La mayor conquista: segundo episodio. Policía telegráfica

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Madrid

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Notas
Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Librería Rivadeneyra
Lugar de publicación
Madrid
Idioma
Español
Europeana Type
TEXT
Europeana Data Provider
Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
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Derechos
Universidad Complutense de Madrid
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CC BY-NC-ND 4.0
Fecha de creación
1922
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LA MAYOR CONQUISTA
SEGUNDO

EPISO DIO

PO LICIA TELEGRAFICA
POR

BIBLIOTECA N O V E L E S C O -C IE N TÍF IC A
oooooaoüDoooooaooaooDoaoooaooaooaDaaooaooaooaaaaDooDoaooaüaaoDGoaQaaaooooaooooooaoaaocia

POLICÍA

TELEGRÁFICA

Es propiedad. Prohibida la repro­
ducción, incluso la “ cinematográfica”, sin permiso del autor.

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LA MAYOR
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MADRID, LIBRERIA R IVA DENEY R A

1922
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INDICE
P á g in a s

P á g in a s

I.—Una ojeada a lo que atrás he­
mos dejado........................
7
II.—La sentencia........................
10
III. —La voluntad de Al-láh.....
13
IV.—La evasión................. ........ ..
17
V.—Donde Emma se enreda en el
Código penal........ ............
20
VI.—Bertier descubrequien esNúñez, y Emma, lo ancho del
24
c a lo r.................................
VII. —Varias maravillosas vulgari­
dades austro-físicas...........
28
VIII. —El Sol se mete en la noctur­
na tertulia de Techiasco...........
34
IX.—Duvery hijo «detective» tele­
gráfico ........................ ...
37
X.—Caza de telegramas a la es­
42
pera y con reclamo............
XI. -Donde piensa Joubert si será
brujo Raúl.............
48
XII.—Sol en jirones.............
50
XIII.—Manos a la obra.............. .
54
XIV. —Donde empieza a nublarse la
estrella de Raúl.................
58
XV.—Una tempestad de arena en
el Sahara............................
62

XVI.—En donde la anublada estre­
lla se eclipsa por completo.
66
XVII. —Friand tiene una idea y cora­
zón para llevarla a cabo ..
70
XVIII. —Un soterrado cadáver prehis­
tórico . ...............................
74
XIX.—Rompecabezas......................
78
XX.—El alegre Raúl aprende lo
que es melancolía..............
83
XXI. — Una interesantísima confe­
rencia telegráfica..............
87
XXII.—La expedición de salvamento
91
XXIII. —A qué costa averiguó Raúl
la fecha que no pudo sor­
prender.................
94
XXIV. —La liebre y el águila........
97
XXV.—La mañana de un día fecun­
do en acontecimientos.......
100
XXVI. —Quien mal anda mal acaba.. 103
XXVII. —Porqué no contestaba la es­
tación de Agadés...............
105
XXVIII. —En retirada... ..............
li 8
XXIX. —Pope Lobera improvisa una
potente antena..................
112
XXX. —Vuelven a Techiasco el De­
seado y el Temido.............
116

BIBLIOTECA NOVELESCOCIENTÍFICA
por «EL CORONEL IGNOTUS»
Pesetas.

DE LOS ANDES AL CIELO.— Primera etapa de «Viajes Planetarios en el siglo xxn»,
segunda edición.....................................................................................
DEL OCÉANO A VENUS.— Segunda etapa de la misma obra, segunda ídem ...............
EL MUNDO VENUSIANO.— Tercera y última etapa de la misma obra, segunda ídem.....
LA DESTERRADA DE LA TIERRA.— Prim era parte.— EL MUNDO-LUZ....................... .
EL MUNDO-SOMBRA.— Segunda parte de la anterior............................................
EL AMOR EN EL SIGLO CIEN........................... .............................................
LA MAYOR CONQUISTA.-Primer episodio: LOS VENGADORES.................................
POLICÍA TELEGRÁFICA.— Segundo episodio de la anterior......... .... ..................
LOS MODERNOS PROMETEOS.

4
4
4
4
4
4
4

EN PRENSA:
Tercer episodio de LA MAYOR CONQUISTA.
EN PREPARACIÓN:

UN MUNDO NUEVO.

OTRAS OBRAS DE JO SÉ DE ELOLA
MODERNAS BRUJERIAS DE LA C IEN CIA.............................................................
MÁS BRUJERÍAS CIENTÍFICAS. -En preparación.
EUGENIA.— Novela........................... . ....................................... .................
LA PRIMA JUANA.— Novela, dos tomos................... .........................................
BOSQUEJOS—Cuentos............................................................................................
CORAZONES BRAVIOS.— Cuentos
............................. : ..........................................
CUENTOS ESTRAFALARIOS DE AYER Y MAÑANA.— (Agotada).
REMEDIO CONTRA CEGUERA. -Comedia en dos actos (agotada).
LA NIETECILLA.— Idem en id., id.
IN ARTÍCULO MORTIS.— Idem en un acto, id.
PRECOCIDAD.— Idem en id., id.
MACBETH.— Versión de la tragedi i de este nombre, de William Shakespeare.............
OBRAS DRAMATICAS.— El salvaje^ Luz de belleza .................................
EL FIN DE LA GUERRA.— Con el seudónimo I gnotus..............................

6
3
3
3
1

2
2
3

EL CREDO Y LA RAZÓN -Segunda edición...................... .......
LA VERDAD DE LA GUERRA.— Versión del inglés (agotada).
LAS CAUSAS DEL DESASTRE.— Con seudónimo I gnotus (agotada )
LA CAMPAÑA DEL ROSELLÚN.— (Agotada.)
EL PLEITO DEL REGIONALISMO.— Con seudónimo Don Ñuño (agotada).
LA ENFERMEDAD DE LA PESETA........
LO QUE PUEDE ESPAÑA.................

P” '* E“ “" * *
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» . t r o T O lú m o n w ..
LEVANTAMIENTOS V RECONOCIMIENTOS T0P0GRÁFIC0S.-De t a t o eo r u t a Escuel.s
ae Ingenieros, tres volúmenes......................
AGENDA DEL TOPOGRAFO................
............................................

30

ESPAÑA EN MARRUECOS.— Mapa* de la zona de influencia española.’.

3

. .e uto,,
EX PRENSA:
LAS HERRAMIENTAS OEl TOPOGRAFO EN EL CAMPO

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.

50

I
UNA OJEADA A LO QUE ATRAS HEMOS DEJADO
En complejas narraciones, donde numero­
sos personajes intervienen en múltiples
acontecimientos, no es posible lograr el si­
multáneo avance de los relatos de éstos,
ni sujetar a estricto orden cronológico la
sucesión de sus desenvolvimientos y peripe­
cias. Así al final del primer episodio de esta
historia las impaciencias de Emma y Pepe
por casarse contagiaron a Ignotus, que por
llegar pronto a la boda todo lo atropelló, de­
jando a un lado hechos y olvidando perso­
najes, que, aunque importantes, no lo eran
tanto entonces como aquélla y los novios. Ya
satisfecho aquel afán, hora es de referir lo
que atrás nos dejamos.
Al llegar Abd-el-Gahel y Tinkert a Abadarjen no siguieron a Tintelloust, sino que,
una vez hecho el cambio de meharís y de
trajes, se dirigieron al inmediato poblado de
Tourayet— 35 kilómetros, son un paseo en
las enormes extensiones saháricas— y en él
a casa de un pudiente tuareg, donde estaba
instalada una de las estaciones radiotelegráficas para descubrir las cuales htbía
Pepe Lobera montado el radiogonómetro
automóvil ya descripto; pues efectivamente,
según Bertier sospechaba, los vengadores te­
nían varias en el desierto, servidas por ar­
gelinos y marroquíes años antes enviados
por Gahel a Australia y a América, donde
se hicieron radiotelegrafistas: con lo que, a
su regreso pudieron ser dedicados a desem­
peñar a escondidas servicio de tales, ocu­
pando ostensiblemente plazas de mayordo­
mos, capataces o sirvientes de los santones
o caides, en cuyas viviendas estaban ocultas
las estaciones.
Apenas llegado el disfrazado Gran Califa a
la de Tourayet, ordenó qué, modificando la
frecuencia habitual de onda en sus comuni­
caciones sobrepticias, fuera el variómetro
arreglado a la empleada en las oficiales;
y que en cuanto llegara la hora del tum o de

servicio de Morand, en Agadés— conocida,
pues ya él tenía cuidado de enterar de ella
con antelación a sus compinches de las es­
taciones clandestinas— se le diera orden de
transmitir a Mohamed, el contratista, la de
trasladarse inmediatamente a Tourayet, des­
de donde Gahel telegrafiaba y en donde lo
aguardaba.
Las tres primeras llamadas fueron infruc­
tuosas, porque estando Morand acompañado
al recibirlas no hizo caso de ellas. Sin des­
pertar por ello sospechas de sus compañe­
ros; pues para nadie sino para él tenían
sentido, por ser convenidas en forma que si
otro las oyera, fueran por él atribuidas a
la acción sobre los aparatos de fortuitas in­
fluencias estáticas de la electricidad at­
mosférica que con frecuencia perturban las
transmisiones. A la cuarta pudo al fin ser
cursada la orden, en cumplimiento de la cual
llegaba Mohamed a media noche a Toura­
yet, distante de Agadés 46 kilómetros; y
subiendo Gahel en el sidc-car del recién ve­
nido, siguieron ambos inmediatamente a Sabankafl, recorriendo a gran velocidad los 150,
de uno a otro poblado,
A la llegada hicieron despertar al moto­
rista cuyo puesto en el camión del escon­
drijo habla ocupado Tinckert la noche del
frustrado rapto de Emma; pues querían
instruirlo en el papel que había de repre­
sentar en una farsa por Abd-el-Gahel urdi­
da con el fin de evitar que el empleo en
aquella fechoría del camión del contratista
no hiciera perder a éste la confianza de los
franceses; pues de faltarle quedaría privado
de los informes de Techiasco, recibidos por
los entrantes y salientes que allá llevaban
las traviesas; presisamente cuando al Gran
Caíd le eran más indispensables para liber­
tar a su pariente, si es que ya no había
muerto, o no moría antes de libetarlo.
El motorista, como cuantos servían a Mo-

B IB LIO TE C A N O VELESC O -C IEN TIFIC A

8
:;amed’ ^

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los muchos afiliados pudonde apenas habla un

r ir f —
r °— Imposible: además de mi impaciencia
de saber si Pozo ha muerto o no, es urgentísim oqu e demuestres tu interés y tu lealtal a los de la Residencia, llevando a este
hombre a contarle al capitán, que verosí­
milmente habrá llegado esta tarde a T echiasco, lo que sabe de los que anoche se in­
trodujeron allí, y cómo fué por ellos mal­
tratado. Que traigan cuerdas en seguida.
Llegados los cordeles, el mismo Abed-elGahel, amarró por su mano al camionero.
codo a codo por detrás de la espalda, mu­
ñeca a muñeca por delante del pecho y to­
billo con tobillo; pero apretando las ligadu­
ras tan cruelmente que no pudo, el po­
bre hombre, contener los gritos.
__ Ya te lo he prevenido, es un mal rato
que no hay más remedio que pasar; pero te
lo pagaré bien.
— Ya, ya lo sé.
— ¿Puedo apretar todavía más?
— ¡Más!
— Ya comprendes que tú eres el primer in­
teresado en que allá no recelen que lo del
amarre ha sido juego.
— Aprieta... ¡Qué le hemos de hacer!.„
¡Ay, ay! Basta, basta: los cordeles me sie­
rran la carne.
— Ya no aprieto más.
. Sacado el motorista, en brazos de dos hom­
bres, donde aguardaban tres meharís ya en­
jaezados, fué sujeto sobre uno como un
fardo, mientras Mohamed y otro de sus sir­
vientes subían a los otros, yendo el ronzal
del que llevaba al pobre conductor anudado
al aparejo del que montaba el criado.
— Señor, ¿y cuánto tiempo tengo que Ir
así?— preguntó el infeliz.
— Hasta que digas a tu amo que ya no pue­
des más... Pero no me has de hacer dengues
de señorita, sino aguantar como un hombre,
pues es preciso que llegues allá hecho un
guiñapo.
— Aguantaré.., Pero creáme, señor, que lo
paso muy mal. Y que estas cuerdas se me
van a clavar más todavía en cuanto empiece
a trotar el camello.
— Sobre lo que ya te he prometido ten­
drás, a la vuelta, veinticinco francos por
cada minuto que desde ahora aguantes.
— ¿Cuánto hace eso en una hora?
' M il quinientos. Mohamed, mira el reloj
para ajustar la cuenta cuando lo desates.
'■ P °r tu parte, no te olvides de que si Pozo

vive acaso tengas que quedarte dos o tres
días en la Residencia.
No ha de extrañarse que Abd-el-Gahel lla­
mara Pozo a Cassim al hablar con Mohamed,
pues aun sabiendo éste que Pozo y Núñez
eran jefes importantes, y no tenían tales
nombres, ignoraba los verdaderos de ellos.
En el Sahara, donde la moneda es esca­
sísima, la cantidad de m il quinientos fran­
cos sonaba en los oídos de un hombre hu­
milde como el motorista, cual si fuera un
tesoro fantástico. Y sin embargo, y a des­
pecho de sus heroicos esfuerzos, no tuvo
aguante para llegar a las tres horas: tan
intolerables se le hicieron sus dolores.
Cuando Mohamed dispuso fuera desatado
eran las siete le la mañana, y al m irar en
las carnes las huellas de las cuerdas, com­
probó que el camionero era hombre de
aguante, pues tenía muñecas, brazos y ca­
nillas hondamente desollados, pareciendo
aun más hondos los sanguinolentos surcos,
por quedar cada uno comprendido entre dos
grandes tumefacciones amoratadas, y pre­
sentando todo tan lamentable aspecto que
al contemplarlo dijo el contratista:
-— Eres un valiente, y aunque todavía fal­
ta un poco para las tres horas, las cobrarás
enteras.
Gahel había conseguido lo que deseaba,
pues el esfuerzo hecho para aguantar las l i ­
gaduras dejó, efectivamente, al pobre moto­
rista hecho un “ guiñapo” : al extremo de que,
sin fuerzas para tenerse en la montura, fué
preciso dejarlo atado a ella durante las dos
horas que aun quedaban de camino.
A la llegada al centro ferroviario dijo
Mohamed a Duvery y a Bertier que, no obs­
tante el lastimoso estado en que venía aquel
hombre, no había querido demorar su tras­
lado a Techiasco por lo importante de las
declaraciones que podía hacer sobre los auto­
res del escalamiento de la antevíspera.
Con tal motivo, contó seguidamente el con­
tratista la patrafiosa historia forjada por
Abd-el-Gahel. Hela aquí: L a tarde anterior
habían llegado a Sabankafl unos campesi­
nos llevando en parihuelas improvisadas con
ramaje al conductor del autocamión artera­
mente introducido la noche precedente en la
Residencia, mas no guiado por é l ; pues
cuando estaba reparando la avería que lo de­
tuvo en el camino lo asaltaron tres kelovis,
amarrándolo en la brutal forma que a la vis­
ta estaba; y después de acabar ellos de cor:
poner el motor, y de quitar varias tra vie­
sas de la carga, se habían alejado en el ca­
rruaje, dejando atado al motorista donde a
la mañana fué hallado por quienes lo lle­
varon a Sabankafl.
Transportado el conductor delante de la

POLICIA TELEGRAFICA
cama donde yacía Ben Cassim, dijo que, por
ir cubiertos sus atacantes con los litzam, no
podía decir si aquél era uno de ellos, sino
tan sólo que éstos eran muy alto y más bien
delgado uno, altos también los otros, pero
muy gordo uno (señas de Ben-Cassim), y
delgadísimo otrb, lo cual no concordaba con
el rechoncho tipo de Tinkert, que, de otra
parte, no era de nadie conocido en Teehiasco: siendo lo último por el declarante ma­
nifestado que, por haberlos oído llamarse
entre sí, recordaba ser Pozo y Núñez los
nombres de dos de ellos.
Ni para Duvery ni para Bertier, que allí
tenían al falso Pozo, y estaban persuadidos
de ser autor del frustrado golpe el falso
Núñez, podía ser sospechosa la declaración
del camionero, primera víctima además de
los que tan cruelmente lo maltrataron, y a
quien, en vista de no serle posible mante­
nerse en pie, se trasladó a la enfermería para
asistirlo y tenerlo en ella mientras bajara la
terrible hinchazón de sus heridas y comen­
zaran éstas a cicatrizarse.
Mucho le debían doler, pues al hacerle la
primera cura se pasó varias veces los dedos
por los ojos como para disimular las lágri­
mas que el dolor le arrancaba, excitando,
sin duda, la conmiseración del enfermero
argelino, que se la practicaba, pues también
hizo lo mismo, cruzando después de ello con
el herido una mirada rápida y expresiva,
que, vista por Mohamed, presente a la cura,
le hizo pensar le era ya innecesario propi­
narse el potingue que Abd-el-Gahel le habla
recetado con objeto de simular enfermedad
que lo obligara a permanecer en Techiasco
los días precisos para establecer inteligencia
con Pozo; pues ya seguro de que el practi­
cante era un hermano, y enterado luego de
que a su cargo tenía la asistencia y la vigi­
lancia de aquél, halló medio de decirle, an­
tes de anochecer, que el motorista que allí
quedaba lo pondría en relación con uno de
los conductores de los autocamiones que
cuando a la Residencia fueran visitarían, na­
turalmente, en la enfermería a su compa­
ñero; con lo cual ellos y el practicante servi­
rían de intermediarios entre Pozo y Núñez,
que continuarla en Sabankafi. Por últi­
mo, al despedirse Mohamed del nuevo agen­
te que en Techiasco dejaba, le previno que,
por lo pronto, su cometido no era sino en­
viar noticias del estado de Pozo; que más
adelante recibirla otras instrucciones, y que
al ejecutarlas no solamente cumplirla sus
deberes de hijo de Africa Vengadora, sino
que ganaría una buena recompen^.
*

*

*

9

La causa de que la substitución de los
dagatums por dazas no hubiera limpiado
por completo de traidores el centro ferro­
viario, fué no haberse desconfiado del prac­
ticante, moro argelino sumamente diestro en
su oficio, de toda confianza de Don Gustavo,
y al cual habría, además, sido imposible subs­
tituir útilmente, en lo que ni siquiera se
pensó; pues el médico habría respondido de
él por su intachable conducta durante el mu­
cho tiempo que llevaba de servir a sus ór­
denes.
En los días pasados hasta que ya resta­
blecido volvió el motorista a Sabankafi, de­
jando bien montada la comunicación entre
dicho pueblo y la Residencia, nada intere­
sante ocurrió en ésta, porque siguiendo BenCassim en peligro de muerte, no podía su
sobrino ejecutar el plan para la evasión for­
mado; pero tan pronto comenzó el herido a
avanzar en su convalecencia, decidió Gahel
no demorar la fuga, temiendo que al volver
el capitán de Tafilete se llevara a Agadés el
preso o lo fusilara en el mismo Techiasco
por lo de Tadelaka; pues Pepe habría reco­
nocido seguramente en él a quien le dió la
puñalada.
Lo anterior, el estar Sabankafi demasiado
lejos de la Residencia y el no permitir el
régimen de servicio de los camiones obtener
de allá noticias sino cada dos fechas, ni ba­
sar en datos frescos resoluciones cuyo éxi­
to dependiera de adopción oportuna y eje­
cución rápida, tenía preocupado y nervioso
al Vengador, cuando recibió aviso de Moha­
med notificándole que Morand participaba la
llegada para el día siguiente de Bertier:
noticia que, actuando de espolazo, lo hizo
arriesgarse a cambiar su cuartel de opera­
ciones, llevándolo a la propia aldea de Te­
chiasco, no alejada del centro ferroviario
sino unos dos kilómetros, y en aquélla a
una mísera casucha, donde se escondió, por
lo pronto, con su fiel Tinkert, mientras éste
tomaba tierra e informes de los hermanos
allí residentes.
Por supuesto, los dos vestían de dagatums
de la más baja estofa, con harapientos tra­
jes y con litzams, que, en vez de velos, eran
mugrientos trapos.
A la siguiente mañana, mediante las con­
sabidas señas, trabó Tinkert relaciones con
varios afiliados, por quienes supo que coti­
dianamente sallan del lugar carros con ca­
bras, gacelas, gallinas, legumbres y huevos:
todo destinado al consumo de la ResidenciaPoco después de mediodía, al pasar por las
inmediaciones de la aldea los camiones de
traviesas que de Sabankafi iban a la Resi­
dencia, se encontraron a dos desarrapados
con los cuales conversó brevemente el con-

BIBLIOTECA NOVELESCO -CIENTIFICA
con Núñez, y ee le daba el nombre de una
negra de la inmediata aldea, a quien habla
de dirigir a diario noticia de cuanto de im­
portancia ocurriera en la Residencia o al
preso, utilizando al efecto el correo oficial,
que por ella pasaba muy de mañana: con lo
que, dada su cercanía al lugarejo, serían las
cartas rápidamente recibidas por la negra:
es decir, por Abd-el-Gahel. Además, se pre­
venía al enfermero que aquella m isma tarde
fuera al poblado con pretexto, si de alguno
tuviere necesidad, de visitar a dicha negra,
que no se enfadaría aun cuando él se alaba­
ra de andar amor en la visita; pues los ami(¡oá habían menester hacerle varias pregun­
tas antes de darle definitivas instrucciones

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-m. » » * « * * * > * '“

® * L L de las provisiones de Techiasco, queJ T d e lo flacas que están las gallinas que os
mandan a la enfermería, repara en el carre­
tero que te conteste: Jíds flaco estás tu, y
aproxímate a-él para coger con disimulo un
papel que te traerá.
\1 regresar los camiones se encontraron
de nuevo con los disfrazados Abd-el-Gahel
y Tinkert, que a la siguiente mañana entra­
ron en la Residencia con los carros citados,
y entregaron al enfermero el papel anuncia­
do, donde se le ordenaba darse a conocer a
Ben-Cassim como hermano en connivencia

para la evasión.

II
LA SENTENCIA
En países como los del Sahara, hormi­
gueantes en solapados enemigos de los eu­
ropeos, y por necesidad regidos militarmen­
te, la justicia castrense no pierde tiempo en
tiquismiquis curialescos, bastándole honra­
da convicción del crimen y de lo justo del
castigo para sentenciar y ejecutar. De aquí
que a no haber intervenido circunstancias
especiales cuando a Techiasco volvió Bertier, hallando al preso en pie, restablecido
y ya convicto de alevoso apuñalamiento a
Lobera en Tadelaka y de los nuevos críme­
nes de asalto nocturno, tentativa de rapto,
y asesinato consumado del pobre daza muer­
to en el parapeto, no habría tardado en fusi­
larlo sino el tiempo indispensable para cele­
brar un sumarísimo consejo de guerra ver­
bal, pensando en cuya constitución se habla
traído consigo tres tenientes; pero al que no
hizo funcionar con expeditiva rapidez que en
horas permitiera pronunciar sentencia, por­
que viendo en el preso no solamente al reo
de los citados delitos, sino además un jefe
de la insurrección en ciernes, que por mo­
mentos le parecía más cierta y próxima, as­
piraba a conocer por él a otros, y, sobre
todo, a poner mano sobre el falso Núñez,
que por tercera vez se le había escapado.
Por tal razón, cuando a su llegada a la Re­
sidencia interrogó a Ben-Cassim, sin resul­
tado, por encerrarse éste en mutismo ab­
soluto, no por ello desesperó, sino que en
días sucesivos repitió la intentona, buscando
modo de impresionarlo y de engañarlo, dl-

ciéndole que era inútil callara cuando su
compañero, preso en Agadés, había ya con­
fesado; pero no fué creído por aquél a quien
ya por entonces se había franqueado el en­
fermero, y que aquella mañana había leído
una esquela de letra de su sobrino y jefe,
con instrucciones sobre el modo de preparar
la evasión proyectada.
Unicamente cuando, a la cuarta tentativa,
se convenció Bertier de que nada sacaría dé
hombre tan indiferente a sus preguntas como
si fuera sordo-mudo se decidió a hacerle, a
lo menos, pagar las culpas propias, reunien­
do al efecto el consejo y careándolo en él
con Pepe Lobera, que lo acusó de haberle da­
do la puñalada en Tadelaka: sola imputación
que, reconociendo su veracidad, contestó
Ben-Cassim, no pronunciando luego una sola
palabra: ni al ser preguntado sobre las pre­
paraciones de este atentado y del nocturno
asalto en donde cayó herido, ni cuando, a la
caída de la tarde, volvió a comparecer ante
el tribunal para oír la lectura del fallo que
lo condenaba a ser pasado por las armas al
siguiente día, precisamente víspera del fijado
para la boda de Emma.
Ni Ben-Cassim era hombre a quien inmu­
tara la perspectiva de la muerte, ni, en rea­
lidad tenía porqué temerla, pues Abd-elGahel y el practicante tenían ya preparado
cuanto mja necesario para la realización de
la fuga en la mañana del mismo día en cuya
tarde fué pronunciada la sentencia: tanto,
que si al llamar al preso no recibieron los

POLICIA TELEGRAFICA
jueces la noticia de haberse ya evadido, fué
por haber él mismo aplazado la evasión;
pues tan pronto creyó posible recuperar la
libertad lo asaltó la feroz idea de aprove­
charla para jugarse nuevamente la vida a
cara o cruz en la ejecución de un proyecto
cuyo éxito le era mucho más caro que liber­
tad y vida. Si después de ponerlo por obra
podía escapar, escaparía; si no, lo primero
era lo otro.
La idea era, lisa y llanamente, desembru­
jar a Abd-el-Gahel del maleficio con que la
maldita hurl rubia lo tenía hechizado y dis­
traído de su magna empresa de venganza y
redención, comprometiendo el resultado de
ella.
Sabido que los mahometanos atribuylen
gran intervención a los demonios en las co­
sas de este mundo, que a cegarritas creen en
mal de ojo, embrujamientos y hechizos, nada
tenía de extraño que el fanatismo de Cassim
atribuyera la pasión de su sobrino no a re­
sultado naturalmente explicable por los per­
sonales atractivos de Emma, sin la menor
intervención de la voluntad de ella, sino a
consciente propósito de la endemoniada
perra cristiana, a satánicas artes, a brujería,
en suma, que mientras ella viviera, tendría
esclavizado al Vengador. Por ello, en cuanto
el practicante le habló de la fuga, no pen­
só sino en que, una vez libre, pocos minutos
podían bastarle para llegar a la hurí rubia y
darle muerte. Por esto y para esto apetecía
la libertad, haciendo firmísimo propósito de
no salir de la Residencia sin haberlo logrado.
Tal fué la causa del aplazamiento _de la
evasión propuesta para la siguiente mañana,
por el enfermero, cuando la víspera del con­
sejo entró la cena a Ben-Cassim, llevándole
para facilitar la huida un traje de jornalero
como los usados por los trabajadores dazas,
un espuerta, una pala y un cuchillo, y di­
ciendo que, con achaque de ver a la negra de
marras, había estado por la tarde en la al­
dea, donde recibió orden de decir al preso
que, siendo de temer lo fusilaran de un mo­
mento a otro, había el Señor resuelto se
evadiera la mañana siguiente.
El plan era que a las cuatro de la madru­
gada, mientras Cassim se disfrazara y se
pintara de negro frente y sienes, solas par­
tes del rostro no cubiertas por el litzam,
serrara el practicante, con una sierra de pelo,
el candado que en los batientes de la reja
de la única ventana de la habitación habían
montado al convertirla en calabozo. Una vez
hecho esto, no ofrecería dificultad salir, pues
la ventana no quedaba sino dos pies por
cima del suelo exterior. Pero para evitar
fuera visto al franquearla, y aun cuando a
aquellas horas era improbable anduviera

11

nadie levantado, no la saltaría hasta que,
saliendo su cómplice y cerciorado de que
podía hacerlo sin ser visto, diera desde afue­
ra tres leves golpes en la persiana.
Agazapados bajo cualquier c o b e r t i z o
aguardarían el toque de campana que poco
antes de rayar el alba servía de diana a los
jornaleros dazas; y cuando, todavía entre
dos luces, salieran éstos al trabajo echarían
ellos detrás de las cuadrillas que hacia Techiasco fueran, retrasándose poco a poco de
ellas hasta quedarse, sin ser vistos, en la
casa donde Gahel y Zinkert los aguardarían
con camellos para los cuatro.
Silencioso Cassim, y como distraído, mi­
raba y remiraba el cuchillo, probando pun­
ta y filo en el tablero de una mesa, y al
terminar el otro de exponer el bien trama­
do plan, preguntó:
-— ¿Dónde duermes tú?
-—En la enfermería; aquí cerca.
— ¿Podrás venir, si fuera preciso, antes
de las cuatro?
— Sí, señor; pero no hay para qué ade­
lantarse.
— ¿A qué hora se acuesta la familia del
ingeniero jefe?
— De diez y media a once; pero de esos
no tenemos que cuidarnos: a la hora a que
vamos a salir estarán...
— ¿Duermen en este mismo edificio?
— No, pero hay un pasadizo cubierto en­
tre uno y otro.
— ¿Sabes tú cuál es la alcoba de su hija
y sabes ir a ella?
— No.
— ¿Lo puedes averiguar esta noche, an­
tes de la hora de escapamos?
— Imposible. '
— Y mañana, ¿podrías?
— Sí; pero como mañana no estaremos
ya aquí.
— Estás equivocado: yo no me escapo ma­
ñana.
— Pero si todo está dispuesto.
— Se avisa que será pasado.
— ¿Y si mañana le da al capitán la ven­
tolera de fusilarte?
— No me podré escapar pasado; pero a lo
que está escrito no hay más que resignarse.
— Estás loco... ¿Qué digo yo al señor?...
No, no; de ningún modo.
Al oír tan rotunda negativa se levantó
Ben-Cassim colérico, hizo la seña que lo
daba a conocer como uno de los emires del
Diván Supremo, y agarrando por un brazo
al practicante y sacudiéndolo violentamen­
te, dijo: .
— ¿Quién eres tú para decir que no cuan­
do yo digo quiero?
-— Perdón, señor: no sabía quién eres.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
_Pues ahora que lo sabes, obedece.
_SI, sí obedeceré, Gran Señor. Dime qué
he de hacer.
_por ¡o pronto, no más que averiguar
mañana dónde duerme la Señorita Emma y
aprenderte el camino desde aquí a su a,
coba; pero cuidando bien de no equivocar­
te, porque si te equivocas no lo cuentan.
Después... ya te lo diré cuando haga falta...
lAh! Por la mañana envía a Techiasco con
los de las gallinas una carta diciendo que
en el momento de ir a saltar la ventana me
ha dado un desvanecimiento y que me esca­
paré pasado mañana. Pero como digas pa­
labra del encargo que te he hecho respecto
a la francesa, estrenaré en tu corazón el cu­
chillo que me has traído.
— No, no tengas cuidado.
— ¿Puedo contar con que antes de la no­
che de mañana sabrás llevarme a su alcoba?
-— Sí: iré a pedir a la señora Maka que
su ama me recomiende al médico para que
me permita irme a pasar quince días en mi
pueblo.
. — ¿Quién es la señora Maka?
— La nodriza de la señorita. Desde que
yo le hacía las curas cuando Don Gustavo le
extirpó un abceso, somos buenos amigos.
— Pues no tenemos más que hablar. Hasta
mañana.
Al salir el enfermero quedaba pensando
Ben-Cassim que después de asesinar a Em­
ma probablemente le sería más difícil eva­
dirse, y que en aquello se jugaba a un de­
finitivo albur libertad y vida; mas ¿qué im­
portaban una ni otra a quien las perdería
gustoso con tal de asegurar la redención de
Africa preparada por su glorioso padre Abdel-Gahel, el viejo, que desde el Paraíso ben­
deciría a su hijo?
*

*

*

Aunque Duvery, Bertier y los Loberas te­
nían buen cuidado de no hablar del preso
delante de Emma, para no preocuparla con
la suerte a éste reservada, por palabras al
vuelo cogidas, por alguna seña intercepta­
da y por augurios y rumores, que Maka ha­
bía contado a su niña, de criados y obreros
al ver llegar al capitán acompañado de tres
oficiales, andaba Emma cavilosa, amargán­
dosele la dichosa perspectiva de su cercana
boda con la idea de que, no por su culpa,
pero sí por su causa, pudiera ser empañada
la alegría de aquel acontecimiento con la
ejecución a él inmediata de una tem ple
sentencia de muerte.
Pero durante la comida del día del conse­
jo subieron sus recelos a viva presunción
al advertir la extremada seriedad de su pa­

dre y los dos argentinos y el preocupadísi­
mo continente de Bertier y los oficiales, que
después de verificado el careo de Pepe y
Ben-Cassim y leída la acusación fiscal don­
de para éste se pedía pena de muerte, sus­
pendieron el consejo precisamente para que
la ausencia de ellos a la comida no revela­
ra a Emma lo que trataban de ocultarle
mientras no fuera un hecho consumado:
preocupación aquélla muy natural en quie­
nes. tan pronto acabaran de comer lo poco
que comieron— tan poco y tan a la fuerza
que lo echó de ver ella— habrían de volver
a reunirse para dictar sentencia.
Enterada por Maka de la celebración del
consejo, no preguntó Emma nada, ni a su
novio siquiera, por estar cierta de que la
mentirían; pero apenas regresada del co­
medor a sus habitaciones encargó a su no­
driza que saliera a enterarse.
A ésta, como a todos los criados al servi­
cio de la familia, había ordenado Duvery
que ocultara a su hija el consejo y los re­
sultados de él; pero Maka obedecía en todo
y ante todo a su niña; así es que dos horas
después de recibir el encargo volvió dicien­
do que el fusilamiento sería ejecutado al día
siguiente, pero no en la Residencia; pues,
pensando en su hija, de antemano había su­
plicado Duvery a Bertier que, de recaer con­
dena de muerte, no fuera ejecutada allí,
sino en la aldea de Techiasco.
Lo sabía la nodriza porque el consejo ha­
bía sido público, por prescripción expresa de
la ley.
— ¡Qué horror, qué horror!— exclamó
Emma al oír la noticia.
— Bien ganado lo tiene: no contento con
haber querido matar al señorito, todavía
después...
— Sí, Maka, sí; pero a pesar de todo, ¡es
tan hermoso perdonar!... Podían encarcelar­
lo; ¡pero matarlo!... ¡Y mañana!... ¡La vlspero de mi boda!... ¡Es horrible, horrible!...
¡Dios mío, qué triste boda!
— Pero tú no tienes la culpa: ¿Qué tiene
que ver eso con tu boda?... ¿Encarcelar­
lo ? ... Esos bribones no agradecen las blan­
duras, ni para ellos hay otro escarmiento
que ése.
Continuó Maka hablando sin que Emma
la contestara ni aun la oyera, pues la con­
templación de un cuadro, por su imagina­
ción forjado, donde se veía arrodillada al
lado de Pepe recibiendo la bendición del sa­
cerdote, no ante un altar, sino delante de
un patíbulo, la tuvo ensimismada hasta que,
esforzándose para sustraerse a la horrenda
pesadilla que despierta la sobrecogía, dijo:
— No, no: ¡qué espanto!... No, eso no
puede ser... Si papá... No querrá, ni podrá;

POLICIA TELEGRAFICA
Bertier no accedería... Si yo misma se io
pidiera a éste... ¡Qué desatino! Me contes­
taría que él no puede faltar a la ley.
—¿Qué hora es, Malea?
•—Las ocho.
—Estarán ya todos en el salón, les ex­
trañará que no vaya, tal vez sospechen que
sé algo... Y al no verme, Pepe... Hay qe ir;
tengo que dominarme, disimular... Y al mis­
mo tiempo pensar, discurrir... Si Pepe qui­
siera...
Al decir esto salía ya para el salón don­
de hasta la hora de recogerse se reunían to­
das las noches en tertulia Duvery, los in­
genieros subordinados suyos y, desde que
en el centro estaban, Bertier y los oficiales,
mientras Emma y Pepe conjugaban el ver­
bo amar, según es uso entre prometidos abo­
cados a boda.
Ni al novio ni al padre les pasó inadver­
tido el descompuesto semblante de Emma,
por ésta achacada a dolor de cabeza, ni ella

13

dejó de reparar en la tristeza de cuantos
rostros veía en el salón, y en los esfuerzos de
Pepe para disimular la suya al hablar con
ella.
A consecuencia de aquella general depre­
sión de ánimos se disolvió la tertulia, no
entre diez y cuarto y diez y media, como
todas las noches, sino antes de las diez; y
cuando, después de dar a su padre el beso
acostumbrado, se retiraba ya Emma, llamó
desde la puerta a Pepe, como si algo se la
hubiera olvidado, diciéndole rápidamente y
en voz baja, al acudir él a la llamada:
—No te acuestes. Tenemos que hablar
esta misma noche, sin que nadie se entere.
— ¡Hablar! ¿Dónde?... ¿Qué tienes que de­
cirme?
—Es de nuestra boda. A las once y media
irá Maka a buscarte a tu cuarto y te traerá
al mío.
—Pero ¿qué tienes que decirme de nuestra
boda?... Es muy raro.
—Ya lo verás. Adiós. Cuidado que no :
entere nadie.

III
LA VOLUNTAD DE AL-LAH
La vida ofrece coincidencias que, pare­
ciendo casualidades a quien no mira en lo
hondo de las cosas, no son tales, sino con­
cordantes consecuencias derivadas de un he­
cho único que, al producirse, imprime si­
multáneos impulsos a cuantas personas in­
teresa: aun cuando sea por heterogéneas
causas, aunque estén a distancia y sola­
mente de manera inconsciente y sin acuer­
do previo coadyuven a un mismo fin por
fortuita y transitoria coincidencia origina­
da por tal hecho inicial. Dícese esto para ha­
cer resaltar que, no casualidad, sino lógicas
concomitancias, determinaron los sucesos
acaecidos la noche anterior al día señalado
para el fusilamiento de Ben-Cassim, que al
enterarse, cuando el practicante le llevó la
cena, de que éste sabía ya dónde estaba la
alcoba de Emma, preguntó:
— ¿Estás seguro de poderme llevar allá?
— Sí; pero si en vez de escapar sin me­
ternos en líos pretendemos llevarnos a la
señorita, será casi imposible sacarla del re­
cinto y casi seguro que nos cacen.
—Eso no es cuenta tuya—contestó Caseim. no queriendo sacarlo del error en que
estaba sobre sus propósitos con respecto a
Emma— , sino mía. A las tres de la ma­

drugada te espero. Si estoy dormido, me
despiertas; y cuidado con retrasarte.
El enfermero salió de malísimo humor,
por pensar que. a menos de ser el preso bru­
jo, aquella ocurrencia de insistir en el rapto
ya una vez fallido, imposibilitaría la eva­
sión: cosa que no solamente le preocupaba
por Ben-Cassim, sino porque al coger a éste
lo atraparían a él, apareciendo clara su
complicidad. Y, sin embargo, tan terribles
eran los juramentos de los hermanos ven­
gadores, tan espantosos los castigos im­
puestos a los perjuros y tal el fanatismo de
los juramentados, que ni sombra de tenta­
ción tuvo el argelino de desobedecer a Cassim; pero las contingencias que de obede­
cerlo se siguieran y el miedo de que se le
pasara la hora de llamar a su jefe no le ae-1
jaron pegar los ojos.
Despierto estaba, pues, cuando unos gol­
pes dados en la puerta del gran salón de la
enfermería, vacío totalmente a la sazón de
enfermos, lo sorprendieron, por ser rarísi­
mo que a media noche fuera nadie allí: cre­
ciendo su sorpresa cuando, al abrir la puer­
ta, vió en ella a Malta, que le dijo:
— ¿No estás tú al cuidado de ese que van
a fusilar mañana?

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_SI. ¿Por qué?— contestó alarmado, te­
miendo obedeciera la pregunta a desconfiana de él o a haberse traslucido algo de
la proyectada evasión.
— Porque es preciso que te vengas conmi­
go: la niña quiere hablarte ahora mismo.
— ¿La Señorita? ¿A mí?
— Sí.
_No puede ser— contestó el árabe rece­
lando que le tendían un lazo— . Yo respon­
do del preso, y si por casualidad se escapa­
ra mientras yo estuviera arriba, me costa­
ría caro y de poco me serviría el permiso
que esta tarde me ha conseguido tu señora
para marcharme mañana.
— Pues no hay más remedio: lo manda la
niña— replicó la negra convencidísima de
que ante la voluntad de Emma todos debían
plegarse cual se plegaba ella.
— Pues aunque lo mande. Dile que me
dispense y se haga cargo de que la obliga­
ción es la obligación: la mía es no perder
de vista a ese tunante.
Inútil fué la insistencia de Maka, pues la
escama del practicante lo hizo mantenerse
firme, a despecho de la indignación de ella
por el desacato a su niña: violentamente
desahogada, pues, se fué rezongando:
— Yo te aseguro que no te reirás de la
gracia. Ya, ya las pagarás...
Con la puerta abierta aguardó él hasta
oir apagarse a lo lejos el ruido de los pasos
de la negra en la galería, cerró en seguida
con cerrojo, corrió a la habitación de BenCassim, y despertándolo, lo enteró de aque­
lla inquietante novedad; y cuando ambos
cavilaban, sin lograr penetrar el alcance de
la extraña llamada de Emma, oyeron otras
repetidas en la puerta de la enfermería y
cuchicheo de varias voces al otro lado de
ella.
Más alarmado todavía que anteriormente,
cerró el carcelero la habitación de Ben-Cassim y salió a abrir la enfermería; pero an­
tes, y por encargo de éste, deseoso de saber
quiénes llamaban y de oír lo que dijeran a
su compinche, descorrió el último el pasa­
dor de un ventanillo enrejado que en la
puerta del preso permitía vigilar desde la
sala grande lo que éste hacía en su cuarto,
el cual quedó cerrado sólo con picaporte.
Mientras tanto corría Ben-Cassim a la
llave de la luz eléctrica, apagaba ésta para
poder, desde la obscuridad, ver sin ser vis­
to a quienes llamaban; y cuando para ello
volvió al ventanillo, y el otro abrió la puer­
ta de la enfermería, quedáronse asombrados
los dos ante la inesperada e inverosímil apa­
rición en ella de Emma.
Pasado brevísimo instante de estupor, VIO
Ben-Cassim patente la voluntad de Al-láh,

que ahorrándole el trabajo de ir a buscarla,
le ponía en las manos a la maldita hija de
Satán, a la nueva Dalí la que, a no evitarlo
él, anularía la fuerza del Sansón ismaelita;
a la Judith que acaso segaría el cuello del
Holofernes africano; y recordando que tan
sólo una puerta con pestillo lo separaba de
ella, corrió al lecho donde, bajo la almoha­
da, tenía escondido el cuchillo.
Pero al volver, ya con él en la manr^ ad­
virtió a través de la mirilla que con Emma
habían entrado en el salón Maka y Pepe
Lobera, y que siendo éstos y el practicante
los más cercanos a la puerta por donde él
había de salir, era muy probable que trope­
zara con ellos al lanzarse sobre su víctima;
que acaso le sería preciso para llegar a ella
sostener lucha, que si no le preocupaba des­
pués de haberla matado, le asustaba antes,
por temer le impidiera asestar golpe tan
certero como él ansiaba darlo: máxime cuan­
do para tal lucha con Lobera y la hombru­
na Maka estaba en malas condiciones, por
no haber todavía recuperado todo su vigor.
Por esto no salió inmediatamente, que­
dándose en acecho para precipitarse contra
Emma en cuanto se produjera un cambio
favorable a su propósito en la colocación de
las personas o, en último extremo, cuando
para marcharse le volvieran la espalda.
En aquel momento comenzaba a hablar
Emma. Pero antes de transcribir sus pala­
bras, preciso es relatar la anterior y recien­
te conversación de ella con Pepe, determi­
nante de la bajada de ambos a la enfermería.
De regreso en su aposento al salir del
salón, preguntó Emma a la nodriza si el
practicante para.quien, a ruego de la misma
Maka, había ella pedido aquella mañana a
Pon Gustavo el permiso para que aquél pasa­
ra una temporada en su país podría ayudar
a la evasión del condenado, a quien ella de­
seaba hacer escapar aquella misma noche.
Contestó la negra que, sin estar cierta de
ello, creía que él era quien lo había cuida­
do; pero que ni él ni nadie se atrevería a
cosa tan grave como la que la niña deseaba.
— Se lo pagaré bien... Es decir, ¿a cuánto
suben tus ahorros, Maka?
— A ochocientos francos.
— Eres más rica que yo, que no tengo
sino quinientos: en total, mil trescientos...
Es muy poco...; pero él me ayudará, pues
no es posible que le sea indiferente... Si no
quisiera, sería un triste desengaño... Pero ya
ts la hora. Anda, Maka.
— ¿Adonde?
— Verdad es, no te lo he dicho: al cuarto
del Señorito Pepe a decirle que ya puede
venir.

POLICIA TELEGRAFICA
Minutos después volvía la negra con el
novio, que al llegar preguntó:
— ¿Qué ocurre, Emma? Estoy inquieto des­
de que me has dicho que viniera. ¿Qué tie­
nes que decirme con tantas precauciones?
— Que no creo en augurios, pero creo en
los recuerdos: y que cuando pasado maña­
na nos casemos tendremos que acordamos
de la sangre...
— Ya lo creo: de la que mé dió la vida
que te debo.
— No, Pepe: ni de esa, ni de la que antes
vertiste tú por mí podremos acordamos, por­
que estará más fresca la que va mañana a
derramar, no el amor, sino la venganza.
— ¿Lo sabes?
— Sí.
— Pero, Emma, eso no es venganza, sino
justicia.
— Sí, para los jueces, a quienes el reo no
ha inferido daños; pero vista por nosotros
esa m uerte, que penará crímenes contra
nosotros cometidos, me parece venganza.
— No, no.
— Pues, bueno, n o ; pero aun no siendo
venganza, será muerte violenta dada por
nuestra causa a una criatura... Desde que lo
he sabido estoy horrorizada de pensar que
su sangre manchará nuestra boda; que en
ésta brindarán por mi felicidad los que la
víspera hayan matado a ese hombre.
— Emma, ¡por Dios!, no pienses eso.
— ¿Cómo no he de pensarlo?
— Verdad, verdad... ¡Maldita coincidencia!
¿Cómo no has de pensarlo tú, si desde esta
tarde no pienso en otra cosa?
— ¡Pepe de mi alma, qué feliz me hace
oírtelo! Oyeme, óyeme, y ahuyéntame el te­
mor que me atormenta de que creas peque­
ño mi cariño al ver que no sé odiar al que
intentó matarte... Porque no puedo odiarlo...
Yo no tengo la culpa, Pepe mío; pero no
sé, no sé.
— ¡Qué has de saber!... Y desecha el te­
mor de que en mí quepa la monstruosa idea
de que de amor deba nacer odio.
— ¿Verdad, verdad?... Tú sabes cómo te
quiero yo...
— ¡Que si lo sé! ¡No he de saberlo, si me
diste tu sangre!
— Pues por ella te pido que para que a la
dicha de que una misma corra en nuestros
cuerpos se junte la felicidad de que también
unamos nuestras almas en una hermosa
obra de perdón, me ayudes a evitar sea
derramada la de ese desdichado.
-—Eres un ángel enviado por Dios para
darme en la tierra el cielo de allá arriba,.
Soy tuyo, Emma: soy tuyo en todo y para
todo...

15

— Gracias, Pepe, gracias: ya lo sabía—
dijo Emma cogiéndole ambas manos.
— Pero ¿cómo lograr lo que tú quieres?...
Estoy seguro de que no conseguiremos el
perdón.
— Y yo: por eso no he pensado sino en
sobornar al carcelero; pero como entre Masa
y yo no tenemos sino mil trescientos fran­
cos...
-— Te has acordado de mí... Has hecho bien.
Paro aunque ese hombre se deje sobornar,
para una evasión no basta abrir la puerta
del calabozo; y menos cuando el que ha de
evadirse es un convaleciente, que apenas
ande dos kilómetros no podrá dar un paso.
Además, ¿cómo arreglarnos para que el por­
tero del recinto abra de noche sin orden de
tu padre?
— De eso me encargo yo: ya lo tengo pen­
sado.
— ¿Cómo?
— Ya te lo diré en cuanto hayamos en­
contrado solución para que ese hombre pue­
da alejarse rápidamente. ¿Habría medio de
sacar a escondidas un meharí del establo, o
una “moto” de los garajes... Lo malo es que
no disponemos sino de pocas horas, pues ya
debe de ser casi media noche.
-— Tengo lo que necesitamos: el side-car
de tu padre que dejan siempre en el zaguán
de entrada, debajo de la caja de la escalera.
La cuestión es que tenga gasolina.
— Anda, anda; corre a verlo, y en seguida
a tu cuarto, a buscar el dinero. Tú, Maka,
para ganar tiempo, vete a decir al practi­
cante que suba contigo, pues necesito ha­
blarle ahora mismo.
A la par que la nodriza— presente a la
anterior conversación— salió Pepe, quedando
Emma sumida en hondísima cavilación, pro­
curando ultimar su esbozo ya trazado de
plan para la fuga de Cassim: con el mismo
anhelo que si ella fuera un presidiario an­
sioso de la libertad.
— Albricias— dijo Pepe al volver— ; el
depósito está lleno de gasolina.
— Dios nos ayuda.. ¿Qué es eso, Maka?
¿Vuelves sola?
-— No hay medio de arrancarlo de allí: dice
que hoy menos que nunca puede separarse
del preso.
— M aka llévame allá. Hablaré yo con él.
-— No, Pepe, sería inútil; pues si, como
es probable, no habla ese hombre francés,
no os entenderíais.
-— Maka nos servirá de intérprete.
— Eso sería muy largo y no podemos per­
der tiempo. Voy yo. Además, tal vez le haga
yo más fuerza, por ser hija del Director, y
que, como ya he pensado tanto en esto,
tengo mi plan.

B IB LIO TE C A N O V E LE S C O -C IE N TIFIC A
— Bien; pero yo voy contigo.
— Sí.
— Y yo— dijo Malea.
— Pues no perdamos ya más tiempo.
No es fácil saber cuál fué mayor, si el
asombro del argelino o la estupefacción de
Ben-Cassim cuando Emma, acuciada por la
urgencia del caso, entró en materia inme­
diatamente, diciendo en árabe:
— Necesito que nos ayudes a salvar la
vida del infeliz condenado a muerte.
— ¡Qué! ¿Pero...? ¿Pero es que...?
-—Que no quiero, que no quiero que lo
m aten; que es preciso hacerlo escaparse esta
noche para que al amanecer de mañana esté
lejos de aquí.
Sin dar crédito aún a sus oídos, temió
el enfermero que aquella extraña duplicidad
de proyectos de fuga diera por resultado
que ninguno cuajara; y no estando dis­
puesto a revelar el que traía entre manos,
creyó lo más urgente evitar que aquellos
importunos pertubaran la ejecución de él,
alejándolos cuanto antes de la enfermería,
cortando pronto la conversación y protes­
tando indignado de ser tenido por capaz de
faltar a su deber.
P ro en esto, y a medida qué parecía ir
resfriándosele la indignación y trabándose­
le la lengua, se le abrían y 16 brillaban más
y más los ojos al ver que Pepe sacaba una
cartera, y abriéndola para dejarle ver los
billetes de que estaba repleta, se la entre­
gaba a Emma, quien, volviéndose al enfer­
mero, le dijo que el servicio que de él
demandaba sería bien recompensado, ha­
ciéndole pensar que, de serle posible con­
seguir juntamente sacar al preso de la R e­
sidencia, ganarse unos miles de francos y
echarse encima tan buena protectora, ha­
bría hecho un negocio redondo. Y comenzó
a buscar en su magín modo de realizar tan
seductor programa sin descubrir su ante­
rior juego. Para evitar esto último mien­
tras hallaba lo otro, continuó negándose a
favorecer la fuga, para hacer creer, cuando
al fin se prestara a secundarla, que única­
mente obraba seducido por quienes se lo
pedían.
Engañada Emma por las primeras nega­
tivas y creyendo ver en ellas un verdadero
y grave obstáculo, insistió, angustiada:
— ¡P or Dios, por Dios! No sea usted in­
sensible: piense que todo lo tengo arregla­
do, que para salvar la vida de ese des­
graciado basta que usted le abra la puerta;
y que si se niega usted a ello tendrá siem­
pre su muerte sobre su conciencia.
No, Señorita> no... Yo no lo he senten­
ciado; yo...

__ Por mí, hágalo por m í: se lo agrade­
ceré etemamnete. No quiero, no queremos
que por nosotros muera un hombre: es
cruel y absurdo haber estado luchando un
mes para conservarle la vida con el solo
objeto de arrancársela ahora fríamente; es
imposible que usted, que lo ha cuidado, no
haya tomado cariño a esa vida; sería in­
humano que se negara a salvarlo.
— Señorita, no me comprometa. Vea mi
situación y déjeme: que si a usted le da
pena, ¡caray!, no soy de corcho.
— Sí, ya lo veo, sí; ya veo que tiene us­
ted buen corazón, que va a ayudarnos. Sí,
sí, ¿verdad? ¡Por Dios, por lo que usted
más quiera!...
— Emma, dile que arreglaremos las cosas
de modo que no aparezca comprometido, y
que lo recompensaremos espléndidamente.
E l pillo aquél que, contra las suposicio­
nes de Emma, hablaba francés, como arge­
lino que de practicante había servido varios
años^n un hospital de Constantina, enten­
dió perfectamente a Lobera; y creyendo lle­
gado el caso de rendirse a las súplicas de
Emma, cuando de nuevo insistió en ellas,
contestó, cual si obrara arrastrado por la
compasión:
— Haré lo que usted mande, señorita.
— Gracias, gracias: Dios se lo pagará. Lo
salvaremos, lo salvaremos— exclamó ella go­
zosa— ; y en seguida expuso y consultó rá­
pidamente a Pepe el plan de fuga que tenia
pensado, mientras el taimado moro medita­
ba que, de obstinarse el preso en su desca­
bellado propósito de no marcharse sin lle­
varse a Emma, cosa imposible estando ella
despierta y acompañada de su ama y su
novio, todo se habría estropeado: todo en
el cual entraba, muy principalmente, el bo­
nito negocio que a él se le venía a las
manos.
Comprendiendo, por tanto, que lo más ur­
gente de momento era quitarle al Señor Pozo
tal disparate de la cabeza, haciéndole ver que
ya no había sino adelantar la hora de la
fuga aprovechando la ocasión que se les
ofrecía o resignarse de una vez a que lo
fusilaran, se fué a la habitación de aquél
pretextando con Emma necesidad de des­
pertarlo para que se levantara, vistiera y
alistara para huir cuando ella decidiera.
*

*

*

Si dramática y conmovedora, para cuan­
tos en ella intervinieron, menos para el ca­
zurro practicante, fué la escena en que
Emma trataba de salvar una vida, todavía
lo fué más la que sin otro actor que BenCassim se desarrolló muda al otro lado de

17

POLICIA TELEGRAFICA
la p u erta donde éste acechaba la llegada de
ocasión propicia p ara asesinar a su salva­
dora.
De raza y religión en las que la venganza
se considera de derecho natural, m ás toda­
vía de derecho divino si recae sobre cris­
tianos, se quedó absorto, atónito, al ver que
su condena entristecía a E m m a y a su pro­
m etido en lugar de alegrarlos. Si de boca
de Pepe hubiera oído las conmovidas y vi­
brantes instancias al hipócrita carcelero,
habríalas, acaso, llam ado cobardía, falta de
v irilidad; pero escuchadas de los trém ulos
labios de una débil y bellísim a m ujer, sin­
tió prim ero turbadora emoción, desasosiego
por el insólito enternecim iento que lo so­
brecogía—y su ferocidad consideraba despre­
ciable flaqueza en hom bre de su temple— ,
sin conseguir sobreponerse a él, sino antes
bien, sintiéndolo crecer con la pasión por
E m m a puesta en sus calurosas súplicas,
y el generoso empeño con que la veía es­
forzarse en conservar la vida de quien tenía
en la m ano el cuchillo para arrancársela
e ella.
Perplejo el juicio, tra n sto m a d a la con­
ciencia, despierta y exacerbada su sensibi­
lidad, cual jam ás la sintiera, le pareció a
Cassim que algo m ás duro que su feroz co­
razón, duro como el acero, se lo oprimía,
causándole hondo dolor, sólo atenuado con
la contemplación de aquella c ria tu ra ; por­

que la voluntad, paralizada para el propó­
sito homicida, no ten ía ya fuerza sino para
sujetarle la m irad a al dulce rostro ilum inado
por la caridad, por el anhelo de conservar­
le la vida: ¡a él!...
Y lo m iraba, lo m iraba; y cuando Emma,
creyendo e star ya a punto de conmover al
carcelero, cogió las manos de éste, arrecian­
do en sus instancias, subiéndole a los ojos
lágrim as de enternecim iento nacidas de la
idea de que al fin lograba a rran c ar una
vida a la m uerte, vió Ben-Cassim las
lágrim as, vibró en su oído, sacudiéndole
el alm a el júbilo con que gritab a ella: “ iLo
salvaremos, lo salvarem os!”, sintió que el
apretado corazón dejaba de dolerle y se h in ­
chaba, se hinchaba h asta llenarle el pecho,
y que su ser, entero e ra invadido por suave
laxitud m uy parecida a desfallecimiento, a
la p a r que u n a nube le obscurecía la m ira­
da velándole el bello rostro que lo fascinaba.
P ara a p a rta rla y co n tinuar gozando la
dulzura inusitada, y casi m ilagrosa en su
alm a ruda, del éxtasis en que Em m a lo te­
nía aprisionado, se llevó las m anos a los
nublados ojos, y al hacerlo cayó al suelo
el cuchillo que em puñaba u n a de ellas, al
p ar que m uy callando m urm uraban sus la­
bios: "Es verdad, sí: es u n a hurí, u n a h u rí.”
La voluntad de Allláh, el te rrib le dios de
las venganzas, caía vencida ante la volun­
tad del Dios de los Perdones.

IV
LA EVASION
Cuando el enferm ero entró en la habita­
ción de Ben-Cassim lo halló sentado y con­
movido por la ofuscación con que nunca ex­
perim entados sentim ientos, absurdos a la
luz de su habitual modo de pensar y sentir,
le tenían paralizado el juicio.
Abrum ado por aquella bondad, por aque­
lla dulzura, hallábase en estado de m ental
inconsciencia y sensibilidad exacerbada, sin
darse cuenta sino de las punzadas dolorosas
infligidas por el recuerdo obsesionante de su
propósito hom icida de unos m inutos antes,
sin advertir, en su ensimism amiento, que
el practicante abría la puerta, después de
hab er cerrado el postiguillo de ella, ni de
que, acercándose, le preguntaba en voz baja:
-—¿Te has enterado?... ¿No me oyes?—
Y repetía, en cuanto encendiendo la luz,
pudo rep a ra r en la actitud del preso:

—Pero, ¿no me oyes?
Ben-Cassim oía, pero no se enteraba; y
solamente el brusco trán sito de la obscuri­
dad a la luz fué lo que, sacándolo de su es­
tupor, le hizo preguntar, cual si de pronto
despertara de un sueño:
—¿Qué?... ¡Ah, eres tú!
—Pero ¿es que no has oído lo que la se­
ñorita me h a dicho?
— Sí, sí.
—Ya ves que es imposible escapam os lle­
vándonosla; y que in sistir en eso sería...
— No insisto en nada.
—Entonces, si te parece, yo creo que nos
conviene aprovechar su ayuda, y adelantar
la hora de la evasión... Pero, ¿qué te pasa?
— Nada.
—Pues, ¿por qué no me contestas? No e s ­
tamos p ara perder el tiem po; ¿qué hacemos?
O

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
— Lo que mande ella.
daban, y al verse cerca de Emma sintió
— iGracias a Al-láh! Entonces, prepárate
emoción tan efusiva y tan vivo anhelo de de­
voy a decírselo.
mostrarle su agradecimiento, que la misma
Por haberse Emma ido con Malta a bas­
violencia del deseo, unida a la rudeza ingé­
car un abrigo para echárselo cuando saliera
nita del moro, le impidieron atinar con fra­
a hacer abrir la barrera del cercado, no
ses proporcionadas a su efusión, diciendo
halló el argelino, al volver a la sala grande
únicamente, con ronca voz entrecortada y
de la enfermería, sino a Lobera, quien, des­ sin saber seguir:
pués de explicarle sucintamente el plan de
Niña, no sé cómo hacerte ver...
Emma, y cómo habían ideado ponerlo a él a
Percibiendo antes que el sentido transpa­
cubierto de sospechas de complicidad en la
rente en el balbuceo de Cassim lo sordo de su
fuga le dió cinco billetes de mil francos y se voz y su reconcentrado y huraño continente,
lo llevó consigo para que le ayudara a abrir
representóselo Emma en el momento de apu­
la puerta del zaguán donde estaba el side-car
ñalar a Pepe, y tuvo miedo, y sintió horror
de Don Héctor; pues por la puerta del edifi­ que de él la hizo apartarse, acercándose a su
cio de las habitaciones particulares y ofici­ prometido. Acción que, rectamente interpre­
nas de aquél había de verificarse la evasión,
tada por quien era causa de ella, le dolió en
porque en la exterior de la enfermería mon­ lo hondo, haciéndole decir:
taba centinela un gendarme.
— Si me temes, no me escapo: antes que
Mientras ambos iban por el corredor cu­ darte miedo prefiero que mañana me fusilen.
bierto de comunicación interna, preguntó
— iQué horror! No, no: fué un movimien­
Lobera si el preso sabría guiar el side-car,
to irreflexivo; ya no te temo.
— Gracias, gracias.
cosa en que ni Emma ni él habían antes pen­
— ¿Qué te dice?— preguntó Pepe.
sado, contestando el enfermero que, siendo
— Me da las gracias. ¡Pobre hombre! Lue­
el condenado un árabe de calidad, segura­
go te lo diré; ya hemos perdido demasiado
mente estaría acostumbrado a usar la moto,
pues todas las personas de posición acomo­ tiempo. Vamos, vamos. Tú, no: aguárdanos
dada la emplean con mayor frecuencia que en la enfermería hasta que volvamos.
Excepto el practicante, que era a quien se
el camello, por más rápida y cómoda, para
dirigían las últimas palabras, salieron todos
viajar en el Desierto.
del zaguán, empujando entre Lobera y Cas­
Llegados al zaguán, y alumbrados por la
precaria luz de una linterna eléctrica de sim el side-car a brazo para que el ruido
bolsillo, descorrieron los cuatro grandes pa­ del motor no llamara la atención.
Llegados a la barrera— aunque arrodean­
sadores que sujetaban las dos hojas del por­
tón al dintel y al umbral del marco de do para no pasar cerca del gendarme de
guardia— , y despierto el portero a los rei­
ellas. Así, y no obstante estar echada la
terados golpes dados por Maka en su venta­
llave, consiguieron abrirlas.
En esto llegaron Emma y Malea arreboza­ na, se precipitó éste a abrir la puerta de su
das en sendos albornoces, dando orden la vivienda en cuanto oyó que quien llamaba
era la señorita, y no oponiendo dificultades
primera al practicante de volver a la enfer­
a la salida del side-car en cuanto ella dijo
mería para traer al preso, a quien, mientras
que Don Gustavo, el médico, había enferma­
los otros lo aguardaban en el portal, dijo
do de pronto alarmantemente, y que no
aquél que, en llegando a Techiasco, en lo dual
habiendo otro médico en la Residencia que
no tardaría sino minutos, llamara en la casa
pudiera asistirlo, Don Héctor, a la sazón a
donde se alojaban Abd-el-Gahel y Tinkert,
su cabecera, donde trataba de hacerlo re­
bien conocida de Cassim por haber estado
accionar con sinapismos y otros remedios
escondido en ella cuando aquéllos entraron
adecuados, había dispuesto la inmediata sa­
en la Residencia disfrazados de gendarmes.
lida en su side-car de un propio que fuera a
Además le encargó que explicara al Señor
;ear uno en Agadés.
porqué él (el argelino) no lo acompañaba
íientras el portero descebaba los disforen su fuga, y le encareciera la urgencia de
s candados de los cerrojos y Ben-Cassim
que, sin aguardar a la mañana, escaparan
ila en actividad el motor, dijo Emma a
los tres inmediatamente de la aldea, pues
e a media voz:
cualquier desgraciada casualidad podía, an­
-S a lg a en cuanto vea abierto, corra cuantes de amanecer, descubrir la evasión al
pueda, y Dios lo ayude y lo perdone. Ya,
^Dejándose llevar como un autómata por el
practicante-sorprendido, pero no descon­
tento de poder manejar como a una criatu­
ra a" hosco y déspota “emir” de la pesada
noche— , llegó Cassim donde los otros agua

está abierto; salga.
-Q u e Al-láh te premie, y que te gu
mpre como esta noche te ha guau
itestó él al partir, hundiéndose en a
ira de la noche, a los pocos segundos.

POLICIA TELEGRAFICA
— ¡Gracias a Dios!— exclamó Emma, dan­
do un suspiro al verse libre del terror a la
tragedia del siguiente día— . ¿Qué hora es,
Pepe?
— Aún no han dado las dos. Antes que
Bertier se levante, puede estar ese hombre
a trecientos kilómetros de aquí.
— Gracias a ti, que me has ayudado.
— No: a ti, que tuviste la idea.
— Pues gracias a los dos. Eso es lo que
más me halaga, Pepe mío: pensar que antes
de unimos mañana el sacerdote ya Dios ha
unido hoy nuestras almas y nuestras volun­
tades en esta hermosa obra.
Los ojos de ambos se buscaron sin hallar­
se en la obscuridad; pero lo que los ojos no
pudieron decirse lo dijo la presión de las
manos.
De su arrobamiento los sacó Maka recor­
dándoles que el argelino los aguardaba en
la enfermería. En tanto Emma regresaba a
su habitación, preguntándose intrigada, sin
ograr comprenderlo, qué habría querido
ciecir el preso con aquello de “Al-láh te
guarde siempre como te ha guardado esta
noche", volvían Pepe y Maka a la sala gran­
de, donde,, por encargo anterior del prime­
ro, tenia ya el practicante preparadas unas
cuerdas, precisas para representar la farsa
de su inocencia en la evasión.
Tendiéndose en un catre, a prevención
llevado delante de la puerta del cuarto del
evadido, cual testimonio de la diligente vi­
gilancia de su guardián, se dejó atar éste
por Lobera y Maka con tres amarres: uno
ciñendo la cintura, otro por debajo de los
sobacos, y por cima de las rodillas el ter­
cero.
La versión embustera que del amarramiento se daría a la mañana siguiente sería
que, descalzos y a paso de lobo, habían en­
trado Emma, su novio y la negra por la puer­
ta del pasillo de comunicación interior, nun­
ca cerrada sino con picaporte, sorprendiendo
dormido al practicante, que, imposibilitado
de rebullirse ni gritar, despertó bajo el peso
de Lobera tapándole la boca, y tendido so­
bre su cuerpo y de Maka echada sobre
sus rodillas, mientras Emma anudaba por
debajo del catre la cuerda que contra éste lo
sujetó por la cintura. Que la misma Emma
había en seguida atado el segundo cordel pa­
sado sobre las rodillas, ayudando después
Maka a Lobera a inmovilizar brazos y cabe­
za. Y que, por último, mientras la negra re­
visaba y afirmaba las tres amarraduras, Lo­
bera y Emma le pasaron un pañuelo grande
por debajo de la barba, atándolo en lo alto
de la cabeza para imposibilitarle de abrir la
boca y de gritar.

