El secreto de Lord Kitchener y el desastre de Inglaterra (fantasía)
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- Tipo
- Impresos
- Autor
- Cirici Ventalló, Domingo
- Idioma (código)
- spa
- Extensión
- 232
- Identificador
- 0000000028
- Miniatura
- https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/782165
- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- El Correo Español
- Lugar de publicación
- Madrid
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Imagen para miniatura
- 1
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1915
- Formato
- image/jpeg
- application/pdf
- extracted text
-
\
Dôninôô CIBICI VEHTALLÖ
IPRD KITCHEMER
Y EL DE5A5TR.E
SEQunPA CDICIÓM
EMPAPOLA
a to o 2 f t
[| secreto de lord Hitchener
y el desasne de liilaterra
Segunda edición española, con
un epílogo, en el gue se trata
de las enormes ventajas que
ha de reportar al mundo latino
la bancarrota de I n g l a t e r r a ,
: : : : : : : : por: : : : : : : :
H I G O M C I VEHT1LLÓ
filadrid, 1915. Tmp. de “ £l Gom o español", á
cargo de D. G. Hndueza. Pizarro, w . Teléfono 2M .
ES PROPIEDAD DEL AUTOR
PRIMERA EDICIÓN ESPAÑOLA
9
12.000
EJEMPLARES
MADRID, NOVIEMBRE 1914
EDICIÓN ALEMANA
K IT C H E N E R G E H E I M I N S
VERSIÓN DE VON GEORG SPANDAU
4 0 .0 0 0
EJEMPLARES
LEIPZIG, ENERO 1915
SEGUNDA EDICIÓN ESPAÑOLA
6 .0 0 0
E JEM PLA R ES
MADRID, MAYO 1915
AL L E C T O R
Obtuvo la primera edición de este libro un
éxito tan positivo que, á pesar de haber sido lar
gos en la tirada (12.000 ejemplares), los constan
tes pedidos que de provincias y América reci
bimos, obligan á publicar una segunda edición.
liem os modificado en ella algunos de los ca
pítulos, con objeto de adaptarlos á las circuns
tancias, y añadimos un epilogo en el que, par
tiendo de una hipótesis halagüeña para el pa
triotismo español, se describen las probables con
secuencias del hundimiento definitivo de la in
fluencia británica.
E l mundo latino, libre de la tutela ominosa,
recobra sus perdidos esplendores; España vuel
ve á ser señora del Mediterráneo; el Canadá cor
ta las amarras que le unen á Inglaterra, pasando
á. engrosar la gran Confederación del Norte A m é
rica, y las naciones y las razas del Universo, des
embarazadas de la opresión británica, bendicen
el esfuerzo austro-alemán liberador y saludan el
ocaso de la moderna Cartago como á una aurora
de paz y venturas.
L ector: Si eres español, si alientas patrióti
cos anhelos de redención y grandeza, yo te invi
to á que sumes tus votos á los míos, pidiendo al
Cielo que se conviertan estos sueños en realida
des históricas.
EL AUTOR
extractos de algunos de los m ás importantes luidos
críticos que Ija merecido este libro.
De la KOLMSCIIK ZEITTIXG:
Hemos leído la obra sin interrupción. Ahora
comprendemos cómo hasta los periódicos españoles
adversarios la han elogiado. En la última parte de
tan delicioso libro, se adivina la tónica patriótica
del autor.
Del AYIESBADEXER TAGEBLATT:
El autor, como muchos de sus compatriotas, fer
viente admirador de Alemania, ha ensayado una
descripción de la guerra mundial usando del estilo
sarcástico, demoledor. El libro todo es una sátira
inimitable, muy bien tramada, que ha molestado á
los portugueses.
De la SCHXiESISCHE ZETTUXG:
El autor, que figura entre los más ilustrados pe
riodistas españoles, nos ofrece un relato satíricofantástico de la guerra mundial. Para la edición
alemana del libro, que tanto éxito ha alcanzado en
España, Ventalló ha escrito exproifeso una intro
ducción muy notable que pone al lector al corrien
te de la marcha política de su país.
De la KOBMSCHE VOLKSZEITUXG:
En prueba de simpatía hacia Alemania y como
sátira contra sus adversarios, háse publicado esta
obra, cuya lectura es muy recomendable como me
dio para distraer algunas horas en el fragor de
nuestros días.
De la XATIOXAB ZEITTTXG, de Basilea:
Es una descripción de la guerra mundial, debida
á la pluma del eminente satírico español Sr. Ciricl
Ventalló, que termina con el desastre de Inglate
rra. Aun para los adversarios políticos su lectura
resulta sumamente divertida.
— X —
D e la B A Y E R IS C H E LEH RERZEITUÚ VG :
E l autor, uno de los más eminentes escritores sa_
tíricos españoles, es un ferviente admirador de A le
mania. Su obra ha constituido un verdadero éxito
editorial en España,'contribuyendo mucho á des
pertar el odio dormido contra Inglaterra. Es una
sátira política muy divertida.
D el H A X D E LSB LA T T-H A M B T JR G :
Ventalló, espíritu inquieto, ha escrito en veinte
días este libro para preservar á España de la sim
patía injustificada hacia Rusia, Francia y, sobre
todo, hacia Inglaterra. E l autor, periodista m uy
avezado, pone de manifiesto las malas artes usadas
por Francia é Inglaterra para poner á España del
lado de sus intereses. Seguramente nadie podrá
arrepentirse de haber leído la obra E L SECRETO
DE LORD KITCH ENER.
D el D E U T S C H E R J A G E R :
El eminente escritor satírico-político Sr. V en.
lló, muy apreciado en su país y un convencido ge r
manòfilo, ha descrito en forma fantástica el des
arrollo de la guerra mundial desde el principio
hasta el fin. Las fanfarronadas de los directores de
la política inglesa y sus frases insidiosas se quie
bran contra el sarcasmo mordiente de E L SEO R E T O DE LORD KITCH ENER. Es una obra amena y
muy recomendable.
D e un a rtícu lo de L A M AÑANA, d iario dem ocratice
de M adrid.
Cirici \ entalló ha publicado un nuevo libro. Decir que es ameno no es decir nada; de Oirici V en.
tallo puede esperarse la broma cruel, el latigazc
írómco la injusticia; pero ¿un libro que pese i
su
QUe fatlgue? Eso es incom patible cor
e x i m i a C° n ®U temPeramento literario, con sus
vador c o n f®no<“ sticas< con sus dotes de obser.
de editor
agUdo de su ingenio, con su instintc
señera bises m * T P° de batalla lo s'arge lin o s','lo s
extensísimas Tn^lPa? ° S’, l0S mdios variados de las
xtensísimas Indias inglesas, y á medida que en.
XI —
traban en fuego pensábamos si aquella sería la
oculta forma del militar misterioso. Llegaron— no
llegaron-— los rusos, y... ¿será eso lo que esperaba
el orbe entero con tantas afanes? Marraron tam
bién los cálculos; las gentes que apostaban como
á los gallos ingleses, perdieron bonitamente sus
apuestas, y ya íbamos sospechando que lord Kitchener era un respetable señor que cultivaba el
reólforo, como Cristóbal de Castro, cuando hete
aquí que á Cirici se le mete en la sesera tirar de
la manta, y transformándose, como otras veces,
en periodista á lo yanqui y actuando, como otras
veces, de Verne con las enaguas de madame de
Thebes, olfatea y discurre, averigua é inventa,
quita y añade y lanza á la voracidad pública estas
máquinas audaces, salerosas, en que danzan Ro.
manones, Weyler, Brocas, la Chelito y su señora
mamá y otras personas conocidísimas, que van y
vienen á Londres, descubren pólvoras color na
ranja, negocian en frutos de la tierra y hacen mil
diabluras, de las cuales, espíritu curioso puedes
enterarte á poco precio y con soberano regocijo si
te agencias un ejemplar de EL SECRETO DE
LORD KITCHENER...
De un artículo del DIARIO UNIVERSAL, órgano
en la Prensa del señor Conde de Romanones.
El Sr. Cirici Ventalló no va á encontrar en lo
sucesivo quien le preste dos pesetas; porque, ¡ca
ramba, cómo las gasta con los ingleses! Hay que
sonreírse de Diocleciano y de Nerón inventando
martirios, ante las cosas que imagina el distingui
do escritor para aplastar á los hijos de la Gran
Bretaña...
Con todo, EL SECRETO DE LORD KITCHE
NER proporciona un rato de entretenimiento y
solaz que vale mucho más de las dos pesetas que
cuesta adquirirlo en cualquier librería. Y esto es
lo importante...
De una crónica del publicista MIGUEL PExAFLOR,
publicada en más de cuarenta diarios españoles.
Creíamos sinceramente que no se podía llegar
más lejos de donde Cirici había llegado con su
—
XII
“ Muñoz Villena” y, sobre todo, ¡con su “ República
en 1 9...” , éxito el más resonante de librería en los
últimos años. Esos libros, á nuestro juicio, marca
ban la cumbre del escritor y toda producción que
le sucediera temíamos que iniciara un descenso.
Nos hemos equivocado. EL SECRETO DE LORD
KITCHENER es superior á las otras novelas de
Cirici, porque Igualándolas en cuanto á la donosu
ra, á la fuerza satírica, á la observación genial,
las supera en lenguaje, que es más correcto y ar
tístico. Se comprende que sea así dado que el señor
Cirici Ventalló, cuando escribió la “ República” ,
por ejemplo, estaba casi recién venido de Cataluña,
donde, aunque ya había escrito miles de crónicas
y artículos, había usado más ó tanto como el cas
tellano, el odioma catalán. Los progresos de Ven
talló en el cultivo de la lengua oficial son noto
riamente extraordinarios. Los muchísimos lectores
que le hayan seguido como nosotros, paso á paso,
lo habrán echado de ver: hay ya en las crónicas y
en los artículos, sean serios ó jocosos, de Cirici,
párrafos y giros que no desdirían junto á los pe
ríodos rotundos y armoniosos de los maestros del
idioma, ó bien á las cláusulas cortadas y cortantes
de los príncipes de la novela picaresca y de los
más altos representantes de la sátira nacional.
EL SECRETO DE LORD KITCHENER es una
gran fantasía sobre la guerra actual, en la que
abundan los arañazos, quizás las puñaladas, para
las figuras principales de la tragedia, y en la que
de algún modo, y como personajes episódicos, figu
ran también los dioses mayores y chicos de nuestra
política, desde Romanones á Alejandro Medina; es
una obra que hará gozar á todos sus lectores, aun
á los que no sean germanófilos. Y á éstos no hay
que decirlo: se les hará la boca agua...
De un artículo de EL CORREO CATALAN, ó,-a n o
de los Tradicionalistas de Cataluña.
... Cirici Ventalló ha saltado á la arena con t?t
SECRETO DE LORD KITCHENER, repleto de su
humorismo característico. Ese lord Kitchener des
de el principio de la guerra nos fastidió con su fal
moso secreto que nadie avizora. Pero la fantasía
de Cirici Ventalló ha dado con él y l0 da á a
—
X III —
voracidad pública. Un “ ridiculum mus” inglés au
téntico.
El popular Cirici Ventalló, conocedor como po
cos de la política y del “ quid” característico de
cada hombre público, baraja con gracejo y opor
tunismo los supuestos acontecimientos, personas
de todos los Estados, gestos, intervenciones, nego
cios... y cada uno lleva su justo merecido. Claro
que en ese libro, anticipada visión de los resulta
dos de la guerra, no podían faltar nuestros pig
meos francófilos, danzantes y esclavos de la ridicu
la “ Europa danzante” ; y ya tenéis el gráfico des
file pendantesco de esos prohombres pigmeos, con
tal acierto retratados, que todos los conocen, se
regocijan y acaban la lectura del libro exclaman
do: ¡'Son ellos!
El tomo de Cirici Ventalló se coge, lo devora de
corrido el lector, y al llegar á su último capítulo,
lamenta tan pronto desenlace. Cómprenlo los ami
gos, propáguenlo entre sus conocidos, pues ¡se
pasa un buen rato!...
De una crónica del ciútico D. Rafael Rotlland, pu
blicada en el diario madrileño EL DEBATE.
Pertenecen las producciones de Cirici Ventalló al
género novelesco y á la manera de Julio Verne.
,La primera afirmación es evidente; la segunda
vamos á explicarla. Se caracteriza el juliovernismo'
por dos cualidades antitéticas: el “ desenvolvimien
to de la fantasía” y el culto de la más absoluta y
“ rígida verosimilitud” .
El padre, en efecto de “ La isla misteriosa” ,
“ Viaje á la luna” , “ Treinta mil leguas en ” iaje
submarino” , “ La casa vapor” , etc., etc., parte
de una hipótesis que sólo lo es porque supera te
rriblemente á la realidad, no porque la contradiga
y desforme; mas una vez admitido el desaforado
supuesto, ya todo procede con tal rigor lógico, con
tal encadenada trabazón, que la palabra verosímil
es pálida para expresar la sensación, la cosa fac.
tibie, indeclinable, real y fatalísima, que causan
sus narraciones de aventuras y descubrimientos.
¿No es este también el mérito de Ventalló? Co
mo su precedente, se adelanta al tiempo y á la evo
lución lenta y normal de la vida... Pero ha estu-
xiv —
diado tam bién la ley del desarrollo de los sucesos,
y la g uarda tan escrupulosam ente en el progreso
de los que él escogita, que á poco de enfrascado en
la lectura, el curioso, si no se sugestiona h asta el
punto de aceptarlos como ocurridos, los tom a por
profétieos y rechaza todo recelo de ficción a rb i.
tra ria .
No hay o tra diferencia sino que Verne m anipu
laba con la ciencia y Cirici opera con la política.
V erne supone un cañón incom parablem ente más
m onstruoso que los m orteros del 42, y u na pólvora
de fuerza explosiva más grande que “la pólvora
color n a ra n ja ”, y un proyectil en el que caben un
cuarto dorm itorio y otro com edor-biblioteca. In
troduce en este local á sus protagonistas, carga el
cañón, dispara; la bala sube h asta la esfera de
atracción de la luna, cae, natu ralm en te, en ella,
y ... ¡ya está hecho el “viaje” á la lu n a !...
V entalle no^ es un estilista. Sin em bargo, su n a.
rración es fluida y desem barazada, y su lenguaje,
aunque poco castizo, no es pobre...
D e u n a r tíc u lo d e l c r o n is ta D . M ig u el T a to A m at,
e n E L P A IS , ó r g a n o r ep u b lica n o .
A fortunadam ente, V entalló no tiene n ada de pro
feta, y las cosas o currirán de diferente m anera que
el asegura, con victoria com pleta de los aliados y
aplastam iento de los teutones y ca rlista s...
D e E L P A R L A M E N T A R IO , d ia r io m in iste r ia l.
Cirici V entalló, uno de los prim eros periodista;
de España, que tam bién m aneja una sá tira fina ;
la vez punzante y regocijada, acaba de publica'
CH EN EeRV\ ° b,r a ’ EL SECRETO
lord Km
C iíin ó L l la QUf . la P°r te n t»sa im aginación de
U n c í ofrece am enísim as fantasías acerca de h
ac tu al g u erra europea.
Qe u
En EL SECRETO DE LORD KTTCH'fi'xnr''D t,
m orism o una filosofía sutil
l i t r o ‘. . ' "
. i 'T
T ° 'T
envuelta en ese hu.
I,"'Iam «s decir 4.1
—
XV
componen esa fantasía rebosante de ingenio, afor.
tunadísima muestra del gran talento de su autor...
De L A EPOCA, órgano del partido conservador go
bernante.
Pocos escritores manejan la sátira política como
Clrici Ventalló. Por eso su popularidad es grande.
Hoy se cotizan sus humorismos políticos como
en otros tiempos se cotizaron los cuadros de eos.
tumbres de Taboada.
Ingenio fértil y conocedor del ambiente, Cirici
Ventalló ha encontrado el medio de decir cuanto
quiere y envolver en el ridículo á cuantos le place
sin grandes molestias de los propios interesados.
No hay circunstancia más recomendable para con.
seguir el indulto en la República de las Letras
que el talento y el donaire, y justo reconocer que
Cirici Ventalló reúne ambas cualidades...
Pocos serán quienes no se hayan regocijado
abundantemente con producciones anteriores de Ci.
rici Ventalló. Las “ Memorias de Muñoz Villena” y,
sobre todo, “ La República Española en 19...” han
sido viveros inagotables de risa. El libro ahora
dado á la estampa, E L SECRETO DE LORD K IT
CHENER, no desmerece á los anteriores.
Obra satírica excesivamente germanófila, en ella
ridiculízanse episodios, tipos y hasta países con
estilo suelto y atractivo, y con tal enlace lógico de
lo ilógico, que leído el primer capítulo no se acier.
ta á desprenderse del libro sin llegar al final.
Unos son personajes conocidos como el Conde
de Romanones, Lerroux y Emiliano Iglesias; otros
fantásticos, pero bien dibujados, icomo el general
portugués, émulo de Atila, don Carlomagno Das
Vendimias, y el inventor, también lusitano, don
Lucio do Bramante Portocarreiro Barreita Luenga;
episodios interesantísimos como el de la batalla de
las pirámides y la actuación en la contienda euro,
pea de los cosacos del Paralelo, ó legión emiliana,
como se llaman los lerrouxistas que acaudilla Igle
sias, y sucesos tragicómicos como la destrucción de
Londres, son una invitación á la risa tan grande,
que se hace perdonar el autor la idea poco piadosa
de caricaturizar los momentos actuales de la his
toria, donde todos son sombras en las ideas y luto
en los corazones.
—
XVI —
Cirici Ventalló ha tenido acierto en la confección
<le la obra, hasta en su titulo, y tan pródigamente
ha vertido en ella las sales de su humorismo, que
se encuentra un placer en su lectura, olvidando lo
doloroso de las circunstancias para reir con esa
risa que engendra un corazón sano al servicio de
una fantasía desbordante.
Del A B C, diario independiente, de Madrid.
Cirici Ventalló, el insigne autor de la fantasía
“ La República Española en 1 9...” , acaba de publL
car otra obra por el estilo, fundada en la guerra
europea.
El gracejo inimitable de Cirici Ventalló, la ame.
nidad de su pluma y el acierto que siempre ha de
mostrado en estas fantasías, le proporcionan tal
seguridad de su público, que de la primera edición
de su libro ha hecho una tirada de 12.000 ejem
plares. ¿Para qué más elogios?
Do E L D IARIO D E VA L E N C IA , periódico tradicionalista.
( iiici Ventalló acaba de enriquecer la literatura
castellana con una obra digna de su ingenio.
Se trata de una fantasía sobre la guerra euro
pea. En el libro juegan los principales políticos es
pañoles y extranjeros, la intervención de Portugal
en la contienda.
Se describe con gran visión de realidad la des
uva o ^ á ?
Ia ,? SCUadra lngIesa
la a íe m a n t
pantosa r u in í T
á Bspafia -v deja en la más es.
pantosa ruina a Lerroux, Romanones y Compa.
^ o r es, ei
• S
S
r
una producción que supera ^ í - ’ naturalmente, de
citar, ya que mucho« £
1 Que aoabamos de
Para nosotros la familiaridad Pde-rS° na:ies no tienen
el0“ " ' nte » ■ —
—
XVII —
Cirici en “ La República Española en. 1 91 ...” , pero
aun así, está llena esta nueva producción del pe
riodista insigne de una gran fuerza cómica, que
envuelve la sátira punzante y la agridulce filosofía
de su autor...
De EL CORREO ESPAÑOL, órgano del partido
tradicionalista.
Nuestro querido compañero no ha menester ser
presentado á nuestros amigos, los cuales saborean
casi á diario en estas columnas sus crónicas y ar.
tículos, en los cuales la soltura de la pluma, lo pe.
netrante del ingenio, la gracia fina, el humorismo
delicioso, y una desenvoltura aristocrática que no
se acerca á ia insolencia ni cae en el plebeismo,
resplandecen siempre. EL SEGRETO DE LORD
KITCHENER ha de ser, será seguramente, el éxito
de libreria más resonante de la temporada. La fan.
tasfa de Cirici Ventalló parece culminar en esa
obra, pues no se concibe después de ella otra al
guna con mayores ni iguales derroches de imagi
naciones ni tanta copia de observaciones afortu
nadísimas, regocijantes. Serán deliciosas para to
das las horas que consagren á su lectura...
De Femando Agrilló, en LA YETX DE CATALUNYA.
Es entretenido el libro de Cirici como lo fué “ La
República Española en 191...” . Lo® restos de la
izquierda catalana, los tipos populares del Congre
so, los hombres como Lerroux, Emiliano Iglesias y
otros parecidos, están trazados de mano maestra.
La legión emiliana, que desde el Paralelo va al
Rosellón para defender á Francia, es una cosa bien
divertida...
De un artículo de F. Aznar Navarro, en LA CO
RRESPONDENCIA DE ESPAÑA.
Cirici Ventalló es germanòfilo, no lo oculta á
nadie; francamente, terriblemente germanòfilo. Su
pluma, aplicada á comentar las cosas de la guerra,
sólo podía producirse en tal sentido, pero su acier
to es tal, que hasta los decididamente neutros y
aun los que simpatizan sin rebozo con los aliados,
no dejarán de sentir su correspondiente dolor de
2
—
X V III —
mandíbulas si por acaso leen, que sí lo leerán, el
libro de iCdrici Ventalle...
De Rodrigo Soriano, diputado radical, en su peno.
dico ESP ASA NUEVA.
Poeta y fantástico soñador, especie de Marc
Twain ó de Leonice Terrieux, con boina y rene
grido trabuco de “ requeté” , se nos presenta el te
rrible Cirici Ventalló, como fiador del porvenir, de
lo que será el conflicto europeo.
Su carlista mano, siquiera más pulcra que la gi
tana garra en que se ventilan (bay á veces que
ventilarlas) destinos de la humana fortuna, es la
mensajera de los ocultos designios. Para Cirici
Ventalló Europa será gobernada por el Kaiser y
Ventalló se convertirá pronto en “ Von Talló, feld
mariscal del Wassen” , ó sease de la guasa viva
(traducido del alemán).
Para llegar á este resultado, el buen Cirici tris
ca por su fantasía, corre Portugal y España, á to
dos nos mezcla y no® baraja con ingenio y gracia.
Perdonémosle nosotros, que por católicos no pa
samos, las injurias y calumnias con que nos vili
pendia á diario, en gracia siquiera á la que le so
bra á él. Su libro sobre lord Kitchener es modelo
de desenfado y de primores literarios...
De Ramón Campmany, en EL DIA GRAFICO, de
Barcelona.
Los episodios que preceden al formidable debate
de los aliados, aparecen descritos con tanta ame
nidad que uno se ríe por mucho que desee el triun
fo de Inglaterra y de Francia y perdona al escritor
la facilidad con que los aniquila. Seguros estamos
de que si Poincaré y el Rey de Inglaterra leyesen
el libro de Ventalló no celebrarían menos sus agu
dezas...
De LA GACETA DEL NORTE, diario de Bilbao.
EL SECRETO DE KITCHENER es una prueba
más del envidiable ingenio del Sr. Cirici Ventalló,
que tantas pruebas tiene ya dadas de su agilidad y
gracia.
— XIX
D e F ederico G arcía Sanchís, en E li PUEBLO , de
V alencia, diario republicano.
D om ingo Cirici V en talló ha im plantado en tre
nosotros la n ovela bufa, disparatada, in verosím il y
graciosa, ed paralelo d el vau d eville en el teatro. N o
le im porta la pureza d e l len g u a je n i la corrección
ly arm onía de la form a n i desarrollar un estudio
psicológico. Sólo busca que se ría e l lector. Y co n .
sig u e s>us propósitos. H ará cosa de tres años pu.
blicó una fan tasía titu la d a “La R epública en 1 91..." ,
y a llí a sistíam os á las tran sform acion es verifica
das por los p olíticos con e l cam b io de régim en. Una
h istoria d e m arionetas. A l am paro de la inquietud
que ha despertado la guerra, lanza V entalló otro
libro 'gem elo del m encionado arriba, que se titu la
E L SECRETO D E LORD K ITC H EN ER . Cada pá
g in a con stitu ye una tom adura de pelo á los per
so n a jes parlam entarios d e por acá y u n a sátira
á la flema británica.
Los in gleses acaban v íctim a s de su propio in
genio, y el fracaso se debe á la parsim onia de lord
K itohener. Lo que os dije, el asu n to d e un vau
deville de esos que arreglan P aso y Abatí.
La prim era tirada iconsta de 12.000 ejem plares,
que no tardarán en venderse. B ien m erecen ta l
éxito la donosura ly la ven a in agotab le del ad m i
rado autor.
De E L M ENTIDERO, el gran periódico satírico
español.
E L SECRETO DE LORD K ITC H EN ER , obra
despam panante de Cirici V entalló, que es capaz
de tom arle el pelo á una rana (n o a lu d im os á
ningún p o lític o ), ha m erecido el honor, verd ad e
ram ente brutal, de ser traducida al idiom a de
D on G uillerm o II.
E l hom bre se va á sacar una de m arcos com o
para pedir una icoletoción de estampáis de la calco
grafía nacional y, aparte de eso, nos va á hacer el
favor enorm e d e que en A lem ania conozcan á
D on A lvaro y dem ás faros giratorios de nu estra po
lítica, porque ed libro de C irici V entalló, al ser
vertid o al alem án, lleva un as acotaciones que se
le hincha á uno el estóm ago de reirse.
XX
De Cristóbal
MADRID.
de
Castro,
en
el
HERALDO
DE:
(Entre los libros fuera de EL SECRETO DE LORD
KITCHENER, donde el agudo desenfado del señor
Cirici Ventalló ha logrado tejer una fábula pinto,
resca y divertida, los humoristas españoles no es
tuvieron muy felices que digamos.
De EL DIARIO ESPAÑOL, de Río Janeiro.
Domingo Cirici Ventalló ha publicado una nue
va fantasía política titulada EL SECRETO DE'
LORD KITCHENER, escenas de la guerra vistas al
través de un criterio humorístico agudo y gra
cioso.
No vamos á descubrir á Cirici Ventalló. “ La Re.,
pública Española en 191...” 'fue un éxito no su
perado. Como Manue-l Sandoval, Luis Taboada,
Manuel del Palacio y tantos otros, cultiva la isátira de guante blanieo, entreteniéndose en amar
gar y sonriendo sin herir.
De LA DEFENSA, diario de Málaga.
De estos tiempos, pocos éxitos de librería pueden,
anotarse tan resonantes, tan halagüeños como el
alcanzado por la fantasía cómico-guerrera que ha
compuesto Domingo Cirici Ventalló con el título deEL SECRETO DE LORD KITCHENER.
La arrogancia enigmática <dél ministro inglés,
que hasta ahora no ha tenido otra consecuencia
que la pomposa solemnidad de la frase, ha servi
do á la musa lozana siempre de Cirici Ventalló
para urdir una sátira tan regocijada corno ace
da, de la que salen maltrechos personajes princi
pales de la tragedia que ahora se desarrolla y
personajillos de esa otra tragedia, no por más ca
llada, menos dolorosa, en que se va agotando la vida
nacional, bajo la garra de nuestra política interior,
vivero de bajas pasiones y de ambiciones mez
quinas.
De O MUNDO, de Lisboa, diario republicano.
Es un libro infame, en el que se ofende á Portu
gal y á los países que, defendiendo el progreso y
la libertad humana, luchan contra el bárbaro teu
tón. Si la neutralidad española fuese sincera, se
XXI —
habría rprohibido el difamador libelo de Cirici
Venta lió.
De E L DIARIO DE LA MARINA, de la Habana.
Cirici Ventalló es un gran satírico y uno de
los escritores más populares de España. Su últi
mo libro es una obra de fino humorismo, que ha
obtenido un justo éxito editorial.
De LA GACETA DE COLONIA, gran diario alemán.
Hay en España muchos germanófilos por con
vicción ó por entusiasmo, y francófilos por inge
nuidad, pero si se encuentra, por casualidad, tun
•español que quiere á Inglaterra, se puede suponer
sin equivocarse que cuestiones sucias de dinero
son el motivo.
Esta frase de la introducción del (libro EL SE
CRETO DE KITCHENER, “ Cosas alegres de la
guerra mundial” , con el cual uno de los periodis
tas más ilustres de España, Domingo Cirici Ven
talló, ha conseguido la simpatía de todas las per
sonas de buen humor, hasta los francófilos, es el
“ leitmotivo” de toda la novela.
La idea de la Patria española de ese hermoso
libro resalta de la última parte del libro en el que
los españoles fortifican á Sierra Carbonera en vis
ta de haberse refugiado el Rey de Inglaterra en
Gibraltar. Resulta que el dominio marítimo de In
glaterra se había acabado por la destrucción de
Londres por “ zeppeline®” (una de las descripcio
nes más emocionantes del libro) y con la entrega
de la escuadra británica. La escuadra la tuvieron
que entregar los ingleses, porque los alemanes, me
nos avaros que Kitchener, compraron al inventor
inglés EL SECRETO DE LORD KITCHENER. Este
secreto, que pone en tensión al lector y al Ministe
rio inglés, junto con Jorge IV, es la idea de incen
diar á distanicia, por medio de las ondas hertzianas.
Henry Kelson, ingeniero eléctrico, Board Street, 46,
Londres, ha realizado este invento. Hace saltar, en
un radio de 200 kilómetros, todos los explosivos,
también los de las propias tropas. Por esto Kitche
ner no quiere utilizar su secreto más que en el últi
mo momento, cuando el Kaiser esté con sus tropas
en Calais y la escuadra alemana en el Canal, á fin
de aniquilar, junto con Inglaterra, á Guillermo II y
—
XXII —
sus Ejércitos. Sin embargo, una sufragista que no
le perdona á Kitchener la muerte de su “highlan
der”, le da una puñalada con motivo de la destruc
ción de Londres por los “zeppelines”, y cuando,
después de muchas peripecias, se encuentra el so!
bre sellado con la dirección de Kelson, el pájaro ha
volado, y el Kaiser amenaza á Inglaterra con hacer
volar su escuadra, porque sus ingenierois han encon
trado una perfección para el invento que protege
le gente propia. AJI mismo tiempo, los alemanes es
tán en los Pi-ineos, y los portugueses han sido sa!
orificados intencionadamente en Angulema ¡y cerca
de las Pirámides. El presidente del Consejo de mi
nistros, Dato, ha echado de España á los seductores
políticos ingleses. El Don Quijote de esta novela
satírica de Ventalló no es el payaso sir Winston
Churchill, sino el pretencioso Kitchener.
Hemois disfrutado el libro y lo hemos leído de un
tirón; comprendimos que hasta diarios contrarios
lo elogian. Así dice LA CORRESPONDENCIA DE
ESPAÑA:
A pesar de nuestro punto de vista contrario,
apreciamos mucho este libro, porque el satírico po!
litico mas importante de España fascina á uno, en
contra de su voluntad.”
v,-nÍUICÍOS-Pr eCÍdos P0<Jríam°s indicar de otros dia
rios españoles, hasta de E L PAIS. La meior reco
DO0 que°dice-el el°g'° del diario de Lisboa, O MUN.
que^l n o h L tf P®,rverso é infame; una obra en la
rdado w ^ PUP0rtusués es ofendido y calum.
hubiera tenmana Jera verdaderamente neutral, se
escrito con fn w '® prohi.b ir «1 libro. El libro está
desear aue onm lnt®nso odl0 hacia Inglaterra. Es de
X
Ile m a n T ; Dtre m-UChos lectores en la traduc.
a y aun más en el original...”
El secreto de Lord Kitchener
“ No me preocupa el resultado de la
guerra. Alemania será vencida, y cuan,
do llegue la hora oportuna, Inglaterra
le asestará un golpe de muerte, que ha
de ser el asombro del mundo... Tengo
mi secreto.”
(Palabras de Lord Kitchener.)
I
Desastre tras desastre.— Quejumbroso mensaje
de Poincaré.— El pánico en Londres.— Desagra
dable percance que le ocurrió al Conde de Rcmanones.— Servicio obligatorio.— El Parlamen
to británico.— Un “ ultimátum” .
El pueblo inglés comenzó á inquietarse pro
fundamente á partir de la efectividad del blo
queo alemán y de los constantes naufragios de
buques de guerra y mercantes británicos en el
Canal de la Mancha. Las explicaciones del Almi
rantazgo no satisfacían á la opinión, que se daba
cuenta de que el enemigo era mucho más fuerte
—
24 —
y audaz de lo que suponían los informes oficia
les, exageradamente optimistas.
Las noticias de la guerra que se recibían de
Francia y Bélgica eran cada día más desagrada
bles, y los esfuerzos del Gobierno francés para
ocultar la derrota de Joffre no consiguieron en
gañar á la opinión inglesa; por otra parte, la
Prensa tampoco cuidaba mucho de levantar el
espíritu público. Los grandes periódicos de Lon
dres insertaban artículos llenos de pesimismos,
que motivaron medidas de censura por parte del
Gobierno. Por primera vez en el transcurso da
medio siglo, el venerable The Times sufrió una
suspensión, por haber dicho que la política de
lord Asquith podía dar al traste con el Imperio
¡británico. En este mismo artículo, después de
abogar claramente por la paz, se censuraba la
pasividad de la Marina inglesa, llegándose á p o
ner en duda el valor heroico de sus jefes y ofi
ciales.
Por otra parte, la recluta de voluntarios era
un (verdadero desastre. De Francia no cesaban
de pedir refuerzos, y á pesar de que se aumento
la paga de cada voluntario hasta dos libras ester
linas semanales, la mayor parte de los alistados
desertaban en los puertos de embarque. Ya In
glaterra no encontraba carne de cañón ni pagán
dola á los más altos precios.
Un mensaje radiográfico de Poincaré hubo de
invitar al Gobierno inglés á un supremo y de
sesperado esfuerzo.
—
25 —
El documento, que produjo muy honda impiesion, estaba concebido en los siguientes tér
minos :
Francia, fiada en la palabra de Inglaterra,
continúa dispuesta al sacrificio. Retrocederemos
hasta los Pirineos, haciendo de cada pueblo una
nueva Numaneia, defendiendo palmo á palmo
nuestro territorio y regándolo con las últimas
gotas de sangre generosa del pueblo francés,
pero exigimos de las naciones aliadas el cumpli
miento de sus solemnes compromisos.
¿ Es que consentirá Inglaterra que sufra nues
tro país análoga suerte á la de la pobre Bélgica ?
Pudimos haber firmado una paz con Alemania
que, aun cuando fuese onerosa, salvaba la inde
pendencia de nuestra nación. No lo hicimos por
ser fieles al Convenio que se pactó, pero Inglate
rra, tiene el deber de no dejarnos desamparados.
El pueblo francés justifica que Rusia, con su te
rritorio invadido, no pueda enviarnos auxilios,
pero espera que la Gran Bretaña, que hasta la fe
cha es de los pueblos aliados el que menos ha
sufrido los efectos de la terrible guerra, hará ho
nor á su palabra y á sus compromisos. ’ ’
El Gobierno inglés dió publicidad á esta nota,
esperando, seguramente, que se conmoviera el
país, mostrándose más propicio á realizar un es
fuerzo supremo. A l mismo tiempo, se deseaba
preparar el ánimo del Parlamento para que apro
base una ley de movilización de todos los ingleses
solteros mayores de veinte años y menores de
—
26 —
treinta. En Consejo de ministros, haibía conve
nido el Gabinete inglés en que esta medida era
la única que podía contrarrestar los efectos del
desastre sufrido por la recluta voluntaria.
Sin embargo, la Prensa de Londres, excepto
contados órganos ministeriales, no se dejó im
presionar mucho por el comunicado francés. A l
gunos diarios, analizando la situación con fría
sequedad británica, decían que Inglaterra era
preciso prescindiese de ridículos sentimentalis
mos, atendiendo, ante todo, al interés supremo
de su conveniencia y á la defensa de la integri
dad de su territorio. “ La causa de Francia— estos
periódicos añadían—es cosa perdida; cierto que
somos sus aliados, pero hemos de considerar tam
bién que Francia nos engañó respecto á sus me
dios de resistencia, y no es justo que paguemos
nosotros las consecuencias de que haya tenido
gobernantes atrabiliarios, generales ineptos y un
Ejército desmoralizado.”
