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- Tipo
- Impresos
- Autor
- Zahonero, José
- Idioma (código)
- spa
- Extensión
- 114
- Identificador
- 0000000080
- Miniatura
- https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/782166
- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- Tip. de la "Revista de Archivos"
- Lugar de publicación
- Madrid
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Imagen para miniatura
- 1
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1913
- Formato
- image/jpeg
- application/pdf
- extracted text
-
JOSH /AUGNERÒ
PATRAÑOSOS
TU», OE i . h
MADRID
E VISTA J>E AKCKIVOS»
O'òzaga^ nùm. i-
EL DOCTOR MENUDILLO
I
Después de un largo y difícil trabajo se
logró poder copiar en papel corriente, esto
es, del que ele ordinario usamos para escri
bir. la historia del famosísimo naturalista
y viajero explorador Dr. Menudillo.
Había escrito éste su historia en una hoja
de papel de fumar, tan doblada, que de ella
se hizo un libro de algunas páginas manus
critas. y con tan diminutos renglones, que
para leerlos hubo necesidad de ampliarlos
con el microscopio y la fotografía, y por un
medio semejante al que sirvió en París para
poder descifrar los partes microscópicos fi
jados en las plumas de las palomas mensa
jeras.
El estado en que el pobre doctor se ha
llaba le hacía valerse de medios extraordi
narios para dar cuenta de sus aventuras á la
Europa sabia y al mundo curioso.
Por el año 1881 el Dr. Menudillo había
desaparecido; nadie sabía á qué punto del
—
68
globo dirigir agentes ó exploradores que
buscaran al doctor.
En la Academia de Ciencias Naturales
era donde mayor interés inspiraba la pérdida
del célebre naturalista.
El Dr. Vil Garroba, médico afamado,
habló en la Academia, pidiendo á ésta se
hicieran los mayores esfuerzos y todos ios
iac.rificios imaginables para averiguar qué
había sido del Dr. Menudillo.
—Mucho me temo—exclamaba con voz
llorona y alzando los ojos al lecho—, mu
cho me temo que nuestro querido colega
haya hecho alguna barrabasada; aquel no
poderse estar quieto ni un segundo, aquella
movilidad de ardilla, en fin, aquella vivaci
dad del Dr. Menudillo, siempre me pareció
á mi habían de llevarle á un fin desastroso.
El célebre Cucúrbita dijo que él tenía
que Menudillo hubiera perecido ahogado y
estrujado, cu los bosques del Brasil, por al
guna serpiente boa constrictor: porque, sin
iluda, Menudillo había ido á aquella región
de la América meridional, puesto que mil
veces había manifestado el propósito de ha
cer este viaje para surtir con nuevos ejem
plares su colección ornitológica y sus cajitas entomológicas, v, sobre todo, para ver
la hormiga de quitasol, que es una hormiga
que va a un cierto árbol á arrancar de él
una hoja, con la cual carga á cuestas. Y así.
únese á otras hormigas, cargadas cada una
con su hojita correspondiente, v todas for
man una larga fila de obreras que en las
hojas llevan unas como lindas sombrillas
— 69 —
abiertas. Con estas hojas, que tienen las
cualidades de consistencia é impermeabili
dad, cubren el techo del hormiguero, para
librarle del agua en la época délas grandes
lluvias. El Dr. Menudillo había deseado ver
esto, y, sin duda, su noble curiosidad le ha
bía perdido para siempre en medio de los
apretados y oscuros bosques brasileños.
Tal vez se hallara convertido en sabroso
guisote para regalo de los caníbales ó an
tropófagos, ó hubiera muerto víctima del
paludismo en los pantanos de Egipto; pu
diera ser que en la boca de algún tenible
saurio. También podría ser que se hubiera
embarcado en algún buque submarine» de
esos que bajan al fondo del mar, sin que
les sea dado subir después, ó que hubiera
subido en algún globo aerostático de ios
que suben y no pueden descender.
Estas era las hipotéticas suposiciones que
todo el mundo se hacía acerca de !u suerte
del Dr. Menudillo. hasta que por ia reve
lación inesperada que hizo el presidente de
la Academia se creyó, por fin, descubierto
el secreto. Dijo el presidente que el doctor
Menudillo, sin duda alguna, habiendo no
tado qie su entendimiento se debilitaba,
había bebido de un maravilloso licor que un
bonzo le diera en la India, elíxir merced al
cual podría recobrar con todo vigor la po
tencia del cerebro.
Por fin, cuando se recibió el librito de
las Memorias del doctor la Academia en
pleno aplaudió con entusiasmo, manifes
tando su reegocijo.
7o
Empezaba el Dr. Menudillo su escrito
confirmando la suposición del ilustre pre
sidente de la Academia doctísima.
—-Vivo, queridos señores; pero durante
todo el tiempo que ha durado mi ausencia
tanto he padecido, y en tan mísera con
dición me he visto, que no creí jamás vol
ver á vuestro lado.
Bien lo sabéis; mi ambición fué siempre
llegar á conocer la vida de los insectos, pere
viviendo en un mismo mundo. Años hace
que, como sabéis, estuve en la India. Allí
— 7i
conocí al sabio en ciencias esotéricas BausBane, y él hízome conocer una planta que
tiene maravillosas propiedades. No habrá
en toxicología un veneno más eficaz y ex
traordinario. Hácese un licor, y aquel que
lo bebe siente luego en sí unos efectos ver
daderamente portentosos. Queda poco á
poco reducido á la más diminuta estatura
y mínima corpulencia. Sabía yo que sólo
cuando cumplidos los efectos del tóxico
quisiera uno recobrar la talla y volumen
corporales perdidos, poníase en grave ries
go la vida.
—Yo, ¡oh sapientísimo Bam-Bam!—dije
al bonzo el día que, habiendo ido en busca
suya, le hallé sentado de cuclillas junto á
un magnífico templo budista, ya ruinoso— ,
vengo á pedir favor de tu ciencia.
El bonzo, que, inmóvil, permanecía allí
horas y horas, días y dias, y aun meses y
años, mirándose, al bizcar los ojos, la punta
de la nariz, me respondió:
—Habla: y acaba pronto, porque tengo
mucho que hacer.
Dijele que deseaba hacerme pequeñito,
del tamaño de un dedo meñique, y añadí
que pediría al cielo le diese todas las ven
turas más envidiables. El, que ya había
sido, en otras existencias, según muy for
malmente afirmaba, flor, oruga, mariposa,
pájaro, caballo y muchas cosas más, hasta
llegar á ser hombre, y que tenía la espe
ranza de ser luego buey, cernícalo, alcorno
que y dromedario, accedió gustoso á pro
porcionarme el medio que yo deseaba.
72
—Te transformarás —me dijo— en un
hombrecillo meñique cuando esto fuere de
tu voluntad.
Por fin» Bam-Bam llamó á un muchachítelo indio que tenía á su servicio, y le
ordenó buscase no sé qué bebida, que al
poco rato trajo el indio en una calabacita;
y Bam-Bam, ciándome muy solemnemente
aquel brevaje, me dijo estas palabras, que
no se pudieron borrar de mi memoria y á
las cuales no di entonces mucho crédito...
\ Esta fué mi desdicha !
—-Bebe, y volverás á tener claro el en
tendimiento, lozana y fresca la memoria:
pero vosotros, los sabios de Europa, no co
nocéis sino las cosas á medias. ¿ Sabes á lo
que, al beber este licor, te expones ?
Contesté la verdad: ni sabía esto, ni sa
bía sino que la tal hierba era sólo conocida
de los bonzos de la India.
—Pues te expones á que, al recobrar las
facultades del entendimiento, vayas p er
diendo las carnes, y enflaquezcas, y men
gües en estatura, y te achiques hasta el ex
tremo más lastimoso...
Bien me lo avisó Bam-Bam; pero, á la
verdad, no cli mucha importancia al conse
jo, ni pude creer jamás que el enflaquecer
y achicarme pudiesen producirse al punto
de irme reduciendo casi á la nada.
Bebí, bebí lo del maravilloso licor; pude
pasarme las noches y los días atento á mis
nbros; no me hizo traición ni una sola vez
la memoria; había rejuvenecido; era otro
pin completo; mi orgullo estaba satisfecho;
73
las facultades de mi alma eran poderosas
cual las de un joven... ¡ Ah, y cómo me reía
de mis colegas, los cuales, unos tenían ya
la cabeza á pájaros, otros no resistían ni
la cuarta parte del tiempo que yo dedicaba
al trabajo!
