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- Impresos
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- 24
- Identificador
- 0000000035
- Miniatura
- https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/782162
- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- [s.n.]
- Lugar de publicación
- Madrid
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Imagen para miniatura
- 1
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1921
- Formato
- image/jpeg
- application/pdf
- extracted text
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LA CIENCIA DEL DOLOR
:
Novela por
M- K. Blanco-Belm ente
15 Cts
Obras últimamente
publicadas
D E
Truena el cafión, bate el tambor,
Suena el clarín. ¡1 Qué horror, qué h orror!!
No oe asustéis; no os dé pavura :
voy a anunciar la P E C A C URA.
Jabón, 1,50; Crem a, 2,50; P o lv o s , 2.50;
A g u a Cutánea, 5 ,50; A g u a de C olonia,
8,50, 6, l o y 10 pesetas, según (rasco.
Lociones para el pelo, 4,50, 6,50 y 20
pesetas, según irasco.
u l t im a s c r e a c io n e s
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A cacto, Mimosa. Oinetta, Rosa de Jericó, Ad
mirable, Matinal, Chipre, Roclo Flor, Rota,
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lo, 18 pesetas, frasco en estuche.
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El MIE MlllOR, novela,4pls.
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5 í>art1clpa a) público haber recib id o nu evo» de Ro- =
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C alle de Han R ernanltnn. núm. 8. M adrid.
^ I l l l l l l l l l l l l l l l ||l l l l l |||||||||t l |||||i ||||||i |„ ||||| | | |||t |||||||1 |||s i ||-
L a d irección a d v ie r te n
los cola b o ra d o res es
pon táneos qu en o -e i e '
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p on den cia sobre «lío s -
£os Contemporáneos
DIRECTOR:
mtiSTO
fim iHEZ
4
Q t f i C D l L Lfi
La ciencia del dolor
♦
\ To, no eran supercherías, ni farsas
| adivinatorias, ni prácticas de espirii tismo las conquistas realizadas por el
f doctor Rossi.
En ellas no había irrespetuosidades
para la religión, ni desacatos para los
dogmas y ehseñanzas que Elena, su
amante compañera, aprendió a amar
" desde la niñez.
Hubo, sí, una época en que el alma
de la mujer enamorada temió que la
rival insaciable, la Ciencia, trastor
nase el equilibrio del cerebro del lu-. chador tenaz, del sabio austero.
Sabía la esposa que los dominios del
11 genio se extienden hasta las fronte
ras de la locura, y se ahogaba en
opresión de angustia al pensar sólo
.. en que su Fernando pudiese llegar al
lindero del imperio en el cual el alma
‘’ se divorcia para siempre del cuerpo,
de la regularidad acompasada de la
vida que va abriendo surcos, cual
,, mansa bestia en el campo de pan lle
var del mundo.
Transigió con la Ciencia, mientras
la Ciencia se le mostró en aspectos
amables, no muy distintos de los que
ofrecen curiosidad gustosa a los alum
nos en prácticas de Fisica y Química. ..
Ee interesaron vivamente los tra
bajos seroterápicos y radicscópicos de "
su marido. Cuando e! Doctor, después
de haber sido compañero de Behring,
de Roux y de Roentgen, preparó y
aplicó el suero antidiftérico; cuando
salvó cientos de vidas de pobres niños ; ■>
cuando, por el empleo de los rayos X,
fotografió primero y extrajo después
el proyectil encerrado como amena
za de muerte en el pecho de un soldito herido en los esteros filipinos, ,.
Elena, con la santa ignorancia del
amor, creyó de buena fe que el des- 11
cubridor de aquellas maravillas era
su esposo.
Asimismo le agradaba ver a Fer- ,
nando abrir las puertas del labora
torio a los chiquitos de las escuelas '
para explicarles los prodigios de la
telegrafía y de la telefonía sin hilos,
de la fototelegrafía y de otros novi- ,
simos progresos. Entonces ella, escon
dida en un rincón, sintiéndose niña, <
seguía con embeleso la palabra, clara,
sencilla, elocuente, persuasiva, que
descifraba y ponía al alcance de los
cerebros rudimentarios los secretos
cuyo descubrimiento fué martirio glo
rioso para Marconi, para Ilertz, para
Korn y para otros buzos de lo infi
nito, todos amigos, todos compañeros
de Rossi.
Pero aun arrebatada por exaltacio
nes de admirativo entusiasmo, la pa
labra del Doctor—chorro de luz de
manantial eterno—se velaba con tur
biezas de emulación honrada al pro
nunciar los nombres de los grandes
maestros, de los excelsos conductores
del rebaño humano.
También él aspiraba al supremo
goce de crear; también él sentia ar
der entre la escoria de la materia pe
recedera la chispa de la divina espi
ritualidad inmortal.
Y entonces llegaban las horas de
fiebre, de abstracciones, de insomnio,
de prolongada meditación ante los li
bros, de ensayos y de tanteos inex
plicados e inexplicables: saltos de
amaurósico entre sombras, esfuerzos
de piloto sin timón ni aguja, deses
peraciones del que se siente con alas
y no consigue volar.
Estas horas eran de suplicio cruelí
simo para Elena; al cabo de ellas,
Fernando caía en abatimiento des
mayado, en dejación absoluta de vo
luntad.
¡0
El sabio, el luchador se entrega
ba. abrumado por el cansancio, mo
t
j
|
campanada misteriosa avisadora
de a'g° muy grande, sonó para el
Doctor en fecha imposible de olvidar.
Elena la recordaba, bromeando al
é ------ ---------«------- *-------» ____ .
_
mentáneamente vencido en la titánica
empresa de escalar cumbres casi in- ,,
accesibles. Otro desengaño en el alma,
más palidez en el rostro, más acentúa- •«
do el livor que subrayaba el descaeci
miento del aquilino mirar, menos isocronia en el ritmo de la respiración <(
y mayor y mejor necesidad de refu
giarse en el blando consuelo del ca- <>
riño solícito, inmutable, de la que era
a un tiempo madre, hija, compañera "
y hermana, toda caridad y amor. Y
asi terminaba la crisis.
Estos desalientos eran mudos; un ,,
apretón de manos certificaba la com
penetración de ideas y de sentimien- • >
tos; una sonata de Beethoven aneste- !
siaba la agudeza del dolor; un paseo ”
a través de los naranjales cuajados ,,
de azahar mostraba horizontes nue- j
vos a la vista, y un viaje, un enclaus- •>
tramiento en la celda de otro monje j
de la comunidad del saber volvía to- ' ’
nicidad al espíritu, infundiéndole más 1
briosos anhelos, acuciándolo con el ,,
acicate de la ambición, lanzándolo con
redoblado ímpetu por esa senda de ex- *
ploraciones y de conquistas que ilu
minan cerebros-antorchas, focos que °
se consumen para brindar luz a la „
•Humanidad.
Y la fe robusta y la esperanza— i
siempreviva que florece hasta en la i
fosa común del desengaño—renacían *
y eran relampagueo de energía en las ¿
pupilas, sonrisa de promesa en los laoios y golpeteo de inquietud en el pe- 4
cho de Rossi.
principio, después con el terror vago ¿
que inspira lo desconocido; al fin aca
bo por no hablar de ello.
Le agradaba evocar aquellos días
4
1— .— *— .— ,—
.— .— .— .—
ya lejanos pasados bajo el sol de fue! go de la India, aspirando aire en el
| cual se unían fortísimas fragancias
* de magnolias y de ciñámonos a mias
mas letales de cadáveres en putrefac‘' ción.
Hija única de un diplomático, cuan
do la peste y el hambre asolaron las
<> comarcas indianas unióse a las damas
de la colonia inglesa para auxiliar a
" los infelices que sucumbían abando
nados.
Y en un hospital, afrontando vale,, rosamente la inminencia del contagio,
asistiendo a los enfermos, ensavando
" los procedimientos novísimos del ma
logrado Cámara Pestanha, encontró a
Fernando.
,,
Atracción recíproca, avasalladora—
afinidades electivas, de Goethe—los
" reunió a la cabecera de un moribun
do. Hablaron poco, muy poco; di júra
se que temían profanar la majestad
" de aquella emoción primera con vul
garidades de expresión; se miraron
" fijamente, con miradas que eran son
deos en el mar del alma. Y cuando
el diplomático, víctima de la epide" mía. descansó a la sombra de la cruz
del cementerio católico. Elena y Fer" nando se estrecharon fuertemente las
manos, sin sentir la necesidad de ha
blarse. ¿Para qué?
,.
Pocas horas antes de zarpar el va
por que iba a traerlos de Europa,
el oadre Larmmhe. iefe de la Misión
franciscana, bendijo la unión de aque
llos dos seres, flores hermanas de un
a. mismo rosal. Y al terminar la cerei monia, cuando se disponían a crat barcar, Elena vió palidecer densa!. mente a su marido, le vió oprimirse
* con la diestra el corazón y—; cosa
» más ra ra !—se fijó especialmente en
j que la mano izquierda de Rossi se
f tornaba blanca, nsuy blanca, con blan
t
r
♦
-*---
^— f
cura de marfil antiguo, con blancura ♦
que recordaba la del Cristo marmó- 1
reo que Benvenuto Cellini dejó para
asombro de generaciones en el tras- ,
coro alto del monasterio escurialense.
—; Qué te pasa ?—preguntó azora- *
da, inquieta.
Fernando hizo un esfuerzo para *
sonreír.