El Gobierno inglés presentó al Parlamento su
proyecto creando el servicio obligatorio el mismo
día en que una comunicación del Almirantazgo
daba cuenta de que á la altura de Calais, en un
combate con algunos submarinos alemanes, había
perdido la escuadra británica dos acorazados y
un crucero. Cuatro días antes, la gran escuadra,
mandada por el Príncipe Enrique de Prusia, ha
bía batido en el mar del Norte á la escuadra anglo-francesa, en los Dardanelos acababan de su
frir las flotas aliadas un nuevo quebranto, y aun
—
27
—
cuando se desconocía la cifra exacta de las uni
dades perdidas, la opinión se daba perfecta cuen
ta de la magnitud del inmenso desastre.
El pánico á los aeroplanos y dirigibles alema
nes y la obsesión del espionaje Regaron á producir
entre los ingleses un estado de febril exaltación.
Nuestro compatriota, el Conde de Romanones,
estuvo á punto de ser víctima de esta quiebra de
la frialdad británica.
El Conde, que tenía una regular suma deposi
tada en una caja particular del Banco de Lon
dres, al ver que la causa de Inglaterra iba por
muy mal camino, realizó un viaje á la capital
inglesa pare recoger su dinero.
El Conde iba de incógnito para evitar que
dieran en España una torcida interpretación á
su viaje. Recogió su caudal, y esperando el vapor
en que había de regresar á España, tuvo que per
manecer aRí unos cuantos días.
Hombre sobrio y económico, y más cuando
viaja de incógnito por el extranjero, el Conde
se hospedó en un hotel de quinta clase, ocupan
do una de las habitaciones más altas y con vistas
al Támesis.
Una noche que padecía insomnio, cosa natu
ral, dado su temperamento y teniendo en cuenta
que Revaba un capitalazo en su poder y que la
seguridad pública de Londres dejaba mucho que
desear, el Conde no tuvo la precaución de cerrar
bien la ventana de su cuarto.
Alguien advirtió aqueRa luz en un sitio tan
—
28 —
alto, y como el Conde, por el porte, había infun
dido ya ciertas sospechas, la Policía procedió ú
un minucioso registro en su habitación.
El azoramiento del Conde, algunas contradic
ciones en que incurrió y una carta de un hijo
suyo, alumno del Colegio Alemán de Madrid,
escrita en germano, junto con crecida suma de
oro que llevaba encima, fueron indicios bastan
tes para que le tomasen por espía.
Codo con codo, y en medio de un gran aparato
de fuerza, lo condujeron á una comisaría, su
friendo por el camino los insultos y hasta los
golpes de la muchedumbre furiosa.
Claro está que pudo desvanecer el error, y á
las pocas horas, la Embajada de España y cua
tro poderosos banqueros judíos de la City conse
guían que fuese puesto en libertad, pero el peli
gro que había pasado y la emoción le costaron
estar enfermo unos días.
El Gobierno inglés dió al Conde todo género
de satisfacciones, y como el procer español recla
mase además una indemnización por el susto, la
enfermedad y los perjuicios que le suponía el
haber perdido un vapor, falló el Ministerio de
Justicia que debía compensársele con 20 libras
esterlinas, rasgo de generosidad al que D. Al\aro correspondió donando cinco duros para los
heridos de la guerra.
Sucesos análogos se registraban en Londres
diariamente; á tal punto había llegado la falta
de serenidad del pueblo inglés.
En tan desfavorables condiciones, se presentó
el proyecto de ley referente al servicio militar
obligatorio. Apenas el speaker hubo acabado su
lectura, estalló en la Cámara un verdadero es
cándalo. Los diputados laboristas golpeaban los
pupitres gritando:
— i Jamás! ¡Jamás! Basta ya de insensatez.
Y un discurso de lord Asquith haciendo un
llamamiento al patriotismo de la Cámara, fué in
terrumpido con denuestos y silbidos.
Sólo se calmó el alboroto al subir á la tribuna
el ex ministro Burns, que pronunció frases de
fogosa oposición contra la política imperialista
que había llevado á Inglaterra á un trance inmi
nente de ruina. “ ¿No estáis cansados de guerra?
¿No os basta los enormes daños sufridos? ¿No
os amedrenta ver este pavoroso ejército de mi
llares de obreros sin trabajo y de miles de ma
dres que han perdido á sus hijos? ¿No habéis
sangrado bastante á estas sufridas colonias in
glesas, que vienen al Continente para ser testi
go de nuestra inferioridad y de nuestra derrota ?
¿Esperáis que una lluvia de metralla enemiga
destruya nuestro Londres y os haga recobrar el
juicio ?: ’
Mientras hablaba Burns, un rumor que circuló
por la Cámara, conmovió á todos los representan
tes, que se agitaron en sus asientos, como si sufrie
sen los efectos de una descarga eléctrica. Se dijo
que un aeroplano alemán había volado sobre los
muelles del Támesis, arrojando, además de va-
—
30
—
rias bombas que causaron graves destrozos, un
ultimátum dirigido al lord corregidor de la
City.
Los diputados se acercaron al banco de los mi
nistros, comprobando la exactitud de la noticia,
y Burns, sin moverse de la tribuna, interpeló con
energía:
“En nombre del Parlamento y de Inglaterra,
exijo que no se nos oculte la verdad, por des
agradable que sea. Lo menos que puede hacer el
Gobierno en circunstancias tan críticas, es no
mantenemos engañados.”
Un prolongado murmullo de la Cámara de
mostró que todo el Parlamento hacía suyas las
palabras de Burns, y, en medio de la mayor ex
pectación, lord Kitehener subió á la tribuna.
"Es cierto, milores y señores, que nuestros ene
migos, buscando un efecto teatral, han realiza
do hace poco un acto de audacia. Un aeroplano
alemán lia volado sobre Londres, aprovechando
la densa neblina que hoy cubre la ciudad. Arro
jó cinco bombas que mataron á varias personas.
Hay también heridos, y no puedo dar en este
momento detalles exactos de los daños causados,
porque todavía no me han remitido las autorida
des una referencia bien completa. El audaz avia
dor, siguiendo el ejemplo que ya ensayaron los
alemanes en París, ha dejado caer, envuelto en
una bandera germana, un mensaje escrito en inf leS’ qUe VOy á leer Para que juzgue la Cámara
hasta que punto llega la jactancia de esos insen-
31 —
satos, á quienes la Gran Bretaña dará muy pron
to su merecido.”
Kitchener leyó á continuación:
“ A l lord corregidor de la ciudad de Londres,
por orden del Gran Estado Mayor alemán, ad
vierto que, si Inglaterra persiste en oponerse á
toda negociación de paz, nos veremos precisados
á tomar una terrible represalia. Londres será des
truido. TJn deber de humanidad nos obliga á
invitar á las personas pacíficas de la población
civil, y especialmente á las mujeres, ancianos y
niños, á que abandonen la City en el término de
veinticuatro horas.— Firmado, von Blook, capi
tán aviador.”
La lectura del mensaje produjo enorme sen
sación, y comprendiéndolo Kitchener, después de
una pausa, dijo, dando á sus palabras un tono
de gran solemnidad:
“ El Gobierno pide á la Cámara y al pueblo
inglés que no se dejen impresionar por estas ri
diculas amenazas. Os ruego que no perdáis la fe,
y vuelvo á repetir lo que dije al iniciarse la gue
rra: Y o tengo mi secreto, que todavía no puedo
hacer público. Cuando llegue la hora oportuna,
Inglatera castigará las audacias germanas, ases
tando al enemigo un golpe de muerte que ha de
ser el asombro del mundo. No perdáis la fe, yo
tengo mi secreto.”
Se produjo un indescriptible alboroto. De dis
tintos sitios de la Cámara gritaban:
—
32
—¡Basta ya de ridiculas farsas! ¡No creemos
en brujerías! ¡Abajo el Gobierno! ¡Viva una paz
decorosa!
Fué preciso suspender la sesión en medio do
un gran escándalo, y cuando los ujieres desalo
jaban casi á viva fuerza la sala, lord Kitchener,,
desde la tribuna, seguía repitiendo, impávido;
—¡Yo tengo mi secreto!
II
La guerra en Francia— De Burdeos á Marsella.—
El desastre ruso— Motines y revueltas.— Gestio
nes de paz á espaldas de Inglaterra.— Un mal
negocio de Ita lia — Inglaterra buscando apoyos.
Weyler es aclamado en Londres.— El fracaso de
Miss Pankurst.
El pesimismo del pueblo inglés era verdadera
mente fundado. A l desastre de Joffre había se
guido la rendición de París, y los alemanes, due
ños de las tres cuartas partes del territorio fran
cés, amenazaban vencer la resistencia del E jér
cito del Loire, formado, en su mayoría, por in
dios, senegaleses y reservistas, faltos de instruc
ción militar, para dirigir sus ataques á Bur
deos.
Ya en esta población se preparaba el trasla
do del Gobierno á Marsella, no faltando quien
asegurase que, por temor á las revueltas que ha
bían surgido en algunos pueblos del Midi, era
probable que Poinearé y su Gobierno se decidie
ran á embarcar en un acorazado para trasladar
se á Inglaterra, con objeto de hacer más eficaz su
3
-
34
-
presión cerca del Gabinete británico en demanda
de socorros.
Las noticias de Rusia no erantampoco favora
bles. Al gran desastre militar de los Cárpatos si
guió un paréntesis en las operaciones, impuesto
por la necesidad de rehacer el Ejército ruso. En
varios puntos del Imperio moscovita habían es
tallado motines contra el Zar. Otro motivo de in
quietud y desconfianza era el rumor de que Ru
sia gestionaba secretamente una paz con Austria
y Alemania, desentendiéndose de sus compromi
sos con Inglaterra.
Después de la victoria de los Cárpatos, Ale
mania concentró el grueso de su Ejército en Bél
gica y Francia. Dueña de todo el territorio belga,
había tomado el Ejército alemán fuertes posicio
nes en la costa. Calais, Amberes y El Havre eran
sus bases de operaciones contra la Gran Bretaña.
En Amberes y en Calais se habían emplazado
monstruosos cañones de 60, última perfección de
la casa Krupp, que lanzaban á distancias de 30 y
35 kilómetros proyectiles de dos metros cargados
con balas explosivas.
Más de un buque de guerra británico había
servido de blanco certero á esas prodigiosas má
quinas de guerra.
La intervención de Italia en favor de los alia
dos había sido desdichadísima. Un Ejército aus
tríaco, al mando del Archiduque Leopoldo, pene
tró en territorio italiano.
Estos reveses hicieron reaccionar á la opinión
—
35
—
de Italia, que comenzó á enfriarse mucho en sus
entusiasmos por la guerra; por otra parte, la de
claración de los Emperadores de Alemania v
Austria diciendo que restablecerían el poder tem
poral del Papa y la independencia de Ñapóles y
las Dos Sicilias, impresionaron hondamente á una
parte del pueblo italiano. Para levantar el espí
ritu público, Víctor Manuel se puso al frente del
Ejército que operaba en la frontera, pero el Rey
Víctor Manuel nunca fué un estratega, y su pre
sencia en el teatro de la guerra no resultó, ni
mucho menos, de una eficacia decisiva...
Contribuyó á esterilizar el esfuerzo de Italia
-en favor de los aliados, la revolución de Milán,
donde socialistas y anarquistas hiciéronse dueños
de la ciudad, entregándose á horribles excesos.
Para sofocar este movimiento, el Gobierno tu
vo que distraer fuertes contingentes.
Un detalle demuestra lo crítica que había lle
gado á ser la situación de los aliados.
Inglaterra y Francia, especialmente la prime
ra, extremaban los resortes diplomáticos para
■conseguir que España rompiese su neutralidad.
La Prensa de Burdeos hablaba del refuerzo
de España como de un concurso salvador, y
L ’Humamté, que tan furiosas campañas liispanófobas realizó en otro tiempo con motivo de la
■cuestión Ferrer, había publicado un artículo, fir
mado por el ministro socialista Sembat, en el que
se decía:
“Pronto correréis como gallinas, ¡ oh, cobardes
—
36 —
„ermanos!, «ando pia® v a tro s talonea los liraVOS soldados de la España, los descendientes d .
aquella raza invencible y generosa que, con cau
dillos
como Cortés,
Colón, Gonzalo de Cordova
1I1US
— ?
-,
m _ i? '
p1 oran Duque de
Alba,
fue temor ir flsrnnhr.'V
del mundo.”
La evocación de nuestros grandes caudillos y
del Duque de Alba, hecha por un socialista fran
cés, no dejaba de ser un dato curioso que revela
el cambio brusco que las tribulaciones habían
operado en el espíritu de la Francia revolucio
naria.
Inglaterra no nos mimaba menos. Un episo
dio que ocurrió por aquellos días, lo demuestra.
En la costa de Inglaterra apresaron un barcode vela de la matrícula de Palamós, que conducía
un cargamento de cebolla y frutas, que se sospe
chó iba destinado á la escuadra germana.
Los ingleses capturaron buque y cargamento,
y el Tribunal marítimo declaró buena la presa.
Pero resultó que uno de los socios de la casa
consignataria del barco era el general D. Vale
riano Weyler, que, provisto de algunas recomen
daciones, se trasladó inmediatamente á Londres,
para intentar una reclamación que salvase los
miles de duros que tenía comprometidos en el
negocio.
A pesar de que los fallos del Tribunal de pre
sas son irrevocables, y qne Inglaterra siempre se
mostró adusta con los nacionales de los países
débiles, Weyler fué objeto en Londres de gran-
—
-
37 -
-des agasajos y le devolvieron el barco y el im
porte del cargamento, junto con una regular in
demnización.
El propio Rey de Inglaterra obsequió á Weyler con un banquete en Palacio, le hicieron revis
tar unos regimientos de voluntarios que marcha
ban á Francia y fué aclamado por las calles.
Una nota lanzada por los periódicos diciendo
•que Weyler era uno de los generales más biza
rros y prestigiosos de España, y que, de interve
nir nuestro país en la guerra, seguramente sería
designado generalísimo, bastó para que durante
cuatro días D. Valeriano fuese el ídolo de Lon
dres, llegando el Municipio de la City á pagarle
la cuenta del hotel.
Hemos citado este detalle, porque demuestra
cuál era el ánimo del pueblo y del Gobierno in
glés en aquellos momentos históricos.
Sin embargo, más cauto y patriota que Lerroux, Weyler, que durante su estancia en In
glaterra se supo mostrar fácil á los halagos, dan
do á entender que sus sentimientos eran exalta
damente anglofilos, apenas llegó á Madrid y los
periódicos le interrogaron, varió de disco, dicien
do que, si bien estaba unido á la Gran Bretaña
por vínculos de afecto y gratitud, también sim
patizaba mucho con los alemanes, y que, por en
cima de todos estos afectos particulares, hallá
banse sus amores patrióticos, que le convertían
en partidario de la neutralidad á todo trance,
•considerando un crimen de lesa Patria cualquier
-
38
—
tentativa que se realizase para romperla ó que
brantarla.
El desencanto de los ingleses cuando el telé
grafo les comunicó estas declaraciones de nuestro
veterano general, fué grande, y no faltaron pe
riódicos de Londres que censurasen la debilidad
con que había procedido el Gobierno inglés en
el asunto de la presa del buque; pero ya no ha
bía manera de deshacer lo consumado.
Se pensaron nuevos y más eficaces intentos, y
coincidiendo con una rabiosa campaña de la
Prensa liberal de Madrid en favor de los aliados,
se anunció el viaje á España de la generala de
las sufragistas inglesas, la celebérrima miss Pan
kurst, que acababa de realizar una excursión por
Holanda y Dinamarca, dando mitins y pronun
ciando fogosas arengas en pro de una liga anti
germana.
Precedió á miss Pankurst un manifiesto pro
fusamente repartido por toda España, haciendo
un llamamiento á la intelectualidad y al femi
nismo, en nombre de la cultura europea.
El pueblo español acogió con mucha indife
rencia esta propaganda, y nadie tomaba en serio
el viaje de la inquieta miss, á pesar de que el
ministro de Estado pretendía tributar á la Pan
kurst honores oficiales, á lo que se opusieron en
Consejo de ministros con gran energía y muy
buen acuerdo los Sres. Echagüe y Conde de Es
teban Collantes.
La recepción de la generala del sufragismo bri -
—
39 —
tánico fué una nota pintoresca. La esperaban
una Comisión del Ateneo, presidida por V iole
ta, varios concejales republicanos, la Redacción
de El Radical, algunas profesoras de la Escuela
del Hogar, y, entre otras personalidades, los se
ñores Altamira, Gómez de la Serna y Vicente
Gay. Había también unos centenares de curiosos,
que no contestaron al ¡viva Inglaterra! que dió
Altamira cuando la sufragista se apeó del tren.
Con estos antecedentes, no extrañará el lector
que la manifestación que se había proyectado
resultase un tremendo fracaso.
En un landeaux adornado con banderas de Es
paña, Inglaterra y Francia, entrelazadas, toma
ron asiento, además de la Pankurst, que vestía un
ridículo traje de campaña y llevaba el pecho cru
zado por una banda con los colores del pabellón
de su país, la escritora Colombine, como repre
sentante del Profesorado femenino español, y el
publicista D. Vicente Gay, que ostentaba la re
presentación de las Ligas feministas sudameri
canas.
Seguían el coche un centenar de chicuelos, en
su mayoría vendedores de los periódicos del
trust, que daban desaforados gritos de ¡viva In
glaterra y Francia!
A l llegar á la calle de Alcalá, los policías de
tuvieron á dos sujetos que habían sacado un enor
me cartelón en el que se leía:
¡ VIVA LA CULTURA !
LIEJA. LOVAINA. REIMS
—
40 -
Conducidos á la Comisaría, resultó que eran
albañiles sin trabajo y socios de la Casa del Pue
blo, de Madrid. Por cierto que se daba la notable
circunstancia de que ninguno de los dos indivi
duos supiese leer ni escribir, lo que no fué obs
táculo para que España Nueva protestara con
gran viveza “del atropello de que habían sido víc
timas aquellos pacíficos ciudadanos, que realiza
ban una manifestación cultural en nombre del
pueblo que llora como desdichas propias los es
tragos causados por los alemanes en aquellas jo
yas, orgullo de la Humanidad, que se llamaron
Lovaina y Reims.”
III
La protesta neutralista.— El mitin de Price.— Miss
Pankurst y D. Alfredo Vicenti.— Los oradores.
Intermedio grotesco á cargo de D. Emiliano.—
El discurso del ciudadano Pablo.— Lerroux y la
calderilla.— El ridículo de la Pankurst y la in
tervención caballeresca de Vicenti.— La espada
de Joffre.
E l pueblo madrileño, como decimos en el ca
pítulo anterior, no había tomado en serio el via
je de la grotesca propagandista ni el pasacalle
que acabamos de narrar; pero cuando por las
proporciones que los periódicos daban al asun
to, empezó á darse cuenta que todo aquello envol
vía una burda manióbra encaminada á crear un
estado de opinión contrario á la neutralidad de
España, se dispuso á la protesta.
Miss Pankurst, después de ser obsequiada en
el Ayuntamiento de Madrid con una recepción
y un lunch, anunció que daría una conferencia
en el circo de Price para demostrar los infinitos
beneficios y ventajas que había de reportar á Es
paña una perfecta inteligencia con Inglaterra.
_
42 —
A este anuncio respondió la Prensa sensata
indicando el peligro que envolvía la campana.
Se habló de organizar una protesta, y todo hacia
presumir que el importuno mitin seria suspen
dido; pero mediaron, según rumor público, cier
tas indicaciones de la Embajada británica, el
Gobierno fué débil y el acto del circo de Pnce
se consintió.
Los radicales, el trust y los romanonistas tra
bajaron lo indecible para dar al mitin una gran
resonancia. El Conde de Romanones, que había
prometido concurrir, lo pensó mejor á última
hora y se hizo representar por el ex ministro Pé
rez Caballero; asistieron Lerroux y la plana ma
yor del partido radical; Pablo Iglesias y Rodri
go Soriano; Pedregal, en representación del par
tido reformista, y Rodés, como delegado de los
nacionalistas catalanes.
El teatro-circo estaba adornado con banderas
de los países aliados contra Alemania y cartones
en forma de escudos, en los que se leían los
nombres de Lieja, Lovaina, Reims, Bruselas,
Marne y Verdun.
Para entrar en el local era preciso una contra
seña, que sólo podían dar en los centros de orga
nismos adictos y en las Redacciones de los pe
riódicos ; á pesar de estas precauciones se vendie
ron más de 1.000 papeletas, concurriendo cuantas
personas quisieron gastarse unos cuantos cénti
mos en comprarlas.
Así penetraron en el local numerosos jóvenes
—
43 —
jaimistas y mauristas y otros elementos muy sig
nificados por sus simpatías germanófilas.
En uno de los palcos de platea se destacaba,
rodeada de varios correligionarios, la figura mos
queteril del Sr. Santos Ecay.
Cuando hizo su aparición miss Pankurst, vis
tiendo una estrafalaria toilette, del brazo de don
Alfredo Yicenti, los anglofilos dieron tres formi
dables hurras, que fueron coreados por una car
cajada general.
A partir de aquel momento, el mitin resultó
de lo más regocijado y pintoresco que se ha visto
jamás.
Pérez Caballero, que ocupaba la presidencia,
en unión de la generala sufragista y de Lerroux,
intentó contrarrestar el temporal, pronunciando
un discurso de tonos suaves y almibarados, ape
lando á la hidalguía legendaria y al espíritu
transigente del pueblo español, que siempre fué
respetuoso con todas las ideas.
—Se ha dicho—añadió—que este era un mitin
en favor de la intervención de España en la gue
rra europea, y conviene desvanecer este error.
El acto que celebramos es una manifestación
de solidaridad latina en honor de una represen
tación dignísima del noble pueblo inglés, que con
tanto entusiasmo defiende los intereses de nues
tra raza y lucha para impedir que sean aniquila
dos en los campos de batalla.
(Se inició un aplauso en las galerías, y parte
del público prorrumpió en siseos. En butacas y
—
44 —
palcos se oyeron palabras gruesas contra la Gran
Bretaña. Lerroux, desde el escenario, entabló un
diálogo algo vivo con Santos Ecay.)
__¡Esto es una farsa indigna! ¡Una mojigan
ga carnavalesca! Sois comparsas pagados gri
taba el público.
Restablecido, al fin, el silencio, Pérez Caballe
ro quiso reanudar su discurso.
—Señores, yo pido que se nos oiga. Son estos
unos instantes de una trascendencia decisiva para
el porvenir de nuestro país. Los pueblos aliados
están pendientes del acto que celebramos.
(Voces.— ¡O h! ¡O h! ¡Qué miedo!)
-—(Señores, yo confío en que haréis justicia á
nuestro patriotismo.
Un nuevo escándalo interrumpió á Pérez Ca
ballero.
En las butacas le acababan de pegar á un lerrouxista que había vitoreado á la guerra. Pérez
Caballero, con visibles muestras de contrariedad,
pasó á sentarse.
Tenía que seguir en el uso de la palabra Pe
dregal, pero renunció al turno. Rodrigo Soriano
dijo que le acababan de llamar por teléfono, y
abandonó el escenario. Rodés, pretextando que
se hallaba completamente afónico y no podía do
minar el tumulto por falta de voz, también se
negó á hablar.
Entonces, á una indicación de la presidencia,
se adelantó hasta las candilejas Emiliano Iglesias.
El público le saludó con una ovación burles-
—
45 —
ca, que Emiliano tomó en serio, comenzando su
discurso emocionadísimo.
— Gracias, pueblo de Madrid; yo agradezco
infinito estos aplausos con que pagas el esfuerzo
y las amarguras de este humilde luchador.
—¡¡Viva el Rey del valor! ¡Viva el héroe de
Barcelona!— gritaron varios concurrentes.
Don Emiliano, dándose cuenta de que le to
maban el pelo, se puso furioso.
—-Advierto— dijo—que aquí hay algunos ele
mentos reaccionarios que vinieron con el propó
sito deliberado de perturbar el mitin. No me
asustan.
— ¡Viva el Cid Campeador!— gritó un chasco.
— No soy un Cid ni un Campeador— replico
D. Emiliano, descompuesto— pero estoy dispues
to á demostrar, y lo haré muy pronto, que no ma
duele el sacrificio de mi última gota de sangre a!
servicio de la gran causa del progreso y de la ci
vilización.
—!¡ Que traigan serrín para secar este charco
de sangre!— otro espectador gritó.
El orador, lívido, alzaba los puños con gesto
de amenaza.
—Guardias, que aten á esta fiera— decía el pú
blico.
Emiliano se retiró, después de pronunciar una
frase solemne que tuvo un éxito de risa.
— ¡Pronto sabrá España y Europa quién es
Emiliano Iglesias!
Cuando fué á sentarse, tembloroso y excitado.
—
46 —
los de la mesa presidencial oyeron que decía á
Lerroux:
—Don Alejandro, no hay más remedio que pa
sar el Rubicón.
—En él estamos, y con agua hasta el cuello,
querido Emiliano—le contestó Lerroux.
Pablo Iglesias, que no las tenía todas consigo,
siguió á Emiliano en el uso de la palabra.
—Ciudadanos, yo pido que respetéis mis ca
nas... Ciudadanos, yo suplico que perdonéis mis
incorrecciones de lenguaje, yo no soy un hombre
culto. (Rumores de asentimiento general.) Yo soy
un humilde trabajador. (Sonrisas y frases mali
ciosas de la concurrencia.) Como trabajador os
digo que Alemania representa la causa de la
reacción y del oscurantismo imperialista, y las
naciones que luchan contra el poder germano re
presentan la libertad y la emancipación del tra
bajador.
—¿Y Rusia?—preguntó uno.
Don Pablo se quedó un momento sin saber
qué contestar.
—Esta interrupción—dijo, por fin—es imper
tinente.
Xo hablábamos de Rusia, sino de Francia,
y yo ruego á todos que eleven un poco la dis
cusión, que no descendamos al terreno bajo de
las pasiones...
Los trabajadores no queremos la guerra, pero
queremos que Alemania sea destruida. Por esto
nos hemos adherido á este acto los trabajadores.
—
47 —
y en su representación, este trabajador que os
dirige la palabra, dice que España debe ayudar
á Francia y á Inglaterra en esta obra del aniqui
lamiento del imperialismo. He dicho.
Unos cuantos aplausos, ahogados por los si
seos de la mayoría, coronaron la incongruente
peroración del ciudadano Pablo.
A l levantarse Lerroux, el público volvió á des
componerse.
El orador hizo filigranas de habilidad, pero
resultaron inútiles; unos párrafos de patriotis
mo exaltado fueron oídos con fría indiferencia,
y cuando se declaró partidario decidido de la
intervención española en la guerra, estalló un
espantoso alboroto, que Lerroux pretendió domi
nar á fuerza de audacia, no consiguiendo sino
que la violencia de la protesta se acentuara.
—No me importa el sacrificio de la populari
dad; mantengo mis opiniones y las mantendría
aunque me quedase solo. Dije al venir de Fran
cia que faltaremos á nuestros deberes de solida
ridad latina si no enviamos un Ejército para
que ayude á esos heroicos franceses que defien
den palmo á palmo la integridad de su territorio
natrio. La gran nación inglesa, representada
aquí muy dignamente por la honorable miss
Pankurst, no merece tampoco que le regateemos
nuestra sangre. Tiene derecho á exigírnoslo, y la
caballerosidad española reclama que, sin necesi
dad de que lo haya de pedir, nos apresuremos
nosotros á ofrecérselo.
—
48 —
Un escándalo indescriptible acogió estas pa
labras de Lerroux.
_Traidor, afrancesado, mal patriota—la gen
te exclamaiba.
Y sobre las contadas personas que intentaron
iniciar una eontraprotesta, cayeron los bastona
zos y las bofetadas.
El orador, con los brazos cruzados, haciendo
alarde de su estoicismo, presenciaba el tumulto,
esperando que se calmasen los ánimos para re
anudar el discurso.
Alguien creyó que aquella actitud retadora
merecía un castigo, y desde los palcos altos arro
jaron á los pies de Lerroux varias monedas de
calderilla.
El público secundó el movimiento, y pronto
las monedas llovieron sobre el escenario. En la
platea se produjo una batalla campal, hacién
dose necesaria la intervención de la Policía, que
se llevó á muchos detenidos, mientras las farma
cias y Casas de Socorro próximas al circo de
Price se poblaban de contusos y descalabrados.
La presidencia opinó cuerdamente que debía de
clararse disuelto el acto, pero mis Pankurst,
que llevaba un largo discurso escrito en francés
insistía en no marcharse sin leerlo.
Lo intentó, provocando, con su figura y sus
gestos, una explosión de hilaridad que apaciguó
un poco los ánimos. Muchos dejaron de pegarse
para reir como descoyuntados.
Miss Pankurst comenzó su lectura con voz ás-
—
49 —
pera y chillona, y pronto la gente se cansó de la
pesada y monótona cantinela.
— ¡ Que se calle y que se vaya!— gritaban to
dos.
La Pankurst hubo de callar, encolerizada, y
D. Alfredo Vicenti se levantó apostrofando al pú
blico.
— ¡Parece increíble que no detengáis 'vuestras
pasiones ante los respetos que á todo buen na
cido debe inspirar una dama!—decía Vicenti.
— ¿Pero esto es una dama ó una cacatúa?—
preguntaban desde abajo.
Miss Pankurst, muy á su pesar, tuvo que de
sistir de leer el discurso y se reanudó la batalla en
la platea, mientras muchos chicuelos radicales su
bían al escenario para aplaudir á los prohombres
de la presidencia y vitorear á Inglaterra y Fran
cia, recogiendo de paso la calderilla que habían
arrojado desde los palcos cuando hablaba Leiroux.
El tumulto se prolongó largo rato y al des
alojar la Policía el local continuaron los choques
en la calle.
Junto á la puerta del teatro se había colocado
una mesa petitoria en la que se recogían donati
vos con destino á la suscripción abierta para
comprar una espada de honor al general Joffre.
A cargo de esta mesa se hallaban los dipu
tados Uña y Barriohero.
En la desordenada salida del público fueron
arrollados, volcándose mesa y bandeja y desapa4
—
50 —
reciendo las pocas pesetas que se habían recau
dado.
Miss Pankurst, no renunciando á la lectura
del luminoso trabajo que había traído escrito
desde Inglaterra, aquella noche lo leyó en el
Ateneo á un grupo de quince personas escogidas.
El acto se celebró á puerta completamente ce
rrada, y El Liberal dijo al día siguiente que la
Memoria de miss Pankurst era un documento
notabilísimo, de gran valor educativo.
IV
Progresos alemanes en Francia.— Peste y otros
males.— Lo que importaron los indios.— “ Neurorum camelli”.— Entre indios y franceses.— Gra
ve suceso de Tours.— Millevoye, maltratado por
un negro.— Tirantez entre Inglaterra y Francia.
Evacuación de Burdeos.— Poincaré, apestado.
La situación en Francia se liacía irresistible.
Todo el empeño del Gobierno de Burdeos en
ocultar los reveses estrellábase ante la elocuen
cia de un hecho que no había manera humana
de disimular: el Ejército alemán avanzaba, ga
nando cada día pedazos de territorio francés.
Los alemanes eran dueños de la costa y ame
nazaban ya caer sobre Burdeos, y Francia tenía
que recibir los refuerzos, cada vez más exiguos,
que le enviaba Inglaterra por el puerto de Mar
sella.
A la desmoralización causada por las derrotas
hubo que añadir el estrago producido por las
enfermedades. La mezcla de razas, los hacina
mientos de heridos y la falta de higiene de los
—
52 —
contingentes árabes, indios, senegaleses, lusita
nos y zulús que Inglaterra trajo al teatro de la
guerra motivaron el desarrollo de muchas epide
mias, que causaban estragos enormes entre los
soldados ingleses y franceses, extendiéndose Ioscontagios á la población civil aglomerada en las
ciudades que los invasores aún no habían ocu
pado.
La peste bubónica, importada por los indios,
causó tanta mortandad como las balas alemanas^
Otra extraña dolencia que se desarrolló, espe
cialmente entre las filas inglesas, fué motivo dehonda preocupación entre las celebridades mé
dicas europeas.
Se advertía que casi todos los camellos que
trajeron las tropas indias caían enfermos de un
mal que les inutilizaba en pocas horas, entre vó
mitos y convulsiones. Presentando igual procesa
sintomático morían las personas contagiadas.
Por esta circunstancia hubo millares de defun
ciones entre el personal de los Ejércitos que tu
vieron algún contacto con aquellas tropas.
Nuestro compatriota el doctor Maestre dijo
en una conferencia científica, que durante sus
viajes por el Africa ya tuvo ocasión de estudiar
esta enfermedad, clasificándola como extenuatij
neurorum camelli, ó sea la neurastenia febril
del camello, que puede contagiarse fácílmenteá determinados seres humanos, motivando una
descomposición pútrida fulminante.
Análogo dictamen al de nuestro doctor dieron
—
53 —
los bacteriólogos franceses que habían estudiado
el microbio.
Esta peste, la bubónica y otros males de pro
cedencia india, fueron causa de que los france
ses acabasen por maldecir el triste servicio que
les prestaba la Gran Bretaña con sus fuerzas co
loniales, que, por otra parte, venían á ser una
impedimenta y un semillero de disgustos.
Los indios, que se batían muy mal, efecto de
que no se les adaptaba el clima de Europa, con
sideraban á Francia como país conquistado, y
raro era el día que no surgían choques sangrien
tos, pues los rajás pretendían que los oficiales
del Ejército francés les rindiesen honores prin
cipescos, y los franceses protestaban, con mucha
razón, diciendo que Francia no realizó sus re
voluciones derribando Emperadores y Reyes
para que, al cabo de los años, tuviese que hacer
se cortesana de Príncipes indios que traían ca
mellos apestosos y soldados con bubónica.
En Tours ocurrió con este motivo un inciden
te muy desagradable. Había llegado el ministro
de la Guerra francés, Millevoye, para revistar los
contingentes cosmopolitas allí concentrados, en
tre ellos una división india mandada por el
maharajá de Kapurtala.
Millevoye pasó delante del Príncipe indio sin
rendir las cinco reverencias con las manos levan
tadas que impone la etiqueta del Asia, y un negrazo de la escolta del maharajá, no sospechan
do que aquel señor de fisonomía vulgar, abulta-do
—
54 —
vientre y traje de camarero fuese un miembro
del Gobierno de Francia, le castigó, golpeándole
la cabeza con una porra de plata, procedimiento
que se usa en la India con las personas que co
meten alguna irreverencia.
El Estado Mayor del ministro, al ver que MiUevoye se llevaba las manos á la cabeza y echaba
sangre por las orejas, quiso prender al negro;
pero el Príncipe indio se opuso, entablándose
una lucha, de la que resultaron varios heridos,
llevando los franceses la peor parte.
Eo de Tours enconó los ánimos, acordando el
Gobierno francés, en Consejo de ministros, pedir
a Inglaterra la retirada de los contingentes in
dios, de nula eficacia para la guerra y que re
presentan, en cambio, un germen de indiscipli
na y un horrible peligro para la salud pública” ,
según declaraba la nota oficial de Francia.
Inglaterra contestó, negándose en absoluto i
la pretensión de los franceses, y lo hacía en tér
minos bastante ásperos.
Esos contingentes, de cuyo celo y lealtad está
el Gobierno inglés muy satisfecho, hacen falta
en Europa y los consideramos imprescindibles.”
Como verá el lector por el extracto de estas
notas, las relaciones entre Inglaterra y Francia
comenzaban á ser tirantes.
1 Gobierno francés hallábase muy preocupa
do por este asunto, cuando recibió un aviso ur
gente del cuartel general interesando la evacua
ción inmediata de Burdeos, ya que no había me-
—
55 —
dio de contener más tiempo el avance alemán.
