Don Quijote en la guerra: fantasía que pudo ser historia
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- Tipo
- Impresos
- Autor
- Cerdá, Elías
- Idioma (código)
- spa
- Extensión
- 194
- Identificador
- 0000000081
- Miniatura
- https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/782164
- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- Yagües
- Lugar de publicación
- Madrid
- Signatura
- 0000000081
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Imagen para miniatura
- 1
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1915
- Formato
- image/jpeg
- application/pdf
- extracted text
-
DOS p e se ta s
E L I A ./ CERDA
YA 6 ÛES
EDITOR
Barbieri, / Jup., Madrid.
Telefono 434 6.
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que Tìudo yer
Y A G Ü E S . — E d ito r .— M A D R I D .
Elias Cerda y R em oh i
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
F A N T A S IA Q U E PUDO SER HISTORIA
_____.__
1
í
ELIA S CEEDÁ
Don Quijote
en la Guerra
■■■■■■■■■■■■■■■■H■■■■■■■■■■■■■■■■■■■■
F A N T A S ÍA
QUE PUDO SER HISTORIA
Y A Q U E S , BDITOR .—M A D R I D
Á
▼
E s ta obra e i propiedad
del autor. Todos los ejem
plares llev arán su firma
estam pillad a en la prim e,
ra página.
T lp .d e J. Y A G Ü E S.
Pl.* Conde B a ra ja s. 5. y N unclo.8.-M AD RID
1
NOTA PRELIMINAR
En Septiembre del pasado 1914 peligró por
un movimiento sectario la neutralidad de España
en esta espantosa guerra en que las más fuertes
naciones de Europa se aniquilan: y el peligro no
ha desaparecido ni desaparecerá mientras el
triunfo de los aliados no esté seguro, pues ni
Francia descuida el fomento de nuestras simpa
tías ni Inglaterra, en caso de extrema gravedad,
dejaría de recordar la profecía de Pitt.
Demostrar mezclando burlas con veras que la
intervención española hubiera sido—y lo sería
actualmente—un tremendo desatino es mi único
propósito al escribir esta Fantasía.
E l A utor.
Madrid-Octubre, 1915.
■
C A P ÍT U L O PRIMERO
E l Ministerio nacional.— La intervención ó
la revolución.— Actitud del Gobierno.—
Manifestación neutralista.—Alocución de
“El Mentidero„.— Prim, Castelar y Gam betta.— Cien millones por cien mil españo
les . — Contramanifestación lerrouxista.—
Palos, tiros y sablazos.— La verdad ofi
cial.— La pesadilla de Romanones.
E l Ministerio nacional había sido aclamado aquella
ltarde en el Congreso.
Las Cortes acababan de concederle un amplio
voto de confianza y la necesaria autorización para
levantar empréstitos, movilizar tropas, llamar re
servas y disponer, en suma, cuanto se creyera ne
cesario para la defensa del territorio y del honor
nacional.
Indudablemente la nación española deseaba inter
venir en la terrible contienda europea. El partido li
beral había sintetizado su opinión en el artículo
«Neutralidades que matan» publicado en Diario Uni-
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
12
deseo de que permitiera ejercer la plena soberanía
española en el territorio español inmediato á Gibral-
íar, levantando la prohibición de artillar Punta Ca
rrero, San Roque y Algeciras. Y además se le pedi
ría que nos reconociera el dominio absoluto de Tán
ger conforme al espíritu del tratado de Londres
de 1904.
Muy patrióticas y puestas en razón parecieron á
todos ambas proposiciones; y el Conde dijo rebo
sando optimismo: «No se hable más del asunto. Lo
pediremos y se nos dará. Eso es cosa hecha.»
Decididamente España iba á resurgir y á engran
decerse. Aquí hacía falta un hombre. .. y el hombre
estaba ya al frente del Gobierno.
.
*
*
*
Ocupábanse los ministros de la provisión de algu
nos altos cargos vacantes por renuncia irrevocable
de los «idóneos» que los desempeñaban, cuando avi
saron que por la carrera de San Jerónimo habían
desembocado en la Puerta del Sol grandes grupos
que, vitoreando á España y á la neutralidad, pugna
ban por abrirse paso hacia Gobernación.
Los manifestantes repartían una proclama de Et
Mentidero que decía:
«Españoles: El Gobierno nacional, que ni es na
cional ni es gobierno, quiere llevarnos á la guerra.
FANTASÍA
13
»Francia, la nación que más nos odia y nos difa
ma, pide ahora nuestra ayuda como la pidió en el 70
cuando los prusianos cercaban París.
»Entonces le ofrecieron á Prim cincuenta millones
á cambio de un ejército de 80.000 hombres y Gambetta brindó á Castelar cien millones para implantar
la República y llevar cien mil españoles en socorro
de la capital francesa. Pero ni Prim ni Castelar qui
sieron enriquecerse vendiendo sangre española y no
se m ovió ni un ranchero.
»Y ahora ¿qué nos dan á cambio de rompernos el
bautismo en su ayuda? ¿Nos pagan ó no nos pagan?
Si no nos pagan es que valemos menos ó que so
mos unos primos alumbrados con acetileno; y si dan
algo ¿quién lo cobra? ¿quién se guarda los millones?
»¡A ver, Sr. Alanís, que se registre la cartera á to
dos los traficantes de la política!
»¡Españoles: N o os dejéis llevar al matadero como
terneras lechales!
»¡¡V ivan los españoles para España!!
»¡¡V iva la neutralidad española!!
»¡Y al que le pique, que se rasque!»
La lectura de la proclama dejó á los ministros ano
nadados. Hay que tener en cuenta que la leyó Burell,
en cuya garganta el Padre Nuestro se convierte en
una arenga, y una arenga, en el simoún de la Arabia.
14
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
Romanones exclamó como si acabara de tragar
un sorbo de quina: «¡Este Bárrelo nos amarga la
fardel»
Todos asintieron, pues aquel recuerdo de la s
millonadas ofrecidas por Kératry y Gambetta - que
hasta entonces nadie había sacado á colación— cau
saba al ministerio fuerte contrariedad
Mientras tanto, la manifestación tomaba alarman
tes proporciones. Desde el despacho donde se ha
llaban reunidos los ministros se oía el clamor de la
multitud.
La policía se esforzaba para contener la avalan
cha, pero los manifestantes ocupaban ya casi por
completo la gran plaza y enronquecían vitoreando á
España y á la neutralidad.
Aquello era—según opinión de D. Melquíades—
una maniobra de los neos para argüir que el nuevo
Ministerio no contaba con la confianza de todas las
fuerzas vivas de la nación.
¿Y qué hacer? Si se procedía con templanza, la
algarada acabaría en motín y si se obraba con ri
gor, podría terminar en drama aquella tarde que,
hasta entonces, había sido de apoteosis.
Todos estaban preocupados é indecisos. Alba,
nervioso, aíisbaba por los resquicios del balcón, y
B urell—recordando el ministerio relámpago que si
guió á la crisis d e lp a p e Iifo —\z miraba receloso y
decía entre dientes: «¡Tendrá este hombre jefatura ?»
PANTASÍA
15
La intervención de los Ierrouxistas sacó al Go
bierno de su perplejidad.
Por la calle de Correos bajaba una contramanifesíación de radicales. Que se las entendieran ellos
con los neutralistas y á la hora de los estacazos en
traría en acción la fuerza pública para despejar la
plaza. Este íué el ruego que el Consejo en pleno
hizo al director de Vigilancia y Seguridad Sr. Mén
dez Alanís quien se dignó atenderlo.
La manifestación radical, llevando al frente ban
deras españolas y francesas entrelazadas y gritan
do ¡Viva Francia! ¡Viva la guerra! hizo su entrada
en la Puerta del Sol sin que nadie le cortara el paso.
«¡Adelante! ¡Adelante! ¡Mueran los neos! ¡Muera la
reacción!» gritaban convencidos por su Prensa y por
sus jefes de que no podían ser mas que sacristanes y
reaccionarios los partidarios de la paz. «¡Viva Espa
ña! ¡Muera Lerroux!» contestaban los neutralistas
avanzando también sin obstáculo porque ios guar
dias que antes les contuvieron, habían desapareci
do como por ensalmo.
Las dos nubes, cargadas de electricidad contraria,
se atraían para chocar, y la tempetad estalló.
Los radicales se metieron con sus banderas entre
los del bando neutralistra; los neutralistas preten
dieron arrebatarles la enseña española para que
ondeara libre del nudo que la unía á la francesa... y
tras de un huracán de gritos, insultos y amenazas,
16
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
cayó un tremendo chaparrón de bofetadas y estaca
zos. Todos se apostrofaban, todos se acometían;
los toques de atención no eran oídos .. En la calle
del Carmen sonó un disparo, y entonces la fuerzas de
Seguridad de á pie y de á caballo dieron, combina
das, una carga aparatosa que aumentó el pánico y
la confusión.
Transeúntes y manifestantes huían en lod as di
recciones , asaltaban los tranvías é invadían las
tiendas, cuyas puertas, al cerrarse, resonaban como
descargas de fusilería...
La plaza quedó sembrada de gorras, sombreros y
bastones abandonados por la despavorida multitud.
El tumulto había terminado.
En las farmacias próximas fueron auxiliados al
gunos heridos y contusos; y la policía detuvo á una
docena de individuos que, á las pocas horas, fueron
puestos en libertad.
Al salir Romanones para marchar á su casa le
aplaudieron tres guardias y un chofer. Momentos
después dirigía el Sr. Alba á los gobernadores el
siguiente telegrama-circular:
«Grupo mozalvetes intentó verificar esta tarde
manifestación germanòfila en Puerta Sol, pero pú
blico indignadísimo formó espontánea, imponentísi
ma contramanifestación en que figuraban comer-
F A N TA S ÍA
17
ciantes, banqueros y personalidades de la alia inte
lectualidad española, siendo vitoreados Rey, Romanones y Ministerio nacional.=Policía intervino
para salvar vidas reaccionarios que huyeron perse
guidos por patriotas madrileños.=Presidente, ova
cionado con delirio al regresar su casa. Yo tam
bién fui aplaudido al llegar á la m ía.=Com uníquelo V E . prensa local. =AIba.*
La verdad oficial quedaba escrita.
*
*
*
El Conde no pudo dormir en toda la noche. Las
emociones de la tarde, fuertes y variadas, le desve
laron. Además, no estaba satisfecho de sí mismo:
su habilidad política había triunfado solo en parte.
Se hallaba otra vez al frente del Gobierno, pero
aquel Ministerio no era el que soñó su fantasía.
García Prieto, más cauto en ésta que en otras
ocasiones, había ofrecido al Conde su adhesión per
sonal y la cooperación de su partido, pero negóse
resueltamente á formar parte del nuevo Gabinete:
solo, á fuerza de ruegos, se logró que aceptara la
embajada de París. La representación de los demó
cratas en el Ministerio nacional se había confiado al
Sr.Burell quien llevaría á Fomentoaquellosprincipios
de sana justicia y sabia economía que tanto le acre
ditaron cuando fué ministro de Instrucción pública.
2
18
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
Melquíades Alvarez también procuró zafarse de
aceptar cartera, arguyendo que no creía discreto ni
conveniente ser el primer reformista que vistiera la
casaca de Secretario de la Corona. ¡La gente es tan
suspicaz y tan maliciosa!... Mejor sería meter de mi
nistro á Pedregal; y si el S r . Azcárate se obstinaba
en no aceptar la presidencia del Congreso... en ese
caso... ¡allí estaba D. Melquíades dispuesto á sacri
ficarse!
Pero Romanones se las compuso de modo que
el S r. Azcárate aceptó el cargo, y D- Melquía
des, cambiando rápidamente de parecer, se acomo
dó en el ministerio de Instrucción pública. A Pedre
gal se le enviaría de gobernador á cualquier parte.
«¡Buen pez estaba D. Melquíades!»
Pues ¿y los republicanos? Después de haber ame
nazado con la revolución si no se constituía un Mi
nisterio intervencionista, se limitaban á declarar que
estarían al lado del Gobierno. «¡Al lado del Gobier
no... al lado del Gobierno... ¡Valiente novedad!»
Y Maura, aquel Maura olímpico había tenido un
gesto de supremo desdén emprendiendo la vuelta á
Solórzano apenas evacuada la consulta regia.
Resumen: que el Ministerio nacional estaba for
mado sólo por los liberales con el concurso de los
idóneos, demócratas y reformistas; y que el marqués
de Alhucemas esquivaba las responsabilidades del
gobernar para sustituir al Conde cuando llegara la
r
P A N T A S ÍA
19
oportunidad. Romanones, pensando en esto último,
sonreía. Un mosquito zumbón le molestaba y lo
aplastó de un manotazo contra el cogote.
Luego comenzaron á resurgir en su imaginación
los sucesos de la tarde: las manifestaciones... los
gritos... los golpes... la alocución de El Mentidero... ¿Sería verdad lo de los millones? .. ¡No, no po
día serl Los franceses no habían hablado de aflojar
la bolsa... Ningún español decente hubiera admitido
ni una peseta... Aquello era una campaña difamato
ria emprendida por los neos. ¡Mentiras, todo men
tiras!...
La fatiga rindió sus nervios. Las ideas se atrope
llaban y confundían. Prim... Kératry... cien millo
nes... Lerroux... Burdeos... la revolución... Y dando
una revuelta en la cama, se quedó dormido.
Cuando rayaba el día. roncaba como un bendito.
C A P ÍT U L O II
Fracaso diplomático.— Lo que dijo Nelson.
El Gobierno indignado.—Ni Gibraltar, ni
Tánger ni “na„.—La Catedral de Reims.
Protesta general.-Telegrama de Lerroux.
Ultimátum á Alemania.—Declaración de
guerra.—¿El Cid ó D. Quijote? D. Quijote
en campaña.
A
los pocos días se recibieron las contestaciones
á las notas diplomáticas españolas.
El gobierno francés estimaba y tomaba en consi
deración nuestras peticiones para estudiarlas op or
tunamente eporque discutir en estas circunstancias
— añadía— compensaciones territoriales, sería men
guar la gloria del jheróico pueblo hispano al entrar
en armas contra la barbarie teutona. *
De Londres se expresaban en parecidos términos.
No debíamos dudar de las buenas intenciones ingle
sas sobre el Campo de Gibraltar ni teníamos por
qué preocuparnos de las defensas de La Línea, San
Roque y Algeciras, que bien defendidos estaban p ot
22
DON QUIJOTE EN LA QUERRA
Jos cañones del Peñón... Después, después de la
guerra se hablaría de iodo...
Y súpose confidencialmente que al enterarse sir
Grey de las pretensiones españolas sobre Tánger,
había dicho sonriendo flemático: «Si en Madrid re
cordaran la Historia, sabrían que Nelson dijo que
Tánger debe ser inglés ó no debe ser de nadie; y no
se hubieran molestado en formular la petición.»
Esta ofensiva apreciación de la cultura de nues
tros políticos en asuntos históricos indignó en tal
grado á nuestro Gobierno, que se llegó á pensar en
exigir al ministro británico una rectificación comple
ta é inmediata.
Don Melquíades dijo que él sabía tanta Historia
como el primer inglés, y Burrell quería embarcar
para Londres con un compendio de Zabala bajo del
brazo para que sir Grey le preguntara por donde
quisiera.
Por fin, se calmaron los ánimos y acordóse... no
hacer nada para evitar rozamientos entre los Gabi
netes de Madrid y Londres.
Romanones puso la nota final á la discusión ex
clamando con cierta amargura: «En resumidas cuen
tas, que ni Gibraltar ni Tánger ni na, y que nos dan
catite en Historia!»
Todos rieron la ocurrencia del presidente menos
don Melquíades que continuó con la mirada fija en la
lámpara del salón donde estaban reunidos. No se
F A N T A S ÍA
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sabe si reflexionaba ó si estudiaba una actitud para
hacerse una postal.
*
*
*
En aquellos días llegaron noticias muy satisfacto
rias para los aliados. Galopaban los cosacos por la
Prusia Oriental y los franceses echaban las campa
nas á vuelo porque habían ganado la batalla del
Marne.
Sabían los técnicos que la supuesta derrota ale
mana había sido una maravillosa retirada estratégi
ca, pero al buen pueblo francés y á las naciones
neutrales convenía decirles todo lo contrario: cías
tropas del Kaiser, espantadas por la derrota, corrían
como liebres perseguidas por las bayonetas de
Joffre...; del gran ejército invasor apenas quedaba
una docena de soldados en buen uso...; pronto el
Rhin serviría de abrevadero á los caballos de la
República .. ¡Oh, la batalla del Marne! ¡Oh, la gran
batalla!...»
Pero, no obstante, los embajadores de Inglaterra
y Francia asediaban á Romanones para que rompié
ramos cuanto antes la neutralidad. No importaba
que nos faltase preparación, porque nuestros gran
des amigos nos facilitarían cuanto necesitáramos.
Lo esencial era que la noble España diera á los neu
trales admirable ejemplo de valor, y de solidaridad
24
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
con las naciones que batallaban en defensa de la
civilización europea. Esto cantaban las sirenas. Sin
embargo, Romanones, comprendiendo que la decla
ración de guerra podía traerle más graves conse
cuencias que una derrota electoral en Guadalajara,
se resistía á tomar la trascendental resolución mien
tras no pudiera escudarse en un motivo, real ó apa
rente, que la justificara.
Pero el motivo no aparecía por ninguna parte. La
contestación de Alemania á nuestra nota sobre los
fusilamientos de Lieja no podía ser más correcta: el
Gobierno imperial consideraba justísima la reclama
ción; lamentaba el suceso y ofrecía la indemnización
correspondiente. La invasión de Bélgica tampoco
servía para el caso porque resultaría imprecedente
y ridículo basarse en tal hecho para el rompimiento
de hostilidades. En efecto, cuando las cinco grandes
Potencias que en la actualidad luchaban tuvieron á
bien conceder á Bélgica la independencia, lo hicie
ron >or s í y ante sí, sin contar para nada con Espa
ña; y, por consiguiente, hubiera sido del género
bufo que declarásemos la guerra á una de aquellas
grandes Potencias por haber faltado á un pacto en
el cual no tuvimos arte ni parte.
¡Por fin, se encontró el pretexto! Los alemanes
habían disparado contra un puesto de observación
qu e- según dijeron—tenían los franceses en una de
las ‘orres de la catedral de Reims y las granadas
FA N TA S ÍA
25
causaron destrozos é incendiaron un andamiaje.
Al día siguiente -2 0 de Septiembre— y como obe
deciendo á una consigna, aparecieron los diarios
germanófobos diciendo en grandes titulares: «¡La
catedral de Reims destruida á cañonazos! ¡El Kaiser
quiere arrasar los templos de todo el mundo! ¡¡Gue
rra al Dragón apocalíptico!!»
Los artículos de fondo, escritos con ayuda del
enciclopédico, eran salmos jeremiacos por la pérdi
da de aquella Joya arquitectónica que hasta enton
ces no habían conocido ni los lectores... ni los ar
ticulistas; y en los espeluznantes relatos transmiti
dos desde París, se afirmaba que los alemanes ha
bían incendiado el grandioso monumento, sin el más
leve motivo, solo por darse el gustazo de malgastar
municiones y bailar sacrilega danza al resplandor
de la hoguera.
Y- fué de notar que los periódicos más avanzados
levantaban más airada la protesta contra «los des
tructores de catedrales» llegando algunos á cerrar
su primera plana con la orla negra que usaban en
los aniversarios de los fusilamientos por los suce
sos de *La semana gloriosa.»
Lerroux telegrafió á Romanones desde Barcelona
diciendo:
«La bárbara destrucción de la catedral de Reims,
después de Lieja y Lovaina, bastaría para decía-
26
DON QUIJOTE EN LA QUERRA
rar la guerra á veinte imperios. ¿Qué esperamos?*
Aquel mismo día, aprovechando la circunstancia
de ser domingo, se produjeron manifestaciones in
tervencionistas en Madrid, Barcelona y otras pobla
ciones. En Valencia, los manifestantes arrastraron
por las calles el escudo del consulado alemán y vi
toreando á Francia y á la catedral de Reims, pren
dieron fuego á la residencia de los jesuítas.
La Prensa, la soberana Prensa, intervencionista
en su mayor parte, logró que el alma nacional vi
brara extrcmecida por santa indignación. Lerroux
decía bien: ¿qué esperábamos ya?
*
*
*
A las cinco de la tarde reunióse el Consejo de
ministros, y momentos después se enviaba por telé
grafo á nuestro embajador en Berlín el siguiente do
cumento para el Gobierno alemán:
«El Gobierno de S. M. Católica, profundamente
impresionado por la sacrilega destrucción de la c a
tedral de Reims é interpretando los unánimes senti
mientos de la Nación española, protesta contra este
acto de barbarie realizado por las tropas alemanas
y emplaza al Gobierno imperial para que, en el tér
mino de 48 horas, dé sus excusas y la seguridad de
que no han de repetirse hechos vandálicos como» el
que hoy execra el mundo civilizado.»
F A N T A S ÍA
27
Aquel destemplado ultimatum, solo comparable al
que O’Donnell envió al emperador de Marruecos
Sidi-Mohjamed, equivalía á la declaración de guerra,
que era precisamente lo que se deseaba.
Transcurrieron las '43 horas sin que se recibiera
contestación, y el martes 22 de Septiembre, á las
ocho y media de la noche, el Rey de España decla
raba la guerra al Imperio alemán.
La noticia desbordó el entusiasmo popular y en
Madrid hubo hasta la madrugada manifestaciones
patrióticas con banderas, músicas y derroche de
elocuencia belicosa.
Lerroux felicitó al Gobierno ratificándole su firme
y leal cooperación, y telegrafió á Viviani diciendo:
«Hemos triunfado: España va á la guerra. Mi ofre
cimiento está cumplido. ¡Viva Francia!—Lerroux.»
*
* *
¡Ya estábamos metidos en la descomunal con
tienda! ¿Qué espíritu resurgía en el alma española?
¿Quién salía á campaña, el Cid óD. Quijote?
El Cid no era. La tajante Tizona del héroe burgalés esgrimióse siempre para ensanchar los domi
nios de Castilla; y en esta guerra ¿qué afanes de
grandeza nos guiaban? No, el Cid no había desco
rrido los cerrojos de su sepulcro: el «Señor» caste
llano seguía sin despertar.
28
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
Era el otro, era D. Alonso Quijano quien salía á
la palestra. Reyes y Emperadores de poderosos E s
tados, que siempre hicieron comento y befa del es
forzado manchego, pedían ahora su cristiana ayuda
en sendos y rendidos mensajes.
Y diz que le acuciaba el taimado Panza, socarro
na y vil criatura que buscaba en las andanzas de su
amo un mejor yantar, fuera del surco, aunque pe
rros enemigos les molieran á palos en la primer jor
nada. Ello fué que D. Quijote, espejo y flor de ca
balleros, fortaleza del débil, desfacedor de entuertos
y vengador de agravios, montaba otra vez en su
flaco rocín, embrazaba su escudo y enrisrraba su
lanza para acudir en defensa de la alta y fermosa
Señora Doña Civilización á quien tenían en trance
de muerte bellacos y malandrines alemanes!..
jEl pobre loco no tenía enmienda!
CAPÍTULO III
Desbarajuste económico.—Pánico financie
ro.—¡No se paga á nadie!—Dificultades
militares.—Manifestaciones patrióticas.—
Nación sin himno.—La Marsellesa ante
Palacio.— Apresamiento de un corsario
alemán en Vigo.—D. Inocencio Pérez del
Borregal.— La expedición m ilitar.—La
canción del soldado.—El Rey y Lerroux.—
Cien mil hombres á Francia.
L a declaración de guerra, aunque ya se esperaba,
cayó en la Bolsa como una bomba.
El pánico bursátil fué mayor y de más graves
consecuencias que el producido en Francia dos me
ses antes. Y era natural que así ocurriera: el gato
no había olvidado la escaldadura villaverdista.
Los banqueros y agentes de Bolsa procuraban en
vano tranquilizar á sus clientes demostrándoles que
no había motivo para tanto. «El cupón—decían—está
asegurado; el Gobierno cuenta con un centenar de
millones en oro; Inglaterra y Francia nos darán
30
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
cuanto necesitemos .. y, dentro de poco, nos meren
daremos entre todos á esos barbarotes alemanes,
partiéndonos el botín como buenos camaradas.»
Pero los rentistas, recordando lo ocurrido cuando
fuimos resueltos á merendamos al Tío San, contes
taban: «Sí, señor, creo todo eso que usted me dice,
pero quiero vender hoy mismo á cualquier precio.»
Y como la Bolsa no podía contrabalancear la
masa enorme de papel que se echaba en el platillo
de la oferta, dieron las cotizaciones un bajón tre
mendo, como—salvo al estallar la guerra hispanoyanki—no se había conocido desde la muerte de
Alfonso XII.
En dos sesiones perdió el interior ¡veinte enteros!
y todos los demás valores españoles, fueron arras
trados por la formidable baja. Solo se salvaron de
ella las acciones de ferro-carriles, cuyas compañías,
extranjeras, consejeadas por los primates de nues
tra política, iban á recoger—con el movimiento de
tropas—frutos de victoria antes de que la guerra
comenzara.
No fueron menores los efectos del pánico en los
Bancos y Cajas de Ahorros. Todo el mundo corrió
á sacar su dinero: las «colas» crecían incesantemen
te y el krac de la banca española parecía inevitable.
De un plumazo resolvió el Gobierno el conflicto,
clausurando la Bolsa y publicando, conforme á la
autorización de las Cortes, el decreto de moratoria
F A N T A S ÍA
31
en virfud del cual íoda obligación de pago que no
pudiera cumplirse por causa de la guerra, se apla
zaba por noventa días.
Estas radicales disposiciones, traducidas literal
mente del francés, salvaron de la ruina á los bolsis
tas y los banqueros, pero, en cambio, produjeron
el desquiciamiento completo de la economía nacio
nal; pues como en España, hecha la ley, hecha la
trampa, llegó momento en que no había modo de
arrancarle á nadie una peseta.
Los sastres y los caseros tocaban el cielo con las
manos. jAquello no podía ser! ¡Aquello era la ley de
los tramposos!... Y libráranos Dios de controvertir
les! En el despacho del abogado consultor de la
Liga de Propietarios de Madrid, se instaló un dispen
sario antiespasmódico porque, ya se sabía; cada
consulta, un síncope!... Y tal era la indignación y
tan prolongadas las discusiones, que se dió el caso
de fallecer en un solo día cuatro caseros víctimas
de congestión cerebral.
¡Dios les haya perdonado!
* *
*
Al desbarajuste económico siguió el zafarrancho
militar.
El ministro de la Guerra estaba que se le podía
ahogar con un cabello. Por el compromiso de en-
32
DON Q U IJO T E E N L A G U E R R A
viar á Francia un fuerte ejército— ya no se deseaba
solo el efecto moral de nuestra intervención— había
llamado la primera reserva y el pobre general no
sabía qué hacer de aquellos 300.000 hombres que se
le venían encima.
