Ayer, Hoy y Mañana o la fe, el vapor y la electricidad: Cuadros sociales de 1800, 1850 y 1899. Tomo II

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Barcelona

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Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Montaner y Simón
Lugar de publicación
Barcelona
Idioma
Español
Europeana Type
TEXT
Europeana Data Provider
Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
Derechos
Universidad Complutense de Madrid
Licencia de uso
CC BY-NC-ND 4.0
Fecha de creación
1893
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AYER

HOY Y MAÑANA

O rriu s

AYER

HOY Y MAÑANA
ó

L A F E , E L V A P O R Y L A E L E C T R IC ID A D

CUADROS SOCIALES DE 1800, 18S0 Y 1899
D I B U J A D O S Á LA P L U M A

POR D. A N T O N I O F L O R E S

TOM O

II

NUEVA ED ICIÓN ILUSTRADA

BARCELONA

M O N T A N E R Y SIMÓN, E D I T O R E S
CALLE DE ARAGÓN, NUMS. 309 Y 311
1893

ES PROPIEDAD DE LOS EDITORES

P A R TE SEG U N D A

HOY
Ó

LA

SOCIEDAD

DEL V A P O R EN 1850

UN PROLOGO

Cuando Dios quiera que la industria literaria dé un paso más hacia
donde ya ha dado tantos otros, ningún autor se verá obligado á perder el
tiempo y la paciencia discurriendo el modo y la manera de escribir un
prólogo, introducción ó cosa semejante, que sirva de preámbulo á sus li­
bros. Una vez hechos éstos á mano y pluma, como ahora se hacen, y no á
máquina, como es posible que se hagan con el tiempo (cuando el libro
sea tan digno de protección como la camisa), se enviará el manuscrito á
la fábrica de prólogos, notas y comentarios, como ahora se envía un par
de botas para que las echen medias suelas y tapas. Entonces habrá en esa
misma fábrica ó en otras análogas gran surtido de sinfonías para toda
clase de óperas y fondos para todo género de cuadros, y aun es posible
que en estas obras de arte y en las literarias se llegue á mucho más. Es
posible que esas fábricas se encarguen también de rellenar las obras ó de
estirarlas en el martinete, y que con un pensamiento literario ó artístico,
que en cuatro líneas transmitirá el telégrafo, se haga una novela en cua­
tro tomos ó una ópera en cuatro actos.
Pero todo esto, que será posible con el tiempo, es imposible ahora, y
el autor de un libro se ve como me estoy viendo yo en este momento, con
la pluma en la derecha y en la frente la izquierda, sin saber cómo empe­
zar este prólogo, ni cómo le he de decir al público que me permita pre­
sentarle mi libro. Y no porque me falte resolución para hacerlo, sino por­
que no tengo autoridad bastante para romper con la costumbre estable­
cida por todos los autores modernos en materia de prólogos.
Como la sociedad presiente ya el día en que el echar un prefacio y
unas notas á un libro ha de ser cosa tan mecánica como la de echarle
tapas de pergamino ó de tafilete, ya se desdeñan los escritores de hacer
los prólogos á sus propios libros, y otro del oficio ó un amigo ó cualquier
ciudadano que no sea ni amigo ni escritor hace lo que con el tiempo
hará el maquinista: escribe el prólogo.

vnr

UN PRÓLOGO

Por otra parte, esta moda tiene también su explicación en el ritual de
la galantería, y no está reñida, sino muy en armonía con las demás cos­
tumbres de la época presente. Así como no basta tener corazón para salir
á pelear, ni razón y benevolencia para asistir á un juicio conciliatorio,
sino que en ambos casos se necesita un hombre bueno que haga las veces
de padrino, así es natural que el libro que sale á pelear contra los abusos
y á conciliar los ánimos y las opiniones de los lectores necesite un pa­
drino que le sirva de hombre bueno.
Es, pues, indispensable un prologuista, y yo que presumo de venir á
retratar las costumbres de estos tiempos, he sido un menguado en no ha­
berlo advertido antes de ahora, para buscar con la anticipación debida un
amigo que me hubiera sacado del apuro antes de que las gentes hubieran
echado de ver que me hallaba apurado, y antes también de que, apre­
miando la necesidad de dar el libro á la estampa, no pueda disponer del
manuscrito el tiempo necesario para que el autor del prólogo lo examine
con la detención que el caso exige. Pero sea como quiera, yo no puedo
dispensarme de hacer lo que hacen otros, y puesto que una casualidad,
que no creo del caso referir ahora, me ha proporcionado un prologuista
más ó menos literato que me saque del compromiso, suplico al lector que
espere dos horas, que es el plazo que me ha pedido para hojear el libro y
escribir el prólogo que le daré á continuación..............................................
Y en cumplimiento de lo ofrecido, y no sin pasarme la mano por la
cara para limpiarme el rubor que me causan los elogios que yo mismo
me veo obligado á publicar de mí mismo, allá va ese pelotón de líneas
sueltas, especie de prosa vestida de verso, que ahora se usa en este carna­
val sintáctico, en que á su vez los versos se disfrazan de prosa.

PRÓLOGO

Ardet, inflat, jugidat.

(J. S caligeuo.)
Satira quoe ridendo corrigit mores.
(Horacio.)
Lassus Amyclea poteris requiescere pluma
Interior cycni quam tibí lana dedit.

(Martial .)

Un libro nuevo es cuando menos un libro más.
Esto ya es algo.
En España faltan muchas cosas.
Por eso no sobran los libros.
Diez años hemos aguardado el presente.
Nunca es tarde si la dicha es buena.
Nosotros somos muy amigos de su autor.
Quisiéramos no serlo para elogiar su libro.
Pero amicus platas, sed magis amica veritas, que dijo el latino.
Recomendamos su lectura.
La obra del Sr. Flores será la maravilla de los tiempos venideros.
El nombre de su autor irá unido á los de Ennio, Nevio y Pacuvio.
Estos fueron los primeros satíricos del mundo.
También Cayo Lucilo hizo grandes sátiras.
No le fué en zaga Juvenal.
Pero Marcial es el gran epigramático latino.
En tiempos posteriores tenemos á Quevedo.
Mateo Alemán, Mendoza y otros han escrito obras de costumbres.
Las costumbres de un siglo son su historia.



X

PRÓLOGO

La historia de los pueblos es la vida de la humanidad.
La humanidad es la fuente de toda filosofía.
La filosofía es la ciencia de la vida.
Así lo afirman varios filósofos.
Los que no lo afirman, no lo niegan.
Por no parecer pedantes omitimos nombres propios.
Los sabios de todos los siglos robustecerían nuestra opinión.
Pero haríamos interminable este trabajo.
Le daremos fin con estas palabras.
Kesumamos:
Un libro nuevo es un libro más.
El del Sr. Flores se echaba de menos.
Esto es incuestionable.
Felicitamos á su autor.
Ha adquirido una envidiable fama.
Dios se la prospere.
Así lo desea su afectísimo amigo,
El Barón de la Taravilla,
ACADÉMICO DE SD LENGUA.

INTRODUCCIÓN

De prisa y corriendo, lector, porque este siglo de las carreras de caba­
llos quiere que todo se haga corriendo y de prisa, vengo á saludarte y á
pedirte permiso para continuar mi obra. No extrañes, por lo tanto, que
no me detenga á darte gracias por la favorable acogida que has dispen­
sado á la primera parte, y si eres igualmente benévolo con la segunda,
antes de dar principio á la última aprovecharé un momento para rogarte
que hagas lo mismo con ella.
Por ahora sólo tengo tiempo para decirte: que los inquisidores to­
maron las de Villadiego; que en pos de ellos se fueron los alcaldes de
Casa y Corte, y que alumbrados por el faro de la civilización, con viento
de libertad por la popa y con bogadores románticos, hemos perdido de
vista el pasado y venido á las playas del presente, que están á media
milla del porvenir.
El cañón de los invasores nos hizo brincar sobre el lecho en que dor­
míamos con el sueño de los inocentes la siesta de los cándidos; desde la
cama, y sin más ropa que la puesta, pasamos al carro de la revolución, y
arrastrados de precipicio en precipicio hicimos en pocas horas las jorna­
das que debimos haber hecho en muchos años.
El carbón de piedra nos hizo luz en el camino, y al resplandor del gas
nos pareció horrible el esqueleto del aye r ; y apretando el paso, gracias
al descubrimiento del vapor, pudimos llegar al hoy , desde donde vemos
brillar en lontananza la chispa eléctrica que anuncia el mañana .
Escamoteados por los extranjeros; apaleados por nosotros mismos;

XII

ANTONIO FLORES

tan pronto vencidos como vencedores; ora huyendo y haciendo huir más
tarde; trocando la coguya por la casaca de dos colores, el crucifijo por el
sable y las rogativas y los sermones por la insurrección y los discursos
patrióticos, hemos vivido la mitad del siglo x ix en una sociedad ele per­
seguidos y perseguidores, emigrando por tandas al extranjero para que
el mundo no ignorara nuestras fraternales disensiones.
Avergonzados, vergüenza muy natural, de haber sido tanto tiempo
ignorantes, quisimos hacernos de un golpe sabios, y sabios completos. El
español que salió peor librado resultó doctor in utroque, pero no in utroque jure, sino in utroque mundo. De cada cafe salía una espuerta dia­
ria de sabios; los corrillos de la Puerta del Sol rebosaban sabiduría á todas
horas, y hubiéramos muerto de plétora de inteligencia á no haber tenido
la suerte de dar colocación á los sabios de más empuje en las plazas que
dejó vacantes el absolutismo y en las muchas nuevas que trajo consigo
la Constitución.
Como no había tiempo que perder, porque todos estaban conformes
en que se había perdido demasiado, ni siquiera pudimos detenernos á sor­
tear los destinos, ni menos las reputaciones, y la que de éstas se hizo más
de prisa fué la mejor de todas.
Era urgente poner en escena la obra nueva, y se repartieron de cual­
quier modo los papeles.
Así, cuando hubieron pasado los primeros ensayos empezó á conocer
el público que eran demasiado malos los actores para una representación
formal y seria.
Entonces se pensó en sacar á oposición en el Parlamento la plaza de
director de escena y las de los primeros galanes, y aun se creyó que no
sería malo llamar á concurso para proveer las de los otros actores de es­
calera abajo. Pero ya era tarde.
El hombre de Estado había hecho profesión de serlo toda su vida; el
tribuno monopolizaba la elocuencia; el militar no soltaba el sable de la
mano; el literato juraba que moriría siendo el más distinguido; el artista
se declaró inimitable, y todos se hicieron inamovibles.
Así, más ó menos silbadas, continuaron las primeras representacio­
nes del sistema representativo, y aunque no dejamos de probar en ellas
nuestro amor á la patria independencia, nuestro valor cívico y otras
virtudes patrióticas que habrían puesto muy alto el nombre español,
como el líquido había estado fermentando mucho tiempo en el frasco,
tenía algunas heces, que al derramarse por el suelo viciaron un tanto la
atmósfera.
La libertad no había tenido tiempo para sacudirse el polvo de la servi­
dumbre, y en vez de darnos una tabla de derechos civiles nos dió una

AYER, HOY Y MAÑANA

XIII

panoplia de arreos militares; en vez de sacar la lengua desenvainó el sa­
ble, y encargó á los cañones que repartieran sin violencia la igualdad y
que difundieran á cañonazos la civilización.
El cuadro de esas pacíficas predicaciones que no pueden gloriarse de
haber hecho gran número de convertidos debería ser el asunto principal
de esta segunda parte, si nos propusiéramos seguir paso á paso los de la
civilización y la libertad; pero no tenemos fuerza para tanto. La pluma
con que contamos para escribir estos cuadros, aunque es de hierro, tiene
los puntos harto blandos, y no nos atrevemos á llevarla adonde acaso no
le fuera fácil salir.
La asomaremos breves momentos á la testamentaría de D. Cándido
Retroceso, cuya última voluntad hemos transcrito en el final de la parte
primera, y eso será todo lo más que nos entremetamos en tan delicada
materia.
Allí oirá, aunque no tenga el oído muy fino, los discursos solfeados de
los patriotas y las palizas purificadoras de los realistas, y verá, sin esfor­
zar mucho la vista, cómo se reparten los primeros la herencia y cómo
deshacen los segundos las partijas en nombre de un menor de edad que
se hallaba entre los herederos, y sobre todo porque habían echado la
cuenta sin la huéspeda.
Pero esto lo haremos más tarde: cuando tengamos más confianza con
el lector para darle una paliza y cantarle el trágala, ó para encerrarle en
un calabozo y entonarle la pitita desde la calle.
Por ahora nos limitaremos á copiar las cosas tal cual se hallan, sin
meternos á averiguar quién las ha puesto así ni por qué no están de otro
modo.
Conque, amigo lector, que amigo y muy amigo te necesitamos en es­
tos momentos, si al empezar esta obra te suplicamos que cerrases los ojos
y suspendieses el habla, ahora te decimos que sueltes la lengua, porque
una más donde funcionan tantas es peccata minuta, y puedes abrir los
ojos sin miedo para ver á la luz del gas las maravillas del vapor.
También ayer te rogamos que no replicaras ni discutieras, y hoy te
encargamos y aun te exigimos que hagas todo lo contrario. Y esto, que
te parecerá una contradicción, consiste en que la privación es causa del
apetito, y no hay nadie más hablador que el que ha pasado mucho tiem­
po por mudo.
¡Quién ha de extrañar que los hijos del silencio sean los padres del
charlatanismo!
Pasa, lector, la vista por el cuadro que sigue y por los demás que tene­
mos preparados para retratar esta sociedad de las cerillas fosfóricas, y
verás cómo no hay nada más cierto que lo que acabamos de decir.

X IV

ANTONIO FLORES

Y mientras tanto, Dios te guarde y á nosotros nos tenga de su mano
para que no se escapen de entre las nuestras los objetos que hemos de
examinar, si nos lo permiten el magnetismo, que hace bailar las mesas y
los veladores; el ferrocarril, que nos roba los parroquianos llevándolos á
escape por esos mundos de Dios, y el telégrafo eléctrico, que nos quita
los pensamientos como un verdadero jugador de manos.

EPIDEMIA REIN AN TE

FLU JO DE H A B L A R P E R M A N E N T E

P r i m e r c u a d r o c r ó n i c o d e la e s c u e l a d e l V a p o r , e n e s t e m u s e o
de «Ayer, H o y y M añana»

¡Gracias á Dios que tenemos papel continuo, y plumas de acero, y tinta
permanente, y goma elástica para borrar la permanencia, y tinteros de
presión, y obleas de pistón, y papel secante!
¡Gracias á Dios que ya podemos hacer los cuadros cortos ó largos, se­
gún convenga al asunto, sin que el mezquino tamaño del papel de tina
corte el vuelo á nuestra fantasía!
¡Gracias á Dios, repetimos, gracias á Dios que ya podremos decir sen­
das claridades y dibujar toda clase de figuras sin que se doblen ni se
cansen los puntos de nuestra pluma metálica!
¡Gracias á Dios, y después de Dios á la industria inglesa, que ya el pa­
pel ha sacado los pies de la tina y, emparejado con el más gigante de los
lienzos, anda, anda, Dios sabe hasta dónde!
¡Gracias á Dios, decimos por última vez, gracias á Dios que hemos
atravesado el desierto arenal de la ignorancia y venido á este florido ver­
je l de la inteligencia; á este paraíso perdido por nuestros padres, y que
nosotros hemos hallado para gloria del presente siglo y regalo del veni­
dero!

IG

ANTONIO FLORES

La época que corre, que no la que ha corrido ni la que ha de correr
más tarde, es la madre de la sabiduría, la patria de la inteligencia, la cuna
de la ilustración, el manantial de la abundancia, el non plus ultra de la
prosperidad y de la perfección humana.
La época presente es ni más ni menos que aquella piedra filosofal que
tantas veces buscaron en vano los alquimistas de la antigüedad.
Para nosotros estaba reservada la grande empresa de hacer la felicidad
del género humano.
Nosotros somos los buenos; nosotros, ni más ni menos.
Nosotros somos los que hemos extinguido la pobreza, inventando la
palabra filantropía;
Nosotros somos los que hemos cegado los manantiales de la miseria
con sólo decir que ya estaban abiertas las f uentes de la riqueza pública;
Nosotros somos los que hemos suprimido el diezmo, para establecer el
diezmo y el décimoquinto y hasta el décimonono;
Nosotros somos los que hemos quitado las contribuciones, sin hacer
otra cosa que llamarlas donativos forzosos.
Nuestra es la gloria de haber creado el papel moneda, para que el oro
del Perú no nos asustara, diciendo que ya no quería venir á visitarnos;
A nosotros nos deberán las generaciones futuras el haber cavado la
tierra hasta llegar á percibir el olor de la plata, que debe de estar en la
quinta entraña del globo;
Nosotros somos los que hemos descubierto que los talones del Banco
valen cien millones de veces más que el de Aquiles;
Nosotros somos los buenos; nosotros, ni más ni menos.
Tú y yo, lector, tú y yo, que hemos tenido la dicha de nacer después
que nuestros padres, somos los maravillosos autores de las infinitas ma­
ravillas que encierra este mundo maravillero en que vivimos;
Nosotros somos los que peleando á la luz del fósforo hemos derrotado
al pedernal y puesto en vergonzosa fuga al acero y á la yesca de chopo;
Nosotros somos los que cansados de que el talento estuviera siempre
encerrado en la cabeza le hemos bajado á las piernas, y en vez de ligas
ceñimos laureles á los pies de las bailarinas;
Nosotros hemos mejorado las artes sin más que hacer uso continuo
de la palabra artista; hemos perfeccionado las ciencias abaratando las
borlas de los doctores, y hemos hecho tantos injertos en el árbol de la
sabiduría humana, que ya tocan las ramas en lo divino.
En suma, tanto hemos hecho los hombres de hoy, que es posible que
por no tener nada que hacer se mueran de tedio los de mañana.
Porque no creas, lector, que todos nuestros trabajos están á la vista,
ni que hay comenzada sino una pequeña parte; porque nuestra riqueza

AYER, HOY Y MAÑANA

17

no consiste en lo que contamos de presente, sino en lo que esperamos
contar más adelante.
Los hombres de ayer tuvieron un gran caudal de fe y nosotros le
tenemos de esperanzas.
El arsenal de nuestros propósitos está tan provisto de todo, que no
deja nada que desear.
Nos proponemos que el hombre sea libre, cosa que le sorprenderá so­
bre manera cuando llegue el caso; pensamos darle derecho á todo cuanto
ve y aun enseñarle lo que jamás ha visto; tratamos de igualarle á todo
lo criado para que todo lo criado sea igual á él, y haremos lo posible y
mucho más para instruirle y civilizarle.
Proyectamos toda clase de mejoras materiales, no para que nos llamen
materialistas, sino para espiritualizar la materia hasta ponerla más sutil
que el espíritu.
Hemos pensado también en que sería bueno dar una mano, y aunque
fueran las dos, á la administración de justicia, para que los magistrados
sepan á qué atenerse y los ciudadanos á qué palo quedarse.
También se nos ha ocurrido, y algo tenemos proyectado, acerca de la
libertad del pensamiento y la del comercio y la de la industria; pero son
muchas libertades para dejarlas ir juntas, y las tenemos en observación
en la censura y en el arancel hasta más adelante.
Ultimamente, no hay nada sobre que no hayamos hecho un propósito,
incluso el de arrepentimos de lo que hoy estamos haciendo y el de la
enmienda para lo sucesivo.
No habrá cosa que inventen los hombres de mañana que ya no hu­
biésemos proyectado nosotros. Y si tratan de asustarnos con decir que
ellos van á volar, no podrán llevarnos de ventaja sino la mitad del in­
vento; porque si ellos descubren la manera de ir hacia arriba, nosotros
sabemos ir hacia abajo, y estamos pata.
Pero es inútil que nos cansemos en enumerar todas las habilidades de
la generación presente. Si lo dicho no basta para comprender lo mucho
que valemos por lo que ya somos y lo que podremos valer por lo que
proyectamos, quede sentado que hasta las cosas más nimias han fijado la
atención de nuestros más grandes hombres.
Nadie, amigo lector, nadie nos gana á previsores ni á proyectis­
tas. Bien haya la discusión y la charla que hemos tenido desde que se
nos cayó de la boca la santa mordaza que nos puso la santidad del Santo
Oficio.
¡Imposible parece que sin detenernos á echar en la alforja un poco de
prudencia y algo de ilustración y algo y aun algos de moralidad, haya­
mos emprendido con tanta fortuna el camino de las reformas!
Tomo II
2

18

ANTONIO FLORES

¡Y ele qué manera le hemos andado! ¡Y cuánto en poco tiempo hemos
corrido!
Abre bien los oídos, lector, ábrelos de par en par, que no quisierfl que
se te escapara ninguna palabra, porque aquí las palabras valen mucho
más que las obras.
Y te encargo que si algún hombre de a y e r comete la imprudencia de
venir á este museo del vapor, le cojas del brazo para que no caiga al
suelo, mareado por el torbellino de los siguientes cuadros.

_______

CUADRO II

LOS GRITOS DE MADRID Ó LA PUBLICIDAD EN 1850
Aquella voz débil, enfermiza y escasa con que la España de 1800 anun­
ciaba su existencia en el mundo industrial y mercantil, se ha convertido
con el transcurso de medio siglo, no ya en una voz fuerte y robusta, sino
en una gritería descompuesta y atronadora.
El primer grito de esa orquesta diabólica es el que lanza la tierra, he­
rida en sus entrañas por el incansable pico de los mineros, á cuyo eco lú­
gubre responde el atronador rodar de los carruajes, el látigo de los coche­
ros, las imprecaciones de los mayorales, el silbido de la locomotora, los
chillidos de la gente que huye atropellada y los ladridos de los perros que
se apartan por no dejarse atropellar.
A ese grito constante que ensordece la atmósfera se junta el mur­
mullo de los logreros, las confidencias de los bolsistas, el continuo y
desesperado vocear de los vendedores ambulantes, la campanilla chillona
de los carros de la basura, la trompeta de las diligencias, el espeluznante
arañar de las arpas, el chirrido de los organillos y cien ecos distintos que
lanzan al aire el martinete de los herreros, el tableteo de los molinos de
chocolate y el áspero galopar de las incansables máquinas de vapor.
La autoridad municipal no supo lo que se hizo al mandar que los in­
felices vendedores no pudiesen pregonar sus mercancías después de las
diez de la mañana. Semejante disposición es inútil; no alivió en nada la
agresión que la industria y el comercio cometen con nuestro pobre tím-

J

20

ANTONIO PLORES

paño, criado con tanto regalo y tanto silencio en los calabozos del Santo
Oficio.
El vendedor de más pulmones no logra otra cosa sino arrojar un eco
débil, tísico, que rasga entre sus ruedas la diligencia que pasa volando y
que apaga por completo el eco sordo que la va siguiendo.
¡Qué importa una voz más ó menos ni qué vale medio millón de gri­
tos humanos junto al bostezo de una locomotora, que parece encerrar en
sus pulmones de hierro todo el aliento de la humanidad!
Si queréis calmar el estremecimiento nervioso en que nos hace vivir
la diabólica vibración de la atmósfera; si pensáis que el espíritu necesita
algunas horas de reposo, mandad que cada mes haya una Semana Santa,
y así tendremos cuarenta y ocho horas de descanso, sin las campanas que
atruenan y los coches que aturden y el ruido de los obreros que hace
insoportable la vida en las grandes poblaciones.
¡Qué vale el enfermizo pregón de la verdulera junto al continuo mar­
tillar del arquitecto, que á fuerza de clavos se afana por terminar en
marzo la jaula que empezó en febrero y que ha de estar alquilada en
abril!
Y si al ruido del clavo y al de la viga que se deja caer en tierra y al
del picapedrero que labra los sillares añadís los gritos del carretero que
canta los pares de ladrillos que entrega y los del guarda que los recibe
contados, veréis que no vale la pena de suprimir un grito en una atmós­
fera de gritería, de confusión y de espanto.
Pero dispensadme, queridos concejales; perdón una y mil veces, señor
corregidor, por haberos dicho que veréis tal ó cual cosa, sin acordarme
de que la bulla de la atmósfera no deja ver nada. Los gritos de la cal, cu­
yos autos de fe se hacen en medio de la calle; los del yeso que salta al
sacudir los costales en el arroyo, y finalmente los que arranca el pavi­
mento al sentirse arañado por las escobas de la villa, llenan el aire de una
nube de polvo, que mal año para los físicos que dijeron que el aire es
inodoro, incoloro é insípido. Hubiéranle ensayado en la corte y tendríanle
por muy sápido, de mucho color y de olor tanto, que no tendrían nada
que pedirle.
Los pozos de aguas inmundas ponen también el grito en los cielos,
rasgando la mordaza de piedra que les cubre la boca: ¡tan llenos de razón
están los infelices!
El empedrado no grita ni dice esta boca es mía, á pesar de que tiene
tantas como piedras le faltan; pero se encarga de hacer gritar á los tran­
seúntes, divirtiéndose en romperles primero el calzado y luego el mejor
conservado de sus callos.
Los carruajes le arrancan sin compasión todos los huesos de la boca;

AYER, HOY Y MAÑANA

21

pero cuando él logra coger una rueda en alguna de sus mellas ó baches,
tiene función completa y el público uno de sus más gratos y más econó­
micos divertimientos.
No son, sin embargo, ninguno de los que quedan dichos los verdade­
ros gritos del Madrid de 1850.
Que hoy se pregonaran por las calles un millón de artículos en vez de
ciento que se vendían antes, nada tendría de particular, ni habríamos
intentado el escribir este cuadro para añadir en él las voces con que hoy
se anuncian las mercancías de ayer ni las que se han inventado para las
nuevas mercancías que salen á la plaza.
Hemos dicho que ha sido tal el ensanche que ha recibido el arte de
gritar, que ya nadie sabe lo que grita, y esto se ha convertido en una
verdadera Babilonia.
Así pues, querido lector, te aconsejo que abras los ojos y cierres los
oídos, porque el dios Mercurio, que ha debido quedar sordo-mudo en
fuerza de gritar, se ha puesto de acuerdo con Gutenberg y para todas
sus necesidades se vale de la imprenta.
Acércase el comerciante á una máquina de imprimir, refiérela su cuita,
y en cinco segundos le entrega la máquina cinco mil gritos, que pegados
en las esquinas, repartidos en los cafés y arrojados á domicilio por de­
bajo de las puertas, anuncian la cosa en venta á satisfacción del ven­
dedor.
Las esquinas han protestado diferentes veces al ver que las bizmaban
y las entablillaban sin tener en cuenta su robustez, y hasta pensaron años
atrás en nombrar un procurador que las defendiera de la invasión délos
industriales; pero éstos gritaron tan alto, que las esquinas quedaron con­
vencidas de que no tenían razón para quejarse. Porque una de las cosas,
y esto lo digo al paño, que se han logrado con los adelantamientos de la
gritería, ha sido probar que el que más grita es el que tiene más razón.
Pero ya se ve, las esquinas, á pesar del flamante descubrimiento del
magnetismo animal (cuyas propiedades giratorias, aunque animales, las
ha descubierto un ser racional y las han propagado otros seres ejusdem
furfuris), las. esquinas no se mueven, y no era cosa de obligar al compra­
dor á que pasase por delante del anuncio. Parecía natural que el anuncio
se tomase la pena de ir en busca del comprador; era preciso que la es­
quina girase y anduviese; y con efecto, pásmate, lector y ten cuidado de
que no me oigan los inquisidores de ayer , las esquinas se mueven y
andan.
¿No ves alzarse sobre ese mar de cabezas que invade la calle un estan­
darte que sigue el movimiento de la gente y anda de un lado para otro
haciendo alto de vez en cuando? Pues no esperes que le sigan frailes fran-

22

ANTONIO FLORES

císcanos, ni los niños de la doctrina, ni las mangas de la parroquia. Ese
estandarte no anuncia una procesión; anuncia un periódico, ó un libro, ó
un diorama, ó la rifa de alguna tienda ó cosa de menos valor, como por
ejemplo, la aparición de un gigante ó de un enano ó de un feto de siete
cabezas y cuatro pares de brazos.
Ese estandarte no es otra cosa que un cartel, que aburrido de estar en
la esquina sin llevar parroquianos á su dueño, se dejó enclavar en la
punta de un palo, y en brazos de un pobre de San Bernardino anda gri­
tando por las calles de la corte.
De noche le verás tomar la forma de los antiguos faroles de retreta,
aclarando su voz con un sorbo de aceite y con una vela de sebo, pero
siempre gritando y siempre sus gritos al alcance de las gentes que saben
leer, que aún no son todas.
Pero tú dirás, y en tu vida habrás dicho cosa más acertada, que el
movimiento de ese cartel no es el de la esquina en que estaba pegado, y
que si el magnetismo animal no ha hecho mejores pruebas de sus facul­
tades se-rnovientes, el magnetismo animal es una farsa. Y aunque si esto
dices tampoco te falta razón para decirlo, no por eso has de creer que los
esquinazos están quietos y siguen haciendo el poste, como en tiempo de
tus abuelos. Sería un gran disparate pensar que la industria, que ha sabi­
do darse trazas para arrastrar como una sola máquina toda una población,
se habría de detener ante la dificultad de mover un esquinazo.
Asómate al balcón, y si vives en piso principal te ahorras la pena de
asomarte, y mira esa esquina llena de anuncios y carteles que anda por
en medio de la calle pregonando todo género de mercancías.
Un pequeño cuadrúpedo basta para darla impulso, y es admirable la
inteligente paciencia con que el buen animal detiene el paso cada vez que
algún curioso quiere leer un anuncio.
Excusado es decir que los gritos de esa esquina ambulante son tan
elocuentes, tan iniciativos y tan apetitosos como todos los que adornan
los guardacantones y los que forran los pisos bajos de las casas; subién­
dose ya, por falta de terreno, hasta los pisos cuartos y los quintos, con
ánimo sin duda de ver si bajan á comprar alguna cosa los habitantes de
la luna.
Citaría, sin embargo, algunos de los más notables, si no pensara á
renglón seguido ó á capítulo inmediato dar un cuadro especial de todos
ellos; cosa que me será en extremo fácil con sólo retratar el Diario oficial
de Avisos, que ha tenido la complacencia de venir á mi gabinete para que
dé al público su importante y amena caricatura.
De las muestras de las tiendas diré únicamente cuatro palabras, que
bien las merecen sus dueños, siquiera por los grandes gastos que van ha-

AYER, HOY Y MAÑANA

23

cienclo en ellas, anunciando sus nombres con letras de oro y transmitien­
do á la posteridad sus apellidos en láminas de bronce; sus apellidos, no
los de los géneros que venden, cosa que al parecer les importa callar,
sino los suyos propios, de lo cual maldito si debe importarle nada al
comprador.
Crucificado entre dos guarismos, que suelen ser el número de la casa
repetido, se ve un Pedro Fernández, ó un Juan Gutiérrez; personas am­
bas que deben saber de sí mismas todo lo que el público ignora, y cuya
tienda pasa en blanco el que no busca Pedros ni Juanes, sino que va á
comprar lisa y llanamente zapatos ó pantalones, y no entra allí porque
ignora lo que vende aquel señor que á guisa de lápida mortuoria pone
sobre la puerta de su vivienda el número del nicho y el nombre y ape­
llido del difunto.
Esta costumbre se ha ido poniendo en tanta boga, que las calles de
Madrid más parecen hoy un índice de sangre de la Inquisición ó un
empadronamiento vecinal que un repertorio de anuncios.
Y es indudable que la vanidad de los comerciantes quedará con esto
más satisfecha, pero no lo estará tanto el libro de caja.
Andando el tiempo, y á costa de su dinero, lograrán que el círculo
de sus parroquianos sepa que donde dice Eodríguez se debe leer Alm a­
cén de curtidos ó Tienda de comestibles; pero el forastero que necesita
comprar una libra de queso ó media de garbanzos no entrará á buscarla
allí donde dice: N.° Dorados 13.
Por absurdo que le parezca creer que hay un almacén de números
treces dorados, ¿no le será más fácil creerlo así, que no pensar que el
dueño de la tienda se llama Dorados, que vive en el número 13 y que
vende aceite, jabón y velas?
Si al menos tuviera los géneros por de tan buena condición como su
apellido, ya se le podría perdonar que sacase al aire su cacho de genealo­
gía; pero decir cómo se llama cuando nadie se lo pregunta, y no decir lo
que vende, que es lo que todos le han de preguntar, es una cosa imper­
donable.
¡Y cuando les da por callar el apellido y revelan el parentesco, anun­
ciándose con el título de Los dos hermanos ó El padre y el hijo, ó Los so­
brinos, sin añadir una sola palabra más, á pesar de las muchas que caben
en la muestra!
¡Y qué diremos del otro que no vende alfabetos ni ovejas merinas, y
sin embargo se contenta con decir: A las 25 Bes, y las pone una tras otra
todas en hilera, ó de su vecino el Cetro de oro, que si vende alguna cosa
de metal es cobre, plaqué ú hoja de lata!
A la villa de Pekín, dice una muestra, y es el anuncio de loza de Tala-

24

ANTONIO FLORES

vera; A los Estados Unidos, se lee en otra tienda, donde todos los géneros
son catalanes; La Providencia vende papalinas y encajes; La Cruz de Malta
es un almacén de navajas y alfanjes moriscos; El Anacoreta vende obje­
tos de lujo para el tocador de las señoras, y en suma, amén de la conci­
sión de los rótulos, éstos no están nunca en consonancia con los géneros
cuya venta pregonan.
Altisonantes lo son todos, desde la más hiperbólica de las hinchazones
hasta la más hinchada de las hipérboles.
Recientemente les ha entrado á muchos la manía de las especialida­
des, y no parece sino que la serpiente de Iriarte les ha dicho como al pato
de la fábula:
«que lo importante y raro
no es entender de todo,
sino ser diestro en algo.»

Tal es el afán con que el uno procura ser diestro en el corte de pan­
talones, y anuncia en letras grandes, como piernas de hombre de siete
pies, especialidad en pantalones; el otro dice, especialidad en cuellos de
camisa, ó en tacones de botas, ó en conteras para bastones, ó en otra cosa
cualquiera, hasta el punto de haber salido á relucir la especialidad en
pastillas de goma; hallazgo de gran consecuencia cuando el termómetro
anuncia su especialidad en 8 bajo cero, y empieza la especialidad de los
catarros á buscar la especialidad de las pastillas.
La primera de esas especialidades, y la que aún sigue á la cabeza de
todas, es la que de la noche á la mañana apareció á la puerta de un fran­
cés, que noche y mañana se tomaba la pena de calzarnos la mano. A este
guantero, que á decir de los elegantes es maravilloso en su oficio, no le
dimos el pie de manera que pudiera decirse que le habíamos dado el pie
y él se tomaba la mano, sino que le dimos ésta y él nos tomó todo el
cuerpo. Metióse lo que se llama en camisa de once varas, y como si toda
la vida hubiésemos andado en cueros, se descolgó con una gran muestra
que decía: Al regenerador de la camisa.
Semejante especialidad ha tenido diferentes especialísimas maneras
de ser vista; y como la mayor parte de las gentes tienen necesidad de
llevar la camisa zurcida, son pocos los que han podido llevar alguna á
regenerar.
¡Con cuánta más razón pudo haberse llamado regenerador de la cami­
sa el que inventó la manera de convertirla en papel de fumar ó de es­
cribir!
¡Es poca la regeneración que sufre la camisa en poder del modesto
trapero que la vende á una fábrica de papel para que la convierta en

AYER, HOY Y MAÑANA

25

billete de 4.000 reales ó en título del 3 por 100 y finalmente en un talón
ó en muchos talones de Banco! Porque de una camisa (y allá va este
problema á los que la mudan con tanta facilidad), de una camisa bien
podrán salir una docena de talones de Banco. ¡Y sin embargo, el trapero
la compra por seis maravedíes y la vende por seis ochavos! ¡Oh pasmoso
desprendimiento del dueño de la camisa y sublime abnegación del trape­
ro! ¡lr ninguno de ellos se atreve á llamarse regenerador de la camisa!
No hay que desconfiar por nada, querido lector; aún hay modestia
trapera en este siglo de los cambiantes de ropa.
Aún hay....; pero volvamos á nuestro asunto y sigamos examinando los
gritos de la corte, aunque sin entrar de lleno en el examen crítico-orto­
gráfico y crítico-racional de las muestras, porque esta tarea requiere
grande solemnidad y no puede ir separada de la de los escaparates ó ex­
posición perpetua de artes, industria y comestibles.
Cuando destinemos un cuadro especial á esa tarea favorita de las se­
ñoras; cuando vayamos de tiendas, mientras las damas que nos acompa­
ñan se franquean con el tendero, nosotros examinaremos la conciencia
de su escaparate y de sus anuncios.
Ahora nos interesa dar principio al retrato del Diavio, que ya nos
está aguardando en el gabinete, y no es cosa de darle chasco.
Por conclusión á este primer artículo de gritos, y ya que hemos habla­
do algo de las muestras, daremos noticia de una que hemos visto recien­
temente, y dice así: Gran fábrica y despacho de no. velas. 3.
Como que los negocios del vecino Imperio no se oponen á que emigren
algunos franceses, lo primero que nos ocurrió fue pensar si estaría en
Madrid el famoso abastecedor Alejandro Dumas, y trayendo consigo su
máquina de cien volúmenes por segundo, le habría dado la gana de esta­
blecer una fábrica de novelas. También pensamos que aquella sería la
imprenta de alguno de los editores castellanos que tienen en la corte los
escritores franceses, y por último nos decidimos á entrar en la fábrica de
novelas á pedir una cualquiera.
—¿Quiere usted de las de seis ó de las de cinco en libra?—nos preguntó
el hombre que estaba en el despacho.
—Pues que, ¿ya se dan al peso?—le preguntamos sorprendidos.
—Siempre se han vendido así —contestó el hombre;— por arrobas,
medias arrobas y cuartillas.
— Saque usted de las de á seis en libra—le dijimos, por salir del paso.
¡Y qué dirás, lector, qué dirás que nos sacaron!.... ¡Un manojo de velas
de sebo!
Salimos avergonzados de nuestra torpeza en no haber adivinado la
del pintor que hizo la muestra; pero compadecidos del fabricante volvimos

2G

ANTONIO FLORES

á hacerle notar el disparate que pesaba sobre su establecimiento, y el nos
dijo sonriendo:
—Usted ha leído mal, caballero; ahí dice bien claro: Gran fábrica y
despacho de velas, número 3.
—Eso quiso poner el pintor—le replicamos;—pero no lo ha puesto.
Vea usted cómo está escrito.
—Sí, lo sé—me dijo el fabricante de novelees de sebo; —si yo mismo le
di el modelo.
—Usted perdone—le replicamos.
—No hay de qué—nos dijo;— hay muchos como usted que ignoran
que una n y una o son la abreviatura de la palabra número.
Figúrate, lector, á lo que nos expusimos por no entender de abrevia­
turas. Lo que hicimos fué abreviar el paso de tal modo que no dejamos
de correr en todo el día.
Y sin embargo, en todo lo que anduvimos no había otra cosa que
abreviaturas por el estilo de las del fabricante de velas.
Por todas partes gritos de rabia, causados por el hambre de los unos
y la hidrofobia metálica de los otros.
Hasta en la mansión del silencio gritan las lápidas sepulcrales, y an­
dan por allí el dolor, la ortografía y el sentido común tapándose los oídos
por no escuchar aquellos lamentos, de los cuales también habremos de
ocuparnos en estos cuadros contemporáneos.

CU ADRO III

RETRATO AL DAGUERROTIPO DEL «DIARIO OFICIAL
DE AVISOS DE MADRID»

Una de las grandes empresas que la época actual tiene abonada en
su cuenta corriente con la civilización, es el invento del daguerrotipo.
En la hoja de servicios de la luz se lee la partida siguiente:
«A ño de 1838.— Monsieur Daguerre ha descubierto que la luz en sus
ratos de ocio se entretiene en pintar cuadros sobre láminas de cobre,
plateadas. Su caballete es la cámara obscura, no se vale de otros pinceles
que de sus propios rayos, prepara el cuadro con un vapor de yodo y le
barniza después de acabado con uno de mercurio.»
Desde que los franceses en 1832 compraron el secreto al Sr. Daguerre,
dándole una pensión de 6.000 francos anuales, todos los pintores de fama
arrojamos los pinceles, y subidos á los desvanes y á las azoteas, salimos
en busca de una luz pura que nos ahorrase la pena de andar haciendo
cuadrículas y educando la vista para copiar la naturaleza.
La luz ha correspondido á nuestra invitación, y el lápiz ha quedado
en las carteras, sin otro oficio que el de apuntar las señas de una casa ó
alguna operación mercantil.
Todos nos valemos ya del moderno artista, y los retratos que antes
costaban veinticinco duros y solían parecerse al retratado tanto como el

28

ANTONIO FLORES

gallo de la pasión, ahora cuestan doce reales y se parecen como una got.i
de agua á otra.
Es por lo tanto expuesto pararse en la calle frente á la casa de algún,
discípulo de Mr. Daguerre, porque cuando uno menos se cata halla re­
producida su imagen con una perfección envidiable.
Hoy nadie puede hacerlo impunemente delante de mi laboratorio; y te
lo advierto, lector, para que si no quieres pasar á la posteridad en aleluya
te ahorres de cruzar por delante de mi daguerrotipo.
Por no haberlo hecho así el Diario de Avisos, te voy á dar su retrato.
Mírale bien: ni es alto ni bajo, y puede decirse que tiene una estatura
regular entre los individuos de la familia periodística.
Cuando nació parecía un gigante, y sin embargo, me ha traído un re­
trato que le hicieron siendo niño, otro de cuando era adulto y otro de
edad madura, y siempre ha sido un enano.
Pero no era mengua suya el no estar más medrado, sino de las gentes
con quienes vivía, que le tenían por tan enfermizo y de tan pocas fuerzas
digestivas, que no le daban á comer otra cosa sino alguna fábula deEsopo y unas cuantas efemérides, tal cual anécdota los domingos, y de pos­
tres las pérdidas y los anuncios del teatro.
Desde que le mejoraron y le añadieron la comida empezó á crecer, y
ya rayaba en los cincuenta y tres años de edad cuando llegó á la estatu­
ra que hoy tiene.
Sale todas las madrugadas de su casa y va de visita á las de sus ami­
gos, que no bajarán de cuatro mil, sin que haya faltado nunca ni por en­
fermedad ni por fiesta solemne, inclusas las del Jueves y Viernes Santo.
Espéranle con ansia los contratistas para ver si anuncia alguna subasta,
los prenderos para informarse de las almonedas, las amas de cría para ver
si se ha dado por entendido de la leche fresca de dos meses que tienen
hace ya un año; míranle de reojo los criminales porque los pregona en
nombre del juez que entiende en la causa; los quintos procuran hacerse
los distraídos cuando él los llama amenazándoles con declararlos prófu­
gos; el que se ha encontrado alguna alhaja le mira para esconderla si su
dueño la busca; el que ha robado algún perro se informa del hallazgo que
ofrecen al que le entregue en tal ó cual parte, y por último los aficiona­
dos al teatro le preguntan la función que se hace por la noche y el Dia­
rio tiene obligación de contestarles cumplidamente.
Es reputado por la gente machucha como uno de los mejores diges­
tivos para el chocolate, y no ha faltado quien le haya dicho que no vol­
viera á su casa si no acertaba á ponerse de acuerdo con la cocinera para
llegar allí al mismo tiempo que estuviese el chocolate á punto de sor­
berse.

AYER, HOY Y MAÑANA

20

Tiénenle todos por muy embustero, casi más que la señora de sus pen­
samientos, la respetable Gaceta; pero esto no es enteramente exacto, y sus
mentiras son siempre veniales y ajenas á su voluntad, porque él no puede
añadir ni quitar un solo comino á la salsa con que le dan aderezada la
comida sus numerosos cocineros, y traga toda clase de venenos con la
mayor resignación.
El personal de su redacción es infinito: apenas hay un solo español,
del rey abajo é incluso algunas veces el mismo rey, que no contribuya
con sus escritos á ilustrar la opinión de los suscriptores del Diario.
Pero los redactores de planta son los siguientes:
Redactor en jefe: el gobernador militar, que como el periódico es civil
y la época es seglar, ocupa, acaso por cuestión de buena crianza, el lugar
de preferencia.
Redactores primeros: los ministros, los directores, los subdirectores,
etcétera; el capitán general, el gobernador civil, el corregidor, el ayunta­
miento, los jueces de primera instancia, el clero y los sacristanes.
Idem segundos: los cambiantes de ropa, los artistas, los caleseros, los
prestamistas, los mineros, los tenderos y las prenderas.
Redactores de escalera abajo: las patronas de huéspedes, los sirvien­
tes, las nodrizas y todos los distraídos que vuelven á su casa con una ó
dos prendas de menos.
Los empresarios de los teatros y el observador meteorológico son los
encargados de la amena literatura.
Todos los redactores, sin distinción, escriben en el género serio y en
el festivo y aun en el caricato.
Rara vez tiene folletín, y en una ocasión se ocupó en proponer al ayun­
tamiento una reforma que consistía en demoler la población; lo cual dió
gran susto á los propietarios de fincas en la corte; pero la cosa quedó por
fin como estaba.
Ya anteriormente había propuesto otras reformas más moderadas en
deliciosísimos versos, y algunas de ellas fueron atendidas.
El café de Canosa y la casa del duque de Tamames cayeron al suelo
apenas les hizo mal de ojo esta redondilla, que compuso el poeta al pasar
con su lira al hombro por la Carrera de San Jerónimo:
«Y ya que tan cerca estamos
de la casa de Tamames,
bueno es que la atención llames,
lira, por si la mermamos.»

Por aquel entonces se habían plantado los árboles de la calle de Al­
calá á disgusto del poeta; el cual, como en su ardiente fantasía no cono-

30

ANTONIO FLORES

cía el invierno ni el verano, sino una vegetación permanente, infería
afligido,
«por un discurrir muy sano,
que si dan sombra en verano,
la darán en el invierno.»

En esto, á Dios gracias, no fue tan afortunado como en la merma de
la casa de Tamames, y los árboles siguen creciendo, aunque sin dar som­
bra en invierno, porque no habiéndose suprimido el Otoño, éste les lleva
la hoja y con ella la sombra que tanto temía el poeta.
Pero dejemos esas sombras y esas mermas que harían interminable
este cuadro, y hagamos el retrato del héroe en cuestión, sin detenernos
en más accesorios ni dibujos.

N ú m . 22.993.

DIARIO

A ñ o d e 18SO.

TI

U

S eis c u a rto s .

DI AVISOS DE MADRID

L a s o n c e m i l v í r g e n e s . — C u a r e n t a h o r a s e n la s M a r a v i l l a s

S E C C IÓ N O FICIAL

O rden de la plaza
Parada. - Asia, Africa y América.
Jefe de día. - Teniente coronel, alférez de gas­
tadores de Mallorca.
Visita de hospitales. - Mahón.
E l g e n er a l gobern ador

C orregim iento de M adrid
Ayer lian entrado por las puertas de la capital:
100 vacas, que componen 50.999 y media libras
de peso, y
700 carneros, que liacen 20.698 y tres cuartos
libras.
Lo que se hace saber al público para su inteli­
gencia.- E l SECRETARIO.
BANDO

fuera de las horas en que no se pueda causar mo­
lestia al vecindario.
Los contraventores á las anteriores disposicio­
nes quedan obligados á dejarse llevar por los de­
pendientes de mi autoridad ante los alcaldes de
sus respectivos distritos.

G obierno civ il
D. N. N ., brigadier de los reales ejércitos y go­
bernador civil, etc.
Habiendo observado que varias disposiciones
y reglamentos de policía no se cumplen con la
puntualidad que se requiere, y estando decidido
á no tolerar por más tiempo la inobservancia de
ciertas medidas, he tenido á bien dictar lo si­
guiente:
Se prohíbe el uso de las navajas aun sin mue­
lles si exceden de un palmo estando abiertas;
para venderlas se necesita licencia de mi auto­
ridad.

B eneficencia

D. N. N., caballero del hábito de San Hermógeues, y condecorado con la cruz de Mayo,'etcé­
Se saca á pública subasta, por término de tres
tera, etc., alcalde corregidor de esta muy heroica años, el cortado de las plumas para las escuelas
villa, etc., etc. Hago saber:
de párvulos de los acogidos en los establecimien­
Que habiendo observado que por los depen­ tos de Beneficencia de esta corte, bajo las condi­
dientes de mi autoridad no se cumple con lo pre­ ciones siguientes:
venido y expresamente dispuesto en diferentes
1.
a Las proposiciones se harán en pliego ce­
bandos y en los artículos 1.001, 1.002 y 1.100 del rrado, literalmente ajustado al modelo que se
Reglamento de policía urbana, y pareciéndome inserta á continuación.
que ya es hora de que los dependientes de este
2.
a Para presentarse á hacer postura será pre­
corregimiento observen lo que se les tiene man­ ciso depositar previamente cien cuartos, ó sea el
dado, he dispuesto lo siguiente:
valor de igual número de plumas, que se devol­
1.
° Que ningún vecino dé lugar á que se salgaverán en el acto de terminarse la subasta; de­
el pozo de aguas inmundas, rebosando sobre las biendo el que resultare agraciado aumentar di­
aceras con perjuicio de los transeúntes y de la cha suma hasta doscientos cuartos por vía de
salubridad pública.
fianza, que se le abonará al expirar los tres años
2.
° Que no ensucien las calles, fiados en elde la contrata.
barrido, que podrá hacerse más tarde ó más tem­
3.
a Los gastos de escritura y demás que ocu­
prano y nunca con el esmero que exige la cultura rran serán de cuenta de) contratista. Madrid, etc.
del vecindario.
Modelo de proposición
3.
° Que en las fuentes públicas no se promue­
van disputas en averiguación de á quién le toca
Conforme con el pliego de condiciones publi­
la vez para llenar, sino que cada cual llene cuan­ cado en la Gaceta oficial de
de
do le toque.
el abajo firmado ofrece cortar
4.
° Que ningún vecino se embriague con áni­todas las plumas que se necesiten en las escuelas
mo deliberado de insultar á los habitantes pací­ de los establecimientos de Beneficencia por el
ficos de la población, ni con el de tenderse sobre término de tres años.
la acera obstruyendo el libre paso de ella.
(Lugar de la fecha.)
5.
° y último. Que no se permitan tiestos de
(Firma del proponente.)
flores en las ventanas ni balcones, ni regarlos

32

ANTONIO FLOKES

J udicial
En virtud de providencia del Sr. D. N., juez
de primera instancia, etc., se cita, llama y em­
plaza por tercera y última vez al caballero que
hará poco más de cuatro meses pasó por la Red
de San Luis y cuyo nombre y apellido, señas y
habitación se ignora, para que en término de ter­
cero día se presente en este juzgado á prestar
declaración en la cansa criminal que se sigue por
este juzgado y escribanía de......; apercibido que
de no hacerlo así, le parará el perjuicio que haya
lugar.
S E C C IÓ N

¡ Purgatorio celebra su acostumbrada fiesta se­
manal con panegírico y reserva, todo á gran or­
questa y con voces escogidas. Las personas que
tengan papeleta de convite entran por la puerta
del costado. Las señoras que vayan á silla nume­
rada, por la espalda.

D. N . P. de J. I. ha fallecido.
Respetando, como es justo, la
expresa voluntad del difunto,
no se avisa á nadie que mañana
á las 4 de la tarde se trasladan
sus restos mortales, sin aparato
alguno, al cementerio de S. I.

R ELIG IO SA

La Real y más inmemorial y más ilustre anti­
gua archicofradía de las Benditas Animas del

E l Excmo. é limo. Sr. D. J. P ., marqués de II ., Caballero gran Cruz de J . , condecorado con
otras de varios países, etc., etc., etc., ha fallecido alas ocho y tres minutos de la mañana de ayer.
La Excma. é lim a, señora doña M. Z., viuda; la señora doña N . P ., her­
mana; D. II. Z., hermano político; D. F . 11., primo; D. I. Z., sobrino, y los
demás parientes y amigos, suplican á todas las personas que por un olvido invo­
luntario no hayan recibido convite especial, se sirvan asistir á la traslación del
cadáver, desde la casa mortuoria, calle de la Salud, núm. tantos, al cementerio
de la sacramental de S. B., mañana á las tres de la tarde.
E l cju elo se d e s p id e e n e l c e m e n te rio .

Se suplica encarecidamente el coche.

S E C C IÓ N

DE ANUNCIOS

L a «Superabundante»

bre ingeniero francés, gran físico-químico-mine­
ralógico, que casualmente se halla de paso en
esta capital.
He aquí la carta con que acompaña el ensayo:
«Señor presidente de la Superabundante.
»Vengo de hacer el ensayo docimástico de los
minerales de plomo que usted, señor, me ha en­
viado á mí, y puedo asegurarle á usted, señor,
que son tanto ricos como más no he visto en mi
vida. Cada quintal del mineral de usted, señor,
dará una arroba, doce libras, siete onzas y seis
adarmes de plata.
»Y para que conste lo firmo,» etc.

Esta mina, que se halla en el rico y argentífe­
ro término de la Poderosa y la Floreciente, ha
descubierto un nuevo filón de potencia tan ex­
traordinaria que tiene asombrados á los inteli­
gentes. En cnanto á la riqueza del mineral, la
junta de gobierno ha creído un deber dar publi­
cidad al siguiente análisis que ha hecho un céle­

Consultando el decoro y el bienestar de los
interesados, sin otro móvil que un principio de
humanidad y de filantropía, se anticipa dinero
sobre sueldos de cesantes, antiguos, jubilados,

La primera sociedad Malicia, explotadora de
lá Cándida, en el término llamado del Nuevo
Perú, avisa á sus accionistas que si no acuden á
entregar el cuarto veinticinco por ciento de los
capitales por que se hallen inscritos, se darán
por caducadas sus acciones y no tendrán opción
á las grandes utilidades que tiene realizadas. (Es
décitnonono aviso.)

In teresante, interesantísim o

33

AYER, HOY Y MAÑANA

viudas y demás clases menesterosas. Es de ad­
vertir que se exceptúan los militares, y asimismo
que no se tratará con corredores. La oficina de
anticipos está establecida en la calle de la Gar­
duña, núm. 99. También hay entrada á los prés­
tamos por el 101.

Filantropía
En la calle de la Morería, núm. 13, se com ­
pran todos los atrasos de fallecidos y vivos y se
facilita dinero sobre papel del Estado.

Modo de vestir sin gastar dinero
Caridad pública
Una familia desgraciada, que ha agotado todos
ios recursos de subsistencia y que por razón de
las circunstancias políticas se vió hace más de
diez años reducida á la indigencia, acude hoy á
la generosidad del vecindario para salir de las
garras de la más horrorosa de las muertes......el
hambre. Recibe toda clase de socorros en metá­
lico y ropas, usadas ó nuevas, en la calle de la
Misericordia, núm. 3, cuarto buhardilla.

Jornal para 25 años
Se sacan á pública subasta 50.000 varas de ga­
lería, que según el cálculo de los ingenieros se
necesitan para hallar el rico filón de la Boyante,
que se perdió entre las minas Pompeya y Troya,
abandonadas por los romanos. Dirigirse al pica­
pedrero que vive en la calle de San Buenaventu­
ra, núm. 3.

Permuta
Un propietario de fincas rústicas situadas á las
inmediaciones de la corte, y cuyo valor asciende
á tres millones de reales, desea permutar sus
rentas con la cesantía de cualquier ministro; de­
biendo advertir que le es igual el ramo en que
haya servido S. E. Se darán 30.000 reales de pri­
ma, y se advierte que el pago de la contribución
es de cuenta del que tome las fincas. En la calle
del Azotado, núm. 25 triplicado, darán razón.

Aviso á los taberneros
En cumplimiento de lo que previene el artícu­
lo 26 de la ley de 3 de septiembre de 1847, los
individuos pertenecientes á esta clase que quie­
ran saber la cuota que por los peritos clasifica­
dores les ha sido asignada, pueden pasar á casa
del síndico señor don N. N., taberna del Rincón.

Mr. Simeón Levigabán, cambiante de ropas
viejas por nuevas en corte, viene de recibir una
estupenda remesa de géneros de moda, y se hace
un deber de anunciarlo á los señores de la aris­
tocracia que tanto le favorecen. Vive en la calle
de la Pingarrona, núm. 1.
N ota . —Los cambios sólo se hacen en casa de
los parroquianos.

Traspaso
Se hace el de madama Caderas, corsetera de
SS. MM. el rey de Stokolmo y el emperador de
Marruecos. Tiene el taller provisto de toda clase
de ballenas, arrancadas en vivo del cetáceo y
premiadas en la exposición pública del Indostán.
Las 499.999 operaciones tan brillantes como
rápidas, tan sorprendentes como infalibles, que
lleva conseguidas en sujetos desahuciados por los
primeros profesores de Europa, es la mejor ga­
rantía que puede ofrecer el oculista Jacob á las
personas que se dignen honrarle con sus consul­
tas. Lo único que puede añadir es que nació á
orillas de la catarata del Niágara y que bate la
de los ojos con increíble rapidez y sin que le haya
fallado un solo caso. Con igual perfección y es­
mero cura todas las demás dolencias del cuerpo
humano, especialmente la sordera crónica y los
defectos de la pronunciación. Dará más informes
el sordo-mudo que vive en la cuesta de los Ciegos.
Una señora de circunstancias y antecedentes,
que vive sola y sin otro patrimonio que dos hijas
jóvenes, desea encontrar dos caballeros solteros
á quienes alquilar los muebles de su habitación,
siempre que coman por su cuenta, y la asisten­
cia. ¡Se advierte que no es casa de huéspedes ni
la señora mujer de esos tratos.
Se vende una gran partida de leña de encina
partida, pero sin mojarla ni adulterarla, como se
hace en los demás almacenes. En la calle de las
Aguas, esquina á la de las Tabernillas, está el
despacho.

Buena ocasión para hacer dinero
La persona que necesite 80.000 duros puede
dirigirse al que los tiene, que es el portero de la
casa núm. 1 de la calle de Enhoramala-vayas,
esquina á la de Sal-si-puedes, el que da razón.
Se necesita dinero sobre garantías de buena especie y se pagará un interés crecido. En la calle
de la Amargura darán razón.
T omo

II

Cebada
Al sujeto que la necesite granada y limpia se
le dará arreglada y sin mezcla de paja. Darán
razón en el almacén de jergones de la Cava Baja.
Los jamones dulces y magro del salchichero
extremeño se dan por piezas y por libras en los
portales de la calle de Toledo.
3

34

ANTONIO FLORES

¡¡¡Por un napoleón!!!

A los viajeros

El sombrerero francés de la calle de la Mon­
tera viene de hacer un descubrimiento químico,
el cual por medio de la galvano-plastíque le per­
mite dar un sombrero de primera calidad por el
íntimo precio de 19 reales y el sombrero que de­
seche el parroquiano.

Garantida la refrigeratibilidad de los polvos
para hacer las bebidas de horchata, limón,
agraz, etc., con el dictamen del protomedicató
de Pekín y el de la academia de ciencias médicas
de Turquía, no tenemos nada que decir sino que
ya nadie viaja sin comprar un paquete de estos
polvos, aun antes de proveerse del pasaporte. El
comercio de los zumos ha quedado reducido á la
impotencia, y ya son muchos los hortelanos de
Valencia y Murcia que arrancan los limoneros y
los naranjos por la poca salida que han tenido
sus frutos desde que se descubrieron los polvos
refrigerantes.

E l único y acreditado horno de bollos para
chocolate, al estilo de San Juan de Letrán, acaba
de hacer una considerable reforma en la elabo­
ración de sus géneros, y el gran despacho que
tiene le impide hacer lo que los demás estable­
cimientos de su clase que calientan las pastas,
vendiéndolas por recientes y frescas. Semejante
superchería no se encuentra en el citado horno,
en el que se asan toda clase de asados, sin tener
tampoco la inmoral costumbre de cambiar las
aves que llevan los parroquianos por otras tísi­
cas y secas.

Faltarla & su deber él dueño del acreditado
establecimiento de peines de concha, titulado La
uña de vaca, si no anunciara á sus favorecedores
la remesa que acaba de recibir de la India de los
tan acreditados batidores de búfalo. Advierte
que le durarán pocos días, porque tiene grandes
pedidos del extranjero.

Cien visitas por doce reales
Y a en todos los países civilizados se ha supri­
mido la ridicula costumbre de felicitar en per­
sona los cumpleaños, años, días, etc., y lo que
ahora está en boga para esos casos son las tarje­
tas de relieve en cartulina inglesa y superior y su­
perfina y doble y que resiste sin resquebrajarse.
Las hace á doce reales el ciento, sea cualquiera
el nombre, el acreditado litógrafo de la calle de
los Tintes. Con escudo de armas á catorce rea­
les, con corona de duque á trece, ídem de conde
ó marqués á doce y medio, con armas de familia
ó atributos profesionales á precios convenciona­
les. Está garantida por doscientos años la per­
manencia de la tinta y por dos meses la de la
cartulina.

Industria española
Con privilegio exclusivo y habiendo obtenido
medalla en la exposición pública de la Industria
de esta corte y en las de Londres, París, Lisboa
y Constanti'nopla, se vende la tan conocida y
acreditada tierra de Segovia á dos cuartos cada
cucurucho de polvos. Todo cuanto se diga en
elogio de esta tierra, cuyo lema ha sido siempre
el de todo lo limpia, será excusado; en los minis­
terios y en todas las oficinas se hace un gran
consumo de ella, quedando limpio como una pa­
tena cuanto se frota con los dichos polvos.

Lápidas y panteones
Al gusto de los interesados, y con equidad de
precios, se construyen toda clase de lápidas mor­
tuorias con el rico mármol negro de Jerusalén.
Hay toda clase de letras de bronce, alegorías,
siemprevivas, figuras llorando en todas las pos­
turas imaginables y cuantos adornos pueda de­
sear la más refinada melancolía de los parientes.
Todo se sujeta con tornillos para evitar que los
ladrones profanen la memoria del difunto, robán­
dole el holocausto del parentesco ó de la amistad.

¡¡¡Quemazón!!!
¿Lo queréis más barato?.... Pues allá va de bal­
de. El pobrecito demonio patudo, conocido de
este respetable público por el baratillero, ha de­
cidido pedir limosna por las calles, y al efecto
quiere prender fuego á los géneros de su almacén.
Las indianas rayadas de puro hilo que se vendían
á 38 y 40 reales vara, las dará á 2 y cuartillo;
los pañuelos, de 25 que estaban, á real y medio;
y en suma, andar y ver. ¡ Vengan ustedes, parro­
quianos, que el barató se quema! ¡que se abrasan
los géneros de su tienda! ¡Quemazón! ¡Quemazón!
¡Quemazón!

Un empleado de corto sueldo, que ha sido destinado fuera de la corte, hace almoneda de todos
los efectos de su uso, como son divanes, espejos,
mesas, relojes, galería de pinturas, una carretela
y un charavant, etc. Todo está sin usar, y se
dará por la mitad del coste que tuvo hace un
mes en los almacenes de lujo de esta corte. No
se quiere tratar con prenderos.

La espuma del cielo
No más arrugas, ni pecas, ni manchas, ni paño;
no más temores de que el sol tueste los rostros
de las hermosas. La espuma del cielo que se ven­
de á tres reales cada frasquito, conserva siempre
el cutis fresco, terso y suave, sin que las señoras
que lo usan representen nunca más edad que la
de quince á veinticinco años.

35

AYER, HOY Y MAÑANA

En liquidación
Procedente de una quiebra se vende un gran
surtido de escobas de caña, ruedos de pleita y
aventadores para las cocinas, en el portal del va­
lenciano de la calle de la Palma.

Importante y urgente
Habiendo sabido que con la malévola intención
de desacreditar mi industria se esparce la voz de
que vendo caro, no puedo menos de asegurar que
vendo y venderé más barato que nadie, como lo
tengo acreditado á mis numerosos parroquianos,
en mi establecimiento central de fósforos, titula­
do JVo más tinieblas.

Betún cristalográfico
D. Juan Lanas, caballero de la real y distin­
guida orden de C., comendador de número de la
de I., socio corresponsal de la de Amigos del
País de Cocliinchina, é individuo de varias cor­
poraciones científicas, artísticas, industriales y
de comercio, etc., etc., etc., y teniente alcalde
del distrito de......Certifico:
Que habiendo nombrado una comisión, com­
puesta de un fabricante de curtidos, un callista
y un maestro de obra prima, para que examinara
el betún cristalográfico de la invención de don
Lucio Reluciente, ha resultado, según el informe
conteste de dichos artistas, que no sólo es lus­
troso y negro el betún cristalográfico, sino que es
útil y beneficioso para la piel, que la conserva, y
que es altamente humanitario, porque preserva
los pies de la terrible enfermedad de los callos.
Y á instancia del interesado doy la presente, que
firmo, etc.
Este betún se vende á 2 reales cada caja.
N ota . - Se ruega al público que no se fíe de
las falsificaciones.

Nodriza
Bárbara Cuévanos solicita una cría su edad de
diez y ocho años con leche de dos meses y per­
sonas que la abonen, en el portal del zapatero de
la calle de la Gorguera darán razón.

Sirviente
Un joven bien instruido en el manejo de pape­
les y que sabe llevar la pluma, desea entrar á
servir de pinche de cocina ó de ayuda de cámara
de algún señor ó de mayordomo de alguna seño­
ra, no tiene reparo en salir fuera de la corte,
aunque sea á la India, donde darán razón. Es
en la calle del Burro, núm. 1, el trapero que vive
en el patio y responde de su buena conducta.

Gran venta de libros al peso
La escasez del género hacía que en el siglo pa­
sado se tuviese por indecorosa esta manera de
vender la mercancía que hoy anunciamos. Los

que se acerquen á examinar los títulos de las
obras que ponemos á la venta, verán que se les
ofrece una brillante ocasión de adquirir por poco
precio una biblioteca escogida, en la que se ha­
llan reunidos todos los conocimientos humanos.
Los precios son los siguientes:
Novelas, cuentos y anécdotas, á 80 rs. arroba.
Viajes......................................... á 60
Historia...................................... á 40
Poesía..........................................á 20
Educación.................................. á 10
Ciencias.......................................á 5
Los libros en latín se darán gratis á los que
compren más de dos arrobas de los otros.

Pérdidas
Una señora sola que vive en la calle de la Pasa,
frente al palacio de la Vicaría, ha perdido en la
madrugada de ayer un perrito americano que ha­
cía su única delicia. Tiene los ojos grandes y ne­
gros, un lunar en el hocico y desiguales las lanas
del rabo. Se llama Lindoro y no come sino sopas
de leche, hechas con la de vacas y con bizcochos
de Valladolid. Se hace esta advertencia por si la
persona que lo hubiese recogido tuviera la cruel­
dad de no volvérselo á dicha señora. Y también
se advierte que está acostumbrado á peinarse con
batidor de búfalo y á lavarse con jabón de al­
mendra y el hocico con agua de rosa. A l que lo
entregue á su dueña se le dará un buen hallazgo.
M IL R E A L E S se dan de hallazgo p or una
perrita de casta americana, joven, ginebra, man­
chada de color de canela y una ráfaga negra
desde el hocico por el cuello hasta la mitad del
vientre. Lleva un lazo de raso azul con puntilla
del mismo color, y una sortija con un diamante
en el nudo del lazo. Se da también la sortija ó
su valor además de los mil reales. Ya se ha per­
dido otras veces, y la inconsolable familia ha te­
nido siempre la dicha de recobrarla. La señora
de quien es la perra está todos los días desde
las ocho de la mañana hasta igual hora de la no­
che en el portal del valenciano de la Puerta del
Sol, para dar más señas al que se sirva llevarla
su preciosa perrita. Se advierte que es señora que
anda mucho por Madrid y tiene muchas relacio­
nes con la policía, por lo que no será difícil en­
contrar la perrita en el caso de que pretendan
ocultarla.
A las doce y treinta y cinco minutos de la ma­
ñana., al cruzar desde la iglesia del Buen Suceso
á la perfumería de Venus, se extravió un perrito
inglés pelado, joven y de color de barro saguntino, con una estrella blanca en la frente. Se su­
plica á la persona que le haya recogido le entre­
gue en la portería del duque d eN ., donde darán
más señas y el hallazgo. Se sospecha el paradero
y se tienen tomadas todas las oportunas precau­
ciones para que no sea infructuoso este anuncio
y se perseguirá al criminal.

36

ANTONIO FLORES

ESPECTÁCULOS

Teatro andaluz

Cosmo-engañorama
Gran colección de vistas memopirotécnicas,
entre las cuales siguen llamando la atención de
los inteligentes la Empleomanía, la Minerografía, la Mercachiflería y otras muchas traídas de
París y arregladas al español por los más emi­
nentes artistas.

Gran función extraordinaria á beneficio de un
artista desgraciado.
1. ° Sinfonía del magnetismo animal.
2.
° Se pondrá en escena el drama andaluz en
siete actos y doce cuadros, original y en verso,
Fenómeno increíble
primera producción de un aplaudido escritor
Los sabios de Tartaria y los de todos los di­
dramático, titulado:
ferentes países que ha recorrido el niño Salomón
están sorprendidos de la extraordinaria precoci­
LA ZOMBRA E NERON EN EL ZEPURCRO
dad de esta criatura, verdadero prodigio de la
E LOZ NIÑOZ E ESI JA
naturaleza.
El niño Salomón tiene cuatro años, habla con
3. ° Laz entretelaz der corasún
perfección todos los idiomas vivos, incluso el es­
lavo y el escandinavo y el de los países salvajes
divertimiento de baile compuesto y dirigido por
el tío Tarántula y en el que tomará parte la sa­ que no ha podido descubrir el hombre; contesta
á cuantas preguntas se le hacen sobre las cien­
lerosa bailarina Frasquita Moñitos, conocida por
cias más recónditas y resuelve en el acto y con
la Peonza.
sólo el auxilio de la memoria los más difíciles
4.
° La aplaudida zarzuela en tres actos, ori­
problemas de matemáticas.
ginal y en verso, titulada:
La entrada á real los hombres y á seis cuartos
los
sabios.
JASTA ER SIELO YEG A LA ZAL DE MI JA
5. ° y último.

Los mosquitos filarmónicos

P a zandunga y zoleá, laz jenibraz de por ayá,
baile dramático y lírico, cuyo argumento está
sacado de una novela de Barter Escó, y en el
que tomarán parte todos los individuos de la
compañía.
N o t a . - Se está ensayando para ejecutarse á la
mayor brevedad el drama en cinco actos, inti­
tulado Loz Mozquitoz é Jerez, original de seis
aplaudidos escritores; la zarzuela en cuatro ac­
tos, titulada: Una caña émanzaniya 6 la bataya
de Baterló; el gran drama trágico en seis cua­
dros, cuyo título es: Lajam bre de Jirlanda 6 laz
platiquiyaz é Puerta é Tierra, y el fin de fiesta
titulado: Zoniche ó el a, e, i, o, u.

La paciencia con que Mr. Socaliña, individuo
de la Academia de los Buscavidas, ha enseñado
á esos animales, los más imperceptibles é indó­
ciles de la creación, es una cosa que sorprende.
Al lado de estos modernos filarmónicos, laspulgas industriosas son una patarata. Los mosquitos
de Mr. Socaliña cantan todas las óperas de Donizetti y las modernas de Verdi con una famosa
afinación. Mr. Socaliña los acompaña al órgano.
N o t a . - Como el pecho de los animalitos es de
poca cabida, la voz resulta muy débil, y para
que el público pueda oirles cómodamente se dan
á cada persona un par de trompetillas de corcho,
cuya substancia se ha descubierto ser un gran
conductor de la voz del mosquito.

Observaciones meteorológicas de ayer
A las seis de la mañana..................................................
A las dos del día..............................................................
A las seis de la tarde......................................................

Polvo y basura.
Basura y polvo.
Polvo y basura.

Afecciones astronómicas de hoy
Carros de la basura
Salen á las siete de la mañana.
Se ponen á las cuatro de la tarde.

Carros de Sabatini
Salen á las diez de la noche.
Se ocultan á las ocho de la mamna.

Madrid, 1850. - Imprenta del Diario oficial.



CUADRO IV
LA P U E R T A DEL SOL EN 1850

No busques, amigo lector, al dependiente del Resguardo, que dando el
á los géneros de nuestra propia familia, más parece un espía de
la industria extranjera que un protector de las nacionales; ni al agente de
la municipalidad, que cobra un cuarto por lo que puedan ensuciar las ca­
lles á los que sólo traen intención de ensuciarnos el estómago; ni busques
al portero, ni preguntes por la portería.
No te acerques á examinar si son de madera ó de hierro, ó si están fo­
rradas en plata y claveteadas de oro: no pretendas hallar el cerrojo, ni
creas que es un misterio el no encontrar la cerradura.
La Puerta del Sol es de la misma familia que la Puerta Otomana, y
ambas gozan el privilegio de estar siempre abiertas, sin que nadie acierte
á cerrarlas y sin que se haya podido saber cómo lograron abrirlas.
Pero si algún anticuario, de los infinitos que pretenden poseer un es­
labón de la cadena de los mares que circunda el globo, te dice que tiene
la llave de la Puerta Otomana, dale las gracias por la noticia, y toma al
punto en secreto el camino de Londres si quieres hacer un negocio estu­
pendo ó una jugada redonda, como decimos hoy que todo se ha convertido
en un puro juego.
Algunos te aconsejarían que fueses á Rusia á vender la noticia del ha­
llazgo, pero no hagas caso; no ganarías un chavo por ese camino. Tiene el
czar una llave maestra para entrar cuando quiera á apagar con sus bayoquién vive

30

ANTONIO FLORES

netas el brillo de la media luna, y la usará algún día, no tengas cuidado;
ya parece que ha echado su ojo al ídem de la cerradura. Los ingleses, en
cambio, no tienen sino un cerrojillo diplomático, que para mayor dolor
parece estar enmohecido, y si tú les proporcionas la llave y logran cerrar
la puerta, te darán cuanto les pidas. Si te preguntan cuánto quieres por
el corretaje, date por satisfecho con el uno por mil de lo que á ellos les
valga el negocio; son comerciantes y no les asustará tu franqueza.
Todo esto lo haces si la casualidad te proporciona este hallazgo; pero
á propio intento no le busques, porque la llave de la Puerta Otomana
tengo para mí que está en San Petersburgo, y hace allí demasiado frío
para que yo aconseje á mis lectores que vayan á tomar una pulmonía au­
tocràtica. Por otra parte, lo que á ti te interesa hallar no es la llave de la
Puerta Otomana, sino la de la del Sol, y esa no te canses en buscarla; ha
tiempo que los vagos la arrojaron al mar de il dolce far niente.
Asimismo te encargo que no pierdas el tiempo en procurarte cartas
de recomendación ni billetes de permiso para entrar allí, porque eso su­
pondría que te ocupabas de algo y ya no serías admitido por los guardas
de la Puerta del Sol.
La Puerta del Sol es ni más ni menos que la tierra de Jauja, donde,
como dicen las gentes, se come, se bebe y no se trabaja, y no quiero que
te inhabilites para pisar sus famosos umbrales.
Su arquitectura no es ojival, ni romana, ni árabe, ni siquiera churri­
gueresca, por más que esto último parezca lo más exacto, atendido el ar­
lequinado conjunto de sus heterogéneos retazos. La verdad es que no hay
verdad ninguna, empezando por ella misma, que es una solemne mentira.
Si en vez de llamarse Puerta del Sol se dejara llamar plaza de la Ociosi­
dad, nadie extrañaría que fuese el verdadero pórtico de todos los vicios;
pero los holgazanes que la habitan dan una gran prueba del tesón con
que ejercen su oficio llamándola Puerta del Sol, porque así indican que
su pereza es tanta, que ni aun para tomar el sol se dan el trabajo de pasar
mas allá de la puerta.
Ella tiene, sin embargo, su etimología histórica y pretende ser unapuerta jubilada del siglo xví ; y si te paras á oirla te dirá que era nada
menos que la puerta de un castillo en el que había pintada una imagen
del sol. ¡Pero quién hace caso de etimologías, ni de abolengos, ni de tra­
diciones históricas, hoy que al anochecer se declara viejo y caducólo que
nació aquella misma madrugada!
¡Medrados estábamos si hubiéramos de perder el tiempo en averiguar
el porqué de las cosas, cuando cada cual recibe el título de lo que debe
ser con sólo ocultar las pruebas de lo que ha sido y presentar el testimo­
nio de lo que está siendo!

AYER, HOY Y MAÑANA

39

No, amigo lector; dejemos á los archivos acogotados por las enciclope­
dias, y demos un paseo por la Puerta del Sol de 1850, sin cuidarnos poco
ni mucho de la de mil quinientos y tantos.
Obrando así no habrá nadie que nos tache de embusteros ni de encu­
bridores. Si ella tiene una fe de bautismo que acredite su mayor edad,
¿por qué la esconde? ¿Por qué encubre sus canas bajo la rubia peluca del
modernísimo asfalto? ¿Por qué no nos dice el año en que ha nacido, así
como nos cuenta que el año en que se ha maridado con el asfalto ha sido
el de 1848, siendo su padrino de pila un excelentísimo señor conde, al­
calde corregidor de esta muy heroica villa?
Pues ¡vive Dios, y no lo digo por jurar, que no hemos de tomarla en
cuenta ni un año más de los que ella propia declara! Y debe agradecernos
esta conducta, porque nos veríamos obligados á pedirle explicaciones de
la que observó en la guerra de la Independencia, abriéndose de par en
par á los franceses enemigos, y más tarde á los aliados y siempre á los re­
volucionarios, á quienes ha recibido sin dificultad de día y de noche de­
jándoles alborotar la casa con los escándalos que daban en el portal de
la misma.
Así nos será fácil perdonarla el orgullo con que insultaba á los ven­
cidos, haciendo pregonar á los vencedores la gloria de haberla tomado.
¡La gloria de haber tomado la Puerta del Sol, que tiene diez mangos por
donde agarrarla!
Pues no lo tomes á broma, lector; hubo un tiempo en que se decía que
se tomaba la Puerca del Sol y en que el tomarla era casi tenido por un
milagro. Pero tiempo que no nos pertenece: nosotros vamos á tomarla
después que ella ha cubierto sus culpas con el tupido velo del asfalto.
Procura no pisar el epitafio que allí está esculpido en caracteres de
bronce, cruza los brazos, abre los ojos y mira.
¿Yes esa mezquina fachada que parece la de una pobre ermita de la
más pobre aldea del mundo? Pues es nada menos que la famosa iglesia
del Buen Suceso, conocida en toda España y en el extranjero por haber
tomado asiento de preferencia en la corte de ambas Castillas. Es un pe­
queño hospital en el que hoy se curan provisionalmente los infinitos he­
ridos que produce la nueva industria de los carruajes. Y recordando que
el día 2 de mayo de 1808, en vez de curar los heridos dejó que los fran­
ceses fusilaran dentro de su recinto á algunos españoles, puede aplicár­
sele, con cierta oportunidad, estos cuatro versos:
«El Sr. D. Juan de Robres,
con caridad sin igual,
hizo este santo hospital
y también hizo los pobres.»

40

ANTONIO FLORES

El adorno más célebre de esta fachada es el reloj, que marcando día y
noche las horas, parece ser la voz de mando que obedecen con puntuali­
dad los vagos, girando y contragirando al sol y á la sombra.
Muchas veces habrás leído en los billetes de las diligencias que los
carruajes saldrán con el reloj de la Puerta del Sol, y sin embargo, van
solos, que el reloj no sale con nadie; y si hace alguna salida, es de juicio,
trastornándose hasta el punto de llevarle al sol dos horas de ventaja ó de
retraso. También te dirán algunos que llevan su reloj con el del Buen Su­
ceso, y esto tampoco es verdad, porque á no ser el gas que alguna noche
le suele quitar la luz, no sabemos de ningún otro personaje que se le haya
llevado de allí.
Puedes por lo tanto estar tranquilo y volverle la espalda para dar
frente á las calles Mayor y del Arenal, amenazadas siempre de tragarse
la una á la otra, pero riéndose de los proyectistas que quieren medirles
las espaldas para ensanchar el pecho de la una con la joroba de la otra.
La callejuela del Correo no la mires hasta las seis de la tarde; el in­
mundo callejón del Cofre no le veas nunca y ganará la vista casi tanto
como el olfato; la estrecha calle de los Preciados, especie de cordón acús­
tico que tiene la plazuela de Santo Domingo para comunicarse con la
Puerta del Sol, tampoco merece fijar tu vista; á la calle del Carmen pue­
des echar de vez en cuando una mirada para ver las tiendas y las muje­
res que entran y salen y suspiran en derredor de ellas. Así tal vez te
ahorrarás de preguntarme por qué no son honrados ni probos todos los
hombres que lo parecen.
Donde yo quiero que pongas toda tu atención es en las embocaduras
de las calles de Carretas, Montera, Alcalá y Carrera de San Jerónimo.
Estas son las cuatro grandes avenidas del torrente; estos son los cuatro
puntos por donde hemos de recibir el asalto, las cuatro brechas por donde
ha de sitiarnos el enemigo.
A los vagos de profesión, á los verdaderos parroquianos de la casa, no
esperes verlos llegar por ninguna parte; entran por todas, ó mejor dicho,
están allí sin que nadie sepa por dónde han venido, así como nadie pue­
de asegurar que alguna vez se fueron.
Ellos son el ejército permanente de la ociosidad, que guarnece el cas­
tillo de la vagancia.
Son una gran cantidad de sangre doblemente perdida, que aplicada á
la locomoción podría representar una fuerza de cinco mil caballos.
¡Considera, lector, si no es una gran lástima que el gobierno deje per­
der esa fuerza, hoy que estamos en camino de aprovechar hasta el vapor
que se escapa del humilde puchero del artesano!
¿Por qué hemos de andar bebiendo los vientos para agarrar el aire, y

AYER, HOY Y MAÑANA

41

estrujándole las entrañas hacerle que suele su cacho de contribución lo­
comotora, sin haber utilizado primero la última gota de sangre perdida?
En buen hora que, por respetos á la especie humana, se guarden al
vago ciertas atenciones, y no se le obligue ni á tirar de una carreta, ni á
mover los arcaduces de una noria; pero dejar que se pierda su sangre, es
un desatino.
En su misma adorada peana de la Puerta del Sol, sin hacerle perder
su estatuaria figura, hay un medio de utilizar su sangre, y nosotros no
queremos dejar pasar esta ocasión sin proponerlo á la superior inteligen­
cia del gobierno de S. M.
El reciente descubrimiento de la fuerza magnética es la mejor ley de
vagos que pudieran haber inventado los más famosos Licurgos de estos
tiempos, y vamos á probarlo con el siguiente ejemplo:
Coloqúese en medio de la Puerta del Sol una bomba hidráulica de la
fuerza de tres mil ó cuatro mil caballos, construida de manera que fun­
cione por un movimiento de rotación parecido al de las norias; encima del
eje ó árbol principal fíjese una gran tabla, especie de mesa redonda, en
cuyo borde quepan á la vez las dos mil ó dos mil quinientas manos de los
asistentes á la puerta del Sol, y ya está hecho el milagro.
¡Oh! ¡Si esto se hubiera pensado antes de pensar en construir el canal
de Isabel II! Pero más vale tarde que nunca: coloqúese la máquina, que
los vagos no se opondrán á darla movimiento. ¿Qué trabajo les ha de cos­
tar establecer el contacto de los pulgares y de los índices y girar en ca­
dena magnética alrededor de la máquina? Si les dijeran que era preciso
abandonar la Puerta del Sol, el sacrificio sería más costoso; pero nada de
eso; pueden seguir allí, y aun siendo magnetizadores seguir pareciendo
vagos.
Mientras llega ese día, que llegará apenas llegue mi proposición á no­
ticia de alguna compañía anónima, les dejamos andar cruzando desde el
sol á la sombra y viceversa, atentos siempre á contar las campanadas del
reloj, no para saber la hora que corre ni las que van corridas, sino para
contar las que han de ver correr sin moverse de allí.
Olvidados de ellos y considerando su inamovilidad como la de los edi­
ficios que forman la irregular plazuela, vamos por fin á examinar los di­
ferentes grupos en que puede dividirse para el verdadero estudio craneoscópico de sus facultades morales.
Sin movernos un punto del asfalto, especie de muelle del lago, vamos
á ver las diversas islas de ese archipiélago y á examinar las distintas ra­
zas que las pueblan. Eazas degeneradas, de las cuales algunas, aunque
pocas, conservan un aire tradicional de los tiempos primitivos.
Es la primera, la más madrugadora de todas, la de los cobradores del

42

ANTONIO FLORES

comercio, especie cíe jorobados voluntarios que por no inclinar su cabeza
ante el vil metal le llevan á la espalda, sin que se les pueda aplicar aque­
llos versos de un célebre fabulista:
«En una alforja al hombro
llevo los vicios,
delante los ajenos,
detrás los míos.»

Precisamente nada de cuanto esos honrados isleños llevan á la espal­
da es suyo. Aquella protuberancia, que á veces no podrían vender en se­
tenta mil reales, es ajena, y más de un ocioso de los que viven en las
islas inmediatas abre los ojos y se relame de gusto, pensando en el que
tendría si le dejasen reventar aquel tubérculo. Pero cuando se los ve con­
gregados en la Puerta del Sol aún no se les conoce la joroba; la llevan
plegada debajo del brazo, y se entretienen en averiguar domicilios, en in­
formarse de si algún golfo mercantil se ha declarado terreno quebrado y
en comunicarse las contraseñas para conocer la moneda falsa y el papel
ídem.
Al islote de su propiedad y del cual los cobradores no ocupan sino un
pequeño espacio, van abordando los agentes de Bolsa, los corredores, los
capitalistas, los aficionados á tener capital ó á que por tales los tenga el
público, y por último los zurrupetos.
Esta especie de la gran familia mercantil, aproximación homeopática
del capitalista, átomo invisible del comerciante y pesadilla perpetua del
corredor y aun del agente, es numerosísima. La exclaustración, la ley de
mayorazgos y las once mil sociedades anónimas crearon esa nueva in­
dustria, que recibe sin embargo su mayor refuerzo en las prematuras ce­
santías de las oficinas del Estado. Las muertes repentinas que ocasionan
las reales órdenes no dan el tiempo necesario para asegurar la certeza de
la defunción, y como en el cementerio de las clases pasivas no se depositan
previamente los cadáveres, resulta que todos ellos son otros tantos Láza­
ros que van á resucitar á la Bolsa.
Allí se entregan....primero á ver, luego á escuchar, más tarde á oler,
y cuando empiezan á gustar el sabor de los negocios, tocan las ventajas
de alguna prima que apenas les alcanza en quinto grado de consangui­
nidad metálica.
Pero el zurrupeto, que parece el último habitante de la isla mercantil,
es siempre el primero en todos los negocios.
Antes de cruzar el golfo de la Puerta del Sol, ya ha leído los periódicos
extranjeros en casa de Monier y enterádose de los cambios de Amsterdam y de Edimburgo, sobre cuyas plazas ni tiene quien le dé ni quien le

A YE R , HOY Y M AÑANA

43

pida un ochavo de hierbabuena. Los artículos de fondo de la prensa ma­
drileña los sabe de memoria, porque dice que no es buen comerciante el
que no observa el rumbo de la opinión pública, para calcular la vida del
ministerio y las probabilidades del reemplazo, y todos esos datos sumar­
los juntos para ver si dan por resultado el alza ó la baja de los fondos.
Tampoco estas noticias le importan poco ni mucho, porque él no juega ni
la paga de cesante, que dicho se está que no es moneda corriente.
Un manojo de cartas y otro de papeles doblados á manera de póliza
son de rigor en el bolsillo del zurrupeto, y los saca sin cesar en presencia
de las gentes para darse un golpe en la frente, como si le pesara haberse
dejado en la cartera el más importante de todos. Si un amigo se acerca á
darle los buenos días y á informarse de su salud, le contesta al oído y con
cierto aire de misterio, ni más ni menos que si le hubiese propuesto algu­
na jugada.
Bullendo sin cesar y marchando de uno en otro corrillo pasa la maña­
na hasta las dos de la tarde que se dirige á la Bolsa, donde le veremos en
otra ocasión, porque ahora no podemos apartarnos de nuestro observa­
torio.
Hemos de seguir pegados al asfalto hasta que hayamos visto todas las
razas, y bien puede decirse que aún no hemos comenzado la tarea.
Prescindiendo de la isla funeraria, á la que abordan todos los músicos
trashumantes, ansiosos de oir doblar á muerto, y de otras varias islas cu­
yos habitantes han ido á poblar la plaza Mayor y otros diferentes lugares,
aún nos quedan las dos perlas del archipiélago, las dos poblaciones más
importantes del lago. Pasarlas en silencio equivaldría á suprimir, á borrar
del globo la Puerta del Sol, y no podemos hacerlo en conciencia. El golfo
del oro y el apostadero de la silla ministerial son los asuntos principales
del cuadro.
Empecemos por el oro, que á fe que siendo ricos podremos dar más lar­
go plazo á las esperanzas.
Engolfémonos en ese mar de riqueza con que nos brinda la falange de
los nuevos descubridores peruanos; convengamos con ellos en que nues­
tros padres fueron unos babiecas que perdieron el tiempo en contar las
siete cabrillas, sin ocurrirles bajar los ojos al suelo, donde habrían visto
lo que ya no es posible ocultar por más tiempo.
¡Pobres gentes, que expusieron su vida por buscar en el Perú cuatro
migajas de oro, y no vieron que al hacerse á la vela abandonaban una pe­
nínsula de plata!
Sombras ilustres de Cristóbal Colón, de Hernán Cortés y de Pizarro,
venid y prosternaos ante nuestra sabiduría minera, ante nuestra potente
brújula, que sin mover el pie del pedestal en que la dejasteis aguardando

44

ANTONIO FLORES

las flotas de América, ha sabido encontrar los verdaderos tesoros del mun­
do, y ya puede parodiar vuestro grito de «¡Tierra! ¡Tierra!,» gritando «¡Plata!
¡Plata! ¡Ya tenemos plata!»
Ya somos ricos, muy ricos, y no debemos á nadie nuestra riqueza. Ni á
los algodones catalanes, ni á los caldos andaluces, ni á los granos de Cas­
tilla. No hemos querido ser ni tejedores, ni vinateros, ni menos labriegos:
somos mineros.
Mineros, eso sí, y á mucha honra; porque no habrá quien compare el
producto que da una fanega de tierra sembrada de trigo ó de alfalfa, con el
que puede dar si se cava y se profundiza y allá en lo íntimo de sus entra­
ñas se descubre un filón de plomo argentífero ó de puro argento, que todo
puede suceder y sucede, y de menos, de mucho menos aún, nos hizo Dios.
Y una prueba de que esto es verdad es la de que parece imposible que
sean mentira todos esos mortales que danzan y bullen en el golfo del oro,
teniendo en la mano cada mendrugo de plata mayor que una libreta.
Acércate, lector; quiero que los veas y los oigas por ti propio para que
no me taches de exagerado y para que vayas haciendo amistad con ellos,
porque no ha de ser esta la única vez que hemos de hallarlos en nuestro
camino.
En la época actual, á cualquier punto que vayamos hemos de tropezar
con mineros explotadores de mineral, ó con mineros explotadores de la ex­
plotación de minas.
Estos últimos forman una inmensa mayoría; ellos son los que hormi­
guean en derredor del edificio de Correos, llenos los bolsillos de lastre mi­
neral y la cartera de inscripciones anónimas; ellos son los que poseen la
verdadera ciencia de hallar siempre el filón, y ellos, en fin, los verdaderos
hombres de este siglo minero.
Ya los veremos reunidos en junta general ó en junta de gobierno: los
mineros son tan aficionados á juntas y á discusiones y son tan diestros en
ellas, que arrrancan con un solo discurso quinientos ó más quintales de
plata de la más estéril de las rocas; pero no una plata de mala ley ni de
naturaleza cuestionable, sino acuñada en pesos duros mejicanos, capaces
de convencer y de confundir al más incrédulo de los mortales.
En la misma Puerta del Sol, al aire libre, sin pozos ni galerías subte­
rráneas trabajan á cielo abierto una porción de minas y descubren filo­
nes de una potencia enorme sin más trabajo que el de echar un barreno
al oído de los incautos.
Las voces más usuales en aquellos círculos son las siguientes:
« Vírgenes de la Zarza á 12.500.—San Antonios á 4.000.—Esperanzas
á 100 duros.—Un cuarto de Ilusión en 20.000 reales.—Media Santa Clara
en 700.—La tercera Nicolasa á 500....,» etc.

AYER, HOY Y MAÑANA

45

Y al recitar de semejante tarifa acompaña el misterioso descubri­
miento de un enorme pedrusco recién llegado á la plaza y que viene
anunciando un fortunón disparatado.
Se trata de un riquísimo criadero de plata nativa que buscando setas,
por ejemplo, descubrió un pobre pastor, al cual cuatro amigos le compra­
ron el secreto en cuatro ó cinco ó diez ó doce mil duros; la cantidad no
hace al caso, aunque es el único mineral positivo que se ofrece á la vista
del comprador. Por supuesto que no se ha querido dar participación sino
á los amigos, ni se han emitido más que cien acciones repartidas como
pan bendito entre diez sujetos. Hay pedidos á docenas, y hasta el gobier­
no quiere tener participación en el negocio; pero todos quedarán iguales,
porque ese tesoro se guarda para los amigos.
Si los que escuchan la historia del criadero son capaces de hallar otro
pastor que buscando setas se hunda en plata hasta la rodilla, se sonríen
y el barreno no da resultados. Pero el verdadero minero no gasta la pól­
vora en salvas, y cuando agarra la mecha, el golpe es seguro. Difícilmente
dejará de oirle algún honrado propietario, de aquellos bienaventurados
mortales que el año de 1808 pusieron sus economías dos varas debajo de
tierra, y cuatro años después tres varas más hondas, y en 1820 no se ha­
ble, y cuando entraron los Angulemas no se diga. A esos inocentes ancia­
nos, que cuando oyeron hablar de donativos patrióticos echaron cinco
llaves á la gaveta y al nacimiento del sistema tributario estrenaron un
cerrojo de quince pulgadas de grueso, les ha trastornado el cerebro el hu­
mo del carbón de piedra, y revoloteando como las mariposas en derredor
de la luz del gas, maldicen la crisálida del obscurantismo y abogan por las
minas, apenas curados del descalabro de las sociedades anónimas.
Para éstos descubrió la mina el pastor, y éstos son los que tienen la in­
gratitud de trocar los retratos de á trescientos veinte reales que les deja­
ron sus amados monarcas Carlos III y Carlos IV por un pedazo de papel
continuo, perfectamente litografiado y lleno de rúbricas y jeroglíficos.
A sus casas vuelven todos los días cargados de ilusiones y ricos de es­
peranzas, con cuatro ó cinco onzas de menos en los bolsillos del chaleco
y veinte ó veinticinco libras de más en los de la levita ó la casaca.
De lo que pasa allí dentro nada podemos decir en este cuadro, y lo de­
jamos para más adelante que pensamos hacer la obra de caridad de es­
cribir una completa historia del minero.
Otro sacrificio no menos meritorio nos falta que hacer antes de termi­
nar el presente retablo. Hemos ofrecido asomar las narices al apostadero
de la silla ministerial, y ya no tiene remedio. Es preciso dejarse llevar
por las circunstancias y situarse en el esquinazo de la calle del Carmen,
ó mejor dicho, en el primer tercio de la calle de la Montera.

46

ANTONIO FLORES

Aunque la nave del Estado vaya en bonanza, milagro que rara vez
acontece, y esté en calma el siempre proceloso mar de las pasiones polí­
ticas, el barómetro del apostadero señala nublado ó vario ó tempestad,
y en una palabra, crisis. Los habitantes del apostadero no saben vivir fuera
de ese elemento; necesitan la crisis como el pez necesita el agua y el pes­
cador las grandes avenidas del río. Y esa necesidad es muy natural; se
comprende con sólo saber que ninguno de aquellos isleños es ministro,
ni siquiera subsecretario, ni aun director, y si ustedes me apuran, ni es­
cribiente de dirección.
Figúrense ustedes, y se figuran la purísima verdad, que toda la gente
que allí se reúne es mayor de edad, y libre por lo tanto para gastar su
hacienda como mejor les plazca. Su hacienda es el tiempo, y le emplean
en tomar el sol en invierno y la sombra en verano, quitando y poniendo
ministros, sublevando provincias, levantando partidas de facciosos y tra­
zando conflictos internacionales.
Al forastero que cruza por entre aquellos grupos se le antoja que son
otras tantas cuadrillas de vagos que están allí pasando el tiempo como
pudieran pasarlo en presidio ó en cualquier otro entretenimiento parecido,
y resulta que el forastero se engaña como un chino, que, á decir de las gen­
tes, casi siempre engañadas por los hijos del Celeste Imperio, son los ma­
yores bobalicones del mundo.
Los vagos del apostadero ministerial son gente tan aplicada, que el
menos trabajador se atreve á tomar sobre sus hombros y aun á pechos la
presidencia del Consejo de ministros. Todos ellos son como el verdadero
aficionado á la caza, que cuando no puede echarse á la cara reses mayo­
res se va al soto á buscar conejos, ó sale á matar perdices, y á falta de
éstas va amatar vencejos, y por último, si no hay más que gorriones, á
los gorriones tira, que no es cosa de volverse á casa con el morral vacío.
El verdadero habitante del apostadero sale á cazar noticias, y si es
tiempo de veda en el campo ministerial, dirige la puntería á las provin­
cias ó al extranjero, y caza lo que se le presenta para no volver á su casa
desprovisto de noticias.
Acércase al primer grupo de amigos y les saluda diciéndoles:
— ¿Qué tenemos?
— Usted dirá— le responden.
— Yo no sé nada—replica sonriendo.— Anoche á última hora se dijo
si había crisis; pero yo no lo creo.
Aún no ha pronunciado la palabra crisis, cuando se destaca del grupo
algún amigo, y acercándose á otro corrillo dice con aire de misterio:
— ¡Señores, noticia: el ministerio está en crisis!
— ¿De veras?— le preguntan.

AYER, HOY Y MAÑANA

47

—Era de esperar—dicen otros.—¿Salen todos?
—Todos.
—¿Y quién entra á reemplazarlos?
—No se sabe.
—Calle usted—replica algún observador.—Yo he visto hace cosa de una
hora pasar hacia palacio y muy de prisa el coche del general E....Tal vez.....
Antes de que el observador acabe de explanar sus conjeturas, ya se
ha separado del corro un sujeto que se acerca á otro grupo diciendo:
—¡Conque ya tenemos nuevo ministerio!....
—¡Noticia fresca!—le replican.—¡Si ayer trajo la Gaceta los nombra­
mientos !
—Pues está usted tocando el violón; ese ministerio ha caído.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo.
—No puede ser; acabo yo de ver á....
—A quien usted quiera. Lo que yo aseguro á usted es que está forman­
do gabinete el general E....
—¿Y se sabe con qué personas cuenta?
—Es natural que lleve para Estado al marqués de M....
—¡Valiente calabaza!
—Para Hacienda á J ....
—¡Santa Bárbara nos asista!.... No van á quedar ni los ochavos de tan­
teo para el tresillo.
—En Gracia y Justicia entrará L....
—¡Qué disparate!.... Harán renuncia todos los magistrados.
—¿Y por qué ? Es de la carrera.
—Tiene usted razón ; estudió leyes, y al único reo que defendió como
abogado, pedía el fiscal la inmediata y le ahorcaron de resultas de la de­
fensa.
—Eso no tiene nada que ver para que sea buen ministro.
—Verdad es. Siga usted diciendo. ¿Quién cree usted que entrará en
Guerra?
—El mismo E...... que tendrá esa cartera y la Presidencia.
—¿Y en Marina?
—El general M....
—¿Y en Fomento?
—El general H....

—¿Conque cree usted que habrá tres generales?
—¡Como no sean cuatro ó cinco!
—¡Càspita!.... Pues entonces ¿harán ministro de Gracia y Justicia á al­
gún general?

48

ANTONIO FLORES

— ¡No! Pero si el general R
queda sólo con la Presidencia, y en el mi­
nisterio de Estado no entra el marqués....
Tampoco esperan los de este grupo á que acabe el preopinante de dis­
currir sobre lo que podrá suceder en la formación del ministerio, y acer­
cándose á los demás corrillos, agitados ya con la noticia de crisis, dicen:
—¿Conque saben ustedes ya los nombres de los nuevos ministros?....
— ¿Es cosa segura?
— Me acaba de afirmar persona que tiene motivos para saberlo que
juran dentro de media hora.
—¿Y quiénes son ellos?.... ¡Vengan, vengan!
— Guerra con la Presidencia, R ....; Estado, el marqués de M....¡Hacien­
da, J.... ; Gracia y Justicia, L .... ; Marina, M...., y Fomento, H....
— ¿Y Gobernación?
— No se sabe.
— Pues falta lo mejor.
— Echarán mano de algún general.
— Es probable.
— Pues dígole á usted que será cosa de que todos aprendamos el paso
de ataque y la carga á once voces.
— Amigo mío, es preciso andar con las circunstancias.
— ¿Y cree usted que esta gente resolverá la cuestión?.... ¿Durarán mu­
cho?
— Lo que la sal en el agua.... Este ministerio nace muerto.
— ¿Tendrá mayoría en las Cortes?
— ¡Que ha de tener!.... ¡Ni veinte votos!
— ¡Bah!.... ¡Como den turrón/....
— No sea usted niño
Aunque den turrón
se lo comerán, y luego
á buscar otro padrino.
— Pues tendrán que disolver las Cortes.
—¿Quién lo duda? ¡Pues si este Congreso nació muerto!
— En ese caso dígole á usted que para elecciones no nos alcanza el
tiempo.
Y así, ni más ni menos, continúan conjeturando los del grupo acerca de
la conducta que seguirán en el poder aquellos hombres que el mentidero
de la Puerta del Sol acaba de elevar á los primeros puestos de la nación.
De una noticia de crisis negativa, de un hombre que llega diciendo
que ha oído hablar de crisis, pero que no lo cree, se ha formado un com­
pleto y al parecer positivo cambio ministerial. Y lo más chistoso del caso
es que al mismo autor de la inocente noticia se la devuelven tan aca­
bada y completa que le es imposible adivinar su origen y la da entera fe
y crédito.

AYER, HOY Y MAÑANA

49

El mismo rumbo lleva cualquier otra noticia sobre aparición de fac­
ciosos ó cosa por el estilo. De doce pasan á ser doscientos y acaban en
ocho mil, á cuyo número el autor de la noticia añade los doce que á él le
constan, y vuelve á su casa con ocho mil facciosos más.
Son las noticias en esos mentideros lo mismo que las bolas de nieve:
se sueltan como un garbanzo y cuando acaban de rodar tienen el volu­
men de una montaña.
Excuso decir á ustedes lo que crecen después que salen del apostadero
hasta que llegan á las columnas de los periódicos.
Y mientras los políticos baten el cobre en el apostadero, siguen cru­
zando el lago y haciendo conversiones de sol y sombra los demás parási­
tos de las islas inmediatas, mirando al reloj cada vez que repite la hora,
esperando que sea la una para ver salir la gente de la misa del Buen Su­
ceso. y resignándose á continuar allí hasta las seis de la tarde, á cuya
hora parten los correos, siempre favorecidos por una extraordinaria é in­
cansable concurrencia de ociosos, que todos los días parece que ven por
primera vez rodar un carruaje.
El negociante perrero, que desde que la célebre Mariblanca se retiró
del bullicio del siglo á la soledad de la plazuela de las Descalzas es la
figura más importante de la Puerta del Sol, sigue inmóvil, con su alforja
llena de habitantes del Nuevo Mundo ó de peninsulares rebajados; que
esto de hacer pasar un perro de lanas crecedero por un americano lilipu­
tiense y teñirle la piel hasta dejarle negro como el ébano, es el gato por
liebre del comercio canino.
Nunca pregona su mercancía, y aun hay quien dice que le ha visto
enternecerse cuando ha tenido que hacer el sacrificio de cambiar un
perro por una onza de oro; pero esto no se sabe de cierto, y no falta quien
diga que no llora el perrero, sino el marido de la señora que compra el
perro; cosa muy natural, no por el dinero, sino por los pobres animalitos
que están sujetos á un tráfico capaz de excitar el día menos pensado la
filantropía de los ingleses, gente tan humana y tan compasiva, que por
acudir al socorro de los negros tiene la abnegación de ver morir de ham­
bre á sus propios hermanos los blancos de Irlanda y aun á los mismos
bretones.
Los demás negociantes de la Puerta del Sol son todos negociantes de
poco pelo. Aguadores, fosforeros, bolleros y algún otro vendedor de papel
cortado para cartas; industria tan moderna como la de escribir, que en
cierta clase de gentes tiene muy poca antigüedad.
Pero cuando en este asunto y en otros comparamos el estado de hoy
con el de ayer , nos parece que estamos un paso del mañana.
Y esto es tan cierto, que antes de pasar adelante en estos cuadros del
Tomo II

4

50

ANTONIO FLORES

presente, vamos á echar una mirada retrospectiva para que el lector
pueda medir por sí propio el camino que hemos andado en estos últimos
años.
Antes de desplegar los grandes lienzos de la colección, bueno será
que nos entretengamos en dibujar el cuadro de la transición de lo pasa­
do á lo presente, empezando por abrir el testamento ele D. Cándido Re­
troceso, que, como sabe el lector, falleció de una pulmonía francesa el
año de 1808.

CUADRO V

U N R E A L I S T A Y U N D O C E A N IS T A

Dos cantidades iguales á una
tercera, son iguales entre sí.

Aún no soñaban los modernos domadores de fieras en degradar la
noble alcurnia de los tigres y de los leones hasta el punto de encerrarlos
en una misma jaula con las ovejas sin el menor sobresalto de estas últi­
mas, cuando ya se habían llevado á cabo diferentes maridajes entre ani­
males de distintas especies y de diversas inclinaciones.
Las líneas divisorias que Buffon, Cuvier y otros naturalistas de fama
habían echado entre los carniceros y los herbívoros, no valían de nada al
pastor que criaba un lobeznillo para aeurrucarley dormirle cuando fuera
anciano entre el rebaño de sus queridas ovejas, y la beata que en sur
ratos profanos domesticaba los ratones y apaciguaba la fiereza del gato,
hasta el punto de hacerlos que comiesen en una misma cazuela, se reía
de las antipatías de que hablaban los libros y daba un solemne mentís á
todos los Buffones del mundo.
Ha mucho tiempo ya que no es cierto aquello de que el perro y el
gato no caben en un mismo plato, y es cosa sabida que, como dijo el otro,
y el otro era un francés según se ve por la muestra, il ne fciut q' une instant pour u n ir deux belles ames.

52

ANTONIO PLORES

Sí, amigo lector; es cosa sabida que dos almas nobles se unen en me­
nos que canta un gallo.
La cuestión no estriba en otra cosa que en hallar un corchete; por lo
demás, nada es más cierto que lo que te digo. El mundo se compone de
quebrados que andan rodando hasta convertirse en enteros: si coges un
cuarto y le añades otro, no harás más que medio; pero si le buscas tres
cuartos, tendrás un entero.
Esta es la teoría del matrimonio, y ya habrás visto que para que haya
una simpatía perfecta no se han de buscar dos genios simpáticos, sino dos
genialidades distintas, que á fuerza de estar tirando y aflojando resta­
blezcan el equilibrio.
¿Quien ha visto lucha más encarnizada que la de dos gallos dentro cle
un mismo gallinero? Y sin embargo, ¿hay nada más igual á un gallo que
otro gallo?
Todo esto te lo digo porque supongo lo que estarás diciendo desde
que hayas visto el título de este cuadro.
Creo que estarás asustado de que me haya atrevido á bosquejar en un
solo lienzo dos enemigos tan irreconciliables como son el realista y el
doceañista; pero aún pienso que sea mayor tu asombro al decirte que por
ellos he añadido aquel axioma matemático de que «dos cantidades iguales
á una tercera, son iguales entre sí.»
Y tan cierto es que á ellos aludo, que este cuadro no tiene otro objeto
sino el de probar la identidad de esas dos criaturas, que habiendo nacido
gemelas, se han empeñado en andar siempre reñidas, haciendo el Jacob
y el Esaú ó más bien el Caín y el Abel de la historia.
No soy yo, sin embargo, quien ha de hacer el paralelo entre ambos
pretendidos rivales; procuraré retratar al uno y al otro con la mayor im­
parcialidad, y tú, lector, serás el juez del campo.
Cuando el trabajo esté concluido tomarás un espejo para que veas si
siendo iguales entre sí pueden dejar de ser iguales á un tercero. Lo único
que te advierto, y bien pudiera tener esta advertencia por excusada, es
que mis retratos no son políticos, por más que lo sean los originales re­
tratados.
También quiero que sepas que no he ido en su busca, sino que ellos
me han salido al encuentro.
Los he tropezado en la testamentaría de D. Cándido Retroceso y me
han seguido á todas partes.
Sin ellos me sería imposible trazarte un ligero bosquejo de lo que ocu­
rrió para que dejásemos de ser lo que éramos en 1800 y para que seamos
lo que somos en 1850.
Para lo que hemos de ser en 1899, ni quita ni pone su presencia. Son

AYER, HOY Y MAÑANA

53

dos guarismos políticos de que vamos á hacer una abstracción completa
en la futura revolución matemática.
El primero, D. Plácido Regalías y Privilegios, vino al mundo en el
año de 1785; faltábanle veintidós meses no cabales para cumplir vein­
ticinco años antes de la entrada de los franceses en España, y como
muchacho menor de edad no supo lo que se hizo al oponerse á cuanto
quiso hacer José Bonaparte, y llevó sus calaveradas hasta el punto de
apellidarle Pepe Botellas.
Tampoco el segundo, D. Restituto Igualdades y Garantías, era mayor
de edad cuando estalló la guerra de la Independencia, y cometió el dis­
parate de enamorarse del emperador hasta el punto de seguirle á Fran­
cia, riéndose de la nota de afrancesado con que le motejaban sus com­
patriotas.
Nota injusta en verdad, porque Restituto amaba y aun había defendi­
do la independencia de su patria, y sólo era adicto al intruso monarca
porque le creía destinado por la Providencia y hasta llovido para labrar
la felicidad de los españoles.
Hasta entonces Plácido y Restituto habían vivido como dos buenos
hermanos, mamando la misma leche de dos madres igualmente católicas,
apostólicas, romanas, y á mayor honra y gloria de Dios y de su amado
monarca, realistas hasta la medula de los huesos; estudiando poco, y en
latín para que abultase menos, con los mismos frailes; dejando de leer los
mismos libros, y sacando, por consecuencia, de una idéntica educación
idénticos resultados.
Aún no habían cumplido quince años de edad, cuando les heló la san­
gre saber que en Francia, en un país que apenas sabían buscar en el
mapa, habían degollado un rey, y que había un tribunal revolucionario,
que con razón se les antojó compuesto de antropófagos, que mataba las
gentes como á chinches.
Entonces alzaron la vista al cielo, rezaron un Pater noster por el alma
del difunto monarca, le mandaron decir media docena de misas, y salie­
ron á la calle á descubrirse respetuosamente en presencia del suyo y á
besar la mano á los frailes inquisidores que hallaron al paso.
D. Cándido Retroceso gozaba en esa época de una perfecta salud, y
veía medrar á Plácido y á Restituto á la sombra de los conventos, satis­
fecho y tranquilo, sin ocurrirle pensar en que pudiera existir Napoleón
Bonaparte ni menos que éste supiera la existencia de España.
Tenía D. Cándido trazado á su modo el destino del siglo xix, que no
era por cierto el de los fósforos, ni el del gas, ni el de los caminos de
hierro, y pensando seriamente en la suerte de los dos muchachos dedicó
á Plácido á la abogacía y á Restituto le hizo médico.

54

ANTONIO FLORES

Aquí clió principio la separación de aquellos dos seres, amamantados,
criados y latinizados tan de común acuerdo, que ya habían cumplido
diez y ocho años de edad y aún eran gemelos en genio y en aspira­
ciones.
La primera división que se estableció entre ambos fue la de que Restituto al hablar del Criador del mundo le llamaba Ser Supremo, y Plá­
cido le seguía conociendo con el nombre de Dios, en lo cual daba no
poco gusto á D. Cándido. Pero aún esa metafísica divergencia, que más
tarde tomó, ¡pásmense ustedes!, unas proporciones colosales, hasta el
punto de caracterizar y hacer dos grandes escuelas y dos grandes par­
tidos, no tuvo consecuencia alguna en la identidad absoluta de los ge­
melos.
Plácido sabía más de teología que de jurisprudencia y rociaba con el
vinagrillo de los Santos Padres las pestilentes doctrinas del presunto
Esculapio, y Restituto, que tenía sus temores de hacerse materialista, se
cargaba de fe para ahuyentar la materia, y más aprendía de medicina
revelada que de verdadera medicina.
Así las cosas, quedóse D. Cándido, como ya dijimos en el último cua­
dro de la primera parte, dormido con la ventana abierta, y por el lado de
los Pirineos le entró una pulmonía francesa que le quitó la vida por ins­
tantes.
Sólo tuvo tiempo para hacer el codicilo de que ya tiene noticia el
lector, y sus herederos Plácido y Restituto le lloraron juntos mientras
estuvo de cuerpo presente el cadáver; y luego....luego hicieron lo que
todos los que heredan: regañar sobre quién ha de llevarse la mejor
parte.
Y he aquí el origen de mis dos personajes.
Hijos de un fanático, cada cual dió distinto rumbo á su fanatismo;
pero ninguno dejó de ser consecuente con la educación que había reci­
bido en sus primeros años. .
Ambos siguieron siendo honrados, virtuosos y buenos, é intolerantes
ambos, que ésta fue la manzana de su discordia, la intolerancia.
Hasta el día de su muerte hubieran podido marchar juntos si hubie­
sen sabido tolerarse mutuamente sus defectos; pero no lo hicieron así, y
por eso andan errantes cada cual por diverso camino, viniéndose á las
manos á cada momento.
Hoy están muriéndose de viejos y aún siguen irreconciliables, cre­
yendo que el mundo es pequeño para los dos.
Sus hijos, en cambio, conservan las mismas denominaciones y pre­
tenden estar en distintos bandos; pero el hambre les ha enseñado á ser
tolerantes y comen en el mismo plato.



AYER , HOY Y MAÑANA

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Conservan las mismas banderas, aunque no tan limpias como las
tenían sus padres, y se baten cuando llega el caso; pero viven juntos,
viajan juntos, y yo tengo para mí que están esperando á que sus padres
bajen al sepulcro para darse un abrazo y refundirse en una sola familia,
que no será ninguna de las antiguas.
Si lo hicieran hoy , que aún viven los hombres de ayer , sería una
imprudencia; sería atentar contra la vida de los pobres ancianos: lo ha­
rán mañana , que como época nueva no pertenece á los unos ni á los
otros.
Pero volviendo á nuestros personajes, diremos que por el bien pare­
cer y por el qué dirán no rompieron lanzas hasta el año de 1810, en que
tras de las juntas supremas había venido la central y luego la regencia
y por último las Cortes, á cuyo nombre se entusiasmó D. Restituto y
torció el gesto D. Plácido.
Y desde ese día, tirando cada cual por su lado, rompieron los galgos
el collar con que habían marchado unidos hasta entonces.
Pero ya eran mayores de edad el uno y el otro, y como el hábito no
hace al monje, han conservado siempre los mismos defectos y las mismas
virtudes, y sobre todo la misma intolerancia.
La única cualidad que los separa un tanto es la consecuencia del uno
y la inconsecuencia del otro.
D. Plácido, forzoso es confesarlo, ha sido más consecuente que su
hermano.
Dijo que no quería alterar ni un punto lo que le había dejado su
padre, y que si daba algún paso sería hacia atrás, y con efecto, no ha
dado un solo paso hacia adelante. Cuando ve la luz de gas se cubre los
ojos y se santigua como si fuera un relámpago; no coge un periódico en
la mano ni para envolver especias, y se tapa los oídos cuando oye el sil­
bido de una locomotora, diciendo tres veces «¡Jesús! y haciendo la cruz
como si viera al demonio.
D. Kestituto, por el contrario, dió libertad á la imprenta, y echó á
correr asustado de su obra, como el alguacil que entrega la llave del toril
para que suelten el toro; ofreció reformas hasta el punto de comprar su
cacho de tela colorada para hacerse el gorro frigio, y aún no había prin­
cipiado la obra, cuando empezó á refrenar el carro de la revolución,
diciendo «¡Jesús me valga!» y haciendo la cruz, deslumbrado con los
resplandores de la antorcha de la civilización que él propio había en­
cendido.
De manera que hoy se encuentra de nuevo junto á su hermano, sin
saberse explicar si es él quien ha retrocedido ó es el otro el que ha avan­
zado.

56

ANTONIO FLORES

Y á pesar de todo esto, no se hablan ni se miran siquiera y estái
como verdaderos perros y gatos.
Han tenido sus diferentes alternativas de mandar y de ser mandado:
el uno por el otro; han apaleado y se han dejado apalear; han lieclu
emigrar y han emigrado, y por último....hace muchos años que vienei
jugando á perseguidores y perseguidos, como veremos en los cuadro:
próximos.

_

Voy á aumentar, y lo siento, el producto de una de las rentas más
vergonzosas que constituían en 1850 el pingüe mayorazgo de la nación
ibera.
Con estos cuatro números que forman el título del presente cuadro
harían los suscriptores aficionados cuatrocientas combinaciones, y alguno
habría que los jugase mondos y lirondos, á palo seco, ó á temo y ambo,
lamentándose y teniéndome por un menguado por haber omitido el
quinto; pero se engañan si creen que ha sido olvido lo que ha sido hecho
á todo intento.
A la boca del bombo político ha estado una vez la bola; pero como
los globos de esta lotería son de cristal, la vieron los jugadores, grita­
ron, se alborotó el cotarro y la echaron de nuevo al fondo hasta mejor
ocasión.
Hoy por hoy, en buen hora lo digamos, aún no han salido más que
cuatro extractos:
El de 1812, el de 1820, el de 1837 y el de 1845.
Sí, amigo lector; cuatro veces hemos encantarado los destinos de la
patria, y otras tantas hemos sacado á pulso una Constitución hecha y
derecha.
Y no creas que vinieron nunca á meter la mano en el bombo los niños

58

ANTONIO FLORES

ele los Desempañados ni otros angelitos por el estilo, sino hombres gra­
nados y talludos, mayor de veinticinco años el que menos, y todos elegi­
dos por sus propios paisanos.
Si en estas loterías tomásemos en cuenta una extracción masculina,
por mal nombre llamada el Estatuto, aún podríamos dar gusto á los ju ­
gadores, completando el quinterno; pero la hemos echado al fondo, como
á la otra bola que no ha mucho tiempo quiso salir premiada. Nos sobra y
nos basta con las cuatro citadas, de las cuales no hemos de tomar otra cosa
que las fechas para ponernos de cuatro brincos en la época presente.
Ellas se han guardado mucho de ponerse en rigurosa práctica, y nos­
otros tendremos buen cuidado de no decir el porqué no se han observado
y cumplido y de callar lo que hubiesen sido si los hombres las hubieran
observado.
El autor de estos cuadros no es aficionado á juzgar por intenciones,
que á serlo empezaría por rogar á sus lectores que le tuvieran por el
hombre de mejor intención en cuanto á desear escribir mucho y bueno;
pero como el hombre propone y Dios dispone, resulta que deseando el
autor escribir un cuadro cada día, enferma y pasa dos meses sin dar una
sola plumada.
Y he aquí lo que podrá muy bien haber sucedido á los autores de las
Constituciones; habrán enfermado, y los mejores propósitos y los más
bellos programas no han podido realizarse.
Dios mejorará sus horas, si lo creyere justo; mientras tanto daremos
cuatro brochazos acerca de los cuatro números premiados:
El 12, el 20, el 37 y el 45.
Ya conocen ustedes á D. Restituto: pues figúrense que siendo su ape­
llido Igualdades, buscó una esposa que se llamaba Libertades patrias, y
de este matrimonio le nació una hija que recibió el nombre de Constitu­
ción del año doce.
Aquí tenemos ya el primer extracto.
¡Ahora díganme ustedes si es posible que haya un padre tan desna­
turalizado que deje de amar con delirio, con pasión y hasta con cegue­
dad al fruto primero de unos amores tan castos, nobles y dignos!
Restituto era todo un hombre de bien, y trató lo primero de ser con­
secuente con su nombre de pila, restituyendo á los pueblos sus antiguas
venerandas Cortes, sus fueros y libertades. Casado con estas últimas,
pidió fruto de bendición á grandes voces y en no pequeños discursos y
amó á la hija de sus entrañas con todo el delirio de un buen padre.
¿Hay en esto nada de particular? ¿Habrá quien diga que semejante
amor no es racional y justo? Ustedes responderán que no, y sin embargo
se engañan.

AYER, HOY Y M AÑ AN A

59

D. Plácido, su hermano gemelo, le maldijo, y de Pílades y Orestes 6
de Justo y Pastor que habían sido hasta entonces, se convirtieron en
dos encarnizados rivales, viniendo á ser un nuevo Caín el uno del otro.
Ya no era Eestituto ni virtuoso ni honrado ni buen esposo ni buen
amigo, y á pesar de que Plácido le había visto recibir el agua del bautis­
mo, se obcecó hasta el punto de negarle el título de cristiano.
Ambos quemaron las naves para no arrepentirse de su juramento, y
lo que juraron fue no volverse á saludar en esta vida. Nada dijeron de la
otra, porque cada cual cree que á su contrario le está reservado el infier­
no y ambos piensan que para sí está guardada la gloria.
Pero al nacimiento de la niña, Eestituto estaba comiendo el pan de
la boda y no se acordaba de la maldición de su hermano.
Embriagado con las dulzuras de la paternidad, no pensaba en otra
cosa que en recibir felicitaciones de los amigos y en hacer caricias al
rorro.
Llevaba un ejemplar del nuevo Código en el bolsillo y le repasaba á
todas horas, primero para aprenderle de memoria, y luego para que no
se le olvidara lo que había aprendido. Tenía la portada en un cuadro con
lazos verdes, y es fama que nunca se quedó dormido sin meter el Códi­
go debajo de la almohada.
Despertábase á cada momento sobresaltado y soñando que se le había
perdido, y era tanto su amor, que hay quien dice que de tanto.guardarle
y esconderle le ahogó entre sus brazos.
Indudablemente no murió la niña á manos de los contrarios de su
padre, sino que la quitó la vida su propia coquetería y su constitución
demasiado nerviosa.
Dijo que daba carta blanca á todos los hombres para que la escribie­
sen cuanto les diese la gana, y apenas recibía unas epístolas poco galan­
tes y aun ciertos requiebros fuertes, se asustaba, perseguía á los amantes
y le daba el ataque de nervios.
A pesar de que llevaba el apellido Igualdad, excluyó del número de
sus adoradores á los africanos porque eran morenos, y les mandó que
fuesen á hacer méritos y virtudes y que probaran ser hijos de padres in ­
genuos, con otras gollerías por el estilo.
Plácido no se valió de las armas que le daba su propia sobrina, sino
que agarró una espada y se lanzó á hacer el Viriato por montes y veri­
cuetos.
La tizona y el crucifijo eran su código fundamental, y tampoco se
dormía sin tener la primera junto á la almohada; hasta que por fin mu­
rió la niña y se acabó la historia del año 12, para resucitar en 1820.
Y he aquí el segundo extracto de la lotería constitucional:

GO

ANTONIO FLORES

Ya hacía algún tiempo que la niña había resucitado, cuando el mo­
narca se acercó á olería, la reconoció y la declaró hija suya.
A D. Restituto le pareció excelente sujeto el tutor de la chica; dijo
muchas veces y á grandes voces «¡Viva el rey constitucional!» y se ten­
dió á dormir á pierna suelta, pero siempre con el Código debajo de la
almohada.
No tenía el menor recelo, ni le ocurría pensar en que pudieran robar­
le nuevamente la criatura; pero trató de evitar un por si acaso, y al efec­
to no paró hasta que hubo convertido todos los reales en nacionales
(cambio de nombre á que dió gran importancia), y á mayor abundamien­
to hizo que toda la gente de su casa estrenara vestidos verdes, y aun él
mismo se mandó hacer un frac del propio color, que lució á manera de
trágala por delante de la casa de D. Plácido; el cual, forzoso es decirlo,
aunque andaba á salto de mata, siempre que tropezaba á su antiguo
amigo estornudaba como para llamarle negro, refrendando de este modo
su patente de blanco y con más fe en su estornudo que en una descarga
de metralla.
Restituto le devolvía los estornudos, cantándole el trágala todas las
noches debajo de los balcones, y el pobre Plácido mordía las sábanas de
coraje cada vez que oía aquello de
«Tú que no quieres
Constitución,
trágala y muere,
vil servilón.»

Con esto y con poner cuatro velas de cera delante de los retratos de
sus héroes y pasearlos en triunfo por las calles, creía Restituto tan ase­
gurada la libertad, que dió poca importancia á la desamortización de los
bienes de los frailes y á las demás leyes económicas, verdadero objeto de
su bullanga política.
Con haber añadido á la gracia de Dios la gracia de la Constitución,
haber suprimido los reales en las muestras de los estancos del tabaco y
juegos de billar y vuelto á levantar los edificios que habían sido demoli­
dos el año 14 por el grave delito de encerrar en sus cimientos un ejem­
plar de la Constitución del año 12, ya no tenía cuidado ni temor alguno.
Y si algún recelo pudiera quedarle, el establecimiento de las socieda­
des secretas vino á llenarle de paz y de tranquilidad.
A la garantía constitucional de su frac verde añadió un martillo de
marfil por puño de su bastón, y formando triángulo con otros dos
amigos, el compás de la secta masónica le daba la medida de su feli­
cidad.

AYER, HOY Y MAÑANA

61

Si á esto añaden ustedes el fusil que le dio la patria para que la de­
fendiera en casos urgentes y la sirviese á todas horas en cosas de ningu­
na urgencia, se convencerán de que tenía razón para estar tranquilo y
sosegado y para seguir echando la siesta con su adorado Código por
almohada.
Si seguía persiguiendo sin tregua á D. Plácido, era una gollería hija
de la idea que tenían ambos de que ó el uno ó el otro estaban de sobra
en el mundo.
Pero esa persecución y ese encono eran su sueño dorado, y en vez de
llamar á cuentas al amigo, haciéndole gozar, para que se aficionara, las
dulzuras de la libertad, le seguía cantando el trágala y le llamaba 'palo­
mo; y por iiltimo, el otro, que á decir verdad lo estaba deseando, volvió
á empuñar el Cristo en la izquierda y la Santa Bárbara en la derecha y
se lanzó á la segunda jornada.
El rey, que seguía siendo constitucional de muy buen grado, se equi­
vocó al guiñar el ojo, y en vez de dirigirse á Restituto, le hizo la seña á
Plácido, y éste á los suyos, que como eran pocos se trajeron unos cuan­
tos de Francia, y cayó enferma la niña.
Hubo junta de médicos; estuvieron, como de costumbre, discordes, y
prevaleció el dictamen de que la chica fuese á tomar los aires de Cádiz.
Allí se declaró la enfermedad mortal y murió.... ¡Vaya si murió!....
Pregúntenselo ustedes á los muchachos de entonces, á quienes Restituto
había redimido de la pena de azotes, que cantaban desconsolados aque­
llo de
«Compañero, no alborotes,
estudia sin dilación,
que ya no hay Constitución
y volverán los azotes.»

D. Plácido, que fue el enterrador, podría darnos mejores informes;
pero ya nos los dará en el cuadro próximo.
Ahora seguiremos jugando los extractos de la lotería constitucional.
Allá va el 37, que aunque ya desde el año 30 andaban metiendo la
mano en el bombo, no le atraparon sino siete años después.
A este número no había jugado D. Restituto, el cual han de saber
ustedes que seguía apuntando el 12, sin que hubiera fuerzas humanas
que le hicieran cambiar la cédula.
Ni porque se le dijo que su Código era malo para aquella época, cosa
que le hizo poner el grito en el cielo, ni porque se trató de consolarle
volviéndole la oración por pasiva y diciéndole que el Código era dema­
siado bueno para una época tan mala, de ninguna manera pudo lograrse
que desistiera de su empeño.

\

G2

ANTONIO FLORES

Un solo medio había, y ese fue el que se puso en juego para que tran­
sigiera con la reforma de la que él quería conservar pura y neta. Ese me­
dio es el que se usa vulgarmente para que se duerman los niños: darles
miedo con el coco.
El coco de D. Eestituto era D. Plácido, que andaba de monte en
monte y de pueblo en pueblo atronando el valle y la selva con sus gritos
de ¡Viva el rey! y ¡Muera la nación!, sin ocurrirle al dar esta sentencia de
muerte rezar un Pater noster por su alma, que no por ser realista deja­
ba de ser nacional y ciudadana.
El temor de que las discordias del partido liberal diesen el triunfo al
servil, hizo que Eestituto saliera de sus trece, desistiendo por fin del
año 12; y aunque de dientes adentro jamás reconoció por hija suya la
Constitución del 37, juró guardarla y observarla, y así lo hizo, pero sin
dejar de dormir sobre el Código adorado.
Su edad por una parte, que sin ser decrépita era avanzada, y por otra
el no ser exclusivamente suya la nueva jugada, le colocó en una posición
harto secundaria, en la que, sin embargo, hacía muchas veces el princi­
pal papel, comunicando con sus peroratas una gran fe en los principios
á los nuevos liberales. Pero éstos, que ya habían olido al nacer el carbón
de piedra y cuya madre no necesitó pajuela para encender la vela de San
Eamón, deslumbrados con la luz del fósforo no vieron otra cosa que el
tanto por ciento, y en vez de adorar el Código fundamental adoraron las
cotizaciones de la Bolsa, fundamento de su riqueza.
Creyeron que á Eestituto, su padre legítimo, no podían darle mejor
oficio que el de hacerle guardián de la Fe, y se la entregaron por com­
pleto, nombrándole patriarca y santón del gremio constitucional y per­
mitiéndole que fundase una sociedad de veteranos y que comprase un
carro fúnebre. La indirecta no podía ser menos disimulada, y mientras
Eestituto iba llevando al compás del himno de Eiego todos sus antiguos
compañeros al campo santo, ellos iban labrando con los materiales de la
incredulidad y del egoísmo, que les suministraba el tanto por ciento, el
cementerio de la fe y del entusiasmo.
Cuando D. Eestituto les daba la voz de alerta, diciéndoles que no
enterraran lo que habrían de querer resucitar más tarde, le llamaban
flamasón y exaltado y por último republicano; epíteto horrible que le
hacía temblar de arriba abajo, y recordando con miedo el noventa y tan­
tos de Francia, rezaba por el rey qug fué á la guillotina, y no volvía á
despegar sus labios.
Lo único que hizo fué mordérselos de coraje al encontrarse mano á
mano y por una serie de convenios y transacciones que él reprobaba al­
tamente con su irreconciliable enemigo D. Plácido.

AYER, HOY Y MAÑANA

G3

Este golpe fue mortal para el pobre D. Restituto. Quiso pararle
en 1840, y volvió á sacar el Código de debajo de la almohada; pero ya era
tarde. Sus hijos le hicieron burla, y se prepararon el jugar de nuevo á la
lotería constitucional, sacando premiado cinco años después el núme­
ro 45. Desde entonces acá, mi pobre doceañista no ha hecho otra cosa que
encerrarse en su casa, arreglar sus asuntos domésticos y hacer testamen­
to, encargando que le entierren con un ejemplar del Código del año 12.
A este último extracto no ha querido jugar ni poco ni mucho, y sólo
cuando oye decir que va á salir otro del bombo, se incorpora y tose fuer­
te con ánimo de asustar á los muchachos, para que, cuando menos, dejen
el juego conforme se halla.
Y el autor de este cuadro, imitando el ejemplo de D. Restituto, no
se atreve á tocar el número 45, porque está tan delicado y tan enfermo
que teme que se le quede entre las manos.
Han hecho demasiadas enmiendas en la lápida constitucional, y es
fácil que al cogerla para asegurar el 45 se caiga y se rompa. Y una vez
hecha pedazos, es posible que no se encuentren artistas que la recompon­
gan. Al compás del himno de Riego se los ha ido llevando uno á uno el
carro fúnebre de los veteranos.
La generación moderna, que los ve conducir al cementerio sin verter
una lágrima, tiene otro modo de ver las cosas, y de otro modo también
las veremos en muchos de los cuadros próximos.

^ < 3

EL 14, EL 24, EL 33 Y ... EL ¡DIOS SABE CUÁNTOS!

También D. Plácido jugaba á la lotería, y también metió la mano
en el bombo y acertó dos números y medio, y aún no ha perdido la espe­
ranza de acertar el otro medio y el cuarto; pero se ha encariñado con un
quinto, y aunque sus hijos le ofrecen un sexto, no quiere salir de sus tre­
ce, ni más ni menos que D. Restituto, que se ha empeñado en morir
abrazado al 12. Se ríe de la obstinación de su antiguo camarada, y al re­
negar de la fe con que éste guarda su Código del año 12, conserva la suya
incólume y cree y espera la venida del Mesías prometido, sin importarle
nada de que el tal Mesías haya abdicado.
Hablarle á D. Plácido del conde de Molina y del conde de Montemolín
es lo mismo que referirle un cuento de las Mil y una noches. Para él no
ha pasado nada, absolutamente nada, ni aun el tiempo, desde la víspera
del Convenio de Vergara, y el hermano del difunto monarca Fernan­
do VII es ni más ni menos que el rey de las Españas y de las Indias,
D. Carlos Y de Borbón, y su primogénito el verdadero y el único y vale­
dero príncipe de Asturias. Todo lo demás es patarata y cuentos de brujas
y armas que emplean para seducirle los picaros de los negros, á los cuales
odia hoy tan cordialmente como los odiaba ayer y como los odiará ma­
ñana , si Dios le deja llegar allá.
Murió (Dios le tenga en su santa gloria) el rey Carlos III, y aclamó
y juró y rindió homenaje y vasallaje á su hijo el Sr. D. Carlos IV
(q. D. h), Antojósele á este buen rey abdicar ó aparentar que abdicaba

AYER, HOY Y MAÑANA

65

la corona en su hijo D. Fernando, y también D. Plácido gritó de todo
corazón «¡Viva el rey!» y de todo corazón se hizo realista. Pero murió Fer­
nando el Deseado, y antes de morir tuvo la feliz idea de instituir herede­
ra del trono á su hija, y D. Plácido torció el gesto y se hizo carlista. Y
aunque parezca repentina esta resolución, no por eso dejó de ser muy
pensada. Desde 1828 tuvo intenciones de jugarle una mala pasada al rey
en favor de su hermano. Yió que los liberales apuntaban al ambo, y él se
empeñó en ganarles con un quinterno. Hasta la hora presente aún no le
ha salido premiado el número 5, y sus hijos, como hemos dicho antes,
quieren saltar una bola y darle un sexto; pero no precipitemos las jugadas;
examinemos la primera: la del año 1814.
En esta época D. Plácido creyó que había conquistado el mundo
con sólo haber desterrado el Código de 1812, y después de quemar por
mano del verdugo todos los ejemplares que cayeron en las suyas, se dió
á perseguir con encono y con ahinco al pobre D, Restituto.
Si le veía pasar por la calle con los ojos bajos y cariacontecido, era
señal.... de lo que no podía dejar de suceder: de que no le gustaba aquel ré­
gimen de cosas ni mucho menos el régimen de las personas, y este inofensi­
vo mal humor le valía un insulto ó una amenaza cuando menos, y ¡figúrense
ustedes lo que sería lo más! Una paliza, un destierro y á veces la horca.
Si, por el contrario, estaba alegre, ya se le antojaba áD. Plácido que le ha­
bía soplado la dama, esto es, que le ganaba la partida, y le mandaba á un
calabozo ordinario ó á los del Santo Oficio, y de allí al tormento para que
cantara y dijera lo que en manera alguna podía decir porque lo ignoraba.
La puerta de Toledo, por ejemplo, y quien ese monumento cita quiere
que por citados se tengan todos los que se construyeron en la época de
la Constitución, cayó al suelo á los gritos de ¡Muera la nación! y ¡Viva
el rey!, creyéndose D. Plácido el más feliz del mundo después que hubo
sacado de la piedra angular del edificio el picaro Código que hacía dos
años que estaba pudriendo tierra.
Estas y otras jornadas famosas produjeron una gran fiesta nacional
(con perdón sea dicho déla palabra realista), y el pobre D. Restituto, que,
como ustedes saben, era entonces un picaro negro, no sabía qué hacer
para no incurrir en el desagrado de su intolerante Caín.
Si salía á la calle le corrían y le silbaban sacudiéndole el polvo por­
que no vitoreaba de corazón al monarca; si no salía y tenía cerrados los
balcones, se los abrían á pedradas, y por último, dicen las gentes que lo
vieron, que habiéndose vestido en cierta ocasión una casaca negra se
acercó á olería D. Plácido, y sobre si era teñida y antes había sido verde,
le molió las costillas de tal modo que en mucho tiempo no pudo vestir
casaca verde ni colorada.
T omo II

5

66

ANTONIO FLORES

Semejante tolerancia hizo que D.Restituto saliese de su abatimiento,
y convencido de que en la mesa redonda del absolutismo no le permitían
ni la inofensiva distracción de ver comer á los realistas, pensó seriamente
en el restablecimiento del comedero constitucional.
No había prensa publica donde condimentar los manjares, y se en­
cerró en las cuevas, asociándose en secreto con sus amigos políticos, es­
tableciendo con ellos el comunismo y la francmasonería; palabra esta
última que se le atragantó de tal manera á D. Plácido, que jamás pudo
pronunciarla de otro modo que llamando á los sectarios de ella flemasones.
Pero no contento con estos clubs y á pesar de su entrañable amor á la
discusión pacífica, también se largó Eestituto á los montes, y
«Viriato guerrero,
pasando de orador á guerrillero
y de aquí á capitán cantrafaccioso,
jefe fue á los realistas ominoso.»

Lo fue tanto, que D. Plácido se hizo cruces y creyó que soñaba, cuando
le quitó el sueño el restablecimiento de la 'niña, en el segundo extracto
constitucional del año 1820, de que ya hemos hablado en el cuadro ante­
rior. Lo que nos pertenece en el presente es decir diez palabras de los fa­
mosos diez años de la segunda contradanza realista; de esa ominosa dé­
cada, según la llaman los santos padres del partido liberal.
Es probable que les parezca á ustedes un poco más fuerte que la pri
mera, y esto no tiene nada de particular; todas las segundas nupcias son
terribles, y está probado entre las mujeres que no hay marido tan insu­
frible como el que después de haber sufrido á una mujer se dispone á
aguantar la segunda.
Cogió 1). Plácido tan á deseo el año 24 y estaba tan harto ya de la pa­
labra Constitución y del apellido constitucional, que le ofendía grave­
mente el que por decirle que estaba sano le dijesen que tenía una consti­
tución robusta (1), y se pasaba los días enteros gritando «¡Viva el rey ásecas!,» y «¡Viva la Inquisición sin telarañas!;» aunque no era todo lo único
que hacía, sino que desde luego se entretuvo en arrancar todas las lápi­
das de la Constitución y en devolver á los estancos el apellido de reales
(lo cual no mejoró gran cosa la calidad del tabaco) y en atarse al som(1) En Milán, el año de 1845, un censor de imprenta, austríaco por más señas,
suprimió en uu periódico de teatros titulado E l Pirata la palabra constitución, tratán­
dose de un caso de longevidad, en el que decía el periodista que el individuo en cues­
tión tenía una constitución de bronce. A lo cual debió decir el tudesco: „Si las consti­
tuciones de papel se nos indigestan y atragantan, ¡qué no sucederá con las de bronce!”