¡ A mis cincuenta años era tan estudioso
y trabajador como un hombre de veinticin
co! Todo el mundo estaba maravillado; pe
ro yo no quería descubrir mi secreto: el li
cor de Bam-Bam, así como el té presta
energía á las facultades del juicio y el café
á las de la imaginación, esclarecíalas todas,
devolviéndolas el vigor perdido.
¡ Figuraos cuál seria mi espanto al sen
tirme cierto dia con todo el cuerpo dolorido;
no parecía sino que me habían desco
yuntado y desbaratado, desajustando á la
vez todas las articulaciones de mi cuerpo.
Tuve que guardar cama.
El médico no acertaba á explicarse mi
enfermedad. Llevaba ya más de dos días
acostado, al cabo de los cuales tuve un agu
dísimo ataque.
Era un continuo ¡ a y ! á cada movimiento
que hiciera, y con cada ¡ a y ! una gesticula
ción que pondría mi cara que daría espanto
mirarla. Claro que cuando las trabazones
de las partes se aflojan, cae uno como si
estuviera inanimado é inerte.
Y mi pobre mujer fue á llevarme una
taza de salvia; tras de mi mujer acudió
nuestra vieja Timotea, con sus ojos salto
nes, que entonces me miraban con temeroso
cuidado; la doncella también apareció con
74
una taza de tila y un botecito de azahar, y
tras de la doncella, con no sé qué cataplasma
caliente entre ambas manos, María Ba$i1ia.
criada la más antigua, y luego iba Rosita,
!a cocinera, armada con un enorme calen
tador.
Así en fila, y con el remedio que á cada
cual se le había ocurrido, llegaban mi mu
jer y mis criados solícitos y tristes.
Pudo contener á aquella procesión de
devotos de la botica, para que esperaran la
llegada del médico, el cual, por fin, nos sacó
de tem ores; después de haberme pulsado,
mirado y remirado por todas partes, ase
guró que sólo había duda en que yo pudiese
tener una ó dos de la media docena de en
fermedades que allí me encajó, y que hu
biera servido de letanía á la procesión de
que antes os he hablado.
Confieso que aunque me hallaba decidido,
por amor de la ciencia, a todo sacrificio, la
verdad era que al comprender que los efec
tos del licor de Bam-Bam iban ya á su más
extremoso grado, me llené de terror.
\ o de nada había prevenido á mi mujer,
leniía hablarle del asunto. En tocio caso,
sólo ella lo sabrá. Si llego á verme hasta el
tamaño de un dedo meñique todos creerán
que he desaparecido. Me haré invisible, y
$i muchas cosas puedo estudiar así en el
mundo de los insectos, cuántas más en el
de los hombres. Y me decidí á guardar el
secreto. Esperé con inquietud.
Asi era que, por mi aprensión ó mi te
mor, todo se me volvía hacer preguntas que
—
V
hicieron que la gente de mi casa creyese
que iba á perder la razón.
—Está usted muy flaco—me decia el
doctor.
¡Adiós! Ya se comienza á cumplir el
pronóstico de Bam-Bam: temía levantarme,
no fuera á hacer el diablo que hubiese yo
menguado de estatura; todo se me volvía
mirarme las manos y medírmelas, así como
las narices, la cabeza, y ver qué espantoso
sería para mí descubrir la terrible reali
dad ... Estaba, como os dije antes, libre de
70 —
fiebre y de dolores; me decido á levantar
me, y al ponerme los calzones, vi con pro
fundo espanto que eran doblemente más
largos y anchos que mis piernas; no quise
que nadie supiera esto; al verme reducido
á la estatura de un niño de ocho años..*
puede que nadie pudiera contener la risa...
llorando de rabia me metí de nuevo en la
cama.
No, esto ha de ser inevitable... ¿Qué ne
cesidad tengo de decirle á nadie esto?
Cuando me quede reducido al tamaño de
un dedo meñique, me lanzo bajo los zapatos
de mi aguador, y muero como los que se po
nen al paso de la locomotora para que ésta
les aplaste.
Se me olvidaba deciros cjue Bam~Bani
me había dado el consejo de que si notaba
el enflaquecimiento y el achicamiento de mi
cuerpo, dejara de beber el maldecido li
cor... ¡Tal vez asi, me había dicho el bonzo, la enfermedad no haga más sino reduci
ros hasta un grado, y de allí no pase el
menguamiento!
Este había empezado: ¿quién podría de
cirme cuándo había de cesar?
Quizá cuando me deje consumido como
un hilo y chiquito como un comino.
—; Ay, Hormiguillo!—decía mi mujer—.
¿Cómo tú, que parecías antes hecho de ratx>s de lagartijas y no había manera de
verte sosegado y quieto, estás ahí, metido
en la cama y sin querer salir de ella?
No^ supe qué contestar: hubiera tenido
que descubrirla el secreto, y quién podría
atreverse á decirla una cosa tan inverosí
mil... y que tanto habría de apenarla, si la
creía, por lo mismo, y si no, porque tal vez
hubiera dudado de mí, tomándome por un
loco.
Al fin, im día, mi mujer hizo el treme
bundo descubrimiento, se acercó á mi cama,
me miró y remiró muy atentamente, y
abriendo luego desmesuradamente la boca
y los ojos, exclamó:
—¿Qué tengo yo en la vista... que ju
raría que se te han achicado las orejas y
las narices, y aun me parece que hasta la
cabeza toda es más pequeña? ¡U f! ¡Si
los ojos me parecen chiquirritines!...
No hubo remedio, la fiera reducción mía
era inevitable y había sido notada... y por
ultimo se lo revelé todo á mi mujer... Poi
supuesto, tuve una idea, veréis, vereis cómo
me las compuse para que á la pobrecilla no
la causara tan terrible impresión la noticia.
—Mira, mujer mia—la dije— ; no te
asustes ni alarmes, porque lo que aquí va á
suceder es cosa preparada por mí y á mi
gusto...
Creo que me eché á reir. ¡ valiente gana
tenía yo de risa !; pero intentaba engañar
á mi mujer. Sin embargo, era necesario re
solverse á descubrir la verdad. Cobré al fin
valor, y dije:
—Has d'e saber, esposa mía, que voy á
achicarme.
—No te comprendo—me dijo la pobreci
lla, llena de asombro.
—No es fácil que me comprendas. Quiero
decirte que voy á menguar como la luna; es
decir, que me quedaré convertido en lilipu
tiense... Pero no te alarmes... podré reco
brar mi estatura cuando haya realizado la
empresa científica que quiero acometer.
—¿Y qué empresa científica es esa, y para
qué diablos has de quedar á la tan breve
estatura que dices?
—¿No aciertas á explicártelo? Pues sien
do yo chiquirritín me será fácil, y sin ayuda
de microscopio ni de micrófono, ver y oir á
los animales pequeños; estoy loco de con
tento porque puedo realizar un viaje cientí
fico aí mundo de los insectos; realizaré una
heroica empresa, me cubriré de gloria, y con
la obra que yo publique dando cuenta de
todo cuanto vea y estudie... haré un ca
pital.
Mi pobre esposa se echó á llorar amarga
mente ; no se la ocultaban los peligros á que
sin duda habría de »exponerme; podría mo
rir en las fieras uñas del gato ; en las tenazacortantes de una hormiga; para mí serían
monstruos hasta los bichos más impercepti
bles á la vista.
Tuve el valor de fingirme alegre y entu
siasmado por consolar á mi mujer, que estos
sacrificios ha de hacer un hombre honrado
por los seres que ama, y de ta! modo me ex
presé y por tales medios hube de animar el
corazón de mi pobre esposa, que ésta, no sólo
se tranquilizó, sino que llegó á reírse de lo
extraño de mi achicamiento, y a admirarse
de lo que ella consideraba como un maravi
lloso resultado.
79
Se hicieron los .preparativos todos para
cuando llegara el caso; convinimos en que
ella guardaría el mayor secreto, no fuera
que, excitada la curiosidad de las gentes,
llegase yo á servir de diversión á mis cole
gas los sabios y á las muchedumbres amigas
de ver monstruos, gigantes y enanos en las
barracas de feria ó en los circos de saltim
banquis.
