Ayer, Hoy y Mañana o la fe, el vapor y la electricidad: Cuadros sociales de 1800, 1850 y 1899. Tomo I

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Barcelona

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Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Montaner y Simón
Lugar de publicación
Barcelona
Idioma
Español
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TEXT
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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
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Universidad Complutense de Madrid
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CC BY-NC-ND 4.0
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1892
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AYER

HOY Y MAÑANA

AYER

HOY Y MAÑANA
ó

LA FE, EL VAPOR Y LA ELECTRICIDAD

CUADROS SOCIALES DE 1800, 1850 Y 1899
DIBUJADOS Á LA PLUMA

POR D. ANTONIO FLORES

T O M O

X

NUEVA EDICIÓN ILU STRAD A

BARCELONA

M O N T A N E R Y SIMÓN, E D I T O R E S
CALLE P E ARAGÓN, NUMS. 3°9 Y 311

E8 PROPIEDAD DE LOS EDITORES

PARTE PRIMERA

AYER
Ó L A S O CI E DA D DE L A FE E N 1800

P R Ó L O G O D E L O S E D IT O R E S

Los señores suscriptores á la Biblioteca Universal han podido
apreciar en las varias series que de la misma van publicadas el
cuidado con que procedemos en la elección de las obras que de
ella forman parte, procurando dar á conocer las mejores que las
literaturas extranjeras producen y al propio tiempo reproducir
las que con razón se reputan como maestras en nuestra rica
literatura nacional.
Entre éstas figura con justicia en uno de los primeros términos
el ayer , hoy y mañana, de D. Antonio Flores. No hemos de ha­
cer el elogio de esta obra cuya valía, así desde el punto de vista
literario como bajo el concepto de estudio social de nuestra pa­
tria, ha sido equiparada á la de las de Mesonero Romanos y del
ilustre escritor que inmortalizó el seudónimo de Fígaro: el elogio
está de sobra hecho por los más conspicuos críticos desde que
aquélla apareció al mediar la presente centuria, y por el público,
que ha agotado por completo las numerosas ediciones que de ella
se han publicado, hasta el punto de ser empresa punto menos
que imposible hacerse con un ejemplar de la misma.
Todas estas razones nos han impulsado á ofrecer á nuestros
suscriptores una nueva edición del ayer , iioy y mañana, la pri­
mera ilustrada que se publica, cuyas bellísimas alegorías, ejecu­
tadas por el reputado dibujante I). Nicanor Vázquez, ayudan po­
derosamente á reconstituir las escenas y los tipos tan magis­
tralmente descritos por D. Antonio Flores.

VIII

PRÓLOGO

Estamos seguros de que nuestros suscriptores nos han de
agradecer la publicación de esta obra, en la cual el autor hizo gala
de su erudición al reproducir los cuadros del pasado, de su espí­
ritu observador al describir los del presente y de su fantasía ai
imaginar los del porvenir, y que ha merecido, además de las ala­
banzas de la crítica y el aplauso del público, la honra de que la
Biblioteca Nacional adquiriera el manuscrito para conservarlo
en sus archivos.

DOS P A L A B R A S DE BU EN A CRIANZA

ó

N AD IE PA SE SIN PERM ISO D E L P O R T E R O

En Dios y en mi alma te juro, público adorado, que al anunciarte la
presente obra no imaginaba que habría de costarme tan gran trabajo de­
cidirme á hacerla; y á no ser tú quien eres y á no tenerme tan obligado
con tus favores, vive el cielo, y no te asuste que vuelva á jurar, que si dos
negaciones afirman, dos afirmativas niegan; vive el cielo, te digo, que
habría dado la callada por respuesta á la impaciencia con que has acudi­
do ayer y hoy á recoger la obra que mañana vas á juzgar con tu inape­
lable, pero siempre benévolo criterio.
Razones son las que de razonar acabo, que me mueven á cumplirte lo
prometido, y he aquí ya la ocasión llegada de empezar este libro, que en
tus manos pongo y á tu indulgencia encomiendo, con la precisa condi­
ción de que no has de ponerle en manos de quien te le pida prestado
para leerle. Porque has de saber, querido amigo, que no lo son tanto los
libros del que los lee como del que los compra, y más honra puede espe­
rar un autor de quien empieza por darle provecho, que de quien aprove­
cha una arma prestada para herirle en lo más íntimo de sus ilusiones. Si
otro mérito no tuviese el libro para el que ie compra que el valor intrín-

X

ANTONIO FLORES

seco del dinero que le cuesta, habrá de defenderle, siquiera sea por no
confesar la torpeza con que ha invertido sus capitales. Pero ¿qué incon­
veniente tendrá en decir que le han dado gato por liebre el que no hace
otro sacrificio para leer una obra que subir la escalera de la biblioteca
ó estarse en su casa esperando una ración de lectura gratis et amore?
Verdad es que el amor de padre es una triste prerrogativa que nadie
disputa al autor; pero el propietario de un libro tiene hacia éste un cariño
conyugal, que no le deja distinguir sus defectos; llegando al cabo de algún
tiempo á amarle tan de corazón, que casi le parece engendro suyo.
Encárgote, pues, lector, y te lo repito aunque me tengas por pesado
que á este pobre hijo mío, que ahora me veo en la dura necesidad de ven­
derte, no le prestes ni le alquiles gratis, sino que le vendas y le revendáis
lo más caro posible, en el caso, que no espero, de que te convenga alejar­
le de ti. Y doite este consejo porque me consta que la costumbre de leer
en libros prestados, ni la heredaron de ayer los hombres de hoy, ni
de éstos la recibirán los de mañana. E s una maña miserable de gente
ídem, y las mañas son leyes transitorias que no recoge el código de los
siglos.
Buen ejemplo de esta verdad y de que no aprovecha lo que se estudia
en libros prestados, es el reciente anatema lanzado en un plan de estu­
dios nada remoto contra los estudiantes que se sirven de los libros de sus
condiscípulos. En ese plan, que no recuerdo si era el mil y uno ó el mil
y dos de los mil y ciento que se han dado en este segundo tercio del
siglo, se prohibía bajo penas muy severas, no sé si de presidio mayor ó
algo menos, que ningún estudiante usase libros prestados, ni aun los de
su propio hermano.
Y he ahí lo que yo quisiera, ó mejor dicho, lo que quiero que suceda
con este libro y con todos los que en lo sucesivo dé á la estampa: que ni el
hermano se le preste á la hermana, ni ésta á la tía, ni el amigo á la ami­
ga, y que cada padre de familia compre un ejemplar por barba para cada
una de las que en su casa tenga; ni más ni menos que hace, pensando de
él piadosamente, con la Bula de la Santa Cruzada. Sin que por esto se
entienda, y así me conviene dejarlo consignado, que niego á nadie el
derecho de leer mi obra, ni mucho menos que sólo á los compradores
se dirigen estas palabras de buena crianza. Por todos y para todos las
escribo, y menos hablo con los que compran que con los que dejan ele
comprar.

AYER, HOY Y MAÑANA

XI

A los unos y á los otros me ha parecido prudente dirigirles este previo
saludo, para que á las primeras páginas de la obra no les digan que está
prohibido el pase sin permiso del portero.
Aunque bien mirado, y cosa es que debe mirarse bien, entre el autor
y el público es difícil averiguar quién es el que pasa y quién el que per­
mite el paso: cierto es que si el autor no escribiera, el público se ahorra­
ba de dar paso á sus escritos; pero no lo es menos que faltando los lec­
tores, las obras no saldrían nunca de las casas de los libreros; y en este
caso, que es el más cierto, el libro es el pretendiente, y el lector el Me­
cenas que ha de cerrarle 6 abrirle el paso.
Bautícenle con el título de dos palabritas al que leyere, como se hacía
ayer , ó con el de prólogo, como se acostumbra hoy, ó con el de aquí
estoy yo porque he venido, como se dirá mañana, es lo cierto que nun­
ca ha faltado ni faltará en las obras del entendimiento un discurso pre­
liminar, que es á los libros lo que el afinar de los instrumentos á las
orquestas y las primeras bocanadas de humo á las modernas máquinas
de vapor.
Suele suceder lo que ha sucedido, y aun hay quien afirma que seguirá
sucediendo por algún tiempo, que esos discursos preliminares no cumplan
las condiciones de su institución; pero esto, sobre ser una falta de que se
acusan por mayor y sin escrúpulo todas las instituciones, aún puede el
lector pasarlo en claro, seguro de que no pierde nada en ello. Antigua­
mente esos discursos eran un panegírico que el autor hacía desinteresa­
damente de sí propio; hoy es un elogio que le escribe imparcialmente un
amigo, y mañana, como época de mayor positivismo, será una demostra­
ción matemático-mercantil que le harán al lector de lo que va ganando
con leer el prólogo y de lo que puede ganar si lee la obra.
Ultimamente suele suceder, y el presente no me hará mentir, que al­
gunos prólogos hablan de todo, menos de la obra, á la cual sirven de he­
raldo; pero este es un delito pasivo que no tiene pena señalada en el
Código vigente, y todo lo más que se puede hacer es aplicar al autor el
cuento de aquel chusco, que después de haberse parado á hablar largo
rato con un portero de diferentes cosas extrañas todas al portal y á la
portería, subió la escalera sin decirle á qué cuarto iba de visita. El porte­
ro le detuvo, queriéndole obligar á que le dijese adonde iba; pero él re­
plicó que no lo diría y que había cumplido sobradamente con la orden
del amo de la casa, que decía: Nadie pase sin hablar al portero, y que

XII

ANTONIO FLORES

mientras no se fijasen las materias de que se debía hablar, él había estado
en su derecho hablando de lo que quiso.
A pesar de esto, querido lector, yo no sé si he estado en el mío con no
hablarte de lo que ha de contener la obra; pero sobre que eso sería de­
fraudarte en la prerrogativa que tienes de saberlo cuando la hayas leído
toda, creo que no podrás decir que no he pasado sin tu permiso.
Te le he demandado anteriormente por medio de un prospecto, y te
le pido de nuevo ahora con estas dos palabras de buena crianza, que....
desearé te hallen con la cabal salud que yo para mí deseo, la mía es buena
á Dios gracias.



IN T R O D U C C IÓ N

¡Dichosa edad y felices tiempos aquellos en que el hombre venía al
mundo con la precisa obligación de creerlo todo, vivía sin dudar de nada y
moría en la seguridad de que cuanto le había rodeado y cuanto le habían
prometido era la pura verdad!
¡Dichosa edad, vuelvo á decir, y tiempos felicísimos aquellos en que
se cerraban los ojos para ver, y nadie se cuidaba de saber otra cosa que
lo que buenamente llegaba á su noticia, sin dar un paso adelante por
atrapar un secreto, y aun dando algunos hacia atrás por evitar un des­
engaño!
La fe, que para ti, lector, y para mí y para todos nosotros es casi un
artículo de lujo, era para aquellas gentes un artículo de primera necesi­
dad, con el cual se destetaban los niños, se educaban las mujeres, se gra­
duaban los doctores y se jubilaban los ancianos. En aquella sociedad de
los mayorazgos, de las vinculaciones y de los pergaminos, la fe no podía
dejar de presidirlo todo, porque sus títulos de nobleza hereditaria, su ár­
bol genealógico y su hoja de servicios eran de la más remota antigüedad.
Con la fe, y no con el telescopio, habían visto los grandes capitanes de
los siglos pasados el terreno de sus atrevidas conquistas; con la fe, y sin
la física y las matemáticas, se llevaron á cabo obras de arte que hoy son
maravillas del mundo artístico, y con la fe y unas cuantas tablas y unas
mal pergeñadas velas se había descubierto un nuevo mundo al otro lado
de los mares.
La fe era por esta razón la nodriza universal de los hombres de ayer,
q como diríamos ahora, el gran motor de la sociedad de antaño. No les

XIV

ANTONIO FLORES

había ocurrido formular el secreto de su existencia diciendo querer es
poder; pero querían y podían, y esto les bastaba.
Si tú, lector, no has renegado por completo de la educación que te
dieron tus padres; si te atreves aún á creer en algo; si el escepticismo en
que vives y la incredulidad con que te alimentas te permite conservar
algún resto de aquella fe con que te amamantaron, no me escatimes
nada, dámela toda, que por mucha que sea, aún ha de parecerme poca para
la que necesitas tener al pasar la vista por la primera parte de este libro.
Cierra los ojos, recoge el aliento, muérdete la lengua y déjame que,
atado de pies y de manos, te lleve h oy al cementerio de los de a ye r ,
para que cuando llegue m añana los veas sin asombro convertidos en un
almacén de momias. Si entonces te dicen que aquella edad pertenece á
los tiempos fabulosos y que aquellos hombres son otras tantas figuras
mitológicas, podrás decir que no es cierto, y que, gracias á esta obra que
me ves escribir al borde de sus sepulcros y cuando aún humean sus ce­
nizas, los has visto, los has oído hablar y casi has tratado con ellos.
No temas andar á ciegas por las regiones de lo pasado, ni hacer el
mudo entre aquellas gentes, pues cuanta mayor sea la obscuridad y más
profundo el silencio, mejor comprenderás la situación. Yo cuidaré de avi­
sarte para que te arranques la venda de los ojos y sueltes la lengua cuando
haya algo que merezca verse y puedas hablar sin que te recojan las pala­
bras, y mientras tanto oye lo que te digo, que lo haré con toda precaución
y en voz baja para que no despierten los mal dormidos partidarios de la
mordaza.
Excusado me parece encargarte, y aun así y todo no quiero excusar­
me de hacerlo, que no traigas contigo cerillas fosfóricas ni cosa alguna
que pueda alumbrarnos en el camino que vamos á andar, porque las
luces serían decomisadas y volveríamos á quedar á obscuras. Preferi­
ble es por lo tanto conservar la obscuridad tal cual la encontramos, y
respetando el silencio de los sepulcros que vamos á visitar, abrazar en
globo y de una sola ojeada la generación que duerme en ellos, ya que no
el sueño de los justos, la siesta de los inocentes.
Jugando á la gallinita ciega estaba la sociedad de la fe cuando yo lle­
gué á verla, y jugando ha seguido mientras la íie retratado. En tan ino­
cente entretenimiento pasó aquella sociedad los mejores años de su vida,
y los hombres y las mujeres, los niños y los ancianos, se dejaban vendar
alternativamente los ojos para encerrarse en medio de las demás gentes,
que en rueda fantástica giraban á su alrededor, hasta que la víctima
acertaba á reconocer por la voz ó por los movimientos á alguno de sus
sacrificadores. El torpe, que así se apellidaban unos á otros cuando se de­
jaban atrapar por la gallina ciega, se prestaba á dejarse cubrir los ojos,

AYER, HOY Y MAÑANA

XV

y puesto en medio del corro decía con la mayor candidez: Ande la rue­
da. Y la rueda giraba hasta que el pobre ciego la mandaba parar, y con
1a varilla mágica, que solía ser un cucharón de madera ó la caña de una
escoba, tocaba á alguno de los de la rueda y le obligaba á hablar para
averiguar quien era.
No se le permitía á la gallina ciega llevar la mano hacia la venda que
le cubría los ojos, ni levantar la cabeza para buscar algún rayo de luz en
aquellas profundísimas tinieblas, y como entonces no era conocida la do­
ble vista ni la lucidez magnética, pasaba una hora y otra con los ojos
vendados, sin acertar á conocer á ninguna de las personas que giraban á
su alrededor haciéndole muecas y riéndose con general aplauso cada vez
que se equivocaba y decía un nombre por otro.
Así aquella ciega humanidad oía pasar en torno suyo las ciencias, las
letras y las artes, sin conocerlas ni adivinarlas, aunque alguna de ellas se
divertía hablándole en su propia voz.
Y si daba la casualidad de que acertase á distinguir alguna llamán­
dola por su propio nombre, solían decir que había hecho trampa porque
veía, y le apretaban la venda y aun le ponían otra más tupida para que
no viera, porque el secreto estaba en no ver. La gracia del juego consis­
tía en estar perfectamente á ciegas, soltando de vez en cuando un nom­
bre y creyendo con fe lo que le decían los compañeros del juego, quienes
procuraban engañarle cuanto les era posible.
En los últimos años de esta broma, que duró tal vez demasiado, la
venda era menos tupida y se usaba menos rigor con las gallinas ciegas,
que alzaban un poco la cabeza y aun se aflojaban el vendaje para descu­
brir algún rayo de luz. Y por último, tanto se descuidaron una vez que
estaban entretenidos en su juego favorito, que cuando se quitaron la ven­
da ya no pudieron volvérsela á poner y cayeron al suelo deslumbrados
por la luz del fósforo y la del gas, y aun la de la electricidad, que brillaba
en lontananza.
Entonces vieron que algunas gentes con las que habían estado jugan­
do no eran lo que parecían. Había habido intrusos en el corro, y éstos
eran los que traían ocultas las luces de las ciencias y de las artes y aun
la antorcha de la civilización, que es la llama perenne de donde toman
sus rayos aquéllas.
Despertó por fin la sociedad de antaño de la larga siesta que había
dormido, y asustada de haber estado sobre un volcán, murió del susto,
no sin que antes de que expirase dejase yo de retratarla trazando los
cuadros que van á continuación, y en los cuales quisiera que el lector
pusiera de su parte alguna cosa para que le sivyan de eolaz y entrené
miento,

XVI

ANTONIO FLORES

Yo los lie escrito con la mejor intención y con la pluma más bien
cortada y la tinta más negra que había en mi casa; si tú, lector, los reci­
bes de buena gana y con deseo de reirte y solazarte con ellos, solázate y
ríete ahora, por si más tarde, cuando llegue el momento de escribir la
segunda parte de esta obra, en que tú has de hacer los honores de la casa,
como tú mismo dices, no tienes tiempo ni humor de reirte.
Tan útiles son al comercio de la seda las tres largas dormidas del gu­
sano, que le da su primera materia, como las horas que pasa atracándose
de hoja de morera y las que emplea en fabricar su capullo. ¡Quiera Dios,
lector, que tu incansable actividad y tu hidrofóbico apetito de saber y
de ilustrar al mundo sean más útiles á la civilización y á la libertad que
la larga siesta que durmieron los hombres de a y e r , quienes á pesar de
estar dormidos no dejaron apagar en sus manos la antorcha de la fe!

CUADRO PRIMERO

Tono I

0

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La manana está fría como un carámbano de hielo, y nada tendría de
particular que al pobre hombre se le hubiesen pegado las sábanas; pero
no ha sido así por cierto, y bueno es dar á cada cual lo suyo.
. Este CLlal es>Porque ustedes lo sepan, ya que no hay razón de que lo
ignoren, Ambrosio Tenacilla (a) Pajarito, uno de los peluqueros más fa­
mosos entre los muy afamados que vivían en la corte ejerciendo su ofi­
cio, sm menoscabo de su dignidad ni de la de sus muchos parroquianos,
desde fines del siglo pasado hasta la segunda cuarta parte del presente.
Murió de viejo, cuando ya el oficio estaba en vísperas de ser arte; pero
llevo al sepulcro la gloria de haber manejado la cabeza de Pepe Botellas,
que también murió á su vez después de haber tenido la gloria de ser rey
de España y de que Pajarito fuese su peluquero.
Dios los tenga en su gloria á ambos, pero de su muerte nos importa
muy poco en la presente historia.
Lo que hace al caso es saber que Pajarito no dejó de salir temprano
de su casa el día de que hablamos por miedo al frío ni porque se le hu­
biesen pegado las sábanas, que aquella noche no le parecieron ni gordas

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G A C E TILL A DE LA C A P IT A L EN 1800

18

ANTONIO FLORES

.

ni finas. Habíasele antojado á su mujer, que no por ser peluquera dejaba
de ser antojadiza, sospechar que podía dar á luz el séptimo peluquerito,
y el futuro padre, después de haber salido á deshora con su indispensable
linterna en busca del doctor, se entretenía en fajar la criatura, ayudado
de la comadre.
Tan cierto es que su tardanza en salir á peinar los parroquianos no
era la pereza, que apenas pudo desprenderse de la nueva entraña que le
había regalado su costilla, abandonó el cuidado de la compra al aprendiz,
y ciñéndose el espadín y empuñando la bolsa de los útiles del oficio voló
á casa del primer parroquiano.
Era éste el más impaciente, el que le había dirigido dos apremios por
medio del paje, nada menos que un alcalde, y no de barrio, ni de monterilla, ni constitucional, fruta esta última no conocida por aquel entonces,
sino todo un alcalde de Casa y Corte.
Antiguo paje de uno de los primeros personajes de la corte, humanista
de Calatayud, jurisconsulto de Valladolid y sobrino de un reverendo obis­
po, el alcalde de Casa y Corte tenía más ínfulas que un asistente de Se­
villa, era más serio que un abad de cartujos y más áspero que un carce­
lero del Santo Oficio.
Sin embargo, cosa rara, no era alto ni enjuto de carnes, sino bajo y
muy grueso, hasta el punto de no poderse inclinar á dar un beso á sus
hijos. Verdad es que esto lo atribuían sus amigos á diferente causa, y aun
elogiaban y tenían por cosa muy conveniente que un ministro de la jus­
ticia no diese esas señales de debilidad. Dispensábanle por igual motivo
la sonrisa y á veces la urbanidad, y para decirlo de una vez, valiéndonos
de las propias palabras de entonces, en su casa y en el tribunal tenía
siempre cara de vinagre.
Por las tardes tan sólo, cuando después de dormir la indispensable
siesta, salía á dar un paseo por el prado de San Antonio con algún co­
vachuelo su amigo y llevando ambos en medio á algún padre maestro de
las Ordenes Calzadas, era cuando se permitía sonreír algún tanto. Pero
nunca lo hacía hasta haber salido fuera de la población, y recobrando sú­
bito su avinagrada seriedad en el momento de tropezar con gente ex­
traña.
Con tales noticias, no hay para qué decir la cara que pondría cuando
el peluquero, anunciado por un paje y desembarazado del espadín y del
sombrero, entró en el gabinete de su señoría.
A uno de sus alguaciles, que para tomar órdenes había precedido á
Pajarito, por solo el retraso de un cuarto de hora le suspendió de oficio
un mes; y á su propia hija, joven de quince años, que según costumbre
diaria llegó á preguntarle si quería su mercó que le leyese la fábula que

A Y E R , HOY Y M AÑ ANA

19

traía aquel día el Diario, le mandó poner de rodillas y en cruz hasta que
él volviese del tribunal.
Pajarito, sin embargo, tenía gran acceso con el parroquiano, y lejos
de temer su furor ni de imponerle la seriedad con que fue recibido, dejó
la bolsa sobre un taburete, y haciendo una profunda cortesía dijo son­
riendo:
— No ha tenido usía mala suerte en mandar el paje; si no va esta se­
gunda vez, no vengo hasta después de haber ido á peinar á dos parro­
quianos.
El alcalde de Casa y Corte lanzó á Pajarito una mirada aterradora, de
que no hizo caso el peluquero, y vaciando un papel de polvos en una
gran caja de cartón, añadió:
— Al uno de ellos sí que le habrá hecho mala obra el estarme aguar­
dando; pero ¡cómo ha d,e ser!, tendrá paciencia, y más vale llegar algo
tarde á la guardia que sufrir un mes de arresto, como le sucedió ante­
ayer á un oficial que fue sin polvos á la parada. El otro no me da cui­
dado; es un oidor de Sevilla que llegó anoche, y aunque me mandó que
fuese temprano, los oidores madrugan poco. Es una observación que
tengo hecha hace mucho tiempo; y luego ha ido á hospedarse á la posada
de San Sebastián, y allí, ya se sabe, amanece muy tarde. El amo es un
gran jugador de mediator, que pasa jugando media noche; y como guarda
las llaves debajo de la almohada, hasta que se despierta y....
Volvió el alcalde de Casa y Corte á lanzar otra mirada al peluquero,
quien no por esto dejó de hablar, sino que continuó diciendo:
— Madrugan ahora menos que antes las gentes....Ya se ve, ¡como que
se acaban tan tarde las reuniones! Anoche lo menos eran las once y cuarto
cuando tuve yo que salir en busca del médico, porque mi mujer se puso
mala; y el mal ha sido un bien....Digo..... un bien no, porque me ha dado
un hijo, un hijo que pongo á la disposición de usía, aunque supongo que
ya se lo habrá dicho á usía el paje. Hemos tenido un parto felicísimo.
— Gracias á Dios— replicó el hasta entonces callado alcalde de Casa y
Corte como en tono de reconvención.
— Sí, señor— repuso el peluquero;— gracias á Dios y á la comadre, que
tiene unas manos divinas. El otro día estaba yo en la covachuela del In­
diano y llegó allí un lego franciscano de esos que van pedigüeñeando por
las plazuelas.
El alcalde volvió á mirar con furor á Pajarito, y éste, sacudiéndole la
borla de los polvos sobre la cabeza, continuó diciendo:
— Y como esos frailes saben todo lo que pasa en la corte y fuera de
ella, dijo que había venido un cirujano de Castilla la Vieja, excelente sacamuelas y comadrón, y que tenía mucha parroquia; pero yo creo que los

20

ANTONIO FLORES

hombres no sirven para partear y lo mejor son las comadres. La que
asiste en casa es muy buena....Pues, como iba diciendo—añadió Pajarito
viendo que de nuevo se impacientaba el alcalde,—á pesar de la hora que
era cuando fui á llamar al médico, aún encontramos dos ó tres personas
en la calle. Y ¡qué noche hacía!, ¡qué noche! Obscura como boca de lobo,
y el frío empañaba la linterna, de manera que no sabíamos por dónde
íbamos. Fortuna que el aprendiz iba delante con un chuzo; pero fué excu­
sado, porque no hallamos ni siquiera un ladrón; nadie se metió con nos­
otros.
—¿Quién se había de meter con usted?—repuso el alcalde con tono
áspero.
—Cualquiera—repuso el peluquero.—¡Sí, pues como están tan seguras
las calles por la noche!.... Anteayer, sin ir más lejos, le robaron á un caba­
llero cuanto llevaba encima.
El alcalde se sonrió y el peluquero dijo:
—¿A que sé de lo que se ríe usía!.... Yo también me río... Le estuvo bien
empleado el susto por jactarse de que nunca le habían robado. En lo que
hizo mal la duquesa fué en devolverle los relojes y las cajas y todo; por­
que sepa usía que le quitaron hasta las hebillas de los zapatos y las char­
nelas del calzón. Pero ¿cómo lo harían para que el caballero no sintiese
nada?
—Dicen—replicó el alcalde sonriendo—que fingieron una disputa, y
que habiéndose acercado al caballero para que les pusiera en paz, preten­
diendo cada uno tener la razón de su parte, le escamotearon perfecta­
mente.
—¡Estoy por apostar—dijo el peluquero—á que usía fué el que propor­
cionó á la duquesa ese par de tunos! Pues deben ser mozos de provecho.
El alcalde de Casa y Corte se disponía á confesar su participación en
la broma, cuando llegó allí su esposa y se vió obligado á recobrar su or­
dinaria gravedad.
El peluquero mientras tanto concluyó de empolvar la cabeza al parro­
quiano, y haciéndole una reverente cortesía, recogió la bolsa, el espadín
y el sombrero de tres picos y se fué á casa del oficial de guardias.
No estaba este parroquiano envuelto, como el anterior, en bata de fili­
pichi de seda, sino armado de punta en blanco, con calzón ídem, botines
ajustados hasta la rodilla y gran casaca encarnada con solapa blanca.
Paseábase impaciente por una reducida estancia, consultando sin cesar
un reloj de cuco, propiedad de la patrona del alojamiento, que estaba
colgado en la pared, y apenas vió asomar por la puerta al peluquero le
arrió una andanada de votos y juramentos, que no hicieron más impre­
sión en el ánimo de Pajarito que la seriedad del alcalde de Casa y Corte.

AYER, HOY Y MAHANA

21

Ocupóse en abrir la bolsa, mientras pasaba la tormenta, y puso manos
á la operación, que empezó por peinarle con delicadeza el cabello y ha­
cerle una graciosa trenza, que después cargó á su sabor de manteca de
puerco, sin atreverse á desplegar sus labios por miedo sin duda á las iras
del oficial.
Pero éste, suavizado al parecer con la manteca y más aún con la hu­
mildad del peluquero, alzó la cabeza y le dijo:
— ¡Conque tarde y mal, señor Pajarito!
— Pues qué, ¿los quería V. á la candonga:?— repuso el peluquero, apa­
rentando no haber entendido la reconvención del oficial.
— No eres tú mal candongo— dijo el parroquiano;— demasiado entien­
des lo que quiero decirte. Me haces faltar á la guardia, exponiéndome á
un arresto seguro, y quieres privarme también de tus embustes. Eres el
mayor noticiero de la corte, y ahora que tenías necesidad de pagarme de
algún modo la tardanza permaneces mudo.
— No hay nada de nuevo— repuso Pajarito,— sobre todo para su mer­
ced que tiene un barbero más hablador....
— Que tú— interrumpió el oficial.
— Sí, señor, más hablador que yo, y cuyas noticias le interesan á su
merced más que las mías.
— ¡Oiga!
— Cabalito. ¡Piensa su merced que yo no sé de dónde vino la silba que
se mamó noches pasadas la dama del corral del Príncipe!.... ¡Y que no sé
que ese barbero es el que afeita al padre de la graciosa del corral de la
Cruz!.... Pues lo sé todo, y alabo el gusto de su merced, porque la chica
es como una plata y echa sus relaciones y sus tonadas mejor que ningu­
na de las damas del otro corral.
— ¡Calla, mala lengua, y ponme los polvos prontito y sin mancharme,
que por ahorrar tiempo te he aguardado vestido!
— Descuide su merced— dijo el peluquero.
Y sacó de la bolsa un cucurucho de cartón que entregó al parroquia­
no, el cual bonitamente se lo ajustó á la cara, respirando por un pequeño
agujero que había á la punta del cono y asomando los ojos por dos ven­
tanillas de vidrio que tenía el aparato en la parte superior.
Con semejante máquina, que el oficial sostuvo con la mano derecha
durante la empolvadura, se hizo ésta sin el menor detrimento del rostro,
que descubrió por fin el parroquiano para despedir al peluquero.
Este volvió á recoger sus instrumentos, y diligente como alma de pro­
curador, corrió á la posada de San Sebastián, donde le aguardaba el re­
cién venido oidor de Sevilla.
Tropezó en la calle con varios amigos y á todos les preguntaba si sa-

22

ANTONIO FLORES

bían algo de nuevo; y por último, después de haber entrado y salido en
varias casas dio la vuelta á la suya, en la que sólo permaneció el tiempo
preciso para dar una cucharada de lamedor al recién nacido, recomendar
á la comadre que no perdiese el sudor la parida y cambiar la bolsa que
llevaba por otra mucho mayor, con la cual volvió á salir á la calle, no sin
informarse primero del aprendiz de cuanto había ocurrido en la tienda
durante su ausencia y dejándole á prevención ocho cuartos sencillos para
que diese uno á cada lego de los que llegasen á pedir limosna á la tienda.
—Y oye—le dijo volviéndose desde la puerta,—á San Francisco dale la
libreta del pan que sobró ayer, y á la Merced dile que vuelva cuando yo
esté en casa, porque aunque la vela de San Ramón se consumió toda an­
tes de que pariese la maestra, quiero hacer un regalo al convento. Si
gusta de esperarme puede hacerlo, porque yo vuelvo pronto; sólo voy á
peinar á los hijos del consejero, que tienen sarao esta noche, y á la con­
desa de la Peralada, que va á palacio. A esta última la tiemblo mucho.
—Si no la lleva usted más noticias que el otro día, pierde usted la
casa,—dijo el aprendiz.
—¿Quién te lo ha dicho?
—El paje.
—Me alegro que me lo avises, porque me pasaré primero por las Gra­
das de San Felipe, á ver si se miente alguna cosa. ¿Han dicho algo los
parroquianos?
—¡Han dicho tanto!—exclamó el aprendiz.
—¡Y me dejaban marchar sin contármelo todo!
—Yo no sabía que iba usted á casa de la condesa.
—¿Y eso qué importa? Pues qué, ¿no sabes que mi obligación como
buen peluquero es tener á todos los parroquianos al corriente de lo que
ocurre? ¿No sabes que nosotros somos las gacetas de la corte, y que vale
más una mala lengua que una buena tenacilla?
—Sí, señor; pero como yo oigo las cosas y al momento se me olvi­
dan....—dijo el aprendiz.
—Pues hijo, ya te lo he dicho muchas veces, no harás fortuna en el
gremio.
—Ya sabe usted que yo tengo más afición á la navaja.
—Peor para ti. Un peluquero puede ser algo circunspecto y menos
hablador que un barbero; ¡y barbero sangrador, que es á lo que tú aspi­
ras!.... ¡Ahí es una friolera! Te quedas sin un parroquiano en cuanto vean
que eres mudo. Conque vamos, hijo, cuéntame lo que has oído, antes de
que se te olvide.
—¡Si ya se me ha olvidado!
—¿Todo?

AY E R, HOY Y MAÑANA

23

—Todo, no señor; me acuerdo de....
— ¿De qué?
— De Francia....
— ¿Qué es lo que han dicho de Francia?
— ¿Qué sé yo?.... Que Francia había vuelto á entrar en....: no me
acuerdo.
—¿En París?
— No, señor; si París ya sé yo lo que es....París es aquella carta que
tuvo un día mi maestro.... Lo que aquí han dicho hoy es otra cosa más
revesada....¡Caramba! No me acuerdo......Una palabra que acaba en ina.....
— En ina, en ina—repetía Pajarito, queriendo adivinar la palabra que
había olvidado su aprendiz.
Y éste, dándose una palmada en la frente, gritó:
— ¡Guillotina, ya me acuerdo, la guillotina!.... Ahí es donde ha entrado
la Francia otra vez.
— ¡La guillotina!....— exclamó el peluquero asustado.— ¡Conque es decir
que han vuelto á degollar á Luis XVI! Eso no será cierto.
Así lo ha dicho D. Euperto el boticario.
— Pues ese las tiene siempre muy gordas y de buena tinta. Él fué el
primero que me dijo lo de la otra revolución, cuando apenas hacía un mes
que habían degollado al rey. Yo no sé por dónde sabe las noticias tan
pronto.
— ¿Qué por dónde las sabe?— repitió el aprendiz.— Pues qué, ¿ignora
usted que D. Euperto....?
Aquí el aprendiz recorrió con la vista toda la estancia, como si temiera
que alguien oyese lo que iba á decir, y acercándose al oído del maestro,
añadió con cierto aire de misterio:
— ¿Ignora usted que D. Euperto tiene pacto con el diablo?
— ¡Eh!.... No digas tonterías— le replicó el maestro.— Con esas cosas no
se juega.
— Pues señor, será lo que usted quiera; pero qué apostamos á que no
dice usted Jesús tres veces cuando esté á su lado.
— Lo diré trescientas; pues qué, ¿no hemos ido juntos á la iglesia mu­
chas veces?
— ¿Y el boticario rezaba?
— Eezaba.
— ¿Está usted seguro?
— ¡Vaya si lo estoy!
—¿Y no hacía gestos?
— ¡Qué sé yo!.... ¿Te parece á ti que cuando yo voy á la iglesia me ocupo
de otra cosa que de Dios y de sus Santos?

24

ANTONIO FLORES

—Pues créame usted, señor amo; D. Ruperto tiene pacto con el diablo.
—¿Quién te lo ha dicho?
—¿Le parece á usted que se puede creer lo que diga Fray Pedro Re­
galado?
—¿Y ese bendito varón ha dicho?....—preguntó el peluquero asombrado.
—No, señor; el Padre Fray Pedro precisamente no lo ha dicho.
—¿Pues por qué te atreves á tomar en boca su nombre para semejantes
desatinos?
—¡Si yo no le he dicho á usted que lo sé por ese fraile, sino que el lego
que va con él á paseo me ha asegurado que Fray Pedro había tratado va­
rias veces de sacar los diablos del cuerpo del boticario!
—¡Jesús, María y José!—exclamó el peluquero.
Y santiguándose repetidas veces, salió de su casa y se dirigió á la calle
Mayor para subir á las Gradas de San Felipe.