AYER, HOY Y MAÑANA

G7

brero una cinta blanca con el consabido rótulo de ¡Viva el rey y la reli­
gión! y en otras cosas por el estilo.
Lo que hizo de más positivo y de mayor substancia, y esto bien sabe
Dios que no fue por él ni por sus hijos, sino por los pobrecitos frailes, sus
hermanos en Cristo, fue amortizar de nuevo los bienes de las comunida­
des, sin cuidarse de devolver á los compradores el dinero que habían sol­
tado por las fincas y aun exigiéndoles las rentas cobradas en los tres
años, pero teniendo la generosidad de perdonarles la vida.
Si él hubiera sabido que habían de pagarle con la ingratitud de llamar
ominosa década á los diez años de su pacífico despotismo, ¡quién sabe si
habría usado tanta generosidad!; pero lo hizo porque la nobleza sienta bien
en todas las almas y porque tenía otras cosas más que hacer, que no todo
era pensar en perseguir á Restituto. Tenía que derribar de nuevo los mo­
numentos que se habían vuelto á reedificar, aunque esta vez, como más
práctico en la materia, ya no demolió toda la puerta de Toledo, sino que
trajo la aguja realista, y siguiendo la dirección del imán sólo arrancó las
piedras necesarias para atrapar la que se había engullido el Código.
Asimismo debía pensar en disponer comparsas de danzantes para que
bailaran y divirtieran al soberano, y en buscar matronas que se encarga­
sen de hacer el papel de España á los gritos de ¡Muera la nación!-, y
por último, tenía que pensar en hacer versos para los arcos de triunfos,
y no versos de tres al cuarto; que D. Plácido, aunque realista, era poeta.
Dígalo, si no, la siguiente décima que le inspiró el gozo de restablecer en
su nicho al San Bruno de la calle de Alcalá:
«Al modelo de las artes,
á ti, Bruno délos Brunos,
al perseguido de tunos,
al que admiro en todas partes,
al que ¡olí mi Dios! no me apartes
de tenerle devoción;
al que dos veces balcón
vió este nicho convertido.
¡Gracias á Dios que ha caído
la infame Constitución!»

Con efecto: dos veces había quitado D. Restituto la efigie del santo
para aprovechar el hueco de la fachada en poner un balcón, y Plácido te­
nía razón para pedir á Dios que no le apartara de tener devoción al que
había visto dos veces convertido en balcón el nicho.
Y no le faltaba tampoco, cuando lamentando lo mucho qué los negros
habían hecho sufrir al monarca, dijo en la siguiente dolorosísima y com­
pungida décima:

G3

ANTONIO FLORES

«No le dejan tomar baños
á nuestro rey D. Fernando,
que lo estaba deseando
para remediar sus daños.
¡Oh funestos desengaños!
Cuál lo sacan de Sevilla,
sin pasarlo por la villa,
en un coche..... ¡pero malo!
y lo tratan como á un palo
que lo arrancan de una silla.»

Por supuesto, que esta comparación del modo con que trataron al
monarca fue sólo un decir, porque á lo que parece, el poeta no había
sido nunca silla ni cosa semejante, ni es de suponer que la silla á que
aludía fuese de alcornoque. Eso no pasa de ser una imagen poética mejor
ó peor, pero que desde luego tiene la ventaja de la novedad; y en cuanto
á la calidad del coche, cuando el poeta se dió tanta prisa y hace tan
grande exclamación para decir que era malo, lo sería, porque D. Plácido
no era hombre de decir una cosa por otra, ni de callar lo que sabía, que
todo lo contaba, viniese ó no á cuento. Y en prueba de esto, sepan ustedes
que apenas averiguó que el régimen constitucional era nocivo al jabón,
compuso la siguiente copla, arreglada á la belicosa música de la pitita:
«Las lavanderas del río
no quieren Constitución,
porque con ese sistema
no pega bien el jabón.»

Y aun detrás de ese jabón rebelde le pegaba á Restituto esta otra en­
jabonadura:
«Españoles aliados,
clamemos Religión,
¡Viva el Rey! ¡Viva la paz!
Viva la paz y la buena unión.
Pitita, bonita,
con el pío, pío, pon,
viva Fernando
y la Inquisición.»

Verdad es que estos versos no eran sus primeros ensayos, porque ya
había compuesto otros muchos, y fue siempre tan aficionado á la poesía,
que hasta á las estatuas que pintaba para los arcos de triunfo les escribía
un pareado por lo menos; siendo uno de los que más fama le conquista­
ron el que escribió en boca de la España cuando puesta en jarras, que
así la pintó el artista, decía:
«Aunque cautiva me vi,—tuve amigos y salí.»

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AYER, HOY Y MAÑANA

G9

Pensamiento que habría envidiado cualquier cigarrera al salir de la
cárcel por la recomendación de sus amantes, y que no era peor que este
otro que decía la misma matrona dirigie'ndose á la figura que represen­
taba la Francia:
«Viniste, viste, venciste—y al rey libre nos trajiste.»

Por lo que hace á composiciones de mayor importancia, como loas
para representadas y otros contagios poéticos que padecía D. Plácido, ya
la fama ha eternizado su memoria; que no en balde sacó á la escena el
río Manzanares para que dirigiese la palabra al soberano en nombre de
las lavanderas, sin hacerse cargo de que el pobre río tenía la boca seca
desde que sable en boca le pasaron á nado los hermanos de los Angule­
mas (1). Andaba, pues, D. Plácido muy atareado, y el poco tiempo que le
dejaban libre las musas le gastaba en regatear escudos de fidelidad y en
hacer lejía para la famosa purificación de los negros; preparación diabó­
lica que, como entonces andaba algo atrasada la química, daba unos re­
sultados funestos hasta el punto de que muchos liberales perecieron en
la operación. Otros en cambio murieron antes de pensar en purificarse, y
váyase lo uno por lo otro.
Tampoco tenía D. Plácido tiempo para pensar en esas desgracias,
porque tras de ocuparse en averiguar si Restituto comía carne en días
de vigilia y si rezaba el rosario en familia, tenía que hacer centinelas, di­
ciendo «¡Atrás, paisano!» á sus propios vecinos, y tenía sobre todo que ser
realista, oficio no tan regalón ni tan descansado como ustedes se figuran.
Si era propietario, que este ha sido siempre uno de los mejores medios
de buscarse la vida, le quitaba el sueño pensar en que alguno de sus
arrendadores y aun de sus inquilinos tuviese en sus venas una gota de
sangre liberal; y si vegetaba mamando de las arcas reales en alguna ofi­
cina del Estado, jamás despachaba un expediente sin olerle primero para
ver si procedía del bando contrario, en cuyo caso ó le echaba debajo de
la mesa ó le resolvía negativamente, y por último, si era artesano ó artepodrido (que realistas y no pocos había en el trasiego de las aguas in­
mundas) tomaba informes del que le llamaba para darle trabajo, y si re­
sultaba ser algún picaro negro, tenía la abnegación de renunciar el aco­
modo. En suma, amigo lector, D. Plácido y los suyos no vivían ni descan(1) Thiers lo ha dicho en su Historia del Consulado y del Imperio, en la seguridad
de que el pobre río no ha de ponerle demanda de injuria y de calumnia, porque no
leerá la obra, y aunque la lea, es español y no le sentará mal tener tau buena fama en
el extranjero. ¡Qué bromas gastan los escritores franceses! Tentados estamos á creer
que el ponerse el sable en la boca fue para refrescar los labios, por no hallar en el río
una gota de agua con que hacerlo.

mu ■ mi



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ANTONIO FLORES
saban nn solo momento, siempre persiguiendo á sus propios hermanos y
sin considerarse seguros á pesar de tenerlos á todos comiendo el pan de
la emigración en el extranjero; de cuyo alimento, y sirva esto de aviso,
también hemos de decir cuatro palabras en esta obra, porque sería im­
perdonable que dejásemos de amasar una cochura del pan de la emigra­
ción, que tan triste celebridad nos ha dado en el extranjero. No habrá un
solo lector que si no ha emigrado haya dejado de tener algún pariente en
la emigración, y es preciso que consagremos á todos un ligero recuerdo.
Mientras D. Plácido estuvo en el poder, huyendo de su intolerable
realismo y por no ver la cara al padre de los Angulemas, se acogió don
Kestituto á la Gran Bretaña, donde repuesto del susto que le habían dado
los interventores franceses, se dió á pensar en la mejor manera de volver
á saludar las playas españolas para embutir otra vez el Código en la
Puerta de Toledo y quitar el San Bruno de la calle de Alcalá.
Conspirando y dando treguas á sus esperanzas con una fe envidiable,
le llegó por fin la hora de que la madre patria abriese un portillo di­
ciendo que entrasen por él los que por él cupieran, que no fueron mu­
chos, aunque sí los bastantes para poner de mal humor á D. Plácido,
hasta el punto de abandonar el realismo de Fernando Vil y hacerse rea­
lista de Carlos V. Aquí dió principio su última jugada; este extracto es el
que tiene jugado hace muchos años con la esperanza de alcanzar el premio.
Acertó el número 11 y el 24; quiso acertar el 33 y el 34 y el 35, y to­
dos los años juega hasta el....¡Dios sabe cuántos!

C U A D R O VIII

LOS OJALATEROS

Antes de que Fernando YII cerrara el ojo, ya le habían dado á enten­
der los realistas que estaban esperando á que se muriera para proclamar
rey de España á su hermano D. Carlos; y este prójimo, que por precau­
ción había sido remitido á Portugal, en una serie de curiosas cartas que
dirigía á su muy amado y muy venerado y muy reverenciado Fernando,
hermano de su corazón y de su alma, andaba declinando la conciencia y
la desobediencia en todos sus casos, y conjugaba sin cesar los verbos aca­
tar y resistir, diciendo que Dios sabía cuánto le pesaba, pero que Dios se
lo mandaba.... Y en suma, que se resignaba á ser rey por dar gusto á sus
muy amados vasallos. Pero estos picaros desagradecidos correspondieron
tan mal al amor del monarca, que aclamaron, juraron y reconocieron por
única heredera del trono á la augusta princesa, que aún hoy ocupa el so­
lio, á pesar del desdichado D. Plácido, que se alistó en las banderas del
príncipe rebelde. Claváronse e'stas en las montañas de Navarra, y allí an­
duvieron unos cuantos, pocos, carlistas, y otros cuantos, muchos, empuja­
dos por la intolerancia del bando liberal, entonces apellidado cristino.
D. Plácido tenía demasiada edad para empuñar de nuevo la tizona, y
se quedó á vivir en la corte, entregándose de lleno á la conspiración,
mientras sus hijos se batían con denuedo, peleando á la sombra del estan­
darte carlista contra sus primas carnales las hijas de D. Kestituto, quien no
menos denodado defendía la causa de su reina y la libertad de su patria.

;

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ANTONIO FLORES

De las malhadadas proezas de ambos campeones no pienso, sin em<
bargo, decir una sola palabra en este artículo ni en el resto de la obra.
Quédese la triste tarea de narrar los hechos de una guerra civil tan de*
sastrosa como la nuestra para otras plumas mejor cortadas, aunque no
mejor entretenidas. A mí me sobra con ver á D. Plácido trabajar desde su
gabinete en favor del partido realista; y algo más lo han de agradecer 1os
lectores de este cuadro que si les diera el de una de las batallas en que, car­
listas ó liberales, los vencidos y los vencedores no dejaban de ser españoles.
Mientras los ingleses, ocupados en reconocer de buena fe á la reina
de España, no veían que el pretendido rey de la España misma les com­
praba fusiles y municiones, y cuando la Francia hacía asimismo el am an­
te corto de vista, D. Plácido, que no podía manejar esas armas ni fabricar
otras por el estilo, tenía en su propia casa el martinete de la fe y en él
forjaba toda clase de esperanzas carlistas. Decirle que los servicios que
prestaba á su partido no eran activos ni de importancia, sobre ser injus­
to, le habría sulfurado y aburrido; porque, como él decía, y tenía razón,
sin la fe que él fabricaba constantemente, ni se habrían engrosado las filas
carlistas, ni hubiese durado tanto tiempo la guerra civil.
En servicio de su rey no omitía diligencia alguna, y todo le parecía
conveniente y digno. Era falsificador de pasaportes y de títulos y de rea­
les despachos; inventaba notas diplomáticas; fraguaba correspondencias
autógrafas; fingía proclamas; tenía el facsímile de todas las rúbricas y
sellos de las autoridades legítimas, y apenas nombraba el gobierno de la
reina un nuevo funcionario, cuando ya le había estereotipado el apellido.
Era, en suma, tanta su actividad y su fe tanta, que creemos indispen­
sable copiar ad pedem litterce su laboratorio.
De otro modo, todo cuanto dijéramos sería descolorido y pálido é in­
exacto quizá; es preciso que el lector le vea en acción un momento.
No hay más remedio sino alzar el telón y que salga de una vez á la
escena el verdadero rezago del siglo xvm, el incansable obrero de la col­
mena realista, el portaestandarte del carlismo. Por no haber tomado las
armas en defensa de las ideas que más que nadie adoraba, le han bauti­
zado sus correligionarios políticos con el apodo de ojalatero, suponiendo
que no hacía otra cosa que suspirar y decir ¡ojalá/, á imitación de aquella
inmensa cohorte de pretendientes que invadían el real de D. Carlos para
alojarse los primeros, evitar que comiesen los segundos y pasar la vida
diciendo: /ojalá ataquen y ojalá ganen!
Para que ustedes vean cuán injusta era semejante suposición, allá va
el retrato de este mal llamado ojalatero, que á pesar de ser fabricante de
la fe, tenía por principio que «á Dios rogando y con el mazo dando.»
Quiero empezar por presentarle en la calle, para que una vez hecho el

AYER, HOY Y MAÑANA

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conocimiento podamos entrar en su casa cuando nos plazca; para lo cual
será preciso que el que tenga bigote le suprima, porque si nos toma por
urbanos será difícil que tenga la urbanidad de abrirnos la puerta, y si lo
hace será con recelo y desconfianza. Así se presentaba en la calle recelo­
so y huido, siempre temblándole las piernas, cosa que se adivinaba por
el movimiento que hacían los colosales faldones de su levita; sonriéndose,
aunque la sonrisa no viniera á cuento, y mirando de reojo á cuantos pa­
saban por su lado. Vivía en el barrio de Leganitos, porque aquellos vien­
tos no le llevaban tan á menudo el himno de Riego; salía á pasear por la
cuesta de Areneros y la Florida, y rara vez se asomaba por el centro de la
población, aunque lo hacía algunas obligado por las circunstancias; y he
aquí el momento en que yo quiero que ustedes le vean.
Supongamos que ha tropezado con un amigo de los netos, cesante,
como él, de la famosa contaduría de expolios y vacantes, y que éste le sa­
luda preguntándole en voz baja y con aire de reserva y de misterio:
—¿Qué tenemos de cosas? ¿Cuándo viene el amo?
El carlista vuelve la vista, alarga el cuello, y después de convencerse
de que no hay quien pueda escucharle, se acerca al oído de su compañe­
ro y le dice:
—El día de San Carlos tendrá el amo besamanos en su real palacio
de esta corte.
—¿Es posible?
—Lo que usted oye.
—¡Pero hombre, si San Carlos es el día 4 del mes que viene! ¡Si sólo
faltan cinco días!
—Pues amiguito, no hay más que lo que usted oye.
A este tiempo suenan pisadas, se acerca alguno que trae bigote, y
nuestros carlistas alzando la voz y ambos á la vez se ponen á hablar del
tiempo, y aciertan á decir que está raso, precisamente cuando está dilu­
viando, ó viceversa, y á veces callan de repente para mayor disimulo, y
ya cuando el otro va lejos tosen y continúan hablando en voz baja.
—¿Y se sabe—dice el incrédulo—quién ha dado esa noticia?
—Sí, señor—replica el noticiero incomodado,—y se sabe más....
—¿Qué se sabe? ¡Venga, venga!—exclama el otro alborozado.
—Pues señor, se sabe—dice el carlista, volviendo á mirar y á toser y
á hacer misterios,—se sabe que le apoya el ruso.
El ruso, y perdonen ustedes esta advertencia que á guisa de digresión
les hago, el ruso no era ningún bandido que llevara ese apodo, sino el
czar de Rusia, el emperador Nicolás en cuerpo y en alma. Los carlistas en
Dios creían, á su rey adoraban y en el ruso tenían y tienen, ¡por qué no
se ha de decir!, tienen aún hoy sus esperanzas.

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ANTONIO FLORES

—¡El ruso!....—repetía extasiado el incrédulo....—¡Conque nos apoya
el ruso!
—¿Y usted ha podido dudarlo?
—Y diga usted, ¿se sabe cómo ha sido eso?
—Muy sencillo, diciéndole á la Francia que si ella no pone en el trono
de España á nuestro rey D. Carlos, que la deje pasar 400.000 bayonetas.
—¿Rusas?
—Rusas....Sí, señor; rusas y muy rusas.
—¡Eso se ha dicho ya tantas veces!—dice con desconfianza el incrédulo.
—Y es verdad desde que se dijo.
—¿Pues cómo ha tardado tanto tiempo en venir?
—¡Yaya, usted no entiende una jota de estos asuntos! La diplomacia,
amigo mío, no es cosa de hacer buñuelos; se necesitan notas y más notas,
y luego ha de saber usted que el amo no quería recibir auxilios extranjeros.
—¡Conque si hubiera querido!....
—Ya estaría en el trono.
—Y diga usted, ¿eso de los rusos se sabe de positivo? ¿Quién lo ha dicho?
—¿Me jura usted guardar secreto?
—¡Y usted lo duda!
—Pues señor, lo ha dicho doña Transverberación, la esposa del conse­
jero de Indias.
—¿Será verdad?
—Como que ha tenido una revelación y dice que vió en éxtasis estar
entrando batallones rusos más de veinte horas.
—Si ella lo ha dicho, lo creo; ¿pero quién se lo ha oído decir?
—Eso es querer saber demasiado....Conténtese usted con que ya vieno
el amo, y váyase disponiendo para el besamanos.
—¿El día 4?
—Sí, señor, el día 4.
Así se despedían los dos amigos, volviendo á marchar cada cual por
su camino, siempre recelosos, tímidos y desasosegados, pero sin dejar de
pensar en el ruso, que era, como hemos dicho, su ídolo adorado.
Si al llegar á su casa veía nuestro hombre parado en el portal algún des­
conocido, antojábasele que era un espía y daba un paso atrás y no entraba
hasta tomar sus precauciones, que no eran las de montar una pistola ni
otras parecidas, sino las de acercarse con timidez y sonreírse y saludarle
hasta infundirle sospechas. Si el desconocido tenía el capricho de no afei­
tarse los pelos del bigote ó paseaba dos veces la calle, ya no dormía el car­
lista en su casa y pronto mudaba de domicilio, pero sin deshacerse de su
precioso legajo de proclamas, pasaportes en blanco y facsímiles; si por el
contrario entraba en su casa sin tropiezo alguno, preguntaba al punto si

AYER, HOY Y MAÑANA

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liabía tenido cartas, y con ellas se encerraba en el gabinete misterioso, en
el taller de las noticias, en el famoso laboratorio de la fe carlista.
Era su primer operación mirar el sello de la carta y la letra del so­
brescrito y luego examinar con detención la oblea para averiguar si había
cedido á la llave maestra del resguardo cristino, que él creía instalado en
la administración de correos. Y esto no lo hacía á mal hacer, sino por si el
gobierno liberal no tenía más virtud que la de guardar el secreto de la
correspondencia, dejarle sin ninguna, que era su obligación á fuer de buen
vasallo del señor rey D. Carlos Y. Por supuesto que las cartas ya venían
amasadas de tal modo que sólo podía aprovechar su contenido á los es­
tómagos realistas, y para entenderlas se necesitaba una clave diabólica y
saber algo más que los rudimentos de matemáticas y aun tener mucha
práctica en el arte del marqués de Villena. Las más fáciles, las que desde
luego estaban al alcance de la policía y por las que el solo delito de reci­
birlas, ó lo que es menos aún, el de consentir que se las dirigieran, ha
costado más de un proceso y un destierro, eran por el estilo de la siguiente:
«Mi querido primo: Me alegraré que al recibo de ésta se te haya pa­
sado el mal humor que tenías por mi tardanza en ir á tu lado. Ya lo hu­
biese hecho si el amo hubiese querido tomar los baños del Norte; pero se
ha empeñado en curarse con las hierbas de su país, y por eso se ha retra­
sado el viaje. Le haremos sin embargo, Dios mediante, muy pronto, tanto
que pienso que comamos juntos el pavo de Navidad. Tomás está cada día
más gordo y pasea mucho. Ayer salió á caza y mató trescientos cuervos,
haciendo huir los restantes. No acabó con el bando por no pasar el río.
Aquí estamos cada día más obsequiados y con mucho dinero; pero dile á
la tía que no por eso la hemos de dejar un solo ochavo de nuestra hijue­
la y que vaya desocupando la casa para el día de Nochebuena.
»En cuanto á lo que me decías de que se aseguraba que el amo había
cambiado de costumbres y que ya comía á la francesa, no es cierto; sigue
haciendo la vida de siempre, y cuando vaya á esa piensa montar la casa
como en tiempo de su bisabuelo, usando todos los muebles que tiene
arrinconados la tía y quemando todos los nuevos que no quepan en los
sótanos y en las buhardillas.
»Conque adiós, y ya no me escribas, porque estaré en camino para esa.»
Esta carta, que original perdió por un descuido nuestro carlista, le
dió tan malos ratos, que se mudó de casa y no volvió á dormir con tran­
quilidad, temiendo á cada instante que le había de ocasionar algún dis­
gusto grave. Porque han de saber ustedes que el carlista no leía ni creía
que se pudiese leer lo que estaba escrito, sino lo siguiente:
«El rey no ha querido el auxilio del ruso ni de las demás potencias del
Norte, porque sabe que para triunfar de los cristinos le basta con el apoyo



76

ANTONIO FLORES

de sus vasallos. El día de Nochebuena estará sentado en el trono de sus
mayores; Zumalacárregui dispersó ayer los batallones eristinos haciéndo­
les 300 muertos. Hemos recibido mucho dinero y todo el país es nuestro;
pero no por eso dejaremos de sacar á los liberales hasta el último ochavo
de lo que nos han usurpado, y la reina ya puede ir desocupando el pala­
cio. No creas que el rey se ha liberalizado; es más absoluto que nunca, y
cuando vaya á Madrid piensa restablecer el Santo Oficio y tal vez dedi­
carse á quemar á los negros que no puedan tener cabida en las cárceles.»
El monarca no usaba, sin embargo, este lenguaje en las proclamas, que
traducidas al francés en los diarios de París ó directamente de la corte
de Oñate recibía el carlista. Decía, por el contrario, en todas ellas que
perdonaba á sus muy amados vasallos y que daba un plazo de quince ó
más días para que el ejército depusiera las armas, en la seguridad de que
ofrecía olvido y perdón. Estos plazos se iban prorrogando constantemente,
y no hubiesen tenido término nunca, tanta era la bondad del soberano, á
no haberse terminado la cosa de otro modo. Pero como en este picaro
mundo no hay nada eterno, á pesar de las nieblas y de lo quebrado del
terreno y de las noches, que eran todas de invierno y muy largas, según
los partes de los generales eristinos, á pesar de todo tuvo fin la guerra.
Lo que no ha tenido fin ni lo tendrá sino con la muerte es la fe del
carlista. Ya no la sigue trabajando en el laboratorio; pero tenía tan buen
repuesto de ella, que aún hoy confía y aún hoy espera que triunfe su causa.
¡Ay, hace bien en esperar! La esperanza no paga contribución ni pide
pan ni consume turno en los sucesos de la vida. La esperanza es el escudo
que la Providencia ha dado á la humanidad para que pare los golpes de
la fortuna.

C U A D R O IX

UN PRONUNCIAMIENTO

Bien pudiéramos salir de dudas, y con sólo tomarnos el trabajo de
alargar el brazo sin movernos de la silla atrapar un Diccionario de la
Lengua, hojeaile hasta tropezar con la palabra pvonunciamiGTito y va
estábamos del otro lado.
Sena capaz de decirnos, auctovitate acadamicovam, que «pronuncia­
miento es el acto de pronunciarse;» con lo cual el Diccionario de la Lengua
se quedaría muy satisfecho, y nosotros muy por satisfacer.
Líbrenos Dios de incurrir en semejante torpeza, y antes de acudirá la
obra magna del taller que limpia y fija, fijemos la vista en cualquiera de
esos sables cortos y corvos que tienen de venta los ropavejeros del Las­
tro, preguntémosle qué cosa es pronunciamiento, y ustedes verán cómo
salimos del paso.
Si las diferentes ocasiones en que ha sufrido persecución por la justi­
cia no le han quitado la facultad de suspirar, lo cual sería en extremo
injusto tratándose de quien ha hecho suspirar á tantos, dará un suspiro,
nos mirará de arriba abajo hasta convencerse de que ni somos de la poli­
cía secreta ni lo parecemos, y satisfecho de que todos seamos unos (el sa­
ble y nosotros) nos dirá por fin:
«Pronunciamiento era un día y á veces dos y cuatro y ocho de jolgo­
rio, de salvas y de himno de Riego, en que mi amo echaba el bodegón por
la ventana y sus quehaceres debajo de la mesa, trocando la obligación de
ciudadano por su afición á las faenas del militar.»

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ANTONIO FLORES

Apencas se oía en la calle el primer redoble de las cajas de la Benemé­
rita que venían tocando generala, cuando ya mi amo se estaba abrochando
al cuerpo la levita de dos colores, y cruzados sobre el pecho mi tahalí y
el de la cartuchera, cogía al hombro la caña hueca, se apretaba has carri­
lleras del morrión y dando una patada al ama y un empujón á los niños
si trataban de ponérsele delante para que no fuera á exponer su vida, se
lanzaba resuelto á la calle, no sin detenerse primero en el portal á cargar
el fusil.
El mozo de la compañía, que á mayor abundamiento iba tras de las
cajas avisando tí domicilio á los académicos del Marte ciudadano, se le
encontraba ya camino de la plaza en que de antemano y para casos tales
estaba acordado que se reuniera el batallón, y con una familiaridad de
todo punto republicana le paraba diciéndole:
— No quieres ser de los últimos.
— En decir que oigo la caja— respondía mi amo,— ya quisiera estar en­
tre las filas. ¿Y qué tenemos?
— Que tratan de mudar el ministerio.
— ¡Si son unos bribones!
— ¿Quiénes?
— Los ministros.
— No tal; si los que quieren cambiar el ministerio son los soldados.
— ¡Ah! ¡Ya! ... Pues firme con ellos. ¡Si mientras haya ejército no pode­
mos tener paz!
Y al decir esto, se solía oir á lo lejos una descarga, á cuyo ruido grita­
ban las gentes y corrían en todas direcciones, sin que nadie acertara á
encontrar su casa y sin que fuera posible refugiarse en la ajena, porque
de un solo golpe y como si obedecieran á una sola voz se habían cerrado
todas las puertas.
Y con esto, mi amo, que no sabía latín ni le hacía falta, pero que sabía
cuán dulce et decorum est pro patria morí, se plantaba en medio del
arroyo, y echándose el fusil á la cara decía: ¡Alto! y ¡Viva la Constitución!
y ¡Viva el ministerio! y ¡Atrás, paisano! Y como todos le contestaban
amén, seguía adelante en su camino hasta llegar á la plaza donde se re­
unía su gente.
Éstos á su vez, que ya habían tomado las callejuelas contiguas, le
gritaban «¡Alto!» y le daban el quién vive, y él respondía: «Miliciano na­
cional,» y le mandaban dar un «Viva á la Constitución,» y daba dos y tres
y cuatro y entraba por fin en filas.
Y allí, el comandante, cuando estaba reunido el grueso de la fuerza,
les dirigía una breve plática, que interrumpía no pocas veces el ruido de
la fusilería inmediata y las voces de ¡Batallón! ¡Firmes! ¡Carguen!, etc.

AYER, HOY Y MAÑANA

79

Y con esto y el ir y venir de los ordenanzas y de los ayudantes y la
aparición de algún concejal, especie de pájaro popular, del cual apenas ha
quedado otra cosa que los nidos en que se ayuntaba, y por esto se siguen
llamando ayuntamientos; con todo eso, repito, se daba por comenzado el
motín.
Excuso decir á ustedes que así sabía mi amo ni la mayor parte desús
compañeros el origen de aquella broma, como si le preguntaran lo que en
aquellos momentos estaba pensando el Gran Turco.
Decíase, por ejemplo (ejemplo que entonces estaba muy á la mano), que
se habían sublevado tres compañías ó dos ó media de un batallón del
ejercito, y que después de arrestar (nada de faltar al quinto del Decálogo)
á sus jefes, se habían hecho fuertes en el cuartel ó en una casa cualquiera.
Era preciso bloquearlos y rendirlos, porque, se añadía, los subleva­
dos tenían un plan muy vasto, y que de no dominar con tiempo la bro­
ma, tomarían parte en ella otros muchos cuerpos de la guarnición que
á ello estaban comprometidos y juramentados.
Al efecto marchaban hacia la fortaleza tres ó cuatro batallones de
milicianos y diez ó doce piezas de batir y caballería por si lograban fugarse
y era preciso darles una batida; y por último, solía suceder que comenza­
ba el tiroteo, con gran detrimento del revoque de las fachadas; que se
hacía tregua, no sin tener que lamentar alguna desgracia, y empezaban
los parlamentos.
El sitiado decía la del portugués: «Si me sacas del pozo te perdono la
vida,» y el sitiador le pedía que depusiera las armas, y las cosas no pasa­
ban á mayores.
Tras de muchas réplicas de una y otra parte, venía á resultar que si
el sitiado no tenía prisa y decía nones, salía de allí tambor batiente y con
el arma al brazo; si era impaciente y tímido y menudeaba los parlamen­
tos, se le sacaba atado codo con codo y sin armas, fusilándole por ende
con las suyas propias.
Pero esto no pasaba de ser una sublevación vencida con más ó menos
dignidad y á más ó menos costa; esto no era el pronunciamiento.
El pronunciamiento era lo que ya he dicho á ustedes: «Un día y á veces
dos y cuatro y ocho de jolgorio, de salvas y de himno de Riego, en que
mi amo echaba el bodegón por la ventana y sus quehaceres debajo de la
mesa, trocando la obligación de ciudadano por su afición á las faenas del
militar.»
Figúrense ustedes (esto también es fácil de figurar) que el ayunta­
miento, jefe supremo de la milicia ciudadana, no se llevaba bien con los
ministros, y que cansado de pedirles tal ó cual cosa por los medios suaves,
se declaraba en sesión permanente, mandaba dar un redoble por las ca-

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ANTONIO FLORES

lies de la capital, ponía gente en movimiento, se disparaba una docena
de tiros y....¡Firme, batallón! / Viva la reina y mueran los tiranos/, etc.
El capitán general tambie'n sacaba su gente de los cuarteles, tomaba
el edificio de Correos sin faltar al séptimo mandamiento, porque no to­
maba sino lo que era suyo; iba y venía al Consejo de ministros, que tam­
bién estaba en permanente; recetábale al empedrado el ejercicio de las
patrullas, mandaba dar el quién vive á los pocos paisanos que en tales
momentos se atrevían á vivir fuera de sus casas, y....¡Firme, batallón!
¡Viva la reina constitucional!, etc., etc.
Ahí tienen ustedes un pronunciamiento completo, pero no acabado;
fáltame lo mejor.
Fáltame decir á ustedes lo que hacían el ayuntamiento y la Bene­
mérita.
El ayuntamiento, declarado en sesión permanente en el afamado y
por más de un título famoso salón de Columnas, fraccionábase hasta un
punto casi infinitesimal y homeopático, y disputando cinco ó siete ó nueve
concejales (siempre números nones) para que fuesen á parlamentar con
el ministerio, nombraba una comisión arbitradora y otra revisora de for­
tificaciones y un comité de salud pública y una junta para inspeccionar
los hospitales de sangre; y mientras llegaba el caso de fortificarse y de
herirse, daban un redoble de propios y de ordenanzas por todos los pue­
blos de la provincia para que á marchas forzadas viniese la milicia rural
á reforzar á los milicianos de la corte.
Y solía suceder que antes de llegar el aviso ya se conocía el error de
haber avisado; pero esta equivocación no valía la pena de expedir una
contraorden, y la milicia de los pueblos entraba por fin en la capital
á fraternizar y compartir las fatigas con sus llamados compañeros de
glorias.
En la plaza Mayor podían alojarse cómodamente dos batallones, y con
menos comodidad tres, é incómodos de todo punto cuatro, y el resto y los
escuadrones de caballería se desparramaban por el Buen Retiro y la Mon­
taña, y todas las plazas y plazuelas de la corte quedaban convertidas en
un campamento.
Campamento que, dicho sea en honor de la verdad, tenía un aspecto
tan agradable y tan pintoresco que valía bien la pena de ser visitado,
como en efecto lo era por el resto del vecindario.
Había en él más vivanderas que soldados, y era de ver á la elegante
esposa del acaudalado banquero apoyarse en el brazo de un cabo de gas­
tadores, mientras que la honrada mujer del artesano hacía lo propio con
un alférez, para quien llevaba las más regaladas provisiones en una cesta
de mimbres.

AYER, HOY Y MAÑANA

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El antiguo empleado de loterías, próximo á cumplir los cincuenta, y
acaso renegando por no haberlos cumplido ya, sufría con la mayor resig­
nación las reconvenciones de su cara costilla, que se desesperaba al verle
hacer el Robinsón vestido de ciudadano y con todo el equipo de un mi­
litar.
Mas allá otro rehacio se había hecho la levita del uniforme, pero se
había olvidado de comprarse el chacó y tenía cubierta la cabeza con un
sombrero redondo ó una cachucha de terciopelo.
Los de los pueblos, por el contrario, solían empezar por la cabeza y
traían el chacó más ó menos tirado hacia el cogote, y el resto del uni­
forme le constituían las mangas de la camisa y las polainas.
Pero unos y otros estaban firmes en sus puestos, y todos se entrega­
ban en los momentos de descanso á parlamentar con sus familias, tem­
plando los ardores de Marte con el dulce refrigerio de Cupido y de la
sangre.
Si estas escenas eran nocturnas, como el ayuntamiento no se había
olvidado de nada, una iluminación general hacía mucho más pintoresco
el cuadro.
Los cafes estaban abiertos toda la noche, las tiendas de comercio en­
tornadas, las plazas llenas de sillas y de vendedores ambulantes, y por
último, las bandas de músicas poblaban el aire de himnos patrióticos, que
á la vez que cultivaban el entusiasmo cívico, halagaban y entretenían la
ternura del ciudadano.
Pero de repente.... ¡oh repente amargo!.... oíase á lo lejos un tiro ó
dos ó tres ó un cañonazo, y contestaban las mujeres con un grito, y el
tambor con un redoble, y el comandante daba la voz de «¡Firmes!....» y
corrían á coger las armas los milicianos; y ya no quedaba otra cosa del cua­
dro, sino las luces en los balcones, un pelotón de soldados y las mujeres
corriendo en todas direcciones sin oir otra voz que la de «¡Atrás, paisano!»
que les daban sus propios maridos y el quién vive que les preguntaban
sus hermanos, y no había un cafe abierto, ni una tienda entornada, ni un
portal en donde guarecerse, ni nada, en fin, sino un silencio horrible, in­
terrumpido de vez en cuando por el escape de un caballo y el incesante
quién vive y el ¡alto! y otras voces por el estilo.
Los serenos, partícula no integrante, pero casi constituyente del ayun­
tamiento en esos casos, iban llamando de nuevo á las casas para que cui­
daran de que no se apagasen las luces y de tener abierta la puerta de la
calle y de franquear los balcones, si necesario fuese, todo de orden del
señor alcalde del barrio, el cual por su parte, aunque miliciano nacional,
no podía estar en las filas y andaba recorriendo su demarcación con una
ronda de vecinos honrados; oficio, mi querido lector, y perdóname este
T omo II

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ANTONIO FLORES

paréntesis que á su memoria consagro, oficio el más molesto y peligroso
y menos lucrativo de que puedes tener idea.
El oficio de vecino honrado, y créeme que era oficio aunque te digan
que era un diploma ad honorem y un título de confianza que expedían
las autoridades á todo el que tenía alguna exención para tomar las armas,
le inventaron los realistas y tuvieron la debilidad de acogerle y de acep­
tarle por suyo los liberales.
Sería un mal muy grande, y yo no me atrevo á suponer que haya
desaparecido en la sociedad la honradez, pero puedo asegurarte que me
alegro de que haya desaparecido en la matrícula civil el oficio de vecino
honrado.
Figúrate un hombre, mayor de cincuenta años, por supuesto, retirado
del mundo y de sus pompas vanas, sin otra vanidad que la de educar á
sus hijos y dejarse cuidar por su mujer, á quien en el agradable momen­
to de reclinar la cabeza en la almohada ó después de haberla reclinado
y aun de haberse dormido, le alborotan la casa para decirle que se levan­
te y baje corriendo, que hay un herido en la calle y que el alcalde del
barrio necesita dos vecinos honrados para que le acompañen y autoricen
su caña de Indias y su puño de plata.
¿Te parece agradable la situación de ese vecino honrado?
Pues figúrate que es de día y que no ha tenido que dejar la cama,
pero que apenas se ha sentado á la mesa, le llama el alcalde para decirle
que tiene que hacer el padrón general de vecinos, y que ha dispuesto que
desde el siguiente día y todos los que dure el empadronamiento le acom­
pañen tres vecinos honrados. En esta ocasión le vale la honradez para an­
dar entrando y saliendo en todas las casas del barrio, haciendo de escri­
biente de la autoridad é indisponiéndose con sus convecinos, que qui­
sieran que sin dejar de ser honrado dejase de matricular al muchacho
que va á entrar en la quinta y al otro que tiene ya edad de ser mili­
ciano.
¿Y te parece justo que después de ese trabajo contribuya el honrado
vecino con su metálico para que el ayuntamiento pague empleados y
agentes investigadores?
Pues ahí tienes las consecuencias de lo que era la honradez cuando so
consideraba como un oficio ó carga concejil.
Añade á todo esto el servicio de las rondas de vecinos honrados, y
verás cuán terrible y lastimero era ver una docena de hombres, armados
de chuzos y de sables, marchar silenciosamente detrás del alcalde de
su barrio, guiados todos por el pálido resplandor de una linterna, desha­
ciendo riñas, mandando cerrar tabernas, registrando portales, sufriendo
las maldiciones de los enamorados, y diciendo todos á coro y con una en-

AY E R, HOY Y MAÑAN A

83

vidiable candidez cuando les daba el quién vive el centinela... la ronda
de vecinos honrados.
En suma, ya te lo he dicho, también tomaba parte en la escena noc­
turna del pronunciamiento, siéndole, aunque no siempre, permitido algu­
na que otra vez el transferir su hombría de bien al criado; el cual era en
esa ocasión considerado y tenido por vecino honrado, siquiera al tomar
la cesta para ir á la compra, distraído en sisar, se olvidase de la honradez
que había ejercido durante la noche.
En cuanto al pronunciamiento, que es el asunto de este cuadro, no
adelantaba gran cosa con la venida del alba, y las familias de los milicia­
nos, que habían pasado la noche en la mayor ansiedad, volvían á lan­
zarse á la calle apenas rayaba el nuevo día, considerándose justamente
felices al hallar vivos á sus parientes.
El parto solía ser tan laborioso que duraba un día y dos y tres y una
semana, resultando no pocas veces que la patria no se había visto en es­
tado interesante y que todo ello había sido una disculpable ilusión pa­
ternal del ayuntamiento; lo cual, como pueden ustedes figurarse, era
muy satisfactorio para todos, menos para los campos y los talleres, que
en ese tiempo no habían prosperado gran cosa.
Pero todo se podía dar por bien empleado cuando no había que lamen­
tar ninguna desgracia, salvo sea el susto del imprudente forastero que
llevando bigote y no siendo miliciano se había atrevido á salir á la calle,
donde le corrieron y algo más, ó los trabajos forzados á que se vió conde­
nado el transeúnte que velis nolis tuvo que arrancar piedras para hacer
barricadas, y algún otro desahogo patriótico de poca importancia, hijo
unas veces del buen humor de la juventud y otras del fanatismo y de la
intolerancia, que abundaban sobre manera entonces.
Los retenes y las guardias dobles solían continuar aun después de pa­
sado el susto; los muchachos parodiaban las escenas del pronunciamiento,
convirtiendo las escobas en fusiles y haciendo barricadas con las sillas de
la casa, y los loros del barrio remedaban con suma gracia los vivas y las
voces de mando que habían oído durante la bullanga; travesura animal
que dio más de un susto á los dueños de los loros y que alguna vez hizo
reforzar las guardias, poniendo en alarma á las autoridades y aun al mi­
nisterio.
Pero todo esto pasaba con el tiempo, y con el tiempo también los mi­
licianos de los pueblos volvían á sus casas y á sus labores y las tropas á
sus cuarteles, y todo quedaba en paz.....hasta que volvía á comenzar la
guerra; porque la paz no puede ser eterna, y en tiempos de guerra civil
la sangre anda alborotada, y la revolución de las ideas no siempre se con­
suma en las cátedras y en la imprenta.

84

ANTOSTO FLORES

Un pronunciamiento, se lo he oído decir á uno de los primeros fabri­
cantes del ramo, no es otra cosa que una tribuna al aire libre, donde se
grita más ó menos, según lo requiere el caso, y si no alcanzan las razo­
nes del sable, se hacen unas cuantas citas de artillería, y contraria contrariis curantur, que dijo el otro.
En estos asuntos cada cual dice lo que le parece: á mí, por ejemplo,
me parece lo mejor no decir nada más que lo que dejo dicho.



CUADRO X

H U M O A N IM A L Y H U M O M IN E R A L Ó L O S R E F E C T O R IO S
Y

LOS T A LL E R E S

«Estos, Fabio, ¡oh dolor!, que ves ahora
campos ile soledad, mustios collados,
l'uerou un tiempo Itálica lamosa.»

Si no escribiera el presente capítulo ó dejara de incluirle en el parén­
tesis retrospectivo que he abierto para anudar el presente con el pasado,
quedaría tan incompleto mi trabajo que no le comprenderían los hijos
de los hombres de ayer , ni los de hoy podrían incluirle en la herencia que
van á legar á los de mañana .
Haber hablado de realistas y doceañistas, de monarquías absolutas y
de régimen constitucional, de palizas y de trágalas, y no decir nada de
la piedra filosofal del negocio, como la llaman los doctores del rito revo­
lucionario, sería una falta imperdonable.
Líbrenos Dios de cometerla, y antes de que los economistas políticos
nos lancen una excomunión matemática, hagamos el debido arqueo en la
caja del positivismo para ver lo que arroja de sí el balance político de las
ideas metálicas.
Adoremos de todo corazón el oro que, como ustedes saben, merced á
la desaparición de las rancias doctrinas de nuestros abuelos, ha dejado
de ser villano, y ya no necesita de pruebas ni de pergaminos para ser
noble ni para ennoblecer al que le lleva consigo.
Antiguamente los doblones de á cuatro y los de á ocho y aun las pie-

86

ANTONIO FLORES

zas ele cliez y seis duros hacían su información de limpieza de sangre, y
no eran admitidas á la circulación sin sufrir un pesado interrogatorio so­
bre su procedencia y sus intenciones, hasta que se venía á sacar en lim­
pio que el dueño del oro tenía patente limpia para poseerlo y usarlo.
En la época presente, como que el vapor tiene un genio más vivo
que la fe, no da tiempo á esos requisitos, y se ha suprimido semejante in­
dagatoria.
El oro tiene carta blanca para cambiar libremente de dueño y circu­
lar á su antojo por la plaza sin que nadie le pregunte cosa alguna; oblíganle únicamente, y esto consiste en que suprimidos los privilegios el
rubicundo metal es una mercancía como otra cualquiera, oblíganle, digo,
á dejarse pesar y á sufrir descuento si ha permitido que le cercenen un
ochavo, ó á ser suprimido por completo si ha tenido la debilidad de
ocultar en su seno el plomo ó la plata.
Pero si se mantiene en sus carnes primitivas; si las vicisitudes no le
han enflaquecido ó alguno de sus dueños no le ha pellizcado, anda y corre
por donde quiere sin que nadie le pregunte nada ni haya quien deje de
saludarle y requerirle de amor.
Ayer era un vil metal si no le ennoblecía la persona que le sacaba á
la plaza; hoy" es tanta su nobleza, que es villano el que no le lleva consi­
go, y he aquí la obra más grande que ha consumado la revolución: dar al
oro derechos de ciudadanía, pergaminos nobiliarios y carta blanca, en
suma, para que improvise nobles y sabios, artistas y guerreros y toda clase
de hombres grandes.
Decíase antiguamente que «no hay hombre sin hombre,» y hoy puede
y debe decirse lo mismo, aunque añadiendo que para estos casos de la
fortuna, el oro está competentemente autorizado para hacer de padrino,
ni más ni menos que esos ciudadanos que viven de ser hombres buenos
en los juicios de conciliación.
Pero antiguamente el oro no sabía venir á España de ninguna otra
parte del globo sino de la India, y era preciso para poseerlo en abundan­
cia lanzarse al charco y dar una recalada hacia el Perú, de donde venía
aquella flota riquísima, fuente y origen de nuestra exquisitísima y prover­
bial pereza. Los que no tenían valor para pasarse por agua tenían que
poner en práctica la laboriosa alquimia de hacer el oro ochavo á ochavo,
amasando con el sudor de su cuerpo el metal de las piezas segovianas.
Hoy, día de la fecha, hemos suprimido esos trámites para adquirir el
oro, y aunque aún existe (en buen hora lo digamos) algo de aquellas In­
dias, se han perdido las flotas, y es inútil correr en posta á la Habana en
caballo de madera para hacerse rico. En cuanto al otro método de ir for­
mando el caudal un ochavo tras otro, es demasiado lento y no lo permite

AYER, HOY Y MAÑANA

87

la natural vivacidad del presente siglo. Es, pues, indispensable hacerse rico
de un golpe ó renunciar á serlo nunca.
La sociedad del vapor es el teatro de las grandes peripecias, y no sufre
términos medios ni elaboraciones trabajosas y lentas: ó toda la vida sa­
cristán, ó hacerse padre santo desde monaguillo.
El cómo se hacen estos que la Santa Inquisición habría llamado mila­
gros, será asunto de que nos hemos de ocupar más adelante, y no se ter­
minará esta segunda parte de la obra sin que demos al lector recetas para
hacer generales, ministros, hombres públicos, y lo que á primera vista
parece más difícil, hasta sabios. Y no sabios de poco más ó menos, como
si dijéramos, un antigo doctor de Salamanca, sino sabios capaces de atur­
dir y anonadar á todo el Pórtico de Atenas.
Ahora nos limitaremos á buscar el oro sin traerlo del Perú y sin aho­
rrar el ochavo, y al efecto vamos á examinar esa metempsicosis que han
sufrido los refectorios monacales; vamos á ver qué nos dice esa altísima y
elegante columna que ha reemplazado á la rechoncha y sucia chimenea
de cocina.
Antes de que la grasa animal que se evaporaba anunciando un rancho
se convirtiese en esa manga de vapor mineral que pregona una industria,
ha sucedido algo y aun algos, y he aquí la aguja que nos señala el origen
del oro.
Hanos caído la mano en la industria, y ya puede decirse que hemos
puesto el dedo en la llaga. Pocos esfuerzos necesitamos hacer para trope­
zar con esa plancha metálica que la aristocracia del dinero tiene suspen­
dida sobre nuestras cabezas y que ha venido á ser la válvula reguladora
de nuestra existencia.
Pero para entrar en materia, en estas de intereses materiales ha de
sernos preciso cambiar de pluma y de tono, rogar al lector que nos per­
mita un poco de seriedad y otro poco de mal humor, y tanto por esto
como porque el asunto ha de tener algo de conventual invocaremos para
esta plática el auxilio de la Divina Gracia; y aunque no nos atrevamos
á comenzar el sermón saludando á los oyentes con las palabras del Angel,
diremos, sin embargo, Ave María y entraremos en materia, que es aquí
el alma del negocio.
Ni porque se dijo en 1812 y se repitió en 1820 y se volvió á asegurar
en 1837 que había llegado la hora de hacer cada cual lo que le diese la gana,
ni porque se rebajó la talla social cuanto se pudo para que todos los hom­
bres fuesen iguales, ni porque se les hizo á todos libres, ni por haber in­
ventado varias cadenas para asegurar esa misma libertad, ni porque se
encargó á la artillería que se cuidara de igualar al género humano, de
ninguna manera se logró dejar á las gentes contentas y satisfechas. No

88

ANTONIO PLORES

les parecían mal estas prerrogativas y estas libertades, ni dejaban de
acompañarlas con el himno de Riego para que resultasen mejores; pero
en medio de ese bienestar moral hallaban un vacío matemático que no
les dejaba ser completamente felices.
Pedir más libertad cuando casi no sabían qué hacer con la que tenían,
habría sido un desatino; lo que les hacía falta era la igualdad, y eso fue
lo que pidieron, hablando unas veces de la nivelación de las fortunas,
tomando por tipo, no la del artesano, sino la del propietario; otras de la
desvinculación y de la supresión de los mayorazgos, y por último de la
desamortización de los bienes de los frailes; que hasta que les ocurrió
esta palabra y la pusieron por obra no encontraron la piedra filosofal.
Tratóse de repartir esos bienes, que desde luego se declararon mostren­
cos, como pan bendito entre todos los españoles; pero pronto vieron que
tocarían á poco aunque la propiedad era mucha, y pensaron en la su­
basta.
Este sistema de venta, que permite al vendedor encogerse de hombros,
lavarse las manos y decir, como los jugadores de física recreativa, «aquí
se juega limpio,» tiene sus ínfulas de moralidad y de justicia y no podía
ser desechado en un país constitucional, que no tenía más Dios ni más
Santa María que lo de «mitad más uno, mayoría absoluta.» Con esto los
frailes salieron por una puerta y por otra entraron los capitalistas á ha­
cerse cargo de la propiedad que les había tocado en la rifa.
Pero en la primera desamortización de los bienes mostrencos no les
salió bien la cuenta á los compradores, porque en pos del año 1821 vino
el 1824, y los frailes, que habían salido por la puerta trasera, volvieron á
entrar por la principal, y sin más ceremonia se consideraron dueños otra
vez de todas sus propiedades, sin que los que les habían desheredado les
escribiesen una sola carta desde Londres, donde se hallaban emigrados,
ó desde la cárcel en que les habían metido; y los pocos que andaban en
libertad estaban tan avergonzados de haber sido compradores de bienes
nacionales, que cuando vieron que volvían los frailes hubiesen querido
ó tragarse las fincas que habían adquirido ó que á ellos se les hubiese
tragado la tierra. La primera desamortización fue por lo tanto un ligero
ensayo de la que había de hacerse quince años después.
Esta fué la sabia, la radical, la verdadera.
Mientras la guerra civil diezmaba los españoles y los pueblos de corto
vecindario estaban siempre aprontando raciones y repicando campanas,
unas veces para celebrar la entrada de los carlistas y otras la de los libe­
rales, en las grandes poblaciones y muy especialmente en la corte se
acusaba de traidores á los que vertían su sangre sin alcanzar una victoria
completa, se armaban bullangas para derribar ministerios y se entretenía

AYER, HOY Y MAÑANA

89

la gente en cosas por el estilo. El ejército necesitaba víveres y municio­
nes, y no podía andar descalzo ni desnudo, ni trasladarse de un lado á
otro sin acémilas, y como el ministro de Hacienda no tenía ninguna de
esas cosas ni dinero para comprarlas, acudía á los que no tenían mucho
más que él, pero que al menos eran hombres de negocios, y el hombre de
negocios es el hombre del mundo, sobre todo en circunstancias extraor­
dinarias.
El contratista de ranchos, el de zapatos, el de acémilas y el provisionista, en suma, de todos los artículos que necesitaba el soldado, eran los
verdaderos oficiales de secretaría en el ministerio de Hacienda, cuyo edi­
ficio hubiera venido á tierra si no hubiera estado apuntalado con tales
apuntes. A su lado crecía el rematante de libranzas del Tesoro, el presta­
mista ministerial ó banquero del gobierno, y por último el comprador de
bienes nacionales, que es el rey de los compradores y el rey de los ban­
queros.
La Bolsa de Madrid, falso termómetro de los sucesos de la guerra,
estaba servida con dulcísima candidez por la imprenta periódica, que con
la mayor inocencia insertaba, comentaba, hacía suyos y aun se batía por
defender su exactitud los falsos rumores que el bolsista había soltado en
el café Nuevo ó en los corrillos de la Puerta del Sol, con deliberado pro­
pósito de que fuesen á parar á oídos del periodista, el cual era el único
que, habiendo hecho más que todos, cobraba menos que nadie: no cobra­
ba nada, y así se ha visto él, instrumento inocente de la calumnia, atro­
pellado más tarde por la carroza del calumniador.
Los gobiernos de la época á que nos referimos creyeron que malbara­
tando las propiedades desamortizadas aseguraban mejor el triunfo de la
causa liberal, y semejante absurdo hizo que en pocos días se vendiera
una inmensa riqueza, con gran satisfacción de los ministros de Hacienda,
que sabían de memoria el refrán que dice «donde no hay harina todo es
mohína,» pero ignoraban el otro de que «en la casa en que no hay gobier­
no, á pellizcos se va el pan tierno.»
Y como poco vale lo que poco cuesta y en poco se estima lo que al
primer ruego se alcanza, los compradores de los bienes nacionales derri­
baron los conventos, no para reedificar en aquellos solares, sino para en­
ajenar los materiales del derribo, cuyo importe les reembolsaba con un
ciento por ciento y á veces más del coste de la finca. Más tarde, cuando
el aumento de la población y el desarrollo de la riqueza pública ha hecho
necesarios los grandes edificios, nos hemos pasado sin ellos y hemos en­
tonado un Tedeum al encontrar en pie algún convento por pequeño que
fuera.
El gobierno por su parte, á última hora y cuando ya no quedaba ni el

90

ANTONIO FLORES

polvo siquiera de los verdaderos monumentos del arte, nombró una comi­
sión conservadora, que por cumplir su cometido ha recogido algunos
escombros, ha pedido la anulación de algunas ventas y aun ha vuelto
á comprar algunos de los edificios medio arruinados y sin otra gloria
monumental que la de la fecha de su construcción; autoridad parecida á
la de los hombres que están faltos de pelo ó le tienen blanco, que no por
eso son ni infunden el respeto de los canosos y de los calvos.
Pero á pesar de haber obtenido la venia del lector para tratar este
asunto con cierta formalidad, no nos atrevemos á seguir el camino comen­
zado, que nos llevaría á hacer reflexiones demasiado serias é inútiles de
todo punto, y sobre todo ajenas á esta obra y extrañas á este cuadro; el
cual no tiene más objeto que copiar la transformación de los conventos
de frailes en cárceles ó cuarteles, los refectorios monacales en fábricas de
vapor y las chimeneas de sus hornos de bollos en chimeneas de hornos
de fundición.
Los frailes y las cofradías religiosas, que pujaban y vendían en públi­
ca subasta acericos, palomas, bizcochos y otras chucherías á la puerta de
la iglesia, declaraban y tenían por más devoto de la Virgen al que pujaba
la torta con más bríos y más dinero, y los liberales declararon y tuvieron
por más devoto de la libertad y del regimen constitucional al que tuvo
más capital y más empuje para pujar los bienes mostrencos.
La cosa pasaba de la manera siguiente:
El diario de la familia, esto es, el Boletín oficial de Bienes nacionales,
creado al efecto, como revela su título, publicaba la filiación del neófito
mostrenco que iba á recibir el Jordán de la pública licitación, para pasar
de la comunidad religiosa á la compañía mercantil, y citaba á los aficio­
nados para un día y hora determinados á las Casas Consistoriales.
No había en el palacio del municipio un gran departamento destinado
á la venta de los bienes nacionales, ni siquiera un gabinete aislado don­
de pudiera instalarse el tribunal, compuesto del pregonero (perdonen
ustedes el modo de empezar), del juez de primera instancia, del escribano
y del administrador de bienes nacionales ó fincas del Estado; se trataba
de un acto público, y á no haberlo celebrado en medio de la calle, no se
le podía dar mayor publicidad que la que tenía en una de las antesalas
del ayuntamiento, por la que entraban y salían toda clase de personas
ajenas á la subasta.
En derredor del tribunal se colocaban unos bancos y en ellos tomaban
asiento los licitadores, los vividores, los curiosos y algunos protestantes.
Entre los primeros veíase siempre á los principales capitalistas de ia
corte, colgados á la oreja de sus respectivos representantes para inspirar­
les la voz y el voto de que ellos por cuestión de lujo hacían aristocrática

A YE R , HOY Y M A CAN A

91

renuncia; los segundos, gremio que más tarde conocerá el lector, no iban
allí á comprar bienes nacionales, sino á aprovechar aquella nacionalidad
que les permitía ganarse honradamente la vida. No iban á ofrecer de co­
razón su blanca mano á ninguna finca cartuja, sino á ver si pescaban en
aquella almoneda de familia una ‘p rima que les hiciese más llevaderas
las penalidades del destino y los rigores del hambre. En suma, no ibaná
rematar, sino á ser rematados.
Lo que hacían los curiosos en aquel sitio, demasiado lo sabe quien
los haya visto en cualquier otro: en primer lugar mataban el tiempo, que
es su único gigante Goliat, y tomaban apuntes acerca del resultado de
la función y para poder dar más tarde la noticia de quien se había que­
dado con el remate.
Otro tanto hacían algunos carlistas trasnochados que iban á protestar
en silencio de aquel despojo, diciendo entre dientes cuando se adjudicaba
alguna finca: «Ya vendrá el amo y devolveréis á los pobrecitos religiosos
sus conventos y sus casas de campo;»
El remate daba principio por leer el pregonero la filiación del esclavo
y el precio de la tasación, el cual solía ser tan bajo, que á las dos prime­
ras pujas dobló más de una vez el precio. Siguiendo de este modo, los con­
currentes pujando y el pregonero repitiendo, hasta que este ternísimo
vástago de la magistratura, fija su vista en el juez, repetía tres veces el
último lote y pronunciaba estas concluyentes palabras: A la tercera, que
es la legítima y valedera; oyéndosele siempre añadir entre dientes la
sacramental muletilla de Y que buen provecho le haga. Y el pícamelo se
sonreía y miraba al afortunado postor como si quisiera conocerle para
pedirle más tarde los consabidos guantes.
El licitador se acercaba á la mesa provisto de fiador abonado, firmaba
el contrato, y negocio concluido.
Pero antes de llegar á este desenlace final, habían ocurrido entre los
postores diferentes escenas, que bien valían cada una de ellas por todo el
drama junto.
Al llegar á la sala sabíase sobre poco más ó menos quién iba á ser el
mejor postor, y si de antemano no había podido ponerse de acuerdo con
los demás contrincantes para que no le hiciesen aire, se les acercaba al
oído en el acto de la subasta, y á condición de no soplar en otro remate
obtenía un perfecto reposo de los contrarios abanicos.
El vividor era el martinete que solía batir con más fuerza, y aun apa­
rentaba no querer transacciones; pero el capitalista le conocía de sobra y
no le tenía miedo. Si la prima que le ofrecía se le antojaba pobre con un
vestido de diez mil reales, le echaba otro de veinte y estaban despacha­
dos; si se obstinaba, que algunos vividores sabían su oficio á las mil maravi-

D2

ANTONIO FLORES

lias, le dejaba cargar con el remate, seguro de que luego iría á pedir
capitulación traspasando el negocio; porque ninguno de esos pequeños
negociantes dejaba de pedir que se consignara la cláusula de que adquiría
para poder ceder el remate.
En los primeros tiempos de la desamortización, la concurrencia á las
subastas fue inmensa, aunque las caras de los rematantes siempre eran
las mismas. Más tarde, cuando al decir de los inteligentes ya se habían
acabado las gangas, disminuyó mucho la afición, pero no varió en nada
la escena, que siempre fue poco más ó menos la que acabamos de bos­
quejar.
Para que esta gran empresa desamortizadora tuviese cumplido efecto,
fue preciso que los constitucionales más tibios hiciesen la vista gorda,
ínterin la gente de rompe y rasgales daba aderezada y medio comida una
cosa tras de la cual se les iban los ojos de gusto y por la que se relamían
una y otra vez las manos.
Todos eran partidarios de las leyes que impiden y evitan la amortiza­
ción, pero no todos querían reconocer el derecho de los desamortizadores.
Aplaudían, como era justo, las leyes liberales que se hacían entonces para
el día de mañana; pero no querían que los hombres del siglo x ix fuesen
legisladores del siglo xvm , sobre todo en materia tan grave y en asunto
de tanta importancia como el de la propiedad particular; y en esto tenían
mucha razón.
Andando ese camino, que tiene mucho que andar, pero que una vez
dado el primer paso se anda pronto, y suponiendo, suposición fabulosa,
que llega un día en que las obras literarias tienen tanto precio como las
de albañilería, puede antojársele áun legislador cualquiera desamortizar­
las y sacar á pública subasta, hoy Lo cierto por lo dudoso, mañana La Vida
es sueño ó la Araucana ó el Don Quijote, adjudicando en pública licita­
ción la progenitura literaria de todas esas obras al que más dinero ofrezca
por ellas.
Con un decreto ó una ley por la cual se declaren bienes mostrencos
(literariamente hablando) las comedias de Calderón, de Lope, de Tirso ó
de Moratín ú otras por el estilo, podrá cualquier tonto hacerse gran autor
dramático con sólo presentarse á hacer postura á los que en ese caso se
llamarían bienes nacionales. Y otro tanto se podría hacer con las obras de
arte y con las de ciencias é industria.
Por supuesto que cuando llegase tan mala hora para las obras del en­
tendimiento, ya no habría ni siquiera noción de lo que había sido la pro­
piedad, y tanto valdría ser mano muerta como mano viva.
Antes de que tales cosas ocurran, han de ver nuestros hijos la nueva
desamortización de lo que ahora se está amortizando; porque, como ya he-

AYE R, HOY Y MAÑANA

93

mos dicho al principio de este artículo, las ventas de los bienes naciona­
les no se han hecho de manera que salgan de las manos muertas á las
vivas, sino para echarse el muerto de un mostrenco á otro más mostrenco
aún. Esto es, para pasar de la comunidad de los frailes á la comunidad de
los bolsistas.
Así lo han querido las exigencias políticas, verdaderas madrastras de
los principios económicos y de toda buena administración.
Cierto es que aquellas inmensas riquezas, aglomeradas en una sola
mano; aquellas fuentes de prosperidad pública, que sólo apagaban la sed
de unos cuantos hombres, han vuelto al dominio de la nación, y que con
la continua sucesión de las generaciones y las leyes desvinculadoras, irán
llevando sus ricos caudales á todas las familias; pero harán los siglos lo
que debieron haber hecho los años, y esto, si hay alguien á quien no le
parezca un mal, nadie de seguro lo tendrá por un bien.
¿Qué granjas modelos han reemplazado á aquellas deliciosas y fértiles
cartujas, donde los monjes, encerrados con todos los prodigios de la na­
turaleza, se resignaban á renunciar todas las penalidades y miserias de
la vida?
¿Dónde están las grandes escuelas, los grandes talleres que para la edu­
cación del pueblo se han planteado en aquellos sólidos edificios que tanto
codiciaba la masa común cuando se los negaba la codicia de una comu­
nidad?
En aquellos magníficos palacios de piedra, ¿qué pobres acuden á curar­
se de sus enfermedades?
La desamortización, amén de una oficina del ramo en cada provincia
y de algunos cuartos que produjo al Tesoro público, lo que hizo princi­
palmente fué procurar negocios á los banqueros y trabajo á los jornaleros
que se ocuparon de los derribos.
El derribo fué la última sopa que se repartió en los conventos.
El ornato público, seamos justos, también sacó su provecho cíela venta
de los bienes nacionales, hermoseando con nuevos edificios algunas po­
blaciones, y hasta hubo barrios que aprovecharon la ocasión, fáltales ha­
cía, de pescar una plazuela.
Consolémonos, por lo tanto, y dejemos este tono plañidero que parece
inspirado por alguno de los antiguos habitantes de esos edificios vendidos;
consolémonos y echemos una cana fuera, dando por bien empleado lo su­
cedido al ver lo mucho que ha prosperado la industria con la desamorti­
zación.
Hemos dicho que los refectorios monacales se han convertido en talle­
res industriales, y así ha sido en efecto.
Testigos son de esta verdad, que no nos dejarán mentir por tan poca

94

4NT0N10 FLORES

cosa, más de una fábrica de harinas y algunas de papel y tal cual taller
de coches y otras varias industrias, que aunque es cierto que no han so­
lido alojarse en la parte principal de los edificios, eso consiste en que son
modestas y se avienen á todo.
La industria hace poco tiempo que vive entre nosotros y aún no tiene
confianza para hacerlo con comodidad y con holgura. Lejos de arreglarse
para su uso aquellos magníficos palacios de mármoles que el siglo la brin­
daba como á su reina y señora, se ha metido á vivir en los zaguanes de
los conventos, y merced á una modesta chimenea que la han construido
para que no la ahogue el humo del carbón de piedra, puede decir á los
extranjeros que aquí también nos industriamos para llegar á tener in­
dustria. Y la tendremos cuando nos demos á buscarla y á traerla por su
verdadero camino. Entonces no la entregaremos á los braceros, sino que
haremos que se encargue de ella esa generación que hoy se cría para inva­
dir los talleres de los expedientes y los hornos de fundición délas oficinas
del Estado, y ya verán ustedes cómo se desarrolla y crece y pierde ese
rubor que hoy tiene y esa modestia con que huye de los palacios.
Pero hasta entonces...., hasta entonces y mientras ustedes no resuelvan
cosa más acertada, resuelvo yo dar aquí por terminado el presente cuadro,
siquiera haya quien diga que no está completo.
¿Lo está por ventura la desamortización? ¿Han acabado las manos vi­
vas de rebuscar las migajas de pan entre las mostrencas? Pues cuando
acaben, si alguna vez acaban, terminaremos este cuadro.

A cada paso de los que demos en esta segunda parte de la obra me
voy á ver obligado á mortificar tu orgullo, querido lector. En viaje eres un
bulto, en la fonda eres un número, en el hospital te llaman caso y en
todas partes y á todas horas te suman ó te restan como una cosa ó un
objeto cualquiera. Satanás te ha engañado cuando te ha dicho que había
llegado el día de tu emancipación y de tu independencia. A medida que
vas conquistando libertades, vas añadiendo eslabones á las cadenas de tu
esclavitud. Eres muy rico, eres muy sabio, estás casi á punto de ser om­
nipotente, pero has perdido tu personalidad.
Fuiste una unidad en la lista de los nacidos, y serás otra unidad en
la de los muertos, pasando mientras tanto por varias clases y condiciones,
sin que sirvas de otra cosa que de aumentar ó disminuir el guarismo total
de cada una de ellas.
Al nacer, un hombre más; al morir, un hombre menos; cuando enfer­
mas, un caso; cuando viajas, un viajero; cuando te bañas, un bañista. Si
alguien te maltrata eres el número cuatro ó el cinco de los heridos que
hubo aquel día; si vas á paseo, si compras algo, si trabajas, si vagas, si te
prenden, si te escapas ó si te destierran, no eres tú, el orgulloso D. Fulano
de Tal, el que pasea, ni el que compra, ni el que se escapa; tu nombre no
hace al caso para nada, tu personalidad ha desaparecido; te hallas en la
casilla de los paseantes, de los compradores, de los jornaleros, de los va­
gos, de los presos, de los desertores y de los desterrados; pero te hallas

96

ANTONIO FLORES

como una unidad más, que se suma con las demás unidades, y punto
concluido.
La estadística, el gran cuadrante nivelador de la sociedad presente, se
ocupa á todas horas de ti, pero no se ocupa para nada de tu personalidad.
¡Qué le importa á ella de tu nornhre ni del orgullo satánico de tu indi­
viduo!
Si eres sabio, no se olvida de ti al sumar los sabios; si pagas mucha
contribución, aunque tú no te veas allí, estás en la casilla de los mayores
contribuyentes. Así, cuando oigas decir que en Madrid hay tantos ó cuan­
tos (nunca muchos) que saben leer y escribir, si tú sabes lo uno y lo otro
ten seguridad de que eres uno de ellos.
Si tienes una tierra, ó una casa, ó un árbol, ó un caballo, ó un perro
dogo, en las casillas de los perros dogos, de los caballos, de los árboles, de
las casas y de las tierras estarán los tuyos. A esta moderna inquisición
se le escapan menos cosas que á la antigua.
No le importa que te bautices ó dejes de bautizarte, ni que te cases ó
permanezcas soltero, ni que seas militar ó paisano; de todos modos, para
esta ó la otra casilla tu individualidad le da un número, y eso es lo que
le hace falta.
La estadística vive de los números.
El siglo xix es el siglo de los matemáticos.
Su primer trabajo ha sido triangulamos; esto es, partir en triángulos
geode'sicos la tierra en que vivimos; después medir las hectáreas y las
fanegas de cada triángulo; luego averiguar de quién son las tierras, ope­
ración más fácil de emprender que de llevar á cabo; y divididas y subdi­
vididas las tierras, contadas y recontadas las hectáreas, sumadas las casas
y los árboles y las plantas, hecho el recuento de los hombres y de los
animales, divididos aquéllos en cien clases y éstos en otras tantas, cada
cien divisiones en cada una de las especies, y llevando todo á cada casilla
respectiva, ha formado el gran reloj del siglo.
Con ese reloj en la mano, como no te ocurra dudar de la exactitud
con que ha sido hecho, no puedes dudar de nada más.
Es un reloj monstruo, un reloj completo, un reloj digno en todo y por
todo del siglo xix.
No señala la hora en que vives, pero marca las horas que has vivido,
las que has empleado en comer y en dormir y en trabajar y en hacer el
vago, las de los malos y los buenos pensamientos y las de las malas pala­
bras y las malas obras. No tiene música, pero tiene músicos y cantores;
no es reloj de sol, pero allí constan las horas á que sale y se pone en todas
las estaciones del año y en todas las regiones del mundo; tampoco es de
arena, pero marca el número de arenas que tiene el mar; no es de bolsillo,

97

AYER, HOY Y MAÑANA

y sin embargo dice el dinero que hay en todas las bolsas de España; no
es de oro, y cuenta todo el que hay acuñado; y por último, no es reloj de
pared ni de sobremesa, y sin embargo tiene un número para marcar las
varas de pared maestra y otro para hacer constar las mesas que hay en
España.
Consúltanle con frecuencia toda clase de personas, y cada una de ellas
va en busca de una cifra distinta. Para todos tiene un dato y todos le
atrapan un número.
Ha despertado la curiosidad de muchas gentes que sin la invención
del reloj estadístico jamás habrían pensado en averiguar cosa alguna, y
acósanle á preguntas por todo y para todo. Afortunadamente él no se
cansa ni se rinde, porque como no usa palabras, sino números, sale del
paso con un guarismo.
Como el mono de Maese Pedro, el titiritero de la venta, de lo pasado
sabe algo, de lo presente algún tanto y nada de lo porvenir. Pero aquí de
los calculistas y de los matemáticos. En el siglo de los problemas, en que
cada hombre es un enigma y cada cosa un misterio, sería imperdonable
con los datos de un problema no averiguar el resultado. Para esto y para
otras muchas cosas más sirven las matemáticas.
La estadística no puede decirnos cuánta gente se constipará el año
próximo, péro sabe lijamente la que se ha constipado este año y los ante­
riores, y sin más que prestarnos esos datos, hacemos con ellos un quin­
quenio, y a +b=x, tenemos resuelta la cuestión.
Ejemplo al canto:
—¿En qué estará pensando la humanidad á estas horas?—dice un filó­
sofo á las tres ó á las cuatro de la mañana, que para cierta clase de filo­
sofías todas las horas son buenas.
Ni por lo intempestivo de la hora ni por lo extraño de la pregunta
espera el filósofo que haya quien le conteste, y acude al reloj del siglo.
Coge los últimos Anuarios estadísticos, hace un quinquenio con los datos
que arrojan las distintas casillas de los estados, y dice:
—99 por 100 durmiendo, 1 por 1.000.000 resolviendo problemas socia­
les, 1 por 10.000 trabajando para trastornar la sociedad.
Y así continúa averiguándolo todo, hasta encontrar su propia casilla,
la de los que están pensando en saber lo que piensa el prójimo.
Por supuesto que averiguar por medio de la estadística y de las mate­
máticas cuántos suicidios se estarán cometiendo á tal cual hora del día,
y cuáles serán con arma blanca ó en el mar Negro, y con una caja de
fósforos ó ahorcándose á obscuras, es facilísimo. Eso se sabe al momento.
También se sabe con toda exactitud, con la precisión matemática del
siglo, el número de niños rubios ó morenos que han de nacer en un día
T omo 11

7

08

ANTONIO FLORES

dado, y cuántos serán varones ó hembras, y si habrá entre ellos algún
lisiado, y en qué parte del cuerpo será la lesión, y los que serán legítimos
ó ilegítimos, y en suma, todo lo que se quiere averiguar se averigua.
En cuanto á los datos absolutos, los que no tienen relación con una
fecha dada, esos son infalibles. Esos los contesta el reloj por sí propio con
admirable precisión.
Magistralmente y sin que permita que se le replique, asegura que los
naturales de tal país son propensos á la demencia exaltada, y que los del
otro lo son á la tranquila, ó que los de cierto pueblo son homicidas,
mientras que los del inmediato son incapaces de hacer daño á un mos­
quito.
A todo eso responde, y para eso y para mucho más sirve la estadística;
pero el gobierno es el que saca de ella el verdadero provecho. Como que
bien mirado, ese gran reloj es el reloj de bolsillo del ministerio.
Si el ministro de Hacienda no lo tuviera en su faltriquera, no sabría
el dinero que tienen en las suyas los españoles. Y no sabiendo lo que tie­
nen, no podría saber cuánto les ha de pedir. El reloj no le dice lo que les
ha de sacar, pero le da cuenta de lo que el labrador saca de sus tierras,
el industrial de sus fábricas, el propietario de sus fincas, el ganadero de
sus rebaños y el comerciante de sus capitales, y esto le basta. Con menos
tuvieron suficiente los recaudadores del diezmo para diezmar la propie­
dad antigua. ¡Conque figúrate, lector, si con los trabajos estadísticos ten­
dremos ahora de sobra para que no quede nada sobrante! Sabe el minis­
tro que el reloj no ha de descubrirle un nuevo mundo, pero tiene seguri­
dad de que los Colones que han salido á registrar colonos habrán repe­
tido el milagro de los panes y de los peces y que la tierra se habrá ensan­
chado á su vista. Si en el libro de la estadística hay más fanegas de tierra
que fanegas de ochavos en las cajas del Tesoro, toma sus apuntes, apunta
hacia la tierra de promisión nuevamente descubierta, lanza sobre ella
una nube de recaudadores, y al año siguiente ya no queda nada por re­
caudar.
Si ciertos pueblos que parecían inapetentes y que consumían pocas
carnes y poco vino han dejado de ser morigerados y resultan grandes
consumidores, se les aumenta la contribución de consumos y queda todo
consumado y consumido.
He este modo y consultando con frecuencia el reloj sabe el ministro
si ha de aumentar las contribuciones directas ó las indirectas, llevando
el producto de todas ellas directamente á las arcas del Tesoro público.
El ministro de la Guerra también le pregunta al reloj cuántos mozos
sorteables hay en cada provincia, y el reloj le declara todos los que él
conoce, indicándole los que el año anterior resultaron cortos de talla y

AYE R, HOY Y MAÑANA

99

exentos del servicio de las armas por imposibilidad física ú otras causas.
Para los ministros de Fomento, de Marina, de Gracia y Justicia y de
Gobernación, el reloj es también un gran oficial de secretaría, pero es á
la vez un remordimiento.
El primero sabe los árboles que tiene, y aunque son pocos, se alegra
de tenerlos; pero sabe los que le faltan, que son muchos más, y este nú­
mero le entristece. Tampoco le alegra saber el numero de kilómetros que
están por hacer en las principales carreteras y ferrocarriles, y el estado
de los puertos y el guarismo de los canales de riego y el cero que ocupa
la casilla de los ríos navegables le desesperan.
El de Marina cree que ha hecho mucho; pero ve que es poco, muy
poco, comparado con lo que le queda por hacer, y le entra el desaliento.
El de Gracia y Justicia, que no puede dar un paso sin llevar el reloj
consigo, aunque parece que está mirando el número de criminales y la
clase de crímenes que hay en cada pueblo y las reincidencias y ios esca­
lamientos de las cárceles, lo que hace es mirarse al espejo y asustarse de
su propia imagen. Aquellas cifras le dan á entender, y si no lo entendiera
daría muestras de ser poco entendido, que los criminales saben el Código
penal mejor que los magistrados, y que muchos de ellos parece que al
delinquir tenían en una mano el instrumento del crimen y en la otra un
ejemplar del Código.
El ministro de la Gobernación, que tiene en el reloj el estado de los
hospitales y de los manicomios y otra porción de curiosidades por el
estilo, parece que no encuentra lo que busca. ¡Saca la llave, porque para
dar cuerda á la máquina de la estadística él tiene una llave y el ministro
de Hacienda otra, y adelanta y atrasa el minutero, y aun suele hacer
esta operación con la uña y nunca queda satisfecho. Sabe el número de
electores y el de elegibles, pero no sabe cómo piensa cada uno de ellos,
y esto le aburre con razón. Bueno es que se diga que se respetan, y hasta
que se respeten si es posible, todas las opiniones; pero bueno es también
que se sepa cuáles son éstas. Y no complicaría gran cosa la máquina
añadir veinte ó treinta casillas, que no son muchos más los principales
bandos políticos, para que se supiese cómo pensaba cada ciudadano; es
decir, cada ciudadano elector, porque los demás ciudadanos pueden pen­
sar como les acomode. Con éstos ajusta la cuenta el ministro de la Guerra
ó el director de Artillería; al de la Gobernación sólo le interesan los
otros.
El ministro de Estado es el único que no mira el reloj, porque no
señala las horas que él necesita. Como ministro de Negocios extranjeros
tiene diferentes meridianos, y el de su país no le hace falta para nada. El
sol no se pone jamás en los dominios del ministerio de Estado.

100

ANTONIO FLORES

Por supuesto que el reloj no es todo lo perfecto que ha de ser con el
tiempo, porque las gentes han creído que aunque los relojeros que reco­
rren sus campos no les piden más que números, averiguados éstos les
han de pedir alguna cosa más. Yen en esta cuestión una cuestión nume­
radora, pero se les figura que van á dejar de ver algo de numerario. Así
los pobres soldados de la estadística, que andan sufriendo los rigores de
las estaciones por medir con exactitud las tierras y recontar los árboles
y averiguar el número de los animales que hay matriculados en cada
aldea, son recibidos con poca amabilidad por los vecinos de los pueblos.
Pero hacen mal en obrar así y en hacer ocultaciones para que no se
sepa lo que tienen, porque la estadística lo ha de saber más tarde ó más
temprano. Ya hemos dicho que á esta inquisición se le escapa menos
que á la otra.
Tan cierto es que no se le escapa nada, que te has de asombrar, lec­
tor, cuando en la última parte de esta obra te digamos todo lo que se ha
de averiguar por medio de ella.

CUADRO XII

A L M A CÉ N DE LÁGRIMAS

Exceptuando el Espíritu divino, que es el verdadero espíritu recono­
cido por todos los filósofos, menos los epicúreos y los demócritos, el me­
jor espíritu que yo conozco, incluso el espíritu de vino, es el espíritu de
asociación.
La humanidad se ha hecho un gran bien á sí propia suprimiendo
el individuo y creando la sociedad. El concurso de los espíritus huma­
nos para formar y robustecer el espíritu de asociación es la gran obra
civilizadora del presente siglo. Las casas de párvulos, los colegios, las
universidades, los casinos, las mesas redondas, las orquestas monstruos
y los grandes trenes de viaje han disuelto los grupos heterogéneos de
las antiguas pequeñas familias para formar las grandes y homogenas fa­
milias nacionales. La unión da la fuerza, y la unión no puede prescindir
de la ley de las afinidades. En el cuadro que expresamente hemos pintado
para retratar las sociedades mercantiles verá el lector los grandes resul­
tados del espíritu de asociación. El presente no tiene un objeto tan vasto;
trátase únicamente de demostrar una de las grandes ventajas de ese gran
principio.
El siglo xix, confeccionador de canastillas de ropa blanca para los
hombres que van á nacer, no podía olvidarse de tejer coronas fúnebres
para ornar las sienes de los que van á morir. Asociarse para reir y sepa­
rarse para llorar habría sido indigno. Sacar las risas de las tertulias públi-

102

ANTONIO FLORES

cas y no hacer lo mismo con las lágrimas hubiera siclo una inhumanidad.
El lujo de los teatros exigía el lujo de los cementerios; los grandes alma­
cenes de juguetes reclamaban grandes fábricas de coronas fúnebres.
La sociedad presente ha atendido á esta necesidad con preferencia á
muchas otras. Desde que los placeres perdieron el pudor y salían á la
calle sin ruborizarse, los dolores no podían conservar la vergüenza ni te­
ner rubor de salir en público. El siglo xix ha obrado con la sabiduría que
le caracteriza al publicar las alegrías y las tristezas del prójimo. Para algo
hemos inventado los fósforos y el alumbrado de gas.
¡Pues bueno fuera que después de haber hecho un mundo de luz tu­
viéramos dentro de él rincones obscuros! Nada de eso, lector; vengan las
risas y las lágrimas á la plaza pública, que no porque estemos ocupados
en cotizar efectos de Bolsa, hemos de dejar de vender los afectos del
alma.
Hagamos almoneda general de todo, aunque haya quien diga que es­
tamos próximos á la bancarrota.
—¡Aquí hay un muerto!—dice el médico que pretendía hacerle inmor­
tal.—¿Quién se encarga del cadáver?
—¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!—gritan á la vez quince ó veinte sociedades mortuorias.
—Yo me encargo de embalsamarle en dos horas sin que se desfigure
y dándole mayor belleza de la que tuvo en vida, y anuncio su muerte en
veinte mil ejemplares de periódicos, y le llevo á enterrar en una carroza
fúnebre de gran lujo y buen movimiento, con seis ángeles llorando y la
estatua de la Religión y la de la Fe y cien atributos y trofeos sentimen­
tales y seis caballos enlutados también, y le pondré en un panteón hol­
gado y cómodo con lápida de mármol y adornos de bronce.
—Yo hago todo eso y mucho más en menos tiempo y por menos
precio.
—Y yo ofrezco mayor perpetuidad que todos, porque mi cementerio
está al otro lado del río. Desconfiad, señores, de lo que os prometen esas
otras sociedades, porque sus campos santos no están seguros. El ensanche
de Madrid los va empujando y los hará desaparecer muy pronto.
Y la familia atribulada tiene precisión de elegir entre todas aquellas
sociedades una á quien entregar el cadáver querido, cuidando de expre­
sar toda la extensión del dolor que siente ó del que su fortuna metálica
le permite sentir, para que aquellos solícitos plañidores puedan represen­
tar con toda propiedad el desconsuelo, la aflicción y el llanto de sus po­
derdantes.
La primera diligencia es privar al dolor de la vergüenza con que huye
de la sociedad, apartándose á deshacerse en lágrimas en el rincón más
solitario de la casa. A la viuda desconsolada, al hijo afligido, á la madre

A Y E R, HOY Y MAÑANA

103

tran sid a de dolor, lo prim ero que les preguntan es el precio y el tam año
de las papeletas y de los anuncios en que se ha de hacer público su des­
consuelo. Al siglo de la publicidad le sería imposible guardar ningún se­
creto.
El m uerto no es sim plem ente un esposo ni una m adre ni un hijo
de familia, es un individuo de la gran familia nacional, y lo prim ero que
hace falta es que el público que constituye su parentela sepa que ha fa­
llecido.
Los interesados, como todo lo m iden en aquellos m om entos por su
dolor, y su dolor es grande, piden que sean grandes tam bién los anuncios,
y en el D iario de A visos y en las esquelas que se reparten á domicilio,
tras de un niño llorando sobre un sepulcro ó un bosque de cipreses ú
otra alegoría por el estilo, se anuncia el fallecimiento y se señala la hora
de la traslación del cadáver, rogando casi siempre que encom ienden á
Dios al difunto y suplicando siempre el coche.
Para refrendar la jerarquía social del m uerto y hasta el grado de do­
lor de la familia, es preciso tener en cuenta el núm ero de coches que si­
guen al carro fúnebre. Las gentes que oyen al pasar un entierro, no el
ruido de los responsos, que se han suprim ido, sino el lento rodar de los
carruajes, salen á contar el núm ero de éstos, y este núm ero es una gace­
tilla para los periódicos del día siguiente. Rezan ó no un Pater noster por
el alm a del difunto, pero observan si la caja va forrada de paño ó de te r­
ciopelo, y si los caballos llevan penachos y los criados van vestidos de
riguroso luto, y se retiran á sus ocupaciones, esperando, porque tienen
derecho á ello, á que el periódico les diga al día siguiente el nom bre del
difunto y sus cualidades y si se pronunciaron discursos en el cem enterio
y hasta el juicio crítico de éstos.
Después que la familia ha dado sus instrucciones acerca del grado de
pena que quiere ostentar en público, ó si por abreviar este penoso in te ­
rrogatorio de los enterradores ha dicho el dinero que quiere gastar ó au ­
torizado para que se gaste todo el que se crea necesario, el cadáver no les
pertenece; el m uerto es de la propiedad de los socios. Inscríbenle en la
cofradía como si lo hubiera hecho en vida, y le dan todos los honores de
la muerte.
El lecho del dolor desaparece cuando empieza el verdadero dolor, y
alzan en su lugar una gran cama im perial, en cuya colocación trabajan
por espacio de dos ó tres horas diez ó doce artistas. El cadáver se expone
al público entre cortinas de terciopelo negro y ñecos de oro con adornos
de bronce y alum brado por m u ltitu d de hachas de cera. Al pie de ese le­
cho m ortuorio y cuando cerrada la caja y em butida en el carro fúnebre
va camino del campo santo, nadie llora; en el cementerio le entierran á

104

A N T O N IO F LO H E S

secas también, y no parece sino que el espíritu de asociación, fácil de aso­
ciar las alegrías, ha sido impotente para llorar en sociedad las desgracias.
A pesar de la publicidad del suceso, cualquiera diría que el dolor se
había quedado en el seno de la familia, temeroso de perder el pudor si
salía á la calle.
Acaso habría pensado que si la familia desconsolada y afligida hubiese
pedido consuelos y lágrimas en vez de suplicar• coches, la sociedad la
hubiera acompañado en el llanto, y el luto habría pasado más allá de los
arreos de los caballos y de las libreas del alquilador de carros fúnebres;
pero no es así ciertamente: la sociedad llora y acompaña en el senti­
miento y aun se encarga de sentir por los interesados.
Ahí están, que no me dejarán mentir, los lapidarios, las floristas, los
grandes almacenes de objetos fúnebres y los cementerios mismos.
Aunque te parezca, lector, que el público ve pasar con indiferencia un
cadáver, no creas que deja de llorar y de sentir y de ocuparse en llorar la
muerte de aquella persona. Verdad es que canta la joven que está ence­
rrada en su modesta buhardilla y que ni siquiera ha tenido la curiosidad
de levantarse para ir á ver pasar el entierro, pero en cambio redobla su
trabajo y dice á su compañera de labores:
— Date prisa á acabar esa corona, porque ayer me dijo el comerciante
que ya no le quedaba más que una docena, y ya ves que pasa un entie­
rro, y de gente rica, porque se oyen muchos coches.
— Ale incomoda mucho hacer estas coronas, sobre todo con este rótu­
lo tan largo.
— Pues ya ves que son de las que más se venden.
— Sí, ya lo sé; pero mira tú que poner dentro de una corona pequeña
¡Ay, hijo del alma mía, tu madre muere día por día/, es un fastidio.
— Sin embargo, yo comprendo que á las madres les guste este rótulo
más que aquellos otros que sólo dicen: /Hijo mío! ó ¡Angel de amor! ó
¡A mi hijo! ó ¡Pobre madre!
—Pues y aquellos de ¡Laura!, ¡Hortensia!, ¡Luisa!, ¡Adelaida! Y por
cierto que, según el comerciante, tenemos que deshacer algunas de las que
hicimos con el nombre de Pepa, porque dice que hace mucho tiempo que
ha observado que no se muere ninguna de ese nombre, y le hace falta el
material empleado en ellas para otras.
— Las de más salida son las que dicen: ¡Amor filial!, ¡Ternura frater­
nal!, ¡Tu afligida madre!, ¡Tu inconsolable hijo! Todas esas tienen más
aplicación y hasta son más bonitas; pero dicen que los trabajos de pelo
son los que ahora están más en moda.
— Sí, pero esos son cuadros para las casas, no para el cementerio.
— Ya lo sé, y yo no gastaría en ellos mi dinero, porque ahí sí que dan

AYER, HOY Y MAÑANA

105

gato por liebre. ¿Quien te dice á ti que aquel pelo es el mismo que tú has
dado?
—¡Toma, eso lo mismo sucede con las coronas que hacemos nosotras!
—No lo creas, porque la familia no nos da ni las flores ni las letras
ni las cintas de luto.
—Pero nos las traen del cementerio, que es lo mismo ó peor. Estoy
segura de que con las mismas letras hemos hecho algunas veces tres
nom bres distintos. ¡Tendría gracia que la segunda corona que hicimos
con ellas se la hubiesen puesto al que pagó la primera!
—Yo me ahorraría de todas esas equivocaciones si tuviera que ir á
llorar alguna persona querida, porque no le pondría más coronas que las
que yo m isma hiciera.
—¡Ya, pero como las dem ás gentes no saben hacerlas!
—Que cojan las flores y las echen sobre la sepultura. Y si no tienen
flores, que viertan lágrimas, que es m ucho mejor.
—¡Buena cuenta nos tendría eso á nosotras! Si no fuera por las coro­
nas fúnebres no sé de qué viviríamos. En los platos de dulce no se po­
nen ya flores de mano, y las que usan las señoras para las bodas y los
bailes las traen de París.
En los alm acenes de objetos fúnebres no suele haber nunca sem ejante
conversación. La corona de siemprevivas, el corazón de pelo, los ángeles
que lloran, la lám para funeral y la estatua funeraria son otras tantas
m ercancías que pagan su contribución, que tienen su época de más ó
menos consumo y que exigen por lo tanto am abilidad en el vendedor,
exposición variada para excitar el apetito de los compradores y grandes
anuncios para llam ar parroquianos; tener de su parte al alquilador de
carros fúnebres, y sobre todo al conserje y al jardinero de los cem ente­
rios, para que den razón de dónde se venden las figuras m ás sentim en­
tales, las coronas m ás expresivas, los lazos m ás melancólicos y los ador­
nos m ás fúnebres.
M ientras el vendedor de lágrim as está á solas con ellas, las trata como
si fueran objeto de risa y hace su balance m ercantil con la m ayor indi­
ferencia: ¡como si la estadística ele su casa no ofreciera un gran dato para
la estadística de los dolores de la hum anidad! H asta que entre un parro­
quiano no debe com pungirse ni m anifestar repugnancia hacia aquellos
atributos de la m uerte que á él y á su familia le dan la vida.
Pero si de repente (repente felicísimo para el com erciante de suspiros
postum os) llega á la p uerta de su tienda un coche negro, con libreas ne­
gras y atalaje negro tam bién, y baja de él una señora envuelta en ne­
gros crespones y soltando gasas negras por todos los ángulos de su cuerpo,
el vendedor debe arquear las cejas, doblar el cuerpo sobre el m ostrador de

ÎOG

ANTONIO FLORES

sus mercancías, y sacudiendo la cabeza, como si dijera en voz baja «acom­
paño á usted en el sentimiento,> decir en voz alta, aunque lúgubre:
— Sírvase usted sentarse y decirme en qué puedo servirla.
La señora, que por más que venga anunciando penas y afligiendo co­
razones, puede no estar apesadumbrada ni tener su corazón afligido, se
sienta, y alzándose el velo que enluta el semblante, dice con voz clara,
sonora y hasta alegre:
— Saque usted coronas.
El comerciante debe cambiar su aspecto lúgubre, y tomando un aire
más jovial preguntar:
— ¿De qué clase?
— De las mejores— contestará la señora.
— ¿Para párvulos, para adultos ó para personas de edad? Sírvase usted
decirme la edad, el sexo y el estado del difunto.
— Son para mi esposo.
— En ese género tengo cuanto usted apetezca, porque acabo de reci­
bir de París un gran surtido.
— Yo creía que se fabricaban en Madrid.
— Sí, señora; las hay también, pero son mucho más ordinarias, para
gentes de poco más ó menos. Las francesas son mucho mejores, porque
para estas cosas de sentimiento no hay otro París. Aquellos artistas com­
prenden de tal modo los afectos y las pasiones del corazón humano, se
identifican tanto con las desgracias del prójimo, que parece que lloran
las suyas propias.
— Pues sáqueme usted de las francesas: una grande que abrace todo
el nicho, dos más pequeñas y un corazón para el centro.
— ¿Y no quiere usted tambiqn lámparas? Las tengo tan elegantes y de
una luz tan melancólica y tan lúgubre que da miedo verlas encendidas.
— No, señor, porque de todo eso tengo, y ya como no sean las coronas
no cabe nada más en el nicho.
— ¿No necesita usted tampoco un amor llorando sobre una urna ó al­
gún lacrimatorio de biscuit ó estatuas ó alegorías de alabastro?
— Vaya, enséñeme usted los amores á ver si me gusta la figura que
tienen, porque los que he visto el otro día en el sepulcro que hay al lado
del de mi esposo no me llenan. Tienen una actitud tan poco espiritual y
tan tosca, que no dicen nada. Y al mismo tiempo, si tiene usted coronas
para niños sáqueme usted una, porque hace tiempo que no he llevado
nada al nicho de mi hijo.
El comerciante presenta á la vista de la enlutada señora cien objetos
de luto, capaces de entristecer al mismo dios Momo, y elogiándolos y pon­
derando el sentimentalismo y la propiedad de todos ellos, cambia la ma-

A Y E R , HOY Y M AÑANA

107

yor parte de aquellas lágrimas francesas por unos cuantos duros españo­
les, ofrece á la señora si quiere que los dependientes de su casa vayan á
clavar los objetos al cementerio, y ella dice que sí y da las señas y el
número del panteón para que la esperen allí mientras da un paseo por el
Retiro y unas vueltas por la Fuente Castellana.
Al anochecer, que es la hora de las grandes lágrimas, como que la
atmósfera se está estregando los ojos para verter las suyas sobre las flo­
res, entra la desconsolada esposa en el cementerio y riñe con el conserje
porque no ha arrancado la hierba que crece delante del panteón de su
marido y se ocupa con prolijo cuidado de la colocación de las coronas, y
goza al ver que no hay ningunas mayores ni de más gusto que las suyas,
y reza ó no reza un Padre nuestro, que eso ella lo sabrá y el alma de su
esposo también.
Yo no lo sé ni me quiero quedar allí para averiguarlo. He escrito este
cuadro para probar lo que es el espíritu de asociación aplicado á llorar
las desgracias de las familias, y éstas no se sienten á la vista de los ce­
menterios; ni aquellas anaquelerías convertidas hoy en escaparates de
chucherías de niños y de coronas de rosas y siemprevivas, ni la clase de
flores que crece en aquellos jardines, ni el lujo de las lápidas, ni menos
las inscripciones de ellas dan idea alguna de la muerte.
Aquellas paredes son otras tantas hojas de la estadística del siglo,
donde no se ve nada más que números y unas grandes letras que dicen:
¡Luisa!!!, ¡Fernández!, ¡Adelaida!!!, ¡Adiós para siempre!, ¡Sin ti me
muero! y otras inscripciones por el estilo.
Los poetas ayudan también á sentir á las familias, y cuando les en­
cargan algún epitafio hacen poco más ó menos las mismas preguntas que
el vendedor de coronas y amores fúnebres.
Por respetos que el lector me sabrá agradecer, no copio muchos de los
dolores en verso que en este momento acuden á mi memoria. Las penas
rimadas y medidas me afligen mucho más que las penas desmedidas y en
completa li bertad.
De todos los gritos que da la sociedad cuando se le muere algún socio
y de los lutos que arrastra, me quedo con el Diario de Avisos y con los
caballos del carro fúnebre.
Verdad es que el primero suplica el coche, pero al menos dice algo.
Los versos y las coronas no dicen nada. Y en cuanto á los caballos fúne­
bres, como dependientes de un alquilador de coches, es posible que en
cuanto suelten las bayetas de haber llevado un muerto, se pongan el co­
rreaje de gala para arrastrar el coche de un bautizo, y acaso lleven á en­
terrar al mismo á quien llevaron á la boda; pero esto no obsta para que
el paso reposado, la bayeta que arrastran y la cabeza inclinada por el peso

IOS

ANTONIO FLORES

de los penachos produzcan un gran efecto funerario, sentimental y lú­
gubre.
En cuanto al duelo, ya no se despide en la casa mortuoria; se despi­
de en el cementerio para ahorrarle la incomodidad de volver á la casa.
Después que ha salido el cadáver, á la casa mortuoria sólo van las
cuentas de las lágrimas que ha vertido el alquilador de los coches, el de
las bayetas, el marmolista y el fabricante de coronas fúnebres.
Estos industriales vuelven á emplear el dinero que reciben en nuevas
lágrimas que guardan fiambres para recalentarlas y verterlas en sufragio
de los parroquianos que vayan cayendo.

Lector, ¿eres aficionado á viajar?
Si no me contestas con una pregunta, es señal de que no sabes lo que
te he preguntado.
Para ponerte en camino de comprender el que vamos á andar en este
cuadro, es preciso que me contestes preguntándome lo que yo entiendo
por viajar. Si así lo hicieres, y quiero suponer que así lo has hecho, veras
cómo yo te respondo que viajar no es dejarse trasladar de un punto á otro.
Y si esta respuesta negativa no te parece digna de la pregunta, te daré
otra más categórica y más llana. Te diré que el viaje y el transporte son
dos cosas enteramente distintas, como lo son el alimento y el medicamen­
to. El primero es una necesidad y un placer; el segundo es una necesidad
y un tormento.
Pero de todos modos, y aunque esto que digo sea una verdad, tampoco
es mentira que los verdaderos viajes pertenecen ya á la historia y que lo
que ahora se usa es el transporte. Las personas han venido á ser cosas
que se llevan de un lado á otro, sin que ellas intervengan en su propio
movimiento, y que una vez entregadas ála máquina que ha de arrastrar­
las en su camino, no les cumple ni les conviene hacer nada mejor que
cerrar los ojos para abrirlos en el otro mundo si el locomotor ha hecho
la calaverada de echarse con la carga por un derrumbadero, ó en el tér­
mino del viaje si éste ha sido feliz.

110

ANTONIO FLORES

Así, lector, aunque te he preguntado si eres aficionado á viajar, no es
para proponerte que viajemos, sino para decirte que los viajes se han
acabado. Aquella tranquilidad andariega con que la ínula de paso iba uno
tras otro llevando los frailes al capítulo, los estudiantes á las universida­
des, los canónigos á la catedral y los corregidores al pueblo de su corregi­
miento ha desaparecido. El siglo de los destajistas ha suprimido las jorna­
das en los viajes, y haciendo apuestas de celeridad con el aire, aunque
transporta á los hombres por tierra, los lleva en volandas de un lado para
otro sin dejarles descansar en parte alguna. Pero como las distancias que
separan unas poblaciones de otras se llaman caminos, siquiera sean cami­
nos de hierro, y las gentes que por ellos transitan se apellidan viajeros,
fuerza nos ha de ser llamar viaje á lo siguiente:
La escena pasa en una calle ó en muchas á la vez. Quien hace un ces­
to hace ciento, y visto un transportado puedes figurarte los demás. Una
señora sola, enteramente sola, sale de su casa en traje de camino; el traje de
camino no es hoy como ayer el más viejo y el más remendado, sino el más
nuevo y el más por remendar. Del brazo izquierdo le cuelga lo que siempre
se ha llamado esportillo y ahora se llama cabás, y con la mano derecha sos­
tiene un gran talego de color, cerrado con un candado. Este envoltorio,
que se conoce con el nombre de saco de noche, no porque sea la funda de
las personas mientras duermen, ni porque haya de servir de almohada
para tenderse á dormir durante el viaje, es la prenda característica del
viajero. Hoy día cualquiera puede lanzarse á viajar sin más ropa blanca
que la puesta, y gracias si está completa y recién lavada, y puede omitirse
y se omite el pasaporte; pero lo que no puede dispensarse es el saco de
noche. Dicen que estas prendas se inventaron para guardar en ellas la
ropa sucia, y esto no es posible, puesto que van llenas al empezar el viaje,
ó como suplemento de los bultos del equipaje, y esto tampoco puede ser
cierto, porque la mayor parte de los viajeros no llevan más bulto que el
suyo y el del saco de noche.
De todos modos, ¿quién es capaz de saber lo que una señora puede lle­
var en un saco de noche? Si es una costurera, que no porque la veas con
traje de princesa has de creer que lo es ni lo ha sido sino de algún teatro
casero, guárdate de pedirla una aguja ni una hebra de hilo: no lleva ella
en el saco ninguno de esos remordimientos. Un vestido, por si se le rom­
pe el que lleva puesto; una manteleta de dos caras, para hacer varias se­
gún los tiempos vengan; un par de botas nuevas, por si conviene saber
dónde aprieta el zapato; un estuche de pomadas y barnices, por si le ocu­
rriera ruborizarse ó perder ei color con los lances el viaje; algún abanico
con el que pueda darse el aire que más le convenga, y tres ó cuatro libros
de novelas y un devocionario de lujo, no por lujo de devoción, sino por

AYER, HOY Y MAÑANA

111

ser lujosamente devota: he ahí el contenido probable de un saco de noche.
En el cabás no lleva fiambres, porque harto fía ella en que la suya le hará
comer cuanto encuentre al paso, y sólo una Guía del viajero, un espejito
á quien poderle preguntar de vez en cuando lo que hace el cabello, un
peine para que éste se contenga á raya, unos cuantos caramelos por si hu­
biera necesidad de enseñar los dientes y un frasquito de éter para los
accidentes previstos, aunque indeterminados, es todo lo más que suele
encerrar el esportillo. Alguna vez, no todas, se suele llevar un velo de re­
puesto por si las tintas de la atmósfera hicieran preferible el velo verde
al negro, ó éste al blanco ó al morado; pero este es un verdadero refina­
miento de equipaje; esto sólo lo hacen las que tienen el viaje como una
profesión. Dejemos, por lo tanto, de escudriñar la conciencia de los sacos
de noche y de los esportillos y sigamos á la viajera.
Acércase á un coche de alquiler, de los que el vulgo llama tres por
ciento, no porque haya tres buenos en cada centenar de ellos, que todos
son malos, ni porque los cuadrúpedos que los mueven den tres pasos
mientras debieran dar ciento, sino porque estos carruajes fueron uno de
los primeros productos del crédito nacional; acércase, digo, á un coche,
abre por sí propia la portezuela, mira al cochero, y mientras éste, sin mi­
rarla, quita la tablilla en que se lee el consabido se alquila para que no pa­
rezca que se alquila el coche con lo que lleva dentro, le dice: «Al Medi­
terráneo.» El cochero no pregunta nada, y por toda contestación sacude el
látigo tres ó cuatro veces sobre las orejas del caballo, echa el cuerpo hacia
adelante, como para ayudar y dar ejemplo al animalito, y le encamina hacia
el Mediterráneo. Pero ya puedes figurarte, lector, que aunque el lacónico
lenguaje de la viajera se presta á toda clase de interpretaciones y lo en­
juto del caballo no haría de todo punto inútiles los baños de mar, el Me­
diterráneo adonde se dirigen no es otro que el embarcadero del ferroca­
rril de M. A. Z., ó sea la primera estación del víacrucis moderno que va
desde Madrid á Alicante y á Zaragoza.
Aunque el caballo no ha corrido, porque si alguna vez tuvo esas mañas
ya las ha olvidado, el servicio que acaba de hacer se llama carrera de real
orden, y de real orden también se manda que por cada una de ellas, corta
ó larga, se pague una peseta. Así lo hace la viajera al saltar del carrua­
je; pero el cochero se niega á recibir los cuatro reales y pide ocho, porque
á la mitad del camino había parado el coche para contestar á una pregunta
que la señora tuvo la indiscreción de dirigirle. Disputa en vano, porque
el cochero prueba que el caballo ha arrancado dos veces y han de pagarle
dos carreras, y la viajera tiene que dar dos pesetas y las gracias en su in­
terior, porque á tan poco precio se va acostumbrando á la tiranía que en
adelante le espera.

112

ANTONIO , FLORES

Cien carruajes de plaza y diligencias y ómnibus llegan á la vez á la
estación, y multitud de gentes de todas clases se agolpan delante de un
ventanillo de una cuarta en cuadro, dejándose ordenar por un agente de
policía que los enfila en un enverjado de madera, donde pacientemente
aguardan, primero á que se abra la ventana y luego á que vayan pasando
uno á uno los que estén delante, y aflojando los cuartos recojan un pedacito de cartulina del tamaño de una tarjeta.
Dos, Alicante, primera.— Albacete, una segunda.— Tres, Getafe, ter­
cera son las únicas palabras que se escuchan en la rejilla de aquel con­
fesonario, sin que se oigan más voces que las de los penitentes, que des­
pués de haber facturado sus personas, corren á otro departamento á fac­
turar sus equipajes.
— / Una mala!— gritan en voz alta los encargados de aquella sección,
al pesar un baúl de cuero, que podrá estar malo por dentro, pero que por
fuera está flamante y nuevo.
— Mía— contesta un viajero.
Y mientras la mala que reclama sale en un carretón por la derecha, él
se acerca á otro ventanillo á la izquierda, donde le dan un papelito en que
apenas podría liarse un cigarro, lleno de misteriosos jeroglíficos. Guárda­
le cuidadosamente, porque se trata de un billete al portador, y si le pierde,
como que al llegar allí ha trocado su personalidad por el número del bi­
llete y la propiedad de su mala por el del papelito, no podrá reclamar su
equipaje.
— ¿Qué busca usted, señora— preguntan los factores á una viajera que
corre desalada de un lado para otro.
— / Un mundo!—contesta recorriendo aquel inmenso almacén de efectos
de viaje con más avidez que Cristóbal Colón cuando buscaba el suyo en
el mapa.— ¡Busco un mundo!
— ¿Es este?— le dicen, enseñándole un cofre más grande que el arca
de Noé.
— No, señor— replica afligida;— mi mundo es más grande. ¡Ah! ¡Ya le
veo! Aquí está— dice poniendo la mano sobre una caja mayor que la de los
antiguos coches de viaje.
Y mientras los factores continúan pesando camas, colchones, sillerías,
armarios y toda clase de efectos por cientos de cientos de quintales, en
otro departamento admiten y facturan rebaños de ovejas y de cabras,
vacas, muías, caballos y toda clase de animales, álos cuales acomodan en
sus carruajes antes que á los viajeros, sin que de esta preferencia haya de­
recho á formar queja, porque sobre haber pagado todos su dinero, allí se
sirve al que primero llega, y como las personas, los animales y los bultos,
todos son objetos numerados, se establece igualdad perfecta.

113

AYER, HOY Y MAÑANA

A toque de campana se abre y se cierra el despacho de billetes, y ya
los viajeros, encerrados en tres departamentos distintos, sin más prefe­
rencias que las del dinero que han pagado por el asiento, aguardan en la
primera ó la segunda ó la tercera jaula á que se abran las puertas del
andén para tomar los carruajes, que, como las jaulas, tienen también sus
tres distintas denominaciones, sus tres diferentes pelajes y sus tres diver­
sas temperaturas. En los coches de primera sólo tiene el viajero á la vista
siete caras desconocidas; en los de segunda, treinta y nueve; en los de
tercera, todas. En los unos descansa el cuerpo sobre muelles, los pies en
alfombras y la cabeza en almohadones; persianas y cortinas libran del sol;
cristales, del viento, y caloríferos, del frío. En los de segunda apenas alcan­
za el respaldo para reclinar la cabeza; pero tienen derecho á cerrar los
cristales si les molesta el viento ó el frío. Los viajeros de tercera clase tienen
también derecho á recostar la cabeza en la del vecino, y derecho también
á usar los cristales; pero es el caso que no los tienen los coches. Ni siquie­
ra hay en ellos rejillas como en las jaulas de los rebaños, ni rejas como
en las perreras. También los equipajes van con alguna más comodidad y
menos expuestos á los percances del camino.
Porque has de saber, lector, y me alegraré que no lo sepas por expe­
riencia propia, que en estos transportes modernos se han suprimido todas
las molestias de los antiguos viajes, menos los vuelcos.
Los almacenes de efectos de viaje, que habrían sido útilísimos cuando
el viaje era una peregrinación en la que todos los preparativos parecían
pocos, los despachos de diligencias y el continuo rodar de éstas por las
calles nos han acostumbrado de tal modo á viajar, que hemos suprimido
las despedidas, y con ellas los abrazos, los besos y las lágrimas. Guárdanse éstas para soltarlas cuando por efecto de un descarrilamiento se rompe
el viajero la cabeza; los besos se los dan las máquinas cuando chocan unas
con otras, y entonces los viajeros, si no se abrazan contra cosa peor, so
abrazan entre sí, quebrándose una clavícula ó hueso de mayor cuantía.
Nadie ve partir el tren, sino los mismos que parten y los dependien­
tes de la empresa que recorren los coches contando y recontando las ca­
bezas para ver si hay algún hueco en las frasqueras; y encajonados todos,
personas, animales y efectos, abre el monstruo sus pulmones de hierro,
da un resoplido, y bufando y arrojando aliento de fuego se lanza como
una exhalación á través de los campos.
En este momento supremo es cuando el viajero da por bien empleada
y bien perdida su dignidad personal. Ya no le pesa de que entre él y su
cofre no se haya establecido diferencia alguna y que ambos vayan allí
sin nombre ni voluntad propia, esclavos de aquella máquina á quien han
hecho dueña y señora de su albedrío y árbitra irresponsable de sus vidas.
T omo II

8

114

ANTONIO FLORES

El hombre, lo mismo el que se considera capaz de haber inventado la
pólvora si hubiese nacido á tiempo de descubrirla, que el que no sirve
ni siquiera para usarla, todos sienten un orgullo indecible al recorrer los
primeros kilómetros del ferrocarril.
— Preciso es confesar— dice uno de los viajeros, sin que los demás se
hayan negado á confesarlo— que el hombre ha hecho grandes conquistas
en el campo de la inteligencia.
El hombre á quien se refiere el viajero no es Watt, que viendo her­
vir el agua en las ollas de su cocina, atrapó el vapor que se escapaba por
la chimenea y aplicó su fuerza elástica al movimiento de los telares y de
los talleres, ni Stephenson ni ninguno de los perfeccionadores de las má­
quinas de vapor y de su aplicación á los ferrocarriles. El hombre de que
habla es él, él mismo, el propio viajero, que como hijo del siglo xix cree
que le pertenecen y son suyos todos los adelantos de la civilización.
Cuando un pueblo comete un crimen, los mismos que le han aplaudi­
do en secreto, ó que tal vez han impulsado á que se cometa, se apresuran
á pronunciar el nombre de los criminales y á dejar á salvo el suyo de la
infamia. El plural no se usa sino cuando se trata de algún título de gloria,
cuando se disputa una corona de laurel. Entonces se apresuran las gen­
tes á olvidar el nombre del autor del milagro y á procurar que la corona
tejida para un solo individuo ciña las sienes de toda una generación. Por
eso se dice tan á menudo que los hombres del siglo x ix serán el pasmo
de la historia y la admiración de los siglos venideros.
Y mientras los viajeros, llenos de orgullo, van á merced de la máqui­
na, en cuya invención todos reclaman su cacho de gloria, ella, legítima­
mente altiva, devora con instantánea rapidez las distancias, pasa como
el rayo por encima del río que se había tendido en el prado para cortarle
el camino, rompe y atraviesa la montaña que le sale al paso, salta los ba­
rrancos más profundos por invisibles barras de hierro y no encuentra
obstáculo que le impida llevar de un lado á otro los millares de almas y
los millones de arrobas que arrastra consigo. Y cuando el hombre, el ver­
dadero hombre, no el viajero charlatán, sino el maquinista, la enfrena
para hacerla parar en alguna de las estaciones, no está agitada ni rendi­
da; su resuello es igual al que tenía al empezar el viaje; su corazón no
late con más ni menos violencia, y da más ó menos pulsaciones por
minuto, según la prisa que lleva, pero siempre con la misma regularidad.
En el momento en que para la máquina, quedan inmóviles los veinte
ó treinta carruajes ó vagones que arrastra consigo; una voz, al parecer
humana, penetra por las ventanillas de los coches, diciendo: «Getafe, dos
minutos,» ó «Aranjuez, ocho.» Y suben y bajan personas, entran y salen
animales, cargan y descargan bultos; y vuelve á chillar la máquina y

AYER, HOY Y MAÑANA

115

vuelve á continuar su interrumpida carrera, pasando con igual rapidez
por los desiertos arenales que por los floridos verjeles. Unos y otros los
ve el viajero como otras tantas sombras chinescas, y los compañeros de
transporte se le van quedando en las estaciones del tránsito, subiendo
otros á ocupar el lugar de aquellos, y sin que los unos le digan «quédese
con Dios» ni los otros le saluden con un «Dios le guarde.»
A fe que él se despidió de sus amigos en Madrid con una tarjeta pos­
tuma, en la que se veía una S y una D, que así podía leerse se desespera
como se despide, sin decir para dónde ni cómo ni cuándo, y los que no
son sus amigos, sino sus compañeros de encierro, con una cabezada
cumplen, y aun si tardan en darla se exponen á que el tren marche y los
lleve más adelante de donde pensaron ir.
La época presente ha declarado mayores de edad á todos los hombres
y aun á todos los niños, y en los viajes el único Mentor es el dinero. Un
perro sabio, que los hay en grado heroico á pesar del monopolio que han
hecho los hombres de la sabiduría, se presenta en un despacho de bille­
tes con una moneda en la boca y le dan una plaza de perrera hasta don­
de alcanza el valor de la moneda; si sobra algo se lo ponen en la boca, lo
enjaulan y le sueltan en el punto hasta donde ha pagado. Un mudo pue­
de hacer otro tanto y un niño de pecho lo mismo. En los Estados Unidos,
hacia cuyo bienestar material caminamos todos, los niños de menor edad
viajan solos con una bolsita atada al cuello, de la cual les sacan en todas
las estaciones el dinero preciso para pagar la comida, y cuando llegan al
término del viaje los almacenan hasta que alguien viene á reclamarlos;
dándoles de comer y aun cama para dormir, mientras les dura el dinero.
Cuando se les acabe....¡figúrate, lector, lo que les sucederá! Más vale que
no se les acabe nunca.
En las mesas redondas, que ordinariamente son cuadradas, se sirve la
comida en quince minutos, de los cuales hay que descontar siquiera uno
para bajar del tren y otro para volver á subir, quedando trece para ver
otros tantos platos, pescar algo de ellos, comerlo allí mismo, porque está
prohibido guardar nada como no sea en el estómago, y pagar la cuenta.
Los viajeros vuelven al coche rumiando; algunos no vuelven porque
llegan tarde, y otros no han bajado del coche porque nadie les ha dicho
que se trataba de comer. Como mayores de edad, todos tienen obligación
de cuidarse á sí propios, oliendo dónde guisan y averiguando dónde dan
posada al peregrino. Aunque para esto último no necesitan hacer grandes
indagaciones. En cada estación le acosan al viajero multitud de personas,
apoderándose cada una de ellas de un bulto del equipaje (para que repar­
tidos entre muchos toque el peso á menos y las propinas á más) y asedian
al bulto mayor con papeletas de fondas y asientos en los ómnibus, ofre-

------------------—

^

ciéndose á ser sus cicerones gentes que no saben serlo de sí propios. Por
. .
. ,
supuesto que antes de que el viajero se encamine á la fonda en el pueblo
donde da termino su viaje, ya le han hecho pasar diferentes humillacio­
nes, identificando de vez en cuando, no su personalidad, porque ya está
dicho que la perdió al salir de Madrid, sino su individualidad y la cate­
goría de su billete; multándole, como es justo, si ocupa un asiento supe­
rior al que ha pagado, y sin decirle «usted perdone,» como era justo tam­
bién, cuando ven que tiene su factura en regla y que no se ha extrafactu­
rado. Oblíganle, por último, á pasar por una puerta de una tercia de ancho,
sumando su cabeza con 1a. de los demás viajeros, como se acostumbra á
hacer con los rebaños, y recogiéndole el billete, si no le ha perdido, que si
esto le aconteciere y no prefiriese pagar otro tardará un buen rato en
probar su inocencia.
Aunque sus parientes y sus amigos salen á recibirle, ni él los abraza
ni ellos le besan, porque aunque hayan estado ausentes los unos de los
otros muchos años, como saben que podrían haberse visto en pocas horas
si hubieran querido verse, se figuran que no se han dejado de ver.
Valencia es un arrabal de Madrid; Alicante está á las puertas de la
corte; París y las principales capitales de Europa forman un gran barrio.
Esto dicen las gentes, y á fuerza de oirlo decir, el siglo xix ha formu­
lado el suceso con esta frase un tanto arrogante y un tanto andaluza:
¡ Y A NO HAY DI S T A N C I A S ;

I M P R E S I O N E S DE VIAJE

Verdad es que aún no se ha descubierto el movimiento continuo;
pero también es verdad que ya no tenemos gran interés en descubrirle,
porque hemos descubierto la manera de estamos moviendo continua­
mente. El viaje es la fórmula del siglo; el saco de noche, el símbolo de la
sociedad presente; la Guía del viajero, el Alcorán de los modernos cre­
yentes. Un mapa y una maleta son dos objetos indispensables hoy en toda
casa de buen gobierno. Los viajes son el gran libro de la humanidad.
Así lo han dicho algunos sabios; así lo han repetido otros hombres
que no lo eran, y así presagiaban que había de decirse las gentes de los
siglos pasados, cuando arrojando al fuego el mejor tronco de leña, deso­
llando el más tierno de sus carneros y escanciando el añejo licor, daban
plaza de preferencia en el hogar y trataban á cuerpo de rey al que lo era
entonces de los viajes: al soldado que volvía de la guerra ó al peregrino
que daba la vuelta de la romería. Estos eran los únicos viajeros oficial­
mente tenidos por tales, y mientras remojaban su garganta con el jarro
del vino, resecaban las de sus oyentes con la angustiosa relación de sus
aventuras, y quedaban tan ufanos cuando alguna vieja de las que forma­
ban el auditorio cerraba la boca diciendo que aquellos hombres eran
unos sabios y que hablaban mejor que unos libros.
Los hombres de ayer no conocieron ni aun sospechaban que había de
conocerse nunca el comisionista y el tourista y el visitador de rentas y el
investigador de contribuciones y el bañista y el diputado á Cortes y el

118

ANTONIO FLORES

tomador de aires y el bebedor de aguas minerales y otros muchos viaje­
ros universales de los que hoy conocemos. Si hubieran alcanzado estos
tiempos locomotores, habríales tocado su cacho de locomotividad en la
universal locomoción, y se hubiesen ahorrado de escuchar la relación del
soldado y aun de pagarle con tan opíparo banquete.
Además de lo que por sí propios hubiesen aprendido, porque dicho se
está que habrían viajado por ocho ó diez reales, que este es el precio or­
dinario de los libros, hubierah comprado uno en el cual se hiciese la
relación de diez ó doce viajes de mil ó mil quinientas leguas cada uno,
con tantos pormenores y tales detalles, que mal año para las insulsas re­
laciones de los soldados y los peregrinos. ¡No sino decirle á un escritor
de viajes, sobre todo si es francés y el viaje ha sido por España, que omi­
ta el nombre de la criada de la fonda en que estuvo alojado y la jota
que oyó en la calle mientras estaba durmiendo y otras particularidades
tan instructivas como estas, que así lo hará, como dejarse desmentir por
nadie! Llamará venta á la fonda, y á la criada Mencía, y dirá que su ama
doña Sol tenía una amiga doña Gómez, la cual, enamorada del viajero,
despidió á su amante D. Ñuño, quien despechado no quiso torear aque­
lla tarde.'Y aquí es donde el viajero pondrá una nota en la que diga que
en España todos los toreros se niegan á trabajar cuando regañan con sus
novias queridas, añadirá por vía de paréntesis y alarde de erudición
filológica), y otra en que explique y comente él cómo todas las criadas
de las ventas friegan con guantes, porque para guantes le han pedido por
vía de propina.
Con estos libros apenas hay necesidad de viajar, y por esto se llaman
Impresiones de viaje, porque todas las emociones del viajero se hallan
consignadas en ellos. Y si el editor del libro salpica sus hojas con unas
cuantas viñetas, ó al comprarle, y esto es mucho mejor, te provees de un
estereoscopio y un centenar de vistas fotográficas de monumentos y de
paisajes, entonces, no sólo es inútil viajar, sino que llegas á saber más
que los que han hecho el viaje; porque éste ya hemos dicho á lo que está
reducido hoy día. Réstanos hablar de sus impresiones.
La primera, la más fuerte de todas, es la que produce el anuncio de
la sociedad de seguros sobre vuelcos, descarrilamientos y otros percances
del camino. Titúlase la Libertadora, y la primera impresión que te causa
es de placer, de consuelo y de regocijo.
Aunque como buen cristiano no te atrevas á cambiar los estatutos de
esa sociedad por la novena de San Rafael, que es el santo á quien se enco­
mendaban tus padres cuando viajaban, te alegra saber que haya quien
ha pensado en librarte de un vuelco y asegurarte contra un descarrila­
miento. Bendices la filantropía moderna que ha inspirado tan benéficos

ATER, HOY Y MAÑANA

119

seguros, y corres á asegurar tu persona, recibiendo la grata impresión de
que por mucho que tú la estimes, la sociedad la tiene en tan poco, que
sólo te pide por ella como máximum diez y seis ó veinte reales.
Pero así como en la vida humana no hay un placer que no venga em­
pujado por un dolor, así en las impresiones que recibe la humanidad van
mezcladas y revueltas las risas con las lágrimas. Apenas has pagado el
seguro, sabes que lo que has asegurado no es tu vida, que queda expues­
ta como antes al vuelco y al descarrilamiento, sino tu muerte. Lo que has
comprado con aquel billete no es un freno para la locomotora ni para las
caballerías, sino un pañuelo para enjugar las lágrimas de tu familia; un
pañuelo, de batista ó de arpillera, según hayas pagado más ó menos por
el seguro, tasando en más ó menos tu brazo ó tu pierna ó todo tu cuerpo.
Si no te hubieras precipitado á tomar el billete habrías podido leer el
anuncio en el que está inserta la siguiente tarifa:
Por un vuelco, con susto acreditado... 5 duros. 10, 15, 25, 50.
Por un arañazo, 25, 35, 50, 60, 80.
Por el brazo derecho, 50, 60, 80, 100 y 120.
Por las dos piernas, 80, 100, 120, 140 y 200.
Por una pierna ó el brazo izquierdo, 20, 30, 40, 50 y 80.
,
Por cada cadáver, 500, 1.000, 2.000, 3.000 y hasta 5.000 duros.
Todas estas indemnizaciones varían según el número de acciones que
haya tomado el individuo; es decir, que no vale más el brazo del bra­
cero, si éste, como es natural, ha impuesto menos capital que el mayo­
razgo ó el caballero de industria ó el jugador de manos.
Después de esta primera impresión y hasta que no llegue la del vuel­
co, que no llegará si llegan al cielo las oraciones de los socios de la Liber­
tadora, recibes las demás impresiones de que hemos hablado en el cuadro
anterior y que no son las del presente. En aquel dijimos cómo se viajaba,
y ahora estamos viajando.
La Libertadora, que mucho mejor haría en llamarse la consoladora ó la
enterradora ó la enjugadora de lágrimas, aplicándose el refrán de que los
duelos con pan son menos, nos ha asegurado el bulto; si en otra sociedad
análoga hemos asegurado el baúl y los muebles que han quedado en casa,
podemos viajar sin cuidado y sin otras impresiones que las del camino.
A los compañeros de carruaje no hay para qué dirigirles la palabra, ni
ellos nos contestarían aunque se la dirigiéramos.
Las impresiones del paisaje que cruza fugaz por nuestra vista son
siempre las mismas. Todo aparece y desaparece como en una cámara obs­
cura, sin darnos tiempo á examinarlo. Las impresiones deben estar de
puertas adentro del coche. Abramos la Guía del viajero y leamos. Todos
los demás hacen lo mismo. Al entrar allí con su libro debajo del brazo pa-

120

A NTONIO F L O R E 3

recían curas protestantes que no querían soltar la Biblia de la mano. En­
cerrados en el vagón y leyendo parecen niños de escuela, castigados hasta
que aprendan la lección. El libro nos dice lo que estamos viendo y no te­
nemos necesidad de mirarlo.
«Desde este pueblo al inmediato hay 25 kilómetros de vía férrea, con
grandes obras de desmonte y de fábrica; un túnel de 800 metros de largo,
un puente de hierro, un viaducto de 20 arcos de 12 metros de luz cada
uno y tres alcantarillas. En el primer kilómetro á la derecha se ve un
gran campo donde el año 1820 fue fusilado un gran guerrillero; más allá
se ve un monte célebre por haber servido de guarida á los constituciona­
les en 1824; á la izquierda del puente se ven los restos de otro magnífico
de piedra que destruyeron los facciosos en 1836, y á la salida del túnel se
ven las ruinas de una gran cartuja, verdadero monumento del arte que
incendiaron los liberales en 1838 para que no volviese á servir de forta­
leza á los facciosos. El terreno produce mucha caza menor, y antes de la
guerra civil abundaba en reses mayores, pero ya no ha quedado un solo
árbol. Hay grandes viñedos y algunos molinos de harina en el río. Hasta
hace pocos años la industria del país era el esparto; hoy trabajan en la
construcción de carreteras y en el ferrocarril. El carácter de los habitan­
tes es franco y abierto, pero tienen fama de ser muy apegados á sus opi­
niones. Cuéntase á este propósito una curiosa anécdota de que no quere­
mos privar á nuestros lectores.»
Y la Guía del viajero, libro traducido del francés por más señas, re­
fiere la anécdota; y así van los viajeros entretenidos y viéndolo que pasa,
según van pasando las hojas del libro. Y aunque esto mismo pudieran
hacerlo en sus casas, dejarían de trasladarse de un punto á otro, y esto es
lo que no puede dejar de hacerse hoy que el viaje es la gran necesidad y
el gran placer del siglo. Pero vamos hablando demasiado de él, y no deci­
mos nada de sus impresiones, que es paralo que hemos tomado la pluma.
Nos importan poco ó nada los que viajan por viajar; los héroes de este
cuadro son los que viajan para después decirnos que han viajado, clase
numerosísima en la estadística de la locomoción.
Desde el escritor, que viaja alrededor de su país y confecciona luego
alrededor de su biblioteca un viaje alrededor del mundo, hasta el gaceti­
llero, que escribe sus impresiones de viaje desde Valdemoro ó desde una
casa de baños poco más distante, hay un mundo de distancia, y ese mundo
está lleno de impresiones y de gente impresionable.
La obra del primero, como ordinariamente tiene un tomo y á veces
dos ó cuatro, no cabe en este cuadro y la pasamos en silencio. Su autor
es libre de decir en ella cuanto se le antoje, porque como el mal de mu­
chos ha sido siempre el consuelo de todos y en la obra no queda un rin-

AYER, HOY Y MAÑANA

121

con del globo de que no se hable, todos quedan iguales. Esto no obsta
para que del libro se vendan muchas ediciones, sin que á nadie le sirva el
retrato de su país para juzgar cómo estarán hechos los otros.
—La obra es buena—suelen decir las gentes,—pero en lo que habla de
mi provincia no dice una sola palabra de verdad.
En esos libros es donde se hace el verdadero retrato fotográfico de la
omniscencia del siglo. El autor de unas Impresiones de viaje no puede
ignorar nada y debe dar su opinión sobre todo.
Los usos y costumbres del pueblo, el carácter de sus habitantes, el cultivo de los campos, la arquitectura de los monumentos, la conserva­
ción de las obras de arte y cuantas cosas y personas le salen al paso y
cuantos pensamientos le ocurran al verlas, otro tanto debe consignar en
su libro. Y no rápidamente ni de pasada, como se lo ha enseñado el fe­
rrocarril, sino deteniéndose á decidir magistralmente todas las cuestiones
sociales, económicas, administrativas y artísticas que le ocurran. La re­
seña de las costumbres, del cultivo y de los monumentos corresponde al
autor de la Guia; el de las Impresiones debe aspirar á algo más. Decidir
de repente y sin vacilaciones ni dudas si una obra de arte es de tal ó cual
autor y de los buenos ó los malos tiempos, de esta ó la otra escuela; fallar
contra todo lo fallado hasta el día, sobre la época en que se construyó la
catedral y el castillo, y señalar el origen de los usos y costumbres de los
pueblos, esto es poca cosa para un viajero moderno. Lo que deben hacer
y hacen los autores de las Impresiones de viaje es mucho más. Ellos co­
nocen las causas de la sequía de una comarca, y dan un remedio infalible
para que llueva; saben las clases de enfermedades que allí reinan, y suel­
tan un precepto sanitario para que todos queden gordos y colorados como
una manzana; explican y corrigen las causas de la miseria, y van legis­
lando sobre todo con una sabiduría que encanta.
El escritor bañista, ó simplemente tomador de aires puros; el que sale
á veranear (no á hacer veranos, sino á huir de ellos), ese da sus impresiones
á la menuda en las columnas de un periódico y no puede tener tan altas
aspiraciones. Habla muy mal de la carretera, y á veces no le falta razón para
ello, aunque haría mejor en dar gracias á Dios si no ha volcado; pone el
grito en los cielos (donde se queda hasta el año siguiente) por el abando­
no en que se encuentran las obras públicas y la reparación de los monu­
mentos artísticos; se asombra de que no haya caminos vecinales, como si
no hubiera habido vecinos que se asombraran de ello hasta que el periodis­
ta ha ido allí; se queja de la falta de buenas fondas y del mal servicio de las
que tácitamente ha calificado de malas, y lanza otra porción de lamentos
de que él mismo no se volverá á acordar hasta el verano siguiente. Y tras
de esta invocación, que es de rigor en todas las correspondencias veranio-

122

ANTONIO FLORES

gas, dice que en aquel pueblo se ha reunido la sociedad más escogida de
la corte y los hombres más eminentes de España; porque además de estar
él allí, se halla también el digno magistrado, el simpático general y el
inimitable artista y el elocuente orador y el entendido jurisconsulto y el
distinguido escritor y la hermosa baronesa y las amables señoritas.... Y
los nombra á todos haciendo una completa Guía de forasteros, que es ver­
daderamente forastera en el resto del año.
Las autoridades del pueblo desde donde escribe el periodista y el mé­
dico de los baños y los bañeros y el sacristán de la iglesia y los mozos
de la fonda, todos son distinguidos y entendidos y elocuentes y simpá­
ticos, como los forasteros y los bañistas.
Ni él ni sus compañeros de excursión veraniega olvidarán nunca el
espléndido almuerzo que les ha dado á todos el opulento banquero don
Fulano, y siempre recordarán con entusiasmo la brillante acogida que les
hicieron los alegres bañistas de otro establecimiento inmediato, adonde
fueron en una improvisada romería. Tales son las impresiones públicas de
los viajes. Las privadas las guarda cada viajero consigo; unas sobre el cuer­
po, en forma de cardenal ó lesión de mayor cuantía, y otras en la ropa ó en
los efectos del equipaje. La impresión del bolsillo, que es la más dura, es la
que menos les dura, porque aunque le sacaron repleto de oro, recibió tan­
tas impresiones que después de haber pagado á los mozos que trajeron
los baúles á casa, apenas les quedan dos cuartos para comprar un impre­
so, que sería la última impresión.

C U A D R O XV
.

EL CASERO

S

DE

HOGAÑO

La propiedad es un robo.
Esto dijo Proudhón, y es fama que se quedó tan fresco al decirlo, como
los propietarios al oírselo decir.
El propietario de la casa en que vivía entonces el modernísimo rege­
nerador de la sociedad se presentó al día siguiente á verle, le felicitó por
su obra, le cobró un trimestre adelantado del inquilinato y le anunció
que desde el siguiente le pagaría mayor alquiler por el cuarto que ocu­
paba.
Proudhón rogó y suplicó al ladrón, y cuando más tarde le han querido
obligar á que sostenga su extravagante máxima, ha dicho con la misma
frescura que antes: «No quiero repetir con necia y cobarde impertinencia
la fórmula demasiado conocida y poco comprendida de que la propiedad
es un robo; esto se dice una vez y no se repite. Dejemos esta máquina de
guerra, buena para la insurrección, pero que hoy no puede servir ya sino
para contristar á las pobres gentes.»
Las pobres gentes á quienes Proudhón alude son los propietarios: tu
casero, lector; tu casero y el mío, los cuales lejos de contristarse han pre­
ferido contristar á sus inquilinos.
Y aunque hay quien cree que todo lo que hacen por estrujarnos es
por miedo de que algún día la máxima proudhoniana sea el primer ar­
tículo del código fundamental del Estado, esta es otra paradoja, y ya ves

124

ANTONIO PLORES

qué trazas tienen de creer que la propiedad es un robo, cuando añaden
un piso y otro á las fincas, apilando habitaciones, como el avaro apila on­
zas de oro.
Aunque Proudhón es el que parece haber hecho la frase, la frase estaba
hecha; y con más palabras, porque antiguamente todo se daba más des­
leído, y estaban los propietarios muy acostumbrados á oirla y muy acos­
tumbrados también á reirse de ella.
Todos los filósofos, desde que á la humanidad le ocurrió inventar la
filosofía (que no debió ser ni al vaciar la olla en el plato ni al tender la
cabeza sobre la almohada, sino después de haber comido y haber descan­
sado); todos los filósofos, digo, han tratado de pedirle á la propiedad su
fe de bautismo, para ver hasta qué punto era hija legítima del derecho y
de la equidad y dónde estaban sus padres cuando ella vino al mundo; que
es casi lo mismo que preguntarle á éste dónde se hallaba antes de ser lo
que hoy está siendo.
Si Dios hubiera empezado por hacer la luz, habría sido fácil ver de
dónde venía el mundo; pero como éste se hizo á obscuras, y como tam­
poco el hombre se hallaba presente cuando el sol hizo su debut artístico,
es imposible averiguar nada por otro camino que por el de la fe, que
afortunadamente no necesita ni papel sellado ni pergaminos ni menos
escribanos que legalicen lo que ella afirma, que es la verdadera legalidad
cristiana.
Grandes disputas y no pequeñas batallas ha habido en averiguación
del tuyo y el mío, y como los hombres creen haberse hallado todos á la
vez en el mundo, piensan de vez en cuando que á todos les asiste igual­
mente el derecho de ser propietarios de la tierra, de los frutos y de las
fincas.
Nosotros, ya lo hemos dicho en la primera parte de esta obra, creemos
que «eran pocos, llegaron los primeros, vieron el mundo, les pareció her­
moso, le partieron en cuarterones, tomó cada cual el suyo, y punto con­
cluido. »
Los comunistas modernos, y aun los antiguos, que ribetes de ello tuvo
Moisés y ribetes y aun puntas y collares Platón, siempre quieren que
vuelvan al cántaro los títulos de propiedad y que se reparta ésta como
pan bendito entre todos y por partes iguales. Las comunidades religiosas
no discutieron, pero negaron la propiedad haciéndola prácticamente un
bien común, y este ejemplo ha trastornado á muchos filósofos, hasta que
ha venido la Economía política, y en nombre de las clases desheredadas
ha desheredado á los frailes, á las monjas, á los hospitales y á los muni­
cipios, y por medio de la desamortización ha hecho un ligero ensayo de
comunismo.

AYER, HOY Y MAÑANA

125

Pero ya hemos dicho en otros capítulos que la propiedad ha pasado
así, de la comunidad de los frailes á la comunidad de los capitalistas, y
así tejiendo y destejiendo, las cosas han venido á quedar en el fondo lo
mismo que estaban.
Quererle quitar al labrador la propiedad de la tierra y no poderle
expropiar del sudor con que la ha regado ni de los afanes con que la
ha convertido de un erial improductivo en un verjel de grandes pro­
ductos, es una cosa que pueden pensar á todas horas los filósofos, pero
que no saben ejecutar los matemáticos. Estog suman el vuelo y el sue­
lo, y no conciben que la tierra sea una cosa y el fruto que ella ha criado
otra.
Pero á tu casero y al nuestro, carísimo lector inquilino, nadie le dis­
puta el suelo ni el vuelo. El terreno es suyo, y la finca que sobre el ha
construido también.
Proudhón dirá cuanto quiera y se arrepentirá después de lo que ha
dicho; pero nuestro casero hará cuanto le dé la gana sin enmendarse ni
arrepentirse.
En el a yer de esta historia, la propiedad era del casero, pero la casa
era del inquilino. Él tenía, legalmente hablando, el suelo; pero tú ha­
cías del vuelo lo que te daba la gana. Aquellos polvos han traído estos
lodos.
Apartemos de nuestra memoria semejantes recuerdos, que hartas lá­
grimas vierten los inquilinos cuando lloran en los juicios de conciliación,
siempre irreconciliables, su perdida independencia, y veamos al casero de
hogaño como si hubiera existido el de antaño. Si te diere, lector, la mala
tentación de registrar la primera parte de esta obra, pasa de largo el cua­
dro XL como si estuviera en la restauración, reza un Pater noster por el
alma del difunto, y nada más.
El casero de 1850, el propietario urbano, no por su urbanidad sino pol­
la de sus fincas, lo primero que hace es no tratar ni casi conocer al in­
quilino.
Sabe que el trato engendra simpatías, las simpatías amistad, la amis­
tad cariño, el cariño debilidades, y éstas, su nombre lo dice: las debilida­
des no son fortalezas, y él quiere ser fuerte contigo.
Hay además otra razón para que no te trate ni aun te conozca, y es la
de que tendría que hacer lo mismo con los demás inquilinos, y somos
demasiados.
Los de una sola casa serían bastantes, porque desde que la propiedad
es un robo, se aprovecha mucho la cosa robada; pero el casero que ahora
te enseñamos no tiene una finca, sino varias, y sería imposible que cum­
plimentara á ios inquilinos de todas ellas.