Para el medio millón de soldados que se reunirían
bajo banderas, faltaban cuarteles, faltaban camas y
vestuario, faltaban pertrechos... ¡faltaba de todol
Nuestra artillería de campaña de tiro rápido se re
ducía á los regimientos divisionarios del Ejército ac
tivo, dotados á 36 piezas, para luchar contra un ene
migo que montaba ocho cañones por cada mil com
batientes!... Y no había más artillería gruesa que la
del regimiento de sitio, con cañones de 12 y morte
ros de 15, cuando ya se derrochaba el fuego por
bocas de 21,24 y hasta de 42 centímetros; y sólo
disponíamos de un muestrario de camiones automó
viles; y nuestras fábricas de municiones apenas po
drían abastecer á una división... Y superando todas
estas deficiencias, aparecía otra más grave: la falta
de oficialidad!
¿Se ignoraba todo esto? Lo ignoraba el pueblo,
pero la Prensa y los políticos lo sabían o debían sa
berlo, porque en voz alta y desde muchos años, ve
nían adviríiéndolo ministros y escritores militares.
Pero... ¡cualquiera se atrevía á meter en los presu
puestos los aumentos necesarios, sabiendo que le
esperaba la ruda oposición de aquellos que, ahora.
PANTASÍA
33
nos empujaban á la guerra con mayores prisas!...
{Pobre ministro! ¡Pobre Ejército español, siempre
resignado al bello morir!
Pero ya no se podía retroceder, ¡adelante! In
glaterra nos facilitaría lo más preciso, aunque luego
nos pasara la cuenta cuando nos viera más apura
dos, como ya hizo en otra ocasión.
*
*
*
Los grandes rotativos callaban prudentemente los
conflictos del Gobierno y seguían estimulando el
entusiasmo popular con estupendos noticiones: «B a
rricadas en Berlín». «Cien socialistas fusilados»...
En Alemania se estaban comiendo la última patata.
Los soldados teutones, flojos y hambrientos, caían
desfallecidos en los caminos ó se presentaban en
las avanzadas enemigas pidiendo una sopa de ajo
por el amor de Dios... Nada, que á soplidos íbamos
á tumbar á los que buenamente nos dejasen los fran
ceses para que no perdiéramos el viaje.
Con esto se enardecían los ánimos y las manifes
taciones patrióticas surgían á cada momento por el
paso de un piquete, por la llegada de un general,
por cualquier cosa.
El domingo, día 28, se verificó una gran procesión
cívica, organizada por el Centro de Hijos de Madrid.
Salió del Retiro y se disolvió en la plaza de España.
3
34
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
La mañana era espléndida en luz y en color. Ni
una nube manchaba el cielo. Tapices y percalinas
cubrían los balcones, cuajados de encantador muje
río. Ante Madrid entero desfilaron banderas y más
banderas, comisiones y más comisiones; y las ban
das de música, interpoladas en la procesión, electri
zaban á la muchedumbre tocando marciales pasodobles y los himnos de todas las naciones aliadas...
¡menos el de España!
Esto de los himnos había preocupado mucho á la
Junta organizadora, ¿Cuál era el himno español?
¿La Marcha Real? La Marcha Real es severa, es
majestuosa, pero carece de letra apropiada para ser
popular. ¡Y como el recuerdo de su tradició prusiana
era tan inoportuno...! ¿La Marcha de Cádiz? LaMarcha de Cádiz había sucumbido con nuestro
imperio colonial. Fue la víctima expiatoria que los
pueblos sacrifican para purificarse después de un
gran pecado. ¡No supimos á quién fusilar! y dimos
garrote vil al emocionante «¡Viva España!» Resuci
tarla en aquellas circunstancias hubiera sido, ade
más, lamentable impertinencia por evocar horas
crueles y porque resultaría falto de sentido común
que fuéramos á demostrar nuestras simpatías á Fran
cia entonando una canción antifrancesa. ¿No se dice
en las estrofas de la «Marcha de Cádiz» que hay que
luchar con bravura contra el invasor, contra el in
vasor francés que entró en nuestra patria como
F AN TASÍA
35
amigo, y que para expulsarlo, tuvimos que ir desde
un Dos de Mayo hasta la batalla de San Marcial?...
jNo, no podía cantarse la Marcha de Cádiz!...
¡España, por carecer de todo, carecía hasta de
himno nacional!
Y ocurrió que la enardecida multitud, á falta de
una canción española que sintetizara los sentimien
tos del alma colectiva, rompió á cantar La Marsellesa.
Así desfiló aquella gran manifestación ante Pala
cio, en cuyos balcones estaban los Reyes con la fa
milia real y el Gobierno. Las bandas entraban en la
plaza de Oriente ejecutando la Marcha Real que ter
minaba siempre entre aplausos atronadores y deli
rantes vivas á los Reyes y á España, pero inmedia
tamente seguían los vítores á Inglaterra y á Fran
cia y volvían á sonar, cantadas por miles de almas,
las vibrantes notas del himno francés. Aquello debió
ser presagio para algunos, y para oíros, revela
ción.
Muchos comentarios se hicieron por este detalle,
pero Romanones decía: «¿Y qué tiene de particular
que se cante ante el Rey La Marsellesa? ¿No me la
cantaron á mí los valencianos, por mi significación
democrática, aquella vez que siendo ministro fui á
Valencia consignado á Blasco Ibéñez y ni por eso
vino la República ni y o salí del Ministerio? ¡Pues en-
36
DON Q U IJ O TE EN L A G U E R R A
íonces!...» Y soslayando el cuerpo, escupía de cosíadillo.
* * *
En aguas de Vigo había tronado la pólvora. Una
lancha cañonera, de las destinadas á la policía de
pesca, vió pasar un gran corsario alemán. Forzó la
marcha para darle caza y disparándole el único ca
ñón con que iba armada, le obligó á rendirse. Así re
zaban los telegramas.
Frente á las pizarras de La Correspondencia de
España, se estacionó gran gentío que enloquecía de
entusiasmo cada vez que aparecía un nuevo lienzo
con detalles del glorioso suceso.
En uno de estos momentos se irguió sobre el pes
cante de un coche de punto, que estaba á la puerta de
La Mallorquína, un individuo cuarentón, de aspecto
burgués, y con voz trémula por la excitación que le
dominaba, exclamó: «¡Españoles: La Civilización y
el Derecho no se defienden con aplausos, sino con
balas! ¡Pidamos fusiles y marchemos todos á Berlín!»
— ¡A Berlín, á Berlín!—contestaron mil gargantas
enronquecidas.
Y siguiendo al coche desde cuyo pescante conti
nuaba lanzando arengas el improvisado caudillo,
marchó un grupo numeroso por la calle de Esparte
ros y plaza de Santa Cruz á desembocar en los ba
rrios bajos por la calle de Toledo.
FAN TASÍA
37
Al ver la dirección que llevaban, cualquiera hubie
ra creído que, en vez de ir á Berlín, se encaminaban
al Matadero.
Más tarde, cuando la manifestación ya había
terminado, llegaron telegramas de Vigo aclarando
el suceso: el vapor carbonero Wildeman, de la ma
tricula de Hamburgo, había entrado en el puerto
ignorando el estado de guerra con Alemania, y la
Comandancia de Marina se incautó del barco sin la
menor resistencia.
Ni hubo cañonera, ni hubo cañonazo.... ¡Pero había
surgido un héroe sobre un pescante!
¿Quién era aquél hombre? Pronto se averiguó que
se llamaba D. Inocencio y que tenía una zapatería en
la Cava baja. Por eso, pues, había ido la manifesta
ción hacia la calle de Toledo.
Don Inocencio Pérez del Borregal, vivía en su
tienda, feliz é independiente, con su mujer y tres hijos
de corta edad. Hacía primores en su oficio, y cuan
do él hincaba la rodilla á los pies de la parroquiana,
venta hecha; no se le escapaba una. Detestaba la
política y odiaba á los políticos; y desde los tiempos
del desastre colonial, solamente leía Alrededor del
Mundo, y la información taurina del heraldo para es
tar al tanto de las «faenas» de los «fenómenos.»
La guerra europea modificó su vida radicalmente.
38
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
Abandonó los zapatos y puso cátedra de estrategia
en el café .de San Isidro. Allí se pasaba las horas
haciendo maniobrar tazas, copas y botellas «para
aplastar al militarismo alemán». A cada movimiento
envolvente, el camarero temblaba. Y cuando le reti
raban los ejércitos á la cocina, se leía de cabo á
rabo la Prensa radical, cuyos artículos de fondo le
tenían convencido de que aquella guerra era un due
lo á muerte entre la Civilización y la Barbarie.
El bombardeo de la catedral de Reims, le causó
profunda pena. No sentía D. Inocencio la pérdida
del templo, sino la desaparición de la joya arquitec
tónica; pues aunque no conocía ni la cripta de la AImudena ni San Francisco el Grande, ni siquiera el
Museo del Prado, le entró tal pasión por el Arte, que
cuando leía en su casa los relatos de la destrucción
de las vidrieras del siglo xvi ó de las agujas de la
torre del Angel, tenía que esconderse en el cuarto de
las hormas para desahogar en lágrimas su congoja.
El pacífico zapatero de la Cava baja, transformó
se en fogoso intervencionista. Lerroux tenía un ad
mirador más, y Romanones podía contar con un
candidato para cualquier comité de su partido.
Este era don Inocencio Pérez del Borregal, el tri
buno del pescante, el protagonista de la batalla de
los carapachos y de oíros hechos que, á su tiempo,
hemos de narrar. Dejémosle ahora en su tienda
aclamado por el grupo que le siguió desde «La Ma-
F A N T A S ÍA
39
lIorquina>, y volvamos al relato de sucesos más
¡ mporíaníes.
* * *
Corrían los trenes por toda España repletos de
soldados y de pertrechos de guerra; pero horrori
zaba pensar lo que hubiera podido ocurrir en el
caso de tener al enemigo en nuestras fronteras, por
la falta de líneas estratégicas, de vías dobles, de
material móvil...! de toda la organización ferroviaria
indispensable para una rápida movilización y con
centración de ejércitos!...
El 5 de Octubre, después de vencer mil dificulta
des, quedó completamente organizada la primera
expedición militar, formada por siete divisiones,
agrupadas en tres cuerpos de ejército, al mando del
general Weyler. Uno de estos cuerpos se constituyó
con tropas de Africa á las órdenes del general Luque á quien se le confiaría—llegado el caso—la ma
niobra para el paso del Rhin.
Los regimientos de Africa desembarcaron en Má
laga y en Valencia, entonando un himno marcial,
español, inspirado y emocionante: era La canción
de! soldado, de Sinesio Delgado y del maestro S e
rrano, canción que, siendo tan española, tuvo que
nacer fuera de España. Los valientes soldados te
nían ya la oración que había de fortalecerles en los
40
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
combates. Pero decía el poeta: «Si llego á saber
para lo que iba á servir... ¡á buena hora la escribo!»
El Rey marchó á Barcelona para revistar las d)s
divisiones que allí se concentraban y seguir luego
su viaje á Francia, donde había de celebrarse una
conferencia de soberanos.
No olvidará jamás D. Alfonso las aclamaciones
frenéticas, indescriptibles que le tributó el pueblo de
Madrid. Rey joven, rey liberal, rey patriota, celoso
como ningún otro monarca de las simpatías de sus
súbditos, debió experimentar D. Alfonso una emo
ción intensísima al ver que su muerta España se le
vantaba otra vez unida y fuerte bajo su cetro.
El tren real llegó al apeadero de Gracia y mien
tras se rendían los honores de ordenanza y resona
ban atronadores vítores, el conde de Romanones
presentó á Lerroux, quien saludó á D. Alfonso
diciendo:
«Señor: soy tal vez el político español que con
mayor tenacidad y energía combate contra el Régi
men, pero hoy vengo aquí para dar á V. M. la bien
venida y mi leal palabra de que el partido radical que
acaudillo sabrá rendir acatamiento al Rey demó
crata mientras las armas españolas luchen en deensa de la civilización europea.»
FANTASÍA
41
Don Alfonso contestó estrechando la mano de
Lerroux:
«Gracias, señor Lerroux. En estos momentos no
debe haber más que españoles.»
Todos aplaudieron.
Romanones se abalanzó sobre el jefe radical y
con lágrimas en los ojos exclamó:
«¡Así se portan los hombres grandes! ¡Venga un
abrazo, que ya todos somos unos!»
Y los dos prohombres quedaron abrazados largo
rato.
El Rey tenía abiertas de par en par las puertas de
Barcelona y en ella hizo su entrada triunfal.
Al día siguiente, después de la gran revista mili
tar, D. Alfonso XIII marchó á Francia; y cien mil
hombres se encaminaban á la frontera.
CAPÍTULO IV
Cosas de los franceses.—Lo que va de ayer
á hoy.—Conferencia de soberanos.—Weiler, French y Joffre.—¡A la línea de fue
go!—Defendiendo al rey de Bélgica.—Los
libertadores de Europa.—El primer em
préstito.—Banquete en la Bolsa.—Bom
bardeo y destrucción de Vigo por un cru
cero alemán.—España indefensa.—La po
lítica de Pilatos.—Sin pan y sin hogar.
N adie como el francés para herir con el desdén,
pero nadie como él, sabe agasajar y encomiar cuan
do se lo propone:
El paso de frenes conduciendo fropas españolas
era saludado en Francia con verdadero frenesí.
Las estaciones aparecían engalanadas con tro
feos de banderas y escudos españoles y franceses,
y los pueblos en masa acudían á los andenes para
vitorear á nuestros soldados.
Los niños de las escuelas, dirigidos por sus maes
tros, entonaban á coro el «¡Gloire on lion spagnole!»
44
DON QUIJOTE EN LÀ GUERRA
compuesto por el director del parque zoológico de
Marsella, terminando siempre con entusiastas acla
maciones.
En Ruffec extremaron el agasajoañadiendoal him
no una pantomima: ante un grotesco guerrero que
simbolizaba el militarismo alemán, ocho garridas
mozas de la localidad, vestidas de toreras, se baila
ban unas sevillanas con toda la gracia que Dios las
dió; y al terminar el baile, sacaban la navaja de la
liga y la emprendían á tajos con el guerrero, cuyas
entrañas estaban repletas de puros y cajetillas con
que obsequiaban á los expedicionarios. Ovación,
música... y el tren salía pitando.
La entrada de D. Alfonso en París fue emocio
nante. Le esperaban en la estación el presidente de
la República, que había regresado de Burdeos, nues
tro embajador extraordinario Sr. Pérez Caballero,
Joffre y French con más de cuarenta generales, y un
gentío inmenso y entusiasta. El Rey se hospedó en
el palacio del Elíseo.
La Prensa parisién llenaba columnas enteras ha
blando de nuestro Ejército, de nuestro Rey y de
nuestra Nación. Le Temps, LeMatin , Le Fígaro, La
Petit Republique... todos los grandes diarios, nios
dedicaban ahora elogios tan exagerados como exa
gerados habían sido los ataques que nos dirigieron
hasta algunos meses antes.
Eramos un pueblo atrasado, inquisitorial, decré-
F A N T A S ÍA
45
pito, africano... pero en cuanto nos decidimos á ma
tarnos por la gran República, nos transformó el arte
mágica de la adulación francesa en adalides del
Progreso, campeones de la Libertad... fuertes, in
vencibles...
La Guerre sociale, para justificar su cambio de
actitud, decía:
«La España de hoy no es la que combatíamos y
flagelábamos cinco años atrás. Entonces el país es
taba sumido en la más crasa ignorancia y el Rey era
prisionero del bando inquisitorial que perseguía á
los demócratas y fusilaba á los pedagogos. Pero en
menos de un lustro la transformación de ese gran
pueblo ha sido completa y asombrosa.
»Hoy es España una de las naciones más cultas de
Europa; su Ejército, el más fuerte y bien organizado
del Mundo, y su Rey, el más alto príncipe que tuvo
la gloriosa España desde antes de Jaime I de Aragón.
»El partido inquisitorial ya no existe: sus casinos
y comités se han disuelto, y los individuos que lo
formaban han abierto sus ojos á la luz del Progreso
ó han fallecido».
El mismo día que D. Alfonso, entraron en París
los reyes de Inglaterra y Bélgica.
46
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
En la conferencia de soberanos se acordó que
España seguiría enviando tropas hasta reunir los
300.000 combatientes que había ofrecido Romanones
al final de un banquete. El ejército español se colo
caría entre el inglés y el francés cooperando en la
forma que, de común acuerdo, determinaran los tres
generalísimos.
Inmediatamente se emprendería una vigorosa ofen
siva en Flandes para borrar el mal efecto que había
producido la rendición de Amberes.
Reuniéronse Weyler, French y Joffre y sostuvie
ron una discusión larga y entonada.
Pretendía Weyler intervenir en la redacción de los
planes estratégicos siempre que afectaran á toda la
línea y que se le diera libertad para maniobrar den
tro de su zona, sujetándose tan sólo á la armonía del
conjunto. A ello se opusieron resueltamente los
otros dos conferenciantes. El alto mando corres
pondía sola y exclusivamente á French y á Joffre y
nuestro ejército debía limitarse á formar el ala dere
cha del británico. ¿No hubieron muchas veces tro
pas españolas á las órdenes de Wélligton durante la
guerra de la Independencia? ¿Qué de particular te
nía que ahora se pusieran bajo el mando de French
que, aun no habiendo elevado su fama en unos
«Arapiles», bien pudiera ocurrir que llegara á un Waterloo?...
Y Weyler, por patriotismo, se resignó á subordi-
FANTASÍA
47
narse al mando supremo del generalísimo inglés.
A todo el ejército expedicionario contrarió este
acuerdo que empequeñecía nuestra personalidad
como Estado beligerante, pero la disciplina cerró el
paso á la protesta.
Cuatro días después entraban en Flandes las di
visiones españolas y cambiaban sus primeras balas
con los alemanes.
¡El Ejército español estaba defendiendo el Trono
del único soberano que no supo evitar que en su rei
no se levantara una estatua á Ferrer!
*
*
*
Regresó el Rey á Madrid donde seguía latente el
entusiasmo bélico.
S e organizaba por indicación de Lerroux, la «Le
gión de los libertadores de Europa» cuyo equipo y
manutención se pagarían con el producto de una
suscripción nacional que sería administrada en for
ma parecida á la del Tesoro en la República.
Uno de los primeros voluntarios fué el zapatero
de la Cava baja D. Inocencio Pérez del Borregal
quien ofreció á la Legión su sangre y cuarenta na
res de borceguíes. Además dotaría á los libertado
res de Europa de un «carapacho de avance» que se
había sacado del caletre y cuyas pruebas estaba efec
tuando en una fábrica de sacos del puente de Toledo.
48
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
La Prensa hablaba ya de un maravilloso invento...
Pronto veremos á D. Inocencio en las cumbres de la
popularidad, y conoceremos la eficacia de su famoso
artefacto.
* * *
En cuanto D. Alfonso llegó á Palacio, celebróse
Consejo de ministros en el cual se autorizó á Na
varro Reverter para realizar un empréstito de 500
millones en obligaciones del Tesoro. Con este dine
ro se liquidarían los gastos ocasionados por la mo
vilización, se haría un importante pedido de material
de guerra á los Estados Unidos, en vista de que ni
Francia ni Inglaterra podían cumplir sus ofrecimien
tos, y se emprenderían obras públicas para conjurar
los peligros de la crisis obrera que se produjo á con
secuencia de «la moratoria.»
El nuevo empréstito rentaría el 6 y se emitiría
al 93. De modo que, contando á la española, los
suscriptores se ganarían el 13 por 100 en el primer
año. ¿Para qué, pues,—debieron pensar los capita
listas—afrontar los riesgos industriales ni dedicarse
á la vil usura?
Así fué que, estimulada la avaricia del capital por
la largueza del Estado, cubrió los 500 millones á las
pocas horas de abrírsela suscripción.
Romanones, al salir del Banco, dijo á los repor-
F A N T A S ÍA
49
ters muy alborozado: «Ya lo ven ustedes. El éxito
ha sido tan grande como el de aquella otra opera
ción financiera que el mismo Navarro Reverter hizo
cuando la guerra de Cuba. En esto de los emprésti
tos patrióticos es D. Juan un hacendista formidable.»
Efectivamente: en cuanto los anunciaba con alto
interés y á siete enteros bajo la par... ;éxito se
guro!
El Gobierno estaba contentísimo porque ya tenía
dinero fresco para salir de trampas y hacer frente á
los gastos de la guerra; y el ministro fué obsequiado
con un banquete que esta vez se dió en el edificio de
la Bolsa.
Los comensales eran banqueros y agentes que,
por trabajar el empréstito, se habían repartido la pe
queña comisión de dos por mil que les concedió el
ministro, ó sea un insignificante total de doscientos
mil duros ganados en pocas horas.
En todos los brindis se proclamó la necesidad de
que la Banca siguiera ayudando siempre al gran
hacendista «con el mismo patriótico desinterés que lo
había hecho en aquella ocasión».
Levantóse D. Juan para dar las gracias, y fué de
ovación en ovación avanzando en su discurso; pero,
cuando ya estaba en los últimos párrafos, entró en
el local D. José Rocamora, y observó el orador que
desde aquel momento, gran parte del auditorio cu
chicheaba sin prestarle atención.
4
50
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
Contrariado por esto, dijo mirando al ilustre perio
dista y subiendo de tono para dominar el rumoreo:
—Comprendo que he sido indiscreto al abusar de
vuestra benevolencia y voy á terminar.
—¡No, no!—contestaron todos aplaudiendo.
Rocamora, turbado por el reproche, exclamó:
—Perdón, señor Ministro. Soy, aunque involunta
riamente, el culpable de esos murmullos por haber
comunicado una terrible noticia que acaba de reci
birse en mi periódico: Vigo ya no existe. Un crucero
alemán la ha destruido á cañonazos, causando mi
les de víctimas, y la hermosa ciudad está convertida
en inmensa hoguera.
Estas palabras produjeron enorme sensación. En
poco estuvo que D. Juan no cayera desplomado,
pues, además de la catástrofe de Vigo, sentía la de
su discurso que quedaba sin terminar. Pero conoce
dor del percal de su auditorio, hizo un supremo es
fuerzo y prosiguió, diciendo:
«No dejemos, señores, abatir nuestro ánimo por
la desgracia. El Gobierno acudirá en socorro de
las víctimas, y si para que resurja la» hermosa Vigo
de sus gloriosas cenizas se necesita hacer otro em
préstito, ¡lo haré, como siempre, contando con vues
tra patriótica y desinteresada ayudal»
La ovación fué delirante.
TANTASÍA
51
El ministro marchó en su automóvil á Goberna
ción, ansioso de conocer detalles de aquel primer
zarpazo que nos daba la guerra.
Por desgracia, cuanto había dicho el director del
Heraldo era cierto. Los alemanes nos habían hecho
pagar caro el secuestro del carbonero Wildeman.
Al apuntar el día (26 de Octubre), el crucero Kauman, uno de los más rápidos de la flota imperial
alemana, después de burlar á favor de la niebla la vi
gilancia inglesa del canal de la Mancha, se presentó
ante Vigo, y desde gran distancia rompió contra la
plaza furioso bombardeo.
El castillo de Castro y las defensas secundarias
contestaron bravamente;... {pero sus cañones eran
de menor alcance y los proyectiles no llegaban al
barco enemigo!...
En dos horas cayeron sobre la infortunada ciudad
más de mil granadas que arrasaron ios fuertes, hun
dieron las naves ancladas en el puerto y produjeron
el incendio de la población. No había hipérbole en la
información de Rocamora: {Vigo ya no existía! La
colina Castro era una pira gigantesca cuyas greñas
de humo se enmarañaban con las nubes. ¡La ino
cente víctima se consumía en el altar del sacrificio!
¡Vigo no era ya más que una inmensa hoguera!
El gobernador civil de Pontevedra, Sr. García
Plaza, que marchó inmediatamente al lugar del suce
so, comunicaba detalles horripilantes, con minucio-
52
DON QUIJOTB EN LA QUERRA
sidad y viveza que hacían honor á sus antecedentes
periodísticos. Las granadas habían incendiado la
aduana, la comandancia de Marina, el cuartel de
carabineros y otros edificios públicos: el fuerte vien
to reinante hizo lo demás. Entre los escombros chis
porroteaban cientos de cadáveres; en las calles y en
las carreteras fallecían exangües los heridos por la
metralla, y los supervivientes de aquella horrible
hecatombe, vagaban por la campiña con el espanto
en los ojos, enloquecidos de pavor...
Las autoridades locales se habían portado valero
samente. El alcalde murió asfixiado entre las ruinas
de la casa consistorial, se ignoraba la suerte del co
mandante de Marina y se había suicidado el goberna
dor militar de la plaza D. Santiago de Albornoz. El
pundonoroso general subió al castillo de Castro en
cuanto se inició el bombardeo, y ciego de rabia y
desesperación al ver que las granadas enemigas des
trozaban impunemente las defensas y le diezmaban
sus heroicos soldados, se disparó un tiro en la sien.
La destrucción de Vigo revestía los caracteres de
una gran catástrofe nacional.
España entera sufrió el escalofrío del horror, se
guido de la natural indignación contra los alema
nes... y contra el Gobierno. ¿Cómo no se había do
tado la bahía más importante de España, y una de
PANTASÍA
55
las mejores de Europa en el Atlántico, de artillería
eficaz contra los modernos barcos de guerra? ¿De
qué había servido la sangrienta lección de Cavile y
de qué los quince años de paz? Y aunque la Prensa
estaba amordazada por la previa censura, dejaba en
tender entre líneas que Santander, Gijón, Coruña,
las rías gallegas, Almería, Málaga, Alicante, Va
lencia, la bahía de Rosas... todas las plazas de nues
tro litoral de tres mares—salvo Cartagena, Cádiz y
el Ferrol- se hallaban tan débilmente artilladas como
la destruida ciudad,
¿Quiénes eran los culpables? Los conservadores
decían que los liberales; los liberales decían que los
republicanos y socialistas por haberse opuesto siem
pre á gastar cientos de millones en fortificar las cos
ías... Y esto dió motivo para que Juan de Aragón
publicara un notable artículo titulado La política de
Pilatos, que terminaba diciendo: «entonces, ¿quién
gobierna aquí?»
Calmó un poco los ánimos la noticia de que una
división de la escuadra inglesa del Mediterréneo, sa
lida de Gibraltar, había echado á pique frente á Lis
boa al crucero Kauman.
Estábamos vengados. Pero Vigo, la populosa
Vigo, solo era ya rescoldo de hoguera, y cuarenta
mil de sus moradores quedaban sin pan y sin hogar!
CAPÍTULO V
Ocupación de las rías gallegas por los in
gleses.—Cambio de notas.—Como Mén
dez Núñez.—Recelos de la opinión.—Las
«salpicaduras» de Maura. — Ovación á
Romanones.—Escándalo en el Congreso.
Agresión á Vázquez Mella.—La chistera
de Borregal.—Historia del «carapacho de
avance».—El zapaísro y el Rey.