,
—¡ Nada! Tranquilízate... ¡Una co
razonada ! Acabo de experimentar ♦
una sensación indefinible, lo que suele '
llamarse un presentimiento: he visto f
a mi maestro, al padre de mi espíritu, '
al venerable Charrot, morir en París. ¡
La impresión tardó poco en disi- •
parse; en las horas de felicidad, aun
para los espíritus más llenos de te- t
’arañas supersticiosas, el graznido !
agorero de la lechuza es accidente,
sin importancia cuando hay lumbre ^
en el hogar, salud en el cuerpo, paz
en la conciencia y amor en los pechos. *
Y, sin embargo, al saltar a tierra j
Rossi recibió la noticia de la muerte i
de Charrot. El glorioso alienista ha- ?
bía fallecido en la fecha en que Fer- 1
nando contrajo matrimonio.
La corazonada acertó; el presentí- ^
miento no fué caprichosa contracción
de nervios.
t
Existía algo más; algo más hondo; 1
algo más fuerte que la distancia;
algo que escapaba al microscopio y
al escalpelo y que caía dentro de lo
puramente psicológico.
Ese algo, ignoto entonces, fué para
Rossi el alboreo de un nuevo día, la
orientación del rumbo de sus traba
jos, el dedo que le señalaba un cami
no, el aviso de que el enigma de la
esfinge no era totalmente indescifra- 1
ble.
Los pudeladores de hierro en los
Altos Hornos, sufriendo mucho físi
camente, sufren infinitamente menos ,
♦
-»
♦
1— -♦
de lo que Rossi sufrió a partir de
<• aquel instante.
En el crisol ígneo de su cerebro
fundió ideas, nuevas, especulaciones
l( audaces, hipótesis absurdas, delirios
morbosos; con el férreo instrumento
<• de su voluntad probó, abrasándose.
cegándose, a dar forma a aquella ma° sa roja, incandescente, elaborada por
(> la fiebre.
A los golpetazos brotaban esas mi<* riadas de estrellas que surgen anun
ciando la redención de la pirita. Y
c-as estrellas minúsculas brillaban efí
meramente con fulguraciones de as
iros ante los oios del Doctor y se des-
t
hadan, convirtiéndose en negruzco
polvillo.
Dos años corriendo desesperada
mente tras la idea fugitiva; dos años
embarcado en la carabela del ensueño,
sin arribar al mundo inexplorado, le
hubieran enloquecido. Se sostuvo por
un milagro de voluntad y por un mi
lagro de amor.
Voluntad era su ambición; amor,
su compañera adorada.
Apoyado en una, reclinado en otra,
pudo Fernando subir las asperezas
del calvario.
De los dos años de lucha nació un
libro.
♦
1
“ La Ciencia del Dolor” provocó
I animadas controversias.
Acaso la más interesante fué la que
se_riñó en el comedor de la quinta
,, de Rossi.
—Yo no le niego la originalidad
" —afirmaba nada menos que el excelentisimo e ilustrisimo señor don Se• rafin Bracamonte, presidente de la
l -\cademia de Medicina, senador y
j otras zarandajas muy decorativas— ;
f tan no se la niego que. a mi juicio,
I el pecado grande del libro está en ser
, excesivamente original: cosa imperI donaMe.
Sonriendo bonachonamente, un pe♦ riodista de talento observó:
—; Así Dios me diera posibilidad
* para pecar de ese modo siquiera una
vez al mes 1
♦
Y un mequetrefe, un doctorzuelo
♦ que llevaba en las venas bilis en vez
I de sangre, que discurría con el hígado
* y que, a fuer de fracasado, odiaba
al verdadero mérito con ese odio sa-
ñudo y cobarde que hacia todo lo que
vuela siente todo lo que rastrea, in
sinuó suavemente:
—'í O h! El libro es una maravilla
de voluptuosidad imaginativa, una
gran obra de... poeta. A los poetas
no hay que pedirles que razonen sus
rimas, ni que documenten sus estro
fas.
El tiro iba bien apuntado.
Movano, el noble periodista, con
trajo los labios en sonrisa leve de
ironía, de conmiseración despectiva.
Bracamonte, que era “ pacífico” en
todos los terrenos, tosió con cierta
inquietud, temiendo, acaso, una esce
na violenta.
Guillermo, el ayudante de Rossi. no
supo ni pudo contenerse, y con vehe
mencia nacida de gratitud y de ad
miración. con ese bendito entusiasmo
caldeado por el hervor de la sangre
moza, emprendió gallardamente la
' efensa de la obra de su maestro.
—Niego en redondo — exclamó —
«—
V
•’ que la ficción poética exista en ese
libro. Es cabalmente todo lo contra
rio ; la obra es experimental, cientí,, fica, hasta clásica, porque lo clásico
no es, no puede ser rémora del pen•• samiento. Ni un sólo descubridor ha
escapado al sambenito de loco, de vi
sionario, y los visionarios, los locos
,, de ayer se llaman hoy Colón, Copérnico, Galileo, Servet...
—No confundamos la cuestión—ini terrumpió con intención maligna el
T envidiosuelo—. No confundamos a
1 los descubridores de hechos con los
soñadores más o menos artistas. Los
•■ unos son aeronautas, que arrostrando
peligros se lanzan a los espacios pi
lotando su nave; los otros son,, lisa
(, y llanamente, unos caballeros que se
permiten, desde la azotea casera, la
•> distracción de lanzar globos-sondas,
ideas exploradoras sin finalidad útil.
''
Moyano continuó sonriendo con
desdén.
—No hay que exagerar—advirtió,
,, contemporizando, el respetable aca
démico—. Todo tiene su valor; crear
■> ideas acaso no sea empresa tan mag
na cual la de descubrir hechos; pero
tiene también su mérito... relativo.
—•; Absoluto !—protestó el periodis
ta—•. Para descubrir hechos basta po•• seer olfato de sabueso o instinto de
policía; para crear ideas se requiere
potencia cerebral nada común. Parmentier descubre un hecho cierto, po
sitivo: la utilidad alimenticia de la
,, patata; conquista de un talento prác
tico, pero mediocre. Cervantes crea
" al Hidalgo Manchego, concepción
^ perfectamente inútil en el orden maI terial, pero sq£lime de genio. ¿Quién
,, más grande, el doctor que combate el
hambre con la fécula de un tubércu■• lo, o el creador que simboliza la sed
de ideal y de justicia de las almas?
■----------*-
—La comparación no es justa—
murmuró el mezquino rival de Ros- "
si— ; Cervantes creó, inventó, descu
brió.' Y no hay ofensa para nuestro
querido amigo Fernando en que yo ,,
afirme que su obra no es de creación,
y sí de atisbos, de vislumbres de algo
que probablemente no existe o que,
dado caso que exista, aun no ha en
contrado descubridor.
Esta vez la puntería iba. afinándose.
Hubo una pausa breve.
— Qué entiende usted por crear ?
—preguntó cándidamente Guillermo,
cayendo en el lazo que se le tendía.
El portier del comedor se desco
rrió, dejando ver a Rossi que llegaba;
había oído las últimas palabras de su
detractor.
Con visible esfuerzo, con marcada
repugnancia, tras un ademán en so
licitud de silencio, dijo:
—Dispénsenme, amigos míos, que
hable de mí. Efectivamente, tiene ra
zón el doctor Pardillo. No he creado,
no he inventado... todavía. Mi libro
—perdonen la inmodestia del símil—
es, a lo sumo, como el croquis im
perfecto que esbozaba ante el padre
Marchena, en la celda prioral de la
Rábida, un mendigo genovés, “La
Ciencia del Dolor” es una solicitud
a la gran reina, a la Ciencia, en de
manda de auxilio. Y ese auxilio lo
encontraré, respondo de ello; algo que
no engaña me dice que lo encontraré.
Y cuando lo encuentre, cuando docu
mentado de modo irrefutable, ofrezca
ejemplos de que el caso de Charrot
no es único, espero que aun los más
escépticos se rendirán ante la eviden
cia...
—Por mi parte—apunto Pardillo—
no ansio otra cosa. Me bastará con
que se repita un par de veces la -co
razonada. Lo celebraré y lo deseo.
"
—Lo deseamos todos y lo espera
mos todos—exclamaron a dúo el aca
démico y el periodista.
—Yo hago más que esperarlo: es
toy seguro de ello—añadió el discí' ' pulo.
—Así sea—concluyó Pardillo; y, al
despedirse, con gesto que pretendía
,, ser mefistofélico y que era una mue
ca de tristeza del bien ajeno, deslizó
1• insidiosamente:
—No puedo remediarlo; me asus
tan, me asustan las exaltaciones de
la opinión pública; no existen térmi
nos medios; dígalo la crucifixión de
.< descrédito y de fracaso en que murió,
tras absurdas y prematuras apoteosis,
1’ el supuesto inventor de la navegación
submarina, aquel pobre Peral.
Y con este postrer flechazo, salió
.. de la estancia el miserable, ufanán
dose con ufanía de inmunda larva
" sepulcral que ha profanado la majes■• tad del cerebro de un hombre ilustre.
Lo triste, lo lamentable es que por
" circunstancias de diversos órdenes—
miedo a innovación, envidia, temor
supersticioso, recelo de atentado a la
.. religión, pereza mental, respeto a tra
diciones seculares; amén del descré' dito a que farsantes sin ciencia y sin
conciencia llevaron los estudios tele
páticos—casi toda la sociedad culta o
,, que pasa por culta pensaba y juzgaba
con la saña pesimista de Pardillo, o
• por lo menos con la incomprensión
de Bracamonte. Guillermo y Moyano
constituían núcleos de exiguas mino,, rias; de esas minorías gloriosas que
saben creer antes por instinto que por
■ razonamiento, por simpatía honda,
irresistible hacia lo que, evolución o
revolución, significa un paso hacia
,, adelante.