No obstante, mi tristeza se había disi
pado.
Al fin y al cabo, me decía, no ha de ser
tan triste mi suerte, y eso mismo que he di
cho por consolar á mi mujer, me ofrece en
realidad un motivo para ver y estudiar gran
diosos misterios de la vida y de la nauuraleza. A grandes y á chicos consuela y enno
blece la ciencia, y puede que si llego á empe
queñecerme hasta el tamaño de un dedo me
ñique. pueda realizar estudios que me en
grandezcan á la altura de los más eminentes
y celebrados naturalistas.
A los pocos días quedé, en efecto, tan pequeñito que podía encerrarme en mi petaca,
darme un baño en mi tintero y hacerme un
abrigo de piel con el dedil de uno de los
guantes de mi mujer.
Así pude dar principio á mi viaje y con
solar lo doloroso de mi triste situación con
el trabajo científico á que, como vereis, he
dedicado mi vida de hombre meñique, de
doctor diminuto, de segundo Gulliver, de
Robinsón pitiminí.
Mi mujer estaba espantada de asombro;
yo la había suplicado que baldase en voz
8o
baja, porque de otro modo me ensordecería.
Y mientras ella, colocándome con sumo cui
dado en la palma de su mano, exclamaba
admirando mi personilla:
—¡jesús, qué mono, qué gracioso y lindo
te has quedado! ; Pobrecito mío!
Vo estaba lleno de terror al ver que el
cutis, antes para mí fino y suave de mi mu-
Hi
jer, aparecía entonces á mis ojos como esos
burdos lienzos de sacos, y aún más áspero
y acortezado, y surgiendo de él todo un ca
ñaveral de varas negras y grasicntas, lo que
otras veces había sido para mí vello finísi
mo, delicado; hasta el aliento de su boca,
en verdad, aromatizado por el licor de men
ta deirtrifico que ella usaba, era cálido como
vapor que escapa de una enorme caldera.
Mi sensibilidad se había hecho más delica
da, y si mis sentidos no llegaban al alcance
que habían tenido, eran en cambio mucho
más perspicaces... oía infinito número de
sonidos y veía hasta los más minuciosos de
talles de las cosas que antes hubiera tomado
por pequeñas y fútiles.
P ara hacerme oir sin tener que hablar á
grandes voces, lo cual me hubiera mortifi
cado, hube de valerme de un micrófono te
lefónico; mi mujer, para contemplar mi
cara y ver la expresión de mi rostro, valíase (Je una enorme lupa...
— Es necesario— la dije—que pienses en
hacerme ropa, pues no tengo más que esta
túnica del muñeco de Pepito, y á la verdad,
estoy impresentable.
No os he dicho que tenía dos hijos, P e
pito y Cañuela, á los cuales nada les había
dicho respecto á mi transformación y achi
camiento; mi m ujer pensó que si los niños
veían á su padre reducido á la estatura de
una figurita de porcelana de las de la rin
conera, podrían tal vez querer jugar con
Papá y faltarle al respeto; no obstante, di
las medidas de mi cuerpo á mi m ujer, y
§
esta encomendó á nuestra hija el encargo
de que con los faldones de una de mis le
vitas hiciera un traje completo; también
hube de ponerme los sombreros de un mu
ñeco de Carmela,
Cuán ajena estarla ésta de sospechar que
aquello iba á servir á su padre; se les dijo
que yo me había ido á hacer un largo viaje.
Lloraron un poquito; pero después, ante la
promesa de que tornaría pronto á casa car
gado de juguetes y regalitos para ellos, se
tranquilizaron, en cierto modo contentos y
risueños, con la esperanza de recibir algún
día de mis manos quizá mil preciosas cu
riosidades.
Sin embargo, cuando yo, escondido, veía
cerca de mí á aquellos gigantes, mis hijos,
lanzando terribles gritos, no me podía acos
tumbrar á la idea de que aquéllos fueran
mis hijos, á los cuales creía que habría ele
ver mucho más pequeños que yo, esto es,
de estatura equivalente á la que con rela
ción a mí tenían antes de que yo me achi
case.
Pero quien no cesaba de admirarme ni
acertaba á moverse ele mi lado era mi mu
jer: parecía unas veces satisfecha de ver
me, como ella decía, tan remonísimo y tan
gracioso, con mi cabedla de miniadas fac
ciones, mis piernecitas y mis brazos, hecho
un hombrecito.
—Vamos, déjate de contemplaciones; tú
no puedes pensar lo que me mortificas cada
vez que me agarras con tp$ dedazos : luego
el calor de tu mano me sofoca,,.; es necc-
83
«ario que pienses en hacerme más fácil y
llevadera mi situación.
Nunca hubiera dicho tal cosa: me halla
ba sobre la mesa de mi despacho, frente á
mi mujer, que habia intentado atraparme
con sus dedos. Pues bien: de pronto cayó
sobre mi cabeza, cegándome y aturdiéndome. un chubasco de agua, era una lágrima
que se había desprendido de los ojos de mi
mujer, conmovida por lo que, sin duda,
hubo de considerar una ingratitud mía.
—Perdóname, esposa mía—le dije, y sal
tando á su mano derecha, me abracé á su
dedo meñique y le besé en la yema, gordita
y carnosa como su rostro.
—No perdamos el tiempo—le dije des
pués— ; es necesario que me habilites una
casa donde yo pueda habitar; no se te ocu
rra meterme en un cajón ó en un estuche;
trae de la cómoda de la sala aquella casa
suiza que te regalé llena de dulces el día
de tu santo, es bastante cómoda y abrigada,
tiene cristales, dos pisos y varias habitacio
nes; en fin, ya me acomodaré como me fuere
posible, con cuatro trastitos de los juguetes
de la niña, hasta que haya dispuesto lo ne
cesario para emprender el viaje.
Así se hizo, y quedé instalado en la ca
sita suiza, como Gulliver en la casa de mu
ñecas de la niña gigante, y con más lujo y
comodidad que Robinsón en su isla.
i Quién habría de decirme en otro tiem
po, cuando hube de comprar en montón
algunos de los juguetes do mi hija, que
compraba enseres para mi uso y servicio
-
84 -
mejor que para la diversión de Carmelita.
Éste es el misterioso destino del hombre,
metido en una cama de muñecas, quería
conciliar el sueño, toda vez que durante todo
el día había estado de aquí para allá, colo
cando los muebles y barriendo las habita
ciones de mi morada; pero, imposible... el
sueño no llegaba, tal hervía mi cabeza y
tan continuados y disparatados pensamien-
tos ocupaban nú mente, desvelándome y jxv
niéndome en continuo desasosiego.
—No, no podré, seguramente, resistir es*
ta vida, como no es soportable ninguna
cuando el hombre se entrega al ocio y se
deja dominar por la pereza; estudiaré, mi
mujer abrirá los libros, y subiendo yo so
bre las páginas, y á la carrera, pasando y
repasando por los renglones, á la vez que
leo, me ejercito en el paso gimnástico,
Y esto hice á la mañana siguiente, des
pués de haberme lavado y vestido y luego
de tomar mi tacita de café j>or desayuno.
De este modo hice siempre que me era
necesario leer v estudiar.
Hice una observación útilísima; y era
que, como algunas veces me cansaba de
andar con tal premura por entre las lineas,
tenía que caminar despacio, y me fijaba más
en lo que leía; de donde yo deduzco que
los estudios que se hacen á la carrera mal
dito lo que aprovechan, y, por tanto, el
que estudia con sosiego reflexiona con más
juicio y saca fruto mejor de lo que los libros
nos dicen.
i Qué espectáculo tan nuevo y asombroso
para mí aquel mundo pequeñito! i Qué ma
ravillas contemplaba! Lo que hasta entonces
habia yo tenido por inútil y despreciable,
resultaba entonces grande y de provecho, á
veces digno de admiración por su belleza.
ó o, que era tan chiquito que al asomarme
para mirar abajo por los bordes de la mesa
de mi despacho me sentía acometido por el
vértigo de las alturas, ni más ni menos qu«r
86
si vosotros mirarais á la tierra -desde lo mas
elevado de una torre, tenía la ambición de
acometer empresas heroicas... que á vosotros
habrán de haceros reir...; pero es sin olvi
dar que yo no era mayor que el dedo me
ñique -de mi m ujer; no lo olvidéis, pues
sólo teniéndolo presente es como os será
posible comprender todo el valor ó mereci
miento de las aventuras que he llevado á
cabo, lo terrible de los peligros en que me
lie visto, y de los cuales he ido saliendo mer
ced á mi fe en Dios y en la ciencia, que es
la santa verdad de Dios que los hombres
van descubriendo como premio á la cons
tancia, á la virtud y al trabajo.