L a escuadra inglesa que hundió al crucero Kauman frente á Lisboa, fondeó al siguiente día en la
ría de Vigo: inmediatamente saltaron á tierra sus
tropas de desembarco y, sin autorización ni previo
aviso, plantaron su bandera y comenzaron á levan
tar obras de fortificación.
Protestaron las autoridades militares; pero el vi
cealmirante Stewart, que mandaba la flota, contestó
que había recibido orden radiográfica de estacionar
se en la gran bahía y que, hallándose ésta sin de
fensas adecuadas—como lo estaban pregonando las
humeantes cenizas de la infortunada ciudad—se
56
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
veía precisado á tomar aquellas medidas, de inex
cusable precaución, para tener sus barcos á cubierto
de un posible ataque de los cruceros alemanes.
Recibió la noticia el ministro de la Guerra quien
la comunicó sin perder momento al Rey y á Romanones; y, á las pocas horas, reunióse el Consejo en
la Presidencia.
Todos los ministros convinieron en que el caso
era grave, por haberse efectuado el desembarco sin
la autorización de las Cortes. Y, tras lato discutir,
acordóse que Pérez Caballero enviara la siguien
te comunicación al marqués de Villaurrutia, que
seguía siendo nuestro hábil y discretísimo embaja
dor en Londres:
«La división naval británica que tan gloriosamen
te combatió y echó á pique frente á Lisboa al cruce
ro Kauman, ha fondeado en la ría de Vigo, y sus
destacamentos están construyendo fortificaciones
en la cosía.
»Haga saber V. E. al Gobierno inglés que este he
cho, aunque realizado por fuerzas de una Potencia
aliada y atenuado por las circunstancias, le crta al
Gobierno español un conflicto de orden constitucio
nal por cuanto no han otorgado las Cortes la auto
rización especial necesaria para admitir tropas ex
tranjeras en el Reino.
»En su consecuencia, pida V. E. al Gobierno impe
rial que ordene el inmediato reembarco de los des-
FAN TASÍA
57
tacamentos ingleses, á los cuales substituirán doble
número de soldados españoles, con el armamento
necesario para defender la entrada de la ría, garan
tizando de este modo la seguridad de los buques
anclados en ella.»
A la mañana siguiente se recibió en Estado un te
legrama del embajador que decía:
«Acabo de conferenciar con el Presidente del C on
sejo de Ministros á quien he dado á conocer la co
municación que por cable recibí anoche de V. E. A squith me ha manifestado que la división naval del
vicealmirante Stewarí debe permanecer algún tiem
po en las rías gallegas para cortar el paso á los
cruceros alemanes que, llevados de su reconocida
audacia, pudieran burlar la vigilancia del C a na l,—
como lo hizo el Kauman— bien con el propósito de
reforzar la escuadra de Von Spee, bien con otros
designios.
»Opina Asquith que las precauciones tomadas por
el vicealmirante inglés, fortificando las costas de
Vigo, deben ser vistas en España con agrado, puesto
que alejarán el peligro de un segundo bombardeo.
Y , por último, me ha manifestado que agradece la
proposición de substituir los destacamentos británi
cos con tropas españolas pero que no puede acep
tarla porque ya deben estar montándose los cañones
de costa enviados desde Inglaterra, y la substitu-
58
DON Q U IJO T E EN LA GUERRA
ción retrasaría la urgente organización de las de
fensas. »
¡Había que ver el gesto de asombro y de extrañeza que pusieron los consejeros cuando se leyó en se
sión el telegrama de Villaurruíia! Ni convencía la jus
tificación del desembarco ni era racional la negativa á
la substitución de los destacamentos. No se veía cla
ra la intención inglesa... Los ministros comenzaban
á sospechar... Todos interrogaron al presidente con
la mirada, y Romanones, después de prolongado y
solemne silencio, exclamó rascándose un carrillo:
—¡Me parece que nos la han dao!
—¡Y en el corazón, señor Presidentel—añadió el
ministro de Marina con emoción patriótica.
—¡Esto es una invasión! ¡Debemos protestar!—
gritó el de la Guerra.
Burell entabló diálogo con el ministro de Gracia y
Justicia y desde aquel momento hablaban todos y
nadie se entendía.
El general Miranda estaba excitadísimo. ¡De bue
na gana hubiera reunido la débil flota española para,
repitiendo la frase de Méndez Núñez, emprenderla á
cañonazos con los ingleses! El ministro de la Gue
rra le hacía coro. En cambio Alba y D. Melquíades
recomendaban calma y serenidad porque, ante la
perspectiva de una crisis prematura, no les llegaba
la camisa al cuerpo.
F A N T A S ÍA
59
Por fin se restableció el orden, y Pérez Caballero
dijo reposadamente:
—Yo creo, señores, que no hay en este asunto
más que un incidente de forma. Inglaterra debió so
licitar nuestro permiso antes de efectuarel desembar
co y no lo ha hecho: esto es todo. ¿Pero se le podía
negar ese permiso? ¿No es un derecho y hasta una
obligación acudir en ayuda del aliado cuando éste
carece de suficiente poder contra el enemigo común?
Y si conviene la permanencia de una escuadra ingle
sa en nuestras rías ¿es discreto y patriótico el opo
nerse á que los marinos británicos, para seguridad
de sus naves, refuercen las defensas de la costa con
elementos propios siendo así que nosotros no los
tenemos?
Don Melquíades afirmaba á cada; interrogación
con la cortedad del novato; Alba escuchaba con em
beleso: los nervios se sosegaron. Y Pérez Caballe
ro cerró su discurso diciendo que todo quedaría re
suelto explicando á las Cortes lo sucedido, y que,
por haber enviado sus barcos en nuestra ayuda, de
bíamos guardar á Inglaterra eterna gratitud.
¡Eterna debería ser para que durara tanto como
duraría el favor!
Mucho se comentó el desembarco de los ingleses
en Galicia, y la Prensa en general, como tornavoz
60
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
de la opinión, manifestó contrariedad y recelo. E l
Correo Español, La Tribuna y algunos otros perió
dicos, aparecieron varios días con grandes brechas
en sus columnas, producidas por el lápiz del censor.
Pero era de justicia reconocer que la ocupación
inglesa estaba tácitamente anunciada desde muchos
años antes. El Gobierno británico nos advirtió con
motivo de la guerra ruso-japonesa que la indefensión
de las Baleares y de las rías gallegas im plicaría un
grave peligro para ¡a Gran Bretaña en caso de gue
rra marítima. Lo cual equivalía á decir que, si nos
otros no artillábamos eficazmente esos puntos es
tratégicos, tal vez Inglaterra se viera obligada á ocu
parlos ante el temor de que pudieran hacerlo sus ene
migos. ¿Quién no recordaba la célebre frase de «las
salpicaduras» pronunciada en aquella ocasión por
D. Antonio Maura? Pero ¿qué hicimos entonces ni
habíamos hecho después?... Usar la frase como tópi
co periodístico; conservar el signo pero sin recordar
la idea. ¡No, Inglaterra no cometía traición: si trai
ción había, nuestro descuido y malgobernar eran
los traidores!
*
*
*
El 10 de Noviembre se reunieron las Cortes y se
repartió á los senadores y diputados el L ib ro L ila
referente á la guerra.
La atención política se concentraba en el Congre-
F A N T A S ÍA
61
so donde los tradicionalistas proponíanse interpe
lar al Gobierno por haber tolerado el desembarco.
Los diputados liberales tributaron á su jefe una
entusiástica ovación desde que apareció por la calle
de Floridablanca hasta que lo sentaron en el banco
azul. Todos se apiñaban alrededor del procer para
que se les viera aplaudir; y un aspirante á ministrable, alto, corpulento, de tostada tez, para singulari
zarse en el afecto, se irritaba los ojos con el humo
del cigarro y abrazaba al Conde diciendo: «¡Bravo,
don Alvaro! ¡Esto conmueve! ¡Mire usted, mire us
ted, cómo lloro!» Y Romanones contestaba sonrien
do con su sonrisa mitad sagastina mitad volteriana:
«Gracias, Gutiérrez, aunque ya sé que todo esto no
se hace por mí sino por la idea.»
La idea de Gutiérrez la conocía el Conde mejor
que nadie.
,Qué hombre aquél! ¡Cómo cautivaba al gran par
tido liberal! Y es que poseía en grado sumo la prin
cipal cualidad del político: la habilidad. Tal vez no
tuviera gran erudición ni gran elocuencia ni grandes
convicciones... ni dotes tribunicias, ni fe de apóstol,
ni fortaleza de mártir; pero habilidad... ¡vaya si la
tenía como nadie! Y no la habilidad menuda y ma
rrullera del politicastro, no la habilidad casera, de
ofrecer á los chicos las golosinas de la despensa
para que jueguen juntos y no alboroten, sino la habi
lidad del estadista, del verdadero hombre de gobier-
62
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
no, la que permite entrar en los laberintos de la di
plomacia con la seguridad de no perder nunca el
norte de la conveniencia de la nación. jBien lo había
demostrado metiéndonos en la gran guerra sin tener
compromisos que cumplir ni ofensas que vengar!
Quedamos, pues, en que la cualidad característica
del Conde, la que le daba superioridad sobre todos
los políticos contemporáneos y producía la admira
ción y el entusiasmo de su partido era... la habili
dad. ¡Adelantel
La segunda ovación de la tarde fué para saludar á
los embajadores de las naciones aliadas. Sir Herdinge y Mr. Geoffray estaban radiantes de satisfac
ción.
En los escaños y en las tribunas no quedó ni un
sólo asiento vacío.
Como la sesión era extraordinaria, se había con
venido que el Gobierno diera cuenta de la declara
ción de guerra, de las disposiciones con motivo de
ella decretadas y del bombardeo de Vigo, pero nada
más. A última hora se impuso el criterio de no decir
palabra referente al desembarco inglés. La aproba
ción de equellas disposiciones que, necesitando una
ley se habían tomado por real decreto, se entendería
como ratificación del voto de confianza dado en Sep
tiembre al Ministerio nacional.
PANTA5ÍA
69
Así se hizo, y todo iba saliendo á pedir de boca;
pero, al llegar á la votación nominal, se levantó V áz
quez Mella y, en medio de la general expectación,
dijo que ni él ni sus amigos podían depositar su con
fianza en aquel Gobierno, por haber consentido un
desembarco que tenía los caracteres de una inva
sión.
Fuertes rumores en toda la Cámara y la enérgica
protesta de la mayoría interrumpieron al orador.
— jEntrar como aliados no es entrar como invaso
res!— gritó el Conde.
— {Dejadle hablar!— exclamó Lerroux.
Y Vázquez Mella continuó diciendo con arrebata
da elocuencia que no podemos transcribir¿con exac
titud:
— Com o amigos y aliados entraron los ingleses
en Gibraltar y allí están zarpeando siempre nuestra
frontera, y como amigos y aliados llegan á Vigo
también... Pero yo pido como español y como dipu
tado, y en nombre de la minoría tradicionalista, que
sobre las cenizas de la ciudad inmolada por vuestra
imprevisión, no flote más bandera que la de la Pa
tria. Mientias tanto, sospecharemos que está deten
tado otro girón del suelo nacional.
El escándalo que se produjo fué de los que forman
época. Desde los bancos ministeriales y republica
nos increpaban al orador y al pelotón jaimista que le
aplaudía.
64
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
—¡Que retire esas palabras! ¡Traidores! ¡Estáis
vendidos al oro alemán!—vociferaban los másexaltados.
El Congreso bramaba como enfurecido ma\ La
tribuna pública tuvo que ser desalojada por haber
tomado parte en la protesta. Lerroux extendía los
brazos para encalmar las aguas. Antón del Olmet
decía tirándose á fondo desde su escaño:
—¡Eso no es patriotismo! ¡Imprudente!.. ¡Inprudente!...
Y Rodrigo Soriano gritaba mirando á la ma/oría
y señalando á los jaimistas:
—¡Están locos! ¿A quién se le ocurre indisponerse
con los ingleses?
La campanilla presidencial clamaba pidiendo orden,
pero no cesaba el escándalo, y los diputados tradicionalistas se retiraron del salón.
Azatíi, al verlos marchar, dió un estentóreo «¡Viva
la libertad!» Y Pedregal gritó: «¡Viva el Gobierno!»
para recordar, tal vez, que aún no le habían dado el
que le ofrecieron.
Con un caluroso y prolongado aplai so de la ma
yoría para el embajador inglés y para t banco azul,
terminó la borrasca. Y continuó tranquila y acadé
mica aquella sesión que había de ser preludio de
graves acontecimientos.
*
*
*
F AN TASÍA
65
Los expulsados de la tribuna pública, con sus
apasionados relatos, encendieron la indignación
de los radicales que se hallaban en los alrededo
res del Congreso; y al salir Vázquez Mella fué re
cibido con una pita estrepitosa y con los consabidos
gritos de «¡Viva la Civilización!» y «¡Muera la Bar
barie!»
El gran tribuno marchó á pie por la Carrera de
de San Jerónimo, siguiéndole un centenar de in
dividuos cuya actitud agresiva era cada vez más
acentuada.
Cerca ya de la calle de Cedaceros, y cuando co
menzaban á volar las piedras, quiso la casualidad
que bajara en dirección contraria un caballero vesti
do de levita y cubierto con flamante sombrero de
copa. Era D. Inocencio Pérez del Borregal que iba
á conferenciar con el ministro de la Guerra y que,
al ver á un hombre en peligro, corrió á interponerse
entre él y los perseguidores gritando como un héroe
de melodrama: «¡¡Atrás todos!! ¡¡Yo amparo á este
hombre!!»
No había pronunciado la última palabra cuando
una terrible pedrada se le llevó la chistera por los
aires, yendo á caer en el techo de un «cangrejo», que
siguió su marcha, sin que el conductor se apercibie
ra de la elegante carga.
Borregal, temiendo que un segundo proyectil de
aquel calibre se le llevara la cabeza, procuró salvar
5
66
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
su vida sin cuidarse del sombrero, y exclamó: «¡Soy
Borregal! j¡Soy el inventor del carapacho!!
Algunos manifestantes reconocieron entonces al
zapatero de la Cava Baja y gritaron levantando los
brazos: «¡¡Quietos!! ¡Es de los nuestros! ¡Es el in
ventor del carapacho! En la brava gente se operó
un cambio radical de sentimientos: «¡Viva el cara
pacho! ¡Viva el sabio español! ¡Viva Borregal! ¡Viva
Borregal! ¡Viva Borregal!...» Y á hombros, como se
saca de la plaza á los ídolos de coleta cuando dan
una de esas estocadas que conmueven á la nación
entera, se lo llevaron hasta la 'puerta del Congreso.
Vázquez Mella se encontró completamente sólo,
ante un guardia municipal que, con las manos en la
espalda y estirando el cuello, le miraba y remiraba
de pies á cabeza. Nadie volvió á molestarle en su
camino.
El leader tradicionalista le debía la vida al cara
pacho.
* * *
La manifestación de simpatía de que fué objeto
D. Inocencio Pérez del Borregal estaba justificadísi
ma; pues desde que se hicieron en el puente de To~
tedo las pruebas de su invento, era el personaje más
popular de Madrid. La Prensa había publicado su
retrato de frente, de perfil, sin su familia, con su
T A N T A S ÍA
67
familia, sin carapacho y con carapacho. Pero nunca
le habían retratado de levita y chistera por la sen
cilla razón de que hasta aquella tarde no las había
usado. Por eso, al pronto, no le conocieron los
manifestantes y le dieron la terrible pedrada que
le arrebató el tubo de la cabeza.
La génesis del carapacho de avance, que tal re
nombre dió á su inventor, fué la siguiente:
A fines de Septiembre de aquel año dió principio
en Francia la guerra de posiciones. Los alemanes
habían erizado con ametralladoras y cañones, abri
gados bajo cúpulas acorazadas, sus atrincheramien
tos desde la Alsacia al Oise, y no había manera de
echarlos de allí.
Don Inocencio, á quien tanto preocupaban las co
sas de la guerra, pensó: «Pues Si á cada soldado
se le dotara de una coraza invulnerable al fuego de
las ametralladoras y á los schrapne/ls de las gra
nadas, cátate que se podría llegar con poco riesgo’á
las trincheras enemigas y desalojarlas á puntapiés.»
Cavilando sobre esto, cogió cierto día la cuna de
mimbre del más pequeño de sus hijos, se cubrió con
ella y salió á gatas por la trastienda, llamando á su
mujer.
—¡Mónica! ¡Mónica!
La pobre Mónica, bonachona y santa esposa de
nuestro zapatero, al ver á su marido acurrucado
bajo la cuna, exclamó sobresaltada:
68
DON QUIJOTE EN LA QUERRA
—¡Pero qué haces, hombre de Dios?
—No te preocupes. ¿Me ves algo?
—¡Qué he de verte, si estás ahí metido como un
galápago?
—¿Cómo un galápago? ¡Pues ya está!—¡Y echan
do á un lado la cuna, se levantó diciendo con emo
ción:—¡Abrázame, abrázame,Mónica, queyalo tengo!
—¡Pero de qué me hablas?—interrogó Mónica
suplicante y poniendo sus manos sobre los hom
bros de Borregal.
—¡De un invento, esposa mía, de un gran invento
para que la Civilización acogote á la Barbarie! ¡Ya
tengo la forma! ¡Yo haré lo demás!—Y se lanzó á la
calle sin detenerse á coger el sombrero.
La infeliz mujer exclamó rompiendo á llorar:
«¡Dios mío, se me ha vuelto loco!»
Desde su casa marchó D. Inocencio al rastro, don
de, por catorce reales, adquirió un tonel de un metro
de altura, y lo hizo partir por la mitad en sentido
vertical. Tomó una de las dos mitades y vió que,
inclinando el cuerpo, le cubría perfectamente la ca
beza y el tronco. «Pues si este medio tonel—se
dijo—lo monto sobre ruedas y le pongo delante
una plancha de acero que resista el choque de las
balas de fusil, y una cubierta protectora contra las
granadas, ya tengo resuelto el problema.»
Ordenó que le llevaran á su casa el partido tonel
y comenzó á pensar en el blindaje.
r
FANTASÍA
69
Sabía D. Inocencio, por haberlo leído en aquellos
d:ías, que una lámina de acero de cinco ó seis mi
lím etros es, á cualquier distancia, invulnerable á los
d isparos del fusil alemán. Ya tenía, pues, el medio de
a corazar el testero anterior de su artefacto. Pero ¿y
la cubierta protectora? ¿Cuál sería la materia más
á propósito para resistir los schrapnells?
Consultó el caso á un asistente de artillería que
fué á que le echaran unas medias suelas, y después
de hacer cálculos mentales, le dijo que con un buen
acolchado de lana tendría bastante «porque los col
chones son cosa que resiste mucho».
Y a no esperó á más D. Inocencio para emprender
la construcción de su aparato, al que bautizó con el
nombre de Carapacho de avance..
El primer modelo no le satisfizo porque resultaba
tosco y de excesivo peso. Había que modificar la
estructura y disminuir superficies y espesores. Todo
se hizo: y de prueba en prueba y de perfecciona
miento en perfeccionamiento, llegó D. Inocencio á
conseguir que su carapacho fuese una maravilla.
El modelo definitivo era de hoja de acero, y lleva
ba un acolchado de lana merina. El escudo del tes
tero anterior bajaba hasta cubrir el eje de las ruedas
delanteras, porque en dicho eje tenía que apoyarse
el soldado para mover el carapacho. Los espacios
laterales, desde el borde del cascarón hasta el suelo,
iban guarnecidos con unos faldellines (más bien sa-
70
DON QUIJOTE EN LA OUEDBA
eos teireros) dispuestos de modo que el soldado pu
diera llenarlos de tierra desde el interior cuando la
intensidad del fuego enemigo lo exigiera, En el tes
tero posterior no había faldellín porque se suplía
con la mochila. El peso total del artefacto no lle
gaba á 48 kilogramos, lo cual le hacía de fácil ma
nejo.
Cuando todo estuvo á su gusto, brindó D. Inocen
cio á los libertadores de Europa el honor de auxi
liarle en las pruebas de resistencia, que debían veri
ficarse, como las anteriores, en el patio de la fábri
ca de sacos donde le habían preparado las telas
para los acolchados y faldellines.
Las pruebas serían emocionantes. El inventor,
metido en su carapacho, haría varias evoluciones y
después recibiría una descarga cerrada.
Se aceptó la invitación, pero como los libertado
res aún no tenían mauser, acudieron ocho radicales
armados con fusiles de chispa de los que guarda
ban desde muchos años para cuando se armara Ia
gorda.
En la mañana del primer domingo de Noviembre
marcharon todos los invitados al puente de Toledo,
en
cuyas inmediaciones está la referida fábrica.
D. Inocencio se metió en el carapacho y, durante al
gunos minutos, maniobró con rapidez y ligereza,
quedando, por último, frente al piquete de fusileros.
Había llegado el momento culminante. El silencio
FANTASÍA
71
erra solemne. D. Inocencio gritó con voz que parecía
sealir de una tómba: «¡Apunten!.. ¡Fuego!» Y sonarcon cuatro tiros como cuatro cañonazos. Los otros
ciuatro habían fallado. ¡Si llegan á estar en las barriceadas, se lucen!
Las balas rebotaron en el escudo ó casquete deLantero sin perforarlo, y D. Inocencio sacó la cabeza
p>or el faldellín de la izquierda, gritando: «¡Viva la
(Ciencia! ¡Mueran los bárbaros!»
Todos quedaron sobrecogidos de estupor creyendio que el último grito era un apostrofe por haberle
diado algún balazo; pero al verle salir ileso y loco de
allegria, corrieron á abrazarle vitoreándole á él y á
ssu carapacho. Desde la fábrica marcharon todos á
runa taberna próxima donde bebieron por la Civiliza
ción y brindaron por el exterminio de la raza teutona,
ho cual era ya cosa de pocos días: los necesarios
p a ia construir algunos miles de carapachos.
El satisfactorio resultado de las pruebas fué la
mota del día en toda España y dió á D. Inocencio tal
popularidad que hasta Antonio Casero se creyó en
tei deber de descuidar sus ocupaciones concejiles
¡para dedicarle en el H eralao un romance chulesco,
(comparándole á Franklin, á Dupuy de Lome, á
lEdison... y al Chico de la blusa.
El día de la manifestación contra Vázquez Mella
lhabía estado en Palacio D. Inocencio para explicarlle 6 S . M. el invento; y D. Alfonso, después de es-
72
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
cucharle con su proverbial amabilidad, le indicó que
debía presentarse al ministro de la Guerra. Esto es
lo que le llevaba aquella tarde al Congreso con la ca
beza llena de ilusiones y cubierta con aquel sombre
ro que estaba viajando en el techo de un «cangrejo.»
CAPÍTULO VI
Protesta de los jaimistas.—Partidas en Na
varra, Cataluña y el Maestrazgo.—Fusi
lamiento del cabecilla Mir.—Comentario
de “El P rogreso*.—Sangrientos comba
tes en Flandes. — Asalto de tahonas.—
Guerra á los caseros.—El diputado de los
27.000.—Los dos Condes.—Fracaso del
empréstito popular.—Crisis total.
Lógica y fatalmente había de repercutir en toda
España el incidente parlamentario que terminó con
la retirada de la minoría tradicionalista del Con
greso.
Los requetés jaimistas anunciaron «aplechs» de
protesta que no llegaron á efectuarse porque lo pro
hibieron las autoridades; y los organismos directo
res del tradicionalismo publicaron entonces un ma
nifiesto declarando rotas en absoluto sus relaciones
políticas con el Gobierno.
Firmaban el documento los presidentes de todas
las juntas regionales y provinciales y de todos los
74
DON Q U IJO TE EN LA OUBODA
casinos y comités del partido; y su número era
tal, que produjo asombro d muchos políticos de
Madrid.
Resultaba que tenían los jaimistas cíenlos y cien
tos de casinos y comités: muchos más f i e los so
cialistas, muchos más que los radicales, muchos
más que el nuevo y flamante partido melquiadista.
jY en Madrid no se habían enterado! S e vivía en la
creencia de que no quedaban ya más tradicionalistas que Cirici Ventalló para regocijar á los neos
escribiendo chirigotas, y Vázquez Mella para pro
nunciar discursos altisonantes, puesto de chamber
go. Y es que en Madrid ni hay ni puede haber iradicionalistas como ni existe ni puede existir un gran
partido republicano federal.
En Madrid un tradicionalista es un *sicario oeí
obscurantismo», un fósil de la época terciaria, un
bicho raro; como un federal es un enemigo de la
unidad de la patria, un separatista...; casi un traidor.
Tradicionaüstas y federales aspiran á que las re
giones se desenvuelvan libremente, conforme á su
naturaleza y tradición. Todas libres, aunque unidas
todas por el amoroso lazo de la Patria.
¡Pero Madrid no quiere! Madrid—y al Madrid p o
lítico nos referimos, no aI buen pueblo madrileño —
se escandaliza cuando oye hablar de fueros y auto
nomías, y evoca en su auxilio á los grandes Reyes
que fundieron sus Coronas para formar la de E s-
TANTAS!A
7§
paana, jcomo si ellos hubieran sido quienes mataron
leas libertades españolas!
El Madrid político marca el paso á los ocho mil
pueblos de la nación, y nadie puede ir ni más des
plació ni más deprisa: todos al igual aunque se fati
gue el débil y se entumezca el fuerte y animoso. Desdie la Puerta del Sol se ordena hasta la hora á que
dieben acostarse los cómicos en toda España. ¿Se
diice que á las doce y media?, pues á las doce y
rmedia, ¡abajo el telón y á la cama todo el mundo!; lo
rmismo en el pueblo que en la ciudad, lo mismo en
Biilbao que en Villacorta de Cádiz. Y el que preteenda salirse de la ley general, quien diga que esas
yr otras minucias deben ser competencias de los al
caldes y no de los ministros, ese... «¡ese es un mal
easpañol, que merece cuatro tiros por atentar contra
lta unidad de la patria...!»
Perdón, lector. Volvamos al relato.
El manifiesto jaimista exacerbó á los más exaltatrados, y en Cataluña, en el Maestrazgo y en Navarrra se encendieron las teas de la guerra civil.
El marqués de Cerralbo desautorizó el movimien
t o por considerarlo inoportuno; pero ya había en las
imontañas doce ó catorce partidas que tenían en jacque á más de veinte batallones.
En todos los pueblos donde entraban los suble-
76
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
vados eran bien recibidos, no sólo por los de la
misma comunión de ideas sino por la generalidad
del vecindario.
Se odiaba al Gobierno, que habiendo arrancado
de sus hogares á los reclutas y reservistas para en
viarlos á luchar contra los alemanes que ningún
daño nos habían hecho, toleraba luego que los in
gleses permanecieran como amos y señores en te
rritorio español.
Pero la desautorización del marqués de Cerralbo
impidió que la insurrección tomara incremento.
Las partidas de Navarra se disolvieron. Perruca
se hizo fuerte en Cantavieja y allí murió con los que
no escaparon: y el cabecilla Mir fué cercado en
Montserrat, y, después de reñido combate, cayó
prisionero con veintitrés hombres de su partida.
