima gra­
cia al fingido español, por pensar que si
Lobera recorría aquellas tierras podría en­
terarse de que él no andaba por ellas, des­
cubriéndole la patraña del viaje al Baouch;
y aun cuando procuró disimular la contra­
riedad que la noticia le causaba, no le fué
dado reprimir un leve gesto, nacido de la
idea de que sV el hombre aquel seguía em­
peñándose en atravesarse en todos sus ca­
minos, pronto vería que ante Abd-el-Gahel
duraban poco los estorbos: gesto visto y
solamente atribuido por Duvery a la mo­
lestia por la coincidencia de itinerarios, que
ya pensaba él no agradaría a su visitante,
a quien, haciéndose el tonto, dijo que pro­
curaría buscarle otro intérprete, pero acon­
sejándole no confiara en su buena voluntad
y apremiara a Moyfsk para que lo sirviera.
Cuando, sin haber tenido el gusto de sa­
ludar ni aun de entrever a la hurí rubia,
y acompañado hasta la puerta de la calle
por Don Héctor, atravesaba el árabe el jar­
dín, oyó detrás de un grupo de arbustos la

CONQUISTA

47

voz de Lobera, la regocijada risa de la hurí
y carcajadas de otra voz, que era la de RaúlAquellas risas aumentaron, si aumento ca­
bía en ella, la mala voluntad que al argen­
tino tenía Abd-el-Gahel, quien al salir
decía: “Yo no me voy de aquí antes que
ése: necesito averiguar por dónde irá para
saber dónde podré encontrarlo.”
ífí

Ijí

íjí

Media hora después de separarse Abd-elGaliel de Duvery llegaba Bertier a dar a
éste la noticia desagradable de que Tafilete
avisaba tener imposibilidad de cursar el te­
legrama a Villa Cisneros, porque “unos mal­
hechores habían robado el hilo telegráfico
desde Akka a Termassoun” ; y que como
la reparación de tan extensa cortadura de
la línea exigiría varios días, se había aten­
dido la indicación de urgentísimo del te­
legrama, enviándolo por correo a la oficina
telegráfica de Tendouf para reexpedición
desde ésta.
— ¡Robados por malhechores doscientos...
ca, puede que trescientos kilómetros de
alambre... Lo dicen para no alarmar con la
noticia de que han sido arrancados por re­
beldes— Pienso como usted; y ante eso, el re­
traso en el telegrama es la menor de mis
preocupaciones, pues mucho temo que esa
avería sea el principio de la consabida re­
belión, y que pronto nos lleguen noticias
de análogas hazañas en la vía férrea. Por
eso me he apresurado a prevenir a usted.
— Ha hecho usted bien; pues creo llega­
do el caso de telegrafiar a los gobernadores
y comandantes generales del Senegal, ae
Marruecos y de Argelia pidiendo fuerzas de
protección para estaciones, almacenes y
trenes.
— Iba a decir a usted que yo también voy
a pedir a mis jefes refuerzos para todos los
puestos de gendarmería, y venía pensando
solicitar de usted que con la autoridad de
su nombre refuerce la de un pobre capitán,
para que no se crea que me asusto de fan­
tasmas.
— No hay inconveniente; y favor por fa­
vor: para que las autoridades militares no
piensen que a mí me mueve únicamente el
interés de la Compañía, también usted fir­
mará conmigo mis telegramas.
— Conformes. Pero si le parece no nos da­
remos por enterados de lo del telégrafo;
pues así, cayendo lo uno sobre lo otro, com­
prenderán que los temores que nos hacen

48

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

pedir fuerzas son independientes de aque­
llo y darán mayor importancia a los moti­
vos de nuestras peticiones.
— Completamente de acuerdo.
Inmjed'iatamente se pusieron ambos a re­
dactar y cifrar sus respectivos telegramas,
enviándolos en seguida a la estación de la
telegrafía sin hilos del servicio oficial.
En los despachos indicaban que era in­
teresantísimo emplear medios rápidos de
transporte en el envío de los refuerzos, pues
la pronta llegada de ellos haría abortar un
alzamiento que por muchos indicios parecía
ser próximo, y en el cual podrían perecer
muchos europeos indefensos.
A l terminar el ingeniero el telegrama, dijo
al oficial, que había acabado ya de escribir
el suyo:
— Bertier, desde esta mañana he medita­
do mucho sobre ese hombre.
— Que por cierto no se ha presentado a
recoger el pasaporte.
— No mje extraña, porque hace media hora
ha estado aquí, diciéndome que no se va
en unos cuantos días... He cavilado mucho,
y aunque acaso nos equivoquemos en nues­
tras suposiciones...
—Mucho me sorprendería, Don Héctor.
— ... y aun a riesgo de estar equivocados,
opino que en las presentes circunstancias
debemos proceder cual si fueran certezas.
— Tan en ello estoy, que en cuanto diga a
usted... Pero, perdone, creo que no habla
usted acabado.
— Iba a decir que si ese hombre es lo
que creemos, la casualidad nos ha puesto
en situación de prestar a nuestro país gran­
dísimos servicios, tal vez de salvar millares
de vidas de compatriotas nuestros aislados
en el Desierto; pues nos ha traído aquí a
quien, de resultar efectivamente jefe de re­
beldes, no puede ser una vulgar personali­
dad entre ellos; pues su inteligencia, su
cultura, que jamás he encontrado en nin­
gún africano; su audacia al meterse en Agadós, donde dominamos, por lo menos hasta
ahora; su misma osadía de esta tarde v i­
niendo a pedirme, claro que solamente para

adormecer nuestra vigilancia, ayuda para
esa embustera expedición, y el hacerlo a
raíz de ese atentado contra el telégrafo, me
dan el convencimiento íntimo de que no es
un conspirador subalterno, ni siquiera un
jefe de segunda fila, sino de los más prin­
cipales y temibles.
— Creo que tiene usted razón.
— Por eso pienso, y continúo tomando por
verdades nuestros verosímiles temores, que
si, impidiendo a ese hombre salir de aquí,
consiguiéramos privar a la rebelión de su
ayuda, habríamos hecho mucho.
— Felizmente coincidimos; y sml única
duda, que someto a la experiencia de usted,
es si debo limitarme a espiarlo estrecha­
mente y a vigilar la casa de Moyfsk, según
acabo de ordenar...
— ¡Ah! ¿Ha tomado usted ya esas dispo­
siciones?
— En cuanto supe la gatada del telégra­
fo... O si cree usted que debo liarme la man­
ta a la cabeza y prenderlo con su compa­
ñero, como si ya tuviéramos contestación
de Río de Oro diciéndonos lo que es seguro
han de decirnos.
— No, Bertier, eso no: lo considero, peor
que prematuro, inoportuno; porque si han
venido a ponerse en relación con otros con­
jurados, podremos conocer a los de estos
contornos con sólo vigilarlos a ellos y espiar
a los entrantes y salientes en casa de
Moyfsk. Por eso es, sobre todo, esencial
para mí que Núñez no sospeche que ha des­
pertado desconfianzas. Pero, eso sí. estando
preparad' s para que si intentan marcharse...
— No hace falta decirlo: a él, a Pozo y
a Moyfsk los trinco bajo mi responsabili­
dad... Y si es una extralimitación, arros­
traré las consecuencias con mis jefes: en
estos casos algo ha de arriesgar uno.
—Venga esa mano: así obran los hom­
bres... ¡Ah! Morlain, que se va mañana a
su estación, pasará esta noche a ver a us­
ted, por si tiene algo que encomendarle.
Ya ha visto usted que es hombre inteligen­
te y cauto.

XII
UN ARMADIJO TELEGRAFICO
Cuando Lobera, gran electricista, advir­
tió lo mucho que preocupaba a Duvery la
posibilidad de que resultara cierta la sos­

pecha de Bertier sobre la existencia en el
Desierto de clandestinas estaciones de te­
legrafía sin hilos, se brindó a combinar un

LA

MAYOR

aparato capaz, no solamente de aquilatar
el fundamento de aquella sospecna, sino de
descubrir, caso de ser fundada, dónde estu­
vieran instaladas tales estaciones.
Pensaba, al ofrecerse a ello, que sobre
hacerse grato a Don Héctor, obtendría la
ventaja, en tanto preparara el aparato, de
demorar su salida a los reconocimientos
necesarios para la implantación de la em­
presa solar, prolongando su estancia en
casa de aquél con tal pretexto, no demasia­
do transparente, que ocultaba ser la prin­
cipal causa de su poca prisa de salir de
Agadés el deseo de continuar cerca de la
hija del ingeniero: de quien, juzgando por
la atención que en el hotel de Tánger y en
el tren habla dispensado a Lobera, iba éste
creyendo no andaba lejos de corresponder
a los sentimientos que le inspiraba.
Y como entre verosím il creencia de él y
confesión explícita de ella había distancia
que el americano creía fácil recorrer en
cuatro o seis días más de permanencia jun­
to a Emma, se apresuró a agarrar por los
pelos la ocasión de ofrecer al padre la co­
laboración que le perm itiría prolongar su
estancia en Agadés.
*

*

*

Por el tiempo en que Lobera se disponía
a construir el instrumento en que pensaba,
habían progresado mucho los actuales pro­
cedimientos encaminados a establecer acuer­
do armónico ( sintonización, en términos
técnicos) entre el número de vibraciones
de las ondas emitidas por el transmisor ae
una estación de telegrafía sin hilos y los
elementos de la receptora cuya antena las
recoge, y vibra a impulso de ellas con for­
ma que para buena transmisión conviene
oscile igual número de veces por segundo
que las ondas transmisoras. Además, se ha­
bían realizado grandes perfeccionamientos
en el trazado de los radiogoniómetros (1)
destinados a averiguar en dicha estación de
llegada la dirección en que se encuentra la
transmisora de dond& procede* el mensaje
recibido. Y entre uno y otro hacían que a
fines del siglo X X resultara posible la so­
lución de un problema que aun cuando, da­
do el modo cómo a Lobera se lo planteaba
la realidad, pueda ahora parecemos extre­
madamente d ifíc il, ci'eía este hacedero.
(1) De radians, ra d ia r; fionio. ángulo, y metrón, medida. Aparato para medir ángulos alre­
dedor
LOS

VENGADORES

CONQUISTA

49

En síntesis, tratábase de lo siguiente:
instalar en un automóvil, que a gran ve­
locidad recorriera los inmensos páramos
saháricos, un artefacto capaz de capturar
al paso las invisibles ondulaciones etéreas
portadoras en sus vibraciones de los tele­
gramas inalámbricos— burdamente llamados
marconig ramas—lanzados al espacio por
cualquier estación radiotelegráfica situada
dentro del alcance de mil kilómetros alre­
dedor de los lugares en donde el automóvil
fuera deteniéndose: más todavía, aspiraba
se a que, sobre delatar el paso de tales on­
das, el aparato contuviera, mecanismo que,
movido por éstas, diera la dirección de la
estación transmisora de erras; constituyen­
do brújula telegráfica; pero no magnética,
sino electromagnética.
Pero como para transmitir y recibir los
telegramas de la telegrafía sin hilos se han
menester antenas, y existe la idea general
de que los alambres o redes como antenas
usadas han de estar forzosamente muy
altas y por encima de los edificios de las
estaciones radiotelegráficas, pensará quien
no se halle muy al tanto de recientes pro­
gresos de la radiotelegrafía— hablamos en
1921— que Bertier, Duvery y Lobera esta­
ban equivocados al creer en la posibilidad
de la existencia de disimuladas comunica­
ciones de tal naturaleza; pues las estacio­
nes no podrían ser clandestinas, ya que lo
elevado y visible de sus antenas delataría
la situación de ellas: palmetazo que estaría
muy en su punto a no fabricarse ya a es­
tas fechas aparatos que, empleando como
antenas alambres arrollados en bastidores
cuadrangulares de lados no mayores de un
metro, transmiten y reciben a grandísimas
distancias; y hasta es posible, y lo será
todavía más en lo venidero, esconderlas
en cualquier parte, y aun mediante ciertas
artimañas hacerlas funcionar bajo techado,
siempre que el techo no sea metálico (1 ).

»

(1) P o r una antinomia no más que aparente
los metales, que dan paso franco a las corrien­
tes eléctricas, detienen las ondulaciones de igual
nombre, mientras los cuerpos aisladores para
las corrientes dejan pasar la ondulación. Esto
deja de parecer anómalo en cuanto se sabe que
corriente y ondulación son cosas fundamental­
mente diferentes, cual diferentes son el calor ra
dianie que en el rayo de sol viene, siendo no más
que capacidad de engendrar calor, y el calor que se
enciende en los objetos a los que toca aquel rayo
de sol.
L a corriente es un flujo de elementos infinite­
simales de electricidad negativa, llamados elec­
trones, que para fluir necesitan cauce por donde
correr como el calor necesita para hacerse efecti-

4

50

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

Pero no proponiéndonos contar cómo ha­
bían sido establecidas las estaciones subrep­
ticias, sino cómo intentaba Lobera descu­
brirlas, dejando aquello, vamos a esto: di­
ciendo, en primer término, que para ayu­
darle en sus trabajos había elegido al pri­
mer telegrafista de la compañía ferrovia­
ria, quien, primero y todo, no pasaba de
ser un practicón en el cual se podía des­

cansar cuando había mascullado las cosas,
pero al que antes era preciso ayudarle a
mascarlas; pues no tenía sino modestísi­
mos conocimientos técnicos.
Oigámosles a ambos para enterarnos del
modo cómo sería posible fabricar el apara­
to en que pensaba el americano.
—Señor Lobera, para que, en el procedi­
miento que yo conozco, pueda un barco

vo algo que calentar: sólido, líquido o gaseoso.
A este cauce se le llama conductor: sea alambre,
tierra, agua, etc., y por él pasan los electrones,
desde el extremo negativo, donde se acumulan gran­
des cantidades de ellos que entre sí se repelen, ha­
cia el extremo positivo, donde existe otro exceso de
iones positivos (materiales masas pequeñísimas
electrizadas positivamente) que atraen a aquéllos.
Al juntarse unos y otros se neutralizan, cesando
la corriente, a menos que exista en el circuito
conductor de ella un generador eléctrico, o sea
una máquina, o causa natural determinante de
desequilibrio duradero entre los polos negativo y
positivo.
La ondulación, en cambio, no transporta elec­
trones, sino sólo la fuerza de movimientos vibra­
torios a través del espacio y de los cuerpos no
conductores de la electricidad: es una sucesión
de vaivenes análogos a ios que en un estanque
se producen desde el lugar donde cae una piedra
a las orillas de él, dando origen a oleadas suce­
sivas en círculos concéntricos, cada vez más am­
plios, que a la vista dan la sensación de avances
del agua alejándose del centro, cuando en reali­
dad no hace sino subir y bajar sin trasladarse
lateralmente, cual puede comprobarse echando en
el estanque hojas o corchos que en el agua flo­
ten, los cuales no hacen sino ascender y descen­
der sin acercarse a la orilla ni alejarse de ella.
Pero para levantar esos cuerpos flotantes, quie­
tos mientras la superficie del agua está tranquila,
se requiere fuerza, y ésta es la de la ondulación,
cuyo movimiento progresa dei centro al contor­
no ; mas sin llevar agua hacía éste, sin que el
agua viaje, y siendo sólo su movimiento oscilatorio
lo que viaja y hace moverse a los cuerpos flotantes
que en su camino encuentra: con movimiento éstos
completamente diferente al advertido en los que
sobrenadan en un río y son arrastrados por la
masa del agua de él que la corriente impulsa.
De igual modo la ondulación eléctrica, nacida
de diversas causas, siendo una de ellas la chispa
o descarga eléctrica, hace que en el espacio y en
los cfierpos no conductores vibre una inmaterial
substancia que, llenando el vacío intermedio de
astro a astro o encerrado entre los soles y los
mundos, y llenando además los huecos vacíos de
materia que en gases,, líquidos y sólidos, existen
entre los átomos de ellos, mecánicamente tan as­
tros como aquéllos, se llama éter. Esta vibración,
similar, pero incomparablemente más rápida que
la del agua del estanque, vuela a través del éter
con velocidad superior a .300.000 000 de metros por
segundo; transporta, como aquélla, no masas ma­
teriales, sino movimiento, y por lo tanto, fuerza,
a cuyo empuje muévense los electrones flotantes en
los cuerpos que halla en su camino la etérea onda
electromagnética, si dichos electrones se hallan en
lugar quiere decir pertenecen a cuerpo que no
oponga invencible resistencia al movimiento de

ellos; y cuando, en dicho caso, muévense, nace la
corriente eléctrica al impulso de la onda.
Pero otros cuerpos, los no conductores de la elec- '
tricidad, ofrecen resistencia ai paso de las corrien­
tes eléctricas, y como la onda que a ellas llega no
gasta su fuerza en mover electrones, pasan las su­
cesivas ondas a través de esos cuerpos y prosiguen
su m archa; mientras que cuando llegan a un con­
ductor metálico, la energía vibratoria se emplea
en empujar los electrones de la corriente eléctrica,
desapareciendo como energía electromagnética para
cambiarse en energía electrodinámica. Con esto, cla­
ro es, muere la onda allí, por haberse cambiado en
otra cosa; como la electricidad desaparece como
tal en la estufa y en la lámpara eléctrica al comvértirse en calor o en lu z ; como el movimiento y
la fuerza del palillo que goipea un tambor—perdó­
nese lo grosero de la comparación—queda el uno
detenido y transformada la otra en cuanto choca
aquél con el parche en donde se convierten en
movimiento y vibración de éste, que a su vez mue­
ren al engendrar el ruido del golpe que hace vibrar
con su sonido el aire, por donde viaja hasta el oído
que lo escucha haciendo en él vibrar también el
tímpano de quien allá lejos oye el redoble. La fuer­
za de la mano que agitó el palillo está ahora en
aquellos oídos, habiendo sido sucesivamente es­
fuerzo muscular, golpe, oscilación del parche, vi­
bración acfistlea en el aire, sensación fisiológica
en el oído y en el cerebro.
Electricidad es, pues, cosa diferente que ondu­
lación electromagnética. La primera, en el estado
estático, es acumulación en un cuerpo o falta
en él de los electrones que contiene cuando en su
estado normal no se baila electrizado; cuando estan en exceso, lo electrizan negativamente, y cuan­
do faltan, positivamente. En el estado dinámico,
ya se ha dicho ser la electricidad un flujo real y
positivo de electrones; la segunda, quiero decir la
ondulación, no es sino impulso capaz de mover los
electrones.
Los cuerpos a través de los cuales viaja fácilmen­
te la electricidad se llaman conductores, y a su vez
detienen la ondulación electromagnética que atra­
viesa y pasa más allá de los dieléctricos (no con­
ductores) permeables a ella y refractarios al paso
de la electricidad. Pero esto es relativo, pues el
aire, el vidrio, dieléctricos, pueden ser atravesados
por los electrones cuando la tensión de éstos se
hace lo suficientemente grande para que a través
de ellos salte la chispa eléctrica, desgarrándolos.
Antiguamente el salto de la chispa eléctrica cons­
tituía siempre un accidente; hoy, sin dejar de serlo,
y grave en ocasiones, el hombre juega ya con el
rayo y la chispa eléctrica, al provocar ondas eléc­
tricas. Del mismo modo que las terribles explosio­
nes de antaño han sido domadas en los motores de
tal nombre, de los cuales son uno de tantos ejem­
plos los de los automóviles y los motociclos.

LA

MAYOR

perdido entre la niebla determinar su si­
tuación, necesita conocer de antemano en
dónde está la estación transmisora de los
telegramas que con tal fin unnza, los cua­
les son lanzados progresivamente por ella
en veinticuatro direcciones radiantes, e
igualmente espaciadas en la rosa de los
vientos, de modo que los correspondientes
a cada dos contiguas vayan sucediéndose
de dos en dos minutos.
—Ese, amigo Joubert, es el sistema Tellefunken. Las ondas electromagnéticas im­
pulsadas en él por la antena transmisora
se propagan por el espacio en todas di­
recciones, pero verificándolo con máxima
intensidad para cada telegrama en una di­
rección propia para él, lo cual se logra me­
diante ingenios especiales: en la del norte
para el primer mensaje, que dice, por ejem­
plo: “ Hamburgo, tal longitud de onda. Di­
rección norte” ; el segundo, el tercero, et­
cétera, no discrepan del primero sino en las
direcciones que consignan como especiales
de ellos, diciendo sucesivamente: “ un sexto
norte, cinco sextos este” ; “ dos sextos nor­
te, cuatro sextos este” ; “ nordeste” ; "cua­
tro sextos norte, dos sextos este” ;
este” ; "... sur” ; "... oeste” : hasta el vigésimocuarto, cuya indicación es “cinco
sextos oeste, un sexto norte”.
— Sí, señor: eso es lo que yo sé. Y cuan­
do llegan a un barco que navega dentro del
alcance de Hamburgo, su telegrafista los va
oyendo con diferente fuerza, que progresi­
vamente crece hasta un máximo para men­
guar después, o disminuye hasta un míni­
mo desde el cual comienza a crecer nueva­
mente: con variación de intensidad muy
perceptible entre cada dos consecutivos.
— Claro: los aparatos del receptor de a
bordo acusan mayor fuerza en la onda radi otelegráfica llegada en línea recta de la
estación transmisora. Y así no hay sino
fijarse en cuál es el telegrama más clara­
mente recibido para saber que la dirección
en él consignada es la de la recta buqueHamburgo, si de Hamburgo procede aquél:
si dice oeste, nordeste, dos sextos sur,
cuatro sextos oeste, no habrá sino trazar,
a partir de Hamburgo, en Ta carta marina
la dirección correspondiente a dicho rumbo
para saber que sobre ella se encuentra el
barco.
— Eso es.,.
— Y como otras estaciones, Bilbao por
ejemplo, emiten radiogramas
análogos,
éstos darán el rumbo Biiuuu-uarco: siendo
la posición de éste el punto donde en el

CONQUISTA

51

mapa se cruce dicho rumbo con el anterior
Hamburgo-barco.
Esas señales de las estaciones de las cos­
tas, que aunque no emiten luz pueden lla­
marse faros de los navegantes, salvan hoy
centenares de buques que antes habrían
naufragado por no llegar a ellos los rayos
de los más poderosos fanales y reflectores,
impotentes para rasgar a impenetrable y
terrible niebla.
— Cuéntemelo a mí, señor Lobera, que
yendo de Dover a Santander, envuelto nues­
tro vapor en la niebla y manteniéndose en
la dirección de aquel puerto por la obser­
vación de radiogramas transmitidos desde
él, un error en la distancia recorrida nos
hacía creernos en mar franca, cuando a
seguir un cuarto de hora sin variar la de­
rrota habríamos dado contra los arrecifes
de Ouessant, en la restinga de Bretañ/a.
Gracias a que con grandísima oportunidad
nos llegaron los radiogramas de la esta­
ción de Land‘s End (1) dándonos rumbo,
que al encontrarse con el de Santander nos
hizo ver que estábamos a una milla de los
escollos, que para echarnos a alta mar de­
jamos inmediatamente a babor.
— ;Y pensar que si uno de los hombres
que la gente llama chiflados, por cultivar
desinteresadamente la que, quienes no ven
los frutos que el tiempo saca de ella, sue­
len llamar inútil ciencia ue ios sabios, no
hubiera descubierto la ondulación eléctri­
ca, cuyo alcance no veía entonces nadie,
continuarían perdiéndose barcos y más bar­
cos, vidas y más vidas, como antaño!
— ¿Habla usted de MarconiT
—No: a ése, cuyos talento y ciencia en­
contraron el camino de la utilización del
descubrimiento, lo conoce el mundo entero;
pero a Hertz, que sacando chispas de un
carrete de Rumkford, y llevando de una
parte a otra de su laboratorio unos aros
de alambre descubrió las invisibles ondas
eléctricas, no lo conocen sino otros cuantos
sabios que van descubriendo bagatelas por
el mismo estilo: guilladuras de los guilla­
dos de hoy destinadas a revolucionar el
mundo de mañana.
Pero volvamos a lo nuestro, pues me he
descarrilado.
— Señor Lobera, la dificultad que a mí
me preocupa es que en cuanto nos echemos

(1) Punta extrema del Cabo Conwal en la pen­
ínsula de igual nombre que forma la parte suroccidental de la isla de la Gran Bretaña. La tra­
ducción de Land’s End es fin de la tierra.

52

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NOVELESCO-CIENTIFICA

por esos arenales con el auto que quiere
usted arreglar no podremos contar, como
los barcos, con radiogramas de estaciones
conocidas, que sin otro trabajo para las de
a bordo que elegir el más intenso dan el
rumbo; pues si esos pillos tienen subrep­
ticios transmisores no creo sean tan bon­
dadosos con nuestra estación ambulante co­
mo las costeras lo son con los barcos por
ellas auxiliados. Los dos casos son para mí,
salvo sus respetos, completamente diferen­
tes.
•— Por eso, no pudiendo contar con ra­
diotransmisores Tellefunken, usaré el ra­
dio-gonióm etro Bellini-Tossi.
— No sé qué es eso.
— Pues un aparato inventado a principios
de siglo para lograr el mismo resultado.
— ¿Y en qué consiste?... Ya sabe usted
que mi fuerte no es la teoría.
-—Procuraré explicarlo sencilla y. breve­
mente. Aun cuando dice usted saber poco,
no ignorará que si una corriente eléctrica
circula por un aro o rectángulo de alambre
que, colgante de un hilo, o montado en su
eje, pueda gira r sobre sí mismo, así lo ve­
rifica cuando se le acerca, o en su proxi­
midad se hace circular otra corriente, ce­
sando su movimiento cuando éste ha lle­
gado a colocar dicho aro o rectángulo en
una posición que es siempre la misma con
respecto a la de la corriente inductora del
movimiento.
— Sí: eso es la inducción eléctrica de una
corriente que obra sobre la otra.
— Por ahí, por ahí, pero no exactamente;
pues la fuerza directriz del alambre móvil
no está en la corriente que se le acerca o
se hace correr a su proximidad, sino en
torno de ella, en el aire, o más bien en el
cter que la circunda, siendo algo que, sin
entrar en honduras, es en la esencia igual
a la invisible ondulación eléctrica lanzada
por las antenas de la telegrafía sin hilos.
Por eso, si en su viaje a través de la atmós­
fera (1) encuentran estas ondas un circuito
giratorio, como el de marras, y recorrido por
una corriente lo hacen también girar hasta
que el plano de él quede perpendicular a
la dirección de la estación transmisora de
donde las ondas proceden.
— No lo sabía... Pero eso no podrá ha­
cerse sino en un gabinete de experiencias,
a pequeñas distancias.
(1) Se llama la atención sobre lo ya dicho an­
tes : por el aire cruzan las ondas eléctricas; pero
re son movimientos del aire, sino palpitaciones
c'.c! éter, las que engendran la onda.

— No, señor: si del palo de un buque se
suspende uno de estos sencillos y leves cir­
cuitos de alambre, de modo que ligeras im­
pulsiones basten a hacerlo voltear en torno
del mástil, toda onda radiotelegráfica con
alcance suficiente para llegar al barco mo­
verá el bastidor, y con éste una aguja obe­
diente a las atracciones de un electroimán
ligado a dicho circuito móvil (1).
— ¡A tiza! Entonces, la misma aguja-mar­
cará, sin más ni más, y sin tomarse uno
quebraderos de cabeza, el rumbo del barco
a la estación.
— Precisamente: en un cuadrante sobre el
cual se mueve. Pero no es esto lo mejor,
sino que las estaciones de la costa no ne­
cesitan ser de tipo especial, como en el sis­
tema Tellefunken, sino de las ordinarias,
cuyos radiogramas se propagan con igual
intensidad en todas direcciones; pues le
basta a un buque recibir uno solo para co­
nocer el rumbo en el que se halla la esta­
ción transmisora. Los telegramas, todos
iguales, salvo la hora, dicen, por ejemplo:
“Radiogoniograma de Barcelona a las 3
y 45.”
— Y con ése y otro de diferente estación
se obtendrá, como con los Tellefunken, la
posición del barco. ¿No es eso?
— Ese es, efectivamente, el procedimien­
to corriente; pero en realidad ni segunda
estación transmisora, ni segundo telegrama
son indispensables sino en el caso particu­
larísimo de ser el rumbo del buque a la pri­
mera norte-sur o muy cercano a tal direcciójji; pues de haber sensible y no grande
diferencia de longitudes geográficas entre
uno y otra, basta un sólo radiograma para
dar además de la dirección la distancia.
— ¡La distancia!... No puede ser... Per­
done usted: quise decir no lo comprendo
— Muy Sencillo (2 ). Suponga usted que
en la estación receptora del barco tiene el
telegrafista frente a sí la esfera grande de
un reloj eléctrico enlazaao ai cronóm etro
111 En el radiogoniómetro Bellini-Tossi no g ir*
uno, sino dos circuitos móviles, de planos entre sí
perpendiculares, siendo la acción definitiva de la
combinación de ambos una resultante de las de­
terminadas por la onda sobre cada uno de ellos. L a
teoría es la misma que siendo uno, y sin duda para
simplificar su explicación no mencionaba Lobera
sino uno.
(2) No tenemos noticia de que este sistema se
baya aplicado basta ahora con el radiogoniómetro,
lo cual pudiera ser, aun cuando Ignotus no lo sepa,
e ignoramos si es idea de Lobera o procedimiento
en uso ya en su tiem po; pero parece perfectamente
racional y de empleo no difícil, que desde luego
cabe aplicar en la actualidad.

LA M A Y O R C O N Q U I S T A
de a bordo y acorde con él; que un segun­
dero grande permite leer cómodamente en
dicha esfera los segundos, y que al primer
chasquido de la llegada de un radiograma
cuyo contexto es “Radiogoniograma de la
Torre E iffe l a las 10 y 35 minutos, marca
el reloj de la estación las 11 y 57 minutos
y 30 segundos.
Como el telegrama llega al barco en el
mismo segundo que lo lanza la torre, ya
que la velocidad de transmisión es prácti­
camente instantánea, pues con ella podría
darse la vuela entera al Ecuador en menos
de un séptimo de segundo, resulta que
cuando en el buque son las once con 57
minutos y 30 segundos, no son en París
sino las diez y 35: con diferencia de horas
entre ambos parajes de una hora, veinti­
dós minutos y treinta segundos.
Pero como diferencia de horas y diferen­
cia de longitudes geográficas son en esen­
cia lo mismo, acudiendo a las tablas de
conversión ve el oficial de derrota que de
halla sobre un meridiano al Occidente y
no lejano de las Islas Canarias, la longitud
del cual, con respecto a París, es 21 gra­
dos, 22 minutos y 30 segundos: minutos y
segundos no de tiempo, sino de longitud (1).
— Ya, ya, señor Lobera: ya lo veo: bus­
cando el punto donde en la carta marina
se cortan el meridiano así hallado y el
rumbo que la aguja del radiogoniómetro
marca como dirección en que vienen las
ondas del telegrama, se tendrá el lugar
donde está el buque.
— Eso es: en vez de la longitud y la la­
titud geográficas se emplean para situarlo
longitud y rumibo a partir de la estación
transmisora, que por ser conocida se toma
como punto de referencia.
— Pues en eso veo yo la dificultad para
nosotros; pues no sabiendo dónde están
las estaciones clandestinas que usted quie­
re descubrir interceptando al paso sus te­
legramas, nos faltará punto fijo y conocido
capaz de hacer con el auto-estación, cuyo
papel es del barco de antes, el de la Torre
E iffel, en el ejemplo de usted.
-—Pero, amigo mío, si ya supiera yo dón-

(1) Sin necesidad de tablas se hace facilísimamente tal conversión, sabiendo que una hora, un
minuto y un segundo de tiempo equivalen en lon­
gitudes geográficas a diferencias de 15 grados,
quince minutos y quince segundos, respectivamen­
te, de arco de ecuador o paralelo.

53

de están las estaciones clandestinas, ni ha­
bría problema, ni me cuidaría de preparar
el auto, ni lo echaría a correr por el De­
sierto.
— Es verdad; pero sigo a obscuras. ¿Có­
mo, sin ningún punto fijo, va a ser posible?
— ¿Y el auto, que por antena receptora
llevará un circuito giratorio radiogonométrico con una aguja indicadora del rumbo?
— Eso, sí; pero la Torre E iffe l no se
mueve, sabemos siempre dónde está; mien­
tras el automóvil, como el barco, irá va­
riando a cada momento de lugar.
— Es que teniendo mapas del terreno, al
ponerlo a la espera a caza de ondas sub­
repticias sabré en qué sitio conocido lo
paro: o donde el mapa no me inspire con­
fianza, un cronómetro me dará la longitud.
Además, todos los telegramas que en el
mundo se transmiten llevan indicación de
su hora; sextante no ha de faltar, ni en el
Desierto hay miedo nos estorbe la niebla
para pedirle al sol o a la polar que nos den
la latitud.
— Es verdad.
— Vea usted cómo, sabiendo siempre la
posición de la estación ambulante, con ella,
con el rumbo dado por la aguja y la dife­
rencia de longitudes obtenida del radiogra­
ma, y el reloj, podré deducir del lugar
donde el auto se halle el de la estación
desconocida: con error máximo, y me co­
rro, de dos a tres kilórhétros; es decir, en
zona suficientemente reducida para que
puedan registrarla los gendarmes. Aparte
que estas estaciones han de estar forzosa­
mente establecidas en lugares dominantes...
— Tiene usted razón... Ahora ya lo veo
claro, y es muy sencillo; pero muy inge­
nioso, porque eso que va usted a hacer no
se ha hecho nunca.
— No, que yo sepa: pero lo que a uno
se le ocurre puede ocurrírsele a otro.
— Si ese otro no soy yo, puede usted es­
tar seguro; pues todavía me quedan dudas
sobre la práctica, que como me ha hecho
usted el honor de elegirme para operador,
le agradeceré se tome la molestia de acla­
rar.
— Dejémoslas para cuando ya esté mon­
tada la estación en el auto— contestó Lo­
bera, cortando la conversación por saber
que era aquélla la hora en que salía Emma
al jardín, y agradarle más su compañía que
solventar las dudas de su auxiliar radiotelegráfico.

54

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

XIII
LA COLERA DE ABD-EL-GAHEL
P or ser muy elevada la ta rifa de la te­
leg rafía sin hilos, casi nadie la utiliza en
el S ahara para asuntos particulares, salvo
en casos de grandísim a urgencia. Así
Moyfsk, que para sus operaciones comer­
ciales hacía gran uso del telégrafo, siendo
raro cu rsara menos de cuatro o seis tele­
gram as diarios, empleaba las líneas del
ferrocarril, abiertas al público a precios
mucho más económicos que las inalám bri­
cas del Gobierno.
P or tal razón tardó poco en enterarse de
la fechoría com etida con ei telégrafo en los
lím ites de Marruecos y el Desierto, pues
cuando envió sus telegram as a íá estación
le fueron devueltos dos ellos con una nota
del telegrafista de servicio, que decía: “No
se adm iten por interrupción de la línea
en tre A kka y Term assoun.” Pero sobre lo
consignado en ella agregó verbalm ente el
criado que había llevado los telegram as a
la estación telegráfica, que los ordenanzas
de ésta habían oído a los telegrafistas co­
m e n tar alarm ados aquella inusitada y enor­
me avería, habiéndose él enterado por
aquéllos de que la interrupción no era en­
tre, sino desde A kka a Term assoun: noti­
cia dada por el sirviente a su amo con la
m ism a fruición con que los ordenanzas se
la habían dado a él; pues, indígenas unos
y otros, sentían especial complacencia en
todo mal acaecido a los franceses: aun
cuando de éstos se vendieran por amigos
y vivieran del sueldo de ellos cobrado, en
ta n to hallaran coyuntura de traicionarlos.
Moyfsk, en quien eran certezas las su­
posiciones de Duvery y B ertier sobre la
conspiración, presumió, como éstos habían
presum ido, pero con m ayor fundamento,
que la cortadura del telégrafo era el p ri­
m er chispazo del alzam iento general: cosa
que le asustó; pues si su complicidad en la
preparación de él le había valido pingües
ganancias, redondeando la respetable can­
tidad que de antiguo se había él propuesto
re u n ir para levantar de Agadés el campo
yéndose a establecer una casa de banca en
Odessa, su ciudad natal, tam bién le había
de o tra parte ocasionado algunas inquietu­
des, h asta entonces no punzantes por creer

lejano todavía el estallido de la rebelión y
confiar en que cuando llegara ya no lo co­
gería en el Desierto; pues desde varios me­
ses antes venía preparando la m archa, ven­
diendo propiedades, liquidando negocios y
enviando sus fondos a varios barcos de
Europa. Y teniendo ya puestas de tal ma­
n era en salvo las ganancias, veía llegada
la hora de pensar para cercano plazo en
poner también en salvo la persona; pues
si la casualidad revelara a las autoridades
francesas su intervención en el complot se­
guram ente le costaría caro su bonito ne­
gocio.
E ste Moyfsk ingerto en africano era hijo
de un hebreo ruso también ingerto, pero en
bolchevique, que al reaccionar el antiguo im­
perio moscovita contra la tira n ía feroz de*
bolcheviquismo judío que lo ten ía aherro­
jado y agonizante, tuvo que escapar de Mos­
cou, emigrando al Sahara, pero llevándose
una buena pacotilla, fruto de sus latroci­
nios (1) en Rusia, que había sido la base
de la fortuna que después aum entó su hijo.
Despreciado éste por los jefes superiores de
la conspiración, h asta tenerlo en ignorancia
de quiénes fueran ellos, y a obscuras por
completo de planes y de fechas, su creencia
de ten er todavía tiempo por delante para
(1) Es sabido que el crimen colectivo que no
doctrinas, sino codicias y odios salvajes, han co­
metido en el siglo xx, haciendo víctima de él a
la nación mñs populosa de Europa, la desventu­
rada Rusia, inmolada a hordas bolcheviques sin
conciencia ni cultura, es hazaña de judíos; pues
de una estadística publicada en 1921 resulta que
en dicho año la proporción de éstos en el Go­
bierno de Rusia, o mfis bien en la taifa que
despóticamente esclaviza e inmola a todo el pue­
blo, es la siguiente:
De 503 altos funcionarios del Estado son ju­
díos 406 y rusos sólo 29.
De 41 periódicos autorizados por aquellos ti­
ranos, hay 40 judíos.
Judíos son 17 de los 22 comisarios del pueblo,
¡pobre pueblo!; 45, de 60, en la Comisaría de Ins­
trucción, y en las restantes no hay ni un solo
ruso
Los negocios extranjeros corren a cargo de 19
judíos, un armenio, un alemán y un polaco.
La alta justicia—justicia bolchevique, claro
estñ—, consta de 18 judíos y un armenio.
En el Ministerio de Instrucción Pública pres­
tan servicio 14 judíos y dos rusos

LA

MAYOR

el traslado de residencia sólo obedecía a
suposiciones fundadas en lo que su inter­
vención como correvedile y encubridor le
permitía in ferir sobre el estado de los tra­
bajos: en su opinión todavía atrasados pa­
ra cuanto significara inmediata ejecución.
En la fecha de la llegada de Abd-el-Gahel
a casa del judío tenía ya éste proyectada
su marcha para un mes después, pensando
salir de Agadés como para uno de sus via­
jes comerciales de ida y vuelta a Marrue­
cos o a Argelia, pero del cual no tornaría.
Tenía, en consecuencia, en marcha sus úl­
timos, aunque disimulados preparativos, y
estaba muy tranquilo; pero si el atentado
contra el telégrafo era, cual temió al co­
nocerlo, el comienzo de la rebelión, y
llegara en pos de él una verosímil inte­
rrupción de trenes, ello podría dificultar o
hasta impedir su marcha.
De otra parte, yx esto era aún más grave,
en seguida que estuvieran deslindados los
campos ya no podría mantener su cómoda
situación de ostensible amigo de los fran­
ceses y encubierto auxiliar de los africa­
nos: pareciéndole, no sin fundamento, que
con unos u otros, o con toaos, corría grave
riesgo el dinero que aun le quedaba en
Agadés, y tan grande como el dinero la
cabeza: viéndolo claro en las dudas, reso­
luciones y arrepentimientos que éstos en
pos de aquéllas le asaltaron en cuanto supo
lo del telégrafo.
Ocurriósele primero ir a congraciar­
se con Bertier, denunciándole lo que
traían entre manos los árabes disfrazados
que hospedaba en su casa; no poniéndolo
por obra porque, sobre la dificultad de jus­
tificar sus tratos anteriores con ellos si al
oficial le daba tentación de curiosear en
tales tratos, le retrajo el terror a la terri­
ble A frica Vengadora que, copio en todas
partes, tenía en Agadés muchísimos afilia­
dos, y acaso no tardara ni veinticuatro ho­
ras en cobrarle la delación en puñaladas.
Por eso optó por continur amigo de sus
huéspedes durante el tiempo que tardara
en hallar modo de salir del atasco, y pro­
curar por lo pronto sondearlosi para saber
si lo de A kka era realmente el primer chis­
pazo de la insurrección. En consecuencia,
no habiendo vuelto aún Gahel de su visita
al ingeniero, se fué a buscar a Ben-Cassim
para observar, al darle la noticia, la im­
presión que le hiciera; pues, de ser cosa
por ellos preparada, no podría sorpren­
derle.
Ha de advertirse que Moyfsk ignoraba

CONQUISTA

55

igualmente el verdadero nombre de éste y
el de Abd-el-Gahel, pues la reserva de los
altos conjurados era tal, que sabiendo el ju­
dío que los dos eran árabes, y conociendo por
el despótico modo como lo trataban que in­
dudablemente debían ser jefes importantes
de la conspiración, no conocía de ellos sino
las personalidades consignadas en sus pa­
saportes, obedeciéndolos por habérselo así
mandado una orden autorizada con el sello
de la Sociedad, muy teatral y terrorífico,
según costumbre clásica en las secretas, y
habérselo exhibido el señor Núñez, que al
tenerlo en sus manos demostraba pertene­
cer al Supremo Diván; pues los jefes
subalternos usaban sellos y distintivos di­
ferentes, conocidos no más en las demar­
caciones adonde solamente alcanzaba su
poder: siendo el único rasgo común a toda
orden, por unos u otros dictada, las siguien­
tes inscripción y viñeta impresas al mar­
gen de ellas:
“Aunque en el Paraíso se esconda bajo la
chilaba del Profeta, llegaré al corazón (; mal­
dito sea de A l-lah !) del que delate o abando­
ne a sus hermanes.” Y debajo hacía veces de
firma una gumía goteando sangre: todo
tomado a broma por Moyfsk, por creerlo es­
pantajo sin otro alcance que impresionar a
las" gentes sencillas cuando en los primeros
tiempos de su cooperación lo fascinaba el
pingüe negocio realizado con ella; mas con
lo cual se preocupó bastante tan pronto vió
que, no por delaciones ni infidencias consu­
madas, sino tan sólo por sospechosa in­
tención de cometerlas, caía de cuando en
cuando alguno: entre ellos dos judíos sus
amigos dedicados a los propios oficios en
que, tarde ya, se arrepentía de andar me­
tido.
Previos dos suaves golpecitos en la puer­
ta de la habitación donde estaba Ben-Cas­
sim, y otorgamiento por éste de permiso,
entró en ella el hebreo.
-—Perdone si le molesto, Señor Pozo: ven­
go a informarlo de un suceso importante,
tal vez conocido de usted; pero que por si
acaso no es así, creo deber comunicarle.
— ¿Qué es ello?
Moyfsk no perdía el menor movimiento
de la cara del moro, dándole a intento len­
tamente la noticia para observarlo bien.
— Un suceso ocurrido entre A k k a y Termasioun.
— ¿En Akka?... ¿Qué es?... Acaba— dijo
Cassím con no fingida curiosidad, que ad­
vertida por el otro le hizo pensar que no
sabía nada de la avería telegráfica; mas

A

56

i

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NOVELESCO-CIENTIFICA

para cerciorarse bien de esta ignorancia,
continuó perdiendo tiempo en circunloquios:
—... E n el que deben andar nuestros her­
manos.
—Yo no he tenido nunca herm anos de tu
casta—contestó el árabe con el brutal des­
precio que los de su rasa nacen siempre
se n tir a los judíos.
—Perdone, señor; quise decir...
—Lo que quieres decir ya lo he entendi­
do; pero lo que venías a decir no acabas
de decirlo: revienta de una vez; y si no,
vete.
—Que ayer han arrancado varios cente­
nares de kilóm etros de línea telegráfica.
— ¡Cómo! ¿Quién? ¿Pero es seguro?—
preguntó el moro con impetuosidad, que
convirtió en certeza la sospecha de Moyfslc
de que la interceptación ael telégrafo no
obedecía a órdenes del Diván Supremo de
A frica Vengadora.
—Yo no sé sino que me han devuelto unos
telegram as para Tendouf y G henater; que
los franceses están alarmados, y que...
La entrada de Abd-el-Gahel no perm itió
a Moyfsk acabar su frase, yues Ben-Cassim
le quitó la palabra para inform ar al recién
llegado de la novedad, que lo contrarió no
menos que en el mismo momento contra­
riaba a B ertier y a Duvery; pero m ostran­
do su mal humor, m ejor dicho, su cólera,
no ya con la violencia inherente a su san­
gre africana, sino con destemplanza mu­
cho m ayor; pues la frecuente contención a
que aquel hombre impetuosísimo le era in­
dispensable som eterse para representar du­
ran te largas tem poradas su papel de hom­
bre civilizado hacían de su carácter resorte
comprimido que, al distenderse, cuando po­
día d a r rienda suelta a su salvaje ira, lo
arrollaba todo.
P o r eso, al oír la noticia que perturba­
ba sus planes con un atentado imprevisto
realizado sin orden del Diván, y que en su
aislam iento podía producir los frutos de la
explosión proyectada por él en form a que
cual rayo sorprendiera en todas partes y en
una hora determ inada a los desprevenidos
cristianos, su desenfrenada cólera se desbor­
dó en un torren te de amenazas, maldiciones
y blasfem ias que no extrañaron a Ben Cassim, pues ya las esperaba, pero aterraron a
Moyfsk.
Pasado aquel prim er rabioso hervor de
su coraje, que no es para transcrito, prosi­
guió:
— ¡Imbéciles! ¡Imbéciles!... Pero esos bes­
tia s quieren estropearlo todo... Ben Cas...