19

Esto había de declarar el enfermero cuan­
do se descubriera la evasión, agregando que
Lobera le había sacado luego del bolsillo la
llave de la habitación del sentenciado, que
con él, Emma y Maka se marchó.
Cuando al ladino y doble cómplice de Abdel-Gahel y de Emma le fué explicado lo an­
terior, puso algunos reparos, pensando que
la historia parecería poco creíble cuando la
contara él; pero, como creíble o no, la corro­
borarían los otros, todo el mundo habría de
rendirse a la fuerza de cuatro testimonios
concordantes.
Mas todavía, antes de dejarse atar y amor­
dazar por Maka, tuvo la precaución de de­
volver a Lobera el dinero recibido de él, pi­
diéndole se lo guardara unos días; pues I03
gendarmes, que seguramente lo registrarían,
nada dejarían por curiosear en la enferme­
ría; y si le encontraban aquella cantidad, ni
ligaduras, ni mordaza ni todas las decla­
raciones del mundo convencerían a Bertier
de su inocencia.
Diez minutos después se quedaba solo aquel
tunante, tan incómodo en su penosa inmovi­
lidad como satisfecho del negocio que con
ella hacía.
— ¿Y no sería mejor— decía Maka a Lobe­
ra cuando salían de la enfermería— que de­
clarara ese hombre que lo han atado unos
desconocidos?
— No, porque como es tu niña quien ha
dado suelta al pájaro, diciéndole al portero
lo de la enfermedad de Don Gustavo, a estas
horas dormido como un lirón, y como no
vendrá médico ninguno, ni tu amo volverá
a ver su sidecar, todo el mundo conocería
que los desconocidos éramos nosotros.
— Pues es verdad.
*

*

*

Ni la excitación dejó dormir a Emma, ni
su novio pegó los ojos, por estar preocupado
ccn las posibles consecuencias de haberse de­
jado llevar del sentimentalismo, que lo arras­
tró al pedirle ella ayuda para aquella em­
presa en términos que hacían para él impo­
sible el rehusársela.
Porque la hazaña era indudablemente her­
mosa, noble, cristiana; pero, ¿qué pensarían
de ella la justicia y Bertier, encargado de
aplicarla? Pues tan evidentes excelencias no
bastaban a quitar a lo hecho el carácter de
gravísimo delito, en todos los códigos pe­
nales castigados con presidio.
¡Emma en presidio!... ¡Qué atrocidad!
¿Sería posible que Bertier tuviera corazón
para... La perspectiva de una ejecución ca­
pital la víspera d éla boda era tristísima, sí;
pero lo que la irreflexión de Emma y Pepe

20

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
avisar a Emma que necesitaba verla, con­
venciendo a ésta a las pocas palabras de que
lo mejor era confesar todo a Bertier, s.r per­
dida de tiempo, poniéndose en sus manos.
No ya en la cama, mas sí en panos meno­
res levantándose de ella, sorprendió Pepe
al capitán, quien, al oír que Emma necesi­
taba hablarle urgentísimamente, quiso es­
quivarlo, suponiendo le querría pedir demo­
rase la ejecución para dar tiempo de solici­
tar indulto, que él no creía oportuno; y no
aviniéndose a conceder la entrevista sino
después- que Pepe le hubo empeñado su pa­
labra de no tratarse del indulto, pero sí de
gravísimos hechos de los cuales no lo ente­
raba él por ser deseo expreso de Emma ha­
cerlo por sí misma.

les ponía delante, era terrible. Pues aun su­
poniendo que Bertier no se indignara, lo
cual era difícil, y aunque se conmoviera
¿qué podría hacer cuando en las inevitables
diligencias judiciales acerca de la fuga del
Bentenciado resultara probada la culpabill
dad de ellos?
,
Dando vueltas y vueltas a tan gravísima
situación, que si no tan clara, no dejaba de
ser vista también por Emma en aquellos mo­
mentos, pensó Pepe que si al día siguiente
comenzaba el capitán a hacer pesquisas y a
tomar declaraciones sin la menor sospecha
de lo que iba a descubrir, de nada seriarían
sus mejores disposiciones, dado que la jugarreta no se las disipara.
Por ello, tan pronto alboreó hizo a Malea

V
DONDE EMMA SE ENREDA EN EL CODIGO PENAL
—¿Qué cosas misteriosas son esas que so­
lamente usted puede revelarm e?-dijo Ber­
tier al entrar en el gabinete de la hija de su
amigo.
__Un delito cometido esta noche por Pepe,
mi ama y yo, que a mí, como inductora y
principal culpable, me toca confesar.
__ ¡Un delito! ¡Usted! ¿Está usted loca,
hija mía?
__ No, Bertier, no: lo estuve anoche; y aun
conociéndolo hoy, no puedo arrepentirme
sino de haber mezclado a Pepe y a Maka en
mi locura de hacer evadirse al condenado a
muerte.
__ ¡Canario!... Pero ¿se ha evadido? ¿Es
verdad? ¡Y ha sido usted!... Pero, criatu­
ras, ¿no han pensado ustedes que eso es un
delito gravísimo?
__Si, Bertier, lo hemos pensado; pero des­
pués de cometerlo— contestó Pepe.
— Haga usted conmigo lo que quiera—
agregó Emma, echándose a llorar.
__ Que haga lo que quiera... ¡Insensata, in­
sensata! ¡Qué más querría yo que poder ha­
cer lo que quisiera! Pero ¿cómo?, ¿cómo ha
sido? ¿Cómo han hecho ustedes esa barba­
ridad'’
El relato, comenzado por Emma y co tt'naado por su prometido, por estar ella tan
asustadísima que no lo pudo terminar, fué
en todo veraz, salvo en la parte fantaseada
para cumplir a! enfermera la formal prome­
sa de librarlo de responsabilidad, pareciéndole todo tan extraño a Bertier que exclamó'
— ¿Que Emma ha cooperado a ese atraco,

amarrando por sus manos a un hombre?...
Imposible; eso no puede ser verdad.
__Sí, si lo es; pero era para salvar al sen­
tenciado. Y al carcelero lo atamos sin ha­
cerle daño— respondió inocentemente la
avergonzada y turbada muchacha.
— ¡Y usted, Lobera!... Usted, que estaba
obligado a tener el seso que le faltaba a ella,
¿cómo ha podido consentir, ayudar?... ¿Cómo
no me ha prevenido, y cómo no ha evitado
a esta niña esta terrible situación? Usted es
el más culpable.
— No, Bertier, no: él no.
—Tiene usted mil razones; pero me pedía
la vida de ese infeliz en pago de la que a ella
le debo, y no pensé, no pensé.
—¿Y qué hago yo? ¿Qué hago?... Porque
el hombre que está amarrado allí declarará,
y declarará el portero; y esas declaraciones
habrán de consignarse por escrito... Si a lo
menos pudiéramos cogerlo todavía... ¿A qué
hora y en qué dirección escapó?
—Eso no se lo digo a usted. No quiero que
lo maten.
— Sigue usted loca, Emma... Sí, loca, loca;
pues aunque lo que hace sea sublime, es una
locura— dijo conmovidísimo el gendarme,
que en seguida agregó: —Y yo no puedo
hacer ostensiblemente nada, Lobera: usted
comprenderá que mi cargo y mi deber...
— Por mí, Señor Bertier, no habría dicho
a usted nada. Pero por ella, por ella... Si
usted...
— Si yo, si yo... Es fácil de decir cuando
dentro de dos horas, al ir a buscar al preso

POLICIA TELEGRAFICA
para ejecutarlo, se encontraran mis gendar­
mes, en lugar de él, con el carcelero atado...
No sé, no sé...
Venga, Lobera, vamos a ver si Dom Héc­
tor, ¡bueno se va a poner cuando lo sepa!,
nos saca del atasco... Si él... Porque yo no
puedo intervenir en nada; yo no debo saber
nada...
Al decir esto, llegaba ya Bertier a la puer­
ta desde la cual se volvió hacia Emma di­
ciendo:
—Hija mía, usted habrá hecho una her­
mosa obra de caridad; ese canalla la esta­
rá agradecido; pero esa caridad me hace a
mi un flaco servicio.
Lobera iba mudo y contrito, sin rechistar
a los reproches y recriminaciones del capi­
tán, que tan pronto conmovido con el teme­
rario arranque de Emma, como furioso con
su insensatez y aterrado de las consecuen­
cias, desfogaba su cólera en aquél.
— ¡Bonita, bonita situación! Se han hecho
ustedes un precioso regalo de boda... Pero
usted, usted... Se ha lucido; puede estar­
le ella agradecida a su condescendencia...
Es inconcebible que un hombre... Merecía
usted...
¡Anda! Allí sale ahora Don Gustavo de
su cuarto. Corra, hombre, corra... ¿No ve
que hay que meterlo en la cama ahora mis­
mo, para que no lo vea nadie; que es nece­
sario que se ponga malísimo, y que yo no
puedo saber nada de eso?... Corra, acuéste­
lo a la fuerza y dígale que es preciso enga­
ñarme.
Salió Pepe como una flecha, y muy alegre,
pues el encargo recibido demostraba que, con
toda su indignación, y a hurto de su orde­
nancista severidad, ya estaba el veterano
buscando modos de que lo sabido por el
sensible Bertier no llegara a oídos del aus­
tero gendarme: que al darse, por su parte,
también cuenta del alcance de haber parti­
do de él la ocurrencia de encamar a Don
Gustavo, prorrumpió en espantosa retahila
de tacos y vocablos, al ver salir al otro dis­
parado a cumplir la comisión.
Mientras Bertier proseguía su camino, al­
canzaba Pepe a Don Gustavo, se arrojaba so­
bre él, y a fuerza de empujones, y sin nin­
guna explicación, lo hacía volverse atrás y
lo metía en volandas en su cuarto, diciendo:
—No se extrañe; perdone: es muy urgen­
te, urgentísimo... Luego le explicaré; pero
vuélvase, vuélvase ahora mismo; métase en
su cuarto antes que lo vea nadit.
—No hace falta; ya me ha metido usted.
¡Caracoles!
- No pierda tiempo—prosiguió Pepe, ce­
rrando la puerta—. A la cama, a la cama.
— ¡A la cama! ¿Porqué? ¡Qué desatino!

21

—Acuéstese inmediatamente.
— ¡Porra, con los modales! Pero ¿es que
va usted a desnudarme?
No perderemos tiempo refiriendo las ex­
plicaciones de Lobera al médico, que en
cuanto se enteró de la hazaña de la tímida
Emma y del estado del conflicto, comenzó
por asombrarse, resignándose luego a me­
terse en la cama, a ponerse gravísimo y a
fingir que engañaba al capitán; porque tan
indiscreto fué Lobera que, a condición ae
que Don Gustavo lo callara, le confió los cíe­
seos de aquél de dejarse engañar.
Cuando Bertier llegaba a la puerta de las
habitaciones de Ducery, iba despotricando
por lo bajo:
— ¡Maldita niña! ¡Imbécil novio!... Y yo,
¡bonito papel para una autoridad!, converti­
do en encubridor de encubridores. No, eso
no puede ser... Pero tampoco puede ser que
yo encarcele a esos muchachos, y menos la
víspera de la boda... Lo que no puede ser es
que yo envíe a galeras a esa pobre criatura,
por su buen corazón y no saber de leyes.
Pero el aprieto es gordo... ¡Las mujeres,
las mujeres!... ¡Jesús qué cosas hacen
las mujeres!... Y las que hacen hacer. ¡Por­
que lo que ha hecho el novio, y lo que estoy
en camino de hacer yo! No, la tal Emma
merecía un escarmiento. ¿Porqué diablos
habrán quitado de los códigos el castigo de
azotes? Tan bien como vendría ahora..
Llegado a este punto, se cambió en diálo­
go el anterior monólogo al •entrar el mono­
logante en el despacho, donde ya estaba tra­
bajando Don Héctor, el cual se levantó de
pronto y muy molesto al oír de improviso:
—Buena me la ha hecho la angelical
Emmita, esa mosquita muerta. Como usted
no lo arregle...
—¿Qué dice usted, Bertier? Tenga cuenta
cómo habla de mi hija.
— Su hija de usted ha preparado y ayu­
dado la evasión consumada del sentenciado a
muerte. A ella la tienen sin cuidado senten­
cias, tribunales y códigos.
Asombro de que Emma hubiera tenido la
idea y la osadía de realizar cosa tan grave
enternecimiento al comprender los hermosos
impulsos que la habían ofuscado, espanto de
las consecuencias, y cólera de aquella rebel­
día a toda ley no dictada por el corazón, fue­
ron las sucesivas impresiones que precipita­
damente asaltaron a Duvery.
Cuando en rapidísimo relato le informó
Bertier de lo acaecido y de la cooperación de
Lobera en la insensata empresa, la ira
del padre se revolvió contra el futuro yer­
no, descargando sobre él cuando llegó con

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la noticia de quedar Don Gustavo ya en la
cama.
.
.
,
Aguantó Pepe esta catilinana con igual
mansedumbre que el anterior chaparrón de
reconvenciones de Bertier. que esta vez ata­
jó el desahogo de Don Héctor diciéndole que
no perdiera tiempo; pues era muy urgente
que entre él y Lobera se arreglaran de modo
que al entrar los gendarmes en la enferme­
ría a buscar al condenado, no encontraran
allí al practicante amarrado por Emma.
— ¿Que mi hija ha amarrado a un hom­
bre? Usted está loco.
— Pregúnteselo a ella, y a éste, que se lo
tenía sujeto... Pero ahora no hay .tiempo de
perderlo en discusiones. Como yo no puedo
encubrir delitos, ni dejar de perseguir a los
culpables, es peciso evitar que me los pon­
gan delante... Yo tengo que aplicar la ley,
y únicamente si no hallara a quien tomar
declaración y mis pesquisas fracasaran ante
una evasión misteriosa...
— ¡Ah! ¿Usted nos aconseja?
— Señor Lobera, yo no aconsejo nada...
¡Pues no faltaba más!— contestó Bertier con
muy mal modo, y se marchó dando un por­
tazo. Pero al medio minuto volvía, entre­
abría la puerta y tornaba a cerrarla y a mar­
charse, pero después de haber dicho;
— Duvery, yo me voy a mi cuarto, de don­
de no saldré hasta minutos antes de las diez,
que enviaré a los guardias a buscar al
preso.
Lo primero que en cuanto se quedaron
solos decidieron el padre y el futuro de la
delincuente fué ir a la enfermería. Por el
camino enteró el último al primero del ver­
dadero papel desempeñado en la fuga por er
practicante y de obedecer la farsa de la ama­
rradura a terminante decisión de Emma de
no comprometerlo, garantía sin la cual no
habría él facilitado la evasión. Apenas lle­
garon a la enfermería desataron al hipócri­
ta aquél, entablando los tres viva conversa­
ción, en la que, percatándose del apuro de
los otros, sacó el muy granuja a Duvery,
por los nuevos servicios que iba a prestar,
otros cinco mil francos sobre los que Lobera
le tenia guardados, y le devolvió entonces.
Seguidamente entraron en la habitación
que había ocupado Ben-Cassim, haciéndose
el tunante el sorprendido de hallar en ella
la sierra de pelo y el traje de daza por él
allí llevados para emplear una y otro en el
primer plan de evasión: hallazgos que a Du­
very y a Pepe les hicieron cruzar miradas
de inteligencia, por pareoerles imposible
que allí estuviera aquello sin la complici­
dad del practicante; pero necesitando de
éste se callaron.
Efectuando por sí lo que él mismo propu­

so en pocos minutos dejó el argelino corta­
do el candado de la ventana, entornadas las
hojas de ésta, de modo que desde afuera pa­
recieran cerradas, y el candado caído en el
suelo junto a la sierra con que fué aserrado.
En seguida se vistió el traje de daza para
Cassim traído, se embadurnó la cara con el
menjurge negro para éste preparado; y des­
pués de cubrirse aquélla hasta los ojos con
el litzam, subió detrás de Don Héctor y
Pepe al despacho del primero, a recibir la
convenida cantidad y un volante con mem­
brete y sello de la Compañía, que falseando
su personalidad, había de servirle de salvo­
conducto al escaparse de la Residencia, y en
el cual certificaba el Director que Kafi-kafi,
daza de Borkú, cesaba de trabajar de jor­
nalero en las obras del ferrocarril, donde ha­
bía observado buena conducta.
— Y que no te volvamos a ver por aquí en
todos los dias de tu vida.
— Descuide, Señor Director. Pero todavía
falta que me indique usted qué camino debo
tomar.
— El que te dé la gana.
— No, no, señor: necesito irme por donde
esté seguro de no ser perseguido por los gen­
darmes; pues si me cogen me harían decla­
rar, y sieria un contratiempo.
— Es verdad... Como ellos supondrán que
el preso y tú procuraréis huir al otro lado
de la frontera de la Nigricia inglesa, lo pro­
bable es que os busquen por ahí.
— Entonces me iré al Borkú, que es lo
más natural, puesto que esa es la tierra del
Kafi-kafi del certificado— dijo al marcharse
el practicante, agregando:— Ya lo sabe, se­
ñor; por ese lado no pueden ir los gen­
darmes.
No consiguió reprimir Duvery un movi­
miento de cólera al ver con qué descaro ha­
cía el bribón alarde de su forzada complici­
dad con él; pero se reprimió, por no tener
otro remedio que tascar el freno.
Salió el fingido daza del despacho y del
edificio, seguido a distancia por Don Héctor
y Pepe, inquietos hasta no verlo fuera de la
Residencia; se dirigió a la barrera del recin­
to, abierta entonces por ser hora de constan­
te entrada y salida de empleados y obreros,
y como uno de tantos la traspuso, tomando
con toda calma el camino de la aldea.
¡Gracias a Dios!— exclamó Duvery—
¿Sabe usted lo que le digo, Lobera?
— ¿El qué, Don Héctor?
Que Emma y usted han sido unos cán­
didos exponiéndose innecesariamente.
Si, sí: ya entiendo; porque sin necesi­
dad de nuestra ayuda tenia ya preparada
ese pillastre la evasión que nos ha vendido.
Está bien claro: ese traje, la sierra de

POLICIA TELEGRAFICA
pelo, la rapidez con que sin pararse a medi­
tarla nos dió la solución del candado y la
ventana...
— SI; pero no hay que decírselo a Bertier,
pue3 le daría más coraje que se le escapen
dos en vez de uno.
— Desde luego, amigo Lobera. Y ahora,
mientras voy a avisarle de que ya no halla­
rá quien le cuente las hazañas de mi hija;
váyase usted a tranquilizarla; pero dígale
que me tiene furioso: sí, furioso, furiosísi­
mo con ella... Y con usted también... ¡Boni­
to matrimonio! ¡Yaya un par, sin un adar­
me de seso entre los dos! La niña encogida
liándose la manta a la cabeza, calzándose los
pantalones que usted debía llevar, y hacién­
donos a usted y a mí y al pobre Bertier
amontonar delito sobre delito, con los que
hay causa suficiente para enviarnos a los
tres a presidio... Sí, sí; dígaselo así, claro.
Y que no se me ponga delante hasta, has­
ta... Si no fuera porque mañana tengo que
llevarla al altar, no sé hasta cuándo no vol­
verla a verla.
Al decir esto, Duvery se entró en el cuarto
de Bertier, que paseándose nervioso, a gran­
des zancadas, en espera de aquél, iba pen­
sando ya que tardaba demás, y repetía en
alta voz a cada tranco:
— ¡Malditas mujeres! ¡Malditas mujeres!
— Amén, Bertier, amén. Somos de la mis­
ma opinión. Tiene usted mil razones.
— Bien... Pero ¿qué hay del hombre a
quien amarró la dulcísima Emmita?
— Está ya fuera de la Residencia, y las
apariencias de la fuga arregladas, como us­
ted quería, misteriosamente.
Al oír Bertier que ya no encontrarla quien
declarara los delitos de que Emma era cul­
pable, dió un resoplido de satisfacción, pero
en seguida se disparó diciendo:
— ¡Que yo quería!... Yo no quiero nada.
Como si no fuera bastante hacerme el tonto
con lo que ayer ha hecho la hija, quiere
ahora el padre colgarme el muerto de direc­
tor de farsas para... para... Si hay misterios,
allá usted: yo no tengo nada que ver en
ellos: yo no puedo ni quiero intervenir en
nada. Con saber que ese hombre no está ahí,
sé bastante; no me diga usted más; no cuen­
te cosas que yo no debo oír.
— No digo nada, amigo Bertier... Unica­
mente, que si organiza usted la persecución
de los doS Jugados...
¡Ah! ¿Son dos los fugados?
— Yo creo que sí... y que haría usted mal
en buscarlos por el camino de Borkú, don­
de acaso podría topar con alguien intere­
sado en declarar cosas inverosímiles, patra­
ñas para despistar a la justicia.

23

— ¿Sí, eh? Muchas gracias por la adverten­
cia, Duvery.
— Yo creo que deben haberse ido camino
de Nigricia.
— Es verosímil: ese toman casi todos los
que por aquí cometen fechorías.
— Pues hasta luego.
A poco de separarse Duvery de Bertier,
ordenó éste sacar al preso de su encierro y
llevarlo a Techiasco, a dar allí cumplimien­
to a la sentencia, mostrándose sumamente
sorprendido cuando el oficial a quien había
dado aquella comisión volvió a participarle
que el condenado se había evadido por la
ventana, probablemente en complicidad con
su carcelero y en compañía de él; pues tam­
bién éste había desaparecido.
Corrió a la enfermería el capitán, y con tal
calor tomó el asunto, que en lugar de encar­
gar a ninguno de sus subordinados las pri­
meras diligencias y pesquisas, echó sobre sí
la faena de instruir el atestado; pues tratán­
dose de una evasión misteriosa, según su re­
petida frase tenía especial prurito en acla­
rar personalmente el misterio.
Lo primero que hizo fué llamar al portero,
preguntándole si había alguien forzado o
roto la barrera, o si en ella se advertían se­
ñales de que dos hombres la hubieran esca­
lado, a lo cual, claro es, contestó negativa­
mente el interrogado. Y cuando, en su deseo
de explicaciones, quiso agregar que la noche
anterior no había salido sino... lo interrum­
pió Bertier diciendo: “Sí, ya lo sé: un propio
enviado por el Señor Director: ya lo sé, ya
lo sé. Puede usted retirarse."
Probado así en las diligencias que los fugi­
tivos no habían salido por la barrera, se de­
dujo que se habrían escapado escalando el
parapeto; y no quedando por tomar declara­
ciones sino a los gendarmes que habían he­
cho centinela a la puerta de la enfermería,
una vez evacuadas y redactada el acta de re­
conocimiento de los lugares , fueron suspen­
didas las diligencias: a reserva de proseguir­
las si los fugados fueran aprehendidos.
Ni de la enfermedad de Don Gustavo, ni
del emisario enviado a Agadés, ni del des­
aparecido side-car del director constaba nada
en el atestado, pues ni palabra dijo nadie de
una ni de otros, y ya tuvo buen cuidado
Bertier de que no se mezclaran en los autos
estos asuntos con la evasión, de la cual eran
completamente independientes; y como lo
único que ya podía hacerse era enviar gen­
darmes en busca de los dos fugitivos en la
dirección presumible de su fuga, así se hizo,
con encargo de registrar la comarca y las
rutas situadas hacia el lado de la Nigricia.
Por último, una vez que a mediodía se di­
vulgó todo esto, se le pasó a Emma el susto,

24

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

y ya no se acordó en toda la tarde sino de
charlar, y charlar, y charlar con su novio de
la boda del siguiente día; pues, a decir ver­
dad, se preocupó muy poco con la cacareada
furia de su padre.
Estando tan gratamente ocupados y sien­
do ya las seis de la tarde, llegó un criado
cop una esquela para Pepe, que, abierta, re­
sultó ser de Don Gustavo, y hallarse con­
cebida en los siguientes términos:
Querido amigo: ¡Hasta cuándo tengo que
seguir en la cama? Como en vez de volver,
según me prometió, ha hecho uáted la del
humo, estoy, más que aburrido, inquieto con
lo poco que me dijo esta mañana.
— No me había vuelto a acordar de él—
dijo Pepe dando el billete a Emma, que ai
leerlo soltó la carcajada y preguntó:
— ¿Desde qué hora lo tienes encamado?
— Desde las siete o las siete y media.
— ¡Y son las seis! ¡Pobre Don Gustavo!
Anda, hombre, anda a sacarlo de la cama.
— Allá voy. Pero para lo que ya queda de
día podía empalmar hasta mañana.
Cuando Lobera hubo sacado de su blanda
prisión al recluido en el lecho, y referídole,

con detalles que antes no pudo darle, los su­
cesos de la víspera y el feliz desenlace en
que habían parado, dijo el médico:
— ¿Sabe lo que se me ocurre, amigo mío?
— Usted dirá.
— Que se va usted a casar con una niña
que le da quince y raya a su madre Eva.
— ¿Porqué?
— Porque Eva no le hizo a Adán comer
sino media manzana, y ella, no contenta
con hacerle a usted tragarse la ración que
complaciente se ha comido al ayudarla, ha
hecho que su padre, yo y hasta el mismo
Bertier nos atraquemos de manzanas... Díga­
selo, dígaselo de mi parte a ella.
*

»

*

A pesar de su indignación, no por ella dejó
aquella noche Duvery de dar a su hija el beso
de costumbre, y aun más apretado que solía,
porque pensaba, al dárselo, en que faltaban
pocas horas para que Emma dejara de ser
suya para ser de Pepe, y sentía el peso de
la melancolía indefinible que a todo padre
le produce el matrimonio de una hija.

VI
BERTIER DESCUBRE QUIEN ES NUÑEZ, Y EMMA, LO ANCHO
DEL CALOR
Al día siguiente del muy amargo que a Ber­ capitán nacían de noticias recibidas y pre­
tier dió la autora de la evasión de Ben-Cas- venciones hechas por su coronel al enterarlo
sim se casaron los novios y cómplices, co­ de que los diplomáticos rozamientos entre Pa­
menzando para ambos lo que solamente por rís y Londres, por cuestiones africanas, ha­
respeto a consagrada frase llamaré luna de bían llegado a punto que si ya no había traí­
m iel, pues ni la intensidad de los mutuos
do un rompimiento de hostilidades en las
afectos de los desposados ni el resplandor de
fronteras del Sahara, debíase al deseo de
felicidad en sus ojos brillante eran compara­
Francia y de Inglaterra de aumentar sola­
bles a la fría palidez de la luz reflejada por
padamente, cada una por su parte, sus pre­
nuestro satélite, sino a la fulgurante del Sol;
parativos bélicos, siendo uno de los propó­
y por si esto era poco, el Sol comenzó a ser,
sitos recelados de la pérfida Albión (y va de
a partir de la boda, frecuente objeto de sus
frases consagradas) el de fomentar el levan­
pláticas: tanto, que a no cohibirme temor a
ser tildado de estrambótico, cambiaría de tamiento mahometano contra los franceses,
cuya incubación ya no era en Africa para
figura retórica, llamando sol de miel de Pepe
nadie un secreto.
y Emma a la dichosa temporada vulgarmen­
Pero tal plan, muy en los hábitos de la po­
te llamada luna de ídem. Pero en luna se
queda mientras llega el osado con el atrevi­ lítica internacional británica, exigía separar
previamente de la conspiración a los mu­
miento que me falta para romper los moldes
clásicos y hacer revoluciones metafóricas, en sulmanes del Egipto y de los demás países
sometidos a la influencia inglesa, para lo
las que yo no quiero poner mano.
Se ha dicho ya que al regreso de sus ex­ cual ya habían comenzado gestiones encápediciones respectivas a Tafilete y al Congo minadas a atraérselos, mediante concesiones
políticas, predisponiendo a favor de éstas
traían Bertier y Manuel Lobera impresiones,
los ánimos de influyentes santones y caídes
muy buenas uno, malísimas el otro. Las del
el peso en sus bolsillos de no pocas libras

POLICIA TELEGRAFICA
esterlinas: palanca muy de antaño acre­
ditada de la diplomacia sajona.
Del fruto de tales maniobras y del tiem­
po en que cuajaran dependería que el con­
flicto armado sobreviniera en semanas
o en meses. Pero fuera antes o después, era
seguro que la ruptura de las hostilidades
obligaría a Francia a emplear la mayor par­
te de sus tropas del Sahara contra las In­
glesas en las direcciones de Egipto, el Sudán
y la Nigricia, y a esto obedecía la llamada
de Bartier a Tafilete, por la necesidad de
prevenirle que, pudiendo verse privado ino­
pinadamente de los refuerzos recientemente
recibidos, debia prepararse a combatir con
sus propios recursos el alzamiento en su de­
marcación, caso de que estallara, y esfor­
zarse en descubrir y apresar a sus presuntos
jefes, a fin de ahogarlo en los comienzos, y
mejor aún frustrarlo, a ser posible, de an­
temano.
Pensando en este último cometido, y gra­
cias a Manuel Lobera, hizo Bertier un des­
cubrimiento importante, que por lo pronto
le exacerbó el añejo coraje de que por re­
petidas veces se le hubieran escapado de
entre las manos los falsos Núñez y Pozo.
Una noche que en la tertulia de después
de comer se lamentaba el capitán de que, en
vez de Pozo, no hubiera sido Núñez el ca­
zado la noche del fracasado rapto, le con­
testó Manuel Lobera que debía estar equi­
vocado, pues el Núñez de quien hablaba no
debía ser el acompañante de Pozo, a quien
éste, al caer, había gritado que huyera, lla­
mándolo por un nombre, que sin duda a cau­
sa del inmediato efecto del cloroformo había
olvidado Manuel, pero que estaba cierto no
era Núñez.
Infructuosos por entonces sus esfuerzos,
hechos a ruego de Bertier, para recordar el
olvidado nombre, no se volvió a hablar de
esto, quedando convencido el capitán de que
él fugado era quien él decía, y afirmándose
en tal creencia al enterarlo Duvery de la
pasión del falso español por Emjna y de
su entrada en la Residencia disfrazado de
gendarme con anterioridad a la tentativa
de rapto.
Y en esto habría quedado el asunto, y se­
creta la personalidad del citado personaje,
a no ser por que, al encontrarse nuevamen­
te en Techiasco Bertier, de retorno de Ta­
filete, y Manuel, a la vuelta de su viaje al
Congo, hicieron el primero y Duvery con­
versación delante del segundo y de Pepe' de
que en todo y por todas partes se veíarr evi­
dentes síntomas de estar cercana la presen­
tida insurrección, siendo expresivo indicio
de lo avanzado de la propaganda hecha en­
tre la plebe el que las viejas canciones popu­

25

lares profetizando el advenimiento de jin
Vengador, semiolvidadas ya durante los úl­
timos años, volvían a oirse por doquier en
el Desierto.
— ¿Qué canciones son ésas?— preguntó
Pepe.
—Unas baladas que predicen la expulsión
de los europeos de Africa y el triunfo del
Islam— repuso Duvery.
—¿Pero ese vengador anunciad#?...
— Se vaticina que será un vástago del cé­
lebre caudillo de la terrible sublevación mu­
sulmana de 1940, a quien ellos llaman Abdel-Gahel el Grande.
— ¿Gahel, Gahel?... Es raro; yo no conoz­
co esas canciones; por primera vez oigo ha­
blar ahora de tal caudillo y del anunciado
vengador, y, sin embargo, yo he oído, no sé
dónde, pero he oído antes ese nombre.
— Y yo también creo haberlo oído, y tam­
poco sé dónde— dijo Pepe— . Y es extraño,
porque, aun llevando más tiempo que tú en
el Sahara, no he oído nunca esas canciones...
Tienen que ser aprensiones nuestras.
— No, Pepe, no: estoy cierto, completa­
mente cierto... ¿Dónde, dómde ha sido?...
¡Ah, ya lo sé; ahora me acuerdo! Ese es el
nombre que el árabe a quien yo herí, al
verlo entrar por el balcón, dijo, cuando al
lanzarse sobre mí para cloroformizarme,
gritó a su compañero: “ ¡Sálvate, Gahel; es­
tamos descubiertos!” Gahel se llamaba el
que huyó.
— ¿Está usted seguro, señor Lobera?—pre­
guntó Bertier, al mismo tiempo que Don
Héctor decía:
— Eso seria importantísimo y muy grave.
— Tan seguro que por eso sostuve contra
todos ustedes, al otro día del asalto noctur­
no, que el escapado no se llamaba Núñez.
Entonces no recordaba el nombre oído; pero
sí que no era ése; y ahora, al oír el de
Gahel, se ha reavivado claro y sin duda nin­
guna en mi memoria.
—Y en la mía, y en la mía— exclamó
Pepe— . Porque ahora recuerdo que ese mis­
mo nombre dió Pozo a Núñez cuando entre
los dos me apuñalaron en Tadelaka.
.
— Ya no me sorprende— agregó Bertier—
que lo mismo al huir de casa de Moyfsk que
en Tadelaka y en Techiasco se me haya es­
cabullido cual si fuera una anguila. Porque
supongo, Duvery, que usted no dudará ya de
que Núñez y Gahel son uno.
—No, Bertier, no; y lo ocurrido en esas
ocasiones afirma mi creencia, pues a un
Abd-el-Gahel lo han de esconder, lo han de
ayudar, por él han de morir hasta...
-—Hasta las rocas y las arenas del Sahara.
— No andábamos errados usted y yo cuan-

BIBLIO TECA N OVELESC O -CIEN TIFIC A

26
ñn va en Agadés sospechamos que ese tuno

era un jefe principal.
__Pero nunca creí lo fuera tanto ni tan
temible; porque en cuanto ese hombre que
además de atrevido, nos consta es inte­
ligente y culto cual ningún otro de su raza,
rompa su incógnito para unir a esas tuerzas
reales la incontrastable que la superstición
popular presta a su nombre glorios'o en todo
Africa,
noticia de haber suigido el presa­
giado vengador sacudirá y empujará a estos
pueblos como en las tempestades dei De­
sierto son impelidas sus arenas por el terri­
ble simún.
— Dice usted bien, Duvery; y mucho me
equivoco si las idas y venidas y las extra­
ñas citas de ese mozo no tienen por objeto
cerciorarse de estar la mina lista y en estado
de ponerle fuego.
__Sí, s í ; y como el estallido puede no
estar lejano y el prestigio de ese nombre es
muy temible, creo urgente se vaya usted a
informar de esto a sus jefes; pues prevenidas
las autoridades, acaso puedan organizar una
general batida para apresarlo antes de que
la rebelión estalle, o buscar medio de hacer­
lo pasar por impostor, que tal vez sea, o
cuando no, de hacer surgir, al mismo tiempo
que él, otro u otros fingidos Abd-el-Gaheles,
para que el pueblo los tome por embaucado­
res. Y como todo eso exige tiempo, no creo
deba usted ya perder ninguno.
Tan de perlas le pareció el consejo al ca­
pitán, que a la siguiente mañana tomó de
nuevo el camino de Tafilete para enterar a
su coronel del interesante descubrimiento
recién hecho.


*

*

Las favorables impresiones que de su via­
je a Stanley-Pool traía Manuel eran que
aquel colosal emporio de potencia hidroeléc­
trica rendía ya por entonces, y a reserva
de superiores aprovechamientos esperados
de las obras aun en curso de ejecución,
25 millones de kilovatios, o sea 34 de caba­
llos de vapor, y que el poderosísimo vol­
taje de 800.000 voltios al cual trabajaba
aquella central favorecía extraordinaria­
mente las inalámbricas transmisiones de
fuerza a remotísimos lugares.
Un libro entero podría llenarse con la des­
cripción de aquel ingente manantial de ener­
gía, de las estupendas obras realizadas en
él para capturar la encerrada en la corrien­
te del inmenso caudal del soberbio rio,
de los procedimientos inventados para
transportar la de sus cataratas, sin nece­
sidad de metálicos conductores, mediante
ondas etéreas, en cierto modo semejantes a
las de la radiotelegrafía, y sin que las pér­

didas de transmisión, al llegar a Techiasco
la vibración eléctrica portadora de la fuer­
za, pasara del 15 al 16 por 100. Porque no
solamente había la ciencia resuelto ya el
problema de lanzar inmaterialmente al es­
pacio la energía, sino el de hacerlo orien­
tándola en la dirección que se deseara para
llevarla por cima o a través de las nubes de
un punto a otro de la Tierra (1).
Como únicamente de la posibilidad de dis­
poner de fuerza mecánica para la remoción
de tierras e instalación de aparatos dependía
que en Techiasco se estableciera la fábrica
lieliodinámica, en los terrenos aledaños a la
Residencia se resolvió montarla en cuanto
hubo certeza de que tan pronto llegaran el
ingeniero y los obreros de Stanley-Pool y
montaran el receptor de ondas electromag­
néticas se podrían utilizar en el centro fe­
rroviario los 12.500 kilovatios
(17.000
caballos de vapor) por Manolo contratados
para el plazo de establecimiento y puesta en
marcha de los ingenios encargados de sus­
tituir, multiplicándolos, los hidroeléctricos
caballos del caudaloso río por caballos de
fuego sustraídos al Sol: téleo s pegasos, que
decía Don Gustavo.
Los días transcurridos hasta la llegada de
los citados personal y elementos fueron em­
pleados por los dos argentinos en concienzu­
da experimentación destinada a medir la in­
tensidad solar en aquellos parajes donde iban
a capturarla; dato que, naturalmente, era
la tase para sustituir sus cálculos aproxi­
mados por otros exactos del rendimiento en
el Sahara del método de que era inventor
Pepe.
Aun cuando sea somera, en breve hemos
de dar noticia de sus interesantes experi­
mentos; pero antes, y por estar relacionado
con el mismo asunto; vamos a ver cómo el
marido de Emma satisfacía las vulgarísimas
curiosidades de ésta relativas a la impo­
nente grandeza del manantial de potencia
que aquél se disponía a explotar: tema manoseadísimo por los recién casados en reite­
radas conversaciones, de las que es una
muestra la siguiente:
—Pero, Pepe, ¿es posible que sólo de esta
luz y de este calor solar que nos envuelven
puedan sacarse las fuerzas potentísimas de
que estos días os oigo hablar a todas horas?
(1) Entre los abundantes documentos de donde
Ignotus saca las narraciones de esta biblioteca no­
velesca científica, hay dos que se titulan The Coli­
jo Mechanical Power TYares, System (Sistema de
ondas de fuerza mecánica del Congo) y The Ri*¡!7 and Improring oj Stanley Pool Plant (Fun­
dación y progresos de la Central de Stanley-Pool—
196o , de donde, cuando el turno les llegue, po­
drá salir a luz cuanto abora se calla sobre tan
interesante asunto.

POLICIA TELEGRAFICA
¿Que solamente del sol llegado a las peque­
ñas extensiones de suelo que ñas acotado
para recogerlas puedan obtenerse las enor­
mes e incesantes propulsiones necesarias
para mover fábricas, arrastrar trenes, impe­
ler barcos, aeroplanos, dirigibles, iluminar
ciudades, caldear edificios; y que todo eso
sea realizable a inverosímiles distancias?
— SI, hija mía, si.
— Me parece mentira.
■ — Oyeme y lo comprenderás. De muy se­
rios estudios hechos, no en el Sahara, sino
en países templados, donde el sol tiene fuer­
za muchísimo menor que la del que aquí, no
templa, sino abrasa los cuerpos de quienes
a él se exponen, resulta que un hombre de
mi talla, que en las horas del centro del día
toma el sol, recibe de él cantidad de calor
que en un minuto vale unas dieciocho y me­
dia grandes calorías, también llamadas calorías-kilogramos.
— ¿Qué es eso?... No te entiendo. Dimelo
en grados del termómetro.
— No puede ser, monina; porque el grado
termométrlco no representa, aunque ello te
sorprenda, tt?io cantidad de calor, sino la me­
dida no más de uno de los elementos que
la integran, en lo cual es análogo al metro,
pues el número de metros de una tela no
representa por si solo una cantidad real de
tela.
— Continúo no entendiendo; y aun me pa­
rece que no tienes razón, porque en tres me­
tros de alfombra siempre hay menos alfom­
bra que en diez.
_Te equivocas, Emma: con sesenta me­
tros de una de medio de anchor no tendrías
bastante para cubrir el piso de esta habita­
ción, y con veinte de dos metros de anchura
te sobraría: y si además una es delgada y
o t o gruesa'...
^ -V a ya una gracia; si lo tomas asi.
_Pues asi hay que tomarlo: lo mismo con
la alfombra que con el calor, respecto al
cual no da el termómetro sino el largo o el
alto, siendo preciso, para saber cuánto hay,
medirlo a lo ancho.
— ¿Lo ancho del calor?
— No te extrañe la frase, que pronto en­
tenderás. Aquí tenemos un cacharro de ca­
lentar agua en el cual cabe un litro, y de­
bajo de él este infiernillo. Cógelos y vámo­
nos con ellos a la cocina, donde prenderemos
fuego al alcohol para que, mientras prepa­
ramos con otras vasijas un sencillo ex­
perimento térmico, rompa a hervir el agua.
Pasando el brazo por la cintura de su mu­
jer, la sacó Pepe de la habitación, y hasta
le dió, antes de salir al pasillo, media docena
de besos, completamente independientes del
experimento, pero para él y ella más intere­

27

santes que la pendiente demostración
térmica.
Por el camino tomaron un termómetro de
los usuales en el Sahara, cuya escala alcan­
zaba a sesenta y cinco grados, y una vez en
la cocina, y enterado Pepe de que diez litros
era la cabida de una gran olla puesta con
agua al fuego, ordenó a un pinche que des­
colgara dos grandes barreños, en cada uno
de I03 cuales hizo verter otros diez litros de
agua fría del depósito para el servicio de la
cocina, la cual estaba, según dijo el termó­
metro, a treinta y cuatro grados; e introdu­
ciendo aquél en la olla arrimada al hogar,
lo vió subir a sesenta y ocho.
Mientras tanto, el agua calentada en el
infiernillo había roto a hervir.
— Vamos a ver, Emma: aquí tienes un li­
tro de agua a cien grados, y aquí diez a se­
senta y ocho. ¿En cuál crees tú que hay
más calor t
— Pues claro está: en el agua hirviendo.
— Entonces, al verter ese litro hirviente
en uno de los barreños a treinta y cuatro
grados deberá subir más la temperatura en
él que en el otro donde vamos a echar los
diez litros a sesenta y ocho grados...
— De eso no estoy ya tan segura, porque
en la olla hay mucha más agua que en el
cazo del infiernillo.
— ¡Ah! Parece que vas viendo que la can­
tidad de agua es aquí lo que la anchura de
la alfombra de antes, y que si bien en cada
litro a sesenta y ocho grados hay menos ca­
lor que en el litro a cien, no hay tanto en
éste como en los diez a sesenta y ocho...
— Si..., me parece; pero no estoy segu­
ra...; aunque sí, sí...
— Para ponértelo aún más claro realicemos
las mezclas.
Efectuadas éstas, dijo Pepe, después de
sumergir el termómetro en los dos recipien­
tes:
— En cada lebrillo teníamos antes iguales
cantidades de calor: las contenidas en los
diez litros de agua de uno y otro a treinta
y cuatro grados. Ahora hay en éste el calor
correspondiente a veinte litros a los cincuen­
ta y un grados a que la mezcla ha resultado,
mientras en el que hemos echado el litro de
agua hirviendo sólo tenemos el calor con­
tenido en once litros a los cüarenta grados
que en ella marca el termómetro (1), lo cual
prueba que el calor agregado al primer ba­
rreño es mayor que el aumentado al otro, o
sea que en diez litros a sesenta y ocho gra­
dos hay más calor que en uno a cien. Ya
(1) Tales son las temperaturas a las que, des­
preciando el calor absorbido por los vasos y el
Irradiado, honduras en las que Pepe no quería
meter a su disclpula, debían resultar estas mezclas.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFÍCA
yes cómo el termómetro nada dice por sí
solo, pues la temperatura no da sino la altu­
ra del calor.
—Es verdad, es verdad, ya lo veo, y ade­
más lo comprendo.
— Pues ahora ya puedes comprender lo
que significa decir que una caloría grande
es la cantidad de calor necesaria para ele­
var en un grado la temperatura de un litro
de agua: de donde resulta que el calor que
con ese kilogramo de agua hirviente hemos
hecho pasar de él a los diez de un barreño

ha sido de sesenta calorías (40-34 grados de
aumento multiplicados por diez kilogramos),
y el comunicado a los diez del otro barreño,
ciento cincuenta (49-34 multiplicados por
diez). Esos mismos calores son los perdidos
por el agua caliente añadida a la fría de
una y otra vasija.
Y en esto se quedó la lección de aquella
mañana; porque al volver el profesor y la
disdpula a sus habitaciones se distrajeron
en otros temas más entretenidos.

Vil
VARIAS MARAVILLOSAS VULGARIDADES ASTRO-FISICAS
Vulgaridades son para los sabios lo que
para Emma maravillas... Para Emma, y has­
ta para los sabios mismos, a quienes los
fenómenos de la Naturaleza les parecen
vulgares sólo por lo notorio y familiar de
su existencia para ellos que acaso se ma­
ravillan más que Emma Si piensan en las
fuerzas que los engendran.
Justificada con el anterior párrafo la apa­
rente antinomia del título del capítulo, vol­
vamos a las curiosidades de la recién ca­
sada, que la misma tarde del día de los cazclefleys decía a su marido:
— Pepe, con tus tonterías de esta mañana
al volver de la cocina, nos quedamos en los
preliminares de tu explicación. Decías que
el calor solar recibido en un minuto por un
hombre en Buenos Aires, Madrid, Nueva
York, era no me acuerdo cuánto.
— Cerca de un tercio de caloría grande;
y aun cuando sepas ya lo que en calor vale
una, apreciarás mejor la enormidad, en otro
aspecto del recibido por un hombre en un
minuto, sabiendo que, convertido en fuerza
mecánica de modo análogo a como la locomo­
tora o los motores de los automóviles trans­
forman el calor que les damos, sería capaz
de levantar a plomo 127 kilogramos (o sea
más de once arrobas) a un metro de altu­
ra, o 12,7 a diez metros (1).
— A mí, que tengo tan poca, me parece
isa muy grande.
—Y lo es; porque equivale al trabajo que
un caballo de vapor (superior a un caballo

verdadero que nunca se fatigara) desarro­
lla en uno y dos tercios de segundo.
—Mira, Pepe, haz el favor de no burlarte
de mi. Es imposible que el calor que a mi
cuerpo llega en un minuto...
—Te doy mi palabra de que no bromeo;
porque si supiéramos aprovechar la enorme
potencia latente en el calor, recogeríamos
de cada kilogramo de hulla o antracita
fuerza mecánica con la que podríamos rea­
lizar el trabajo de un caballo de vapor du­
rante veinticuatro horas y cuarenta y cinco
minutos (1). Pero lo malo es que con ser
la máquina de vapor una de las invencio­
nes más portentosas del ingenio humano,
rara es la que devuelve en la hélice, la lo­
comotora o las herramientas por ella mo­
vidas, un 10 por 100 de la energía que en
calor de carbón se le entrega en el hogar
de la caldera.
— Lo que más me choca es oírte que ca ­
lor y fuerza sean lo mismo.
— Idénticamente no, pero sí diversos tra­
jes de una misma dama: la energía,
que además toma otras muchas figuras:
electricidad, luz, magnetismo, atracciones
químicas, etc., etc., de las cuales no te ha­
blo hoy para no marearte. Pero quedándo­
nos en ese calor recibido del Sol en un mi­
nuto, del que hablábamos antes, sabrás que
si en vez de trocarse en caballos de vapor
se convirtiera, también sin pérdida, en co„

(1) Hoy otra caloría, la pequeña, mil veces
menor que la grande, llamada caloría gramo, e
igual al calor necesario para elevar un grado' la
temperatura del gramo o centímetro cúbico de
agua.

1

\ ik

IÜ 1U U U

UC

i.500 calorías por kilogramo; pues éstas valen
,*il' ogrSmetros (425 ‘ por caloría) 6.662.500 que
dividido por 75, contenidos en un caballo dé va­
por, y por 3.600, que son los segundos de la hora,
dan el indicado resultado.
- »
carb6n f e mayor número de calorías, pues
■•500 es un valor medio de los fuertes.
V}

POLICIA TELEGRAFICA


rriente eléctrica, bastaría para encender
veinticinco bombillas de 50 vatios.
— Unicamente porque tú me lo dices...
Pero sabes que seria curioso sacar esa luz
de un caballero o de una señora, mientras
tomara el sol.
— Curioso, sí, pero algo más difícil que
la captura de la energía solar por mi sis­
tema, en el cual tomaré el calor directa­
mente de los rayos solares antes que me los
cojan esos señores.
__¿Y qué vas tú a sacar del sol que aquí
nos llega? ¿Calor, fuerza, electricidad?
__E nergía metamorfoseable en la clase de
ella que a cada necesidad de la humanidad
y la industria le sea precisa según casos,
mediante transformación de la potencia so­
lar en electricidad-/ agente intermediario
eminentemente apto para convertirse en
toda otra fuerza.
— Y podrás recoger mucha, ¿verdad? Por­
que, según lo que me has dicho, el sol que
llega al mundo entero debe contener mu­
chísima.
__Se han hecho diversos cálculos para
evaluarla: aproximados, claro es, pero' ra­
cionalmente aproximados. Y si esta conver­
sación no te aburre...
—No, no, al contrario: es muy intere­
sante.
— Pues de uno de ellos, que me parece
haber leído en una obra de Dolmage, resul­
ta que de estar el Sol cubierto de una capa
de hielo de 400 metros de espesor el calor
de aquél la licuarla en una hora.
—Mucho debe de ser; pero no me hago
cargo, porque me confunde la Inmensidad
del Sol.
— Para ponerlo más a la medida de nues­
tro pequeño mundo, te diré que a ser de
hielo en vez de tierra nuestra Tierra y ha­
llarse junto al Sol, la totalidad del calor
de éste la deshelaría en tres minutos y
medio (1).
— Pues todavía es para mi poco asequible
esa comparación, y si pudieras hacer un
esfuerzo para reducirla, no a la medida del
mundo, sino a la de quienes lo habitamos...
—El esfuerzo no necesito hacerlo, pues
hace tiempo lo hizo John Ericsson—inven­
tor de los barcos de guerra llamados moni­
tores— , quien, de muchos años de experi(1) El volumen de la supuesta envoltura de
400 metros de espesor en torno del Sol serla
18.45ri.674.128.000 kilómetros ctlblcos; el de la
Tierra es igual a 1.080.170.000.000 (claro que
todo en números redondos y aproximados), de
Sonde resulta, estableciendo nna sencilla propor­
ción, el indicado número de minutos necesarios
oara deshelar la hipotética bola de hielo igual a
nuestro mundo.

mentación, dedujo que el mundo recibe en
un día calor solar equivalente a fuerza me­
cánica, prepárate a asombrarte, de 841.660
millones de millones de caballos de vapor,
con los cuales podrían elevarse en un se­
gundo 145 millones muy largos (145.180.000)
de toneladas a un kilómetro de altura.
— Lo mismo que si nada me dijeras.
.—Acudiremos a otro símil; y suponiendo
posible la repartición entre la humanidad
de esos caballos, y hecho el reparto ya, re­
sultarla cada habitante de la Tierra agra­
ciado en él con 223.838.383 caballos: lo cual
quiere decir— dividiendo por los 84.400
segundos contenidos en veinticuatro ho­
ras— el trabajo de 259 caballos de vapor en
actividad incesante (1).
—No puede ser.
— Pues es, Emma: no te quepa duda.
— Pero si antes me has dado para cada
hombre una cantidad mucho más pequeña.
—Es que aquélla era la recibida en un
minuto en su propio cuerpo, y ésta la que
recogería en un día entero aprovechando la
total llegada al mundo.
—Ya... Pero entonces, ¿cómo, si a cada
hombre corresponde esa enormidad de
fuerza, siguen los hombres cavando con sus
brazos la tierra, realizando toda clase de
penosas faenas?
—Porque los sabios, capaces de evaluar
esa fuerza por la Naturaleza derramada es­
pléndidamente en torno de ellos—y que con
ser tan grande no es todavía cuanta del Sol
nos llega, pues en ella no se halla compren­
dida la de la gravitación, ni otras— no ha­
bían resuelto hasta ahora sino el problema
de medirla, mas no el de capturarla.
— Pero tú si, tú si lo has resuelto: tú
eres el más sabio de todos.
— Tonta.
*
— Tú vas a apoderarte de esos torrentes
de energía. ¿No es así como ñas dicho que
se llama?
— Sí; pero...
— Tú, Pepe mío, vas a dar a los hombres
todo eso, a libertarlos de la esclavitud del
duro trabajo muscular: es hermosa tu obra:
es soberbia la conquista que vas a realizar
de toda esa inmensa potencia.
— Para, para... Toda, no: una pequeña
parte, dando el primer paso.
—Es el más interesante... Para quererte
como te quiero no necesito yo sino que seas
mi Pepe: el que sin conocerlo aún, como ya
lo conozco, vi en Tánger por primera vez;
(1) Tomando paree población total del globo los
1.540 millones de habitantes que le asigna Vidal
de la Blacbe. Adoptando el cómputo de 1.640 miUones, de Justus Perthes. no resultan sino unos
241 caballos ; pero aun asi no es poco.

«

30

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

_¿Media mil millonésima?
_No te haces cargo, ¿verdad?
_No. Comprendo que es muy poco; pero
si antes no abarcaba lo desmesuradamente
grande, ahora no percibo esa imperceptible
pequenez.
—La concebirás en cuanto sepas que re­
Cuando pasó la distracción de los recién presentando la total energía irradiante del
casados, velada por los anteriores puntos Sol por la distancia que en Madrid habrías
suspensivos, Emma, que habla tomado el de recorrer para ir de la puerta del Palacio
Real a la de El Retiro, o en París desde el
gusto a aquella exploración solar, donde,
Jardín
de las Tullerías a la Plaza de la Es­
conducida por guia tan de su agrado, hacia
de cuando en cuando tan plácidos descan­ trella, quedarla representada la que nos­
sos como el de los citados puntos, volvió al otros disfrutamos por medio milímetro.
—¡Qué asombro!... Y oye: yo sé bien que
tema, diciendo:
— iQué grandiosidad la de esa lumbrarada el Sol es grandísimo; pero ¿cuánto más
solar capaz de producir semejante calor. grande que la Tierra?
—Para hacer otro igual a él sería necesa­
Increíble parece que un solo astro pueda
engendrar tan inconcebibles fuerzas, y ma­ rio juntar 1.283.720 mundos como este que
ravilloso es que, estando tan lejano, llegue tú me has convertido en cielo.
—¡Qué pequeños nosotros, qué inmen­
a nosotros sin disiparse ni perderse en el
camino toda su potencia. Creo recordar que so él!
—Nosotros mucho más pequeños y él mu­
me dijiste que el Sol dista de la Tierra 150
cho menos grande de lo que tú piensas.
millones de kilómetros.
—¡Menos grande!... ¿Pues qué mayor in­
—Si: esa es la distancia media; pero
yerras creyendo que los números que miden mensidad?
—No una, muchas: por ejemplo, la her­
el calor por el mundo recibidos del Sol ex ­
mosa estrella Arturo es 365.526 veces mayor
presen la totalidad del que produce.
e igual, por tanto, a más de 469.000 millo­
—¿Cómo? ¡Todavía más!
—Muchísimo más. El Sol no es un hor­ nes de Tierras; de donde resulta que si la
nillo ni un farol solamente encendidos para nuestra cupiera en esta sortija tuya, el aro
caldear e iluminar la minúscula Tierra, pues que abarcara al Sol habría de medir 1.083
calienta y alumbra otros mundos muchísi­ metros, y el que se ajustara a la redondez de
mo mayores, y su poder irradia al inson­ Arturo, 5.537 kilómetros largos.
dable espacio en todas direcciones.
— ¡Qué maravilla!
— ¡Ah, sí!: es verdad.
—Y en el Universo hormiguean soles mu­
—Claro. Cuando varias personas rodean chísimo mayores que Arturo.
una hoguera no acapara una sola todo el
— Basta, basta: a mi asombro le sobra
calor de ella,
ya con ese, y mi curiosidad pide ahora otra
—Verdad, verdad; el emitido por el Sol cosa.
tiene que ser mayor de lo que has dicho...
—¿El qué?
—Enormemente mayor. Imaginando tod-o
—Saber cómo es el Sol y cómo puede ar­
el espacio que circunda al Sol hasta la dis­ der y arder sin hacerse ceniza como todas
tancia a que de él nos hallamos encerrado las hogueras.
en una esfera ideal de esos 150 millones de
—No, no preguntas poco, y como la res­
kilómetros de radio y en cuyo centro estu­ puesta llenaría un libro, o, mejor dicho, lle­
viera é l; suponiendo después incrustados. na ya muchos libros, habrás de contentarte
en la superficie de esa esfera, y unos junto
a otros, mundos y más mundos del tamaño
del nuestro, para cubrirla por completo e
interceptar todos los rayos por el Sol lanza­ 109 150 m illones de kilóm etros de d istan cia m edia
dos serian necesarios 2.229.310.735 globos co­ de n uestro m undo al Sol, y dividiendo dicha su ­
mo este en que vivimos, cada uno de los perficie por la del circulo m áxim o de laj esfera
cuales recibirla iguales calor y fuerza; y
ec üo. lumauo como unidad en
la consecuencia es que la total energía so­ vez del m etro o el kilóm etro, el radio medio’ de
lar a nosotros llegada no alcanza ni a me­ la T ie rra (6.367 kilóm etros) y em pleando loga­
dia mil millonésima de la irradiada al uni­ ritm o s? lo uno y lo otro con objeto de no vol­
verse locos m anejando núm eros de dieciocho guaverso por el Sol (1).
pero ahora, además de quererte, te admiro,
me enorgullece que seas mío: y todavía
más ser tuya.
—Emma de mí alma...
—Pepe mío...

(1) Al núm ero 2.220.310.785 se llega calenlando el á re a de la esfera Ideal, cayo radio es

S Ñ S S s fillm - 0,bUlV°
« M O T Ü M jL 9,3481719

logarItm o esfera ideal
máXlm° terrestrC

dac r nr
il0“
a a p a ra Ia re,acI(5n busca­
da el núm ero 2.229.310.715 en el texto inserto,

POLICIA TELEGRAFICA

con el Indice dé alguno de los más breves
y vulgares.
Consta el Sol de un núcleo central donde
no penetra el telescopio, ñi del cual es pro­
bable lleguen rayos de luz (o de llegar lo
hacen del incógnito) al espectroheliógrafo.
— ¿Qué es eso, Pepe? Ya sabes que con­
migo no puedes abusar de terminachos.
— Un aparato que va más allá que el pris­
ma donde la luz blanca del día se des­
envuelve en el hermoso iris de las diversas
luces elementales, roja, anaranjada, amari­
lla, verde, azul y violeta, que la componen,
y en las cuales vemos escalonados los colo­
res de las llamas de los diversos cuerpos
incandescentes en el Sol: cada una con los
suyos y siempre con los mismos; un apa­
rato mago que, además de deshacer la ma­
deja enmarañada de todas esas luces, las
fotografía separadamente, delimitando cuan­
do lo hace las zonas del astro donde cada
una brilla, y trazando, por tanto, los mapas
de las diversas regiones de aquel ígneo
océano en donde arden este o el otro
cuerpo.
— Cuando quiera trabar más amplio cono­
cimiento con ese espectronosequé, te pediré
que me lo expliques; pero ahora vuélvete
al Sol, que es 16 que en este momento me
interesa (1).
— Está bien: me atendré al índice, pres­
cindiendo de notas. Decía que el núcleo— a
altísima temperatura, verosímilmente supe­
rior a las medidas en la sup°rficie solar— se
supone formado por una masa gaseosa; mas
la presión inconcebible, inmensurable, rei­
nante en el centro del astro tal vez haga po­
sible que alguna parte de su centro se man­
tenga en estado de líquidas lavas y aun
quién sabe si... voy a meterme en hondu­
ras excesivas.
Envuelve al núcleo lo que, llamado técni(1) El espectrohellógrafo, aparato por excelen­
cia para el estadio ffslco del So!, con el cual se
hace hoy el mapa fotográfico de la distribución
del calcio, el hidrogeno, el helio en la superficie
de dicho luminar, es Insustituible para el estudio
de los flOculos, de la cromoesfera y sus protube­
rancias. Con 01 realiza el Observatorio de Madrid
preciosos estudios, en los que corresponde Impor­
tantísima parte al astrOnomo Sr. Tinoco. Fué in­
ventado simultáneamente (cosa no rara en des­
cubrimientos científicos) por Hale y por Deslan­
dres, sabio director del Observatorio de Astro­
física de Meudon y presidente de la Sección de
Ciencias del Instituto de Francia, a quien su ami­
go Ignotus se complace en rendir aquí tributo de
admiración. En el observatorio de los jesuítas
en Tortosa del Ebro se realizan también Intere­
santes trabajos de física solar, dirigidos hasta ha
poco porl el sabio P. Cirera. y en la actualidad
por el P. Rodés, otra lumbrera de la Astrofísica,
trabajos que son allí cultivados desde muy .larga
fecha.

31

camente fotoesfera (de foto, luz), constitu­
ye la faz solar por nosotros vista, la luz que
los físicos llaman blanca. Es una profundí­
sima atmósfera de ígneos vapores cuyo es­
pesor no ha podido medirse, una acumula­
ción de nubes luminosas debidas al en­
friamiento y a la condensación que el frío
de los espacios siderales determina en los
gases ardientes desprendidos del núcleo;
pero enfriamiento dentro del habitual es­
tado incandescente de cuanto en el Sol se ha­
lla; y así, lo que en nuestros terrestres ce­
lajes las gotezuelas de agua suspendidas en
la atmósfera, son en las nubes solares las
vesículas de fundidos calcio, magnesio, hie­
rro, plomo, etc., etc.
— ¡Nubes de hierro, nubes de plomo flo­
tando en los aires!
— En los aires, no, pero sí en las alturas
de la fotoesfera, en la cual predomina, se­
gún supone Fleming, “carbono probablemen­
te condensado en gránulos o copos de ho­
llín” : claro es, Incandescente.
Por cima de la fotoesfera existe una del­
gada envuelta menos ardorosa que ella,
compuesta de resplandecientes y traslúcidos
gases de casi todos los cuerpos sólidos, lí­
quidos y gaseosos conocidos en la Tierra.
Cubre esta envuelta a la fotoesfera a modo
de delgado velo con espesor comprendido
entre 800 y 1.600 kilómetros.
— ¡Vaya una delgadez!
— Eso no es nada para el Sol, cuyo diá­
metro mide 1.383.272 kilómetros. Ese sutil
cendal, descubierto por el astrónomo Young
al observar en España— 1870— un eclipse de
Sol, es designado con el nombre de Zona de
inversión (1).
Sobre la zona de inversión flota la cromoesfera, equiparable a la parte de nuestra
atmósfera situada por cima de las nubes
terrestres. De color rojo escarlata y grosor
variable entre 8.000 y 16.000 kilómetros,
está fornada por gases no condensados;
principalmente hidrógeno y ázoe.
Al contrario de la fotoesfera, cuya apa­
riencia en el telescopio fotográfico o en el
espectroheliógrafo da la sensación de una
masa granulada que arde en calma, la cro­
moesfera semeja un mar de fuego agitado
por espantosa tempestad, sobre el cual se

(1) Rerersinp tayer, la llamó el descubridor, a
rausa del curioso fenómeno de que la luz de disha zona enciende con brillantes colores las ra­
yas negras que en el espectro de la fotoesfera,
descompuesta en el prisma, se manifiestan de un
extremo a otro de dicho espectro como hilos ne­
gros sobre la banda luminosa y coloreada de ma­
tices cambiantes gradualmente del rojo al violeta(Véase lo dicho en la nota de las páginas 32 y 33
sobre rayas obscuras del espectro de absorción.)

32

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

elevan ingentes oleadas, desmesurados surti­
dores de llamas de tornadizo aspecto, fla­
meantes penachos de variable altura.
Son las protuberancias, que no es raro se
eleven hasta 500.000 kilómetros sobre el ni­
vel medio de la cromoesfera, llegando algu­
na a 800.000 (veinte veces la vuelta al mun­
d o ): tal la observada en 1916 por Mr. Evershed en el Observatorio de Kodaikanal: so­
berbio airón solar donde las gaseosas lavas
ascendían a las cúspides de sus dardos fla­
mígeros con espantosa velocidad de 350 kiló­
metros por segundo, con la cual podría irse
de polo a polo de la Tierra, o del Perú a la
Siberia, en menos de un minuto (52 se­
gundos).
El estudio de la cromoesfera y sus protu­
berancias ha progresado gracias al espectroheliógrafo, que aísla la luz de unas y otras;
pues sin él apenas son visibles, porque casi
todas las radiaciones solares que a nosotros
llegan psoceden de la fotoesfera y en su
bnllo naufraga toda otra luz.
—¿De modo que esas protuberancias son
las célebres manchas solares? (1)
(1) Para Gnlileo y Scbeiner, primeros astró­
nomos que las descubrieron, fueron las manchas
motivo de perplejidad propia sobre su naturaleza
y origen, y de ajenas criticas; pues sus colegas
no se avenían a admitir que el clarísimo Sol 'es­
tuviera manchado, atribuyendo aquellas macas a
suciedad de las lentes de los aparatos de obser­
vación o a que tuvieran los observadores telara­
ñas en los ojos.
El examen de las manchas y la medición de la
velocidad con que se mueven sobre el disco solar
condujo al descubrimiento de la rotaciOn del Sol,
qué sin duda por el estado gaseoso de la fotoesfera y la cromoesfera, no es uniforme en todo
el astro, efectuándose en veinticinco días la de
su zona ecuatorial, y en veintisiete y medio la de
las equidistantes del ecuador y los polos.
Los crllteres invertidos que en la masa gaseosa
de la fotoesfera forman las manchas tienen una
parte central, llamada sombra, rodeada de otra
menos oscura, la penumbra. Sus formas son Irre­
gulares, y sus tamaños muy varios, siendo una
de las más famosas la observada a principios de
1892, elipse Irregular cuyos dos ejes median
150.000 y 100.000 kilómetros, y en cuya cavidad
habrían cabido setenta mundos como el nuestro.
El estudio de las manchas, de sus apariciones
y desapariciones y de su variable actividad es fe­
cundísimo para el conocimiento del Sol, y en es­
pecial de su actividad magnífica, muy sensible
en la Tierra e intimamente ligada con el fenó­
meno de las auroras boreales: punto sobre el que
no se insiste por haber sido ya tocado en otra
obra de esta Biblioteca: “ Del Ocóano a Venus".
Pert es curioso hacer notar que una de las ca­
racterísticas de dicha actividad, la de variar en
un periodo cíclico de intensificación y decreci­
miento, el cual se desenvuelve en once afios y
tres meses, no fu i descubierta por un astrónomo
profesional, sino por un mero aficionado a la As­
tronomía, el boticario Herr Schwabe, a quien le
filó la idea de Ir contando día por día las manchas
y? registrando sus progresivos crecimientos y de
crecimientos, llegando, al cabo de un estudio que

—No, hija mía: esas son obscuras y no
se observan en la cromoesfera, sino en la
fotoesfera, pareciendo ser hondísimos des­
garrones de sus abrasadoras nubes, por las
cuales se ve la incandescencia menos viva
del núcleo, que, aun cuando emite luz po­
tente, parece obscura en el contraste con la
fotoesfera.
Y además de estas manchas obscuras,
existen en la fotoesfera zonas más brillan­
tes que el resto, llamadas fócu los.
Por último, durante los eclipses y sola­
mente entonces percibe el telescopio y re­
gistra la fotografía astronómica una última
región llamada corona, que con formas irre­
gulares y extremadamente mudables pro­
longa los resplandores de la cromoesfera a
modo de aureola de melancólica luz perlina,
cuya intensidad mengua con la lejanía al
núcleo. Ese inmenso halo, solamente obser­
vable durante breves minutos en cada eclip­
se, se extiende— desigualmente, ya lo he di­
cho— , hasta llegar a veces a millones de
kilómetros. La materia (gaseosa, claro es),
de la corona es tan levísima que se la ha
comparado a la constitutiva de las colas de
los cometas.
—¿Y qué temperatura tiene el Sol?
—Hasta hace poco la mayor registrada
era la del hierro volatilizado en {licho as­
tro: 6.000 grados centígrados; pero recien­
temente se han medido en él temperaturas
de 7.300.
— ¿Y cómo? ¿Porqute nadie habrá llevado
allá un termómetro?
—Por la identidad de la posición de la
raya del hierro en el arco iris de la luz
del Sol, con la que en el espectro— que es
otro arco iris artificialmente engendrado— de
los resplandores salidos de un horno eléc­
trico de fundición, traza la luz del hierro
hirviente en él a dicha temperatura (1).

duró desde 1826 a 1851, a establecer el período
de la actividad de aquéllas, también relacionado con
la de las protuberancias y extensión de la corona:
es decir, con la total actividad solar.
(1) El primer espectro solar visto por el hom­
bre fué el arco iris, que desde Adán acá hemos
contemplado todos; pero quien primero obtuvo el
arco iris en un laboratorio de Física y lo estudió
científicamente fué Newton, aun cuando el análisis
verdaderamente fructífero de él no comenzó sino
erando en 1814 el astrónomo alemán Fraunhofer
descubrió hasta cerca de cuatrocientas rayas obs­
curas sobre sus diversos colores iluminados. Wol­
laston, Brewster y otros varios físicos han ido
descubriendo más y más rayas, que hoy llegan a
varios millares.
Para comprender el alcance de estas rayas, que
entre otras cosas, y en manos principalmente de
Kirchoff, Lockyer, Lorentz, Lord y Lady Huggins,
han dado medios de medir las más altas tempera­
turas de los hornos de fundición y de los cuerpos
celestes, de descubrir las materias de que éstos

Que Al-lah te premie, y que siempre te guar ió como esta noche te ha guardado

.

33

P O L IC IA T E L E G R A F IC A
— ¡Qué colosal hoguera!... Y de la causa
de ese calor, y desde cuándo existe y hasta
cuándo durará, ¿no podrías decirme algo?
— Sí, hija mía; pero hoy no, porque a es­
tas horas tu padre, Don Gustavo y Manolo
dtben estar ya sentados a la mesa, murmu­
rando de nuestro retraso y haciendo juicios
temerarios sobre la causa de él; pues de se­

están formados, de averiguar que no pocas estre­
llas que parecían al telescopio un solo astro son
Boles dobles, trip le s ; y de apreciar movimientos y
evaluar las velocidades de ellos en otros aparen­
temente inm óviles; para comprender, repito, el
alcance de estas rayas obscuras, conviene* saber
que los cuerpos sólidos y líquidos dan, cuando se
calientan hasta la ignición, espectros continuos;
es decir, bandas de luz diversamente coloreadas
de un extremo a otro de ellas.
P or ejemplo, calentemos en una habitación obs­
cura un trozo de hierro al rojo, y recibiendo su
luz en una pantalla, después de pasar aquélla por
el prisma, veremos, en vez, del espectro completo
de la luz solar con sus siete colores, un e s p e c tr o
in c o m p le to , donde sólo luce la banda roja. Pero
aumentada la temperatura de la barra, se obser­
va que, a medida que aquélla crece; van apare­
ciendo sucesivamente, en prolongación de la man­
cha roja, resplandores naranja, am arillo ; y cuan­
do el hierro llega al r o jo b la n c o , el espectro apa­
rece ya completo con los siete colores, de la luz
blanca del Sol.
Lo que con el hierro ocurre con todo cuerpo ca­
lentado al rojo blanco.
Mas no nos detengamos en esta temperatura, y
prosiguiendo calentando el hierro hasta elevarlo a
los 1.500 grados a que el metal se funde, reciba­
mos la luz del ardiente líquido en el prisma, el
cu&J nos hará ver en la pantalla que en dicha
luz subsiste el espectro luminoso continuo, aná­
logo al del Sol, salva la ausencia de rayas obs­
curas.
Aumentemos aun más la temperatura, hasta pa­
sar de los 3.300 grados a que la fundición hierve,
y en cuanto empiece a despedir vapores y sea ya
solamente la luz de ellos la que admitamos en el
prisma espectral, desaparecerá de la pantalla la
banda luminosa continua del espectro, y en vez de
ella se verán sobre fondo negro rayas sueltas
brillantemente coloreadas (siempre las mismas
para el hierro y siempre las mismas para cada
cuerpo) ; pero cuyas posiciones a lo largo de la
banda espectral dependen de/ la temperatura del
vapor, que en estado de gaseosa Incandescencia
traza un gran número de líneas brillantes en su
espectro.
El vapor de sodio (obtenido quemando sal co­
mún en un mechero Bunseñ) produce dos ama­
rillas : el de litio, las da ro ja s ; el bario, verdes; el
hidrógeno, tr e s : roja, verde y azul, etc., etc.
Esta diferencia, característica entre los dos es­
pectros luminosos continuos de sólidos y líquidos,
donde la luz no sufre Interrupción, sino tan sólo
cambio dei color de un extremo a otro de él, y el
discontinuo, de rayas brillantes sobre fondo obs­
curo, de los gases incandescentes, fué descubierta
en 1859 por Kirchoff, y en tal descubrimiento y
en el del e s p e c tr o d e a b s o r c ió n , nació el análisis

guro no han de atribuirlo a los respetables
motivos científicos quje la determinan. Y mu­
cho me equivoco si al vernos llegar tarde
no te da Don Gustavo una de las chirigotas
que tan colorada te ponen.
— Sí, vamos en seguida: me hacen muy
poca gracia esas bromitas.

químico espectral, la química estelar, y el mara­
villoso aparato de medida de movimientos y veloci­
dades de astros' que no son apreciados por el te­
lescopio.
Y vamos ahora con las rayas obscuras del citado
espectro de absorción :
Fotografiemos el brillante y discontinuo del va­
por de hierro y guardemos la prueba cual docu­
mento que registra la situación de las rayas lu­
minosas de dicho vapor.
Hagamos ahora que la luz blanca de un foto­
génico manantial cualquiera— cuerpo al rojo blan­
co, lámpara eléctrica, mechero iluminante— , cuyos
rayos luminosos produzcan elj espectro continuo,
pase, a n te s d e lle g a r a l p r is m a , a través de vapor
incandescente de h ierro ; y al mirar primero y
fotografiar después el espectro ahora obtenido, se
advierte ser una banda luminosa continua, pero
surcada (como la obtenida con la luz solar) de
rayas obscuras; y comparándolo con el brillante
discontinuo del vapor de hierro, se comprueba que
las rayas negrasi del que se acaba de obtener son
en el mismo número y están situadas en los mis­
mos lugares que las brillantes de aqu él: es decir,
que superpuestos ambos espectros, las rayas lu­
minosas del uno caen sobre lasi obscuras del otro.
Si en vez de vapor de hierro, fuera de sodio el
atravesad^ por la luz blanca, en el espectro se
verían dos rayas obscuras en la zona amarilla,
situadas en el lugar correspondiente a las dos
únicas brillantes de dicho color que produce -la
luz de aquel vapor cuando ella sola llega al
prisma.
Si hidrógeno fuera lo que se interpusiera, sur­
girían en el rojo, el verde y el azul las rayas
típicas de dicho g a s ; si vapor de litio, las rayas
estarían en el r o jo ; si de bario, en el carmín.
Este es el espectro de absorción, cuyo estudio
ha conducido al fructífero descubrimiento de que
al atravesar diversos vapores, pierde la luz blan­
ca los colores elementales propios de la luz de
cada uno de ellos.
Así, las rayas obscuras del espectro solar sig­
nifican que en la fotoesfera o en la cromoesfera
arden vaporizados los cuerpos que aquí quema­
dos en estado de vapor producen rayas brillantes
situadas a igual altura que las que se ven
en
dicho espectro s o la r; así se ha comprobado, hasta
ahora, la existencia en la fotoesfera de unos cua­
renta de los cuerpos simples de la Tierra, y así
Lockyer midió la temperatura del hierro que a llí
arde, a l encontrar en el espectro solar las mis­
mas rayas, Idénticamente situadas, sólo que ne­
gras, en vez de luminosas, del brillante del hierro
vapoiizado en el horno eléctrico a G.000 grados.
El espectro es, por tanto, el termómetro solar,
o mas bien estelar, y por él se ha sabido, además
de otras cosas que ahora sería prolijo relatar, que
produciendo algunas nebulosas espectros lumino­
sos discontinuos h a n d e s e r m a s a s g a s e o s a s .