Cierto que como compensación de
" la falta de justicia nacional, llegaron
de Europa y aun de Norte América ]
aplausos, estímulos, felicitaciones, *
cartas, telegramas y estudios biblio
gráficos que eran incienso quemado
por corazones grandes, por cerebros i(
lúcidos, ante la esperanza—realidad
posible y probable en un próximo fu- ■■
turo—encerrada en Jas páginas de
“La Ciencia del Dolor”.
t
Cierto que entre los homenajes j
hubo dos verdaderamente excepcio
nales.
,,
Uno, el del venerable Brummel, de
cano de la Facultad de París, asegu- "
rando, bajo la fe de su palabra hon
rada, por su honor sin tacha, que el
sabio Charrot, al expirar, había pro
nunciado el nombre de su predilecto
discípulo Fernando Rossi.
Otro, el de la Academia de Suecia,
encargada de adjudicar los premios j
instituidos por el ingeniero Alfredo ,
Nobel.
La enhorabuena de esta prestigiosa <•
y adulada corporación valía tanto co
mo un ofrecimiento oficioso de votos
para otorgar a Rossi la recompensa
consagradora del genio, como una in
dicación clara pidiendo a su patria o
que propusiese esa candidatura.
Los Pardillos habían olido la pól- “
vora desde muy lejos y llevaban ya
adelantadísima la campaña contra las
exaltaciones prematuras, contra los „
amvistas y los amigos de arrivislas,
contra los que ofuscadamente se obs- "
tinan en proclamar vencedor a un
soldado antes de entrar en batalla.
Los Bracamontes, aun cuando ins- ,,
pirados en sentimientos menos mez
quinos, servían como tlascaltecas a la <>
causa de los Pardillos.
Había que dejar al tiempo el cui- t
dado de dar madurez a los frutos— [
ecian todos los señorones valetudi- j
nanos acaudillados por el parsimo- *
•> nioso académico—. No eran conve
nientes ni discretas las precipitacio
nes. Rossi valía bastante, pero... era
,, demasiado joven. Ya le llegaría su
turno; podia esperar; a los treinta y
•■ cinco años se está empezando a vivir.
En cambio, ¡ oh 1, en cambio no era
humano negar la satisfacción del lau0 ro sueco al casi centenario doctor
Pérez y Pérez.
••
Los Pardillos se permitieron lanzar
la idea de que el doctor Rossi era
un candidato de perlas para el pre
mio asignado a la poesia.
Y entonces, en la primera plana,
•■ en el sitio de honor del rotativo de
más público, apareció una vibrante
crónica de Moyano: himno a la ju
ventud, latido de entusiasmo férvido
| hacia el genio, hacia el genio que
1 está por encima de convencionaiis| mos, de fórmulas, de recuentos de
años; y, como nota soberana del him
no, un grito de aliento a Rossi, un
gesto de asco a la vileza de sus ene
migos, una varonil petición de ho
menaje al más excelso poeta de lá
Ciencia.
La crónica tuvo— cual toda protes
ta gallarda contra la injusticia—el
hermoso privilegio de agrupar en
torno del nombre de Rossi a lo más
sano, a lo más fuerte de la juventud
que sabe ser joven pintando, mode
lando, escribiendo, estudiando, volan
do con dinamita de ideas el ramplonismo de los atrincheramientos alza
dos por la rutina para resguardo de
ignorancias disfrazadas con bordados
casaconcs, con máscaras de gravedad,
con decires sentenciosos, solemnes,
pero abrumadoramente vacuos: tor
pes patanes representando el papel
de grandes señores en los farandulescos entremeses del vivir social.
Con todo, la envidia—cual la ca
lumnia—nunca da zarpazos al aire;
siempre se lleva entre las garras ji
rones de honras o pedazos de ilu
sión.
Al removerse el pantano infecto
con el chapoteo de miserables ba
tracios, produjéronse burbujeos del
agua muerta, remolinos de baba. Y
de la ciénaga fué subiendo, subiendo
en lenta, pero segura ondulación,
vaho de bruma, espumarajo de cóle
ra, que al cabo llegó a velar la luz
fulgurante del sol glorioso.
Y el premio instituido por Alfredo
Nobel no se adjudicó al autor de “La
Ciencia del Dolor”.
IV
Eueron, entonces, los días fiebres;
.. las noches, vigilias de mareante deli
rio ; volcán, el cerebro; lava encen" dida, la sangre; potro de tortura, la
idea...
. En vano procuraba Elena distraer
a su manido, apartarlo de aquella ob
sesión asesina; en vano Rossi trataba
de substraerse al asedio de sus am
biciones. Momentáneamente, en pa
roxismos volitivos — contraidos los
músculos, tensos los nervios—sobre
poníase a la situación, adueñábase de
su conciencia, tal cual el domador que,
tras un instante de flaqueza, flagela
a latigazos, haciendo ostentación de
soberanía, a los feroces tigres que ru
gientes lo acorralaron en la jaula.
—No estás, nunca estarás satisfe
cho—le decía blandamente Elena—■. .1
♦
-é---------4 --------*
1--------♦ -------- ♦ -------- •---------•-------- ♦ - ------#
1 Tu afán es insaciable. A mí con tu plácido idilio, embriagada de luz y de
perfumes, recorrió la poesía de la Cos
amor me básta; a ti ni con mi amor
ta Azul: Niza, enorme ramillete de
i ni con el triunfo,
violetas; Monaco, la curiosidad de un
i
—¿Acaso he triunfado?—contestaprincipesco arrancado a las
j ba Fernando— ; quiero triunfar por •Museo
entrañas de la nodriza del mundo, de
♦ tu amor, para tu amor, para ser con
la. mar; Montecarlo, despeñadero de
[ mi victoria orgullo de tu existencia.
No, no me satisface que tu cariño sea arroyuelos áureos, sorbidos por el
(> bendito paño de Verónica, enjugador treinta y cuarenta y por esa rueda en
de mis sudores de sangre; ansio que la que el sarcasmo se ríe con la voz
* ese cariño sea diamante tallado que de una bola de marfil.
Ya en Génova, Rossi sintió desaso
brille a la luz de lo inmortal.
—'¿Vale, acaso, esa inmortalidad siego inexplicable, prisa que le empu
jaba a cambiar constantemente de ho
lo que te cuesta ?
—'Sí; para comprarla, es ínfima mo- rizontes. “La Villeta di Negro”, con
su espléndido panorama; la magnifi
■• neda una vida.
Y terco, obstinado, volvía a la bre- cencia del “Palazzo Reale”, con sus
1’ cha, al laboratorio, a las cuartillas del terrazas, que buscan la frescura de las
nuevo libro en preparación, “Las on olas; el Baptisterio y el Camposanto
das mentales” ; a los ensayos sobre la písanos fueron para Elena notas ape
,, transmisión de la luz, del sonido, de nas vislumbradas en la fuga calidos
los aromas, de la palabra, de la ener- cópica de una peregrinación angus
'' gía eléctrica.
tiosa, cual la del eterno caminante
• ■ Y ya eran polarizaciones, ya sin Asaverus. Y así, en carrera cada vez
tonización de instrumentos musicales, más exaltada, Ñapóles — tumba de
ya antenas generadoras o receptoras Virgilio, templo iluminado por el Ve
de radiogramas; siempre lo mismo y subio, y Pompeya y Herculano, mo
siempre el resultado idéntico: la íma- mias de arte exhumadas al cabo de
., gen fotográfica, la voz, la palabra es veinte siglos—, y el Coliseo, y San
crita, las vibraciones sonoras y lumi- Pedro, y el Puente de Rialto;' y en
" nosas, todo podía enviarse a distan saltos, sin orientación, paseos, ya por
cia, sin vehículos de cables o de hilos, la magia de esas primaveras perennes
todo era perfecta y regularmente que se llaman Bellaggio, Isola Bella y
,, transmisible, todo menos el pensa Luino, ya por esos inviernos domina
miento redimible del pesado grillete, dores de los espacios, por las nevadas
" de la tosquedad de la expresión.
cumbres alpinas.
¡ Viajar para beber el olvido en la
Y, al cabo, en alas del vértigo, la
copa de la distracción! Lo insinuó calma y el silencio, como sedantes, a
,, Fernando, lo aceptó Elena con ale orillas de la turquesa del lago ginegría infantil, y del anunciarlo a po- brino: paz, descanso.
■' nerlo por obra apenas si medió un in
El recuerdo de Ginebra quedó en el
tervalo de veinticuatro horas.
espíritu de Elena como visión dantes
El itinerario, en su primera parte, ca, como atormentado “Capricho” del
,, era el obligado de los viajes de novios inmenso Goya.
por Italia.
.
aEnuerzo ofrecido en el sanato
<> Elena lo comenzó con sonrisa de
rio del célebre doctor Leiter, en ho-
j
i----- ♦------♦ — 4 ------ ♦------ ♦------ «------ ,------ *------* B
ñor de Rossi; una visita al estableci
miento— jaula de cuerpos sin almas— ;
un sobresalto brutal en el jardín de
los locos.
Caía la tarde. En el centro del jar
dín—triste, con tristeza de patio car
celario— entre perfiles de plantas ver
des sin lozanía, una mujer — Ofelia,
mustia— deshojaba rosas de otoño.