L A S GRADAS DE SAN F E L IP E EL R E A L
La mentira no es de seguro tan antigua como la verdad, pero se han
perdido las noticias de su origen en poder de los embusteros, y vayan
ustedes á echar un galgo en seguimiento del primer hombre que mintió,
ó que dejó de decir verdad, porque los mentidores de oficio han dado en
la fior de decir que la mentira, siendo la negación de la verdad, no existe
sino por ésta y no representa otra cosa que su ausencia. Ni más ni menos
que los físicos, que no acertándose á explicar qué cosa sea el frío, han sa­
lido del paso con decir que el frío es la ausencia del calor, y que por lo
tanto el frío no existe. Axioma incontestable, pero que no suele servir de
abrigo al que se siente ir quedando yerto, y que los profanos pueden vol­
ver por pasiva á su antojo, diciendo que el calor no existe y que no es
otra cosa sino la ausencia del frío.
De esta manera han discurrido los embusteros al negar la existencia
de la mentira, diciendo que no es otra cosa sino la ausencia de la verdad.
Y mientras los unos y los otros andan al morro encerrados en este círculo

26

ANTONIO FLORES

vicioso, el calor y la verdad hacen unas ausencias tan largas, que el frío
y la mentira ocasionan la muerte y la deshonra.
No se trata aquí, á pesar de lo que va dicho, de romper lanzas por los
muertos ni por los deshonrados. Ambas rehabilitaciones son imposibles
casi igualmente para el autor de estos cuadros, y cree que el galvanismo,
aplicado á los difuntos, no vale más ni menos que la lejía de la rectifica­
ción aplicada á los calumniados.
El honor es una entraña tan importante en la vida moral, que aun
herida por equivocación ocasiona la muerte civil.
Y esto, que podrá consistir en diferentes causas, reconoce una muy
poderosa, que es la de que siempre el agravio tuvo más auditorio que la
reparación.
Los oídos de la humanidad, no está en ellos el impedirlo, perciben
hasta el zumbar del insecto que á su juicio les presagia una desgracia del
prójimo, y no oyen la salva de cien cañonazos que les anuncia la prospe­
ridad de un amigo. Sólo así se concibe que sea más fácil probar la defun­
ción de un ausente que la existencia de ese mismo sujeto, si su muerte
fue equivocada, porque como dice el refrán, «las noticias malas traen alas,
y las buenas no se oyen apenas.»
Persona hay en el mundo, y en un mundo que no está lejos de nos­
otros, que habiéndose salvado de un naufragio, en el que perecieron todos
sus compañeros, aún no ha podido convencer á su familia de que él es la
prenda que lloran y cuyos bienes se han repartido anticipadamente como
legítima herencia.
Pero vuelvo á decirte, amigo lector, que aquí no se trata de esas men­
tiras graduadas de calumnias que manchan por dondequiera que pasan,
sino de aquellas otras mentiras que el Catecismo Cristiano llama venia­
les, y que en rigor, aceptada la teoría de los primeros fabricantes del
género, son simplemente la ausencia de la verdad.
Hemos traído á colación lo que hasta ahora va colado, para probar
que las mentiras son fruta de ayer , de hoy y de mañana . La sociedad ha
mentido, miente y mentirá hasta que ella misma deje de ser mentira, y
los sitios de donde la verdad se ausente siempre serán mentideros.
De los primeros era y de los más famosos el que por seguir los pasos
al peluquero Pajarito hemos tropezado en el presente cuadro.
En la época á que nos referimos había perdido mucha de su impor­
tancia, porque algunos de sus mejores parroquianos acampaban en la
Puerta del Sol; pero aún quedaba allí el núcleo de los mentidores, y los
curiosos que andaban cazando noticias no podían dejar de asistir á las
Gradas de San Felipe el Real.
Allí acudían constantemente los grandes y los pequeños, los ricos y

AYE R, HOY Y MAÑANA

27

los pobres; lo mismo el militar que el letrado, el sacerdote y el mercader,
el sabio y el artista, á quien entonces, con cortas excepciones, nadie co­
nocía sino por el artesano. El cesante era entonces una planta exótica,
pero los retiros*y las jubilaciones tenían allí dignísimos representantes.
El bolsista apenas asomaba la cabeza en aquella asamblea charlamentaria; el usurero, en cambio, como que no ha sufrido ninguno desde que se
salvó del diluvio en el arca de Noé, hacía un principal papel en la reunión.
El mentidero (que así se llamaba) de las Gradas de San Felipe era en
suma una reunión de tribus variadas, que ya amenazaban lanzarse sobre
la Tierra de Promisión para poblarla de pretendientes y cesantes, de agio­
tistas y mineros, de industriosos y de industriales, y por último, de per­
seguidores y perseguidos.
Muchos de nuestros lectores habrán alcanzado á ver ese sanedrín,
y algunos acaso formado parte de él; pero como no querrán confesarlo
por miedo de que les adivinemos la partida de bautismo, fuerza será
decir cuatro palabras sobre lo que aquello era antes de ser lo que hoy es.
Y era un vestíbulo de piedra bastante elevado del pavimento de la
calle y al cual se subía por dos escaleras que daban á las calles del Co­
rreo y de Esparteros, á las que servía de pasadizo, ó como ahora decimos,
de pasaje. En la fachada que se corría desde la una á la otra escalera y
que daba á la calle Mayor, entonces como ahora, una de las más principa­
les de la corte, había una docena de agujeros, poco mayores que bocas
de madriguera, por los cuales bajando dos altos escalones de piedra se
entraba á unas reducidas, pero profundísimas covachas; mas con serlo
tan perfectas, eran, como queda dicho, tan estrechas y tan ahogadas, que
nunca pudieron pasar de ser covachuelas.
Así las llamaban todos y no las mudaremos nosotros el nombre cuando
atendida su justa celebridad hagamos de ellas un cuadro especial para
ocuparnos de los hombres de cartón y de los hombres de Estado.
(Quédense por ahora ignoradas, y subamos sobre ellas á ver cómo dis­
curren los que andan discurriendo de un lado á otro en aquel lamoso
pasaje de ayer .
Pajarito había salido de casa tarde y muy de prisa, y contra su cos­
tumbre, á la que rara vez faltaba, no había ayudado la misa que para él
y para otras muchas gentes del barrio decía el confesor de las monjas de
Santo Domingo. Fuéle preciso oir la de once en el Buen Suceso, y no lle­
gó hasta las once y media al mentidero.
A esa hora, ya los libreros, único comercio que allí estaba permitido,
repasando el David perseguido ó las Empresas políticas de Saavedra,
desde el cajón de madera en que estaban encerrados habían oído y con­
testado á más de cien preguntas ociosas que les hacían los que después

28

ANTONIO FLO RES

de hojear todos los libros del puesto solían retirarse sin comprar ninguno.
Y no se crea que la indolencia del comprador podía hallar disculpa
en la escasez del surtido, porque á excepción de las obras prohibidas por
el Santo Oficio, que no eran todas las que se habían escrito, las demás
estaban de seguro allí.
Empezando por la Institución eclesiástica de Benedicto XIVsobre las
campanas y el modo de tocarlas, y concluyendo por el Aparato para
entender la Sagrada Biblia, al alcance de los legos más legos, no faltaba
un solo libro de literatura sagrada, incluso el de la Alfalfa divina para
los borregos de Cristo, la Lavativa mística para purgar los pecados del
alma y la entonces reciente y siempre famosa Historia del santuario de
Valvanera.
La Biblioteca recreativa era asimismo numerosa, y desde el Oráculo
de los preguntones, entretenimiento honesto para las noches de carnaval
y las más frías del invierno, hasta la Instrucción para bailar contra­
danzas y minuetes, todo se veía en aquellos puestos.
En cuanto á las artes y las ciencias, habría sido gollería pedir más li­
bros de los que allí se encontraban; pero lo que entonces traía revueltos
á los sabios era una reciente Explicación del modo de criar los canarios
y aparearlos que anunciaba en aquellos días la Gaceta, y el Arte de con­
servar y arreglar los relojes, obras ambas de gran utilidad, con especiali­
dad la última, puesto que las gentes de entonces más eran relojeros que
caballeros que llevaban reloj. Usaba constantemente dos el que menos,
y suponiendo que de repuesto tuviese cuatro, componían entre todos
media docena, y valían bien la pena de ser cada cual relojero de su pro­
pia relojería.
Pero, aparte de todo, la moda de no llevar un solo reloj era excelente
y jamás pudo inventarse una costumbre de mayor utilidad, no para los
ladrones que la utilizaban bastante, sino para el interesado que llevando
dos relojes le sacaba el uno de los compromisos en que le ponía el otro.
¡Oh! ¡Los antiguos eran unos sabios! Acudían temprano á una cita de
estómago, y para que empezase el sacrificio, le enseñaban al anfitrión el
reloj adelantado. Se trataba, por el contrario, de asistir á un entierro, y
disculpaban la tardanza con mostrar el reloj dos ó más horas atrasado.
¡Oh! ¡Dos relojes en estos tiempos en que le convidan á uno para pre­
senciar tantas cosas detestables! ¡Dos relojes! ¡Cuánto más vale tener dos
relojes que no tener ninguno!
Dos llevaban, ¡dichosos ellos que los tenían!, la mayor parte de los con­
currentes á las Gradas de San Felipe, y según aquella usanza, más pare­
cía que los llevaban por despertar la codicia de los menesterosos que por
saber ellos la hora.

AYER, HOY Y MAÑANA

29

Allí, sin embargo, no corrían gran peligro, y á pesar de ser público el
pasaje, había varios círculos, todos de gente amiga y parroquianos diarios.
En casi ninguno de ellos faltaba un sacerdote, que á aquellas horas
solía ser cura y no fraile, un abogado, un militar y un erudito. De estos
últimos había un emjambre.
Tenían pocas ocasiones en que probar su erudición, y como todo el
que calla oculta muy buenas cosas, pasaban por eruditos y de gran
talento con sólo hacer una cita latina y pasar doce horas al día en algu­
no de los puestos de libros de las Gradas, ó en casa de Cerro, de Toleda­
no, de Esparza ó algún otro librero de los que hacían la reputación lite­
raria de sus tertulianos.
Uno de esos eruditos estaba en el corro adonde llegó Pajarito, el futuro
peluquero de la familia imperial, apenas terminó la misa del Buen Suceso.
En uno de los puestos de libros dejó la bolsa, y allí se le acercó un paje
á darle un billete perfumado y con cierto aire de misterio.
Pajarito no era curioso; le guardó sin leerle y aun sin abrirle, y se fue
derecho al corro á preguntar noticias.
—¿Qué quiere usted que le digamos nosotros, miserables tertulios de la
pobre Heredera—contestó el erudito?—Allí estamos desterrados sin saber
nada de lo que anda por el gran mundo.
—Verdad es—repuso Pajarito—que para ir á llevar una noticia á la
calle de Toledo se necesita echar bota y merienda; pero en cambio, us­
tedes leen la Gaceta y están siempre al corriente de lo que ocurre en
Francfort y en Stokolmo.
—¡Buen diario es la Gaceta!—interrumpió un capellán que había en el
corro.—Hoy se descuelga dándonos la noticia de que el día 30 de Diciem­
bre falleció en Zamora el famoso Pinto.
—Pinto, Pinto—repitió recapacitando el erudito.—Ese Pinto debe ser
portugués....¡Gran humanista!.... Autor de aquellos versos.....
—¡Qué versos ni qué calabazas!—dijo el capellán.—No sabe usted quién
es Pinto.
—Publicó también un Horacio con notas—añadió el erudito;—y por
cierto que no entendió aquello del Desinat in piscem mulier formosa
aúpeme.
—Pero D. Serapio, ¡por los clavos de Cristo, no diga usted dispara­
tes! Si el Pinto que ha muerto en Zamora no fué tal literato, sino un ge­
neral de la guerra de Italia.
—¡Ah! Eso es otra cosa.
—¿No se acuerda usted del que hizo la famosa defensa del castillo de
Aquila cuando el sitio de Milán?
—¡Vaya si me acuerdo! Como que al padre de Castillo, ese librero de

30

ANTONIO PLORES

enfrente, que entonces era paje del duque de Montemar, ó mejor dicho, de
Yitonto, le encargué yo que me trajese un ejemplar de la edición de lujo
que entonces se hacía en Italia de la Gerusaleme Liberata, de Torcuato.
—¿Qué Torcuato?—preguntó el peluquero.
—No es el que tú piensas—dijo el cura sonriendo;—ese es Torcuato
Torio de la Riva, el pendolista.
—Lo decía porque me debe unos cuantos salarios.
—¿Sí?.... Pues que enseñe á escribir á tus hijos, si los tienes.
—¡Yaya si los tengo!.... Y por más señas que hoy ha parido mi mujer.
—¡Hola!.... Tendremos dulces—dijo un oficial que había callado hasta
entonces.
Y se acercó á Pajarito estrechándole la mano y dándole palmaditas
en el hombro.
El cura mientras tanto siguió disputando con el erudito acerca del
piscem de Horacio, hasta que por último le dijo:
—Sea lo que quiera, no me gusta disputar con usted porque no se
acaba nunca. Yo he citado lo de Pinto para probar lo atrasada que anda
siempre de noticias la Gaceta.
—¡Atrasada!—exclamó el erudito.—¿Pues á cuántos estamos hoy?
—A 21 de enero....¡Si le parece á usted que es poco tardar veinte días
desde Zamora!
—Tampoco me parece mucho. Yo he recibido hoy cartas de Barcelona
de fecha 31 de diciembre.
—¿Y eso qué prueba?.... ¿Qué comparación tiene una cosa con otra?
—¡Ya! Pero vamos al caso: lo digo para probar á usted que no están los
correos tan atrasados como se supone.
—Pues diga usted lo que quiera, cuatro días antes ha podido estar
aquí la noticia.
—Y estaría; pero mientras la ha visto el Consejo, y se ha dado el per­
miso, y se ha impreso, y una cosa y otra....
—¡Señores, noticia!—dijo un nuevo interlocutor acercándose al corro.
—¡Yenga, venga!—repuso el cura abrazando al recién venido.—Este
las tiene gordas.
—No salgo garante de ella; como me la han dado la doy; ni gano ni
pierdo.
—¡Bravo, bravo!—gritaron todos.
—¿Y qué es ello?—dijo el erudito.
—Una cosa que traerá mañana la Gaceta y que me acaba de decir en
confianza un amigo de un hermano del portero de la Imprenta Real.
—El conducto no puede ser mejor—repuso el cura;—suéltela usted
pronto.

AYER. HOY Y MAÑANA

31

— Es de Ingalaterra.
— ¡De Ingalaterra!— repitió Pajarito asombrado.— ¡Ingalaterra...., mu­
cho más lejos que París y que Francia!
— Parece— dijo el noticiero— que SS. MM. los reyes de Ingalaterra y
toda la real familia han llegado á Londón el día de Nochebuena.
— ¡Hola!— dijo el cura.
— Hay más aún: parece que van á pasar allí las Pascuas, y que se han
dignado probar con su regia boca la sopa que se da en esos días á los
pobres.
— Paparrucha—replicó el oficial.
— Muchas gracias— dijo el noticiero;— le digo á usted que mañana
saldrá en la Gaceta.
— Bien, saldrá, ¿y qué?
— Nada, que ya verá usted cómo no es paparrucha una cosa que tan­
to honra á las reales personas de SS. MM. los reyes de Ingalaterra.
— Si yo no le digo á usted que sea mal hecho el que lo ponga la Gace­
ta, sino que no creo que sea verdad. ¡Le parece á usted posible que todo
un rey pruebe la sopa que se da á los pobres!
— ¿El nuestro no sería capaz de hacerlo?— dijo el noticiero.
— Sí, señor; ¡pero va usted á comparar los reyes extranjeros con nues­
tro amado monarca que Dios guarde!
Todos los presentes llevaron la mano al sombrero al oir el nombre del
rey en boca del oficial, y éste añadió:
— Otra noticia más importante puedo yo dar á ustedes, que de seguro
no traerá la Gaceta mañana.
— Esto se va animando—dijo el cura frotándose las manos.
— Me ha asegurado una persona que está bien informada, que mañana
salen de Madrid los ojeadores de la Peal Casa y los monteros para una
gran cacería que se verificará en el real sitio del Pardo la semana próxima.
— Ya había yo oído decir algo de eso—repuso el capellán.
— Sí, usted todo lo sabe, después que se lo dicen.
— Hombre, no; yo ignoraba esos pormenores, pero sabía que se prepa­
raba una gran batida, porque mi ama, que tiene á su marido en las Po­
zas, me ha dicho que había llamado el alcalde á los vecinos para que es­
tuviesen prontos el día del ojeo. Ya se ve, S. M. hace la felicidad de esos
pobres labradores cuando va de caza, porque les da una peseta á cada
uno, y porque siempre se ha dicho que «quien á buen árbol se arrima,
buena sombra le cobija.» Ya le entregan el memorial del hijo que cayó sol­
dado para que le dejen pasar las Pascuas con su familia, ya solicitan la li­
cencia para recoger la leña perdida en el monte, y otras mil gracias de las
que S. M. dispensa sin cesar á sus pueblos.

32

ANTONIO FLORES

— ¿Y va toda la familia real á la cacería?—preguntó el peluquero.
— Sí, toda— repuso el oficial.
— ¡Será famosa!
•— ¡Olí! Magnífica.
— Valiente cosa valen las cacerías de hoy—dijo un viejo que había ca­
llado hasta entonces,— para las que daba mi difunto amo (q. D. h.) el señor
rey don Carlos III!.... ¡Aquellas sí que eran cacerías!.... ¡Qué lujo y que es­
plendidez, y qué tiradores, sobre todo, qué tiradores!.... Más reses traían
entonces en una semana que ahora en un mes. Bien que en todo sucedía
lo mismo. Quien ha visto el palacio entonces y lo ve ahora, no le conoce.
— Eso— interrumpió el cura— consiste en las gentes que se han metido
allí, sin que nadie sepa de dónde han salido.
— No quería yo decir tanto— repuso el viejo.
— Pues yo lo digo, porque es bien público y notorio.
— Ya; pero yo, al cabo y al fin, como el pan de la casa y no me están
bien ciertas cosas.... ¡Ay! ¡Si alzara la cabeza mi difunto amo y se­
ñor (q. D. h.!)
— Si SS. MM. no fueran tan bondadosas....— dijo el oficial.
— Pues ahí está el cuento— replicó el cura;— que abusan de la gran mu­
nificencia de nuestros reyes.
— ¡Son unos ángeles!— exclamó el viejo casi llorando.
— La reina, sobre todo, es demasiado amable— dijo el cura,—y abusan.
— Díganmelo ustedes á mí— interrumpió á su vez Pajarito.— ¡A mí quo
debía tener la honra de ser el peluquero de SS. MM.! Pero se ha entrome­
tido allí un franchute remendón, que no es capaz de hacer un mal cre­
pé ni un bucle, y ha sorbido los cascos á S. M. ¡Y yo no sé cómo se las ha
gobernado para presentarse allí!
— Porque la señora es demasiado bondadosa.
— Pero con todo, si no le hubiesen presentado en palacio....
— Cualquiera....Eso es lo de menos.
— Es lo de más— replicó el viejo servidor del difunto monarca.— En
tiempo de mi amo, que de Dios goce, el Sr. D. Carlos III, no se entraba en
la casa tan fácilmente como ahora.
— Desengáñese usted— dijo el peluquero,— para los franchutes no hay
nunca puertas cerradas; se cuelan por el ojo de una aguja. Y si dijéramos
que tiene algún mérito....del mal el menos; ¡pero si es un chapucero! ¡Oh!
Si estuviera vigente el antiguo decreto de policía, que á todas esos pelu­
queros de viejo les prohibía hacer pelucas de nuevo, otra cosa sería el
arte. Entonces sí que los teníamos á raya; no podían hacer pelucas sino
mezcladas con pelo y crin, y se les obligaba á poner en cada una de ellas
un rótulo que decía: Peluca mezclada.

33

A T E R , HOY Y M AÑANA

— Pues en ese caso— repuso el oficial riendo—hay muchas pelucas de
mezcla. Yo apenas conozco una que no sea tornasolada.
— ¿Qué tiene que ver una cosa con otra?— dijo Pajarito incomodado.— Lo
cierto es que antes de entrar en palacio era un peluquero ramplón, y
ahora se llama nada menos que barbero-peluquero-bañero; ha puesto las
vacías blancas de estaño, en vez de azófar, y quiere pintar la delantera de
su tienda de todos colores, siendo así que por las ordenanzas del gremio
no puede pintarla sino de negro ó de encarnado.
— Déjate de colores, Pajarito— le dijo el cura,— y búscate parroquianos
en el cuerpo de guardias de Corps; esos son los que hoy privan; lo demás
es andarse por las ramas.
— Pues me andaré toda la vida, porque yo tengo un carácter muy in­
dependiente.
— Tanto peor para ti; no harás fortuna con la independencia— le dijo
el cura.
Y súbitamente, al sonar en el vecino convento de la Soledad la pri­
mera campanada de las oraciones del mediodía, todos los que estaban en
las Gradas se descubrieron la cabeza y empezaron á rezar la salutación
del ángel á la Virgen.
Lo mismo hicieron las demás gentes que discurrían por la calle, parán­
dose todos de repente y como movidos por un solo resorte.
Los cocheros refrenaron las muías, quitándose el sombrero; los vende­
dores dejaron de pregonar sus mercancías, y los dependientes del comer­
cio dieron tregua á las negociaciones que tenían entabladas con sus pa­
rroquianos.
Pero aquella calma solemne duró breves momentos, y terminada la
oración, cambió cada cual un saludo con la persona que tenía más inme­
diata, volviendo luego todos á continuar sus respectivas haciendas.
Las muías siguieron su interrumpida carrera, los horteras su invete­
rada charla y los vendedores ambulantes sus desaforados gritos.
Sólo los concurrentes á las Gradas de San Felipe cambiaron de ocu­
pación, disponiéndose á abandonar el mentidero, como si aquellas cam­
panadas les llamasen al trabajo ó al refectorio.
De lo segundo había más que de lo primero, y poco faltaba para que
las cocineras echasen á remojo los obligados mendrugos de pan y empu­
ñasen el asa del puchero para vaciar los garbanzos.
Pero hasta la hora del sacrificio tenían tiempo sobrado, Pajarito para
peinar á la condesa de la Peralada, el oficial para ir á la iglesia del jubi­
leo á cambiar un guiño con su cortejo, y el erudito para murmurar me­
dia hora en la librería de la heredera de Sánchez. El capellán fué el único
que se despidió para irá su casa á esperar tranquilamente la consoladora
T omo I

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34

ANTONIO FLORES

aparición de la olla, que á la una en punto le servía en platos de Talaye­
ra y sobre manteles gallegos su ama, la mujer del ojeador de Carlos IV.
Casi todos los demás concurrentes á las Gradas fueron repartiéndose
en las librerías ó en las tiendas de comercio hasta la una, hora en que
emprendieron el camino de sus aposentos; dirigiéndose todos ála vez, por
único saludo de despedida, esta breve y comprendiosa frase:
— Que aproveche.
En aquel momento, y como si de súbito estallara una revolución, se
cerraron todas las tiendas, retirándose sus dueños á la cotidiana refacción
del mediodía, hasta las dos de la tarde.
En este intervalo de tiempo la corte de España quedaba completa­
mente desierta.
Había sonado la campanada del garbanzo, como llamaban algunos al
toque de oraciones del mediodía, y después de haber rezado el Angelus
Domini nunciavit Marios, todos se encerraban en sus casas para comer
y echar la siesta.

____

Las primeras puertas que se abrían en la corte, en la segunda mitad
del día, eran las de los conventos de frailes.
A las dos de la tarde desde el 14 de septiembre al 3 de mayo, y á las
tres por causa de la siesta en el resto del año, abríase el postigo de cada
portería, y con un manojo de llaves en la mano se presentaba el lego por­
tero en el dintel á esperezarse y á largar media docena de bostezos al
aire libre.
Alzaba después la cabeza para apreciar la situación meteorológica, y
buscando por entre la abertura lateral de la túnica un enorme reloj de
bolsillo que solía llevar amarrado con una gruesa cadena de acero, se
frotaba las manos si el tiempo estaba sereno, y se calaba la capucha si
había barruntos de tempestad.

I

Hecha esta diligencia, se volvía á su celda situada en la portería, y allí
esperaba á que fuesen saliendo á paseo los padres graves, para entregarse,
en compañía del lego refitolero ú otro cualquiera individuo de la comu­
nidad lega, á su diversión favorita, el juego de damas.
¿olían interrumpirle en su cotidiana tarea los muchachos de la ten-

36

ANTONIO FLORE8

dera su vecina para ver si les había guardado en la manga algún puñado
de higos, y los mandaderos de monjas para que avisase al padre Fulano,
confesor de sor Mengana ó de sor Zutana.
A los primeros les daba los higos y alguna camuesa el día en que re­
picaban recio, y aun les añadía, por vía de refrendo cariñoso, un tirón de
orejas más ó menos bestial, según lo daba más ó menos de sí la materia
lega. Con los segundos gruñía de las hijas de confesión y de los padres
confesores, y la cosa no pasaba adelante.
A poco más de lo que queda dicho, y cuenten ustedes que en lo que
dejo por decir está el obligado jarro de limón y vino que libaban sin ce­
sar los jugadores; á poco más, repito, estaban reducidas las obligaciones
del portero desde que se rezaban las vísperas, á que el estaba dispensa­
do de asistir, hasta las ocho de la noche en invierno y las nueve en vera­
no, que se cerraba la portería.
Lo demás que pudiéramos decir ahora pertenece á la vida íntima de
la comunidad, y será objeto de otro y aun de otros cuadros. En el presen­
te nos hemos propuesto no entrar en clausura, porque sería excusado.
Apenas se ha retirado el portero á su celda, cuando empiezan á salir
del convento dos, y tras de aquellos otros dos, y por último todos los
frailes apareados. Quédanse guardando clausura los impedidos por enfer­
medad, ó por arresto temporal que les impuso el prior, y los novicios, sir.
su padre maestro, que no fue el último que tomó el portante, emparejado
con uno de sus discípulos favoritos.
Los novicios sólo salían los jueves en corporación y apareados y pre­
sididos por su maestro; los demás días de la semana pasaban la tarde ti­
rando la barra en el huerto, jugando á la pelota en los patios ó saltando
la muía en la solana, especie de galería que en el último piso y en el
lienzo del Mediodía había en todos los conventos de frailes.
Pero repetimos que abandonamos por hoy esos pasatiempos privados
para ocuparnos de los públicos ó de los que tenían el carácter de tales.
Aunque la distinción parezca un tanto absurda, no vamos á dibujar
hoy al fraile religioso, sino al fraile seglar; al fraile desde que sale de lu
clausura hasta que vuelve á entrar en ella.
Especie mucho más abundante que la otra y de la que fácilmente se
hallaban individuos en el año de 1800.
Desde mucho antes de esa época eran conocidos con el apodo biográ­
fico de frailes de misa y olla, y sus genialidades han dado gran pábulo
á los refranes y á los dichos del pueblo. Hay, sin embargo, en el seglar
de que ahora vamos á ocuparnos algunos padres de campanillas, como
decía el vulgo, y algunos, aunque pocos, varones eminentes en virtud y
sabiduría.

A Y E R , HOY Y MAÑANA

37

No eran de estos últimos los dos que primeramente salieron del con­
vento, ni los segundos eran otra cosa que verdaderos frailes de misa y
olla.
Uno de éstos se acercó á la habitación del portero y le dijo:
— Oye, tú, no se te olvide advertir al padre prior que esta noche mo
quedo á confesar al enfermo del otro día.
— Yo no le digo nada— repuso el portero.
— ¿Y por qué no?
— Porque luego dice que quiere que los interesados le pidan directa­
mente el permiso.
— ¿Pues no me has dicho que han estado á avisar?
— Sí que lo he dicho, pero yo no se lo repito al padre; luego, cuando
usted vuelva al refectorio, puede decírselo. Así como así, no se libra de ir
a la celda prioral á pedir el Benedicite antes de salir del convento.
— Es que le acabo de pedir ahora— dijo el fraile.
— V qué, ¿no piensa usted volver hasta mañana?
— Iba á hacerlo así, porque está muy lejos para andar yendo y vi­
niendo.
— No importa, padre— repuso con socarronería el portero;— haga usted
ejercicio y créame á mí. Por no haberlo hecho así el otro día fray Olega­
rio, hace una semana que come á segunda mesa.
— ¡Vaya un castigo!— dijo el fraile.
— Es que hay más todavía; ya sabe usted que desde entonces baja to­
das las tardes á la celda prioral á pedir el Benedicite y siempre se le
niega.
— Tampoco ha perdido nada, porque hoy es el primer día que no ha
llovido desde entonces.
— Sí, pero confiese usted que es muy duro tener obligación de pedir
una cosa sabiendo que han de negarla.
— Vamos— dijo con impaciencia el compañero de paseo del fraile quo
hablaba con el portero.
Y al salir á la calle se calaron ambos las capuchas, metieron las manos
en las mangas, que á propósito no eran justas, y á paso largo tomaron la
calle arriba, cuando ya no se veía ninguna pareja de las que habían sali­
do mientras ellos se detuvieron en la portería.
En menos de una hora se ponían en circulación cerca de mil parejas
de frailes, y sin embargo, á las tres de la tarde era en extremo raro hallar
alguna parada ó de tertulia en las librerías.
Pocos asistían á los paseos; los más empleaban la tarde en hacer vi­
sitas.
En setecientas ó más casas se repartían los que hasta aquella hora ha-

38

ANTONIO FLORES

bían vivido en treinta y cinco, que este era el total de los conventos de
frailes en la época de que hablamos, sin contar en este número el de San
Bernardino, que estaba fuera de la población, ni la casa de los Cartujos,
porque éstos tenían clausura perpetua.
Como directores espirituales de las principales familias de la corte,
solían ser consultados en algunas casas sobre asuntos domésticos, y á buen
seguro que los novios de ayer consultasen la voluntad de la chica ni la
de los padres sin contar primero con la del fraile que iba de visita á la
casa. Simpatía que, sea dicho en honor de la verdad, no costaba gran tra­
bajo adquirir, y que á veces se lograba con sólo ayudarle á misa todas las
mañanas y dirigirle alguna palabra en latín, cuando venía á cuento y
cuando no venía también.
Por próxima que estuviese al convento la casa á que iban de visita, no
se libraban de un besamanos general de cuantos chicos y mujeres les sa­
lían al paso, haciéndolo también algunos hombres muy granados, con es­
pecialidad los que tenían alguna posición oficial en la corte.
— Dios le haga un santo— era la frase obligada del fraile después de dar
á besar su mano.
A lo que algunos solían replicar riendo:
— Sí, padre, pero sin vigilia.
La pareja que siguió calle arriba al salir del convento, tropezó á pocos
pasos con el alcalde del cuartel, que sombrero en mano corrió á besarles
la ídem, y más allá con el presidente del Consejo de Castilla, que hizo lo
propio.
Las mujeres no solían besar sino la correa que pendía de la cintura del
fraile, y así llegaron los nuestros á una casa de sólo un piso, cuya puerta
de calle estaba cerrada.
La criada, que bajó á abrir, les besó la correa, y lo propio hicieron el
ama cíela casa y sus dos hijas al recibirlos en un gabinete de confianza,
cuya pintura, aunque breve, no podemos dispensarnos de hacer.
Era poco más grande que uno de los patios modernos, y poco menos
elevado que una casa de dos pisos. En las paredes había pintadas muchas
figuras mitológicas, con grandes pabellones de color de rosa y azul, que
afortunadamente para el autor estaban medio cubiertos por lienzos sa­
grados, entre los que hacían justamente el principal papel una Concep­
ción de Murillo y una Sagrada Familia de Alonso Cano.
Junto á esos cuadros había otros muchos que contenían patentes de
diferentes hermandades, y por último, uno grande, enorme, en el que es­
taban las Bulas del amo de la casa y de toda su familia. En otro más pe­
queño se veían las cédulas de Comunión del año que acababa de pasar.
El mueblaje era complicado, y en obsequio á la brevedad renunciamos

AYER, HOY Y MAÑANA

39

á describirlo. Baste saber que, inclusos los sitiales y las cortinas de estera
que estaban arrolladas sobre los balcones, todo era procedente de Mani­
la. Circunstancia que no extrañaba ninguno de los que sabían que el amo
de aquel aposento era un consejero jubilado del antiguo de Indias.
Cuando llegaron allí los frailes estaban las hijas del consejero bordan­
do, la una al tambor unas enaguas para su señora madre, y la otra una
chupa con seda de colores sobre raso verde seco para su señor padre.
Con los ojos bajos se levantaron á besar la correa, y del mismo modo
volvieron á continuar la labor, marchando con la escasa basquiña de anascote morado pegada al cuerpo y oculto el jubón con un pañuelo de paño
verde estampado en negro.
La consejera, vestida de verde obscuro, hilaba un lino suave y lustro­
so en rueca de marfil de igual procedencia que los muebles del gabinete,
y asimismo continuó su labor aun después de la llegada de los frailes.
Éstos tomaron asiento lejos de las muchachas, pero inmediatos á la
copa del fuego, y uno de ellos dijo, volviéndose á su compañero:
—¡Qué mal gusto tienen estas jóvenes en no acercarse á la lumbre, prin­
cipalmente hoy, que aunque hace sol hiela como un diablo!
—Nos lo ha prohibido su merced—contestaron las dos niñas á la vez.
—Y ahora ¿quién les manda á ustedes hablar?—replicó la madre;—las
niñas bien educadas no hablan sino cuando les preguntan.
Las niñas tenían por la ley edad suficiente para preguntarse y respon­
derse por sí propias, pero nada replicaron á su señora madre, que habría
continuado reprendiéndolas á no haberse interpuesto el fraile diciendo:
—■Eh! No las riña, que ellas no tienen la culpa, y en lo que han dicho
no hay cosa que merezca reprensión.
—Hablad, hijas—repuso la madre,—que lo manda fray Ambrosio.
—¿Y qué quiere su merced que digamos?—preguntó una de ellas.
—Contestad á lo que os pregunten.
—¿Y si no nos preguntan?
—No decís nada.
—¡Como nos.manda el padre que hablemos!....—replicó una de las jó­
venes.
—Sí, pero el padre Ambrosio ignora que mañana es sábado...
—No tal—replicó el fraile riendo.—¡Ojalá no lo supiera tanto!
—¿Pues qué ha sucedido?—preguntó la madre.
—Que el cocinero se olvidó ayer de mirar la tablilla, y á última hora
ha visto que hoy era viernes.
—¿Y qué?
—Que no se podía comer de carne, y han improvisado un potaje mal
guisado y medio crudo.