Los restos del Ejército aliado se habían de
concentrar en el Loire, intentando una última
y desesperada resistencia, y la capital de la Re
pública quedaría establecida provisionalmente en
Marsella, al amparo de las escuadras anglo-francesas del Mediterráneo, que tenían sq base de
operaciones en Tolón.
Para colmo de males, Poincaré estaba enfermo,
temiendo los médicos que se hubiese contagiado
del mortífero microbio introducido en Francia
por los camellos indianos.
La partida de Burdeos fué un episodio tristí
simo, que el corresponsal de El Liberal refirió
en una conmovedora crónica de Gómez Carrillo.
“ Salía el tren presidencial á las doce de la no
che. Los andenes de la estación estaban llenos de
personalidades oficiales que permanecían en si
lencio.
A las once y media se produjo un rumor, se
guido de un movimiento de expectación. E l ele
mento oficial formaba dos compactas filas; un p i
quete de tropa, con la bandera enfundada, se
colocó á lo largo del tren, preparándose á rendir
armas.
Por una de las puertas del restaurant de la
estación aparecieron cuatro criados que llevaban
con gran cuidado una camilla en la que iba el
Presidente de la República envuelto entre man
tas de lana.
Detrás de la camilla, vistiendo severa y ele-
—
56 —
gante toilette de viaje, caminaba una bella dama.
Era inadame Raymond Poincaré.
Cuando, con las mayores precauciones, saca
ron al Presidente de la litera para meterlo dentro
del vagón, el Sr. Poincaré quiso incorporarse y
saludar.
Por entre las mantas se vió que vestía de frac
y que cruzaba su pecho la ¡banda presidencial.
Su rostro estaba desfigurado por la inflamación
y por enormes manchas violáceas que le cubrían
la cara.
El respeto que todos profesan al primer ma
gistrado de la nación francesa, no ha impedido
que se observara en la multitud un instintivo
movimiento de horror.
Partió el tren, sin que se oyesen vivas ni mú
sicas. Sentimos una gran opresión en el alma.”
y
Quebrantos comerciales de Inglaterra.— Un Conse
jo de ministros del Gobierno inglés.— Todos quie
ren la paz menos Kitchener.— Observaciones del
Rey Jorge.— La neutralidad española.— Sospe
chas de Mr. Asquith.— Los devaneos de lord
Kitchener y los descubrimientos del gran poli
cía Shwart.— ¡Era la Chelito!
E l Gobierno inglés vió con la natural alarma
que había perdido en absoluto su tan decantado
predominio del mar.
Los cruceros y submarinos alemanes, burlan
do la vigilancia inglesa, sembraron el terror en
el Canal de la Mancha, siendo raro el día en que
no hiciesen algún ataque temerario que causase
pérdidas á la Marina británica.
Menudeaban las expediciones aéreas de los
germanos, que tenían aterrorizados á los pueblos
ingleses de la costa. El comercio, aquel podero
so comercio cuya hegemonía mundial pretendía
recabar Inglaterra en los comienzos de la confla
gración, se hacía cada vez más difícil y redu
cido.
Las Compañías de seguros marítimos, á pesar
de las subvenciones oficiales, no querían asegurar
á ningún precio los buques mercantes ingleses. El
—
58 —
escaso comercio británico lo sostenían buques
amparados por el pabellón neutral.
En estas circunstancias, el Gabinete inglés,
bajo la presidencia del Rey Jorge, celebró un
Consejo memorable. Había ya en el seno del mis
mo Gobierno tendencias en favor de una nego
ciación de paz compatible con el orgullo británi
co. Patrocinaba esta tendencia el ministro de
Marina, lord Churchill, que antes, al comenzar
la guerra, se mostró tan implacablemente belico
so. También era partidario de una fórmula de
paz Mr. Asquith, y se decía que el propio Rey
de Inglaterra suspiraba por una solución en este
sentido.
Examinó el Gobierno inglés en este Consejo,
en forma muy minuciosa, la situación interior y
exterior, se habló sin atenuaciones de los que
brantos sufridos en el Continente, del desalien
to que se advertía en toda Inglaterra, del fraca
so de los refuerzos coloniales, de la gran agita
ción de Irlanda, de las sublevaciones en Egipto
y en la India y de la gran crisis económica por
que atravesaba el país. La impresión general,
resumida por Mr. Asquith, no pudo ser más pe
simista.
Una de las pocas esperanzas que todavía que
daban en pie, la de una ruptura de la neutrali
dad española que asegurase un refuerzo al E jér
cito del Loire, fue desvanecida por los informes
que comunicó el ministro de Negocios Extran
jeros.
—
59 —
Por grande que fuese la buena voluntad del
Gobierno español en favor de Inglaterra, ten
dría, seguramente, que estrellarse ante la resis
tencia del país, enemigo franco y declarado de
aventuras guerreras, y menos al servicio de la
Gran Bretaña.
Ante impresiones tan poco satisfactorias, el
Rey Jorge habló de la conveniencia de intentar
una negociación de paz.
Todos los ministros callaron, excepto lord Kit
chener.
—-Advierto con pena— dijo éste— que se olvi
dan mis promesas. Yo dije un día, y he repetido
más tarde ante la Cámara, que poseo un secreto
que nos asegura el triunfo decisivo.
— Perdonad, honorable compañero; pero siem
pre creimos que vuestro secreto era un hábil ar
gumento patriótico para infundir confianza en
la opinión pública— contestó Mr. Asquith.
Kitchener hizo un gesto de disgusto.
— Yo he dicho siempre con una gran seriedad
y hoy vuelvo á repetirlo: Tengo mi secreto.
— ¿Pues para cuándo lo reserváis?— preguntó
con ansia lord Churchill.
— ¡ Para cuando sea oportuno!— contestó im
perturbable Kitchener.
— ¿Y no cree el señor ministro que ha llegado
esta oportunidad?— interrogó, entre tímido y an
gustioso, el Rey Jorge.
— Perdón, Sire. Creo que todavía, no.
— Decid, por lo menos, en qué consiste vuestro
—
60 —
secreto. Aquí está el Gobierno en pleno, presidi
do por el Rey. No creo que nuestra discreción
ni nuestro patriotismo puedan inspiraros du
das...—insistió Asquith.
— Nunca he dudado, pero tengo que cumplir
mi palabra de gentleman. Hasta que llegue la
ocasión oportuna, estoy comprometido á guardar
mi secreto. Al Rey sólo podré comunicar algo del
misterio dentro de breves días.
Asquith se mordió los labios. Los demás mi
nistros permanecieron en silencio, aunque allá
en su fuero interno formulasen una opinión poco
lisonjera respecto á los escrúpulos y reparos de
su compañero de Gabinete.
El Rey Jorge fué el único que se atrevió a
expresar su pensamiento en voz alta.
— Dios quiera, lord, que lleguéis á tiempo para
evitar la catástrofe.
— Llegaré á tiempo, Sire— contestó Kitchener.
En vista de su aplomo, fué desechada la opi
nión de iniciar negociaciones de paz, pensamien
to que, como hemos dicho antes, había ganado
bastante terreno en el ánimo de los ministros
del Gobierno inglés.
A l acabar el Consejo, el de Hacienda, Lloyd
George, acercándose á Mr. Asquith le dijo al
oído:
Sospecho, amigo presidente, que el compadri
to ese de Kitchener nos ha de fastidiar á todos...
— Yo tomaré mis medidas— contestó Asquith,
frunciendo el entrecejo.
—
61 —
Y momentos después, mientras los demás mi
nistros conversaban con el Rey, el presidente
llamaba á su despacho á un individuo afeitado,
de edad indefinible y mirada llena de vivacidad.
Era Shwart, el famoso detective, jefe de la
ronda secreta presidencial, el Iíolmes londinen
se, reputado como el primer policía del mundo.
Asquith le instruyó brevemente de lo que de
seaba.
— Comprendido— contestó Shwart.
Y haciendo una reverencia, salió del despacho
presidencial.
Desde aquel momento, lord Kitchener estaba
estrechamente vigilado.
A l salir de la Presidencia, el ministro fue á su
despacho del ministerio de la Guerra, conferen
ciando con varios jefes del Estado Mayor. Lue
go se dirigió á su casa, saliendo poco después á
pie y con diferente indumentaria.
Kitchener tomó un carruaje de punto y orde
nó al cochero que le condujese á un restauran!
de Picadilly.
Poco después, con el sombrero muy caído so
bre los ojos, entraba en un reservado. Le espe
raba una mujer menudita y hermosa, de tipo es
pañol.
— i Creí que ya no vendrías, so pelmazo!— dijo
la bella á su amigo, en quien nadie que no fue
se Shwart, el águila del detectivismo británico,
habría conocido al ministro de la Guerra.
Kitchener se deshizo en cariñosas excusas, y
—
62 —
poco después, el ministro y la hermosa española
cenaban muy juntitos, hablando en voz baja y
rociando la comida con frecuentes libaciones de
Champagne.
La mujer, encandilando los ojos y ciñendo su
brazo alabastrino al cuello del ministro, pregun
taba, mimosa:
—¿ Has arreglado lo de mi hermanito ?
Kitchener parecía resistirse á dar una contes
tación concreta.
—¡Ya veré de hacer lo que pueda!—decía. Pero
ella siguió ciñéndole y mirándolo con gran fijeza.
—¡ Hazlo por mí, saleroso!
Kitchener perdió la formalidad, se le cayó el
monóculo, y, dando un puñetazo sobre la mesa,
exclamó:
—Tú fastidiarme llamándome salerroso. Haré
lo que tú quierras. ¡Olle, olle y olle!
—Este hombre es un punto'filipino—murmu
ró Mr. Shwart, que desde un reservado contiguo
no perdía el menor detalle de la curiosa escena.
Si el rey de los detectives ingleses hubiese per
tenecido á la Policía española que dirige Mén
dez Alanís, la detallada referencia de las andan
zas de lord Kitchener, que al siguiente día pre
sento a lord Asquitli, habría podido enriquecer
se con un detalle interesantísimo referente á la
joven acompañante del ministro de la Guerra.
Nuestros lectores, sin ser detectives, la habrían
conocido, desde luego: ¡Era la bella Chelito!...
VI
Patriotismo y galantería— Extravagancias ingle
sas.— Españoles en Londres.— Brocas y el piro
técnico de Guadalajara.— La pólvora color na
ranja.— Un trato judaico.— La hospedería del
Zorro Blanco.— Brocas, en campaña.
Lord Kitehener no era, sin embargo, un hom
bre disoluto, como parecía desprenderse de las
averiguaciones practicadas por el policía.
En sus misteriosas entrevistas con la Chelito,
concillaba un fin galante y una patriótica inten
ción.
Acaso se sonría el lector, considerando algo
inverosímiles nuestras afirmaciones. Pero le reco
mendamos que tenga muy presente que se trata
de un personaje inglés y que los sucesos que re
ferimos han ocurrido en Londres, el país de las
cosas extravagantes y paradójicas. Los aconteci
mientos más extraordinarios no lo parecen tanto
cuando se desarrollan en Inglaterra, pueblo don
de la lógica siempre tuvo un sentido irregular y
peculiarísimo.
—
64 —
A esto se debe que los ingleses, fuera de su país,
resulten unos seres absurdos y antipáticos.
Pero volvamos al caso de Kitchener y á su ex
traño sistema de laborar por la patria en amable
compañía de una cupletista española.
La Chelito y Kitchener se habían conocido en
circunstancias bien curiosas.
El ministro de la Guerra inglés, solterón recal
citrante, muy seco y desabrido en su trato con
los hombres, tenía fama de ser accesible para las
mujeres de buen palmito.
A Londres habían llegado por aquellos días dos
españoles, uno de ellos antiguo conocido de nues
tros lectores.
Retrocedamos un poco en nuestro relato.
Una mañana brumosa desembarcaban en uno
de los muelles del Támesis dos individuos que,
por sus indumentarias, parecían amo y criado.
El primero era hombre de mediana edad, bien
alhajado, que cubría su cabeza con un sombrero
de fieltro.
El otro iba vestido con pobreza, y en su cara se
veían impresas las huellas de una vida de traba
jos y privaciones; parecía un joven malogrado
por el hambre y envejecido prematuramente.
El equipaje de los viajeros lo formaban una
elegante maleta de piel y un baúl grande y pesado.
Rechazando los ofrecimientos de cuantos car
gadores del muelle se le acercaron, el amo ayudó
á colocar sobre la cabeza del supuesto criado el
voluminoso baúl, y por su parte cogió la maleta...
—
65 —
—Mire usted que pesa mucho esto. Casi sería
mejor que tomásemos un coche—dijo el del baúl.
—¡ B ah! Prescindamos de gastos superfluos. En
todo caso, más adelante nos meteremos en un
tranvía—contestó su amo.
Caminaron un trecho, y el del baúl tuvo que
hacer un pequeño alto, apoyándose en un poste
del alumbrado público.
—¡ Qué flojo eres!—le dijo con impaciencia su
principal.
—Es que pesa más de cuarenta kilos.
—¿Y eso qué es?—Cuando yo tenía tu edad,
caminaba perfectamente dos leguas con doble
peso sobre las espaldas—replicó el amo.
—¡Ah, Sr. Brocas! Estaría usted más acos
tumbrado que yo á cargar baúles. Además, sería
usted más fuerte. Yo, francamente, no puedo, y
aunque sea descontándolo de lo que me tiene
usted que dar, prefiero que tomemos un coche—insistió el joven.
Desde luego habrá el lector adivinado que este
señor Brocas que con tanto empeño regateaba
tomar un carruaje, era el auténtico secretario del
Conde de Romanones.
'Con visible disgusto, al ver que su dependiente
se había propuesto no adelantar un solo paso,
Brocas tuvo que detenerse.
—Por lo menos — dijo —■averigüemos si está
muy lejos el sitio donde vamos á parar. Tendría
poca gracia que gastásemos en coche para ir de
aquí á la esquina. Quédate apoyado en este banco
5
—
66 —
mientras yo pregunto á un policía si dista mucho
esa calle de Manchester, donde se halla situado el
hospedaje que nos recomendó el señor Conde.
Brocas preguntó á un policemen, y la contes
tación le contrarió bastante.
—No tendremos más remedio que tomar un
coche, amigo Quejido. Me ha dicho el guardia
que hay que caminar lo menos tres kilómetros,
i Y yo que le pedí al señor Conde las señas de un
hospedaje céntrico!...
Montaron en un coche, con gran satisfacción
del individuo á quien Brocas denominaba Queji
do, y mientras el carruaje les conduce á Manchester-Street, bueno será que dediquemos unas
líneas á satisfacer la justa curiosidad de nues
tros lectores acerca de los motivos del viaje á
Londres de Brocas y su macilento fámulo.
Quejido era pirotécnico de un pueblo de la
provincia de Guadalajara y persona inteligente,
pero pobre de solemnidad.
La pirotecnia, como todas las profesiones ar- .
tísticas, está en España por los suelos, y más en
esa desdichada provincia de Guadalajara, feudo
de Romanones, donde no pueden prosperar otras
artes que las del caciquismo. Quejido, á quien el
Conde ofreció su protección, en pago de haber
roto en unas elecciones muy comprometidas una
07 —
urna con gran riesgo de la vida, lo pasaba muy
mal, no obstante las promesas de D. Alvaro.
Un día, preparando cohetes para la fiesta ma
yor de Griñón, Quejido encontró la fórmula des
conocida de una pólvora cuyos efectos expansivos
debían ser aterradoramente mortíferos.
Sólo la explosión de unos miligramos hizo vo
lar el taller y dejó tuerto á un pariente de Que
jido que le ayudaba en sus trabajos pirotécni
cos.
Quejido, desde aquel instante, prosiguió sus
experiencias con gran empeño, y mezclando la
nueva substancia con potasa y picrita, concibió
la producción de una pólvora color naranja que,
según el pirotécnico de Guadalajara, debía ser
mil veces más poderosa que el último explosivo
descubierto por Turpín.
Recordando los reiterados ofrecimentos de Romanones, Quejido vino á Madrid para pedir apo
yo á su padrino.
El Conde le recibió con mucha frialdad, dicien
do que se hallaba retirado de los negocios á con
secuencia de los grandes reveses que reciente
mente había sufrido, pero el inventor, á fuerza
de insistencia, logró convencerle de que presen
ciase unas pruebas en un campo de las afueras.
A la experiencia concurrieron, además del Con
de, Brocas y Daniel López.
La prueba dió un resultado tan magnífico, que
Daniel López exclamó, entusiasmado:
—Este hombre ha encontrado la piedra filoso-
—
68 —
fal. Si ofrece su descubrimiento á Inglaterra, ledarán lo que pida.
Romanones le mandó callar.
— No conviene decírselo á Quejido. Se engríen
demasiado y la vanidad los estropea.
El pobre inventor llegó en aquel momento.
— ¿Qué opinan ustedes?— preguntó con ansie
dad.
—Pues, nada; que si se perfecciona mucho y
se hacen grandes sacrificios de dinero, acaso pue
da resultar... Pero yo no me atrevo á meterme en
este asunto, sin embargo.
Quejido se puso muy triste.
— No se desanime usted, y véase con Brocasr
que tiene afición á esta clase de cosas. ¿Verdad,
amigo Brocas?— dijo, haciendo á su secretariouna señal de inteligencia.
— La Química fué siempre mi delirio— excla
mó Brocas.
Y dirigiéndose á Quejido, añadió:
— Ya veremos lo que puedo hacer por usted.
Pase mañana por mi casa.
Brocas lo que hizo fué someter al pirotécnico
á un trato leonino.
Era preciso entablar negociaciones con los in
gleses, poner en juego muchas influencias, tras
ladarse á Londres, anticipar dinero.
No obstante, para proteger á Quejido, estaba
dispuesto á entrar en el negocio, comprometien
do parte de sus ahorrillos, siempre y cuando el
pirotécnico le vendiera la propiedad industrial
—
69 —
del invento por la suma de 1.000 duros, que Bro
cas pagaría en el caso de que Inglaterra com
prase la patente. Además, Brocas corría con los
gastos de gestión, viajes y propaganda.
Quejido, que no había cenado aquella noche,
aceptó las condiciones, y Brocas le anticipó unas
pesetas.
Pocos días después, provisto de unas cartas de
Romanones y Daniel López, Brocas llegaba á
Londres en compañía del pobre Quejido.
*
*
*
Cerrado el paréntesis, volvamos á encontrarlos
en un extremo de Manchester-Street, en el mo
mento en que se apean del carruaje, frente á
una casa de modesto aspecto, que ostenta una
muestra que dice:
AL ZORRO BUNCO
HOSPEDERIA ECONOMICA
Se alquilan
habitaciones amuebladas.
Brocas contrató un cuarto con dos camas, de
jando instalado á Quejido.
Era el hospedaje predilecto de Romanones
cuando va á Londres por su cuenta.
Luego de cambiarse de ropa, dijo al pirotéc
nico, al mismo tiempo que le daba unos reales:
-
70 —
—Tú come en cualquier restauran! de las cer
canías. Me aseguró el señor Conde que aquí los
hay tan baratos, que por una peseta sirven un
verdadero banquete. Yo no regresaré hasta la
noche. Hay que aprovechar el tiempo...
Y, satisfecho de sí mismo, convencido de que
Londres había de resultar pequeño para él, Bro
cas lanzóse á la calle, después de pedir al portero
que le indicara qué ómnibus había de tomar para
dirigirse al ministerio de la Guerra.
VII
El gran error de Brocas.— Kitchener nn era un
ministro á la española.— Brocas se vuelve anglófobo.— La pitanza de Quejido.— Mala fama
de Romanones.— ¡Hay que cambiar de rumbo!
Un buen encuentro.— La hermanita de Quejido.
El sueño del justo y el comentario del picaro.
Preparando un lazo.
Habituado el secretario de Romanones á las fa
cilidades que la política española suele otorgar á
los hombres de su condición, creyó que su tarjeta
y las cartas del Conde le abrirían todas las puer
tas.
Lleno de confianza y optimismo, entró en el
ministerio de la Guerra preguntando por lord
Kitchener.
Pasó á secretaría, y un oficial ayudante, des
pués de mirarle de pies á cabeza, contestó que el
ministro no recibía visitas. Brocas acogió esta
contestación con la sonrisa de superioridad pro
pia del hombre que conoce muy bien la escasa
importancia que debe otorgarse á ciertas excusas,
y, sacando una tarjeta, dijo al oficial:
—Perfectamente, ya comprendo; pero tendrá
usted, sin embargo, la bondad de hacer llegar á manos del señor ministro mi tarjeta, diciendo,
además, que le traigo una carta de su amigo el ex
presidente del Consejo de ministros español, se
ñor Conde de Romanones.
El oficial oyó el recado sin pestañear, y cuan
do Brocas hubo terminado, se limitó á contes
tarle :
—Será todo esto exacto, pero el ministro no re
cibe. Si trae usted cartas que puedan ser de in
terés para lord Kitchener, tendrá que dejarlas en
secretaría.
—Es que yo vengo para tratar con él un asun
to de gran importancia, y necesito hablarle—in
sistió Brocas.
—Es que el ministro no tiene tiempo para oir
á usted—replicó el oficial, volviéndole la espalda.
Brocas, contrariadísimo, pensó que si aquel
oficial perteneciese al Ejército español, estaría en
aquel momento haciendo méritos para un trasla
do á Fernando Póo, y luego de murmurar para
sus adentros algún juicio poco benévolo respec
to al trato que daban á las visitas en los ministe
rios británicos, tuvo que resignarse á entregar á
un ordenanza la carta de Romanones, que él cre
yó había de surtir el efecto de una varita mágica
que le abriese todas las puertas.
—1¿Y cuándo podré volver por la contestación ?
—Dentro de dos ó tres días.
Es que tengo un poco de prisa-objetó Brocas.
—
73 —
— Aquí, nadie que no sea el señor ministro,
puede tener prisa — replicaron, señalándole la
puerta.
Brocas bajó la escalera del ministerio trinando
contra los ingleses.
— Todo lo que se diga respecto á la fatuidad y
grosería de esa gente, me parece poco... Si no
fuera porque tengo mi dinero comprometido en
el negocio de la pólvora, me liaría germamófilo—
murmuraba.
El pobre Quejido pagó los malos humores de
Brocas. A l día siguiente, su empresario, al sumi
nistrarle la pitanza cotidiana, le dió sólo seis
reales.
— Señor Brocas, que ayer no me alcanzó para
cenar— exclamaba el infeliz.
— Fastidiarse, amigo; bay que hacer econo
mías, que por ahora el negocio se presenta bien
turbio— contestó el empresario.
Aquella noche se lanzó éste á recorrer Londres,
mientras el pobre Quejido resolvía el problema
de cenar con 40 céntimos, arreglo bastante más
difícil que el descubrimiento de la pólvora color
naranja.
Una de las cartas que le había entregado Da
niel López, puso á Brocas en relación con el di
rector de cierta Escuela Politécnica, individuo de
costumbres algo licenciosas, que para obsequiar
al forastero le llevó á un Music-Hall de moda.
Brocas, gracias al profesor juerguista, logró
informarse de muchos detalles que le interesaban.
—
74 =
Supo que Kitehener era tan adusto con los
hombres como cariñoso con las damas. Además,
averiguó que para el Gobierno inglés no resulta
ba en aquellos momentos de la mayor eficacia
una recomendación de Romanones, que había
dejado su reputación un poco por los suelos al
consentir que le indemnizaran por el percance
de que fué víctima.
El detalle de dar cinco duros para la suscrip
ción en favor de los heridos de la campaña, tam
bién mereció desfavorables comentarios, hasta el
extremo de que un periódico, The Morning Post,
había dicho:
“ Después de sacarnos 100 libras con el pretex
to de unos perjuicios más ó menos reales, el Con
de de Romanones, político y millonario español,
ha dejado un donativo de cinco duros para la
suscripción abierta por el Príncipe de Gales. De
muestra este rasgo lo que podemos esperar de la
excelente amistad española, en trances de verda
dero apuro, el uno por ciento de lo que les haya
mos dado.”
Brocas escuchó aquellas noticias con verdade
ro terror. Era la primera vez en su vida que le
decían en la cara que la influencia de Romanones
resultaba de valor negativo.
Hombre de grandes recursos de ingenio, no se
arredraba, sin embargo, fácilmente, y las referen
cias que acababa de conocer acerca de las costum
bres y temperamento del ministro de la Guerra
británico no habían caído en saco roto.
—
75
— Lo malo es que carezco de gente aquí. ¡ A li!
Si yo pudiese traer por telégrafo á mi personal
escogido de Madrid y Guadalajara, pronto le
ajustaría las cuentas al tal Kitchener— murmu
raba para su coleto, mientras el pedagogo amigo
de Daniel López le refería los encantos de la vida
alegre londinense.
De pronto, en una de las galerías del MusicHall, vio Brocas la silueta de una señora coja.
Por un caso de sugestión que le honra, porque
demuestra el arraigo de su gratitud, siente nues
tro héroe una gran debilidad por los cojos de am
bos sexos.
Olvidó un instante sus preocupaciones para
contemplar á la individua.
— Es chocante— se d ijo ;— pero esa inglesa ca
mina con un vaivén muy parecido al que usa mi
amo el señor Conde.
La coja, que parecía buscar á otra persona,
volvía sobre sus pasos, encarando casualmente con
Brocas.
— ¡ Calle! ¡ Si es doña Antonia!
— ¡ Caramba! ¿ Usted aquí, Sr. Brocas ?
•—(Sí. Vine para un negocio... ¿Y usted?
— ¡ Yo estoy aquí con la niña, que precisamen
te ayer terminó su contrata en este Music-Hall.
—i De modo que su hija está en Londres?—
preguntó Brocas con alegría.
— Sí, señor. ¡ No faltaba más! ¿ Cómo había de
separarme yo de la niña?— contestó doña Anto
nia, casi ofendida en su amor maternal.
—
76 —
Brocas había improvisado un maravilloso plan,
y despidiéndose del politécnico, algunos minutos
después celebraba una detenida conferencia con
doña Antonia y su hija la Chelito.
No tardaron en ponerse de acuerdo. La Cheli
to se presentaría como una hermana del inventor
Quejido, encargándose de persuadir á todo tran
ce á lord Kitchener de la conveniencia de que
Inglaterra comprase la fórmula de la pólvora
color naranja. Si el negocio resultaba, la Chelito
tendría una espléndida participación.
— ¡Josú! ¡Josú! Lo que discurre usted no es
capaz de discurrirlo naide— exclamó, admirada,
doña Antonia, después de conocer el audaz pro
yecto de Brocas.
Se pusieron de acuerdo, y Brocas regresó aque
lla noche á su hospedaje contento y esperanzado.
Cuando entró en la habitación, el pirotécnico
dormía profundamente.
El empresario le dirigió una mirada de des
precio.
— ¡Mentecato! — dijo entre dientes. — ¿Qué
sería de ti y de tu invento sin mis esfuerzos ? Con
cuatro pesetas que te dé quedarás espléndidamente pagado. Aquí el verdadero inventor de la pól
vora vengo á ser yo, y, sin embargo, es posible
que te lleves tú la fama. ¡ Esas son las injusticias
del mundo!
No habían pasado diez minutos, cuando los so
noros ronquidos de Brocas despertaban al pobre
pirotécnico.
77 —
—'¡El señor Brocas duerme como un bendito!
¡ Cómo se conoce que ha debido cenar bien!—
pensó el inventor.
Y para distraer el hambre, se puso á soñar
despierto en sus ideales de triunfo y de gloria.
#
#
*
A la mañana siguiente recibió Brocas un vo
lante del ministerio de la Guerra, en el que le
decían que lord Kitchener no podía darle au
diencia, y que para cualquier asunto que necesi
tara tratar, se dirigiese al negociado de informa
ciones del ministerio.
Brocas se puso muy enfurecido por el desaire
que le hacían al Conde de Romanones, y murmu
rando pestes de Inglaterra, cogió un pliego de
papel y escribió una carta.
— ¿A quién se dirige usted ahora?— preguntó
Quejido, consternado.
—No te importa. Escribo á quien puede más
que ese animal de ministrillo de la Guerra— con
testó Brocas cerrando la carta, que contenía ins
trucciones para que doña Antonia y su hija co
menzasen la campaña.
Quejido no se atrevió á insistir, pero su con
cepto acerca de la influencia del Conde y de su
secretario, era tan alto, que pensaba:
— Es muy capaz el señor Brocas de haber es
crito directamente al propio Rey de Inglaterra...
V ili
El triunfo de la Chelito.— Liberalidad de lord Kit
chener.— Indiscreciones de doña Antonia.— Bro
cas, reflexivo.— Inglaterra compra el invento y
Brocas realiza un espléndido negocio.— El desas
tre de la pólvora color naranja y trágico fin de
Quejido.
El éxito de la Chelito en sus gestiones cerca de
lord Kitchener, no podrá sorprender á nuestros
lectores, que ya conocen la escena desarrollada en
ei gabinete reserv ado del restaurant de Picadilly.
Dos días después de aquella entrevista espiada
por el detective Shwart, doña Antonia entraba
una mañana como una tromba en el modesto
cuarto de la Hospedería del Zorro Blanco, que
ocupaban Brocas y el inventor.
—Hoy mismo sin falta, es preciso que vaya el
señor Quejido al ministerio de la Guerra y se
ponga de acuerdo para unas pruebas que han de
celebrarse mañana en presencia de Kitchener y
de otras personas prencipales.
Si las pruebas resultan bien, el Gobierno com
pra el invento y pagará por él más miles de
—
80 —
libras esterlinas que lentejas dan en mi tierra
por cinco duros.
Quejido puso los ojos en blanco, y notando
que las piernas le flaqueaban, tuvo que buscar
apoyo en su camastro.
Brocas, muy nervioso, no cesaba de hacer se
ñas á las señora Antonia, recomendándole mayor
discreción.
— ¡Miles de libras! Pronto lo dice usted. Así
van las libras... Poco de la virgen del puño que
son en esta tierra...— dijo Brocas.
— Sí, señor, miles de libras; lo ha prometido
Kitchener á mi hija, y advierto á usted que ese
inglés tiene palabra de R ey; si vieran los pen
dientes que le ha regalado á la niña. ¡Está con
ellos más monísima mi niña!...
Comprendiendo Brocas que no era conveniente
prolongar aquella conversación, llevóse á la se
ñora Antonia fuera de la presencia de su socio,
y una vez en la calle la reprochó por su inconti
nencia de palabra.
— ¿No comprende que á un desgraciado como
ese Quejido no se le puede hablar en la forma
que usted lo hace? Creí que se nos moría de re
pente allí mismo efecto de la emoción. Además,
se le suben los humos á la cabeza y tendrá exi
gencias, olvidando que hay que descontar muchos
gastos, la parte de su hija y lo que yo anticipé.
Conviene medir lo que se habla, señora Antonia— ¡ Ay, señor Brocas, qué pillín es usted!
— Soy sencillamente un hombre reflexivo.
—
81 —
— Sí, lo comprendo; pero hay debilidades.
¿ Creerá que con eso de hacer pasar á Quejido
por hermano de mi niña le voy tomando cariño
y casi le considero como si realmente fuese hijo
mío ?— dijo la señora Antonia.
— Pues reprima usted un poco su amor mater
nal y cuide de no estropearnos el negocio— con
testó Brocas con sequedad.
La madre de la Chelito inclinó la cabeza. De
antiguo la señora Antonia sentía por Brocas un
respeto rayano casi en la veneración.
Brocas manifestó desde luego su firme volun
tad de asistir á las pruebas y tomar una parte
activa en las negociaciones con el Gobierno in
glés. Ofrecía este deseo algunas dificultades, pues
en el ministerio de la Guerra no querían tratar
nada más que con el inventor.
El ingenio y la influencia de la Chelito resol
vieron este conflicto, presentando á Brocas como
tío y protector de Quejido, y, por tanto, herma
no carnal de la señora Antonia.
Mucho deprimió el orgullo de Brocas tener que
someterse á esta superchería, pues en realidad
resultaba humillante para una persona de su con
dición el hecho de que el papel de tío de la Chelito y hermano de la señora Antonia se cotizara
en Londres más alto que llamarse Brocas y ser
hombre de la confianza del Conde de Romanones.
Pero el miedo á estropear el negocio pudo más
que su orgullo, y aceptó el parentesco momentá
neo que le imponían las circunstancias. Así logró
6
—
82 —
asistir á las pruebas, interviniendo en la nego
ciación para vender la patente.
El ensayo de la pólvora color naranja tuvo un
éxito mediano; sin embargo, los técnicos formu
laron un dictamen favorable, debido algo á la
recomendación de Kitcliener y al afán de adqui
rir todos los elementos ofensivos y defensivos
que se presentasen. El pánico de Inglaterra fa
cilitaba de un modo extraordinario esta clase de
negocios.
Regatearon el precio de la fórmula, rebajando
los cien mil duros que pidió en un principio Bro
cas á cincuenta mil. En cambio, quedaría Queji
do en Inglaterra para montar y dirigir una fá
brica de su pólvora, contratado con el sueldo de
cien libras mensuales.
Al pobre Quejido le dió un síncope de alegría,
y liubo de librar una batalla con Brocas, que,
además de los 49.000 duros convenidos, exigía
una participación en el sueldo, pero Quejido
tuvo un rasgo de energía, y Brocas se conformó,
al fin, con los 49.000 duros, después de una v io
lenta escena en la que insultó al pirotécnico, lia
mándole ingrato y desleal.
Su triunfo fué, sin embargo, bien efímero.
Instalada con rapidez vertiginosa la fábrica de
la pólvora color naranja, comenzó el inventor sus
manipulaciones al frente de un grupo de mas de
quinientos operarios.
Se trataba de producir grandes cantidades de
la nueva pólvora, con objeto de aplicarla a los
—
83 —
proyectiles de artillería gruesa y á las bombas
de mano.
Quejido trabajó con un entusiasmo febril. Se
habían realizado sus sueños, se consideraba feliz
ya, jamás volverían á torturarle los agobios y las
miserias.
Pero hay hombres que no nacieron para que
la felicidad les acaricie con sus alas, y el ex pi
rotécnico de Guadalajara era un familiar de la
desgracia.
La víspera de percibir la primera mensualidad
del sueldo espléndido que le había señalado el
Gobierno británico, Quejido en su laboratorio
combinaba una fórmula que le permitiese dar k
su pólvora mayor fuerza expansiva. Era una
mezcla basada en picrita y nitroglicerina.
Tuvo un descuido y se produjo tan espantosa
explosión, que hizo retemblar el suelo de Lon
dres.
Voló la fábrica, pereciendo el inventor y casi
todos sus ayudantes.
Lord Kitchener, lamentando esta pérdida, dijo,
sin embargo, que Inglaterra no debía preocu
parse.
La pólvora color naranja no era más que uno
de tantos elementos con que contaba el Gobierno
inglés para la defensa de sus costas.
— Quedan otros secretos de mayor importan
cia que se irán conociendo cuando llegue la opor
tunidad— añadió el ministro.
Brocas, que había cobrado los 49.000 duros
84
—
una semana antes de que ocurriese la catástrofe*
salió de Londres el mismo día que enterraban losrestos del pobre Quejido.
En el vapor en que iba Brocas realizaron tam
bién el viaje de regreso á España la Chelito y
su madre, doña Antonia.
Cuando zarpaba el barco, las mujeres dedica
ron un recuerdo piadoso al infeliz pirotécnico.
Brocas ahogó aquella ráfaga de sentimentalis
mo con una frase vulgar de hombre fuerte:
—¡Por la vida, se pierde la vida!
IX
ironías radiotelegráflcas.— La indignación del
raja.— Desaliento del pueblo inglés.— Esperan
zas del Rey Jorge y de Kitchener.— Llueven se
cretos.— Don Lucio do Bramante.— Los dispa
ros eléctricos y el desinterés de D. Lucio.
Desde las estaciones radiotelegrafías de Amberes y Dunquerque, los alemanes amargaban la
vida del Gobierno y del pueblo inglés con mensa
jes en los que irónicamente rendían diaria cuenta
de los éxitos de las armas germanas, reiterando
el consejo de una pronta rendición, como úni
co medio para salvar á Inglaterra de la catás
trofe.