Conducidos á Barcelona se les juzgó en consejo de
guerra sumarísimo; y Mir, con otros cuatro insu
rrectos, fué condenado á muerte.
Cuando se cumplió la terrible sentencia en los fo
sos de Montjuich, El Progreso, el órgano de los ra
dicales barceloneses, puso á la noticia este comen
tario:
«Somos enemigos de la pena de muerte, pero re
conocemos que una insurrección, cuando el Ejército
está luchando por el honor de la bandera, es un de
lito de lesa patria que debe castigarse con todo el
rigor de la ley.»
FANTASÍA
77
Un profesor de Lógica, que leía E l Progreso des
ále 1909, se volvió loco el mismo día.
*
*
*
Las noticias de la guerra europea eran poco sa~
ttisfactorias.
Nuestro valeroso Ejército se había portado heroiccameníe en los sangrientos combates librados en
FFlandes entre Ipres y Nieuport.
Los alemanes habían pretendido romper el frente
¿aliado. «Desde el 26 de Octubre hasta el 13 de Nowiembre—decía el boletín de información francés —
¿se produjo el asalto alemán en masas profundas,
¿sin tregua alguna ni de día ni de noche, y con extracordinaria violencia... Sólo en la región de Ipres,
testos impetuosos ataques causaron á los alemanes
{pérdidas espantosas, que pueden calcularse, por lo
imenos, en 120.000 hombres.»
Y como el empuje principal lo habían sufrido los
¿soldados españoles por creerlos el enemigo más délbiles, el número de nuestras bajas fué también eslpantoso.
Todos los días entraban por la frontera francesa
ttrenes llenos de heridos, porque Francia no podía
.atender ni siquiera á los suyos, que en Noviembre
pasaban de 550.000.
El general Weyler pedía con urgencia refuerzos
78
DON QUIJOTE EN LA QUERRA
para reorganizar sus regimientos, que habían queda
do tan deshechos como los franceses y lo» ingleses.
Y, al mismo tiempo, los embajadores de Francia y
de Inglaterra nos recordaban el compromiso de ele
var el ejército expedicionario hasta 300.000 comba
tientes. Esto, unido á los chispazos de guerra civil
y á la falta de dinero por estar casi agotados los
500 millones del empréstito, hizo que Romanones
comenzara á pensar si habríamos cometido un gran
disparate metiéndonos á redentores de quienes nun
ca se ocuparon de redimirnos.
*
*
*
La subida del precio del pan y la prórroga de la
moratoria, aumentaron las preocupaciones del G o
bierno en los primeros días de Diciembre.
Cuando estalló la guerra, se vendía el pan común
á 45 céntimos el kilo mal pesado. El conde de Sania
Engracia que había empuñado la vara de alcalde die
la villa y corte, obligó á los tahoneros á pesar comio
Dios manda, y loa tahoneros subieron el precio á
50 céntimos. Pero á las pocas semanas se les des
nivelaron las balanzas y volvieron á dar libretas
como panecillos y panecillos como nueces. S e les
llamó al orden, y contestaron como la otra vez: quie
para dar esos kilos de /77//gramos, que no se u sa
ban ya más que para explicar el sistema métrico,
T A N T A S ÍA
79
atendrían que aumentar el precio nuevamente. El 11anmado pan de lujo se vendería en las confiterías como
Icos bombones y el marrón glacé.
Por otra parte los caseros trabajaban para que no
sse prorrogara la moratoria que les tenía á dieta. Y
ccomo Romanones es uno de los mayores propieta
r i o s de Madrid, corrió la voz de que la prórroga no
sse concedería por su culpa. Hasta llegó á decirse
qque el mal humor que tenía el Conde era motivado
ppor estar ya dos ó tres meses sin cobrar los alqui
ce res de sus casas. ¡Quién sabe!
Estas noticias y rumores soliviantaban los ánimos
yy originaron un grave tumulto en las calles de
NMadrid.
Las turbas asaltaron las tahonas, y después de
r romper cristales y anaqueles, se llevaron el pan que
eencontraron, para repesarlo en casa con la ayuda
dde la familia.
Ante la estatua del héroe de Cascorro, una verduUlera hizo jurar á los amotinados que no tolerarían
eel nuevo encarecimiento del pan y que prenderían
fifuego á sus viviendas antes que pagar á los caseros.
La tumultuosa manifestación encontró en la calle
>Mayor al alcalde que iba á conferenciar con Romannones. El auto de Santa Engracia íuvo que deíenersse, y faltó poco para que la muchedumbre lo volcara-a. Los gritos contra los tahoneros y los caseros
eeran ensordecedores.
80
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
El apacible alcalde estaba lívido y tembloroso.
Siempre había sido el niño mimado de los madrile
ños, y ahora le recibían con alarmante hostilidad.
Viendo que la situación empeoraba por momentos,
abrió la portezuela del coche y desde el estribo aren
gó á la multitud diciendo:
«Madrileños: Para pedir que se os haga justicia,
contad siempre conmigo, porque, además de ser
vuestro alcalde, yo no puedo olvidar que me disteis
27.000 votos para que sea vuestro diputado.
»Disolved ya esta manifestación y marchada vues
tras casas tranquilos y confiados, porque yo os pro
meto que ni el pan se subirá ni el Gobierno ha de
permitir que los caseros empeoren vuestra situación
mientras dure la guerra. ¡Viva el pueblo madrileño!»
—¡Viva el alcalde! ¡Viva el diputado de los
27.000!—contestaron los manifestantes entre gran
des aplausos.
El automóvil se puso en marcha, rodeado por la
gente, que no cesaba de aplaudir y vitorear al di
putado de los 27.000; pero bastó que Santa En
gracia diera un «¡viva el Gobierno!» para que los
entusiasmos se apagaran y se disolviera la mani
festación. La popularidad del Ministerio nacional
iba ya de capa caída.
Cuando el alcalde entró en la Presidencia, se en-
T A N T A 3 ÍA
81
coníró á Romanones, tumbado en un sillón, profun
damente apenado.
—jLo sé todo, Javier, lo sé todo!—exclamó en
cuanto vió aparecer á Santa Engracia—¡Esta guerra
va á ser mi muerte, Javier; esta guerra me arruina!
¡Vamos á pasarnos años enteros sin cobrar ni una
peseta de alquileres, que es peor que regalar las
casas á los inquilinos! ¡Y luego nadie me agradecerá
el sacrificio y seguirán diciendo que no merezco
una estatua más alta que la de Alfonso XII!
Santa Engracia le reanimó diciendo:
—¡Por Dios, D. Alvaro, no piense usted esas co
sas, que le va á entrar la ictericia! La patria pre
miará sus grandes méritos y sacrificios, y el parti
do no olvidará nunca lo mucho que á usted le debe.
Además, la guerra terminará pronto. ¿No decía us
ted á los soldados que para la Misa del Gallo todos
estarían ya en sus casas? Pues ánimo, que poco
falta, y en Enero, ¡leña con los inquilinos que no
paguen!
Romanones sonrió con amargura y replicó en tono
confidencial:
— Coba fina, Javier; todo eso de que terminará
pronto la guerra es una tomadura de pelo; pero ¡qué
dianíre! no voy á decirles á los muchachos que cuan
do vuelvan se encontrarán á sus novias casadas y
con hijos. ¿ S e ríe usted? Pues... al tiempo. Y hable
mos de otra cosa. Dígame usted, querido Javier:
6
82
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
¿Para qué toma usted tan á pecho la cuestión del
pan? ¿E s... que se ha cansado ya de ser al
calde?
Santa Engracia sintió un vahído como si no se
hubiese desayunado: creyó que le pedían la dimisión,
y abriendo los oj'os desmesuradamente, respondió
con timidez:
—Yo, D. Alvaro... me proponía velar por los in
tereses del vecindario..., corregir abusos...; pero...
usted sabe que puede contar siempre con mi dimi
sión.
—No es eso, criatura—le interrumpió el ¡efe rien
do.—Ya sé que es usted de los incondicionales y
que sólo por servirme se resigna á estar en la alcal
día, como se resignaría á entrar en el Ministerio si
yo le ofreciese una cartera: eso ya lo sé.
El alcalde suspiró enternecido, y Romanones pro
siguió:
Lo que yo quiero es advertirle que el asunto de las
tahonas puede costarle la vara; porque si usted sigue
apretando en el peso, le echarán de la aleadla los pa
tronos, y si monta las reguladoras á la moderna,
disminuirá el trabajo y le echarán los obreros. ¿No
dicen los socialistas que ellos son los verdaderos
representantes del pueblo? Pues mientras ellos y
sus concejales no den la cara, contemporice us
ted, hombre, contemporice usted... y no haga el
primo!
P A N T A S ÍA
85
Anunciaron la llegada del ministro de la Guerra y
terminó la conferencia de los dos condes.
Santa Engracia bajó las escaleras de la Presiden
cia diciendo para sus adentros: «Tiene razón D. Al
varo. Es una imbecilidad que yo me juegue la vara
sabiendo que nadie me lo ha de agradecer. ¡Que pe
sen como quieran! Y si tan necesaria es para los po
bres la reguladora... ¡que la pongan en la Casa del
Pueblo! ¿Por qué no?*
Lasíahonas siguieron dando libretas como paneci
llos y panecillos como nueces, y ¡a reguladora no se
puso en ninguna parte. Pero el alcalde vivió tranqui
lo, sin indisponerse con nadie, para no perder votos
en las elecciones, que es la suprema finalidad políti
ca de los liberales... y de ios oíros.
*
*
*
En el mismo Consejo de ministros en que se acor
dó la prórroga de la moratoria, expuso Navarro Re
verter la precaria situación del Tesoro.
La recaudación de los impuestos descendía, y ios
gastos aumentaban atrozmente.
Los quinientos millones del empréstito habían vo
lado. Más de la mitad pasaron á manos de los yankis á cambio de armas y pertrechos, y los restantes
84
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
se invirtieron en las atenciones generales del Es
tado.
La guerra nos costaba ya muchos, muchísimos
millones. ¡Y estábamos en el primer acto de la gran
tragedia!
Propuso el ministro una combinación con el Ban
co para recoger las Obligaciones del Tesoro que
vencían en 31 de Diciembre, y un empréstito de ca
rácter popular con el fin de que las clases modestas
tuvieran mayores estímulos para la continuación de
la guerra.
Se emitirían títulos de cincuenta pesetas en núme
ro ilimitado. La nueva deuda no devengaría interés
pero se amortizaría en treinta años, y el Estado abo
naría cien pesetas por cada título que se amortizara.
De modo que todos les suscriptores, más ó menos
pronto, doblarían su capital.
Por aclamación fué aceptado el proyecto.
Don Melquíades decía muy satisfecho: «Ahora,aho
ra se verá si tenemos ó no tenemos las simpatías de
la opinión».
Pasaron Pascuas, Los bancos abrieron sus taqui
llas para suscribir el empréstito, y la decepción fué
tremenda.
Se calculaba que podrían suscribirse más de dos
cientos cincuenta millones, y sólo se suscribieron
siete y medio.
¿A quién se debía el fracaso? ¿A la desconfianza
P A N T A S ÍA
8¿
del pueblo en el próximo término de la guerra? ¿A la
moratoria que impedía á las clases populares dispo
ner de sus economías? ¿A la miseria del país? Sí; á
todo esto, y además á la falta de organización del
ahorro nacional.
Entonces se tocaron las consecuencias de no ha
ber estimulado la creación de cajas populares y so
ciedades de crédito, ejerciendo sobre estos organis
mos una acción más bien tutelar y docente que fis
cal y esquilmadora; entonces se recordó que Alema
nia tiene 30.000 cooperativas con más de 5.000 mi
llones de marcos en imposiciones, mientras que en
España apenas se conocen estas organizaciones
económicas, y será siempre difícil su desarrollo por
las mil gabelas que esterilizan las ventajas del siste
ma..; entonces se vió que el ahorro nacional tampo
co estaba en condiciones para ayudar al Estado en
la tremenda guerra. Ya no cabía duda: se había co
metido un loco desatino lanzándonos á la gran con
tienda.
El Gobierno se vió en un tremendo conflicto. Ni
podía seguir comprando armamentos ni enviar más
tropas á Francia ni dar de comer al ejército expedi
cionario. El ministro de Hacienda dimitió el cargo y
Romanones se creyó en el deber de presentar la di
misión de todo el Ministerio:
La noticia del día fué la crisis total.
r
CAPÍTULO Vil
La confianza de la Corona.—Recelos de
D. Melquíades.—Impréstito exterior.—Al
nivel de Servia y Montenegro.—Festival
benéfico.—Romanones en el baile.—La
gitana del Real. — La b u en a v en tu r a .—
¿Quién era?—Revista de los carapacheros.—Lerroux á caballo de un león.—Des
pedida de Borregal.—jEn marcha!
R atificó la Corona su confianza al Gobierno, con
forme deseaba y tenía previsto el Conde al plantear
la crisis total; y cuando volvieron á reunirse los mi
nistros, abrazáronse como los náufragos de un mis
mo buque al encontrarse otra vez, sanos y salvos,
en hospitalaria playa.
Durante las diez y ocho horas de interregno mi
nisterial, se le desrizaron los bucles á Santigo Alba,
y Burrell no quiso tomar más que bicarbonato. Don
Melquíades se pasó todo ese tiempo metido en un
cuarto obscuro, sin otra luz que la de su inteligen
cia, preparando un terrible discurso para romper
88
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
con los liberales, porque sospechaba que la crisis
era un pretexto para echarle del Gabinete, por ma
quinaciones de Gasset que le tenía envidia; pero
cuando supo que seguía siendo ministro, abrió las
ventanas y dió un viva á la coalición y otro á la irri
gación nacional.
Sin perder momento, se comenzaron las gestio
nes para contratar en el exterior un empréstito que
resolviera el problema económico hasta la primave
ra próxima. Por los datos que aportaron los minis
tros de la Guerra y de Marina, calculó Navarro Re
verter que se necesitaban mil millones de pesetas.
¡Mil millones! La cifra pareció á todos exorbitan
te; pero ¿qué de extraño tenía que nosotros, para
tres ó cuatro meses de campaña, necesitáramos mil
millones, si Francia llevaba gastados ya más de
once mil?
Horrorizaba el derroche de sangre y oro que es
taba haciendo la flaca España «para sacar triunfan
te la Civilización francesa», pero ya no había reme
dio: era preciso que siguiéramos hasta el final, sien
do actores de aquel drama sin fin.
El empréstito español fué cubierto por Francia é
Inglaterra, cuyos gobiernos garantizaron la opera
ción... á cambio de que aumentáramos inmediata
mente el ejército expedicionario.
FAN TASÍA
89
Consecuencia: que ingleses y franceses nos pres
taban el dinero para que lo gastásemos en su de
fensa, debiendo tributarles fuertes intereses, devol
verles los millones después de la guerra... y que
darles agradecidos una vez más. Esto no parecería
lógico pero era matemático.
España resurgía; vaya si resurgía. ¡Como que ya
estábamos al nivel de Servia y de Montenegro!
*
*
*
El mismo día que se suscribió el empréstito exte
rior, celebróse en el teatro Real un festival carnava
lesco á beneficio de los heridos en campaña. Hubo
tómbola, canciones alusivas á la guerra, danzas tí
picas de los países aliados, etc., etc., Pero en reali
dad el festival se daba para disimular la celebración
de un baile de máscaras que, sin el antifaz de la be
neficencia, tal vez no hubiera sido autorizado en
aquella ocasión.
Cuando la fiesta estaba en su apogeo, circuló el
rumor de que el conde de Romanones se hallaba en
el teatro. Nadie quiso dar crédito á la noticia, y sin
embargo era cierta: el presidente del Consejo de mi
nistros acababa de entrar en uno de los llamados
palcos de luto, con el director del Diario Universa!
D. Daniel López y el senador liberal D. Juan Ra
nero.
90
DON QUIJOTE EN LÀ GUERRA
Los tres grandes amigos habían cenado junios en
la Presidencia.
El Conde estaba encantado de vivir; sentíase op
timista: los mil millones del empréstito le consolida
ban en el Poder. Y como el optimismo es un buen
aperitivo, comió el Conde atrozmente, como si estu
vieran de caza en el Pardo y tuvieran que pagar á
escote.
La noche era noche de Febrero, pero á los comen
sales debió parecerles de verano, puesto que, al ter
minar 'a cena, sintieron necesidad de salir á respi
rar el aire libre.
—Y ¿adonde vamos?—preguntó Ranero.
—A dar un paseo. Adonde quiera nuestro perio
dista-respondió el Conde.
—Pues por m í...—dijo D. Daniel—ya saben uste
des que me canso pronto. Con ir desde aquí á la S e
cretaría de la Presidencia tendría bastante.
Romanones y Ranero soltaron la carcajada.
—Proponga usted, Ranero—añadió D. Alvaro—
que Daniel no acierta.
—¿Vamos en mi coche hasta El Plantío?
—Aceptado.
—En marcha.
Un minuto después corría por la Castellana el auto
del senador liberal.
De regreso de la breve excursión, pasaron por la
puerta del escenario del regio coliseo; y Daniel Ló-
FANTASÍA
9t
pez, acordándose del festival benéfico, propuso atisbar la sala con el mayor recato para que el público
no se apercibiera de su presencia. Así se hizo, y el
Conde y sus dos inseparables metiéronse en un
proscenio. Pero como no era cosa fácil guardar el
incógnito, pronto se divulgó la noticia de su lle
gada.
Desde el antepalco estuvieron algunos minutos
pasando revista á todo el teatro, que ofrecía des
lumbrador aspecto por las combinaciones de luces
y banderas, la variedad y riqueza de los trajes y la
abundancia de caras bonitas. Dejemos para otro la
descripción.
Satisfecha su curiosidad, se disponían á retirarse,
cuando en esto, apareció en el palco una linda gita
na, irreprochablemente vestida con su goyesca falda
de volantes y sus chillones maníoncillos de Manila,
bajo ios cuales palpitaba el abultado seno. La careta,
flexible, primorosa labor de artista, se adaptaba á la
faz tan perfectamente que, á no estar en carnavales,
por nadie hubiera sido notada: los vistosos peines
queadornaban su cabezadas arracadas y el collar de
perlas y esmeraldas, todo, en fin, revelaba que no
era una máscara vulgar.
La gitanilla, puesta en jarras y con sonrisa que
dejó ver sus blancos dientes, más hermosos que las
perlas de su garganta, dirigióse á Romanones di
ciendo:
92
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
—¿Quieres que te la diga, resalao?
—El Conde y sus dos amigos hicieron un gesto
de contrariedad; pero el donaire y distinción de la
mascarita les hizo pronto desfruncir el entrecejo
—Anda, gracioso—continuó diciendo la gitana—,
déjame que te diga la buenaventura, que leo en tus
ojos que estás un poquito divariable por las cosas
que llevas en tu pensamiento; y te voy á dá la 'aíz
del queré pa que no se te resista más una Manuela
que te quita el sueño, ni te siga atormentando con
sus desdenes una doña Antonia que entoavía no te
ha dao ni su buena amistá. Anda, gavilán goloso,
déjame que te la diga.
—;Sí, que la diga, que la diga!—exclamó Daniel
López picado por la curiosidad.
Ranero buscaba los lentes que se le cayeron al
dar un «¡01é!>
El Conde percatóse de la situación: pensó que el
ser presidente del Consejo no da derecho á ser des
cortés, y para salir pronto del paso, dijo galante:
—Pues comienza cuando quieras, gitana preciosa,
que de tí me dejo decir yo lo que no le toleraría ni á
Weyler.
Avanzó la gitanilla y tomando la mano de don
Alvaro, en la cual hizo que éste pusiera una moneda
de cinco peseías, comenzó diciendo:
—En estas rayas leo tu presente y tu porvenir.
Tienes en tu mano los rieles de Quero, la fur de
TANTASÍA
93
Chiichay y la esparda de San Bernardo; lo cual me
dice que te enfurecerás como un carretero al verte
ab«andonao de tus amigos, cuando ni pinches ni
coirtes en el presupuesto nacional.
Vives engañao, creyendo que engañas á los de
mias. Te ufanas de ser un gran conquisíaor y eres
siempre el conquistao, porque te esclavizan tus con
questas.
Metiste en tu casa, por miedo á su pico, á una
asturiana presumía y sin amor, y ahora temes que
la Hidrópica te emplume por celos ó te arroje á la
caira el vitriolo de la venganza; pretendes á una
García que te pone en grave aprieto porque ni con
cairtas ni regalos la acabas de convencé, y bebes los
vitentos por agrada á una doña Antonia, sin conse
guirlo nunca, como nunca conseguiste el coto de El
Pardo que pretendías en tiempos de la regencia.
Hasta la maja del Paralelo te ha íomaopor chucho de
circo, haciéndote dá cabriolas á su antojo pa reco
ger ella los aplausos y echarte luego á patas del re
dondel.
Te has vuelto caviloso y divariable desde que dis
te en la fió de ambiciona la inmortalidá; pero vive
tranquilo y confiao, que gana la tienes. Tu histo
ria será escrita por Carlos Arniches, y el editor se
hará de oro: los médicos la recetarán á los hipo
condríacos.
Tu estatua coronará el pico más alto del Guada-
94
DON QUIJOTE EN LA QUERRA
rrama , y Lerroux fundirá tu busto guadalajareño pa
troquelar medallas conmemorativas de esta gloriosa
guerra en que los dos habéis metió á la nación.
Ya estás complació, ojitos de arremeíeor; y al
que te quiera mal, ¡que se le muera la suegra de
repente!
Y riendo á carcajadas salió del palco la mascarita
dejando á los tres personajes el agridulce de su
broma.
—¡Vámonos, vámonos pronto!—dijo el Conde sin
detenerse á comentarios.
—¿Pero le dió usted el duro?—preguntó Ranero
asombrado de la esplendidez de Romanones.
—No se preocupe usted. Era un sevillano.
Ranero y D. Daniel se echaron á reir, y siguieron
á su jefe que salió corriendo á la calle, temeroso de
encontrarse otra vez con la gitana.
Nadie ha podido averiguar quién era la mascari
ta. ¿Sería una aristócrata? ¿Sería una artista de
teatro?
E l Mentidero dijo, por haberle oído lameniarse de
que le hubieran dado un duro sevillano la noche del
baile, que la gitana del Real era el diputado D. Jo®é
Luis Torres.
PANT ASÍA
95
Con los primeros millones del empréstito se ar
maron y equiparon las nuevas divisiones que habían
de completar el ejército expedicionario. De Madrid
salió la Legión de los libertadores de Europa per
fectamente pertrechada.
El uniforme era sencillo y económico: un traje
rojo, de punto de media y el insustituible pimiento
morrón.
A los libertadores se les daba generalmente el
nombre de carapacheros por ser las únicas tropas
que usarían el invento de Borrega!.
¿Por qué esto? Pues porque los técnicos dictami
naron que aquel armatoste no podía ser de utilidad
práctica en la guerra; pero temiendo el mal efecto que
produciría en la opinión este dictamen, se acordó
autorizar á la Legión de ios libertadores para que
hiciera el ensayo del carapacho en la íínea de
fuego.
El aparato de D. Inocencio se había completado
oon un pequeño trabuco lanza-bombas que inventó
un agente ejecutivo de Granada.
El día de la marcha desfilaron los carapacheros
por el Prado y calle de Alcalá entre las aclamacio
nes de una inmensa multitud.
Lerroux, vistiendo el uniforme de coronel honora
rio de la legión, la arengó y revistó montado gallar
damente en uno de los leones de la Cibeles. Y, cla> o es, no pudo ir á la estación con los expediciona-
96
DON QUIJOTE EN LA QUERRA
rios. Si hubiera tenido un caballo... ¡Ah, si hubera
tenido un caballo! Pero como no lo tenía..., desde la
Cibeles se volvió á casa.
Es de advertir que la legión no la formaban sola
mente radicales y republicanos de otros matices; se
habían alistado también gentes inquietas, desocipadas, vagabundas, que iban á la guerra por tener el
honor de acompañar á D. Inocencio Pérez del ¡3orregal.
Además, Lerroux estaba amargado por la ingra
titud, pues nadie se acordaba ya de que había sido
el iniciador y patrocinador de la legión. Borregal,
solo Borregal era el ídolo de las multitudes: oara
Borregal los aplausos, para Borregal la popuosidad, para Borregal todo. Los legionarios tentar sus
jefes y oficiales designados por ellos mismos, oero
el verdadero y único jefe de la legión era Borregal,
Lerroux, al haber ido en la expedición, hubiera te
nido que subordinarse al zapatero de la Cava oaja,
«y esto, ¡vive Dios!... ¡antes la muerte!» debió pen
sar D. Alejandro que, como César, preferiría ser el
primero en su pueblo que el segundo en Roma.
Don Inocencio, con la modestia del sabio, renun
ció á las manifestaciones de admiración que segura
mente le hubiera tributado el pueblo de Madrid al
desfilar con los
, y marchó sólo á la
carapacheros
F AN TASÍA
97
estación del Norte después de una conmovedora
despedida de su mujer y de sus tres hijitos.
Allí estuvo más de dos horas inspeccionando los
cuatro vagones en que iban los cuatrocientos cara
pachos construidos por suscripción popular «para
romper las líneas de la Barbarie y llevar hasta Ber
lín las armas de la Civilización». Pero al llegar los
expedicionarios é invadir la muchedumbre los ande
nes, atronaron el espacio los vítores á Borregal,
que no cesaron ya hasta que el tren militar se puso
en marcha.
Vamos á ver en campaña á los carapacheros.
7
CAPÍTULO Vili
Los «libertadores» en Francia.—Lo que dijo
la Prensa.—Weyler indignado.—Diálogo
con Borregal.—Camino de Faramelles.—
Las defensas españolas.—D. Inocencio en
las trincheras.—Duelo de artillería.—¡Viva
España!—La orden de ataque.—Arengan
do á la Legión.—El paso del canal.—El fin
del mundo.—¡Al asalto!—Fracaso del tra
buco lanza bom bas.—Explosión de una
mina.— Borregal herido. — Glorioso de
sastre de los «libertadores de Europa».—
Alfalfa y laurel.
E staba Marzo en sus comienzos cuando los liber
tadores de Europa entraron en Francia dando vivas
á la República.
Algunos periódicos de París—por donde los vo
luntarios españoles pasaron sin detenerse—dedicá
ronles sueltos encomiásticos, y saludaron á Borregal como á uno de nuestros más ilustres intelectua
les. Del carapacho solo dijeron que era una ingenio
sa máquina de guerra, inventada por un francés que
100
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
había fallecido de aburrimiento en la estación de
Casetas. Esta falsedad exasperó á D. Inocencio, que
se hizo el propósito de exigir una rectificación, al re
gresar victorioso á la capital francesa.
Los refuerzos españoles iban directamente á Bethune, donde Weyler tenía establecido su cuartel
general.
Cuando llegaron los libertadores y D. Valeriano
les vió apearse del tren con aquel uniforme carna
valesco, exclamó enfurecido:
«¡Están locos allá en Madrid! ¡Esto son cosas de
Romanones, que se ha propuesto ponerme en ridícu
lo en todas partes para que yo no sea nunce presi
dente del Consejo de ministros!