Pozo, oye: ¿quién m anda entre A ltka y
Termassoun?
—Muffí; pero ya sabes que como su g o r­
d u ra no le perm ite moverse, sólo d irig e
desde casa, y en el campo lo hace todo...
—Sí, el burro de su hijo: ¡hijo de m ala
cabra! Ya, ya Se ve su mano en eso. E l La­
bia de ser: ambiciosillo. H a querido lu c ir­
se,, hacer una hombrada, obrar por sí, como
si fuera alguien; y va a aprender cómo p a­
gan ahora, en el Sahara, su desobediencia
los que se creen en los tiempos en que cada
uno hacía lo que le daba la gana. Oye, ¿no
está ahora en Tendouf Alí-Berltan?
—Sí.
—Ese es bueno, ese es mi hombre. E s­
criba... No, no te vayas, Moyfstt.
—Creí que por discreción...
—Quiero que aprendas, por si lo necesitas,
cómo el Diván castiga a los desobedientes
y a los desleales. Escribe, Pozo, escribe lo
que voy a dictarte:
“Orden a A lí-Berkan:
"Muffí, hijo, declarado traid o r por des­
obediencia. T rasládate A kka para que él
y sus seis principales auxiliares en destru c­
ción telégrafo, necesario planes Diván,
sean degollados. O rdena a Muffí padre que
sea él quien en tu presencia disponga eje­
cución inm ediata.”
Esos estúpidos serían capaces de des­
tr u ir todos los telégrafos y todos los ferro ­
carriles, que en cuanto despachemos a quie­
nes hoy los utilizan nos serán indispensa­
bles para luchar con los que vengan a ven­
garlos... ¿E stá ya?
—Sí.
—Pues sigue: “Si Muffí se resiste a eje­
cu tar a su hijo, degüéllalo a él tam bién.
Como im porta que cortadura telégrafo no
sea achacada a rebelión, llevarás las siete
u ocho cabezas al com andante m ilita r de
Tafilete, diciéndole son de cuadrilla de la­
drones que robaron el alambre, y ofrecerás
cuanta gente pida restablecer rápidam ente
línea.”
Como los europeos ya no se fían de sacri­
ficios de tern eras y carneros, para tenerlos
confiados como necesitamos, hay que d ar­
les cabezas de m oros:esas me serv irán ade­
más para hacer este escarm iento; pero las
cobraremos con creces en cabezas de perros.
(Ya se entiende que And-el-Galiel quería
decir cristianos.)
Espantado con lo que aquella fiera hacía
con un jefe im portante, reflexionaba Moyfsk
qué podía esperar un mísero judío a la me­
nor sospecha que su conducta despertara,

LA M A Y O R C O N Q U I S T A

aterrándose aun más ail recordar aquel "por
si lo necesitas” de la invitación que para
oír aquello le fué hecha. ¿Sería que ya sos­
pecharan de él, o respondería únicamente
la indirecta a la desconfianza añeja que los
judíos inspiran a los musulmanes?...
Acuitadísimo se hallaba con estas tur­
badoras perplejidades, cuando oyó a su te­
rrible huésped decirle:
—Hebreo: supongo que tendrás emisarios
y motociclos disponibles para salir en cuan­
to sea preciso, según se te ha ordenado—Sí.
—¿Cuántos?
—Tres.
—Con dos bastan. Conviene enviar la or­
den duplicada y por diferentes caminos, por
si alguna se pierde—dijo Abd-el-Gahel a su
tío—. En Ain-Tahena y Tintidín tenemos
relevos de motocicletas. ¿No es así, Pozo?
—Sí.
—¿Habrá entre tus ciclistas quienes se­
pan ir a esos lugares?
—Desde luego señor.
—¿Y seguir a Tendouf?
—No es fácil: está muy lejos.
—Entonces en esos puestos entregarán
los pliegos a quienes se les dirá al salir
Pozo, quédate con el original que has es­
crito, y pon dos copias para los correos en
la forma que sabes.
Al recibir esta orden salió Pozo, regresan­
do de su habitanción a poco con dos mo­
chilas o zurrones de dril “kaki”, de tipo
propio para que peatones y camelleros lle­
varan a la espalda provisiones, y traía ade­
más una botella y un punzón de madera.
En seguida que llegó volvió los sacos, y
en el revés de sus telas copió la orden
usando el punzón, mojado cual si fuera una
pluma, en el líquido de la botella, cuyo co­
lor amarillo obscuro, que mientras fresco
permitía leer, aunque diricilmente, lo es­
crito, se confundía al evaporarse con el
“kaki” de las telas, donde no dejaba huella
visible; pero sí huella química, que al ba­
ñar el saco, en el punto de destino, en una
solución dé sulfato de cinc, hacía reapare­
cer lo escrito en caracteres rojos.
Tal era el sistema de comunicación se­
creta empleado por los jefes de la conspi­
ración.

57

Seca la tinta, volvió Pozo del derecho los
sacos y se los dió a Moyfsk, diciendo:
—Ahora llénalos con las provisiones, y
escribe por tu parte a tus corresponsales de
Ain-Tahena y Tintidín sobre asuntos de
comercio que justifique los viajes de los
emisarios: para que si los detienen les co­
jan esas cartas—dijo Abd-el-Gahel a Moyfsk.
—Escribiré que me envíen con urgencia
unas partidas de cuscus o de dátiles.
—Y ahora llama a esos dos hombres.
Salió Moyfsk, volviendo a poco con dos
mulatos, que al entrar en la sala y dirigir­
se Ben Cassim a ellos, frotándose por dos
veces con un dedo el párpado derecho, como
si algo le molestara en el ojo, repitieron el
mismo movimiento, seña de reconocimien­
to de los afiliados de última categoría de
Africa Vengadora; y al ver que aquél se
pasaba en seguida la mano por la barba, y
luego de la frente a la cabeza, cual para
echarse hacia atrás el cabello, se proster­
naron con grandes muestras de respeto, por
haber reconocido en dicha seña a un miem­
bro del Diván Supremo.
Sucesivamente dijo Ben-Cassim al oído de
cada uno el lugar donde iba y el nombre
de la persona a quien entregaría la carta
de Moyfsk y el zurrón diciendo: “Para en­
viar a Alí-Berkan, en Tendouf”; y después
de hacerles en alta voz varios encargos de
carácter común a ambos, les ordenó salie­
ran en seguida, agregando:
—Ya sabéis que “hasta debajo de la chi­
laba de Mahoma”...
—Descuida, gran señor—le atajó el uno—.
"Maldito de Al-lah sea el que”...
—Bien. Idos.
*

*

*

A las diez y media de la noche, y por dis­
tintas rutas, salieron de Agadés en moto­
cicletas los emisarios, sienuo en seguida
detenidos por los gendarmes de Bertier,
que no contentos con abrir y leer las car­
tas de Moyfsk de que eran portadores, les
registraron escrupulosamente ropas y zu­
rrones. Y tranquilos de que sólo llevaban
cartas comerciales que, por no haber co­
rreo ni telégrafo a Ain Taheña ni a Tinti­
dín, habían de ser remitidas por propios,
dejaron m archar a éstos.

58

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

XIV
TRES DIAS DESPUES
Tres días pasaron sin que las autoridades
a quienes telegrafiaron Duvery y Bertier
dieran otras contestaciones que “se provee­
rá” y “se tendrá en cuenta en lo posible”.
De Río de Oro no había respuesta.
El primero preparaba *ü marcha a Te­
chiasco, centro de los trabajos de replanteo
del último trozo de la vía férrea, y donde
desde un año antes tenía él su casa: a la
cual se habría trasladado sin demora a no
ser porque las sospechosas novedades en­
contradas a su llegada a Agadés le hicieron
pensar en la necesidad de tomar precaucio­
nes; pues la manera confiada como antes
de su viaje a Francia había vivido allá, ais­
lado de la protección de autoridades y fuer­
zas francesas, no efa para continuada, en
cuanto fue entrevista la posibilidad de una
rebelión de indígenas.
El mayor cuidado del ingeniero era
Emma; pues no se le apartaba de la ima­
ginación la frase de Morlain al señalar las
mujeres e hijas de los europeos como el bo­
tín más codiciado por los salvajes sahareños. Así, cuando la conferencia con aquél
y Bertier dió consistencia a sus temores,
decidió que en el tren del siguiente día sa­
liera Raúl con Emma para volverla a Fran­
cia. Pero cuando a la tarde se disponía a
decir a una y otro que se aprestaran al viaje
y buscaba el modo de vencer, sin alarmar
a su hija, la resistencia que de cierto opon­
dría a dejarlo solo, y cuanao se devanaba
los sesos para justificar, sin descubrir sus
temores, lo imprevisto y precipitado de su
resolución, llegó Bertier con la noticia del
atentado de Akka; y temiendo don Héctor
que a éste siguieran otros contra las vías
férreas, le pareció temeraria imprudencia
exponer a sus hijos a un viaje de extremo
a extremo del Desierto en tales circunstan­
cias.
En consecuencia, desistió de su propósito
en tanto no aclarara el horizonte, optando
por llevarse consigo su hija a Techiasco;
mas convirtiendo aquella residencia en un
fortín para preservarla de un golpe de
mano de los rebeldes, en tanto pudiera re­
cibir socorro, para pedir el cual en caso
necesario habría de arbitrarse rápido me­

dio de comunicación con los puestos más
cercanos de gendarmería. Y no sólo esto,
sino que era preciso reclutar disimulada­
mente gente fiel, que unma a los ingenie­
ros, capataces y unos cuantos criados fran­
ceses allí residentes, pudiera dar el núme­
ro de fusiles indispensables para la de­
fensa.
En la preparación de toao lo anterior, en
acopiar municiones, doce ametralladoras
que con urgencia pidió a marruecos y en
reunir rápidos medios de transporte que
en caso necesario le permitieran retirarse
adonde hubiera fuerzas, se le habían ido
los tres días pasados desde su llegada, y se
le irían todavía algunos más: atribuyendo
el retraso de la marcha, cuando con Emma
hablaba, av impensadas necesidades de la
explotación de la línea, que antes de mar­
charse debía dejar atendidas.
Gracias a que ella no parecía tener prisa
en que el traslado interrumpiera sus diarios
paliques con Lobera, de quien colegía Em­
ma se marcharía por otro lado en cuanto
se fuera ella a Techiasco o, cuando no, se
quedaría en Agadés preparando su expedi­
ción, no menos misteriosa que la fantástica
del señor Núñez.
Parece deducirse de esto que los paliques
de la francesita y el argentino habían lle­
gado ya... No, los paliquea no eran todavía,
externamente al menos, sino los propios de
dos buenos, pero muy buenos amigos; mas
no por eso dejaban de tener encantos, aca­
so superiores a los que la amistad suele
proporcionar.
Sin embargo, con no irle mal, ni mucho
menos, se pasaba Lobera no pocas rabietas,
pues aquellas categóricas explicaciones que
pensaba obtener de Emma en los días que
tardara en acabar su trampa telegráfica no
llegaban, y estaba viendo que Don Héctor
conocería cualquier día que el auto-estación
avanzaba demasiado despacio, a lo cual no
podría Lobera contestarle dando como razón
que a su hija no había medio de hacerla
hablar de un asunto sumamente interesan­
te, pues apenas) olía que le iban a plantear
explícitas cuestiones, solía escurrirse como
una anguila.

LA

MAYOR

¿Cortedad de genio?... ¿Coquetería?... Va­
ya usted a saber; y no saberlo era lo que
desesperaba a Lobera.
Pero, por suerte, en la noche del cuarto día
de su estancia en Agadés tuvo una conver­
sación con Don Héctor, la cual le dió el
respiro que oyéndole veremos.
— Para esa gran manufacturera vidriera
no veo mejor sitio que Azzau; y no estando
las cosas, según usted ya sabe, para que un
europeo se arriesgue a reconocimientos en
estas tierras, creo excusado se meta usted
en ellos.
— ¿Y no habría en las inmediaciones de
Techiasco zonas despejadas donde... donde...
abunde la arena?— preguntó Lobera tarta­
mudeando un poco, por venírsele a la boca
una pregunta sobre la fuerza del sol en ta­
les zonas, que no quiso uejar escapar por
razones que el lector ya conoce, no suficien­
tes a quitarle el escozor de engañar a quien
debía las atenciones que a Duvery; pero al
cual no debía confiar un secreto, que no era
únicamente suyo.
Tales tartamudeos no pasaron inadverti­
dos a su interlocutor, que a haberle oído
hablar otra vez del sol del Sahara no ha­
bría dejado de sorprenderle la frecuencia
con que sacaba a colación tal tema, y aun
parecía complacido cuando oía encomiar la
inclemencia del temible y constante verdu­
go de quienes tienen que andar por el De­
sierto; pero como Lobera se contuvo, el
padre de Emma atribuyó la turbación de
su huésped a temor de que ie adivinaran
que en su deseo de establecer la vidriería
cerca de Techiasco no influían razones in­
dustriales, pues de sobra tenía ya visto el
padre lo que al americano le parecía su
hija: no molestándole el descubrimiento
cuando'lo hizo, pues sobre sene muy sim­
pático el pretendiente, tenía de él magnífi­
cas referencias por la persona que se lo
había recomendado. Que lo adornaba talen­
to y además cultura en grado no frecuente
en quien como él no la necesitaba para ga­
narse la vida, lo había apreciado por sí
mismo Duvery, quien, riéndose, contestó
a la tonta pregunta que le había sido hecha:
— ¡Faltar la arena en el Desierto!... N o
pase usted cuidado. En cuanto a lo otro,
me complacería poder informarle de acuer­
do con mi deseo de tenerlo por vecino: no
solamente por el gusto que ello me propor­
cionaría, sino porque en esta época de te­
mores de revueltas no sería desdeñable la
posibilidad de prestarnos ayuda.
— En eso precisamente pensaba— contes­

CONQUISTA

59

tó hipócritamente el argentino un tanto co­
lorado al recordar su tontería de la arena.
— Pero teniendo en cuenta— agregó Du­
very— que es base obligada de los planes de
usted usar en su explotación la fuerza de
la Hidroeléctrica de Lebezenga, no hay po­
sibilidad de ello; porque a Azzau todavía
llegará bien, pero Techiasco está ya dema­
siado alejado de dichas cataratas.
— ¿Y cuánto dista Azzau de Techiasco?
-—De doscientos a doscientos veinticinco
kilómetros— contestó Don Héctor, volviendo
a sonreírse al ver que Lobera no pregunta­
ba la distancia entre el lugar donde había
de utilizar la fuerza y la central de donde
iba a tomarla, sino la existente entre su
venidera residencia y la de Emma.
— Para lo que son las distancias del De­
sierto, casi al lado: con motos o .autos, y
sin correr, tres horas escasas; en dirigible,
ni eso, y en aeroplano una hora.
— ¡A h ! ¿Es que piensa usted tener aero­
planos en su factoría vidriera?
— Sí... Tal vez.
— Yo creo que lo que a usted más le con­
viene es unírsenos cuando salgamos para
Techiasco, con lo cual se evitará los peligros
que su pequeña caravana podría correr en
esa primera parte de la expedición, que por
la índole de las tribus que habría de atra­
vesar es la más arriesgada. Desde Techias­
co podrá usted ir después a Lebezenga, no
al final de su reconocimiento de localidades,
como tenía proyectado, sino directamente;
pues estando Azzau casi al paso, puede ver­
lo de camino; y únicamente si después de
visto no le conviniera aquel sitio para su
fábrica, debería pensar en ulteriores reco­
nocimientos.
N o hay que decir que él plan de Duvery
pareció de perlas a Lobera, aceptándolo des­
de luego: terminando con esto la anterior
conversación, al acabar la cual no se ex­
plicaba el ingeniero que para hacer vidrio
tuviera un bonaerense que ir a A frica en
busca de la arena, que no debía faltar en
la Argentina; y al separarse de él iba di­
ciendo:
— Creo que esa vidriería corre parejas con
el emporio maderero del Baoutch, pero a
éste se le conoce en la cara la mentira; y
algo dice en su abono el no saber mentir...
Pero ¿qué habrá detrás de esa mentira?...
Cuando él lo calla, será que no puede o no
debe decirlo, porque no es un farsante, co­
mo Núñez: eso se ve a la legua.

60

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

A l lagartón de Moyfsk no podía escapár­
sele que su casa estaba vigilada, no obstan­
te el disimulo con que b eru er montó tal
vigilancia. Gentes que, por los trotes en que
andaban, vivían tan sobre aviso como Abd-elGahel y Ben Cassim, y que mediante las
consabidas señas se habían relacionado con
no pocos hermanos de la masónica secta
residentes en Agadés y hasta en la propia
casa del judío, no habían menester les die­
ra éste la voz de alarma; pues cuando los
previno de que estaban espiados, le contes­
tó Abd-el-Gahel:
— Ya lo sabía, y también que tú no lo
ignorabas; y hasta me parecía que tardabas
en avisarme de ello.
— Gran Señor— contestó el hebreo aterra­
do ante la dura y recelosa mirada de Abdel-Gahel, y poniéndosele carne de gallina
al pensar que no era Bertier sólo quien lo
tenía estrechamente espiaao— , en cuanto
me he dado cuenta de ello he venido a de­
círoslo: juro por Moisés.
— Por hoy te creo: no por el juramento,
del que no hago caso, sino porque te supon­
go convencido de que ni te conviene ocul­
tarme nada, ni aun, de intentarlo, lo con­
seguirías.
— Señor, señor: mi lealtad...
•— No digas tonterías. Yete.
— Y mucho ojo— agregó Ben Casim, que
al salir Moyfsk dijo a su compañero:
— Quiera Al-lah que tu empeño en perma­
necer aquí no nos salga caro: quien estan­
do en nuestro caso tuviera dos dedos de
juicio no tardaba dos horas en salir de
Agadés.
— Ya te he dicho que mientras ese hom­
bre no se imarche y yo no sepa dónde lo en­
contraré seguramente (no me muevo de
aquí.
— Y mientras, que nos armen una ence­
rrona y nos cojan en la ratonera que ya
nos van preparando.
— No es tan fácil como crees coger a Abdel-Gahel.
— No lo era; pero ahora, embrujado por
esa maldita hija del diablo que así Al-lah
quiera...— exclamó Cassim, pasándole por la
cabeza un expedito y feroz medio de des­
embrujar, como él decía, a su sobrino y
jefe: quien, adivinándole los pensamientos,
lo interrumpió diciendo:
— Acuérdate de esto, Cassim: si alguien
toca a un cabello de esa mujer conocerá a
su costa lo que es la ira de Abd-el-Gahel...
Ha de ser mía, y como mía sagrada para
todos.

— ¿Pero es que por ella lo has de olvidar
todo: hasta tu personal seguridad?
— No olvido nada: para aarme lecciones
sabes poco.
— Es que...

— Calla, y ve a preguntar a ese cazurro
si tiene ya lo que le encargué buscara; y
si lo tiene que venga a ..raérmelo y a de­
cirme los nombres de los camelleros.
— ¿Qué camelleros?
— Vete y haz lo que te digo.
Salió Cassim. Cuando su sobrino se que­
dó solo sacó del bolsillo un cuadernito con
registro alfabético, bien repleto de notas;
buscó Agadés, en la A, y entre los datos
relativos a dicha población, leyó: “ Tinkert,
capataz de motoristas y camelleros de
Moyfsk: gran práctico del Sahara meridio­
nal, muy conocedor de autos y camellos, lis­
to, valiente y de absoluta confianza. BenZiza.” Hecho esto se guardó el cuaderno.
Poco después volvía Cassim acompañado
de Moyfsk: aquél con cara de muy pocos
amigos por acordarse del réspice poco an­
tes recibido, y éste con un paquete que,
abierto, resultó contener dos trajes de tuaregs ifoglias: gentes que por tener gran
tráfico con El A ir no sorprende a nadie
verlas en Agadés y sus contornos. Los tra­
jes habían sido buscados de modo que, poco
mías o menos, fueran de las tallas de los
supuestos españoles (1).
— Cassim, vete enterando de cómo se des-

Tuarcg

(1)
es el nombre dado por los árabes en
su idioma a la raza bereber que ocupa la parte
central del Desierto de Sahara (una mitad de él).
El significado de esta palabra en dicho idioma es
“ abandonado de D ios”.
Dicha raza, berberisca de origen, y por lo tan­
to blanca, se halla en la actualidad mezcladísima
con árabes y negros. Los individuos' de ella no se
dan a sí mismos el nombre de tuaregs, sino el
de
en cuya etimología se halla explica­
ción que a tal palabra une el significado de raza
libre, independiente, fiera.
Como tres siglos después de la invasión del A f r i­
ca por los árabes adoptaron los tuaregs la reli­
gión mahometana; mas no por ello cesaron sus
insurrecciones y sus luchas con los dominadores.
Los
como se llaman ellos, o tuaregs.
como los llam a el mundo, constituyen hoy cuatro
grandes
confederaciones de numerosas trib u s :
grandes, se entiende, por la extensión que ocupan,
pero de población sumamente escasa, pues que
las dos del norte,
y
limítrofes con Argelia, Tíinez y Trípoli, no cons­
tan, segfin Duveyrier, sino de 30.000 habitantes.
Las otras dos, al mediodía y cuyos territorios lle­
gan al Senegal, la Nigricia, el U ad ai y el 'Sudán,
son las de los
y las de los
a occidente los primeros y a oriente los segundos.
A estos filtimos pertenecen las tribus
o

imohags,

imohags,

tuaregs-azdjar

aonedlimiden

tuarcgs-hoggar,

kelovis :

kelgeres

li A M A Y O R C O N Q U I S T A

cuida el estúpido embrujado de que ha­
blabas.
—No, yo no te he llamado estúpido;
yo no....
—Basta: no puedo perder tiempo. Tú,
hebreo, ¿estará ahí Tinkert tu capataz?
—Sí; esta es la hora de...
—Búscalo y tráelo.
Mientras Moyfsk estuvo fuera intentó
Ben Cassim hablar con Abd-el-Gahel, que
haciendo ostentación de no cuidarse de él
más que si fuera un perro, no se dignó
contestar a sus preguntas ni despegar los
labios hasta que, seguido del capataz, vol­
vió Moyfsk, a quien preguntó:
—'¿Cómo se llaman los camelleros que or-

61

dené tuvierais preparados para ir a UadTini cuando yo disponga.
—Suko y Taghar. Desde anteayer duer­
men y comen aquí, sin salir para nada.
—Y a ti, Tinkert, ¿qué te parecen esos
hombres?
—¿A mí?—respondió el capataz, tan sor­
prendido como su amo de que aquel foras­
tero lo conociera por su nombre.
—Sí, a ti: ¿tienes confianza en ellos?
—Desde luego: son muy buenos mucha­
chos.
—¿Buenos, comio para servir a Ben-Ziza?
— ¡Ben-Ziza!... ¡Ah! Si son para BenZiza puede haberlos todavía mejores—dijo
resueltamente el preguntado.
Ignorantes Moyfsk y Ben Cassim de
it¡sanes, de que hablamos en otro lugar de este
quién podría ser aquel Ben-zaza cuyo nom­
libro.
Altos, fuertes, delgados, su tez perm itiría con­ bre producía tal efecto en el servidor del
fundir con europeos a los menos cruzados con primero, miraban con sorpresa al capataz
razas negras, a no ser por lo muy bronceado de
la tez a causa de la acción del sol africano, de
la cual no basta a preservarlos por completo el
velo. Su porte es altanero. Algunos tienen los ojos
azules.
Son extraordinariam ente sobrios, teniendo por
virtud tal cualidad: tanto, que por no poseerla
los Arabes son despreciativamente llamados glones por los tuaregs. Dátiles, higos, granos, entre
ellos el cuscas, hasta yerbas, son su habitual ali­
mento en pequeñas cantidades. La carne es poco
usada por ellos.
Ya se ha dicho que estas gentes usan siempre
sobre la cara el velo o litzam.
Se afeitan, como los árabes, la cabeza; pero de­
jándose de la frente a la nuca una a modo de cres­
ta, donde sujetan la tela del litzam.
Sus armas, que nunca dejan, son : puñal, sujeto
al antebrazo derecho por un brazalete de cuero;
lanza, javalina, maza y espada; y no hace mueno
que lian comenzado a servirse del fusil, al cual lla­
man “arma de traidores”.
En general, mas con excepciones, no usan ta ­
tuajes ; pero sí se pintan cara, manos y brazos,
liñéndose de azul, con polvos de indigo, los hom­
bres, y de amarillo, con ocre, las mujeres.
Nadie se lava nunca, pues dicen que lavándose
adquiere la piel sensibilidad perjudicial que hace
más duras las inclemencias del clima sahárico. Lle­
van esto a tal extremo, que ni siquiera practican
his abluciones rituales de su religión islámica,
reduciéndolas a un simulacro de ellas, hecho con
arena.
En general, son casi todos nómadas, determi­
nando los lugares de sus transitorias residencias,
no la satisfacción de sus propias necesidades, sino
las de sus camellos ; viviendo en eterna peregrina­
ción en busca de los míseros pastos, que en el de­
sierto cabe en general hallar para aquellos ani­
males compañeros inseparables del tuareg y sin los
cuales no podría vivir éste en el Sahara.
Los astljar son los que más tendencia tienen a
abandonar la vida nómada por la sedentaria.
Los más civilizados entre los azdjar son los
■ifoghas, que fueron los primeros en trabar buenas
relaciones con los franceses, distinguiéndose de las
demás tribus de su raza, por ser los mejores cria­
dores de camellos. Los hoggar son mucho más sal-

vajes y más ladrones, cosa de que todos tienen
bastante, y en la cual les hacen especial compe­
tencia los auedlimiden, cuyos salteadores, y lo
son casi todos los de su casta, viajan semanas y
semanas en sus meharís para ir a robar ganado
a tribus lejanísimas.
Las ofensas no son jamás olvidadas por estas
gentes, que de padres a hijos persiguen la ven­
ganza de ellas.
Los frecuentes atentados contra viajeros eu­
ropeos, entre los cuales alcanzó especial resonan­
cia el asesinato en masa de la expedición francesa
dirigida por Flatters, ha dado a esta raza fama
de codiciosa, perversa, artera y cruel. Desdeñan
el trabajo, que consideran indigno, haciéndolo pe­
sar sobre gentes tributarias, a quienes llaman
“ganado de carga”, siendo para ellos la guerra y
el saqueo la más honrosa de las ocupaciones. Ade­
más tienen verdaderos esclavos negros.
Aun cuando mahometanos, no practican, en ge­
neral, la poligamia. La mujer es muy considerada
entre ellos e instruida a tal extremo que el nombre
que en los hijos perdura es el de la madre, lo cual,
por oposición a nuestro aforismo castellano: “ En
Castilla el caballo lleva la silla”, expresan ellos
con la frase: “El vientre hace al hijo” : que es
noble si la madre lo es, aunque el padre sea ple­
beyo, y esclavo si la madre es sierva, aunque el
padre sea noble.
De aquí que en la vida ordinaria la mujer
sea'ig ual, cuando no superior, al hombre: dis­
poniendo de sí misma al contraer matrimonio,
manejando su fortuna personal después de casada,
sin contribuir a las cargas del hogar, educando a
los hijos y mandando en ellos. Frecuentemente es
adm itida a los consejos de la tribu, y hasta ejer­
ce a veces autoridad política en ella. For último,
a despecho del Corán, han conseguido la abolición
de la poligamia, y aunque el divorcio está admi­
tido, la nueva esposa no puede entrar en el do­
micilio conyugal en tanto no esté asegurada la
posición de la repudiada.
Y como dato Anal, las gentes no se escandali
zan de que las damas tuaregs tengan “servidores
de am or”, en honor de los cuales componen ver­
sos, que recitan en sus fiestas. (“Nouvelle Geographie Universelle”, de Reclus.)

62

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y a Abd-el-Gahel por no explicarse cómo,
Era tan terrible la mirada de Abd-elsin haberse hecho ninguna seña masónica, Gahel y había en ella tal autoridad, que,
se entendían al verse, poi xa primera vez, unido esto a la indirecta prueba de consi­
dos hombres que no se conocían.
deración por Cassim advertida, dada a éste,
—¿Quiénes son esos mejores *—preguntó a despecho del enojo dei jere, cambiando
Gahel.
de idioma para que el capataz no se ente­
—Por lo pronto yo, y además Hixem.
rara de la reprensión, bajó los ojos el in­
—Pues desde este momento habéis de te­ dómito moro, sin acertar sino a decir:
ner preparados en el establo los cuatro
—¡Gahel!...
mejores meharís de tu amo: dos para el
—Ahora no soy Gahel, nu soy tu sobrino,
señor y para mí y los otros para ti y tu sino Abd-el-Gahel, el esperado del Islam,
compañero. Eso, si son de primera, que si el Vengador, a quien juraste obediencia
no será preciso comprar hoy mismo los ciega ante tu padre; el Gran Caíd, que
mejores que se encuentren.
sabe y puede más q$e tú... ¿Es que te pesa
—No hay necesidad, gran señor; mi amo ya tu juramento y el respeto a quien es
tiene muy buenos meharís. ¿Cuándo hemos cabeza de tu estirpe ¿Es que ya no te acuer­
de salir?
das de que aquel héroe cuya sangre tienesi...
—Dentro de ocho días o dentro de dos
—No, no.
horas; pero sea cuando quiera, a los cinco
—Pues lo parece; pues criticas y gruñes
minutos de decirlo yo. Ya sabes que por lo cuando sólo te cumple cañar y obedecer;
pronto iremos a Uad-Tini, y... ¡Ah! Moyfsk, y porque teniéndolo yo todo previsto, se­
Pozo, idos: necesito hablar a solas con este gún acabas de ver, antes de soñar tú en la
hombre.
necesidad de que nos previniéramos, te has
El judío salió inmediatamente, preocu­
pado de que en su casa y en sus servidores permitido creerme descuidado, olvidadizo
mandara el huésped más que el amo; pues de la gran empresa que soure mi llevo.
—Perdón, perdón.
lo ocurrido era alarmante indicio de que el
—Yo, que no perdono nunca, te perdono
tal huésped no se fiaba de él y porque al
ver cual se entendían Abd-el-Gahel y Tin- hoy porque eres hijo de aquel cuyo inmor­
ker pensaba que éste debía de ser un espía tal espíritu vive en mí.
—Sí, sí, dispénsame: yo te diré, te ex­
puesto en su misma casa a su servicio por la
terrible sociedad, que le iba ya quitando el plicaré porque. .
—No expliques nada. Esta es la primera
sueño.
Al oír Ben-Cassim que su sobrino lo des­ vez que Abd-el-Gahel perdona, y será la
pedía a la par y en los mismos términos última; pero ahora te ha perdonado tan de
que al vil judío, sintió encendérsele la cara corazón que no sólo perdona, sino olvida.
—Gracias, Gahel—contesto ya domada la
como si en ella hubiese recibido una bofe­
tada; y brillantes los ojos preguntó con fiera, a quien su fanatismo y su respeto
casi supersticioso al providencial continua­
voz destemplada por la indignación:
—¿Es a mí a quien dices que se vaya? dor de las hazañas de su padre le impedían
—A ti: ya has visto que para hacer cuan­ revolverse contra la autoridad, sagrada pa­
to hace falta de nadie necesito—replicó ra él, que se le imponía. Pero todo el co­
Abd-el-Gahel, mirándolo con dura altanería. raje de aquella humillación, que no podía
—¿Te has olvidado de quién soy, al pun­ vengar en Abd-el-Gahel, convertíasele en
to de guardarte de mí para hablar con ese aborrecimiento a la mujer que era la cau­
sa de ella.
hombre?...
—Para probarte que dei tono he olvida­
—Más bajo, Ben-Cassim—dijo Gahel en
español para no ser entendido por Tinkert, do—agregó el otro—, quédate y escucha lo
y en voz bastante queda, mas con acento du­ que voy a ordenar a este hombre... Pero
rísimo y vibrante—. Tú eres el que ha olvi­ acuérdate de que jamás volveré a perdonar
dado que los hombres no pelean a gritos a ti ni a nadie. El perdón es cosa de mu­
como mujeres, el que no se acuerda de jeres, debilidad de almas eooardes.
La conferencia con el capataz debió ser
quién es, de quién soy, y de que cuando
manda el Gran Caíd lo mismo le obedecen sumamente interesante, pero fué manteni­
el más ruin de los hermanos que los con­ da en voz tan baja que no habiendo podido
oírla Ignotus le es imposible transcribirla.
sejeros del Diván.

LA

MAYOR

CONQUISTA

XV
LAS DOS BARAJAS DE MOYFSK
Morand, el radiotelegralista mestizo de
quien Bertier no se fiaba,, no nabía sido
calumnado por éste al llamarle borrachín,
jugador y tramposo; pues sobre merecer
muy a conciencia aquel ramillete de epíte­
tos, cuadrábale el de desleal.
Nacido de un ex presidario francés, que
en el Desierto llegó a hacer unos cuartejos,
a poco de su muerte perdidos por su hijo
al juego, y de una negra berberisca, en él
se habían juntado la sangre africana de la
madre con la moralidad por el padre apren­
dida en el presidio de Tolón, resultando
del cruce un ejemplar digno de ser prohi­
jado por el diablo.
Aun estando inscrito en el registro de la
población como francés, su diferencia de
color con los nacidos en Francia era para
el mulato causa sobrada de envidioso abo­
rrecimiento a sus blancos compatriotas,
que bien sabía no lo mirarían nunca como
uno de ellos, siendo tal odio el que de hoz
y de coz lo había metido en la secreta so­
ciedad.
No sólo por el hecho de pertenecer a ella,
sino por tenerlo Moyfsk medio estrangula­
do con los dogales de diversos préstamos
hechos para salvarlo de gatadas que podían
llevarlo donde pasó su padre varios años,
y de las cuales conservaba el judío en su
poder las pruebas, obedecía ciegamente
cuanto éste le ordenaba, valiéndose de él
por lo común para combinar con ventaja
operaciones comerciales aprovechándose de
infidelidades por Morand cometidas en el
secreto de las transmisiones. Así, el des­
pierto mercader sacaba a los citados prés­
tamos interés incomparablemente mayor que
le habrían producido a tipos usurarios; y
además seguían las deudas no solamente en
pie, sino creciendo con la acumulación de
réditos, no pagados a su debido plazo, gra­
cias a tolerancias de Moyfsk, las cuales te­
nía todavía que agradecerle el telegrafista,
quien, además de las noticias comerciales
antes mencionadas, tenía a su acreedor al
corriente de todo suceso ae importancia, o
que personalmente pudiera interesarle, de
los transmitidos por la estación radiotelegráfica o recibidos en ella durante sus ho­

ras de servicio, y de lo que oitateara fuera
de ellas. Recientemente habíale sido reite­
rado con muy grande interés que a tales
noticias agregara cuantas pudieran referir­
se a los señores Núñez y Pozo.
He aquí porqué al mismo tiempo que un
ordenanza del telégrafo entregaba en el
cuartelillo de la gendarmería un sobre con
un telegrama para el capitán Bertier, una
negra, querida de Morand, leía a Moyfsk,
pero sin entregárselo, un papel concebido
en estos términos:
“Acaba de llegar el siguiente telegrama:

Cóns'ul Francia Villa Cisneros a Capitán
Gendarmería Bertier. — Banquero Núñez:
sesenta y cinco años, alto, barba y pelo
blancos, ojos azules.—Secretario Pozo: ru­
bio, pequeño, grueso, bizco.—Salieron tren
hace tres días negocio urgente Mogador
para volver cuatro después. Cónsul España
allí dice salieron dos después regresar aquí.
No han llegado aún. Familia alarmadlsima.
Autoridades temen crimen.—Su telegrama
llegó tres días retraso. Para evitarlo en éste
lo envío radiotelegrafía.— Jourdan.”
—A ver, a ver; trae ese papel: es muy
importante.
— Ca, no señor— dijo la emisaria echán­
dose atrás— . Esto no sale de mis manos.
Si quiere usted lo volveré a leer.
— Sí, sí: necesito fijarme bien en todo.
Leyó la negra nuevamente, y en seguida
rompió el papel en menudos pedazos, lle­
vando su precaución hasta quedarse con
ellos en el puño cerrado sin tirarlos al sue­
lo; y dando media vuelta se disponía a
marcharse, cuando la detuvo Moyfsk, di­
ciendo:
— Aguarda, aguarda. ¿Tú hombre ha en­
viado ya al capitán ese despacho?
— Claro: ¿qué había de nacer? No iba a
comprometerse deteniéndolo.
.—Es decir, que dentro de cinco minutos
estarán aquí los gendarmes, cogerán a esos
hombres en mi casa; tal vez la registren
antes de darme tiempo de... ¡Estoy perdi­
do! ¡Estoy perdido!
— Si lo que le asusta a usted es que ven­
gan en seguida los gendauues, no se apure,

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
64
porque el capitán no leerá en Pastantes ho­ el engañar a sus perseguidores sobre el tra­
ras el telegrama.
je de los fugitivos, saldrían éstos de Aga—¿Porqué? ¿Qué sabes tú?
dés con las personalidades y los trajes Se
—Lo que todo el pueblo: que la noche Núñez y de Pozo, mudándose más tarde en
pasada han hecho un gran robo en la fá­ cualquiera de las casas de hermanos que
brica de curtidos de Monseñor Dureau y encontrarían en el camino de Uad-Tini, por
que hace tres horas salió para allá el señor donde iban a escapar
Bertier en persona con un cabo y tres pa— Resuelto lo anterior, no emplearon los
rejas.
árabes más de cinco minutos en recoger de
—¿Estás segura?
sus baúles unos cuantos papeles interesan­
—Y tanto.
tes y en ceñirse cinturones con pistolas de
—¿Y es en la tenería Dureau?... Enton­ repetición; mientras por encargo de Abdces por prisa c ue se dé Bertier no pueae el-Gahel liaba Moyfsk en sendos paquetes
estar de vuelta hasta la madrugada... ¡Me los dos trajes de ifoghas para amarrarlos
he salvado!... Pero, ¿y los otros?... ¿Qué a las monturas.
hago?, ¡Jehová!, ¿qué hago?
Cuando iba a atar el primero se le ocu­
—¿Quiere usted algo más?
rrió, y dijo a sus huéspedes, que para via­
—No: puedes irte.
jar toda una noche le parecían demasiado
Mientras, por la calle, iba la negra echan­ ligeros aquellos trajes, agregando que él te­
do los pedacitos de papel al viento, uno acá nía para enviar a Europa dos hermosas
y otro allá, para que nunca volvieran a capas de piel de tigre de Abisinia, y mucho
juntarse, quedaba Moyfsk en un mar de gusto en ofrecérselas, en recuerdo del ho­
confusiones. Fué su primera idea ocultar nor que al aceptar su hospitalidad le ha­
la noticia a sus huéspedes y enviar una de­ bían dispensado.
—A nosotros nos da lo mismo el frío que
nuncia de ellos a Bertier, para que encon­
trándola a su regreso no creyera que esta­ el calor: guárdate tus pieles—contestó ru­
ban en complicidad con él; pero pensó in­ damente Cassim.
—No, hombre, no: tiene razón el buen
mediatamente que Morand y la negra po­
drían dar el soplo a los hermanos venga­ Moyfsk. ¿A qué pasar más frío del nece­
sario? Las noches están, efectivamente,
dores de que habiéndole avisado del peli­
gro lo había callado a los amenazados por muy frías. Te lo agradezco mucho, hombre.
él; y asustándole los terribles hermanos Ve por las pieles y bájalas al establo con
mucho más que los gendarmes, juzgó lo los paquetes. Nosotros vamos allá a revisar
más urgente ponerse a bien con los prime­ los aparejos de los meharis.
A las nueve y media de la noche, cuando
ros: a reser-va de buscar luego modo, ya
semivislumbrado, de congraciarse con los aun no habían pásado veinte minutos des­
de que por la negra tuvo Moyfsk la prime­
otros.
En consecuencia, corrió en busca de Abd- ra noticia de haberse descubierto la falsa
el-Gahel y Ben-Cassim, enviando a la par personalidad de quienes todavía ignoraba
un criado al establo con orden a Tinker cómo se llamaban ni de dónde venían, ni
de enjaezar los camellos de los señores es­ adónde iban, salieron éstos de Agadés a un
pañoles, que querían salir inmediatamente. desenfrenado escape: con gran estrépito,
Con la rapidez pedida por lo inminente con la mayor ostentación posible y el deli­
del riesgo enteró el ruso a sus huéspedes berado intento de hacer pensar a todo el
del contenido del telegrama y ae la casua­ mundo en una precipitada huida: no a uña
lidad que les daba unas ñoras de respiro de caballo, mas sí a pezuña de camello.
Seguíanlos, no dos, sino tres camelleros,
hasta el regreso de Bertier: suficientes, con
los meharis escogidos que iban a llevar, jinetes en otros tantos meharis; pues a úl­
para distanciarse de quienes en su perse­ tima hora dijo el capataz, con quien tan
cución salieran, en términos que les daban bien se entendía el Gran Caíd, que por si
certeza de no ser alcanzados; y acabó di­ alguno de los animales se inutilizaba, o por
ciendo que para ganar tiempo había envia­ su menor ligereza retrasara la marcha en
do orden a Tinkert de aparejar a toda prisa la furiosa carrera que iban a emprender,
los camellos mientras ellos se ponían los convenía llevar otro de respuesto.
Al verlos desaparecer respiró Moyfsk,
disfraces de ifoghas.
Con gran sorpresa de Moyfsk y de Cas- muy satisfecho de verse libre del miedo
sim dijo Abd-el-Gahel que, siendo aun más que su estancia le había ocasionado en los
importante que la ventaja en la distancia pasados días, y por lisonjearse de haber

L

..

A.

LA

MAYOR

CONQUISTA

65
—¿Quién llama?
Soy el capitán Bertier, estoy en la te­
nería Dureau— contestó Moyfsk, engrosan­
do y enronqueciendo la voz— . Que se pon­
ga el sargento Friand al aparato.
— Soy yo mismo: a sus órdenes, mi ca­
pitán.

hallado medio de engañar a Bertier; mas
cavilando todavía para dar con modo de
ocultar a los secretos amigos de los fugados
por el camino de Uad-Tini la traición que
iba a jugarles, por no ver otro él para li­
brarse de una vez de riesgos y zozobras,
escapando a su tierra.
De momento le preocupaba predominan­
temente el problema de como se arreglaría
para que al regresar el oficial de su expedición hallara una fehaciente prueba de su
lealtad, que no pareciera dictada por el
miedo.
¿Lo llamaría él a su casa antes de que
Bertier fuera por propia iniciativa a bus­
carlo como sospechoso?... Temiendo estar
espiado en su propio domicilio no se atre­
vía a escribirle, ni a enviarle recado, pue3
de nadie se fiaba para llevarlo... ¿Lo avi­
saría por teléfono al cuartelillo? Tampoco;
porque, ¿quién le aseguraba que en la cen­
tral de teléfonos no hubiera algún herma­
no, como Morand, que se enterara de su
denuncia?
Mas cuando estaba en estas dudas cayó
en la cuenta de que antes de todo esto ha­
bía algo más urgente que hacer, e inme­
diatamente ejecutó, abrienao una caja de
seguridad, sacando de ella un fajo de pa­
peles, apartando de entre éstos los relacio­
nados con su encubierto auxilio personal a
la conjuración, y poniendo aparte listas y
notas comprometedoras para otros: instruc­
ciones generales para reparto de armas, se­
ñas para reconocerse entre sí los conjura­
dos. facsímiles de sellos, etc., etc.
El primer montón lo quemó en una jo­
faina, arrojando por la ventana al viento
las pavesas, y después de lavar cuidadosa­
mente aquélla, se fué con los otros papeles
a la habitación hasta entonces ocupada por
Abd-el-Gahel, escondiéndolos cuidadosamen­
te debajo de la ropa contenida en el baúl
de éste.
Hecho esto tornó a pensar en lo otro,
dándose a poco una palmada en la cabeza
como quien ya ha encontrado lo que bus­
ca; y bajando al escritorio, a dicha hora
desierto, cogió el teléfono, cuya central
era de sistema automático, poniéndose por
sí mismo, y sin ayuda de telefonista, en
comunicación con el cuartelillo de la gen­
darmería, de donde en seguida pregunta­
ron (1 ):

Pensando el sargento que los fugados co­
rrían y el judío se estaría quieto en casa,
atendió primero a la persecución de aquéllos,
que, aun organizada sin perder momento,
no pudo comenzar sino a las dos horas de
haber salido del pueblo Abd-el-Gahel y BenCassim: con lo cual mediaba ya la noche
cuando el sargento, acompañado de dos gen­
darmes, aporreaba la puerta de casa de
Moyfsk, que tardó en serle franqueada;
pues todos menos uno dormían allí y el
único despierto se hacía bien el dormido.