Algunos de estos despachos estaban concebidos
en términos que exasperaban á Inglaterra.
Cuando la Prensa inglesa ó los comunicados
del Almirantazgo habían dado una versión ten
denciosa de cualquier suceso, los radiogramas
alemanes destruían el efecto por medio de men
sajes como el siguiente:
“ Es una gran mentira el éxito que os habéis
atribuido. En el combate de ayer vuestros sóida-
—
86 —
dos corrieron de una manera vergonzosa. Les hi
cimos infinitas bajas. No quedan apenas ya en
Francia restos del Ejército inglés. No engañéis
á ese pobre pueblo, que harto ha sufrido la teme
ridad insensata de sus gobernantes.”
O expedían avisos de este tenor:
“ Ayer tuvimos la satisfacción de destrozar á
una de vuestras divisiones indias. Hemos hecho
prisioneros á varios de sus jefes, entre ellos al
rajá de Reinag, un hombre inteligente y culto,
que no se perdona el haberse dejado engañar por
vosotros. Dice que nunca creyó llegase la mala
intención inglesa hasta el extremo de hacerles
batir á ellos, mientras escatimáis los contingentes
de voluntarios, y que la sangre india que se ha
derramado en Europa por vuestra culpa, la pa
gará Inglaterra muy cara.
Tan furioso estaba, que le tuvimos que cal
mar.”
El Gobierno inglés devoró su coraje, realizando
esfuerzos titánicos para contener el desaliento de
la opinión. Sólo se mostraba tranquilo, seguro y
hasta optimista el enigmático lord Kitchener, que
había logrado comunicar sus esperanzas al Rey
Jorge.
Los ministros recorrían los departamentos pro
nunciando discursos alentadores, y en las ofici
nas del ministerio de la Guerra se trabajaba con
febril actividad.
A Londres habían llegado aventureros de to
dos los países ofreciendo fórmulas, más ó menos
—
87
—
extravagantes y descabelladas, qne lord Kitche
ner adquiría, por pequeña que fuese su base
científica. E l caso de Brocas se repitió varias
veces, con grave quebranto del Tesoro de guerra
inglés.
La Gran Bretaña parecía uno de esos enfer
mos desahuciados que se dejan saquear por los
curanderos, convencidos de que sólo por un me
dio maravilloso pueden recuperar la salud y la
tranquilidad.
— Si fracasa el secreto de lord Kitchener, es
tamos irremisiblemente perdidos — pensaba la
opinión inglesa.
Y Kitchener, que, como sabrán muy pronto
nuestros lectores, tenía en su poder la fórmula
de un secreto extraordinario, convencido de la
terrible responsabilidad que pesaba sobre sus es
paldas, por miedo á un fracaso que había de ser
el hundimiento de su patria, procuraba fortale
cerse, adquiriendo todo lo que le presentaban.
Entre aquella lluvia de fórmulas, merece una
especial mención el llamado secreto portugués.
Lo trajo á Londres D. Lucio do Bramante Portocarreiro Barreita Luenga, profesor de Física y
Química del Instituto de Lisboa y gran amigo del
jefe de los radicales portugueses, Alfonso Costa.
Su condición de lusitano y el aparato teatral
con que se presentó, le valieron un gran éxito en
Inglaterra.
E l señor do Bramante Portocarreiro, etc., de
claró que, siendo Inglaterra aliada de Portugal,
—
88 —
cedería el invento al Gobierno inglés, á título de
gracia y sin que le guiara el más pequeño afán
de lucro.
Los ingleses se entusiasmaron mucho con tan
gentil oferta, y el catedrático luso fué objeto de
cariñosas muestras de gratitud, que se convirtie
ron en frenético entusiasmo cuando una nota ofi
ciosa dijo que se habían verificado las pruebas
con gran éxito.
El invento resolvía, en efecto, un gravísimo
problema que preocupaba mucho á los aliados: el
de hacer innecesario el uso de la pólvora, cuya
escasez se notaba, debido á que las fábricas de
Francia fueron destruidas, y las de Bélgica se
hallaban en poder de los alemanes.
Don Lucio do Bramante había encontrado el
medio de aplicar la electricidad á la carga de
fusiles y cañones, que disparaban sus proyectiles
por medio de pilas eléctricas colocadas en las cu
latas. El disparo ganaba mucho en rapidez y
fuerza destructora.
E l profesor de Lisboa explicaba su invento,
diciendo que había encontrado la fórmula de ha
cer al hombre dueño del rayo.
Agradecido el Gobierno inglés, le concedió dis
tinciones jamás otorgadas á un extranjero, le
dieron honores de general, un título de Baronet
y cuanto quiso, que no era poco, á pesar de que
había ofrecido el invento gratis.
El profesor lusitano mantenía su promesa de
no cobrar nada por la patente, pero pidió que
—
89
otorgasen un premio de 10.000 duros á cada uno
de sus auxiliares. Accedió el Gobierno inglés,
considerando justa la pretensión, y D. Lucio pre
sentó una lista de 17 parientes suyos, diciendo
que todos le habían ayudado mucho. Además,
exigió que le confiasen la construcción de los mi
llones de pilas eléctricas necesarias, y, según in
forme que más tarde dieron los técnicos, el des
interesado señor do Bramante ganaba, por lo me
nos, un real en cada una.
Todo parecía poco, sin embargo, para un hom
bre que podía sacar de apuros á Inglaterra, y el
portugués obtuvo lo que se le antojó, sin que la
opinión pública formulara la más pequeña queja.
Unicamente en el Estado Mayor, hubo celos y
desacuerdo. Algunos técnicos llegaron á decir que
ofrecería grandes dificultades imponer súbitamen
te al Ejército en campaña el uso de las pilas, con
mayor motivo teniendo en cuenta que los contin
gentes africanos y asiáticos que formaban el
grueso de las fuerzas aliadas sentían un horror
supersticioso á la electricidad, pero estas obser
vaciones fueron desoídas.
Los pueblos más fríos y flemáticos, cuando su
fren grandes crisis, pierden la serenidad y el
equilibrio, cayendo en un estado de infantilismo
propicio á toda clase de sugestiones. Inglaterra,
desconfiada de sí misma, necesitaba creer en el
genio del inventor portugués para consolarse de
los descalabros militares que había experimen
tado.
—
90 —
A tal extremo llegó la popularidad de D. Lucio
do Bramante, que por consideración á él tuvo la
Prensa londinense la delicadeza de ocultar su dis
gusto ante el gran desastre sufrido en Francia
por el refuerzo que los lusitanos habían enviado
á la guerra.
Fué tan ruidoso, que de no coincidir con el
invento de D. Lucio, Inglaterra hubiera estallado
de cólera contra los portugueses.
No era para menos, como apreciará, sin duda,
el lector en el capítulo siguiente.
X
La odisea portuguesa.— Despedida emocionante.—
Discurso de Arriaga.— Voladura de un transpor
te.— Mina fatal y torpeza de Machado do San
tos.— Un rancho y unos telegramas— Ultraje al
generalísimo portugués.— Mala fe de un indio.—
Los portugueses, copados.— El fugitivo de Arcachón.— Arriaga, en las líneas de fuego.— La pla
ca de Chaves— Irreverencia de unos salvajes.—
Perfidia británica.
Triste como el fado de un presidiario fué la
odisea de los portugueses en Francia.
Los románticos de los tiempos futuros evoca
rán el recuerdo de la gran catástrofe con análogo
sentimiento al que ha inspirado á tantas genera
ciones la memoria de aquel Rey Don Sebastián
que partió de las orillas del Tajo, sediento de
gloria y de laureles, para morir lejos de su pa
tria, entre salvajes, que no podían comprender
la grandeza de su heroico sacrificio.
Exactamente lo mismo que á Don Sebastián,
ocurrió á los millares de bravos lusitanos que,
cediendo á los requerimientos de Inglaterra, el
—
92 —
Gobierno de la República había enviado en au
xilio de Francia.
Salieron de Lisboa una tarde brumosa y me
lancólica, siendo su embarque contemplado por
una inmensa muchedumbre. Los buques que ha
bían de conducirlos, unos barcos mercantes ale
manes, confiscados por el Gobierno portugués,
lucían banderas de los países aliados, predomi
nando el pabellón luso, que nunca ondeó al vien
to tan altivo como en aquel día inolvidable.
Formaban la expedición el activo del Ejérci
to portugués y cuatro reservas, que dieron un
contingente de unos 30.000 hombres, entre los
que estaba lo más florido de la juventud intelec
tual republicana, los elementos más selectos de
los grandes grupos carbonarios, muchos hijos de
diputados, hijos de personalidades eminentes del
Gobierno, hijos de varios ex miembros del provisoiro, “ toda la nobleza ciudadana de la Repúbli
ca ” , como dijo en O Mundo Franca Borges.
Los vivas á Portugal y los mueras á los alema
nes atronaban el espacio. La multitud excitaba
el entusiasmo patriótico de los expedicionarios
con gritos alentadores.
Era corriente oir frases como estas:
— Balanzeiro, non deixes de rapar o mostacho
do Kaiser.
— ¡E u rapare!— contestaba el recluta Balan
zeiro.
■—Forteisa, non deixes da comunicar noticias.
— Eu darálas desde Berlín— replicaba Forteisa.
—
93 —
Las bandas militares lanzaban al aire los acor
des de La Marseüesa y de A Portugueza.
Momentos antes de que los barcos zarparan,
el viejo presidente Arriaga, en una lancha, fué
á despedir á los expedicionarios, y, acercándose
á uno de los transportes, pronunció vibrante
arenga.
— Vais á luchar contra uno de los pueblos más
fuertes del mundo, pero esto no debe importaros
lo más mínimo á vosotros, heroicos soldados de
Portugal. Cumpliréis una misión grandiosa en
la historia de la civilización europea. Vais á sal
var á Francia, cuna de la libertad, vais en auxi
lio de Inglaterra, el firme sostén de nuestra Re
pública.
Soldados de Portugal: vuestro Presidente, el
Gobierno y el pueblo portugués confían en que
volveréis vencedores.
Un ¡ hurra! frenético acogió las palabras de
Arriaga, y después de una salva de treinta ca
ñonazos, entre los gritos entusiastas de la mul
titud que agitaba sombreros, gorras y pañuelos,
iniciaron los transportes su majestuosa marcha.
No se habría el primero alejado más allá de un
tercio de milla de la desembocadura del Tajo,
cuando se oyó una tremenda detonación, y la mu
chedumbre que llenaba los muelles pudo ver cómo
entre una columna de humo y un remolino de
agua desaparecía el buque sepultado en el mar.
Los demás transportes arrojaron sus lanchas
intentando el salvamento de los náufragos, pero
94 —
la mar estaba picada, y de más de cinco mil in
dividuos, entre soldados y marinos, únicamente
se pudo rescatar á unos doscientos.
Creyó el pueblo indignado que la desgracia se
había producido por algún torpedo alemán, y el
Gobierno y las autoridades, que se dieron cuenta
de la realidad en los primeros momentos, nada
hicieron por desvanecer el error.
La causa del siniestro no tenía nada que ver
con los alemanes, pero en aquellos momentos ha
bría sido temerario decir la verdad á la multitud.
Se trataba de una mina submarina, la única
que poseía Portugal, y que por disposición del
Almirantazgo lusitano se había colocado en la
desembocadura del Tajo para defender á Lisboa
de un ataque del enemigo. Machado do Santos,
que corrió con la colocación de aquel artefacto
de defensa, lo hizo tan mal, que los prácticos del
puerto no sabían á punto fijo el paradero de la
mina, y quiso la fatalidad que fuese un transpor
te portugués cargado de tropas expedicionarias
la víctima de aquella medida defensiva.
Para librar á Machado de un estallido de la
cólera del pueblo, prefirió el Gobierno que se cre
yera en un misterioso atentado alemán, y salie
ron los demás transportes con el resto de las fuer
zas, despedidos por los gritos de la gente, que
reclamaba pronta venganza.
Más les habría valido á los pobres expedicio
narios volver á tierra. Aquella catástrofe que an
tes de abandonar las costas de Portugal diezma-
—
95 —
ba sus huestes, era un aviso de la Providencia
misericordiosa.
El Ejército lusitano desembarcó en Bayona,
donde fué recibido con gran júbilo por las au
toridades y el pueblo francés, si bien como el
tiempo apremiaba, les hicieron salir inmediata
mente para las líneas de fuego, no sin antes
leerles unos conmovedores mensajes telegráficos
de Poinearé, del Rey Jorge, de Arriaga y del
jefe radical español Alejandro Lerroux.
El de Poinearé decía:
“ Saludo á los valerosos Ejércitos de la libre
Portugal, que vienen á reverdecer en tierra fran
cesa los laureles de Aljubarrota.”
El de Jorge de Inglaterra estaba concebido
en estos términos:
“ Os acompaña el cariño del pueblo inglés. Id
por la victoria.”
El de Arriaga era muy extenso, pero repro
duciremos únicamente su párrafo final:
“ Acordáos de que sois portugueses.”
Lerroux había telegrafiado:
“ El partido radical español sigue vuestra epo
peya con patriótica envidia y noble afán de emu
lación. ’ ’
Terminada la lectura de esos despachos, y des
pués de un rancho extraordinario y de un discur
so del prefecto de Bayona, los portugueses partie
ron para incorporarse al Ejército aliado, que se
concentraba en el Loire.
En mitad del camino recibió el generalísimo
—
96 —
luso una orden del generalísimo inglés para que,
unidos á dos divisiones de indios y senegaleses,
marcharan los lusos hacia el Norte, con objeto
de intentar un ataque contra el ala derecha de
los alemanes.
Cambiaron de rumbo, dirigiéndose á Clermont,
donde se hallaban las fuerzas con que habían de
operar. Allí les aguardaba un agravio inmere
cido.
Sin respeto á la prosapia y entorchados del
generalísimo portugués, comunicaron á las fuer
zas expedicionarias lusitanas que habían de co
locarse á las órdenes de un brigadier indio que
carecía de otro mérito que el de ser más antiguo
en la campaña.
Por consideración á Inglaterra, los lusitanos
no se sublevaron ante tamaña ofensa, y, sopor
tando la compañía de los negros, de los indios y
de sus camellos, llegaron hasta Angulema, don
de habían de tener el primer contacto con el ene
migo.
E l brigadier indio que mandaba los contin
gentes ordenó que los portugueses emplazaran
su artillería en sitios avanzados, mientras él, con
fuerzas ligeras, cuidaba de atraer á los alema
nes para hostilizarlos por los flancos.
No cabe duda que logró atraerlos. De pronto,
las posiciones portuguesas se vieron rodeadas de
huíanos, que las ametrallaban horriblemente. A
la metralla siguieron espantosas cargas á la ba
yoneta, que los portugueses procuraban resistir
97 —
—
esperando el auxilio de los indios, que no llegó.
Por fin, dejando el campo sembrado de cadá
veres, tuvieron que capitular, cayendo en poder
del enemigo generales, jefes, oficiales, banderas y
cañones. Del desastre se salvaron únicamente dos
ó tres mil, que, llenos de terror, vagaron por los
caminos sin rumbo fijo.
Se dio el caso de haber sido recogido en Arcachón un oficial portugués que venía por la carre
tera con el sable desenvainado pidiendo á la gen
te que le indicaran el camino más recto para lle
gar hasta Cascaes.
Había sido tan rápida la tragedia, que hubo
portugueses que pasaron de este mundo al otro
creyendo que se hallaban bajo los efectos de una
penosa pesadilla.
#
#
#
Conociendo las informaciones de la guerra que
sirven los corresponsales y las Agencias aliadas,
á nadie sorprenderá que tan horrible derrota fue
se presentada por los comunicados oficiales fran
ceses poco menos que como un triunfo.
En uno fechado en Marsella, se decía que los
lusitanos, batiéndose con su heroísmo peculiar,
contenían al enemigo en Angulema y habían lle
gado á conseguir ventajas considerables en el ala
izquierda y en el centro.
Estas noticias produjeron en Portugal tanto
entusiasmo, que hubo fiestas populares, una se
sión patriótica del Congreso, en la que se adopta7
—
98 —
ron, entre otros acuerdos, el de crear la “ placa de
Chaves” como condecoración militar lusitana por
méritos de guerra, y que el Presidente Arriaga
visitase las líneas de fuego donde luchaban los
portugueses para imponer sobre el campo de ba
talla la preciada recompensa á los que se hubie
sen hecho acreedores á tan alta distinción.
Pocos días después, provisto de 20.000 placas,
y con un brillante séquito, salió Arriaga para la
línea de fuego, bien lejos de imaginar el espan
toso descalabro que habían sufrido sus compa
triotas.
A l llegar á Francia salió á recibirlo Yiviani,
que, con algunas precauciones, le comunicó la ca
tástrofe. Fué tan honda la impresión, que el Pre
sidente portugués tuvo un amago de apoplejía.
Haciéndole ver que toda muestra de desfalleci
miento podía ser fatal para la causa de los alia
dos, Yiviani y el Gobierno inglés convencieron
al pobre señor Arriaga que debía repartir las
placas de Chaves entre los portugueses que ha
bían sobrevivido á la matanza de Angulema y los
indios que mandaba el brigadier, culpable verda
dero del desastre, detalle que cuidaron mucho de
ocultar al Presidente lusitano.
Débil de carácter, accedió Arriaga, repartien
do las 20.000 placas en una gran parada que se
celebró cerca de Poitiers.
Estas condecoraciones, que eran de metal blan
co y muy vistosas, llevaban grabadas las fechas
del combate ganado en Chaves el año 1912 con-
—
99
tra las fuerzas monárquicas de Paiva Couceiro
y la de la batalla de Angulema; pero los indios,
salvajes al fin, hicieron tan poco aprecio del glo
rioso atributo portugués, que más tarde lo usa
ban á manera de plato para comer sus ranchos.
Inglaterra puso el inri al sacrificio lusitano,
confesando en una nota que se había enviado á
los indios y á los portugueses á Angulema con
objeto de distraer á los alemanes, entretenién
dolos para dar tiempo á la concentración del
Loire.
“ E l pequeño fracaso de Angulema— termina
ba diciendo la declaración oficiosa— estaba des
contado por el Estado Mayor del Ejército aliado,
y el movimiento estratégico habría sido aún más
beneficioso si los contingentes indios y portugue
ses hubiesen cumplido la consigna que se les dió
de prolongar la resistencia mientras les quedase
un solo hombre con fuerzas para sostener el fu
sil.”
XI
Contra la neutralidad española.— El embajador in
glés, no sosiega.— Dato, vacila.— Manifestaciones
en Madrid.— Aventura picaresca.— Los tresillos
de Baiier.— La suerte de Dato y la procacidad
de un judío.— Cuestión personal.— Padrinos y tri
bunal de honor.— Los leales consejeros.— Dato
no se bate.— Otra maniobra.— Caillaux en Ma
drid.
Coincidiendo con estos episodios, ocurrieron
en España sucesos interesantes.
La presión del embajador británico para obli
gar al Gobierno español á que rompiese sn neu
tralidad, se hacía cada vez más viva. Sir Hardinge, cumpliendo instrucciones de su Gobier
no, torturaba la existencia del Sr. Dato, exigien
do medidas y actos que habrían supuesto un
cambio peligroso en la conducta de la nación
española.
Unas veces reclamaba facilidades de tránsito
para las fuerzas portuguesas que se dirigían á
Francia, otras que se iniciasen persecuciones con
tra los alemanes residentes en nuestro país y se
otorgase libertad de acción en nuestras aguas k
los buques de guerra ingleses, y llegó á preten
der que facilitáramos un Ejército de 100.000
hombres, aunque fuese medio desarmado, para
enviarlo en socorro de Francia.
Estas gestiones las hacía el embajador cerca
del Gobierno buscando apoyo en altas esferas y
en los periódicos anglofilos, que acentuaban su
campaña con desesperado furor.
Pero los partidarios de la neutralidad y los
admiradores de Alemania ganaban terreno, im
poniéndose por su número y valía. Los jaimistas no disimulaban su propósito de llegar inclu
so á la protesta armada en el caso de una rup
tura del statu quo, y el Gobierno, atento á la
paz interior, y por miedo á los peligros que por
todas partes amenazaban, resistía con tenacidad
casi heroica.
En cambio, Romanones, Lerrous y algún otro
personaje, secundados por elementos sueltos, de
influencia escasa en la opinión, pero de pres
tigio en determinadas esferas políticas, hacían
de una manera descarada el juego del embaja
dor inglés, dificultando la gestión del Gobierno,
con la esperanza de ocasionar su caída y susti
tuirle para rectificar nuestras orientaciones in
ternacionales.
Surgieron momentos de verdadero peligro,
llegando el embajador inglés á presentar una
Nota en la que amenazaba con un desembarco
en Galicia en el caso de que no adoptásemos
—
103 —
medidas de violencia contra los buques alemanes
surtos en los puertos del litoral cantábrico.
Se creyó advertir en Dato alguna vacilación,
y toda España redobló sus protestas en favor de
la neutralidad, exteriorizando su alarma.
En Madrid hubo manifestaciones y gritos por
las calles contra los políticos traidores á la Pa
tria, y tomó tal cariz la actitud del pueblo, que
Romanones, para salir de su casa, necesitaba
llevar una escolta de polizontes, mientras Lerroux iba y venía de Madrid á Barcelona dis
frazado, y durante sus estancias en la corte tenía
que permanecer encerrado en su hotel de la calle
de O’Donnell.
A tales términos llegó la lucha, que se habla
ba de que al señor Dato le habían preparado una
celada entre una dama de la aristocracia y el
embajador inglés, suceso que la imaginación po
pular adornaba con picarescos detalles.
Los amigos del presidente desmintieron el
episodio, pero, en cambio, nadie negaba que fuese
cierta una escena desarrollada en casa del ban
quero Baüer, amigo íntimo del Sr. Dato.
Parece que don Eduardo jugaba su habitual
partida de tresillo con otros tertulianos de la
casa, entre los que figuraba un acaudalado is
raelita británico. El señor Dato, gran tresillista,
hizo aquella tarde honor á su fama, realizando
jugadas afortunadísimas.
El judío británico, que llevaba perdida una
regular cantidad, se permitió juicios un poco
—
104 —
fuertes acerca de la manera de jugar del jefe
del G-obieron español; pero Dato, sin hacerle
caso, seguía dando codillos. Hombre prudente y
de claro criterio, don Eduardo comprendió que
debía reprimir los nervios, ya que, por lo visto,
el israelita, que era joven y de aspecto hercúleo,
buscaba una cuestión.
Una nueva jugada que puso de relieve la suer
te y habilidad del señor Dato, desbordó la imper
tinencia y grosería del judío, que se atrevió á
preguntarle si tenía la costumbre de guardarse
alguna carta entre las mangas de la levita.
El señor Dato, al oir esto, después de recoger
sus ganancias, abandonó la casa del señor Baüer,
diciendo al marcharse que lo hacía para no tener
que castigar las insolencias del semita.
No habían pasado dos horas, cuando recibió
el presidente la visita del Duque de Tovar y de
don Angel Pulido, que reclamaban, en nombre
del judío, una reparación en el terreno de las
armas.
Contestó Dato que su posición política le im
pedía batirse, y menos con una persona casi
desconocida para él; pero Tovar y Pulido insis
tieron en que el judío era hombre honorabilísi
mo, de gran reputación en Londres, circunstan
cia que le capacitaba perfectamente para medir
sus armas con el jefe del Gobierno español.
Dato encastillóse diciendo que le obligaban,
en último término, á rechazar el duelo, razones
de patriotismo, ya que, para batirse, tenía que
—
105 —
dimitir la presidencia del Consejo en momen
tos en que su concurso era indispensable á la
Patria.
—Esto no es razón. Ante un caso de honor se
dimiten todos los cargos—contestaron los im
placables padrinos del judío.
Tanta insistencia hizo comprender al señor
Dato que, más que de una cuestión personal, se
trataba de un ardid político fraguado por los
enemigos de la neutralidad para desembarazar
se de su persona, y se aferró más á la negativa.
¡Los padrinos del judío le amenazaron con la
formación de un Tribunal de honor unilateral,
que se constituyó bajo la presidencia del ex mi
nistro Duque, y del que formaban parte Romanones, "Villanueva y el general Auñón.
El fallo fué terminante, declarando el Tribu
nal que Dato debía optar entre batirse ó correr
el riesgo de una descalificación.
Hombre débil de carácter y esclavo de ciertas
preocupaciones, Dato pasó días muy amargos.
Los correligionarios y personas de su intimidad
á quienes consultó, no le aconsejaban todos tau
lealmente como don Eduardo tenía derecho á
esperar. La Cierva, González Besada y Sánchez
Toca opinaban que debía batirse. Hasta Sánchez
Guerra se atrevió á decirle que él era partidario
de sacrificar la posición política á los compromi
sos caballerescos.
Pero Dato tuvo un arranque de gallarda ener
gía que sorprendió á cuantos habían conocido
106 —
á fondo su vida de flaquezas, y puso término al
asunto amenazando con llevar al Juzgado al ju
dío, á sus padrinos y al Tribunal de honor.
Así fracasó aquella maniobra, que pudo tener
consecuencias muy desagradables para el señor
Dato, pues luego se supo que el judío procaz y
retador era un famoso campeón de esgrima, pre
miado en varios concursos, y que había venido
de Londres con el propósito deliberado de oca
sionar un serio perjuicio físico al jefe del Go
bierno español.
Los manejos contra la neutralidad no ceja
ron, á pesar de este fracaso, y poco después de
haberse malogrado la diabólica estratagema dei
judío duelista, llegaba á España una misión
secreta de los Gobiernos aliados, y, según se dijo
en círculos, corrillos y tertulias, con muy abun
dante provisión de dinero, un nuevo agente, cuyo
viaje despertó gran curiosidad. El emisario era
M. Caiflaux.
XII
La insaciable Inglaterra^ — Egipto, sublevado.—
Guerra santa.— Pidiendo refuerzos.— Nuevo ejér
cito portugués— A probar el nuevo invento.— El
general Carlomagno das Vendimias.— Tentativa
del Rey jorge para conocer el secreto de Kitche
ner.— Una corazonada del ministro.
Los portugueses no escarmentaban, á pesar dei
horrible fracaso que habían sufrido. Antes de
que la opinión lusitana tuviese tiempo de darse
cuenta exacta de la magnitud de la hecatombe,
Inglaterra exigió de Portugal un nuevo sacrifi
cio.
La sublevación del Egipto adquiría proporcio
nes aterradoras. Los contingentes ingleses allí
destacados habían sido aniquilados por las fuer
zas nacionalistas. El antiguo Kedive, desde Constantinopla, y con el auxilio de dinero y arma
mento que facilitaban alemanes y turcos, dirigía
la campaña, que se convirtió en furiosa guerra
de independencia,
La rebeldía contra los ingleses se había exten
dido por todo el mundo musulmán, que, fanati-
—
108 —
zado, desplegó al viento los estandartes verdes
del Profeta, tantos siglos enfundados.
E l grito santo de ¡ muera la opresión inglesa!,
hizo estremecer de patriotismo á pueblos y razas
que parecían haberse resignado para siempre á
sufrir el yugo británico.
Inglaterra no podía enviar nuevos refuerzos
que sirvieran de dique al impetuoso desborda
miento. Dos divisiones de voluntarios cosmopoli
tas que partieron de Gibraltar, habían sido ba
rridas cerca de El Cairo, y los últimos restos del
Ejército inglés corrían en desenfrenada fuga ha
cia el desierto de Labia.
Ante aquel apuro, Inglaterra exigió de Portu
gal que armase un nuevo Ejército para enviarlo
á Egipto.
Los portugueses alegaban su extenuación, pero
la Gran Bretaña insistió en Notas muy apremian
tes, haciendo ver á Portugal que perdería el afec
to y la protección inglesa si no realizaba este
nuevo y definitivo esfuerzo.
— Hicimos ya bastante más de lo que buena
mente podíamos hacer— contestaba el Presidente
Arriaga.
— ¿Qué importa el pasado? Inglaterra no se
preocupa de ayer para mirar únicamente el por
venir. Vuestra conducta decidirá la suerte de
Portugal— replicó el embajador inglés.
Los portugueses, llenos de pánico, transigie
ron, organizando á toda prisa un Ejército expe
dicionario que, mal vestido y peor armado, sa-
—
109 —
lió para Gibraltar, embarcando con rumbo á
Egipto.
Formaban la expedición unos doce mil hom
bres, últimos restos de la juventud portuguesa,
y los mandaba el más valeroso de los generales
portugueses, el señor Carlomagno das Vendimias,
llamado por la Prensa portuguesa el Atila de la
República, desde que derrotó en Tras os Montes
á los conspiradores monárquicos que mandaba
Camacho.
Das Vendimias fué provisto en Gibraltar de
los medios necesarios para que su Ejército usara
en Egipto por primera vez el invento de su com
patriota don Lucio do Bramante. Siempre refina
da en sus egoísmos, la Gran Bretaña quería que
fuesen tropas portuguesas las que realizaran la
experiencia.
Esta circunstancia, y el genio y valor proba
do del general Vendimias, hicieron cifrar mu
chas esperanzas en el éxito de la expedición.
Kitchener, pendiente del resultado del invento,
había ordenado á Vendimias que por todos los
medios le comunicara los frutos del ensayo, y con
objeto de dirigir mejor su aplicación, fué agre
gado al Ejército expedicionario portugués don
Lucio do Bramante.
El mismo día en que partía la expedición lusi
tana, el Rey Jorge llamó á Kitchener.
La salud del Monarca británico se había que
brantado mucho por efecto de los disgustos y
emociones que sufría constantemente. Le aqueja-
— 110 —
ban frecuentes crisis nerviosas, y su estado ins
piraba serias inquietudes.
Kitchener fué invitado por el Rey á exponer
con entera franqueza su criterio respecto á la si
tuación. Como de costumbre, se mostró optimis
ta, insistiendo en que contaba con recursos extra
ordinarios.
— ¿Pero para cuándo los reserva usted?— pre
guntó con angustia el Rey.
■
— Espero el último instante. Se trata de recur
sos tan poderosos y decisivos, que por su misma
energía no es posible usarlos extemporáneamente.
— ¿ Y si fracasan, como fracasó la pólvora del
inventor español, y como estoy temiendo que fra
casen las pilas eléctricas del portugués?— objetó
el Rey.
— No tema Vuestra Majestad. La eficacia del
recurso de que dispongo ha sido bien probada.
Mi retardo en utilizarlo responde precisamente
á la ciega confianza que en él tengo cifrada. Sé
que aniquilaremos al enemigo, pero ha de ser á
costa de un sacrificio tremendo, que nos costará
muchas vidas y estragos enormes. Además, ne
cesito para el mejor coronamiento de mi plan que
la escuadra germana esté muy cerca de nuestras
costas y que todo el grueso del Ejército enemigo,
con el Kaiser y su Gran Estado Mayor, se hayan
concentrado en territorio francés próximo al Ca
nal de la Mancha— ¡dijo Kitchener.
El Rey demostró vivo interés por averiguar en
qué consistía el secreto famoso, pero Kitchener
—
111 —
sólo satisfizo muy á medias la regia curiosi
dad.
Se trataba de un invento que causaría una re
volución en el mundo, haciendo imposible ya
para siempre las guerras. El inventor se hallaba
en Londres al habla con el ministro y dispuesto
á llevar á la práctica su formidable concepción
apenas el Gobierno inglés se lo mandara.
— Es un recurso— añadió Kitchener—que nos
salva, pero que acaba también para siempre con
nuestra supremacía mundial. Cuando se conoz
ca, todos los países, por formidables que sean sus
Ejércitos y escuadras, quedarán reducidos á la
impotencia. Es el triunfo decisivo de la ciencia
sobre la fuerza; comprended, señor, mis afanes
por aplazar hasta última hora el descubrimiento
de mi secreto.
Jorge de Inglaterra se levantó para estrechar
las manos de su ministro de la Guerra.
— En vos fío— le dijo, emocionado.
—Me haré digno de vuestra confianza, Sire—
contestó el ministro.
Al salir del Palacio Real, lord Kitchener se
sintió embargado por hondas cavilaciones.
La independencia y salvación de su patria es
taba pendiente de su mano. El propio Rey se
lo acababa de confesar.
— En vos fío— le había dicho el Soberano.
Kitchener, al llegar á su casa, sintió como nun
ca la opresión de la responsabilidad tremenda que
pesaba sobre sus espaldas. El ministro, que en el
—
112 —
fondo era un verdadero patriota, experimentaba
el aguijoneo insistente de una terrible duda.
__^Y si yo muriese de pronto, llevándome á la
tumba el secreto único que puede salvar á mi
país?...—se dijo, sintiendo una gran congoja y
hondo afán de adoptar medidas que pusieran al
Imperio británico á cubierto de cualquier desgra
cia que personalmente le pudiese ocurrir a el.
Kitchener, lo hemos dicho en otro capítulo, era
un solterón recalcitrante. Su familia estaba re
ducida á un joven sobrino, muchacho de poco
fundamento, que sólo se había distinguido por
sus aficiones deportivas y por la soltura con que
gastaba los caudales del ministro, su pariente.
Kitchener le llamó á su despacho.
— Mira, Jhon— le dijo con acento solemne;— si
yo muriese, quiero que te apresures á entregar
en manos del propio Rey un sobre lacrado que
guardo en la caja de caudales de mi despacho.
Este sobre contiene la fórmula para salvar á In
glaterra.
A l sobrino le brillaron los ojos de orgullo, pen
sando en el gran papel que su tío le reservaba.
— ¿ Quién piensa en vuestra muerte ?— pregun
tó frívolamente.
— Hay que prevenirlo todo, mi querido Jhon
contestó su tío.
El sobrino se aprovechó de la oportunidad
para pedir á su tío una suma de dinero, y una
vez conseguido el empréstito, marchó á sus deva
neos, mientras el tío escribía sobre un pliego de
—
113 —
papel, que después guardó en un sobre. Puso al
pliego varios lacres, y después de contemplarlo
en silencio durante un rato, lo encerró dentro del
cofrefort.
— Aunque ahora me muriese, mi patria podrá
salvarse—murmuró Kitchener.
Y, satisfecho de sí mismo, buscó en el lecho
descanso para su cuerpo, extenuado por la fa
tiga.
Sin duda, lord Kitchener acababa de tener lo
que los españoles denominamos una corazonada.
8
XIII
El gran combate naval.— Las primeras noticias.—
El telegrama del sarraceno— Noticias oficiosas.
Lema, desorientado.— Declaraciones de D. Amalio Gimeno.— El despacho de José Luis T o r r e s Noticia de origen alemán.— La escuadra inglesa,
destruida.— El almirante Jellicoe, prisionero —
Un juicio de Fabián Vidal.— Las fantasías del
señor Martínez.— Exito del “ A B C” y de “ El
Correo Español”.— Detalles exactos.
En las primeras horas de una tarde de últimos
del mes de Mayo, comenzó á circular por el Con
greso la noticia de que se había librado en el
mar del Norte un choque terrible entre las es
cuadras de Inglaterra y de Alemania. Se habla
ba de docenas de dreadnoughts sepultados en el
Océano, de radiogramas recogidos por un vapor
fondeado en Vigo, de despachos misteriosos en
poder de algunas importantes personalidades po
líticas. Hasta decíase qué el doctor Maestre tenía
en su poder un telegrama indescifrable de uu
amigo sarraceno, establecido en Gibraltar. que
corroboraba la estupenda nueva. Efectivamente;
—
116 —
á poco se presentaba en el salón de conferencias
tan distinguido é indispensable senador, con la
cara de las grandes solemnidades. Interrogado al
punto, confirmó aquellos rumores. Su amigo Beni-Ben y Ben, de la kabila de Anghera, le ha
bía transmitido desde Gibraltar el siguiente des
pacho :
“ Alá Norte infiel, tragado mar. Fuego cielo
irresistible. Muertos como estrellas. Ahogados
como arenas desierto.”