40

ANTONIO FLORES

— Tampoco los pescados estaban muy allá— dijo el otro fraile.
— Sí, pero ya has visto que no han dejado nada en los platos.
— ¡Qué se había de hacer sino comerlo todo! No había otra cosa.
— No es eso, sino que algunos le tragan sin mascar, y el maestro de
novicios es uno de tantos.
— Tienen estómago de pobre.
Las muchachas se sonreían con lo que decían los frailes, y la madre
les dijo por lo bajo, acompañando la palabra con el pie:
— Niñas, que mañana tenéis que ir á la iglesia y es preciso que
vayáis recogiendo el espíritu para hacer luego un buen examen de con­
ciencia.
— ¡Ea! Tome un polvo—dijo uno de los frailes sacando de la manga una
caja de plata— y no gruña á las chicas, que son demasiado buenas.
— Hasta la hora presente— replicó la consejera de Indias tomando el
polvo que le ofrecía el fraile,— Dios ha querido hacerles la gracia de no de­
jarlas de la mano; pero es lo que yo las digo: si son buenas y se mantie­
nen en el santo temor de Dios, para ellas hacen; que yo no me echo nada
en el bolsillo. Pronto me iré de este mundo, y yaque no las deje grandes
riquezas, he procurado darlas buena educación. Sabrán ser mujeres de su
casa si encuentran colocación, y criar á sus hijos como Dios manda y
como sus padres las han educado á ellas. Que, aunque me esté mal el de­
cirlo, en su casa no han visto ningún mal ejemplo, ni han dejado de oir
misa todos los días y rezar el rosario entero todas las noches y el trisagio tres veces ála semana. ¡Oh! En eso he tenido fortuna. Llevo cuaren­
ta años de matrimonio, y á no ser los días que he estado enferma, jamás
he dejado de rezar el rosario con la familia; y aun enferma y todo, cuan­
do he podido los he hecho arrodillar á todos alrededor de la cama y allí
se han rezado todas las devociones. Y á propósito, ahora que me acuerdo,
¿les ha dado á ustedes mi esposo lina limosna para unas misas?
— A mí no, ¿y á ti?— dijo un fraile al otro.
— A mí tampoco, y esta mañana le vi después de misa mayor en la
sacristía, y hablamos de muchas cosas, pero no me dijo nada.
— ¡Es mucha cabeza de hombre!— exclamó la consejera.
Y llamando á un paje le dijo:
— Dile al señor que venga, que están aquí los padres.
— Déjele, señora, no le incomode, que nonos vamos aún— repuso lino
de los frailes.
— Ya lo supongo, como que tomarán ustedes chocolate.
— ¡Si usted se empeña....!— dijeron á la vez los religiosos.
— Niña— dijo la consejera, empeñándose, á la mayor de sus hijas— vé
y saca el chocolate; ya sabes...., el del arca negra.

AYER, HOY Y MAÑANA

41

—El que envió usted el otro día era excelente—dijo uno de los frai­
les.—No le he tomado mejor nunca.
—Del mismo mando que hagan ahora, porque el que tomaron ustedes
ayer no es tan bueno; el cacao es el mismo, pero salió demasiado tostado
en la primera tarea.
Y la consejera sorbió el polvo y lanzó tres estornudos seguidos.
—Dominus tecum—dijeron los frailes.
—Et tecum—replicó la señora á tiempo que el consejero jubilado en­
traba en el gabinete diciendo:
—¡Hola! ¿Ya hablas en latín? Pues se ve cumplida la profecía de San
Vicente.
—¡Que' chanzas tienes!—repuso la consejera incomodada.—Abogados y
militares sois cortados por un patrón; los unos lo aprenden en los cuarte­
les y los otros en Salamanca.
El consejero no hizo caso del resentimiento de su esposa, y besando
la mano á los frailes, les dijo:
—Tenía gana de ver á ustedes para preguntarles algo acerca de elec­
ciones. ¿Cómo anda el capítulo para general de la orden?
—Mal, muy mal—contestó uno de los frailes.
—¿Pues qué ocurre?
—Que cada día hay nuevas ambiciones y nuevas intrigas.
—¡Yo creía que ya estaba acordado definitivamente quién había de ser
elegido!
—Así dijeron anteanoche; pero hoy parece que S. M. ha manifestado
deseos de que se elija al padre maestro Trigueros.
—¿Aquel predicador famoso que hizo tanto ruido aquí por los años
de 1780 y 81?
—El mismo.
—Sería una buena elección.
—No lo crea usted; no es lo mismo predicar que ser general de la or­
den de predicadores. Para este cargo se necesita mucha gravedad y mu­
cho aplomo, y el maestro Trigueros no tiene ninguna de esas cosas. Y
sobre todo, yo soy franco, esta vez le toca designar persona á la casa de
Segovia, que es donde se ha de celebrar el capítulo, y no está bien pri­
varle de ese derecho.
—¿Ya alguno de ustedes?
—Yo estoy nombrado—dijo uno de los frailes,—y por cierto que no en­
cuentro muía á propósito para ir por la sierra. Las de casa son todas muy
viejas y me van á tener cuatro días en el camino.
—Eso sería lo de menos—repuso el compañero;—peor será que te arro­
je por las orejas, en cuyo caso llegas tarde y mal al capítulo.

42

ANTONIO FLORES

—No me pesaría gran cosa el no ir, porque temo que no se ha de sa­
car gran partido del que presentamos.
—¿Quién es?—preguntó el consejero.
—Perdone usted que no se lo diga, Sr. D. Leandro; es un secreto de la
comunidad, y por lo mismo que no tenemos seguro el triunfo andamos
con mayor reserva.
—Ustedes son muy dueños de callarlo—repuso el consejero;—yo lo
decía únicamente por si podía influir en algo á favor del designado por
la comunidad. Ya sabe usted mis muchas relaciones en todos los con­
ventos de la orden.
—Sí, señor, lo sé; pero los frailes no nos dejamos manejar tan fácil­
mente como se supone. Menos trabajo cuesta ganar votos en el sacro co­
legio para el Pontificado que en los conventos para elegir el general de
la orden. Y hoy día ya no están conocidos los capítulos, porque cada con­
vento trata de utilizar el voto en provecho propio, y como suele decirse,
se va con el que más da; por eso temo que ha de salir electo el que ha
propuesto S. M. Hay muchos conventos pobres que necesitan estar bien­
quistos con el gobierno para la buena resolución de sus expedientes de
gracias, y ese es el mal. Si no fuera así, yo le respondía á usted de la
elección.
—Me alegraría mucho, porque creo que ustedes habrán buscado una
persona digna de tan elevado puesto.
—Sí, señor; me parece que hemos acertado con el remedio.
—¡Dios lo quiera!—exclamó el consejero.
—Allá veremos repuso el fraile.
—Lo que yo le aseguro á usted—dijo el otro reverendo—es que no
se habló tanto del motín de Squilache como se ha de hablar de nuestro
capítulo.
—Siempre han sido ruidosos.
—Pero ninguno tanto como el de ahora.
—¿Cree usted que será reñida la elección?—dijo el consejero.
—Algo—repuso el fraile sonriendo.
—Pero ¿cosa de alboroto?—preguntó el consejero alarmado.
—No llegará la sangre al río—dijeron casi á la vez los dos frailes.
Y suspendieron la conversación comenzada para recibir la prometida
jicara de chocolate, que en marcelina de plata les sirvieron las propias
hijas de la casa; porque las criadas del consejero no pasaron el dintel del
gabinete, sino que allí entregaron á sus señoritas todo el servicio del cho­
colate, inclusos los bollos de Jesús y unos grandes vasos de agua en sal­
villa de plata con su correspondiente panal ó esponjado de color de rosa.
Asimismo sirvieron las jóvenes otra jicara á su señor padre, sin atre-

AYE R, HOY Y MA CA NA

43

verse á tomar asiento en su presencia hasta que su merced lo hubo expre­
samente mandado.
La conversación que tuvieron los religiosos después de haber sorbido,
ó mejor dicho, tragado el chocolate, giró sobre puntos de poca importan­
cia, tales como la reciente instalación de los serenos y del alumbrado,
medidas ambas que no habían merecido la aprobación del consejero, no
porque las creyese malas, sino por considerar de mayor urgencia otras
muchas.
De este número le parecía lo dispuesto por S. M. para reprimir el lujo
que se había introducido en las mesas de los ministros y demás personas
notables y que de real orden se había publicado el día anterior.
Los frailes dijeron que no tenían noticia de semejante orden, y aunque
les tranquilizó bastante saber que no estaban comprendidos sus refecto­
rios, rogaron al consejero que les diese lectura de ella, si la tenía á mano,
y el consejero acto continuo leyó el siguiente documento, que estaba en­
cabezado, como todos los de aquella época, con una cruz.

©
«Considerando el Rey nuestro Señoríos perjuicios y atrasos que causa
en la corte el exceso en el número y calidad de platos y adornos de las
mesas principales de ella, que al paso que absorben generalmente mucho
más del importe de las asignaciones que á los señores Ministros y otros
jefes y personas tiene S. M. concedidas por razón de sus empleos, privan
á los particulares de ciertos comestibles, á veces los más precisos para su
regular sustento: ha resuelto S. M., en su consejo de Estado, que se haga
una reforma en todas las mesas de esta clase, reduciéndolas á igual re­
galo y abundancia que exija sólo la decencia de los empleos y carácter de
las personas que las dan, y evitando el fausto y superfluidad que hoy se
usa en ellas, de lo que S. M. mismo ha querido dar ejemplo, mandando
se haga también en su real mesa una reforma proporcionada. Lo que aviso
á Y. E., etc., etc., etc.»
—¿Qué les parece á ustedes?— dijo el consejero.—¿No es esto más im­
portante que el alumbrado?
— ¡Quién lo duda!; pero ayer me hizo mucha gracia el castigo que die­
ron á unos jóvenes por haber roto dos faroles.
— ¿Qué les hicieron?— preguntó el consejero.
— Pasearlos por las principales calles con los faroles que habían roto
colgados al cuello.

44

ANTONIO PLORES

— Eso está bien hecho; parecemos cafres, y si no se pone un correcti­
I
vo no podremos vivir.
Los frailes se pusieron en pie para volverse al convento y la esposa
del consejero se acercó á uno de ellos y le dijo:
— ¿Piensa usted madrugar mañana?
— A las seis tengo la misa; ¿por qué lo decía usted?
—Porque voy á llevar las niñas á confesar y quisiera saber si baja us­
ted pronto al confesonario.
— En cuanto acabe la misa y tome un sorbo de chocolate estoy listo.
Pero pónganse ustedes en la capilla del Sagrario, detrás de la sacristía;
porque si bajo á la iglesia y me toman por su cuenta las viejas, mañana
perdida. Ayer no lo hice así, y cuando me soltaron eran las once. Salí con
la cabeza como un bombo. Y el caso es que dejé in albis á la mayor parte
de ellas.
— ¡Algunas son tan pesadas!....— exclamó el otro fraile.
— Necesitan ustedes armarse de paciencia— repuso el consejero.
— Más quiero confesar á todo un batallón que á una de esas brujas—•
dijo el fraile.
Y salió del gabinete con su compañero.
La esposa del consejero les besó la correa y lo propio hicieron las ni­
ñas, siendo el padre el único que les besó la mano, despidiéndolos á la
puerta de la escalera.

CUADRO CUARTO

UNA MADRUGADA EN 1800
El rutilante Febo, que era ayer tan pollo y tan barbilampiño como
hoy , sin que podamos decir que seguirá siendo lo mismo mañana , vivía

el año de 1800 en el mismo palacio que ahora, con fachadas á Oriente y
á Occidente, y se asomaba por las mañanas á los balcones de la primera,
más temprano en verano que en invierno.
Entonces, como ahora, decía el calendario que el sol salía á las tantas
ó á las cuantas horas de la mañana, sin importarles un bledo á los alma­
naqueros del mota octavas spherce de Copérnico, y sosteniendo indirecta­
mente que el sol entra y sale en la tierra como Pedro por su casa, y ha­
ciendo del gotoso y pacífico Febo un botarate que corre de un lado para
otro diligente y activo como alma de procurador.
La única diferencia que hay entre ayer y hoy es que, salga y entre el
sol ó estése quieto, oyendo tranquilo el e pur si muove que Galileo dijo
entre dientes al arrodillarse sobre la tierra en presencia de los siete car­
denales; la única diferencia, repito, consiste en que hoy no alumbra el
mismo cuadro que ayer; y como aquí la cuestión es de cuadros, vamos á
bosquejar el de una madrugada en la corte á principios del presente siglo.
Disueltas las tertulias á las diez de la noche, cuando algún bando es­
pecial no disponía que las reuniones y los espectáculos cesasen al ano­
checer, á las diez y media ya no transitaban por las calles de Madrid

46

ANTONIO FLORES

otras gentes que los recién creados serenos y alguna ronda de justicia.
Los rosarios cantados, los saetistas del pecado mortal y las rondas de
pan y huevo habían cesado en sus funciones antes de esa hora, y todo el
vecindario dormía á pierna suelta, á excepción de los presos que solían
dormir en el cepo á pierna ligada.
Los entonces flamantes serenos eran, como queda dicho, los únicos que
velaban á las altas horas de la noche, vigilando los cuarteles de la pobla­
ción y cantando la hora, precedida siempre del Ave María Purísima.
Un solo grito era, hasta la media noche, el compañero del sereno en
aquella obscura soledad; y hasta que oía el último estaba el vigilante con
el mayor desasosiego, sin atreverse á descansar en ningún punto, con es­
pecialidad debajo de los balcones.
Porque era el caso que abrirse con estrépito, salir una voz diciendo
/agua va! y caer al suelo un golpe de agua, que la obscuridad de la no­
che no permitía ver si era turbia, pero que el ruido indicaba que no era
muy delgada, todo pasaba en un solo momento.
Y esto es tan cierto, que si el infeliz que pasaba por debajo de una
ventana no oía abrirla cuando le decían «¡agua va!,» ya había ido sobre él el
agua; habiendo sucedido en una ocasión que un criado recién venido de
la tierra equivocó la consigna, y por decir «¡agua va!» dijo «¡alabado sea
el Santísimo Sacramento!,» á tiempo que pasaba un hombre por debajo y
descubrió la cabeza para saludar tan santa invocación.
Y como lo que de noche se hace de día aparece, menos la noche mis­
ma, que apenas sale el sol no aparece por ninguna parte, resultaba que
en medio de las calles y aun en las orillas y hasta en las paredes y en
otras partes, si había sido noche de viento, aparecía vertido lo que la au­
toridad había mandado verter.
Pero como esas aguas sucias y la basura que les acompañaba no po­
dían permanecer en las calles, el primer cuadro que alumbraba el sol era
el de dos muías que arrastrando un enorme tablón iban recogiendo toda
la inmundicia y llevándola á los vertederos, que no eran sino unos ba­
rrancos ó zanjas abiertas á los extremos de la población.
Poco menos diligentes que los aseados animalitos eran los inquilinos
de las casas, los cuales tenían obligación de barrer el trozo desde su puerta
al arroyo apenas habían pasado las hacendosas bestias; amontonando así
el resto de la basura, que más tarde tenían obligación de recoger los ca­
rreteros que viniendo á la corte cargados pensaban volverse vacíos.
Y á esto no podían oponerse ni alegar ignorancia, porque el bando es­
taba terminante, y además de haberse publicado por medio de pregón en
los parajes de costumbre, estaba perenne en los mismos, y puedo afirmar
á ustedes que desde la cruz á la fecha decía lo siguiente:

ATER, HOY Y MAÑANA

47

«Don Fulano de Tal, Señor de veinte Villas y siete Dehesas, Decano en el
Eeal de Hacienda, Corregidor ó Intendente general de esta villa de
Madrid, su jurisdicción y provincia, Juez único y privativo por espe­
cial Eeal orden para hacer cumplir y executar cuanto se contiene en
este Vando y sus incidencias con inhibición de todo Juez y Tribunal.
»Siendo de tan notorio beneficio la nueva general limpieza de las ca­
lles de esta villa, que no sólo utiliza á la salud, sino es que asegura el
preciso aseo para la policía, se ha dignado el Eey (Dios le guarde) man­
dar se usen de algunos medios que perpetúen la providencia, sin nueva
imposición de derecho ni otro gravamen que la fácil concurrencia del
vecindario al poco costoso auxilio y observancia de los capítulos siguientes:
»1. Cada uno, sin excepción de estado y privilegio, hará barrer todos
los días la delantera de su casa hasta el medio de la calle, debiendo estar
hecho en los meses de noviembre, diciembre, enero y febrero á las ocho
de la mañana; en los de marzo, abril, septiembre y octubre á las siete, y
en los de mayo, junio, julio y agosto á las seis. Y para excusar el polvo,
que tanto incomoda, harán igualmente que desde primero de mayo hasta
fin de octubre se riegue la misma delantera, acordando entre sí los veci­
nos de una propia casa las semanas, términos ó meses con que podrán al­
ternar para la execución de uno y otro.
»II. El polvo ó lodo que de esta diaria diligencia se junte en la calle,
han de sacar al campo las galeras, carros y carretas, que habiendo entra­
do en el pueblo vuelvan á salir de vacío, y espera S. M. que sus dueños
contribuyan con buen ánimo á hacer este beneficio á un público del que
logran tantas utilidades. Para que así lo entiendan y cumplan, se despa­
chan ahora á sus respectivos domicilios las órdenes y vandos convenien­
tes, por virtud de los cuales han de venir prevenidos y enterados de la
ninguna excusa que para lo contrario se les admitirá. Se repartirán palas
en parajes oportunos, bajo la custodia de vecinos que tuvieren tienda
abierta; y con ellas y los auxilios que se les suministrará cargarán el polvo
ó lodo (que ya nada puede tener de inmundicia) los mismos carromate­
ros ó carreteros, quienes en la propia forma llevarán la basura que se re­
cogiere en los portales, teniendo para esto los habitantes de las casas la
obligación de hacerla cargar, sin que los conductores sean molestados
con detención, rodeos ni extravíos de calles, pues cumplirán con recoger
lo que hallen por donde vía recta salieren, dejando el carguío en los pa­
rajes señalados en el campo.

48

ANTONIO FLORES

»III. Las caballerías que vinieren con provisión de verduras, sacarán
cada día los escombros que causen en las plazas y puestos de venta.
»El vecindario empezará desde luego á cumplir lo que se manda, pena
de diez ducados, aplicados á los que se ocuparen en celarlo y denunciar
los defectos que hallaren en la observancia. Madrid á tantos de mil ocho­
cientos y cuantos.— Fulano de Tal.
»Es copia á la letra de su original, de que certifico yo el infrascripto
Secretario y Escribano de S. M.»
Antes de cumplir con lo dispuesto en el bando que precede, y al abrir
cada vecino la puerta de su casa, se santiguaba en el dintel de ella y su­
surraba la cotidiana oración de la madrugada.
Empuñaba con furor la escoba, y sin ocurrirle murmurar del corregi­
dor, que se revolvía entre sábanas de Holanda mientras él barría aquella
sábana de inmundicia, daba cima al trabajo, y acto continuo se pertre­
chaba para ir á la compra, no sin entrar primero á oir misa en algún con­
vento de los muchos que hallaba al paso, para que habiendo madrugado
no le pudieran decir: «el que se levanta tarde, ni oye misa ni halla carne.»
El vecino honrado, y entonces andaba de sobra este género, oía misa
y hallaba carne en los cajones que había delante del Buen Suceso, ó en
la Red de San Luis, ó en la plaza de Antón Martín, ó en cualquier otro
mercado de los muchos que había en Madrid por aquel tiempo.
Los días que se despilfarraba algún tanto, siempre con arreglo á la
real orden que le prohibía el lujo en la mesa, acudía á la pescadería de la
plazuela de Santiago, donde hallaba peces del Jarama que aún no hacía
cinco días que habían sido pescados, y algunos procedentes del Océano
que apenas guardaban memoria de su madre patria.
Tampoco se advertía allí la falta del escabeche y del bacalao, y si se le
antojaba algo de caza, en la calle de ídem hallaba gran surtido, sobre
todo en las épocas en que S. M. mandaba sacar alguno de los montes de
la Corona. En cuanto á fruta fresca, tenía á su disposición grandes repues­
tos de higos, pasas, nueces, etc., y no envidiaba las frutas de Aragón y
de Valencia, porque no tenía el gusto de conocerlas ni aun de vista. Con
semejantes provisiones volvía á su casa el vecino honrado, santiguándose y
descubriendo la cabeza cada vez que pasaba por delante de alguna iglesia.
Los marmitones de las casas de la grandeza y los demás criados que
iban á la plaza no volvían tan pronto como el vecino honrado, porque
ya entonces les entretenía el aguardiente, la sisa y la murmuración.
Para esa clase de gente en materia de bebida, sisa y murmuración
apenas ha habido diferencia de ayer á hoy , y es más que probable que
no la haya mañana , si dura para entonces el servicio doméstico.

AYER, HOY Y MAÑANA

49

Había, sin embargo, entre ellos algunos sirvientes compradores ele
raza diversa, que no necesitaban sisar, beber ni murmurar para andar
colorados, lucidos y alegres, y estos eran los cocineros de los conventos.
No iban al mercado en busca de los artículos de primera necesidad ni
aun de los de lujo, porque, como mayores consumidores, todo lo recibían
por mayor en el convento. Los carros de aceite y devino llegaban periódi­
camente á la casa desde sus propios cortijos y bodegas; el tahonero les
llevaba todos los días dos ó tres cargas de pan, el carnicero cinco ó seis
reses, la lechera un par de cántaros de su mercancía, y todo por el estilo,
menos las verduras, que crecían en el huerto, merced á las fatigas de los
novicios y de los legos hortelanos. Iba, pues, el lego cocinero seguido del
pinche á comprar los adobos para aquellas viandas, y su presencia en tal
ó cual mercado era un gran acontecimiento para los vendedores. Todos se
disputaban su favor, todos le saludaban con respeto, y á no estar con­
vencidos de que el lego necesitaba de todos, habrían pujado el tenerlo
por parroquiano.
Junto á ese lego rumboso y desprendido, cocinero de las órdenes ricas,
pasaba el de las mendicantes con una gran alforja al hombro y una es­
tampa en la mano, y todas aquellas buenas gentes le hacían los mismos
cumplidos que á su compañero. Con el mismo respeto saludaban y aco­
gían al que venía comprando que al que llegaba pidiendo, y la alforja de
este último se llenaba diariamente de las mejores mercancías de la plaza.
Pidiendo por Dios, para dar por Dios, los hijos de San Francisco y los
del padre de la Providencia el glorioso San Cayetano volvían á sus con­
ventos cargados de provisiones que alcanzaban á cubrir holgadamente su
mesa, sobrándoles una gran porción que repartían después á los pobres.
Las monjas capuchinas enviaban con igual misión á sus hermanucos,
y no eran menos afortunados que los santos varones de su orden.
A unos y á otros se decía que los estatutos de su regla no les permi­
tían tomar moneda; pero como las gentes se la daban, habría parecido
orgullo devolverla, y se veían obligados á quebrantar el voto de pobreza.
Tal era el cuadro que el amigo Febo alumbraba, con más ó menos luz,
todas las mañanas, mientras el bueno de Pajarito el peluquero andaba
empolvando pelucas y haciendo coletas, y las hijas de D. Leandro el
consejero jubilado de Indias salían á la calle á oir misa ó á confesar sus
culpas y recibir la sagrada comunión. Mal haríamos por lo tanto en esco­
ger esta ocasión de seguirlas, porque sería distraerlas de su devoción, y
esto es lo que su señora madre las tiene más recomendado.
La víspera de la confesión, que es un día cada semana, y el viernes por
más señas, después de prepararlas su señor padre con algunas preguntas
acerca de la doctrina cristiana, se recogen tres horas para hacer el examen
T omo I

4

50

ANTONIO FLORES

de conciencia, y ya les está prohibido hablar, reir, beber, ni menos tomar
ningún alimento hasta que vuelvan al día siguiente de la iglesia.
El último uso que hacen de la boca por la noche es enjuagarla bien
con agua clara, y el primero apenas se levantan es escupir tres ó cuatro
veces. Acto continuo se santiguan, besan la mano á sus padres, y puestos
los libros de devoción en una gran bolsa que cuelgan del brazo, sin alzar
los ojos del suelo, seguidas de su madre, se dirigen al templo.
La buena señora quisiera hacerles muchas advertencias de que se ol­
vidó la víspera; pero otra vez será más previsora; porque si les dirigiese
la palabra, podría distraerlas del único pensamiento que debe ocuparlas
en semejantes ocasiones. Por cuya razón no me atrevo, lector, á que las
veas tomar el agua bendita, ni besar los pies al Santo Cristo que hay en
la capilla de la entrada, ni mucho menos quiero que oigas la confesión
que hacen de sus culpas al fraile que viste en su casa el día anterior.
Lo que sí puedo decirte, es que la esposa del consejero no las pierde
de vista, ni en ese momento ni en ninguno otro de su vida, y que si la
educación que las da te pareciere exagerada, puedes disculparla en gracia
de la buena fe con que ella cree hacer lo mejor por su felicidad.
Podrá ser que las madres que ahora hacen todo lo contrario sean hijas
de las madres de ayer; pero semejante cambio nunca será efecto de la edu­
cación, sino del siglo. Y los males del tiempo, sólo el tiempo los cura.
¿Sabían los sinceros creyentes de ayer lo que iba á suceder hoy ?....
Pues así ignoran las gentes descreídas de hoy lo que sucederá mañana .
Afortunadamente tú lo vas á saber algún día, porque yo, que estoy en
el secreto, te he ofrecido revelarlo en la última parte de esta obra.

CUADRO Q U IN TO

EL C O R R A L DE L A S C O M E D I A S

No es de noche, lector. Respira tranquilo y vive descansado, que
aunque te llevo al corral á ver una comedia, son apenas las dos de la
tarde.
Acaba de m andar el Rey nuestro Señor, y en su Real nombre los Al­
caldes de Casa y Corte, que «para evitar los desórdenes que facilita la
obscuridad de la noche en concurso de ambos sexos, se empiecen las re­
presentaciones en los dos coliseos á las cuatro en punto de la tarde desde
Pascua de Resurrección hasta el día últim o de septiem bre, y á las dos y
media desde prim ero de octubre hasta Carnestolendas, sin que se pueda
atrasar el térm ino señalado, y ciñéndose el festejo al térm ino de tres
horas cuando más, que es el suficiente para un recreo honesto y para
que se logre salir de día.»
Así lo ha dispuesto S. M. y yo no puedo oponerme á la voluntad del
soberano.
En llevarte al corral del Príncipe ó al de la Cruz es en lo único que
puedo darte gusto.
¿Quieres ver á los chorizos ó á los polacos, ó quieres que antes te diga
por qué les doy esos nombres?

52

ANTONIO FLORES

Pues has de saber que no soy yo quien ha inventado semejantes apo­
dos, sino que allá, no muy allá, hacia el año de 1742, con motivo de cier­
tos chorizos que el actor Francisco Rubert (a) Francho comía en un en­
tremés con mejor apetito que limpieza, y por haberle faltado una tarde,
hizo tales gestos y tales exclamaciones contra el guardarropa, que el
público, movido á risa, llamó desde entoncos á aquel corral el de los cho­
rizos.
Los polacos deben su apodo á un fraile Trinitario, gran aficionado á
comedias, que les tuvo siempre mucho afecto y que era conocido del
vulgo por el Padre polaco.
Unos y otros tuvieron distintos apasionados, hasta el punto de for­
marse numerosas cuadrillas, llevando públicamente los chorizos una cinta
dorada y los polacos una azul en los sombreros chambergos.
Los famosos María Ladvenant y Manuel Guerrero, cómicos que en­
tonces ni eran tenidos por artistas ni podían usar el don, que tampoco
ambicionaban, eran los ídolos del pueblo, y á la sombra de esta pasión
se cometían excesos de gravedad.
Pero nunca llegaron al punto que en el siglo xvi cuando se usaron
los ferreruelos rabones que importaron los borgnñeses y las estupendas
gorras que vinieron de Milán.
No se arrojaban ya entonces pepinos ni otros proyectiles verdularios
contra los ruines cómicos, las ruines comedias, como en tiempo de Cer­
vantes, que en el prólogo de las suyas dice que «veinte ó treinta de ellas
se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni otra cosa arro­
jadiza, y que corrieron su carrera sin silbos, gritos, ni baraúndas.»
De esto último había en abundancia á mediados del siglo anterior y
no faltaba á principios del presente; época en que tú, lector, vienes con­
migo al corral cielos chorizos, á ver cómo anclan los cómicos con la co­
media de Flhumisbo Thermoclonciaco (a) Don Nicolás Fernández ele
Moratín, titulada La Petimetra.
Pero bueno será, y aun lo creo preciso, enterarte primero ele las pre­
cauciones mandadas observar por S. M. (y de las que se repitió nueva
mente á la sala, de su real orden, el cuidado de su puntual cumplimien­
to) para la representación de comedias, bajo de cuya observancia se
permite el que se ejecuten.
Bien sé que sin el conocimiento de estas precauciones, tú tienes el
suficiente criterio y buena educación para no cometer exceso alguno que
pudiera hacernos incurrir en faltas de desobediencia á las órdenes de la
autoridad, á ti como persona que hace y á mí como persona que consien­
te; pero bueno será tenerte advertido de todo antes de tomar dos asientos
de barandilla ó de corredorcilio, desde donde podamos ver la función, en

ATER, HOY Y M AÑANA

53

el caso de que no seas hembra, que lo sentiría infinito, porque si así fuere
habríamos de renunciar á ir al teatro ó tendríamos que dejar de estar
juntos.
Una de las precauciones tomadas por S. M. y repetidas á la Sala de
Alcaldes, es la de que no se deje entrar en la cazuela, á los hombres bajo
pretexto alguno, ni aun que hablen con las mujeres desde las gradas y
patio. Mandando además que tampoco se permita á los hombres entrar
en los pasillos que conducen á la exclusiva localidad de las mujeres para
impedir los lances que de lo contrario se pueden originar.
Resulta, pues, lectora, que no puedes venir en mi compañía al teatro,
y que tienes que buscar la de una amiga cualquiera, previniéndole que
no haga señas á los hombres, si no quiere que el alcalde, presidente de
la fiesta, le mande un recado de atención con sus ministros.
Y tú, lector, ahórrate de traer cigarros de tabaco, que éstos son los
prohibidos, por riesgo á los incendios y porque se ofende con el olor y
el humo á los demás del concurso.
Puedes venir en coche si gustas, aunque ya sabes que no has de llegar
con él hasta la puerta del corral, porque de semejante privilegio goza
solamente el del alcalde, que queda, sin embargo, en la callejuela más
próxima para no estorbar el tránsito y estar pronto en cualquier urgencia
del real servicio.
Si no le tuvieres propio, te recomiendo que lo alquiles en casa de
Simón González, antiguo alquilador de coches de colleras, que fué el pri­
mero que tuvo este tráfico y dió origen á que se llamaran simones á los
coches públicos y peseteros, á los que más tarde, en número de doce, se
alquilaban á peseta por hora ó carrera en la calle de Carretas. Fernan­
do YI, por los servicios que le tenía prestados en las jornadas, le concedió
el privilegio de que sólo él pudiera tener seis coches de pechera para al­
quilar al público, permitiéndole tener uno de reserva por si se le rompía
alguno.
Pocas cosas más te incumben en las precauciones dictadas por los
señores de la Sala; las restantes son exclusivas de los comicios y de las
empresas.
Y te las voy á decir á continuación, para que no culpes á los cómicos
de lo que no hagan estándoles por ellas prohibido:
«1.a Manda el Rey nuestro Señor (Dios le guarde) y en su real nom­
bre los alcaldes de su Real Casa y Corte, que al extremo del tablado y
por su frente se ponga en toda su tirantez un listón ó tabla de la altura
de una tercia, para embarazar por este medio que se registren los pies
de las cómicas al tiempo que representan.»
¿Qué te parece, lector de hoy, de ese listón de ayer?¿Crees que lo que

54

ANTONIO FLORES

entonces embarazaba una tabla de á tercia evitaría ahora una muralla de
veinte pies? Con esos saltos de nuestras desnudas bailarinas, ¿no seria
preciso tapiar la embocadura del teatro para evitar el registro de los es­
pectadores?
Y dice así la precaución segunda:
«Que en los vestuarios de ambos coliseos se tenga siempre capaz y
suficiente separación en que se vistan y desnuden las cómicas con la de­
cencia y honestidad correspondiente, sin ejecutarlo á la vista de los có­
micos, como antecedentemente está mandado.
»3.a Que no entren hombres en los vestuarios con pretexto alguno,
sean de la clase que fueren, inclusos los dependientes del coliseo, que
avisarán previamente para que se pongan las cómicas en disposición
de ser vistas.
»4.a Que no se puedan representar en alguno de los coliseos come­
dias, entremeses, bailes, sainetes ó tonadillas, sin que, después de obteni­
da la licencia del juez eclesiástico, se presenten por los autores de las
compañías á la Sala de Alcaldes, para que mandada reconocer de su orden,
permita la representación; y si al tiempo de su ejecución, no obstante
hallarse aprobadas, advirtiere el alcalde alguno de aquellos reparos que
no se ofrecen al leerlas, recogerá después la comedia, entremés, baile,
sainete ó tonadilla, prohibiendo su repetición.»
Aquí, lector de hoy, puedes decir pata y seguir leyendo la precaución
quinta, que se reduce á encargar que en las representaciones se guarde la
modestia, recato y compostura debidos, no permitiéndose bailes ni tona­
das indecentes ó provocativas que puedan ocasionar el menor escándalo.
La sexta quiero dártela íntegra, porque presumo que te ha de procu­
rar contento saber que á las cómicas de ayer, ni aun en broma les estaba
permitido el derecho de ciudadanía varonil por entero, sino por mitad,
y mejor dicho, por tercera parte, atendido á que entonces llevaban el
talle junto á los hombros.
Hela aquí, lector, hela aquí:
«6.a Que igualmente serán responsables los autores á la nota que
pudiera causar cualquiera cómica de su compañía que saliere á las tablas
con indecencia en el modo de vestir, sin permitir que representen vesti­
das de hombre, si no es de medio cuerpo arriba.
»7.a Que aunque pidan los mosqueteros (así se llamaban los asisten­
tes diarios á los coliseos) ó alguna otra persona que se repitan los bailes
y tonadillas ó que salga algún cómico ó cómica á ejecutar esta ó seme­
jantes habilidades, no lo permita el alcalde por más instancias que haga
la gente del patio, tomando para contenerlos las providencias que tuviere
por conveniente.»

AYER, HOY Y MAÑANA

55

Amén de esas precauciones, había la de que los aguadores y fruteros
que entrasen á vender en los corrales hiciesen información de buena
vida y costumbres ante el regidor comisario de comedias, previo un exa­
men del Catecismo por el cura párroco.
Se encargaba también que no hubiese celosías altas en los aposentos
principales, segundos, terceros, ni alojeros, y que las gentes que los ocu­
pasen estuviesen con la decencia que corresponde, sin capa los hombres
y sin cubrirse las mujeres el rostro con el manto.
Y últimamente se decía que
«Por cuanto se han observado graves inconvenientes de permitir las
comedias que en algunas temporadas del año ejecutan las compañías
que llaman de la legua en los lugares de Maudes, Carabanchel y otros
inmediatos á la corte, se prohiben, por punto general en las diez leguas
de su circunferencia, sin que con algún pretexto puedan los corregidores
y justicias permitir las representaciones ni admitir las referidas compa­
ñías en los pueblos de su jurisdicción.»
Ahora bien: enterado como estás por lo que queda dicho de las pre­
cauciones que has de observar y de las que han de observar contigo,
¿quieres venir al teatro?
¿Me autorizas á llegarme al despacho de billetes de hombres á pedir un
par de localidades?
¿Quieres ir de capa ó á cuerpo gentil?
Lo primero está prohibido en las lunetas y en las delanteras de ba­
randillas, á menos que la capa no sea de grana ó prenda de uniforme, en
cuyo caso puedes usarla hasta en los aposentos.
Supongo, con razón, que no querrás vestirte de colorado y que deja­
rás esa aproximación de cangrejo cocido para el vejete que ya nos ha
cogido la delantera, y sacando del bolsillo del calzón un peso duro meji­
cano, pide una luneta de las primeras filas, por la que paga dos'me­
cíalas.
Decido por lo tanto asistir al teatro desde un lugar oculto, y voy á
pedir dos gradas.
Tú, mientras tanto, puedes divertirte en ver la gente que va llegando
al despacho.
Espera que se desemboque el vejete, del cual no ves ahora sino unas
pantorrillas, propias ó alquiladas, cosa esta última entonces muy co­
rriente, embutidas en ricas medias de patón blancas, y un zapato bajo
con hebillas de oro.
Su mayor vanidad consiste en ostentar un pie pequeño, educado con
mimo y digno por su ridículo tamaño de la más exagerada mandarina
del imperio chino.