(l)
En los sistemas automáticos de comunica­
ción telefonica, el abonado a una red no necesita
molestar a las señoritas de la central, ni ser por

ellas molestado para hablar con otro cualquiera
abonado, pues desde su casa puede por sf mismo
ponerse al habla con otro cualquier abonado. Es-

LOS

VEXOADORES

— Bien. Sin perder minuto vaya con una
pareja a prender a Moyfsk: llévelo al cuar­
tel y enciérrelo incomunicado hasta mi
vuelta: recoja en su casa y lleve asimismo
al cuartel cuanto equipaje hayan dejado allí
los forasteros fugados por el camino de
Uad-Tini: que salgan en seguida dos pare­
jas en persecución de los fugitivos. Son
cinco, pero a quienes interesa coger es a
Núñez y Pozo, que irán vestíaos a la euro­
pea o de ifoghas, y llevaran puestas o én
los atacapas de las monturas dos pieles de
tigre; los otros son camelleros dagatums,
y todos van en meharis de primera. Como
los españoles son muy peligrosos, que va­
yan los gendarmes prevenidos, pues es pro­
bable les hagan resistencia; y si la hacen,
matarlos.
— Mi capitán, si esos son los que, según
me han dicho, salieron ha.ce hora y media,
será difícil alcanzarlos con nuestros came­
llos, cansados del servicio de todo el día
de hoy. ¿Envío las parejas en motocicletas?
— Desde luego, desde luego. Pero todo sin
perder minuto.
— Descuide, mi capitán.
Colgó Moyfsk el teléfono, sonriendo muy
contento, y se fué a la cama para que en
ella lo cogieran los gendarmes cuando lle­
garan a prenderlo.
*

*

*

5

66

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

XVI
EN DONDE BERTIER CREE ESTAR SONAMBULO
Fingiendo grandísimo espanto, tan em­
bustero como el sueño simulado cuando lo
fueron a sacar de la cama, protestó a gri­
tos Moyfsk de la prisión, armando el gran
escándalo: sobre todo cuando, al ruido, acu­
dieron criados y mozos de cuadras y alma­
cenes; pues aquella era la ocasión de ente­
rarlos bien de que él era la primera vícti­
ma de las autoridades, y de hacerles oír
los juramentos por todos los profetas y re­
yes de Israel con que aseguraba a los gen­
darmes que los señores Núñez y Pozo se
habían ido por tenerlo hacía días prepara­
do; pero que ni su marcha era una fuga,
ni acaudalados y respetables comerciantes
como ellos tenían porqué fugarse.
Sin hacer caso de protestas ni profetas
le ordenó el sargento lo llevara a las habita­
ciones de los españoles; y todavía ante los
equipajes y los criados que aquél hizo su­
bir para que los transportaran al cuartel,
perjuraba el judío, que el habese dejado los
baúles no significaba abandono de ellos por
sus propietarios ni huida de éstos, que pen­
saban volver a los dos días de un breve
viaje de ida y vuelta a Tourayet: aldea si­
tuada en dirección diametralmente opuesta
a la de Uad-Tini; por lo cual los servido­
tos sistemas no son ya hoy novedad en las po­
blaciones donde están establecidos, ni fuera de
ellas, para quien sepa telefonía; pues sin ne­
cesidad de señoritas que no hay en sus centrales,
funcionan con excelentes resultados en no pocas
ciudades de Europa y América, y cuando más ex­
tensa la red y mayor el número de abonados me­
jor es su resultado.
El enterado de estas cosas, salte esta nota. El
que las ignore podrá enterarse en ella de que
aquel resultado, al parecer maravilloso, se consi­
gue por diversos procedimientos, siendo uno de
ellos el de los selectores ideados por Strowger,
aplicados con muy buenos resultados prácticos.
Consideremos, por lo pronto, pues por poco se
empiezan las más complicadas empresas, una red
con cien abonados nada más.
El alambre de la línea de cada uno va en todas
las instalaciones telefónicas desde la casa de él
a la central, en la que cuando dichas instalacio­
nes son del sistema ordinario, el o la telefonis­
ta es prevenido de que un abonado llama al ver
caer una chapita que descubre el número de orden
de él, o encenderse una bombilla en el lugar co­
rrespondiente en el cuadro a dicho número. En­
tonces se pregunta al que ñama con quién desea
ser puesto en comunicación, y previa llamada a
éste del empleado de la central y un manipuleo

res de Moyfsk, perfectamente al tanto de
haber sido este último el camino tomado
por los fugitivos, pensaron que su amo en­
gañaba a los gendarmes para lanzarlos so­
bre una pista falsa: tanto, que uno mur­
muró al oído del compañero que tenía al
lado:
— ¡Qué ladino y qué tuno es el hebreo!
Sí dijo el otro— . Que los busquen, que
los busquen por ahí.
Un cuarto de hora después, al ser ence­
rrado el espontáneo detenido en un cala­
bozo del cuartel, encargó al sargento dijera
al oficial, tan pronto regresara, que era inte­
resantísimo fuera inmediatamente a ha­
blarle; pues podía hacerle revelaciones de
gran importancia y explicarle muchas co­
sas que él no comprendería.
— ¿E l qué va a comprender?
— Nada: cuando le diga usted eso ya en­
tenderá.
Una vez encarcelado, se sentó en el ca­
mastro de su cuchitril, contentísimo de ha­
ber hecho creer a los conspiradores que
por fidelidad a ellos padecía la prisión; y
ya tranquilo en esto, comenzó a discurrir
cómo se las bandearía para lograr que Bertier acabara de sacarlo del atasco.
de clavijas, se ponen en comunicación directa las
líneas de los teléfonos de ambos.
Pues bien; en el sistema de que hablamos,
chapa o bombilla están reemplazadas para cada
abonado por un selector propio, constituido por
un pequeño eje metálico y vertical que, resba­
lando a lo largo de su montura, puede elevarse so­
bre la posición normal de reposo al ser atraído
por un electroimán que entra en actividad cuan­
do al usar su aparato lanza el abonado a él la
corriente de la pila. Dicho electroimán, situado
en lo alto del aparatito, hace dar un brinco pe­
queño hacia arriba al eje citado cada vez que
por aquél pasa la corrente: brincos que pueden
ser en número de diez. A cada uno de ellos sube
con el eje un brazo articulado a él que en su
extremo lleva un contacto eléctrico, quedando,
según baya sido el número <se salios dados, a la
altura de una u otra de diez series sucesivas
da contactos, eléctricos también, qu? formando
diez circunferencias rodean el citado eje, situa­
das a diferentes alturas.
Viene a ser, pues, el citado contacto eléctrico,
arrastrado por el eje, como el camarotillo de un
ascensor que a brincos sube de uno a otro de
los diez pisos del selector. Pero el tal brazo no
se limita a llegar al piso, como el ascensor, sino

LA

MAYOR

CONQUISTA

67

El desatasco le costaría el valor de los
pocos' géneros pendientes de venta al empren.
der su proyectado regreso a Rusia y los doce c
trece millares de pesetas que, en metálico
y billetes pequeños, tenía en caja; pues los
grandes y los libros de cheques de los ban­
cos, ya antes de acostarse, en espera de
los gendarmes, había tenido buen cuidado
de guardarlos en el balandrán que había de
ponerse cuando llegaran a prenderlo. Y como
la casa podía venderla desde Rusia, toda
la pérdida se reducía a treinta y tantas mil
pesetas; que aun arrancándole dolorosos
suspiros, eran para él una bicoca. Y más va­
lían la vida y el sosiego.
Como no pegó los ojos hasta que, a las nue­
ve de la mañana, regresó Bertier a Agadés,
le sobró tiempo para planear la importante
entrevista.
Volvió aquél, acompañado solamente de
su ordenanza, pues las parejas las dejó so­
bre la pista de los desvalijadores de la tene­
ría, y tan pronto llegó le dió parte el sargen­
to “ de haber ejecutado, ce por be, sus órde­
nes”, que Bertier no había dado; de que ése
estaba en el calabozo”, y Bertier no sabía
quién era ése; “de que uno de los gendar­
mes salidos la noche anterior— salida lgual-

mente ignorada del asombrado oficial— se
había adelantado a sus compañeros, ya de
regreso hacia Agadés, para avisar que ha­
bía cogido a los otros”, unos otros tan des­
conocidos como el ese del calabozo; “pero
que todavía tardaría en llegar, porque con
el tute dado a los camellos por los fugitivos—
¿Qué fugitivos? ¡Dios m ío!, se decía el
capitán— en el primer arranque de la es­
capada, los pobres animales no podían con
las jibas, o las jibas no podían con ellos” .
Por brevedad se omiten exclamaciones,
preguntas y perplejidades del oficial, a obs­
curas de cuanto se le daba por sabido,
contestadas con respuestas para él incon­
gruentes y descabelladas y hablándole de
unas órdenes que, no habiéndolas dado, le
confundían más cada vez. Pero estando en
esto, vió en la mano del sargento un sobre,
que conoció ser de un telegrama, y se lo
cogió, acallándose así, mientras leía el des­
pacho, la curiosidad de averiguar quiénes
eran ése y los otros, y cuáles las incompren­
sibles órdenes que constituían para él un
logogrifo.
El telegrama era el de Río de Oro, cuya co­
pia había llevado la negra a M oyfsk; y al
leer Bertier en él las señas de los auténti-

que al efectuarse el contacto eléctrico, gira hasta
ponerse frente a cada una de las diez puertas que
hay en cada piso y llamar a ella. Véase cóm o:
A los contactos de la prlmeta serie, la más
baja adonde llega el vástalo al primer brinco,
van los alambres de linea de los abonados nú­
meros 1, 2, 3..., 10; a la segunda, correspon­
diente al segundo brinco, los de los 11, 12, 13...,
2 0 ; a la sexta, los de los que tienen números 51,
52..., 60, y a la décima, los de los 91, 92..., 100 ;
mas sin que todavía el contacto móvil del eje de
este selector propio del abonado que quiere lla­
mar a otro llegue a tocar a ninguno de los con­
tactos de la serie frente a la cual haya quedado
según el número de saltos dados.
Pero además del electroimán ya considerado
hay otro que cuando funciona atrae sucesiva­
mente diez aletas laterales «ei eje móvil que lo
mismo que subir y bajar, según se ha visto, en
su montura, puede dar vueltas en sentido hori­
zontal, haciendo girar con él al brazo del con­
tacto eléctrico para apoyarse en uno u otro de
los diez contactos correspondientes a la serie a
cuya altura haya llegado antes.
Sabido esto, veamos cómo funcionan los selec­
tores de la red telefónica de Agadés. En el te­
léfono de casa de Moyfisk hay dos cuadrantes
con aspecto de esferas de reloj, teniendo en vez
de agujas unas manivelas giratorias que pueden
encastrarse en agujeroh o llevarse al contacto con
topes señalados en la esfera exterior, 1, 2, 3... 10,
y en la inferior, t, 2, 3... 10. Llegado frente a
su aparato y viendó en el indicador que el nú­
mero del cuartel de gendarmería era 78, movió
la manivela de la esfera de los números grandes

haciéndola pasar sucesivamente por el 1, 2... 5, 6,
deteniéndola en el 7 : con lo cual la corriente de
casa de Moyfsk llegó siete veces al electroimán
de lo alto de su personal selector en la central,
que, atrayendo otras tantas veces a su eje, le
hizo dar igual número de brincos hacia arriba:
con lo cual el brazo giratorio del contacto móvil
se situó a la altura de la séptima serie circular
de contacto correspondiente a las líneas particu­
lares de los abonados 71, 72, 75, 78, 79, 80.
Hecho esto, movió la manivela de la esfera
pequeña, que enviaba la corriente al otro elec­
troimán encargado de los movimientos rotatorios
del eje del selector M oyfsk; y ál pasar por los
números j, 2..., fué dando vuelta el contacto de
su línea hasta que al dejar la manivela sobre
el 8 (unidad del número 78) adonde iba a parar
la línea del cuartel, apoyó sobre dicho contacto
fijo el contacto móvil del selector del judío. Y
la corriente de su línea llegó al teléfono del
cuartel, quedando establecida la comunicación.
Ya se ve que, después de haber dado en ella
el Señor Strowger, la cosa es bastante sencilla.
Se comprende que cuando el número de abona­
dos pasa de cien, qué es el caso corriente, ha de
complicarse el sistema, habiendo de acudirse a
otros selectores auxiliares, llamados selectores
previos y selectores de grupo, que, claro es, no
vamos a describir; pues esto no es un curso de
telefonía automática, sino meramente una idea
del principio y procedimientos generales que la
hacen posible; pues nichos selectores complemen­
tarios tienen esencialmente el mismo fundamento
que el recién esbozado, siendo arfáloga su manera
de actuar a ia del selector de Uneos que acaba
de explicarse.

68

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

eos Núñez y Pozo, probantes cuando menos
de suplantación de personalidad cometida
por los supuestos españoles, olvidó" todo lo
demás, para no acordarse sino de lo más
urgente, y por ello dijo con vehemencia:
—A hora mismo, ahora mismo: usted con
dor parejas a casa de Moyfsk a traerm e
atados codo con codo a Núñez y a Pozo... y
tam bién al judío. Deje allá una pareja para
que nadie salga, entre ni toque a nada, mien­
tra s yo tomo una taza de café y voy allá;
pues a estas horas no me he desayunado.
Sólo porque el asombro del sargento al oír
tales órdenes, lo tenía enmudecido, pudo
B ertier acabar de dictarlas sin ser por él
atajado, y aun de agregar:
—Pero, Friand, ¿qué hace usted ahí con
esos ojos espantados y hecho un pasm aro­
te?... ¿No me ha oído? Vivo, vivo.
—Pero mi capitán, si acabo de decir a
usted que todo eso se hizo anoche, en cuan­
to recibí la orden.
— ¡La orden! ¿De quién?
—De usted.
— ¡¡Mía!!
—... Que Moyfsk está en el calabozo des­
de las doce; que los otros vienen presos y
llegarán dentro de dos horas; que sus baú­
les los tiene usted allí dentro; que todo...
—Pero entendám onos; porque usted, o yo,
o los dos, estamos locos... ¿Son los huéspe­
des de Moyfsk los que vienen presos?
—Sí, señor; los que se escaparon anoche.
Desde hacía rato creía B ertier tener en
la cabeza una grillera, y aun cuando las úl­
tim as palabras del sargento no aclaraban to­
davía el embolismo en que estaba perdido, lo
tranquilizaron al enterarle de que lo esen­
cial estaba hecho, pues los dos bribones, de
cuya fuga tenía entonces la prim era noti­
cia, y el granuja que debía de habérsela
preparado habían sido ya prtsos.
Entonces lo m aravilló la sorprendente
coincidencia entre aquellas misteriosas ór­
denes, que él no había dado, así lo ju raran
todos los sargentos de la gendarm ería entera,
y las que, a estar en Agadés, habría él dado:
con identidad tan evidente, que hizo vacilar
su convicción, llegando a preguntarse si ten­
d ría razón F riand, y si él habría mandado
todo aquello en estado de sonambulismo...
Sí, buen sonambulismo, cuando no se había
acostado en toda la noche con el crimen de
la tenería, que, por más señas, no tenía telé­
fono con Agadés. Además, si él ignoraba la
llegada del telegram a, la fuga, todo, todo
cuanto ahora se encontraba resuelto tan a su
satisfacción, cual si fuera obra suya, ¿cómo

iba a haber dado órdenes sobre hechos de
los que no tenía la menor noticia? Y de
nuevo tornó a agobiar a F riand con pregun­
tas y cargos que el homüre no podía con­
testar, pero que le recordaron el encargo
que para su jefe le había dado Moyfsk la
noche an terio r: con lo cual se evitó que el
sargento y el capitán se volvieran locos del
todo; pues al oír el últim o que el judío había
hablado de explicaciones se m etió inmediata^
m ente en el cuartucho donde Moyfsk lo
aguardaba con grandísim a impaciencia.
—¿Qué me quiere usted? ¿Qué explica­
ciones son las que F rian d dice tiene usted
que darm e?
—Las de las órdenes telefónicas de ano­
che.
—¿Cómo sabe usted?
—Porque fui yo quien se las dió a él.
— ¡Qué disparate!
—Fingí que era usted quien le hablaba
desde la tenería.
— ¡Qu.e tomó usted mi nombre!
¡B ah!...
Es increíble que usted mismo...
—Me hiciera prender... Ya lo com prenderá
luego. Por lo pronto usted sabe que no dió
las órdenes, y como el sargento no ha de ha­
bérmelas contado, cuándo usted me oiga
repetirlas puntualm ente ya no dudará.
—Lo que dudo es que usted las sepa, y
lo que no dudo, desde hace mucho tiempo,
es que es usted un farsante, y algo peor.
—Pues oiga usted.
Repetida per Moyfsk punto por punto la
conversación telefónica de la víspera, hubo
B ertier de rendirse a la evidencia y a la
irrebatible lógica del siguiente argum ento:
—He cometido una falta, tom ando su
nombre para disponer de la fuerza pública;
pero reconocerá usted que a no ser por mi
extralim itación se escapaban de seguro esos
hombres, m ientras que ahora, si se escapan,
no será culpa mía.
Tenía en B ertier tal fuerza su añeja des­
confianza del israelita, que aun haciéndole
impresión sus palabras, se m antuvo en
guardia por si en el fondo de todo aquello
hubiera alguna oculta y torcida finalidad,
perseguida con una de las trap acerías en
que era Moyfsk m aestro. Por eso, mezclan­
do verdades con m entiras, p ara sacarle de
m entira verdad, preguntó haciéndose el ino­
cente:
—¿Y a mí qué me im porta que se vayan
o se queden esos dos españoles? ¿Ni cómo
pu^de justificarse esa a rb itra ria orden de
arrestarlos sin delito?
—Le im portará, y todo quedará justifica-

LA

MAYOR

do en cuanto lea usted los papeles que yo
he encontrado en los equipajes—repuso
Moyfsk, comprendiendo que la indiferencia
del oficial era fingida; pues a causa de los fo­
rasteros le había tenido a él vigilada la casa,
y porque el telegram a de Río de uro uemoatrab a que B ertier seguía la pista hacía ya
tiempo a los fugados. Viendo, por tanto, cla­
ro en dicho fingimiento que el capitán se­
guía desconfiando, agregó:
—¿Y qué más prueba de mi adhesión a
las autoridades y mi deseo de servirlas que
haberm e comprometido al darles señas, in­
dicarles camino y hacerles g anar tiempo
para apresar a esos hombres.
—¿Y quién me dice a mí que eso no ha
sido sino ayuda a ellos, echando a m is gen­
darm es por una pista falsa?
Como a Moyfsk le rem ordía la conciencia
de traición a sus huéspedes, que acaso no
se dejaran engañar como las gentes de su
casa, con la farsa representada cuando fué
arrestado, deseaba con vehemencia que fue­
ran aprehendidos; y como, dada la hora de
salida de los gendarm es montados en moto­
cicletas, deberían haberles alcanzado lo
más tarde, a la una o las dos1, al oír hablar
de falsa pista temió que los fugitivos lo hu­
bieran engañado a él al decirle el camino
por donde iban: siendo tal desconfianza equi­
valente, en tales hombres, a trem enda ame­
naza que sobre sí veía suspendida, a la par
que se consideraba tam bién perdido
con
B ertier por haber dado a F rian d inform es
falsos.
—¿Y engañándolo a usted me iba a hacer
poner preso?... ¡Ni que estuviera loco!... Pero
si cree usted que lo engaño, eso quiere de­
c ir que no los han alcanzado, y entonces sí
que estoy perdido, perdido sin remedio... ¡Por
Dios, Señor Capitán; por lo que más quiera,
no me ponga en libertad! Guárdeme encerra­
do; porque si no, escóndame donde m e es­
conda, me encontrarán, me m atarán.
E ra tan real el terro r del hebreo, vibraba
de tal modo en su voz y se leía tan claro en
sus ojos espantados, que convenció a Ber­
tie r de que, efectivamente, su más ansioso
afán era que aquellos hombres fueran pre­
sos; y como de o tra parte le constaba no
ser falsa la pista que había dado, túvole lás­
tim a, y dijo:
—No se asuste así, hom bre: esos bribo­
nes ya han caído.
L a alegría en que de súbito se trocó la
angustia de Moyfsk fué tal vez m ayor que
su consternación pasada: al extrem o de que
antes de interrogarlo con objeto de aclarar

CONQUISTA

69

obscuridades en las cuales veía B ertier to­
davía envuelta la conducta de aquel hom­
bre, hubo de ag uardar a que se serenara.
—Pero si usted sabía que sus nuéspedes
eran gente sospechosa, y no ignoraba que
son conspiradores, ¿porqué los adm itió en
su casa; porqué no los ha denunciado has­
ta el momento de fugarse, cuando más difí­
cil era el prenderlos?
A esta pregunta contestó el artero mosco­
vita con la siguiente em bustera explicación
urdida durante la noche para justificarse:
Al recibir a Núñez, conocidísimo banque­
ro español, que le había sido recomendado
por su respetable corresponsal de D akar, no
podía sospechar nada malo de aquél, pues
venía solam ente de paso para N igricia, don­
de iba a un g ran negocio claram ente decla­
rado. Solamente la m añana an terio r (ade­
lantaba la hora para que B ertier no sospe­
chara que él conocía el telegram a del cónsul)
le habia sorprendido que sin contar con él
diera órdenes, en su casa, de preparar ca­
mellos para la noche, disponiendo como de
cosa propia de los que había en el establo,
y todavía más verlas obedecidas por sus cria­
dos, alarm ándole que éstos y los españoles
cam biaran m isteriosas señas.
A mediodía, cuando al in te n ta r sa lir de
casa se lo im pidieron con amenazas, com­
prendiendo que salía a denunciarlos, crecie­
ron sus recelos de que en aquello debía an­
dar mezclada una sociedad secreta de que
hacía tiempo había oído hablar vagamen­
te, afirmándole en sus sospechas las g ran ­
dísim as m uestras de respeto y de obediencia
ciega de sus criados a los forasteros, de las
cuales dedujo que éstos debían ser jefes im ­
portantes de dicha sociedad.
Agregó que, bajo la presión de sus ame­
nazas, les proporcionó trajes de ifoghas, y
por propia iniciativa las pieles de tigre, pen­
sando fueran seña visible para descubrirlos,
de la que no se le olvidó después en terar al
sargento, al avisarle del camino por donde
iban: el cual sabía por habérsele escapado
al capataz de cam elleros; pues Núñez y Po­
zo se lo habían ocultado.
La p artid a la tenían preparada para me­
dia noche, pero a las nueve recibieron un
aviso, traído por un forastero, que, alar­
mándolos, los hizo adelantarla: con tal pre­
m ura, que ni quisieron perder tiempo en
disfrazarse. Sin duda por esto se olvidaron
de los papeles com prometedores por él ha­
llados luego en los baúles de ellos cuando,
después de idos, y escamado con la precipi­
tada huida, le dió idea de registrarles los

70

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

equipajes: viendo claro, al leer dichos pa­ les hablen de mí—exclamó Moyfsk con terror
peles, que “aquellos pillos lo habían tenido no fingido—. Yo no he dicho nada, no sé
engañado”. Entonces, al ir a avisar a Ber- nada de ellos...
tier y enterarse de que no estaoa en Agadés, se le ocurrió emplear el ardid telefó­
nico, “gracias al cual se había logrado cap­
Salió Bertier a tiempo de llegar al cuar­
turarlos.
—Ya ve usted—terminó—que por adhe­ telillo los gendarmes escoltando a los dete­
sión a Francia arrostro hasta la muerte, nidos, que venían sobre sendos camellos,
pues si los juramentados de la terrible so­ encima de cuyas jorobas se ostentaban las
ciedad llegan a sospechar que los he de­ soberbias pieles de tigre, que al comenzar
a calentar el sol se habían quitado los se­
latado...
—¿De modo que se ha hecho usted pren­ gundos.
Tan pronto echaron pie a tierra, fueron in­
der?
—Para disimular mi ayuda a ustedes; troducidos en la sala donde solían tomarse
porque a ellos les tengo mucmsimo miedo, las primeras declaraciones a los presos, y
señor capitán; porque si me quedo e¡n Agadés al quitarse, por orden del oficial, los litzam
me matan: para pedir a usted que me de­ que cubrían sus caras, lanzó aquél una in­
fienda y me saque entre gendarmes del De­ terjección que no hay por qué insertar, y
dijo:
sierto, del Africa.
—Pero estos no son Núnez ni Pozo.
—Ya—contestó Bertier en el momento
de entrar Friand avisando que llegaban los —Ya se lo hemos jurado cien veces a los
gendarmes, pero ellos no han querido creer­
presos.
—Que no me vean, que no me vean. No nos.

KUII

UNA MADEJA DE PISTAS ENREDADAS
A las dos horas escasas de carrera, y co­
Para 'enterarnos de los laberínticos ardi­
des de Moyfsk nos quedamos en el pueblo; rridas' otras tantas docenas de kilómetros,
mas ya logrado aquel objeto, retrocedamos vieron, delante y a lo lejos, la silueta de lín
unas horas para seguir a Abd-el-Gahel y a hombre, que en lo alto de un camello, y pa­
Ben-Cassim en su fuga, no entorpecida por rado en medio del camino, lanzó al divisar­
la vigilancia montada en torno de casa del los dos sucesivos gritos guturales, contes­
hebreo, porque el robo de la tenería, cono­ tados de igual modo por Tinkert, que al lle­
cido cuando estaban en servicio de campo gar a su altura se detuvo, cruzó con él unas
casi todas las parejas de gendarmes, obligó palabras, y volviendo al encuentro de Abda Bertier a llevarse allá las dedicadas a di­ el-Gahel, cuando éste llegaba junto a ellos,
dijo:
cha vigilancia.
Apenas los fugados dejaron atrás las úl­ —Este es nuestro hombre.
timas casas de Agadés, intentó Ben Cassim
-—¿El tuareg?
conversar con su sobrino; pero infructuo­ —Sí. Dice que está todo preparado.
samente, pues no obstante hablar a gritos,
—Pues echad adelante.
no era oído, a causa de lo violentísimo de
Guiada por el tuareg, la pequeña cara­
la carrera que llevaban.
vana se desvió de la ruta al norte, hacia
Iba en cabeza Tinlcert, llevando delante­ Uad-Tini, hasta entonces seguida, continuan­
ra de cuatrocientos a quinientos metros; do a buen paso hacia saliente por una ca­
seguían Abd-el-Gahel y Ben Cassim, ambos ñada de piso pedregoso, que contorneando
a igfual altura, y cerraban la marcha Hixem una colineja, los llevó a una casucha inha­
y Alí (el camellero incorporado a última bitada, de detrás de la cual salieron dos borfíhora a la partida). La Luna, pocos días an­ bres que, como el apostado en el camino,
tes entrada en cuarto deciente, alumbraba eran hermanos africanos venidos de Timbien el camino.

LA M A Y O R
gué (1) dos días antes, con tres camellos
de refresco, con los cuales estaban aguar­
dando desde entonces. A l verlos se detu­
vieron los recién llegados.
T in kert y el guía echaron pie a tierra,
hablaron rápidamente a los 'de Timgué y
entraron en la casa, donde encendieron luz:
visible por la puerta, único hueco al exte­
rior de aquélla. Entonces pudo al fin BenCassim hablar con Abd-el-Gahel, como venía
deseando desde la salida de Agadés, diciéndole:
— ¿Es aquí donde nos mudamos de trajes?
— Sí.
— Pero supongo que no pensarás ponerte
el regalito del maldito hebreo.
— ¡Pobrei M o y fs k !— contestó Gahel, que
sabiendo por dónde respiraba su tío le di­
vertía disimular
que había penetrado la
intención del avaro mercader al despren­
derse de dos pieles de gran valor— . Buena
manera de agradecerle su valioso obsequio
y su solicitud. Ya ves que tenía razón: la
noche está muy fría.
— ¡Pero estás en tu juicio!... ¿No compren­
des que ponerse esas pieles es ponerse un
rótulo diciendo: “ Somos los escapados de
Agadés” ?
— P or eso, al darnos esa divisa, nos ha
hecho un gran servicio el buen Moyfsk.
— No te comprendo, Gahel... ¡Ah!
— Parece que empiezas a ver claro... Yá
era hora, porque si tú no has desconfiado
hasta lo de las pieles, antes desconfié yo de
lo lujoso de los trajes de ifhogas... Parece
mentira me creas tan inocente que fuera a
huir dejando a ese hombre posibilidad de
dar mis señas. Su generoso obsequio de
esta noche ha convertido en certeza mi re­
celo anterior de que en cuanto saliéramos de
su casa nos haría traición; y ahora me va
a servir para demostrarle que a astucia no
me gana ni un hebreo. Anda, desata tu lío y
dáselo, con la piel, a Tinkert.
A l decir esto hacía Abd-el-Gahel lo mis­
mo que indicaba a Ben Cassim, diciendo al
capataz que en aquel momento salía de la
casa.
— Que Hixem y A lí entren ahí, se pongan
estos trajes y sobre ellos las pieles. Pero
vivo... Oye: ¿están dentro los que los otros
han traído?
— SI, señor.

(1) Monte de 1.700 metros de altitud situado
en el macizo montañoso de El A ir, al norte del
importante pueblo— importante en el Sahara— de
Tintelloust.

CONQUISTA

71

Cuando a los cinco minutos salieron los
camelleros vestidos de ifoghas, y con las
consabidas capas sobre los hombros, entra­
ron en la casa los jefes, encontrando en ella
dos equipos completos, en cuyos velos, espa­
das .lanzas, abarcas y casquetes habrían re­
conocido Bertier o Duvery o cualquier prác­
tico del Desierto, los típicos vestidos de los
montañeses de la serranía de Timgué, en
cuyas faldas asienta Tinteloust. Con los
vestidos hacían juego los jaeces de los so­
berbios meharis, de allí traídos por los dos
timguetanos de su tierra.
Cambiados los trajes europeos de Abd-elGahel y Ben Cassim por los que les habían
traído, vertió Tin kert sobre los primeros un
bidón de gasolina, 'y les prendió fuego, fuera
ce la casa, a fin de que, aventando el viento
lag cenizas, no quedaran éstas donde pudie­
ran ser principio de una pista para quien las
viera.
Los disfrazados camelleros subieron en
los meharis hasta entonces montados por
Gahel y Cassim; éstos, en dos de los de re­
fresco, y Tinkert y el tuareg, en el tercero,
dándose suelta a los tres restantes de los
salidos de Agadés para que, al volverlos su
instinto al establo, y saber Bertier su re­
greso, se quebrara los cascos pensando dón­
de los habrían abandonado el señor Núñez
y el señor Pozo.
Una vez hecho todo esto, después de
tributar respetuosísimas zalemas a Gahel
y Cassim, y pedir para ambos la protección
de Alah, fuéronse a pie, a campo traviesa,
los que habían traído los trajes y los meha­
ris.
Abd-el-Gahel y sus acompañantes retro­
cedieron por la misma abra por donde ha­
bían llegado a la casa, basta volver de nue­
vo al camino (dado que tal pueda llamarse
aquel mal trillado entre Agadés y Uad T in i),
al salir al cual partiéronse en dos grupos.
Hixem y Alí, los dos camelleros dagatums,
disfrazados de ifhogas, y bien adiestrados
por Gahel en sus papeles, tomaron hacia
Uad-Tini a paso no demasiado vivo, para
lo cual encojaron a intento un camello;
pues llevaban encargo de dejarse coger si
eran perseguidos, y si no, de hacerse atra­
par al día siguiente en el citado lugarejo.
E l otro grupo, de los cuatro hombres y
los tres meharis, marchó en sentido opues­
to: con asombro de Ben Cassim, que vaci­
lante y receloso, como quien venía viendo
desde hacia varios días proceder en todo a
su sobrino cual jefe que resuelve sin pe-

4

72

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

dir parecer ni dar explicaciones, preguntó
tímidamente:
— ¿Dónde vamos ahora?... Es decir, si no
tienes inconveniente.
Gahel, a quien tenía de ouen humor el
pensar en las caras de Moyfsk y Bertier
cuando al día siguiente vieran negar presos
a Hixem y Alí, en $ez de los que esperaban,
y complacido al comparar aquel humilde

“si no tienes inconveniente” con los desplan­
tes de oíros tiempos de su levantisco subor­
dinado, sonrió al contestar:
— ¿Qué, no lo ves?
— ¿Pero de veras volvemos a Agadés?...
—Me has oído que mientras aquel hom­
bre no se vaya no saldré yo de allí; y yo
hago siempre “lo que digo”. Creía que lo
sabías.
—Cuando tú lo mandas...
—Otra te queda dentro.
—Yo no tengo más que obedecer, y obe­
dezco...; con morir a tu lado cuando llegue
la hora...
—Que por lo visto crees cercana y de la
cual no hay por qué acordarse ahora.
— Cuando tú lo dices, así será—No será, es: me has visto adivinar la
traición del judío cuando ni tú la sospecha­
bas ni todavía pensaba él en ella; me has
visto prepararme a burlarla de antemano,
por medio de ese hombre— aludía al capa­
taz— que he sabido encontrar entre los mis­
mos servidores de Moyfsk.
—Verdad es, has estado habilísimo; perb...
— Sigue, hombre, sigue: hoy me coges de
temple de oír sin enfadarme lo que quieras
decir...: como no sea nombrar ni mezclar
en esto a quien sabes.
— ¡Ah! Si permites...
— Por cinco minutos no soy el Gran Caíd,
sino tu sobrino. Aprovéchate.
—¿Sí?... Pues mi sobrino es un loco de
atar; y si los cinco minutos me dieran tiem­
po para ello, lo amarraría para llevármelo
muy lejos de la boca, peor, de la garganta
del lobo donde quiere meterse.
— ¿Sí, eh?... Pues mira, yo no creía que
mi tío fuera tan miope que no viese que
en cuanto nos metamos en la garganta de
ese lobo no podrá mordernos, porque esta­
remos ya detrás de sus dientes.
—Eso...
—Vamos a ver: si tú fueras el capitán
Bertier, ¿dónde me buscarías?
—En todas partes.
—En todas, menos en Agadés...
.— ¡Calla!: es verdad.
— ¿Lo ves, hombre, lo ves?

— Puede que tengas razón... Pero ¿dónde
vamos a escondernos cuando lleguemos?
— Donde queramos; pero también está
previsto eso. Ante el Gran Caíd de Africa
Vengadora se abren las puertas de todos
los hermanos africanos... Se figuran los pe­
rros que por suyos ser tierra, ciudades y
ferrocarriles, son reyes del Desierto, sin
ver que el verdadero rey será, a la postre,
el que reina en los hombres... ¿No has vis­
to cómo domino en todas partes, cómo soy
obedecido y guiado, cómo, por donde voy,
hallo siempre quien de mi paso aparte los
peligros?
■—Es verdad, es verdad.
— Y esa omnipotente sociedad secreta, sin
la cual continuaríais siendo los africanos
tan enemigos unos de otros como siempre,
y tan débiles como hasta ahora fuisteis
contra los perros, es mi obra.
— Sí, Gahel, sí, es verdad; eres grande,
eres grande: a tu lado somos todos burros;
siempre tienes razón, llévame adonde
quieras.
Iba a contestar Gahel cuando vió serpear
en el suelo y avanzar hacia ellos a gran
velocidad cuatro luces. Eran los faroles de
las motocicletas de los cuatro gendarmes
salidos de Agadés para darles caza, quie­
nes, al encontrarlos, preguntaron:
— ¿De dónde venís?
— De Tinteloust.
— ¿Os habéis encontrado dos europeos y
tres dagatums corriendo hacia Uad-Tini en
cinco camellos?
— Cinco camellos sí, pero europeos no:
son dos ifoghas y tres dagatums.
— Da lo mismo. ¿Y no tenían alguna seña
particular?
— Seña particular... No. ¡Ah, sí! Los
ifoghas llevaban unas capas de pieles de
tigre.
— Esos son, esos son... ¿Llevan mucha
delantera?
— Medía hora: tal vez menos; pues pre­
cisamente al cruzarnos con ellos se les cayó
un camello, que les ayudamos a levantar, y
que, según cayó, mucho será no se les haya
encojado.
— Entonces nuestros son ya — exclamó
uno de los gendarmes.
— Nos han dicho en Uad-Tini que han ro­
bado hoy una fábrica... ¿Son esos los la­
drones, señores gendarmes?
— ¿Los ladrones?... Sí, ellos son.
— Pues que Al-lah os ayude a coger pron­
to a esa canalla. Con los camellos de hie-

LA

MAYOR

rro y fuego que lleváis no podéis tardar
mucho en alcanzarlos.
— Pues buén viaje, y gracias.
— No hay de qué, señor guardia.
La tropa de las motos y la pequeña pa­
trulla
de camellos siguieron marcha en
opuestos sentidos.
*

*

*

Con losprimeros claros del día alcanza­
ron los gendarmes a Hixem y a Alí. a quie­
nes, por no ser sino dos, no tomaron al
pronto por los que buscaban; pero en cuan­
to, acercándose a ellos, vieron sus trajes y
las pieles de tigre y observaron que uno
de los camellos cojeaba, los detuvieron.
Protestaron ellos de no ser quienes de­
cían los guardias, manifestando a éstos que
los cinco fugitivos a quienes perseguian
iban delante con poca delantera; pero al
ser interrogados separadamente acerca de
sus personalidades se contradijeron, no pudiendo presentar documentos justificativos
de las que declaraban; y al encontrarles es­
condidos, cuando los registraron, los pasa­
portes de Núñez y de Pozo, ya no dudaron
los gendarmes.
Entreverando verdades y mentiras dije­
ron entonces los detenidos ser camelleros
de Moyfsk salidos de Agadés y haber sido
con amenazas de muerte obligados por los
señores españoles a disfrazarse con sus tra­
jes de ifhogas, después de lo cual se ha­
bían aquéllos alejado a la carrera, tomando
una senda de travesía hacia Tiguidas; y de
los pasaportes manifestaron que estarían en
los trajes cuando se los pusieron.
— ¿Y porqué en lugar de volveros a casa
de vuestro amo, seguíais huyendo?... ¿Qué
se os había perdido en Uad-Tini?— pregun­
tó el guardia que hacía cabezaY como a tal pregunta no recibiera sa­
tisfactoria respuesta, quedó convencido de
ser aquellos dos los que el sargento había
dicho importaba prender, y embustes torpes
de ellos lo de las amenazas y la senda de
Tiguidas.
Poco más o menos a la misma hora que
los gendarmes amarraban a Hixem y a Alí
llegaban Abd-el-Gahel y sus acompañantes
a las primeras casas de Agadés, donde no
entraron todos; pues en las afueras se apeó
Tinkert del camello donde iba en compañía
del tuareg; y después de asentir a un “ya
sabes lo que tienes que hacer y dónde y
cuándo hemos de vernos” de Abd-el-Gahel,
desapareció por un callejonzucho, mientras

CONQUISTA

73

los otros tres seguían con calma hasta lle­
gar a una de las casas de mejor apariencia
de la plaza principal, a cuy^ puerta llamó
el guía con gran estrépito, como quien no
tiene porqué ocultar dónde va ni de dónde
viene.
Vivía en aquel caserón un moro rico,
muy adicto a los franceses, con los cqales
hacía magníficos negocios: no solamente
por ser contratista de la recaudación de
contribuciones en toda la comarca del Air,
lo cual le ponía en relaciones muy fre­
cuentes con Bertier, sino además proveedor
de traviesas de la empresa del ferrocarril:
con lo que estando su adhesión bien expli­
cada por su interés, no inspiraba descon­
fianzas.
Abierta y franqueada la puerta a los
recién llegados, hallaron éstos en el zaguán
al susodicho dueño, que, gracias a anterio­
res buenos oficios de Tinkert, los estaba
aguardando; y comenzado el manipuleo de
las señas misteriosas, dió éste por inmedia­
to resultado que el ricachón se inclinara,
no respetuosa, sino humildemente, ante los
que más que como a huéspeder recibió como
amos.
Cuando, pocos días antes, tomaron cuer­
po los temores de Bertier a una conspira­
ción en ciernes, había éste dado orden a
todos los vecinos de Agadés de darle parte
inmediato de toda entrada y salida de fo­
rasteros en sus domicilios. Cumpliendo tal
mandato, a las once de aquella mañana se
presentó el recaudador en el cuartel acom­
pañado de tres ahel-litzcnn de Tinteloust:
dos de ellos comerciantes muy amigos su­
yos, guía el tercero, todos recién llegados
a su casa, y que iban a pedir a la autori­
dad su venia para proseguir, a la tarde, via­
je a Okhom y a Zinder, que les fué conce­
dida en vista de la personalidad del fiador:
con tanta más facilidad cuanto que los gen­
darmes recién llegados con los camelleros
presos reconocieron a los viajeros de Tin­
teloust que la anterior madrugada les die­
ron noticias de los fugitivos.
Cumplidas las formalidades reglamenta­
rias, camino de Okhom salían a la hora
anunciada dos forasteros, que eran real y
positivamente comerciantes de Tinteloust,
desde la víspera escondidos en casa del re­
caudador: los mismos cuyos trajes habían
usado de prestado la pasada noche Abd-elGahel y Ben-Cassim, que se quedaban alo­
jados de ocultis por aquél, mientras Bertier
daba su señalamiento por telégrafo a los
cercanos puestos de gendarmería: con in-

74

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

dicación de las ru tas que verosím ilm ente
podrían haber tomado al alejarse de la de
Uad-Tini; pues para él, dada la enorme de­
la n tera que deberían llevar, tenía por vana
toda persecución in tentada con sus gen­
darmes.
M ientras tanto, a Moyfsk se le torcían
decididam ente sus combinaciones; pues
B ertier pensaba que lo de las pieles había
sido artim añ a convenida por el taim ado
viejo con los m entidos españoles para ase­
g u ra r la fuga de éstos, haciendo apresar a
los camelleros en lugar de ellos; y por tan ­
to lo m antuvo preso: mas no de farsa, co­
mo deseaba el judío, sino procesado muy
de veras. Y esto era lo de menos para él,
pues lo más grave fué que dos días después
de o cu rrir los sucesos últim am ente referi­
dos, y cuando la cocinera negra de Moyfsk
arreglaba el portaviandas con la cena de su
amo—a quien llevaban a diario a la prisión
la com ida de su casa—, oyó aquélla a su
hijo, rapazuelo de siete años, dar, allá en lo
últim o del enorme corralón, trem endos ala­
ridos; y al asom arse a la p uerta de la co­
cina que al corral abría y ver que un cria­
do estaba golpeando al chico, salió como
una fiera a defender a su cachorro.

M ientras fué, vió escapar al criado, antes
de llegar a él, lo persiguió sin darle alcan­
ce, consoló al pequeño y regresó a la coci­
na, había tenido T in k e rt tiempo de en tra r
en ésta por la ventana, de destapar y volver
a ta p ar la fiam brera y de salir un m inu­
to después por la puerta de escape a un
pasillo; y a m edia noche m oría Moyfsk
envenenado: según dijo su autopsia, con
cardenillo de las vasijas de cobre donde le
habían hecho la cena.
Aquél era uno de los encargos que, al
volver a Agadés, había recordado Abd-elGahel al capataz. Los otros irá n saliendo
en breve.
E n cuanto a B ertier, le dió tal m uerte
mucho en qué pensar, pues él no creía que
el cardenillo procediera de los cacharros de
la cocina; y aun cuando nada dijo, vió en
esto prueba de que en lo rum oreado sobre
terribles castigos fulm inantes im puestos
por una m asonería m usulm ana del D esierto
a quienes la traicionaban no eran vagos de­
cires. Y sólo entonces creyó que no habían
sido farsa los terrores del judío y que éste
era sincero al procurar la prisión de sus
huéspedes.

CABOS SUELTOS QUE EL TIEMPO TEJE EN TRAMAS
M ientras Duvery ultim aba los p reparati­
vos de la m archa a Techiasco, Abd-el-Gahel
continuaba sus conferencias con los cabe­
cillas del proyectado alzam iento: bien en
casa del recaudador, donde estaba, y a nadie
sorprendía fueran m uchas personas influyen­
tes de la extensa región abarcada por sus
cobranzas, bien, cuando por ser gentes ve­
nidas de más lejos no convenía fueran vis­
tas en Agadés, en poblados cercanos adon­
de, disfrazados de cobradores del recauda­
dor, iban Gahel o Cassim: ocupaciones que
no im pedían al futuro caudillo de la pro­
yectada insurrección estar perfectam ente
enterado por sus espías, que a todas partes
llegaban y por doquier sabían filtrarse, de
cuanto ocurría en casa de la h u rí rubia, a
la cual logró ver dos otres veces en la ca­
lle y una, de cerca, en su mismo jardín,
entrando en él disfrazado de obrero de la
com pañía del alumbrado.