El despacho no sacó á nadie de dudas. Había
que averiguar quién era el infiel para el ciuda
dano de Anghera. Todos deducían la conclusión
de ,que el hiperbolismo está reñido con los partes
telegráficos. A poco surgió Rafael Suárez, sir
viendo de avanzada á don Daniel López, quien
pasó rápidamente al despacho del presidente dela Cámara. Suárez, que se quedó fuera, no sabía
nada. Unicamente dijo que el Conde de Roma
nónos estaba muy nervioso. Alguien aseguró que
el Gobierno tenía noticias, y que en Estado se
estaban descifrando unos despachos. La ansiedad
iba en aumento, y llegó al paroxismo cuando los
periodistas de Teléfonos vinieron al Congreso.
Las Agencias acababan de repartir un telegra
ma confirmando la batalla. Esta se mostraba in
decisa, y tomaban parte en ella más de setenta
grandes acorazados. Añadían que á las costas de
Holanda habían llegado unos centenares de náu
fragos alemanes en deplorable estado de locura.
Esto hizo sospechar á todos que se trataba de un
—
117 —
desastre alemán. A última hora, uno de esos se
ñores aficionados que se pasan la vida en la Cen
tral telefónica, dió visos de realidad á la noticia,
con los siguientes detalles: Que, interrogado el
Marqués de Lema por los periodistas, confirmó la
noticia, añadiendo que el almirante Jellicoe ve
rificó una hábil maniobra para lograr que la flota
germana abandonase su refugio de Kiel, con un
éxito completo. Alguno preguntó si este éxito
completo era de Jellicoe ó de la escuadra alema
na, y el ministro sólo acertó á responder con una
sonrisa, añadiendo:
— Pormenores no be recibido hasta la fecha
otro que el de que frente á Ostende se señalan
grandes unidades navales con rumbo descono
cido.
Don Amalio Gimeno, que, por su carácter de
ex ministro de Marina, era considerado como pe
rito en la materia, formó corro y habló de esta
manera:
— Indudablemente, se trata de una gran vic
toria de la escuadra inglesa. No cabe pensar otra
cosa. Ahora lo interesante es saber la extensión
del desastre alemán y las pérdidas que le ha cos
tado á Inglaterra su triunfo. Y o me figuro que
Jellicoe habrá echado de cebo en las'cercanías de
Kiel algunos acorazados antiguos, en bastante
número, para sostener la primera embestida de
los alemanes, y de la resistencia precisa para re
plegarse unas cuantas millas, con el objeto de
apartar de su centro de operaciones á los barcos
—
118 —
del Príncipe Enrique. Entretanto, el grueso de
la Armada inglesa, de la que formarían, induda
blemente, parte el Irunduke, el Centurion, el Bellerophon, el Sion y demás pre-dreadnoughts y
dreadnoughts, se deslizaría á babor de la línea
alemana, atacándola por la popa y destrozándola
por completo...
En esto apareció Pepe Luis Torres con un te
legrama de Algeciras, firmado por un agente elec
toral suyo, de nacionalidad británica, que decía:
“ Derrota completa. Pero, ¡viva Inglaterra!”
Este pero no dejó de producir sospechas, mas
el optimismo de los admiradores de Jorge Y ava
sallaba toda clase de reparos.
Parecía extraño, de todos modos, que las Agen
cias inglesas y francesas, y hasta los propios Go
biernos de las mismas naciones, no se apresura
sen á confirmar el triunfo de un modo concreto,
pues realmente, bien depuradas las noticias, no
se sacaba en claro sino que en Londres había una
gran emoción, que en Marsella se sucedieron las
manifestaciones de entusiasmo, que Poincaré ha
bía salido al balcón de su domicilio, y que en Lis
boa pasearon en triunfo por las calles al Presi
dente Arriaga, y nada más...
Ya se disolvían los últimos corros de comenta
ristas del salón de conferencias, cuando apareció
Pafael Carvajal, que con aire sibilítico comunicó
on notición formidable, que, según dijo, acababa
de recoger en la Embajada alemana.
Era que, según radiogramas del Estado Mayor,.
119 —
á la altura de Rosyth había sido destruido por
completo y en absoluto el poder marítimo de la
Gran Bretaña. El despacho añadía los siguientes
detalles:
“ De nuestros submarinos y dirigibles, es la vic
toria. Los grandes acorazados están intactos.
Nuestras pérdidas, aunque lamentables, son, por
la magnitud del triunfo, de muy escasa impor
tancia. Está prisionero el almirante Jellicoe.”
Excusamos advertir que el portador de la no
ticia tuvo que aguantar á pie firme el chaparrón
de burlas ingeniosas y carcajadas homéricas con
que le obsequiaron todos los ex gobernadores ci
viles averiados que forman las huestes aliadas.
Una hora después, los periódicos de la noche
eran arrebatados de manos de los vendedores;
pero la curiosidad de la gente no quedó satisfe
cha. Nada concreto, nada oficial. Sólo referencias,
y en unas titulares de á pulgada, epígrafes por
el estilo: Gran batalla en el mar del Norte.— ¿La
escuadra alemana, destruida?
La Correspondencia de España iba más allá.
A toda plana, y con la letra mayor de sus cajas,
exhibía el siguiente título: Espantosa derrota de
la flota alemana. Corren rumores de que el Kai
ser se ha suicidado al saber la noticia.
Encabezaba la información un desahogo estra
tégico de Fabián Vidal que, entre otras cosas,
decía:
“ Era de esperar la catástrofe. En repetidas
ocasiones lo habíamos anunciado. Si el alto man-
—
120 —
-do alemán hubiese hecho caso de nuestras adver
tencias, quizás el Imperio del Kaiser no lloraría
sobre la ruina de su poderío naval. A la hora en
que escribimos estas líneas, nos faltan detalles
para juzgar la extensión del desastre, que ha de
bido ser definitivo, por las impresiones que hasta
nosotros van llegando por diversidad de conduc
tos. A l poner el punto final á estas impresiones,
recibimos una nota de la Embajada alemana en
que se dicen cosas tan fuera de lo natural, que
sólo las disculpan la extensión enorme del daño
recibido. Generosos con los vencidos, nos abste
nemos de publicar la referida nota, que sólo aña
diría el ludibrio de las gentes á la desgracia su
frida. ’ ’
El Heraldo de Madrid se concretaba, en sus
grandes titulares, al anuncio de la batalla, y en
su última hora insertaba la nota de la Embajada
de Alemania, sin darle mayor importancia.
Al día siguiente, los periódicos de la mañana
descorrieron el velo. E l Imparcial insertaba un
telegrama de Londres que decía lo siguiente:
“ El Almirantazgo comunica este despacho:
Cobardemente, ayer, á las once de la mañana,
fué agredida por los submarinos alemanes la pri
mera división -de super-dreadnoughts. Hemos
perdido el Centurion el Hercules, el Superb, el
Iron Duke, el Malboroch y algunos otros. En la
bahía de Rosyth, también hubo combate, con pér
didas para nosotros. Actuaron los zeppelines, fa
vorecidos por la niebla que se levantó á última
—
121 —
hora. El pueblo inglés sabrá recibir con sereni
dad la noticia de este contratiempo, en la convic
ción de que tan grande es el poder de la Gran
Bretaña, que gastará hasta su última libra en
hundir el militarismo é imperialismo de nuestro
enemigo. ’ ’
El comunicado oficial de Marsella, entregado á
las once de la noche, decía:
“ En el mar del Norte se ha librado un serio y
violento combate naval entre las escuadras de In
glaterra y Alemania. A causa de la niebla no se
pudo precisar el resultado definitivo, pero parece
que nuestros aliados han conseguido algunas ven
tajas.
Todos los buques del tipo Niobe, hasta el
número de 85, no han sufrido desperfecto algu
no. Los alemanes han perdido 10 de sus mejores
zeppelines en la bahía de Rosyth. La situación
general, es favorable.”
El A B C y El Correo Español fueron más ex
plícitos. Sus bien montados servicios de corres
ponsales les proporcionaron un indiscutible triun
fo periodístico. Según los telegramas de dichos
periódicos, el combate naval había comenzado
por un ataque de los submarinos al grueso de la
flota británica, á unas 50 millas de la bahía de
Rosyth.
Un sumergible alemán logró echar á pique al
super-dreadnoughi Malboroch, de 28.000 tonela
das, recién salido de los astilleros ingleses. El
combate continuó casi en la entrada del citado
—
122 —
fondeadero, donde se hundieron siete unidades
más de la escuadra inglesa.
El ataque se reanudó por la noche, dentro de
la misma bahía, y en ella fué aniquilada la casi
totalidad de las fuerzas navales inglesas, por la
acción de los zeppelines y de los submarinos.
Las grandes unidades de combate de la Marina
germana no tomaron parte en la acción. Se cal
cula en 53 los acorazados perdidos por la Gran
Bretaña, además de otras unidades de menor
importancia.
La impresión producida por tamaño desastre
en el mundo entero, fué enorme. En Londres, á
pesar de que el Almirantazgo afirmaba que el
contratiempo estaba previsto, y de que los gran
des estadistas aseguraban que los recursos de la
Gran Bretaña eran inagotables, la opinión co
menzó á agitarse y las protestas adquirieron ca
racteres violentos.
Todo el mundo esperaba con ansiedad un re
lato minucioso de lo acaecido, pero pasaron dos
días sin llegar detalles concretos. Por fin, el
Giornale d ’Italia insertó una crónica del ilustre
escritor Berzini, que todos los periódicos de Es
paña se apresuraron á copiar. Antes de hacerlo
nosotros, hemos de anotar que la catástrofe in
glesa produjo en el mundo político español al
gunas víctimas. El ex gobernador conocido por
el Espía de los paraguayos, se suicidó en un re
trete del Congreso, después de sostener con Soldevilla una violentísima polémica. Dejó escrita
—
123 —
una cuartilla que decía: “ No puedo sobrevivir al
desastre de la justicia y del derecho.” Otro es
gobernador, el Sr. San Martín, se retiró á la
vida privada; el general Barrasa se volvió loco,
diciendo que él era un biplano, y el diputado
Ayuso fué muerto en desafío por el secretario
del Congreso, señor Del Moral.
He aquí el relato de Barzini:
“ Amaneció un día claro, espléndido, de esos
que lucen en invierno como un recuerdo de la
primavera, como un presente que el cielo envía
á la tierra, entristecida por las nieblas. El sol,
rey de los astros, quiso presenciar las catástrofe
de la reina de los mares. La mar, serena; el cie
lo, azul; los horizontes, despejados... El almi
rante Jellieoe quiso desentumecer á las tripula
ciones de sus poderosos navios, encerrados en
Rosyth, y dió orden de que se despejase la en
trada de las defensas puestas para evitar cual
quier ataque audaz de los submarinos alemanes.
A las nueve estaban en presión las máquinas, y
media hora después, el dreadnougth Iron Duke,
que arbolaba la insignia del almirante, franquea
ba, soberbio, la salida al mar. Inmediatamente
avanzaron, hasta adelantarle una milla en ser
vicio de exploración, los grandes cruceros Sion,
Indifatigable, Indomitable, Inflexible é Inven
cible. Más tarde fueron apareciendo Saint Vicent, el Superb, el Bellerophon, el Vanguard, el
Orion y el resto, hasta el número de 15. Ya en
plena mar, formaron una sola línea. A mayor
—
12-4 —
distancia seguían el Nelson, el Hindustan, el
Africa, el Glory, el César, el Majestic, el Magnificent y 16 grandes unidades más, formando
como una línea doble de reserva.
A las doce, el almirante, ebrio de soberbia, en
presencia del poderío de su patria, ordenó una
maniobra que era un reto. Hizo que el Malbo
rock, el Audacions, el Ring George V, el Orion,
el Bellerophon, el Neptune y el Hércules, se des
tacasen de la primera línea y avanzaran dos mi
llas al frente. La diafanidad del día, la trans
parencia de la atmósfera y la vigilancia de los
hidroplanos que surcaban el aire por todo el ho
rizonte visible, permitían la audacia. Jellicoe,
con el objeto de levantar el espíritu de las tri
pulaciones, mandó que cada barco de los desta
cados bordase con su estela sobre el mar una de
las letras de esta palabra: England, como sello
de dominio sobre los mares. De esta manera el
nombre de Inglaterra quedaba escrito en las
olas como marca de esclavitud. Forzaron la má
quina los navios, y en un perímetro extensísimo
se comenzaron á mover los grandes buques...
Los hurras atronaban el espacio... De repen
te se da la señal de alarma... A una distancia
de 800 metros, el vigía del Neptune acababa de
descubrir el periscopio de un submarino, y no
pasaron dos minutos sin que un trueno espanto
so conmoviese la placidez de los mares. La arti
llería de los barcos británicos disparaba sobre el
insignificante enemigo... De repente, una eolum-
—
125 —
11a de agua se alza al costado del Malboroch, y
éste, poco á poco, se tumba sobre su costado de
babor, basta desaparecer bajo las aguas. E l des
orden reinó en los primeros momentos, pero aten
to Jellicoe á las órdenes dadas por el Almiran
tazgo á raíz de la pérdida del Aboukir y de los
otros dos cruceros, ordenó que ningún acorazado
se acercase á salvar la tripulación del buque per
dido, mandando que toda la escuadra virase en
redondo y fuese en demanda del refugio de Rosyth, y que quedasen para perseguir á los auda
ces submarinos las fuerzas sutiles que acompa
ñaban á los grandes navios. Así se hizo, y la es
cuadra, con rumbo á la bahía de Rosytli, pronto
desapareció en el horizonte... Pero al franquear
la entrada el Inflexible, se hundió rápidamente.
Igual suerte corrio el JBellerophon, y más tarde
el Centurión y hasta ocho grandes unidades...
¿Qué había pasado? Los alemanes, suponiendo
que después del primer ataque en alta mar, 1 «
barcos ingleses, siguiendo las órdenes del Alm i
rantazgo, volverían á la bahía de Rosyth, les es
peraron á su entrada...
El espanto, el pánico, la confusión que se pro
dujo no es para descrita. Eran ya las seis de la
tarde, y comenzó á levantarse una niebla tan
densa como claro había sido el día. Sin embargo
el grueso, la totalidad de la escuadra pudo ga»»r el fondeadero... Pero no repuestos aún de
la impresión recibida, á las nueve de la noohe
comenzaron a caer sobre los barcos andados una
—
126 —
nube de proyectiles... Eran diez zeppelines que
arrojaban toneladas de explosivos. E l desastre
fué completo; las escenas, horribles. Los buques
chocaban los unos contra los otros, y ninguno se
atrevía á forzar la salida, por temor á perecer
por la acción de los torpedos de una nube de
destroyers, submarinos y torpederos alemanes
que cerraban la embocadura. Llevaron éstos á tan
to su audacia, que, pereciendo algunos en la em
presa, lograron penetrar en la bahía, rematando
lo que aún á flote quedaba. El almirante Jellicoe
fué recogido á bordo de un destroyer alemán.
El siguiente fué otro día claro y espléndido
como el anterior. El sol quiso presenciar el cam
po de la lucha y pudo ver á la escuadra imperial
abandonar su refugio de Kiel y recorrer como
señora aquellos mares.
Parecía que la proa de los navios del Príncipe
Enrique de Prusia iban dibujando, sobre las
mismas aguas que trató de sellar Jellicoe con el
nombre de Inglaterra, esta leyenda: Finis Britaniae.”
XIV
Los portugueses, en Egipto.— Víctimas del destino.
Un telegrama conmovedor.— Arenga vibrante.—
La batalla de las Pirámides.— El invento de don
Lucio. — Un ejército electrocutado. — Pirámide
destruida.— La capitulación.— Das Vendimias, en
una jaula.
Las desgracias nunca vienen solas. A la catás
trofe naval de la Gran Bretaña siguió la horrible
derrota de los portugueses en Egipto.
Había llegado la hora de que Inglaterra expia
se sus perfidias, y á ninguna fuerza humana era
dable contener el avance triunfal y arrollador del
Destino justiciero.
Raza de bravos hombres, que jamás conocieron
el miedo, es la raza lusitana, pero su valor había
de estrellarse contra los fallos inapelables de la
fatalidad, que decretaron la ruina de Inglaterra.
La fuerza de Portugal, con ser mucha, no era
posible que variase los designios del destino; los
portugueses, al interponerse entre la cólera del
Cielo y los británicos, fueron reducidos á polvo.
—
128 —
No hay en ello mengua para el honor de las ar
mas lusitanas, que antes de ser abatidas escribie
ron una página heroica que fué asombro del
mundo.
Lo que le pasó al general Carlomagno das Ven
dimias, el Atila portugués, habría sucedido, igual
mente, al auténtico Atila, su maestro; á Carlo
magno, su tocayo; á Jerjes, á César, á Napoleón
y á nuestro invicto general Weyler. Ni aun dis
poniendo de pilas eléctricas para sus cañones y
fusiles, pueden los hombres, por heroicos que
sean, luchar contra la fatalidad.
Das Vendimias concretó admirablemente las
causas de su derrota en el despacho enviado á su
Gobierno, al entrar en El Cairo, prisionero de los
nacionalistas egipcios.
“ Venzudos y escachifollados, nao per falta de
bravura. Mal sino angleises ha poudido mais que
heroímo as portugueses.— 1Carlomagno das Ven
dimias.”
Referiremos la breve historia de la espantosa
derrota lusitana:
Das Vendimias había combinado irn plan es
tratégico lleno de audacia, contando desde luego
con el invento de su compatriota Lucio do Bra
mante.
Los portugueses tendrían como principal obje
tivo la toma de El Cairo. No importaba la supe
rioridad del enemigo. Para un Ejército que cree
disponer del rayo, no hay enemigo temible.
La expedición portuguesa, engrosada con los
—
129 —
restos del batido Ejército inglés, se concentró en
los alrededores de las Pirámides.
El generalísimo Das Vendimias dispuso que la
Infantería lusitana, provista de fusiles eléctricos
y formando un semicírculo, esperase los ataques
del enemigo.
A retaguardia se colocaron las baterías de A r
tillería para completar el exterminio del Ejército
egipcio una vez éste, aturdido y maltrecho, ini
ciase la retirada.
El propio Bramante dirigió la operación de
adaptar á los fusiles la maquinaria eléctrica que
tan formidables efectos había de producir.
Antes de que rompieran el fuego los egipcios,
Das Vendimias pasó revista á sus fuerzas, pro
nunciando una vibrante arenga:
“ Un ilustre colega mío, Bonaparte, decía en
este mismo sitio á su Ejército, antes de una me
morable batalla: Soldados de Francia, cuarenta
siglos os contemplan. Yo, imitándole, os digo:
Soldados de Portugal, os contemplan más de cua
renta siglos, y el mundo entero está pendiente de
vuestro valor.”
Los lusitanos prorrumpieron en gritos de fa
nático entusiasmo.
En aquel instante iniciaban el ataque los egip
cios, y el general portugués dispuso que, avanzan
do en orden de batalla, la Infantería disparase
sus fusiles eléctricos.
Nadie mejor que el redactor de O Mundo, que
formaba parte de la expedición como corresponD
—
130 —
sal de guerra, puede describirnos lo que sucedió
entonces.
Reproduciremos su relato para que nunca se
nos pueda tachar de parciales.
"Rou espantouso. Resonou estrepitoisa detona cao, temblou a térra a nosas plantas e lo celo
sobre nosas cabecas. Os valentes soldados facían
horribles brincadeiras, como si con as maos qui
sieran llegar as nubes. Desprendéronse das mor
tíferas armas, que solas continuaban o fogo. As
brincadeiras dos regimientos enteiros durou mais
de dos horas. Fou espantouso.”
En efecto; el invento de don Lucio tuvo un re
sultado trágico. A las primeras descargas, los fu
siles se dispararon por la culata, electrocutando
á toda la Infantería fusilera.
Hubo soldados que saltaron á 10 y 15 metros
de altura, retorciéndose en convulsiones epilép
ticas. Algunos, al caer, se clavaban en sus pro
pias bayonetas.
Explicando los portugueses tan horrendo fra
caso, decían que había sido la causa del desas
tre un exceso de teoría. La fórmula resultaba
exacta, las pilas disparaban demasiado bien, tan
to, que superaron en un 500 por 100 los cálculos
del inventor.
En la Artillería, la reforma de do Bramante
obtuvo también resultados muy desiguales
Tso
„osaron 4 dispárame los cañones por la enlata,
poro no W bo manera de apuntar eon ellos d e s
júntente, í la trepidación fue tan enorm ,
—
131 —
muchas de las piezas dieron casi una vuelta en
redondo sobre sus cureñas, descargando los pro
yectiles contra los artilleros que las gobernaban.
Una de esas baterías locas, redujo á escombros
una Pirámide, destrozando aquella obra que ha
bía resistido las injurias y los embates de los si
glos.
Las momias venerables de Sesostris, Ransés y
de varios de sus hijos, fueron deshechas dentro
de sus tumbas por la metralla portuguesa.
Por cierto que esta catástrofe arqueológica oca
sionó polémicas muy apasionadas, pues la Pren
sa inglesa la imputó á los jefes alemanes que
mandaban algunas de las fuerzas egipcias.
Catedráticos italianos y franceses publicaron
una enérgica protesta: “ Enemigos de la vieja eivilización, después de haber destruido las joyas
del arte gótico, desahogan su barbarie contra las
riquezas que nos legaron las más antiguas razas.”
“ La Humanidad está de luto. El furor teutón
no ha respetado ni las tumbas de los gloriosos
Monarcas del Egipto—Mijo Morning Post.”
Y en Londres hubo manifestaciones y llantos
académicos por el ultraje de que acababan de ser
víctimas las momias egipcias, y en Madrid se ce
lebró una velada en el Ateneo, y un mitin en el
Círculo reformista, dedicado á enaltecer la me
moria de Sesostris y Ransés.
La campaña cesó como por encanto cuando, por
propia confesión de los portugueses, se supo que
habían sido ellos los culpables del desastre.
—
132 —
Desmoralizadas las fuerzas lusitanas por el fra
caso del armamento, que las dejó reducidas á la
más mínima expresión, resultó fácil á los egipcios
realizar un movimiento envolvente.
El general Das Vendimias no tuvo más reme
dio que capitular sin condiciones. Pué una escena
de gran vigor dramático la de la entrega de su
espada.
Don Carlomagno se mordía los puños de rabia
viendo que tenía que rendirse sin haber apenas
luchado.
A don Lucio do Bramante quiso la Providen
cia librarle de pasar por este trance de amargu
ra. El pobre había perecido víctima de su propio
invento.
Los egipcios, implacables con el vencido, con
dujeron á Das Vendimias á El Cairo, encerrado
en una jaula, para ser exhibido en las plazas
públicas, con un rótulo que decía: “ He aquí el
Atila portugués.”
XV
La campaña de Caillaux.— Enemigo temible.— Un
comité francófilo.— Agasajos á Caillaux.— Jira
intelectual.— Las lágrimas de “ Colombine” .—
Cromita trágica.— El artículo de Mataix.— Un
atentado.— El retrato de Canalejas.— Caillaux,
aburrido, se marcha.— El postrer desengaño de
“ Colombine” .
Dejemos al pobre generalísimo portugués llo
rando su desgracia dentro de la jaula, y á los
egipcios saboreando la satisfacción de su fácil
triunfo, para trasladarnos de nuevo á España,
donde ocurrían acontecimientos que interesarán,
de fijo, la curiosidad del lector.
Caillaux, investido de amplios poderes como
agente oficioso del Gobierno de su país, había lle
gado á Madrid con objeto de realizar un esfuer
zo decisivo á fin de obligarnos á romper la neu
tralidad. Hábil diplomático, gran conocedor del
corazón humano, y disponiendo de dinero sin
tasa, Caillaux era un enemigo temible.
La Prensa del trust preparó el viaje de Cai-
—
134
—
llaux, haciendo un gran reclamo al famoso polí
tico, y por iniciativa de Tomás Romero constitu
yóse un Comité, que no había de tener otra mi
sión que la de agasajar al emisario de Francia.
Formaban parte de este organismo Lerroux,
Pérez Caballero, un republicano conjuncionista
y algunas de estas personalidades que tanto abun
dan en Madrid, siempre dispuestas á ejercer car
gos que lleven aparejado cierto estrépito gaeetilleresco.
Caillaux fué obsequiado, claro está que á sus
expensas, con un banquete en el Hotel Palace y
una jira intelectual á Aranjuez, en la que Gó
mez de la Serna, el doctor Gay y la imprescin
dible Cólombine, leyeron inspiradas composicio
nes dedicadas á llorar los daños sufridos por las
ciudades francesas que habían caído en poder del
invasor.
Colombine, vestida de riguroso luto, y con la
cabellera suelta como una sacerdotisa romana, dió
una nota teatral sumamente conmovedora, y pro
dujo gran emoción al relatar la ya conocida his
toria de los atropellos de que había sido víctima
en Hamburgo, cuando los alemanes la tomaron
por un cosaco disfrazado de mujer.
Después habló de las torturas que producía en
su alma, eternamente tierna, el espectáculo triste
de Lovaina abatida.
El fuego de sus palabras arrancó lágrimas a
los intelectuales, y Caillaux, impresionado, estre
chó entre sus brazos á la literata española, mien-
tras el señor Gómez de la Serna lanzaba vítores
desaforados á la solidaridad latina.
Desde la excursión á Aranjuez, Colombine fué
compañera inseparable de Caillaux, tomando par
te en los diversos actos de propaganda francófila
que se organizaron.
Este detalle, y los artículos exaltados en favor
de nuestra intervención, que publicaba en el H e
raldo, motivaron una broma de El Mentidero,
que pudo tener consecuencias muy trágicas.
D ijo este periódico satírico, que en ciertos cen
tros literarios y pedagógicos se aseguraba que la
influencia del sol de España había motivado un
estallido pasional en el alma de M. Caillaux, sien
do muy posible que la campaña de propaganda
del ex ministro francés acabase con una demanda
de divorcio y su matrimonio por amor, con cier
ta española exaltadamente francófila.
“ Lo único que falta es que algún acto heroi
co de la nueva señora de sus pensamientos des
aloje del corazón del político francés el recuerdo
de otra mujer que por cariño hacia este hombre
extraordinario llegó hasta el crimen” — decía El
Mentidero.
Almas tan complejas como la de Cólombine, no
son fáciles de sondear. Sin embargo, es muy po
sible que la nota irónica de El Mentidero su
gestionase profundamente á la distinguida es
critora.
Colombine redobló sus asiduidades cerca del
ex ministro, y en una crónica que publicó en el
—
136 —
Nuevo Mundo haciendo la semblanza de Caillaux,
decía en términos apasionados que después de
Leopardi, al que sólo conoció por sus obras lite
rarias, ningún otro hombre le había producido
una emoción tan intensa.
Por aquellos días, El Mundo, que al llegar
Caillaux á Madrid se había mostrado benévolo
con la campaña del político francés, en un ar
tículo firmado por Santiago Mataix, dió una nota
estridente y personalísima, refiriendo, en térmi
nos de gran violencia, que Caillaux sobornaba
Prensa y hombres públicos á fin de precipitarnos
á una temeraria intervención en favor de los
países aliados.
Mataix recordaba el suceso de Le Fígaro, de
París, y decía que la sombra ensangrentada de
Calmette venía persiguiendo al antiguo ministro
■de la República.
Amenazaba también con publicar unos papeles
que eran, á su juicio, palpable demostración del
cohecho realizado por Caillaux á costa de la san
gre del pueblo español.
La noche del día en que apareció aquel ar
tículo, Mataix tomaba tranquilamente sus ape
ritivos, cuando el ordenanza le dijo que una
dama semitapada deseaba verle.
Mataix ha sido siempre valeroso y galante. Pre
guntó al ordenanza detalles acerca del aspecto de
la dama, y bebiéndose una nueva copa de cocktail,
ordenó:
— Haz pasar á esa señora, y cierra la puerta.
—
137 —
La dama entró en la dirección, y al quedar sola
con Mataix, levantó el velo que le cubría la cara.
Mataix no pudo contener un gesto de sor
presa.
—¿Usted aquí, Colombine?
—Sí, yo soy...
—¿Tomará un cocktail conmigo?...—insinuó,
amable, Mataix.
Colombine, que daba muestras de gran agita
ción, retrocedió unos pasos.
—Mataix, no estoy en este momento para bebi
das ni bromas de ninguna clase—dijo, algo tré
mula.
Y añadió con dramático ademán:
—Vengo para que me dé usted inmediatamen
te esos papeles que, según dice, comprometen á
mi Pepe...
Mataix quedó un poco perplejo.
—¿Su Pepe? Ante todo, necesito saber quién
es su Pepe.
Colombine hizo un esfuerzo para serenarse.
—Me refiero á esos papeles referentes á Caillaux.
-—Hablaremos del asunto—icontestó Mataix,
ofreciéndole asiento en un sofá.
No lograron entenderse.
—Quiero esos papeles—gritaba Colombine,
fuera de sí.
Mataix, temiendo una agresión, se refugió de
trás de la mesa-despacho.
Colombine avanzaba resuelta. Sus ojos brilla-
ban vengadores, como debieron brillar los de Juditli en la tienda de Holofernes.
Cuando estuvo á tres pasos de Mataix, sacan
do rápidamente la mano derecha de un gran bolso
de seda, apuntó al propietario de E l Mundo con
un enorme pistolón.
Mataix, al ver el arma, lanzó un grito estri
dente, casi al mismo tiempo que resonaban dos
detonaciones.
Los redactores y ordenanzas del periódico, que
acudieron en socorro de su jefe, vieron, al disi
parse el humo de los disparos, que Mataix se ha
bía desplomado sobre un sillón.
— Esta mujer acaba de asesinarme— dijo el in
signe periodista.
Pero le reconocieron y se advirtió que Mataix
se hallaba ileso, mientras Colombine se retorcía en
el suelo presa de un síncope nervioso.
Las dos balas del pistolón se habían incrusta
do en un retrato de Canalejas que adorna el des
pacho de Mataix.
Estaba escrito que, hasta después de muerto,
había de perjudicarle al inolvidable D. José su
amistad con Santiago Mataix.
Colombine fué conducida á la Jefatura de Po
licía, donde tuvieron que habilitarle una cama,
pues sufría intensos ataques nerviosos.
Allí la visitó M. Caillaux, interesándose mu
cho por su salud.
Los periódicos de Madrid y provincias publi
caron extensas informaciones del suceso, y en
—
139 —
vista clel escándalo que se produjo, Caillaux aban
donó Madrid, dando por terminada su campaña
contra la neutralidad española.
Se dijo que había logrado parte del objeto de
su viaje, pues dejaba entablada una estrecha re
lación con determinados elementos de la extre
ma izquierda.
Caillaux se marchó de España sin despedirse
de la mujer que, por su culpa, no había repara
do en llegar hasta el asesinato.
Pocos días después dijeron los periódicos que
había sido visto en Biarritz con su esposa, y que,
preguntado por un corresponsal acerca de los
rumores de su probable divorcio, contestó ne
gándolos terminantemente y diciendo que jamás
había existido entre Colombino y él otra rela
ción que la de una fraternal amistad, fundada
en una estrechísima coincidencia de ideas.
Colombine lloró aquel desengaño, y cuando los
Tribunales la absolvieron en la causa que se le
seguía por el frustrado homicidio de Mataix,
hizo voto de consagrar el resto de sus días á las
prácticas de beneficencia.
Las circunstancias le depararon muy pronto
una ocasión para demostrar la sinceridad y fir
meza de sus propósitos.
XVI
Recluía en Barcelona— Una legión española.— Cam
paña belicosa.— Los cosacos del Paralelo.— Vo
luntarios de buena fe.— Enfermedad de Lerroux.
Emiliano, caudillo de los legionarios.— La con
centración de Bourgmadame.— Marcha penosa.—
El fuego de Portus.— Una mixtificación.— Re
compensas y telegramas.
Los frutos del acuerdo entre Caillaux y deter
minados políticos españoles de la extrema izquier
da, no tardaron en salir á la superficie.
Pronto se supo que el ex ministro francés ha
bía dejado situada en España una suma consi
derable para organizar una recluta.
Se dijo también que la leva se realizaba en
Barcelona, bajo la dirección de Lerroux.
El compromiso era formar una legión de re
publicanos y francófilos que, en un plazo lo más
breve posible, hiciese su entrada en Francia por
la frontera de Puigcerdá.
Para evitar que el Gobierno español opusie
se dificultades, los legionarios no recogerían sus
—
142 —
equipos y armamento hasta llegar á Bourgmadame. Sin embargo, en las Plazas de Toros de Bar
celona y en los locales de la Casa del Pueblo, se
les instruía militarmente y hacían prácticas y
ejercicios con palos y cañas, actuando de ins
tructores tres militares retirados, de ideas repu
blicanas.
La recluta no era muy selecta, pues admitie
ron á todo el que se presentaba, mientras pasa
se de los diez y seis años, y no excediera de los
cincuenta. Según se susurró, el contrato con Fran
cia se hizo sobre la base de un premio por cada
individuo alistado, y á los organizadores lo que
les interesaba era que los inscriptos sumasen
una buena cifra.
Incluso fueron admitidas gentes que tenían
defectos físicos, y en la legión había tuertos, co
jos y algún manco.
Se les prometían dos pesetas de soldada, cal
zado, buena comida, dos litros de vino y un cuar
tillo de aguardiente por día.
En una semana se alistaron cerca de cinco
mil individuos de diversas provincias de Espa
ña. La gran masa de aventureros que pulula
por Barcelona, contribuyó mucho á nutrir las
tilas de la legión.
La Prensa lerrouxista realizó una campaña
muy activa. El Progreso y El Radical diaria
mente publicaban vibrantes arengas excitando
á los ciudadanos de ideas liberales para que se
alistasen en el Ejército expedicionario.
—
143 —
Violeta escribió un himno para la legión, que,
puesto en música por Calleja, se cantaba con en
tusiasmo en los Casinos republicanos.
Las dos primeras estrofas enloquecieron á los
francófilos, á pesar de que no eran un modelo
de métrica ni de originalidad.
¡Burra, cosacos del Paralelo!
Gemianía os brinda espléndido botín.
Sin duda, el mayor empeño de la Prensa lerrouxista fué convencer á los voluntarios de que
tendrían, aparte las dos pesetas, las botas, el
suculento rancho, el vino y el aguardiente, un
brillante porvenir con los saqueos que podrían
realizar apenas entrasen en Alemania.
Los periódicos publicaban artículos, algunos
de Lerroux, refiriendo los encantos de la vida de
campaña y recordando el legendario tipo del
aventurero español, que guerreaba por oficio,
conquistando riquezas y placeres con la punta de
su espada.
El entusiasmo belicoso que cundió entre las ma
sas demagogas, lo demuestra un curioso detalle.
Por aquellos días en un teatro del Paralelo, de
Barcelona, se representaba Don Juan Tenorio,
y cada vez que el actor encargado del papel de
Luis Mejía, declamaba los versos aquellos de
Entramos á saco en Gante
el palacio episcopal...
—
144 —
el publico de las galerías aplaudía locamente y
a ia gritos entusiastas de ¡Iviva Francia!
Poco fuertes en conocimientos geográficos, y
creyendo que Gante se hallaba situado en Alema
nia, se consideraban cada uno de ellos un pe
queño D. Luis Mejía, saqueador de palacios epis
copales.
Aparte la gentuza sin ideal que se alistó con
la esperanza del botín y de la soldada, hubo en
tre los inscriptos algunos, contadísimos, repu
blicanos de buena fe que creyeron que sus opi
niones de toda la vida les obligaban al sacrificio
de su sangre para defender la independencia de
la nación francesa.
Entre estos pocos figuraban el batallador pe
riodista Miguel Tato Amat, Rosendo Castells, el
diputado Albert y el ex diputado Puig Calzada.
Hombres entusiastas y soñadores, hicieron, des
de luego, renuncia de las pagas que se les ofre
cían, declarándose dispuestos á servir al ideal
sin esperanza de recompensas materiales.
Su conducta fué premiada por el Comité re
clutador dándoles unos nombramientos de capi
tanes, que más tarde habían de ser ratificados por
el Gobierno francés.