A l aparecer Rossi, la demente corrió
hacia él, le echó los brazos al cuello y,
precipitadamente, con incoherencia de
alucinada, pero con firmeza veraz, ex
clamó:
— Te esperaba; me daba el corazón
que vendrías; estoy enferma, ¿sabes?
Juan viene, a verme todos los meses.
Pronto estaré curada. ¡ Adiós !
D ijo y se alejó deshojando flores,
hundiéndose en los claustros, donde
gesticulaban, cuchicheaban y brinca
ban seres que de humanos casi sólo te
nían la form a; mariposas sin alas que
inútilmente se retorcían con ansias de
luz.
— Neurosis aguda, incurable, decla
rada a raíz de un atentado anarquis
ta; esposa de un libertario peligroso—
explicó el director del manicomio.
—Es mi prima hermana Margarita
—murmuró pensativo R o s s i— . La
creía muerta.
Y al volver al hotel, Fernando, en
simismado, ya no sintió prisas; acaso
consideró que había llegado al térmi
no de una de las etapas del gran viaje.
Pasóse la noche meditando, repi
tiendo las palabras de la loca: “ ¿Me
esperaba?... ¿Le anunció el corazón
mi visita?”
A la mañana siguiente tomó al sa
natorio; misteriosamente, en el jardín
de los locos— cercado por carcajadas
de insensatez— habló largo rato con
Margarita. Esta callaba y asentía in
clinando la cabeza.
En el expreso, impaciente, devorado
de nuevo por el ansia de recogerse en
su estudio, Rossi hablaba solo, taco
neaba, quedábase inmóvil, toda su
vida le afluía al cerebro, y en las
pupilas relampagueantes había algo
que hubiese sido motivo de grave in
quietud para Pardillo, de esperanza
jubilosa para Moyano; algo que ha
ca temblar a Elena con el espasmo
de lo sublime: ese algo que a través
de las edades sueña el alma ver en
César al salvar el Rubicón, en Cor
tés hundiendo las naves, en todo eí
que, tras vacilaciones de tinieblas
arranca una chispa golpeándose el al
ma con el eslabón de la voluntad.
Abiertos los ojos desesperadamente,
crispadas las manos sobre la parte su
perior izquierda del pecho, contraído
el semblante con dura contracción de
ansiedad desgarradora, dolorosísima,
Rossi, hundido en un sillón frailero de
su laboratorio, insensible a toda in
fluencia exterior, realizaba una opera
ción portentosamente extraña: algo
que era compendio de magníficas au
dacias conquistadoras, de sublimes te
meridades heroicas, de prodigiosos sa
crificios de mártires creyentes, abne
gados.
Mudo, abstraído, cerniéndose en es
píritu sobre las cumbres de la huma
na ciencia, águila del genio, el Doctor
había ido desgranando inconsciente
mente las cuentas del rosario de oro
de las horas, sin sentir el cansancio fí
sico, perdida la noción de la realidad,
en la desesperación de la espera. Así
Arquímedes, en su labor truncada por
el hierro de los legionarios de Claudio
Marcelo, ganador de Siracusa.' Así
Basilio Valentín, ante sus hornillos,
aguardando de la alquimia el secreto
de la vida; el elíxir eterno inmortalizador de mortal existencia; la pie-
»
vida, se acongojó. Iba a repetirse el I
dra filosofal, transmutadora mágica acceso. El día antes, al atardecer, fue j
de vilezas de metales bajos en purí testigo de otra crisis analoga, crisis
simo oro de sol, hecho lingote.
que se resolvió exclamando el Doc
Lentamente, con andar de madre tor
pausadamente, con solemnidad
que se acerca a la cuna del hijo en profètica,
firme convicción de
fermo, avanzó una figura de mujer. iluminado : con
“¡
Ahora
¡ Ahora ! ¡ Aho
amor y sufrimiento modelados en be ra mismo! Lo sé..., ! estoy
seguro de
lleza.
ello...
Lo
veo...
Lo
veo...
Una
Compasiva se detuvo en mitad de la estalla... Allí... en el pórtico... bomba
El du
estancia.
que...
El
gran
duque
cae...
muere...
En la lucha de la ternura con
!”
el respeto, rocío de llanto humedeció ¡ LoLaveo
esposa
temió algo horrible: cre
las violetas de sus ojos. Al fin llegóse yó que la locura
aquel ce
hasta Rossi. Los lirios de marfil de las rebro conturbado obscurecía
por
insomnios
cons
manos-femeninas ungieron las acalen
turadas sienes del investigador; la ma tantes, por febricitaciones de rudo la
riposa de un beso rozó la ensombreci borar.
En presencia de lo que se le antoja
da frente de ensueño, y una voz, que
tenía dulzuras de caricia y melancolías ba nuevo amago de la terrible enfer
medad, quiso gritar, pedir socorro, in
de lejano plañir, murmuró:
—¡ Fernando ! ¡ Fernando mío ! Cae vocar el auxilio del discípulo, del ayu
rás enfermo... Ya es de noche... Aún dante del Doctor.
te estamos aguardando para almor No hubo tiempo para ello. Guiller
mo, el hijo adoptivo de Rossi, entró
zar...
Con gesto de varonil gallardía, ir en la estancia. Demudado, descom
guió el Doctor la noble cabeza—testa puesto el semblante, arrugando entre
de león arrogante— ; la expresión las manos una hoja de papel impre
de ansiedad desgarradora, dolorosí- so, cayó de rodillas ante el sillón frai
sima, desapareció a la vista de la mu lero, besó devotamente la diestra del
jer amada, y atrayéndola contra el sabio y con fervor dijo:
pecho, contestó:
—Maestro : ¡ creo en ti 1
—¡ Perdóname ! Soy un pobre loco
De pie, rígido, escuchó Fernando la
que al dar su vida a la ciencia o a lectura del telegrama narrador del
una ilusión de ciencia, tiene momen atentado que el anarquismo perpetró
táneos olvidos para su alma. ¡Vamos, veinticuatro horas antes en la capital
alma m ía!
del imperio moscovita. Su ciencia no
Y al hablar Femando Rossi, era le había engañado. Sí, la tragedia fué
temblor, espasmo, palpitación difícil tal cual él la “vió” a través de cien
mente enfrenada por fiero arranque tos y cientos de leguas de distancia.
de voluntad.
¡ Llevaba todo un dia agonizando en
La voz, los dedos enflaquecidos, la espera de la confirmación del su
las pupilas de acero, los músculos de ceso !
la cara hebraica, todo lo que en aquel
La esposa y el discípulo, inmóviles,
cuerpo encerraba flúido vital se es atónitos, rendían homenaje de admi
tremecía bajo influencia misteriosa.
ración honda—amor y llanto—al des
Elena, el alma mártir de aquella cubridor de la “telegrafía del senti-
miento”, al Miguel Servet de las “on del sensorio los dogmas del nuevo
das mentales.”
evangelio de la Ciencia.
Y el padre sol, en su estertor pos
Elena, cuando terminó Femando la
trero, hizo romana púrpura de la blu explicación, quedóse fija, muy fija con
sa de trabajo del sabio.
la vista posada en la noble frente de ,,
— i Perdóname, creo en t i !—musitó su esposo.
Elena.
Aquella frente se le antojaba algo "
— No creáis en mí. Creed en la
así como colmena rumorosa, en la
Ciencia— contestó con dulce sencillez cual las abejuelas rubinegras de las
el maestro.
ideas habían ido laborando el áureo .,
Y luego, acallada la exaltación mor panal de lo que encierra lo humano
bosa de los primeros instantes, sabo de divino.
'’
reando ese dulzor efímero que hay en
Y amorosamente, poniendo en un
lo hondo de todo cáliz— cáliz de vida o beso respetos a la Ciencia y admira
cáliz de flor—, Rossi, con serenidad ciones al sabio, rozó Elena aquel al- ,,
cázar de grandezas, aquel trono de la
pasmosa, con serenidad superhumana,
habló de su descubrimiento, habló sin más alta majestad; y luego, ruborosa, •>
falsa modestia, pero sin orgullo, sin confusa, balbuciente, interrogó:
—•i M argarita?...
jactancioso alarde, con la satisfacción
—M argarita, sí— exclamó Rossi, con
de conciencia del que ha llevado a
feliz término una misión aventuradí el goce del que se siente adivinado,
comprendido por la compañera de su 1
sima.
existencia— . Margarita, la pobre lo- I
E l que por vez primera llega a una
ca, me ha enviado desde el sanatorio, "
cumbre puede sentir el vértigo de la
en la onda de su sentimiento, la im
altura, el desvanecimiento de su en
presión del horror que ella ha experi
tronización.
mentado, porque ella, indudablemente, ,,
El que ha subido a todas las cimas
también ha visto desde Ginebra lo
sólo siente la paz compasiva de lo
ocurrido en la, capital de R usia; por- . >
grande ante la contemplación de lo
que acaso Juan, su marido, ha sido
pequeño.
autor o cómplice del atentado; porque ' ’
— Sí, Elena m ía; sí, mi querido Gui
el alma de Margarita no está en el
llermo— afirmó el Doctor— . La exis
tencia de las ondas-mentales es ya un manicomio; se arrastra a remolque del
alma sectaria de Juan.
hecho cierto, indiscutible; la telepatía
— Maestro, ; pero entonces... ?— dij o
pasa del campo de la ficción al de la
Guillermo.