126

ANTONIO FLORES

Ya has visto lo que eres cuando viajas: un bulto y un número. Pues
como inquilino, eres casi menos.
Tu casero no te tiene en más de lo que tenía el jefe de la estación que
te enjauló hasta que llegó la hora de la partida y el maquinista que te
arrojó en el lugar donde dió término el viaje. Hasta allí pagaste y hasta
allí te llevaron.
El casero hace lo mismo, y á veces menos, porque como le tienes dado
algún dinero en fianza, antes de que ésta se acabe procura aburrirte y aca­
barte la paciencia todo lo posible.
Tiene todo su capital invertido en casas, los intereses en casas los in­
vierte también, y de este modo es un fabricante de fincas, como el cons­
tructor de coches ó el de cajas de muerto ó el de pistolas y carabinas, que
ninguno de ellos piensa ni en el que irá dentro del coche cuando vuelque
ni en el que ha de ocupar el ataúd ni en el que se ha de levantar la tapa
de los sesos con la pistola.
Él manda hacer la casa; si cuando está concluida hay un inquilino ma­
yúsculo que quiere pasar al bando de los caseros, se la vende toda, siem­
pre que halle ganancia proporcionada; en otro caso arrienda las habitacio­
nes, no por sí propio, sino por medio de su administrador, el cual anota
en el gran libro los nombres de los inquilinos, abriendo á cada uno su
cuenta corriente, clase de cuentas desconocida hasta que ha llegado este
siglo de las carreras.
Pero antes de que pasemos á ser el inquilino número tantos del cuarto
numerado también en el piso quinto de la casa número cuantos que tie­
ne algún piso más del sexto, es preciso hacer la casa y aun adquirir un
solar para ella, porque ya sabes, lector, que somos aficionadosá tomarlas
cosas desde muy lejos.
No se trata de robar la propiedad á nadie. Ni somos socialistas ni que­
remos serlo.
Hemos puesto los ojos en un convento que sale á subasta, y el cual, si
nos arreglamos con los primistas (parientes, lector, á quienes ya conoces),
podremos adquirir por poco precio; y como se paga á plazos, y plazos lar­
gos, con el derribo de la finca pagaremos los primeros y los inquilinos de
la que en su lugar construyamos pagarán los restantes según que vayan
venciendo. Dejemos, por lo tanto, de pensar en el suelo; ocupémonos del
vuelo.
Es preciso que éste sea alto, muy alto, digno de la altura del siglo.
Que no sean los gorriones los únicos que puedan anidar en el tejado; que
le encuentren también las águilas digno de ellas; que no puedan pasar las
nubes sin besar las chimeneas, y en suma, que tenga toda la elevación
que permita el ayuntamiento, que no será poca, porque los concejales tie-

AYER, HOY Y MAÑANA

127

nen miras muy elevadas, y la que resulte de más si nuestro arquitecto se
equivoca y el del municipio no conoce que aquél se ha equivocado; sin
que por esto se crea que queremos hacer una casa desproporcionada. Na­
da de eso.
Ya le hemos dicho al arquitecto que nada más que piso principal,
segundo, tercero y cuarto; los sotabancos, las buhardillas vivideras y las
trasteras, como en las demás casas; el sótano, el piso bajo y el entresuelo,
lo mismo.
Nuestro hombre, es decir, el casero que tenemos á la vista (porque
ya nos habrá hecho el lector la justicia de creer que no éramos nosotros
los que comprábamos el convento ni los que vendíamos los materiales,
sacando de ellos lo que el vendedor no sabía que se iba á sacar), nuestro
hombre le hace esas advertencias al arquitecto y le echa un cálculo, por­
que si no fuese calculista no sería casero, de los productos que quiere que
le rinda la finca antes de hacerla, y cuando ve el plano le parecen pocas
las crujías proyectadas. Quiere que crujan más los futuros inquilinos, y
para convencer al arquitecto, que no lo necesita, porque está dispuesto á
hacer lo que el sastre de la Insula Barataría con el paño de las monteras,
le dice que Madrid tiene un clima muy frío y que no convienen las habi­
taciones grandes.
Acuérdase hacerlas pequeñas, es decir, cortas y estrechas, pero bajas de
techo, y si es posible, que lo es muy á menudo, acuchilladas ó de otra
forma también irregular y también acuchilladora.
No es indispensable ver construir la casa; con pasar por la calle tres
ó cuatro veces al mes veremos levantado en cada semana un piso, y con
otra que demos para sacar los cimientos, otra para cubrirla, media para
empapelarla y pintarla y dos ó tres días para quitar la andamiada, ya la
podemos enviar al registro de la propiedad y correr nosotros á ver si atra­
pamos un cuarto llevando los que podamos en el bolsillo.
El principal está alquilado y ya suben efectos para amueblarlo; en la
tienda trabajan día y noche para abrirla al día siguiente; los demás pisos
están todos comprometidos. No queda otra cosa que un cuarto cuarto, ó
piso sexto, contando como es justo el piso bajo, y uno de éstos que aún na
se ha ocupado porque la señora que fué á verlo dijo que lo quería para
usarlo, y como tenía la costumbre de no encender luz sino de noche,
echaba de menos la del día, que faltaba en todas las piezas, menos en la
mitad de la sala y el gabinete.
Subimos con poca comodidad porque la escalera está llena de escom­
bros, pero también con peligro porque aún no han puesto la barandilla,
y por fin llegamos al piso cuarto dudando si la fatiga nos ha hecho sudar
ó nos ha mojado el agua que vierten las paredes de la escalera. Las do la

128

ANTONIO FLORES

habitación están enfundadas con papeles de color, y no se puede ver la
circulación de la savia que ocultan; pero toda la casa está fresca y hú­
meda.
A primera vista parece un establecimiento de inhalación de gases; despue's ya se conoce que puede servir de casa de baños de vapor, no preci­
samente para curar el reuma ni los catarros, sino para adquirir una ú
otra ó las dos enfermedades.
Por supuesto que en esto nada tienen que ver los caseros, porque aun­
que el inquilino pague, como tiene obligación de pagar, desde el día en
que ve el cuarto, le queda el derecho de no irse á vivir allí hasta que todo
esté perfectamente seco y estucado el portal y terminada la escalera, que
para ninguno de esos trabajos estorban los inquilinos.
Nuestra habitación es preciosa; lástima da que para verla haya nece­
sidad de subir ochenta escalones, porque desde la calle ni se distingue el
prolijo trabajo de los balcones, que parecen una filigrana de hierro, ni se
ve el brillante estucado de las paredes ni los arabescos festones que ador­
nan el voladizo del tejado.
Para todo eso, que aunque pertenece al exterior no deja de tener su
encanto para el inquilino, es preciso asomarse á uno de los tres balcones
que tiene el cuarto, cuya distribución parece excusado que nos detenga­
mos á explicar porque es ni más ni menos que la de todas las casas de
Madrid.
Un pasillo prolongado, que además de la luz que recibe de día cuando
se abre la puerta, de noche puede tener toda la que el inquilino quiera; al
extremo de esa antesala está la sala con su correspondiente alcoba y dos
balcones, y á un lado el gabinete con otra alcoba, una chimenea y otro
balcón.
Contramarchando á buscar el otro extremo del pasillo, se ve una
puerta muy bonita, que no es la del oratorio, sino la de un aposento que
puede servir para criado; enfrente de ella otra, que es el despacho del
amo, con su chimenea, su alcoba, su ventana y su patio de vecindad. El
pasillo se prolonga por medio de un ángulo, y allí se ven diferentes puer­
tas á derecha é izquierda, que son alcobas para doncellas; el cuarto de
tocador para la señora con otra chimenea, otra ventana y otra alcoba; el
comedor con dos ventanas y una chimenea y una alcoba, y la cocina con
ventana también al mismo patio que el despacho del amo y el tocador
de la señora.
En la cocina hay dos puertas juntas y elegantes, charoladas, con he­
rraje dorado ambas. La una es la de la despensa, la otra nadie se dispensa
áe tenerla aunque la llaman puerta del excusado.
En suma, el cuarto es precioso, la distribución es admirable, los pape-

129

A YE R , HOY Y M AÑANA

les que adornan las paredes del mejor gusto, y luego cuatro chimeneas y
la de la cocina cinco, que no es posible tener frío habiendo tantos sitios
donde encender lumbre, y ocho dormitorios con los cuales puede el in­
quilino alojarse á si y á los siete durmientes, y el pavimento del patio
asfaltado, y la escalera imitando caoba, y el pasamanos de caoba fina, y
luces de gas, y el portal que parece un oratorio, con hornacinas estucadas
y vidrieras de colores como en las grandes catedrales, y otra porción de
detalles, todos dignos de un palacio.
El cuarto es nuestro, nos falta tiempo para ir á ver al administrador,
y casi temblamos verle por si nos dice que ya está comprometido con
otra persona.
Pero, á Dios gracias, no sucede semejante cosa. El cuarto está libre.
Aunque el administrador de la finca no lo sabe cuando se lo pregunta­
mos, apenas registra un libro pequeño y luego otro más grande nos dice
que sí, y entablamos el siguiente diálogo:
—¿Y cuánto renta? (Esta es la pregunta sacramental; pero debería de­
cirse: ¿cuánto quiere usted que le rente?)
— Diez y ocho mil reales anuales y lo de costumbre: veinte reales al
mes para el portero y media semana de luz.
— Estamos corrientes, porque nos gusta el cuarto; pero la media sema­
na de luz no nos hace falta; será mejor que se la dé usted al cuarto bajo,
que parece que no se alquila porque está obscuro.
— La media semana de luz es que han de pagar ustedes el valor de
las cinco luces de gas del portal y de la escalera tres días y medio de
cada mes.
— ¿Y las condiciones de pago?
— Las corrientes: medio año de fianza y un trimestre adelantado.
— ¿Y cómo se entiende el medio año de fianza?
— Nueve mil reales que me entregan ustedes y que quedan á favor de
la finca si ustedes se mudan antes de cuatro años, y que después de ese
plazo si á ustedes les conviene dejar la casa yo se los devuelvo.
— Duras son las condiciones, pero nos acomoda el cuarto; extienda
usted el recibo.
Antes de hacerlo, el administrador nos pregunta si tenemos mucha
familia, porque al dueño no le gusta alquilar sus cuartos para mucha gen­
te, y que tampoco quiere que llevemos demasiados muebles, y sobre todo
que no permite colgar más cuadros ni poner más clavos en las paredes
que los que hay puestos.
Todas nuestras observaciones son inútiles, y por más que protestamos
contra cada una de aquellas tiranías, no nos sirve de nada. A cada paso
alza la pluma y nos dice:
T omo II

9

130

ANTONIO FLORES

—Si á ustedes no les conviene, no hay nada perdido. Nosotros no sa­
bemos todavía lo que es poner papeles en los balcones; nos sobran inqui­
linos.
Temerosos de perder la proporción que se nos presenta accedemos á
todo, y firmamos un papel de compromiso, recibiendo otro igual, firmado
por el administrador, que no se compromete á otra cosa que á desalo­
jarnos y apremiarnos á cumplir lo estipulado sin trámites judiciales
(como si dijéramos, á palos); siendo de nuestra cuenta todos los gastos
que se originen hasta nuestro desjjojo (sin perjuicio de los nueve mil rea­
les de la fianza), y á no dejarnos poner tiestos en las ventanas ni criar pá­
jaros ni mantener perros grandes.
Con todo esto, lector, no lo niegues, te lo he oído decir muchas veces,
cuando recibes alguna persona de visita, lo primero que haces al despe­
dirla es decir: «Esta casa está á la disposición de usted,» y tú sabes que
no puedes disponer ni siquiera del cuarto que al parecer ocupas.
Por supuesto que el encargo que se nos hizo de no llevar muchos
muebles era excusado, porque la mitad de los que tenemos no podemos
acomodarlos en ninguna parte, y la otra mitad, tras de ser preciso des­
armarlos para que pasen por las puertas, no podemos volverlos á armar
cuando están dentro de las habitaciones.
Pero preciso es confesar que la casa es lo que se llama una tacita do
plata.
La luz que vierten las vidrieras de color, la que se desliza á través de
las persianas, los bellos matices de los papeles, el charolado de las puertas,
los dorados de las chimeneas, el alabastro del pavimento, todos estos de­
talles son dignos de un palacio de príncipes. Verdad es que en la despen­
sa caben pocas provisiones, y las que caben se pierden, no porque nadie
las coma, sino porque ellas se pudren de estar á obscuras; pero las despen­
sas se inventaron cuando no se conocían los grandes almacenes de comes­
tibles ni las lonjas de ultramarinos ni los depósitos de embutidos ni otra
porción de despensas públicas y despenseros universales que ha creado el
espíritu de asociación del siglo. En el comedor hay que pasar los platos
de uno en otro convidado, porque si hay ocho personas sentadas á la mesa,
ya no pueden los criados servir la comida; en las alcobas, como las camas
sean estrechas, cabe además una silla y á veces un baúl y encima una
percha; en el despacho, como es un lugar de estudio y no de paseo ni de
baile, aunque no quede espacio para andar por él después de colocada la
mesa, cuatro sillas y un armario para cien volúmenes, no importa nada.
Pieza en donde lavarse el cuerpo no hay ninguna, pero en todas ellas
puede colocarse una jofaina para estregarse los ojos y mojarse las uñas.
En cambio, la sala y el gabinete, que son las piezas que dan tono á la

AYER, HOY Y MAÑANA

131

casa, son dignas del portal, de la escalera y del revoque del edificio. Ellas
solas valen los diez y ocho mil reales y las diez y ocho mil condiciones
penales del recibo de inquilinato.
Y que bien mirado, aunque las habitaciones modernas son pequeñas,
como hay muchas en cada casa y el espíritu de asociación permite á los
hombres tratarse como hermanos, resulta un perfecto comunismo entre
los inquilinos de una finca. Cada cuarto tiene una campanilla en la puerta
de entrada; pero como cada inquilino oye las de la vecindad lo mismo
que la suya, las disfruta todas sin pagar más que por una. Si un vecino
enciende la chimenea, el calor y el humo alcanzan á los cuartos contiguos.
La conversación es general, aunque cada inquilino crea que está hablando
á solas con su familia; con un piano hay bastante para todos; con una
criada que cante sobra para muchos, y como cantan todas sobra para
muchos más; si deletrea un niño, aprenden á deletrear todos los vecinos;
si alguna señorita da lección de solfeo, todos salen profesores de solía; si
en la buhardilla mecen una cuna para arrullar un niño, retiembla toda la
casa, y á la media hora duermen profundamente los inquilinos; y si, por
el contrario, á deshora de noche hay un sonámbulo que da un grito ó
sacude un martillazo ó cierra una puerta de golpe, todos se despiertan
asustados.
Generalmente esta comunidad de ruidos no es tan provechosa como
la de los olores, sobre todo los de la comida. Cuando un vecino fríe jamón
y otro está comiendo patatas, ni el uno sabe lo que come ni el otro lo
que guisa; del plato de fresa que comen los del piso bajo disfrutan todas
las narices de la vecindad, y cuando una cocinera tiene la desgracia de
que se le requeme un asado ó se le agarre un plato de leche, todas las se­
ñoras de la vecindad regañan á sus criadas, creyendo que el percance ha
sido en su cuarto.
Pero estamos hablando demasiado del inquilino y apenas hemos di­
cho nada del casero. No parece sino que éste sólo vive para cobrar los al­
quileres, para echar á la calle al que no los paga con puntualidad y para
poner la ley al ayuntamiento cuando en virtud de la de expropiación le
compra la finca y la derriba para ensanchar ó estrechar la calle, siempre
en nombre del ornato público y de la comodidad del vecindario; lo cual
sucede tan á menudo, que las casas de Madrid parecen un regimiento de
reclutas que siempre se están moviendo, sin acertar nunca á entrar en
línea.
El casero tiene que ocuparse de otras muchas cosas, entre ellas la do
ir subiendo cada dos ó tres meses los alquileres, lo cual apenas le deja
tiempo para nada más.
El inquilino va pagando el aumento mientras puede; cuando no tiene

132

ANTONIO FLORES

de qué, busca otra habitación más barata, y si no la encuentra se arregla
como puede. Esa no es cuenta del casero; esa cuenta la lleva el inquilino.
Si no la lleva con paciencia, eso más pierde.
Finalmente, porque hora es ya de finalizar este artículo, hemos oído
decir que no todos los caseros son como los que acabamos de bosquejar;
pero no sabemos si es que los demás son peores. Que cada lector com­
pare el nuestro con el suyo, y si sale ganando, buen provecho le haga y
procure conservarle por si se lleva á cabo el establecimiento del Museo
de antigüedades.
Para ese caso, un casero que se dé un aire de familia á los caseros de
antaño será un hallazgo inestimable. Sin escrúpulo se le podrá recomen­
dar á la Sociedad Económica para que le tenga presente cuando reparta
los 'premios d la virtud.

LOS COLEGIOS

ELECTORALES
De Senador á Guardián
¿cuántas van?
Las mismas que de Padre presentado
á Diputado.
( Salmo político de autor anónimo)

¿Han visto ustedes cosa más natural que las madres de 1824 vistiendo
á sus hijos de frailecitos, y las de 1837 de milicianos nacionales, y las
de 1S50 de caballeretes y de guardias marinas?
En la época de las primeras no había más que procesiones; en tiempo
de las segundas todo era retenes, y hoy no tenemos otra cosa que afanes
de Parlamento y pujos de Lepanto.
En tiempo de los frailes, el derecho electoral servía para hacer guar­
dianes y definidores; en la época de los milicianos, para nombrar jefes y
oficiales, y hoy le usamos haciendo diputados y regidores.
Ahórrense ustedes de preguntarme cuál de las tres épocas es la mejor,
porque, aunque supiese decirlo, sé que debo callarlo, y basta.
Digo y repito que hicieron bien las madres de 1824 en vestir á sus hi­
jos de frailecitos; que obraron con acierto las que en 1837 (esposas de los
frailecitos de antaño) vistieron á los suyos de milicianos, y en cuanto á
las que hoy los visten de caballeros parlamentarios no pueden dejar de
hacerlo así.

134

ANTONIO FLORES

Decíase, y acaso con razón, que se iba perdiendo la raza de los caba­
lleros de la Edad media y aun la de los hidalgos de edad más crecida, y
con sólo encargar á los sastres que hiciesen cuatro millones de fraques
hemos improvisado otros tantos millones de caballeros.
Más adelante, cuando me tome la libertad de servir á ustedes una en­
salada de pollos de 1850, comprenderán la influencia que tiene el frac
sobre un niño de doce años, que debe al sastre el tutearse y disputar con
el catedrático, el decir que está aburrido de vivir antes de haber vivido,
y por último el discutir y hablar de todo la víspera de haber aprendida
que no sabe hablar de nada.
Y esto no crean ustedes que se debe á otra cosa que al frac y á la le­
vita; prendas ambas que, vestidas antes de tiempo, hacen unos talles par­
lamentarios que da gozo verlos.
El parlamentarismo está por esta razón tan en la masa de la sangre,
que ya no nos le arrancan á dos tirones; y aun si vinieran, que no ven­
drán, trescientas ó cuatrocientas mil bayonetas rusas, las habíamos de
dejar más romas que punta de colchón con medio ciento de discursos.
Pero el parlamentarismo no es un manjar que puede usarse á discre­
ción, y los parlamentarios, como los frailes y los milicianos, se han visto
obligados á regimentarse y á dividirse en grupos.
Hay entre ellos sus definidores y sus guardianes y una gran porción
de legos, y cada compañía tiene su capitán y su sargento y sus cabos de
vara y sus reclutas y su ranchero. No porque todos tengan facultad de
hablar, siquiera haya muchos que para el caso tengan pocas facultades,
vayan ustedes á creer que hablan todos á un tiempo....Nada de eso.....
¡Para qué sirve la ley electoral!....
La ley electoral sirve, amigo lector, para dividir á los hombres en tres
grandes grupos: el primero, compuesto de los que no tienen voz ni voto,
éstos son eternamente mudos: el segundo se compone de los que tienen
voto y no tienen voz, éstos son tartamudos; y el tercero, de los que tie­
nen, amén de su voz y de su voto, los votos y las voces de todos sus con­
ciudadanos.
Más claro, y esta es la última vez que voy á usar de la claridad en
este artículo, los primeros son los que no tienen derecho para elegir al
que más tarde ha de llamarse su elegido; los segundos son los que pue­
den nombrar apoderado sin poderle residenciar por el uso que haga de
los poderes, y los últimos son los representantes de los primeros y de
los segundos y de sí propios; son los padres de la madre que los trajo al
mundo, la garganta universal del pueblo, la lengua de todas las lenguas,
el verdadero corazón parlamentario.
El representante del pueblo, el que antiguamente llamaron procura-

A YER, HOY Y M AÑANA

135

dor y hoy llaman diputado, es la bocina común del vecindario, el cordón
acústico que tienen los pueblos para elevar sus ayes hasta el poder su­
premo.
El diputado es una trompeta que si la cogen los contribuyentes se te
antoja la del juicio final, y si la agarran los empleados no has oído nada
más seductor ni más bello que sus tocatas.
El labrador suele aplicársela á los labios para decir que le hagan ca­
minos, porque no tiene medio de acarrear sus granos, y cuanto más sopla
tanto más muda está la trompeta. Esto consiste en que el labriego no
sabe tocarla ó en que las gentes no saben oirla.
Las viudas no tienen aliento ni para decir que les va faltando, y po­
cas son las clases menesterosas que saben hacer sonar el instrumento; ad­
virtiendo, y esto es muy de advertir, que á veces no consiste la falta de
voz en el que sopla, sino en la trompeta, que es muda; porque de cada
cien bocinas que el pueblo cree perfectamente sonoras y acústicas, las no­
venta y siete son de madera y están siempre roncas y hasta mudas.
Pero de esos parlamentarios que no parlamentan, de esos hombres
que hacen profecía de hablar y no hablan, de esos que se encargan de
contar lo suyo y lo ajeno y no dicen nada ni de lo ajeno ni de lo suyo,
ya nos ocuparemos en el fondo de este cuadro; por ahora ni de la trom­
peta de latón ni de la de hoja de lata ni de la de madera podemos decir
nada.
Demos tiempo al tiempo y no atropellemos el cuadro.
Antes de buscar el apoderadero otorguémosle el poder, y antes de
otorgarle el poder busquemos al poderdante.
Ya vendrá el elegido; ahora no viene otra cosa que el elector.
II
La ley electoral ha tomado el paseo á la inversa y va de lo desconoci­
do á la conocido; pero nosotros no tenemos obligación de seguir el mismo
camino que esa señora, y antes de tropezar con el efecto hemos hallado
la causa.
Antes de encontrar al elegido hemos topado al elector.
Pasa de veinticinco años, uno, dos, tres ó ciento; por la edad prescribe
su derecho; ó es individuo de alguna academia científica, ó doctor, ó licen­
ciado, ó cura, ó juez de primera instancia, ó promotor fiscal, ó empleado
activo, ó cesante, ó jubilado, siempre que su sueldo anual llegue á 8.000
reales; y si no es ninguna de esas cosas, será capitán retirado, ó abogado,
ó médico, ó cirujano, ó boticario, ó arquitecto, ó pintor, ó maestro de es­
cuela; y en suma, si no ejerce ninguna de esas profesiones, ejercerá la de



136

ANTONIO FLORES

contribuyente, y siempre que pague más de 400 reales al año de contri­
bución directa, no tengas duda de que es elector.
Lo único que podemos hacer para que pierda ese derecho, es probarle
que está procesado criminalmente, ó que ha padecido pena corporal ó
aflictiva ó infamatoria sin haberse lavado la honra, ó que tiene interdicto
judicial por tonto ó por loco, ó que está fallido ó intervenido ó apremia­
do por moroso en el pago de las contribuciones. Cualquiera de estas nu­
lidades y principalmente la última son muy fáciles de alcanzar en estos
tiempos en que el apremio suele asistir á casa del contribuyente la vís­
pera del día señalado para el pago: tal es la religiosa puntualidad de los
recaudadores.
Pero el elector que yo te presento no tiene ninguna de esas tachas, y
si malvendió ó no malvendió su cosecha para pagar las contribuciones,
no es cuenta tuya ni del comisionado de apremios. Lo que hay de cierto
es que ha pagado con puntualidad sus cuotas, que ha reclamado en tiem­
po oportuno su inscripción en las listas electorales y que es tan elector
como el primero de los electores.
Y el primero de los electores es (con la ley en la mano) el ciudadano
cuya honradez y buenas costumbres resultan acreditadas por el pago
de 400 reales de contribución directa. Pero como la ley no pasa de ser
una colección de reglas y de preceptos que están sujetos á varias excep­
ciones, suele suceder y sucede que el primer elector no es el primero ni
aun el último de los contribuyentes, sino un ciudadano cualquiera que no
contribuye ni poco ni mucho, y que, por el contrario, vive á expensas de
lo contribuido y de lo recaudado.
El derecho electoral de estos individuos tiene por padrino al jefe su­
perior de la provincia, y con esto queda dicho que es el más seguro de
todos. Reclaman contra su validez muchos electores invalidados; pero las
reclamaciones y las protestas son como la limosna, que casi nunca llega á
tiempo de ahorrar la vergüenza y el hambre al necesitado.
Dice la ley que el jefe político, oyendo (cuestión de urbanidad) á los
alcades y ayuntamientos de los pueblos, recogiendo (aquí está el busilis)
de las oficinas de Hacienda los datos convenientes y valiéndose de otros
medios formará las primeras listas de electores.
Excusado nos parece decir que la ley ha tenido siempre el más exacto
cumplimiento. Las autoridades civiles han formado siempre las listas
oyendo á los alcaldes.
Pero como las distracciones son tan naturales y tan frecuentes en la
especie humana, y á nadie se le puede obligar á que oiga todo lo que le di­
cen, los jefes políticos suelen dejar de oirlas rectificaciones que les propo­
nen los alcaldes, y aun muchas veces despue's de oirlas se quedan como

A YE R , HOY Y M AÑANA

137

se queda el que oye llover debajo de techado: enjuto y seco sin que se le
haya pegado una sola gota del aguacero.
Por otra parte, preciso es confesar que las reclamaciones de los ayun­
tamientos y de los particulares son chinchorrerías é impertinencias de
lugar que no valen la pena de ser atendidas ni aun escuchadas.
¿Qué importa que veinte ó treinta de los primeros contribuyentes no
figuren como electores, si hay en cambio doscientos ó trescientos inclui­
dos en las listas que no pagan contribución alguna? Ultimamente, si no
se conforman con la sordera de la autoridad, aún les queda el recurso de
acudir en queja á la Audiencia, y como la queja no se pierda en el cami­
no y la Audiencia haga justicia al elector y el jefe político atienda la irre­
vocable sentencia de la superioridad, aún puede el reclamante alcanzar
la dicha de verse incluido en las listas.
No se cuentan muchos casos de esta naturaleza, porque es demasiado
trabajoso el camino para alcanzar un empleo sin sueldo que no vale la
pena de grandes intrigas. Los electores suelen desmayar y curarse de su
noble ambición á las primeras diligencias, y la suerte nada próspera de
los que llevaron su tenacidad hasta la última trinchera retrae á muchos
del asalto.
Ultimadas las listas con la escrupulosidad que dejamos referida, el
jefe político se frota las manos como un general que acaba de concebir
un gran plan de batalla y que cuenta con triples fuerzas que el enemigo,
y despliega por la provincia sus guerrillas estratégicas.
III

El comisionado de apremios, tipo tan antiguo como la morosidad de
los contribuyentes, cuyo origen se ha perdido en la noche de los tiempos,
sale á campaña mucho antes de que se publique en la Gaceta el decreto
convocando las Cortes.
Pero el comisionado de apremios, de cuya antigüedad pudiera sumínistrarnos algunos informes el célebre manco de Lepanto, ha sido una de
las ruedas administrativas que más adelantos han merecido y más refor­
mas han logrado en el gran taller de la industria política. La madre que
le parió, que fué sin duda alguna la miseria de los contribuyentes, y el
padre que le engendrara, que no fué otro sino el desacierto de los gober­
nantes, difícilmente le reconocerían hoy que ha cambiado su nombre de
pila por los de agente investigador, comisionado de estadística, conserva­
dor de montes y encargado especial para hacer las elecciones.
Este ministro plenipotenciario, del cual no hace mención la ley elec­
toral, es, sin embargo, la primera rueda que funciona en los distritos elec-

138

ANTONIO FLORES

torales con el único y exclusivo objeto de hacer las elecciones. Frase sa­
cramental de los gobiernos constitucionales, cuya elocuencia histórica
podría muy bien ahorrarnos el trabajo de escribir este artículo.
Si los electores de nuestras pequeñas aldeas viesen al comisionado
despedirse en un paseo público de sus amigos, diciéndoles á voces que va
á hacer las elecciones de tal ó cual provincia, no abandonarían sus hoga­
res, sus quehaceres y sus familias para ir á la capital del distrito á cum­
plir el más importante deber de los ciudadanos. Ó se sublevarían contra
esa interpretación de la ley, ó resignarían su derecho en el hombre que
va á hacer por sí solo lo que ellos creen que no puede hacerse sino con el
general concurso de los electores, ó finalmente, creerían que las palabras
del comisionado eran una pura baladronada.
Pero no es tal en efecto, y para que el lector tenga una cabal idea del
oficio en cuestión, vamos á ensayar un bosquejo de la gran fábrica elec­
toral.
IV
Pasa la escena en el despacho del ministro del ramo. El ramo de las
elecciones pende del árbol administrativo conocido con el nombre de Go­
bernación del Estado.
El ministro no está solo; le acompaña un oficial de su confianza. Este
destino, en tiempo de elecciones, viene á ser otra de las metamorfosis del
comisionado de apremios.
Tienen delante de sí un gran estado en papel brístol, y de acuerdo
con el jefe el oficial va haciendo diferentes signos al margen y en las ca­
sillas de observaciones.
— ¿Cuántos nos faltan?— pregunta S. E.
— ¿Cuántos nos sobran?— replica con sorna, aunque respetuosamente,
el privado del ministro.
— Pues qué, ¿tenemos ya arreglados los trescientos cuarenta y nueve
distritos?
— Sí, señor; todos, aunque yo desconfío del jefe político de....
—No tenga usted cuidado, son buenos todos, y como saben lo que les
va en ello, ya verán de andar listos. Pero el caso es que yo no quiero g a­
nar todos los distritos; es preciso dejar algunos para la oposición extrema,
porque si no hay clarobscuro en la Cámara, todo se lo llevó el diablo y
moriremos de plétora, que no sería la primera vez.
— Y á la oposición de casa, ¿cuántos les dejamos?— pregunta el oficial
sonriendo.
— Ninguno—contesta el jefe incomodado.— Lo primero que ha de en-

A TER , HOY Y MAÑANA

139

cargar usted á los jefes políticos es que á todo trance impidan el triunfode los candidatos de esa fracción desleal; á todo trance, aun apoyando en
último caso y cuando no se pueda pasar por otro punto á los absolutis­
tas y hasta á los demócratas y á los republicanos si hubiese alguno.
— ¿Cuántos diputados de oposición quiere usted que vengan al Con­
greso?
— Doce ó catorce de los menos conocidos y tres ó cuatro notabilidades
de esas cuya elección no se puede combatir sin grandes infracciones
de ley....
— Pues en ese caso, en el distrito de....hay que dejar que triunfe el
candidato de la oposición.
— De ningún modo, porque se le ha ofrecido ya al general It....
— Vamos á quedar desairados.
— Con el jefe político que había sí, con el que he nombrado para que
haga la elección no tenga usted cuidado.
— Tendrá que andar á palos con los electores, porque á pesar de cuan­
to se ha hecho en las listas, tienen mayoría los contrarios.
— No tenga usted cuidado; ese distrito es seguro, añade el ministro.
Y sacando de la cartera un manojo de cartas dice:
— Ahora vamos á ver si acabamos de dar gusto á los candidatos.
— La mayor parte no saben lo que piden y nos van á echar á perder
la elección en algún distrito. El marqués de X....se ha empeñado en que
ha de salir por su provincia, y ya ve usted lo que dice el jefe.
— Bien, yo haré que desista y le acomodaremos en cualquiera otro
distrito ó en segundas elecciones. A esta carta, añade S. E., conteste us­
ted que haré lo que se desea, y que se extiendan hoy los nombramientos
de esos corregidores.
— Los periódicos van á poner el grito en los cielos cuando sepan que
en un solo distrito y para dos pueblos de cuatro casas se crean dos corre­
gidores.
— Digan lo que quieran, no nos han de hacer mucho daño, porque ya
anoche interpelé al señor N....para que no anduviera tan parco en las
recogidas.
— Y áeste otro ¿qué se le dice?—pregunta el oficial, enseñando al jefe
una carta.
— Que sí, que sí, que se hará si es necesario. Pero no dé usted la orden
por el correo. De palabra se le dirá al comisionado, para que se lo comu­
nique al jefe, que si la cosa anduviese mal parada, la víspera de la elec­
ción á última hora cambie el lugar de la cabeza de sección.
— Es un rodeo de siete leguas para la mayor parte de los electores—
dice el oficial sonriendo.

140

ANTONIO FLORES

— No llegará el caso de hacerse ese cambio— replica el ministro,— como
no llegaría nunca el de recurrir á las medidas violentas si los jefes tuvie­
sen habilidad para conquistar á los caciques de los partidos, que en nin­
guna provincia pasan de tres ó cuatro. La autoridad manda mucha fuer­
za, y no hay elector que se niegue á seguir sus indicaciones.
— ¡El partido avanzado está trabajando mucho!— exclama el oficial de
confianza.
— Cuando ellos van, yo vuelvo— contesta el ministro con orgullo,—y
por esta vez se llevan chasco, porque lucharé en todos los terrenos.
Renunciamos á copiar la humildísima lisonja con que el privado con­
testa á la arrogancia del jefe, y dejamos que se abra la mampara para
que entre á ver á S. E. el hombre que va á hacer las elecciones de la pro­
vincia de....
— ¿Es la de vámonos?— le dice el ministro.
— Si Y. E. no manda otra cosa....— contesta el comisionado.
— Nada, lo dicho; á ponerse de acuerdo con el jefe, y á no dormirse;
lo demás corre de mi cuenta. A ver cómo ganamos nueve distritos.
— Los diez son seguros, Excmo. señor— dice el comisionado, y hacien­
do una profunda cortesía se sale del despacho.
La persona que entra en seguida ni hace reverencia ni da tratamiento
al ministro; pero se pone colorado al pasar el umbral de la puerta y se
acerca á la mesa con humildad.
— ¿Cómo va, marqués? ¿Qué noticias hay de la provincia? Yo ya le hacía
á usted camino de su distrito.
— No me he marchado— contesta el marqués— porque aún no lo ten­
go todo corriente.
— Por mi parte— dice S. E.— no creo que haya nada pendiente.
— No, señor; usted ya me ha dado los nombramientos de esos adminis­
tradores de correos y el de comisario de policía; pero al de Gracia y Jus­
ticia no le puedo arrancar el de un juez de primera instancia que necesito,
porque dice que no se atreve á dejar cesante al que hay en la actualidad
y que él me responde de su buen comportamiento. ¡Figúrese usted que
acaba de sentenciar dos pleitos en contra mía!
— Y al de Estado ¿le sacó usted ya las cruces que le pidió para aquellos
electores?
— Todo lo tengo en mi poder; hasta los honores de intendente de ma­
rina para un pájaro que dará treinta votos, y también el de Hacienda me
ha servido en regla. Si el jefe político nombra los estanqueros que yo le
diga, salgo por unanimidad.
— Mucho me alegraré de tenerle á usted por compañero en las Cortes
— dice el ministro.

ATER, HOY Y MAÑANA

141

— ¿Usted saldrá por más de un distrito?— replica el candidato.
— Supongo que me elegirán por cuatro ó cinco— contesta S. E.
Y despide al marqués para recibir en secreto á un candidato de opo­
sición que va á reconocer en el gobierno el derecho de intervenir oficial­
mente en las elecciones, rogando al ministro, no que recomiende su can­
didatura, porque eso sería indigno de sus ‘p rincipios políticos, sino que
retire la ministerial.
Nosotros corremos el telón, porque ni antes ni después de oir lo que
pase en esa pudorosa entrevista podremos comprender la metafísica dig­
nidad de ese candidato independiente.

Y
Y abandonando la corte nos trasladaremos á la capital de una provin­
cia cualquiera. En tiempo de elecciones todas son iguales.
Tropezaremos en el camino y aun vendrán con nosotros en el coche
algunos candidatos de oposición, de esos que asisten en persona á luchar
si hay lucha, ó simplemente á presenciar su derrota.
Seguiremos los pasos á más de uno de ellos para que pueda el lector
tener una idea exacta de las distintas especies en que se divide la gran
familia del aspirante á la progenitura nacional.
El primero de todos es, á nuestro juicio, el que se propone alcanzar
los votos de sus conciudadanos sin que pueda contar ni con el suyo pro­
pio porque no es elector, ni con el de su criado porque no existe el sufra­
gio universal.
Dios hizo el mundo de la nada, y nosotros, perdónesenos este orgullo
satánico, queremos hacer un diputado de la nada.
Y no hemos de acudir para ese milagro al martinete del ministerio,
donde, como sabe el lector, se forjan y se arreglan á gusto del consumi­
dor y á despecho del consumido, sino que lo haremos con nuestras pro­
pias fuerzas, contando únicamente con la constancia y el tesón del inte­
resado.
Supongamos un hombre á quien se le antoja ser diputado á Cortes.
Este primer síntoma de la enfermedad parlamentaria es indispensable. El
destino de padre de la patria no es carga concejil; el país sería capaz de
estarse toda la vida sin averiguar quiénes eran sus padres. Es, pues, in­
dispensable acudir con un memorial á las urnas.
Supongamos también que el antojadizo ciudadano no tiene noticia de
que haya llegado la de su existencia á ningún rincón de la península. En
semejante caso necesita dar por sí propio la noticia de sí mismo y decir
que tiene la edad que marca la ley, con los demás requisitos anejos al







142

ANTONIO FLORES

caso. Si le faltare alguno, aunque sea el de poder acreditar que contribu­
ye al mantenimiento de la mesa redonda de los empleados, eso importa
poco; ya diremos cómo se arreglan esas impertinencias de la ley.
Sigamos las suposiciones.
Hemos dado por cosa segura que el aspirante no tiene ningún distrito
electoral que le solicite para darle sus poderes ante la representación na­
cional, y lo que es más aún, que no tiene patria de quien pueda esperar
que le llame padre. Queremos suponer también que no tiene amigos in­
fluyentes que hagan su presentación á los electores incluyendo su nombre
en alguna candidatura, y decididos como estamos á presuponer dificulta­
des, también se nos antoja que le falta un amigo periodista, un gacetille­
ro conocido, un corresponsal cuando menos de un diario político.
Imposible y hasta fabulosa le parecerá al lector tanta desnudez de
amistades, sobre todo la del gacetillero, que son por la necesidad del ofi­
cio amigos de todo el mundo; pero es, sin embargo, cierto el aislamiento
del candidato. Le falta, no ya un redactor de fondo que anuncie seria­
mente que «en tal ó cual distrito se piensa votar al muy simpático jo­
ven D. N. N.,» sino hasta un gacetillero que le dedique un «parece que
el apreciable D. N. N. se presenta candidato para la diputación por el
distrito de C*** con grandes probabilidades de triunfo.» Y por último,
no hay un corresponsal de periódico que al final de una carta sobre elec­
ciones añada esta tan usual como inofensiva línea: «También se cita en­
tre los candidatos á un D. N. N.»
Todo eso le falta, y aun así no desiste de obtener las simpatías de gen­
tes á quienes no conoce para defender intereses que no ha visto y de que
nadie le ha hablado.
He ahí lo que se llama un candidato perfectamente cunero.
Pero si Dios, de una deleznable porción de barro le hizo hombre, justo
es que el ya hombre se haga hombre-diputado. Que si con paciencia, vir­
tud y anhelo se gana el cielo, con arrojo, descaro y sans-façon se alcanza
la diputación.
Son trescientas cuarenta y nueve las plazas vacantes al publicarse el
decreto de convocatoria, y el candidato sería dueño de dirigir un memo­
rial á cada uno de los trescientos cuarenta y nueve colegios electorales,
ó de elegir entre todos los que primero se le antojaran, ó de fijarse en
uno solo.
Nosotros, que somos los maestros directores de esta empresa, le acon­
sejamos que adopte el último partido. Que se fije y ponga los puntos á un
solo distrito.
¿Y ha de ser el suyo propio, el que le vió nacer, el que produjo el es­
pliego con que le perfumaron los pañales que usaba cuando niño?

AYER, HOY Y MAÑANA

143

No, y mil veces no. ¡Detente, candidato, detente! No malogres tu par­
lamentario propósito con empresa tan arriesgada. Dios, por tu desgracia,
habrá permitido que viva aún aquel maestro de escuela que ahogaba los
gritos de su ignorancia zurrándote el pellejo, y dirá á los electores que
no te voten porque eres un bárbaro. El cura, persona muy influyente en
la materia, se reirá en la tertulia del boticario de que aspire á ser dipu­
tado el chiquillo travieso que llevó calabazas en el examen del Catecismo.
Y por último, los electores, que son en su mayor parte tus compañeros
de escuela, creerán al votarte que eligen diputado al muchacho que les
acompañaba á saltar las tapias del huerto para robar las brevas de la hi­
guera de las Bernardas, y no se atreverán á echar tu nombre en las urnas.
Acuérdate del refrán que dice « nadie es profeta en su patria,» y no
olvides que el gran Federico aseguraba y el no menos grande Napoleón
repetía que «no hay hombre grande para su ayuda de cámara.»
Huye lejos, muy lejos de la tierra que te mató el hambre infantil con
sus doradas espigas, y fíjate en otro distrito cualquiera, seguro de que el
que ahora elijas, ese será más tarde tu distrito natural, como dicen los
parlamentarios.
¿Pero piensas tomar al pie de la letra mi consejo de hacer un memo­
rial ó lo que la ciencia conoce con el nombre de programa? ¿Has determi­
nado ir lisa y llanamente por el camino más corto diciendo á los electo­
res quién eres, quiénes son ellos, cuáles son sus necesidades, cuál es la
tuya y cómo te prometes remediarlas todas si ellos te prometen y te cum­
plen la palabra de hacerte diputado?
Eso es, ni más ni menos, lo que se hace en Inglaterra y en otros países
parlamentarios de profesión; pero yo te aconsejo que no lo hagas.
No tomes el camino más corto, que en materia de elecciones suele ser
el más largo; vente conmigo y yo te probaré que en cuestiones electora­
les la práctica ha demostrado que las matemáticas se equivocan al sos­
tener que la recta es más corta que la curva.
Me será difícil, acaso imposible, hacerte desde luego diputado, porque
esa receta sólo la tiene el ministerio con privilegio de invención y explo­
tación; pero te haré candidato. Y como tu nombre entre en las urnas, por
desairado que salga en las primeras elecciones, ya triunfaremos en las
segundas.
Los periódicos no quieren anunciar tu nombre, y no me importa. Por
esta razón me opongo á que hagas el programa. Si se ocuparan de él sería
para hacer burla y decir que te anunciabas donde no había una sola per­
sona que te conociera, y quiero probarles todo lo contrario.
No vas á pedir, vas á negar; en vez de empezar por el primer acto, va­
mos á principiar por el segundo.

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144

ANTONIO FLORES

Con tu dinero en la mano no habrá periódico que se niegue á insertar
un remitido, y ese es el primer paso que vas á dar para ser candidato, es­
cribir un remitido.
Te le ajustarán á tanto más cuanto la línea, y le haremos corto para
que no te cueste mucho dinero. Coge la pluma y escribe:
«Sr. Director de El Entendimiento.
»Muy señor mío y de toda mi consideración: Los numerosos amigos
con cuyo aprecio me honro en la provincia de B*** se han empeñado en
dispensarme la altísima honra de proponerme como candidato para dipu­
tado á Cortes por el distrito de C*** en las próximas elecciones. Ya he
contestado particularmente á algunos de ellos, manifestándoles cuán
grato sería para mí tener todas las grandes cualidades de que necesita
estar revestido el que aspire á merecer tan elevado cargo. No cedo á na­
die ni en patriotismo ni en abnegación ni en constancia y valor para
defender con los intereses generales de la nación los de esa hermosa
cuanto desgraciada provincia, y muy especialmente los del distrito de C***,
llamado por su posición geográfica, por la naturaleza del terreno y por
la inteligencia de sus habitantes á ocupar otro lugar del que hoy tiene,
á ser la más rica porción de nuestra península. En defensa de esos sagra­
dos intereses y de la ley fundamental sabría desafiar contra mí toda la
tiranía de los gobiernos despóticos y no expiraría la palabra en mis labios
aun cuando viera alzarse sobre mi cabeza la cuchilla del verdugo.
»Pero contra estos deseos, que han sido siempre el bello ideal de mi
vida política; contra esas aspiraciones y esa fuerza de voluntad, que tanto
he probado en las adversidades de mi carrera constitucional, están las
consideraciones que dejo expuestas anteriormente.
»Nadie me ganaría á servir con desinterés y patriotismo el cargo de
diputado, pero muchos pueden aventajarme en ilustración y en otros
títulos más dignos de la estimación de sus conciudadanos que los escasos
que yo tengo.
»Que elijan uno entre tantos nombres ilustres los electores del distri­
to de C*** y que le honren con sus sufragios.
»Yo permaneceré en la vida privada á que me he condenado hace al­
gún tiempo, aunque considerándome desde este día como el represen­
tante, como el amigo de todos los electores, sin distinción de partidos.
»A todos les ruego que me permitan envanecerme con ese título y que
me den órdenes, en la seguridad de que no quedarán defraudadas sus
esperanzas.
»Y usted, señor director de El Entendimiento, me perdonará la mo-

A YE R , HOY Y MANAN A

145

Icstia que le he ocasionado con esta carta; pero he querido hacer órgano
de mis sentimientos al periódico que tan dignamente dirige, por el talento
y el patriotismo con que defiende las cuestiones vitales de este infortu­
nado país.
»Soy de usted, etc., etc., etc.»
— ¡Pero semejante carta—dirá el aspirante á la diputación—me cierra
la puerta del Parlamento! ¡Esa acción de gracias y esa negativa tan enér­
gica me inhabilitan para pretender la diputación en otras elecciones! ¡De
ese documento se reirán los electores como del manifiesto, porque nin­
guno me ha escrito nada, porque nadie se ha acordado del santo de mi
nombre!
Y si tal dice el aspirante, se engaña.
El director del periódico será el primero que, agradecido al último
párrafo, la insertará recomendándola al público y diciendo que semejante
abnegación debería tener muchos imitadores; las gentes todas sabrán que
hay un D. N. N. en quien se ha pensado para representante del país, y
en cuanto á los electores del distrito, ninguno se atreverá á decir que él
no le ha propuesto y muchos se figurarán que le habían escrito. Otros le
dirigirán cargos porque rehúsa la diputación siendo un hombre indepen­
diente y de verdadero patriotismo; y empezada la correspondencia, ya
está hecho el milagro. Con más ó menos fortuna será candidato.
Hasta que ocurran nuevas elecciones debe conservar una activa co­
rrespondencia con sus electores, los cuales le honrarán con diferentes en­
cargos, y muchos de los mismos que no le votaron querrán pasar por
tales á sus ojos, acudiendo en queja del diputado del distrito, y diciendo
aquello de «yo le aseguro que en otra elección no ha de tener ni un voto.»
Por supuesto que nada nos importa que se los den todos, menos la
mitad más uno, que son los que necesitamos para sacar airoso á nuestro
aspirante.
Y saldrá sin gran trabajo, porque apenas se oiga circular su nombre,
y entonces viene de molde el programa, nadie preguntará «¿quién es?,»
sino que todos dirán: «este es aquel candidato que en las elecciones pa­
sadas no quiso salir diputado.»
Con semejante receta, es probado, puede cualquier mortal que pase
de veinticinco años tomar asiento en la asamblea, y llamar á la patria á
boca llena hija suya.
Algunas veces exige mayor constancia, y no se logra hasta la tercera ó
cuarta embestida; pero el sistema es infalible, y sólo puede fracasar si se
empeña en ello el fabricante universal de elecciones, á cuyos talleres vol­
vérnosla cara para ver al maestro de la fragua sucursal de una provincia.
T omo II
10

14G

ANTONIO FLORES

VI
Llegamos a mal tiempo. S. S. ha salido á girar una visita por los pue­
blos de su mando.
Desde que se encargó de gobernar la provincia pensó en buscar á do­
micilio los cumplimientos de sus gobernados; se propuso estudiar las
necesidades de los pueblos, echar un tiento á la capacidad de los alcaldes
y buscar el chichón del magisterio en la cabeza de los profesores de ins­
trucción primaria, con otras averiguaciones de no escasa valía; pero tuvo
pereza de montar á caballo, y cuando sonó la trompeta del gobierno lla­
mando á juicio á los electores, aún no había llevado á cabo su paternal
pensamiento.
Estaba en descubierto con todos sus feligreses, y era preciso no pro­
longar la falta por más tiempo.
Salió, pues, á campaña, acompañado del comisario de montes, del in­
vestigador de contribuciones y de algunos otros funcionarios, conocedo­
res todos del terreno que pensaba recorrer S. S., cuya persona y las de su
comitiva iban suficientemente amparadas contra una mala voluntad, un
testigo falso y una mala hora, por el amor de los pueblos....y una fuerte
escolta de la guardia civil.
No tiene la ronda precisión absoluta de visitar todos los distritos,
porque ya antes de emprender el viaje les ha marcado la aguja electoral
los pueblos en que es indispensable su presencia, y sólo en ellos echan pie
á tierra, dirigiendo sus pasos á la vivienda del elector más influyente del
distrito.
Si el alcalde es persona independiente, que no por ser muy rara esta
fruta en el árbol de las modernas administraciones deja de cogerse algu­
na en sazón, acude presuroso á felicitar al jefe político, dándose por sen­
tido de que no haya elegido su casa para tomar algún descanso y aparen­
tando no conocer ó desconociendo de buena fe el verdadero y el único
objeto de la visita.
Háblale de buenas á primeras del estado en que se encuentra la ins­
trucción primaria, de los caminos vecinales, de los monumentos artísti­
cos que se están deteriorando por falta de fondos para su conservación,
y el jefe suele interrumpir la letanía dicienclole:
— Ya nos ocuparemos de todos esos asuntos, y otro día vendré expre­
samente á visitar la escuela, aunque, vigilada por usted, señor alcalde, y
por los dignos individuos del ayuntamiento, creo que es excusada mi
intervención.
El alcalde y los demás concejales sacuden la cabeza en acción de gra­
cias, y el jefe añade:

AYER, IÍOY Y MAÑANA

147

—La visita que hoy hago á ustedes tiene otro objeto más importante,
•aunque menos grato para mí; pero lo he demorado cuanto me ha sido
posible, y ya me veo cada día más estrechado por el gobierno de S. M. la
Reina (q. D. g.).
El jefe se alza en pie para dar mayor solemnidad á sus palabras, y
continúa diciendo:
—Están ustedes muy atrasados en la recaudación de la territorial, y
es preciso que en esta semana quede entregado en caja el completo de
esa contribución.
—Pero, señor jefe—replica el alcalde,—ya sabe Y. S. en lo que consis­
te ese retraso, que humanamente no podemos remediar nosotros.
—Ni yo tampoco—responde el jefe;—pero no puedo esperar más tiem­
po; y usted, señor comisario—añade, dirigiéndose al de montes, que le
acompaña,—aproveche usted la estancia aquí para evacuar las citas que
falten en ese expediente de la corta de leñas, porque mañana mismo lo
hemos de remitir al ministro.
—Está concluido—contesta el comisario—y sólo falta que usted provi­
dencie lo que tenga por conveniente.
—Lo que resulte probado en el expediente con arreglo á la ordenanza
del ramo:
En vano apelan los concejales protestando de su inocencia y aseguran­
do que la mala fe de los vecinos del pueblo inmediato es la que les ha
traído ese compromiso.
El jefe se hace el sordo, y alzándose en pie para volver á tomar los
caballos, se dirige al dueño de la casa, no al alcalde, y como quien habla
del tiempo ó de cosa más indiferente le dice:
—¿Y cómo vamos de elecciones? ¿Se trabaja mucho?
—Pregúnteselo usted al señor alcalde—replica el candidote elector
ministerial,—que me parece que esta vez vamos á batir un poco el cobre.
—¿No están ustedes de acuerdo en el candidato?—dice el jefe son­
riendo.
—Si el gobierno insiste en que se vote al que nos ha recomendado Y. S.
—interrumpe el alcalde,—será imposible ganar la elección.
—¿Y por qué?—dice el elector influyente.
—Porque está desprestigiado en el país.
—Ustedes se arreglarán como gusten—replica el jefe despidiéndose;
—yo en materia de elecciones no hago más que indicar la persona que me
parece más á propósito; pero cada uno es dueño de hacer lo que guste
en la votación.
—¿Es decir, que Y. S. no tiene empeño ni compromiso con ese candi­
dato?—pregunta inocentísimamente el bienaventurado alcalde.

148

ANTONIO FLORES

—Yo no vengo á tratar de elecciones—dice- secamente la autoridad
superior de la provincia;—vengo áque salgan ustedes del descubierto de
la contribución y á avisarles del resultado de la corta de leñas.
Y volviendo á montar á caballo sigue su peregrinación electoral, de­
teniéndose en algunos pueblos, pasando de largo por otros y llamando
no pocas veces al camino á electores determinados con quienes transige
expedientes gubernativos por ahorrar disgustos á sus gobernados, y si
de paso gana algunos votos y algunas influencias, eso se tiene para el día
de mañana.
Rara vez regresa á la capital descontento de su correría, y antes de
vaciar la alforja de la Providencia, que viene repleta de sufragios, escribe
una carta al ministro, asegurándole la elección de todos los distritos de
la provincia, ó poniéndole algunas dificultades, por aquello de que lo que
poco cuesta poco se estima, ó cliciénclole, cosa muy frecuente, que tiene
seguridad de triunfar, pero que para conseguirlo ha hecho ofertas que
no podrá cumplir, y que es indispensable su traslación después de las
elecciones.
Instálase acto continuo en la oficina, recibiendo sin distinción y con­
tra costumbre á todas las horas del día y de la noche, hasta que llega el
primer día de la elección.
VII
En este momento supremo se declara en sesión permanente, recibien­
do por minutos avisos de la marcha que lleva la elección en los distritos
de la capital, y no almuerza tranquilo hasta que tiene noticia de haberse
ganado las mesas. Y no porque de antemano no tenga la seguridad de
que ha de suceder así, sino porque necesita imaginar esa alegría y esa
sorpresa para engañarse á sí propio, creyendo que real y verdaderamente
se ha consultado la voluntad de los electores y que entre éstos no hay
ninguno que no tenga los requisitos legales, siendo así que le consta y
sabe que, á falta de otros mejores, se han copiado en las listas dos doce­
nas ó más de lápidas sepulcrales, contra cuyos nombres protestan atemo­
rizados los propios herederos del difunto; el cual no viene á reclamar otra
cosa que el derecho electoral, y le usa dejando la guadaña á la puerta del
colegio, donde no es permitido entrar con armas, y depositando tranqui­
lamente su voto. Cosa en extremo curiosa ver un muerto que demanda
sufragios por su alma, alzarse del sepulcro para echar su óbolo de volun­
tad nacional en el cepillo de las ánimas parlamentarias.
En los distritos rurales, de los que recibe noticias á cada momento la
autoridad de la provincia, anda la marimorena si la oposición se obstina

AYER, HOY Y MAÑANA

149

en luchar contra el candidato del ministerio, y allí donde tal cosa acon­
tece puede decirse que hay verdadera elección. Las que se hacen en paz
y en gracia de Dios, con arreglo al programa del ministerio, apenas pue­
den llamarse simulacros.
Eedúcense á correr los polizontes de un lado para otro, acarreando
sufragios de carne y hueso en locomotoras de hueso y carne si lo requie­
re la distancia, ó arrastrándolos suavemente por el brazo para que ejerzan
libremente el derecho electoral.
Tómanse asimismo el trabajo de escribir las papeletas, y entran y sa­
len en el comicio como los verdaderos amos del cotarro.
Hacen lo mismo, aunque con mayor reserva y más humildad, los jefes
del bando contrario, y es cosa de ver los caminos en días de elección lle­
nos de carruajes de todas especies acarreando votos á las urnas.
En cuanto á los candidatos, si asisten en persona á la lucha tienen
dispuestos sus respectivos comedores, perfectamente surtidos de apetito­
sos manjares y de no menos excitantes vinos. Para tener entrada en esos
refectorios se necesitan las mismas cualidades que para acercarse á las
urnas: estar incluido en las listas y afiliado en alguno de los dos bandos
que se disputan la elección. ¡Pero infeliz del elector que habiendo votado
por uno, entre distraído en el comedero del contrario! ¡Cara podrá eos
tarle su opinión política, pero más cara le saldrá de seguro su votación
gastronómica!
VIII

De las escenas que dejamos referidas, y de otras muchas que de inten­
to y por rubor hemos callado, nacen multitud de episodios que nos sería
imposible narrar, no ya en este cuadro monstruo, que sin querer hemos
escrito abusando de la paciencia de los lectores, sino en otro de mayores
dimensiones.
Las peripecias del sistema electoral, tal cual le practican los gobiernos
constitucionales, son infinitas, si bien conducen todas al mismo resultado,,
aunque por distintos caminos.
Y para que el lector conozca hasta qué punto hemos sido parcos en
este cuadro que ya le parecerá eterno, y para que los interesados nos
perdonen lo que hemos dicho en gracia de lo que hemos dejado por de­
cir, les recordaremos que hemos pasado en silencio todas las medidas de
gobierno que suelen ponerse en práctica á última hora.
Ni hemos adelantado el reloj del ayuntamiento para ganar la mesa,
ni hemos movido un alboroto para anular el acto por haberla perdido, ni
nos hemos ocupado de cortar in extremis un puente para que los electo-

150

*

ANTONIO FLORES

res de tal ó cual sección tengan que optar entre ahogarse ó llegar tarde
á la votación, ni se nos ha ocurrido hacer que el elector más influyente
vaya de buen grado ó por fuerza á la capital el primer día de la elección....
Nada de eso hemos hecho, y á pesar de todo, hemos triunfado en todos
los distritos, y en algunos de ellos por unanimidad.
Resultado este último tan sospechoso como las cuentas de los mayor­
domos cuando resultan al maravedí.
Finalmente, el ministro está muy ocupado y no despacha nada en los
días que dura la elección, asombrándose como de cosa inesperada cada
vez que le dicen haberse ganado algún distrito; y se lo dicen muy á me­
nudo, de día y de noche, los extraordinarios de á pie y de á caballo que
llegan de todos los puntos de la península, y el telégrafo ójrtico, que tra­
baja en tiempo de elecciones con más ardor que los molinos del hidalgo
manchego.
Hecho el escrutinio en toda la península, el gobierno se envanece de
su obra.
Los colegios electorales han sido dóciles á la voz del rector de la uni­
versidad electoral.

C U A D R O XVII

EL

TE

Y EL

CHOCOLATE

He aquí dos nombres que hoy se escriben juntos en todas las tiendas
de ultramarinos y en todos los cafés y en todas las fondas, y que sin em­
bargo han vivido por espacio de muchos años enteramente separados, sir­
viendo cada uno de ellos de bandera de guerra á dos distintos bandos
sociales, á dos grandes partidos políticos y á dos irreconciliables escuelas
filosóficas: el te y el chocolate, ó lo que es lo mismo, la filantropía ingle­
sa y la caridad española, el patriota y el fraile, la dama aristocrática y la
monja descalza; el te y el chocolate, ó como si dijéramos, la civilización
y el obscurantismo, la libertad y la tiranía, la soberanía nacional y el
poder absoluto.
La historia del te en España es la historia de nuestra regeneración
social y política. Su importación de la China y su uso y su abuso son la
historia del uso y el abuso de nuestras libertades. En las hojas del te está
escrita la vida y milagros de la mitad de este siglo.
Yo te aseguro, lector, aunque me tengas por demasiado sentimental
y romántico, que no puedo sorber una taza de te sin pensar en las con­
quistas de la civilización, ni aspirar el aroma de sus hojas sin sentir los
aromas del árbol de la libertad.
Pero la historia del te, su peregrinación desde las Indias Orientales,
su entrada de contrabando, sos cuarentenas en los lazaretos de farmacia
y su tránsito desde la anaquelería del boticario á las despensas de todas



152

ANTONIO FLORES

las casas, aunque sería muy interesante no merecería fijar mi atención ni
excitar la de los lectores. Mientras el te fue un simple ciudadano botáni­
co, sustituto cuando mucho de la salvia ó de la flor de tila, pero siempre
avasallado por la amapola y la flor de malva, no tenía otro trato que el
de los enfermos de poco más ó menos, ni pisaba otros salones que los del
hospital, ni abría sus hojas en otras vasijas que en las de Alcorcón, ni
soltaba su esencia en otros vasos que en las tazas de Talavera. Hasta que
el sufragio universal ó la libre elección de los españoles no le hubo saca­
do de las boticas y de los hospitales para llevarle al palacio de los reyes
y á los salones de la aristocracia, su historia ofrece poco interés. Cuando
dejó de ser un simple ciudadano en el herbario de los naturalistas, y per­
diendo su humilde condición de sudorífico adquirió el rango de empera­
dor de las aguas cocidas, rey de las infusiones aromáticas y soberano y
señor de todas las bebidas de placer y de salubridad, entonces empezó
su historia.
Los mismos que mientras perteneció á la plebe de las hierbas medici­
nales le cocieron y le abrasaron en pucheros de Alcorcón, prohibieron
que se le hirviera y mandaron que se le dejara abrirse á sus anchas en
vasijas de plata, que en honra suya se llamaron teteras, y que no le ver­
tieran menos que en tazas de china y aun de oro, sobre azafates de plata
y usando guante para evitar toda profanación los criados que habían de
manejarle y servirle.
Hasta el día del sufragio universal el padre Terreros le trataba de
«hoja con la cual se hace un cocimiento muy raro, que dicen, añadía el
padre, que cura la gota y el mal de piedra.» Otros, como Simón Paulo, un
médico de cámara de Dinamarca, decían que en Europa no tenía los efec­
tos que en Asia, y que pasados los cuarenta años nadie debía usarlo, por­
que desecaba y abreviaba la vida. D. Tomás Iriarte, que no era médico y
debía estar exento de ojeriza, también le echó á reñir con la salvia en una
de sus fábulas, suponiendo que ésta se iba á las Indias, donde la compra­
ban á buen precio, mientras aquí la abandonábamos por el te.
Pero todas estas rivalidades eran dentro de los hospitales y las boticas.
Los grandes círculos de la sociedad no tomaron parte en la contienda,
hasta que el te invadió los comedores y las salas y los gabinetes y quiso
hombrear con el chocolate.
Cuando este perezoso americano, que estaba en quieta y pacífica pose­
sión de todos los estómagos y que era árbitro de todos los secretos de las
familias, inclusos los de las comunidades religiosas y aun los de los in­
quisidores, vio que un chino venía á arrojarle del trono y del confesona­
rio, en que había estado por espacio de tantos siglos, se echó á reir y siguió
entrando y saliendo en las tertulias y en el locutorio y en los tribunales.

AYER, HOY Y MAÑANA

151

Entraba en la celda de la monja, y ésta, en vez de echarse el velo á la
cara, se lo alzaba para besar con más comodidad á su amado; la joven
soltera recibía el morenillo en la cama, y en suma, por más que el choco­
late oía decir (porque ya hemos dicho que para él no había secretos) que
el te iba ganando terreno, á él le parecía que no perdía el suyo y volvió
á encerrarse en su chocolatera de barro ó de latón, riéndose de que el te
para ser algo tuviera necesidad de andar en vasija de plata. Incomodóse
algún tanto cuando supo que la leche le había hecho la infidelidad de ad­
mitir los requiebros del te y aun de contraer matrimonio con él; pero
tampoco esta noticia le hizo perder su pereza americana. Confiaba en que
el café le declararía la guerra, y de ese modo creía verse libre de ambos
rivales.
Se hizo potencia neutral, diplomacia pancista aprendida en los con­
ventos de frailes, y esta fué la causa de su perdición.
Había oído decir tantas veces que á tal ó cual ministro le habían en­
gañado como á u n chino, que no creyó que el te viniendo de la China
fuera un sabio.
Pero el chocolate fué el engañado, porque el te entrando por las nari­
ces se subió pronto á las cabezas, y como éstas andaban trastornadas
por los bandos políticos, propuso á los hombres que le parecieron de
más acción, á los revolucionarios más calientes, que le tomaran por
símbolo de combate, y desde ese momento creyó asegurado el triunfo de
su causa.
Inspiró con su arómalos mejores sermones políticos y los más fogosos
discursos patrióticos; desveló á los conspiradores, hizo pasar las noches
en vela á los periodistas, y cuando los unos estaban inspirados y los otros
mal dormidos, les hizo un argumento incontestable. Les dijo que los frai­
les, las monjas y los inquisidores habían sido siempre los grandes consu­
midores del chocolate, y que siendo todos ellos los mayores enemigos de
la civilización la consecuencia era forzosa: el chocolate era un brebaje
absolutista, enemigo de las luces y de la civilización. Trató para mayor
disimulo de suponer que el chocolate no era el único reaccionario, sino
que estaba unido con los garbanzos y con las sopas de ajo, y dijo que en
Inglaterra y en Francia, países clásicos de la libertad, no se usaba el co­
cido ni el chocolate ni las sopas de ajo, y con esto creyó tan asegurada
la suerte de sus hojas como la de las hojas del Código fundamental de la
monarquía,
Dejaron muchas gentes de comer garbanzos y otras de decir que los
comían; dieron los médicos en opinar que el chocolate era ardiente, y el
pobre americano, ardiendo en ira, se retiró á los conventos y á las casas
de los carlistas.

154

ANTONIO FLORES

Desde entonces el antagonismo de las dos bebidas ha sido profundo
y el odio de los bandos irreconciliable; y aunque hoy ha vuelto el choco­
late á las tertulias públicas y á las grandes reuniones aristocráticas es
porque ha dejado de ser neutral, es porque su mal aconsejada diplomacia
de antaño le ha obligado á humillarse transigiendo con el espíritu mo­
derno; buscando á las máquinas para que le muelan el cacao, á la vainilla
para que le dé aromas y á los reposteros para que le cuezan en vasijas de
plata. Si hubiera continuado firme en sus creencias reaccionarias; si el
hombre siguiera labrándole á brazo y empleando dos días en cada tarea,
ó habría vencido en la lucha, y en ese caso conservaría la pureza de sus
principios americanos, ó habría desaparecido del mundo con honra. No
lo ha hecho así, y está tocando los efectos de su reprensible pereza y de
su funesta neutralidad.
Pero él y su antagonista no se mezclaron directamente en nada des­
pués que el segundo hubo inflamado los ánimos de los reformistas. Gran­
des ejércitos de ocupación vinieron de la China, reforzándose á menudo
las guarniciones en todos los pueblos de España, y el te es hoy el símbolo
de la civilización y del buen tono.
El te negro, el te verde, el te imperial y el te perla han producido una
gran porción de tes.
Hay tes políticos y tes literarios y tes artísticos y tes magnéticos y
tes sonámbulos y tes parlantes y tes músicos y tes dansant, que son la
crema de los tes y el refinamiento de la civilización. También los que
juegan al tresillo y los que juegan con la tranquilidad pública se reúnen
á tomar el te, y así como antiguamente cruzaban las espadas jurando
sobre ellas antes de empezar á conspirar, ahora nadie conspira sin beber
una taza de la infusión china. Y quien dice una taza es como si dijera una
docena, porque el te no es como el chocolate, que se daba á jicara por
barba, sino que se tiene por más amigo de la casa y por mayor literato
y más distinguido artista al que sorbe mayor número de tazas. lr no hay
manera de rehusar el obsequio, porque pareciéndonos que el te estaba
poco honrado si le servían los criados aunque lo hicieran con guante
blanco, hemos dispuesto que lo sirvan las mismas señoras de la casa;
distinción que en tiempo del chocolate sólo alcanzaba algún padre defi­
nidor ó guardián, como ha visto el lector en la primera parte de esta
obra.
Pero como el siglo, aunque tiene fama de hablador, ahorra todas las
palabras que puede, ha inventado una manera de decir, sin abrir la boca
para hablar, que no se quiere más te.
Si se deja la cucharilla en el plato, la señora está sirviendo te hasta
que se declara la hidropesía; pero si se suelta dentro de la taza, ya no

ATER, HOY Y MAÑANA

155

vuelve á llenarla. En los refectorios de los frailes se hacía una cosa aná­
loga. Cuando no se quería comer más, se volvía boca abajo el plato. Sólo
que dice el vulgo, lo cual es posible que no sea verdad, que cuando un
fraile volvía el plato ya no podía hablar porque estaba apoplético.
ISTo es para las señoras una ocupación cualquiera la de servir el te á
sus amigos y á sus convidados, sino una ciencia espinosa y difícil, que toca
tanto en el arte de repostería como en la diplomacia, y aun tiene sus
puntas y ribetes de botánica, con algún tanto de medicina y algo y aun
algos de higiene. El saber si el te negro es más estimulante que el verde
y éste y cada una de sus distintas especies excita más ó menos el sistema
nervioso, y averiguar si el imperial es preferible al perla ó en qué canti­
dades se ha de mezclar el uno con el otro y cómo ha de haberse desecado
la hoja y en qué clase de vasijas ha de conservarse y si éstas han de per­
fumarse y cuál ha de ser el perfume, todos estos conocimientos que atañen
á cada una de las ciencias que hemos indicado, ha de tenerlos muy pre­
sentes la señora de la casa si quiere que sus convidados digan que el te
que allí se toma es el mejor que viene de la China. Y si aspira, que es una
aspiración muy legítima, á que digan también que ella sabe prepararlo
mejor que ninguna otra, no ha de desdeñar el poner por sí propia con
tino y medida las hojas en la tetera, caldeándola primero, y verter luego
el agua, no sin enterarse de su temperatura. Y si por último, después de
hecho el te, quiere que al repartir las tazas se pueda decir con fundamen­
to que es una consumada diplomática, ha de cuidar de aprender mucho
de jerarquías sociales y no olvidar nada de los rumores políticos, para
saber quién de los convidados va á dejar de ser persona importante ó cuál
otro está más en camino de empezar á serlo; que si todo esto no le interesa
directamente á ella, puede interesar y de seguro le interesa á su esposo.
La que es hoy verdaderamente señora de su casa ha de procurar no
saber nada de lo que le enseñó su madre, y olvidarlo todo, para poder con
mayor desembarazo hacer el te y hacer los honores de la casa y de la
mesa, que son quehaceres harto más difíciles que el de recoser la ropa
blanca y cuidar las demás haciendas menudas.
Hacer los honores de la casa los amos de ella es cosa tan importante
en estos tiempos, que la cartilla del buen tono castiga las faltas que en
tan grave materia se cometen con mayor rigor que la ordenanza del ejér­
cito cuando fusila por no haber hecho los honores á una bandera ó el sa­
ludo á un oficial general.
Hacer los honores, hacer ilusión, hacer música y otras haciendas que
ha inventado el inventariado y mal vendido idioma castellano constitu­
yen una ciencia que no está al alcance de todas las gentes, pero que bien
ó mal todos tienen necesidad de profesar en ella.

156

ANTONIO FLORES

Un te político, un te literario ó un te conspirador (que el te no se
opone á que cada cual piense y obre como le dé la gana), aunque todos
ellos parece que están oliendo á tabaco y que en ninguno habría de sen­
tirse la falta de las señoras, necesita una de éstas por lo menos. Si el que
convida á sus amigos á un te es solterón ó no tiene á su esposa en su
compañía, lo primero que ha de pensar es en buscar á una señora para
que vaya á hacer los honcres de la casa, mientras él hace política....ó
hace atmósfera, que es otro oficio del cual podrá sacarse algún día gran
partido para la navegación submarina. Si no tiene una tía ó una prima,
no le faltará alguna amiga cotorrona, como él, que le saque del com­
promiso.
El te dansant, que es el verdadero te, no necesita que se alquilen se­
ñoras para servirlo ni que se repartan diccionarios para que los danzantes
que acuden á beberlo sepan lo que significa. Nadie ignora que te dansant,
aunque no lo diga la Academia, es un baile donde se sirve á los convida­
dos una ó más tazas de te, y que nunca falta en la casa una señora que
haga los honores por derecho propio y el te con su propio te verde y su
propia azúcar. A cierta hora de la noche, la más dentro déla madrugada
que sea posible, salen los lacayos, colocan una mesa llena de objetos de
plata en medio de la sala, y la señora de la casa empieza á hacer su juego
de manos con los cubiletes y aparatos de su improvisada repostería. En
el mismo mostrador ó en otro inmediato se ponen muchos platos con di­
ferentes bollos y mendruguitos de pan tostado, y las hijas de la casa, si
las hubiere, deben ayudar á la mamá en el reparto de las tazas y de los
mendrugos.
Algunas veces en los tes musicales y en los magnéticos suele alter­
nar el chocolate con vainilla y con ámbar gris, elaborado á máquina, co­
cido por un repostero y aun por una criada alcarreña, pero jamás batido
por una duquesa ni servido por una dama del gran tono.
El gran tono es el te; ya lo hemos dicho.
La lápida de la Constitución ha caído sobre el sepulcro de la plaza
Mayor; los estancos nacionales han sustituido á los estancos reales; la
filantropía, á la caridad; las tintas verdes, á las encarnadas; el siglo de las
luces y de los fósforos, al siglo del obscurantismo y de las pajuelas; el
progreso, á la reacción; el te, al chocolate.
¡Quién se lo hubiera dicho á Hernán Cortés cuando le arrancó ese gran
secreto á Motezuma y vino más orgulloso con el descubrimiento que si
le hubiesen dado para sí los pueblos que acababa de conquistar!
¡Y qué dirían ahora fray Agustín de Avila y fray Juan deTorquemada
y los demás frailes y seglares que han cantado las excelencias del choco­
late, incluso D. Antonio Colmenero de Ledesma, autor de un famoso

AYER, HOY Y MAÑANA

157

opúsculo sobre las cualidades y naturaleza del chocolate, en cuya edi­
ción latina hay una gran lámina que representa á Neptuno saliendo
con su carroza de gala á saludar en medio del mar al chocolate inda!
¡Y cuando pensamos que por no haber sabido marchar con el siglo ha
estado á punto de perecer al grito de viva el te y viva la libertad, se nos
oprime de pena el estómago!
Bendigamos la hora en que le ha ocurrido liberalizarse y ponerse de
moda y al alcance de todos los estómagos y de todas las fortunas, hasta
el punto de haberse inventado el chocolate de las familias; brebaje que
debe tener tanto de cacao y de azúcar como de harina de trigo y de al­
mazarrón. Si se hubiese obstinado en su antiguo empirismo y en su domi­
nación absoluta, habría muerto con las gentes de ayer .
Hoy, á Dios gracias, aunque no reina y gobierna, porque el sistema
constitucional no consiente estos poderes ambidiestros, reina á medias
con los otros dos poderes: el te y el café.
Su nombre ha pasado á la posteridad con los de esos otros dos colegas
y algo es algo.

CUADRO XVIII

LEV A N T A O S, MUERTOS, Y VENID Á JUICIO

Cuando la humanidad era menor de edad se divertía con cualquier cosa.
Un juego de prendas, las sentencias de éstas, un rato de gallina cie­
ga, las cuatro esquinas, el soplavivo y otras diversiones menos vivas y
menos sopladas que éstas eran los pasatiempos honestos de aquellos
bienaventurados mortales, cuya mayor edad ó llegaba tarde ó no llegaba
nunca.
Ahora no se ha perdido la honestidad, y el tiempo se pasa honestamen­
te también, porque lo único que ha variado es la moda, y ésta apenas tiene
influencia sobre las costumbres.
Dos ó tres pulgadas más de escote en los vestidos, un metro de ensan­
che en los miriñaques, la polca íntima y cualquiera otra intimidad de las
que ñ o r se usan, no altera en nada, esencialmente hablando, las costum­
bres de a y er . El pecho no es más noble ni más sensible porque el jubón
le cubra más ó menos, ni la libertad y la holgura del miriñaque supone
que las piernas hayan de andar en malos pasos. Danse éstos, por el contra­
rio, muy menuditos, y aunque es verdad que se ha inventado la polca
íntima, este baile es tan sentado y tan casi dormido, que más bien que
despertar los sentidos de nadie, una pareja polcando parece que arrulla
y mece á un recién nacido.
De manera, lector, que los pasatiempos de hogaño son tan honestos
como los de antaño, y no tengo inconveniente alguno en que vengas á

A Y E R , HOY Y M AÑANA

159

cualquiera de esas diversiones que cuando no había palabra que les sir­
viera en el Diccionario de la lengua, las llamaban saraos, y ahora que la
teníamos hecha las conocemos con el nombre de soirées.
Precisamente me acaban de convidar á una que promete ser de las
más animadas y divertidas, y aunque no tengo confianza para llevarte
desde luego conmigo, porque ya se acabó aquello de que un convidado
convidaba á ciento, puedo anunciar tu nombre para que seas invitado,
con lo cual tendrás por derecho propio y aunque advenedizo las mismas
prerrogativas que yo que he pedido que te convidaran.
Tu esquela de convite será impresa y dirá lo mismo que la mía:
Los señores duques de Nicaragua tienen el honor de anunciar á
usted que reciben el lunes, y que aunque en esta soirée se hará música,
como de costumbre, habrá sesión magnética y evocación de espíritus.
— On danserá.
No me preguntes quienes son los duques de Nicaragua, porque no sa­
bré decirte otra cosa sino que ninguno de sus infinitos amigos los cono­
ce, aunque todos convienen en que su casa es la más lujosa de la corte,
que son muy espléndidos, que sus fiestas son muy brillantes y que hacen
los honores de su casa como nadie. Así lo confirman los periódicos al
anunciar que abren sus salones á sus numerosos amigos, y que allí se
reunirá la sociedad más escogida de la corte; conque ya que has sido de
los llamados, ven á ser de los escogidos.
No vayas demasiado temprano, ó para hablar con más propiedad, de­
masiado tarde, porque si lo haces una hora después de la que te han ci­
tado, ya es en la madrugada del martes la fiesta del lunes. Esto no importa
nada; así puedes asistir al teatro y al café y un rato al casino ó á alguna
tertulia de confianza, que hoy las hay, aunque no en las casas, como an­
tes, sino en los palcos del coliseo.
Precisamente al entrar en la casa están circulando helados y dulces.
Tomamos de ambas cosas con ambas manos, y luego nos dirigimos á
estrechar la de la señora de la casa, que nos hace los honores de ella con
una profunda cortesía y diciendo á los criados que nos aproximen de
nuevo las bandejas.
Volvemos á tomar y volvemos á hacer otra cortesía, y si la duquesa
se digna dirigirnos la palabra (con aire de distracción, porque ella tiene
su pensamiento en las bandejas y en que refresquen todos los convida­
dos; entablamos el siguiente brevísimo diálogo:
— ¿Cómo tan tarde?
— Hemos ido al teatro Keal.
— ¿Y es por eso que ustedes no han venido? Yo también f u i en el pri­
mer acto; pero me seca la música de Bellini, y luego la prima donna que

160

AN TO N IO

FLORES

ha debutado es tan desafinada que me da horror. Aquí han estado ha­
ciendo música hasta este momento y han sido todos muy bien.
— Sentimos mucho no haber sido aquí desde el principio.... y....
— Tardón — nos dice la duquesa, viendo que los criados pasan por
delante de un caballero sin que éste tome un helado.
Y ya no la volvemos á ver ni hablar hasta las cinco de la madrugada
en que terminará la soirée, y daremos otro apretón de manos, otra cabe­
zada y otra cortesía.
Antes de que esto suceda suceden otras muchas cosas que son la parte
principal de este cuadro, el cual ya habrá comprendido el lector que está
destinado á copiar con el mayor lucimiento posible la lucidez del siglo,
sus milagros magnéticos y sus prodigios sonámbulos.
Hemos averiguado que la naturaleza no lia dicho aún su última pala­
bra, y hasta que la diga no hemos de dejar de arrancarla secretos.
El del magnetismo es gordo, el del sonambulismo es mucho más, el
de la lucidez magnética no se diga, y en cuanto á la evocación de los es­
píritus no es ya una revelación de la naturaleza, sino habérsenos entre­
gado ella misma.
¡Pues allí es una friolera lo que puede hacer el hombre ahora que es
dueño de evocar todos los espíritus que moran en la eternidad desde los
más remotos siglos! ¿Qué falta nos hace ya la Historia ¡Sagrada ni la pro­
fana ni noticia alguna de lo que ha pasado en el mundo desde que él
mismo salió del caos? ¿Por qué ha de afligirnos el no saber dónde moran
los restos de tal ó cual hombre grande? ¡Hay más que evocar el espíritu
de cualquiera de sus enterradores y él nos lo dirá de coro!
Acabáronse ya las disputas históricas y las controversias cronológicas.
Que no vengan veinte ó treinta pueblos pretendiendo ser cada uno de
ellos la cuna legítima de tal ó cual celebridad histórica. Evocaremos su
espíritu y le preguntaremos el lugar de su nacimiento y si tal obra que
se le atribuye fué suya ó tal otra que le usurpan es suya también, y así
saldremos de dudas.
Gran cosa ha sido la de quitarle al ángel del Apocalipsis la trompeta
del juicio final, y anticipándonos á su pensamiento, decir á los muertos:
«¡Ea, señores, levantarse y venid á juicio!
Cuando pensamos que si hoy existiera el tribunal del Santo Oficio no
habría podido descubrirse semejante milagro, nos estremecemos de espan­
to. ¡Quién hubiera dicho que el siglo que empezó por demoler los monu­
mentos históricos había de acabar por resucitar y entrar en conversación
con los autores de aquellas obras y con los hombres de aquellos tiempos!
Bien dice el refrán, que «donde menos se piensa salta la liebre,) y que
«debajo de una mala capa se oculta un buen bebedor.»

AYER, HOY Y MAÑANA

1 61

Pero tú y yo, lector, no decimos nada; asistimos en silencio á la soirée
magnética y sonámbula, y aunque la despreocupación y la incredulidad
con que nos hemos amamantado nos darían derecho á reirnos de todo,
queremos, por el contrario, pecar de preocupados y de crédulos antes que
pasar por supersticiosos y fanáticos.
Yedla, ahí está. ¡Qué hermosa es la joven que han sentado en medio
de la sala, cubiertas de rubor las mejillas, sombreada su frente por la
transparente aureola de la inocencia y animados sus ojos por la luz fos­
fórica de la inteligencia!
Otra silla han colocado enfrente de la suya, y el hombre que la ocupa
es hermoso también; pero su belleza es enteramente opuesta á la de la
joven. No busquéis rubor en sus mejillas, ni carmín en su frente, ni pu­
reza en sus miradas, ni candidez en su figura. Su rostro no tiene la pali­
dez cadavérica, sino la blancura transparente del mármol; el brillo de sus
ojos desvanece todas las miradas; su ancha frente, su larga cabellera ne­
gra y su luenga barba negra también le dan un aspecto siniestro, pero
hermoso.
La de la joven es completamente angelical.
Sin embargo, esa mujer y ese hombre viven estrechamente unidos, y
parece que han nacido el uno para el otro. Él es un gran magnetizador
que se encuentra de paso en la corte, y ella la joven que le sirve para
todos sus experimentos, para sus grandes prodigios, para lo que habría
llamado falsos milagros la sociedad de a y e k . A él y á ella los habría que­
mado el Santo Oficio, y la duquesa de Nicaragua no habría podido llevar­
los á su casa para que diesen una soirée de magnetismo, de sonambulis­
mo, de doble vista y de evocación de espíritus. Soirée de brujas completa.
Un silencio profundo reina en el salón, y todas las miradas se fijan
en las dos personas que ocupan el centro. La joven ha colocado sus ma­
nos sobre las rodillas, y allí ha puesto sus pulgares en contacto con los
del magnetizador que la mira fijamente, hasta que no pudiendo ella re­
sistir su mirada, cierra los ojos, deja caer la cabeza sobre el pecho, aban­
dona los brazos y va perdiendo el color del semblante como si estuviera
sufriendo un terrible accidente ó hubiera dejado de existir.
El magnetizador se levanta, pone la mano sobre la cabeza de la joven
por espacio de algunos segundos, hace igual operación siempre á distan­
cia respetuosa en otras partes del cuerpo, y volviéndose á los señores de
la casa les dice:
— La joven no está ya más sensible; pueden ustedes pincharla y cla­
varle alfileres en todo su cuerpo como si ella estuviera un acerico, que no
despertará ni sentirá más nada.
Y antes de que los circunstantes vuelvan de su asombro, el mismo
T omo II

11

162

ANTONIO FLORES

magnetizador saca un largo alfiler y le clava despiadadamente en varias
partes del cuerpo de la joven sin que esta se estremezca ni dé la menor
señal de sensibilidad. Y á medida que los presentes van llenándose de te­
rror, él va ejecutando diferentes maniobras y vuelve á hacer nuevos pa­
ses magnéticos, preguntando qué parte del cuerpo quieren que sea la más
dormida, y por último si desean que declare el sonambulismo, y qué
sentido quieren que deje despierto, ó si prefieren que lo estén todos, ó si
les parece mejor que desarrolle el sexto, descubierto por los magneti­
zadores y que consiste en un refinamiento extraordinario de las faculta­
des intelectuales, superior á todo lo conocido hasta el día por entendi­
miento humano.
Una sola voz se oye en la sala, y ésta es para pedir el sexto sentido, el
cual no se hace esperar mucho tiempo, porque el magnetizador después
de unos cuantos pases dice que ya está todo hecho y que la joven se halla
en completo sonambulismo.
Advierte á los circunstantes que tiene esa noche mayor grado de lu­
cidez que nunca y que pueden preguntarle por su conducto cuanto quie­
ran, porque está en relación magnética con todos los seres divinos y hu­
manos, con las generaciones pasadas y las venideras, y que tiene delante
de su vista todos los rincones del mundo.
Crece con estas explicaciones el asombro en la reunión y aumenta el
terror y el espanto de tal suerte, que la mayor parte creen sentir lo que
al parecer no siente la sonámbula, y les parece que se les seca la garganta
y que ven chispas en la atmósfera y aun se les representa todo ese mundo
de imágenes y de visiones que finge el miedo.
El magnetizador, por el contrario, cada vez más pálido, pero arrojando
cada vez más fuego por los ojos hasta hacer creer á alguna persona que
amortigua con el brillo de su mirada las luces del salón, se va apartando
lentamente de la joven, y desde lejos, con voz lúgubre y solemne, le dice:
— ¿Puedes hablar?
— Sí—contesta con acento sibilítico la joven;— puedo hablar, pero no
me preguntes mucho, porque quiero dormir.
— Tú no puedes querer nada más que lo que yo quiera. ¿Olvidas que
eres mi esclava?— dice el magnetizador con voz de trueno que horroriza
á los circunstantes.
— Lo sé— exclama la joven suspirando.— Pregunta lo que quieras.
-—¿Dónde estás?
— En Nicaragua.
— En casa de los duques de Nicaragua querrás decir.
— No, en Nicaragua, en medio de las grandes posesiones que tienen
allí los duques.

AYER, HOY Y MAÑANA

163

La mayor parte de los circunstantes fijan la mirada en los duques al
oir que el ducado existe y que hay en él grandes posesiones, cosas ambas
de que empezaban á dudar.
—¿No ves nada más?
—Veo todo lo que quiero.
—Aquí hay una señorita—dice el magnetizador—que desea saber
dónde está su madre: ¿la conoces?
—Sí.
—¿La ves?
—La veo.
—¿Dónde está?
—En el otro mundo.
—Eso ya lo sabe su hija; ¿pero está sufriendo ó gozando?
La joven sonámbula guarda silencio y el magnetizador vuelve á repe­
tir la pregunta aunque inútilmente, hasta que por fin dice:
—Veo que no puedes ó no quieres decirlo.
—Su misma madre se lo dirá y aun le estrechará la mano ahora mismo
si ella mete la suya debajo del trípode en que estoy sentada.
La joven aludida, que había empezado á palidecer desde que oyó ha­
blar de su madre, quiere hacer la prueba que la ofrecen; pero cae desma­
yada al acercarse á la sonámbula, y este accidente pone fin á la sesión
magnética.
Mientras los unos corren á socorrerla, los otros huyen horrorizados del
magnetizador, que permanece inmóvil con una sonrisa satánica al lado de
su compañera, la cual no pestañea siquiera.
La duquesa se le acerca con toda familiaridad, y estrechándole la mano
le felicita por el buen resultado de sus experimentos y le dice que des­
pierte á la sonámbula y que traerá el velador parlante para evocar un
rato los espíritus.
El magnetizador vuelve á imponer silencio para recoger el fluido que
había depositado en la joven, vuelve á imponer sobre ella las manos y á
dar pases inversos, hasta que poco á poco se oyen tres profundos suspi­
ros y otros tantos chasquidos de huesos, y abre por fin los ojos y despierta
sin que, como dice el magnetizador, tenga conciencia de lo que ha dicho
ni de lo que por ella ha pasado.
El velador parlante, que no es ni más ni menos que un mueble de pino
toscamente labrado, pero tan hablador y tan sabihondo que eriza los ca­
bellos el oirle hablar y el escuchar su profunda sabiduría, viene á ocupar
el lugar de la sibila; mientras ésta, que dice sentir la cabeza muy pesada,
hace una cortesía y sale del salón, dando gracias á los duques porque han
mandado que pongan el coche para llevarla á su casa.

164

ANTONIO FLORES

El magnetizador queda á solas con el mueble, cuyas tres patas tienen
cada una su número; y con esto y una clave escrita sobre un papel y en
la que constan las letras del alfabeto que corresponden á cada una de las
patas, impone á los . circunstantes del sistema que liay que seguir para
averiguar lo que dice el velador por el número de golpes que dé cada
pata.
Tres ó cuatro personas rodean el mueble, imponiendo sus manos en
el borde y tocando los índices y los pulgares, y el magnetizador les dice
que se concentren en sí mismos, que si alguno siente vértigos que se re­
tire y que guarden sobre todo el más profundo silencio.
Obedecen puntualmente todos y aun algunos hacen más de lo que les
mandan, porque tiemblan y mueven el velador antes de tiempo.
El magnetizador se llega pausadamente, aumentando con su presencia
el temblor de los que rodean el mueble, y dirigiéndose á éste, con toda la
gravedad senatorial con que podría hacerlo á una persona, le dice:
— Si tienes algún espíritu presente, haz la señal.
El velador obedece y da un golpe.
— ¿Quién eres?
El velador da varios golpes con distintas patas y el magnetizador pre­
gunta:
— ¿Qué haces en ese mundo en que vives y qué piensas de nosotros?
Y á cada pregunta que le dirige, el velador contesta con un lenguaje
simbólico que va traduciendo en un papel con la clave á la vista cual­
quiera de los circunstantes, á quienes el magnetizador dicta el número
de golpes y las patas que los han dado.
Y así se revela á los circunstantes de quién es el espíritu que ha des­
cendido sobre el velador, lo que hace en el otro mundo, lo que piensa de
los que están en éste y cuantas cosas quieren averiguar los circunstantes;
á los cuales también les está permitido pedir que venga tal ó cual espíritu,
sin que nunca se hagan rogar mucho tiempo, sino que vienen y charlan
tanto, que mal año para los sueños del Dante y de Que vedo y de cuantos
poetas soñadores ha habido en el mundo.
Y de tal manera se ha familiarizado la sociedad presente con la veni­
da al mundo de los espíritus, que á nadie le quita el sueño ni siquiera el
apetito el haber conversado y echado un párrafo mano á mano con Julio
César ó con Nerón, ó con el Bobo de Coria, ó con Bernardo el de la espada
que ni cortaba ni pinchaba; y ahora mismo ves, lector, en casa de los
duques que recogen el velador y lo llevan á un rincón de la casa, donde
tal vez los lacayos le conviertan de trípode sibilítico en taburete de juego.
Y vuelven á circular las bandejas de helados y de dulces., y se abre el
buffet, que es como si dijéramos y decimos que abierto el apetito, puerta

A YER , HOY Y MAÑANA

165

que nunca llevan cerrada los convidados, se abre el comedor y se presen­
tan unas mesas y unos veladores no parlantes, pero que son capaces de
hacer hablar en ruso y en escandinavo á los que beben los variados vinos
y comen los excelentes manjares que allí se presentan. Y el erudito, que
acaba de estar de palique con Cicerón, se agarra á brazo partido con me­
dio pavo trufado ó medio jamón cocido, y con una botella del Ehin y otra
de Champagne conjura los espíritus que poco antes ha evocado, y de
ahí en adelante lo que venga. Y si no viene por bien, vendrá por fuerza;
que cuando un buffet se abre, se abren y se rompen todas las etiquetas y
todas las consideraciones sociales. ¡No sino andarse con repulgos y con ce­
remonias, dejando pasar delante á las señoras ó entreteniéndose á servir­
las, y ya verán cómo se quedan sin probar bocado!
Entre trozo de jamón y trago de vino, todo comido y bebido de pie
para que el estómago pueda ser elástico, se recuerdan los diálogos de los
espíritus y aun se discute formalmente sobre lo que han dicho, rectifican­
do la historia si está en contradicción con algunos de ellos.
Y cuando acaban de cenar, ó mejor dicho, cuando se acaba la cena,
empieza el baile, porque los billetes de convite decían on danserá, y las
niñas, que acaban de tener en el trípode una conversación con su bis­
abuela, no quieren dejar de echar una 'polca con el que está en camino
de ser bisnieto político de aquella señora.
Ya ves, lector, con qué poca cosa se divierte la humanidad en 1850 y
cuán modestamente practica sus grandes descubrimientos.
¡Cuánto no habrían alborotado los hombres de antaño si alguien se
hubiese atrevido á creer en el magnetismo, en el sonambulismo y en las
revelaciones de los extáticos, de los videntes, de los lúcidos y de los mé­
dium! ¡Sobre todo de estos últimos, que tienen la propiedad de coger
una pluma, y sin que jamás se les canse el brazo y con la cabeza vuelta
escriben obras de ciencia que nunca han visto y en idiomas que nadie les
ha enseñado! ¡Qué autos de fe tan exquisitos habría hecho aquel tribunal
que andaba siempre con el ascua en una mano para quemar las lenguas
que habían hablado y la mordaza en la otra para imponer silencio á los que
iban á hablar! Los calabozos del Santo Oficio habrían sido unas grandes
prenderías llenas de mesas giratorias, de veladores parlantes, de trípodes
sonámbulos y de objetos videntes.
Ahora, por el contrario, gracias sean dadas á la ilustración que nos
distingue, podemos hacer eso y mucho más sin que nos tengan por supers­
ticiosos ni por fanáticos ni menos por herejes.
Ya has visto, lector, cómo es verdad el sonambulismo lúcido y vidente
y la evocación de los espíritus. Pues lo mismo que tú lo has visto lo han
visto los demás. El que quiere lo cree, y el que no, lo dudadlo niega; pero



166

ANTONIO FLORES

cada uno tiene el derecho de hacer lo que le dé la gana. Aquí no se hace
fuerza á nadie para una cosa ni para otra.
Los que no tienen criterio propio van en estos tiempos de las mayo­
rías tras del criterio general; estas son cuestiones de moda. Cuando se
descubrió que todos los objetos animados é inanimados giraban, no se
podía entrar en un café sin que las mesas, las sillas, los platos y los
vasos estuviesen andando á impulsos de los que querían hacerlos girar;
los tenderos abandonaban sus quehaceres por ver si giraban los efectos
de su tienda, y en los paseos y en las calles se veían grupos de gente
pidiendo al que estaba en medio que no tuviese voluntad, que se hiciese
el mueble á ver si le hacían girar. Pues bien: ¿qué resultó de aquella ma­
nía giratoria? Que sin quemar á nadie, todos se han convencido de que
no giran, y se están quietos viendo girar el sol, que es el que les mide el
tiempo. Lo mismo sucede ahora con los espíritus. No hay nadie que no
los vea y no los hable, y á nadie se le quema por eso, y los espíritus aca­
barán por irse y no volver.
Mientras tanto algunas gentes morirán del susto ó irán á una casa de
locos; pero lo mismo se podían morir ó perder el juicio sin eso.
¿Qué culpa tienen los sonámbulos ni los videntes ni los extáticos?
Eso sería llevar las cosas demasiado lejos y tratar á esta sociedad, tan
desarrollada y tan crecida, como á la de antaño, que era menor de edad.

-

-

CU ADRO XIX

L A E M P L E O M A N ÍA , L O S E M P L E A D O S , L O S E M PL E O S
Y LOS EM PLEADORES

Ya no llega á Madrid con el pelo de la dehesa, ni para entrar á servir
de paje á un grande de España ni á un consejero de Castilla, sino que
cepillado, como ha podido, en la capital de su provincia, trae en el cuerpo
algo de gramática castellana, rudimentos de ortografía y más de un año
de latín y principios de filosofía, en el bolsillo veinticinco ó treinta duros
y en la mano una carta de recomendación para el diputado á Cortes de
su distrito.
Si su padre no es elector, será amigo de un elector influyente, y este
es el que le ha dado la carta de recomendación para el diputado. En ella
no le dice otra cosa sino que le recomienda ai joven con interes, porque
es hijo de un hombre que, aunque no tiene voto, hace votar á muchos y
es un gran agente de elecciones, y añade que el chico es muy despierto
y que ha despuntado por la poesía, sacando muy buenas cosas de su ca­
beza, entre otras un drama, que ya conoce y le gustó mucho al adminis­
trador de rentas, antiguo gracioso de una de las mejores compañías de
la legua.
Añade también que no se le recomienda para que le alcance un gran
destino, sino una posición modesta que le permita dedicarse con desaho­
go (esto es, sin pedir limosna) al cultivo de las letras.
El diputado tiene tan cansados á los ministros con otras pretensiones

168

ANTONIO FLORES

por el estilo y le preocupa tanto su propia colocación, que no hace otra
cosa en pro del joven sino darle buenas palabras y contestar á su padrino
con evasivas. Pero de repente, porque estos repentes son como las tor­
mentas de verano, que vienen cuando menos se aguardan, llega la disolu­
ción del Parlamento y la convocatoria al cuerpo electoral para que ejerza
nuevamente y con toda libertad sus derechos imprescriptibles, y el di­
putado, que ya está más desocupado, se acuerda, no del elector influyente,
sino del joven que le ha recomendado, y le alcanza una plaza de auxiliar
con seis mil reales de sueldo en una de las direcciones de rentas, Pero
el joven, que mientras el diputado le desairaba frecuentó los cafes y asis­
tió á las lecciones del Ateneo y fue constante espectador, y no pasivo
ciertamente, en la vista pública de las denuncias de los periódicos, ha
entrado en uno de éstos á manejar la pluma y la tijera y no acepta el
destino.
Cuando el diputado le presenta la credencial con aire de protección,
dándole la consabida palmada en el hombro y como diciendo «ya está
usted hecho hombre,» el joven se sonríe, mira con aire de lástima al pro­
tector y le dice que guarde aquel destino para otro, porque él es un es­
critor de oposición, independiente, que no necesita ni quiere nada del
gobierno, y que así lo dirá en su 'periódico al dirigir su voz á los colegios
electorales para prevenirles y darles el grito de alerta contra los amaños
del gobierno y de los diputados de la antigua mayoría.
El efecto que estas palabras producen en el ánimo del diputado es
terrible. Los diputados de la oposición, que no han podido hacerle perder
el color en el Congreso, y las tribunas, que le han visto alzarse impávido
y hasta provocativo cuando contestaba á las terribles alusiones que le
lanzaban sus contrarios, no le conocerían al verle palidecer y balbucear
ante un joven de veinte años escasos á quien días antes apenas se digna­
ba recibir. Nadie hubiera dicho quién era allí el protector ni cuál el pro­
tegido.
El diputado se acuerda del elector influyente, y cree perdida su re­
elección; piensa en el periodista, y ve peligrar su destino.
La situación es terrrible. Ni siquiera le devuelven la palmada de pro­
tección que él acaba de dar. Su juez parece inexorable. El reo traga toda
la saliva que puede, que no es poca; se decide á ofrecer una silla al que
hasta entonces jamás había hecho sentar en su presencia; le presenta un
cigarro; le dice si quiere honrarle acompañándole á almorzar, y cuando
ve que el joven acepta con verdadero aire de protección el cigarro, el
almuerzo y la silla, le dice:
— Por lo demás, yo siento mucho que usted no acepte el destino; por­
que esto, lejos de impedirle el seguir escribiendo en el periódico, le daría

A YE R , HOY Y MAÑANA

169

una posición más desahogada; pero no puedo menos de aplaudir esos
arranques de independencia, y creo que su talento de usted le abrirá una
brillante carrera en el porvenir.
— Tengo ya un drama presentado en el Príncipe, y otro admitido en
el Circo, dice el joven.
— ¡Eso más!....— replica el diputado.— Me alegro mucho que los jóvenes
del distrito que yo he tenido la honra de representar se distingan y
alcancen un nombre en la república literaria.
— La política me llama más que la literatura. Esos dramas los traje
escritos de mi pueblo.
— Pero tambie'n se hacen buenas carreras en la literatura.
— No, señor; las letras no sirven de otra cosa que de un pequeño esca­
lón para subir á los puestos públicos; son un ligero anuncio que se hace
en la plaza de la opinión pública de que hay un hombre más en el mun­
do, apto para los cargos públicos.
— ¿Piensa usted presentarse candidato en su distrito?— pregunta el di­
putado, temiendo oir una respuesta afirmativa.
— No, señor, porque no tengo la edad.
El diputado no puede disimular su alegría, y respirando con más liber­
tad y ofreciendo otro cigarro al joven, le dice:
— Pero debe usted ir pensando en ello y preparando el terreno para
cuando llegue el caso.
— En mi distrito— contesta el periodista—no es posible ni yo quiero,
porque allí el diputado natural es usted.
— No lo crea usted—dice el diputado examinando el semblante del
joven para ver si le sale á la cara la sinceridad de sus palabras;— yo he
debido mi elección á los esfuerzos de su padre de usted y de otros amigos,
y ahora....
— Harán como siempre.
— ¿Cree usted que no habrá dificultades?
— Me parece que no, á menos que el gobierno no presente otro candi­
dato; porque nosotros, los de la oposición, es probable que no luchemos en
aquel distrito. La gente de mi pueblo es muy cobarde y está siempre con
el que manda.
Cada palabra de las que el joven suelta es un bálsamo para el angus­
tiado corazón del diputado, y por último, después de decirle que le cuente
como suscriptor al periódico y de darle de almorzar, le pide que vaya á
verle y á comer con él á menudo; le pregunta dónde vive (curiosidad que
no había tenido hasta entonces), porque piensa visitarle (atención que no
había pensado tener), y concluye con estas palabras:
— Usted es el verdadero diputado natural de su distrito. Si yo soy re-

170

ANTONIO FLORES

elegido, cumplo ya tres legislaturas y hago que me nombre el gobierno
senador para que le quede á usted el distrito vacante. Esto es lo justo.
El joven, que no siembra para cosechas tan largas, porque vive al día
como las gentes de su generación, no da importancia al proyecto del di­
putado, y se despide y va á la redacción del periódico á recortar noticias,
á zurcir alguna gacetilla y á ver si logra escribir un suelto de fondo.
Y con el tiempo, tiempo muy corto, se suelta á escribir artículos de
doctrina y se le reconoce como especial para la polémica y las sostiene
diariamente con todos los periódicos y últimamente con sus mismos
compañeros de redacción. Lo cual, tras de un duelo ó dos y un par de co­
midas en la fonda, le da la dirección del periódico y con ella lo que tiene
un director de periódico de oposición: mucha gente que le desuelle en
privado y le salude en público; ministros, por el contrario, que le denun­
cien y le hagan multar públicamente, mientras le subvencionan, si él se
deja subvencionar, y le dan cruces y empleos para sus amigos, en secreto;
correligionarios políticos que vengan peregrinando desde las provincias
por conocer al hombre independiente y verdadero patriota, que lejos de
ser un déspota y un tirano como el gobierno, está siendo todo lo contra­
rio, porque todo lo hace con el pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y
ciudades y provincias enteras que le felicitan porque ofrece, para cuando
sea gobierno, todas las bienaventuranzas del Catecismo y otras muchas
más. En cuanto á libertades, ofrece la individual, esto es, que cada ciu­
dadano pueda comerse una caja de fósforos sin dar cuenta á nadie; la de
conciencia, aunque sea para no tenerla; la de enseñanza, que puede servir
para enseñar los dientes y la lengua; la de imprenta, es decir, la de im­
primir, que tropieza luego con la de no poder publicar lo impreso; la de
petición, que deja libre el derecho de pedir limosna, y la de asociación,
que dura hasta la muerte si los socios van perpetuamente á presidio.
Ofrece también el desestanco de la sal y del tabaco para que todas las
mujeres sean saladas y todos los hombres fumadores.
En cuanto á contribuciones las suprime todas, y como ofrece hacer
grandes obras púlicas, se confía en que ha de tener una varilla mágica
para obrar ese milagro. Abolirá la pena de muerte, no la que nos impuso
el padre Adán, sino la otra; el sufragio no le tendrán sólo los difuntos,
sino que será universal, nos alcanzará á todos, y la descentralización será
absoluta; ni siquiera se tolerará que los cuerpos busquen el centro de gra­
vedad.
Los peregrinos le dan una comida y él les corresponde con otra; le
ofrecen desafiar todas las iras del gobernador de la provincia, que es mu­
cho ofrecer y demasiado si lo han de cumplir, y por último, no le besan
el pie, como hacen los romeros con el Padre Santo, pero echan alguna

AYER, HOY Y MAÑANA

171

limosna en el cepillo de las multas por delitos de imprenta y le estrechan
la mano y le prometen, y muchas veces cumplen la promesa, hacerle di­
putado.
Con la esperanza de no pagar contribución sufren el recargo que les
echa el administrador de rentas; sabiendo que el tabaco se va á desestan­
car, no les importa que les quiten el estanquillo; y á trueque de poner al
director del periódico en camino de llegar á ser gobierno, le eligen dipu­
tado á despecho del gobernador.
En este trance de la vida política ya le ha visto el lector en otros cua­
dros, y ahora le perderemos de vista tres ó cuatro años hasta encontrarle
á deshora de la noche, camino de palacio, en un coche, con frac negro y
corbata blanca.
No hay baile en el alcázar regio ni en la corte hay otra danza que la
de San Vito, que ataca á todos los empleados al saber que ha caído el mi­
nisterio y que están jurando los nuevos consejeros de la Corona. En todos
los cafés, en todos los círculos y en todas las casas no se habla de otra
cosa que del nuevo ministerio y de las mudanzas que habrá en el perso­
nal de todos los ramos de administración, sin que nadie piense en el des­
estanco de la sal ni en las libertades y derechos que van á salir del cala­
bozo en que estaban. Los empleados salen á averiguar quién es injluencia
para el ministro de su ramo, y los amigos de éste, á quien todos saludan
y dan la enhorabuena, agarran el presupuesto y la Guía de forasteros
para ver con tiempo, y antes que otros se adelanten, lo que mejor puede
convenirles.
Nuestro director que, gracias á su talento, preciso es confesarlo, ha de­
rribado al ministerio, no ha sido el primero llamado á formar gabinete,
porque como se olvidó de hacerse militar al empezar su carrera política,
no ha podido llegar á ser ni teniente general ni siquiera mariscal de
campo, y no puede presidir un ministerio. Él será el pensamiento del
gobierno, pero otro ha de ser el brazo. Verdad es que tiene mucho talento,
pero el talento no basta. Lo mismo sucedió antiguamente y no estábamos
tan civilizados como ahora: conque siga la rueda y ande el sable.
¿Cuándo se ha visto que el talento y la instrucción sean suficientes
para ciertos cargos públicos? ¡Nunca! En los tiempos más remotos ya se
morían de hambre los sabios: conque demasiado hacemos ahora que so­
lemos darles de comer. Y esto es tan cierto y tan justo, cuanto que siendo
desconocidos los nombres de los demás ministros, nada puede decirse de
ellos, y todas las lenguas se desatan contra el director del periódico, es­
candalizados de que haya llegado á ser ministro.
—Verdad es—dicen sus propios amigos—que es un gran escritor, que
tiene mucho talento y que como diputado ha tratado todas las cuestiones

172

ANTONIO FLORES

con muchísima instrucción y grande elocuencia; ¡pero de eso áser minis­
tro!.... ¡Qué país!— añaden, y se quedan tan satisfechos;
De los demás compañeros del periodista, como ya hemos dicho que
no eran conocidos y alguno de ellos ha necesitado que le nombraran mi­
nistro para que se oyera su nombre de pila, no se puede murmurar ni
decir: «¡Qué país!» Esta exclamación la guardan los políticos de café y los
ociosos de casino para los que ya han probado su inteligencia en algo,
para los conocidos, y si es posible para los amigos. En este siglo de la
publicidad y de la discusión, cuanto más obscuros y más callados son los
hombres que salen de repente á la luz publica son mejor recibidos. Mu­
chos creen que esta manera de obrar es aconsejada por la envidia; pero
nos parece imposible. ¡Qué ganarían los hombres con envidiarse los unos
á los otros!
La verdad es, porque la verdad es independiente de la razón, que el
nuevo ministerio es bien ó mal recibido, pero que el nombramiento del
director del periódico es censurado por casi todos sus compañeros de pro­
fesión. El periodismo no conoce aún las ventajas del espíritu de cuerpo.
Cada periodista cree que no hay más cuerpo que el suyo. Los frailes y los
militares creían lo mismo, aunque los unos cuidaban de la orden y de la
comunidad y los otros cuidan del arma y del regimiento.
Pero nuestro director jura y asiste al primer consejo de ministros y
va desde allí á su secretaría, donde se le presentan todos los empleados
á darle la enhorabuena, sospechando los más que viene en hora mala para
ellos; y él los recibe con dulzura, pero con aire de superioridad, y les dice
que cuenta con su inteligencia y su lealtad, así como ellos pueden contar
con él, considerándole más que como jefe como un amigo.
Los primeros días se pasan en felicitaciones y en cumplimientos y en
frecuentes consejos de ministros. Las personas que tienen algún asunto
pendiente en los ministerios se cansan de ir y venir á ver al oficial del
negociado, el cual les dice siempre que no hay nada, porque el ministro
no despacha aún, y como por otra parte él no sabe cómo quedará....no
se cuida de nada.
Los agentes de negocios, más experimentados en estas treguas buro­
cráticas, aprovechan la primera semana en irse al campo á cazar ó pescar,
y los pretendientes la emplean en ver cómo cazan una dirección ó cómo
pescan un gobierno civil ó un juzgado ú otra cosa de menor cuantía.
Mientras tanto en los cafés y en los casinos no se habla de otra cosa
que del nuevo ministerio y de sus planes económicos y políticos, y se
anuncia, con buena ó mala fe, que tal empleado ha dimitido ó que tal
otro va á dimitir, y aun se afirma que hacen dimisión en masa, masa
que no cuaja nunca, todos los de tal ó cual corporación.

AYER, HOY Y MAÑANA

173

El ministro por su parte no espera semejantes dimisiones, y hace bien
en no aguardarlas, porque eso le indicaría que sus días estaban contados
y que otro sol de más fuerza divisaban los prácticos en el oriente de la
política, y por eso al hacer su arreglo no cuenta con las dimisiones de
que hablan los periódicos ni pregunta por ellas, y se encierra en su des­
pacho con un oficial de confianza, que muchas veces es el mismo que
tuvo al principio la de su antecesor y le fue abandonando cuando le vió
síntomas de ir cayendo. Y á los pocos días de la encerrona se publica el
arreglo en la Gaceta para que los empleados sepan cómo quedan y los
pretendientes vean la barra de turrón que les ha tocado en la natividad
del nuevo ministerio.
Ese número del periódico oficial, del cual se venden no pocos ejem­
plares, es la cebolla que salta á los ojos de los nuevos cesantes, el paño de
lágrimas de los que vuelven al servicio activo y el regocijo de las fami­
lias cuyo individuo, casi siempre menor de edad, aunque haya perdido
el año universitario ha ganado con el cambio de ministerio una plaza de
auxiliar ó de oficial de secretaría. Los agentes de negocios ven en el arre­
glo otro compás de espera para los expedientes, pero no le pasan cazando
conejos, sino que le emplean en cazar relaciones para los nuevos em­
pleados.
La imprenta periódica también da treguas al nuevo gobierno hasta
que se publica el arreglo de las secretarías; y como si de estas cuestiones
de nombres propios dependiera la salvación ó la ruina del Estado, toman
acta de ella y les sirve de fundamento para hacer la oposición radical los
unos y la casera ó de amigos imparciales, que es la peor de las oposiciociones, los otros, ó para defender algunos la política ministerial hasta el
extremo de ruborizar al mismo ministerio.
Los nuevos consejeros de la Corona, acosados de noche y de día por
los pretendientes, amenazados por los periodistas, emplazados ante la re­
presentación nacional y sin llegar nunca á saber que cara tiene un dipu­
tado satisfecho, empiezan á conocer que tenían razón sus antecesores
cuando decían que era un lecho de espinas lo que ellos desde la oposición
llamaban lecho de rosas.
Cerrando con toda clase de inconvenientes y apartando los ojos para
no ver arrasados en lágrimas los del pobre cesante, aumentan el panteón
de estos infelices con una porción de víctimas diarias; desoyen las quejas
de un pueblo para dar gusto al otro en la cuestión de carreteras; llevan
el juzgado más acá ó más allá por ceder á la exigencia de un influyente;
arquean las cejas y hacen el gesto de los contrariados cuando resuelven
algún expediente, y á pesar de todas estas violencias y contrariedades no
aciertan á dar gusto al público.

174

ANTONIO FLORES

El Parlamento y la imprenta periódica no quedan nunca satisfechos.
Y no es porque en el primero le den mucho que hacer y le hagan ha­
blar á todas horas los que se sientan enfrente del banco azul, que es el
suyo; porque para éstos, con saber que dicen blanco y replicar negro está
despachado, y entre los periódicos ya sabe que los de la oposición no han
de aplaudirle nunca; lo que le molesta y le preocupa es el diputado de
casa y el periodista de casa también. Los amigos imparciales, los que no
quieren nada en fuerza de quererlo todo, las potencias neutras, que pre­
tenden haber sacado de pila al nuevo ministerio y que, según dice el pú­
blico, le manejan detrás de la cortina, estos son los remordimientos per­
petuos y los sinsabores del ministerio, estas las verdaderas espinas de las
rosas ministeriales.
Cuando el oficial de secretaría encargado de extraer de los periódicos
la quinta esencia de los artículos, sobre todo en las cuestiones de perso­
nalidad, da cuenta al ministro de que se asegura que el general H. les va
á retirar su apoyo, ó que otro diputado les va á dirigir una interpelación,
ó finalmente que un orador célebre va á hablar (como si su celebridad
no consistiese en haber hablado siempre), el ministro se pone pálido y
pide el coche y ve á sus compañeros, y una vez reunidos celebran un con­
sejo, y la zozobra es constante y permanente, porque suele suceder que
después de estarse anunciando una semana y otra y un mes que va á ha­
blar, que habla, resulta que es una ilusión de la familia y que el niño no
rompe á hablar. Si sucede lo contrario, ya verá el lector en otros cuadros
lo que hace el ministerio.
En el presente no podemos decir otra cosa sino que muere sin haber
podido nivelar los gastos con los ingresos ni desestancar la sal ni dar li­
bertad á la imprenta (porque encarcelada y todo como estaba, le dió mu­
chos disgustos), ni siquiera suprimir las contribuciones, porque se con­
venció (que sapientis est mutare consilium) de que los pueblos, lejos do
pagar mucho, pagaban poco.
A su muerte ocurre lo mismo que cuando vino al mundo, sólo que el
punto de vista es otro.
Mientras los nuevos consejeros van á jurar, los antiguos están murien­
do como buenos cristianos: están haciendo testamento.
El testamento de un ministro ya se sabe á lo que se reduce. Ni tiene
olivares de que disponer ni herederos forzosos á quien podérselos dar,
porque sus parientes están ya desheredados, y como no puede dispo­
ner ni de la casa en que vive ni de los muebles que la adornan, sólo deja
unas cuantas mandas, todas pequeñas y todas sobre el presupuesto.
Así como así, no fué posible nivelarle: conque todo ello será una línea
de desnivel más ó menos.

AYER, HOY Y MAÑANA

175

La cuestión que estaba sobre el tapete, como llaman los políticos á los
negocios arduos; el caballo de batalla del ministerio, y otros cuantos asun­
tos batallones, todo queda intacto para que lo resuelvan los nuevos mi­
nistros. Los que cesan no tienen ya nada que ver con esas cosas ni con
otras que interesan á sus cesantes, á los nuevos funcionarios públicos que
ellos hicieron y á las gentes que tratan de sentar plaza en las oficinas del
Estado.
La Gaceta vuelve á hacer llorar á los unos, reir á los otros y recordar
á todos la instabilidad de las cosas humanas.
Publica otros nombres y otro arreglo, y andando el tiempo (que en
vista de lo mucho que ha andado debe de estar acabando de andar) todos
los ciudadanos habrán visto su nombre una vez al menos en el periódico
oficial y otra en el padrón de las clases pasivas.
Los agentes de negocios vuelven á tener una semana de caza, los pre­
tendientes un día de pesca y los ex pretendientes unos cuantos compa­
ses de espera.
Esperando se gana el cielo.

Cierto es que el Catecismo de la doctrina cristiana encargaba á los
padres cristianos de ayer que no diesen á sus hijos estado contrario á
su voluntad, esto es, á la voluntad de los hijos; pero aquellas gentes no
entendían el Catecismo como nosotros le entendemos, y hacían en este
asunto lo que tal vez á muchas les pesó haber hecho á la hora de la
muerte. Pero entonces era ya un poco tarde para remediarlo, y así le fue
fácil á Moratín encontrar una doña Irene que, educando á su hija Paqui­
ta entre sor Trinidad y sor Circuncisión, quisiera casarla con el sexage­
nario D. Diego, á pesar de la repugnancia natural de la niña y de sus
amores secretos con D. Carlos de Urbina. La justa celebridad de que
goza la excelente comedia El sí de las niñas y el general aplauso con
que hoy la recibe el público nos retrajo de hacer un cuadro especial
para tratar de este asunto en la primera parte de esta obra, por más que
en muchos pasajes de ella hiciéramos sobradas alusiones al efecto.
Las hijas de D. Leandro el consejero de Indias, la de la casa en que
honestamente se divertían en juegos de prendas, la hija de D. Hipólito,
y la que abrazó el estado religioso, renunciando al mundo, porque sus
padres le dijeron que debía renunciarle, todas ellas habrán demostrado
al lector lo que valía El sí de las niñas en aquella época en que las ma­
dres hablaban en su nombre, ó las hacían hablar con un gesto y hasta
con un pellizco, y aun en el cuarto obscuro, mantenidas á pan y agua.

177

A YE R , HOY Y M AÑANA

Aquellas niñas que, como dice Moratín, leían libros devotos, corrían
tras de las mariposas y á los diez y seis años de edad se divertían echan­
do agua en los agujeros de las hormigas son las madres de ahora. El sí
que dieron antaño como hijas le repiten hogaño como madres, y entre
ambos monosílabos afirmativos hay un mundo de negaciones y de incon­
secuencias.
Nosotros no queremos filosofar sobre este asunto, ni dar nuestra opi­
nión en materia de tanta importancia y de tanta trascendencia. Acaso
nunca con más razón que ahora podríamos decir que aquellos polvos han
traído estos lodos; pero no queremos decirlo, y sin hacerle responsable á
la educación de ayer de los inconvenientes ó de las ventajas que tiene
la de hoy, vamos á dibujar este cuadro.
La madre de estos tiempos no hace nada de lo que hacía la suya:
mientras ella, hija de familia honesta, humilde, obediente y callada, para
hablar pedía licencia á su señora madre, al sentarse cuidaba de recoger
la basquiña, jamás usó el respaldo de las sillas ni alzó los ojos del suelo,
ni cruzó las piernas, á pesar de tener muchas veces los brazos cruzados
y de ponerse en cruz tres ó cuatro horas cuando alzó la voz para contes­
tar, ó no bajó los ojos al verse reprendida, ó tuvo la desgracia de oir lo
que se dijo creyendo que ella no escuchaba; la madre de estos tiempos,
que es, como hemos dicho antes, la hija de aquéllos, tiene algo más que
hacer que dar de mamar al recién nacido y enseñar á rezar y preparar la
labor al párvulo y llevarle á paseo cuando empieza á ser adulto.
Arrebañando el perol de las natillas y corriendo tras de las mariposas
dió el sí matrimonial en los altares para hacerse madre de familia, como
habría dado y daba el sí monacal en un coro de monjas al abrazar el esta­
do religioso.
En el segundo caso dejaba la autoridad paterna para someterse á la
autoridad abacial de su nueva madre la superiora del convento, y bien
puede decirse que no salía de la menor edad; en el primero pasaba desde
la infancia más nimia y la tutela más rigurosa á la mayor edad y á una
libertad absoluta.
La mujer feliz del «Filósofo Incógnito,» La perfecta casada de fray
Luis de León y algunos libros devotos formaban su biblioteca, si sabía
leer, habilidad que no era muy frecuente en las mujeres de antaño; y si no
conocía el abecé, repasaba en su memoria los consejos y las amonestacio­
nes de su madre, y con estas doctrinas pensaba destetar, educar y casar
á sus hijas; cuidando sobre todo de que no abrieran los ojos antes de
tiempo, por más que ya en el suyo se empezaba á decir que los chicos
venían al mundo con los ojos abiertos.
Pero desde que la hija de familia se hizo ama de casa y empezó á corTomo II

12

178

ANTONIO FLORES

tar y á coser por sí propia los pañales y las camisas para su futuro vástago, hasta que éstos han estado en disposición de formar nuevas fami­
lias, han ocurrido grandes sucesos y la revolución nos ha hecho perder
de vista muchas cosas y no pocas personas.
Hasta que ha cesado el estruendo de las perturbaciones políticas, ó
mejor dicho, hasta que nos hemos acostumbrado á oirle y á no hacerle
caso, no nos ha ocurrido echar una mirada al seno de las familias para
ver lo que pasa en ellas.
Cierto es que la publicidad del siglo ha hecho poco necesaria esta re­
vista de inspección, y que con sólo asistir á los teatros, entrar en los cafés,
acudir á los bailes y leer los periódicos podríamos excusarnos de visitar á
las gentes en sus casas; pero todavía creemos que ha de pasar en ellas
algo digno de nuestro examen, y por eso escribimos el presente capítulo
y otros que daremos más adelante.
Para saber que una hija de familia tiene novio, nos basta leer con
atención la gacetilla de los periódicos, la cual se cuida de decirnos:
«que se habla en tales ó cuales círculos del proyectado enlace de la
señorita A
de G con el joven H R » Si los padres se oponen á
la boda, también nos lo dirá el periodista; si se aplaza el matrimonio
porque está constipado un tío de la novia, lo sabremos por la gacetilla,
y no faltará una revista de salones que nos cuente minuciosamente los
amores de los novios, el dote de la chica y cuantas circunstancias ocurran
en el proyectado enlace; hablándonos por fin del desposorio y del lugar
en que van á pasar la luna de miel y aun refiriendo ciertos pormenores
de ésta.
Si á esta crónica íntima añadimos lo que corre de boca en boca en el
café y en los casinos con el título de crónica escandalosa, lo sabremos
todo y aun algo más de lo que quisiéramos y debiéramos saber. Allí nos
dirán por qué se ha hecho la boda antes y con antes, ó por qué se ha ne­
gado el novio á firmar la carta de dote, ó qué razones tenía la madre
para no dar su consentimiento, ó qué destino le han dado al novio como
regalo de boda y muchos otros chismes por el estilo. Pero á pesar de
todo, queremos ir á casa de la novia.
No es su alcurnia de las primeras de la corte, y aun hay quien dice
que era de las últimas cuando el jefe de ella acudió de los primeros á com­
prar bienes nacionales, con lo que hizo una fortuna verdaderamente mos­
trenca.
La señora de la casa había sido criada en el santo temor de Dios
(frase que, como sabe el lector, encierra un curso completo de educación),
y así pensaba criar y hubiera criado á sus hijas, si Dios se las hubiese
dado cuando su marido tenía un corto sueldo y por necesidad pasaba

AYER, HOY Y MAÑANA

179

en casa ayudando á los quehaceres de ella gran parte del día y toda la
noche; pero empezó á parir cuando empezaba á alumbrar el sol de la li­
bertad, y el astro de la civilización por un lado, el tambor de la Milicia
por otro y el cañón de la tiranía por ambos la trastornaron de tal modo
que no supo lo que se hizo, hasta que vió la gran fortuna que su esposo
había hecho al son de los tambores y al rumor de la guerra civil. Halló­
se, sin saber cómo, instalada en una gran vivienda, rodeada de muebles
de gran lujo, mientras los que le dejaron sus padres habían emigrado á
una prendería; cuando trataba de dar de mamar á sus hijos, se encontra­
ba con que ya lo había hecho una ama de cría; al ir á paseo, un lacayo
le abría la portezuela del coche; las noches las pasaba en el teatro; los
días apenas le alcanzaban para dejarse peinar y vestir, estrechando su
pie y su talle á la vez que sus relaciones con el zapatero y la modista, y
así era natural que no tuviese tiempo ni para dar un beso á sus hijos.
Verdad es que estos iban creciendo y los colegios se los iban llevando casi
desde las brazos de la nodriza; y en cuanto á su esposo, algunas veces le
veía á la hora de comer, y solía permitir que la fuese á buscar al teatro
ó á las grandes reuniones.
Así se ha hecho la transformación de la hija de 1800 en la madre
de 1850. Aquellos tiempos, aquellas gentes y aquellas costumbres pro­
dujeron El sí de las niñas, y otros tiempos y otras costumbres han
producido con las mismas gentes El sí de las madres. Allá va el cuadro.
La marquesa del Suministro es feliz desde que puede firmar sus car­
tas con este título y oirse llamar marquesa en vez de doña Gertrudis ó
Gertruditas, como la decían á los cuarenta y cinco sus coetáneos. No ha
hecho ella con sus hijas el disparate de bautizarlas con los prosaicos
nombres de los antiguos santos españoles, y en vez de condenarlas á que
se oigan llamar Domingas ó Anastasias ha puesto á la una Elisa y á la otra
Laura. No las dió de mamar cuando niñas ni las amamantó despue's en
la doctrina cristiana, ni las ha enseñado á coser, ni menos á zurcir, ni
quiere que sepan lo que es remendar ni nada de lo que constituye el
gobierno de una casa. En el colegio han aprendido á rezar en francés, á
hacer cortesías á la francesa, geografía universal, algo de historia de Es­
paña, escrita en francés, y por supuesto, leen de corrido novelas fran­
cesas.
Hacen flores artificiales si sus padres les compran todo el artificio
francés que se vende para hacerlas, ó mejor dicho, para armarlas; tocan
en el piano un nocturno sobre motivos franceses; cantan una plegaria
con aire francés, y son á los ojos de sus padres lo que hoy se entiende
por unas niñas bien educadas, y para sus abuelos, héroes del Dos de ma­
yo, un perpetuo trágala.

T

180

,

r-

ANTONIO FLORES

Elisa, la mayor de las hijas de la marquesa del Suministro, dejó el to­
nelete cuando aún no habían dejado el teatro los puñales y los venenos
del romanticismo, y aunque ya estaba expirando la escuela de los Borgias
dramáticos, se hizo romántica. La primera pasión que ofuscó su mente
fue la del amor, y se enamoró ciegamente, aunque sin saber de quién ni
cómo ni cuándo. Bebiendo el vinagre á medios cuartillos y aspirando el
amor á espuertas, logró ponerse ojerosa y pálida y hasta cadavérica, sin
haber tropezado con el Dulcineo de sus amores, ni saber otra cosa del
señor de sus pensamientos sino que por fuerza había de ser joven, alto,
escuálido, cadáverico, de ojos negros y fuera del cráneo, aunque sin caer
al suelo por contenerlos los anteojos, que eran de rigor, como lo era asi­
mismo una espesa, larga, sucia y desgreñada cabellera negra. Cuando ya
estaba bien cargada de amor y de romanticismo fue cuando halló el aman­
te romántico, que también hasta entonces había estado suspirando por
una ingrata desconocida. La primera vez que se vieron adivinaron que
hacía largo tiempo que se amaban, y con una mirada melancólica que se
dirigieron, juraron vivir eternamente unidos, y alzando después los ojos
al cielo, dijeron entre dientes: «¡Tú amor ó la muerte!»
Él se dirigió á un café, donde gratis, como el agua y el periódico del
día, le dieron papel y tintero, y allí sacudiendo la melena que le caía so­
bre los ojos, mordiéndose las uñas y atusándose el bigote, escribió en
octavas reales una declaración amorosa, que al día siguiente publicó un
periódico de literatura, titulada No me dejes, encabezándola con este epí­
grafe: A E***.
Elisa acusó recibo de los versos, con una epístola patética y románti­
ca, en que sin atreverse á pedir un rapto, que era su bello ideal, decía
que en su casa no la comprendía nadie; que sus padres eran tiranos, como
todos; que estaba rodeada de gentes que comían mucho y dormían mucho
más, y que no les gustaba ir al teatro sino cuando representaban come­
dias de gracioso, y que también se reían con los dramas Antony, La
Torre de Nesle y Ángela, y concluía firmando: Tuya hasta más allá del
sepulcro, el alma desterrada—Elisa.
La doncella de la niña, que era su verdadera madre, porque la propia
tenía harto que hacer con sus propios galanteos y las exigencias de su
posición social, protegía los amores, y no se sorprendió el día en que la
autoridad llegó de improviso á la casa y preguntó por el marqués, inti­
mándole la entrega en depósito de su hija por haber dado palabra de ca­
samiento al poeta romántico.
El padre se quedó perplejo y la madre extática, asegurando ambos que
era la primera noticia que tenían del caso, y llamaron á Elisa por si, como
pensaban, había alguna equivocación de nombre.

AYER, HOY Y MAÑANA

181

Compareció la niña, y poniéndose desde luego al lado del juez, le dijo
con aire de la mayor resolución:
-— Vámonos, y que se cumpla mi destino.
Esta salida de juicio, verdaderamente teatral, sorprendió más á los
padres que la embajada del juez, y unidos á este trataron de hacer jui­
ciosas reflexiones á la niña, la cual, arqueando las cejas, ensanchando los
ojos y con aire trágico, dijo que su resolución era irrevocable, que no la
violentaran porque tomaría un veneno, y aun enseñó un frasco que lle­
vaba en el pecho y apostrofó duramente al juez porque no cumplía rec­
tamente con la delicada misión que allí le llevaba.
Por fin salió en depósito, y sorda á todos los consejos y á todas las
transacciones que la proponía su familia, bebiendo vinagre y escribiendo
cartas románticas, con lo cual se iba poniendo cada vez más pálida y más
enamorada, llegó el día de la boda, que se verificó sin más ceremonias
que las indispensables de la Iglesia, y quedando por fin solas, entera­
mente solas, aquellas dos almas nacidas la una para la otra y ambas
criadas para una hemotisis prematura y una tumba anticipada. Ni si­
quiera pan y cebolla pensaban comer aquellos dos felicísimos mortales,
que nutriendo su espíritu con las novelas románticas se amaban en ayu­
nas, y es de advertir que apenas quebrataban el ayuno en todo el día.
Pero aún no habían cumplido el primer mes de casados, y ya empe­
zaban á mortificarlos con sus prosaicas exigencias metálicas el clásico
casero y el clásico almacenista de muebles y la que era peor de todos
estos, la clásica tendera de comestibles.
La cuenta de los garbanzos les horripilaba y les ponía los nervios
como cuerdas de guitarra, pero era preciso pagarla; y aun esto habría
sido lo de menos si hubiese habido algo de más con que hacerlo; pero
como los esposos sólo habían pensado en amarse, les había cogido el ma­
trimonio sin un cuarto.
Pronto les vino un hijo, y un poco después otro, y aun les hubiese
nacido el tercero á no haber muerto tísica la madre, en cuyo cerebro
había echado tan hondas raíces el romanticismo, que aunque murió de
hambre, no lo hizo sin exigir á su esposo que la siguiera pronto al otro
mundo, y que mientras lo hacía la llevase flores al cementerio, la hiciese
versos y que sobre su tumba sólo escribiera estas palabras:
/Murió de amor «el alma desterrada/»
El trágico fin de esta niña abrió los ojos á la marquesa, según ella de­
cía, y se propuso que la otra hija no saliese violentamente de su poder,
aunque se enamorara de una persona de clase inferior á la suya. Pero no

182

ANTONIO FLORES

pensaba Laura como su hermana Elisa, y fueron inútiles los cuidados de
su madre, que siempre estaba mirando á la cara á cuantos jóvenes se
fijaban en la de su hija, y sonreía con todos ellos, buscando por medios
indirectos y aun directos y francamente que su hija le dijera cuál era
el preferido.
Laura los prefería á todos, y cada uno le servía para distinto pasatiem­
po; pero estaba decidida á no casarse con ninguno de ellos, y lo que hacía
era dejarse galantear de los unos y gozar con las protestas de amor de los
otros, mientras echaba sus cuentas, á la vista de las que habrían pagado
las damas que brillaban en la corte por sus trajes, sus coches y sus re­
uniones. Todos los jóvenes que se acercaban á pedirle su mano traían en
el corazón amor de sobra para dejarla satisfecha; pero ninguno traía en
el bolsillo todo el caudal que Laura creía necesario para brillar en el gran
mundo.
El único hombre que ella conocía ser bastante rico para llenar su am­
bición. no.era joven, y aun casi pasaba de viejo, y además de esto, ó por
esto precisamente, estaba achacoso, y lo que era mucho peor, no había di­
rigido ni siquiera una galantería á Laura. Si como era natural le había
parecido bonita la niña, se lo había callado, y la muchacha se vió obligada,
no á pedirle su mano, que aún no se ha llegado en este punto á tan alto
grado de perfección, sino á hacerle comprender que le daría la suya si se
acercaba á pedírsela. Y salió todo tan á pedir de boca, merced á la inter­
vención de una amiga de aquellas que Dios confunda, aunque parece que
Dios las cría para estos casos, que se celebró la boda porque la madre dió
el sí y aun el si bemol en cuanto tuvo noticia del suceso. Y Laura se oyó
llamar duquesa, y dió tes y comidas y bailes á todos los jóvenes que la
galanteaban siendo soltera, y que por no perder la costumbre la siguie­
ron galanteando después de casada. Media docena de jinetes, algunos de
ellos plazas montadas á expensas del duque, caracoleaban junto al coche
de la duquesa en la Fuente Castellana; otros tantos pollos anidaban en su
palco en el teatro de la ópera, y todos á porfía ahorraban al marido la in­
comodidad, perjudicialísimaásus años, de acompañará la duquesita á los
bailes y á las reuniones.
Esta casada no ha muerto aún y no se sabe si morirá tísica como su
hermana; pero no tendrá nada de particular que así suceda, porque esa
enfermedad no sólo la engendra el amor y el hambre, también se cría en
los grandes salones y en el gran mundo.
Para este cuadro no es necesario averiguar el fin de esas bodas, sino
que basta conocer el principio de ellas.
En una y otra ha visto el lector lo que significa y lo que vale el sí de
las madres de hoo-año.

A YE R , HOY Y MAÑANA

183

La revolución y las costumbres han emancipado á las hijas de la tu­
tela de las madres. Los hombres lo saben así, y no adoran al santo por
la peana, sino que como se han de casar con las hijas y no con las ma­
dres, recogen el sí de aquéllas y les importa poco que éstas digan que sí
ó que no.
Antiguamente, ya lo ha visto el lector en la primera parte, cuando un
joven decía á una señorita que la amaba, ya había amado y se había he­
cho amar de la madre.
Cada educación ha tenido sus inconvenientes.
Es posible que en la última parte de esta obra digamos cuáles son los
que nos parecen más graves.

CUADRO XXI
A P E R T U R A DE C O R T E S

No hay día más feliz en los gobiernos representativos que aquel en
que se abre la representación nacional.
La luna llena del parlamentarismo, el sol que alumbra las esperanzas
de los parlamentarios, es el día de la apertura del Parlamento.
Entreguémonos á la alegría, al regocijo, á la expansión, al entusiasmo,
á la locura y al delirio.
Olvidemos lo que somos y lo que fuimos, para no pensar en otra cosa
sino en lo que vamos á ser más adelante.
Abramos el pecho á la esperanza, que por esperar no ahorcan á nadie,
y bien mirado, más vale esperar que tener perdidas las esperanzas.
Si nuestros padres hubiesen sido capaces de establecer una gran
fábrica de leyes, no habrían hecho el triste papel de revendedores de las de
Solón y Licurgo, guardando como oro en paño las Doce Tablas y las Siete
Partidas.
Para nosotros estaba reservada la ciencia de la legislación, y á fe que
no diréis sino que es muy fácil, facilísimo, encontrar los Licurgos y los
Solones.
El más simple gobernador de provincia manda á la corte media do­
cena de sabios, sin que tengan necesidad de llamarse Alfonsos.
Y ya que todos los legisladores se hallan á la puerta del gran taller de la
legislación, alegrémonos, alegrémonos, porque es bien que nos alegremos.