56

ANTONIO FLORES

Sobre el cuello de su capa colorada cae una trenza de pelo empol­
vada, vulgo coleta, y para que la grasa de puerco no empañe la prenda,
tiene cubierto el cuello con una cartera de tafetán del mismo color que
la capa.
Pero espera á que se desembarace de ella, y verás el señor mayor más
bien atildado que jamás has presumido.
Chupa blanca, bordada al realce y de colores; chorrera de siete listo­
nes de encaje de Bruselas; corbatín blanco y no corbata, que entonces
no eran hembras los adornos del cuello; calzón de punto color de clavo
pasado, y por último, una casaca de piqué de seda del mismo color que
el calzón con botonadura de acero abrillantado.
Los vuelos de las mangas son de encaje riquísimo, compañero del de
la chorrera y amarillentos ambos por hacer entonces ese color plena
prueba en materia de encajes.
Los guantes no son de seda ni de cabritilla, sino de oro y pedrería: tal
es la profusión y la riqueza de los anillos que le cubren los dedos emba­
razando el juego de los nudillos.
En cuanto á los dos indispensables relojes, que no podían faltar á un
currutaco tan estirado como nuestro vejete, sobre anunciarlos de sobra
el volumen que asoma por debajo de la chupa, caen sobre el calzón dos
cadenas de oro que rematan en cien variados dijes del propio metal, y
ya no queda duda alguna de que los dos relojes siguen siendo fieles á su
dueño.
La empuñadura del espadín es de acero y de una labor muy compli­
cada y vistosa, y la vaina del propio metal con cabos de marfil
En suma, si algo le falta para ser el tipo de la elegancia de la corte,
es el sombrero, que aunque es nuevo y de los mejores el que lleva, no es
de última moda, porque el sombrerero no le ha cumplido la palabra lleván­
dole temprano el que encargó al efecto.
Algo ha sufrido con semejante percance, para que le digamos ni una
sola palabra por tan pequeño delito.
Yeámosle llegar al despacho para entablar el siguiente diálogo con el
cómico que vende los billetes.
—Tenga Y. S. muy buenas tardes—le dice el encargado del despa­
cho, Sr. D. Tadeo. ¿Cómo es que no ha mandado V. S. esta mañana por la
luneta?
—Porque ya sabía que me la tendrías reservada.
—Eso sí. ¡Pues no falta más!
—Yo, ya se sabe, en habiendo seguidillas del ole, aunque me tuviera
que hacer traer arrastrando no faltaré jamás á la función—dijo el viejo
con infantil sonrisa.

ATER. HOY Y MAÑANA

57

—Pues hoy tiene V. S. algo más.
—¿Qué hay?.... El cartel no dice nada más.
—Se conoce que le ha visto V. S. de prisa.
—Y bien, ¿qué hay?
—Seguidillas de la Tempestad, el Canario y el Arroyito.
—¿El Arroyitol—exclamó el viejo fuera de sí....—¿Qué me dices, hom­
bre?.... ¡Conque nada menos que el Arroyito!
—Eso no está anunciado en el cartel; pero me he acercado al señor al­
calde y he pedido á su señoría permiso.
—Pues tú ¿qué tienes que ver con eso?
—La que le baila es mi hija....
—¿Hija tuya?
—Sí, señor.
—Allá veremos cómo le baila. Aquí no se ha vuelto á ver cosa de pro­
vecho en esos bailes desde que dejó de hacerlos la Malagueña. ¡Qué pies
tenía aquella muchacha! ¡Qué bien bailaba la Pastorcüla! Yo me acuer­
do.... por supuesto que era muy muchacho cuando la vi la primera vez;
pero no se me olvida. ¡Como que el difunto Carlos HI (q. D. h.), á pesar de su
gravedad y su carácter serio, la vió una vez y la mandó hacer un regalo
de consideración!
—¿Qué la dió?
—No sé si 25 ó 30 doblones.

—¡Càspita, qué fortuna!
—Aquel era un gran rey, y cuando se ponía á hacer una cosa la hacía
por completo.
—Si tuviera mi hija esa suerte, ¡para qué quería yo más!
—Es que no nacen todos los días bailarinas como la Malagueña. ¿Y
qué ha hecho Dios de ella? ¡Estará muy vieja!
—Sí señor, por ahí anda pidiendo limosna.—¿Es posible?
—Lo que Y. S. oye. El otro día estuvo en casa á ver bailar á mi hija.
—¿Y qué dijo?
—Se le saltaron las lágrimas acordándose de sus buenos tiempos, y
dijo que si los mosqueteros tomaban por su cuenta el aplaudir á Juanita
haría furor.
—Yo te prometo hacer lo que pueda.
—Usía puede mucho, pero esta noche me temo que haya toros y ca­
ñas aquí dentro.
—¿Pues cómo?
—Porque han venido muchos polacos á tomar billete, y ahora acaba
de entrar el j ele de ellos.

58

ANTONIO FLORES

— ¿Quién es?.... No le conozco.
— Manolito Gala: uno de los veedores del gremio de Puertaventaneros.
— ¡Puertaventaneros!....— repite el vejete asombrado.—¿También tienen
gremio esas gentes?
— Sí, señor: pues qué, ¿no sabe V. S. que ahora no hay quien no esté or­
ganizado en gremio? Hay gremios de roperos de viejo, de cotilleros, de coleteros, de hortelanos, de tratantes en ropas usadas y hasta de palilleros;
los peluqueros son los únicos que constituyen arte, y hermandad los ta­
honeros.
— Sí, todo eso lo sé; pero ignoraba que el hacer puertas y ventanas
formase un gremio aparte del de carpinteros— dice el viejo.
— Lo mismo sucede con los vidrieros de ventanas; también es otro
gremio aparte.
— ¿Del de balcones?— pregunta con socarronería el viejo.
— No, señor; del gremio de vidrieros en general.
— Ya lo entiendo; así hay tal baraúnda y tardan tanto en pasar
cuando asisten á las procesiones—exclama el viejo.
Y volviéndose para saludar á una señora que iba al teatro, seguida de
su paje, le dijo:
— ¡Hola, madamita!... ¿Cómo aquí tan solitaria? ¿Cómo es que no la
acompaña su señora hermana?
— No ha querido venir, porque dice que le apestan las comedias de
Moratín el padre....¡Vea usted qué absurdo!
El vejete se encoge de hombros y la señora añade:
— ¿Tampoco á usted le gustan?
— A mí me son indiferentes las del padre y las del hijo y las de to­
dos los poetas del mundo.
— ¿Pues á qué viene usted al coliseo?
— A ver el baile.
— ¿El baile ó las bailarinas?
— Como no se puede ver una cosa sin otra....— dice el viejo sonriendo.
— Genio y figura hasta la sepultura— replica la señora, disponiéndose á
entrar en el corral.
— ¡Qué le hemos de hacer! Ya somos como los músicos viejos, que no
nos queda otra cosa sino la afición y el compás.
La señora entra riendo en el coliseo, y el viejo, después de haberla he­
cho un reverendo saludo bajando el sombrero hasta los pies, se vuelve á
continuar la conversación comenzada con el cómico que estaba en el
despacho de billetes de hombres, hasta que por fin suena la hora de al­
zarse el telón y entra á ocupar su asiento.
Pero no te apresures, lector, á que vayamos á ocupar los nuestros ín-

A Y E R , HOY Y MAÑAN A

59

terin esté á la puerta del coliseo ese hombre, cuya mirada recelosa y ade­
manes inquietos te harían sospechar un espía del Santo Oficio, si yo no
te afirmara, y te lo afirmo, que no es otro que el célebre Fabián de Tordesillas, veedor del gremio de herreros de obra menuda y jefe de los
choriceros.
Mírale bien para que no le confundas con ningún otro, y puedes es­
piar todas sus acciones y movimientos durante la representación.
Fíjate bien en su redingot de paño color de canela tostada, en su chupa
V calzas de ante amarillo con botones de acero, en sus medias blancas, en
sus zapatos sin hebillas y con botón de acero, en la ausencia de su cor­
batín y muy principalmente en la manera de llevar el sombrero tricornio,
tan echado á la espalda que apenas se ve la gran trenza de pelo que le
cuelga del cogote, encerrada en una bolsa de tafetán negro. Y aunque
creas que no fija la vista en las gentes que van entrando á ver la come­
dia, no dudes que ya nos ha visto á todos, y muy principalmente al jefe
de los polacos, su antagonista furibundo.
Hasta que Fabián se retire de la puerta ten por seguro que no empie­
za la comedia.
Y verdad es que ya se ha cerrado el despacho de billetes; pero eso
consiste en que el cómico que los despachaba hace papel en la comedia
y se ha ido á vestir para estar listo.
Y aunque así no sea y la representación empiece antes de que se re­
tire Tordesillas, ¿qué perdemos con no oir la pieza de introducción que
toca la orquesta?
A cualquiera hora conviene dejar de oir cuatro violines desafinados y
dos flautas roncas.
Lo que sí podemos hacer es acercarnos á pagar nuestros asientos á los
cobradores, porque va acudiendo demasiada gente y es expuesto perder
el dinero y no ver la función.
Por otra parte, ya Tordesillas ha visto entrar al jefe de los polacos,
Manolito Gala, y no tardará en seguirle.
A ese director de los apasionados del otro teatro no es fácil que le
equivoques con el jefe de los chorizos; pero obsérvale con atención por si
acaso.
Lleva una chaqueta larga con faldellines á manera de casaca, calzón y
chupa de pana verde, medias blancas, zapato sin hebilla, una montera de
barragán á la cabeza y el coleto suelto sobre la espalda.
Con tan buenas señas, supongo que no le equivocarás con el otro jefe.
Síguele con la vista y verás que aunque toma asiento en el patio en­
tre un grupo de gente toda suya, se acomoda sin saludar á nadie por no
excitar sospechas.

60

ANTONIO FLORES

Esta reserva no le aprovecha gran cosa, porque Tordesillas, que se ha
situado en el degolladero, le observa desde allí y conoce á toda la gente
contraria.
La suya está esparcida en distintas localidades y le han ofrecido todos
secundar sus esfuerzos.
Para la primera señal de desaprobación que den los 'polacos, tienen
dispuesta una salva de aplausos los chorizos.
Semejante competencia la pagarán de seguro los cómicos.
A yer , lo mismo que hoy y mañana , el enemigo más terrible es un
amigo imprudente.
Así sucede esta tarde. Antes de dar principio al espectáculo sale un
cómico á decir que la comedia anunciada en los carteles no podía ejecu­
tarse por indisposición de la famosa María Chaves (a) la Zorongaita, y al
verle asomar á la escena, asoma también, según costumbre inveterada,
la risa á los labios de muchos y con especialidad á los del jefe de los
polacos, y á una señal del de los chorizos rompen éstos en estrepitosos
aplausos.
Irrítase el público con tan extemporánea felicitación, y no ya los po­
lacos, sino los indiferentes y hasta los apasionados del corral, gritan y sil­
ban, y se arma tal baraúnda que el cómico se retira sin que nadie haya
entendido y sin que él acabara de decir la arenga que traía estudiada y
que según costumbre empezaba con las consabidas palabras de respeta­
ble público, etc.
Mucho tiempo tarda en restablecerse el silencio, y mucho más aún en
que los espectadores comprendan lo que el cómico ha anunciado, con es­
pecialidad el título de la comedia que iba á echarse en vez de la Petimetra,
de Moratín, que no fué más afortunada esa noche que en vida de su autor,
que murió sin verla en escena.
Verdad es que el título de la anunciada en su lugar, aun suponiendo
que el cómico le hubiese pronunciado por completo, es difícil de retener
en la memoria, porque consta de veintidós palabras y es, si la memoria no
nos es infiel, el siguiente:
«Quitar el cordel del cuello es la más justa venganza,=ó el pobre
fundador del hospital más famoso el venerable Antón Martín, = prime­
ra y segunda parte, = su autor D. Bernardino José de Reinoso y Qui­
ñones.»
Era esta una de tantas comedias como tenían y tienen los cómicos
ensayadas para casos imprevistos, y á las que llaman remediones, y corrió
su carrera esa noche sin otra cosa que fuertes oleadas, algunos silbidos y
no grandes aplausos por parte de los chorizos, que quedaron corridos con
la primera derrota.

AYER, HOY Y MAÑANA

61

Resérvanse, sin embargo, para el entremés, por ser esta la pieza de
empeño del sobresaliente de la compañía y haber sabido que en ella que­
rían dar los polacos la batalla.
Sucede, pues, ni más ni menos lo que habían pensado los chorizos, y
no podiendo los enemigos hallar pretexto en la representación, que iba
saliendo muy bien, oye Manolito Gala toser á una mujer en la cazuela y
grita desaforado:
— ¡Calle la cazuela!
— ¡Calle el patio!— grita Tordesillas desde el degolladero, donde asoma­
ba la cabeza con trabajo.
— ¡No quiero!— replica Manolito Gala.
— ¡Silencio!— gritan muchas gentes á la vez.
— ¡Imprudentes!— añaden otros.
— ¡Fuera!— dice una voz desde uno de los aposentos.
— ¡A la cárcel!— clama un tercero desde las lunetas.
— ¡Callad, que no se oye!
— ¡Que vuelvan á empezar!
— ¡Que me devuelvan el dinero!
— ¡Que hable más alto el barba!
— ¡Que no grite tanto el apuntador!
Y á todos esos gritos acompañan los silbidos de los polacos y los
aplausos de los chorizos, y se arma tal baraúnda que el alcalde manda
tirar la cortina y hace que los ministros desalojen el patio y el degolla­
dero, llevando á la cárcel á los principales instigadores si fueren habidos
ó declarados tales ipso fado.
Su señoría encarga después á los ministros que á los mosqueteros con
especialidad no les dejen salir del coliseo hasta que su señoría dé cuenta
á la Sala, y que si entre los promovedores del alboroto se hallase alguna
persona principal, que por su carácter ó empleo merezca ser distinguida,
jle den inmediato aviso, para que apenas concluida la función, si no basta­
ren los atentos y cortesanos oficios de su señoría, dé cuenta al limo. Sr. Go­
bernador del Consejo, para que éste lo haga á Su Majestad.
Cúmplese todo tal cual lo manda el alcalde, y Manuel Gala y Fabián
'Tordesillas, con otros varios de sus respectivos bandos, duermen aquella
moche en la cárcel, de donde salen al día siguiente, apercibidos, pero más
»exasperados que antes.
Tú, lector, que yo sé que no has tomado parte en la gresca, perdóname
•que te haya llevado al coliseo en día de tal baraúnda; pero te he dicho
¡anteriormente que íbamos al corral, y el teatro lo era casi siempre en
¡aquella época.
Quizá otro día asistiremos á otra función para que puedas apreciar el

C2

ANTONIO

FLOIIES

talento de los cómicos de entonces, que no son los que menos han contri­
buido á la justa importancia que ha adquirido el arte en el presente
siglo.
En el ínterin, si no tienes cosa mejor de que ocuparte, vente conmigo
en seguimiento del viejo currutaco, que aburrido por no haber visto el
baile va á su ordinaria tertulia, donde está convidado para un visitón, y
pasará primero por un café, en el que no ha de pesarte verle.

C U A D R O SEXTO

LA

BOTILLERÍA

DE CANOSA

Ocho años antes de que el siglo actual se entrase de rondón por las
puertas del mundo, había dicho el célebre Moratín por boca de D. Pedro
en su famosa y nunca bastante aplaudida comedia nu eva , que «en el
café no se debe hacer otra cosa sino tomar café;» y esta frase, celebrada
como todas las demás de la comedia, á pesar de los que habían ido al
teatro con ánimo deliberado de silbar la obra, pasó á ser un axioma entre
las gentes de principios de este siglo.
Era mal mirado y en no buena opinión tenido el que asistía diaria­
mente al café, y los que lo hacían, por necesidad ó por vicio, nadie por
lujo, apenas estaban en casa del cafetero el tiempo necesario para des­
ocupar una taza y vaciar una copa; si bien esto último lo hacían con la
mayor reserva, no porque entonces dejara de tener sus prosélitos la doc­
trina del padre Noé, sino porque siendo la hipocresía y el vicio cuestiones
de moda, aquellas gentes no estilaban la hipocresía del vicio, sino el vicio
de la hipocresía.
Pero ¿crees tú, lector, que era virtud la costumbre de no asistir de ter­
tulia á los cafés, y que las gentes de ayer pueden hacer mérito de esa
privación como de un sacrificio? ¿Te has figurado que renunciaban á gran-

64

ANTONIO PLORES

des placeres, ni á medianas comodidades siquiera, dejando de concurrir
á los cafés que por aquel entonces había en la corte?
Pues si tal has creído y tal opinión has formado de aquellas gentes,
te has engañado de una manera lastimosa, y voy á sacarte de tu error
haciéndote una pintura exacta de algunas de las casas de bebidas, que así
las llamaba el Diccionario de la lengua in illo tempore.
Cuando la hayas leído, te dirás á ti mismo si te atreverías á perma­
necer, no ya después de haber bebido, pero aun antes de beber, en seme­
jantes casas.
Dice el vulgo que «de noche todos los gatos son pardos,» y para que
pardo te parezca el café, no quiero que entremos en él de día.
Esta exigencia es en tu provecho más que en el mío; porque si vieras
con su verdadero color el café adonde tomaban el ídem Inarco Celonio
y el abate Melón y aun sus enemigos García de la Huerta y el abate Cladera, si le vieras, lector, estoy seguro de que te negabas á acompa­
ñarme.
Y necesito que me acompañes, porque sólo un hombre de hoy puedo
apreciar debidamente los cuadros de ayer .
El del café empieza por un portal obscuro, estrecho, desempedrado y
sucio.
En el fondo brilla una chispa de fuego, que más te convida á quemar
en ella un cigarro que á servirte de su luz para ver. Verdad es, y demos
á cada cual lo suyo, que de arder tan poco y de lucir tan menos no tiene
ella la culpa, porque procede de una torcida que nadie se cuida de atizar
y que arroja su luz á través de un vidrio verde, y amén de verde, sucio, y
amén de sucio, prisionero en una red de alambre, más sucia que el vidrio
y más gruesa que la torcida.
Afortunadamente para nada necesitas que el farol alumbre y ganas
mucho con no ver las paredes del portal.
Aconséjote tan sólo que si trajeres ropa talar la recojas con una mano,
por si el pavimento no estuviere seco, y dejes libre la otra para acudir
con ella á las narices, si necesario fuere, que sí lo será.
Sigue mis pasos aprisa, que para los malos caminos ni antes ni ahora
ni después se inventará cosa mejor que andarlos pronto, y entremos en
el café, si no se opone la mampara de hule negro que cierra la entrada, no
por su propio peso, sino por el de un saco de media arroba de arena que
hace allí de portero obligado.
La sala no es grande, pero en cambio está poco alumbrada y parece
otra cosa. Parece lo que el Nuevo Mundo antes de que le descubriera
Colón: á unos una verdad y á otros una mentira. Tú elige lo que quieras,
en la seguridad de que en ambos casos aciertas.

AYER, HOY Y MAÑANA

65

¿Te parece mentira que allí haya pinturas al fresco, y mesas de már­
mol, y sillón de nogal, y cornucopias, y servicio de china? Pues has acer­
tado. Es mentira que allí haya ninguna de esas cosas.
¿Crees que es verdad que allí no hay sino unas paredes, sin más telas
que las que colgó la araña por sí propia, sin permiso del cafetero, se en­
tiende, y unos tablones de pino, y unos bancos de la propia madera, y
unos platos de peltre, y unos vasos de vidrio? Pues es verdad, lector; has
acertado.
Pero siéntate en uno de esos bancos, y pronto verás cómo viene á
tomar tus órdenes aquel mozallón asturiano que en mangas de camisa
descansa de las fatigas del servicio sobre una de las mesas.
Si no viene á la primera vez que le llames, llámale otra y otra; y por
último, si aun así no viniere, no lo tomes á desaire; es que no te ha oído.
Y no te ha oído porque estará durmiendo; lo cual no tiene nada de par­
ticular. Para unos la vida es sueño, como dijo Calderón, y para los que
no son Calderones, sino materia de calderos, el sueño es la vida.
Llégate á él bonitamente; ponte en guardia por si está soñando, y dale
una palmada ó dos ó tres en la espalda, y verás cómo al instante se in­
corpora, alza los brazos, se restriega los ojos, y mirándote de arriba abajo,
sin que se atreva ni á ponerse en pie, te dice:
—¿Qué hay?
—Café—le replicas.
—Sí, señor, éste es; ¿y qué quiere?
—Que me sirvas café.
—¿Con leche?
—Sí.
—No puede ser, se ha concluido—te dirá acaso,—porque la hora es
algo avanzada. Son lo menos las ocho de la noche.
Y se volverá á tender sobre la mesa, hasta que le digas que te dé café
sea como quiera.
Entonces se vuelve á esperczar, abre tres ó cuatro veces la boca, se
hace otras tantas cruces y se dirige por último hacia el fondo del salón,
de donde vuelve á salir antes de media hora con una salvilla de peltre en
la mano, sobre la que viene una taza y un platillo.
Este último contiene el azúcar terciada, y en la taza viene ya vertido
el café; lo cual adivinas al observar el ridículo equilibrio que guarda el
mozo.
Podrá suceder que el líquido no venga muy caliente, pero es posible
que tampoco esté muy cargado de café, y el agua clara sin riesgo puede
beberse tibia.
Si no hubieses entrado conmigo, el mozo al verte solo se habría senT omo I

5

66

ANTONIO FLORES

taclo á hacerte compañía; pero puesto que hemos venido juntos, paga ó
déjame que yo pague el gasto que has hecho, y vámonos al visitón, que
ya va siendo tarde, y si nos descuidamos es fácil que cuando lleguemos
se haya concluido.
Por el camino te diré cuatro palabras acerca de las botillerías, que es
lo que el padre Terreros llama en su famoso Diccionario casas de bebidas.
La de Canosa es por muchos conceptos la más notable de todas.
Nació en el siglo pasado, y ha tenido el valor de vivir todo el primer
tercio del presente, conservando hasta la hora de su muerte, no ha doce
años ocurrida, toda la integridad de su casa solariega.
Tú, como yo, lector, no te hagas el niño, la has visto al bajar al Prado
por la Carrera de San Jerónimo, avergonzada de sí misma, con más de
un pie ya en la sepultura.
Pero no creas que el estar enterrada era señal de vieja; hizo lo mismo
cuando niña, y desde que nació tuvo la singular modestia de sepultarse
en vida.
Bajábase á verla por cuatro ó cinco sucios escalones, y lo que se veía,
una vez dentro de ella, era una covacha reducida, en cuyo centro pendía
un enorme velón de cobre, cuyos dos mecheros encendidos tenían la
doble complacencia de alumbrar la estancia y de llenarla de un gas im­
propio para la respiración, pero fácil al gusto y al tacto no menos que al
olfato.
Sus paredes no estaban desnudas de adorno, como las del café, sino
que lucían de medio cuerpo abajo un tonelete de estera ñna, cepillo per­
petuo de las espaldas de los parroquianos.
Pero valiente cuidado les daba á éstos de que la estera les limpiase la
ropa, mientras refrescaban el cuerpo con las sabrosas bebidas que confec­
cionaba el repostero Canosa.. Así como el Don Pedro de Moratín decía
que en el café se debe tomar café, decían los concurrentes á la botillería
de Canosa que allí no se debía ir á nada más que á beber la leche helada.
Y no valía argüirles con que el botillero Calzadilla, establecido en otra
covacha de la calle Ancha de San Bernardo, era otro repostero de fama,
porque no hacían caso. Habíase declarado la moda en favor de Canosa, y
allí era donde se reunía la gente principal de la corte.
Pero tú, lector, dirás: ¿y cómo es posible que toda la gente principal
de Madrid cupiese en aquella covacha?
Y á esto te replico anticipadamente, por si tan corto reparo se te alcan­
za para dudar de lo que es pública voz y fama en Madrid, que la mayor
parte de los parroquianos no bebían en la casa del botillero, sino en la
suya propia.

y

A Y E R , HOY Y MAÑANA

67

¿No lias visto á los soldados acudir cada uno con su propia cuchara á
sacar la ración de las ollas del rancho? Pues ahí tienes lo que hacían los
parroquianos de Canosa: acudir con sus propias habitaciones á la puerta
de la botillería.
Nunca bajaron de sesenta coches los que paraban por las tardes, de
vuelta del paseo, á la puerta de la botillería.
Allí les servían el refresco sus propios lacayos, llevándoles en los pri­
meros tiempos los bizcochos á mano, y más tarde, mucho más tarde que
á principios del siglo, en unas bandejas de mimbre, bandejas que no se
desdeñarían de servir de tapas á las excusabarajas en que hoy se vende
la fresa.
Los pollos de entonces, que los había, y de ellos hablaremos en otro
lugar, cosidos á la casaca de su señor padre, se acercaban cortésmente á
saludar á las madamitas de los coches.
Pero los héroes de la fiesta, los que hacían, digámoslo así, el gasto, con
el único objeto de no gastar dinero, eran los abates y los poetas.
De ambos habremos de ocuparnos largamente y en cuadros distintos.
Lo que ahora importa es empezar otro nuevo, para lo cual nos parece
oportuno terminar aquí el presente.

:

\

*

________________



C U A D R O S É P TIM O

UNA

VISITA Y UN VISITERO

Para no verse ni tratarse, excusado es que las gentes vivan en sociedad.
El trato engendra simpatía, la simpatía amistad, la amistad amor y
el amor parentesco.
Tal ha sido el origen de la familia desde los tiempos antediluvianos
hasta los presentes, en que no deja de haber diluvio de palabras, de frases
y de cumplidos, y tal será hasta que tornen á encuadernarse en el Valle
de Josafat los huesos que desencuadernó el diluvio.
Nada importa que sea cierto el sí de las niñas de ayer, ni el sí de las
madres de hoy, ni el tanto más cuanto, con que buscarán mañana las
unas y las otras á los hombres que andarán huyendo de las otras y de
las unas.
Que ajusten las madres sin consultar á las hijas, ó que éstas se vendan
sin consultar á sus madres, no es más que una oración de activa y pasiva
que en nada altera lo que dejamos dicho, de que suprimidas las visitas,
sería excusado vivir en sociedad.
Así lo comprendieron los antiguos, y por eso se visitaban con tanta
frecuencia. Sucedía entonces que...................................................................

70

ANTONIO FLORES

Pero, ahora que me acuerdo, y antes de que pasemos adelante, ¿sabes
tú, lector de hoy, lo que eran las visitas de ayer? ¿Por ventura has creído
que eran como las domiciliarias, ó la de puertas, ó la eclesiástica, ó la
general de cárceles, ó alguna otra de esas visitas que ahora tenemos y
con las que aún no puede decirse que visitamos como lo hacían nuestros
padres?
Pues no, lector, no se trata de ninguna de esas visitas, en que el visi­
tado recibe poco gusto de ver al visitador, como sucede hoy á los contri­
buyentes con el agente del gobierno, que les hace una visita para infor­
marse de lo que han pagado, y mejor dicho de lo que han dejado de pagar,
y se lo exige fustibus et armis sin etiquetas ni cumplidos.
Las visitas de que ahora te hablo eran todas de cumplido y de etiqueta,
y nadie podía renunciar á hacerlas ni á recibirlas sin ser tenido por un
salvaje indigno de vivir en sociedad.
No valía entonces como ahora dar doce reales por cien visitas, cosa
de que cualquier litógrafo se encarga hoy, como verás en la segunda parte
de esta obra; ni estaba admitido el delegar un criado para que fuese á
averiguar si el amigo había vuelto con felicidad del viaje, cosa que enton­
ces ocurría raras veces, ni si la amiga había dormido bien, lo cual se ha­
cía por mayor; y en suma, el servicio de las visitas era personal, sin en­
doso ni transferencia de ningún genero.
Había en la manera de cumplir con ese importante precepto de la
etiqueta sus puntos de habilidad, y el que la lograba perfecta recibía el
nombre de visitero.
Voy, pues, á enseñarte uno que la casualidad me ha traído á las
manos y que en sus tiempos es fama que rayó en el oficio tan alto como
el que más, siendo él uno de los hombres de menos estatura que había
entonces en Madrid.
Cierto es que entonces, por fortuna, no habían llegado á España las
tropas extranjeras que más tarde la invadieron, y á pocos madrileños
les había ocurrido pasar de los cinco pies.
La estatura andaba hermanada con la ambición, y la raza madrileña
era poco ambiciosa y no muy alta.
El héroe de las visitas que ahora te presento no cabe sin embargo en
un bolsillo de mi gabán, porque le estorba el espadín y poique no es tan
pequeño de cuerpo que no pase de los cuatro pies cerca de cinco dedos.
No es gordo, pero está en carnes, y sin acudir al alquilador puede
esconder dentro de la calceta una mediana pantorrilla, y tiene como hijo
de la Ballena, vulgo madrileño, toda su vanidad encerrada en los siete
puntos que calza de escarpín.
Es currutaco hasta dejarse de sobra la currutaquería; apellídanle pe-

AY E R, HOY Y MAÑAN A

71

timetre, y aun hay quien dice que se dió por aludido en un monólogo
que se publicó en sus mocedades con el título de Don Líquido ó el curru­
taco vistiéndose.
A pesar de que no puede cumplir ya los cuarenta y cinco, tiene dere­
cho cuando se muera á que le alumbren con cera amarilla; y esto á pesar
de las mujeres de su tiempo, que, como las de ahora, no se conformaban
con que los hombres se mantuviesen solteros.
Pero el celibato ha sido fruta de todas las edades, y aunque la Iglesia
se llevaba entonces muchos maridos, siempre quedaban algunos en flor,
que morían sin haber dado fruto ni al siglo ni al claustro.
Este D. Narciso Ceremonial de que ahora te hablo no vivía solo, sin
embargo de no ser casado, y tenía on su compañía una tía, que casi podía
valer por dos mujeres.
Una tía de aquellas cuyo patrón se ha perdido, y que no me atrevo á
presentar en este cuadro porque absorbería todo el lienzo.
Es un tipo especial que como verdadero estudio arqueológico tendrá
su lugar más adelante.
Para presentarle necesito haber adquirido una gran confianza con los
lectores.
No es su sobrino ni una sombra de lo que es ella, y aun así tengo mie­
do de que me le devuelva el lector.
Pero como ya estoy comprometido á pintarle, es preciso hacerlo, y allá
va aunque no vuelva. Vive en la calle de los Bodegones (hoy de Hita) en
un cuarto principal de quince piezas y por el que paga tres reales diarios,
por mensualidades vencidas, con otras ventajas en el arrendamiento, de
que también pienso hablar en otra ocasión.
Tiene habitación de verano y de invierno, independientes y completas
ambas, y aunque los muebles no son de lujo, son decentes y buenos.
El estrado le tiene adornado con mucho gusto y es digno de las perso­
nas que le honran con sus visitas; pero el estrado pertenece á la tía y
nada podemos decir de su adorno.
La estancia en que está D. Narciso aguardando al peluquero es la única
que nos pertenece, y de ella lo habremos dicho todo con llamar la aten­
ción del lector hacia un salterio, una mesa de tocador, un molde de
pelucas, seis taburetes de haya, tapizados de damasco carmesí, y un sofá
de lo mismo.
Sobre el salterio hay una urna de cristal que encierra un San Juan de
cera, y á la cabecera del catre que se ve en la pieza inmediata un cruci­
fijo de marfil y una pila de corcho para el agua bendita.
D. Narciso, envuelto en un capotillo ó citollén de casimir aleonado,
no crean ustedes que pasa con los brazos cruzados el tiempo que ha de

72

ANTONIO FLORES

tardar en venir el peluquero. Ya se ha ajustado el calzón de punto, color
de tabaco flor baja, y las medias de patón y, por último, los escarpines de
hebilla; operación dolorosísima y en la que ha consumido largo rato; lu­
cha terrible entre el pie y el zapato, que siempre concluía por amoldarse
el primero á las economías del segundo. Y esta empresa era tanto más
arriesgada y comprometida, cuanto que el calzón era tan justo y estaba
tan ceñido, que muchos petimetres para usarle le colgaban en unas cuer­
das que pendían del techo, y agarrados á ellas dejaban caer las piernas á
plomo en aquella funda con gran riesgo de una costalada.
Con un pañuelo de hierbas cubre las chorreras del pecho para conser­
varlas incólumes, y saca otro pañuelo del bolsillo en cuyas cuatro puntas
hay otros tantos nudos.
Es el libro de memorias, en el que cada nudo es un recuerdo que le
sirve para saber que ha de acordarse de algo.
El sistema nemotecnico es algo confuso, y mi hombre se da diferentes
palmadas en la frente para sacar de allí la historia secreta de aquellos
nudos.
— Este— dice hablando consigo mismo— es el que hice para acordarme
de que el domingo son los días de la marquesa del Sobresalto; y el caso
es que no me acuerdo si debo ir á dárselos, porque su sobrino el vizconde
del Susto me parece que no vino á felicitar el cumpleaños á mi señora
tía. Justo y cabal, no vino— dice, y deshace el nudo, añadiendo:
— Este otro tiene dos vueltas y no me acuerdo lo que era....Los pen­
dientes de mi señora tía ya los llevó á casa del platero....; el par de hebi­
llas no, porque las dejó al dorador y me dijo que fuera por ellas el sába­
do.... ¿Qué será este nudo? Y no hay duda, es cosa doble.... El par de
pendientes,no;lashebillas, tampoco; los relojes, menos ¡Ah! ¡Ya caigo!
No tenía otra cosa en la cabeza: visitar á las hijas de D. Crisanto, que
son gemelas y cumplen años mañana. Les daré las vísperas, porque ma­
ñana es un día muy ocupado y el sastre Dios sabe á qué hora me traerá
la casaca de terciopelo.
Nada dijo de los otros dos nudos, y cogiendo los dos relojes que tenía
sobre la mesa en una doble relojera de paja, se sentó á darles cuerda,
operación trabajosa y larga que párrafo aparte merece y á renglón segui­
do voy á dársele.
Observen ustedes primero el tamaño de los relojes si quieren que no
les asuste su fecundidad. Es cada uno de ellos bastante menor que un
pan de munición y mucho mayor que un panecillo; pero aquellas carnes
no son enteramente suyas, y cuando D. Narciso empieza á mondarlos
se quedan tamaños como una castaña.
La primer sobrecaja es de concha, claveteada con puntas de plata; don



AYER, HOY Y MAÑANA

73

Narciso la quita y se la cuelga en el dedo índice de la mano izquierda; la
segunda es de marfil y la engancha en el inmediato, y la tercera es de co­
bre y pasa á ocupar el otro dedo.
Sigue á esas tres sobrecajas la caja primera, que es de plata y pasa á
ocupar el cuarto dedo; la caja segunda es de plata también y ocupa el
quinto; y por último, en la tercera está la máquina del reloj, defendida
por un guardapolvo que D. Narciso aparta para poder jugar con liber­
tad una llave de cobre menor que las que hoy llevan á la espalda los gentileshombres de cámara.
Acto continuo, y para que no se resfríe la rueda catalina, vuelve á
cubrir á la criatura y da cuerda al otro reloj, esperando así la llegada del
peluquero.
Háblale éste de las modas, de los paseos, de las tertulias y de los nue­
vos pasos de la contradanza; del zarcé, de la alemanda, de los arcos do­
bles y de los de cuatro caras, y concluye por no empolvarle jamás á su
gusto.
Pero por fin el peluquero se marcha, y D. Narciso, después de darse
la última mano, mete en los bolsillos de la casaca un pañuelo de hierbas
doblado y una almohadilla de tafetán para arrodillarse en la iglesia sin
detrimento del pantalón y de las rodillas.
En los de la chupa coloca el dinero, el rosario y el trisagio; en las re­
lojeras del calzón las dos máquinas con las seis cajas y las seis sobreca­
jas, y en el bolsillo del costado, en la casaca, un espejito y un peine para
los casos imprevistos. Item más, dos cajas de concha, una con polvo de
tabaco flor baja y otra con el de mil ñores, aderezado con vinagrillo de
los siete ladrones.
Toma por fin el sombrero y el bastón, besa la mano de su señora tía
y se dirige al convento de la Soledad á oir misa y rezar sus devociones
particulares antes de tomar la carrera de las visitas.
La primera es la de un consejero de Castilla, antiguo amigo de su pa­
dre, á quien es de rigor verle al mes justo de haber enviado á su hijo á
Salamanca por si ha tenido noticia de su llegada.
A esa no le acompañamos, porque temo que nos atrape el consejero y
nos lea todas las cartas que le ha ido escribiendo su hijo en las diez jor­
nadas que hizo desde la corte á la Universidad salamanquina.
A la segunda visita también le dejo ir solo, porque me dice que des­
pacha pronto; no va á otra cosa que á presentar sus respetos á un amigo,
á quien visita los días 15 y 30 de cada mes y á quien recibe en su casa
el 10 y el 25.
Adonde es preciso que le acompañemos tú y yo, lector amigo, es á
casa de D. Crisanto, cuyas hijas nos esperan, empavesadas con todos

74

ANTONIO FLORES

los trapos del cofre y todas las alhajas del arca, sentadas en el sofá del
estrado á derecha é izquierda de sus padres, que almidonados y prendi­
dos están recibiendo el besamanos de los amigos.
La víspera y el día del santo y cumpleaños de cada uno de la familia
hacen lo propio y tienen perfectamente estudiado el papel.
D. Narciso frecuenta y tiene mucha franqueza en la casa, pero toda
la deja en ese día en la suya y entra en el estrado con todo cumplimiento
y ceremonia.
Los de la casa le reciben con la mayor gravedad, sin decirle que deje
el sombrero ni preguntarle cosa alguna y sin que el diga otras palabras
que éstas al asomar á la sala:
—San Ambrosio sea en esta casa, que por las vísperas se conocen los
días.