3

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
34

Vili
el sol se mete en la nocturna tertulia de techiasco
Al entrar retrasados Emma y Pepe en el
comedor, fueron acogidos por Don Gustavo
con las consabidas bromas, rechazadas por
ella, protestando contra el mal pensado ga­
leno y la temeraria creencia de que a su
marido y a ella se les fuera la vida en ter­
nezas, carantoñas y mimos, cuando si lle­
gaban tarde era por haberse entretenido en
experimentos de alta ciencia: alta, a lo me­
nos para neófita como ella,
— Buenos habrán salido hechos, por dos
tórtolos entre arrullo y arrullo.
— No supondrá usted que nos fuéramos a
arrullar a la cocina en las barbas del coci­
nero y el pinche.
— ¡A la cocina!...
— SI, allí hemos realizado nuestros tra­
bajos heliohidráulicos.
— Calorimétricos, Emma.
— Es Igual, Pepe.
—Tiene razón; y que uno y otro son
nombres demasiado rimbombantes para esos
experimentos, que al ñn resultan guisos.
— Tan perspicaz está usted en eso como
en lo otro. Ni arrullos ni guisos: verdadera
experimentación científica. Ya sé lo que es
una colorína.
— Caloría, Emma.
— Da lo mismo, Pepe; el nombre es lo de
menos: lo importante es la esencia. Además
he aprendido una porción de cosas del Sol,
de las que probablemente no sabrá usted
jota: sé medir el calor a lo ancho, sé...
— ¡El calor a lo ancho!...
— ¡Ah! ¿No sabe usted lo que es? Pues
entonces, en lugar de burlarse, debía respe­
tar mi sabiduría.
—La respeto, la respeto; pues fuera de
mi anatomía y mi terapéutica soy un igno­
rante. Del Sol sé poco; tus calorías las co­
nozco solamente de oídas, y de esa anchura
del calor estoy completamente a obscuras.
— Más vergonzosa es todavía esa igno­
rancia— dijo Duvery— en un Ingeniero que,
como yo, anda siempre entre máquinas y
motores y en ensayos de carbón. Pepe, ¿qué
diablos quiere decir tu mujer con eso de “lo
ancho del calor” ?
—Que lo explique ella; y así le servirá
de repaso de la lección de hoy.
Con la ayuda, cuando se veía muy apu­
rada, de su marido, explicó Emrta los ca­
zoleteo« térmicos de aquella mañana.

__ Ya, ya entiendo— dijo su padre al aca­
bar ella de hablar.
__ Y yo te otorgo ya, sin regateos, título
de sabia— agregó Don Gustavo.
__ No, no: sería prematuro, mientras no
nos demuestre que también es capaz de me­
dir el calor a lo hondo.
— Pues, papá, me has dejado sin título.
Pepe, tú no me has explicado eso: por tu
culpa estoy haciendo un anal papel.
— No eres tú sola, porque ya has visto
que tu padre ignora qué es lo ancho, y yo
nada sé tampoco de lo profundo del calor.
— Vaya, vaya, todavía va a podier este
pobre mediquín hombrearse con los sabios.
— Bueno, papá, explica esas honduras.
— Vamos a ver: si los diez kilos a 34
grados del agua del lebrillo donde echaste
la que estaba hirviendo hubieran sido, no
kilos de agua, sino de aceite...
— ¡A h !— dijo Pepe.
— ¿H as caído ya?— le preguntó su suegro.

—Si.
— O si en el agua hirviendo hubieras metidc diez kilogramos de acero, también a 34
grados, ¿crees que aceite y acero se hubie­
ran calentado igualmente que el agua fría?
— Claro.
— No, hija, no: el calor contenido en igua­
les cantidades de substancias diferentes, que,
cuando por estar unas y otras a iguales
temperaturas decimos todos, y decimos mal,
que están igualmente calientes, no es el
m ism o ; porque si ese calor tiene igual al­
tura termométrica y la misma anchura de
un kilogramo en todas ellas, no tiene igual
profundidad. He dicho que decimos mal, por­
que lo más caliente es lo que tiene más ca­

lor, no lo que está a mayor temperatura;
pues ésta no es sino una de las manifesta­
ciones de él, o adoptando el pintoresco símil
de tu marido, una de sus dimensiones.
— Me hace usted el efecto de un prestidi­
gitador de ideas y palabras.
— Nada de eso, Doctor: Don Héctor tiene
razón— dijo Manolo Lobera.
— Pero ¿pretenderán ustedes sostener que
un kilo de agua, otro de aceite y otro de
acero, a cien grados los tres, no están igual­
mente calientes?
— Ni más ni menos, porque el kilogramo
de agua contiene más calor que el de aceite,
y el de éste más que el de acero. E n prueba

POLICIA TELEGRAFICA
de ello, y a reserva de que cuando le plazca
haga usted la prueba, yo le aseguro ahora
que si en tres barreños con diez kilogra­
mos de agua a 34 grados echa usted, res­
pectivamente, uno de agua, otro de aceite
y otro de acero a cien, subirá la tempera­
tura, en el primero, seis grados, en el se­
gundo—déjeme hacer un breve cálculo—■,
dos escasos, y en el tercero, menos de uno:
lo cual prueba que en el agua a cien gra­
dos había más calor que en el aceite y mu­
cho más que en el acero a iguales tempe­
raturas, puesto que calienta más la mis­
ma cantidad de agua a 34. En tales dife­
rencias estriba la profundidad del calor en
los diversos cuerpos. Supongo que ahora lo
verás claro, Emma (1).
— ¿Qué?... ¡A h !... Si, sí.
Emma no habla visto nada, pues ella y
Pepe estaban hacía rato a cien leguas de
aquella discusión térmica: tanto que su sor­
presa al oír la pregunta hizo soltar la car­
cajada a todos.
La anterior conversación se había des­
envuelto durante la comida, al final de la
cual fué cuando, entre sorbo y sorbo de café,
tuvo Duvery que echar mano al lápiz para
obtener las temperaturas de las mezclas.
Terminado el café, el Sol, héroe principa­
lísimo en el actual momento de esta his­
toria, ocupó y preocupó a todos en la tertu­
lia de aquella noche, dividida en dos gru­
pos: uno de preguntones, Don Gustavo y
Emma, muy atenta a cuanto se dijo para
no provocar con meras distracciones nue­
vas carcajadas, y otro de doctos, a cuyo
cargo corrían las respuestas, formado por
Duvery, los argentinos y los ingenieros
subordinados de aquél.
Bertier se había ya marchado a Tafilete,
y Raúl continuaba en Agadés; pues aun
habiendo ya terminado de adiestrar en su
nuevo cometido al capataz convertido en
lumitelefonista, continuaba allá por estar
preparándose, en compañía de Joubert (el
telegrafista que auxilió a Pepe a montar el
radiogoniómetro), para salir con el “ auto”
telegráfico destinado a corretear por el
Desierto en busca de estaciones clandesti(1) Llamaba Duvery profundidad térmica a lo
que los físicos denominan calor especijico de los
cuerpos, que es la cantidad de calor que cada uno
ba menester para aumentar su temperatura en un
cru do: 0.3096 para el aceite; 0,118 para el acero;
0,2374 para el aire.
Este último dato, unido al del peso del aire, 773
veces menor que el del agua, permite establecer
una curiosa equivalencia térmica, en virtud de la
cual resulta que con la cantidad de calor emplea­
da en elevar un grado la temperatura de un litro
de agua se eleva igualmente la de 3,261, o sea
más de tres y cuarto metros cúbicos, de aire.

35

ñas: pesquisa que espontánea y entusias­
tamente se brindó a realizar; pues su cu­
ñado no podía demorar por más tiempo los
trabajos die la explotación solar, ni cabía
confiar en el buen Joubert sino para manejar
su aparato; pero no para dirigir expedición
científica de índole tan delicada como
aquélla.
Preguntando unos, contestando otros, y
hasta sonando aquello a ratos a controver­
sia más que a explicación, contendieron en
ella sucesivas hipótesis por el mundo sabio
formuladas sobre las causas del calor so­
lar, y a relucir salieron los preclaros nom­
bres de Hemoltz, Lockyer, Kelvin, Huggins, Moulton, Young y el del glorioso Pa­
dre Sechi.
Invocando los conocidos fenómenos del ca­
lor desarrollado en todo choque y en toda
detención de un movimiento, de los cuales
son buenos ejemplos la rojez que invade
un carrillo violentamente abofeteado, el re­
calentamiento de los frenos de un tren, que
incendia a veces los vagones, la fusión del
metal de una bala detenida en un blindaje
que no puede atravesar, deducía un disertan­
te la temperatura desarrollada por cada ki­
logramo de aerolitos caldos en el Sol con
velocidades doscientas, cuatrocientas y aun
más veces superiores a las de una bala de
cañón; y habida cuenta de los innumera­
bles bólidos que allí caen a causa de la enor­
midad de la atracción solar y de las gran­
des distancias hasta donde se ejerce en el
espacio ifoblado de materia meteòrica, con­
cluía este calculista que no hacía falta más
para explicar la altísima temperatura del
centro de nuestro sistema planetario.
— Que la caída de ese crecidísimo número
de meteoritos ha de engendrar enorme calor,
es indudable— dijo otro de los contendien­
tes— ; pero de ello a erigirla en sola causa
del calor solar, hay un abismo infranquea­
ble; pues para ser así habrían de caer en
el Sol cantidades tan grandes de materias
externas a él, que en el transcurso de los
siglos históricos habrían ya producido, y
seguirían produciendo, aceleración— obliga­
da por las leyes de la Mecánica Celeste— en
la correlativa velocidad de traslación de
los planetas, con el consiguiente acortar
miento en la duración del año en cada uno.
Y como esto se halla en desacuerdo con la
permanencia inmemorial del año terres­
tre (1), parecía evidente al impugnador de
(1) La razón de por qué a mayor masa del
centro de gravitación planetaria habría de co­
rresponder crecimiento de la rapidez con que los
planetas giran en torno de él, es fácil de com­
prender.
Salva la diferencia entre la forma circular de

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aquella hipótesis que únicamente Hemoltz,
con su teoría de la contracción, Eabía dado
aceptable explicación sobre la causa esen­
cial de calor solar.
Preguntó entonces el médico en qué con­
siste dicha teoría, siéndole explicado que
la fuerza de la gravedad solar (veintisiete
veces largas la de la Tierra) produce en
su masa, no mengua, pero sí contracción
continua, equivalente a recalcamiento de
ella, debido a incesante descenso de las
partes externas del astro hacia su ardiente
núcleo, verificado con gran velocidad; pues
una masa igual a la de un hombre de 75
kilogramos pesa allí 2.025.
Al detenerse estas materias en la caída,
perdiendo su velocidad, ha de engendrarse
allí calor tan grande, que para compensar el
irradiado por el astro bastará, según cálcu­
los de la termodinámica, contracción que
la Orbita recorrida por una bola qoe al extremo
de una cuerda sujeta por la mano voltea en torno
de ésta cuando se la da impulso, y la elíptica de
los caminos de los planetas, existe semejanza en­
tre los movimientos de una y otros, que se conver­
tirla en identidad en cuanto, en vez de cuerda, su­
jetara la bola un resorte espiral de acero o un
cable de goma, que según fueran las cuantías de
la fuerza atractiva y la velocidad} rotatoria, se
alargara o se encogiera hasta equilibrar una con
otra.
Como resorte o goma tirarían de la bola, y la
harían caer sobre la mano a no existir la fuerza
que la impulsa en su movimiento circular, así con
la fiférza llamada gravitación, la atracción solar
tira hacia el Sol de los planetas, que^. no estar
animados de movimiento traslatorio, caerían en
aqlél, como la gravedad terrestre, idéntica a aqué­
lla, hace caer al suelo en el mundo cuanto en éste
no descansa en, sostén que contrarreste 6u peso o
no se halla animado de un rápido movimiento
traslatorio, que como el de la bola, el del proyec­
til o el del aflón, lo sostiene mientras persiste
la causa engendradora de su movimiento.
La fuerza de la gravedad depende de dos cosas:
la cantidad de materia contenida en la Tierra y
la que contienen los cuerpos que caen atraídos
por ella : la intensidad de la gravitación depende
de la masa solar y de la de cada uno de los pla­
netas, influyendo también en ambas fuerzas la dis­
tancia de los cuerpos entre los cuales actúan la
gravedad o la gravitación.
Si de pronto duplicara la Tierra su masa, y quien
no sepa qué es masa ponga en lugar de esta palabra
peso, todo cuanto en ella existe duplicaría el
suyo, cayendo con doble velocidad o requiriendo
doble fuerza para sostenerse. Por pesar más que
ella Júpiter y el Sol pesan allí las mismas canti­
dades de materia mucho más que aquí, y menos
en Marte, y aun menos en Mercurio, por tener
ambos planetas menor peso que el nuestro.
Dicho esto, consideremos un aeroplano con un mo­
to1 calculado para que su velocidad mínima pue­
da vencer la atracción de la Tierra y permitir
al aparato proseguir el vuelo; supóngase que es­
tando en marcha a esa velocidad crítica para no
caerse es sobrecargado con un peso de diez kilo­
gramos, por ejemplo, caídos de otro aeroplano que
vuela encima de él, y el resultado será que en
cuanto con tal peso adicional quede recargado ya

haga disminuir su diámetro en 55 centí­
metros por día, o sea, aproximadamente,
dos kilómetros en siglo.
Objetó entonces el partidario de la hi­
pótesis meteòrica que, de ser ésta inadmisitie, por no haberse advertido durante los
tiempos históricos acortamiento del año,
también sería inaceptable la de la contrac­
ción, por no haberse observado empequeñe­
cimiento del disco solar.
— Amigo mío— contestó Manuel Lobera— ,
es que la reducción secular de dos kilóme­
tros necesitará acumularse durante trece
siglos para valer una cienmilésima escasa
del diámetro del Sol, la cual no llegará a
hacerse perceptible para los telescopios sino
al cabo de seis mil años. Y como los per­
feccionados son de fecha muchísimo más
reciente, preciso es paa(en muchos siglos
antee de que puedan comprobarla (1).
será insuficiente aquella velocidad para arrastrar
el avión ; y una de dos : o caerá af suelo en caso
de no 6er posible aumentar la velocidad del motor,
o solamente incrementándola en proporción sufi­
ciente a contrarrestar c4| mayor peso se evitará
la caída.
El motor que empuja a los planetas en sus órbitas
anuales se llama fuerza de translación de ellos, y su
potencia, providencialmente regulada, es la precisa,
y solamente la indispensable para contrabalan­
cear la atracción del sol, evitando la caída en éste
de ellos.
En el caso del movimiento translatorio no po­
demos aumentar el peso solar de los planetas que
en el éter bogan como el del aeroplano en la at­
mósfera ; pero de crecer la cantidad de materia
contenida en el Sol, por efecto de las enormes can­
tidades de bólidos indispensables para engendrar
con sus caídas el calor de aquél en la hipótesis de
ser todo de origen meteòrico, aumentaría coq el
crecimiento de su masa la intensidad de su atrac­
ción sobre los planetas, por distinta causa,
pero con igual resultado respecto a dichos orbes
que en el aeroplano producía la sobrecarga de los
diez kilogramos : es decir, que para que los plane­
tas continuaran volando en el espacio, habrían de
hacerlo con rapidez suficiente a equilibrar sus ma­
yores pesos a lo largo de sus órbitas, las cuales
serían por ellos recorridas en menor tiempo, con
la consiguiente disminución en la duración del año.
Y si no la aumentaran, el resultado inmediata
sería que dichos mundos perecerían abrasados en
el Sol, pues caerían en él, como a la Tierra cae
el avión en cuanto pierde la velocidad indispen­
sable para sostenerse, como cae la bola que voltea
al extremo de la cuerda en cuanto amengua en
ella el impulso rotatorio.
He aquí explicado, un poco macarrónicamente,
porqué la Mecánica Celeste vota en contra de la
teoría del calor solar engendrado por la caída en
el Sol de materia cósmica, cuyo influjo es induda­
ble, pero en proporción incapaz de aumentar sen­
siblemente la masa de nuestro centro de atracción
gravitatoria.
(1) El diámetro del Sol es de 2.766.554 kiló­
metros (Flammarion), que, dividido por dos kilóme­
tros de contracción secular, da la relación------------1.383.272
base de las afirmaciones hechas por Lobera.

POLICIA TELEGRAFICA
—¿Y cuándo cesará el Sol de recalcarse?
— Cuando llegue todo él a tal grado de
solidez que ya no pueda continuar enco­
giéndose.
— ¿Y qué pasará entonces?—preguntó
Emma.
— Que comenzará a enfriarse.
— Y nosotros; es decir, nuestro mundo
con él... ¿No es así?
—Así es; pero no te asustes, y perdone,
Lobera, quite a usted la palabra, pues veo
la urgencia de tranquilizar a mi hija diciéndole que, con arreglo a esa teoría de
la contracción, habrán de transcurrir cien
mil siglos antes de que se enfríe el Sol al
extremo de no poder sostener las vidas ani­
mal y vegetal en este mundo.
—Y eso— agregó Pepe— sin contar con
que también han de contribuir a desarro­
llar calor en aquel astro licuefacciones de
sus gases y solidificación de sus líquidos,
debidas a las enormes presiones reinantes
en sus nubes; pues es notorio que dichos
fenómenos físicos son potentes manantiales
de energía térmica.
— Y a ello han de agregarse las acciones
de los cuerpos radioactivos que al ir des­
integrándose desprenderán calor como nues­
tro radio, y probablemente más de prisa y
más enérgicamente que aquí, por estar so­
metidos a excitaciones lumínicas, calorí­
ficas y eléctricas de la radioactividad in­
comparablemente más poderosas que las
obrantes en la Tierra.
—Oye, papá: ¿y no se sabe cuál es la edad
del Sol?
— Saberse, no; de cierto sólo Dios sabe
esas cosas; pero hace poco leí en una re­
visté científica que la teoría de la contrac­
ción da para edad del Sol la de diecisiete
millones de años.

37

— ¡Atiza!
—¿Y cómo no se ha quemado ya, después
de arder durante tanto tiempo?
— Tiene razón Emma: es inconcebible
que materias que se están quemando desde
hace tantos siglos no se hayan consumido
por completo.
—No, Don Gustavo; ni Emma ni usted
tienen razón; porque el Sol arde, pero no
se quema. Como en la fragua no se quema
la barra de hierro en ella enrojecida, aun
cuando en la fragua arda; como en la lám­
para de incandescencia eléctrica tampoco
se consume el ardiente filamento de car­
bón, osmio o tántalo que en ella resplan­
dece.
Y al caso es aplicable aunque no fuera
dicha para él la clásica y elegante frase
del místico que dijo:
Se encienden y no se queman,
Arden y no se consumen,
Apúranse y no se gastan (1).
— Ya.
—Porque aun siendo verosímil que en el
Sol se queme algo, ha de ser en muy peque­
ñas proporciones con respecto a la total
masa en conjunto incandescente, pero no
en combustión. No creo halle usted dificul­
tad ninguna en comprenderlo, Don Gusta­
vo. De ello hay infinitos ejemplos.
— Desde luego, desde luego; sin ir más
lejos, el de usted y Emma, que, abrasados
de amor, ni se consumen, ni siquiera se
encogen como el Sol. Y hasta es probable
crezcan y se multipliquen.
— Es usted incorregible—dijo la aludida,
enrojeciendo al oír la cuchufleta del doctor
y las carcajadas de los otros con que finó
la conversación y la tertulia.

IX
DUVERY HIJO “ DETECTIVE” TELEGRAFICO
Mientras el ingeniero y los operarios en­
viados de Stanley-Pool montaban en Techiasco el receptor de las ondas electro­
magnéticas, diluida en las cuales había de
llegar a la Residencia la fuerza hidráulica
del caudaloso Congo en forma que, por ha­
berse dicho ya merece un libro aparte, no
ha de puntualizarse en éste, dedicábanse
los inventores argentinos a medir, no sola­
mente la energía calorífica de los rayos de
sol en el lugar donde iban a instalar su

empresa heliodinámica, sino la potencia lu­
mínica y química de ellos; pues el invento
Lobera se diferenciaba esencialmente de
todos las anteriores tentativas similares en
no haber éstas pretendido extraer de tales
rayos sino el calor, pero no capturar las
demás energías con ellos llegadas a la Tie-

(1) La Conversión de !a Magdalena, por Fray
Malón de Chaide.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
38
rra y utilizadas en el proyecto de Pepe (1).
Aquellas mediciones eran la base de los
detalles de instalación de la Central Solar.
Pero, aunque muy curiosas, se aplaza la
noticia de ellas, por ser ahora más intere­
sante e inaplazable acompañar a Raúl en
su exploración a través del Sahara en bus­
ca de las presuntas estaciones clandestinas
radiotelegráficas de los conspiradores afri­
canos.
El “auto” donde Pepe habla montado el
radiogonómetro ya descripto en “Los Ven­
gadores” no era un coche ordinario de pac
sajeros, sino un gran camión cerrado y cu­
bierto a modo de “autobús”, y con ruedas
de anchísima llanta de goma maciza, en las
que, cuando fuera preciso pasar de las are­
nosas llanuras a terreno de piso desigual,
blando o pedregoso, cebarían cadenas sin
fin de las usadas en la propulsión de tanques
de guerra y de algunos tractores agrícolas,
empleando el sistema de arrastre ya desig­
nado en España con el anglicanismo caterpilar, y que muy bien podríamos llamar trac­
ción de oruga, lo cual dice lo mismo, con la
ventaja de decirlo en castellano.
Al exterior se alzaba, sobre el techo del
carruaje, la cruceta del radiogoniómetro,
rotatoria sobre yn eje vertical, en donde se
mentaba la ligerísima armazón de bambú
portadora de los dos circuitos cruzados
de alambre que, por las posiciones tomadas
al girar a impulsos del misterioso influjo
de las invisibles ondas radiotelegráficas, re­
velarían las direcciones de los viajes de
ellas en la atmósfera, y por lo tanto, las en
que se encontraran las estaciones trans­
misoras de los telegramas transportados en
alas de las citadas ondas.
Pero el leve peso y suave giro de la cru­
ceta habría sido causa, a no adoptar ade­
cuada precaución, de que el más ligero vien­
to perturbara y hasta inutilizara sus eléc­
tricas indicaciones. Por ello había sido pro­
tegida de la acción de aquél instalándola den(1) Excepto la gravitación cayo aprovechamlei
to en fines diferentes de los astronómicos const
tuye problema aparte sobre el cual varias veces hi
btan meditado ambos hermanos, pero sin abordarl
a fondo, por comprender dependía su solucifln d
hallar manera de poner en movimiento alternat
vo, ascenslonal y de calda, grandes masas pesada
mediante acciones sucesivas y automfitlcas de 1
gravitación Bolar y la gravedad terrestre : resultf
do al cual sOlo se llegar« cuando se descubra mod
de substraer periódicamente las citadas masas a 1
acción de la segunda, e Investigación en que n
quisieron los americanos enfrascarse mientras n
dieran cima a la empresa entre manos; pero que e
verosímil resuelvan en lo venidero, tomando aeso. cual punto de partida de sus estudios lis h
teresantes experimentos del profesor Italiano Mai
Jorana, que ha c o n fu id o disminuir, no much,
pero si algo, el peso del kilogramo del plomo.

tro de una torrecilla octogonal de madera,
cubierta y cerrada! sin inconveniente para
su funcionamiento; pues es notorio que las
ondas eléctricas atraviesan, no ya madera,
sino manipostería y piedra con igual facilidad que la luz el cristal, mientras que los
metales las detienen (1).
Además del radiogoniómetro, cuyo cua­
drante y aguja indicadora quedaban en el
interior del coche, transportaba éste una
magnífica estación de campaña de telegra­
fía sin hilos, la cual usaba una pequeña
dinamo para transmitir, movida por uno
de los ocho cilindros del motor, que, a vo­
luntad del motorista, unía su acción a las
de los otros siete para impulsar las ruedas,
o era segregado del mecanismo propulsor,
empleándose entonces las explosiones de él
en hacer girar el árbol de la dínamo pro­
ductora de la corriente alternativa envia­
da al carrete que por los intermedios usua­
les hacía estallar las chispas engendradoras de la vibración eléctrica, en definitiva
irradiada en ondas al espacio por la antena
emisora de los telegramas.
Dicha antena no era del modelo de alam­
bres tendidos entre pértigas a elevada al­
tura, como las primitivamente usadas en
la telegrafía sin hilos, sino del tipo de bas­
tidor cuadrangular, al cual s« arrolla, en
vueltas múltiples, el alambre; y aun cuan­
do sin inconveniente técnico podría haber
sido colocada en el interior del coc i<?, iba,
cual la cruceta, sobre el techo para dejar
mayor espacio en el interior. Dividíase éste
en departamento cubierto para el conduc­
tor y en dos camarotillos, en el primero
de los cuales estaban los aparatos telegrá­
ficos, dos taburetes y dos literas colgadas
para Raúl y el telegrafista Joubert, su
acompañante; pues si aquél tenía mucha
más ciencia radiotelegráflea que éste, no
podía pasarse sin los servicios de un pro­
fesional para la práctica de recibir y trans­
mitir. En el segundo camarote se alojaba
la escolta— sin la cual no quiso Bertier se
echara Raúl a corretear por el Desierto— ,
compuesta de Priand y dos guardias. El
motorista Dessaix dormía tendiéndose en su
amplio asiento de guiar, que ocupaba toda
la anchura, muy cercana a dos metros, del
(i) 1 reclsamente lo contrario de lo que ocurre
con la electricidad que fluye por los conductores me­
tálicos y se detiene en los aisladores : siendo la razCn de ello que en cuanto una onda electromagné­
tica llega a un metal, se convierte en electricidad,
desapareciendo como movimiento vibratorio del
éter. Como las ondas de luz y de calor radiante no
son hasta que tocan a los cuerpos, sino movimienni m ,» !608’
convirtiéndose en luz y calor sino
al llegar a ellos. Asi como el martillo no aplasta
el cuerpo que golpea hasta no dar en él.

POLICIA TELEGRAFICA

camión transformado. La longitud de él pa­
saba de los tres y medio.
El sistema de recepción telegráfica era
al oído, no porque la transmisión fuera te­
lefónica ni los auditivos repitieran pa­
labras, sino porque el teléfono receptor
sonaba con chasquidos equivalentes a los
de la palanquilla de los telégrafos Morse,
escuchando los cuales reciben los telegra­
fistas diestros al oído los telegramas, sin
haber menester mirar la cinta donde se im­
primen los puntos y las rayas diversamen­
te combinados para formar las letras del
alfabeto telegráfico. Un brevísimo sonido
de la placa vibrante del teléfono es el pun­
to; uno largo, la raya.
Pero como en la estación ambulante fal­
taba cinta impresa, receptora, carecía Raúl,
por muy técnico que fuera en lo científico,
de la soltura de viejo practicón que tenia su
auxiliar, sin el cual no habría podido pa­
sarse. Por último, no está demás decir que la
estación era un verdadero primor de mon­
taje, por lo completo y fino de los aparatos
complementarios destinados a variar con
gran rapidez y en límites muy amplios la
frecuencia de la onda propia del circuito
eléctrico de la antena hasta haoerla en cada
caso que pudiera presentarse igual (o por lo
menos poco discrepante), a las de las diver­
sas ondas que a ella pudieran llegar desde
diferentes estaciones transmisoras con va­
riados compases de vibración.
Tal afinado (sintonización en términos
técnicos), era indispensable para recibir los
despachos quie Raúl se proponía interceptar;
pues sin tal acuerdo armónico entre las an­
tenas receptora y transmisora es trabajosí­
sima, y hasta Inútil, la radiotelegrafía: tan­
to más, cuando el ambicioso muchacho no se
contentaba con descubrir la existencia de
estaciones ocultas, sino que, de haberlas, as­
piraba, además de descubrirlas material­
mente, a leerles los telegramas al paso de
éstos por la atmósfera, cuando junto a él
pasaran, sin despertar sospecha de ello en
quienes los cruzaran: para enterarse median­
te tal lectura de planes, órdenes y de quiénes
fueran los cabezas de la conspiración.
Para terminar con los preparativos de la
Interesante expedición que iba a emprender
él hijo de Duvery, réstame hablar del agua
que, como antaño para las caravanas en ca­
mellos, ha de ser siempre el gran problema
para cuantos viajen por el Sahara; pues la
frecuente falta de ella en sus desolados are­
nales no dejará nunca de ser amenaza pe­
renne de tremendas catástrofes.
Cierto que reduciendo las distancias apre­
ciadas en tiempo, el automovilismo ha ami­
norado extraordinariamente la extensión del

39

Desierto, cual entre el automóvil y el aero­
plano han reducido la del mundo para los
viajeros; claro es que, en consecuencia, el
riesgo, antiguamente grande, de perecer por
falta de agua en los largos trayectos de po­
zo a pozo, resulta hoy más remoto para el
automovilista; pues distancias que antes
consumían semanas de viaje, se salvan en
un dia; mas no por ello ha de creerse aquél
en plena libertad de correr como y por don­
de quiera, a su placer en el Sahara, en cuya
atmósfera de fuego devoran los autos gran­
dísimas cantidades de agua evaporada en la
refrigeración de sus motores, quedando por
tal causa la fijación de itinerarios tan suje­
ta como la de los adoptados por las carava­
nas a la mayor o menor lejanía de los pozos
en la zona del Desierto que haya de reco­
rrerse y a precaución que tomando en cuenta
no ser raro hallar algunos secos, lleve ten
los coches además de la esencia para la
propulsión, qgua suficiente a asegurar la
refrigeración: no ya durante los trayectos
de pozo a pozo entre los más alejados de la
ruta, sino para que el remanente de ella, al
llegar a cualquiera y encontrarlo exhausto,
permita proseguir la marcha hasta el in­
mediato.
Atendiendo a esto y extremando previsio­
nes, el auto telegráfico llevaba, además de
un gran depósito de agua, medios de pro­
longar la duración de ésta, disminuyendo
su consumo, gracias a un regular acopio de
amoniaco que, mezclado a ella al alimentar
el refrigerador, rebajaba la temperatura de
cada toma en más de treinta grados. Y
cuando tal respuesto se acabara, reemplazarlalo Raúl con otro de salitre— que por
doquier abunda en el Sahara—capaz de pro­
ducir efecto similar, aunque no tan intenso,
al del amoniaco.
Como seria aburrido detallar prolija­
mente la expedición, de más de dos sema­
nas, que en torno y a distancias entre 500
y 1.000 kilómetros de Agadés realizó el am­
bulante armatoste de exploración telegráfica,
sólo consignaremos el itinerario general se­
guido, los procedimientos empleados en las
pesquisas efectuadas, los principales resul­
tados de ellas, y algunos episodios con que
el ingrato suelo y el odio de los indígenas
a los europeos convirtieron en dramático el
científico viaje.
El inteligente y osado muchacho que lo
dirigía salió con su auto de Agadés un ano­
checer; puesi mientras tuvo luna durmió de
día y aprovechó la noche para viajar y ob­
servar; porque es sabido qu.e durante aqué­
lla suelen propagarse (a lo míenos en esta
parte de la tierra) con superior pureza que
de día las señales radiotelegráflcas.

BIBLIOTECA NOVELESQO-CIENTIFICA

A la salida tomó hacia oriente, y pa­
sando por el oasis de Agram, aislado en la
gran llanura que separa El Air de la línea
de los de Kawar, se dirigió a estos oasis, es­
calonados en larguísima serie de eslabones
de villorrios y pozos, explorados por los via­
jeros Vogel en 1854, R olfs en 1866 y Naehtigal en 1870. Estos oasis Constituyen desde
tiempos muy remotos la comunicación na­
tural desde el Fezzan tripolitano al lago
Tchad, a la Nigricia y al Camerún, pasando
por Murzuk Gatrun, Bilma y Agadem (no
Agadés), que Raúl cruzó próximo a Tou, si­
guiendo luego paralelamente a ella con rum­
bo al norte y sin acercarse a lugares habi­
tados sino cuando no hallaba modo de to­
mar agua en pozos aislados; pues rehuía
enterar a los indígenas de las maniobras de
su artefacto: que ni por tamaño ni por as­
pecto era fácil pasara inadvertido.
Al oriente del rosario de oasis se exten­
día ahora otra extensísima llanura hasta las
faldas de la gran cordillera del Tibesti,
enorme islote alargado de montañas que,
emergiendo del mar de arena en dirección
NO. a SE., separa el Sahara Central del
Oriental, que se prolonga hasta la Nubia y
el Egipto con el nombre de Desierto Líbi­
co, atalayado desde lo alto de la orogràfica
cadena del Tibesti por los montes Tarso y
Toussidé con alturas respectivas ide 2.400 y
2.700 metros (1).
Mientras el auto tomaba agua en el pozo
de Deforú, como a trescientos kilómetros
de la cordillera y a ciento treinta de Bil­
ma, dió el radiogoniómetro la primera se­
ñal de su existencia girando de pronto la
cruceta y quedando apuntada en dirección
de los citados montes. Varias veces la des­
vió Raúl, a intento, y otras tantas retornó
ella velozmente a la misma posición, re(1) El nombre de Tibesti es árabe, siendo Tou
(Las Rocas) el que los Indígenas dan a estas mon­
ta!! as.
La longitud de la cadena es de 500 kilómetros y
700 con las cscrlbaclones. El primero que la ex­
ploró fuá Nachtigal, en un peligroso viaje realiza­
do en 1869.
Los principales nudos montañosos de ella son
el Kou8sl, con elevación superior a 2.500 metros
al sur el Tarso y el Tousidé al norte.
Los naturales informaron al explorador que to­
dos los años se cubren de nieve aquellas crestas
Toda la cordillera está erizada de conos volcá
nicos, y en el gran pico del macizo de Tousidé
describe Nachtigal un cráter como de cincuenta
mctr-s de profundidad y perímetro que le eligió
cuatro horas de marcha para contornearlo
Eu los estribos al noroeste lanzados por la cor­
dillera tienen los montes constitución v formas
extrañas qne recuerda, al decir del vlaje'ro. masas
arquitectónicas: circos romanos, torres bizantinas
almenados castillos, peregrinas siluetas y violen
tos perfiles.
' vioien-

velando que de allí venía algo a través de
la atmósfera. Algo que ni el oído ni la
vista podían advertir, pero sentido por las
sutiles percepciones del aparato, que en
diez minutos fué siete veces desviado por
la mano de Raúl, vuelto seis, por otra in­
visible mano, a su anterior disposición, per­
maneciendo a la séptima quieto donde
aquél lo puso: lo cual interpretó el mu­
chacho con el significado de que entre la
primera y la sexta había estado sumergi­
do el radiogoniómetro en el torrente de
las ondas eléctricas de un radiograma
transmitido por una desconocida estación,
siendo los efluvios de ellas los que habían
movido la cruceta, quieta después donde
se la pusiera; porque tan pronto acabó de
pasar la última letra del telegrama, con
ella se extinguió el postrer impulso elec­
tromagnético, la última inmaterial aleada
de las que en la dirección marcada por la
cruceta habían orientado ésta.
Del contexto del telegrama, que pasaba de
largo, nada fué averiguado; pues si bien
el teléfono receptor no cesó de dar levísi­
mos chasquidos indicadores de llegar a la
antena ondas actuantes sobre el circuito
telefónico, tan tenue era su acción que sólo
producía confusos rumores en los auricu­
lares; pero no obstante útiles, pues su lle­
gada a ellos corroboró que el movimiento
del radiogoniómetro provenía de una
transmisión telegráfica, percibida, si bien
confusamente, por la antena, lo cual era
ya mucho, por venir de una estación fo r­
zosamente subrepticia; pues de proceder
de alguna del gobierno habría Joubert po­
dido leer el telegrama que sobre su cabeza
volaba en las alturas, y por debajo de sus
pies serpeaba en lo hondo de la tierra,
con vibraciones del impalpable y misterio­
so éter que con la misma libertad ondula
entre leves y sueltas moléculas de aire o
de nubes, que oscila en lo interior de las
más duras rocas y metales.
La razón de porqué, en el supuesto de
provenir de estación oficial, debiera haber
sido entendido el telegrama, era que habien­
do un rato antes comunicado Raúl con
Agadés, lo cual hacía a menudo para estar
siempre cierto del buen estado de su esta­
ción trashumante, al llegar a ésta las ondas
cuyo paso fué delatado por el movimiento
e la cruceta espía y por los incoherentes
nudillos del teléfono, la antena, invisible­
mente sacudida por aquéllas se hallaba arre­
glada para vibrar a la misma frecuencia
que la de Agadés, y en condiciones de reciir, con toda claridad, despachos de cual­
quiera de las estaciones oficiales con la de
Agadés sintonizadas (afinadas); y de aquí

POLICIA TELEGRAFICA

41

—Entre 2.300 y 2.400 kilómetros.
—Entonces, no: el alcance de nuestro
aparato receptor es de 1.800, pues para la
faena en que andamos creyó el señor Lobe­
ra innecesario darle más.
— ¿De modo que a distancias mayores re­
sulta completamente inerte nuestra antena?
—Tanto como eso, no; pues en condicio­
nes excepcionalmente favorables podría re­
cibir bien hasta 1.900 y aun a 2.000. Pero a
esa que dice usted no será excitada sino
irregularmente, y dando en el teléfono se­
ñales débiles e inexpresivas.
—Me ha fastidiado usted.
— ¿Porqué, Don Raúl?— preguntó el tele­
grafista, que no se distinguía por su pers­
picacia.
— Porque si cuando ha poco señaló la
cruceta la dirección, Toussidé-Deforú-Oualata ha querido mi mala suerte que estuvie­
ran telegrafiando en Oualata, se me ha
vuelto agua de cerrajas mi ilusión de haber
descubierto una estación clandestina hacia
los montes del Tibesti.
— ¡ Ah ! ¿ Había usted descubierto ?...
¿Cómo?
—Luego se lo explicaré a usted. Por lo
pronto, como de existir tal estación es, más
que probable, seguro que trabaje con onda
mucho más corta y por lo tanto de vibra­
ción más rápida que las oficiales, hágame us­
ted el favor de duplicar la frecuencia de
vibración del circuito de la antena. Para
salir de dudas, cuando vuelva a moverse la
aguja indicadora de la cruceta quiero estar
en buenas condiciones de capturar ondas
cortas, y no recibir, o recibir muy mal, las
largas de la telegrafía oficial.
,
— ¿Vamos a permanecer aquí?
— De ningún modo: ya conozco la direc­
ción de las malditas ondas que nos pasan
delante de las narices sin decim os si cru­
zan de derecha a izquierda o de izquierda a
derecha. En cuanto tengamos la antena en
condiciones de que lo que hagan en Oualata
nos tenga sin cuidado, podremos irnos;
pues cuando pase otro telegrama, si es que
pasa, ya no podremos tener duda de que no
(1) Oualata, con cerca de seiscientas casas de
viene de allí.
piedra y numerosas ruinas en sus cercanías, que
Pero no, antes de levantar el campo quie­
revelan haber sido más importante que hoy en
otros tiempos, pertenece al Sahara Occidental, ha­
ro cerciorarme de cómo responde la nueva
llándose cerca de los limites meridionales del de­
frecuencia de nuestra antena a la de esa
sierto.
onda incógnita que queremos atrapar.
Es casi tan importante como Tombuctú: se halla
— Entonces tendremos que quedamos aquí
en el cruce de los itinerarios de esta población a
Eío de Oro y de los de Senegambla a In-Saláh y
hasta que vuelvan a telegrafiar. Como no
El Air.
sea que la otra vez fueran los de Oualata
El primer explorador moderno que le visitó en
los que...
1860 fué el oficial senegalés y explorador del Sa­
— No me diga usted eso si no quiere que
hara, Alioun-Sal.
Es muy abundante en agua, pero sin que en la
perdamos las amistades.
superficie del terreno se vea una gota, pues toda
—No sería culpa mía.
fluye en corrientes subterráneas por debajo de la
—Lo malo es que mientras a esos deseopoblación.

que el no entenderse el telegrama demos­
trara que las ondas llegadas a la antena
vibraban a compás tan discorde del peculiar
a ésta que, no pudiendo hacerla oscilar ar­
mónicamente con la desconocida transmiso­
ra, no lograban adecuada reproducción en
e l ’ teléfono de las señales enviadas en las
ondas emitidas por la última.
Aquellos indescifrables y al parecer in­
expresivos ruidos significaban, pues, no mu­
cho, sino muchísimo, cual testimonio de la
existencia de clandestina telegrafía inalám­
brica en el D esierto; y pareciéndole a Joubert que no decían nada, claramente enten­
día Raúl en ellos "allí está una estación” .
¿A llí?... ¿Dónde?... Lo único que miran­
do la aguja y el cuadrante del radiogonió­
metro podía Raúl hacer era señalar una di­
rección, o la diametralmente opuesta, di­
ciendo “hacia allí o hacia allá”.
Pero por allí podía llegarse a La Nubia,
al mar Rojo, a Arabia, al Hilamaya, a Chi­
na, y seguir más y más, y por allá, en sen­
tido opuesto, al Air, Oualata, a las islas de
Cabo Verde, al Atlántico, al Brasil, etc.
Tal pensaba el joven jefe de la expedición
mientras por el punto de su mapa del De­
sierto correspondiente al pozo de Deforfl,
en donde se encontraba el auto telegráfico,
trazaba una recta en la dirección dada por
la aguja de la cruceta, patentizando gráfi­
camente que no bastaba un “hacia allí”
mientras no se le uniera un “hasta aquí” .
Y no sólo esto, pues al prolongar aquella
recta indefinida y verla cortar por un lado
la cordillera del Tibesti cerca del monte
Toussidé, y pasar hacia el opuesto muy cer­
ca de la estación oficial radiotelegráfica de
Oualata, lo asaltó inquietante duda, refle­
jada en el diálogo que ta® pronto midió en
la carta la distancia Deforú-Oualata (1). en­
tabló con su ayudante el telegrafista.
— Diga, Joubert, ¿podríamos desde aquí re­
cibir con claridad radiogramas de Oualata?
—No sé, porque ignoro la distancia a que
de allá estamos.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
¡Pobre Raúl como hubiera tenido que
nocidos telegrafistas no se les ocurra trans­ aguardar
las veinticuatro horas a que de­
mitir de nuevo, habremos de estarnos aquí cía estar resignado!;
no llevaba toda­
mano sobre mano sabe Dios hasta cuánd ... vía diez minutos de pues
vigilar
la aguja del
Esto no es para mi genio.
.
goniómetro,
pendiente
de
si
a
llegaba
—Y que el plantón puede ser muy largo algo, cuando la impaciencia de ella
verla
inmó­
si al fin resulta que no hay tal estación ni vil se le hizo tan intolerable que no cesaba
tales telegrafistas.
de darle golpecitos con el dedo para des­
—¿Pero es que se ha propuesto usted des­ pertarla,
diciendo a cada uno: “¡Tumbones!
esperarme?
_No, no, perdone; es que como usted No, no los mata el servicio”, o “¡Vaya unos
telegrafistas! Con bien poco trabajo ganan
mismo hablaba de una larga espera...
_Pues ya está prevista, y no por ello ha el Sueldo que les dan... Pero, señor, donde
de suponer usted que nos vayamos a estar no hay nada que telegrafiar no se monta
aquí hasta el dia del juicio final; porque una estación telegráfica”; y otras frases de
no hay estación que, aun no teniendo nada sabor similar, hasta que al cabo, levantán­
que transmitir, deje de telegrafiar una vez dose, dijo:
al día, por lo menos, para comprobar el es­ —Bien sabía yo, Joubert, que no sirvo
tado de sus aparatos. Puede usted, pues, para esto. Continúe usted observando hasta
tranquilizarse, porque, en el peor caso, vein­ que a esa gentuza se le mueva el alma a
ticuatro horas 6erá lo más que el plantón transmitir algo. Yo me bajo a pasear, pero
dure.
en cuanto haya novedad avíseme.
—No, yo no tengo prisa, y que además —Se va usted a achicharrar los sesos con
tiene usted razón en lo que dice.
este sol.
—Es mi costumbre, aunque me esté mal
—Lo prefiero a achicharrarme aquí la
el decirlo.
sangre.
42

X
CAZA DE TELEGRAMAS A LA ESPERA Y CON RECLAMO
En la media hora que Raúl se estuvo pa­
UXMUU ftlHCU cusa Util Ctíllseando y achicharrándose efectivamente, ................W
cilla,
estar perdiendo el tiempo paseán­
cual Joubert predijera, apenas se enteró dome ycomo
papanatas.
del tostamiento de su cuerpo por tener mu­ —¿Qué es un
lo
sencillo?
cho más abrasada la paciencia. Cinco o seis
tiempo en explicaciones
veces miró el reloj, sorprendiéndose de su de loNoqueperdamos
va usted a ver. Llámelos, lláme­
lenta marcha; tres o cuatro se acercó al los en seguida.
auto por creer se habría dormido su auxi­ —¿A quiénes?
liar, cuando el pobre hombre no podía abrir
A esos tumbones, a los desconocidos te­
más de lo que los tenía los ojos clavados legrafistas
de la onda incógnita de la esta­
en la aguja del radiogoniómetro, tan inmó­ ción aún más
Bastante han des­
vil como inactivos aquellos desconocidos y cansado, hora incógnita.
es ya de que trabajen un
malditos telegrafistas cuyos mensajes pre­ poco.
tendía sorprender.
Pero ¿a quién ni adonde he de llamar,
—O tienen que habérseles descompuest
ni siquiera sabemos con qué estación que­
los aparatos—murmuraba Raúl yendo y vi siremos
comunicar?
niendo—o si no, forzosamente ha de se
Pero, ¡hombre de Dios!, ¿supone usted
nuestra estación la estropeada: tiene qu
ser lo uno o lo otro. ¡Calla: qué idea!
Que yo pretendo llamarlos hasta por sus nomAl decir esto salió corriendo el impa
S Para, t£la*;ar el rato, como suelen ustecíente mozo, y poniéndose en cuatro zan narrnflX * están aburridos, echando una
£ a\ aUt°’ entrÓ en él
u. t o o T a t€ egráflca con fulanito o zutanicohete, sobresaltando
madá do qi¡e y ° necesito es una simple 11agrafistas
y gritando: al tranquilísimo tele6 haga
sonar encifn’ que en cualquier parte
—Joubert. Joubert. ¡Qué estúpido'
billa de aviUn !*mb„re’ 0 encienda una bom—¡Yo!... ¿Porqué, Don Raúl’
—No, hombre, no: el estúpido soy yo por la reciba cual astandome que esa llamada
indiferente qUiera; P6ro 61 < ^ n me es

POLICIA TELEGRAFICA
__Ya... Y si contestan, ¿qué les digo?
__Nada, No conociendo sus estaciones no
podemos tomar el nombre de ninguna, y ha­
blar sería descubrirnos... Si, como deseo,
responden, envíeles con el transmisor unas
cuantas letras sueltas que no formen pala­
bras, ni tengan sentido, y separadas por in­
tervalos largos, para que lo atribuyan a ma
funcionamiento de los aparatos de una es­
tación de su red, con la que nos confundirán
y con la cual creerán estar comunicando;
porque no pudiendo sospechar que están
espiados por nuestros novísimos artefactos
de telegrafía andariega, forzosamente han de
tomarnos por alguno de los suyos. Pero como
es interesante no hacer cosa que despierte
sus recelos, tenga usted cuidado, si surge
algo imprevisto, de no hacer nada mientras
yo no le diga el qué. o enrede de cualquier
modo en el manipulador para que, en caso
de llegar a posibilidad de comunicación con
ellos, nada saquen en limpio de la transmi­
sión de usted.
—Está bien. Entonces, ¿qué hago ahora?
—Largarles seguidos quince o veinte cho­
rros de chispas, y aguardar. Si contestan con
Igual llamada, transmitir señales incompren­
sibles; y como ellos nos dirán probablemen­
te que no nos entienden, observar entonces
la pureza de la recepción para afinar la fre­
cuencia de nuestra antena con la de la suya.
— ¡Qué cosas se le ocurren a usted!... Y
es verdad, haciéndoles telegrafiar a ellos ten­
dremos posibilidad de ir afinando con su
antena la nuestra..—Vamos, vamos; suélteles los chispazos.
Resonaron en el detonador del circuito
transmisor los chasquidos secos del chispo­
rroteo de seis consecutivas descargas eléc­
tricas, que a la antena—ligada por induc­
ción al circuito crepitante (1)— lanzaron
igual número de precipitados impulsos de
inalámbrica ondulación telegráfica escapa­
dos al espacio, y que sin duda no hallaron
en su vuelo ninguna otra antena capaz de
recogerlos; pues no respondió nadie a la
llamada.
Cuando Raúl se convenció de ello ordenó a
Joubert tocar paulatinamente y reiterada(1) Habiendo puntualizado en otras obras de esta
biblioteca, con los detalles compatibles con la Indole
de sus libros, lo que la inducción es, me limitaré
ahora a decir que así como el calor de una estufa
caldea las inmediaciones de ella, una corriente
eléctrica que de pronto comienza a circular o cesa
de correr por un alambre, determina (induce) el
paso de otras corrientes por los alambres cerra­
dos (circuitos), situados a su inmediación, y a sila s
descaigas de chispas del detonador telegráfico, en
donde estallaban, provocaba correlativas descar­
gas, o sea emisiones de ondas radiotelegráflcas por
la antena transmisora de autocamión.

43

mente el variómetro (1) en el sentido nece­
sario para disminuir la longitud de onda, y
lanzar nueva llamada después de cada toque.
Un minuto después de la tercera intento­
na, cuando la longitud de onda emitida era
úe 800 metros (lo cual equivalía a rapidez
de ondulación de 375.000 vibraciones por se­
gundo), le latió a Raúl fuertemente el co­
razón al ver que la aguja del radiogonómetro comenzaba a moverse y se detenía en el
mismo lugar del cuadrante dos horas antes
señalado, lo cual quería decir que sobre la
dirección correspondiente a tal posición de
la aguja habla una estación, y no la de Oualata; pues no pudiendo ésta recibir llamada
emitida a la frecuencia empleada por Jou­
bert en la recién Hecha, mal podía contestar
a ella.
Porque, efectivamente, las ondas que ha­
bían movido la cruceta y su aguja traían,
como respuesta indicadora de haberse oído
la llamada en la estación desconocida (y es­
tar ésta dispuesta a recibir) otra de cascada
de chispas igual a la enviada por Jou­
bert: la cual se revelaba en el aparato
del auto no por repique de un timbre,
sino por la ignición de una bombilla que,
según dijo aquél, lució más débilmente de
lo debido, ordenando Raúl cuando lo oyó;
— Acorte todavía más la onda: hasta 600
metros (rapidez de vibración de 500.000 os­
cilaciones por segundo), y en seguida envíe­
les señales incoherentes, letras sueltas.
Obedeció el telegrafista, que tan pronto
hubo movido el variómetro y telegrafiado en
camelo, como Raúl le mandaba, exclamó:
— Comienzan a transmitir.
— ¿Qué dicen?
— Oiga: “ Se le ha olvidado a usted em­
pezar por la indicación inicial y dar el nom­
bre de su estación. Dénos una y otro y re­
anude su telegrama.”
— ¡Que reanude usted!... Pero ¿qué les
ha dicho? ¿No se ha enterado de mi encar­
go de no transmitir nada inteligible?. .
Cuando dicen que reanude usted es que algo
han entendido.
— Pues ya deben ser listos, y no me lo
explico... He telegrafiado: “Pun, ras, chuf”
o algo por el estilo, pues ya no me acuerdo
de las letras transmitidas, y así he seguido
echando muchas ches, efes y eses. ¡Y eso es
lo que quieren que reanude!. .
— Sí es raro, sí...
— Vuelven a llamar... Preguntan otra vez
quiénes somos y la indicación inicial.

(1) Ya en esta misma obra se ha explicado lo
que es este elemento de las estaciones radlotele
gráficas.

B IB L IO T E C A N O V E L E S C O -C IE N T IF IC A

44
__ No tenga prisa... Déjelos que se impa­
cienten.. ¿Qué tal llega la transmisión?
— Débil- pero poniendo cuidado se oye.
Ya supuse’yo cuando me mandó usted acor­
tar a 600 que habría sido m ejor quedarse
en 700.

__ Y yo; pero así, habiéndonos pasado con

600 y no habiendo llegado con 800, tenecnos
ahora la certeza de que 700 es lo justo (1).
(1) Supóngase una orquesta ejecutando una
sinfonía de Beethoven, cuyas bellezas y matices
se perciben con toda claridad, porque todos los
instrumentos de aquélla están bien afinados; pero
6Í antes de empuñar la batuta el director se le
ocurre a cualquiera la diabólica idea de ir atril
por atril desafinándolos, y de ello no se percataran
los ejecutantes, será preciso taparse los oídos en
cuanto suenen los primeros compases de la que ya
no sonará como la hermosa obra musical, sino
como infernal desconcierto; y nadie que escuche
aquella orquesta podrá reconocer la partitura eje­
cutada, más bien sacrificada, por bien que la co­
nozca, pues cuando los violines deban dar un re,
y las trompas un Ja, y las flautas un sol, darán
cada uno de aquellos instrumentos otras notas
entre sí discordantes.
Lo mismo... Bueno, lo mismo, no, pero sí cosa
parecida, ocurre cuando a una nntena receptora
no sintonizada con la transmisora llegan las le­
tras y palabras enviadas por ésta ; pues en vez de
vibrar la receptora como la transmisora, lo hace
de diferente modo, sin lograr reproducir, por tan­
to, lo que la otra le dice.
De? mismo modo que dos cuerdas de dos víollnes, dos arpas o dos pianos se dicen afinadas si
pulsadas oscilan o vibran con el mismo ntimero
de ondulaciones sonoras por segundo, dos antenas
lo están cuando en ambas ondula la electricidad
(pasen los técnicos k) Incorrecto de esta frase)
el mismo ntimero de veces por segundo. Este nti­
mero mide la frecuencia de vibración de la onda,
o sea el de los movimientos de vaivén que el éter
da en un segundo.
No debe confundirse esta frecuencia con la ve­
locidad con que la onda, y por lo tanto el tele­
grama que transporta, se transmite de estación a
estación, que es cosa muy distinta, pues dicha
velocidad es de 300 millones de metros por se­
gundo, con la cual puede un telegrama dar la
vuelta al mundo en menos de un séptimo de se­
gundo.
Guando las oleadas circulares (de que ya hemos
hablado en otra nota de este libro) producidas en
un lago tranquilo donde se arroja una piedra van
alejándose del lugar de la caída de ésta hacia las
orillas, se advierten varios círculos concéntricos
formados por los lomos, donde el agua está más
elevada, que paulatinamente van alejándose del
cen tro; mas con la particularidad de ser iguales
las distancias del primer lomo al segundo, de éste
al tercero, del tercero al cuarto, y así hasta la
tiltima oleada. Esta distancia es lo que se llama
longitud de la o mía, y si del sitio donde cayó la
piedra a la orilla se cuentan nueve ondas, y si
cada una de las sucesivas tarda un minuto en
llegar a la orilla, un minuto, dividido por nueve,
dará la frecuencia de la vibración del agua ; y la
distancia de la piedrr a las márgenes, dividida por
la frecuencia, dará a su vez la longitud de onda,
puesto que entre las nueve llenan esa total dis­
tancia.
Del mismo modo la longitud de la onda radio' Megráflca se obtiene dividiendo la velocidad con

Ponga a 700 y suélteles otros cuantos chis­
pazos, como si volviéramos a llamar por no
habernos llegado su transmisión.
Apenas obedecida por Joubert esta orden,
los teléfonos de fleje ceñido a. su cabeza co­
menzaron a crujir con las señales correspon-

dientes a las siguientes palabras que aquél
escribía letra y letra, y Duvery hijo iba le­
rendo por cima de su hombro. Debe estar
desarreglado ese aparato; no me llegan sino
llamadas y más llamadas de usted, inútiles
después de haber yo contestado. L e he pe­
dido, sin resultado, la indicación inicial,
pues de nada me sirve la profundidad mien­
tras no dé usted el ancho. ¿Cómo voy a en­
tender sin él?”
Ha de advertirse que la transmisión lle­
gaba en árabe.
— ¡Ah! Y a sé qué es— dijo Raúl.
— ¿Sí?... Pues yo ni jota.
— Ya no tenemos nada que hacer aquí...
Vámonos. No. ¡Canario! ¡Buena la iba a ha­
cer!... Todavía queda algo interesante.
¿Cómo ha llegado ahora esa transmisión?
— Divinamente.
— Pues atíceles otra pirotecnia estrepito­
sa y larga; y no se cuide más de ellos, que
la atribuirán a averia nuestra que no3 im ­
pide seguir comunicando...
— Así, asi. ¡Vaya un chisporroteo! Bien
debe repicar el timbre de esos pillo?. Ahora,
que llamen hasta que se cansen... ¡Eh, con­
ductor, que nos vamos. Friand, al coche.
En los cinco minutos que el auto tardó en
ponerse en marcha, por tener el motorista
que llenar de agua el refrigerador, llegaron
tres nuevas llamadas de yla estación que,
por haber acudido al reclamo de las de Raúl,
>a comenzaba a ser para el travieso e im ­
provisado detective telegráfico, si no del todo
conocida, mucho menos misteriosa, y que al
cabo calló, por haber desistido de conseguir
normal comunicación.
rumbo al norte, desarrollando en aquella lia’
nura, lisa como una mesa de billar, su mar­
cha máxima de treinta y cinco kilómetros a
a hora, pues m el gran peso del carruaje,
cercano a nueve toneladas, ni el carecer de
neumáticos, le permitía correr como un co­
che de carrera, ni siquiera de turismo.
P or el camino explicó Raúl a Joubert lo

Séts: ”

r *»"*

j «
3.000.000.000
longá 800 mt*

n

ú

z

» «i°.
::



)
= frecuencia de
por segundo.

5.000 vibraciones

3.000 000.000
longd 600 mt.

1 -

frecuencia de 500 000 vibracionei
por segundo.

POLICIA TELEGRAFICA

45

cias inferidas por Raúl de sus enredos radio— Está claro, amigo mío: si al desconoci­
telegráficos, quien al oirlo dijo:
do telegrafista con quien liemos estado a
— ¿Pero usted cree que si esos tunos de
media conversación no le han asustado las
la conjuración tienen una estación en el
explosivas combinaciones de efes, ches y jo­
tas que usted le disparó, eso prueba que está Desierto, esa, la de antes, no van a tener más?
¿Que la han establecido para no comunica­
ya acostumbrado a recibir telegramas por el
se con otras; para darse el gusto de no tele­
estilo.
grafiar sino con ella, sin que ninguna otra
— Pues no cabe duda que sacara mucho en
haya de recibir sus telegramas?
limpio.
— Claro que no.
— ¡Qué bruto es este Joubert!— dijo Raúl
— Pues habiendo otras, han de estar en
para su coleto, prosiguiendo en voz alta— :
diferentes direcciones; y esas, quiero decir
Para ponerlo en claro le pedían a usted la
Ias diferentes direcciones, ¿ehf, son las que,
indicación inicial.
al pasar los despachos procedentes de diver­
— ¿Pero qué indicación habla de darles yo?
sos lugares, va marcando la aguja.
— (Pues todavía es más bruto.)
— Claro, claro: esas son las que han movi­
— ¿Ni cómo iba a aclararles lo que ni para
do el gonio y las que...
mí, que lo transmití, tenia ningún sentido?
—Lo ha adivinado usted perfectamente.
— Es que, ignorando que quien les hacia
Pensaba entonces Raúl que, a tener a
el honor de comunicar con ellos era el se­
mano un ferrocarril, otro auto, un aeropla­
ñor Joubert, distinguido oficial de telégra­
no o cualquier medio de locomoción rápida,
fos de la Compañía Ferroviaria del Sahara,
se apresuraría a facturar a Joubert para
creían esos clandestinos y vergonzantes te­
Agadés, pidiendo otro ayudante; pero, falto
legrafistas estar hablando con otro como
de posibilidad de hacerlo, se resignó, propo­
ellos; y al no asombrarse de recibir los chis,
niéndose tenerlo constantemente vigilado,
paf, rof, y no decirle a usted les hablara en
para evitar que una tontería suya descubrie­
cristiano, y no en gringo, es que esperaban
ra a los otros que estaban espiados; y, desde
entender aquel gringo.
— Imposible, imposible. ¿Cómo habían de luego, le prohibió transmitir palabra y aun
contestar a llamada ninguna sin su conoci­
esperar...?
-—Pero, ¡hombre de D ios!— saltó Raúl sa­
miento.
Simultáneas con las dos desviaciones de
llándole a la cara y al tono de la frase, no
la aguja de rumbos habían llegado llama­
los epítetos, pero sí la intención de sus an­
das a comunicar, dirigidas a otros, claro es,
teriores ofensivos apartes— , ¿Es posible que
todavía no haya conocido que el anónimo te­ pero por Raúl utilizadas, haciéndole a Jou­
bert tomar los telegramas, que resultaron
legrafista pensaba que otro de su pandilla
ser sartas de letras eslabonadas en inex­
le estaba transmitiendo un telegrama cifra­
presivos grupos de igual número de ellas,
do: cifrado, hombre, cifrado.
sin vestigio de sentido, y precedidas, en ca­
— ¡Ah! ¿Cifrado? ¿Usted cree...?
beza del despacho, de un número, en el pri­
— ¡Qué he de creer: estoy seguro! ¿Pues
mero 20 y en el otro 25; quedando maravi­
a qué, si no, aquel pedir y más pedir la indi­
llado el ayudante de la perspicacia y rapidez
cación inicial, que será una palabra o clave
con que, al verlos encabezando los telegra­
convenida para descifrar las inexpresivas
mas, dijo su joven jefe:
agrupaciones de letras que, por lo visto, usa
— ¿Ese 20 es la indicación que nos pe­
esa gente en sus comunicaciones?
dían?... ¿Qué querrá decir? ¿Cómo Se utili­
-—Pues es verdad... No se me había ocu­
zará para desenmarañar este jeroglífico?...
rrido.
¡Bah! ¡Sería tonto perder tiempo en querer
—Ya, ya lo veo.
ahora adivinarlo sin otra base que ésa; pero
No se sabe si Joubert no vió tampoco, o
guarde esos papeles y no deje de copiar y
no entendió, la mirada de que fué acompa­
guardar igualmente cuantos telegramas in­
ñada la anterior frase; pero seguramente no
terceptemos. ¡Quién sabe si más adelante,
se dió cuenta del significado. Y fué una suer­
viendo muchos reunidos!...
te, pues era transparente y tan ofensiva,
cuando no más, que los “ bruto, estúpido” poco
En seguida anotó en cada uno de los in­
antes mascullados entre dientes.
comprensibles despachos los rumbos marca­
En la marcha, de unos doscientos kilóme­
dos por la aguja del gonio al recibirlos, y las
tros largos, se invirtieron seis horas, mo­
distancias, leídas en el contador del auto,
viéndose dos veces durante ellas la aguja
cubiertos por éste desde que en Deforú lo
del radiogoniómetro, para marcar rumbos di­
había puesto en marcha. La dirección de
ferentes del observado en la parada en Deésta la marcaba una brújula, compensada
forú, sacando Joubert de ello deducciones
como la de los barcos, pero que, claro es,
atentatorias a la solidez de las consecuen­ no era utilizable mientras funcionaban los

46

biblioteca novelesco- cientifica
very, por razones especiales, el tum o de seis
a nueve de la mañana; pues para tales ho­
ras barruntaba cosas interesantes y trabajo
largo: presunción que, con ser muy lógica,
según se verá luego, aumentó los asombros
de Joubert y su admiración por el pollo,
como él lo llamaba, quien, el ser preguntado
por aquél qué esperaba, sólo le contestó que
al día siguiente lo vería.
Mas si dejó tal pregunta sin respuesta por­
que quiso, otra por Joubert hecha al tiempo
de tumbarse los dos lo puso en un aprieto,
al cual no halló salida.
Dicha pregunta nacía de curiosidad del
telegrafista relativa a qué querría significar
aquello de lo hondo, que ¡él había dicho!,
sin saberlo, y lo ancho, que se había callado
con igual inocencia al telegrafiar las dispa­
ratadas combinaciones explosivas, como las
llamaba Raúl, de retumbantes letras; pues
por muchos esfuerzos que hizo éste, no atinó
con respuesta. Y eso que aun después de
acostarse estuvo largo rato dando vueltas
al asunto, por presentir que en tal proble­
ma se encerraba algo más interesante que
la satisfacción de mera curiosidad.
"¿Qué habría en aquellos grupos de letras,
transmitidos por Joubert, que a los otros les
parecía indudablemente cosa conocida al ha­
cerles decir que en ellos se les daba la
profundidadf ¡La profundidad de un tele­
grama!... ¿Qué significaba eso?”, se pregun­
taba, sin salir del atasco, hasta que más que
esta preocupación pudo su sueño.

aparatos telegráficos, por resultar entonces
loca e inútil. Tal dirección era anotada siem­
pre que se cambiaba la de la ™archa’ ° ° f Joco frecuente en el terreno abierto basta
entonces recorrido.
,
,
Asi pudieron conocerse los sitios donde se
hallaba el auto cuando a él llegaron Inopi­
nadamente las ondas de los mencionados te­
legramas, y asi, cuando paró, pudo Raúl
marcarlos en el mapa con tolerable error, y
por ellos trazar en él las rectas dadas por la
aguja como caminos de las citadas ondas:
■venidas del norte unas, próximamente en la
dirección de Murzuk, y del Sudoeste otras,
de la parte de Agadés.
Los trazados en el mapa de los itinerarios
seguidos y la colocación de los puntos de pa­
rada del auto se comprobaban tomando, con
el sextante, la latitud por observaciones es­
telares, o por la altura del Sol a mediodía:
la longitud se determinaba por la hora de
un cronómetro, cuya buena marcha se com­
paraba a diario con la del de la Compañía
en Agadés (1), recibiendo, a las nueve, por
tejégrafo, la hora marcada por el último.
Poco antes de media noche detuvo Raúl ei
coche, para efectuar sus observaciones este­
lares, y seguidamente distribuyó los turnos
de vigilancia hasta el día entre Joubert,
Friand y él, para que siempre hubiera uno
vigilando la aguja de la cruceta, con orden
de despertarlo inmediatamente tan pronto se
moviera.
De doce a tres hizo guardia Friand, y de
tres a seis el telegrafista, reservándose Du-

XI
DONDE PIENSA JOUBERT SI SERA BRUJO RAUL
— Pronto, pronto, Joubert: despiértese de
una vez, que se mueve la cruceta. Póngase
los teléfonos, coja el lápiz y no hable, ni
haga caso sino del aparato.
Eran las siete y veinticinco de la mañana
cuando, con la precipitación denotada por
(l) La cosa, sencilla y aun vulgar para marinos. astrónomos y exploradores, era fácil gracias a

™ eel 7 auto
C o se
^ ?habla
fl°, fd° montado,
transmU16n cítrica que
en
semejante en h
esencia, pero menos perfeccionado a otros aná
logos usuales en los observatorios
Merced a él, cuando Raül observaba el paso del
Sol por el meridiano, la culminación en éstTo 1„
mayor elongación de él de una estrello ^St ,la



»• *™* ■“".Sí- 2STe£

las anteriores frases, despertó Raúl a su
auxiliar al ver moverse la aguja del radio­
goniómetro hasta quedar apuntada casi
exactamente al este. Pero su prisa en po­
nerlo, medio dormido aún, a la faena re­
sultó inútil, pues no llegó al aparato teleque al bajar marcaba un punto negro en la esfera
de segundos.
Aquel puntito era la hora correspondiente a
aquel momento en Agadés (corregida, si era pre­
ciso, con la diferencia de cronómetros).
í 0 servación astronómica daba, de otra parte
6 conoc^ os cálculos, la hora en el mismo
nstante en el lugar donde se hallaba Raúl, las dierencias de una y otra, y la de longitud entre didínnfi ? ° y Agadés (que la tenía conocida), me,
a conversión de tiempo en grados de ecua*
"Dn^r<3fiPar^lel0S’ deducie^ o de todo la longitud
° gráflca de tal lugar de observación.

POLICIA TELEGRAFICA
gráfico llamada ni transmisión ninguna; sin
■que por ello le fuera permitido al pobre
hombre quitarse ni un minuto de la cabeza
el fleje que contra las orejas le apretaba los
auditivos, ni soltar el lápiz un minuto; pues
decía su tirano que tenian por delante ta­
rea larga y necesidad de alertarse para
aprovechar fugaces ocasiones.
Al cabo de unos cuantos minutos saltó
¡a aguja al este-nordeste, señalando la di­
rección de Alejandría o El Cairo; cambió
luego al sudeste, pero sin que a continua­
ción de estos indicios de ser movida la cru­
ceta por ondas telegráficas llegadas de los
citados rumbos sucediera ruido ninguno en
el teléfono.
A cada nuevo movimiento de la aguja
apuntaba Raúl la hora de él, contando hasta
los segundos en el cronómetro.
A la tercera vez dijo Joubert:
— Debe de estar descompuesto el recep­
tor. Voy a mirarlo.
— Si se mueve lo mato. El receptor está
seguramente bien.
— ¿Pero es que usted sabe por qué no fun­
ciona, como ayer, al mismo tiempo que el
radiogoniómetro?
— Me lo figuro, pero dentro de un rato lo
sabré fijamente.
— ¡Ah!
La exclamación anterior la profirió el te­
legrafista al ver encenderse la bombilla de
llamada al mismo tiempo que Raúl apun­
taba con la mano derecha en su registro de
observaciones “las siete, cuarenta minutos
y quince segundos”, hora en que la aguja
tomaba nueva posición, y engarrafaba pre­
cipitadamente e n la izquierda la muñeca
de su compañero cuando éste se disponía a
responder a la llamada.
— Quieto, quieto: ya les contestarán los
otros a quienes ellos llaman. Y ahora aten­
ción, y no perder palabra de lo que trans­
mitan.
— Ya, ya hablan— dijo Joubert pasado un
breve instante— . ¡A nda!... Pues ya no di­
cen más.
— ¿Qué han dicho?
— Una P, y luego “Za” : za, por todo po­
taje, y ni una letra más: a eso se reduce el
telegrama. De poco va a servirnos.
— ¡Quién sabe!
—¿Cómo?... ¿Pero es que eso?...
— Allá veremos, hombre... ¡Ja, ja, ja!
Vaya unos ojos espantados.
— Es que como no sea usted brujo...
— Tranquilícese, amigo mío: doy a usted
palabra de que no tengo tratos con el dia­
blo. ¡Ja, ja, ja!
Hasta las ocho y tres cuartos varió la
aguja de rumbo otras siete u ocho veces,

47

coincidiendo en unas con tales movimientos
la llegada de telegramas, todos idénticos, en
el za, al anterior, del cual no discrepaban
sino en la letra mayúscula antepuesta a di­
cha silaba, y permaneciendo otras veces los
teléfonos receptores tan silenciosos como al
principio de aquéllas extrañas transmisio­
nes de los cuales no entendía palabra el
asombrado telegrafista.
Desde las ocho, todos los rumbos marca­
dos por el gonio, hasta entonces dirigidos
hacia oriente de la linea norte-sur, pasaron,
sin excepción, a marcar direcciones situa­
das a occidente de ella; a partir de las ocho
y tres cuartos, progresivamente fueron ha­
ciéndose más largos los intervalos entre las
variaciones de la aguja, ninguna acompa­
ñada ya de telegrama, y siendo el último de
ios rumbos por ella marcados, el de las Islas
Canarias: al cual llegó, bien pasadas las nue­
ve, tan perezosa y lentamente, que com­
prendiendo Raúl que la tarea habla termi­
nado se levantó diciendo:
— ¡Ea, a almorzar! Después me enredaré
con todos estos datos a ver qué tienen
dentro.
— Se va usted a volver loco.
— No lo creo. A almorzar, a almorzar.
Mientras en compañía del veterano Friand
hacían Raúl y el telegrafista un desayuno
muy parecido a almuerzo fuerte, pues no
solamente de gasolina, agua y amoníaco iba
bien abastecido el auto, dijo Joubert, intri­
gadísimo con cuanto acababa de ver:
— Y ¿no va usted a explicarme?
— Luego, luego... Cuando me haya con­
vencido de no estar equivocado en mis pre­
sunciones.
,
— ¡Qué lástima! Si en lugar de ese estú­
pido “ Za”, con que todos parecen haberse
puesto de acuerdo para burlarse de nos­
otros, hubiera dicho cada uno, como todo
telegrafista que sabe su obligación, la hora
a que ponía su telegrama, habría sido esta
una bonita coyuntura de aplicar el procedi­
miento del Señor Lobera para averiguar
dónde están esas estaciones.
— ¡Ah! ¿El de la combinación del rumbo
de las ondas eléctricas con la diferencia de
horas entre las estaciones transmisora y re ­
ceptora, con el cual basta una sola observa­
ción del radiogoniómetro para dar la posi­
ción de la desconocida en el punto donde se
corta el rumbo de las ondas capturadas con
el meridiano de dicha estación? (1).
— Sí señor. ¡Vaya una ocasión que perde­
mos por no sabor las horas a qus las esta-

(1) Quedó explicado este procedimiento en el
capítulo xIII de “Los Vengadores”.