—No cabe duda-—me dli.je— ; yo soy un
héroe de la ciencia. Las impresiones que
ahora voy á recibir y los peligros á que va
lerosamente voy á exponerme son bien dis
tintos de las impresiones y de los peligros
que se me ofrecieron cuando, por hacet
estudios de meteorología, hice atrevidísi
mos vuelos en aeroplano.
Entonces expuesto estuve á caer y estre
lla míe contra el suelo ó á hundirme y aho
garme en el m ar; pero ahora mayor nú
mero de peligras y más variedad de ellos
me amenazaban. Cuando desde las alturas
a que llegué en el espacio por nuestro mo
noplano miraba á la tierra, qué diminutos
aparecían á mis oios los edificios, como ju
guetes, y los hombres, como pulgas, y cuán
despreciable era !a tierra; pero al haberme
achicado, merced al elíxir de Bam~Ram,
veíame en un mundo de cosas ciclópeas,
-
87
-
plantas enormes y animales y gentes gi
gantescas.
No importa, adelante; no dudes, no vaci
les, no tiembles. ¡ Aunque te hayas achica
do, eres grande, un grande hombre !
Muy entusiasmado me sentí después de
este discurso.
En esto llegó á mi la siempre dulce, ar
gentina voz de mi mujer. ; Cuánto la amaba
y cuánto la había yo amado siempre! Por
el amor que hacia ella sentía, por este amor
casi más que por el progreso de las cien
cias y el bien de la humanidad, habíame
achicado yo. Deseaba conquistar la gloria,
realizar tan audaz y extraordinaria empre
sa y ofrecer á mi mujer los laureles que el
mundo me diera en premio de mi obra.
—¡Jesús!—decía mi mujer—. ¡Qué su
ciedad y qué miedo!
—Perdone la señora; no lo habíamos vis
to—replicaba la camarera; y añadía por
fiando, respetuosa, pero tenazmente—. H e
mos limpiado toda la casa, sí, señora; la he
mos limpiado; lo hemos barrido todo con
el esmero de siempre.
—No es posible...
—Créame la señora.
—Así será; pero el caso es que en el
rincón aquel esta ese inmundo bicho. Vaya
usted, acerqúese, vea la telaraña que hace
allí colgajo—contesta mi mujer, y poco
después dijo al ver que la camarera y un
criado, armados de escobillas de largo palo,
se disponían á limpiar el rincón:
—N o; no la matéis hasta que yo haya sa*
tklo de la habitación; podría caer ese bicharracho encima de mí, y yo me moriría de
miedo y de asco.
—Aquí de los hombres—me dije yo— ;
valgan ahora los buenos caballeros; ya
empiezan para mí las aventuras: matare
esa araña. Tal íué mi heroica resolución.
Las arañas son animales ferocísimos: en
tre sí mismas se atacan fieramente y se cte:
voran unas á otras. La hembra suele, casi
siempre, devorar al macho. Se arrojan á la
lucha, y la araña más fuerte dtevora á la
más enteca y endeble.
—¡Animo y adelante!—me dije.
I Qué arma eligiría? Una fina y afiladísi
ma aguja habría de servirme de espada, y
llevando á cuestas una cerilla y varias cabe
zas de otras, prendería fuego al nido, caso
de que con las estocadas que tirase al mons
truo no pudiera dar fin á su existencia.
i Oh, si vierais qué empresa aquella, para
mí más ardua y difícil! Tratábase de subir
al tedio, es decir, á una altura para mí tan
considerable como lo puede ser para vos
otros el pico de Muley-Hacen; pero no por
pendiente inclinada, sino que por un plano
terso y vertical, tan terso que las paredes se
hallaban estucadas; iba á combatir un mons
truo que me resultaba de la magnitud con
que cuando yo tenía la estatura natural, no
ésta á que me redujo el veneno del indio,
resultaría mi mesa de despacho; de modo que
os podréis figurar una araña enorme como
una gran mesa... ¡Sería horrible tal mons
truo !
— s9 —
Asi aparecería para mí la araña, y ademán
las patas de la fiera serían casi de doble
longitud que todo mi cuerpo.
Había yo hecho que mi mujer pusiera una
escalenta á uno de los lados de mi escrito
rio, escalera hecha de libros superpuestos, y
claro que unos más salientes que otros. Por
ella podía bajar hasta el suelo; pero me pa
reció más conveniente subirme al borde su
perior del respaldo de mía silla, caminar por
allí como un funámbulo é irme acercando á
otra silla, y así de ésta á aquélla llegarme has
ta el cordón que pendía del alambre de la
campanilla, subirme por él como un marine
ro á las cofas, colarme al agujerito hecho
para que el referido alambre pasase al lla
mador de la alcoba, y por el alambre llegaría
á la madriguera del monstruo.
No sólo me aterraba el peligro de tropezar
y caerme al suelo, sino que me daba mie
do el riesgo en que podría verme de tropezar
con alguna mosca; nada para mí más repug
nante y espantoso que aquellos dípteros, pe
ludos, con dos ojos enormes, un abdomen
blancuzco y todo el cuerpo cubierto de unos
parásitos que deben servir en parte de ali
mento á las moscas, porque de tiempo en
tiempo las había yo visto devorarlos, lim
piándose de ellos el cuerpo, las patas y las
alas; pero no bien se limpiaban volvían pron
to á verse cubiertas de otros nuevos de la
misma especie.
Claro es que las moscas jamás me habían
parecido á mí tan feroces; pero—vuelta á las
proporciones—se me aparecían entonces ma-
yares que grajos, eran más grandes que mi
cabera. Ahora bien, ¿os seria posible vivir
en un lugar donde hubiera tantos grajos co
rno puede haber de moscas en una habita
ción, y que fuesen tan impertinentes que pa
saran dándoos terribles aletazos ó posándose
vobi e vosotros r ¡ \ qué ruido más continuo
y estridente el que armaban aquellos anima
luchos alados!
Muchas precauciones había tomado mi mu
jer contra edas. disponiendo platos de goma
espesa y azucarada y de unos ciertos papeles
venenosos... pero, no obstante, no me había
librado <le ellas, ni de sus feroces compañe
ros los mosquitos. ¡ Qué espantosa resonan
cia la de la trompetilla de éstos.,. Me pare
cía oir la del juicio final! Aumentad las im
pertinencias de estos animales con relación
á mi pequenez v á la sensibilidad de mis
orejas, que percibían los sonidos más peque
ños con un aumento desmedido, v bien fácil
os ha de ser comprender mis sufrimientos.
Salí de mi casa con una cajita de papel que
me hice, no sin gran trabajo para cortarle y
doblarle, y mi aguja-espada, que había afila
do con habilidad y maña; atravesé la super
ficie de la mesa... un estruendo espantoso
me sobrecogió el ánimo; era un triquitraque
ensordecedor; resonaba detrás de unos li
bros; di vuelta por ellos y me hallé pronto,
con gran asombro mío, contemplando mi re
loj de bolsillo; subí sobre su tapa de oro.
; Qué maravilla, una plataforma grande de
oro cincelado, bajo la cual se producía el
mecánico sonido de las ruedas en constante
movimiento! Verdaderamente hube de recor
dar entonces el reloj de Gulliver, que había
sido el espanto de los liliputienses mis seme
jantes.
¡No hay como esto de llegarse á ver pequeñito para dar el mérito verdadero á cosas
que nos parecen de escaso valor!
¿Quién habría de decirme, cuando metía
v sacaba aquel aparato en el bolsillo, que ha
bría de verme algún día de pie sobre él, ni
más ni menos, y pudiendo pasear por rodo
el disco como por una glorieta ?
Era conveniente averiguar á qué hora da-
tm comienzo á mi aventura, más que gigan
tesca, hercúlea; bajé de la tapa, y tomando
mi alfiler de gran cabeza, apreté el botoncilio... y chas, saltó la tapa; subímc al borde
del cristal y vi la hora; vi m ás: pude perci
bir el movimiento de las agujas, tan lento
que no es posible advertirlo ni aun fijando
mucho la atención para ello. Con maña y
tuerza pude cerrar el reloj.