—Usted es siempre muy bien venido en esta casa—contesta el padre.
Y D. Narciso, después de permanecer allí inmóvil y mudo, diez minu­
tos en los casos de cumpleaños y quince en los de días del santo, se levan­
ta y dice:
—Conque, madamitas, salud para cumplir muchos miles en compañía
de sus señores padres y de aquellas personitas que sean más de su
agrado.
—Y á usted para verlos—responden á coro los cuatro celebrantes.
Con lo cual D. Narciso hace una cortesía, y dando una cabezada á
cada una de las visitas que hay en el estrado de D. Crisanto, sale á la
calle á continuar sus visitas; siendo una de ellas alguno de los puestos
del Diario, donde lee éste y el Mercurio, para enterarse de las afecciones
astronómicas del día anterior y de las efemérides y leer los bandos de las
autoridades para observarlos fielmente en la parte que le corresponda.
Porque, como él dice y dice bien, no hay peor pecado que el de la igno­
rancia voluntaria.
Así este día en que nosotros le vemos se dirige al puesto del Diario
en busca de un bando, vigente ya, pero reciente, que le hace falta estu­
diar á propósito de unos lutos; bando tan curioso que no podemos resistir
al deseo de copiarle á continuación para que el lector le lea mientras hace
su última visita el visitero y nos lleva al visitón.
Decía así el llamado bando de lutos:

»
«Manda el Rey nuestro Señor, y en su Real nombre los Alcaldes de su
Casa y Corte, que en conformidad de lo prevenido, así en la Real Prag­
mática Sanción, publicada en esta Corte, como también en las Reales re-

A YE R , HOY Y M AÑANA

75

soluciones que por el Rdo. en Cristo, Padre Obispo de Cartagena, Gober­
nador del Consejo, se han comunicado á la Sala, los lutos que se pusiesen
por muerte de personas Reales sean en esta forma. Los de los hombres,
vestidos negros de paño ó bayeta con capas largas, los que las usaren; y
los de las mujeres, de bayeta si fuese en invierno, y en verano de lanilla.
Que á la familia de los vasallos de cualesquiera estado, grado ó condición
que sean sus amos no se les den ni permitan traer por muerte de perso­
nas Reales, pues bastantemente se manifiesta el dolor y tristeza de tan
universal perdida con los de los dueños. Que los lutos que se pusieren
por muerte de cualquiera de los vasallos de S¡ M., aunque sean de la pri­
mera nobleza, sean solamente vestidos negros de paño, bayeta ó lanilla;
y sólo los han de poder traer las personas parientes del difunto en los
grados próximos de consanguinidad y afinidad, como es por padre ó ma­
dre, hermano ó hermana, abuelo ó abuela ú otro ascendiente, ó suegro ó
suegra, marido ó mujer, ó el heredero, aunque no sea pariente del difun­
to: sin que se puedan dar á los criados de la familia del difunto, ni á los
de sus hijos, yernos, hermanos ni herederos; de suerte que no se pueden
poner lutos ningunas personas de la familia, aunque sean de escalera
arriba. Que los ataúdes ó cajas en que se llevasen á enterrar los difun­
tos no sean de telas ni colores sobresalientes, ni de seda, sino de bayeta,
paño ú holandilla negra, clavazón negro pavonado y galón negro ó mo­
rado, por ser sumamente impropio poner colores sobresalientes en el ins­
trumento donde está el origen de la mayor tristeza; y sólo se permite que
puedan ser de color, y de tafetán doble, y no más, los ataúdes ó cajas de
los niños hasta salir de la infancia, de quienes la Iglesia celebra misa de
ángeles. Que no se vistan de luto las paredes de las iglesias ni los bancos
de ellas, sino solamente el pavimento que ocupa la tumba ó féretro y las
hachas de los lados, y que solamente se pongan en el entierro doce ha­
chas ó cirios con cuatro velas sobre la tumba. Que en las casas del duelo
solamente se pueda enlutar el suelo del aposento donde las viudas reci­
ben las visitas del pésame y poner cortinas negras, pero no se han de po­
der colgar de bayeta las paredes. Que por cualesquiera duelos, aunque
sean de la primera nobleza, no se han de poder traer coches de luto ni
menos hacerlos fabricar para este efecto, pena de perdimiento de los tales
coches y las demás que parecieren convenientes, las cuales quedan al
arbitrio de los jueces; y á las viudas se les permite andar en silla negra,
pero no traer coche negro en manera alguna; y también se les permite
que las libreas que dieren á los criados de escalera abajo sean de paño
negro llanas, sin que por ninguna persona de cualquier estado, calidad ó
preeminencia que sea, pueda traer seis muías ni caballos en los coches
dentro de la Corte y cercas de esta villa; y sí sólo en los paseos públicos

76

ANTONIO FLORES

fuera de la Corte, saliendo de ella con cuatro, y sin que las otras dos se
puedan llevar por las calles detrás de los coches, sino que salgan delante
á esperar á sus dueños fuera de las puertas por donde hubiesen de salir
al campo; lo que no se entiende con los que van ó vienen de camino, por­
que éstos han de poder entrar y salir con seis ínulas, sea corto ó largo el
viaje que ejecuten, comprendiéndose en ellos los que van y vienen á
los sitios Eeales, pero con tal de que los cocheros lleven y traigan puestas
casaquillas cortas, ó los coches zaga atrás ó delante de ellos, aunque sea
solamente de las cabezadas, ú otra alguna divisa que acredite el que van
ó vienen de camino; lo cual se ha de cumplir inviolablemente, bajo las
penas impuestas por la misma Eeal Pragmática y las demás que pare­
cieren convenientes; y de las personas que cometieren semejantes excesos,
sean de cualesquiera clase, se dará cuenta á S. M. Y para que llegue á
noticia de todos y ninguno pueda alegar ignorancia, se manda publicar
por vando y que de él se fijen copias en los parajes acostumbrados de
esta corte.
»Y lo señalaron en Madrid á 14 días del mes de mayo de 1780. Está
rubricado.
»Es copia del Vando original, que lo queda en la escribanía de gobier­
no de la sala, á que me remito y de que certifico, y lo firmo en Madrid á
14 días del mes de mayo de 1780.»

CUADRO OCTAVO

UN VISITÓN

No estoy arrepentido ni ha de pesarme el haber puesto otro lienzo para
bosquejar este asunto.
Era mucha gente y no hubiese cabido toda en aquel cuadro.
Porque el visitón no es un hombre que visita mucho, como es tragón
el que mucho traga; ni un hombre que visita poco, como es pelón el que
tiene poco pelo. Anarquía del sentido común lingüístico, y de que aún no
se ha dignado darnos explicaciones su merced la señora Madre Lengua,
ni su dueña quintañona la Academia Española, señora muy principal y
de muy altas prendas y circunstancias que, sin embargo, tiene á la puerta
de su establecimiento un rótulo, que no le inventara más llamativo el
charlatán Dulcamara. A ser verdad lo que tiene escrito en la fachada de
su tienda, vende ella unos polvos que ni los de Segovia en punto á lim­
piar, fijar y dar esplendor. Pero mientras no se digne hacer ninguna de
estas tres habilidades, no ha de lograr gran número de parroquianos.
Visitón, y vuelvo á mi cuento con permiso de la Academia, es más
que un visitero y más que un visitador, y más que un visitado, y más que
una visita, y más que dos, y más que una docena. Es un gran círculo de
visitas y visiteros, de visitados y visitadores, en el que apenas se sabe
quién es el que se visita ni quién el que se deja visitar.

78

ANTONIO FLORES

Hay, sin embargo, en cada uno de esos visitones muchas personas que
hacen y pocas que padecen; tan pocas, que á veces basta con una: el visi­
tado, por ejemplo.
Con sólo que él ó ella tenga la debilidad de recibir de noche en su
casa á los que precisamente salen á eso de las suyas, ya tienen ustedes
armado el visitón.
A las cinco de la tarde en invierno llegan á la casa las primeras visi­
tas, que son siempre los amigos de más confianza. El resto de la tertulia
no acude hasta las seis, hora en que empieza el visitón.
Hasta ese momento los amigos que acudieron temprano y los amos
de la casa que se ahorraron de acudir, porque estaban allí desde las cua­
tro, hora en que volvieron de paseo, no están ociosos.
Rezan el rosario en familia; piden luego á Dios por las necesidades de
la Iglesia Católica Apostólica Romana, por la salud del monarca y su real
familia, por la extirpación de las herejías, por la paz y concordia entre
los príncipes cristianos y por las necesidades particulares de cada familia.
Bien que para éstas hay un rosario especial de San Cayetano, en el que
cada Bater noster lleva este suplemento petitorio: Glorioso San Cayeta­
no, muéstranos vuestra 'providencia.
No todos los de la tertulia suelen rezar el rosario arrodillados, pero
todos se arrodillan al comenzar la letanía y no se alzan del suelo hasta
que el amo de la casa recoge el rosario, se santigua con él, le besa y le
da á besar á todos los presentes.
Entonces quieren soltar todos á la vez cuanto han pensado, mientras
parecía que no pensaban en otra cosa que en las oraciones que decían, y
el amo de la casa, sacando uno de sus relojes, dice:
— ¡Cáspita....las seis menos cuarto son ya! ¡En broma, en broma, he­
mos gastado un cuarto de hora más que ayer! ¡Y parece que dos dieces
más que tiene la Corona son una friolera!
— No consiste en los dieces— replica un amigo,— sino en que nos ha
ido usted encajando una sarta de necesidades que yo creí que no aca­
baba nunca.
— ¡Qué aprensión!— responde el amo.— Las mismas de otros días.
— No tal: ayer, sin ir más lejos, no rezamos la Salve por la salud del
obispo de Cartagena, ni el Padre nuestro por el alma del difunto rey don
Carlos III (q. D. h).
— ¡Calle! ¡Usted lo advirtió y no dijo nada!.... ¡Habrá picaro!— excla­
mó el amo de la casa sonriendo.— Yo me acordé cuando estábamos cenan­
do, y al dar gracias de sobremesa añadí las dos cosas que se me habían
olvidado al rezar el rosario.

A Y E R , HOY Y M AÑ ANA

79

— También yo las recé luego, porque tampoco lo advertí en el acto del
rosario. Pero luego no sé qué jugada ocurrió en el mediator, y dijo D. Serapió: «Gran cosa hará usted en ganar con esas cartas....Así se las ponían
al difunto Carlos III.» Y entonces me acordé que no le habíamos rezado.
— ¿Y del obispo de Cartagena— preguntó el amo de la casa—cómo fué
el acordarse?
— Porque cuando fui á casa me dijo mi esposa que estaba mejor su
señoría lima., y que así se lo había dicho la sobrina del ama, loca de con­
tenta, porque así no se retardaría su boda.
—¿Se casa aquella chiquilla?—preguntó uno de los presentes.— Es de­
masiado joven.
— Pues él también es un muchacho, que cuando mucho habrá cum­
plido, tal vez no, los treinta años.
— Mal hecho— dijo el otro tertuliano.— Se van á llenar de chiquillos.
— Niña— interrumpió el ama de la casa dirigiéndose á su hija, joven
de veinte años,— vete allá fuera. Las niñas no pueden oir ciertas cosas.
La niña obedeció, y es fama, aunque la fama miente algunas veces,
que se quedó detrás de la puerta para ver si era verdad que no podía
oír lo que acaso no hubiera oído habiéndola dejado quieta.
Y lo primero que oyó fué lo que dijo su madre, satisfecha de aquel
rasgo hecho por la buena educación de su hija.
—Está una en brasas con estas muchachas— dijo.— Yo no sé algunas
madres cómo las dejan enterarse de todo y estar en todas partes.
— Porque aliona— dijo uno délos presentes— se da una educación fatal
á la juventud. Yo me acuerdo que en mis tiempos ninguna muchacha
soltera se presentaba en los saraos ni en las visitas, y si alguna vez lo ha­
cían era con una modestia y un recogimiento que daba gusto. Alzar
ellas los ojos del suelo sin que se lo mandara su señora madre, era imposible. Hablar, aun cuando las preguntaran, sin pedir permiso á sus ¡la­
dres, eso no lo veía usted jamás.
—¡Pues váyales usted á las niñas de ahora con esas canciones!.... La
que más y la que menos á los veinticinco años ya tiene galán que la mire
y la haga la rueda, y sabe cantar tonadillas y bailar contradanzas. Yoles
digo á ustedes la verdad, estoy asustado.
— No será por lo que hace tu hija— replicó la madre;—que yo, en buen
hora lo diga, no la dejo ni tanto así de libertad.
— Haces lo que debes.
— Es que como dices que las niñas de ahora hacen esto y lo otro, y
parece que todas son iguales, por eso te he replicado. Por lo demás, tienes
razón en decir que hay mucho desenfreno.
— ¡Eso es espantoso! ....— exclamó uno que había callado hasta entonces.

80

ANTONIO PLORES

—¿Pero qué ha de suceder con la educación que ahora se les da en
las pensiones? Lo primero que las enseñan, parece que les falta tiempo, es
á leer y á escribir, y luego á bordar y á tocar el salterio.
—La lectura les hace mucho daño.
—¡Ya lo creo que les hace, y grande, y no á ellas solas, sino que tam­
bién á los hombres les perjudica el saber leer! Y desde que el Santo Ofi­
cio va alzando la mano en la prohibición de dichas obras, está muy ex­
puesta la juventud. En fin, para probar á ustedes el afán que se ha
despertado por aprender á leer y escribir, les diré que el otro día tuve la
curiosidad de leer una representación que elevaban á S. M. los gremios
de artesanos, y de cincuenta y uno que eran los veedores, ¡pásmense us­
tedes!, sólo había veintiocho que no supiesen firmar.
—Es mucho lo que va cundiendo esa afición.
—¿Pero qué se extrañan ustedes de eso?—replicó el amo de la casa.—
En Madrid está la corte, y es natural que suceda lo que ustedes dicen;
pero en las provincias está pasando lo mismo. Poblaciones miserables que
no tienen mil fanegas de término, se dejan morir de hambre antes que
despachar al maestro de escuela.
—¡Despedirle!....—gritó uno de los concurrentes.—¡Pues si hay pueblo
que quiere tener dos escuelas en vez de una!
—Hacen bien—repuso con tono irónico el amo de la casa;—que apren­
dan á leer y á escribir, que hay falta de obispos. ¡Al demonio le ocurre es­
tablecer escuelas de primeras letras en los lugares pequeños! Así se des­
piertan ambiciones y los hijos de los jornaleros quieren hacerse letrados
eruditos.
—Y mientras tanto—replicó uno de los concurrentes—anda la agri­
cultura como Dios quiere por falta de brazos.
—En cambio sobran sabios—repuso el amo de la casa, siempre con tono
irónico.—¡Ya verá usted dentro de poco tiempo qué bien estamos! Todos se­
remos hombres de letras y no habrá quien quiera coger un azadón ni dar
una puntada. Es muy natural, es muy natural. S. M. ha tenido la bondad
de hacernos á todos iguales....y á nadie se le pregunta quién es para en­
señarle á leer y á escribir.
—No sea usted exagerado, amigo mío, que no es tan fácil como usted
se figura el hacerse hombre de letras. Bien se conoce que no tiene usted
hijos.
—Pero tengo sobrinos.
•—¿Y ha pensado usted en darles carrera? —Sí, señor, que he pensado; pero ¿qué quiere usted decii con eso?
¿Puede nadie comparar mi familia con la de esos pobres jornaleros que
no tienen ni un palmo de tierra sobre que caerse muertos?

81

AYER, HOY Y MAÑANA

—No lo digo por eso—replicó el amigo del amo de la casa,—y ya sabe
usted que yo, menos que ningún otro, puedo dudar de que ustedes son
de la sangre azul. Me acuerdo de lo que mi señor padre (Dios le tenga
en su santa gloria) decía, hablando del abuelo de usted y á propósito de
su nobleza....
—¿Qué decía?—preguntó con orgullo el dueño de la casa.
—Que después de Dios, la casa de Quirós; y como ustedes creo que
tienen algún parentesco con el linaje de los Quirós ....
—¡Vaya si tenemos! Pregúnteselo usted á mi sobrino, que ha tardado
más de un mes en arreglar sus pruebas para ir á estudiar á la Universi­
dad de Alcalá. Y no porque tuviese ningún tropiezo en ellas; sangre azul
por los cuatro costados y veinticinco árboles genealógicos todos entron­
cados con el nuestro.
—Pues bien: ahí tiene usted lo que yo decía; esas pruebas que exigís
á los estudiantes me parecen excusadas. Tenga él deseo de aprender y
disposición para el estudio, y aunque sea hijo del pregonero....
—¡Jesús, qué máximas!...—dijeron á la vez todos los presentes.—¿Dón­
de ha aprendido usted esa doctrina?
—En ninguna parte; pero creo que los hombres son hijos de sus obras,
y que un muchacho honrado, de buena vida y costumbres, dócil y apli­
cado, debe aspirar á seguir una carrera.
—¡Hola!.... Ya transige usted con que atestigüen la buena conduc­
ta y....
—¿Quién lo duda? A lo que yo me opongo es á que se le pregunte si
su padre y su abuelo fueron nobles al que no pretende ser noble, sino
abogado, médico ó boticario. Si él tiene talento, aunque haya nacido de
padres pobres, podrá llegar á ser un sabio.
—En este caso y siguiendo las máximas de usted, el certificado de
buenas costumbres es inútil también: puede ser un pillo y tener un gran
talento.
—No es posible.
—¿Por qué no?
—Porque el verdadero talento consiste en ser hombre de bien.
—¿Y si no tiene el talento verdadero, sino el falso?—dijo el amo de la
casa sonriendo.
—Entonces Pero hablemos de otra cosa, porque usted se ha pro­
puesto llevarme la contraria en esta cuestión.
—No tal, lo siento como lo digo; usted y yo no lo veremos porque
somos viejos; pero nuestros hijos han de ver cómo llega un día en que
será tal el enjambre de abogados y de médicos, que se han de defender
y curar los unos á los otros.
T omo 1

6

82

ANTONIO FLORES

— Eso se remedia de otro modo.
— ¿Cómo?
— Dejémoslo para más adelante, porque oigo pasos y creo que ya van
llegando los tertulianos.
— No será extraño— dijo el amo de la casa,— porque ya habrán dado
las....justo y cabal, las siete menos cinco minutos— añadió mirando el
reloj.
Y alzándose en pie se volvió á sus amigos y les dijo:
— ¡Ea! Vamos al estrado, que allí estarán las señoras, y si tardamos
dirán que somos inciviles.
Los amigos le siguieron y entraron todos en un salón modestamente
alhajado, en medio del cual había una mesa de nogal con tapete verde,
extendido sobre un brasero de cobre rojo con tarima de hierro blanco.
La señora de la casa ocupaba la presidencia de aquel conclave, dando
la izquierda á las damas y la derecha á los galanes, ó viceversa; que
aunque era cuestión 'política la de sentarse las hembras á un lado y los
varones á otro, tanto daba patas arriba como patas abajo.
No prescribía la rúbrica de los visitones quiénes habían de sentarse
á la derecha ni quiénes á la izquierda; pero sí decía que las señoras no
pudiesen sentarse entre los caballeros y que se dividiesen en bandos de
romanas y cartagineses. V tal era el rigor con que se observaba la eti­
queta, que una apostasía en cuestión de tanto bulto habría parecido un
grave desacato á la sociedad toda. Ni á ellos ni á ellas les estaba permiti­
do pasarse de izquierda á derecha ni de derecha á izquierda, y tenían
precisión de permanecer fieles á los bandos en que les colocaba la política
de la época, ora estuviesen en mayoría ó no. El centro en todas esas asam­
bleas caseras le ocupaba la famosa copa de cobre que descansaba sobre un
trípode del mismo metal, y de la cual solían decir aquellas gentes que era
su verdadero amigo y que nadie hacía mejor compañía que ella.
En la casa donde estamos no era, sin embargo, una copa la que con­
tenía el fuego sacro de los sacerdotes y de las vestales que allí se habían
reunido, sino un brasero cuadrado con su tarima de la propia forma y
al cual arrimaban sus pies todos los tertulianos menos las doncellas.
A estas últimas teníanles prohibido sus madres, no el dejar de sen­
tir frío en los pies, sino el procurar que entrasen en calor por medios des­
honestos.
¿Y qué mayor deshonestidad para una joven que el estirar las piernas
más allá de lo que permitía el zagalejo, que entonces, á pesar de no haber
barrenderos de villa, ni aun así se usaban largos? Las niñas solteras bien
educadas no podían estar delante de gentes ni aun á solas (esto Dios y
ellas lo sabrían) sin observar los preceptos siguientes:

AYER, HOY Y MAÑANA

83

l.° Sentarse modestamente, con las piernas juntas, la ropa recogida,
la cabeza ni muy alta que indicase descaro, ni baja hasta el punto de
parecer hipocresía; los ojos bajos, los brazos pegados al cuerpo y las
manos sobre la cintura.
2 o No jugar nunca el espinazo, ni hacer uso del respaldo del tabu­
rete, y permanecer constantemente derechas y erguidas como si fueran
formadas de una sola pieza.
3.° Cuidar de que el zagalejo no dejase asomar ni la punta del es­
carpín de tabinete; y por último, no cruzar jamás las piernas ni hacer con
ellas el menor movimiento.
Para las madres era una zozobra continua el hacer que las niñas ob­
servasen todas esas reglas de buena crianza, y pisada había para la que se
descuidaba en lo más mínimo que valía cualquier dinero.
¿Pues qué diremos de los pellizcos? Los había preventivos, de apremio,
de recargo, de contumacia, y por último, de retortijón.
¡Oh! Estos, sobre todos, eran los más terribles, El más modesto no se
contentaba con menos que con ser cardenal á las tres horas de haberse
hecho pellizco. Y los había tan crueles, que no quedaban satisfechos sin
el derramamiento de sangre.
Algunas veces solía suceder que por haberse colocado la hija á mucha
distancia de la madre, se ahorraba ésta de jugar los pies y las manos,
aunque aquélla diese motivo de ser reprendida; pero esto redundaba de
seguro en perjuicio de la pobre niña, que pagaba con usura más tarde
lo que una y otra mirada de su señora madre la ofrecieron temprano.
En nuestro visitón guardan todas la mayor compostura, y no creemos
que den lugar ni aun á ser intimadas.
Cierto es que están allí las jóvenes mejor educadas de la corte.
Empiecen ustedes porque la mujer de D. Leandro ha llevado consigo á
sus dos hijas; sus dos hijas Gregoria y Ruperta, que son el modelo de la ho­
nestidad y del pudor; obedientes como ninguna otra, modestas hasta pare­
cer hipócritas y virtuosas hasta poder pasar por santas en caso de apuro.
Nadie las ha visto asomarse al balcón en día de trabajo, cosa que po­
dían haber hecho con sólo pedir á su madre la llave y que esta señora
se la hubiese querido dar; no habrá quien diga que en los días de ayuno
las vio comer á deshora ni una golosina de las que el ama de llaves tenía
guardadas en la despensa; no han dejado un solo día de besar la mano
á sus padres antes del desayuno; nunca les han dirigido la palabra sin
ser preguntadas, ni respondido sin decir á cada palabra el su merced
perdone ó el su merced me dipense; y por último, no habrá un hombre
que pueda gloriarse de tener una carta escrita por ninguna de ellas.
^Cierto es que sobre no saber notarlas (y esto era entonces una ciencia

84

ANTONIO FLORES

al alcance de pocos), no había en la casa más tintero que el de la esciibanía de plata de su señoría el antiguo consejero de Castilla, y en el des­
pacho de su señor padre no les estaba permitida la entrada; pero aunque
hubiesen sabido manejar la pluma para algo más que para copiar las
muestras de Torio y tenido á su disposición todos los tinteros del Tostado,
que debieron ser muchos, no habrían escrito cartas á ningún hombre.
Las demás doncellas que había en la tertulia eran por el mismo estilo,
y sólo una merece que la consagremos anticipadamente cuatro palabras.
Es una joven de veinte años, huérfana de padre y madre y que está
bajo la tutela de un hombre que no sabemos si antes de tener pupila
sería lo mismo, pero que después de tenerla era corno todos los tutores,
receloso, desabrido, y aun áspero y aun casi brutal. Esta última sospecha
biográfica no es nuestra; casi podemos decir que es del interesado. Cuan­
do dejaba de hacer alguna cosa buena, que era á menudo, decía que era
un bruto por no haberla hecho; cuando hacía algo malo, y esto era siem­
pre, decía que era un bruto por haber tardado tanto en hacerlo. Era viudo
sin hijos, á cuya orfandad debió el ser nombrado tutor de la pobre niña, y
como no tenía otra cosa de que ocuparse que de su pupila, lo hacía con
tal asiduidad que edificaba á todos menos al ídolo del edificante.
Este ser desgraciado no tenía más desahogo que tres horas en cada se­
mana. Las tres horas que duraba el visitón de nuestro amigo, á cuya ter­
tulia la llevaba su tutor todos los domingos.
En el cuadro próximo verás, lector, lo que era el visitón y el desahogo.

CUADRO N O VE N O

PASAT IEMP OS HONESTOS

El error en que vive el hombre de que no es él sino el tiempo el que
pasa y no vuelve, es tan antiguo como el hombre mismo.
Cuando vio que el tiempo era callado y sufrido, creyó que impune­
mente podría cargarle de años y de siglos, y aunque no le ha visto echar
una sola cana, le sigue acumulando soles que es una bendición de L>ios.
Impórtale poco al tiempo esa manía del hombre, y al ver que se con­
gratula por haber vencido uno ó más años, los años aparentan dejarse
vencer, y á guisa de comediantes hacen que se van y vuelven; pero ni
vuelven ni se van, sino que permanecen inmóviles y lijos, riéndose á sus
solas de los relojes y de los calendarios.
El error del hombre es por lo tanto eterno, y pasa la vida creyendo no
pasarla ni consumirla y antojándosele á cada instante que éstos se le van
de entre las manos sin darle ni aun ocasión de llorar su partida.
Constantemente dice que él mata al tiempo, y el tiempo, que le ase­
sina, sigue callando y viviendo, sin darse por entendido del pequeño Da­
vid que pretende habérselas con un Goliat vulnerable y vencible.
Pareciéndole formidable el enemigo y convencido de que no podría
rematarle de una sola estocada, le subdividió en multitud de fracciones

86

ANTONIO FL O RE S

para debilitarle, imaginándose que algún día llegaría á herir la última.
Ese día está ofrecido, pero aún no ha llegado, y el hombre se deja pasar
por el tiempo, muriendo impenitente en sus ilusiones.
Hay sin embargo diferentes maneras de matar el tiempo, y allá en los
años, no de Mari-Castaña, como dice el vulgo, ni en los del rey que rabió,
como dice el vulgo también, sino en los últimos del reinado de un mo­
narca que murió tranquilamente y sin el menor síntoma de hidrofobia
social ni política, había pasatiempos más ó menos honestos, según eran
más ó menos púdicos aquellos pudorosísimos personajes.
Oyendo pláticas religiosas, corriendo liebres profanas, asistiendo á
procesiones y rogativas, ó bailando minuetes y alemandas, solía matarse
el tiempo entonces, sin que á los que así gastaban la vida se les pudiera
acusar de deshonestos, sino que por el contrario eran tenidos por gente
púdica y morigerada. Ni á Dios ofendían ni al prójimo escandalizaban, y
vivían alegres y contentos, sin sospechar que estaba á punto de escapár­
seles el contento y la alegría. Era para ellos el hoy de 1850 lo que es para
nosotros el mañana de 1899: una especie de tierra desconocida á la que no
creían abordar jamás, sin pensar que su propia vida era el Colón que al
nuevo mundo les llevaba. El mañana de ayer era una tierra de promisión
que veían en lontananza, y aquella humanidad corta de vista, como ésta
y como la otra, sólo miraba en derredor suyo para pensar en sí propia.
Por eso, á venga lo que viniere, olvidada de que ella era la única que
se iba, mataba las horas con entretenimientos de la mayor honestidad.
Allá en su vida privada pasaba lo que Dios quería y lo que sólo Dios
sabe; pero como nosotros no tenemos intenciones tan recónditas, habre­
mos de ocuparnos de solos los actos públicos de aquella sociedad privada,
que sin quererlo ni pensarlo ha sido madre, y madre muy fecunda, de
todos los publicistas presentes.
Sus honestos pasatiempos son el asunto de este cuadro, y ya que con
la indulgencia del lector hemos llegado á casa del noble descendiente del
antiquísimo linaje de los Quirós, quedémonos en ella para gastar hones­
tamente tres horas en pasatiempos de la mayor honestidad.
Las damas, como ustedes saben, no están revueltas con los galanes, y
esta es ya una precaución honestísima, de la que ha de sacar grandes
ventajas el pudor de los tertulianos y la moral pública sobre todo.
Porque la moral pública, y perdónenme ustedes esta noticia necroló­
gica, era un personaje muy considerado en aquella época y al cual rendían
culto, más ó menos sincero, en todas partes. Gozaba al parecer de com­
pleta salud, aunque se decía que ya había contraído algunas enfermeda­
des; pero la mortal la adquirió más tarde á consecuencia de los vientos
del Norte que reinaron en España, cuando estaba convaleciente de una

AYE R. HOY Y M AÑ ANA

87

pulmonía francesa que contrajo por haberse dormido en 1808, dejando
abierta la ventana que daba á los Pirineos; pero rebosaba salud en la épo­
ca de que hablamos, y presidía el visitón de nuestro amigo para que los
entretenimientos fuesen honestos y comedidos.
D. Narciso Ceremonial fue el último de los amigos que llegó á la
tertulia, y ya el amo de la casa había hecho notar su ausencia diciendo:
— ¡Mucho tarda D. Narcisito; si estará peor su tía!.... Ayer tenía una
jaqueca horrible y calentura.
— No lo creas— repuso el ama de la casa;—está ya muy buena.
— ¿Mandaste recado para saber cómo estaba?
— No; pero sé que está buena, porque con los parches de tacamaca, el
gorro de Santa Polonia y la tierra del pozo de Santo Domingo se cura, no
digo yo esa jaqueca, que es más aprensión que otra cosa, sino un tabardillo.
— De suerte que si ha tomado la tierra....— dijo uno de los tertulianos.
— ¿Pues qué ha de hacer sino tomarla? Yo se la di con esa condición;
y por cierto que apenas tengo para otra toma.
— ¿Has concluido ya la que te mandaron las monjas?— dijo el amo de
la casa asombrado.
— Y una caja que me dió después el padre vicario.
— ¿Es posible?
— ¿De qué te asombras? Tú tienes la culpa; siempre estás ofreciendo
tierra á todos los amigos.
— No me gusta ver sufrir á nadie, y cuando uno sabe que echar una
cucharada de tierra en el caldo y quitarse la calentura es todo obra de un
momento, sería una crueldad negarse á hacer ese bien á los enfermos. Y
á propósito, ¿cómo van las hilas para el hospital? ¿Te mandó los trapos
doña Mónica?
— ¡Quién hace caso de doña Mónica!— replicó el ama de la casa.— Si
yo hubiera estado aguardando á que me vinieran los calzoncillos de su
marido, no tendría ni dos onzas de hilas hechas.
— ¿Cuantas tienes ya?
— Seis libras.
— Perdone su merced— repuso una de las hijas;—no hay más que cin­
co y media.
— Nadie la pregunta á usted cuántos años tiene— dijo la la madre inco­
modada;— y agradezca á que están aquí estos señores; que si no, la había
de tener de rodillas y en cruz hasta mañana. ¡Oiga la bachillera! Cuando
su madre de usted dice una cosa, no se contradice, porque las madres
tienen siempre razón. ¿Ha visto usted á ninguna niña de su edad que
hable sin que la pregunten? Bien haría usted en tomar ejemplo de Gregorita y Rupertita, que siempre están calladas y con los ojos bajos.