'’
realidad científica; el pensamiento del
—
Sí,
muchacho,
s
í:
se
trata
de
un
hombre puede transmitirse, c o m o
doble caso de telepatía; de un mensaje
Marconi transmite sin hilos la pala
reflejo; de dos transmisiones de ondas ,,
bra.
mentales provocadas por un mismoheLa esposa y el discípulo callaban y
cho. De un fenómeno tan estupendo, ■>
oían. Oían, y en la hiperestesia de la
tan grande, que hay que inclinar la ca
sugestión todos los poros de la piel
beza y apretarse las sienes, y sujetar
eran receptores auditivos y todas las
a la vida y a la razón que quieren espalabras del maestro eran como agu
caparse; sujetarlas siquiera hasta el
jas finísimas que penetraban con pun
momento en que el hecho quede com- .,
ción dolorosa, fijando en las retinas
*
probado y analizado; sujetarlas para
que no vuelen y se pierdan en las es
pirales de ese mundo que nace, de ese
mundo caótico que, invisible para
nuestros deficientes medios de per
cepción, flotaba, flotaba como en el
principio del espíritu de Dios sobre
las aguas.
Y, efectivamente, el caso era estu
pendo ; más estupendo aún cuando
quedó demostrado, merced al acta que,
desde Ginebra, remitió el doctor Leiter, declarando que a la hora exac
ta de perpetrarse en Rusia un aten
tado por el anarquista Juan Arnaldi, la
esposa de éste, Margarita Lucca Rossi, sufriendo un ataque convulsivo, re
lataba el hecho cual si lo estuviera
presenciando, y unía al relato, trunca
do, incoherente, el nombre del doctor
Rossi.
Nadie osó negar el triunfo. Nadie,
tampoco, lo proclamó incondicional
mente. En el mundo de la Ciencia pro
dujo movimiento de expectación, sólo
comparable al que en un observatorio
astronómico pudiera producirse ante
el anuncio de que un Herschel, tro
cando en realidades las fantasías no
veladas por un Heriberto Wells, ha
bía logrado establecer comunicaciones
regulares con los habitantes del pla
neta Marte.
Maestro — observaba con acento
de cariñosa reconvención el periodista
Moyano—. No está usted a la altura
de su triunfo. Hosco, receloso, des
confiado, parece usted incompletamen
te satisfecho de si mismo y de su
obra.
—Lo estoy — contestó Rossi, con
acento de honda melancolía.
Elena sofocó un suspiro, que casi
era un sollozo.
Guillermo, estupefacto, abrió mucho
los ojos, sin comprender lo que pasa
ba en el alma de su amado maestro.
Qué desea usted ahora? ¿Qué
inquietud le desasosiega? ¿Qué otro
mundo pretende conquistar?—insinuó
Moyano.
¿1 Doctor movió dubitativamente la
cabeza.
—Comprendo, adivino — dijo con
amargura—que mi labor está por ha
cer, que mi doctrina podrá encontrar
aplausos, pero no creyentes; que la
mala fe querrá presentar a las ondas
mentales en pugna con la Religión; y
aun voy más leios: estoy persuadido
de la dificultad casi invencible de
difundir convicciones propias, perso
nales, en una sociedad peor que escép
tica, indiferente. Para ser creído, si
quiera relativamente, necesito seguir
uno de estos dos caminos: el de la
exhibición pública con demostracio
nes experimentales, descendiendo al
terreno de un prestidigitador más o
menos vulgar, o el de arrojar a la
cabeza de se público pruebas sobre
pruebas, testimonios sobre testimonios,
aplastándole moralmente ante la evi
dencia de hechos consumados, luera
del alcance de sus sentidos, pero ra
zonados, testificados, comprobados de
manera irrebatible.
Moyano asintió con disgusto.
Guillermo se mordió rabiosamente
los labios.
Elena no pestañeó, pero la blancura
de su rostro tomó tonos de cera, y en
las pestañas—oro de antiguo retablo-—
tembló el sufrimiento, cuajado en una
lágrima.
Mi_camino está trazado—continuó
oss* • Para luchar nací y seguiré
firme en la brecha, luchando siempre;
si caigo, caeré abrazado a la bandera
e la, \ erdad absoluta, a la bandera de
a íencia y del Trabajo... Acaso hago
mal, acaso me equivoco, acaso realizo
> una pobre tarea suicida obstinándome jugaban o, a lo sumo, empezaban a [
en reñir batallas de luz contra el mis asistir a la escuela primaria, Fernán- 4
terio. Tal vez, según afirmaría el vul do Rossi—entonces era Fernandito—, j
go, ese es “mi sino”. Desde niño siem se iniciaba en la segunda enseñanza,
pre inspiré miedo, miedo... o envidia. asistiendo a varias clases del Institu- i
Y remontando la corriente del Jor to e invariablemente a la desempeña- ¡
dán de su pasado, Rossi habló de sí; da por su padre.
y
habló sin ufanías de vanidad, sin amor Por intuición comprendió que se le i
propio, sin poner en la paleta, al esbo reservaba el papel de “niño prodigio- *
zar el cuadro de su existencia ante so”, y quiso protestar, rebelarse, opo- 1
rior, negruras ni rosicleres exagera nerse, ya de frente, ya con tozudeces ¡
dos para lograr impresiones efectis de inercia. Todo inútil.
4
tas.
“Estaba escrito” que había de ser, I
Dij érase al escucharle que estaba y fué una de esas criaturas que ha- t
refiriendo la historia de la peregrina cen exclamar; “¡Da miedo el talento ^
ción de un hermano, de un amigo del de este hombrecito!”
alma; peregrinación de un Livings Amargamente sonreía Rossi recor- j
tone, de un Stanley, por desiertos in dando aquel su primer calvario.
Su madre, ¡bendita mujer!, plega- y
explorados, por comarcas estériles,
abrumadoramente monótonas, aguija da a la voluntad y dócil a la suges- j
do por el sol enemigo, ejerciendo un tión de su esposo, colaboraba resuel- i
apostolado en medio de tribus salva tamente en la obra de formación del j
¡
jes, manteniéndose de pie entre can “fenómeno”.
sancio, sed y hambre. Solo, siempre —¡ Y el fenómeno era yo!—decía el
solo, infundiendo miedo cual si fuese Doctor—. Y fui fenómeno de resisten
aborto de la Naturaleza, o pesadilla cia para estudiar, un fenómeno de me
moria, un fenómeno de acumulación
plasmada en monstruosidad.
¡ Sus padres! Un pobre catedrático de sobresalientes, de diplomas y de.
de Física, enervado por el desgaste de matrículas de honor. Y respeto me
eran la amistad de mis condiscí
los años consumidos en recitar maqui droso
pulos
y
las predilecciones de mis pro
nalmente las mismas explicaciones,
con los mismos aparatos defectuosos fesores; y miedo, miedo mal emboza
do en desdenes, eran las sonrisas que a
e inservibles, ante unos alumnos que mi
paso asomaban a los labios de las
parecían siempre los mismos, que se
admiraban siempre con idéntica admi muchachas que se entretenían jugan
ración ante idénticos experimentos, do a los noviazgos con mis camara
que repetían indefectiblemente—rin das.
diendo culto a necias tradiciones es Y seguía narrando, narrando aquel
colares—las mismas bromas de gusto ayer en el cual no se le anquilosó el
dudoso, rompiendo bruscamente, para alma y no se le fosilizaron los senti
ocasionar una descarga eléctrica, la mientos por la magia de la Ciencia,
cadena de Leyden, o colocando algu que a veces tiene para sus amadores
na suciedad, para reír luego al verla calor de regazo, cariños maternos.
engrandecida, en el objetivo del mi Insensiblemente el niño se hizo
cómplice del deseo de su padre. In
croscopio solar.
„
Cuando los demás chicos de su edad sensiblemente se apegó a los libros, y
jr
aguarda y suspira por ver
una solemnidad oficial, presidida por dando,
abierta
una
que le ofrezca
un augusto personaje, y de otras mu el espectáculoventana
de
los
jardines
de Ala
chas cosas, tan merecidas como agra dino. Aun el espíritu más prosaicadables.
burgués, en las horas de la di
Lívido, rabioso de impotencia, Par mente
gestión,
fantasea y le place suponer
dillo no tuvo fuerzas para contestar. que el alma
del vecino—ya que no la ^
—Lástima grande que la lentitud en propia—puede,
frotación musita
estos casos de justicia los haga apa da. ser lámparapor
maravillosa
abridora (1
recer como determinados por imita de mágicos alcázares.
ción de la conducta de otros Gobier Se estaba pendiente de la vuelta de •>
nos hacia nuestro gran compatriota Rossi para abrir de par en par las
—exclamó Moyano.
del entusiasmo. El reporte
Y mientras la opinión reaccionaba válvulas
rismo
afilaba
lápices para curiosas in- (
en su favor, mientras la patria—alec
y apretaba el Kodak para
cionada por las voces de alabanza que formaciones
obtención de instantáneas.
•>
surgían más allá de las fronteras—se la Advertido
a tiempo el Doctor, hizo
disponía a rendir homenajes a uno de circular la noticia
que se propo- "
sus más preclaros hijos, ese hijo iba nía permanecer unadelarga
temporada ^
de manicomio en manicomio, cele
brando conferencias con los más re expatriado para completar sus estu
•’
nombrados alienistas, estudiando y dios.
examinando a los dementes, amis Y despistando curiosidades regresó
tando con todos los desequilibrios que verdaderamente de incógnito, se aisló
la neurosis guarda entre la malla de en su quinta, se encerró en el laboratorio y por vez primera la puerta del
nervios anormales.