—¡ Ea, en marcha! Son las diez y me
dia. No tengo tiempo que perder—me dije;
y santiguándome y persignándome, recé de
votamente arrodillado, suplicando á Dios
Todopoderoso me sacase bien de aquella
tremenda aventura que iba, arrojadamente,
á acometer; pues iba á vérmelas con un
monstruo espantoso, como jamás las más
atrevidas y fantásticas leyendas humanas
habrían imaginado de horrendo y fiero.
Trabajo me costó caminar sobre el borde
superior ele las sillas; pero ; cuánto tuve
que admirar! El suelo de la habitación apa
recía á mis ojos mil veces más vistoso en
colores que el campo más florido. La al
fombra de tapicería resaltaba con variantes
de grana y rosa, y todo en una armonía
perfecta; alcé una vez la cabeza, y vi en
la altura del techo, allí donde casi no podía
yo alcanzar con mis ojos, unos reflejos
brillantes^ como si se produjera un esplén
dido fenómeno meteorológico: eran enra
cimados unos magníficos prismas de cristal
que lanzaban luces irisadas...
—Serán— me dije—las lágrimas de la
araña del despacho.
Saqué un anteojo que había podido arre
glarme y contemplé el conjunto de aquella
portentosa obra de cristal... ¡Cuán hermosa
habrá de parecerme también de noche, man
dando que enciendan las velas todas! No
menos asombro me produjeron los cortina
jes de damasco, junto á los cuales pasé, y
los grandes espejos.
Al fin llegué al cordón de la campanilla,
y lleno de animoso coraje, queriendo ro
bustecer mi ánimo por la realización de
audaces empresas... comencé á subir...
tras, tras, tras...: ¡ah!, pero me fatigaba:
y así. haciendo descanso y tornando á mi
ascensión, llegué á la altu ra; probé con el
pie la resistencia del alambre, para ver si
me podía soportar, y quedándome asido ¿
él con las manos, pasando ésta, volviendo
el cuerpo para soltar aquélla, y cogiéndome
con la otra, llegué al boquete por el cual
penetraba el alambre á la alcoba.
Apenas si cabría á entrar por él. arras
trándome y pegando mi cuerpo al alambre;
antes quise examinar el conducto, no fuera
que en él hubiese algún animal, sobre todo
alguna tijereta con su numerosa cría, que
aquéllas suelen esconderse en los agujeros
y en las grietas, donde guardan sus hijue
los sin separarse de ellos.
Miré, y nada v i; y al fin. rastreando,
me hallé al otro lado, es decir, en la alcoba.
¡Bravo! Era un héroe; notaba, sin em
bargo, que mi fatiga no resultaba al fin
tan grande como yo me había temido y que.
relativamente, era más ágil y diestro que
—
94
~
hube de serlo cuando tenia la estatura or
dinaria del hombre.
Por fin, después de un ligero descanso,
pensé proseguir mi heroicidad comenzada;
sin duda alguna, Dios, al permitir que yo
me viera tan chiquitito como un liliputien
se, me había dado un ánimo valeroso y au
daz ; cierto que yo había sido siempre in
quieto y un tantico acometedor...; pero ja
más hasta el extremo de entonces.
—Pero ¿sabes tú—me decía yo—á lo que
te expones ? ¿ Sabes y comprendes el mé
rito de la empresa que intentas realizar?
¿Tú. que cuando eras un hombre como los
demás no hubieras ido á presenciar, siquie
ra á regular distancia, la caza de la pan
tera. te arriesgas á cazar una araña?
Pienso que seguía mirando con el des
precio de antes á las arañas, como había
mirado á las moscas..., y verdaderamente,
ya no me era dado considerarlas así.
Pues qué, ¿no se arroja una araña sobre
su victima y hace presa en ella por salto
tan rápido y por contracción de sus patas,
tan recia como el tigre sobre su caza?
Espantoso habría de ser morir prensado
debajo de la peluda panza del arácnido,
húmeda por el juguillo de las mucosas:
moco que al contacto del aire se seca y en
durece, formando hilos, y segrega innume
rables á la vez, y hace red, en la cual pega
y ata á su víctima, al propio tiempo que
la estruja entre sus largas patas, prénsala
y va chupándole la sangre, y la mata.
El monstruo queda ahito y embriagado.
Desde el alambre salté 30 a! techo del
armario-espejo, que se hallaba pegado á la
pared, no lejos del rincón donde tenía su
guarida de muerte la enorme araña. Allí es
condida, al acecho, esperaba paciente é in
móvil á que cayese alguna presa en la red.
La contemplación de ésta me entretuvo por
largo tiempo.
¡ Qué admirable obra }
B orinaba la extendida lela una especie de
embudo prendido por sus bordes á la pared,
y estrechándose y apurándose hasta el ca
vernoso agujero, centro de toda aquella
trampa, cepo
yred. Allí dentro rebu
masa negruzca, el alma de aquel antro.
Al menor contacto con la red estremecía
se el animal y rápidamente salia de su co
vacha.
Esta fina percepción dió, áin duda, lugar
al error muy corriente de que las arañas gus
tan de la música. Error combatido por
Mr. C. Bogs.
Este profesor hizo sonar un diapasón, y
tocando varias veces con él ligeramente en
la tela de araña, llegó á ver estos efectos:
Si la araña estaba en el centro de la tela,
viraba en redondo con rapidez (para colo
carse de frente en la dirección del diapasón,
y recibir en sus patas anteriores las vibra
ciones comunicantes de los hilos radiales.
Lna vez hecho esto, tendía sus hilos hasta
alcanzar el instrumento en el punto de unión
de dos ó más, cuya dirección determinó me
diante las patas anteriores.
Si 110 se mueve el diapasón cuando llega
á él la araña, parece experimentar el mismo
encanto que si tropezara con una mosca,
pues lo coge, lo abraza y rodea con sus patas
mientras duran las vibraciones del sonido,
sin que la experiencia le enseñe que hay
otras cosas que pueden zumbar además de
su victima ordinaria. Cuando, incitada una
araña, llega al borde de la tela, apartamos el
diapasón y luego lo acercamos poco á poco:
vigila su presencia y su dirección, y se apro
xima cuanto puede en la dirección del so
nido. En cierta ocasión cogí una mosca, la
sumergí en parafina, la puse en una tela de
araña, y atraje este animal tocando la mosca con un diapasón. Cuando la araña pudo
convencerse que aquél no era alimento con
veniente (es decir, que estaba adulterado) y
le abandonó, toqué ía mosca de nuevo. Esto
produjo el mismo efecto de ames, y tantas
veces como la araña trataba de dejar la mos
ca la retenia yo, acercándole el diapasón.
Asi logré que la araña comiese una buena
parte de la mosca.
Para hacer estos y parecidos experimentos
habíame yo sacrificado bebiendo el licor de
Bam-Bam. Ya estaba en batalla.
L na lanza larga, aguda; una magnífica
lanza, que, á pesar de ser toda de acero, no
me resultaba pesada... ; me serviría en la lu
cha; era una aguja de hacer media, Sin mo
verme del sitio en que me había colocado
podía atacar á la fiera. La araña perecería,
si yo consiguiera manejar con destreza v
tino el arma.
Atravesaría de parte á parte al bicharraco.
97
enclavan ció después un extremo en la pared
y otro en el arm ario; de este modo, fuera la
araña, me seria fácil acercarme á ella y cortarle la cabeza ó ponerla fuego; el movi
miento tenía que ser pronto y certero, por
que de lo contrario, huía; en cuyo caso tal
vez pudiese encontrársela mi mujer, la cual
se asustaría terriblemente, 6 quizá se arroja
ra sobre mí y sería abrazado ]X>r el mons
truo, como los osos abrazan, ó el boa consUictor estruja á sus víctimas; además, me
chuparía la sangre como el pulpo á su presa.