Y no quiso ni revistar la expedición.
A los pocos momentos, y estando en su despacho
leyendo un telegrama del generalísimo inglés, anun
ciáronle á D. Inocencio Pérez del Borregal.
—Será ese del invento. Que pase.
—A la orden de V. E., mi general—dijo D. Ino
cencio desde la puerta, saludando militarmerte.
Weyler clavó su mirada en aquel Mefisíófeles y le
hizo aproximarse diciendo:
—Pase usted. Ya sé que es usted el autor de ese
aparato que en España ha despertado gran interés.
—Del caparacho de avance, mi general.
—Sí; tengo noticias de él, y van Vdes. á narchar
á la línea de fuego inmediatamente.
T A N T A S ÍA
101
—Cuando ordene V. E ,—dijo Borregal con pre
sunción,—mis cuatrocientos carapachos romperán
las filas enemigas.
Weyler estuvo á punto de arrojarle el tintero á la
cabeza. ¡Lo que en cuatro meses y con cien mil
hombres no había logrado el vencedor de Bocairente, pretendía hacerlo en un periquete aquel fatuo con
cuatrocientos carapacheros.
Al observar D. Inocencio el enojo de su interlocu
tor, añadió con solemnidad.
—No me extraña, mi general, que se desconfíe de
mis palabras; pero lo que ofrezco á V. E., lo garan
tizo con mi vida.
—¿Tal confianza tiene usted en su invento?
—Absoluta, mi general.
—¿C ree usted que se podrá con su aparato cor
tar alambradas, saltar fosos y cruzar canales bajo
el fuego enemigo?
—Sí, mi general; todo está previsto. El carapacho
solo pesa 48 kilogramos y se desmonta rápidamen
te; invertido, sirve de nave en corrientes débiles,
porque desplaza 300 decímetros cúbicos de agua;
la ametralladora y el fusil no vulneran su escudo, y
el acolchado de la cubierta protege al soldado
contra los schrapnells de las granadas. Para cau
sarnos bajas, será preciso que los proyectiles de
cañón hagan blanco directo en los carapachos y los
destrocen uno á uno.
102
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
Don Valeriano volvió á mirarle con fije2a. El
aplomo de Borregal teníale perplejo. Aquel hombre
tal vez fuera un iluso, pero era un hombre de fe. Y
terminó la conferencia diciendo:
—Pues lo dicho. Prepárense ustedes para ir maña
na á la línea de fuego.
Borregal salió á la calle henchido de satisfacción
y corrió en busca de sus carapacheros que fabían
sido incómodamente alojados en una sucia y aban
donada fábrica de tintas.
La orden de marcha fué recibida con entusiasmo
porque en aquel alojamiento se les presentaba muy
negro el porvenir.
Al toque de diana del siguiente día, salieron os le
gionarios con dirección á los atrincheramientcs.
Nuestro inventor no había dormido, pensando en
que se aproximaba la hora de conquistar la inmorta
lidad. Se levantó antes que su gente y teleg-afió á
su mujer diciendo:
«Marcho al fuego para aplastar á la Barbarie.—
Escribiré desde Berlín. - Inocencio».
La mañana era fría y nublosa; pero los volunta
rios caminaban alegres y animosos porque lesea
ban entrar en batalla.
FAN TA S ÍA
10«
Los carapachos iban detrás de la columna en ca
miones automóviles para que los libertadores no se
fatigaran tirando de ellos por la carretera.
Pronto comenzaron á ver las fortificaciones de
retaguardia, en las cuales trabajaban afanosamente
nuestros soldados; y más allá, sonaban los estampi
dos de un lento y acompasado cañoneo que á Borregal parecióle salva jubilosa por ia llegada de sus
invencibles carapacheros.
Desde lo alto de una pequeña cuesta, distinguie
ron los reductos y el cordón de blocaos de la segun
da línea, la cual cruzaron para seguir, por el camino
cubierto de la izquierda, hasta las proximidades del
pintoresco pueblo de Farmelles.
Un ayudante les salió al encuentro para indicarles
el punto que debían ocupar; y los legionarios, to
mando cada cual su carapacho, se internaron en un
laberinto de zanjas y fosos por donde llegaron á una
profunda plazoleta que más parecía dispuesta para
estanque de peces que para acampar guerreros.
Borregal dejó á los legionarios descansando de la
caminata, y por una estrecha galería, pasó á la línea
de tiradores, con ansias de saturarse de bélico am
biente.
Allí estaban nuestros centinelas, como cazadores
al acecho, preparados ,?ara disparar en cuanto aso
mara un alemán. Los demás soldados manejaba»
eí pico y la pala, ensanchando los fosos y practi-
104
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
cando nuevas excavaciones. La moderna guerra no
daba espacio para coplas y guitarreo: cuando los
hombres no luchaban como tigres, hocicaban la tie
rra como topos.
Las trincheras, angostas y húmedas, tenían su
rústica techumbre que las resguardaba de los schrapnells. El aire y la luz entraban escasos por los agu
jeros que servían de aspilleras.
Miró D. Inocencio al campo y vió, después de la
maraña de nuestras alambradas, una extensa plani
cie cubierta de verdor, lo cual le satisfizo porque sus
legionarios podrían maniobrar allí perfectamente.
La primera línea de trincheras alemanas distaba
de la nuestra unos cuatrocientos metros, y en ella
estarían los teutones muy ajenos de sospechar si
quiera que les avizoraba su mayor y más terrible
enemigo,
Un brazo de canal surcaba la llanura dividiendo
en dos fajas, sensiblemente iguales, la zona de
combate donde las alfalfas crecían con exuberancia.
El cañoneo lento de la mañana era ya furioso due
lo de artillería. Don Inocencio brincaba entusiasmado
cada vez que una granada española reventaba allá á
lo lejos, en un reducto alemán.
Desde su observatorio, descubrió nuestro héroe
que los imperiales emplazaba . una batería en el fon
do de un barranco, escudados, además, por los gru
pos de álamos que alzábanse en las márgenes.
TAN TASÍA
105
E n cuanto Borregal percibió el primer disparo»,
salfó de la trinchera y corrió á informar á nuestros
artilleros.
Doce schneiders concentraron sus fuegos sobre
el punto indicado por Borregal; los álamos cayeron
tronchados por las granadas, y diez minutos des
pués enmudecía por completo la batería enemiga.
Don Inocencio se apuntó como suya aquella par
cial victoria, llegando á pensar si Farmelles sería
para un Pérez del Borregal lo que Tolón fué para
un Bonaparte.
E l duelo de artillería continuaba tenaz. Los caño
nes vomitaban hierro y fuego incesantemente. Las
baterías de campaña cambiaban de emplazamiento
con rapidez vertiginosa para sustraerse á los mor
tíferos efectos de la puntería de los contrarios; y ti
raban de las cureñas hombres y bestias con igual
ardor, con igual indiferencia ante la muerte que re
voloteaba por todas partes.
Diestros y bravos eran los dos bandos combatien
tes; pero los españoles tenían á su favor la superio
ridad artillera, porque el general Weyler hizo llevar á
las i nmediaciones de Farmelles 24 baterías para pre
parar un avance que iniciarían los carapacheros.
Tiras largo bregar, nuestros fuegos apagaron los
del enemigo en un frente de tres kilómetros. Serían
ya las cinco de la tarde cuando un proyectil, dispara
do p o r elevación, desmontaba el último cañón ale-
106
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
mán, y terminaba aquel terrible duelo con un «¡viva
España!» que la Victoria recogió de batería en sate
ría para llevarlo á la Patria de los vencedores como
el más elocuente y conmovedor mensaje.
Pero no estaba todo hecho. Era preciso bati* la®
trincheras que habían de ser asaltadas. Y los scm eiders abrieron el fuego otra vez, lanzando sobre
ellas un huracán de acero que obligó á los alemanes
á guarecerse en sus refugios subterráneos.
Don Inocencio, á quien devoraba la impaciencia
por entrar en combate, presenció desde un recucto
el estrago que hacían las granadas, hasta que reci
bió del general Weyler esta lacónica orden:
*Ataque usted cuando lo crea oportuno ».
El alto Mando le dejaba en completa libertad de
acción: íntegro sería para Borregal todo el laurel que
recogiera en el campo de batalla.
Voló nuestro caudillo al lugar donde esperaban
los libertadores, y con la mayor emoción de su vida,
les enardeció con esta arenga que tenía preparada
para aquel momento:
«¡Héroes del carapacho: Ha sonado la hora de
asombrar al mundo con vuestras hazañas. En aque
llas trincheras nos espera la Gloria: corramos á
abrazarla; y que tiemble la Barbarie ante los galápa-
FAN TASÍA
107
g o s de la Civilización! ¡Sus y á ellos, amigos míos!
íVivan los libertadores de Europa!»
— ¡Vivan! ¡¡Viva Borregalü ¡¡Mueran los verdugos
de la Libertad!!— contestaron todos, electrizados por
la elocuencia del ilustre zapatero. Y pidiendo sangre
teutona, salieron al campo exterior donde formaron
rápidamente dos compactos guerrillones para mar
char al asalto, apoyados por nuestra artillería que
seguía destruyendo las desiertas trincheras de los
imperiales.
Don Inocencio se puso al frente de aquella singu
lar mesnada; y para que todos le oyeran bien, daba
las órdenes con una bocina de hojalata, que salía
por la parte delantera del aparato, resultando que el
carapacho del héroe, más que una coraza guerrera,
parecía una caja de fonógrafo.
— ¡Adelante, amigos, que ya estamos camino de
Berlín!— gritaba Borregal. Y los colosales tortugo
nes avanzaban, aunque penosamente, por la húme
da planicie, cuyas frescas pratenses acariciaban el
rostro á los encorvados y sudorosos c a r a p a cheros.
A los cinco minutos de marcha, llegaban los gue
rrillones á la margen del canal que dividía la prade
ra. Para cruzar la corriente, se invirtieron los ca
parazones y la posición de las ruedas; y á la voz de
»a n d o , que al salir por la bocina parecía el conjure
108
DON QUIJOTE EN LA GUEBRA
de un mago gigantón, los cuatrocientos carapaclos
cayeron al agua transformados en esquifes de
pigmeos. Borregal estaba admirado de sí mismo
Embarcaron los legionarios en sus minúscuas
naves que habían de ser impulsadas por sus propas
ruedas; pero era tan difícil guardar el equilibrio, cue
al menor vaivén, naufragaba un argonauta, y hada
naufragar á los inmediatos. En un momento se ué
á pique más de media flota, enrojeciéndose as
transparentes aguas porque los uniformes eran pé
simos y desteñían; pero gracias al escaso fondo iel
canal y á que los teutones seguían sin hostilizadlo
que pudo haber tenido aspecto de catástrofe solo
pareció un cocimiento de cangrejos.
Salvado el obstáculo y vueltos los barquichuebs
á su primitivo ser, reorganizáronse los guerrillores
para continuar el avance. Y tan cerca estaban yade
las trincheras enemigas, que nuestra artillería tu/o
que suspender el bombardeo porque sus disparos
podían dañar más que favorecer á los asaltantes.
Los artilleros dispararon entonces contra una es
cuadrilla de aeroplanos, monstruosas libélulas cue
en el nuboso horizonte iban apareciendo como la
imagen fotográfica en la cubeta del revelador.
¡Cazar libélulas á cañonazos; tortugones acorcetiendo con fiereza; día sin sol;... todo, hasta la bobi
na de Borregal, daba al campo aspecto apocalípti
co! El fin del mundo se aproximaba indudablemente.
109
FANTASÍA
Al verse libre de nuestras granadas, la infantería
imperial volvió á ocupar sus destruidas trincheras,
y rompió sobre los voluntarios horroroso fuego de
fusil y de ametralladora; seis obuses llevados de la
segunda línea dispararon también, Pero los
schra-
pneíles y las balas rebotaban en los escudos ó se
incrustaban en las cubiertas protectoras sin llegar á
perforarlas.
E! primer guerrillón hizo alto; las bocas de los
trabucos inventados por el agente granadino, aso
maron por los carapachos é hicieron una descarga
cerrada que estremeció la tierra. Más ¡oh fatalidad!
ninguna de las pequeñas bombas dió en el blanco y,
en cambio, quedaron fuera de combate una docena
de hombres que recibieron tremendo culatazo por
haberse roto los muelles dispuestos para evitar el
retroceso.
Estaba de Dios que los agentes ejecutivos habían
de ser funestos y perjudiciales siempre; ¡hasta cuan
do se proponían favorecer!
— ¡Adelante, amigos míos, que no hay poder que
nos detenga! ¡Fuera de esas trincheras los barbarotes! ¡Paso franco á mis heroicos
carapacherost
¡Adelante, adelante...!—A sí gritaba Borregal hacien
do, como todos, sobrehumanos esfuerzos para mo
ver su armatoste que se atascaba hasta los ejes en
la húmeda pradera.
L a Victoria seguía á nuestro lado. Un esfuerzo
110
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
más y llegarían á las alambradas. ¡Arriba los va
lientes!
Pero, de pronto, sonó un ruido tremendo, ejpantoso, como si el planeta hubiera hecho exploshn; y
cien tortugones fueron lanzados al espacio, envuel
tos en una nube de tierra y fuego, para caer después
retorcidos y descuartizados sobre el campo d; ba
talla. Era que los teutones habían volado una nina
cuando los legionarios estuvieron sobre ella.
Repuesto del aturdimiento que le produjo la lecatombe, intentó Borregal, con el refuerzo de si re
serva, seguir avanzando para tomar venganza:pero
los obuses y los aviones alemanes le cerraren el
paso, no ya con metralla, sino con un diluvi) de
granadas rompedoras que aumentaron el estrajo y
la confusión.
Las bombas relampaban y detonaban sobre los
carapachos con tal furor, que los aturdidos torugones parecían cucarachas perseguidas á maridazos
en una fragua de titanes. Borregal quiso realmtar
á sus diezmados guerrillones:
—¡Legionarios: invencibles legionarios!—grió.—
Pero no pudo continuar: un proyectil le arrebaó la
bocina en aquel momento; otro, reventó á >oca
distancia acribillando la coraza del inventor, Bo
rregal estaba herido, su sangre generosa maiaba
por las desgarraduras de su cuerpo, y se sintióiesfaliecer...
FANTASÍA
111
La infantería alemana arremetió entonces furiosa
mente contra las reliquias de la brava legión, que
saliendo de sus armatostes y esgrimiendo sus cu
chillos, sostuvieron el combate cuerpo á cuerpo
oon rabia, con fiereza, hasta que los batallones es
pañoles, enviados en su ayuda, hicieron que los im
periales se retiraran á sus trincheras.
Los supervivientes de la heróica mesnada que no
cayeron heridos, fueron hechos prisioneros. ¡Los
libertadores tendrían que ser libertados!
Y nuestros camilleros encontraron á D. Inocencio
Pérez del Borregal exangüe, sin sentido, abrumado
por el peso de su destrozado carapacho y cubierto
de barro en aquel campo de alfalfa, adonde había
ido en busca de laurel.
C=^£==3
CAPÍTULO IX
Borregal en París.—Diálogo con Blasco
Ibáñez.—La nacionalidad del carapacho.—
La amargura de Borregal.—El ídolo de
Valencia.—Lo que hizo por su pueblo.—
El ideal de Blasco Ibáñez.—Borregal or
gulloso.—Carta de Ménica.—¡Se habían
quedado solos!—Lo que se decía en Ma
drid.—¡Al tren!—La empresa de los Dardanelos.—A sacar las castañas del fuego.
España y Andorra. —La declaración de
guerra á Turquía.—Borregal en España.
E n el despacho de la casa editorial que en París
había montado Blasco Ibáñez— á raiz de la interven
ción española— para la publicación de folletos é his
torias de la guerra, entraba, una tarde de Abril, don
Inocencio Pérez del Borregal, con el brazo izquier
do en cabestrillo, triste y macilento. La carta de
presentación era de un naranjero de Catarroja que
se hospedaba en el mismo hotelucho que el fracasa
do inventor.
S
114
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
Blasco lbáñcz, haciendo un alto en su trabajo, le
recibió afectuosamente, y D. Inocencio expuso el ob
jeto de su visita. Deseaba una recomendación eficaz
para La Petite Republique. Este periódico fué el que
dió la falsa noticia de que el «carapacho de avan
ce* había sido inventado por un francés; y era pre
ciso que rectificara; las cosas no podían quedar así.
—No es por mí, D. Vicente—decía Borregal.—Crea
usted que la rectificación no la pretendo por mí, sino
por nuestra Patria. El «carapacho», bueno ó malo,
(eso ya se verá cuando yo lo ensaye otra vez), le
pertenece á España porque lo ha inventado un es
pañol, y no hay derecho para que nadie le cambie la
nacionalidad.
Blasco Ibáñez pensó que la rectificación, después
del desastre, resultaría altamente ridicula. Y con su
donoso ingenio convenció á Borregal de que los
franceses tenían la costumbre de atribuirse la pater
nidad ó, cuando menos, la prioridad de todos los
grandes inventos, para hacer rabiar de envidia á los
alemanes. Tan persuasiva era la elocuencia del
escritor valenciano, que D. Inocencio quedó plena
mente convencido de que debía desistir de su pro
pósito.
—¿Y cómo va usted de sus heridas?—preguntó
Blasco para cambiar de tema.
—Ya están cicatrizadas casi todas—respondió
Borregal, añadiendo después con un suspiro:—
FANTASÍA
11§
¡Catorce me curaron en el hospital de sangre de
Beíhune donde me han tenido un mes entero! Y
suerte que no he perdido este brazo que me lo fractu
ró un casco de granada. Pero lo que ahora me due
le no son las heridas sino la soledad en que me han
dejado nuestros compatriotas. Hace cuarenta días
era yo el hombre más popular de Madrid: me adula
ban altos y bajos; las visitas no me dejaban libre ni
el tiempo indispensable para descansar, y hasta se
preparaba un tren botijo con dos locomotoras para
venir á coronarme en Berlín, cuando yo entrara allá
con mi carapacho. Pero después de mi desgracia,
nadie me escribe, nadie me alienta..., ¡Solo mi mu
jer y mis hijitos se acuerdan de mí!
Blasco íbáñez, acentuando la sonrisa que sostuvo
mientras hablaba D. Inocencio, dijo para reani
marle:
—¿Y se extraña usted de eso? Pues consuélese
viendo lo que á mí me ocurre. Yo he sido el ídolo
del pueblo valenciano, pero, entienda usted bien, el
ídolo, tal como suena. Me besaban las manos, me
levantaron un templo y me pusieron en los altares.
¡Y si me descuido me arrastran!
Don Inocencio se echó á reir por primera vez
después de su derrota.
—N o crea usted que son hipérboles—prosiguió
Blasco;— le digo sencillamente la verdad.
Los
obreros de mi partido se disputaban el honor de ir
116
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
los domingos á levantar los muros de mi palaciete
de La Malvarrosa, como las beatas de algunos pue
blos ayudan á construir ermitas llevando la cal y el
yeso en Ios capacitos de la fe; en las calles de
Valencia s e han hecho fiestas á Vicente Blasco
Ibáñez , poniendo mi retrato en un altar, y llevándolo
después en procesión con músicas, cohetes y ben
galas; ni más ni menos que hubieran hecho con San
Valero ó con cualquier otro santo ¿Quiere usted
más?Pues, de algunos viajes de propaganda política,
he regresado á Valencia con la chaqueta untosa de
tanto como la habían manoseado para besuquearla.
Y pensará usted—continuó diciendo Blasco Ibáñez, poniendo ya en sus palabras el calor tribunicio
que le hizo formidable en los mítines,—pensará us
ted que toda aquella idolatría se acabó porque el ído
lo no hacía milagros? Pues no señor. Yo hice cuaiv
to pude por mi pueblo. Claro que no le di, comcTus^
ted á los madrileños, un carapachodeavance; eso no
porque mi talento no es para tanto; peroenseñéá leer
á miles de obreros valencianos y estimulé sus pre
disposiciones artísticas, consiguiendo que hoy sean
los más cultos de España; mis concejales hicieron
la revolución de Valencia que yo prometí, para trans
formar el poblazo moruno en ciudad moderna, y
en mis novelas he perpetuado la vida valenciana,
describiendo sus costumbres, su huerta, su sol y su
mar. ¿E s esto para derribar al ídolo? Pues me derri-
FANTASÍA
117
barón, amigo Borregal, me derribaron. Y tuve que
salir de mi tierra para no odiarla.
Don Inocencio, que había escuchado con gran in
terés al exjefe republicano, dijo para continuar la
conversación:
—Sí, pero los valencianos han vuelto á poner el
santo en el altar... y pronto le veremos otra vez en
las Cortes.
—¿Para qué? ¿Para perder el tiempo en discur
sos, polémicas y desafios? ¡Hombre, no me haga
usted tan imbécil!
—Pero si la Patria le necesitara...—objetó Borregal con timidez.
—La Patria no me necesita para nada. Aquello es
una nación ingobernable y sin redención posible. Ya
lo verá usted cuando termine la guerra. Todos se
regenerarán; todas las naciones trocarán las armas
por el arado y el martillo; pero en España seguirán
pensando en toros y en loterías. Además, estando
allí Lerroux y Romanones, ya no hace falta nadie.
Ellos dos pueden con todo.
Don Inocencio sonrió con amargura y dijo levan
tándose para terminar su visita:
—Tal vez tenga usted razón.
—Claro que la tengo. Por eso prefiero vivir aquí,
como un proscripto. Lo único que deseo es que la
Historia de la guerra europea siga leyéndose en to
das partes y que marchen viento en popa todos mis
118
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
negocios para reunir un capital que me permita dis
frutar las comodidades de la vida y dejarles, cuando
muera, un pedazo pan á mis hijos. Lo dem ás... lo
demás crea usted que me importa un bledo.
S e despidió Borregal de Blasco Ibáñez y salió á
la calle pensando en lo que había dicho el novelis
ta valenciano. ¿Aquel hombre era un mártir ó un
escéptico?
No pudo resolver su duda. Y se encaminó á su
hotelucho, contento y convencido de que la falsa
paternidad de su carapacho habría hecho pasar muy
malos ratos á los envidiosos alemanes; y orgulloso
de haber dialogado con aquel ex-sultan de La Mal
varrosa que—de gloria ó de oprobio, según el color
del cristal del cronista, — llenará más páginas que
muchos reyes en la Historia de Valencia.
Cuando llegó D. Inocencio á su hospedaje, le en
tregaron la siguiente
7
7
PANTASÍA
llt
C AR T A DE MÓNICA
Inocencio de mi alma:
Desde que recibimos la noticia de tu regreso, lo»
chicos y yo estamos más alegres que unas casta
ñuelas, aunque en el cajón no entra ni una perra
gorda. Saberse que os habían estropeado los cara
pachos y no asomar ya nadie las narices por la za
patería, todo fué uno. Cualquier día voy á decir que
vengan y que nos fumiguen; á ver si es que estamos
apestaos ú qué.
Te contaré un caso pa que veas cómo se han
vuelto estas gentes.
¿Te acuerdas de D. Filiberto, aquel señor ensorti
jado y embetunado que estaba con la Bella Esparraguito y que llevaba al cuello, como un reliquiario,
una colección de pelos de las coletas de los fenóme
nos? ¿Te acuerdas que siempre salía á tu lado
cuando te retrataban pa los papeles y que sacaba á
nuestros chicos de paseo? Pues ayer pasó en el
auto y por poco no me despanzurra al Manolete.
La pobre criatura oyó la bocina y se puso en mi-
120
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
íad del arroyo, creyendo que D. Filiberto venir á
casa; pero cuando el chico tuvo el coche encina,
gritó el tío de los pelos: «¡Fuera, golfol» Y siguió
arreando.
Manolete brincó á la acera; pero tropezó cor la
rueda y fué á dar contra un guardia que, en vez de
denunciar al que atropellaba, le dió un capór al
chico.
¡Si llego á estar yo, me como al guardia, y el
capón se lo lleva D. Filiberto!
Aquí las cosas se están poniendo muy feas. Fal
tan jornales; los pobres no saben qué comer, por
que todo está por las nubes; y como nadie tiene una
peseta, el negocio del calzado sigue por los sueos.
Y voy á darte una noticia que ha rodado esta tar
de por la plaza de los Carros.
Se sabe de buena tinta que vamos á meternos
también con los turcos, porque los ingleses y france
ses no se atreven solos con ellos; y que, á cambio,
nos darán no sé qué cosas, que maldita la falta que
nos hacen. Está ya todo convenido, pero el Go
bierno se calla porque tiene miedo á que se arme la
gorda si á las madres les da por decir que ya nc en
vían más hijos á que se los maten sin saber porqué.
La verdad es que veas tú qué mal nos han hecho
ios turcos. ¡Por cabeza de turco nos están tomando
á nosotros en esta guerra!
Pero, en fin, venga lo que venga, lo importante es
F A N T A S ÍA
121
que nos coja reunidos. Trabajaremos aquí ó en la
China y viviremos tranquilos y felices comiendo el
pan y la cebolla que Dios nos dé.
Adiós, Inocencio mío. Las horas nos parecerán
siglos hasta que te veamos. El alma de tu mujer y
de tus hijos va en esta carta. Y aquí quedamos to
dos con los brazos abiertos, con ansias de estre
charte sobre nuestro corazón.
Tu esposa que te quiere,
M ó n ig a .
M adrid, 8 de A b ril de 1915
Í92
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
Borregal sintió un extremecimiento de ternura
cuando leyó la carta de su mujer; fluyeron las lá
grimas por sus mejillas... y se acordó de Blasco Ibáñez. Pero, de pronto, se le ocurrió una gran idea.
S i era cierto que España le declaraba la guerra á
Turquía, allí iría él con una nueva legión para ensa
yar por segunda vez su carapacho. Ya que no pudo
llegar á Berlín, tendría la satisfacción de abrir las
puertas de Constantinopla. ¡Sí, sí; la cuenta, la ma
leta y al tren! Ya vería París en otra ocasión.
♦
*
*
Todo cuanto decía Mónica en su carta era cierto.
Los ingleses y los franceses, nuestros buenos y
cariñosos aliados, brindaron á España el honor de
coadyuvar al aniquilamiento del turco infiel, á los
dos meses de estar intentándolo ellos sin haber con
seguido más que descalabros.
El ataque á los Dardanelos habíase iniciado en el
mes de Febrero, con la seguridad de celebrar la
Pascua al arrullo del Bósforo; pero el 20 de Marzo,
la flota anglo-francesa sufrió una derrota que le
hizo perder tres acorazados, teniendo que retirarse
oíros once buques con averías importantes.
S e destituyó al almirante británico y se suspen
dieron las operaciones. Y de buena gana hubieran
desistido de la temeraria empresa si con ello no
PANT ASI A
1 »
quedara malparado el prestigio inglés, supuesto que
de Inglaterra fué la iniciativa de aquella campaña.