AYER, HOY Y MAÑANA

185

Imposible parece, dice el autor ele este gran cuadro del sistema re­
presentativo, que aquellos ministros que reciben con cara de pascuas á
todos los diputados, acercándose en son de confianza á los unos y estre­
chando cordialmente la mano á los otros y sonriendo con todos á la vez,
hayan hecho tantos y tan costosos esfuerzos por retardar el día de la
convocatoria del Parlamento y pasado tantas noches en vela estudiando
la manera de presentarse á los diputados y tratando de averiguar cómo
corresponderán estos señores á su presentación.
Al verlos descender precipitadamente de sus carruajes en el vestíbulo
de la representación nacional, aguardando con aire de verdadera impa­
ciencia la llegada del monarca, nadie osaría dudar que están satisfechos
y entusiasmados por haber sonado la hora de comenzar la legislatura.
Parece que no se les cuece el pan en el cuerpo hasta poderle decir
al país:
«Aquí nos tienes; júzganos y apláudenos. Grandes cosas hemos he­
cho, pero más grandes son las que esperamos hacer con el concurso y la
sabiduría de tus apoderados.»
Esto debería pensar el que asistiese á la inauguración de una asam­
blea parlamentaria en esta época de exquisito parlamentarismo.
Colgadas las calles de la carrera que lleva el monarca, izada la ban­
dera nacional en todos los edificios públicos, sueltas las campanas, tro­
nando los cañones, tendidas las tropas, apiñándose la muchedumbre y
codeándose todos por penetrar en el gran templo de la legislación, natu­
ralmente el día ha de ser grande, la solemnidad magnífica, la hora supre­
ma, el momento crítico.
Coged en la mano un periódico cualquiera, y veréis cómo en ese día
ha engalanado con orlas de oro sus columnas para anunciar la apertura
del parlamento.
Desde el momento en que apareció el decreto de convocatoria en la
Gaceta, empezó á exhortar á sus amigos políticos á que acudiesen á hacer
uso del más sagrado de los derechos constitucionales; mientras votaban
dijo que confiaba en que el resultado del escrutinio sería la expresión fiel
y genuina de la voluntad nacional, y después que vió la lista de los dipu­
tados elegidos protestó de la elección, renegó de la voluntad nacional,
negó la ley de las mayorías y dijo que aquello, lejos de ser la expresión
genuina y fiel de la nación, era el resultado del pandillaje, de los amaños
y de las violencias de los partidos.
Pero esos momentos de justo desahogo y de expansión justísima que
el gobierno le había permitido por pura condescendencia han pasado al
acercarse el día de la apertura, y hoy vuelve el periódico á ser fiel cre­
yente del sistema parlamentario y bate palmas por la apertura del Par-

186

ANTONIO FLORES

lamento y exhorta á los elegidos á que hagan la felicidad del país;
para cuya friolera, el periódico lo dice, no se necesita otra cosa sino que
«sean dignos de la España; que vengan resueltos á compartir con el go­
bierno la ardua y difícil tarea de gobernar el Estado, y que respetando
lo que deba respetarse de las tradiciones antiguas y enlazándolas con las
necesidades de la sociedad presente, atiendan d los altos intereses del
país, sin lastimar los de la clase media n i herir los de la bajaj Tambie'n
les exhorta á que nivelen el presupuesto de gastos con el de ingresos,
rebajando los impuestos y aumentando las obras de pública utilidad, y
les dice, por último, que todo lo espera de su reconocida ilustración y
patriotismo.
Verdad es que á continuación de esa exquisita é infalible triaca par­
lamentaria se olvida el periodista de insertar la receta para confeccio­
narla; pero sus deseos no pueden ser mejores, y ya hemos dicho antes que
por esperar no ahorcan á nadie, y la esperanza....¿Qué sería del hombre
de hoy si no esperara el mañana?
Pero el mañana aún no ha llegado, y hoy por hoy somos completa­
mente felices abriendo el arca santa de la felicidad.
El monarca, seguido de una brillante comitiva y acompañado de sus
consejeros responsables, ha entrado en el santuario de las leyes, donde le
aguardan reunidos todos los individuos de los dos cuerpos colegisladores.
Álzanse en pie los padres de la patria al ver entrar en el salón la regia
comitiva, y el monarca al ocupar el suyo les manda tomar asiento con
las siguientes sacramentales palabras:
«Señores senadores y diputados, sentaos.»
E incontinenti recibe de manos del presidente del Consejo de minis­
tros un papel en el que está escrito lo que S. M. lee á los representantes
del país, y lo que los ciegos pregonan casi al propio tiempo por las calles
de Madrid, diciendo á grito pelado:
El discurso que ha prenunciado S. M. en la apretura de las Cortes
que acaban de salir ahora nuevas.
Los ejemplares del discurso son arrebatados de las manos de los cie­
gos, que suelen vender la primer cochura á doce cuartos, á ocho la se­
gunda y así sucesivamente, hasta que ya de noche, cuando la retirada del
sol va resfriando el entusiasmo, se pregonan á dos cuartos los que al día
siguiente se venden por dos ochavos.
La puerta principal del santuario de las leyes que, como la de la cate­
dral de Santiago de Galicia, sólo se abre un día en el año santo, se cierra
apenas ha salido la regia comitiva para no volverse á abrir hasta que
comience otra legislatura.

A Y E R , HOY Y M AÑANA

187

Eetíranse las tropas á los cuarteles, desaparecen las cortinas que ador­
nan los balcones, cesa el estampido del cañón, enmudecen las campanas
y acaba por fin la gran fiesta sin que pueda decirse que ha terminado el
día parlamentario.
El verdadero templo de la discusión está cerrado; pero en cambio
están abiertos de par en par los cafes, las fondas y las tabernas, y no se
cierran las calles y las plazas, donde los discutidores y los palabreros de
oficio roen el hueso que acaban de arrojarles los ciegos para saciar su
hidrofóbico apetito parlamentario.
No queremos entrar en las redacciones de los periódicos, donde ya de
antemano por el color de los ministros que discurrieron lo que aparece
discurrido por el monarca sabían lo que debían aplaudir y lo que debían
censurar de ese documento; tampoco iremos á los casinos, donde la dis­
cusión tiene un aire formal y casi académico y casi parlamentario; ni
entraremos en los cafés, donde no hay un asiento vacío ni orador que no
tenga un auditorio inmenso pendiente de sus palabras y desús arranques
patrióticos; pasaremos de largo por las fondas, donde en cada mesa, y
todas están llenas, se celebra el gran día y se sirve á los postres el discurso
de la Corona, aderezado con los infinitos comentarios que á cada cual le
cumple hacerle, y apartando por último la vista de los banquetes patrió­
ticos que celebran los hombres políticos, buscaremos el parlamentarismo
en las calles, en las plazas y en las plazuelas.
Los albañiles, olvidándose del yeso que se endurece en la artesa, han
bajado de los andamios, y reunidos en numerosos grupos oyen con aten­
ción el discurso y los comentarios de boca del capataz ó del maestro de
la obra, y la discusión se enreda y se hace preciso ir marchando y discu­
tiendo á remojar la palabra en la más inmediata taberna.
Sobre el banco del carpintero y del herrador y del herrero se repro­
duce la misma escena, y desde que los ciegos salieron de la Imprenta
Nacional vendiendo el papelito hasta que el papel ha sido leído y co­
mentado por todos no se vuelve á oir en la calle un solo martillazo ni
un grito ni nada, en fin, que pueda profanar la santidad de la fiesta.
El carbonero, echado de bruces sobre el negro mostrador de su negra
mercancía, deletrea el discurso, con grande asombro del zapatero remen­
dón, de la lavandera, del escarolero y de otros varios aficionados que se
reúnen á oirle, sin que haya uno solo que logre entenderle; pero tienen
fe en que aquello que oyen es bueno, y como buenos creyentes cumplen
con oirlo.
Tampoco faltan al cumplimiento de este deber los aguadores. ¡Ni cómo
era posible que faltaran cuando los asturianos han sido de los primeros es­
pañoles que han sabido leer! ¡Hay nadie que ignore que los descendien-

188

ANTONIO FLORES

tes del rey Pelayo son la gente más dada á tirar por la pluma y la lec­
tura y la suma, de cuantos lectores y escribidores encierra España! Y sin
embargo (no podemos dejar de hacer este paréntesis), si la lectura y es­
critura no hubiesen salido de las montañas de Asturias, menos fueran los
libros prohibidos en nombre de la moral y del orden público y menores
también los sustos que la libertad de imprenta ocasiona á los que quieren
la imprenta libre, verdaderamente libre.
Pero abandonemos esa digresión que nos llevaría derecho á una esta­
dística desconsoladora, y oigamos cómo discuten sentados sobre sus ama­
das cubas los Favilas parlamentarios.
El amor de los astures á la lectura se distingue del de los demás jor­
naleros y artesanos en que éstos pagan con gusto el importe del papelito
nuevo, y aquéllos, después de rascarse y sonreirse, encogiendo el cuerpo
como si temieran que el dinero se saliese por sí solo del bolsillo, aguardan
á que el tendero haya leído el discurso para pedir que se les deje presta­
do y llevarle á la fuente y leerle á sus compañeros.
El encargado de este negocio se apoya de bruces sobre una cuba, y
pasando el dedo por encima del impreso va deletreando palabra por pa­
labra el documento parlamentario.
Ninguno de los oyentes osa interrumpirle, y para penetrarse bien de
lo que escuchan, además de las orejas y de los ojos, que los tienen abier­
tos de par en par, abren la boca, y apenas pueden cerrarla cuando, seco
el gaznate, oyen el Dios sobre todo con que, á imitación del juicio del
año en los calendarios, suelen terminar los discursos de la Corona.
El primero que rompe á hablar no sabe qué decir de lo que ha oído,
porque aunque letra por letra lo ha oído todo, no ha comprendido nada,
y se contenta con exclamar:
— ¡Mi alma, que está guapu el papelucu!
— ¡Está mejor notadu que la Gaceta!— dice otro de los aguadores.
— ¡Mira qué gracia!—replica un nuevo interlocutor.— ¡Pues si este pa­
pelón no valiera más que la Gaceta, habíamos echadu buen año de fabes!....
Este papel vale más que todus los papeles del mundu, porque le escribió
la misma reina en persona.
— ¿Escribiólu la reina?— pregunta asombrado el primero de los agua­
dores.— Entonces trae para acá un rato veré el caráiter de letra que tiene
Su Majestad.
Y pasando de mano en mano el impreso, todos convienen en que la
reina tiene una letra clara y hermosa, que parece de molde; hasta que el
Farruco que había leído el discurso les dice riendo:
— No seáis bárbarus, esa no es la letra de la reina.
— Pues luegu, ¿quién escribiólu?

A YE R , HOY Y MA ÑA NA

189

— El ministra, pera se lu notó la reina.
— ¿Y traeránnos algún rebullicio estos diputados?— pregunta uno de
los aguadores que había callado hasta entonces.
— ¡Traerán un demoniu!— grita el lector del discurso— ¡Pues luegutú
no hiciste razón de lo que dice el papel!
— Sí que me hice; perú tengu oidu fablar muchu de paz y de riqueza
des que mandan los constitucioneirus y cada día estamus más arrematadus y más pobres. Ellu sí, música y jaranas y diversiones, lleve el diablu
si no tienen hasta fartarle á unu los oidus de liimnus de Riegu y de muñeiras patrióticas; perú siempre andamus de rebullicios y de trastornus.
— ¡Domingu! ¡Domingu!— grita un viejo aguador dirigiéndose al pre­
opinante.
— Qué, ¿no es verdad lo que digu?
— Sí; pero calla, porque si te oyen los alguaciles has de dar que sentir
á tus rapaces.
— ¿Pues no dicen que hay libertad y que somus libres?
— Dicen.... dicen.... Si á decir vamus, también yo digu que ha de tocar­
me la lotería y no me toca nunca. Estu de las libertades tengu yo para
mí que es á modu del juegu de la lotería, que á ellos tócales siempre y á
los que jugamus no nos sale nunca cosa de provecliu....Y luegu, nosotras
malditu si ganamus nada con esta libertad, porque tan aguadores somus
hoy como en tiempo de mi abuela, y aunque ese zapatera de la esquina,
que es hombre de chispa y que habla como un libra, dice que todos somus
iguales, es lo ciertu que á ti y á mí nos hacen andar por medio de la calle
como si fuéramus unos burras y nos llevan á palus los polizontes á echar
agua cuandu tocan á fuegu.
Y por el estilo de lo que dejamos narrado siguen los astures parla­
mentando y discutiendo mientras sigue la discusión y el parlamentarismo
en los cafés, en las fondas, en las tabernas, en las calles y en las plazas,
sin que en ninguno de esos círculos discutidores haya sido fácil conocer
el motivo de las discusiones: tal andan de extraviados los comentarios y
las conjeturas que se hacen sobre el discurso de la Corona.
Pero no queremos resfriar el entusiasmo de los verdaderos creyentes
analizando esas discusiones, y les dejamos saborear á sus anchas el trozo
de felicidad que acaban de engullirse y que puede considerarse como las
bienaventuranzas del catecismo parlamentario.
Se les ha dicho que el orden público, primera necesidad de los pue­
blos, está casi asegurado; que se olviden los antiguos disturbios y des­
aparecerán las pasadas disensiones; que se piensa en establecer una polí­
tica de olvido, de tolerancia y de libertad; que se prepara un plan de en­
señanza general; que se procura el aumento de las rentas; que se harán

al abrigo de la paz grandes economías en el presupuesto de gastos; que
se presentará la manera de nivelarlos con los ingresos; que se acortará
la distancia que nos separa de las posesiones de Ultramar; que se hará el
arreglo y aun la extinción de la deuda pública, etc., etc.
Y por último, después de conjugar en futuro todos los verbos de la
familia de las promesas y de las esperanzas, se echa el Dios sobre todo,
diciendo que para tan grande objeto cuenta el monarca con la sabiduría
y el patriotismo, de que tan señalados ejemplos han dado siempre las Cor­
tes, y sobre todo con los auxilios de la Divina Providencia, que de tantos
conflictos y calamidades ha sacado á España.
No puede quedar en mejores manos el negocio, y aquí damos por ter­
minado el cuadro.

CUADRO XXII

LA E S C U E L A DE LAS CO STU M B RES

Si el teatro es la escuela de las costumbres, para saber cuáles son
e'stas no hay nada mejor que examinar las costumbres del teatro.
En la primera parte de esta obra le teníamos tan obediente á la auto­
ridad, tan humilde, tan honesto y tan morigerado, que por mucho que
haya sacado los pies de las alforjas, como dice el vulgo, y aunque haya
quitado aquel tablón que cubría los pies de las bailarinas, aún nos parece
que hemos de hallarle algunas de las virtudes de antaño.
Verdad es que ahora madruga poco y trasnocha mucho; no tiene au­
toridad que le presida, ni honestidad que peque de exagerada, ni humil­
dad conocida, ni siquiera sayas que cubran las piernas de las bailarinas;
pero todo esto no importa nada para lo que hemos de decir en este ca­
pítulo. El teatro es la escuela de las costumbres, y si éstas han cambiado,
claro está que el maestro no podía quedar rezagado. Marchaba con el siglo,
y éste y no él es el que ha cambiado.
Por de pronto, y tratándose de una época de tanta ilustración, no po­
día consentirse que la escuela de las costumbres estuviera establecida en
un corral, y cambiamos, no el corral, sino el nombre; le llamamos coli­
seo y teatro. El degolladero, la cazuela y el patio parecían nombres más
propios de una plaza de toros ó de un matadero que de un teatro, y se
trocaron por los de paraíso, anfiteatro y platea. También se creyó que las
gentes tenían juicio de sobra para andar todas juntas; y sin miedo á los
desórdenes que, según los antiguos alcaldes de casa y corte, facilita la

192

ANTONIO FLORES

obscuridad en concurso de ambos sexos, se mezclaron éstos, haciendo neu­
tras y comunes de dos las antiguas localidades masculina y femenina.
Con esto y con las luces de gas, que no dejan rincones obscuros, y mucho
terciopelo en los asientos, y mucho oro en las paredes, y musas y genios
y nubes en el techo, los corrales han quedado convertidos en unos verda­
deros templos de la inmortalidad.
Pero las reformas hechas en el local de las escuelas no habrían sido
suficientes para mejorar la enseñanza délas costumbres si no hubiésemos
pensado también en reformar los profesores. Era una inhumanidad, risi­
ble de puro salvaje, el negar sepultura sagrada á los que, representando
autos sacramentales, habían contribuido á encaminar á muchas gentes
por la senda de la virtud, y desde luego dijimos que se pusieran los cam­
pos santos á disposición de los cómicos. Nos pareció asimismo poco respe­
tuoso y poco digno el tratar tú por tú á nuestros maestros, y usando ellos
la mitad de su vida el tratamiento de alteza y aun el de majestad en los
papeles de príncipes y emperadores, no quisimos regatearles la dignidad
y les dimos don y aun les dejamos usar señoría. Y una vez cambiado el
mote con que antiguamente se los conocía á todos por el don y el señorío,
creimos, y creimos bien, y ojalá lo creyéramos con más fe, que era preciso
sacarlos de otras clases de gentes de las que antes surtían el teatro y
educarlos de otro modo también. Aún suele el vulgo llamarles histriones
y cómicos y comediantes; pero ellos no contestan, y hacen bien, sino
cuando los apellidan actores. Y así como hubo un tiempo en que tenían
su arte como un oficio de mera imitación, mientras estaba abierta la es­
cuela del toreo, ahora que se ha cerrado la universidad de los toreros y
que éstos viven de la rutina y del empirismo, los que se dedican al teatro
tienen sus cátedras de declamación, sus escuelas de canto y sus academias
de baile. ¡Figúrate, lector, si con unas escuelas tan bonitas y unos maestros
tan bien educados habrán mejorado las costumbres!
Dicen que entre amigos con verlo basta; pues vamos á verlo.
Aunque podríamos asistir á la función desde un palco, porque tene­
mos varias amigas que nos han invitado á ello, no queremos hacerlo por­
que deseamos ser espectadores, y eso sería darnos en espectáculo.
Al que tiene abonado cada tercer día la marquesa de las Batallas no
podemos ir porque incomodaríamos á los demás y no estaríamos cómodos
nosotros. Le llaman el palco de ánimas porque allí se asoman las de todos
los amigos, y unos á otros se quitan la vista del escenario. La duquesa del
Desfiladero ha estrenado un traje de tanto lujo y la modista le ha robado
tanta tela en el escote, que allí se van á fijar las miradas del público, y
estaremos en berlina. En el palco de la condesa de la Emboscada no po­
demos entrar hasta que ella vaya, y como irá muy vestida no llegará

AYER, HOY Y MAÑANA

193

hasta la mitad de la función, y esto no nos conviene. Últimamente, la ba­
ronesa de la Trinchera también nos ha invitado á ir al teatro; pero como
ella se asoma tres minutos para ver cómo se han vestido las demás mu­
jeres y que éstas vean cómo ella lo ha hecho, y luego se retira á jugar al
tresillo en el interior del palco, no veremos la función.
Lo mismo que nos sucede con la aristocracia militar, que es la gran
aristocracia en estos tiempos de libertad civil, nos pasa con los exiguos
restos de la aristocracia antigua y con la del dinero ó de la alta banca; y
por no oir hablar en estos palcos de tres por ciento y de contratas y de
caminos de hierro; en aquéllos de grados, de empleos y de votaciones
parlamentarias; en los del medio de etiqueta y de ceremonias palaciegas,
y en todos ellos de modas y de política, nos vamos á sentar en una butaca.
Si el espectador que tenemos á la derecha nos habla, cortamos su conver­
sación; y si el de la izquierda nos pregunta, no le contestamos. Nosotros
somos de aquella gente que iba al café á tomar café, á la iglesia á oir
misa y al teatro á ver la comedia. Para hablar, al paseo ó á la calle, y me­
jor aún en casa y á puerta cerrada. La función que hemos escogido es va­
riada. El cartel la anuncia en los términos siguientes:
«l.° Gran sinfonía del Romanticismo á toda orquesta y con melodías
clásicas.—2.u El drama nuevo en dos actos, original y en verso, titulado
Un charco de sangre ó la venganza de una madre.—3.° La zarzuela nueva
en un acto, arreglada del francés, con el título de /Murió de amor el Se­
rafín del valle/—4.° La comedia nueva en un acto, tomada del francés,
con el título de La mujer en malos pasos y el marido en pasos peores. —
5.ü 120.a representación del estrepitosamente aplaudido paso de baile filo­
sófico, sacado del francés y titulado ¡Por andar en malos pasos/....—6." y
último. El juguete cómico, imitado del francés, titulado /Pobre marido/»
Al alzarse el telón aparece una magnífica decoración de campo, en la
que se ven multitud de árboles, flores, cascadas y arroyos. Una luna
dulcísima alumbra la escena, los pájaros cantan en la enramada y aun
parece que se respiran gratísimos aromas. Si aquella no es la copia del
Paraíso, cerca le anda. Bien hace el apuesto galán, que tiene entre sus
manos la de una hermosa dama, en sellar con un beso el juramento de
amor eterno que pronuncian sus labios, y bien hace ella en poner por tes­
tigos de su fidelidad, no sus años, aunque parece de mayor edad, sino las
auras que besan su frente, las aves que arrullan sus palabras y el sol que
ilumina el cuadro. El público envidia la situación de aquellos felicísimos
amantes, aplaude con entusiasmo los versos en que se pintan su amor y
pide que se repita y se repite una y otra vez la escena.
¡Qué cuadro más interesante, ni más tierno, ni de mejor enseñanza, ni
mayor edificación que el del amor en medio de un paraíso de amores!
T omo I I

13

194

ANTONIO FLORES

Lástima da que aquellos bienaventurados mortales interrumpan su colo­
quio amoroso y vuelvan la cabeza asustados al oir el rumor de unas ra­
mas, tras de las que aparece un hombre, que asomando á la escena á una
joven que trae de la mano, le dice:
«¡Míralos!.... ¡Ellos son!.... ¡Malditos sean!»

El público se indigna al ver aquella pareja que viene á interrumpir la
purísima felicidad de los dos amantes, los cuales, con acento de desespe­
ración y cogiéndose de las manos, exclaman:
E lla.
E l.

¡Mi esposo!.... ¡Maldición!..,. ¡Cielos!.... ¡Mi hija!
¡Mi mujer y su padre!.... ¡Ábrete, infierno!

Cae el telón, vuelve á sonar la música, cúbrense los hombres la cabeza
y empieza el entreacto.
Antiguamente, cuando el teatro estaba mal alumbrado poruñas cuan­
tas luces de aceite, no se hacía otra cosa durante el entreacto sino respirar
con trabajo los gases de la aceituna, beber un vaso de aloja, vendido por
gentes que habían hecho su correspondiente información de buena vida
y costumbres, y comentar con respeto las escenas que acababan de repre­
sentarse; todo con la misma separación de sexos que había existido duran­
te la representación. Los entreactos de hoy son otra cosa muy distinta.
En las localidades baratas, que ahora que hemos suprimido la infamia
se llaman asientos de ignominia, como las gentes han tenido la lengua
pegada al paladar, la boca abierta y los ojos lijos en la escena, hacen bas­
tante con volver en sí y recordar lo que han visto, procurando retener
en la memoria algunos de los versos que han escuchado. Los dermis es­
pectadores son los que aprovechan el entreacto.
Entran y salen en los palcos y en el salón de descanso á descansar de
no haberse cansado, calificando magistralmente de buena ó de mala la
obra y á su autor de estúpido ó de sabio y á los actores de inimitables ó
de detestables. Si el drama gusta, no falta quien haga .coro á los que le
elogian, para decir que es lo mejor que se 1ra escrito en francés; con lo
cual todos dicen que «ya les parecía que era demasiado bueno para ser
original,» y nadie se cuida de averiguar de qué obra extranjera ha sido
tomado, sino que todos acogen gustosos la calumnia. Se critica el plan,
las situaciones y los versos; pero nada se dice del fondo de la obra, nada
de su argumento ni de su fin moral. En este punto son los espectadores
verdaderos niños de escuela que toman sin replicar lo que les da el
maestro, el cual dice á su vez que da lo que más les gusta á los chicos;
y ¡vaya usted á averiguar quién de los dos tiene razón!
Pero las conversaciones, que giran sobre el acto que se acaba de repre-

AY E R, HOY Y MAÑANA

195

sentar, duran en algunos círculos poco y en otros nada. El entreacto so
invierte en hacer 'política y en hacer atmósfera para la política del si­
guiente día; porque los teatros son grandes propagandistas de toda clase
de rumores. En los casinos, en los cafés, en la Bolsa y hasta en la misma
presidencia del Consejo de ministros se ha de preguntar «¿qué se dijo
anoche en el teatro?,» y es preciso oir hablar y aun inventar alguna cosa
para que no se diga que en el teatro no se dijo nada.
Con gran sentimiento de las gentes de la ignominia, los de las buta­
cas no abandonan los palcos, ni vuelven á sus asientos hasta que han
pasado dos ó tres escenas del acto, y entran con ruido, no para interrum­
pir á los actores, sino para que á ellos los vean entrar.
En la escena el paraíso ha desaparecido y en su lugar se ve un salón
de baile. La luna se ha trocado en una luz vivísima de bujías esteáricas,
los arroyos en riquísimas alfombras, los árboles en columnas de pórfido,
las flores en colgaduras de terciopelo y oro y los dos amantes en una le­
gión de enmascarados. Damas vestidas con gran lujo, pero con el rostro
cubierto, cruzan la escena, y en los salones que se ven en el fondo se oye
una armoniosa orquesta y el rumor de gente que baila.
De repente empiezan á desaparecer las máscaras; la música va sonando
lejos, como si los salones se fueran retirando á dormir, y del fondo del
escenario se destaca un dominó negro, que avanza lentamente hasta
encontrarse con otro azul que ha estado oculto detrás de una de las co­
lumnas. Pasea el primero la escena como quien registra la casa, y con
aire de cazador que escucha para ver dónde está la fiera y cogiendo del
brazo al del dominó azul, le arrodilla con violencia, saca un puñal, se le
hunde en el seno, y quitándose el antifaz exclama con sardónica sonrisa,
á tiempo que se escucha el doblar de una campana entre bastidores:
«¿Oyes ese lamento agonizante,
voz sepulcral de fúnebre agonía?
¡ Es la iglesia que dobla por tu amante,
y yo le hice matar; sábelo, impía!»

El dominó azul se incorpora con trabajo, sin apartar la mano izquierda
del sitio de la herida, y arrancándose la máscara, cae al suelo gritando:
«¡Es mi padre! ¡Qué horror! ... ¡Yo le maldigo!»

Óyese á ese tiempo una estrepitosa carcajada en el fondo de la escena,
y aparece la dama del primer acto cubierta con un dominó azul y con la
careta en la mano; el padre se arroja sobre el cadáver de la hija, cae el
telón, empieza la música y aplauden los espectadores pidiendo á gritos
«¡El autor!» Sale uno de los actores á decir quién es el autor del drama
que han tenido el honor de representar, y el público, sin escuchar el nom-

196

ANTONIO FI,ORES

bre, pide que salga para conocerlo si es nuevo en la plaza, ó simplemente
para hacerle salir si ya le conoce. El autor no permite que se impaciente
el público, y sale y saca consigo á la madre que hizo asesinar á su hija, al
padre que la asesinó, á la joven asesinada y al yerno por quien doblaban
en la parroquia. Hay coronas para el verdugo y para las víctimas, y el
Charco de sangre se convierte en una espuerta de flores.
La zarzuela no es del género triste; empieza, por el contrario, con un
retozo general de todos los actores, aldeanos sencillísimos que van á la
feria del pueblo inmediato, más alegres que las castañuelas que llevan en
las manos, y con un gozo tan inocente y tan pastoril que no parece sino
que aquella aldea pertenece á un nuevo mundo en el cual no ha querido
Dios plantar el árbol del bien y del mal. Retozan con tal sencillez y tie­
nen unas conversaciones tan inocentes y tan cándidas, que todos pare­
cen unos camuesos incapaces de probar nunca la manzana prohibida.
De repente y cuando se cree que tienen más prisa por llegar á la feria,
la orquesta da dos ó tres golpes, y uno de los aldeanos, paseando miste­
riosamente la escena con el dedo índice en la boca, reúne en torno de sí
á todos sus compañeros de ambos sexos y les dice:
— ¿Sabéis lo que se cuenta de Feliciana, de aquella orgullosa pastora que no quería
que ninguno de nosotros la echásemos coplas, ni la rondásemos la casa porque decía
que todos éramos unos bárbaros?
— No, no lo sabemos— contestan á una voz todos.
— Pero ¿os acordáis que se escapó con aquel militar que estuvo alojado en el pueblo
y se fué á Madrid y no ha escrito á nadie nunca?
— Sí.
—Pues estadme atentos, porque aquí en secreto y sin que nadie nos oiga, os voy
á decir lo que se cuenta en el lugar.

Los aldeanos se acercan, alargan la cabeza para escuchar, el chismoso
se adelanta hacia el público, y volviendo la espalda á su verdadero audi­
torio, acompañado de la orquesta, canta en voz alta lo siguiente:
«Sabéis, amigos,
que Feliciana
una mañana
despareció;
pues en silencio
os j uro á fe,
que yo os diré
lo que pasó.
C oro .
El nos dirá
lo que pasó, lo que pasó..... oooó.
A ldeano . Silencio.
Silencio.
C oro.
A ldeano . Silencio, atención.....
C oro .
Silencio... . atención..... ooón.»

A T E E , HOY Y M AÑANA

197

El aldeano alza la voz cuanto puede, aun á riesgo de desafinar cuanto
sea posible, y dice:
«En la corte
las princesas,
las duquesas
y otras más,
con Eeliciana
iban en coche,
á troche y moche
á pasear.
Coro.
A troche y moche
á pasear..... á pasear..... ar, ar, ar.
A ldeano . Pero es el caso
que Eeliciana,
de una terciana
ó qué sé yo,
cayó malita
y aquí la echaron,
la abandonaron
y aquí llegó.
Coro.
La abandonaron
y aquí llegó..... y aquí llegó....... oooó.»

A ese tiempo asoma por la cima de una montaña, que se ve en el fon­
do, una joven pálida, ojerosa, con el cabello destrenzado y vestida con
una túnica blanca, y el aldeano grita:
«Vedla, allí viene
con paso lento.
¡Qué macilento
su rostro está!
Qué macilento
Coro.
su rostro está......su rostro está.......aaaá.
A ldeano . Busca las flores
que, siendo niña,
en la campiña
se puso á oler.
En la campiña
Coro.
se puso á oler..... se puso á oler......er, er, er.»

Cesa la orquesta, óyese un solo de arpa, ábrense en dos filas los aldea­
nos con rigurosa división de sexos, y alzan todos los ojos y las manos al
cielo como en señal de una gran desgracia, mientras la joven, tosiendo á
compás del arpa y como si á cada paso fuera á rendir el alma, avanza
lentamente hasta el agujero del apuntador, y en vez de sacar un grano
de goma ó una pastilla de malvavisco, arranca una hoja de un árbol, la
besa, alza los ojos al cielo (cuyo movimiento de cabeza la produce un
fuerte golpe de tos, que con las armonías del arpa y los gestos de los co-

193

ANTONIO FLORES

ristas produce un efecto desgarrador) y desfallece y cae en los brazos de
las aldeanas, que corren á sostenerla y la sostienen, mientras ella, suspi­
rando, tosiendo y agonizando, suelta la siguiente copla:
«¡Ay, que no sabe el mundo
lo que se pesca,
cuando deja en el campo
á las doncellas!
Lirio del valle
es la mujer, y el hombre
viene á secarle.
Zagalas, yo me muero,
estoy muy mala,
la fiebre me devora,
la tos me mata.
A.... di..... ós......a.......mi......gos.....
per.....dón..... per.... dón..... á to.....dos......
per.....dón..... os..... pi..... do.....

Feliciana cierra los ojos, muere, y caen de rodillas todos los aldeanos,
mientras el arpa larga sus últimas notas, que mueren ahogadas por el re­
doble de un tambor, y aparece en la escena un capitán mandando ocho
hombres y una cantinera. El capitán es el militar con quien se escapó
Feliciana, y la cantinera es una de de las duquesas de Madrid, que por
seguir al capitán ha adoptado el disfraz de cantinera. Ambos reconocen
el cadáver que las aldeanas están cubriendo de flores sin haber visto lle­
gar la tropa, y cuando se dan cuenta de ello lanza cada una un grito, los
soldados se apoderan de ellas, visten con sus uniformes á los novios, que
son unos corderos, y les dejan patrullando por si viene el general que
anda por aquellos contornos, y cae el telón.
La comedia, como su título lo indica, se reduce á un marido malo, á
una mujer perversa y á un amigo malísimo.
No nos detenemos á explicar cómo los segundos engañan al primero,
y cómo éste, después que ha sabido que le han engañado, vuelve á quedar
tan contento; porque el argumento es demasiado conocido y los perso­
najes están siempre de guardia en el moderno teatro español. Un amigo
falso, una mujer infiel, un marido tonto y una colección de gentes que
amparan á los primeros y se ríen del segundo, apenas hay comedia que
no los tenga. El lector los conoce mejor que nosotros, y habrá visto
aplaudir esas obras con verdadero entusiasmo, no por el fondo de ellas,
que eso importa poco, sino por los chistes en que abundan. No se puede
hacer reir al público sin hacer llorar á la moral pública; pero como esta
dama se ha empeñado en no asistir al teatro, llora en su casa y los auto­
res no han podido ver esas lágrimas.

AYER, HOY Y MAÑANA

199

Lo que \Terdaderamente aflige es un baile serio. Figúrate, lector, una
joven modesta y hermosísima, con las piernas al aire, el pecho descubier­
to, los hombros y los brazos desnudos y un tonelete tan hueco y tan
apartado del cuerpo, que más que una prenda del traje parece un salvavi­
das para arrojarse al mar; figúratela, digo, saliendo de entre bastidores,
cabizbaja y pensativa, con los brazos cruzados y marcando el paso, con
un compás tan lento y tan dolorido, que parece que va á caer exánime
sobre la escena. Mírala cómo de repente llega al medio del escenario, y
alzando los ojos al cielo y apretándose el corazón con ambas manos eleva
su cuerpo sobre la punta del pie derecho, y extendiendo la pierna izquier­
da hasta poner el pie un metro más alto que la cabeza, baja éste hacia el
suelo, tiende los brazos como si fuera á volar y empieza á dar brincos y
saltos, cogiendo puñados de aire y llevándolos al corazón, que parece es­
tarle saltando de pena. Obsérvala cuando lleva una mano hacia la oreja
y, en ademán del que escucha, se mantiene cuatro minutos sobre la uña
de uno de los dedos del pie izquierdo, y abre sus ojos espantados como si
hubiera oído un rumor siniestro, y si todo esto no te aflige ni la situación
de esa mujer te hace verter lágrimas, diré que tienes un corazón como el
del público que aplaude en estos momentos de supremo dolor y pide que
se repitan aquellos retortijones de piernas y de brazos que tan bien ex­
presan los retortijones del amor, de los celos, del miedo y de la ira.
Figúrate que del fondo de la escena sale un hombre no más vestido
que la joven, aunque con su tonelete menos voladizo, y corre hacia ella,
explicándole con sus ademanes todo el amor que le inspira, y ella huye
y le indica que se tirará al mar si da un paso más, y él le pregunta tam­
bién por señas «¿por qué?,» y ella le impone silencio indicándole que se
lo va á contar al momento, y recorre la escena con los brazos extendidos
y de puntillas para ver si están solos, y rompe por fin á hablar con pies
y con manos, hasta que cae rendida y desmayada en los brazos del galán
que la contempla, y éste le da un beso y la deja tendida en un banco de
piedra. Y tras de esto alza los ojos al cielo para expresar su alegría, y echa
las piernas al aire y da cien saltos y cien brincos, mientras poco á poco
va despertando la joven, y se horroriza de encontrarse allí sola y se pasa
la mano por la frente como para recordar lo que le ha sucedido. Entonces
él, bailando y sin que ella le vea, llega por detrás del banco, le da un
beso en la frente y entablan un diálogo de brazos animadísimo, del cual
resulta que quedan perdidos de amor y que se lo cuentan al público en
un paso á dos, que no hay más que pedir.
El público, que no vierte lágrimas á la vista de aquellos dolores secos
y mudos, cubre de flores y palomas la escena, arroja coronas de laurel á
los pies de la bailarina, y ésta sale una vez y otra á dar gracias sonriendo

200

ANTONIO FLORES

y como si estuviera loca de alegría. Entre bastidores la tienen preparada
una cama, en la cual se tiende apretándose de veras el corazón, que se le
sale del pecho, mientras el público sigue aplaudiendo y ella quita la mano
del corazón y vuelve á sonreír y hasta vuelve á repetir el baile para vol­
verse á revolcar en la cama. Pero esto no lo ve el público; esto lo ven las
madres ó los maridos de las bailarinas, los mismos que para que apren­
dan y puedan ejecutar un paso nuevo les estiran las piernas y les des­
coyuntan los brazos, y luego para que les pase el susto les ofrecen un
vaso de agua de azahar. Lo que el público ve después del baile es el ju ­
guete cómico, cuyo protagonista, si no es un marido tonto, es un novio
simple y una novia que para ir á la iglesia se empeña en que le ha de dar
el brazo su antiguo amante ó cosa por el estilo; lo cual encuentran muy
natural los suegros y los demás amigos de la casa, y al público le hace
reir sobre manera, porque, como hemos dicho antes, abunda en chistes y
esta sociedad es muy chistosa. He aquí, lector, las costumbres del teatro.
Los que á todas horas se dicen que el teatro es la escuela de las costum­
bres, te dirán si esas son las costumbres de la sociedad. No podemos decir
más, porque nos hemos extendido demasiado; ni siquiera tenemos espa­
cio para hablar de los alabarderos, que han reemplazado á los antiguos
mosqueteros, ni de si á esos aplaudidores de oficio, hoy mejor organiza­
dos que ayer , se debe el buen ó mal éxito de algunas obras dramáticas.
Somos creyentes sinceros del sufragio universal; profesamos con toda
fe el sistema de las mayorías, y no creemos que éstas puedan ser nunca
ficticias. ¡Adonde iríamos á parar si dudáramos en estas materias!

C U A D R O XXIII

De cuantas dispensas matrimoniales se solicitan de la corte de liorna
por razones de parentesco entre los contrayentes, ninguna nos parece de
tanta importancia ni tan indispensable como una que no tenemos noti­
cia se haya demandado jamás.
Seguramente que no habrá autorizado nunca la curia romana un ma­
trimonio del cual resulte que el marido venga á convertirse en padre de
la que le dió el ser, y por consecuencia precisa en abuelo de sus propios
hermanos.
Y esto, sin embargo, es un hecho. Y no un hecho de hoy ni de ayer ,
sino de anteayer ó de mucho, de muchísimo antes.
Esa paternidad a posteriori que tan intrincada y tan difícil parece,
no es, sin embargo, un juego de prendas, sino la prenda del juego elec­
toral.
El ciudadano, que obediente á los preceptos de su madre Patria de­
posita su papeleta en la urna, sé halla sin saber cómo ni cuándo con ia
agradable nueva de que sus propios hermanos la han casado con el voto
nacional. Y cuando va á tomar posesión del lecho electoral, cuando se
dispone á echar sobre sus hombros la suavísima cruz del matrimonio
parlamentario, se encuentra con que tiene una hija mayor de edad y con
que su madre ha desaparecido.
Sus hermanos le llaman abuelo y le proclaman á voz en grito padre
de la Patria, esto es, padre de su propia madre.

202

ANTONIO FLORES

Con lo cual queda probado que la Patria era inclusera hasta que se
levantó el parlamentarismo, y que está hue'rfana cuando no mandan los
parlamentarios.
Los realistas aducirán cuantos derechos se les antoje para probarnos
su parentesco con la Patria, á quien, en su calvario político, crucifican
entre el Pcey y la Ley; pero no nos convencerán de su paternidad ínterin
no presenten entre sus hombres políticos el hombre diputado.
En el ayer de esta historia de la sociedad española habrá visto el lec­
tor los diputados de las órdenes religiosas, elegidos poco más ó menos
que los diputados á Cortes; y aun si hubiéramos tomado las cosas de más
lejos, habría hecho amistad con los diputados de las antiguas Cortes de
Castilla. ¡Pero qué tienen que ver los unos ni los otros con estos verda­
deros 'padres de la Patria, con estos soberanos in pártibus (y no lo digo
á mal decir) por quienes he puesto el caballete y á cuyas hazañas destino
el lienzo del presente cuadro!
Quítense allá los discretos de los conventos y no osen entrar en com­
paración con nuestros diputados á Cortes. Apártense los ricoshomes, los
perlados, los fijosdalgo, los percuradores y los personeros de las antiguas
Cortes españolas, y no vengan á reclamar derechos de antigüedad sobre
los modernos parlamentarios de nuestra modernísima representación
nacional.
El diputado de hoy es una planta recién importada del extranjero; la
estamos aclimatando ó queriéndola aclimatar, que acaso no sea lo mismo,
y de ella sola nos cumple ocuparnos en el presente cuadro y en los dos
que ponemos á continuación.
Ya la vieron los lectores brotar de las urnas electorales, y queremos
que la acompañen al examen botánico de la comisión de actas, para que
luego admiren la lozanía con que se desarrolla y crece en el invernáculo
parlamentario.
No esperen, sin embargo, y esta noticia queremos dársela por antici­
pado, que á todas las especies de esa íámilia botánica les sea igualmente
provechoso el calor parlamentario de la estufa. No todos los diputados
echan flor, ni todas las flores abren sus pétalos oratorios con desembara­
zo, ni todas, sino muy pocas, tienen fragancia. Hay muchas, muchísimas,
el noventa por ciento, y no peco de largo, que encogen su capullo, arru­
gan las cejas y, más modestas que la recatada sensitiva, sólo abren el
cáliz oratorio para pronunciar algún monosílabo.
El aire de las prerrogativas de la Corona les suele ocasionar una
muerte instantánea, y cuando en medio de una legislatura se abre la ven­
tana que mira al trono y entra el aire de la disolución, todos los capullos
se cierran y quedan las plantas parlamentarias perfectamente secas.

AYER, HOY Y MAÑANA

203

El talento del diputado consiste entonces en acudir al abono que le
dio el ser y procurar dar nuevas flores en la próxima legislatura.
Pero no estamos ahora en tan lastimoso momento, y el aire de la pre­
rrogativa real nos es, por el contrario, provechoso y hasta indispensable.
Sin la convocatoria á Cortes no habríamos podido elegir los diputados.
Ya los tenemos, y como son muchos y de distintas especies, nos ve­
mos obligados á clasificarlos y dividirlos en grupos.
Haremos pocos para que estos cuadros no nos resulten largos.
Nos contentaremos con dividirlos en monosílabos y en silabarios;
empezando por los primeros, no tanto por el me'todo cuanto por irnos
acostumbrando al ruido parlamentario, cosa no tan fácil como á primera
vista parece.

CU ADRO XXIV

EL

DIPUTADO

MONOSÍLABO
bras .

benito.

¡Oh qué casta tan aguda,
la res muda
sentir el mal de su dueño!
Mi ganado, en verme el ceño,
se demuda
como persona sesuda.
( Juan de la Encina.)

Puede pasar de los seis pies y no llegar á los cinco y aun exceder po­
cas líneas de los cuatro; ser gordo como una encina, ó enjuto como una
hebra de seda, y tener cien años de edad, con tal que pruebe haber cum­
plido las primeras veinticinco navidades. Del resto de las prendas perso­
nales no hablemos, porque ni más ni menos que se le dispensa la talla,
se le dispensa la hermosura, y queda por lo tanto en libertad de ser alto ó
bajo, flaco ó gordo, hermoso ó feo y aun hasta tonto ó sabio; que de estas
prendas morales sólo cumplió juzgar á los que le votaron.
Trae patente limpia, aunque el acta se haya ensuciado con alguna
protesta ó cosa semejante; la acompaña de la fe de bautismo y de los reci­
bos de la contribución, y no necesita más para ser diputado.
Remite esos documentos al Congreso, y en esto conviene notar que el
diputado monosílabo peca siempre de adelantado, y pide á Dios en sus
cortas oraciones que le conserve la salud, siquiera hasta el día de la aper­
tura del Parlamento, día que á él se le antoja que no está en el calenda­
rio del tiempo y que, sin embargo, llega y pasa, ni más ni menos que los
demás días del año.

A YER, HOY Y M AÑANA

205

Á moderar su impaciencia y á entretener sus ansias vienen las feli­
citaciones de los amigos, á quienes saluda con toda la gravedad de un se­
nador romano, y se calza el coturno para recibir á sus electores, que al
verle tan hosco y tan serio llegan á dudar de que aquel diputado sea el
mismo que conocieron cuando era candidato. Pero tiempos que pasan,
memorias borran, condiciones cambian y hombres mudan.
El que ayer podía ocuparse de ser padre de familias y esposo y hasta
ciudadano, y pertenecía á sus amigos y muy especialmente á sus electo­
res, hoy ya no pertenece á nadie....Apenas se pertenece á sí mismo. Per­
tenece en cuerpo y en alma á la Patria.
Ha prohijado, en unión con sus trescientos cuarenta y ocho compañe­
ros, á esa pobre huérfana, que á voz en grito, desnuda, abandonada y llo­
rosa le pidió su paternidad, y sería un malvado si no lo olvidara todo para
consagrarse al cuidado de su hija adoptiva.
¡Ay! Hace bien en parodiar al gran poeta Espronceda, diciendo:
«¡Para mí los amigos acabaron,
la casa y la familia se acabó,
los lazos que á la esposa me ligaron
la Patria para siempre desató!»

Por supuesto que esa eternidad tiene su limitación en la prerrogativa
de las disoluciones y aun en la terminación de la legislatura. Aunque
este fenómeno de longevidad parlamentaria es tan raro, que tiene la ra­
reza de no haberse dejado ver entre nosotros. Puede el diputado cuando
deja de serlo hacer uso del ex, facultad que ha encarecido considerable­
mente el precio de las equis, y puede asimismo volver al seno de sus
amigos, si alguno le queda, y entonces ya no le llaman abuelo, y vuelve á
ser hijo de familia, recobrando la maternidad de su ex hija la Patria.
Pero mientras ejerce el cargo de representante del país disfruta de
varias prerrogativas, entre ellas, y es la más importante de todas, la de
ser inviolable. Así es que ni su esposa le puede hacer violencia para que
la acompañe, ni sus hijos para que les dé un beso, ni sus amigos para que
los hable, ni sus electores, en fin, para que los reconozca y los trate.
La inviolabilidad es absoluta, y el diputado monosílabo la reclama
hasta en el uso de la palabra. Nadie puede violentarle para que diga otra
cosa más que sí ó no, permitiéndose algunas veces, pero por su propia
voluntad, sin perder su inviolable investidura, algún ¡bravo/ y hasta pala­
bras de tres ó cuatro sílabas, y algunas veces, aunque pocas, exclamacio­
nes y frases de cuatro ó cinco palabras; habiéndose dado más de una vez
el caso de que un diputado monosílabo pida la palabra con calor para
pronunciar el siguiente discurso:

206

ANTONIO FLORES

Que se pregunte si está el punto suficientemente discutido.
Verdad es que esa peroración ha solido hacer mal efecto, aunque no
por culpa del orador, sino del tiempo, que no había llegado aún para jus­
tificar la oportunidad del discurso. Y ahí tienen ustedes el porqué se ma­
logran tantos oradores; por no ponerse de acuerdo con el reloj de la opor­
tunidad. Pero el diputado monosílabo cree siempre que va á ser de los
primeros silabarios del Parlamento, y no se le cuece el pan en el cuerpo,
como dicen las viejas, hasta que se abren los debates.
El día de la sesión preparatoria, suponiendo que haya dormido la noche
anterior, que es un supuesto arriesgado, madruga y es el primero á entrar
en el Congreso. Trata de elegir asiento, y le busca en todos los bancos.
Empieza por sentarse á la derecha, detrás del banco azul, porque ima­
gina que esa vecindad con el ministerio le ahorrará de pisar las antesalas
de las secretarías; pero repara que tiene enfrente la tribuna de los perio­
distas, y se levanta asustado. Ensaya los bancos del centro, desde donde
piensa tomar el pulso á la izquierda y á la derecha antes de tomar asien­
to inamovible; pero busca la tribuna pública, ve que la tiene á la espalda,
y corre á refugiarse en los bancos de la izquierda.
Estremécele la idea de aparecer desde las primeras sesiones como ene­
migo del ministerio, y no llega á sentarse en los escaños de la oposición.
Pero no quiere quedarse en el centro, porque eso de tener el público á la
espalda le horripila. ¡Cómo le han de aplaudir los discursos que piensa
pronunciar, si por mucho que esfuerce la voz desde aquel sitio se perde­
rán la mayor parte de sus frases! ¡Y la acción! ¡Y el gesto! ¡Y los movi­
mientos oratorios de que piensa sacar tanto partido en sus peroratas!
Vaya, es indispensable renunciar á sentarse en los bancos del centro,
en los de la derecha y en los del otro lado de la Cámara, y resulta que
llega la hora de abrirse la sesión sin que el monosílabo haya encontrado
asiento de su gusto, ni más ni menos que Bertoldo cuando elegía un ár­
bol para que le ahorcaran. Pero es preciso no quedarse en pie, y toma
por fin asiento frente á frente de la presidencia en el momento de entrar
en el salón los diputados. No es el nuestro ni el más cano ni el más calvo
de los que allí se reúnen, y no le toca por lo tanto hacer de presidente
hasta el nombramiento del interino, que se verificará en la primera se­
sión, después de la regia, que no consume tumo.
Allá en sus adentros le ocurre pensar que no habría hecho mal su
madre en parirle cuarenta ó cincuenta años antes, con lo cual podría sa­
car algún partido de su ancianidad, y cuando ve que ocupan las plazas
de secretarios del viejo presidente los cuatro diputados más jóvenes,
siente que el embarazo de la que le dió el ser no hubiese durado nueve
años en lugar de nueve meses.

AYER,

HOY Y M A Ñ A N A

207

Unas veces por carta de más y otras por carta de menos se pasa sin
tener baza en el juego. Quédase quieto en el escaño, sin la presidencia y
sin la secretaría. Pero se procede al nombramiento de las comisiones que
han de recibir á SS. MM. y AA. para la ceremonia de la apertura, y aún
tiene esperanza de salir agraciado por la suerte. Y su esperanza se ve
cumplida, porque los monosílabos están siempre en una inmensa mayo­
ría y tócales figurar y bullir en todas partes.
No hay para qué decir si el que no durmió la víspera de la sesión pre­
paratoria logrará hacerlo la noche antes de la sesión regia y después de
haber sido nombrado individuo de la comisión que ha de cumplimentar
al monarca. Es ya uno de los precisos operarios en la ceremonia y no pue­
de dejar de asistir, y aun de asistir temprano.
Sale, pues, de su casa, no porque sea la hora señalada, sino porque
teme que su reloj atrase, y no va solo; le acompañan, ó mejor diremos,
le escoltan cuatro ó cinco amigos. Esta es la única poligamia que con­
siente su parlamentario celibatismo. Mientras ejerza el cargo de diputado
jamás le verá el lector libre de edecanes. Si pone su elocuencia homeopá­
tica á disposición del ministerio y logra por este medio dar colocación á
los primeros acompañantes, tendrá en su lugar otros y otros hasta que
deje de ser representante del país.
Despide la escolta al llegar al Congreso, y reunido con sus compañe­
ros de comisión sale al vestíbulo á recibir á la familia real, cuidando de
colocarse en primer término para que el monarca y los ministros pue­
dan estudiar su fisonomía, y terminada la ceremonia vuelve á su casa á
esperar el día siguiente, verdadero principio de su vida parlamentaria.
Los jefes de las diferentes fracciones en que se divide la Cámara le
tienen todos alistado en sus filas, y cada uno de ellos le tiende distinto
lazo para pescarle el voto. Pero él es un hombre verdaderamente liberal
y profesa con ardor el principio de las mayorías.
Ahora le pasa, ó supone que le ha pasado, el aturdimiento de la sala de
conferencias y el cabildeo de los pasillos, entra en cuentas consigo mismo,
averigua que el ministerio tiene una mayoría inmensa y se hace ministe­
rial. Semejante arrojo aclara sobre manera su entendimiento, tranquiliza
su espíritu y le permite vivir en la revuelta atmósfera de la Cámara.
El verdadero diputado monosílabo es el ministerial.
Cuéstale en las primeras sesiones más trabajo que improvisar un dis­
curso el acertar á levantarse para soltar el sí y el no sin trocarlos; pero
la práctica hace maestros, y pronto la adquiere nuestro joven diputado.
Parecía lo más sencillo, y el monosílabo lo haría de buen grado, el
prestar atención á las discusiones para saber si lo que se votaba era bueno
ó malo para el ministerio; pero eso es más difícil de lo que á primera

208

ANTONIO FLORES

vista parece. El neófito no conoce el christus de las conveniencias ■ parla­
mentarias, y podría suceder que con la mejor buena fe cometiese cada
día veinticinco monosílabas inconveniencias. Le es mucho imís fácil clavar
la vista en el banco azul y seguir todos los movimientos de los ministros;
bostezar cuando S. E.; ponerse en pie si él se levanta, y decir sí ó no,
según hayan dicho que ra>óques¿los consejeros de la Corona. Esta clase
de oratoria parlamentaria ha sido siempre muy sencilla, y lo es mucho
más desde que se descubrieron los caracoles simpáticos.
Cuando el monosílabo empieza á familiarizarse con el oficio, cuando
ya sabe toser para interrumpir á los oradores de la oposición y soltar in­
terjecciones irónicas y aplaudir á los amigos del ministerio y lanzarles
algún ¡bravo!, que es el refinamiento del oficio, entonces ya no necesita
mirar al ministro, sino á los jefes de la mayoría: á los que llevan la ba­
tuta en la orquesta, á los que dan el tono para que el monosílabo alcance
hasta el ¡oh! y el ¡ah! y el ¡eh! de la sinfonía.
Poco tiempo se necesita para ese aprendizaje, y átales alturas ya pue­
de permitirse el diputado entrar y salir en el salón, acercarse á la mesa
de la presidencia, conversar con los ministros y sentarse detrás del ora­
dor ministerial para azucararle y servirle el agua á la mitad del discurso.
El verdadero diputado monosílabo debe moverse mucho, yendo sin
cesar desde su asiento á la mesa de la presidencia y de ésta á la sala de
conferencias, entrando y saliendo por todas las puertas del santuario,
recostándose alguna vez en la tribuna y remedando en suma las idas y
venidas, las vueltas y revueltas de la ardilla, sin temor de los Iriartes
que puedan decirle:
«Conque algunos diputados
ardillas también serán,
si en obras frívolas gastan
el calor electoral.»

Procurará que le entren muchas cartas, que le pasen tarjetas y que
le den recados los porteros, escribiendo allí mismo su correspondencia
particular, porque todo esto contribuye á bullir en la sala; dando salida
de este modo á la fuerza parlamentaria, que de otro modo se escaparía
por la boca, lo cual sería faltar á lo tratado.
Si acabada la sesión se reuniese el Congreso en secciones, el monosí­
labo acudirá diligente á la suya, no sin asomar primero las narices á las
otras para presentarse á sus compañeros rico de noticias acerca del pen­
samiento que predomina en cada una de ellas.
Siendo el primero en designar á tal ó cual colega influyente y de los
de primo cartello para individuo de la comisión de presupuestos ó de
caminos de hierro ó de acusación parlamentaria ó cosa por el estilo,

209

A Y E R , HOY Y MAÑANA

puede estar seguro de haber andado la mitad del camino para que algún
día le nombren individuo de la comisión encargada de dar su dictamen
sobre una pensión de gracia ó cualquier otro mochuelo por el estilo.
Si á tanto llega su valimiento en la cámara, y reunida la comisión le
dan á pelar el ave nombrándole secretario, á cuyo cargo debe ir aneja
la obligación de redactar el dictamen, que no se aflija, que no tome el
cielo con las manos por tan poca cosa. Sin tanto estirar los brazos tiene
más cerca el remedio. Busque incontinenti, seguro de hallarle, no un me­
morialista, porque este, sobre no sacarle del compromiso sin el consabi­
do á V. S. suplico y el medio pliego de papel sellado, haría demasiado
pública la debilidad parlamentaria; lo que le conviene buscar, y lo que
encuentra, es un periodista amigo ó un abogado cesante, que en un abrir
y cerrar de ojos cierra con la dificultad y abre un palmo de gozo las ore­
jas del secretario.
Presentase muy horondo con su dictamen, da papeletas para las tri­
bunas el día en que haya de leerse á las Cortes, y....¡qué diablos!..... hasta
puede arriesgarse á pedir la palabra después que lo hayan hecho algunos
de sus compañeros. Si le alcanza el turno, cosa poco menos que inaudita
en asuntos de esa naturaleza, y aún hubiese algún compañero que tenga
pedida la palabra, sale del paso con pronunciar el siguiente discurso:
«Señores, renuncio la palabra, de que pensaba haber usado largamente
en este debate, para que el Congreso no se prive de oir á mi digno amigo
el ilustrado Sr. N., persona tan competente en la materia que se discute.»
La competencia del amigo, en cuestión de pensiones, suele reducirse
á que cobra también la suya, puesto que percibe el sueldo de empleado
sin poder desempeñar su destino mientras ejerce el cargo de diputado.
Si fuese tal su desgracia que no hubiese ningún diputado que tuviese
pedida la palabra, hará uso de la suya en estos términos:
«Señores, después de los luminosos discursos pronunciados por mis
dignos compañeros de comisión, está agotado el terreno de la discusión
y nada podría yo añadir á lo que con tanta elocuencia acaba de oir el Con­
greso. En obsequio, pues, á la brevedad, renuncio la palabra, permitién­
dome rogar al Congreso que se sirva aprobar el dictamen de la comisión.»
Estos discursos, corno ve el lector, son algo sencillos y apenas dan
ocasión para beber un vaso de agua; poro el monosílabo que acierta á
pronunciarlos con elegancia y desembarazo, si no llega á ser un Demóstenes, podrá aspirar algún día á ser tenido por silabario.
Y he aquí ya la hora de abandonar al diputado tartamudo para decir
algo del hablador. Y no porque la fisiología del primero esté acabada,
porque aún no le hemos visto derribando mamparas en las oficinas del
Estado ni vaciando copas en los banquetes políticos, sino porque todo
T omo II

14

J

210

ANTONIO FLOßES

eso vendrá á su tiempo en el trascurso de esta obra. Ya conocerá el lector
que en este museo no ha de faltarnos un cuadro de influencias, donde
salgan á relucir los influidos, los influyentes y los influidores, y nos agra­
via el que se figure que ha de terminarse la historia del hoy sin que ten­
gamos unas cuantas mesas redondas donde engullir dos docenas siquiera
de pavos trufados y vaciar unas botellas de patriotismo frappéáV argent.
A ye r nos fue preciso andar entrando y saliendo en las casas de los
particulares para pintar escenas de familia; h oy , por el contrario, ya no
hay familia; hemos salido á la escena pública y nadie se acuerda de vol­
ver á su casa. Hemos instalado el gran teatro de la política, y la compa­
ñía es inmensa. Tutti siamo artisti. Todos somos hombres políticos.
A y e r todo era vida privada; hoy todo se ha vuelto vida pública.
Estamos encerrados en un globo de cristal, y la historia, que nos ob­
serva, no podrá prescindir de hablar de nuestras comidas, de nuestros
viajes, de nuestras ocupaciones en las altas horas de la noche y de todo
lo que pasa en los talleres donde fabricamos lo que se llama política,
donde resolvemos la cuadratura de la felicidad social.
Que no espere, pues, el lector vernos como antaño entretenidos en
juegos de prendas, ni estirando los trapitos de cristianar, ni educando
á nuestros hijos; para esas operaciones mecánicas tenemos los teatros,
los cambiantes de ropa y los colegios. Nosotros nos ocupamos en hacer
política. Y no se crea que este oficio es regalón y descansado; no nos
deja tiempo para hacer ninguna otra cosa, á pesar de lo mucho que está
por hacer.

CUADRO XXV

UN

DIPUTADO

SILABARIO
«Y durando el retozar
volvió dos y apúreselas
y tirómelas y tíreselas
y volviómelas á tirar.»

( Tirso de Molina.)

A este caso del hospital parlamentario ya se le advierten más sínto­
mas de la enfermedad oratoria. Puede el país llegarse á reconocerle segu­
ro de encontrarle el pulso.
Hay diputado silabario que da quinientas pulsaciones parlamentarias
por minuto, ó lo que es lo mismo, treinta mil palabras por hora. Esta lo­
comoción parlera, naturalmente impide que el médico pueda observarle
la lengua; pero es inútil verla, patológicamente hablando.
La enfermedad que en ella se refleja no indica otra cosa que una in­
digestión de sinónimos, que ni aun pueden convenir á la Academia de la
Lengua castellana, porque casi todo lo indigestado suele ser de ilícito co­
mercio en España. En obsequio de alguien ó de algo se padece esa enfer­
medad en su último grado; nosotros lo ignoramos y aun creemos que es
perjudicial á todos.
Pero impensadamente hemos comenzado este artículo hablando del
silabario mayúsculo, sin hacer primero la clasificación debida para que
no se confunda la locuacidad con la elocuencia ni los habladores de ofi­
cio con los verdaderos profesores del habla.
De estos dignísimos oradores, que por su calidad y su número nos

212

ANTONIO FLORES

hacen figurar en primer término entre los pueblos parlamentarios, nada
sin embargo diremos, porque ni la índole de esta obra ni el tono en que
va escrita consienten otros personajes que los ya tullidos para que salgan
más ó menos descalabrados.
Pasaremos en silencio los que saben elaborar y disponer las sílabas
para producir con ellas bellísimos conceptos, y hablaremos únicamente
de los que las vierten sin acertar á hacer otra cosa que palabras y nada
más que palabras.
El silabario parlero, no el orador parlamentario, es el personaje del
cuadro presente.
Puede tener y de ordinario tiene el mismo origen que el monosílabo,
aunque su elección ha solido costar mayor trabajo; porque así como del
primero se podía pensar que callaba muy buenas cosas, de éste se sabe
que <¡el que mucho habla, mucho yerra,» y como habló mucho y dió mu­
chos programas, pueden ustedes figurarse si tuvo ocasión de errar.
Pero fué electo diputado y llegó á tomar asiento en la Cámara, y de
buenas á primeras se encontró nombrado individuo de la comisión de
actas.
¡Excelente trago de agenjos para sentarse con buen apetito á la mesa
de la discusión y de la palabrería!
Añádase á esto el magnífico invento de la nunca bien ponderada lejía
parlamentaria, descubrimiento recentísimo, y téngase por sabido que
nuestro personaje era uno de los infinitos agregados al laboratorio minis­
terial.
Aquella lejía, como procedente de la exhumación ab ir ato de todos
los partidos políticos, estaba compuesta de unas cenizas tan activas, que
con sola una gota, con destapar el frasco, se quedaban sin sombra de man­
cha original todos los pecados mortales que contenían las actas.
Era la lejía parlamentaria cien veces más eficaz y más purificadora
que el fuego que empleaban los egipcios para sacar las manchas en los
tejidos del amianto.
De trescientos cuarenta y nueve granos que entraban en la composi­
ción de la prodigiosa panacea parlamentaria, eran ministeriales los tres­
cientos veinte, y á mayor abundamiento, todos, menos uno, por el qué
dirán de los individuos de la comisión química, pertenecían en cuerpo
y en alma al gobierno, y la lejía resultó perfectamente acreditada y pro­
bada.
Desde que semejante descubrimiento fué declarado de uso legítimo y
obtuvo el gobierno privilegio de invención y explotación, los autores de
las protestas electorales se consideraron desahuciados, y sin embargo se
les obligaba, y se les obliga, á que el expediente siga todos sus trámites.

AYER, HOY Y MAÑANA

213

A pesar de ser de antemano conocido el desenlace del drama, es indis­
pensable ponerle en escena.
En todos los dictámenes hay un voto particular, que formula, por ver­
dadera fórmula, el individuo de la oposición, y este es el primer caballo
de batalla de nuestro silabario.
Aprovéchanle asimismo todos los que llevan al Parlamento vocación
de echar á volar la sin hueso; y como la materia de actas es una exqui­
sita goma elástica en los talleres del parlamentarismo, estíranla todos á
su antojo y salen de ella tremebundas filípicas de oposición y largas y
floridas epopeyas ministeriales; resultando de semejante aluvión de pa­
labras que sólo tiene razón el que no alega ninguna, el que no suelta la
voz ni en pro ni en contra del dictamen.
El diputado monosílabo, que a priori ha resuelto desenvainar su in­
maculada oratoria para decir que sí, que aprueba el dictamen, ese es el
único que tiene razón.
En el caso, harto frecuente, por cierto, de que el monarca abra en
persona la legislatura, la indispensable contestación al discurso de la Co­
rona quita gran parte de su importancia á la cuestión de actas. Y tam­
bién en estas acaloradas y muy elásticas discusiones concluye por tener
razón el monosílabo que a priori é in pectore había votado el dictamen
de la comisión.
Pero vamos á pasar en silencio ahora el día de la inauguración par­
lamentaria y los noventa que le siguen de discusión parlera, en los cua­
les le es permitido al diputado hacer un viaje alrededor del mundo para
arreglar desde su asiento la política nacional y la extranjera y los nego­
cios ajenos y los propios y todo aquello que más le convenga, si no para
la salvación de su patria, que no siempre puede pensar en ella quien está
pensando en que no se le enrede la lengua, para salvar al menos las dotes
oratorias y las conveniencias parlamentarias, que son unas señoras muy
exigentes y muy descontentadizas.
Pasemos por alto también la discusión de las actas graves, porque
difícilmente podríamos mantenernos serios ni continuar siendo fieles
creyentes del sistema parlamentario oyendo las edificantes revelaciones
que hacen los padres maestros del parlamentarismo al tirar de la manta
para que se descubra el pastel electoral.
Dos palabras diremos solamente á propósito de estas discusiones, que
suelen ser de las más sabrosas, entretenidas y picantes que ofrece la en­
tretenida, sabrosa y salpimentada mesa parlamentaria.
Desde luego, entre la gente de casa, las actas se dividen, como la ropa
blanca, en limpias y sucias; esto es, concebidas sin pecado y confeccio­
nadas en pleno pecado mortal. Las primeras pasan como la ropa nueva y

214

ANTONIO FLORES

limpia, sin jabonarlas ni retorcerlas, sino simplemente almidonadas y
dándoles unos cuantos planchazos para sentarles las costuras; porque
algunas, aunque libres de pecado mortal, se han hilvanado tan de prisa
que llegan al Congreso medio descosidas y rotas. Pero de todos modos, ya
lo hemos dicho, esta ropa limpia no da apenas trabajo; la que da que
hacer es la ropa sucia. La que necesita jabón y lejía y tierra de quitar
manchas y todos los ácidos y todos los álcalis del surtido laboratorio par­
lamentario es el acta sucia.
Para esas piezas del vestuario electoral se inventó la lejía parlamenria, y cuando se trata de lavarlas es cuando se ven los puños de las la­
vanderas parlamentarias.
El acta sucia pertenece de ordinario al ministerio, que es el que la
lleva al Jordán del Parlamento para lavarla y hacer que le coma las
manchas el sol de la mayoría, que seca y abrasa toda clase de impurida­
des en los gobiernos representativos. Una vez presentado el dictamen de
la comisión y señalado el día para la enjabonadura, agárranse al acta, de
un lado los silabarios de la oposición y del otro los del ministerio, y aun­
que éstos suelen quedar siempre vencidos, sale á relucir la lejía parla­
mentaria, se vierten sobre el acta doscientas treinta ó doscientas cuarenta
gotas del agua del Jordán, y aunque la oposición destape su frasco (que
pocas veces contiene en tan supremo instante más de veinticinco gotas
de ácido), el acta queda limpia y sin mancha, como si limpiamente hu­
biese sido concebida.
Verdad es que las manchas no suelen ser de importancia, porque, como
dice el diputado del ministerio, todo ello se reduce á que la mayoría de
los electores equivocaron la hora de dar principio á la elección, y cuando
llegaron ya se había elegido la mesa; pero luego todos los electores vota­
ron según su conciencia, y no se presentó ni una sola protesta en tiempo
hábil. Y la prueba de que tiene razón el defensor del acta, es que cuando
llega la hora de votar, doscientos cuarenta contra veinticinco dicen que
sí, á pesar de que los oradores del bando contrario han solido probar va­
rias frioleras: entre ellas la de que se adelantó el reloj para votar la mesa;
que no se admitió la protesta del acto; que tres cuartas partes de los
electores del distrito declaran y juran haber votado al candidato de la
oposición, que sólo tuvo en el escrutinio veinte votos; que aseguran que
nadie conoce al elegido, y dicen que votaron doscientos y pico de muertos
y que se inutilizaron cien papeletas porque el apellido del candidato con­
trario estaba escrito con B en lugar de serlo con V, y otras cosas por el es­
tilo. La discusión amplia y libérrima que se permite en el Congreso da de
sí esas y otras relaciones parecidas, pero el resultado es siempre el mis­
mo. Antes de que hable el diputado que apoya el dictamen y que repliquo

AYER, HOY Y MAÑANA

215

el de la oposición y que conteste el uno y vuelva á replicar el otro, se
sabe que se ha ele aprobar el dictamen y el número de diputados que van
á decir que si y que no y hasta el de los que van á abstenerse de votar
por delicadeza.
La discusión produce en nuestras asambleas unos efectos tan prodi­
giosos, que diez ó doce días antes de que se hable en pro ó en contra de
un asunto cualquiera dicen los periódicos acérrimos defensores de la
discusión y del parlamentarismo lo siguiente:
«Dentro de pocos días se va á presentar á las Cortes un proyecto de
ley, que será fuertemente combatido con razones y argumentos indestruc­
tibles por los dignos oradores de la oposición, pero será aprobado por una
inmensa mayoría.»
Con semejantes advertencias parece que no debía inspirar gran interes
el drama, cuyo desenlace es tan conocido; pero sucede todo lo contrario,
y las gentes andan al morro, como suele decirse, y se atropellan y se
matan por lograr un asiento en las tribunas del Congreso; siendo muy
interesantes las discusiones de actas, porque en ellas se refieren varios
chismes de varias personas y de poblaciones enteras, y no hay nada tan
sabroso ni tan divertido como la murmuración.
Asistiendo á esas discusiones es como se sabe que el elegido no paga
la contribución que la ley exige para ser diputado, y que aunque aparece
como tratante en ganado de lana, no tiene ni la propiedad de la que re­
llena los colchones de su cama, ó que es falso el título de licenciado, ó
que no es legítima la partida de bautismo, ó que está procesado, en cuyo
caso se cuentan todos los pormenores del proceso, y se sabe también que
los que le votaron lo hicieron con su cuenta y razón, porque al tío Fulanito, y se le nombra, que no sabe leer, le han dado una administración de
correos, y al otro que estuvo en presidio le han hecho fiel de puertas, y
si el elector tiene hijas, también se dice si son guapas ó feas y si las ena­
moraba ó no el candidato.
El silabario que toma por su cuenta uno de esos dictámenes, dice
cuanto se le viene á la boca, sin importarle un ardite lo que resulte en la
votación; y si se tropieza con el héroe de la fiesta, le estrecha cordial­
mente la mano, le dice que se felicita de tenerle por compañero y que
todo lo que ha dicho ha sido «por cumplir con su deber, como hombre de
partido, pero que en medio de todo ha cuidado de no herir la parte flaca
del dictamen de la comisión.»
Lo que podría resultar herido y lastimado de veras en estas discusio­
nes es el sistema, porque rara vez deja de decir el orador fogoso, inde­
pendiente, incorruptible é indomable que el triunfo del gobierno se ha
debido á que los electores han perdido su independencia, dejándose co-

216

ANTONIO FLORES

rromper y domar por las amenazas y los halagos de la autoridad. Sin
hacerse cargo el bueno del patriota de que mientras él, proclamando la
igualdad, hace á sus semejantes de peor condición que la suya, hay en la
tribuna pública un picaro realista que está diciendo por lo bajo: «Pues
si los electores se dejan intimidar y corromper por el gobierno, haciendo
por último lo que éste les manda, no consultéis la voluntad nacional,
consultad la voluntad del gobierno, y hasta tanto que hagáis una socie­
dad de hombres indomables é incorruptibles, nombrad los diputados como
se nombran los escribientes de los ministerios, ó no tengáis diputados si
os parece que podemos pasar sin ese artículo de lujo.»
Pero el silabario no oye la voz del realista ni la de su propia concien­
cia, que algo parecido le dice mientras él se afana en hacinar palabras,
destruyendo las unas con las otras, y pensando, primero en el efecto
artístico que produce en los bancos y en las tribunas, y luego en el que
hará en las columnas de los periódicos, cuando su amigo el taquígrafo lo
dé á la imprenta barnizado y pulido, como si pulido y barnizado hubiese
salido de los labios del orador, el cual apenas acaba su arenga pasea su
vista por las tribunas, recibe los apretones de manos de los amigos, se
sonríe con la réplica del diputado contrario, pide distraído la palabra
para rectificar, y ya no se acuerda ni del sitio en que se halla, ni del lu­
gar de donde ha venido, ni del partido político á que pertenece, ni de la
cuestión que acaba de defender, sino del sermón que acaba de echar, y
cuya autopsia necesita recomendar con una sonrisa y un apretón de
manos al taquígrafo y al periodista que ha de reseñar la sesión.
Uno y otro trabajo verá el lector en uno de los cuadros próximos,
donde copiándole una sesión completa, acabará de conocer la fisiología
del diputado silabario.

RETRATOS

EN T A R J E T A

Si la posteridad ha de pagarnos todo lo que nos deberá cuando perte­
nezcamos á la historia, morirá insolvente.
Hoy apenas hacemos caso de M. Daguerre; pero mañana , si para en­
tonces están de moda las estatuas, le erigirán una en cada plaza, y aun
es posible que pongan su busto en todas las esquinas y su nombre en to­
dos los guardacantones.
No es para menos el servicio que ha prestado á la humanidad con la
invención del daguerrotipo.
¡Cuántos disgustos se habrían ahorrado los sabios si Noé, por ejempío, hubiese aplicado su talento á inventar la fotografía en vez de apli­
carle á descubrir el vino! A fe que no estaríamos ahora sin una copia
exacta del arca y un retrato de cada uno de los animales que entraron
en ella.
¡Qué le habría importado á Matusalén perder un minuto cada año y
dejarnos novecientos retratos suyos para que los médicos pudieran estu­
diar ese caso de longevidad con algún provecho de esta humanidad y de
este siglo que tanto anhelan prolongarse y alongar la vida! Pero ni Noé
ni los que vinieron después de él pensaron en pasar á la posteridad, sino
que entregaron su imagen á la inconstante volubilidad de los ríos y su
cuerpo á las corruptoras entrañas de la tierra. Semejante pereza y tama­
ña ignorancia ha sido causa de serios altercados y de graves errores
históricos, hasta que ha venido al mundo M. Daguerre y tras de él los ar-

218

ANTONIO FLORES

tistas del daguerrotipo y los fotógrafos. Los fabricantes de espejos no hicie­
ron otra cosa que perfeccionar las copias de los ríos y los estanques, pero
sin darles mayor estabilidad; los pintores añadieron algo, y no poco, fijan­
do las imágenes ó cosa semejante; pero el verdadero milagro se debe á la
fotografía.
La pintura dice que es uno de sus mejores auxiliares; pero la fotogra­
fía replica á su vez que ella no necesita el auxilio de la pintura. Así nos­
otros, que hemos andado hasta aquí con el lápiz en la mano y la cartera
en la otra, vamos á prescindir de esos estorbos, y el presente cuadro se le
encargamos á un fotógrafo, en la seguridad de que ha de ser el mejor
cuadro de la colección.
Los dibujantes, como que aspiran á corregir á la naturaleza, dirán que
á esta copia del natural le falta corrección; pero no hacemos caso, y la
damos con todas sus incorrecciones.
Desde las primeras horas del día está llena de gente la casa del fotó­
grafo, porque como desgraciadamente saben todos que no han de vivir
tantos años como Matusalén, no quieren morirse sin dejar á la posteri­
dad su retrato. Y como ya, gracias á Dios, no tenemos las preocupaciones
de antaño, nadie se acuerda del pobre D. Juan de Zavaleta, que allá en
el siglo xvn dijo que «una de las cosas que hacen mucho daño en las
repúblicas cristianas son los retratos pequeños, porque raras veces se
hacen para buenos fines.» Y aun añadió, con toda la formalidad con que
entonces se decían las cosas, que «si hallara en su juicio satisfacciones
de acertado, suplicara á todos los príncipes que gobiernan repúblicas
cristianas que mandasen á los pintores, bajo de gravísimas penas, que
no retratasen en pequeño.»
Si el bueno de Zavaleta hubiera alcanzado á vivir en este siglo de los
retratos de tarjeta y los más pequeños aún de sortija y los ele llave de re­
loj, y antes de saludarle las gentes le hubiesen pedido su retrato de tar­
jeta, ¿qué habría dicho? ¿Volvería á repetir que «en el silencio de un
retrato faltan los desabrimientos de un enojo, y que locas con el amor las
damas regalan con veneno la memoria?»
En menos tiempo del transcurrido desde 1G66 acá se rectifican jui­
cios más radicales y sobre cosas más graves, y Zavaleta habría rectificado
el suyo.
Nosotros no tenemos que rectificar el nuestro, porque siempre hemos
creído que es mucho peor pedir y dar un original que una copia, sea ésta
grande ó pequeña.
Por eso nos parece bien que las gentes madruguen y corran á fijar sus
figuras en el gabinete fotográfico.
El primero que se pone á tiro en la máquina es un joven que cuida de

AYER, HOY Y MAÑANA

219

arrugar con coquetería la bota blanca, de ladear el sombrero y de llenar
de trapos los morrales que le cuelgan de los hombros, y que por fin se echa
la escopeta á la cara y está apuntando inmóvil seis ó siete segundos hasta
que el fotógrafo le dice que basta.
Los dependientes del establecimiento quitan la decoración de bosque
y tres venados y un jabalí y dos perros, que habían puesto allí para dar
mayor verdad al cuadro.
El joven manda que tiren cien ejemplares del retrato para otros tan­
tos amigos, y se va á la cacería descansado. Si le devora una fiera, que
no se expondrá á tanto, ya puede morir tranquilo, porque ha dejado á la
posteridad su retrato en los últimos momentos de su vida y con el traje
que en tal caso le serviría de mortaja.
En lugar de las reses disecadas y del telón de bosque, pone el fotó­
grafo un altar y un crucifijo y un reclinatorio elegante y varios libros de
devoción elegantísimos. Antes de que en este mueble se arrodille una
dama vestida con negra elegancia, hace el artista diferentes ensayos
para buscar el mejor efecto del cuadro, cuidando de que aunque parezca
que la señora mira al Cristo no aparte la vista de la máquina, y le coloca
en una mano un libro de manera que se vean los adornos de oro de las
tapas y en la otra un rosario del mayor lujo; la manda que no se mueva,
mueve él la máquina y retrato concluido.
La devoción de aquella dama necesita más público que la afición del
joven á la caza; encarga trescientas tarjetas para otros tantos amigos,
que de ese modo no tendrán derecho á decir que se ha acabado la religión
ni menos las santurronas.
La decoración de paz y de recogimiento religioso se cambia en otra
de estrépito y de guerra contra infieles. Tres ó cuatro cabezas de moros
en el suelo, en el fondo muchas nubes y sobre ellas un jinete, que po­
drá ser San Jorge ó Santiago, y ya puede venir á retratarse el caballero
que mientras se fotografiaba la devota estuvo encapillándose un hábito de
las órdenes militares.
El artista le manda poner en situación, como si estuviera peleando
de veras, y aunque el caballero cruzado no ha peleado con aquel traje
nunca, desenvaina la espada, alza los ojos al cielo y con la izquierda so­
bre la cruz del pecho y la tizona en la diestra permanece inmóvil dos
minutos.
Al fotógrafo le sobra la mitad. El retrato está hecho.
¡Que averigüe la posteridad la época de ese episodio de la guerra de
las cruzadas! Quisiéramos nosotros ver á los eruditos de mañana asegu­
rando una de dos cosas: ó que las órdenes militares militaban en 1850, ó
que la fotografía se conocía ya en el siglo xvi.

220

ANTONIO FLORES

El que va á retratarse después del cruzado no cruza su palabra con la
del fotógrafo. Entra serio y seriamente vestido de frac negro con corbata
blanca y cuatro ó cinco placas sobre el pecho; se sienta sobre un sillón
de gran lujo; apoya el codo en un velador inmediato, sobre el que hay
extendidos varios mapas y enrollados otros, y con una mano en la frente,
la otra como quien traza un itinerario y la vista alta, pero con entrecejo
de penetración y sonrisa maliciosa, espera á que funcione la máquina.
Antes de que esto suceda, el fotógrafo le da un mondadientes, encargán­
dole que le ponga bien á la vista, y el interesado queda satisfecho del
trabajo.
Encarga que le saquen mil pruebas y aun teme no tener bastantes. El
artista le saluda por su nombre, que no es ni Metternich ni Nesselrode
ni Talleyrand ni Ofalia, pero cerca le anda.
Después se recogen los mapas, se pone una mesa con tres ó cuatro
bustos y sale á retratarse un señor sin escopeta, sin crucifijo, sin manto
y sin mondadientes.
Aunque no viste de cartujo, trae una calavera en la mano y se retrata
mirándola atentamente y palpándola como se palpan las frutas que se
venden á cata y á cala.
No queda satisfecho ni del primer retrato ni del segundo, porque dice
que no se ven los números y las cuadrículas del cráneo, y que de ese
modo en vez de tenerle por un frenólogo podrán creer simplemente que
es un simple alumno de una escuela de disección.
El fotógrafo le pone un compás en la mano izquierda y saca otra prue­
ba, con la que deja satisfecho al discípulo de Gall.
Quitan los bustos de la mesa, colocan sobre ella una porción de pie­
dras, de media arroba la monos pesada, y en el fondo una galería subte­
rránea, muy subterránea.
El héroe de este cuadro no viste con lujo ni ha cuidado de arreglarse
el cabello ni de quitarse la barba; asómanle por los bolsillos del gabán
papeles de todos colores y está leyendo con atención uno que parece un
diploma.
Tras del minero van entrando á retratarse otras muchas gentes que
no quieren declarar ni su profesión ni sus nombres, y algunos de ellos,
sin consultar previamente la opinión del fotógrafo, se ponen frente á la
máquina en la actitud que les parece más conveniente y con los atri­
butos y accesorios que tienen por más característicos ó más edecuados
al caso«.
Recordamos, entre otros, una señora de edad como de cincuenta años,
que no representaba treinta y cinco, mientras se hizo el retrato, con dos
perros en el brazo, otro en el suelo y un loro en el hombro; hablaba

AYER, HOY Y MAÑANA

221

correctamente el español, y por esto no se podía creer que era la estatua
de la filantropía inglesa.
Vimos también á un caballero serio, muy serio, que en el acto de em­
pezar el retrato se encogió de hombros, y abriendo los brazos enseñó en
una mano una petaca y en la otra una lanceta. El fotógrafo se atrevió á
preguntarle si era médico homeópata, y el retratado contestó que sí, pero
que era también alópata, y que estaba tan seguro de curar con los dos
sistemas, que por eso se encogía de hombros cuando daba á escoger á sus
enfermos.
El fotógrafo se sonrió, pero le dijo que le parecía más partidario del
sim ilia que del contraria, porque había observado que tenía la petaca
en la mano derecha; y á esto replicó el médico que no era cierto, y que si
tenía la petaca en la diestra era por estar más de moda los glóbulos que
las sangrías.
Después del médico le toca el turno á una joven que se tiende sobre
un sofá y deja pacientemente que el artista la quiebre con gracia el cuer­
po, la reparta los pliegues del vestido, la deje abandonados los brazos y
busque el escorzo de los pies para que no resulten grandes. La cabeza
ella la coloca por sí misma y pone los ojos á su capricho, porque de am­
bas cosas entiende más que el fotógrafo; y aunque éste dejó arreglada y
medida la cantidad que debía verse, ella se movió inadvertidamente y
enseñó lo que pudo más allá de la bota. El sabrá lo que es más artístico;
pero ella sabe más que él en su arte.
Con menos coquetería que la anterior se sentó después en aquel mis­
mo sofá una joven pálida y ojerosa, desgreñada y un tanto mal vestida,
aunque no porque la ropa fuese vieja, sino por estar mal prendida y poco
aseada. En el mismo sofá pusieron con ordenado desorden algunos libros
y no pocos papeles; colocaron en el velador otra porción de los unos y de
los otros, y la heroína, con una pluma en la mano y apartando con la
otra los cabellos, alzó los ojos al cielo con singular exaltación y perma­
neció inmóvil.
Vió la prueba y no quedó satisfecha de ella, porque decía, y no le fal­
taba razón, que aquel retrato más parecía el de una mujer desesperada
que está escribiendo una carta postuma para comerse después doscientos
ó trescientos fósforos, que el de una poetisa inspirada, y que ella era esto
último.
Entonces el fotógrafo, que es un hombre que para todo tiene recursos,
trajo un cesto de ropa blanca y la cuna de un recién nacido, y encargó á
la poetisa que se pusiera de modo que expresase estar dando un punta­
pié al niño y arrojando la labor á la calle, y que con esto y no soltar la
pluma de la mano estaría el retrato parecido.

222

ANTONIO FLOHES

La literata hubiera preferido no poner en sus tarjetas semejantes ac­
cesorios; pero transigió, y mandó hacer cien pruebas, y entre ellas veinti­
cinco en papel grande para poderlas dedicar á las academias literarias y
científicas de España y del extranjero.
También pertenecía al bello sexo el individuo que siguió á la poetisa,
y aunque su tonelete corto, sus piernas al aire y sus brazos desnudos
hacían inútiles los accesorios, todavía fue necesario poner algunos, que
le dieron no poco que pensar al fotógrafo. Desde luego esparció por el
suelo diez ó doce ramilletes de flores y seis coronas de laurel; pero la bai­
larina no quedó satisfecha, porque dijo que aunque ella se pondría sobre
la punta de un pie de manera que nadie dudara que sentía un gran re­
tortijón de amor, y alzaría la pierna derecha hasta expresar de sobra que
su pasión no tenía límites, y cogería puñados de aire con los brazos
como si quisiera aspirar todo el amor del universo, y cuidaría de llenar
los ojos de fuego y la boca de alegría, todavía este paso de baile podría
confundirse con otros, y ella quería expresar el momento en que sale del
convento loca de alegría y de amor porque la dicen que va por fin á
unirse al que ama, á pesar de la oposición de su padre. Esto último con­
trarió algún tanto al fotógrafo, porque la bailarina no quería que hubie­
se en la tarjeta ninguna persona más que ella, y no pudiendo estar el
padre bailando de ira por la fuga de su hija, era difícil expresar la situa­
ción. Lo único que se hizo fué poner en el fondo una capilla del género
ojival con una verja como de convento de monjas.
El que se retrató después de la bailarina fué el menos delicado y el
menos exigente de todos.
Llevaba consigo todo lo que había menester. Diez grandes botones de
esmeraldas y brillantes en el chaleco; un relicario lleno de piedras, pren­
dido en la pechera de la camisa; una placa, de brillantes también, en el
frac; encajes en los puños, y gruesos topacios en los botones de éstos; dos
cadenas de oro, cruzadas en el chaleco, correspondiente la una á los
lentes, también de oro, y la otra al reloj, que tuvo en la mano, deslum­
brando al fotógrafo con la pedrería que le adornaba: he aquí todos los
accesorios de aquel retrato.
Con esto y un sombrero de jipijapa de extraordinario valor y decirle al
fotógrafo que le hiciera dos ó tres mil tarjetas y que en todas ellas le
pusiera un escudo de armas y que si era posible estampara los retratos
con tinta de oro y sobre vitela, el fotógrafo, que no era torpe, compren­
dió la casta de pájaro que acababa de retratar, y le preguntó si hacía
mucho tiempo que había venido de América y si creía que yendo él
allí haría negocio.
El indiano le contestó que si fuera más joven y se dedicara á otra cosa

A YE R , HOY Y M AÑANA

223

que á hacer retratos, podría traer algún dinero, siempre que no gastase
allí el que ganara. Que él había ido allá de edad de doce años, y que en
fuerza de ganar mucho y no gastar nada en cuarenta y seis años, había
hecho una fortuna disparatada. Y que ciertamente no tenía en qué ni con
quién gastarla, porque mientras él se hacía rico todos sus parientes mu­
rieron pobres, y de las personas que habían emigrado con él de Asturias,
que fueron doscientas en un buque de vela, sólo habían vuelto cuatro.
Que ya había hecho en su pueblo una iglesia y un hospital, y un palacio
para él y un mausoleo para su familia, con otras fundaciones piadosas
que había ofrecido por librarse del vómito y de la fiebre y del pasmo y
de varias enfermedades que le tuvieron á las puertas del sepulcro, y que
aún le quedaba mucho dinero.
El fotógrafo le propuso ir á visitarle á su pueblo para copiar todos los
edificios de su propiedad, y le enseñó algunos marcos por si quería ador­
nar las tres mil tarjetas. Pero no hizo negocio, porque el indiano los que­
ría de oro y con pedrería, y el lujo en el arte no ha llegado á tanto.
A lo que ha llegado, y pronto llegará á mucho más, es á inventar una
máquina, llamadapistógrafo, contra la cual Dios sabe lo que diría D. Juan
de Zavaleta, ó si se arrepentiría de lo que dijo en sus tiempos contra las
personas que se retrataban y las que regalaban sus retratos.
Con esta máquina ya no hay nadie seguro.
La voluntad del retratado no entra para nada en la operación del re­
trato. Este se hace en un abrir y cerrar de ojos, lo mismo á pie que á ca­
ballo y con toda la velocidad del ferrocarril.
Cuando viajéis por uno de éstos y veáis un hombre serio que lleva un
saco de goma, en el cual mete y saca las manos, como hacen las señoras
para calentárselas en los manguitos, desconfiad, lectores, de aquel compa­
ñero de viaje. Si estornudáis, os retrata estornudando; si bostezáis, copia
el bostezo; y en suma, el pistógrafo copia el pájaro que pasa volando por
la ventanilla del coche, el monte que asoma á lo lejos y hasta el relám­
pago que brilla en la atmósfera.
No hay manera de librarse de un pistógrafo, ni forma de no pasar á
la posteridad en imagen.
Lo único que podría suceder, lo cual sería un gran desengaño postumo,
es que, afligidas las fotografías por la muerte de esta generación, dieran
en ponerse amarillas y palideciesen tanto, que al cabo y al fin se queda­
sen blancas. De este modo, si el papel continuo dura más que ellas, no se
habrá perdido más que la mitad.
Hoy no hemos perdido nada aún, y todos tenemos un álbum ó dos
ó tres ó los que podemos llenar de retratos de los amigos, y cada uno de
ellos tiene á su vez el nuestro. Porque de este cambio recíproco prescin-

224

ANTONIO FLORES

cien pocas personas. Y el que no tiene amigos, como no puede prescindir
de tener álbum de retratos, compra los que quiere ó los que puede, porque
ya nos venden á todos en pública almoneda.
Sólo así es posible tener el retrato de todos los reyes, de todos los sa­
bios, de todos los criminales, de todos los artistas y de todos los fenóme­
nos del universo.
Nadie se escapa de ser retratado y de ser vendido.

CU AD RO XXVII

PAVO T R U F A D O Y CHA M P A G N E H ELADO ,
EN T U SIA SM O PROBADO

¡Qué dirían hoy los hombres de ayer si resucitaran y vieran que ellos
que hacían gala de comer para vivir, sólo habían vivido para comer!
¡Qué contestarían los consejeros de Castilla y los priores de las co­
munidades religiosas, que no dejaban pasar el día de Santa Catalina sin
comer besugo, el de Pascua de Resurrección sin devorar un cordero, el
domingo de Carnaval sin atracarse de pasteles hojaldrados, y en cada
solemnidad y para cada fiesta clásica tenían un manjar dispuesto y un
plato determinado!
¡Qué dirían cuando les probáramos que para comer el pavo de Navi­
dad y el plato de leche y la torta de mosto, se encerraban en sus casas
y en sus refectorios, sin abrir la puerta por nada ni por nadie, y comían
en silencio y arrullaban, en silencio también, la digestión del cabrito y la
del vino moscatel y Peralta!
¡Pero qué habían de decir sino confesar avergonzados que habían vi­
vido para comer, y que mientras comían no hicieron nada de provecho
por miedo de que dejase de aprovecharles la comida!
Pobres gentes, lector, pobres gentes eran las que creyeron que la di­
gestión se hacía con el cerebro, y cuidaban de que éste se hallase en per­
fecto reposo una hora antes y una hora después de la comida.
Si les sumáramos las horas que perdieron en ese reposo digestivo, nos
T omo

II

15

226

ANTONIO FLORES

sería fácil probarles que esa era la causa de que les hubiera faltado el
tiempo para digerir ciertas ideas y labrar con ellas la felicidad y la ven­
tura de su siglo.
Ahora, á Dios gracias, no sólo puede decirse que no vivimos para co­
mer, sino que puede asegurarse que ni aun comemos para vivir.
Comemos para dirigir los destinos del mundo, para mantener nuestras
relaciones internacionales, para trastornar el orden de la nación, para
derribar un ministerio y formar otro, para descubrir la manera de dar
dirección á los globos, para abrir un canal de riego y para regar con
nuestra sabiduría los terrenos eriales de la política, del comercio, de la
agricultura y de la industria.
No comemos para nutrir nuestros cuerpos, que nos tiene sin cuidado
el ser más flacos ó más gordos, sino para alimentar nuestra imaginación
con los vapores del estómago, y para que la fermentación de los manjares
y de los vinos haga fermentar las ideas y salgan convertidas en torrentes
de luz á iluminar el mundo.
El hombre, ordinariamente serio y grave y reflexivo, por meditar de­
masiado lo que había de decir no decía nada ó decía poco, dando lugar
á que se le indigestaran los mejores pensamientos y las más brillantes
ideas.
Ha sido preciso alegrarle y hacerle perder la gravedad y la reflexión
para que diga grandes cosas y resuelva difíciles problemas.
Y todo se ha hecho y todo se hace en el tiempo que nuestros padres
perdían comiendo.
Estrecha cuenta podríamos pedirles por los grandes capitales que de­
rrocharon; pero la partida de los jugos gástricos, la malversación que
hicieron de las facultades digestivas, la ninguna participación que dieron
al estómago en las cuestiones diplomáticas, políticas é industriales, es
enorme. El vicio de la gula les tenía trastornados.
Aquellos trabajos secretos, aquellas notas reservadas y aquellas nego­
ciaciones simpáticas que muchas veces las entendía el diplomático que
las mandaba y alguna el que las recibía, todo eso ha perdido mucho con
el periodismo y está á punto de desaparecer por completo con el telégra­
fo eléctrico.
Si los diplomáticos de antaño vieran que hogaño, antes de que la di­
plomacia abra la boca para hablar, ya se cuenta lo que va á decir y aun
lo que no dirá nunca, y que cuando el escribiente les trae copiada la nota
que han de pasar á un gobierno extranjero, ya insertan los periódicos la
contestación que éste ha de darles, ¿qué pensarían de su ciencia?
¿Serían tan torpes que llevaran las manos á la cabeza en vez de apli­
cárselas al estómago?

AYER, HOY Y MAÑANA

227

¿Serían tan inocentes que no comprendieran que contra las ligerezas
y la locuacidad del telégrafo está la gravedad y el aplomo de un pavo
asado y la efervescencia de un vino espumoso?
¿Es posible que no les ocurriera, como á nosotros nos ha ocurrido, re­
llenar un pavo de intenciones políticas, de pensamientos filosóficos y de
secretos industriales, y echar en una botella de vino algo de patriotismo
y mucho de ciencia y mucho más de entusiasmo artístico?
Pero si semejante cosa les hubiera ocurrido, la habrían echado á per­
der comiendo el pavo á solas y bebiendo el vino á puerta cerrada. Para
esto es preferible que no les ocurriera hacer servir á la gula de agente
diplomático, de intrigante político ni de operario industrial.
El pavo trufado y el Champagne helado, comidos y bebidos en fami­
lia, valen menos que el capón de Vizcaya y el vino de Jerez. Sin el pensa­
miento trascendental del convite diplomático y la intención patriótica del
banquete político, las trufas, á pesar de venir de Francia, no serían otra
cosa que unas patatas podridas que darían un sabor infernal al pavo, y
el Champagne un licor picante que haría saltar las lágrimas al que lo
bebiera.
Para que las trufas no se indigesten, á pesar de ser ellas una indiges­
tión de la tierra, y el vino no pique, es preciso comer y beber en público,
pensando en otras cosas que en lo que se está comiendo y bebiendo.
Lo que llaman los diplomáticos gastos de representación, los políticos
gastos imprevistos y los industriales gastos de instalación no son otra
cosa que pavos trufados, jamones en dulce y botellas de Champagne.
El joven que ha de abrazar la carrera diplomática debe probar ante
todo su estómago, cargándole hasta la boca, como se cargan los cañones
de artillería; y sólo cuando vea que hace una prueba y otra y no revienta,
es cuando puode aspirar á ser un Metternich. Algún cólico y tal cual fie­
bre gástrica no inutilizan para seguir la carrera, pero si se repiten hay que
abandonarla al momento.
La nación cuyo representante en el extranjero no pueda asistirá todos
los convites diplomáticos, ya puede decir que ha roto sus relaciones in­
ternacionales.
Los políticos no tienen tanta necesidad de ensayar las fuerzas digesti­
vas, porque como sus estómagos no están siempre en activo servicio,
merced á las cesantías y á otros percances caseros, les limpia la atmósfera
de toda clase de cólicos. Y en cuanto á los industriales, como no son ellos
los que comen, sino los que dan de comer; como no ponen la mesa para
sentarse á ella, sino para que se sienten los que han de sentir y proclamar
las ventajas de sus descubrimientos, tanto les da tener estómago de po­
bre como de rico.

228

ANTONIO FLORES

Bueno es, sin embargo, que sepan comer y que aprendan á no reven­
tar para ser buenos ingenieros y buenos industriales, porque ya hemos
dicho que no todo se hace con la cabeza; y aunque los médicos de la an­
tigüedad dijeron aquello de que cum caput clolet ccetera membra dolent,
como ahora la cabeza es el estómago, es preciso tener esta oficina á prue­
ba como los cañones rayados.
Pero como ya hemos dicho que no vivimos para comer, lo que menos
importa en los convites diplomáticos es el número de platos y la clase de
vinos que se sirven á la mesa; lo que interesa saber que convidado se
sienta á la derecha y cuál á la izquierda, y si tal diplomático ha dirigido
la palabra á otro y éste se ha sonreído más ó menos maliciosamente al
oirle, y por último, si el monarca, que también come en público como
cada hijo de vecino, ha hablado más tiempo con Francia que con Ingla­
terra, ó si mientras dirigía la palabra á Rusia y aparentaba mirar al Aus­
tria, tenía la vista fija en Turquía. Todo esto y mucho más se mira y se
observa en los grandes convites diplomáticos, y de todo ello se viene á
averiguar y á saber con puntualidad el estado de las relaciones interna­
cionales.
Un criado medianamente listo, con sólo servir á la mesa en un con­
vite diplomático puede hacer feliz al escritor que tenga á su cargo la po­
lítica extranjera en la redacción de un periódico. Porque no basta contar
el número de copas que cada uno bebe ni los trozos de carne que come,
sino á quién mira, con quién habla y si se sonríe más ó menos ó está me­
nos ó más serio.
Por lo mismo que en la verdadera diplomacia las cortesías son mu­
chas y las palabras pocas, se puede tener cuidado de saber cuáles son
éstas.
Y aun antes de empezar la comida se debe observar si algún convi­
dado puso mala cara al ver el pue§to que le habían señalado en la mesa,
ó si hubo quien se negó á sentarse si no le ponían menos á la izquierda
ó más á la derecha del dueño de la casa ó del que preside la mesa, que
no siempre es lo mismo.
Aunque los asientos de preferencia diplomática lo son también de
preferencia gastronómica, no se mantienen estas etiquetas por comer más
pronto ó más tarde el pavo, sino porque aquella mesa se dibujará al día
siguiente en los periódicos y se sabrá si Francia comía en sitio preferen­
te á Inglaterra, ó ésta lo hacía con más comodidad que las demás nacio­
nes de Europa.
¡Cuántas veces antes de servírsela comida ha estado á punto de rom­
perse, no la vajilla de la mesa, sino la cordial inteligencia de dos nacio­
nes, porque el representante de una de ellas (que de antemano había

AYER, HOY Y MAÑANA

229

preguntado, no al repostero ni al jefe del comedor, sino al introductor
de embajadores, el puesto que tenía en la mesa) había protestado y aun
dirigido una consulta por el telégrafo á su gobierno!
Mientras el pobre pavo está reventando por habérsele hinchado las
trufas, y el vino, helado de frío, desea hacer saltar el tapón de la botella,
están reventando por reñir y saltando de ira dos gobiernos, amigos y her­
manos hasta que llegó la hora de reunirse á comer juntos.
Cuando el diplomático sabe el puesto que le han señalado, pasa una
nota al ministro de Estado, diciendo que ha consultado á su gobierno:
cuando éste le contesta que no ceda de su derecho y que en último caso
pida sus pasaportes y se retire (sin comer, por supuesto), va en persona,
porque el caso es grave; y la cosa se arregla y se cambian los puestos, si
el que sale perdiendo no reclama y es fuerte como el otro y hace iguales
amenazas.
Todo esto produce consejos de ministros y corrillos políticos y artícu­
los en los periódicos y alza y baja en las Bolsas de ambas naciones.
Y mientras tanto el picaro del pavo dejándose tostar con la mayor
indiferencia por el cocinero, y el vino helándose en la botella con una
sangre fría verdaderamente irritante.
En los banquetes políticos, en los patrióticos y en los industriales hay
también sus asientos de preferencia, y asimismo podrían ser excelentes
escritores públicos los criados que sirven á esas mesas; pero no es la eti­
queta la base principal de ellas.
Las mesas redondas de la política y de la industria son más demo­
cráticas, y lo importante en ellas no son los asientos de etiqueta ni los
asientos de estómago ni los principios políticos y los culinarios, sino los
postres.
Los principales personajes de esos banquetes, no los que asisten para
hacer bulto, que éstos sólo van á llenar el suyo, se ocupan menos de comer
que de beber, y aun esto sólo lo hacen para poder brindar.
El banquete patriótico no es la comida, sino el brindis.
Al hombre político que está convidado á una de esas solemnidades
gastronómicas no le vereis en su casa bebiendo ajenjos ni guardando
dieta para abrirse el apetito, sino registrando libros de historia y de eco­
nomía política, hojeando colecciones de periódicos ó el Diario de las se­
siones de las Cortes y aprendiendo citas latinas y algunos versos caste­
llanos.
Si algo discurre que tenga relación con la comida, es pensar en lo
que podrá comer y beber para inspirarse y estar en disposición de pronun­
ciar un brindis.
Pero no un brindis de aquellos que echaban los antiguos, cuando para

230

ANTONIO FLORES

apurar una copa de moscatel se ponían más encarnados que el vino, y no
decían otra cosa sino que «de hoy en un año nos veamos buenos y en
paz y en gracia de Dios,» sino un discurso que dure media hora, y en el
cual se encierre todo un credo político ó un credo económico, que ahora
que dicen que no creemos en nada, siempre estamos con el credo en la
boca.
Y como los banquetes patrióticos tienen por objeto salvar la patria ó
asegurar su salvación ó celebrar un aniversario político, aunque sea la
muerte de algún mártir de la libertad, en todos ellos encaja bien un dis­
curso y hasta una docena.
El bien del país, la voluntad nacional, la tiranía, los derechos del hom­
bre, la roca de Sísifo, la espada de Damocles, el lecho de Procusto y otra
porción de alegorías políticas, de nombres históricos y de cuentos mitoló­
gicos andan mezclados y revueltos en esa clase de discursos, que son
calurosamente aplaudidos por los convidados y que al día siguiente re­
producen los periódicos, y los considera el público como el programa po­
lítico y la profesión de fe del que ha brindado.
La libertad, la igualdad y la fraternidad (que á la hora de comer jun­
tas se olvidan de que tienen detrás de sí las tres armas de infantería,
caballería y artillería) salen también á buscar unos cuantos aplausos en
esos discursos, y dura casi siempre la sobremesa tres ó cuatro horas más
que la comida.
En ninguna parte con más impunidad que en esos banquetes se pue­
den citar fechas y nombres históricos, haciéndolos venir en apoyo de todo
lo contrario de lo que ellos significan.
Cada partido político saca de la antigüedad los héroes que más le
gustan y los presenta á sus parciales como otros tantos ascendientes de
la familia.
En los banquetes industriales también los brindis son el alma del cua­
dro, y se pronuncian grandes discursos científicos y se improvisan bri­
llantes apostrofes al compás del estallido de los tapones y del chocar do
las copas y de los ecos de la orquesta; porque en todas estas grandes comi­
das, al par que se sirven grandes cabezas de jabalí y vinos de gran precio,
se llena el aire de ecos dulcísimos que embriagan no menos que los vapores
del líhin y del Borgoña y del Chateau Laffite y del Chateau Margaux y
de esos otros innumerables vinos extranjeros que forman el lujo y dan el
tono á las grandes mesas.
Y estos convites industriales y patrióticos no son escasos; los hay
todos los días y por toda clase de sucesos: el día que se pone la primera
piedra y la última de una obra pública (que valga la pena, no vayan us­
tedes á creer que se come un pavo trufado el día en que se pone un ado-

AYER, HOY Y MAÑANA

231

quín ó un guardacantón); el día en que se acaba un pronunciamiento ó
empieza otro ó se celebra el aniversario de alguno que ya pertenece á la
historia.
Si se proyecta un ferrocarril ó se aprueba el plano del proyecto ó se
echa la primera espuerta de tierra ó llega la primera locomotora ó se abre
la explotación, también hay gaudeamus, como decían los frailes cuando
celebraban el día del santo patrón del convento. Y por último, todo se ce­
lebra comiendo, no por comer, como ya hemos dicho, sino por afianzar la
reforma política ó la mejora industrial con una comida y un pavo trufa­
do y una botella de Champagne.
Las personas que saben hacerse convidar á estas fiestas, que hay quien
no falta á ninguna, pueden tener cuatro días de la semana por lo menos
el botijo á enfriar en el fogón de su cocina por ser el sitio más fresco de
la casa.
La mayor parte de las veces se dan estas comidas á escote y cada cual
lleva su contingente para obsequiar al general que va ó viene, al artista
que pasa ó al patriota que llega; pero no basta reunir el dinero para ir á
la plaza, ni un local alquilado donde extender los manteles, sino que es
preciso solicitar la licencia de la autoridad para el banquete, la cual licen­
cia no siempre se alcanza, sino que muchas veces se niega, y de la negativa
resulta un pronunciamiento y con el un ciento de banquetes que preside
la autoridad.
Semejantes memoriales no se hacen en papel sellado ni se encargan á
un memorialista, sino que se elige una persona que, además de tener
lista su memoria, tenga también pronto el entendimiento y diga algo por
el estilo:
«Señor Gobernador civil:
»Los infrascritos, que abajo firman y suscriben, demasiado conocidos
de la patria por su probada adhesión á tales ó cuales principios, han de­
terminado solemnizar el próximo triunfo de sus ideas con un banquete
político en el que no se tratará de política ni habrá ningún acto que
desdiga del decoro que estos actos exigen; y al efecto ruegan á V. S. que,
desoyendo las sugestiones de partido y obrando con imparcialidad, les
conceda permiso para llevar á cabo su patriótico y laudable pensamiento.
»Dios guarde á Y. S. muchos años, etc.»
Se anuncian en un periódico las condiciones de la suscripción, sien­
do la primera el nombramiento de una comisión de arraigo y honradez
para recaudar los cuartos, otra de inteligencia en el ramo para dirigir la
comida y otra de buenos modales para recibir á los patricios ilustres
que serán invitados al banquete, y se señalan los puntos en que está la
exposición para que los que gusten vayan á firmarla; advirtiendo, cosa

232

ANTONIO FLORES

importantísima, que las comisiones las compondrán los primeros que
firmen.
Sin más que esto, se puede comer un pavo trufado, beber una botella
de Champagne helado y dejar que venga despue's lo que Dios quiera en
los postres.



CUADRO XXVIII

FABRICACIÓN

DE

RUMORES

¡Pobres menticleros, pobres mentidores y pobres mentiras del año 1800,
y cuán escasos de alimento andabais en el ayer de esta historia, que el
chisme más inocente y la noticia más cándida los rumiabais un mes y dos
y tres y aun cuatro, sin atreveros á echarlos de la boca, temerosos de no
hallar cosa mejor con que enjuagaros en el resto del año!
¡Pobres é inocentísimas mentiras de la sociedad de antaño, que sem­
bradas en la boca de un peluquero ó en las gradas de San Felipe el Peal
y trasplantadas cuando mucho al árido y reducido terreno de la Gaceta,
de El Diario y de El Mercurio, no supisteis presagiar que el estiércol de
Gutenberg y el guano de la discusión y de la palabrería, aplicados á la
mentira, habían de producir hogaño una pingüe cosecha de mentideros,
de mentidores y de mentiras!
Entonces, aunque ya muchas de vosotras peinabais canas y todas ha­
bíais mudado la dentadura, erais menores de edad, porque las leyes que
entonces regían y los hombres que á la sazón mandaban no querían al­
zaros la tutela y teníais tutores y curadores en todas partes.
Los mentidores de antaño no contaban sino lo que ellos creían, y aun­
que pecaban de crédulos, pecaban también de callados, y hablando poco
no podían mentir mucho.
Los mentideros estaban construidos contra todos los preceptos de la

234

ANTONIO FLORES

acústica, y era perdido más de la mitad de lo que en ellos se contaba, y
las mentiras eran todas veniales é inocentísimas y sin trascendencia de
ningún género.
Hoy sucede todo lo contrario.
El hombre no cree nada, y sin embargo lo cuenta todo; los mentideros son tan repetidores y tan acústicos y el género se fabrica con tal per­
fección, que ruedan las mentiras muy á sus anchas por todo el mundo,
cometiendo cada pecado mortal que vale un imperio.
La Puerta del Sol, mentidero acreditadísimo en tiempos pasados, ape­
nas sirve ya para forjar un mal cuento de niños; los cafés, los casinos, las
tertulias políticas, los círculos mercantiles, los pasillos del Congreso, la
Bolsa y los periódicos la han desbancado. Si hoy se atreviera á seguir
ejerciendo su oficio, como lo hacía en los primeros años de este siglo, ha­
ría reir á las gentes, no tanto por su falta de inventiva, cuanto por care­
cer de medios de propagación.
Una mentira arrojada hoy en la Puerta del Sol, si no tiene la suerte
de ir á parar á oídos de un periodista, muere antes de haber nacido. Na­
die la repite ni la comenta, y si logra correr entre unas cuantas personas,
anda de boca en boca cada vez más endeble, hasta que muere tísica. No
son ya las noticias plantas espontáneas, que nacen y crecen, como en otros
tiempos, al aire libre y sin abono de ninguna especie. Hoy es preciso sem­
brarlas con mucha precaución y llevarlas desde luego á cualquiera de las
estufas charlamentarias que antes hemos citado.
El propagador de todas ellas es el periódico, que, además de las que
le nacen en su propia casa, tiene el derecho y casi la obligación de segar
y recoger todas las que nacen y crecen en los otros centros productores,
adornándolas y embelleciéndolas para repartirlas á domicilio.
Por supuesto, que ni en los cafés ni en los círculos ni menos aún en
los periódicos se dice nunca una cosa por otra, á sabiendas, se entiende.
Eso sería una indignidad de que no somos capaces los hombres de este
siglo, que precisamente si de algo pecamos es de ser demasiado dignos.
«El digno magistrado.....el digno general...;., el digno celador de poli­
cía...., el digno maestro de escuela..... el digno Sr. 1). N....» He ahí la le­
tanía perpetua de dignidades en esta modernísima catedral que llamamos
siglo XIX.
Lo primero que hicimos apenas desaparecieron del mundo las rancias
formalidades del siglo pasado, fue repartir el don á toda clase de perso­
nas, lo mismo á las que lo usan que á las que no saben ni pueden ni
tienen donde usarlo.
La señoría la dejamos usar á discreción, y aunque ninguna de estas
mercedes está consignada en la Constitución, como derecho concedido á

A YE R , HOY Y MAÑANA

235

todos los ciudadanos, consiste en que no es un derecho que la sociedad
les da, sino que les está permitido á todos tomarlo en la forma, cantidad
y calidad que más les convenga.
La dignidad la reparten los periódicos, no á sus suscriptores como re­
galo de Pascuas ó cosa semejante, sino á las gentes de quienes se ocupan
y á quienes tratan con cierta benevolencia. Algunos no son simplemente
dignos, sino muy dignos y hasta dignísimos; pero por regla general to­
dos son dignos, como ya hemos dicho que todos tienen don y hasta se­
ñoría.
Se espera que muy en breve todos seamos excelentísimos, como ya
somos hoy todos simpáticos, distinguidos, inimitables, inapreciables y
otras muchas cosas, que más de una vez nos han hecho creer que era
mentira que por el pecado de nuestro padre Adán se había perdido el
Paraíso, puesto que nosotros, que creíamos ser unos adanes, estábamos
siendo unos ángeles.
Por esta razón, ni el digno comerciante ni el muy digno general ni
el dignísimo escritor son capaces de mentir á sabiendas en la Bolsa, en
el casino y en el periódico. Eso sería una indignidad, y aquí ya hemos
dicho que si no todos somos dignísimos, somos cuando menos muy dignos.
Sobre que una cosa es mentir y otra muy distinta no decir la verdad,
pésele ó no de esta metafísica distinción moderna al Diccionario de la
lengua, en los mentideros de hoy no se siembran mentiras, se siembran
rumores. Si estos crecen luego, ó trasplantados á otro lugar degeneran
y echan flores nocivas y consienten injertos monstruosos, cuyos frutos
envenenen la atmósfera y corrompan la sociedad y arruinen las familias
y deshonren y maten al individuo, ¿qué culpa tiene de esto el que soltó
el rumor? ¿Lo hizo él por ventura para que tuviera semejantes consecuen­
cias? ¿No eran mayores de edad, constitucionalmente hablando, los que
oyeron el rumor? ¿Pues por qué le escucharon? ¿Por qué le creyeron?¿Por
qué le dejaron crecer y desarrollarse y convertirse de un simple rumor
en una gran mentira?
Figúrate, lector, qué cargo se le puede hacer al socio de una tertulia
pública que mientras está tendido en una otomana, aguardando la hora
de jugar al golfo ó al treinta y cuarenta, se engolfa en una conversación,
y por vía de pasatiempo suelta treinta ó cuarenta noticias de las que ha
oído, de las que ha creído oir ó de las que espontáneamente le vienen á
la imaginación (que no por estar pensando en el juego ha de dejar de
ocuparse en otras cosas de más importancia). Si le ocurre un chiste, más
ó menos calumnioso, ¿ha de renunciar á decirle? Y si le dice, ¿se le ha de
aplicar á un personaje bíblico, histórico ó mitológico? Lo primero le acre­
ditaría de mal cristiano, lo segundo de ignorante y lo último de tonto.

236

ANTONIO FLORES

Para no merecer ninguna de estas censuras aplica el chiste á uno de los
altos funcionarios del Estado, si no le ocurre persona más elevada, ó áun
comerciante ó á un militar ó á una señora cualquiera. Si el héroe del
lance es amigo suyo, por lo mismo que esto le da más confianza puede
extenderse más en el cuento y darle mayor aire de verdad.
Pero la prueba de que este pasatiempo es inocente, es que después de
haber producido con él ó las risas ó el asombro de los oyentes, se dirige
á la mesa de juego y ya no se vuelve á acordar de lo que ha dicho. Ni él
tiene responsabilidad legal por sus palabras, ni por repetirlas con más ó
menos buena memoria los que las han oído se les puede hacer cargo al­
guno. La responsabilidad es toda del periodista, que bebiendo el rumor
en la fuente, ó en cualquiera de las otras vasijas adonde ha sido trasega­
do con una celeridad digna del siglo del ferrocarril y del telégrafo, le
trasplanta y le da cierto aire de verdad en las columnas de su periódico.
Pero el periodista tiene lo que no tenían ni pensaron nunca en tener
las gentes de ayer : una cantidad en fianza y un hombre de reserva para
responder de lo que dice, siempre que lo diga afirmativamente y de una
manera que no dé lugar á dudas y á interpretaciones. Pero si él, lejos de
afirmar la noticia, y he aquí otra prueba de buena fe, la encabeza con
estas palabras: liemos oído decir, pero no podemos creerlo, ó con estas
otras: No es cierto lo que se ha dicho, ó con las más usadas y muy sacra­
mentales frases de j^arece, se dice y corre el rumor, su fianza permanece
intacta, su editor responsable no responde, y sale del paso probando su
buena fe con decir que, mejor informado, puede asegurar que no tiene
el menor fundamento la noticia que dió el día anterior.
Explicadas así las cosas, porque todo tiene su explicación en este
mundo, ¿crees tú, lector, que puede hacerse cargo alguno ni al que soltó
el rumor ni al que le acogió y nutrió ni al que le propagó y le repartió
á domicilio? ¿Podrá reconvenirse á ninguno de ellos por la baja de los
fondos públicos y el consiguiente descrédito nacional, por el tumulto po­
pular y la sangre en él vertida, ó por la deshonra y las muertes que oca­
sionó la noticia?
Me parece oirte decir que no, porque si el periodista dijo que él no lo
creía ó que dudaba que fuese cierto, ¡por qué no dudaron sino que lo
creyeron las gentes!
Alegróme sobre manera de que estemos de acuerdo en este punto, y
vamos á otra cosa.
Dejemos que hiervan los rumores en los cafés y en los casinos; no nos
metamos en si la maledicencia anda más ó menos suelta en los círculos
mercantiles y en la Bolsa; olvidémonos de que también ruedan las men­
tiras en las tertulias patrióticas y en los pasillos del Congreso, y puesto

AYER, HOY Y MAÑANA

237

que, para los casos graves, tienen la sociedad y los individuos de ella
asegurada su honra en la caja de depósitos y en la persona de los edito­
res responsables de los periódicos, concluyamos este boceto de la murmu­
ración murmurando á nuestra vez un rato del gran murmurador del siglo,
del telégrafo eléctrico.
Este sí que no tiene ni fianza ni editor responsable ni nadie, absolu­
tamente nadie, que responda de sus palabras. Verdad es que él gasta po­
cas, porque como lia abreviado el andar hasta el punto de correr más que
el aire, que nuestros padres murieron creyendo que era el primer andarín
del mundo, habla siempre en abreviaturas y en cifras, y á los que le des­
cifran y le desabrevian sería una injusticia hacerles responsables de las
noticias.
Y suponiendo que tuviera fianza, la dificultad estaría en alcanzarle
para exigírsela. *
Cuando el telégrafo hablaba por señas, como los molinos mancliegos,
y se in terpon ía n Las nieblas entre una torre y otra, había tiempo para
todo; pero ahora que su agente de negocios es la electricidad, no hay ma­
nera de darle caza. En la quinta parte de un segundo da la vuelta al
mundo esa señora: ¡conque dime tú, lector, si es cosa de echarle un galgo!
El mejor andarín que pudiéramos echar á su alcance sería una loco­
motora, y esa, á todo correr y echando los bofes el que la dirige, sólo
anda 1UÜ kilómetros por hora. El viento, á toda rienda y cuando ya no
sabe por donde anda, gasta una hora en 104 kilómetros, y la luz, que aún
no nos ha dicho cómo nos hemos de servir de ella para los viajes, un
millón de kilómetros: ¡conque ayúdame á sentir!
Aunque será mucho mejor que ni tú ni yo sintamos otra cosa sino
los efectos de ese gran noticiero moderno, que ni de día ni de noche cie­
rra la boca, y que va y viene por todas partes, lo mismo por el aire que
por el agua, con nieves y con fríos, con sol y con luna, reservado como
nadie, impávido hasta parecer insensible, ni se entristece ni se alegra, ni
ríe ni llora, ni pierde el color ni se ruboriza, y parece, en suma, la ima­
gen satánica del siglo xix , indiferente á las penas y á las alegrías de la
humanidad.
Conmueve y trastorna media Europa anunciando que ha estallado
una gran revolución en la otra media, y al día siguiente se rectifica á sí
propio diciendo que no ha existido semejante revolución. Asegura que ha
habido una gran batalla en la cual han quedado vencedores los blancos y
refiere el considerable número que han perdido los negros, y luego repite
la noticia enteramente á la inversa. Pero no le mires á la cara cuando dice
una cosa ni cuando rectifica afirmando lo contrario, porque en ambos ca­
sos le verás lo mismo.

238

ANTONIO PLORES

El telégrafo eléctrico es un rey constitucional verdaderamente irres­
ponsable.
Los noticieros se han apoderado de él como de una finca mostrenca,
y con lo que dice, con lo que le hacen decir ó con lo que suponen que ha
dicho se surten hoy todos los mentidores y se llenan de mentiras todos
los mentideros.
En muchos cuadros de este museo verá el lector los casos prácticos
del presente.

CU ADR O XXIX

LA GRAMÁTICA PARDA Y LA GRAMÁTICA DORADA

Si estuviera en mi mano no ponerla en el asunto de este capítulo, ó
buscar entre mis lectores de las aldeas y los de la corte uno que se encar­
gara de escribirle ó de suministrarme datos para que yo pudiera hacerlo,
indudablemente este cuadro sería el primero de la colección. Pero la gra­
mática parda y la gramática dorada son dos gramáticas inéditas, de las
cuales, muy á mi pesar, declaro que no conozco ni una sola letra. Y no
porque me haya faltado el deseo de aprender la una y la otra, sino porque
no he hallado quien quiera enseñármelas.
Esta clase de gramáticos no son como los de la Lengua, que tienen
en la Real Academia Española una comisión permanente que vela por la
pureza de las reglas y pasa la vida discurriendo el modo y forma de sim­
plificarlas poniéndolas al alcance de los más legos.
Los gramáticos pardos y los gramáticos dorados son como los poetas,
que sólo con dejarse parir tienen aprendido el oficio. Estas gramáticas
son intuitivas, y sin dómines ni disciplinas ni bandos de Roma y de
Cartago brotan por todas partes aventajados discípulos de ellas. El uno
por ciento de los mortales, y sentiría quedarme corto, es profesor de la
ciencia infusa del modus vivendi. Y sin embargo, yo que me hallo entre
los noventa y nueve tengo precisión de hablar de lo que nada han dicho
los únicos que podían decirlo. Mi situación es parecida á la de aquellos

240

ANTONIO FLORES

periodistas que, por llenar un par de columnas, han de escribir de una
materia que no entienden, y á la de ciertos diputados que se levantan á
pronunciar un discurso de tres horas para defender unos intereses que,
tras de no ser los suyos, les son perfectamente desconocidos.
Y pues no hay remedio, sino que por fuerza he de ser el médico á pa­
los de este gran hospital de gramáticos pardos, empezaré á tomar pulsos
dirigiéndome desde luego á las aldeas de poco vecindario, porque como
á médico principiante no me está permitido entrar matando gente rica,
sino que he de ensayarme con los pobres.
El primer profesor de gramática parda en las aldeas, en las villas y
aun en las capitales de provincia es el elector.
Los candidatos para diputados á Cortes, para diputados provinciales
y para regidores presumen conocerle, y aun tienen la ridicula pretensión
de engañarle; pero le conocen menos que yo y siempre resultan engaña­
dos. Los agentes del gobierno creen saber más que él cuando le atrope­
llan, arrancándole su voto; pero aun en este caso se engañan. El verda­
dero gramático pardo hace su negocio hasta en el atropello, y no pocas
veces juega á dos palos, y gana con el agente del gobierno y con el can­
didato derrotado.
Antiguamente, porque la gramática parda tiene una antigüedad muy
remota, no tenía otras aplicaciones que las ordinarias de trampear un
año en los arrendamientos, humillándose el colono en presencia del se­
ñor del pueblo, y diciéndole con lágrimas en los ojos que «él era la
carne y su señoría la cuchilla y que cortase por donde quisiera;» con
lo cual el señor, viendo que el labriego no hacía más que rascarse la ca­
beza y que no comprendía nada de lo que le decía, le dejaba marchar,
perdonándole el descubierto y apellidándole bárbaro y tonto y otras
cosas por el estilo, quedándose el señor en su casa, diciendo para sus
adentros:«¡québestias son estas pobres gentes!» mientras el labriego volvía
á su aldea murmurando para su capote aquello de «dame pan y llámame
tonto.»
Más adelante vino la revolución y con ella los revolucionarios, entre
los cuales vinieron al mundo los autores de la gramática dorada, que
establecieron desde luego su industria en las grandes capitales, no sin
merodear de vez en cuando por los pueblos para cazar algunos gramáti­
cos pardos. Pero éstos sabían demasiado para caer en las redes y posar
en la liga, y apenas les pasó el aturdimiento de los primeros sermones
patrióticos, que los llevó como corderos atados al carro de la revolución,
se encerraron en sus conchas, que tienen muchas, y echaron sus cuentas
de tal modo que aún no les ha salido mal ninguna.
Con un programa del cual sólo les gustaba lo que no entendían, dos

241

AYER, HOY Y MAÑANA

discursos que ocupados en aplaudir no acertaban á comprender, tres
vivas á la libertad y ei rataplán de la milicia urbana iban á las urnas
electorales, echaban un papelito y se retiraban á las labores del campo,
ansiando volver al pueblo para oir leer los periódicos, que sentían no
comprender, porque era cosa que les gustaba sobre manera.
Pero á fuerza de ir y venir á las urnas llegaron á comprender que
aquellas idas y venidas, que no les venían muy bien á los campos, venían
perfectamente á algunas personas, y entrando en cuenta consigo pro­
pios decidieron ser más estrechos de manga de lo que habían sido hasta
entonces. Á abrirles de par en par los ojos parlamentarios vinieron las
luchas de los candidatos, y tras de los certámenes políticos de los pro­
gramas electorales vino la licitación y la subasta de los votos de los
electores.
Con esta experiencia y la aplicación de la gramática parda al ejerci­
cio del imprescriptible derecho electoral se han hecho inútiles los pro­
gramas y los discursos y hasta innecesarias las visitas del candidato á
los electores. Pero aún se hacen algunas de éstas, y para que el lector
tenga una idea de ellas le daremos á continuación un retazo.
Que se figure, desde luego, una villa de bastante vecindario, cuyo ca­
cique, gran propietario de bienes nacionales, se halla al regresar de la
capital de provincia, adonde fué llamado por el gobernador civil, con
que el ex diputado del distrito acaba de llegar á su casa. Lo primero que
hace el elector influyente, después de saludar á su huésped con una cor­
dialidad y un cumplido digno del más consumado diplomático, es ha­
blarle de todo, menos de lo único que el ex diputado viene á buscar allí.
En vano habla éste de las elecciones, que están muy próximas, y hace
diferentes preguntas electorales, todas encaminadas á buscar la protec­
ción del influyente, á quien llena de piropos, lisonjeándole por cuantos
medios están á su alcance, y en esta materia el candidato alcanza más
que un cañón rayado.
Las indirectas sólo alcanzan una sonrisa; las preguntas directas son
contestadas con otras preguntas extrañas al asunto, y de sobra conoce el
candidato que está allí sobrando su persona; pero fiado en su elocuencia,
espera, ¡esperanza insensata!, triunfar de aquella reserva y alcanzar el
apoyo del elector, con quien logra por fin entablar el siguiente diálogo
electoral:
—Conque, amigo—le dice,—veo que está usted muy reservado, y esto
me indica que debo renunciar á presentarme como candidato en estas
elecciones.
—¡Qué aprensiones tiene usted! —replica el elector sonriendo.
—Pero usted ¿qué me aconseja?—dice el ex diputado, temblando que le
T omo II

16

242

ANTONIO FLORES

aconseje lo que con su silencio le están aconsejando desde que llegó allí.
—¡A buena parte viene usted á pedir consejos! ¡Pobre de mí que los
necesito de todo el mundo!
—Pero en esta materia nadie sabe tanto como usted, que es el amo del
distrito.
—¡Ya, ya! ¡Bueno está el distrito!
—Es decir, ¿que usted cree que no debo aspirar á la reelección?—pre­
gunta el candidato.
El elector calla, hasta que el otro tiene la candidez de repetir la pre­
gunta, y le dice:
—Mire usted, esto no está ya como estaba antiguamente; estos tíos de
capa parda han aprendido mucho y ya no les gobierna nadie. El que más
y el que menos sabe que un voto es un voto.... y.... vamos.... la ver­
dad....no quieren darle así.....al primero que llega.
—¡Conque es decir que este distrito, que era el más independiente de
España, se ha vendido al gobierno! - exclama el ex diputado queriendo
producir efecto sobre el elector.
Pero éste, embozado en su gramática parda, lejos de incomodarse
dice sonriendo:
—No, señor, no se han vendido al gobierno; estos electores son muy li­
berales; sino que vamos...., es lo que se dice.....cada uno tiene su concien­
cia, y como ven que los otros distritos de la provincia todos tienen cami­
nos vecinales y fuente en la plaza mayor y no les recargan la contribu­
ción ni sufren otras gabelas, no hay quien pueda con ellos; de por fuerza
quieren votar un diputado que no esté mal con el gobierno.
—Es decir, que van ustedes á votar el candidato que les mande el
gobernador.
—¡Quia! No, señor—replicad influyente sin dejar de sonreír;—aquí no
nos manda nadie, sino que estos tíos son muy brutos, y ellos dicen que
cuando le eligieron á usted diputado era ministerial, y que luego se pasó
á la oposición, sin renunciar el destino que le habían dado...., y en fin,
nada.... lo que le digo á usted....que son muy brutos. Oyen campanas y
no saben dónde las tocan.
El candidato no es tan tonto que no vea su causa perdida al oir estas
últimas palabras; y aunque no renuncia á hacer un discursito sobre la li­
bertad electoral y los amaños del gobierno, y explica su conducta dicien­
do que los magistrados, por lo mismo que deben ser inamovibles, no pue­
den renunciar sus destinos sin sentar un precedente funesto para la buena
administración de justicia, se retira de casa del elector, que le despide
sonriendo y sin decirle categóricamente lo que él piensa hacer en la elec­
ción próxima.

A Y E R , HOY Y MAÑANA

243

En cuanto á las relaciones del profesor de gramática parda con los
demás gramatiquillos del lugar, son tan variadas que habríamos de escri­
bir un infolio si hubiéramos de enumerarlas siquiera. Baste decir que la
gramática parda sirve hoy para hacer ayuntamientos templados si man­
dan los conservadores, y calientes si gobiernan las gentes de ideas avan­
zadas; y que así, tirando y aflojando, van los gramáticos haciendo su for­
tuna cuando el río está revuelto, y conservándola y haciéndola echar
raíces cuando se serenan las aguas.
Han aprendido ya mucho, aunque no tanto como les hace falta, y
aunque hay en los pueblos gentes que arrancan los árboles para que no
quiten el sol á la tierra, ya no se encontrará un lugar por pequeño que
sea donde echen á palos al que á sus expensas quiera llevar el agua desde
larga distancia, por miedo, y esto es histórico, de que cuando estuviese el
agua en la plaza se vendería menos vino en la población.
La gramática dorada, como gramática de corte, tiene más vastas apli­
caciones que la parda, y si hubiéramos de tomar el pulso á todos los pro­
fesores de ella sería interminable este cuadro. Y tal vez no adelantaría­
mos nada con pulsar á algunos de ellos, porque desgraciadamente las
enfermedades del oro no siempre se revelan en el pulso ni menos en la
cara. Y para convencemos á nosotros mismos de esta verdad, vamos á
hacemos unas cuantas preguntas, dándonos motu p>roprio otras tantas
respuestas:
— ¿De qué vive ese caballero?
— De lo que come.
— ¿Quién le viste?
— EL sastre.
— ¿Quién paga al sastre?
— Nadie.
— ¿Pues qué interés tiene el sastre en mantener un figurín de carne y
hueso que vaya á los paseos y á los cafés y á los teatros cada día con un
nuevo traje?
— ¡Pues ahí verá usted!
— Y á ese otro, que gasta coche y tiene abono en el teatro y da co­
midas y cada verano le pasa en un punto del globo, visitando las princi­
pales casas de baños, sin bañarse en ninguna, ¿quién le paga lo que gasta?
— Él mismo.
— ¡Pero si él no tiene rentas ni sueldo ni oficio ni beneficio y además
juega mucho!
— ¡Pues ahí verá usted.
— ¿Y de qué vive ese joven tan bonito y tan almibarado, que no ha se­
guido ninguna carrera ni tiene patrimonio alguno?

244

ANTONIO FLORES

— Ese vive de lo que come.
— ¿Pero quién le da de comer?
— Su cocinero, que es de los mejores.
— Y esa anciana á cuya casa va de visita todos los días, ¿es su abuela?
— No, señor.
— ¿Pues quién es?
— ¡Ahí verá usted!
— Y aquella señora que todas las noches recibe espléndidamente en
su casa á los hombres políticos y á los altos funcionarios del Estado y
ante la cual se inclinan con respeto todos los porteros y aun los escri­
bientes de las oficinas, ¿quién es?
— No se sabe.
— ¿Es soltera?
— Dice que no.
— ¿Casada?
—Menos.
—¿Viuda?
— Tampoco.
— ¿Pues qué estado es el suyo? ¿De qué vive? ¿Quién la sostiene? ¿Cómo
sostiene á los demás?
— Es un misterio.
— ¿Y por qué no trata de descubrirlo el ministro, ya que la trata tan
íntimamente que un simple recado de esa dama le hace abandonar sus
más serias ocupaciones?
— ¡Ahí verá usted!
— ¿Y qué hombre es ese tan extraordinario, que ayer no era conocido de
nadie y hoy le ha dado á conocer á todos la Gaceta nombrándole para
un alto puesto, y aun se dice que no admitirá hasta que le den otro más
alto?
— No se sabe.
— Pero ¿cuál es su historia? ¿Qué méritos tiene?
— La Gaceta no los publica.
— ¡Pero el público los dirá en voz baja!
— Tampoco.
— Pues ¿qué misterio es ese?
— Perdone usted, señora, no lo he podido remediar.... Como llevan
ustedes esos vestidos tan largos y esos miriñaques tan orondos la he pi­
sado y....
— No hay de qué. ¿Pero ese hombre?
— ¿Qué hombre?
• — El de la Gaceta.

A YE R , HOY Y M AÑANA

245

— Son muchos los hombres de que habla la Gaceta.
— ¡Pero la historia de ese que nadie sabe de dónde ha salido!....
— Perdone usted, señora, ya he vuelto á pisar el miriñaque; todo lo
llenan ustedes con esos vestidos tan largos.
— Pues retírese usted y hábleme desde lejos.
— No puede ser.
— ¿Por qué?
— Porque si me aparto del miriñaque.....
— ¿Qué?
— Nada. ¡Ahí verá usted!
De manera que, como dije al empezar este cuadro, ni de gramática
parda ni de gramática dorada se me alcanza gran cosa, y si continuara
escribiendo sobre esta materia, me sucedería lo que á otros escritores, que
cuando presentan en relieve ciertos caballeros de industria, producen
con sus obras un efecto casi contrario al que se propusieron al escri­
birlas.
Si la industria de los vividores estuviera al alcance de los que vivimos
contando al público todo lo que sabemos, dejaría de ser industria.
Como no es así, suspendo el interrogatorio que había comenzado, y lo
hago precisamente en el momento en que iba á poner el dedo en la ver­
dadera llaga; no en la llaga de la industria, que está demasiado recóndi­
ta, sino en la de la verdadera gramática dorada.
Me iba á asomar á la Bolsa, pero tenía algunos cuantos cuartos en mi
bolsillo y no me he atrevido; porque ir allí á comprar caro y al contado
para vender luego barato y á plazo, no tiene chiste. Lo que tendría gracia
sería saber ir allí sin dinero, comprar mucho, barato y á plazo largo, y
vender, antes de pagarlo, lo mismo que se había comprado, caro y al con­
tado.
Pero eso sólo saben hacerlo los gramáticos pardos de la corte; y cuando
lo que hacen con el papel del Estado lo hacen también con los bienes na­
cionales, sin dejar de ser capitalistas se hacen propietarios, y ande la
rueda.
Hay gentes para quienes la rueda no anda nunca. Tanto peor para
ellos. Antiguamente se les dejaba morir en paz, aunque fuera de hambre,
en un rincón, pero se les llamaba hombres de bien. Hoy la hombría de
bien anda más cara y no la alcanzan ciertas gentes á quienes todos lla­
man tontos.
¡Figúrate, lector, lo que sería la sociedad si todos fueran discretos!
Si aún no se oyera decir, bastante á menudo por fortuna: «Bien em­
pleado le está lo que le pasa; si no hubiese sido tonto habría hecho su ne­
gocio y ahora se reiría de todos,» ¡qué sería de nosotros!

246

ANTONIO FLORES

Lo único que de su ciencia nos han revelado los profesores de la gra­
mática parda y de la dorada, es que para medrar en este mundo se nece­
sitan tres cosas: ver venir, saberse aguantar y dejarse ir. Lo primero
tiene una parte muy fácil, pero tiene otra muy difícil; todo el mundo sabe
ver venir, pero pocos saben cuándo viene la suya. Lo de saberse aguantar
no consiste en otra cosa sino en arrojar los escrúpulos y lo demás que
estorbe, y no averiguar dónde anda. Y lo último, en cerrando los ojos para
no saber adonde se va, es ñícil dejarse llevar adonde quieran.
Pero de todos modos te aseguro, lector, que esa ciencia es muy difícil,
porque los que la saben la callan, y si algo dicen es como lo que acabas
de oir, ó como aquello otro de que el hombre ha de tener un codo para
ceder y otro para resistir. La ciencia consiste en saber cuándo conviene
hacerse de goma y reducirse á la última expresión, y cuándo de hierro y
reducir á los demás al punto matemático.
Y los que no tienen un codo duro y otro blando, sino que son todo
goma ó todo hierro, según las ocasiones, ¡esos sí que son los verdaderos
profesores de la gramática parda y de la dorada, los doctores in utroque
de la gran universidad del siglo, los amos de este claustro académico que
vino en pos de la exclaustración monacal!