A última hora, cuando la legión estaba orga
nizada, Lerroux se puso enfermo, Los¡médicos
nue le asistían declararon que se trataba e •
desarreglo intestinal que requería ^
«nan
días de tratamiento y reposo. Este « t
aplazaba indeünidaniente la salida de
—
145 —
ción, los reclutas mostraban impaciencia y el
Gobierno francés apremiaba con sus telegra
mas.
Uno de los que tenían mayor prisa, era Emilia
no Iglesias, deseoso de acabar de una vez con
las bromas de las gentes acerca de su falta de
valor personal, y resuelto á realizar algo heroico
que demostrase su bravura.
Fiel á este propósito, celebró varias conferen
cias con Lerroux, y acordaron, por fin, que éste
publicaría un manifiesto cediéndole, por motivos
de salud, el mando provisional, pero dispuesto,
desde luego, á incorporarse á la expedición ape
nas el estado de su dolencia se lo permitiera.
El documento estaba concebido en términos
vibrantes. Lerroux, después de ponderar la m i
sión trascendental que los republicanos realiza
ban, les decía que iban á continuar la historia
de España, y que él, imposibilitado de ponerse
al frente por efecto de una traidora enferme
dad, les acompañaba, sin embargo, en espíritu.
“ Envidio vuestra suerte— añadía— porque vais
á pelear bajo la bandera más grande y bella que
jamás ondeó al viento. Felices vosotros, felices
los que caigan en la lucha y puedan legar á sus
hijos un apellido glorioso. Nunca imaginaréis la
gran pena que me causa no compartir desde los
primeros momentos vuestras alegrías y vuestras
fatigas.”
Iglesias se hizo cargo del mando, y congregó
á los legionarios de Bourgmadame para reciit»
—
146 —
bir los armamentos y uniformes que Francia les
había prometido.
El Diario Oficial francés había publicado los
nombramientos de los jefes de la expedición. A
Emiliano le designaban coronel, y á Zurdo de
Olivares, capitán cajero. Para Castells, Tato
Amat, Albert y Puig Calzada, sólo aparecían
unos nombramientos de simples caporales, á pe
sar de la promesa que les hicieron al alistarse.
El uniforme de los expedicionarios lo consti
tuían unos chalecos de Bayona con listas rojas,
unos pantalones colorados y unos gorros frigios.
Los oficiales llevaban las insignias en los gorros.
De jefe sanitario de la expedición iba Rosen
do Castells, y á sus órdenes, un Cuerpo de en
fermeras de la Cruz Roja, dirigido por Colombine.
Emiliano Iglesias, apenas tuvo á su pequeño
Ejército armado y equipado, se puso en comuni
cación con el generalísimo Joffre, y, siguiendo
sus instrucciones, inició el movimiento de avance.
No dejó de ofrecer esto serias dificultades. La
disciplina de las huestes era muy mediana, y á
las dos horas de marcha, los cánticos y gritos de
entusiasmo con que la legión hizo su entrada en
Francia, se habían convertido en un horrible
concierto de lamentaciones y blasfemias.
Los zapatos de los equipos que la Administra
ción militar francesa facilitó en Bourgmadame.
procedían de franceses y alemanes muertos en
los campos de batalla, y no se ajustaban á los
—
147 —
pies de los voluntarios de la legión emiliana. Un
soldado que, por llevar botas pequeñas, no puede
caminar bien, resulta el rigor de las desdichas, y
si este soldado, además, es bisoño y poco sufrido,
no hay medio de aprovecharlo.
Iglesias pasó grandes angustias, y, á pesar de
que Joffre le había ordenado ruta distinta, eu
vista de que algunos desertaban y otros iban que
dando rendidos por el camino, se dirigió al pue
blo de Portus con objeto de dar descanso á su
gente.
Ya de noche, y sin previo aviso, después de un
alto para comer, en el que ordenó se repartiese
doble ración de aguardiente, con objeto de cal
mar un poco el disgusto de la tropa, hizo Emi
liano su entrada en Portus.
Mientras el Estado Mayor adoptaba medidas
.respecto á los alojamientos, se oyeron en las ca
lles del pueblo algunos tiros, y á los pocos mo
mentos corrían los expedicionarios de un lado
para otro disparando sus fusiles en las tinieblas.
— ¡Los alemanes, los alemanes! ¡Y a están aquí!
•
—gritaron millares de voces, aterrorizadas, y el
fuego se generalizaba, invadiendo á la legión una
ola de pánico que se comunicó á los vecinos del
pueblo, que abandonaban sus lechos para dispa
rar también desde ventanas y balcones.
El tiroteo duró hasta el amanecer, hora en que
los jefes practicaron un reconocimiento por el
pueblo y sus alrededores.
No se vió rastro de alemanes, y todos los heri-
—
148 —
dos y muertos, tanto voluntarios de la legión
como vecinos de Portus, lo habían sido por pro
yectiles de arma corta ó por balas del calibre usa
do por el Ejército expedicionario.
Seguramente la catástrofe había sido motiva
da por un movimiento de falsa alarma, cuyos
orígenes no fué posible averiguar.
Las bajas ascendían á más de trescientas, y
entre los muertos figuraba el ex diputado Puig
Calzada, que, al intentar contener el desorden
de la tropa, fué alcanzado por una bala. E l va
leroso caporal Puig oprimía entre sus manos rí
gidas la bandera tricolor de los legionarios, una
bandera bordada por las damas rojas de Barce
lona, que el abanderado abandonó al producirse
la espantosa confusión.
Emiliano Iglesias y su Estado Mayor acorda
ron que debía ocultarse al Gobierno francés la
causa del siniestro, inventando una versión más
honrosa para el honor de los legionarios.
Dieron un parte oficial diciendo que al llegar
á Portus les habían atacado fuerzas alemanas in
finitamente superiores en número, y que después
de varias horas de fuego, habían conseguido
ahuyentarlas.
El Gobierno francés fingió creerlo, aun cuan
do no tenía noticia de que los alemanes hubieran
avanzado tanto. No sería extraño, sin embargo,
que lo hubiese creído sinceramente, ya que, tra
tándose de hazañas germanas, nada parecía im
posible á los atribulados franceses.
—
149 —
La contestación del Gobierno fné muy satis
factoria. Rendía un tributo de admiración á los
heroicos legionarios, un recuerdo á los muertos,
y comunicaba que, en Consejo de ministros, se
había resuelto conceder la Legión de Honor i
Emiliano Iglesias.
Este, satisfecho del buen resultado de su es
tratagema, después de dejar en Portus una sec
ción de la Cruz Roja para el cuidado de los he
ridos, continuó el avance con mayor facilidad,
pues á los soldados, con lo mucho que corrieron
durante la noche triste de Portus, se les habían
ensanchado algo las botas.
Antes dirigió á Lerroux el siguiente telegrama:
“ Anoche tuvimos primer contacto enemigo.
Fuego duró varias horas. Alemanes huyeron, lle
vándose sus bajas. Nosotros, escasas pérdidas,
comparadas importancia operación. Entre muer
tos figura caporal Puig Calzada y 20 soldados.
Mañana daré lista más completa. Salgo en busca
enemigo. ¡Viva Francia! Coronel jefe legión,
Emiliano Iglesias.”
En Barcelona y Madrid, los republicanos or
ganizaron manifestaciones y veladas para con
memorar la gran victoria de Portus.
XVII
Emiliano Iglesias no quiere batallas campales, y,
en pugna con Joffre, es partidario de los recintos
fortificados.— Camino de Ceret.— Los alemanes
se acercan.— Fuego al que huya.— Ceret y Numancia.— Misteriosa desaparición del capitán
cajero.— Aprestándose á la defensa.— Emiliano,
en la iglesia.— La bandera blanca y el Derecho
internacional.— Emiliano aboga en favor de un
templo.— Contestación del general alemán.— Fu
ga de Emiliano y desastre de la legión.
El quebranto que acababan de sufrir, además
de diezmar sus filas, produjo en los legionarios
una honda depresión moral; el número de de
sertores aumentaba por momentos.
Fué preciso forzar la marcha, porque recibie
ron avisos de que se habían visto avanzadas ale
manas en algunos puntos de la Cerdaña france
sa, y Emiliano Iglesias comprendió que no era
prudente arriesgarse á un ohoque con el enemi
go en campo abierto, pues á los primeros dispa
ros su gente le habría dejado solo.
Se acordó buscar el refugio en una población
que ofreciese medios para intentar una defensa,
—
152
y escogieron la villa de Ceret, que distaba única
mente tres ó cuatro leguas.
Pronto circuló entre los voluntarios el rumor
de que los alemanes no se hallaban muy lejos,
cundiendo el pánico entre las filas.
Muchos tiraban el fusil, y despojándose del
gorro frigio, del chaleco de Bayona y hasta de
los pantalones, con objeto de que no se pudiese
adivinar su procedencia, emprendían la fuga,
corriendo en paños menores camino del Pirineo.
Algunos, los menos, tuvieron el rasgo de atención
de despedirse del caudillo, produciéndose pinto
rescas escenas, pues Emiliano Iglesias reprocha
ba su cobardía, recordándoles los deberes que la
disciplina militar impone, y ellos protestaban di
ciendo que aquel lenguaje no era digno de ser
empleado entre hombres de ideas avanzadas, edu
cados en los principios libres.
Para contener las deserciones, Iglesias, con sus
oficiales, se colocó á retaguardia, disponiendo que
las vanguardias y los flancos de la legión fuesen
vigilados por columnas de jóvenes bárbaros, con
orden terminante de hacer fuego contra el que
intentase huir.
Así llegaron á Ceret, siendo recibidos en triun
fo por el pueblo y las autoridades, que creyeron
ver en la legión una esperanza salvadora contra
el ataque alemán, que se juzgaba inminente.
El jefe de la gendarmería y el de la escasa
guarnición territorial de la villa, se apresuraron á
resignar el mando en Emiliano Iglesias, y la po-
—
153 —
blación, que contaba algunas defensas atrinche
radas, se dispuso á resistir el asedio de los alema
nes, en el supuesto de que no retrocedieran éstos
al saber el refuerzo que Ceret había recibido.
Iglesias distribuyó fuerzas, asegurando ante la
municipalidad que el enemigo sería rechazado, y
que en el caso de que no fuese la victoria fácil,
Geret caería gloriosamente, rivalizando ante la
Historia con Sagunto, Numancia, Gerona y Zara
goza. Los de Ceret, país pródigo en vinos excelen
tes, pero que nunca tuvo fama de ser fecundo en
héroes ofrecieron apoyar con gran entusiasmo los
viriles propósitos del jefe de la legión española.
Por esto, cuando al amanecer del siguiente día
se dijo que habían sido divisadas unas patrullas
de hullanos, los vecinos de Ceret sonrieron con
desdén. En cambio, Emiliano Iglesias se puso
muy serio al saber que las fuerzas enemigas no
eran simples patrullas, sino una división con ar
tillería gruesa que tomaba posiciones para cercar
la plaza.
Un contratiempo que se ocultó cuidadosamen
te á la tropa, con objeto de impedir que aumen
tara su desmayo, había contribuido á postrar el
ánimo del jefe.
Durante la noche anterior se advirtió la des
aparición del capitán cajero, señor Zurdo Oliva
res, del que suponían que, habiéndose rezagado
en el camino, cayó en poder de los alemanes. La
pérdida, sensible siempre, por tratarse de un
elemento que acreditó su bravura en las barrí-
—
154
—
cadas de Barcelona durante la semana trágica,
era más dolorosa en aquellos instantes, ya que
Zurdo llevaba consigo los fondos de la legión,
unos 80.000 duros.
Emiliano tuvo que realizar un esfuerzo para
vencer su desaliento. No era posible la retirada,
y mientras los alemanes emplazaban sus baterías,
procuró levantar algo el decaído espíritu de su
gente, hablándoles de la libertad en peligro y de
la obligación en que se hallaban los legionarios
de dejar bien sentada la buena fama del repu
blicanismo español.
Sus arengas y el aguardiente repartido con al
guna profusión, alentaron á la tropa, y Emilia
no, después de organizar la§ defensas, quedó
instalado con su Estado Mayor en la iglesia pa
rroquial. Allí, en presencia del maire y de los
consejeros municipales, que le admiraban enter
necidos, ratificó su firme propósito de inmortali
zar el nombre de Ceret, y, dando ejemplo de
sangre fría, ordenó á uno de los jóvenes bárbaros,
que había sido músico, que interpretase La Marsellesa en el órgano. Luego se subió al púlpitG,
pronunciando una vibrante arenga.
En pleno mitin sacrilego recibió la noticia de
que se había presentado un parlamentario ale
mán intimando la rendición de la plaza. No dejó
de sentir el caudillo un impulso de duda, pero
apresurándose á disimularlo, por miedo al pai
sanaje y un poco ebrio de belicoso entusiasmo,
contestó, lleno de altivez:
—
155 —
— Decid al parlamentario, que Ceret no se
rinde, y que si quieren venir á tomarlo, tendrán
que pasar por encima de nuestros cadáveres...
Y dándose cuenta de la gravedad que su con
testación entrañaba, muy pálido y agitado por
un temblor nervioso, Emiliano, deseando atur
dirse, ordenó, imperativo, al organista que de
nuevo tocase La Marsellesa.
No habría pasado media hora, cuando un es
tampido formidable resonó en el pueblo, conmo
viendo los cimientos de las casas.
A l disparo siguieron otros. Los legionarios co
rrían por las calles como fieras acorraladas. La
misma iglesia donde se hallaba instalado Emilia
no con su Estado Mayor parecía sufrir los efec
tos de un terremoto. El suelo y las paredes osci
laban, y en las bóvedas aparecían alarmantes
grietas.
El caudillo dijo al m a i r e :
— Esos bárbaros se ve que usan proyectiles
monstruosos de los que pugnan con las leyes de
la Humanidad. Opino que debemos darles una
lección de Derecho internacional.
Y dispuso que en lo alto del campanario de la
iglesia izasen una bandera blanca.
El fuego, que había causado en pocos minu
tos grandes daños y numerosas víctimas, cesó en
el acto, y Emiliano envió á Tato Amat de parla
mentario cerca del generalísimo alemán, solici
tando que dejase salir de Ceret á los legionarios
con todos los honores de la guerra, y en el caso
—
156 —
de que no accediera, concretar unas peticiones
que Tato llegaba formuladas por escrito.
Primera. Respeto para la iglesia gótica de
Ceret, con objeto de que no se repitiera el triste
caso de la Catedral de Reims y sufriese los efec
tos del bombardeo un monumento arquitectónico
tan notable.
Segunda. Que no usasen morteros de 42 con
tra una población mal artillada.
Tercera. Que respetasen una zona del pueblo,
en la que se instalaría el hospital de sangre.
La contestación del general alemán no se hizo
esperar, y Tato la comunicó muy afligido.
Decía que ni la iglesia de Ceret era gótica, sino
de un gusto marsellés moderno, muy deplorable,
ni habían usado morteros de 42, por creer que
Ceret, con todos sus defensores, no valían lo que
cuesta un solo disparo de aquellos proyectiles. A
los legionarios no les quería otorgar trato de
beligerantes, considerándoles una horda desha
rrapada, y las únicas concesiones que ofrecía eran
la de respetar los hospitales de la Cruz Roja y
consentir que saliesen de la población las gentes
pacíficas y desarmadas.
Por medio de Tato Amat avisó también el ge
neral alemán que una hora después reanudaría el
bombardeo, resuelto á no dejar piedra sobre pie
dra en la villa de Ceret.
Iglesias escuchó aquella contestación como ha
bría podido oir su sentencia de muerte.
Desde luego dispuso que la bandera blanca del
—
157 —
campanario se sustituyese por otra de la Cruz
Roja, y que se colocaran banderas de la misma
clase en los sitios donde hubiese algún herido.
Faltó paño en C'eret para tantas enseñas de
la Cruz Roja, y no hubo un solo legionario que
no la pusiera en su alojamiento. En un cuarto de
hora quedó todo el pueblo convertido en hospital
de sangre.
El jefe del Ejército alemán sitiador creyó que
aquello era una burla, y, lleno de indignación,
ordenó el bombardeo por medio de artillería grue
sa, sin respetar ninguna clase de banderas.
Un certero disparo de obús derribó el campa
nario de la iglesia donde se hallaba refugiado
Emiliano, arruinando el edificio. Entre los es
combros perecieron el maire, varios notables de
la población y casi todo el Estado Mayor del
jefe legionario.
Emiliano, que salió ileso, se apresuró á resig
nar el mando en el diputado Albert, autorizán
dole para que hiciese lo que juzgara más oportu
no, mientras él salía de la plaza con objeto de
formular ante los países neutrales una enérgica
protesta contra el proceder de los alemanes, que
no respetaban las joyas arquitectónicas ni los
hospitales de la Cruz Roja.
Albert aceptó, llevado de su afán de obtener
la jefatura, aunque fuese en circunstancias tan
desagradables, y Emiliano, al amparo de la tole
rancia de los sitiadores, con los vecinos pacíficos
y desarmados, pudo atravesar las líneas enemi-
—
158 —
gas, tomando el camino de Marsella, donde pen
saba embarcar con rumbo á los Estados Unidos,
llevando al Presidente Wilson una protesta enér
gica y documentada contra los alemanes por los
atropellos que habían cometido en Ceret.
Entretanto, Albert hubo de rendirse, cediendo
á la presión de sus correligionarios, y el Ejército
alemán se posesionó de la villa, haciendo prisio
neros á todos los legionarios supervivientes, que
fueron dedicados por los alemanes á faenas agrí
colas.
Algunos legionarios declaraban poco después
que habrían preferido mil veces morir peleando
antes de someterse á la dura prueba de que se les
hiciera trabajar en los campos!
Tan enorme impresión produjo esta conducta
tiránica de los alemanes, que muchos, que care
cían en absoluto de aptitudes y temperamento
para dedicarse al trabajo, prefirieron suicidarse.
Y mientras Albert, Tato Amat y otros varios
republicanos españoles, por mandato del vence
dor,. tenían que dedicarse á la vendimia y á h
explotación de minas, Emiliano Iglesias embar
caba en Marsella para dirigirse á los Estados
Unidos en busca del Presidente 'Wilson y en
tregarle su documentada protesta.
Así acabó la malaventurada expedición de los
cosacos del Paralelo, fruto del esfuerzo de los
francófilos españoles, de la campaña de Lerroux
y del dinero que había traído Caillaux.
X V III
A los franceses ya no hay fracaso capaz de im
presionarles.— El odio á Inglaterra.— Los inso
portables aliados.— Hazañas de los indios.— Se
tenta mil salvajes más.— Un caso de antropofa
gia, en Dax.— Costumbres bárbaras y falta de
ropa.— El indio bravo y la ex ministra.— Protes
tas de Inglaterra.— Un movimiento sedicioso.— El
Gobierno de Toulouse y el Gobierno de Marsella.
¡Estamos perdidos!
El fracaso de la legión emiliana en Francia no
impresionó apenas á los franceses. Se sucedían
los quebrantos tan vertiginosamente, que el pue
blo estaba casi acorchado. E l pesimismo de la
opinión pública era demasiado intenso para que
las malas nuevas le pudieran afectar. Francia
estaba persuadida de su vencimiento y había per
dido la confianza en sí misma y en los aliados.
El anhelo unánime del país era una paz próxima,
inmediata, por dolorosa que fuese; paz que le
permitiera reconstituirse y quedar desembaraza
da de los políticos que la empujaron al desastre
y á las alianzas funestas con Inglaterra.
—
160
El odio á la Gran Bretaña se manifestaba pro
fundamente arraigado en los corazones france
ses.
Acusaban á Inglaterra de ser la culpable de
la guerra, y de no haber auxiliado á Francia en
la forma que tenía derecho á esperar. No per
donaban tampoco el sarcasmo inicuo que repre
sentaba el envío de los contingentes indios, afri
canos y portugueses, bastante más temibles que
los invasores alemanes.
Hubo pueblos que para librarse de las guarni
ciones indias, esperaban con ansia que llegasen
los alemanes. Un enemigo civilizado no inspira
nunca los recelos que causa la convivencia con
un aliado salvaje.
El último refuerzo que había enviado Ingla
terra lo formaban setenta mil individuos, reclu
tados en tierras exóticas.
Había entre ellos doce mil cafres y más de
cuarenta mil indios bravos; el resto lo formaban
unas tribus de pieles rojas y guerreros zulús.
La mayor parte iban armados con flechas en
venenadas y lanzas, y no hubo medio de con
vencerles para que aceptaran fusiles.
Se les quiso uniformar, y protestaron, alegan
do escrúpulos religiosos que les impedían cubrir
sus desnudeces. Por otra parte, habiendo naci
do en tierras cálidas, no podían resistir el frío df‘
Europa, y se pasaban los días bailando danzas
sagradas alrededor de las hogueras.
Así, al mismo tiempo que cumplían con sus
—
161 —
deberes religiosos, procuraban defenderse del
clima. No atreviéndose á llevarlos á las líneas de
fuego, se les reservó para guarnición de las ciu
dades, y fueron causa de muy graves conflictos.
'La principal dificultad estribaba en propor
cionarles alimentación adecuada á sus gustos,
pues no querían aceptar otra carne que la de ca
bra silvestre ó la de camello, amenazando con
sublevarse si no se les atendía.
En Dax, unos zulús que formaban parte de la
guarnición, exigieron del maire que les propor
cionase cabras, y como no fuesen atendidos, asal
taron la Casa Consistorial, cogiendo al honora
ble maire y á un consejero municipal, ambos
personas obesas, que fueron sacrificados y devo
rados en mitad de la plaza pública.
Los salvajes dijeron, cuando se les pretendió
castigar por su acción, que allá en su país era
cosa corriente sacrificar á ciudadanos civiles que
han cumplido cuarenta años, para dar de comer
á los guerreros. Francia protestó del monstruoso
caso de antropofagia de Dax, y el Gobierno in
glés, que ya tenía holgada preocupación con la
marcha de sus asuntos, contestó que estas eran
minucias de poca monta, de las que no podía
ocuparse, y menos en tiempo de guerra.
Motivó también reclamaciones la desnudez do
muchos, de aquellos aliados. La moral del Estado
no es en Francia rigurosa, pero hay padres y ma
ridos que velan por el pudor de sus hijas y de
sus mujeres, á los que molestaba muy fundada-
n
—
162 —
mente la presencia de tanto negrazo en traje pa
radisíaco. Las protestas resultaron inútiles, por
que ya hemos dicho que muchos de aquellos sal
vajes consideraban como una grave ofensa que
se les hablase de cubrir sus desnudeces.
Los daños que por este motivo sufrieron las
buenas costumbres fueron grandes, y algunos de
difícil reparación. En Perpignan dió mucho que
hablar la fuga de la esposa de un ex ministro
socialista en compañía de un gigantesco indio
bravo.
Cuando la indignación de los franceses era
más viva, se recibió una nota de Inglaterra que
jándose de que los indios no fuesen alimentados
con arreglo á sus gustos. “ Francia— decía en su
reclamación sir Grey— no debe olvidar que esos
hombres vinieron á defender su independencia,
y son, por tanto, dignos de que se les trate como
á huéspedes privilegiados.”
Esta salida de tono colmó el coraje de los
franceses, motivando violentos choques entre ga
los y salvajes de diversas castas, y en algunos
sitios en que los ingleses quisieron salir en de
fensa de los salvajes, el pueblo atacó á los bri
tánicos, causándoles bajas.
Una nueva nota de Inglaterra pidiendo el cas
tigo de los franceses que hubiesen tomado parte
en estas colisiones, sirvió de fulminante, y en
varias poblaciones estalló un movimiento al gri
to de ¡Francia para los franceses, y viva la in
dependencia !
—
163 —
El Gobierno de Poincaré, desde su refugio de
Marsella, condenó la sedición, reiterando su in
condicional respeto á Inglaterra, pero los revo
lucionarios, que contaban con gran parte dei
Ejército, desautorizaron al Gobierno de Marsella,
diciendo que la voluntad nacional estaba repre
sentada por una Junta de la Defensa Patria, que,
bajo la presidencia de Clemeneeau, se constituyó
en Toulouse.
Cada uno de estos Gobiernos daba órdenes y
declaraba rebeldes y facciosos á los que no las
obedecieran.
Los de Marsella reclamaron auxilio del E jér
cito para reprimir el movimiento, y los de Tou
louse llamaron á los militares que simpatizaban
con sus ideas para derribar violentamente al
Gobierno de Poincaré. Se produjeron los prime
ros chispazos de guerra civil, y entretanto, los
alemanes continuaban su avance hacia el Piri
neo.
El Gobierno de Marsella cifraba sus últimas
esperanzas en Inglaterra.
Pero una mañana, Yiviani se presentó en la
residencia de Poincaré, todavía convaleciente de
la peste que contrajo en Burdeos, y mostrando
al Presidente la traducción de un largo radio
grama que acababa de recibir uno de los buques
surtos en el puerto, le d ijo :
— ¡Todo acabó! Lea el señor Presidente este
despacho.
Poincaré, incorporándose, leyó con avidez el
—
164
telegrama, se puso lívido, y después de una pau
sa exclamó con profundo abatimiento:
—i Estamos perdidos! ¡ Pobre Francia!
Por lo que narraremos en el próximo capítulo,
comprenderá el lector que se hallaba muy jus
tificada la desesperación de M. Poincaré.
X IX
No vienen “ taubes”.— Infundios ingleses.— Rena
ce la calma.— El buen humor de Kitchener.— Más
refuerzos.— Los “ zeppelines”. — Comienza el
bombardeo; cuadro de horror.— Londres, incen
diado.— Saqueos.— Vértigo de pánico.— La dan
za del cipayo.— Inmensa '¿oguera.— La muerte de
lord Kitchener y la venganza de la solterona.
Había transcurrido una pequeña temporada sin
que ningún taube visitara Londres. La serenidad
imperturbable de los ingleses se decoraba con una
sonrisa de satisfacción y de tranquilidad.
Indudablemente, eran verdaderos los optimis
mos que destilaban las comunicaciones oficiales
y aun hubo quien creyó la noticia echada á rodar
de que los pieles rojas aportados de América ca
zaban los aeroplanos con lazo. Por aquellos días
circularon infundios que rayaban en lo estupen
do. Se dijo que el Ejército alemán había procla
mado la República, que Caillaux se había despo
seído de toda su fortuna, cediéndola al Estado, y
que tan ejemplar resultó el bello gesto del esta
dista francés, que la mayoría de los hombres de
—
166
Francia que habían de administrar el Tesoro pú
blico, se apresuraron á imitarle. Se calculaba en
seis mil millones la cantidad que este rasgo gene
roso había proporcionado á las cajas del Erario.
En cambio, de los desastres ocurridos en Fran
cia, gracias á la buena organización de la censu
ra, el pueblo inglés no sabía una palabra.
Tantas y tantas fueron las patrañas inventa
das, que en un rasgo de humorismo The Times
dijo:
“Mientras vuelan los taubes y zeppelines ale
manes, nosotros echamos á volar bandadas de
cañarás para que los destruyan. Siguiendo tales
procedimientos, nuestra caída, que pudiera ser
trágica, se convertirá en cómica.”
Esta sincera declaración del acreditado diario
londinense, le cerró por quinta vez la entrada de
Francia.
A pesar de todo, el público había comenzado á
tranquilizarse. Lo cierto era que los taubes no in
terrumpían la digestión de los ciudadanos de la
Gran Bretaña.
Contribuyó mucho á que renaciera la confian
za, un hecho.
_ Londres llevaba tres días envuelto en una espe
sísima ^niebla. La ocasión era soberbia para un
- «id aéreo de los zeppelines. La primera noche
de niebla, la gente no pudo conciliar el sueño. Los
londinenses se la pasaron en un continuo sobre
salto.
Hemos de advertir que éste fué exacerbado
—
167 -
por las borracheras, que abundaron como nunca.
Lo mismo que las penas, también el miedo se aho
ga en vino, y para pasar de este mundo al otro,
más vale ir alegre que no atormentado por la tris
teza. Pero transcurrió la noche, y... nada. La
siguiente, y tampoco. La tranquilidad era tal, que
lord Kitchener, la tercera noche, invitó á sus com
pañeros de Gabinete á una velada familiar en el
ministerio de la Guerra, que transcurrió agrada
ble y deleitosa. Este rasgo de los consejeros bri
tánicos acabó por tranquilizar al público, y se hi
cieron chistes á costa de los aviadores alemanes...
Y llegó la noche del día... de...
En el ministerio de la Guerra conferenciaban,
á eso de las doce, lord Kitchener, lord Asquith y
lord Churehill. También asistieron á la reunión
un capitán recién llegado de un viaje por los paí
ses más salvajes de la tierra, adonde había sido
enviado en comisión secreta por el Estado Mayor
inglés. Lord Asquith, por centésima vez, trataba
de arrancar á Kitchener su famoso secreto, y con
objeto de excitar su amor propio, le decía:
— Yo creo, lord y querido compañero, que el
secreto de usted es el secreto de todos, es el gran
secreto de Inglaterra...
— No os comprando...
— Sí, el secreto de la debilidad de la Gran Bre
taña. La gran mentira que hemos venido soste
niendo durante tantos años. La farsa con que he
mos dominado al mundo. El gran engaño de que
hicimos objeto á la Humanidad.
—
168 —
__]STo están los tiempos para burlas, querido com
pañero. Yo le be llamado á usted á fin de consul
tarle sobre un proyecto. Aquí está presente el ca
pitán que acaba de bacer una recluta voluntaria
entre los -hotentotes y los caníbales... Sus reye
zuelos y caciques están dispuestos á venir á Eu
ropa para luchar por la civilización y el derecho
á nuestro lado. Los recursos de Inglaterra son in
agotables. Para el mes de Agosto traeremos á los
esquimales... Lo que he desechado es el ofreci
miento de las sufragistas. Querían formar unos
regimientos de caballería. Me parece que se han
enfadado, y alguna me ha amenazado particular
mente ; pero, ¡ qué importa!
Lord Asquith escuchaba estupefacto al minis
tro de la Guerra. Por primera vez pasó por su
mente la idea de si lord Kitchener, en lugai de
habitar en el ministerio de la Guerra, estaría me>
,
,
¡jor en un manicomio...
— ¿Os maravilláis, lord? Reservad vuestro pas
mo para cuando estalle la bomba...— añadió Kit
chener.
En aquel momento, las paredes del ministerio
retemblaron, y los cristales de las ventanas caye
ron hechos añicos. La bomba había estallado,
¡pero con qué estrépito y con cuánto destrozo;
Todos se precipitaron á las puertas, menos el ca
pitán, ojie se arrojó por la ventana.
Cuando el pueblo de Londres se hallaba más
tranquilo, á la hora de la salida de los teatros,
los zeppelines hicieron su visita. La niebla era
densísima... Las gentes, al principio, creyeron
en un taube solitario. Pero poco les duró la creen
cia. Una lluivia de bombas de todos los calibres
comenzó á caer por todos los ámbitos de la popu
losa capital. En medio del desorden más horrible,
las gentes corrían sin rumbo, tropezándose, de
rribándose, pisoteándose, horrorizadas, locas de
espanto.
Pronto comenzó el incendio. La Catedral de
San Pablo era una inmensa hoguera, cuyos res
plandores, velados por la niebla, daban un matiz
siniestro á la trágica escena.
Oxfort Street era un río humano. Revueltos,
hombres, mujeres, corrían sin tino. Los caballos,
desbocados, atropellaban á la multitud. Las casas
de esta calle aristocrática caían desmoronadas,
como si fueran de cartón. Sus propietarios, á
medio vestir, se precipitaban por los balcones...
Picadilly, Pall Malí, Fleet Street, ofrecían el
mismo cuadro de espanto.
La gente huía hacia los parques y las grandes
plazas. En la de Trafalgar, el hormigueo era es
pantoso. De pronto, una bomba derribó el monu
mento á Nelson, causando millares de víctimas.
En los barrios Homdsditch y Minories, el cua
dro era horripilante. Los judíos que los habita
ban se lanzaron sobre sus tesoros, y las gentes
desheredadas asaltaban las casas de los ricos,
puñal en mano, excitados por la pasión del robo,
que se sobreponía al amor á la vida.
Manos intencionadas prendieron fuego por
—
170 —
varios puntos á los barrios de Yapping Bow,
Limehouse, Stepney, Witechapel, Glerkenwel y
Spitaltields, en que se albergaba la gente corrom
pida, ladrones, prostitutas, apaches y criminales
de toda especie.
Una multitud de gentes infames abandonaron
sus guaridas, y por Oxford Street se lanzaron
frenéticas á los barrios aristocráticos.
El olor de la sangre les excitaba, y en medio
de la hecatombe cometieron los actos más repro
bables é inauditos... Millares de ciudadanos se
refugiaron en los túneles que atraviesan el Támesis y en los tubos del Metropolitano. ¡Nunca
lo hubieran hecho!... La fuerza penetrante de los
explosivos derrumbó las techumbres, incendiando
las cañerías del gas, y achicharrados y aplastados
perecieron millares de personas. Un estrépito ho
rrible anunció la ruptura del puente de Londres,
abarrotado de gentes que huían. Poco después se
desplomaba el de Alberto, el de 'Wéstminster, el
de Waterlóo, cayendo sobre los buques que se
disponían á zarpar llenos de fugitivos. A las dos
horas ardía la torre de Londres, y gentes feroces
se precipitaban en la de Wakefield para robar las
alhajas de la corona, allí depositadas. Una bestia
feroz, con figura de hombre, bailaba entre las lla
mas y los escombros, llevando en las sienes la
famosa corona de la Reina Victoria. Era un cipayo, procedente del Ejército de Francia.
La. multitud buscaba la salida á los parques,
y el Regent’s, el Hide Park y los jardines de
—
171
Kensington y demás, fueron teatro de escenas de
desolación. Las fieras de las colecciones, rotas las
jaulas, se lanzaron entre la muchedumbre, au
mentando el terror de los allí refugiados.
En la Catedral de San Pablo quedaron des
truidas las tumbas de Nelson y de Wéllington, lo
mismo que las de Shakespeare, Newton, Darwin,
y otras en la abadía de "Westminster, donde tam
bién reposan los Reyes de la Gran Bretaña.
¿Para qué relatar más?... A l día siguiente, el
extenso perímetro de Londres era una hoguera,
y donde las llamas no coronaban la catástrofe,
un montón de ruinas señalaba la destrucción. En
Victoria Embarkment, el destrozo fué horrible,
pero se mantenían en pie, como enigmas mudos,
la,s esfinges de bronce y la Aguja de Cleopatra,
traídas de Egipto.
Durante las horas que reinó el desorden y el
caos, los ministros y las autoridades no pudieron
reunirse. Terminado el bombardeo, en lo que
quedaba en pie del ministerio de la Guerra se
celebró un Consejo.
Lord Kitchener no acudió á él. Había perecido
en la catástrofe. Uno de sus ayudantes declaró
haber visto su cadáver en las escaleras del minis
terio. Se fueron reconstituyendo los hechos. El
ministro de la Guerra, el poseedor del secreto,
había sido víctima de la venganza privada de
ana sufragista cuarentona. Esta mujer mantenía
honestas relaciones con un higlander que pereció
en una batalla en Francia. Loca de amor, desva
necida la gran ilusión de su vida, juró vengarse
de Kitehener, al que consideraba principal cul
pable de su desgracia.
Llevaba mucho tiempo persiguiendo al minis
tro, sin que se le presentase una oportunidad
para consumar sus siniestros planes, y aquella
noche, como tantas otras, la vengadora rondaba
las inmediaciones del W ar Office.
A l estallar las primeras bombas arrojadas por
los zeppelines, cuando la gente corría por las
calles enloquecida de terror, la vengadora entró
en el ministerio, y aprovechando la confusión
que se produjo por los pasillos, llenos de escom
bros, y sin preocuparse de los techos que crujían
amenazando hundirse, buscó el despacho de K it
ehener.
Se detuvo un instante junto á una escalera con
objeto de orientarse, cuando vió á dos hombres
que, alumbrándose por medio de una linterna, se
acercaban al sitio donde ella estaba.
El que llevaba la luz pronunció unas palabras
imprudentes.
— Por aquí, por aquí, señor ministro.