La mayor de las dificultades con que Don
H éctor luchaba era la de aseg u rar las co­
municaciones telegráficas de su venidera
residencia; pues aunque ten ía dos peque­
ños aparatos de telegrafía sin hilos de más
de trescientos kilóm etros de alcance, so­
brado para establecer comunicación en tre
Agadés y Techiasco, faltábale radiotelegra­
fista: y le preocupaba la desconfianza de
B ertier, ya com partida por él mismo, en di­
cho sistem a de telegrafía; pues a los indi­
cios de que sin puntualizarlos se hizo men­
ción al dar noticia del porqué y para qué
fabricaba Libera el auto explorador (ya te r­
m inado en el tiempo de que hablamos aho­
ra, y que oportunam ente veremos funcionar)
destinado a descubrir las) estaciones clan­
destinas, habíase agregado últim am ente el
muy significativo de haberse fugado los fal­
sos Núñez y Pozo a las doq horas de re-

LA

MAYOR

cibido el radiogram a de Río de Oro con las
señas personales de los verdaderos.
El propósito de establecer entre Techiasco y Agadés sistem a telegráfico cuyos des­
pachos no pudieran ser interceptados por
los desconocidos enemigos de quienes im­
portaba guardarse constituía problem a al
parecer sin solución a no habérsela dado
tam bién el argentino, que a no ser por esto,
y estando term inada su an terio r ta re a y
listo el auto-telegráfico, no habría tenido
más remedio que m archarse a las correrías
relacionadas con su em presa solar, dejando
la am orosa no ta n clara como él apetecía.
De aquí que se a g a rra ra a esta segunda
oportunidad de d ila ta r su viaje, justifican­
do la dem ora con la prestación de nuevo ser­
vicio consistente en in stalar entre Agadés
y Techiasco comunicación electroiumínica,
no consistente en un vulgar telégrafo ópti­
co de heliógrafo o linternas Mangin, sino
un verdadero lum iteléfono, donde la voz
sería transform ada en luz p ara viajar di­
luida entre los rayos de ésta hasta llegar
a la estación receptora y ser en ella nueva­
m ente m etam orfoseada de modo que las
oscilaciones lum inosas engendraran en los
auriculares de un teléfono ordinario soni­
dos idénticos a los que les hablan dado
nacim iento (1).
Muy en breve veremos a Lobera in stala r
este fotot.eléfono en Techiasco: tan pronto
como demos noticia de im portantes suce­
sos: públicos y resonantes unos, privados y
sigilosos otros, que no es posible dejarse
atrás, pues influyeron grandem ente en otros
por venir.
Una m añana llegó sobre Agadés un diri­
gible procedente de Tombuctú con ochenta
gendarm es senegaleses p ara reforzar la
com pañía de B ertier, sabiéndose por el ofi-

(1) El heliógrafo es un espejo que en el terreno
se monta sobre un trípode, situíindolo de modo
qiie refleje la luz solar en la dirección del lugar
al cual quiere hablarse, en donde dicho rayo es
recibido en un anteojo convenientemente apunta­
da, que percibe la luz por el heliógrafo enviada.
Pero mediante un manipulador análogo al de los
telégrafos Morse, el telegrafista que maneja el he­
liógrafo puede comunicar al espejo de él peque­
ñas oscilaciones breves o largas, interrumpiendo
así por corto o largo tiempo la percepción en el
anteojo. Las interrupciones breves equivalen a
puntos y las largas a rayas del alfabeto telegrá­
fico, usando el cual se telegrafía en el heliógrafo,
aparato muy antiguo, como en los telégrafos or­
dinarios.
Mediante eclipses de diversa duración de la luz
de las linternas de Mangin se obtiene el mismo
resaltado de noche.

CONQUISTA

75

cial que los m andaba que análogos refu er­
zos habían salido, de Tombuctú tam bién, y
tam bién por vía aérea, para Mobroult, Taou*
deni, A rouan y Oualata.
Recibióse noticia telegráfica de que en
igual form a habían sido enviados de Libreville a Zinder—im portante villa situada
350 kilóm etros al su r de Agadés—refuer­
zos mucho más im portantes: acaso por su
cercanía a la N igricia Inglesa; pues con­
trapuestos intereses franceses y británicos
en A frica y reiterados rozam ientos en tre
colonos, protegidos y autoridades de las dos
nacionalidades en las zonas fronterizas
Jhabían originado agrias notas diplom áticas
cruzadas entre P arís y Londres, de no m uy
buen augurio para el m antenim iento de la
paz entre ingleses y franceses en los lím i­
tes m eridionales del Sahara.
Súpose al propio tiempo que con tropas
argelinas, m arroquíes y tunecinas habían
sido establecidas guarniciones en los p rin ­
cipales nudos de comunicación y tráfico del
norte del Desierto, y Duvery recibió tele­
gram a de la Compañía del T ransahárico
participándole que estaciones y tren es se­
rían en lo sucesivo perm anentem ente pro­
tegidos.
Por últim o, el correo trajo puntual relato
de la bárbara, mas por lo mismo indudable
prueba de adhesión dada a F ran cia por los
moros tadjakan de Tendouf, haciendo su­
m aria ju sticia al estilo moro en la “cua­
drilla de ladrones de alam bre” que ocasio­
naron la avería telegráfica, obsequiando a
las autoridades con las cabezas de los de­
lincuentes y restableciendo rapidísim am ente la línea m ediante g ra tu ita prestación de
trabajo : todo lo cual, con ser tan convin­
cente, no acababa de convencer a B ertier
de la lealtad africana.
Nosotros conocemos ya, por su cara
opuesta, la verdadera causa de ta l lealtad
y del cruento castigo decretado por el G ran
Caíd, quien por aquellos días circuló, em­
pleando el consabido sistem a de motociclos
y zurrones, el siguiente documento:
“H ágase saber a los cabezas de logias y
cabos de taifa, p ara rápida noticia y salu­
dable escarm iento de todos los herm anos,
que degüello de Muffis, padre e hijo—al fin
habían caído los dos—con sus auxiliares, y
envenenam iento judío Moyfsk h an sido eje­
cutados por decisión Diván Supremo en
castigo de extralim itación facultades y des­
obediencia de los prim eros y por traició n
del últim o.”
*

*

*

76

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

Tres días después de la llegada de los re­
fuerzos a Agadés salió Duvery con su fami­
lia y acompañantes para Techiasco, y al
volver de despedirlo hasta unos cuantos
kilómetros del pueblo encontró Bertier en
el cuartel el siguiente telegrama de su
compañero de Zinder:
“ Suplico tome disposiciones descubrir y
prender si llega esa jurisdicción pareja
gendarmes senegaleses de los recién llega­
dos, desertada con equipo y armas.”
Al leerlo dijo el oficial, torciendo el gesto:
— Temprano empiezan... Dios quiera que
los tales refuerzos no se nos indigesten.
*

*

*

Una de aquellas tardes se acercó BenCassim al ventanillo de la estación radiotelegráfica, donde Morand estaba a la sazón
de servicio, preguntando a éste si había
posibilidad de transmitir un radiograma a
un poblado insignificante, y hurgándose, al
tiempo de hacer la pregunta, el ojo dere­
cho: hurgamiento imitado por Morand en
el suyo al contestar que no había comuni­
cación con aquel lugarejo.
— ¿Y con In-Salah?—preguntó el otro,
pasándose la mano por la parte del velo
que le cubría la barba y después por la
frente.
— Para In-Salah, o toda otra estación
oficial, tendré mucho gusto en servirle—
respondió rápidamente el telegrafista con
suma finura, donde se traslucía grandísimo
y acaso temeroso respeto; pues el recuerdo
de los Muffis y de Moyfsk estaba fresco en
los hermanos africanos.
—Voy entonces a redactar un despacho.
Se apartó Ben-Cassim de la taquilla, y
acercándose al pupitre donde estaban las
hojas en blanco usadas para escribir en ellas
los telegramas llenó una, y retornando al
ventanillo la entregó al mestizo, que leyó
en ella:
“ O. S. P .—Orden Supremo Diván— .
“Dime hora y sitio hablarte reserva asunto
urgente•”
Poca gracia le hizo al mulato aquello;
pues sabían los afiliados en la secreta secta
que cuando el Diván se acordaba de alguno
solía ser para emplearlo en arriesgados me­
nesteres, pero siendo todavía más expuesto
desobedecer sus órdenes, puso a mal tiem­
po buena cara, diciendo:
__Esto no sirve: está mal llena la hoja;
revueltas las señas con el texto del tele­
grama; falta consignar el expedidor.
— Yo no entiendo esas casillas.

— Bueno, aquí tiene uno que hacerlo to­
do: aguárdate, buen hombre, que ahora te
pondré cómo has de hacerlo.
Al decir esto rompía la hoja recibida de
Ben-Cassim, tomaba otra en blanco, en la
cual escribió despacio, como si meditara al
hacerlo, y se la daba al otro cuando hubo
terminado. Dicha hoja decía:
“ Esta noche tres madrugada, calle An­
gosta, núm. 32, casa de Zaida. Preguntar a
ésta si está su hermano. Llamar nudillos
sin hacer ruido oigan vecinos. Hay que ir
traje jornalero. Escriba y entrégueme un
telegrama que pueda yo realmente trans­
mitir.”
Leído lo anterior por Cassim, simuló co- .
piarlo en otra hoja; arrugó la recibida, me­
tiéndosela en el bolsillo, y entregó a Mo­
rand la nueva con un despacho para InSalah concebido, como encargo .hecho al
destinatario, en esta forma: “ Di Zaida que
hoy mismo haré lo que me dice.” Pero de­
bajo de esta hoja iba otra con la siguiente
orden: “O. S- D. Lleva esta noche casa
Zaida lista personas que en Agadés hayan
recibido o cursado radiotelegramas desde
el tres del corriente.”
Cuando Cassim salía de la oficina tele­
gráfica quedábase pensando Morand que
habría preferido no se hubiera acordado de
su nombre el Diván Supremo; pero como
no había sino obedecer, a menos de afron­
tar las consecuencias que no quería arros­
trar, en seguida cogió los registros de re­
cepción y expedición de telegramas y tomó
nota de lo que le pedían: apresurándose a
terminarla antes de la llegada del compa­
ñero que había de relevarlo. Por suerte su­
ya, y según ya se ha dicho, tiene poco ser­
vicio la radiotelegrafía del Desierto; así
que no pasaron de veinte los nombres de
la lista. Entre ellos estaba repetido varias
veces el de Lobera como remitente y como
receptor.
No Ben-Cassim, sino Abd-el-Gahel, con
un velo tupidísimo tapándole la cara cuan­
to era posible sin impedirle el uso de los
ojos, y con el turbante calado hasta las
mismas cejas fué quien, a la hora indicada,
se avistó con el mestizo en casa de Zaida,
que era la negra ya conocida nuestra por haber llevado a Moyfsk la copia del tele­
grama de Río de Oro.
La conferencia fué tan breve que el me­
jor medio de referirla pronto es transcri­
birla:
— ¿Traes la lista?
—Aquí está.

LA

MAYOR

Pasó los ojos Abd-el-Gahel por ella, hizo
un m ovim iento de sorpresa, y con un lápiz
señaló los nombres de B ertier, Duvery y
Lobera, diciendo al devolvérsela al tele­
grafista:
—Necesito pronto copia de esos once te­
legram as. ¿Cuándo vengo por ellos?
— ¡Pero eso es peligrosísim o para m í!...
Necesito revolver los archivos; pueden sor­
prenderm e.
—Es orden del Diván.
—Sí, sí, haré lo que pueda; pero no sé
si me será posible.
—¿Te has enterado de lo de los Muffis y
Moyfsk?
—Sí, sí—contestó M orand temblando.
—Fué por desobediencia: así que tú
verás.
—Lo haré, lo haré; pero si me sorpren­
den, si...
—Eso es cuenta tuya. Pero te advierto
que los listos que se vuelven torpes se pa­
recen mucho a los traidores. ¿Cuándo ven­
go por las copias?
—Pasado m añana a esta m ism a hora.
—¿Porqué no m añana?
—Porque eso no lo puedo hacer sino de
noche, después de cerrada la estación, y
h asta pasado m añana no me toca el último
turno.
•—Pues entérate de que si te sorprenden
o me falta uno solo de esos telegram as, al
día siguiente te daremos un recado para
Moyfsk.
Cuando, dicho esto, se m archó Abd-elGahel sin aguardar respuesta, quedó Mo­
rand cual es de suponer.
Al pedir la relación de telegram as pensaba
el Gran Caíd del Supremo Diván solamente
en B ertier y en enterarse de los cruzados
entre las autoridades; pero al ver varias
veces repetido en la lista “Lobera en casa
de Mr. D uvery”, y en otros “M anuel Lobera.
Compañía Anónima Solar. Buenos A ires”,
comprendió que aquel Lobera era el Loubegray a quien él conocía; y uniéndose a
los sentim ientos que por otra causa le ins­
piraba el argentino la sorpresa de tal du­
plicidad de nombres, la de su nacionalidad
y la de su abundante correspondencia radiotelegráflca, no obstante lo costoso de
ella, le hizo señalar su nombre en la lista.
Al otro día, al entregar M orand el servicio
al compañero que lo relevó, dijo a éste que
el varióm etro (1) funcionaba torpem ente,
(1) Las ondas eléctricas transmisoras de. la pa­
labra en la telegrafía sin hilos son producidas por

CONQUISTA

77

pero sin im pedir en absoluto la transm isión,
lo cual comprobó por sí mismo el en tran te
de guardia, arreglándose con artim añ as de
practicón p ara hacerlo ir tirando.
E n tal estado seguía dicho aparato al
otro día cuando Morand entró a cu b rir el
últim o turno, de cinco de la tard e a las diez
de la noche, durante el cual solam ente le
llevaron tres radiogram as. Los dos prim e­
ros fueron transm itidos con dificultades ca­
da vez mayores, según dijo, a Tafilete y
Constantina, adonde iban dirigidos, y el
tercero no había sido posible ser cursado a
la hora de ce rra r la estación (de servicio
lim itado de siete de la m añana a diez de
la noche), porque el varióm etro ya no fun­
cionaba: ni bien, ni mal.
P or ello cuando el ordenanza avisó ser
hora de ce rrar le ordenó el telegrafista que
se acostara dejándole la llave, pues iba a
ver si reparaba la avería para que a la ma­
ñana siguiente no fuera preciso poner el
cartelón de servicio interrum pido, y que él
lo llam aría, cuando fuera a m archarse, p ara
que ce rrara la puerta.
Ya sin testigos, se encerró M orand por
dentro, desarmó en dos m inutos el varió­
m etro p ara que, si por evento inverosímil,
llegara el jefe, hallara justificada su estan­
cia a aquella hora en la estación; abrió
luego el arm ario de m atrices de los despa­
chos transm itidos y el de los duplicados de
los recibidos, sacando rápidam ente copia de
los m arcados por Abd-el-Gahel en la lista
que él le había llevadoAntes de las doce había ya term inado las
copias y vuelto a los arm arios todos los do­
cumentos. Después arm ó el varióm etro, po­
niéndolo en un periquete en perfecto esta­
do de servicio; pues sabiendo divinam ente
en qué consistía el entorpecim iento por h a­
ber sido él mismo quien a intento lo había
diversos medios, pero en todos ellos juega la in­
ducción eléctrica que en un alambre no ligado a
generador eléctrico hace nacer una corriente de
diferentes características que la que pasa por
otro alambre en el cual circula la corriente gene­
radora : nacimiento que tiene lugar en el primer
alambre cada vez que en el segundo se establece o
queda interrumpida a intervalos cortísimos la co­
rriente del generador.
I.os alambres estén arrollados separadamente y
sin tocarse en punto a’guno, y la posición en que
uno se halla con respecto al otro hace variar
la cuantía de la inducciónt con lo cual varía la
frecuencia con que, mediante elementos interme­
dios. lanza la antena al espacio las sucesivas ondas
telegrfifieas.
El variómetro es un aparato que hace girar uno
de los circuitos de a’ambre con respecto al otro,
modificando así la frecuencia de las ondas.

78

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

desarreglado, sencillísimo le era componer­
lo, con sólo disminuir la resistencia eléc­
trica del circuito, que, mediante contacto
con una espira adicional de alambre, al
parecer fortuito había aumentado él la vis*
pera. Y todavía le sobró tiempo para estar
a las tres de la madrugada en el tugurio
donde vivía Zaida y entregar las copias a
Abd-el-Gahel, que amplió sus órdenes, pre­
viniéndole que en lo sucesivo sacara las de
todo telegrama recibido o puesto por el
americano o el capitán.
—Será de los cursados durante mi ser­
vicio.
—De todos.
—Pero, ¿cómo me las voy a arreglar con
los transmitidos y los recibidos por mis
compañeros?
—Eso es cuenta tuya: para eso eres te­
legrafista y pillo.
—Pero...
—... y para eso te necesitan tus herma­
nos. Además, al juramentarte vengador ju-*
raste no decir nunca “no puedo” a nada de
lo que te pudiera ser mandado. Las copias
se las envías al recaudador bajo doble so­
bre, escribiendo en el interior: “Para D. Sde A. Y.” (Diván Supremo de Africa Ven­
gadora), y encerrándolo en uno de los que
usáis corrientemente para remitir los des­
pachos a sus destinatarios. Los enviarás
siempre por Bu-Kelal, el ordenanza de la
estación.
—¿Pero Bu-Kelal?...
—Es también vengador.
— ¡Ah!
—Y por él y por otros que no tengo por
qué decirte quiénes son estarás constante­
mente vigilado y sabremos si dejas de sa­
carme alguna copia.

Tan pronto Abd-el-Gahel regresó a su
alojamiento en casa del recaudador se puso
a examinar los telegramas, siendo el pri­
mero leído, por hallarse encima de todos,
el relativo a la deserción de la pareja de
la gendarmería de Zinder, exclamando al
leerlo:
—Ese Tinkert es una alhaja.
Y una vez dicho esto continuó leyendo.

Pues a cabos sueltos se ha dedicado este
capítulo, no sobra en él decir, aunque sea
a la carrera, que mientras el pobre inven
tor argentino se sentía cada vez más preso
entre los que a Emma lo sujetaban, pare­
cíale que ella seguía demasiado suelta; y
no se eche a mala parte el calificativo, sino
que por muchos esfuerzos que él hacía re­
sultábanle todos infructuosos para obligar­
la a adquirir compromiso explícitamente
formulado.
Y, sin embargo, ni esto significaba que
ella le hubiera dado calabazas, ni siquiera
temor en él de recibirlas, pues parecíale
evidente que Emma se complacía en las
frecuentes conversaciones con él sostenidas
sin intentar siquiera disimular tal placi­
dez que dejaba leer en sus dulces ojos,
sin asustarse de la viva elocuencia de las
miradas de Pepe ni aun de sus transparen­
tes indirectas: que si la ruborizaban, no
llegaban a ahuyentarla cual los intentos de
poner con palabras puntos sobre las íes.
Así, Lobera, con gran deseo de oír lo que
creía ver, se desesperaba de que tan pronto
intentaba hacer derivar sus coloquios del
festivo y alegre tono, al que correspondía
ella con sonrisas, carcajadas y hasta mi­
radas cariñosas, para cambiarlo en otro re­
sueltamente apasionado o francamente ca­
tegórico, Emma pareciera no huirle, pero
sí retraerse: como si la turbaran los apa
sionamientos o los considerara innecesa­
rios.
Entonces lo miraba con asombrada ex­
presión cual si dijera: ¿a qué huracanes
cuando tan apacibles son las brisas?; ¿a
qué incendios cuando tan grato es el calor
del hogar?; ¿a qué palabras nunca tan dul­
ces ni tan intensas como los sentimientos
más dulces y más hondos de cuanto aqué­
llas puedan expresar?; ¿qué frases son ca­
paces de decir lo que dicen los ojos de dos
enamorados cuando mirándose hablan, sin
palabras, las almas?
Y sin embargo, Lobera, que creía enten­
der todo esto, tenía empeño de oír lo que
veía; pero hasta la salida de Agadés no
había logrado salirse con la suya.
Por eso mientras ib^n camino de Techiasco se decía: “Veremos si lo consigo al
fin en los pocos días que ya me quedan de
estar allá antes de marcharme.”

LA

MAYOR

CONQUISTA

79

HIH
VOZ-LUZ Y LUZ-PALABRA
Duvery, ta n perro viejo como Bertier,
sabía que la adhesión a los cristianos de
los m usulm anes nunca nace del corazón,
sino de conveniencias, no siendo la lealtad
de hoy obstáculo a la traición de m añana,
si entre hoy y m añana varía el baróm etro
de tales conveniencias. P or saberlo, pensa­
ba que los degollados de Tendouf podían
m uy bien ser víctim as sacrificadas volun­
tariam ente al deseo de los conspiradores
de adorm ecer la vigilancia de las autorida­
des: al modo que, en una parte del campo
de batalla, un general inm ola m uchas veces
una tropa, en un parcial combate, al éxito
final de la jornada.
De aquí que, aun a despecho del aum en­
to de guarniciones, continuara preocupán­
dole el aislam iento de su residencia de Techiasco y persistiera en su an terio r propó­
sito de convertirla en un fo rtín capaz de
defenderse de cualquier golpe de mano
m ientras desde los puestos menos alejados
llegaran tropas en su socorro.
A esto se dedicó ta n pronto llegó allá,
en form a cuyo relato aplazarem os hasta
d ar cuenta del curioso modo cómo Lobera
establecía la indispensable comunicación
fo to telef única con el cuartel de Agadés.
Cojamos un espejo de mano, y después
de exponerlo a la luz del sol o de una lám­
para—no, no nos apartam os del asunto—,
movámoslo suavem ente, con lo que el res­
plandor al espejo arrancado por los rayos
de luz que sobre él caen irá ilum inando
sucesivam ente diversos puntos de las pare­
des y diversos objetos de la habitación en
donde estemos, según adonde lo envíe el
espejo al reflejar la luz; y si en lugar de
lentas son vivas las oscilaciones de la ma­
no serpeará el fulgor con relam pagueante
rapidez: como relam paguea por las paredes
de una habitación el resplandor reflejado en
la luna de un arm ario al ab rir rápidam ente
la p u erta de éste.
Esto lo sabe y lo ha visto todo el mundo.
Pero ahora voy a m over muy despacio el
espejo. Veamos lo que ocurre. E n el techo
del salón donde me hallo veo, en este ins­
tante, la m ancha lum inosa que, lentamien-

te, va corriendo h asta llegar al ángulo del
techo con un muro, por el cual comienza a
descender: ahora alum bra el copete del
marco de un retrato al óleo; ahora llega a
la cara del señor retratado y continúa ba­
jando h asta los pies. Doy un movimiento
lateral al espejo, el resplandor desaparece
del cuadro, y escapando por una pu erta del
salón se cuela en el gabinete contiguo.
— ¡Qué atrocidad! ¿Qué es esto?
Al mismo tiempo oigo esta exclamación
y ceso de oír el piano, tocado en el gabi­
nete por mi m ujer, que se ha tapado la
cara con las manos al recibir en los ojos el
rayo de luz.

A hora vuelvo a te n er quieto el espejo, y
la claridad reflejada por él baña la frente
de una estatua. Le doy levísim os vaivenes, y
a com pás de ellos veo la luz brillar y apa­
garse alternativam ente en la estatua: en
los rápidos se ilum ina su m arm órea frente
un instan te no más, en los lentos perm a­
nece alum brada durante m ayor tiem po; y
al advertir tal diferencia se me ocurre que
combinando oscilaciones pausadas y veloces
podría co n stitu irse un sistem a óptico .de
señales en tre el lugar donde muevo el es­
pejo y aquel donde su reflejo llega.
No es novedad tal ocurrencia, pues tiem ­
po ha que se usa tal procedim iento de co­
m unicación a distancia empleando el helió­
grafo, del que ha poco se h a hablado en
una nota; pero perdónese la falta de ori­
ginalidad tomando en cuenta que la m ane­
ra más com prensible de explicar cosas nue­
vas es com pararlas con las viejas.
Dicho esto en mi descargo, vámonos a
Techiasco, donde a un tiro de fusil de la
aldea y sobre una colina elevada sobre la
com arca circundante se alzan los edificios
de la colonia ingenieril que, con la excep­
ción del principal y más amplio, que es de
m am postería, son de m adera y desarmables
al estilo am ericano.
E n lo alto de aquél, y en un torreón que
lo corona, encontram os a Pepe haciendo
experim entos de facha m ás científica y di-

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

ferentes al parecer, pero en esencia igua­
peta silenciosa) montada en el edificio de
les a los míos de hace un rato con mi se­
Techiasco, también cerrada por una lámina
ñora esposa, el retrato y la estatua.
oscilante, no queda ésta dentro de un apa­
La diferencia estriba en que el espejo
rato telefónico, sino al exterior del torreón,
empleado por el argentino no es de cristal,
dando frente a Agadés y orientada como si
sino formado por una delgada lámina me­
fuera una bocina marina con la cual se
tálica bruñida (lo mismo podría ser de es­
quisiera hacer llegar a allá las palabras por
tirada tripa de cerdo) y movible, aunque
Lobera pronunciadas en lo alto del torreón.
la vista no perciba su movimiento, cual yo
Pero como para que dichas palabras sal­
veía los de aquél. La causa de ello es tra­
varan tal distancia había la doble dificultad
tarse de diferentes clases de movimientos:
de los 240 kilómetros de ella, y la de no
con diferencia que en seguida va a com­
poder salir la voz de la trompeta, por estar
prenderse. La lámina, metálica y muy del­
su boca siempre obturada por completo con
gada, está fija por su contorno al extremo
la membrana vibrante, preciso era idear
de una pequeña bocina (a la cual sirve de
otro modo de hacérselas oír a Bertier en
cerramiento o tapadera) igual poco más o
aquel pueblo: tal modo fué encargar a la
menos a las empleadas para hablar ante
luz que las llevara.
ellas en los teléfonos ordinarios.
Cada palabra, cada sílaba, cada letra por
Es sabido que las placas elásticas de es­
el americano dichas a un extremo de la
tos últimos vibran cuando por el tubo de
bocina equivaldría a una de las pequeñas
sus bocinas llegan a ellas las modulacio­
oscilaciones con que mi mano movía el es­
nes de la voz, que las sacude en forma
pejo frente a la estatuilla, el lugar de la
equiparable a la vibración del parche de
cual suponemos ocupado ahora por el ca­
un tambor golpeado. Así, la placa telefónica
pitán Bertier; pues la cambiante forma,
plana (1 ), cuando no es influenciada por
ahora ahuecada, bombeada luego, con cur­
sonidos, pasa, al ser por ellos herida, a
vatura más o menos acentuada de la placa,
convexa a cóncava, y viceversa: con cur­
originaría cambios de situación con respecto
vaturas o bombeamientos más o menos pro­
al Sol de la superficie de ella expuesta a
nunciados y rapidez variable según la na­
los rayos de éste, y por lo tanto, correlati­
turaleza e intensidad de dichos sonidos:
vas variaciones de la inclinación con que la
cambiando, en suma, de formas con la va­
hirieran dichos rayos: de donde habría de
riada sucesión de éstos.
resultar inestabilidad incesante en el nú­
En la telefonía usual, los temblores y
mero de éstos recibidos por la lámina, y
cambios de forma de la membrana o lámi­
variabilidad continua en las direcciones en
na oscilatoria del micrófono Bell (2) se
que ella los enviara al reflejarlos: cambios
convierten en variaciones de intensidad de
de forma de la placa y de dirección en los
la corriente eléctrica de un electroimán,
rayos muy pequeños, pequeñísimos, cuan in­
uno de cuyos polos se halla próximo a la
finitesimalmente pequeños puedan suponer­
placa vibrante, cuyos continuos y rapidísi­
se, pero suficientes para el objeto persegui­
mos cambios de distancia a él convierten
do, porque es característica de las fuerzas
la vibración acústica de la voz parlante en
y los fenómenos naturales que los efectos
oscilaciones de corriente eléctrica- Por pro­
enormemente grandes sean resultados de la
cedimientos inversos son éstas a su vez
acumulación de impulsos o de acciones intransformadas en vibración acústica de la
finitesimalmente menudos. De aquí que el
membrana del auditivo del teléfono recep­
cálculo integral, que da medio de sumar en
tor que reproduce la voz vertida en la bo­
infinitamente grandes los infinitamente pe­
cina transmisora, en cuyo interior vibra la
queños, haga tan gran papel en la Física
placa, mientras que en la trompeta (tromMatemática.
Consecuencia de lo anterior, ya fácilmen­
te comprensible, es que, en vez de hacer
(1) O con una curvatura determinada corres­
pondiente a la posición de reposo.
temblar una corriente eléctrica, como en los
(2 ) Se cita éste especialmente por haber sido
teléfonos corrientes, la voz oída por la bo­
Bell el padre de la telefonía, inventando el micrócina transmisora de Techiasco se transfor­
fono> es decir, el oído eléctrico, que convierte en
mara en rapidísimo temblor, de la inten­
movimiento y en intermitencia eléctrica la voz de
quien junto a él habla, así como el teléfono par­
sidad y de la dirección del haz de rayos lu­
lante realiza la metamorfosis inversa.
minosos enviado al cuartel de Agadés por
Es curioso saber que hay micrófonos de sensi­
la lámina vibrante. El efecto de este apa­
bilidad tan exquisita que oyen el andar de una
rato transmisor había de ser, por tanto, dimosca sobre su placa vibrante.

LA

MAYOR

solver la voz, y consiguientem ente el pensa­
m iento hum ano, en luz que, a través del es­
pacio, tra n sp o rta ra una y otro a la velocidad
de 300 000 kilóm etros largos por segundo
del volar de la luz, h asta que en su camino
tro p ezara ésta con ingenio capaz de des­
hacer la disolución, separando de los rayos
lum inosos las ideas en ellos diluidas.
¿S erá posible esto?...
¿P or qué no?...
Si la N aturaleza deposita, aquí y allí, en
superpuestas capas sedim entarias, levísim as
p artículas de polvo m ineral disueltas en las
aguas de los m anantiales, p ara form ar con
ellas, al cabo de centenares de centurias,
enorm es y durísim as rocas; si la evapora­
ción saca, en las salinas, sal de las aguas dei
m ar; si vaporizando una solución recoge el
químico, en form a de cristales, los m ateria­
les sólidos antes escondidos entre moléculas
del líquido evaporado, ¿por qué no han de
poderse substraer de la luz enviada de Techiasco a Agadés las palabras, que entrete­
jidas con sus rayos viajen de uno a otro
punto con las prestadas alas de una veloci­
dad 924 veces más rápida que la del sonido?
Compárese el cansino ra stre a r de la babo­
sa con el raudo vuelo del vencejo, y todavía
no se ten d rá idea de tal aum ento de velo­
cidades (1).
Si la electricidad engendrada por reac­
ciones químicas en la pila, por la fuerza del
agua en los saltos de ésta, por el carbón en
las dínamos movidas a vapor, vuelve a tro­
carse, cuando llega a receptores apropiados,
en fuerza mecánica, calor, luz, ¿por qué, en
la vibración lum inosa nacida de vibración
acústica, no ha de poder recuperarse esta
vibración originaria?
Como Lobera conocía la posibilidad de
ello, gracias a una idea original de Bell y
de T intier, perfeccionada por Ruhm er, y
apiícaaa con éxito, a principios del siglo XX,
erlfre G runau y B erlín (15 kilóm etros), no
hubo de inventar nada, sino perfeccionar,
y no fué poco, tal sistem a para obtener de
él el alcance que Duvery necesitaba
Véase cómo se arregló (2).
E n lo alto de un cerro inm ediato a Aga-

(1) Proporción entre la velocidad de la luz, 308
millones de metros por secundo, y 333, que es la
del sonido en el aire a cero grados en Igual tiem po;
y algo mayor con el crecimiento de la temperatura,
12) Quien quiera conocer más detalles de los
que aquí se dan y expuestos en diferente forma,
puede hallarlos en la obra Modernas brujerías de
l e s ciencias, J. de Elola^ y en el artículo en tal
libro titulado “Alas de luz para la voz humana”.
LOS

VEN GADORES

CONQUISTA

gl

dés hay un reducto donde está establecido
el cuartel de gendarm ería. E n tre el reduc­
to y el torreoncillo de Techiasco desciende
el terreno de tal modo, según testim onio
topográfico de los trabajos hechos por los
ingenieros del ferrocarril, que colocando un
anteojo de adecuada potencia en el torreón,
debería, con él, verse el cuartel.
Claro es que el tal anteojo h ab ría de ser
grandísim o y muy bueno; lo cual no era
cosa que hubiere de preocupar en este caso;
pues no necesitándose hacer ver, en Agadés,
sino tan sólo hacer oír la luz allí enviada,
era innecesario anteojo: del cual sólo se ha
hablado para hacer constar la m utua visibi­
lidad de torreón y reducto, en el últim o de
los cuales había dejado Lobera establecida
al sa lir del pueblo otra larhinilla metálica,
sobre la cual caería, en cuanto él m ontara
la estación transm isora de Techiasco, el tem­
bloroso haz de rayos lum iacústicos refleja­
dos, qn el torreón de aquel lugar, por la pla­
ca vib rato ria de la bocina parlante.
Al cuidado y observación de la lámina re­
ceptora del reducto había quedado Raúl,
constituido en ayudante de su amigo el
argentino.
—Es decir, que en el cuartel se montó una
segunda lám ina vibrante.
—Sí; pero con vibración no acústica, co­
mo la de Techiasco, sino electrolum ínica.
—Y eso ¿qué es?
Ya en otros libros de esta biblioteca se ha
hablado del setenio, y para no caer en repe­
ticiones, pesadas p ara mis lectores habitua­
les, sólo diré que unir, o con más propie­
dad, intercalar, un pedazo de tal cuerpo en­
tre los alam bres por donde pasa una co­
rrie n te eléctrica, a la p ar circulante por él
y éstos, es poner a dicha corriente en con­
diciones de que su intensidad varíe a tono
con las oscilaciones de la luz con que el
selenio esté alumbrado, el cual consume en
sus resistencias interiores ta n ta más elec­
tricidad de la que a él llegue cuanto más
obscuro. Sabido esto en general, conviene
ahora, en concreto, decir que la placa de­
jada en el reducto de Agadés p ara que so­
bre ella cayeran los rayos de luz enviados de
Techiasco, era de selenio, y estando in ter­
puesta en los alam bres del circuito de una
pila eléctrica, engendradora de electricidad
d ejaría pasar ésta en gr m cantidad por d’cho
circuito cuando sobre el selenio cayera mu­
cha luz de la enviada por la placa vibrante
de bocina de aquel lugar, en cantidades me­
nores cada vez, según dism inuyera el nú­
m ero de rayos de aquel haz luminoso, y nu6

82

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

las cuando la cápsula de selenlo quedara,
obscura por no llegar ninguno.
Tales pulsaciones de la corriente llega­
rían por el alambre por donde ésta fluía a un
teléfono del cuartel intercalado en el cir­
cuito de ella, convirtiéndose dentro de este
teléfono en vibración acústica de las mem­
branas de los auriculares: que con sus chas­
quidos reproducirían las palabras dichas por
quien hablara desde el centro ferroviario.
Y ya tenemos de nuevo convertida en pala­
bra la luz por la palabra capturada allá
para esconderse en sus destellos. Pero dirá
cualquiera: estando la laminilla reflectora
del torreón en constante vibración, por la
voz producida, la luz reflejada en ella sal­
drá en cada momento en direcciones dife­
rentes, y sólo alguna que otra vez podrá
llegar a la cápsula receptora.
Efectivamente, así sería a no hallarse la
placa emisora en el foco de una gran lente
situada delante de ella; es decir, entre ella
y el lejano selenio, con lo cual los rayos de
luz reflejados por la lámina en diferentes
direcciones torcerán sus caminos al atrave­
sar la lente, saliendo todos de ella en una
misma: la necesaria para llegar al recep­
tor selénico de Agadés: del propio modo
que los rayos de luz de una linterna de ci­
nematógrafo no se esparcen por todos los
ámbitos del salón, sino que refractados en
la lente establecida delante de la lámpara,
salen todos paralelos en la dirección nece­
saria para caer en la pantalla.

Así hablaría Techiasco, y Agadés oiría;
pero otro par de ingenios, exactamente igua­
les a estos de que se acaba de dar ramplona
idea, pero instalados con la bocina trans­
misora en el cuartel y el receptor selenotelefónico en la residencia de Duvery, per­
mitiría oír en ésta lo que de allá dijeran.
Después de puesto el Sol, harían sus ve­
ces arcos voltaicos o fanales de acetileno:
a reserva de utilizar, si conveniente fuera,
focos de la invisible luz ae los rayos ultra­
violados: siendo substituido entonces el se­
lenio por películas fotográficas, que tienen
ojos químicos para ver dicha luz, física­
mente invisible a los ojos humanos, y con­
virtiendo así el fonotelefoto en ultravioletofono.
Algo largo resulta el terminacho; pero
compénsalo lo rápido de la comunicación
con él lograda.
Para resolver el problema en esta última
forma no tendría Lobera sino...
Bueno, lo que tendría que hacer no cabe
en la presente historia, que no es un índice
de posibilidades, sino relato de sucesos- Ade­
más, es de creer que alguna vez conseguiría
hacer hablar claro a Emma, verdadera cul­
pable de que los escarceos radiogoniométricos y lumitelefónicos le tuvieran demasiado
olvidado del Sol y de la empresa heliodinámica que al Sahara lo había traído, y a la
cual es de creer volverá en breve.

XX
LA EMBOSCADA
A los pocos días de la llegada al centro
de trabajos ocurrió un hecho que, llegando
antes de estar terminado de montar el lumiteléfono, dió fehaciente y triste prueba de
cuán poco de fiar era la comunicación por
emisarios en motocicletas, a que hasta en­
tonces había que atenerse.
Estando ya terminados el transmisor y el
receptor de Techiasco, iguales a los que en
el reducto de Agadés quedaban bien enfila­
dos a aquella Residencia, en dirección exac­
tamente conocida por los trabajos del ferro­
carril, fueron establecidos ambos aparatos
en el torreón, previniendo a Raúl, por pro­
pio, de la hora precisa a que Lobera le har

blaría al día siguiente y de las en que des­
de Agadés debería hacerlo él para verificar
las primeras pruebas.
Llegadas tales horas, ni uno ni otro oye­
ron nada: y comprobado el buen estado de
los insti'umentos eléctricos, acústicos y óp­
ticos del cuartel y el torreón, y comunicán­
dose los operadores por dos ciclistas en cons­
tante ir y venir, el buen resultado de tales
comprobaciones aisladas, indicó a Lobera
que el no llegar los rayos luminosos de una
a otra estación habría de obedecer a que en
el camino entre ambas tropezaran con al­
gún altozano, rocas o árboles en donde que­
daran detenidos.

LA

MAYOR

Examinando Lobera y Duvery el plano
del terreno y el perfil del relieve de las
alturas de él, advirtieron que la cumbre del
cerrete de Tembellaga quedaba, en el perfil,
solamente dos metros por debajo de la rec­
ta trazada entre el torreón y el reducto: di­
ferencia tan pequeña que, de haber algún
error de cierta importancia en la nivelación,
podría haber inducido a equivocación, ha­
ciendo creer que la visual Agadés-Techiasco
quedaba por cima de la cumbre de dicho
alto de Tembellaga, cuando en la realidad
fuera por éste interceptada, imposibilitan­
do el funcionamiento del fototeléfono.
Llamado al ingeniero que había nivelado
aquel perfil, respondió de su exactitud, con
error a lo sumo de centímetros, siendo im­
posible, por lo tanto, que la visual cortara
ni aun rozara el suelo.
— Y, sin embargo, amigo mío— dijo Du­
very— la luz no pasa.
— ¡A h !—exclamó el ingeniero consulta­
do— . Ya sé lo que es: tropieza en algo, pero
no en el terreno, sino tal vez en los paredo­
nes de una casa derruida que hay en la
cumbre.
—Entonces bastaría levantar sobre el to­
rreón un castillete de madera de tres o cuaro metros— Imposible, Don Héctor: ese castillete
vibraría con el viento haciendo oscilar la
lente dirigida a Agadés, con lo cual perde­
ríamos la puntería del haz de rayos lumiacúscticos, que no caerían en el receptor del
reducto. No hay más remedio que ir al ce­
rrillo para ver si derribando los paredones
damos paso a la luz— dijo Pepe.
— Ya que allá se ha de ir, no estaría de
más hacer de paso una rápida nivelación
barométrica.
•—Completamente de acuerdo, Don Héctor.
Raúl y yo, con aneroides, iremos a encon­
trarnos en Tembellaga; este caoallero allí,
usted aquí, y en Agadés el capataz que allí
ha de quedarse observarán en barómetros
fijos a horas convenidas.
— Yo puedo además aprovechar mi ida al
cerrete para determinar, con un teodolito,
el punto exacto donde la alineación del to­
rreón al cuartel corte a los muros.
— Perfectamente. Ya no nos queda sino
comparar entre sí, durante veinticuatro ho­
ras, los cinco barómetros (1).
(1) Como la altara barométrica equilibra el
peso de la altura de la atmósfera que queda por
cima del lugar donde el barómetro se halla, sabe
todo el mundo que dos barómetros situados en la

CONQUISTA

83

Efectuada al día siguiente dicha compa­
ración y puestos de acuerdo los relojes de
Duvery, Lobera y el ingeniero que había de
operar en Tembellaga, se llamó a un ciclis­
ta para que llevara a Agadés el aneroide del
capataz que allí había de observarlo, y el
que Raúl emplearía en la nivelación del tra­
mo desde allí al cerro, mientras Lobera ha­
cía la de Techiasco a éste.
El capataz citado estaba en el pueblo con
Raúl para que éste lo impusiera en el ma­
nejo del transmisor y del receptor fotoacústicos, y cuando dicho empleado pudiera ya
desempeñar las funciones de fotofonografista
se quedaría sólo en Agadés, yendo Raúl a
reunirse con su padre en Techiasco. Enton­
ces realizaría Lobera su aplazada expedición
a Lebezenga y Azzau.
Además de los barómetros, era el ciclista
portador de instrucciones que, para evitar
dudas y olvidos, redactó a última hora Lo­
bera, marcando la hora de la salida de Raúl
y las de las lecturas que simultáneamente
habían de efectuarse en los dos aneroides
en movimiento (el suyo y el de Raúl) y en
los fijos de Agadés, Techiasco y Tembella­
ga: instrucciones de las que, por haber sa­
lido de mañana el ingeniero que en el úl­
timo punto había de trazar la alineación, se
sacó una copia que, al paso para Agadés, le
entregaría el ciclista portador de las de Raúl
y de los barómetros.
Era éste uno de los tres dagatuvis emplea­
dos cual correos, pues aunque recientemen­
te, y por los buenos oficios de Bertier, ha­
bían llegado de Borku 160 negros dazas, -fin
quienes se tenía superior confianza que en
los dagatuvis, no se les empleaba como co­
rreos, por desconocer todavía los caminos
de la comarca.
Estos negros habían siao ostensiblemente
contratados como jornaleros para intensifi­
car las obras del ferrocarril; pero con in­
tención secreta de constituir con ellos y los
europeos la guarnición de seguridad del
centro de trabajos; pues, por causas que

cumbre y en el pie de un cerro marcan diferentes
lecturas barométricas, pues sobre la cresta queda,
menos aire hasta el límite superior de la atmósfera
que sobre la falda.
De aquí que comparando en los mismos momentos
las alturas que el barómetro acusa en diversos
puntos de un terreno, puede nivelarse no con alta
precisión, pero muy suficiente para tanteos y an­
teproyectos. dicho terrepo : siempre que se tomen
precauciones y se opere en forma demasiado téc­
nica para explicada en libro de la naturaleza de
éste.

84

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

oportunam ente se dirá, inspiraban mayor
confianza que los dagatums (2).

ricano — agregó el infiel em isario dagatum —sé que las dos ca rtas son copia una
de otra, con órdenes para no sé qué opera­
*
*
*
ciones del replanteo de la línea, que van a
hacer mañana.
A la caída de la tarde salió el emisario,
¡Ah! ¿Sí?—dijo el gendarm e—. E nton­
que en hora y m edia escasa podría llegar a
ces no hay que an d ar con remilgos.
Tembellaga, y en poco menos de tres a Aga­
Y desgarró el sobre dirigido a Raúl, le­
dés; pues su motocicleta hacía 80 kilóme­ yendo atentam ente las instrucciones, fiján­
tros en norm al m archa. Pero tardó algo
dose en las horas de salida de Raúl y de
tmás, porque al llegar a Tadelaka, lugar si­ Pepe de Agadés y de Techiasco y de las
tuado veintitantos kilóm etros antes de don­
de llegada de ambos a Tembellaga.
de debía entreg ar el prim er pliego, se apar­
Y volviendo a m eter el pliego en el sobre
tó de la ru ta directa para encam inarse a
roto, devolvió éste y el intacto al ciclista,
una casa aislada, distante como una legua
diciendo:
del camino de Agadés, y rodeada de unas
—Listo. Llévalos ah o ra a sus destinos.
cuantas mimosas, en donde lo aguardaba
—Pero ¿qué digo al Señorito Raúl cuando
una pareja de gendarmes, a uno de los cua­ vea...
les entregó los dos sobres, diciendo:
—Muy sencillo: que como era ya de no­
—E sto me han mandado llevar al inge­
che cuando llegaste a Tembellaga se con­
niero que sabéis y al hijo del director.
fundió el ingeniero que está allá y abrió ese
El gendarm e m iró los sobres, pensando
sobre en vez del suyo... Raúl es un chiquillo
en que allí le faltaba medio de abrirlos en
sin m alicia y no sospechara nada.
form a que, al recibirlos, no conocieran los
—Sí, pero cuando hable de esto con el
destinatarios la fra ctu ra de ellos.
ingeniero verá que he mentido.
—P or lo que hablaban Duvery y el ame—No te preocupe eso: ellos no se h an de
ver hasta m añana a las nueve; tú estarás
dentro de seis horas de regreso en Te­
(1) Antes de que los franceses se posesiona­
chiasco, donde darás cuenta de haber en­
ran definitivamente, a mediados del siglo XX, de
tregado los pliegos; y con que m añana le­
las comarcas del Air, antes llamado Asben, eran
éstas dominadas por subrazas de origen berbe­
vantes el vuelo yéndote donde no puedan
risco y sahfirico cruzadas con los negros sudane­
echarte la vista encima...
ses. Estas razas son los kel-gheres, los itisan y
—Pero ¿adonde me voy;... x que asi me
los kel-ovis, a los cuales llaman esclavos los tuaquedaré sin empleo.
regs puros: no porque vivan sometidos a servi­
dumbre, sino por el gran número de cruzamien­
—Todo eso está pensado, hombre: de ma­
tos con los negros del sur, que han adulterado
drugada sales de la Residencia cómodamen­
la raza.
te, en tu moto, y te vas a Korao; llegado
Es notable que entre estas gentes no sea el
marido el que se lleva la mujer a su casa y a
allí, buscas al capataz de las salinas, que es
su aldea, sino a la inversa, teniendo el matriar­
hermano y se llam a Morzuk y le dices, fíja­
cado gran importancia entre ellos, y siendo el
te bien: “El gendarme de T adelaka te m an­
orden de transmisión del mando y la propiedad
por herencia no el de padre a hijo, sino de tío
da que me des en seguida colocación lejos
a sobrino nacido de la hermana del titular o pro­
de Techiasco y de Agadés.” ¿Te enteras?
pietario.
—Sí, señor.
Ademfls de estas razas principales viven en la
—Pues hemos acabado. Vete a tu comi­
parte meridional del Air los tagarnos y los da­
gatums. Los primeros, berberiscos, se visten de
sión.
blanco y se arreglan el cabello en trenzas largas,
siendo rasgo distintivo y repugnante de ellos el
de hacer objeto de trófico con los viajeros la
prostitución de sus esposas.
Los dagatums, que no son islamitas, y se afir­
ma forman restos de una raza aborigen, hablan
el mismo idioma, el temaxec, de los tuaregs ; tie­
nen el cutis poco obscuro, y se casan exclusiva­
mente entre sf por ser considerados inferiores a
las demíís razas de que se ha hablado, en las
cuales buscan quienes, mediante el pago de un
tributo corriente, ejerzan con ellos oficio de patrón
o escudo, a fin de tener quienes los defiendan de
los atropellos de que, si no, son víctimas. En las
expediciones guerreras, los dagatums son la carne
de cañón, pues sus patronos los colocan siempre
a vanguardia.