Era preciso volver al ataque y preparar un fuer
te ejército para desembarcar en Gallipoli. El que se
tenía dispuesto no era suficiente.
Sacar más tropas de Francia hubiera sido una te
meridad, porque las fracasadas ofensivas francesas
en la Champagne, en la Argona y en Verdún habían
quebrantado al Ejército de la República, y porque,
además, temíase una embestida alemana por la par
te Norte de la línea de los aliados.
Inglaterra pensó entonces en España; y vino son
riente y ceremoniosa á brindarnos el consabido ho
nor de sacar las castañas del fuego.
Poco se nos pedía. Con un cuerpo de ejército de
40.000 hombres, habría lo suficiente. «¿Qué menos
podía hacer la nación católica por excelencia para
acogotar definitivamente al perro musulmán?»
Romanones se negó rotundamente á meternos en
otra aventura. «No podemos, señores, no podemos
hacer más —decía el Conde á los embajadores de In
glaterra y Francia.—Tenemos trescientos mil solda
dos en el frente, ochenta mil en Africa, setenta mil
en la Península y cien mil en los hospitales y en lo»
cementerios. Hemos levantado en pocos meses un
ejército de seiscientos mil hombres. Y podría traer
124
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
muy graves consecuencias el hacer nuevos llanamientos.»
Tenía razón el Conde. Y en prueba de que as: lo
entendían las dos grandes aliadas, rebajaron su pre
tensión á veinticinco m il... á diez y siete mil hom
bres, que podrían sacarse de Africa y enviárseles di
rectamente á los Dardanelos. ¡Sí, el caso era el erec
to moral, sólo el efecto moral; y no privar á España
de la gloria de aquella empresa!
Con esta disminución del contingente expedicio
nario, ya no habría precisión de pedir reservisras,
y todo saldría como pura seda.
Sin embargo, el Conde no dió su brazo á torcer
hasta que le ofrecieron compensaciones. ¿Cuates?
Pues nos darían los Santos Lugares...cuando se con
quistaran. Pero Romanones se acordó de que era
anticlerical, y prefirió la República de Andorra.
No hubo inconveniente en ello. Francia renuncia
ría sus derechos. Y la República de Andorra, toda
entera, quedaría confederada con la Monarquía es
pañola.
¡Ahora si que lograría el Conde la inmortalidad!
¡Se la había ganadol
* * *
La declaración de guerra á Turquía produjo gran
alarma en toda la nación; pero el Gobierno tranqui-
FANTASÍA
125
lizó á las gentes prometiendo que no se enviarían
á los Dardanelos más que unos cuantos soldados
indígenas del ejército de Africa; lo cual—según de
cía Romanones, —era un sacrificio insignificante,
comparado con la importancia de las concesiones
que se nos hacían en la república pirináica.
Se declaraba la guerra el 15 de Abril.
Don Inocencio Pérez del Borregal volvía á estar
en España.
f
I
f
1
CAPiTULO X
Los sucesos de la guerra.—Los españoles
en Gallipoli.— Pidiendo refuerzos.— Las
Ordenanzas militares.— La intervención
de Italia.—Manifestación de simpatía.—El
banquete en los Viveros.—La situación
económica.— ¡Necesitamos á los bárba
ros!—La extrañeza de la opinión.—El es
tudio y la inventiva.—Palabras de un la
tino.— El contertulio de D. Inocencio.—
“¡Nos han engañado, señores, nos han
engañado!,,
D e mal en peor iban para los aliados las cosas de
la guerra.
Los teutones avanzaban victoriosos por todas
partes, y los turcos seguían defendiendo los Dardanelos con heroísmo espartano.
El día 28 de Abril consiguió el ejército francoanglo-español poner el pie en Gallipoli, pero parte
de la fuerza tuvo que reembarcar perseguida por un
horroroso cañoneo. El 2 de Mayo fracasó por com
pleto otro desembarco en el golfo de Sarros.
128
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
Las tropas españolas, enviadas de Africa al man
do del general Fernández Silvestre, lucharon con
tal bizarría, que más de la mitad quedaron fuera de
combate. El jefe de la expedición pedía refuerzos con
urgencia. Pero ¿de dónde?
Las kábilas de Alhucemas, en las cuales tenían
muchos amigos los hermanos Mannesman, se ha
bían levantado en armas contra España. Un subma
rino alemán llevó á los insurgentes cuatro cañones
de montaña y gran cantidad de fusiles y municiones.
No era, pues, prudente debilitar más nuestro ejér
cito colonial.
De la Península tampoco se podían sacar los re
fuerzos, porque el Gobierno temía, con fundamen
to, que estallara la protesta contra la guerra.
jQué lástima que Andorra no pudiera darnos la
mano para sacarnos del atolladero!
A Romanones se le ocurrió una idea: para luchar
contra los turcos, ¿por qué no llamar á las armas á
los caballeros de las Ordenes militares, supuesto que
dichas Ordenes, creadas en la Edad Media, seguían
existiendo aunque ni en Alcántara ni en Montesa ni
en Calaírava se veía un moro desde muchos siglos?
Pero se desistió de intentarlo, porque, además de
no podérseles obligar, se cayó en la cuenta de que
los caballeros eran... caballeros; y lo que hacía
falta para el desembarco eran hombres de á pie, y á
ser posible, con cualidades de anfibios.
TANT ASÍA
129
En fin, el ministro de la Guerra y el de Marina se
las compondrían, como Dios les diera á entender,
para enviar poco á poco los refuerzos que pedía el
general Silvestre.
¡Y nuestros queridos aliados nos habían pintado
la empresa de los Dardanelos como la cosa más
sencilla; algo así como coser y cantar!
Pero... la de siempre: ¡adelante, que ya no se
podía retroceder!
*
*
*
La intervención de Italia levantó los desmayados
ánimos.
Durante una generación entera estuvieron los ita
lianos unidos por estrecha alianza á los imperios
centrales; pero ahora, cuando éstos se hallaban ro
deados de enemigos, creyó Italia llegada la oportu
nidad de exigir á los austríacos los territorios «irredentos.»
Aunque accedió Austria á casi todas las peticio
nes, las negociaciones diplomáticas fracasaron; y el
día 23 de Mayo, Víctor Manuel III le declaró la gue
rra á su antigua amiga y aliada.
Maquiavelo se ruborizó en su sepulcro.
En Madrid se organizó una manifestación que re
corrió las calles vitoreando á Italia, y se pusieron de
moda los macarrones.
9
130
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
La Junta para el fomento de las relaciones hispano-italianas celebró el acontecimiento cea un ban
quete en los Viveros, pero la fiesta resultó un de
sastre.
El himno que había compuesto para aquel acto el
maestro Vives, disgustó á los comensales; pues te
nía tal solemnidad y grandeza, que parecía una mar
cha wagneriana.
Lerroux brindó por la confederación latina, «por
la gran patria latina», pero los lusitanos que asis
tían al banquete, creyeron que se trataba de privar á
Portugal de su independencia, y protestaron. Ni más
ni menos que habían hecho, algunos años antes, los
diputados republicanos portugueses cuando el mis
mo D. Alejandro habló en el Congreso para expre
sarles sus simpatías.
Don Jacinto Benavente se levantó en ayuda de Le
rroux, explicando el concepto de la confederación.
Comenzó muy bien el gran D. Jacinto; pero se le
ocurrió, en mal hora, citar modelos de confedera
ciones, y el final del discurso le salió en alemán.
Y cuando Fernando López Monis empezó su brin
dis, en el idioma del Dante, para decir que Italia
era la cuna del Arte y de la Civilización, la gente se
marchó, llevándose muchosel postreen los bolsillos.
Al duque de Bivona, que había sido el iniciador de
la fiesta, tuvieron que aplicarle ventosas porque se
ahogaba del disgusto.
F ANTASIA
131
El banquete fué una desdicha; pero... ¿no lo era
también para la Historia de Italia el hecho que se ce
lebraba?
*
*
*
La intervención de la Monarquía italiana en la gue
rra no podía evitar que la situación económica de
España fuese cada día más grave.
Ya no quedaba en Junio ni una peseta de los mil
millones del empréstito exterior; la recaudación del
Tesoro seguía descendiendo, como descendía en las
demás naciones beligerantes; el tráfico marítimo se
hallaba paralizado casi por completo, por temor á
los submarinos alemanes que en pocos días habían
echado á pique seis buques españoles; los albañiles,
los carpinteros, los pintores, todos los obreros del
ramo de construcción pedían pan y trabajo, porque
los ricos no querían invertir su dinero en edificacio
nes hasta que terminara la guerra. Y en Cataluña se
anunciaba el cierre forzoso de muchas fábricas de
géneros de punto... ¡por la falta de agujas alema
nas! Así lo había manifestado al presidente del Con
sejo de ministros una comisión de industriales, pre
sidida por D. Ramón Monegal.
A! mismo tiempo llegaban al Gobierno alarmantes
comunicaciones de las entidades farmacéuticas,
acusando la carencia de medicamentos ó producto»
132
DON QUIJO TE EN LÀ QU ERRA
patentados de fabricación alemana. Se trataba no ya
de específicos ó formas farmacéuticas, sino de pro
ductos químicos que solo podía surtir Alemania.
La importancia de esa falta era tan amplia en algu
nas provincias, que el Colegio Farmacéutico de Cá
diz daba una lista en la que figuraban la adalina,
anestesina, airol, antipirina, aristoquina, aristol, a s
pirina, bromalina, bromural, corifina, creosotal,
clorhidrato de fenocola, creolina, dermatol, diuretina, euquinina, fenacetina, guayacina, helmitol, he
roína, licetol, luminal, lisoformo, lactofenina, lisol,
maretina, mesotán, orfol, ortoformo, perhidrol de
magnesia, piperacina, protargol, peronina, piramidol... y otros muchos más productos químicos que
la farmacopea moderna necesitaba.
«¿Cómo puede ser eso?» se preguntaba la gente
con extrañeza infantil. ¿No habíamos quedado en que
nos hemos metido en la guerra para defender la Civi
lización? ¿Cómo, pues, no nos dan los países civili
zados esos productos científicos que los bárbaros
nos enviaban antes? ¡A ver si resultaba que, al des
truir la barbarie alemana, hacíamos nosotros una
gran barbaridad!
Don Inocencio, que había vuelto á su tertulia del
café de San Isidro, decía cuando se hablaba de es
tas cosas:
FA NT AS IA
133
«Sí, es verdad que los teutones están muy ade
lantados en eso de las ciencias, pero no es porque
tengan talento natural, sino porque son unos ma
chacones y han aprendido á fuerza de estudiar.
¿Pero de inventiva? ¡Cero, hombre, cero! Los de la
inventiva somos nosotros, los latinos, y sobre todo,
los franceses. Y en la inventiva, solo en la inventi
va, está el verdadero Progreso, que es el padre de la
Civilización.»
Y se quedaba muy satisfecho porque no había na
die que le replicara.
Pero cierto día en que los contertulios de D. Ino
cencio discutían sobre la fabricación y empleo de los
gases asfixiantes, y cuando en el curso de la discu
sión volvió á repetir su tópico de la inventiva fran
cesa el bueno de Borregal, dijo uno de los pre
sentes:
—Tome usted, D. Inocencio; lea usted este artícu
lo de A B C, y después discutiremos si usted quiere.
En el gran diario madrileño se insertaba una cró
nica en la que Salaverría censuraba á quienes, como
D. Inocencio, creían que el genio repentista de los
latinos podía crear en un momento, por gracia de
los dioses, todo cuanto los alemanes hacían con es
fuerzo y vasta lentitud.
El referido artículo terminaba diciendo:
«Pero dejemos hablar á un latino de abolengo. El
nos dirá, con noble amargura, todo cuanto pudiéra-
134
DON QUIJOTE EN LÀ GUERRA
mos sospechar nosotros. Es el propio Hervé quien
habla.
»En vez de reprochar á los germanos el empleo
de las humaredas sofocantes, fuera mejor que nos
reprocháramos á nosotros mismos el habernos de
jado una vez más sobrepasar en esta guerra por el
genio inventivo y organizador de nuestros adversa
rios. Con las humaredas asfixiantes ocurre lo de
siempre: son ellos quienes dan prueba de iniciativa,
en tanto que nosotros los aliados, seguimos hundi
dos en la rutina.
»Son ellos los que tuvieron la idea de usar los
aviones para reglar el tiro á larga distancia; nos
otros no hubiéramos inventado eso por nuestro
cuenta.
»Ha sido necesario que viésemos sus trincheras
para decidirnos á construir otras trincheras seme
jantes.
»Las autoametralladoras, los autocañones, los
lanzabombas, los torpedos aéreos; todo lo hemos
imitado.
»Fué menester que los alemanes nos mostraran
el empleo inteligente de las humaredas asfixiantes
para que, por nuestra parte, aprovechásemos la lec
ción.
»Verdaderamente, haríamos bien en hablar un
poco menos de nuestras cualidades de iniciativa ó
de improvisación y de nuestra facultad creadora, y
T A N T A S ÍA
1*5
demostrar un poco más la evidencia de esas virtu
des, en la paz como en la guerra...»
Cuando acabó de leer D. Inocencio, dijo el con
tertulio que le había dado el periódico:
—Ya lo ven ustedes. Sabíamos que los alemanes
tienen grandes filósofos, grandes artistas, grandes
m aestros...; hemos ido enterándonos de que son
grandes químicos, grandes industriales, grandes co
merciantes...; los periódicos franceses han dichoya
que, lo mismo en la labor c iv il que en la gran obra
de ¡a querrá, hay que adm irar el exacto funciona
miento de la máquina alemana; los ministros ingle
ses dicen á los obreros de la Gran Bretaña que de
ben tomar á los alemanes como modelo de patriotis
mo, y ahora Hervé se lamenta de que Francia se
haya dejado sobrepasar en esta guerra p o r el genio
inventivo y organizador del adversario.
¿Dónde están, pues—continuó diciendo el orador—
aquellos bárbaros, aquellos semi-salvajes de que
nos hablaron para arrastrarnos á la guerra? ¿Por
qué motivo y por qué interés seguimos derro
chando nuestra sangre? jNos han engañado, seño
res, nos han engañado villanamente!
'
CAPÍTULO XI
Los tópicos.—El desgaste alemán.—La es
pantosa realidad.—Reunión de Cortes.—
Lo que costaba la guerra.—;Un millón de
duros!—Primer año de campaña.—Esta
dísticas horrorosas.—¡86 barcos, 120.000
hombres y 2.000 millones!—Gaset disiden
te.—Un artículo hidráulico.—Habla el te
rruño.
V lo mismo que dijo el contertulio del café de San
Isidro se repetía ya en toda España.
Los tópicos de la retórica belicosa iban cayendo
en ridículo uno á uno. Ya no se hablaba de la barbaríe teutona ni del rulo ruso ni de ¡a rendición de Ale
mania p or hambre; solo quedaba en pie la muletilla
de el desgaste alemán.
En un Boletín de Información, que en España y
en la América del Sur repartían los franceses, de
mostrábase matemáticamente que Alemania estaba
agotando sus reservas militares, con tal rapidez,
138
DON QUIJOTB EN LA GUERRA
que pronto se vería imposibilitada de cubrir las ba
jas de sus ejércitos.
«Por ahí, por ahí viene la solución—decían los
leurroxistas y los amigos de Romanones.—El des
gaste alemán es inevitable. Ya verán ustedes qué
pronto queda Europa limpia de teutones.»
Pero los desgastados alemanes mostraban cada
vez mayor pujanza y seguían obteniendo victorias
sobre el coloso ruso.
Estábamos á mediados de Junio cuando se re
produjo en los periódicos españoles un artículo del
coronel Rousset, que decía:
«En las informaciones sobre la batalla de Galitzia, que prosigue con redoblada obstinación, desta
ca un hecho significativo: «Los alemanes—dícese—
han cubierto sus bajas y se han visto reforzados
con nuevas unidades, observadas por vez primera
en el teatro oriental de operaciones.»
»¿De dónde proceden esos contingentes? ¿Qué
tropas los constituyen?
»Si se han restado al conjunto de fuerzas que in
vaden Francia, ha debido de notarse el hecho. Y si
se trata de unidades de formación reciente, ello
prueba que, no obstante todas las cábalas hechas
por nosotros, no se han agotado en Alemania las
reservas en hombres.»
Y se
acabaron los tópico»
TANTASÍA
139
La opinión pública española sufrió el último des
encanto y comenzó entonces ó ver claramente la
espantosa realidad.
*
*
*
El insaciable monstruo de la guerra pedía más di
nero, y el Gobierno tuvo que reunir las Cortes en los
últimos días de Junio para que autorizaran la emi
sión de Bonos de la defensa nacional.
En el Congreso y en el Senado se levantaron
grandes murmullos cuando el Presidente del Con
sejo declaró que la guerra nos costaba cinco m illo
nes de pesetas diariamente , sin incluir el importe de
los armamentos que se adquirían en los Estados
Unidos, y sin contar la merma en la recaudación de
impuestos ni los perjuicios que se irrogaban al co
mercio y á la industria.
«N o os alarméis—decía Romanones.— Comparad
cifras, y veréis que gastan mucho más las otras po
tencias beligerantes. Francia y Alemania consumen,
cada una, 66 millones por día; 60 millones los rusos;
40 los austriacos; 20 los italianos, y los ingleses...
los ingleses, señores, necesitan para sostener sus
fábricas, sus escuadras y sus ejércitos 75 millones
de pesetas cada veinticuatro horas. ¡Quince veces
tanto como nosotros /»
Y en esto decía verdad el Conde. Gastábamos
140
DON GLUJOTE EN LA GUERRA
mucho menos que cualquiera de las grandes poten
cias, pero gastábamos todos los días ¡un millón de
duros! ¿No hubiera sido preferible no gastar nada?
*
*
*
Entre ríos de sangre y de lágrimas llegó el primer
aniversario de la gran guerra; y la Prensa de todo
el mundo publicó números extraordinarios repletos
de estadísticas horrorosas.
Por cientos—casi por miles—se contaban loa bu
ques hundidos; se habían sacrificado millones de
vidas, y las cifras que expresaban la suma de los
empréstitos eran tan enormes, que parecían escritas
por astrónomos para indicar las distancias ó el vo
lumen de los astros.
Y allí, en aquellos estupendos balances, figuraba
la noble y cándida España como una de las víctimas
de la quiebra de Europa.
Nuestra marina de guerra había perdido en los
Dardanelos sus dos mejores barcos y algunos cru
ceros de escaso valor. Lo cual no era mucho, si se
comparaba con los 17 buques de las escuadras anglo-francesas, que en los mismos Dardanelos fue
ron hundidos ó gravemente averiados.
Nuestra marina mercante había perdido seis tra-
*
141
TA N TA S ÍA
satláníicos, veinte buques de los destinados al tráfi
co marítimo con Inglaterra y Francia, y otros sesen
ta barcos de menor porte, hundidos por los cruce
ros y submarinos alemanes. Lo cual no era mucho,
teniendo en cuenta que, según las estadísticas, las
demás naciones aliadas perdieron en el primer
año:
Inglaterra.....................................
Francia, Rusia, Bélgica é Italia..
561 buques
1.682
*
¡Los muertos y heridos! Este resumen era el que
buscaban los lectores con mayor ansiedad; pero los
datos aparecían incompletos porque sólo Inglaterra
y Alemania tenían la entereza de darle al pueblo la
medida del estrago.
Las bajas españolas en los diez meses que llevá
bamos de campaña se calculaban en 120.000 hom
bres. Y tampoco era mucho; pues los ingleses tuvie
ron desde el 2 de Agosto hasta el l.° de Junio (diez
meses) las siguientes bajas declaradas por Mr. As
quith en la Cámara de los Comunes el día 9 de
Junio:
Muertos:
Oficiales............................... ......................
Soldados........................................................
3.327
47.015
Total de muertos................................
50 342
s
142
DON QUIJOTE EN LA GUER RA
Heridos:
Oficiales........................................................
6.498
S o ld a d os......................................................
147.482
Total de
heridos...............................
153.980
Desaparecidos:
Oficiales........................................................
1.130
S o ld a d o s......................................................
52.618
Total dedesaparecidos.....................
53.748
Dando estas cifras una suma total de 258.060 ba
jas, para un ejército mucho menos importante que
los de las grandes potencias del continente. Pruden
cia tuvo, pues, el calculista al cifrar en menos de la
mitad las bajas del Ejército español.
Los gastos de todas clases, ocasionados á España
por la guerra, se elevaban á 2.000 millones de pese
tas. Pero ¿qué eran 2.000 millones para aquella
guerra que había devorado en el primer año ¿ciento
veintidós m il m illones de francos? N o, no era m ucho.
Solamente en los preliminares de su intervención
gastó Italia 1.500 millones, y Francia había consu
mido, en doce meses, más de ¡veinte m il m illones de
francos/
Resumen de la jornada: Que teníamos en el fondo
FA N T A S ÍA
142
del mar dos acorazados, varios cruceros y ochenta
y seis barcos mercantes; que habían sucumbido ó
derramado su sangre ciento veinte mii soldados es
pañoles, y que la guerra nos costaba ya ¡dos mil
millones de pesetas!
Es decir, que habíamos consumido en diez me
ses, más barcos, más vidas y más oro que en los
cinco años de la última guerra civil! ¡Más barcos
más sangre y más oro que en la desastrosa lucha
con los Estados Unidos!
Y esto para destruir una «Barbarie» cuyos pro
ductos químicos necesitábamos para nuestros enfer
mos, y sin cuyos aceros hubieran tenido que enmu
decer millares de máquinas que en España seguían
cantando la canción del trabajo.
*
*
*
Rafael Qasset, que había enfriado mucho sus re
laciones con el Ministerio nacional, porque veía
cada vez más lejos la presidencia del Congreso,
aprovechó el momento del aniversario de la guerra
para romper con Romanones.
El primer acto de hostilidad fué un artículo hidráu
lico. Se publicó en ElImparcial, y produjo gran sen
sación en toda España.
En dicho artículo decía el ilustre ex-ministro de
Tomento:
144
DON GUJOTE EN LA GUERRA
«Dos mil millones de pesetas nos ha exigido en
diez meses la cruzada contra los alemanes, y se le
han dado. La quinta parte, nada más que la quinta
paite de esa cantidad, nos están pidiendo años y
años los sedientos campos españoles, y no hay
nunca dinero para ellos.
»La gran obra de nuestra reconstitución interior
ha sido abandonada, para siempre tal vez, porque la
guerra consume y seguirá consumiendo toda nues
tra potenciabilidad económica.
»Y cuando Juan Soldado vuelva á la patria, le
dirá el terruño seco y abrasado por el sol: Has
prodigado tu sangre y tu fortuna defendiendo la L i
bertad de los demás, pero te olvidaste de mí, y aho
ra tienes que seguir viviendo en la esclavitud de i a
m iseria .»
C A P Í T U L O XII
Los prestigios de Lerroux.—Resolución ra
dical.—Visita á Romanones.—Petición de
D. Alejandro.—Suspicacias del Conde.—
Lerroux, Príncipe de Andorra.—Entrada
triunfal.—Primeras disposiciones.—Lo que
el Príncipe deseaba.—Los primeros dis
gustos.—Nube de amigos.— Andorra es
candalizada. — Dimisiones y substitucio
nes.— Indignación contra el Príncipe.—
Cambio de conducta.— “ ¡Muera el tira
no!,,—Lerroux adelgaza.— Un telegrama
de “ Violeta,,.— El Príncipe dimite.— ¡P o
bre Lerroux!—El ú; ?co consuelo.
C onforme aumentaban las calamidades de la gue
rra, disminuían los prestigios de Lerroux. En Ma
drid, en Sevilla, en toda la Península se murmuraba
del promotor de la intervención española, y en B a r
celona le iba socavando el pedestal su lugartenien
te Emiliano Iglesias.
Percatóse D. Alejandro de la gravedad de la sitúa
lo
146
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
ción; vió en perspectiva su ruina polítca, y se deci
dió á tomar una resolución radical: marcharse de
España.
Pero lo que proyectaba Lerroux no era una fuga
vergonzosa, que esto hubiera sido impropio de un
hombre de su temple, sino un alejamiento justifica
do y temporal, para que no siguieran culpándole de
todas las desdichas de la nación.
Trazó su plan. Y una mañana, muy temprano, po
cos días antes de ratificarse el convenio con Francia
referente á los derechos sobre Andorra, se presen
tó en el hotel de Romanones.
El Conde acababa de levantarse, y en man
gas de camisa, p a ra dar prueba de costumbres
democráticas, corrió al despacho donde esperaba
Lerroux.
—¡Hola, madrugador! ¿Qué le trae á usted por
aquí?—dijo Romanones sonriente y estrechando la
mano de su amigo.
Lerrosx contestó al saludo, pidió perdones por lo
intempestivo de la hora y se negó rotundamente á
seguir hablando mientras el Conde no se pusiera
una chaqueta.
Cuando fué complacido, comenzó á exponer el
objeto de su visita.
Ante todo, deseaba saber cuáles eran los dere
chos que nos cedía Francia sobre la República de
Andorra.
FANTASÍA
147
El presidente del Consejo contestó después de
hacer un gesto de extrañeza:
—Pues nos cede todos los que tiene en la actua
lidad.
—Está bien. Pero vamos á ver si nos entende
mos—dijo Lerroux, y prosiguió después de una pau
s a :—En la República de Andorra se eligen su presi
dente, como en las demás repúblicas: pero sobre la
autoridad del presidente andorrano está la de un
representante de España, que lo es el obispo de
Vich, y la de un representante de Francia. ¿No es
esto?
Así e s—contestó Romanones. —Un representan
te de España y otro de Francia que se llaman los
copríncipes, y que son los verdaderos amo» de
aquello.
—¿Los amos?—preguntó Lerroux con interés.
—Naturalmente. Los copríncipes nombran á los
magistrados y al jefe de la milicia federal; y de so
bra sabe usted que en Andorra, como en todas par
tes, quien dispone de la Justicia y de la espada es el
verdadero amo y señor. Pero se acabaron los co
príncipes. En lo sucesivo no habrá en Andorra más
que un Residente general que nosotros designa
remos.
Lerroux, que había escuchado con gran atención,
dijo después de terminar el Conde:
—Pues ya hemos llegado al verdadero objeto de
145
BON QUIJOTE EN LA GUERRA
mi visita.— Y dando solemnidad á sus palaaras,
añadió:—Vengo á pedir un favor: vengo á decide á
usted que deseo ser yo el Residente general de E s
paña en Andorra.
Romanones le miró asombrado, creyendo qae se.
había vuelto loco.
—¿Pero habla usted en serio?—preguntó.
—En serio y después de haberlo pensado mucho,
querido Conde—contestó Lerroux. Y añadió para que
su amigo no adivinara el verdadero motivo ce su
determinación.—Quiero ir allá para que vean odos
lo que yo sería capaz de hacer en España ti día
que aquí se implantara la República.
Romanones se echó á reir tan á gusto que se le
caían los tirantes. Pero observándola inalterable
seriedad de su interlocutor, se reprimió proito y
continuó el diálogo.
Nada, nada; ¿lo pedía Lerroux?, pues concedido.