Público el hecho del triunfo logra sanatorio se cerró, no ya para Gui- ''
do. con el auxilio de la pensionista llermo, sino para Elena.
de! sanatorio ginebrino, no fué difícil Con silencio de tristeza resignada
suponer que Rossi buscaba “sujetos” acataron esposa y discípulo la volun- ,,
análogos, corresponsales que se en tad del sabio.
cargasen del servicio de la novísima Fernando desmejoraba de modo "
red de comunicaciones: de la línea te alarmante; al final de sus encerronas,
lepática.
salía en lastimoso estado de crispaAlgo llamó la atención el hecho de ción moral y física; los ojos le re- ,,
que, para levantar un edificio a la lumbraban como brasas en el fondo
razón, se tratase de utilizar la locura de cavernas obscuras; en la boca ha- •>
bia constantemente la contracción de
como cimiento.
La idea era osadísima, peligrosa un “rictus” de sufrimiento, hundidas ' '
las mejillas, prominentes los pómulos,
mente original.
Aun así se esperaban los resulta anheloso el respirar, aborrascada la
dos con esa confianza que, a despe barba, exangües las manos, opaca la .,
cho de todo, inspira la excelsitud de voz, vacilante el paso, Rossi era ima
"" lo que reviste caracteres sobrenatu gen de un Cristo moderno, modelo
ideal para un Beraud.
rales.
Hoy la gente duda y aun niega la Elena no se atrevía a traducir en
posibilidad de los milagros; pero du palabras su angustia. A solas daba
f
" rienda suelta al llanto, que era su
único alivio.
Guillermo, no menos preocupado,
, tampoco osaba hablar.
Al cabo de una noche, en la triste*
<' za de una velada lluviosa y solitaria,
mientras el Doctor permanecía ence
rrado en su gabinete, Guillermo, du,, dando mucho, con frases entrecorta
das, dijo a Elena:
''
—i El maestro se está matando !
No, no es que se mate sólo por el
exceso de la labor enloquecedora que
,, se ha impuesto; es algo más grave,
algo peor: se está suicidando a fuer■• za de inyecciones estimulantes: ¿ca
feína?, ¿esparteína? ¿Las dos cosas
a un tiempo? ¡No lo sé! Descendien,, do a vilezas de espionaje, lo he sor
prendido hoy ocultando la jeringui■• lia. Así me explico su perpetuo in
somnio, así temo que en una explosión
'' nerviosa le sorprenda la muerte en el
laboratorio. Lo que me aflige es que
no conozco fuerza capaz de hacerle
,, cejar en su empeño...
Enjugóse Elena los ojos; con un
■' ademán indicó a Guillermo que no la
siguiera, y resueltamente se dirigió
al gabinete y llamó una y otra vez
,, con ímpetu, impaciente, con la fir
meza del que está decidido a conse<> guir que se le facilite la entrada.
Fernando, sorprendidisimo, entre
abrió la puerta, y sin displicencia,
, ( sin enojo, pero con adustez, pre
guntó :
•• —¿Ocurre algo? ¿Me necesitas?
Desearía continuar estudiando un
' ' rato.
—Perdona que te interrumpa—con
testó Elena, entrándose en la estan,. cia, cada vez más intranquila al ob
servar lo descompuesto del semblante
' ■ de su marido—. Perdona que te in
terrumpa, pero se trata de algo ur-
gente, que debo y que quiero comu
nicarte.
<•
Instalóse en un sillón vecino al que
habitualmente ocupaba Rossi ante su
mesa de trabajo.
El Doctor, instintivamente, trató de
guardar un estuche en un cajón de la
mesa.
Elena lo detuvo, posándole la mano
en el brazo.
«
Me permites ?—exclamó.
Y sin esperar respuesta abrió el "■
estuche y leyó los rótulos de los pomitos; Guillermo no se había enga- ,k
nado: la cafeína y la esparteína esta
ban colaborando a la obra de aca
bamiento de Rossi.
.i
El Doctor bajó la cabeza como co
legial sorprendido por el preceptor "
en pecaminoso traveseo.
Dulcísonamente, con dulzura de
Dolorosa, Elena señaló aquellos ob- ,,
jetos, apuntó con el dedo unas foto
grafías que se hallaban sobre la mesa •>
en lugar preferente, solicitando la
atención, y balbuceó:
—Vengo a luchar contra nuestros
enemigos; hasta hoy pude callar y
callé, porque mi protesta, aunque na- <¡
cida del1 amor, había de tener carac
teres de egoísmo. Tu vocación valia '*
más que yo; la gloria de su nombre
estaba por encima de debilidades de
mujer. Pero hoy..., hoy—añadió con , L
acento más y más trémulo—, hoy te
hablo, no por derecho, sí por el cum- ,!plimiento de un deber. Fernando,
¡Femado mió!—sollozó, cayendo en
brazos de su esposo—. Quiero que ,
vivas para que no sea un huérfano
el... el...
<l
—r¿ Cómo ? ¿ Qué ? ¿ Qué dices ?—
gritó Rossi exaltadisimo, transfigurado, sin atreverse a dar crédito a
lo que oía.
—Digo—continuó Elena con triste .
"
i
♦
ble, entre la compañera transfigurada
por la anunciación de la maternidad,
y entre el discípulo honrado y adicto,
Rossi, sin un suspiro de pesar, sin un
gesto de pesadumbre, entrego la llave
del laboratorio a Elena, renunciando
implícitamente a la continuación de
su agonía investigadora.
sonrisa—, que quiero que vivas, aun
cuando sólo sea para que ames al lujo
que nos envía el cielo.
La exclamación de júbilo delirante,
nacida en el pecho del Doctor, se hizo
rugido en su garganta, lluvia de dicha
en sus pupilas, amor y gratitud en
un abrazo. Y aquella noche memora
VII
El desertor no se sentía bien: en
el fondo de la conciencia le atenaza
ban zozobras de remordimiento. Al
despertar de su locura, al fijarse en
su esposa, algo así como una puñalada
le partió el alma.
Elena estaba enferma, y él, sólo él
era el culpable del suplicio que había
torturado a aquella angelical criatura.
¡ Pobre insensato, había estado a
punto de perpetrar, con la crueldad
de la inconsciencia un doble parri
cidio !
Pero la enferma renacía y el pe
ligro se iba conjurando. El amor y
la felicidad, en todos los tiempos, han
sido curanderos insuperables.
La inquietud de Rossi se complica
ba con algo anormal.
La Ciencia no es juguete que pue
de abandonarse a capricho en mo
mento de cansancio o de hartura. Las
fuerzas de la Naturaleza, cual fieras
un instante desencadenadas, no siem
pre se resignan a volver a la esclavi
tud del encierro.
Y ocurría con frecuencia que, en
aquejlas horas de holganza dulcísima,
de intimidad deliciosa, de sosiego apa
cible—música selecta, charla de afec
to, paseos campestres— ; en aquellas
horas en que los esposos soñaban el
edificio de un porvenir que tenía por ,
comienzo una cunita azul y blanca,
Rossi casi perdía el habla, sintiendo "
en la garganta dogal de opresión, ex
perimentando como un desdoblamien
to de su ser, sufriendo cual si una ,,
mano férrea, implacable, le diese bru
tales golpetazos en el cerebro, tiro- •
nes fortísimos en el corazón.
Un día en que la sensación fué "
más aguda, en que la palpitación acre
ció en intensidad, en que el dolor
estuvo a punto de privarle de cono- ,,
cimiento, el Doctor — apoyando en
una mesa el brazo izquierdo, atara- ' ’
zado por sufrimiento infinito—coafc
só a su discípulo el horror de la si- "
tuación por que atravesaba.
—Mira, Guillermo: lo que me su
cede es inaudito, monstruoso, incon- ••
cebible. Abrí el cerebro a todas las
sensaciones, puse el corazón en ma- ' ‘
nos de locos y mis nervios están hoy
a merced de enajenados que los con
turban, que los han convertido en es- ,.
pejo de sus impresiones, siempre
amargas, siempre violentas, siempre <
desgarradoras. Soy como un niño entregado a una turba de epilépticos.
El discípulo, consternado, callaba
y oía.
Sí; no creas que exagero ni que . >
. deliro; busqué la amistad de los neurósicos, de los locos; necesitaba seres
que tuviesen corazón y que lo usasen.
¿Quiénes más a propósito que los
huéspedes de los manicomios ? ¿ Quién
ha usado más el corazón que un loco ?
Y los dementes me comprendieron a
su modo: la simpatía es el idioma
universal. El sufrimiento es la her
mandad que mejor se entiende sin
acudir a la expresión hablada. Lo
han dicho y no han mentido; esta
blecí una verdadera red de corres
ponsales; monté lo que pudiera lla
mar el servicio de “ comunicaciones
internacionales telepáticas” . Y cuan
do regresé de mi viaje, con necia
ufanía triunfadora, coloqué ante mi
vista, para que fuesen constantes
evocaciones de sugestión, los retra
tos de mis corresponsales. Otro tanto
habían hecho ellos con mi retrato. Así,
| viéndonos a toda hora, coincidiendo
nuestros pensamientos, concentrando
en una sola idea la atención, queda
ban instaladas— cual antenas del telé" grafo Marconi— las estaciones pro
ductoras y receptoras de las ondas
mentales...
,,
Hubo un silencio prolongado.