*

*

*

Acampado en una tien d a de cam paña para
él y sus dos topógrafos auxiliares europeos,
m ientras al aire lire vivaqueaban seis ne­
gros dazas, todos, claro es, armados, reci­
bió el ingeniero el pliego de Lobera quin­
ce minutos después de separarse de los gen­
darmes el emisario, que hora y media más
tarde entregaba en Agadés a Raúl el otro:
dándole por excusa de que llegara abierto
la sugerida por el gendarm e; sin que, como

LA

MAYOR

éste había adivinado, sospechara nada el
inexperto y franco muchacho, pues conocía
al ciclista como antiguo empleado en el fe­
rro c arril y lo tenia por hombre de confianza.
A m edia noche entregaba éste a Duvery
la respuesta de su hijo y el ingeniero, ma­
nifestando quedar enterados de las instruc­
ciones.
Al am anecer, cuando los obreros salieron
a sus tajos, tomó el ciclista las de Villadie­
go, sin que hasta el regreso de ellos, al fin
de la jornada, echara de ver nadie su fal­
ta- A dicha hora llevaba muchas ya de acae­
cido el suceso preparado por la infidencia
del que se hallaba ya en Korao.
*

*

*

A las siete de la m añana, h ora convenida,
p artieron Raúl y Lobera de Agadés y Techiasco, respectivam ente, p ara encontrarse
en Tembellaga. Iban en motociclos y escol­
tados: el prim ero, por una p are ja’ de gen­
darm es que le dió B ertier, y el segundo, por
cuatro negros dazas puestos a sus órdenes
por Duvery.
A la salida anotaron ambos las altu ras
de los aneroides en sus registros respecti­
vos, repitiendo durante la m archa iguales
operaciones, de diez en diez m inutos, a ho­
ras coincidentes: las m ism as en que Duve­
ry, en Teohiasco, y el ingeniero y el capa­
taz, en Tem bellaga y Agadés, efectuaban lo
propio.
*
Siendo la distancia de Techiasco a Tem­
bellaga poco diferente, pero m enor la que
había de recorrer Lobera que la que Raúl de.
bía andar, sorprendióse éqte, cuando al cerro
llegó, de no hallar a aquél allí, diciendo al
ingeniero que a los dos los aguardaba:
—¿Cómo? ¿No ha llegado aún Lobera?
—No.
—Me choca: h ab rá tenido alguna avería
en la moto.
Una vez dicho esto, m ostró el ingeniero
al muchacho el lugar preciso donde él su­
ponía debía quedar interceptada la comu­
nicación en tre Techiasco y Agadés por los
paredones de que había hablado a Duvery
y a Lobera. Una vez visto esto, con derri­
barlos desaparecería toda dificultad.

—Me sorprende que tard e ta n to ; porque
de haber tenido alguna avería pesada de
reparar, y siendo im portante la rapidez en
la nivelación, habría seguido en la moto de
uno de sus acom pañantes .

CONQUISTA

85

O nos h ab ría prevenido por alguno de
ellos para que continuáram os haciendo lec­
tu ras de diez en diez m inutos—contestó
Raúl al ingeniero, que era quien había di­
cho lo an terio r—- ¿Me habré yo equivocado
de hora?..» Voy a repasar las instrucciones.
H aga usted el favor de ver tam bién las
suyas.
—Por com placer a ustea; pero es innece­
sario: estoy seguro de ellas-..; es decir, de
las mías, pues las de usted mal puedo co­
nocerlas.
Al oir esto, cruzó por la im aginación de
Raúl, confiado por ser lear, mas nada lerdo,
una idea alarm ante, y preguntó con gran
viveza:
—¿Entonces anoche se enteró usted de su
equivocación antes de leer m is instruccio­
nes
—¿Qué equivocación?... ¿Cómo había de
lee)Jas?
En un in stante se descubrió el embuste
del correo. De esto a pensar en deslealtad,
que no podía nacer de buen propósito, no
había un paso, y dado ya, y u n id a esta cer­
teza al recelo por la tardanza inexplicable
de Lobera, ya inquietó a quienes lo espera­
ban, no una avería de la moto, sino la po­
sibilidad de un accidente ocurrido a la p er­
sona. Y ro cabiendo continuar en tal duda,
resolvieron sa lir camino de Techiasco en
busca suya, cual lo efectuaron sin perder
m inuto, acompañados de la gente que en
Tembellaga estaba, del sargento F rian d y
el gendarm e con R aúl venidos: todos en
motos y side-cars y forzando los motores
de las máquinas*

*

*

Tal vez no habrían pasado diez m inutos
de la salida de Tembellaga de la p atru lla
exploradora, cuando Friand, que m archa­
ba en cabeza, gritó “alto”, por haber visto
u n a m otocicleta caída en el camino, en el
paraje donde ap artab a ue éste una senda
ta n polvorienta como él, encajonada en tre
raquíticas m im osas: la m ism a por donde la
noche an terio r había tomado el dugatum
para i r a enseñar los pliegos a la pareja
de gendarmes.
Por pronto que el pelotón, lanzado a toda
m archa, pudo detenerse, ya estaban quienes
delante iban a cuatro o cinco m etros de la
moto caída, por lo cual gritó el sargento:
—Quietos: todos quietos donde están—Pero, F riand, vea que no podemos per­
der tiempo—replicó la im paciencia de Raúl.
—Como lo perderem os será borrando, con

86

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

las ruedas o los pies, las huellas que ha de
haber en la arena.
— ¡Ah!
— No se mueva nadie hasta que acabe yo
de verlas.
Con gran precaución de no poner los pies
sino donde no borraran los rastros de di­
versas clases de que aquel arenal estaba
lleno, avanzó Friand camino adelante cosa
de cincuenta metros, con la cabeza inclinada
al suelo y muy despacio; retrocedió des­
pués, deteniéndose en el entronque con la
senda; siguió dos minutos por ésta para
tornar ai cruce, al cabo de ellos, retroce­
diendo luego por el camino para mirar
atentamente, cual si buscara algo entre los
surcos en el piso dejados por las motos re­
cién llegadas de Tembellaga. Ese algo que
no hallaba en la parte de camino de donde
venía era pisadas de camello.
Tornó de nuevo al arranque de la senda,
y otra vez se metió por ella, hasta que a
los ocho o diez minutos de comenzadas sus
pesquisas, dijo:
— Ya pueden ustedes acercarse. Dígame,
Don Raúl, ¿podría usted conocer si esta
moto es de la Compañía?
— Creo que sí... A ver. ¡Anda, si es la
mía! No la usa nadie sino yo, porque no
quiero que me la estropeen. Lo que me cho­
ca es que mi padre se la haya dado a na­
die... ¡Calla! Como no haya sido a Lobe­
ra... Y al estar aquí tirada y sola debe de
ser que le haya ocurrido un accidente. ¿Es­
tará herido? ¿Se lo habrán llevado otra vez
a Techiasco?
— No, Don Raúl- Si la moto hubiese vol­
cado habría ido resbalando algún trecho,
arañando el suelo fuertemente con el timón
'y los pedales, y aquí no hay señal de eso.
Quien la montara la ha parado y se ha
apeado... Vea usted aquí la honda huella
que el pie ha dejado al caer con la fuerza
del peso de todo el cuerpo al desmontar.
— Entonces, ese hombre, ese hombre,
¿donde está, y qué se ha hecno de los otros?
Corramos, Friand, corramos.
— Por aquí— dijo el veterano montando en
su moto— . Pero no lo estropeemos con las
prisas: no siempre llega antes quien más
corre... Yo iré delante; pero pai'a seguir la
pista que ya tengo no puedo ir a carrera
ciega. Tenga paciencia, don Raúl, y que no
se me adelante nadie.
Para ganar tiempo se abstuvo el sargento
de dar explicación de lo que había observacio
en las huellas examinadas, y los demás de
preguntarle, aun cuando de ello no les fal­

taran buenas ganas, que, por lo pronto, se
aguantaron; pero como el lector no pierde
tiempo en oírlas, vamos a anticipárselas.
Hasta pocos metros antes del origen de
la senda se veían, muy marcados sobre el
espeso polvo que cubría el camino, los sur­
cos de las motos venidas de Techiasco; en
la cercanía de dicho origen había huellas
de varios pies de hombres y y de pezuñas
de camellos, estando revuelto el polvo por
las ruedas de las mismas motos, como si
allí hubieran virado para volverse por
donde habían venido; y como desde ei
arranque de la senda hasta el sitio donde
Friand había hecho detenerse a quienes lo
seguían desde Tembellaga no había huellas
de bicicletas, inducía todo ello a pensar que
las procedentes de Techiasco habían hecho
alto y dado la vuelta junto al entronque de
la vereda para retrocedei todas por el mis­
mo camino que habían traído: con la ex­
cepción, claro es, de la que allí estaba aban­
donad*,.
Además, las pisadas de camellos que el
sargento vió patentes en la senda co­
rrespondían a dos pistas: una indicaba- que
dos de aquellos animales la habían seguido
viniendo hacia el camino hasta llegar a la
desembocadura de aquélla en éste, sin que
ni a un lado ni otro de ella se vieran en
dicho camino rastro ninguno de tales ani­
males; y como, en cambio, la segunda, pista
impresa en la vereda conservaba las huellas
de las pezuñas de los mismos dos camellos,
pero al revés de las correspondientes a las
del primer rastro, dedujo de todo ello el
experto veterano que después de llegar los
camellos por la senda al entronque de ella
con el camino, y detenídose en tal lugax’,
habrían dado la vuelta para volverse por
aquélla; pero no solos, cual vinieron, sino
precedidos de un hombre cuyas pisadas es­
taban bien marcadas delante de las de los
dos rumiantes.
Para Friand era tan claro cual si lo hu­
biera visto que aquel hombre no podía ser
sino el de da moto caída, abandonado o en­
tregado por sus acompañantes a los jinetes
de los camellos, que se lo habían llevado; y
si el señor Lobera fuera quien montara la
moto, él habría de ser el secuestrado.
*

*

*

Dos kilómetros llevarían avanzados Raúl
y sus acompañantes en pos de Friand que
los guiaba, yendo él conducido a su vez por
el rastro marcado en la vereda, cuando al

LA

MAYOR

CONQUISTA

salvar un otero divisaron al frente la soli­
taria casa donde la noche anterior se ente­
raron los gendarmes, en el pliego dirigido a
Raúl, de las horas prefijadas a la salida de
Techiasco de Lobera y a su llegada a Tembellaga.
Dicha casa, a unos tres kilómetros del
ribazo, transpuesto el cual la vieron, quedaba
al extremo de un llano despejado, que al
mismo tiempo que la casa les permitió ver,
a pocos metros de ella, a un gendarme jine­
te en un camello, con otros dos del diestro,
apostado sin duda como vigilante para otear
entera la llanura; pues al aparecer en lo
raso la patrulla se acercó rápidamente a la
puerta con las cabalgaduras, lanzando gri­
tos que antes de transcurrir medio minuto
reiteró precipitadamente.
Al ver aquello ordenó el sargento:
— Apretar, apretar. A toda marcha. Pre­
paren armas.
A los pocos segundos el gendarme de la
casa, que había hecho a los camellos arro­
dillarse delante de la puerta, gritaba:

87

— Que no hay tiempo; que llegan; que
nos cogen.
A esta tercera y apremiante llamada del
vigía aparecieron otro gendarme y un ahellitzan en la puerta y saltaron sobre sus
monturas, a las que hicieron levantarse rá­
pidamente: no sin tener que vencer la fre­
cuente pereza de ellos para alzarse al ser
montados, pinchándolos reiteradamente con
los cuchillos-bayonetas (1).
Una vez levantados los meharis partieron
los gendarmes y su acompañante a gran
velocidad, desapareciendo en un momento
detrás de la casa, utilizada por los fugitivos
cual reparo que los ocultara a sus perse­
guidores.
— Nos hemos equivocado: son gendar­
mes— exclamó Raúl.
— Si lo fueran no huirían de nosotros—
contestó Friand— . Y agregó a gritos, diri­
giéndose sucesivamente a los paisanos y al
guardia que lo acompañaba:
— Ustedes a la casa, que ahí debe estar
el señor Lobera. Tú conmigo detrás de esos
granujas.
i
«

XHi
EL CRIMEN DE TADELAKA
Cuando el americano y los dazas que con
él salieron de Techiasco para Tembellaga
llegaron al lugar donde dei camino se apar­
ta la vereda a la casa, les echó el alto una
pareja de gendarmes senegaleses montada
en meharis, que hallaron apostada en el sitio
citado, preguntándoles, tan pronto su orden
fué obedecida, si entre ellos iba un señor
Lobera, a quien, al darse a conocer, le fué
ordenado se entregara preso.
Inútilmente protestó él, pups a sus argu­
mentos contestaron los guardias que cum­
plían orden del Capitán Bertier, quien ya
sabría si era o no un atropello aquel arres­
to, como decía el detenido, cuyos acompa­
ñantes dieron vuelta a Techiasco obede­
ciendo mandato de los gendarmes, y cum­
pliendo encargo de Lobera de informar de
lo ocurrido a Don Héctor.
Una vez idos éstos, y cuando la pareja
los perdió de vista, ordenó al preso que
echara delante de ella: mas no camino de
Agadés, sino senda adelante.
Quiénes eran los que escapaban es cosa

que ya el lector sospecha acaso; pero no
siendo fácil sepa, si no se lo decimos, lo
acaecido desde el momento en que, cual
(1) Montar un camello del Sahara no es cosa
sencilla. Para efectuarlo se le hace arrodillarse,
lo cual efectúa el animal gruñendo y protestando,
compelido por tirones del anillo que lleva atrave­
sado en la nariz, la cual hay que tenerle sujeta
mientras se sube a la silla, manteniéndola, me­
diante flexión del cuello, casi en contacto con el
pecho. Cada movimiento del .jinete determina uno
o varios rugidos del animal, cual si lo degollaran,
siendo de aconsejar que se monte de pronto y
por sorpresa.
El camello s u e le levantarse violentamente, dan­
do una sacudida violenta y rapidísima de vaivén
adelante y atrás, que si el Jinete no está muy en
guardia, puede derribarlo; pues el camello del
Sahara no es un animal domado, como el de Egip­
to o de otros países.
No se le guía con riendas, sino únicamente por
la presión de los pies del jinete, que no a horcaja­
das, sino sentado en la silla sobre la joroba, des­
cansa cada uno de los suyos a uno y otro lado
del pescuezo del animal, haciéndole volver a una u
otra mano, según con qué tacón golpea al a n im a l.
De aquí que en los combates entre africanos del
Sahara montados en camellos sea muy frecuente

88

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

Friand había adivinado, fué Lobera secues­
trado, hasta la llegada de los que a liber­
tarlo corrían, preciso es referirlo.
Varias veces, durante el tiempo que el
argentino, escoltado por los gendarmes, tar­
dó en llegar a la casa, insistió en sus pro­
testas, por parecerle imposible, más todavía
absurdo, que Bertier ordenara arrestarlo, y
no haber sospechado pudieran no ser gen­
darmes sus aprehensores; pero en vista de
que éstos callaban como si hablara a sor­
dos, o le oían cual si fueran mudos, enmu­
deció él también.
Llegados a la casa, a cuya puerta estaban
Ben-Cassim sin disfrazar y su camello ama­
rrado a una argolla empotrada en el muro
de aquélla, se apeó uno de los gendarmes,
dejando su mehari al cuidado del otro
guardia que con él venía, el cual se quedó
afuera, mientras é! entraba, echando por
delante al secuestrado y seguido de BenCassim, en quien no pudo aquél reconocer
a Pozo por tener cubierta la cara, cual los
otros, con el litzam ; pero una vez dentro
todo se le aclaró instantáneamene al ver
al falso gendarme quitarse el suyo y oírle
decir:
— Ya se acabó la farsa, y ha llegado la
hora de hablar de hombre a hombre.
— De hombre armado a hombre desarma­
do— replicó el americano— Para hablar no hacen falta armas...
Más adelante, ya veremos. Supongo que me
habrá usted conocido.
— No es fácil saber quién pueda ser el

que los adversarios dirijan sus primeros golpes a
los pies para dejar al enemigo imposibilitado de
guiar su montura'.
Si el camello no tiene humor de levantarse y
echar a andar, lo cual ocurre algunas veces con
estas tercas y estúpidas bestias, procura el jinete
convencerlo a taconazos en el pescuezo; pero a ve­
ces es preciso armarse de paciencia, porque la
obstinación del camello no tiene par en la de ani­
mal a lg u n o : latigazos y palos son inútiles, porque
el cuero del camello es insensible a ellos.
Si por la violencia se le quiere convencer, no hay
más remedio que pincharle bárbaram ente; pero
tomando la precaución de agarrarse con fuerza al
vástago vertical y alto de la silla que se alza en­
tre las piernas del jinete para evitar ser de­
rribado por la violentísima sacudida que al levan­
tarse, así hostigado, da el animal.
Puede estar hasta una semana sin b e b e r; mas
cuando bebe ingiere inverosímiles cantidades de
agua, que no de una vez, 6ino en dos o tres su­
cesivas y cercanas abrevaduras, llegan hasta la
de 40 a 45 litros.
E l camello sahárico es un extraño animal que,
como sus ordinarios dueños los nómadas del Saha­
ra, aborrece, y no lo disimula, al hombre, tanto,
que no pasta a gusto sino cuando está solo.

que siempre se esconde tras robadas perso­
nalidades; pero deduzco que debe avergon­
zarse de su propio nombre.
— No me insulte: tengo poca paciencia.
— Ayer se disfrazaba usted con la de Núñez, cobardemente secuestrado como yo;
hoy con ese uniforme que a traición habrá
robado.
— Gahel: si tú aguantas Tos insultos de
ese hombre, yo no estoy dispuesto a...
— ¿El digno secuestrador del verdadero
Pozo? ¿No es verdad? Y, sin duda, teniente
de la cuadrilla de bandoleros que por lo
visto capitanea usted.

— ¡Perro maldito! Ahora verás.
— Quieto, Cassim. Pero usted, por su bien,
debe acordarse de que está en mi poder,
pues no presumo de paciente.
— Ni lo olvido, ni ignoro lo que puedo
esperar de dos valientes que, no bastándo­
les ser dos y bien armados, han tenido la
prudente precaución de desarmarme.
■—Pero ¿cree usted que yo le tengo miedo?
— Las muestras de eso son.
— ¡Señor Lobera!
— Señor salteador de caminos: sí des­
armado no me asustan sus armas, no pen­
sará espantarme con sus voces.
— Basta. Las armas se le devolverán, si
es que las necesita, en cuanto...
— ¿Qué disparates dices?. ¿Estás loco,
Gahel?
— ¿Callarás de una vez?... Pero antes de
devolvérselas a usted necesito hablar con
calma del motivo por que lo he traído aquí.
Lobera comenzaba a sospechar cuál era
aquel motivo; mas la violencia de su in­
dignación por el villano proceder de que
era víctim a lo exacerbaba, al punto de que
a falta de armas con que dañar a su ene­
migo quiso abofetearlo con la lengua, y
dijo:
— Acabemos. ¿Cuánto dinero vale mi res­
cate?
Gahel, que al decir sus últimas palabras
se había sentado junto a una mesucha des­
vencijada, sobre la cual había tintero, plu­
ma y unas hojas de papel, se levantó fre­
nético al oír la insultante pregunta, con
propósito de arrojarse sobre el que se la
hacía; mas reprimiéndose inmediatamente,
dijo:
— Dé gracias a que aún está usted des­
armado; porque si no ya le habría arran­
cado la lengua... No es eso... Su libertad y
6U vida tienen otro precio.
— ¿Cuál?
— Su escrita y firmada promesa de mar-

Dale, dale, Gassim— gritó Abd-el-Gahel al ver brillar el arma.

LA

MAYOR

CONQUISTA

«
charse inmediatamente de Africa, sin vol­
ver a Techiasco, y de renunciar a todo plan
sobre la Señorita de Duvery.
—A quien usted se apresurará a enviar
•mi firmado compromiso para consolarse de
la repulsión que usted la inspira con el des­
precio que por mí sentiría ella al recibir
tal documento—No tengo que dar a usted explicaciones.
— Pues sepa usted que aunque mi cobar­
día llegara a firmar esa vergüenza, la Se­
ñorita Duvery no será nunca de un bandido
como usted. Pero no firmo, puede usted ase­
sinarme.
-—Está usted equivocado en las dos co­
sas: esa mujer, que he jurado sea mía, lo
será, puede usted estar seguro, y voy a ga­
narla matándolo a usted antes, pero no ase­
sinándolo, sino de hombre a hombre, como
al entrar aquí le dijeAl decir esto desenvainó Abd-el-Gahel el
cuchillo-bayoneta de gendarme que llevaba
al cinto; y cogiendo el de monte de su ri­
val, que con la pistola que le habían qui­
tado estaba sobre la mesa, se lo alargó a
Lobera, agregando:
—Tenga usted su cuchillo, y gánela si
puede.
Rápido se abalanzó el americano a coger
el arma; pero, antes que él, ya Ben-Cassim
se la había arrancado de la mano a Abd-elGahel, gritando:
— Si tú estás loco, yo no lo estoy, gracias
a Al-lah—No está mal la comedia—gritó Lobera,
lívido de coraje al perder la esperanza de
poder defenderse.
— No es comedia. Cassim, da inmediata­
mente el cuchillo a ese hombre, y apártate.
Lo mando—Ni en esto puedo obedecerte, ni por una
mujer tienes derecho de arriesgar la vida,
que no es tuya, porque ofreciste consagrar­
la a más altas empresas.
Estas palabras hicieron gran impresión
en el predestinado caudillo de los vengado­
res, muy convencido de su providencial pa­
pel y de la superioridad que lo ponía por
cima de las demás criaturas. Y cual vol­
viendo a sí después de haber estado en
riesgo de descender de su olímpica altura,
dijo:
—Tienes razón, lo primero e's lo otro: haz
lo que quieras: ese hombre no merece que
sea yo mismo quien...,
— ¡Farsante, cobarde, c o b a r d e !— rugió
Lobera antes de que Gahel acabara la fra­
se, en donde adivinaba su sentencia de

89

muerte— ; y enardecido por la inminencia
con que le amenazaba ésta, se arrojó sobre el
grupo formado por sus dos enemigos, gri­
tando:— Pero, a lo menos, no moriré como
un cordero.
Tan impensada fué la acometida, que los
otros se dieron cuenta de ella cuando ya
Lobera había arrebatado su cuchillo de la
mano de Ben-Cassim y asestado con él ra­
bioso golpe a Abd-el-Gahel, que sólo consi­
guió librar el pecho levantando el brazo y
recibiendo en éste la cuchillada dirigida a
aquél.
^
—Guárdate, Gahel. ¿Lo ves, lo ves?—gri­
tó Cassim.
Unos cuantos segundos osciló a un lado
y otro el grupo de los tres hombres enra­
cimados.
Al sentirse Abd-el-Gahel herido y que la
puñalada le hacía caer de la mano armada
el machete, todavía tuvo presencia de áni­
mo para sujetar con la otra la de Lobera,
que esgrimía el cuchillo con intento de dar
un nuevo golpe. La izquierda de Ben-Cas­
sim se aferró al mismo tiempo a la parte
trasera del cuello de la chaqueta de aquél
dando un tirón de él hacia atrás, mientras
con la derecha sacaba de la vaina la gumía
que llevaba al cinto.
— Dale. Cassimi, dale— gritó el Gran Caíd
al ver brillar el arma, que inmediatamente
hundió aquél en la espalda del argentino,
a quien siguió sujetando por el cuello el
poquísimo tiempo que tardó en desplomar­
se, diciendo:
— ¡Cobardes, cobardes!... A traición me
habéis muerto.
— Ya tiene bastante. Pero tú, ¿dónde es­
tás herido? ¿Dónde te ha dado este maldi­
to?—preguntó el asesino, alarmado con la
sangre de que Gahel tenía manchado todo
el pecho.
—No es nada, nada. Toda esta sangre no
es sino del brazo.
— Sí, pero es mucha.
— Quema unos trapos y luego me venda­
rás con tu pañuelo y con el mío.
Según decía Gahel, púsole su tío en la
herida cenizas de unos trapos que cortó de
la funda de un jergón relleno de las duras
hierbas que casi secas crecen a lo largo de
los exhaustos uad (ríos sin agua) del De­
sierto, que estaba en un rincón de la casucha, y quemó después: con lo cual no se
atajó del todo, pero se aminoró mucho la
hemorragia. Vendó seguidamente el brazo
con los pañuelos y con jirones desgarrados
de una camisa que sacó del morral de gen-

90

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

sa sa n ita ria con lo necesario para hacerlas
darm e que Abd-el-Gahel llevaba, sin cesar,
m ientras lo curaba, de reprenderle su im­
prudencia.
—Sólo me pesa—contestó después de la r­
go rato de silencio el reprendido—que ese
hombre no haya m uerto por mi mano y
cara a ca ra... Muchos y grandes eran los
sacrificios que ya llevaba yo hechos para
dar libertad a mi p atria y vengar a mis
herm anos; pero ninguno me ha dolido co­
mo el de haber dejado que un valiente haya
m uerto llamándome cobarde... E ra preciso:
qué le hemos de hacer...
Cuando faltaba poco para acabar de ce­
ñ ir el improvisado vendaje, se oyeron los
gritos de T inkert, que, ignorante de lo ocu­
rrido adentro, gritaba:
—Afuera, afuera: que vienen los gendar­
mes.
—Vamos, vamos, Cassim.
—Déjame que siquiera acabe de anudar
este nudo.
—Si os descuidáis nos cogen.
—Así se tiene ya, Cassim. Vámonos, vá­
monos—dijo Gahel, saliendo precipitada­
m ente seguido del otro; y viendo, cuan­
do afuera estuvieron, que T in k e rt no exa­
geraba, pues no faltaban a sus perseguido­
res sino un kilóm etro p ara llegar a ellos,
m ontaron sin perder instante en los meharis y escaparon a cuanto éstos podían
correr.
*

*

*

M ientras R aúl y los demás entraban en
la casa, dieron vuelta a ella el sargento y el
gendarme, confiados en que con sus motos
pronto podrían alcanzar a los que huían en
camellos; pero no habíáh contado con que
el terreno de m ás allá de aquélla era una
cuesta sum am ente agria, de piso desigual
erizado de pedruscos que aquéllos bajaban
a un tro te velocísimo y por el cual era im­
posible que rodaran las motos y que corrie­
ran m uy pocos m eharis a no ser, como aqué­
llos, criados en la serranía.
—Pie a. tie rra ; fuego, fuego—gritó ra­
bioso F riand.
El y su compañero dispararon tres tiros
cada uno, pero inútilm ente; pues sobre que
la agitación de la pasada ca rrera y lo pre­
cipitado de los disparos dificultaban hacer
buena puntería, contribuyó además a p ri­
v ar de eficacia a los tiros ei estar los fugi­
tivos lejos ya y ser muy difícil a tin a r en
blancos violentam ente zarandeados por el
típico balanceo del trote «el camello.

Tendió la vista F rian d en torno suyo,
buscando terreno practicable a las motos
por donde fuera dable rodear la cuesta pa­
ra cortar la retira d a a ios fugitivos; y al
convencerse de que lo amplio del rodeo
an u laría la ventaja de la m ayor velocidad
de las máquinas, dió una patada de coraje,
soltó un taco y dijo después de éste:
—Por esta vez se van... Esa es, de fijo, la
pareja senegalesa desertada... ¡Que no me
habría gustado poco ser yo quien la pesca­
ra !... Ea, vamos con los otros. Por lo me­
nos creo que habrem os encontrado al señor
que busca Don Raúl.
Cuando éste y sus acom pañantes entra­
ron en la casa quedaron espantados al ver
en el suelo, tendido boca arrib a sobre un
charco de sangre, a un hombre, m uerto al
parecer, en quien por el traje, antes que
por la cara, reconocieron a Lobera, supo­
niéndole herido en la espalda por no verle
herida en cabeza, pecho ni vientre.
P ara enterarse de si vivía o no se arro­
dillaron a ambos lados de él Raúl, el inge­
niero y los ayudantes—Creo que hemos llegado tarde—excla­
mó el prim ero con voz ahogada al no sen­
tir las pulsaciones que con ansia buscaba
en la muñeca del am ericano.
—Aguarde—dijo el ingeniero, desabro­
chando la chaqueta, rasgando la camisa e
inclinándose sobre el pecho de aquél para
poner el oído sobre el lado izquierdo— .
Quietos: no hacer ruido, no m overse... No
me atrevo a responder de ello, pero me pa­
rece que aunque m uy débilm ente late el
corazón.
—A ver, a ver—dijo el muchacho.
En esto entraba el sargento, quien, ante
el cuadro que se ofrecía a su vista, dijo:
— ¡Ah, canallas!... Bien han sabido apro­
vechar el tiempo..., ¿E stá m uerto o vivo?
—De esa duda tratam o s de salir.
—A ver, a ver... Déjenm e: en eso tengo
alguna práctica..., E stá vivo; pero como nos
descuidemos no lo estará mucho tiempo;
porque sin contar lo que la herida pueda
ser, dentro de cinco m inutos se nos muere
si no cortamos la hem orragia. Tú, mucha­
cho, trae la bolsa de mi moto.
Los gendarmes del S ahara, que no es raro
sean heridos a m uchas leguas de los luga­
res donde médico o p ractican te puedan
asistirlos, reciben, como p arte de su ins­
trucción m ilitar, enseñanzas relativas a las
prim eras y más elem entales curas de u r­
gencia, y de su equipo form a p arte una bol-

LA

MAYOR

bastante más completas que los paquetes de
curación individual reglam entario en los
ejércitos civilizados. Cada guardia es, por lo
tanto, casi un practicante. E n cuanto al ve­
terano, con veinticinco años de servicio, que
se disponía a asistir a Lobera, no lo era casi,
s:i>o por completo, y apreciando la urgen­
cia de no perder segundo, comenzó a ac­
tu ar con gran celeridad: dando órdenes a
todo el mundo y procediendo con pasmosa
expedición, a la cual no estorbaba el no te­
ner la lengua quieta un solo instante: ver­
bal incontinencia en él característica siem­
pre que se veía en apurados trances, de los
cuales no se desenredaba sino pensando en
alta voz.
—T raigan, traigan aquel cántaro y aque­
lla cazoleta... Quite: está que es una por­
quería: buena la iba usted a hacer, don
R aúl; sabe Dios los microbios que tendrá
el cacharro ese: es m ejor una de nuestras
fiambreras-.. Tú, dame la de tu m ochila—
dijo al gendarm e que venía con el cántaro—
y lim píala muy bien con sublim ado del fras­
co de la bolsa, pero deja bastante para la­
var la herida... Pero ¿qué haces ahí? Dale
el cántaro a este señor... y saca y trae los
otros trebejos de la bolsa... E sta vez me
figuro que van a hacer falta todos y más
que hubiera. Ustedes, echen aquí una m ano
para volver boca abajo a este hombre.
—Pero aquí, ¡en el suelo! E sta ría m ejor
en aquel jergón...
—Bueno está el pobre para zam arrearlo:
antes que lo pensáram os se le había ido la
poca sangre que le quedaba. Ca, no señor:
aquí mismo le damos la vuelta de costado.
Pero muy despacito... No; hacia ese lado,
no, que lo estropeamos-.. No levantarlo, sino
darle la vuelta... poco a poco... ¡Cuidado!...
Así- ¡Ajá!... ¡Qué barbaridad! Ni que hu­
bieran degollado una res... Sí que nos he­
mos puesto buenos: como llegara ahora el
juez diría que éramos los asesinos... Tú,
daza, trae tu cuchillo... E s para rasgarle la
espalda de la chaqueta y las m angas, Don
Raúl, porque como quisiéram os sacársela a
tiró n se nos quedaba el hombre entre las
manosM ientras hablaba F riand, y antes de que
el negro tuviera tiempo de darle el cuchi­
llo, se lo quitó él de la m ano; y m etiendo la
p unta entre la nuca y el cuello de la cami­
sa del herido, rajó de un solo corte desde
arrib a hasta abajo las espaldas de cam isa
y chaqueta, a la par que necia a su subor­
dinado:
—Tú, el agua sublim ada y el algodón...

CONQUISTA

91

Aquí la tenemos—se refería a la herida—.
Malo, malo: mucho será que escape... ¡Mal­
dita puñalada! Bien la conozco, bien: es de
gumía, y el que la ha dado sabe lo que se
hace... M iren aquí... No, ahora no se ve
bien con ta n ta sangre: aguarden que la
lave un poco... Tú, otro algodón; pero no
lo escurras tanto... Ahora, ahora: m iren
aquí, a la derecha del espinazo, por debajo
y junto a la últim a costilla... Y por dentro
ya sé por donde ha ido la gumía. Esos mal­
ditos las dan de abajo arriba, y con esa he­
rram ienta, más larga que un mal día, nue­
ve veces, de diez, llegan al corazón... E sta
vez es la otra, puesto que no está m uerto;
pero no debe haber faltado ni un pelo; y
mucho será que este pobre señor pueda
contarlo... ¿H as preparado el percloruro?
—Sí.
—Bueno, tenlo ahí; pero antes trae la je­
ringuilla grande. Bueno. Ve ahora añadiendo
agua, poco a poco, al sublimado-.. Más, más:
así está bien.
—¿Pero no ataja usted esa sangre, como
decía?...
—Ahora corre más prisa desinfectar por
dentro: para eso he aflojado el sublimado.
¿No ve usted que esos guarros no son como
nosotros, que siem pre llevamos curiosas las
arm as, sino que las tienen llenas de g o rri­
nerías, y a lo m ejor se la hincan a ün cris­
tiano después de haber con ella degollado
un cordero con viruelas o desollado un bo­
rrico recién m uerto de muermo.
—¿Peo va usted a m eter la jeringuilla en­
te ra en la herida? La está usted desgarran­
do toda.
■—No se apure: es por fuera, no impor­
ta ; y quiero que el desinfectante entre bien
a lo hondo.-. Listo... Ahora ,trae el algodón
con percloruro... Esto no tiene nada*. Tú
tam bién tienes unas economías... Tráelo acá,
sin ^1 tapón: lo m ejor es echar con el m is­
mo frasco unas gotas dentro de la herida...
¿Lo ves, hombre, lo ves? Ya se paró la sa n ­
gre... Aprende.-.; y si alguna vez tienes que
apañarm e a mí, acuérdate: nada de rem il­
gos: a lo caballo: esa es la fija... Las pam ­
plinas, para las señoritas.
—¿Y ahora cómo llevamos a ese hom­
bre?—dijo el ingeniero—• Porque si lo me­
tem os en la navecilla de un side-car, las sa­
cudidas pueden provocar nueva hem orra­
gia.
— ¡Y tanto, señor ingeniero! Aquí no hay
sino ir a la Residencia por el auto-ambu­
lancia con cam illa colgada.
—Voy, voy por él—exclamó Raúl, que

■'..................

92

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NOVELESCO-CIENTIFICA

apenas lo había dicho .estaba fuera y salía
escapado como un rayo en su moto.
— ¡Señor Raúl, Señor R aúl!... Y se va
solo..- A ver si hacen con él otra como esta.
Tú, y usted, ¡señor ingeniero, y los ayudan­
tes que están mejor armados: echen detrás
de ese cohete loco. Yo aguardaré aqui con
los negros hasta que ustedes vuelvan con
el auto.
Salieron los aludidos, montaron en las
motos y partieron a toda marcha en pos de
Raúl. Por considerarse en funciones de mé­
dico de cabecera se quedaba Friand, mono­
logando incesantemente.
— Si no ando listo se nos iba... A ver có­
mo anda... ¡Uy, este pulso se va!... Mucho
será que no hayamos perdido el tiempoAquí habia que hacer algo gordo, ¡redíez!...
¡Ah, los frasquitos de la bolsa!... Yo no los
he usado nunca, y dicen las instrucciones

que sólo a la desesperada; pero más deses­
perada que esta, ni más muerto que está...
Ea, a ello... Este botecillo es el café (quería
decir la cafeína); este el aceite alcanfora­
do... ¿Le pongo la jeringuilla gorda o la
chica?... Empezaré por la chica, y si no se
alienta, le atizaré luego la gorda.
Y dicho y hecho: dos minutos después ya
tenía el herido en el cuerpo 40 centigramos
de cafeína y 80 de aceite alcanforado.
No tuvo el cabo necesidad de acudir a la
gorda, porque, como él decía, alentó el he­
rido. Por supuesto, sin volver en sí ni sin
q u e ^ l pulso subiera sino levemente; pero
lo bastante para alejar la idea de inmediata
muerte.
— Algo es algo... Pero mucho será que el
hombre salga al fin de ésta. ¡Menuda puña­
lada le han atizado!

m

XXII
AL FIN HABLA EMMA
Llevaba Raúl tal marcha, que quienes lo
escoltaban no consiguieron sino verlo fu­
gazmente a lo lejos, alguna que otra vez, en
los largos tramos donde el camino era rec­
to y despejado; pero esto bastaba a darles
confianza de poder socorrerlo en caso ne­
cesario; pues de ser por alguien atacado,
podrían llegar en poquísimo tiempo junto a
él. Solamente lograron darle alcance cuan­
do, como a una legua de Techiasco, se de­
tuvo el muchacho, al encontrarse con su
padre y dos ingenieros, que en sentido
opuesto venían a toda marcha en un auto,
escoltado por dos side-cars con seis hom­
bres armados.
Al acercarse Raúl con el traje de dril en­
sangrentado, le dió un vuelco el corazón a
Duvery, por creer que aquella sangre era de
su hijo; pero al verle saltar ágilmente de la
bicicleta al suelo y correr nacía el, se le pasó
el susto, dejándole lugar a que renacieran
sus temores por Lobera; pues los dazas con
éste salidos de mañana habían regresado
un cuarto de hora antes, relatando el arres­
to y cumpliendo el encargo de los gendar­
mes de decir a D. Héctor que el capitán de­
ploraba mucho la prisión, por tratarse de
persona de la amistad de aquél, pero que
obedecía a orden telegráfica de prender a

su huésped y de enviarlo preso a Marrakesh
en el primer tren que para allí saliera.
En cuanto Duvery oyó tal relato recordó
la deserción de la pareja senegalesa de Zinder; díjose en seguida que era imposible
creer que teniendo Bertier a su lado a Raúl,
en Agadés, nada hubiera dicho ést~ de tan
estupenda novedad, ni que dejara de avisar
a su padre: máxime habiendo tenido a su
disposición el ciclista que fué y vino al
pueblo la noche anterior, cuando de ser
verdad la orden telegráfica de detención de­
bía haberse recibido mucho antes; pues para
que una pareja no montada en motos pu­
diera hallarse en Tadelaka a la hora del
arresto debía haber salido de Agadés la vís­
pera de mañana; y haciéndole todo esto sos­
pechar que la orden de Bertier fuera men­
tida, se le ocurrió la idea de que aquéllo te­
nía todas las trazas de un audaz secuestro.
Tan pronto tuvo tal creencia, decidió sa­
lir inmediatamente para ver si encontraba
en el camino alguna pista, proseguir a Aga­
dés a dar parte oficial del atentado y ha­
cer que, sin pérdida de tiempo, fueran per­
seguidos los criminales desertores, que, en
su entender, hablan aprovechado el unifor­
me para dar el golpe.
Como sólo pensaba en un secuestro para

LA

MAYOR

pedir fuerte rescate, por no creer pudiera
m ediar allí odiosidad a un forastero re­
cién llegado, le cogió de improviso la te­
rrible noticia del sangriento crim en, que­
dando de momento anonadado al oírsela a
su hijo. Mas reponiéndose en seguida, por
ad v ertir la urgencia de traslad a r y prestar
asistencia médica a quien se hallaba en el
desesperado trance por R aúl pintado, retor­
nó sin dem ora a Techiasco en busca del mé­
dico de la Compañía y del camión-ambulan­
cia, bastante usado en el transporte de jo r­
naleros heridos, en accidentes de las obras,
a distancias con frecuencia grandes del cen­
tro de trabajos donde estaba la enferm ería.
*

*

*

Las tres de la ta rd e serían cuando llega­
ron a la casa del crim en don Héctor, Raúl
y el médico, quien después de pulsar y aus­
cu ltar a Lobera y de oír la explicación de
su herida, hecha por el sargento Friand, no
auguró bien del caso, contestando a Duvery, que le preguntó si no practicaba reco­
nocimiento y nueva cura:
—E n el reconocimiento se nos quedaría,
y no lo necesito, porque conozco como el
sargento esa puñalada clásica en esta tierra.
Tampoco quiero levantarle el apósito, que
está bien puesto; pues lo único que por
ahora cabe hacer ya lo ha hecho, como yo
lo habría hecho, este hombre, que al conte­
n er la hem orragia y al poner las inyeccio­
nes estim ulantes, ha salvado por dos veces
la vida a...
— ¡Ah! ¿Entonces es que está salvado?
—No, Señor D irector: no habla de lo por
venir, sino sólo del momento; pues a no
ser por F riand, no habríam os encontrado
vivo al señor Lobera, que no por eso deja
de estar gravísim o: más aún, en inm inen­
te peligro; pues aparte su terrib le herida
sobre la cual no cabe todavía pronóstico, lo
más grave es ahora la pérdida de sangre:
tanto, que m ientras no lo veamos salir de
hoy y de mañana, no hay para qué pensar
en lo demás.
M ientras la pareja de gendarm es—la au­
tén tica—se volvía a Agadés a en terar a su
jefe del atentado, los demás regresaron
con el herido a Techiasco, llegando allá bien
cerrad a la noche; pues el auto-ambulancia,
donde junto a aquél iban Duvery y el me­
dico, cada vez más pesimista, no pudo ir
de prisa, por tem or a sacudidas que provo­
caran nueva y m ortal hem orragia.
A la puerta del cercado que circundaba los

CONQUISTA

93

edificios de la Residencia aguardaba Em m a
en com pañía de su nodriza—una negra de
Tafilete alta y flaca, dura como el acero, que
desde que nació “su n iñ a” jam ás se había
separado de ella—, la cual la había ido pre­
parando, por encargo que al m archarse la
hizo Duvery, temeroso de que Lobera pu­
diera llegar m uerto.
H asta ahora, apenas hemos hablado de
la personalidad moral de Emma, perfecta
m ente arm ónica con la física, em inentem en­
te delicada, todo lo más fem enina que en­
contrarse pueda, cuan d istan te quepa ima­
ginar del tipo de la m ujer varonilm ente
enérgica. Apacible, dulce, tím ida, más to­
davía, asustadiza en corrientes azares de
la vida normal, todo en ella parecía débil:
nervios, espíritu, carácter. Todo, menos los
sentim ientos; pues si a las suaves emocio­
nes y a las leves contrariedades, únicas has­
ta entonces experim entadas en su vida plá­
cida, sucedieran fuertes sacudidas causadas
por am or o dolor, despertarían éstas en el
corazón de Em m a latentes energías capa­
ces de imponerse a nervios y carácter, de
hacerla olvidar miedos y reparos, y de llegar
suave y dulcemente, cual cosa natural, pre­
cisa, lógica, a cuanto el corazón pidiera, aun
afrontando los más grandes sacrificios. En
sum a: siendo p ara ella el corazón la vida
lentera, era cobarde, y sería cobardísim a
m ientras tenía o tuviere alegre y lleno el
corazón; mas de perder tal alegría pareceríanle pequeños todos los dolores ante el
dolor de sentirlo vacío, insignificante todo
padecer ante el sufrim iento que la ocasio­
naría la imposibilidad de d ar satisfacción
a sus impulsos afectivos.
Sabido esto, para com prender lo que pa­
decía m ientras con vehem ente tem or de no
verlo llegar con vida aguardaba la llegada
del herido, baste agregar que en el mes lar­
go que llevaban él y ella de cotidiano trato,
y no obstante su situación externam ente in­
definida, pues ya sabemos no eran novios,
según suele entenderse esta palabra, el co­
razón de Em m a,-lleno de Lobera, había ad­
quirido la certeza de que el de él estaba
lleno de Emma.