88

ANTONIO FLORES

—De todo tiene la viña del Señor, mi señora doña Tecla; ¡y si usted
supiera lo que yo trabajo para conseguir que estén aquí como usted las
ve! —dijo la madre de Gregoria.
—En eso no me ganará usted á mí por mucho que haga; y si mi hija
falta, no será porque vea en su casa otra cosa que buenos ejemplos, y....
-—Lo creo muy bien.
—Es que muchas personas se figuran que los padres tienen la culpa
de ciertas faltas de los hijos, y....
—¡Eh! ¡Basta!—repuso el amo déla casa.—Tú también eres demasiado
rígida y no la dejas respirar. Mal hecho es que te replique; pero si efecti­
vamente te has equivocado y no son seis las libras de hilas, ¿qué tiene de
particular que la chica te lo haya advertido? No llores niña, no llores.
La niña que lloraba tendría escasamente veinticinco años, y aún le
sentaban bien las lágrimas. La madre rayaba, al lado allá de la raya, por
supuesto, en los sesenta, y estaba autorizada para tener mal genio y para
exaltarse con las palabras de su esposo, á quien replicó:
—Eso faltaba, que tú la dieses la razón; de ese modo es imposible sacar
partido nunca; con las alas que tú le das se cree ella autorizada á desobe­
decerme. Pues no será así mientras yo viva. ¡Niña, venga usted á pedirme
perdón de rodillas!
La niña seguía llorando sin moverse de su asiento, y el padre le dijo:
—Anda, hija mía, ves á pedir perdón á tu madre.—Y dirigiéndose á
ésta, añadió:—¡Tienes unas aprensiones, que ya! Ahora delante de todos
estos señores la haces avergonzar, y....
—Se avergüenza, ¿eh?.... La vergüenza debió haberla tenido para no
replicarme.—Y dando la mano á la niña, que se arrodillaba en silencio á
besarla, añadió:—¿Cómo se dice?....
—¿Me perdona su merced?—dijo la joven en voz baja.
—Más alto, que no lo oigo.
—¿Me perdona su merced?—repitió con voz más alta.
—Sí, señora, ya está usted perdonada; pero cuidado con lo que se
hace otra vez. ¿Volverás á replicarme?
—No, señora—dijo la joven, y se alzó del suelo dirigiéndose hacia las
habitaciones interiores; pero su señora madre la detuvo, diciéndole:
—Aquí quieta, y pronto á enjugarse los ojos; ¡que no vuelva yo á ver
una lágrima! Ese lloro es de soberbia.
La joven obedeció, y la tertulia quedó en silencio un breve rato, hasta
que D. Narciso entró en la sala marchando sobre las puntas de los pies
y preguntando con aire de misterio:
—¿Hay algún enfermo?
—No, gracias á Dios—repuso el amo de la casa.

AYER, HOY Y MAÑANA

89

—Pues chasco se lleva el sordo que hubiese querido oir lo que ustedes
hablaban. ¡Qué silencio tan profundo!
—Estábamos de luto por la ausencia de usted—dijo uno de los tertu­
lios con tono de burla.
—Si usted hubiese ido á su obligación, se habría ahorrado la pena de
llorarme ausente, porque hubiésemos estado juntos—repuso D. Narciso.
—¿Dónde?
—En el rosario cantado de la Pasión.
—Verdad es que nos tocaba esta noche. ¿Y usted no ha ido tampoco?
—Sí tal.
—¿Pues qué hora es que ya se ha concluido?
—Temprano; pero es que ha sucedido un acontecimiento muy desagra­
dable, un escándalo que me tiene horrorizado.
—¿Estaba bebido alguno de los que llevaban los faroles?.... ¿Se ha esca­
pado el que llevaba la pedidera?—dijo el amo de la casa sonriendo.
—¡Ojalá!—exclamó D. Narciso.—Lo que ha sucedido es mucho peor.
—Pues ¿qué ha sucedido?
—Que apenas habíamos entrado en la calle de Toledo, cuando el que
guiaba se empeñó en ir por la calle del Burro, y como saben ustedes que
cada noche hay calles marcadas, el sacristán que leía los misterios se
opuso, disputaron, los hombres que llevaban los faroles los arrimaron á
la pared llamando á talones, y yo que iba con el estandarte me entré en
San Isidro para evitar una irreverencia.
—¡Qué escándalo!—exclamaron todos los presentes.
—¿Y no se castigará esa infamia?
—Creo que sí, pues el alcalde del cuartel tiene ya noticia del hecho.
—¿Y no pudieron ustedes volver á organizar la procesión?
—Sólo pensamos en sustraer el estandarte y los faroles de las mira­
das del público, que se agolpó allí con la curiosidad de costumbre.
Un viejo que no había hablado hasta entonces, se acercó al amo de la
casa y le dijo:
—¡Ye usted cómo tengo razón al decir que la sociedad está pervertida!
—Pero hombre, ¡eso es un hecho aislado!
—Aislado, ¿eh? ¿Usted lo cree así? Pues yo no. Eso tiene sus ramifica­
ciones y trae su origen de Francia. ¡Cuando le digo á usted que aquí te­
nemos logias, y logias de Flamasones!
—¡Calle usted, hombre, no diga usted esas cosas; estremece pensarlo!
' ■
—El tiempo lo dirá.
Mientras así hablaban los dos viejos, D. Narciso saludó una por una
á todas las señoras de la tertulia, y fingiendo equivocarse hizo ademán de
sentarse entre ellas, excitando así la hilaridad de doña Tecla, que le dijo:

90

ANTONIO FLORES

— No sea usted malo, D. Narcisito.
— Disimule usted, mi señora doña Tecla, me había equivocado.
— ¡Qué lástima!
— Como soy corto de vista....
— ¿Y qué falta hace la vista para saber dónde debe usted sentarse?....
¿No están ustedes todos los días en el mismo sitio?
— ¡Soy tan flaco de memoria!....— dijo D. Narciso riendo.
— Le daremos á usted unos palitos de pasa— repuso doña Tecla.
— Y unas gafas— añadió otra de las damas de mayor edad.
— Pues mire usted, falta me hacen— dijo D. Narciso,— y harto siento
no haber aprovechado una ocasión que tuve hace dos años para encar­
garlas á París.
— ¿Y saldría usted con ellas á la calle?— dijo doña Tecla.
— ¿Por qué no?
—Pues ¿qué edad tiene usted?
— ¡Pero señora, si la vista no tiene nada que ver con la edad!
— ¿Cómo que no? ¿Cuántos jóvenes ha visto usted con gafas?
— Muchos.
— ¿Sí? Cíteme usted uno, uno solo.
D. Narciso estuvo recapacitando un rato, y por último dijo:
— En este momento no me acuerdo de ninguno, pero hay varios.
— Está usted equivocado, amigo—replicó el amo de la casa.—Yo tengo
más años que usted y no me acuerdo de nadie que salga á la calle con
gafas. Y en visita mucho menos. Sería una falta de respeto imperdonable.
— No crean ustedes que yo estoy muy decidido á usarlas aunque las
tuviera, pero también es muy.triste privarse de ver lo que todos por no
faltar al decoro y ....
— El decoro sería lo de menos— repuso un tertuliano;— ¿pero qué idea
quiere usted que se forme de un joven que lleva esa máquina sobre las
narices? Lo mejor que se puede creer es que esté enfermo de los ojos.
— Pues yo he oído decir que Quevedo, el que sacaba tantos versos de
su cabeza, llevaba anteojos.
— Bien, ¿y qué?
— Que no estaba enfermo.
— ¡Ya! Pero Quevedo era un sabio.
— Verdad es—replicó D. Narciso.
— Conque es decir— argüyó un viejo al corto de vista,— ¿que á usted no
habrá necesidad de vendarle los ojos para jugar á la gallina ciega?
— No es para tanto— replicó D. Narciso algo resentido.
El amo de la casa se acercó al viejo, y dándole una palmada en el
hombro le dijo en voz baja:

AYER, HOY Y MAÑANA

91

— Ya te entiendo, zorzal: lo que tú quisieras sería que jugásemos esta
noche á la gallina ciega, para hacer lo que el otro día; pero te advierto
que mi casa no es la pradera de San Isidro.
— ¿Qué quieres decir con eso?
— Pues quiero decir que aquí no se permite soltar las manos y per­
derse las parejas.
— Yo no hice nada de eso.
— Conque no, ¿eh? Cuando me tuvisteis con los ojos vendados y el cu­
charón en la mano sin tropezar á nadie, ¿estabais cogidos?
— Sí tal.
— A otro perro con ese hueso, que el que ha sido cocinero antes que
fraile sabe lo que pasa en la cocina. Lo único que me extraña es que
siendo un carcamal como yo, quieras hacer el galán de comedia.
— En mi afición á las hembras— repuso el viejo riendo— te aseguro que
soy tan joven como cuando tenía treinta años menos que ahora.
— Pues pasaremos el rato haciendo juegos de prendas: ¿te acomoda?
— ¡Es tan sosa esa diversión! ¡Si jugásemos al escondite!....
— ¡Al escondite!.... ¡Conque no quiero que en mi casa se juegue á la
gallina ciega y querré al escondite!.... Yo por cierto.
—Pues ¡ea!, á las cuatro esquinas, para que entren las chicas en calor.
— No te canses, ninguno de esos juegos de movimiento permito en mi
casa. Aquí nos reunimos á pasar el tiempo en entretenimientos honestos.
— ¿Y es deshonesto el juego de las cuatro esquinas? En casa del presi­
dente del Consejo de Castilla le jugábamos la otra noche.
— Cada uno en su casa hace lo que quiere; en la mía, ya lo sabes, ni
más juego de cartas que el mediator, y no todas las noches, porque los
pasatiempos diarios degeneran en vicios, y para que todos se diviertan
los domingos y días de misa, juegos de prendas y no todos.
—¿Me dejas poner uno?
— Si me lo dices primero al oído, no tengo inconveniente.
— Fíate de mí— dijo el viejo riendo.
— No quiero; eres un camastrón muy grande.
— Te aseguro que no tiene nada de picante ni de verde.
— ¿Y no hay ninguna palabra de doble sentido?
— Si la pronuncian bien, no.
— Pero como tú sabes que se equivocan y que por eso se pagan las
prendas, ya ves que es expuesto.
— Pues les pondremos el de los despropósitos.
— Para decirse recaditos al oído, ¿eh?.... No quiero. Yo pondré uno.
— Siempre será alguna antigualla del tiempo de Noé— dijo el viejo.
— Parece imposible que hables así, teniendo más años que yo.

92

ANTONIO FLORES

—Sí, pero vivo á la moda.
—¡Calla, viejo carlanca!—repuso el amo de la casa riendo.
Y volviéndose hacia el resto de los tertulios, dijo:
—¡Ea, niñas, se va á poner un juego de prendas!
La animación que se pintó súbitamente en los semblantes, dió á co­
nocer el entusiasmo con que era acogida tan satisfactoria nueva; y todos
se frotaron las manos con alegría, á excepción de la hija de la casa, que
continuaba cabizbaja y triste. Afortunadamente, á la perspicacia de la
madre no pasó inadvertida la oposición pasiva de la niña, y acercándosela
con disimulo la hizo esta sencilla pregunta:
—¿Estás mala?
Pero es fama (ya lo hemos dicho que la fama miente algunas veces)
que no fue tan lacónica de manos como de lengua, y con la derecha la
imprimió en el mollar del brazo izquierdo un ósculo de uñas, que en la
noche más obscura del año le habría hecho ver todas las estrellas.
Sólo uno de los presentes, no el más viejo ni el peor mozo por cierto,
se apercibió de lo que pasaba, y es fama, y fama que no miente, que sin­
tió el dolor de aquel pellizco en las últimas entretelas de su corazón.
Sonrióse sin embargo para disimular, lo que acaso no tenía mayor
traidor que el disimulo, y luego, á hurtadillas con una mirada, dirigió á
la joven un billete concebido en éstos términos: «No sientas, dulce prenda,
sino la mitad de ese pellizco que por entero ha recibido tu púdico brazo,
porque la otra mitad ha herido el corazón de este tu fino amante.»
Leyóle la joven con media mirada, acusó el recibo con la otra media,
y prometiéndose ambos con un suspiro, que sólo ellos oyeron, apartar sus
corazones de la tertulia, se upieron en la apariencia á la alegría general
de los tertulios.





i

C U A D R O DÉCIM O

JUEGOS DE P R E N D A S

Continuación del anterior es este cuadro, y puedo decirte, lector ami­
go, que para pintarle ni he necesitado cambiar los pinceles ni menos
servirme de nuevos colores.
El juego de prendas es el más honesto pasatiempo que conocían los
hombres de ayer , y ahora que tengo la paleta en la mano no quiero que
se me escape el asunto.
El lienzo es blanco, y tanto, que casi tira á diáfano ó incoloro. Te
recomiendo que para verle te pongas los anteojos más cándidos que halles
en el más simple de los almacenes ópticos.
No te haré la explicación del asunto, porque quiero que veas todo el
cuadro. Aun así temo que me has de preguntar al final: ¿cuándo llega la
ocasión de reir?
Por si así fuere, que así será, ríete antes de leerle y me dejarás servido
sin que tú quedes defraudado.
Iííete, por ejemplo, del amo de la casa que al mandar que se aproxi­
men los tertulios á la mesa, les dice que quiere ver sobre el tapete las
manos de todos.
Ó de su esposa doña Tecla, que las cuenta y recuenta sin cesar, ponién­
dose colorada cada vez que se equivoca y la resultan menos, á pesar de
que no hay en la tertulia ningún manco.

94

A N T O N IO F L O R E S

O de las jóvenes, que quisieran tener en ese momento un brazo más
largo que el del gigante Briareo.
O de las viejas, que aprovechan la ocasión de codearse con los mu­
chachos.
O del tutor, de quien te hable en el cuadro octavo, que no piensa en
más juego ni en más prendas que en las de su pupila y busca las miradas
de todos los jóvenes con la suya, astuta y sagaz, decidido á poner tierra
de por medio si alguien pone los ojos en la tierra que para sí solo con
tanto afán cultiva.
Y si nada de eso excita tu hilaridad, que á ser así deberás tenerla
muy recóndita, guarda la risa para mejor ocasión, y dame aunque no
sea más que una carcajada para el almibarado currutaco D. Narciso Ceí'emonial.
Si observas que cuando se dió la voz de juego acababa de acercarse á
la mesa sacando del bolsillo de la casaca un enorme lío de trapos, y que
arremangándose los vuelos se preparaba á hacer hilas, estoy seguro que
asomará la risa á tus labios.
Y no quiero que te rías de su caritativa ocupación ni de su poca
habilidad en el arte, que precisamente constituye su mayor orgullo, y
desafía á las mujeres á quien rompa menos hilos, sino que puedes reirte
del compromiso en que se ha de ver al día siguiente, cuando su amiga la
marquesa del Sobresalto le pida la libra de hilas que le impuso de tarea
aquella misma noche.
Algo habría dado el pobre D. Narciso por que no se hubiesen acordado
de los juegos de prendas; pero justamente es su fuerte, y retirarse de allí
para ir á continuar su tarea á otra parte sería confesarse derrotado en
una materia de la que poseía vastas noticias.
Así fue que estuvo callado, mientras los unos pedían el juego de la
sortija, los otros el tira y afloja, quien hablaba de apurar una letra y
quién proponía que se jugase al sopla-vivo.
Se contentaba con sonreír gozoso, hasta que doña Tecla dijo:
— Señores, para poner un juego bonito, nadie como D. Narciso.
— Muchas gracias, señora— repuso D. Narciso loco de alegría y algo
ruborizado;— pero los que yo sé son tan conocidos y ....
— No importa, venga uno.
— Pero que no sea muy difícil—dijo una vieja;—no ponga usted pala­
bras muy revesadas.
— Señora, cuanto más difícil, mejor; así se cogerán más prendas—dijo
D. Narciso.
— Dejarle que piense— interpuso el amo de la casa.
— Sí, sí; piense usted un rato —le dijeron todos.

AYER, HOY Y MAÑANA

95

Y D. Narciso tuvo algún tiempo puesta la mano en la frente, hasta
que por fin, apremiado por el amo de la casa, dijo:
— ¡Ea, ya tengo uno! ¿Por dónde se empieza?
— Por las damas.
— No tal, por el que tiene usted á su derecha —dijo doña Tecla
— Pero que lo explique primero.
— Alia voy —dijo D. Narciso.
Y dirigiéndose al amo de la casa le preguntó:
— ¿Tiene usted un cuerno?
— ¿Para qué?—repuso sorprendido el interpelado.
— Porque se ha de pasar de mano en mano.
— ¿Y es preciso que sea un cuerno?
— Se hace también con una llave ó con un abanico.
— Pues hágalo usted con un abanico; y si no hay necesidad de hablar
de cuerno, mejor.
— No, señor; se puede cambiarla palabra.
— Me alegro, porque aquí hay niñas solteras, y ya sabe usted que me
gustan los pasatiempos honestos. Se puede uno divertir sin ofender á Dios
ni al prójimo, y es mucho mejor.
Dió el director del juego su asentimiento al amo de la casa, y dirigién­
dose al caballero que tenía á su derecha, le dijo:
— Las mismas palabras que yo le diga á usted ha de decir usted al
que tiene á su derecha, y todos lo mismo, hasta que vuelva á mí el aba­
nico, que añadiré otras palabras.
— No añada usted muchas á la vez —dijo el amo de la casa,— porque
aquí todos somos torpes.
— Ya lo sé— repuso D. Narciso, confirmando la lisonja que el otro
acababa de hacer á las personas que le favorecían con su visita.
Y cogiendo el abanico en la mano se le presentó á su compañero diciéndole:
— ¿Me compra usted este abanico?
— ¿Qué tiene dentro?—le preguntó el compañero, después que D. Nar­
ciso le hubo dicho lo que había de preguntar.
— Una caja— respondió D. Narciso.
Y cuando volvió á él la rueda, añadió del mismo modo palabra por
palabra las siguientes:
— «Una caja, y tras de la caja una mortaja, y tras de la mortaja un
huerto, y tras del huerto un niño muerto, y tras del niño muerto un río.
y en el río hay tres tablas mal encancarabijadas, llamar al encancarabijador que las encancarabije mejor, se le pagará su encancarabijadura
como gran encancarabij ador mayor.»

96

ANTONIO FLORES

Por supuesto, lector, que como no me gusta usurpar glorias ajenas, te
advierto que ese aborto del ingenio humano, tal cual le ves, no es mío.
He hecho vivas diligencias por averiguar el nombre del autor, pero no
he podido lograrlo; si te basta saber que es original y de los más ingenio­
sos que he visto en esta clase de juegos, eso es todo lo que puedo decirte.
Ni en el cuadro caben ni merecen ponerse los infinitos disparates que
dijeron todos al repetir las palabras primitivas, con especialidad las últi­
mas, y asimismo hacemos gracia al lector de la buena fe con que se rieron
los unos de los otros durante el juego, que no acabó antes de una hora.
Por cada equivocación daba el delincuente una prenda, que guardaba
el ama de la casa sobre su propio zagalejo, y consistía en el pañuelo del bol­
sillo, en las cajas del tabaco, en los relojes ó en otras cosas por el estilo.
Hubo algunos más torpes que otros, y los hubo más torpes que todos,
hasta el punto de no tener ya prendas que dar en garantía de sus faltas y
tenerles que anudar el pañuelo para que sirviese por varias.
Terminado el juego, se trató de sentenciar las prendas-, pero el amo
de la casa dijo que primero quería que se jugase un poco al sopla-vivo,
y lo hizo cogiendo un papel enrollado y dándoselo encendido al que
estaba á su derecha, diciéndole primero estas palabras:
—Sopla, vivo te lo doy; si muerto lo das, prenda pagarás.
El que lo recibió lo dió del mismo modo, y sólo pagaron prendas
aquellos en cuya mano se extinguía la última pavesa.
En cuanto al entusiasmo que excitó este juego, casi me atrevo á decir
que excitó más que el anterior. En lo que no tengo duda es en que fue
tanto, que su recuerdo no me deja continuar escribiendo, y me veo obli­
gado á rogar á doña Tecla que venga á soltar las prendas á un lienzo
nuevo. Al próximo cuadro.

CUADRO UNDÉCIMO

LAS P R E N D A S D E L JU E G O

¡Válgame Dios, lector, y cuántas veces tú y yo, y el otro y el de más
allá y el de más acá y todos hemos oído decir que la humanidad es
exigente y descontentadiza y que no hay modo ni manera de dejar satis­
fechas sus aspiraciones!
¡Cuántas veces á ti y á mí, los que á mí y á ti nos gobiernan nos han
dicho que es una ciencia difícil y punto menos que imposible la de ad­
ministrar los pueblos!
Cierto es que á vuelta de esas dificultades los mismos que las exage­
ran se sacrifican y anhelan gobernarnos; pero ¡cuántas veces los que se
encargan de nuestra tutela lo hacen para repetirnos la consabida copla
de que no hay medio de dejarnos satisfechos ni de darnos gusto y que
la humanidad es exigente y descontentadiza!
Pues ahora bien, lector: ¿quieres saber lo que hay de verdad en eso
imaginado descontento y en esas tan cacareadas exigencias?
¿Quieres ver cómo la humanidad desmiente con su alegría y con su
aire de satisfacción y de regocijo esos síntomas hipocondríacos que supo­
nen descubrir en ella?
T omo I

7

98

ANTONIO PLORES

¿Quieres verla vestida siempre de color de rosa con la alegría en los
ojos, la risa en los labios y el entusiasmo en el corazón?
¿Quieres convencerte de que no hay nada más fácil que darla gusto y
tenerla satisfecha?
Pues no vayas al teatro, que allí, si consiguen que vaya, cosa que rara
vez logran, y en vez de excitarle la risa con un sainete le dan un drama
terrorífico, podrá ser que le hagan llorar; y si así fuera, no dejes de avi­
sarme, porque tengo curiosidad de ver las lágrimas de esa señora.
No vayas tampoco á los paseos, porque la gravedad y la compostura
que allí se exige no te permitirá saber si se divierte dando vueltas en tan
reducido espacio.
No la busques tampoco en las calles, que allí, si abandona sus obliga­
ciones por pararse á ver la riña de dos perros ó por oir los disparates de
un borracho, avergonzada de que la veas detenerse por semejantes cosas,
te dirá que no se divierte.
En ninguno de esos puntos ni en los salones de baile, dónde suda y tra­
suda haciendo piruetas, vayas á averiguar la verdad de lo que yo te digo.
Para convencerte de que la humanidad es buena y contentadiza, qué­
date en casa de mi amigo, y si no te bastare con el cuadro anterior, te
hago donación, y donación perpetua, del presente.
Se va á proceder á sentenciar á los dueños de las prendas que doña
Tecla tiene á su cargo, y el juez en esos casos es el último penado; pero
se trata del primero, y éste no podía empezar á ser segundo ni en la so­
ciedad que pasó ni en la que está pasando ni en la que ha de pasar.
¿Quién había de dar la primera sentencia?
Esta fué la cuestión previa, cuya solución se propuso á la tertulia.
No estaba entonces en uso ni aun descubierto en España el sistema
parlamentario, y el amo de la casa, ciuctoritate propria, resolvió la cues­
tión mandando que sentenciara una de las damas, la de mayor edad; pero
ninguna se dió por aludida, y el marido de doña Tecla repitió el pregón,
dirigiéndose con la vista á su esposa.
— ¿Qué quieres decirme con esa mirada?—le dijo doña Tecla.
— Yo nada—respondió el marido sonriendo.
— Es que yo te conozco, y como has dicho que sentencie la de mayor
edad....
— Justamente.
— ¿Y te diriges á mí?
— Como estas señoras callan todas.... creí que acaso tú.... Vamos, sé
franca, ¿cuantos reyes has conocido?
— Mira, no hablemos más de esas cosas y déjate de tonterías....Hay
algunas aquí que pueden ser madres mías si se les averigua la edad.

A Y E R , HOY Y MAÑANA

99

—¿Supongo que eso no irá conmigo?— dijo sonriendo una señora de
poca más ó menos edad que la de la casa.
— Yo no me dirigía á ninguna de ustedes.
— Lo creo así, porque cuando usted se casó la primera vez aún iba yo
á la pensión.
— Si ya he dicho que no hablaba con ninguna de ustedes; pero lo de la
pensión no es regla, porque hay mujer que de veinticinco años aún no
sabe enhebrar una aguja.
— Es posible— replicó la vieja picada,— y cuando usted lo dice, aposta­
ría á que lo sabe de positivo.
— ¡Ea, no perdamos el tiempo!—dijo el amo de la casa;—y ya que no
hay quien tenga más edad que las otras, que sentencie la más joven.
— Yo sentenciaré— se apresuró á decir doña Tecla;— no quiero que haya
cuestiones, pero es muy ordinario el hablar de edades.
Y con la mano oculta en el pañuelo que cubría las prendas, dijo:
— Sentencio á la prenda que tengo en la mano á....á....;
— ¿A qué, mujer? Dilo pronto—replicó el marido.
— Espérate, hombre: ¿crees que es una cosa tan fácil el dar la primera
sentencia?
— Ya se ve que sí.... Pues para decir que haga la esquina, ó que diga
un favor y un disfavor, ó tres veces sí y tres veces no, ó que haga un ra­
millete, ó que diga soy, tengo y quiero.... ó.....
— Nada, nada; le sentencio á que ponga cuatro pies en la pared.
Una carcajada universal acogió las palabras de doña Tecla, y el dueño
de la prenda que sacó del pañuelo se alzó en pie, y sin saber cómo poner
los cuatro en la pared, estuvo largo rato, hasta que probando cien diver­
sas posturas se dió por vencido.
Entonces doña Tecla cogió una silla, y arrimándola á la pared dijo:
— Así se ponen cuatro pies en la pared.
— ¡Toma, eso no tiene gracia!— repuso el sentenciado;— esos son los pies
de la silla.
— Pues así se hace.
— Yo creí que habían de ser mis pies.
— ¿Tiene usted cuatro?— dijo doña Tecla riendo.
— No, señora; ¡pero si me pongo á gatas!....
— Vaya, ya lo sabe usted para otra vez. Ahora, como muy agraviado,
¿á qué sentencia usted á la prenda que tengo en l'a mano?
— A que se ponga en berlina— respondió sin titubear el de los cuatro
pies.
La prenda que sacó doña Tecla era de su esposo, y le dijo:
— Toma, estás en berlina.

100

ANTONIO FLORES

Y el amo de aquella casa, hombre de más de sesenta y cinco eneros y
uno de los más altos funcionarios de la época, cogió un sitial, y sentándo­
se en medio de la sala dijo:
— ¡Ea, señores!, digan ustedes, ¿por qué estoy en berlina?
Los unos le dijeron que por feo, y su esposa reía á carcajadas; los otros
que por tonto, y él mismo celebraba la agudeza; y por último, cuando
volvió á su puesto, dijo:
— Pues señor, como muy agraviado, sentencio á la prenda que tienes
en la mano á que diga tres veces sí y tres veces no.
Todos los tertulianos aplaudieron la sentencia como si la oyesen por
primera vez, y se frotaban las manos impacientes por saber quién sería
el agraciado.
Lo fué precisamente el viejo verde de quien hablamos en el cuadro
anterior, y el amo de la casa le llevó á un rincón de la sala, le dejó detrás
de un parapeto de sillas, cubriéndole ainda con una manta y se volvió con
sus compañeros.
Agrupáronse todos para consultar en voz baja las preguntas que se
le habían de hacer, y para cada una de ellas estuvieron dudando largo
rato, mientras- el agraviado encargaba que no le preguntasen tonterías.
— ¿Oyes lo que hablamos?— le decía el amo de la casa.
— No— respondió el viejo.
— Es que si lo oyes no tiene gracia.
Y para que el lance fuera gracioso, bajaban la voz y reían sin cesar
preguntándole cinco veces con tono solemne:
— ¿Sí ó no?
Las contestaciones les hicieron reir infinito y alguna vez insistieron
en que oía lo que le preguntaban; pero él se defendió tenazmente, y el
tribunal se dió por satisfecho, hasta que llegó la hora de hacerle la ultitima pregunta, á la que por fuerza había de responder afirmativamente.
Ninguna les parecía bien, pero en todas hallaban motivo de risa, y
cuando el viejo volvió á su puesto, le dijeron:
— Hemos preguntado á usted si comería de pescado esta cuaresma, y
ha contestado que no\ si tenía callos en los pies, y ha dicho que sí.
— Les dije á ustedes que no me preguntaran tonterías—repuso el viejo
amostazado.
— Pero hombre, ¡si todo es broma!— dijo el amo de la casa.— También
te hemos dicho si tenías la bula de la Santa Cruzada, y has contestado que
no; que si pasabas de los tres duros y medio, y has dicho que sí; que si te
gustaban las madamitas, y has dicho que no también; y por último, te voy
á ser franco en esto, como sabíamos que te tocaba decir que sí, te pre­
guntamos adrede cosa de risa.

AYER, HOY Y MAÑANA

101

—¿Y qué fue ello? Sepamos.
—¿No te has de incomodar?
—No.
—Pues te preguntamos si llevas dientes postizos.
—Una majadería como tuya—-dijo el viejo picado.
—Ha sido cosa de todos—repuso el amo de la casa.
—Sí; pero tú lo propusiste—dijo dona Tecla,—y ya te advertí yo que
era una tontería.
—No importa: déjele usted, que él caerá alguna vez. Ahora, como más
agraviado, sentencio que diga soy, tengo y quiero.
La prenda que sacó doña Tecla era de su hija, y la joven empezó
por la derecha á hacer á cada uno de los presentes las tres preguntas
citadas.
—¿Soy?—dijo dirigiéndose al joven que la había acompañado en el
dolor del pellizco.
—Una madamita muy virtuosa—dijo el joven.
—¿Tengo?
—Temor de Dios.
—¿Quiero?
—A Dios y á sus señores padres de usted.
Doña Tecla quedó prendada de las palabras del joven, y la niña siguió
preguntando hasta que llegó al viejo y le dijo:
—Es usted muy bonita; tiene usted un padre algo raro, y quiere us­
ted á quien yo sé y lo callo.
La niña y su amante se pusieron muy encendidos de rubor y doña
Tecla se mordió los labios de coraje, sacando una nueva prenda, cuyo due­
ño fué sentenciado á hacer un ramillete.
Era la víctima el propio amante de la joven, y pidiendo una flor á
cada una de las señoras que allí había, dijo:
—Este ramo, atado con una cinta de color de verde esperanza, se lo
regalo á mi señora doña Tecla.
Agradeciólo infinito la buena señora, y continuó sacando prendas, cu­
yos dueños fueron cumpliendo sentencias por el estilo de las anteriores.
Todas excitaron la risa de todos, y en los menores incidentes hallaban
motivos sobrados para divertirse, declarando al terminarse la tertulia que
habían gozado infinito y que estaban satisfechos.
Aún se quedaron reunidos más de media hora después de acabado el
juego de prendas, y no hablaron de otra cosa que de los accidentes de la
diversión; ocupándose de ella como podrían haberlo hecho de los deta­
lles de una corrida de toros ó de las escenas de una comedia.
Y siendo esto verdad, ¿habrá quien diga que aquella gente no gozaba?

102

ANTONIO FLORES

Y si gozaba, ¿habrá quien crea que aquellos goces eran caros ni difí­
ciles?
No te canses, lector; la humanidad no ha salido aún de la edad infan­
til, y se divierte con cualquier cosa.
Casi estoy por creer, aunque es mucho aventurar, que se divierte con
este cuadro.
No me pesará de que así sea, ni me daré' por enojado si le gustan asi­
mismo los anteriores y no le desagrada el siguiente.

C U A D R O XII

E L D U E L O S E D E S P I D E EN L A C A S A M O R T U O R I A

D. Narciso Ceremonial no había leído en balde el bando de los lutos.
Estaba convidado para asistir al funeral que en la parroquia de San
Marcos, anejo entonces de San Martín, se había de celebrar por el alma
de una amiga suya el día siguiente al de los juegos de prendas, y quería
saber si le obligaba á vestir de luto para asistir á la ceremonia religiosa.
Encargado además por el viudo de arreglar todo lo necesario para el fu­
neral, tenía una doble obligación de leer el bando.
Estudióle detenidamente, consultó además ciertos pormenores con
algunos amigos al salir de la tertulia, anunció al terminar ésta que no
tendría el gusto de asistir al día siguiente y se fue á su casa á esperar la
hora del funeral.
Durmió con la intranquilidad consiguiente al grave encargo que había .
recibido de su amigo, y desde muy temprano anduvo yendo y viniendo
desde su casa á la mortuoria, y desde ésta á la parroquia, y desde la pa­
rroquia á la cerería, y de allí á casa del confitero y luego á ver al profe­
sor de bajón y á los cantores y al alquilador de las bayetas y á otras
muchas partes á las que nos sería imposible seguirle.
Bastará decir que no omitió diligencia alguna para que todo estuviese
pronto y en regla, y que dos horas antes de empezarse el funeral ya esta-

104

ANTONIO FLORES

ba en el templo para dar la última mano, llevando la suya sin cesar al
bolsillo para ir satisfaciendo el precio de los sufragios y demás requisitos.
Porque no crean ustedes que fue en balde ninguna de sus idas y ve­
nidas, ni que el funeral se habría hecho como se hizo si él no hubiera
acudido á todo.
Cierto es que la clase del entierro la habían determinado los curas
con arreglo al rango metálico del viudo y que en esto nada tuvo que ha­
cer D. Narciso; pero ¿quién sino él había de cuidar del número de ban­
cos que con arreglo al de los convidados se había de poner en derredor
del túmulo, ni quién hubiese cuidado de prevenir á los cantores que no
se comiesen ningún salmo ni los llevasen de prisa para despachar pronto?
D. Narciso tuvo que ocuparse de todo, y no crean ustedes que sus
viajes á casa del alquilador de bayetas y á la confitería fueron excusa­
dos. Al primero le encargó, y lo hizo exactamente, que cubriese de bayeta
negra el suelo de la casa mortuoria, poniendo algunas cortinas de bayeta
de luto en las puertas y en los balcones, y al segundo le rogó que no de­
jara de enviar los dulces y los bizcochos á tiempo, y sobre todo los azu­
carillos de luto; requisito este último muy importante, porque no podía
servirse á los convidados panes de azúcar blanco, sino negros, ó mejor di­
cho, pardos, esto es, de azúcar tostado.
Veinte veces repasó la lista de los amigos de la casa por si se había
olvidado de convidar á alguno, y otras tantas consultó el ceremonial para
convencerse de que todo estaba á punto.
Llegó por fin la hora, y D. Narciso se colocó á la puerta del templo
para ir recibiendo á los convidados, que se dirigían cabizbajos y mustios
á tomar asiento en los bancos.
El de la presidencia le ocuparon el confesor de la difunta, á su izquier­
da el jefe de la oficina del viudo, á su derecha el guardián del convento
de San Francisco y á ambos lados los albaceas, de los cuales era uno don
Narciso.
Como funeral de primera clase fué largo lo bastante, y las dimensio­
nes de este cuadro no permiten que le copiemos todo. Y como el duelo no
se despide en la iglesia, sino en la casa mortuoria, allí hacemos falta, no
para consolar al viudo, que harto tiene en qué pensar y en qué entender
con ocuparse del indispensable refresco que ha de servir á sus amigos,
sino para que éstos no nos tomen la delantera y entren allí sin que los
veamos.
Y cuenten ustedes que el viudo, tras de haberlo dejado todo á cargo
de D. Narciso, tiene, ahora que éste no está allí, quien le ahorre la pena
de pensar en nada.
Para las ocasiones son los amigos, y la difunta tenía algunas que no

A YE R , HOY Y M AÑANA

105

Las habrían hallado mejores aunque hubiesen sido sus propias hermanas.
Todas á porfía, desde que ocurrió la desgracia, le dijeron al viudo que
no se ocupase de nada; que ellas lo arreglarían todo, y que no temiese man­
darlas cuanto quisiera, porque.... «los amigos son para las ocasiones.»
El viudo hubiese preferido no tenerlos á costa de una ocasión tan
grande; pero valía más, como ellas decían, el no estar solo en tan duro
trance, y siempre era un alivio tener personas amigas á quienes volver
los ojos.
Una de ellas, la que empezó por ser la última en ofrecer sus servicios
y concluyó por ser la primera á prestarlos, es la figura principal del cua­
dro. Sabía el viudo que semejante amiga nunca había Sido completa­
mente simpática á su esposa; pero como Dios quiere los pecadores arre­
pentidos, creía de buena fe que lo estaba la oficiosa amiga y la entregó á
discreción el manejo de la casa.
Vivía esa mujer en la vecindad, y nadie la conocía otro oficio que el
de vecina, ejercido con tanto celo, que no venía al mundo ningún nuevo
habitante del barrio sin que ella asistiese al bautizo, y sobre todo al re­
fresco; ni se casaba nadie en la calle sin que diese algunos consejos á la
novia y la enseñara el manejo de la casa; ni por último, jamás dejó de
acudir á las casas mortuorias, sobre todo cuando por el mucho fausto de
ellas creía que su presencia podía ser necesaria.
En la de nuestro pobre viudo ha entrado con tanto celo, que los ha
inspirado, y no flojos, á los criados y aun á los parientes de la difunta.
Desde que el mismo día en que murió la señora cogió en sus manos
el manojo de las llaves para sacar un pañuelo al viudo, y es fama que
para hallarle tuvo que registrar todos los armarios, hasta este momento
en que está sacando todo lo necesario para servir el refresco, no ha cesado
un punto de abrir y cerrar cajones y baúles, repitiendo sin cesar:
— ¡Que señora tan de su casa era la infeliz! (Dios la tenga en su santa
gloria). ¡Qué bien arreglado y qué limpio lo tenía todo! ¡Ay, vecino, usted
no sabe aún lo que ha perdido!
El vecino, que si no sabía lo que había perdido tampoco sabía lo que
estaba perdiendo, alzaba los ojos al cielo para pedir á Dios el eterno des­
canso de su esposa, mientras la vecina no dejaba descansar ningún mue­
ble de la casa, aprovechando todos los momentos para registrar todos los
rincones.
Cuando para buscar el estuche de los cubiertos se dirigía al armario
de la ropa blanca, excusaba su equivocación diciendo que la desgracia
de su amiga la tenía tan afectada que no podía hacer cosa á derechas.
En cambio hasta la mano zurda la servía para sus pesquisas, y es
fama, aunque ya he dicho y no me cansaré de repetir que la fama suele

108

ANTONIO FLORES

ser embustera, que era tal el trastorno que la producía el dolor, que ya no
sabía distinguir sus pañuelos de los de la difunta.
Servíase de éstos con frecuencia, pero sin advertirlo, porque nunca
pudo fijarse en ellos á causa de que los mudaba á cada momento.
Atendía, sin embargo, al viudo y le rogaba que no se molestase por
nada ni para nada, porque ella cuidaría de todo.
— ¡Harta desgracia tiene usted, vecino, con haber perdido á su esposa!
— le decía sin cesar.— No piense usted en nada ahora, sino en consolarse y
en atender á su salud, que yo, gracias á Dios, aunque tengo en casa mis
quehaceres, puedo echar aquí una mano.
Desgraciadamente para el viudo echaba las dos, y así lo veían los cria­
dos; pero obedecían sus órdenes, y nada se hizo sin que ella lo dispusiese
la noche del funeral.
El viudo, vestido de negro y acompañado de alguno de sus parientes
y personas más allegadas, esperó en silencio la vuelta de los amigos, que
á la conclusión del funeral llenaron la sala, después de haberle saludado
uno por uno, recordándole todos lo que nadie podía creer que hubiese
olvidado.
Algunos fueron más explícitos y se acercaban á decirle:
— ¡Pero quién lo había de decir, cuando hará mes y medio, ó dos me­
ses todo lo más, que la vi yo tan sana y tan buena!....
Otros se llegaban á preguntarle:
—¿Y cómo ha sido esto?.... ¿Qué ha tenido? ¿De qué ha muerto?
No faltaba quien, tratando de darle algún consuelo, le dijese:
— No se aflija usted. ¡Qué diablo! Todos hemos de hacer lo mismo. Este
mundo no es más que una miseria. ¡Dichosa ella si ha ido á la gloria!
— Allí se ahorra de padecer— decía otro.
— ¡ Cómo ha de ser!....— replicaba un tercero.— Todos somos mortales, y
al cabo y al fin peor hubiera sido que se hubiese muerto antes. Ya no era
joven.... Tendría sus sesenta y cinco ó algo más......Sí, algo más tendría,
porque ella era del tiempo de mi esposa, poco más ó menos, y mi esposa
va á cumplir los sesenta y siete.
El viudo respondía con sollozos á todos, y sólo sostuvo conversación
con D. Narciso, que le informaba minuciosamente del funeral.
Por torpeza de los criados ó tardanza del confitero se atrasó algunos
minutos el refresco, y D: Narciso iba y venía sin cesar á la cocina, su­
friendo no poco el viudo con las miradas de inteligencia que se dirigían
entre sí los convidados.
Pero llegó por fin la hora, y las jicaras de chocolate, las bateas de
bizcochos y los vasos de agua de naranja circularon profusamente pol­
la sala.