L O S P O L L O S D E 1850

p

ü

Desde que los niños nacen con los ojos abiertos, que es cosa recentí­
sima, se ha dejado de exigir á los hombres la edad, la talla, la ciencia y
la experiencia, que antes eran requisitos indispensables para que un mor­
tal fuese declarado viable en el grande y en el pequeño mundo (que an­
tiguamente, aun después del descubrimiento de Colón, no había más
mundo que uno). Se han considerado años de abono todos los que antaño
se perdían en aprender la doctrina cristiana y en recibir azotes por no
saberla de coro, y con esto y alguna rebaja de tiempo en el de la lactan­
cia y haciendo la vista gorda en otras menudencias, puede el hombre sol­
tar el cascarón, cuando aún está siendo fruta de cáscara verde, muy
agria y muy por madurar. El gran mundo (y he aquí la ventaja de que
haya más de uno) se encarga de madurarle, y al poco tiempo de haberle
recibido en su seno le pone más blando que un guante.
Pero no se crea por esto que el pollo de la especie humana se lanza
desde luego en el gran mundo y que al abandonar el regazo materno su
primer vuelo es á los reñideros de gallos. Nada de eso. El verdadero pollo,
el niño graduado de joven de buen tono en la entonada sociedad del
gran mundo, no entra de rondón en ella ni pasa á ser hombre desde que
da los primeros pasos en los andadores con que le sujeta la nodriza; entre
ésta y el colegio hay un par de años de aya, y entre el colegio y el gran
mundo hay á veces hasta un par de lustros, en los cuales hasta los chicos

248

ANTONIO FLORE3

de antaño, que nacían con los ojos cerrados, se hubieran lustrado y puli­
do más, mucho más de lo que hubieran querido sus padres.
Quince años ha cumplido ya el niño cuando sus padres (padres, por
supuesto, del gran tono y del gran mundo) le traen á casa y le instalan
en el cuarto que, apartado de las demás babitaciones, le prepararon para
cuando fuese hombre. El criado que han puesto á su servicio es tan nuevo
en la casa como su señorito, el cual, como queda dicho, la perdió de vista
cuando aún se le iban los ojos tras de la nodriza; pero habla en francés
como su amo, y esto establece entre ambos una perfecta inteligencia. No
son tan cordiales ni tan íntimas las relaciones que el niño conserva con
sus papás, con los cuales come alguna vez á la semana y apenas deja de
verlos todos los días; unas veces porque expresamente y previo aviso va
al cuarto de su madre, que por otra regla de buen tono no es el mismo
que el de su padre, y otras porque acerca su caballo á la carretela de la
casa para decir un bon mot á mamá cuando la encuentra en el paseo, ó
porque la saluda por la noche en el teatro subiendo un rato al palco.
En su propia habitación da de almorzar á sus amigos, y esta es la oca­
sión que elige la mamá, no para ir á ver á su hijo, que esto sería de mal
tono, sino para enviarle un plato escogido ó una botella de vino especial
y á veces una caja de cigarros, porque el niño no ha olvidado nada de lo
que aprendió en el colegio. Cuando se alzan los manteles se descuelgan
los floretes, que este adorno es de rigor en las paredes del cuarto del
pollo, y se dan ó se reciben unos cuantos botonazos.
Al criado que abre la mampara para anunciar, en francés, por supues­
to, que el caballo, extranjero también, está listo, no se le contesta, y aca­
bado el asalto, en traje de matinée se sale á cabalgar, verdaderamente á
cabalgar, un par de horas por la Fuente Castellana y el Salón del Prado.
El pollo y los que no lo son y quieren parecerlo, todos cabalgan del
mismo modo, enclavando los pies en el estribo y botando el cuerpo sobre
la silla, como si ésta les quemara ó ellos fueran de goma elástica. Se acer­
can á los coches y aun hacen algo más que acercarse, porque dejan medio
cuerpo sobre el caballo y echan el otro medio dentro de la carretela donde
va el objeto de sus ansias, y así pasan el día hasta la hora de la comida,
que es una hora ó dos después de la del tocador; porque el pollo verda­
dero tiene la toilette de negligé al levantarse, la de matinée á la hora de
almorzar y la de soirée, que es la verdadera, antes de comer.
El criado sabe bien las horas de esas tres revistas de policía interior y
exterior y las prendas que conviene alistar para cada una de ellas, y pre­
para para la primera las pantuflas, el échárpe, la robe de chambre y el
bonnet; para la segunda, las botas á la éciiyer, el chaquet y la fouet, y para
la última el habit noir, el pantalón de color y corbatas á volonté. Para

A Y E R , HOY Y MAÑ ANA

249

cada una de estas tres transformaciones, tres camisas distintas, y si des­
pués del teatro hay otra transformación para ir de soirée-danzante, una
cuarta, y todo presentado en bandeja y todo perfumado.
Pero aunque estos pollos de ahora gastan, como los petimetres de an­
taño, tres horas en vestirse y otras tantas en desnudarse, empleando el
resto del día en lucir las operaciones del tocador, se diferencian comple­
tamente de aquéllos, no sólo en las prendas que usan, que éstas se las da
hechas la moda, sino en la manera de usarlas.
El pisaverde, que más tarde se llamó lechuguino, se vestía tan á solas
consigo mismo, que ni aun permitía que su propia imagen se asomara
al espejo hasta que estaba en ropas mayores y se prensaba los pies y se
estrujaba el talle y no cesaba de estirar la ropa hasta que se ajustaba
perfectamente al cuerpo con una exagerada simetría en todos los de­
talles.
El elegante de hogaño, el dandy de los paseos, conocido en los círculos
del gran tono con el terrorífico nombre de lión, hace todo lo contrario: se
viste en público, ó mejor dicho, se deja vestir por su criado enfrente de
un gran espejo llamado de vestir; todas las prendas que usa le están hol­
gadas y estudia la manera de llevarlas flojas, y todo su empeño y todo su
cuidado le pone en aparentar que se ha vestido con descuido para salir á
la calle perfectamente desaliñado.
El público que asiste al vestuario del pollo lión, que es el verdadero
pollo de esta nueva cría, se compone de otros niños, todos mayores de
quince años y todos menores de edad, de los cuales haré un ligero retrato
para que el público, á quien me dirijo, los conozca á todos.
El primero, por ser el de mayor edad y el amigo más íntimo del dandy,
es estudiante y catedrático á un mismo tiempo.
De día aprende derecho romano, y por la noche enseña derecho uni­
versal. ,
Como alumno de la Universidad central es. poco asistente á la clase
de jurisprudencia: como profesor del Ateneo es más asistente á la cátedra
de derecho universal, cuyas lecciones anunció pomposamente en los pe­
riódicos que serían semanales; y unas veces por fiestas, otras por indis­
posiciones y otras por causas menos justificables se redujeron á cuatro
en todo el curso académico. Pero cuatro lecciones que valían por cuatro­
cientas, según probó más tarde el joven autor del prólogo con que salie­
ron á luz elegantemente impresas. Este presunto garnacha, y famoso y en
la prensa periódica afamado profesor del Ateneo, es el sabio de más nota
en la pollada del dandy.
No le va en zaga, y aun corre con él parejas, otro niño de escasos diez
y ocho años, que ya ha visto representadas y aplaudidas tres obras dra-

250

ANTONIO FLORES

máticas y recogido diez y ocho ó veinte coronas de laurel y llenado con la
fama de su nombre las columnas de los principales diarios de la corte. Este
joven no ha estudiado nada, porque su misión sobre la tierra no es apren­
der, sino enseñar, y si empleara el tiempo en ir á las escuelas no le alcan­
zaría para instruir y moralizar al pueblo, deleintándole con sus obras dra­
máticas.
Tambie'n tiene comenzada una novela y terminado un poema y ade­
más escribe gacetillas en un periódico político. Pero ninguno de estos
trabajos le impide asistir á una secretaría del despacho á desempeñar
una plaza de auxiliar con la misma puntualidad que el futuro abogado
su plaza de alumno de derecho romano.
El otro joven que se halla en casa del dandy es rico como e'ste, y no
estudia leyes ni explica en el Ateneo ni escribe dramas ni extracta ex­
pedientes, pero sabe montar á caballo y guiar un carruaje y matar un
venado y tirar al florete.
En las carreras de caballos, aunque los suyos no estén inscritos para
optar á los premios, es siempre un operario preciso, y de noche no falta
á los teatros, compartiendo la función éntrela butaca y los bastidores, en
la primera para flechar los anteojos gemelos y hablar de política, y en los
segundos para enamorar á las bailarinas, cuyo mérito recomienda con
toda imparcialidad á su amigo el joven periodista.
Tendidos en sus respectivas butacas, con el cigarro en la boca, asisten
á la toilette (que así llamamos en castellano al acto de vestirse, que anti­
guamente se decía tocador ó tocado), y examinando el uno un par de es­
polines ó un látigo de domar y el otro hojeando un libro y el tercero re­
corriendo un periódico, arreglan la política extranjera y se avergüenzan de
ser españoles, quitan y ponen reputaciones, traen y llevan honras y pre­
paran placeres y diversiones, no sin decir á cada paso que están hastiados
de la vida.
La de los cuatro reunida, apenas compone una vida ordinaria;
El pollo dandy recibe al pollo gentleman con estas palabras:
— ¿Cómo saliste anoche?
— Perdiendo cinco mil duros— contesta el preguntado, sacudiendo el
látigo con la mayor indiferencia.
— Mala semana llevas—replica el otro sonriendo, mientras se desarregla
la corbata frente al espejo.— Si lo llega á saber tu futuro suegro, ya no te
dice que no te da la chica, sino que la pone donde no vuelvas á verla en
toda tu vida.
— Para que no se incomode en hacerlo así, le he tomado la delantera.
— ¿Pués qué has hecho?
— La he sacado judicialmente de su casa.

A YE R , HOY Y MAÑANA

251

— ¿Cuándo?
— Ayer tarde.
— ¿Antes de jugar?
— Por supuesto. ¡Como que al juego no fui hasta las once de la noche!
— Pero, chico, esa es una calaverada mayúscula—exclama el legista.
— ¿Por qué no me has avisado?— interrumpe el escritor dramático.
— ¿Para qué? ¿Eres tú de la curia?
— No, pero ya sabes que en mi profesión de novelista necesito ver to­
das esas escenas dramáticas. De seguro que si yo veo al padre, al juez y
á la niña, tengo hecho un drama. El primero estaría furioso, queriendo
matar á su hija; el juez alzaría su caña de Indias con su gran puño de
oro, diciendo que la ley la amparaba, y la chica fingiría un desmayo y
daría cien pataletas.
— No lo creas. Elisa salió tan serena y tan fresca como si tal cosa; y
en cuanto al padre, se quedó tan perplejo que no pudo articular una sola
palabra: luego fué cuando dijo, según me ha contado la criada que ha in­
tervenido en nuestros amores, que no le daría un cuarto y que hacía
cuenta que se le había muerto su hija.
— Lo de siempre— exclamó el clandy;— pero ya se le pasará.
— ¡Claro es!— replica el periodista.
— Lo de no darle un cuarto— dice el legista— será lo que tase un sastre.
Yo te dirigiré ese negocio, y la legítima de la madre, cuando menos, no
te la puede negar.
— En punto á intereses estoy tranquilo— replicó el pollo;— tengo de
consejero un pájaro que sabe mucho más que mi suegro, y me ha dicho
que no tenga cuidado. Prometo daros buenas comidas con los ochavos
que ha ahorrado ese pobre hortera.
— ¡Debe tener más de cien mil duros de capital!—dice el dandy.
— Con lo que pasa de esa suma pienso formaros una gran biblioteca
bucólica de autores del Rliin, de Burdeos y de Holanda.
— ¡Cuántos trabajos habrá pasado ese barbero para reunir ese dinero!
— exclama el periodista.
— Pues ya ves á lo que llama calaverada mayúscula este sabio profe­
sor del Ateneo, á casarse con cien mil duros.
— No lo decía por eso, sino porque eres aún muy joven para casarte.
— Para casarme como lo hacían nuestros padres, tienes razón; pero
yo no pienso renunciar al mundo porque me case, sino que tomo el matri­
monio como una remonta de que necesita mi fortuna, gracias á las cuen­
tas que por partida doble me lleva mi tutor.
— Sí, yo creo que haces bien en casarte; pero siento que no hayas cum­
plido siquiera diez y ocho años.

252

ANTONIO FLORES

— No hagas caso, chico— dice el escritor dramático,— no hagas caso de
estos defensores de la patria potestad, porque son insufribles. Este legu­
leyo querría que estuvieses ahora, como estaban nuestros padres á nues­
tra edad, apedreándose unos á otros, atando, ¡ingeniosa diversión!, las
cubas de los pobres aguadores á las ruedas de los coches, corriendo tras
de las pasiegas y llamándolas burras de leche, rompiendo los faroles de
las calles y haciendo otras salvajadas por el estilo.
— ¡Ja, ja, ja!— interrumpe el dandy, entregando sus brazos para que
el ayuda de cámara le ponga la levita.—Excelente cuadro de costumbres
para el autor de a y e r , h o y y m a ñ a n a , que aunque parece que ridiculiza
los usos de antaño, se lamenta de que los hombres quieran serlo antes
de cumplir treinta años de edad.
— ¡Buena sociedad de inválidos se formaría con esos angelitos!— excla­
ma el periodista.—
«¡Malditos treinta años,
funesta edad de amargos desengaños!»

como decía Espronceda. Y no se diga que Espronceda era de nuestros
tiempos; que si viviera hoy, casi sería un anciano.
— ¡Ea! Hablemos de otra cosa— dice el novio,— ó que nos den de almor­
zar, que ya va siendo hora.
El pollo anfitrión hace una seña á su criado, y volviéndose al escritor
dramático le dice:
— ¿Conque ya has hecho dimisión de tu destino?
— ¡Pues no faltaba más sino que no la hiciera! Y le hablé bien claro al
ministro.
— De manera que si cae esta situación te calzas un ascenso.
— No he pensado en eso, sino en que mi posición como escritor público
me imponía deberes incompatibles con los de empleado; pero natural­
mente, cuando entren en el poder los míos, lo menos que habrán de dar­
me es una plaza de oficial de secretaría.
— ¡No es mala breva!— exclama el legista.
— Veintiséis mil reales.... ¡Valiente porquería!
— ¿Pues qué querías, que te hiciesen director?
— Otros lo son con menos méritos que yo; y si tuviera edad para ser
diputado, no me contentaría con menos.
— En ese caso, yo tendría que ser ministro.
— Tú no puedes ser nada mientras estés estudiando. Si dejaras las mal­
ditas leyes, que no te han de servir de nada, porque hay más abogados
que litigantes, con tu cátedra del Ateneo y arrimarte á la redacción de
algún periódico serías lo que quisieras.

AYER, HOY Y MAÑANA

253

Así siguieron hablando los pollos, hasta que les avisaron que estaba
listo el almuerzo; en el cual les abandono para no verme obligado á tra­
ducir la conversación que sostienen, mitad en francés y la otra mitad casi
en castellano, sobre asuntos varios y principalmente sobre la crónica es­
candalosa de la corte.
De esto último, aunque los lectores de esta obra digan que está incom­
pleta, ni en este ni en otros cuadros he de decir una sola palabra.

U N C A C H O D E V I D A P R IV A D A Y UN M E N D R U G O D E L P A N
D E L A E M IG R A C IÓ N

En las primeras páginas de esta segunda parte y en algunos cuadros
del ayer liemos dicho al lector una gran mentira que nos apresuramos
á rectificar, protestando, sin embargo, de la buena fe con que al enga­
ñarnos á nosotros mismos engañamos al público.
Asomando la cabeza á los cafés, á los casinos, á los ateneos y á las so­
ciedades patrióticas, y viendo que todas esas grandes tertulias naciona­
les estaban compuestas de las pequeñas tertulias privadas, creimos que
éstas habían desaparecido, y que la murmuración académica, la banca y
otros entretenimientos de esas grandes sociedades habían reemplazado
al inocente chismorreo casero y á los honestos pasatiempos del juego de
prendas, de la perejila y otras diversiones de antaño.
Los que devoraban con la vista los periódicos en los gabinetes de lec­
tura se nos antojaba que eran aquellos mismos padres de familia que
antiguamente congregaban á las gentes de su casa para leerles la vida del
santo del día y algún trozo del padre Almeida ó de fray Luis de Granada.
Las mujeres que veíamos en los liceos y en los teatros nos parecían
las mismas que antaño se entretenían en enseñar á sus hijos la doctrina
cristiana, en deshilar ropa vieja para los hospitales, en hacer calcetas
para su marido y en rezar el rosario con sus criados.
Las trescientas personas que comían juntas en una gran mesa redon-

A Y E R , HOY Y M AÑANA

255

da creíamos que habían de faltar de sus respectivas casas, donde antes
comían á solas y á puerta cerrada.
Viendo que los casinos, los círculos y los cafés estaban abiertos y
llenos de parroquianos á las dos y á las tres de la madrugada, nos pare­
cía que no habría en las casas quien estuviese durmiendo en sus camas,
ó mejor dicho, pensando en que ya se acercaba la hora de levantarse y
vestirse para oir la primera misa en la iglesia más inmediata.
Todo esto nos hacía pensar en que las pequeñas familias habían des­
aparecido, agrupándose en una sola, infinita é inconmensurable, conoci­
da con el nombre de familia nacional. Quebrantados hasta parecer de
todo punto rotos nos parecía que estaban los lazos del parentesco y los
vínculos de la sangre, y teníamos preparados dos grandes lienzos para
pintar en ellos dos grandes cuadros: La apoteosis de la fam ilia y El
elogio fúnebre de la vida privada.
Á confirmarnos en esta idea venían las gacetillas de los periódicos,
anunciándonos á todas horas que un D. Fulano de Tal se iba á los
baños; que otros tales Menganos habían comido juntos; que se había
visto en paseo á los señores N. M.; que las señoritas de tales ó cuales fa­
milias habían brillado en una tertulia; que el marqués de X estaba lige­
ramente indispuesto; que el literato Ii pensaba escribir una novela, y
otras muchas particularidades y chismes, no ya de vecindad, sino de fa­
milia. Por otra parte, los grandes almacenes ,de tropas hechas, donde el
hombre entra desnudo y sale vestido de príncipe ó de jornalero, de ma­
gistrado ó de militar; las tiendas de camisas nuevas, demostrando que no
hay quien tenga necesidad de zurcir la que lleva puesta, y otros grandes
centros industriales, no nos dejaban duda de que la familia había des­
aparecido y la vida privada estaba convertida en una de tantas hembras
públicas como tenemos en este siglo de la publicidad.
El lujo de las nodrizas por un lado y los biberones por otro tenían
medio suprimido el cuidado de las madres, y los colegios le suprimían
por completo. Mientras el marido estaba en el casino, la esposa no tenía
nada que hacer en su casa por la noche, y como los fabricantes de cami­
sas y los confeccionadores de canastillas para los recién nacidos no les
daban ocasión de trabajar, era excusado pasar el día cosiendo ropa blan­
ca. Y si esto sucedía en el invierno, en el verano pasaba lo mismo, aunque
trasladando la escena á más larga distancia. Las familias no se disemi­
naban en los casinos y en los liceos, pero lo hacían en los pueblos y en
las casas de baños; y como al marido le convenían los aires del Mediodía,
y á su esposa los baños del Pirineo, la familia seguía disuelta, los víncu­
los de la sangre medio cortados y la vida privada convertida en vida
pública.

256

ANTONIO FLORES

Así lo creíamos, y así lo seguiríamos creyendo á no haber leído en
un periódico la siguiente gacetilla: «Tenemos el sentimiento de anunciar
á nuestros lectores que el pundonoroso general y distinguido publicista
Sr. D. Desiderio Revuelta se ha retirado á la vida privada, desde donde
dará al publico varias obras que hace tiempo pensaba publicar.»
A pesar de la demasiada publicidad que había en el fondo y en la
forma de la noticia, y de que el solitario que llamaba la atención de las
gentes al irse á la soledad nos hacía el efecto de un suicida poniendo
carteles para que se supiese cuándo y cómo iba á atentar á su vida, to­
davía nos sorprendió el suceso y nos llamó la atención y nos alegró el
saber que la vida privada no había desaparecido.
El deseo de averiguar el paradero de D. Desiderio nos llevó á la re­
dacción del periódico, donde de buenas á primeras nos encontramos con
que el anacoreta, el ermitaño, el padre de familias que nosotros creía­
mos consagrado á la educación de sus hijos y al cuidado de su casa, es­
taba cuidando déla ajena y educando átodos los españoles y aun dando
consejos á los extranjeros.
D. Desiderio era periodista. El que acababa de profesar en la vida
privada estaba siendo escritor público.
Estuvimos á punto de desengañarnos, y aun tuvimos tentación de
escribir desde luego los cuadros necrológicos que teníamos preparados;
pero no quisimos pecar de ligeros, y decidimos seguir escudriñando las
operaciones de nuestro personaje en el resto del día.
¡Quién sabe, dijimos, sino tendrá otro medio de sustentar su familia
que el de escribir artículos para los periódicos! ¡ Acaso estará deseando
acabar su tarea para volver á su casa, llevando alguna chuchería para
sus hijos ó media libra de fresa para su esposa, y así pasará en el seno
de la familia todo el tiempo que le dejen libre sus ocupaciones!
Y así fue, en efecto: D. Desiderio salió de la redacción, llegó á su
casa, preguntó si por casualidad estaba su esposa en ella, fuéle contesta­
do que no daba semejante casualidad, y él dejó dicho que no le aguarda­
ran á comer y que si no estaba á la hora de dormir que se acostaran
sin cuidarse de él. A los criados no les sorprendió la advertencia, y á
nosotros nos pareció que el general periodista llevaba con demasiado
rigor su propósito de retirarse á la vida privada, puesto que quería vivir
privado hasta de su propia familia.
En este siglo de tanta publicidad y tanto espíritu de asociación nos
pareció demasiado heroico el sacrificio, y casi nos alegramos al ver que
D. Desiderio entraba en una fonda, porque nos daba pena de que pen­
sara comer solo, ó de que en fuerza de aburrido se dejase morir de ham­
bre. No fué así, á Dios gracias, y ya en el gran salón del establecimiento

AYER, HOY Y MAÑANA

257

le aguardaban impacientes veinticuatro amigos y compañeros de mesa.
Comprendimos que aquella comida sería la despedida de la vida pública,
y aunque los discursos patrióticos, los brindis y la algazara nos parecie­
ron poco á propósito para despedir á un amigo, de quien iban á privarse
acaso para siempre, aguardamos á que se acabara la comida, que duró
poco más de cinco horas, y seguimos á D. Desiderio, que nos llevó por
calles y callejuelas hasta parar en una de las más estrechas, entrando
en una casa de las más sucias, acompañado de un amigo y tropezando en
el portal con otros varios.
Saludáronse todos de una manera misteriosa que no pudimos com­
prender; subieron la escalera; abrie'ronles en uno de los cuartos sin que
ellos llamaran; hicieron lo mismo con otros varios que más tarde fueron
llegando, y cuando nosotros quisimos entrar detrás del último, el que
abría la puerta nos hizo una seña que no supimos entender, y nos dieron
con la puerta en los hocicos.
¡Aquí está la vida privada!, dijimos para nuestro capote (porque es
preciso, muy preciso, que sepas, lector, que la escena pasaba en invierno);
estos hombres serán todos de una familia, y aquí se retiran á vivir como
Dios manda, huyendo de la corrupción, de la inmoralidad y de esa cons­
piración permanente que hay en los grandes centros políticos contra
todos los buenos principios sociales.
Tuvimos un gran pesar en no acertar á comprender la seña que ser­
vía de credencial para penetrar en aquella casa, porque habríamos expe­
rimentado un gozo especial viendo las distracciones honestas y caseras
de aquellas gentes; pero nos resignamos á pasear la calle, saliendo del
portal por alejar las sospechas de un embozado que desde la acera opues­
ta nos espiaba; y apenas habíamos tomado tan sabia resolución, cuando
apareció la casa cercada por gente de la policía....Y no vimos más, que
fue bastante ver, pudiendo contarlo.
Aunque íbamos de prisa y con sobresalto, no dejamos de pensar en
lo que acabábamos de ver, porque tenía todas las trazas de un atropello.
Supongamos, decíamos muy para nuestro capote, que aquellos hombres
son muchos para hacer vida privada juntos: esto es una verdad; ¿pero
qué daño pueden hacer á nadie reuniéndose, hoy que el espíritu de aso­
ciación se predica en todas partes como el alma de la felicidad pública?
i Han de ser tan tontos que para jugar se reúnan con tanto misterio,
cuando pueden hacerlo pública y oficialmente en los casinos y en los
círculos! Pues pensar en que son conspiradores, mucho menos, porque
en los cafés está permitido conspirar á voces, y sería una tontería ence­
rrarse para tan corta cosa.
¡Puedes creer, lector, que llegamos á pensar si los perseguirían por
T omo II

17

258

ANTONIO PLORES

amigos del obscurantismo y porque desacreditaban el siglo suponiendo
que es preciso ocultarse para ciertas cosas, cuando la publicidad, la pu­
blicidad absoluta, es el alma de la época!
Sin embargo, era esto último. D. Desiderio se había retirado á la vida
privada para conspirar contra el orden público.
El mismo periódico que había dado la noticia de su heroica resolución
apenas habló de la gran conspiración que el gobierno había descubierto,
ni mucho menos dijo que se habían escapado los principales autores de
ella; pero un mes después de este suceso anunció lo siguiente:
«Nuestro querido amigo el simpático y distinguido general y publi­
cista Sr. D. Desiderio Devuelta acaba de llegar á Francia, donde lejos de
sus numerosos amigos y apartado de su cariñosa familia, á la que vivía
enteramente consagrado, comerá el amargo pan de la emigración mien­
tras rijan los destinos de este desventurado país los procaces tiranuelos
que hoy ocupan el poder para mengua de España, y que, como nuestros
lectores saben, tienen aherrojado el pensamiento, humillada la dignidad
nacional y perdidas hasta las nociones de lo que un tiempo fue la seguri­
dad personal, la inviolabilidad del hogar doméstico y el respeto á la pro­
piedad. ¡Dios querrá que cese pronto la mano de hierro que ahoga nues­
tras palabras, y que sólo permite escribir á los seides de la cuadrilla que
hoy nos manda! Entonces diremos todo lo que hoy no nos dejan decir.»
Aunque nosotros no participábamos de las opiniones políticas del pe­
riódico, ni nos importaba poco ni mucho la caída de aquella situación ni
la subida de la otra, todavía llegamos á desear que sucediera esto último
para ver qué cosas le habían quedado por decir al periodista después de
haber dicho muchas más de las que parecía imposible que le permitieran
escribir.
Pero como no estaba en nuestra mano hacer lo que tan mal resultado
había tenido á pesar de lo vasto de la conspiración, encariñados ya con
D. Desiderio, nos fuimos á Francia á verle comer el pan de la emigración.
Y francamente lo decimos, también llevábamos el propósito de procurarlo
algunas frioleras, algo más que un poco de queso y unas pasas para que
no comiese el pan á secas. Y sobre todo, queríamos hacerle compañía;
porque cuando él voluntariamente se retiró á la vida privada, el comer
sólo con veinticuatro amigos y otras privaciones por el estilo podía lle­
varlas con paciencia; pero encontrarse á su pesar en un país extranjero,
separado de su familia y de sus amigos y comiendo por añadidura el
amargo pan de la emigración, era una cosa que nos aterraba.
Recorrimos inútilmente todos los depósitos de emigrados en diferen­
tes partes de Francia, viendo en ellos alguna miseria y muchas barajas;
no llegamos á conocer ni de vista el dichoso pan amargo, á pesar de ha-

AYER, HOY Y MAÑANA

259

berlos probado todos, incluso el de flor y el de munición, y lo que más.
nos desesperaba es que en ninguna parte hallábamos al general. «Induda­
blemente, decíamos, aquí ha llevado á cabo su propósito; se ha retirado á
la vida privada;» y como Francia es algo mayor y más confusa que Espa­
ña, nos parecía imposible encontrarlo, y casi sin esperanzas nos dirigimos
á París.
Allí le buscamos en los barrios más humildes y entre la masa general
de los emigrados, donde preciso es confesar que, aunque no encontrába­
mos á D. Desiderio, hallamos el verdadero pan déla emigración. Sin más
que ver los semblantes de algunos infelices emigrados, no voluntarios, sino
forzosos, y las privaciones que se imponían por mandar á sus casas algu­
nos ahorros de sus pequeñas utilidades, se comprendía cuán amargo de­
bía saberles aquel pan que llevaban á la boca sin poderle partir con su
mujer ó con sus hijos y sin reposar la frugal comida en el seno de su fa­
milia.
Pero allí no estaba D. Desiderio, y pareciendonos que si no comía de
aquel pan era imposible que para él se cociera otro más amargo, decidi­
mos volver á España, en la seguridad de que no sólo había abrazado la
vida privada, sino que había profesado en la eremítica y ya no le encon­
traríamos jamás.
Y cuando nos disponíamos á dejar de disponer de nuestra personali­
dad, entregando nuestro bulto y el del baúl al primer tren que saliese
para Bayona, un periódico (siempre la publicidad persiguiendo al que
busca la vida privada), un periódico francés nos hizo variar de rumbo.
Con asombro, pero con seguridad de lo que leíamos, leimos el siguiente
párrafo:
«El espléndido general y publicista español Sr. D. Desiderio Revuelta,
que hace algún tiempo reside entre nosotros por estar emigrado de su
país, donde los hombres son tan salvajes que no pueden vivir en paz un
solo momento, ha obsequiado ayer á los numerosos amigos que se ha con­
quistado en la alta sociedad de París por su característica rudeza española y
sus chistes con un gran banquete, al que asistieron algunos aunque pocos
de sus compatriotas. Esta noche da un te, al que están invitadas algunas
señoras.»
Averiguamos dónde vivía D. Desiderio; nos hicimos presentar al te,
y en vano buscamos en las mesas del buffet (rogamos al lector que no
bufe, que otro día le explicaremos esta palabra) el pan de la emigración.
Y téngase en cuenta que allí había entre otras muchas pastas toda clase
de panes, incluso el de flor, tostado y con manteca, y el de Mallorca y
otros, y sólo faltaban el pan de higos, el pan de munición y el pan de la
emigración.

260

ANTONIO FLORES

La verdad es, porque después de todo, ó mejor dicho, antes de todo,
tú, lector, tienes derecho á saberla; la verdad es que D. Desiderio no sólo
no comía el pan de la emigración, sino que apenas estaba emigrado. Vivía
con comodidad y hasta con lujo; trataba con otros españoles tan emigra­
dos como él, y aunque le preocupaba poco la política de su país, desde el
extranjero de vez en cuando para que no olvidaran su nombre escribía
alguna carta, recordando á sus correligionarios políticos que no transi­
gieran en manera alguna con el gobierno, aunque se prolongase el mar­
tirio de los que como él estaban apartados de la vida pública y comien­
do el amargo pan de la emigración.
Conque ya ves, lector, que hemos quedado como estábamos. ¡Hasta lo
que se llama vida privada es vida pública! ¡Hasta el ostracismo y la emi­
gración tienen cristales para que el público pueda verlos! No hay medio
de estar á solas.

C U A D R O XXX II

U N P U Ñ A D O DE G E N T E ES C OG I DA

Mírale bien y no me preguntes quién es, porque le conoces lo mismo
ó mejor que yo. Le has visto llegar á su casa á las seis de la madrugada,
sacudir á su criado un pescozón, ó dos, que otro ha llevado la cuenta,
porque tardó en abrirle, y aun creo que sabes que salió de un casino: con­
que ya ves si tengo razón para decirte que le conoces. También tienes no­
ticia de que al ir á su casa llevaba en el estómago dos platos fuertes, en
el corazón muchas emociones fuertes también y en el bolsillo ni siquiera
un peso fuerte: conque no sé para qué quieres saber más. El lujo con que
viste te dirá el resto.
Si me preguntaras quién es aquel otro que sale de la misma casa y á
la misma hora, con unas botas que no servirían ni para muestra de un
zapatero remendón, y unos pantalones con más flecos que una bandera,
y un sombrero sin sombra de haber sido nuevo nunca, y una capa que
hace verdaderamente su oficio á la deserción de la camisa y de la cha­
queta, y que aunque no es de mimbre como el esportillo que oculta, se
mimbrea y se clarea por completo, ya sería otra cosa. Puedes creer que
es un jugador que ha perdido su fortuna y hasta la de su ropa; un cons­
pirador que ha jugado las vidas y haciendas de sus semejantes á tal ó
cual albur político, y aun tenerle por un mendigo que ha dormido por
caridad y sale á implorar la caridad para la comida. Pero mírale bien á
la cara y no tendrás semejantes dudas.

262

ANTONIO FLORES

Si fuera un jugador podría parecerse al casinista, y si saliera de cons­
pirar tendría el semblante tan alterado y tan tenebroso como el de los
otros. Las emociones del juego de la política y el temor de ver entrar á
cada momento al agente de policía le tendrían tan inquieto como al juga­
dor la idea de que venga la carta contraria. Y pensar en que es un pobre
de solemnidad tampoco es posible; aquella cara solemnemente noble y
resignada y tranquila y tan aseada como la ropa, que aunque rota no
tiene una sola mancha, todo te dice que no es un jugador ni un conspi­
rador ni un mendigo. Y como la cara es el espejo del alma, tampoco es
posible pensar que aquellos reflejos vengan del alma de un usurero, ni
mucho menos de la de un sabio; porque los sabios de hogaño son muy lim­
pios y no temen, como temían los antiguos, que el agua y el cepillo les
arranque la erudición, á pesar de que la tienen hoy prendida con los alfi­
leres del homeopático diccionario enciclopédico, y entonces estaba clave­
teada y aun remachada con largos infolios.
Si no has conocido que ese hombre es un cesante, que al cesar de servir
al gobierno ha cesado de tener quien le sirva, y va el mismo á la compra,
ó á la plaza donde compran los que tienen de qué y para qué, porque él
escasea mucho de lo primero y se va acostumbrando á no tener necesidad
de lo segundo, compadezco tu ignorancia.
Si no le conoces en este traje, menos le conocerás en el que se pone
ó en el que se quita dentro de su casa, para recoser los zapatos de sus
hijos y hacer un ciento de palillos para los dientes, entre otros tantos
suspiros que lanza, no por las dentaduras que van á necesitar de su in­
dustria, sino por la época en que él comía y se mondaba los dientes, y la
que espera que vuelva y le permita mondar otra cosa que patatas. Tam­
poco le conocerás cuando, más entrado el día, salga y entre más aseado,
á ver si alcanza á ver entrar y salir en su casa y en el ministerio y en las
Cortes y en el teatro al ministro ó al director ó siquiera al oficial de la
dirección. Y por supuesto que de noche, cuando le veas correr por las
calles, casi con el mismo traje que por la mañana, entrando y saliendo en
muchas casas, se te figurará que va á pedir limosna, y no hay semejante
cosa: observa el lío que lleva debajo del brazo y conocerás que anda repar­
tiendo periódicos, en los cuales se anuncian nombramientos de todas
clases, sin que el pobre repartidor logre ver entre ellos el suyo.
Y si no has conocido al cesante es casi imposible que conozcas al em­
pleado ni al pretendiente.
Vente conmigo, y dando unos cuantos paseos por las calles de Madrid
te enseñaré esos tipos y otros más.
Yo tengo tal práctica y tanta costumbre de verlos, que aunque cierre
los ojos no los puedo perder de vista.

A YE R , HOY Y MAÑANA

263

Voy á demostrártelo dejándomelos vendar, si me ofreces contestar con
fidelidad á las preguntas que te dirija.
Pero ahora no me digas nada, porque oigo crujir seda y arrastrar
blondas, y desde luego conozco que no le han costado muy caros ni los
encajes ni los tafetanes á la persona que así los maltrata. Si alguna duda
me quedara para saber quién es el que pasa, el olor del almizcle me dejaría
convencido de que no me he engañado.
Es una mujer pequeña, de las que las gentes llaman del gran mundo
para que á nadie le pese vivir en el mundo pequeño. Aunque te parezca
que arroja sangre por la boca no tengas cuidado; las manchas rojas del
pañuelo no son de los labios, sino de las mejillas; ha sudado y se han des­
teñido. Si parece blanca es morena, si tiene el pelo rubio es porque el suyo
es negro, y si el talle es delgado y el abdomen mayúsculo es porque ella
vale poco y los aceros y las crinolinas mucho.
No me digas que va sola, porque yo no lo creo ni ella tampoco; por eso
vuelve la cabeza tan á menudo. Con la vista la acompañan casi todos los
que pasan por la calle; con los pies algún vago, tal cual inexperto man­
cebo y á veces algún viejo que vuelve á profesar la inexperiencia; con
el corazón no la sigue nadie.
Dejémosla que vaya sola y no hagamos caso de ese balcón que he oído
cerrar con rabia.
No quiero preguntarte quién estaba allí, porque ya sé que era otra
mujer; pero no del gran mundo, sino del gran tono, que está por encima
de todos los mundos, incluso el sublunar y el mundo nuevo. Las señas
telegráficas que mantenía con el poste de la acera de enfrente han sufrido
un eclipse; se han interrumpido por el paso de un cometa entre las co­
rrientes eléctricas. La dama del gran tono se ha incomodado con razón
contra la mujer del mundo, porque por mirar á ésta se han perdido las
señas que ella hacía.
No ha podido sonrojarse, y tenía motivo para ello, porque la sangre
que se le podía subir á la cara es azul y la que le puso la doncella en las
mejillas es como la grana; ni menos palidecer de ira, porque aunque es
muy blanca, no es más que los polvos que tiene sobre el cutis; ni tampoco
adelantaría gran cosa con arquear las cejas, porque desde muy temprano
se las puso en el tocador bien arqueadas. Lo de cerrar el balcón ha sido
lo mejor que ha podido hacer, hasta la noche en que el teatro, el baile ó
su propia casa le ofrezcan ocasiones de expresar lo que no pudo dar á
entender de día.
Las coquetas de estos tiempos no tienen más ni menos corazón que
las de antaño; pero luchan con una gran desventaja, que es la de la fiso­
nomía.

264

ANTONIO FLORES

La mujer sigue siendo originaria de una costilla de Adán, que es por
lo que el hombre tiene á cuestas todas las obligaciones de la casa; pero
las caras que ahora se usan no son las mismas que antes se usaban. Tienen
la ventaja, que no es poca, de estrenar cada día una distinta y aun la de
tener varias en un mismo día; pero cada vez que han de cambiarla han
de entrar y han de tardar en salir del tocador. Las inflexiones del sem­
blante y la movilidad de la fisonomía han desaparecido. Una mujer, gra­
cias sean dadas á la industria, puede recibir á su amante con la cara que
más le acomode; pero una vez arreglada la fisonomía no puede mudarse
la decoración. La mascarilla cosmética es perfectamente artística; pero
aún no se ha inventado la manera de darla movilidad, cosa que sucederá
de un momento á otro.
Por ahora ni se puede palidecer de repente, ni ruborizarse, ni desenca­
jar la vista, ni arrugar la frente, ni erizar el cabello, ni casi agitar el pecho,
ni menos aún soltar las lágrimas.
El regar cuando hay polvo, sólo puede hacerlo el ayuntamiento.
Ordinariamente son tres las caras que cada día pueden permitirse usar
las señoras: una al levantarse de la cama; esta cara no la ve nadie, ni aun
se la asoma al espejo por miedo de que quede allí estampada: otra al ves­
tirse con cuidadoso descuido para ir á las tiendas y á las iglesias; esta
cara puede ser una simple preparación para la última, porque no ha de en­
señarse sino entre tules y blondas; y otra para el paseo para el teatro ó
para los bailes, que aunque parecen una misma trinidad cosmética son
tres distintos revoques. En cada uno de ellos han de tenerse presentes la
clase y la cantidad de luz, y la distancia á que ha de hacerse la exposi­
ción, y la temperatura á que ha de exponerse la preparación, y otros de­
talles que, como secretos de tocador, si los sé los callo, y si no los conozco
no los pregunto.
Si las mujeres no se falsificaran y muchos hombres no se pintaran y
se retiñeran, el comercio y la industria recibirían un cruel desengaño.
Habría necesidad de cerrar gran número de fábricas y de tiendas en la
capital de España y en las de provincias. Siempre se ha dicho que á mal
tiempo buena cara, y como no hay tiempo peor que los años que van pa­
sando, hacen bien las mujeres en ponerle buena cara y los hombres no
hacen mal en teñirse las canas y lucir las calvas, porque si es verdad que
hay muchos burros canos, pero ninguno calvo, así pueden pasar por sa­
bios, y aun por sabios jóvenes, que es la verdadera sabiduría.
Conque ya ves, lector, que aun con los ojos vendados conozco perfec­
tamente los tipos de la sociedad moderna. ¡Figúrate lo que sucedería si
los abriera de par en par!
Asusta lo que podría poner delante de tu vista aun sin el auxilio de

A YE R , HOY Y MAÑANA

265

la doble antimagne'tica. Voy nada más que á permitirme entreabrirlos un
poco para seguirte enseñando mis gentes.
Esos dos jóvenes que van dentro de ese carruaje, cruzados de brazos y
sin pastañear ni mover los labios, no salen á la vergüenza pública por
ningún delito que pueda deshonrarlos. La servidumbre no es un padrón
de infamia, y ellos son criados del cochero, el cual los da de comer y de
vestir y les paga un crecido salario para que se dejen pasear por las ca­
lles, llevando el uno el bastón y el otro la petaca del amo.
Ese otro señor y ese lacayo que van juntos dentro de un cesto, no van
arrastrados á su pesar, como en otros tiempos iban las gentes, por pena
infamatoria, ni han sido sacados del Manzanares, como Moisés lo fue del
Kilo en un canastillo de mimbres, ni ese canasto es un cuévano de pasiega,
sino un carruaje de los de última moda. Por supuesto que uno de los dos
que van dentro, no el criado, sino el que Va sirviendo de cochero, no es
una persona cualquiera, sino un grande de España y á veces un alto fun­
cionario del Estado; porque hoy día (esta es una de las mayores ventajas
que tenemos) cuanto más grandes y más altos somos, más bajos y más
pequeños parecemos.
La igualdad nos ha hecho á todos igualmente humildes.
Estoy seguro, lector, de que la primera vez que viste dos señoras solas
dentro de uno de esos cestos se te antojó que eran dos costureras que
habían tenido la humorada de poner unas ruedas al cesto de la costura.
Tú no querrás decirlo, pero yo sé que lo habrás pensado.
¡Como piensas ahora que ese honrado expendedor de comestibles, y ese
tratante en carbón y ese suministrador de vasos de vino hanj ugado juntos
á la lotería y que les ha tocado el premio grande! Y no lo piensas porque
ya desdeñan llamarse tenderos, carboneros y taberneros, sino porque ves
que, sombrero en mano, entra y sale en sus tiendas una porción de grandes
señores, y que algunos de ellos van hasta allí y dejan á la puerta grandes
carruajes, y te figuras que son los vecinos del barrio que acuden á felici­
tarles por su fortuna. Pero es porque no has pensado que aquellos comer­
ciantes son electores y aquellos caballeros gentes que desean ser elegidos,
el uno concejal, el otro diputado provincial y el otro diputado á Cortes.
Al tendero le toca ahora recostarse en el mostrador y mirar con desdén
al caballero y regatearle el voto que le pide y acaso no dárselo á ningún
precio; al caballero, después de elegido, le toca recostarse en la mesa de
la alcaldía constitucional ó en la sala de conferencias del Congreso y des­
preciar y negar al tendero cuanto le pida.
La amistad entre el elector y el elegible, por lo mismo que es dema­
siado íntima, dura poco tiempo. Se acaba cuando el uno deja de elegir y
el otro es elegido.

266

ANTONIO FLORES

Elijamos nosotros ahora otro tipo más constante: veamos el preten­
diente.
A éste no le cura de su afición ni le priva de su oficio el desaire de un
ministro ni el desdén de un director ni la grosería de un portero. La es­
peranza es una planta perenne, y el pretendiente es el símbolo de la espe­
ranza.
Como su obligación es pretender, cuando consigue una cosa, desde ella
pretende otra y no acaba nunca. Pero no hace una solicitud ni echa un
memorial, que de este modo ya no se pretenden sino las plazas de secre­
tarios de ayuntamientos y las de maestros de escuela en los pueblos de
poco vecindario.
El papel sellado, que hoy se usa para todo, menos para los libritos de
fumar y los cucuruchos de papel de estraza, es inútil para pretender un
destino. Guante blanco, bota de charol, frac negro y otras prendas aná­
logas son el papel sellado de estos tiempos.
Pero estos elegantes no llevan á ver al periodista, al literato, al patriota
y al estudiante, y de ese modo habremos de confesar que todos esos son
pretendientes, lo cual no es cierto.
El primero no sólo no es pretendiente sino que predica contra la empleo­
manía y contra los empleados, y dice que el afán de los destinos hace im­
posible el desarrollo de la industria; y tanto se enfurece y tanto le irrita
la idea de servir al ministerio, que éste en castigo le nombra gobernador
civil ó director y hasta algunas veces le lleva á su propio seno; con lo cual
ya ves que el periodista se resigna y recibe lo que le dan, pero no ha pre­
tendido nada. Es un pretendiente negativo.
El literato, lejos de hacer un memorial pidiendo un destino, escribió
una sátira contra los empleados y se la dedicó á su amiga particular, no
amiga política (y esta distinción es importantísima), la esposa del ministro.
¿Qué culpa tiene él de que á los pocos días de esto le coloquen de oficial
de secretaría?
Pues pensar que el patriota salió de su casa á otra cosa que á defender
la Constitución y las leyes, sin ocuparse para nada de la ley de empleados,
es un disparate. Si al volver á descansar, porque la lucha había sido larga,
se encontró nombrado vista de aduana ó cosa menos fácil de ver y me­
nos expuesta á hacer cegar, la verdad es que no lo había pretendido.
Y por ultimo, si el estudiante se cuidaba más de aprender las arias de
Verdi que los aforismos de Hipócrates, y en vez de medicina estudiaba
música, él llevaría sus calabazas, y esto no es cuenta de nadie. A fe que él
no pretendió otra cosa de la mujer del director de rentas sino que no
desafinara cuando cantaba con ella una pieza concertante. El destino de
oficial de dirección se le dieron porque les dió la gana.

A YE R , HOY Y MAÑAN A

267

¡Así te diera á ti, lector, ahora la de no encontrar malo del todo este
cuadro, que no puedo continuar dibujando porque se me ha acabado el
lienzo y no me caben más figuras!
Y el caso es que me quedan muchas más á la vista, por lo cual haré
lo que el pintor de las once mil vírgenes, que puso en el fondo una cortina
levantada, como si hubieran de salir después las que había dejado de
retratar.
No hagas tú conmigo lo que hizo con el artista la persona que le en­
cargó el cuadro; que después de haber ajustado las cabezas de vírgenes,
chicas con grandes, á medio duro, ofreció pagárselas á medida que fueran
saliendo.
Yo no te he dado vírgenes ni confesores ni mártires, pero tampoco te
pido que me pagues ni las figuras que han salido ni las que han dejado
de salir. Estas te las daré á conocer en otro cuadro.

C U A D R O XXX III

U NA S E S I Ó N A N I M A D A

Dies irce, dies illa.....
El día de las iras,
es día de tirarse las sillas.

Lo mucho que han abaratado las telas á consecuencia de los adelan­
tos que han hecho las fábricas de tejidos, es la causa de que se haya en­
contrado un lienzo donde poder pintar este cuadro.
En tiempo de nuestros padres, en el a ye r de esta historia, en que tan
atrasada estaba la industria nacional, habría sido imposible hallar un
pedazo de tela que sirviese para trazar el presente boceto.
¡Y qué mucho que hubiese tan poca facilidad de obtener un lienzo para
semejante clase de pinturas, si hoy, después de pintado y concluido, dice
el autor del cuadro que quisiera tener á la mano la esponja déla dignidad
y de la vergüenza nacional para borrarlo, y dejar la tela como si nunca
hubiera sido maculada! Pero no la ha encontrado ni al intento le ha ser­
vido la famosa lejía 'parlamentaria, que limpia, fija y da esplendor á
las actas electorales, y convencido (por más doloroso que le sea el con­
vencimiento) de que este cuadro es uno de los más indelebles del siste­
ma, ha resuelto dejarle en la colección.
Nosotros, sin embargo, hemos cogido la brocha del sentido común, y

AYER, HOY Y MAÑANA

269

con unas cuantas gotas de patriotismo hemos borrado algunas figuras,
en la confianza de que los verdaderos españoles no han de acusarnos por
semejante profanación. Si en algo hemos pecado ha sido en no borrarle
todo ó en no retirarle del museo, poniendo en su lugar estas palabras:
Está en la restauración.
Pero nos hemos convencido de que la restauración es difícil, ya que
no imposible, y no queremos mentir á sabiendas.
Dicho esto, digamos lo que desgraciadamente no podemos dejar de
decir, si hemos de ir diciendo los dimes y diretes de la dicharachera lo­
cuacidad que algunas gentes entienden por parlamentarismo.
Para que el lector no nos acuse ni de exagerados ni de parciales ni
de amigos ó enemigos del parlamentarismo, le repetimos lo que tantas
veces hemos dicho y lo que terminantemente dejamos consignado en la
primera parte de esta obra: «Nuestros cuadros están tomados al dague­
rrotipo, y cuando es fea la imagen que se reproduce en la plancha, es
cosa segura que no fue hermoso el objeto que vino á retratarse.»
Diremos únicamente, con relación al presente cuadro, que la sesión que
vamos á retratar no es una sesión ordinaria, de esas en que el número
de diputados es tan exiguo que es preciso andar de celda en celda y en
el refectorio y en los claustros tañendo el esquilón para que acudan á
votar los que debieran asistir á saber lo que se está votando.
No diremos tampoco que es una sesión extraordinaria, porque lo ex­
traordinario es, según el Diccionario de la lengua, lo raro, lo irregular, lo
que no es común, y las sesiones animadas, como llaman los padres san­
tos de la iglesia parlamentaria á la que es objeto de este artículo, no son
sino muy regulares y muy comunes y hasta muy naturales, si posible
fuera que la naturalidad fuese la madre de ciertas discusiones.
Lejos de faltar parece que sobran diputados, y no sólo hay gente en
las tribunas y en los pasillos y en los corredores, sino que la plaza de las
Cortes y todas las avenidas del edificio del Congreso están llenas de
curiosos, que aplican el oído á las paredes exteriores del templo para ver
si por las alternativas del ruido y del silencio averiguan lo que allá
dentro está pasando. Kefinamiento de la afición, ensayado con buen éxi­
to desde muy antiguo en la plaza de toros por los que no pueden lograr
asiento en los tendidos.
Tú, lector, no tienes que discurrir ni conjeturar desde tan lejos, y sin
comprar un puesto de espera en la tribuna pública, ni buscar una pape­
leta para las reservadas, ni pedir al presidente que te mande acomodar
en la de orden (pues dicho se está que el orden no puede dejar de tener
allí su puesto), puedes entrar á ver la función desde el mejor punto de
vista del templo.

270

ANTONIO FLORES

Vamos á la tribuna de los periodistas, que allí nos harán un hueco
donde, sin dejar de oir los ingeniosos comentarios que hacen los redac­
tores de los periódicos, podrás ver y oir todo lo que pasa en la sesión.
Al principio creerás que no pasa nada, porque apenas hay treinta
diputados en el salón, charlando y riendo mientras el secretario lee el
acta, donde no se consignan las risas y las charlas del día anterior; pero
algo pasa, algo va á pasar y algo está pasando.
Fija la vista en el reloj que para su acusación perpetua colocaron los
parlamentarios frente á la mesa de la presidencia, y verás cómo se pasa
el tiempo.
Es lo primero que pasa en las asambleas.
También pasa la lectura del acta y viene en pos de ella la fogosa pro­
testa de un orador de provincia, de los que el vulgo llama diputados de
campanario, porque no constan textualmente en el acta las palabras
que dijo en la sesión del día anterior, y pide la lectura de varios artícu­
los del reglamento y hace otras varias peticiones análogas, que todas pa­
san, hasta que el presidente quiere que se pase á la orden del día, y no
lo logra porque un señor diputado pide la palabra.
— ¿Para qué?—le dice el presidente.
— Para hacer una pregunta al gobierno.
No hay en el banco del ministerio nada más que un ministro, que se
levanta y dice:
— Puede V. S. preguntar lo que guste.
Y el diputado preguntón se alza en pie, se arregla la corbata, se atusa
el bigote, se limpia las narices con el pañuelo, escupe, tose, saca unos
papeles del bolsillo, pone las manos en el respaldo del banco que tiene
delante y dice:
— Señores: fiado en la indulgencia de la cámara, en la bondad del se­
ñor presidente y en la del ilustrado público que asiste á las sesiones...
El presidente toca la campanilla para advertir al orador que no le
es lícito dirigirse para nada al público, y el diputado le interrumpe
diciendo:
— Entraré desde luego en la cuestión, señor presidente; iba sólo á re­
clamar la indulgencia del Congreso, porque tengo gran desconfianza en
mis facultades oratorias y porque no estoy acostumbrado á hablar en pú­
blico.
— Limítese V. S. á hacer la pregunta que tiene anunciada—le dice el
presidente.
Y el diputado, aturdido con tan prematuras interrupciones, se pasa el
pañuelo por la cara, vuelve á toser y vuelve á escupir, y recorriendo con
la vista el papel que no suelta de la mano, dice:

AYE R, HOY Y MAÑAN A

271

— No quiero ofender la ilustración del ministro de la Corona ni délos
señores diputados remontando mi discurso al origen de los correos en
España ni siguiendo paso á paso los grandes progresos que se han hecho
en este importantísimo ramo de la civilización moderna; pero no puedo
dispensarme de hablar un rato sobre lo inviolable y sagrado que ha sido
siempre el secreto de la correspondencia. En tiempo de los fenicios....
Los pocos diputados que hay en el salón abandonan los escaños, y casi
quedan solos el preguntón, el preguntado y el presidente que ha permi­
tido la pregunta, y que al ver que el diputado no se apresura á hacerla,
entabla conversación con los secretarios ó escribe alguna carta ó se dis­
trae en cualquiera otra ocupación por el estilo, hasta que cansado de ver
que el orador sigue hablando y citando leyes y recurriendo al papelito,
toca la campanilla y maquinalmente dice:
— ¡Á la cuestión, señor diputado, á la cuestión!
— Voy á la cuestión, señor presidente— replica el diputado.
Y sigue ensartando citas, y divagando á más no poder; dando lugar á
que le aperciban diferentes veces, hasta que por último y cuando el pre­
sidente le amenaza con retirarle la palabra si no hace la pregunta, menea
la cabeza como protestando de la tiranía del presidente y dice:
— Pues, señores, el objeto de mi pregunta es saber en qué consiste
que recibo con tanto atraso las cartas de mis electores, y algunas de ellas
con señales evidentes de haber sido abiertas en la Administración de co­
rreos....Y esto es un escándalo, esto es un mal de gravísimas consecuen­
cias, porque atenta á la inviolabilidad del diputado y porque sienta un
precedente funesto....y......
— Ya ha hecho V. S. la pregunta— interrumpe el presidente.— El go­
bierno de S. M. contestará lo que crea oportuno.
— Es que deseo añadir algunas reflexiones, porque mañana se leerán
mis palabras en España, en mi distrito, en Europa, y se dirá....
— No se dirá nada—replica el presidente;—yo no puedo dejar que V. S.
continúe hablando porque me lo impide el reglamento.
— ¡Que se lea el reglamento!— dice el diputado gritando.
— ¿Todo?.... ¡Qué horror!— dice por lo bajo el ministro.
— ¡Estoy en mi derecho!— le grita el diputado.
— Yo estoy en el mío— interrumpe el presidente— rogando á V. S. que
se siente.
— Pues conste que no se me deja hablar, y que aquí se ahoga la voz de
un diputado de la oposición.
— ¡Silencio!— grita el presidente agitando la campanilla.
Y tomando un aire más solemne y alzándose en pie, dice:
— Yo no puedo continuar en este honroso sitio, al que he sido elevado

272

ANTONIO FLOHES

por la confianza del Congreso, despue's de una acusación tan grave como
la que me lia hecho S. S., mientras no se pregunte á los señores diputa­
dos si sigo mereciendo su confianza.
—¡Sí, sí!—gritan algunos de los muchos diputados que van entrando
en el salón al oir que se trata de un incidente animado.
— Que retire las palabras—dice una voz.
—Que se escriban—replican desde otro lado de la cámara.
— ¡Orden, señores, orden!—dice el presidente agitando sin cesar la cam­
panilla.
Y los bancos se van poblando de diputados, y las gentes de las tribu­
nas se acomodan bien en sus asientos y estiran el cuello y clavan los ojos
en el salón para que no se les escape nada de la tormenta, que aunque
no era la que aguardaban al ir allí, es un chubasco interesante, que por
fortuna concluye retirando el diputado las palabras y contestando por fin
el ministro á la pregunta con las siguientes brevísimas frases:
—No tengo antecedentes del hecho sobre que versa la pregunta; pero
procuraré informarme y contestaré cumplidamente al señor diputado, á
quién diré de paso que el gobierno tiene completa confianza en todos los
empleados de correos.
Siguen á esas preguntas otras varias, sobre si es cierto lo que dice un
periódico de que no se dará la paga á los empleados hasta el día 3 en vez
del día l.° y otras curiosidades por el estilo, y se anuncian otras interpe­
laciones, cuya contestación aplaza el gobierno, hasta que se entra en la
orden del día, que es la continuación de la ley de reemplazo del ejército
ó la de presupuestos ó la de enjuiciamiento civil.
Empieza á hablar el orador á quien le toca el uso de la palabra, y
vuelven á quedarse los bancos desiertos, comenzando el cabildeo en los
pasillos y en la sala de conferencias.
Gran parte del público empieza á disgustarse creyendo que no ha de
tener lugar la sesión anunciada; pero los verdaderos inteligentes, los prác­
ticos en el sistema y en los ardides parlamentarios, observan que el pre­
sidente habla con unos y otros, y que llama á un vicepresidente para
que le sustituya en la presidencia, ó ven que no abandona el salón tal ó
cual diputado de los primeros espadas, y se fijan en otras varias señales
infalibles, y aguardan confiados la hora del tremendo juicio final.
Á mantener la esperanza llegan á las tribunas algunos pájaros de buen
agüero en materia de tempestades parlamentarias, y pronto se sabe que
están á la puerta del Congreso los coches de todos los ministros y el del
gobernador civil y el del capitán general, y que hay mucha policía en la
plaza de las Cortes, y por último que el jefe de la oposición está decidido
á dar la batalla y el gobierno lo está no menos á arrostrarla.

273

AY E R, HOY Y MA ÑA NA

Sucede muchas veces que el diputado que está en el uso de la palabra
no oye rugir la tempestad, y sigue hablando sin saber el servicio que está
haciendo á la oposición y al gobierno, dándoles tiempo para que revisten
sus gentes y hagan prosélitos y templen las armas.
Otras, y es lo más frecuente, sucede todo lo contrario, y el orador ha­
bla y estira su discurso hasta que ve entrar en el salón á los ministros y
á los diputados, decididos á que comience el dies irce.
En este segundo caso todo está hecho; en el primero las conversacio­
nes, las toses, las risas y otros recursos parlamentarios cortan el hilo al
orador, y dice por fin el presidente:
— Tiene la palabra el señor ministro de Estado.
Y el ministro la usa para decir que el gobierno está dispuesto á con­
testar á la interpelación que anunció días pasados el señor diputado N.
El breve rumor que sigue á estas palabras es parecido al que produce
la ráfaga de viento que arrastra el seco follaje de la pradera.
Es el movimiento de atención que hacen simultáneamente los diputa­
dos y los asistentes á las tribunas, mientras el jefe de la oposición pasea
su vista por la Asamblea, anticipándose con una sonrisa la mitad del
triunfo que espera alcanzar sobre el gobierno; y en medio de un profundo
silencio da principio á su discurso con las formas más templadas y las
palabras más benévolas y con las mayores protestas de que no quisiera
tener que atacar al gobierno, de que todos los ministros son personas de
su mayor estimación y de que ha luchado mucho tiempo antes de deci­
dirse á cumplir con el penoso deber que le impone su cargo de diputado
y los compromisos de partido.
Los ministros le devuelven afectuosos aunque un tanto irónicos mo­
vimientos de cabeza, y terminado el gratulatorio exordio, que es como si
dijéramos llegada el Avemaria del sermón, el orador sorbe el primer
trago de agua, vuelve á pasear la vista por los bancos, tose y escupe, dan­
do lugar á que escupan y tosan todos los circunstantes, y entra por fin
en materia.
Es el objeto de su discurso interpelar al gobierno por no haber publi­
cado en la Gaceta ni dado cuenta á las Cortes de tres ó cuatro gracias
concedidas á otros tantos diputados ministeriales, que deberían quedar
sujetos á reelección por este motivo; pero esta es la quinta esencia de la
peroración, que comienza por combatir el sistema de Hacienda y la amo­
vilidad de los magistrados y el ejército permanente y la policía y los
amaños electorales y todo el cuadro, en suma, de administración, todo el
programa del gobierno.
El presidente toca diferentes veces la campanilla y llama al orador á
la cuestión; y el orador, como hombre ducho y experimentado en las lides
T omo

II

18

274

ANTONIO FLORES

del parlamento, pide perdón al presidente cada vez que éste le apercibe,
y alude á la cuestión y vuelve á extraviarse y cita veintinueve nom­
bres de otros tantos diputados presentes, que piden la palabra para alu­
siones personales, y la mayoría, la inmensa mayoría ministerial, se ríe
constantemente y tose y hace mil esfuerzos por ahogar la voz del orador,
que cada vez va siendo más potente y más atronadora.
—¡Conozco la táctica—exclama el diputado, dirigiéndose á los bancos
de la mayoría,—pero nada me arredra ni me hará faltar á mis deberes!
Reíd, señores diputados, cuanto queráis; pero tened presente que aún no
se sabe quién será el último á reir. No lo seréis seguramente vosotros los
que devoráis el presupuesto de gastos, mientras los pobres labradores
y los contribuyentes todos llenan con su sudor las arcas del Tesoro....Ni
vosotros los que....
—¡Pido la palabra! ¡Pido la palabra!—gritan ála vez varios individuos
de la mayoría.
—¡Orden, señores, orden!....—dicen varias voces á la vez, entre ellas la
del presidente, que á ser el orden posible debería ser la única que reso­
nara en la Cámara.
Y el orador, que se cruza de brazos mientras pasa la tormenta, vuelve
á continuar su discurso á instancia del presidente, que le ofrece mante­
nerle en el uso de la palabra.
Oferta sumamente fácil de cumplir, porque el diputado puede usar
de la palabra tan extensamente como le convenga; pero no les sucede lo
mismo á los espectadores, que tienen derecho á oir y no oyen nada, sino
un ruido infernal de voces, de risas y de campanillazos.
—¡Pido la palabra!—dicen los unos, gritando con toda la fuerza de sus
pulmones y como si pidieran cosa de más importancia.
—No hay palabra—replica el presidente.
—¡Pido la palabra!—vuelven á gritar con más fuerza.
•—¿Para qué?—pregunta el presidente.
—Para una alusión personal.
—No hay alusiones personales.
—He sido aludido.
—No lo ha sido V. S.
—Sí tal.
—No tal.
—¡Silencio! ¡Orden!—grita el presidente, sacudiendo la campanilla so­
bre la mesa.
—Pues pido la palabra para una cuestión de orden.
—No hay orden—replica el presidente.
Y dirigiéndose al orador le manda que continúe, y éste lo hace desen-

A YE R , HOY Y M AÑ ANA

275

cadenando á fuerza de alusiones picantes todos los sentimientos de los
diputados; llegando el caso de pedirse que se escriban tales ó cuales pa­
labras, como si todas ellas no hubieran de ser escritas, reescritas é im­
presas en cien periódicos.
Las tribunas, y con especialidad la pública, suelen tomar parte en la
discusión, aplaudiendo ó significando por el contrario su desaprobación
por medio de murmullos y de risas, y el presidente, convencido de que
el orden debe venir de arriba á abajo, encarga á los celadores que con­
serven el orden aunque sea necesario despejar las tribunas; sistema un
tanto radical y un tanto absolutista y un tanto contrario al axioma capi­
tal del parlamentarismo.
— A mí no me envanecen los aplausos ni me intimidan los murmullos
— dice el orador,— y aun cuando viera suspendida sobre mi cabeza la cu­
chilla del verdugo diría la verdad, toda la verdad de lo que está pasando
en España. Yo se lo debo al país y á mis amigos políticos, porque soy un
diputado independiente que jamás ha pedido ningún favor al gobierno y
que cifra todo su orgullo en no haber pisado nunca las antesalas de los
ministerios.
Estos arranques patrióticos traen consigo una nutrida salva de aplau­
sos, que comienza en los bancos de la oposición y expira en las tribunas,
reproduciéndose las voces y la baraúnda; hasta que conjurada de nuevo
la tormenta y exaltado el orador con la ovación que acaba de recibir,
continúa dirigiéndose al banco del ministerio:
— No muevan sus señorías la cabeza, señores ministros, con aire de
lástima; yo no la necesito, no la deseo, no la quierro.... Diré más aún,
porque no soy hombre á quien le duelen prendas....Yo reto á cada uno
de los señores ministros á que digan si me han concedido alguna gracia,
si les he pedido alguna...., si me han visto jamás entrar en la secretaría.
— Pido la palabra— dice el presidente del Consejo, sonriendo.
— Pido la palabra— repite el ministro de Estado.
— Pido la palabra— añade el de Hacienda.
— Y yo.... y yo.... y yo......— repiten los demás ministros.
Y todas las miradas de la Cámara se fijan con aire de compasión en
el preopinante, que, cambiando de tono y como si de repente le hubiera
nacido la conciencia y hubiese encontrado la memoria, trata de resumir,
trocando los tremebundos cargos de su discurso en levísimas reconven­
ciones, cuya benevolencia no es completamente rechazada por el minis­
tro al levantarse á contestar al orador.
Pero esta réplica ya no tiene mérito, porque desde que el gobierno,
por medio de su presidente, declaró que hacía cuestión de gabinete el
asunto, se adivinó perfectamente el resultado de la votación.

276

ANTONIO

FLORES

Y en cuanto al verdadero interés que hubiera ofrecido la sesión si los
ministros hubiesen contado con nombres y apellidos las gracias que para
sus amigos había recibido el diputado independiente, conviene advertir
que los ministros decidieron tomar en cuenta el decoro del Congreso des­
de que oyeron el epílogo del discurso, y todos renunciaron la palabra.
tínicamente tuvieron algún interés las explicaciones y los discursos
sobre alusiones personales; pero es demasiado largo este cuadro para
copiar en él las hojas de servicio y los lances domésticos de los diputa­
dos aludidos, y no queremos sacar á relucir todo lo que reluce en esos
casos, dejando cada vez menos reluciente el sistema parlamentario.
Por otra parte, el autor de estos cuadros no es tan viejo que esté
desengañado por completo, y aún tiene esperanza de que se mejore
el sistema.
Ningún hombre público dice que profesa tales ó cuales medios ni ta­
les ó cuales fines, sino que todos dicen que aman estos ó los otros p rin•
cipios. Y los principios siempre son penosos. Penosos y largos.

He aquí dos galgos que no sé á quién le ha ocurrido atar con una
misma cuerda, cuando nadie puede ignorar que cada uno de ellos tiene
distintas inclinaciones y que van á tirar hacia distinto lado.
He aquí, lector, una de las mayores contradicciones del siglo y uno
de los grandes viceversas de la sociedad presente.
Con el tambor de la centralización y al grito de que la unión daba la
fuerza, publicó el siglo la ley de las afinidades, declaró afines todos los
caudales, amalgamó todas las rentas, dijo que éramos todos unos y que
la igualdad no conocía sino una sola familia y un solo caudal y una sola
renta. Más tarde, con la trompeta de la especialidad, ha publicado otra
vez la ley de las afinidades, pero subdividiendo éstas hasta lo infinito, y
en vez de gritar «¡Viva la unión!» ha dicho que nos desuniéramos, que cada
mochuelo se fuera á su olivo y que recordáramos que Iriarte tenía razón
cuando dijo
«que lo importante y raro
no es entender de todo
sino ser diestro en algo.»

En los primeros tiempos de esta era centralizadora faltó poco, tan
poco que casi sobró algo, para que huyendo de la tendencia absorbente
del absolutismo, cayéramos en otra absorción más absoluta y más des-

‘278

ANTONIO FLORES

pática. En nombre de la libertad y para mejor enseñar á los pueblos á
ser libres, les hicimos esclavos de la centralización, empezando por su­
primir el libre albedrío de las aldeas, declarándolas menores de edad y
sujetas á la potestad de las villas; más tarde sufrieron éstas igual suerte
con las capitales de provincia, y por último, la capital de la nación asu­
mió todas las capitalidades, se declaró tutora y curadora de todas las
gentes, recaudadora universal de todas las propiedades y maestra gene­
ral é infalible y casi inapelable de todos los conocimientos humanos.
Creáronse centros administrativos, centros comerciales, centros polí­
ticos y centros de todas clases para toda especie de personas y de cosas,
y quedó por fin establecida la verdadera centralización. Como hijos de
una misma madre todos nos cobijamos bajo el manto de la madre Patria,
y ésta nos educó, nos administró, nos recaudó y nos pagó todos los gastos.
La centralización nos presentaba comidos y bebidos, y nos daba ropa
limpia y aun de vez en cuando nos dejaba algunos cuartos en el bolsillo
para los gastos menudos é imprevistos. Todos trabajábamos para todos,
y nadie hacía el vago de cuenta propia; que para eso y para mucho más
habíamos proclamado la igualdad.
Así la centralización de los conocimientos humanos trajo consigo los
sabios universales, la de los grandes capitales el capitalista monstruo,
y el comercio, las ciencias, la industria y las artes, todos sintieron los
efectos de la centralización.
Pero las leyes administrativas, que los centralizadores hicieron á su
imagen y semejanza, fueron los verdaderos hornos de fundición de todo.
Los antiguos municipios, que resucitaron locos de júbilo al grito de li­
bertad, se volvieron al sepulcro espantados de la centralización, y aunque
los centralizadores han solido llamarles alguna vez y parece que han
vuelto, se han hecho los sordos y no han venido.
También ha solido suceder que á la hora de cobrar se acordasen de
todos y á la de repartir se olvidasen de algunos, y que, contribuyendo
todos por igual, no comiesen igualmente todos; pero esto ha consistido
en las dificultades que naturalmente ofrece un sistema nuevo. Ibamos
en busca del equilibrio social, y para que éste se restablezca es preciso
que algo quede desequilibrado.
La verdad es que el furor de la centralización, que se hacía en nombre
del principio de autoridad, pudo haber sido el principio del socialismo.
Afortunadamente sonó á tiempo la trompeta de la especialidad, y la
ley de las afinidades empezó á entenderse de otro modo. No se ha he­
cho esta reforma en nombre de la descentralización, ni para nada se ha
pensado en ella al proclamar la especialidad, pero estamos seguros de que
esta prójima acaba con la centralización.

AYER, HOY Y MAÑANA

279

El comercio y la industria han sido los que primeramente han acor­
dado no entender de todo, sino ser diestros en algo, y al efecto han creado
las especialidades, dedicándose cada comerciante y cada industrial espe­
cialmente á distinta cosa; estando muy próximo el día en que para coser
una camisa, labor que antiguamente hacía la propia mujer del que iba
á usarla, se necesite el auxilio de seis industrias y el de otras tantas
tiendas.
Ya hoy día tenemos una fábrica que posee la especialidad de los
cuellos, otra la de los puños y otra la de las pecheras, y no nos falta otra
que anuncie la especialidad en la confección de camisas sin puños, cue­
llos ni pecheras.
Hay carreras especiales, porque las ciencias han seguido el movimien­
to del comercio y de la industria, y también en ese ramo se van á hacer
grandes prodigios descentralizadores. Antiguamente había pocas más
carreras que la de San Francisco, la de San Jerónimo y la de baquetas
que daban á los soldados en los cuarteles, y semejante abandono exigía
un remedio; pero lo hemos tomado tan á pechos que cada día sale una
carrera nueva. Y esto consiste en que el vapor, que es el motor del siglo,
tiene los pulmones de hierro y no se cansa de dar carreras.
Le ha dado también alguna á las bellas artes, y éstas han creado sus
escuelas especiales. Pero donde la especialidad ha hecho sus verdaderos
milagros abriendo, no sólo carreras, sino hasta carreteras, ha sido entre
los bibliófilos, los numismáticos y los aficionados á hacer colecciones de
todo género de cosas desde los tiempos más remotos hasta el día. Estos
son los que han abrazado la especialidad de todo corazón; éstos los que
la llevan á un grado de refinamiento y de subdivisión tan exquisita que,
andando el tiempo, para ver un traje completo del siglo xvi, por ejemplo,
será preciso ir á casa de diez y seis coleccionistas.
El uno hace colección de golas y tiene todas las que se han usado
desde que el hombre pensó en cubrirse ó adornarse la garganta; el otro
hace lo mismo con los jubones ó con la capa ó con el calzón y las medias
y los botones y las hebillas y las plumas del sombrero y las espadas. En
este género hay quien reúne objetos curiosos y comete al clasificarlos y
al exhibirlos errores muy curiosos también.
Los bibliófilos tienen su especialidad en libros de tal ó cual siglo, ó de
sólo la primera ó la segunda mitad de uno de ellos, y aun dentro de estos
períodos de tiempo los libros de un autor determinado ó los manuscritos
de un personaje célebre. Y no falta rebuscador de libros que se contenta
con sólo las tapas de ellos, porque su especialidad consiste en presentar
las encuadernaciones habidas en el mundo desde que se introdujo esa in­
dustria librera, que tiene una antigüedad fabulosa.

/

280

ANTONIO FLORES

No son tan escrupulosos los que forman colecciones de cuadros, aun­
que no deja de haber entre ellos algunos fanáticos de la especialidad.
Unos son ricos en Murillos, otros tienen una gran cantidad de Zurbaranes, y los hay también que tienen la especialidad en tablas buenas ó
malas, ó en cobres, aunque muchos de ellos sean mamarrachos; y por úl­
timo, aunque las obras que un pintor hizo en sus buenos tiempos valgan
más, como es natural, que las que hizo cuando no sabía pintar, todavía
hay quien ambiciona reunir estas últimas, y si alguien llegara á poseerlas
todas sería tenido por una verdadera y envidiable especialidad.
Pero de estas aficiones útilísimas y que más o menos subdivididas se­
rán siempre de una provechosa enseñanza para la historia de los conoci­
mientos humanos, hemos descendido cuanto nos ha sido posible, con ob­
jeto de que todos podamos ser coleccionistas, ya que no hay motivo de
colección para todos.
Desgraciadamente, cuando se hizo la revolución política no nos habían
dicho lo que era la ciencia arqueológica, y sin saber lo que hacíamos,
porque de haberlo sabido resultaría que no lo habríamos hecho, derriba­
mos, no con mano artística, sino con piqueta revolucionaria, los más pre­
ciosos monumentos arqueológicos. Y como no pensábamos ni podía ocurrírsenos que cuando el siglo acabase de derribar tendría que pensar en
reconstruir, siquiera fuese por no estar parado, redujimos á cascote me­
nudo todos los materiales de los derribos y con ellos hicimos terraplenes
para las carreteras y los ferrocarriles.
No podía darse mayor fraternidad entre las artes y la industria, ni ésta
podía desear otro trono de más lujo que los despojos de aquellas.
Y como derribamos de prisa y corriendo no tuvimos tiempo para ocu­
parnos de las obras de escultura ni de pintura ni menos de los libros que
había dentro de aquellos monumentos. Las primeras salieron mutiladas,
las segundas hechas girones, y los últimos desvencijados y muchos de
ellos hoja por hoja. Entonces ni siquiera sospechábamos que había de lle­
gar el día de las especialidades; y la centralización, que era la reina del
siglo, se hizo cargo de aquellos restos de las pasadas grandezas humanas,
y sin quitarlos el polvo del derribo ni curarlos las heridas de la piqueta
los tuvo almacenados hasta que llegó el día de la restauración y de la es­
pecialidad.
El gobierno creó precipitadamente comisiones centrales y comisiones
especiales para velar por la conservación de los monumentos del arte, y
los que habían comprado por mayor las estatuas, los cuadros y los libros
empezaron á restaurarlos, á clasificarlos y á irlos soltando uno á uno,
porque ya habían aprendido que la abundancia y la concurrencia traen
la baratura á los mercados.

AYER, HOY Y MAÑANA

281

Si la economía política hubiera venido al mundo español un poco más
temprano, habríamos sabido esas cosas y otras más; pero no vino, y por
eso vinieron las cosas como han venido.
La conservación de los monumentos arqueológicos, como por una par­
te está en manos de las comisiones y por otra en los terraplenes de los
ferrocarriles, no nos da cuidado. Lo que ahora nos interesa es la conser­
vación del polvo de aquellos edificios, del cacho de lienzo de aquellos
cuadros, de las hojas de aquellos libros y del trozo de piedra de aquellas
estatuas.
Nos enternece y nos aflige, aunque al propio tiempo nos llena de en­
tusiasmo, ver el respeto y la devoción artística con que el sabio coleccio­
nista moderno guarda aquellos polvos de la centralización que le han
traído estos lodos de la especialidad.
Pero ya hemos dicho que no todos pueden coleccionar estatuas ni cua­
dros ni libros, sino que es preciso que alguien piense en los muebles y en
los cacharros y en otros objetos que, aunque intrínsecamente sean de
poco valor, le tengan inmenso á los ojos de la historia. Estos coleccionis­
tas, y entre ellos el alfarero, son los que tienen más mérito á nuestros
ojos. Á él no le importa que la escudilla que acaba de adquirir sea la que
sirvió á Jacob para llenarla de lentejas y comprarle á Esaú su primogenitura; eso le interesaría á un anticuario, y él es especialista. El quiere
reunir todas las escudillas que ha habido en el mundo, y como una de
ellas es la de Jacob, la busca y la compra á cualquier precio. Y si, como
hemos indicado, es alfarero completo, esto es, que abraza la especialidad
de los platos, la de las jicaras y la de toda clase de cacharros de barro
y de loza, tiene su casa llena de fuentes y jarros y jofainas, cuanto más
sucias y más viejas y más rotas mucho mejor. Pero si dentro de esta es­
pecialidad tiene la de la loza ó la porcelana ó sólo uno de los ramos de cada
una de éstas, en ese caso se limita á hacer la colección dentro de su es­
pecialidad, y si coleccionando tazas adquiere una jicara no para hasta
que la cambia ó la vende al coleccionista jicarero.
Los ingleses, que son los verdaderos especialistas, tienen perfectamen­
te deslindadas las especialidades, y como nosotros los tenemos por mode­
los especiales en estas especialísimas manías, estamos ya muy próximos
á la perfección.
Así como desde el rango de las pinturas, de los libros y de las mone­
das se pasa á la de los objetos de barro ó de porcelana, así se desciende
desde éstos á las cosas más nimias y de menos valor: á aquellas que por
sí solas no tienen valor alguno y que coleccionadas y reunidas pueden
llegar á tenerle inmenso. Una esquela mortuoria, que el que la recibe ó
la rasga ó la arroja al basurero, en manos del trapero no vale más que

282

ANTONIO FLORES

un pedazo de papel cualquiera; pero reunida y cronológicamente conser­
vada por un coleccionista de esquelas fúnebres vale cuanto se quiera pe­
dir por ella. Sola no representa sino la fecha en que murió tal ó cual per­
sona y el día en que la enterraron y el nombre del cementerio en donde
descansan sus cenizas; pero reunida á todas las esquelas fúnebres de Eu­
ropa por espacio de diez ó veinte años, vale casi tanto y á veces más que
todos los libros parroquiales de esa parte del mundo.
El coleccionista de este genero ó el de esquelas de boda sostiene una
activa correspondencia con todos los impresores y todos los litógrafos de
España y del extranjero, y no se desdeña de dirigirse de vez en cuando
á los curas y aun á los sacristanes y hasta á los conserjes de los cemen­
terios para pedirles noticias y confrontar sus esquelas con las inscripcio­
nes de los sepulcros.
Los sellos del franqueo, que después que han sido inutilizados por las
oficinas de correos parece que no sirven para nada; las etiquetas de los
perfumistas y de los boticarios, y hasta los versos de las cajas de fósforos,
todo tiene hoy un gran valor en manos de los coleccionistas.
Difícilmente al ir á arrojar cualquiera de esos papeles ú otros de me­
nos valor se deja de tropezar con una persona que detiene el brazo y dice:
—Si usted me permite y no le sirve para nada este sello ó esta copla
ó este marbete, lo recogeré para un amigo que hace colección de estos ob­
jetos y tiene ya reunida una gran cantidad de ellos.
Si la manía de las colecciones sigue el camino que lleva, está próximo
el día en que no se podrán arrojar los huesos de las frutas, sino que ha­
brá que guardarlos para el coleccionista de los de melocotón ó de cereza
ó de albaricoque ó de pipas de calabaza; que no hay razón para que esta
fruta deje de ser la especialidad de muchos coleccionistas.
En los ramos del saber humano hay, como hemos dicho antes, sus es­
pecialidades, y cada hombre tiene la suya; do manera que es preciso el
concurso de muchos para lo que antes solía bastar y aun sobrar el de uno.
La especialidad de un orador es el exordio, la de otro es la argumen­
tación, otro se distingue en los epílogos, y hay quien no sirve para otra
cosa que para las réplicas; de manera que para hacer un buen discurso en
el parlamento ó en el foro se necesitarían cuatro oradores. En medicina
sucede otro tanto, y el enfermo que sufre más de una dolencia se ve per­
plejo sin saber si ha de avisar al médico cuya especialidad es el reuma,
es decir, el acertar á curarle, ó las fiebres ó el dolor de costado ó cual­
quier otro padecimiento. Y en cuanto al vestido, ya hemos indicado en
otro lugar de este libro que hay varias especialidades. Para vestir bien es
preciso acudir á cuatro sastres por lo menos; al que posee la especialidad
en el pantalón, al de los chalecos, al de las levitas y al de los fraques.

AYER, HOY Y MAÑANA

283

En suma, lector, ya lo has visto; la ley de las afinidades nos llevó en
nombre de la centralización á formar de toda la nación una sola familia,
y esa misma ley más afinada y en nombre de la especialidad va á hacer
tantas familias como ciudadanos.
Por si sirve de algo, para contener esta nueva manía, digamos con el
latino que in medio consista virtus, añadiendo con el castellano que
«Si querer entender de todo
es ridicula presunción,
servir sólo para una cosa
suele ser falta no menor.»

El que sea pobre sin su pan se lo coma y que no culpe á nadie por su
miseria.
Si cuando pasaban rábanos ba habido algún español que no ha corri­
do á comprarlos, porque ignoraba que á la ocasión la pintan calva y que
más vale un por si acaso que un quién pensara y un toma que dos te daré
y pájaro en mano que buitre volando, nosotros lo sentimos, pero no po­
demos remediarlo.
Abiertas han estado y abiertas están aún las fuentes de la riqueza pú­
blica, y como todos los españoles somos iguales, á ninguno se le ha dicho
que deje de llenar su cántaro.
La revolución empuñó la aijada de la economía pública, y cual otro
San Isidro Labrador la sacudió sobre la tierra haciendo brotar los rau­
dales de la riqueza pública. Millones de reales fontaneros salieron del ca­
nal del oro, y los españoles que tuvieron fe en el milagro corrieron á
beber hasta quedar hidrópicos ú orópicos en las fuentes de la riqueza
pública.
Por respeto á la igualdad civil y para evitar las preferencias, siempre
odiosas, inventamos las subastas. Con ellas se han hecho inútiles los pri­
vilegios, y el que más da por la torta aquel se la lleva.
En otra parte de este libro hemos hablado ya del oro; pero como este
siglo del hierro es tan rico, el oro nos sale al encuentro por todas partes.

AYER, HOY Y MAÑANA

285

Las gentes de ayer ,que tenían arcas de agua, creyeron que con más
razón deberían tener arcas de oro, y le guardaron, como aún lo guardan
hoy algunas personas, primero en un calcetín viejo, luego en un talego
nuevo y por último en un cofre; y si les parecía que corría peligro de
fugarse, porque las fugas del oro son más frecuentes que las del gas, le
metían en las entrañas de la tierra, sin que la tierra llegase á saber que
estaba en estado interesante. Pero vinieron los hombres de hoy, y sin bus­
car las llaves de aquellos cofres ni mucho menos descerrajarlos, sacaron
cuanto en ellos había, no contra la voluntad de sus dueños, que ya hemos
dicho y no nos cansamos de repetirlo que la libertad no hace fuerza á
nadie, sino tan á gusto de los interesados que se han comido las manos
de gozo tras el interés que les ha dado su dinero.
La llave maestra con que hemos abierto todos los baúles y quebrado
aquellas ollas viejas donde los viejos guardaban aquellas viejas onzas
mejicanas, ha sido la imprenta periódica. El cuarto poder del Estado, á
quien los demás poderes tratan como á un quinto y constantemente le
están leyendo la ordenanza, ha sido el Moisés del siglo xix. A su potente
voz se han reunido las aguas perdidas en el seno de las familias, y con­
vertidas en grandes raudales han hecho brotar las fuentes de la riqueza
pública.
Después que el hombre hubo renunciado á la vida privada, el capital
no podía conservar la suya. Disueltas las familias, era preciso disolver las
fortunas. El oro, proclamado dios del siglo, no podía ser menos que sus
adoradores. Los liceos, los círculos y los casinos tenían que traer consigo
los bancos, las bolsas y las sociedades mercantiles. Si en los primeros se
confeccionaba la política, en los segundos debía hacerse la economía, y
he aquí el origen de la riqueza pública, la economía política.
Con esta ciencia en la mano hemos regenerado la sociedad. No en balde
se quemó las cejas Schmidt para reunir y dar forma viable á los principios
económicos, que andaban diseminados en las obras de los viejos filósofos,
logrando que no se pudiera repetir aquello de que «se sabía dónde estaba
el mal, pero que no se podía dar con el remedio.» El medicamento ha
parecido. Say, Malthus, el ginebrino fundador de los sociales, el autor de
los falansterios y una multitud de sabios economistas no han trabajado
en balde para averiguar ciertas cosas, entre ellas la de el por qué los po­
bres no son ricos. Todo se ha averiguado, todo se ha corregido y el espí­
ritu de asociación nos ha redimido por completo.
Las sociedades mercantiles, que son las hijas de ese espíritu, no pue­
den renegar de su abuela materna la economía política. Si ellas son las
fuentes de la riqueza pública, su abuela ha sido la llave maestra que ha
soltado esas aguas.

286

ANTONIO FLORES

Veámoslas nosotros ahora extenderse por todo el ámbito de la tierra
política para regar los sembrados económicos del positivismo matemático.
Huyamos de las sociedades secretas, porque se nos antoja un gran re­
troceso hacer misterio y hablar en voz baja de algo, cuando es público y
se habla á voz en grito de todo. No queremos asociarnos ni siquiera para
defender los derechos del hombre hoy que cada ciudadano tiene el suyo y
el de usarle como mejor le parezca, y puesto que el trabajo es libre no
iremos tampoco á la sociedad de la Organización del trabajo.
Nada de organizar ni de constituir ni de regimentar, que todo esto
nos huele á comunidad de frailes y á gobierno absoluto. Somos libres y no
queremos perder nuestra libertad en una sociedad secreta. Las mercanti­
les son nuestra pasión, y de ellas, no las colectivas ni las accidentales
ni las comanditarias, sino las anónimas.
La sociedad anónima es la fórmula verdaderamente gráfica de este
siglo en que los nombres han sido suplantados por los números. El retra­
to de un socio cualquiera le dará al lector la medida de la sociedad y de
los demás socios.
Pero como no hay hombre sin hombre, si nos permites que te enseñe­
mos dos socios, uno que vaya y otro que esté ya de vuelta, el cuadro será
completo.
El primero, ya le conoces, es uno de aquellos primistas que embara­
zaban con sus intempestivas ofertas las primeras subastas de los bienes
nacionales. La gran parentela que reunió, toda de primas, le hizo entrar
en ganas de hacer una primada. Pujando al parecer por cuenta de un
amigo, remató, sin que nadie le emprimara, por cuenta propia una de las
mejores gangas de la primera extracción, y como el producto de ella le
permitió llevar los pies en coche, pudo andar más aprisa y llegar de los
primeros á las fuentes de la riqueza pública. Llenó con las de los conven­
tos todas las vasijas que tenía en su casa y aun las que no tenía en nin­
guna parte, porque es fama que compró mucho á crédito, y se dirigió á
otro manantial más productivo, se hizo contratista.
Los gobiernos, que tenían la obligación de velar por el bienestar de
los pueblos, estaban aburridos porque no sabían cómo dar de fumar al
paisano, de comer al militar y de vestir al presidiario ni dónde navegar
al marino, y todas estas atenciones, que se llamaron servicios públicos,
se adjudicaron en pública subasta. Tomó nuestro hombre de ellas las que
pudo tomar; traspasó las unas, cedió las otras, interviniendo siempre en
los tratos alguna prima, sin desdeñarse nunca de este parentesco, cosaque
le honra sobre manera, y recibiendo con toda llaneza á todas horas las
primas que se le presentaban, se hizo capitalista, y con su cre'dito y los
capitales ajenos fundó varias sociedades anónimas.

AYER, HOY Y MAÑANA

2S7

L a. E xploradora , sociedad para descubrir, denunciar y explotar
todas las minas de España. Capital social, noventa millones de reales,
dividido en cuarenta y cinco m il acciones de á dos m il reales cada una.
E l L abrador anónimo , sociedad consagrada al cultivo de todos
los terrenos incultos de España é islas adyacentes. Capital social, cien
millones en acciones de m il reales.
E l S alvador de las familias , sociedad de seguros mutuos sobre in ­
cendios, robos, hundimientos, tormentas, naufragios, vuelcos, disensiones
domésticas y otros objetos análogos, como son el avinagramiento de los
vinos, etc., á prima fija.
Estos nombres y los de banqueros tan respetables ó más que el
nuestro y tres ó cuatro títulos de Castilla y algún ex ministro entre los
directores y juntas de gobierno de esas sociedades conmovieron á la so­
ciedad, y el capital social de alguna de ellas se realizó en brevísimo plazo
y aun con usura. Al primero que pidió acciones se le dijo que no había;
al segundo, por favor especial y mandándole que guardara el secreto, se
le dieron algunas, y á los que vinieron más tarde se les aseguró que esta­
ban colocadas todas y que en Bolsa se cotizaban con 75 por 100 de benefi­
cio, no sobre el capital desembolsado, que era un 25 por 100, sino sobre el
nominal.
Al autor de la sociedad, como genio verdaderamente creador, no le gus­
taba estar donde todo estuviese ya creado, y apenas constituía la sociedad
se salía de ella, no sin haber repartido á los accionistas un dividendo de
utilidades aun antes de haber empezado las operaciones. La suya había
sido redonda, porque había repartido entre sus verdaderos amigos, que no
hay capitalista que no los tenga, la mitad de las acciones á la par y el resto
lo había negociado en Bolsa con alguna ventaja, aunque no tanta como la
que se contaba, á ios amigos menos íntimos.
De este número es el otro socio que quiero retratar en este cuadro.
Mírale bien, lector, mírale bien porque le conoces mucho. Te le pre­
senté más de una vez en la primera parte de esta obra, y aun presumo
que su economía en el vestir, su inocencia en el jugar, su sobriedad en la
mesa y su abstinencia en los gastos te hizo reir algún tanto. Entonces
creiste, y no te equivocabas mucho al creerlo, que aquel pobre hombre iba
á bajar al sepulcro sin haber gozado ni haberse divertido y dejando sus
economías en onzas de oro y en lugar donde sus herederos no las tropeza­
sen y donde no volviera á darles el sol hasta el día del juicio final. Pero
te has engañado, lector, porque no ha sucedido lo que tú pensabas.
Cierto es que la idea de que los capitales se asociaran le asustó tanto
ó más que las sociedades secretas, y se propuso que el suyo no tuviera
más socios que sus propios ahorros y economías; y aunque los periódicos,

288

ANTONIO FLO RES

que cayó en la tentación de leer algunos, le decían que el capital privado
no podía acometer grandes empresas ni producir grandes utilidades, si­
guió privando al suyo de todo contacto con los demás, hasta que los
casos prácticos le convencieron de la verdad con que hablaban los perió­
dicos. Yió á gentes que no tenían una peseta gastar muchas más que él
que tenía tantas y vivir en grandes casas y pasear en elegantes carrete­
las, y aunque él no pensaba hacer semejantes disparates aunque llegara
á ser más rico que Creso, se decidió á hacer un ensayo de Bolsa.
En cuanto á comprar bienes nacionales, tenía demasiado presente
lo que ocurrió el año 1824 á los que habían comprado en 1820, y se hizo
el sordo á los anuncios de las subastas. Tampoco quiso comprar papel
del Estado, porque la suerte de los juros y de los vales reales, tanto los
consolidados como los no consolidados y los comunes, no le hacían muy
aficionado á ese juego; pero en cuanto á las acciones de minas, que es por
donde se decidió á pecar, ya era otra cosa.
«¿Qué se puede perder con tomar una acción por vía de ensayo?, llegó
á decirse á sí propio. Lo más que puedo perder, añadía, es lo que dé por
ella.»
Y discurría como el jugador que pone un duro á una carta: que si
viene la contraria no pierde más que un duro, pero si trata de desquitar­
se puede perder todo lo demás.
Nuestro socio no quiso desquitarse, porque entró ganando. Las prime­
ras acciones que compró las vendió al día siguiente con un 50 por 100 de
ventaja, y como volvió á ver en su gabeta, no sólo su primera talega de
oro, sino media talega más, se decidió á que las diera el aire á todas, y el
amor que hasta entonces había tenido á los retratos de Carlos III en oro
le puso en las acciones de minas y en las de sociedades anónimas y en
toda clase de papeles litografiados y llenos de jeroglíficos.
Á las patentes de cofradías, únicas sociedades que hasta entonces ha­
bía conocido, añadió las de socio de toda clase de empresas é industrias,
y como ya leía además del Kempis, que no dejó de leer nunca, alguna
obra de economía política, aprendió con tanta fe las ventajas de la acu­
mulación de intereses y el interés compuesto y otras recetas mercantiles
por el estilo, que si algo percibía de utilidades por sus acciones todo lo
gastaba en otras nuevas, y se acusaba de haber tardado tanto tiempo en
ser accionista y en cambiar el oro que nada le producía por un papel
que le producía tanto. Le parecía imposible haber dudado que los hom­
bres de tantas luces, que habían sabido inventar la del gas y la del fós­
foro, fuesen capaces de aumentar la producción del dinero.
Después que hizo justicia al siglo, se hizo accionista de minas, de se­
guros y de ferrocarriles, tenedor de papel del Estado y, en suma, posee-

AYER, DOY Y MAÑANA

289

dor de toda clase de papel de Bolsa. Baste decir que no tenía un real de
plata en la suya cuando ocurrió el terremoto de las sociedades anóni­
mas. Pero no ha consentido en vender ni una sola acción con quebranto,
y aunque él pasa algunos, guarda como oro en paño, como guardaba el
suyo, todos los papeles que adquirió en cambio de él.
Cuando las cosas se toman con fe no se van á dos tirones, y ni el pri­
mero de las sociedades anónimas ni el que después le han dado las mi­
nas le han desengañado. Sus herederos ni pierden ni ganan, porque pro­
bablemente habría dejado las onzas de oro donde nadie hubiese trope­
zado con ellas: conque más vale que la economía política las haya en­
cauzado hacia las fuentes de la riqueza pública.
Ese socio pasivo que con tanta actividad foméntalas sociedades mer­
cantiles, además de ser conocido del lector desde la primera parte, ha
salido ya á luz en otros cuadros de hoy y no será éste el último en que
figure.
Los fontaneros de la riqueza pública y los que acuden á llenar sus
vasijas en esos manantiales son muchos más. Pero tantas veces va el
cántaro á la fuente, que ha de quebrarse alguna, y las quiebras, amigo
lector, son la moneda más corriente en este siglo de las corrientes de gas,
de magnetismo y de electricidad.
Todo se quiebra como si todo fuera hecho del más quebradizo cristal.
El comerciante más robusto y más atlético se acuesta sano y bueno
y amanece quebrado. Su casa, que á ti te parecía más sólida que el edifi­
cio del Escorial, quiebra de repente. Los carruajes con que corría la pos­
ta sin que jamás se les hubiese quebrado una rueda, aparecen en quiebra
también, y en suma, todos son quebrados en esta época de la entereza y
de la arrogancia. Y no creas que quiebran de mala fe ni en broma ni de
mentirijillas, como dicen los chicos, sino que el quebrantamiento del co­
merciante quebranta y quiebra y hace pedazos á centenares de hombres
y á millares de familias: ¡tanta es la verdad de la quiebra! La de la casa
hace quebrar otras muchas, y es tal el estallido, que todo salta y todo se
rompe como cosa frágil y quebradiza.
Pero ya te he dicho, lector, que mientras los economistas políticos
no habían descubierto más que la primera parte de su ciencia, esto es, la
de saber dónde estaba el mal, adelantamos poco en el camino de la bien­
andanza; para que ésta haya sido completa ha sido preciso descubrir
dónde está el remedio.
Los médicos y los enfermos sin la botica no hubiesen servido de
nada.
Ahora como la economía política además de los enfermos y los médi­
cos ha encontrado los medicamentos, las quiebras son más sencillas y se
Tomo II

19

290

ANTONIO FLORES

las puede conjurar más fácilmente. Se las ve venir, y cuando una casa va
á quebrar se tapan las grietas, se dan en los salones unos cuantos bailes
y mucha música, no para que se asienten y se duerman los cimientos,
sino para que los inquilinos no oigan el crujir de la fábrica, y última­
mente se apea la medianería, levantando á su inmediación otra casa
con otra fachada y á nombre de otro propietario.
Si cuando vimos que se acababa el oro no hubiésemos creado el papel
moneda, nos habríamos quedado sin una peseta; y si al irse concluyendo
el papel y el oro no nos hubiera ocurrido inventar el crédito, habríamos
muerto de hambre.
El crédito es la gran fuente de la riqueza pública.
Para que se seque es preciso que seamos tan torpes que dejemos lle­
gar el día de la liquidación general.
Mientras el tendero de comestibles no le pida al parroquiano que le
pague al contado el género que saca de su casa, y el almacenista por ma­
yor no le diga al tendero que le satisfaga desde luego el valor de los artí­
culos que le vendió á plazo, y al almacenista no le exija lo mismo el fabri­
cante, y á éste no le reclame el Banco los fondos que le prestó para su
industria, y al Banco no le pidan sus capitales los accionistas, que son ni
más ni menos que los parroquianos del tendero de comestibles, no hay
cuidado. La quiebra del crédito no llegará nunca.
Seguirán siempre abiertas las fuentes de la riqueza pública.

CUADRO XXXVI

LAS

CARRERAS

UNIVERSITARIAS

¿Quien te parece á ti, lector, que es el verdadero responsable de los
azotes que te dieron en la escuela de primeras letras, de los tirones de
orejas que te aplicó el dómine, de las calabazas con que te regaló el pro­
fesor de filosofía y de los infinitos contratiempos que habrás sufrido
mientras has cursado las universidades? ¿Crees tú que si Adán no hu­
biese tenido el mal gusto de aceptar una manzana de boca de una ser­
piente, habría leyes de instrucción pública ni planes de estudios ni nin­
guna de esas carreras que han dado los siglos en el gran hipódromo do la
sabiduría humana?
Pues qué, si los padres de familia pudieran dejar á sus hijos la ca­
rrera de San Jerónimo con todos sus edificios ó la de San Francisco con
todos los suyos, ¿habría quien se acordara de que había escuelas, colegios,
institutos, universidades, fábricas ni talleres?
El trabajo es un castigo que Dios nos impuso por el pecado original,
y he aquí demostrado que el verdadero autor de la instrucción pública es
Adán, la causa de nuestra sabiduría una serpiente y el origen de esas
grandes ciencias, con las que pretendemos asustar al mundo, una camuesa.
Y ya que por la gracia de Dios y la Constitución se han suprimido los
azotes y las palmetas, y la letra no entra con sangre, como en otros tiem­
pos, Adán y Eva pueden estar orgullosos de haber sembrado la manzana

292

ANTONIO FLOUES

que ha producido el árbol de la sabiduría; árbol que creyó dar opimos
frutos en los tiempos antiguos, pero que nosotros hemos averiguado que
no ha estado en sazón hasta nuestros días, y lo que es más aún, que no
podrá en los venideros adquirir más frondosidad ni mayor madurez.
Y con efecto, lector, yo debo decirte, aunque me rechaces por parcial y
me tengas por orgulloso, que la época presente es la única que está legí­
timamente autorizada para escribir á la puerta de sus universidades el
non plus ultra que no pudieron grabar en sus pendones los pueblos de la
antigüedad, que creyeron asustarnos dejándonos por única muestra de
su civilización unos cuantos monumentos de piedra.
Si fuera posible que resucitaran los atrevidos autores de las pirámides
de Mentís y les preguntásemos qué entendían por estereotomía, los haría­
mos volver á sus sepulcros, avergonzados de no saber ni siquiera el nom­
bre del arte que enseña á cortar las piedras. ¡Ellos que cortaron tantas!
Y no darían palotada en la mecánica racional ni en la aplicada ni en
los ejercicios gráficos, y causaría pena oirles discurrir acerca de las mate­
máticas y de las ciencias naturales, y encogerse de hombros cuando les
hablásemos de derecho administrativo y de economía política.
Aun en tiempos posteriores reprobaríamos á esos grandes genios que
nos enseña la historia como otras tantas lumbreras de la ciencia. Cristó­
bal Colón no sabría qué contestar á las preguntas que le hiciera un sim­
ple guardia marina; Juan de Herrera apenas serviría para delineante en
el estudio de un arquitecto, y los jurisconsultos, los ñlósofos y los médi­
cos del siglo x v u llevarían calabazas con sólo que les preguntáramos lo
que hoy contestan de coro los alumnos de derecho mercantil, los de es­
tética y los toxicólogos.
Es indudable que las ciencias, las letras y las artes han llegado á su
mayor apogeo, y trabajo les mandamos á los que vengan después que
nosotros si han de inventar una nueva salsa para condimentar el ali­
mento del espíritu.
En tiempo de nuestros padres la gran mesa de la sabiduría humana
apenas pasaba de cuatro asientos, que constantemente ocupaban un teó­
logo, un militar, un jurisconsulto y un médico: algunas veces se ponía
mesa aparte para el arquitecto, el boticario y el escribano; pero éstos no
comían todos los días, y hasta se les permitía comer por su cuenta, donde
y como les daba la gana. Dentro de las universidades sólo comían los
cuatro primeros, y aun de ellos debemos eliminar al militar, porque éste,
aunque entraba y salía donde más le acomodaba, no tenía obligación de
asistir á las aulas. El eclesiástico, con el abogado á la derecha y el médi­
co á la izquierda, era el que repartía los manjares con tasa y medida,
como ha podido ver el lector en la primera parte de esta obra.

A Y E R , HOY Y M AÑANA

293

Pues bien: ahora, no sólo han pasado á la primera mesa los de la se­
gunda, sino que se ha construido una gran mesa redonda, en la cual se
ponen diariamente sesenta cubiertos para otras tantas ciencias y profe­
siones, y principalmente para las carreras especiales. Porque esto de la
especialidad, como ya hemos dicho en otros cuadros, es una de las cuali­
dades más distintivas de esta época desamortizadora.
Y si grande es la mesa de la sabiduría y muchos los cubiertos que
caben en ella, los platos que se sirven son infinitos y los manjares suma­
mente variados. De las primeras entradas, ó llámense sopas del entendi­
miento, están obligados á comer casi todos los comensales; y sólo cuando
ya todos los estómagos están á una misma altura de psicología, de latín,
de griego, y de francés, y han tomado algunos sorbos de moral, y han
picado en los encurtidos de la retórica, poética, física, química, geogra­
fía é historia, es cuando se permite á los convidados que dejen pasar en
blanco ciertos platos y que cada uno tome del que más convenga á sus
fuerzas digestivas y á sus inclinaciones literarias. Es decir, que el anfi­
trión no les obliga á comer otra cosa sino los platos que necesitan para
hacerse bachilleres en artes. Después de esto, cada cual se hace servir los
manjares que quiere, según el precio que ha pagado por el cubierto ó el
que espera sacar cuando acredite que se ha sentado en mesa tan exquisi­
ta. Aunque para esto último más le valdría no ensuciar su estómago li­
terario con los manjares que se sirven en el paraninfo de la universidad,
porque fuera de ese comedor es donde se hallan los verdaderos cubiertos
de precio, como vamos á demostrárselo al lector en las siguientes líneas.
Supongamos que un hijo de familia, por consejo de su padre ó por
inclinación propia, se va derecho á la universidad y se sienta á la mesa
de la jurisprudencia once años seguidos, pagando en los cinco primeros
ochocientos reales y en los seis últimos cinco mil ochenta; y supongamos
también que no teniendo paciencia para estar en su casa esperando á que
acudan los litigantes en busca de su ciencia, pone ésta á disposición del
gobierno, y éste la acepta y le nombra, no ya promotor fiscal, sino minis­
tro del Tribunal Supremo: pues en este último caso, que es el gran caso
de la carrera judicial, tendrá un cubierto de sesenta mil reales.
Supongamos ahora que ese mismo joven ó un hermano suyo equivo­
ca el camino, y en vez de dirigirse á la universidad se va al colegio de
infantería ó al de caballería, y después de tres años de estudios, sin que
él vaya á buscar al gobierno, éste le busca y le da un cubierto de cinco
mil cuatrocientos reales ó de seis mil y la esperanza de llegar, no á los
sesenta mil del ministro del Tribunal, sino á los ciento veinte mil del ca­
pitán general, y por lo menos á los noventa mil del teniente general. Lo
mismo pueden llegar á alcanzar, pero les cuesta bastante más trabajo, el

294

ANTONIO FLORES

artillero y el ingeniero militar y el individuo de estado mayor y el ma­
rino; todos los estudios militares llevan á los cubiertos de sesenta mil, de
noventa mil y de ciento veinte mil.
Las gentes del paraninfo universitario no sacan un paladar tan fino,
y únicamente los teólogos, cuando arzobispan, pueden alcanzar los ciento
sesenta mil reales; pero con este cubierto y con el de noventa mil que
tienen los obispos se han de socorrer tantas bocas que no alcanza para
nadie. Fuera de esta carrera, en ninguna otra se puede pasar de un cu­
bierto de cincuenta mil reales, y ordinariamente los de este precio no se
dan á los abonados al paraninfo, que todos suelen quedarse, y gracias si
llegan, en veintiséis mil, que es el máximum del profesorado.
Pero nada de esto impide que en las mesas universitarias y en las de
las escuelas profesionales reine el buen humor y la alegría y que se sir­
van platos de verdadero lujo y manjares á los cuales no sabrían por dón­
de entrarles el diente los grandes hombres de la antigüedad. Lo mismo
que hemos dicho antes de los griegos y de Colón y de Juan de Herrera,
decimos ahora de Hipócrates y de Linneo y de todos los médicos, botáni­
cos y químicos que ha habido antes de ahora. Ninguno de ellos sabría lo
que era zootecnia, fitotecnia y fisiografía y dacografía y menos docimasia, ni nada en fin de lo que hoy constituye el abecé de las ciencias físicoquímico-naturales.
Así hemos llegado á contar más de sesenta carreras y pronto tendre­
mos muchas más, porque aún hay algunas en estado interesante, á pesar
de lo muy fecundas que todas han sido dividiéndose y subdividiéndose
hasta el infinito.
Desde escribiente y delineante, que no es mucha cosa, hasta capitán
general de ejército, que ya es bastante, el hombre lo puede ser hoy todo;
y un padre de familia que antiguamente si tenía cuatro hijos varones
andaba con trabajo para educar al cuarto, á no ser que repitiese la carre­
ra del primero, ahora aunque reúna veinticinco puede darles á todos
distinto rumbo y todos de provecho.
Sin tocar en las carreras militares, que son nada menos que doce, ni
llegar á las de facultades mayores, que casi son otras tantas, puede colo­
car sus veinticinco hijos con entera independencia los unos de los otros.
La estadística, la telegrafía, las minas, la diplomacia, la diplomática, la
náutica, la música, la pintura, la declamación, la escultura, el grabado,
la arquitectura, la agronomía, los montes, los caminos y canales, el no­
tariado, la veterinaria, las obras, el comercio, la agricultura y otra por­
ción de enseñanzas profesionales y de estudios superiores le ofrecen dife­
rentes carreras al efecto.
Esos sesenta y tantos caminos que conducen al templo de la inmorta-

YER, HOY Y MAÑANA

295

lidad y á la mesa redonda no han producido igual número de planes de
estudios y de proyectos de leyes de instrucción pública, pero los prime­
ros cerca le andan y los segundos abundan bastante. Ya casi es una
carrera el estudiar la que se ha de seguir y los reglamentos que hay que
observar y las obras de texto que se deben adquirir; siendo preciso estar
siempre con la Gaceta en la mano para ver si el nuevo plan de estudios
ó la modificación que se introduce en el que rige obligan á desandar lo
andado en tal ó cual carrera ó causan mayor perjuicio. También se publi­
can en el diario oficial las listas de las obras que deben comprar los estu­
diantes; y en este punto sí que son dignos de compasión los padres de
familia, no porque las obras sean malas, que esto aunque fuera verdad,
y verdad que nosotros supiésemos, no lo diríamos nunca, sino porque ja­
más llegan á saber con certeza cuáles son las verdaderamente aprobadas
por el gobierno.
Mientras compran tal ó cual gramática, parece que la Gaceta que la
anuncia, el librero que la vende y aun el profesor que la manda comprar,
todos convienen en que aquel es el libro que ha de servir de texto; más
tarde, cuando ya la gramática se va familiarizando con el alumno y el
alumno con ella, parece que la Gaceta y el librero y el profesor se engaña­
ron; lo que se necesita es un manual, y tras del manual un programa, y
por último un libro cada semana.
Mas, afortunadamente, que no hay mal que por bien no venga, los
libros de texto están tan mal impresos y el papel es tan malo que se
acaban por sí solos y pronto; es decir, que no hay que calentarse la cabe­
za en pensar dónde se guardarán tantos libros, porque á medida que se
van comprando ellos solos se van deshaciendo.
Pero á bien que el estudiante no ha de echar de menos los libros
cuando salga de la universidad, porque ni hoy día salen con tan poca
ropa literaria como antiguamente, ni aunque salgan poco abrigados han
de confesarlo por vergüenza que les dará el aparecer ignorantes. Cuando
la ciencia era mayor de edad y no se la dejaba andar por el mundo sino
fuertemente asida del brazo de la experiencia, no era deshonra el seguir
estudiando privadamente, después que se habían acabado los estudios ofi­
ciales; pero hoy que la autoridad científica ha sido exclaustrada, como
las demás autoridades, no es posible que el joven que mientras aspiraba
á merecer la investidura de doctor disputaba con el catedrático, le trate
de otro modo que de igual á igual, y gracias si no la da de superior
cuando ha doctorado.
El estudiante de hoy no se parece por lo tanto en nada al de ayer ; y
lo mismo que ha cambiado por de fuera, trocando la raída sotana y el
roto manteo por el rico pantalón de patent y el elegante gaban de pilot,

296

ANTONIO FLORES

se ha transformado por dentro, creyendo que la autoridad del catedrático
no es absoluta y que sus preceptos son problemas que debe discutir con
sus discípulos. Pero esto es dentro del aula, porque una vez fuera de ella
ya es otra cosa. En el casino, en el café y en la calle, el catedrático y el
alumno son dos ciudadanos enteramente iguales, que disputan, que beben
y fuman juntos, sin que haya entre ellos la menor diferencia.
Y en días de revolución, con la que tiene grandes simpatías el estu­
diante de todos tiempos, los catedráticos y aun los rectores han solido
representar el papel de discípulos y éstos el de profesores. Pero en estos
casos, cuando la nación ha padecido esas fiebres, que según ciertos auto­
res revolucionarios son como las calenturas que experimentan los niños
en las épocas de su desarrollo y crecimiento, se han solido cerrar las uni­
versidades, y cada cual desde su casa, sin profesor ni libro de texto, ha
ganado el curso. ¡Y cuántas veces han ganado otras cosas más! Pues qué,
¿no se han abonado como años académicos los que se han empleado en
hacer el ejercicio y en andar persiguiendo facciosos?¿No se ha probado el
curso de derecho civil mientras se ventilaba á cañonazos ese mismo dere­
cho, y el de anatomía cuando se destrozaba á sablazos el cuerpo del pró­
jimo, y aun el de lugares teológicos en tanto que se pretendía defender la
religión con argumentos ad hominem?
Pero todas esas cátedras aparecen cerradas, por fortuna, hoy día de
la fecha, y en cambio, ¡cambio felicísimo!, cada vez se abren nuevas ca­
rreras y se inventan nuevas profesiones.
Lo que hay de malo es que aún hoy como ayer se necesita estudiar
mucho para saber poco. Dios querrá que mañana sin estudiar nada se
sepa todo. Es imposible que los metales, agradecidos á lo mucho que los
hemos ennoblecido, no se pongan de acuerdo con los gases y los fluidos
para inventar máquinas que rediman ála humanidad de la esclavitud de
los libros y de la tiranía de los catedráticos.

CUADRO XXXVII
LAS CASAS D E B A Ñ O S Y L O S B A Ñ I S T A S

Si viviera Aristóteles y siguiera en sus trece, sosteniendo que el agua
era un cuerpo simple é indescomponible, ¿de qué vivieran en verano las
empresas de diligencias, los ferrocarriles, las fondas, las casas de huéspe­
des, el fabricante de baúles y sacos de noche y tantas otras industrias
como han creado las aguas minerales? ¿Y qué sería de los médicos direc­
tores de las casas de baños, de los bañeros y de tantas otras personas como
viven de procurar que se lave y se hidropatice el prójimo?
Somos nosotros poco matemáticos y por eso no tenemos mucho de es­
tadísticos; pero hay ocasiones en que no es posible prescindir del cálculo,
y una de ellas es esta.
Supongamos que el agua siguiera siendo un elemento soltero, sin otro
oficio que el de representar una de las cuatro patas que sostienen esta
mesa redonda llamada mundo, y que no sólo se ignorara que es el matri­
monio de dos gases, sino que no se supiera tampoco que es dulce, salina,
termal y fría, y que dentro de estas clases de agua hay tantas especies
distintas como son distintos los cuerpos extraños que se bañan en ellas,
¿quiere el lector que le digamos el número aproximado de personas y de
cosas que en ese caso tendríamos de menos? Pues oiga.
Suponiendo, y suponemos corto, que sólo tengamos en España cien
casas de baños minerales, tendríamos de menos esos cien edificios y sus
cien mesas de billar, que son de rigor en cada una de ellas, y cien colum­
pios y cien pianos, y cien juegos de bolos, y otros tantos de ajedrez, de

298

ANTONIO FLORES

damas, de dominó y de tresillo; y ya con la baraja en la mano, sigan uste­
des discurriendo juegos. Trescientas fondas, trescientas mesas redondas,
cinco mil camas y otras tantas mesas de noche é igual número de cómodas,
y treinta y cinco mil sillas y diez mil luces y cinco mil espejos y cinco
millones de varas de lienzo en ropa de cama, de baño y de mesa.
Sobrarían cien médicos y cien propietarios de casas de baños, y tres­
cientos cocineros y mil ochocientos pinches de cocina, y trescientos ma­
yordomos y seiscientos camareros y cuatrocientos mozos de baño y otras
tantas bañeras.
Y si con este trabajo estadístico penetráramos en las casas de hués­
pedes que se establecen alrededor de las aguas minerales y nos atrevié­
ramos á ir á los puertos de mar, recogeríamos datos curiosísimos, con los
cuales veríamos cuán conveniente ha sido que Aristóteles haya muerto,
que la química se haya desarrollado y que la humanidad se familiarice
con el agua hasta el punto de ir todos los veranos á atracarse de la de mar,
de la sulfurosa, de la alcalina, de la ferruginosa, de la termal y de tantas
otras como se han descubierto en estos tiempos en que lo único imposible
es el estar oculto.
Mucho nos hemos enriquecido con las minas, pero el pueblo que no
ha sabido descubrir en su término una fuente mineral no saldrá nunca
de pobre. Si logra hacer creer que sus aires son puros y saludables, lla­
mará algunos parroquianos, pero no serán muchos. Tomar aires no es to­
mar aguas.
Tomar aguas es lo higiénico, lo saludable y lo que, si Dios no lo reme­
dia, ha de dar á esta generación una longevidad matusalénica. No hay
más que leer los anuncios con que los propietarios de las casas de baños
llenan las esquinas y los periódicos, al acercarse el verano, para persua­
dirse de que no hay enfermedad que pueda matar al hombre.
No dicen, como los perfumistas «no más calvos, >>ni como ciertos ven­
dedores de pastas pectorales «no más tos;» pero cuando se acaba de leer
uno de esos prospectos de casas de baños, dicen las gentes para sus aden­
tros: «Pues señor, no más jorobados, ni más paralíticos, ni más cojos, ni
más tísicos, ni más enfermos de ninguna clase; el hombre que tome con
constancia estas aguas, y no tenga el mal pensamiento de tomarse un ve­
neno, no sabrá de qué morir, y si se muere será de viejo.»
Y ya que en las casas de baños está la salud, vayamos á ellas aunque
sea á costa de un sacrificio; que nada es costoso cuando se trata de pro­
longar la vida y de gozarla sin enfermedades. Bien puede el lector abu­
rrir ocho ó diez mil reales y venirse con nosotros á pasar unos cuantos días
en una casa de baños. Si es soltero no tiene que dar cuenta á nadie, y si
es casado es posible que tampoco, porque á su esposa le habrá ordenado

AYE R, HOY Y MAÑAN A

299

el medico distintos baños que á él y no podrán ir juntos. Y dichoso él si
no tiene hijas de distinto temperamento que sus padres y á quienes con­
vienen otra clase de aguas, ó si á él mismo ó á su esposa les han visto
tres médicos distintos, y el uno, dando más importancia á las manchas de
la oreja derecha, le ha ordenado aguas sulfurosas, y el otro, fijándose en
el dolor del hombro izquierdo, le ha dicho que tome chorros termales, y
el tercero, atendiendo al estado general, le ha indicado que los baños de
mar son los únicos que le convienen.
Nosotros no hemos consultado con nuestro médico de cabecera, sino
que hemos preguntado á un médico director de baños, para que imparcialmente nos dijera si nos convenían las aguas que estaban á su cargo,
y nos ha dicho que sí; hemos tenido la suerte de tropezar de buenas á
primeras con nuestra media naranja. ¡Cuántos andarán rodando por esos
manantiales de salud sin hallar la suya!
Al apearnos del faetón de los baños sulfurosos, que no es ciertamen­
te el carro alígero de la aurora, por más que hayamos madrugado para
tomarle, nos reciben á la puerta del establecimiento los bañistas, pregun­
tándose todos á la vez y en voz baja quiénes somos y ejerciendo igual inquirimiento con nuestros compañeros de viaje. Si hay cuartos desocupa­
dos nos dan la llave de uno, por cuyo numero trocamos nuestro nombre
y apellido al declarar el uno y el otro en el registro de salud que lleva
el director administrador del establecimiento. Si no hay cuarto vacante
nos dan un número en la escala de los excedentes y nos arreglan una
cama detrás de una puerta ó en el descanso de una escalera ó en el pa­
jar ó en una buhardilla, y allí, á la vez que tomamos un baño de intempe­
rie, empezamos á tomar los baños de azufre.
A la hora de la consulta que diariamente tiene el director facultativo
nos confesamos con él, haciendo primero un examen de conciencia con
nuestra economía animal para ver donde anduvo más pecadora, y el mé­
dico empieza por prescribirnos el descanso de aquel día y el siguiente,
marcándonos los vasos de agua mineral que hemos de beber, los días en
que nos hemos de bañar, los chorros que hemos de recibir y los gases que
debemos aspirar. Para cada una de estas operaciones nos señalan una hora
y nos dan un número, y todo consta en la patente que nos expiden y con
la cual nos presentamos de nuevo al director administrativo.
Y una vez reconocidos, numerados y matriculados nos sueltan en el es­
tablecimiento para que empecemos áser uno de tantos entre aquellos va­
riados huéspedes, que nos miran y nos observan con el mayor interés, ade­
lantándonos cada cual y á porfía una sonrisa, como si pujaran entre sí la
primacía en saludarnos y hacer amistad con nosotros, que es una hacienda
importantísima en el hacendoso idioma moderno. Pero á pesar de que hay

300

ANTONIO FLORES

entre los licitadores algunas damas, á cuyo favor adjudicaríamos desde
luego nuestra persona, preferimos pagar con una sonrisa de esperanza las
simpatías que prematuramente hemos despertado, y nos proponemos ver,
oir y callar, un día al menos, para observar á nuestra comodidad el esta­
blecimiento de baños y los bañistas.
El primero, visto desde fuera, rodeado de ásperas montañas y con un
jardín convaleciente cuyas plantas parece que han ido allí á buscar la
salud y que no les han probado bien las aguas, se nos antoja una cartuja
abandonada por sus antiguos huéspedes; interiormente, los pasillos con
puertas á un lado y á otro, todas numeradas y con ventanas pequeñas,
nos representan un establecimiento penitenciario del sistema celular ó
una casa de locos; los bañistas en las primeras horas del día, unos maniá­
ticos; á las horas de comer, unos locos alegres, y el resto del día, unos de­
mentes furiosos. De lo cual resulta que el establecimiento, con las gentes
que le ocupan, más tiene trazas de un manicomio que de una casa de
baños.
Por la mañana temprano, casi de madrugada, se abren las celdas y van
saliendo los huéspedes, el uno con bata y con gorro de dormir, el otro con
chanclas y capa, alguno embozado en la bufanda, y las mujeres, recogido
el cabello (con canas ó sin ellas) en una papalina muy almidonada, el
cuerpo encerrado, con aires de libertad, en una bata de muselina, y el pie
mordiéndose las uñas para que nadie advierta que le está apretando la
que parece anchísima chinela.
Ellos y ellas llevan un vaso en la mano y todos se dirigen hacia la
fuente mineral á desayunarse con tres ó cuatro cuartillos de agua sulfu­
rosa, y he aquí el primer síntoma de la monomanía.
— ¿Cuántos vasos ha bebido usted ya?—dice un bañista á otro que da
paseos precipitados y no está quieto un momento.
— Yo doce— contesta sin dejar de andar,— ¿y usted?
— Aún no he podido beber más que dos, porque cada día me repugna
más el olor.
Esto último ya no lo oye el paseante, que va y viene como otros mu­
chos y sube y baja por los montes, echándose un vaso de agua cada vez
que pasa por la fuente.
Las jóvenes, si aciertan á llegar al manantial cuando no hay gente,
que rara vez tienen ese acierto, beben uno ó más vasos seguidos sin ad­
vertir el mal olor ni el mal gusto; pero si alguien las observa y ese
alguien es joven, llevan diferentes veces el vaso á la boca y le retiran en­
señándole los dientes, como si le dijeran al agua: «¡Rabia, que son dema­
siado bonitos para que me los pongas como una pajuela!,» y pasean, no
con la fe del que ha bebido los doce vasos de agua y que trata de beber

AYER, HOY Y MAÑANA

301

otra media docena, sino con la consideración que no pueden menos de
guardar al calzado que les aprieta, al sol que ya empieza á calentar dema­
siado y á otras cosas que si entonces no se advierten podrían advertirse
más tarde.
Esto no obsta para que algunas señoras suban y bajen las cuestas y
den paseos por el jardín, haciendo la digestión del azufre al arrullo de tal
cual galantería que les dirige el azufrado galán que las acompaña.
Más tarde, cuando después del desayuno empiezan á tomarse los ba­
ños y los chorros y las inhalaciones de los gases, se oyen las voces de los
bañeros que gritan: «¡El 13 al baño; el 2 á la regadera; el 5, el 7 y el 8 al
chorro; el 20, el 1 y el 1 á tomar el agua molida; el 14, el 40 y el 6 á los
gases!»
Y estas voces se oyen repetidamente y van pasando los números con­
forme los van llamando, cuidando las mujeres, al retirarse á sus aposen­
tos, de no hacer ruido y de pasar misteriosamente para que nadie vea la
palidez que sacan del baño ó el color de remolacha que les puso el chorro
ó las calvas que les descubrió la regadera.
En el cuarto de la inhalación de gases se establece una verdadera tertu­
lia, y aunque todos sorben de vez en cuando y aspiran la atmósfera en
que les obligan á vivir una hora por lo menos, el número 14 borda unas
zapatillas, el 6 y el 40 juegan al ajedrez, el 39 escribe unos versos en la
cartera, el 3 lee una novela y el 2 echa una siesta.
La campana del comedor abrevia todas esas operaciones, y allí acuden
todos los números á ocupar el que les está marcado y señalado en la silla
y en la servilleta, que es el mismo que tienen en el cuarto, en la cama,
en la toalla y en todos los objetos que forman el árbol genealógico de
cada bañista.
El médico director del establecimiento preside la comida, y como el
cocinero sabe que in presentía m edid nihil nocet, se cuida poco ó nada
de la calidad de los manjares, no se detiene á identificar los cadáveres
del conejo ni de la liebre, y si algún pescado se detuvo demasiado en el
camino, lo carga de pimienta, luchando así á brazo partido con el agua
sulfurosa.
Por supuesto que á las horas de comer es cuando debe observar una
casa de baños el que quiera formar de ella una idea agradable y consola­
dora; porque es tal el efecto de las aguas, que todos comen con apetito
manjares fuertes, y beben buenos tragos de vino, sin que se pueda sospe­
char que hay un solo enfermo.
La comida se reposa en el billar y en las salas de juego, y la digestión
se hace bailando y jugando á los bolos y en otros ejercicios higiénicos.
Paro es el día en que no se dispone alguna expedición al pueblo que dista

302

ANTONIO FLORES

de los baños lina legua ó á otras aguas minerales que están de allí legua
y media, y para estas expansiones del buen humor y de la alegría se cuen­
ta en primer lugar con el ser más triste y más grave de la creación, con
el más serio y más sesudo y hasta más filósofo de todos los seres, con el
humilde, el resignado, el modesto y estoico burro. Y no se cuenta con él
como se cuenta con el pavo para matarle de una vez noblemente con un
cuchillo, sino para molerle á palos, llenándole de baldón y de oprobio.
Se piden tantos burros cuantos son los números de la casa de baños
que forman parte de la expedición, y cada bañista toma el suyo y le corre
por los campos, que besa más de una vez, gracias á que el burro, sin per­
der su serenidad ni importarle nada de los palos que ha de costarle la
broma, arroja por las orejas al jinete. Y no parece sino que cuando aca­
bada la diversión emprende el trote hacia la cuadra ó la pradera, se va
riendo en sus adentros de lo magullado que queda el reumático que fue
á curar sus dolores á los baños, ó de lo mucho que ha irritado la sangre
al que pensaba dulcificarla con las aguas minerales.
A la broma de los borricos sigue un baile que, aunque improvisado,
no por eso deja de estar muy concurrido, y las pobres señoras que han
ido á las aguas minerales á curarse de sus dolencias se visten como si no
les doliera nada, se desnudan los hombros, se cargan de flores y lazos la
cabeza, y entonces es cuando suele empezar á comprender el padre de
familia por qué no quiso su hija tomar aquel día el baño de regadera, y
sospecha el marido si por presentarse descotada diría su mujer que le irri­
taban demasiado los chorros que le mandó el médico tomar en la espalda.
Algún dolorcillo y algún ¡ay! lastimero anda por tal ó cual aposento
de la casa de baños; pero con el ruido del piano y la polca íntima, no se
oye nada; concluyendo el pobre enfermo que ha ido de buena fe á tomar
las aguas por obedecer la ley de las mayorías y acudir al baile á sonreír­
se entre dolor y dolor para ver si logra echarlos fuera, aunque se los tome
alguno de los que bailan.
También se canta, porque á las casas de baños va gente muy escogida
y de muchas habilidades, y algunas veces, mientras en la sala de juego
andan las barajas en manos de los jugadores de naipes, en el salón del
baile mueven las cartas los jugadores de manos. Siendo tales y tan varia­
das las diversiones en esos establecimientos, que si resucitaran las gentes
de antaño y en medio del olor de azufre que despiden las aguas viesen
ciertos juegos diabólicos con que se entretienen los bañistas, creerían es­
tar en el infierno. Porque no es sólo física recreativa la que allí hace el
gasto, sino que ciencias muy serias y muy profundas prestan también su
parte bonita para solaz y entretenimiento mutuo de aquellas gentes, de
las cuales apenas hay uno que no tenga una habilidad.

AYER, HOY Y MAÑANA

303

El uno es magnetizador y se encarga de hacer dormir á dos ó tres se­
ñoras; el otro entiende de sonambulismo y las da un poco y aveces hasta
un mucho de lucidez magnetica; rara vez falta un evocador de espíritus
que traiga á la reunión veinte ó treinta personajes del otro mundo, y por
último tampoco falta, sino que casi siempre sobra, algún discípulo de Gali
que se preste á dar una sesión de frenología; de esa ciencia que en manos
de los médicos no sabemos si ha servido de algo, pero que en poder de los
aficionados ha divertido mucho, y que si mañana la cogen por su cuenta
los comadrones y las amas de cría podrá ser de una utilidad incalcula­
ble: se verá venir á los sabios con la anticipación necesaria para mandar­
les tejer una espuerta de coronas; los criminales se cazarán en agraz; los
tiranos morirán en ñor, y á los que tengan muy desarrollado el órgano
de la acometividad y de la destructividad se les pondrá donde no pue­
dan acometer ni tengan nada que destruir.
Hoy por hoy ancla la ciencia de Gali y de Spurzhein en poder de los
aficionados, y preciso es confesar que es un entretenimiento curioso, del
cual habríamos hecho un cuadro especial si no temiéramos abusar de la
paciencia de los lectores.
El frenólogo de la casa de baños es un frenólogo recreativo, por más
que tome un aire serio y grave y dé á sus palabras un tono sibilítico, y
cuando agarra entre sus manos la cabeza de una joven y alza la suya al
cielo, mientras busca protuberancias y chichones entre el rizoso cabello de
la niña, hay en su figura y en su mirada algo de solemne y de terrorífico.
—Esta es una cabeza pindàrica—dice después de haber palpado deteni­
damente ála joven.
Y todos los circunstantes se miran asombrados, los unos por no haber
entendido lo que quiere decir y los otros por haberlo entendido de sobra.
Y entre estos últimos están los padres de la niña, que saben que si no
hace versos pindáricos, al cabo y al fin hace versos.
—César no tendría una cabeza mejor organizada que ésta—dice el fre­
nólogo al reconocer la de un joven, que entusiasmado declara que, con
efecto, él es militar.
—Predomina la adquisitividad, el cálculo numérico y la secretividad
—dice al registrar las abolladuras del cráneo en el de un viejo comer­
ciante.
Y así continúa examinando las cabezas de todos, absteniéndose de
dar su opinión en algunos casos, como si su horóscopo hubiera de ser fu­
nesto á los interesados; los cuales quedan sorprendidos con lo que han
visto, porque aunque todos ellos saben de memoria el Don Quijote y re­
cuerdan bien las escenas de la venta, no pueden creer ni aciertan á sos­
pechar que el frenólogo haya tomado para su ciencia las noticias que

3C 4

ANTONIO FLORES

maese Pedro tomaba para su mono al llegar, no á las casas de baños, que
entonces no las había, sino á las ventas y mesones.
En los baños de mar también corren las barajas y la física recreativa;
pero como los bañistas andan diseminados en las fondas y en las casas de
huéspedes, no se les puede ver como los hemos visto en este cuadro.
Y no se crea que es un sentimiento de pudor el que nos impide llegar
á la orilla del mar á ver á las mujeres entrar en el agua, porque van tan
honestamente vestidas que bien podríamos ciarlas el brazo y bañarnos con
ellas. Todo lo que se desnudan de medio cuerpo arriba para ir al teatro y
de rodilla abajo para pasear en el campo, luciendo el zagalejo y algo de
pierna y toda la bota, se tapan y se abrigan el pecho, el cuello y la cabeza
y aun los pies para bañarse.
De lo cual resulta, lector amigo, que cuando veas que una señora se
viste mucho cubriéndose de pies á cabeza, inclusas ambas extremidades,
debes volver la cara y hasta cerrar los ojos, porque es señal infalible de
que va á entrar en el baño, y que cuando observes, por el contrario, que
se descubre el pecho, enseñando medio mundo y parte del otro medio,
desnudándose los brazos como si fuera á representar el papel de Norma
y metiendo su cuerpo entre gasas como si hubiera de volar, has de abrir
los ojos cuanto puedas, porque todo aquello se expone para ser visto.
Aquella señora no se va á bañar ni á dormir; se va á bailar.

CUADRO XXXVIII

CIEN VISITAS POR DOCE R E A L E S , Ó LA AMISTAD
EN C A R TU L IN A

Una despensa estrecha y lóbrega y sin más ventilación que el aire que
pueda entrar por el agujero de la cerradura, unos dormitorios sin aire y
también estrechos y lóbregos, un despacho con poca luz, un gabinete de
labor obscuro, un comedor donde se coma á tientas y una cocina donde
no se vea lo que se guisa son piezas de que no carece ningún habitante
de la corte, á menos que no quiera subir un centenar de escalones en
busca de la luz y en la seguridad de hallarla, sin perder la estrechez y
demás condiciones del moderno alojamiento humano. Pero al lado de esos
aposentos, mal ventilados, un tanto reducidos y poco alumbrados, se en­
cuentra en todas las casas un gran salón con dos gabinetes colaterales que
ocupan los dos tercios y algo más de la superficie del edificio, que mono­
polizan toda la luz y todo el aire y que tienen á su disposición todos los
balcones de la fachada principal. Estas habitaciones, que son las que dan
tono y las que determinan la categoría del cuarto y el valor del inquilino
que le ocupa, no faltan en ninguna de las casas déla corte. Verdad es que
en ellas no se alojan ni el jefe de la familia ni la mujer ni los hijos, pero
se guardan los muebles de más lujo y las alhajas de más precio que hay
en el cuarto.
¿Qué importa que la señora de la casa dé á luz al primogénito de la
familia en la obscuridad de un estrecho y pobre dormitorio y sobre un
T omo I I

20

306

ANTONIO PLORES

modesto catre de hierro, si en la alcoba principal que da vista al gabine­
te hay luz de sobra y en el estucado de las paredes se reflejan los dorados
de una gran cama que costó cuatro mil reales y cuya colgadura y adornos
valen otro tanto dinero? Y si el padre de la criatura se afeita en un rincón
obscuro, reproduciendo su imagen á trozos en un espejo de doce pulga­
das, hecho otros tantos pedazos, es porque no quiere hacer uso de la mag­
nífica luna veneciana, de dos varas de alto por una de ancho, que llena
la fachada principal de la sala, ó en la no menos lujosa que se ostenta
sobre la chimenea del gabinete, ó en el gran espejo de vestir que usó la
señora en la primera semana del matrimonio.
También la rica alfombra que cubre el pavimento de la sala y del ga­
binete es más blanda que la estera de pleita que se ve en las demás habi­
taciones, y mejores y más cómodas las sillas de muelles que las sillas de
Vitoria, y sin embargo, en éstas se sientan para comer y para reposar la
comida y para trabajar ganando el sustento, y en aquéllas, como que son
huéspedes de la sala y del gabinete, ni se sientan ni las usan para nada.
Y á mayor abundamiento, para que la luz no se vaya tragando las tintas
del raso, del terciopelo y de la moqueta, cubren las sillerías con una funda
ele lienzo y las alfombras con un paño de lienzo también, además de po­
nerle al sol una barrera de persianas y otra de muselinas bordadas y un
transparente y grandes colgaduras de damasco. Con lo cual toda la luz
que pagan al casero á más de diez reales diarios el metro cúbico, viene
á convertirse en una obscuridad parecida á la que reina á todas llorasen
el interior de la casa.
De noche se alumbran en las piezas interiores con un quinqué y hasta
con un velón manchego, pero en la sala y en el gabinete hay dos magní­
ficas arañas de cristal y bronce, con más de veinte bujías cada una, que
no se encienden nunca para que los muebles puedan conservar el sueño,
sin que los despierte la luz ni el ruido que anda por el resto de la casa.
He ahí, lector, lo que son esas piezas de recibo en todos los cuartos de
la corte, desde la habitación del empleado que tiene doce mil reales de
sueldo y doce hijos, hasta la del espléndido capitalista que no tiene hijos
que mantener, pero que puede testar por valor de doscientos millones de
reales.
El primero se afana y se quita de la boca algo de lo necesario para la
vida por ahorrar veinticinco duros, y gracias si empieza por ahorrarlos,
no para ir formando un capital para cuando al hijo le toque la suerte de
soldado ó la hija le pida una cama matrimonial, sino para comprar un
espejo y más tarde una mesa consola y luego una alfombra y una sille- .
ría. Estos depósitos de muebles de lujo que forman e\ estrado de las casas
son la carta nobiliaria de cada inquilino, el blasón de las familias, las

AYER, HOY Y MAÑANA

307

tierras y los majuelos que privan del pan y del vino á las gentes de la
clase media, obligándoles á tener alojados con toda holgura los muñecos
de china y las figuras de bronce que adornan las mesas y las rinconeras
de la sala y del gabinete, mientras ellos, que son más delicados que el
bronce y la porcelana, viven con estrechez y tropezando los unos con los
otros en el resto de la casa.
Pero todos estos sacrificios que se impone el habitante de la corte, vi­
viendo con hartas incomodidades en la cuarta parte de la habitación que
paga á no escaso precio, tienen un fin noble, elevado y digno, que no po­
demos menos de aplaudir. El amor al prójimo es el móvil de todas estas
estrecheces y de todos aquellos despiltarros. Y no el amor al prójimo como
le recomienda y le prescribe la doctrina cristiana, esto es, tratando el
hombre á su semejante como á sí mismo, sino tratándose á sí mismo mal
y al prójimo muy bien.
El estrado es para las visitas, para los amigos que nos honran moles­
tándonos en venir á vernos, y es natural que las piezas que aparejamos
para recibirlos sean dignas de las gentes que nos favorecen y adecuadas
al gran favor que en ello recibimos. La hospitalidad es una gran virtud,
y esta sociedad, que no deja de ser virtuosa, es en extremo hospitalaria.
Lo es tanto, que no sólo se privan los dueños de la casa de disfrutar por
sí propios ese gran lujo de que hablamos y esas comodidades á que nos
referimos, sino que ni siquiera se atreven á ofrecérselas y á dejar que las
gocen sus amigos y sus conocidos. Aun esos grandes estrados les parecen
mezquinos y pobres para recibir en ellos las visitas.
Después de haber empeñado sus rentas para comprar espejos, alfom­
bras y divanes, no se determinan á que nadie se mire en los unos, pise
las otras y se siente y descanse en los últimos.
Esas grandes casas sólo sirven 'para no estar en ellas.
Se tiene un gran recibimiento por sólo el placer de decir que no se
recibe.
La aplicación que de la ciencia del Dr. Hahnnemán hemos hecho á las
visitas, ha suprimido las personas inventando las tarjetas. Un glóbulo de
cartulina es todo el bálsamo de amor y de cariño que damos á nuestros
semejantes.
A doce reales el ciento venden los litógrafos las tarjetas, y con esa su­
ma se puede estrechar la amistad con cincuenta matrimonios, ó conser­
var las relaciones con cien amigos solteros.
Antiguamente, en medio del estrado, en que sólo en días solemnes se
recibían las visitas, había un modesto velador con una enorme vasija de
cristal llena de agua, dentro de la cual vivían y coleaban una docena de
peces de colores. Ahora hay también un velador de gran lujo y otra vasija

30S

ANTONIO FLORES

de cristal, de porcelana ó de bronce, pero sin agua, en la cual vive perpe­
tuamente el cariño de los amigos de la casa, representado por trescientas
ó cuatrocientas tarjetas.
El consumo de estos pedacitos de cartulina, cartas de la baraja mo­
derna que llamamos amistad y cariño, es extraordinario, y ninguna per­
sona medianamente relacionada con el mundo puede dispensarse de re­
partir dos mil quinientas ó tres mil tarjetas al año; lo cual supone un
gasto de ochocientos ó mil reales, atendido el valor délas tarjetas y el de
los sobres en que se envuelven y el de los sellos con que se envían, fran­
cas de porte, por el correo interior.
¡Pero qué vale ese dinero comparado con el tiempo que se perdería
haciendo esas visitas personalmente y deteniéndose en cada una de ellas
á felicitar los días del santo y las Pascuas, sorbiendo una copa de mosca­
tel y engullendo un par de bizcochos! Además de que cuando uno recibe
una tarjeta puede poner mala cara y murmurar del que la envía, y cuando
éste lo hacía en persona era preciso sonreírse y hacer otros varios fingi­
mientos que ha hecho de todo punto inútiles la aplicación de la homeo­
patía al trato de los hombres.
Gracias áeste invento, dos amigos íntimos pueden serlo por espacio
de muchos años sin haberse conocido jamás.
Ejemplo al canto, porque á mí me gusta dar estas cosas cantadas y
rezadas y en todos los tonos posibles, para que si la posteridad se toma
la pena de leer estos cuadros sepa bien lo que era el gran tono en estos
tiempos entonadísimos.
Se casa una señorita de las que llaman de la clase alta, y es de adver­
tir que poco menos hace la de la clase inedia, con un joven de su clase
ó un viejo banquero, que aunque in facie ecclcsice el matrimonio es lo
mismo, el segundo es más positivo que el primero; y los padres (de la niña,
se entiende, que los del banquero serían viejos y se morirían) acuden á
la cartulina, y en un gran trozo de ésta y con grandes letras doradas
dan parte de la boda á sus amigos, diciéndoles dónde viven los novios,
esto es, los que empiezan á llamarse así el día que han dejado de serlo.
Los que reciben la tarjeta apuntan el nuevo matrimonio en el libro de
visitas, que es un libro de rigor en toda casa rigorística, y dicen tres ó
cuatro meses después que es preciso ir á visitar á los novios, porque los
padres les dieron parte de la boda. La parte fué el cacho de cartulina.
Salen de su casa con un tarjetero bien provisto y una larga lista de las
visitas que piensan hacer, y apenas llegan á la primera sacan dos tarje­
tas, se las dan al lacayo para que las suba y las deje en la habitación sin
preguntar si están ó no en casa los señores; y así, sin apearse del coche,
recorren las casas de los demás amigos, mientras en las suyas hacen con

A YE R , HOY Y MAÑANA

309

ellos otro tanto. Resultando muy frecuentemente que el novio y los ami­
gos de su esposa lian cambiado entre sí cincuenta ó más tarjetas en el es­
pacio de cuatro ó cinco años sin haberse visto una sola vez.
Cuando ya se tiene alguna más confianza no se sueltan las tarjetas sin
preguntar por la salud de los amos de la casa, sino que se le encarga al
lacayo que pregunte, ó lo hace uno por sí propio, si los señores reciben;
y como de antemano se sabe que van á decir que no, que no reciben, se
tiene en la mano una tarjeta, la cual hace una cortesía al criado, doblan­
do su espinazo de cartulina, aunque se parta por la mitad el escudo de
armas que es de rigor en esa moneda corriente de la amistad moderna.
Tras de estas visitas de cumplido, que gracias á los adelantos de la
época hace ya con rara perfección cualquier criado de confianza, llegan­
do con su persona á dar á entender que la de su amo fue á la casa del
amigo, hay otras de más etiqueta que se hacen de acuerdo con el litógra­
fo, por supuesto, con la estanquera y con el cartero. El primero da la tar­
jeta y el sobre que la cubre; la segunda el sello de dos cuartos con que se
franquea, y el otro la lleva á domicilio para dar una enhorabuena sin
poner la cara alegre, un pésame sin afligirse y una felicitación de días
sin despegar los labios.
El día de año nuevo, que es el gran día de la cartulina, todo mortal se
entretiene en hacer listas de amigos, de conocidos y de cuantos nombres
llegan á su memoria, por medio de la Guia de forasteros ú otros reperto­
rios análogos, para regalar á cada prójimo, no un pavo, que eso costaría
mucho y se acabaría pronto, sino una tarjeta, que cuesta menos y dura
mucho más.
Cuando se tiene noticia de que un amigo está enfermo, y esto se sabe
por los periódicos mucho tiempo antes de que suceda, no se le dice al
criado que vaya á informarse del estado de su salud, sino que vaya á de­
ja r una tarjeta y á poner el nombre de su señor en la gran lista que hay
en el portal de la casa, encabezada con estas palabras: No se recibe.
Si el enfermo deja de serlo porque la enfermedad tiene mala termina­
ción, también se le encarga á otra tarjeta que dé el pésame en nuestro
nombre, y también la tarjeta hace su cortesía en el portal ante el consa­
bido no se recibe.
De manera, lector, que como te he dicho antes, después de estar todos
medio arruinados y un tanto reducidos por tener esos grandes recibi­
mientos, no se recibe.
Y sin embargo, me dirás que esos estrados son algo más que unos al­
macenes de muebles, porque tú has recibido varias esquelas de convite
diciéndote que tal ó cual señora recibe el día tantos ó cuantos y que
además los periódicos anuncian que la marquesa de A ....abre 'por fin sus

310

ANTONIO FLORES

salones á la elegante sociedad de la corte, y como tú eres de esa sociedad
y de esa elegancia querrás que yo lo sea y que te lleve á verlo todo; pues
allá iremos, pero no en el presente cuadro.
Nos quedan aún varios bocetos que ir desenvolviendo en esta segun­
da parte, y se halla entre ellos el gran cuadro de la colección, ó como si
dijéramos, el pasmo del siglo, y en él tendrán su puesto la revista de sa­
lones, el baile de trajes, la revista de Madrid y otras muchas cosas de
las que acaso haya extrañado el lector que aún no le hayamos dicho
nada.
Todas ellas cabrán dentro de un periódico que estamos retratando
valiéndonos de la fotografía, y que presentaremos al público sin dar en
él una sola pincelada, sin quitar ni poner nada de cuanto arroje de sí el
original.
Del mismo modo que respetamos la originalidad del Diario de Avi­
sos, sin atrevernos á enmendar un solo anuncio, procederemos con el
periódico, dejándole en libertad de vestir á la francesa, aunque sea, como
es, de pura raza española.