La sufragista tembló de satánica emoción. Te
nía junto á ella al odiado Kitehener.
Se dispuso a consumar su obra, y de un enor
me bolso que llevaba colgado del brazo, sacó unas
tijeras largas y afiladas.
En aquel instante Kitehener, apoyándose en
la pared, pasó rozando á la sufragista.
—
173 —
Resonó un alarido de dolor, al mismo tiempo
que unas palabras implacables:
— ¡Muere, miserable!
Kitchener había caído de bruces, herido mor
talmente en la espalda por las tijeras de la su
fragista.
El ayudante que le acompañaba, que, como
buen inglés, era hombre práctico, se dio cuenta
de que aquello no tenía ya remedio, y sin dete
nerse á realizar averiguaciones, echó á correr.
La sufragista pudo huir, y con las tijeras en
sangrentadas en la mano fué vagando por las
calles, uniéndose á las turbas incendiarias que
recorrían la City.
Al amanecer, después de cometer bárbaros ex
cesos, del brazo de un voluntario hotentote, como
ella ebrio de ivino y de sangre, se arrojaron á
una de las inmensas hogueras de Oxford Street.
Kitchener sufrió una horrible agonía, revol
cándose entre los escombros, sin que nadie acu
diera en su auxilio.
Su tormento era mayor, porque se daba per
fecta cuenta del bombardeo de Londres, y temía
morir sin declarar algo muy esencial para la de
fensa de su patria.
G-astando en un supremo esfuerzo sus últimas
energías, logró arrastrarse hasta la escalera.
Sus voces no encontraron eco.
— ¡ Soy Kitchener, soy el ministro, vengan á
m í!— clamaba.
Era inútil. Todos habían huido.
—
174 —
Kitchener se retorcía desesperado.
— ¡M i secreto! ¡M i secreto, mi secreto...!
A l día siguiente lo hallaron atenazando con sus
manos crispadas un fragmento de una de las co
lumnas de mármol que sostenían la monumental
escalinata.
Fue aquel frío pedazo de piedra, el único tes
tigo de las ansias patrióticas postreras del des
venturado ministro de la Guerra.
XX
Después de la catástrofe.— Un Consejo de minis
tros, desolador.— La última esperanza de Chur
chill.— El dolor del Rey Jorge.— Buscando el se
creto de Kitchener.— ¿Todo perdido?— Un pre
mio de veinte mil libras.— Otra vez el detective
Shwart.— Rasgo democrático.
— Si, como temo, nuestro compañero Kitche
ner se ha llevado su secreto á la tumba, no queda
otra solución que capitular— dijo Asquith en el
Consejo que se celebró al siguiente día de la ca
tástrofe.
Los demás ministros asistieron, á excepción de
Churchill, que todavía confiaba en los dispersos
elementos navales de la Gran Bretaña para inten
tar una desesperada resistencia capaz de impedir
un desembarco alemán.
— En último término, teniendo las costas bien
defendidas por minas, podemos prolongar nues
tra situación en espera de los socorros rusos y
japoneses— aña-día Churchill.
Los miembros del Gabinete oyeron consterna
dos aquel razonamiento. ¡Inglaterra, la ex reina
—
176
de los mares, la que liabía sido el árbitro de Eu
ropa, verse reducida á la defensa como una pla
za sitiada! ¡ Era horrible! Sir Grey lloraba como
•un chiquillo.
Cuando los ministros estaban entregados á es
tas deliberaciones, les sorprendió la llegada del
Monarca inglés.
Jorge V, que durante la noche anterior, al ini
ciarse el incendio de* Buckingham Palace, había
buscado refugio con su familia en los sótanos de
una casa particular cercana á la residencia real,
venía de recorrer á pie una parte de la urbe, lo
grando pasar desapercibido entre la muchedum
bre, que contemplaba la ruina de sus hogares.
El afligido Rey estaba más pálido que nunca.
Sus ojos conservaban la huella de recientes lágri
mas. Al entrar en la sala donde se había reunido
su Gobierno, se dejó caer desplomado sobre un
sofá.
Los ministros contemplaron con respetuoso si
lencio la explosión del dolor de su Soberano.
Hubo una larga y penosa pausa, que, por fin,
rompió el Rey:
— í¿ E s cierto que Kitchener ha muerto?
— 'Cierto, señor— contestó Asquith.
Y refirió á continuación el crimen de la sufra
gista.
Jorge Y se cubrió la cara con las manos.
— ¡ Qué castigo, gran Dios, qué castigo!— mur
muró sordamente.
Permaneció así algún tiempo, y luego, reali-
— 177 —
zando un esfuerzo para serenizarse, se irguió, di
ciendo con voz muy entera:
— Es preciso, señores ministros, que realicemos
una última tentativa para salvar á Inglaterra.
Los ministros le contemplaron admirados. En
aquel momento, la figura del Rey Jorge, que siem
pre fué de una relativa vulgaridad, incluso ha
bía adquirido cierto continente majestuoso.
— Hay que llevar inmediatamente á la práctica
el plan secreto de Kitchener—añadió Jorge Y.
— Pero, ¿cómo hacerlo, Sire, si nuestro pobre
compañero, por un exceso de reserva, jamás co
municó á nadie sus planes?...— dijo con descon
suelo Asquith.
— ¡ Ob, n o ! Kitohener me había prometido
adoptar medidas para el caso de que le sorpren
diera la muerte. Hay que registrar su casa, ir en
busca de sus herederos, abrir su testamento, pero
pronto, pronto, antes de que vuelvan esos alema
nes del infierno...
Y el Rey, al decir estas palabras, señalaba con
su puño cerrado el espacio, cubierto por una in
mensa nube gris.
Inmediatamente un ministro, el del Interior,
en compañía de dos policías, se dirigió al domi
cilio de Kitchener, mientras Asquith ordenaba
que se hiciese un minucioso reconocimiento en el
despacho del ministerio de la Guerra.
El Monarca y el resto del Gobierno esperaban
llenos de ansiedad el resultado de estas pesquisasque fueron completamente infructuosas.
12
—
178 —
La casa del ministro era un montón de escom
bros, y en su despacho del ministerio no fué posi
ble hallar el más pequeño rastro del secreto codi
ciado.
No quedaba otra esperanza que la de inquirir
el paradero del sobrino de Kitchener, y esto era
difícil, imposible casi en aquellos momentos de
confusión, en un Londres medio en ruinas y des
pués de una catástrofe que había causado cientos
de miles de víctimas, cuyos cadáveres era preciso
incinerar con gran rapidez y sin tiempo para su
identificación.
Asquith tuvo una idea, y la expuso inmediata
mente.
— Sólo hay un hombre capaz de averiguar el
paradero del sobrino de lord Kitchener— dijo.
—Pues llamadle y le podéis prometer en mi
nombre todas las riquezas y honores que apetez
ca. Su ambición será la medida de su fortuna—
exclamó el Monarca, febril.
Asquith hizo llamar al detective Shwart, y en
presencia del Rey le impuso del servicio que el
Gobierno inglés á su celo confiaba.
Aparte mi gratitud y la de Inglaterra, ten
dréis una recompensa de 20.000 libras esterlinas
—(dijo el Monarca.
Los ojos del detective brillaron con centellas
Shwart era un buen inglés, pero su codicia no
iba, ni mucho menos, á la zaga de su patriotismo.
Si no ha muerto, yo encontraré á ese homore, y si murió, yo prometo averiguar el secreto
—
179 —
'de lord Kitchener— Idijo con resolución el estu
pendo policía.
El Rey Jorge, olvidándose de la etiqueta y de
la rigidez británica, dió un abrazo al detective.
No debe causar extrañeza el detalle. Nadie más
demócrata en este mundo que un Rey verdadera
mente apurado.
----- --- -------- ------ ------------ -- ------------------—
J—
-
■
XXI
Los procedimientos científicos del detective.— Razo
nando á la inglesa.— Ya llegó el sobrino.— Un
pingüe negocio.— Buscando la caja de caudales.
El pliego, robado.— Las defensas del Támesis,
desdeñadas.— Pesimismo y resignación.
Un policía español, con el estímulo del abrazo
del Monarca y la promesa de las 20.000 libras
esterlinas, se habría lanzado á correr calles como
un loco. Shwart, detective científico y hombre
frío como todos los de su raza, salió del ministe
rio lentamente, con el aire de sosiego propio del
burgués que quiere aprovechar una mañana do
minguera paseando por la ciudad.
Después de caminar corto trecho, se detuvo en
uno de los pocos cafés de la City que tenían sus
puertas abiertas, por no haber sufrido el edificio
grandes daños con el bombardeo, instalóse en una
mesa, encendió su pipa y se hizo servir unas co
pas de wisky.
Al verle con los ojos entornados, indiferente á
todo lo que le rodeaba, vaciar copa tras copa,
era fácil confundirle con uno de tantos bebedo-
—
182 - -
res en el primer grado de una fúnebre borrachea
ra británica.
¡ Qué lejos están á menudo las apariencias de
la realidad! En aquellos momentos, el cerebro
del gran policía laboraba por Inglaterra. Su es
tómago habría empapado el líquido de diez bo
tellas sin que los vapores del alcohol perturbasen
lo más mínimo la claridad diáfana de las ideas
del detective.
Shwart, entusiasta de los métodos deductivos,
iba razonando con arreglo á su sistema.
-—Jhon Kitchener es un muchacho mujeriego,
amigo de divertirse... la vida debe parecerle ama
ble... Jhon Kitchener espera heredar de su tío...
nuevo motivo para que sienta verdadero amor á
la vida, sabe que si no sobrevive no hereda...
Jlion Kitchener, como pariente tan allegado á un
personaje político de gran influencia, debe ser un
escéptico respecto á patriotismo... En estas con
diciones, lo natural es que haya procurado po
nerse en salvo apenas los zeppelines arrojaron
anoche las primeras bombas... Siendo mujeriego,
es de presumir que no se marchase solo... Acaso
utilizando un automóvil se dirigió á cualquier
pueblo de las cercanías, donde habrá pasado la
noche... Seguramente todavía está durmiendo á
estas horas... Ya puedo lanzarme en su busca
utilizando á los más expertos de mis sabuesos, y
dedicándoles á recorrer los puntos de los alrede
dores de Londres que ofrecen mayor atractivo
para un muchacho joven y alegre... Pero esto
—
183 —
tiene su exposición... ¿ Y si mientras le buscamos,
él se presenta?... Esto sería tu fracaso, Shwart,
y, además, te haría perder las hermosas 20.000
libras... ¡Nunca, nunca! Es indispensable asegu
rar el golpe.
Shwart siguió bebiendo copas y razonando de
ducciones hasta llegar á unas premisas definiti
vas. Se dió un palmetazo en la frente, guardóse
la pipa en un bolsillo, y, pagando los wiskys,
abandonó el bar. Ya tenía un plan y una solu
ción.
El rostro del detective estaba más congestio
nado que de ordinario. Si un psicólogo á lo La
Bruyére le hubiese visto caminar apresurada
mente hacia Oxford Street, al advertir su aire
de resolución y el brillo de su mirada, habría
exclamado:
— He aquí un hombre que marcha en busca del
triunfo.
Shwart llegó frente á la casa en ruinas donde
Kitchener tenía establecido su domicilio, exami
nó con atención á varios curiosos que comentaban
los sucesos de la noche anterior, y luego fué á
instalarse en la terraza de un establecimiento de
bebidas cercano, se hizo servir un wisky y con
sultó su reloj.
— Muy bien— murmuró con satisfacción— son
las diez de la mañana. Los suplementos de los
periódicos que publican la noticia de la muerte
de Kitchener ya habrán llegado á los pueblos de
las cercanías. En estos momentos el señorito Jhon
—
184 —
se estará enterando de la desgracia, y, como buen
heredero, es lógico que regrese inmediatamente
á la casa. Desde aquí le veré. ¡ O h! ¡ Muy bien,
Shwart! Eres el rey de los detectives.
Y, encantado de sí mismo, creyendo que tan
admirable razonamiento bien merecía una recom
pensa, Shwart apuró otra copa de wisky.
No habría transcurrido un cuarto de hora,
cuando frente á la casa de Kitchener se detuvo
un automóvil de camino, del que se apeaba un
joven con cara de haber trasnochado.
Shwart, al reconocerle, se apresuró á salir á
su encuentro.
— Mister Jhon Kitchener, doy á usted mi pé
same más sincero, y tengo el honor de manifes
tarle que Su Majestad el Rey y el jefe del Go
bierno, mister Asquith, desean hablarle inme
diatamente— dijo Shwart al recién llegado.
— Acudiré pronto, pero antes quisiera conocer
algunos pormenores...— objetó el joven.
— Perdón, señor; yo puedo satisfacer su curio
sidad; pero se trata de una orden real que debe
ser cumplimentada inmediatamente...— insistió
el policía.
Jhon Kitchener no opuso reparo, y en el mismo
automóvil que le había conducido, se dirigió al
ministerio de la Guerra en compañía de Shwart.
Unos minutos más tarde se hallaban en pre
sencia del Rey Jorge y de los ministros reunidos
en el W ar Office.
El Rey Jorge, al verles entrar, dirigió una
—
185 —
mirada de intenso reconocimiento á Sliwart, y
éste, al mismo tiempo que se inclinaba, dijo para
sus adentros:
— He aquí el más lucrativo y señalado de los
éxitos de mi procedimiento científico... Shwart,
has hecho el negocio más fabuloso que jamás
conocieron los humanos. Veinte mil libras ester
linas en el tiempo que necesito para beberme
veinte copas de wisky...
La breve conferencia de Jhon Kitchener con el
Rey dió motivo á un nuevo molvimiento de alarma.
El sobrino del ministro refirió que, efectiva
mente, su tío le había hablado de un misterioso
pliego cubierto de lacres que guardaba dentro del
o ofrefort de su despacho particular, pero la casa
estaba en ruinas y era muy posible que las turbas
que saquearon la población hubiesen removido
los escombros, violentando la caja de caudales.
— i O h ! ¡ Sería horrible que este pliego estuvie
ra en manos de algún malhechor!—exclamó Jor
ge V, dirigiendo una mirada suplicante al detec
tive, que permanecía silencioso en un rincón de
la estancia, echando cuentas acerca de la inver
sión que había de dar á sus libras.
— Si el pliego estuviera en manos extrañas, lo
recuperaríamos— dijo Shwart con acento de fir
meza.
— ¡ O h ! Inglaterra os deberá mucho— contestó
el Rey.
—No hay sacrificio que no merezca patria tan
s-
—
186 —
hidalga— repuso el detective, acariciando con el
pensamiento sus 20.000 libras esterlinas.
— ¡Pues no debemos perder tiem po!... Convie
ne que inmediatamente sea reconocido el cofrefort — añadió el Rey.
El sobrino de Kitchener, el policía y el propio
Mr. Asquith, que quiso acompañarles, salieron
precipitadamente.
Una hora después, Asquith, aterrorizado, se
presentaba á su Rey.
Entre los escombros de la casa de Kitchener
habían encontrado, en efecto, la caja de caudales,
pero violentada y sin otros papeles que unas car
tas sin importancia y unos planos de las defensas,
submarinas del Támesis, que los ladrones habían
desdeñado, considerándolos, sin duda, cosa per
fectamente inútil.
Jorge Y casi se desmayó.
— ¡Estamos perdidos! ¡Pobre Inglaterra!—
dijo con amargura.
— ¡ Pobres de nosotros!—exclamó ¡Uloyd George.
Los demás ministros se miraban unos á otros,
atontados, como si acabasen de recibir un mazazo
en la cabeza.
XXII
Buscando el pliego.— La debilidad del ministro
George.— Un inoportuno.— El mal humor del con
sejero.— La buena suerte del detective.— ¡Por
tres guineas!— Ya tengo el pliego.— Un gran ne
gocio de Shwart.— ¡Que esperen!...
Se pensó en ofrecer una fabulosa suma por el
pliego desaparecido de la caja de Kitchener, pero
Shwart combatió este pensamiento, por juzgarlo
muy expuesto. Sin duda, en Londres había espías
alemanes, y el afán del Gobierno por recuperar
el documento, y hasta la noticia de su pérdida,
podían ser aprovechados por el enemigo.
Era justo recompensar con esplendidez el ha
llazgo, pero convenía proceder cautelosamente.
Prevaleció el criterio de Shwart, y de nuevo la
salvación del Reino Unido quedó pendiente del
tino maravilloso del célebre detective.
A l caer la tarde de aquel aciago día se hallaba
Shwart entregado á sus luminosas deducciones en
un café de Picadilly, cuando hizo su entrada en
el establecimiento el ministro de Hacienda, Lloyd
George.
188 —
Shwart, que sentía una gran debilidad por
George, de quien fué amigo y compinche cuando
éste no soñaba ser consejero ni aquél rey del detectivismo británico, interrumpió sus cavilacio
nes deductivas para salir al encuentro del minis
tro de Hacienda.
— ¿Cómo viene usted por aquí en este día, y
hallándose reunido el Gobierno en Consejo per
manente ?— preguntó Shwart á su amigo.
George encogióse de hombros, y señalando el
reloj, se limitó á contestar:
— Amigo Shwart, yo por nada del mundo, y
pase lo que pase, interrumpo mis costumbres.
Había llegado ya mi hora.
Shwart no preguntó más. Conocía muy bien el
significado de las palabras del ministro. George,
gran economista, tenía desde su adolescencia muy
arraigado el vicio de la bebida. Trabajaba bien
por las mañanas, entregándose en cuerpo y alma
á cumplir con los deberes de su cargo, pero en
cuanto daban las cinco de la tarde se operaba una
transformación completa en su manera de ser, y
abandonando sus ocupaciones, por urgentes que
fuesen, se lanzaba á la calle para comenzar á
recorrer cafés y cervecerías, haciendo en todos
ellos consumo abundante de wisky, hasta que
algún amigo bondadoso le acompañaba hasta su
casa.
En estas horas era inútil hablar con el ministro
de cuestiones de Estado. No admitía otros temas
de conversación que el boxeo, la bebida y las ca-
—
189 —
rreras de caballos, asunto este último que le apa
sionaba mucho, pues Lloyd George, en su juven
tud, fué un afamado jockey, profesión que aban
donó para dedicarse á la economía, cuando por
los años y la falta de templanza había comenzado
á engruesar.
El detective se limitó á decirle que obraba muy
cuerdamente no alterando su vida por cataclismo
más ó menos, y se dispuso á prestar auxilio á su
amigo el ministro en la tarea de beber unas
copas.
Hablaron de cosas incoherentes, y estaban pre
senciando con cierta devoción cómo el camarero
destapaba la tercera botella de la tarde, cuando
un hombre mal vestido y con la cara y las ma
nos tiznadas, se acercó á la mesa del ministro.
— Y o desearía— dijo—hablar unos minutos con
el señor George acerca de un asunto de gran im
portancia.
Advirtiendo el gesto de contrariedad del mi
nistro, se apresuró á añadir:
— Soy un correligionario de usted, y por esto
he preferido ver al señor George, en vez de ha
blar con cualquier otro miembro del Gobierno.
George descargó un puñetazo sobre la mesa que
puso en peligro el equilibrio de las botellas, y
sin dignarse mirar al recién llegado, dijo, diri
giéndose á Shwart:
— Y luego habrá gentes imbéciles que ponde
ren la corrección británica. ¿ Yió usted un caso
igual de impertinencia 1 Ni las horas que uno ne-
—
190 —
cesita para su sosiego y para refrescar el espíritu,
nos dejan libres. ¡Y o no aguanto esto!
El individuo se quedó atónito.
— ¡ Una vez que me siento patriota, me maltra
tan ! ¡ Cuánto razón tiene Amílear Cipriani!—
murmuró.
Y encasquetándose la gorra, se dispuso á mar
charse.
Pero Sliwart salió en su persecución, y en la
puerta le detuvo por un brazo.
— Lo que tenga que decir al ministro, comuníquemelo usted á mí, que soy su secretario—
dijo el detective.
— Ahora nada quiero comunicar. Vine para
prestar un servicio al Gobierno, y me han insul
tado... De buena gana vendería por tres guineas
á los alemanes los papeles que llevo encima...—
contestó el sujeto, pugnando por deshacerse de
la mano férrea del detective.
Shwart tuvo que ahogar un grito de júbilo.
—(Veamos esos papeles, y quizás podré daros
las tres guineas. Eespecto al ministro, no le ha
gáis caso. El señor George está muy preocupado,
y su mal humor es lógico.
— Pues un socialista como él tiene el deber de
recibir bien á los ciudadanos...—insistió el des
conocido.
— Bien, pero dejemos aparte detalles, y entre
gadme esos papeles, si no queréis que ahora mis
mo os lleve á la cárcel para purgar los crímenes
y saqueos que habéis cometido la noche anterior—
—
191 —
repuso Shwart, mirando con fiereza al descono
cido.
—-Pero usted me ha prometido tres guineas—
contestó éste un poco trémulo.
— Sí, tres guineas y la libertad, pero vengan
los papeles.
El sujeto, un poco receloso, sacó del bolsillo un
pliego arrugado.
Shwart lo reconoció, procurando disimular su
emoción. En los lacres se veía el sello del ministe
rio de la Guerra y la cifra de lord Kitchener,
y en el sobre aparecía esta dirección:
Para Su Majestad el Bey Jorge V.
Los facinerosos que saquearon el cofrefort del
ministro, no se habían dignado romper los lacres
para mirar los documentos.
— Conste— dijo el sujeto— que yo no he robado
esto. Y o lo encontré por la calle, y ni siquiera
quise enterarme de su contenido, porque yo soy
socialista y pobre, pero muy honrado.
A Shwart no le importaban aquellas excusas.
Despidió al infeliz diablo, dándole las tres gui
neas prometidas, y apretando contra su pecho
el precioso pliego, se marchó prestamente al pues
to de Policía más cercano.
Por el camino había trazado un admirable
plan, y al llegar á la oficina escribió febrilmente
las siguientes líneas:
—
192 —
Honorable sir Asquith.
Mis esfuerzos sobrehumanos dieron el resulta
do apetecido. Dentro de breves momentos tendré
intacto el pliego testamentario ,de lord Kitchener
si usted me autoriza por escrito para ofrecer diez
mil libras por su rescate.
S hwart .
Envió ia esquela por uno de sus ordenanzas,
y frotándose las manos, esperó la contestación.
Bien poco tardó en recibirla.
Querido Shwart: Podéis ofrecer las diez mil li
bras y contad con otra suma igual que os regala
el Gobierno inglés como premio por vuestro se
ñalado servicio.
Espera con ansia,
A squith.
— ¡A ll right! Shwart, eres un gran hombre—
dijo el detective al leer la carta del primer mi
nistro.
Y después de guardarla cuidadosamente en su
cartera, encendió la pipa y se tumbó en un diván,
exclamando:
— ¡ A veces conviene hacerse esperar algo!
Y Shwart aspiraba con delicia el humo, pen
sando voluptuosamente que la impaciencia devo
raría en aquellos momentos al Rey Jorge y al
Gobierno de Su Majestad.
XXIII
El pliego salvador.— La Memoria de Kitchener y
la explicación de su secreto.— El ingeniero Kelson.— Explosiones á gran distancia.— Buscando
al ingeniero.— Un nuevo “ ultimátum” alemán.
Optimismo del Rey.— Desaliento del Gobierno
inglés.
Después de someter al Monarca y al Gobierno
á una espera prudente, hizo Shwart su aparición
en el ministerio de la Guerra.
A las miradas de ansia del Monarca y de los
ministros, contestó mostrando el precioso pliego.
Asquith se lo arrebató de las manos.
— ¡Hurra, el gran policía!— dijo el Rey Jorge.
Shwart, con afectada modestia, se inclinó pro
fundamente.
El jefe del Gobierno rompió los lacres. Dentro
del sobre había otro, también sellado y lacrado,
y roto éste apareció un tercero.
Reinaba un silencio sepulcral. Habrían podi
do escucharse los latidos de los corazones.
El tercer pliego encerraba una tarjeta y unas
líneas manuscritas, que Jorge Y se apresuró á
leer.
13
—
194 —
(Los ministros contenían la respiración, y la
voz del Rey resonaba temblorosa:
“Señor: Como manifesté á Vuestra Majestad,
he creído que sólo en un trance desesperado de
bía Inglaterra usar del secreto que asegura el
exterminio de nuestros enemigos á costa de un
inmenso sacrificio.
Vuestra Majestad y el pueblo inglés justifica
rán mi resistencia cuando conozcan la magnitud
del medio defensivo y ofensivo que la suerte ha
colocado al alcance de nuestras manos.
Hace dos meses, poco después de iniciarse la
guerra, me visitó un ingeniero electricista, de
nacionalidad británica, gran patriota, proponién
dome la venta de un invento colosal. Consistía en
producir explosiones á gran distancia, emplean
do las ondas hertzianas y por medio de un meca
nismo que ha ideado este benemérito ciudadano,
cualquier antena radiotelegráfica sirve para pro
vocar la explosión de los polvorines y proyectiles
cargados que se hallen dentro de un radio de 200
kilómetros. La única dificultad del invento estri
ba en que su autor no ha encontrado el medio de
orientar sus efectos ni limitarlos, por lo que la
destrucción alcanzaría por igual á nuestros bu
ques y puertos y á los del enemigo.
Desde Londres podemos, en un momento, ani
quilar la escuadra y los Ejércitos alemanes que
amenazan las costas inglesas, pero sucumbirán
también los aliados que pelean dentro de estos
200 kilómetros, quedarán destruidos nuestros bu-
—
195 —
ques de guerra, ya que no es posible dejar In
glaterra sin defensa en un radio tan extenso.
Estas consideraciones me movieron á reservar
el secreto para el trance de una invasión. Si los
alemanes, batida nuestra escuadra, intentan un
desembarque, jugando el todo por el todo, aun
que reduzcamos á ruinas medio territorio inglés,
apelaremos á este recurso decisivo, pero hacerlo
antes me parecería una temeridad imperdonable.
Buen patriota, el ingeniero inventor vende su
secreto á Inglaterra, y esperará nuestra decisión,
á pesar de que le consta que los alemanes le pa
garían con tanta esplendidez como podamos ha
cerlo nosotros.
Pide 100.000 libras esterlinas, suma que no me
pareció muy crecida, tratándose de la salvación
de nuestra patria.
Las señas del inventor vaneen la tarjeta que
incluyo.
El Rey leyó la tarjeta.
K itchenee.”
Enry Kelson Diguewible
Ingeniero eleetricisla.
Board, Street, 46.—LONBON
Los ministros se miraron, sin atreverse á des
pegar los labios.
Habló por todos Jorge V, murmurando con
sincera convicción:
—
196 —
—‘¡Pobre Kitchener! ¡Su alma era tan grandecomo su patriotismo!
Y los ministros repitieron á coro:
— ¡Pobre Kitchener!
Sólo Churchill se aventuró á decir:
— ¿ Y si Kelson no corresponde á la confianza
que había depositado en él nuestro compañero?
Asquith calló, pero en aquellos momentos no
pudo menos de acordarse del fracaso de la pól
vora color naranja y de los fusiles eléctricos del
portugués, que tanto habían apasionado también
á Kitchener.
. Pero Jorge Y se mostraba entusiasmado y no
se atrevieron á desvanecer las ilusiones del Mo
narca, que había dispuesto salieran en busca del
ingeniero y lo condujesen ante su presencia.
No tardó el Rey en dar una prueba de que
sus optimismos eran sinceros.
Lleno de consternación el lord de la City, se
presentó al Monarca, entregándole un nuevo ulti
mátum alemán que acababa de arrojar un taube
que realizó varias evoluciones sobre Londres.
Decía la comunicación que si el G-obierno bri
tánico persistía en no capitular, se reanudaría
el bombardeo hasta que no quedase un solo edi
ficio en la ciudad, y que Liverpool, Manchester
y todas las poblaciones inglesas de alguna im
portancia, sufrirían la misma suerte de la ca
pital.
Jorge Y acogió la lectura del ultimátum con
una sonrisa olímpica.
- —
197 —
— Muy pronto contestaré debidamente á estas
baladronadas de mi primo el Kaiser— dijo, lleno
Me altivez.
El ministro Balfour, después de felicitar
al Rey por su serenidad, pidió permiso para
retirarse, pretextando negocios oficiales de gran
urgencia.
— ¿Se va usted sin ver en qué para todo esto?
•—le preguntó Asquith por lo bajo.
— Amigo presidente, preveo el resultado y
quiero aprovechar el tiempo para poner en orden
mis asuntos particulares. No creo en las ondas
ni en la salvación de Inglaterra.
Asquith nada hizo por detenerle.
También él desconfiaba de todo y daba vueltas
á la imaginación buscando un medio que le per
mitiera poner pies en polvorosa.
XX IV
La fuga del ingeniero— Kelson había vendido el
secreto á los alemanes.— Un nuevo “ ultimátum”.
La paz ó la revolución.— Los aliados, contra In
glaterra.— Hasta Montenegro amenaza.— La de
fección del ministro George.— Todos vuelven la
espalda al Rey.— Jorge V, camino de Gibraltar.—
Triste despedida.— El desembarque alemán.—
Guillermo II, en Inglaterra.— Las viejecitas de
Windsor y el recuerdo de la abuela.
Esta vez las habilidades de los detectives úni
camente sirvieron para que el Gobierno inglés
tuviese bien pronto plenas pruebas y detalles am
plios de la inmensidad de su desgracia.
Minuciosos informes recogidos por la Policía
permitieron conocer noticias exactas referentes
al ingeniero Kelson.
La moral del electricista dejaba mucho que
desear, y respecto á su patriotismo, que tanta
confianza infundió á Kitchener, el desengaño
no pudo ser más horrible.
Kelson, fiando en la promesa del ministro de
la Guerra de que Inglaterra compraría su in-
—
200 —
vento, contrajo muchas deudas. Gran parte de lasuma que le había ofrecido Kitchener, la tenía
ya comprometida.
En esta situación le sorprendieron el bombar
deo de la capital y la muerte del ministro de la
Guerra, desapareciendo Kelson de Londres al si
guiente día. de la catástrofe.
Por la dueña de la pensión donde se hospedaba
el inventor, se supo que antes de partir había
celebrado misteriosas conferencias con unos des
conocidos que le visitaban de noche y que por su
aspecto parecían espías alemanes.
La Policía completó sus indagaciones averi
guando que el inventor había sido visto en Plyzaouth, acompañado de dos personas, y luego em
barcaron en un buque pesquero, consiguiendo
burlar la vigilancia de los cañoneros ingleses que
guardaban la costa.
Kelson, al ver que transcurrían los días sin
que Kitchener se decidiera, había optado por
aceptar una oferta de los alemanes, poniendo su
invento al servicio de la causa germana.
Era un buen inglés, pero su gran sentido prác
tico le hacía sentir una invencible debilidad ante
la tentación del oro extranjero.
Coincidieron estas noticias aterradoras con un
nuevo y apremiante requerimiento alemán.
“ Disponemos de medios para destruir en pocos
instantes vuestras mejores ciudades. Si en el tér
mino de veinticuatro horas los buques de guerra
ingleses que navegan por el Canal no han izado
—
201 —
bandera blanca, procederemos sin contemplacio
nes. ’ ’
— Nos ban ganado por la mano y utilizarán
para completar nuestro hundimiento los propios
medios en que fiábamos la resistencia su p re m a dijo, anonadado, el Rey Jorge.
Y por primera vez asomó á sus labios, fría y
sorda como eco de tumba, la trágica palabra ca
pitulación.
Se contestó á los alemanes por medio de un ra
diograma pidiendo un armisticio de dos días para
que Inglaterra pudiese consultar con los países
alheridos al Convenio de Londres, que prohibía
negociaciones de paz á ningún país beligerante
sin previo acuerdo de todos los aliados.
Magnánimo, el Estado Mayor alemán accedió,
ampliando el plazo á cuatro días.
Inglaterra envió comunicaciones telegráficas á
sus aliados, exponiendo la situación crítica en que
se hallaba la Gran Bretaña y rogando que la
autorizasen para gestionar una paz lo menos
onerosa que fuese posible.
Mientras esperaba el Gobierno contestación á
su consulta, se advirtieron en casi toda Inglate
rra síntomas alarmantes. E l pueblo estaba exas
perado contra el imperialismo insensato que, cre
yéndose árbitro de los destinos del mundo, arras
tró á la Gran Bretaña y á toda Europa á una
catástrofe irreparable. De no hacerse la paz, era
inminente la revolución, preparada por numero
sos elementos obreros y de la clase media, dispues-
—
202 —
tos á lanzarse á la calle apenas hubiese noticia
de que se reanudaban las hostilidades.
Asquitb comunicó sus temores al Rey, añadien
do algunos detalles que colmaron el dolor del
atribulado Soberano. En la conjura estaban com
prometidos elementos gubernamentales de gran
significación, entre ellos el propio ministro de
Hacienda, George.
Para complemento de tan lúgubre cuadro de
amargura, las contestaciones que se recibieron de
los países beligerantes no podían ser más des
agradables.
Exceptuando Portugal, que dió una nueva nota
de sumisión, diciendo que la República, fiel alia
da de Inglaterra desde el siglo xiv, aceptaría
sin discutir todas sus resoluciones y designios,
las demás naciones replicaron en forma muy des
abrida.
De Francia, el Gobierno de Poincaré manifes
tó que, siempre que no se mermase la integridad
del territorio que poseía la República cuando co
menzó la guerra, no se opondría á que la Gran
Bretaña negociase una paz honrosa. Lo contrario
sería una traición que Francia no esperaba de
su aliada.
Clemenceau, en nombre del Gobierno consti
tuido en Toulouse, telegrafió en términos insul
tantes, diciendo que no admitía solidaridad de
ninguna clase con el pueblo inglés, pareciéndole
muy justo que Alemania cobrase á Inglaterra
todos los daños que la guerra había ocasionado.
El Rey de Italia contestó diciendo que no ad
mitía la tutela inglesa, y que consideraba una
cobardía de la Gran Bretaña someterse sin sacri
ficar antes el último hombre y la última libra
esterlina, como reiteradamente había ofrecido.
Rusia empleaba un lenguaje amenazador, ca
lificando de defección de Inglaterra sus inten
tos de paz. El Zar recordaba que, cediendo á las
instancias del Rey Jorge, acudió á la guerra, en
la que había sucumbido la flor de sus Ejércitos.
“ Si ahora me abandonas—añadía— procederé
por mi cuenta, que aún tengo fuerzas para in
demnizarme á costa de los restos de tu Impe
rio.”
El Japón replicó en términos muy enérgicos,
diciendo que no consentiría una paz que no fuese
con la base de que la compensase Inglaterra con
dinero y territorios, de los perjuicios que había
sufrido por secundar á la Gran Bretaña en su
aventura.
Servia envió un telegrama tan expresivo como
lacónico:
“ Caigan sobre Inglaterra y sobre su Rey las
maldiciones del pueblo servio.”
El telegrama de Montenegro no era menos
contundente:
“ Pueblo de hombres valerosos el mío, rechaza
vuestra cobardía. Puedes entablar las negocia-
—
204 —
eiones que te acomoden, pero te advierto que,
A'encedor ó vencido, jamás olvidaré tu traición.
N icolás . ”
Jorge Y, con el alma traspasada, convocó á
sus ministros. Acudieron todos, á excepción de
George.
La lectura de las comunicaciones de los países
aliados produjo la más deplorable impresión.
Los ministros convinieron en que no había
consideraciones de solidaridad capaces de obligar
á Inglaterra á un sacrificio superior á sus fuer
zas. Además, fué unánime la opinión de que,
prolongándose la guerra, era inevitáble un esta
llido revolucionario.
Sir Grey abogaba elocuentemente por una paz
hecha como se pudiese, una paz que evitara ma
yores males.
De la misma opinión fueron todos, á excepción
de Churchill, que se sentía belicoso, y dijo que
era preferible que Inglaterra desapareciera del
mapa antes que conformarse á ser potencia de
quinta clase. Pero se impuso la mayoría, parti
daria de la capitulación.
Jorge Y tuvo un arranque digno.