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
i

clones han

transmitido esos incomprens -

bles zas.
—No tan incomprensibles.
.n/imn' .‘ Pretenderá ustea....
-Hombre-..: t r « s
c o r i t a y punoC
rer
servicio0 la Estación"; pero sea
estado ^ Berv ;
literalmente lo trauna u otra m i ^ ^ significado esencial
duzca, ese ha ^
qug lo da a usted tanto
y práctico e
{acci6ii - m í. pues por ha-

„-mas i la norte-sur, donde la hora es, poco
^ menos> igual a la de aquí; y los últimos zas procedían del oeste, donde las ocho
Uegaa después de haber pasado ya para noso t r o ,^

^

^

—Que^o "u e ^ s t" T

^ que ^ d¡go?
L

no se le ocurre

al mismísimo demonio,
— ¡Ja, ja, ja!
— Bueno: y entonces, ¿porqué unas veces
ha SOnado el teléfono al moverse la cruceta,
y otras n0 ha dicho pío, como si no pasaran

hírseloCoído sucesivamente a todos los apa- telegramas al lado de la antena?
tos comprendidos dentro del alcance del
—Muy sencillo: porque las ondas procetro conoceré, en cuanto haga unos dentes de estaciones muy lejanas llegaban
cálculos no la hora a que cada estación lo con suficiente energía para hacer girar la
ha transmitido, pues ésa la conozco ya, sino
crucetai pero sin la necesaria para vibrar
la situación aproximada de
todas ellas.eficazmente en la antena ni piar en el teléfo— .QUe conoce usted la3 horas a que han
no; ponjUe los circuitos telegráficos de núestransmitido!... ¡Vaya una broma!
tra, estación son más duros que el del radio—Las horas no, la hora. Y no bromeo,
g0niómetro.
Joubert: lo digo en serio.
— ¿Sabe usted lo que le digo?
__Pues entonces brujo, como dije antes.
__ j<to; p0rque supongo que no irá usted a
no puede ser de otra manera.
volver a compararme con el diablo.
—No, Joubert, no: nada de magia negra,
__p uieB qUe es usted un telegrafista de 6uraciocinio no más, que para quien no se fija
^
palabra, no he conocido otro que pueda
en lo que delante tiene parece a veces bruponérgele al lad0<
jerla... Sí, hombre, sí: se va usted a con__gj nQ j uera porque no sé recibir ni
vencer. ¿Qué es lo único exactamente gu
transmltir> sino a paso de tortuga, como los
que cotidianamente se transmiten las estacuan(Jo deletrean, no lo haría mal del
clone, de una red te le ^ flc a , » dora ja. j
(
B„ „
^
m
gordos y
'‘ - S
“ ..d o d ,
iu es ei i » »
servicio, para saber que la que no da el par
te es que tiene avería, comunicarlo al público y buscar otra ruta para cursar los tetelegramas que normalmente suela reexpedir
ella
__¿ y usted cree necesario emplear un largo despacho para dar esa noticia a diario
aguardada a la hora sabida?
—Claro que no: como que para eso y para
todo lo que en el servicio es habitual y previsto empleamos siempre señales breves y
convenidas.
— Pues en la red de los conspiradores esa
señal es “za” .
— ¡Canastos! Debe usted tener razón.
— Además, como esa señal ha de hacerse
a hora fija, es claro que todos la han hecho
a la misma, y he aquí por qué traduzco yo:
“Za, Jas ocho.“
— Eso no: hemos estado oyendo zas desde
antes de las siete y media hasta después de
las nueve.
— Esa. hombre, esa es la m ejor prueba:
los primero« venían del este donde ñor amanecer antes que aquí, v a n 'los relojes adelaniados al nuestro; los oídos alrededor de
nuestras ocho llegaron en direcciones pró-


„ . d , d.eda „ « « é comer,
ha « a bado el aimuerzo... y la conversación,
Hoy no no« movemos: tengo cortado aquí
trabajo largo.
Usted vigile la cruceta, y cace y copie
cuantos telegramas pasen; pero mucho ojo
con tocar al transmisor, pues sería descubrirnos: la« llamadas de ayer las hice por
precisión; pero una y no más: nuestro paPeí ahora es oir, callar y estarnos quietecitos.
...............................................................................
...............................................................................
...............................................................................
Ya vencida la tarde, llamó Raúl a Joubert,
y enseñándole unos redondeles trazados en
el mapa con lápiz rojo en tom o de Fasher,
Busein, Aoudjila, el monte Toussidé, Murzuk, Kouka e In-Saláh, dijo:
— En cada uno de estos lugares o en sus
alrededores está una de las clandestinas estaciones cuyos zas oímos esta mañana y en
estas direcciones aproximadas, sin poder
precisar ni ellas ni las distancias las que


,
aistancias, ion u
BÓ1_^ “ cmeron ^ aguja del radiogoniómetro,
cisJ { P° r quépara €sas no Puede usted pre*
__
.rorque a tan grande« distancias adquie-

49

POLICIA TELEGRAFICA
ren los errores inevitables de la apreciación
de dirección importancia muy grande.

—Entonces ya podemos volvemos a Agadés.
— No, porque com o al telegrafiar ellos a
las ocho, no lo harían a tal hora con exac­
titud del segundo, ni tal vez d d minuto, es­
tas posiciones no son sino burdamente apro­
ximadas, y para trincar los pájaros tendrían
los gendarmes que registrar grandes exten­
siones; pues, no siendo probable fueran tan
afortunados que la casualidad los conduje­
ra de primera intención a los nidos, sus pes­
quisas en los contornos de las estaciones
subrepticias alarmarían a los conjurados,
dándoles tiempo de desmontarlas antes de
que fueran sorprendidas. Por eso necesita­
mos ir acercándonos a cada una de esas
zonas para determinar en dónde están las
estaciones, con¡ error a lo sumo de un kiló­
metro, y empleando para ello la cruceta mo­
vida por las ondas, cual si fuera una brú­
jula.

setecientos metros de altitud en la ladera
occidental, no del monte Toussidé, sino de
su gemelo El Tarso, de la misma cadena de
El Tibesti.
Inmediatamente hizo cambiar Raúl la lon­
gitud de onda de su estación móvil para co­
municar con Agadés; y empleando la clave
oficial que, al Salir a su expedición, le había
dado Bertier, hizo a Joubert transmitir el
siguiente radiograma:
“Raúl Duvery a Jefe Gendarmería: Aga"dés.-—Comprobado funcionamiento estacio”nes clandestinas. Conocida, poco más o me"nos, situación siete, pero hay más y con
"mucha aproximación posición una en Tao,
"ladera monte Tarso. Desde luego, pueden
"hacerse allí pesquisas. Téngame corriente
"resultado. Buena hora nueve doce mañana,
"que a diario tengo afinada antena para co"municar Agadés. Prosigo viaje circular
"aquilatar situación otras estaciones. Tele’’fonee Techiasco, con abrazos papá y mis
"hermanos.— Raúl.”

— Es el diablo, es el diablo este c h i c o murmuraba el admirado ayudante.

—Vamos a hacer una especie de triangu­
lación topográfica, en la que las ondas elec­
tromagnéticas van a hacer el papel de los
anteojos de los teodolitos: una a modo de
topografía radiotelegráfica en la que los esespiados nos lo darán todo hecho. Por eso
de aquí no nos movemos hasta recibir otro
telegrama de la misma estación que ayer nos
puso sobre la pista a la cual llamo provisio­
nalmente de Toussidé.
—¿Pero cómo va usted a conocer que es
de ella y no de otra el telegrama que nos
llegue, si esos condenados no dan la indica­
ción de origen sino en jeroglífico? ¿En
qué?...
— En que al recibir los procedentes de
allá, precisamente ha de marcar el gonio
rumbo este-oeste; pues el lugar de esa
estación no puede diferir sino poco del
provisional, ya determinado para ella, y en
que estando muy cercana a nosotros, pues
dicha posición me dice que sólo distamos de
ella unos 200 kilómetros, recibiremos Sus
telegramas con grandísima claridad.
— Es el diablo, es el diablo...

Hasta el anochecer no llegó el aguardado
telegrama, en dirección muy próxima a la
colegida por Raúl. Trazada en el mapa, fué
a cortarse con la registrada la víspera para
la misma estación desde Deforú, muy cerca
de la posición provisional anteriormente ob­
tenida con la hora del telegrama de la ma­
ñana, y cayendo la definitiva sobre Tao,
pueblo asentado en situación dominante a

*

*

*

El radiograma últimamente interceptado,
que Raúl daba por cierto procedía de Tao,
era tan incomprensible como los anterior­
mente capturados y decía literalmente:
L a A — 20
d:ii
vonv
nasp
uenr
rrri

xhcg
irull
gima
sosg
;alo

modt
e;sx
:eys
itrp
ryie

yixd
bubu
lysy
ydn
m]ga

Cuando Joubert hubo acabado de €
birlo y pasó por él la vista, dijo:
Tan clavito como los de antes.
—Todas las letras y signos de puntua
ción están distribuidos en grupos de cua
tro— observó Raúl.
En este, sí; pero en los anteriores, no
—A verlos, a verlos.
Examinados los tres telegramas que ei
telegrafista tenía en el cajón resultaron ser
los grupos de letras de nueve en uno y de
cuatro en los otros.

c \ ese, al que le faltan las mayúsculas
y el número que encabeza los otros?... Pon­
ga cuidado en que no se le pase copiar nada
en los que reciba en lo sucesivo.
No, ese no es un telegrama, sino la tra­
ducción de mi gráfico de transmisión que
en todas las estaciones tenemos cuidado de
traducir de la cinta del manipulador des­
pués de transmitir para archivarlas y co­
tejarlas, en caso de reclamación con los ori­
ginales dados por el público o los jefes de

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
50
servicio. Vea usted la cinta Prendida a la
traducción por detrás, con un alfllenllo.
— ¿Pero a qué telegrama se refiere esto.
Porque usted no ha puesto otros que los en­
viados a Agadés, y ninguno estaba cifrado
como éste.
— ¡Cifrado! ¡Ja, ja, ja! No está mala ci­
fra. Son los disparates que transmití ayer
cuando esos que ya ha averiguado usted es­
tán en Tao contestaron a nuestra llamada;
los chas y los pun que dijeron no entendían.
¡Ja, ja, ja!
—¿Y para qué tradujo usted la gráfica de
tales tonterías?
__Para nada. Lo hice sin pensar: la fuer­
za de la costumbre.
La gráfica a que aludía Joubert es una
cinta de papel arrastrada por un cilindro
giratorio que la hace correr por debajo del
manipulador telegráfico cuando éste funcio­
na, y en la cual quedan impresos los puntos
y las rayas del alfabeto Morse en cada caso
transmitidos por dicho manipulador para
formar las letras y palabras de los telegra­

mas. Es, pues, una auténtica empleada para
vigilar el servicio de los telegrafistas.
__No extrañe a usted me haya confundi­
do porque como en su cawclistico telegra­
ma están agrupadas las letras de tres en
tres, su aspecto es semejante al de estos
otros cifrados.
—Pues es verdad. Sin duda lo que usted
llamaba combinaciones explosivas me salían
más rotundas disparando las letras de tres
en tres.
Con esto terminó la conversación; pues
Raúl cogió la traducción de la gráfica y se
quedó mirándola sin decir palabra. Pero sin
duda le interesaban aquellos chas fst afj pun
chfr de su redacción, si redacción cabe lla­
marla; pues después de cenar tornó a co­
gerla, comparándola con los telegramas ci-,
frados, y éstos entre sí, exprimiéndose los
sesos y torturándose el intelecto, sin sacar
nada en limpio en la imposible tentativa en
que estaba pensando de descubrir la clave de
los conspiradores. Hasta que, después de tres
horas bien largas, se decidió a acostarse,
llevando en la cabeza una grillera.

X'I
SOL

EN

JIRONES

Dejaremos a Duvery hijo seguir su ex­
ploración, acercándose sucesivamente a las
comarcas donde sus primeras observaciones
le habían revelado la existencia de escondi­
dos aparatos de radiotelegrafía; pues la ma­
nera como iba aquilatando los resultados pri­
mitivamente obtenidos sobre el lugar de ins­
talación de cada uno no ofrece novedad
después de lo ya visto, y porque de tan mo­
nótona labor sólo le distraía su descabella­
do y pertinaz intento de descubrir la clave
telegráfica; empeño más complicado de
día en día con la captura de nuevos tele­
gramas, que hacía entrar en probaturas, per­
mutaciones, combinaciones, cálculos y cábalas con resultado, por de contado nulo. Pero
no cejaba.
Al volver a la Residencia, hallamos ya en
plena actividad los trabajos de instalación
de la Central Heliodinámica.
Base de todo era la determinación hecha
por los Loberas del valor total de la radia­
ción solar en Techiasco, tomando la suma
de los valores de sus componentes calorífica,
lumínica, química y eléctrica: descomposi­
ción no explotada hasta entonces por nadie
y a la cual se debía que triunfaran ellos en
donde tantos fracasaron.

Para evaluar la radiación calorífica em­
plearon los procedimientos vulgarizados en
España por los escritos y las observaciones
de los astrónomos Cos y Fernández Ascarza;
para la lumínica, las pilas de Th. W . Case,
rudimentarias en 1921 y perfeceionadísimas
por Manolo Lobera; siendo evaluada la ac­
tividad química de las luces añil, violada y
ultraviolada, que a la tierra llega en luz de
sol por métodos ideados sobre los trabajos
de Hal-wchs, Erstel y Geitel.
Para ello comenzaron los argentinos por
desdoblar cada rayo de sol en los tres que
en él vienen: calorífico, químico y luminoso,
llevándolos por separado a instrumentos de
medición adecuados a sus naturalezas.
En el pireheliómetro—.piros, fuego; he­
lios, Sol; metro, medida: medida del fuego
del Sol—cayeron los rayos rojos del iris
dado por prismas o retículas, los más infe­
riores de los anaranjados, y los que por ba­
jo del rojo nos son tan invisibles como los
ultravioleta, pero revelados por el termóme­
tro como calor obscuro. Los restantes ana­
ranjados con los amarillos verdes y azules,
donde reside, principalmente en los prime­
ros, la mayor potencialidad luminosa fueron
encaminados a las pilas electro-luminosas,

POLICIA TELEGRAFICA
ya citadas, que midieron la energía de ellos,
previa directa conversión de su luz en co­
rriente eléctrica. Por último, los añil, vio­
leta y demás radiaciones obscuras del des­
hecho rayo solar, que a lo alto del espectro
traen la negra luz (1), para la cual es ciega
la retina humana y no la placa fotográfica
ni los ojos de los subterráneos animales
fueron medidos por su acción, sobre lá­
minas metálicas electrizadas ( 2) .

(1) De esta luz ya he hablado por extenso ex
la obra de esta biblioteca titulada “ De los Andes
al Cielo” .
(2) El pirehelirtmetro dió la Intensidad de la
corriente, que al pasar por una lámina ennegre­
cida de platino, la caldeaba con Igual intensidad
que otra gemela suya calentada por los rayos ca­
loríficos del Sol sobre ella enfocados. Este termó­
metro del Sol, no único, pues el arco iris del es­
pectro solar ofrece otro, está descrlpto en nume­
rosos tratados, y con detalles en el tomo de 1907
del interesante “ Anuario del Observatorio Astro­
nómico de Madrid” .
El pireheliOmetro consta de dos tiras de platino
finísimas y ennegrecidas, tan iguales como es po­
sible obtenerlas, que se exponen, alternativamente,
7* los rayos solares ; y mientras una se calienta por
el efecto de éstos, la otra se caldea por una co­
rriente eléctrica llamada compensadora.
Las bandas están en contacto con las soldadu­
ras de dos elementos termoeléctricos iguales, des­
tinados a revelar la intensidad de acción de la
radiación que actúa sobre una banda, y de la co­
rriente eléctrica capaz de compensarla, que obra
simultáneamente sobre la otra. Del valor de esta
corriente, medida con un miliamperímetro, se de­
duce el valor de la radiación solar.
Es sabido que, en virtud de un fenómeno, cono­
cido con el nombre de efecto reltier, cuando dos
soldaduras de dos metales diferentes se caldean
desigualmente, en ellos nace y por ellos corre una
corriente eléctrica.
Para operar con el pireheliómetro se deja ex­
puesta al Sol una sola de las bandas; por la otra,
que está a la sombra de la pantalla, se hace en­
trar la corriente compensadora hasta cbtener el
equilibrio, y sobre el miliamperímetro se lee en­
tonces, con el mayor cuidado, la intensidad de
esa corriente.
En la pila electroluz nació corriente engendra­
da por los rayos luminosos, cuyo trabajo fué me­
dido en vatios.
Las superficies electrizadas donde incidían los
rayos actinoeléctricos, violados y ultraviolados,
comunicaban con un electrómetro, que medía las
cantidades de electricidad negativa que a aqué­
llas era necesario comunicarles para compensar
la positiva traída por dichos rayos.
El pireheTTómetro medía calorías, o sea fuerza
calorífica; la pila electro ’ umínlca, vatios; es de­
cir. fuerza, y el electrómetro, colombios, o sea can­
tidades de electricidad capaces de desarrollar al
ponerse en movimiento energía eléctrica.
Tor último, como fuerzas caloríficas, eléctricas,
mecánicas, etc., no son sino apariencias de la
fuerza esencial convertible en toda otra ; evaluadas
aquéllas ya no tuvieron los experimentadores sino
acudir a las equivalencias que todo físico recuerda
fácilmente, e insertas en cualquier agenda para sa­
ber a cuántos caballos de vapor equivalía la suma
de las diversas actividades por el Sol derramadas

51

Dieron por resultado estas mediciones.
Fuerza calorífica equivalente a 2,30 caba­
llos por metro cuadrado.
Idem lumínica: 0,45 ídem por id.
Idem actino-química: 0,75 ídem por id.
Es decir, energía total caída en cada me­
tro cuadrado de superficie asoleada equiva­
lente al trabajo, desde el amanecer al ocaso
de tres y medio caballos de vapor. Bien en­
tendido, que tal dato es término medio de los
correspondientes a diferentes horas: menor
que el obtenido en las del centro del día,
mayor que |el de las primeras de la maña­
na y últimas de la tarde, y promedio tam­
bién do los observados en diversos meses dei
año (1).'
Era tan espléndido leste resultado que, a
poder los Loberas capturar, sin pérdida, tal
torrente de fuerza caído en el pequeño
campo de insolación de 20 hectáreas (31
fanegas), al que, a reserva de ulterior des­
arrollo, se proponían limitar, por lo pronto,
su explotación, sería el rendimiento diario

sobre el suelo de Techlasco desde el orto a la
puesta.
,
Para que los técnicos no me muerdan, consigno
que a conciencia empleo mal, a veces, la palabra
fuerza por la de trabajo, que es la mecánicamente
correcta. Y lo hago asi porque, a quienes no son
duchos en mecánica, les es más familiar y com­
prensible el concepto de fuerza. Y como aquí i.o
estamos en un aula...
(1) Aunque el Sol envía siempre a la '•ierra la
misma energía, en forma de radiación solar— cons­
tante solar en términos técnicos— , una parte es
absorbida por la atmosfera atravesada por ella en
espesor mínimo cuando por hallarse el Sol en el
cénit caen sus rayos perpendicularmente sobre el
suelo, y creciente con la profundidad de la capa de
aire que han de recorrer antes de llegar a aquél;
siendo este aumento y la absorciOn de energía por
el aire, tanto mayores cuanto m&s cercano el Sol
al horizonte.
Por ello decrece la radiación llegada a tierra
segfin se consideran horas más alejadas del me­
diodía, y por la misma causa varia con las es­
taciones y las latitudes, siendo mayor, en general,
en verano que en Invierno, mayor en las zonas tem­
pladas que en las polares y todavía muchísimo
mfis en los países tropicales, como el Sahara.
Los principales físicos que han hecho estudios
serios sobre la radiación solar son Hershell Pouillet, Moucbot, Violle, Soret, Crova Forbes, Dosains, Lambert Randau, y en España Cos y Ascarza.
Ascarza, en su Interesante estudio titulado La
Radiación Solar (1916), y como consecuencia do
sus observaciones y cálculos, fija el valor aproxi­
mado de la constante solar en dos pequeñas calo­
rías, o sea calorías-gramo por centímetro cuadrado
y minuto, lo cual equivale en grandes calorías (ca­
loría kilogramo a 0,333 por segundo y metro cua­
drado : en kilográmetros a 1,42, y en caballos de
vapor a 1,89.
; Lflstima que no se pueda recoger tal calor en lo
alto de la atmosfera 1 El Smlthsonian Instituto da
como consecuencia de 696 observaciones en diversas
épocas y latitudes 1,93 para valor medio de la
constante solar.

b iblio teca

NOVELESCO-C.ENT.F.CA


vatíor trabajando doce
de 700.000 caballos de vap
horas.

. „ „ „ o la ilusión de reco-

M3S n° .Í Ü in d u s t r ia l e s los dones del
ger en aPara*°
nte. como en los expenSol. tan ínter
^ imposible evitar que al-

ria entre luz visible y luz ultraviolada. TX1
i,
/.untarse con el consumo de
tía. ademas, c0" f "is m a c e n t r a l requiri.
fuerza que en la misma cernía.
rían faenas exigidas por la explotación, y
era además preciso dedicar alguna a una
pequeña fabricación accesoria, pero indispen­
sable, cuyo objeto será luifgo indicado; re­
sultando, m suma, que por fatales deficien­
cias mecánicas de la realidad los 700.000
caballos de sol llegados en cada instante al
campo insolatorio, quedarían reducidos al
aprovecharlos
como
fuerza motriz
a
450.000, caso de utilizarlos en el mismo
Techiasco, y en el general de transportarlos
por ondulación etérea atmosférica, o tal vez
subterránea para venderlos en Madrid, Pa­
rts Roma. Londres, Berlín, etc., a las indus­
trias, todavía bajarían a 350.000 ó 300.000,
Ya es buena baja, el resultado no es para
gunte quien tal crea a cualquier ingeniero,
envanecer a nadie, dirá el lector. Pero pre­
maquinista o director de empresa, por el efec­
to útil de sus máquinas o turbinas de vapor,
de sus dínamos, del carbón comprado o de los
capitales invertidos en embalsar el agua en
la presa del salto, y le dirán que rendimien­
tos como por los obtenidos por Lobera, son
no ya buenos, ni magníficos, sino increíbles
y capaces de revolucionar al mundo indus­
trial: máxime cuando el manantial Sol su­
ministra su fuerza más liberalmente que la
tierra el carbón qute esconde en sus entra­
ñas, defendiéndolo con la dureza de las ro­
cas que lo cubren con hundimientos y ex­
plosiones. Y cualquiera de esos técnicos tes­
tificará la perspicacia de Echegaray al va­
ticinar que “los motores solares están lla­
mados a realizar maravillas en la indus­
tria" (1).
Que tal predicción (estaba en vías de cum­
plirse lo vieron patente Duvery y los ingenie­
ros a sus órdents, a la sazón reunidos en
el centro de trabajos, al tener noticia de
aquellos tres y medio caballos que en sus
experimentos preliminares encontraron los
dos hermanos en cada metro cuadrado de

energía del combustible. Lo demas

* r " " 1”

suelo: copioso filón de fuerza por el cual
fueron calurosamente felicitados en la ha­
bitual tertulia nocturna, donde no se habla­
ba en toda aquella temporada sino del invento y de las obras en marcha para su im­
plantación.
— Les habrá a ustedes sorprendido tan
magnífico resultado— dijo uno la noche en
que aquél fué dado a conocer.
— No; pues conociendo las investigacio­
nes análogas, pero sólo referentes al calor
solar, realizadas por Ascarza cerca de Ma­
drid, a cuarenta y pico dte grados de lati­
tud, y los resúmenes del Instituto Smihsoniano de centenares de mediciones hiechas
en tí>do el mundo, ya presumíamos que en
el Sahara, en plena zona tórrida, obtendría­
mos resultados muchísimo más favora­
bles (1).
— Y como mi hermano acaba de hacer
notar que las mediciones anteriores no to­
maron en cuenta sino la radiación calorífica,
y nosotros utilizamos además otras activi­
dades...

— ¿Y cómo se llega a ese desdoblamiento
de ellas?... Pues supongo que no irán ustedes
a convertir los pequeños aparatos ópticos de
(1) Trabajos realizados de julio a septiembre
de 1915 en la Sierra de Guadarrama— Siete Picos
y sus cercanías— por el citado astrónomo del Ob­
servatorio de Madrid.
La máxima radiación observada en el suelo por
Ascarza fué de 1,334 pequeñas calorías (18 de ju­
lio), equivalentes 1,257 caballos de vapor por me­
tro cuadrado.
Este resultado viene a ser sumamente concor­
dante con el que podría obtenerse de los datos ya
aludidos de Smithsonian Instituí.
Pero los Loberas sabían que en épocas en que
el So) se encuentra más alto sobre los horizontes
de España, que en las de las experiencias realiza­
das por Ascarza, el calor llegado al suelo ha de ser
mayor por ser menor el espesor de la atmósfera por
el Sol atravesado. Sabían, además, que las observa­
ciones de Violle en Argelia habían dado en dicho
país, más cercano al trópico que la Sierra de Gua
darrama, radiación solar por término medio igual
(una vez hecha la conversión) a caballo y medio en
vez del caballo y cuarto del Guadarrama.
Aun cuando desconocieran los datos sobre que &e
fundara la afirmación de Ciamiciani, sabían los ar­
gentinos que éste había evaluado en 1,955 caballos
de vapor la energía del calor llegada a cada metro
cuadrado de tierras desiertas, y aun cuando les
pareciera sumamente exagerada otra evaluación
hecha como resultado de experimentación en las
llanuras de Arizona, que dió para tal energía 3,48,
cantidad muy alta, que acaso obedeciera a errata
en la impresión de los resultados de dicha experi­
mentación. realizada por Williams Calver; una y
otra eran claras pruebas de que la práctica corro­
boraba lo que el juicio indicaba: es decir, que
cuanto más cercana al ecuador la comarca y más
descargada la atmósfera de vapor acuoso, tanto
mayores habrían de ser la constante solar y la cantidad de calor de ella llegada a! suelo, no sorpren­
diéndoles, por tanto, que la parte de energía ca­
lorífica que de la solar midieron en el Sahara con
el Sol cerca del cénit de Techiasco les diera aque­
llos 2,30 caballos por segundo.

POLICIA TELEGRAFICA

53

sus experimentos de laboratorio en gigantes­
cos prismas de centenares de metros.
— Y supone usted bien, querido suegro.
En primer lugar cuando los rayos lumino­
sos lleguen a los numerosos, pero pequeños
elementos destinados a transformar su ca­
lor y su luz, ya habrán perdido, en un pri­
mer cribado, la electricidad, diluida en uno
y otra y cedida al paso a grandes, pero
sutiles telas metálicas montadas de perfil,
con resp eto al Sol, para que apenas subs­
traigan calor a sus rayos. Esta idea análo­
ga a otra de aquel célebre Tesla, que a fines
del siglo pasado y comienzos de este xx,
que expira, fué llamado el mago de la elec­
tricidad, me dará en los condensadores
donde recogeré tal electricidad, la primera
de las tres cobechas de energía que de los
rayos de sol he de recoger.
— Veamos las siguientes:
El nudo del problema estriba en la fa­
bricación de una aleación cristalina, que a la
vez que diáfana a la luz he tenido la suer­
te de hacer impenetrable al calor: es decir,
un filtro que me da luz fría en un lado y
calor en el otro.
— A ver, a ver, explique eso un poco más.
-— Si, si: luz de sol fría suena a cosa im­
posible. Explique, explique.
-—Hasta ahora, al caer rayos de sol sobre
un espejo cóncavo, juntos iban su calor y su
luz a concentrarse en el foco del espejo, y
si caían sobre una lámina transparente, jun­
tos también la atravesaban. Mas, trabajando
un día en mi despacho, fijé sucesivamente la
vista en los diferentes colores blanco del
papel, rojo de la carpeta de escribir, verde de
las tapicerías y negro de un pisapapeles de
azabache, y pensé en seguida que en cuanto
oerrara el balcón, papel, cuero y tapicería se
tornarían tan negros como el azabache, no
más, y que al abrirlo nuevamente, vería aque­
llos objetos con sus colores diferentes, aun
cuando a todos los iluminara una mitona luz.
Recordé entonces que la causa de esto es
que en la superficie del papel blanco pueden
nacer, y nacen cuando la luz blanca del sol
llega a ella, todas y cada una de las vibra­
ciones de diversa rapidez, características de
las siete luces de colores que están fundi­
das en dicha luz blanca (1) y al trabarse
las siete nos hacen ver blanco el papel, por
ser el color blanco, resultado de la mez­
cla de esas siete luces; mientras en el cue-

ro rojo y en la cortina verde no pueden v
brar sino el rojo y el verde, respectivamen­
te, de sus superficies, desapareciendo los de­
más colores venidos con aquéllos en la luz
blanca al sumirse en lo jhondo del cuero >
la cortina donde quedan extintos.
Muchísimas veces había pensado antes
en esta explicación archisabida, sin pasar
más allá de- ella, pero aquel día di otro paso,
y una vez más se repitió, por suerte, el fre­
cuente caso de que una conocida nimiedad,
durante siglos desdeñada, condujera en mi­
nutos a un descubrimiento.
— ¿Cómo dió usted ese paso?
-— Gracias a que a la par que meditaba
por qué eran blanco iel papel de escribir y
roja la carpeta, sentí gran calor en una ma­
no, donde me daba el fuerte sol entrado a
través de la vidriera, asaltándome de im­
proviso la idea de que lo mismo que las cor­
tinas y el cuero eran verdes y rojo, por vi­
brar en ellos rayos luminosos de dichos co­
lores, el calor de mi mano procedía de su ca­
pacidad de vibrar con los rayos caloríficos
trabados con los de luz en la solar y que a
faltarle a mi piel tal aptitud, como le falta
al azabache la de vibrar luminosamente, es­
taría mi mano tan negra como éste, digo,
negra no, fría.
Y aun pensé más, diciéndome que si el
vidrio de la ventana no dejara pasar al
mismo tiempo luz y calor, luz solamente
habría entrada adentro, quedando el calor
fuera, y en tal supuesto, la energíj lumino­
sa se habría podido recoger a un lado de la
vidriera y la calorífica al otro.
-— Es verdad, es verdad.
-— La idea es clarísima y sencilla.
— Como todas las verdaderamente fructí­
feras.
■— I>esde aquel momento comprendí que
la captura íntegra de la energía solar sería
un hecho en cuanto yo supiera fabricar za­
randas, perdónenme lo grosero del símil,
bueno, tamices, capaces de acribar ese pro!
digio, que es en el iris de las nubes una de
las bellezas de la Naturaleza y en el espec­
tro de los laboratorios testimonio de su in­
mensa grandeza.
— ¿Y cómo fabrica usted el cedazo?
— No hay tiempo para explicarlo, pues al
hacerlo, tendríamos que acostarnos demasia­
do tarde.
— Pues quédese para mañana.

(1) Si sobre un papel blanco hago caer luz roja,
no veo el papel blanco sino rofo. Y azul verde!
amarillo, si la luz enviada sobre él tiene esos co­
lores ; lo cual prueba que en un objeto blanco
puede vibrar aisladamente cada uno de los diver­
sos colores, y cuando luces de todos ellos caen a
la rez sobre él, como ocurre al ser alumbrado por

luz compuesta de los siete elementales, la vibra­
ción simultánea de todos en su superficie nos lo
muestra blanco.
Inténtese hacer igual experimento con papeles
no blancos, sino de colores, y se veré que esto es
imposible, pues las luces coloreadas enviadas sobre
él desaparecen o se desnaturalizan, sin darnos
nin n rn

BIBLIOTECA

54

NOVELESCO-CIENTIFICA

T

XII l
manos

a

la siguiente noche reclamó Don Gusta­
vo en cuanto estuvo Teunida en el salón la
tertulia cotidiana, que diera Pepe la pro­
metida explicación de cómo fabricaba sus
harneros termo-luminosos, contestando a lo
cual lo hizo el inventor en los siguientes tera

U llU V O .

.

__ Sin entrar en químicos detalles, innecesarios y hasta engorrosos, para hacerse
cargo del fenómeno físico sobre la compo­
sición que empleo en mi cedazo, formo éste
con superficies cóncavas que respecto a la
luz no son espejos; pues siendo transparentes
y no estando azogadas, se dejan atravesar por
ella, pero cuya composición las impide ab­
sorber calor ninguno, del llegado a ellas, que
es totalmente reflejado y concentrado en el
foco, donde encuentro todo el venido en el
rayo del sol, en tanto, al otro lado del espejo
hallo la cernida luz fría que con aquél esta­
ba entremezclada.
__ Un divorcio, un verdadero y cruel di­
vorcio.
__ De cónyuges unidos de tiempo inmemo­
rial en perfecta avenencia.
— ¡Pobrecillos!... Pero ya que hemos vis­
to que el esposo va al foco del espejo, donde,
claro es, levantará vapor caldeando agua en
calderas exteriormente ennegrecidas...
__ No, Don Gustavo: ese que fué el siste­
ma de nuestros predecesores, sería poco ori­
ginal.
__ Entonces serán aire o gases los calen­
tados.
__ Tampoco... Y por ahora no digo más
sobre ese punto. Refrene su curiosidad has­
ta que llegue oportuna ocasión de satisfa­
cerla.
— La aguardaré pacientemente, ¿pero es
que tampoco va usted a darnos noticia de
la suerte de la pobre esposa repudiada?
__ Si, señor: la luz, helada ya hasta las
entrañas con el frió de su truncado idilio,
mas no por ello menos rutilante, sigue soli­
taria su camino, es decir, sola no, pues to­
davía la acompañan otras actividades que
en su seno laten, yendo a caer sobre una
multitud de delgadas placas de rubidio oxi­
dado, adheridas a la superficie posterior del
tamiz.
— Quiere usted decir la cara posterior del
cristal... ¿No es eso?
— Si. Dichas placas, eléctricamente ais­

la

obra

ladas unas de otras por recuadros de caucho
se hallan en contacto con esa cara Posteno
y a cada una de ellas corresponde otra lámi­
na de igual tamaño y paralela a ella, pero
de cobre, quedando interpuesto entre rubídio y cobre trozos de franela impregnada en
agua salada, que humedece las placas.
__Vaya, unos sandwichs eléctricos.
— Precisamente.
—Parecidísimos—dijo Duvery—a los de
la primitiva pila de discos de cobre y cinc
del ilustre padre de la electroquímica.
__ Sí: mas con la diferencia esencial de
que en la de Volta surge la corriente en
cuanto se unen con un alambre el cobre con
el cinc, y en la de que hablo (modificación
ideada por mi hermano Manolo de la inven­
tada por Míster Case) no circula corriente,
uniendo de igual modo rubidio y cobre, sino
en el caso de estar el primero iluminado por
la luz solar: lo cual demuestra que las ener­
gías químicas y eléctricas, al parecer naci­
das en la pila, no hacen sino reaparecer en
ella, por ser en realidad fuerzas en el Sol
engendradas y a la Tierra impelidas con los

( 1 ) La primera Idea de las pilas fotoeléctricas
perfeccionadas por Manuel Lobera, hasta obtener
un rcndiraienfb tíe ellas notablemente mayor que
el inicial, la tuvo, según nuestras noticias, Míster
Theodore. W . Casé, que en 1916 dió cuenta de su
descubrimiento a la New-York Eléctrica Society.
He aquí el primero, y, por lo tanto, más intere­
sante de sus curiosos experimentos :
Se arrolló a un corcho alambre de cobre de
modo que las sucesivas vueltas no se tocaran una
a o f r a ; entre éstas se arrolló en igual forma, y
también evitando los contactos, un segundo alam­
bre de bromuro de plata ; se conectaron los extremos
de loe alambres a un par de teléfonos, y el corcho
se colocó debajo de un chorro de agua. Y ahora
llega lo interesante, pues en cuanto se hizo llegar
luz de un modo intermitente al corcho, convertido
en bobina eléctrica, cantaron clara y distinta­
mente los teléfonos. SE H A B IA D ESCU B IER TO
LA P IL A FO TO ELECTR ICA.
Sucesivas experimentaciones hicieron conocer que
el elemento activo de esta pila era el cobre, pues
cuando la luz caía solamente sobre él y no sobre'el
hilo de bromuro de plata, seguía cantando el telé­
fono, que enmudecía cuando, en sombra el cobre,
no llegaba la luz sino a la plata.
Largos ensayos y variadas probaturas conduje­
ron a emplear agua salada en lugar de agua pura,
y a prescindir del alambre argentífero, constitu­
yendo la pila con dos placas de cobre, puro en una
y oxidado en la otra, que era la activa y equi­
parable a la de zinc en las pilas electroquímicas.
Y se observó algo más y muy interesante: que

POLICIA TELEGRAFICA
__ ¿Y queda ya con eso terminado el des­
pedazamiento de los rayos solares?
— Algo más llega en ellos; mas para apro­
vechar ese algo, todavía ha de aguardar la
humanidad que surja alguien capaz de dar
ese otro paso que nosotros no sabemos dar.
— ¿La radioactividad?
— Precisamente, amigo mío. Pero ese es
hueso que para nuestros dientes está, aún
demasiado duro.
— No son tiernos los que ya han roído us­
tedes.
— Pero no dan más carne que la ya dicha,
pues lo explicado es todo lo esencial en el
invento: aparte los detalles mecánicos de
instalación y los procedimientos de acopio,
transformación y canalización de la fuerza.
*

*

»

Tan pronto los Loberas se decidieron a es­
tablecer la Heliodinámica en Techiasco, tele­
grafiaron a su socio sueco, que en América
estaba, y a los agentes a quienes en diversas
capitales europeas había encargado Pepe de
hacer las compras necesarias para completar
y reparar los aparatos destruidos o inutili­
zados en la explosión de Los Llanos, de que
se dió noticia en “Los Vengadores” .
Al primero se le avisó ser ya ocasión de
enviar al Sahara el material escapado in­
tacto de aquel siniestro, el averiado ya re­
compuesto allí, el susceptible de recompo­
sición, y con todo esto tres ayudantes, quí­
mico, mecánico y eléctrico, de los Loberas,
unos cuantos maestros de taller y hasta dos
docenas de obreros aventajados de la arrui­
nada explotación que al cuidado del mate­
rial aguardaban en ella la orden de llamada
para cooperar a instalar la nueva.

haciendo pasar la luz a través de agua antes de
caer sobre la placa activa, con objeto de enfriar
dichos rayo» de luz, no se advirtió diferencia en
el rendimiento eléctrico de la nueva pila, lo cual fué
prueba de que en la aeclfln no interviene el calor.
Se ha hablado del rendimiento, el cnal, durante
experimentos detenidos hechos en La Florida, dio
por resultado, para un elemento cuyas placas fue­
ran de 10 X 7.5 centímetros, fuerza electro motriz
en la corriente de un décimo de voltio e intensidad
0.000 amperios.
Claro es que aumentando el tamafio de las pla­
cas o uniendo dos del mismo nombre, se multiplica
la intensidad por la superficie, y uniéndolas en se­
rie crece la fuerza electro motriz proporclonalmente al número de elementos enlazados.
El profesor Itrown dice haber calculado la ener­
gía lumínica utilizada en estas pilas. Para ello ha
transformado la energía eléctrica obtenida en
energía térmica. Convirtiendo los resultados por él
obtenidos en trabajo mecánico, resulta el realizado
por la luz en un día despejado equivalente a 70
kilográmetros por segundo; es decir, poco menos de
uo caballo de vapor.

A los agentes comerciales le fué encarga­
do que recatadamente empaquetaran y re­
unieran en lugares alejados de las usuales
vías del tráfico comercial el material po
ellos adquirido, que los aerodirigibles pro­
piedad de la Heliodinámica, y otros dos al
efecto fletados por el sueeo irían a cargar a
dichos puntos.
Constituían las primeras y más duras
faenas a realizar en Techiasco vastas obras
de remoción de tierras que se comenzaron
excavando el campo entero de insolación
hasta profundidad de tres m etros; pero de­
jando a distancia de cinco uno de otro, tes­
tigos o hitos de tierra, sin derruir; venide­
ros pilares de los arcos de sostenimiento de
una cubierta, que sería a la par techo dej
hueco vaciado en el terreno y piso del
campo insolatorio. Los arcos y entramado
de cemento armado de tal piso fueron mon­
tándose según iba avanzando el enorme va­
ciado.
A tener que realizar tal trabajo con los
elementos previstos en el proyecto de los
sabios argentinos, habria sido la empresa tan
larguísima como la pasada de Los Llanos;
pero no habiendo mal que por bien no venga,
y asustados con los rumores de próxima re­
belión los consejeros de administración, en
París, de los ferrocarriles sahárlcos, ordena­
ron suspender las obras, reconcentrar en
Techiasco el material y el personal técnico
europeo y despedir a los jornaleros indíge­
nas, permitiendo esto a los inventores tri­
plicar sus elementos de trabajo, agregando a
las mecánicas perforadoras, dragas y torpe­
dos subterráneos traídos en ios zepelines de
la Argentina y de Europa, las excavadoras
de trincheras y barrenas de túneles de perte­
nencia de la compañía ferroviaria, que
muy satisfecha de esta pequeña compensa­
ción a los quebrantos acarreados por la sus­
pensión de sus obras, les alquiló el herra­
mental.
Además, a los brazos de los setecientos ne­
gros contratados por Manuel en el Congo,
pudieron sumarse los de dos mil quinientos
braceros despedidos del ferrocarril. Gracias
a esto, cuando fué descargado el zeppeiín que
traía a los operarios americanos y la prime­
ra remesa de material, ya habían comenzado
y recibido un buen avance los trabajos de
excavación.
Veinticuatro potentísimas zanjeadoras me­
cánicas, movidas a gran velocidad por la
■eléctrica fuerza recibida de Stanley-Pool,
ahuecaron hasta tres metros de profundidad
zanjas maestras paralelas de un metro de
anchura, dejando subsistentes, entre cada
dos contiguas, paredones naturales de tierras
no excavadas, con espesor de dos; y pequeñas

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
56

de
barrenas, llamadas topos, perforaron
través estos muros por sus bases, socavando
los asientos de ellos.
Hecho esto, llegaron los arietes eléctri­
cos, que golpeando con fuerza de varias to­
neladas en los muros sin base, derrumba­
ron las tierras entre hito e hito: no que­
dando otra labor para los zapapicos de los
cavadores que abrir estrechas hendiduras
verticales en los muros antes de la llegada
de los arietes para marcar la situación de
dichos tetones, y recortar éstos a sus debi­
dos tamaño y forma después de ya extraídas
las tierras.
En el escombrado, tremenda faena, pues
la total cubicación de lo acarreado arrojó
más de cuatrocientos mil metros cúbicos,
no fueron empleados los obreros sino para
cargar las vagonetas suspendidas de cables
viajeros, cual todo allí, impulsados por las
cataratas del lejano Congo.
Parte de las tierras se vertieron sobre los
parapetos de la Residencia, aumentando su
relieve y anchura, y el resto fué empleado
en constituir otro circunvalando el campo
insolatorio y las futuras fábricas de trans­
formación de la energía solar, anexas a él,
que los operarios venidos de la Argentina
armaban mientras avanzaba el excavado;
pues dichas fábricas y todas las dependen­
cias y oficinas se instalaban en los mismos
edificios desmontables ya usados antes en
Los Llanos, o en otros nuevos, pero del mis­
mo tipo.
El primero que estuvo listo fué el de los
hornos eléctricos destinados a fabricar v i­
drio basto en planchas de dos centímetros
de grueso para substituir las inutilizadas de
la primitiva instalación boliviana, y otro
más basto todavía, que en grandísimas can­
tidades y machacado habría de emplearse,
como a su tiempo se verá.
La arena para esta fabricación sobra en
el Sahara, la caliza estaba en unas canteras
de Tembellaga, la sosa se obtenía de la sal,
casi tan abundante allí como la arena y el
azufre para fabricar con aquélla el sulfato
sódico fué importado de Dakar y San Luis.

En 1922 sorprenderá que las grandes car­
gas representadas por el cúmulo de pesadas
cosas, llevadas a Techiasco, sobrado flete de
un trasatlántico de gran porte, llegaran por
vía aérea, impropia hasta ahora para tal
clase de transportes; pero del año 22 ai 90,
la aviación y la aeronáutica habían transsigido la querella añeja en que aeróstatos
más ligeros y aviones más pesados que el

aire se habían disputado dnrante mucho

tiZ p T el dominio de la atmosfera: fausto
el de la transacción, del cual pa­
rió un novísimo tipo de nave aerea, seme­
jante aun cuando en gigantecas proporcio­
nes a algunos insectos, con tórax de Zeppe­
lin y alas de aeroplano: el aerodino.
Dióse a estos transatmosféricos cuerpo
central compuesto, para facilidad en los vi­
rajes, de tres trozos pisciformes articulados
unos en prolongación de otros, con longitud
cada uno de ciento cincuenta metros y diá­
metro de ochenta, dotándolos así de colosalpotencia ascensional. Pero además corrían a
toda la longitud de cada uno, y por ambos
costados alas rígidas cual las de un monopla­
no con saliente a cada lado de setenta me­
tros, y no constituidas por planos, sino por
placas curvas de duraluminio que les daban
forma, cuya sección lenticular dejaba en
su interior enorme espacio hueco que con­
tribuía a aumentar el empuje ascensional
del aéreo buque, al cual se agregaba el de
sustentación debido a la velocidad una vez
que lanzado en vuelo le comunicaba el im­
pulso de sus motores de millares de caballos.
Estos caballos, apenas recargaban los albatros (así fueron llamados vulgarmente es­
tos aercmóviles), pues procedían de motores
eléctricos ligeros, y recogían la fuerza ac­
tuante en ellos de ondas etéreas circulantes
en la atmósfera que hendían los albatros,
lanzadas por centrales de energía como la
repetidamente citada de Stanley-Pool. Y
como estos motores no habían menester com­
bustible, no había que recargar las naves aé­
reas con el peso muerto de la provisión de
éste.
Además, a las potencias ascensional
estática en reposo y de sustentación diná­
mica debida a la velocidad en vuelo, se agre­
gaba la acción de seis potentes helicópteros,
verticales, claro es, cuyo helicoidal movi­
miento aumentaba en caso de avería, único
en que se usaban, su poder ascensional.
No hay que decir que estos imponentes
aparatos no podían rizar el rizo ni hacer
otras inútiles habilidades de acrobatismo
aéreo; pero como tampoco podían dar volte­
retas catastróficas si fallaba el motor, ni un
escape del hidrógeno producía vertiginosa
sino lenta caída, gracias a las alas de la ve­
locidad y a la intervención automática de
las hélices horizontales de los helicópteros,
esto valía más que aquello. Por último, lo
más peregrino de estos monstruos de la lo­
comoción aérea, es que lo difícil para ellos,
aun plenamente cargados, no es sostenerse,
ni subir, sino descender, lo cual sólo consi­
guen empleando potentes bombas, movidas,
como todo en ellos, por ondas electromag-

57

POLICIA TELEGRAFICA
Héticas llegadas por la atmósfera, que en de­
pósitos ad hoc comprimen aire tomado de
ésta. El aire, pues, es el lastre inagotable
de estos aparatos (1).
En suma, que durante el siglo xx (y sin
que esto implique que como sutiles naves
dejaran de emplearse los aeroplanos perfec­
cionados con la adición del helicóptero), la
navegación aérea que podemos llamar de car­
ga, había evolucionado como la marítima,
que cada vez halla superiores ventajas en
construir barcos más y más grandes; como
la balística, que con sólo aumentar el em­
puje arroja proyectiles de día en dia más
pesados; tanto, que los de hoy parecerían
absurdos a los artilleros de antaño.
Por supuesto, nadie busque en tales trans­
atmosféricos colgantes barquillas, ni estorbo
alguno externo en donde pueda el aire en­
contrar resistencia; pues carga y pasajeros
se estiva y alojan en el interior del cuer­
po principal de aquéllos, perforado además
de proa a popa en forma que sobre no ofre­
cer sino aristas agudas, al empuje del aire
aumenta grandemente la solidez del esquele­
to de las naves, cuya velocidad llega a 250
kilómetros a la hora: con la cual no fué ex­
traño que rindiendo viajes de Madrid o Pa­
rís a Techiasco en once y catorce/horas, res­
pectivamente, y en treinta y cuatro desde
Bueno Aires, pudieran transportar en mes
y medio de constante ir y venir todo el ma­
terial de nueva compra y dejar terminada
la mudanza del que en América estaba.
Entre este último vinieron los filtro-re­
flectores solares— por Lobera llamados ce­
dazos del calor y la luz—formados por es­
pejos cilindro semiparabólicos, al dorso de
los cuales se montarían las pilas electrolumínieas.
Venía asimismo un gran surtido de pla­
cas que de canto al Sol recogerían, cuando
a gran altura fueran suspendidas, la electri­
cidad volandera diluida entre la luz y el
calor.
(1) Antes de poner reparos gramaticales al pá­
rrafo anterior por el extraño empleo de es y era
para lo que parece debiera ser seré, téngase en
cuenta que el autor habla, no en 1922, sino a
finales del siglo, cuando ya serán hechos pasados
cuantos relata en este libro.

El campo de insolación, con sus fabriles
anexos, fué establecido aledaño a la Resi­
dencia, formando el parapeto elevado en tor­
no de él, lo que en fortificación se llama una
obra avanzada.
Con ello aumentó el desarrollo del recinto
que podía haber necesidad de defender; mas
sin inconveniente por haber crecido también
el número de defensores con la gente venida
de América y con los negros congoleses.
Pero no con los jornaleros del ferrocarrril
que la suspensión de las obras de éste per­
mitió contratar a los Loberas; pues con la
sola excepción de los fieles dazas, con ante­
rioridad reconcentrados en el centro de tra­
bajos, tales braceros no eran de fiar.
Solamente dazas y congoleses quedaron,
por tanto, en el interior de la plaza— pues
plaza fuerte, en realidad, era aquélla, y has­
ta artillada con varios cañoncillos revólveres
fácilmente transportables y no pocas ame­
tralladoras— , acantonándose en la cercana
aldea los que en ésta cupieran de los demás
braceros, y acampando el resto en sus inme­
diaciones.
*

*

*

Excavadoras de trincheras, máquinas to­
pos, arietes, cables y vagonetas colgadas
trabajaban día y noche, a la luz, durante
ésta, de intensísimos arcos voltaicos encen­
didos por las ondas eléctricas de StanleyPool; los obreros lo hacían en dos tumos,
de tres de la tarde a una de la madrugada,
unos, y de esta hora a once de la mañana
otros.
Dirigían las cuadrillas los capataces veni­
dos de América, los del ferrocarril, y en
plano más elevado, los ociosos ingenieros
del último, a quienes el aburrimiento, de una
forzada ociosidad movió a prestar entu­
siasta cooperación a la obra de los sabios
y simpáticos americanos, que con este valio­
so refuerzo de un personal ilustrado, pudie­
ron activar los progresos de ella, delegando
en dichos ingenieros la dirección y vigilan­
cia de determinados trabajos.
Gracias a tal acumulación de favorables
circunstancias, se acabó en menos de tres
meses una- empresa cuya duración en las
presupuestas en los primitivos planes d»
Pepe habría pasado de dos años.

58

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIEN TIFICA

XIV
donde empieza a nublarse la estrella
Mientras las obras avanzaban en Techiasco continuaba Raúl su raid electro-policíaco,
habiendo conseguido, sucesiva pero no fácil
ni rápidamente, descubrir las situaciones de
hasta seis estaciones clandestinas.
En cuanto tuvo las de las dos primeras se
las telegrafió a Bertier, de vuelta ya de la
visita a su coronel en Tafilete, para que co­
municándolas a los oficiales de gendarmería
de los puestos más cercanos a 1 as zonas
señaladas enviaran a os lugares indicados
parejas escoltando a telegrafistas encarga­
dos de sorprenderlas.
Fracasadas estas primeras intentonas des­
confiaron los colegas de Bertier, y hasta es­
te mismo, del fundamento de las noticias
enviadas por aquel atolondrado chiquillo,
que por su parte achacaba el fiasco a torpe­
za de los telegrafistas; pues de parecerse los
empleados a la muestra que él tenía al lado,
serian practicones rutinarios sin conoci­
miento científico de los hondos problemas
de la radiotelegrafía; por lo cual, y pen­
sando que la prosecución de infructuosas
pesquisas no conduciría sino a alertar a los
conjurados, descubriéndoles la telegráfica vi­
gilancia sobre ellos ejercida, cesó de enviar
noticias, cuya torpe utilización amenazaba
frustarle la campaña, con la cual se ufanaba
y estaba decidido a terminar sin ajenas ayu­
das, según manifestó a Bertier en una de las
conferencias que casi todas las mañanas c e ­
lebraba con él.
— Pero, muchacho, ¿estás verdaderamente
seguro— dijo Bertier desde la estación de
Agadés— de que en esos sitios hay efectiva­
mente?. . .
— Tanto por lo menos— contestó el im­
pulsivo Raúl cortando con su respuesta la
transmisión de la frase de Bertier— como
de la imbecilidad de quienes no han sabido
ver las ies debajo de los puntos que les he
puesto claros delante de las narices.
— Mira que en cosas tan sutiles como esas
en que andas, puede el deseo a veces....
— Dígalo, dígalo claro: ya lo veo, usted
piensa que lo he soñado todo.
— No digo tanto.
— Que he visto visiones; que no hay que
hacerme caso.
— No seas fuguillas, hombre.

DE RAUL

__ Por eso y por otras cosas, no volveré a
enviar a usted más noticias hasta que no
puedan dar lugar a dudas. Yo me las com­
pondré solo. Después de todo, para lo que
vale la ayuda que pierdo...
__ Pero, criatura, no seas coheta.
__No, si más vale así: esos torpes iban
a estropeármelo todo, escamando a los que
queremos descubrir. Adiós, Señor Bertier.
__ Aguarda, escucha. No te atufes, hom­
bre. ¿Pero es que no piensas volver a lla­
marme?
—¿A qué?. . .
__ ¿Ni a contestar cuando te llame?
— Eso no; no soy tan descortés... Pero
sólo por atención a usted, y para que mi
padre y Emma sepan de mí: no para hablar
de mis soñados descubrimientos. Adiós.
—Raúl, aguarda, o y e .. . Nada: se fué; se
me ha amoscado.
La anterior conversación, casi disputa,
cortada por el ofendido mozo, fué sostenida
por él desde los pozos de Ouzel, a setecien­
tos kilómetros de Agadés, en el borde meri­
dional de los desolados páramos de Tanezrouth, los más temidos del Sahara por las
antiguas caravanas, a causa de hallarse en
ellos los pozos alejados unos de otros a dis­
tancias de siete u ocho jornadas de came­
llo; y eso en su parte menos inhospitalaria.
Había llegado allí Duvery hijo, marchando
de nordeste a suroeste; cruzando, primero
en Tididji, el itinerario seguido en 1899 por
Foureau-Lammy, en TazaTOuek el de Coíte.
nest (1902), y junto al monte Anehef el de
Gillo-Loham (1903): todo a través del país
del Ahagar, teatro en 1881 de la tragedia,
obscura aún, de la expedición militar fran­
cesa del coronel Flatters, asesinado con casi
todos sus acompañantes por los tuaregs.
Siguió después el auto telegráfico por T inef y Tin-Gaor la ruta de Laparine hasta los
pozos de Ouzel, visitados en 1904 y 1912, res­
pectivamente, por aquél, yendo de In-Saláh
al Niger, y por el capitán inglés Haywood
en su expedición de Tombuctú a Argelia,
por Gao y Ahnet.
Al acabar la conferencia con Bertier, es­
taba Raúl de mal talante: más todavía qu°
por las dudas de aquél sobre sus éxitos que
con razón no creía desdeñables el inteligente

POLICIA TELEGRAFICA
y entusiasta muchacho, porque en los úl­
timos días parecían habérsele paralizado en
lo tocante a una picara estación A, con la
que hablaban todas las demás, y nunca con­
testaba, y otra F, de la cual no tenía noti­
cia sino por algunos telegramas transmitidos
a ella; pero mucho más escasos que los di­
rigidos a A.
En los procedentes de las que ya haMa
logrado sitúan se observaba que los transmi­
tidos desde Tao, por ejemplo, iban siempre
encabezados con I a otra mayúscula \ariable; los de Muzzuk, indefectiblemente M a...,
y así todos, siendo tal observación base de
su creencia de ser tales mayúsculas, en los
cifrados mensajes, velada y convenida de­
signación de los nombres o lugares de las
estaciones clandestinas con aquéllas encu­
biertos.
Otro dato; los zas de los diarios partes
matinales iban todos dirigidos a A: B a A,
C a A,„ M a A, lo cual le hizo suponer fue­
ra A la estación cabeza de la red: suposi­
ción corroborada por la circunstancia de no
comunicar apenas las otras letras entre sí,
sino casi siempre con A.
Tales indicios de la importancia de esta
misteriosa estación, el no haber conseguido
capturar ni un despacho, ni interceptar un
solo za de ella, que le permitieran situarla,
ni a ojo de buen cubero, lo tenían molesto
por creerla la más interesante como pre­
sunto cuartel general de la conjuración
siendo lo único que tal falta de datos le ha­
cía inferir de ella, que había de estar muy
lejos hacia el noroeste y fuera del alcance
de su estación ambulante; pues repetidas
veces había marcado el radiogoniómetro la
orientación de las Islas Canarias, a raíz de la
interceptación de telegramas dirigidos desde
diversas letras a A, atribuyéndolo Raúl
a que las contestaciones dadas por A a aque­
llos despachos eran suficientemente enér­
gicas para desviar la cruceta; pero no para
actuar sobre el receptor telegráfico.
Determinadas en las tres semanas ya co­
rridas de su exploración varias estaciones
subrepticias al oriente, norte y oeste de
Agadés, llegaba Raúl a Ouzel, con propósito
de no cerrar la vuelta por el sur, sin hacer
antes una punta al noroeste que lo acerca­
ra a A ; esperando llegar así a interceptar
telegramas de ésta, reveladores de su situa­
ción: propósito no tan mollar como él creía,
pues el sargento Friand, que a sus funciones
de jefe de la escolta acumulaba las de prác­
tico del Desierto, le dijo al conocerlo que no
contara, cual su impaciencia le pedía, mar­
char recto como una flecha en dicho rumbo;
pues, no sabiéndose dónde se encontrarían,
siguiéndolo, los pozos necesarios para repo­

59

ner la provisión de agua, y aun temiendo
hallaran a distancias mucho mayores de lo
exigido por el consumo de ella en
gemción del motor, sería preciso marchar
primero al norte cuatrocientos o e m ir a to s
kilómetros antes de dirigirse 81 n° rof t®’
alargamiento de itinerario i p* r i
tiempo que contrariaron mucho al imp cíente e improvisado detective.
Llamado éste por Bertier cuando recibía
los anteriores informes, no pudo apelar de
fallo de Friand hasta la hora del almuerzo;
pero inútilmente, porque a sus objeciones
contestó el sargento diciendo:
—No puede ser, Don Raúl. Cualquier prac­
tico de esta parte del Desierto sabe, como yo,
que sería una locura querer atravesar en lí­
nea recta los novecientos kilómetros que
ontro Ain-Dheik v Assion tiene de este a
oeste el Tanezrouth.
— Eso es historia antigua, buena para las
antiguas caravanas en penosas jornadas que
nuestro auto, aunque pariente de los cara­
coles, hace en una hora.
__ S í; pero con un refrigerador que en vez
de aguantarse, como lo camellos, una sema­
na sin beber, se traga entero el depósito del
camión en ocho o diez horas. Por eso mien­
tras no se sepa dónde están, si es que los
hay, los pozos en esa dirección, no seré yo
quien aconseje tomarla con la probabili­
dad de quedarse parado y morir de sed, co­
mo tantos y tantos infelices perecidos en este endemoniado Tanezrouth: y eso no me­
tiéndose en la aventura de que usted habla,
sino siguiendo la ruta trillada de norte a
sur, con pozos conocidos, y que desde aquí
a los de Ahnet no tiene sino cuatrocientos
cincuenta kilómetros (1).
— No es poco sin agua— dijo Joubert, sin
cuidarse de disimular su miedo.
.—No: sin agua, n o; porque entre estos
pozos de Ouzel y los de Ahnet quedan los de
Timisao; pero aun así, hasta llegar a estos
últimos, que son los más cercanos, tenemos
unos ciento cincuenta kilómetros; y des­
pués viene el trozo peor, de trescientos, has­
ta Ahnet.
— Ya ve usted, Don Raúl, que aun cami­
nando al norte hemos de andar con cuidado
(1) El Tanezrouth, con superficie cercana a la
de España entera, no es, a desoecho de su exten­
sión, sino uno de los muchos^ y no el mayor, de los
numerosos desiertos parciales que separados por
cadenas de oasis entre sí alejadísimos, forman en
conjunto el Gran Desierto: el Djouf, los Iguidí, el
Sahara Argelino, el Tripolitano, los Arenales entre
el Air y Kawar. y entre éste, el Borkú y el Fezzan,
el Terrible Desierto Líbico.
Esta somera enunciación bastará a dar idea de
lo que es la extensa y desolada Inmensidad del Sa­
hara.

b ib lio te c a novelesco - c ie n t if ic a
para que en el segundo trozo no se nos pare
el auto por acabársenos el agua para enfriar
el motor Y no veo otro modo de evitarlo
que hacer de noche las dos jomadas para
que el fresco haga durar más el agua.
__pues si no hay otro remedio daremos
el Todeo y en Ahnet pondremos rumbo a
Canarias.
— ¡A Canarias!
— SI, Joubert.
__ Pero entonces la expedición va a ser
mucho más larga de lo que usted pensaba;
tendremos que embarcamos.
__ No, Joubert, no; poner rumbo a Cana­
rias no es ir allá; como ponerlo al norte no
implica decisión de llegar al polo ártico.
— ¡A h ! Ya.
__Sin embargo— la cara de Raúl al decir
esto transparentaba socarrona burla, que el
inocente telegrafista no veía— aun cuando
yo no pienso, por ahora, llegar a dichas is­
las, tan lejos podrá estar esa maldita esta­
ción A que acaso hayamos de subir a bus­
carla hasta el mismísimo Pico de Tenerife.
— ¡Cómo! ¿Usted cree que pueda estar
tan lejos?— »preguntó el pobre hombre sin
recatar cuán poco grato le parecía el pro­
grama.
— ¡Quien sabe, quien sabe!— respondió el
travieso muchacho, conteniendo a duras pe­
nas la risa al guiñarle el ojo a Friand— ,
Bien deseo abreviar a la Señora Joubert
la privación de las caricias de usted; mas
por si acaso fuera indispensable alargar el
viaje, no perdamos más tiempo: usted,
Friand, vea si Dessaix el motorista ha ter­
minado ya la aguada, y si no, que avive;
porque nos vamos en seguida, para poder
llegar a hacer la de Timisao con luz del
dia y salvar esta noche la otra etapa hasta
Ahnet.
*

*

*

En Ouzel no hay aldea, ni casa, ni choza,
ni aun brocales en los pozos, que no son sino
boquetes en el suelo. Alrededor de ellos se
extiende hasta perderse de vista la llana
meseta de In-Ouzel, cubierta de arena blan­
ca, donde los pies se entierran hasta veinte
y aun treinta centímetros, sin que en tan
vasto descampado se vean otros vestigios
de vegetación que algunos yerbajos, en las
cercanías de lo pozos, y tal cual raro ar­
busto, llamado etheJ, en lo hondo de loe
uads (ríos) que surcan la meseta, cual bo­
rroso recuerdo de que allá en tiempos de
la prehistoria geológica corrieron por sus
cauces aguas que nunca más han vuelto a
fluir en ellos, pero bajo cuyas arenas está
menos horriblemente seco el suelo del de­
sierto que en los demás parajes de éste.

Como todas las míseras y espartosas
plantas del Sahara, cada una de las cuales
tiene su especial clase de púas y pinchos,
y a las que sólo allí le ocurriría a nadie
llamar pastos, es el ethel tan extraordina­
riamente espinoso que parece imposible
puedan sus duras hojas y punzantes tallos
servir de alimento a los camellos; pues
comparados al etliel resultarían suavísima
manteca pitas y cardos borriqueros.
Como curiosidad para los acostumbrados
a ver que unas cuantas semanas sin lluvia
bastan, en nuestros climas, a frustrar una
cosecha, no está de más decir, pues viene
a pelo, que de dos clases son las misérrimas
plantas de la triste flora sahárlca, raquítica
y desparramada en manchas separadas
por grandes extensiones de seca arena, de
peladas rocas o de peñascales, llamados
hamadas, de guijarros sueltos.
Unas, las más voraces de agua, han me­
nester de lluvia una vez al año, bastándoles
con esto para ir viviendo doce o catorce
meses. Otras, más sobrias, no decaen ni se
alacian aun cuando el chaparrón se haga
aguardar tres años; y si tampoco llega al
cabo de ellos, sólo entonces comienza su
desmedro, dándoles apariencia de secas;
pero apariencia nada más, porque para
matarlas son precisos seis y hasta siete años
sin un solo día de pluvia. Y si al fin llue­
ve antes de transcurridos, "reviven y abro­
toñan” (1).
Pero cerremos este paréntesis botánico y
sigamos al auto espía al Tenezrouth, en
donde al internarse las antañonas cara­
vanas pensaban cuantos en ellas iban que
entrar allí era jugarse a un arriesgado a l­
bur la vida.
Antes de la llegada a los pozos de Ouzel,
lo espeso y deleznable de la capa de arena
había obligado a Raúl a hacer revestir las
llantas de las ruedas con un juego, a pre­
vención llevado, de anchas zapatas, semejan­
tes a las de las piezas de artillería pesada,
que, repartiendo el peso del camión en ma­
yor superficie, evitaban se hundieran aqué­
llas en el suelo en términos de exigir dema­
siada fuerza para el avance, y hasta quién
sabe si impedir éste en absoluto; pero con
el inconveniente de rebajar a quince k iló­
metros por hora la marcha máxima.
Así se descendió la pendiente de la meseta
del Adrar-In-Ouzel— Adrar es nombre ber­
berisco con el significado genérico de zona
del suelo, grande o pequeña, elevada sobre
las circundantes.
Al pie de la cuesta se pudo felizmente
descalzar las ruedas; pues el suelo del am( 1)

Across

The

Sahara

through

II. v. Haywood.— London, li)12.

Timbuctu.—

POLICIA TELEGRAFICA

6l

luego a recorrer tan sólo de cinco a oc|1°
pilo llano de nueve leguas de anchura que
kilómetros por hora, según dificultades del
recto al norte, e—
el auto
terreno.
entre los cerros de Adrar u re a a
La consecuencia de ello fué transtorno
y Tin Deman al occidente era ya duro y
completo del plan; pues anochecía ya cuan­
liso, permitiendo marchar a treinta y cinc
do estuvo el auto en disposición de echar a
kilómetros: con gran contentamiento de
andar, y a los diez minutos había obscure­
Raúl que, creyendo llegar así antes,
cido en términos de obligar al motorista a
tomado el puesto del conductor, y llevaba el
decir categóricamente que sin luna le era
auto a toda velocidad.
imposible guiar en aquel dificultoso terreno,
Pero hasta el fin nadie es dichoso, lo cua
y aun pareciéndole muy mal a Raúl, no
se dice ahora, porque como a las cinco de
hubo sino hacer alto.
la tarde, y cuando, según jas noticias dadas
La imposibilidad de hacer aguada con la
por Dessaix, que había recorrido varias veces
luz de la tarde en Timisao, para salir de
aquella ruta clásica en el Desierto con e
madrugada camino de Ahnet, representaba
nombre de “la del Conorel” (1), faltaba poco
perder, sobre el tiempo sacrificado ya con el
para acabar la etapa, surgió nueva necesi
rodeo al norte, otras veinticuatro horas;
dad de reducir la marcha, todavía mucho
pues no había sino dormir aquella noche
más de la consiguiente al uso de las zapa­
donde ésta los cogió, seguir de mañanita a
tas, pues ni éstas eran ya adecuadas para
Timisao a tomar agua, y no partir de allí
avanzar por terreno de la naturaleza del que
hasta bien entrada la siguiente madrugada;
hasta muy poco antes de Timisao tenía que
pues la luna, en menguante, no alumbraría
recorrer el auto, ante el cual se alzaba, pa­
hasta entonces lo bastante el camino.
reciendo cerrarle el camino por el norte, la
-—Bien, ¿pero podremos llegar a Ahnet al
cadena montañosa de Tassili-Tan-Adrar, en­
amanecer de pasado mañana?— preguntó
tre cuyos cerros había de trepar primero y
Raúl.
desguindarse luego por barrancos pedrego­
— De ningún modo; sin detenciones tene­
sos, agrias pendientes y a través de grandes
mos hasta allá once horas largas de mar­
quebraduras.
cha— contestó Dessaix el motorista.
Nada rememoraba allí a los expediciona­
— Pues entonces, si de todos modos he­
rios las típicas llanuras y arenas que, quie­
mos de seguir marchando en las horas de
nes no conocen el Sahara, creen son todo el
calor, tanto da sea al fin como al comienzo
Sahara: ni un solo metro de suelo llano, ni
do la jornada.
un grano de arena veían en torno de ellos.
— El señorito dispondrá lo que guste,
A la derecha, a la izquierda, al frente rocas
pero de hacerme caso no andaríamos de día
y rocas en cumbres y laderas, y en el piso
ni al principio ni al fin, sino que dividiría­
canchales de gordos guijarros cual si del
mos en dos la jom ada Timisao-Ahnet: la
cielo hubieran caído en un espeso chapa­
primera, en la madrugada de pasado maña­
rrón de gruesos aerolitos, que, entorpeciendo
na, y la segunda, en la del siguiente día.
la marcha en un principio de modo extra­
— ¡Qué atrocidad!, Dessaix: ¡tres fechas
ordinario, acabaron por impedirla cuando,
para andar cuatrocientos cincuenta kilóme­
además de sortear pedruscos y aguantar
tros! . . . Ni que fuéramos en camellos. Para
tumbos, fué preciso acometer de frente du­
eso no se ha inventado el automóvil. Nadie
rísimos repechos del camino, transponer an­
que te oyera creería estar oyendo hablar a
chas irregulares y numerosas grietas del
un chauffeur.
terreno, y se llegó a precipitosos desgalga­
— No, Don Raúl: las caravanas no tarda­
deros por donde había el camión de descol­
ban doce horas, sino siete u ocho días en Ir
garse, y en los que cualquier vehículo con
de Timisao a Ahnet. Y aquí no son los kiló­
ruedas se habría desriscado.
metros, sino el agua, lo que importa mirar.
Era llegado el caso, eludido hasta enton­
.— Tiene razón el Señor Friand— insistió
ces, de substituir las ruedas por la antipá­
Dessaix— : nuestra provisión vendrá justa
tica— el calificativo es de Raúl—cadena de
para esa distancia recorriéndola de uía a
arrastre de oruga de los tanques de gue­
toda marcha; pero ¿y si tenemos algún im­
rra. Esto quería decir perder una hora, que,
pensado retraso, como éste de ahora? ¿Y st
aun ayudándose con los gatos mecánicos,
nos ocurre cualquier avería?
invertirían los viajeros en montar la cadena
— Es que las averías también pueden so­
por el exterior de las ruedas, y resignarse
brevenir viajando con la luna.
-—También sí, pero lo mismo no; pues son
(1) Laparine. Este es el itinerario más moder­
más probables cuanto más recalentado tra­
no para ir por Gao, desde Tombuctti a In-Salali, El
baje el motor. Además, aun cuando de noche
Golea y Ouargla, comunicando Senegambia y Ar­
ocurran, como con luna dura el agua triple
gelia.