CUADRO XXXIX

LAS

PETACAS

PRODIGIOSAS

¿Qué buscas, lector, qué buscas con tanto empeño, que no contento
con calarte las antiparras y encender un fósforo, sacas unos anteojos de
teatro y ensanchas la vista como si fueras á caza de la felicidad? ¿Por ven­
tura has hecho caso de los lamentos de los periódicos, que dicen un día
sí y otro no, casi en francés, que se ha perdido el castellano ó que han
desaparecido los sentimientos religiosos ó que se ha extraviado la buena
fe ó que ya no hay moralidad y que la vergüenza ha tomado las de Vi­
lladiego? ¿Ó quieres hallar la cuadratura del círculo para que te den algo
por decir que la estás buscando, ó el movimiento continuo ó la piedra
filosofal?
¡Pues para filosofías estamos ahora, lector de mi vida! ¡Y filosofías de
piedra nada menos, cuando sabes que hemos suprimido el pedernal y
hemos inventado los fósforos y los pistones!
¡Ea! Quítate los anteojos, y no te hagas el disimulado, que yo ya sé lo
que buscas con tanto empeño. No buscas la felicidad de los demás, sino
la tuya propia. La caridad bien ordenada empieza por uno mismo, y tú
tienes caridad de ti propio. Estás enfermo y buscas un médico; te lo he
adivinado; pero del modo que le buscas no le encontrarás nunca.
Tú sabes, y haces bien en saberlo y Dios te conserve semejante sabi­
duría, que la homeopatía es la ciencia infinitesimal de la razón médica, y
supones que el médico homeópata ha de ser la ciencia infinitesimal tam-

312

ANTONIO FLORES

bien cle la humanidad; es decir, un glóbulo de hombre, y por eso le bus­
cas como si hubieras perdido una perla, y no hay semejante cosa. El
medico homeópata no es la vigésimanona dilución del extracto acuoso
de los seres racionales, sino un racional entero, más grueso por cierto que
otros muchos racionales porque el racionalismo moderno cree en su doc­
trina y le mantiene con holgura para que la predique con éxito, y aun le
lleva en carruaje para que vaya á todas partes á predicarla y hacer ejer­
cicios prácticos de ella.
Se acabó el tiempo de los apóstoles descalzos. El siglo del ferrocarril
niega las doctrinas de los predicadores pedestres, y ni siquiera le tolera al
médico que use su antigua muía de paso, ni que la trueque por un caba­
llo, ni que enganche éste en un cabriolé, sino que le pide una berlina y
dos yeguas normandas. El verdadero homeópata, el aventajado discípulo
de Hahnnemán va en posta predicando los milagros de la flamante escue­
la liliputiense,, y no necesitas ni el telescopio para verle venir ni el micros­
copio para reconocerle cuando haya ya llegado.
Arrojemos por lo tanto los cristales graduados y los vidrios de au­
mento, y en vez de abrir los ojos para ver, cerrémolos á la evidencia. La
fe no era patrimonio exclusivo de los hombres de ayer . También hoy
podemos creer y creemos en muchas cosas, sin que seamos, como fueron
nuestros padres, unos pobres fanáticos, sino que somos, por el contrario,
unos nobilísimos é ilustrados creyentes.
El no haber gastado toda nuestra credulidad en el sonambulismo y
en los milagros del médium y en la evocación de los espíritus, nos per­
mite creer, y creer con fe ciega, en la homeopatía. En este siglo, esencial­
mente humanitario, no podía faltar la esencia de la humanidad; y he ahí
el regalo que nos ha hecho el doctor Hahnnemán, extractar la ciencia de
curar hasta reducir todas las farmacopeas y todos los recetarios á menos
hojas que el Catecismo del P. Kipalda, encerrando en una petaca toda la
anaquelería y todo el botamen de las antiguas oficinas de farmacia.
El fluido magnético hacía necesario el fluido médico, y después de
haber metido la luz en el botón de una cerilla fosfórica, era indispensable
encerrar la materia médica y la materia farmacéutica en un cañamón.
Los que creyeron en la chispa eléctrica no podían dudar de la chispa mé­
dica. Nosotros, á Dios gracias, no dudamos de los prodigios de esas petacas
maravillosas, ni de los hombres que con ellas andan por esos mundos
resucitando Lázaros. La duda está en el seno de las familias, sin que la
sociedad, que ha sacado de ellas las risas para fundar los casinos y las
lágrimas para hacer los grandes almacenes de coronas fúnebres, se haya
decidido aún á recoger esa verdadera calamidad para verla á la luz pú­
blica y resolverla de un modo más ó menos satisfactorio, pero magistral

AYER, HOY Y MAÑANA

313

y absoluto: con una fórmula matemática, digna del siglo de la estadís­
tica. Pero como este reloj infalible de los tiempos modernos no se ha to­
mado aún el trabajo de subdividir en tres ó cuatro grupos distintos las
casillas de las defunciones, sólo sabemos el número de estas, sin que po­
damos averiguar cuántas personas perecieron tragando glóbulos, ó co­
miendo ruibarbo, ó bañándose en agua fría, ó á solas con la calentura y
la Providencia, que es la muerte que llegará á ponerse de moda si con­
tinúa vigente el sistema de las negaciones médicas.
Antiguamente cuando un individuo cualquiera veía perturbada su
salud, no tenía otra cosa que hacer sino guardar cama y dieta y arropar­
se para sudar; y si sudando y no comiendo se iba empeorando, avisaba
al médico, le enseñaba la lengua y ya no se cuidaba de enseñarle ningu­
na otra cosa: el médico sabía todo lo demás. El enfermo y sus parientes
entregaban su albedrío al Esculapio, y éste, declarando en estado de sitio
la cama y la casa con todas las personas que había en ella, ejercía libre­
mente su sagrado ministerio. Consultábanle, cuando mucho, si el enfer­
mo podría tomar la tierra del pozo de Santo Domingo ó la mixtura de
las monjas Teresas ó el bálsamo de las Capuchinas; encendían, sin con­
sultarle, la vela bendita, y colgaban en la cama tres ó cuatro escapula­
rios, pero obedecían ciegamente y con entera fe las prescripciones del
médico, y la esperanza no les daba tiempo para dudar. Ahora, por el con­
trario, la duda entra en las casas antes que el médico, y se coloca en la
almohada del paciente, y entra y sale en el ánimo de todos sus parientes
y amigos para atormentarles y afligirles más que la misma enfermedad.
La medicina alopática, la homeopática, hidropática y la expectante
son los cuatro medios de salvación que se le presentan al pobre enfermo
para que elija el que más le agrade, y todas ellas, especialmente las tres
primeras, tienen en la casa sus parciales.
En vez de hacer sudar al enfermo, sudan y trasudan los sanos dispu­
tando con ardor en un consejo de familia que se celebra incontinenti
para decidir el método de curación que conviene adoptar.
— Yo no tengo duda—dice el primero que habla;—para esta clase de
enfermedades, la alopatía.
— No digas disparates—le replican;— precisamente si para algo sirve la
homeopatía es para estos casos.
— Pues señores, yo en situaciones como estas he visto grandes resul­
tados con la hidropatía.
— ¡Qué disparate! ¡Conque está titiritando de frío, y le ha de venir
bien un baño de agua helada!
— Ya se ve que sí, porque así se produce la reacción. ¡No es mejor un
baño de agua fría que una cucharada de agua clara!

14

A N T O N IO

FLORES

— ¡Poco á poco!—replica el hahnnemaniano, como si él fuera el mismo
Hahnnemán.— ¡Cuidado con repetir esa vulgaridad de que los medicamen­
tos homeopáticos no son otra cosa que agua clara!
— Agua clara— dice el hidrópata sonriendo— con una ilusión de azúcar
y una sospecha del medicamento, que se le quedó entre los dedos al bo­
ticario en los primeros enjuagues.
— ¿Conque es decir, que niegas la infinita divisibilidad de la materia?
—Lo que yo niego es la homeopatía.
— Ya, pero la niegas porque no crees que los medicamentos subdivi­
didos hasta lo infinito puedan conservar sus virtudes primitivas.
— ¡Cómo quieres que crea en sus virtudes, si lo que creo es que no exis­
te el medicamento! ¡Si no lo veo en ninguna parte!
— Pues en ese caso, niega el eco de un cañonazo porque no te da en
el oído un pedazo del cañón ó del proyectil. Pero es inútil que nos can­
semos; para curarse por la homeopatía se necesita mucha fe y vosotros
no tenéis ninguna.
— ¡Es decir—interrumpe el alopático, que había callado hasta entonces,
— que el medicamento no está en los glóbulos, sino en la fe! Pues en ese
caso decidle al enfermo que tenga fe en Dios, que vale algo más que to­
dos los homeópatas y todos los médicos.
— ¡Ea! Haced lo que os dé la gana— dice el hahnnemaniano;— llamad
á un alópata para que le saque la sangre y le abrase á cantáridas y nos
revuelva la casa y nos ahogue á todos con la asafétida y las demás drogas.
— Mejor será que por miedo á los malos olores y á la incomodidad de
curar las cantáridas dejemos que se muera el enfermo.
— No tal; yo no lo hago por eso; pero sólo la limpieza de la homeopa­
tía y lo poco que incomoda al enfermo y da que hacer en las casas debía
hacerla preferible.
— Para los que creen en ella, aun cuando fuera más molesta y más su­
cia que la alopatía, indudablemente. ¡Yaya una razón convincente que
nos has dado, la de que es más limpia y más cómoda!
Y así, mientras al enfermo le va invadiendo el mal los parientes dis­
putan ó regañan y no deciden nada, aun después de haber consultado al
enfermo, hasta que por último resuelven llamar á un doctor in utroque,
á un médico ambidiestro, de esos que llevan la lanceta en una mano y la
petaca en la otra, que son la mitad de Dios y la mitad del diablo, y que
considerándose parciales para dar su voto, consultan á las familias y se
lavan las manos como Pilato después de haber indultado á Barrabás.
El doctor anfibio, como lleva su doble ciencia en coche de dos caba­
llos, llega pronto á casa del enfermo, y si éste se halla en disposición de
hablar, antes de tomarle el pulso y de hacerle sacar la lengua le pregunta

AY E R, HOY Y M A Ñ AN A

315

á quién quiere que le suelte, si á Jesús ó á Barrabás. Á boca de jarro le
descerraja esta pregunta:
— ¿Es usted alópata ú homeópata?
— Yo soy un enfermo que quiere curarse pronto y bien— contesta el
paciente;— y si lie de decir á usted la verdad— añade temblando,— no tengo
opinión formada en esta materia; me parecen....iguales ambos sistemas.
— Á mí también— replica el médico;— pero usted es quien debe elegir el
método que le inspire más confianza.
— Yo — dice el enfermo esforzándose por sonreir— el que usted crea
que me cura más pronto.
— Para eso los dos sistemas son iguales, y con cualquiera de ellos es­
pero poder combatir el mal.
— El que moleste menos al enfermo— dice uno de los que le rodean.
— En ese caso emplearemos la homeopatía— interrumpe el médico,
sentándose á la cabeza del enfermo.— Me alegro de que se decidan uste­
des por este sistema, que es el verdadero; yo apenas hago uso del otro, y
no lo abandono por completo porque en algunas casas aún tienen la ma­
nía de asistirse alopáticamente.
— Y si conoce usted que es una manía y tiene tan fuertes razones
para renegar de la ciencia en que ha hecho todos sus estudios y que está
en práctica hace tantos siglos, ¿por qué no renuncia usted por completo
á ella y trata de ilustrar la opinión pública para que desaparezcan esas
manías?
Esto le dice uno de los parientes del enfermo, y el doctor ambidies­
tro, revistiéndose del carácter sacerdotal que debió haber usado desde el
principio, contesta secamente que no está allí para discutir con nadie
sobre tan graves materias, y volviéndose al enfermo le intima de nuevo
la rendición y queda definitivamente adoptada la homeopatía.
La mayor parte de los parientes se salen de la alcoba afligidos y llo­
rosos como si ya hubieran visto muerto al enfermo, y aunque algunos di­
cen que la homeopatía no puede hacer mal ni bien, otros creen que
mientras tanto la enfermedad hará progresos, y que para tales medicinas
expectantes valdría más suprimir los médicos.
El doctor entretanto saca de la consabida petaca maravillosa un tubito de cristal, lleno de anisillos casi invisibles, y pellizcando tres ó cua­
tro de éstos, los echa en un vaso de agua clara (no sin haber olido prime­
ro el agua, el vaso y la cuchara que le presentan para desleir aquellas
tres ó cuatro aprensiones de substancia farmacéutica), mira al enfermo
con el vaso en la izquierda y el índice de la derecha en el entrecejo, y
dice á la familia que cada cuatro horas den al paciente una cucharada
de medicamento. El medicamento es el contenido del vaso.

316

ANTONIO FLORES

Encarga bajo penas severísimas la dieta de todos los cinco sentidos,
especialmente la del olfato, prohibiendo toda clase de olores, y recogien­
do la petaca homeopettica, saca la de los cigarros, enciende uno y soltando
el olor del tabaco vuelve á recomendar la prohibición de los olores.
Los enfermeros observan religiosamente los preceptos del médico, re­
gañando con la cocinera porque ha dejado escapar de la cocina el olor
de los guisados, tapando las rendijas de los balcones por si revienta en la
calle algún pozo de aguas sucias, arrojando todos los botes de las poma­
das y los jabones de olor, dejando secar los tiestos para que no suelten
perfume las flores y adoptando otras precauciones análogas.
El enfermo, por su parte, se tapa de vez en cuando las narices porque
suda y cree que huele sus propios humores, y aplica con frecuencia el
oído hacia el reloj por si éste se para y pasan más de las cuatro horas en
que ha de tomar la cucharada. Y así se cura ó se empeora ó se muere,
que no es de nuestra incumbencia el estar á su lado todo el tiempo que
dure la enfermedad, ni ver si el médico, que empezó por darle glóbulos
invisibles, acabará por hacerle tragar píldoras como balas y le aplicará
cataplasmas y otros medicamentos de color, olor y sabor pronunciados.
Si llega este caso se recrudecerá la guerra en la familia, porque mien­
tras los partidarios del sim ilia similibus llevarán su amor propio hasta
el extremo de ocultar que se han usado semejantes medicinas, los aman­
tes del contraria contrariis dirán, como si les pesara de la mejoría del en­
fermo, que no tiene gracia haberle curado, porque han echado mano de
los medicamentos alopáticos.
Nosotros no queremos presenciar esas batallas domésticas que el siglo
ha regalado á la humanidad doliente, y antes de terminar este cuadro
nos hemos de asomar un momento al gran laboratorio de la grajea mé­
dica, al horno de fundición de los glóbulos hahnnemanianos.
La botica homeopática no guarda proporción con el botiquín del mé­
dico homeópata. Encerrándose éste en una petaca, parecía que aquélla
podría contenerse en un cajón de cigarros, siquiera fuera de los de un
millar, que desgraciadamente se han suprimido, sobre todo para hacer
con ellos un regalo.
La botica homeopática es una oficina de farmacia tan grande como
aquellas en que antiguamente se preparaba el caldo de víboras, y la tria­
ca celeste y la magna, y el extracto católico y el policresto, y la sal volá­
til del cráneo humano, y las tinturas de perlas, de esmeraldas y de jacin­
tos, y el bezoárdico jovial y el solar y el lunar, y el oro fulminante, y el
emplasto benedicto, y otra porción de drogas bastante más corpulentas
que los glóbulos liliputienses, y que, sin embargo, han caído en completo
desuso apenas han sido examinadas á la luz de la verdadera ciencia.

A Y ER , HOY Y M AÑANA

317

Pero el laboratorio ele Hahnnemán debe de ser inodoro para que sus
productos resulten completamente insípidos, sus líquidos perfectamente
incoloros y sus glóbulos blancos como el azúcar.
La ciencia es corta: se reduce á saber hacer tinturas madres, diluciones,
trituraciones y glóbulos; pero las operaciones son dificilísimas, sobre todo
para un boticario. Acaso una monja sería un gran farmacéutico para los
discípulos del doctor Hahnnemán. La farmacopea homeopática es el arte
de los escrúpulos.
Figúrate, lector, que lo primero que ha de hacer el boticario es oler
todos los frascos, morteros y demás cacharros de su laboratorio; para pro­
curar que sean nuevos y de ninguna mancha sospechosos, no lavarlos con
substancias fuertes, enjugarlos con papel de seda, y cuando ya son dignos
de contener los medicamentos, colocarlos en sitios ni calientes ni fríos y
donde no entren ni la luz ni los olores. Después de estas precauciones y la
indispensable de tener las narices en continuo ejercicio para advertir si
viene alguna emanación extraña á perturbar la atmósfera insípida de la
operación, debe lavarse y relavarse las manos, y si fuere fumador rasparse
las yemas de los dedos y los labios con un vidrio ó cosa semejante, y aun
contener el aliento, si por mala digestión le tuviere ácido, porque los ácidos
están tan justamente prohibidos como los olores.
Hecho esto y preparada la tintura madre^ toma el galeno una gota de
ella, la vierte en un frasco que contenga otras cien gotas de agua clara,
agita cien veces el Irasco, le tapa y le marca con el número 1. De este
frasco saca otra gota, la mezcla con otras cien partes de agua clara, las
enfresca, las agita y pega otro marbete con el número 2. Y así continúa
repitiendo la misma operación treinta veces, produciendo con la primera
gota de tintura madre y tres m il gotas de agua clara treinta caldos dis­
tintos, encontrándose en cada uno de ellos el átomo infinitesimal de la
tintura primitiva: la quinta esencia de este amor de madre, que parece
cariño de madrastra según está invisible é impalpable.
Pero al enfermo á quien se le receta la tercera, la octava ó la treinta
dilución de la pulsatila ó de la belladona ó del fósforo, no se le da á beber
el frasco de las cien gotas, sino que el boticario empapa en esos líquidos
los glóbulos de azúcar, que llama inertes, y éstos, diluidos en agua, son los
que el enfermo toma de cuatro en cuatro horas y á cucharadas.
¡Si pudiéramos, querido lector, hacer otro tanto con la comida! ¡Si qui­
siera Dios que así como de los médicos ha salido un doctor Hahnnemán,
saliera del gremio de los cocineros otro homeópata, que con una gota de
tintura madre de ternera mantuviese un millón de hombres como se curan
un millón de enfermos con igual cantidad de acónito!
Pero Dios lo permitirá y el siglo no dejará de hacer un ensayo en tan

318

ANTONIO FLORES

importante materia económica; y así como hoy se podría, si se quisiera,
curar las tercianas de toda una población con echar un grano de quinina
en el río que pasa por la villa, mañana se alimentará un rebaño con des­
leír un grano de cebada en el abrevadero, ó un regimiento con sólo colgar
un tasajo de carne y un pan de munición á la entrada del cuartel.
Mientras tanto habremos de contentarnos con la invención de la ho­
meopatía, que ha puesto la medicina al alcance de todas las inteligencias.
El verdadero aficionado se hace médico de sí mismo y se receta sus cucha­
radas y aun toma los glóbulos á secas. Lleva su petaca en el bolsillo, y
cuando cree que siente la cabeza pesada, dice que es sangre y toma un
glóbulo de acónito, y espera despejarse, y se despeja, y hasta siente debi­
lidad, no porque ha dejado de comer, aunque ha guardado rigurosa dieta,
sino por el medicamento.
Muchas veces no se limita á curarse á sí propio, sino que pretende cu­
rar y cura á los demás; pero esto ha sucedido siempre. Los curanderos han
sido la plaga más temible de la humanidad, y como la homeopatía ha dado
á sus medicinas una forma tan bonita, es hasta cuestión de elegancia y de
buen tono el tener una petaca homeopática; y teniéndola, es conveniente
lucirla.
Por supuesto que se me olvidaba decir, y me apresuro á hacerlo, que
los muertos que cura la homeopatía quedan hermosísimos, porque ni les
han rapado la cabeza, ni les han sacado la sangre, ni les han estropeado
el cutis. El embalsamador apenas tiene nada que hacer con ellos Les halla
el cuero completo y sin avería de ninguna clase.

CUADRO XL

LOS

ESCAPARATES
«Si à ciascun V interno affanno
si leggesse in fronte scritto,
¡quanti mai che invidia fanno
ci farebero pietta/»

En la época cuyos recuerdos hemos evocado en la primera parte de
esta obra, se entendía por escaparate (y hablemos con el Diccionario de
entonces á la vista) «un armario exquisito con su vidrio y andenes, para
guardar bujerías y alhajuelas preciosas, como china, etc.» Desde esos ar­
marios exquisitos, cuyo vidrio verdoso y sucio no excedía de media vara
cuadrada y solía presentarse enturbiado por una espesa rejilla de alambre,
hasta el Palacio de cristal, que mide un millón de varas cuadradas, sin
alambreras que le obscurezcan ni perturben su diáfana transparencia, hay
un mundo-de escaparates y de andenes.
¿Qué es el Parlamento sino un armario exquisito con su vidrio ó tribuna
pública y sus andenes ó escaños para guardar las alhajuelas más preciosas
del gobierno representativo? ¿Qué otra cosa es la Bolsa de los fondos pú­
blicos sino el escaparate del crédito nacional? ?Y no es el periodismo un
vidrio, y vidrio de aumento, de ese armario exquisito llamado opinión
pública, en cuyos andenes se guardan y enseñan toda clase de chismecillos
preciosos? Pues negar que el estómago tiene su vidrio en los banquetes
patrióticos, la conciencia el suyo en los casinos y en los clubs, la cabeza

120

ANTONIO FLORES

sus andenes en los ateneos y en las tertulias públicas y que la sociedad
toda no vive dentro de un escaparate de cristal, sería lo mismo que negar
nuestra existencia y decir que la publicidad no era el alma de esta gene­
ración.
Ya hemos dicho, lector, y si no te lo hemos dicho te lo hemos pensado
decir (que hoy que se piensa á voces, viene á ser lo mismo), que al inventar
el gas y al descubrir la chispa eléctrica no lo hicimos para encerrar ambas
luces en un armario exquisito con su vidrio y sus andenes, sino para inun­
dar el mundo con sus resplandores, para abrasar con sus llamas los velos
de la ignorancia y para que acabaran de una vez los rincones obscuros.
De otro modo nos habría sido imposible retratar la sociedad con la claridad
que creemos haberlo hecho en los cuadros anteriores.
La exclaustración de las familias, la desamortización de los secretos
caseros, la descentralización de los afectos y otras varias medidas análo­
gas nos han permitido ver á los hombres sin andarlos buscando de casa
en casa. El político, el militar, el hombre de letras y el de las letras de
cambio, todos están en los andenes del gran escaparate del siglo, vengando,
con una completa vida pública, la vida privada á que tanto culto rindie­
ron sus padres.
Y como suponemos que el lector debe estar hastiado de esos cuadros
graves y casi filosóficos, que huyendo de la filosofía y de la gravedad ha
trazado sin quererlo ni pensarlo esta pobre pluma humorística que cogi­
mos en la mano al imaginar este libro, vamos á retirarnos hoy del armario
exquisito, á cuyo vidrio nos hemos asomado muy á nuestro pesar, para
tender la vista hacia otros escaparates más risueños, en cuyos andenes se
guardan las verdaderas bujerías y alhajuelas de la moda.
Vamos de tiendas.
Que no se asusten los padres de familia, que no se alarmen los esposos,
que no ponga la mano en su conciencia el empleado de poco sueldo, y
sobre todo que no se relaman de gusto las mujeres.
A los primeros les diremos que no contamos con su dinero, sino con el
nuestro, y á las segundas les advertimos que es posible que no compremos
nada. Así como el saber no ocupa lugar, el ver no desocupa los bolsillos;
pues veamos.
Veamos lo primero esa gran calle formada de edificios de cinco pisos,
todos de piedra y de ladrillo y montados al aire sobre grandes escaparates
de cristal. Acerquemos al vidrio de esos exquisitos armarios un billete
de Banco y veremos cómo saltan y brincan sobre los andenes las bujerías
y las alhajuelas, sonriéndose las telas de seda, guiñándonos el ojo los bri­
llantes, saltando de gozo la porcelana y ahuecándose los miriñaques como
si fueran á reventar de gusto. Detrás del escaparate hay una dama ó un

321

AYER, HOY Y MAÑANA

señor, que apenas se dignan mirarnos y parecen estar distraídos en escribir
sobre un gran libro, pero que, sin embargo, reparan en la fascinación que
nos produce el escaparate, y no se les escapa el efecto magnífico que el
billete ha causado á través del vidrio.
De escaparate en escaparate, como quien camina por un inmenso túnel
de crista], pasaremos una y otra calle, siempre con el billete en la mano
y siempre haciendo saltar en los andenes las piedras preciosas, los vasos
de china, las telas de seda y cuantos objetos de lujo ha podido inventar
la coquetería de la industria para engañar y seducir al oro, á ese Adán
de los metales constantemente halagado por la publicidad para que peque
en el paraíso de la moda.
El viaje de un billete de Banco por delante de esos pequeños palacios
de cristal parece á la marcha triunfal de un monarca absoluto, de un an­
tiguo señor de vidas y haciendas por entre sus más fieles y más obedientes
súbditos. Cada vez que el oro se para delante de un escaparate se nos
antoja un sultán en medio del harén de sus hermosas odaliscas, perplejo
y vacilante, sin saber cuál ha de serla preferida ni quién merece por sus
encantos que le arroje más pronto el pañuelo.
Por eso hemos dicho que no vamos á comprar, sino que venimos á ver.
Venimos á ver el escaparate del diamantista, el bazar del tirolés, los
andenes de la modista, la anaquelería del ortopédico, el mostrador de
la florista, el aparador del pastelero y todos esos globos de cristal en que
exponen sus mercancías los industriales. Venimos á asomar nuestros ojos
á ese gran vidrio que hace quebradizos el pudor, la modestia, la templanza
y todas las demás virtudes.
Como si fueran poco elocuentes las miradas deslumbradoras de la pro­
fusa pedrería que tiene el joyero en su gran escaparate de cristal, todavía
hay en el fondo y á los costados grandes espejos que multiplican las gra­
cias de aquellas serpientes tentadoras; y el brillante, la esmeralda y la
perla reclinan sus bellos contornos sobre un lecho de terciopelo, que hace
resaltar y lucir mejor su hermosura. ¡Qué mucho, por lo tanto, que aquella
dama no sepa moverse de allí, y que á medida que va empañando con su
aliento el cristal que se interpone entre su belleza y el aderezo de perlas,
se vaya empañando su virtud y baje el fuego de sus pudorosas mejillas
á abrasar el corazón en deseos de adquirir á todo trance el oro necesario
para comprar la alhaja! Y cuando cruza por el escaparate de la modista,
¡ha de dejar con la palabra en la boca á aquel magnífico vestido de encaje,
cuyos pliegues parece que se mueven y la dicen que en su cuerpo adquiri­
rían doble gracia y mayor belleza! Pues si aquel diván de terciopelo es
tan elegante colgado en los andenes del tapicero, ¡qué será sobre una rica
alfombra y reclinando en él la dama su esbelto talle! ¡Y no necesita un
T omo II

21

322

ANTONIO FLORES

gran valor para hacerse la distraída y pasar de largo por delante de los
magníficos espejos que al verla le dicen: «¡Adiós, hermosa!,» y del calzado
elegante que parece que le echa un requiebro porque tiene el pie pequeño,
y del corsé'que encoge sus ballenas como diciendo: «Aún te viene ancho,»
y de tantas otras galanterías como le dirigen los escaparates! Y á los
atractivos naturales de esos objetos fascinadores, ¡no añaden todos ellos la
deslumbradora luz del gas con que aparecen irresistibles de noche! ¡Pues
qué mucho, volvemos á decir, que no podamos acercarnos á esos escapa­
rates sin estorbar á la gente que no sabe apartarse de ellos, salpicando
alguna vez con sus lágrimas el grueso pero diáfano cristal que los cubre!
«Ella— dice él atravesando con los ojos el vidrio del escaparate— sería feliz
con ese aderezo, y yo sería feliz con que ella lo fuera.»,
He aquí lo que se llama matar dos pájaros de un tiro; y lo peor del
cuento es que ambos pájaros se están quietos y deseando dejarse matar.
Ella, mirándole á él con los ojos más hermosos y más expresivos del
mundo, como si dijera: «En cuanto me le traigas;» y al aderezo, que lanza
sus rayos tentadores desde el estuche de terciopelo, no le falta más que
saber hablar para decir: «En cuanto me lleves.»
El diamantista, que ve al amante inmóvil delante del escaparate, con­
tinúa haciendo sus apuntes en el libro, ó fuma tranquilamente un ciga­
rro, contestando, sin perder tampoco su tranquilidad, á la pregunta que
por fin se atreve á dirigirle el amante: «El último precio es veinte mil
reales.»
Aún después de haber oído el precio sigue mirando la joya, se pasa
la mano por la frente y corre en busca del pequeño capital que le piden
por el gran capital que él necesita. Pero no va á su casa, porque allí ya
sabe que no tiene ese dinero; que si lo hubiera, tiempo ha que habría com­
prado la alhaja.
Vidrio y no pequeño tiene el sitio adonde va á buscar los veinte mil
reales, comprometiéndose á pagar treinta mil y afianzando el pago con
su propia persona y su propia honra; pero hoy no nos hemos propuesto
asomarnos á esos escaparates.
Sigamos nuestro paseo por las calles, y sin detenernos en ese otro al­
macén de lágrimas fiambres, del cual ya hemos hablado en otro cuadro,
veamos un rato ese magnífico escaparate del Tocador de Venus, que si
algún día volvemos á llamar las cosas por sus nombres, se llamará la
tienda del Gato por liebre.
Lo primero que se ofrece á nuestra vista es un gran miriñaque, espe­
cie de media tinaja que ha inventado el espíritu moderno para aplicar
el principio de igualdad á las mujeres, confundiendo á las gordas con las
flacas y haciendo que todas parezcan rechonchas. A su lado está el corsé

zi-ÍE R , H OY Y M A Ñ A N A

323

'nupcial, que hace de medio cuerpo arriba lo que el miriñaque de medio
abajo: da lo que falta, achica lo que sobra y mete todos los cuerpos en
cintura.
Uno y otro aparato obligan á la mujer á pasar toda su vida donde
Jonás no supo estar más que tres días, entre ballenas.
No lejos de esos esqueletos de la mujer está el cutis de las mismas,
que se vende en unos frascos, con sus pinceles para usarlo y sus espon­
jas para bruñirlo; el cabello también se ofrece en abundancia, sedoso y
de los más hermosos colores; los dientes no son tan bellos como el marfil,
que es el summum de belleza que para las dentaduras conocen los poetas,
sino que son de marfil mismo; y como aunque se hayan gastado por el
uso y el abuso las pestañas, los labios y las cejas también se hallan de
venta en el escaparate, puede decirse que, á excepción del alma, que es
lo que más le dura á la mujer, á cualquier hora se puede comprar una
de éstas, completamente falsificada por la industria moderna.
En el escaparate del ortopédico, que es el consuelo para los descarri­
lamientos y las desgracias del ferrocarril, nos parece una inhumanidad
pararnos á observar la malicia de aquella mano mecánica, que parece
que va á tirar un pellizco al que se acerque á verla, y la coquetería de la
pierna, que toma al pasar por delante de ella una postura de baile; y por
último, no podemos ver tranquilos la sangre fría de aquella tortuga de
hierro que se deja enamorar por el jorobado, sin decirle en confianza
que le va á ahogar entre sus brazos así que le tenga bien sujeto.
No es más humano que el escaparate del ortopédico el aparador del
fondista, y verdaderamente que causa pena ver al través de un magnífico
cristal de tres varas en cuadro, empañado por el hálito de cien estómagos
hambrientos, los pavos, los jamones y cuantas salsas y manjares pueden
inventar el más refinado apetito y la ciencia mejor cultivada, y todos
esos platos diciendo <comedme» á los que no se han desayunado, y es
posible que los vuelvan á ver sin haber comido y sabiendo que están sin
comer sus familias.
A un pobre inapetente que no puede salir, y gracias si logra estar
dentro, de comer sopas de ajo y patatas fritas, se le puede perdonar que
restriegue la nariz en esos aparadores, que lama el cristal, que vierta lá­
grimas sobre la barra de bronce que defiende los pavos y las chuletas, y
hasta que se le olvide el modo de andar y no acierte á moverse de allí.
Se le puede tolerar que pronuncie algún monosílabo, que haga alguna
exclamación y hasta que entable un diálogo con aquellos fiambres, rela­
miéndose de vez en cuando, y aun diciendo, por último, si logra apartar­
se de allí: «Si hubiera estado á mi disposición, ya me lo habría comido,
y se me hubiese acabado y no podría seguirlo viendo.»

324

ANTONIO PLORES

Y con esto volverá á dirigir al aparador otra mirada filosófica, y se­
guirá su camino.
Sigamos nosotros el nuestro. Pero sigámosle sin filosofías ni reflexio­
nes de ninguna especie, porque si las hiciéramos, sabe Dios adonde iría­
mos á parar con nuestra imaginación, á pesar de habernos propuesto
estar parados delante de los escaparates.
Si como hemos visto la pasión de la joven hacia el aderezo y los amo­
res del hambriento con el pavo, viéramos el apetito del diamantista y las
necesidades del fondista, no sabríamos á quién habíamos de compadecer
con mayor justicia.
Mejor será que continuemos del lado acá del vidrio, porque una vez
salvada esa distancia, nos sería imposible guardar silencio sobre lo que
á voz en grito nos dirían aquellas joyas, y con mayor elocuencia que
ellas los libros en que están registradas y en que aparecen compradas á
crédito en los mercados extranjeros y vendidas á crédito también en la
corte.
Es posible que en ese caso la angustia del comerciante nos inspirara
más interés que la del enamorado galán que suspira delante de la joya,
hasta que para rescatarla se decide á empeñarla que recibió de más valor
al venir al mundo.
Y si así fuese nos sería preciso traducir los versos italianos con que
hemos encabezado este cuadro, diciendo:
«Si á cada cual en la frente
le escribieran su aflicción,
¡cuántos que nos dan envidia
nos darían compasión!);

Es mucho mejor, por lo tanto, que sigamos viendo las cosas desde la
parte de afuera, huyendo de averiguar lo que le dice aquella dama al co­
merciante en el momento de recoger un corte de vestido que vale la mi­
tad del dinero que su esposo gana en un año, y no tendremos necesidad
de saber ninguno de los secretos que conoce el mismo industrial de
todas y cada una de sus parroquianas.
Nos basta y casi nos sobra con lo que se ve y se adivina desde los es­
caparates, sobre todo si los contemplamos de noche, profusa y esplendo­
rosamente iluminados por el gas.
Cada uno de ellos es á esas horas una tentación que la moda y el lujo
ponen en el camino del forastero, que antiguamente sólo venía á Madrid
á comprar unas chucherías en las covachuelas de San Felipe y un poco
de lienzo en la calle de Postas, y ahora viene expresa y decididamente
á ver los escaparates.

AYER, HOY Y MAÑANA

325

Ganas le dan de descubrirse respetuosamente al acercarse á una tienda
donde los espejos, los bronces, las alfombras y los divanes dan á aquel
recinto un aspecto de gabinete de príncipes ó de albergue de embajado­
res, y por más que mira y remira todos los objetos que allí se ostentan,
no alcanza la aplicación que puede tener ninguno de ellos. No hay nada
en la vida que pueda hacer necesarias aquellas telas ni aquellos adornos
ni nada en fin de lo que se ve en el escaparate. En los palacios reales y
los museos que el lugareño ha visitado (con permiso especialísimo y en
día no lluvioso, y haciéndole dejar lavara á la puerta y dándole con otra
en los nudillos si apuntaba hacia algún objeto cualquiera) no ha visto ni
la cuarta parte del lujo que ve gratis y muy á sus anchas en todas las
calles de la corte.
Sabe leer y ha leído sobre la puerta ele una tienda: «Aquí se venden
objetos de escritorio,» y por más que examina todos los chismes que en­
cierra el escaparate, no comprende que ninguno de ellos tenga aplicación
ni pueda servir para escribir una carta. Otro tanto le pasa en el almacén
del camisero, donde ni siquiera acierta á conocer las camisas, y así con­
tinúa marchando por las calles, abriendo cada vez más la boca por ha­
berse convencido de que no basta abrir los ojos para ver todo lo que
tiene delante de ellos.
Ante el bazar religioso no es dueño de contener sus sentimientos cris­
tianos, y lleva la mano al sombrero para descubrirse ante un magnífico
crucifijo de marfil ó una imagen de la Virgen; pero se vuelve á cubrir,
avergonzado al observar que al pie del Cristo hay un par de pistolas, ó
que delante de la Virgen hay un par de botellas de vino ó un alfanje mo­
risco ó cosa más profana.
En otro escaparate, todo lleno de vasos de porcelana, de canastillos de
oro, de figuras de china y de cien objetos diversos, todos de gran lujo, ve
un rótulo inmenso que dice: «Objetos de caridad para los pobres;» y no sabe
qué pensar, y hace bien en no pensar nada, porque acertaría poco. ¡ Di­
choso él, que no sabe que aquel rótulo ha de leerse precisamente al revés
de como está escrito! Aquellas alhajuelas no han sido fabricadas por la
caridad para dárselas á los pobres, que no sabrían qué hacer de ellas, sino
que las ha inventado el lujo para halagar la vanidad de los poderosos.
Uno de éstos puede pasar por una calle obscura y dejar con la palabra en
la boca á la pobre madre que sale á pedirle una limosna para dar de co­
mer á sus hijos; pero á la luz del gas no sabe decir que no á los halagos
que el escaparate dirige á su orgullo, y compra unos cuantos de aquellos
objetos y los envía á casa de una señora para que ésta los vuelva á vender
á beneficio de los pobres por medio de una rifa ó una licitación que vuel­
va á interesar el orgullo del poderoso.

320

ANTONIO FLORES

¡Benditas sean las almas nobles que han sabido inventar esta transmi­
gración de la vanidad, convirtiendo los objetos de lujo en artículos de
primera necesidad y en hilas y vendajes, hasta transformar las tiendas
de quincalla en almacenes de comestibles, en hornos de pan y en hospi­
tales!
Triste es que no pueda recogerse la limosna en un bolsillo anónimo y
que sea preciso dar un baile para socorrer á los impedidos y un concierto
para aliviar á los sordo-mudos y una corrida de toros para atender á los
paralíticos; pero ya que es forzoso que sea así, bendigamos á las señoras de
las juntas de caridad y de beneficencia por el gran partido que han sabi­
do sacar de los escaparates.
¡Ojalá pudiera el lector sacar otro tanto de este cuadro!

C U A D R O XLI

LA

PRIVANZA

EN

1 8 50

Cuando los pueblos se echan el alma á la espalda y el fusil á la cara
y reclaman su soberanía á los gritos de «¡Abajo las camarillas!, ¡Fuera las
privanzas!, ¡Mueran los favoritos!,» suelen venir impulsados por una ca­
marilla, haber ofrecido una privanza y traer en brazos un favorito.
Si el hombre ha vivido alguna vez consigo mismo, si la sociedad no
nació con Adán, ignoramos de todo punto lo que pasó en el ab initio de
los pueblos; pero desde que los conocemos, desde que la historia se ha
tomado la pena de contarnos, con más ó menos cuentos, sus hechos, siem­
pre hemos visto lo mismo: ó favoritos de reyes ó favoritos de pueblos, ído­
los en los palacios ó ídolos en las plazuelas.
De los primeros hemos hablado ya, de los segundos vamos á hablar
ahora; pero hay tanta semejanza entre ambos, que por fuerza ha de ser­
nos preciso recordar algo de los unos al hacer el retrato de los otros. Y
aún no será de todo punto inútil que digamos que por privanza regia ó
por favoritismo popular no entendemos el favor dispensado por un mo­
narca al mérito ó á las virtudes de tal ó cual cortesano, ni el entusiasmo
que produce en los pueblos el talento y los hechos heroicos de uno ú otro
ciudadano, sino la confianza ciega, el favor sin límites, la abdicación ab­
soluta que hacen en ocasiones dadas el monarca y el pueblo de todas sus
facultades, de todos sus pensamientos y de todo su poder.

328

ANTONIO FLOHES

Con la historia de los tiempos antiguos en la mano y con la de épocas
posteriores á la vista podríamos llenar este cuadro de nombres propios,
cuyos hechos nos dieran concluido el trabajo; pero estamos haciendo la
historia del día y no queremos evocar recuerdos de Plautosy Olivares, ni
de Clodios y Robespierres. Lo que únicamente diremos es: que ambos fa­
vores son fáciles de adquirir, difíciles de conservar y facilísimos de perder.
Y dicho esto, bien podemos decir lo que es la privanza popular en es­
tos tiempos de gobiernos populares.
Lo que necesita el favorito del pueblo es lo que no podía dispensarse
de tener el valido del monarca. Aprensión poca, audacia mucha, y lo de­
más que venga cuando le dé la gana. Con esto y con traducir unas veces
al derecho el audaces fortuna juvat, y otras al revés, diciendo agraces
form an las uvas, puede lanzarse á conquistar el favor de los pueblos.
La diferencia más importante entre ambos validos es que el antiguo
podía ser mudo, en cuyo caso no tenía precio, y el moderno ha de ser un
gran hablador. Antiguamente solían escogerse los hombres por el pulso
y á ninguno se le pedía que enseñase la lengua; hoy, por el contrario,
todo el que quiera ser algo ha de empezar por abrir la boca, y no para
que se le quede la lengua pegada al paladar, que este es privilegio ex­
clusivo de los que han de ser sus favorecedores, sino para moverla sin
cesar hasta conmover al auditorio, secando todas las gargantas menos la
suya.
El favorito del pueblo no nace en los días serenos de la política, que
son cortos y pocos para pensar en tales cosas, sino que necesita que el
horizonte esté nublado, que avance la tormenta y, si es posible, que alum­
bre ya el rayo del trueno revolucionario.
La escena puede pasar en una plaza, pero tiene mejor pasar en un
café; el cual, si el lance es de noche, y la noche es casi indispensable para
estos casos, estará lleno de bote en bote, porque los cafés son los templos
más concurridos del rito moderno.
El ciego vendedor de impresos, que no se sabe de dónde sale en días
de revolución ni dónde se esconde cuando ha pasado el vendaval, es el
primer ciudadano que inocentemente otorga el primer favor al privado
del pueblo.
La hoja volante que el ciego pregona entra en el café, léese en voz
alta para unos cuantos amigos, dicen los de otras mesas que no oyen
nada, y como si tuviesen derecho á oir algo piden que el lector se suba
sobre una mesa y que alce la voz. Hácese lo uno y lo otro, y en medio de
un silencio religioso, agrupados todos los concurrentes alrededor de la
mesa, oyen la hoja volante, en la cual se repite veinte veces la palabra
tiranía y otras tantas la de libertad, y unas cuantas la de sangre y no

AYER,

HOY Y M A Ñ A N A

329

menos la de derechos populares, y con un muera á la primera y un viva
á la segunda, que da el orador de su propia cuenta, queda cargado de
electricidad patriótica el recinto.
Una voz cualquiera, amiga si es posible, que lo es de seguro, pide que
el lector no se baje de la mesa sin decir algo; y como á todos les ha pare­
cido corta la hoja volante y ya están templados para oir algo más, apoyan
la petición, y caten ustedes que el que está de pie sobre la mesa se sube
á la parra y larga un discurso completo, parafraseando la hoja volante y
electrizando á los oyentes; siendo de advertir que esta clase de electrici­
dad es más sensible en las últimas capas que en las primeras, porque
como al tribuno no se le oye lo mismo desde todos los puntos del café,
los que oyen bien se electrizan algo, los que oyen poco se electrizan por
sí y por lo que se han electrizado los que están delante, y los últimos, los
que apenas oyen nada, recogen la electricidad de todos.
Las gentes de la calle advierten lo que pasa dentro del café y se apre­
suran á entrar á oir el discurso, aumentando la concurrencia hasta el
punto de encontrarla excesiva el cafetero, el cual, como verdadero patrio­
ta y amante de la libertad, está deseando que se salve la patria y que le
dejen libre su casa.
También al gobierno, que parecía estar ocupado en cosas más serias,
le preocupa como al cafetero la idea de desocupar el café; y para conse­
guirlo aumenta la concurrencia con unos cuantos agentes de policía, que
es aumentar la bulla y la algazara y hacer que la cosa termine por donde
tal vez no habría terminado: por salir á la calle las gentes en son de tu­
multo, llevando en triunfo al orador; el cual, si tiene la suerte de que le
agarre la policía, hace una carrera más rápida que si se deja llevar en
brazos del pueblo. De éstos es fácil que le sacara algún balazo ó un casco
de metralla, porque dicho se está que ya anda la artillería por las calles,
y de los otros pasa á un calabozo, que viene á ser su arca de Noé para
salvarse del diluvio revolucionario.
Las gentes que en el cáfé se habían limitado á aplaudir al orador, por­
que les gustó lo que les dijo ó la manera de decirlo, y que habrían salda­
do la cuenta de su agradecimiento dándole una serenata ó cosa de menos
valor, ya sólo piensan en arrancarle del poder de la policía, y personifi­
cando en aquel hombre la salvación de la patria se dejan matar para de­
fenderle, y ya tenemos el ídolo.
Los periódicos sacan la electricidad del café y la reparten por las pro­
vincias, y el favorito del pueblo es aclamado por todas partes, paseándose
en son de triunfo y aun bajo palio su retrato, merced á la litografía, que
es otro gran agente de la electricidad popular. Todas las provincias quie­
ren nombrarle su representante en las Cortes, los casinos le envían un

330

A N T O N IO F L O R E S

diploma de socio nato, las tertulias patrióticas le participan que han
puesto su nombre con letras de oro y sobre mármol con una corona de
laurel en la sala de juntas, los ayuntamientos le dicen otro tanto y ya
está todo hecho.
Lo que al favorito le queda por hacer es lo difícil, y sin embargo, pre­
ciso es confesar que sabe hacerlo. Suprime el lenguaje familiar y siempre
habla de manera que todos se vean obligados á escucharle y á no inte­
rrumpirle; á las palabras que pronunció en el café les da cada día nueva
vuelta, pero nunca deja de repetirlas y cada vez ensaya un nuevo género
de humildad, con lo que aumenta considerablemente el número de sus
súbditos. Pero es el caso que desde la oposición no puede realizar lo que
ha prometido hacer en pro de la patria; y para servir á ésta tiene necesi­
dad de ser ministro y aun de ocupar la presidencia del Consejo, con lo
cual empieza á ver declinar su prestigio.
Quince días le dura la luna de miel y en ellos recibe cada día nuevas
pruebas del favor y de la privanza que goza con el pueblo.
El Parlamento le recibe con un voto de confianza casi unánime, la
mayoría de la imprenta periódica le saluda regocijada y el resto de los
diarios políticos se echan la pluma á la espalda, ofreciendo hacer una tre­
gua en su oposición á fuer de imparciales, y por último, se sabe que en
todas las provincias de España tiene grandes simpatías el nuevo ministe­
rio, y el presidente del Consejo sigue siendo el favorito, el privado, el
ídolo del pueblo.
¡Y cómo no ha de ser así, cuando ha llegado la hora de quebrar las
cadenas que oprimían el pensamiento y de romper las trabas que empo­
brecían la industria y el comercio, reduciendo las contribuciones, deses­
tancando todo lo estancado, desamortizando la propiedad, asegurando la
libre emisión del sufragio electoral, poniendo en práctica todo aquel mag­
nífico programa al cual sirvió de base firmísima la mesa del café pa­
triótico!
Con estas esperanzas viven las gentes la primera quincena del nuevo
ministerio, hasta que cansado de esperar un periodista, rompe el fuego
preguntando sencillamente «cuándo piensa el gobierno poner en planta
su programa político y realizar algunas de las reformas que ofrecieron
sus hombres desde la oposición.»
A esta pregunta contestan de mal humor uno ó varios diarios minis­
teriales, diciendo que «el ministerio es el único árbitro para decidir la
oportunidad de lo que tiene prometido; que el país está cansado de pala­
brería política; que lo que quiere es paz y orden, y que ambas cosas las
tiene aseguradas mientras dure la situación á que el periódico se honra
de pertenecer.»

A YER, HOY Y MAÑANA

331

Semejante contestación produce otra más fuerte por parte del diario
de la oposición y de sus colegas; el fiscal de imprenta recoge algunos perió­
dicos; las recogidas producen una interpelación en las Cortes; la interpe­
lación una sesión animada; el Diario de sesiones, una alarma en las pro­
vincias; la alarma, tumultos; los tumultos, prisiones, destierros y estados
de sitio; éstos, discusiones acaloradas en los cafés (no sitiados, se entiende),
y con esto y una hoja volante vuelve á presentarse un nuevo aspirante al
favor popular, que hereda toda la credulidad de las gentes, todos los
aplausos y toda la gloria del que quince días antes era el redentor de la
sociedad y ya no es otra cosa que el tirano del pueblo.
Aquella elocuencia ciceroniana, aquellas virtudes superiores á las de
Catón y aquella aura popular que recogió en el café y acrecentó en las
calles y desenvolvió en los escaños del Parlamento, todo ha desapa­
recido.
Aquel hombre que no abría su boca sino para decir verdades, ya no
la abre sino para arrojar sofismas, y sus oídos, acostumbrados á escuchar
aplausos, ya no oyen otra cosa que murmullos y hasta silbidos.
Por supuesto que al favorito del pueblo no le ha cogido de nuevo la
que él llama inconstancia popular, que precisamente porque tenía pues­
tos los oídos en los cafés pasó algunos días sin atreverse á ser gobierno;
pero asústale, sin embargo, lo sucedido y trata de recoger velas y de re­
conquistar la privanza perdida.
Y en esta situación sí que debiéramos abandonarle, porque no hay
nada más desdichado que un favorito caído tratando de recobrar su an­
tiguo valimiento.
Desde el banco ministerial quiere predicar un sermón de honras como
el que predicó en el café, y mientras el pueblo le escuchaba con desden,
diciéndole: «Eres turco y no te creo,» los hombres de gobierno le silban y
le retiran su apoyo.
Un sable, un sable podría salvarle en tan crítico momento; pero el
tribuno no le tiene. Al abrazar la carrera política se olvidó de hacerse
militar, y como no tiene más armas que la pluma y la lengua, se encuen­
tra desarmado.
No puede hacerse dictador, con lo cual mantendría algún tiempo su
privanza, siquiera lograra conservar ahora por miedo lo que alcanzó antes
por amor.
Pero una dictadura, por sabia é ilustrada que sea, no deja de ser una
tiranía, y las tiranías, justamente prohibidas en estos tiempos de libertad,
no caben en este cuadro. Donde caben ó se hacen lugar por fuerza, á pe­
sar de la prohibición, es en la práctica; habiendo averiguado los mejores
estadistas políticos que las revoluciones tienen el diez por ciento en la

332

ANTONIO FLORES

vida de los pueblos y las dictaduras el cincuenta y aun el cincuenta y
pico.
Un favorito popular que ciñe espada y logra repartir la privanza pú­
blica entre ella y su persona, tiene asegurado su valimiento por largos
años.
Pero éste ya no es el privado del monarca, sino el monarca mismo.
El pueblo soberano se quita su corona para ceñir con ella las sienes
y el sable de su favorito.

CUADRO XLII
EL ÓM NIBUS Y LA CALESA

Un mozo de cuerda y una locomotora son, hasta el día de la fecha,
los dos términos antinómicos del movimiento, el alfa y el omega de la
locomoción, el ártico y el antàrtico del transporte, en este mundo del
movimiento, de la animación y de las carreras.
Lo primero que le ocurrió al hombre cuando tuvo necesidad de
transportar el primer bulto de un punto á otro, fue echárselo á la espal­
da. Así pasó Adán á su señora todos los arroyos del Paraíso, por más
que este curioso detalle haya sido olvidado por los historiadores de la
antigüedad.
Más tcrde el elefante, el camello y el pacientísimo borrico vinieron á
compartir con el hombre la gloria y la fatiga del transporte, y el ancho
lomo del primero y la joroba del segundo dieron origen á la litera, al pa­
lanquín, á la silla, á las artolas y á todos los coches sin ruedas, incluso el
serón, las aguaderas y las jamugas.
Poco después se dispuso que los animales arrastrasen lo que llevaban
á cuestas y nació el trineo, que no era en su origen sino un grosero y
tosco pedazo de madera, en el cual se enganchaba un reno ú otro cual­
quiera animal de su especie.
Y andando el tiempo (que desde ab initio y sin haber usado nunca
andadores anda al mismo paso y sin carruaje de ninguna especie) se in-

334

ANTONIO FLORES

ventaron las ruedas y con ellas el carretón, el carromato, el carro fúnebre,
el coche simón, el tílburi, el milord y los calesines.
La carreta, que fue uno de los primeros carruajes que inventó el hom­
bre, nació perfecta y perfecta sigue. Los siglos y las civilizaciones la han
respetado.
El perezoso ganado vacuno la sigue paseando lentamente y con toda
solemnidad y magnificencia, dándola dos horas de tiempo para que estu­
die cada media legua de camino y haciéndola sestear á la intemperie,
como lo hacía en tiempo de los patriarcas.
La carreta es la cuna tradicional de la locomoción y del movimiento,
y las máquinas de vapor que arrastran los trenes en el camino de hierro
son hijas ingratas que cruzan con sobrada irreverencia por delante de
ella sin detenerse á saludarla y bendecirla. Y sin embargo, las carretas,
como buenas madres que ven sin envidia los adelantos de sus sucesores,
acarrean todo el material para los caminos de hierro, transportan la tie­
rra que se arranca de la montaña, y en los días de peligro, cuando una
tempestad deshace un terraplén ó un descarrilamiento inutiliza el cami­
no, acuden, sin diligencia, porque tampoco conocen el vicio de la impa­
ciencia, á ofrecer sus servicios en los trabajos de reconstrucción y hasta
en el transporte. Digna es ciertamente de elogio tanta abnegación y tanta
modestia.
Nosotros quisiéramos que la sociedad presente tomase en cuenta esos
sacrificios, y que jubilando á todas las carretas existentes, siquiera dejá­
semos de verlas invadiendo á todas horas las principales carreteras de Es­
paña y las calles de la corte, mandase archivar una de ellas en el museo
de antigüedades que desde muy antiguo hemos pensado y seguimos pen­
sando construir.
No de otro modo se mostraría la gente de hoy digna admiradora de
las verdaderas glorias de ayer .
Porque la carreta no es simplemente un carruaje tosco, muy tosco, de
tardo andar y de peor movimiento, que con la pesadez propia de su an­
cianidad nos trae el trigo que comemos, el carbón con que guisamos y el
ladrillo, la piedra y la madera para las casas en que vivimos, sino que es,
como hemos dicho antes, un objeto histórico, digno de toda veneración
y respeto.
La carreta no representa solamente el movimiento material de aque­
lla época de reposo y de calma, sino que es el símbolo de la paz y de la
tranquilidad que disfrutaban las ciencias, las letras y las artes, y lo que
es más envidiable aún, las conciencias de aquellos bienaventurados mor­
tales, que todo lo que hacían y todo lo que pensaban lo pensaban y lo
hacían, según sus propias palabras, á imso de carreta.

AYER, HOY Y MAÑANA

335

Tomemos nosotros otro más ligero, aunque sea el redoblado con que
ahora lo andamos y lo corremos todo, para decir algo de la calesa y del
ómnibus, que son los dos carruajes que simbolizan las dos sociedades
que estamos retratando: la de antaño y la de ogaño; los hombres de 1800
y los de 1850; el egoísmo y el espíritu de asociación; el gobierno abso­
luto y la monarquía constitucional; el fraile cartujo y el orador parla­
mentario.
El antiguo calesín (que antiguo queremos llamarle, más por honrarle
que por ofenderle), tirado por un solo caballo, guiado por un solo hombre
y sin más que un asiento para un solo viajero, que cuando mucho puede
admitir en su compañía otro individuo, pero sin representación legal,
es el verdadero carruaje del gobierno absoluto. Debió morir cuando cayó
el sistema, y hacerse enterrar con los escombros de los conventos de
frailes.
Una calesa á la puerta de un monasterio, esperando á que baje el pa­
dre predicador que tiene á su cargo el panegírico del santo en un pueblo
distante dos ó tres leguas de la corte, es un cuadro de Goya completo y
acabado.
Si la escena pasa en invierno, todos se figuran al bueno del fraile ca­
lándose la capucha y metiendo el breviario en la manga, mientras el ca­
lesero, que ya ha atado á la zaga el baúl, encajado debajo del asiento la
alforja de las provisiones y echado en la pesebrera la cebada y el caldero
para que el jaco no muera de hambre ni de sed, abrigará con un ruedo y
una manta los pies del predicador, y con la bendición de e'ste y un «¡Arre,
Capuchino!,'» emprenderá el viaje.
Si el sermón es de verano, el fraile echará su capucha á la espalda y
el calesero la de la calesa á la zaga, y bendiciendo el uno y santiguados
ambos, con las mismas provisiones y un jarro de aloja, dará principio la
jornada.
Y si el viaje no era de dos ó tres sino de treinta leguas, con hacer siete
jornadas estaban despachados. No sería el primer calesín que hubiese ido
desde Madrid á Bayona y aun á Lisboa, sino que, por el contrario, esos
elementos de viaje eran en aquella e'poca los que más andaban por los
caminos.
Pero no queremos nosotros verlos en semejantes trabajos, y por más
que el calesín fuera uno de los grandes medios de locomoción en los via­
jes de antaño, nos proponemos verle de puertas adentro de la corte y en
el radio de ella, sin hacerle llegar al portazgo de las carreteras para no
obligarle á volcar cuando corre por una trocha, huyendo de pagar los
derechos al portazguero.
Ya el lector le ha visto, en la primera parte de esta obra, fletado por

33G

A N T O N IO

FLORES

cuenta de una maja para ir á los toros y á la ermita de San Isidro y á la
pradera del Canal, y no está bien que ahora volvamos á hablar de aque­
llas expediciones de alegría y de regocijo, en que el calesín era una parte
integrante de la manóla, más que un elemento de locomoción, y que no
tanto le alquilaba por ir de prisa y cómoda, cuanto por llevar pegado su
cuerpo á una prenda de lujo y presentarse al público sobre un trono de
esplendor y de magnificencia.
Por eso el calesín está pintado de colores fuertes y tiene por escudo
un bolero ó una pandereta, y el caballo va cargado de cascabeles y cam­
panillas, y el calesero se viste con los mejores trapos que tenía guardados
en el cofre.
Pero entonces que los calesines eran los carruajes que más abunda­
ban, como ahora en que sólo tenemos unos cuantos de muestra, estacio­
nados en la plazuela de las Descalzas, como una protesta facciosa contra
los adelantos del siglo y las modernas instituciones políticas, el calesín
no es otra cosa que el símbolo del egoísmo y el verdadero retrato del go­
bierno absoluto.
En cada calesa, como en cada celda y en cada trono, no cabía nada
más que una persona. Y así como para que los hombres coman juntos,
vivan juntos y hablen todos á un tiempo ha sido preciso inventar las
mesas redondas, los casinos y los gobiernos parlamentarios, así para que
paseen y no se mueran de tedio viajando solos ha sido necesario inven­
tar el ómnibus.
Y he aquí, lector, el símbolo verdaderamente gráfico de las monar­
quías constitucionales, la fórmula del espíritu de asociación y el modelo
permanente del parlamentarismo ambulante.
Metido en una calesa eras dueño de mandar parar y correr y tomar la
dirección y el rumbo que más te acomodaba, pudiendo, y esto es impor­
tantísimo, hasta salir del carruaje cuando te daba la gana; embutido en
un ómnibus no puedes mandar cosa alguna, porque nadie te obedecerá,
ni te permiten variar de dirección si te cansas de la que llevas, y allí te
estrujan cuanto pueden, aunque vayas desde un principio bastante estru­
jado.
En el primer caso reinas y gobiernas; en el segundo te dicen que
reinas, pero gobiernas á escote con los demás compañeros de carruaje.
Pero ya hemos dicho que cada época tiene sus necesidades, y éralo y
grande en la presente la construcción del ómnibus.
En vano al sentirse los primeros albores del constitucionalismo se
creyó que podríamos pasar con la tartana, suponiendo que ese carruaje
para muchos hacía frente á los deseos de todos. La tartana sólo podía
contener seis ú ocho personas, y tiraba de ella un solo caballo, y esto no

AYER, HOY Y MAÑANA

337

era salir sino á medias de la sociedad egoísta de antaño, conservando la
funesta individualidad del absolutismo.
El ómnibus, que tiene plaza para diez y seis personas dentro del co­
che y para otras tantas encima y para media docena en el pescante, es
el único carruaje digno del moderno espíritu de asociación.
De otro modo, ¡cómo era posible que veinte mil personas presenciaran
la ejecución de un reo de muerte ó las avenidas del Manzanares ó una
romería ó cualquier otro espectáculo por el estilo! Sería preciso poner
diez mil calesas á disposición del público, en el caso de hallar un gordo
y un flaco para cada una de ellas, y diez mil caballos y otros tantos ca­
leseros, y esto no es posible. Y aun si lo fuera, sería contrario al espíritu
de la época, que rechaza la individualidad de todas partes, que no con­
siente otras parejas que las de la guardia civil, y que todo lo piensa y
todo lo hace por medio de comisiones, de subcomisiones, de juntas y de
sociedades.
La pluralidad de votos, que es la razón suprema de estos tiempos, se
halla perfectamente representada por medio del ómnibus.
Cierto es que la exclaustración y la desamortización y las desvincula­
ciones se avendrían mejor con los carruajes de un caballo y para un solo
viajero que con los ómnibus y los ferrocarriles; pero cada época tiene
sus viceversas, y á ésta no le faltan. ¡Adonde iríamos á parar si en todo
fuéramos perfectos y lógicos!
Releguemos por lo tanto al olvido los calesines, haciéndoles su lugar
de respeto en la historia, y quedémonos sólo con el ómnibus.
Abierta tienen siempre la entrada, como que no hay portezuela para
cerrarla, é inamovible es la escalera que sirve de antesala á esos salones
monstruos, que llevan á la sociedad de un lado para otro, como un pre­
gón viviente y un ejemplo constante de la ley de las mayorías y del es­
píritu de asociación.
¡A dos reales al patíbulo/, gritan con voz aguardentosa y lúgubre
diez ó doce satélites de otros tantos Aquerontes que ofrecen sus barcas
para cruzar con ellas el río del infierno y el de la muerte y todos los ríos
imaginables.
Y las gentes corren y se atropellan por llegar á la boca de aquellos
monstruos, para dejar que los traguen y los arrojen en una gran pradera,
donde se alza sombrío el patíbulo de los dos reales, entre las carcajadas
de la muchedumbre, las voces de vendedores que, como los dueños del
ómnibus, van á ganarse la vida honradamente en aquel lugar de muerte
y de horror.
El reo mientras tanto camina lentamente hacia el suplicio, viendo
cómo corren á porfía para verle morir treinta mil personas, entre las cuaT omo II

22

338

ANTONIO FLORES

les le sería difícil reconocer una sola de las que le vieron nacer, ni me­
nos de las que hayan procurado apartarle del terrible trance en que se
halla.
Acabada la ejecución, el ómnibus vuelve á abrir su boca para irse
tragando los espectadores, y esta vez dobla la tarifa, porque conoce que
todos querrán huir de allí horrorizados, y dice:
¡A la Puerta del Sol cuatro reales!

Y una vez llegados los carruajes á la gran plaza de la vagancia ma­
drileña, mientras los caballos toman un resuello, vuelven á gritar los
porteros de esos salones:
/A dos reales á los toros!.... Uno falta.

Y no uno solo sino muchos corren á disputarse la plaza vacante, y el
ómnibus se dirige hacia la plaza de los toros con la misma diligencia con
que corrió al patíbulo.
La romería de San Isidro, la verbena de San Antonio, el entierro de
la sardina, las carreras de caballos y otra porción de festividades por el
estilo ofrecen al ómnibus ocasiones en que hacer alarde de las ventajas
que lleva al antiguo calesín; el cual también en esos días se atreve á sa­
lir á la calle y á ofrecer sus servicios al público, que los acepta más por
devoción y por respeto histórico que por verdadera necesidad.
Pero la persona que alquila un calesín, no para que le lleve al patíbu­
lo (que dando á cada cual lo suyo, debemos decir que esos carruajes aún
no se han hecho patibularios), va sola á la romería ó al campamento ó al
simulacro, y se aburre y llega aburrida y mustia al espectáculo. En cam­
bio á los del ómnibus, como son muchos, y entre muchos es fácil que
haya de todo, no les falta quien se permita decir algún chiste, ó recordar
algunos pormenores de la vida del reo ó de lo que ocurrió en la anterior
ejecución; y con esto se habla y se ríe y aun se regaña si la discusión no
va bien dirigida y si las gentes llegan animadas y alegres al lugar del es­
pectáculo.
Los servicios del ómnibus en travesías más largas que las del patíbu­
lo y los toros, ó en las que diariamente hacen á la estación de los ferro­
carriles ó cruzando la población para ir tomando y soltando parroquia­
nos, son más tranquilos y más parlamentarios. En ellos la discusión toma
un aire más formal y más académico, en armonía con el paso tranquilo
y reposado que lleva el carruaje.
Si el ómnibus se ha construido en el extranjero, que esto es lo ordi­
nario, porque, como sabe el lector, allí nos lo construyen todo, incluso el
idioma, tiene un reloj que marca el número de personas que van toman­
do asiento, y cuando todos están ocupados hace una seña, y negocio con­
cluido.

A YE R , HOY Y M AÑ AN A

339

Pero ya sea que dé la noticia en francés, escribiendo la palabra
complet, con la cual se queda la gente completamente en ayunas, ó que
aquí seamos un tanto más habladores que los extranjeros y no nos guste
vivir automáticamente, entendiéndonos por señas y jeroglíficos, la ver­
dad es que nadie hace caso del reloj, y aunque marque treinta y dos via­
jeros y el ómnibus no permita más que treinta, allá se llegan todos los
que pasan y se van embutiendo como pueden, sin hacer caso de las pro­
testas de los que están dentro.
— ¡Aquí no cabe nadie más!— dice angustiada una pobre señora,
con tanta más razón cuanto que ella misma no ha acabado de tener
cabida.
— ¡Qué más da, señora!—replica un caballero que abulta por cuatro.
•— Nos estrecharemos como podamos.
— ¡Estréchese usted, que bien lo necesita!— grita allá desde un rin­
cón del carruaje un individuo preparándose á resistir la presión que le
amenaza.
— ¡Conductor!— dice una joven viendo que el ómnibus empieza á an­
dar sin que hayan podido sentarse tres ó cuatro personas, que amenazan
caer sobre los que ya están sentados.— ¡Conductor, pare usted y eche de
aquí á los intrusos!
Uno de éstos dice que el viaje es corto y que de cualquiera manera se
pasa; y la que él busca para hacerlo es arrimarse á la pareja que consi­
dera más flaca y más prudente, y empezando por meter un codo y luego
medio cuerpo acaba por enseñorearse por entero, volviéndose á izquier­
da y derecha para decir:
— ¡Yen ustedes cómo nos hemos acomodado!
— Nosotros ya lo estábamos— le replican,— y de todos modos es una
picardía que metan veinte personas donde sólo caben diez y seis; así ocu­
rren las desgracias.
— Estos industriales lo que quieren es hacer su negocio— dice muy
ufanamente el que acaba de hacer el suyo embutiéndose por fuerza en el
coche.
Y á veces, antes do que acaben de pronunciar la palabra desgracias,
el ómnibus, que corre desbocado y en competencia con un colega de in­
dustria, se echa con la carga y resultan unos cuantos heridos y algunas
contusiones.
Pero esto no es frecuente, y el ómnibus hace sus carreras triunfales
á los toros y al patíbulo, promoviendo la discusión y la charla, y con
ellas el trato de las gentes.
Y como el trato engendra cariño, resulta que el ómnibus desempeña
perfectamente la noble misión de encariñarnos á los unos con los otros,

340

ANTONIO FLORES

destruyendo los resabios de individualidad y de egoísmo que crearon los
calesines.
Y he aquí, lector, cómo no hay nada insignificante en esta sociedad
verdaderamente significativa, y cómo todo contribuye á desarrollar la
afición al gobierno de todos, por todos y para todos, ó lo que en lenguaje
de caleseros llamaríamos sistema ómnibus.

C U A D R O X LI I I

L A M A D R E Y L A S H íJ A S , Ó N U E V A S A P L I C A C I O N E S
IN D U ST R IA LE S

Malo es, tan malo que casi puede llamarse pésimo, que se traduzcan
literalmente al castellano las leyes, los reglamentos y las ordenanzas
francesas; abuso y no flojo cometen los que declaran obras de texto espa­
ñol ciertas traducciones pésimas, y cosa es que horripila ver una señorita
española pidiéndole á Dios, en francés, «el pan nuestro de cada día;»
pero todas estas cosas y las otras que nos obligan á tener la cocina fran­
cesa, el aya nacida en Francia, el cochero francés y todo afrancesado, no
valen nada en comparación con un abuso mayúsculo del que pienso ha­
blar en este cuadro.
¡Adonde vamos á parar si el gobierno y las Cortes, que son los dos
santos omnipotentes del sistema moderno, no toman una providencia
enérgica para cortar de raíz el mal á que aludo!
¡Qué nos importa que los franceses recojan todo el oro acuñado en
España, ni que haya más ó menos extracción de moneda de plata, des­
pués de la plata labrada que salió en la guerra de la Independencia, ni
que hayan desaparecido y sigan desapareciendo todos los lienzos de Murillo y de Rafael y de Zurbarán y de cuantos pintores célebres hemos te­
nido en España!
La extracción á que yo me refiero y la pérdida que amargamente lloro

342

ANTONIO FLOHES

es de más importancia y de mayor trascendencia que la del oro y la
plata y la de todas las obras y objetos de arte.
Yo no sé en qué piensan nuestros legisladores que no han presentado
ya un proyecto de ley prohibiendo el tráfico á que aludo y que es más
digno de reprobación y de censura que el de la trata de los negros y de
los chinos. ¡Bueno es que todos los días estén clamando los periódicos para
que se impida la emigración de los gallegos y de los asturianos á las repú­
blicas de América, y á nadie le haya ocurrido aún alzar su voz para que
se prohiba la emigración francesa de las más hermosas mujeres de todas
nuestras provincias y con especialidad de las de la corte!
¡Es posible que el ministerio fiscal, que además de su forma antigua
tiene hoy la del periodismo, la del parlamento y otras varias, no haya
fijado su atención en asunto tan grave y de tanta trascendencia!
¿Dónde están, lector, dónde están, dímelo por Dios, si lo sabes, aque­
llas hermosísimas mujeres de tez morena, que orgullosas con su origen
árabe, eran por la expresiva belleza de sus facciones griegas el entusias­
mo de su patria y la envidia de las naciones extranjeras? ¡No las produ­
cían á millares los hermosos pueblos del Mediodía, naciendo también
muchas de ellas en las provincias del Norte! ¿Pues dónde están, lector?
¿Qué has hecho de ellas? Ó mejor dicho, vosotras, lectoras, ¿qué habéis
hecho de vosotras mismas?
¡Daréis lugar á que yo ponga un anuncio en el Diario ofreciendo un
fuerte hallazgo al que presente en esta casa (y aprovecho la ocasión de
ponerla á vuestra disposición) una morena!
Pero calláis y tal vez os reís de mi ignorancia porque no acierto á en­
contrar lo que busco á pesar de tenerlo delante de los ojos.
Vosotras mismas sois morenas y no habéis emigrado á Francia, como
yo creía, dejándoos permutar por otras tantas pálidas francesas.
Lo que habéis hecho es traduciros al francés, y traduciros á dos co­
lumnas; esto es, conservando debajo del texto blanco el texto moreno.
Me lo acaba de decir en confianza y quitándome con su revelación un
gran peso de encima una de vosotras, á quien inocentemente he hecho
apostatar de su afrancesamiento.
Llegó un día (estoy ya enterado de todo) en que os hicisteis este razo­
namiento: «Si la geografía de España la aprendemos en francés, y las cor­
tesías las hacemos á la francesa, y el devocionario con que rezamos está
en francés, y del francés están traducidas, sacadas y arregladas todas las
comedias que vemos en el teatro, ¿por qué no hemos de traducir y de
arreglar nuestra fisonomía al francés? ¿De qué nos sirve vestir con trajes
de París y hablar en francés, si mientras conservemos esta tez morena
han de conocer que somos españolas?»

A T E R , HOY Y M AÑ AN A

143

Y dicho y hecho: con media docena de lecciones de blanqueo y un
diccionario de cosméticos quedasteis tan perfectamente traducidas al
francés, que yo y otros muchos os hemos creído verdaderas francesas. Y
como algunas de vosotras no sólo habéis traducido el cutis, sino que hasta
el hermoso cabello negro le habéis puesto en francés con unos cuantos
repasos rubios, he ahí por qué creíamos que los franceses, después de ha­
berse llevado los lienzos de nuestros grandes artistas, habían cargado
también con los modelos de aquellas grandes obras, dejándonos en cam­
bio unas cuantas damas desteñidas y pálidas.
No ha sido así por fortuna, de lo que á Dios gracias me felicito sobre
manera, y puesto que la desaparición de aquellos hermosos cabellos ne­
gros que los poetas confundían con el ébano y con el azabache no es sino
cuestión de moda, espero que pronto pase ésta y volváis á verter al espa­
ñol lo que siempre debió de estar en castellano.
Y ahora os haré una relación sucinta del cómo y el cuándo he averi­
guado este secreto, que voy sospechando que para el público tiene una
antiquísima publicidad.
Mi amiga doña Eduvigis G-uzmán de Luna fué en sus mocedades una
de las mujeres más hermosas de la corte, y consistía su principal belleza
en un cutis moreno, pero terso y limpio, en el cual podían contarse los
poros como se cuentan hoy con arreglo al arancel de aduanas los lefios
en las telas de algodón. El negro de sus cabellos hacía parecer blanco el
semblante, y eran sus ojos dos carbones encendidos cuando los abría de
par en par para abrir una puerta cochera en el corazón que se le antoja­
ba, y dos carbones apagados cuando los entornaba y los hacía verter su
luz sobre las mejillas, que súbito se ponían como la grana. Los labios no
eran de coral, porque esos labios son demasiado duros y no han sido nunca
del gusto de nadie sino de los poetas, ni los dientes de marfil, ni el cuello
de alabastro, ni ninguna de sus hermosas facciones tenía nada que ver
con esas industrias; pero todas eran de lo mejor y comparables á ellas
solas.
El corazón en que hicieron mayor estrago los ojos de doña Eduvigis
ó al menos el que se confesó más estragado fué el de un caballero more­
no también y de ojos y cabellera negra. Enseñóle el referido galán, no á
doña Eduvigis, sino á su madre, el corazón ferido, y habiendo declarado
la niña que también el suyo estaba picado, se le contó el caso al cura de
la parroquia y al vicario, y se hizo un matrimonio moreno, pocos años
después de haber lanzado los legisladores del año 1812 una excomunión
politica á la gente de color.
Pero el color de doña Eduvigis no era africano ni mucho menos, y no
sólo permitía la mantilla blanca en días del Corpus y fiestas análogas, sino

344

ANTONIO FLORES

que aumentaba su belleza cuando la enseñaba entre blondas blancas, y
era cosa de alquilar plaza para verla si sobre una basquiña de red y un
corpino carmesí se encajaba la mantilla blanca de encaje ó bordada.
Decíase entonces, aunque doña Eduvigis aseguraba que eran bromas
de su marido, que el vivo carmín que animaba sus mejillas no era natu­
ral, sino que le producía un largo beso que antes de salir de casa le daba
una toalla un tanto áspera que tenía al efecto, y hasta hubo quien aña­
dió que no era todo friegas de la toalla, sino que también había algo de
colorete que doña Eduvigis tomaba muy pulcramente con la yema del
dedo índice de unas pastillas de carmín sobre papel que entonces ven­
dían, ¡pásmate, lector!, en las tiendas de comestibles. Pero esto, francamen­
te lo digo, ni se averiguó entonces, ni se ha confirmado después.
Lo que hay de cierto es que doña Eduvigis conservaba su cutis more­
no, como siempre, y que la prueba evidente de que, como ella decía, no
se daba mano de gato, era que no se tapaba la cara cuando llovía, como
hacían otras, ni llevaba un pañuelo de reserva para limpiarse el sudor de la
cara. Morena la conocimos siempre, moreno siguió siendo siempre su es­
poso y muy morenitas fueron las cuatro niñas que nacieron del matrimo­
nio. Doña Eduvigis y su esposo eran, como andaluces, descendientes de la
raza árabe, y sus hijas, á tomarles en cuenta la obscuridad de sus rostros,
volyían á empezar la raza.
Las vicisitudes políticas hicieron que perdiésemos de vista esa fami­
lia cuando la madre, que empezaba á ser jamona, entraba en el segundo
período de su hermosura, casi más avasallador que el primero, y no ha­
bíamos vuelto á saber de ella hasta que una casualidad nos ha proporcio­
nado noticias suyas.
Días pasados, hallándonos de visita en una casa en que se hacía m ú ­
sica, según nos había dicho el dueño de ella, nos prendó de tal manera
el talento con que una señorita de poco más de quince años ejecutó una
pieza en el piano, que pedimos ser presentados á ella, como en efecto lo
fuimos, y poco después á su mamá, que no lejos de allí estaba y que nos
pareció de pocos más años que la hija.
Figúrate, lector, una mujer hermosísima, blanca como el alabastro, y
aquí viene de molde la comparación de los poetas, con un cutis terso
como el marfil, unos labios de verdadero coral, unas mejillas de carmín,
unas pestañas que ni pintadas con un pincel y unos ojos negros, muy
negros; figúratela, digo, con una gran cabellera rubia, toda encrespada y
cubierta de flores, sin una arruga en la frente, ni un pliegue en la boca,
ni una grieta en los labios, ni señal remota de que la pata de gallo se
acercase al lagrimal del ojo, y verás si no te cuesta trabajo creer que
aquella niña de quince años fuese madre de otra de diez y seis.

345

AYER, HOY Y MAÑANA

Naturalmente, y nunca más de buena fe, esa fué la primera galantería
que le dirigí; y por cierto que la oyó sin inmutarse, ni ponerse más pálida
ni más colorada, ni fruncir el ceño, ni arrugar el labio. Es posible que el
Convidado de Piedra ó el Caballo de Bronce hubieran hecho más movi­
miento que el que hizo aquella señora, la cual se dignó, sin embargo,
preguntarnos cómo nos llamábamos.
Y apenas habíamos pronunciado nuestro nombre, dijo sin inmutarse
y como un verdadero autómata:
—¡Es posible! ¡Cuánto he oído hablar de usted á mi mamá!
—¿Quien es su mamá de usted, señora?—le preguntó.
-—Doña Eduvigis Guzmán de Luna—me respondió.
—¿Que dice usted, señora? ¡Oh placer!—exclame estrechándole con
efusión la mano.—¿Y vive aún mi buena doña Eduvigis?.... ¿Y su papá de
usted estará muy viejo?
—No, señor, se ha muerto; mamá es la que vive.
—¿Y dónde podré verla?
—Aquí mismo—me replicó la hija de doña Eduvigis.
Y alzándose en pie, aceptó mi brazo y nos dirigimos á la sala de juego,
donde se hallaba su madre.
En el camino, y precisamente al acusarme un espejo mi imagen y la
de la señora que llevaba del brazo, una sospecha negra, muy negra, asal­
tó mi mente, y temiendo hacer un papel desairado si al llegar frente á
una doña Eduvigis me encontraba con que no era la mía, me detuve y
dije á mi compañera:
—¿Pero usted está cierta, señora, de que es hija de doña Eduvigis
Guzmán de Luna?
—Ya lo creo que sí—respondió extrañando mi duda.
—¿Y de don....?
—Timoteo de Luna y Manrique—interrumpió la señora.
—¡Parece imposible!—exclamé.
—¡Imposible! ¿Y por qué? ¿Tan vieja me encuentra usted que....?
—Al contrario, señora, demasiado joven.
—Pues soy la mayor de todas mis hermanas—replicó con cierto aire
de coquetería.
—¿La que nació en Sevilla?.... ¡Rupertita!.... ¿Usted es Rupertita?
—Justo y cabal; yo soy Ruperta—repitió casi en son de burla la se­
ñora.
—¡Yaya, señora, eso sí que no es posible! Aquí estamos padeciendo una
equivocación gravísima que yo deseo aclarar cuanto antes para no mo­
lestar á usted más tiempo.
—Caballero—dijo Ruperta,—yo creo que si usted es quien me ha dicho
I

346

A N T O N IO

FLO RES

antes, y por lo tanto el íntimo amigo de mi familia desde que se esta­
blecieron en la corte, no hay engaño alguno. La admiración de usted se
explica—añadió con aire de burla,— porque ustedes los señores mayores
creen que los años pasan en balde, y se sorprenden de que en veinte que
han transcurrido haya venido una nueva generación.
— Perdone usted, señora, que yo no soy de esas gentes, y no me ad­
mira la generación que viene, sino que desconozco á la que ya había ve­
nido. Y crea usted que me confunde lo que me está pasando hace un
rato.
— ¿Qué le pasa á usted?— me dijo Ruperta casi riendo.
Entonces me puse á mirarla de frente con una fijeza verdaderamente
impolítica, y le dije:
— Dígame usted, Ruperta, la verdad, ¿usted no era morena?
— ¡Caballero!—gritó la señora como si la hubiera hecho una grave
ofensa.— Yo no he sido nunca morena, ni creo que tenga usted derecho
para dirigirme semejante insulto.
— Perdone usted, señora, yo creía recordar que cuando usted nació y
hasta la edad de diez años era....
— Blanca como la nieve— interrumpió Ruperta;— se lo he oído decir
muchas veces á mi mamá.
— Y dígame usted, señora, ¿su madre de usted también es blanca?
— Como el alabastro.
— ¿Y rubia?
— Como el oro.
— ¿Y su padre de usted?
- No me acuerdo, porque cuando murió era yo muy niña; pero á juz­
gar por el retrato que tenemos en casa era el menos blanco de la familia.
— Pues, señora, si su madre de usted es blanca y sobre todo rubia,
es otra Eduvigis la que yo busco. Aquella era una morena hermosísima,
con mucha gracia, y con un pelo....negro y grueso que era la envidia de
todas las damas extranjeras que venían á la corte.
— ¿Es aquélla?- dijo Ruperta señalándome á su madre desde la puerta
de la sala de juego.
— ¡Aquella de la peluca rubia, que parece una desenterrada!— exclamé
sin poder contener tamaña grosería.
— ¡Caballero, esto ya es demasiado!— dijo Ruperta.
Y acercándose á su madre debió de decirle estas palabras: «Ahí tiene
usted á aquel amigóte de quien tantos elogios nos ha hecho, y á fe que es
un solemne bárbaro.»
— ¿Dónde está? ¿Dónde está?— gritó doña Eduvigis tirando las cartas y
arrojándose poco después en mis brazos.

AYER, HOY Y MAÑANA

347

Yo correspondí maquinalmente á tan afectuoso saludo; pero, maqui­
nalmente también, me solté de sus brazos, y poniéndole las manos en los
hombros hice con ella lo que hace el aficionado á cuadros cuando trata
de ver á qué escuela pertenece el que tiene delante de sí y le pone á di­
ferente luz y á varia distancia para no ser víctima de la primera aluci­
nación.
—Amiga mía—le dije por fin balbuciendo,—amiga mía....¡es posible
que nos volvamos á ver!
Y esto debo confesarte, lector, que lo dije con miedo, porque era una
solemne mentira, cuando menos en la mitad de la frase. Aunque algo en­
vejecido, doña Eduvigis me volvía á ver á mí; pero yo no la volvía á ver
á ella.
Excepto las ropas de hilo crudo, que á medida que se van lavando van
emblanqueciendo, hasta deshacerse en hilacha blanquísima como los co­
pos de la nieve, todas las demás personas y objetos obscuros que yo ha­
bía conocido hasta entonces, el tiempo y el agua los iba ennegreciendo
en lugar de aclararlos. Yo mismo, que fui en mi niñez blanco, me iba
tornando moreno, y mis manos, antes alabastrinas de puro blancas, se
iban sombreando y curtiendo.
Doña Eduvigis era una excepción de la ley general, y no sólo había
blanqueado como si su cutis hubiera tenido las propiedades del hilo de
Escocia, sino que su rostro no tenía las del bacalao de ídem. Ni una sola
arruga surcaba aquella fisonomía de yeso mate, que más parecía la de
una estatua escapada de un sepulcro que la de un ser viviente; y á pesar
de la profunda emoción que la produjo mi inesperada presencia, ni sus
mejillas se coloraron, ni sus labios perdieron el color, y la frente se con­
servó fresca y estirada á pesar del peso con que la abrumaba la peluca.
Ruperta nos hizo una graciosa cortesía francesa á su madre y á mí
y se volvió al salón del concierto.
Doña Eduvigis se retiró conmigo á uno de los gabinetes de descanso,
y allí, después que hubimos tomado asiento, entablamos el siguiente
diálogo:
—¡Vaya, vaya, mi buen amigo—me dijo,—y qué bien se conserva usted,
que no parece que ha pasado un solo día desde que no nos hemos visto!
—No, señora—la repliqué,—no ha pasado un día, sino muchos años....
¡Pobre D. Timoteo!....
Doña Eduvigis sacó el pañuelo al oir el nombre de su esposo para en­
jugarse las lágrimas dentro de los ojos, no hiciera el diablo que echaran
á correr por las mejillas y armasen un barrizal diabólico, y después que
se hubo serenado me dijo:
—¿Vive usted en el campo?

348

ANTONIO FLORES

— No, señora.
— Le encuentro á usted demasiado moreno. ¡Usted que era tan blan­
co!...., lo cual hacía rabiar bastante á mi difunto Timoteo.
— Pues no me dijo nunca que no le gustara la gente blanca.
— Al contrario, si lo que tenía era envidia porque yo, cosas de jóve­
nes, siempre estaba diciendo: «¡Quién pudiera robarle la blancura a tu
amigo: á él no le sirve de nada, y si yo la tuviera!,...»
—¡Ah! ¡Ya caigo! Y por eso....
— ¿Por eso, qué?— preguntó asustada doña Eduvigis.
— Por eso ahora, después que ha muerto D. Timoteo, ha encontrado
usted ocasión de adquirir ia blancura que tanto codiciaba.
— ¡Caballero!— gritó indignada doña Eduvigis.
— No se incomode usted, señora— le dije, - y recuerde las muchas ga­
lanterías que le dirigí en sus mocedades.
— Ya, pero ahora.... quiere usted dar á entender....
— Ahora y siempre quiero decir y digo que quien se acuerda de aque­
lla hermosa tez morena que usted tenía y con la que tantos celos causaba
á las mujeres blancas, y aquel pelo negro como el ébano, y aquellas cejas
pobladas y negras que lucían tanto como los ojos, siente haber vuelto á
encontrar á usted transformada en una de aquellas hermosuras pálidas y
frías que usted y yo calificábamos tan duramente entonces.
— Verdad, amigo mío— dijo doña Eduvigis, olvidándose con mis lison­
jas de la fiereza con que empezó el diálogo,— verdad que donde estaba una
morena de aquellos tiempos, vivaracha, ojinegra y de fisonomía expresiva
é insinuante, no había nadie que la hiciera sombra.
— Claro es que sí; pero dígame usted: ¿es posible que ya no quede nin­
guna de aquellas morenas? ¿Se ha extinguido la raza española, ó qué es lo
que ha sucedido?
— ¡Al contrario—dijo doña Eduvigis;— ahora hay más que antes!
— ¿Pues dónde están que no las veo ni en el teatro ni en el paseo ni
en los bailes ni en ninguna parte?
— No las ve usted porque....francamente.... porque todas están pinta­
das. Ahora mismo ha venido usted aquí del brazo con una de las muje­
res más morenas que hay en España.
— ¿Quién es?
— ¡Toma! ¿Quién ha de ser? ¡Mi hija!
— ¿Su hija de usted es morena?
— Casi mulata.
— ¿Y tiene el pelo negro?
— Como el azabache.
— Pues entonces, ¿cómo la he mirado yo que le he dicho....?

AYER,

HOY Y M A Ñ A N A

349

— Sí, ya lo sé; me lo ha contado al oído.
— Pero explíqueme usted, señora, ¿qué es lo que pasa? ¿Están ustedes
proscritas, ó viajan de incógnito, ó qué es esto?
•— Nada, que es moda.
— Ya, pero en nuestros tiempos la moda no se metía para nada con el
cutis.
— Sí, señor, también andaba en algunos tocadores la mano de gato.
— Sí, pero no pasaba de algunos ligeros baños del agua de Venus y
algo de aquellas pastillitas de carmín.
— Ciertamente que no hay comparación entre una cosa y otra; pero
tampoco la química estaba entonces tan adelantada como ahora.
— Es decir, que ahora se tiñe y se retiñe como se quiere. Pues enton­
ces no comprendo por qué Buperta se ha incomodado tanto conmigo por­
que le he dicho que cuando yo la conocí era morena. La misma razón ten­
dría su hija para enfadarse si se tiñera de negro el día de mañana y le
dijesen que había sido rubia como un oro.
— El caso es que esa, si se enfadaba, estaría más en su lugar que mi hija.
— ¿Por qué razón?
— Porque mi nieta también es morena.
•— ¿Qué está usted diciendo?
— Más que su madre.
— Es decir, que á medida que se van ustedes blanqueando, los reto­
ños van siendo más negros—le dije riendo.
— Justo y cabal— contestó doña Eduvigis aceptando mis palabras.
— Pero ¿cómo pueden ustedes vivir con tantas falsificaciones?— le dije.
— Muy mal, amigo mío, muy mal; porque ¡usted no sabe todo el tor­
mento que causan estos revoques de fisonomía! ¿Ha padecido usted al­
guna vez fluxión de muelas?
— Sí, señora.
— ¿Y se ha dejado usted embadurnar el carrillo con una capa de al­
midón?
— Muchas veces.
— Pues ya sabe usted lo que cuesta el dejar de ser morena, sin contar
con otras cosas que deben callarse. ¡Mire usted que esto de no poder cerrar
con libertad la boca porque no salte la cascarilla del labio, ni reir fuerte
para que no se resquebrajen los carrillos, ni llorar para que no se forme
barro, ni limpiarse el sudor, es un tormento continuado!
— ¡Y cómo no rompen ustedes con esa moda que es un verdadero su­
plicio!
— Por vergüenza.
— ¿Vergüenza de qué?

350

ANTONIO FLORES

— De que vean que somos morenas.
— ¡Pero, señora, suponiendo que hoy sea un delito lo que antiguamente
era un título de gloria, no saben que son ustedes morenas el perfumista
que les da las drogas, la doncella que se las prepara y finalmente cuantos
las ven de día, que de sobra conocen el revoque de la fachada! Pues qué,
¿hay alguna señora que pueda creer que sea fácil de confundir una rubia
industrial con otras de nacimiento? Aquel cutis terso, suave y transparente
de las mujeres blancas, á través del cual se percibe la rosada circulación
de la vida, ¿puede compararse nunca con ese barniz blanco de los falsifica­
dores, que quita toda flexibilidad y toda transparencia? ¡Y cuándo logrará
la industria imitar la belleza de una cabellera rubia, ni el dulcísimo mirar
de unos ojos azules!
— ¡Vaya, vaya—dijo doña Eduvigis picada,— veo que se va usted entu­
siasmando demasiado con las rubias!
— Como siempre— le repliqué;— sino que es una verdad que no tiene
réplica. Aun suponiendo que el arte llegase á inventar un tinte que no le
quitase al cutis su transparencia y su frescura, siempre resultaría que las
facciones irían por un lado y el color por otro. Pinte usted á un albino de
negro y á un negro de blanco, y usted verá qué figuras tan repugnantes
son los dos, teniendo cada uno de ellos su belleza relativa. Créame usted
y recomiende á Ruperta que no se deje ver á la luz del día.
— Mire usted, de día nos ve poca gente; en primer lugar, porque mis
hijas, que yo no me cuido de eso, no salen de su cuarto hasta la una de
la tarde y no reciben visitas; porque hoy día, como usted sabe.....
— Sí, ya sé que no hay amigos.
— Sí tal, los hay; pero no se los recibe sino un día á la semana, y ordi­
nariamente de noche.
— Pero de todos modos, ¡cree usted que habrá nadie que ignore....!
— No, señor; lo saben todos, pero nadie dice nada. Por un convenio tá­
cito, las señoras se pintan del color que quieren y se cuelgan toda la her­
mosura que les da la gana, y los hombres saben que están pintadas, pero
todos se guardan el más profundo secreto. Y antes por el contrario, se ha­
cen más elogios de esta tez de ahora, que todo el mundo sabe lo que cuesta
el adquirirla y el perderla, que de la de antaño, que entraba con el capillo
y salía con la mortaja, como dice el refrán. La única ventaja que tiene
este sistema de fisonomías, es que cada díase puede estrenar una distinta,
y que no hay que echar la culpa á nadie si la restauración no está bien
hecha.
— ¡Vaya, vaya!— dije estrechando la mano á doña Eduvigis.— Estoy de­
seando ver á Rupertita para pedirla perdón por mi torpeza y decirle que
ya lo sé todo.

AYER, HOY Y MAÑANA

351

—No liará usted tal, si quiere ser su amigo.
—¿Y por qué?
—Por lo que acabo de decir á usted; porque es convencional el si­
lencio.
—Pero señora, eso es una ridiculez. Eso sería lo mismo que hacerse
uno el desentendido en presencia de una escultura de madera que se la
encontrase de repente pintada. Hasta el artista se resentiría de que no se
elogiase su obra.
—¡Pues qué quiere usted, las mujeres nos resentimos por lo contrario,
y no será porque no hay algunas que iluminan su rostro con más primor
que el mejor de los pintores! Y para que vea usted hasta qué punto se guar­
dan las formas, que los maridos de mis hijas, que saben de sobra, ¡figúrese
usted si lo sabrán!, que van pintadas, jamás les han dicho una sola palabra.
¡Y Dios nos libre de que algún día hicieran la menor insinuación!
—Pues, señora, yo seré todo lo bárbaro que usted quiera; pero si algún
día veo alguna señora que esté bien restaurada, le haré un cumplido por
su obra.
—Será una grosería.
•—Será lo que usted quiera, pero más grosería es que una dama pre­
sente una preciosa labor tan á la vista como es la cara y no se elogie su
habilidad.
—Mamá—dijo á este tiempo Ruperta, asomándose á la sala de juego,
—si quieres oir á Elisa el aria del Trovador ven corriendo.
Yo me despedí de doña Eduvigis, queme exigió que fuera á verla ásu
casa, donde me hablaría de otras cosas que es posible que otro día ponga
en noticia del lector.

CUADRO XL1V

L A SANTURRONA Y L A DEVOTA, Ó DOS DEVOCIONES
Y DOS DEVOCIONARIOS

Mucho me holgara, querido lector, de saber que la escena que tan al
vivo acabo de referirte en el cuadro anterior no te había desagradado,
porque esto me animaría á escribir el presente sin el natural temor que
siempre asalta á quien, desde el retiro de su gabinete, dirige sus pláticas
al público sin saber la cara que éste pone al recibirlas hasta que á él le
ha salido el desengaño á la cara. Pero ya que es preciso conformarse con
esta ley durísima y que no se puede consultar previamente á los lecto­
res ni sobre el asunto que se va á tratar ni acerca de la forma en que ha
de ser tratado, ni los escritores pueden hacer lo que el orador, que si ve
que el auditorio tuerce el gesto, le es fácil torcer el tema de su discurso,
conformémonos con lo establecido y establezcamos el tema del presente
sermón.
No vamos á predicar contra los mojigatos de antaño ni contra los de
hogaño, ni menos venimos á quebrar lanzas en defensa de la devoción de
las santurronas ni en pro de la religiosidad de las modernas devotas.
Vamos á escribir dos biografías, á exhibir dos tipos y á presentar dos re­
tratos.
A l lector le toca decir cuál de ellos le gusta más, ó si los dos le pare­
cen peores.

353

AYER, HOY Y MAÑANA

Nosotros no tenemos opinión formada en este asunto, ó para hablar
con más propiedad, no queremos pensar á voces en esta materia.
Y no porque la creamos delicada y comprometida, que de otras más
difíciles nos hemos ocupado en este libro, sino porque ya habrá visto el
lector que en ninguna de ellas hemos dado nuestra opinión, sino que en
todas hemos dejado al público en completa libertad para opinar como
mejor le diere la gana.
Haz, pues, lector, en este caso lo mismo que en los anteriores, y allá
te van mis dos personajes: la santurrona de 1800 y la devota de 1850.
La primera te la dibujaré de memoria, porque ya murió y no me atre­
vo á exhumarla; la segunda te la daré fotografiada, porque vive y la estoy
viendo á cada momento.
Una de ellas, y no es difícil adivinar á cuál me refiero, se levantaba
con estrellas, salía de su casa á obscuras y veía rayar el alba á la puerta
de una iglesia para que nadie pisara el santo templo antes que ella, que
había sido la última en abandonarle el día anterior; la otra duerme mien­
tras se despierta el alba, y ya están las calles bien alumbradas cuando
entre sol y sombra se dirige á la iglesia momentos antes de que el sa­
cristán se disponga á cerrarla. Aquella oía todas las misas que se decían
antes de la mayor, á la que también se quedaba, y ésta oye todo lo que
falta de la que cuando ella llega suele estar empezada. Devota del me­
diodía la segunda, tiene menos horas de devoción que la que madrugaba,
no para ser la devota del alba, sino para consagrar todo el día á la de­
voción.
La santurrona se arrodillaba sobre el duro suelo, se sentaba sobre éste
y sus propios tobillos, cruzaba los brazos para rezar ó los abría en forma
de cruz, besando la tierra con verdadera humildad cristiana; la devota,
por el contrario, se arrodilla sobre un reclinatorio que ella cuida de lla­
mar prie-Diea, se sienta cómodamente en una silla con respaldo, no cru­
za los brazos ni las manos, y en vez de bajarse para besar el sucio suelo,
se acerca á los labios una elegante medalla de oro ó de plata. La primera
doblaba la rodilla siempre que veía á su padre confesor y besaba la mano
á cuantos frailes y curas encontraba en la calle, al paso que la segunda,
si tiene confesor fijo, se hace la distraída cuando le ve en público, y si
halla algún sacerdote que sea conocido suyo, le coge la mano, no para
besársela, sino para apretársela afectuosamente como á los demás amigos,
El fraile tuteaba á la santurrona y la regañaba y la gruñía; el cura cuan­
do encuentra alguna devota suele decir: «Señora, estoy álos pies de usted.»
Pero sería interminable este paralelo antitético si hubiéramos de con­
tinuarle hasta examinar toda la vida de cada una de esas dos mujeres, y
habría más de una ocasión en que nos sería imposible de todo punto
T omo I I

23

354

ANTONIO FLORES

comparar entre sí los hechos de ambas. Por de pronto, y esto desde luego
le habrá ocurrido al lector, no consagrando la una igual número de horas
que la otra á las prácticas devotas, el paralelo es imposible. Olvidémonos,
pues, de la segunda y hagamos el retrato de la primera, acudiendo, como
hemos dicho antes, al archivo de nuestra memoria y refrescando ésta
con los datos que podemos tomar al natural de varias individualidades
que aún se conservan de la que antaño fué numerosísima familia.
La santurrona que nosotros recordamos era soltera y huérfana de pa­
dre y madre. De este modo no había que decir de ella lo que de otras, que
abandonaban las haciendas de su casa y el cuidado de su esposo y la edu­
cación de sus hijos por pasar la vida en la iglesia comiéndose los santos.
Era mayor de edad de hecho y por derecho; tenía la intención libre, y
sólo á Dios debía dar cuenta de sus acciones.
Vivía sola y sin otra compañía que la de un perrito dogo muy feo y
muy viejo, cuya casta, hoy muy codiciada entre los ingleses, casi pertene­
ce á la historia, como si hubiera sido una de tantas instituciones y cosas
incompatibles con el sistema político actual. Una vecina, también santu­
rrona, pero que no cobrando orfandad por el Estado tenía menos tiem­
po para santurronear, le hacía por una módica retribución las faenas de
la casa, para las cuales no era muy melindrosa la pobre huérfana, por
más que los maldicientes de la vecindad dijeran que se trataba á cuerpo
de rey; que á juzgar por esta frase antigua, era entonces el cuerpo mejor
tratado: como que no reinaba á medias con nadie y gobernaba á su ca­
pricho, según su leal saber y entender.
Las paredes de su habitación estaban todas llenas de estampas de
santos, no adornadas con lujosos marcos dorados, sino enclavadas en el
muro con unas tachuelas negras y á veces pegadas con cuatro obleas ó
con un poco de engrudo; entre esas láminas se hallaban doscientas advo­
caciones de la Virgen y otras tantas de Nuestro Señor, y quinientos san­
tos é igual número de beatos, y la oración para los truenos, y la de las
calenturas, y veinticinco patentes de hermandades y otros tantos suma­
rios de indulgencias, y en suma, la casa toda estaba santa y completa­
mente empapelada.
Sobre la cama, que era de pino, pintada de verde, se veía un gran cru­
cifijo de marfil y dos pilillas para el agua bendita, una de corcho y otra
de loza de Talavera, unas disciplinas, un cilicio, un gran rosario, un gorro
de seda bendito para curar las jaquecas y otros varios objetos de devo­
ción. En las mesas y rinconeras había muchas efigies de santos de talla
y barro cocido, y por último, en el pequeño oratorio de la huérfana con­
servaba ésta varias reliquias de santos, alumbradas de día y de noche
por una lámpara de aceite.

A YER , HOY Y M AÑANA

355

De los libros, aunque no eran pocos, se da cuenta en pocas palabras,
porque todos se reducían á los doce tomos del Año Cristiano y los dos
de las Dominicas, á un ejemplar del Kempis, otro de la Guía de pecado­
res, una Semana Santa, un Ejercicio de la misma, treinta ó cuarenta libritos para la Visita de altares, estaciones, vía crucis y demás solemni­
dades ele la Iglesia, y otras tantas novenas á otras tantas vírgenes y
santos de la especial devoción de la santurrona.
A excepción del Año Cristiano y de la Guía de pecadores, que eran
libros de lectura casera, de las demás obras elegía la huérfana cada día
los que necesitaba, y embutidos en la gran bolsa, propiamente llamada
ridículo, colgaba éste al brazo y se dirigía á la iglesia.
La llave de su habitación la arrojaba por debajo déla puerta de la ve­
cina, si ésta no había dejado la cama tan temprano, y la de la calle la
guardaba en el bolsillo, emprendiendo su marcha después de haberse san­
tiguado tres veces y escupido otras tantas y echádose el velo de la man­
tilla á la cara.
Nunca llegó á la puerta de la iglesia después que ésta estuviese abier­
ta, y allí de madrugada tenía su rato de tertulia matutina con otras tan­
tas santurronas, no todas, por desgracia, solteras ni exentas de obliga­
ciones; y es fama que la murmuración andaba tan suelta como la lengua
y que ésta no paraba. Pero no se crea por esto que aquellas mujeres ha­
blaban mal de sus semejantes, imputándoles faltas que no tuvieran ni
levantándoles falsos testimonios, sino que profesaban con fe el amor al
prójimo, y como amaban á sus vecinos y á sus conocidos como á sí pro­
pias, interpretando textual y literalmente la doctrina cristiana, les pare­
cía mal, muy mal, que no hiciesen exactamente lo mismo que ellas.
Verdad es que algunas veces tampoco se libraban de la murmuración las
que madrugaban y como ellas salían de casa con dirección á la iglesia;
pero esto lo hacían porque sabían que no era todo oro lo que relucía, y
decían algo parecido á lo siguiente:
Una beata (saludando á las demás).— Santos y buenos días nos dé
Dios, señora. ¡Vaya que cada día van ustedes siendo más madrugadoras!
A mí se me han pegado hoy las sábanas más que á mi vecina la conseje­
ra, que ha salido de casa media hora antes que yo.
Otra beata.— Iría á confesar.
La primera.— ¡Quién lo duda! No lo decía yo por otra cosa, que ella
es muy buena cristiana y vive siempre en el santo temor de Dios, y todo
lo que en contrario se diga son calumnias de gente desocupada y de ma­
las lenguas.
La segunda beata.— Pues mire usted, amiga, su vecina de usted tiene
desgracia en ese punto.

ANTONIO FLORES

La primera beata.— ¿Por qué dice usted eso?
La segunda.— F ot nada; que mis palabras no la ofendan. ¡Ave María
Purísima! El Señor nos libre á todas de una mala hora, de un testigo fal­
so y de una mala voluntad.
La primera. — Según eso, le han dicho á usted algo en contra de mi
vecina; pero créame usted que será una verdadera calumnia, porque yo
la conozco, y aunque no la trato, porque su casa es un misterio, jamás he
visto en ella cosa alguna que pueda perjudicarla.
La segunda.— Así lo creo yo, y cuando me han dicho que el galán que
la acompaña no es primo suyo, he defendido lo contrario.
La primera.— Ha hecho usted muy bien en defenderla, porque no sólo
es verdad que son primos, sino que son primos carnales, y natural es que
habiendo ella quedado viuda tan joven, la acompañe algunas veces á pa­
seo y á la iglesia.
La segunda.— Pues mire usted, lo de la iglesia no lo quería yo creer.
La primera.— Pues créalo usted, porque siempre van juntos; á estas
horas ya se habrán encontrado.
Una nueva interlocutora.— En ese caso, el diablo hará el resto. ¡El Se­
ñor nos libre á todas de una mala hora!
— Amén— contestaban las demás beatas.
Y saludando con afecto al sacristán, que las correspondía en público
con un gruñido y en secreto con cosa peor, entraban en el templo á oir
misa á porfía, á recorrer uno por uno todos los altares, sacando del ridí­
culo diferente libro en cada uno de ellos y soltando sus culpas en el con­
fesonario el día de la semana que destinaban á cumplir con este santo
sacramento; cosa que muy á su pesar no hacían diariamente, porque no
tenían licencia superior para ello.
Nuestra huérfana, sin embargo, podía hacerlo más á menudo, y con
mayor frecuencia también ayunaba y comía de vigilia los potajes que le
guisaba su vecina. Siendo ella misma la que por sus propias manos con­
feccionaba los tarros de almíbar y los platos de leche con que regalaba á
su padre confesor en el cumpleaños y días del reverendo y en las tiestas
solemnes.
Cuando se acababan las misas rezadas volvía á su casa de prisa y corrien­
do, y no almorzaba despacio para volver á salir pronto en dirección de la
iglesia en que hubiera misa y sermón solemnes, y de allíá rezar el jubileo
de las cuarenta horas; y por la tarde, después de comer y dormir la siesta
y leer la vida del Santo y hablar un rato con la vecindad de las vidas do
algunos pecadores, vuelta á empezar la tarea por asistir á una novena y
á la reserva del Santísimo y á la procesión que salía por las calles, en la
que mi santurrona iba, con otras doscientas mujeres, con su cabeza baja,

AYER,

H OY Y M A Ñ A N A

357

su escapulario sobre los hombros y su vela encendida en la mano. Vela
que regalaba después á la iglesia, sin perjuicio de otra que cuidaba de
llevar en las festividades de los santos de su devoción, encargando que
le guardaran los cabos de todas ellas para encenderlos cuando tronaba y
en tiempo de sequía y de peste y otras calamidades públicas, ó cuando no
andaban bien sus negocios privados.
Las ocupaciones profanas de mi huerfanita eran pocas, pero todas
honestas y para ella muy baratas. Comía cuatro veces á la semana en
otras tantas casas donde se guisaba mejor que en la suya, y en ellas de
noche jugaba á la perejila después de haber rezado el rosario, y hacía hi­
las para el santo hospital, ó deshilacliaba la fama de alguien si, como hoy
se dice, se 'ponía sobre el tapete algún lance digno de examen y de mur­
muración.
De todos modos, debemos declarar que la santurrona no ofendía á
nadie, ni siquiera al perro dogo, que era su único amor profano y con el
cual pasaba largos ratos en deliciosos coloquios; siendo cosa de ver cuál
se ponía de incomodada cuando algún vecino pegaba al perro porque la­
draba ó hacía cosa peor. Después de apostrofarlo todo lo más duro que le
era posible, concluía con esta jaculatoria: «,¡ Perdonadme, Señor, que no sé
lo que me digo! El enemigo malo (aludía al vecino) me tienta para hacer­
me perder la humildad y la devoción. ¡Animalito de Dios (aludía al perro),
que no se mete con nadie y todos le tienen envidia!»
La devota de estos tiempos, en que ya no existen los conventos que
había en aquéllos, tiene su devoción establecida en la iglesia parroquial,
en la cual, aunque ella no esté allí, está siempre su silla de coro en el es­
trado que para las señoras se ha establecido en todos los templos con su
cobradora á la vista para recaudar al contado cuatro ochavos por cada
asiento. No madruga porque está segura de encontrar sillas á cualquier
hora que llegue con dos cuartos en la mano, y lleva á la vista, no oculto
en la faltriquera, sino rodeado á la muñeca en forma de pulsera, un ro­
sario de luciente nácar, engarzado en oro abrillantado, y á la vista tam­
bién un precioso libro de tapas de marfil con cantoneras y adornos de
plata y cantos de gran lujo, con muchas vírgenes y santos por defuera.
Acércate, lector, á observar el rótulo de ese precioso dije y verás que se
titula le paroissien illustre ó le paroissien complet ó le paroissien romain, y si no quieres tomarte ese trabajo, yo te diré todos los libros que
tiene en su casa la devota, y por fuerza ha de ser uno de ellos el que lleva
en la mano cuando va á misa y el mismo que conserva si desde la iglesia
va á las tiendas ó á visitas de confianza. El ridículo se usaba para guar­
dar los libros devotos cuando las gentes no cuidaban de lucir y de pasear
la devoción; ahora hacemos todo lo contrario.

358

ANTONIO FLORES

Sobre un precioso reclinatorio de chicaranda, de forma y adornos oji­
vales, porque este género es, como sabes, el de la gran devoción, se ven en
casa de la devota moderna los siguientes libros modernísimos: Les jeunes
personnes á V école de Maria, le libre du mariage, le libre de première
communion, le fervent chrétien, le libre de priéres de Fenelon, le palmier
celeste y otros varios; todos en francés, como sus títulos lo indican, y to­
dos elegantemente encuadernados, ó como dice la dama devota, con reliures en beau chagrin ó en ivoire ó en velours avec du jone argenté ou
doré, y todos perfumados, no con incienso ni mirra, sino con esencia de
rosa ú otros aromas de salón que alcanzan al reclinatorio.
También las estampas de los santos son francesas, con santos france­
ses, y no las tiene la devota pegadas á la pared, sino que las lleva en los
libros de devoción para tenerlas constantemente á la vista.
Imposible parece que los hombres de este siglo se empeñen en escribir
á la cabeza del martirologio de la libertad los nombres ilustres de Daoiz
y Velarde, y que ciertos hijos de esa libertad y de este siglo se empeñen
en hablar constantemente francés, en rezar en francés, en comer á la fran­
cesa y en vivir en todo y por todo como si estuviéramos en Francia.
Pero no por parecer imposible deja de ser muy cierto, y ahí tienes,
lector, á la verdadera devota de estos tiempos, que no sólo tiene el recli­
natorio para orar traído de París y el rosario con que reza engarzado en
Francia, sino que las oraciones las dice en francés, y sólo al soltar las cul­
pas, como la confesión es secreta, ignoramos si lo hace en francés ó en
castellano.
Para el pùlpito es más delicada que la santurrona y quiere predicado­
res de buen tono; de esos que huyendo, con razón, de la oratoria frailesca
que con tanta gracia censuró el padre Isla, caen á menudo, sin razón, en
la académica y parlamentaria, que aún no ha caído, pero que más tarde
ó más temprano caerá bajo el dominio de otra sátira no menos justa y
necesaria. La devota asiste al sermón, pero no alumbra en la procesión,
ni para que se vaya de la iglesia tiene el sacristán que gruñiría ni anate­
matizarla. Empieza sus devociones tarde y las acaba temprano. La santu­
rrona de antaño, que sabía algo de latín, le diría si la conociese: Sero venis, cito vadis, nunquam bonus scolasticus eris.
Pero la devota de hoy está en la iglesia menos horas que la santurrona
de ayer porque en su casa se emplea en otras tareas piadosas, que la ha­
cen muy digna de la estimación de las gentes, por más que no siempre
se haga justicia á sus buenas obras. Y esto consiste en que ella no puede
hacerlas por sí sola, sino que ha de contar con el bolsillo del prójimo para
socorrer al otro prójimo que tiene hambre, á los otros prójimos que están
enfermos y á los projimitos que no tienen padre.

AYER, HOY Y MANANA

.359

Para estas obras de verdadera caridad cristiana, por más que vayan
unidas á una corrida de toros, ó al espectáculo de un descoyuntado, ó de
unos pobres hue'rfanos que con peligro de su vida ó ya medio muertos
trabajan en un trapecio, se une la devota á esas señoras piadosas, infati­
gables en aliviar las desgracias de sus semejantes, y lanza una saeta al
capitalista y otra al aristócrata y otra al amigo, que no es ni lo primero
ni lo segundo, y e'stos son los únicos que murmuran de lo que no es digno
de murmuración.
Y para que no se nos confunda con esas gentes, creyendo que nos pa­
rece mal que la devoción moderna tome la forma de una tarjeta, avisán­
donos que la señora de 1ST pide para los pobres tal día en tal iglesia, ó la
de un par de billetes para la función á beneficio de los pobres, ó dos do­
cenas de cédulas para un objeto análogo, aquí damos por terminado el
cuadro, sjquiera haya quien diga que no está bien hecho.
Peor sería que dijesen otra cosa.

UNA

MADRUGADA

EN

1850

Decían los antiguos que «al que madrugaba Dios le ayudaba» y que
«los que se levantaban tarde ni oían misa ni comían carne.»
Cuando tales cosas se decían y tales refranes se inventaban, recogían­
se las gentes en sus casas á las nueve de la noche en invierno y á las diez
en verano, cerrábanse las tiendas al obscurecer, las botillerías poco más
tarde y los teatros algo más temprano, porque los alcaldes de Casa y Corte
habían dispuesto, para evitar los desórdenes que causa la obscuridad en
concurso de ambos sexos, que las comedias empezaran á las dos de la tar­
de y sólo duraran tres horas para lograr que se saliese de día de los co­
liseos.
Hoy, por el contrario, las gentes entran en sus casas al día siguiente
de haber salido de ellas; las tiendas se cierran á la media noche y algunas
de ellas apenas se abren de día; los cafés duermen una siesta brevísima
después de las tres de la madrugada; los casinos y las tertulias se acaban
una hora después que ha amanecido y no se cierran nunca, y los bailes
duran hasta que el sol del nuevo día calienta las espaldas de los bailari­
nes. Por esta razón la madrugada, que sigue siendo la hora del amanecer,
la del alba, que dijo Cervantes, no es la hora de levantarse de la cama,
sino de acudir á ella. Ahora ya no se madruga, sino que se trasnocha, y
las gentes que andan por las 'calles al amanecer no son madrugadores,
sino trasnochadores.

A Y E R , HOY Y M AÑANA

3G1

Antiguamente no había más trasnochadores que el sereno del barrio,
el pocero, el mayoral de las diligencias de Sabatini, el tahonero y el te­
niente de cura que estaba de guardia en cada parroquia para administrar
de noche los santos sacramentos. Estos eran los únicos que al amanecer
se iban á acostar. Los demás que andaban por las calles á esas horas, to­
dos habían dormido y roncado á su satisfacción.
Por casualidad se encontraba algún soñoliento, fuera del comadrón
que había sido arrancado de la cama á deshora de la noche, ó del alcalde
de barrio, á quien se le antojaba rondar con unos cuantos vecinos honra­
dos las casas en que los demás vecinos, honrados también, dormían á
pierna suelta.
Que recuerde el lector la madrugada que hicimos en las primeras
páginas de esta obra y verá cuán despiertos estaban todos aquellos ma­
drugadores de antaño. Como que una hora después de amanecido ya es­
taban abiertas de par en par las ventanas de todas las alcobas y ahorca­
das en muchas de ellas las ropas de la cama. ¡No sino tener cerradas á las
ocho de la mañana las maderas de un dormitorio, y habrían visto acudir
la vecindad alarmada preguntando si había enfermo en la casa!
La naturaleza no ha variado ni poco ni mucho los itinerarios de la luz,
y el sol sigue haciendo sus viajes de invierno y de verano con la misma
regularidad y á las mismas horas de antaño; pero las gentes que andan
por la calle á la luz del crepúsculo matutino no han madrugado. A ex­
cepción de alguna joven de rostro ictérico, que en la estación del estío
sale con su madre á hacer ambas una legua ó legua y media de paseo hi­
giénico, todas las demás personas que parecen madrugadores son soño­
lientos y trasnochadores de oficio.
El comerciante que abría temprano su tienda cuando el parroquiano
se acostaba al anochecer y se levantaba antes de haber amanecido, ronca
á su placer desde que ha visto que las gentes no son madrugadoras, y á
la hora del alba están cerradas todas las puertas de la capital, y es el mo­
mento de mayor silencio que tiene la humanidad civilizada en este siglo
poco silencioso y nada tranquilo.
A esa hora duermen ya en sus miserables viviendas los pobres mucha­
chos que han enronquecido pregonando hasta la una de la madrugada el
periódico nuevo y la caja de fósforos, y descansan en sus cuadras las ye­
guas que al salir el alba se desnudaban y soltaban el carruaje después
de haber dejado la preciosa carga que llevaron al baile de trajes, al baile
de máscaras, al baile serio, al de etiqueta, al baile de confianza, al te dan­
zante ó á cualquiera de esas reuniones bailadoras y bailables que nos han
convertido á todos en unas infatigables perinolas.
Los cocheros y los lacayos, que tienen la envidiable virtud de roncar

362

ANTONIO FLORES

antes de haberse acostado, empalman el sueño que habían empezado á
la puerta del salón del baile; y todos los que han pasado la noche bai­
lando, jugando, maldiciendo, conspirando ó simplemente barrenando
con los codos la mesa de un café, se preparan para dormir ó están cuan­
do menos saludando el lecho que tuvieran huérfano por espacio de tantas
horas.
Algunas de estas gentes y otras de que te hablaré más adelante son,
amigo lector, los pájaros que saludan la alborada, no con el cántico del
nuevo día, sino con la última estrofa del nocturno, que no es para ellos
otra cosa la hora de la madrugada.
El lego de las órdenes mendicantes que antes de que se acostasen las
estrellas salía de su convento con la alforja al hombro para buscar una
caridad de pan en la tahona y una limosna de legumbres en las plazue­
las, ha sido reemplazado por una beata que no lleva alforja al hombro,
sino que todas las caridades las trae en el buche, y la maritornes alcarreña que iba á la sisa y á la compra antes de amanecer, se ha trocado en
una vestal que ha sisado media hora de baile para llegar á casa de sus
amos media hora antes de que éstos se despierten y puedan notar su
ausencia.
La vestal enseña por debajo del velo blanco y de la corona de jazmín
un rostro negro como un zapato, y las manos, que antiguamente le suda­
ban pringue, ahora no le sudan ambrosía á pesar del 'pacliouli y del guante
blanco.
Al galán que la acompaña le da con la puerta en los hocicos, sin
poner el suyo serio, y aquel mancebo, que suele serlo por la edad y por
el oficio, se va á esperar que su patrona abra la casa para entrar en ella
ó que el maestro se levante para afeitar á los parroquianos.
No tiene tanta prisa en buscar su casa la beata que ha salido del sa­
lón del baile, y que con el rosario colgado en la cintura, la correa flo­
tando sobre el añascóte, el velo á la cara y ésta cubierta con el antifaz,
viene platicando con un morazo de diez dedos sobre la talla, con el tur­
bante medio caído, la faja desceñida, las babuchas maltratadas, el jaique
arrugado y el albornoz partido.
Pareja edificante para los que crean que aquellas tocas son lo que
parecen y que la beata viene convirtiendo al moro á la fe cristiana; risi­
ble para los que sepan que el morazo es un honrado tendero, cien veces
más cristiano que la beata, que no es sino una traviesa oficiala de mo­
dista; pareja apedreable en los tiempos de antaño en que la habrían to­
mado por una pareja de diablos aparecidos, y pareja muy natural y muy
corriente en estos tiempos de la careta, del carnaval y de los bailes de
máscaras.

A Y E R , HOY Y MAÑANA

363

De convertirse tratan recíprocamente y cada cual á la fe de su mutuo
amor, y por esto vagan al amanecer, no perdidos en la enramada como
las tórtolas, sino de calle en calle, arrullando su declaración amorosa al
arrullo del vocerío de las plazuelas y de los mercados. Aunque todas las
tiendas de la corte estén cerradas, el vendedor de leche de vaca y bollos
ha contado con aquella pareja y ha abierto su despacho para que la beata
busque un digestivo al jamón con tomate, á la ternera mechada y á los
pastelillos con que se dejó regalar en el baile.
El moro paga este nuevo gasto con tan poca aprensión como pagó el
de la carne de cerdo, y la beata en pago le enseña á medias el rostro, le
aprieta por entero la mano y le da una cita para el baile inmediato ó pro­
longa la entrevista hasta más allá de la salida del sol y más allá también
de la casa de vacas.
Al mismo tiempo que la pareja convertida vaga por las calles, se ven
también en ellas otros grupos de enmascarados, con trazas de verdaderos
aparecidos y que pondrían espanto y miedo en el ánimo más esforzado
si no se supiera quiénes son, á pesar de no ser ninguno de ellos lo que
parece.
Si el fabricante de espejos tuviera la mala intención de madrugar y
poner las muestras de su casa para que se viesen en ellas las caras los
que salen de un baile, ó habría menos de éstos ó se acabarían antes de
la madrugada.
Verdad es que la mujer que sale á la calle hastiada de oirse llamar
hermosa en el salón de baile, podría entrar en sospecha de lo que ha he­
cho la luz del día en su cara con sólo observar que el galán que la acom­
paña no vuelve á decirla una sola galantería, y aun si reparara en el
rostro desencajado y fúnebre que tiene la que fué su rival en hermosura
nocturna, podría ver allí su propia imagen; pero á ninguna de ellas le
ocurre entrar en comparaciones en aquel momento en que sólo anhelan
llegar á su casa hastiadas de baile y de amor. ¡Y qué mucho es que ellas
no se asusten recíprocamente de sí propias, si los hombres que las ven
mustias y despintadas se las vuelven á imaginar bellísimas la noche si­
guiente en el salón del baile!
Bien hace la beata en no tener tanta fe en la del moro y en conservar
su cara oculta tras del tafetán hasta que á solas se la descubra en su casa.
El silencio con que caminan aquellos grupos de bailarines, menguán­
dose en cada esquina para irse repartiendo en sus distintas barriadas,
hace que se perciba el rápido rodar de dos carruajes que marchan á com­
pás el uno tras del otro, buscando ambos el camino de la ronda y cual si
fueran á una jira ó á una partida de caza.
En cada coche van cuatro caballeros, no menos silenciosos y mustios

364

ANTONIO FLORES

que los enmascarados, y todas las provisiones que llevan se reducen á
unas estrechas y largas cajas de madera que tienen en sus manos los
lacayos.
Pronto se pierden ambos elementos en el camino del Canal, y bajan­
do todos de los carruajes se saludan afectuosamente, lo Gual da á enten­
der que por casualidad venían juntos, y todos caminan á pie largo rato
hasta encontrar un lugar solitario y apartado de toda población.
Allí no extienden los manteles para el desayuno, ni sueltan los perros
para que levanten la caza, sino que abren tranquilamente los armones que
hasta allí llevaron los lacayos, y tienden sobre la verde alfombra ó la ar­
diente arena cuatro pistolas, ocho sables é igual número de floretes.
El mismo silencio que reina en las calles se observa en el campo, y
ninguno de aquellos señores habla una sola palabra, mientras el uno exa­
mina los sables, el otro carga las pistolas y otros miden tranquilamente
el terreno como si fueran á establecer allí una escuela de tiro. Separados
el uno del otro, pero inmóviles ambos, se quedan mientras tanto dos de
los personajes, al paso que otros dos que no tocan armas ni miden distan­
cias abren dos estuches, de los que sacan unas vendas que extienden sobre
el campo, destapan y huelen unos frascos, y hecho esto vuelven á quedar
inmóviles.
Los cuatro que han entendido en las armas y en las distancias se acer­
can, previas las mutuas cortesías de ordenanza, conferencian entre sí
brevemente en silencio, y pareados se van á buscar á los dos que perma­
necieron inactivos. Y colocándolos el uno enfrente del otro, cada cual
con su pistola en la mano, á una señal que hacen con la suya los otros
que se quedan á cierta distancia (armados, por supuesto, con los sables),
suenan dos disparos, que sobresaltan á los caballos de los coches, que des­
piertan al cochero, y nada más. Involuntariamente se lleva alguno de los
combatientes la mano á varias partes del cuerpo; pero ambos inmóviles
entregan sus armas, y cuando se las devuelven cargadas, vuelven á dispa­
rar y vuelve á quedar la cosa como antes.
Al tercer disparo ya cogen los de los estuches las vendas en la mano,
y si cae herido alguno de los combatientes, como que para eso son médi­
cos y para eso han ido allí, hacen la primera cura, y volviéndose á estrechar
las manos todos, inclusos el herido y el agresor, cada tanda ocupa su
coche y vuelven á entrar en la corte.
Naturalmente, y esto es lo más natural, que si ninguno de ellos resulta
herido, la satisfacción de todos es mucho mayor, porque, sin derrama­
miento de sangre, La honra, como dicen al día siguiente los periódicos,
ha quedado satisfecha y ambos han demostrado que son cumplidos ca­
balleros.

AYER, HOY Y MAÑANA

365

Y he aquí, lector, por lo que yo quisiera que no procedieses de ligero
creyendo lo que dicen por ahí las gentes de que ahora anda más barata
que nunca la caballerosidad. Ahora, como siempre, y aunque á primera
vista parezca otra cosa, los caballeros no los hacen los sastres ni los maes­
tros de armas. Un frac bien hecho y un pantalón bien ajustado no com­
prometen á nadie á ser caballero, ni el saber cómo se da una estocada á
fondo tiene nada que ver con la caballerosidad.
De manera, lector, que si no quieres perder más tiempo del que estás
perdiendo al enterarte de este cuadro, no sigas esos coches hasta las calles
de la capital, donde los amigos más impacientes de cada parcialidad se
asoman á contar las cabezas para ver si vuelven todas, y los otros acosan
á preguntas, después de unos cuantos abrazos, á los que vuelven sanos y
salvos de la pelea; y sobre todo, no escuches los contradictorios comenta­
rios que sobre el lance se hacen en el café, ni las insinuaciones que se
permite publicar el diario de la tarde. Algo mejor sería que prestases aten­
ción al diálogo que, á propósito del suceso, entablan el cochero y el lacayo
mientras deshacen en copas de vino la propina que les ha valido el servi­
cio que acaban de prestar.
Verdad es que para esto tendrás necesidad de asomarte á un sitio
adonde yo no me he atrevido á llevarte hasta ahora. Y aunque hoy día,
como que cuidamos mucho de las formas, las casasen que se miden cuar­
tillos de vino se llaman cafés de Baco, horchaterías de parra y lecherías
de cepas, no por eso dejan de ser tabernas, nos parece poco digno entrar
en ellas, sobre todo después de haber asistido á una escena de tanta caba­
llerosidad como la que dejamos referida. Pero todo puede arreglarse si en
vez de fijar la atención en los criados del coche después del lance, los ve­
mos antes de amanecer á la puerta de la casa tomando el aguardiente,
para matar, como ellos dicen, el gusano de la madrugada, ó echando la
mañana, que es frase de que también se valen esas gentes. Al cabo y al
fin, esta escena es menos tabernaria y pertenece á la madrugada, que es
de lo que tratamos en este cuadro.
—Mucho se madruga—les dice un aguardentero ambulante, que aún
no se ha acostado porque ha pasado la noche repartiendo el espirituoso
licor por los cuerpos de guardia.
—Nos pidieron para antes de amanecer—contesta el lacayo.
—Será para ir de viaje—dice el aguardentero, á tiempo que llega el
sereno á tomar parte en la conversación.
—¡Viaje!—replica el cochero.—Viaje largo; viaje al otro mundo.
—¡Entierro á estas horas!—dice el sereno.—Pues no ha muerto nadie
en la vecindad. Lo que sí he visto es que no cesó de entrar y salir gente
en toda la noche, ni se apagaron las luces en el cuarto principal.

366

A N T O N IO F L O R E S

— Pues de ahí saldrá el muerto—interrumpe con sorna el cochero.
— No llegará la sangre al río— contesta el lacayo,— aun cuando nos
llamen para lo que tú piensas; acuérdate de lo que pasó el otro día.
— Ya, pero estos lances no siempre salen bien.
— Los que yo he visto, todos.
— Dichoso tú, que por mi parte ya me he hallado en uno muy serio;
y hasta que los periódicos dijeron que el hombre muerto que se encontró
junto al cementerio se había matado á sí mismo, no estuve tranquilo.
— Sí, pero eso es una casualidad.
— De todos modos, yo no me expondría á que me pegasen un tiro por
nada del mundo.
— ¿Y si te insultaban delante de las gentes?
— Contestaría con un puñetazo.
— ¿Y si te daban un bofetón?
— Moleríale el cuerpo á palos al que me lo hiciera, hasta enfarraparle
y hacerle cibera, pero en el momento en que me pegara; porque eso de
aguantarse el insulto, y después de dos ó tres días salir al campo, y á
sangre fría ponerse enfrente del que te insultó y esperar á que te parta
de una cuchillada ó te pegue un tiro, esa es una barbaridad. Si á mí me
dieran una pistola ó un sable, arrojaríame sobre mi enemigo sin darle
tiempo á nada.
— Es que en ese caso te batirías con los padrinos.
— Batiríame con todos hasta matarlos ó que ellos acabasen conmigo.
Pero no tengas cuidado que á mí me suceda nada de eso; porque yo, si
tuviera la desgracia de que alguien me desafiara, cogería un garrote y sin
llamar á nadie para que se riera de mí ni me colocara á su gusto como á
un muñeco habría de despacharme á mi placer.
— Ya; pero tú piensas así porque no eres caballero— dice el lacayo.
— Aunque fuera tan caballero como el que los inventó y más aún que
el mismo D. Quijote había de hacer lo que digo. ¡Bonito genio tiene el
hijo de mi madre para estarse quieto delante de uno que le ha ofendido!
Sería capaz de deshacerle á bocados, aunque él me moliera á coces. ¡Pues
no te digo nada si quisieran que, tras de haberme cortado la cara, le diese
yo la mano y quedásemos tan amigos como si nada hubiera pasado! Bien
supo Dios lo que se hizo cuando quiso que me pariera la tía Juanona y
no ninguna de esas princesas y duquesas de la corte.
— Yo también sería malo de arreglar si tuviera alguno de esos desafíos
de los señores— dice el sereno, que ha guardado silencio hasta entonces.
— ¿Pero tú estás seguro— añade dirigiéndose al cochero y recordando el ca­
rácter oficial de que está revestido, estás seguro de que los señores que
aguardas van á desafiarse?

A YE R , HOY Y M AÑANA

367

— Seguro no; pero á estas horas difícilmente se piden los coches para
otra cosa.
— Pues en ese caso hay muchos desafíos todos los días— interrumpe el
aguardentero.
— Muchos— contesta el cochero;— cada día uno.
— Si supiera que ahora — dice el sereno recapacitando,— iría á dar
parte á S. S. el señor teniente alcalde; porque, ¡no crean ustedes que es
broma!, los desafíos están prohibidos, y á nosotros nos tienen encargado
que si sabemos de alguno demos parte.
— ¿A quién?
— A la autoridad.
— ¿Y si la autoridad es la desafiada?— dice con sorna el cochero.
— En ese caso — interrumpe el sereno,— en ese caso ¡Pero como se­
mejante cosa es imposible!....
— Imposible, ¿eh? Vaya, sereno, vete á dormir, que estás muy atrasado
de noticias y ya va amaneciendo.
El sereno se retira y no va solo, porque además de las gentes que andan
por la calle á esas horas, transitan también por ellas los operarios de las
imprentas, encargados de difundir la luz de la noche al rayar el día. Los
cajistas del periódico de la mañana y algún redactor trasnochado son
también operarios precisos en las madrugadas de esta época. Y si el perio­
dista trasnochador tiene á su cargo la gacetilla, y oye un tiro, que á esas
horas se oyen algunos, corre hacia el lugar del suceso, y tanto si sospecha
lo que ha sido como si logra averiguarlo, vuelve á la imprenta, hace que
suspendan la tirada del periódico y escribe una última hora dando
cuenta del suicidio ocurrido en tal calle y en tal casa, con el nombre y el
apellido del suicida.
También estos lances son madrugadores, y por esto los diarios de la
tarde vienen llenos de párrafos en que se dice que ha amanecido ahor­
cado D. N. N., ó que en la madrugada de hoy se ha pegado un tiro un
sujeto muy conocido en la corte, ó que al amanecer se ha arrojado desde
un quinto piso una joven, y otras madrugadas por el estilo.
Pero ninguna de estas gentes puede desmentir el refrán de que «al que
madruga Dios le ayuda,» porque ninguno de ellos ha madrugado. Toda
la gente que anda por las calles al amanecer de estos tiempos es gente
mal dormida.
Y téngase en cuenta que no hemos querido ajustársela á los conspira­
dores, que también parece que madrugan cuando se retiran á descansar
de haber pasado la noche discurriendo medios de quitar el descanso á los
demás, ni hemos dicho nada de la joven que reniega de la madrugada,
porque con ella se levantará su madre y verá que ha pasado la noche le-

368

ANTONIO FLORES

yendo novelas. Los primeros es posible que nos den un susto el día menos
pensado, haciendo madrugar á cañonazos cosas que no harían mal en le­
vantarse un poco más tarde ó en no despertar nunca, y la segunda asus­
tará el día menos pensado á su familia, amaneciendo en el fondo de un
pozo, ó abrasada con una caja de fósforos, ó corriendo la posta con algu­
no de los personajes de la novela, que al efecto haya tomado forma mate­
rial y corpórea.
Apartemos la vista de esas escenas, porque hemos prolongado mucho
este cuadro, y si sale el sol va á alumbrarlas demasiado.
Madrugemos menos, aunque nos llamen perezosos.