En cuanto se ratificara el convenio, se extendería el
nombramiento á su favor, sin que la firma regia del
decreto pudiera perjudicar las convicciones repu
blicanas de D. Alejandro, puesto que éste había
ofrecido á la Monarquía su leal apoyo mientras du
rase la guerra. Y ... ¿no se trataba de ejercer un
cargo casi republicano? P u es ni una palabra
más.
FANTASÍA
14 #
El Conde se quedó pensativo cuando terminó la
conferencia. ¿Cuál podría ser el propósito del jefe de
los radicales al pretender aquel cargo en una repú
blica microscópica, sin ferrocarriles, sin comodi
dades y cuya capital tiene menos habitantes que una
casa de vecindad de Madrid?
Don Alvaro, tan vivo, tan sagaz, no creyó que
fuera un móvil romántico ni político el que impulsaba
á Lerroux. Pero negocios... ¿qué negocios podía
haber en Andorra dignos del demagogo español?
En esto entró Brocas en el despacho.
—A propósito—dijo D. Alvaro al verle aparecer.
—¿Qué negocios podrían emprenderse en Andorra?
—¿En Andorra? Solo hay uno bueno: el del con
trabando.
— ¡Hombre, contesta en serio, si sabes!—gritó el
Conde.
—P ues... fuera de ese... no conozco ninguno.
Sólo sé que hay minas de hierro y de plomo, que no
se pueden explotar por falta de caminos.
—¿Que no se pueden explotar? Pues mira, por si
acaso, toma la maleta y no vuelvas por aquí hasta
que no me las traigas todas registradas á mi nom
bre. Y añadió como hablando consigo mismo. ¡A mí
no me la da nadie!
El Conde se pasaba de listo en esta ocasión.
•}•
150
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
Andorra la Vieja, la más pequeña capital de
Europa, festejaba en el mes de Septiembre, con bai
les, dulzainas y campaneo, la llegada del nuevo
«Príncipe», que príncipe y no residente querían se
guir llamando los andorranos á quien ostentaba la
representación de sus antigos señores.
Don Alejandro Lerroux hizo su entrada triunfal
montado en un soberbio mulo y acompañado de
Emiliano Iglesias, con quien se había reconciliado al
pasar por Barcelona.
Ocho radicales del Paralelo, que se hallaban'sin
trabajo á consecuencia de la guerra, le dieron es
colta, provistos de recias trancas y mirando fiera
mente á los curiosos que no aplaudían.
Emiliano tiraba puñaditos de perras chicas, so
brantes de la suscripción nacional para los carapacheros, consiguiendo deeste modoque en todo el tra
yecto no se apagaran los entusiasmos de la muche
dumbre. Lerroux pensaba: «La verdad es que este
chico vale más que Vinaixa para estas ocasiones».
Las primeras disposiciones que tomó D. Alejan
dro consistieron en nombrar á Emiliano Iglesias Se
cretario general con 2.000 duros de sueldo; llamar á
un arquitecto para que construyera un «palacio re
sidencial» que tuviera, por lo menos, las comodida
des de su casa de Madrid, y encargase el uniforme
FANTASÍA
151
de «Príncipe-Residente», que sería un traje de gue
rrero godo del tiempo de Ludovico, á cuyo rey de
bían los andorranos su independencia, con manto
de seda rojo salpicado de gorrofrigios verdes. Todo
ello, como es de suponer, á costa de España, pues
to que Andorra no tenía por qué pagar aquellos dis
pendios.
Pocos días después de la toma de posesión,
llamó Lerroux al presidente de la República y le
dijo:
avengo aquí, con amplios poderes, á representar
los derechos soberanos de España, y deseo que nos
pongamos de acuerdo para transformar esta nación
en una diemocracia moderna.
»Es preciso llevar á las leyes las ideas radicales
y dar gran impulso á las obras públicas, construyen
do, preferentemente, una extensa red de carreteras
asfaltadas para que puedan recorrer el país mis
automóviles.»
El presidente hizo una profunda reverencia, y
contestó que Andorra vivía tranquila y dichosa con
sus tradicionales costumbres; más, no obstante,
procuraría persuadir á los andorranos de que debían
complacer al príncipe, aceptando las reformas legis
lativas que éste se dignara indicar.
Respecto á las obras públicas, prometió someter
á la apr obación del Consejo federal la construcción
de algunas carreteras, pero suprimiendo el asfalto.
152
DON Q U I J O T E E H L A G U E R R A
Lerroux se conformó, por entonces, con aquellos
ofrecimientos.
Llamó después á los alcaldes de los seis únicos
ayuntamientos que forman la federación y les reco
mendó que emprendieran obras de pavimentación y
de conducción de aguas, aunque para ello tuvieran
que hacerse algunos empréstitos que su mismo Se
cretario se encargaría de negociar en Barcelona
Les habló luego de progreso y de radicalismo, y
terminó pidiendo que implantaran la enseñanza lai
ca en las escuelas ó que, al menos, autorizaran y
subvencionaran las que abrirían algunos amigos
suyos que fueron discípulos de Ferrer.
Los pobres monterillas no se atrevieron á mani
festar su disconformidad con los deseos del Prínci
pe y accedieron á todo.
La patriarcal Andorra iba á recibir el soplo vivifi
cador del radicalismo lerrouxista.
** *
Lerroux sentíase feliz en aquella capital de 600
vecinos, donde era, de hecho y de derecho, la figura
preemiente. Más ¡ay! que la dicha de los príncipes
es efímera; y D. Alejandro comenzó bien pronto á
sufrir disgustos, siendo sus mismos amigos quienes
1c ocasionaron los primeros.
Aquellos ocho radicales que le dieron escolta y á
FAN TASÍA
153
quienes Lerroux había regalado cinco duros por
barba para que volvieran á sus casas, se negaron á
salir de la República, y como no tenían ocupación,
se pasaban las horas aconsejando al Príncipe y al
Secretario lo que debían hacer.
Para que no siguieran atormentándole con sus
consejos, y para no tener que darles más dinero
cuando se les acabaran los cinco duros, se decidió
Lerroux á crear la Guardia residencial. Justo era que
comenzaran á «chupar del bote.>
Pero de Barcelona y de otras partes de España
acudió en pocos días una nube de amigos del Prín
cipe, exigiendo á éste credenciales, y recomendacio
nes para que se les adjudicaran contratas de obras
públicas. Y como Lerroux no podía atender á todos,
comenzaron los descontentos á murmurar de él ca
lificándole de ingrato y soberbio.
La tranquila república del Pirineo se convirtió en
refugio de radicales y libertarios españoles que es
candalizaban y aterrorizaban con sus propagandas
y con sus costumbres á los sencillos andorranos.
El jefe de la milicia federal dimitió el cargo por
que los españoles minaban la disciplina con sus
discursos antimilitaristas, y los jueces dimitieron
también, disgustados por la presión que ejerció so
bre ellos el secretario del Príncipe, para que absol
vieran á catorce radicales y libertarios que estaban
procesados por haber disuelío á tiros una proce-
154
DON Q U IJ O T E E N L A G U E R R A
sión y prendido fuego á un convenio de monjas.
Lerroux tuvo que dar el mando de la milicia á un
tabernero de Andorra la Vieja que, desde la llegada
de los españoles, se había declarado entusiasta de
fensor de aquel radicalismo que le permitía tener
abiertas las espitas toda la noche.
La substitución de los jueces fué más laboriosa,
porque no se encontraban en el país personas de
respetabilidad que quisieran ocupar las vacantes;
teniendo que dar, por fin, los nombramientos á indi
viduos de baja estrofa, entre los cuales había dos ó
tres que, aunque eran contrabandistas, vivían hon
radamente de su trabajo.
Los andorranos castizos protestaban indignados
del proceder de aquel príncipe de nuevo cuño que
les desorganizaba el Ejército, les desmoralizaba la
Justicia, les desordenaba la Hacienda y les hería en
sus arraigados sentimientos religiosos, implantando
le enseñanza laica en las escuelas y amparando á
quienes disolvían procesiones é incendiaban conven
tos en nombre de la libertad.
Lerroux comprendió que se había equivocado al
imponer sus radicalismos á quienes, hasta entonces,
vivieron sin ellos tranquilos y felices. Y pensando
como gobernante discreto, se decidió á rectificar su
conducta, para lo cual prohibiría las propagandas
que pudieran relajar la disciplina del Ejército; desig
naría jueces probos que administraran justicia con
FA N TA S ÍA
155
arreglo á las leyes y á su conciencia honrada; deja
ría que los ayuntamientos se desenvolvieran libre
mente, y haría respetar las ideas y costumbres cató
licas de la inmensa mayoría del país, conforme con
los principios de la verdadera Democracia.
Pero el simple anuncio de este cambio de actitud—
que no le atrajo ya las simpatías de los desconten
to s -b a s tó para desencadenar contra él la ira de sus
propios amigos y de un centenar de andorranos que
vivían y campaban al arrimo del radicalismo, llegan
do á decirse en un mitin, organizado por los más
exaltados, que el príncipe radical se había vendido
al oro de la reacción jesuítica.
Lerroux vió con profunda pena que todos le aban
donaban y execraban su nombre. Nadie respetaba
ya su autoridad aunque se vistiera con el traje de
guerrero godo y el manto de los gorrofrigios verdes;
la Guardia residencial se le insubordinó pidiendo
más radicalismo y aumento de paga, y hasta su fiel
Emiliano se puso á escribir una tragedia china para
excusarse de acompañarle en sus paseos. El desdi
•hado Príncipe tenía que entretenerse haciendo soli
tarios con una baraja francesa.
Y no era esto lo peor, sino que las continuas y
acaloradas discusiones entre los dos bandos en que
se hallaba dividida la opinión pública en la capital de
Andorra, terminaban siempre á estacazo limpio, con
la extraña particularidad de que los radicales y los
156
»ON GLUJOTE EN LA GUERRA
moderados, los rojos y los negros, se acometían
gritando á la vez:
«¡Abajo el Príncipe!»
«¡Muera el tirano!»
* * *
Para restablecer el orden é imponer el respeto á
la ley, no quedaba ya más que un sólo medio: la
fuerza. Pero ¿qué se hubiera dicho del jefe de los
demagogos españoles? ¿Con qué derecho, con qué
autoridad podía castigar á los promovedores de mo
tines quien seguía calificando de gloriosa la sema
na de sedición y sangre de 1909?
Lerroux creyó preferible tolerar que siguiera el es
tado anárquico del país, esperando que el tiempo
aplacaría los odios, y que todos se convencerían de
que su conducta era sabia y prudente.
Pero una báscula y un telegrama le hicieron per
der su aplomo.
Ocurrió que cierto día, al regresar de su cotidiano
y solitario paseo, le dió á D. Alejandro la idea de
pesarse en una báscula automática para saber cuán
to había desmerecido desde el día de su entrada
triunfal; y vió con horror que, en seis semanas, lle
vaba perdidos ¡23 kilos de peso!
Profundamente preocupado por esta merma enor
me de su humanidad, llegó á la casa residencial,
FANTASÍA
157
donde le esperaba una contrariedad todavía mayor.
Al entrar en su despacho, le entregó el ordenanza
un telegrama de Violeta, la eminente pensadora es
pañola, el cual decía:
«S a lgo para Andorra, acompañada comisión da
mas rojas catalanas para llevar socorros infelices
radicales víctimas despotismo de V.
»Espero de su galantería aceptará sostener con
migo controversia pública sobre ideales políticas
que V. defendió siempre en España y que ahora ha
olvidado, — Violeta.»
Lerroux sintió que un sudor frío bañaba todo su
cuerpo mientras leía el telegrama. Después se apo
deró de él un temblor nervioso y un deseo irresisti
ble de c o rr e r... de huir... ¡Las damas rojas en An
dorra! ¡Sostener una controversia con
Violeta!
¡Pesar 23 kilos menos! N o, no; imposible continuar
allí.
El Príncipe llamó al ordenanza, le envió en busca
de Emiliano
Iglesias y cayó desplomado en un
sillón.
* * *
Aquella misma noche, después de entregar el man
do al secretario, salió para España, completamente
solo el desventurado Príncipe, dejando en Andorra
la siembra de la anarquía.
158
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
¡Pobre Lerroux! En cuarenta días de gobierno
había desorganizado la República y se había que
dado sin un amigo.
Pero se consolaba pensando que su secretario lo
haría peor.
?
C A P ÍT U L O XIII
La intervención de Bulgaria.—Crisis en to
das partes.—Modificación del Ministerio
nacional.—La verdadera crisis.—¿Quién
va á Salónica?—Grecia no quiere regalos.
Una pregunta del Embajador. — Kitche
ner en Madrid.—Proposiciones á España.
Decepción de Romanones.—¡A casa aun
que venga Maura!—Todos convencidos.—
Más bonos del T esoro.—Llamamiento de
la2.a reserva.—Levantamientonacional.—
El imperio del terror.—El último soldado
y la última peseta.—;1915!
L a intervención de Bulgaria á favor de los impe"
rios centrales aumentó el desconcierto que reinaba
«ñire los aliados desde el principio de la guerra.
En Francia se apagaron los entusiasmos produci
dos por sus victorias en Loos y en la Champagne,
y se levantó un clamoreo de general indignación
contra Delcassé y contra la diplomacia inglesa, que
no supieron evitar este nuevo triunfo de Alemania.
160
PON QUIJOTE EN LA GUERRA
La consecuencia inmediata de la intervención búl
gara fué la crisis ministerial en Francia y en Ingla
terra.
En España, por no ser menos y para que no se
creyera que se había perdido la costumbre, hubo
crisis también.
A Navarro Reverter, que se había atraído los odios
de la opinión porque no cesaba de pedir dinero, le
substituyó D. Angel Urzáiz, y Pérez Caballero dejó
su puesto á Villanueva, marchándose muy disgus
tado porque lo de Andorra, que era el único éxito
diplomático de aquel Gobierno, se lo atribuía Romanones.
Pero el cambio de ministros no era más que un
detalle. La verdadera crisis, el conflicto grave de las
naciones de la entente, consistía en determinar cuál
de ellas había de acudir en ayuda de los servios que
se veían atacados de frente por los austro-alemanes
y de flanco por las tropas del rey de Bulgaria.
S e contaba ya con una base de operaciones en el
Sur de la península balkánica, porque los franco-in
gleses habían desembarcado en Salónica. Pero
¿y el ejército para subir hasta Servia? Ni Francia ni
Inglaterra podían enviarlo; Rusia, tampoco, y los
italianos no quisieron acudir á la llamada.
Inglaterra se percató de la gravedad de la sitúa-
FANTASIA
161
ción, y comprendiendo que había llegado ya la hora
de los grandes sacrificios, le ofreció á Grecia la
isla de Chipre á cambio de que la pequeña nación
diera á los servios la ayuda que los colosos de la
Tierra no le podían dar. Pero Grecia no quiso acep
tar el espléndido regalo, y entonces Inglaterra volvió
sus ojos amorosos hacia España.
A mediados de Octubre preguntó el embajador in
glés, en nombre de su Gobierno, qué compensaciones
pediríamos por enviar 100.000 hombres á Salónica.
La contestación fué tan rotunda, que el diplomático
ya no volvió á hablar de aquel asunto. España ha
bía hecho su esfuerzo máximo y no podía dar ni un
hombre más.
Pero algunos días después llegó á Madrid el famo
so ex-ministro de la Guerra británico lord Kitchener,
quien, luego de hacer las obligadas visitas de presen
tación, celebró con Romanones una larga confe
rencia.
Kitchener demostró al Conde que España era la
nación beligerante que menor esfuerzo había reali
zado, puesto que sólo tenía sobre las armas la pri
mera reserva, cuando en todos los demás países lu
chaban hasta los hombres de cuarenta y de cuarenta
y cuatro años.
Dijo después que Inglaterra deseaba, como lo ha
bía deseado siempre, el engrandecimiento de la na
ción española, y para demostrarlo con hechos, hizo
11
162
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
en nombre y con la autorización del Gobierno in
glés, la siguiente proposición:
«Inglaterra cedería á España la plaza de Gibraltar
después de firmarse la paz.
»Inglaterra se pondría de acuerdo con Francia para
ceder á España Tánger y su zona.
»Inglaterra se comprometía á facilitar, con todos
sus medios militares y diplomáticos, el estableci
miento del lazo federal entre Portugal y España.»
Y, por último:
«La cuádruple alianza concedería á España el títu
lo de gran Potencia.»
Lo único que se pedía á la nación española, á cam
bio de todos estos ofrecimientos, era que enviara
cien mil soldados á Salónica.
Romanones se entusiasmó con la proposición:
Portugal, Gibraltar, Tánger... España gran Poten
cia... ¿Qué más podía pedir el más exaltado patrio
ta? Y aceptó, en principio, el compromiso de enviar
á Salónica los cien mil hombres que Kitchener
había venido á buscar.
El ex-ministro inglés marchó al día siguiente á Gi
braltar y allí embarcó para Grecia desde donde se
guiría luego su viaje á la India.
Las negociaciones con España ias continuaría el
embajador.
FA N TA S IA
163
Faltó poco para que en la sesión del Consejo de
ministros en que Romanones comunicó el resultado
de su conferencia con lord Kitchener estallara la se
gunda crisis del Ministerio nacional.
Esperaba el Conde que, al enterarse los ministros
de las concesiones ofrecidas por Inglaterra, le le
vantaran en hombros y le pusieran de pie sobre la
mesa para darle tres hurras y algo de palmoteo;
pero su desencanto fue grande, pues ni siquiera el
disciplinado Alba despegó los labios después de
oirle.
El Conde vió en aquel severo y prolongado silen
cio de todo el Gabinete una respetuosa demostra
ción de disconformidad, y para despejar pronto la
situación, habló en estos ó parecidos términos:
«Yo creo, señores, que estando la suerte de Es
paña unida á la de sus aliados, pesaría sobre nos
otros una gran responsabilidad si negásemos á és
tos el apoyo que nos piden, y creo también que las
concesiones que nos brinda Inglaterra, á cambio de
llevar 100.000 hombres á Salónica, son la suma de
las aspiraciones nacionales; por eso he contraído el
compromiso con lord Kitchener; pero si ustedes opi
nan de distinto modo, nos vamos todos á casa y
que venga quienquiera á substituirnos, aunque sea
Maura.
¡No, eso jamás! exclamó D. Melquíades horro
rizado.
■
164
DON QUIJOTE EN L A G U E R R A
—¡Por el bien de la Patria y de la Libertad no de
bemos movernos de aquí nunca!—gritó Burell. Y
con mayor ó menor vehemencia hicieron parecidas
manifestaciones los demás consejeros, llegando, al
fin, á reconocer todos que era preciso y patriótico
cumplir el compromiso contraído por el jefe del Go
bierno.
El miedo á Maura y á dejar el Poder realizaba
prodigios de persuasión.
Para organizar el ejército que había de marchar
á Salónica, faltaban tropas y faltaba dinero, porque
el ministro de Hacienda estaba ya sin una peseta;
pero el Consejo resolvió el conflicto en aquella mis
ma sesión acordando emitir otros quinientos m illo
nes en bonos del Tesoro y llamar cien mil hombres
déla segunda reserva, que reemplazarían á las tro
pas expedicionarias.
El nuevo esfuerzo que iba á exigirse al pueblo es
pañol resultaba ya extremado; pero necesariamente
debía hacerse, porque Romanones tenía el convenci
miento de que había llegado para España el momen
to de elegir entre ser y no ser.
Olvidaba el Conde otra vez que «Tánger debe ser
inglés ó no debe ser de nadie»; olvidaba que la de
volución de Gibraltar había sido «perenne motivo de
negociaciones, de promesas nunca cum plidas,...* y
olviaaba también que el lazo federal entre España y
Portugal <para sustraerlas de influencias extrañas » ,
FANTASÍA
165
se propuso un siglo aíras en la célebre conferencia
de Viena, pero cuyo punto no llegó á discutirse por
que tal vez Inglaterra y Francia hicieran que se ex
cluyera del cuestionario.
Y si para salvar una situación crítica nos ofrecía
la Gran Bretaña aquellas tres cosas que nunca, nun
ca, nos había querido dar, ¿qué fe podíamos tener
en el cumplimiento de la promesa?
La noticia de los antedichos acuerdos produjo en
la opinión pública enorme sensación. Y ni las decla
raciones optimistas de los ministros ni los artículos
patrióticos de la Prensa, cuyo auxilio suplicó el Go
bierno, pudieron evitar que se levantara el clamor
de la protesta.
La indignación popular fué en aumento, y á me
diados de Noviembre, al publicarse la orden de in
corporación de los cien mil reservistas, estallaron
motines y sediciones en toda la nación, siendo uná
nimes los gritos de:
«¡Muera el Ministerio nacional!»
«¡No vayais á la guerra!»
«¡Que vaya Romanones!»
Los socialistas disidentes de Barcelona impusie
ron la huelga general y levantaron barricadas, desde
las cuales sostuvieron fuego con la guardia civil; en
Alcoy, en Zaragoza y en Valencia hubo sangrientas
lo ó
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
colisiones; los puentes de los ferrocarriles fueron
volados con dinamita para que no circularan los tre
nes militares, y las mujeres de los reservistas ma
drileños llegaron un día en imponente manifestación
hastalas puertas de Palacio, llevando en brazos á sus
pequeñuelos y gritando deshechas en lágrimas:«¡Pie
dad, Señor, piedad para estos ángeles! ¡Que no se
les deje sin padre como ya se les ha dejado sin pan!»
Todo esto dificultaba la incorporación de los re
servistas, y como la insurrección iba adquiriendo
mayores proporciones y gravedad, el Gobierno
acordó proceder con gran energía, para lo cual se
suspendieron las garantías constitucionales y se
proclamóla ley marcial en toda España.
Los fusiles y las cárceles se encargaron de aho
gar en pocos días la protesta nacional. Y á fines de
Noviembre pudieron sacarse de Africa y de la Pe
nínsula los cuerpos que formaron la expedición
ofrecida á lord Kitchener.
La patria seguía maldiciendo aquella guerra que
nos aniquilaba, pero Romanones, convertido en
dictador, había dicho con el gesto de un Narváez:
«Pase lo que pase, continuaremos luchando hasta
consumir el último hombre y la última peseta.»
Y cerca del fin debíamos estar ya, pues sin hom
bres y sin pesetas nos íbamos quedando.
F A N TA S ÍA
167
Terminó el año 1915 sin que la deseada Paz se
vislumbrara por ninguna parle.
Por mar y por tierra seguíamos enviando tropas
á Francia y á Salónica. Pero ni en Francia conse
guían los ejércitos aliados reconquistar ni un palmo
de terreno ni en Salónica se pudo avanzar para con
tener á los victoriosos alemanes.
Y el desdichado pueblo español entraba en el año
nuevo amordazado, hambriento y abatido.
¡1915! Cruel fuiste para la infortunada España;
pero tu mayor crueldad consistió en traer á tu suce
sor envuelto en crespones de sudario y en pasar en
cendidos á sus manos los rojos hachones de la
destrucción.
CAPÍTULO
XIV
1916 á 1919.
DESPUÉS DE LA GUERRA
EPÍLOGO
Inglaterra pide ta paz.-Fin de la gran tragedia.—
Nueva Edad.—Regreso del hidalgo.—España des
pojada.—El Gabinete Sánchez Toca.—Los presu
puestos de Besada.—Las Cámaras y los hidráuli
cos.—Descontento, motines y sediciones.—Último
discurso de Lerroux.—Don Jaime en Valmaseda.—
Manifiesto á los españoles.—Asalto de conventos.
Sublevación republicana.—Lerroux prisionero.—
Consejo de guerra —La enfermedad de Romanones.—Borregal y Vázquez Mella.—Peripecias de
D. Inocencio.—Portugal no nos quiere.—Andorra
nos declara la guerra.—El caos. —Camino de Amé
r ic a —El yate de Blasco Ibáñez.—El último “viva
España,,.
L o s ejércitos del Kaiser habían llegado á los Piri
neos; doscientos submarinos alemanes bloqueaban
las islas Británicas y perseguían el comercio inglés
en todos los mares del mundo; la conjuración inter
nacional de obreros declaraba fuera del derecho de
gentes á los ministros del rey Jorge, por ser los úni
cos responsables de la continuación de la guerra, y
el descontento en la metrópoli y la insurrección en
172
DON QUIJO TE EN LA GUERRA
las colonias aceleraban la decadencia del formidable
imperio británico.
Entonces fue cuando Inglaterra se resignó á pedir
la paz, si bien haciendo constar que consumaba el
sacrificio de su soberbia por atender las súplicas de
sus aliados, sobre los cuales, por medio de permu
tas de territorios y de combinaciones económicas,
descargó todo el peso de la indemnización de guerra
que los alemanes le impusieron.
El espantoso drama había terminado, y la Historia
abría los libros de una nueva Edad, en la cual todo,
hasta la literatura y las bellas artes, tomaba nuevas
orientaciones.
jPero cuán costosa había sido la transformación!
Ni las matanzas que convirtieron al cristianismo el
mundo pagano, ni las invasiones que inauguraron
la Egida mahometana, ni las Cruzadas, ni la Refor
ma, ni el exterminio de las razas americanas para
someter al dominio europeo el Nuevo Continente,
ni las guerras napoleónicas contra la Europa coali
gada fueron sucesos tan cruentos y desoladores
como lo había sido esta lucha gigantesca, sostenida,
no por huestes mercenarias que guerrearan por la
soldada y el botín, sino por pueblos enteros de hom
bres conscientes, lo más granado de la civilización
moderna, que empuñaron las armas impulsados por
un ideal sublime.
¡Loor á los que sucumbieron defendiendo su in-
FANTASIA
173
dependencia ó disputándose la supremacía mundial,
porque ellos cumplieron la ley suprema de la vida
que es ley de Dios!
*
*
*
Pero el hidalgo español, que había luchado como
pechero defendiendo la independencia y la supre
macía de los demás, ¿qué gloria podía pretender? Ni
siquiera la satisfacción de haber defendido su honor
nacional— que nadie había ultrajado—podía resig
narle á sufrir las consecuencias de la derrota.
En el tratado de paz, que se firmó en Suiza, se
disponía que Inglaterra nos restituyera la bahía de
V igo y la plaza de Gibraltar, desmantelada y con
prohibición de artillarla otra vez; pero estas restitu
ciones se aplazaban hasta que la Gran Bretaña re
organizara sus bases navales. Y mientras tanto,
para garantía marítima de los teutones, pasarían á
manos de éstos nuestras islas Canarias.
jSoñado Gibraltar, populosa Vigo, hermoso archi •
piélago, ya no volveríais á ser nunca tierra española!
Se nos llevaban también los alemanes nuestro
protectorado marroquí donde tan pródigamente ha
bía corrido la sangre hispana. Ceuta y sus inmedia
ciones se incluían en la zona internacionalizada de
Tánger; y se completaba nuestro despojo obligán
donos á cederle á Francia nuestras posesiones del
174
DON QUIJO TE EN LA CUERDA
golfo de Guinea en compensación de otros territo
rios que la República tenía que dar á los vencedores.