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62

que con sol, tienen menor importancia y dan
mayor holgura para repararlas.
— Dessaix habla como un libro. Por algo
aprovecha todo el mundo la noche para via­
jar por el Desierto: esto es sabido.
__Rutina, Friand: rutina de los tiempos
de Mari-Castaña.
_No, señor; y ni usted mismo lo cree...
Pues si no, ¿porqué anda siempre a vueltas
con el calendario desde que salimos de Agadés sino para ver cuándo hay luna?. . . Por­
que sabe bien que es mucho mejor compa­
ñera de viaje que el maldito sol.
— SI, pero en una urgencia como ésta de
ahora...
— Aquí manda usted, Don Raúl, pero per­
mita que un perro viejo del Sahara le dé
un consejo, que su papá de usted y las mu­

jeres de mis gendarmes agradecerían si
me lo oyeran: quien no tiene más remedio
que entrar en este condenado Tanezrouth,
en donde tantos se han quedado, no debe
pensar en más urgencia que en la de no
correr la misma suerte. Y en nuestro caso,
dice muy bien Dessaix que la manera más
segura de salir no es echar a andar de cual­
quier modo. Creo mi deber decírselo a usted,
pero ya dicho, no me oirá más palabra;
pues usted manda aquí, y lo que mande haremos.
_Gracias, Friand; pero yo no mandaré
lo Que, por lo visto, es disparate Que puede
costar seis vidas. Cómo ha de ser: tendré
paciencia..., y Que después de todo tal re­
traso no es nada junto al viaje a Canarias
que preocupa a Joubert. ¡Ja, ja, ja!

XV
UNA TEMPESTAD DE ARENA EN EL SAHARA
Entre los peligros que en el Desierto ame­
nazan al viajero el más grave, después del
más frecuente de la falta de agua, es el de
las tormentas de arena que el terrible simoun aventa, siendo El Tanezrouth una de
las regiones saháricas donde más menu­
dean.
Véase el relato hecho por un viajero comtemporáneo de una que en la misma ruta
seguida por el hijo de Duvery y sus compa­
ñeros, le sorprendió entre Timisao y Ahnet:
“El día era agobiante, la encalmada at­
mósfera asfixiaba y quemaba el sol. De pron­
to, al sur, en el lejano horizonte de la sa­
bana inacabable se alzó un nubarrón amari­
llo grisáceo, bien conocido de mis guías; un
leve viento agitó el ambiente, alzando con
Jar partículas más tenues de la arena del
suelo to lv a n e r a s enanas, y en seguida nos
azotó una ráfaga, no fuerte todavía, pero
aun más ardorosa que el abrasante calor
que padecíamos ya, y comparable solamente
a la tufarada de ardiente vaho recibida por
quien abre la puerta de un homo de fun­
dición.
’’Cayó este viento a poco, pero saltó de
nuevo arreciando y trayendo suspendidas
briznas de polvo tan sutiles como densa­
mente apiñadas, las cuales se infiltraban por
entre las juntura de las ropas, y aun casi
creo que a través de su tejido, hasta llegar­
nos a la piel. Ni anteojo, ni guantes, ni litzam preservaban contra aquel polvillo que,

cegando los ojos, atascando las narices, me­
tiéndose en la boca con la inevitable aspi­
ración, se adentraba en la garganta produ­
ciendo tos violenta, Pero éstos no eran sino
los preliminares de lo que, sin hacerse aguar
dar, llegó en pos de ellos.
’’Impeliendo ante sí espesas masas de
arenas, finas y gruesas, con las que nos gol­
peaba, se hizo el viento huracán de violen­
cia incontrastable, que irremisiblemente de­
rribaba y arrastraba a quien caía en insensanta tentación de resistir en pie el vendaval
no de aire, sino de piedra pulverizada.
"Contra él no hay más amparo que arro­
jarse al suelo rostro a tierra, cubrirse cara
y cabeza cuan menos mal se pueda y per­
manecer asi en tanto la tempestad pasa.
"Nuestros camellos, prácticos por excelen­
cia en estos horribles arenales, nos dieron
el ejemplo echándose tan pronto barrunta­
ron la tormenta, apelotonándose en mon­
tón, estirando y encorvando los largos pes­
cuezos, como el cisne que oculta el pico bajo
el ala, y cobijando las cabezas entre el pro­
pio cuerpo y el de algún compañero, o res­
guardándolas a sotavento de las jorobas.
"Antes y después de lo más fuerte del te­
meroso meteoro velamos el disco solar pálido,
como a través de una neblina londinense; y
mientras completamente desatado rugía el
simoun, el velo neblinoso se cuajaba en
tupida cortina, formada por espesas masas
de arena, que por completo ocultaron el sol;

POLICIA TELEGRAFICA
y la luz disminuyó hasta impedirnos ver
los objetos situados a pocos metros de dis­
tancia.

63

alumbró la luna, lo que era necesario para

emprenderla.
Casi dos horas tardó el auto en recorrer
a su penoso rastrear de oruga los nueve ki­
lómetros que lo separaban de Timisao, don­
de se halló casi de pronto al salir de una
”A1 pasar la tormenta, todos teníamos las
garganta pedregosa desembocante en el di­
bocas llenas de salivoso barro, nos sangra­
latado llano que se extiende al norte hasta
ban las narices a causa de la violenta ir r i­
los
montes de Ain-Ziza.
tación que producía la arena en las mucosas
Apenas llegados allá aprovecharon los
y nos punzaban en los ojos centenares de
viajeros el fresco del alba para las faenas
aguj illas.
de la aguada, disponiéndose luego a dejar
” Y después, durante cinco días, tardados
transcurrir un largo día y dos tercios de
en llegar a sitio donde pudimos renovar las
noche hasta poder ponerse nuevamente en
provisiones invadidas por la arena, tan fina
marcha: tal era el programa la víspera for­
que era imposible separarla do los alimen­
mado, que todavía sufrió otra variación, por­
tos, todo cuanto comimos estaba lleno de
que sobre las once de la mañana comenza­
ella: ocasionándonos, sobre las molestias
ron a verse por el sur barruntos de una
consiguientes a la ingestión y a la masti­
tempestad de arena cual la descrita en re­
cación, insoportable peso en el estómago y
cientes párrafos, que aun cuando muy penosa
violentos dolores.
para nuestros expedicionarios, no era proba­
’’Jamás, jamás, aun cuando pasen muchos
ble lo fuera tanto como aquélla para el via ­
años, olvidaré el horrible Tanezrouth, donde,
jero que nos la ha contado, desprovisto de
arrastrando la alta fiebre, nacida de los tor­
un autocamión en donde guarecerse, como
mentos padecidos en él, tenía que andar y
ellos, y que aunque habría parecido espan­
andar, pues detenerse era consumir agua ta­
tosa a cualquier europeo, no fué para el
sada para llegar a Ahnet, y perecer por tanto
veterano Friand sino una rafaguilla com­
en aquel país de pesadilla, del cual pensaba
parada con las que por experiencia le cons­
que, como él, debían ser las regiones in fer­
taba suelen levantarse en E l Tenezrout'h.
nales__ ¡Qué jornadas!: bregar sin tregua
Y, sin embargo, pasada la media hora que
para avanzar luchando con toda suerte de
duró, vieron los expedicionarios al salir del
obstáculos y deprimido el ánimo por el re­
auto, en donde agazapados la aguantaron,
celo de quedarnos allí como los infelices cu­
que las ruedas de él estaban aprisionadas
yos esqueletos hallamos al pasar por Ainen una capa de aTena de diez o doce centí­
Ziza; sed jamás satisfecha en días y días,
metros de espesor, amontonada por el huranauseabunda alimentación reducida a dáti­ ' cán alrededor de ellas; y cuando, transcu­
les correosos, arroz agorgojado y repugnan­
rrido un rato, se ocupaban unos en desem­
te cuscus: y todo, por supuesto, siempre
barazarlas de la arena, quitaban otros la
mezclado con arena.”
acumulaba sobre la techumbre del camión,
Hasta aquí el relato de la citada víctim a
y el conductor, levantado el capó, limpiaba
de la tormenta descrita.
el motor del polvo que hasta él había pe­
netrado por los respiraderos de la refrige­
Aun no siendo frecuente, ocurre a veces
ración, dijo el sargento, mirando al me­
que quien se tiende mientras pasa la tor­
diodía:
menta no vuelve a levantarse por quedar
soterrado bajo montes de arenas. A sí han
— O mucho me equivoco, o lo pasado sólo
perecido no pocas caravanas en el Sahara;
ha sido la llamada de trompetas, y pronto
ése fué el triste fin de una expedición de
tocará toda la banda; pues pocas veces he
ingenieros franceses, y sepultado en los are­
visto tan feo el cielo como está por allá: y
nales de L ibia pereció el ejército de 50.000
eso que yo las he pasado gordas en esta in­
hombres por Cambises enviado al oasis de
dina tierra.
Siuah con el sólo objeto de destruir el tem­
— Me parece lo mismo— dijo, mirando en
plo de Júpiter Amnón: catástrofe narrada
la misma dirección, el motorista, que termi­
por Herodoto y Sttrabón, que los egipcios
naba su limpieza— . Y lo peor, como se venga
reputaron olímpico castigo.
encima una tormenta gorda, será que la are­
Pero volvamos al detenido auto, que se
na se meta en el mecanismo y nos inutilice
el motor.
nos ha quedado un poco lejos; pues desde
Timisao, en cuyas cercanías lo dejamos,
— ¡Demonio! Eso sería muy grave.
hasta el oasis de Júpiter Amnón, hay muy
— Y tanto, que es preciso defendemos cu­
cerquita de tres m il kilómetros.
briendo el torpedo con tres o cuatro mantas
Hasta las tres de la madrugada no se re­
que le amarraremos alrededor.
anudó la marcha, porque hasta entonces no
— Pues no perder tiempo— dijo Friand— ;

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64

S r r í p r i m e r resoplido, todavía no muy
í S e def sim ou n . A la segunda y más dura
tarascada del viento se metieron los vlajero»
en el coche, y el tercer zarpazo, ya franca­
mente huracanado, los cogió dentro, con las
portezuelas bien cerradas y corridos sus pa
sadores de seguridad.
Por suerte, como todos los autos usados
en el Desierto, no tenía aquél cristales en
las ventanas, sino recias y dobles placas de
celuloide; pues a no ser por esto, la primera
embestida de arena gruesa que furiosamen­
te golpeó el carruaje cual espeso granizo, o
más bien cual descarga de metralla, habría
hecho añicos todos los cristales y penetrado
adentro como Pedro por su casa.
A los pocos minutos de estas primeras
embestidas la tormenta justificaba los rece­
los de Friand, bramando aterradora, amena­
zando con volcar el auto y haciéndole crujir
cual si a desbaratarlo fuera.
— Es que nos coge de costado el viento—
dijo Raúl al motorista— . Pon en marcha el
motor un momento no más, para virar un
poco hasta que empuje en la trasera. Así, en
lugar de trabajar contra la armazón del co­
che, con riesgo de volcárnoslo, se gastará su
fuerza en hacerlo rodar.
Ejecutado lo ordenado, pronto se vió que
tenía razón el despierto muchacho, pues dis­
minuyeron los crujidos del carruaje, y quie­
nes lo ocupaban advirtieron que cada vez
que redoblaba la ira del huracán rodaba al­
gunos metros, quedando así aliviada su ar­
madura del efecto sobre ella de la presión
de aquél.
Mas poco a poco fué rodando más traba­
josamente, lo cual, unido a la reaparición del
rechinar de maderas y hierros, probaba que
el viento no conseguía moverlo sino vencien­
do grandes resistencias y haciendo trabajar
alarmantemente a su armadura.
— Parece que cada vez le cuesta más tra­
bajo ceder al empuje, tarda más en rodar
y obedece durante menos tiempo.
— Ya sé lo que es.
— ¿El qué, Friand?
— La arena: ahora cae mucha más que
antes.
— Claro— agregó Dessaix— , y como se
apelmaza a los lados de las ruedas y se
amontona delante de ellas, cada vez tienen
que vencer mayor obstáculo.
— Y gracias que pare en eso.
— Pues ¿qué teme usted, Friand?
Que, por lo que yo veo, esta tormenta es
de las de órdago a la grande— contestó el

sargento gritando con todos sus pulmones,
para que los bramidos del huracán no cu­
brieran su voz— , y bien pudiera ser que,
no las ruedas, sino el camión entero, que­
dara enterrado. Si antes no se hace pizcas— No, no; eso sería lo último.
_Y tan último, Don Raúl.
_No quiero decir eso, sino que no es po­
sible resignarse a ello: que hay que luchar.
— No sé cómo: no podemos nada.
— Nada, nada... No puede ser... Algo es
preciso hacer... Es absurdo que a ninguno
se nos ocurra nada; suicida, estarse con los
brazos cruzados... ;Ah! Si, como los barcos:
huiremos, como ellos, poniendo popa al vien­
to y corriendo el temporal. Eso es, eso: la
velocidad aminorará, mientras corramos, 'a
vm'encia con que el vendaval ñor azote, el
coche padecerá menos; y estando en cons­
tante movimiento no dejaremos a la arena
tiempo de amontonarse en tomo nuestro en
cantidades peligrosas, ni de aprisionar las
ruedas.
— Es verdad, es verdad.
— Sí, tiene usted razón; y aunque algún
peligro haya en echarnos a correr a ciegas.
— ¿No es lisa y muy extensa la llanura
que tenemos por delante?
— Llanísima: por lo menos en doscientos
kilómetros; pero eso no quiere decir que
no encontremos montones de arena: sobre
todo, hoy.
— Mientras no sean peñascos, todo será
saltar un poco, porque el auto es muy an­
cho, tiene el peso bajo y no es fácil vuel­
que. Y que, después de todo, entre correr
el riesgo problemático de un vuelco y afron­
tar el seguro de quedar aquí enterrados...
¿Qué opina usted, Friand?
— Usted ya conoce mi muletilla: en el
Desierto no hay que pararse sino cuando no
se puede andar.
— Pues a correr se ha dicho. Dessaix, an­
dando: a poner el motor en marcha.
Por la puertecilla del camarote telegráfico
pasaron el motorista y Raúl al departamen­
to de la conducción cubierta, donde estaban
el volante, la maniobra del arranque auto­
mático, el contador para apreciar los reco­
rridos y las llaves de paso de la gasolina y
del agua acopiada en jos depósitos trase­
ros de reserva a los del motor y el re
frigerador; y en breve la presión del viento,
que en aquel instante forcejeaba en vano
para hacer rodar el carnaje cuyas ruedas
apresaba la arena, recibió la ayuda del mo­
tor; y entre uno y otro desatascaron el ve
hículo, que comenzó a marchar, no a inte­
rrumpidos saltos, cada vez más cortos, como
hasta allí, sino resueltamente, arrancando a
Raúl un ‘ nos hemos salvado” excesivamente

Nada rem emoraba allí las típicas llanuras y arenas que quién es no conocen el Sahara
creen son todo el Sahara

V

65

POLICIA TELEGRAFICA

de explosión subió y subió, invadiendo
prematuro en opinión de Friand, que aun
el carruaje y llegando a hacerse irre
pensándolo así, por creer faltaba mucho to­
tibie.
davía para poder cantar victoria, se lo
Ya antes se había echado mano del agua
calló para no aguar el optimismo del vade reserva de los depósitos traseros y. so­
liente y confiado mozo.
bre todo, de la mezcla amoniacal, gastándose
Cual Duvery había dicho, corría el auto
sin tasa ni medida la provisión frigorífica,
como un barco que escapa forzando máquina
no logrando, a despecho de ello, sino evi­
delante del temporal; sus previsiones al ocutar que constantemente hirviera a borboto­
rrírsele aquel racional medio de defensa en
nes el agua del refrigerador, pero no que
su apurada situación se confirmaban; pues
aun cuando el zumbar del viento, la escasez
agregarle cada toma frigorífica.
de la luz que, aun no siendo sino las dos de
En tales condiciones no habría sido posi­
la tarde, entraba en el coche y el furioso re­
ble que el motor resistiera mucho tiempo, a
piqueteo de la arena lanzada por el simoun
no ser porque en tres horas se consumió
contra las paredes de aquél, eran fehacientes
casi completamente el amoníaco, en cantidad
testimonios de que la tempestad se mante­
sobrada en otras circunstancias para trein­
nía en todo su fu ror, ya no se oían sino de
ta, llegando Raúl, para ganar tiempo y con­
largo en largo los crujidos del automóvil
seguir más rápidos enfriamientos, a verter­
cuando éste era asaltado de través por algu­
lo, no poco a poco en el depósito especial del
nas ráfagas, y el peligro de quedar sepulta­
dos parecía remoto mientras continuaran co­ refrigerador, sino de una vez en uno de loa
dos traseros de la provisión general, unidos
rriendo.
a aquél por un tubo con llave de paso.
Pero ¿podrían prolongar hasta que amai­
Simultáneamente dispuso que alternativa­
nara la tormenta aquella vertiginosa carre­
mente trabajaran no más de dos cilindros
ra, en la que además de impelido por el
a la vez, uno por banda, descansando los
motor iba el carruaje a la par empujado por
otros seis, que sucesivamente iban entrando
el soplo del huracán y por su propio peso a
por pares en :ict'eidad; con lo cual no des­
favor dél declive de la inmensa llanura, que
arrollaban siró una cuarta parte de calor;
aun siendo suave, siempre ofrecía el peligro
y, continuando el auto en marcha, se amino­
de la acumulación de velocidad en todas-las
raba notablemente su peligrosa velocidad.
carreras cuesta abajo?
Gracias al efecto combinado de estas deter­
La respuesta era inquietantemente proble­
minaciones y a que el huracán había, no
mática, pues las sacudidas al salvar peque­
caído del todo, mas sí amainado algo— lo
ños lomos y montones de arena se hacían
cual se conocía en la disminución de las sa­
más fuertes por momentos, y de encontrar
cudidas por él impresas a la velocidad del
algún obstáculo mayor podía sobrevenir un
coche y de la arena caída sobre el techo y
violento volquetazo; pues aquel auto, cuya
lanzada a las paredes— , fué posible realizar
marcha máxima no pasaba de treinta y cin­
la difícil maniobra de abrir con precaución
co kilómetros, corría, por efecto de las con­
extrema una rendija de una ventanilla de­
comitantes causas indicadas, a setenta u
lantera (lo cual no habría sido hacedero, a
ochenta.
no quedar como quedaba a sotavento) y sa­
Y todavía era de temer otro riesgo más
car por ella un palo a cuya punta iba un
próximo, porque el vuelco, real y positiva
cuchillo, con el cual fueron dados dos o tres
amenaza externa, no era sino eventual; pero
cortes en diversos sitios a los bramantes que
otro peligro interno, el recalentamiento, cre­
amarraban las mantas: tan a tiempo, que
cía y crecía aterradoramente; pues grande
cuando esto fué hecho ya comenzaba a arder
siempre durante el día en el Sahara, era es­
una, arrebatada con las otras por el viento
pantoso aquella tarde en que las mantas
al hallar resquicio éste para meterse entre
rodeadas al torpedo, cuando no se pensaba
ellas y el capó.
que el auto hubiera de marchar, cerraban
Aquello era arrostrar el riesgo antes evi­
los respiraderos del ventilador, con lo que
tado; pero entre que se filtrase polvo en can­
la ventaja de impedir la entrada de la arena
tidad que al cabo de veinte o treinta minu­
en el motor se pagaba a costa de que el ca­
tos, tal vez menos, impidiera la marcha, y
lor de las incesantes explosiones de los ocho
cilindros se fuera acumulando, amenazando
seguir desafiando el terrible recalentamien­
con tremenda avería: con explosión acaso.
to que amenazaba con catástrofe Inminente,
Esto, ya sospechado por Raúl a poco de
no podía ser dudosa la elección.
partir y observar cuán pronto se calentaba
Unido lo hecho a nueva reducción de la
el agua, se hizo a todos manifiesto cuando
velocidad, rebajando al mínimo posible,
la temperatura del departamento de la con­
mediante acortamiento de la ración de ga­
ducción inmediato al bloque de los cilindros
solina, la intensidad de las explosiones en
5

66

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

los únicos dos cilindros de trabajo, se logró
que en lugar de hervir el refrigerador a los
cuatro o cinco minutos de agregarle cada to­
ma de agua enfriada del depósito posterior,
tardara ocho, lo cual eTa ya mucho; pues
como la tormenta comenzaba a ceder, daba
esto esperanza de que al cabo po.drían esca­
par con bien de ella.
Un cuarto de hora después, la poca luz
que en el coche entraba por sus ventanillas
fué creciendo de prisa, diciendo que las nu­
bes de arena se iban aclarando; el viento
no rugía ya con el pasado y continuo asor­
dante fragor, sino que, como fatigado de su
brega, resollaba a intervalos más largos con
baladros cada vez menos rudos.
En este estado, y a punto de cumplirse
las tres horas de la forzada salida de Tim isao, se atrevió Raúl a entreabrir con cuida­
do la ventanilla de frente, por la cual vió
que ya no estaban en la llanura inacabable,
sino que el auto rodaba por una extensa
abra de piso liso, duro y hasta escaso de
arena, pues, sin duda, no había llegado allí
lo duro de la tormenta. Dicha cañada angos­
taba despacio, según se iba adentrando entre
las cumbres que la limitaban, por lo cual fué

preciso, para poder guiar, porque aún no
era oportuno detener el carruaje, mantener
abierta en una ventanilla una estrecha ren­
dija, pues todavía llegaba, aunque de tarde
en tarde, algún que otro resoplido del hu­
racán agonizante.
Pero la marcha, para la cual iba mos­
trándose hacía ya rato más perezoso cada
vez el auto, fué haciéndose más lenta, hasta
que, continuando entrando en él por los res­
piraderos del torpedo el polvillo flotante de
la atmósfera, y acumulándose al anterior­
mente entrado, de tal modo aumentaron los
rozamientos de los mecanismos impulsores,
y tan claro los percibió Dessai x que, antes
que el coche se parara solo, lo cual habría
sido obra de poco tiempo, lo paró él, de
acuerdo con su joven jefe.
La tempestad había pasado casi por com­
pleto; con ella desaparecía el peligro de queBar sepultos bajo arena; pero el único me­
dio de locomoción de los expedicionarios
parecía estar, cuando no inútil, poco menos;
y quietud prolongada en el Desierto, a dis­
tancia superior a cien kilómetros del más
cercano pozo, ya sabían ellos lo que signifi­
caba.

XVI
EN DONDE LA ANUBLADA ESTRELLA SE ECLIPSA POR COMPLETO
La ambulante estación telegráfica, que no
ambuiaba ya y que aun acaso ni telegrafiar
pudiera, estaba detenida en medio de un
montuoso laberinto intrincado de incontables
cerros de contornos duros y siluetas agrias
de ingentes rocas peladas, enhiestas en las
cumbres, y amenazantes en los flancos, donde
cuelgan en precario equilibrio, de desgajamiento a los barrancos cuyo fondo es un
puro cantizal.
Con extrañas, fantásticas, más todavía, in­
verosímiles formas surgen allí del suelo pi­
cos y sierras sin constituir cadena de orien­
tación determinada, ni orogràfico sistema de
formas definidas, sino revuelta confusión
de mogotes y hoyos, de sierras y hoces, de
quiebras, picos y cantiles: dando en conjunto
a la comarca la apariencia del roquizo esquelto de un enjambre de montañas, no sólo
muertas, no sólo descarnadas, sino con los
desconcertados restos de su osamenta roídos
en prehistóricos siglos por las aguas de arro­
lladores torrentes diluviales que no han vuel­
to a correr por vertientes ni cañadas desde

que de ellas se llevaron la carne de sus
tierras^ dejando las cuestas erizadas de
cariados colmillos, las laderas tajadas en
desgalgaderos, los valles carcomidos por
abismales simas, y la región entera conver­
tida en informe montón de riscos, pero no
de breñas; pues en leguas y leguas y más
leguas no nace ni un yerbajo.
Las cimas son agujas, las lomas cuchillos,
las abras y los valles desgarrones en la
piedra: todo es allí violento, agudo, aris­
toso, bravio: más todavía, medrosamente
tétrico; pues hasta los peñascos que un tiem­
po fueron columnas ciclópeas de la meseta
ya desaparecida, dan sensación de ruina geo­
lógica que todavía continúa carcomiendo
aquellos pilares; abrasados, cuarteados por
el fuego dei sol, que de día caldea y dilata
su granito, helados luego y violentamente
contraídos por el frío de las noches sahárlcas: con dilataciones y contracciones que al
influir desigualmente en los diversos com­
ponentes de la roca, se delatan con chas­
quidos que son lamentos arrancados a las

67

POLICIA TELEGRAFICA

samente ajustadas formaba con las grasas
peñas por los dolores de desgarramiento c-n
un aceitoso barro que aprisionaba las ar­
sus entrañas, de la trabazón de ujuellos
ticulaciones del cigüeñal, obstruía válvulas,
componentes.
entorpecía el giro de los ejes y llenaba la
Asi, los materiales menos duros de las su­
caja del diferencial de las ruedas traseras,
perficies de tajos a pico o aislados monolitos
que, según es sabido, son las motoras en los
empinados a modo de atalayas sobre despe­
automóviles.
ñaderos y barrancas, se desprenden en pol­
Pero máR habría valido padecer alguna
vo, triturados por las reacciones opues­
de las muchas averías de posible repación
tas del calor y del trío, quedando sólo
en pocas horas, pues aquel general embarraen pie el diamantino cuarzo, con bor­
miento de todo obligaba a desarmar hasta
des afilados y aguzadas púas en las ar­
el último tom illo de la maquinaria, para
padas crespas, adentellado en los declives
proceder a total limpieza, que, con el des­
surcados de hendiduras que a fuerza
arme previo y el rcmontaje subsiguiente,
del mordisco de hoy, del de mañana, de
consumirían unos cuantos días.
los de días y días, de un año y otro año,
Como esta faena no podía hacerse sino
de un siglo y otro, y otro, y montones de
con buena luz, y ya empezaba a caer la tarde
siglos, se adentran en lo hondo del pétreo
cuando quedó el primer reconocimiento ter­
seno, y tornando la grieta en socavón, mi­
minado, se aplazó el comenzarla hasta el
nan, taladran el macizo de roca, ahuecán­
siguiente amanecer.
dolo a modo de hormiguero o colmena.
— ¿Cuánto tiempo podrá llevamos esa
El mismo explorador ha poco menciona­
maldita limpieza?—preguntó Raúl al con­
do (Hayvood), el más moderno de quien te­
ductor.
nemos noticia, dice al hablar de esta comar­
-— Si los guardias limpian lo más hurdo
ca: “Pelados picarachos de granítica roca,
y yo no tengo que atender sino a lo delicado
arañada por centenares de profundas grie­
y a armar después la maquinaria, tres días
tas, nos rodeaban.
lo menos, tal vez cuatro. Pero eso suponien­
"Aunque las vastísimas llanuras arenosas
recién recorridas nos habían impresionado
do que no me encuentre con alguna sorpresa.
tristisimamente con su desamparada sole­
— ¡Qué contrariedad!... Bueno, pero su­
dad y la desolada ausencia de toda vida ani­
pongo que, una vez arreglado todo, la llega­
mal y vegetal en ella, todavía era incompa­
da a esos pozos de Ahnet, que tanto nos
rablemente más desolado y horrendamente
cuesta alcanzar, será cósa breve, pues no
tétrico lo hosco o apariencia de aquellas
pueden ya estar lejos.
aisladas rocas irguiéndose con escuetos du­
— No: lejos, no, porque estamos en los
rísimos perfiles a 300 ó 400 pies de altura,
cerros de Ziza, y aunque no sé si en la en­
semejando restos de los pilares colosales de
trada o la salida de ellos, sea donde quiera,
un derruido inmenso alcázar titánico y dan­
no pueden faltamos sino de ciento a ciento
tesco, propia morada de la eterna Muerte.”
veinticinco kilómetros.
Quien ve una vez tan tenebroso paisaje
— Bah, eso no es nada.
no lo olvida. Por ello, apenas Friand y Des■—Sí, señorito; pero siempre que el coche
saix salieron del carruaje reconocieron la
pueda andarlos.
comarca, diciendo el primero:
— ¡Hombre, después de limpio!
— ¡Calla! Hemos venido a parar a Ziza.
■-— Es que falta saber el agua que nos que­
— ¡Ah! ¿Usted ha estado aquí ya, Señor
da; porque en la carrerita de esta tarde se
Friand?
ha tragado mucha el refrigerador.
— Sí, amigo Joubert: siendo cabo y es­
— ¡D iabio!; no había pensado en eso. Va­
tando destinado en la sección de Ouallen co­
mos, vamos a medirla en seguida.
bré por aquí unas buenas piezas en una ba­
Acudieron primero al refrigerador del motida que con cuatro guardias di por estos
otr, donde no hallaron ni una gota, pues su
parajes.
alta temperatura, cuando el auto paró, había
Raúl oyó esta conversación, pero no hizo
evaporado la que entonces contenía; regis­
alto en ella; pues en cuanto salió del auto
traron después el depósito de reserva, com­
se puso a reconocerlo, en compañía del mo­
puesto de dos recipientes gemelos, viendo con
torista, para enterarse de porqué marchaba
satisfacción que, aun descontada la que en
tan dificultosamente.
los tres o cuatro días de su forzada detención
La primera impresión, a reserva de lo que
pudieran beberse los ocupantes del auto, to­
en definitiva se viera al desarmar el motor
davía quedaría agua muy sobrada para lle­
y el mecanismo de la propulsión, fué que,
gar a Ahnet.
en realidad, no existía sino general torpeza
La alegría de ver disiparse el recelo apun­
en el funcionamiento, porque el polvo, in­
tado por Dessaii: quitó a Raúl su mal humor
filtrado hasta por las junturas más cuidado­
por el nuevo ap lazamiento de las pesquisas

v

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

68
en busca de la misteriosa estación A, y esta
alegría despertó la memoria de su estomago
recordándole que desde el ligero desayuno
de las seis no había probado bocado ninguno
de los viajeros; pues las peripecias de la
tuga ante la tormenta, comenzada antes de
la hora de comer, no les dejaron pensar en
nada más; y después de salvos, la preocupa­
ción de enterarse del estado del carruaje
había mantenido acallada el hambre, que ya
gritaba desaforadamente, con sobrada razón,
pues eran las siete de la tarde.
El crepúsculo agonizaba, y aunque el am­
biente no había refrescado cuanto refresca­
ría según la noche fuera entrando, era toda­
vía imposible permanecer dentro del coche,
cuya armazón metálica se acordaba de la
abrasante temperatura que el recalentamien­
to del motor le comunicara; por lo cual, de­
cidió Raúl que, al aire libre, sin separación
de categorías y alumbrados por uno de los
faroles del auto, hicieran juntos comida y
cena de una vez, los que podían llamarse
varados náufragos en el Desierto.
El joven jefe de la expedición tenía áni­
mo y buen humor a toda prueba; Friand,
su3 gendarmes y Dessaix, antiguo sargento
de Ingenieros en las secciones automovi­
listas de Túnez y Argelia, y conductor des­
pués del correo transahárico, tenían la
fortaleza de quienes habían escapado de
otros duros aprietos (frecuente achaque de
quien a diario viaja en aquellas inhospita­
larias soledades), al parecer más graves que
el presente, en el cual tenían agua, y esto
es jo principal en el Sahara, y un vehículo
rápido capaz de sacarlos, una vez reparado,
del atasco.
Solamente el pobre Joubert sentía pre­
ocupaciones, o no sabía esconderlas cual
los otros, haciendo en la reunión papel de
Jeremías; pero ni aun esto bastó a quitar
a aquella cena, en realidad tristísima, su
aparente alegría; insincera tal vez, forzada
acaso, pero alegría al cabo que templaba
los ánimos de aquellos hombres valerosos;
pues precisamente la chacota y las burlas
caídas sobre el pusilánime lograron, entre
bromas y bulla, desimpresionar un tanto
al pobre telegrafista.
Terminando la cena, Friand, el motoris­
ta y el más veterano de los dos gendarmes
relataron diversos episodios de sus corre­
rías por el Desierto, siendo entre ellos el
más interesante, por haberle servido de es­
cenario los mismos lugares donde era re­
ferido, la persecución y captura de cuatro
tuaregp cmtratados como guías y came­
lleros, pompos sabios de una comisión in­
ternación^' de estudios geológicos en el Sa-

■m

hara, y a los cuales asesinaron y robaron
en Ain-Tahena.
_Hará de esto diez años. Era yo enton­
ces cabo en la sección de gendarmería de
Ouallen, que poco más o menos tenemos a la
misma distancia que los pozo de Ahnet,
pero a poniente en vez de al norte. Cuan­
do el Teniente se enteró del crimen me en­
vió con cuatro gendarmes a Ain-Tahena.
Así comenzó su relato el sargento, que,
bastante hablador y no menos presumido
(según sabemos ya, sin que ello baste a
oscurecer sus méritos notorios), contó el
suceso con pormenores que si no pesaron a
su auditorio mientras llegaba la hora de
dormir, serían prolijos para quienes tene­
mos impaciencia de saber si al fin el auto
anda o no anda. Por ello sáltalos el cro­
nista de esta historia, para llegar al des­
enlace de la de Friand, único extremo in­
teresante en la que vamos relatando. Y el
desenlace fué que, tras varios días de per­
secución entre enredadas pistas, y por con­
fidencia de un tibou esclavo de uno de los
criminales, fueron cazados éstos en una
gruta, solamente conocida de ellos y otros
tales.
Dicha caverna, y esto era lo más intere­
sante de las hazañas de Friand, para los
que con él estaban detenidos entre los ce­
rros de In-Ziza, se hallaba en medio de éstos.
Después de comentar cuán bien vendría
su sombra al día siguiente en la faena de
levantar y desarmar el auto aguantando
el terrible sol reverberante en el embudo
de rocas donde estaban, se fueron todos a
acostar, sin que, excepto Raúl, dormido
como un tronco al minuto de tenderse en
la hamaca, conciliara ninguno el sueño en
largo rato, por preocupar a todos los temo­
res que a solas ya consigo mismos no se
tomaban el trabajo de esconder baja la
máscara de optimista buen humor con los
demás aparentado. Y eso que no podían
prever el doloroso descubrimiento que al día
siguiente, en cuanto hubo luz clara, hizo
el motorista cuando, desmontadas las rue­
das del camión, y tan pronto estuvo éste
sostenido en los cries usados para levan­
tarlo, se metió por debajo de él para des­
enchufar, antes de proceder al desarme de
otras piezas, los dos trozos del tubo de ali­
mentación del depósito de trabajo de la ga­
solina que paulatinamente suministra da'
que en marcha pasa al carburador y de
éste a los cilindros, donde estallan las ex­
plosiones impulsoras de ios automóviles:
depósito dispuesto en el carruaje que se
reconocía de modo que, cuando estaba a
punto de agotarse, recibía por el citado
tubo nueva ración de gasolina caída de

POLICIA TELEGRAFICA
otro recipiente almacén, situado bajo la
zaga del camión y de mucha mayor capa­
cidad que el de trabajo.
No es frecuente lleven este segundo de­
pósito los automóviles no destinados a
alejarse mucho de las poblaciones, pero si
los empleados en largos viajes. Atendien­
do a su finalidad, se le da el pintoresco nom­
bre de nodriza.
El depósito delantero del auto telegráfico
tenía 30 litros de cabida, y la nodriza, más
de 200. El tubo de alimentación constaba de
dos trozos: el más estrecho servía de des­
agüe de la nodriza, y ajustaba a enchufe den­
tro de otro más grueso, por donde fluía ál
depósito de trabajo la gasolina vertida en
él por el primero, estando por cima del en­
chufe protegida la unión de ambos con un
manguito o suncho exterior, a voluntad res­
balante en el tubo delgado hasta cebar a
tuerca en el grueso, cuando se deseaba unir
los dos, y descebarse de la unión de ellos al
desatornillarla para separarlos. Por último,
una llave de paso, al alcance del motorista,
era abierta por éste cuando en marcha ad­
vertía necesidad de recargar de gasolina el
depósito del motor, previa apertura de otra
de seguridad de la nodriza, que, según posi­
ciones, permitía o impedía el paso de la esen­
cia. Cuando ambas se cerraban, dejaban en
la unión de los tubos comprendida entre ellas
una pequeña cantidad del combustible lí­
quido, a cuyo empleo en los motores de ex­
plosión y en los de combustión de Diesel se
deben las maravillas realizadas en la loco­
moción moderna.
Dados estos antecedentes, necesarios para
comprender el terrible accidente descubier­
to por Dessaix al destornillar el manguito
de unión, previo cercioramiento de estar ce­
rradas las dos llaves de paso, puede ya de­
cirse que al desenchufar los tubos y no ver
gotear al suelo la pequeña porción de esen­
cia vertida siempre en tales casos, se asom­
bró primero y palideció en seguida. Pero
teniendo la suficiente presencia de ánimo
para no alarmar a nadie antes de asegurar­
se de si eran fundados sus temores, salió,
arrastrándose, de debajo del chassis, entró
en el coche, desatornilló la tapa de la no­
driza, situada en lo trasero de aquél, entre
las de los dos depósitos de agua que com­
prendían el de la gasolina; y metiendo una
varita hasta tocar con ella el fondo del reci­
piente, pasó su rostro, de pálido, a lívido
cuando, al sacarla, vió que salía seca.
Allí no había una gota de gasolina... ¡Y
él había llenada la nodriza al salir de los
pozos de Ouzel, vertiendo en ella todos los
bidones de repuesto comprados en Idelés dos
días antes! Tan cierto estaba de ello como

69

de que, no habiendo después alimentado sino
dos veces el depósito de trabajo, debían que­
dar en la nodriza unos 120 litros, y de que
si allí no estaban no era por haberlos gasta­
do, sino por haberse salido.
Pero ¿cuándo? ¿Cómo, si el depósito no
tenía golpe, ni agujero, ni grieta? ¿Cómo, sí
los tubos ajustaban perfectamente, según
acababa de ver al desenchufarlos?...
Renunciando a darse explicación, que, aun
hallada, no aminoraría la gravedad del ac­
cidente, procuró serenar su semblante des­
compuesto, y desde la puerta zaguera del
carruaje gritó a su amo que viniera a ver
si hallaba la llave pequeña de desarmar, que
él no encontraba en parte alguna.
Una vez enterado Raúl de lo que Dessaix
acababa de descubrir, fué su primera idea
registrar el depósito del motor, para ver si
en él quedaba esencia con que llegar siquiera
a Ahnet, o si estaba también totalmente
vacío, y al encontrar en él gasolina hasta
más de la mitad de su cabida, pero con
la cual no bastaba para dicho viaje, dijo,
esforzándose en simular despreocupación no
sentida, que no siendo de agua, sino de com­
bustible de lo que carecían, tanto daba estar
parado, mientras no hallaran medio de mar­
charse, en los pozos de Ahnet como en los
cerros de Ziza.
— No es que yo me amilane, ya lo sabe,
señorito; pero no es fácil encontrar ese me­
dio. Y en cuanto al agua, empleándola no
más para beber, no nos faltará en dos o tres
semanas; pero si pasan sin poder movernos
o antes se nos acaban los víveres...
— Pero, hombre, dos semanas dan mucho
de sí. Estamos en el camino de In-Saláh a
Gao y Tombuctú, y mucho será que en tanto
tiempo no pasen por aquí “autos”, o siquiera
“motos” que puedan prestamos gasolina.
— Si no la llevan justa para ellos. Pero
no es fácil pase por aquí ni una rata; pues
en los años como éste, en que no están se­
cos los pozos de la ruta directa de In-Saláh
a Tombuctú, por ella, y muy lejos de Ziza,
va todo el tráfico. Además, ya sabe usted que
los caminos del Desierto no son carreteras
de pocos metros de anchura, sino direccio­
nes generales de dilatadísima extensión, don­
de yentes y vinientes se cruzar a muchos
kilómetros de distancia, viéndose únicamen­
te si los reúne la casualidad en los pozos de
obligado paso. Por eso serían los de Ahnet
mejor sitio para aguardar a la casualidad,
que no es fácil venga a Ziza a buscamos.
— No seas agorero, hombre. Con la ca­
sualidad no hay reglas: llega cuando nadie
la espera.
— Por eso no la espero; pero Dios la
traiga.

70

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

__ Sí, hombre, sí... Después de haber sali­
do del peligro de ayer, que era más grave.
— Más apremiante, sí; más grave, no: con­
tra él teníamos medios de luchar, y los usa­
mos; contra este de ahora, no tan aparatoso,
pero más duradero, nada podemos en este
destierro.
__ ¿Pero tú crees— dijo Raúl asaltado por
una idea súbita que le extrañó no haber te­
nido antes—que quien, como nosotros, tiene
un aparato radi otelegráfico puede decir que
está perdido ni abandonado?
— ¡Ah! Es verdad. ¿Va usted a pedir au­
xilio?
— Claro. Llamaré a Ouallen, donde, por ser
estación del ferrocarril de Ghadamés a Tombuctú y Dackar, habrá probablemente gaso­
lina; y si no, a In-Saiáh, para que nos la en.
víen en un “auto” o en un par de side-cars.
■— Sí, sí— contestó el motorista; mas re­
capacitando, agregó en seguida mucho me­
nos alegre— : Pero hay otra dificultad.
— ¿Todavía otra?... ¿Cuál?
-— Que quienes nos la traigan puedan en­
contrarnos.
— Dictándoles, como les diré, que esta­
mos en Ziza.
— Señorito Raúl, Ziza no es un pueblo,

como Agadés, ni un punto fijo, como los po­
zos de Timisao o de Ouzel, sino un amon­
tonamiento de incontables cerros y una ma­
raña de barrancos, en medio de los cuales
estamos con nuestro “auto” como una agu­
ja en un pajar; pues estos montes cogen
veinte o veinticinco, puede que treinta ki­
lómetros de norte a sur y de este a oeste
no sé cuántos, pero muchos más.
-—Ya se ingeniarán, y nosotros también
¡qué diantre! Por lo pronto, voy a telegra­
fiar ahora mismo... Pero no puede ser; no me
acordaba que tan torpe estará el motor para
trabajar con el solo cilindro de la dínamo
como con los ocho del coche. Mira, como esto
es lo más urgente, no te cuides ahora del
diferencial, ni del cigüeñal, ni de ejes, rue­
das ni de nada del mecanismo de la marcha
hasta haber desarmado y limpiado el motor',
para poder usar solamente el cilindro de la
dínamo de la transmisión. Y ni palabra a
nadie de esto de la gasolina: no quiero que
se enteren de que la nodriza no es ya sino
ama seca.
— ¿Ni al Señor Friand?
— A ese le hablaré yo; pero como no quie­
ro que los otros os vean en conciliábulos, no
le digas tú nada.

XVJI
FRIAND TIENE UNA IDEA Y CORAZON PARA LLEVARLA A CABO
Mientras el motorista se ponía a la tarea
señalada por Raúl, llamaba éste a Friana,
llevándoselo cañada adelante, lejos de don­
de los demás quedaban junto al “auto”. Lle­
gados a unas piedras, se sentaron en ellas
el veterano y el muchacho, a la sombra de
un gran peñasco, enterando el segundo al
primero de la recién descubierta novedad y
del plan de demandar ayuda por telégrafo,
pidiéndole parecer sobre la dificultad, indi­
cada por el conductor, de que pudieran ser
hallados por quienes les trajeran la gaso­
lina.
Dessaix dice perfectamente— contestó
el sargento— . Ya se ve que ha corrido mu­
cho por estos andurriales. El aprieto es gor­
do, pero a un mozo tan bragado como usted,
y que es quien aquí manda, no he de ocul­
társelo.
Pero, Friand, conviniendo por telégra­
fo en que los que vengan y nosotros haga­
mos señales... Por ejemplo, disparos de hora
en hora.
Si la casualidad nos los trajera cerca,

podría servir eso; pero si nos buscan a tres,
cuatro o diez leguas de donde estamos, de
poco servirán los tiros. Y aun sin eso: sí el
■viento se lleva el ruido por el lado contra­
rio de lo que haga falta...
— Pero es imposible que no haya ningún
medio.
— Imposible, no digo; pero a mí no se
me ocurre.
¿Y si telegrafiáramos que nos buscaran
con un aeroplano?
— No creo los haya en Ouallen ni en InSaláh.
Es que mi cuñado tendrá, probablemen­
te, alguno en Techiasco; y aunque me re­
pugna alarmar a mi padre, y sobre todo a
mi hermana, pues querría ocultarles nuestra
situación hasta salir de ella, de no haber
otro medio de salvarnos...
. ^ 0 creo que sirva el aeroplano; porque
vista desde él esta maraña de picachos, ho10 5 barrancos, debe de parecerse mucho a
una espumadera y ha de ser muy difícil des­
cubra en uno de sus muchísimos agujeros

POLICIA TELEGRAFICA

71

— ¿Quién es Custine?
obscuros o de sus grietas, tan obscuras como
— El más listo de los cuatro. Me decía que
ellcs, ia aguja de que, con razón, hablaba
había ascendido a cabo y que se iba a InDessaix; pues esas peñas altas brillan al sol,
Saláh, a la cabecera de la compañía Si es­
mírelas usted, como diamantes.
tuviera todavía allí.
— Sí, es el reflejo del sol en las innume— Lo preguntaremos, lo preguntaremos en
rabies aristas del cuarzo de ellas.
cuanto el telégrafo funcione.
— Por eso creo yo que deslumbrarán a
— Sí, pero mientras no encuentre yo la
quienes miren desde arriba, sin dejarles ver
cueva para poder citar en ella a los quelo que haya en cañadas y barrancos.
—Es verdad, es verdad. Vale más telegra­ hubieren de buscarnos nada adelantamos...
Lo más urgente, antes de telegrafiar, es en­
fiar a Ouallen, y valga por lo que valiere;
contrarla, si es que puedo.
yo no veo posibilidad de otra cosa.
— ¡Pero usted se va a lanzar!... ¿Y si se
— Claro que sí. Puede que no sirva; pero
pierde?... No lo consiento.
por si pega... Oiga, Don Raúl, ¿y si avisára­
— Perderme no hay cuidado, porque ya
mos que encenderíamos una almenara para
que por la noche nos buscara el aeroplano
he caído en que aun no sabiendo dónde es­
del Señor Lobera?
tamos, sé una cosa, y es que estamos cerca
— ¿Y de dónde sacamos leña en esta mal­
del borde sur de estas montañas y que las
faldas de ellas forman, según vamos a po­
dita tierra, donde puede que no haya un
arbusto en cien kilómetros a la redonda.?
niente, la margen del Uad-Tin-Chek-Chek.
— No he dicho nada... ¡Calla! Podemos
Por eso, y recordando que en los cantiles de
poner mirando al cielo un faro de acetileno.
los cerros que hacia el sur miran al llano
— Inútil también, Friand, porque de no­
está la boca de la gruta, que en cuanto la
che tal vez viera el avión el faro así apun­
vea creo reconocer, me atrevo a buscarla;
tado; mas no pudiendo aterrizar en este ace­
que si no, sería locura hacerlo a ciegas. R o­
rico de peñascos, ni mantenerse quieto has­
deando, pues, por la llanura la faldas de es­
ta el amanecer sobre nuestro faro, no sa­
tos montes, al mediodía de ellos, no hay mie­
bría dónde estábamos en cuanto el sol sa­
do de perderse, estando la cuestión única­
liera.
mente en que la gazapera esa no quede de­
— Pues tampoco a mí se me ocurre nada
masiado lejos de aquí; pues lo mismo pue­
más, Don Raúl.
de estar a cuatro o cinco kilómetros que a
— Es fuerte cosa y mala suerte que en
más de veinte leguas; y como sea lo último,
toda esta comarca no haya un solo paraje
ni llegaría a ella, por no poder cargar con
señalado que poder indicar.
los víveres y el agua necesarios para la ex­
— ¡Caramba!... Me ha dado usted una
pedición, ni las provisiones les durarían a
idea: el sitio lo hay.
ustedes hasta que, después de mi vuelta y de
— ¿Cuál, cuál?
telegrafiar, tuvieran tiempo de venir a soco­
—La gruta donde cacé a los bandidos de
rrernos.
que hablaba anoche.
— Es inútil, Friand: no tolero que corra
— Ya sabía yo que usted me sacaría del
usted las terribles contingencias de aventu­
atasco.
rarse en agosto y a pie en esos arenales del
— No cante victoria tan pronto: lo pri­
infierno.
mero es salir de este otro en que me meto;
— Soy más duro de lo que usted se cree;
porque yo casi estoy seguro de que saliendo
treinta años de Sahara me han vuelto la piel
de Ouallen, como entonces, sabría ir a la
cuero y los huesos hierro.
cueva; pero es muy fácil que desde aquí no
— Pierde usted el tiempo: no he de ac­
atine con ella; pues no sabiendo dónde es­
ceder.
toy, tampoco sé hacia dónde tirar para en­
— Dígame, Don Raúl: si usted pudiera,
contrarla.
como yo, encontrar el único sitio de cuyo
-— Buscaremos, buscaremos.
hallazgo depende la vida de seis hombres,
-— Claro; pero además yo no sé si en Oua­ ¿vacilaría en arriesgar la suya?
llen o en In-Saláh quedará todavía alguno
— No.
de los gendarmes que me acompañaban cuan­
— Pues entonces, pensando sólo en sí. ten­
do eché el guante a aquellos pillos.
drá derecho a prohibirme que vaya, pero no
— ¿Y qué falta hacen?
^a sentenciar a muerte a nuestros compa­
— Pues porque ellos y yo somos los úni­
ñeros.
cos, al menos que yo sepa, que sabríamos
— Si tuviéramos siquiera una “moto”... Ha
encontrar la cueva viniendo de Ouallen.
sido una imprudencia no traer una en el
— Ya, ya.
"auto” .
-—Ahora me acuerdo que hace dos o tres
— Si la tuviera no me preocuparía de la
años me escribió Custine.
cueva ni de la compostura del telégrafo;

biblioteca novelesco-cientifica
72
,
fe n ^ y a "

TinTo y media estaría en 'Oualnoche de vuelta con gasolina y

a g Iia *

‘ ' L a expedición’ d¿ Friandi que Raúl no au­
torizó sino imponiéndole la compama de
uno de sus gendarmes, no se demoró sino el
tiempo estrictamente indispensable para ha­
c e r ' dos paquetes con las provisiones: latas
de leche condensada, de merluza a la vm a
greta y de frutas, ex profeso elegidas por
atemperantes de la sed. El agua, ligeramente
adicionada con vinagre, la llevaban en los
tres “termos” de Friand y sus subordinados,
reglamentarios en gendarmería del Sahara,
y en una bota de Dessaix: en total, once
litros, no suficientes para beber cuanto
apetecieran, pero sí para evitarles penali­
dades excesivas durante las tres fechas se­
ñaladas como duración máxima al recono­
cimiento entre ida y vuelta.
Este plazo había sido fijado por Raúl,
después de hacer cuidadosa evaluación del
total de las provisiones y de ver que, no bas­
tando para alimentarlos a todos sino once
días, era preciso tomar en cuenta que, de
no hallar Friand la cueva, convenía dejar
margen de unos cuantos para que quienes
acudieran a la llamada telegráfica que de
todos modos se haría, como último recurso,
por remotas que fueran las esperanzas que
en ella podían fundarse, tuvieran tiempo de
intentar la difícil busca de los perdidos via­
jeros en aquel dédalo de cerros y barrancas.
La partida de los dos gendarmes a su pro­
blemática y acaso desesperada tentativa im­
pidió a Raúl guardar su propuesta reseñ a
sobre el común peligro, que virilmente des­
cubrió diciendo que para casos tales es el
corazón de los hombres; que amilanarse en
ellos sólo conduce a perder energías para
salvarse necesarias, y que de todos espera­
ba ánimo entero y decidida ayuda, por todos
prometida: hasta por el apocado Joubert,
sin duda contagiado con el ejemplo de sere­
nidad que, aunque la procesión anduviera
por dentro, le daban los demás.
Pero aquella entereza no impidió que a
quienes se quedaban, y el primero a Raúl,
se les llenaran los ojos de agua y se 'les
apretara el corazón cuando se preguntaron
si volverían a ver a aquellos dos valientes
que acaso no pudieran resistir las largas ho­
ras de tres dias a la temperatura de 56 gra­
dos que iban a desafiar, sin posibilidad de
defenderse de ella viajando de noche, según
uso en el Sahara; pues sin luz no podría
Friand orientarse en el terreno ni recono­
cer la entrada de la cueva.
Además, pensando en el odio de los tua-

regs a los gendarmes y
qi*éstos no Ue_
vaban por toda arma s:ao l£pistola regla.
mentaría, por haber dicho F :.nti que para
las jornadas, muy largas acasr,: que h abrian
de hacer estorbaría el fusil, p0t ger ya muy
sobrado el peso del agua los vb.er€S y el sol(
temía Raúl que, de encontráis la pareja
con tales gentes, no desperdicia-jan. éstas la
ocasión de cazarla a mansalva con fusiles
desde distancia superior al aleare de las
pistolas de ella.
Y él y sus compañeros no I-riían apartar
de su memoria la idea de qué siria de aque­
llo infelices de sorprenderlos otra tempes­
tad cual la pasada, no teniendo q abrigo del
“auto” : llegando a tanto la preocupación del
joven jefe de la expedición, que ni siquiera
hizo alto en el alcance de un incidente ocu­
rrido poco antes de partir aquéllos, pero que,
recordado al día siguiente, leíió la expli­
cación del porqué y cómo se labia perdido
la gasolina acopiada en la noáiza.
El incidente fué que, al ir a llenar los ter­
mos, en uno de los depósitos fe agua, casi
agotado ya, la hallaron impotable por estar
mezclada con amoníaco, alarmándose todos,
hasta que hallaron pura la del otro depó­
sito, casi lleno del preciado líquido.
La causa de ello fué que cuando la lucha
con el recalentamiento del reliigerador no
daba tiempo de hacer la mezcli frigorífica
con la rapidez exigida por las circunstan­
cias, echó Raúl directamente el amoníaco en
aquel depósito. Con ello la gasolina conteni­
da en la nodriza, en inmediata contigüidad
con el depósito de agua extraordinariamente
fría, habría de haberse enfriado poco menos
que ésta, enfriando a su vez el tubo estrecho
de salida de aquélla, enchufado en el ancho
depósito delantero: enfriamiento que, en v ir­
tud de conocidísima ley física, habría con­
traído dicho tubo angosto, al propio tiempo
que el ancho donde entraba estaba dilatado
por la elevadísima temperatura del motor,
anormalmente recalentado.
Y cuando en un enchufe encoce el macho
estrecho y ensancha la hembra, es conse­
cuencia obvia que sobrevenga huelgo con
pérdida de ajuste. Por tal huel?o se había
escapado la gasolina durante la vertiginosa
carrera del “auto” .
*

*

*

No queriendo tener a los lectores con el
alma en un hilo páginas y páginas, como es­
tuvieron no tres, sino cuatro días los com­
pañeros de los exploradores, no demoramos
más decir que retornaron éstos, pasado el
día fijado para su regreso y avar/'nda la no­
che del siguiente, cuando aquéllo* los daban

POLICIA TELEGRAFICA
ya por muertos o por extraviados con certeza
de perecer.
Llegaron a media noche de aquella cuarta
fecha, tan terrible para ellos, por sus padeci­
mientos, como para quienes, sufriendo ine­
fables torturas morales, desconfiaban de su
vuelta; llegaron aspeados, sangrándoles los
pies, abrasados por la sed de sus doce últi­
mas horas de marcha, en las que no proba­
ron una gota de agua; pero triunfantes, pues
hablan encontrado la deseada cueva a dis­
tancia de 56 kilómetros, medidos con el po­
dómetro reglamentario del sargento.
Ciento doce, por tanto, habían andado en
tres días y medio: lo que siendo una hom­
brada en todas partes, sube a hazaña de hé­
roes realizada bajo el sol canicular del Sa­
hara y con cinco litros de agua por cabeza
para aquel número de dias.
Después de beber a su placer, y nunca
vendrá frase más a cuento, de recibir apre­
tados abrazos de los que ya los contaban con
los muertos, y de cenar copiosamente, rela­
taron su odisea, que no puntualizamos, pues
puede resumirse en sol y sol, sed y sed, fue­
go sobre la cabeza, fuego en el aire y en el
quemante suelo, fuego de abrasadora sed en
las entrañas, y la firmeza de voluntad he­
roica de no beber en cada día sino la ración
presupuesta, que al segundo fué acortada;
porque cuando desesperando ya Friand de
hallar la gruta vió hacia adelante, y lejos,
un cerro cuya cumbre se erguía con forma
rara y típica que recordó haber visto cuan­
do apresó a los tuaregs, pensó que por allí
debía de andar la cueva. Pero como aún es­
taba el cerro a gran distancia, comprendió
que, de llegar allá, no podría estar de vuel­
ta en lo que llamaba él el campamento en
la fecha señalada: siendo por lo tanto, pre­
ciso estirar los víveres y el agua.
Aquella noche durmieron en la cueva, el
día siguiente lo dedicaron por entero al des­
canso; pues tan al cabo se sentían de fuer­
zas que el sargento vió clara la necesidad de
reponerlas con un largo reposo, so pena de
no tener las suficientes para el regreso.
La inmediata noche y la siguiente maña­
na, hasta las nueve de ella, las pasaron an­
dando. Durmieron hasta las cuatro de la
tarde y emprendieron nuevamente la mar­
cha, al final de la cual no los habrían soste­
nido las piernas a no darles energías galvá­
nicas la sed que no podían satisfacer sino
llegando al auto, y a no tener certeza de
que pararse era morir.
*

*

*

73

Durante la topográfica pesquisa de los
gendarmes habían sus compañeros trabajado
de firme hasta acabar la limpieza pieza a
pieza del auto, seguida del montaje de ellas.
El segundo día tan pronto como pudo fun­
cionar el motor puso Raúl en actividad el
cilindro de la dínamo telegráfica, teniendo
la desagradable sorpresa de ver que al co­
nectarla a aquél no giraba el inducido de
ella a la velocidad normal, sino lenta y pre­
miosamente, produciendo por dicha un chi­
rrido agrio que lo alarmó a tiempo de pa­
rarlo antes que se averiara en forma irre­
parable.
Intentó Raúl, entonces, hacer girar a ma­
no él inducido, y al hallar resistencia inven­
cible sospechó primero, y comprobó después,
desarmando la máquina, que la causa era el
maldito polvo que atoraba todos los inters­
ticios de ella. Como atoraba los cojinetes de
la cruceta goniométrica manteniéndola in­
móvil e insensible al paso de loo telegramas,
que desde la tarde del huracán habrían de
seguro atravesado sus circuitos, y de los
cuales hay que reconocer no se había Raúl
cuidado en dicho tiempo por tener la aten­
ción solicitada por más apremiantes preocu­
paciones.
Por último1 el receptor telegráfico tampo­
co funcionaba; pero esto era debido a meras
deficiencias de aislamiento de uno de sus
carretes, del cual no se había acordado Raúl
más que de la cruceta hasta que tuvo nece­
sidad de utilizarlo.
El día que precedió a la vuelta de Friand
lo dedicaron entero, Raúl y Joubert, a las
reparaciones eléctricas, mientras el gendar­
me que con ellos habla quedado ayudaba a
Dessaix en el remontaje del auto: trabajan­
do unos y otros entristecidos con su inquie­
tud por los ausentes; pero a destajo, pues
Duvery tenía resuelto que si a la mañanasiguiente no habían aquéllos regresado re­
trocedería con el auto hasta salir al llano,
y contorneando luego las faldas de los cerros
en la dirección que Friand había dicho iba
a tomar, mantendría en ella el coche en
busca de sus pobres compañeros mientras
tuviera gasolina... Y cuando se acabara, con
ella acabarían para todos las posibilidades
de salvación.
El retom o de Friand abría, felizmente,
cauce a más amplias esperanzas, aun cuan­
do todavía faltara ver si en Ouallen o InSaláh estaba alguno de los guardias que con
él estuvieron en la gruta, y que después de
pasados diez años pudiera dar con el cami­
no de ella.

74

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

XVIII
UN SOTERRADO CADAVER PREHISTORICO
A las seis y inedia de la mañana sacó Raúl
a Joubert de su hamaca para que afinara la
estación con las del gobierno, sin hacer más
caso de los guiños de la cruceta del gonio—
movida, de juro, por los cotidianos zas— ,
que el que Friand hacía de lo que junto a
él hablaban ellos, porque el estrépito de sus
ronquidos impedía lo despertara la conver­
sación.
Mas no por dedeñarlos dejaron de regoci­
jar a Raúl los brincos de la aguja, como
prueba de estar de nuevo útil el radiogonió­
metro; y en cuanto a los trémolos tonantes
de aquel roncar descomedido, sonábanle a de­
liciosa música cual testimonio de estar ya
en salvo el valiente veterano que por él aca­
baba de jugarse la vida, y a quien temió no
volver a ver con ella.
Y alegre se reía cuando algún trompetazo
ya inverosímil por lo retumbante le hacía
decir: “Ahora se despierta: es imposible
que éste no lo despierte. ¡Qué atrocidad!
Muge más fuerte que el simoun del otro
día.”
Y sin embargo el hombre proseguía dur­
miendo.
Y llegaron las ocho, y Raúl, impaciente
por telegrafiar y necesitando la ayuda del
sargento para dar a quienes de Ouallen o InSaláh hubieren de venir a salvarlos, da­
tos para encontrar la cueva en donde ellos
los aguardarían, luchaba entre el deseo de
despertarlo, y la lástima de interrumpir el
dulce y bien ganado sueño del roncante.
Pero corría prisa telegrafiar... Si él se
despertara espontáneamente, o por lo menos
sin poder culpar a nadie de la interrupción
de su sueño...
Pensando en esto, se le ocurrió al travieso
muchacho un hipócrita ardid: tan hipócrita
que pudo ponerlo por obra delante de Jou­
bert sin decirle palabra y sin que éste se
percatase de la treta.
Consistió la artimaña en coger el espejiUo
adulador que allá de higos a brevas le ser­
vía para forjarse la Ilusión de que se hacia
la barba, tan rala y mísera como la flora del
desierto: y jugueteando, cual distraído, con
él, atrapó en su cristal unos rayos de sol
cuya luz reflejada envió a los cerrados pár­
pados del pobre durmiente, que empezó a
rebullirse y a hacer muecas.
Para no ser cogido in fraganti cuando.

como creyó inmediato, despertara Friand,
desvió el espejo y aguardó un momento.
¡Que si quieres! El roncante se volvió del
otro lado, y pasado un minuto de silencio
largó otro formidable trompetazo. Pero ig­
norante de la artera traición que lo acechaba,
no pudo cautelase contra nueva asechanza;
pues al volverse dió cara el inocente a sitio
donde Raúl pudo colgar el espejo perfilado
de modo que el sol volviera a acariciar sus
ojos, que ya esta vez se abrieron, sin que al
abrirlos sospechara que taimada doblez y
no casualidad

lo habla despertado.