LITERATURA MENUDA

El erudito, el diplomático y el avaro son tres tipos que han muerto á
manos de la imprenta, del telégrafo eléctrico y de las sociedades anónimas.
El espíritu de asociación, aplicado al dinero, penetró en las entrañas
de la tierra, no para buscar los metales por labrar, sino los acuñados, y en
nombre de la codicia moderna sacó las ollas de onzas mejicanas que la
codicia antigua tenía enterradas y las convirtió en papel moneda. Con
este papel creó los Bancos nacionales, los agrícolas, los industriales y los
hipotecarios y las Cajas de ahorros, y enseñando á las gentes á ahorrar
puso en ridículo á los que ahorraban por sí y para sí propios.
Los bolsillos particulares se vaciaron en la gran Bolsa nacional, y una
vez creada la avaricia pública se acabó la avaricia privada.
En diferentes cuadros de esta segunda parte ha visto el lector los dis­
tintos modos y maneras que han tenido de resucitar los Lázaros del Perú,
que los antiguos creyeron irresucitables. Allí hemos explicado los medios
de que se ha valido el espíritu mercantil para tropezar con los ignorados
sepulcros del oro, y como en este cuadro no se trata de gentes de dinero,
sino de gentes de letras, especies de mortales muy distintas y hasta muy
refractarias, aquí hacemos punto y no pasamos adelante.
Tampoco del diplomático podemos decir nada más que lo que ante­
riormente hemos dicho, para probar que el telégrafo eléctrico, haciendo
T omo II

24

370

ANTONIO FLORES

públicos los gestos, las sonrisas y las guiñadas de ojos entre tal ó cual
embajador y tal ó cual monarca, lia hecho inútiles las largas notas diplo­
máticas que antiguamente se escribían para explicar lo que podría signifi­
car el guiño de los ojos, ó decir cómo debía entenderse la sonrisa y qué
consecuencias podría tener la gesticulación.
Antes de que la corte extranjera en que dos plenipotenciarios se ha­
cen un desaire se haya enterado de lo que ha pasado á su vista, ya están
enterados de todo los respectivos gobiernos de los dos diplomáticos; y
cuando éstos cogen la pluma para ir haciendo apuntes y notas á fin de
que la diplomática que pasen á sus gobiernos sea digna del caso y del
personaje que ha de firmarla, ya humean en los puertos de mar de sus
patrias respectivas diez ó doce buques de guerra y se alistan otros tantos
batallones y se escribe en los periódicos el verdadero protocolo diplo­
mático.
La avaricia y la diplomacia ó han dejado de ser ó han variado de
forma.
La electricidad y el espíritu de asociación se ríen á carcajadas del di­
plomático que aún se encoge de hombros y arquea las cejas y tuerce el
gesto, balbuciendo algunos monosílabos, y del avaro que á deshora de la
noche se encierra en su cuarto y después de haber registrado la casa con
mirada recelosa, saca un talego de napoleones para apilarlos como anti­
guamente apilaba las onzas de oro.
Si el uno no conoce que las medallas peruanas han desaparecido y el
otro no ve que su secreto es público y sus misterios ridículos, ambos son
cortos de vista.
Y no la tiene muy larga el erudito si no ve que le ha sucedido lo mis­
mo que al diplomático y al avaro.
Desde que la imprenta se ha asomado á las bibliotecas y á los archivos
y ha copiado todo lo malo y lo bueno que allí estaba guardado, ¿de qué le
sirve al erudito apilar manuscritos y esconderlos para que nadie pueda
robárselos? En buen hora que cuando creía que el saber más que nadie
consistía en no permitir que los demás aprendiesen lo que él había apren­
dido, se apoderase de un manuscrito ó de un impreso raro, y los guardase
debajo de siete llaves, y aún que escondiera éstas debajo de siete estados
de tierra; pero ahora que el libro inédito le ha hecho la infidelidad de
irse á una imprenta y dejar que allí le impriman y le reimpriman milla­
res y aun millones de veces, ¿de qué le sirve poner mala cara y contes­
tar de mal humor al que le pregunta lo que ya no es él solo á saber?
De nada.
Los sabios preceptos de la sabia economía política moderna no sólo
han roto las vinculaciones y los mayorazgos y desamortizado la propie-

AVE R, HOY Y MAÑANA

371

dad urbana y la rústica, sino que han arrancado las onzas de oro de las
manos muertas del avaro, el secreto internacional de la comunidad de
los diplomáticos y el manuscrito de las huroneras del erudito.
El erudito no existe; recemos un Padre nuestro por su alma.
La erudición ha salido á pública subasta y todos hemos sido licitadores
y para todos ha babido grandes pedazos de ella; todos somos eruditos,
todos somos sabios. Demos gracias á Gutenberg, el dios de la publicidad,
y arrojemos del templo de la sabiduría á los pocos eruditos que no quie­
ren convencerse de que han sido exclaustrados.
Una gramática universal, un diccionario de ciencias y artes, otro
biográfico, otro histórico, cien manuales, que no son tantos los conoci­
mientos humanos, y un gran diccionario enciclopédico, he ahí toda la
biblioteca que necesita un sabio moderno para serlo más que todos los de
Atenas y para dejar turulato al más erudito de todos los eruditos. Des­
pués de impresas todas esas obras, ha podido hacerse con las antiguas lo
que hemos hecho con los conventos apenas sacamos de ellos los lienzos
y algunos manuscritos, aunque de estos últimos nos sirvieron algunos
para envolver los escombros.
La gente de letras á que aludimos en este cuadro no se recluta como
la gente de mar ni la gente de tierra, sino que sirve voluntariamente en
cualquiera de las diferentes armas y distintas legiones de que se compo­
nen los grandes ejércitos de Apolo y tiene ordinariamente tres proce­
dencias: unos que vienen echando coplas al arroyo que murmura, al pájaro
que trina, al sol que dora y á la luna plateada; éstos han salido del rega­
zo materno y apenas han pasado por la escuela de primeras letras; el poeta
nace, se dicen á sí mismos, y se hallan como nacidos en la república lite­
raria: otros que llegan renegando de la vida de los hombres y aun de todo
lo criado y lo por criar; éstos vienen de más lejos y han corrido más es­
cuelas; el que menos sabe ha descabezado el latín y aun ha zurcido algún
trozo de filosofía: los terceros, los que en prosa ó verso, para la lectura ó
para el teatro, vienen desenterrando reyes y personajes históricos y cho­
rreando moral por todos los pliegues de su boca, llegan más rendidos y
más estropeados; si no han cursado en muchas universidades ni hojeado
muchos libros, al menos parece que han hecho lo uno y lo otro; pero esas
tres procedencias no suponen tres jerarquías distintas en la literatura
menuda. Los que se han instruido mucho, antes de querer instruir á los
demás; los que no se han instruido tanto, y los que carecen de toda ins­
trucción, todos forman juntos y todos aspiran igualmente á merecer el fa­
vor de la opinión pública, que por lo que tiene de dama es coqueta y
antojadiza, y por lo que tiene de pública se sobra de procaz y de atrevida.
Por de pronto, la compañía de preferencia, en la cual, como en las de-

372

ANTONIO FLORES

más del regimiento, no se exige talla literaria, es la verdaderamente mi­
mada por el público. Para ella son los aplausos, las palomas, las flores y
coronas de laurel. El poeta lírico y el novelista son gentes de poco más ó
menos á los que el público dispensa escasos favores. Ya se ve, como que
el poeta dramático da, además del drama, una butaca para oirlo, sin que
el espectador tenga que sacar las manos del bolsillo para coger el libro
ni cansarse la vista en leerlo, y damas en los palcos y música en los en­
treactos; y el novelista no ahorra el trabajo de abrir el libro ni el de
leerlo, ni puede dar música en los entrecapítulos, ni se puede satisfacer
la curiosidad de saber si es guapo ó feo, bajo ó alto, rubio ó moreno, lla­
mándole al final de la obra, ¡claro es que el uno ha de gustar más que
el otro! Y si á todo esto se agregan las ventajas de la versificación, por­
que sabido es que los personajes de nuestras comedias no saben ha­
blar en prosa, sino que así á los históricos como á los contemporáneos
siempre hay razón para decirles juro, juro, pater, nunquam componere
versos, se verá que hay una gran razón para que el verdadero literato sea
el que dedica sus letras al teatro. Por otra parte, como aún no saben leer
todos los españoles y son pocos los que hallan un rincón en su casa don­
de no estorben dos docenas de libros, es preciso que el teatro sea la única
escuela de las costumbres y la novela siga siendo un pasatiempo inocen­
te entre el autor que la escribe, el editor que parece que la compra
y el lector á quien á menudo se la regalan para que no quede inédita la
lectura.
De todos modos, el literato, versificador ó prosista, necesita más dosis
de aiición que de ingenio; porque si no ama el arte por el arte mismo y
busca el dinero en lugar de la gloria, debe desandar el camino, arrojar la
pluma de la literatura y coger en cualquiera de las oficinas del Estado
una pluma que sirva para hilvanar expedientes y un sueldo que alcance
á poner en el estofado de vaca todo el que necesita, además del que le
regaló el público. Pero cuando los escritores dejan de hacer dramas para
tomar parte en la representación del drama administrativo ó político, ya
no son literatos, ni menos literatos menudos, sino funcionarios públicos
y diputados á Cortes, y en ese caso están de sobra en este cuadro. Les
damos la licencia absoluta y nos volvemos al gremio menudo de la lite­
ratura en busca de algún neófito que, lleno de fe y de entusiasmo, entre
en la corte á hacer su primer salida en el gran teatro literario.
Si desde el pueblo en que pasó el cuarto lustro de su vida, aprendien­
do de memoria la Marcela y el Trovador y los Amantes de Teruel y la
Rueda de la Fortuna y Carlos I I el Hechizado y Doña María de Molina,
no ha enviado á la redacción de algún periódico sus primeros versos al
sol, escritos de noche, por supuesto, y á la creación, descreyendo hasta su

AYER, HOY Y MAÑANA

373

propia existencia, lo hace apenas llega á Madrid, y el día en que ha visto
su nombre en letras de molde sale á la calle, creyendo que las gentes al
verle pasar dicen para sus adentros: «¡Ese es el autor de los versos!»
Y satisfecho con esta fama, que cree haber merecido, sin que nadie le
haya puesto un cartel á la espalda, como le sucedió á D. Quijote de la
Mancha, se va derecho al teatro con una ó dos comedias en el bolsillo, y
tanto si se las admiten como si se las rechazan, en el tono con que le
acoge el empresario recibe el primer desengaño, y en el desden con que
le trata el editor halla el segundo.
¡Pero qué suponen dos desengaños ni dos docenas de ellos á quien
trae tanta fe como nuestro neófito, y ha sido tan bien acogido en la corte
que nadie le ha prohibido la entrada en el café literario, que es casi más
que tener un cuarto alquilado en el mismo templo de Apolo! ¡Y no ha
conocido en ese café y aun merecido que le saludaran los principales
poetas de España! ¡No se tutea además con muchos de ellos! ¡Pues qué le
importan ni la altivez del empresario ni los desdenes del editor!
Un rato de tertulia en el cuarto del primer actor y la boca cerrada
durante los ensayos de su obra para que no se incomoden los artistas
que han de ponerla en escena, y ese día llega, y la obra se aplaude, y el
público pide que salga el autor y entonces sí que no necesita un cartel
en la espalda para que al día siguiente digan las gentes: «¡Ese es el autor
de la comedia que se estrenó anoche!»
Su nombre anda desde entonces en las esquinas y en los periódicos,
mientras su reputación literaria se tijeretea en los cafés y en los casinos,
sobre todo en los círculos del oficio, de los cuales sale tanta más fama
para el nuevo poeta cuantos más sean y más encarnizados se muestren
los envidiosos.
Algún crítico de buena fe, que no está prohibido que los haya, á vuel­
ta de tal cual elogio á ciertos pasajes de la comedia y de anunciar que el
joven promete, le recomienda que estudie, porque le sobra ingenio y lo
falta instrucción; pero nuestro hombre se ríe del consejo y no estudia,
porque sobre que sería una vergüenza ponerse á estudiar después de
haber recogido una espuerta de laurel, no tiene tiempo para hacerlo.
Y no porque le pierda en frecuentar el café literario, de donde huye des­
de que se ha convencido que allí se roban los pensamientos, más que en
Sierra Morena los bolsillos y en Teruel los corazones, sino porque cuando
no está escribiendo un drama está pensando en otro, y no se componen
tan fácilmente seis obras al año, que son las menos que necesita hacer un
autor de empuje, si no quiere que le empujen ciertas obligaciones de que
nadie exime al literato.
La patrona de huéspedes, y no ha de ser su casa de mucho lujo, se

374

ANTONIO FLORES

come anualmente una comedia en tres actos y una pieza en uno, origina­
les ambas; el sastre necesita por lo menos el valor de un drama arregla­
do del francés; con el zapatero no se salda la cuenta del calzado sin con­
sagrarle el producto de una comedia, aunque sea traducida, y en el cepi­
llo de las ánimas del casino, que le dan café y cigarros y le echan algún
entres y alguna colorada, es preciso vaciar todo lo que se gana por un
par de zarzuelas.
Así sale el literato comido por servido, hasta que va, como antes he­
mos dicho, á servir al país en algún destino público. Mientras tanto, como
las armas y las letras viven tan estrechamente unidas, parten entre sí los
dones de la fortuna, tocándole siempre á las primeras las cruces, las
bandas y los altos puestos, y á las segundas las coronas, las flores y las
tablas del teatro; porque aunque la civilización y la libertad quieren dar
al pensamiento más alcance que Amstrong ha dado á sus cañones, hoy
por hoy alcanza menos una pluma larga que un sable corto. Cuanto más
se anatematiza el imperio de la fuerza, más nos fuerzan las circunstan­
cias á que metamos la diosa Razón en un calcetín del dios Marte.
El espíritu de asociación, como todo lo invade, no ha podido menos
de penetrar en el gabinete de los literatos para que éstos reúnan sus in­
genios y formen sociedades comanditarias que den á luz comedias y dra­
mas de dos ó más actos, escritas por dos ó más ingenios. En este caso, si
la obra tiene argumento, que no es indispensable este requisito cuando
se escribe en verso, cada autor hace el cacho de plan que le toca en el
acto que corre de su cuenta, sin que por esto dejen de ponerse algunas
veces de acuerdo antes de empezar á escribir. Y así como han partido el
plan y los versos, parten el producto y siguen viviendo.
En esas obras de compañía, el público, que no deja nunca de llamar
al autor á la escena, tiene el gusto de conocer dos ó más autores á la vez;
sintiendo no haber logrado satisfacer igual curiosidad con el verdadero
padre de la criatura, que suele ser algún dramaturgo francés, el cual á su
vez, y de esto hay varios ejemplares, se inspiró palabra por palabra y obra
por obra en alguna de las de nuestro teatro antiguo. Y en estos casos,
preciso es confesarlo, á las piezas dramáticas no les sucede lo que á los
vinos: cuanto más viajan y más se trasiegan, más se avinagran. Pero el
poeta recibe á espuertas la gloria y tiene el monopolio del talento tan
garantido y tan asegurado, que el propietario y el capitalista, que se oyen
llamar bárbaros á boca llena mientras llenan sus arcas de oro, dicen, y
parece que lo dicen de buena fe, que tal ó cual escritor (que cuanto más
trabaja y más gloria adquiere, más pobre se hace) es un joven de talento.
Y el talento literario no siempre es macho, sino que muchas veces
resulta hembra; de lo cual se han dado cuenta las mujeres algo más de lo

A YE R , HOY Y MAÑANA

375

que fuera de desear, y han puesto el suyo á disposición de las letras, for­
mando con esto una gran falange de literatas y poetisas.
La marisabidilla de antaño es el tipo que más se ha reproducido en
este segundo tercio del siglo; y á medida que la industria va progresando
en el invento de biberones para dar de mamar á los niños y de máquinas
para coser camisas, el gremio de las literatas crece y se extiende por to­
das partes de una manera prodigiosa, lo cual es en extremo natural y
lógico.
Las nodrizas de cristal, las costureras de hierro y los colegios que per­
miten á unas mujeres abandonar los quehaceres de su casa y los cuidados
de sus hijos para vivir en el paseo, en el teatro y en las grandes tertulias,
permiten asimismo á otras pasar el tiempo escribiendo. No todas las jó­
venes que han aprendido en el colegio geografía, historia y otros ramos
literarios pueden resignarse á guardar esta instrucción para cuando ven­
ga el caso de lucirla, satisfaciendo alguna duda de sus hijos ó tomando
parte en una conversación y entendiendo lo que se hable en su presencia;
porque puede suceder que esos casos no ocurran nunca, y entonces ¿de
qué le ha servido la educación literaria? ¡Cuánto mejor es que la aprove­
che desde luego en beneficio de la literatura patria, escribiendo un tomo
de poesías ó una novela y hasta una comedia! Y aun cuando no hayan
aprendido nada en los colegios, ¿qué tiene que ver la instrucción con los
versos? ¡No canta la perdiz y la codorniz sin haber ido al colegio! ¿Pues
por qué no ha de cantar la mujer sin que nadie le haya enseñado á ha­
cerlo? ¡No nace el poeta! ¿Pues por qué no ha de nacer la poetisa? Sus hijos
son los únicos que acaso no harían mal en quedarse en el otro mundo,
porque su pobre madre bastante hará con atender á sus versos, que hijos
son de las entrañas de su cerebro y no puede abandonarlos por los otros.
¡Y qué dolor no será para una mujer que escribe un poema al amor de
madre tener que entregar sus hijos al amor de una nodriza! ¡Ni cómo es
posible que escriba con tranquilidad una oda al pobre expósito si tiene á
su hija de expósita rica en un colegio de primera educación!
Pero nuestra poetisa, lector, es soltera, y no te damos esta noticia
para que vayas á pedirla en matrimonio, y por lo tanto no tiene otros
quehaceres domésticos que aquellos de que sus padres la dispensan para
que no pierda tiempo en ilustrar al público.
Y lo hace dando consejos á la juventud sobre lo emponzoñado que
está el mundo y lo pervertida que se halla la sociedad; siendo tantos y
tales los secretos que revela del amor, de las pasiones y de los hombres,
que no parece sino que el más experimentado de éstos la ha dado algunas
lecciones.
La poetisa tiene pocas amigas y aun las pocas le sobran, porque las de



— “

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376

ANTONIO FLORES

su gremio la comprenden demasiado y las otras no alcanzan á compren­
derla.
Los hombres la aplauden sus versos, y si la enamoran le piden que les
hable en prosa, y en prosa muy vulgar.
Los hombres son en esto, como en otras cosas, sobrado injustos con la
mujer.
¡Líbrenos Dios de que pueda decirse otro tanto de nosotros!, y aquí da­
mos punto sin atrevernos á añadir una sola palabra; ni siquiera las que
uno de nuestros primeros literatos y amigo predilecto, que nos ha oído
leer este cuadro, echa de menos en favor de nuestra literatura contempo­
ránea, que tan justa celebridad tiene adquirida en el extranjero, gracias
á los preclaros ingenios que la cultivan. No permite la índole de esta obra
que hablemos en ella de las cosas ni de las personas que nos causan ad­
miración y respeto. Estamos visitando un hospital de tullidos y no pode­
mos hacer digresiones á favor de los que se hallan sanos y buenos. Lo
único que deseamos es que todos nuestros personajes se curen las enfer­
medades que padecen y vayan pronto á la sala de convalecientes á darse
de alta. Entonces los cogerá otra pluma que escriba historia crítica y no
sátira urbana.

EL CUARTO PO DER DEL ESTADO

En política ha sucedido precisamente lo contrario que en literatura
dramática.
Las comedias tenían cuatro actos antes de que el capitán Viriles las
pusiera en tres, y por esto se dijo:
«El capitán Viriies, insigne ingenio,
puso en tres actos la comedia, que antes
andaba en cuatro como pie de niño.»

El Estado, por el contrario, no anduvo en cuatro pies hasta que vino
el periodismo á formar la cuarta pata de la mesa redonda conocida con
el nombre de Gobernación del Estado, el cual estuvo cojeando hasta que
el periodista se incomodó y les dijo á los poderes que formaban el trípo­
de gubernamental: «No andéis buscando tres pies al gato, que él tiene
cuatro.»
Y he aquí, lector, al descendiente de los pasquines del Partenón
elevado á la categoría de monarca in pdrtibus, de emperador adjunto y
de colaborador gratuito del poder ejecutivo.
Para retratar á este soberano, que reina por su propia voluntad, sin
poder alegar origen divino ni haber sido elegido por el voto popular, se
nos han ofrecido algunas dificultades, que á Dios gracias hemos podido

378

ANTONIO FLORES

vencer con sólo echar mano de la fotografía y colocar delante de la má­
quina un ejemplar de un periódico.
Esto es más fácil y será mucho más gráfico que hacer un árbol genea­
lógico del periodismo, desde los pasquines que la culta Atenas fijaba con­
tra los sabios del Areópago, ó el Diurnum ó Gaceta de Roma, hasta el
periódico moderno.
Así nos ahorraremos el disgusto de patentizar la decadencia de esa
nobilísima raza, que desde el siglo xvn, en que adquirió verdadera im­
portancia, hasta nuestros días, que representa la cuarta parte de la sobe­
ranía nacional, ha estado servida por los primeros sabios de todos los
países.
No podemos permitirnos tomar las cosas de tan lejos, y lo que única­
mente haremos será dar un vistazo al periodista moderno, asomándonos
á la redacción de un periódico antes de dar el retrato de éste.
Encaminemos al efecto nuestros pasos á la redacción de El A stro del
siglo , diario político, imparcial, independiente, militar, artístico, lite­
rario, científico, industrial, religioso, económico, mercantil y universal,
en cuyas columnas cabe la defensa de todas las opiniones en todas las
materias.
La redacción de El Astro del siglo no está establecida en un palacio, ni
mucho menos, y no estaría de más que el portal y la escalera fuesen me­
jores y recibieran algunos reflejos del astro del día; que al que no ha de
estar mucho tiempo allí, como nos sucede á nosotros, le importa poco que
las habitaciones estén frías y mal amuebladas y que apenas haya una
silla en que sentarse, después que lo ha hecho en derredor de una gran
mesa de pino forrada con bayeta verde el personal de la redacción, que
es el siguiente:
Un redactor de fondo, que es como si dijéramos el antiguo Consejo
de Castilla en pleno.
Otro de sueltos, que equivale á cien asambleas legislativas.
El encargado de la parte extranjera, que es el Metternich de la re­
unión.
El gacetillero, cuyo cuerpo está allí, aunque sus cinco sentidos anden
recorriendo todos los barrios de la corte.
El confeccionador, que en el manejo de la tijera ni envidia á los mur­
muradores ni á los sastres.
Y el folletinista, que es el niño mimado de los empresarios de teatros,
clel de la plaza de toros y de casi todos los artistas que trabajan en ambos
espectáculos.
Entran y salen con toda libertad en la redacción y tienen voz y voto
en ella, aunque no asiento en el coro, otros varios personajes que es in-

AYER, HOY Y MAÑANA

379

dispensable que conozca el lector si quiere tener un perfecto conocimiento
del periodismo.
El primero, y cuéstale su dinero esta primacía, es el que en términos
facultativos ó profesionales se llama caballo blanco, y que como paga la
casa y los pocos 6 muchos muebles que hay en ella y los sueldos de los
redactores y el depósito en metálico que exige la ley y los gastos de la
imprenta, puede entrar y salir en la redacción cuando quiera y como
quiera.
¡Así pudiera salir de los compromisos en que le pone el fiscal de im­
prenta y dar salida á los ejemplares que tira de más, contando con
menos suscriptores de los que necesita para cubrir gastos!
El oficio de caballo blanco tiene estas quiebras y otras más; pero tiene
también sus ventajas, y, como todo en este mundo, el que ha de practi­
carlo necesita entenderlo.
Si el propietario de un periódico es simplemente un mortal simple,
que vende un olivar ó una finca urbana para fundar un diario político
con la sola esperanza de ganar dinero con el producto de la suscripción,
no pierde más que la cosecha de la aceituna y la renta de la casa; si tiene
algo más y lo emplea en lo mismo, lo pierde todo. A veces suele suceder
que los redactores, elevados á la categoría de ministros, se acuerdan del
hombre que les procuró medios de hacer la oposición al gobierno y llegar
ellos á serlo, y antes de que vaya á San Bernardino le llevan á una ofi­
cina del Estado, aunque no sea otra que la recaudación de contribucio­
nes ó el registro de las puertas.
Pero la raza de caballos blancos ha sido siempre muy rara y ya casi
pertenece á la historia.
El propietario de un periódico lo es casi siempre un hombre político,
que tiene algún capitalista que le cubra las espaldas y le ampare contra
la mala voluntad del fiscal de imprenta, apuntándole en el debe de la
cuenta corriente, que le abre al efecto, las multas y todos los gastos de
redacción é imprenta, y preparando un haber muy largo para las contra­
tas y otros servicios análogos que espera hacer cuando el redactor en
jefe sea ministro.
Otras veces los mismos escritores se hacen propietarios á escote; pero
como estos periódicos duran poco, apenas dan tiempo para que los
veamos.
También sucede que el caballo blanco sea un comerciante que quiere
fundar un periódico para un objeto dado, ó varios á la vez, aunque sea
alguna gran jugada de Bolsa ó cosa más pequeña, pero también de bol­
sillo, en cual caso busca los redactores y los ajusta como á mancebos de
tienda, y si los halla les exige tales cosas que la empresa acaba como el

380

ANTONIO FLORES

rosario de la Aurora, ó de una manera peor para el comerciante, á quien
como lego en la materia le hacen pasar el noviciado.
Detrás del propietario está el editor responsable, el cual ni entra ni
sale, ni ve ni oye ni entiende nada de lo que pasa en la redacción; pero
responde de todo, y es el verdadero periodista legal, el único que tiene
personalidad de escritor público ante los tribunales. Está obligado á saber
leer y escribir, y á veces sabe algo de lo primero y hasta firmar, pero siem­
pre consta que paga la cuota de contribución que exige la ley al hombre
que representa el cuarto poder del Estado. Un honrado tendero de co­
mestibles, un sacerdote de Baco, un carbonero ó cualquiera otro indus­
trial por el estilo sirve para editor responsable de un periódico, y por
razón del oficio para pasar diez ó doce meses en la cárcel y tres ó cuatro
años en presidio. La pena de muerte aún no se ha impuesto á nadie por
delitos de imprenta, y está todavía por ver el espectáculo de un patíbulo
alzado para dar garrote á un inofensivo tendero por el delito cometido
por un escritor, que podría, y estaría en su derecho, presenciar la eje­
cución.
Estos son los efectos de la industria aplicada á perfeccionar el sistema
de la Inquisición, que quemaba á los hombres en estatua.
La estatua del periodista es el editor responsable; y es cosa de ver al
honrado tendero de comestibles en el día en que con más fidelidad ha
pesado los garbanzos y ha medido el aceite marchar camino de la cárcel,
confeso y convicto de haber escrito un artículo que ni siquiera ha tenido
la curiosidad de leer.
El editor responsable es el verdadero médico á palos del periodismo,
el médium de los espiritistas modernos.
Los demás entrantes y salientes de las redacciones son más indeter­
minados y más vagos que el propietario del periódico y el editor respon­
sable, pero no dejan de ser por eso partes muy integrantes y aun partí­
culas esencialmente constitutivas del periodismo.
Cada uno de ellos por sí solo vale poco; pero todos reunidos son el
alma del periódico.
Un diario político, mejor ó peor redactado y más ó menos liberal, no
vale nada si no tiene atmósfera, y he aquí el oficio de los entrantes y sa­
lientes á que aludimos: hacer atmósfera.
Y la hacen, primero zumbando como zánganos de colmena al oído de
las abejas periodísticas; y cuando ya está hecho el panal, corriendo á
ponderar en los cafés, en los teatros y en los círculos el mérito de tal ó
cual artículo que traerá el periódico, y haciendo atmósfera para que sea
bien recibido por el público.
Esos agregados del periodismo no son los sastres que hacen la ropa,

AYER, HOY Y MAÑANA

381

sino los buenos mozos que la lucen, porque siempre que hablan del pe­
riódico dicen:
«Hemos puesto un artículo..... liaremos la oposición...., diremos esto
ó lo otro.»
El enjambre de esos redactores supernumerarios varía, según que el
periódico es de oposición ó ministerial, aunque en ambos casos se compo­
ne principalmente de empleados activos y pasivos.
Los primeros, conocidos con el apodo de presupuestívoros, dicho se
está que acuden á la redacción del periódico que defiende al ministerio,
y allí, denunciando los planes de los contrarios y procurando con sus
noticias que no les cojan desprevenidos los ataques de la oposición, cum­
plen con su deber.
Así soplando logran que no se apague el fuego con que hacen hervir
la olla que les mantiene á ellos y á sus familias.
Los cesantes hacen lo mismo, con más fe y más hambre, en los perió­
dicos de oposición, y más de uno de e'stos ha visto comprometido su de­
pósito é inhabilitado su editor responsable por dar crédito á las noticias
de los entrantes y salientes que llevan al periodismo la bilis y algo más de
lo que no les cabe en el pecho.
Pero en estas redacciones se vive con alguna más zozobra que en las
otras, y hay ocasiones en que cualquiera creería al entrar en ellas que
lo hacía en una fábrica de moneda falsa ó de otro contrabando por el
estilo.
Los amigos y correligionarios políticos entran y salen misteriosamente
embozados; los redactores hacen lo mismo y á veces más, porque ni aun
con recato y misterio se atreven á ir á las oficinas del periódico, sino que
desde sus ignoradas viviendas envían la bala rasa y la metralla con que
ha de cargarse la batería antiministerial. Por esta razón hay en las redac­
ciones de los diarios de oposición un parroquiano que no asiste á las
ministeriales, como no sea para decirles que de orden de la autoridad
ha allanado las otras, registrando la imprenta, secuestrando los ejempla­
res del periódico denunciado por el fiscal y aun recogiendo al editor res­
ponsable.
Esto produce dos jaculatorias harto conocidas del público. La primera
es la que el diario de la oposición reparte á sus suscriptores en una hoja
volante, diciendo:
«¡Nuestro número de hoy ha sido tres veces recogido! ¡Nuestro editor
se halla en la cárcel! ¡La policía ha allanado nuestra redacción! Espera­
mos que nuestros amigos políticos y nuestros constantes favorecedores
nos dispensarán las repetidas faltas que contra nuestra voluntad experi­
mentan en el recibo de nuestro diario. Seis editores responsables tenemos

3S2

ANTONIO FLORES

presentados á la aprobación del gobierno, y á medida que los hombres de
la situación redoblan sus iras contra nosotros, crece nuestro patriotismo,
y estamos dispuestos á morir en defensa de los principios del partido á
que nos honramos de pertenecer.»
La jaculatoria del diario ministerial aparece en un rincón de la gaceti­
lla, y en son de burla dice lo siguiente:
«El sol se nubla. También ayer sufrió tres cogidas y denuncia y pri­
sión del editor responsable El Sol de la Libertad. Sentimos este nuevo
'percance de nuestro colega.»
Pero el comisario de policía y los demás parroquianos de los periódi­
cos no asisten diariamente á la redacción, ni menos están en ella á las
altas horas de la noche, que es cuando se confecciona el verdadero diario
político.
Tampoco se hallan en esos momentos el industrial, el artista y el
autor de comedias que van á saludar al gacetillero, ni el diputado á
Cortes que hace una visita de atención al encargado de escribir la fisono­
mía de las sesiones, ni el empleado que ha escrito un reglamento y pro­
cura hacérselo entender al redactor que le ha de juzgar, ni ninguno de los
agraviados por el periódico, que tras del agravio van á pedir una estocada
ó un pistoletazo ó meramente un golpe de sable. Ninguno de estos ni de
los otros entrantes y salientes de las redacciones están allí á las altas
horas de la noche, y sólo se encuentran los redactores de fondo, el confec­
cionador y el gacetillero.
La entrada de este último indica la conclusión de las funciones de los
teatros.
Los ha recorrido todos y viene inspirado á consignar su juicio crí­
tico sobre cada una de las obras que se han representado y de las cua­
les conoce lo bastante para juzgarlas por completo. En dos minutos for­
ma una reputación ó echa por tierra la que se había formado en veinte
años de estudio y de trabajo; para él no hay más que obras inmortales ó
detestables, artistas inimitables ó estúpidos, ejecuciones inmejorables ó
pésimas.
Cuando acaba con los teatros la emprende con las publicaciones mo­
dernas, y sin quitarse el sombrero ni soltar la pluma de la mano abre un
libro que el autor ha tenido la galantería de remitirle, le hojea y escribe
en cuatro líneas el juicio crítico de las cuatrocientas páginas; juzga con
igual presteza el bando del corregidor sobre policía urbana, el proyecto
del municipio sobre mejoras de la capital y cuantos documentos dignos
de mención encuentra á la mano.
Acabada la crítica empieza la disección anatómica, y corta sin piedad
cuantas gacetillas encuentra en los demás periódicos, aunque algunas de

AYER, HOY Y MAÑANA

383

ellas sean las mismas que él publicó el día anterior, y por último escribe
diez ó doce originales y nuevas, pero tan nuevas, que muchas tienen no­
vedad aun después de publicadas y desmentidas.
Todo esto debe hacer el redactor de gacetilla si ha de cumplir con la
obligación que tiene de no dejar sucesos trasnochados.
Los redactores de fondo, los periodistas de verdadera miga y substan­
cia, no trabajan tan á destajo como el gacetillero, y sus críticas son por
lo tanto de mayor peso y más razonables. Cierto es que tienen obligación
de escribir y aun de escribir un largo artículo sobre todos y cada uno de
los decretos que publica la Gaceta del día, y que así entienden la materia de
que tratan algunos de ellos como si anduviesen por los cerros de Ubeda;
pero para eso han estado en el café y en el teatro y en el casino, y en todos
esos puntos han discutido y han oído discutir acerca de lo que les toca
juzgar.
Y sobre todo, y este es el norte más seguro para el periódico de opo­
sición, ya se sabe que si el decreto es sobre agricultura ha de ser la ruina
de los labradores; si se trata de aranceles, la de los industriales, y en todo
caso será «el descrédito del país, la anulación de nuestro glorioso pasa­
do y la vergüenza, la irrisión y el ludibrio de Europa.»
El mismo decreto le parecerá todo lo contrario al periodista ministe­
rial; el cual podrá equivocarse en echar un grano más ó menos de incien­
so en el incensario, pero de seguro acierta si dice que es «el documento
más importante que se ha publicado en lo que va de siglo, y que la mejor
contestación que puede dar el gobierno á las alharacas de la oposición, es
presentar decretos por el estilo; con los cuales la industria, el comercio
la agricultura y las artes de nuestro país serán pronto la envidia de las
naciones extranjeras.»
Y no añade laus tibí Christe para que no parezca jaculatoria de sa­
cristán.
El confeccionador, que no tiene necesidad de improvisar raudales de
ciencia infusa, se entiende con el regente de la imprenta y le da ó le quita
materiales, según que el Procusto de la redacción necesita estirar ó re­
cortar los cuerpos para que entren en el lecho de la máquina. Este redac­
tor tijera es el último que abandona la redacción, y nunca lo hace sin
decir en la imprenta lo que han de quitar si sobra ó lo que han de aña­
dir si falta.
A esa últim a hora es cuando llega á escribir la suya el director del
periódico, el cual, si sabe estar á la altura de su destino, debe escribir
poco y andar mucho para estar al corriente de todo y llevar el 'pensamien­
to político del diario.
Este trabajo no es tan difícil como á primera vista parece, porque ya

384

ANTONIO FLORES

hemos dicho que si el periódico es verdaderamente de partido, todo con­
siste en decir negro siempre que el contrario diga blanco, y en pedir blan­
co cuando el otro pida negro.
De todos modos, el ejercicio del periodismo y la abundancia de las
discusiones políticas han llegado á fatigar un tanto al público, y aun­
que aún se siguen escribiendo artículos de fondo y aún siguen siendo
muy largos, dicen las gentes que ya saben lo que en ellos se dice y nadie
los lee.
El periodismo legítimo apenas es otra cosa que la gacetilla, y por eso
antes de retratar un número de El Astro del siglo diremos algo de la
gacetilla en 1850.
Pajarito, el peluquero de 1800, que empleaba las primeras horas del
día en correr las casas de sus parroquianos, empolvándoles la cabeza y
regalándoles el oído con los chismes que circulaban en la corte, falleció
después de haber merecido que Pepe Botella, alias José Bonaparte, le lla­
mase á su servicio, aburrido aquél de que le motejaran y tuvieran por
afrancesado, confundiendo la venalidad de su tenacilla con la rectitud
de su corazón, y antes de haber visto caer la última coleta á impulso de
la tijera revolucionaria. Murió cuando ya iba estando en baja el amor
patrio, sintiendo haber infamado su patria con el afrancesamiento de su
tenacilla, y sin embargo, cien apellidos franceses mancharon la indepen­
dencia del gremio después que hubo cerrado el ojo Pajarito.
Con este honrado peluquero bajaron al sepulcro la gacetilla de la ca­
pital de antaño, la de provincias, la extranjera y la sabrosa y entrete­
nida crónica de bastidores en los corrales de la Cruz, del Príncipe y de
los Caños del Peral.
Con él murieron las noticias de la vida privada de los cortesanos, las
de París de Francia y las de Inglaterra, y sólo la Gaceta y el Mercurio
se atrevieron á seguir hablando de Francfort, de Stockolmo y Srnirna y
aun de Jerusalén y Constantinopla.
En vano quiso el gremio barberil deducir sus derechos á la gacetilla
noticiosa en el abintestato de Pajarito: el barbero no pudo satisfacer cum­
plidamente la curiosidad de los cortesanos.
Empezó á charlar y charlando sigue; pero mándanle callar sus parro­
quianos porque sus noticias en vez de regalar el oído marean, aturden y
empalagan.
No hubiera sido el barbero un hablador despreciable en 1800; pero á
la mitad del siglo x ix no puede ser otra cosa que un charlatán insufri­
ble, á quien tiene más cuenta callar y hacerse el mudo, que pasar por
un noticiero ignorante y fastidioso. No está al alcance de la navaja sa­
tisfacer la curiosidad de la época, El inapelable tribunal de la opinión

AYE R, HOY

Y MA ÑAN A

385

pública ha declarado que los rapabarbas no son los legítimos herederos
de Pajarito.
Las lenguas de Gutenberg se han presentado á reclamar la herencia
del peluquero, y ha sido preciso entregársela sin restricciones ni reservas
de ningún género, salvas sean, en circunstancias dadas, la restricción del
fiscal de imprenta, el sable del pueblo armado, el comisario de policía ó
algún desahogo popular.
Los periódicos pidieron la palabra sobre la tumba del peluquero, y
aún humeaban los restos de su habladora tenacilla cuando vino al mun­
do la gacetilla de la capital, la de provincias y la del extranjero.
Embutidas en el último rincón de los periódicos, estrujadas por los
sermones políticos, acogotadas por las gigantescas peroratas del Parla­
mento y reducidas á la última expresión por las espeluznantes novelas de
los folletines, aparecieron sin nombre de pila, tomando más tarde el de
miscelánea, cajón de sastre, un poco de todo, noticias sueltas y otros por
el estilo.
Entonces iban mezcladas y revueltas en amable desorden las del
barrio de la Citté de París con las del Prado de Madrid y las del Lavapiés con las de los aristocráticos círculos ingleses. Trataban de que
abultaran mucho, y eran pocas para que fuesen numerosos los diversos
grupos en que el sentido común aconsejaba dividirlas; por otra parte, la
época era de movimiento, de desorden, de impresiones fuertes, de con­
trastes visibles y de brocha gorda en suma.
Representábanse en el teatro, y con gran boga por cierto, dramas te­
rroríficos, cuyos cuatro actos pasaban en cada una de las cuatro partes
del mundo, durando la acción á ser posible cuatrocientos años, y á los
aficionados á la gacetilla les gustaba saber á la vez lo que ocurría en
Londres, en Madrid, y en la capital de Francia, pueblos que en aquella
época formaban un solo barrio.
Más tarde, cuando acortadas las distancias por las nuevas carreteras
y los ferrocarriles, hubiese parecido menos violenta la confusión de la
miscelánea, le dió á esta señora la gana de multiplicarse, y saliendo del
estado interesante en que la tenía la abundancia de materiales, dió á luz
las tres hijas siguientes:
La gacetilla de la capital.
La gacetilla de provincias.
Y la gacetilla del extranjero.
Las dos últimas no han tenido sucesión, y siguen hoy tal cual les
parió su madre.
La primera tiene un hijo llamado boletín de espectáculos, de muchas
carnes en invierno y flaco y medio tísico en verano, y una niña que
T omo I I

25

386

ANTONIO FLORES

su madre ha dedicado al comercio, y por esto la llaman cotización de
la Bolsa.
Si en el retrato que de ellas, como de sus compañeras las demás sec­
ciones del periódico, damos á continuación, las ve el lector reirse y aun
decir bufonadas al anunciar un asesinato, y compungirse y poner el grito
en los cielos para pedir que se rieguen las calles ó que se componga el
empedrado, tenga entendido que esto y mucho más lo da de sí el ori­
ginal.
Nosotros no ponemos ni quitamos nada.
El retrato es perfecto y se parece al retratado como una gota de agua
á otra.

A-ño I.

l . ° do O ctu bre de 1 8 5 0

Núm. 325,

EL ASTRO DEL SIGLO

DIARIO POLITICO, LIBERAL, IMPARCIAL É INDEPENDIENTE

Consagrado á la defensa de los intereses comerciales, industriales, militares, artísticos,
literarios, científicos, religiosos y de las clases pobres.
En sus columnas cabe la defensa de todas las opiniones en todas las materias.

ADVERTENCIA IMPORTANTE
Si nuestros numerosos suscriptores no
quieren experimentar retraso en el recibo
del periódico, les rogamos que no se des­
cuiden en renovar el abono antes del día
15 del corriente.

OTRA IMPORTANTÍSIMA
A los que renueven la suscripción, cuan­
to antes les regalaremos el Almanaque
ilustrado, que hemos repartido á los que
nos favorecieron suscribiéndose por todo
el año, ó un retrato perfectamente lito­
grafiado del famoso parricida francés cuyo
proceso está llamando la atención de toda
la Europa culta, ó la preciosa novela titu­
lada Los misterios del Pulmón.

Madrid J.° de Octubre de 1850.
En vano pretenden los órganos asala­
riados del gobierno que descendamos á la
inmunda charca en que ellos se revuel­
ven cantando las alabanzas del Júpiter de
su Olimpo, para manchar nuestras cán­
didas vestiduras con el sucio lodo de los
denuestos, de las injurias y de las perso­
nalidades. No logrará jamás nuestro cole­
ga El Incensario que olvidemos nuestros
antecedentes, ni la misión que hemos
traído á la imprenta periódica, para imi­
tar su lenguaje chabacano y grosero, ni
sus insultos procaces y atrevidos. E l A s ­
tro del S iglo se detendrá siempre al
umbral de la vida privada, y sus jóvenes
redactores no penetrarán nuuca en ciertos
lugares donde les ahogaría la emponzoña­
da atmósfera de crímenes políticos y sa­
carían su rostro salpicado con la sangre
de asesinatos impunes. Nuestro colega mi­
nisterial puede adular á sus dioses cuanto
guste; pero en vano, gigante Polifemo, se
peina y se atusa para fascinarnos y sedu­
cirnos: la oposición, cual otra hermosa
Galatea, será siempre sorda á sus ruegos
ó insensible á sus halagos. La nación es­
pañola no olvidará jamás que este minis­
terio ha sido la causa primordial de todos
los males que sufre, de su descrédito en
el extranjero y de la vergüenza que siente
á sus propios ojos, y no se cansará de re­
petir con Virgilio:

OTBA
l i a n s id o r e c o g i d a s la s
d o s p r im e r a s e d ic io n e s
d e n u e s t r o p e r ió d ic o . S i
e s t a t e r c e r a q u e lia r e ­
m o s , s u p r i m i e n d o lo fin e
n o s lia t a c h a d o e l lá p iz
r o j o d o la I n q u i s i c i ó n
m o d e r n a , c o n o c id a c o n
lile dies primus letl primusque malorum
e l n o m b r e d e iis e a lia do
Causa fu tí......
i m p r e n t a , n o l le g a á m a ­
Y no se nos diga que el espíritu depar­
n o s d e n u e s t r o s s u s c r i p - tido ofusca nuestra razón y que cuando
to i 'e s , l o s r o g a m o s q u e no estamos en el poder todo nos parece
Eso podrán aplicárselo á sí pro­
n o s d i s p e n s e n u n a f a lta | execrable.
los ministeriales ; no á nosotros que
q u e n o lia e s t a d o e n n u e s ­ pios
hemos venido á la arena política sin odios
tr a m a n o e v ita r .
ni pasiones y que jamás hemos ambicio-

388

ANTONIO FLORES

nado ni menos pedido ser gobierno. Pero
por lo mismo que no venimos resueltos á
recoger las riendas del Estado, que mal
que les pese á los órganos ministeriales,
se escapan de las manos de sus patronos,
tenemos mayor autoridad y mejor dere­
cho para juzgar y pedir cuentas á los
hombres de la situación diciéndoles uno
y otro día: «¿Qué habéis hecho, tránsfu­
gas políticos, apóstatas farisaicos, de vues­
tros antiguos lares ó penates? ¡Por ventu­
ra, al renegar do los principios que procla­
mabais desde las filas de la oposición, los
habéis abandonado, para que nosotros,
magistrados romanos, cuidemos de ellos
y les rindamos el culto de que vosotros
les habéis privado!»
Pues no; os engañáis si tal habéis pen­
sado. Mientras vosotros os sentáis famé­
licos ¿ Ja variada mesa del presupuesto,
nosotros adoramos y rendimos culto á los
principios políticos, en cuya defensa no
nos haréis tesar sino después que haya­
mos exhalado el tiltimo suspiro. Y aun
entonces, tenedlo entendido por vuestro
mal, nuestra sangre caería gota á gota so­
bre vuestras cabezas y del fondo de nues­
tros sepulcros brotarían á millares nue­
vos defensores do nuestras opiniones;
porque las ideas, oídlo bien y no lo olvidéis
nunca, las ideas son inmortales como las
hijas de Phorcis y ni siquiera están con­
denadas á envejecer como Medusa.
E T j LIBRE CAMBIO (1)

de todo gravamen para las primeras ma­
terias y artefactos de los demás países.
Hemos dado tal vez demasiada extensión
á este artículo; pero no nos arrepentimos
de dejar consignadas una vez más nuestras
opiniones económicas antes de entrar
en materia, analizando la obra magna de
nuestro famoso ministro de Hacienda. No
queremos que se haga el bu con nuestras
doctrinas, diciéndole al vulgo ignorante
que son peligrosas y nuevas. Nihil novurn
sub solé, queridos proteccionistas; no hay
nada nuevo en el mundo, como no sean
vuestras extravagantes doctrinas, destruc­
toras de todo progreso material, de toda
libertad y de toda civilización.
¿Queréis que os arrojemos á la cara,
para avergonzaros más y confundiros, los
nombres de los sabios economistas que en
la antigua Grecia y en Roma presagiaban
y abrían paso con sus doctrinas al libre
cambio? ¿Nos obligaréis á que os demos­
tremos que, al combatir nuestras opinio­
nes económicas, desconocéis la historia
del comercio y de la industria en los países
civilizados, y estáis siendo la befa y el lu­
dibrio, no sólo de la Europa, sino del mun­
do entero?
Pero no prolonguemos más este artículo
y en los sucesivos iremos demostrando con
razones no menos sólidas que las que de­
jamos expuestas en el presente, la que nos
asiste para exclamar: «¡No más fronteras,
ni más aduanas!» La tierra no tiene otro
límite que el mar, y el mundo no tiene
más fronteras que el espacio.

ARTÍCULO CLXXIV

Antes de entrar á examinar una por
una y con la detención que el asunto exi­
ge las bases del proyecto de ley arance­
laria, presentado por eí gobierno en la an­
terior legislatura, nos permitirá el lector
que continuemos en este artículo las po­
derosas razones que hemos sentado en los
anteriores, al explanar nuestro credo eco­
nómico, fijando, de una vez para siempre,
las causas que nos mueven á pedir la com­
pleta libertad de nuestra industria y el
libre cambio de todas nuestras mercancías
con el extranjero, la introducción exenta
(1) Véanse los números desde el 5.° al 101,
correspondientes á los meses de julio, agosto,
septiembre, octubre, noviembre y diciembre, del
año anterior, y los 102 hasta el 320 de este año.

La sesión que celebró ayer la Cámara
popular ha sido una de las más animadas
de la presente legislatura, y como verían
nuestros lectores en la reseña que publi­
camos á última hora, el triunfo moral ha
sido nuestro, por más que hoy, envalento­
nados con el resultado de la votación,
quieran hacerle suyo los periódicos que
defienden al ministerio. Cierto es, dema­
siado cierto para mengua de España, que
el voto particular fué desechado por 210 vo­
tos contra 9; pero este resultado aritméti­
co no puede desvanecer ninguno de los
terribles cargos que en los diez días que ha
durado la discusión del voto de la mino­
ría han hecho al gobierno los hombres
más notables de nuestro partido, los ora­
dores más ilustres de la Cámara, los maes-

AYER, HOY Y MAÑANA

tros de la verdadera elocuencia parlamen­
taria, que mal que les pese á nuestros
adversarios, lian de confesar que pertene­
cen todos á la minoría.
¡Qué fuerza de argumentación la de
nuestro querido amigo el distinguido ju ­
risconsulto Sr. Pandecta! ¡Qué elocuen­
cia en la frase y qué corrección do estilo
tan perfecta en toda la brillante perora­
ción del eminentísimo poeta Sr. Fernán­
dez! ¡Y qué vigor, qué nervio, qué lógica
tan irresistible la del valiente y entendi­
do general Sr. González! Pero preciso es
confesar que los honores de la discusión
corresponden al orador de la minoría que
ocupó ayer por espacio de tres horas y
media la atención de la Asamblea, entu­
siasmando á las tribunas y anonadando
con su potente voz y con sus irrebatibles
argumentos á todos los ministros, que ante
la inflexible lógica de nuestro amigo des­
aparecían en el banco negro, como si se los
fuera tragando aquella atmósfera de fuego
que formaba la elocuente voz del gran tri­
buno. Nosotros, por una delicadeza que
comprenderán nuestros lectores, no pode­
mos decir una sola palabra en elogio de
ese discurso. Ofenderíamos la modestia de
nuestro querido amigo ó ilustrado direc­
tor Sr. Ramírez. Unicamente diremos
que si á la mayoría de los diputados les
hubiese sido posible votar inmediatamen­
te después de oir aquella brillante per­
oración, el resultado no habría sido dudoso.
El voto particular hubiese sido tomado en
consideración por los mismos que le dese­
charon, cuando el ministro de la Goberna­
ción, con su acento gangoso, con sus ma­
neras chabacanas y con sus frases vulga­
rísimas les recordó el tacto de codos y
trajo á la memoria de los empleados, de
una manera harto transparente, que todos
los meses tienen un día final, y que ese día
es el de la nómina.
Pero ya lo hemos dicho: el triunfo mo­
ral ha sido de los hombres de nuestra co­
munión política. Reciban por ello nuestra
enhorabuena y la gratitud de la patria,
como á estas horas estarán recibiendo los
plácemes de todas las provincias de Es­
paña, y mañana serán la admiración de
Europa.
En el Senado pasaron sin discusión
todos los artículos, desde el l.° al 314 de

.389

la nueva ley de Instrucción pública, y sólo
se hicieron ligeras observaciones al 319 y
al 525 por los señores marqués de B..... y
general R ...... Los demás hasta ei último,
que era el 1985, fueron aprobados sin dis­
cusión. La concurrencia de señores sena­
dores era tan escasa, que no se pudo votar
en definitiva la ley, y se dejó para la pri­
mera sesión, que se avisará á domicilio.
Las tribunas estaban desiertas; todo el
interés se hallaba concentrado en el Con­
greso, donde, como decimos en otro lugar,
ha durado diez días la discusión del voto
particular sobre las actas de ultra tumba,
como gráficamente las llamó el ilustrado
director de nuestro periódico Sr. Ra­
mírez, aludiendo á los muchos electores
difuntos que aparecen haber votado en
pro del candidato ministerial.
La abundancia de materiales nos obliga
á retirar un extenso artículo que había­
mos escrito examinando desde el punto de
vista de nuestros principios políticos la
situación dificilísima que atraviesa la Eu­
ropa, y que tiene justamente preocupados
á todos los grandes diplomáticos del mun­
do, menos á nuestro sabio Metternich, el
serio, profundo y estupendo ministro de
Estado; pero aunque dejemos para maña­
na la publicación de ese importante artí­
culo, en el cual damos una solución radi­
cal á todas las cuestiones pendientes, no
podemos dispensarnos de llamar toda la
atención de nuestros suscriptores hacia los
gravísimos despachos telegráficos que in ­
sertamos en otro lugar.
Es cosa segura que hablará por fin en
la discusión del proyecto de contestación
al discurso de la Corona el jefe de la m i­
noría del Congreso. ¡Pobre ministerio!
Ya no es D. Pedro Fernández, sino don
Juan Gutiérrez, la persona designada para
la vacante ocurrida en el Consejo. Con este
cambio de nombres ha creído el gobierno
conjurar la tormenta. ¡Siempre lo mismo!
Parece que el gobierno tiene en su poder
el decreto de disolución del Parlamento,
y que hará uso de él en la sesión de hoy,
si no le es favorable la votación en la auto-

390

ANTONIO PLORES

rización que ha pedido para cobrar las grandes pueblos conozcan las verdaderas
contribuciones sin estar aprobados los necesidades de sus súbditos.
presupuestos.
Podemos asegurar á nuestro apreciablc
Se dice que la minoría va á presentar colega
Los cuatro vientos que el candida­
un voto de censura contra el gabinete. En to
que reúne más probabilidades de éxito
la tardanza está el peligro.
en el distrito vacante en Barcelona no es
D. José García, sino D. Juan Pérez. Diferen­
A pesar de lo que decimos en otro lugar, cia va y grande de uno á otro personaje.
podemos asegurar que no se oirá por fin la
elocuente voz del jefe de la minoría en la Leemos en el Diario de los hombres de
presente legislatura. Peor para el Gobierno. bien:
«D. Pedro Fernández insiste en la dimi­
que ha presentado de su destino, y el
Parece que el señor López no ha mani­ sión
parece decidido á admitírsela.»
festado aún á sus amigos la conducta po­ gobierno
decimos:
lítica que piensa seguir en las Cortes, y Y¡Anosotros
que si es cierta la primera parte de
esto tiene .justamente alarmados y confu­ esta noticia
falsa la segunda! ¡Pues no
sos á los electores que acaban de honrarle faltaba más es
hacer dimisión cuando se
con su voto, en vista de sus antecedentes sabe que hanque
de admitirla!
y del programa político con que se pre­
sentó en las urnas.
Los diarios ministeriales han recibido
y seña de los patronos, para ne­
Hay quien dice que es posible, y hasta elgarsanto
un día y otro con marcada insisten­
lo afirma anoche un periódico, que el sub­ cia que
trata de dar un golpe de gra­
secretario del ministerio de la Goberna­ cia á lasseactuales
Cortes; pero la Gaceta
ción salga el verano próximo á tomar las se encarga de desmentir
á nuestros bien­
aguas de Panticosa.
aventurados colegas. El Diario oficial
se ha convertido hace días en un verda­
Digan lo que quieran los órganos asa­ dero periódico de oposición. No se nece­
lariados de la actual situación, el ministe­ sita tener una gran práctica en esta clase
rio no podrá resolver la cuestión Fernán­ de negocios para saber que se acerca la
dez Rodríguez y tendrá que dejar el puesto. | hora final de esta apenas nacida represen­
tación nacional. Si los recientes cambios
llevados á cabo en el personal de los go­
El príncipe heredero de China, que como biernos de provincia nos dejaran alguna
saben nuestros lectores viaja de riguroso duda de que se está elaborando el decreto
incógnito por los estados alemanes, bajo de disolución, las edificantes circulares
el título de marqués de la Solapa, está que aparecen hoy en la G aceta ven­
siendo objeto en todas partes de las más drían á iluminar nuestra inteligencia en
vivas demostraciones de aprecio y de sim­ este asunto. El respectivo celo que les ha
patía. Iluminaciones, fuegos artificiales, entrado, á los secretarios del despacho
grandes banquetes, paradas y toda clase por hacer ver que el país está bien go­
de obsequios le siguen constantemente, bernado, encargando á sus subalternos
haciéndole las autoridades los honores de­ lo que forma el abecé de toda buena ad­
bidos á su alto rango; pero S. A. R., de­ ministración y lo que antiguamente por
cidido á conservar el incógnito, hace reti­ sabido se callaba, todo indica que se le va
rar en todas las ciudades la guardia de á decir al país que mande otros represen­
honor que le ponen á la puerta de su alo­ tantes, porque los que hay no gustan de­
jamiento. Parece que con igual secreto se masiado. Y á pesar de todo parece impo­
propone el futuro emperador de China vi­ sible que aún se le antoje al gobierno poco
sitar sus dominios. Esta es la única ma­ dócil la actual mayoría. Mucho tememos
nera de que los que han de regir un día que este alarde de fuerza le cueste la vida

AYER, HOY Y MAÑANA

391

y que sobre su sepulcro nos veamos obli­ ESPIRITU DE LA PRE3STSA.
gados á escribir este epitafio:
«Aquí yace un español
que estando bueno quiso estar mejor.»

DIARIOS DE LA MAÑANA

El Ventilador independiente consagra
el primero de sus artículos de fondo á
El nuevo alcalde de la aldea de Ronqui­ combatir el decreto que apareció en la
llo ha tomado posesión del cargo.
Gaceta, organizando y dando nueva plan­
ta á las oficinas de Hacienda. Después de
recordar nuestro apreciable colega que ese
es el cuarto que se ha hecho en
Ha llegado á esta corte el Sr. D. Gil arreglo
más de medio año en esa secretaría
García y Gil, secretario del celador de poco
despacho, demuestra con razones irre­
policía del Centro. Antes de tomar pose­ del
batibles
oprobioso para
sión de su destino tuvo una larga confe­ el país, noquepores laaltamente
distribución de negocia­
rencia con su jefe. No hemos podido ave­ dos, que no le parece
ni mala ni buena,
riguar nada de lo que pasó en ella.
sino por los nombres de las personas ele­
gidas para desempeñarlos. Según asegura
El Ventilador haber oído decir á persona
El Incensario, periódico ministerial, lia bien informada, la nueva secretaría se
oído decir que el simpático y elocuente di­ compone en su mayor parte de amigos y
putado Sr. Pérez acepta el destino para
del ministro: la nómina, dice con
que acaba de ser nombrado. Nosotros parientes
mucha gracia nuestro cofrade, será el árbol
hemos oído decir todo lo contrario. Para genealógico
del jefe de la dependencia.
verdades el tiempo y para inventar papa­
rruchas los órganos del ministerio.
También El Incensario se ocupa de
ese decreto, pero lo hace para elogiarle,
alzando hasta las nubes el talento del mi­
La Menesterosa dice en su número de nistro, por la nueva prueba que ha dado
ayer lo siguiente:
del tacto y de la imparcialidad con que
«Las fiestas que acaban de pasar han sabe rodearse de las verdaderas eminen­
estado muy animadas en todas las pro­ cias administrativas para la gestión de
vincias, sin que hasta ahora tengamos no­ los negocios públicos.
ticia de que se haya turbado el orden en Nuestro colega ministerial tiene valor
ninguna de ellas.¡Esmucha sensatezlade para concluir el ditirambo de tres columnas
nuestro pueblo! ¿Qué dirá la oposición?» que le inspira el citado decreto, con estas
Tan sensato es el pueblo, añadimos nos­ repugnantes palabras, que ponen una vez
otros, como falto de sentido es el periódi­ másde manifiesto su deplorable venalidad:
co ministerial. ¡Qué apostamos á que quie­ «Siga el señor ministro la gloriosa senda
re que hagamos una suscripción para que se ha trazado en los breves días que
acuñar una medalla en honra del ministe­ lleva en el poder, y no tenga duda alguna
rio, por la sensatez de las provincias que de que con decretos como el de ayer se
ganará el aprecio de los hombres honrados
cuando se divierten no se matan!
de todos los partidos y colocará su nombre
al lado del de los más distinguidos hacen­
El mismo periódico dice en otro lugar: distas de Europa.»
«El orden continúa inalterable en todas
las provincias de España.»
E l Suspiro popular la toma otra vez
Quedamos enterados. ¡Cuánto mejor con los apóstatas de su partido, á propó­
sería que en el artículo de oficio que pu­ sito de haber sido colocado por este go­
blica la Gaceta para informarnos del es­ bierno un juez de primera instancia que
tado de salud del monarca, se añadiera: estaba cesante hacía doce años, y con este
«del mismo beneficio disfruta la tranqui­ motivo escribe un largo artículo, notable
lidad de las provincias!» No tienen precio por la elegancia de la frase, por lo vigoro­
estos ministeriales.
so del pensamiento, por lo muy nutrido

392

ANTONIO

de verdadera doctrina liberal y por la
abundancia de citas históricas.
He aquí las brillantes palabras con que
nuestro colega político encabeza su trabajo:
«Rom a rasgó su púrpura imperial cuan­
do los bárbaros hollaron su diadema au­
gusta; pero no sucumbió á las corruptoras
seducciones de los poderosos que querían
esclavizarla como único medio de rendirla,
y prefirió sepultarse entre las ruinas del
Panteón y del templo de Vesta, á arras­
trar una vida de placeres entre el oprobio
y la ignominia de los siglos venideros.»
La Sabiduría conservadora continúa su
polémica con El Rumor liberal, y concluye
su artículo con estas palabras, que no
creemos tengan una contestación pacífica
al estado que han llegado las cosas entre
ambos periódicos:
«Después de lo que dejamos dicho, no
espere nuestro colega que añadamos una
sola palabra para contestar á las procaces
y groseras frases que nos dirige en su ar­
tículo de ayer, el cual se distingue tanto
por la cobardía del ataque como por lo
chabacano y soez de la forma en que apa­
rece escrito.»
El Eco del algodón publica su artícu­
lo 95 contra el libre cambio, y concluye
con la siguiente herejía política:
«La libertad es algo, pero no loes todo.»
PERIÓDICOS DE LA TARDE

La Vespertina continúa paseándose por
los espacios imaginarios de sus ideas re­
trógradas, y como si ya hubiera llegado el
día de su dominación absolutista, nos dice
que sus prohombres nos perdonarán la
vida, contentándose con extrañarnos cuan­
do mucho del reino. A nosotros nos hacen
reir las utópicas baladronadas del colega
servil; pero no podemos menos de llamar
la atención del gobierno, que cada día pa­
rece más indiferente al gran peligro que á
todos nos amenaza.
El Eco nocturno la toma de nuevo con
nosotros, y á sus palabras daremos una
contestación cumplida y digna de nuestros
antecedentes en el número próximo.
El Abanico sigue haciendo aire al mi­
nisterio y asegura que antes de fin de mes
habrá dejado de existir, no por los esfuer­

EÍ.ORER

zos de los partidos, sino por la incapaci­
dad de sus propios individuos.
También La Desconfianza y El Espíritu
de partido hablan de crisis y dicen que es
indudable la caída del ministerio. Y a di­
jimos nosotros á su tiempo que esta situa­
ción nacía muerta.
PARTE O FIC IAL
de la G-aeeta

Precedido de un largo preámbulo, en el
que se trata de demostrar con una pala­
brería insoportable y fatigosa que el pue­
blo paga muy pocas contribuciones y que
el gobierno se quedó corto al fijar en el
presupuesto general del Estado el crédito
destinado á las eventualidades del mate­
rial de guerra, se concede al ministro del
ramo un crédito de tres millones de reales
como suplemento al capítulo 99, art. 50,
sección primera del presupuesto del co­
rriente año.
Asimismo inserta el Diario oficial una
larga lista de promociones en el ejército,
que hoy no publicamos por falta de es­
pacio .
Por la misma razón aplazamos para otro
día la inserción de varios decretos de Gra­
cia y Justicia, trasladando á algunos ma­
gistrados, declarando cesantes á otros y
nombrando cuatro de nueva entrada en la
carrera judicial.
El tan anunciado arreglo de la secreta­
ría de Gobernación viene también en la
Gaceta, encabezado con un pomposo
preámbulo, en que pretende probar que,
con la nueva nomenclatura de los negocia­
dos y los nombres de los recién agracia­
dos, los negocios van á marchar viento en
popa.
La gran abundancia de materiales de
interés nos impide reproducir por hoy ese
estupendo trabajo, y sólo diremos que han
sido separados de sus destinos, quedando
S. M. muy satisfecha de lo bien que los
desempeñaban y proponiéndose utilizar
sus servicios, los Sres. Pérez, Fernández,
García y Gutiérrez, y nombrados en su
lugar, en atención á los méritos que les
distinguen, los Sres. Gómez, Rodríguez,
Díaz y Jiménez.
Por el mismo ministerio se publica una
circular pasada á los gobernadores de pro­
vincia en que se les manda remitir un es-

AYER, HOY Y MAÑANA

tado detallado de todas las obras provin­
ciales que crean de más urgente necesidad
en los respectivos distritos de su cargo.
El ministro de Gracia y Justicia publica
otra circular exhortando á los presidentes
de las audiencias para que activen todas
las causas de oficio que haya pendientes
en todos los juzgados de su dependencia,
remitiendo al gobierno una nota de todas
las que se hallen en tramitación.
Otra circular publica el ministerio de
Hacienda encargando que los recaudado­
res de las contribuciones guarden á los
contribuyentes todas las atenciones com ­
patibles con el servicio público y con los
intereses del Estado.
También por el ministerio de Fomento
se pide con urgencia noticia del estado en
que se encuentran los institutos, escuelas,
academias, bibliotecas y demás estableci­
mientos dependientes de la Dirección de
Instrucción pública, encargando á los go­
bernadores que den á este ramo de la go­
bernación del Estado toda la preferencia
compatible con los demás servicios del
mismo ministerio.

CORTES
CONGRESO DE DIPUTADOS

Sesión del día l.° de octubre
PRESIDENCIA DEL SEÑOR GUTIÉRREZ
FERNÁNDEZ

Abierta á las dos y media y leída el
acta de la anterior, se pidió por cinco se­
ñores diputados que se aprobase en vota­
ción nominal, y no habiendo suficiente nú­
mero de diputados presentes, el señor
presidente encareció la puntual asistencia
á las sesiones y levantó la de este día, ci­
tando para mañana á las dos en punto.
SENADO

Sesión del día 1 ° de octubre
PRESIDENCIA DEL SEÑOR DUQUE
DE LA BENEVOLENCIA

Abierta á las tres menos cuarto y leída
el acta de la anterior, que fue aprobada,

393

se dió cuenta de varias comunicaciones
de los señores marqués de la Prosperidad,
conde de la Inteligencia, barón del Mila­
gro, duque de la Filantropía, general Tre­
menda, cardenal arzobispo y Sres. Pé­
rez, García, López, Fernández, Ruiz, Gu­
tiérrez y González, en que excusaban su
falta de asistencia á la sesión por hallarse
sufriendo respectivamente catarros, toses,
asma, gota y otros padecimientos propios
de la estación.
El Sr. Díaz pidió la palabra para anun­
ciar una interpelación al gobierno sobre el
mal estado en que se encuenti’a el camino
vecinal de su pueblo, y no hallándose pre­
sente el señor ministro de Fomento, con­
testó el de Marina que lo pondría en co­
nocimiento de su compañero y se señalaría
día para que explanase la interpelación el
señor senador.
Se dió cuenta de los dictámenes de las
comisiones nombradas para los proyectos
de ley de reemplazo, de minas, de instruc­
ción pública, de sanidad y de bancos agrí­
colas, y ocupando la tribuna el señor mi­
nistro de la Gobernación de gran uniforme,
leyó un proyecto de ley sobre ayuntamien­
tos, otro sobre diputaciones provinciales
y otro sobre imprenta.
Se mandaron imprimir dos dictámenes
de las comisiones para repartirlos á los
señores senadores, y no habiendo otros
asuntos de que tratar se levantó la sesión,
advirtiendo que para la próxima se avisa­
ría á domicilio.

DESPACHOS TE LE GRA FI COS
Meclclembourg■Strelitz, 28.— El viaje del
gran duque á las aguas de Colonia no ca­
rece de misterio. El gobierno inglés parece
que no es extraño á este viaje de salud.
Gran ducado de Hesse y de Prusia, 28.
— La casa de Staatsanzeiger-Hohenzollerveng ha presentado proposiciones para la
construcción del ferrocarril de Giesen. El
material vendrá de Inglaterra.
Constantinopla, 27.— Toma crédito el
rumor de que Inglaterra defenderá á la
Puerta desinteresadamente. Se han apro­
bado las bases para un empréstito con al­
gunas casas inglesas.

394

ANTONIO FLORES

San Petersburgo, 28. - Aquí se prepara
con todo sigilo un golpe de mano contra
la Puerta Otomana. Antes de seis meses
estará corriente el primer cuerpo expedi­
cionario, que asciende á trescientos mil
hombres. El embajador inglés tiene fre­
cuentes conferencias con el emperador.
Wurgbourg, 27.— Se ha perdido la cose­
cha en las villas anseáticas de ILolsteinLanenbourg y Luxembourg. Los consejos
federales han votado que el país se ponga
eu qoie de guerra. Esta medida ha causado
buen efecto. Los ingleses nos apoyan.
Londres, 29.— Hay grandes probabilida­
des de un rompimiento con Francia, des­
pués que se haya publicado el folleto que
piensa escribir el barón de la Paix á pro­
pósito de la cuestión china. Se ha celebra­
do un meeting numerosísimo para pedir
al Parlamento que adopte una ley contra
el maltrato que se da á los caballos por
algunos alquiladores de carruajes. El ham­
bre de Irlanda es horrorosa.
París, 29.— Las relaciones con Inglate­
rra son hoy más cordiales que nunca. Se
ha decretado el armamento de trescientos
mil hombres y la construcción de diez fra­
gatas de guerra. Se espera con ansiedad
la publicación de un folleto dando una so­
lución á la cuestión china.
Viena, 28.— La baja de los fondos es
cada día mayor. Se eleva la cifra del ejér­
cito á seiscientos mil hombres de todas
armas. Hay temores de que se retire el
ministro inglés.
Lisboa, 29.— Los periódicos del gobierno
aconsejan á éste que tome una actitud
imponente y enérgica en vista de los gra­
ves sucesos que ocurren en Europa. Se ha
celebrado un tratado de comercio con In­
glaterra, onerosísimo para Portugal.
París, 29.— Los fondos han tenido una
subida considerable. A última hora se ha
hablado en la Bolsa del próximo enlace del
príncipe Olindo Melensinkrouff-Otteenstein-Stuckpen, heredero del ducado de
Wanhembergen sur Ortempgen, con la
duquesa Sofía Richmanfank, hija del prín­
cipe Ponniowski, sobrina del archiduque
Babenhausen, presunto heredero del prin­
cipado de Dobrowiski. La diplomacia se

agita mucho con motivo de este enlace y
se teme una gran perturbación europea.
Si llega ese caso, Inglaterra mediará.
Berlín, 28.— El ministro de Negocios
extranjeros se niega á explicar las palabras
que pronunció en el banquete del embaja­
dor austriaco, y se tiene por seguro un
rompimiento entre ambos países. La In ­
glaterra ha ofrecido sus buenos oficios.
París, 30.— Acaba de llegar la compañía
anglo-americana que ha de trabajar en el
Circo. Se vuelve á hablar de una expedi­
ción á Turquía. Ha estallado una gran
tempestad. Iiay noticia de muchas des­
gracias. Las autoridades no descansan. En
el teatro de la ópera debuta hoy la célebre
Gorgoritini.

CRÓNICA DE PROVINCIAS

Las Batuecas, 21 de septiembre.— Ya ha
llegado el caso de que no podamos salir de
la población sin la seguridad de ser roba­
dos y asesinados. A los crímenes de que
hablé á usted en mis anteriores, debo aña­
dirles uno que tiene justamente conster­
nados á todos los habitantes de esta. Tres
caballeros ingleses, que estuvieron aquí de
vuelta de Casa Blanca y que según decían
salieron en busca de emociones hacia la
sierra del Páramo, fueron acometidos por
cuatro ladrones que, retirándolos de la ca­
rretera les maltrataron y robaron, deján­
dolos desnudos y atados de pies y manos.
La guardia civil, que tan buenos servicios
está prestando desde su institución, ha
salido en busca de los malhechores y se
espera que logre darles alcance, á pesar
de que el terror que infunden en el país
hace que los labradores honrados no se
atrevan á declarar, facilitando así su fuga.
Este suceso y los recientes asesinatos
del cura de la Cañada y del alcalde de Re­
tamar tienen consternados los ánimos de
estos pacíficos habitantes.
Tampoco este año ha llovido y nos que­
damos sin cosecha. La miseria es cada día
más espantosa, y si el gobierno no toma
una disposición enérgica, Dios sabe lo que
sucederá. Los comisionados de apremios
comen y beben, mientras los infelices con­
tribuyentes emigran á cientos.

AYER, HOY Y MAÑANA

395

Ya tenemos en esta al nuevo goberna­ ron grandes servicios á la causa del minis­
dor, que se ha captado las simpatías de terio. Esperamos con ansiedad la llegada
todas las personas sensatas por sus pri­ del nuevo jefe, cuyos honrosos anteceden­
meros pasos y por los gratos recuerdos tes y su recto proceder en las Batuecas le
que ha dejado en Jauja. Su antecesor ha harán digno del aprecio de este pacífico
salido de aquí sin que nadie fuera á des­ vecindario.
pedirle, á excepción de tres ó cuatro adu­ Es probable que no haya elección, por­
ladores, especie de consejeros que tuvo en que, á excepción de los candidatos y délos
su funesta administración. Nos da com­ agentes de la autoridad, que andan be­
pasión la provincia de Jauja donde va biendo los vientos por recoger votos, nadie
acudirá á las urnas.
trasladado.
La proximidad de las elecciones para Ha llovido con tanta abundancia que se
diputados á Cortes nos ha traído una ha podrido la sementera y los labradores
nube de pájaros de mal agüero que ya em­ quedarán reducidos á la última miseria.
piezan á hacer de las suyas, indagando los Hay hombre que para el pago de la con­
descubiertos de la contribución y haciendo tribución ha vendido hasta el último jer­
otras habilidades por el estilo. En un solo gón que le quedaba.
Un asesinato más tienen ustedes que
distrito se presentan doce candidatos.
(De nuestro corresponsal.) añadir al largo catálogo que diariamente
publican y cuyos pormenores son verdade­
Jauja, 26.—El domingo salió de esta ramente horribles. Otro día hablaré de este
ciudad con dirección á las Batuecas nues­ suceso, envuelto en un profundo misterio.
tro famoso y nunca bien ponderado gober­ Llamamos toda la atención de nuestros
nador, de cuya funesta y desacertada ad­ lectores hacia las graves noticias de París
ministración conservará Jauja un tristísi­ que publicamos en otro lugar. Hoy no te­
mo recuerdo. Nadie le ha visitado, y al nemos espacio para decir otra cosa acerca
subir á la diligencia le acompañaban úni­ de ellas, sino que vea el gobierno cómo se
camente el secretario del gobierno, el co­ acerca la gran perturbación europea que
misario de policía y dos sujetos de mala tantas veces hemos anunciado y contra la
nota que en las pasadas elecciones presta­ cual estamos enteramente desprevenidos.
FOLLETIN

LAS MANCHAS DE LA SANGRE
o

LAS DIEZ Y NUEVE HIJAS DEL VERDUGO
NOVELA SOCIAL
e s c r it a e n f r a n c é s p o r M r. A . B. y t r a d u c i d a a l c a s te ll a n o p o r e l S r. D. C. D.

T O M O XV. —L I B R O 29
EL PATÍBULO

( Conclusión del capitulo X X X V )

más!—dijo la joven con transporte de ver­ A ese tiempo se oyeron tres rudos gol­
dadero delirio.
pes en la puerta de la calle, y en el inte­
Y cayó desmayada en los brazos de Ar­ rior de la casa se hizo escuchar el disparo
turo.
de una arma de fuego.

39G

ANTONIO FLORES

El conde de la Pesadumbre se asomó á
la puerta de la cámara de vestir de Elisa.
¡Su mirada era de fuego.
Sus dientes rechinaron.
Sus brazos se contrajeron.
Arturo palideció.
La joven parecía profundamente dor­
mida.
CAPITULO X X X V Í
UN PRÍNCIPE QUE VIA JA DE INCÓGNITO. Ó
DE CÓMO EN UN BAILE PUEDE HACERSE
ALGO MÁS QUE BAILAR.

La puerta cedió.
El hombre de la capa negra entró en el
cementerio, sin darse cuenta de que al­
guien le seguía.
Las dos damas tapadas se detuvieron
junto á la cruz de piedra.
Hacia cada vez más obscuro.
La tempestad caminaba en pos del des­
almado mancebo, que, como sabe el lector,
vagaba sin descanso desde la memorable
madrugada del día 12 de enero de 18.....
Doce días se habían cumplido desde que
el terrible Mataquince almorzó opípara­
mente en el cabaret del Gato Blanco en
compañía de sus des víctimas, y bien puede
decirse que en su boca no había vuelto á
entrar bocado alguno ni sus miembros ha­
bían tenido el menor reposo.
El hambre, el cansancio y sobre todo la
sed estaban á punto de rendir á aquella
alma de hierro, aute cuya horrible ñgura
se cerraban todas las puertas cuando halló
abierta la del cementerio.
Pero ¿qué iba á hacer allí donde preci­
samente estaban enterradas las dos últi­
mos víctimas de su brutal ferocidad? ¿Le
arrastraba el destino á morir sobre la
tumba de ellas? ¿Iba por su propia volun­
tad á implorar el perdón del cielo sobre el
sepulcro de aquellas infelices mujeres, ó
entró en el cementerio por ser el único lu­
gar en que nadie le impediría entrar?
Nada de eso, lector. Ninguna de esas
cosas explica la presencia de Mataquince
en el cementerio.
Las mujeres que le seguían, sin ser vis­
tas de él, lanzaron una estridente carca­
jada, que retumbó de una manera horrible
en los cóncavos huecos de los sepulcros
Mataquince creyó que los muertos le
saludaban, y llevando la mano á la gorra,

que cubría su inmunda cabeza, contestó
con una sonrisa aterradora.
¿Quiéneseran aquellasdamas?¿Quó bus­
caba allí aquel hombre?
Ya lo diremos más adelante.
Volvamos ahora al baile del príncipe
Alfredo, donde nos aguarda la enamorada
pareja de los jóvenes desposados, objeto do
la brillante ñesta que tenía lugar en el
gran palacio de ias Privaciones.
Nada más grandioso ni más magnífico
que aquellos salones, sobre cuyas paredes,
tapizadas de brocado de seda y molduras
doradas, se vertía á torrentes la abrillan­
tada luz de millares de bujías, colocadas
en ricas arañas de cristal y bronce.
Cada sala ofrecía un nuevo encanto, y en
todas ellas se respiraba el lujo, la esplendi­
dez y el buen gusto de los príncipes, que ha­
bían dispuesto el decorado de todas ellas.
Fantástico era por demás el conjunto
que ofrecían aquellas masas de riqueza y
de buen tono, y la alegría y la satisfacción
se reflejaban en los semblantes de todos
los convidados.
Pero los desposados eran objeto de la
atención general y todas las miradas esta­
ban fijas en la joven duquesa del Consue­
lo, que ruborizada bajaba los ojos al suelo,
retirando su hermosa mirada sobre la
blanca alfombra, como si la pureza de
aquel pavimento fuera un digno espejo del
purísimo cendal, que como los blancos pé­
talos de la azucena cubría su inocente co­
razón de niña.
¡ O h! ¡ Que estaba hermosa la pobre huér­
fana con su traje de moaré blanco, guar­
necido de riquísimos encajes y salpicado
de jazmines y de azucenas, y su riquísima
corona ducal, toda tachonada de brillan­
tes, sobre la cabeza!
El duque la miraba sin cesar y no se
apartaba de ella un solo momento, exci­
tando así las picantes burlas de los convi­
dados, entre los cuales se distinguían,
como adivinará el lector, el banquero Lemaitre y Mad. Chicard.
— No es todo oro lo que reluce—dijo
esta última, hablando en voz baja con el
banquero.
— ¿Por qué lo decís vos?
— ¿Estáis ciego?
— ¡No, pero no veo!
— ¿No veis que el duque tiene el aire
sombrío?

AYER, HOY Y MAÑANA

397

joven, que quiso huir horrorizada, y diri­
— Sí, pero eso es natural.
giéndose al duque le dijo:
— ¡Natural en una noche de novios!
— Hoy me toca á mí acompañar á la du­
— Claro está que sí; le tenemos en ber­
quesa. ¿No es verdad que sí?....
lina.
Y viendo que el duque permanecía en
— Valiente cuidado le da á él de ningu­
silencio y que la pobre niña se refugiaba
no de nosotros.
toda temblorosa en sus brazos, añadió:
— ¿Pues de quién?
— ¡Es posible que aún no me hayas re­
— Mirad—dijo Mad. Chicard.
Y señaló con el dedo hacia un hombre conocido, mi querido A le ....!
El duque no le dejó acabar este nombre,
altoyseco.de edad como de cincuenta años,
y con gran turbación se apresuró á darle
que estaba detrás de la joven duquesa.
la mano.
— Bien, ¿y qué?— dijo el banquero.
— Hazme el honor de presentarme á la
— Mirad— volvió á decir secamente maseñora duquesa—dijo sonriendo el fan­
dame Chicard.
Y el banquero observó que aquel hom­ tasma.
bre marchaba siempre detrás de la duque­
— Amelia—dijo el duque balbuceando y
sa, siguiendo los movimientos de ésta con pálido como el alabastro,— tengo..... el ho­
tal regularidad, que no parecía sino que nor..... de presentarte....... á.....
—A su hermano el mayor—interrumpió
ambos formaban una sola persona, ó mejor
aún, que aquel enlutado señor era la som­ el caballero de lo negro,— príncipe de la
bra de la joven desposada.
Providencia y esclavo vuestro, señora.
Pero esto era horrible imaginarlo, por­
Y volvió á ofrecer el brazo á la joven
que ella era hermosa como la primera al­ duquesa, viéndose ésta obligada á aceptar­
borada del amor, blanca como la ilusión lo por la aquiescencia de su esposo á las
no marchita por el desengaño y esbelta y palabras de su hermano el mayor.
flexible como el pensamiento juguetón del
El cual, después de haber bajado la es­
primer deseo; y él era repugnante y feo calera, dirigiendo á la duquesa las más
como la imagen del vicio, negro como el afectuosas galanterías, entró solo con ella
último remordimiento, y se movía con du­ en un carruaje que partió á escape, sin
reza y de una manera automática, como que el duque hiciera el menor esfuerzo por
el hombre que camina tras del postrer seguirle.
pecado.
Las personas que habían presenciado la
Así lo comprendían todos los asistentes extraña escena que dejamos referida, se
al baile del principe, que, gracias á la ma­ perdían en conjeturas absurdas, exclaman­
ligna intervención de Mad. Chicard, ya do todos á la vez:
no miraban á la joven duquesa, sino que
— ¡ Son hermanos y no se conocían!
no apartaban su vista del fantasma que la
— ¿Por qué no se habrá descubierto al
seguía á todas partes, y cuya repugnante llegar al baile?
mirada se encontraba con la del duque
— ¡Un príncipe!
con más frecuencia de la que éste hubiera
—¿Por qué se turbaría tanto el duque?
deseado.
— ¡Aquí hay misterio!
— ¿Quién es ese hombre?—fue la pre­
Nosotros sólo diremos que todo se ex­
gunta que sucesivamente se vinieron ha­ plicará en los capítulos sucesivos.
ciendo unos á otros todos los convidados.
Nadie contestó.
CAPITULO X X X V I I
El príncipe, sin cuyo permiso nadie po­
día haberentrado allí, tambiénloignoraba. LA TRENZA DE PELO Ó LA M ISERIA DE LAS
Al terminarse el baile, que duró menos | CLASES POBRES Y LA CORRUPCIÓN DE LOS
de lo que los convidados se habían prome­
PODEROSOS.
tido por los rumores y la agitación que
produjo el enlutado y misterioso caballe­
En el reducido y lóbrego aposento de la
ro, el duque se dirigió á ofrecer el brazo á desgraciada familia Philipón reina cada
su joven esposa.
vez mayor miseria, y el hambre cierne soPero se interpuso la sombra, y con una j bre aquellos infelices sus negras alas, como
sonrisa que hacía doblemente horrible su bate la fortuna las suyas de oro en el pa­
repugnante figura, presentó el brazo á la lacio de los poderosos.

393

ANTONIO FLORES

Quince días han transcurrido desde que —espérate que pronto va á amanecer y yo
vimos salir de aquel pobre templo de la te daré pan.
virtud al poderoso marqués de la Incons- . —¡Sí, pronto amanecerá—repitió con iro­
tancia, cargado con el oprobio de su ver­ nía el padre—y tu hermana llevará la san­
güenza y con el oro con que en vano había gre que ha sudado esta noche para que se
querido corromper á aquellas honradas la compren por un puñado de cobre! La
dirán que vuelva mañana á saber si el tra­
criaturas.
La virtud de los pobres es inquebran­ bajo es de recibo, y si lo es se lo pagarán
mezquinamente dentro de tres días;mien­
table.
El lector lo ha visto al examinar las tras tanto.....
grandes, las horribles privaciones que su­ M. Philipón no pudo continuar ha­
fría la familia Philipón y todas las de blando, porque su esposa le interrumpió,
su clase en los populosos centros de la mi­ diciéndole que no afligiera á las niñas
ni desesperara por completo de la Provi­
seria en París.
Veamos el cuadro que ofrecen en estos dencia Divina.
momentos los principales héroes de nues­ Y en silencio pasaron el resto de la no­
che hasta que amaneció, y Agripina, que
tra historia.
Es de noche. Agripina, el ángel de la había concluido su labor, salió á la calle
virtud y de la hermosura, como la llaman acompañada de su pequeño hermano.
en el barrio, está sentada sobre un tosco Poco tardó en volver con semblante ri­
cajón de pino, bordando con afán una ca­ sueño, aunque agitada y tosiendo por el
misa, á la débil luz de una vela, que arde cansancio de la escalera, y después de ha­
entre los dedos de un pobre niño de esca­ ber repartido entre todos el pan que traía,
entregó á su padre dos monedas de veinte
sos cuatro años de edad.
A su lado, sentados sobre el duro suelo, francos cada una.
se hallan M. y Mad. Philipón y dos niñas, —Agripina—dijo M. Philipón alzándo­
se en pie y mirando á su hija con espanto.
la mayor de tres años.
En un rincón del aposento se ve el cadá- | —¿Qué es esto?.... ¿Quién te ha dado este
ver de una niña de seis años, tendido sobre { dinero?.... ¿De dónde has sacado todo este
oro?....
un puñado de pajas.
Un silencio profundo reina en aquel lu­ La joven bajó ios ojos al suelo y no acertó
gar de miseria y de desgracia, y sólo se á responder una sola palabra.
oyen de vez en cuando los sollozos de la M. Philipón arrojó las monedas al suelo
pobre madre, que no aparta la vista del y dijo:
sitio en que yace su hija, á quien el día —¡Pronto, dilo pronto, yo necesito saber
anterior vió expirar de hambreen sus pro­ quién te ha dado ese oro que me abrasa las
manos!
pios brazos.
—Calla, no llores—le dice M. Philipón. — Pues bien, papá, ya que usted quiere
-¡A h, hija de mi alma!—exclamaba j »saberlo, sea—dijo Agripina.
Y quitándose la papalina enseBóásuspa­
llena de angustia la pobre madre.
—No turbes el sueño á los vecinos—vuel- j dres la cabeza, desnuda de la hermosa tren­
ve á decir M. Philipón.—Tú eres pobre y za de pelo que causaba la admiración y la
los pobres no deben molestar á los ricos. \ envidia de las gentes.
Acuérdete de lo que nos sucedió cuando se | —¡Dios mío!—gritó la madre.—¡Yo no
murió tu madre.
tengo fuerzas para tanto!
—¿Qué fué lo que sucedió?—dijo el niño j —Con este dinero—añadió Agripina es­
que servía de candelero.
forzándose por sonreír—podremos pagar
—Nada—replicó el padre,—más vale el entierro de mi pobre hermanita y com­
que no lo sepas; harto aprenderás con lo prarle una corona de siemprevivas y darle
que estás viendo.
algo al casero y.....
—Quiero pan—dijo una de las niñas, ti­ A este tiempo llamaron con violencia á
ritando de frío sobre aquel desnudo pavi­ la puerta del aposento.
mento.
Era un agente de policía que venía á
—Espérate un poco—contestó Agripina buscar á M. Philipón con el ñu de condu­
con voz débil é interrumpiendo sus pala- I
c e continuará )
bras una tos seca que destrozaba su pecho; i

AYER. HOY Y MAÑANA

399

de aficionados en que el simpático duque
mató con tanta inteligencia el primer toro.
Las respectivas cuadrillas de los tres
Media corrida extraordinaria á beneficio espadas vestían con no menos lujo que
de los huérfanos del Ebro
aquéllos, y el público les hizo á todos una
verdadera ovación.
Bajo la presidencia del teniente alcalde, El presidente arrojó la llave del toril,
excelentísimo señor duque ele la Providen­ engalanada con una vistosa moña de seda
cia, con un calor de treinta grados bajo y oro, y el alguacil, que la entregó y que
cero á la sombra y un cielo despejado y se­ huyó á escape como de ordinario, recibió
reno, se abrió la lidia de los seis bichos, que su acostumbrada silba.
como saben nuestros lectores debían dar A ese tiempo resonó el clarín, se abrió
su sangre para enjugar las lágrimas de los el toril y se presentó en la arena el pri­
huérfanos que han causado las terribles mer bicho, llamado el Marquesito.
inundaciones del Ebro.
Buen mozo, de libras, retinto obscuro y
Las damas de nuestra aristocracia que cornialto, con divisa naranjada, de la ga­
supieron concebir este benéfico pensamien­ nadería del marqués de Río-Enjuto y lu­
to, y que, lo diremos en honor á la verdad ciendo una hermosa moña de flores sobre
y en muestra de nuestra imparcialidad, plata, regalo de la linda señorita de San
han sido digna y eficazmente secundadas Oprobio, salió ciego á recorrer la plaza, y
por el gobernador civil, no se habían con­ recibió dos puyazos á la carrera, haciendo
tentado con repartir por sí propias los bi­ tomar el olivo á todos los chicos de la cua­
lletes para la función, comprometiendo drilla. Pero el maestro supo pararle con el
con ingeniosas y chispeantes cartas á to­ capote, y llevándole hacia los jinetes, lo­
dos sus amigos y conocidos, sino que, á gró que éstos le pusiesen hasta doce varas,
mayor abundamiento, quisieron bordar en las cuales el bicho, que cada vez se ha­
por sus propias manos las moñas que ha­ cía más pegajoso, remató cuatro caballos,
bían de lucir los animalitos, y esto excitó hirió otros tantos y dió buenos revolcones
sobre manera el entusiasmo de los aficio­ á los picadores. El presidente, que no sa­
nados.
bía lo que se pescaba, hizo la seña para las
Ocho días antes de la fiesta ya no se banderillas cuando aún la fiera recargaba
encontraba un billete, y ayer tarde, en el y quería más hierro, y entre las silbas del
momento de dar principio á la corrida, se público pusieron tres pares de rehiletes
pagaron cuatro y cinco duros por un asien­ Moñitos y La Peonza, aplaudiendo mucho
to de tendido al sol. ¡Buen negocio han los espectadores la habilidad de los mu­
hecho los revendedores, que habían com­ chachos y las flores que cubrieron el cuer­
prado estas localidades á ocho reales! Pero po del animal al deshacerse las banderi­
llas. El maestro tomó el trapo y el estoque,
hablemos de la corrida.
Después del despejo de la plaza, hizo su y dirigiéndose al palco de la presidencia
acostumbrado y tradicional paseo la cua­ dijo:
drilla, entre los vítores y los aplausos de Ea, zeñor prezidente, allá va por la de
aquel inmenso concurso.
uzía y la compañía, por las güeñas mozas
El maestro vestía de azul y oro, con una prezentes y por lo que caa cual tenga en el
riquísima capa blanca bordada al realce, buche del penzamiento.
que fijó la atención de todo el público y Y arrojando lejos de sí la montera, se
que, según oímos decir, es un regalo que fue derecho á buscar al toro, y después de
le ha hecho al diestro la interesante y se­ unos cuantos pases do pecho y otros al
ductora condesa de Aguaverde. Curro Ca­ natural que le valieron muchos aplausos,
ñamones (a) Frasquete, lucía un precioso se cuadró perfilado y despachó al bicho de
traje lila y plata, con faja blanca y capa una buena recibiendo. La res mordió la
grana; y Pepe Santa Bárbara (a) Joselito, arena, y mientras el cachetero le daba lo
vestía por segunda vez el magnífico traje que le hacía falta, el maestro recorrió la
verde y oro, con capa del mismo color, plaza entre el entusiasmo de los especta­
que, como dijimos á su tiempo, le regaló dores y recogiendo una lluvia de cigarros
el duque de la Misericordia, cuando este y no pocos sombreros que le arrojaban da
diestro le sirvió de padrino en la corrida todas las localidades.
TO RO S

400

ANTONIO FLORES

Las muías, que estaban más engalana­ en la muerte de este toro, y no fue poca
das que de costumbre, arrastraron los ca­ fortuna que no sufriese una cogida al in­
ballos y el toro, y salió á la plaza el se­ tentar descabellarlo cuando aún el bicho
estaba demasiado entero.
gundo.
Verdugo, de buen trapío, negro, paticalEl quinto, Gurita, negro bragado, buen
zado al codillo, de más libras que el pri­ mozo, de mucha cabeza y bien armado, fue
mero, y cornigacho, con divisa blanca y el toro de la tarde. Desde que le vimos
verde, de la acreditada ganadería de la salir á la plaza comprendimos que era so­
viuda de Atraca, era este hermoso animal bresaliente con recargue; tomó veintidós
hermano por parte de padre del que mató varas, y apenas entraba cuando ya estaba
al malogrado espada Manolito Cabra (a) el picador en el suelo; dejó tendidos en la
Zoniche, cuyo retrato, con el de la fiera arena cinco pencos y tuvo al público siem­
que le dió muerte, pueden ver nuestros pre en un grito pidiendo caballos y á los
lectores en la estampería de los Ingleses. alguaciles llevando recaditos de atención
Mató seis caballos, envió á la enfermería á los picadores. Frasquete le puso dos pa­
al Gaditano, entre los silbidos del público res de palitos con su acostumbrada maes­
que le llamaba maulón, y después de reci­ tría, delante del quinto tendido, y le dió
bir trece varas y dos puyazos le cubrieron muerte de una buena por todo lo alto,
de leña Periquillo y Juanete y recibió la después de un pinchazo y otra corta, am­
muerte á manos de Curro Cañamones, de bas bien dirigidas.
un excelente volapié, después de una corta El sexto, Beato, de muchas libras, mo­
recibiendo, dos en hueso y una demasiado gón del izquierdo, castaño obscuro, raya
blanca en la frente y bragado, salió bra­
tendida.
El tercero, Golondrino, de libras, corni­ vucón, apenas dió juego, y con unos cuan­
veleto. berrendo en negro y bragado blan­ tos puyazos y par y medio que le colgaron
co, salió abanto, pero se hizo de sentío, y los chicos pasó á manos de Malaspatas,
aunque no dió tanto juego como los ante­ el sobresaliente de espada, que, aunque
riores, mató dos caballos, recibió siete no sabe coger el trapo, le trasteó como
varas y se dejó poner cuatro pares de ban­ Dios quiso y le largó una en mitad de la
derillas, de las que salieron multitud de cruz hasta la empuñadura, que ni él supo
pájaros. La preciosa moña granate, bor­ lo que se hizo ni el bicho necesitó más
dada con oro por la encantadora duquesa para dejar de pasar trabajos.
de Camposeco, se la arrancó con gallardía En resumen: el ganado, bueno; la gente
el maestro, regalándosela á un lord inglés de á pie, mediana; los de á caballo, peor
que ha hecho de ella el mayor aprecio. que nunca; el servicio de la plaza, peor que
Joselito tomó los trastos de matar, y des­ siempre; la presidencia, detestable. Nos
pués de muchos pases de muleta para explicaremos en breves palabras con la
traer á jurisdicción al bicho, le despachó imparcialidad y con la buena fe con que
de una baja á paso de banderilla, no sin desde hace algún tiempo venimos hacien­
que le costara un varetazo en el pecho que do estas críticas.
le llevó á la enfermería. Así aprenderá á En cuanto al ganado, que sin dejar de
citar corto y sin miedo.
ser bueno hubiera podido ser mejor, nos
Del mismo pelo que el segundo, pero de remitimos á lo que extensamente dijimos
menos libras, era el cuarto, cuyo nombre en una de nuestras anteriores revistas
no recordamos en este momento, y salió tauromáquicas, á propósito de lo que ha­
bravucón, saltando dos veces la barrera bía degenerado este importantísimo ramo
antes de acercarse á los caballos, de los de nuestra ganadería por la ignorancia y
cuales despachó uno, recibiendo ocho va­ la codicia de los ganaderos. Porque no
ras y enviando á Rodrigo á la enfermería sirve criar toros de más ó menos libras ni
con un fuerte porrazo.
de mejor ó peor estampa, como si se hu­
Las banderillas eran todas de lazos de biera de optar con ellos al premio de be­
colores, y las pusieron con acierto los mu­ lleza en una exposición de agricultura,
chachos, distinguiéndose Moñitos, que sino que es preciso pensar en que una cosa
plantó un jiar al sesgo y otro á topacarne- es la raza vacuna para el trabajo y la in­
ro con una limpieza y una serenidad en­ dustria lechera y la carnicería, y otra la
vidiables. El maestro estuvo desgraciado que ha de dar sus productos para la lidia.

AYER, HOY Y MAÑANA

401

Si no se trata de dirigir la nutrición con Nosotros estamos hartos de hacer re­
inteligencia para evitar que un cebo in­ flexiones y de dar consejos á quien despre­
considerado desarrolle demasiado el cuar­ cia las primeras y no hace caso de los
to posterior, con perjuicio de la cabeza, segundos.
que es lo que debe llamar principalmente Mientras tanto la mayoría de la prensa
la atención en esta clase de reses, los toros clamando por que se supriman las corridas
serán siempre de poco empuje.
de toros, que se atreve á calificar de diver­
En cuanto á los lidiadores, estamos can­ sión bárbara y que cree que nos deshon­
sados de aconsejarles lo que deben hacer ran á los ojos de los extranjeros, y la gente
si quieren mostrarse dignos sucesores de haciéndose la sorda y acudiendo cada día
los Pepe-Hillos, de los Romeros, Costilla­ con más afán á la plaza.
res y Montes. Y no se nos vengan escu­ El sufragio universal no daría buen re­
dando con las vulgarísimas razones que sultado aplicado á la supresión de ese es­
días atrás daba El Novillo, periódico soi pectáculo.
disant oficial de la clase tauromáquica,
cuando decía que mientras no cogiéramos
REVISTA DE SALONES
el estoque y la muleta y saliéramos al re­
dondel á dar lecciones prácticas del arte
de torear, no harían los diestros caso algu­ Semana de placeres.—Palacio de los mar­
no de nuestros consejos. Esa misma razón queses de la Benevolencia. —Baile en el
podían dar los actores dramáticos y los mismo.—Lujo y esplendidez.—Marquesa
artistas, cuando el crítico, que no hace dra­ de
la Ilusión.—¡Pobre Arturo!—Bauti­
mas ni ejecuta obras de arte, les señala los zo.—Anécdota.—El
de X .....y
defectos que hay en sus producciones y les la bailarina.—Bodasmarqués
en ciernes.—Ma­
indica los medios que enseña el arte para dama Thibauh.
hacer las obras perfectas. El crítico tiene
una misión más alta que la de coger los Nous voila arrivés, como dirían los fran­
pinceles para pintar un cuadro ó los tras­ ceses, al fin de esta semana de placeres y
tos de matar para recibir un toro; y cuan­ de diversiones, que incontestablemente ha
do nosotros le decimos al maestro que no sido una de las más animadas, que el mun­
abuse de los pases de muleta, porque mu­ do fashionable de la corte se hará el deber
chas veces descompone la cabeza al bicho, de registrar en los anales del buen tono y
como le sucedió ayer tarde con el cuarto de la elegancia.
toro, y pedimos á Frasquete que se aplome En estas revistas de salones que veni­
y que no se aparte de la cabeza de la fiera, mos publicando desde que hicimos nuestro
y á Joselito que cite corto y que tenga más debut en la prensa periódica, jamás hemos
corazón, es porque sabemos de sobra que dejado de consignar todos los sucesos im­
así y sólo así se harán buenos espadas y portantes, y hasta cierto punto eclatants,
darán menos sustos al público.
que han tenido lugar en los círculos del
A la gente de á caballo poco ó nada les gran mundo; y es por esto que ahora nos
diremos, porque da grima ver lo que ha hacemos la obligación de decir algo á prosucedido en estas últimas corridas en que pós de las brillantes soirées que acaban de
apenas se ha puesto una vara en regla. No pasar, dejando en el ánimo de nuestras
sabemos de qué les sirve la mano izquier­ bellas un grato souvenir, que siempre vi­
da, cuando ni una sola vez libran el caba­ virá con ellas, y en nuestra imaginación
llo, sino que apenas se arrima el toro suel­ un mundo de ideas y pensamientos amo­
tan la brida, y caballo y jinete van al suelo. rosos que en vano seríamos atrevidos á
\ erdad es que ayer tarde, y no queremos borrar.
disculpar por eso á los picadores, los caba­ El suceso de más bulto, la cuestión pal­
llos eran aleluyas, y nos parece que el pitante entre la gente del buen tono, era
hierro no era proporcionado á la estación desde hace mucho tiempo la apertura de
presente. ¡Serán los ganaderos amigos del los salones que los espléndidos y nobles
teniente alcalde que presidía la plaza!
marqueses de la Benevolencia acaban de
El gobierno no quiere fijar su atención adornar en su aristocrático ó histórico
en este gran espectáculo nacional, y así palacio del paseo de San Bernardino, ó me­
anda ello.
jor dicho, del allée Saint-Bernardin, como
T omo II

26

402

ANTONIO FLORES

oportunamente le llamó esa misma noche conjunto de encantos y de placeres se re­
nuestro querido amigo el simpático y es­ petía y se multiplicaba en ios magníficos
espejos que cubrían la3 paredes.
pirituoso barón del Recogimiento.
Todo cuanto se había dicho para enca­ Para que aquellas de nuestras bellas lec­
recer el lujo, la elegancia, la fastuosidad toras que no hayan tenido la dicha de asis­
y el chic de aquellos salones, ha quedado tir á esa noche de ilusiones y de reveries
inferior á la realidad. Que el lector se ima­ puedan formar una idea de lo que era
gine cuanto de más caprichoso y más se- aquel paraíso de placeres, les diremos que
duissant se le ocurra en materia de fr¿vo­ allí estaban, entre otras mujeres hermosí­
lite'; que se ponga á soñar pensando en la simas, la interesante condesa de los Ape­
riqueza eblouiscmt de la corte de Louis XVI ninos con sus hijas Inda y Olga, la seduc­
y en todas las reveries jantastiques de las tora duquesa de Rocanegra, las vaporosas
Mil y una noches, y tendrá una aproxima­ señoritas de Aguaverde, la simpática ba­
da idea de lo que era aquel templo de la ronesa de la Melancolía, la graciosa gene­
elegancia y del buen tono. El palissandro, rala Plimpam, la preciosa Adelina Casael bronce dore', los objetos más caprichosos chica, y otras cien de que nos sería impo­
y más ricos de faience, todo abundaba en sible hacer mención.
aquellos salones rientes que los marqueses Y allí, en medio de tanto encanto y
ponían, sin reserva alguna, á disposición tanta hermosura, brillaba por su ausencia
de los afortunados mortales que tenían la la arrebatadora y siempre hechicera mar­
quesa de la Ilusión, á quien una reciente
dicha de ser invitados á la fiesta.
El boudoir de la interesante y espirituo­ desgracia de familia tendrá alejada por
sa marquesa, con su toilette-duchesse, su algún tiempo de los centros del buen tono,
burean renaissance, su secretaire Louis X F, en que tanto se ha de sentir la falta de ese
su confortable tete-á-tete, sus meridianos á astro deslumbrador de los salones, verda­
la Pompadour y otra porción de muebles dera estrella vivificadora de las grandes
del mejor gusto, deque en vano trataríamos reuniones, que hoy, envuelta en fúnebre
de hacer recuerdo, era una de las habita­ crespón, pasa el día y la noche entregada
ciones en que se detenían extasiadas todas al más acerbo dolor, regando con las perlas
las personas elegantes, admirando los unos que vierten sus ojos la memoria de su ido­
la riqueza de aquella tapicería lambrequin latrado hijo.
y observando los más que, siendo todo muy ¡Arturo!,flor de embalsamadoresperfu­
rico, era pobre, comparado con el buen gus­ mes, arrancada á la sociedad elegante en
to de la marquesa, y templo no bastante la primavera de la infancia, tú eras la más
digno para una diosa de tantas gracias. legítima esperanza del mundo fashionable
Las jardinieres á la Mazarina, les bornes por la precocidad de tu ingenio, y la me­
de milieu á la Richelieu, los tabouret Na­ moria de tus encantos infantiles vivirá
poleón, le prie-Dieu Fenelón, y otra infini­ siempre entre los que no sabemos ahora
dad de muebles que se veían en los demás qué palabras de consuelo hemos de enviar
aposentos del palacio, todo era digno de á tus desconsolados y nobilísimos padres.
fijar la atención de los convidados, que Pero la desgarradora pérdida del primo­
andaban encantados de un lado para otro, génito de la marquesa de la Ilusión nos
admirando en todas partes cien chef-d'oeto­ trae á la memoria la venida al mundo de
rres en materia de pinturas, de porcelana otro ángel hermosísimo, que Dios ha que­
de Sevres y de vasos, estatuas y objetos rido conceder á la joven ó interesante con­
de todas clases.
desa de la Esmeralda, que también por
Pero el salón principal del baile era el esta causa brillaba anoche por su ausencia
que verdaderamente fijaba la atención de en los salones de los marqueses de la Be­
todos, porque á la riqueza y al buen gusto nevolencia.
de sus adornos, se añadía la hermosura de El bautizo de ese primer vástago de los
las doscientas ó trescientas mujeres más Esmeraldas ha tenido lugar en la noche
hermosas de la corte, cuyas miradas de del miércoles, con una esplendidez y un
fuego ardían en la gran masa de luz que lujo dignos de la riqueza y del buen gusto
arrojaban millares de bujías y millares de de los padres del recién nacido y de la opu­
piedras preciosas, que valían algunos mi­ lencia proverbial de los padrinos, que lo
llares de millones de reales. Y todo ese eran el acaudalado y simpático banquero

AYER, HOY Y MAÑANA

403

señor Ambaspefías, abuelo paterno del re­ porque los pocos amigos del marqués eran
cién nacido, y la respetable y caritativa tan reservados como él, y en cuanto á los
duquesa viuda de Santa J acoba, madre de criados nadie los conocía. El portero, que
era el único ser comunicable, era un sordo­
la parida.
En nuestra próxima revista procurare­ mudo, ó tal aparentaba serlo para mejor
mos dar algunos detalles de esta fiesta, pu­ guardar el misterio de la casa.
blicando los nombres de las personas,todas A pesar de que no se le veía jamás en
de distinción, que asistieron á ella y los el teatro, á los pocos días de llegar á Ma­
que pusieron en la pila al recién nacido; drid la célebre artista de baile Tridolina
el cual recibió el agua regeneradora del Saltí, se volvió á hablar de los misterios
bautismo de manos del virtuoso y sabio del palacio, asegurando algunas personas
obispo de Finlandia que, como saben nues­ haber visto entrar en él, á deshora de la
tros lectores, se halla accidentalmente en noche, á la célebre sílfide disfrazada de
esta corte.
mendiga. Todos se rieron de esta aventura
Ahora nos ocuparemos de una anécdota calderoniana, en que se trataba de hacer
que está preocupando vivamente la aten­ intervenir al marqués, y sin embargo, nada
ción del público elegante de la corte, y que más cierto que lo que entonces se dijo.
la alta clase á que pertenecen los persona­ Apenas había transcurrido una semana
jes que figuran en ella merece bien que le de la visita de la pobre mendiga al palacio
consagremos unas cuantas líneas.
de Y..... amanecieron un día abiertas to­
Hace pocas noches que todas las perso­ das las ventanas y puertas de la casa, sin
nas que bajaban al P..... por la calle de que hubiese en toda ella un ser viviente,
A..... se detenían ante el palacio de V....., y atado en uno de los balcones el pedazo
que permanecía completamente cerrado. de sábana, que aún hoy excita la curiosi­
En voz baja y con cierto aire de miste­ dad de las gentes.
rio se decían los unos á los otros algunas Por allí se había descolgado á la media
palabras y todos miraban con mucho asom­ noche una joven hermosísima, de cuya
bro el palacio, fijándose en el segundo bal­ presencia en la corte nadie tenía noticia,
cón del piso principal, en cuyos hierros y tomando rápidamente una silla de posta
flotaba un trozo de lienzo blanco.
había huido con Tridolina y un joven en­
Los pormenores de esa historia son los mascarado. El joven pertenece á una de
las familias más distinguidas de la corte
siguientes:
El marqués de X...... que desde hace al­ y pronto será heredero de un gran título
gunos años vivía entre nosotros, era un y de una inmensa fortuna. La fugitiva es
anciano de rostro agradable, pero tacitur­ hija de los amores del marqués de X......
no y serio, y que á pesar de lo ilustre de con Tridolina, que es una de las princesas
su nacimiento apenas frecuentaba los cír­ más poderosas de Eusia, y todo el miste­
culos del buen tono y el de sus amigos era rio con que vivía el marqués era por hacer
muy reducido. El aislamiento en que vi­ ignorar á la supuesta artista el paradero
vía el marqués dió origen en muchas oca­ de esa hermosa niña.
siones á que la crónica escandalosa de la ¿Cómo se ha podido enamorar nuestro
corte inventase diferentes anécdotas, unas joven aristócrata de esa ignorada belleza?
patéticas y hasta terroríficas, y otras por ¿Qué clase de relaciones había entre él y
el contrario sentimentales y de una dulcí­ la Tridolina? ¿Por qué no quería el mar­
sima poesía. Tan pronto se decía que era qués que ésta viese á su hija? ¿Qué pasó
viudo de cuatro mujeres y que todas ellas la noche que entró la mendiga en el pala­
habían muerto de una misma enfermedad, cio? ¿Qué ha sido del marqués y de sus
al mismo tiempo de matrimonio, en el criados? Nada de esto se ha podido averi­
mismo día del año y dejando cada una de guar; las gentes se pierden en mil conje­
ellas una niña, cuyo paradero se ignoraba, turas.
como se decía que no era casado y que pa­ La justicia se ha apoderado de las llaves
saba su vida muriendo de amor por una de la casa, y el sordo-mudo, que es el único
beldad, que dejó de existir en los primeros que no ha desaparecido, está rigurosamen­
albores de su juventud, y cuya sombra te incomunicado. El tiempo aclarará este
vagaba por los salones del palacio. Pero misterio.
todos estos cuentos caían en el olvido, | Hoy se ocupan mucho las gentes del

404

ANTONIO

buen tono de los diferentes matrimonios
que tendrán lugar en el presente otoño.
El que más llama la atención es el del
opulento capitalista señor A ...... con la
linda señorita E ..... y del cual serán pa­
drinos el simpático marqués de Y ..... y la
incomparable duquesa O ...., hermana del
conocido barón de U ..... También el del
apreciable literato señor B ..... con la es­
piritual condesa de C...... tiene el privile­
gio de excitar la curiosidad de las gentes.
Nosotros ya habíamos previsto que la
última temporada de baños había de ser
fecunda en resultados matrimoniales. Es
tan agradable y está tan llena de emocio­
nes la vida que se hace en Bagneres de
Buchón, enBareges, en Cauterets y en las
demás aguas minerales extranjeras, adon­
de va todos los años la gente de buen tono
de España, que naturalmente salen de esas
reuniones de trato íntimo una porción de
matrimonios convenidos y de bodas apla­
zadas.
Algunos amores más de los que dejamos
indicados tendremos que registrar en nues­
tra próxima revista. Pongamos ahora tér­
mino á esta, traduciendo las notables pa­
labras de Mad. Thibauh:
«Cuando un hombre y una mujer se ca­
san, concluye su novela y comienza su
historia.»
El P ollo d a n d y

TRIBUNALES
Causa celebre.— Pormenores de la capilla.
Ultimos momentos del reo.— Ejecución.
A pesar de que desde el principio del
célebre proceso de la calle del Milagro, ó
mejor dicho, desde el momento en que se
perpetró el crimen, no hemos omitido gasto
ni diligencia alguna para satisfacer la cu­
riosidad pública con todos los incidentes
que ocurrían en el asunto, anticipando al­
gunos de ellos cuando aún la causa estaba
en sumario, creemos que no estará de más
y que por el controrio será del gusto de
ios suscriptores el que hagamos hoy un li­
gero extracto de ese voluminoso proceso,
cuya última página escribió ayer con la
sangre del criminal y sobre el repugnante
tablado del patíbulo el verdugo del Me­
diodía que, como saben nuestros lectores,

FLORES

reemplazó al del Norte por enfermedad de
éste.
Hace algo más de seis años, el 10 de ju ­
nio de 184..... . un crimen horrible conster­
nó el ánimo de los habitantes de la corte,
y pronto el telégrafo nos anunció que la
consternación había sido general en toda
España.
Una madre anciana y su hija, joven her­
mosísima, que vivían solas con una criada
en la casa número 13 de la calle del Mila­
gro, amanecieron muertas y horrorosa­
mente mutiladas. Sin indicios para descu­
brir los autores de tan espantoso atentado,
se prendió á la criada, que estaba en la
compra mientras ocurrió el crimen, á los
vecinos que decían no haber oído nada, al
aguador, al carbonero y á muchas de las
gentes que iban de visita á la casa, ha­
ciendo declarar á cuantos por un cálculo
prudente se supuso que habían pasado por
la calle á la hora en que aparecía cometido
el doble asesinato. En pocos días, y gracias
á la actividad del juez de primera instan­
cia, del promotor y del escribano, á quie­
nes en tiempo oportuno cuidamos de elo­
giar, se escribieron más de quinientas fojas
sin resultado alguno, hasta que un hom­
bre á quien prendieron por casualidad en
una riña, resultó ser el autor del crimen
que hasta entonces aparecía envuelto en
un profundo misterio.
Todo lo declaró con el mayor cinismo,
comprometiendo con sus revelaciones á un
amigo de la casa, que era el único que no
había sido preso, pero que lo fue inmedia­
tamente, porque ignorando la prisión de
su cómplice no pudo fugarse, y reconocida
la inocencia de ios demás procesados, fue­
ron puestos en libertad paulatinamente y
con la prudencia que aconseja la justicia
en semejantes casos.
La audacia del reo Manuel Vinagre (a)
Pocalacha, la serenidad con que refírió el
crimen, deteniéndose á recordar las pala­
bras de las víctimas y aun remedando los
gestos y la voz de cada una de ellas, exci­
taron sobre manera la curiosidad pública, y
el contraste que ofrecía el rudo cinismo de
Pocalacha con la inquebrantable reserva
de su cómplice, el cual negaba y ha ido á
presidio negando haber tenido ninguna
clase de participación, no ya en la ejecu­
ción, sino ni siquiera en el proyecto del
crimen, llamó la atención de nuestros pri­
meros jurisconsultos, y en los cafés, en las

AYER, HOY Y MAÑANA

tertulias y en los paseos hubo serios alter­
cados sobre ese proceso.
Nosotros, bien podemos vanagloriarnos
de ello, fuimos en todos los trámites de la
causa los primeros á publicar cuanto lle­
gaba á nuestra noticia, haciendo sobre el
dictamen fiscal, las defensas de los aboga­
dos y las sentencias las reflexiones que
juzgamos convenientes. Todos los periódi­
cos fueron detrás de nosotros, sin que uno
solo anticipase el menor detalle; y bien
recordarán nuestros lectores que el retrato
que hicimos del reo le copiaron todos nues­
tros colegas, porque ninguno de ellos estu­
dió, como nosotros lo hicimos, aquella
fisonomía ruda y salvaje, pero hermosa, y
que revelaba una inteligencia poco común,
mezclada con una perversidad cruel y una
indiferencia hacia la vida que casi le ha
acompañado hasta la muerte.
También estamos seguros de que hoy no
dará nadie más pormenores que nosoti’os
acerca de los últimos momentos del des­
graciado Manuel Vinagre. Ayer,con la pre­
cipitación con que escribimos nuestra últi­
ma hora, dijimos que al notificarle la sen­
tencia de muerte pidió y bebió un vaso de
agua y vino, y hoy rectificamos aquella
noticia, diciendo que el vaso sólo contenía
vino y que no lo bebió todo, sino la mitad.
La noche que precedió al día de su
muerte, y desde las dos de la madrugada,
hasta cuya hora alcanzaba nuestra reseña
de ayer, la pasó en un estado de exalta­
ción febril que le duró hasta la hora de
ver entrar al verdugo á pedirle perdón y
vestirle la hopa amarilla. Pero no preci­
pitemos los sucesos. Sigamos en la capilla.
A las tres de la madrugada pidió que le
dejasen descansar un rato, y lo hizo por
espacio de dos horas, suspirando de vez en
cuando y aun pronunciando en sueños
repetidas veces un nombre, que unos afir­
man que era el de Pepa y otros el de Jua­
na. La verdad en su lugar. A las cinco oyó
las exhortaciones de los celosos sacerdotes
que le acompañaban y se mostró arrepen­
tido de su crimen, aunque preguntando
qué se decía de él en Madrid y pidiendo
que le leyeran lo que hablaban de él los
periódicos. A las seis se desayunó con buen
apetito, y después de esa bora recibió la
visita de muchas personas notables que,
como el día anterior, se presentaban cons­
tantemente en la cárcel á satisfacer la cu­
riosidad de conocer á ese hombre verdade­

405

ramente notable. A las nueve menos mi­
nutos pidió y bebió un refresco, que creemos
fuese de agua de limón, y á las nueve se
le permitió hacerse el retrato, que perfec­
tamente litografiado publicará en su nú­
mero próximo uno de nuestros más acredi­
tados semanarios de literatura. Terminado
el retrato le sirvieron el almuerzo, del que
sólo tomó dos platos, bebiendo algo de
vino; volvió á pedir quedarse solo y escri­
bió tres cartas á diferentes personas, de
las cuales mañana sin falta publicaremos
una copia que nos han pi’oinetido, y así
llegó la hora de salir á la fatal carrera.
El público que desde la madrugada in­
vadía los alrededores de la cárcel era in­
menso; hacia el lugar de la ejecución iban
cargados de gente todos los ómnibus, tar­
tanas, diligencias y coches de plaza, y más
de ochenta mil personas había fuera déla
población repartidas en la carrera y agru­
padas alrededor del patíbulo.
El reo bajó la escalera de la cárcel con
paso seguro, aunque con el semblante un
poco alterado y afectando una tranquili­
dad que en realidad no tenía; saludó á to­
dos los dependientes que encontraba al
paso con aire jovial y chanzas malsonan­
tes, que nuestros lectores nos dispensarán
que omitamos á pesar de sernos conocidas
todas, y salió al portal, donde montó en el
burro que estaba preparado al efecto.
» A pesar del valor que había demostrado
en la capilla y de los ofrecimientos que
había hecho á sus compañeros de calabozo
de que iría cantando y riendo al patíbulo,
llegó hasta allí sin alzar los ojos del suelo,
repitiendo con fervor las palabras de los
sacerdotes y confesando con horror su cri­
men. A l sentarse en el banquillo fatal
quiso dirigir su voz al pueblo, y aun dicen
que pronunció algunas palabras; pero nos­
otros aseguramos que no es cierto. El ver­
dugo, como es joven y trabajaba por prime­
ra vez en la corte, estaba algo torpe y la
agonía del reo fue muy prolongada.
En el momento que hubo expirado, el
sacerdote se volvió al numeroso público
que llenaba los alrededores del cadalso, y
rogándole que encomendara á Dios á aquel
desgraciado que moría perfectamente arre­
pentido, dijo que nadie pensara en si ha­
bía hablado más ó menos en la capilla ó si
tuvo poco ó mucho valor para arrostrar la
muerte, sino en que á tiempo había vuelto
los ojos al Padre de las misericordias.

406

ANTONIO FLORES

muerzo de fiambres, en el cual los jamones
á la jardiniere, el foigrás y los pavos truffes alternaron con el chateau margaux y el
chateau lafjitte y el espumoso Champagne.
Sirviéronse asimismo con abundante pro­
fusión riquísimos cigarros habanos, y vol­
vimos á tomar los coches, todos llenos de
alegría y de entusiasmo; y en las demás
paradas, hasta el lugar de la inauguración,
se repitió el mismo obsequio, siendo cada
vez mayor la alegría y la fraternidad que
reinaba entre las 200 personas que formá­
bamos la comitiva. El alegre tronar de mi­
llares de cohetes, lanzados al aire desde las
montañas vecinas, el repique de las campa­
nas y los gritos de alegría que lanzaban las
poblaciones de cinco y seis leguas á la re­
donda, que en masa habían acudido al lu­
gar de la fiesta, saludaron nuestra llegada.
La empresa constructora, que no ha
omitido gasto ni esfuerzo alguno para dar
REVISTA DE OBRAS
á la fiesta toda la brillantez de que es digna
por los grandes resultados que han de pro­
públicas
ducir las obras que hemos dejado inaugu­
radas, había convertido los estériles cam­
Inauguración de los trabajos en el gran
pos del Páramo en un verdadero edén.
viaducto de Despeñadiablos
Alzábase en el centro una gran tienda
Ya estamos en Madrid de vuelta de de campaña, toda cubierta de gallardetes
nuestro viaje oficial á las montañas can­ y de guirnaldas de rosas, y en los cuatro
tábricas, y sin quitarnos el polvo del ca­ ángulos de la pradera había otras tantas
mino, sin entregar nuestro cansado cuerpo tiendas, ó mejor dicho, preciosos salones,
á las dulzuras del descanso, vamos á dar no menos dignamente decorados, ondean­
á los suscriptores del A s t r o d e l s i g l o no­ do sobre todos ellos la bandera nacional.
ticia de todo lo ocurrido en esa gran fiesta Alrededor de la tienda principal se habían
industrial que hará época en los fastos improvisado lindos jardines con plantas
brillantes de la vigorosa y potente civili­ de balsámicas flores y árboles de sazona­
zación de esta época regeneradora. Es po­ dos frutos, y todo el camino, en el espacio
sible que otro día, con más tiempo y ma­ de media legua, estaba cubierto de másti­
yor descanso, volvamos sobre este mismo les, gallardetes y arcos de triunfo de vis­
asunto; pero ahora queremos vaciar las tosas y elegantes formas. Los infelices y
gratas impresiones que bullen en nuestra sencillos moradores de las humildes casi­
imaginación, siquiera sea de una manera tas que se encuentran sobre el camino
confusa y desordenada. Pero nuestros lec­ también revelaron su regocijo, adornando
tores, que son españoles y que sentirán el sus pobres ventanas con las colchas de la
mismo entusiasmo que nosotros por todo cama. Estas colgaduras nos parecieron de
lo que es verdaderamente grande y digno, más precio, en esa ocasión, que el cortina­
nos perdonarán el desaliño de estas mal je de terciopelo y oro de los poderosos.
Dos bandas de música poblaban el aire
pergeñadas líneas.
Salimos de Madrid á las ocho de la ma­ con dulcísimas armonías, y todo era ani­
ñana en las magníficas diligencias que, con mación y júbilo en aquella antes desierta
una galantería y una esplendidez que comarca.
Los ayuntamientos de los pueblos inte­
honran sobre maneraá losseñores de la em­
presa constructora de las obras del via­ resados en la construcción del viaducto,
ducto, se pusieron á disposición de los |
'■ las autoridades civil y militar de la pro­
convidados, y en la primera parada hici­ vincia y otras muchas personas notables
mos alto y se nos sirvió un opíparo al­ | se hallaban reunidas al pie del arco prinNosotros nos asociamos á la digna ex­
hortación del sacerdote, y ni una sola pa­
labra más diremos de ciertos detalles que
nos han referido y cuya narración sólo sir­
ve para despertar en los demás criminales
una vanidad funestay un deseo de ser todos
héroes patibularios para que los inmorta­
lice la imprenta y la litografía.
En esa triste ceremonia, y á pesar del
inmenso público que acudió á ella, no hubo
ni una sola riña, y la sensatez del pueblo
fue digna de elogio. Unicamente hay que
lamentar la desgracia de un niño de pe­
cho, que murió en los brazos de su pobre
madre, por las apreturas que hubo 4 la
puerta de la cárcel, y la de una señora que
se rompió una pierna huyendo de los que
corrían tras de un granuja que quiso robar
el reloj á un caballero junto al patíbulo.

AYER, HOY Y MAÑANA

cipal cuando llegaron el ministro del ramo,
los diputados á Cortes, los periodistas y
cuantos habían sido invitados por la em­
presa constructora.
Procesionalmente, aunque sin la ridicu­
la or denación antigua, sino confusas y re­
vueltas todas las personas, con arreglo al
espíritu fraternal de la época, nos dirigi­
mos desde la tienda del centro al lugar de
la inauguración; y allí, en medio de una
inmensa muchedumbre, que apenas nos
permitía dar un paso, el ministro tomó
una paleta de plata, que le presentó el in­
geniero que ha de dirigir las obras, y echó
con ella una pellada de yeso sobre la pri­
mera piedra, á tiempo que el pueblo vi­
toreaba á la reina y al ministro y á la
empresa y á los señores de Madrid que
habían ido á honrarles con su presencia.
Después de este acto y de haber contem­
plado todos el profundo abismo que va á
salvar la ciencia con el atrevido viaducto,
cuya primera piedra está de boy más aga­
rrada á la madre tierra, regresamos á la
tienda, donde estaban de manifiesto los
planos de la obra, por cuyo trabajo mere­
ció el ingeniero los más sinceros elogios.
En el camino se presentaron al ministro
algunos trabajadores uniformados y arma­
dos con las respectivas herramientas de
sus diversos oficios,y S. E. les dirigió fra­
ses benévolas alentándoles al trabajo.
Y mientras volvían á tronar los cohetes
y resonaban las músicas se abrieron las
cuatro tiendas, que hasta entonces habían
permanecido cerradas, y todos corrimos á
ellas para sentarnos en la primera, en la
la segunda ó en la tercera mesa; que aun­
que todas estaban igualmente servidas no
había podido hacerse una sola, porque pa­
sábamos de 400 personas, La cuarta esta­
ba destinada á servir el cafó y el te.
Cuanto dijéramos para encarecer el lujo,
la profusión y la elegancia de aquellos es­
pléndidos comedores, cuyas mesas estaban
cuajadas de cristal, de porcelana y de
viandas y plateaux del más delicado gus­
to, todo sería inferior á la realidad. Nos­
otros merecimos el honor de sentarnos en
la primera, aunque ya hemos dicho que
todas eran iguales, y de lo ocurrido en ella
daremos cuenta, copiando á continuación
el orden que guardaban los convidados en
la mesa, que tenía la forma de herradura,
sin perjuicio de rectificar cualquier error
que podamos cometer en esto como en

407

todo lo demás de este artículo descriptivo.
Presidíala el ministro, el cual tenía á su
derecha al director de la compañía, á los
senadores Equecia y Acucia, al diputado
Acacia, al director de nuestro periódico,
al de E l Suspiro, á un redactor de La
Menesterosa y á los Sres. García, Pérez,
Ruiz y López, al conde de As, al duque de
Es, al barón de Is, al vizconde de Os y al
marqués de Us.
En la izquierda estaban el gobernador,
el alcalde del Páramo, un señor general,
cuyo nombre ignoramos, un socio capita­
lista, otro ídem, el cura del Páramo, los
diputados Lípiz, López y Lúpez, un redac­
tor de E l A s t r o , otro de E l Estro, el inge­
niero, un ayudante y un socio capitalista.
En cuanto á las viandas que se sirvie­
ron, lo habríamos dicho todo con sólo decir
que habían estado á cargo del acreditado
fondista de esta corte Sr. Buenaboca,
el cual es el único que sabe dirigir estos
servicios; pero creemos que será más del
gusto de nuestros lectores que copiemos
otro día el menú du repás, ó sea la lista de
las entradas y la nota de los vinos.
En toda la comida reinó la mayor fran­
queza y una cordialidad digna de elogio,
y á la hora de los brindis la animación fue
extraordinaria y el júbilo inmenso. N os­
otros quisiéramos recordarlos todos, pero
esto es imposible y sólo daremos cuenta
de los más notables.
El primero que se alzó en pie con la
copa en la mano fuéel ministro, que brin­
dó por S. M. la reina y su real familia, pol­
la compañía constructora, por la prensa
periódica, «que en nuestro país, tales fue­
ron las palabras de S. E ., se asocia, sin
distinción de colores políticos, á todas las
grandes empresas, ayudando con su efica­
císimo apoyo al desarrollo de los intereses
materiales, á la desaparición de antiguas
preocupaciones y al rápido fomento de la
industria. De la industria, añadió S. E .,
de esa gran palanca de la civilización, que
sin buscar el punto en el espacio hará g i­
rar el mundo, dándole una nueva faz en
cada lustro de este siglo ilustrado.»
El discurso de S. E .,qu e fue interrum­
pido á cada palabra por gritos del más fér­
vido entusiasmo, concluyó entre una salva
de aplausos. Nosotros mismos, á pesar de
nuestra posición política, aplaudimos de
corazón las nobles, patrióticas y elocuen­
tes frases del ministro.

408

ANTONIO FLORES

A contestarle se alzó el dignísimo pre­ vuelve sin querer la vista á la imprenta
sidente de la compañía constructora, y con periódica para enaltecerla y bendecirla
voz entrecortada por la emoción que le (aplausos estrepitosos). Para bendecirla,
producía la presencia de tantas ilustracio­ sí, señores, porque ella es el adalid cons­
nes como allí estaban reunidas y los elo­ tante del progreso y sin ella perece la li­
gios de que acababa de ser objeto, brindó bertad y enferma la civilización (¡bravo!).
por S. M. la reina, en cuyo feliz reinado Yo felicito, pues, á S. S. por las nobles
se realizaban las obras más atrevidas y frases que hoy le ha merecido el periodis­
más gigantescas; por el ministro, á cuya mo, que un día le contó entre sus más
ilustrada y vigorosa iniciativa se debe el distinguidos campeones. Y en cuanto á la
gran desarrollo que los intereses materia­ cortés invitación que nos ha dirigido el
les han adquirido en estos últimos años; digno señor presidente de la compañía, yo
por los periódicos, centinelas avanzados de la acepto orgulloso, porque el día en que
toda ilustración y de todo progreso, y por las obras estén terminadas no nos deten­
los demás señores que se habían dignado dremos, como hoy lo hemos hecho, al bor­
autorizar con su presencia la inauguración de de ese profundo barranco, padrón de
de las obras, que pronto estarían termina­ ignominia de nuestros antepasados (bravo,
das. «Para cuyo día, añadió el orador, yo aplausos), sino que le salvaremos con toda
invito, en nombre de la compañía que comodidad y holgura en brazos de esa in­
tengo la honra de presidir, á todos los se­ dustria que á la sombra de la libertad
ñores pi-esentes á que tengan la bondad de atraviesa los ríos (aplausos), pulveriza los
honrarnos nuevamente con su presencia.» montes (¡bravo!) y vuela por el mundo con
Este discurso produjo un entusiasmo el pensamiento del hombre por el hilo
difícil de explicar, y en medio de la bulla eléctrico, que pronto devanará en un solo
y algazara que los aplausos causaban, á ovillo todos los pueblos del universo
instancia de varios de los concurrentes se (aplausos repetidos).
levantó el distinguido diputado á Cortes »Brindo, pues, señores, por la libertad,
Sr. Acacia, y con esa hei-mosa entonación por la civilización y por la próxima unidad
que tanto realza las bellísimas improvisa­ del mundo.»
ciones del elocuente orador de la la oposi­ Una salva de aplausos resonó en el sa­
lón al final del elocuente discurso de nues­
ción, pronunció el siguiente discurso:
«Señores: aunque no venía preparado tro digno ó ilustrado amigo el Sr. Aca­
para hablar, porque creía que en esta so­ cia, y á sus palabras siguieron otros mu­
lemnidad industrial no debía escucharse chos brindis que publicaremos mañana.
otra voz que la de los hombres de la cien­ Hoy no podemos seguir escribiendo por­
cia moderna, de esa ciencia venida al mun­ que va á entrar en prensa este número, y
do para condensar el pensamiento y dar concluimos dando gracias á la empresa por
forma viable á los atrevidos sueños de las la delicada galantería con que nos ha obse­
imaginaciones calenturientas (aplausos), quiado 6 insertando el soneto que con lau­
cediendo á las indicaciones de las personas dable ingenuidad leyó el alcalde del Páramo.
que quieren oir mi pobre palabra y exci­
SONETO
tado por las muy elocuentes que acabáis
de oir, pronunciaré algunas (atención).
Quisiera yo tener en este día
»Señores: La civilización es la libertad más talento, señores que otro tanto;
(¡bravo!); la libertad es la civilización mas me ponen terror, miedo y espanto
(aplaxisos). Haced á un pueblo libre y él los sabios de esta ilustre compañía.
se civilizará (aplausos); civilizadle y él se Si talento tuviera brindaría
dará la libertad (aplausos prolongados). para que se haga pronto y por encanto
Yo no extraño, señores, las patrióticas pa­ ese viructo que de cal y canto
labras que acaban de salir de los labios del pueblo cambiará la geografía.
del señor ministro; ellas me prueban que Yo quisiera brindar por los señores
cuando se sienten los efectos de la civili­ quedo Madrid han venido todos juntos,
zación se suspira por la libertad (bravo, y brindara también por sus honores
aplausos); y cuando se respira una atmós­ y porque vayan bien sus asuntos,
fera de prosperidad para la industria como brindando con placer y en voz sutil
la que respiramos todos en este recinto, se por el señor gobernador civil.

ATER, HOY T MAÑANA

R E V IS T A IDE MADRID

Marasmo.—Teatros.■—La Pata de Cabra.
—Lope de Vega.—Juegos de manos.—
Perros sabios.— Teatro de la Opera.—
Ferias. —Paseo elegante.— Costumbres de
antaño y de hogaño.—Asfalto.—Incon­
venientes y ventajas.— Cafés y botillerías.
—Inauguración de la diosa Juno.—Jar­
dín de Flora.—Moralistas.
Las circunstancias difíciles que atravie­
sa la política; la actitud expectante en que
se han colocado los partidos; los rumores
de una próxima clausura de Cortes, y otros
asuntos no menos graves, que continua­
mente se ciernen en la atmósfera caligi­
nosa de la corte, contribuyen poderosa­
mente al fenómeno que hace algunas se­
manas se viene observando en todo lo que
constituye la vida animada y bulliciosa de
los centros del buen gusto, del buen tono
y de la buena sociedad.
Por esto, y porque las principales fami­
lias de Madrid se hallaban ausentes, des­
pués de haber veraneado, es por lo que
hemos suspendido la publicación de estas
revistas, que con tanta aceptación veni­
mos publicando desde que apareció nues­
tro periódico en el estadio de la prensa.
Dejando á nuestro apreciable colabora­
dor, el elegante y castizo escritor señor
Pérez, que encubierto bajo el modesto
seudónimo de El Pollo dandy acometa la
grata tarea de relatar los grandes bailes y
las ñestas de los salones, con las picantes
y curiosas anécdotas que embellecen sus
escritos, nos ocuparemos de las demás di­
versiones y acontecimientos que tienen
lugar fuera de los círculos aristocráticos.
Los teatros, que después de las vacacio­
nes del verano parecía que iban á renacer
con nueva vida y grandes esperanzas para
el porvenir del arto dramático, han venido
á ofrecernos un desengaño horrible. Ni si­
quiera han continuado la senda decadente
que emprendieron en la temporada ante­
rior, poniendo en escena traducciones de
dramas horripilantes, arreglos de comedias
inmorales y piezas sacadas de vaudevilles
inverosímiles y frívolos.
El teatro del Drama ha abierto sus puer­
tas el día 15 del próximo pasado con la
representación de la Pata de Cabra. La
novedad, como conocen nuestros lectores,

409

no puede ser más vieja, y de todos modos
siempre sería un mal principio de semana
el empezar sus representaciones con una
comedia de magia el teatro que tanta
bulla ha metido con la nueva compañía
dramática y con los anuncios de las gran­
des obras nuevas que estaban en estudio.
¡No ha sido mala pata de gallo el salir
ahora con la Pata de Cabra! Lo malo para
la empresa es que ya no vendrán en masa
los forasteros á ver esa tontería, como hi­
cieron cuando se estrenó, que á centena­
res se extendían los pasaportes en las pro­
vincias con aquello de pasa á Madrid á
ver la Pata de Cabra. De todos modos no
harán mal negocio, porque las seis prime­
ras noches han tenido lleno el teatro. A
tal empresa tal público Razón tuvo el
gran Lope de Vega cuando dijo:
«El vulgo es necio, y pues lo paga, es justo
hablarle en necio para darle gusto.»