El momento de prueba llego: embracé mi
lanza, no muy nesada para mí, pero, á 1a
/
verdad, difícil de m anejar por lo larga. Y.
creedm e, no penséis que -por am or propio re
fiero este valeroso hecho mío ; pero al fin re
presentaba en el pequeño m undo a la raza
hum ana dom eñadora de m o n stru o s ; nuevo
H ercules microscópico, nuevo Cid, asesté a¿
arañ en tan recio golpe y con tan certero em
puje. que le atravesé de p arte á parte, encla
vando la punta de la lanza en el fondo de
la covacha; aseguré después la o tra punta,
según había pensado, y el anim al quedó p re
so, batiendo sus largas patas y rebullendo
furiosam ente en su nido, sin poderse d es
prender de aquel acero que le su jetab a á mi
v o lu n tad ; así pude, sacando mi espada,
darle tales estocadas en la cabeza, que al fin
m u rió ...
¡ H u rr a ! ¡ H u rra ! ¡V ictoria, victoria p ri
m era del doctor M eñ iq u e!
>’■ ^
¿D e qué m e envanecía ? ¡ P ro n to com
prendí cuán engañosa era mi u fan ía! ¡ P ro n
to mi valerosa y noble am bición de con
q uistar la fam a de sabio investigador iba
á recibir un triste desengaño!
¿L óm o no se m e ocurrió pen sar en que
nunca las em presas acom etidas por los pe
queños fueron justam ente apreciadas por
los grandes? ¿Q u é poeta se atrevería,
a rro stran d o las burlas del m undo, á escri
bir las aventuras de un hom bre m enique ?
“ H ero ica hazaña del enano que m ató á la
arañ a. ”
¿ Cómo, á pesar de mi previsión de hom -
bre de ciencia y de pensador, no vi que me
esperaban otros trabajos más duros y apenadores que los trabajos materiales?
; Ay, que así fue! ; Y por ello tuve que
renunciar a mis exploraciones por el mundo
de las hormigas y de los insectos!
Ello fué que cuando más satisfecho me
hallaba, viendo á mis pies y atravesado por
la aguja lanza al terrible monstruo, oí la
dulce voz de mi m ujer:
—¡Dios mío! — exclamó—. Te buscaba;
temí que te hubieras perdido 6 que hubie
ras, horror me causa el pensarlo, caído en
las garras del minino; pero ya no hay peli
gro. He tomado mis precauciones. Él mo
rrongo está encerrado. Pero, ¿qué haces ahí,
pobrecito mío? ¿Cómo has podido subir á
esa altura? Espera, espera, que yo te ayu
daré á bajar.
Cogió mi mujer una silla; subióse en
ella, y tendiendo hacia mí el brazo derecho,
puso la palma de la mano y yo caí en ella,
abrazándome al dedo meñique y besando
con efusión la yema de aquel dedo, como
hubiera abrazado á mi esposa á haberme
sido posible hacerlo.
Ella lloraba; afligíala la idea de que yo,
por mi loca empresa, me hubiera condenado
para siempre á vivir reducido á tan mínima
estatura y misérrima corpulencia.
Entonces, por darle consuelo y reforzar
con mis palabras su ánimo, abociné con am
bas manos mi boca, y á grandes voces, pues
de otro modo no era posible que oyera,
comencé á gritar de la manera misma que
100
io había hecho cuando, dirigiéndome á un
numeroso concurso, había tenido que pro
nunciar mi más doctos y elocuentes discur
sos :
—Nada tenias—dije— ; volveré á mi es
tatura y vigor... cuando, realizados mis
experimentos, pueda confirmar con ellos
cuanto acerca de la vida psíquica de los
insectos, especialmente de los himenópteros,
han dicho Danvin, Inbrok, Pett Plague, Moderige, los Huber... y aun añadir nuevos
descubrimientos...
—Déjate de repetirme esa letanía de
santones científicos... embusteros... y vuel
ve, vuelve á ser lo que e ra s...; porque, á la
verdad, te lo confieso, unas veces, cuando
te miro de cerca, me pareces un lindísimo
muñequito, un juguete muy mono, que pue
de bañarse en la jaula del pájaro v habitar
la om ita de muñecas, como Gulliver; y
otras, otras... ¡cuánto me aflige el decírtelo!
Mi mujer calló.
—Prosigue—grité vo—, prosigue...
—Pues bien, otras veces se me figura que
eres... ¡qué sé yo!... una alimaña.
-—¡Dios mío! ¿Qué dices?—exclamé, lle
no de espanto—. ¡ Una rata sabia!
En esto sentimos pasos en la habitación
inmediata. Era preciso que nadie me viera
y preciso guardar nuestro secreto, y como
indudablemente alguien se acercaba, acon
sejóme mi mujer que me ocultara; y yo lo
hice, metiéndome debajo de la mesa, y abra
zándome á una de las patas, subí por ella
como por el tronco de un árbol, quedando-
IO I
me sentado en una moldura, como un gru
mete en la cofa ó en la gavia de un palo deí
barco. El tapete de la elegante mesita me
ocultaba por completo.
¡Qué alboroto de voces, que eran atro
nadoras en mis oídos, llegó á ellos! Mi ayu
da de cámara y el ama de llaves, todos, que
estaban inquietos por mi ausencia, llegaban
á preguntar por mí á mi mujer.
—¿Qué ha sido del señor?—decía Pedro
mi criado.
—¿Dónde está el amo?—clamaba e! jar
dinero.
—Dicen que se ha marchado al extranje
ro. Pero, ¿cuándo?—decía María Basilia,
nuestra vieja y muy querida mayor doma.
Mi mujer vióse apuradísima, sin saber
qué contestar; pero temerosa de decir la
verdad, por no fiarse de la discreción de su
gente, d ijo :
—El señor ha tenido que marcharse al
extranjero á desempeñar una comisión cien
tífica secreta que le ha encomendado el Go
bierno. Viaja de incógnito, y es preciso que
nadie lo sepa. Así, pues, encargo á ustedes
guarden el secreto. Yo me quedaré sola_ en
estas habitaciones basta que venga el señor.
Cuando necesite algo, te llamaré á ti, Ma
ría. Idos, pues, que yo tengo que escribir
unas cartas y quiero estar sola.
¡ Qué susto pasamos! Desde luego com
prendí que era muy acertada la resolución
tomada por mi mujer. Convenía que la
gente tío me viera; la curiosidad fue causa
de la perdición del mundo; la curiosidad
102
de la gente de mi casa podría provocar la
de los vecinos, y la de éstos, la de todo Ma
drid, y quién sabe si no llegaría á verme en
el tristísimo estado en que se yen todos los
enanos, siendo objeto de las miradas de una
muchedumbre de mirones.
Además, mis trabajos debían hacerse con
el mayor secreto posible.
Pasaron algunos días, y hasta meses; y
durante este tiempo estuve, ayudado por
mi caritativa mujer, haciendo todos los pre
parativos para mi empresa. Esta había de
realizarse en el jardín.
Ni aun para las peligrosas cacerías del
centro de Africa son necesarios las armas.
las trampas, la maquinaria y preparativos
que eran necesarios para mi heroica em
presa. Tejió mi mujer redes diminutas; hízome de un lindo dedalito de oro un casco;
de grandes agujas y agujones, lanzas, y de
la malla de un precioso bolsillo de plata,
una finísima cota; y así armado y revestido,
y encomendándome con todo fervor á Dios
y con amor apasionado á mi dueña, hálleme
dispuesto á dar principio á mi odisea y
acometer hazañas y aventuras dignas de
una nueva ¡liada.