Ya en comunicación Joubert con la esta­
ción oficial de Ouallen, la pidió con el sar­
gento del puesto, quien dijo a Friand que
ya no estaban allí ninguno de los gendarmes
por quienes preguntaba; que en el lugar no
había ni un bidón de gasolina, ni un solo
auto, y que los side-cars del puesto se los ha­
bían llevado los guardias de servicio.
En vista de esto se llamó a In-Saláh di­
ciendo que el sargento primero de la com­
pañía de Agadés y el hijo del Director del
Ferrocarril, perdidos en el desierto, suplica­
ban al capitán se pusiera al aparato.
Tres cuartos de hora largos duró la con­
ferencia, enterándose detalladamente el ca­
pitán de la necesidad de enviar gasolina,
víveres, agua, y de las señas dadas para en­
contrar la gruta en donde quienes deman­
daban el auxilio aguardarían a los que lo
llevaran. Indicó además Friand que de se­
guir perteneciendo a la compañía de In-lSáláh algunos de sus antiguos subordinados,
que con él habían ido a la cueva diez años
atrás, sería lo mejor encomendarles a ellos
la comisión, y mejor que a ninguno el cabo
Custine.
Este era el único que continuaba perte­
neciendo a la compañía; pero no estaba en
In-Saláh, ni en Ouallen, sino de jefe del
puesteeillo de Ain-Tahena, donde no había
e c ono, lo cual retrasaría la organización
del salvamento, caso de ser indispensable
encargárselo a é l ; pues Ain-Tahena dista de
In-Salah cuatrocientos kilómetros. Mas
siendo poco diferentes las distancias a Ziza,
desde aquella al dehuela y de Ouallen, y dano Friand primordial importancia a que la
gruta de Tin-Chek-Chek fuera buscada por
Quien ya hubiera ido a ella desde Ouallen,
creyó preferible perder un día, confiando en

POLICIA TELEGRAFICA
que al saber que de él pendía la vida de cidente; dejando al norte, como a medio k i­
lómetro, las faldas de los cerros de In-Ziza,
su antiguo compañero y jefe, aguzaría Custine su nada romo ingenio y haría los im­ cuyas cumbres se eslabonaban flanqueando el
•uad en la dirección de la marcha hasta una
posibles por salvarla.
lejanía cuyo término no llegaba a colum­
— Se hará como ustedes desean— contes­
brarse.
tó el capitán— . Hoy mismo saldrá una pa­
Así llegaron, cuando el contador marcaba
reja en motos a prevenir a Custine en Aincincuenta y cuatro kilómetros, a enfrentar
Tahena; pero auto en que llevar la gasolina,
una zona donde a las crestas erizadas de
el agua y los víveres no tendré hasta que
mañana por la tarde llegue uno que requi­ agudos cerros suceden en lo alto del macizo
montañoso, planos sensiblemente horizon­
saré a un comerciante, y saldrá por la noche
para Ouallen,, adonde, por su lado, irá Cus­ tales en extensión de siete u ocho kilóme­
tros, pasados los cuales acaba la meseta, y
tine a hacerse cargo de él. Por mal que las
los violentos picarachos vuelven a ser rasgo
cosas se pongan, nunca tardará más de cua­
dominante de las formas orográfleas que
tro días en llegar a ustedes el socorro; y
teniendo como dicen provisiones para siete,
dan carácter a aquella hosca y salvaje co­
todavía sobran dos.
marca.
Ciento cincuenta a doscientos metros es
Después de oir esto dió el sargento a su
jefe unos cuantos datos sobre las formas de el relieve medio sobre la llanura de la me­
seta, o mejor dicho de las dos mesetas, pues
los cerros inmediatos a la gruta para que
dos son, separadas por desgarrón hondísimo
con ellos le fuera refrescada la memoria a
que con cincuenta de ancho al nivel del lla­
Custine; y con encargo del capitán a aquél
no y solamente de unas docenas más en lo
y a Raúl de que a diario lo llamaran, pues
alto de sus cuarzosos paredones, casi verti­
le interesaba le informaran de toda novedad,
cales, forma una desgarradura angosta y
se terminó la conferencia telegráfica.
Apenas se apartó Raúl del aparato, su im­ brava que ahocinándose sabe Dios hasta dón­
paciencia por ver la caverna no le dejó de­ de, pues no hemos de llegar nosotros al fin
morar ni un minuto la marcha, por haber de ella, se adentra en el enorme macizo pé­
decidido solemnizar aquel día comiendo a la treo que de asiento sirve a la meseta.
sombra, cosa harto apetitosa para quienes
Enfilada esta angostura y recorridos seis­
llevaban tantos y tantos de acampar a pleno cientos u ochocientos Snetros en ella, fué
sol, en lo hondo de la peñascosa hoya donde preciso detener el auto para montar el me­
estaban, que, sin metáfora, era una verda­ canismo de oruga, indispensable en tan
dera sartén.
fragoso piso; pero al oír Raúl a Friand que
En consecuencia se echó a andar entre
estaban ya muy cerca de la gruta, echó con
nueve y diez, pero con sólo cuatro cilin­ él, a pie, barranco adelante, encargando a los
dros del motor, pues aun cuando sobraban
otros que al terminar la maniobra prosiguie­
gasolina y agua para aquel corto viaje—
ran la marcha hasta que el mismo hocino
mudanza lo -llamaba Raúl— que no podían
los llevara a la entrada de la cueva, ya co­
bastar para otro alguno de provecho, no era
nocida del gendarme, que dos días antes la
cosa de malbaratarlas. Aparte que si se de­ había visitado, y se quedaba junto al auto;
morara el salvamento más de los días cal­ y la cual, de otra parte, no podía pasar in­
culados, el agua haría falta para beber y la
advertida a nadie por dar acceso a ella un
esencia para mover la dinamo de la trans­
gran boquete que en el cantil del tajado
misión telegráfica, de la cual no podía pres­ barranco abría en la roca el socavón de su
cindiese.
oquedad irregularmente abovedada: con
Retrocediendo como si quisieran regresar
quince metros, por lo menos, de altura en
a Timisao, a los cuatro kilómetros salieron
la clave y veinte de ancha al nivel del
del abra donde estaban a la llanura rasa,
suelo.
monótona, prolongada hasta juntar, allá a lo
Al penetrar Raúl por el soterrado pasa­
lejos, el amarillo de sus arenas con el azul
dizo y registrarlo con su lintemilla eléc­
del cielo, como en alia mar simulan unirse
trica de bolsillo, se llevó chasco; pues es­
nubes y olas en el confín del horizonte. Era
peraba que, alejándose las paredes, le de­
un inmenso inacabable páramo donde no jarían ver una caverna semejante a las mu­
percibía la vista otras ondulaciones que las
chas calizas de estalactitas y estalagmitas,
insignificantes de los uad paralelos de Tino a las dolomíticas o basálticas en el mundo
Chek-Chek, Taghammar, Tahouiat y Tamauconocidas y descritas en tratados de geo­
rassen, imperceptibles hasta llegar a sus ca­
grafía o geología y en relatos de viajeros r
ñadas suavísimas.
y en vez de esto se hallaba ante una galería
Al norte de la primera y paralelamente a o túnel natural largo, larguísimo, con altu­
ella hizo Friand marchar el auto hacia oc­
ra y anchura que, no bajando nunca e me-

76

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

nos de la mitad, tampoco llegaban a alcan­ un minuto para reconocer esto. Es muy cu­
zar el doble de las dimensiones de la boca
rioso, muy curioso.
Al retomo en busca del camión notó
de entrada.
Raúl que el piso, bastante suave, del sub­
Al revolver un recodo llamó la atención dei
asombrado muchacho un resplandor que, te­ terráneo era la única parte de él donde la
roca viva, al descubierto en paredes y techo,
nue en el lugar desde donde lo vió, se fué
estaba
recubierta por una apretada capa de
intensificando según él avanzaba en el pa­
sadizo; mas sin lucir al frente con la viva menuda arena llevada por los vientos hasta la
boca del túnel y recogida en ella por el aire
luz que deberla verse de proceder la clari­
dad de otra boca frontera de salida al ex­ encajonado que, penetrando en él para salir
a lo alto por los pozos, la dejaba caer al
terior de la subterránea galería. La expli­
suelo
rellenando con ella los intersticios de
cación la halló al llegar bajo un tragaluz
un piso más firme que debajo existía: for­
formado por un desgarramiento de la roca
mado (según a la geológica curiosidad de
del techo: extremo inferior de un hondo pozo
Raúl le enseñó el zapapico aquella misma
que allá en lo alto rompía el piso natural
tarde) de una tongada de cantos rodados,
de la meseta bañada por el sol, abriendo
por el estilo de los muy abundantes en el
en él su boca superior: ojo más bien con que
barranco donde desemboca el soterrado pa­
se veta el cielo desde debajo de la tierra.
sadizo y de los que al otro día halló exca­
Entonces se explicó Duvery la causa de
vando en el cauce del seco uad de Tin-Chekuna muy perceptible corriente de aire que
Chek.
habla advertido desde su entrada en el pa­
* * *

sadizo: pues el pozo, respiradero o cual
quiera llamárselo venia a hacer efecto de
Según Friand supuso, afuera estaba ya
cañón de chimenea: con gran alivio de quie­
aguardando
el auto que, por ser muchísimo
nes en la caverna se sentían oreados por el
más grato hacer vida a cubierto del sol que
aire de ella en movimiento; pues aun sien­
aguantando su fuego, metió Raúl en el túnel
do caliente, lo era mucho menos que el de
hasta llevarlo bajo el primer respiradero;
afuera.
no solamente para buscar la poca luz por
— Vamos a estar aquí como en una esta­
ción veraniega, amito Friand. Ha hecho us­ éste entrada, sino para situar la antena y
la cruceta en más directa comunicación con
ted un soberbio descubrimiento: esto es casi,
la atmósfera, en condiciones que pensaba
casi como Trouville o Dieppe. ¿Y hasta dón­
favorecerían su funcionamiento; pues aun
de sigue este callejón, o, mejor dicho, túnel?
cuando las ondas telegráficas no solamente
— Donde se acabe no lo sé, pues aunque
ondulan en el aire, sino que se deslizan so­
yo llegué bien adentro con mis guardias,
bre el terreno y por debajo de él, parecíale
cuando los tres tuaregs de Ain-Tahema
que para recibir despachos lanzados por an­
huían delante de nosotros, con esperanza de
tenas aéreas sería mejor colocación aquélla.
encontrar otra salida por doncre escabullir­
Por hacer varios días que con la repara­
se, y haciéndonos correr no pocas horas,
ción de desperfectos tenía Raúl bastante
hasta convencerse de que no tenían más re­
abandonadas las investigaciones electropolimedio que entregarse, no alcancé a ver el fin
cíacas y los enrevesados trabajos criptográfi­
de esta conejera.
cos, dictábale el deber que tan pronto satis­
— No está mala la conejera, por donde
ficiera la primera necesidad de la comida
pueden correr hasta elefantes... ¿Y no au­ reanudara unas y otros sin pérdida de tiemmenta la anchura más adelante?
— En lo que yo vi no noté variación de
aquélla apresuradamente en tres bocados, su
lo que usted ya ha visto.
inquieta curiosidad le hizo olvidarlo todo,
— Y este pozo... ¡Qué cosa más rara!
lanzándolo en geológico reconocimiento sub­
— Y no es único.
terráneo. que por tener el túnel extensión
— ¡Ah, no! ¿Cuántos más hay?
para andar días y aun acaso semanas, sólo
— No los conté entonces, pero no han de Dios sabe dónde lo habría llevado a no ha­
bajar de cuatro o cinco.
cerle regresar, después de cinco horas de
— Vamos, vamos a verlos.
andar hacia adelante, lo monótono del pai­
— Como hasta que mi amigo Custine ven­
saje, que ya le iba aburriendo, y temor de
ga a buscarnos sobra tiempo de verlo y el
que a sus compañeros los alarmara su tar­
auto debe ya haber llegado a la entrada de la
danza. En la excursión había visto los sucesivos pozos anunciados por Friand.
cueva, creo, Don Raúl, si le parece a usted
De vuelta al auto le pareció oportuno dar
— Sí, si; pero lo que es en cuanto lo me­
a In-Salah noticia, para hacerla llegar a sus
tamos aquí dentro y cómanos, no aguardo ni
Presuntos salvadores, de que quien« pedían

POLICIA TELEGRAFICA
ser salvados estaban ya en el lugar de la
cita; y de que de allí a dos días, pues antes
no podía presuponerse la llegada del soco­
rro, serían instalados en lo alto de la meseta
sendos vigías que, a los dos lados de la en­
trada de la hoz conducente a la caverna,
atalayaran, con buenos gemelos, la llanura,
en espera de la expedición de socorro, cuya
atención procurarían atraerse al divisarla
disparando fusiles y con lonas izadas en pa­
los a modo de banderas.
Otro vigilante cuidaría de noche de uno
de los faros de acetileno del carruaje, que
sería colocado sobre un peñasco a la entrada
del desfiladero.
Establecida la comunicación con bastante
dificultad, contestó un escribiente que trans­
mitiría el aviso al capitán, que no se halla­
ba en el cuartel, y que al siguiente día po­
drían comunicar con él personalmente lla­
mándolo a las ocho de la noche, hora en
que probablemente habría ya noticia de la
salida de Ouallen de la expedición de auxilio.
— Buen trabajo ha costado entenderse—
dijo Joubert quitándose de la cabeza el fleje
de los auditivos.
— Ya lo esperaba— contestó Raúl— . Es­
tamos bajo tierra y es posible que entre las
rocas que tenemos encima haya algunas
metálicas que absorban parte de las ondas.
Y gracias a la precaución de habernos co­
locado debajo del pozo...
Oiga, Joubert. ¿Se ha movido la cruceta
durante mi correría de esta tarde?
— Confieso que no se me ha ocurrido vi­
gilarla. Como hace dias no nos cuidábamos
de e lla ...
— ¿A qué, si no podía moverse? Pero co­
mo ahora es ya otra cosa, se le han acabado
a usted las vacaciones...
— ¿Y ha registrado la estación alguna
llamada de los conspiradores?
— No era posible: desde esta mañana te­
nemos arreglado el aparato a la frecuencia
de la red oficial.
— Verdad e s ... Pues mire, como en más
de veinticuatro horas no hemos de volver a
comunicar con In-Salah, afine nuestros cir­
cuitos receptores con los clandestinos, por­
que mañana reanudamos las tareas: usted a
copiar los jeroglíficos que pesque, si es que
algo llega a esta honda gazapera. Pero aun­
que lleguen yo no los veré hasta después,
porque me vuelvo a mi rompecabezas: tengo
una idea nueva, y voy a hacer otra intento­
na aprovechando esta inacción que nos es­
pera,
— Lo que va usted es a volverse loco. Y
hablando de otra cosa, ¿qué ha hecho usted
en su paseo de esta tarde?

77

— Un descubrimiento estupendo... Va­
mos a ver: ¿dónde cree usted estar?
-— Hombre: en el Sahara.
— Tampoco usted ha perdido la tarde,
porque también ha hecho su descubrimiento.
— ¡Yo! ¿Cuál?
— El del Sahara.
— ¡Qué tontería! Quise decir en los mon­
tes de Ziza.
— Tampoco es novedad, ni verdad siquie­
ra; porque mal puede estar en un monte
quien está bajo tierra: si dijera usted den­
tro de los m ontes... Y ni aun a s í...
— Con usted no se puede hablar: hay que
pulir tanto las co sas... Debajo de los mon­
tes de Ziza: ¿está así bien?
— Todavía es poco decir.
— Pues, vaya, no se me ocurre m á s... SI
no lo dice u sted...
— Lo diré, lo diré. Sepa, querido Joubert,
que esta galería subterránea, este túnel
natural, es el seco álveo de lo que era un
río hace muchos millares de años. No sé
cuántos, pero muchos, muchísimos.
— ¡Esto un río!
— Si: cuando en el Sahara había agua, y
elefantes, rinocerontes, cocodrilós, y pom­
posas plantas y umbríos bosques.
— Usted siempre de b rom a...: como si
en el Sahara pudiera nunca haber habido...
No pudiera haber, hubo; y ¡o que cree
usted broma se encuentra atestiguado con
innumerables testimonios físicos, geológicos,
paleontológicos y hasta con dibujos imita­
tivos de esos animales, aquí exóticos hoy por
no encontrar condiciones adecuadas de vida,
pero cuyas siluetas se hallan grabadas por la
mano del hombre prehistórico en las rocas
de lo alto de montes situados en comarers
donde de tiempo inmemorial no han sido
vistas tales alimañas.
-— Pero, ¿es verdad?
Y tanto. Las aguas que esos anímaie3,
desaparecidos en épocas remotas, bebían en
el hoy seco uad de Tin-Chek-Chek, al cual
salían por el desfiladero que aquí nos ha
traído, llegaban antes al barranco precipi­
tándose a lo largo de este túnel; los patos
se solazaban en las aguas de aquel río.
— Lo que es esa muy gorda para que me
la crea. ¡Vamos, patos en el Sahara!
— No sé porqué le extraña; porque si pa­
tos no, gansos quedan algunos todavía.
— No los he visto nunca.
— Yo, sí: se lo aseguro, amigo Joubert...
Pero volviendo a mi noticia, estamos en el
cauce desecado de un antiguo rio subterrá­
neo en un fósil fluvial. No tiene usted sino
mirar a las paredes laterales de esta caver­
na larga y estrecha para ver que las pie-

BIBLIOTECA NOVE LES CO-CIENTIFICA
dras de ella no presentan los agudos filos
que verá usted si mira a las del techo.
— Y eso, ¿qué prueba?
__ Que los salientes de la piedra fueron
matados en los siglos prehistóricos por re­
petido golpear, primero, contra ellos y con­
tinuado roce luego sobre sus superficies de
cantos arrastrados por aguas torrentosas,
diluviales; pues la fuerte pendiente de este
pasadizo dice que aquí habrían de correr
con tremenda violencia.
__ ¡Pero habla usted de veras! ¿No quie­
re usted reírse, como siempre, a mi costa?
__ No, Joubert, no: hablo con toda forma­
lidad; y si quiere nueva prueba rasque el
suelo, profundizando un poco, en cualquier
parte, y en todas hallará en grandísima abun­
dancia redondos y ovalados cantos rodados:
suaves de forma, lisos al tacto, como están
las paredes de roca contra las que en tiem­
pos ludieron. Ellos son el irrecusable testi­
monio geológico del paso de las aguas. De
otros a ellos iguales está llena la hoz por
donde hemos venido; y es más, apuesto
diez contra uno a que en cuanto escarbemos
en el lecho del Tin-Chelt-Chek encontrare­
mos otros exactamente iguales.
— Porque lo dice usted lo creo. ¿Y de
dónde venía esa agua?
— Eso lo averiguarán los sabios que al

salir de aquí voy a encargar me manden de
Europa para encomendarles que continúen
mi paseo de esta tarde y completen mi des­
cubrimiento. A menos que usted desee pro­
seguirlo, pues en tal caso le doy la prefe­
rencia; y cuando vuelva usted del fondo de
este abismo habrá conquistado el glorioso
derecho de darlo a conocer al mundo sabio
con el nombre de Geoinfrahidrológico Antro
Joubert.
__ Cuando decía yo que todo esto era para
tomarme el pelo. Como si no supiera todo
el mundo que los ríos van siempre por
arriba.
__ Está usted equivocado: sin hablar de
este cadáver de río o torrente fósil, hay en
el mundo varios casos de enterrados ríos.
Y no hablo de los que, como el típico Gua­
diana, se filtran entre arena para reapare­
cer después, porque esos cesan de ser ríos
desde que se zambullen en la tierra hasta
que vuelven a salir; sino de verdaderos ríos
con corriente y cauce que sin interrumpirse
conservan su personalidad fluvial, mientras
corren siguiendo canales soterrados. Y hasta
en algunos de ellos se hallan respiraderos,
cual los de éste, que sobre el suelo marcan
el trazado de su lecho y la dirección de su
corriente: pozos en lo hondo de los cuales
puede comprobarse el paso de las aguas (1).

XIX
ROMPECABEZAS
Ei temor por Joubert expresado de que
su joven y guasón jefe se volviera loco, na­
cía de haberlo visto consumir inútilmente
horas y horas durante la pasada tempora­
da, en quemarse las cejas y derretirse los
sesos sobre la colección, copiosa ya, de in­
terceptados telegramas, con pretensión de
descubrir la clave empleada en descifrar­
los: en tanto que, mirando el rimero de
cuartillas encabezadas con incomprensibles
fórmulas matemáticas, partidas en colum­
nas y columnas atestadas de inacabables
permutaciones de letras, reputaba el buen
hombre descabellado y temerario aquel pro­
pósito: no sin razón acaso, pues en tan vasto
y caótico océano de combinaciones parecía
verosímil naufragara el más sesudo juicio.
Pero Raúl, no solamente terco, sino un
tantico puntilloso, soñaba con desquitarse
brillantemente de las mortificantes dudas
sobre sus éxitos de Bertier y sus colegas
fracasados en la pesquisa de las estacio­
nes descubiertas por él: con desquite con­

sistente en presentarles traducido su pro­
tocolo telegráfico, seguramente lleno de in­
teresantes datos de la conspiración en
marcha.
Por ello, al levantarse después de la pri­
mera noche pasada en el subterráneo, se
desentendió del radiogoniómetro y del re­
ceptor, que dejó encomendados a su ayu­
dante, y sentándose él en una banqueta de
tijera delante de una mesilla de campaña,
donde extendió las terribles cuartillas, se
enfrascó en la interrumpida faena caba­
lística a la luz del acetileno; pues aunque
hiciera rato que en la meseta era día claro,
no estaba aún el Sol suficientemente alto
tu tainos a qué ríos se refería Raúl; pero
co° oce uno Que corrobora la afirmación
Duyery, y no por cierto en tierras inezPnrto m y ,saI,va;|es. 51110
la populosa isla de
ki -T-r.tr ° ’ cl rt° de Camuv> que por bastantes
en
t e r r ! COrre enterrad0 ron dirección señalada
rrjtniin.ilí
P° r una serie de P°zos allí llamados
el ; ui; - o T ' , a causa de oírse al acercarse a ellos
el ruido de las aguas subterráneas.

POLICIA TELEGRAFICA

79

habiendo logrado formar fortuitamente a para que por el pozo descendieran sus rayos,
guna que otra palabra con sentido, entre mu­
que solamente enviaban a la cueva tenue y
chísimas inexpresivas agrupaciones, no a
difusa claridad.
bía llegado a satisfactorio resáltalo en nin­
La única substancia hasta entonces saca­
guna de sus intentonas.
da de sus mareantes cavilaciones sobre los
2 o Advirtió además nuestro investiga­
telegramas era:
dor que la o y la e, letras que con grandí­
l.o Que el total de letras de cada uno
sima frecuencia ocurren en todos los esen
era siempre igual al resultante de multi­
tos, escaseaban extraordinariamente en os
plicar el número de ellas en cada grupo
cifrados telegramas; y no ignorando que los
igual en todas las agrupaciones en que ve­
criptógrafos experimentados saben cuán va­
nia distribuida la totalidad de las del tele­
lioso indicio para descubrir la clave en toda
grama— por el que en cabeza del despacho
cifra por transposición, es la repetición e
seguía a las mayúsculas, que eran disfraz
estas dos letras, dedujo que en los documen­
(ya descubierto) de los nombres de las esta­
tos por él examinados debían de estar a i eciones de origen y destino. Este último nú­
ces
sustituidas por otras.
mero, inscripto en todos los telegramas, era,
3.o Le sorprendió, por el contrario, ver
como el de letras en grupo, variable de unos
que la x, la y, así como los signos dos puna otros; pero en uno mismo todos los gru­
ots y punto y coma, se repetían inusitada­
pos se formaban con igual número de
mente: cosa tanto más rara cuando ni por
aquéllas.
casualidad se encontraban en ningún despa­
Así, un mensaje encabezado “34” y con las
cho comas ni puntos sueltos. De ambas ob­
letras agrupadas de cinco en cinco, daba
servaciones procedía su sospecha de que ni x
ciento setenta al contar la totalidad de las
ni y representaban sus papeles verdaderos,
contenidas en él: es decir, cinco multiplica­
ni
los signos de puntuación estaban emplea­
do por treinta y cuatro; en otro, marcado
dos en sus habituales oficios ortográficos.
" lg ” y con grupos de siete, ochenta y seis,
¿Serían aes y es, u otras vocales?
igual a siete por dieciocho, era el obtenido
Todo esto, juicioso, verosímil, discreto, de­
contándolas una a una.
mostraba el ingenio y las poderosas faculta­
De esto habla inferido Raúl, pero con pro­
des analíticas de quien lo deducía; pero era
fundísimo convencimiento, que antes de tras­
poco para acertar la clave. Buscando más,
tornar el orden de las letras para cifrar los
meditó y meditó, llegando a comprender
escritos originales deberían constar éstos
que
su propósito sería más difícil de alcan­
de número de líneas igual al de las letras en
zar cuanto más largos los telegramas sobre
el grupo que en cada caso se empleara, y de
que discurriera, por lo cual elegia siempre
tantas letras en línea como unidades contu­
los más breves para sus mareantes refle­
viera el número en cabeza del telegrama.
xiones y tanteos; pero aun así, el más conciso
Asi adquiría sentido para él aquello de ¡la
de
los que hasta entonces había ensayado
profundidad!, que los furtivos telegrafistas
tenía setenta y dos letras en dieciocho gru­
habían visto clara en los disparatados pun
pos de a cuatro: las que, a ser atinado su
y ras por Joubert transmitidos frente a Tao;
primer supuesto, debían proceder de un ori­
pues las tres letras de las agrupaciones ha­
ginal de cuatro líneas con dieciocho letras. No
bían sido por ellos interpetadas como profun­
es de extrañar que dicho telegrama mantu­
didad: tres/ (líneas) del escrito, que supo­
viera al pobre chico amarrado al potro de
nían era un telegrama en cifra; faltándoles
las permutaciones y las combinaciones duran­
para poder descifrarlo el otro dato (1).
te dieciséis horas, repartidas en dos tomas, y
Este convencimiento, lógico, pero no po­
le hiciera temer que, si no en loco, como Jou­
sitivo, sirvió de punto de partida al mucha­
bert decía, en idiota era fácil acabara. Y eso
cho para ir colocando las primeras letras de
que en dicho tiempo no agotó sino mínima
todos los grupos en una línea, las segundas
parte de las 3.135.200.000.000.000 de las per­
en otra..., las últimas, en la final.
mutaciones posibles en el problema (1).
Escribiendo en seguida las líneas ante­
riores unas bajo otras, en el citado orden
comenzó a cambiar de lugar las letras den­
(1) Como tengo interés en qne el lector no ma­
temático no piense que Ignotus se prevale de tal ig­
tro de las líneas en que se hallaban; pero
norancia para embaucarlo, le diré con toda seriedad
tan innumerables eran, prácticamente ha­
qne cualquier estudiante de Algebra elemental le po­
blando, las permutaciones posibles, que aun
drá informar de que las letras a y 6 se pueden
(1) En realidad, habiendo seguridad de buena
transmisión tal dato era redundante, pero indis­
pensable para comprobar seguidamente que no ha­
blan sido cometidas omisiones ni errores en la
transmisión ni en la recepción.

agrupar de dos maneras diferentes: a í j k ; tres
a, b, c, de seis, o sea igual al producto de 1 por 2
y por tres; cuatro de veinticuatro = 1 x 2 X 3
X 4 ...: y setenta y dos en número de formas igual
al producto de todos los números 1, 2, 3, hasta 72.
Haciendo tal producto se obtiene el dato dado.

80

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

Cuando en la caverna reanudó Raúl su
espantosa faena no habla visto aún los te­
legramas capturados en la aguada de Ouzel;
pues se lo habían impedido los sucesos na­
rrados en los últimos capítulos; así que, al
examinarlos entonces por la primera vez y
llamarle la atención la brevedad de uno de
ellos y recordarle, por su contextura en gru­
pos de tres letras, la descabellada transmi­
sión de Joubert ya citada, presintió que
aquel rompecabezas no era tan duro como
los anteriores.
He aquí la copia literal de dicho jerogli­
fico:
C a F = 8.
xyi moe rlv udo isu hxq oas ;bfc
Después de mirarlo atentamente, con mu­
cho miedo, fuerza es confesarlo, se armó de
coraje y comenzó la brega, escribiendo en
una primera línea las primeras letras de
los grupos por el orden de éstos en el tele­
grama, en otra, las segundas, y en la últi­
ma, las terceras; hizo lo propio en sentido
inmerso, y obtuvo:
x m r u i h o ;
¡ o h i u r m x
y o l d & x a b
b a x s d l o y
i e v o a g s k
k d q a o v e i
Por un rato, contempló ambos inexpresi­
vos resultados; meditó, se rascó la cabeza
y volvió a rascarse y cavilar. Como con­
secuencia de sus cavilaciones invirtió el or­
den de las líneas; y nada...
Permutó luego de diversas maneras, las
ocho columnas verticales de tres letras que
en las dos anteriores agrupaciones resul­
taban; y después de penosísimos tanteos,
cuyo detalle no aguantarían los lectores, sus­
pendió su trajín, recapacitó, y se dijo:
— Estoy perdiendo el tiempo miserable­
mente en un trabajo que haría con el mismo
resultado cualquier mulo de noria... Puede
que hasta el propio Joubert. Es preciso pen­
sar, discurrir...
Y a discurrir tornó; mas la primera idea
que le vino a la mente fué que Joubert no
sabría sacar agua de la noria; porque si lo
engancharan con los ojos vendados no daría
un paso por miedo de caerse, y si se los des­
taparan, se caería mareado a la primera
vuelta.
Al llegar a este punto de sus raciocinios
y parecerle demasiado ofensivos para su
ayudante, exclamó:
— ¡Pobre Joubert! Es un bendito, y me
figuro que ya lo voy queriendo casi tanto
como al Sultán: no más. Y aun creo que si le
alargo la mano capaz será de lamérmela
como él.
¡Pero qué cabeza tengo, y adónde me han
traído mis reflexiones! Porque como no se

me ocurran sino estas comparaciones mula­
res y perrunas, poco voy a sacar en limpio
del nuevo telegrama... Vamos, vamos a ver
si ideo algo más provechoso...
'S i atino en mi suposición de que los gru­
pos no son sino columnas que esos tíos han
tumbado para disfrazarlas, lo primero es
restituirles su posición vertical. Pero des­
pués de enderezarlas es claro que podré (po­
dré, no deberé) mudarlas entre sí de lugar y
escribir además las letras de los grupos que
las forman de arriba abajo, o de abajo a
arriba.
Bueno, esto es lo que antes he hecho; pero
lo interesante ahora, y en lo que aun no ha­
bía reparado, es en que al tomar de derecha a
izquierda las letras de unos grupos, y a la
inversa las de otros, para formar de diversos
modos las columnas, resultarán mezcladas en
la primera línea primeras y terceras letras
de los grupos y lo mismo sucederá en la ter­
cera línea; pero siendo tres las letras de los
grupos todas sus letras centrales caerán en
la segunda linea que contendrá siempre y no
contendrá otras letras que las de la segunda
línea del original antes de cifrarlo, aunque
revueltas de diversas maneras, según sea el
orden en que yo haya barajado los grupos.
Sí, sí, no cabe duda... En total, ocho le­
tras en este telegrama: número en el que
ya parece hacedero atinar con combinación
que tenga sentido y dé, para esa segunda li­
m a traducción posible, que una vez encon­
trada fijará el único orden racional de colo­
cación de las columnas: bastando luego,
para llegar al fin, hacer permutaciones ver­
ticales entre primeras y últimas letas den­
tro de cada columna (1).
¿Que no hallo en tan corto número de le­
tras ninguna combinación con sentido?...
Pues ello probará la falsedad de mi suposi­
ción, y habrá que buscar luz por otro lado.
Asi concretado, se reducía el preliminar
problema que Raúl se planteaba a agrupar,
de modo que diera indicios de sentido, estas
ocho letras centrales de los grupos del tele­
grama examinado:
y o l d s x á b
Permutándolas dos a dos, tres a tres, y
desechando, desde luego, como bases de su­
cesivas permutaciones de mayores números
las que entre ellas le dieron maridajes in­
usuales, prosódica u ortográficamente con­
siderados, y pasando antes por unas cuan(1) Claro es que el razonamiento de Raúl era
vftlldo, no sólo para grupos de tres letras, sino
para cuantos tuvieran número impar de ellas, pues
al colocar en columnas las de los cinco, siete,
en la linea central resultante (tercera, cuarta) no
podrían nunca estar otras letras que las de una
linea del original.

81

POLICIA TELEGRAFICA
tas ilusiones muertas de desengaño, llegó el
tozudo mozo a tantear las basadas en la s
y la a.
Después de desechar sabxy, sablyx,
saldlxy, etc., le llamó la atención, al escri­
bir sabdoxil, su primera parte, gabdo, por
muy semejante a sábado;, y recordan­
do su sospecha de que la abundancia de
equis y de íes griegas fuera debida a ha­
cer veces de aes o es, pensó que, de ser así,
podrían muy bien las ocho letras que estaba
combinando decir una de estas cosas: sá­
bado la, sábado al, al sábado, la sábado, sá­
bado le, el sábado, en virtud de unas u otras
de las siguientes substituciones de equis e
Ies griegas por las presuntas vocales:
lx l

sab a ld o

|y
1' a

|*|

y|

sab a|do

|x
1a
x|

al


|y|

!x

sab a d o

l|a

I¡y|

xl
al

sab|i a d o

al

|y

|y|

sab|a d o

la

|X I
sabia

|y|

y!

|
sab !x
¡a d o

do

al

sab¡ a ,d o

Ix

|x|

|y

sab |a d o

l]e

sab a|do

lie

!x l

y|

sab |a ¡d o

ly l

x|
e 'l

1

sab a [d o
Ix

11e
y|

e |l

Iy l

el

¡sab! a|do

ly l

ly
1 !e

|x:

x|

sab a d o

e li

|

sab lXa l do
|y|

sab a d o

Casi todos estos eventuales significados
de la segunda línea constituida con las le­
tras centrales de los grupos fueron sucesi­
vamente utilizados como guías para dedu­
cir qué podrían lógicamente decir las pri­
mera y tercera líneas, empleando al efecto
raciocinio y método, que puntualizaremos
solamente para la combinación
y|

E¡L

Ix I
SAb |a |DO,

la cual llevó al ingenioso mozo a descubrir
la cláve buscada.
Comenzó escribiendo sobre cada uno de
los grupos del telegrama el número de or­
den que ocupaba en él, y sustituyendo en ellos
las equis por aes y las íes griegas por eses,
y subrayando las letras centrales que le ha­
bían dado para traducción, todavía proble­
mática, pero ya verosímil, de la segunda lí­
nea “el sábado”, obtuvb:
1
a e¿

2
3
moe rLv

4
udo

5
isa

6
knq

7
oas

8
,b k

Reparó en que para obtener aquellas dos
palabras de modo que formaran la supuesta
segunda línea del escrito descifrado basta­
ba escribir las letras centrales mayúsculas,
en el orden de los grupos impares de izquier­
da a derecha, empezando por el primero,
seguidas de las de ios pares— octavo, sexto,
cuarto segundo— sucediéndose de derecha a
Izquierda; y una vez visto esto, volvió a
escribir en la siguiente forma los grupos en
columnas:

i

3

5

a

r
L

i

0

E

S

i

A

V

a

8

7

8

.
B
k

6

4

2

til
O
e

h

u

A

D

9

0

sin que, por ver que ni aun así decían nada
la primera ni la tercera linea, se rindiera;
sino que, apretando las clavijas a su inte­
lecto caviló con tal ahinco, que entre ello y
la nerviosidad de creerse a punto de alcan­
zar la difícil meta, se le salían los razona­
mientos a la boca según iba operando con
las letras.
— El orden de las columnas /erticales ha
de ser intangible; pues de alterarlo, se me
evaporaría la frase ya formada en la segunca línea...
Sí, eso es: si no quiero quedarme atasca­
do en el sábado habré de permutar las pri­
meras con las terceras letras dentro de al­
gunas columnas sin tocar a la colocación de
éstas; pero ¿en cuáles?
Hay que probar poco a poco, mirando bien
lo que se hace para no dejar escapar ningún
indicio, como aquel del sabxdo.
Para no marearme con lo ya sabido, pres­
cindiré de la segunda línea, quedándome
con las que todavía se resisten; y para no
confundir el primitivo orden de los grupos
con el ya fijo de las columnas, numeraré és­
tas en su nueva colocación con números ro­
manos.
Haciendo lo que decía, escribió:

I

II

m

IV

a

r
V

i

0

J

a

s

k

i

V

VI

VII

VIII

h

u
0

m

9

e

y para tantear permutaciones, abrió los ojos
y exprimió el meollo en atisbo de. indicios.
— ¡Calla! Al llevar el punto y coma de la

6

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
82

columna V* al lugar de la k que encima tiene
resulta abajo: ivas;qoe...
Nada... Arri­
ba obtengo ariokhum...; a, rio, khum ; art
o khum...; ari, okhum... ¿Okhum, okhum?
Si la u fuera o, sería Okbom, y entonces las
dos primeras líneas dirían ari Okhom el sá­
bado.
,
,
Una o... Aquí está, en la misma colum­
na VII de la «... Eso es, eso es; y bajando
la « al lugar de la o dirían las tres letras de
la tercera línea q u e .
Esto marcha, esto marcha. Ya no me que­
da sino ari arriba e ivas; abajo.
Hay que consignar por escrito el estado
de estas conquistas en líneas y columnas.
Poniendo el dicho en hecho, escribió en el
siguiente cuadro, con mayúsculas, las letras
que ya daban sentido:
I

II

III

IV

V

YI

V II

V II I

o
E

r
L

i

0

i

V

A
S

H
A
Q

0

s
e

K
B

M
o
E

Raúl que la regla para descifrar era cam­
biar en dicho telegrama las equis por oes
poner eei en vez de íes y e u o en lugar dé
punto y coma, con lo cual se tenía:
3
4
2
1
aei moe 1 Iv udo

5
6
7
isa haq oas

el bk

o

.•

Una vez hecho esto, escribir los grupos en
el orden de los impares, 1, 3, 5, 7, en sentido
ascendente, seguidos de los pares en sentido
decreciente, 8, 6, 4, 2, así:
1 3
aei rlv

5
isa

7
oas

8
e | 6 fc

o

6
4
2
haq udo moe

; alternar después las letras extremas en los
segundos grupos de cada par consecutivo de
ellos, considerados en el orden en que así
habían quedado, con lo cual se trasfonnaban en
aei vlr isa sao el bk qah udo eom;
o

/

D
U

donde solamente a, r, i de la primera línea,
e i, v, e, s, ; de la tercera quedaban por com­
binar en forma que completaran sentido
con las mayúsculas; pero teniendo presente
la imposibilidad de cambiar la ese ni el
punto y coma, sujetos ya por la O y K de
la primera línea, que no podrían variarse de
lugar sin deshacer las palabras obtenidas.
Aquello era ya un juego, después de lo
pasado.
El cambio de lugares de la r y la v le dió
afi arriba e tres abajo; combinación que a
nada conducía; pero bajando la o y la i de
las columnas I y III a la tercera línea, y
subiendo a la primera, a reemplazar a aqué­
llas, la i y la e de la tercera línea, exclamó
Raúl “Eureka”, al escribir, una vez realiza­
da tal trasposición:
1.a línea
2.a línea
3.a línea
iré okhom
el sábado
avis; que
que en el caso archiverosímil, más todavía
lógicamente indudable, de que detrás del
punto y coma se escondieran una e o una o
y permutando de lugares las dos líneas ex­
tremas, daba una de estas frases, perfecta­
mente inteligibles:
1.a línea
2.a línea
3.a l í n e a
AVIS Q

QCE

E L SABADO

IR É OKHON

Dividiendo esta frase en líneas en el orden
marcado por los trazos verticales, y compa­
rándola con el telegrama cifrado, comprobó

; y escribiendo, por último, éstos en colum­
nas verticales, resultaba la traducción:
A
E
I

V I S
L S
A
R E 0

I| oe Q
B
K

A
H

U
D

E

0

M

0

Sin otra duda ya sino si la primera pala­
bra sería aviso o avise, por no haber dato pa­
ra afirmar si el punto y coma significa­
ba e u o.
Esta duda y el significado del signo or­
tográfico dos puntos, que no en este sino en
otros telegramas figuraba, fueron aclarados
al aplicar la regla a éstos: averiguando que
la palabra dudosa del anterior era avise,
por estar la e representada por sí misma
unas veces y otras con y o con ;. Del mismo
modo que : y x hacían indistintamente ve­
ces de a cuando ésta no era usada.
Para cerciorarse más y más de su éxito,
cogió Raúl el primero de lois interceptados
mensajes dirigidos desde L (Tao) a A, el
cual, copiado a renglón seguido, y haciendo
la substitución de equis, ies, etc., decía:
L a A = 20

di: ii xhcg modi |y i|x d
a
Ia
1a 1a
bubu nasp
iru ll e ;esix
\a
: elv s !|y sly uenr sosg
e \e
Ie 1e
: lydn r r r i 1: alo rly ie
aje
le
\e

vonv
gima
tirp
mjga

^ aplicándole la indicada regla obtuvo latraducción que se verá en el capítulo si­
guiente.

\

POLICIA TELEGRAFICA

83

XX
EL ALEGRE RAUL APRENDE QUE ES MELANCOLIA
En cuanto Raúl obtuvo su éxito cripto­
gráfico, gritó desaforadamente:
__ ¡Sultán, Sultán!... Digo, ¡qué cabeza!
¡Joubert, Joubert!
__ Aquí estoy. ¿Qué hay?— contestó el te­
legrafista acudiendo a la llamada sin ha­
berse enterado de la confusión de su jefe.
.—Que me iba a volver loco, ¿eh? Que se
me harían los sesos agua... ¡Como no se
hagan!
— Pero ¿es que?...
— ¿Ye usted este telegrama?... Pues en él
dice: Avise que el sábado iré a Okhom.
— Pero ¿cómo?
— ¿Ye usted este otro, que es el primero
que cazamos? Pues escuche, escuche: “Di­
ván Supremo: Eglab. = Llegados ayer rifles
y municiones. Entregados Ibrahim reparti­
rá en seguida.“
— No puede sen. ¿Cómo ha de ser posible?
Es que ya está usted otra vez de broma.
— No está mala broma... Que no, hombre,
que no: palabra de honor.
— Entonces vuelvo a lo del otro día.
— ¿Qué es lo del otro día?
— Que tiene usted que ser brujo.
— ¡Ja,* ja, ja! Amigo Joubert, en cuanto
me ayude usted a descifrar todos los jerog­
líficos, cuyas copias tiene en su cajón, y que
por lo visto en éstos supongo van a ser in­
teresantes, se convencerá de que no llevo
escondida la cola en los fondillos. Huélame,
hombre, huela, y se convencerá de que tam­
poco tengo tufo a azufre. ¡Ja, ja, ja! ¡Ja,
ja, ja!
Raúl no podía contener su estrepitosa
risa: no motivada, según creía Joubert, por
lo del azufre, sino porque al decirle “ Hué­
lame”, acercándole una mano a la nariz, y
contestarle aquél: “ ¡Qué cosas tiene usted!,
se decía para sí el travieso muchacho:
“Pues no me ha lamido” .
Cuando al fin cedieron aquellas carcaja­
das, preguntó el causante de ellas:
— ¿Entonces piensa usted que descifre­
mos todo eso?
— Claro. Así entretendremos nuestro
aburrimiento mientras llega el socorro;
porque además de no poder movernos de
aquí, el trabajo que costó recibir de InSaláh me hace creer que r o será grande el
que nos den las estaciones clandestinas;

pues siendo mucho menos potentes que las
del gobierno, no llegará a este subterráneoni una letra siquiera de lo que transmitan.
— En eso se equivoca usted.
— ¿Cómo?
— Sí, señor; mientras usted se entretenía
con eso, han llegado los zas de costumbre;
pero mucho más, digo mal, muchísimo más
claros y más fuertes que nunca.
— Sí que es raro. Entonces lo de ayer
obedecería a mal funcionamiento de la esctón de In-Salah o de la nuestra... Pero,
aun así, es notable que ahora lleguen mejor
las transmisiones de esos pillos. Es una no­
vedad inesperada.
— Hay otra que va aumentar el buen
humor del descubrimiento de la clave.
— ¿Otra? ¿Cuál?
— Que he atrapado un telegrama de la
misteriosa estación A.
— ¡Caray con la pachorra del hombre!
Saba que ando loco con esa estación; que
por ella me he zampado en este maldito
Tanezrouth, donde estaremos sabe Dios
cuántos días, y se lo calla como un muerto.
— ¿Pero cuándo iba a decirlo? Si hasta
ahora mismo no ha podido usted oír sino
sus carcajadas.
— Verdad es, Joubert. Pero vamos, va­
mos a verlo: eso es interesantísim o... Pur
supuesto, habrá usted tomado la hora de
Regada y la indicación de la cruceta.
— Desde luego: como siempre. Aquí está,
véalo-—contestó Joubert sacando de su cajón
el telegrama; pues la última parte del diá­
logo se había desarrollado mientras con
Raúl subía al auto y entraba en el camarotillo telegráfico— . Al dorso están la hora
y el rumbo.
Tan pronto lo recibió, se puso el jefe a
descifrarlo, enseñando de paso a su ayu­
dante el modo de hacerlo.
He aquí los términos en que resultó con­
cebido:
"A a C-33.
"Si continúa ahí Oran Caid, dile que reci­
bidos telegramas todos jefes preparados. Di­
ván espera para darles señal avise él cuándo.
Si se fué ya transmite esto a F para que a su
llegada donde F sabe se lo haga saber. Ten
cuenta que F es de servicio limitado y no
funciona sino de diez a dod noche. Cuida no
llamar a otra hora.”

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
84
Además de éste había otro despacho, con­
testación que a él daba C, dirigiéndola a A,
cuyo contexto era: Gran Caid no está ya
aguí. Transmitiré esta noche a F encargo
Diván.
. .
__ . Efe_ efe?— dijo Raúl cuando hubo
terminado su la b o r... ¿No es esa la estación
que nos ha sorprendido no transmita nunca
los zas de la mañana como todas?
__ Ni ios zas ni nada, pues no le hemos
Interceptado ningún despacho; y dirigidos a
ella sólo dos o tres.
__ Naturalmente: como no funciona, se­
gún ahora sabemos, sino esas pocas horas
en que cuando no hay luna para viajar dor­
mimos nosotros, ya se explica el porqué es­
tamos tan a obscuras de ella como de la A.
No, más, pues de A ya tenemos ese telegra­
m a a C con el encargo para el personajote
que da órdenes nada menos que a un Su­
premo D iv á n ... ¡Gran C a íd !... Y gran
bribón. Esto se pone muy interesante.
— Sí, sí, señor... Ese Caid..., ese Diván...,
y o creo...
— Mire, amigo Joubert, ahora no pode­
mos hablar porque es preciso que se tumbe
usted en seguida.
— ¡Que me tu m b e !... ¿Para qué?
— Para cobrarse adelantada su ración de
sueño de la noche venidera: para dormir
muy aprisa, hasta las diez; porque a esa
hora ha de ponerse de centinela al aparato.
Es preciso cazar esa interesante comunica­
ción de C con F, y lu e g o ..., luego puede
que ya no le vuelva a dejar a usted d or­
m ir en mucho tiempo.
— Pero, ¿y usted? ¿Cuándo va a dormir?
— Querido Joubert, los altos puestos im­
ponen en los momentos críticos duros de­
beres: mi jefatura me obliga a ser un
Argos.
— ¿Argos?
— ¿No sabe usted quién es? ¿No se lo
han enseñado en la Escuela de Telegra­
f í a ? .. . ¡Qué imperdonable descuido! Pero
no es esta la ocasión de repararlo, pues lo
urgente ahora es que se duerma usted.
— Pero, ¿y si viene algo?
— No creo venga ahora nada tan inte­
resante como lo ya venido y lo esperado
para la noche. Pero como me voy a meter
en una faena honda y acaso no vería la
bombilla de llamada, antes de echarse us­
ted arróllese a una muñeca o a un tobillo
dos alambritos que empalmaremos en de­
rivación al circuito receptor. Así, si llaman
esos, ellos mismos despertarán a usted ha­
ciéndole cosquillas.
— ¡Ave María, qué ocurrencia! Gracias a
que la corriente es muy pequeña...
— Aun así, deseo que no turbe su sueño.

Y basta de conversación. Atese los alam­
bres, y al mismo tiempo que en la hamaca
métase en la línea detector-bombilla y a dor­
mir y callar, mientras ésta no grite (1).
__ La verdad es— decía entre dientes el
telegrafista mientlras se ataba los alam­
bres— que me ha dado la gran idea, y no
he de echarla en saco roto en adelante,
cuando me dé sueño estando de guardia en
la estación... ¡El diablo es este p o llo !...
Y que aunque la corriente tuviera la fuer­
za que no tiene, con emplear en la deri­
vación un alambre de conveniente resis­
tencia no pasaría por él sino la parte de
ella que yo quisiera (2).


*

*

I

Apenas se desembarazó del ayudante mi­
dió Raúl, en su mapa del Sahara, cincuen­
ta y cuatip kilómetros hacia el oeste, to­
mándolos a partir del lugar donde el “Iti­
nerario del coronel Laparine entre In-Sala
a Gao” llegaba al borde sur del dibujo repre­
sentativo de los montes de In-Ziza, con lo
cual el extremo de dicha distancia venía a
señalar, poco más o menos, el punto de en­
trada de la caverna, que le era necesario
colocar en la carta, para trazar en ésta la
dirección, revelada por el gonio del tele­
grama recién descifrado de aquella picara
estación A: viendo, cuando ya la tuvo mar­
cada, que sus presunciones anteriores no iban
descaminadas; pues prolongándola pasó por
la isla de Hierro, la más oecidental de las
Canarias.
Pero siguiendo dicha recta, en el mapa,
a través de los parajes que cruzaba en el
Sahara, y en los cuales pudiera estar tal es­
tación, halló que ni en las soledades de
Tanezrouth, Chek-Chek, El Iguidí ni en la
Hamada (meseta pedregosa) de Ain-Berka,
ni en Río de Oro, pasaba cerca de lugar
alguno, ni cruzaba otra zona de importan­
cia que El Eglab: comarca montañosa er­
guida entre las dunas de arena de los dos
(1) El detector es el aparato que entra en
actividad al llegar una onda telegráfica dando
paso a la corriente local de una pila, que es la que actüa sobre la llamada y los teléfonos.
(2) La observación de Joubert nacía de sa­
ber (hecho conocido de los electricistas menos
cultos) que cuando a una corriente que circula
por un alambre se le ofrece, además de este cauce
el proporcionado por un segundo alambre empal­
mado al primero por sus dos extremos, la corriente
se reparte en dos. cada una de las cuales fluye por
uno de los alambres, circulando con Intensidad ma­
yor por el de menos resif'encía y menor por el que
más obstáculos opone al paso de la electricidad.
Como cuando llega el agua de un río a una bifur­
cación en dos canales corre mucha agua por el
más ancho y hondo y poca por el más angosto y
menos profundo.

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Iguidis, septentrional y meridional, de la que,
como sede del cuartel general de los con­
jurados, se ha hablado ya en la primera
parte de esta historia, y de la cual hacía
mención el segundo de los telegramas des­
cifrados por Raúl, quien, al tropezar con
tal nombre en el mapa, dijo:
_No puede estar sino a q u í... Pero El
Eglab es grande, está aislado y es comple­
tamente desconocido aun de los más doctos
geógrafos. . .
Mayor motivo para que esas gentes lo
hayan escogido por guarida; pues de los
despachos descifrados ya parece deducirse
que allí están los mandones de la conspi­
ración, excepto el principal, que por lo visto
anda de v ia je ... ¿Por dónde andará ese
p ez?... ¡Calla! ¿Será? A ver, a ver.
Este telegrama a P dice: “Avise que el
sábado iré a Okhom”... A los tras días
pregunta A a C si allí está el Gran Caíd,
y al saber que nó encarga a C de transmi­
tir a P un despacho para él, porque P co­
noce el sitio adonde llegará en día también
sabido; y como a F transmitieron el otro
día el telegrama del sábado iré a Okhom, o
soy muy romo o el tuno ése es quien lle­
gará a Okhom el sábado.
— ¡Canario! Y el sábado es m añana...
No tengo tiempo de aguardar a la noche
para redondear mis descubrimientos con
las esperadas comunicaciones entre C y F;
pues aunque así podría dar más completos
informes a Bertier, no le servirían ya de
nada; porque, estando cerrada la estación de
Agadés desde media noche a la mañana no
podré ponerme en comunicación con él hasta
mañana, y llegarla tarde mi aviso.
— ¡Joubert, Joubert, arriba!
— ¿Qué? ¿Son ya las diez?
— No: apenas hace media hora que se
durmió usted; pero lo necesito en segui­
da... ¿No me oye?... ¿Por qué no sale de
la hamaca?
— Es que no sé qué se me ha enredado
en esta pierna que por más que hago no
puedo sacarla.
— Aguarde, hombre, aguarde. Si es que
el alambre amarrado al tobillo se ha en­
ganchado en la hamaca.
— Anda, y yo que creí que era un ca­
lam bre... Bueno, ¿qué ocurre?
— Frecuencia de la telegrafía oficial; y
llame en seguida a Agadés. Pero de prisa,
de prisa,
Joubert, en cuyas venas no corría el azo­
gue que en las de quiten le daba aquellas ór­
denes, las cumplió cuan rápidamente lo con­
sentía su temperamento: es decir, muy des­
pacio para aquel polvorilla que únicamente
por buena educación no lo agobiaba más.

Pero como los de Agadés tampoco pare­
cía darse gran prisa, permitió su tardanza
a Raúl despotricar contra los calmosos, sin
aludir sino por tabla a su ayudante.
— No, no: ya sé qué es— contestó éste.
— ¿El qué?
— Que estamos en las mismas de ayer
con In-Salah: pereza y poca sensibilidad
en los aparatos. Voy a afinar más la fre­
cuencia; y aflojando el acoplamiento de la
antena al circuito del detonador oscilante
les enviaré una onda menos enérgica, pero
más clara. Tenga un poco de paciencia,
porque allá tendrán que hacer algo por el
estilo.
— ¡Paciencia, paciencia! Siempre me sale
usted con esa muletilla.
— No es mía la culpa,
— Entonces, las dificultades de ayer con
In-Saláh no eran culpa de ellos, sino nues­
tra,
— Tampoco, Don Raúl, porque esta ma­
ñana hemos recibido impepinablemente los
telegramas de los otros: aun cuando, por
estar cifrados, son mucho más difíciles de
tomar. La culpa será de estar aquí ente­
rrados.
-— No más enterrados que anoche y esta
m añana... Son rarísimas estas diferencias:
rarísimas... Y todavía más el que las difi­
cultades con que tropezamos desde la lle­
gada a la gruta, no se presenten sino con las
estaciones de la telegrafía oficial, y no con
las clandestinas.
— Ca: de esas recibimos mejor desde que
estamos aquí.
— Lo contrario que nos pasaba antes. Es
extraño, extrañísimo.
En cuanto a Raúl le parecía que una cosa
era rara: entrábale en seguida un cosquilleo
inquieto de saber el porqué de la rareza;
así, que en aquel punto mismo comenzó su
magín a darle vueltas a la anomalía, mas
sin sacar entonces nada en limpio, por te­
nerlo distraído el afán de establecer pronto
comunicación que, aunque no fuera sino
laboriosamente, permitiera entenderse con
Agadés.
Lograda al cabo, todavía fué preciso
aguardar a que Bertier acudiera a la es­
tación, desde la cual lo llamaron por telé­
fono urgentísimamente, adverbio que al
transmitirlo comentó Joubert, pensando:
“Este pollo es muy simpático, simpatiquí­
simo; pero a su lado nadie vive tranqui­
lo. . . No, ni lejos tampoco, porque bien le­
jos está el capitán, y va a tener que levan­
tarse de la mesa; pues a estas horas estará
comiendo.”
Diez minutos después del anterior aparte
comenzó el telegrafista a ir diciendo en voz

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86

alta, pero con pausas y a empujones— -pues
así llegaba la transmisión— las palabras
dictadas por Bertier al de Agadés
— ¡Gracias a Dios, muchacho! Bien te
ha durado el berrenchín. Te he llamado tres
veces, y la callada por respuesta. No eres
tú poco rencoroso. . .
— No es eso, Señor Bertier. No me han
llegado esas llamadas; y no he llamado yo,
porque he tenido una averia en el apa­
rato. ..
_Tu padre me ha telefoneado dos veces
de Techiasco, inquieto porque yo no le da­
ba noticias tuyas.
_Tranquilícelo: dígale que estoy bue­
no_contestó rápidamente Raúl, no que­
riendo hablar del trance en que se hallaba,
para no tener a su padre y a Emma ator­
mentados hasta la llegada del socorro; si
llegaba.
Esta duda sobre el incierto desenlace de
su situación fué causa de que se le desva­
neciera el tono cáustico con que ya iba a
empezar su diálogo con el capitán, devol­
viéndole la pelota de sus bromitas de días
antes, en vez de lo cual contestó con toda
seriedad:
— Amigo Bertier, llamo a usted porque
aun cuando mañana podré darle noticias
Tnüg completas, es urgente hoy no demorar
el enterarle de las que acaso le permitan
dar, ahí, un buen golpe.
— ¿AquIT
— Ahí mismo, no, pero muy cerca: en
Okhom.
— ¿Qué es ello?
— Le advierto que no son chiquilladas ni
Ilusiones, sino cosas sabidas por telegra­
mas interceptados cuya clave he descu­
bierto.
— ¡Caracoles!... ¿Que h a s? ... Pero eso
es estupendo, m erece...
— Déjese de eso: el caso es que estoy
cierto, absolutamente cierto, de que maña­
na sábado, no sé a qué hora, ni por qué ca­
mino, llegará a Okhom un personaje prin­
cipalísimo de la conspiracióo musulmana:
tal vez el más importante, pues lo llaman
Gran Caíd, y da órdenes a una junta titu­
lada Diván Suprem o... SI, señor, s i . . . Lo
sé por los telegramas de que le he hablado.
— ¿Y no tienes seña o dato por el cual
pueda conocérsele?
— No sé sino lo ya dicho; pero he pen­
sado que como Okhom es un aldeorro de
dos docenas de chozas y sin más úe dos o
tres casas con facha de tales, y como allí
nunca va nadie, no será difícil enterarse
de la llegada de nuestro hombre.
— Verdad, muchacho: estás hablando co­
mo un libro, y tienes mil razones.

— Como ignoro la hora de llegada, y
puede ser temprana, he pensado que ne­
cesitará usted la tarde y la noche de hoy
para tomar sus disposiciones y enviar al­
guna pareja que pueda estar en Okhom
antes de amanecer.
— ¡Ca! Tanta imjportancia doy a tu avi­
so que, a no tenerme prohibido mis jefes
apartarme de la cabecera de la compañía
mientras no se desvanezcan estos temores
o acabe de reventar la mina, irla yo mis­
mo a Okhom, con todo el disimulo que re­
quiere este asunto; pero en la imposibili­
dad de ello, enviaré un teniente. No dirás
que hoy no te hago ca so ... ¿Tienes algo
más que decirme?
— Si. Y eso que no: mejor será cuando
haya descifrado todos los telegramas que
aún no he tenido tiempo de traducir y los
dos que espero esta noche.
-— Pero ¡tú estás en diaria corresponden­
cia con esos pillos!
— Asi parece.
— Pues, chico, va a ser cosa de propo­
nerte al Gobierno para Intendente de Electropolicia Sahárica. No te rías, no es bro­
m a ... Y hablando de otra cosa, ya podías
dar la vuelta: tu padre, tu herm ana... y
yo también, ¡qué diantre!, estamos en as­
cuas; pues con lo que se teme es impru­
dente andar por esos mundos con tres gen­
darmes, y yo no,puedo darte más, por toda
escolta. Además, como la caza de esos te­
legramas ya te acredita de detective pisto­
nudo y no es flojo el servicio que has pres­
tado, me parece que debes ya tomar el ca­
mino de Techiasco. ¿Dónde estás ahora?
— En In-Ziza.
-— Mala tierra: digo, mala piedra... Con
que anuncio a Don Héctor tu regreso?
— No, no, señor— contestó el muchacho
conmovidísimo al pensar que si el espera­
do Custine no se acordaba del camino de
la cueva, como era probable, seria imposi­
ble aquel regreso en ningún tiempo— . An­
tes deseo averiguar unas cosillas que seria
lástima dejar pendientes.
— Pues averigúalas pronto; y si se po­
nen pesadas prescinde de ella s... ¿Hasta
cuándo podrán ocuparte?
Hasta fines de la próxima semiana. . .
o mediados de la siguiente.
Mucho es. Mira, chiquillo, que no va
estando el horno para bollos; pues menu­
dean indicios de agitación de los indíge­
nas; y si por ahí te coge...
— Me daré cuanta prisa pueda.
t — Pues Óue no quede en dicho... ¡Ah!
No dejes de llamarme a diario, ni sin con­
testación mis llamadas a la hora de cos­
tumbre. Y prométeme que si alguna nove-

POLICIA TELEGRAFICA
dad me obliga a darte orden de volver, me
obedecerás inmediatamente, sin acordarte
de nada más, cuan de prisa puedas y bus­
cando caminos poco transitados para evitar
malos encuentros.
— Lo prometo— Contestó Raúl; agregan­
do para su sayo— , si es que puedo cumplirlo.
— Recuerdos a F ria n d ... i Qué tal se
porta?
— Vale más oro que pesa: ya, ya le con­
taré a usted grandes cosas de él cuando nos
veamos.
— No me extraña: lo conozco hace tiem­
po. Pues, ¡ea!, hasta mañana: me voy por­
que he venido a medio comer y no perdono
lo que me falta.
— Ya lo sabia yo— pensó Joubert.
Acabó Raúl la anterior conferencia de­
primido por un sentimiento para él comple­
tamente nuevo, que lo sobrecogió al ente­
rarse de los temores, no sabían ellos cuán
Justificados, de su padre y su hermana, y
preguntarse, sin atreverse a formular res­
puesta, si volverla a verlos, y si Friand,
Joubert, Dessaix y los gendarmes volverían
a abrazar a sus mujeres e hijos.

87

Aquello era melancolía, con dolor que
punzaba como remordimiento al ocurrirsele
que era cansa de todo el haberse metido en
el Tanezrouth por deseo vanidoso de éxitos
personales. Pero inmediatamente, y por di­
cha para él, protestó su razón diciendo que
en tal deseo habla algo más elevado y gran­
de que la vanidad: su interés en descubrir
los planes de la temida conspiración para
defender, frustrándolos, las vidas de milla­
res de compatriotas amenazados por aqué­
lla. Y al convencerse de que si él y sus
compañeros perecían, sería cumpliendo un
noble deber, cual por encanto se le disipó
la melancolía: a tal extremo que ni el ape­
tito le quitó en la comida.
Terminada ésta, se llevó a Friand consi­
go al auto para explicarle cómo habla adi­
vinado la clave, y pedirle ayuda en la ma­
terial operación de descifrar tres docenas
largas de telegramas no descifrados toda­
vía, interesantes siempre, pero más aún y
de actual urgencia después de lo oído a
Bertier sobre aumento de la excitación in­
dígena.

XXI
UNA INTERESANTISIMA CONFERENCIA TELEGRAFICA
Ya se sabe que el telegrama de C. a F.,
anunciado para aquella noche, importaba
principalmente a Raúl en cuanto medio de
averiguar dónde estaba aquella F ; pues
siendo verosímil telegrafiara ella también,
siquier no fuera sino para acusar recibo del
despacho, sus ondas delatarían en el radio­
goniómetro el rumbo en que vinieran. Mas
no podía sospechar que ni aun las más inte­
resantes comunicaciones descifradas aque­
lla tarde por Friand y él contenían noticias
tan importantísimas como las que iba a sor­
prender en la sesión telegráfica de aquella
noche.
Dos partes tuvo ésta, reduciéndose la pri­
mera y más breve a la transmisión del tele­
grama ya conocido del Diván al Gran Caid,
que C cursó a la estación F, dando la úl­
tima respuesta, que descifrada resultó decir:
Enterado, y yo mismo lo avisaré en seguida
al Eglab. Con gran satisfacción de Raúl, al
ver confirmada su creencia de que en dicha
región se hallaba la estación principal. A,
de la red de los conspiradores.
Pero antes de hacerse cargo de ello, pues
ni aun había tenido tiempo de descifrar el

mensaje, llegó nueva llamada, que la inmo­
vilidad de la cruceta indicó proceder tam­
bién de F, y cuando ésta terminó de tele­
grafiar, un nuevo salto de la aguja hizo sa­
ber que de El Eglab llegaba nuevo telegra­
ma: llegaba no, pasaba, pues su punto de
destino era F, a donde contestaban desde
allí.
Y ya no ocurrió más en esta primera par­
te de la noche, cortada por un largo entre­
acto telegráfico, aprovechado por el sargento
y Raúl en descifrar los cuatro despachos que
en un momento habían caído.
Los dos primeros, entre C y F, fueron re­
petición de los dados en anteriores párrafos;
los siguientes decían poco, pero prometían
mucho. Helos aquí:
F a A:
Recibido de Taourirt (la estación C) tele­
grama ese Diván. Lo envié al Caid, que
avisa vendrá aquí esta noche doce y media,
y ordena avisen Ben-Cassím esté esa hora
ahí al aparato conferenciar con él.
A esto contestó A ; es decir. El Eglab:
Enterado. Avisaré Cassím. Pero la hora
dada ¡es de aquí o de ahít

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— Ve aquí.
_Pues transmite la que ahí sea ahora
para tenerla en cuenta.
A lo cual replicó F:
_p n ei instante de acabar esta transmi­
sión las diez y treinta y doS.
Es de advertir que este parte no llegaba
en cifra: sin duda por no ser posible trans­
mitir la hora con exactitud en el instante
preciso de recibirla El Eglab, si se perdía
tiempo en cifrarla.
.
Para comodidad del lector se han dado ya
traducidos estos telegramas, que hicieron
comprender a los que ios sorprendían que en­
entre asistir a la conferencia del Gran Caid
con Cassím y descifrarla luego tenían labor
para la noche entera: pero al oír Raúl, en el
último parte capturado, la hora entonces ion
F, recordó que con ella y la indicación de la
cruceta tenía datos para averiguar, no ya
el rumbo a F, sino el sitio donde seguramen­
te estaba: y al puntualizarlo en el mapa, por
el procedimiento de la intersección de aquél yj
el meridiano, puso cara de asombro más
para vista que para ponderada: pues la es­
tación caía ¡en Agadés!
Tal revelación era, aun más que inespe­
rada, extraordinaria: porque estando esta­
blecidas todas las estaciones hasta entonces
descubiertas en escondidos lugares alejados
de los núcleos de población europea, y so­
bre todo de los de residencia de tropas y
autoridades francesas, parecíale a Raúl te­
meridad inexplicable en los conspiradores la
de montar ninguna clandestina en la cabe­
cera de la compañía de Bertier, precisa­
mente reputado como el más fino sabueso
de la Gendarmería Sahárica.
En cuanto a Friand, que de memoria se
sabía casa por casa y rincón por rincón to­
do Agadés, juraba y perjuraba que era im­
posible estuviera escondido allí “eso” ; y
Joubert, a quien su escaso discernimiento
le vedaba formar propia opinión en nada,
nada podía decir tampoco por diferente
causa: pues tan luego acabó de recibir y
sus compañeros se pusieron a descifrar, co­
menzó a dar cabezadas; y si no dormido,
estaba dormitante al hacer Raúl el sor­
prendente descubrimiento: no saliendo de
su dulce modorra sino a los gritos de la
acalorada discusión en que los otros se en­
zarzaron: afirmando el pollo que la esta­
ción F estaba en Agadés, y negándolo el
gallo.
— Pues yo estoy seguro que ese último
telegrama ha venido de Agadés— decía uno.
— Pues yo sostengo que eso no puede ser_
replicaba otro.
Falto de antecedentes el telegrafiista so­
bre el punto debatido, no pudo creer cuando,

recién despierto, oyó hablar de Agadés, se
refiriera el desacuerdo sino a un despa­
cho oficial, diciendo, con las ideas todavía
obscurecidas por el sueño:
— El señor Friand tiene razón: a estas
horas no pueden venir telegramas de allí
porque desde las diez estará cerrada la es­
tación y Morand en la cama. A no ser que
arrepentido de sus buenos propósitos, que
todo puede ser, le esté otra vez tirando de
la oreja a Jorge.
— Joubert, vuélvase usted a dorm ir...
¿Quién habla de la estación oficial?...
¡Calla! También es coincidencia que las
horas de interrupción del servicio del go­
bierno sean las únicas en que funcione el
de los otros.
— ¿Qué quiere usted decir, Don Raúl?—
preguntó vivamente Friand.
-—Que esa clandestina estación de Agadés,
porque sigo en mis trece, no telegrafía sino
cuando está cerrada la oficial.
Se quedó Friand meditando un momento,
y de pronto preguntó a Joubert a santo de
qué se acordaba de Morand suponiendo que
él habría cerrado la estación, cuando mal
podia saberse desde Ziza quién «fuera el te­
legrafista de turno aquella noche; contestán­
dole el interpelado con la noticia de que
lo menos desde dos semanas antes de salir
a campaña el auto telegráfico hacia Morand
siempre el servicio de noche; porque ha­
biéndole salido un empleo para desempeñar­
lo de día, en el escritorio de Mohamed el
recaudador, solicitó el último tumo para
poder servir aquel destino: único modo de
reforzar sus ingresos y salir de garras de
usureros que, no contentos con llevarle la
paga entera, amenazaban ya meterlo en la
cárcel. Al pedirlo, protestando que aquella
era su única esperanza de regenerarse, ju ­
raba no volver a tocar una carta, no salir
en toda la noche de la estación, y hasta
pidió dormir en ella para ahorrarse el hos­
pedaje: y como los compañeros no habían
tenido inconveniente en renunciar a un
turno incómodo, y al Jefe de Telégrafos lo
conmovieron las promesas de enmienda del
arrepentido jugador, desde entonces hacía
éste el último turno y dormía en un cuar­
tucho de la oficina, donde entre cajones va­
cíos, material y aparatos viejos había aco­
modado un catre y una flaca maletilla, que
contenía todo su guardarropa.
Aquello le parecía a Joubert tan puesto
en razón como descabellado al sargento',
que, después de llamar estúpido al Jefe de
Telégrafos por fiarse de un canalla tan re­
domado como Morand, dijo a Raúl que, sa­
bido ya quién hacía ei servicio «nocturno pu­
diera resultar que en la pasada discusión tu-

P O L IC IA T E L E G R A F IC A
vieran razón ambos contrincantes; por no
haber en Agadés sino una sola estación, la
del gobierno, pero en ella un pillo, que al
acabar, a las diez, su servicio oficial la pusie­
ra al de los conspiradores; presunción que no
pudiendo ser convencimiento pleno mien­
tras no fuera comprobada, le pareció a Raúl
muy verosímil.
Llevaban rato ya comentando lo ante­
rior, cuando los hizo callar el sonido del
timbre, que para evitar cruzara inadvertido
telegrama alguno había hecho Raúl que
montara Joubert, en vez de la bombilla de
llamada, cuya vigilancia era fatigosa: ope­
ración que un rato antes había el telegrafis­
ta terminado.
Aquel repique era el aviso para comenzar
la anunciada conferencia de Ben-Cassim,
desde E l Eglab, con Abd-el-Gahel, que a Morand la dictaba en la misma estación ,1e
Agadés, y éste transmitía: sin cifrar por
tratarse de una conversación larguísima
cuya traducción habría exigido mucho tiem­
po, que le faltaba al Gran Caíd.
L a longitud de onda empleada era dife­
rente de la usada por las estaciones oficia­
les, las cuales no había, por tanto, miedo
que la interceptaran; aparte que con la ex­
cepción de algunas muy lejanas de Marrue­
cos y Argelia, se hallaban todas cerradas a
tal hora. La confianza de Abd-el-Gahel es­
taba, pues, justificada, ya que nadie sino
Cassim lo habría oído a no estar Raúl por
medio: que no obstante se alegró que tal
confianza le evitara el penoso trabajo de
descifrar aquella larguísima conferencia.
Las andanzas de Gahel desde que lo per­
dimos de vista, a raíz de la ayuda de Emma
a la fuga de Ben-Cassim, fué el prim er pun­
to concisamente tocado en la conversación
de tío y sobrino, según puntualizaremos
cuando no estorbe hacerlo, como embaraza­
ría ahora, la transcripción mucho más ur­
gente de la noticia dada por Gahel de que
al día siguiente— el sábado en que debía
llegar a Okhom el pájaro, que en dicho pue­
blo tendría a aquella hora preparado el
lazo donde había de caer— sobrevendría el
previsto acontecimiento, siendo, por tanto,
llegada la ocasión de que el Diván circulara
telegráficamente a todos los “jefes de co­
marca y taifa la fecha en la form a acorda­
da" y diera orden de que inmediatamente
se divulgara en el pueblo que A l-láh había
enviado ya el anunciado Vengador, a quien
el Diván Supremo entregaba el mando, aca­
tándolo y obedeciéndolo como el caudillo de
quien estaba escrito que traería el triunfo
y la venganza.
A l contestar a esto Ben-Cassim, dicien­

89

do: “ Todo se hará como mandas” , y repetir
Joubert tales palabras, saltó Raúl:
— ¡Caracoles; ¡Pues no es menudo per­
sonaje! . . .
— ¡Y pensar que a ese pillo le estoy oyen­
do sin poder echarle el guante!. . . Es para
darse a todos los demonios— despotricó el
sargento, quedando en esto el diálogo, para
no perder ninguna de las palabras de Jou­
bert que, despacio, repetía las siguientes de
Abd-el-Gahel a medida que Regaban y las iba
escribiendo letra a letra:
"Que se atengan todos estrictamente a siis
escritas instrucciones — diecla ei Caíd— ;
pero insistid évi que lo prim ero es apoderarse
del telégrafo y los ferrocarriles, cuyo personal
directivo y adm inistrativo ha de ser pasado
a cu ch illo; pero bajo pena de la vida se
respetarán las de los maquinistas, fogone­
ros y telegrafistas que prometan prestar ser­
vicio a nuestras órdenes, siendo las de ellos
y las de sus deudos garantía de la lealtad
con que lo hagan. Haréis saber, además, a
todos nuestros afiliados que si alguno de
ellos causare desperfectos en las vías o en
el material ferroviario o telegráfico Será de­
gollado dentro de las veinticuatro horas."
— Este hombre— dijo Friand al oír esto—
es un mozo de muchísimo cuidado.
— SI— contestó Raúl— , porque pone al
servicio de sus crueles odios musulmanes
un cerebro de hombre civ iliza d o ... ¿Quién
será?
-—V aya usted a saber; mas, por lo que
se ve, dentro de poco lo sabrá todo el
mundo.
Ha de advertirse que Raúl y Friand, sa­
lidos a su expedición antes de que itor Ma­
nuel Lobera descubriera Bertier que Núfiez
y Abd-el-Gahel eran una misma persona,
ignoraban que aquel antiguo conocido de am­
bos fuera el profetizado vengador cuyas órde­
nes estaban sorprendiendo.
Después de asegurar Ben-Cassim que
aquella misma madrugada las comunicaría
el Diván, para que de mañana fueran tele­
grafiadas a todos los jefes de comarca, de­
signó Ab-el-Gahel unos cuantos de ellos, a
quienes, además de lo indicado, había de
prevenírseles que sin aguardar la fecha del
alzamiento general dispusieran que todos
los hermanos a sus órdenes no indispensa­
bles en el inicial ataque por sorpresa a los
franceses se aprestaran a ponerse en m ar­
cha por pequeños grupos hacia diversos lugales, donde hallarían jefes que en ellos se
les darían a conocer. Las fechas de salida
de estos grupos las fijarían los de las co­
marcas de modo que garantizaran la llega­
da de aquéllos a los puntos marcados para
su concentración de allí a veinticinco días.

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Por último, había de ordenarse a los ami­
gos sedentarios de las regiones de Azaoua,
Adar, Gaber, Demageria, Manga, lago Tcbad
y El’ Air, que acopiaran víveres y medios
de transportarlos a los señalados parajes
antes de la llegada a ellos de la gente, a
la cual sería preciso seguir abasteciendo
mientras las circunstancias lo hicieran ne­
cesario.
— Es todo un plan de concentración para
algún golpe gordo; pero me extraña que sea
con posterioridad al reventón del alza­
miento.
— Y a m í. . . Y que más bien que contra
los franceses parece dirigirse contra la Nigricia In g lesa ... De ser así, ahí nos las
den todas.
— Mucho me temo que para entonces
ya nos habrán dado en sitios donde nos
duelan más— contestó Friand torciendo el
gesto— ; pues conociendo cual conozco a
estos traidores, está para mí claro que pre­
paran un asesinato general por el estilo de
la matanza de cristianos de 1950; pero vis­
tos los puntos que calza el hombre ése, me
temo que mejor preparado.
— Sí, pero se lo frustraremos avisando a
las autoridades de la fecha que mañana nos
dirá ese Ben-Cassim al telegrafiar a los ca­
becillas las órdenes del Gran Caíd.
— ¡Chist, chist! Vuelven a hablar— dijo
Joubert, interrumpiendo el anterior diálo­
go, sostenido durante una breve interrup­
ción del cruzado entre Agadés y El Egab,
mientras Ben-Cassim tomaba nota de los
lugares indicados por Abd-el-Gahel y se la
lela a éste; quien, después de hacérsela re.
petir para cerciorarse de la fidelidad de
ella, se despidió de su pariente, diciéndole
que desde entonces al gran día iba a dedi­
carse a recorrer los principales núcleos de
la rebelión, para avivar el entusiasmo de
los hermanos con la presencia y la palabra
del Supremo Caudillo; y acabó con estas
palabras:
“ Que todos tus compañeros del Diván sal­
gan mañana mismo en aviones a encargarse
de los mandos que tienen Señalados. Tú
aguarda ahi hastta dos dias antes de la fe ­
cha de la concentración que te he dicho or­

denes; y entonces ve a casa de Mohamed,
en Sabankafi, donde me encontrarás.
’’Mientras tanto te llamaré todas las no­
ches para decirte adúnde has de telegra­
fiarme a la siguiente noticias y consultas.
Mañana, después de la entrevista que sales
tengo en Okhom, iré a Tinteiloust ”
— Es nuestro, es nuestro, Friand: es el
de Okhom, y mañana lo trincará el oficial
que Bertier habrá ya enviado allí.
— ¡Caramba! No, no dirá mi capitán que
ha perdido usted el tiempo. ¡Menudo golpe!
Hay que decirle en seguida quién es el pá­
jaro que va a cazar y enterarlo de lo que
sospechamos de Morand, para ver si ma­
ñana mismo lo coge con las manos en la
masa.
— Sí, sí: en cuanto llegue la hora de abrir
la estación y nos cercioremos de que no
está al aparato ese pillo, capaz de hacer
cualquier gatada con nuestro aviso a Ber­
tier de lo oído esta noche, y en cuanto
podamos completarlo con la fecha que el
señor Cassím nos dará de mañanita.
-—Y en cuanto vuelva usted a Agadés le
levantamos una estatua por todo esto que
ha hecho.
— Friand, si consigo que mi aviso dé
tiempo a las autoridades de salvar a los m i­
llares de compatriotas nuestros amenazados
por la traición de esos infames, esa será
sobrada recompensa— contestó Raúl, con los
ojos brillantes de entusiasmo— : tan grande,
que aunque no dieran con nosotros los que
ya parece tardan en salir a buscarnos, gus­
toso morirla aquí, viendo en mi mluerte el
precio de sus vidas.
El recuerdo de su mujer y de sus hijos
fué tenaza que oprimió duramente el cora­
zón de Friand al aludir Raúl a la muerte
suspendida sobre él y sus compañeros; pero
al oírle ofrendar animoso su vida de dieci­
nueve años henchida de ilusiones, se sintió
contagiado; y con igual verdad, con igual he­
roísmo, no nacido de un instante de furia
ni de un hervor de sangre, sino de serena
abnegación, repuso:
— Y yo también, yo también la daré go­
zoso.