Trabajosamente, con ese trabajo
que cuesta declarar una mala a c
ción ejecutada a sabiendas, continuó
'' R ossi:
— H ice más: comprendí que nece
sitaba aguzar mi sensibilidad hasta
<. el límite de la resistencia física; la
depuré en el crisol del insomnio y del
" ayuno, llegué a conseguir algo; era
muy poco; la debilidad extenuadora
afina los nervios, pero roba potencia
,, vital, atenúa el movimiento del cora
zón. Entonces — añadió avergonza" do— concebí y principié a ejecutar el
plan que tu afecto sorprendió y que
el cariño de Elena me impidió con
sumar. Quise aumentar y aumenté el
ritmo del reloj de nuestra vida, ace- j
leré su marcha, provoqué artificial- ,,
mente, con inyecciones, un acelera
miento circulatorio que determinó una <•
sobreactividad cerebral. V iví en un
día la vida de veinte neurósicos en
delirio; el león de la poesía, “ el gibelino de facciones trágicas” no soñó
un circulo de horrores cual los que <.
yo sufrí y... sufro. Sí, no lo extra
ñes; en vano intento sustraerme a
la comunicación establecida. Llevo en
el alma las desolaciones de veinte
locos que se revuelven en convulsiones frenéticas, en espasmos de
muerte.
Guillermo pretendía inútilmente
ocultar su emoción.
— Lo espantoso— murmuró Fernán- ,,
do, cual si hablase consigo mismo—
es que mi padecimiento carece de
finalidad científica; recibo los golpes,
llegan a mí los choques de esas ondas que el cerebro envía por impul
sos del corazón, y casi no logro defi- |
nir su procedencia. A veces tengo i
vaga noción de lo que me dicen; es- j
toy convencido de que sólo he des- "
arrollado aptitud para recoger lo
magno, la nota sobreaguda. Me en
cuentro sin la clave para descifrar
los mensajes que me envían; soy co
mo un aprendiz de los rudimentarios 4
telégrafos ópticos: percibo señales,
comprendo algunas y, en los instantes en que creo vencer la dificultad,
una bruma espesa— bruma de impo
tencia y de ignorancia— corta la co- ,,
municación. Y así siempre. Y siem
pre con el corazón hecho yunque. <yunque martillado por el frenesí de
los dementes.
Oprimióse el lado izquierdo del pe- (
cho, con el movimiento de angustia
que ya en él era habitual; luego gol- .
peóse la frente y murmuró:
— Tú no sabes, Guillermo, tú no "
sabes, no quieras saber el dolor con
que se paga el aprendizaje de la Cien
cia del dolor. Tú no sabes, ¡dichoso
si logras vivir sin saberlo 1, la deses
peración de condenado a pena eterna
que hay en este vivir, cuando se lle
va el secreto de la gloria en el alma,
cuando intuitivamente se descifra
ese secreto, y, al ir a expresarlo, la
palabra es balbuceo torpe que ni
satisface ni convence. Aún fío, aún
espero, ¿ en qué ? Casi lo ignoro. Si
el corazón no salta, si de esta prueba
tremenda escapo triunfador, acaso la
voluntad desentrañe la palabra má
gica del enigma: la fuerza que me
permita aislarme a voluntad de las
corrientes que la locura descarga so
bre mí, enfrenándolas, encauzandolas, llevándolas a empleo fecundo
después de quitarles su poder ofensi
vo. Mientras tanto... sufriré en silencio los efectos de mi imponiente
temeridad.
Rígida, inmóvil tras la verde cortina de plantas de la terraza, Elena
oía las palabras de su marido, y al
oírlas veía claro lo que en ella pa
saba. Ella también estaba pálida, muy
pálida; ella también sentía ahogos,
palpitaciones, llamadas de extraños
avisos; ella también había visto que
en los momentos en que la sensación
se hacía dolor, su mano izquierda
albeaba intensamente, intensamente,
como azucena tronchada.
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••
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,,
VIII
— Hay— según afirmó con soberano
acierto, un mago del Arte— un mo
mento de oro en la vida de cada ser,
una cima luminosa en la cual le
aguarda y donde recibe cuanto le es
dado esperar en punto a prosperida
des, a goces, a triunfos. La cumbre
es más o menos elevada, más o menos
áspera e inaccesible; pero existe de
igual suerte para todos, para los
grandes com o para los pequeños. No
hay sino que, a la manera de ese día
más largo del año en que el sol ago
ta todos sus bríos y cuya mañana pa
rece un primer paso hacia el invier
no, ese “ summum” de las existencias
humanas no dura más que un sólo
instante, después del cual no cabe
sino bajar.
Ese momento de oro llegó para
Rossi.
Después de la subida al Calvario,
llegaba a la glorificación del Tabor.
La patria que, a pesar de los defectos de sus hijos, conserva alma,
abrió las manos generosamente derramando tesoros de afectos y de
honores para el sabio excelso.
Y, sin contar, con prodigalidad de
rica hembra, le concedió de golpe
laureles bastantes para satisfacer cíen
existencias de ambición; un sitial en
la Academia, una cátedra de estudios
superiores, una gran cruz, una sub
vención crecida para recompensar los
descubrimientos hechos y para sufragar nuevos trabajos. Y todo esto,
unido al premio Nobel y a medallas
y a condecoraciones que. del extran
jero venían, ofrecido en una sesión
deslumbrante, presidida por el je fe
del Estado y avalorada por la pre
sencia de todos los maestros del saber, de todos los cónsules de la men
talidad mundial.
Fué como un grito de resurrección
,,
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7
*
de la patria; fue como un testimonio
de vida nueva; fué como una convo
catoria a la que acudieron imperios
y monarquías y repúblicas con in
cienso, mirra y oro de admiración,
de afecto y de entusiasmo. •
Cuando el doctor Rossi, sereno,
digno, modesto, fué consagrado en
los estrados; cuando al terminar la
imposición de insignias, de cruces y
de galardones, tronó un aplauso tem
pestuoso en el salón, más de uno y
más de tres se dijeron lo que los in
genuas campesinos de Italia se decían
al ver la palidez cadavérica del Alighieri: “¡Está tan pálido porque se
asomó al infierno!”
Hubo seguidamente un silencio pro
fundísimo, religioso, absoluto.
Porque se aguardaba la revelación
del misterio. Porque, en aquel acto,
Rossi iniciaba las explicaciones de su
cátedra especial. Porque el descubri
miento de las ondas mentales, incom
prendido o comprendido a medias, era
para todos algo que producía embria
gueces, exaltaciones, deseos de rom
per en vítores, de tremolar banderas,
de correr en pos de charangas gritan
do hasta enronquecen El impulsivo no
reflexiona y en ello precisamente es
triba su hermosura romántica. Nadie
podía decir a punto cierto la utili
dad práctica que el país obtendría
del descubrimiento; pero el espíritu
aventurero de la gente soñaba ya
cabalgando por las regiones de lo
fastuoso y no faltaba quien de bue
na fe creyera que el dominio de
los mares, la soberanía del univer
so. el primer lugar entre las gran
des potencias y hasta la- clave de!
problema social se habían consegui
do por obra de esta conquista. Laignorancia y la fantasía engendran
monstruos.
*-
La noble figura de Rossi destacó en
la tribuna.
Firme, seguro de sí, comenzó a ha
blar.
—-Para que todo sea extraordinario
en esta hora—dijo tras breve saluta
ción de gratitud-—, quiero pediros al
go que. a pesar de vuestra buena vo
luntad, no podréis concederme por
completo. Os pido la amnesia del ayer,
el olvido momentáneo de cuanto ha
béis visto y oído hasta este instante.
Abandonad prejuicios y preocupacio
nes. pasad una esponja sobre el cere
bro para que reciba la impresión que
voy a transmitiros. Desechad temores.
No trato de empuñar la piqueta para
demoler lo que hasta hov existió. Mi
ciencia—que no es mía, que es vues
tra, que es de todos, porque el pen
samiento y el sentimiento no son pri
vilegio exclusivo de un individuo y sí
campo abierto a la Humanidad— ; mi
ciencia, nuestra ciencia, no viene a
destruir, viene a crear. Es creación,
creación surgida como un islote,
como una tierra firme en la in
mensidad de los mares. ¿ Nació por el
trabajo ígneo de un volcán, por un
sacudimiento del orbe o por la labor
tenaz, perseverante, de minúsculos
obreros madrepóricos? ¡Qué impor
ta ! Reconozcamos el hecho de que
¡existe y no investiguemos ahora las
'causas que han determinado su exis
tencia.
Y sin alardes retóricos, con la subvugadora elocuencia que brota del
corazón cuando dice lo que siente
,v siente lo que dice. Rossi, con
claridad meridiana, con palabra que
era como limpidez y transparencia
de atmósfera primaveral, hizo, en
tre aclamaciones de entusiasmo deli
rante, sucinta historia de sus jornadas
Exploradoras, de sus avances hasta
dolor entre el cementerio y nuestros
el ideal, de su conquista definitiva en
cariños.
la empresa de la transmisión del pen
Fragoroso retumbó un aplauso. La
samiento por las vibraciones afectiadmiración se exteriorizaba en gritos
, vas.
inarticulados, en contracciones ner
Mil gargantas, en un ¡ b ra v o! que
viosas, en jadeos, en llanto.
' era acción de fe, proclamaron con el
Cuando el je fe del Estado se le
descubridor la existencia de la tele
vantó de -su asiento y llegó a la tri
patía.
buna para abrazar a Rossi, la emo
Pudo restablecerse el silencio. En
ción se hizo rugidos, sollozos, enloque
la amplia sala percibíase como la trecimientos.
■' pidación de un cerebro colosal cons
__Voy a terminar— habló el Doctor,
tituido por cientos y cientos de cere
oprimiéndose el pecho con ambas ma
bros que vibraban acordes.
nos— Lá ciencia del dolor está descu
,
— Pensad, os lo ruego— continuó el
bierta; en el surco queda depositada
Doctor— , que mi conquista es imperla semilla; otros completarán la obra.