Apenas el auto-am bulancia se detuvo a la
puerta del recinto y bajó de él Don Héctor,
se lanzó hacia él su hija, preguntándole an­
siosa:
,
—¿E stá m uerto, está m uerto?
—No, Emma, no.
—La verdad, papá. ;P or Dios, la verdad!

94

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

—De veras, h ija m ía: te aseguro que vie­
descubrir francam ente a su padre, por la
ne vivo.
prim era vez, el am or a Lobera; tan resuel­
—De qué modo lo dices; no lo dirías con
ta le pareció a aquél a no privarse del con­
m ayor tristeza si...
suelo de ver al hombre amado, que conmo­
—Es que no quiero ocultarte que está muy
vidísimo y arrancándole lágrim as el dolor
grave.
de su hija, dió a ésta un beso y contestó:
Sin contestar nada a su padre, se abrazó
—Ven.
Em m a a él, rompiendo en silencioso llanto.
Al llegar ellos a la alcoba estaban en ésta
—Vamos, hija, vamos... Serénate... Y dé­ el médico y Raúl.
jam e atender a llevar a la cama a ese pobre
Se acercó Em m a a la cama, m iró el pa­
muchacho para que el médico pueda pres­ lidísimo rostro del herido, y volviéndose al
tarle sus prim eros cuidados.
médico, preguntó despacio, sin ruidosos
—Sí, sí: ve en seguida-.. Pero prométeme
transportes de dolor, pero anegada en si­
que en cuanto acabe el médico me llam arás.
lencioso llanto, y con voz tan sorda que so­
—¿P ara qué?
brecogió a todos.
—P ara verlo.
—Se muere... ¿no es verdad, don Gustavo?
—¿A qué, mujer?... Lo m ejor es que te
—M ientras hay vida, hay esperanza... Dios
acuestes.
puede...
—No discutamos, papá: no quiero dete­
—Papá, desearía que tú y yo nos quedá­
n erte; pero hasta que vayas a mi cuarto en
ramos a velarlo: el doctor y Raúl estarán
cuanto don Gustavo—el médico—lo cure, no
fatigados.
me acuesto.
La prim era intención de Duvery fué no
—Bueno, hija, bueno... Maka, cuida de la
aceptar la compañía de Emma. H abía leído
niña.
claro en su corazón y le asustaba el torm en­
Maka era la nodriza, que se llevó a Em m a
to terrible que sería para ella pasar toda una
a sus habitaciones, donde ni una ni otra
noche viendo avanzar la m u en e sobre el hom­
despegaron los labios hasta que, pasada me­
bre a quien am aba; pero a despecho de lo
dia hora, llegó Duvery.
suave del tono y de la hum ildad de la m irada
—¿Cómo está?
anhelante con que im ploraba le fuera con­
—Un poquito menos mal—contestó él sin
cedida satisfacción a aquel deseo, la expre­
convencimiento.
sión desgarradora de su rostro hizo com­
—¿Dónde tiene la herida? ¿Lo ha curado
prender a Don H éctor que sería más cruel
ya don Gustavo? ¿Qué dice?
negarle aquel torm ento que otorgárselo.
—Por ahora ha atendido a lo más urgen­
—Como tú quieras, h ija mía.
te, poniéndole una inyección de suero para
Salieron el doctor y Raúl, y en cuanto
reanim arlo y ver de conseguir que cesen
Em m a se vió a solas con su padre, se acer­
los colapsos producidos por la hem orragia.
có a la cabecera de la cama y dijo:
—Papá, eso es que está malísimo: que hay
—Papá, lo quiero con todo mi corazón;
tem or de que se m uera de un momento a
creo que lo sabe.., digo, lo sabía; pero ni
otro.
nunca se lo he dicho, ni h asta ahora le he
—Se luchará, se está luchando por todos
dado una sola prueba de cariño, y...y ten­
los medios—dijo Don Héctor, no queriendo
go ansia del alm a de que antes que se
m atar del todo la esperanza, pero huyendo
muera....
de aum entarla.
—¿Qué quieres decir?
Viendo ella clara la situación, sintió un
Todavía vaciló la tim idez de Em m a; pero
deseo tan enérgico como jam ás lo había ex­
sólo un instante, pasado el cual dijo re­
perim entado, que la hizo levantarse, enju­ suelta:
garse los ojos y decir con voz que su pa­
—Que ahora que él no lo ve, y lo ves tú,
dre no la conocía, por palpitar en ella re­
quiero darle este beso.
solución inquebrantable, insólita en su fla­
Sintió Don H éctor henchido el corazón con
ca voluntad:
la am argura del su frir que atenazaba al de
su hija, y dijo, tard e ya, pues ella no había

—Papá, quiero verlo.
aguardado su licencia:
—P ero..
—Dáselo, dáselo: tu padre lo comprende
—Por el cariño que me tienes, por el que
te tengo, llévame adonde está; tengo ansia
y lo autoriza...
— ¡Y no lo siente, no lo siente!... ¡Va a
de verlo; p referiría m orirm e viéndolo a
m o rir sin ver cómo lo quiero!
vivir sin verlo.
—Basta, h ija mía, basta.
V ibraba de ta l modo la voz de Em m a al

LA

MAYOR

Cediendo a la dulve violencia de Duvery
se apartó Emma de su amado, sintién­
dose en seguida rodeada por los brazos de
aquél, cuyas lágrimas la caían en la cara y
por ésta corrían mezcladas a las de ella:
tan mudas unas como otras, tan calladas
cual los besos con que trataba el padre ae
mitigar el padecer de la hija de su alma:
sin tener en el pensamiento sino la idea:
“ ¡Pobres criaturas, pobres criaturas!”

Sentados uno junto a otro, a los pies de
la cama, la mano de ella entre las dos de
él, parecíanles horas los minutos de aque­
lla inacabable noche...
Al cabo, para sacudir la pesadumbre de
su triste silencio, lo rompió él diciendo:
— Emma, hija mía, Emmita..., me espan­
ta verte así...
— No, papá, no te asustes: soy más fuer­
te de lo que tú y yo misma creíamos... Pero
duele, duele.
— Es cierto, es cierto: no la conocía—
pensó él al oírla.
Pero pasado un rato lo asustó el recelo
de que no fuera aquella fortaleza una ex­
citación nerviosa, que al pasar acarreara
más graves consecuencias, y procuró sacar­
la de la alcoba, a lo que ella se resistió di­
ciendo:
— No, papá; seria mucho peor.
Y convencido él, al mirarla, de que efec­
tivamente sería peor, no insistió.
De pronto, dijo Emma:
— ¿Cómo ha sido? Cuéntamelo, no tengas
miedo; ya ves cómo yo tenía razón al decir
que soy fuerte: quiero saber todos los de­
talles; porque hasta ahora no sé sino que
está ahí muriéndose, que el médico no
puede ya hacer nada, cuando nada hace, y
cuando sólo hace lo que yo: esperar en
Dios.
Vaciló Duvery, temiendo que el relato de
la vil emboscada impresionara peligrosa­
mente a Emma; pero acabando por com­
prender que lo peor para ella era el silen­
cio. refirió lo sabido del crimen, detenién
dose ante el paréntesis, ignorado de todos,
en donde se encerraba lo acontecido desde
la detención de Lobera en el camino hasta
que lo encontraron moribundo; mas sin
poder llegar en su relato a referir los cui­
dados prestados en los primeros momentos
al herido, ni la venida de Raúl a Techiasco; pues tan pronto oyó Emma que el se­
cuestro lo había perpetrado una pareja de

CONQUISTA

95

gendarmes senegaleses desertados, exclamó
aterrada:
— ¡Es mí amor, es mi amor el que lo
mata! ¡Por mí, por mí se muere!
— ¡Qué dices, Emma! No delires... ¡Por
Dios, hija, por Dios!
— No deliro: no me creas loca, no... Pero
es horrible, horrible que mi cariño sea la
causa de su muerte... No, no desbarro; no
me mires así...
— Entonces, explícame, por Dios: ¿qué
quieres decir?
— Que no son senegaleses quienes lo han
herido; que el asesino es el español del
tren: Núñez.
— ¡Núñez!...
— Sí, sí, estoy segura: tan segura como
si lo hubiera visto.
— Pero, si no es posible.
-—Lo es, lo es: yo le he visto una vez
mirarnos a Lobera y a mí, y jamás olvida­
ré lo que vi en aquellas dos miradas... Yo
sé bien cómo sus ojos me miraban y cómo
lo miraban a él, y ayer he vuelto a verlos
mirarme como entonces...
— ¡Ayer!
— Creí que era locura mía, y ahora estoy
cierta: eran los mismos.
— Pero ayer... Es imposible: es tu emo­
ción de hoy, el trastorno de tu pena el que
te hace ver...
— Ayer no tenía pena ni emoción, y hoy
veo claro, clarísimo.
— Pero si Núñez huyó, Dios sabe adonde,
hace ya muchos días...
— Núñez estaba ayer mañana en Techiasco: no en la aldea, sino aquí mismo, den­
tro del recinto, y tres horas lo menos; pues
la primera vez que lo vi, al encontrarme
con sus ojos a la salida del cenador, donde
me habia desayunado, serían las ocho, y a
las once lo vi otra vez.
— Pero, ¿cómo es posible que nadie sino
tú lo hayas visto? ¿Cómo, dada la vigilan­
cia que tenemos, ha podido pasarnos in­
advertida a todos tanto tiempo la presencia
de un forastero?
— ¿Pero no te he dicho ya que estaba
disfrazado de gendarme?
— ¡De gendarme!... No, no me has dicho
palabra de eso.
— Sí, con la franja verde de los senega­
leses.
— ¡Emma! ¿Estás segura? ¿Lo has visto
sin el litz a v if
— No, sin el velo, no, porque estaba al
aire libre: no he visto sino sus ojos entre

96

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

aquél y la visera del tricornio; pero no ne­
cesito más para conocer a ese hombre—¿Pero será efectivamente él?... ¿No ha­
brán sido aprensiones tuyas?
—Eso me dije ayer, consiguiendo enga­

ñarm e: sí, engañarm e; porque al oírte hoy
que dos guardias senegaleses fueron los vi­
les asesinos, ya no tengo dudas, sino cer­
teza plena: uno era Núñez.

KXÜI
LA COBARDIA DE UNA MUJER ENAMORADA
E n el instante de acusar Em m a resuel­
tam ente a quien creía autor del crim en co­
m etido con su amado, se removió éste en
la cama, dando un suspiro que, alarm ando
a padre e hija, por tem er fuera el último,
los hizo correr a su cabecera, tranquilizán­
dolos de momento al verlo sosegado, aunque
al pulsarlo Duvery no le agradara advertir
en el pulso, antes reaccionado con el suero,
tendencia a decaer de nuevo; pero se lo
calló. T ornaron a sentarse, y m ientras la
h ija se absorbía en la contemplación del
moribundo, m editaba el padre en las últi­
mas palabras de ella acusando a Núñez.
Cuando una convicción se manifiesta con
rotundidad tan absoluta como la que Emma
había puesto en la suya, suele ser conta­
giosa, pues la fe de uno es con frecuencia
m anantial de donde nace fe de muchosP or esto, al recordar la de su hija, sentía
Duvery el contagio, que si m eram ente emo­
tivo en un principio, en seguida arraigó
m ás razonadam ente en su convencimiento
de que, aun estando cruentam ente adolori­
da, era Em m a muy dueña de su juicio; y
porque le hizo gran impresión saber que
parejas senegalesas hubieran sido vistas en
dos días seguidos en T adelaka y en la Resi­
dencia, inclinándose a creer fueran una mis­
ma, y no de verdaderos gendarm es; pues
sabiendo cuán poco fiaba B ertier de las tro­
pas llegadas del Senegal, se resistía a creer
de su am istoso interés que en vez de vete­
ranos europeos, o cuando menos dazas o
tibous, enviara de servicio tales hombres
por los alrededores del centro ferroviario.
Además, enterándose por lo recién oído a
su hija, que de ella estaba apasionado el
falso Núñez, que, fuera quien quisiere, te­
níalo él por un presunto cabeza de rebel­
des, dicha noticia, tan inesperada como la
de su presencia disfrazado en Techiasco,
alarm ó vivam ente a Duvery, impulsándolo
a aquilatar, sin pérdida de tiempo, el real
fundam ento de la creencia de Emma.

Refirióle ésta entonces que estando des­
ayudándose en el cenador la víspera del
atentado contra Bobera, había visto dos
gendarm es cerca y enfrente de la p u erta de
aquél. Ni a ella ni a Malta, que le servía
el desayuno, les sorprendió verlos, pues to­
das las parejas que por la Residencia pa­
saban de servicio acostum braban en tra r a
descansar un rato y a refrescar, comer o
cenar en ella, según la hora; y aun m uchas
veces pernoctaban en un pabelloncito, lla­
mado “de los g u ard ias”, destinado a ese
sólo objeto. Pero al salir del cenador, ya
acabado el desayuno, encontróse de frente
con los gendarmes, viendo claram ente fija
en ella la m irada de uno de éstos, y reco­
nociendo en los ojos que la contemplaban
la inconfundible expresión con que ella sa­
bía la m iraron los del hombre del tren.
—¿Y estaba sola la p areja o hablaba con
alguien de la Residencia?
—Con ellos estuvo todo el tiempo uno de
nuestros ciclistas.
— ¡Un ciclista!—Duvery pensó in stan tá­
neam ente en el que había entregado a Raúl
el sobre abierto.— ¿Lo conoces tú?
—No; pero M aka lo vió como yo, y tal
vez lo conozca; pues se fijó b astante en los
tres a causa de que como hora y media más
tarde, estando peinándome y viendo que la
pareja, con el ciclista y un obrero, venía a
sentarse a la sombra, en los troncos de de­
bajo del cobertizo de enfrente de los bal
cones de mi gabinete, me dijo: “Hoy la lle­
van larga los gendarm es: se conoce que se
quedan a comer aquí.”
-—¿Y fueron a sentarse fren te a tus ha­
bitaciones?—preguntó Don Héctor, sobre­
saltado.
—Sí, allá estuvieron u na h ora cuando
menos. Yo estuve m irándolos escondida de­
trás de los visillos para convencerme, con­
siguiéndolo al cabo, de que mi creencia era
cavilación; pero ahora la desgracia ocurrí-

*

LA

MAYOR

CONQUISTA

97

da a nuestro pobre amigo me hace ver claro
very, pero que habiéndose vestido más de
que me engañé al ahuyentar ayer los te­ prisa que aquél, se le adelantaba, aunque
mores que ese hombre me inspira desde
poco; pues a los pocos instantes llegó tam­
que en el tren lo vi mirar a Lobera.
bién el doctor, examinando inmediatamente
al herido.
— ¿Y esos gendarmes permanecieron más
de una hora frente a tus balcones?
Este se moría despacio, sin violentas cri­
— Sí.
sis, como una luz a la cual se le acaba el
— ¿Y dices que no solamente hablaron con
aceite. Duvery se acercó a la cama durante
el ciclista, sino con otro obrero?
aquel examen; mas por miedo a la res­
-—Sí: con uno que con ellos venía y a su
puesta que pudiera oír Emma no se atre­
lado estuvo sentado largo rato; y más bre­ vía a preguntar nada al doctor, siendo Raúl
vemente con otro que no llegó a sentarse.
quien preguntó:
— ¿Y Maka se fijó en esas gentes?...
— ¿Y qué, doctor?
— Fijarse..., no sé; pues yo nada le dije
— Que la acción del suero va pasando de­
de mis recelos por creerlos pueriles, pero
masiado de prisa.
los vió perfectamente...
— Es decir, que no hay remedio— dijo
¡Qué pálido está!... Mira, mira, papá. Al
Emma.
decir esto se levantaba rápidamente Emma
El médico no contestó sino con un gesto
de su asiento y corría al lado de Lobera.
de impotencia,
Más que antes, sí... Y las manos más frías.
— ¿Ninguno, ninguno? ¿No tiene usted
Míralo, míralo... ¡Por Dios! Corre, corre a
ninguno?
llamar a Don Gustavo.
— No veo... Es decir: sólo uno; pero no
Duvery, que conoció con cuánta razón se
es fácil encontrar con la rapidez necesaria
alarmaba su hija, aun cuando no quería
quien...
dejárselo sospechar, contestó:
— ¿Cuál es? Dígalo, dígalo.
— Aunque no noto nada, voy a buscarlo
— La transfusión de la sangre.
para tranquilizarte. Pero, tú, no hagas ya
— ¡Ah!
más locuras y vete a tu cuarto.
— Cien veces su peso en oro pagaré por
Emma cayó de rodillas junto a la cama,
la de quien se preste...
diciendo:
— No tienes que pagar a nadie: aquí es­
— Déjame que a su lado le pida a Dios
toy yosu vida... Y si ha de morirse, no me prives
Al oír aquel arranque de su hermano se
ni de uno solo de los minutos que le que­
abrazó a él Emma, anegada en lágrimas,
den de vida: te lo pido por el cariño que
sin poder decir palabra hasta pasado un
a mi madre tuviste.
rato, pero besándolo entre tanto con verda­
Vacilaba Don Héctor, temiendo que mien­ dero frenesí.
tras él salía se muriese aquel hombre es­
Duvery luchaba entre el noble orgullo
tando sola ella con él; pero al oírla repe­
que en su conciencia de cristiano levantaba
tir angustiada: “el médico, el médico”, com­ la oferta de su hijo y el egoísmo de padre
prendió que sus vacilaciones acaso estaban
temeroso de sus consecuencias. Por ello
comprometiendo una vida, y salió co­ sólo dijo:
rriendo.
— Piénsalo bien, hijo mío.
Emma cogió la mano del herido, posan­
— Mi torpeza de no sospechar la mentira
do los labios en ella; pero en seguida los
del ciclista es la causa de esto; no sera
apartó, soltando aquélla, porque el frío de sino cumplimiento de un deber el remediar
los dedos la helaba el corazón. Cruzó las
el daño que hice.
manos, dejó caer la frente sobre el brazo
Sólo entonces pudo Emma sobreponerse
de Pepe, y al percibir en él mayor calor
a su emoción, diciendo con acento de reso­
que en los dedos sintió renacer la esperan­ lución tan inquebrantable que desde aquel
za. y exclamando: “Señor, todo lo puedes”,
momento nadie sino ella mandó allí:
comenzó a rezar.
— No, Raúl: sólo yo soy quien tiene tal
Su padre volvió con gran rapidez, y al
deber. Por amor a mí ha perdido la san­
verla orando permaneció silencioso e in­
gre cuya falta le mata: con la mía, con la
móvil basta que, oyendo en el corredor rui­
mía, tiene mi amor obligación de darle
do de pasos, la levantó del suelo- Ella le
vida.
dejó hacer sin decir palabra.
_No, no: tú no — dijo aterrado Don
El que llegaba era Raúl, a quien, des­
Héctor.
pués que al médico, había despertado Du-

7
LO S

VENGADORES

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
—No: tú eres débil—contestó Raúl.
Y volviendo a estrechar a la pobre cria­
—Deber, no, Emma—objetó el médico— : tura entre sus brazos, su anterior cólera
actos como ese no son deberes exigibles a se deshizo en lágrimas, diciendo:
nadie.
—Perdóname, perdóname, hija mía.
—Tiene usted razón, Don Gustavo: no
—Voy en seguida a preparar lo necesa­
es deber, sino ansia de mi sangre de co­ rio. Antes de media hora vuelvo.
rrer en sus venas.
—Oiga, Don Gustavo: yo no querría que
Esta valiente confesión de un cariño cu­ esto se trasluciera: porque... no es necesa­
yo mayor anhelo era dar la propia sangre rio ni hay porqué...
al hombre amado, hecha por la débil y co
—Es que te quedarás un poco floja y ten­
barde mujer que todos conocían, sobreco­ drás que hacer cama varios días.
gió a quienes la oyeron con un escalofrío
—Puede decirse que estoy enferma de
de emoción, en donde se trababan al res­ otra cosa.
peto y al miedo el entusiasmo despertado
—Además, que yo necesito un ayudante,
en los nobles corazones por los actos he­ aunque la operación es sencilla y no re­
roicos: pero cuando, pasados unos segundos quiere conocimientos médicos en el auxi­
de augusto silencio, se repusieron de su liar... Unicamente si Raúl se atreviera...
asombro, aun insistieron el padre y el her­
—¿Qué tendré yo que hacer?
mano en oponerse a la resolución de Emma,
—Darme los instrumentos: una ayuda
alegando el segundo su mayor robustez y puramente mecánica. Pero, claro es, que
apoyándolo el primero, por pensar que efec­ sin afectarte por tonterías; pues no se han
tivamente Raúl resistiría mejor la pérdida de ver sino tres o cuatro gotitas de san­
de sangre que su delicada hermana.
gre, y lo verdaderamente impresionante en
—Doctor—dijo ésta—: dígame, pero pen­ esta operación es su parte moral, lo suges
sando solamente en que su primer deber tivo de ella.,
es salvar esa vida: ¿cree usted que mi san­
—Me atrevo a cuanto sea necesario.
gre no tiene la fortaleza necesaria para el
—Pero yo no quiero ver preparativos, y
buen resultado de la operación? ¿Cree us­ si puede ser deseo estar de espaldas a los
ted realmente en esa decantada debilidad instrumentos—dijo Emma.
—No hay inconveniente: ni verás nada
mía?
—No—contestó el médico, temblándole la ni sentirás sino un pinchacillo.
—No le extrañe a usted; ya sabe que soy
voz—: no te creo débil.
Se abrazó Emma a su padre, que aún se muy cobarde.
—Sí, mucho: ya lo vemos. ¡Canario con
resistía a dar su asentimiento, diciéndole
la cobardía!
tan bajo que sólo él pudo oírlo:
—Pues ¿porqué hago yo eso sino por
—Papá, ya ves que es necesario, que es
mi deber, que tiene que ser: ’no me amar­ miedo?
— ¡Por miedo!
gues el júbilo de ser yo quien lo salva con
—Claro: por miedo de que se muera.
la pena que me producirá...
—Va a haber que darte la razón.
Emma, que a tanto se atrevía, no se
atrevió a acabar la frase, diciendo “tener
*
* !¡:
que desobedecerte”, y mirando a su padre
Cuando el doctor y Raúl salieron de la
con implorantes y cariñosos ojos atenuaba
la dureza de las palabras, que no por ca­ alcoba estaba comenzando a amanecer. Lle­
llarlas dejaron de ser adivinadas por él, gados al gabinete del instrumental de la
haciéndole decir con sequedad y apartando enfermería, donde faltaba el aparato para
la transfusión, tuvo aquél que improvisarlo
a Emma de sí:
—Doctor, mi hija es mayor de edad y con una bomba de extracciones sinoviales
tiene derecho a disponer por sí de su per­ y una jeringuilla impulsora, a la par que
enteraba a Raúl de su sencillo papel: su­
sona.
—No has querido evitarme la amargura jetar sucesivamente los brazos del herido y
que te pedía me ahorraras. Es otro dolor de Emma mientras él les clavaba las agujas
más sobre todos los de hoy. Don Gustavo, huecas enchufadas a los extremos del tubo
por donde había de pasar de ella a él la
cuanto antes.
—No, hija mía, no... Sí, sí, doctor: doy sangre, y sostener después, una con cada
permiso a mi hija. No quiero oponerme a mano, las pinzas de sujeción de aquéllas
tu hermosa caridad, no quiero contrariar para evitar que se salieran.
—No te asustes de lo gordo de las agulos impulsos de tu alma.

98

LA

MAYOR

jas, pues él no ha de se n tir el pinchazo y
a Em m a le anestesiarem os el brazo antes
de dárselo,
—¿Y no le dolerá?
—Poco, muy poco. E n seguida haré fun­
cionar la bomba que aspirará la sangre de
ella y la im pulsará a las venas de él. Los
índices móviles de estas esferas, correspon­
dientes a dos esfimógrafos aplicados a las
muñecas de ambos, me harán ver a la par
el ritm o e intensidad crecientes de las pul­
saciones de él y decrecientes de tu herm a­
na, y además vigilaré constante y directa­
m ente el pulso de Em m a en la otra muñeca
para suspender la extracción de sangre en
el debido momento.
■—La apreciación de ese momento debe
ser cosa interesantísim a.
—No te asustes, muchacho: si en eso
peco será por quedarme corto. Vaya una
cara espantada que se te ha puesto... Mira,
arréglatela antes de que entrem os; porque
si después de estar aquí conmigo te la ven
tu padre y tu herm ana van a creer lo que
no es.
—No tenga usted cuidado. Pero en usted
confío.
Después de esto explicó el doctor que la
bomba funcionaba, sin cuidarse de ella,
m ediante un diminuto m otor que, como los
de los ventiladores eléctricos, se empalma­
ba a la línea del alumbrado.
*

*

*

Llevaron un catre, colocándolo cercano
al lecho del que ya podía considerarse mo­
ribundo, sin dejar entre uno y otro sino el
espacio estrictam ente indispensable para
Don Gustavo, Raúl y el estrecho trípode de
la bomba; se tendió en el catre Emma, a
quien cortaron por el hombro la manga
del vestigo, y Don H éctor se colocó junto
a ella al costado libre del catre.
Hechas las operaciones prelim inares ya
indicadas y puesta en actividad la bomba,

CONQUISTA

99

sintió la valiente m uchacha una indefinible
sensación, y preguntó:
—¿Ya, verdad?
—Sí, h ija m ía—contestó el médico.
E l hermoso rostro de la abnegada cria­
tura, a quien su padre m iraba con ansie­
dad temerosa, brilló con belleza sobrehuma­
na; su alma, aun más hermosa, gozó ine­
fable dicha beatífica al pensar y sen tir que
de su corazón salía la sangre que llegaba
al corazón c^el hombre amado, que sangre
de ella caldeaba el yerto cuerpo de Lobe­
ra, que con su propia vida testaba ella re­
anim ando aquella vida próxima a extin
guirse; y diciéndose que viviría por ella
y con la vida de ella, y que en aquel instante
sus vidas eran una, se sentía cada vez más
dichosa al percibir cómo aum entaba la la­
xitud que la sangre perdida producía en
su cuerpo; pues tal debilidad era prueba
de que la sangre que a ella le faltaba es­
taba ya engendrando vida en él.
—Ya—dijo el doctor.
—¿B astará, b astará?...—preguntó ella.
—Sí, h ija mía, sí. El pulso de este hom­
bre es ya otra cosa com pletamente dife­
ren te..., gracias a esta cobarde.

E n tre Raúl y su padre levantaron a
Emma, a quien le flaquearon las piernas al
se n tar el pie en el suelo; y después de de­
ja rla m ira r al herido y sentir, al cogerle
una mano, la grandísim a alegría de hallár­
sela más caliente que antes, pues sobre es­
tarlo realm ente, tenía ella las suyas mu­
chísimo más frías, en tre los dos la llevaron
a su cuarto.
Como en el camino, y m ientras la acos­
taron le dieron dos desmayos, fué llamado
Don Gustavo, que, después de verla, dijo:
—No hay cuidado, esto no vale nada; el
desvanecimiento es m ás de la emoción mo­
ral que efecto físico. No, no se asuste, Don
H éctor: quince días de debilidad, y des­
pués nada.

HKHI
DUVERY VA PENSANDO QUE SU HIJA HA VISTO CLARO
Ni Don H éctor ni Raúl sintieron el ren
dim iento consiguiente a! ajetreo del día y
a las trem endas emociones de la noche an-

te rio r h asta ver a Em m a adormecida con
un cordial adm inistrado p ara hacerla re­
posar: cosa que no h ab ría conseguido a

100

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

mañana del día del crimen, al llamarlo
dejarle agarrados a la memoria el recuerdo
para que llevara un recado a una sección
de las recientes impresiones y al corazón
lejana de los trabajos; que otro ciclista lo
inquieto anhelo de recibir c»ua cinco minu­
había visto salir en la moto al amanecer,
tos noticias del estado de! herido.
y que desde entonces nada se sabía de él ni
Entonces pensaron padre e hijo en irse a
de su vehículo.
descansar, dejándola al cuidado de Maka;
El portero dijo que la pareja había llegado
pero de pronto se acordó el primero de los
dos días antes, a las siete y media de la ma­
gendarmes senegaleses, del ciclista y, sobre
ñana. Después la vió paseando, en compa­
todo, de la larga estancia de ellos frente a
ñía del ciclista, por la parte de afuera de
las habitaciones de su hija, que, de ser, en
la empalizada del recinto, a lo largo de los
efecto, uno de los primeros el falso Núñez
enamorado de Emma, lo alarmaba extra­ atrincheramientos en construcción. No po­
ordinariamente. Tales recuerdos le disipa­ día precisar exactamente la hora; pero sí
recordaba que andaban despacio y se dete­
ron por ensalmo el sueño y el cansancio,
nían frecuentemente, como interesándose
ocurriéndole a Raúl lo propio al contarle su
en las obras: lo cual no le extrañó en gente
padre lo sabido por Emma, y conviniendo
de tropa. Y ya no volvió a verla hasta me­
ambos en la urgencia de aquilatar las sos­
diodía, al abrirle el portón para franquear­
pechas de ella.
le la salida, sorprendiéndole se fuera, estan­
Como Maka era quien podía darles los
do tan cercana la hora de comer, y pen­
primeros datos, la llamaron al gabinetito
sando que el cocinero habría echado me­
contiguo a la alcoba donde dormía “su
rienda a los gendarmes; pues por el cami­
niña”.
La nodriza conocía, efectivamente, al ci­ no que tomaban no encontrarían hasta la
noche donde poder comer.
clista, que pasó varias horas con la pareja,
— ¿Qué camino tomaron?
y el cual resultó ser el autor de la gatada
— Hacia Tadelaka y Tembellaga.
de los pliegos. El obrero que sólo un rato
— ¿Salieron muy de prisa?
estuvo sentado con los senegaleses y el que,
— No, señor; al paso iban hasta que yo
sin sentarse, había cruzado pocas palabras
los perdí de vista.
con ellos, eran desconocidos de Maka, pu— ¿Vino alguien ese día a la Residencia
diendo únicamente decir que todos eran dapor el mismo camino después de salir ellos?
gatums.
— Sí: toda la tarde estuvieron llegando
Siendo lo más apremiante interrogar al
de Agadés autocamiones con carriles.
ciclista para averiguar si los gendarmes que
— ¿Encontraron esos a la pareja?
estuvieron en Techiasco eran los mismos
— No lo sé.
salidos al camino a Lobera, a reserva de
— Pues busca y envíame a los motoristas
inquirir luego si eran senegaleses o los
fingidos españoles, fuese Duvery a su des­ conductores de ellos... Aguarda. ¿No tenían
esos guardias ninguna seña particular por
pacho. enviando a un ordenanza en busca
de dicho motorista, del portero de la ba­ la que se les pudiera reconocer?
— No señor.
rrera del recinto exterior y del mecánico
— ¿Ni en su equipo notaste nada que des­
francós de la aserradora instalada a la pro­
ximidad del cobertizo para convertir en ta­ dijera del que estamos acostumbrados á
ver en los gendarmes?
blazón los troncos acoplados bajo éste.
— Nada.-. Es decir, en ellos nada me cho­
radas estas órdenes, pensó que mientras
có; pero en los camellos, sí.
vin-'eran los llamados y él los interrogara,
— ¿El qué?
podría Raúl adelantar otras pesquisas con
— Primero que eran dos meharís magní­
ayudantes y capataces de toda confianza
para enterarse de si habían visto a la pare­ ficos, muchísimo mejores que los que ge­
neralmente usa la gendarmería, y como
ja, de si se acompañó de otras personas
por eso me fijé bien en ellos, vi además que
además de las sabidas, y de si alguno de
uno tenía en el pecho un gran manchón
los dazas acompañantes de Lobera había
pelado, con cicatrices de haberle dado fuego.
visto a la pareja en la Residencia y si era
— ¡Ah! Pues esa es una seña de impor­
la misma que detuvo a aquél.
A los pocos momentos de irse el mucha­ tancia.
— Por cierto, que no la vi sino cuando
cho regresó el ordenanza, travendo noticia
salieron. Y si me hubieran tomado Jura­
de que el ciclista faltaba desde la víspera
de Techiasco. Llamado el jefe de este hom­ mento. habría dicho que al llegar no tenía
el mehari las cicatrices.
bre, manifestó haberlo echado de menos la

LA

MAYOR

CONQUISTA

101

porque los últimos salidos de Agadés no la
— Es raro eso: muy raro.
— Eso pensé yo; pero sin duda tenía te­ vieron. Preguntados a qué horas habían par­
tido del pueblo y a cuáles pasado por Tadelarañas en los ojos cuando entraron, por­
que no vi la calva; y eso que bien miré a laka, se vino en conocimiento de que cuan­
tos no hallaron en el camino a los senega­
los animales.
— Es raro, es raro-.. Bueno, puedes mar­ leses habían alcanzado el arranque de 1a
charte. Y avisa a los conductores de los ca­ senda después de anochecido: deduciéndose
de ello que el no haber sido vistos los últi­
miones.
mos entre dicho arranque y Agadés era
Al salir el portero se quedó Don Héctor
prueba de que antes de anochecer dejaron
dándole vueltas a! último de los datos por
el camino para seguir por la vereda de la
aquél aportados, pareciéndole que lo de la
mancha del cauterio tenía importancia; pero casa del crimen, viniendo de la cual salie­
ron a la mañana siguiente al encuentro de
de ello le distrajo la entrada del mecánico
de la aserradora, que también había repa­ Lobera. Y ya no le iba pareciendo al inge­
niero inverosímil que el móvil y el autor
rado en la pareja sentada bajo el cobertizo
de la tentativa de asesinato fueran los que
y que pudo dar el nombre del jornalero que
Emma presentía.
con ella y el ciclista conversó sentadoDos cosas quedaban todavía obscuras:
Buscado este hombre, tampoco fué en­
contrado, pues habla desaparecido a poco por qué el portero no había visto las cica­
de esparcirse entre los obreros la noticia de trices del mehari a la llegada de la pare­
ja y si las cuatro horas largas que los pre­
haber sido unos desertores senegaleses
suntos criminales permanecieron en Tequienes hirieron al americano: lo cual hizo
pensar a Duvery que por estar, como el ci­ chiasco fueron solamente empleadas en la
preparación de la cobarde hazaña del si­
clista, en connivencia con ellos, había huido
guiente día, o si los paseos alrededor del
para evitar le echaran mano.
En esto volvió Raúl, diciendo que, pre­ recinto, siguiendo su talanquera de seguri­
guntados los dazas, resultaba que unos ha­ dad y los atrincheramientos en ejecución,
bían visto y otros no a la pareja en Te- muy parecidos a un reconocimiento de ca­
rácter militar, tenían ulteriores objetos.
chiasco; pero sin poder ninguno decir si
Por temor que así fuera, adoptó Duvery
era o no la misma que les dió el alto en el
diversas providencias, siendo las primeras
camino. Mas como Duvery sabía ya algo
más concreto que las anteriores generali­ tomadas las que tenían por objeto ponerse
en guardia para prevenir el intento de rap­
dades, los hizo venir a su presencia para
interrogarlos en forma que acaso les acla­ to en que sospechaba pensara el falso Núñez.
rara los recuerdos.
Aquella misma tarde llamó el ingeniero
Mientras llegaron los dazas y los motoris­
tas de los camiones seguía dándole que cavi­ jefe al que dirigía los trabajos de fortifica­
ción, conviniendo con él varios cambios en
lar la esquilada mancha del camello, tan
el trazado de parapetos, entradas y defen­
pronto aparente como invisible.
Como sería largo puntualizar los interro­ sas; la variación de lugar de los polvorines
gatorios de todos los llamados, sintetiza­ y de varios servicios, almacenes y depen­
dencias, para que lo visto en su clandestina
remos los resultados de ellos. Uno de los
dazas había visto la consabida calva de cau­ visita por el señor Núñez, si el señor Núterio en el camello de uno de los gendar­ ñez era, según iba pensando Duvery el vi­
mes que prendieron al “señor forastero”. sitante, no le sirviera de nada, caso de ser
Casi todos los autocamiones que la antevís­ un hecho los malos propósitos que la pru­
dencia aconsejaba suponer en ella: tanto si.
pera formaron un rosario en el camino,
nacían de amor a Emma, de odio a los fran­
pues progresivamente fueron saliendo de
Agadés a medida que cada uno era carga­ ceses, o de ambas causas.
Mas de poner en ejecución tales proyectos
do, se habían cruzado, más temprano unos,
antes de limpiar la Residencia de gente de
más tarde otros, y todos entre mediodía y
el obscurecer, con la pareja senegalesa, lan­ lealtad dudosa y verosímilmente confabula­
zada a un escape furioso: lo cual era in­ da con enemigos exteriores, nada se ade­
dicio de que, si salieron al paso, fué con lantaría-..
Pero ¿cómo saber quiénes eran los dudo­
intento de no dejar ver a la salida la prisa
sos?... Por lo pronto, los dagatums; pues si
que llevaban.
alejándolos a todos acaso fuera entre ellos
Se ha dicho que casi todos, pero no todos
algún leal, de dejarlos había la certeza de
los motoristas, se cruzaron con la pareja,

102

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

que se quedarían muchos traidores. En con­
secuencia, al día siguiente se reforzarían
con ellos las cuadrillas más lejanas de ex­
planación y sentado de vía, cuyo personal
no pernoctaba en Techiasco, adonde se tra­
jeron máquinas excavadoras de las expla­
naciones más cercanas para el vaciado de
trincheras y fosos del recinto: no sólo com­
pensando la labor de los brazos restados a
los trabajos de fortificación, sino aprove­
chando el mayor rendimiento de las exca­
vadoras para apresurar la terminación du
los parapetos.
Simultáneamente se reconcentraron en la
residencia los dazas y tibous distribuidos
en los diversos tajos de trabajo: gentes de
las que, si bien no cabía responder no hu­
biera entre ellas ningún desleal, cuando me­
nos, tenían la ventaja de pertenecer a una
de las tribus saháricas que más odian a los
árabes y a los berberiscos de diversas de­
nominaciones, por ver en ellos sus eternos
expoliadores y verdugos: razón por la cual
entre ellos se reclutaba la parte de gendar­
mería indígena que auxiliaba a la escasa
veterana en su servicio (1).
*

*

*

Al día siguiente de las pesquisas y deter­
minaciones de que hablan los últimos pá(1) De los dazas dice Reclus en su Geografía
Universal que, pertenecientes a las tribus verda­
deramente originarias del Africa, adoptaron hace
siglos el islamismo, y que si son calificados de
paganos por tuaregs y eulad-slimanes, es porque
“ conviene a éstos echar sobre ellos tal oprobio
para no sentir escrúpulos al hacerlos víctimas
de sus pillajes y reducirlos a la esclavitud” .
En escaso número, habitan la comarca de Borkou, en la parte meridional de la de El Ttbesti,
viniendo a ser como una étnica transición entre
los tibous o tedas del norte, raza sin mezcla Ara­
be ni bereber, y los negros de las cercanías del
lago Techad.
Dichos tibous tienen la tez más clara que los
negros del sur. las facciones mucho mñs finas
que las de éstos y el pelo no ensortijado; las
mujeres son, cuando jóvenes, sumamente bellas,
al decir de varios v ia je ro s : Nac-htigal, Duveyrier.
Tibous y dazas son delgados, fuertes, infatiga­
bles corredores capaces de jornadas increíbles y
ue seguir días y días al camello en marchas for­
zadas. Su resistencia al hambre es pasmosa: per­
didos en el desierto, sin alimento ni agua, se
considera afortunado el que se encuentra un des­
carnado hueso de cualquer animal, que machacan,
amasándolo con sangre de camello obtenida pin­
chando al que monta o conduce, y formando una
pasta, con la que engaña su hambre, y va t i­
rando mientras no halla mejor alimento. Cuando,
perdidos o desorientados, los rinde el hambre y
desesperan ya de encontrar buen camino sintién­
dose morir, se atan al lomo de su montura y

rrafos, ya pudo decirse, sin mentir, a Emma
que aun cuando todavía no hubiera vuelto
Pepe en sí, estaba decididamente mejor; al
otro le levantó Don Gustavo el apósito, hizo
su primer reconocimiento de lu lieridu y la,
segunda cura, de la que personalmente fué
a dar cuenta a aquélla: diciéndole que, de
no sobrevenir complicaciones, y aunque la
herida era terrible, “no presentaban mal
cariz las cosas”.
Aquella misma mañana se presentó en
Techiasco, al frente de tres parejas no serregalesas, el sargento veterano y charlatán
que hizo al argentino la cura de urgencia.
Desde el crimen no se había el hombre
dado punto de reposo buscando la pista de
“aquellos granujas” ; pero sin resultado; y
sabiendo Bertier cuántas ganas les tenía, lo
llamó al recibir una nota de Duvery con re­
lación de cuanto había averiguado, y ente­
rándolo de ella, le dijo:
Friand, ahí tienes un cabo. A ver si
encuentras el ovillo.
\ lo envió a Techiasco con las parejas
para que explorara la comarca en busca de
rastros.
Lo primero que hizo Friand fué pedir a
Don Héctor que lo llevara a los establos de
se fían al instinto de ésta para que llegue a un
pozo o a un campamento, si alguno hay a dis­
tancia dcade el nnlmal pueda llegar sin morir
antes también él de hambre, fatiga o sed.
Pero mientras tienen fuerzas es notabilísima
la habilidad, que ai europeo le parece don adivi­
natorio, con que saben orientarse en aquella in­
mensidad, donde falta toda señal y particulari­
dad del terreno que parezca poder servir de indi­
cio o referencia.
La horrible lucha por la vida de estas pobres
gentes y las constantes depredaciones que sufren
de los árabes y los bereberes, los hacen taciturnos
y desconfiados; así, cuando en el desierto se en­
cuentran, no ya con un tuareg o un árabe, sus
enemigos naturales, sino con compatriotas, en
vez de aproximarse uno a otro se detienen a
distancia, se ponen en cuclillas levantando los
Uteams cuanto les es posible, sin privarse del uso
de los o jo s : y con la lanza en una mano y la
javalina arrojadiza (changensanyor) en la otra,
se observan recelosos mientras recíprocamente se
interrogan y responden sobre su nacimiento y
residencia, salud, estado, etc., profiriendo a cada
respuesta típicos gritos en loor de Al-lah. Durante
esta ceremoniosa salutación a distancia, que se
prolonga a intento varios minutos, se examinan,
se espían y reflexionan cómo deben conducirse
uno con ctro.
Son inteligentes y sagaces.
Los eulad-süman, los árabes, y los tuaregs, bere­
beres, saquean los oasis de ios dazas de Borkou,
llevándose cosechas, mujeres y niños, y matando
a los que les resisten. Estos infelices pueblos lle­
van vida semejante a la de las alimañas feroces
rodeadas de cazadores.