Pero á eso nos contestarán los concu­
rrentes al teatro del Drama que ellos no
tienen la culpa, y que entre ver á don
Simplicio Majaderano Cabeza de Buey ó
quitarse de ir al teatro, prefieren lo pri­
mero; y si tal dicen, tienen razón, porque
los demás teatros andan lo mismo ó peor.
El de la Comedia empezó sus represen­
taciones con una obra del teatro antiguo,
refundida por un principiante, que aunque
hubiera dado principio por comerse el de
su casa y no meterse en arreglar obras
ajenas, no hubiésemos perdido nada, sino
que por el contrarióse habría ganado mu­
cho. Jamás hemos visto una cosa más des­
dichada que el tal arreglo ó refundición
ó como quieran llamarlo.
Es mucha manía la de ciertas gentes
que entran con sus manos lavadas, y aun
sin tomarse este trabajo, en la propiedad
literaria de un autor que vivió tres siglos
antes que ellos, y como en finca mostren­
ca derriban torres y rompen tabiques,
abriendo puertas y ventanas por todas
partes y aun echando no pocos remiendos
nuevos, Y todo esto lo hacen en nombre
de la ignorancia del público, á quien su­
ponen incapaz de entender la obra tal cual
está escrita, ó por creer que no tiene la
ilustración necesaria para respetar el nom­
bre del autor, asistiendo, no ya con gusto,
sino hasta con verdadero entusiasmo, á
la representación de la obra tal cual fue
creada, con todo lo que ellos suponen fal-

410

ANTONIO FLORES

tas do unidad de acción y de pesadez en
los diálogos é inconvenientes de monólo­
gos. Resultando de estas refundiciones,
hechas al parecer para que el pueblo co­
nozca el teatro antiguo, que se le haco
aprender un teatro que no es ni el antiguo
ni el moderno y una época y unas cos­
tumbres que no son ni las de antaño ni
las de hogaño. Y no se crea por esto que
nosotros desconocemos el mérito de algu­
nas refundiciones ni el talento de sus
autores, ni que negamos que hay algunas
(pocas, muy pocas) que han ganado al ser
refundidas, sino que no queremos que un
poeta, por mucho talento que tenga, se
meta á juzgar lo que nunca puede conocer
bastante, por grande que sea su inteligen­
cia. En suma, nosotros, fuera de la simple
versión de las obras desde el lenguaje en
que fueron escritas al del pueblo en que
se han de leer ó representar, no creemos
que es permitido nada más.
Pero ya hemos dicho lo bastante sobre
este asunto en otras revistas anteriores, y
hoy nos limitaremos á decir que la estre­
nada en el teatro de la Comedia no gustó
ni poco ni mucho. La retiraron al segundo
día, y acudieron, no á la magia, porque
ya el otro teatro les había tomado la de­
lantera echándoles la pata, sino á los jue­
gos de manos.
Y he ahí, lector, á lo que están reducidos
nuestros teatros de verso: á hacer volar á
los actores y á escamotear al público.
Verdad es que se nos olvidaba hablar
del tercer teatro, en el cual, preciso es ha­
cerle justicia, no hay magia ni juegos de
manos, sino perros sabios, alternando con
una compañía de actores que representan
piezas andaluzas y sainetes de no sabe­
mos qué parte del globo.
De manera que el que no tenga niños
pequeños ó amas de cría ó lugareñas á
quien enviar al teatro para que se rían del
hombre que se convierte en pavo, y abran
la boca viendo salir doce espuertas de
pluma del bolsillo de un chaleco, ó se ma­
ravillen al oir á un perro tocar el violín,
no debe pensar en el coliseo hasta que
Dios quiera que el gobierno piense en la
verdadera reforma y protección que nece­
sita el teatro nacional.
En el de la Opera se sigue cantando y
el público sigue aplaudiendo, pero nada
más. La compañía es de lo peor que hemos
visto. Fuera de los teatros es donde más nos

hemos divertido estos últimos días, en que
la vuelta á la corte de los que andaban
veraneando por las provincias y el extran­
jero ha dado gran animación y vida á los
paseos y á los demás puntos de reunión.
Las ferias están cada día más concurri­
das, y el paseo en ellas de las gentes de
buen tono se prolonga hasta muy cerca de
las diez de la noche. Por supuesto que
este año, como los anteriores, ninguna
persona elegante ha paseado entre los ca­
jones de la feria y los puestos de fruta y
los tinglados de loza, sino que al último
de la calle de Alcalá, donde ya no se ve
ninguna tienda ni se oye el ruido de los fe­
riantes, es donde está el verdadero paseo
de la feria. Tampoco es de buen tono, y
esto aunque no les guste á los vendedores
es lo decente, que las personas que se es­
timen en algo compren frutas ni dulces y
vayan, como nuestros abuelos, cargados de
juguetes y de cacharros, abriendo el pa­
ñuelo que iba lleno de nueces y de avella­
nas para obsequiar por fuerza á los conoci­
dos que se encontraban en la calle.
Ya han pasado á Dios gracias aquellas
ridiculas costumbres, que tan triste papel
nos hacían representar á los ojos del mun­
do civilizado, y aunque hoy conservamos
ciertas preocupaciones risibles, vamos ade­
lantando mucho en el camino de la cultura
y del buen tono.
Buen ejemplo de esto son los nuevos
faroles que se están poniendo en las prin­
cipales calles de la corte, el empedrado de
adoquines y las aceras de asfalto que se
están ensayando en ciertos parajes públi­
cos. Aunque esta última mejora nos pare­
ce que lia de tener sus inconvenientes y
no flojos cuando vengan los rayos del sol
de julio á pasear por las aceras asfaltadas.
Con este motivo hay gentes que se prepa­
ran á explotar en provecho propio esos
que nosotros creemos inconvenientes.
Las coquetas piensan tardar en asomar­
se al balcón, para que derretido el asfalto
se quede pegado el galán que les hace el
oso, mientras ellas hablan con otro por la
escalera; los posmas tratan de parar á los
amigos en la acera para que se encuentren
pegados y no puedan huir de ellos; el pre­
tendiente cuenta con hacer lo propio con
el ministro, si éste es tan tonto que sale
algún día á pie; al deudor le sonríe la es­
peranza de que sus acreedores pisen la liga
y no lleguen jamás á su casa para recia-

AYER, HOY Y MAÑANA

411

marle lo que le deben; el chico de escuela con vasos y farolitos de color. Una esco­
espera quedarse pegado, y hacer así novi­ gida banda de música tocó constantemente
llos sin responsabilidad trasera; y por úl­ valses, redovas, schotises y polcas, y nues­
timo, hemos oído decir á un casado que tras jóvenes criadas de servicio, oficialas
desea que el asfalto se generalice para as­ de modista y demás damas aficionadas
faltar el pavimento del gabinete en que bailaron á su placer con aquellos mance­
vive su suegra. Nosotros, que quisiéramos bos, que antiguamente iban á echar pan
aprovechar esa nueva red de incautos en á los patos y á ver las fieras del Retiro, y
provecho propio, encerrando en ella á mu­ que hoy, gracias á la civilización, visten
chas gentes que nos estorban, veríamos sin con elegancia, bailan con gusto y se ejer­
pena que el ayuntamiento abandonase esos citan en el tiro de pistola, que es uno de
ensayos y siguiera con el empedrado anti­ los infinitos que hay en Flora, donde no
guo, por aquello de que más vale lo malo faltan tampoco el billar y el columpio y
conocido que lo bueno por conocer.
un café perfectamente servido.
Otra de las grandes mejoras que ha re­ Preciso es confesar que la vida alegre y
cibido Madrid en estos últimos días ha bulliciosa ha mejorado mucho en estos
sido la apertura de cinco cafés, á cual me­ últimos años. Nosotros, que no somos mo­
jores todos, y que con los infinitos que ya ralistas, ni queremos discutir con esos se­
tenemos, hasta el punto de no poder an­ ñores que ven una serie de males en cada
dar cien pasos sin tropezar con uno de esos polca y un peligro en cada vuelta de co­
establecimientos, son el mejor síntoma del lumpio, terminamos esta revista diciendo,
grado de cultura y de bienestar material para que esa gente no nos haga mal de
a que hemos llegado en esta época.
ojo: que la vida moral será todo lo mala
Cuando uno piensa que hace treinta que ellos quieran decir que es, pero que la
años había en la corte pocos más cafés material no puede ser mejor; por más que
ó botillerías que el de Canosa, Calzadilla, haya quien crea, y tal vez con razón, que
la Fontana y San Antonio y una docena aún ha de ir mejorando. Dios lo haga así,
de alojerías, y que esas casas de bebidas y se lo deje ver á las hermosas suscriptoras
no eran otra cosa que cloacas inmundas, del A stro del siglo, como desea su amigo.
no sabe qué hacer, si cubrirse la cara de
S abino R umores y N ovedades.
vergüenza ó enloquecer de júbilo al ver un
cambio tan iitil y tan beneficioso.
De los cinco nuevos cafés, el de la Dio­
sa Juno es el que hasta ahora se ha cap­ GACETILLA DE LA CAPITAL
tado las simpatías del público; de tal modo,
que hace quince días que está abierto y aún L a cuestión palpitante. —Urgandala
no hay manera de encontrar asiento en desconocida, que debió ser gran fumadora,
ninguno de los doscientos cincuenta vela­ por más que Cervantes la desconociera
dores de mármol que tiene en los inmen­ este vicio, nos remite los siguientes versos:
sos y lujosos salones que forman aquel re­ Si á la puerta del están—fumador imcinto verdaderamente mágico. Nosotros peniten—no te mueres de repen—dígote
fuimos invitados á la inauguración, en la que eres un gan—porque yo sé bien que
que el espléndido y simpático dueño del cuan—han probado ese vene—que el go­
cafó obsequió gratis á todos los convida­ bierno nos ofre—en forma de tagarni—han
dos con todas las bebidas y dulces que pegado un estalli—sin decir allá va e.—
cada cual quiso pedir. Y fué milagro que Conque así, señor miuis—del ramo de
no reventase alguno, porque hubo quien los ciga—dé usía mejor taba—ya que cues­
tras de la leche amerengada pidió limón ta más monis—que aunque quedemos per
y cerveza, y pastelitos, y dulce, y café con is—y nos saquen la asadu—con tal que ha­
ya buenos pu—todo nos importa po—que
ron, y chocolate con pan y bizcochos.
Y ya que hablamos de inauguraciones, de alegría está lo—el que buen tabaco fu.—
no podemos olvidar la del Jardín de Flora,
en el cual á imitación de los de su clase en Curiosidades históricas.—Un perió­
París y en otros pueblos civilizados, hay dico publica las siguientes, cuya repro­
un espacioso salón de baile al aire libre, ducción creemos ha de ser del gusto de
cercado de flores, ó iluminado de noche nuestros lectores:

412

ANTONIO FLOHES

Séneca se queda siempre dormido sobre
la mesa de comer; Cicerón no dormía nunca
sin cerrar antes los ojos; Alejandro dormía
tres horas de día y una de noche; Judith
durmió diez y seis horas seguidas para no
rendirse al sueño en el convite de Holofernes; Sansón tenía la costumbre de acostar­
se boca abajo para dormir, por eso le pu­
dieron cortar los cabellos; Jacob no dormía
cuando vió en sueños la escala: en nuestros
tiempos se duerme á pierna suelta.

' E l gozo en un pozo.— Las noticias que
tomadas de otro periódico dimos en nues­
tro número de ayer sobre crisis minis­
terial no son ciertas. Según parece, las
gentes que propalaron semejante rumor
no tuvieron otro objeto que el de realizar
una gran jugada de Bolsa, haciendo su­
bir, como en efecto subieron considerable­
mente, los fondos públicos. ¡Cuántas fa­
milias habrán quedado sumidas en la mise­
ria por la mala fe de los agiotistas!

Otro día s e r á .— El afán con que pro­
curamos ser los primeros en anunciar á
nuestros suscriptores toda clase de noticias
nos hizo incurrir ayer en el error de supo­
ner que se había celebrado con toda bri­
llantez el enlace del simpático marqués de
la Conveniencia con la bella señorita hija
del opulento capitalista Sr. Fernández.
En prueba de nuestra imparcialidad, de­
bemos decir que el matrimonio no se ha
celebrado aún por ciertas dificultades que
se han presentado al firmar la carta de
dote. ¡Algo era ello!

Contradanza .— A la que están bailan­
do estos días los gobernadores, se dice que
seguirá otra que alcanzará también á los
magistrados. ¡Bueno va ello!

Caballerosidad .— El lance de que tie­
nen noticia nuestros lectores ha termina­
do de una manera altamente satisfactoria
para ambas partes. Los sujetos que me­
diaron en el asunto hicieron cuanto estu­
vo á su alcance para evitar que la cuestión
se llevase al terreno en que ventilan su
honra los caballeros; pero la ofensa de que
se trataba no admitía otra solución que la
que por fin ha tenido. Se nos asegura que
el director del periódico y el funcionario
público aludidos se han portado con valor,
sin que haya que lamentar ninguna des­
gracia. No damos más pormeuores, porque
la prensa debe ser muy cauta al publicar
cierta clase de noticias.
R ectificación.— Bajo el epígrafe /tordas
salvajes dimos cuenta ayer de una riña
que había ocurrido en la calle de la Paz,
y de la que resultaron algunos heridos; hoy
mejor informados, debemos decir que no
hubo semejante riña. Y nos complacemos
en hacer espontáneamente esta rectifica­
ción, porque amantes sinceros de la ver­
dad y del decoro de las autoridades, que­
remos dejar en el lugar que le corresponde
al digno comisario de policía del distrito
del Centro, el cual no consiente que nadie
se emborrache ni promueva escándalos.

Dios la saque con bien .— Parece que
la Gaceta está en estado interesante, y
que pronto dará á luz media docena de
grandes cruces, una hornada de senadores
y algún título de Castilla. Los contribu­
yentes serán los padrinos de esos neófitos.
Padre H ijo y E spíritu Santo . — Ayer
han sido cogidos y llevados á la casa de
poco trigo tres mozos de cuenta, conoci­
dos con los apodos de el Curita, Matasiete
y Pocarropa. E l primero se ha escapado
seis veces de presidio, y tiene por diferen­
tes sentencias ciento ocho años de cadena;
el segundo se fugó de la capilla estando
sentenciado á muerte, y el último ha re­
corrido todos los presidios de España. La
mujer en cuya casa fueron hallados estos
angelitos se llama la Ratona y aún no ha
podido ser habida.
¡V iva el Champagne !— Hemos tenido
ocasión de probar el delicioso y verdadero
vino de Champagne que fabrica en esta
corte el acreditado licorista M. Noé Dela-vigne, y le recomendamos eficazmente
á nuestros lectores. Se vende al ínfimo
precio do 10 reales botella grande en la
calle del Tinte.

U n libro n u evo .— Ya se ha repartido
la primera entrega de la nueva publicación
que anunciamos días pasados, titulada:
Armonía estética y sintáctica, entre el mun­
do que piensa y él que no piensa, escrita
por un filósofo pensante, individuo de la
nueva escuela alemana neobucólica. Su jo ­
ven autor, que apenas cuenta diez y ocho
años de edad, coloca desde hoy su nombre

AYER, HOY Y MAÑANA

á una altura envidiable. No faltará quien
diga que el libro peca de obscuro y de metafísico, pero ¡cuándo no lo fuó la parte
sublime de las ciencias para la generalidad
de las gentes, ordinariamente estúpidas y
rutinarias! El autor de la Armonía estéti­
ca hace con su obra una revolución en el
mundo de las ideas, y se remonta al origen
de las ciencias, desbaratando esa ridicula
fortaleza de dificultades y de dudas en que
nuestros padres encerraron los conoci­
mientos humanos, y es natural que tenga
por enemigos á los empíricos sacerdotes
del templo de la sabiduría, pero que cuente
desde hoy con nuestro aplauso y con el de
todas las personas de mediano criterio.
A cada uno lo suyo.—Debemos rectifi­
car el error que comete un diario de la
tarde anunciando que en la última lucha
de fieras se fracturó el tigre la mano de­
recha. No hubo semejante fractura, sino
simplemente una dislocación, y no de la
derecha, sino de la izquierda. Y según
nuestras últimas noticias, el noble animal
sigue más aliviado.
Qué hace la policía .— Anoche esta­
ban llenas de revendedores todas las ave­
nidas del teatro Real. Con el mayor descai’o ofrecían billetes á precios exorbitan­
tes sin que nadie les dijese una sola pala­
bra. A un amigo nuestro le sacaron tres
duros por una butaca. Llamamos seria­
mente la atención de la autoridad para
que persiga sin tregua ni descanso á esos
industriales.

¿E n qué tiempos vivimos ?—Ayer ma­
ñana estaba un pobre fosforero pregonando
su mercancía á la puerta de un café, cuando
se acercó un municipal y le obligó á que le
siguiera ante un teniente alcalde, bajo pre­
texto de que no tenía patente de revende­
dor. Todas las personas que presenciaron
este abuso de autoridad se retiraron escan­
dalizadas, preguntándose: ¿En qué tiempos
vivimos? ¿Y la libertad industrial?
B autizo .—Ayer le recibió una hija de
los señores A. y B., siendo padrino el señor
marqués de C ..... y madrina la señorita
E .... F....... hija de los excelentísimos seño­
res condes de G. Asistieron á la ceremo­
nia las interesantes señoras H., I., J., K.,
y las lindas señoritas L., M., N .; distin­

413

guiéndose entre los caballeros el duque
de O., el general P., el barón de T., y el
vizconde de R. También se hallaban entre
los concurrentes el distinguido escritor S.,
el célebre artista U. y el inimitable actor
V. Brillaban por su ausencia la simpática
y graciosa baronesa de X ., la elegante mar­
quesa de Y. y la inteligente señorita de Z .
La recién nacida recibió en el bautismo
los nombres de Esmeralda, Zafira,Diaman­
tina, Cornerina, Opalina y otros que no
recordamos, hasta treinta y seis. Cuando
los asistentes á la ceremonia volvieron á
la casa de los padres, la amable señorita
Asfaltina, hermana de la parida, hizo á los
convidados los honores de la casa con su
acostumbrada finura. Excusado es decir
que no se sirvió un solo dulce ni hubo
aquellas francachelas de chocolate que en
tales casos acostumbraban nuestros ante­
pasados. ¡Qué dirán á esto los que niegan
el progreso constante de la humanidad!
S uicidio .— Tenemos la satisfacción de
ser los primeros en publicar la carta que
se encontró en el bolsillo del joven de diez y
siete años que días pasados se disparó un
pistoletazo en el Salón del Prado, y que,
como saben nuestros lectores, era una de
las personas más conocidas y justamente
apreciadas en los círculos del buen tono.
Hela aquí:

«/A los que me sobrevivan!!!
»Los franceses tienen mucha razón: el
Africa empieza en los Pirineos.... Este país
está por conquistar..... ¡ Muero sin haber
hallado quien me comprenda! En este país
no pueden vivir sino las almas estúpidas,
las gentes que madrugan y que comen gar­
banzos á las dos de la tarde. Quiero pe­
garme un tiro para poner fin á esta exis­
tencia amargada por los desengaños y mar­
chitada por las gentes de esta deplorable
generación. ¡Mentecatos!.... ¡Y aún se atre­
verán á decir que yo no tenía el derecho
de acabar con mi vida! ¡Ya lo veis! He
muerto rendido de luchar y convencido de
que es perder ei tiempo pensar en regene­
rar la España.
»Sólo una mujer he conocido capaz de
comprenderme y digna de ser amada......;
pero..... tenía una madre...... , y las mujeres,
cuando tienen madre, se hacen prosaicas
y estúpidas.... ¡Pobre Gregoria!.... Te ca-

414

ANTONIO FLORES

sarán con un honrado tendero de la calle nuestros ojos, humedecidos por el llanto
de Postas, que te hará zurcir los calcetines de la amistad y del compañerismo. Que
y aderezar las sopas de ajo para los man­ nuestro leal amigo no baje al sepulcro sin
cebos de la tienda ¡Qué horror! ¡Y tu ma­ este corto obsequio.
dre dirá que muere contenta por haber »Yo bien sé que aquí mismo hay otras
labrado tu felicidad casándote con un personas que pudieran desempeñar este
hombre de bien!.... ¡Un hombre de bien, penoso cometido con más elocuencia y más
que sólo te llevará al teatro por Navidad talento que el que tiene el honor de dirigi­
y por Carnaval!.... ¡Oh! ¡Cuánto siento no ros la palabra; pero vuestra indulgencia
haber tenido valor para sacarte de este me anima, y confío en que sabréis disimu­
mundo uniendo tu suerte á la mía!
lar las faltas de quien, hoy por primera
»Pero esta despedida va siendo excesi­ vez, habla en público.
vamente larga y la vida pesa demasiado..... »Compañeros: el valiente que tenéis de­
Voy á morir lleno de valor.... Pronto no lante de vuestra vista fué el primero en
será otra cosa que un cadáver más en este los combates y el último en las retiradas.
vasto cementerio....
Su pecho fué siempre el baluarte de la li­
»Ricardo .»
bertad contra la tiranía. Nació pobre, y
pobre baja también ála tumba. Trabajan­
T oros .—No damos un paso sin tropezar do en su modesto arte de obra prima, ja­
con alguna muestra de la incapacidad de más le deslumbró el oro de los palacios, ni
nuestros gobernantes. En la corrida de ambicionó el fausto de los poderosos. Buen
toros de ayer tarde, el numeroso público ciudadano, buen padre y buen esposo, su
que llenaba todas las localidades de la nombre, no lo dudéis, compañeros, su
plaza se retiró indignado al ver lo torpe­ nombre pasará á la posteridad para ejem­
mente que presidió la lidia nuestro famoso plo de los hombres libres. Desde la otra
gobernador civil Hay momentos en que vida pedirá al Ser Supremo que nos con­
da vergüenza ser españoles.
serve esta libertad que él regó con su san­
gre; y si algún día quisieran los tiranos
R estos m ortales . —Anteayer fueron arrebatárnosla, invocaremos su nombre
trasladados á la última morada los del y sabremos perecer antes de consentirlo.
honrado cuanto valiente patriota don Cris- »¡Compañeros de glorias y fatigas: imi­
pín Trocatintas, uno de los pocos héroes temos las virtudes de ese desgraciado, y
que van quedando ya de aquella pléyade no retrocedamos en el camino de la liber­
ilustre que tantos días de gloria han dado tad aun cuando los serviles suspendan
al país. Cuatro de sus correligionarios po­ sobre nuestras cabezas el hacha del verdu­
líticos llevaban las borlas del ataúd, y pre­ go!.... Nopuedocontinuar,me ahogaelllansidían el duelo el general R. y el dueño del to. Que la tierra le sea ligera He dicho.»
almacén de curtidos de la Costanilla, se­ Cuando el orador dejó de hablar, ya no
guidos de una numerosa y escogida con­ tenía más auditorio que el de un agen­
currencia. Antes de colocar el féretro en te de policía que se llegó á él y le dijo
el nicho, uno de los antiguos compañeros que le siguiera. En vano trató de resistir­
de armas del difunto pronunció un discur­ se; el agente no estaba solo, y el orador
so que podemos dar íntegro á continua­ fué sacado á la fuerza. Ignoramos el resul­
ción, gracias á la previsión con que sin re­ tado de semejante atropello, pero protes­
parar en sacrificios enviamos un taquígrafo tamos enérgicamente contra tales arbitra­
al cementerio. Dice así:
riedades. Qué, ¿será cierto que no se puede
«Ilustres, valieutes y denodados compa­ hablar ni aun en la mansión del silencio?
ñeros: aquí estamos porque hemos venido
á cumplir uno de los más tristes deberes A fropósito .—Hemos tenido ocasión de
que la religión y la sociedad imponen á los ver el nuevo procedimiento que para em­
ciudadanos. Ese cadáver frío que tenéis balsamar los cadáveres emplean los seño­
delante de vuestra vista, ya no existe.
res Pérez, y nos ha pai’ecido preferible al
»¡ Hemos perdido uno de nuestros mejo­ que usan los Sres. González. Llamamos
res compañeros!— Que me sea permitido por lo tanto la atención de nuestros lecto­
decir cuatro palabras sobre el marmóreo res hacia el anuncio que verán en otro
cenotafio que pronto robará sus cenizas á lugar, advirtiéndoles que la baratura es

AYER, HOY Y MAÑANA

extraordinaria, y que los cadáveres quedan
con la mayor perfección y hermosura, y
hasta parecen más jóvenes.
U n rasgo sin ejemplo .— Se nos acaba
de asegurar por personas que merecen toda
confianza un hecho que, si es cierto, es
digno de los mayores elogios, y podrá ser­
vir de contestación elocuentísima á los que
un día y otro acusan á esta generación de
haber renegado de todas las virtudes que
le legaron nuestros antepasados. El hecho
es el siguiente: «Un pobre hombre que
pasaba por la calle de la Duda vió en el
suelo una cartera, que recogió, y abierta,
vió que contenía gran cantidad de billetes
de Banco; pero apenas había dado unos
cuantos pasos, cuando tropezó con un caba­
llero que, todo afligido, le preguntó si ha­
bía visto el tesoro que acababa de perder,
y el honrado artesano, sin vacilar, le entre­
gó la cartera, negándose á recibir recom­
pensa alguna por tan generosa acción.»
El amigo que nos dió la noticia no supo
decirnos el nombre de ese gran héroe del
infortunio, que aun siendo pobre no quiso
retener lo ajeno después de haber sabido
quién era su dueño.
O tro de no menos mérito .— Nuestro
simpático y distinguido amigo el aprecia­
ble artista don F. R ., que estaba convidado
á la gran fiesta campestre que dieron ayer
tarde los socios del Casino Mercantil, reci­
bió por la mañana un parte telegráfico,
anunciándole quesu madre estaba expiran­
do, y que fuese corriendo á Z .... si quería
darle un abrazo, y sin detenerse á la fiesta
emprendió el camino. Nos faltan palabras
para elogiar este rasgo de amor filial.

N os alegramos . — No es exacto que
haya fallecido el apreciable señor duque
de R ., de cuyo entierro nos ocupamos en
nuestro número de ayer. Hadado margen
á esta equivocación el haber visto que el
coche del duque iba presidiendo el duelo
de un amigo suyo. Esta clase de noticias
siempre tienen algún fundamento.
E sto y a es otra cosa . — Por fin ha
muerto el simpático general M. al mes justo
de haberse auunciado su fallecimento en
los periódicos por una equivocación invo­
luntaria. Ahora ya no nos queda duda de
que ha muerto, porque tenemos á la vista

415

la esquela de invitación para el entierro,
que se verificará mañana á las dos de la
tarde. Que la tierra le sea leve.
A tropello número mil y tantos.— U n

coche que, como de costumbre, corría ayer
tarde por la calle de la Parada, atropelló
á un pobre niño que estaba jugando en la
acera, causándole heridas de alguna gra­
vedad. Las gentes que pasaban por el lu­
gar de la ocurrencia quisieron detener al
auriga, pero hubieron de contentarse con
llenarle de improperios, de que él se fué
riendo con la acostumbrada audacia de
esas gentes. Excusamos decir que no se
presentó un solo agente de la autoridad
ni en una legua á la redonda.
H abitaciones públicas . — El extran­
jero que venga á la corte y vea el espec­
táculo repugnante que ofrecen las calles
llenas de gentes que con la mayor fran­
queza se sientan en los portales y sacan
sillas, estableciendo en la calle tertulias
de vecindad y obligando á los transeúntes
á tomar el ai’rovo, no podrá menos de lle­
var á su país una idea bien triste del es­
tado de cultura de la capital. Si á esto se
agrega el abandono en que ciertos padres
de la clase pobre tienen ásus hijos deján­
dolos jugar en medio de la calle, se com ­
prenderá hasta qué punto son aquí letra
muerta los bandos de policía urbana. ¡Y
luego se culpará á los pobres cocheros de
los atropellos que ocurren todos los días!

A la tercera v a la vencida . — Ayer
mañana apareció muerto en las tapias del
Retiro un sujeto muy conocido en esta
corte, el cual por lo visto se sentó con toda
tranquilidad en el suelo, y sacando una
navaja de afeitar, sin cuidarse de ponerse
espejo delante, se dió dos cuchilladas al
cuello y otra al corazón, que según di­
jeron los facultativos es la que le ocasionó
la muerte. Parece que la causa de este sui­
cidio han sido las recientes pérdidas que
había sufrido en la Bolsa. ¡Cuánto hemos
clamado para que se haga una buena ley
que impida ciertas jugadas de Bolsa que
causan la ruina de muchas familias! Pero
vox clamantis in deserto. No hay peor sordo
que el que no quiere oir, y el gobierno des­
oye los consejos de la oposición.
¡Q ué horror !!! — En la tarde de ayer

416

ANTONIO FLORES

presenciamos una escena que con razón talles del brillante triunfo escénico que
enterneció á cuantas personas pasaban á acaba de obtener la graciosa y simpática
aquella hora por el lugar de la catástrofe. artista que hace algún tiempo está for­
Una señora joven, bien parecida y de finí­ mando las delicias del círculo elegante de
simos modales y elegante figura, lloraba la corte.
á lágrima perdida, en medio de un corro de Nuestros lectores bien comprenderán
gentes que participaban del quebranto de que aludimos á la inimitable Mlle. Chanaquella desgraciada, prodigándola los con­ clinelli, á la vaporosa ó incomparable sílsuelos que en tales casos se acostumbran. fide albanesa, preciosa adquisición del
La infeliz señora, sin cuidarse de nadie, teatro del Drama, que hace el más cum­
sin oir razones ni reparar en el desorden plido elogio de su digno y espléndido em­
de sus vestidos, estaba arrodillada sobre el presario. Anoche hizo tal furor bailando
suelo acaiñciando y regando con sus lágri­ el padedú, con su interesante pareja el
mas el cuerpo casi inanimado de su her­ Sr. Zapatini, que el entusiasmo de los
moso pequeñuelo. Las convulsiones del espectadores rayó en locura, y entre aplau­
moribundo agitaban el pecho de la sensi­ sos estrepitosos tuvieron que repetirlo cinco
ble dama, y un grito de terror salió de sus veces, recogiendo en todas ellas gran cose­
labios en el momento de expirar la vícti­ cha de ramos de flores, de versos, palomas
ma. De uua de las tiendas de la calle de y coronas de laurel. Nosotros vimos á más
la Amargura, que así se llamará de hoy en de una bella verter lágrimas de ternura,
adelante el callejón del Perro en que ocu­ arrancadas por el pensamiento filosófico
rrió el lamentable suceso, sacaron agua y que encierra el citado padedú. El autor
vinagre para dárselo á beber á la afligida del libreto ha tenido un fiel intérprete de
señora, la cual, sin soltar de sus brazos el su obra en el señor Babuchi, caricato gro­
cadáver, lanzaba hondos suspiros, mezcla­ tesco y autor del baile. La poesía no tiene
dos con durísimas imprecaciones contra un lenguaje tan enérgico como el que re­
el ayuntamiento y los agentes de la auto­ sulta de la combinación de la música y el
ridad y muy principalmente contra el co­ baile, para expresar ciertos sentimientos
rregidor de la capital. Y tenía razón la elevados y grandes. Por ejemplo: el paso
pobre señora. Su pequeñuelo había sido que baila Menelao (Zapatini) al saber la
envenenado. ¡Qué horror! ¿Y envenenado fuga de Elena (Chanclinelli) con Paris está
por qué? ¡Por ser americano y no llevar lleno de sentimientos de amargura y de
bozal! ¡Pobre animalito!
rencor. El carácter de Elena está admira­
blemente sostenido, y nada prueba mejor
H ay días desgraciados. — También la perversidad de su alma como el paso
ayer se cayó un pobre albañil de un anda­ irónico que baila al recibir la noticia del
mio y quedó muerto en el acto.Todas nues­ fallecimiento de su amante en el sitio de
tras excitaciones para que la autoridad ó Troya.
sus delegados visiten ó inspeccionen las Este es el título del nuevo baile, que
obras á fin de evitar percances como el dará grandes entradas á la empresa.
que dejamos referido son inútiles.
H onor al arte . —El infatigable y en­
¡Quién los tuviera !—Se han dado las tendido empresario del teatro del Drama
órdenes convenientes para que pasado no ha perdonado diligencia ni esfuerzos
mañana se trasladen desde la Tesorería de hasta conseguir que los perros sabios y el
Toledo á la central de esta corte tres mi­ camello funámbulo que, como saben nues­
llones de reales que allí no hacen falta. ¡Si tros lectores, están en la actualidad ha­
lo supieran los cacos!
ciendo las delicias del ilustrado público
catalán, después de haber hecho furor en
las principales capitales de Europa, vengan
á honrar su teatro, donde darán funciones,
BOLETÍN de espectáculos
alternando los inteligentes animalitos con
la compañía de baile.
N otabilidad artística . -La hora avan­ Los abonados del coliseo del Drama de­
zada en que escribimos estas líneas no ben estar altamente satisfechos de los
nos permite detenernos á dar grandes de­ sacrificios que hace el citado empresario

ATER, HOY Y MAÑANA

417

para ofrecerles toda clase de novedad en
los espectáculos.

BOLETIN COMERCIAL

T res al saco y el saco en tierra .—

El gran desarrollo que de poco tiempo
á esta parte ha tomado nuestro comercio,
nos obliga á consagrar una sección espe­
cial para darmoticia del movimiento diario
de los fondos públicos que hoy se agitan
en un círculo vastísimo, del cual ha de
nacer la prosperidad y la bienandanza de
esta nación, digna por muchos títulos de
mejor suerte y llamada por la riqueza de
su suelo á un brillante porvenir, según lo
indican los innumerables criaderos de mi­
neral que brotan por todos los puntos de
la península.
Los que pretendían embrutecernos ama­
rrando nuestro brazo al pesado azadón y
al rudo arado, so pretexto de que España
no podía ser otra cosa que un pueblo de
labradores, ¿qué dirán hoy al ver esa re­
volución magnífica que han hecho en poco
tiempo el espíritu de asociacióu y los ade­
lantos de la industria? ¿Qué dirán al ver
convertidas en campos de oro y plata las
estériles llanuras de nuestro abandonado
territorio? Los encogidos revendedores de
antaño, que se asombraban al reunir cien
onzas de oro en su andrajosa gaveta, ¿qué
dirán al ver que el simple anuncio de for­
mación de una sociedad cualquiera basta
para reunir cien millones de reales?
Y no se diga que esos valores son nomi­
nales, ni que están amenazados de ningún
riesgo, porque amén de la bondad de las
especulaciones, los nombres de las perso­
nas que están al frente de las sociedades
son una garantía de honradez y de pro­
bidad.
En la última sociedad anónima que se
ha formado con el título de La Previsora,
han acudido á solicitar acciones los prin­
cipales comerciantes de la corte y la junta
directiva se compone de los principales ca­
pitalistas de España.
El objeto de La Previsora es asegurar
los aceites y las grasas de la acción del
aire, evitando los funestos resultados é in­
calculables pérdidas que ocasiona al co­
mercio el enranciamiento de los géneros
que tiene almacenados. Y los perfumistas,
los ultramarinos, los boticarios y los ten­
deros de aceite podrán asegurar sus gé­
neros por un precio tan insignificante que
antes de un año no habrá nadie que no esté
inscrito en la sociedad.

El drama que se representó noches pasa­
das en el teatro de la Comedia, original de
tres distinguidos escritores, ni es original,
ni es drama, ni en su manufactura han in­
tervenido tres escritores. Después de ha­
berse aplaudido con entusiasmo cinco no­
ches seguidas y haber salido en todas ellas
los tres escritores á la escena, se ha averi­
guado que el drama es una traducción
francesa, hecha por más señas por un po­
bre estudiante á quien se la compraron los
tres aplaudidos escritores.
U n drama en ciernes . — Tenemos en­
tendido que uno de nuestros primeros es­
critores dramáticos piensa ocuparse de
escribir un drama histórico, titulado E l es­
carpín de la infanta Galiana.
Otro .— En el teatro de la Comedia se
hacen grandes preparativos para la re­
presentación de un nuevo drama de magia,
titulado E l freno de Rocinante, sacado de
la famosa historia de D. Quijote. Los
artistas encargados de las decoraciones
han salido á visitar la cueva de Montesi­
nos, el palacio de los duques y todos los
puntos notables en que se supone que es­
tuvo el famoso hidalgo mauchego.
S in goznes .— M. Squellette hace cada
día nuevas habilidades en el circo ecues­
tre; á cada salto que daba anoche se reco­
gía en el aire como si fuera un ovillo, y
parecía que se le oían crujir los huesos y
que caía mortal. El público le aplaudía en
esos momentos con verdadero frenesí.
Por fortuna .— A pesar de lo que dicen
en contrario algunos periódicos, y por más
que nuestro apreciable colega E l Abanico
se dé aires de estar bien informado, tendre­
mos el gusto de ver otra vez en esta corte
al célebre prestidigitador M. Spiritdión,
el cual hace hoy día las delicias de los ca­
talanes.
V iaje artístico . — Es posible que el
distinguido actor señor D. J. H. salga ma­
ñana á pasar el día en Getafe, yendo en su
compañía la perla de nuestro teatro y uno
de nuestros más eminentes pianistas.
T omo II

27

418

ANTONIO FLORES

El capital social es de 50 millones, divi­ su dimisión, que le ha sido admitida. Tam­
dido en acciones de 2.000 reales, que antes bién parece que han sido llamados á Pala­
de estar emitidas por completo ya se coti­ cio el duque de As y el general Es. Si como
zaban en la Bolsa de anteayer con 55 por creemos presenta su dimisión el actual go­
ciento de prima sobre el capital nominal. bernador de Madrid, será nombrado en su
lugar el brigadier Is.
A ntes d e bolsa , e n la bolsa y d e s ­
p u é s d e la bo lsa . —Los fondos que esta­
OTRA
ban anteanoche en baja tuvieron una re­
pentina subida antes de la hora de la Bolsa Parece que no todos los ministros están
en los círculos de la Puerta del Sol; en la de acuerdo en dimitir el cargo. Ya sospe­
Bolsa volvieron á bajar, y anoche reco­ chábamos nosotros que no todos los ac­
braron de nuevo el alza. Esto no se expli­ tuales consejeros tendrían valor para sol­
ca, pero es verdad. Váyase por las demás tar la poltrona. ¡Si estamos cansados de
cosas que pasan en aquel recinto que no de decirlo! ¡Si esas dimisiones en masa,
son verdad y que sin embargo se explican. nunca se cuecen á tiempo!
A ccio nes .— Ayer estuvieron muy pedi­
das las de La Ilusión, La Confianza y El
CORRESPONDENCIA
Porvenir y casi todas las minas del ba­
CON NUESTROS SUSCRIPTORES
rranco de Las Esperanzas en término lla­
mado El Juicio final; en cambio se ne­ Es tan considerable el número de cartas
gociaron con algún quebranto las de El que diariamente recibimos de nuestros
Desengaño, y en general, el papel de minas suscriptores de España y del extranjero,
anduvo poco solicitado. Toda la atención que, siendo de todo punto imposible el con­
de los jugadores se fija en las sociedades testarlas por medio de nuestras oficinas,
anónimas, que van tomando un incremen­ lo haremos en esta sección del periódico,
to increíble, á pesar de que ninguna de que desde hoy destinamos á las recibidas
ellas hia empezado sus trabajos. La villa en este día y que exigen contestación.
de Jauja es la que declinó, hasta el punto
de hacerse alguna operación á 75 por ciento A D. A. B. (Antuerpia). - Como usted quiera.
O. D. (Carabanchel). - No puede ser.
daño en vez de 75 por 100 beneficio que AA D.
D. J. K. (Filadelfia). —¡Claro está!
estaba hace pocos días.
A D.a P. U. de A. (Móstoles). —¡ Natural­
Ni para el día del juicio f in a l . —Si mente!
Al M. de C. (Chile). - Está bien.
C. H de I. (Parla). —Sí.
para cada camino de hierro que se haya de AA D.
- No puede ser.
construir se ha de hacer una ley especial Al D.D.T.deR.I. (Habana).
(Pinto).—Hasta el 15.
en las Cortes, no saldremos nunca de an­ A D. J. O. (Beniganín).
- Pague usted y se le
dar en galera. Los diputados no se conten­ enviará.
tan ya con que el ferrocarril pase por su A D.a J. H. (Irlanda). - Eso es gollería.
provincia, sino que quieren que toque en su A Mr. J. O. (París). Escriba usted más claro.
A D. M. P. (Alcorcón). - Lo ha prohibido el
distrito, y si es posible que pase inmediato fiscal.
á las haciendas de los electores influyen­ A D.a G. G. (Lérida). —Aeremos.
tes. ¡Si habrá que construir un ramal desde
M. N. (Getafe).-¡Pues ya!
la casa de cada elector al local donde se AA J.D. H.
U. (Sevilla). - ¡Qué más quisiera el
verifique la elección! Aun así es posible gobierno!
A D. R. G. (Brúñete). - No se verá usted
que hubiera quien no fuese á votar.
en esa.
ÚLTIMA. HORA

En todo el día de hoy han corrido ru­
mores de crisis ministerial, y á la hora en
que escribimos estas líneas se nos asegura
que el ministerio en masa ha presentado

A D. A. L. (Cejín). —¡Qué tal!
Al M. de P. (Londres).—¿A cómo?
Al incógnito(Jauja). —Por supuesto.

Editor responsable,
D. Homobono Inocencio de Sancándido.
IMPRENTA DE «EL ASTRO DEL SIGLO»

CUADRO XLVIII

L O Q U E A L GU N O S E C H A R Á N D E M ENOS E N E L PER IÓ D ICO
Q U E O TRO S H A B R Á N EN C O N TR A D O D E MÁS

Posible es, lector, que si concienzudam ente lo has sido del cuadro an­
terior, parando tu atención en cada una de las líneas del periódico que
acabo de transcibirte, te hayan salido por cuenta ajena los colores á la
cara, y hayas dicho para tus adentros que mi fotografía usa cristales de
aum ento, y que como he cortado la plum a para ridiculizar las cosas y las
personas, á medida que la obra adelanta van saliendo las letras cada vez
más gordas. Y si por el contrario, bullendo en tu m em oria lo mismo que
ha bullido en la m ía al hacer ese retrato, le hallas perfecto, tal vez rene­
garás de la opinión pública ó del periodismo que la representa, porque
dirás que está mal representada.
Pues sábete, lector, si dices lo primero, que mi m áquina de hacer re­
tratos en 1850 es la misma que use en 1800 y que mi plum a no es de
ave, sino de acero, y lo mismo está en la prim era línea que en la últim a,
siquiera esté mal, literariam ente hablando, en todas ellas. Y si crees lo
segundo, si se te antoja que el periodismo no representa fielm ente la opi­
nión pública, tienes razón, lector, y voy á dem ostrártelo en el presente
cuadro, entrando de nuevo en la redacción de E l A stro del siglo. Pero
debo advertirte prim ero que aunque tú y yo creamos que el periodista

4-20

ANTONIO FLORES

no es el representante genuino de la opinión pública, es posible, casi se­
guro, que estemos en completo desacuerdo.
Tú pensarás que el periodista es más parcial y más inconsecuente y
más ligero que la opinión pública, y yo sé y me consta que por muy lige­
ro y muy inconsecuente y muy parcial que sea el periodismo, nunca lo
será tanto como el público.
Y voy á probártelo sin más que volver á la redacción y asomar la vis­
ta al cajón de originales no insertábles que tiene el director del periódi­
co; porque si en vez de entrar allí te llevara á los cafés y á los casinos y
á las plazuelas, te convencería en seguida.
El primer artículo de fondo decomisado, no por el fiscal de imprenta,
que ese como decomisador legal no es de mi incumbencia, sino por los re­
dactores del periódico, es uno que lleva por epígrafe /Paso á la democra­
cia! y en el cual en forma destemplada, con lenguaje acre y virulento,
con injurias personales y con todos los ribetes, puntas y collares de un
libelo espantoso, se pide que venga cnanto antes la democracia; que se
haga una revolución radical y sangrienta, y que se acabe de una vez para
siempre con los farsantes que turnan en el poder para oprobio del país, y
para que las naciones extranjeras, justamente cansadas (dice el articulis­
ta) de tantos ultrajes, vuelvan por el honor de España interviniendo en
sus asuntos con brazo fuerte.
Pregúntole al director del periódico quién ha escrito semejante artí­
culo, y él me responde que se lo han remitido de fuera de la redacción.
— ¡Será de algún furibundo revolucionario!— le digo.
— No, señor — me contesta riendo;— es de un hombre que pasa hoy
por conservador, pero que ha sido un absolutista tremebundo.
— ¿Está Y. cierto?— le replico.
— ¡Vaya si lo estoy! ¡Como que por poco me cuesta un lance el no in­
sertarlo!
— ¿Es posible que aún insistiera en que se publicara semejante atro­
cidad?
— Pues para eso lo escribió; para que se publicara.
— ¿Y cómo ha cambiado de modo de pensar de una manera tan radical?
— No, señor, no ha cambiado; sigue siendo absolutista.
— Pero no comprendo....
— Yo se lo explicaré á usted. El autor del artículo, que por lo mal es­
crito que está habrá usted comprendido que no es hombre de letras, tiene
una hacienda magnífica, y por cierto que era de bienes nacionales; creyó
y hasta había consentido en ello, que el ferrocarril pasaría por delante de
ella, y como se votó en el Congreso un trazado contrario, con el cual que­
da su posesión aislada....

AYER, HOY Y MAÑANA

421

— Ya; ¿pero eso qué tiene que ver con llamar la revolución y pedir
hasta una intervención extranjera?— dije interrumpiendo al director del
periódico.
— Nada, y por eso no lo quise insertar. Pero él tenía la pretensión, y
suponía lograrlo con su artículo, de derribar al gobierno y de que se di­
solviesen las Cortes antes de que se viera en el Senado la ley en que se
variaba el trazado del ferrocarril.
— ¡Pero eso es una iniquidad! ¿Qué idea tiene ese hombre de lo que es
la prensa?
— Pues óigale usted hablar de los periódicos, y verá cómo no hay nin­
guno que no sea esclavo de una pandilla é instrumento de ambiciones
bastardas ó subvencionado por el gobierno.
— Me deja usted asombrado con lo que me cuenta—le dije.
Y echando mano á una gacetilla que estaba también incluida en el
índice expurgatorio, vi que decía de esta manera:
«iVo más violines.— Los vecinos de la casa número tantos de la calle
del Sordo han elevado una exposición al gobernador civil, quejándose
con sobrada justicia de un profesor de violín que vive en el cuarto bajo
de la casa y que da lecciones de tan ingrato instrumento á una porción
de jóvenes á todas las horas del día y hasta de noche. Nosotros creemos
que la digna autoridad de Madrid comprenderá la razón que asiste á es­
tos pacíficos ciudadanos y dispondrá que inmediatamente desaloje el
cuarto que ocupa el mencionado violinista.»
— Este sí que no hay que preguntar la opinión que tiene— dije al aca­
bar de leer la gacetilla.
— Pues es posible que se equivoque usted— me replicó el director
del periódico.— ¿Usted creerá que ese párrafo está escrito por algún ab­
solutista neto, de esos que quieren que nadie les incomode aunque sea á
costa de un despotismo brutal?
— Justamente.
— Pues es todo lo contrario. Esa gacetilla me la trajo con gran reco­
mendación, y también he reñido con él por no haberla publicado, una
persona muy liberal, de las más avanzadas en ideas.
— Pero hombre, ¿qué me cuenta usted? En esta casa está todo patas
arriba. Este es el mundo al revés.
— No sé yo si es el mundo al revés ó al derecho—me replicó el perio­
dista;—mucho se podría hablar sobre ese asunto.
— ¿Pero me negará usted que ese liberal debía haber respetado la li­
bertad del violinista, y que así como los vecinos estaban en su derecho y
eran libres de mudarse á otra casa, el profesor de violín lo era para tocar
á todas horas, siempre que se lo consintiera el dueño de la finca?

422

ANTONIO FLORES

— ¡Cómo le he de negar á usted eso, si fue lo mismo que yo le dije al
autor de la gacetilla!
— Pues ya ve usted cómo este es el mundo al reve's.
— No lo veo yo así.
— ¿Por qué? Expliqúese usted.
— Mire usted, el que se quejaba era el vecino del principal, á quien más
le molestaban los violines, y como estaba muy contento con el cuarto que
tenía, no quería mudarse á otro, y por eso trataba de echar al músico.
— Ya; pero eso no es ser liberal.
— Claro está que no; ¡pero es tan difícil deslindar el ejercicio de la
libertad, concejilmente hablando! Eso de decir mi vecino y yo somos li­
bres sin que choquen ni tropiecen nuestras recíprocas libertades, es tan
grave, que á usted que va á escribir el mañana sin saber en lo que se ha
metido, le recomiendo que estudie esa cuestión, y aun si no le parece fuera
de propósito, tome usted este título para uno de los cuadros: «De cómo se
trata de averiguar dónde empieza y dónde acaba la libertad absoluta del
individuo.» Y deje usted ya de rebuscar papeles —añadió el director del pe­
riódico,— porque todos son peores. Mire usted, en ese mismo paquete de
gacetillas las hay tan absurdas, tan contradictorias y tan inconvenientes
bajo todos conceptos, que el publicarlas produciría una verdadera anar­
quía. Y eso desde el punto de vista político, económico ó administrativo;
que si las examina usted bajo cualquier otro concepto, no hay manera de
acabar de leer alguna de ellas. Parece imposible que siendo tan general en
las gentes el taparse los oídos, cubrirse la cara y arrojar los periódicos
cada vez que se desliza en su folletín ó en sus gacetillas alguna frase ruborizadora, sean tantos los cuentos inmorales y las anécdotas picantes
que diariamente se escriben en las redacciones. Y no crea usted que vie­
nen anónimas, sino que, con la mejor buena fe, ó firman el artículo los
remitentes ó la carta con que le dirigen al periódico. Hace pocos días
que vino aquí un padre de familia honradísimo, persona de gran severi­
dad en la educación de sus hijos y que jamás permite qué éstos lean un
periódico ni un libro que él no haya examinado: pues bien; ese señor traía
la pretensión de que publicáramos un artículo refiriendo un cuento ó
sucedido, como él decía, tan inmoral en el fondo y tan libre en la forma,
que su lectura llenaba de rubor al más despreocupado. ¿Y sabe usted lo
que me dijo, cuando yo, que le conozco mucho y sé la rigidez de sus cos­
tumbres, me sorprendí de que hubiera escrito aquel artículo y de que
insistiera qn su publicación? Que era verdad todo lo que allí se decía,
porque le constaba el suceso, y que aún se había quedado corto al referir
ciertos detalles. Por supuesto, que si en vez de acortarse se alarga, yo no
sé lo que habría sido el tal artículo.

A YE R , HOY Y M AÑANA

42;

— ¿Le tiene usted á la mano?— le dije, picado de la curiosidad.
— No, señor— me contestó el director de El Astro del siglo,— porque
se lo devolví á su autor, que cansado de correr con igual pretensión las
redacciones de todos los periódicos, al fin halló uno que publicara un
extracto del cuento; pero tan desfigurado, que sólo yo que estaba en el
secreto pude comprenderlo. Pero ahí mismo tendrá usted un centenar
de artículos por el estilo.
Hojeó, en efecto, algunos y me quedó sorprendido al ver el cúmulo
de disparates que contenía el cajón, cuyos huéspedes eran anárquicos en
todos sentidos, incluso el sentido común, el cual no se encontraba en nin­
guno de aquellos escritos. Y viéndome el director cada vez más asombra­
do, me dijo:
— Y no es sólo en el ramo de gacetillas donde se halla el veneno; porque
si le enseñase á usted las cartas de provincias y los comunicados, se que­
daría verdaderamente estupefacto. La poca aprensión con que en las pri­
meras se refieren todos los cuentos y chismes del lugar con los nombres
y apellidos de las personas injuriadas, y el encono con que en los segun­
dos se escribe contra tal ó cual corporación ó individuo, es cosa que pasma.
En suma, amigo mío, le diré á usted para que sea indulgente con el perio­
dismo, si alguna vez halla que ha sido sorprendida la buena fe de tal ó
cual periodista con la publicación de una carta calumniosa ó de un co­
municado insolente y procaz, que no bastan cien ojos para librarse de un
descuido en esta invasión de colaboradores gratuitos, que es la verdadera
calamidad de los periódicos. Y antiguamente el público, cuando se metía
á periodista, lo hacía en la forma establecida por la ley, esto es, remitiendo
un comunicado á la redacción y suplicando y pagando su inserción; pero
ahora ya han variado la fórmula y todos se han hecho periodistas. Entre­
téngase usted— añadió el director— en abrir cualquiera de esas cartas
que acabo de recibir del correo, y de seguro hallará alguna que le con­
firme en lo que estoy diciendo.
Hícelo así, y en el primer sobre, que traía el sello del interior, no había
carta dentro, sino una cuartilla de papel que decía lo siguiente:
«Fct era hora.— Tenemos entendido que el gobierno, haciendo justicia
al mérito y á las recomendables circunstancias que concurren en el ilus­
trado Sr. D. Modesto Aprovechado Buscón, antiguo empleado de Hacien­
da, trata de agraciarle con la plaza de administrador de rentas, que ha
quedado vacante por fallecimiento del que la servía. Nosotros no pode­
mos menos de aplaudir ese nombramiento que recae en una persona dig­
nísima, de esas que dan más honor al gobierno que las atiende que el
que ellas reciben al ser atendidas.»
— Y esto ¿quién lo remite?— pregunté al director.

424

ANTONIO FLORES

— ¡Qué se yó—me contestó.
— El interesado no será, porque sería el colmo de la sin vergüenza.
— Pues mire usted, como no tenga madre, mujer ó hijos, no le quede
á usted duda de que es él y de que estará escrito de su propia letra.
Abrí otras muchas cartas, y en casi todas ellas hallé articulillos por el
estilo; anunciando los unos que Madrid estaba asombrado y loco de ale­
gría por el magnífico café que acababa de abrirse al público; diciendo los
otros que tal ó cual distinguido, simpático, amable é inapreciable don
Fulano salía de la corte el día tantos, ó que el cuantos se casaba la inte­
resante señorita Tal con el espléndido y digno señor Cual, y así una por­
ción de párrafos laudatorios, que todos juntos formaban una gran socie­
dad de elogios mutuos que me hicieron reir lo que no es decible.
Y por mi gusto hubiera continuado abriendo cartas y rebuscando
papeles, si el director no me hubiese dicho que lo dejara, y que si quería
pasar un rato más divertido me llevaría al lazareto de la poesía y al pu­
dridero de la novela, donde vería verdaderas maravillas.
Hícelo así, lector, y te confieso que en mi vida he pasado un rato más
divertido que el que me proporcionó la inspección de un armario, lleno
de versos de todos tamaños y de novelas de varia catadura.
¡Mentecato de mí, que antes de descubrir esa verdadera visita de
chistes creía que los versos más chistosos que se habían escrito desde que
el mundo es mundo, eran los de las cajas de fósforos y los de anuncios
del Diario; que no había novelas más horripilantes y tremebundas que
las de los escritores franceses en los buenos tiempos del romanticismo, ni
libros más inmorales que los que se escribían cuando la tirantez de la cen­
sura provocaba la aparición de libelos clandestinos! Hubiera yo descu­
bierto antes el lazareto y el pudridero de El Astro del siglo y á fe que
me habría ahorrado muchos ratos de mal humor.
Y harto siento, lector, que lo almacenado en esos lugares sea de tal
naturaleza que no me permita entresacar ni siquiera una línea publicable
para comunicarte una parte, aunque fuese pequeña, del solaz y de la ale­
gría que yo tuve con aquellos versos hechos á libré sentido común, y con
aquellas novelas escritas seguramente de espaldas para que ni aun á las
mejillas de sus autores asomara el rubor en ciertos pasajes.
Desgraciadamente no puedo decirte: «Ahí vá esa copla ó ese capítulo,
que para muestra basta un botón.»
Mi amigo el director de El Astro del siglo sabe lo que se hace al te­
ner los unos en el lazareto perpetuo y los otros en el pudridero; y acce­
diendo á sus ruegos, le compadezco por verse obligado á leer todos esos
materiales inútiles que recibe en abundancia, aunque á mí me ha hecho
feliz la lectura de unos cuantos. Ellos me han probado lo que he dicho al

A YER , HOY Y M A Ñ A N A

425

empezar este cuadro y que repito al concluirle: «que si el periodismo fuera
la fotografía pura y neta de la opinión pública, no habría público que
aguantara los periódicos.»
De cómo se forma y cómo se ensancha y cómo se aplica la pública
opinión, algo hemos dicho en varios pasajes de esta segunda parte; pero
lo mejor nos queda por decir, y sentiríamos que hubiera quien creyese
que habíamos dicho todo lo que sabíamos en este asunto. Cuando escriba­
mos el mañana es posible que hayamos adquirido más confianza con los
lectores, y entonces será otra cosa.

'
I

I

CUADRO XLIX

UN CONVITE EN 1800 Y OTRO EN 1850

La madre y la hija á quienes tanto me costó reconocer en los salones
del concierto, porque desde que había dejado de verlas habían blanquea­
do sobre manera, amarilleando su pelo hasta convertirse de negro obscuro
en rubio claro, me son hoy día perfectamente conocidas; estoy además
prendado de ellas, y la verdad, lector, aunque me taches de inconsecuente apruebo de todo corazón sus metempsicosis artísticas.
Nada hay para mí en la casa de doña Eduvigis Guzrnán de Luna que
no sea excelente: la educación que ha dado á sus hijas me parece la me­
jor de las educaciones; la vida que éstas hacen creo que es una gran vida;
y en cuanto á sus maridos, tengo para mí que si con justicia son envidia­
bles sus rentas, no es menos digna de admiración la manera con que han
sabido hacerlas.
Y como creo, lector, que tú has de ser de mi opinión, porque al cabo
del tiempo que llevamos juntos, ó tú has debido de amoldarte á mis gus­
tos, ó lo que es más natural, y he procurado hacerlo así, yo he tomado
los tuyos, voy á darte cuenta de mi primera visita á casa de mi antigua
amiga.
Aunque allá en mis mocedades, y no creas que es un allá de cien años,
traté con mucha intimidad á doña Eduvigis, al cabo y al fin había dejado
de verla más de veinte años; en ese tiempo murió su esposo, se casaron

A YER, HOY Y M AÑANA

427

sus hijas, ella vivía con la mayor de éstas, y todo contribuía á que cuando
menos en mi primera visita no me creyese dispensado de guardar cierta
etiqueta.
Hícelo así, y á hora competente, en traje adecuado y con el aseo de­
bido llegué á la casa y pregunté á la portera en qué cuarto vivía mi ami­
ga. Me contestó que en el principal, y cuando me disponía á subir la es­
calera me dijo:
—Si usted no quiere molestarse en subir, puede dejarme las tarjetas.
—Muchas gracias—le contesté; pero no vengo á dar tarjetas, vengo á
ver á las señoras.
—Es que no reciben—replicó secamente la portera.
—¿Pero están en casa?—le pregunté.
—¿Pues dónde quiere usted que estén á estas horas?—me replicó. (Eran
las dos de la tarde.)—Están, pero no reciben.
—¿Y no podré verlas?
—A la señorita Ecluvigis, tal vez, aunque lo dudo mucho; á las demás
señoritas, de ningún modo.
—Yo no busco á las señoritas—le repliqué sospechando que alguna de
las nietas llevaba el nombre de mi amiga;—yo voy á ver á la señora mayor.
—Pues bien: esa es la señorita Eduvigis.
—¡Pero mujer, no sea usted tonta! ¿Cómo ha de ser señorita esa señora
que yo busco si tiene muchos más años que yo?
—¡Y eso qué tiene que ver con que aquí no haya más señorita Eduvi­
gis que ella! Las otras son la señorita Ruperta y la señorita Georgia.
—No lo entiendo—dije encogiéndome de hombros;—pero si no hay in­
conveniente subiré al cuarto principal.
—Suba usted—me contestó la portera, mientras sin hablar una palabra
recogía tres tarjetas que le daba un lacayo;-pero es inútil, porque no re­
ciben.
—¿Y qué se hace cuando no se viene de visita de cumplido, sino de
visita de confianza? ¡Supóngase usted que yo quiero hablar de un negocio!
—¡Acabara usted de explicarse!—dijo la portera.—Si tiene negocios de
letras ó de sociedades, entre ahí en el escritorio y le despacharán.
—¿Quién está en el escritorio?—pregunté sorprendido.
—¡Toma, quién ha de estar! Los dependientes y el administrador y el
cajero de la casa.
—¡Pero si yo no traigo más negocio que el ser un antiguo amigo de la
que usted llama señorita Eduvigis! ¡Si á quien quiero ver es á ella y no al
cajero!
—Pues las señoritas no reciben más que de noche. A las siete comen.
—Por eso no he venido á esa hora—dije á la portera, dándole por fin

428

ANTONIO FLORES

la tarjeta y disponiéndome á marchar avergonzado de sostener tan ridí­
culo diálogo.
Pero la portera no pensaba del mismo modo, y aunque tomó maqui­
nalmente mi tarjeta, como las del lacayo, me dijo:
—Caballero, yo no lo hago por quitar á usted de subir; pero si quiere
ver á las señoritas le aconsejo que venga á la hora de comer.
—¿Reciben comiendo?
—A todo el que llega, y nunca comen solos, porque ya se sabe que
todo el que quiere verlas viene á esa hora. Precisamente momentos antes
de venir usted salía el señor muy de prisa, y á un caballero que quería
hablarle’de un asunto en el portal le ha dicho mirando el reloj: «No pue­
do detenerme porque voy corriendo á una subasta. A las siete comemos;
vénganse usted á comer con nosotros. »
Tentaciones tuve, primero de enamorarme de la locuacidad de la por­
tera, y luego de explotar su lengua en averiguación de algunas noticias
relativas á la familia que iba á visitar; pero rechacé avergonzado tan rui­
nes pensamientos, y quedándome sin saber otra cosa sino que el marido
de Ruperta tenía caja y cajero y que concurría á las subastas, que comía
á las siete y que convidaba á sus amigos á comer, me despedí de la por­
tera y salí á la calle pensando en lo que habían cambiado las costumbres
de la corte, no ya desde el año 1800, sino desde el 1830.
Me acordaba yo que al mismo esposo de doña Eduvigis, á mi buen
amigo D. Timoteo, nadie le vió abrir la boca para otra cosa que para
engullir una sopa de chocolate, como único manjar que entonces se comía
en público, y pensaba en lo que sufriría ahora su esposa, acostumbrada
á aquella reserva, enseñando los dientes, no ya á un amigo de confianza,
sino al que iba á hablar de negocios con su yerno.
Antiguamente sólo el aguador, que por ser la pieza de comer pasillo
obligado para la cocina, atravesaba con su cuba al hombro y el «que apro­
veche» en la boca, veía comer á las familias; y en días solemnes, como cum­
pleaños, pascuas y fiestas del santo de los amos de la casa, ni siquiera el
aguador podía entrar en el refectorio, porque ó le advertían los criados
que trajese el agua antes ó después de la comida, ó ésta se tenía en la sala
para que cupieran con más holgura los parientes y los amigos, comensales
fijos en tales solemnidades.
Las casas de buen gobierno, y era en este punto de las primeras la de
doña Eduvigis, no oían nunca la campanilla mientras estaban sentados á
la mesa. Y no porque se hicieran los sordos, ni porque encargasen á la
portera, que entonces apenas las había, que recogiese las tarjetas, que tam­
poco se despilfarraban como ahora, sino porque nadie era osado á dirigir­
se á una casa cuando sospechaba que estaban comiendo los amos de ella.

AYER, HOY Y MAÑANA

429

Y si sucedía que algún amigo, por torpeza ó por ignorancia, llegaba á una
casa á la hora de comer, y encontraba abierto el portal, que era mucho
encontrar, porque ya recordará el lector lo que le dijimos á este propó­
sito en la primera parte de la obra, no por eso pasaba al comedor.
Si sonaba la campanilla de manera que se creyese que no era el agua­
dor el que la pulsaba, daban una sacudida eléctrica sobre sus asientos
los amos de la casa, y en la postura en que cada uno de los que estaban
en la mesa se encontraba, permanecían silenciosos todos, haciendo el se­
ñor gestos de rabia muda si alguno de los chicos movía un plato ó dejaba
caer un cubierto, y en voz baja, muy baja, decía casi para sí propio:
—¡Quién diablos vendrá á estas horas!
La hora era la del verdadero mediodía, y la criada, que sabía que la
incomodidad de su amo no iba tan allá que la obligase á mentir diciendo
que sus señores no estaban en casa, ni menos que estaban y no querían
recibir, abría la puerta, recibía la visita y la hacía pasar á la sala, dicien­
do al recién llegado que tuviera la bondad de esperar un momento, que
iba á llamar á sus amos.
Y si el amigo, á pesar de las precauciones que tomaba el dueño de la
casa, entraba en sospechas de lo que estaba pasando, y decía que no los
molestaran si estaban comiendo, porque él se retiraría y volvería á otra
hora, la criada, que de seguro hubiera pedido su cuenta y llevádose el
baúl antes de echar una mentira negando á sus amos, no tenía reparo en
decir:
—¡Quia! No, señor; no están comiendo.
Y casi esto era la pura verdad, porque ni siquiera el bocado que tenían
en la boca tragaban por no hacer ruido desde que oían la campanilla.
Así la criada llegaba al comedor y en voz baja anunciaba el nombre
del visitante; y después que el amo le calificaba de majadero y de impor­
tuno, aunque fuese su mayor amigo, se limpiaba la boca y salía á la sala
á recibirle con los brazos abiertos.
Lo mismo, sin la efusión de brazos, hacía su esposa y los demás indi­
viduos de la familia, y si el visitante volvía á entrar en sospechas al ver­
los salir desperdigados y con ciertos síntomas del ejercicio gástrico en la
cara, solía decir:
—¿Estaban ustedes comiendo?
—No tal —contestaban todos á la vez y apresuradamente.—¡Qué hemos
de estar comiendo!
—Sean ustedes francos—replicaba el amigo;—porque no tendría gracia
que si estaban comiendo....
—¡Qué disparate! ¡Pues si estuviéramos comiendo lo diríamos!
—Así debía ser, porque no es ningún pecado.

430

ANTONIO FLORES

— Claro está que no— decía el amo de la casa;—y el que más y el que
menos— añadía sonriendo—hace otro tanto so pena de la vida.

Y todo pasaba perfectamente, si no entraba en el cuadro algún niño
pequeño y mal criado que habiendo dejado con pena la mesa se impa­
cientaba por volver á ella, y con un candor envidiable preguntaba por qué
habían comido tan poco aquel día, ó si no comían hasta que se fuese aquel
caballero, ó cosa más clara y pregunta más directa.
Pero entonces escaseaban bastante esos niños que los franceses llaman
enfants terribles, porque el precepto que con mayor rigor formaba parte
de la buena educación era que los niños no estuviesen en las visitas, y
que si estaban no abriesen los labios sin que sus padres se lo mandasen.
Así, pensando en aquellas costumbres de antaño, tan opuestas á las de
ahora, volví á mi casa decidido á escribir una carta á doña Eduvigis, ro­
gándole que cuando la fuese menos molesto tuviera la bondad de recibir­
me en su casa; porque, como es natural, tenía grandes deseos de hablar
con ella de muchas cosas y personas que habíamos conocido los dos.
Pero antes de que tuviera tiempo de poner por obra mi pensamiento,
doña Eduvigis, excitada por la vista de mi tarjeta, me escribió al respal­
do de otra suya lo siguiente:
A las siete comemos: venga usted á comer hoy con nosotros.
Si mi amiga hubiese escuchado la conversación que horas antes había
yo tenido con la portera de su casa no habría puesto con más precisión
las palabras que aquélla me dijo, repitiendo las que el yerno de doña Edu­
vigis había dicho á su amigo.
Yo salí en busca de uno mío, más versado que yo en las costumbres
de la corte, para rogarle que me dijera en qué términos debería contestar
á doña Eduvigis, excusándome, por supuesto, de asistir á la comida por
no tener el honor de conocer á su yerno ó por haber recibido tarde el con­
vite ó por cualquier otra causa parecida.
Mi amigo se rió de mi propósito, desaprobándole de plano, y me dijo
que no contestara, sino que á las siete en punto me pusiera un frac negro
y un chaleco del mismo color y un pantalón gris ó perla ó de cualquier
otra media tinta, pero claro, circunstancia precisa en el asunto.
Encargóme sobre manera que no fuese á la casa ni siquiera un cuarto
de hora antes de las siete, sino que procurase entrar á la hora en punto,
porque de otro modo no tendría quien me recibiese y pasaría por un pro­
vinciano ridículo, y le ofrecí hacerlo todo conforme me decía, incluso el
pantalón, que él dijo que era lo más esencial y lo más inglés, y que, con
efecto, para mí en inglés se quedaba.
Dos horas faltaban para la del convite, y las pasé en volver á pensar
en las costumbres antiguas, trayendo á mi memoria todo el ceremonial

AYEE, HOY Y MAÑANA

431

de los convites de antaño y aun tratando de recordar uno famoso que
nos dio el marido de doña Eduvigis el día del santo de su esposa. Me acor­
daba yo en primer lugar de que allí no comió nadie que no fuese muy
amigo de la casa; que ninguno de los convidados recibió la invitación con
menos antipación que la de una semana, y que la más lacónica decía lo
siguiente, después de los cumplidos ordinarios y precisos en toda carta,
esquela ó billete de aquellos tiempos: «Tanto mi esposa como yo espera­
mos que usted nos dispensará el honor de favorecernos, acompañándonos
á la mesa el día de Santa Eduvigis, en la seguridad de que por usted no
se hará variación alguna, y que la trataremos con toda confianza, sin que
tengamos un poco más que los acostumbrados azotes y galeras. En fin, así
comeremos más y comeremos menos y usted habrá hecho un día de peni­
tencia, que bien la necesita si ha de ganar el cielo.»
Esta chanza final ú otra por el estilo, que eran de rigor en estas cartas,
indicaba la confianza con que se trataban el anfitrión y los comensales;
pero la mesa se encargaba de desmentir el contenido del billete.
En suma, pensando en esas cosas y recordando muchas otras de que
hablaremos en el cuadro próximo, me puse el frac negro, el chaleco ídem
y el pantalón perla y un gabán sobre todo el traje para que no me co­
rrieran las gentes si me veían de frac por las calles, que era otro de los
encargos que me hizo mi amigo, y así cinco minutos antes de dar las siete
daba yo un campanillazo en casa de doña Eduvigis, sin que para subir
hasta el cuarto principal hubiera tenido el menor tropiezo con la portera
que tan locuaz y tan elocuente se mostró por la mañana.

CUADRO L

U NA COM IDA D E E T IQ U E T A , SIN E T IQ U E T A A LG U N A

Tal vez por la primera vez de mi vida me alegraba de no pecar de
joven al dirigirme á casa de doña Eduvigis, porque recordaba que en mis
tiempos, y en los suyos, que eran más antiguos, era un compromiso de
difícil salida tener pocos años en días de servilleta 'prendida ó de babero
en ojal, que es como entonces se llamaban los días de convite, que eran,
aunque muy solemnes, muy escasos. Pensaba yo que era preciso que fue­
sen muy ancianos los demás convidados para que por joven y pollo me
tocase á mí la penosa tarea de hacer plato á todos, y lo que es peor aún,
trinchar las aves en el caso de que las hubiera, y esto me consolaba.
Porque además de no haber presumido nunca de anatómico, recordaba
lo mal que lo hice y la burla que me valió mi torpeza y las manchas que
arroje' sobre los trajes de las damas que se sentaban á mi lado el último
día que había comido en casa de D. Timoteo, y este recuerdo de seguro
me haría estar más torpe que en aquella ocasión, si doña Eduvigis tenía
la imprudencia de hacerme alguna alusión al efecto.
Con estas ilusiones llegué á casa de mi amiga, y el criado que me
abrió la puerta, vestido de gran librea y con guante blanco, me quitó el
gabán y el sombrero, sin que yo pudiera defender ni rescatar ninguna
de ambas prendas; me preguntó cómo me llamaba, alzó un tapiz, repitió

433

AYE R, HOY Y MAÑANA

desde el quicio de la puerta y en voz alta mi nombre, y con la vista me
empujó hacia adentro, dejando caer detrás de mí la cortina.
Como un pichón recién salido del nido con los primeros cañones, pues
no otra cosa parece un hombre con frac estrecho y coliagudo, sin som­
brero ni bastón en la mano, entré en un salón lleno todo de hombres ves­
tidos á mi imagen y semejanza, y en el cual el sexo hermoso estaba re­
presentado por doña Eduvigis, por su hija Ruperta y por la niña de quince
abriles Georgia, hija de esta última.
Doña Eduvigis se alzó de su asiento, me tendió glacialmente la mano,
y dirigiéndose á uno de los señores de frac negro y pantalón perla le dijo:
— Epifanio, te presento al amigo de quien tanto me has oído hablar.
Y á mí me dirigió la siguiente brevísima frase:
— Mi yerno.
D. Epifanio me estrechó la mano con una cordialidad tan afectuosa
que á poco más necesito aplicarme un cordial á los nudillos, y volviéndo­
se á los demás señores que había en la sala repitió en voz alta mi nombre.
Y á mí me dijo, señalando rápidamente á cada uno de aquellos caballeros:
— El duque del Milagro, el barón Villiers-Asthon, el general Spech, el
Sr. López, M. Saint-Philemón, el Sr. de Campofresco; el Sr. Palastro y el
marqués de la Consecuencia.
Cada uno de estos señores se inclinó respetuosamente, haciéndome
una cortesía á que contesté del mismo modo, y me quedé en medio del
salón, sin saber qué hacer con los brazos, porque echaba de menos mi
sombrero ó la franqueza en la casa para poder hacer lo que el duque, que
hojeaba los libros de estampas que había sobre el velador, ó el barón, que
permanecía tendido en una butaca, ó los demás amigos, que hundidos en
los divanes, con más comodidad que etiqueta, lisonjeaba el uno á la ma­
dre, charlaba el otro con la hija y no faltaba quien hiciese salir el color
á las mejillas de la nieta. El Sr. Palastro y el dueño de la casa eran los
únicos que estaban de pie junto á la chimenea, en la que ardía más de un
quintal de carbón de piedra.
Pero antes de que yo tuviera tiempo para escoger cualquiera de aque­
llas ocupaciones, y en el momento en que me decidía por la de acercar­
me á la vieja, se alzó un tapiz, resonó en la sala una frase en francés, que
no pude traducir al castellano, y alzándose todos, como movidos por un
resorte, se dirigió á mí Ruperta, y enganchando su brazo en el mío me
llevó, aunque parecía que yo la llevaba á ella, á una sala y luego á otra,
todas alumbradas con profusión, y entramos en el comedor, también pro­
fusamente iluminado. Detrás de nosotros venía doña Eduvigis apoyada
en el brazo del marqués de la Consecuencia, Georgia cogida á M. SaintPliilemón y los demás señores sueltos y á la desbandada.
T omo II

28

434

ANTONIO FLORES

Cuatro caballeros de frac negro, corbata y guante blancos, que había
en el comedor, se inclinaron respetuosamente al entrar mi persona con la
de Ruperta, y sentándose ésta, sin devolverles el saludo, en un sillón del
centro de la mesa, me miró poniendo la mano sobre el sillón que estaba
á su derecha, y viendo que yo no entendía la seña y aguardaba á que los
demás convidados se sentaran, me dijo:
—Siéntese usted, que estos señores son de casa y ya saben sus puestos.
Hícelo así, y mientras pensaba qué galantería sería más grata á la se­
ñora que me honraba poniéndome á su derecha y que estaba hermosísi­
ma y elegantemente vestida, tendí una mirada sobre la mesa y me quedé
entregado á mis ordinarias reflexiones y á mis recuerdos de antaño.
La mesa era grande, y sin embargo no había en ella un solo sitio vacío
donde poder colocar, no ya las dos soperas, con la de arroz y la de pan con
adornos de hierbabuena y sangre de gallina, ni la fuente de los garban­
zos, sino ni siquiera para poner el plato en que habíamos de comer cada
prójimo. Amén de tres magníficos jarrones de bronce, llenos de flores del
tiempo y artificiales; dos plateaux, ó lo que antiguamente habríamos lla­
mado salvillas de cuatro pisos, llenos de juguetes, lazos y estampitas; dos
vasijas de plata por las que asomaban los cuellos, bien sucios por cierto,
de unas botellas; catorce ó diez y seis platos grandes y chicos de bronce,
de cristal y de china, con frutas, salchichón, aceitunas y otras cosas, nin­
guna de gran substancia, teníamos cada uno siete copas de cristal blanco
y una verde, y una botella de agua y dos mondadientes y el consabido
cubierto y una servilleta y dos platos y un pedacito, muy pedacito, de pan.
Afortunadamente, decía yo para mis adentros, tengo poco apetito, y
aunque no me sirvan nada más que lo que hay á la vista tengo bastante,
y prefiero que no se coma cosa de provecho con tal de que no me obli­
guen á trinchar, porque estoy seguro de hacer una triste figura. Pues si
en casa de doña Eduvigis, en que pude ponerme de pie y trinchar en
medio de la mesa, que toda ella estaba rasa, armé tanto estropicio que se
me escapó la mitad del ave y salpiqué á las señoras, y al saltarse el trin­
chante por poco dejo ciego á un pobre señor, que ya había cuidado de
venir tuerto, ¡qué no me sucederá aquí si he de operar en este pequeño
espacio, entre catorce copas y dos botellas y una porción de cacharros
que bailarán el de San Vito en cuanto yo imprima á la mesa el movi­
miento descoyuntador de mis brazos! ¡Señor, añadía mentalmente, que no
saquen aves, y si las sacan, que sea en pepitoria para que no se empeñen
en que yo las trinche, aunque me obliguen á comer de ese queso y á be­
ber de ese vino que está en ese cacharro de plata!
El queso á que yo me refería parecía forrado con papel de plata, pero
estaba mohoso y verde, y yo veía pasearse dentro de él una porción de

AYER, HOY Y MAÑANA

435

seres extraños, como si arrimando el ojo á un telescopio hubiera divisa­
do los habitantes de la luna, y el vino ó al menos la botella estaba muy
sucia y aun tenía abrigado el cuello con una espesa tela de araña.
Luego supe (siempre sabe uno tarde las cosas) que aquel queso tan
sutilizado por los seres que le habitaban era un queso de gran precio,
porque cuanto mayores son los gusanos roedores de la conciencia del
queso extranjero más caro cuesta y en más le estiman los aficionados, y
las telarañas y el polvo de la botella eran la certificación de su larga es­
tancia y de su buena conducta en la bodega. En pensamientos análogos
pasé poco más de tres segundos; á cuyo tiempo los criados del comedor,
que me avergonzaban porque estaban vestidos con más etiqueta que yo,
aunque no tenían pantalón perla, fueron repartiendo platos de sopa á los
convidados, acercándose con uno de ellos en cada mano y diciendo:
— ¿Tortue ó Juliev.?
Yo pedí de la última, porque fue la palabra que con más facilidad
pude repetir, y Ruperta me dijo:
— ¿No ama usted la tortuga?
— No me hable usted de amor— contesté sorprendido,— porque cuando
uno tiene el honor de estar al lado de una mujer tan hermosa como us­
ted, por más que su estado de señora casada le infunda respeto, no cabe
amar á nadie.
— Muchas gracias— dijo Ruperta riendo,—por el talento con que ha
jugado usted el equívoco. Es un precioso calambur.
En seguida comprendí que el equívoco consistía en que me había
equivocado, y que sin estar calamocano, porque aún no había bebido,
tampoco entendía lo que quería decir el calambur; y contestando con una
sonrisa, resolví no dar lugar á que me hablase Ruperta, porque temía no
entenderla, sino ser yo el que iniciara la conversación para traerla á
mi jurisdicción y á mi idioma. Y así lo hice lo mejor que pude, aunque
sospechando que no lo haría muy bien, porque Ruperta prefería la con­
versación del duque, que estaba á su izquierda, y aun creo que le hizo
más de una seña para que escuchase lo que yo le decía á ella.
Por esto, si Ruperta se burló de mí, no quiero que lo hagan los lectores,
y omito la conversación y sigo comiendo.
— ¿Querez?— dijo con acento francés y no en español un criado, que
botella en mano, alta como tirador de pistola, venía echando vino claro
en las copas.
— Laffite— dijo otro que venía detrás del escanciador del Jerez, con
otra botella obscura y sucia por de fuera.
Y así de este modo fueron pasando los criados durante la comida,
hasta llenar diferentes veces las siete copas, siempre anunciando el nom-

436

ANTONIO FLORES

bre del vino por el lugar de su nacimiento ó por el nombre de pila 6 por
el del padre del licor, y siempre en francés, y sin que nadie diera señal
alguna de satisfacción, hasta que se empezó á servir un vino enfermo,
cuya botella venía acostada en un canastillo, cubierta de telas de araña
por supuesto, y que sin incorporarse, ni siquiera por respeto á los convi­
dados, iba derramando su vida en las copas. Verdad es que luego supe
(también tarde, como lo del queso) que el Sr. Lambertín, que así se lla­
maba el vino acostado, lejos de faltar siguiendo tumbado, habría pecado
mortalmente á los ojos de los aficionados si se hubiera incorporado si­
quiera una línea. Por eso las telas de araña y el barro y el polvo no son
señales de suciedad, sino testimonios irrecusables y fehacientes de que
no ha hecho locuras en la bodega y de que ha permanecido tumbado y
quietecito en la cuarentena de meses que pasó allí, y que sin movimiento
alguno le han subido hasta el comedor los criados.
Te aseguro, lector, que después que supe todos esos detalles biográfi­
cos del amigo Lambertín y los otros del queso Stilton, no bebo vino que
no tenga telas de araña ni como queso que esté deshabitado.
El segundo plato que se sirvió después de la sopa, ya me hizo com­
prender que allí los convidados no hacían plato á nadie, y respiré tran­
quilo pensando en que sería posible que no nos obligaran á trinchar las
aves, y así fué en efecto. Aquellos caballeros de corbata y guante blancos,
que yo no había comprendido que eran criados de comedor, se nos fueron
acercando en silencio, por el costado izquierdo, con las viandas trinchadas,
partidas y algunas de ellas con las raciones cargadas sobre el tenedor de
servir, y el pavo se presentó descuartizado y revuelto entre las trufas, sin
que ningún convidado sudara y fuese blanco de las miradas de todos,
mientras á los ojos del uno lanzaba un surtidor de grasa y á la blanca
pechera del otro un pedazo de alón, dejando por fin al pobre animal en­
teras todas sus coyunturas, deshiladas sus carnes y rotos sus huesos.
El dueño de la casa halló al llegar á la mesa un papelito en que el
jefe de la cocina le daba cuenta de todos los platos y del orden con que
habían de servirse, y esto le ahorró de preguntar lo que pensaban darle
de comer. Y como el papelito circuló entre los convidados, ninguno de
éstos habló una sola palabra. Cuando se sirvió el vino acostado fué cuan­
do empezaron las conversaciones; al verterse el Rhin, no el río, sino el
vino de este nombre, en las copas, ya se hablaba más fuerte, y al engullir
el pavo, la conversación era animada y general. Verdad es que el pavo no
tuvo la culpa de semejante locuacidad, sino que el espumoso Champagne,
que era el vino que se estuvo helando de frío en los cacharros de plata
mientras comíamos, fué el que nos sacó á todos las palabras del cuerpo,
los colores á la cara y la animación á los ojos. Desde ese momento debieron

A Y E R , HOY Y M A Ñ AN A

437

conocer los criados que ya estábamos todos en lastre, y servían con más
parsimonia, aunque del mismo modo y con iguales maneras que en la pri­
mera parte de la comida. Uno de ellos vino con una escoba en mango de
marfil y una bandeja de plata á barrernos el trozo de mesa que teníamos
debajo del plato como si fueran fronteras de tienda condenadas por el
ayuntamiento á barrerse hasta el arroyo; otro nos puso un cubierto de oro
y platos de postres, y uno á uñóse fueron sirviendo los que estaban sobre
la mesa. Todo hecho á guisa de besamanos, juramento ó pleito homenaje,
puesto que el criado cogía el plato del postre, lo paseaba por todos los
convidados, que la mayor parte le perdonaban la vida haciendo seña ne­
gativa con el dedo, y el plato volvía á ocupar su puesto sobre la mesa. El
helado, que también tenía su nombre de pila, y célebre, puesto que se
llamaba líichelieu, nos le sirvieron á rebanadas los criados.
A ese tiempo ya yo había dejado de cometer inconveniencias, y me
hallaba como el pez en el agua, sin hacer finezas á la señora que estaba
á mi lado y que no quiso admitir ninguna; riéndose con el duque cada
vez que yo hacía lo que luego supe que era una enorme falta de educa­
ción. Y pasados en revista los postres y escamoteadas por todos las chu­
cherías que había en e lplateaux, nos sirvieron los enjuagues, de que cada
cual usó con franqueza en la boca y aun en las manos, y nos levantamos
de la mesa. Ruperta volvió á coger mi brazo y yo volví á dejarme llevar,
haciendo que la llevaba, hasta un magnífico gabinete en el que estaba pre­
parado el café y butacas para reposarlo y divanes para arrullar el sueño
y chimeneas para templar los calofríos de la comida.
Al llegar á esta pieza me hizo mi dama una graciosa cortesía, y como
si le faltara tiempo para ir á continuar con el duque la burla que de mis
inconveniencias habían hecho durante la comida, se sentó con él en un
vis-á-vis, y por lo que yo pude comprender entonces y por lo que más
tarde he sabido, tuvieron el siguiente diálogo, en francés, por supuesto:
— Pero, señora, ¿de dónde ha salido ese hombre?— dijo el duque.
— Es un antiguo amigo de mi mamá; y crea usted que me ha hecho
pasar un rato delicioso. Sus barbaridades me han hecho feliz.
— No diga usted eso, Ruperta, yo creo que es un suplicio tener un
hombre así al lado. ¿Qué le decía á usted cuando se empeñaba en que ha­
bía usted de aceptar el pedazo de manzana que había mondado?
— Nada: que ya le había hecho desaire con las aceitunas y con el sal­
chichón, y que tenía desgracia en no acertar con mi gusto.
— ¡Pero ese bárbaro no sabe que es de mal tono el hacer finezas, y que
para servir están los criados!
— Pues si no le hago una seña á tiempo, cruza el brazo por encima de
la mesa para ofrecer á mi mamá un pastelito trinchado en un tenedor.

438

ANTONIO FLORES

—¿Es posible?
—Lo que usted oye.
—¡Qué lástima que no le haya usted dejado! El barón y yo nos ha­
bríamos reído infinito.
—Ya, pero M. Saint-Philemón, que come hoy por primera vez aquí,
¿qué habría dicho?
—Verdad es, aunque también por allá hay gente bourgeois de sobra.
—Y el caso es que mi mamá dice que es persona de buena clase y de
mucho talento.
—Pues no lo parece, porque siempre se ha dicho que en la mesa y en
el juego se conoce lo que cada cual ha mamado.
—Ya; pero él no ha cometido ninguna grosería.
—¡Le parece á usted pequeña la de acosarla con finezas, queriéndole
servir de todo como si fuera un criado!
—Mire usted, duque —replicó Ruperta sobreponiéndose la vanidad de
la mujer á las exigencias de la moda,—lo que es en este punto más vale
callar; porque después de todo, yo creo que la galantería antigua era la
verdadera. Las damas estaban entonces muy consideradas y servidas.
—No crea usted tal cosa—repuso el duque;—aquella galantería era una
verdadera afeminación. ¿Qué le importa á usted que un caballero, á quien
no conoce le deje la acera en la calle, ni le ceda el puesto en el teatro,
ni le haga ningún otro obsequio? ¡Pues dónde hay nada más ridículo que
un hombre que va de viaje deje de comer y ceda el asiento de esquina y se
prive de fumar por complacer á una señora á quien no volverá á ver y que
va pensando en llegar cuanto antes al lado de su esposo ó de su amante!
—Mudemos de conversación, duque, que es mucho mejor.
Y así lo hicieron; pero de lo que entonces hablaron no entendí ni lue­
go supe nada. Yo tomé una taza de café, me puse á hablar con doña Eduvigis, y observé y vi y oí otras cosas que no caben en este cuadro y por
eso pasan al siguiente.

CU ADR O LI

P LA C E R E S DE SOBREM ESA

Cuando se comía callando, se arrullaba la digestión durmiendo y los
intiguos que tenían por precepto no hablar en la mesa, porque a la del
juen cristiano asistían los ángeles del Señor, alzados los manteles y da­
i s gracias á Dios por el pan del día, se iba cada cual a bus ar el ángel
le su guarda que estaba A la cabecera de la cama, y reza
m itro se quedaban dormidos. La siesta á obscuras era la sobremesa de
aquellas comidas á puerta cerrada.
hoy que los fósforos han penetrado por todas partes y que el gas y las
buhas d i esperma iluminan los comedores, se arrojan del cuerpo las pa­
labras que puedan estorbar la entrada de los alimentos, se alzan losmant s largL d o un brindis y se va a, salón del cafó er. busca de una Uza
de esta bebida y una copa de licor para seguir
echando brindis. La siesta discutidora es la sobremesa de los festines
“ A v e n t a j a s de esta manera de comer hablando, ya las hicimos pre­
sentes en el cuadro que escribimos para demostrar que pavo trufa y
Champagne helado son entusiasmo probado.
nue pay
Ahora no vamos á hablar de esas sobremesas pubhca*; en que
y
tnnt„ p-ente convidada á postres como la que se ha atracado
1
^
s S : dV otrls do más confianza y de menos P»“
*
ejemplo, la que presenciamos y á la que como uno de tantos asistimos

440

ANTONIO FLORES

casa de doña Eduvigis después de la comida que hemos tenido en el cua­
dro anterior.
Mientras comíamos no supimos si aquel lujo era diario 6 si se celebra­
ba el santo de alguno de la familia ó un suceso próspero del dueño de la
casa; más tarde fue cuando nos dijeron que aunque ordinariamente se
trataban bien aquellas señoras y nunca dejaban de tener alguna persona
á su mesa, la de aquel día era extraordinaria, ó mejor dicho, ordinaria de
lunes y viernes, que eran los días de la semana en que tenía comida el
esposo de Ruperta. Y aquí volvemos á decir que no porque tuviese comi­
da esos dos días dejaba de tenerla los demás de la semana. Damos la fra­
se tal cual nos la dan á nosotros el público y los periódicos, y nada más.
Lector, no seas malicioso, que nosotros no quitamos ni ponemos ni deci­
mos nada.
Nos han dado una taza de café y una copa de ron; hemos bebido la
primera y paladeado la segunda, y en el intermedio hemos echado un
párrafo con doña Eduvigis mientras el duque hablaba en francés y sin
alzar mucho la voz con Ruperta; M. Saint-Philemón, en el mismo idioma
y á igual entonación, con Georgia, y el Sr. Palastro y el dueño de la casa
sostenían una conversación muy animada sobre negocios bursátiles, de
la cual eran público pasivo el Sr. López, el Sr. Campofresco y el marqués
de la Consecuencia.
Á pesar de que la conversación que desde luego entablamos con doña
Eduvigis absorbía toda nuestra atención por los recuerdos juveniles que
en ella evocamos, todavía nos quedaba un oído y parte del otro libres
para sorprender de vez en cuando alguna frase de amor en los labios de
M. Saint-Philemón y tal cual palabra galante en los del duque. Pero desde
que se fué animando la conversación de los que estaban de pie delante de
la chimenea, no volvimos á oir nada de los diálogos amorosos y galantes
y nos costaba no poco trabajo atender á lo que nos decía doña Eduvigis.
Los que habíamos comido en la casa y los que fueron entrando para
tomar parte en la sobremesa, todos batíamos el cobre, como dicen las
gentes; pero los de la chimenea batían el oro y le batían tan en grande,
que apenas pasaba un segundo sin que pasara por mis oídos un millón de
reales. Porque era tal la familiaridad que tenían el Sr. Palastro y el
marido de Ruperta con el dinero y tan fácil era para ellos hacer millones
con la imposición del capital y los intereses y la acumulación de éstos y
el interés compuesto y otros cuantos trasiegos y enjuagues que hacían
con el dinero, enjuagándose la boca con centenares de millones de reales,
que insensiblemente me fui olvidando de que estaba hablando con doña
Eduvigis, hasta que ésta, conociendo que tras de las orejas se me iban los
pies hacia el río de la plata, me dijo:

AYER, HOY Y MAÑANA

441

—Veo con gusto que también es usted hombre de negocios.
-—No, señora—le contesté;—yo no entiendo nada de esas cosas, pero me
estaba llamando la atención la rapidez con que su yerno de usted y el
Sr. Palastro hacen crecer el capital, que no parece sino que trabajan
sobre una pizarra con el yeso en la mano.
—Pues mire usted—dijo doña Eduvigis,—no crea usted que mi yerno
ha hecho su fortuna más despacio que se hará la que propone ahora á esos
señores.
—¿Les va á regalar algún capital?—dije yo con cierto interés codicioso
y sin ocurrirme pensar cómo doña Eduvigis, que parecía haber prestado
menos atención que yo á lo que hablaban en la chimenea, estaba entera­
da de todo.
—Haga usted cuenta que sí, que les va á regalar un capital—me repli­
có,—porque les ofrece participación en la sociedad que ha formado estos
días, y eso es más que darles hecha una gran fortuna.
—¡Conque su yerno de usted es tan rico que forma sociedades industria­
les como esas de que todos los días hablan los periódicos!
—¡Ya lo creo! Como que en casi todas ellas habrá usted visto su nom­
bre. Pero no crea usted que para formar una sociedad se necesita tanto
dinero como se figuran las gentes.
—¡Pues cómo es eso, si hay algunas que tienen un capital de doscien­
tos millones de reales!
—Mire usted, mi yerno le explicará á usted mejor que yo, que cada
día soy más torpe, como él me dice, de qué manera se hace eso; aunque
desde luego le puedo decir á usted que á veces ese capital es nominal, es
decir, figurado, y que de todos modos, como que son sociedades, el capi­
tal le ponen entre todos los socios.
—Ya; pero si su yerno de usted es el principal de la compañía, pondrá
más dinero que todos.
—Sí, señor, le pondrá; ya le he dicho á usted que no entiendo mucho
de esas cosas; sólo que como él es el que trae á la sociedad el pensamien­
to industrial, le dan también una parte de las acciones libres de pago.
—¿Y quién paga esas acciones?
—Nadie. ¡Si son libres de pago!
—Pero, señora, si no han pagado, tampoco cobrarán cuando haya uti­
lidades.
—Eso sí, señor; ¡pues no faltaba más! Sólo que mi yerno, como tiene
tantos asuntos en la cabeza y tanto genio mercantil, las vende para for­
mar otra nueva sociedad: así es que ya ha formado siete ú ocho, unas
industriales y otras de crédito. La de ahora es de crédito, y no se puede
usted figurar qué empeño hay por pillar acciones de ella. Quisiera yo que

442

ANTONIO PLORES

nos hubiéramos encontrado antes usted y yo para que mi yerno le hubie­
ra dado participación en ese negocio. Pero ya caerán otros, y como usted
se venga por acá los lunes y los viernes, que son los días que tenemos
comida, pronto se hará rico, es decir, más rico de lo que es, porque yo
me figuro que no habrá usted dejado de hacer en buen caudal.
—Pues se figura usted mal—le repliqué,—porque estoy tan pobre como
siempre.
—Eso sí que no lo creo.
—Lo siento, pero es la verdad.
—Sería usted el único que no hubiera comprado algún convento ó
algunas tierras de bienes nacionales.
—Pues soy el único, porque no he comprado nada de eso.
—Tendrá usted papel del Estado; eso es mucho mejor, aunque no le
aconsejo á usted que lo guarde mucho tiempo porque da poca renta. En
cualquier sociedad le produciría seis veces más interés.
—Pero, señora, si yo no he comprado nada porque no tenía dinero
ni cuando se vendieron los bienes de los frailes ni cuando bajó y subió y
volvió á bajar y á subir el papel del Estado; si siempre he sido pobre.
—Razón demás para que haya usted comprado algo, picarillo—dijo
doña Eduvigis sonriendo y casi metiéndome los ojos en el bolsillo.—Y ha­
brá usted hecho bien—añadió con desenfado—en no ser tan tonto como mi
difunto marido, que por más que estuve erre que erre con él, murió sin
una peseta. Y aunque yo le decía métete en negocios, compra bienes na­
cionales, ves á la Bolsa, él, nada, no sabía más que contestar, con una pequeñez de alma que me pudría y me requemaba la sangre: «¡Pero si no
tengo dinero!»
—Y sería verdad - dije yo,—porque D. Timoteo no creo que tuviera otra
cosa más que su sueldo pelado.
—¡Claro es que no tenía nada más!; pero ¿qué tenían los otros, y todos
compraron algo? El que no se metió en los conventos, se hizo contratista
de suministros ó compró papel en la Bolsa ó adquirió acciones de minas.
—Señora, no se canse usted, tendrían dinero.
—¡Sí, el que tenía mi yerno cuando se casó com mi Ruperta!—exclamó
doña Eduvigis.—Parece imposible que un hombre de tanto mundo como
usted diga esas cosas. Mi yerno no tenía más capital que el día y la noche,
pero es de un genio emprendedor y de los que no se ahogan por nada, y
ya ve usted con qué lujo vive.
—Sí, ya lo veo—contesté.—¿Esta casa es suya?
—No, señor, porque al capital invertido en casas se le saca poco in­
terés.
—¿Tendrá tierras?

A YE R , HOY Y MAÑANA

443

— Menos; ese es peor negocio que el de las casas.
— Vamos, tendrá el dinero en el Banco.
— Buen negocio haría con eso, ¡ni qué falta le hace ir, por un mezqui­
no interés, al Banco del gobierno, cuando él ha fundado uno que vale por
todos los Bancos del mundo!
—¿Ha fundado un Banco?
— Sí, señor; usted le habrá oído nombrar: se llama El Multiplicador
de las fortunas , banco enemigo de los despilfarros, creado en beneficio
de las clases pobres, con un capital social de trescientos millones de
reales.
— ¿Y quién ha dado ese capital? ¿Su yerno de usted?
— No, señor; ¡no se lo he dicho á usted ya! Mi yerno dió el pensa­
miento.
— ¿Pues de quién son esos millones?
— De mi yerno y de todos los socios.
— No lo entiendo, señora, y siento ser tan torpe.
— Francamente, no es usted muy listo— dijo doña Eduvigis;— pero ya le
darán á usted unos estatutos y se enterará de todo. Mire usted: ese señor
duque que habla con mi hija ha puesto en el Banco casi toda su fortuna,
que es considerable; el Sr. López y el Sr. Campofresco también tienen
sus fondos impuestos en el Banco.
— Y dígame usted, M. Saint-Fhilemón, el barón Villers Asthon y el
Sr Palastro ¿tienen también capitales impuestos en el Banco?
— No sé; los dos primeros son gerentes y el otro es un gran ingeniero
italiano que ha hecho venir mi yerno para la nueva sociedad que está
formando. En fin, lo que yo quiero es que usted nos siga honrando con su
presencia, y cuando se entere de todas las grandes utilidades que realizan
esas empresas ya procurará hacerse socio de alguna de ellas.
— ¡Pero, señora, si yo no sirvo para socio industrial porque no entien­
do de negocios, ni para socio capitalista porque soy pobre!
— ¡Vaya, vaya, no se haga usted el chiquito, que otros más pobres que
usted tienen puesto dinero en el Banco!; porque ha de saber usted que se
admiten toda clase de cantidades.
— ¿Y qué se hace con ese dinero?
— De eso sí que no entiendo una jota; pero sé que hacen negocios; y ....
vamos, lo cierto es que el primer año, y no fué completo, se dió á los im­
ponentes el diez y seis por ciento de utilidades sobre el interés fijo del
dinero, que es de un ocho.
— Y el segundo año ¿á cómo han repartido?
— Aún no se sabe, porque aún no ha concluido el segundo semestre;
pero se cree que repartirán á más. Ya hablará usted de todo con mi yer-

444

ANTONIO FLORES

no, porque le he he dicho que era usted un buen amigo nuestro y que
probablemente querría colocar con seguridad y á buen interés el dinero
que haya traído de América.
— Pero, señora, ¿quién le ha dicho á usted que yo he estado en Amé­
rica?
— Yo me lo he figurado, porque ¡como no le he visto á usted en tanto
tiempo!.... Y ahora lo creo con más seguridad por haberle oído decir á
usted que no había comprado bienes nacionales ni jugado á la Bolsa ni
tomado parte en las sociedades anónimas.
— Y según usted, es preciso hacer una de las dos cosas: ó irse á Amé­
rica ó meterse en la Bolsa, ¿no es esto?
— No conozco otras maneras de hacerse rico.
— Pues vea usted, señora, por lo que yo soy pobre. Y me alegro que
me lo haya usted explicado, porque estaba un tanto aburrido de ver tanta
gente rica y no ser yo uno de ellos.
— Aún tiene usted tiempo si quiere; y ahora mismo si le da bien al
ecarte ó al golfo, puede dar principio á su fortuna. Aquí jugamos todas
las noches un ratito después de comer.
— El caso es que yo no sé agarrar las cartas en la mano.
— ¿Pues qué sabe usted hacer?
— Haga usted cuenta que nada. Escribo mal, muy mal, novelas y
versos.
— ¡Georgia!— gritó doña Eduvigis, volviéndose á su nieta Georgia.
— ¿Qué quieres, mamá Eduvigis?— dijo la niña, sin moverse de su asien­
to ni volver la cabeza hacia donde estaba su abuela.
— Que saques el álbum, que el señor es poeta.
— Perdone usted, señorita— dije, dirigiéndome á Georgia,— ¡pero yo
hago unos versos tan malos!....
— No importa— interrumpió doña Eduvigis.— Mañana le enviaremos
á usted el álbum; pero no le tenga usted en su casa muchos días,
— Y sobre todo que no me ponga tonterías— dijo la niña, sin dejar de
hablar con el francés.
— ¡Ye usted cómo Georgia no quiere que le pongan tonterías! ¡Y como
yo no sé hacer otra cosa!....
— No, señor, no es eso; lo que la niña quiere decir es que no repita us­
ted en su álbum lo que haya puesto en otros, ni trozos de cosas publica­
das, como hacen todos los poetas, sino que saque usted de su cabeza al­
gunos versos nuevos hablando de ella.
Mis excusas fueron inútiles, y al día siguiente recibí el álbum, cuyas
hojas estaban llenas de versos, de rasgos pictóricos, de retazos de música
y de pensamientos en prosa. Y le di número, para despacharle cuando le

AYER, HOY Y MAÑANA

445

llegara su turno, entre los quince ó diez y seis que habían llegado antes
que él con igual petición.
En cuanto al tiempo que permanecí en casa de doña Eduvigis, lepase
viendo rodar el oro por el tapete de la mesa de juego, como antes habían
rodado los millones por los labios del amo de la casa y del Sr. Palastro,
y aproveché la ocasión de despedirme cuando á las diez de la noche pidió
Ruperta el coche para el teatro y se dirigió hacia sus habitaciones para
hacer su toilette.
Conmigo salió á la calle el general Spech; y en esto tuve suerte, por­
que de todos los que había allí él era el que me había inspirado más sim­
patías, y apenas habíamos dado unos pasos juntos me dijo:
—¿Usted no juega?
—No, señor—le contesté.
—Yo tampoco—me dijo,—y menos á un juego tan tirado como el que
aquí hacen.
—Ya, ¡pero como no juegan más que un ratito!....
—¡Sí, un ratito! Hasta las dos ó las tres de la madrugada.
—Yo es el primer día que vengo—le dije.
—Sí, ya lo sé—me replicó,—será usted accionista de alguna de las em­
presas de la casa.
—No, señor.
—Yo tampoco—me replicó el general,—yes cosa rara que hayamos sa­
lido j untos y simpaticemos tanto.
—Yo no tengo dinero para esas empresas—le dije.
—Yo tengo alguna cosa; pero me ha costado mucho trabajo ganarlo
y conservar lo que me dejó mi padre, y por más instancias que me han
hecho no he soltado un cuarto.
—Ha hecho usted bien—dije sencillamente.
—¿Sabe usted algo?—me preguntó con verdadero interés mi compañe­
ro nocturno.
—¿De qué?
—Del estado de la casa.
—Ya le he dicho á usted que es el primer día que vengo á ella, y creo
que es una familia muy rica y muy respetable.
—Yo también creo lo mismo—me dijo el general, aprovechándola luz
de un farol de la calle para investigar mi semblante,—y no doy crédito á
nada de cuanto por ahí se dice.

—¿Qué se dice?—pregunté yo á mi vez.
—Nada, habladurías sobre si gastan demasiado en la casa y no se sabe
de dónde sale.
—¡De dónde ha de salir! Del Banco.

446

ANTONIO FLORES

—¿Del Banco?—preguntó nuevamente alarmado el general.—¿Usted
sabe que sale del Banco?
—Yo no sé nada; lo presumo; pero de todos modos, como ni usted ni
yo tenemos nada impuesto en él, ¿qué nos importa?
—Verdad es—dijo mi compañero algo turbado;—pero aunque yo no
tenga nada comprometido....la curiosidad......y en fin..... podía haber al­
gún amigo á quien le interesara....
—Pues no sé nada—le contesté secamente.
—Buenas noches—dijo el general con cierto aire de mal humor, y se
apartó de mí.
Yole vi marchar, sin tener tiempo de decirle «¡abur!,» y me volví ám i
casa, pensando en la casa, en la mesa y sobre todo en la sobremesa.

____

CUADRO LII
COSTUMBRES POPULARES

Lector, no se' cómo decirte «adiós,» y á medida que se acerca la hora
de nuestra despedida en esta época para resucitar en la próxima, me
va entrando un mal humor y un desconsuelo que no sé lo que ha de ser
de mí.
Pero pues es preciso que nos separemos, y este es, yo te lo afirmo, el pe­
núltimo cuadro de esta segunda parte de mi obra, quiero vaciar en él todos
mis remordimientos, haciéndote una confesión franca de todas mis culpas
y sacando por fin á luz todas mis omisiones.
Te he dicho, y quod scripsi scripsi, que no me arrepiento de lo dicho,
que los hombres de a y e r se llevaron al otro mundo sus placeres caseros
y sus goces de familia, y que por eso vivíamos hoy al aire libre y en
tertulia pública. Todo esto, lector, es verdad, y verdad que creo haberte
demostrado prácticamente y acaso con demasiada insistencia en las
páginas que llevo escritas; pero también es cierto que te he hablado mu­
cho y aun te he enseñado por dentro y por fuera el mecanismo de los go­
biernos populares, y sin embargo, no te he dicho una sola palabra de ese
pueblo.
Le has visto hacer alarde de su soberanía al cargar con el fusil al hom-

448

ANTONIO FLORES

bro y olvidarse de que era soberano al echar en las urnas electorales el
papelito que le daba el agente de la autoridad; te le he enseñado cuando
peroraba en el café, cuando comía en la fonda patriótica, cuando aplaudía
en la tribuna, cuando derribaba los monumentos arqueológicos y hasta
cuando más tarde recogía el polvo de lo derribado; pero francamente te
confieso que se me había olvidado que le vieras en su estado natural.
Porque aun cuando estamos en los tiempos de las mayorías, y la mitad
más uno en la vida de los pueblos modernos es el rataplán y la elección
y la discusión y los demás negocios políticos, como esto parece que sólo
durará hasta que nos constituyamos, es decir, menos de un siglo, no que­
remos considerarlo como el estado natural, y vamos á ver al pueblo en
las pequeñas treguas de la política.
Los ingleses, que son los verdaderos agrimensores del tiempo, se ponen
de mal humor y se incomodan porque nuestro calendario tiene demasia­
das fiestas, y como si no estuviera en sus intereses mercantiles que los
demás pueblos fuesen holgazanes, aplauden cuando oyen decir que vamos
á suprimir ciertos días festivos.
Pero esto no ha pasado de ser un dicho que se ha repetido muchas
veces, sobre todo en tiempo de lluvias, es decir, en tiempo inglés; mas en
cuanto ha salido el sol, los mismos apóstoles del trabajo se iban á tomarle
paseando, y no se volvían á acordar de suprimir las fiestas hasta que vol­
vían las nieblas.
De manera, lector, que aunque los hombres de ayer se llevaron aque­
llo y lo otro y lo de más allá, como no pudieron llevarse el sol, hazte
cuenta que no se llevaron ninguna de las verdaderas costumbres del pue­
blo español.
El día primero del año nos santiguamos, como lo hacían nuestros
padres, con una fiesta, ó lo que es lo mismo, con veinticuatro horas de
holganza, y cinco días después, si antes no se aparece un domingo, cele­
bramos con otra la Adoración de los Santos Leyes; los cuales corremos
á esperar todos los años con el mismo entusiasmo y los mismos hachones
de viento y los mismos cencerros con que salieron á recibirlos nuestros
tatarabuelos.
En el mismo mes damos las consabidas vueltas de San Antón, á be­
neficio del burro y demás cuadrúpedos; comemos los panecillos del Santo
y los de San Sebastián y San Ildefonso, y al mes siguiente abrimos la
boca para ver llevar la cigüeña á la torre de San Andrés, vamos de rome­
ría á San Blas, manteamos el pelele, enterramos la sardina y no omiti­
mos ninguna de las fiestas ni de las diversiones que heredamos de los
hombres de ayer.
Las romerías están cada año más animadas; las verbenas cada vez

AYER, HOY Y MAÑANA

449

más concurridas; tocamos la zambomba en Nochebuena, la carraca en
Semana Santa, la guitarra por San Juan y las castañuelas todo el año. Es
decir, que somos tan alegres, tan divertidos y tan holgazanes, al decir de
los extranjeros, como lo fueron nuestros padres. De lo cual resulta que
si se han relajado los lazos de la familia y se ha nublado algún tanto la
alegría del hogar doméstico, conservamos en su primitiva pureza el buen
humor y la holgazanería de los tiempos primitivos.
¡Bendito sea Dios que ha permitido que al derribarse la ermita con­
servásemos la romería! Y ya que nos olvidemos de rezar al Santo, bueno
es que sigamos paseando en la verbena y compremos la albahaca de San
Juan, la azucena de San Antonio, la efigie de San Pedro, el escapulario
del Carmen y la cara de Dios. Y si no vamos á la romería de San Blas
para pedir al Santo que nos libre de los males de garganta, como hacían
nuestros padres antes de conocerse el acónito homeopático, ni bebemos
en San Isidro el agua.del pozo del Santo, para limpiarnos de calentura,
lo cierto es que vamos á San Blas y no faltamos á la romería de San Isi­
dro, y de las intenciones que llevamos y de la fe que tenemos no le es
lícito juzgar á nadie.
Y si no que lo digan los escritores extranjeros, especialmente los
franceses, que al publicar sus impresiones de viaje aseguran que las cos­
tumbres del pueblo español son las mismas á mitad del siglo x ix que á
mitad del x v ii .
Como ellos vienen de prisa y no se han acordado de aprender el
idioma, no entienden otro lenguaje que el de las castañuelas ni ven
otra cosa que el humo de los buñuelos en noche de verbena, y es na­
tural que se vayan sin saber lo que han oído ni entender lo que han
visto.
Nosotros, que estamos más despacio y tenemos obligación de enten­
der nuestra propia lengua, no hemos de dejarnos alucinar por las apa­
riencias, ni permitir que el lector se engañe creyendo que no han sufrido
un cambio completo las costumbres españolas y muy especialmente las
del pueblo de Madrid.
Aun suponiendo, y no nos atrevemos á tanto, que algunas de las fies­
tas de antaño se celebren con el mismo ritual que entonces y que no
haya en todas ellas diferencias de forma esencialísimas, todavía podemos
asegurar que en el fondo difieren completamente las copias de los origi­
nales.
El itinerario que recorremos todos los años, haciendo estación en cada
una de las grandes solemnidades de los antiguos, es un viaje artístico
que hacemos dentro de un museo arqueológico, es una verdadera visita
de cementerios.
29
T omo II

450

ANTONIO FLORES

Somos casados en segundas nupcias, que van con la nueva esposa á
visitar el sepulcro de la difunta; padres de familia que van con nueva
prole de la mano á ver el panteón del primogénito, y niñas inconsolables
que volviendo la vista para ver al nuevo galán que las enamora, apenas
reparan en la tumba del que se murió creyendo que ellas se morirían
pronto de pena.
Aquellas vísperas de quince días, que tenían todas las diversiones de
los hombres de ayer , se reflejaban en las romerías, en las verbenas, en
los bailes y en todas las costumbres populares, dándoles un carácter que
hoy han perdido por completo.
Las gentes que merendaban en el campo dos veces al año, no podían
hacer lo mismo que los que á cada paso tropiezan con un merendero; los
que apenas dejan de ir al teatro tres días al año, no pueden asistir á la
función como los que sólo iban tres veces en cada anualidad de su vida,
y no es posible que baile con igual fervor el que lo hace todos los domin­
gos que el que lo hacía cada tres meses.
Creen algunos que las costumbres populares han variado porque han
variado los trajes, y que si se restableciera el zagalejo corto y la mantilla
de franja y desapareciese la blusa y la gorra volverían al mundo las ma­
nólas y los chisperos; pero esto no es exacto. Nosotros no participamos
de semejante ilusión, y aunque nos gusta ver la exhibición periódica de
los usos y costumbres de antaño, creemos que los de hogaño son otros
muy distintos.
No porque el menestral coma de prisa el besugo de Nochebuena se
vaya á creer que lo hace para ponerse cuanto antes á cantar villancicos
con su familia al Niño Dios, sino que le falta tiempo para irse al teatro
con sus amigos, todos ellos consocios de alguna tertulia pública; ni por­
que la manóla mantee el pelele por la tarde el día de Carnaval se pien­
se que va á pasar la noche cenando con las gentes de su casa, sino que
lo hará con sus amigas en los salones de Apolo, de Minerva, de Euterpe
ó cualquiera otra de esas deidades mitológicas que abren sus palacios
para que en ellos bailen las virtudes de cuerpo entero, las medias virtu­
des, los bustos de mostrador, las doncellas caseras y otra porción de
prófugos de la antigua pradera de la Teja y de desertores de la casa de
fieras del Retiro, paseos que hoy abandonan por el baile.
Y he aquí, lector, una costumbre de pie que yo quería que me viniese
á la mano para decirte de ella cuatro palabras, haciendo con la pluma
cuatro piruetas.
Sin riesgo de que nos demanden los pueblos cultos de la culta Eu­
ropa y muy principalmente la cultísima Francia, autora de los Campos
Elíseos, de Mabille, del Paraíso y de otros templos danzantes, no se pue-

AYER, HOY Y MAÑANA

451

de decir que el baile es una costumbre tan nacional como las corridas de
toros; pero puede y debe afirmarse que es esencialmente característica de
la época presente. De tal modo, que aunque no se consignó en ninguna
de las Constituciones del Estado, la primera libertad práctica que nos dió
el liberalismo fue la de las piernas.
Más entusiasmo produjo la apertura de los salones de baile en Santa
Catalina, en la Fontana, en San Bernardino y en Villahermosa, que la del
Estamento de Proceres y el de Procuradores en el Buen Retiro y en el
ex convento del Espíritu Santo.
Ninguno de los derechos que la Constitución daba á los españoles fue
tan bien recibido como la libertad que el constitucionalismo dió al rostro
para cubrirse con un tafetán y á las piernas para saltar y brincar sin
previa censura y como más y mejor les viniese á cuento.
Las clases más elevadas de la sociedad se lanzaron á los bailes, los
hombres más graves y más serios se vistieron de arlequines, y las muje­
res más hermosas se taparon la cara.
Todos hicieron uso y aun abuso del nuevo derecho constitucional, y
los bailes de máscaras, antiguamente prohibidos, figuraron en el catálogo
de las mejores conquistas de la libertad contra el obscurantismo al lado
de las leyes desamortizadoras, del derecho electoral y de otras reformas
económicas y políticas.
Pero el uso de la careta y el de las piernas, que tanto alegró á las gen­
tes, trajo consigo el abuso de la primera y el cansancio de las segundas,
y hartos los hombres serios de vestirse de moritos y de marineros y las
damas del gran tono de taparse la cara para cantar un perpetuo trágala
á los realistas, se fue resfriando la afición al disfraz y quedaron desiertos
los salones de baile.
Entonces las criadas de servir y las costureras, que al sabrá la compra
y al trabajo vieron venir á sus amos huyendo del sol y con el disfraz arras­
trando á buscar el lecho que con tanta ingratitud habían abandonado,
recogieron los disfraces, se pusieron las caretas y se declararon señoras
absolutas del baile y de las máscaras.
En los círculos del buen tono se quedaron con el baile serio, frase
que causa risa, y con el de trajes; y las gentes de menos tono se apode­
raron de los bailes campestres y de los bailes de máscaras.
La seguidilla, el fandango, la jota y el bolero andan desde enton­
ces perdidos sin hallar un rincón en donde guarecerse, la castañuela está
triste, el pandero roto y la guitarra y la bandurria se habrían ahorcado
si les quedase una cuerda con que hacerlo.
La criada alcarreña ya no se atonta valsando; el dependiente del co­
mercio se ve obligado á bailar el rigodón para que no le llamen hortera;

A

452

ANTONIO FLORES

la operaría de la fábrica de cigarros echa una polca con el cabo de infan­
tería; la ribeteadora de zapatos galopa con el tendero de comestible», y
las costureras y los industriales todos bailan sotis, mazurcas y cotillones
que es una maravilla.
Y no podía hacerse de otro modo, desde que ellas han prolongado sus
zagalejos y aun los han hecho de seda, arrastrando media vara de ésta
por el suelo, y ellos han estirado la chaqueta hasta convertirla en levita y
á veces en frac; haciéndose unos y otros dignos por su traje y por sus
bailes de las alfombras, espejos, arañas, divanes y lacayos de gran librea
que pone á su disposición el empresario del salón del baile por la módi­
ca suma de ocho ó diez reales.
El baile empieza todos los domingos y fiestas de guardar á las dos de
la tarde y concluye á las seis de la madrugada del siguiente día. Las cua­
tro ó cinco horas primeras se baila al aire libre en jardines fantásticos,
que borran con la belleza de sus flores y el bullicioso saltar de sus fuen­
tes y cascadas todos los remordimientos de la plancha, de la aguja, del
mostrador y de las demás labores á que los concurrentes al baile cam­
pestre se consagran en los días de trabajo; desde las siete álas once hay
un baile serio en salón cubierto, y desde las once hasta las seis un gran
baile de máscaras.
Antiguamente, cuando al anochecer de un día de fiesta se veía una
criada que iba de prisa por la calle, todos se consideraban autorizados para
decirle: «¡Corre, muchacha, que se te quema la pajuela!» Ahora, como que
no hay pajuelas, sino que los amos tienen cajas de fósforos y con ellas en­
cienden por sí propios las luces, está justificado el que las criadas no co­
rran; y si corren, también está justificado que las gentes no las vean correr,
porque vestidas de seda, con guantes de color de paja y aun cogidas del
brazo del novio, lo que se hace es dejarles la derecha y aun hacerles una
cortesía.
Pero donde conviene verlas no es en la calle, sino en el baile, ó polcando
con la cabeza sobre el hombro del galán y arrastrando los pies sobre la
alfombra, ó remedando sobre un diván la postura que su ama toma en el
tocador cuando ella la peina, ó haciendo en el ambigú melindres á un pas­
telillo, ó bebiendo en el café á cucharadas un baso de agua azucarada. Allí
tampoco hay nadie que las conozca, y cuando se cree estar hablando con
una princesa en desgracia, se halla uno que tiene á su lado una doncella
con fortuna, y es fácil tomar un mancebo de tienda por un gran banquero
y hasta por un ministro de Hacienda.
La igualdad ante la diosa Euterpe ha acabado de confundir todas las
clases y de quitar el carácter á las costumbres.
Un matrimonio sin hijos que tiene la humorada de entrar en uno de

AYER, HOY Y MAÑANA

453

esos bailes y se halla con que la primera pareja del salón se compone por
partes iguales de su criada y del novio de ésta, se encuentra en una situa­
ción verdaderamente difícil; y si al volver á su casa entra en el café y en
la mesa inmediata está refrescando la pareja, no es extraño que se aturda
y que el marido diga á su criada: «A los pies de usted, señora,» y que ella
le replique: «Beso á usted la mano, caballero.» Y menos extraño que esto,
es que el ama no se atreva á regañar á su criada mientras la vea vestida
con más blondas y mejores telas que ella, y que la muchacha no sufra el
regaño mientras tenga puestas aquellas galas.
Al cabo y al fin el servicio doméstico no es hoy como antiguamente
una servidumbre, sino un contrato bilateral; y al amo, en teniendo bien
limpia la ropa, ¿qué le importa que sea mejor que la suya la de su criado,
ni que éste tenga más valor que él para gastar diez reales en el baile,
cuatro en el café y dos en el estanco? Con no darle más que el salario
convenido, el criado verá de dónde saca lo que le falta. Obrar de otro modo
sería un abuso de autoridad y una tutela; y lo primero es tiranía y lo se­
gundo ignominia.
Viva cada cual como quiera, que así se forman las verdaderas costum­
bres de los pueblos, y las de esta época son de remedarse unas clases á
otras á fin de que todas se confundan y todas sean iguales.
La igualdades la aspiración constante de esta generación, y la igualdad
aplicada á las costumbres ha quitado á éstas el matiz que antes las carac­
terizaba. El dinero ha puesto los placeres al alcance de todas las fortunas,
y el dinero cada cual lo alcanza como puede. Esto ya no es cuenta nuestra.
Esa cuenta pertenece á la estadística.
Nosotros lo que decimos, y lo apoyaremos con un ejemplo práctico, es
que la autoridad no puede invocarse para nada cuando se trata de formar
las costumbres de un pueblo.
Una de las que más enloquecen al pueblo de Madrid es la de salir
á la calle disfrazado en los días de Carnaval (y en esta diversión toman
parte activa todas las clases de la sociedad, desde el pollo de la grande­
za que se viste de lacayo, hasta el mozo de cuerda que se disfraza de don­
cella).
Pues bien: todos los años publica el corregidor un bando diciendo que
permite esa diversión para solos los tres días de Carnaval, hasta el ano­
checer del martes; que es como si dijera: «¡Cuidado con disfrazarse el
miércoles de Ceniza/,» y en este día precisamente es cuando salen á la calle
mayor número de disfraces. Resultando de esto que quien verdaderamen­
te está disfrazado es el principio de autoridad, y que si el corregidor anda
sin careta por el paseo de las máscaras, en cada una de las esquinas de la
capital está sirviendo el bando de mascarilla.

454

ANTONIO FLORES

Pero no vayan ustedes á creer que esta desobediencia es facciosa, ni
que produce consecuencias desagradables.
Todo se reduce á que la autoridad tiene que mandar una cosa, sabien­
do que nadie ha de cumplirla, y á que el público falta á lo mandado, en
la seguridad de que nadie le ha de reprender por ello, y he aquí otra cos­
tumbre popular.

CUADRO L ili

EL

SUICIDIO

DEL SIGLO

XIX

«Broté como una planta maldecida
al borde del sepulcro de un malvado,
y mi primer cantar fué á un suicida.....
¡Agüero fué, por Dios, bien desdichado!»
( Zorrilla.)

Este gran poeta contemporáneo y uno de nuestros más queridos ami­
gos hizo, con efecto, la primera revelación de su ingenio en el acto de re­
cibir sepultura el cadáver de un profundo escritor, que homicida de sí
mismo, destruyó con su muerte las sabias reflexiones que dejó escritas
condenando el suicidio. Larra borró con una pistola y en un momento de
lamentable alucinación sus propios escritos; Zorrilla renegó, con la copla
que dejamos citada, de los versos que leyó sóbrela tumba del suicida, al
cual le había dicho entre otras cosas lo siguiente:
«Poeta, si en el no ser
hay un recuerdo de ayer,
una vida como aquí,
detrás de ese firmamento
conságrame un pensamiento
como el que tengo de ti.»

También la célebre madama Stael, que en su obra sobre El influjo de
las pasiones cantó las ventajas y excelencias del suicidio, se arrepintió

456

ANTONIO FLORES

más tarde de lo escrito, declarando franca y noblemente su error y con­
virtiendo su pluma á fortificar el alma del hombre, para apartarle de esa
demencia, que la autora no se atreve á calificar de acto de valor ni de
muestra de cobardía.
Antes y después de esa insigne escritora, los filósofos y los legislado­
res, que no han logrado hacer con sus escritos y con sus leyes tanto bien
como madama Stael ha hecho con sus obras, han tenido también sus con­
tradicciones en esta materia, hasta tal punto que después de oirles á to­
dos se queda uno sin saber si Job, sufriendo con heroica resignación los
más crueles trabajos, es menos digno de aplauso que Catón, que se quitó
la vida por un exceso de amor propio, y tampoco se averigua si es conve­
niente penar al suicida ó si es preferible dejar que cada cual disponga de
su vida como le dé la gana.
Lo único que hemos averiguado, y esto no nos lo han dicho ni los poe­
tas ni los filósofos ni los legisladores ni los médicos, sino los estadistas,
que son los verdaderos sabios del presente siglo, es en qué proporción
están los suicidas del sexo feo con los del bello sexo; qué estación del año es
más simpática á los que han decidido quitarse del mundo; qué edad es más
á proposito para hacer el viaje á la eternidad, y qué medio ó instrumento
se prefiere para ese negocio, él arma de fuego ó la cortante ó el veneno
ó la extrangulación ó el despeñamiento ó la asfixia, y por último se sabe,
que es todo lo que se puede saber, en qué clase de climas abundan los
suicidios con arma de fuego y en cuál otro están por el envenenamiento;
llegando hasta asegurar que los de tal profesión se matan con fósforos y
los de tal otra con navajas de afeitar.
Por supuesto que todos esos trabajos estadísticos tienen tantas casi­
llas cuantas son las causas físicas que pueden determinar ó siquiera in­
fluir en los suicidios, que por lo que haceá las morales, aún no han caído
bajo el dominio de los estadistas.
El cielo sombrío de los países nebulosos, la elevación de la temperatu­
ra ó el descenso rápido de ésta y otras varias alteraciones atmosféricas de
las que antiguamente sólo producían tabardillos ó sabañones, son las que
hoy aparecen como inmediatamente responsables del suicidio. Aún no se
ha tomado ningún estadista el trabajo de hacer una tabla de negociacio­
nes que sirviera para el empadronamiento de los incrédulos, y mientras
esto no se haga no será fácil explicar las causas que más eficazmente in­
fluyen en el suicidio. Si los modernos materialistas hubiesen penetrado
con el termómetro de la fe en los invernáculos de la filosofía racionalista,
es posible que ya se hubiera adelantado algo más en tan importante ma­
teria. Ya sabría la estadística cuántos suicidas ignoraban lo que era la fe
cristiana y cuantos otros conocían, siquiera de vista, la caridad y creían

AYER, HOY Y MAÑANA

457

en la virtud y en el amor de la familia y en la inmortalidad del alma y
en Dios, que es la fuente y el origen de todas las creencias. Semejantes
averiguaciones es posible que anularan las que anteriormente han hecho
los médicos para explicar las causas materiales que impulsan al hombre
del presente siglo á convertirse en verdugo de sí mismo, á la vez que se
horroriza de que exista el verdugo de los demás hombres y clama contra
la abolición de la pena de muerte, porque quiere que la sociedad tenga
menos derechos que cada uno de los asociados. Principio un tanto con­
tradictorio en esta época en que el espíritu de asociación es la gran pa­
lanca de todos los milagros sociales y políticos.
Pero nosotros no venimos á filosofar sobre el suicidio, ni á clasificar
las creencias de los suicidas, porque sobre no ser muy aficionados á esta
clase de trabajos, estamos escribiendo las últimas páginas de esta segun­
da parte, y no habiendo filosofado en ninguna de las anteriores, es ya de­
masiado tarde para cambiar de propósito.
Después de haber cerrado ayer los ojos á la sociedad de 1800, que
murió tranquilamente en su cama, venimos HOY á dar sepultura á la
de 1850, que, hastiada de vivir, se ha suicidado.
Mucho sentiremos que sea verdad lo que dijo Zorrilla, y que la socie­
dad de 1899
«brote, como una planta maldecida,
al borde del sepulcro de un malvado.»

Pero así lo ha querido el destino, y no hay otra cosa que hacer sino tener
conformidad y paciencia.
Todo lo que nos ha quedado hoy del heredero del ayer es un cadáver
y una carta. De ambas cosas hacemos entrega al mañana.
La carta dice así:
«Las sociedades como los individuos deben estar prontas á sacrificar
su propia existencia cuando ésta sea un obstáculo para el bienestar gene­
ral del mundo.
»Pero el mundo no es el hombre; el mundo es el pensamiento, es lo
idea, que no perece nunca. Por eso yo, aunque me voy, me quedo.
»Ser y no ser á un mismo tiempo es un teorema insoluble para los ma­
temáticos, pero es un axioma infalible para los filósofos.
»Carolina Coronado, una de nuestras más inspiradas poetisas, lo ha
dicho en aquella tierna despedida que nos dejó al abandonar la corte:
«Se va mi sombra, pero yo me quedo.»

458

ANTONIO FLORES

»Yo no puedo decir otro tanto, aunque vengo á decir lo mismo.
»Mi sombra queda, pero yo me largo,
aunque voy á morir mi sombra os dejo;
que en las miserias de este mundo amargo
ella os ha de servir de claro espejo:
mi sombra, no temáis, yo se lo encargo,
á cada paso os soltará un consejo;
que el hombre no es el hombre, que es la idea,
que un mundo mata y otro mundo crea.

»Pero yo, verdadero y único representante del siglo xix,no por ser su
tercio primoge'nito, que buen cuidado he tenido de abolir los mayorazgos,
no debo escribir en verso mi despedida del mundo, porque esto sería que­
rer ejercer un monopolio indigno de mis antecedentes desmonopolizadores. Una de mis grandes obras ha sido poner la poesía al alcance de todas las
fortunas, llevando los versos á las cajas de fósforos y haciendo que los co­
merciantes anuncien en verso también sus mercancías y que en verso se
pidan las propinas y se declaren los atrevidos pensamientos de amor, y no
está bien que yo introduzca la costumbre de quitarme la vida haciendo co­
plas, confundiendo el mundo real con el ficticio de los teatros, donde caen
muertos los hombres más grandes de la antigüedad con una redondilla
ó con una aria.
»Yo soy un hombre serio; tan serio, que me voy á quitar la vida se­
riamente, por haberme convencido de que esta sociedad todo lo toma
á broma y que es imposible regenerarla. Y para que no se diga que me
suicido sin razón y no se repita lo que vulgarmente se dice siempre que
se trata de estas cosas, de que las ideas modernas y la falta de fe y el
descreimiento son las causas que impulsan al suicidio, voy á exponer en
breves palabras el verdadero motivo de mi justa desesperación y del le­
gítimo hastío que tengo á la vida.
»En primer lugar quiero definir lo que es la vida, porque á mí me gus­
tan mucho las definiciones. Me gustan tanto, que me voy del mundo sa­
tisfecho de haberlo definido todo, inclusos ciertos puntos teológicos que
los antiguos creyeron indefinibles. Calderón dijo que la vida es sueño;
pero Calderón no supo lo que se dijo ó Calderón sigue durmiendo todavía.
Porque si la vida es sueño, ¿qué es el despertar de la vida?
»Yo estoy por la definición de Espronceda, que puso en boca del Estu­
diante de Salamanca estos versos:
<iLa vida es la vida: cuando ella se acaba,
acaba con ella también el placer.
De inciertos pesares ¿porqué hacerla esclava?
Para mí no hay nunca mañana ni ayer.y>

AYER, HOY Y MAÑANA

459

»Para mí tampoco; y como no tengo ni remordimientos de ayer ni
esperanzas de mañana , me voy á suicidar con la mayor indiferencia, has­
tiado de dormir, según Calderón, y harto de vivir, según Espronceda.
»Mi padre, el siglo xvm, falleció en mis brazos y en los de mi hermano
el Obscurantismo (engendro miserable y raquítico que quiso disputarme
locamente la herencia y la primogenitura), y nos dejó un testamento de
inocentadas que yo me apresuré á publicar porque quise dar esa prueba
de respeto á la publicidad, que es el alma de mi alma, y por dejar asimis­
mo consignado que recibía la herencia á beneficio de inventario.
»Lo que pasó entre mi hermano y yo mientras remamos por la pri­
mogenitura, escrito está con arroyos de sangre, que aún de vez en cuando
tienen alguna avenida, y ni una sola palabra saldrá de mis labios en este
supremo instante para calificar esa discordia civil, sin la cual, preciso es
confesarlo, la revolución hubiera caminado más despacio, y ¡Dios sabe si
estaríamos hoy más atrasados que á la muerte del siglo xvm! Pero no ha
sido así por fortuna, y de ello debemos dar gracias á la intransigente par­
cialidad de mi hermano.
»Yo pensé, y hoy es la primera vez que hago esta importante revela­
ción, conservar las cosas tal cual estaban á la muerte de mi padre, porque
aunque sabía que no estaban bien, temía que pudieran ponerse peor, y esto
me daba mucho miedo; pero me fué imposible llevar á cabo semejante
propósito, porque inadvertidamente quité la piedra angular del edificio
y me cayó encima toda la casa.
»En la carta que se encontrará adjunta á estas líneas, y que deseo y es
mi voluntad que no se abra hasta el año 1899, época en que yo presumo
ha de dar principio el mañana, explico las causas de mi muerte de una
manera que no podrían escuchar con paciencia los hombres de hoy.
»Yo te conozco, sociedad de 1850; te conozco, como que eres mi pro­
pia alma; y aunque admiro y respeto tus grandes merecimientos y sé que
has conquistado para la posteridad una página gloriosa, no me ciega la
pasión para dejar de advertir tus defectos.
»Eres muy ilustrada; casi has tenido razón para echarte esa casualidad
por apellido paterno; pero eres muy intransigente y muy intolerante, y si
leyeras la carta que dejo escrita, maldecirías mi memoria y Dios sabe si
profanarías mi tumba.
»Que á los defectos de orgullo que te ha de echar en cara la posteri­
dad, no se añada el crimen de parricidio.
»Respeta mi última voluntad, guarda esa carta y que la lean los hom­
bres de mañana. Ella les probará que yo sabía dónde estaba el remedio,
aunque aburrido y desesperado me quite la vida sin haber remediado
nada.

460

ANTONIO FLORES

»Yo vine al mundo diciendo que todo era mentira, y muero sin haber
podido establecer una verdad.»
Y con efecto, sobre el cadáver de la sociedad de 1850 se ha hallado una
carta cerrada, cuyo sobrescrito es el siguiente:
/ Mañana será otro díat

F IN

DEL

TOMO

SE G U N D O

iis r o ic E
D E L O S C U A D R O S Q U E C O N T IE N E E S T E TOM O

PARTE

SEGUNDA

CUADROS

.

Un prólogo...........................................................................................................
Prólogo.................................................................................................................
Introducción. . . ............................................................................................
Epidemia reinante ó flujo de hablar permanente. - Primer cuadro crónico
de la escuela del vapor, en este museo de a y e r ,h o y y m a ñ a n a .
. .
II. - Los gritos de Madrid ó la publicidad en 1850...............................
19
III. - Retrato al daguerrotipo del Diario oficial de Avisos de M adrid..................
IV. —La Puerta del Sol en 1850................................................................................
V. - Un realista y un doceañista............................................................................
VI. - El 12, el 20, el 37 y el 45................................................................................
VII. - El 14, el 24, el 33 y.el ¡Dios sabe cuántos!................................................
V III. - Los ojalateros...................................................................................................
I X .-U n pronunciamiento..........................................................................................
X. - Humo animal y humo mineral ó los refectorios y lostalleres. . . . . .
XI. - El gran reloj del siglo x ix ....................................................................
95
X II. -Alm acén de lágrimas.....................................................................................
X III. -¡Y a no hay distancias!...................................................................................
X IV . -Im presiones de viaje.......................................................................................
XV. - El casero de hogaño........................................................................................
XVI. - Los colegios electorales..................................................................................
XVII. - El te y el chocolate.............................................................................................
X V III. —Levantaos, muertos, y venid á juicio...........................................................
XIX. —La empleomanía, los empleados, los empleos y los empleadores.............
XX. - El sí de las madres..............................................................................................
XXI. - Apertura de Cortes.............................................................................................
XXII. - La escuela de las costumbres........................................................................
X X III.-E l padre de su madre.........................................................................................
XXIV. - El diputado monosílabo.................................................................................
XXV. - Un diputado silabario.....................................................................................
XXVI. - Retratos en tarjeta.........................................................................................
X X V II.-P avo trufado y champagne helado, entusiasmo probado...............................
XXVIII. - Fabricación de rumores.................................................................................
XXIX. - La gramática parda y la gramática dorada..................................................
XXX. - Los pollos de 1850..........................................................................................
X X X I.-U n cacho de vida privada y un mendrugo de pan de la emigración.. . .

PÁGINAS

vil
ix
xi
15
27
37
51
57
64
71
77
85
101
109
117
123
133
151
158
167
176
184
191
201
204
211
217
225
233
239
247
254

462

ÍN D IC E

CUADROS

XXXII. - Un puñado de gente escogida.......................................................................
XXXIII. - Una sesión animada...........................................................................................
XXXIV. - La centralización y la especialidad..................................................................
XXXV. - Las fuentes de la riqueza pública.................................................................
XXXVI. - Las carreras universitarias.............................................................................
XXXVII. - Las casas de baños y los bañistas................................................................
XXXVIII - Cien visitas por doce reales ó la amistad encartulina....................................
XXXIX. - Las petacas prodigiosas.....................................................................................
XL. - Los escaparates...................................................................................................
XLI. - La privanza en 1850..........................................................................................
XLII. - El ómnibus y la calesa.......................................................................................
XLIII. - La madre y las bijas, ó nuevas aplicacionesindustriales................................
XLIV. - La santurrona y la devota, ó dos devocionesy dos devocionarios. . . .
XLV. - Una madrugada en 1850....................................................................................
XLVI. - Literatura menuda.............................................................................................
XLVII. - El cuarto poder del Estado..............................................................................
XLVIII. - Lo que algunos echarán de menos en el periódico que otros habrán encon­
trado de más....................................................................................................
XLIX. - Un convite en 1800 y otro en 1850....................................................................
L. - Una comida de etiqueta, sin etiqueta alguna.................................................
LI. - Placeres de sobremesa........................................................................................
LII. - Costumbres populares........................................................................................
LUI. - El suicidio del siglo x ix .....................................................................................

PÁGINAS

261
268
277
284
291
297
305
311
319
327
333
341
352
360
369
377
419
426
432
439
447
455

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