" fecta aún; pensad que me he puesto,
En e! ciclo de las exploraciones, cada
que os he puesto en relación con una
vida no es más que un eslabón, un pel
' ’ fuente de energías constantes y cons
daño, una jornada...
tantemente renovadas. Pero no olvi
Y mientras con acento trémulo,
déis que esas energías, que son la fueropaco, revelador de algo muy hondo,
♦ za omnipotente de la vida, son tamdecía los peligros que ofrece conver
j bién elementos de destrucción y de
tir el corazón en aparato receptor de
♦ muerte. Fuerza y vida es el fluido
! que corre por los cables conductores
los dolores y de las angustias de todos
i de la electricidad; pero ese fluido es
los pueblos y de todas las razas; mien
,, la muerte, es la electrocución para la
tras su palabra viril, grandiosa, agi
mano que imprudentemente toca al
gantada y como transfigurada por la
<• cable. Mi conquista es hasta hoy la
majestad de la revelación pedía el
producción, la confirmación regular
concurso universal para conseguir un
de lo que se ha llamado “ corazonada” ,
transformador de la corriente del es
l( presentimiento, intuición de desgra
píritu, un instrumento que efectuase
cia próxima. Si reflexionáis un punla operación de convertir en continua
<> to en el sufrir que una sola corazo
la mortal corriente alterna de las on
nada ocasiona, convendréis en que ese
das mentales..., pasó por el salón un
sufrir repetido es incompatible con la
escalofrío, un soplo, un aliento, un
vida. Verdad, verdad amarga es que
espasmo de sublimidad, que plasmó en
las ondas mentales, las corazonadas
grito de horror indescriptible.
» científicamente producidas, se han 1¡Abiertos los ojos desmesuradamen
! mitado hasta hoy al aviso de catástrote, crispadas las manos sobre la par
♦ fes, de desgracias, de calamidades.
te superior izquierda del pecho, con
! Pero reconoced conmigo que en el
traído el semblante con dura contrac
¡ mundo el trozo de papel del telegrama
ción de dolor infinito, el Doctor, entre
i que se entra en nuestras casas casi
cortadamente, desgarradoramente, con
| siempre es también mensajero de
gravedad profética, con firme convic
♦ muertes. Salvo contadas excepciones,
ción de iluminado, exclam ó:
I las líneas telegráficas son lazos de
— i Ella! ¡ Elena! ¡ Mi E lena! ¡ Mi
♦
"
1 compañera! ¡Mi esposa! ¡Me 11aI ma ! ¡ Me avisa ! ¡ Se m uere! ¡ La
7 veo ! ¡ Sí, se m uere! Yo la maté. ¡ Ne| ció de m í! ¡ Imbécil, que no supe ver
que el alma enamorada es espejo
,, que reproduce anhelos y sensacio
nes! Voy... ¡Espérame! ¡Voy con•'' tigo ! ¡ Maldita ! ¡ Maldita sea la cien
cia que asesina !...
Dijo y se desplomó pesadamente.
,, Guillermo, el amado discípulo, y Mo-
1
yano, el amigo leal, acudieron a sos
tenerle, a auxiliarle. Ahora, como ♦
siempre, llegaron los primeros. Pero 1
llegaron demasiado tarde.
t
Un sollozo desgarrador, que era
aclamación y pésame, alarido triunfal
y eco de aflicción, llenó la sala.
,,
Afuera, creyéndose que la sesión
había concluido y que el jefe del Es- "
tado se disponía a salir, vibraron cla
rines y la banda batió marcha.
IX
Imposiciones crueles de preceptos
■'1 legales obligaron a la práctica de esa
operación horrible, de ese ultraje ma
cabro que se llama autopsia.
,,
El académico Bracamonte creía que
la muerte había obedecido a una an'' gina de pecho.
Tal vez no se equivocaba. Pero tal
vez el fin de aquella vida fué produ-
Ai.
t.
cido por el desarrollo anormal, asombrosamente anormal del corazón.
Concienzudamente, con escrupulosidad exquisita, Bracamonte y sus cole
gas midieron y pesaron el corazón del
autor de “La Ciencia del Dolor”.
Moyano contó al público lo que
aquel corazón pesaba: ¡ pesaba un
mundo!
R. Blanco-Belmonte.
;
Im p. de A lrededor d el J I citoo. M a rtín de ¡os H eros. 65.
<«
''
<.
''
Servicios de la Compañía Trasatlántica
Línea (le Cuba-Méjico.
Saliendo «1.- Bilbao, de Santander, de Gijón y de Corulla, para la Habana \ \<'ia
cruz. Salidas d** Vrera< niz y de Habana para ( oruüa, Lijón \ San an e i .
Binen de Buenos Aires.
Saliendo de Bareetona. de Málaga y de Cádiz, para Santa Cruz de L'eupriíe,
Montevideo y Buenos A i r e s ; emprendiendo el viaje de regreso desde Buenos Aires
y Montevideo.
Línea de New-York, Cuba-Méjico.
Saliendo d<* Barcelona, de Valencia, de Málaga y de Cádiz, para New Yoik,
Habana y Veracruz. Regreso de Veracruz y de Habana con escala en New York.
Línea de Venez.uela-Coloinbia.
Saliendo d«* Barcelona, de Valencia. de Málaga y de Cádiz, para Las Palmas,
Santa Cruz d * Tenerife, Santa Cruz de la Palma. Puerto Rico y Habana. Saliólas
de < olón para Sabanilla. Cu ni cao. Puerto Cabello, La Guayra, Puerto R ico; Ca
tarías. Cádiz y Barcelona.
Línea de Fernando Póo.
Saliendo de Barcelona, de Valencia, de Alicante y de Cádiz, para I¿is Palmas,
Santa Cruz de Tenerife. Santa <Vuz de la Palma y puertos de la costa occidental
ile Africa.
Regreso de Fernando Póo haciendo las escalas de Canarias y de la Península in
dicadas en el viaje de ida.
Línea Brasil-Plata.
Saliendo de Bilbao. Santander. Gijón Coruña y Vigo, para Río Janeiro, Monte
video y Buenos A ire s; emprendiendo el viaje de regreso desde Buenos Aires para
Montevideo, Santos, Río Janeiro, Canarias, Vigo, Coruña, Gijón, Santander y Bilbao.
Además de los indicados servicios la Compañía Trasatlántica tiene establecidos
los especiales de los puertos del Mediterráneo a New York, puertos Cantábrico a
New York y la Línea de Barcelona a Filipinas, cuyas salidas no son fijas y se anun
ciarán •»portunamente en cada viaje.
Est«»s vapores admitan carga en las condiciones más favorables y pasajeros, a
quienes la Compañía da alojamiento muy cómodo y trato esmerado, como ha acredi
tado en su dilatado servicio. Todos los vapores tienen Telegrafía sin hilos.
También se admite carga y se expiden pasajes para todos los puertos del mundo,
servidos por líneas regulares.
L A S F E C H A S DE S A L ID A SE A N U N C IA R A N CON L A D E B ID A
O P O R T U N ID A D
U BUENA DIGESTION ES LA FUENTE DE LASALUD
S y
v, Tiene un peso en ei esioriAGO
5us digestiones sois largas y dotorosss .
V siente mareos.vertidos ardores I
Todas estas enfermedades desapa- I
recen por el uso redu/amado del I
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A SEG U R A
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V ^ ' t N A BUENA DIGESTION
Y CU RA TODAS LA S
^ENfERMEDADES DEL ESTÓMAGO
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E S E L REY
contra todas las enfermedades del estomago |
ECHOS
Están preparando
G RAN D ES
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domingos-------
NÚMERO:
20 CÉNTIMOS
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O M ttt S r u . l u f c u l m . A p rsta és M f
«mínasela« » S it e s » A* aBa» da Ssits
anadia! »« «1 maisr r aclama ! í
íra.ee M A O R IÍ O s t » « « K ^ i » , P4r í 2 Manta, i A R A « * Z A I » r d * a . V A L E *
¿ IA Cajeta, • ■ A Ñ A D A OeaBs, SAN
V I « « . Sadaka, M ALLO R CA, Cañera farearéatlca, ALICANTE , Am ar; « C R U R A ,
Ray, S A N T A N D E R Satarrlo; « V I L L A ,
¿•Simar. VALLAD O LID . Llana. DlLDAO,
StaresdiarAs, H A B A N A Sarrá, T R IN I
DAD. B aatli», P AN A M A , «Farmacia Cas
tra!» , CIEN¡>U BD ©S
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rCgimen lácteo y permite en breve plazo ( t » r de todo, con diges
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tión perfecta. N o tiene sabor alguno. N acid o al impulso de tenaces tra ^
bajos de Clínica y Laboratorio, ha conquistado su prestigio definitivo por
la constante form ulación que le dispensa nuestra cultísima clase médica
Frasco
S pesetas
■zrT"'ggt>y-Tambien se expenden frascos dobles (medio litro) a 10 pesetas
El emitiente doctor José Luí- Modero, Profesor de Clínica Medica
de la Facultad de Medicina de Cádiz, y r>peciaLsia del aparato diges
tivo, dice en so extenso y uotable informe
« Entre ios moderna» conquistas gue la actual tera/ieutica posee, * Neu
irdeido Español* ocupa hoy lugar eminente por lo original <U su composición
y p or sú eficacia en los nids cariados y grat es procesos morbosos del aparato
d ajestiro, ya que no se lim ita a mejorarlos , sino gue los cura, estando indica
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