Y además de estas desgarraduras del suelo pa
trio, vestían luto doscientas mil familias españolas
y habíamos gastado, ¡diez mil millones de pesetas
en cinco años de campaña!
Exangües, empobrecidos y mutilados: ¡Así regre
sábamos de aquella loca aventura en que nos metió
la irreflexión y la vanidad de nuestros políticos,
siempre torpes y engañados en los tratos cancille
rescos!
*
*
*
El Gabinete Sánchez Toca, que había sucedido al
malhadado Ministerio nacional causante de nuestra
ruina, se encontraba frente al pavoroso problema
de la liquidación del desastre.
Para el servicio de la nueva deuda y para atender
á los enormes aumentos de las clases pasivas, se
necesitaban setecientos millones de pesetas; lo cual
obligó al ministro de Hacienda D. Augusto Besada
á confeccionar unos presupuestos abrumadores, con
sus décimas adicionales, aumento de descuentos,
suspensión de amortizaciones, creación de nuevos
tributos y restablecimiento del odioso impuesto de
consumos que ya se había suprimido en toda Espa
ña. Es decir, que tuvo que hacer D. Augusto una
segunda edición, corregida y aumentada, de los fa-
tantasía
175
mosos presupuestos de Villaverde. Y como las cau
sas eran semejantes, semejantes fueron también los
efectos
Las Cámaras de Comercio y las de la Industria,
la Ligas de propietarios y las entidades agrícolas,
apoyadas por el partido hidráulico, que tomaba ca
rácter fieramente revolucionario porque había ingre
sado en él D. Rodrigo Soriano, se juramentaron
para no pagar los nuevos impuestos; los rentistas,
los empleados y los militares protestaron de los
descuentos que les hacía imposible el vivir; se amo
tinó toda España contra los consumos, prendiendo
fuego á los fielatos y engrosaban rápidamente las
partidas jaimistas que aparecieron el mismo día en
que se hicieron públicas las condiciones de la paz.
Y para que el cuadro fuese más aterrador, retoña
ban en Cataluña y en Vizcaya los secos troncos del
separatismo.
Y Lerroux, el principal causante de todas aquellas
desdichas, intervino en un debate en el Congreso
para decir campanudamente:
«Ni á este ni á ningún otro gobierno monárquico
daré el apoyo de esta minoría unipersonal que inme
recidamente dirijo; porque cada vez, señores diputa
dos, me afirmo más en el convencimiento de que
los desaciertos de la Monarquía son los causantes
de la ruina de la Patria.»
176
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
La insurrección jaimista se propagaba rápidamen
te. Las partidas, bien armadas y organizadas, so s
tenían con el ejército liberal reñidos encuentros, y
se apoderaban de Estella y de Cantavieja á las po
cas semanas de iniciarse el levantamiento. La his
tórica villa de Valmaseda fué tomada por asalto, y
en ella fijó la residencia de su corte D. Jaime de
Borbón que había cruzado la frc itera disfrazado de
chófer.
El primer ministro del Gobierno faccioso, D. Juan
Vázquez Mella, redactó el Manifiesto que D. Jaime
dirigió á la Nación.
En dicho documento se decía que el partido tradicionalista se alzaba en armas por creer que era un
delito de lesa patria el tolerar que siguieran diri
giéndola manadas de políticos ineptos y desalma
dos que la habían corrompido y destrozado con su
conducta desaforada, y que por muy horrible que
fuese la guerra civil no podía serlo tanto como el
continuar viendo sobre el cuerpo nacional aquella
gangrena política que la guerra iba á combatir. Y
terminaba el Manifiesto pidiendo la ayuda de todos
los hombres de buena voluntad para salvar los en
sangrentados restos de la gran patria española.
La toma de Valmaseda y el Manifiesto de D. Jaime
alarmaron al Gobierno y enconaron los odios de las
dos tendencias en que volvía á estar dividida, como
antaño, la opinión pública del país.
T A N T A S ÍA
177
En Barcelona aparecieron pasquines culpando á
las órdenes religiosas de sostener y fomentar con
sus caudales la guerra civil. Y esta infundada acu
sación bastó para que ocurrieran sucesos gravísi
mos. La turbamulta asaltó é incendió varios conven
tos, profanó los altares y persiguió á tiros por las
calles á los indefensos frailes que huían despavori
dos: en suma, se repitieron todas las trágicas esce
nas de la semana sangrienta.
Pero esta vez las autoridades procedieron con
mayor rigor que en el año nueve. La guardia civil
disparó desde el primer momento contra los grupos
que aparecieron armados de escopetas y carabinas,
y las barricadas del Paralelo fueron destruidas á ca
ñonazos. De este modo quedó sofocada la sedición
á las pocas horas de iniciarse.
Los radicales y libertarios, sedientos de venganza
por aquella dura represión, á lo que no estaban acos
tumbrados, acordaron lanzarse inmediatamente á la
verdadera revolución y comunicarlo á Lerroux para
que acudiera á ponerse al frente del movimiento; Jor
ge Vinaixa fué el encargado de venir á Madrid para
comunicarle al jefe dichos acuerdos que habían sido
tomados por el partido sin pedirle autorización ni
consejo.
Llegó Vinaixa á Madrid; dió cuenta a su jefe de los
acuerdos del partido, y Lerroux le contestó profun
damente impresionado:
12
178
BON QUIJOTE EN LA CORREA
—Está bien. E s una locura el echarnos á la «alie
pretendiendo hacer en serio la revolución; pero no
quiero que digan que les traiciono. Entre morir
arrastrado ó morir en las barricadas, prefiero esto
último,
Media hora después, el caudillo y el emisario sa
lían para la ciudad condal en un magnífico «Mer
cedes».
El auto marchaba á toda velocidad por la carre
tera de Aragón, pero al entrar en la provincia de Z a
ragoza, tuvieron que detenerse para reparar una
pequeña avería; y Lerroux, que estaba nervioso y
sentía ciertas impaciencias por llegar pronto al final
de la jornada, dejó á Vinaixa ayudando al chófer y
se internó por un sendero para distraerse contem
plando la amenidad del paisaje.
Listo ya el coche, y cuando solo esperaban para
continuar la marcha el regreso de Lerroux, que ha
bía desaparecido por detrás de una cerca, observa
ron con asombro que se aproximaban á buen trote
cuatro jinetes armados Era una patrulla de la ca
ballería jaimista que desde el Bajo Aragón efectua
ba una incursión audaz por aquella comarca.
—¡Los facciosos!—gritó el chófer.
—¡Si nos reconocen, estamos perdidos!—exclamó
Vinaixa.
Pero como la maldita cerca Ies impedía ver á don
Aiejandro, y el llamarle á voces hubiera infundido
T A N T A S IA
179
sospechas á los jinetes, que ya estaban muy próxi
mos, se resignaron á esperar.
Al mismo tiempo que llegaba la patrulla y rodeaba
al automóvil, descubría á Lerroux y le daba el alto
una pareja exDloradora que flanqueaba la carretera
por aquella parte.
Repuesto de la natural sorpresa y ante el temor
de que le reconocieran y apresaran, se resolvió Le
rroux á jugarse el todo por el todo. Y sacando su
browing, la emprendió á tiros con los dos explora
dores, que contestaron á la agresión disparando
sus carabinas.
La patrulla de la carretera corrió al lugar donde
se sostenía aquel inopinado tiroteo, descuidando
la custodia del auto que partió como una exhalación
hacia Barcelona.
Continuó Lerroux la lucha hasta que, agotadas las
municiones y viendo que acudían más jinetes que
le cortaban el paso por todas partes, levantó del
suelo á guisa de bandera blanca un periódico que te
nía en las manos cuando fué sorprendido y se dejó co
ger prisionero. Lerroux había matado tres caballos.
A lomos de un mulo, ni tan lustroso ni tan rica
mente enjaezado como aquel en el que hizo, años
antes, su entrada triunfal en Andorra, fué conducido
Lerroux á Cantavieja, donde, por haber hecho ar
mas contra los jinetes legitimisías, le sometieron á
un Consejo de guerra que le condenó á muerte.
180
DON QUIJOTE EN LA QUERRA
Y la terrible sentencia se hubiera cumplido de no
intervenir un personaje muy conocido del lector: don
Inocencio Pérez del Borregal,
Al leer D. Inocencio la noticia de la prisión de
Lerroux, publicada por La Correspondencia de E s
paña en su novena edición, de las tres y tres cuartos
de la tarde, le envió á Vázquez Mella una sentida
carta pidiendo clemencia para el reo, recordándole
que era aquel Borregal de los carapachos, que en
cierta ocasión le salvólavida á costa de una chistera.
Enterado D. Jaime del suceso que se recordaba en
aquella carta, concedió el indulto al jefe de los ra
dicales, conmutándole la pena de muerte por la de
trabajos forzados á perpetuidad.
Para cumplir la condena, fué Lerroux destinado á
trabajar en las obras de canalización de las aguas
potables de Caníavieja.
En la misma edición de La Corres... en que se pu
blicó la noticia de la prisión de Lerroux, se daba
también otra información no menos triste y sensa
cional, referente al estado de salud del Conde de
Romanones.
El jefe de los liberales, que estaba siempre cavi
loso y tristón desde que le arrojaron del Poder, ha
bía sufrido en aquellos días un ataque de enejenación mental.
i
T
TANTAS! A
181
Se atribuía esfa desgracia á la pena que le produ
cía al Conde el ver que sus amigos le iban aban
donando porque sabían que nunca volvería á go
bernar en España.
Al pobre enfermo le dió la monomanía de la popu
laridad, y se pasaba iodo el día cantando la Marsellesa, montado en un caballo de cartón.
En la consulta de médicos se aceptó el plan cura
tivo propuesto por Amalio Gimeno, plan que con
sistía en que el Diario Universal hiciera su tirada
exclusivamente para el Conde, llenando sus colum
nas informativas con telegramas y mensajes de toda
España pidiendo que volviera D. Alvaro al Poder.
Además se simularía en dicho periódico una gran
suscripción nacional para erigirle al genial estadista
la estatua que le anunció la gitana del baile.
El día en que comenzó á ponerse en práctica este
plan y apareció la primera lista de donativos para
el monumento, encabezada por D. Antonio Maura, ya
se notó en el Conde una ligera mejoría y menos ga
nas de cantar el himno republicano.
¡Lerroux y Romanones! Triste fin el de aquellos
dos jefes políticos; pero España no tuvo ya lágrimas
para ellos. ¡La habían hecho llorar tánto...!
*
*
*
182
BON QUIJOTE EN LA GUERRA
Y, para terminar, digamos sucintamente qué fué
de nuestro D. Inocencio Pérez del Borregal desde
que le dejamos en el café de San Isidro comentando
las estadísticas del primer año de la guerra.
Curado de sus heridas y sosegada su imagina
ción, desistió de ensayar otra vez su fracasado in
vento, y volvió á los zapatos de su zapatería.
Pero como su clientela le había abandonado y los
tiempos empeoraban cada vez más, llegó momento
en que no pudo pagar las contribuciones, y le em
bargaron y vendieron en subasta pública las pobre*
existencias de su tienda de la Cava baja. El gran
patricio tuvo que refugiarse como zapatero de viejo
en un portal de la calle de Válgame Dios.
Allí estaba, luchando con la miseria, cuando se
firmó aquella paz que tantas lágrimas le hizo derra
mar, y allí hubiera seguido resignado con su suer
te, si la falta de trabajo no le hubiera obligado á
buscar en América el pan que en su patria no en
contraba.
Dos meses después de haber conseguido el indul
to de Lerroux, recogió Borregal sus bártulos y, con
su mujer y sus tres hijos, marchó á Málaga, en don
de tomó pasaje para la Argentina en un buque ita
liano de emigrantes. >
Y aún allí, al embarcar, recibió dos lanzadas más
su corazón patriota. Los telegramas de Lisboa de
cían que Portugal *e opondría resueltamente á la
FA N TA SÍA
185
federación ibérica, propuesta por Alemania—no por
Inglaterra —en la Conferencia de la paz. Y de Lérida
comunicaban que los andorranos, cansados ya de
sufrirá ' 'íiliano Iglesias, que seguía siendo nues
tro Representante en aquel país, habían asaltado la
casa-residencial, degollandoácuantos españoles en
contraron en ella. Las últimas informaciones ase
guraban haber acordado les Corfs, reunidas en el
Pich Negre, que la República de An 'orra le decla
rara la guerra á España.
¡Era el cruel sarcasmo que el Destino guardaba
para la nación que había soñado en ser gran Poten«<a sin tener fuerzas para serlol
B1 barco italiano se alejaba del puerto majestuo
samente. Y Borregal y los suyos experimentaban
emoción profunda viendo que allá, cada vez más le
jos, iba desapareciendo, como si se hundiera en el
mar, aquella su adorada patria española, cuyos res
tos ensangrentados y doloridos consumía el fuego
de la revolución y de la guerra civil.
A las pocas horas de navegación, entraban en el
Estrecho y percibían claramente la plaza de Gibraltar, jirón de tierra española que Inglaterra había
ofrecido devolvernos. Miró D. Inocencio con ansie-
184
DON Q U I JO T E EN LA CLIEURA
dad para distinguir los colores de la enseña que flo
taba sobre el formidable peñón... ¡y vió que era lo
bandera inglesa!
Pronto columbróse, á estribor, la esplér "da ba
hía de aquel Tánger que debió ser de España al de
jar de ser marroquí, Otra bandera ondeaba sobre
una atalaya; pero... ¡era la bandera francesa!
El barco de emigrantes se internaba en el gran
mar cuando apareció, con rumbo contrario, un lin
do yate de esbelto porte, cuyos bruñidos metales
destellaban, reflejando los rayos del sol. La brisa ri
zaba la bandera que estaba izada en su mástil de
popa. ¡Sí, aquélla sí que era la bandera española! En
la faja amarilla llevaba escrito el lema de Blasco
lbáñez: “Arte y Libertad,.
El «ex-sultán de la Malvarrosa» iba tumbado en
una hamaca de torzal de seda, contemplando el fuer
te azul de aquel cielo africano, al cual enviaba las
bocanadas de humo de un selecto veguero. Junto á
Blasco, estaba su fiel criado Batiste sosteniendo una
taza de exquisito moka que el señor tomaba á pe
queños sorbos.
Aproximándose cada vez más, llegó el momento
en que los dos buques estuvieron en la misma línea,
y entonces, D. Inocencio Pérez del Borregal gritó
desde el barco de emigrantes con toda la fuerza de
sus pulmones: ¡¡Viva Eapañaü Los hijos de Borregal, asomándose á la borda y agitando sus pañue-
F A NTA S IA
185
los, repitieron con la misma santa emoción de su
padre: jViva España! ¡Viva España!
Y Blasco Ibáñez que, tumbado en su hamaca, se
guía enviando al cielo bocanadas de humo de su ci
garro, le dijo á su criado fiel con indefinible expre
sión de ternura:
*Tú, Batiste, contesta á esos,*
FIN DE DON QUIJOTE EN LA GUERRA
AL TERMINAR
Cuando terminábamos este libro, subió ai Poder
el partido liberal, y declaraba su ilustre jefe que será
fiel continuador de la política de neutralidad que don
Eduardo Dato inició y sostuvo— para bien de la P a
tria — desde el comienzo de la guerra europea.
No dudamos de que tal sea el propósito del señor
Conde de Pomanones, porque mucho deben haber
aleccionado á los partidarios de la intervención es
pañola los hechos acaecidos desde que se publicó el
artículo Neutralidades que matan y D . Alejandro L e rroux intentó lanzarnos á la gran hoguera; pero se
guimos temiendo que aún han de llegar para Espa
ña horas críticas en que se pondrán á prueba los ta
lentos y el patriotismo de nuestroa gobernantes. Se
ría pueril creer próximo el término de esta enconada
lucha sostenida por los colosos de Europa, y m ayor
puerilidad todavía, el suponer que Inglaterra pueda
resignarse á perder la hegemonía del Mundo antes
de apurar todos ¡os medios para conseguir la ayuda
ée una nación de veinte millones de habitantes, á la
188
DON QUIJOTE EN LA GUERRA
cual considera incluida en la órbita de su influetcia
diplomática.
Y si nos equivocásemos en el vaticinio, ¡benüta
equivocación!; pues, nunca como ahora, qulsiéranos
ser malos profetas.
Maarid, fín de 1916.
IN D ICE
Capítulos.
I
Páginas
El Ministerio nacional.—La intervención ó
la revolución.—Actitud del Gobierno.—
Manifestación neutralista. — Alocución
de «El Mentidero».—Prim, Castelar y
G am betta.-C ien millones por cien mil
españoles. — Contramanifestación
le-
rrouxista.—Palos, tiros y sablazos. —La
verdad oficial.—La pesadilla de Roman o n es..............................................................
II
9
Fracaso diplomático.—Lo que dijo Nelson.—El Gobierno indignado.—Ni Gibraltar, ni Tánger ni «na».—La Catedral
de Reims.—Protesta general.--Telegrama
de Lerroux. —Ultimátum á Alemania.—
Declaración de guerra.—¿El Cid ó don
Quijote?—D. Quijote en cam paña.. . .
21
III
Dasbarajuste económico.— Pánico finan
ciero.—¡No se paga á nadie!—Dificulta
des militares.—Manifestaciones patrióti
ca s.—Nación sin himno.—La Marsellesa
ante Palacio.—Apresamiento de un cor
sario alemán en Vigo.—D. Inocencio Pé-
m
ÌNDICE
Capítulos
Páginas
rez del Borregal.—La expedición mili
tar.—La canción del soldado.—El Rey
y Lerroux.—Cien mil hombres á Fran
cia ......................................................................
IV
29
Cosas de los franceses.—Lo que va de
ayer á hoy. — Conferencia de sobe
ranos. — Weyler, French y Joffre.—¡A
la línea de fuego! — Defendiendo al
rey de Bélgica.—Los libertadores de
Europa.—El primer empréstito —Ban
quete en la Bolsa. —Bombardeo y des
trucción de Vigo por un crucero ale
mán.—España indefensa.—La
política
de Pilatos.—Sin psn y sin hogar.........
V
45
Ocupación de las rías gallegas por los
ingleses.—Cambio de notas. — Como
Méndez Núñez. —Recelos de la opi
nión.—Las salpicaduras» de Maura.—
Ovación á Romanones.—Escándalo en
el Congreso.—Agresión á Vázquez Me
lla.—La chistera de Borregal.—Historia
del carapacho d& avance.— El zapatero
VI
y el rey..............................................................
Protesta de los jaimistas.—Partidas en
Navarra, Cataluña y el Maestrazgo.—
Fusilamiento del cabecilla Mir.—Comen
tario de «El Progreso».—Asalto de ta
honas.—Guerra á los caseros.—El di
putado de los 27 000.—Los dos Con-
£4
191
ÍNDICE
Capítulos
Página»
des.—Fracaso del empréstito popular.—
Crisis total......................................................
Vil
7á
La confianza de la Corona.—Recelos de
D. Melquíades.—Empréstito exterior. —
Al nivel de Servia y Montenegro.—Fes
tival benéfico. —Romanones en el bai
le.—Sangrientos
combates
en
Flan-
des.—La gitana del Real.—La buena
ventura.—¿Quién era?—Revista de los
carapacheros.—Lerroux á caballo de un
león. — Despedida de Borregal. — ¡Es
marcha!..........................................................
VIII
87
Los «libertadores» en Francia. — Lo que
dijo la Prensa. —Weyler indignado.—
Diálogo con Borregal.—Camino de Faramelles. — Las defensas españolas.—
D. Inocencio en las trincheras.—Duelo
de artillería.—¡Viva España!—La orden
de ataque.—Arengando á la Legión.—El
paso del canal.—El fin del mundo.—¡Al
asalto!—Fracaso del trabuco lanza-bom
bas.—Explosión de una mina.—Borregal herido.—Glorioso desastre de los
«libertadores de Europa». — Alfalfa y
laurel...............................................................
IX
lorregal en París.—Diálogo con Blas
co Ibáñez.—La nacionalidad del carapa
cho — La amargura de Borregal.— El
ídolo de Valencia.—Lo que hizo por su
99
192
N D ÍC E
Páginas
C apítulos
pueblo.— El ideal de Blasco Ibáñez.—
Borregal orgulloso. — Carta de Mónica.— ¡Se habían quedado solos!— Lo que
se decía en Madrid.— ¡Al tren!— La em
presa de los Dardanelos.— A sacar las
castañas del fuego.— España y Ando
rra .— La declaración de guerra á Tur
quía.— Borregal en España.................... 115
X
Los sucesos de la guerra.— Los españo
les en G allípoli.— Pidiendo refuerzos.—
Las Órdenes militares. — La interven
ción de Italia.— Manifestación de simpa
tía .— El banquete en los Viveros.— La
situación e c o n ó m ic a .— ¡Necesitamos
á los bárbaros! -L a extrañeza de la opi
nión.— El estudio y la inventiva.— Pala
bras de un la tin o — El contertulio de
D. Inocencio.— «¡Nos han engañado, se
ñores, nos han engañado».....................
XI
127
Los tópicos. — El desgaste alemán.— La es
pantosa realidad. - Reunión de Cortes.-Lo que costaba la guerra.— ¡Un millón
de duros!— Primer año de campaña.—
Estadísticas horrorosas.— ¡86 barcos,
120.000 hombres y 2.000 millones! Gasset disidente.— Un artículo hidráulico.—
Habla el terruño....................................... 157
XII
Los prestigios de Lerroux.— Resolución ra
dical.— Visita á Romanones. — Petición
de D. Alejandro.— Suspicacias de Ro-
195
ÍNDICE
Capítulos
Páginas
mariones.—Lerroux, Príncipe de Ando
rra.— Entrada triunfal.— La escolta.—
Primeras disposiciones. — Lo que el
Príncipe desaba.—Los primeros disgus
tos.—Nube de amigos. — Andorra es
candalizada.—Dimisiones y substitucio
nes.—Indignación contra el Príncipe.—
Cambio de conducta.— ¡Todos contra
Lerroux! «¡Muera el tirano!»—Lerroux
adelgaza.—Un telegrama de «Violeta.»—
El Príncipe dimite.— ¡Pobre Lerroux!—
El único consuelo........................................ 145
XIII La intervención de Bulgaria.—Crisis en to
das partes.—Modificación del Ministerio
nacional.—La verdadera crisis.—¿Quién
va á Salónica?—Grecia no quiere rega
los. — Una pregunta del embajador.—
Kitchener en Madrid.—Proposiciones á
España.— Decepción de Romanones.—
¡A casa, aunque venga Maura!—Todos
convencidos. — Más bonos del Teso
ro.—Llamamiento de la segunda reser
va.—Levantamiento nacional.— El im
perio del terror.—El último soldado y
la última peseta.—1915!.............................. 159
XIV
1916 á 1919....................................................... 169
« pílooo Inglaterra pide la paz.—Fin de la gran tra
gedia.—Nueva Edad.—Regreso del hi
dalgo.—España despojada.—El Gabi-
194
ÍNDICE;
Capítulos
Páginas
nete Sánchez Toca.—Los presupuestos
de Besada.—Las Cámaras y los hidráu
licos.—Descontento, motines y sedicio
n e s.— Último discurso de Lerroux.—
Don Jaime en Valmaseda.—Manifiesto á
los españoles.—Asalto de conventos.—
Sublevación republicana.—Lerroux pri
sionero.—Consejo de guerra.—La en
fermedad de Romanones. —Borregal y
Vázquez Mella.—Peripecias de D. Ino
cencio.—Portugal no nos quiere.—An
dorra nos declara la guerra.—El cao s.—
Camino de América.—El yate de Blasco
Ibáñez.—El último «viva España».......... 171
AL TERMINAR........................................................................................
187
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LA CASITA BLAACA
Zarzuela en un acto, dividido en
cuatro cuadros, escrita en cola
boración co n D. M axim iliano
Thosu música del maestro Se
rrano, estrenada en el teatro de
la Zarzuela, de Madrid.
Segunda
ed ición .
1 p e s e ta .
- LA PALANCA Segunda
ed ición .
2 p e s e ta s
Drama en tres actos, estrenado
con gran éxito en el teatro de la
Princesa, de Valencia.
PRIMER AMOR
Zarzuela dramática. Música del maestro Brú.
Estrenada en el Teatro de Novedades, de Madrid.
Precio: Una peseta.
LA EPOPEYA
NACIONAL
(Estrenada con el título de
«E p is o d io s N acio nales»)
•M
M
•
Revista de la Guerra de la Indepen
dencia española.
Escrita en verso, en colaboración con
D. Maximiliano Thous. Música de los
maestros Vives y Lleó.
Estrenóse esta revista en el teatro de
la Zarzuela, el 28 de Abril de 1908.
De esta obra llegó á decir el crítico
teatral de un diario que era el mejor
de los festejos hechos en Madrid para
conmemorar la gloriosa fecha del
Dos de Mayo.
M
I
Precio: UNA peseta.
| MOROS y CRISTIANOS
•
:
[
¡
Zarzuela en tres cuadros, escrita en colaboración
con D. Maximiliano Thous, música del maestro
Serrano, estrenada en el teatro de la Zarzuela, de
Madrid.
precio: Una peseta.
- EL PECADO VENIAL Juguete cómico-lírico. En colaboración con don
Maximiliano Thous, música del maestro Asensi,
Estrenada en Romea.
precio: Una peseta.
tFOCH EN L ERA!
Zarzuela de costumbres valencianas, estrenada
en la Princesa, de Valencia.Colaboración de don
Maximiliano Thous y música del maestro Giner.
precio: Una peseta.
LES ENRAMAES
Zarzuela de costumbres valencianas, con los
mismos colaboradores que la anterior.
precio: Una peseta.
LA BANDA NUEVA
Zarzuela en un acto, estrenada en el teatro de
Apolo, de Madrid. Colaboración de D. Maximi
liano Thous y música de los maestros Serrano
y Brú.
L A M O N T A LA DE ORO
Zarzuela còmica en cinco cuadros, mùsica de
los maestros Foglietti y Bru. predo: Una pia.
L A S MOLINERAS
Zarzuela en un acto, dividido en tres cuadros.
En colaboración con D. Maximiliano Thous.
Música del maestro Lleó.
EN BUSCA DE LOS NOVIOS
Viaje cómico-lírico alrededor de la guerra eu
ropea. Música del maestro Quislant. Obra de
gran éxito.
Precio: Una pía.
EL R E Y DE L A BANCA
Zarzuela en un acto, dividido en tres cuadros.
Música del maestro Serrano, precio: Una pía.
Olios obras teatrales del mismo autor.
Ya están ahí, juguete cómico.
Pelando la pava, juguete cómico.
El Santón déla Puntilla, zarzuela en colabo
ración con D. Juan Bautista Pont y música de
ios maestros Brú y Quislant.
La Siciliana, zarzuela histórica en cinco cuadros.
PUNTOS DE V E N T A :
En las librerías, y en la Sociedad de Autores
Españoles, Prado, 20.- -Pueden dirigirse tam
bién los pedidos al Autor.