Hasta los niños saben que los insectos
reciben este nombre porque están formados
de cuerpos seccionados; partes que se hallan
enlazadas por articulaciones, como placas
anulares que protegen el cuerpo; llámase ó
tal conjunto dermo esqueleto. Por lo gene
ral es duro y liso, por él se ven los animaliIlos defendidos para las faenas del trabajo
io3 —
y los peligros de la guerra; he aquí que yo
al vestir esta cota de malla hecha del bólsillito, tanto me asemejo á un príncipe gue
rrero antiguo, como á un diminuto escara
bajo. Los insectos son, pues, comprendidos
por sus tres parte: cabeza* tórax y abdo
men ; la primera e$ la más importante y por
mí la más tem ida: en ella, no sólo residen
la inteligencia del animal y los sentidos,
sino armas poderosas; !a cabeza es un ver
dadero estuche parecido á esos que un in
genioso y hábil fabricante suele ofrecernos
para que hallemos en un solo objeto la uti
lidad y los servicios que pudieran prestar
nos varios instrumentos á la vez: bastones,
escopetas, cuchillos, tenedores, arpone:,
martillos, sierras, dardos, limas, tenazas,
dagas y trampas que sirven de boca, anandi bulas. Cuando un insecto se me acerque,
pensaba yo que habría de verme segura
mente en grave riesgo de ser atravesado de
parte á parte por un agudísimo cuerno, di
vidido por unas tenazas, lanceado por pun
zones, desgarrado, tri tu ráelo, padeciendo
mayores martirios que los que padecían los
delincuentes en los tiempos en los cuales se
Ies daba tormentos dentro de las cárceles,
y según bárbara costumbre de todos los
Tribunales del mundo. No importa, me dije
lleno ele valor, arrostraré todos los peligros:
pero, en cambio, descubriré todos los gran
des secretos de la vida de los muertos, y tal
vez todos los misterios de la ciencia, y esto
lo dije con tal soberbia como inspirado por
el necio orgullo y la satánica ambición de los
golosos Adán y Eva, v de ios torreros de
Babel
¡Ah, que sin duda esta soberbia fue cau
sa de mi castigo! Otros tormentos, otro*
imás crueles que los que yo temía sobrevi
nieron; ¡ah! de ellos fui víctima y por ellos
!>erdí mi empresa.
Una mañana, cuando ya me disponía á
bajar al jardín, y mi mujer metídome en
uno de los bolsilfitos de su elegante delan
tal, penetró en la estancia en que nos hallá
bamos la vieja María Basilia, muy azo
rada.
—«'Señorita, el ayudante del señor acaba
de llegar y dice que tiene que ver á usted.
Lleva ya varios días viniendo con la misma
pretensión, y todos ha recibido la misma
respuesta, de que usted no está en casa.
Hoy asegura él que sí, que está usted, y que
él no se va sin verla
Habré de decir que durante los primeros
días de mi empequeñecimiento fue recibido
por mi mujer mi ayudante, que iba repeti
das veces y muy solícitamente á preguntar
|x>r mí. Contestaba mi mujer que yo me ha
llaba fuera de Madrid, y que ella ignoraba
en qué lugar. En la casa sólo habían que
dado el conserje, un anciano, que sólo salía
del kiosquete ó pabelloncillo de la vería á
las habitaciones principales; Pedro y María
Basilia.
A nadie se había revelado el secreto. Tan
útil, tan celosa, tan discreta era mi mujer.
Así fue, que ante la insistencia de mi ayu-
dante, mi mujer dio orden de que le hicie
ran subir.
—Estáte quietecito aquí en el bolsillo
—dijo mi mujer— ; no vayas á caerte.
Y luego, pensándolo mejor, me cogió, y
medio envuelto en un finísimo pañuelo de
seda, metióme en el bolsillo relojera de su
levita-gabán, y allí quedé tan guapamente
escondido, pudiendo verlo todo sin que me
vieran. Una vez dentro de mi escondite,
sentí un ruido estruendoso, golpes acompa-
sados, periódicos, como las salvas de caño
nazos, ¿Qué era aquello?
Mas y a ; el corazón, el amado corazón de
mi esposa. Qué potente, qué sonoro, qué
rico de vitalidad. A su lado, ¡qué era el
mío, de vertiginoso movimiento y levísimo,
casi inaudible, latido! Nunca sentí mayor
pena por mi pequenez.
—¡Estáte quieto, maridito mío! No te
expongas á que este señoritillo te descubra,
y entonces •estamos perdidos. Cállate; voy
a divertirme un poco ahora con la curiosi
dad de este mozo, y aun á poner un poco á
prueba su afecto y gratitud hacia ti.
—»Señora; perdone usted si he insistido
ett verla; pero...
—Calla—me dije yo. oyendo el voza
rrón— ; ya está aquí este mequetrefe.
Y abriendo un poquito el pliegue del pa
ñuelo, me puse por el vacío á oler y á
ai ishan
—Pase, pase y tome asiento—dijo mi mu
jer con exquisita cortesía.
—Vengo, señora, á que usted me dé noti
cias del maestro.
Mi mujer miró al mozalbete, y algo de
bió de adivinar en sus ojos, con esa perspi
cacia femenina que es la más aguda y ori
ginal facultad inteligente que Dios otorgó al
amia de las mujeres, porque entre apenada
y maliciosa, d ijo :
¡Noticias! ¿Y usted las pregunta? ¿No
comprende usted que todo cuanto ocurre
debe obedecer á algún terrible misterio?
¿No se le ha ocurrido á usted pensar, al
107
—
verme retraída del mundo, que ha debidosuceder alguna desgracia ?
¡Cómo! ¿es posible?—exclamó el moci
to más sorprendido que apenado.
*Sí, amigo mío. Déme usted' su palabra
de honor de no decir á nadie lo que voy á
referirle, por ser usted persona de mi esti
mación—añadió mi mujer.
—Gracias, señora—replicó el ayudante.
—-Pues bien: hace ya algunos meses que
el doctor se fue al interior del Congo belga
con unos sabios exploradores, y á los pocos
días cayó en las garras de un tigre.
Llevóse mi mujer las manos á los ojos,
cubriendo con ellas la cara. Yo vi su sonrisa
de finísima burla.
Hacía mi mujer que se hallaba muy dolo
rida por la desgracia de haberme ¡perdido
para siempre, y en fingir tal apenamiento.
bien me hacía comprender su propósito que
no era otro sino el de que viese la falsía del
carácter de mi ayudante.
En efecto, éste pronto reveló sus inten
ciones, su hipocresía y su codicia.
—Consuélese, querida señora. ¿Qué se le
ba de hacer ¡ya ? Era de esperar la desgracia,
el maestro un día ú otro tenía que hacer al
guna locura.
¿ Locura?
Si, había dicho locura. ¡ Por locura to
maba el mis valerosos, mis heroicos inten
tos. mis empresas científicas! Asi los esti
maba él, que siempre por adularme habíame
colmado de elogios y prodigado exageradas
ponderaciones de alabanzas. ¡ Morir para
ver!; pero era aún mucho lo que yo tenia
que ver.
Atrevióse á pedir licencia, según él dijo,
para arreglar mi biblioteca y examinar, co
rregir y ordenar mis papeles; mis estudios.
¿Corregir él mis obras? ¿Habría desver
güenza ?
Pues aún llegó á mayor maldad y ci
nismo, puesto que se atrevió á decir aquel
zascandil, mal mancebo de laboratorio y mal
amanuense, que en todos aquellos papeles
había muchos trabajos sirvos. ¡Nuestros es
tudios y descubrimientos!
Yo me revolvía en el bolsilliío de mi
mujer, y hubo un momento en que me senti
tan indignado, que olvidándome de que mi
voz era débilísima y mi personilla de lilipu
tiense, estuve á punto de protestar con un
fiero exabrupto, y de arrojarme al cuello de
aquel miserable intuíante.
También mi mujer debía de estar indig
nada. ponjue yo sentía que su corazón daba
recios y precipitados latidos.
Dió mi mujer licencia á mi ayudante para
que fuese á mi cuarto de estudio, y cuando
el mozitelo salió, yo dije:
—¿Cómo? ¿Y has permitido á ese títere
que revuelva mis papeles?
—Sí. quiero ver y que tú veas hasta qué
extremo lleva su osadía—di jome mi mujer,
v sacándome del bolsillo y poniéndome en
la palma de la mano, me colocó en el suelo,
v yo luego me dirigí al despacho.
Sentóse el jovenzuelo en mi sillón, y su
primer cuidado fue escribir una carta. Yo
pude escalar por los mimbres del oestito
papelera, hasta una moldura del zócalo, y
por el cordón de la campanilla, ¡trabajos de
acróbata!, ocultarme entre dos cuadros, uno
con el retrato del rey v otro con el de mi
esposa. Quedaba yo colocado precisamente
detrás del tuno de mi ayudante, y de modo
que me era fácil ir leyendo lo que él escri
biera.
¡Oh, qué furioso coraje se apoderó de
m i! ¿ Pues no se atrevió á escribir una carta
al presidente y á los miembros de la Aca
demia diciendo les remitía los trabajos, los
descubrimientos científicos por él realiza
dos, y hacía enumeración de ellos, y preci
samente referíase á todos los míos?
Hubo un momento en que él, no sé por
qué, sin duda para buscar alguna de mispreparaciones microscópicas, ó para revisar
alguna de mis curiosas cajitas entomológi
cas, salió del despacho y dirigióse á mi lalx>ratorio, que se hallaba en la contigua ha
bitación.