91

POLICIA TELEGRAFICA
*

XXII •
LA EXPEDICION DE SALVAMENTO
Felizmente para él, que no tenía temple de
héroe, nada había oído Joubert de los temo­
res del general asesinato, porque dormía
junto al telégrafo, del cual no le consintie­
ron apartarse para no perder tiempo en le­
vantarlo si a los de El Eglab se les ocurrie­
ra transmitir el telegrama circular antes de
que él se levantara; pero ni el estado de
nerviosidad en que a Raúl y a Friand los
tenía la impaciencia de conocer la fecha ni la
importancia de sus recientes averiguaciones
los dejaban, no ya dormir, como el telegra­
fista, mas ni pensar siquiera en ello. Por eso,
charla que charla, se les fué el resto de la
noche en comentarios de lo averiguado; y
cuando éstos llegaron a las órdenes sobre
movimientos de fuerzas rebeldes, creyeron
oportuno consultar, con el mapa a la vista,
las cuartillas donde Joubert había ido es­
cribiendo los lugares por Gahel citados. De­
cía dicha cuartilla:
La gente innecesaria para dar el golpe en
Bilma, Agram, Vibhela y Agadem irá a re­
unirse en Manzafur y Farak: los de Oundala
y Manga, a Gadori y Tanaut; los de Darmergou y Tagama, a Gangara y Sabankafi;
los del Gaber y el Adar, a Tarkass y Tintaborak, y los del Air, a Keita y Tadelaka (1).
— ¿Sabe usted, amigo Friand, lo que me
va pareciendo?-—preguntó Raúl cuando aun
no habían acabado de leer la nota, dándose
cuenta ya de que los lugares citados rodea­
ban por completo a Techiasco, a distancias
entre veinticinco y setenta kilómetros.
—Lo que a mí, la cosa está muy clara:
que quieren poner cerco a la Residencia. Sin
duda es porque con la expulsión que allá hi­
cieron de los dagatums sospechosos no tie­
nen en ella los conjurados la gente necesa­
ria para dar allí el golpe al mismo tiempo
que en todas partes.
— Del mal el menos— dijo Raúl estreme­
ciéndose al pensar en su padre y en su her­
mana— , que esto dará un respiro y nuestro
aviso llegará allá con mucho tiempo para
que se prevengan; pues lo que es los de Bil­
ma. no han de tardar menos de tres semanas
en su marcha— ; y conviniendo con Friand
(1) Regiones y comarcas las primeras de cada
inciso comprendidas desde los Oasis de Mayar y
de El Air al Niger; poblados los segundos, cuya
situación fué lo que llamó la atención de Rau.

en la apreciación de la causa del cerco; por­
que ignorantes por completo como lo estaban
ambos de que Abd-el-Gahel era el autor del
frustrado rapto de Emma, no podía ocurrirseles lo movía, antee que sus deseos de ex­
terminar a los franceses de Techiasco, el afán
frenético de apoderarse de la hurí rubia;
pues los obstáculos habían exacerbado su pa­
sión al delirno, y lo lisonjeaba la esperanza
de que, si aun no era amado, lo sería cuando
ella conociera el poderío y la grandeza de
quien iba a ofrecerla el trono de sultana del
Musulmán Imperio de Africa, restaurado
por su valor y su inteligencia, y extendido
desde el Atlántico al Mar Rojo, y del Me­
diterráneo al Ecuador.
*

*

*

A la hora que solían llegar dieron los co­
tidianos zas un chasco a Raúl, que creyó
eran el ansiado telegrama con la aguardada
fecha; pero antes de acabar de recibirlos to­
dos, dijo Joubert de pronto:
— Ya tenemos aquí lo que esperaba usted.
— ¿El Eglab? ¿La estación A?
— Si.
— Pues cuidado con perder ni una letra—
encargó Raúl, latiéndole descompasadamente
el corazón con esperanza, confirmada al dése i.
frar el telegrama, de que fuera el circular del
Diván; pero frustrada en cuanto a la impor­
tante fecha; pues si bien la fijaba el despa­
cho, hacíalo en la siguiente forma, inútil
para él:
El golpe en todas partes a la hora que Sa­
béis del último de los días que en Doghem
se os previno contarais cuando se os avisara.
S o y es el primero.
Quedóse alicaído y mustio el pobre mozo,
pues entre poder decir, cual pensaba, a Bertier: “Tal día” , o decir, como dijo: “ Un día
que debe estar cercano”, había gran distan­
cia, no obstante parecerle al capitán muchí­
simo (cuando lo conoció), lo averiguado por
la conferencia de Abd-el-Gahel y Cassím.
que él transmitiría a todas las autorida­
des en cuanto terminara la conversación con
Raúl, en la cual dijo a éste que a aquella
hora nada podía saberse aún de Okhom,
donde la víspera había ido un teniente con
ocho gendarmes por si, dado el estado del
país, les hicieran resistencia; pero que en

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cuanto cayera el Gran Caid telegrafiarla el
notición. Y al enterarse de las sospechas so­
bre Morand, de quien todo era creíble, dijo
que muy pronto procuraría pescarlo “in fraganti”.
Por último, y en vista de las graves noti­
cias que el mismo Raúl le daba, insistió en
que éste regresara inmediatamente, aprove­
chando los días de respiro que parecía dar
el alzamiento; pues Bertier relacionaba el
púmero de los indispensables para qué los
de Bilma y de otros oasis lejanos de Techiasco hicieran las marchas de concentra­
ción con el de las fechas que habían de con­
tarse hasta la del alzamiento: no creyendo,
por tanto, en la inminencia de él, y pensan­
do que no solamente daría tiempo al regre­
so de los expedicionarios, sino a concentrar
en las cabeceras de la región los pequeños
puestos de gendarmería y los colonos por su
aislamiento más en riesgo de ser primeras
víctimas de la rebelión.
Además, tal aumento de fuerzas no ven­
dría mal en las capitalidades de las com­
pañías, pues aquella misma mañana habían
amanecido sobre Agadés dos dirigibles, lle­
vándose, según de antemano le había dicho
su coronel en Tafilete, los refuerzos venidos
meses antes, por ser ya un hecho la ruptura
con Inglaterra y precisas dichas tropas en
las fronteras de la Nigricia y el Sudán.
Terminada la conferencia, quedaron el sar­
gento y Raúl bajo la deprimente impresión
que les produjo la malhadada merma de
guarniciones en aquellos críticos momentos;
alarmándolos tanto como esto la idea de si la
retirada de tropas podría ser el previsto
acontecimiento anunciado la víspera por
Abd-el-Gahel; pues de estar éste previamen­
te enterado de ella sería prueba de que con­
taba con una extensísima y eficaz red de re­
laciones, lo cual llevaba a desagradables con­
secuencias sobre su poderío y recursos.
El sábado, del que esperaban tanto bueno,
no principiaba bietn y continuó peor; pues a
media tarde preguntaron a Ouallem los po­
bres desvalidos de Ziza cuándo salía la ex­
pedición de socorro, recibiendo por respues­
ta que el “auto” llegado la anterior madru­
gada, de In-Saláh con la gasolina, estaba ya
también cargado con víveres y agua, y listo
y en espera de Custine, a quien debían ha­
ber tenido que ir a buscar lejos del puesto:
lo cual, mirando a ciertos inquietantes sín­
tomas de la población indígena, hacía poca
gracia al teniente, que daba estas noticias
agregando:
— Pero no se apuren, pues si Custine no
pareciere, ya procuraríamos nosotros bus­
car a ustedes... Ahora que, como probable­
mente no los encontraríamos tan de prisa

como él, no harán mal en ir economizando
provisiones y agua.
Tales fueron las últimas palabras del te­
niente, que hicieron exclamar a Friand:
— ;Que vendrán ellos a buscarnos!... Para
consolarnos, como si fuéramos chiquillos...
Como si aquí pudiera encontramos quien no
conozca el sitio...
A lo cual sólo contestó el joven jefe de la
expedición, diciendo:
— Friand, desde la cena de esta noche,
todo el mundo a media ración: así tendee­
mos cuerda siquiera para seis días.
-— Hace usted bien. ¿Y de agua?
— Todavía no hay urgencia de disminuir­
la: tenemos para dos semanas a ración en­
tera.
A las siete de la tarde avisó Bertier que
aquél había ido, efectivamente, a Okhom;
pero se les había escurrido de entre las ma­
nos a los gendarmes. Seguidamente mani­
festó que no era dar aquella desagradable
noticia el principal motivo de su llamada,
sino decir a Raúl que, según las cosas iban,
insistía, y si era preciso mandaba, que sin
demorarlo, no ya un día, pero ni una hora,
echara a andar para Techiasco, sin perder
tiempo en el camino.
Entonces hubo Duvery hijo de confesar
el trance en que se hallaban los expedicio­
narios, pero agregando que esperaban ser
en breve socorridos: noticia a la que, domi­
nando a duras penas su consternación, con­
testó el capitán:
— Hijo mío: ahora mismo voy a telegra­
fiar a mi compañero de In-Salah que para
buscaros ponga inmediatamente, si es pre­
ciso, el escuadrón entero en movimiento.
Para más interesarle, le diré que por ti tengo
las noticias de la conspiración que esta ma­
ñana le telegrafié, y que por sorprenderlas
te ves en ese aprieto. Pero tú ingéniate, por
tu parte, en buscar modo de señalar a dis­
tancia tu presencia en ese maldito maremágnum de picachos y hoyos. Y si das con
él, dímelo en seguida... Friand.
— A sus órdenes, mi capitán.
— Con usted cuento para ayudar a ese
chico a salvarse.
— Mi capitán, el chico vale por diez hom­
bres y no necesita que lo ayude nadie.
— Pues adiós... Raúl, Raúl: no dejes de
llamarme mañana y tarde. Y si llega el so­
corro, avísame en seguida.
*

*

*

El fracasado arresto del Gran Caid puso
de malísimo humor a Raúl y a Friand, del
cual se contagiaron sus compañeros al ver
reducida la pitanza a la mitad.

POLICIA TELEGRAFICA
El día siguiente, domingo, hizo crecer la
preocupación añeja, pues en Ouallen conti­
nuaban sin saber nada de Custine, y tras de
esto, el repetido y vano intento de comuni­
car con Bertier trajo otra inquietud, con­
vertida en zozobra de que algo grave ocurrie­
ra en Agadés, cuando para cerciorarse de si
la falta de respuesta sería achacable a defi­
ciente intensidad de las llamadas de la telegafía del “ auto”, se preguntó a In-Saláh,
■de donde dijeron que desde la tarde de la
víspera en que se habían recibido instancias
calurosas de apresurar la salida de la ex­
pedición de salvamento no se tenia noticia
de Agadés, cuya estación debía estar estro• peada, porque tres veces se la había llamado
infructuosamente.
El lunes fueron inútiles reiteradas inten­
tonas para hablar con Bertier, y esto era ya
muy alarmante, pues habiendo en más de
cincuenta horas tiempo sobrado de compo­
ner cualquiera avería de las ordinarias de
los aparatos, parecía aquel silencio ser indi­
cio de novedad más grave.
A mediodía dijo Ouhallen que de Custine
no se sabía palabra; mas por fin, a las nue­
ve de la noche, comunicó que llegado en
aquel momento de una excursión lejana, es­
taba al aparato y deseaba hablar con el sar­
gento Friand.
Después de expresar el cabo cuánto le
complacía ser el llamado a sacar a su anti­
guo amigo y jefe del aprieto en que estaba,
manifestó que, aun confiando en recordar el
camino y ei terreno, quería hablar con él por
no sobrar que quien acababa de ver aquellos
lugartes le refrescara la memoria, que los
años podían haberle embarullado.
El palique fué largo; pues además de dar
en él datos, señalar punto de referencia y de
repetir el sargento lo ya dicho a In-Saláh
sobre colocación en lo alto de la meseta de
lonas a modo de banderas, pusieron Custine
y él acordes sus relojes para que, a partir
de las siete de la mañana del siguiente día,
y de diez en diez minutos, estuviera atento
el cabo a los disparos que con tales interva­
los harían los vigías de la boca del barranco.
Se fijaba tal hora en vista de la de sa­

93

lida de Ouallen (cinco de la madrugada),
pues habiendo de marchar despacio “ auto”
y “motos”, por la necesidad de observar con
atención los montes, alrededor de ella anda­
ría la de llegada frente al desfiladero.
Por último, convinieron ambos veteranos
en que, de llegarle a Custine las nueve mar­
chando a saliente, volvería sobre sus pasos;
pues, en opinión del sargento, sería prueba
de que habría pasado sin verlos; y como a
los vigilantes instalados en lo alto de la me­
seta no podía pasarles inadvertido el cruce
de la patrulla de socorro por el llano, baja­
rían a su encuentro.
Aquella noche cenaron a ración entera los
náufragos de los cerros de Ziza y se acos­
taron muy alegres.
En pie todos a las tres de la madrugada,
quedáronse Joubert y un gendarme en el
campamento subterráneo, en tanto Raúl y
Desaix hacia leí oeste, y Friand y el otro
gendarme hacia el este, trepaban por los
derrumbaderos del barranco a la cresta de
sus empinadísimas laderas.
Llevaba cada pareja una lona atada a un
palo, un fusil y anteojos de campo para re­
gistrar a distancia la llanura inmensa que,
al pie de la meseta, se extendía al sur.
A las seis ya había escogido cada grupo
lugar dominante y adecuado para que, des­
tacándose sobre el fondo del cielo, resulta­
ran las siluetas de quienes lo ocupaban muy
visibles a quienes desde el llano miraran a
los cerros; y con emoción innecesaria de
encomiar para que sea comprendida, enfila­
ron los gemelos a poniente, por donde eran
los salvadores esperados.
Escoltando al automóvil de los víveres, el
agua y la gasolina, y montados en motoci­
clos, salieron Custine y dos gendarmes de
Ouallen poco antes de las cinco, avanzando
a buen paso hasta las seis y media; pero
desde tal hora, en que la luz del día, ya muy
claro, alumbraba el extremo occidental del
macizo de los cerros de In-Ziza, acortaron
la marcha y hasta la interrumpieron con
frecuentes altos para examinar detenida­
mente las cumbres donde esperaban ver a
Jos que buscaban.

9-1

BIBLIOTECA NOYELESCO-CIENTIFICA

XXIII
A QUE COSTA AVERIGUO RAUL LA FECHA QUE NO PUDO
SORPRENDER
Hacia las siete y cuarto vió Raúl serpear,
allá en la lejanía, sobre el amarillento sue­
lo, unas movibles manchas negras. Antes de
distinguir qué fueran adivinó en ellas su
afán un automóvil y tres motocicletas, y
al convencerse de ello al poco rato él y Dessaix entregáronse a transportes de júbilo,
flameando éste la lona cuando los que ve­
nían estaban aún demasiado lejos para verla.
Pero en esto les llamó la atención otra
mancha que, creciendo en tamaño detrás de
las primeras, con rapidez mucho mayor que
las de motos y autos, hacía crecer, al mismo
tiempo, una idea negra también, muy negra,
en los cerebros de ambos, ahogando en in­
quietudes su naciente gozo.
— Es muy grande. Parece una patrulla nu­
merosa— dija Dessaix— . Y por lo de prisa
que adelanta ha de venir montada en motos
y correr a toda marcha.
-—Parece como si quisiera alcanzar a los
otros— contestó Raúl; y más por querer en
gafiarse que por pensarlo realmente, agre­
gó— : Tal vez sea la sección de gendarmería
de Ouallen.
— ¿Y qué ha de venir a hacer una sección
entera en pleno desierto y en ruta que no
va a ninguna parte?... Señorito, hágame el
favor de los gemelos. Sabe usted que conoz­
co bien las gentes del Desierto.
Mientras el veterano ingeniero del Ejér­
cito de Argelia miraba atentamente con los
anteojos, Raúl veía que conforme la man­
cha se acercaba se desplegaba el núcleo de
ella en una línea donde a poco se vieron
sueltos y uno a uno los hombres que inte­
graban el pelotón.
— Es indudable: persiguen a los otros—
exclamó Raúl— . Los están envolviendo, y
¡ellos no lo ven!
— Bien sabia yo que no eran gendarmes—
dijo Dessaix, pálido como un muerto— . Son
ifoghas: estoy seguro, y a nuestra vista van
a acochinar a esos infelices.
— Hay que ayudarlos.
— ¿Cómo, señorito? Antes de que llegue­
mos a la falda de los cerros ya los habrán
alcanzado a dos o tres kilómetros, por corto,
de nosotros.
— Pero, a lo menos, podemos llamarles
la atención, prevenirles del peligro.

Para ello disparó el impetuoso mucha­
cho los doce tiros de su rifle: sin resulta­
do alguno, pues o el viento, soplando del
llano, llevaba los estampidos lejos de Custine y sus gendarmes, o de oírlos éstos, los to­
maron por las señas convenidas con Friand
la noche anterior: probablemente lo último;
pues motos y auto se detuvieron, y desmon­
tando el cabo y echando mano a los geme­
los, los asestó a las cumbres del macizo mon­
tañoso.
— No, señorito, no— gritó, ya tarde, el
motorista corriendo los diez o doce pasos
que lo separaban de su amo, agarrándose a
él y derribándolo— . ¡Quieto, quieto! No po­
demos ayudarlos en nada, porque el rifle
no alcanza allí, y si los ifoghas nos ven, nos
perdernos nosotros también. No se levante;
agazápase, achántese.
Comprendiendo Raúl cuánta razón tenía
Dessaix y que su rabia y su valor eran
impotentes, obedeció; pero llorando de des­
pecho y coraje.
Ni él ni su compañero apartaban la vis­
ta de Custine y su gente, que preocupados
con mirar a los cerros volvían la espalda
a sus perseguidores, sin percatarse de la
persecución, facilitada con la parada de los
gendarmes; mientras los ifoghas ganaban te­
rreno, muy de prisa abrían más y más la me­
dia luna en que venían desplegados, y cuan­
do ya llegaron como a trescientos metros de
los descuidados perseguidos, se detuvieron
un instante, pasado el cual resonó al crepi­
tar de sus rifles de repetición: primer avi­
so que, al recibir los tiros por la espalda, tu­
vo el pequeño grupo de la presencia de ene­
migos.
La triste escena fué brevísima: al vol­
verse Custine y los dos guardias vieron al
conductor del auto caer de bruces, muer­
to, sobre el volante de guiar; requiriendo
sus rifles, acogiéronse al resguardo dei coche y, resueltos a vender caras las vidas,
que por perdidas dieron al verse frente a
treinta y tantos enemigos, comenzaron a
disparar.
Dos o tres minutos, tal vez no tanto, les
duró a los gendarmes el reparo del carruaje;
pues avanzando las puntas de la media luna
y estrechando el cerco pudieron los tuaregs

95

POLICIA TELEGRAFICA
fusilarlos de flanco, haciéndolos caer uno en
pos de otro, y lanzarse después, como fieras,
sobre ellos, a rematarlos, mutilarlos y en­
sañarse en sus cuerpos bestialmente.
Saltó al coche un tuareg, sin duda prác­
tico en automovilismo, arrojó afuera el cuer­
po del conductor, y se dispuso a llevarse el
carruaje. Pero hubo de aguardar mientras
sus compañeros ejecutaban la feroz idea de
juntar en montón los descabezados cuerpos
de los gendarmes, rociarlos con gasolina to­
mada del auto y prenderles fuego: con es­
panto de los infelices que, perdida la espe­
ranza de propia salvación, contemplaban ho­
rrorizados desde el monte la tragedia abo­
minable.
Pero la llamarada que envolvió los po­
bres cuerpos no se detuvo en el montón de
ellos, sino que se corrió por el piso empapa­
do con la gasolina sobrante de la embebida
en sus ropas, y con la procedente de dos o
tres latas perforadas durante el pasado com­
bate por unas cuantas balas que hablan
atravesado el auto, del cual chorreaba el in­
flamable líquido en donde prendió el fuego,
que haciendo reventar con fuertes estallidos
los bidones de gasolina hasta entonces in­
tactos, daba, de momento en momento, nue­
vo impulso a las llamas que envolvieron el
coche.
Apenas si el improvisado motorista tuvo
tiempo de escapar con graves quemaduras:
y comprendiendo la pandilla de ifhogas que
de aquella hoguera nada quedaría que mere­
ciera aguardar a recogerlo, acomodaron sus
heridos y muertos— en total siete u ocho,
pues los pobres gendarmes habían luchado
como leones— en los side-cars que de Ouallen traían los asesinos; y colgando las cabe­
zas de sus víctimas delante de los timones
de las motos dieron la vuelta ai pueblo
muy de prisa para llegar a tiempo de tomar
parte en el saqueo de él; porque el momen­
to del alzamiento general mahometano, que
Bertier y Raúl pensaban no sobrevendría én
dos o tres semanas, estaba preparado para
el alba del cuarto día, contado a partir del
de la retirada de loé tropas de refuerzo de
las guarniciones del Sahara; y aquel amane­
cer era el del día cuyo sol acababa de alum­
brar la hecatombe recién descripta.


* *

He aquí cómo las cosas habían ocurrido
en Ouallen:
Un cuarto de hora después que, todavía
de noche, salió Custine con su gente de la al­
dea, y cuando aún no lucía sino precaria
luz, tres jjiil hermanos vengadores cayeron

sobre los ochenta o noventa perros cristianos
que, incluyendo en ellos al teniente y vein­
tiocho gendarmes, constituían todos los eu­
ropeos del lugar, despiertos a las voces de
“fuego, fuego” dadas por las turbas indíge­
nas a las puertas de sus casas, y asesinados
al abrirlas asustados por la embustera
alarma.
Antes de transcurrida media hora, las ca­
bezas de todos, sin otras excepciones que
las de los telegrafistas, respetados por orden
de Abd-el-Gahel, se hacinaban en macabro
rimero al pie de la torre, desde cuyo alminar
el almuecín llama al pueblo a la mezquita.
De entre la plebe, cuyos odios se deleita­
ban en la contemplación del horrendo tro­
feo, salió de improviso una voz diciendo:
“Se han escapado cuatro, que antes de ama­
necer se fueron en auto y motos hacia InZiza por el uad Tin-Chek-Chek”.
A los gritos de "hay que alcanzarlos, hay
que alcanzarlos”, se formó la gavilla que en
los mismos side-cars de la asesinada sec­
ción de gendarmería salió en pos de Custine
y sus hombres, realizando la hazaña relata­
da, y trayendo, cual testimonio de ella, las
cabezas de aquéllos, para que no quedara el
montón descabalado.
* •

*

Dos cadáveres parecían Raúl y Dessaix
cuando en pie se pusieron; y aunque el in­
cendio del automóvil con la pérdida de los
víveres y de la gasolina era su sentencia de
muerte en aquellas soledades, ha de recono­
cerse, en honor suyo, que en esto no pensa­
ron sino luego; porque la palidez de ambos
no nacía entonces sino de dolorosa compa­
sión, torturante impotencia y trágico estu­
por que no les permitía decir sino: “ ¡Desdi­
chados, qué horror!” Hasta que al repo­
nerse de él corrieron cerro abajo y llanura
adelante a la hoguera en donde ardía
el automóvil y se abrasaban los cuerpos de
los desventurados, que por salvarlos habían
perecido.
Diez minutos de atormentadora contem­
plación llevaban, queriendo y no pudiendo
apartar los espantados y llorosos ojos del
execrable cuadro de aquellos carbonizados
restos que no ardían ya por haberse consu­
mido la gasolina que empapaba las ropas y
el suelo, cuando llegaron Friand y el gen­
darme, que también habían visto, aunque
desde más lejos, la horrorosa matanza.
— ¡Pobre Custine! ¡Pobre viejo! ¡Pobre
amigo!— exclamó el valiente veterano, so­
llozando como un niño— . ¡Ni un azadón ten­
go para pagar, cubriéndote con un poco de
tierra, la vida que por mí has perdido!

biblioteca novelesco- cientifica
96

— ¡Infelices, infelices!— gimió Raúl; y
de pronto, volviéndose a poniente, por don­
de hablan desaparecido los asesinos, levantó
el impotente puño y rugió— : ¡Malditos,
traidores, cobardes, cobardes!... i Y no po­
der, no poder! ¡Estar aquí clavados!
No solamente les faltaban picos para ca­
var una fosa, sino que, al tender Friand la
vista en derredor, ni arena halló siquiera
que con las manos pudiera ser amontonada
robre los cadáveres. ¡Hasta arena, tan abun­
dante en otros parajes del Desierto, les ne­
gaba el duro suelo de compacta roca!
Desaix fué quien primero pensó en la pro­
pia situación; y al recordársela la frase de
Raúl, “estar aquí clavados", exclamó:
— Si pudiéramos apagar el auto; si aún
fuera tiempo de salvar algo de lo que nos
traían— . Y se precipitó hacia él seguido
de los otros: pensando todos que aquella era
su única esperanza.
Pero en cuanto llegaron a cuatro pasos de
!a hoguera, comprendieron que sin agua, sin
picos, sin hachas nada podían contra ella.
De pronto resonó un estampido formida­
ble, e hirvientes gotas los salpicaron, produ­
ciéndoles pequeñas quemaduras que de mo­
mento atribuyeron al estallido de un bidón
de gasolina: no siendo eso. sino que la pre­
sión del vapor del agua caldeada en el de­
pósito donde venía la provisión de ella lo
hacía reventar; y parte de aquel preciado
líquido sin el cual no podían salvarse, se ver­
tía por el suelo, mientras el resto se vapo­
rizaba en el culote de la rota vasija rodeada
de llamas.
* * •

Una hora después, cuando del auto no
quedaban sino cenizas, negruzcas planchas y
herrajes retorcidos de su armazón desven­
cijada, se miraron los cuatros desgraciados,
cual saliendo de un sueño. Pasó un instante,
se arrodilló Raúl delante del montón de
muertos, e imitándole los demás, todos re­
zaron una oración, tomando al acabarla el
camino de la caverna, sin que ninguno ha­
blara una palabra hasta que al entrar en
ella dijo el gendarme:
-— Tenemos más suerte que esos infelices:
a nosotros no ha de faltarnos sepultura.
— ¿Qué dices?— preguntó Friand.
— Que ya estamos en ella,
— Eso lo sabe Dios— replicó con viveza
Raúl— . Mientras hay vida hay esperanza.
Palabras no contradichas por los otros;
pero acogidas con incredulidad evidente.
Cuando hacia medio día llegaron al auto­
camión, hallaron al otro gendarme sentado
en una piedra, con la cabeza entre las ma­

nos, sombrío y mudo; pues enterado hacía
rato de lo que el telegrafista acongojado y
sollozante, contó a los otros en cuanto llega­
ron, pensaba en los pedazos de su corazón que
en Agadés había dejado, víctimas probable­
mente a aquella hora de la general matanza
del pasado amanecer, de la cual no cesaba
el telégrafo de hablar desde las siete: no ya
en cifra, sino en claro árabe, al transmitir
de pueblo a pueblo el éxito de la cobarde y
traidora inmolación en masa de los euro­
peos, del gíneral pillaje y del incendio que
nabía ayudado al fusil, a la pistola y al pu­
ñal.
Desde Tombuctú a la Cirinaica, de Alcázarquivir, al Sudán, del Tchad, hasta de
la misma Constantina, en donde Abd-elGahel había en persona presidido la heca­
tombe iniciada con el asesinato de todas las
autoridades y la oficialidad apuñaladas en
sus lechos por sus propios servidores y por
soldados mahometanos, cruzaban incesan­
temente telegramas al Eglab, que el autoespía capturaba al paso, y todos concebidos
en estos o parecidos términos:
— “ ¡Al-láh es grande! Muertos todos los
perros (léase cristianos) sin distinción de
edad ni sexo”.
— “Pasados todos a cuchillo. ¡Viva el
Vengador!”
— “Sólo resisten unos cuantos en el cuar­
tel, al que ponemos fuego.”
— “Africa está vengada. ¡Viva el gran
Abd-el-Gahel!"
Sobrecogido Joubert con los primeros par­
tes, no había podido continuar copiando los
sucesivos; pero aseguraba que los herma­
nos africanos los transmitían no solamente
desde las estaciones clandestinas, que ya
sin disfrazar con letras sus nombres geo­
gráficos telegrafiaban con la misma longitud
de onda que los oficiales, sino desde éstas;
lo cual probaba que habían caído en poder
de la rebelión triunfante.
— ¿Y de Agadés?— preguntó Friand an­
sioso.
— Sí, sí— gritaron los demás, pensando
con angustia en sus familias.— ¿Qué dicen
de Agadés?
— Nada— contestó el gendarme que en la
cueva había quedado con Joubert y que des­
de que éste lo enteró de los primeros despa­
j o s , no dejaba de preguntar tan pronto re­
picaba el timbre de llamada si llegaba algu­
no de aquella población— . De allí no se sabe
absolutamente nada.
Aun cuando no fuera aquello gran con­
suelo, y Raúl pensaba, aun no diciéndolo,
que tal silencio, ya añejo de tres días, po­
dría muy bien tener por causa que en Aga­
dés se hubiera adelantado la catástrofe, co-

I ____ _
.. .requiriendo los ritl.es acogiéronse al resguardo del coche, resueltos a vender caras
las vidas que por perdidas d ieron...

97

POLICIA TELEGRAFICA
mo de allí faltaba la evidencia de ella, siempi¡e era esto menos malo que la plena certeza
que había de otros lugares, aun cuando oca­
sionara las torturas de la incertidumbre.
...................................t . . . .

— Era hoy, Friand, era hoy la fecha... Ya
la sabemos; pero caro nos ha costado averi­
guarlo... ¡Y no saber, no saber, no poder
saber nada de Agadés!— repetía Raúl— . ¿No
jja intentado usted comunicar otra vez?
— Dos veces, Don Raúl— contestó Joubert.
— Ya le dije yo que llamara— agregó el
gendarme— ; pero ninguna han contestado.

La media ración dilapidada en la cena de
la víspera, por creer sería la última que en
ja gruta se hiciera, fué economizada en la co­
mida de aquel día, de la que nadie se acordó.
Hoscas pasaron las horas de la tarde in­
acabable entre largos silencios, no interrum­
pidos sino con alguna que otra exclamación
de éste o aquél, casi nunca contestada por
nadie, y con las preguntas que lanzaba la
ansiedad general a cada repique del timbre,
indefectiblemente contestadas por el telegra­
fista con: "No, tampoco es Agadés.” Y de
nuevo caía sobre todos el penoso silencio.
Los temores de la propia espantosa situa­
ción quedaban esfumados en segundo térmi­
no ; pues la zozobra lacerante sobre la suerte
de las familias hacía pensar que, a perder
la esperanza de que vivieran hijos, padres,
esposas, no valía la pena de lamentar la
pérdida de vida que sólo había de servir pa­
ra llorarlos.
Entre todos, era Raúl el menos intranqui­
lo por los suyos, pues faltando muchos días
aún hasta la concentración preparatoria del
ataque a Techiasco, era probable que antes

se desenlazara la amenaza de muerte sus­
pendida sobre él, y que ellos a él y no él a
ellos hubieran de llorarlo. Mas no era sola­
mente la preocupación por sus allegados lo
que amenguaba en todos los egoístas temo­
res a la propia suerte; pues hasta las pun­
zadas del más noble dolor ocasionado por la
duda de cuál habría cabido a sus familias,
se embotaba en estupor de horrendo espanto
ante aquella matanza en masa de sus com­
patriotas, ante aquella feroz aleve orgía en
donde las bestias carniceras abrevaban con
sangre de cristianos sus ansias de venganza
en todo el Sahara: colosal tragedia qu£ em­
pequeñecía las trágedias familiares, en la
que la vida o la muerte de otros seis hom­
bres parecía cosa insignificante aun a ellos
mismos que ya llevaban días de ver la muer­
te entrometerse en todos sus pensamientos.
A despecho de todo, la tiranía de las ne­
cesidades físicas se impuso, cuando llegó la
noche, y cenaron media ración atendiendo
a que aquello era lo primero que comían en
veinticuatro horas; pero anunciando Raúl
que desde el día siguiente reducirían a un
tercio la de comida y a una mitad la de
agua.
— Da lo mismo, Don Raúl, por mucho
que duremos, aquí hemos de quedarnos.
— ¡Qué sabes tú!... Además, nuestro de­
ber...
— Yo creo que más valdría acabar cuanto
antes.
— Aquí no se permite a nadie hablar de
muterte— dijo, airado, el sargento a su sub­
ordinado con el mismo tono que si mandara
“apunten” o “fuego” — hasta... hasta— y se
quedó perplejo por no atinar adonde po­
dría llegar el “hasta”.
— ¿Hasta cuándo, mi sargento?
— Hasta... que estemos muertos.
—Y todavía no lo estamos— agregó Raúl.

X X IV
LA LIEBRE Y EL AGUILA
Durante la noche del martes y todo el
miércoles continuaron llegando a los deste­
rrados en Ziza telegramas y más telegramas,
llenos todos de los mismos horrores, y en
los cuáles sólo atendía Joubert a espiar si
daban alguna noticia de Agadés. Tarea que
no pudiendo ser día y noche desempeñada
por un solo hombre, fué compartida por
Raúl, a quien sus ejercicios prácticos du­
rante la ya larga expedición habían puesto

en estado de recibir medianamente, y que
en aquellas horas hizo que el telegrafista le
cantara con insistencia machacona el son­
sonete producido en los teléfonos por los
puntos y las rayas de las letras empleadas
para transmitir la palabra “Agadés”, can­
turreándolo él una y otra vez hasta estar
cierto de reconocerlo si lo oía. Y no sólo él,
sino Friand, aprendió la canturía a puro
oirla: tanto, que estando con el fleje de los

7

b ib l io t e c a

n o v e l e sc o - c ie n t if ic a

auditivos sujeto a la cabeza, para aliviar de
su faena a los otros, pudo en mitad de un te­
legrama del cual no entendía jota, recono­
cer el bordoncete que tenía en el oído, y
avisar a Raúl, quien terminado de pasar el
despacho encargó a Joubert llamara a la es­
tación transmisora diciendo, por supuesto,
en árabe, y simulando ser la receptora:
— Repíteme lo que has dicho de Agadés,
que no ha llegado bien.
— ¡Pero si acabas de darme la señal de
recepción terminada!— contestó El Eglab,
que era la estación de origen.
Pero ahora veo que no está claro: me he
distraído y me faltan palabras.
— Pues afr! va la repetición: “Decir al
Oran Caid de parte de CasSím que, a pesar
de los esfuerzos hechos, nada se sabe de Aga­
dés desde el sábado, pues desde entonces no
contesta a las llamadas de ninguna estación.”
Hecha pública esta interesante noticia,
los optimistas la interpretaron pensando que
allí debía de haber fracasado el alzamiento,
mientras los pesimistas, y Joubert era uno,
la tomaban por prueba de que los vengado­
res habían destrozado los aparatos radiotelegráflcos.
De los primeros era el impulsivo Raúl y
hasta el sesudo Friand; pues conociendo la
orden de Gahel de respetar las estaciones,
esperaban que Bertier, por ellos enterado de
todo, y demasiado cazurro para dejarse sor­
prender por una rebelión, de cuya proximi­
dad tenía ya la mosca a la oreja, se habría
refugiado con los europeos en el reduc
to, que era hueso muy duro de roer para
Insurrectos; y que no queriendo dejar a és­
tos posibilidad de utilizar la estación la ha­
bría destruido o acaso desmontado para ar­
marla de nuevo en el reducto.
En este caso era posible que en el mo­
mento más inesperado pudieran comunicar
con él.
¿Acertaban? Pronto vamos a verlo, po­
niéndonos para ello de un brinco grande,
muy grande en el espacio, desde Ziza en
Okhom, seguido de otro, más pequeño, desde
Okhom a Agadés, y saltando a la vez, hacia
atrás en el tiempo, del anochecer del miér­
coles a las cinco de la tarde del viernes an­
terior: hora de la llegada a aquel poblacho
del teniente y los guardias enviados a de­
tener al que, antes de decírselo Raúl, ya sos­
pechaba el capitán quién era.
Con varias horas de anterioridad, hacia
las once de la mañana del mismo día, había
llegado a dicho pueblo nuestro antiguo co­
nocido Tinkert: y no casualmente, sino por­
que hablar con él y darle órdenes era el mo­
tivo que a Okhom llevaba a Gahel, quien an­
ticipadamente le había enviado orden a Te-

chiasco— donde, no en el centro ferroviario,
sino en la aldea, residía entonces el antiguo
capataz de Moyfsk— de que estuviera de ma­
ñana en Okhom, y con la orden noticia del
camino por donde él llegaría y el modo y for­
ma de encontrarse ambos rápidamente allí.
Para no caer en falta a la mañana del si­
guiente sábado, en que se le citaba, y tener
tiempo de preparar lo que se le ordenaba,
llegó a Okhom Tinkert con aquella antici­
pación, encaminándose derecho a casa del al­
calde pedáneo, única autoridad, por de con­
tado indígena, del lugarejo, a quien no hizo
la consabida seña masónica por hacer tiem­
po que era conocido de aquel hombre: no
como simple hermano, sino como importante
jefe de Africa Vengadora: dignidad alcan­
zada en premio a sus servicios a A bd-elGahel.
Aquel funcionario, que era uno de los ju­
ramentados— y en Okhom lo estaban todos
los vecinos— puso a las órdenes del recién
llegado, tan pronto los pidió, veintiséis
hombres con azadas y palas que tras Tin­
kert se fueron a las afueras del pueblo, don­
de a distancia de un kilómetro largo de las
últimas chozas los dividió aquél en parejas,
encomendando a cada una la excavación de
un hoyo separado cincuenta pasos de sus In­
mediatos, y que alineados en dos direcciones
concurrentes formaban entre todos una V.
Cuando los montones de tierra, removida
y amontonada junto a cada hoyo, alcanza­
ban altura como de un metro, suspendió la
cavazón e hizo que cuatro parejas abrieran
un último hoyo y amontonaran la tierra de
él extraída en otro montón mucho más gran­
de que los anteriores, en medio y equidis­
tante, a ojo de buen cubero, de las dos filas
de ellos.
Una hora después llegaban los gendarmes,
y siendo cosa insólita ver ocho juntos en
Okhom y todavía más verlos al mando de
un teniente, sin haber ocurrido robo ni ase­
sinato por las cercanías, tal aparato de fuer­
zas desplegado en víspera de la llegada del
Vengador, dió mala espina al sagaz Tinkert,
haciéndole sospechar vinieran por aquél los
gendarmes, a quien alguien habría dado el
soplo, afirmándose en ello cuando después de
ser llamado por el teniente volvió el pedá­
neo diciendo que aquél le había preguntado
si sabía de alguien en Okhom que aguardara
forasteros; que al no saber él contestarle le
había encargado averiguarlo disimuladamen­
te, recordádole en forma parecida a amenaza
la obligación que su cargo le imponía de au­
xiliar a la autoridad, y advertídole que sa­
biéndose de buena tinta que al día siguiente
llegaría al pueblo alguien de afuera, sería pe-

POLICIA TELEGRAFICA
ligroso, para quien lo intentara, pretender
engañarla.
'
. ,
.
Tras breve conciliábulo con su huésped,
salió el pedáneo a recorrer muy ostensible­
mente unas cuantas casas del lugarejo, pre­
sentándose luego, entre diez y once de la
noche al oficial, para informarle de haber
averiguado por un tibon esclavo de BenUal, de quien personalmente no habla con­
seguido averiguar nada, que para aquella
noche o para las primeras de la mañana, es­
peraba éste a alguien en su casa, sospechan­
do el tibon debía de ser un tratante de ga­
nados de la cercana aldea de Taguedauíat,
llamado Alí-Tunín.
Preguntado por el teniente sobre la In­
fluencia y significación de dichos individuos
en el pais, contestó el pedáneo ser mucha la
primera y francófoba la segunda.
Para que aun viniendo antes de amanecer
no se le escapara el forastero, decidió el te­
niente hacer vigilar toda la noche el domi­
cilio de Ben-Ual por una pareja relevada de
dos en dos horas, quedando así concentrada
la atención de los gendarmes en la parte del
pueblo diametralmente opuesta a la casa
díl pedáneo. Esto era lo que al dictarle los
mentidos informes que luego dió al teniente
se había Tinkert propuesto para poder salir
él de dicha casa sigilosamente, como sin ser
visto de aquéllos lo efectuó a las dos de la
madrugada, llevando la moto a mano a
fin de no hacer ruido hasta dejar atrás las
últimas casas de la aldea, pasadas las cuales
montó en ella y partió a buena marcha,
trasponiendo en cosa de media hora los
treinta kilómetros hasta el villorrio de Tagedanfat, en donde Tunín era el vecino más
conspicuo, a cuya casa, bien conocida de
Tinkert, se dirigió derecho éste, aporreando
la puerta sin ceremonia ni consideración a
la hora, como quien llega donde puede man­
dar.

— Como ves, tu papel es sencillo. Y nada
te podrán probar, por que Ben-Ual dirá lo
que tú, siendo la explicación muy natural en
quienes tratan en ganados. Pero, sobre todo,
hay que salvar al Vengador; y aunque te
fusilaran, a eso nos exponemos muchos a
diario; y entre ir al paraíso fusilado por
los perros o que los hermanos te apuñalen
por cobarde y perjuro...
— A mi no es necesario hablarme en ese
tono: Sé a lo que me comprometí al jura­
mentarme.
— Que Al-láh vaya contigo.
— Y que te guarde a ti y al Vengador.
Las anteriores frases fueron el fin del lar­
go diálogo comenzado por Tunin y Tinkert

99

en casa del primero, proseguido durante la
inmediata marcha de ambos desde Taguedaufat a Okhom y terminado al dttener sus
motociclos una legua antes de llegar a esta
última aldea, sin entrar en la cual se fué el
segundo al campo donde la víspera habla
hecho cavar los hoyos. Y llegado allá se ten­
dió en el suelo junto al montón central.
El otro permaneció donde aquél lo dejara
hasta las siete y media, hora en que reanudó
la marcha a Okhom...
Al ser de día, y visto que durante la noche
no había llegado nadie, se fué el teniente con
su tropa a un altozano, desde donde domi­
naba a distancia los accesos al pueblo en to­
das direcciones, y allí aguardó hasta que a
cosa de las ocho menos cuarto vió a Tunín
acercarse en su motociclo por el lado de
Taguedafat; y suponiendo que aquél debía
de ser el que acechaba, envió a su encuentro
una pareja con orden de traérselo. Pero
ocurrió que apenas salida del pueblo al raso,
y vista por el que venía, d>ó éste media vuel­
ta, cuando aún le faltaba un kilómetro lar­
go para encontrarse con ella, y retrocedió a
gran velocidad, con toda la apariencia de
que el verla era causa de su precipitada
fuga.
— Ese es, ese es. A él, muchachos— gritó
el teniente al verlo huir.
Y montando en su moto y seguido de los
guardias que con él quedaban, se lanzó en
seguimiento del fugitivo, que antes de ser
por ellos alcanzado les hizo dar una carrera
de más de seis kilómetros.
Fingiendo gran sorpresa por la deten­
ción, declaró Tunín, al ser interrogado, sus
verdaderos nombre, profesión y vecindad,
agregando que lo llevaba a Okhom propó­
sito de comprar unas cabras a Ben-Ual.
Contestando a la pregunta de por qué huía,
negó primero haber visto a los gendarmes,
y protestó en seguida de que su contramar­
cha se tomara por fuga, cuando no obede­
cía sino a que al darse cuenta de habérsele
olvidado en casa el dinero para su compra,
siendo cosa de cinco cuartos de hora la ida
y el retorno, y teniendo el día entero por de­
lante para hacer sus negocios en Okhom, se
volvía a por la bolsa.
Lo sospechoso de estas explicaciones, uni­
do a los desfavorables antecedentes dados
por el pedáneo de aquel hombre, hicieron al
teniente creer que había cazado al pájaro
que buscaba; y haciendo amarrar a la moto­
cicleta de Tunín una cuerda de cuyo cabo
suelto se encargó un gendarme, tomó con su
gente y el preso la vuelta de Agadés, pen­
sando pasar de largo por Okhom.
Pero al comenzar a desandar el camino
recorrido en persecución le Alí-Tunín, vió

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

oue a la otra parte del pueblo, y lejos aün,
volaba raudo hacia él un biplano, o con mas
propiedad helicoplano: extraordinaria nove­
dad, pues por aquellas tierras no se ven con
frecuencia tales aerovebiculos.
La patrulla y el helicóptero se acercaban
a la aldea en opuestos sentidos; pero éste
muchísimo más de prisa, así que estando to­
davía aquélla a cuatro kilómetros de Okhom
el oficial vió claro ya el propósito de aquél
de aterrizar en el pueblo; pues daba vuel­
tas planeaba y a veces permanecía inmóvil
en el aire, gracias a sus hélices verticales,
cual buscando lugar donde posarse, para efec­
tuar lo cual es bien sabido no han menes­
ter los helicópteros tan amplio espacio co­
mo los antiguos aeroplanos, por permitirles
las hélices citadas subir y descender a plomo.
Aquello fué un rayo de luz para el oficial,
que dejando una pareja vigilando al preso,
corrió seguido de las demás adonde el avión
parecía disponerse a aterrizar.
Efectivamente, Abd-el-Gahel, que era
quien en el helicóptero venía, buscaba desde
la altura el sitio no conveniente sino conve­
nido. Pues para no dejarse ver en Okhom,
sino tomar a bordo a Tinkert y pedirle no­
ticias, darle órdenes y dejarlo después don­
de le conviniera, habíale lenviado instruc­
ciones previas de que con los montones de
tierra ya mencionados marcara en el terreno
una figura que desde lo alto mirado fuera
una V visible a gran distancia, en medio de
la cual lo aguardaría, y hacia la cual se diri­
gió Gahel sin haber visto a los gendarmes
por llevar la atención concentrada en lo otro.
Pero Tinkert si los veía; y cuando al heli­
cóptero le faltaban no más de quince a vein­
te metros para llegar a tierra, y un ancla de

él pendiente al extremo de un cable rastrea­
ba por el suelo, se abalanzó al cable aferrán­
dose a él con ambas manos y gritó con to­
dos sus pulmones.
— Arriba, arriba. Los gendarmes, Señor;
arriba, arriba.
La suspensión del movimiento del helicóp­
tero en el instante de interrumpir el des­
censo para emprender nueva ascensión im­
primiendo a la hélice vertical velocidad de gi­
ro muchísimo más rápida que la que venía
regulando su lenta bajada, dió a Tinkert
tiempo de poner un pie sobre uno de los bra­
zos del áncora y otro después sobre el opues­
to: postura solamente conservada unos se­
gundos, pues comprendiendo, al iniciarse la
subida, que era insostenible, se dejó escurrir
basta quedar abrazado a la caña del ancla,
a horcajadas sobre la unión de ella a las
garras, descansando los muslos sobre éstas,
y las piernas colgantes al otro lado de ellas:
y aun asi agarrado, con presión convulsiva
de brazos y de corvas, le fué preciso cerrar
los ojos para evitar el vértigo.
Cuando el helicóptero detuvo su descenso,
llegaban los gendarmes a quinientos metros
de él, y al verlo elevarse de nuevo, ganando
en breve considerable altura, gritó el oficial:
— Pie a tierra. Fuego: fuego apuntando a
la hélice.— Pero entre desmontar, prevenir
los fusiles, apuntar y hacer fuego, pasó más
de un minuto, suficiente al avión para po­
nerse ya alto y lejos. Dos después se le vela
pequeño, pequeño; y a poco, y descendiendo
con la lejanía, desapareció por detrás de
una duna.
— Me han engañado me han engañado—
exclamó el teniente.— Por una liebre mise­
rable dejo escapar el águila.

XXV
LA MAÑANA DE UN DIA FECUNDO EN ACONTECIMIENTOS
En el tiempo que llevamos perdido de vis­
ta al Vengador, sin atisbarlo sino furtiva­
mente a través de la conferencia telegráfica
sorprendida por Duvery hijo, y en su fugaz
paso sobre Okhom, había estado en las cue­
vas basálticas de Doghem, socavadas en los
montes del Air a centenar y medio de kiló­
metros de Agadés. Allí, ante los principales
personajes del Africa musulmana, reunidos
en asamblea, dió testimonio el Diván Supre­
mo de que Abd-el-Gahel era el descendiente
del semidivinizado héroe de igual nombre, el
que había de acabar la obra de éste, el pro­

metido exterminador de los perros cristia­
nos, el restaurador del imperio islámico afri­
cano. quien por haber llegado el tiempo de
que fuera cumplido cuanto estaba escrito, era
por Al-lah enviado para que por su pueblo
fuera obedecido.
Aclamado por caudillo e investido de ple­
na autoridad, con el despótico carácter que
sobre gentes mahometanas había de tener
lógicamente quien a los títulos de su excelsa
prosapia añadía los de predestinado, orde­
no a los jefes de la amañada rebelión, ante éi
congregados, que hicieran circular entre la

POLICIA TELEGRAFICA
plebe rumor no de haber ya advenido, sino
de estar cercano el anunciado advenimiento
del Vengador. Seguidamente los informó ds
la inminencia para breve plazo de la guerra
entre Inglaterra y Francia, de que para sos­
tenerla tendría ésta necesidad de llevar a las
fronteras de las posesiones inglesas las tro­
pas con que poco antes reforzara las guarni­
ciones saháricas; de que por sus espías de
Europa, Marruecos y Argelia sería avisado de
cuando esto hubiera de ocurrir, y de que ha­
bía resuelto aprovechar tal reducción de fuer­
zas enemigas para afirmar el éxito de la in­
surrección.
Con tal finalidad tendrían en cuenta
quienes iban a ser sus inmediatos tenientes
que cuando recibieran radiogramas avisán­
doles haber llegado el día del previsto acon­
tecimiento, significaría esto que al amanecer
del que a partir de aquél, tomado cual pri
mero, resultara cuarto, deberían ser lanza­
dos en todas partes a la vez contra los pe­
rros los hermanos que cada uno acaudillaba.
Terminada la asamblea, y acompañado
solamente de dos jefes de su confianza, se
dedicó Abd-el-Gah)el a visitar por vía aérea
a diversos personajes mahometanos del Egip­
to, el Sudán y la Nigricia, con el objeto que
el tiempo y los sucesos nos dirán.
Terminadas estas expediciones, y ya sin
otra compañía que el motorista de su avión,
retomó al Air, adonde lo llevaban la nece­
sidad de dar definitivas órdenes en la con­
ferencia telegráfica celebrada en la noche
del viernes desde Agadés con Ben-Cassím, y
sorprendida por Duvery hijo desde Ziza, y
el deseo de dar personalísimas instruccio­
nes a Tinkert, a quien citó en Okhom por
no querer atraer con su helicóptero la aten­
ción de los de la Residencia, yendo él a
buscarlo a la aldea de Techiasco, donde el
ex capataz tenía a la sazón la suya.
Y queriendo asimismo evitar ser visto en
Agadés, aterrizó al anochecer del viernes en
un corralón donde, en los pozos de Abalakh,
a veinticinco kilómetros de aquella población,
tenía Mohamed uno de sus aserraderos de
traviesas y en donde aguardaba al Gran Caid
con un side-car, que a los dos ios llevó a Aga­
dés, haciendo Abd-el-Gahel de conductor.
Después de media noche fué el Vengador,
claro es que disfrazado, a la estación del go­
bierno a celebrar, por Intermedio de Morand, la consabida conferencia; durmió has­
ta las seis de la mañana en casa de Mohamsed, retornando a dicha hora, en compañía
de éste, al cercado de Abalikh, en el mismo
vehículo de la noche anterior, y saliendo en
el hélico para Okhom, donde pescó a Tinkert;
a quien su breve, pero insólita y sobresalta­
da travesía bamboleante aj extremo del an­

101

cla le pareció larguísima, no obstante no du­
rar sino seis minutos, pasados los cuales, y
con ellos el riesgo de ser visto de los gendar­
mes, y a quien previno Abd-el-Gahel, a vo­
ces, se preparara a saltar en tierra al llegar
cerca de ella, pues para ello iba a hacer des­
cender el aparato.
— Es que si abro los ojos me caeré de se­
guro— gritó Tinkert— : me marea esta al­
tura.
— Pues no los abras hasta que yo te avi­
se, cuando estés próximo a llegar al suelo.
Pero salta de prisa y corre en seguida hacia
tu derecha para que el avión no te coja deba­
jo al aterrizar...
— No sé sí me dará tiemipo.
— Sí te dará; pues ya tendré cuidado de
bajar muy despacio...
Comenzó a descender verticalmente el he­
licóptero, y cuando sólo le faltaban unos diez
metros para tocar con el áncora el suelo
donde Tinkert cabalgaba, gritó Gahel:
— Abrelos y avisa al tirarte.
— Ya— contestó Tinkert saltando a tierra
cuando se víó a poco más de un metro de
ella, y corriendo al tocarla, obedeciendo al
otro, que al mismo tiempo que gritaba "fue­
ra, fuera”, detenía un instante la ya lenta
bajada del aparato para reanudarla hasta
tomar tierra al ver en franquía a Tinkert.
Recibido a bordo el nuevo pasajero, y no
queriendo el Gran Caid que su conversación
con él fuera oída por el piloto, cuyo asiento
delantero quedaba inmediato a ellos, dió or­
den a éste de poner rumbo a la corraliza de
Abalakh, donde Mohamed, en espera del re­
greso de su huésped, continuó aguardando
hasta terminar éste su contenencia a solas
con Tinkert.
En ella fué enterado el antiguo capataz
de Moyfslt de que el martes próximo veni­
dero estallaría el alzamiento; pero que no
sólo no habían de tomar parte, por lo pronto,
en él las taifas que a sus órdenes tenía, sino
abstenerse de hostilizar la Residencia, para
captarse la confianza de Duvery y los suyos;
tendiendo a conseguir que cuando les lle­
gara la noticia de estar amenazados de in­
minente ataque, les ocurriera, en vista de
tan probada lealtad, reforzar la guarnición
del centro ferroviario con tal gente, que una
vez dentro facilitaría el cometido de la que
Abd-el-Gahel tuviera afuera.
Ha de advertirse que, aparte ir, como todo
el mundo, cubierto siempre con el litzam,
no era conocido Tinkert de ninguno de los
capataces, ingenieros ni ayudantes del ferro­
carril, ni siquiera del mismo Duvery, lo
cual hizo posible que en una de las cua­
drillas de jornaleros dagatums sobrantes al
suspenderse las obras del ferrocarril y con-

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
102

El escrito que tal efecto producía estaba
tratados por Lobera en las fie la Heliodiasi
redactado:
nárnica, los cuales residían y trabajaban
Yo,
el Vengador, ordeno a cuantos lean
fuera de las trincheras de la Residencia,
esta
orden
que obedezcan a Tinkert como
fuera admitido como simple bracero cuan­
obedecerían a Abd-el-Qahei.
do para sustituir a uno que, enfermo se
— En manos de nadie he puesto nunca un
retiró a su aldea, lo presentó un cabo indí­
arma semejante— prosiguió Gahel— ; pero
gena de tajo al capataz de la cuadrilla.
Pero el que para ingenieros y ayudantes íes que a nadie tuve que confiar nada que me
interese como lo que a ti te confío al ale­
franceses no era sino un paleador de tierras
jarme de Techiasco; y si tan grande es tu
removidas, era para los dagatums,^ al pare­
cer sus compañeros, el respetado jefe pues­ agradecimiento, un modo sólo tienes de pro­
bármelo.
to por Africa Vengadora a la cabeza de los
— ¿Cuál?
hermanos de Techiasco, a quien prestaban
— Jurarme que, ocurra lo que ocurra, no
la obediencia ciega que habían prometido al
ha de escapárseme la hurí rubia, y que he
juramentarse en la terrible sociedad.
de hallarla viva y sana a mi vuelta.
_Pas» ín míe Dase— le decía Gahel en la
-— Si no la encuentras, tampoco me en­
entrevista de Abalakh— ; oigas lo que oigas;
contrarás a mí.
sean las que quieran las noticias que de
— Oye: es posible que al saberse la ma­
nuestro triunfo os llegarán, es preciso que
tanza de todos los franceses les dé a los de
contengas a tus hombres, impidiendo todo
la Residencia la idea de aprovechar la pia­
intento contra la Residencia y hasta contra
ra de viles dazas y asquerosos congoleses
ninguno de sus moradores.
que allí tienen para procurar retirarse a la
_Pero al saber que en todas partes ma­
frontera inglesa, donde, aunque a todos los
táis vosotros perros, no querrán ser menos;
harían prisioneros, no los matarían.
tal vez me haga sospechoso a ellos y me sea
— Puede ser; pero nosotros somos más en
imposible contenerlos.
Techiasco, donde tengo armamento para to­
— Por lo pronto, promételes que nada per­
dos, y una vez fuera ellos de sus parapetosderán por aguardar.
ios haríamos polvo.
— Pero aun así...
— No: no es eso... Del combate no sabe­
— Tienes razón. Aguarda.
mos qué resultarla; tal vez su muerte, la
Al decir esto sacó Abd-el-Gahel del bol­
de su padre y su hermano, de las que no
sillo un mazo de volantes con el membrete
quiero pueda ella culparme.
terrorífico de que en otra ocasión hemos ha­
-— Entonces... ¿qué hago?
blado, cortando dos de aquéllos y escribien­
— Si efiectivamente intentan esa retirada,
do en uno:
emplear toda la fuerza que preciso sea en
A Tinkert, Caid d-tí Techiasco.— Bajo pena
separar de la columna (el grupo en dondede la vida a ti, o que tú le impondrás a quien
vaya Emma, apoderarte de ella, llevarla a.
te desobedezca, queda prohibida toda hosti­
lugar seguro y avisarme por telégrafo adon­
lidad contra el centro ferroviario ni contra
de me encuentre. Y nada de hacer fuego ha­
quienes en él viven, hasta que en el momen­
cia donde ella vaya: arma blanca no más,
to debido se te ordene atacarlos.— El Ven­
sacrificando cuanta gente sea preciso, sin
gador, Abd-el-Gahel.
cuidarte de otra cosa que die ella. ¡Y des­
— Esto— dijo entregándoselo— para que
lo utilices si te es preciso. Además, cuando graciados de vosotros como se os escape;
desgraciados si llegare a rozarla el viento de
hoy llegues allá dales a tus cabecillas de tai­
fa la noticia de que el martes reventará la una bala; desgraciados si a mi vuelta vec­
mina. Con lo que, viendo ellos que de ante­ en su piel un arañazo!... Si coges al padre
mano sabes cosas que hoy sólo pueden cono­ y al hermano, evita que los maten, diciendo
que quiero ejecutarlos a los tres en la plaza
cer los más altos jefes, crecerá tu prestigio
con ellos; y para que llegado el caso de pro­ de Orán; pero si entonces o antes puedes
hacer que muera...
ceder como ahora te diré, nadie se atreva a
— ¿Su marido?
ponerte obstáculos y seas de todos obedeci lo
— No lo nombres así, o...
cual lo sería yo, toma.
Cogió Tinkert el segundo volante que
Gahel le entregaba; y apenas lo leyó, cayó
ante éste de rodillas exclamando:
El resto de la conversación, que después
— ¡Gracias, Gran Señor, gracias!
de lo dicho se prolongó ya poco, fué dedi­
— No te quejarás de mi confianza.
cado a consultas y puntualizaciones sobre el
— ¡Gracias, gracias! Puedes tenerla en
estado a que llegaban los trabajos en ciertas
mí... Pero gracias, gracias.
misteriosas galerías de minas, y cuando ya

POLICIA TELEGRAFICA
Tinkert se despedía de su jefe, disponiéndose
a tomar la senda de Techiasco en una motoci­
cleta que le dió Mohamed el contratista, se
acordó Abd-el-GaUel de los gendarmes a
quienes habían burlado, preguntando al pri­
mero cómo había conseguido despistarlos;
y al referirle su alter ego el ardid para ello
empleado, agregó que, para él, era induda­
ble que algún traidor había dado a Bertier
soplo de la cita en Okhom.
Convino en ello Gahel; y después de un
momento de silencio, como si recapacitara,
dijo;
— Que yo había de ir hoy a Okhom no lo
sabíamos sino Ben-Cassim, tú y y o ; pues ni
el mismo Mohamed... ¡Ah, Morand!... Adiós,
Tinkert. Cuando otra vez nos veamos pocos
serán los perros que en el Sahara queden
vivos.
— Que Al-lah te oiga y te guíe, Gran Se­
ñor.

103

A prima tarde ya estaban Ab-el-Gahel y
Mohamed en casa de éste, hn Agadés, adon­
de, cual la víspera, llegaron en un side-car,
cruzándose con Bertier de regreso a su casa
a acabar la comida interrumpida por la con­
ferencia en que Raúl le habla informado de
la de la noche anterior entre Ben-Cassim
y Gahel. Ni al verlo éste podia sospechar es­
tuviera de pe a pa enterado de las órdenes
que la noche antes habla él dado al Elgab, ni
el otro imaginar que el conductor de aquel
side-car, desde donde Mohamed lo saludaba
cordialísimam nte, fuera el Núñez de ma­
rras, el Vengador de ahora y el que aquella
mañana se le habla escurrido de entre las
uñas al teniente: cosa que aun ignoraba el
capitán, pero que iba a tener el disgusto de
saber al llegar a su casa, en donde, de regre­
so de Okhom, y muy mohíno, lo estaba ya
aguardando el oficial.

• • •

XXVI
QUIEN MAL ANDA, MAL ACABA
A raíz de una conversación reservadísima
de Gahel y Mohamed, se fué el segundo al
telégrafo, y después de poner un telegrama,
se detuvo, al salir de la estación, en el za­
guán de ésta a echar un párrafo, no breve
ni en voz alta, con el ordenanza de ella.
Por entonces vomitaba Bertier sapos y cu­
lebras al enterarse de lo ocurrido en Okhom:
y Cuando parecía habérsele acabado el re­
pertorio y sosegado el berrinche, lo asaltó
nuevo acceso de ruidoso coraje al ver que
estaba escrito no acabara su comida aquel
día; pues cuando iba a reanudarla le avisó
su ordenanza que el Jefe de Telégrafos tele­
foneaba haber llegado a la estación, don­
de estaba a sus órdenes.
Obedecía tal recado a que, al recibir el
capitán las gravísimas noticias telegrafiadas
por Raúl desde Ziza, resolvió circularlas in­
mediatamente a sus jefes y a los capitanes
de gendarmería; mas pareciéndole demasia­
do alarmantes para enterar de ellas a nin­
guno de los telegrafistas, envió en busca del
jefe, suponiendo que mientras el ordenanza
fuera a casa del llamado y acudiera éste a
la llamada, tendría tiempo de acabar de co­
mer. Pero como entre la comida y él se in­
terpuso el teniente, y cuando terminaba éste
el relato del fracaso de Okhom llegó el avi­
so del otro, haciéndole pensar que la impor­

tancia de las noticias que Iba a telegrafiar
no admitía demora, renunció ya definitiva­
mente a los dos platos que aun le faltaban por
comer, yéndose al telégrafo, pero con la ra­
bieta exacerbada; pues aun siendo hombre
para quien el deber pesaba más que una co­
mida, no era su abnegación cual para hacer
gustoso el sacrificio.
Después que, a solas el jefe y él en el te­
légrafo, transmitió el primero los avisos que
le ordenó el segundo, peinó éste pelo arriba
al acuitado funcionario, cuando le confesó
atortoladísimo que, en efecto, Morand pres­
taba servicio desde hacía tres semanas en el
turno de noche y dormía en la estación, por­
que, atendiendo a sus dificultades económi­
cas, había él autorizado lo uno y lo otro.
Hecho una estatua se quedó el pobre hom­
bre al decirle Bertier cómo pagaba aquel
tunante sus bondades, conviniendo ambos
hora y modo de cogerlo in fraganti aquella
misma noche, cuando tuviere los aparatos
arreglados a la frecuencia de las estaciones
clandestinas.
Después de esto fué cuando el citado jefe
transmitió a In-Iza la noticia de haber­
se frustrado lo de Okhom y el consejo apre­
miante a Raúl de que inmediatamente re­
gresara; y recibida la contestación del últi­
mo, confesando la imposibilidad de hacerlo,

104

B IB LIO TE C A N O V E LE S C O -C IE N TIFIC A

puso a In-Salah el despacho en que el capi­
tán excitaba calurosísimamente a su colega
para que echara el resto en el salvamento
del hijo del mejor amigo del apenado Bertier, del mejor sargento de la gendarmería
sahárica y de los infelices compañeros de
ambos.
Este fué el último telegrama puesto por
la estación de Agadés, que a consecuencia
de sucesos precipitadamente eslabonados en
la noche de aquel sábado, cesó de funcionar.
A las once y media de ella llegaron a la
oficina telegráfica B ertier y el jefe de ella,
abriendo éste la puerta con una llave que
en su poder tenía, para poder vig ila r al or­
denanza que allí pernoctaba, pero de la que
nunca hacia uso.
Una vez dentro, avanzaron de puntillas
hasta la entrada del salón de aparatos, don­
de, efectivamente, estaba el desleal telegra­
fista, pero de muy otra manera cual pensaban
hallarlo: bañado en sangre y tendido en el
suelo con la clásica puñalada por la espalda
de los vengadores, gemela de la que en Tadelaka dió a Lobera Cassim, y con vida, a
lo sumo, para una hora.
A l ver entrar al capitán le brillaron los
ojos con esperanza de alcanzar algo ansio­
samente deseado.
— Quiero declarar— dijo trabajosamen­
te— ; pero no... puedo... me ahogo.
— Ayude, ayúdeme por ese lado a levan­
tarle un poco la cabeza y el cuerpo...
Obedeciendo el jefe este mandato de Ber­
tier, entre ambos incorporaron al herido, que
en cuanto estuvo en tal postura, y sin de­
ja r hablar al capitán, le dijo:
— N o pierda tiempo en preguntarme. Ten­
go muy poca vida y no quiero m orirme sin
vengarme de quien me mata sin motivo,
sólo para que no hable... Pero hablaré. Me
asesina el Vengador..., el que escapó de casa
de Moyfsk... Y anoche ordenó desde aquí
mismo que... que al amanecer del... martes
sean asesinados todos los cristianos...
— ¿Cómo? ¡Tan pronto!... ¿Estás seguro?
— Sí. Pero déjeme... El, o el recaudador
por orden suya, ha hecho que el ordenanza
me asesine.
— ¿El ordenanza? ¿Lo has visto?
— Sí; pero no penséis en ése hasta haber
cogido a Abd-el-Gahel... que hoy debe dor­
m ir en... casa., de Mohamed... Si no lo ma­
táis... él os matará... a... todos.
— Corra usted al cuartel, corra, y diga de
m i parte que a la carrera vayan cuatro pa­
rejas a rodear la casa del recaudador— dijo
B ertier al jefe de telégrafos— . No, no- voy
yo a buscarlas. Usted aguarde aquí otra que
le enviaré.

— Me muero... me muero. Yo no quiero
morirme hasta saber que lo han cogido.
*

*

*

Con la orden de apuñalar a Morand habla
dado aquella tarde Mohamed al orde­
nanza la de que en cuanto lo hiciera regis­
trara el baúl y las ropas que el telegrafista
tuviera en el zaquizamí donde se acostaba,
para recoger y llevar al contratista cuantos
papeles hallara; pues por serle a éste muy
penosa la tarea de cifrar y descifrar los te­
legramas de la conspiración, se había hecho
ayudar por Morand en tai trabajo, contra­
viniendo la orden del Diván de que los Cal­
óes de comarca realizaran por sí ambas ope­
raciones, sin delegarlas en los telegrafistas
clandestinos, y tenía mucho miedo de que
con mala intención o por descuido hubiera
conservado aquél minutas: tan comprome­
tedoras si caían en poder de los gendarmes,
como de ir a manos del Vengador.
Cumpliendo aquel encargo estaba el orde­
nanza, con pensamiento de ir a cerciorarse
cuando lo terminara de si Morand había ya
muerto, y si no rematarlo, cuando oyó el
ruido de la puerta del salón de aparatos,
al cual abría la única, entornada a la sazón,
del cuchitril donde él se hallaba; y al
enterarse de quiénes eran los recién ven i­
dos y de que le cortaban la retirada, pensó
en huir por la ventana del cuartucho aquél,
absteniéndose de ello temeroso del ruido
que sabía hacía al abrirse, por encajar muy
prietos en el marco sus batientes.
Oculto tras la hoja de la puerta semiabierta, se enteró de la denuncia de Morand;
y cuando vió a Bertier marcharse dejando
solo al jefe, perdió el temor de meter ruido,
abrió rápidamente la ventana, que daba a
diferente calle que la puerta por donde aquél
salía, saltó afuera desde altura que no lle­
gaba a un metro, y en tanto el capitán co­
rría al cuartel a levantar a los gendarmes,
cuan a prisa lo consentían sus cincuenta
años y sus noventa y cinco kilos, volaba él
en dirección opuesta a casa de Mohamed,
que impaciente le estaba ya aguardando en
el portal, tras el portón cerrado.
'
1° he matado: es decir, casi. Pero
no me preguntes más ahora, y huye huye.
"i si está aquí el Vengador, que huya tam­
bién.
— Pero ¿qué pasa?
Que vienen los gendarmes a prenderos;
que. Morand ha dicho al capitán que está
aquí el Vengador.
¿Pero cuándo van a...?
- Si pierdes tiempo, lo cogen y te cogen.
Seguido del ordenanza entró el recau-

POLICIA TELEGRAFICA
dador donde trabajaba Abd-el-Gahel, a quien
explicaciones tan rápidas, o todavía más,
que las anteriores bastaron (pues apreció
en seguida no ser buiena ocasión de pedir­
las más amplias) para ver el peligro, reco­
ger apresuradamente su gumía, su pistola y
sus papeles y salir diciendo:
— Al side-car. ¿Tiene esencia abundanteí
— No sé. Pero en el garaje la hay.
Momentos después Abd-el-Gahel, condu­
ciendo la máquina, y los otros dos en la nave­
cilla, salían a gran velocidad por el camino
opuesto al que desde el cuartel habría de
traer la tropa.
Pero apenas salidos de Agadés, y sin in­
terrumpir la marcha, quiso enterarse el
Gran Caid de cómo había sabido el capitán
que él estaba en casa del recaudador: y
cuando oyó que Morand había revelado la
fecha del alzamiento— sin comprender cómo
podía conocerla, pues tuvo buen cuidado Mohamed de no explicárselo— , detuvo la moto,
preguntó al ordenanza si Bertier había sa­
lido a buscar a los gendarmes mucho antes
de saltar él por la ventana, y al saber que
a la par casi salieron cada uno por su lado,
dijo:
— ¿Cuánto habrás tardado en llegar a casa
de Mohamed y cuánto hará ahora que sa­
liste de la estación?
— Fui como una flecha. El que perdí ha­
blando con Mohamed y el que... Bueno, vein­
te minutas... no, no llegan.
Sin contestar, pero echando cuentas de
lo que el capitán tardaría en llegar al cuar­
tel, no cercano, levantar a los gendarmes, Ir
a casa del contratista, registrarla hasta con­
vencerse de la fuga y ordenar la persecución,
puso de nuevo Abd-el-Gahel el motociclo
en marcha a cuanta podía dar, mientras
su pensamiento trabajaba intensamente, ela­
borando un plan de ejecución muy rápida.
En nueve minutos devoraron los quince
kilómetros de Agadés a Abalakh.