— Yo no puedo firmar esta paz, pero tampoco
quiero ser obstáculo para su negociación. Esta
noche partiré de Londres con mi familia y aque
llos ministros que deseen acompañarme. Yoy á
Gibraltar.
Todos los ministros callaron.
—
205 —
Asquith se limitó á contestar con unas palabras
enigmáticas.
— 1¡ Siga cada cual su destino!
Aquella noche embarcó el Rey en un buque
de guerra, sin que lo supiesen nada más que muy
contadas personas.
La despedida fué tristísima. El jefe del Go
bierno, Asquith, pretextando una indisposición
repentina, se hizo representar por su secretario,
y Churchill, esperado hasta última hora, no com
pareció.
Había marchado á su casa para preparar el
equipaje, y se quedó dormido.
La misma noche de la partida del Rey Jorge,
Asquith dirigió un mensaje al Kaiser ofreciendo
la rendición de la Gran Bretaña.
El Kaiser contestó que sólo admitiría negocia
ciones con el Rey de Inglaterra, y que la capitu
lación tenía que comprender á todas las posesio
nes y colonias británicas. Además, imponía que
los ingleses consintieran el desembarque de los
alemanes, ya que la paz había de ser tratada
y ultimada en la propia capital del Reino
Unido.
Por todo pasó el Gobierno inglés, y el día
en que finalizaba el armisticio pactado, las bate
rías de Dowres saludaron con una salva de cin
cuenta cañonazos al acorazado alemán que izaba
el pabellón imperial.
A l mismo tiempo, fueron arriadas las bande
ras inglesas de todos los edificios oficiales, y el
—
206 —
Kaiser desembarcaba, al frente de su Gran Esta
do Mayor.
El Gobierno inglés no escatimó las Ilumina
ciones, lamentando el lord de la City, en su dis
curso de bienvenida, que, por efecto del reciente
bombardeo, no tuviese la población un palacio su
ficientemente digno de servir de albergue al au
gusto huésped.
Para inclinar el ánimo del Kaiser á que no
fuese muy duro en las condiciones de paz, no
perdonaron los londinenses ninguna clase de
resortes, llegando á enviarle una Comisión de
señoras ancianas, antiguas damas del palacio
de Windsor, para que le recordasen los tiempos
de la niñez que residió en Inglaterra, y, sobre
todo, evocaran el nombre de su abuela la Reina
Yictoria.
El Kaiser las recibió muy afable, y hasta se
conmovió un poco cuando le hablaron de ■su
abuelita, declarando, sin embargo, que, por enci
ma de sus sentimientos íntimos, colocaba el cum
plimiento de su deber y los intereses del pueblo
alemán.
XXV
El desastre de Inglaterra— Impresión en Portugal.
Justicia popular.— Trágico fin de A rriaga— Ma
nifestaciones en Madrid.— Entusiasmo germanofilo y pataleos anglofilos.— Fuga de Romanones y
Lerroux.— Amargos desengaños.— El portazgo de
Gibraltar.
La noticia de la fuga del Rey de Inglaterra y
de la entrada del Kaiser en Londres, produjo en
tre los portugueses verdadero paroxismo de te
rror.
Protestando los unos contra el Gobierno que
comprometió los destinos del pueblo portugués
por servir á Inglaterra, y los otros contra la fata
lidad, culpable del desastre de la Gran Bretaña,
los exasperados lusos se lanzaron á las calles, y
nina ola de revuelta conmovió á todo el país.
En Lisboa hubo manifestaciones y atropellos,
estallando varias bombas y siendo asesinados al
gunos sacerdotes.
Bandadas de fugitivos que habían huido de In
glaterra el mismo día de la destrucción de Lon
dres, pintaban con sombríos tintes aquella horri
ble catástrofe, enardeciendo la exaltación popu-
—
208 —
lar, que temía que Lisboa fuese también objeta
de una visita de los monstruosos zeppelines.
Alfonso Costa intentó calmar á la muchedum
bre, y abrazado á un farol de la plaza del Rocío,
inició una arenga de carácter patriótico, que fue
coreada con una algarabía insultante, seguida de
una lluvia de piedras y ensordecedores gritos de
¡morra!
—Es preciso— decía Costa— que Portugal se
prepare á ser la barrera opuesta por la civiliza
ción europea á la marcha triunfal del bárbaro
teutón. Sacrifiquemos para conseguirlo hasta la
última gota de nuestra sangre.
La gente, al escuchar aquellas excitaciones be
licosas, se lanzó enfurecida contra el tribuno, gri
tando :
— Nao mais guerra. ¡Morran os guerreiros!
Costa fué derribado. Algunos individuos le ata
ron á las piernas una larga cuerda y lo arrastra
ron por las calles, acabando el jefe de los radica
les lusitanos sus días en manos de la plebe, á la
que tanto halagó.
Mientras arrastraban á Costa por las calles, un
grupo numeroso, armado de pistolas y navajas,
asaltó la Redacción del periódico O Mundo. Su
director, Franca Borges, que conferenciaba en
aquellos momentos con Machado dos Santos, huyó
en compañía de éste hacia la Embajada de Ingla
terra, pero fueron reconocidos y perseguidos de
cerca por las turbas, que gritaban:
— ¡Morran os traidores de patria portugueiza!
—
209 —
Pudieron ganar las puertas de la Legación, y
el embajador los recibió, flemático, brindándoles
hospitalidad y unas copas de ginebra para re
animarles. Sin embargo, el pueblo, que cuando
está furioso no repara en respetos diplomáticos,
asaltó la casa, y á los pocos momentos eran arro
jados á la calle desde una ventana, Franca Borges, Machado do Santos y el propio embajador
del Reino Unido. La muchedumbre recogió sus
cuerpos, y formando con las tres personalidades
un racimo, las izó en el asta donde antes fla
meaba, orgulloso, el pabellón inglés.
En la residencia del Presidente de la Repú
blica reinaba, entretanto, la más viva inquietud.
Los familiares de Arriaga aconsejaban á éste que
huyese á Gibraltar.
Ofrecía esta solución algunas dificultades, pues
en el puerto no había otro buque de guerra que
un submarino, el único de la flota portuguesa, y
se presentaba el obstáculo de carecer de oficiales
capaces de dirigir un buque de tan complicado
manejo. En- aquellos momentos' de angustia, el
acreditado revolucionario español Alejandro Me
dina, brindando, como tantas otras veces, su
protección al Presidente Arriaga, expuso una
idea salvadora.
Vivía en Lisboa un amigo suyo, español expa
triado por sus ideas radicales y por no haber sa
bido dar cuenta de unos fondos del Municipio de
Madrid fiados á su cobranza. Este ciudadano ha
bía trabajado como buzo en el estanque del Reu
—
210
tiro, y Medina lo presentó al desolado señor
Arriaga en calidad de ingeniero submarino.
Disfrazado de bombero, el Presidente de la Re
pública portuguesa embarcó en el sumergible,
que se hizo á la mar en el mismo instante en
que las muchedumbres asaltaban el palacio pre
sidencial.
El submarino navegó á flor de agua hasta la
desembocadura del Tajo, pero allí, á pesar de que
la mar estaba serena, en una torpe maniobra se
hundió para no salir más á la superficie. Aquel
submarino sirvió de féretro al primero y último
Presidente de la República portuguesa, al ex buzo
del estanque del Retiro y al ciudadano Medina,
i Que el peso de las aguas sea leve á tan esclare
cidos patricios!...
En Madrid también el pueblo se alborotó. La
noticia de que el gobernador general de Bélgica,
por razones de ornato público, y rindiendo un
homenaje á España, había ordenado el derribo de
la estatua de Ferrer, en Bruselas, fomentó los
entusiasmos germanófilos, que habían ganado,
por otra parte, inmenso terreno al conocerse las
victorias de las armas alemanas. Algunos ateneís
tas insensatos, secundados por reformistas y ra
dicales, intentaron contrarrestar aquella campa
ña y se produjeron violentos choques.
El día en que fué conocida la noticia de la
destrucción de Londres, los anglofilos trataron de
manifestarse, siendo disueltos á palos por un im
pulso espontáneo de indignación popular. Entre
—
211 —
das exaltadas gentes había circulado la consigna
de ir á casa del Conde de Romanones y á la de
Lerroux, y el pueblo se precipitó en dirección
de los domicilios de los mencionados personajes,
que, afortunadamente, habían sido avisados por
algunas personas caritativas.
Don Allvaro, al saberlo, sin perder un minuto,
se lanzó á la calle, y tomando un coche de punto
dirigióse á la casa de Baldomero Argente en de
manda de asilo.
Argente le recibió en la puerta, frío y reser
vado, y dando inadmisibles excusas se negó á
ofrecer un refugio á su antiguo jefe. Parecidos
desengaños reservaban al Conde muchos que le
debían favores y que siempre se habían titulado
sus amigos.
No sabía á quién acudir el desesperado don
Alvaro, cuando la Providencia quiso que encon
trase á Rafael Suárez, que, rindiéndole una prue
ba de lealtad y de agradecimiento, brindó al Con
de su domicilio y el amparo de Bolivia, República
de la que Suárez era vicecónsul en Madrid. Allí
se dirigieron, y Romanones quedó instalado en la
casa de su fiel amigo, en cuyo balcón fue izada la
bandera boliviana.
Por una poco caritativa indiscreción del señor
Villanueva tuvieron los manifestantes noticia del
refugio del Conde, pero, magnánimos y caballe
ros, respetaron el pabellón extranjero, con mayor
motivo por tratarse del de una pequeña Repú
blica de origen hispano.
—
212
Sin embargo, como las muchedumbres son tor
nadizas, y el Conde tenía muchos enemigos, no
se creyó muy segtíro, y al día siguiente, en un.
tren de mercancías, usando barba postiza y lle
vando á mano una bandera de Bolivia, por lo que
pudiera suceder, salió de Madrid, dirigiéndoseá Algeeiras.
Al pasar por Aranjuez, un impulso de curiosi
dad le hizo asomarse para ver si en el andén dis
tinguía alguna cara conocida.
Entre las personas que había por la estación
hubo una que atrajo su interés. Era un hombre
corpulento, con la cara afeitada, que á primera
vista parecía un canónigo vestido de seglar. El
Conde, sin embargo, lo reconoció en el acto.
Aquel sujeto era Lerroux, y Romanones se apre
suró á llamarle por su nombre de pila.
—i Alejandro! ¡ Alejandro!...
Lerroux no pudo contener un estremecimientoy se volvió, receloso, hacia la. persona que le lla
maba. Romanones le hizo una seña, y cuando lo
tuvo cerca, le dijo unas palabras al oído. Ambos
se abrazaron, y Lerroux subió al coche, expli
cando á D. Alvaro su odisea.
Había salido de Madrid en una bicicleta que le
prestaron en la Embajada de Francia, con obje
to de tomar el tren en Aranjuez para dirigirse
á Gibraltar. En la estación le dijeron que el pri
mer convoy que pasaría era un mercancías con
unos carneros destinados á embarcar en un puer
to andaluz para la República de Bolivia.
—
213 —
— ¡ Cuál no habrá sido mi sorpresa, querido
Conde—¡exclamó— al ver á usted entre el carga
mento !
Soñolientos, bastante sucios y con hambre, lle
garon á Algeciras. Allí, á propuesta del Conde,
se dirigieron á la casa del diputado á Cortes por
el distrito, D. José Luis Torres.
Llamaron á la puerta y salió á abrir un moro,
que los condujo á la presencia de su amo D. Pepe
Luis.
Románones pidió familiarmente cama y comida
por unos días para él y para Lerroux, pero el
bueno de Torres, adoptando una actitud solemne,
se apresuró á contestar:
— Bien sabe usted, querido D. Alvaro, que por
vtsted daría la vida, pero mi honor es patrimonio
del alma y de mi familia. El ex Sultán de M a
rruecos Muley Hafid me ha honrado nombrán
dome gran chambelán de su Corte, y usted com
prenderá que, sirviendo á un ex Soberano neu
tral, no puedo significarme como amigo de uste
des, que tanto se han distinguido por su parciali
dad en favor de algunas potencias beligerantes...
Váyanse á Gibraltar, que allá van todos, y la
población ofrece seguro 'asilo á los que han sido
buenos amigos de Inglaterra.
El Conde quedó asombrado al ver aquel mons
truoso ejemplar de ingratitud humana, y tristes
y silenciosos, á pie por la carretera, emprendieTon el camino de Gibraltar.
En las puertas de esta plaza les aguardaba
—
214
otra sorpresa bien amarga. El Gobierno inglés,,
deseando aprovechar el movimiento de inmigra
ción convirtiéndola en saneada fuente de ingre
so, había establecido un impuesto de dos libras
esterlinas por cada persona que quisiera entrar
en la plaza con el propósito de residir en ella.
Este detalle sacó al Conde de quicio. Se dió á
conocer, enumerando los sacrificios que había rea
lizado por la causa de la Gran Bretaña; pero le
contestaron diciendo que las leyes inglesas se ins
piran en un principio de gran igualdad y deben
ser observadas por todo el mundo.
Tenía que pagar ó volverse atrás.
— %Qué hacemos ?— preguntó á Lerroux.
— Pagar— contestó éste.
Pero el caso era que el Conde no llevaba di
nero, y Lerroux, poseedor de una enorme suma
en cheques contra el Banco de Francia, tampoco
tenía en efectivo contante lo necesario para sa
tisfacer el portazgo.
De tan difícil trance sacó al Conde un agen
te comercial de los hermanos Mannesman, que,
por consideración al Duque de Tovar, abonó las
dos libras esterlinas de Eomanones, estregándole,
además, unas cuantas monedas para que pudiese
comer algo en Gibraltar.
Lerroux salió del paso gracias á la famosa mo
neda del “ ¡Maura, n o !” , regalo de sus incondi
cionales de Barcelona, que, después de algunos
reparos, fue admitida al peso por el cobrador del
impuesto.
—
215 —
Así entraron en Gibraltar, de arribada forzo
sa, las dos figuras de la política española que más
se habían distinguido por sus entusiasmos anglo
filos.
XXVI
El último refugio británico.— Gibraltar, asilo de los
aliados.— Miseria, incomodidades y mal humor.
Nuevas amarguras.— Cien mil millones de indem
nización de guerra.— El único consuelo.— La es
pada de los catalanes.— Los reformistas.— T rá
gico fin de Pedregal.— Angustioso requerimiento
de Jorge V.— Un rasgo de Don Alfonso.— Forti
ficando Sierra Carbonera.— Protesta de Inglate
rra y actitud enérgica de Dato.— Justa expiación.
El mensaje del Sultán.
Un día nebuloso y triste fondeó en Gibraltar
el acorazado que conducía al Rey de Inglaterra
y á las contadas personalidades que le quisieron
acompañar en el penoso éxodo.
Durante la travesía estuvieron varias veces
muy expuestos, pues navegaban por el Atlántico
algunos cruceros y submarinos alemanes.
Por fin, forzando sus máquinas, el acorazado
pudo ganar aquel puerto de salvación que había
de ser el baluarte postrero del derruido Imperio
británico.
A Gibraltar llegaron también en un transpor-
—
218
—
te, con bandera de la Cruz Roja, el Rey Alberto
de Bélgica y su Gobierno. Y dos días más tarde
Poincaré, acompáñado del Gabinete francés de
Marsella, que había salido en unos buques de
guerra huyendo de la revolución y del avance
alemán. Con Poincaré iban algunos de los Prín
cipes indios aliados que al perder los contingen
tes que trajeron á Europa, se hallaban en situa
ción muy difícil, pues no podían volver á sus
países, sublevados contra Inglaterra. Las cabezas
de estos Príncipes habían sido pregonadas en los
mercados de Calcuta y de Bombay, por traidores
á su raza.
También se hallaba en Gibraltar el ex Sultán
Ab-el-Aziz, que buscó el amparo de los restos de
grandeza franco-inglesa.
La primera dificultad enorme con que todos
tropezaban, fué la escasez de dinero, de víveres y
hasta de alojamientos. Príncipes, Soberanos y
ministros vivían casi amontonados, quejándose
de las deficiencias de la hospitalidad británica.
Además, la situación era insoportable por la
falta de armonía que reinaba entre los refugia
dos.
El Rey de Bélgica y Poincaré tuvieron des
agradables choques con el Monarca inglés. Los
desesperados proceres indios acusaban furiosos
á Inglaterra de ser la causa de su ruina, y el
martirio del Soberano británico era verdadera
mente horrible, pues la fatalidad le había depa
rado tener que convivir con sus propias víctimas.
219 —
[Las informaciones radiográficas que recogían
los buques de guerra surtos en el puerto, cada
día participaban nuevas amarguras.
Se supo el desembarque triunfal del Kaiser
en Londres y su propósito de obligar al Rey de
Inglaterra á que firmase una paz que había de
ser el hundimiento definitivo de la Gran Bretaña,
como potencia de primer orden.
Entre aquellas amargas nuevas hubo una que
heló de espanto al Soberano inglés.
Guillermo II exigía indemnizaciones de gue
rra por valor de cien mil millones de francos, y
que los ingleses indemnizasen á su vez á Bélgica
y Francia de los daños sufridos con motivo de
la guerra.
Sólo España pudo proporcionar al Soberano
británico algunas ráfagas de consuelo.
A Gibraltar acudió nutrida representación de
nacionalistas catalanes francófilos, portadores de
un mensaje de simpatía hacia Inglaterra, en
unión de la espada de honor que se había com
prado, por suscripción pública, para el generalí
simo Joffre y que por hallarse este general pri
sionero de los alemanes, acordaron, en Barcelona,
regalar á Poincaré.
El mensaje, redactado por el poeta Alomar,
decía que los pueblos empiezan á ser verdadera
mente grandes cuando están más caídos, argu
mento que no convenció mucho á los británicos.
A Poincaré le pronunció Corominas, en nom
bre de la Comisión, un discurso en catalán, di-
—
220
ciendo que aquella espada civil que depositaban
en las manos civiles del Presidente de Francia,
era un símbolo de la estrecha solidaridad que
unía los sentimientos del nacionalismo de Cata
luña con el pueblo francés.
Bien agenos estaban los comisionados de ima
ginar que la espada civil, que tenía puño de oro
y algunas piedras preciosas, había de prestar, con
el tiempo, al Sr. Poincaré, un servicio nada gue
rrero, aunque sí muy estimable, pues cuando
Poincaré, después del desastre, marchó á Buenos
Aires, con el propósito de abrir bufete de aboga
do, pasó grandes apuros, salvando más de una
vez la situación en el Monte de Piedad de la ca
pital argentina, gracias á la espada de Cataluña
Otro episodio interesante fué la visita de una
Comisión magna del reformismo español, presi
dida por D. Melquíades, que quiso dar con este
acto una nueva muestra de su intenso afecto
hacia Inglaterra.
Tuvo aquella visita una consecuencia trágica,
que merece los honores del relato.
Los pueblos eslavos, ardiendo en odio contra
Inglaterra por la situación que les creaba la capi
tulación de la Gran Bretaña, resolvieron ven
garse, y un servio muy acreditado en estos me
nesteres, que había tomado parte en el atentado
de Sarajevo, consiguiendo librarse de la justicia
de Austria, vino á la Península con el encargo
de dar muerte al Soberano inglés.
El asesino se hallaba en Gibraltar, y el día de
—
221
la solemne recepción de los comisionados refor
mistas se apostó en las puertas de la residencia
del Rey Jorge.
La Comisión del partido reformista español
iba en unas carrozas de gala que les había en
viado el Monarca.
De la primera descendió Pedregal, acompa
ñado de Lamana, Llari y Tomás Romero.
El servio sabía que Jorge Y, al huir de Lon
dres, se había afeitado la barba, y al ver la figura
melancólica de Pedregal, su palidez y los aires
aristocráticos del personaje reformista, confun
diéndole con el Soberano británico, le clavó en el
pecho un puñal corvo, con la punta envenenada.
Pedregal, herido de muerte, fue á caer en bra
zos de Lamana, junto á la puerta del palacio del
Rey de Inglaterra.
Su fin parecía un símbolo del sino de su par
tido : luchar sin tregua, pasando por todo y arros
trándolo todo, para morir de mala manera junto
á la portería de un alcázar.
El agresor fue preso, y Jorge Y derramó lá
grimas sinceras junto al cadáver de Pedregal, de
quien dijo D. Melquíades, en una elocuentísima
oración fúnebre, que su muerte sintetizaba el
programa sublime del reformismo español, dis
puesto siempre á dar su sangre por las Monar
quías verdaderamente democráticas.
Con motivo de la muerte de Pedregal se cam
biaron sentidos telegramas entre la Corte de Gibraltar y la de Madrid, aprovechando Jorge Y
—
222 —
la oportunidad para pedir de nuevo á Don A l
fonso X III un auxilio algo más eficaz que las
simpatías platónicas. Le recordaba el Convenio
de Cartagena, los pactos de alianza entre Ingla
terra y España y los vínculos de familia.
El Monarca español contestó á estos requeri
mientos en términos muy afectuosos:
“ Lo único que puedo ofrecer desde luego á
Vuestra Majestad— decía el telegrama— , es el
auxilio de algunas de las más preclaras figuras
de la política española.
Hoy, por indicación mía, saldrán para Gibraltar el Sr. Labra, estadista hispano-americano de
gran renombre; D. Gumersindo Azcárate, juris
consulto eminentísimo y sabio; el invicto general
Aznar, mi mejor jefe de Alabarderos, y el Mar
qués de Lema, diplomático de grandes talentos,
con orden de ponerse á vuestra disposición y
prodigaros la luz de sus consejos.
Doy lo mejor que tengo, y otra cosa no puedo
hacer sin graves riesgos de trastornos en el país,
que á todo trance me importa evitar.”
A Jorge V le confortó un poco la llegada de
los preclaros emisarios, prueba del afecto acen
drado del Monarca de España, pero muy pronto
un suceso inesperado le hizo ver claramente la
horrible realidad de su situación.
Un buen día, glorioso para España, desde Gibraltar advirtieron que se realizaban trabajos de
fortificación en Sierra Carbonera.
Inmediatamente el Gobierno inglés envió una
—
223 —
Nota, concebida en términos algo duros, recor
dando á España la prohibición de fortificar aquel
territorio, y exigiendo que fuesen sin pérdida de
tiempo desmontadas las piezas que se habían em
plazado.
E l Sr. Dato devolvió al embajador Hardinge
la Nota, diciendo que la dignidad de la nación
española no admitía un lenguaje tan amenazador.
— ¿Pero es que pretendéis provocar una rup
tura con Inglaterra?— preguntó lleno de altane
ría el representante británico.
—No me preocupa ni me importa; lo que sí
quiero es rechazar el ultraje de vuestras ame
nazas— replicó el Sr. Dato.
Hardinge comunicó á su Rey aquella salida
fie tono del jefe del Gobierno español, y Jorge Y
hubo de comprender, al fin, la magnitud enorme
fie la ruina fie Inglaterra.
El mundo entero se revolvía contra el caído
Imperio británico. La justicia de Dios era inexo
rable...
Sólo Muley Yussef, el Sultán de Marruecos,
tuvo para Jorge Y, el sinventura, frases de alien
to en aquellos críticos instantes.
“ Alá, que es grande, sabe muy bien cómo ha
fie ordenar sus cosas. No te acongojes, hermano.
Más grande y poderoso que tu Imperio fué el
Islam, y hemos venido á menos, y acaso volvamos
á levantarnos algún día. Nosotros, como vosotros,
fuimos vencidos por los bárbaros. Te queda el
consuelo de haber luchado por la justicia y el
—
224 —
derecho, y esto siempre da cierta conformidad...
En Rabat puedo ofrecerte un hospitalario asilo.
Ten la seguridad de mi afecto y de mis oracio
nes, pidiendo que no falte nunca, ni á ti ni á los
tuyos, la protección de Alá, infinitamente mi
sericordioso.—Muley Yussef.”
EPÍLOGO
El castigo de Italia.— Víctor Manuel, en el destie
rro.— Un suegro bárbaro.— El Poder temporal y
el Reino de Nápoles.— La Conferencia de la Paz.
Magnanimidad alemana. — Los neutrales, re
compensados.— Una torpeza de Dato.— Los au
llidos de Churchill y los desmayos de S ir Grey.—
Reparto del imperio colonial de los aliados.— La
suerte de Bélgica.— El Príncipe del Congo.— M í
sero fin de Jorge V. — El Reino de Polonia.—<
Un Gibraltar en Inglaterra.— Rusia, mutilada.-^
Solución al problema portugués.— El ideal ibé
rico.
La deslealtad italiana recibió merecido casti
go. Dueños los austro-alemanes del Norte y del
Mediodía de Italia, Víctor Manuel II huyó en
compañía de su familia y de su suego Nicolás
de Montenegro. En Genova, cuando intentaban
embarcar con rumbo á España, usando nombres
supuestos y fingiéndose una troupe de comedian
tes, fueron descubiertos por un capitán de íersaglieris, que los puso á disposición de las autori15
—
226 —
dades austríacas. Estas tuvieron que realizar so
brehumanos esfuerzos para sustraerlos á la cólera
del pueblo.
Más tarde los deportaron á un islote del Adriá
tico, donde se les instaló en un granja, asignán
doles una pensión para que pudieran vivir mo
destamente con la contada servidumbre que quiso
seguirles.
Víctor Manuel II fué muy desgraciado en aquel
destierro.
Los disgustos familiares amargaron su vida,
y en cartas dirigidas á las Cortes de Viena y
Berlín, pedía constantemente que le librasen de
la compañía de su suegro, que le atormentaba
con sus brutalidades. En efecto; Nildta, que con
los años y la proscripción se había vuelto más
feroz, maltrataba de palabra y hasta de obra
á su hija y á su yerno, que no podían defen
derse, porque los escasos servidores que acom
pañaron en el destierro á la familia del último
Rey de la casa de Saboya eran todos montenegrinos.
Entretanto, en Verona se negociaba, por diver
sos representantes de Italia, la reconstitución del
antiguo Reino de Nápoles, ofreciéndose la corona
á un Príncipe de la casa de Parma, y Austria y
Alemania proclamaban la soberanía del Papa
sobre Roma y Civitavechia, ofreciendo á Suiza,
en justo premio á su honrada neutralidad, una
extensión de territorio italiano que comprendía
el puerto de Genova.
227 —
La gran Conferencia de la Paz, convocada por
ios Imperios centrales vencedores, se celebró en
Ginebra.
Quiso Alemania que tuvieran representación
en ella los países neutrales de Europa, algunas
de las Repúblicas hispano-americanas y un dele
gado irlandés, designado por una asamblea de
patriotas que se reunió en Dublín.
Una torpeza del Sr. Dato fué causa de que, con
motivo de la Conferencia de la Paz, España su
friese un desagradable contratiempo que, gracias
á los buenos oficios de los delegados alemanes y
austríacos, pudo repararse sin graves consecuen
cias para el interés supremo de la Patria.
El Gobierno había designado para que nos re
presentaran en la memorable Conferencia, al
Marqués de Lema y á D. Melquíades Alvarez;
el primero, en calidad de genio de la diplomacia
ministerial, y el segundo, como emisario de las
izquierdas dinásticas españolas. La Prensa del
trust realizó campaña muy activa en favor del
nombramiento de D. Melquíades, diciendo que
convenía enviásemos como delegado á un orador
capaz por su elocuencia de impresionar á los re
presentantes extranjeros.
Dato cedió, y su debilidad fué causa de que
pasásemos por la vergüenza de que von Bulow.
presidente de la Conferencia, tuviera que pedir
por telégrafo al Rey de España el envío de otros
delegados más capaces, ya que Lema, por corto
de palabra, y D. Melquíades, por ser todo lo con-
—
228 —
trario, no se amoldaban á la seriedad de una
asamblea tan solemne y trascendental.
En la primera sesión D. Melquíades tuvo el.
fracaso más ruidoso de su vida, pronunciando
un discurso en español, que sólo aplaudieron al
gunos delegados americanos, y en el que habló
más de hora y media sin decir nada de interés.
La presidencia le llamó varias veces al orden,
rogándole que abreviara, y al terminar la sesión,
viendo que D. Melquíades pretendía que se le
reservara el uso de la palabra para el día siguien
te, fué cuando Bulow resolvió telegrafiar á Don.
Alfonso X I I I pidiéndole que, en bien de España,
enviara otros embajadores más competentes y
sensatos.
Por iniciativa del propio Monarca, y con gran
disgusto del Sr. Dato, se confirió entonces la re
presentación de España á D. Antonio Maura y
á D. Miguel Villanueva, nombramiento este úl
timo que produjo gran sensación, pues revelaba
la certeza del rumor de que el Conde de Romanones, caído en el descrédito y en la desgracia,
no había de volver á la jefatura del Gobierno ni
á la del partido liberal.
E l Marqués de Lema y Melquíades Alvarez
quedaron agregados á la Misión española del
Congreso internacional de Ginebra en calidad de
secretarios asesores, sin voz ni voto, pero se re
signaron con esta humillación por no perder las
dietas, que eran crecidísimas.
Las deliberaciones del Congreso internacional
—
229
—
de la paz, seguidas con ansiedad febril por el
mundo entero, fueron muy laboriosas. Se modi
ficaba el mapa polítieo del Universo, y cada se
sión resultaba una formidable batalla, á la que
ponían término los representantes alemanes y
austríacos, amenazando con reanudar las hostili
dades.
Entonces los yanquis, japoneses y británicos,
generalmente los más obstinados, acostumbraban
ó ceder. Para los ingleses, cada sesión era un ho
rrible martirio. El día que se fijó la indemniza
ción de cien mil millones que debía pagar Ingla
terra, Churchill aullaba de coraje, y cuando se
acordó el reparto de las últimas colonias británi
cas, sir Grey, otro de los delegados, tuvo que ser
sacado del local presa de un ataque de epilepsia.
Los Estados Unidos, que al principio defen
dían las pretensiones inglesas, acabaron por ser
los mejores auxiliares de Alemania, después que
se vieron favorecidos con la anexión del Canadá
y de la mayor parte de las posesiones británicas
en las Antillas y en el Pacífico. Alemania y Austria-Hungría fueron generosas con los países dé
biles, y, gracias á su magnánima iniciativa, Cuba,
Chile y la República Argentina tuvieron par
ticipación en el botín colonial de las Malvinas
y Bermudas.
Se fundó un imperio colonial alemán en la
Oceanía, y se cedieron á Holanda considerables
territorios, aparte del protectorado de los anti
guos dominios ingleses en el Africa del Sur.
—
230 —
Austria y Alemania se repartieron la India
inglesa, y Turquía extendió su imperio hacia
Arabia. Egipto se convirtió en un Reino inde
pendiente, ocupando el trono el antiguo Kedive,
que había sufrido la persecución de los ingleses.
Tripolitania pasó al dominio turco. Argelia
se la repartieron Austria y Alemania, y en el
Africa oriental inglesa se formó un Sultanato
bajo el protectorado de Turquía.
Las posesiones italianas en Africa pasaron á
engrosar el imperio colonial austro-alemán, y las
posesiones portuguesas en la costa de Africa fue
ron cedidas á España, en unión de la zona de
influencia francesa del Norte de Marruecos hasta
Casablanca, y de Tánger á Gibraltar. Bélgica,
ensanchada con el territorio del Norte de Fran
cia hasta Calais y Reims, pasó á ser un Estado
de la Confederación germana, ocupando el trono
el Príncipe Enrique de Baviera,
A l ex Rey Alberto, compadecidos los vencedo
res de su crítica situación pecuniaria, le cedie
ron una parte del Congo belga, formándose un
Principado hereditario, en el que Alemania se
reservó el derecho de ejercer funciones de poli
cía. El antiguo Rey de Bélgica pasó á denomi
narse Príncipe del Congo.
Jorge Y, rechazado por sus súbditos, que no le
perdonaban el hundimiento de la Gran Bretaña,
tuvo que aceptar la hospitalidad de su pariente
el Monarca español, que le ofreció un refugio en
la isla de Cabrera, cerca de Alicante. Allí, entre-
—
231
teniendo sus ocios dedicado á la pesca con caña,
pasó el resto de su vida, obscuro y olvidado, el
hombre que en otro tiempo, ciego de soberbia,
llegó á creerse dueño de los destinos del mundo.
Se formó el Reino de Polonia bajo la sobera
nía de un Hohenzollern, y la Rusia europea su
frió tremendas mutilaciones territoriales, que,
unidas á la enorme contribución de guerra que
tuvo que pagar, la dejaron abatida por muchos
años.
Inglaterra, además de todos sus’dominios, per
dió á Irlanda, que pasó á ser un Reino indepen
diente, y su orgullo fué castigado con la vergüen
za de tener que soportar que la bandera de Ale
mania ondeara en Dower. Alemania, deseando
garantizar su dominio en el Canal de la Mancha,
se reservó la posesión de aquel puerto inglés.
Dios justiciero castigaba de este modo la gran
iniquidad de Gibraltar.
En el resto del país, después de una larga se
rie de turbulencias, se formó una República, cuyo
primer Presidente fué Lloyd George.
La situación de Portugal se había hecho insos
tenible. Todos los días ocurrían revoluciones y
atentados políticos, con el inevitable séquito de
saqueos y matanzas de sacerdotes, y en vista de
ello, Alemania, después de pacificar el país rá
pida y enérgicamente, restauró la Monarquía,
colocando en el trono portugués al hijo primogé
nito del Duque de Cumberland, yerno del Kaiser.
El tacto de este Príncipe y una labor diploma-
—
232 —
tica muy hábil, que encontró en España calor
entusiasta, gracias á las rectificaciones políticas
que la influencia del triunfo austro-alemán ha
bían determinado, sirvieron de base para la obra
de la Federación hispano-lusitana, realizándose,
al cabo de unos pocos años, el más bello de nues
tros anhelos patrióticos: el ideal grandioso de la
unidad ibérica.
FIN
I N D I C E
CaPítulas-
P á g in as.
Extracto de algunos de los m ás im por
tantes juicios críticos que ha m ere
cido este lib ro ......................................
I Desastre tras desastre.—Q uejum broso
m ensaje de Poincaré.—El pánico en
Londres. — D esagradable percance
que le ocurrió al Conde de Romanones.—Servicio obligatorio.—El P a r
lam ento británico.—Un ultim átum ...
II La g uerra en Francia.—De B urdeos á
Marsella.— El desastre ruso.—Moti
nes y revueltas.—Gestiones de paz á
espaldas de Inglaterra.—Un m al ne
gocio de Ita lia —In glaterra buscan
do apoyos.—W eyler es aclam ado en
Londres.—El fracaso de Miss Pank u rs t.......................................................
II I La protesta neutralista.—El m itin de
Price.—Miss P ankurst y D. Alfredo
Vicenti.—Los oradores.—Interm edio
grotesco á cargo de D. Em iliano.—El
discurso del ciudadano Pablo.—Lerro u x y la calderilla.—El ridículo de
la Pankurst y la intervención caballe
resca de Vicenti.—La espada de Joff r e ............................................................
IV Progresos alem anes en Francia.—Peste
y otros males.—Lo que im portaron
los indios.—Neurorumcamelli — Entre
indios y franceses.—Grave suceso de
Tours.— Millevoye, m altratado por
un negro.—Tirantez entre In glaterra
y Francia.—Evacuación de Burdeos.
Poincaré, apestado..............................
IX
23
33
41
51
OBRAS DEL MISMO AUTOR
á
(FANTASÍA DE COSTUMBRES POLÍTIC >S CONTEMPORÁNEAS)
I
*1
2 5 0 PÁG IN AS, M A G N ÍFIC A
PO R TAD A DE «BA G A R IA *
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P R E C IO ,
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s*
I
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(EPISODIOS Y RECUERDOS DE UNA HERMOSA GESTA)
CON PR O FU SIÓ N DE G R A B A D O S
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P R E C iO ,
EN COLABORACIÓN COTI ARRUFAT THESTRES
♦
9
( S E G U N D A
E D I C I Ó N )
E L M AYO R ÉXITO DE LIB R E R ÍA
DE E S TO S Ú LTIM O S T IE M P O S
í.
De venta en la Administración de EL CORREO ESPA
ÑOL, Pizarra, 14, teléfono 294. Apartado 180.
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