Yo entonces salté á la mesa, y sobre la
carta y restregando los pies en el papel,
fui palabra por palabra y renglón por ren
glón, borrando todo lo escrito; y luego me
escondi detrás de unas carpetas.
Pensando en hacerle alguna barrabasada,
esperé; pero esperé en vano. El granuja no
volvía; habíase quedado m el laboratorio.
Oí el menciono rumor de dos voces hom
brunas. Ah, pronto las reconocí. El ayu
dante estaba, sin duda, hablando con Pas*
eualón* el mozo del laboratorio, que por
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orden de mi esposa iba allí dos ó tres veces
á la semana para hacer la limpieza.
vSospeché que tal vez habría de ser inte
resante para mí aquel palique. Pascualón
no había llegado á merecer de mí nunca la
confianza que mi ayudante había logrado
inspirarme y que yo le dispensaba. Parecía
me zafio, socarrón y muy amigo del vino,
por el que tal vez fuera capaz de vender a
su mismo padre.
Llegué queditamente al laboratorio v pu
de esconderme en lugar seguro.
—¿Conque dice que ha muerto el amo?
; Cómo estará la señora de afligida, | con
tra !—decía Pascualón.
—No te lo creas—replicó sn voz baja e!
traidorzuelo Benito, así se llamaba mi ayu
dante.
—¿Cómo que no?
—Digo que no lo ha sentido tanto como
tú te figuras y como muchos pensarán—¡li jo
Benito.
V añadió con cierta sonrisa de burla:
— Pascualón, tu, aunque pases por bruto,
no lo eres, ¿estamos? Y ya comprendes que
el maestro pasaba de los cuarenta ; no era
un Adonis...
—¿Y qué es eso?—preguntó el mozo.
•—Que no era un hombre guapo, y ade
más era estrafalario. Ya lo sabes tú, pues
te regañaba por la manía que le había en
trado á él de que tú siempre estabas bo
rradlo.
—Es verdá ... Lo cato como cualquiera
quisque, y na más.
— Además, era tacaño...
— Y que lo diga usted, señorito; pero es
tos hombres de saber— replicó Pascualón—
son muy avaros.
— De saber... Sabía lo que uno le ense
ñaba... Pues, ¿por qué te piensas tú que
me tenía á mí?
— No, como saber, sabia. Las obras que
tiene escritas...
— E l... él... con ayuda de vecino.
Me resistía á seguir oyendo m ás; pero
aún me quedé y pude oir á Pascualón que
se despachaba á su gusto, diciendo de mi
perrerías; y como llegara á pensar que Be
nito podría quedarse con mi laboratorio y
mis obras, y ocupar mi puesto, di jóle con
acento dulzón y en tono de bajuna adula
ción :
— Ahora el señorito hágase valer, y ten
drá la fama que merece. Quédese con todo,
que ya se lo irá pagando al ama, y si no...
— Y si no. ¿qué?— preguntó con extrañe2a Benito.
— Pues pasando poco tiempo, cásese y
quédese con el ama también.
— Toma, claro— replicó en voz muy baja
el miserable Benito.
¿Creereis que piule contenerme? Grande
fue asi dominio que mi voluntad ejerció so
bre la ira, la indignación y la soberbia que
se revolvían en mi pecho.
¿ Qué podía yo hacer; yo, pequeño como
un renacuajo?
Ah, si, me dominé; pero no tuve el mis
mo poder sobre mis pasiones poco después,
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en que, como se verá, tuvieron término mis
ilusiones de hombre de ciencia.
Salió Pascualón y quedóse solo y revol
viéndolo todo Benito; pero poco después,
mi mujer, que estaba inquieta por mi au
sencia, fue en busca mía al despacho, y
luego al laboratorio.
Entra en éste, y el tuno de mi ayudante
la recibió con halagadora sonrisa, y... ¡oh!;
me ciega el furor cuando lo recuerdo; con
el pretexto de volver á darle consuelos, fue
poco á poco y con astucia, zalamería y ma
lignidad, á galantearla.
No pude entonces contenerme, y empu
jando las patas de una vitrina, en la cual
había un frasco de vitriolo, la derribé, y
se rompió, y al romperse vertióse el frasco,
abrasando la ropa y una mano del picaro,
del traidor Benito.
Mi mujer dio un grito; yo eché á correr,
y ella, al verme, púsose delante de mi para
que Benito, á su vez, no me viese; yo pude
escapar por la puerta-ventana que daba al
jardín.
—Ha sido un ratón, un ratón—gritó Be
nito, que me vio, si bien no pudo distinguir
mi figura.
E iba á correr detrás de mí para darme
caza; y lo hubiera conseguido, á no haberle
detenido mi mujer.
Huí por el jardín, y en esta huida pasé
por grandes trabajos v realicé los más beheroicos hechos.
; Oh falso mundo! Bastante había visto:
bastante para comprender lo engañosa que
es la amistad. ¡Cómo habían, no ya de ce
lebrar debidamente, pero ni aun creer, mis
hazañas de hombre liliputiense, cuando
tampoco habían apreciado los descubri
mientos y estudios con que antes, en estado
y circunstancias más verosímiles había en
riquecido la ciencia!
Por otra parte, comprendí que, reducido
enanito, no me era posible defender á mi
esposa, y, en fin, que ni la fama gloriosa, ni
nada en el mundo, valían lo que el cariño
de ella y nuestra santa felicidad.
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Otros más graves pensamientos me asal
taron. ¿Cómo, me dije, no quise humillarme,
no quise reconocerme pequeño delante de
Dios y entregar mi alma á la ciencia de las
ciencias, á la religión que ilumina con la
fe, y no había tenido yo reparo en reducir
me al estado de meñique, por estudiar á los
bicharracos ?
Con estas reflexiones fuíme hasta la casa
decidido á buscar remedio á mi pequeñez y
volverme á mi estado primero... y así me
vi. ¡Oh qué espanto! Me vi, al entrar en
la cocina, cerca de una cesta, de la cual sa
lieron más de cinco docenas de horribles,
negruzcos y gigantescos monstruos, para
mí más grandes que elefantes, y armados
de terribles tenazas, y todos me acometie
ron, y hubiera perecido si mi mujer, que
por todas partes me buscaba, no hubiera
entrado allí, y al verme se precipitó en mi
socorro, llorando y gritando:
—¡ Dios mío, Dios mío!; que á mi mari
do se lo comen los cangrejosDesde allí fui, conducido á la cama, y
pocos días después desperté.
Velábame mi esposa. Todo había sido
un sueño.
¿Que es patraña? ¿Qué otra cosa son
las novelas, cuentos y zarandajas?
El mismo registro humorístico, un carácter pionero en la
ficción
científica
internacional,
comparable
al
de
El
macronápete de Gaspar, tuvo El doctor Hormiguillo, una novela
iidáctica para niños de José Zahonero, publicada por entregas e
inconclusa, que el mismo autor reescribió con el título de El
doctor Menudillo en forma de narración completa para adultos,
incrementando el tono humorístico ya presente en la primera
versión y trasformándola en un cuento filosófico y satírico
contra
las
certidumbres
científicas
(y
patriarcales)
décimonónicas.
Su asunto (la miniaturización de un científico que se ve
confrontado con animales pequeños, gigantescos para él debido al
cambio de tamaño sufrido tras beber un brebaje administrado por
un sabio hindú), coincide con el del clásico El hombre menguante
(1956), de Ricahrd Matheson, del cual constituye quizá el primer
precedente. (Mariano Martín Rodríguez)
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El abulense José Zahonero Vivó (1853-1931) fue cuentista,
novelista y colaborador muy activo de varios periódicos
madrileños.
De
ideología
republicana
y,
en
principio,
anticlerical, se exiló en Francia cuando la restauración de
Alfonso XII, aunque regresó pronto a nuestro país. Fue uno de los
adalides del naturalismo en España.
El doctor Menudillo apareció por primera vez por entregas
en la revista El mundo de los niños, entre 1890 y 1891, con el
título de El doctor Hormiguillo y con la pretensión de ser un
simple cuento infantil. Lo reescribió con mayor alcance para la
antología de Cuentos estrafalarios y patrañosos (1914), cuyos
otros relatos sí que son simples cuentos infantiles.