105

Por el camino había pensado Mohamed
que, descubierta la fecha del levantamiento
y frustrada, por tanto, la sorpresa de él, po­
dían las cosas no salir tan al gusto de los
conjurados cual se las prometían, por ser
muy diferente golpear en confiados a con­
tender con apercibidos: y por ello expuso a
Abd-sl-Gahel sus temores de que el ca­
pitán telegrafiara la fecha del alzamiento
a todas partes, en cuanto a la mañana lle­
gara la hora de abrir las estaciones de la
telegrafía oficial.
— Te equivocas: no aguardará a la maña­
na, pues tengo la certeza de que tan pronto
pierda la esperanza de cogerme esta noche,
se volverá al telégrafo; y aunque El Golea
y Tafilete, que son las dos estaciones oficia­
les más próximas de sen-icio permanente,
están muy alejadas, hará los imposibles por
comunicar con ellas.
— Entonces estamos perdidos: la rebelión
ha fracasado.
— Verdad sería si tuviera un jefe tan fá­
cil de acobardarse como tú. Y si estás a bien
con tu vida, no se te ocurra hablar en ese
tono donde puedan oirte otros que yo.
— Señor, señor; no tengo miedo.
— Pero te falta serenidad y seso. Basta.
Sin perder un segundo, que alisten el hélico
llenando los depósitos de esencia para ha­
cer, si es preciso, el recorrido máximo, y
que lleven a él tres o cuatro metros de cuer­
da fuerte, pero suave.
Cuando Abd-el-Gahel dió esta orden ya
había trazado, con tanta rapidez como frial­
dad, un atrevidísimo proyecto, planeado en
los minutos invertidos en llegar a Abalakh,
y resuelto no fiarse para su ejecución de na­
die: pues lo que en él se ventilaba (asegu­
rar la sorpresa del alzamiento) merecía, en
su i;ntfnder, quie el caudillo se jugara la
vida.

XXVII
PORQUE NO CONTESTABA LA ESTACION DE AGADES
Por no ser hombre el Gran Caid que en­
terara a subalternos de sus resoluciones an­
tes de ejecutarlas, nada dijo al contratista
de cómo impediría a Bertier telegrafiar; mas
siempre atento a aprovecharse de cuanto
pudiera realzar su prestigio, quiso poner pa­
tente que la amenaza era aún más grave y
bl conjurarla más difícil de lo que a aquél

se le alcanzaba. Por eso, mientras el piloto
alistaba el hélico, dijo al recaudador:
— Todavía hay otros peligros que no has
visto; pues aunque el capitán no consiga for­
zar la longitud de ondas lo bastante para
comunicar con las lejanas estaciones per­
manentes no aguardará hasta que a la ma­
ñana abran las limitadas; porque no siendo
un tonto, se acordará de la telegrafía ordi-

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
naria del ferrocarril, cuyo servicio no se in­
terrumpe por la noche.
_E S verdad, es verdad. No se me habla
ocurrido.
_A mi sí. Por eso mando: porque pienso
en todo.
_Pero entonces no hay medio de evitar...
_No lo habría a no estar aquí yo, y a no
haberse engolosinado ese hombre con pren­
der al Vengador: no lo habría si, al escapar,
no me hubiera yo acordado sino de mí; mas
felizmente, mientras le pasa a ese lebrel la
fiebre de la caza y la rabieta, cuando vea
que otra vez se le ha ido la pieza, pasará,
por lo corto, hora y media, o tal vez más, no
habiendo miedo que antes telegrafíe. Ca:
como si lo viera sé que el telegrama qu'e
tiene en la cabeza ahora es: “Descubierto
plan rebellón general amanecer martes. Ten­
go preso ai Vengador” ; pues piensa, con ra­
zón, que divulgar esta última noticia serla la
desmoralización de los nuestros, y porque
ahora se está además regodeando con el
exitazo con que se va a pavonear diciendo:
“He prendido al jefe de la rebelión.”
— Bien; pero eso, ¿qué implica?
-— Que como ha de costarle trabajo re­
nunciar a ese éxito, perderá tiempo en re­
gistrar tu casa hasta el último rincón. Y
como yo no he de perderlo...
Además, el cambiar la longitud de onda
que Morand tendría arreglada a la de nues­
tra red no ha de ser breve, pues para ello
acudirán de primera intención al varióme­
tro que altera la inducción mutua de los cir­
cuitos interiores y de la antena, y no logra­
rán nada, pues anteanoche precisamente hice
yo que Morand la acortara sin tocar al varió­
metro, modificando disimuladamente las ca­
pacidades de los condensadores. Hasta que,
a fuerza de probaturas, lo descubran tienen
para rato.
— Pero si tanto tardan, tú mismo has di­
cho que el capitán se irá al telégrafo ordi­
nario.
-—Sí, pero solamente cuando se le agote
la paciencia: después de perder el tiempo
que yo le habré ganado; y entonces...
— ¿Qué vas a hacer?
— Ya lo verás... Vamos.
Al decir esto echó a andar Gahel hacia
donde estaba el avión.
— ¿Voy yo contigo?
— Sí, y el ordenanza. Y como todavía so­
bra una plaza, que venga también uno de
sus hombres con dos hachas de fuerza. ¡Eh,
tú, piloto, descuelga el ancla de repuesto!
Obedecida esta última orden, hizo Abdel-Gahel que con la cuerda anteriormente
pedida fueran atadas fuertemente una a
otra las cañas del áncora pendiente del hé-

lico y de la de repuesto, y afianzados los
brazos de una en otra, de modo que, cru­
zados perpendicularmente, formaran una
sola ancla de cuatro garras.
Terminada la explicada operación, en la
que se fué casi un cuarto de hora, y cercio­
rado personalmente el Gran Caid de la
firmeza del amarre, subieron los cinco tri­
pulantes al helicóptero, que alzó el vuelo
una hora después de salir Bertier de la es­
tación.
Habíasele ido dicho tiempo al capitán en
hacer levantar a sus gendarmes, correr con
ellos a casa de Mohamed, rodearla, penetrar
en ella, y perder no poco mientras deudos
y criados, en pie todos, se hacían los dor­
midos y simulaban levantarse y vestirse:
entorpecimientos y dilaciones cuyo resultado
fué hacer coincidir el momento de dar el ca­
pitán sus primeras disposiciones para un re­
gistro escrupuloso con el de la salida de
Abalakh del helicoplano, alumbrado por la
Luna en creciente.
Cuando, a los pocos minutos de partir,
llegaba sobre Agadés, sumido en el silencio,
Abd-el-Gahel, junto al piloto, dijo a éste
unas palabras en voz queda, y el aparato
acortó la marcha, descendió hasta quedar a
cuarenta metros sobre terrados y azoteas, y
enderezó su vuelo hacia seis hebras horizon­
tales de argentada luz, que tales parecían
los alambres paralelos de la antena de la
estación rad i otelegráfica iluminados por los
rayos de la Luna.
Por sus opuestas puntas se amarraban los
alambres a dos travesaños perpendiculares
a la dirección de ellos, y a su vez presos con
fuertes vientos a sendas pértigas, de vein­
ticinco metros de altura sobre la azotea.
— Alto el motor— mandó el Vengador al
verse cerca de la antena.
Y cuando estaba ya el avión sobre ella,
agregó:
— Ahora, la hélice vertical; y baja bien
a plomo y despacio... No, no: así, no. Sube,
vira y aléjate Hemos perdido el tiempo.
Lo que Abd-el-Gahel quería no era rom­
per los alambres con un tirón del ancla, cosa
muy fácil, pero con la que no se contenta­
ba; pues de no hacer más, bastaría a los te­
legrafistas empalmarlos a la siguiente ma­
ñana para poner la antena en estado de ser­
vicio. Y como esto no le convenía, aspiraba
a enganchar el áncora en uno de los trave­
saños extremos y tirar de él con la fuerza
d“ l avión lanzado ítl marcha hasta romper
sus dos vientos: llevándose a remolque la
antena entera, la cual arrancaría también
el otro travesaño de su pértiga.
Cuando se vió alejado unos quinientos
metros de la estación, dijo al piloto:

POLICIA TELEGRAFICA

__ Es preciso llegar allá volando enfilados
perfectamente con los alambres de la ante­
na... No, no... Sigue adelante sin descender:
el ancla no ha de tocar a la llegada a los
alambres. No quiero probaturas... Trae, trae.
Gahel, que era un magnifico piloto, se hizo
cargo del gobierno; y retrocediendo nueva­
mente, dando virada todavía más amplia que
antes, y alejándose a mayor distancia que
en las pasadas intentonas, retornó hacia
la antena, fija la vista en ella, rectificando
desde lejos el rumbo hasta volar recto en
la dirección de sus alambres. Refrenó des­
pués y paró el motor horizontal hasta que­
dar quieto sobre ellos, sostenido por el giro
de la hélice de altura, logrando que, al des­
cender muy lentamente el aparato, entrara el
ancla entre los alambres. Consguido esto,
dió, sin perder segundo, marcha avante ho­
rizontal, que hizo avanzar el ancla bajo
aquéllos, hasta que el cable de ella tropezó
en la cruceta del travesaño, que quedaba a
proa. La marcha del avión, cada vez más
rápida, tiró de dicho cable, que resbalando
sobre la cruceta, hizo subir el áncora verti­
calmente hasta cebar sus uñas en el trave­
saño y arrancarlo de cuajo, con un crujido
en pos del cual se sintió otro mayor y una
sacudida del hélico al vencer la resistencia
de los vientos del opuesto lado a despren­
derse del otro poste dejado por la popa, que
quedó torcido. Y cual ave rapaz que ha en­
garrado su presa, remontó el vuelo el heli­
cóptero y escapó al norte con la antena ro­
bada.
— Eres valiente, sabio, grande, muy gran­
de... Pero...
— ¿Pero qué?
— Que les queda el telégrafo de la vía
férrea.
— Si se lo dejo. No me habría tomado
este trabajo sí había de quedarles la tele­
grafía ordinaria.
Para inutilizarla aterrizó Gahel a veinte
kilómetros de Agadés, junto a la línea; y
mientras entre Mohamed y el piloto des­
embarazaban el ancla de la antena arrastra­
da, y con un cortalambres de la caja de
herramientas del avión troceaban los de
aquélla, para evitar fueran utilizados si eran
recogidos, hizo el Gran Caíd que entre el
ordenanza y el obrero derribaran a hachar
zos dos postes del telégrafo.
Una vez caídos, entre ellos fué cortado el
alambre, amarrado al ancla, arrancado de
los aisladores y los postes en extensión su­
perior a un kilóm etro cuando el avión se
puso en marcha, y cortado en cuanto se ad­
virtió que el peso de él tiraba demasiado.
— Esta avería no podrá estar reparada lo
más pronto hasta mañana a mediodía, 7

107

cuanto desde aquí avisen a Agadés que ya
p a id ; telegrafiar será inútil.
— ¿Por qué?
— Por que treinta kilómetros más ade­
lante, y otros treinta más lejos, vamos a
repetir la suerte. Cuando terminen el último
de estos empalmes habrá estallado ya la in­
surrección.
Ya de día claro quedó consumada la tarea
de cortar línea, y al oír el Vengador rego­
cijarse a Mohamed con la certeza de que ya
no podría Agadés telegrafiar, le conti stó
con aire de despectiva superioridad:
— Mal nos saldrían las cuentas a ser tú
el Vengador.
— ¿Por qué. Señor?
— Porque Bertier telegrafiaría hoy mismo
— ¿Pero cómo?... ¿Por dónde?... SI le has
quitado todo medio?
— Porque en el tren que saldrá esta tarde
de Agadés enviará un oficial a la primera
estación telegráfica del gobierno o de la
compañía, a cursar el telegrama que él no
pueda transmitir. Convéncete, Mohamed: es
peligroso suponer tonto al enemigo.
—Verdad, verdad. Es admirable, no se
te escapa nada, porque eres el elegido de
Al-láh.
— Porque lo soy, porque Al-láh me ilumi­
na, veo lo que no veis vosotros— contestó
desenfadadamente el audaz farsante— . Por­
que todo lo vi desde el primer instante, te
hice traer la dinamita; pues recordaba que
a pocos kilómetros de aquí, entre Affaza y
Albés, están las laderas del barranco de la
vía férrea erizadas de disformes peñascos
suspendidos sobre ella, y a la cual caerían
a un pequeño empujón, interceptándola por
varios días.

A las diez de la mañana quedaba ejecutada
la última fechoría de Abd-el-Gahel en el fe­
rrocarril; una hora más tarde desembarcaba
en Tafidet al recaudador, al obrero y al ordenaza, encargando al primero se fueran a
aguardar en Tinteloust sus órdenes; pues
estando Bertier ya sobre aviso quedaba sus­
pendido el alzamiento en la zona de Agadés,
hasta que él enviara refuerzos de las cerca­
nías, suficientes a aplastar al prevenido ve­
terano.
Como éste y el Vengador tenían de común
la cualidad de pensar lógicamente, apenas
el primero se convenció de que otra vez se
le iba de entre las manos el segundo, no
bastó la rabieta de esta nueva decepción a
hacerle olvidar la urgencia de avisar a las
autoridades, lisonjeándose de que las cin­
cuenta y dos horas que todavía faltaban
hasta el amanecer del martes les darían

108

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

tiempo de arrestar a los sospechosos en cada
localidad y de adoptar disposiciones en de­
fensa de las vidas y haciendas de los euro­
peos.
Pero habiendo la serena perspicacia de
Gahel utilizado la ventaja que en tiempo
había tenido, ya clareaba el alba del domingo
cuando se echó de ver el robo de la antena,
pues el estrépito de su arrancamiento a na­
die reveló la substracción en el momento de
ser llevada a cabo, por hallarse Bertier en­
tonces en casa de Mohamed, y porque en
cuanto el jefe de telégrafos se repuso del
susto del asesinato y de las revelaciones de
Morand, pensó que aun siendo éste un bri­
bón era inhumano dejarlo morir sin asis­
tencia, y se fué a buscar al médico, que no
vivía cerca, y a cuya puerta estaba aguar­
dando se vistiera y bajara, cuando A bd-elGahel se llevó la antena. En cuanto al tele­
grafista apuñalado no se sabe si oyó o no

oyó aquel ruido, pues cuando a su lado llegó
el médico habla ya muerto.
En lo que únicamente se equivocó el Ven­
gador fué en la hora en que, al verse pri­
vado del telégrafo inalámbrico y del ordina­
rio, se le ocurriría a Bertier enviar por fe­
rrocarril a telegrafiar desde otra estación;
pues en vez de aguardar la del tren ordina­
rio, envió a las diez un teniente en una lo­
comotora, el cual volvió a las dos trayendo
la noticia de que en la quebradura de Affaza
estaba obstruida la vía.
Como el alambre de repuesto en la esta­
ción, suficiente a remendar usuales averías
no bastaba para la inverosímil pérdida total
de la antena, ya sabemos por qué ni Raúl ni
nadie pudo comunicar con Agadés el sábado
ni en los días sucesivos, restándonos tan
sólo, antes de retomar junto a los desven­
turados de In-Ziza, relatar lo acaecido en
Agadés hasta que a ellos los perdimos de
vista.
J

XXVIII
EN RETIRADA
Mientras lo preocupó predominante el
afán dé prevenir a los demás del general pe­
ligro no se acordó Bertier del propio; pero
apenas desvanecida aquella esperanza pensó
que, aislado de sus jefes y sin posibilidad
de recibir socorros, sobre él, por ser la su­
perior autoridad en la comarca, pesaba la
obligación de defender a los europeos de la
de Agadés.
Conocida la fecha del alzamiento, la pre­
sencia del Vengador en Agadés en día inme­
diato a ella, parecía indicio de dar éste espe­
cial importancia al éxito de aquél en la ca­
pitalidad de la demarcación. Pensando en
esto, receló Bertier que de ser así podría muy
bien verse sorprendido por una concentración
de hermanos africanos por el estilo de la des­
cubierta por Raúl sobre Techiasco; pero no
demorada como ésta, sino ya en vías de eje­
cución, para caer sobre la capital de] A ir con
fuerzas importantes el día del general levan­
tamiento.
Bien sabía él que reconcentrando con ra­
pidez los más próximos destacamentos y en­
cerrándose con ellos en el reducto, sería difí­
cil a bisoños rebeldes hincar el diente, aun
cuando fueran muchos, a prevenidas tropas
regulares, de este modo quedarían salvadas;
pero a costa de abandonar inerme, a las

hordas de asesinos, la población civil eu­
ropea (unos trescientos habitantes entre
hombres, mujeres y niños), que ni cabía en
el reducto, ni podía ser eficazmente defen­
dida fraccionando la gendarmería en las ca­
lles, cuyas casas estaban casi todas habita­
das por los enemigos.
Se le ocurrió, además, que a poder reunir­
se con la gente de la Residencia llevando a
ella sus gendarmes y los vecinos de Agadés
válidos para combatir y bien provistos, como
todos los moradores del Sahara, de armas y
municiones, tendría un núcleo de millar y
medio de hombres, defendidos por buenos
parapetos, dotados de elementos de defensa,
> que, mejor o peor, cabría cobijar en cocherones y cobertizos ya existentes y en tin­
glados de fácil improvisación con el abun­
dante material del centro ferroviario.
De otra parte, la estación radiotelegráfica
en Agadés inútil, permitirla, instalada en
Techiasco, comunicar con poblaciones o con
tropas y hasta combinar planes con ellas,
capaces de contrarrestar la rebelión; y cuan­
do no, hablar siquiera con Cádiz, Canarias,
o las potentes estaciones de la Guinea o el
Congo, para dar noticias de la catástrofe a
la metrópoli y pedir auxilio.
El problema de llegar a la Residencia con

POLICIA TELEGRAFICA
toda la población civil, tal vez teniendo que
abrirse paso a través de bandas de rebeldes
en la marcha de doscientos cuarenta kiló­
metros, no era fácil; pero ochenta gendar­
mes de Agadés, cuarenta o cincuenta de los
puestos cercanos, reconcentrados en veinti­
cuatro o treinta horas— dejando los más dis­
tantes al cuidado de Dios, pues Bertier no
debía sacrificar los más por salvar a los me­
nos— y ciento veinte a ciento treinta paisa­
nos armados serían en campo raso hueso
muy duro para insurgentes aün no foguea­
dos.
Como no era hombre el capitán dado a va­
cilaciones, y veía la urgencia de no perder
minuto en los dos días escasos de que le era
posible disponer, ya a la media hora de reci­
bir la noticia de la interceptación de la vía
tenía resolución tomada y plan trazado.
Al mismo tiempo que un teniente corría
a ordenar al jefe de estación que suspendiera
la salida del tren de la tarde y fuera sin
demora a presentarse al capitán, cuatro pa­
rejas en motociclos partían a llevar a los
puestos cercanos órdenes de que, sin perder
momento, se reconcentraran sobre la capital
con meharís, motos y sidecars, trayéndose
sus familias quienes las tuvieran; un orde­
nanza iba a buscar al Jefe de Telégrafos y al
último oficial todavía no empleado, y otros
dos a traerse a los seis vecinos franceses de
mayor prestigio en la población; y cuando
Bertier tuvo reunidos en su despacho a to­
dos los llamados, dijo:
— No puedo perder tiempo en explicar
porqué; pero mañana a media noche no ha
de quedar un europeo en Agadés.
— ¡Cómo! Pero...
— No hay tiempo de que hable nadie más
que yo. No se llevarán sino las ropas perso­
nales, un colchón y una manta por cabeza,
— Pero con esa precipitación.
— En ella van las vidas de vuestras mu­
jeres y de vuestros hijos.
— Sí, pero...
— No tengo tiempo sino de ordenar, y so­
lamente así puedo salvaros.
Usted, Marceau, ponga parejas a las ór­
denes de dos sargentos y seis cabos, para
que dentro de cinco minutos comiencen a
requisar camiones, carros y autos en todo el
pueblo, y en media hora los tengan cargados
de víveres que tomarán, quieras que no, en
tiendas y almacenes, pagando con recibos a
liquidar después.
— ¿Qué clase de provisiones» ¿Hasta qué
cantidad?
— Cosas que se peguen al riñón, nada de
fruslerías de regodeo. La cantidad... Diga
Pichegru, ¿cuántos vagones de mercancías
tiene usted disponibles en la estación?

109

— Tengo que verlo.
— Telefonée al subjefe que los cuenten
ahora mismo. En esa habitación de al lado
está el teléfono. Vaya, vaya. Marceau, re­
quise por lo pronto cuanto quepa en los ca­
rruajes que embargue. A medida que cada
uno esté lleno a la estación con él, a descar­
garlo en los vagones; y vuelta a los almace­
nes a llenarlo de nuevo, y vuelta a la esta­
ción. Son las tres y media. Arréglese de mo­
do que el primer tren de vituallas salga a
las ocho lo más tarde.
— Pronto es.
Organizando bien el trabajo, no cargando
un vagón después de otro, sino varios a la
par, poniendo cuatro cargadores a cada uno,
y enviando los mozos de los almacenes des­
ocupados a ayudar a los de la estación sobra
tiempo... No, Marceau, no aguarde a que con­
teste la estación; váyase en seguida, que ya
al llegar allí los primeros carros le dirá el
jefe cuántos vagones hay. Ande, ande el mo­
vimiento.
— Si los dueños de los vehículos o de los
víveres oponen resistencia, ¿podré...?
Todo menos perder tiempo en discutir con
ellos. A los dos minutos de llegar a cada
puerta ha de estar haciéndose la carga, y a
las siete y media cargado el primer tren. Y
no admito disculpa.
— Lo estará.
Salió el teniente y volvióse Bertier hacia
los vecinos del pueblo, diciéndoles— Señores: repartiéndose la población por
zonas, y haciéndose auxiliar por los ami­
gos que crean oportuno, quedan ustedes
encargados de avisar al vecindario euro­
peo que mañana a medio día, en trer con
venientemente custodiado, saldrán todos los
ancianos, las mujeres las criaturas y los
— ¿Para dónde?
Ya lo verán en cuanto lleguen.
— Si usted me permite.
»
. . ------- - “ “ 1UÜ
Agadés, todo
lo que usted quiera; pero antes nadie puede
hablar sino para pedirme ayuda en el cum­
plimiento de mis órdenes: tengo mucho que
hacer y poco tiempo para oír observaciones
— Pero si alguien se resiste.
— Decidle que aquí lo dejaremos si ie nía
ce morir asesinado; y luego, s.n gastar tfempo ni saliva en convencerle, a otro
A media noche vengan a participarme es
tar todo el mundo enterado y disnue^n
Los hombres acudirán a la estación con sus
armas y municiones, acompañando a sus
familias.
us
El tren sale a las doce; quien no lo alean
qUel aI á’ 7 ya sabe a qué ^ expone'
6Están us tedias enterados?

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— Sí, señor. De modo que...
— No pierdan tiempo. Hasta la noche.
Pichegrú, ¿no han contestado todavía?
— Sí, señor.

— ¿Cuántos?
— Treinta y siete.
— Entonces se podrán formar dos o tres
trenes.
— Tres.
— ¿Cuántas locomotoras tiene usted dis­
ponibles?
— Cuatro.
— ¿Adúnde llega el tendido de v ía del fe­
rrocarril en construcción?
— Un poco más allá de Tembellaga.
— Entonces unos ciento treinta kilóme­
tros.
— Eso es.
— ¿Suficientemente asentada para aguan­
tar el paso de trenes?
— Hasta Abellama de seguro; pero más
allá no sé.
— ¿Estará encendida ya la máquina del
tren que debía salir esta tarde?
— Sí, señor.
— Pues vuélvase a la estación, y con esa
locomotora y dos vagones muy cargados que
salga en seguida el mejor maquinista avan­
zando con precaución desde Abellama para
reconocer y volver a decirme hasta dónde
pueden llegar sin peligro los trenes. Por si
no pudiere volver en la máquina, que lleve
con él un ciclista y una moto. Cuando regre­
se telefonéeme usted. Y entre tanto, avive la
carga de los trenes de vituallas.
— Adiós, mi Capitán.
Al salir el jefe de estación encomendó
Bertler al teniente Davoust, anteriormente
enviado a suspender la salida del tren, que
organizara la prisión, simultáneamente rea­
lizada por ocho parejas, de los ocho sospe­
chosos de más cuidado y mayor influencia
en Agadés. Cuando éstos ya estuvieran en
los calabozos se proseguiría deteniendo a
otros menos conspicuos, pero fichados por
la gendarmería como especialmente des­
afectos a los franceses.
— A los primeros— dijo al dar sus ins­
trucciones— cójalos por sorpresa; pero en
seguida haga correr la voz de que en Bilma,
Tombuctú, In-Saláh y otros puntos han es­
tallado motines ya a estas horas ahogados en
sangre de sarracenos, y que a un impostor
que pretendía hacerse pasar por descendien­
te de Abd-el-Gahel y que anoche escapó de
casa de Mohamed, lo hemos cogido y fusilado
esta mañana en el camino de Affazas; pues
por allí andaría a juzgar por las señales que
ha dejado. Dios nos perdone la vanidad y la
mentira, mirando a la intención.
¡Y qué demonio!; puesto a mentir, diga

que Mohamed también ha caído al mismo
tiempo. Cuando averigüen el embuste ya
habrá hecho el efecto de desmoralizar a mu­
chos.
— ¿Algo más?
— Sí. Como yo tengo mucho que hacer,
quiero dar a usted completas las instruccio­
nes para esta tarde y esta noche.
A la menor señal de resistencia o algarada, que no espero ganándoles la mano,
pegue usted duro, duro: que por docena más
o menos de dagatums o tuaregs muertos no
hemos de discutir.
— Está bien.
— En cuanto despache los arrestos, divida
el pueblo en cuatro zonas, enviando a cada
una seis gendarmes con un cabo o sargento
a incautarse de todos los meharís de silla y
camellos de carga, autos, motocicletas, sidccars y cuanta gasolina encuentren, y llevarlo
todo al ferrocarril donde estén ya aparcados
los carruajes requisados por Marceau. Tiene
usted la noche de plazo para todo, y facultad
de resolver en lo imprevisto. A las seis de la
mañana han de estar concentrados allí to­
dos esos elementos de transporte, para que
si estos pillos llegan a reunir fuerza capaz
de perseguirnos no puedan hacerlo sino pedibus andadibus: y así no nos alcanzan.
— ¿Han de ir los camellos con aparejos’
— Los meharís de silla, sí; pero los de
carga, no: para lo que vamos a hacer con
ellos...
No dló Bertier explicación de estos pun­
tos suspensivos, ni el oficial, que se marchó
inmediatamente, se la pidió.
En esto avisó Pichegrú por teléfono que
los maquinistas afirmaban a una, sin necesi­
dad de previo reconocimiento, que el tren
no podría llegar a Tembellaga, pero sí hasta
cinco kilómetros antes.
— Pues entonces no envíe la máquina ex­
ploradora. Hasta luego. ¡Calla! ¿Estaba us­
ted ahí?
— Sí, señor— contestó desde un rincón el
jefe de telégrafos— . Me envía usted a lia...
— Sí, sí. Haga desarmar inmediatamente
la estación, embale sus aparatos y llévelos
con los repuestos a la del ferrocarril... Sr,
hombre, sí, me la llevo a otra parte: a ella,
a usted y a sus telegrafistas los embarcare­
mos con las mujeres y los chicos.
Dada esta última orden corrió Bertier al
lumiteléfono de comunicación con Techiasco,
diciendo a Don Héctor en cuanto acudió éste
al aparato.
— Amigo Duvery, voy a ser muy conciso
porque tengo muchísimas y muy graves co­
sas que hacer. Mañana podré darle explica­
ciones detalladas. Esta noche inauguro su
ferrocarril de usted con tres trenes de vi-

111

POLICIA TELEGRAFICA
veres que llegarán a cinco kilómetros de
Tembwllaga, donde acaba la vía practicable.
Haga salir en seguida de la Residencia cuan­
tos autocamiones tenga a mano; no deje
se le escape ninguno de los de Mohamed, que
es un granuja, y si puede llévese a Techiasco
los que tenga él en Sabankafi. Se trata de
organizar la ida y la vuelta rápida de ca­
miones entre donde paren y descarguen los
trenes y la Residencia, para llevar a ella
las provisiones que irán en treinta y siete
vagones.
— ¡Qué atrocidad! Pero si estamos per­
fectamente abastecidos.
— Lo que abunda no daña. Además, va au­
mentar la población del centro ferroviario.
— ¿Cómo?
— Sí: con ciento veinte gendarmes y los
trescientos habitantes de Agadés.
— ¿Entonces es que...?
— SI: lo que usted supone; y que me re­
tiro llevándome esa gente antes de que en
malas condiciones nos sorprendan aquí no­
vedades probables para el martes. Pasado ma­
ñana, fíjese bien, y téngalo por su parte en
cuenta. Convendrá que en los autocamio­
nes envíe usted lo menos cincuenta hombres
de confianza y bien armados para que estén
allí cuando a las tres de la tarde de mañana
llegue fel tren de las mujeres y los niños,
a quienes en los autos y side-cars que yo
aquí arramble y los que usted pueda enviar
llevaremos a la Residencia en el menor nú­
mero de viajes que podamos. Esos hombres
armados, unidos a los gendarmes que en el
tren irán, servirán para preservar a esos in­
felices de un golpe de mano: escoltando unos
a los que vayan en las expediciones y defen­
diendo otros, en caso necesario, a los que,
mientras aquellos vuelvan con los vehículos,
vivaquearán donde pare el tren.
— Haré cuanto me pide.
— Gracias, ya lo esperaba.
— E iré yo mismo al mando de la gente.
— Me alegro, así podremos hablar con al­
go más de calma... ¡Ah! Encargue usted a su
yerno que si puede, que sí podrá, vaya pre­
parándome una antena capaz de telegrafiar
lo más lejos posible, pues me llevo la radio­
telegrafía para montarla ahí; porque, cálle­
selo, pero es posible que pronto sea esa la
única de que dispongamos en todo Africa.
— Entonces la situación es...
— Ya hablaremos mañana. Adiós.
— Bertier, Bertier. ¿Y Raúl?
— Bueno, muy bueno— contesta el capitán,
siendo suerte no pudiera verle la cara Duvery.— Esta mañana he hablado con él_
agregó, mintiendo por parecerle inútil alar­
mar al pobre padre.
— ¿Pero no le ha dicho usted?.-

— Sí, sí: ya le he mandado en nombre de
usted que se venga. Y me ha dicho que en
seguida lo hará.
— ¿Dónde está?
— En Ziza.
— Es muy lejos: con lo que usted acaba
de decirme me preocupa su regreso.
— No, no viene de ese lado la tormenta •
nuevo embuste, pues la tormenta venía de
todas partes— ; pero como efectivamente
está lejos y yo le he indicado camino seguro
pero dando un gran rodeo— los embustes
eran ya racimo— tardará varios días en lle­
gar.
Así— pensaba el capitán— le inquietará
menos la tardanza del muchacho en volver...
Si es que vuelve...
Hasta mañana, Duvery. No puedo de­
tenerme más ni descansar un minuto hasta
haber sacado de aquí a esta pobre gente.
— Adiós y que Dios le ayude.
— Amén.
Al separarse del aparato dos lágrimas,
avergonzadas de haber salido de los ojos de
ogro del veterano, se escondían presurosas
entre su canoso bigote, mientras las manos
restregaban duramente los párpados cual pa­
ra castigarlos por haberlas dejado escapar.
— ¡Demonio de chico! ¿Quién le mandaría
meterse a farolero?... ¿A farolero? A no ser
por sus farolerías, probablemente nos aco­
chinarían aquí a todos por sorpresa.
• • •

No siendo esto un detallado relato logístico de la retirada de Agadés, basta decir
qxie a las doce, a la una y media y a las tres
de la noche partieron escalonados los trenes
de mercancías; que a las cuatro, y ganando
dos horas sobre las concedidas por su ca­
pitán, tomaba Davoust el camino de Tembellaga a la cabeza de veinte gendarmes y
treinta vecinos armados, cabalgantes todos
en los meharis requisados la víspera, y lan­
zados a la carrera; que a medio día salía el
tren de los inermes, con Bertier y cincuenta
gendarmes, quedando en el pueblo otros cin­
cuenta y noventa vecinos armados, al mando
di" Marorau. Finalmente, a las tres de la tar­
de llegaba el capitán a Tembellaga, en donde
ya Duvery había comenzado a evacuar ha­
cia Techiasco los víveres llegados de ma­
drugada.
Con él conferenció Bertier diciéndole
cuanto sabía de la rebelión a punto de esta­
llar y que el descubrimiento de casi todo
ello se debía a su hijo, mas ni palabra de
verdad actual respecto a éste; pues mien­
tras en salvo no estuvieran los fugitivos de
Agadés, a cuyo cuidado iba a quedar Don

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Héctor con los gendarmes venidos en el tren
y los setenta hombree que con varios inge­
nieros y Manolo Lobera— Pepe quedaba pre­
parando la antena— habían llegado de Techiasco no quería aumentar las preocupa­
ciones (leí padre de Raúl, por no disminuir
sus energías.
El capitán regresó al pueblo en el mismo
tren. Pero antes dispuso que con la segunda
expedición de víveres para la Residencia sa­
liera la estación radiotelegráfica y los tele­
grafistas para no demorar la instalación de
ella.
Las familias vivaquearon en Tembellaga
bajo la protección de ciento veinte hombres
con orden de no moverse hasta la vuelta del
general en jefe, que a su retorno a Agadés
organizó los últimos transportes de los gen­
darmes y vecinos que allí quedaban y de las
municiones: utilizando para éstas un tren
enviado por delante y para el personal todos
los autos, motociclos y side-cars de la gen­
darmería y del vecindario.
Esta columna salió del pueblo a las dos de
la madrugada, haciendo de extrema retaguar­
dia hasta alcanzar y pasar a Davoust y sus
meharis, cuando ya no faltaban sino diez ki­
lómetros hasta el vivac de las familias, don­
de llegó a las seis de la mañana, y Da­
voust, con su tropa, hora y media después;
pues los meharís, que habían hecho ciento
diez kilómetros en veintisiete horas, no po­

dían tirar ya de sus patas- ó algunos habían
quedado en el camino.
__Esta es la hora del alzamiento general
__dijo Bertier a Duvery al llegar— . Pero ya
estamos a ciento diez kilómetros de Agadés,
y si de allí quieren perseguirnos, no es
fácil nos alcancen; pues me he traído to­
dos los medios rápidos de locomoción, y a
cada uno de los camellos Ae carga que allí
quedan le hemos dado un tiro en la ca­
beza antes de venirnos.
Echando mano de todos los autovehículos
y animales disponibles y dividiendo las fuer­
zas en un grupo de escolta inmediata del
convoy de mujeres y niños, otro de vanguar­
dia y otro de retaguardia, se hizo en tres
viajes el traslado de igual número de gru­
pos de inermes, que uno en pos de otro em­
prendieron la marcha al volver los carrua­
jes de dejar el anterior en la Residencia.
Con el cuarto núcleo, encargado de la de­
fensa, que no fué necesaria, del vivac, se or­
ganizó la evacuación de éste, en tres días
terminada sin peripecias graves: pues sobre
que según sabemos habla suspendido Abd-elGahel el levantamiento en Agadés, los indí­
genas estaban deprimidos, pues la especie
lanzada por Bertier del fusilamiento del
Vengador y de Mahomed, caid de la comar­
ca, había cundido, y nadie se atrevió a me­
terse con la fuerte columna que guiaba el
temido y astuto capitán.

X XIX
PEPE LOBERA IMPROVISA UNA POTENTE ANTENA
Cuatro dias a media ración y tres a tercio
de ella tenían de fuerzas cual puede supo­
nerse a los infelices desvalidos de Ziza, y
su estado de ánimo es fácil de inferir sa­
biendo que el día a que nos referimos, cuar­
to después del alzamiento, llevaban seis de
llamar en cada uno cuatro o cinco veces a
Agadés sin recibir respuesta.
En cambio, los telegramas interceptados
a los rebeldes no dejaban duda del triunfo
de éstos en todas partes; siendo tan simila­
res entre si, por desgracia, que ya los sote­
rrados en la espelunca de Ziza no se cuida­
ban de ellos. Para no entristecernos infruc­
tuosamente con la contemplación, día por día,
de los padecimientos de aquellos desdicha­
dos, no narraremos de su triste vida sino lo
preciso para evitar incongruencias y lagunas
en el relato de los acontecimientos hasta lle­
gar al desenlace de su desesperada situa­
ción.

El mismo martes trágico en que la terri­
ble catástrofe de Custine y sus compañeros
resultó episódica en la general hecatombe;
cuando cediendo al estupor de esta última
se vió Raúl frente al mañana cara a cara, el
animoso muchacho no se avino a resignarse
sin lucha a la idea de que fatalmente había
de perecer allí con sus compañeros; ocurriéndosele que de llegar a restablecer la
comunicación con Agadés antes del total
agotamiento de las provisiones, aún podría
probarse el incierto pero ya único expedien­
te de salvación de avisar a Techiasco para
que uno de los dirigibles o aviones de la
Heliodinámica intentara buscarlos en la in­
mensidad donde estaban perdidos. Y como
en dicho caso era preciso aminorar, a quie­
nes vinieran por vía aérea, las dificultades
que ya él había expuesto a Friand antes de
partir éste en busca de la caverna, salióse
Raúl el mismo martes por la noche al llano

Y cual ave rapaz que ha engarrado su presa, el avión remontó el vuelo y escapó
con la antena robada

113

P O L IC IA T E L E G R A F IC A

para determinar con el sextante la hora y
la latitud del sitio donde yacían los asesi­
nados de la mañana; utilizando en ello,
no la estrella polar, demasiado baja en el
horizonte de tal lugar y en aquella época,
sino las culminaciones (1) de varias estre­
llas, fáciles de observar, registradas en el
anuario del Observatorio de San Luis, que
por indispensable en sus trabajos radiogoniométricos tuvo buen cuidado de no dejarse
en la Residencia al emprender la expedición
que tan mal llevaba trazas de acabar.
De ser restablecida la comunicación tele­
gráfica, lisonjeábase con la perspectiva de ha­
cer conocer a su padre, con error no mayor
veinte a treinta kilómetros, la posición geo­
gráfica del citado sitio, al cual debían en­
caminarse quienes intentaran el salvamento
aéreo; porque la obscura mancha dejada
por la hoguera era la sola referencia visi­
ble en la vastedad de la inmensa llanura: tan
monótona y lisa de formas como de color. No,
claro está, con propósito de que aquéllos vola­
ran realizando observaciones astronómicas
aquí y allá y más lejos, para rectificar, a cada
una, la dirección del vuelo hasta alcanzar
la meta de su exploración: cosa tan engo­
rrosa, lenta y poco práctica que ni por la
imaginación le pasó a Raúl fuera hacedera
en viaje de extrema rapidez, impuesta por
el próximo agotamiento de sus recursos ali­
menticios; sino con objeto de situar él en
su mapa del Sahara, con cuanta exactitud
fuera posible, el paraje citado, que desde lo
alto debían buscar quienes vinieran de la
-Résidencia; medir en dicho mapa el rum­
bo en que debían volar, y la distancia que
hablan de recorrer desde otro lugar notoria­
mente conocido, como Ouzel o Timisao, para
llegar en dirección cuyo escaso alejamiento
del punto de destino diera racional esperanza
de que explorando, en una zona bien precisa­
da, mediante vuelos espirales cada vez más
abiertos llegarían a divisar en la planicie los
ennegrecidos restos del auto y los pobres
gendarmes o el resplandor de los faros del
autocamión apuntados al cénit, si de noche
fuera realizado el reconocimiento.
Ya amanecía el miércoles cuando Raúl
se durmió; pues al volver del autocamión
no quiso acostarse hasta tener medidos los
rumbos y distancias que buiscaba y poder
ahuyentar las ideas negras del tremendo
día anterior con las ilusiones que se forjaba
escribiendo y retocando antes de tenderse
en la hamaca el borrador del telegrama
que a Bertier pondría en cuanto pudiera,
(1) Paso más alto por el meridiano de un lugar de los
dos visibles de las estrellas circumpolares qu«
describan un circulo completo por cima del ho­
rizonte.
i

si podía, y el cual leyó, al levantarse, a
Friand, a quien todo le pareció divinamen­
te preparado; pero rumiando para su coleto
que ya sólo faltaba hubiera a quien contár­
selo, que fuera éste capaz de aprovecharlo
y que la mermadísima despensa les diera
tiempo a ellos de verlo.
Pero, a despecho de la escasa confianza
del veterano, no solamente no desanimó
a Raúl, sino que, haciéndole leer a sus com­
pañeros de infortunio los datos con los que
a los de Techiasco “sería fácil efectuar el
salvamento”, fomentó en ellos esperanzas
por él no compartidas, pero aparentadas por
creerse en el deber de levantarles los decaí­
dos ánimos, y pensar que, no pudiendo evi­
tarles la muerte, les hacía con ello e»
beneficio de escamotearles algunas horas de
desesperación.
Y, efectivamente, durante dos o tres la
conversación sobre el aeroplano de Techias­
co desanudó las lenguas y desentenebreció
los rostros de los seis infelices, otra vez
silenciosos y tétricos al resultar tan infruc­
tuosa como las pasadas una nueva llamada
a Agadés.
Y todavía el temple de alma del joven
jefe y su optimismo a prueba de desengaños
reaccionaron contra esta nueva decepción,
diciendo que aún no era hora de descorazo­
narse; pues la pereza evidente del receptor
del auto para recibir telegramas proceden­
tes de estaciones oficiales podría ser causa
de que, aun funcionando la de Agadés, no
se la oyera si a dicha imperfección del apa­
rato propio se agregara debilidad de trans­
misión de aquélla, muy verosímil después
de una avería.
En su opinión esto debía estar ocurrien­
do, pues no era de creer que en cinco días
ya transcurridos sin comunicación no hu­
bieran reparado el desperfecto en Agadés;
y en cuanto a que estuviera en manos de los
sublevados tampoco era creíble, pues bien
oían desgraciadamente a las otras estacio­
nes de éstos: argumento especioso, pero que
hizo efecto en su auditorio. Con la esperan­
za, pues, de que solamente de la soterrada
situación de su antena debía proceder la
imposibilidad de comunicar, resolvió Raúl
Isacar el auto al barranco de acceso a la
caverna: cosa que, en otro aspecto, compla­
ció a todos, porque la lobreguez del sub­
terráneo, más semejante cada día a la tum­
ba, con la cual ya había sido comparado,
aumentaba la depresión que padecían. Pero
vivir sus tristes vidas con más luz y ver
mejor la hosquedad de sus semblantes fué
todo el fruto recogido de la translación del
campamento; pues la esperanza de hablar
con Agadés quedó fallida.
8

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
114

Pnr respeto Friand a sus galones de sar­
gento y por idiosincrasia Raúl,
los menos abatidos; pero aun asi, al llega
el mediodía del viernes y ver que ya n
les quedaban sino dos tercios de ración,
uno para la noche y otro para hacer el sá­
bado una sola comida, se miraron, apar­
tando en seguida los ojos para no leerse
sus ideas en ellos.
El anochecer de aquel día los hallo a to­
dos en el mayor abatimiento: tendidos, ca­
da uno por su lado, a unos cuantos metros
del auto; sin cruzar palabra y deseando lle­
gara pronto la inevitable muerte, cuya tar­
danza era aumento de dolores.
En esto repicó el timbre del telégrafo,
del cual ya nadie hacía caso. ¿A qué, si
todos los telegramas que pasaban eran siem­
pre iguales, con las mismas noticias de ase­
sinatos y más asesinatos de los pobres eu­
ropeos escapados a la inicial hecatombe y
perseguidos en inhumanas cacerías?
Calló el timbre, volvió a repicar y nadie
creyó oportuno molestarse. Tornó a callar
y repicó de nuevo, pero esta vez con obs­
tinada insistencia.
— ¿Cuándo querrán callar los malditos?—
refunfuñó Dessaix, agregando al cesar el
martilleo:—Ya era tiempo.
Y no lo era; pues en breve tornó a re­
sonar el terco tintineo: tan incesante, que
no llevaba trazas de acabar.
—Es raro— dijo Raúl, incorporándose al
cruzar por su mente un rayo de esperanza.
—No: es que se impacientan porque no
les contesta la estación adonde llaman.
—Pues eso es lo raro: que entre todas
las estaciones de la red de los rebeldes no
conteste ninguna... Porque como a nos­
otros no han de llamarnos ellos, esa insis­
tencia, cuando no contestamos, parece in­
dicio de que no a los rebeldes, sino a nos­
otros llaman. Venga, Joubert, venga.
Sólo por obediencia siguió el telegrafista
a Raúl. Los demás, escarmentados de es­
peranzas deshechas siempre en desengaños,
ni se movieron ni aun prestaron atención
a las palabras de su jefe.
—En cuanto calle el timbre conteste con
la contraseña que usábamos para darnos a
conocer al capitán Bertier. Tal vez sea él.
— ¡Sabe Dios cuántos días hará que lo
han matado!
— Calle y conteste; ya ha parado el
timbre.
Obedeció Joubert; pasó un instante, y
en seguida, al oír unos cuantos chasquidos
de los receptores acústicos, abrió los ojos
desmesuradamente, se le encendió la cara,
y tartaleante y balbuciendo con voz entre­
cortada por emoción hondísima. dij0 aj

tembloroso, no atreviéndose a dar crédito
a sus propias palabras.
__gj . .. ¡ dicen Raúl. .. Lo llaman a us­
ted. .. E s . . . es, su ... su papá... Si, su ...
Don Héctor.
__Friand, Dessaix, amigos. Agadés, Agadés llama por fin: nos salvamos, nos sal­
vamos—gritó Raúl, saliendo enajenado a
la puerta del auto, y retornando en seguida
junto a Joubert, con los ojos desbordantes
de lágrimas: creyendo que ei corazón le
iba a romper el pecho.
— ¡No es Agadés—dijo el telegrafista—■,
sino Techiasco!
._¡De Techiasco!—contestó, sorprendido,
Raúl.
— ¿De Techiasco?—preguntaron los de­
más acudiendo y apiñándose ansiosos alre­
dedor de Raúl y Joubert, que comenzaba a
recitar lo que el telégrafo decía.
Poro antes de relatar la impresionante
escena de Ziza, preciso es decir en cuatro
palabras que, montados los aparatos de la
estación de Agadés durante la misma noche
del martes, en que llegaron a la Residen­
cia, no se pudo telegrafiar tan rápida­
mente cual pedía la ansiedad de Duvery y
aun del mismo Bertier, que en cuanto tomó
el mando en Tembellaga reveló a su amigo
la difícil situación de Raúl y sus acompa­
ñantes, atenuándola con la esperanza de
que a aquella hora deberían ya haber sido
auxiliados desde In-Saláh; pero callando sus
recelos de que el alzamiento cuyo estallido
presuponía—no pudiendo darlo por cierto
en su incomunicación—hubiera imposibili­
tado la prestación de socorro, o convertido
después de éste a salvadores y salvados en
otras cuantas más de tantas víctimas como
a aquella hora habrían sido ya sacrificadas.
La dilación en el funcionamiento de la
estación era perfectamente explicable, pues
montar una antena de la longitud y altura
requeridas para darlp el alcance que había
menester, exigía previa erección no ya de
postes, sino de castilletes de celosía, para
levantar los cuales era preciso armar ele­
vadas andamiadas; y aun cuando la habili­
dad de Lobera fuera mucha y grandes los
recursos industriales en la Residencia, era
imposible tener lista la antena en menos
de diez o doce dias.
Cuando Bertier oyó esto y a Duvery de­
cir que a pasar dos más sin noticias de su
hijo estaba decidido a lanzarse en un auto
a buscarlo, sin que lo retrajeran del pro­
pósito la imposibilidad, pintada por aquél,
de hallarlo sin puntuales datos de donde se
encontraba ni la verosimilitud, casi certeza,
de ser él mismo víctima de las alzadas hor­
das mucho antes de llegar a Ziza, expuso

POLICIA TELEGRAFICA
reservadamente el veterano a Pepe, y ya sin
las atenuaciones con Don Héctor empleadas,
la verdad entera sobre Raúl y sus compa­
ñeros: que a no baber sido muertos ya por
los indígenas, deberían andar tan en las
últimas por escasez de víveres que de no
ser posible apresurar el restablecimiento de
la antena, resultaría tan inútil el llamarlos,
como imposible el impedir la temeraria in­
sensatez de Don Héctor, que, aun descarta­
da la probabilidad de perecer en ella no lo
conduciría sino a bailar seis cadáveres.
Entonces, y a reserva de proseguir la
instalación permanente para ulterior comu­
nicación con el mundo, ocurriósele a Pepe
pergeñar una provisional antena para sa­
tisfacer aquella apremiante urgencia AI
efecto, con treinta de los pequeños globos
listos ya para emplearlos según será expli­
cado cuando veamos a la Heliodinámica
capturar la energía eléctrica de los rayos
solares, formó un racimo, atando a lo in­
ferior de cada uno una cuerda y amarran­
do éstas por sus otros extremos a un cable
de retenida de los aeróstatos, que al ele­
varse quedarían cautivos.
Como unos veinte metros por debajo de
estos amarres ató al cable, bien aislado eléc­
tricamente de él, uno de los travesa­
nos terminales de los siete hilos metá­
licos de la antena, prendió al opuesto travesaño un alambre grueso y largo en co­
municación eléctrica con los de ella; y sol­
tando los globos, subieron éstos elevando
la antena, que el conductor citado ligaba
eléctricamente a tierra.
El número de globos estaba calculado de
modo que, sumados, sobraban sus'ascensionales empujes para elevar el peso de los
siete alambres, el de trescientos metros de
cable de retenida y otros tantos del conduc­
tor a tierra, quedando improvisada así una
potente antena vertical en bonísimas con­
diciones de funcionamiento por la gran al­
tura a que irradiaba la ondulación electro­
magnética: siendo tan indiferente para la
transmisión como para la recepción, que a
ratos oscilara al impulso del viento su extre­
mo superior en vez de estarse quieta como
las ordinarias.

lio

Rodeado de su mujer, su suegro, su her­
mano, Bertier y no sé cuántos ingenieros,
interesadísimos en la suerte de los expedi­
cionarios, se hallaba Pepe cuando a las siete
y cuarto de la tarde del citado viernes lan­
zó las primeras ondas que en Ziza repica­
ron en el timbre del auto; y que no siendo
contestadas, no obstante lo reiterado de
ellas, pusieron a quienes ansiosos aguarda­
ban la respuesta, en anhelosa perplejidad
de si obedecería tal silencio a deficiencias
de la flamante antena o a que los infelices
a quienes se llamaba hubieran muerto ya:
angustia prolongóla hasta oír, al fin, Pepe
la contraseña de Raúl y Bertier, que éste
le había dado a conocer de antemano.
La explosión de júbilo que en Techiasco
provocó la respuesta no le fué en zaga a la
que en Ziza había levantado la llamada, ar­
mándose en seguida una doble batahola en
Ziza y en Techiasco, donde cada uno de
quienes en montón apretujaban a Lobera o
sofocaban a Joubert pretendía hablar por
sí, y todos a la par: deseo inasequible ha­
biendo de pasar1 sus palabras por dos tele­
grafistas y metamorfosearse sucesiva y re­
cíprocamente en puntos y guiones del alfa­
beto Morse, en corcheas de los crujidos
breves y en blancas de los rumores largos
de las vibrantes placas telefónicas.
No es de extrañar, por tanto, resultara la
transmisión incongruente a ratos y muchí­
simo más lenta de lo pedido por la impa­
ciencia de los comunicantes que a distancia
cercana a mil doscientos kilómetros hacía
cada uno su personal pregunta pretendiendo
obtener su personal respuesta, como si todos
a porfía se propusieran volver locos a Joubert
y a Lobera, que obraron cuedamente hacién­
dose los sordos a cuanto oían: limitándose el
primero a decir que estaban vivos los de Ziza
y deseaban saber si sus familias habían
sido asesinadas, y a tranquizarlos el se­
gundo informándolos de que los pedazos de
sus corazones, sin exceptuar ninguno, esta­
ban sanos y salvos en la Residencia.
Solamente cuando amainaron los prime­
ros transportes de alegría y cedieron las
lágrimas de enternecimiento logró ordenar­
se la comunicación telegráfica hablando una
sola persona junto a cada aparato.

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116

XXX
VUELVEN A TECHIASCO EL DESEADO Y EL TEMIDO
Si los de Ziza no sabían nada de lo acon­
tecido en Agadés, siendo para ellos gratísi­
mo el feliz término de su incertidumbre de
los pasados inacabables días de angustiosa
zozobra, los de la Residencia ignoraban
cuanto fuera de Agadés iftbía ocurrido con
posterioridad al robo de la antena, sabien­
do solamente que para el anterior martes
estaba proyectado un levantamiento general
de indígenas; pero no si había llegado a es­
tallar ni con qué consecuencias; quedán­
dose aterrados cuando Pepe Lobera les re­
pitió el relato hecho por Raúl de las abomi­
naciones perpetradas por doquier y en quien­
quiera llevara nombre de cristiano, en todo
el Africa septentrional, sin que al incendio,
al pillaje, al degüello y a las más repugnan­
tes violaciones escaparan sino las poblacio­
nes británicas.
Duró la conferencia miás de dos horas,
en las cuales, pasadas las tumultuosas efu­
siones de los primeros momentos y regula­
rizada sosegada transmisión, informó muy
concisamente Bertier a Raúl de cómo supo
por Morand moribundo la fecha del alza­
miento, del robo de la antena y de la eva­
cuación de Agadés. Seguidamente dió Raúl
las noticias interceptadas en los telegramas
donde los musulmanes se comunicaban sus
execrables éxitos y los traidores modos de
alcanzarlos: dejando deliberadamente para
lo último la espeluznante tragedia de Custine y su tropa y la desesperanza en que
esto y la incomunicación con Agadés habla
sumido a los que se creían ya inapelable­
mente sentenciados a morir de hambre y
sed en su destierro.
Terminados ambos relatos manifestó Duvery hijo, contestando a su padre, que ni
un auto podría recorrer los mil doscientos
kilómetros de Techiasco a Ziza por terreno
donde campaban, cual señores, los alzados
sahareños, ni aun de llegar encontraría a
los que a salvar fuera (si es que daba con
ellos), sino después de muy largas pesqui­
sas, por imposibilidad de atalayar desde un
carruaje a ras del suelo las grandes exteni“ ra ñauarías era necesario c
plorar, fáciles de registrar rápidamente,
cambio, desde uno de los dirigibles o aéi
planos de la Heliodinámica, que convei
saliera cuanto antes; pues andaban en Zi
las provisiones “ un poquillo escasas”.

Contestó Pepe que zeppelín no tenía nin­
guno, porque los dos que habían ya termi­
nado los grandes transportes de maquina­
ria y efectos para la instalación estaban de
regreso en la Argentina; pero que tenía un
aerohelicóptero cuya salida no sería demo­
rada sino el tiempo que tardara Raúl en
dar los datos necesarios para llegar donde
él y sus compañeros aguardaban.
Como la contestación a esta pregunta es
altamente interesante, la transcribimos a
continuación literalmente:
— Para asegurar el éxito— dijo Raúl— , fa­
cilitando la pesquisa, quien a buscarnos
venga no debe pretender volar en línea rec­
ta de Techiasco a Ziza; pues en tan gran
distancia una imperceptible desviación de
rumbo bastará a alejarlo de nuestro campa­
mento en términos de no alcanzar a divi­
sarlo, porque la pequeñez de él ofrece visua­
lidad escasa.
Debe, por tanto, a la salida de la Residen­
cia, tomar rumbo de 47 grados norte-oeste,
con el que, cuando lleve recorridos 900
kilómetros, llegará sobre el llanejo de Ouzel,
sensiblemente circular, circunvalado de nu­
merosas dunas de arena, y en cuyo centro
está el pozo, fácil por estas señas de reco­
nocer desde la altura. Además, puede el pi­
loto cerciorarse de que ha llegado a Ouzel,
y no a otro pozo, porque cuando estuvimos
allí, hace dos semanas, desocupamos en los
depósitos de gasolina de nuestro auto cuan­
tos bidones de repuesto llevábamos: ocho o
diez que, una vez vacíos, tiramos al suelo,
en donde aun estarán seguramente, pues
aquel es lugar poco frecuentado.
De Ouzel a Ziza no hay sino 280 a 300 kiló­
metros y como entre lo que el mapa me dice
y lo que, recordando sus tiempos de meharlsta, me apunta Dessaix, puedo dar refe­
rencias bien marcadas del camino, ya no son
tan temibles las consecuencias de la falta
de absoluta exactitud en el rumbo de once
grados y medio norte-oeste que es preciso
tomar al partir del pozo. Volando en dicha
dirección, debe pasarse, cuando se lleven re­
corridos 80 kilómetros, por cima de una
suave cadena de cumbres redondeadas: la de
los cerros de Tin-Dernan, tendidos de norte
a sur en extensión de unos 40 kilómetros.
A 160 de Ouzel han de dejarse como 10 al
oriente los pies de las laderas escarpadas

PO LIC IA T EL E G R A FIC A
por donde cae a l llan o E l T a ssili (m eseta)
T an A drar, que e n lo a lto es u n ancho p á ­
ram o o rien tad o a s a lie n te h a s ta p e rd e rse
de v ista, y p o r el n o rte y el s u r se a lza en
larg u ísim o escalón, in te rru m p ie n d o el in ­
m enso descam pado sobre el cu al se eleva.
C u aren ta k iló m etro s m ás allá, o sea a 200
de Ouzel, d eb erá p a sa rse 100 a o rien te del
G aufret-C heb, c e rre te cónico com pletam ente
aislado, y otro s 50 m ás allá, d e ja r 30 h acia
el oeste, u n a lom a, so lita ria tam b ién , p e ­
queña y a la rg a d a en se n tid o de sa lie n te a
poniente.
Al lleg ar a esto s p a ra je s h a n de v e rse con
detalles ya, cu al erg u id a b a rre ra que al fr e n ­
te y p erp en d icu larm e n te a la m a rc h a co rte la
ra s a llan u ra, los c e rro s y la s m esetas de
In-Z iza, m acizo agrio, rocoso, de agudos p i­
cos, o desolados p áram o s, d e n ta d a s crestas,
ásperas p en d ien tes y ta ja d o s b a rra n c o s: in ­
confundible, en sum a.
D elante de u n a zona donde los c e rro s se
separan, dejando espacio en lo alto a am ­
plias m esetas: com o tr e s k iló m e tro s d e la n ­
te de las fa ld a s d e ellas, y en lu g a r situ a d o
sobre el rum bo que d esde Ouzel debe tr a e r
el avión, a g u a rd arem o s a éste.
E n cu a n to quienes v en g an h a y a n dejado
a trá s el G oufret-O heb, la lom illa, y se vean
encim a de la s lad e ra s m erid io n ales d e Ziza,
ten g an en c u e n ta que e starem o s en lo llano,
tre s k iló m etro s al s u r de ellas, e n lu g a r que
de d ía se identifica fá c ilm e n te p o r el tiznón
negro que h an dejado en la a re n a los c h a ­
m uscados resto s del a u to m ó v il ven id o de
O uallen y de los cu erp o s de los in fo rtu n a d o s
que p erd iero n la v id a p o r sa lv a rn o s; y d e
noche señ alarem o s el sitio con los fa ro s del
coche enfilados al cielo. B uscadnos, pues, vo­
lando de este a oeste, y vicev ersa, a escasa
d istan cia del p ie d e la m eseta.
Y ah o ra , Pepe, léem e c u a n to te h e dicho
p a ra c e rc io ra rm e de q u e n a d a he olvidado.
A guarda, a g u a rd a : D ice D essaix que, p a ra
m ay o r se g u rid ad en el reconocim iento de
los pozos d e Ouzel, debe a c o m p a ñ ar a quien
pilotée el helicóptero el c a p a ta z H oche, que
los conoce p erfectam en te, p o r h a b e r servido
en la sección de correos m e h a rista s de K idal.
R epetidos p o r Pepe los d etalles de la ru ta
d escrip ta p o r su cuñado, te rm in ó la co n fe­
rencia, pro m etien d o aquél q u e la sa lid a del
helicoplano no s e d e m o ra ría sin o el tiem po
estric ta m e n te indispen sab le p a ra b u sc a r u n a
estre lla que desde la R esid en cia fu e ra v ista
en el rum bo indicado al vuelo a Ouzel: con
objeto de a p ro a r a la sa lid a h a c ia ella y no
i r atenido a la b rú ju la del aerom óvil, que
aunque bien com pensada pod ía s e r in flu id a
por alg u n a im p re v ista p e rtu rb a c ió n local o

117

m eteorológica, y a u n p o r las v ariacio n es
d iu rn a s, que en aquel larg o re co rrid o ad q u i­
ría n im p o rta n c ia .
— Son la s di: z—d ijo — : e n tre m ed ia no­
che y la u n a le v a n ta ré el vuelo; al am an e cer
creo e s ta r en Ouzel, y c«nfío que de s ie te a
ocho de m a ñ a n a p odré d a rte u n abrazo.
— ¡Ah! ¿ E re s tú m ism o q u ie n v a a v e n ir?
— Si.
—G racias, g racias.
— P u e s h a s ta m añ an a .
— Oye, Pepe, oye. No te v ay as aún.
— ¿Q ué tie n e s que decirm e?
— Que, so b re todo, no d ejes de tra e rn o s
algo q u e com er.
— ¡H ijo m ío, h ijo m ío !— exclam ó Don
H éctor, con desolado tono que, a u n no p u diendo s e r reflejado en la tra n sm isió n de
Pepe, ad iv in ó R a ú l— . ¡E stá is h a m b rien to s!
¡No ten éis q u e com er!... ¡H ijo de m i almfi!
— No, papá, no: bien a d m in is tra d a s to ­
dav ía h a n de so b rarn o s prov isio n es, p ero el
p re v iso r rég im en alim en ticio de e sta te m p o ­
ra d a nos h a ab ierto u n poco el a p e tito : lo
que le pido a Pepe son golosinas.
C uantos en la R esid en cia oyeron a Lobe­
r a re p e tir la s p a la b ra s con q u e el heroico
b uen h u m o r d e l m uchacho p re te n d ía d is fra ­
z a r los pad ecim ien to s de s u ham b re, se m i­
ra ro n co n ste rn a d o s a l co m p ren d er el re a l
alcan ce d e ellas. E m m a rom pió a llo ra r,
ab razán d o se a su pad re.
C uando dos h o ra s y m ed ia m ás ta rd e se
rem on tó el aero p lan o enfilando s u vuelo a
la e stre lla la C abra, de la constelación de
E l Cochero, que Pepe h a b ía calcu lad o e ra
la que a aq u ella h o ra e sta b a en la dirección
de Ouzel (1), se quedó Don H é c to r desespe­
ra d o en T echiasco d e no se r él q u ie n fu e ra
en busca de su h ijo ; p u es no sab ien d o go­
b e rn a r el hélico, so lam en te en el lu g a r del
cap ataz, conocedor d e aquel pozo, h a b ría
podido ir, y la a y u d a de éste e ra h a rto in ­
te re s a n te p a r a d ejarlo en tie rra .
(1) Claro es que, a causa del continuo movi­
miento aparente de las estrellas en tórno de la
Tierra, la dirección a La Cabra, que a la salida
del avión marcara el rumbo a Ouzel, dejaría de
señalarlo al siguiente momento, y a proseguir
volando siempre hacia a ella, ni el vuelo sería
en línea recta ni llevaría a los pozos. Pero esto está
remediado en los aviones de fines del siglo xx,
con el empleo de un aparato de gobierno que no
es sino un reloj donde en vez de aguja horaria se
mueve un vfistago que recorre un disco circular
en veinticuatro horas al mismo paso que las es­
trellas. Además, dicho vástago monta un sencillo
aparato de puntería o enfllaeiones de modo tal
que coincide con la dirección de la proa en el
momento de zarpar, y no ésta, sino aquél es el
que ha de mantenerse durante el vuelo enfilado
a la estrella : enfllaeión que se va manteniendo
durante el viaje con frecuentes y leves rectifica­
ciones del timón.

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Verdad Que todavía quedaban tres asien­
tos vacíos en el avión, de los cuales preten­
día Duvery ocupar uno; pero como aun lle­
vando tres de reserva eran necesarios dos
viajes redondos para traer a los que se iba
a recoger, y de ocupar Don Héctor una plaza
habrían de convertirse .en tres dichos dos
viajes, con aumento de contingencias en la
empresa de cuyo resultado pendían séis vi­
das, hubo de resignarse el impaciente pa­
dre a aguardar en Techiasco el desenlace
de ella.
* * *

Alboreando el sábado subieron Raúl y sus
compañeros en el autocamión, y sacando éste
del barrando desembocaron en el llano, avan­
zando por él hasta llegar y detenerse junto
a los restos de la siniestra hoguera.
Por entonces llegaba Pepe sobre las du­
nas de Ouzel, y guiado por Hoche planeaba
hasta reconocer el pozo donde efectivamente
vieron brillar a la luz del sol saliente las
vacías latas de gasolina allí dejadas por
Dessaix. Después, ya fiando en la brújula,
lanzaba el hélico en el último de los rum­
bos marcados, comprobando la permanencia
en él del .vuelo, gracias a las señales orográficas dadas por Raúl, perfectamente co­
nocidas del antiguo meharista.
Olvidando que el lugar donde estaban no
era una estación ferroviaria ni un pueblo so­
bre una carretera, donde por camino trillado
llega el correo a prefijada hora, a las siete,
que era la presupuesta por Raúl a la llega­
da del avión, comenzaron sus compañeros a
sentir impaciencias y a atormentarse con
negros presagios, pasando un cruel rato has­
ta oír gritar a aquél:

— Allí, allí: mirad, mirad, ahí viene.
—No, venir no— dijo Dessaix— : va de­
masiado lejos y vira hacia saliente.
—Y se aleja se aleja—agregó Friand.
—Es que aun no nos ha visto y comienza,
cual le dije, a volar a lo largo de la falda
de las laderas... En cuanto pase un rato y se
convenza de que no estamos a ese lado, dará
la vuelta y no podrá menos de vernos.
— ¡Dios lo qu iera!; pero no estoy muy
seguro.
—Ca, no, no vuelve; cada vez se aleja
más...
la, no se lo ve. Se va, se va: no nos
encuentra...

Transcurrido lentamente un interminable
cuarto de hora, y cuando hasta el propio
Raúl iba desconfiando de ver de nuevo el
helicoplano, lo percibieron en veloz retor­
no, desandando de saliente a poniente la

ruta ¡anteriormente recorrida 'en sentido
opuesto; y creciendo de puntito en el cielo
a enorme bulto que casi lo ocultaba por
completo sobre sus cabezas, hizo subir pri­
mero a dudas la desesperación pasada, en.
cumbró luego las dudas a esperanzas, al cabo
levantadas a certc-za de que ya estaban sal­
vos.
Cuando a las ocho aterrizaba el hélico, se
espantaba Lobera de aquellas caras esque­
léticas, y después de abrazar a todos y ser
por todos abrazado, se apresuró a sacar los
víveres, a los que los pobres hambrientos se
abalanzaron como buitres famélicos.


# #

A las cinco de la tarde siguiente a la de
su salida de la Residencia de nuevo se po­
saba en ella el hélico, y al ver salir de él a
Dessaix, Joubert’ y uno de los gendarmes, pe
ro no a Raúl sufrían Don Héctor y Emma
tremenda decepción y un espantoso susto, por
creer que Pepe lo habría encontrado muer­
to ya de hambre.
Era que, como jefes de la expedición, ni
él ni Friand habían querido embarcar en el
primer viaje, aguardando la vuelta de Lo­
bera en el segundo, emprendido a la siguien­
te madrugada, después de echar un sueño,
y llevando consigo, por encargo del sargento,
una gran lona y unas cuerdas.
A las tres de la tarde eran abrazados £>or
sus familias en la Residencia, Raúl, Friand
y el gendarme que con ellos venía en el se­
gundo viaje; pero además de estos viaje­
ros traía el aeromóvil amarrado en lo alto
de su fuselaje un fardo en donde, envueltos
en la lona pedida por Friand, llegaban los
carbonizados cuerpos sin cabezas de Custine y sus compañeros de infortunio, que el
sargento quería cubrir de tierra y cobijar
bajo una cuz.
s|c

s$>

Para finalizar el presente episodio de
esta historia, quédanos sólo por relatar
de él un incidente sobrevenido en la última
parte del segundo viaje del hélico, cuando
al llegar como a ochenta kilómetros de la
Residencia advirtió Pepe que del norte ve­
nía a su encuentro otro, con traza, al pa­
recer, de avión de guerra.
Sabiendo por Bertier que de tal corte era
el que en Okhom había burlado a los gen­
darmes, tuvo el presentimiento, bien fun­
dado, de que Abd-el-Gahel tripulaba el que
tenia a la vista: idea robustecida al verlo
rectificar rumbo, enfilar proa hacia el suyo,
forzar marcha y darle caza cual queriendo

POLICIA TELEGRAFICA
alcanzarlo antes de que llegara a la Resi­
dencia.
Por dicha, llevaba el aparato del argen­
tino“ bastante delantera, pues si no habría
sido alcanzado, porque el del Vengador más
rápido, le llegó tan a los alcances cuando
va descendía aquél al campo de aterrizaje,
que silbaron junto a él los proyectiles de
una ametralladora que montaba el otro, de­
masiado alejado todavía para afinar sus ti.
ros, por lo cual no hicieron blanco en los
fugitivos ni en ningún elemento importante
del hélico.
Después de aterrizar, y ya pasada la con­

I


\

119

movedora escena que entre Raúl, Don Héc­
tor y Emma se desarrolló, pensaron todos
en aquel ataque, conviniendo en que era el
precursor del que aquel hombre Regaba a
preparar contra la Residencia, único baluar­
te que en el Sahara quedaba a los europeos;
pero movido, más que por aborrecimiento a
éstos, por amor a Emma.
Las peripecias a que dieron origen tal
amor y tal odio se narrarán en los Modernos
Premíeteos: último episodio de la suble­
vación africana y de la empresa heliodinámica.

F in de P o l ic ía t e le g r á fic a

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I V . —E l Mundo-Luz.

X .—E l Mundo-Sombra.
VI.
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VII.
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