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Nadie hizo desaire al refrigerio, ni después que hubieron reparado el
estómago tuvieron la imprudencia de continuar molestando al viudo con
su presencia. Aguardaron, sin embargo, á que los que habían ocupado la
presidencia levantaran el campo y los siguieron incontinenti.
El confesor de la difunta se alzó el primero, y llegándose al viudo, que
enjugaba las lágrimas con el pañuelo, le dijo:
—¿De qué le sirve la reflexión?.... ¿No ve que ofende á Dios con opo­
nerse á sus divinos preceptos? El se la dió, él se la quitó: cúmplase su
santa voluntad.
—Yo acato la voluntad del Señor—dijo el viudo sollozando.
—¡Buena manera tiene de acatarla, y está ahí sin dejar de llorar!
—No puedo remediarlo, padre mío.
—Pues remédielo y pida á Dios por su alma, que las oraciones la ser­
virán más que las lágrimas.
—A usted, padre, sí que le pido que lo haga.
—Ya lo hacemos toda la comunidad. Era muy buena cristiana y muy
devota de nuestro padre San Francisco.
—Todas las misas que ha dejado mandadas por su alma quiere que
las digan ustedes—repuso el viudo.
—El Señor se lo aumentará de gloria—dijo el fraile.
Y dando éste á besar su mano al viudo salió de la sala.
El que siguió al fraile llegó con semblante compungido, y dando una
sacudida de cabeza, dijo:
—Dios le dé á usted salud para encomendarla á Dios.
—Muchas gracias—contestó el viudo, que estaba de pie á la puerta de
la sala.
Y todos los que fueron saliendo daban igual sacudida de cabeza y
decían:
—Lo mismo digo—aludiendo á lo que había dicho el primero.
Cuando hubieron acabado de salir todos y quedaron solos los de la
casa y D. Narciso, queriendo éste distraer al viudo, le dijo:
—Cuando usted estaba despidiendo el duelo me ha dado una tentación
de risa al acordarme del cuento de la peluca, que á poco más suelto la
carcajada.
—¿Qué cuento?—preguntó uno de los presentes.
—¿No lo sabe usted?
—No.
—Pues estando un viudo despidiendo un duelo, el primero que llegó
á decirle lo de costumbre observó que tenía la peluca torcida, y como era
muy grande amigo suyo, le dijo: «Tiene usted la peluca torcida,» y el viu­
do se la arregló al momento. Pasó el segundo, y dijo: c,Lo mismo digo.»
AYER, HOY Y MAÑANA

108

ANTONIO FLORES

y el viudo volvió á arreglar la peluca; y como todos le fueron diciendo lo
mismo, concluyó por descubrir la calva, quitándose la peluca.
Hizo poca fortuna el cuento, y D. Narciso se despidió de su amigo
repitiéndole lo mismo que todos, aunque preguntándole además si había
quedado satisfecho.
Estábalo el viudo mucho y le dió las gracias, rogándole que fuese al
día siguiente, porque quería que le acompañase á la iglesia á visitar la
sepultura de su esposa.
Pero D. Narciso le dijo que no estaba permitido salir á la calle antes
de los nueve días del fallecimiento, y el viudo se resignó á cumplir los
preceptos de la etiqueta.
También la vecina se resignó á continuar manejando la casa hasta que
terminase el novenario. Y luego....
La crónica no dice más que lo que queda dicho.

CUADRO XIII

el

siglo

de

los

faroles

¡Pues gian cosa habría hecho el Supremo Hacedor de cielo y tierra
con tomarse la pena de hacer la luz, si había de tenerla guardada en los
calabozos del caos hasta la venida al mundo de los pollos de ahora!
¡Conque ustedes, señores fosforeros, han creído que el mundo estaba
á obscuras antes de que viniese Brandt á iluminarle con el descubri­
miento del fósforo!
¡Conque es decir que para ustedes el fuego no alumbraba, y aquello
de que non fum uvn ex fulgore, sed estfvnno darelucem era una paradoja
y los hombres vivían á obscuras de sol á sol!
¡Conque usted, Sr. D, Pascasio Lizarbe, ha creído que sin sus cerillas
fosfóricas no podríamos vernos las caras de noche!
Pues ¡vive Dios, y no digo más, señor fosforero, que si le oye semejante
fanfarronada mi señora doña pajuela, le arma una de gas sulfuroso que
no le permita respirar en una semana ni deje de toser en un año!
Para dar á Dios lo que es de Dios no se le ha de quitar al Cesar lo
suyo, y no porque usted tenga ahora esas luces ha de pensar que los
hombres de ayer vivieron á obscuras, \ le encargo mucho cuidado en

no

ANTONIO FLORES

lo que dice, porque si van los trapos á la colada, Dios sabe lo que re­
sultará.
A fe mía que si los hombres de ayer no hubiesen tenido la abnega­
ción de darle á usted sus huesos, no habría podido extraerles el fósforo y
andaríamos ahora mendigando la luz del azufre.
Cierto es que el azufre por sí solo no se atreve á dar la luz; pero para
eso tiene á sus órdenes al pedernal, que en dulce maridaje con el acero
engendra la chispa para arrullarla en un colchón de yesca.
Y no crean ustedes que esas operaciones son complicadas; los anti­
guos las habían simplificado de tal modo que casi estaban reducidas á
una sola.
Por de pronto no se necesitaba una caja para el pedernal y otra para
el eslabón y otra para la yesca, sino que todas esas tres partes integran­
tes y constituyentes del fuego se encerraban en un solo departamento;
en una bolsa de cuero, por ejemplo. Y no en una bolsa grande como la
de los modernos fondos públicos, sino en una un poco más pequeña que
un cartapacio, la cual, perfectamente enrollada, podía llevarse y traerse
en el bolsillo sin gran trabajo.
Una sola persona bastaba para echar lumbres, y cuando la piedra era
de buena calidad, antes de que el eslabón la diese doce golpes ya había
producido una chispa; y á pocas de e'stas que cayesen sobre la yesca, si
no estaba húmeda, casi podía asegurarse que había fuego. Fuego que,
comunicado al azufre, se convertía en llama, y con una vela ó la torcida
de un velón se lograba la luz al momento.
No era esta operación tan breve, preciso es confesarlo, como la de in­
flamar una cerilla fosfórica; pero ambas dan por resultado la luz, y lo que
nos hemos propuesto probar en este artículo es que las luces no son de
hoy , sino de ayer , y que sostener lo contrario es un disparate.
¡Pues vaya que sería gracioso suponer que no eran hombres de luces
los que nacieron antes del descubrimiento del fósforo y del gas y de la
luz eléctrica!
¡Y la pajuela, y el sebo,y las hachas de cuatro pábilos, y las linternas,
y las hachas de viento!
¡Oh! Las hachas de viento, sobre todo.
Los que las inventaron fueron los verdaderos padres de la antorcha
de la civilización.
Ellos inauguraron el siglo de las luces y de los fósforos.
Quererles despojar de esa gloria, sería lo mismo que negar la existen­
cia del fósforo y de la luz.
Sus propios palacios son hoy unos testigos, aunque mudos, de las luces
de su época.

AYER, HOY Y MAÑANA

111

i

¿No habéis visto á la puerta de algunos de ellos dos caperuzas de hie­
rro (1)? Pues allí apagaban los pajes 6 los lacayos las hachas, con que ha­
bían alumbrado á sus señores al volver del coliseo ó de la tertulia.
Pero aun esos hachones no serían suficientes para que pretendiésemos
probar que el siglo de las luces no ha empezado á mediados, sino á prin­
cipios del presente. A pesar de esas luces creeríamos que aquellas gentes
estuvieron á obscuras, si no les hubiésemos visto pensar en alumbrar las
calles y en establecer los serenos. Pero hicieron ambas cosas, y por ello
merecen nuestro más sincero elogio.
Y cuenta que nada perderían si les negásemos esta honra postuma,
porque la lograron en vida tan grande, que difícilmente la alcanzarán
mayor los que pretenden inventar un g'lobo de luz que ilumine la Europa
y una gran parte de la América.
Vosotros, nada tiene de extraño que así os suceda, ignoráis el entu­
siasmo que excitaron en Madrid los faroles y los serenos. No sabéis que
las gentes salían á la calle á ver á los unos y á los otros, ni más ni menos
que ahora vamos á ver la luz del gas y los vigilantes nocturnos.
¡Y no se os figure que los faroles del alumbrado eran los primeros que
se veían en las calles de la capital!
¡No creáis que aquellas modestas luces eran las únicas de que gozaba
el vecindario!
Antes de que los Señores de Villa pensasen en alumbrar las calles, ya
ardían en ellas multitud de lámparas colgadas delante de los retablos, que
lucían una sí y otra no todas las casas de la corte.
Esos farolillos no alumbraban al pasajero, pero le enseñaban una luz,
con la que se daba por avisado para quitarse el sombrero. A los del alum­
brado público no les hizo nunca ese saludo, y ellos, lejos de incomodarse,
tomaron la venganza de despreciarle dejándole á obscuras. Y no porque
se apagasen, que esto jamás lo hicieron mientras les duraba el aceite, y
no andaba ni abundante ni barato, sino que lo hacían por no incomodar
.al transeúnte con sus resplandores.
Pero esto no rebajaba el importante papel que desempeñaban, porque
•como decían las gentes, era un consuelo saber que había una luz en la
•calle, siquiera esa luz no lo fuese.
Consuelo parecido al del pobre que se desayuna con el placer de re­
cordar que á su lado vive un rico avariento.
De los pueblos vecinos acudían á la corte á ver el alumbrado público,
•del cual, como ya hemos dicho, era pública voz y fama que no alumbra(1) En la casa que fue del marqués de Santiago y hoy es casino del Príncipe, en
la Carrera de San Jerónimo, se conservan aún esos apagadores enclavados en la pared.

112

ANTONIO FLORES

ba, y pocos forasteros regresaron á sus hogares sin haber dado un paseo
de noche por las calles de Madrid, con la cabeza erguida, la boca abierta,
el sombrero sobre el cogote, los brazos caídos y las piernas dobladas; toda
la figura, en suma, ni más ni menos que ahora, porque los lugareños,
aunque cada vez van siendo menos asombradizos, cuando se asombran
lo hacen ni más ni menos que lo hacían antes.
Comprendían perfectamente que el farol fuese de vidrio y que el vidrio
diese paso á la luz, cosa no muy fácil de comprender; no les admiraba
que los faroles estuviesen separados de la pared, porque veían los hierros
que los tenían colgados al aire; pero lo que no podían comprender era
que estando tan altos pudiesen encenderlos diariamente.
Hubo hombre .que vió al sereno-farolero arrimar la escalera, subir y
bajar por ella dejando encendido el farol con un hachón de viento que
llevaba en la mano, y aún no sabía lo que había visto.
Rociábales á todos la cara el continuo chisporroteo del hachón, que
los faroleros manejaban con una destreza académica, y la multitud seguía
alborozada á aquellos hombres que iban propagando la luz por todos los
barrios de la capital.
¡La luz que más tarde había de ser reemplazada por el gas, y más
tarde, mucho más tarde aún, por la electricidad!
La sangre verde de la aceituna, que había de huir avergonzada ante
el aliento deslumbrador del carbón de piedra, y de la cual ya no habrá
rastro cuando iluminen el globo los diáfanos y brillantes espeluznazos
de la pila de Yolta.
Aquella luz que trabajosa y al parecer exánime se defendía do los
vientos encerrada en urnas de vidrio, era la misma que hoy se vierte es­
plendorosa y lozana en ricas tazas de diáfano cristal, y la misma también
que mañana aparecerá en el aire, iluminando el globo, sin que sus claros
resplandores dejen ver el pedestal sobre que se recline.
Aquella luz toda sombra, es la que hoy amenaza tragarse las tinie­
blas y la que al fin se las tragará mañana .
Aquella luz, en suma, débil, opaca y misteriosa, remedo indigno de la
luz natural, es la que ha luchado por espacio de muchos siglos con la
poderosa naturaleza para arrancarla sus más recónditos secretos.
Aquella luz de ayer es la que hoy ha quemado las entrañas de la
tierra en busca de los seres que han de vencer las sombras de mañana .
Aquella luz es la que ha iluminado los misterios de la ciencia, y aquel
mugriento candil que á los hombres de hoy da risa ver colgado en el
estudio de los sabios de ayer , es el que ha de alumbrar la inteligencia
de MAÑANA.
La antorcha de la civilización (no te asustes, lector; lo confiesa ella

AYER, HOY Y MAÑANA

113

misma) es la que llevaban en la mano aquellos hombres rústicos que en
los primeros años de este siglo estaban encargados de encender los faro­
les de la capital.
La aparición de los hachones de viento era la señal que aguardaban
todos los vecinos de la corte para iluminar sus aposentos.
Los criados la esperaban provistos de una pajuela en la mano derecha
y de una ascua en la izquierda.
. Los sabios, interrumpido el estudio durante el crepúsculo vespertino,
esperaban, apoyados los codos sobre el bufete, la llegada del candil, cuyo
aceite habían de tragarse durante la noche.
Cierto es que entonces como ahora no se medía el talento ni la eru­
dición por varas, pero se apreciaba por libras, y era más sabio el que por
última razón, para probar que la tenía en una cuestión cualquiera, podía
exclamar:
— Para que pueda usted saber más que yo en este asunto, es preciso
que primero se haya tragado muchas más panillas de aceite que yo.
El quemarse las cejas estudiando era también una gran prueba de
sabiduría entre aquellas lechuzas eruditas, á propósito de las cuales re­
cuerdo, y allá van para que el lector los recuerde también, unos versos
que leí en un monólogo siendo niño, de cuyo título, ahora que ya no lo
soy, apenas me acuerdo.
«El diablo del candil alumbra á muertos;
aticémosle, pues. ¡Oh tú, torcida,
una y mil veces venturosa mecha,
entre cuantas alumbran las buhardillas
de poetas canoros y del Griego,
semejas la mugrienta lamparilla,
alumbra bien y no hagas mucho moco!
Con qué vigor me siento. Envidia, envidia,
tú que muerdes como otro cancerbero,
y mis obras, cruel desacreditas,
muérete de repente, y porque rabies
mi docto numen y mi ciencia mira.»

No era el farolero tan rápido en propagar su luz como el gasómetro
en dar la suya; pero más tarde ó más temprano la difundía por todo el
barrio.
Y si alguna vez se descuidaba, no era suya la culpa, sino del sacristán
que tocaba á las oraciones, sin cuyo requisito teníanle prevenido que no
encendiera los faroles.
l)e lo cual no resulta, y si resulta buen provecho le haga, que la gloT omo I

8

114

ANTONIO FLORES

ría cle dar la luz al vecindario le pertenece al sacristán, quien cuando
mucho, puede pedir una parte, aunque pequeña, al farolero.
Éste era, á no dudarlo, el verdugo de las tinieblas, y su doble carácter
de sereno le daba gran importancia en aquella sociedad.
La recompensa pecuniaria no era en verdad muy proporcionada á la
categoría de su destino, ni menos digna de su elevado ministerio; pero
¡cuándo el oro ha tenido el talento necesario para saber apreciar el méri­
to de las grandes acciones!
Entonces, como ahora, la sabiduría jugaba á la alza y su papel estaba
en baja. El propagador de las luces, ¡pásmense ustedes!, tenía tres reales
diarios por hacerlas y otros tres por vigilarlas durante la noche.
Así con medio puñado de cobre le pagaba el oro sus afanes.
A no haber sido por la gloria, que ya entonces andaba de balde, es
posible que los asturianos no se hubiesen prestado á servir las plazas de
serenos que más tarde han seguido vinculadas en su raza.
Pero la fama de aquellas luces voló por todos los ámbitos de la mo­
narquía, y todas las clases de la sociedad pagaron un tributo, aunque no
metálico, á los resueltos hijos de Pelayo.
Los poetas tragaron unas cuantas panillas de aceite, y á fuerza de
roerse las uñas, circunstancia precisa entonces para hacer versos, sacaron
de su cabeza (así lo decían ellos mismos) multitud de coplas, de las cuales
muchas fueron puestas en música y aplaudidas todas, con especialidad la
del tururú, que después de cantarse en presencia del monarca llegó á ser
la canción más popular de la época. Y porque sé yo que han de agrade­
cérmelo y he de quitar cien canas á más de cien pollos de entonces, copio
á continuación una estrofa. Esta por ejemplo:
«El sereno de mi barrio
es un grandísimo embustero,
por decir que son las once y cuarto
dice que son las once y lloviendo.
Ave María Purísima,
las once y nublado.»
«Tururururú duerme, gachona mía,
tururururú duérmete sin recelo,
tururururú que son las once y cuarto,
tururururú y está raso y sereno.»

Los fabricantes de abanicos, acosados por las señoras de la nobleza
que les pedían abanicos del sereno, acudieron también á los poetas, y se
pusieron de moda unos abanicos en cuyos países había pintados un cu-

A YE R , HOY Y MAÑANA

115

rrutaco y un sereno. De la boca del primero salían estas palabras que
andando el tiempo se supo que eran versos:
«Ya es mucho más de la media noche,
acompáñame sereno.»

A lo cual contestaba el sereno con estas otras que asimismo le salían
de la boca:
«Señor, yo con gusto le acompañara,
pei’o en el traje de su merced comprendo
que el bolsillo de su merced está siempre
á la una en punto y sereno.»

Eran, como ustedes pueden figurarse, los serenos los que menos so
cuidaban de la gloria que les daba el oficio, y apenas oían á la fama zum­
bar sobre sus cabezas. Lo que oían, por su desgracia, era el trueno seco y
pelado, y el desgajarse las nubes, que vertían sobre ellos el agua de que
venían preñadas.
Al principio, como todos los oficios nuevos tienen aprendizaje, sólo
aprendieron á dormir sin cantar las horas ni menos los cambios astro­
nómicos; pero pronto aprendieron á cantar sin dejar de dormir, y aunque
solían llevar descompuestos los relojes, como no era entonces moda tras­
nochar, nadie se daba cuenta de sus faltas; faltas que solían pecar de so­
bras, como sucedió una vez con un nuevo vigilante nocturno, que dema­
siado celoso del cumplimiento de su destino y habiéndole despertado la
última campanada de las doce, dijo:
«Ave María Purísima, las doce y casi más, y el cielo azul, y aínda mais
un puñadito de estrellas.»
Duró la novedad de los serenos más de un año, y por cansado que es­
tuviera del viaje, el forastero cpie llegaba por primera vez á la corte no
se dormía hasta haber oído cantar la hora una ó dos veces.
En las tertulias se suspendía la conversación y el juego para escuchar
al sereno, y cada día se hablaba de ellos con mayor entusiasmo.
Los dueños de casas eran los únicos que suspiraban con amargura al
oirlos; pero esos suspiros no salían de lo íntimo del corazón, sino de lo
íntimo delagabeta. Y lagabeta tenía sus razones para suspirar. Por cada
finca había pagado cincuenta y siete reales para la construcción y colo­
cación de los faroles.
Finalmente, si lo dicho hasta aquí no es bastante para probar la im­
portancia de aquellas luces; si nada dice en su abono el haberse estable­
cido una vidriería y cerrajería nada menos que Real para la construcción
de los faroles, la persecución que éstos sufrieron hace plena prueba.

11G

ANTONIO FLORES

Tocios los grandes inventos han pasado por el crisol del infortunio,
víctimas de la ceguedad y de la ignorancia, y no hay ninguno que haya
sufrido tanto como el que debió el pueblo de Madrid á su ministro de
Gracia y Justicia el obispo de Salamanca.
Todas las mañanas aparecían las calles sembradas de vidrios, y Fue tal
el número de los faroles que se dieron de baja, heridos por las piedras,
que el Consejo de Castilla clió un bando prohibiendo semejantes descala­
bros. Y visto que la prohibición publicada por la ley no alcanzaba más
que la tácita de la urbanidad y del raciocinio, fue preciso pasear por las
calles más públicas con los faroles colgados al cuello á dos jóvenes cogi­
dos in fraganti.
Castigo que se olvidó al poco tiempo, pero que los pollos de ahora
deben tener muy presente, visto el admirable respeto que profesan á los
modernos escaparates y á los apedreables aparatos de las luces de gas.

CUAD RO X IV

LA R O N D A DE P A N Y H U E V O

Sigue la noche, lector, y no te asombre; porque ya te dije que en las
regiones de lo pasado el día tardaba mucho en llegar.
Estaba encendida la antorcha de la civilización, pero ya habrás obser­
vado que las luces nuevas tardan mucho en tomar el incremento necesa­
rio para disipar las tinieblas. Sigamos, pues, á obscuras y no tengas miedo,
que yo conozco el camino y te he de ahorrar muchos tropiezos.
No sé si has almorzado de tenedor, cosa que entonces se usaba y no se
decía, ni sé tampoco si has comido fuerte, ni menos tarde; pero por tem­
prano que lo hayas hecho, no te apures, y sin detenerte á cenar, vento
conmigo.
Quiero suponer, y no me gústala suposición, que no tienes qué comer;
¿crees por eso que vas á morirte de hambre?
Estamos, á Dios gracias, en España, que no en Inglaterra ni menos en
Irlanda, y en nuestro país, vuelvo á dar gracias á Dios, si no hay para
cada Elias pobre un cuervo que le lleve un pan diario, hay diariamente
muchas raciones de pan para los pobres.
Tú vente conmigo, aunque sea en ayunas, que yo te prometo que no
has de ayunar un solo instante.
Acuérdate, sin embargo, de que estamos en 1800, y no esperes que te

118

ANTONIO FLORES

lleve á ningún buffet, adonde puedas dejeuner, después de pasar la so iré
en un raout. Yo sólo me comprometo á darte de comer, en el caso de que
no tengas cosa mejor que llevar á la boca, un par de huevos y un cuar­
terón de pan. Y esto no en mesas á la rusa, ni trinchado por cocineros
franceses, sino en la gran mesa redonda de la Providencia y servido por
los caritativos hermanos de la antigua y Iieal ele Nuestra Señora del Re­
fugio y Piedad de esta corte.
Cuando tú estabas absorto viendo encender los faroles del alumbrado,
han salido ellos á correr las calles de la capital, cargados de pan y huevos
cocidos, para socorrer á los necesitados.
Y no creas que ellos son algunos criados de la Hermandad, ni menos
unos cocineros cualesquiera, sino los mismos hermanos, individuos todos
de las primeras familias de la corte.
Y no creas tampoco que te arrojarán ese sustento como una limosna,
sino que se llegarán á ofrecértele con amor, en nombre de Dios y rogán­
dote que no hagas estéril su caridad. Caridad que, sea dicho de paso, ten­
drás tú por filantropía, aunque dudo mucho que ellos tuvieran tu filan­
tropía por caridad, y en ese caso estáis pata.
Tampoco quisiera que se te antojara creer que todos los hombres ser­
vían para entrar en la Hermandad por sólo el hecho de ser caballeros; los
no sacerdotes era preciso que fuesen decentes, virtuosos y bien afectos á
obras piadosas, con otros más requisitos de que sería prolijo enterarte y
que tú comprenderás apenas tropecemos con alguna ronda de las que el
vulgo llama de ;pan y huevo.
Y para que no haga el diablo que vengamos por el cuartel opuesto al
que ellos estén visitando, iremos al Refugio para ver cómo se preparan á
la visita.
Un sacerdote y dos seglares son los tres hermanos que ha nombrado
el Mayor; y esos, acompañados de un criado que no dejará de llevar
linterna, aunque la noche sea clara y á pesar de los faroles, constituyen la
ronda.
Al sacerdote le está prevenido el uso del cuello, y los seglares no po­
drán llevar montera, ni arma vedada, ni traje indecente.
El criado vigilará el cumplimiento de esa parte de los estatutos,
como asimismo si sus amos se paran á conversar con alguien ó á comer ó
beber, ,y de ello dará cuenta al secretario para que éste lo haga al her­
mano Mayor.
Figúrate si ese cambio de papeles no es ya una garantía de humildad
evangélica; pero sígueme y calla, que aún las has de ver mayores.
Reunidos en la enfermería al toque de oraciones y después de rezar las
de costumbre y de estatuto para prepararse á las buenas obras que les

A YE R , HOY Y M AÑANA

119

tiene encargadas la Hermandad, se dirigen al cuartel designado para la
ronda.
Examinan, antes de salir, los memoriales que han entrado en el cepi­
llo, y disponen lo conveniente para que sean socorridas las necesidades
de que en ellos se les da noticia,
Pero no siendo éstas urgentes, se dejan hasta las primeras horas del
nuevo día, y los diferentes veedores nombrados al efecto practican esos
ejercicios en las visitas de día.
Por la noche sólo pueden salir á visitar las rondas y los veedores do
incendios, los cuales apenas tienen noticia de alguno deben acudir al
lugar de la desgracia con camillas para transportar los enfermos ó los
impedidos.
La ronda no va á cosa hecha, sino al acaso; y precedidos del criado,
con su indispensable linterna, salen de la real hermandad del Refugio los
dos seglares llevando en medio al sacerdote con paso grave y á guisa de
pontifical.
Sin alzar los ojos del suelo, pero tendiendo la vista á la izquierda y
derecha, registran las plazas, cajones, mesones y zaguanes de las casas,
animándose al divisar en lontananza una sombra cualquiera, que puede
ser la de un guardacantón, pero que á ellos se les antoja ser la de algún
pobre que necesita los socorros de la Hermandad.
Si con efecto no les ha engañado su piadoso deseo y tropiezan con
un ser racional que, rendido del hambre y del cansancio, reposa en el
dintel de una puerta ó yace tendido en medio de la calle, reconócenle
brevemente á la luz de la linterna, y le suministran los auxilios nece­
sarios.
El criado, autómata legítimo como todos los de su especie, apenas
hace alto la ronda mete la mano en el canasto de las provisiones y pre­
para una libreta y un par de huevos.
Los hermanos del Refugio rodean mientras tanto al desvalido, lo exa­
minan, le dirigen palabras de consuelo, y cuando se han persuadido de
que no tiene otra enfermedad que el hambre, le entregan el alimento que
les alarga el criado y siguen adelante su camino.
Si tropiezan, por el contrario, con un enfermo que no puede moverse
ni tomar alimento alguno, el eclesiástico le exhorta á que piense en la
salvación de su alma, y reunido en breve consulta con sus compañeros,
acuerdan la traslación de aquel infeliz á la enfermería de la casa. Pero
como podrían abreviarle la vida moviéndole sin el dictamen de un facul­
tativo, corre el criado en busca de un cirujano, ó á ser posible de un mé­
dico, y autorizado por éste le cargan sobre sus hombros y le llevan á la
enfermería.



120

ANTONIO FLORES

Allí le recibe el capellán semanero y le exhorta áque se confiese; pero
si se niega á hacerlo, le está prohibido insistir en ello, y aun en ése caso
le dan cama y cena, si en estado de cenar se halla, y al día siguiente le
trasladan al hospital.
La ronda vuelve á continuar su ejercicio hasta haber registrado todo
el cuartel, y cuando pasa por algún cuerpo de guardia y el centinela le da
el «¿quién vive?» responde sin vacilar: «España.» «¿Qué gente?» vuelve á
preguntar el centila, y entonces dice á voz en grito: «/La ronda de pan y
huevo /»
Socorre y recoge sin distinción hombres, mujeres y niños, llevando á
éstos, si los halla perdidos, á casa de sus padres, y en el caso de ser expó­
sitos, á la Inclusa.
No distingue en sus limosnas á los católicos de los herejes, y en el
caso de hallar alguno de los segundos, sólo les está prevenido que le
atraigan á entrar en la importante plática de su conversión, en cuyo
caso deben alargar su hospedaje en el Refugio todo el tiempo que fuere
necesario.
Pero eso ya pertenece al interior de la casa, y como tenemos dis­
puesto un lienzo para pintar esa asociación y otras muchas, inclusa la del
Pecado mortal, nada queremos decir ahora que no sea exclusivo de la
ronda nocturna; ronda que han debido envidiarnos todos los pueblos ci­
vilizados, y con especialidad los que hoy tienen tantos arranques de filan­
tropía y de socialismo.
En España hemos dado siempre poca importancia á los nombres de
las cosas, pero difícilmente habrá un pueblo en el mundo más humanita­
rio ni más generoso.
Y tengan en cuenta que lo era cuando menos lo parecía, porque pre­
cisamente uno de sus achaques de ayer fue el de pregonar con los labios
lo contrario de lo que sentía y practicaba su corazón.
Hoy , en cambio, ¡cambio funesto!, ha vuelto la oración por pasiva, y
se ha hecho más amante de las palabras que de las obras.
Mañana .... Mañana será otro día y hablaremos.
Excusada sería la última parte de esta obra si ahora me anticipase
á revelaros lo que en ella me propongo deciros.
Lo que únicamente os diré es, que no habrá de seguro rondas de pan
y huevo.
¿Y será porque falten personas que quieran salir á recoger á los nece­
sitados, ó porque no haya quien necesite ser socorrido?
He ahí el gran problema que hemos de resolver.
Pero no en este momento, porque este momento le necesitamos para
terminar el presente cuadro y aparejar el siguiente.

AYER, HOY Y MAÑANA

121

Sin el completo examen de la sociedad que pasó, nos sería imposible
apreciar la que está pasando ni prever la que ha de pasar.
Sólo conociendo íntimamente á los antepasados hombres de la fe, po­
dremos acercarnos á los contemporáneos del vapor, para seguir con la
vista á los venideros de lp, electricidad.
Pasaron los primeros como un sueño pesado, del cual no conservamos
otra cosa que un ligero aturdimiento y una incesante zozobra; se van los
segundos como un torbellino deslumbrador que nos ciega para que no
veamos la esterilidad de sus movimientos, y se irán los últimos como un
relámpago, cuya luz no deja ver las obras que ilumina.
Los hombres de 1800 nos legaron un feto; los de 1850 nos van á dar un
aborto; ¿habremos de esperar un fenómeno de los de 1899?
El tiempo nos aclarará el misterio.
Pero el tiempo tarda mucho en pasar, según dicen las gentes, y para
verle sin que haya venido, es preciso observar el rumbo que lleva y los
materiales que ha recibido á bordo.
Ni antes ni ahora ni después ha habido efectos sin causas, y cuando
no se adivinan éstas, consiste en no haber estudiado bien aquéllos.
Yo te ruego, lector, que no pierdas nada de lo que voy presentando
á tu vista, ni aun las cosas que te parezcan más nimias y triviales, por­
que todas ellas sirven perfectamente á nuestro propósito. Las que tú
creas más leves y más sencillas serán acaso las más fuertes y las más
importantes.
El grano de arena que detiene el paso de una carroza y decide el hun­
dimiento de un puente, es la base de un edificio colosal y el que cierra
la brecha en la muralla.
La experiencia te habrá enseñado que no hay amigo inútil ni enemigo
despreciable, y yo te aseguro que aunque estos cuadros no están tan bien
escritos como tú quisieras y como yo deseo, en todos ellos has de hallar
el germen de los venideros.
Por poco que pienses en lo que te digo, verás que tengo razón; pero
para darte tiempo suficiente á meditarlo, te dispenso de leer el cuadro
próximo.
Entre la ronda de pan y huevo y esta ronda de palabras que he he­
cho á su alrededor se ha pasado la noche, y ya que estoy despierto tan
de madrugada, voime á llegar un rato al vecino convento de frailes Jeró­
nimos.
Creo que no habrás hecho cosa por la cual te esté vedado pisar la
clausura, ni mucho menos pienso que el »Santo Oficio te haya declarado
relapso; pero déjame llegar solo, y está seguro de que si viere alguna cosa
notable la pondré inmediatamente en tu noticia.