LA

MAYOR

CONQUISTA
103'
ios camellos, donde hablando con los mozos
que lo encierren, por lo pronto. Después ve­
de cuadra, sonsacó a unos la casta de los
remos qué se hace con él.
meharis de los senegaleses de marras, y a
Pero Friand, ¿qué es esa porquería?
otros quién era el mozo que los había cui­
Muy sencillo, Señor Director: un peda­
dado.
zo de piel de camello, con la lana por fuera
Preguntado este último sobre la mancha
y un pegumen por dentro, para sujetárselo
del cauterio, contestó que no había visto tal
al animal encima de la calva. Rascándose
calva.
en la cuadra se lo arrancó. Este mocito lo
Quiso entonces Friand interrogar por sí
encontró y lo escondió aquí. Pero no conta­
al portero; y una vez hecho, tornó a pre­ ba con la nariz del sargento Friand.
guntar al mozo, que nada recordaba si des­
— ¿Y usted qué importancia da a eso?
pués de marcharse los guardias no había
— Ahora lo verá usted— contestó el cabo
encontrado algo en los sitios donde estu­ aplazando la respuesta para darse tono man­
vieron los camellos.
teniendo viva la curiosidad del auditorio— ,
— Nada, señor sargento— fué la respuesta en cuanto lea el aviso que voy a enviarle a
a tal pregunta,
mi capitán.
En vista de esto, registró el gendarme un
El tal aviso que, muy orondo, leyó a poco
mal baúl donde el mozo guardaba sus efec­ el cabo a Duvery, decía:
tos; curioseó debajo del camastro y entre
“Desertores senegaleses creo no son senela paja del jergón donde dormía; y al sor­
’’galeses, ni nunca fueron gendarmes; monprender una disimulada sonrisa del daga”tan meharis montañeses. No sé si mi Catum, le dijo:
’’pitán se acordará que a la otra mañana
— Mira, no quieras presumir de listo dán­ ”de escapar los huéspedes de Moyfsk lle­
dotelas de tonto, pues sabes lo que busco;
g aro n a Agadés, ,y siguieron a Okhom, ca~
y como he de encontrarlo, te va a pesar el
”mino de Zinder, dos comerciantes de Tinquerer engañarme.
"telloust en meharis de allá. Si a mi capi— No entiendo a usted, señor.
”tán le parece, convendría averiguar con
Bueno, hombre: entonces vamos al es­ "maña en casa del recaudador donde aque­
tercolero... ¡Ah! No contabas con eso... Ves
llo s comerciantes pasaron unas horas, si
como soy más listo que tú.
"alguno de los meharis tenía señales de
— No sé por qué dice usted eso.
"fuego en el pecho; y en Tintelloust si de
— Ya lo sabrás.
"verdad salieron de allí tales comerciantes;
Duvery no entendía jota de aquello; pero
"que unas veces me huelen a senegaleses y
veía tan seguro al veterano, que callaba y
"otras a falsos españoles, y otras a las dos
miraba, esforzándose, pero sin conseguirlo,
"cosas.”
en adivinar lo que buscaba. En cuanto a
— Pues es verdad; tiene usted razón.
Friand, que presumía de perspicaz y de col­
— Ya ve usted, Señor Director: en estas
millo retorcido, nada decía para no estro­
cosas lo primero es la nariz, y como en se­
pear la efectista sorpresa que esperaba
guida olí que si el portero no vió la calva
darle.
a la llegada de esos malditos como la vió
Sin dejar tomar parte en la faena al re­ después, era porque venía tapada, y como
cién interrogado, hizo Friand que otros dos
si la tapadera se había caído aquí, era pro­
mozos esparcieran el estiércol, mirando él
bable hubiera sido en la cuadra; y como
atentamente el fiemo, y cuando ya llevaba
uno es ya perro viejo y ha visto algo...
largo rato de aquel examen, al parecer, in­
útil, sacó el sable, lo metió entre las púas
*
*
*
del rastrillo de uno de los removedores, y
pinchando un pingajo pardusco e informe,
Mientras— instalando su cuartel general
y levantándolo en alto, se volvió, primera­
en Techiasco, a reserva de echarse al campo
mente al mozo sospechoso y luego a Don
en cuanto fuera necesaria su personal in­
Héctor, diciendo con aire de triunfo:
tervención— , enviaba Friand parejas hacia
— ¿Lo ves, hombre, lo ves?... Señor Di­
Zinder en busca de rastros de los falsos
rector, mire usted el bisoñé que el mellan
gendarmes, y en otras direcciones a caza
traía a la llegada y se dejó olvidado a la
del ciclista y del obrero fugados, volvía
salida. Era un camello con peluca, que le
Duvery a preocuparse con la urgencia de
pusieron los canallas esos para disfrazarlo
asegurar la comunicación aérea con Bery no dejar indicios tras de sí que pudieran
tier, disponiendo que el ingeniero que es­
servir para perseguirlos. A este pillastre
tuvo en Tembellaga reemplazara a Lobera

104

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

en la estación lumitelefónica de Techiasco,
y Raúl retornara a Agadés hasta dejar im­
puesto en el manejo de la del reducto al
capataz que allí seguía.
Bien escqltado, pues aunque el país pa­
recía tranquilo la experiencia enseñaba
cuán peligroso era fiarse de apariencias, sa­
lió el muchacho para el pueblo llevando
consigo una regular provisión de oxiquilita (1), explosivo muchísimo más potente
que la nitroglicterina, para volar, a su paso
por el cerrete de Tambellaga, los paredo­
nes que interceptaban la marcha de los lumifonemas entre la residencia y el cuartel,
según efectuó, haciendo volar, no solamen­
te los muros, sino un buen pedazo del suelo
donde se asentaban; pues para tener certe­
za de que desaparecería el obstáculo visual,
no se quedó corto en la carga.

Aquella misma tarde, a su llegada al cuar­
tel, estrenó el aparato diciendo:
—Volé los paredones; llego en este mo­
mento. ¿Me oye usted?
— Perfectamente, amigo Raúl— contestó el
ingeniero.
Lástima que el pobre Lobera no sea
quien estrene su aparato. ¿Sigue la me­
joría?
— Sí; hoy ha recobrado el sentido, si bien
volvió en seguida a desmayarse; pero dice
don Gustavo que probablemente dentro de
dos o tres días podrá responder de él. Aquí
viene su papá de usted.
— Hola, Raúl. Di a Bertier que deseo sa­
ludarlo y echar con él una parrafada.
—No está en Agadés. Ha salido para Tintelloust al asunto que usted sabe.
— Pues hasta mañana, hijo mío. Tu her­
mana sigue bien.

HHil
LA PELUCA DEL CAMELLO CONTINUA DANDO JUEGO
Las parejas por Friand enviadas en ex­
ploración no descubrieron pista ninguna del
fugado ciclista. Pero hallaron en breve la
del obrero huido, que no teniendo, como
aquél, preparada la fuga de antemano, y
por no disponer en ella de un medio rápido
de locomoción, hubo de alejarse andando,
sin dinero, comiendo en casas relativamen­
te cercanas a la Residencia, y dejando ras­
tro en pos de sí, con el cual dieron pronto
los gendarmes, que a poco lo alcanzaron y
prendieron, volviéndolo a Techiasco.
Aun teniendo Friand certeza de que más
sabía, no consiguió sacarle, en su interro­
gatorio, sino que no sabía jota de cuanto se
le preguntaba: para él, eran gendarmes y
senegaleses los que vió bajo el cobertizo,
con los cuales trabó conversación por ha­
berles dicho el ciclista que él—el declaran­
te— había vivido varios años en Senagambia, y haber querido ellos charlar un rato
de su tierra; y si luego se había ido él del
centro ferroviario, no fué por temer nada,
sino por, por...
(1) La oxlquilita es un moderno y potentísimo
mas no terrible explosivo, pues sin ofrecer en su
manejo los peligros de la nitroglicerina, desarrolla
doble potencia que ésta. Se fabrica con aire líqui­
do, carbón y aceite.

Al llegar a esta parte de su declaración
se hizo un lío, haciendo creer al cabo que
ya lo tenía a punto de confesar cuanto su­
piera; pero se equivocó; pues estrechado
ya y convicto de embustero, se acogió el
hombre a un mutismo absoluto, por saber
que, de hablar, “ hasta debajo de la chilaba
del Profeta” , etc.
Y de tal actitud y tal conducta no lo sacó
ya nadie.
Convencido Friand de la inuilidad de in­
terrogarlo más, lo envió preso al cuartel de
Agadés; y habiendo traído otra de sus pa­
rejas noticia de que días antes habían sido
vistos los senegaleses en Gadori y Zermou—
poblachos fuera del camino de Techiasco a
Zinder, pero en la dirección de este últi­
mo— , pensó que tal noticia merecía la pena
de ir a olfatear aquellas pistas con la pro­
pia nariz, de cuyos vientos tanto presumía.
La importancia dada por él a estos in­
formes tenía por causa que Zinder era de
donde había desertado la pareja senegalesa,
que según las noticias traídas por la vetera­
na había llegado a Gadori al día siguiente
de salir de Zermou; pero habiendo trans­
currido cinco fechas entre su llegada a esta
aldea y la salida para aquélla, lapso duran­
te el cual no fueron vistos los desertores en

LA

MAYOR

ninguno de los poblados en cien kilómetros
a la redond, ni siquiera en el mismo Zermou: como si en dicho tiempo se los hu­
biera tragado la tierraEste extraño eclipse llamó la atención del
sargento, como no se la habría llamado la
absoluta y definitiva desaparición, lógica de
esperar, de gentes desertadas; afirmándole
en sus sospechas de que aquellos hombres,
que vestidos de gendarmes se iban dejando
ver en muchos sitios, no debían de ser los
desertores, naturalmente interesados en
ocultarse; y todo ello le decidió a salir, sin
perder tiempo, con todas sus parejas para
Zermou.
Mas antes de emprender sus pesquisas
quiso hablar telefónicamente con su capi­
tán para indicarle la conveniencia de que,
a la vez que él de Techiasco, saliera de
Agadés quien explorara, con el objeto que
pronto se verá, los lugares entre dicha po­
blación y Zermou; y temiendo no fuera po­
sible averiguar nada, si gendarmes fueran
quienes lo preguntaran a los indígenas,
cuya doblez iba siendo de día en día más
patente, sometió a su jefe la idea de utili­
zar en tales indagaciones un agente segu­
ro, cuyas preguntas fueran explicables por
motivos particulares y creíbles, sin desper­
tar en los preguntados recelo de que tuvie­
ran relación con nada interesante para las
autoridades.
— Descuida, irá Milotti— contestó Bertier— y él te dirá lo que haya averiguado.
— De perlas, mi Capitán: ni encargado...
Pero si le parece a usted, para no poner a
nadie sobre aviso en Zermou, lo aguardaré
en Zinder, llegando allí antes que él.
— Bien pensado, Friand: él te buscará en
Zinder... ¡Ah! Imposible averiguar nada
en casa del recaudador: todos son mudos,
sordos y ciegos: da gusto trabajar en un
país así.
De Tintelloust salieron efectivamente los
comerciantes, allí muy conocidos, que según
dicen ellos y el recaudador, fueron quienes
llegaron a casa de éste al otro día de la
fuga de los otros. Seis días después re­
gresaron a Tintelloustt, pero no en los meharis en que vinieron, que en Okhom cam­
biaron por camellos corrientes a una cara­
vana del Uadai; porque, según han mani­
festado, hicieron en el trueque un soberbio
negocio. Del parche del cauterio nadie sabe
nada o no quiere decirlo.
— Y Tinkert, que faltaba de Agadés desde
la noche aquella, ¿ha vuelto?
— ¿Quien es Tinkert?

CONQUISTA

105

— El capataz de camelleros de Moyfsk.
— ¡Ah, sí! No, no ha vuelto.
— ¿Manda algo más, mi Capitán?
— No. Adiós, y buena suerte.
— A la orden.
Al separarse del teléfono iba murmuran­
do Friand:
— Dos comerciantes de Tintelloust y el
capataz son tres. Los dos senegaleses que
en la casa apuñalaron a ese pobre señor y
el pillo que les guardaba las espaldas, tres
también... Puede que no, pero puede que sí.
A la mañana siguiente, Friand y sus su­
bordinados salían de la residencia, y de
Agadés Milotti.
Era éste un buhonero italiano que una
docena de años antes había inaugurado su
trashumante y casi primitivo comercio lle­
vando las heterogéneas mercaderías de él
a lomos de un mal mulo, en pos del cual
caminaba a pie y arrimado a su cola, aun
cuando nada tenía el hombre de arrimado
a la colaEn un principio limitó sus correrías a
los oasis del Air y sus transacciones a seis
u ocho clases de mercancías o baratijas,
siempre vendidas caras y compradas bara­
tas: por dinero unas veces, cedidas otras
o adquiridas mediante cambalaches siem­
pre más fructíferos para el avispado buho­
nero que las compras y las ventas en me­
tálico, por fortuna suya escaseante en el
Desierto.
A los dos años de afanoso tráfago, el
mulo viejo y matalón se había convertido
en dos casi jóvenes, casi buenos. Los viajes
comerciales, sin rebasar aún los límites del
Air, ya abarcaban mayores extensiones, y
cuando las caballerías no iban muy carga­
das ya se permitía su amo subir algún ratejo en la que lo iba menos.
Siguió pasando tiempo, no mucho a la
verdad, y un mulo se trocó en camello, dan­
do ejemplo, seguido a poco por su compa­
ñero: felices metamorfosis no registradas
por Ovidio ni por Darwin en sus libros,
pero por el buhonero aprovechadas para au­
mentar el número de artículos de su tráfico
y para prolongar sus expediciones al Ahagar por el norte, al Tchad por el sur y a Bil­
ma por el este. Y ya viajaba siempre enca­
ramado en la alto de la jiba de un camello.
Soplando cada vez más fuerte, el viento
de la fortuna, fué aumentando la recua
hasta llegar en otros cuatro o cinco años a
seis camellos ya conducidos por dos came­
lleros. La gente fué dejando de llamarlo
Loti para llamarlo el Signor Milotti, y

108

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

en la época en que trabamos conocimiento
con él ya transportaba sus géneros en extra­
ñas caravanas, donde se juntaban a los
camellos dos inverosímiles, estrambóticos
vehículos híbridos de carreta, automóvil, si­
decar, pergeñados con restos de todo esto:
verdaderas ruinas de vetustos carruajes o
desperdicios recogidos de diversos acciden­
tes de locomoción y al parecer completa­
mente inútiles antes de caer en las indus­
triosas manos del aprovechado e ingenioso
italiano y de ser acoplados para formar
aquellos extrañísimos artefactos: que por
su traza de resucitados fósiles de un auto­
movilismo prehistórico hacían dudar de si
dicho sistema de locomoción no habría sido
ya usado antes del Diluvio.
Pero estrambóticos y todo, eran los autocarromatos de Milotti capaces de llevar en­
tre los dos por cima de tres toneladas de
carga, y andaban (naturalmente sin neu­
máticos, pues esto es cosa cara) sus buenas
dos docenas de kilómetros por hora: velo­
cidad tan ridicula para automóvil de tu­
rismo como vertiginosa en un furgón de
buhonero: que así es todo en el mundo,
grande o pequeño, según quienes lo miran.
Con estos nuevos medios reforzado se'
hinchó y se hinchó el negocio del italiano,
y, claro está, al hincharse alcanzó a más
espacio, llegando hasta Borku, El Tibcsti,
Tombuctú e In-Salah, centro este último de
donde se surtía por ferrocarril y en donde
colocaba las gangas que compraba en el
Desierto. Y ya tenía un almacén y un es­
critorio en Agadés.
Negociando con europeos e indígenas,
grandes y pequeños, estaba a bien con to­
dos; fiando con su cuenta y razón, tenien­
do parroquianos, agentes y deudores en to­
das partes; entendiendo la aguja de marear
al punto de dejar siempre a los explotados
agradecidos a la taimada suavidad con que
los engañaba el muy ladino; prestando a
su clientela menudos servicios y haciendo
comisiones al parecer de balde, pero bien
cobradas en otras ocasiones, era popularísimo en todas partes el Signor Milotti, que
además era prestamista a rédito, cuyo alto
tipo olvidaban los deudores reconocidos a
su tolerancia en el cumplimiento de los
plazos de devolución de capitales; pues no
prestando nunca sino a solventes, no corría
riesgo en la demora, seguían cayendo los
intereses y se captaba el agradecimiento de
los morosos, diciéndoles: “Cuando usted
quiera.” “Yo no tengo priga.” “Págueme en
lo que quiera y como quiera” ; pues trafi­

cando en todo, era para él dinero cuanto
quisieran darle: sal o dátiles, camellos o
burros, pieles, sebo, alhajas, ganado, trapos
o hierro viejo, favoreciendo con esta liber­
tad a sus deudores, escasos por lo común
de numerario y a quienes en sus destierros
no les era fácil vender a nadie lo que él les
tomaba, aprovechándose en los precios de
la ausencia de competidores.
Y decían encantados: "A este hombre se
le paga con cualquier cosa, lo toma todo.”
á era verdad, pues todo lo tomaba cuando
a él le valía más que la deuda, aunque para
ellos valiera mucho menos.
Era Milotti, pues, una potencia en todas
las aldeas o aduares adonde se extendían
los tejemanejes de sus pintorescos true­
ques, y nadie como él tenía la sutileza y
maña de averiguar cuanto deseaba, pregun­
tando otra cosa.
Este genio del cambalache rotatorio y
cíclico— perdónese el pleonasmo, porque
también sus cambios eran pleonásticos— ;
este usurero que parecía dulce y benéfico a
quienes arrancaba, sin arrancarles quejas,
el pellejo a tiras por haber descubierto la
anestesia de la usura, salió de Agadés en el
más ligero de sus fantásticos auto-vehícu­
los como para echar un vistazo a los nego­
cios y concertar compras y ventas que sus
dependientes recogerían o servirían luego
acarreándolas en su escuadrilla mixta de
autos y camellos.
Durante los tres días que él empleó en vi­
sitar las aldehuelas de los oasis entre Aga­
dés y Zermou, tomaba Friand del oficial de
la gendarmería de Zinder noticias sobre la
deserción de la pareja, que al otro día de
su salida había sido vista en Zermou, pero
no en los demás lugares, adonde, después,
debía haber ido, según las órdenes recibi­
das al salir del cuartel.
No hemos de relatar las monótonas in­
vestigaciones del italiano en los poblachos
visitados, todos de escaso número de casas
o chozas de pocos centenares o aun docenas
de habitantes, y situados fuera de las dos
o tres rutas trilladas por las caravanas,
por lo cual la llegada de un viajero es no­
vedad extraordinaria que no puede pasar
inadvertida en ellos. Gracias a esto pudo
Milotti hacer saber a Friand, al avistarse
ambos en Zinder, que a los pocos días de
la fuga de los supuestos españoles había
sido visto Tinkert en Okhom, donde era
muy conocido por la cercanía de esta aldea
a Agadés; que en días inmediatos un hom­
bre de sus señas y un camello de las mis-

LA

MAYOR

mas del hermoso mehari montañés en que
cabalgaba cuando estuvo en Okhom, habían
pasado por varios lugares escalonados en
la dirección de Zermou, adonde llegaron el
mismo día que los gendarmes senegaleses
de Zinder, yendo a posar en la misma casa
de labor donde ellos pernoctaron: la de un
itisán (raza de origen bereber) bien aco­
modado y situada como a medio kilómetro
de las casuchas que en desconcertada agru­
pación forman la aldea: por ser costumnre
añeja que en dicha finca se alojaran siem­
pre los gendarmes de paso en Zermou.
Había asimismo indagado el buhonero
que en poblados diferentes de los cruzados
por el jinpte del mehari, que bien pudiera
ser Tinkert, pero situados en la misma di­
rección de Zermou, y cercanos a aquéllos,
había sido advertido, con tres o cuatro días
de retraso respecto al paso de él por ellos,
el de dos tuaregs, también en meharis, de
Tintelloust, uno con una calva de cauterio
en el pecho; pero de éstos no se podía afir­
mar llegaran a Zermou por perderse antes
de este pueblo la pista de ellos.
Ya, respecto a lo averiguado en Zermou,
resultaba que cinco días después del de
llegada a casa del ricacho itisán de la
pareja senegalesa había sido ésta nueva­
mente vista en el mismo pueblo y en el
momento de salir de él; pero ya no
montada en los meharis que la primera
vez trajera, marcados con el hierro de la
remonta de la gendarmería, sino en otros
de Tintelloust sin dicha marca y con joro­
bas que llamaban la atención por lucientes
y gordas. Otro dato interesante era que al
marcharse se llevaban preso a un hombre
desconocido en Zermou, jinete en igual clase
de cabalgadura, sin que ninguno de los tres
animales tuviera calva alguna. Y, finalmen­
te, era de notar que la pareja había sido
vista llegar y marcharse la primera vez,
pero marcharse únicamente y no llegar la
segunda
Después de esto nada necesitaba el ita­
liano contar a Friand, pues ya antes de sa­
lir de Techiasco conocía éste, por sus guar­
dias, el camino de los falsos senegaleses
desde Zermou a la residencia: falsos, sí:
ya para él no cabía duda de que falsos
eran. Pero, ¿qué se había hecho de los ver­
daderos? ¿Qué de sus camellos?
Porque soltando el uniforme y disfrazán­
dose de dagatums, tagamas o damergús
podían los desertores pasar inadvertidos y
aun regresar a su tierra, no muy alejada,
o internarse en la N igricia inglesa, que

CONQUISTA

107

tenían al lado; pero nunca se les ocurriría
a quienes desearan esiyapar a la persecu­
ción que habían de sufrir internarse en El
A ir para darse de narices con los puestos
de gendarmería; y menos conservar los uni­
formes. No, no eran aquellos los desertores,
y s|i llevaban los uniformes de éstos ya se
había visto era para dar el golpe de TadelakaTodo esto lo presentía Friand, pero el
único sitio donde podía convertir el pre­
sentimiento en certeza era Zermou, donde
se trasladó con sus parejas, yéndose, a la
llegada, derecho a casa del itisán de quien
se ha hablado, instalándose allí con sus
gendarmes, y tomando como primera pro­
videncia la de detener e incomunicar a
cuantos encontró en ella: con gran sorpre­
sa del dueño, que, muy significado en el
país por su lealtad a los franceses, lo ex­
plicaba todo muy satisfactoriamente, coin­
cidiendo con él sus fam iliares y servidores.
Según él, los senegaleses habían pasado
allí la noche del día de su partida de Zin­
der. Salidos de madrugada a su servi­
cio, en lugares que no dijeron, regresaron
cuatro fechas después, rayana la media no­
che: siendo esta la razón de que a tales
horas nadie los viera en el pueblo hasta
que a la mañana se marcharon de nuevo.
Sin duda entonces— habla el itisán— desertó
dicha pareja.
En cuanto a las monturas, en camellos
de remonta llegaron y marcharon la pri­
mera vez que en su casa estuvieron; pero
por hallarse él ya acostado cuando volvie­
ron la segunda y no haberse aún levanta­
do a la hora de su marcha, no podía saber
cómo iban entonces montados.
En vista de que no daba chispas ningu­
no de los cogidos en la redada hecha en la
casa, un gendarme vulgar habría acudido
al procedimiento, clásico en las policías de
todos tiempos y lugares, de refrescarles la
memoria a fuerza de palizas, que es siste­
ma de probada eficacia; pero Friand no se
tenía por vulgar, ni con mucho; desde­
ñaba, por indignos de su ingenio, los ca­
minos trillados; se creía muy capaz de ha­
llar medios menos brutales, más sutiles, de
que por convicción declararan la verdad
quienes tenía él certeza de que la sabían;
y buscando, buscando, dió con la elegante
solución de olvidarse de que los siete presos
solían y querían hacer sus dos comidas, amén
del desayuno y la merienda, y perdurar en
tal olvido en tanto no cantaran: pensando
con buen juicio que cuanto más dormida

108

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NOVELESCO-CIENTIFICA

tuviera él la memoria más se refrescaría
en la de los otros el recuerdo de qué se
había hecho de los senegaleses; pues sería
raro que todos los presos resultaran con
vocación capaz de emular la hazaña cele­
bérrima del Alcalde de Cork. Y como no
hacía falta sino que cerdeara uno...
El método, que bien se ve no podía ser
más sutil, era además inofensivo, sin ofre­
cer el riesgo de lisiar a nadie; pues en
definitiva reducíase a un mero aplazamien­
to nutritivo, ya que Friand no se opondría
a dejarles comer a su sabor y gana, y has­
ta los indemnizaría de las comidas escabulli­
das, tan pronto los deseos de mover las
mandíbulas les soltaran las lenguas; así
considerado, el tratamiento no pasaba de
bromita, aunque fuera pesada.
A la mañana siguiente, cuando los dete­
nidos llevaban veinticuatro horas de rigu­
rosa dieta, creyó oportuno substituir el al­
muerzo, cuya hora iba caída, con persona­
les visitas que a todos hizo, uno en pos de
otro, no siendo recibido con el mismo pla­
cer que habrían sentido de llevarles el al­
muerzo. Entonces los informó de que po­
drían comer en cuanto hablaran y lo con­
vencieran de ser verdad lo hablado: sin
sorprenderle ni apurarle que ninguno hu­
biera llegado aún a madurez de confiden­
cias; pues al salir de ver al último iba
pensando: “Ya hablaréis.”
Y lo mismo dijo en su visita circular co­
rrespondiente a- la hora de comer, no des­
animándolo que tuviera el mismo negativo
resultado.
— El alcalde de marras sometido a este ré­
gimen— se dijo— no se murió sino después
de ocho o diez semanas; éstos llevan día y
medio: hay tiempo, hay tiempo: todo es
tener paciencia.
Y tenía razón, y no hizo falta mucha,
porque rayando el alba del siguiente día,
el gendarme de cuarto, en vela a aquella
hora, lo despertó, avisándole que uno de
los presos aporreaba la puerta de su im­
provisado calabozo vociferando que quería
hablar al sargento.
El vociferante era un mozuelo de diez y
seis años, en quien el hambre podía más
que el miedo a los consabidos vengadores.
a quien, según dijo Friand, se le acababa ya
la cuerda, y que al ver entrar a éste le im­
ploró por Al-lah, Mahoma y la salud de sus
sultanas (no las de Mahoma, las del sar­
gento, que en su harén no tenía sino a la
pobre Madame Friand, ya bien machucha y
averiada), le jurara no decir nunca a nadie

lo que a contarle iba; porque, a saberse la
delación que el hambre le arrancaba, lo ma­
tarían loS otros.
Después de recibir promesa de guardarle
el secreto, aconsejó el muchacho a Friand
que se diera una vuelta por el estercolero,
la cual podría luego decir había sido ca­
sual. En cuanto allí estuviera advertiría
un olor distinto del de estiércol, y si apar­
taba éste en la rinconada del tapial encon­
traría debajo...
— ¿Los camellos muertos?— dijo la impa­
ciencia de Friand.
— Ca, no señor: los gendarmes de Zinder.
— ¡Zambomba!
— Los camellos se los llevaron a la noche
siguiente Herbil y el que había llegado e.i
el mehari el mismo día que los gendarmes— ¡Ah!... ¿Y a los pocos días vinieron
otros dos y se pusieron los uniformes de
los muertos?
— Sí, señor.
— ¿Y adonde llevaron los camellos?
— No lo sé... Sólo vi que a la salida to­
maron hacia Moa y que hasta el otro día
anochecido no volvieron Herbil ni el otro.
Pero, ¡por Dios!, déme usted de comer.
— Tienes razón. En cuanto vea que me
has dicho verdad te mandaré algo.
Pronto vió Friand que el muchacho no
había mentido, pues al llegar al estercole­
ro, al extremo de un enorme cercado que
se extendía detrás de la casa, comprobó
Friand que sobre el olor del estiércol, no
muy fuerte mientras no es removido, so­
bresalía hedor a carroña
Separado el fiemo por jornaleros traídos
de la aldea, apareció sobre el suelo un mon­
tón de tierra suelta recientemente removi­
da, que al ser apartada dejó ver a poca
profundidad en un hoyo, dos cadáveres des­
nudos en plena descomposlciln.
Frotándose las manos, se fué Friand al
encierro de Herbil, a quien preguntó de
buenas a primeras adúnde había llevado los
camellos de los guardias con los cuales y
en compañía de su compinche lo habían vis­
to varios habitantes de Zermou
El hombre intentó negar, pero cogido de
sorpresa, su turbación fué muy visible al
oír al sargento la hora a que él y el otro ha­
bían salido con los animales, el camino to­
mado y que Tinkert— ¡qué más querría
Friand!— ya estaba preso, llegando la tur­
bación a verdadero susto cuando éste dijo:
-—Por más que lo de los animales es lo
de menos para quien, como tú, ha ayudado

LA M A Y O R C O N Q U I S T A

109

a asesinar a los gendarmes que enterrasteis te, con los demás presos, logrando recons­
en el estercolero.
tituir punto a punto el crimen cometido
—No, no: a enterrarlos sí ayudé, pero a en la casa del itisán con su complicidad. Y
matarlos, no. Lo juro, lo juro. Yo no tengo no teniendo más qué hacer en Zermou,
nada que ver en esas muertes. Los mata­ echó, según él dijo, de comer a los ham­
ron con los polvos que les echaron en la brientos, los amarró después de hartos, los
cena: los que trajo el otro.
esposó y se los llevó a Zinder, entregán­
—¿Unos polvos? ¿Qué otro?
dolos en dicho pueblo al oficial que allí
—El que primero vino, con el que fui a mandaba.
lo de los camellos y se marchó luego con
A los dos días de terminada su fructífe­
los dos que llegaron despuésra campaña llegaba Friand a Agadés y ha­
— •Unos polvos en la cena!... Me parece blaba con Bertier, quien le entero de haber
que el Capitán tenía razón al no creer en averiguado que después del atentado contra
la autopsia de Moyfsk, y se me figura que Lobera habían dormido un día los falsos
acabo de descubrir cómo y quien lo mató. senegaleses y sh acompañante en un lugarejo entre Tadelaka y Agadés; pero que
—¿Qué dice usted, señor?
—No te importa... ¿Adonde llevasteis los allí desaparecía todo rastro como si la tie­
rra los hubiera tragado.
camellos?
—He hecho registrar—agregó el capitán—
—Los matamos y los dejamos en un ba­
rranco que queda a la derecha de la senda todas las casas y todos los pozos e interro­
gar a todo el mundo para encontrar los
de Moa a Gufré—¿Y no habéis hecho más? Mira que lo uniformes, que estoy seguro se han quitado
en ese pueblo antes de continuar su fuga
sé todo y que como mientas te ira peor.
por la noche, pero todo ha sido inútil.
—No, nada más.
El oficial acertaba; pues, efectivamente,
—Mira que como se te olvide la cosa más
pequeña de lo que hicisteis aquella noche donde él suponía se habían los criminales
te dejo aquí encerrado hasta que te mueras despojado de sus disfraces; pero mal podía
nadie hallar los uniformes porque, pensan­
de hambre.
—No, no: eso, no... A uno ae los came­ do ellos que acaso más adelante podrían
llos le dimos después de muerto unos tajos serles útiles, los llevaban consigo en pa­
en redondo con los cuchillos y le arranca­ quetes a la grupa de los camellos.
Bertier y Friand se desesperaban, pues
mos un cacho de pellejo que...
—Que luego le pegasteis a uno de los tenían la firme convicción de quiénes eran
meharis en el pecho, encima de la calva los asesinos, conocían todos sus pasos an­
teriores; pero tal conocimiento les fallaba
donde le habían dado hierro.
en el punto preciso para saber donde en­
— ¡Ah, lo sabía usted!
—Yo lo sé todo: sois vosotros muy tor­ contrarlos en aquellos momentos.
Al lector, que es quien más sabe de ellos,
pes para engañar al sargento Friand... Los
dos que vinieron los últimos son altos, y pues conoce las verdaderas personalidades
de Ben-Cassim y Abd-el-Gahel, para todos
uno de ellos gordo.
desconocidas, no ha de extrañarle que al ca­
—Sí, señor.
—Dos se pusieron los uniformes de los pitán y al sargento se les desvanecieran
guardias, y haciendo la pamplina de que como el humo, porque ya ha visto cómo
al otro se lo llevaban preso, se fueron los por donde pasaba el Gran Caíd iba encon­
trando obediencia, complicidad y encubri­
tresmiento en todos los hermanos africanos:
—Sí, señor: por la vereda de Gadort.
Terminado el anterior interrogatorio, fué siéndole facilísimos sus constantes cambios
Friand hablando, separada y sucesivamen­ de personalidad y residencia.

mi
UNA ENTREVISTA INTERESANTE
Vista la situación que, no por frecuente amor a una mujer desafía la muerte, y la
en el mundo deja de ser extraordinaria- de una mujer, y esto ya es más insólito,
mente romántica, de un nombre que por que salva la vida de su amado infundien-

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do en su cuerpo la sangre de sus venas,
ta, con anticipación bastante a la hora de
¡qué escena tan bonita, cuán vibrante, qué
ella, p ara dejarla tiempo suficiente de repoconmovedora podría urdirse al referir una
nerse de la impresión que naturalm ente haprim era entrevista a solas de dos cria tu ras
bía de hacerle el enterarse de aquella esceque tal se am an y tal se lo han probado!
na: menor, naturalm ente, contada por su
¡Cuán bellas cosas podrían decirse en tal
padre, y eso buscaba éste, del que la haescena- qué transportes de enloquecedora
b ría producido de oírsela de prim era intenp asión’ podrían realzarla!
ción al m ism ° Protagonista.
Pero no fantaseemos, pues por desdicha
Es decir, todo lo contrario de lo que exide la poesía y el rom anticism o la p rim era
ge la novelesca exposición de tan dram áticos sucesosentrevista de Em m a y Lobera, después de
Verdad es, pero cúlpese de ello al prosai­
los dram áticos sucesos en donde sucesiva­
m ente fueron protagonistas, tuvo lugar de­ co padre, no a quien, a fuer de fiel cronis­
lante de Duvery, que, conociendo los mu­ ta, cuenta las cosas, no como las quisiera
él ocurridas, sino cual acaecieron.
tuos sentim ientos de los enamorados, no
Y lo acaecido fué que, pensando Don Héc­
creía oportuno dejarlos verse a solas, cual
to
r
que Em m a podía aguardar a conocer más
de consuno demandaban exigencias poéti­
adelante los detalles de las gallardías de Lo­
cas del presente relato y vehem entes deseos
bera y la traición de su rival, estimó
de los dos héroes de él.
no había urgencia ninguna en excitar
P ara proceder así tenía el ingeniero dos
razones: prim era, las picaras convenien­ su sensibilidad con relación circunstan­
cias; segunda, su tem or a íaa complicacio­ ciada del suceso, lim itándose, por lo pron­
to, a n a rra r lo más preciso de él, en la
nes que en las convalecencias de un hom­
form a menos im presionante en que pudo
bre recién escapado a la m uerte y de una
hacerlo; y hasta previno a su hija, antes de
m ujer sem iextenuada podrían su rg ir de la
libre expansión de apasionados sentim ien­ llevarla al cuarto del que a la par había
tos, m uy adecuados a repercutir en los sis­ sido víctim a y héroe en aquél, que siendo
todavía delicado el estado de éste, le serían
tem as nerviosos de organism os cuyas de­
bilidades aconsejaba preservar de sacudi­ dañinas vivezas de expresión, dadas a pro­
vocar intensas emociones: recomendación
das.
Pensando en esto h abría aeseado el pa­ análoga a la que al notificarle la visita de
aquella tard e le hizo a él p ara que la tuvie­
dre de Em m a que hasta estar su h ija to­
ra en cuenta cuando hablara con Emma,
talm ente restablecida y fuerte se hubiera
convaleciente de una enterm eaad que ha­
hallado a cien leguas de Lobera para hacer
bía coincidido con la herida de él. Sin de­
imposible la entrevista m ientras no hubie­
cirle, por supuesto, palabra de lo de la
sen ambos recuperado por completo sus
transfusión de la sangre, por parecerle in­
fuerzas; pero no siendo así, y viendo Du­
oportuno apresurarse a hacerle conocer el
very que por saberse cerca uno de otro
se consum ían los dos muchachos de im­ sacrificio de Emma, que claram ente de­
jaba traslu cir el sentim iento que la había
paciencia de verse, le pareció excesiva
impulsado a realizarlo.
crueldad, y tal vez contraproducente para
—Me alegro, me alegro, papá—dijo la in­
la rapidez de sus restablecim ientos re tra ­
teresada
con viveza al enterarse de esta re­
sarles más tiempo la satisfacción del co­
serva de su padre—. No puedes figurarte
m ún anhelo que a ambos los torturaba.
P or ello, a los pocos días de dejar el le­ cuánto te lo agradezco; pues me habría
cho el argentino, y estando Em m a casi re­ dado m uchísim a vergüenza verlo sabiendo
que él estaba enterado de eso.
puesta ya de su debilidad, la llevo una
—Por eso lo callé.
tard e a las habitaciones del herido, que to­
__Entonces... ¿podemos ya ir allá?—pre­
davía no se hallaba en estado de levantar­
guntó ella sin saber rep rim ir su impaciencia.
se del sillón donde a diario lo instalaban
—Sí; pero antes he de inform arte de algo
para que en él pasara algunas horas de las
que te callé esta m añana, por no querer si­
tardes.
m ultanear o tra emoción con la que había
Pocas antes había escuchado Duvery de
boca de él la narración de la traid o ra for­ de producirte el en terarte de cómo y por­
qué había sido herido nuestro amigo.
m a como h abía sido apuñalado en Tadela—¿Qué es, papá? ¿Qué es?
fca: relato que para no espolear la impa­
—Que después de referirm e la causa de
ciencia de E m m a no transm itió su padre a
lo ocurrido con esos malvados, me dijo Loésta h asta la m añana anterior a la entrevis­

LA

MAYOR

bera que ya no debía callarm e por más tiem ­
po la confesión del cariño que te tiene,
agregando que no atreviéndose a m ira r sino
como ilusión su esperanza de que no te es
del todo indiferente, se propone salir pron­
to de dudas, poniéndote en el tran ce de que
no puedas rehuir, como hasta ahora dice
has rehuido, francas explicaciones; y pi­
diéndome desde luego tu mano para el caso
de que tu respuesta sea favorable a sus
deseos.
—¿Y qué le has dicho, y ué le has dicho?
—Que tratándose de persona tan de mi
aprecio como él, yo nunca me opondré a lo
que tú decidas.
—Tú ya bien sabes lo que he de decidir.
—Pero él no: o por lo menos quiere las
cosas com pletamente claras.
—¿Y por qué no se las has aclarado tú?
— ¡Yo!
—Buena ocasión te daba: y con ello me
habrías evitado...
— ¡Pero criatura!...
—Ya me conoces: ya sabes lo encogida
que soy. A ti no te habría costado trabajo
ninguno, m ientras que a mí... Y tam bién él:
¿qué necesidad tiene de preguntar lo que
está viendo?... No le creía tan torpe: ¿o es
que quiere que le regalen el oído?... Me ha­
brías hecho un gran favor.
—No he creído, h ija mía, que eso estuvie­
ra en m i papel... Y además pienso que a los
dos os será más grato ser vosotros mismos
quienes os entendáis: no, digo mal, deciros
que os habéis entendido hace ya tiempo.
—Sí, eso s í ; y sin embargo, yo habría
preferido que al vernos ya lo supiera él
todo.
—E res incom prensible: y nadie creería
que esta de hoy sea la m ism a c ria tu ra que,
sin pedirm e opinión y para hacerm e conocer
adonde llega su am or a ese hombre, tomó
el breve camino, m uy poco en arm onía con
estas timideces, de besarlo en mis barbas.
— ¡Por Dios, papá!... No me avergüences
recordándomelo. Como nada me habías vuel­
to a decir, yo creía que habías ya perdona­
do aquel impulso irreflexivo de mi pena.
—Ni te lo digo para que te apures, ni ten­
go que perdonarte nada, ni soy un padre sin
corazón que no com prenda lo que el tuyo
sentía: no hago sino señalar la incongruen­
cia entre tu decisión de entonces, tu valor
al exponerte por salvarle la vida y estos re­
milgos de ahora.
—Es distinto, es distinto: aquello no po­
día verlo él, yo no tenía que decirle nada
cara a cara; m ientras que ahora...

CONQUISTA

111

—Sí, h ija m ía—dijo Duvery con la sonri­
sa retozándole en los labios—, sí; ahora te
am enza el terrib le trance de decir, por la
prim era vez, “te quiero” al hombre por
quien has probado que eres capaz de dar la
vida; de confiarle el secreto que sin repa­
ro nos dejaste ver a mí, a tu herm ano y a
don Gustavo.
—Sí, sí, tienes razón. Pero si soy así, ¿qué
le he de hacer?
—Pues te advierto—continuó don H éctor
en festivo tono—que ese h orrible peligro
te am enaza de cerca; porque a menos que
él sea, y no lo creo, tan apocado como tú, y
entpnces os p asaríais la vida queriéndoos
sin decíroslo, sospecho que la contestación
explícita que tan to te preocupa vas a tener
que dársela esta m ism a tarde, en cuanto
hable contigo... Yo no veo sino un modo de
libarte del conflicto.
—¿Cuál?
—Que cuando te pregunte si le quieres le
digas que no.
— ¡Qué malo eres!
—O que para no ten er que decir ni sí ni
no, ya que ni lo uno ni lo otro te conviene,
no volváis jam ás a veros—agregó don Héc­
to r soltando la carcajada.
— ¡Papá!...
—O, por lo menos, que p ara irte prepa­
rando a la heroicidad de h ablarle claro de­
moremos por cuatro o cinco días la entre­
vista de esta tarde.
—No te burles de mí. ¿No sabes que los
pasados se me han hecho inacabables? ¿No
ves que me m uero de impaciencia de verlo?
—Lo que veo es que la cobardía de mi
h ija no tiene atrevim ientos sino con su
padre.
—¿Y te parece mal que a ti, que has sido
padre y m adre p ara tu Emma, sea a quien
únicam ente no me dé vergüenza dejarte ver
lo m ás hondo de mi alm a?
—No, vida mía, no: bendita seas; bendita
tim idez, y bendita esta confianza con que
hablas a tu padre.
Pasado un rato en que padre e h ija es­
tuvieron abrazados, dijo él:
-—¿Vamos?
—Sí, sí; vamos, vamos.
*

*

*

—Tal im presión había hecho a Duvéry la
an terio r conversación con E m m á; tan or­
gulloso se sentía de aquella h ija : tan segu­
ro de que ella no había m enester de vlgi
lancia, que al llegar a la p u erta de la ha-

112

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

bitación donde Lobera estaba iba pensando
que, a no ser por el “ qué dirán” y por el te­
mor del efecto de emociones muy vivas en
la salud debilitada de Emma, no tendría él
inconveniente en dejarla entrar sola, para
que aquellos “ pobres chicos” , que tan gran­
des y puras pruebas se habían dado de mu­
tuo y noble amor, tuvieran el placer de po­
der comunicarse sin testigos.
Pero, a despecho de esto, entró con ella,
aun cuando proponiéndose arreglarse de
modo que su presencia no los cohibiera más
de lo inevitableLobera, a quien hacía un rato consumía
la impaciencia por la tardanza en ver llegar
la anhelada visita, sintió que le latía des­
ordenadamente el desmandado corazón al
ver a Emma entrar delante de su padre; y
olvidándose de éste y de las precauciones
todavía reclamadas por su estado, el doble
olvido lo levantó rápidamente del sillón, ex­
clamando:
— Emma, queridísima Emma.
La punzada que en la herida sintió y la
vista de Duvery le hicieron recaer en la bu­
taca con el rostro contraído por el dolor y
corregir lo apasionado de la frase que le
había arrancado la vista de la mujer ama­
da, diciendo:
— Señorita Duvery, muchas gracias por
esta visita que...
No pudiendo seguir por impedírselo el do­
lor, que al hacerse visible a los recién lle­
gados los hizo correr a él, preguntándole
Emma, lívida de susto:
— ¿Qué tiene usted? ¡Por Dios, Lobera!
¿Qué le pasa?
— Nada, nada; mil gracias: una punzadi11a en la herida.
— De la cual tiene usted la culpa: por la
imprudencia de levantarse, habiéndosele en­
carecido que no haga movimientos bruscos.
— Muy mal hecho, muy mal hecho... Yo
que venía tan contenta, pensando hallarlo
a usted muy bien.
— Y lo estoy, no se apure, amiga mía. Ade­
más, ese interés es para mí la mejor medi­
cina... Pero ya ha pasado, ya no me duele.
— ¿De veras?... ¿No lo dice por tranquili­
zarnos?
— Palabra que es verdad. Pero ya hemos
hablado demasiado de mí... La encuentro a
usted extraordinariamente pálida— Un poco: como yo también he estado
enferma...

— Pero ¿qué ha tenido usted? Porque has­
ta ahora ignoro cuál ha sido su enfermedad.
— Nervios, debilidad, nada— contestó Em­
ma confusa.
— Una pequeña anemia pasajera— dijo Du
very acudiendo en ayuda de su hija.
— ¡Anemia!... Es raro. Usted estaba fuer­
te, de bonísimo color...
— Sí.. Pero..-, cuando menos se piensa.
— Es que Emma ha padecido unas fiebrecillas, y su debilidad actual es consecuencia
de ellas... Y que yo no he aplicado la pala­
bra adecuada al llamar anemia a lo que no
es sino debilidad de convaleciente.
— Pues digo a usted, Emma, que estamos
los dos buenos.
— Verdad es: ha sido mucha coincidencia...
— ¿Pero no se sientan ustedes? ¿O es que
después de tanto tiempo de no vernos pien­
sa usted hacerme visita de médico?... Y no
lo digo por las de don Gustavo, pues el po­
bre me hace cuanta compañía puede... Ade­
más, ya que tengo la suerte de verla a usted
aquí, no quisiera demorar... Don Héctor, ¿ha
dicho usted a su hija?...
— Sí... Siéntate, Emma. No, ahí no— al de­
cir esto colocaba don Héctor una silla cerca
de la butaca del herido; y yendo él a sen­
tarse junto a una mesa ai otro extremo de
la habitación, agregaba:— Lobera va a ha­
blarte de un asunto del que estoy ya ente­
rado. Entre tanto yo leeré el correo de hoy,
que todavía no he abierto.
Con cara donde se peleaban alegría y ru­
bor tomó asiento Emma junto al herido, que
sin malgastar ni un minuto comenzó a ha­
blar, diciendo:
— Seguramente no ha sido novedad para
usted lo que he confesado a su papá: y co­
mo ya no puedo seguir viviendo en la duda
de los sentimientos de usted respecto a mi
persona...
No pudo pasar Lobera de este comienzo de
explicación, porque en aquel momento se
abrió la puerta, dando paso a don Gustavo,
one obligado a salir de improviso de la Re­
sidencia en el auto-ambulancia, ya prepa­
rado, según dijo, para ir a buscar los heri­
dos de un derrumbamiento en una lejana
sección de los trabajos, e ignorando si vol­
vería antes del día siguiente, anticipaba su
visita de la noche al americano.
Estaba visto que todo eran dificultades
para los pobres muchachos, que torcieron
el gesto.

. . . y sentir que de su corazón salía la sangre que llenaba el corazón del hombre
amado...




LA

MAYOR

CONQUISTA

113

KXUil
LA INDISCRECION DE DON GUSTAVO
Al entrar el médico se hizo en seguida
cargo de cuán inoportuna era su llegada,
apresurándose a explicar el por qué la anti­
cipaba y apresurándose a tomar el pulso
a Lobera para compensar la inoportunidad
de la visita con la brevedad de ella.
— Esto va perfectamente: ganamos fuer­
zas de día en día; y mucho más de prisa
de lo que era presumible.
— A mí no me extraña, porque siempre he
tenido una naturaleza robustísima.
— Miren el vanidoso. No presuma tanto;
pues con toda esa fortaleza..
— No, no, señor; ya sé que sin su feliz
idea de inyectarme el suero...
— Ta, ta, ta: ¡dónde estaría usted con su
robusted y con mi suero a no ser por...!
— Don Gustavo, don Gustavo— exclamó
Emma levantándose, acercándose a éste y
diciéndole rápidamente y en voz baja:
— Eso no es lo prometido..*
— Lo prometido— contestó el médico en
voz alta—fué no hablar de aquello sino con
los presentes, y como aunque nuestro ami­
go Lobera no lo sepa, no por eso dejaba de
estar allí, desempeñando el primer papel,
digo, el segundo, no veo por qué hayamos
de dejarle más tiempo en el limbo.
— Pero ¿qué quiere decir esto?— preguntó
el argentino sorprendido de la excitación
de Emma, de su cuchicheo con el médico y
de la noticia de que estaba en el limbo—
¿Qué quiere usted decir Con ese “ a no ser
por” ...? ¿Por qué estoy en el limbo?
En virtud de una de esas contradicciones
frecuentísimas en las almas femeninas,
Emma deseaba tanto, a lo menos, cual te­
mía, que él supiera que al amor de ella de­
bía el estar vivo; y su actitud confusa y
sus ojos bajos transparentaban la turbación
ocasionada por dichos deseos contrapuestos.
Duvery, que antes de haberle Lobera ma­
nifestado su aspiración a casarse con Emma
no había querido enterarlo del sacrificio de
ella, no veía ya inconveniente ¡em que lo co­
nociera después de que, ignorándolo, había
él expuesto tal deseo, y como al fin había de
saberlo, y era debido y lógico lo supiera, le
complacía al padre que a su hija y a él les

evitara don Gustavo tener que darle ellos la
primera noticia: por eso aijo:
— No seas tonta, mujer... Si al cabo ha de
saberlo.
— ¿Pero el qué he de saber? Acabe, don
Gustavo?
— Que si está usted vivo es porque tiene
en las venas la sangre que ahora mismo le
está faltando a ella para ruborizarse de su
hermosa abnegación.
— ¡Cómo!... ¿Pero entonces es que?...
¡Emma!... ¡Es posible, Dios mío!
— Yo tengo prisa: me esperan los heri­
dos— dijo el médico escapándose rápida­
mente de la habitación.

Es imposible expresar lo que sentía Lo­
bera al comprender, de pronto, a qué y a
quién debía la vida: su emoción fué tan
grande, que después de balbucear las ante­
riores palabras entrecortadas, permaneció
conmovidísimo unos instantes, siní poder
decir más: con los asombradosv ojos desme­
suradamente abiertos fijos en Emma. A esta
le pareció sentir su corazón sacudido por
los latidos del corazón del hombre amado, y
presintiendo que éste la miraba, levantó los
párpados, y al leerle en los ojos lo que no
podía expresar con la palabra, la vergüenza
que antes obscurecía el rostro de ella fué
ahuyentada por el amor triunfante,’ que
desbordaba en la mirada que respondía a la
de él.
—No puedo hablar... No sé, no sé más
sino que me muero de felicidad.
—No, morir, no.
— No tengas cuidado, hija mía: eso no
mata... Pero serénese, amigo Lobera: en su
estado puede perjudicarle esa excitación.
— Sí, sí, ¡por Dios!, tranquilícese...
—No, Emma, no: esta felicidad no puede
quedárseme encerrada en el alma: ha de
salir, ha de desbordarse: yo no puedo aguar­
dar, porque es preciso que sepas ahora mis­
mo que no nace de la alegría de sentirme
Vivir, sino de saber que me quieres... Sí, sí:
porque no ha sido solamente compasión,
¿verdad? Ha sido más que caridad... ¿ver8

LOS

VENGAD

RES

114

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIF1CA

dad?... Sí, sí: lo veo, me lo dicen tus bendi­ ra, hubo dado Emma expansión a sus afec­
tos ojos... Ahora conozco que antes no me tos, pensó que, a estar presente don Gusta­
engañaban cuando yo creía ver amor en vo, ya no podría decir que la faltaba sangre
ellos.
para ruborizarse; pues al alzar los ojos y
—Serénese, Lobera.
ver sobre sí la mirada de su padre sintió a
—Perdóneme, Don Héctor; me he olvida­ la par que la presión de los brazos ceñidos
do que estaba usted ahí: en el mundo no a su cuerpo, encendérsele el rostro con una
veo sino a *ella... Pero usted, que conoce lo llamarada de rubor; y trémula y confusa
noble de mis sentimientos, disculpará que dijo bajo a Lobera al separarse de él con
al sentir esta felicidad, por ningún otro dulce fuerza:
hombre jamás sentida, porque ninguno reci­
—Basta ya, Pepe; basta ya, Pepe mío.
bió la prueba que...
—Calma, hijo mío, calma.
—Sí, hijo, sí: gracias, Don Héctor, gra­
Por un momento permanecieron mudos y
cias: hijo, hijo.-.
hondísimamente impresionados los tres ac­
— ;Por Dios, Lobera! Me asusta usted, tores de aquella escena, hasta que, compren­
temo que esa excitación... Por mí, serénese. diendo Duvery la inoportunidad de prolon­
—No, Emma, no: no hay miedo... ¡Dios garla, dijo:
—Yen, Emma, ven. Adiós, Lobera, hasta
mío, qué dicha!... ¡Qué inconcebible dicha!...
Cuando te iba a preguntar si querías darme mañana. Serénese y descanse.
—Adiós y gracias: gracias a los dos...
para siempre tu vida, ya tu vida corría por
mis venas, y ya me la habías dado. ¡Qué Pero, Don Héctor, no se vaya así; porque
hermoso, qué hermoso es vivir con tu ado­ también a usted quiero abrazarle.
rada sangre generosa!
*
#
— ¡Por Dios, por Dios!
—Es mía, Don Héctor, ¿verdad?
Al día siguiente volvió Emma, acompa­
—Sí, amigo mío, sí.
—Eres mía, mía; pero dímelo tú, dímelo, ñada de su padre, a la habitación de Lo­
bera, después de haber otorgado, sin gran
dímelo...
dificultad, el perdón a la indiscreción de Don
—Sí, tuya.
— ¡Bendita seas! ¡Bendita herida! ¡Ben­ Gustavo, que el indiscreto fué a pedir en
dita amenaza de muerte que ha sido causa!... persona, habiendo de aguantar el previo
desahogo de la indignación de ella, no me­
—Basta, basta... Es tuya, sí: te la doy;
pero acabemos de insensateces, porque de nos hipócrita que el aspecto contrito con
no ponerles coto acabaremos los tres locos... que aquél lo pedía.
En aquella entrevista fué acordada la
Ea, daos las manos... Ya nos tuteamos to­
dos... y que os dé Dios la dicha que mere­ boda para cuando el herido estuviera
repuesto por completo: cosa de dos o tres
céis.
semanas, según dijo él, pero de cuatro a
Se cogieron las manos, se las apretaron:
los ojos de cada uno bebían vida en los cinco, en opinión de don Gustavo, que era
del otro; y vidas y almas se unían a través la que mandaba.
Cuando estaban haciendo estos planes,
de manos y ojos.
De pronto, volviéndose a Duvery, dijo Lo­ llegó un criado, avisando que en aquel mo­
mento planeaba sobre la Residencia, como
bera:
—Don Héctor, no, padre mío: por la feli­ disponiéndose a descender en el campo de
cidad que acaba usted de darme, permíta­ aterrizaje de ella, un aeroplano en cuya
popa flameaba al viento la bandera de la
me abrazarla.
—¿Cómo?... ¡Abrazarla!... ¡Pobres chi­ República Argentina.
—Manolo: de seguro es Manolo—dijo Lo­
cos!... Abrazaos... Está visto, yo lo permito
bera.
todo.
—¿Su hermano de usted?—preguntó Du­
—Mía, mía—murmuró Lobera al oído de
very.
Emma al estrecharla entre sus brazos.
—Sí; sí, señor.
—Tuya, toda tuya desde hace mucho tiem­
—Entonces voy a recibirlo- Ven conmigo,
po—contestó ella más quedo todavía.
Al disponerse Duvery a poner término al Emma.
Efectivamente, Manuel Lobera era quien
abrazo acabó éste sin necesidad de su auto­
ritaria intervención; porque cuando con él llegaba a consecuencia del radiograma pues
y con la frase murmurada al oído de Lobe­ to a Buenos Aires cuatro días antes, por en-

LA

MAYOR

cargo de Pepe, tan pronto como el estado
de éste le permitió pensar en cosas serias,
y en el cual se enteraba al primero de la
herida, ya no peligrosa, de su hermano y
se le invitaba urgentemente, de parte de
éste, a que se trasladara a Agadés y Techiasco. A dicho telegrama había contesta­
do diciendo que se ponía en camino.
Llegado dos horas antes a Agadés, había
descendido allí para pedir un práctico del
terreno que, subiendo con él al avión, le
indicara el rumbo de la Residencia.
El guía que Bertier le proporcionó fué el
mismo Raúl, que se recordará se hallaba
en el cuartel instruyendo al capataz en el
manejo del fototeléfono, y que después de
tranquilizar al recién venido sobre el actual
estado de su hermano, le relató los detalles
del crimen de que había sido víctima.
Aterrizado el aparato y recibido y condu­
cido por Duvery el viajero junto a Pepe;
pasados Jos primeros transportes de cariño
entre éste y aquél y de efusivo reconoci­
miento y admiración a Emma de Manolo
por su hermosa hazaña; terminadas sus
congratulaciones por la boda concertada, de
la que fué enterado, creyeron padre e hija
discreto retirarse para dejar en libertad a
los hermanos de que a solas hablaran de
sus asuntos, asintiendo Pepe a que se fuera
Emma, mas suplicando a Duvery no lo hi­
ciera, por no creer correcto continuar en­
gañando a su futuro suegro con el embuste
de la fábrica de vidrio.
De acuerdo en esto ambos hermanos y
solos ya con el ingeniero, expusieron a éste
que, si bien continuarían recatando de todos
hasta que fuera un hecho la empresa heliodinámica que al Sahara los traía, la reser­
va no rezaba con él, dándole en consecuen­
cia somera explicación de ella. Seguida­
mente dijo Pepe que viniendo la larga con­
valecencia de su herida a demorar la ya
dilatada ejecución del cometido que a él lo
trajo al Desierto, había hecho venir de
Buenos Aires a Manuel para que lo reem­
plazara en los trabajos preparatorios, que
él no podía realizar, conviniendo ambos en
ello a fin de poder comenzar los de insta
lación tan pronto el convaleciente tuviera
fuerzas para dedicarse a ellos.
Después de varias conferencias que, por
no permitir el estado de Pepe fueran lar­
gas, consumieron cuatro días, al quinto de
la llegada de Manuel voivía éste a partir
en su avión, acompañado de dos prácticos
del país, a reconocer el terreno de las cer­
canías de Azzau, señalado a aquél por su

CONQUI STA

115

futuro suegro como adecuado para la veni­
dera explotación, y a Lebezenga, donde ha
bía de contratarse la fuerza para los tra­
bajos de instalación en tanto no se hubiera
capturado la energía solar, realizando la
que al enterarse de ella llamó Duvery la
mayor conquista de la ciencia moderna.
Pero, además de esto, se pensó a última
hora en la conveniencia de que Manuel pro­
longara su expedición al Congo con dos fi­
nalidades: primera, contratar para las fae­
nas de remoción de tierras, pues no podía
pensarse en dazas por haberlos agotado la
compañía del ferrocarril, negros congoleses,
no musulmanes, sin la menor relación con
los presuntos rebeldes del Sahara, libres de
simpatías a éstos y a quienes, una vez veni­
dos, no les fuera posible contaminarse del
espíritu de rebeldía de ellos por hablar di­
ferente idioma que los sahareños; segunda,
a visitar las cataratas de Stanley Pool-Yellala, en el Bajo Congo, donde el año 1985
había sido montada la mayor empresa hi­
droeléctrica no ya del Africa, sino del mun­
do, con objeto de ver si la colosal potencia
de dicha central, incomparablemente supeíñor a la de Lebezenga, permitiría que la
energía de ella salvara por vía aérea la
distancia a Techiasco, a fin de establecer
la explotación solar al lado del centro fe­
rroviario; cosa interesantísima como medio
de sumar los medios de defensa de una y
otro en caso de sobrevenir la temida insu­
rrección: pero de consecución no fácil, pues
la distancia entre dichas cataratas y Te­
chiasco es en línea recta de unos 2.200 ki­
lómetros.
Tres días consumió la expedición de Ma­
nuel y sus investigaciones en la central de
Lebezenga sobre el número de kilovatios
que ésta podría poner a disposición de la
proyectada vumufacturera vidriera d e
Azzau: resultando de aquéllas que, después
de deducidas pérdidas de transmisión, la
fuerza realmente aprovechable no llegaría
al número de caballos de vapor necesarios
como fuerza motriz para las obras de ins­
talación de la empresa solarPor tal razón, y porque al reconocer el
terreno en las cercanías de Azzau le pare­
ció a Manuel que en él serían más traba­
josas las obras que a la inmediación de la
residencia de Techiasco, por la mayor du­
reza de aquel suelo, por ser muy pobres los
pozos más cercanos y estar a gran distan­
cia, creyó oportuno hablar de nuevo a Pepe
antes de seguir viaje al Congo; pues des­
pués de lo visto en Lebezenga pensaba él

BIBLIOTECA

116

NOYELESCO-CIENTIFICA

que no en estas cataratas, sino en las de
Stanley-Pool, estaba no la mejor, sino la
única solución para ellos.
En estas conferencias o más bien estu­
dios—pues tenía Manuel que llevar todos
los cabos bien atados para tomar, cuando
allá llegara, resolución definitiva sobre esta­
blecim iento a ser posible de una especial
transm isión inalám brica de fuerza a la ci­
tad a distancia—, se fueron varios días, en
uno de los cuales sobrevino un grave suce­
so, para explicar la incubación del cual te­
nemos que trasladarnos a otros lugares.
*

*

*

Dos días después de la llegada a Techi as­
co del mayor de los Loberas se hallaban de
m añana en Sabankafi, lugarejo situado a
50 kilóm etros del centro ferroviario, dos
cobradores de Mohamed el recaudador de
contribuciones, que a la vez era proveedor
del ferrocarril, quien en terrenos de la ci­
tad a aldea realizaba el acopio en grandes
piras y el alquitranado, antes de entregar­
las a la compañía, de las traviesas traídas
de los bosques de la Nigricia, donde tenía
m ontada la coila de árboles y el aserrado
de ellos.*
Dichos cobradores eran Abd-el-Gahel y
Ben-Cassim, que hacía días andaban por
los oasis situados en torno de Techiasco;
pues el prim ero tenía interés en ser rápi­
dam ente informado de cuanto allí ocurrie­
ra: lo cual conseguía por medio de T inkert
que, reemplazando algunas veces a uno de
los m otoristas de los autocamiones que allá
acarreaban las traviesas después de alqui­
tranadas, aprovechaba estos viajes y sus
estancias en la Residencia, m ientras eran
descargadas aquéllas, para oír y fisgar cuan­
to podía y resum ir el resultado del fisgo­
neo de los m otoristas de los demás ca­
miones.
De lo últim am ente averiguado hablaba
con Abd-el-Gahel el día y en el lugar cita­

do, enterándolo de la llegada del herm ano
de su rival, de estar ya éste fuera de peli­
gro y de que todos en Techiasco atribuían
la venida del prim ero a deseo de asistir a
la boda del segundo con la Señorita de Duvery.
P rim eram ente se indignó Galiel con la
torpeza de su tío, a quien le había fallado
u na puñalada casi infalible; pero al oír lo
de la boda se olvidó de todo y gritó ra­
bioso:
—¿P ara cuándo, p ara cuándo h an fijado
esa boda?
—No lo sé; pero, según parece, h a de ser
pronto.
—Pues no será: aunque para ello nece­
site pegar fuego a aquella m adriguera de
perros; no se rá... ¿Y ya no hay allí dagatums, ni más que esos estúpidos dazas?
—No, señor: al menos que yo sepa.
—Y tú y los demás m otoristas, ¿no os
quedáis nunca a dorm ir «n la Residencia?
—No, señor: los transportes se hacen de
modo que siempre llegan allá poco después
de mediodía, y en cuanto descargan los ca­
miones salen éstos para aquí: lo más tarde
al anochecer.
—No voy a tener m ás remedio—dijo
Abd-el-Gahel para sí, paseando arrib a y
abajo por la habitación como un tig re en­
jaulado—que reu n ir quinientos o seiscien­
tos herm anos de estos alrededores y dar
con ellos un asalto de noche... ¡Qué dispa­
rate! Esa m ujer me ha vuelto loco, peor
aún, tonto; porque com parada con tal ata­
que a mano armada, era un pequeñez la
torpe calaverada del telégrafo, por la que
les corté las cabezas a los Muffis. Y si
aquello tem í que me fru stra ra la sorpresa
de la general e inesperada explosión del
levantam iento, esto de ah o ra... No: no pue­
de ser. Y, sin embargo, yo no me resigno
a que sea de ese hom bre... Ha de ser mía,
m ía... Vete, T inkert, vete; déjame solo...
Pero vuelve, vuelve dentro de una hora.

KHUill
CASSIM PAGA LA QUE HIZO EN TADELAKA
H asta que regresó el ex-capataz de
Moyfsk estuvo debatiéndose Abd-el-Gahel
entre delirantes accesos de insensata e im­
potente iia y cavilaciones intensísim as, que

entre aquellas negruras de su cólera le h i­
cieron ver al cabo un hilillo de luz; y alum­
brado por ella preguntó a T in k ert cuando
éste volvió a presentársele:

LA

MAYOR

CONQUISTA

117

desde arriba dió él las manos para que a
su vez saliera.
Visto cuanto para sus planes necesitaba,
dijo Gahel al dagatum, antes de partir en
su moto para retornar a Sabankafi:
— Desde las once en adelante no has de
faltar de aquí ninguna noche. Cuando una
de éstas vengan unos hombres con varios
meharis, les preguntarás quién los envía, y
si te contestan “El Vengador", los llevarás
frente al sitio por donde hemos bajado al
foso, obedeciéndolos en cuanto te ordenen.
Y de esto a nadie, pero a nadie, has de
decir palabra. ¿Te enteras bien?
— Sí, Gran Señor.
— Pues que Al-lah te guarde.
Al decir esto partió Abd-el-Ganel, llegan­
do al amanecer a Sabankafi, donde ya lo
aguardaba Mohamed, recién llegado de Aga­
dés en cumplimiento de la orden que la
Cuando Gahel hubo presenciado la carga
anterior mañana le había sido enviada.
de un camión escribió una carta para su
— Necesito con urgencia, pero con mu­
compinche, o más bien subordinado, el con­ cha, tres hombres de confianza montados
tratista, ordenando a Tinaer que la envia­ en malos camellos fáciles de alcanzar si son
ra a Agadés urgentemente.
perseguidos; tres meharis de primera sin
Aquella misma noche, modestamente dis­ jinetes para mí, Ben-Cassim y Tinkert;
frazado de dagatum, llegaba el Gran Caíd
otros tres, también buenos, de refresco, que
a Techiasco en una moto, que dejó escon­ han de aguardarnos en Abadarjen, camino
dida en la choza de un hermano vengador,
de Tintelloust, y doscientos gramos de clo­
por quien se hizo guiar, siguiendo el borde
roformo. ¿Cuándo puedo contar con todo
externo del foso de la Residencia hasta lle­ ello?
gar a la parte de las trincheras más cer­
— Los camellos podrán estar para pasado
cana al cobertizo de los troncos frontero a
mañana, pero el cloroformo... ¿Cómo me
las habitaciones de Emma, desde donde,
lo voy a procurar?
disfrazado de gendarme, había él reconoci­
— En la botica o en el hospital del pueblo.
do los balcones de ella.
— Es que el boticario y los médicos son
Después de examinado el terreno se des­ franceses y lo tendrán bien guardado.
colgaron ambos silenciosamente al foso;
— Pero hay enfermeros indígenas. Si al­
encaramándose sobre los hombres de su
guno es hermano le ordenas que lo robe, y
acompañante se izó Gahel hasta la arista
si no, lo sobornas para conseguir el mismo
exterior del plano de fuegos del parapeto,
resultado. Con esta gente todo es cuestión
y tendiéndose boca abajo, avanzó por enci­ del cuánto, y como en éste no te pongo cor­
ma y a lo largo de él como un lagarto:
tapisas...
sin mostrarse ni hacer el menor ruido que
— ¡Ah!
turbara el silencio de la noche.
— Ya sabes que no tolero dificultades.
Así consiguió ver que, precisamente fren­ Tres días tienes de plazo: hoy es miércoles,
te a los balcones que le interesaban— visi­ el sábado por la noche han de estar aquí el
bles desde el parapeto por encima del te­ cloroformo y los seis camellos y en Abadar­
jadillo del cobertizo— hacía guardia un daza
jen los de refresco. Para que tú no tengas
en la trinchera, pues en la Residencia ha­ que dar la cara en lo del cloroformo, llama
bían ya montado servicio de nocturna vi­ a Morand el mestizo para que Zaida sea
quien dé la orden o compre el cloroformo.
gilancia; y después de enterarse de que los
centinelas más cercanos a éste por derecha
— Pero...
— No tengo más que decirte: lo manda
e izquierda estaban a distancias que estimó
el Diván; y como tengo mucho sueño, me
en ochocientos o mil metros, retornó al
foso, donde lo aguardaba su guía, que des­ voy a dormir. Ya lo sabes: el sábado.
de abajo lo empujó al escalar el declive
para salir al glacis exterior, y a quien ya

*
*

— ¿Cada cuantos días van a Techiasco los
camiones?
— Lunes, miércoles y viernes.
— ¿Juntos o separados?
— Juntos.
— ¿Y cuántos son?
— Nueve.
— ¿Son grandes? ¿Cuántas traviesas car­
ga cada uno?
— Sí, muy grandes. Unas quinientas.
— ¿Van cargadas a lo largo o a lo ancho
del camión?
— En tongadas a lo largo, para utilizar
toda la anchura de las plataformas, que son
algo más anchas que el largo de las tra­
viesas.
— Llévame a ver esos camiones, y haz
cargar uno delante de mi.

118

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIPIGA

A la hora de costum bre del lunes siguien­
te a la expedición nocturna de Gahel llegó
al centro ferroviario el convoy de los ca­
miones correspondiente a dicho día con las
traviesas; pero no, como siempre, en nú­
mero de nueve, sino de ocho; pues según
los conductores dijeron al portero, quedaba
el otro como cuatro kilóm etros atrá s arre­
glando una avería del motor, que no debía
ser pequeña; pues cuando anochecido re­
gresaban aquéllos descargados a Sabankafi
todavía estaba T in k ert acabando de repa­
ra rla en el mismo sitio en donde lo deja­
ron; pues el carruaje por éste conducido
era el averiado, que hasta las once de la
noche no pudo llegar a la p u erta del cer­
cado de la residenciaPor estar ya acostado el portero, tuvo
T in k e rt que aporrear la ventana hasta que,
levantado, contestó que por no se r aquella
hora de en trad a no podía ab rir la puerta.
Sabiendo que sus compañeros, en Saban­
kafi ya a tal hora, no podían desm entirlo,
hizo T in k ert presente que no habiendo aca­
bado de componer el motor sino un cuarto
de hora antes, siendo peligroso recorrer a
aquella hora el largo camino para volverse
al punto de partida, y no menos arriesgado
pasar la noche fuera del recinto, pues hacía
varias noches que rondaban leones por las
cercanías, suplicaba que por una vez se in­
fringiera la consigna (1).
Como la razón era convincente, fué el
portero a consultar el caso con Don Héctor,
que ya se estaba acostando, y el cual con­
cedió el permiso.
—E ntra, hombre—dijo el portero, ya de
vuelta—en tra; deja el camión en cualquier
parte hasta m añana que lo descarguen, y
tú vete, si quieres, a dorm ir a las cuadras,
donde no estarás mal, porque la noche está
fresquita.
—No te dé cuidado de m i: levantaré unas
traviesas del camión para arreglarm e un
nicho donde me meteré, bien arropado con
m is m antas: y como un principe.
—No está mal pensado. Pu'es adentro.
El nicho de que T in k e rt hablaba no tenía
que hacerlo, por venir ya hecho, cubierto
y disimulado con traviesas que descan­
saban en dos listones apoyados en la pen­
últim a tongada, por debajo de la últim a, y
en cruz con las demás de la carga. E n
(1) “No se encuentran leones en la parte orien­
tal del desierto; pero si con trecuencia, y en gru­
pos, en El Air, una especie desprovista de melena,
como los de la India. ”—Nauvette Geographie Uníveraalle, de Reclus.

su fondo se habían echado unos coicíionies,
cuando la víspera quedó preparado el es­
condrijo en Sabankafi, de donde salió "va­
cío; pero siendo ocupado media hora an tes
de la llegada a Techiasco, y en el lu g a r
donde fué sim ulada 3a avería del cam ión,
por Abd-el-Gahel y Ben-Cassim: renegando
el último, mas sólo in pectore, de la av en ­
tu ra y de la hurí maldita, que era causamte
de ellaUno y otro habían llegado en cam ellos,
que el camellero con ellos venido se llevó.
Una vez dentro de la Residencia, y si­
guiendo previas instrucciones de Gahel, el
capataz guió el camión hacia el edificio
principal, contorneando éste h asta lleg ar
frente al cobertizo de la m adera, y dete­
niéndolo, inm ediato a la fachada, debajo
de un balcón, después de cerciorarse de
ser el séptimo de ella.
Seguidam ente se subió sobre la carg a del
camión, tendiéndose, arrebujado en su m an ­
ta, encima de las traviesas y dando con
los nudillos tres golpes leves y lentos en
la tapadera del escondrijo p ara h acer sa­
ber a sus ocupantes, con aquella seña con­
venida, que todo estaba hecho según lo pro­
yectado. E n seguida sim uló que dorm ía.
Cuando, tran scu rrid a hora y media, se
acercaba la luna al ocaso, una p atru lla, que
iba relevando a los centinelas del recinto,
rompió con su paso y el ruido de él la so­
ledad y el silencio.
Pasado otro cuarto de hora se incorporó
T inkert, quitó las cuñas que sujetaban una
traviesa y apartando ésta acercó la cabeza
al hueco para oír a Abd-el-Ghel que le ha­
bló al oído y le dió un paquete, recién sa­
cado de un bote de hoja de lata.
Hecho esto se metió aquél el paquete rá ­
pidam ente en el bolsillo, se taponó las na­
rices con dos pelotas de algodón, restable­
ció la traviesa en su sitio y saltó al suelo,
dirigiéndose, sin recatarse y rectam ente, a
entablar conversación con el daza de guar­
dia en la trinchera, que viéndolo venir del
interior del cercado no desconfió de él.
Después de decirle quién era, de contarle
la avería del autocamión, su llegada de
noche a la Residencia y que se había levan­
tado de encima de la carga porque tendido
y quieto tenía mucho frío que le impedía
dormir, dijo de pronto:
— ¡Calla! Parece que alguien se arrastra
por el foso.
—No veo nada—No es por ahí, sino por ese otro lado.
Al decir esto señalaba T in k e rt en direc-

LA

MAYOR

ción para mirar según la cual tuvo el daza
que volverle la espalda, aprovechándose
aquél de ello para sacar del bolsillo el pa­
quete de algodón impregnado en clorofor­
mo; y mientras con una mano lo apretaba
contra la boca y la nariz del centinela,
le sujetaba con la otra por detrás la ca­
beza empujándosela hacia delante: con lo
que en el primer momento no pudo gritar
el pobre hombre, y mareado en seguida con
la típica emanación de aquel narcótico, no
acei'tó a defenderse, acabando a poco por
caer privado, con la prolongación del efec­
to de ella (1).
Tan pronto estuvo así le arrolló Tinkert
a la cabeza su tapabocas, sujetando sobre
boca y nariz el algodón del cloroformo para
que indefinidamente continuara respirándodolo: a riesgo de convertir el narcótico en
veneno.
Cuando hubo hecho esto entonó, como si
el centinela fuera quien cantara, una mo­
nótona canción popular de los dazas de
Borku, contestada desde ei exterior del re­
cinto con reiterados aullidos de perro, ai
oír los cuales se dijo: “Ahí están” , refi­
riéndose a los camelleros de los meharis
buscados por Mohamed el contratista, en­
viados por Gahel en busca del hermano
que noches antes le había ayudado en su
reconocimiento del parapeto, y ]/or el últi­
mo conducidos, tan pronto se puso la luna,
a las inmediaciones del foso, en paraje
frontero al sitio por donde ambos habían
bajado y cercano al lugar donde se hallaba
el capataz: pues la canción y los aullidos
eran señales convenidas.
Minutos después destapaba éste el escon­
drijo del camión y de él salían el sobrino
y el ‘.ío, que de pie en lo alto de la carga
del camión fácilmente llegaban a escalar
el bacón de la alcoba de Emma.
El plan, al que a regañadientes coope­
raba Ben-Cassim, era penetrar en aquélla
descazos y sigilosamente, y mientras Gahel
llégala al lecho de ella, lo cual creía fácil
hallándola, como la suponía, dormida a
aquela hora, vigilaría Ben-Cassim junto a
la puerta para, si entraba Maka, hacer rápidanente con ella lo mismo que Tinkert

(1) Como la evaporación del cloroformo que em­
papaba el paquete se verificaba en todos sentidos,
no era fácil obtener con él los efectos que se pro­
ducen *n las mascarillas empleadas en cirugía, por
lo cua habían sido estos paquetes preparados de
un molo especial que no detallamos, pues no nos
proporemos poner cátedra de fechorías de esta
índole.

CONQUISTA

119

había hecho con el centinela, sin darla
tiempo de gritar. Cuando Emma estuviera
desvanecida la envolverían en una hamaca a
prevención llevada para descolgarla por el
balcón al suelo, donde la recibiría el capa­
taz, que después ayudaría a llevarla hasta
el parapeto, a pasarla por cima de él y a
izarla al otro lado del foso. Una vez fuera
de éste montaríari en los meharis, y lle­
vando Abd-el-Gahel a la raptada en brazos,
huirían hacia Tintelloust por un camino
extraviado que evitaba el paso por Agadés;
mientras, los tres dagatums Jinetes en los
camellos de poca marcha saldrían en dife­
rente dirección dejando visibles huellas,
que no quedarían detrás del otro grupo, los
meharis del cual llevaban las pezuñas en­
vueltas en trapos; y porque cuando éstos
se rompieran ya estarían a algunos kiló­
metros de Techiasco.
Saltada la barandilla del balcón y ya
Gahel y Cassim dentro de él, cortó el pri­
mero en cuadro, con un diamante, un cris­
tal de la vidriera previamente prendido a
una ventosa portátil de goma para que no
cayera produciendo ruido al romperse. Una
vez arrancado el cuadro, metió aquél la
mano por el agujero; levantó la falleba que,
aunque poco, rechinó alto; abrió las dos
hojas de la vidriera y al ir, él y Cassim,
a entrar en la obscura alcoba, vieron de
pronto el blanco lecho fugazmente ilumi­
nado por el resplandor de un fogonazo y
oyeron un disparo, gritos de “ ladrones, la­
drones” : todo ello simultáneo con el preci­
pitarse a ellos de un bulto, al cual se aba­
lanzó Cassim, apretándole el algodón clo­
roformado contra la cara, en el instante
mismo de hacer él un segundo disparo.
— Gahel, estamos descubiertos — gritó el
árabe— . Escapa, Gahel. Yo estoy herido en
el pecho, pero a éste no tienes que temerlo.
Escapa, escapa.
Al mismo tiempo que estas palabras oía
el Gran Caid silbar una bala cercanísima
a su oído, y al ir a lanzarse sobre su agre­
sor, vió caer revueltos a éste y a Cassim,
al cual acudió, diciendo:
—¿Pero no puedes levantarte ni andar?
— No te cuides de mí. Huye pronto; si no
te cogerán.
En esto saltó Tinkert la barandilla del
balcón, pues al oir el disparo y los gri­
tos acudía en auxilio de sus jefes, con una
pistola en la mano. Al verlo Abd-el-Gahel,
que comprendía ya que el rapto estaba frus­
trado por completo, dijo:
— Ven, Tinkert: ayúdame a meter a Cas-

120

BIBLIOTECA

NOVELESCO-CIENTIFICA

sim en la ham aca y a descolgarlo, para lle­
várnoslo, antes que venga gente.
En el in terior del edificio resonaban gol­
pear de puertas, carreras y voces pregun­
tando:
—¿Dónde ha sido? ¿Quién ha disparado?
—T inkert, te prohíbo que ayudes a lle­
varm e: no podéis perder tiempo en esca­
par. Llévatelo, sálvalo, sálvalo: es Abd-elGahel, el Gran Califa, el nieto del gran hé­
roe el anunciado Vengador. Sálvalo, aun
cuando sea a la fuerza.
A nte aquella revelación, que Cassim creía
necesario hacer para salvar a su sobrino,
dijo T inkert:
—Tiene razón este hombre: hay que aban­
donarlo. Sálvate, Gran Señor... Si pierdes
un m inuto, serás tú el que se pierda inútil­
mente, sin conseguir salvarlo- Huye, huye.
Oye: ya vienen.
Efectivam ente, las carreras de quienes
acudían del interio r del edificio se oían ya
cercanas.
T in k e rt em pujaba violentam ente a Abdel-Gahel, que comprendiendo, al verse ya
junto a la barandilla, la imposibilidad de
llevarse a Cassim, y que, de perder tiempo,
lo cogerían a él, se decidió, saltando del bal­
cón al camión y de éste al suelo. Después,
guiado por T inkert, corrió hacia donde ya­
cía el daza cloroformizadoLlegados a la banqueta del parapeto, se
detuvieron un instante para m irar y ver
por el balcón, ilum inada la alcoba de don­
de escapaban y en ella bultos agrupados en
torno de los dos hombres tendidos; se en­
caram aron al plano de fuegos y saltaron al
foso; ayudados por los que en él los aguar­
daban, treparon al glacis; conducidos por
ellos llegaron adonde estaban los meharis,
y un m inuto después tres dagatums mon­
tados corrían por el camino de Agadés,
m ientras Abd-el-Gahel y T in k ert escapaban
a campo traviesa a buscar la senda de Abadarjen y Tintelloust.
—Lo vengaré, lo vengaré—m urm uraba el
prim ero pensando en Ben Cassin— ; y ella
será mía, será m ía: si no antes, después de
esa m aldita boda.
*

*

*

L a explicación de lo acaecido era que la
que Abd-el-Gahel creía continuaba siendo
alcoba de Em m a estaba ocupada a la sazón
por Manuel Lobera, alojado a su llegada
en las habitaciones de ella; pues la prim e­
ra de las precauciones que dijimos adoptó
Duvery para poner a su hija a cubierto del

rapto que pensó la amenazaba, en cuamto
fué informado de la larga estancia de Galhel
frente a sus balcones, fué traslad arla al ottro
extremo del edificio. Además, el actual o c u ­
pante de aquellos aposentos se había aciostado muy tarde aquella noche, por habeirse
entretenido en ordenar unas notas n ecesa­
rias en el viaje que iba a em prender la si­
guiente mañana, y dando vueltas a los asiuntos de éste, estaba todavía despierto cuanido
oyó prim ero a Gahel y su tío sa lta r al b a l­
cón, y en seguida el chirrido del diamamte
al co rtar el cristal; y como a causa de la
vigilancia con que en Techiaseo se vivúa,
todos se acostaban allí dejando una p íste la
en la mesa de noche, fácil le fué a Manuiel,
disparando a boca de jarro, h e rir a Cassiim,
no logrando acertar a Gahel con el segunido
disparo porque el encontronazo del prime¡ro,
al lanzarse sobre él para aplicarle el clo ro­
formo, desvió la puntería. Después caiyó
privado.
Cassim, gravísim ám ente herido, cayó con
él, esforzándose en m antenerle apretado» a
la cara el algodón; pero pronto le faltaro n
las fuerzas y, cuando Abd-el-Gahel huyó, ya
había también perdido el conocimiento.
Al oír los disparos y las voces de ¡ladro­
nes!, alborotó la casa el vigilante nocturno
de guardia en el in terio r del edificioi, y a los
pocos minutos varios ingenieros y em plea­
dos, y Duvery con ellos, rodeaban a los que
al pronto creyeron muertos, h asta que Don
Gustavo tranquilizó al últim o respecto a su
huésped, diciéndole que sólo estaba cloro­
formizado, y no profundam ente, pues el des­
mayo de su agresor había evitado que la
acción del cloroformo se prolongara.
Entonces se fijó Duvery en el herido, ad i­
vinando, al reconocer al señor Pozo, cuál e ra
la finalidad del asalto, felicitándose de su
previsión al no haber perdido tiempo en
m udar a Emma de habitación; y pensando
en seguida que el falso Núñez no debía de
andar lejos, dió orden de reg istra r inm edia­
tam ente h asta el últim o rincón de la Resi­
dencia
La ham aca hallada en la alcoba, el ca­
mión colocado debajo del balcón, la fuga
de su conductor, el escondrijo entre las tr a ­
viesas y el centinela m uerto por el cloro­
formo, convirtieron en certeza la sospecha
de Don Héctor.
Por último, a la m añana se vieron hue­
llas de camellos que arrancaban de enfren­
te al sitio donde estaba el daza muerto y
rastros del paso de dos hom bres sobre el
plano de fuegos; mas convencido, dacas las

LA

MAYOR

horras transcurridas, de la ventaja que llevarríam los fugitivos, y no habiendo gendarrm es en la residencia, desistió por lo
prointo Duvery de toda persecución; pero
no perdió tiempo en telefonear a B ertier refiriiéndole lo ocurrido y suplicándole se tra s­
la d a r a en seguida a Techiasco.
M ie n tra s él hablaba con el capitán, recu­
p e r a b a Manuel el conocimiento; pero estan­
do sum am ente mareado, le hizo don Gusta­
vo acostarse, dejando un practicante a su
cuiidado, y él se llevó a Cassim a la enfer­
m a ría , donde después de hacerle una prim e­
ra exploración, cerciorarse de que no ha­
bía que extraerle la bala, por haberle ésta
sabido por la espalda, y de hacerle nue­
va cura, lo dejó instalado en una habitación
p eq u e ñ a de la enferm ería, en donde quedó el
moiro bajo llave en calidad de preso.
Im útil fué, de momento a lo menos, que a
la ¡siguiente tarde llegara B ertier, pues no
ya Abd-el-Gahel, pero ni aun los dagatums
encargados de em brollar pistas, fueron al­
canzados; porque teniendo a su favor al país
en tero , minado por la rebeldía, por doquier
h allab a n facilidades en su huida; m ientras
que los gendarm es eran despistados con in­
fo rm es falsos. En cuanto a Ben-Cassim, por
quien, dado su temple, nada se habría ave­
rig u ado, caso de ser posible interrogarlo,
no podía pensarse en tom arle declaración,
pue.s era presa de altísim a fiebre y frenéti­
co delirio, donde, entre incongruencias, cul­
m inaban, a modo de insistente estribillo,
abom inaciones y am enazas contra una mal­
d ita hurí.
— Se cree en el paraíso y, por lo visto, se
lleva mal con la odalisca que le ha tocado
en suerte—decía el doctor.
B e rtie r había llegado con intención de
llevarse el preso a Agadés para seguir allá
el proceso, tan pronto hubiera tomado en
Techiasco las prim eras declaraciones a las
gentes de la residencia, y en Sabankafi a
los m otoristas y a los cargadores de los
cam iones; pero no llegó a ir allá, pues al
día siguiente de su llegada al centro ferro­
v iario se presentó espontáneam ente en éste
Mohamed el contratista trayendo consigo al
conductor del camión donde los foragidos
habían entrado en la residencia, pero no
guiado por él, a quien aquéllos habían sor­
prendido, dejándolo en el campo am arrado
y llevándose el camión, después de Q u itar
u nas cuantas traviesas p ara arm ar el es­
condrijo.
E sto fué todo lo averiguado; mas de la
p ista de los crim inales, nada. Sobre esto

CONQUISTA

121

no tenía B ertier esperanza sino en lo
que al herido le pudiera sacar, y por ello
encareció al doctor que hiciera los impo­
sibles para que durara, cuando menos, has­
ta que le fuera posible prestar declaración;
pero lo gravísim o de su estado le hizo de­
sistir de llevárselo a Agadés, pues era ve­
rosím il m u riera en el camino; y como la
posibilidad de declarar iba, según dictam en
de don Gustavo, para largo, decidió dejarlo
en la Residencia m ientras esto llegara, reco­
mendando encarecidam ente a Duvery lo cus­
todiara bien.
Pero el restablecim iento del feroz afri­
cano, que por la naturaleza de su herid a no
podía ser cosa breve, se dilató más aún a
causa de habérsele inficionado aquélla, con
lo cual tran scu rriero n veinte días, en que
constantem ente estuvo en riesgo de m uerte:
con asombro de Don Gustavo al ver que no
acababa de m orirse, más asombrado todavía
cuando al veintiuno se convenció de que no
se moría- Pero ni su postración al sa lir de
tal crisis consentía pensar en interrogato­
rio, ni en cuanto fué posible lo su friera le
fué a B ertier posible interrogarlo, pues en­
tonces andaba el capitán en una revista de
los puestos a sus órdenes, term inada la cual
sufrió nueva demora de unos días su vuel­
ta a Techiasco; pues cuando, recién regre­
sado a Agadés, se disponía a sa lir p ara la
Residencia, fué llamado telegráficam ente a
Tafilete a conferencia urgente con su co­
ronel.
M ientras el preso iba convaleciendo y re­
cobrando fuerzas, más de prisa que él se re­
ponía Pepe Lobera, que al sentirse comple­
tam ente restablecido no se descuidó en de­
cir a Don H éctor que ya no había razón de
aguardar m ás para la boda, aplazada, no
obstante, una semana en espera del anun­
ciado regreso del herm ano del novio; pues
no parecía lógico celebrarla sin él estando
ya cercano su retorno.
Y aunque la dilación se le h iciera larg u í­
sim a a Pepe y, por qué no decirlo, tam bién
a Emma, y aunque en los últim os días de
ella, y como consecuencia del regreso del
capitán y del proceso de Ben-Cassim, estu­
viera ésta preocupada con algo que parecía
am argarle la esperada dicha, como en el
mundo todo llega, al fin llegó M anuel y am a­
neció el día más hermoso en las vidas de
los enamorados, que de su am or se h abían
dado poco comunes pruebas, y cuya alegría
no intentam os p in ta r; pues si la dicha de
ambos era tan viva y tan intensa que no sa­
bían ellos expresarla sino con los ojos, m al
podría otro describirla con palabras.

122

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NOVELESCO-CIENTIFICA

PARÉNTESIS

¡Cómo! ¿Paréntesis? ¡Paréntesis después
de un desenlace!... Porque en historias como
esta, en donde juega amor de hombre y mu­
jer, el desenlace clásico es la boda; y como
desenlace y fin vienen a ser sinónimos en
casos como éste, y como en buena lógica
después del fin no queda nada...
Así razona un lector, sorprendido del epí­
grafe que precede a estos párrafos, por no
creer Ignotus que lo sucinto de ellos me­
rezca nombre de capítulo; pero vamos a
cuentas:
Quien en lo referido hasta ahora no se
haya interesado sino con las peripecias de
los que, casi sin ser novios, han llegado ya
a esposos,- sin importarle de otras que aca­
so les advengan ya casados; quien no se
cuide de lo que pueda ser de Abd-el-Gahel,
ni Ben-Cassim, ni le importe saber si estalló
o no estalló la rebelión de los vengadores,
ni enterarse de si los esfuerzos de los dos
argentinos para capturar la energía del Sol
fueron coronados por el éxito; quien, en
suma, no halle en cuanto pendiente queda

en esta historia nada que excite su curio­
sidad, puede ya dar el libro por finalizado;
y ateniéndose al desenlace que a Himeneo
debemos, no se hará cómplice de nuestro
pecado contra el clasicismoPero quien sobre éste ponga su interés de
trocar en respuestas cuanto en interrogan­
te deja el párrafo anterior; quien desee sa­
ber si al fin se realizó la mayor conquista
científlcoindustrial que los siglos presencia­
ron, y cómo fué alcanzada, no ha de ver en
la boda de Emmá y Pepe sino un mero epi­
sodio, y como todo aquello ha de contarse
en L a policía telegráfica , segundo episo­
dio de esta historia, ya no me caben en el
paréntesis, so pena de convertirlo en tomo,
sino las someras noticias de que Manuel las
trajo muy buenas de su expedición, en cuan­
to augurios de la empresa heliodinámica,
y Bertier, llegado a la Residencia cuatro días
antes de la boda, acompañado de tres te­
nientes de gendarmería, las traía muy gra­
ves en lo atañadero a amenazas políticas.

FIN DEL PRIMER EPISODIO

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