122

ANTONIO FLORES

Si vivías y tenias uso de razón veinte años atrás, habrás visto más frai­
les de los que caben en el cuadro.
Si no hubiese sido así, ¡cómo ha de ser!
Tampoco has alcanzado la dominación de los árabes ni los autos de
fe, y sin embargo pasas la vida sin echar de píenos ninguna de ambas
cosas.
Pues di pata y échate á dormir á pierna suelta; que antes de que so­
plen esos vientos, corre á mi cargo el despertarte.



Si oyes al vulgo hablar de los frailes, y con especialidad de los que ves­
tían el hábito de San Jerónimo, te dirá que de cada carnero hacían tres
albondiguillas y daban cuatro á cada fraile; pero tú, lector, sabes cómo
las gasta el vulgo, y no será necesario que yo te diga lo que has de dejar
ni lo que has de tomar de semejantes habladurías. Lo único que puedes
hacer, si mi consejo te vale, es tomar el carnero tal cual te le da el vulgo,
que puesto que no le has de pagar, bien puedes hacerte la cuenta que se
hacía el otro.
Y el otro era un buen cristiano viejo, que desesperado al ver que un
ingles se negaba á creer en el misterio de la Santísima Trinidad, á pesar
de las exhortaciones del agonizante, se llegó al oído y con el mejor deseo
de que se salvase su alma, le dijo:
— Hombre, no sea testarudo ni obcecado, y crea lo que el padre le dice,
que es la verdad; y por último, ¿que le cuesta confesar que son tres las
personas del sagrado misterio?.... ¿Por ventura le pide nadie que las man­
tenga?
Pues eso digo yo, lector; ¿te pide nadie que pagues los carneros para
que te opongas á que el cocinero del convento haga solas tres albondi­
guillas de cada uno?
¿Es cuenta tuya acaso el que luego se repartan á cuatro por barba?

124

ANTONIO FLORES

Deja que cada cual coma lo que más le cumpla, que así saldrán luego
comidos por servidos, y como dice el refrán, «caldo que no has de sorber,
* déjalo cocer.»
Yo puedo asegurarte que cuando llegué al convento, ni aun agua ca­
liente había en la cocina.
Percibíase únicamente el ruido de las chocolateras como un fuego
graneado en diferentes puntos del convento; pero aun ese ruido más se
adivinaba por las narices que por las orejas, á causa de que el buen cacao
es muy escandaloso, y el que tomaban los Jerónimos alborotaba el olfa­
to de la vecindad.
Fuera de los padres graves, que para eso tenían sus legos, los demás
frailes se hacían por sí propios el chocolate, á cuyo fin era de rigor en
cada celda una tabla con una cuchilla fija en ella para partir las pasti­
llas del chocolate, una chocolatera de barro, con su molinillo de madera
de peral, circunstancia precisa, una jicara más pequeña que la chocolate­
ra, dos platos y un vaso.
Si no era tiempo de tener el brasero en uso, todos se dirigían con sus
chocolateras á unas cocinillas que había á los extremos de los claustros,
y esta operación era indispensable antes de decir misa, porque luego ya
no era tiempo.
Decían, y acaso con razón, que el chocolate y los asados deben comer­
se reposados, y fraile había que le guardaba cocido de un día para otro.
Cierto es que el reposo era para aquellos benditos varones un agente,
aunque negativo, tan esencial y tan vasto como el vapor ó el fluido eléc­
trico, y habían hecho de él grandes aplicaciones.
Keposaban el cuerpo, antes de entregarse al sueño, de la agitación su­
frida al subir á la cama; daban reposo á los sentidos después que estaban
despiertos; se vestían reposadamente; salían de la celda con paso grave
y reposado, y decían la misa con tanto reposo, que cuando alguna señora
tardaba en ir á su casa de vuelta de misa, solía decirle su esposo:
— Si no has oído más que una misa, es que te ha tocado algún Jeró­
nimo.
Jamás bebían el agua recién cogida de la fuente, sino que la dejaban
reposar, sentándose para bebería, y por último, era tal su afición al repo­
so, que no se alzaban del refectorio hasta haber reposado la comida en el
estómago, para lo cual decía el vulgo (ya te he dicho que del vulgo no ha­
gas caso) que se agarraban de unas cuerdas colgadas en el techo y se de­
jaban caer de golpe sobre los sillones, embalaje gastronómico que se lla­
maba ad recalcandum.
Después de dicha la misa y tomado el chocolate, acudían al coro, y do
allí volvían á sus respectivas celdas á esperar la hora del refectorio, en-

AYER, HOY Y MAÑANA

125

tregado cada cual á distinta ocupación, según era distinto su genio, su
talento ó su categoría.
Esta última circunstancia era la que mejor determinaba la ocupación
de cada uno.
El prior solía girar una visita'por los departamentos de la casa, dete­
niéndose en la cocina á dar la tablilla para los extraordinarios de la se­
mana; en la cárcel, si había algún religioso detenido, á ver cómo cumplía
el castigo; en la despensa, á ver si el encargado de los víveres los tenía en
orden; en la sacristía, á que el sacristán le dijese si necesitaba alguna
cosa para el culto, y por último, en la celda del predicador conventual,
para que le leyese algún trozo del sermón que solía estar estudiando.
Los demás padres maestros se retiraban á recibir visitas los unos, á
pasar el tiempo en la biblioteca los otros, y algunos á continuar en el es­
tudio, al que habían consagrado su vida, rindiéndole en la soledad del
claustro un culto como rara vez permite el bullicio del siglo.
Pero también eran raros esos frailes estudiosos, y la generalidad no
tenían tan arraigada esa pasión que no les permitiese tomar algún des­
canso en la solana.
Los novicios, precedidos de su maestro, iban desde el coro al aula;
pero tenían sus días de satis y sus momentos de ocio, en los cuales ba­
jaban al huerto á tirar á la barra ó á jugar á los bolos ó á entretenerse en
otros ejercicios honestos y gimnásticos.
Los frailes de misa y olla se ocupaban en reposar el cuerpo sobre el
sillón de brazos, pero algunos se entregaban á tareas que aunque no di­
vinas tampoco tenían nada de profanas.
El arte de la relojería era el estudio predilecto de muchos; el oficio
de carpintero era más ó menos cultivado por todos; había alguno que en­
tendía y tenía especial afición á la sastrería; hubo más de uno que acertó
á hacer con perfección un par de zapatos, y por último, lo que tenía gran
partido en los conventos era la construcción de jaulas de pájaros y el en­
garce de rosarios.
El que yo fui á visitar no hacía ninguna de esas cosas, y cuando iba
á tocar con los nudillos en la puerta de su celda, le oí que decía: «¡Buena
pájara estás tú, corretona; como no te den otra cosa que andar de un lado
para otro, todo va bueno! Pero hoy no te vale la bula de Meco; no te vas,
no. ¡Hola! ¡Conque apenas me voy al coro tomas el portante! ¡Habrá una
pájara peor que tú en el mundo!»
Esas palabras eran acompañadas de ruido de pisadas, y se oía correr
de un lado para otro y aun dar golpes en la pared, sin que yo pudiese
adivinar lo que allí dentro pasaba.
Ni lo hubiese adivinado á no haberme decidido á llamar á la puerta.

12G

A N T O N IO F L O R E S

Pero apenas lo hice, cuando oí correr un cerrojo y que el fraile decía
asustado:
— ¿Quién es?, ¿quién es? No se puede entrar ahora....Que espere el
que sea.
— Soy yo, padre—díjele sorprendido;—y me retiro, que no quiero in­
comodarle.
— ¡Hola! —me dijo conociendo mi voz.— No se vaya, quédese que ahora
le abriré; pero entre de prisa porque se mella escapado una pájara y anda
suelta por la celda.
Estas palabras me hicieron comprender las anteriores, y con efecto, en­
tré corriendo en la celda para ayudar al fraile á cazar el pájaro, tirándole
ambos los pañuelos.
Pronto conseguimos volver á la pajarera la hermosa canaria moñuda
con quien hablaba el fraile antes de entrar yo allí, y el fraile, tomando
asiento en uno de brazos, me dio á besar la mano y luego con ella un ci­
garro imperial y me señaló un sillón para que me sentara.
Sin que se hubiese incomodado en advertírmelo, yo lo habría hecho,
porque no había otro vacío. Todos estaban ocupados: el que no con un
montón de libros, con un par de zapatos ó con la cogulla, y los restantes
llenos de esparto crudo; material que acopiaba el fraile para los nidos que
él propio hacía á los canarios, y he ahí su ocupación favorita en el mes de
Marzo. Por ella renunciaba algunas tardes al paseo, y entre sus libros, que
aunque pocos, eran todos divinos, el único profano era la famosa Explicatión del modo de criar los canarios y aparearlos.
Su mayor gusto era sacar una gran porción, todos de distintos mati­
ces, y hacer con ellos regalos á sus compañeros y á sus amigos.
En la manga le he visto yo llevar los recién nacidos cuando iba de pa­
seo y en su celda los alimentaba con bizcocho y yema de huevo.
Ese mismo fraile hacía con mucho primor las jaulas y las ratoneras
de alambre, y tenía otras muchas habilidades; pero guardaba el mayor
secreto acerca de todas ellas, porque decía que no quería que abusasen
haciéndole el barro del convento.
En los Jerónimos, sin embargo, no se conocía ese cargo gratuito,
porque todos eran señores, servidos por muchos criados y mozos de mulas, que las tenían famosas; tan gordas, lucidas y arrogantes, que pare­
cían pertenecer á una raza nueva, capaz de dar celos á los más hermosos
corceles.
Cuando llegue el cuadro délas elecciones en 1 8 0 0 y veamos á los re­
verendos marchar al capítulo sobre sus poderosas cabalgaduras, tenemos
seguridad de dar envidia á los muleteros más afamados.
Por ahora, no sólo dejamos de hablar de ellas, sino que hasta abando-

A Y E R , HOY Y MAÑANA

127

namos la comunidad de los Jerónimos antes de que llegue la hora del re­
fectorio; pues si es día en que la tablilla reza salmón, nos harán comer uno
entero, ó una ternera, si este fuese el extraordinario.
Saldríamos asimismo á frasco de vino por barba y á dos libras de
arroz con leche por cabeza, y aunque á nadie y menos á los convidados
obligaban á comer toda la ración, siempre es mal visto dejar sobrante en
el plato.
Somos por otra parte algo sobrios y con una cucharada de sopa tene­
mos bastante. Y para esto no hay mejor mesa que lo que sobre de la de
nuestro seráfico padre San Francisco de Asís.
Los pobres frailecitos, que para dar por Dios tienen que pedir por Dios,
no nos negarán un pedazo de pan y una cucharada de sopa, cuando den
á los pobres la que haya sobrado de su pobre mesa.
Déjate querer, lector, y si anoche te dieron de cenar los hermanos de
la ronda de pan y huevo, hoy te darán de comer los frailecitos mendi­
cantes.
En éstos es más de agradecer cualquiera cosa, porque para darlo han
tenido necesidad de pedirlo; y si no hubieran mendigado, ni ellos ni los
pobres hubiesen comido.
Pero no perdamos el tiempo, que han dado las doce y media y ya es
casi la hora de repartir la bazofia.

CUADRO XVI
LA SOPA BOBA

Arroz á la milanesa, á la veneciana, á la genovesa, á la certosina;
macarrones á la napolitana, en caldo y accomodati; paparelle á la boloñesa, á la florentina y á la romana; raviolí de placer, accomodati y en
caldo; Pantriti, Trippe, Lasagne, etc., etc., etc.; los italianos han inven­
tado un número de sopas tan considerable, que en Milán, en Xápoles y
en Eoma, la fonda cuya lista no ofrece ciento cincuenta sopas variadas es
reputada y tenida en menos que un mal bodegón español.
Cierto es que semejante lujo de entrada corresponde perfectamente al
del centro y á las salidas, puesto que saben servir las chuletas de trescien­
tas veinticinco maneras distintas, y cuando llega la hora de los postres
sólo en quesos presentan más variedades que bayonetas el czar de Kusia.
Y nada tiene de particular que así suceda si se atiende á que todos los ita­
lianos, desde el jefe de cada pueblo hasta el último ciudadano, hacen gala
y gala legítima de poseer algunos conocimientos culinarios. Todos tienen
más ó menos arranques de cocineros, y un ministro de Estado creería
hacer un desaire al cuerpo diplomático extranjero si al darle un convite
no le presentara un plato hecho por sus propias ministeriales manos.
Tantos ingenios, y algunos de primera calidad, consagrados á una
ciencia que aunque complicada es fácil y agradecida, no podían dejar de

129

AYER, HOY Y MAÑANA

producir una revolución de importancia en ella, y así no es de extrañar
que el rey de Ñapóles tenga un cocinero que al solicitar la honra de
apellidarse Real, hiciese mérito de saber confeccionar tantas sopas dis­
tintas como días tiene el año.
Pero ya se ve, como no hay nada completo en este mundo, ni cocinero
que pueda asegurar que no hay una salsa nueva fuera de las de su reper­
torio, y siempre se ha dicho que «la liebre salta donde menos el cazador
piensa,» resulta que en España, en el país de las tres sopas, la de ajo, la de
hierbabuena y el arroz á la valenciana, es donde podemos declarar venci­
do al cocinero Real de Nápoles, diciéndole con orgullo que «al maestro,
cuchillada.»
Y cuchillada para la que no tiene defensa, porque yo, que he visto la
lista de sus trescientas sesenta y cuatro sopas y hasta he comido la que
tiene de reserva para los años bisiestos, sé que no conoce ni aun por el
forro de la sopera nuestra antiquísima sop>a boba; ignorancia imperdona­
ble en un hombre de ciencia, que maneja la química culinaria con tan
buen éxito y en tan grande escala; ignorancia que podría muy bien costarle la plaza real que hoy sirve si llegase á oídos de la Majestad Napoli­
tana.
Valiera más que desconociese la manera de hacer todas las sopas de
su catálogo y supiese confeccionar la boba. Porque preparar cada día del
año una salsa distinta, sin que ninguna de ellas tenga la menor influencia
sobre los convidados, tiene menos mérito que el hacer siempre una misma
y producir con ella distintos efectos.
Ninguna de las sopas italianas sirve para otra cosa que para halagar
la vanidad de los anfitriones, al paso que la nuestra, la boba, la que con
el nombre humilde ó despreciativo de bazofia se daba gratis á la puerta
de los conventos, se jubiló años atrás con el orgullo y la gloria de haber
sido una de las primeras influencias de su país.
La sopa boba, lector, fué la madre de muchos de nuestros más grandes
liombres, y bien haría la Academia de Jurisprudencia en erigirle una
estatua, y no de piedra ni de bronce, sino de oro finísimo, para mejor
expresar lo mucho que la debe.
Acércate á esas universidades de Salamanca, de Alcalá y de Valladolid y pregunta qué vida hicieron los más aventajados alumnos de ellas.
Haz que te digan por qué los hijos de las primeras casas de España
tenían á gran honra ostentar en el sombrero de picos una cuchara de
madera.
Infórmate del paradero de aquellos estudiantes sopistas, que hacían
gala de no tenerla en cosa alguna, y sabrás que el uno murió siendo
ministro de Gracia y Justicia, el otro llegó á Presidente del Supremo de
T omo 1

9

130

ANTONIO FLORES

Castilla, y que la Iglesia, las letras y las armas han debido sus mejores
paladines á los parroquianos de la llamada sopa boba que se daba gratis
en los conventos.
Pero no preguntes nada si quieres saberlo todo, porque cuadros habrá
en esta obra para los estudiantes de ayer, que son los únicos estudiantes
del siglo, y en ellos sabrás algo y aun algos más de lo que tú deseas.
Y en cuanto á la sopa, con remitirte al famoso Fray Melitón, creación
preciosa del eminente autor del Don Alvaro ó la fuerza del sino, ó á otra
comedia más antigua aún, del maestro León, cuyo título no recuerdo, te
lo habría dicho todo.
Oblígame, sin embargo, á continuar este cuadro, primero, la circuns­
tancia de haberle empezado, y segundo, el compromiso en que me hallo
de concluirlo, no siendo poca parte á decidirme el haber ofrecido en el
anterior llevar á los lectores á tomar una ración de sopa.
,Y quien sabe si fiados en mi palabra no han encendido lumbre en
sus casas, y con la cuchara en la mano esperan que les enseñe el camino
del convento! »
Así están todos los pobres que hay delante de la portería de San Fran­
cisco.
Ninguno ha encendido lumbre en su casa; todos están como aquel
estudiante que para dar á entender á un compañero la imposibilidad en
que estaba de darle de comer, le dijo: «En el fogón ce mi cocina tengo
puesto á enfriar el botijo.»
Ni cocina tenían ni casa la mayor parte de los infelices que con un
puchero ó una cazuela debajo del brazo y aun sin nada á veces, esperaban
desde las once de la mañana á que diese la una de la tarde para recoger
las mezquinas sobras de la pobre mesa de los Franciscanos.
En ese tiempo habían ido llegando al convento varios legos con la
alforja al hombro llena de caridades del vecindario.
La caridad del tahonero, la de la verdulera, la del carnicero, la del
tendero, y otras muchas caridades en especie. Amen de algunas en dinero,
que aunque expresamente les estaban prohibidas por Nicolás III y Cle­
mente V, les eran toleradas, en caso extraordinario, por Martino V y
Pío IV.
La esperanza de que una parte de aquellas limosnas había de alcan­
zarles al poco rato, consolaba los desfallecidos estómagos de los infelices
mendigos, y seguían inmóviles á la puerta del convento.
A medida que se iba aproximando la hora iba creciendo el número
de los pobres, que no bajaba nunca de cincuenta ó sesenta á la puerta de
cada convento.
Empujábanse al oir los pasos del lego que se acercaba á abrir la puer-

AYE R, HOY Y M AÑ ANA

131

ta para ser los primeros en recibir la refacción, y á veces crecían tanto
las oleadas y las voces que el lego les gritaba desde dentro:
— ¡Callen, ó de lo contrario no hay sopa para ninguno!
Esta intimación les aterraba, y sólo se oía un sordo gruñido, apiñán­
dose todos en silencio para esperar, cada cual en su puesto, la salida del
cocinero.
Abríase por fin la puerta, y dos legos se presentaban en el dintel con
un gran caldero, que era saludado por un movimiento general de manos
que se alzaban en alto presentándolos cacharros en que habían de reci­
bir la sopa.
Uno de los legos, con el hábito remangado y el brazo derecho desnu­
do, empuñaba un enorme cucharón y se disponía á satisfacer el hambre
de aquellos infelices.
— ¡A mí, á mí! —gritaban todos á la vez, queriendo ser los primeros por
miedo de que se acabase la sopa antes de que fuesen los últimos.
Y el lego, alzando en alto el cucharón, les decía:
— ¡A ninguno, á ninguno, á ninguno si no callan y están con orden!
— Yo estoy quieto y callado—decía uno.
-—Y yo, y yo— repetían todos.
— Pues ¡ea!, venga un puchero.
— Yo no traigo— decía algún pobre.
— Pues quítese de en medio y no estorbe á los demás.
— ¡Que se vaya fuera!— gritaban los demás pobres.
— No tengo puchero—decía el infeliz,— pero tengo hambre.
— Pues en ese caso, apártese á un lado yr luego le dejaré arrebañar el
caldero.
— El caldero es para mí— decía otro,— me le ofreció usted ayer, padre.
— Hoy me toca á mí— replicaba un tercero,
— No, sino á mí.
— ¡A nadie, y se ha concluido!— decía el lego. Así como así, por la
avaricia de arrebañarle le arañan y le estropean todo:
— Pero si no tengo cacharro, ¿cómo voy á comer?
— Que ponga el sombrero— replicaba una voz desde el final del corro.
— Que aprenda á no ser soberbio— decía otro.— Si no tiene puchero es
porque ayer le tiró contra una esquina, incomodado porque sólo le había
tocado caldo.
— ¡Es falso!
— ¡Es verdad!
— ¡Silencio!— decía el fraile.
Y seguía echando cacillos de sopa á los pobres, que se retiraban á un
rincón á comerla.

132

ANTONIO FLORES

Alguno había que terminada la primera ración intentaba volver por
la segunda; pero le acusaban sus mismos compañeros y rara vez lograban
engañar al lego.
Otros llevaban un cacharro oculto, y allí vaciaban la ración pidiendo
otra en seguida; pero tampoco les valía ese artificio, á no ser que merecie­
se las simpatías del cocinero, el cual, aunque lego, era hombre y tenía
sus debilidades de tal.
— ¡A mí— le decía alguno,— que soy el recomendado del padre Am­
brosio!
— Aquí no hay recomendaciones que valgan— decía el lego;— y preci­
samente del padre Ambrosio, que es el más tragón....¿Por qué no le guar­
da algo de su ración?.... Nunca tiene bastante.
A medida que se iba acabando el potaje, crecía la impaciencia de los
que temían quedarse in albis, y el lego alzaba la vista para ver los que
faltaban y disminuir las raciones.
— A ese no — le decían,— que es capuchino y sólo viene los sábados
porque sabe que hay mejor sopa que en su convento.
— También usted va muchos días á los Esculapios— le replicaba el otro.
— ¡Es mentira!
— ¡Es verdad!
— ¡Silencio, silencio!
— ¡Tiene razón!— gritaba un tercero.—De poco tiempo á esta parte va
habiendo aquí mucha gente pegadiza.
— ¡Como en los otros conventos los dan bazofia!....
— No murmuren, hermanos—les decía el fraile.
— Esto no es murmurar, padre, sino que da soberbia encontrarse todos
los días con nuevos arrimones.
— Pues sea humilde, hermano; que es pecado la soberbia.
— Tiene usted razón; pero así como nosotros no vamos á las otras
casas....
— Yo hace cuatro años que no he faltado ni un d ía - decía una vieja.
— Gran puñado son tres moscas— la replicaba un viejo;— yo venía con
mi padre desde que tenía tres años, y desde entonces sigo viniendo.
— Porque usted ha sido pobre toda su vida.
— ¿Y usted no?
— No, señor— decía la vieja suspirando;— y si no hubiera muerto mi
difunto, no tendría necesidad de venir aquí.
— Bien habría hecho Dios en conservarle la vida.
— ¿Por qué?
— Toma, porque ahora tendríamos un fraile menos y una ración más.
— Hermano— decía el lego,— no tomo en boca á los frailes.

A Y E R , HOY Y M A Ñ A N A

13 ;

— ¡Si es un refrán!....
— Pues déjese de refranes, y más valiera que sacase el puchero de la
alforja. ¡Piensa que soy tonto! Ya sé que no tiene fondo y que trae debajo
una cazuela.
— ¿Sabe usted para qué hace eso?— decía un ciego.— Para sacar mucha
comida y venderla luego en los bodegones.
— ¿De veras?—decía el lego.
— No le crea usted, padre.
— Sí, señor; yo lo he visto.
— Es fácil—decía el viejo.— ¡Como usted es un ciego de conveniencia!
— Pues mire, hermano — decía el lego, —si vende la comida que nues­
tro padre San Francisco le da por caridad, para sí será el daño, porque
la limosna no se puede comprar ni vender.
— Pues aquí hay muchos que la venden y muchos que la compran
— decía una vieja.
— Callen callen— decía el lego,— que todos son á cual peor.
— Eso es, por unos pierden otros.
— ¡Miren quién habla!— decía el viejo.— ¡El de las muletas de trapo!
¡Como si no le hubiéramos visto tirarlas y salir á la plaza á echar una
suerte á los novillos!
— ¡Qué escándalo!— decía una vieja.
—¿De qué te escandalizas tú, embaucadora?.... ¡Habrá bruja!.... Tiene
ella más por qué callar que nadie, y viene aquí haciendo aspavientos.
— ¡Silencio, hermanitos!— decía el lego.
— Pero, padre, si da grima oir á estos demonios sacarse las faltas á re­
lucir, teniendo todos mucho por qué callar. Y si no, que lo diga aquel que
se retira con su pucherete, como si no tuviese qué comer en su casa.
— Y no tiene. Pues qué, ¿todos son como usted?
— ¿Qué tengo yo?
— Nada, más vale callar.
— Hable usted, hable usted.
— ¿Cuánto le ha dado usted al que se ha casado con su hija?
—¿Qué hija?
— La muda, la que iba por esas calles con la campanillita y el papel,
hasta que la hizo romper á hablar la tabernera del Campillo.
— No sé lo que usted dice.
— Pues yo sí, y sé que le ha dado usted cuarenta onzas de dote.
— ¡Qué calumnia!
— ¡Sí, mucha calumnia!
— Yaya, hermanos, callen y no ofendan á Dios murmurando— repetía
sin cesar el lego.

134

ANTONIO FLORES

Y continuaba repartiendo las últimas cucharadas de sopa, hasta que
llegaba la última y con ella la hora de adjudicar el caldero.
Momento de ansiedad que renuncio á describir y en el que no había
pensado al proponerme escribir este cuadro.
Cuadro de hambre perpetua, que se veía diariamente en todas las por­
terías de los conventos de Madrid y de otras muchas poblaciones de
España.
Cuadro desgarrador que los hombres de h o y , quisieran borrar de la
historia de a y e r , y del cual aún recibirán alguna reliquia los de m a ñ a n a .
Porque hoy aún, preciso es confesarlo, se da á los pobres públicamente
esa sopa en los conventos existentes.
Aún hoy, por una mera cuestión de forma, se acompaña esa caridad
de una ración de vergüenza y de humillación, que desvirtúa la santidad
de la limosna.
El lector puede verlo todos los días en el convento de los padres Es­
culapios.
Yo no le aconsejo que vaya, porque el placer que sienta al considerar
que en nuestro país no se conoce la muerte por hambre, se le amargará
al ver la manera con que se hace ese milagro.
Y lo sentirá tanto más, cuanto que el hacerlo de otro modo, vuelvo á
repetir, es puramente cuestión de fórmula.
El secreto dobla el precio de la limosna.

E L D E R E C H O E L E C T O R A L EN 1808

Sé franco, lector, ¿no es verdad que el título de este cuadro te alarm a
y te horripila, y que al verle te dan ganas de arrojar la obra, pesaroso de
haberla cogido en tu mano?
Di la verdad: ¿cuánto darías por tenerm e á tu lado para tirarm e del
brazo antes que m i plum a com eta el anacronism o de llevar los cuadros del
piesente al museo de lo pasado? Apostaría, seguro de ganar lo que apos­
tara, que m i ignorancia te m ueve á compasión y á risa y que, de ahora
para siempre, te dispones á no creer nada de cuanto te diga.
¡Derecho electoral en 1800! — repetirás asom brado_¡Qué ignorancia
tan supina! ¡Derecho electoral! ¿Quiénes eran los que le tenían y para qué
le usaban? ¿Acaso el m onarca para nom brar los regidores perpetuos, ó los
consejeros de Castilla, ó los alcaldes de su Real casa y corte? ¿Ó quizá
estos mismos para adm itir ó renunciar sus destinos?
No pienso hablarte, amigo lector, ni del m onarca ni de sus vasallos, ni
tampoco de los privilegiados fueristas del pueblo vascongado, cuyo censo
electoral era tan extenso que alcanzaba á todos los que tenían hogar,
siquiera no tuviesen cosa alguna que guisar en él; de donde nació el re­
frán de «nada se puede esperar de quien no tiene hogar.»
El derecho electoral á que tú habrás creído que aludo y el único que
acaso tendrás como m oneda corriente, no es una m ina nueva, denunciada

•i 36

ANTONIO FLOHES

por los hombres de ahora, sino una antigua que las gentes de ayer dejaron
abandonada después de haber hecho en ella grandes trabajos de indaga­
ción y explotación.
Cierto es que el derecho electoral de 1800 no alcanzaba á tantas per­
sonas como el de 1850; pero tampoco daba por resultado proceres y procu­
radores, ni diputados y concejales, sino ministros, generales, provinciales,
guardianes, custodios, definidores, comisarios y discretos.
Estos últimos eran los que más halagaban la vanidad del elector.
¡Oh! ¡Si siempre pudieran hallarse candidatos discretos! ¿Pero lo son
siempre las personas elegibles? ¡Quie'n sabe si algún día estaremos de
humor de contestar á esa pregunta!
Por ahora sólo podemos decir que aquellos discretos lo eran desde
luego en el nombre; lo demás... lo demás, vaya usted á averiguarlo, ¡faci­
lito es!.. Habrán muerto la mayor parte de ellos.
Pero pensando piadosamente lo serían; porque tenían obligación de
serlo, que para eso los nombraban.
El definidor definía; el custodio custodiaba; el guardián guardaba; con­
que es de presumir que el discreto lo fuera. Y si no lo era. por tal le
tenían los electores, y....«á partes contentas no hay juez querelloso.»
Si tú, lector, lo estás ahora porque aún no te he dicho qué derecho
electoral es el de que te hablo, siento decirte que no tienes razón, porque
ya la nomenclatura de los oficios elegidos te habrá impuesto de quienes
eran los electores. Inclusa la Guía de forasteros, donde hay algunos de los
segundos, en todas partes tienes ministros y generales; pero guardianes,
definidores, custodios, y sobre todo discretos, ¿los has visto en otro lugar
que en los conventos? Allí era donde estaban esas dignidades y también
los elegibles y los electores.
Los seglares no tenían nada que ver con la elección, y los frailes ha­
cían uso de su derecho como mejor les convenía sin molestar á nadie.
Así cada individuo podía decir lo de Juan Palomo, «yo me lo guiso y
yo me lo como, ) y no en balde cantaban por aquel entonces las gentes el
Tú te metiste
fraile mosteo,
tú lo quisiste
tú te lo ten.

Y tan cierto es que ellos se lo tenían, que nada castigaban con penas
tan severas como el que algún individuo de la comunidad acudiese en
queja á los tribunales seglares.
«Ora sea para pedir consejo, ora para pedir favor—decían los estatutos,
—será el religioso privado de los actos legítimos y castigado más severa­
mente á arbitrio del superior.»

AYER, HOY Y MAÑANA

137

Privábanles asimismo de voz activa y pasiva, de los oficios que tuvie­
sen, y aun los inhabilitaban perpetuamente para lo sucesivo, sin perjuicio
de ser excomulgados, ipso facto, según las circunstancias más ó menos
agravantes del recurso ante el tribunal seglar.
Desús propias sentencias no les estaba muy permitida la apelación,
y aun se castigaba como rebelde é inobediente al que se atrevía á apelar
de correcciones y penitencias ligeras, «con las cuales—decían los estatu­
tos—se les hace poco agravio.»
Emancipados en parte tan importante de la jurisdicción seglar, nada
tenía de extraño que lo estuviesen para la elección de los oficios de la co­
munidad. Ellos eran los que habían de mandar, y ellos los que habían de
obedecer, y natural era que ellos de entre ellos sacasen sus inapelables
tribunales.
La influencia seglar era un enemigo sospechoso al cual daban conti­
nuamente el quién vive en casi todos los artículos de sus constituciones.
Pedir el favor de un seglar para alcanzar algún oficio de la Orden, ó
para ser mudado de un convento á otro, les costaba la privación de la voz
activa y pasiva, ipso fado, aunque los frailes negasen y los seglares afir­
maran no haber sido solicitados por los religiosos. Y para que los superio­
res no fuesen muy escrupulosos en el castigo de esos delitos de difícil
prueba, se les conminaba con la pena de excomunión, ipso fado incurrenda, y demás que á los delincuentes en el caso de negligencia.
Los incorregibles, y lo eran los que habiendo sido tres veces conven­
cidos y castigados de un mismo pecado, siendo grave, no se hubiesen en­
mendado, eran encerrados perpetuamente en la cárcel ó quitado el hábito
para siempre y condenados á galeras, según la calidad del delito.
«Y si acaso (lo que Dios no permita)—decían los estatutos—algún reli­
gioso matare á otro ó le cortare algún miembro ó le diere veneno, sea
puesto en la cárcel con cadenas perpetuamente y todos los viernes ayune
á pan y agua, y el que fuese legítimamente convencido de haberlo pro­
curado por sí ó por otro sea castigado con la misma pena de cárcel »
Por llevar consigo ó tener en la celda piedra, palo, cuchillo ó cualquier
otra arma ofensiva eran condenados á dos meses de cárcel ó á llevar por
un tiempo determinado caparon y chías.
«Si alguno (lo que no suceda) —decían también los estatutos— fuere
denunciado en el Santo Oficio de la Inquisición y en el abjurare de levi
sea privado de los actos legítimos, y el que abjurare de vehementi quede
perpetuamente inhábil para todos los oficios de la Orden.»
Con lo dicho hasta aquí, fácilmente se comprende que, privados de la
voz activa y pasiva en las elecciones por apelar de las sentencias, y cas­
tigados con la pena del Talión, cárcel, galeras, tormento, disciplinas, ayu-

--------------------------------------------------------------------------------------- ------- —

138

ANTONIO FLORES

nos é inhabilitación para los actos legítimos y oficios clel convento por
transgresión del voto de castidad, por soborno, por descubrir secretos á
los seglares, por palabras injuriosas, por manos violentas, etc., etc,, lo es­
tarían mucho más gravemente por el delito de apostasía.
Para éste guardaban los estatutos todo el rigor, y lo que el vulgo lla­
maba simplemente ahorcar el hábito era severamente castigado.
Inocencio IV concedió autoridad á los prelados y demás frailes de la
orden de San Francisco para poder excomulgar, prender y encarcelar (si
fuere necesario) á los apóstatas ó insolentes religiosos, y ataha ó atajaba
la apostasía con el anatema, ipso facto fulminado.
Todos los frailes debían perseguir al apóstata hasta prenderle, y en
caso extremo podían invocar el auxilio del brazo seglar, sin perjuicio de
lo que disponían los estatutos con respecto á la ninguna intervención que
debían dar en sus actos á los seglares.
Privados por tantas causas del voto en las elecciones, aún había otros
frailes exceptuados por razones y motivos reservados que pocas veces era
dado adivinar ni á sus propios compañeros.
Eran, sin embargo, pocos los que dejaban de hacer uso del derecho
electoral, sobre todo para los oficios de su propia comunidad; en los ge­
nerales de la Orden hilábase más delgado y con mayor cautela.
Uno de éstos vamos á copiar en el siguiente cuadro.
Las juntas preparatorias de cada convento y de cada provincia, antes
del Capítulo general, darán una idea del provincial y del conventual.

C U A D R O XVIII

Á C A P ÍT U L O V A N LOS F R A IL E S

Dice la crónica, ó acaso dijera si de estas cosas las crónicas hablaran,
que allá, muy allá y muy adentro del riñón de Castilla, hay un pueblo
de cuyo nombre no quiero acordarme para que envidia no haya ni nadie
en menos le tenga que Cervantes tuvo á la patria insigne del noble hi­
dalgo manchego.
Había en ese pueblo su correspondiente iglesia parroquial y sus dos
ermitas, una á la entrada y otra á la salida, y amen de las ermitas y de
la iglesia dos conventos de monjas y uno de frailes.
Eran éstos algo menores en número que la mitad del vecindario, lo
cual no quiere decir que el convento fuese demasiado grande, sino que
el pueblo era muy pequeño, ó lo que es lo mismo, que los frailes no hu­
biesen parecido muchos á no haber sido los vecinos tan pocos.
Pero es el caso que á poco más de tres vecinos por barba habrían sa­
lido en el reparto, y he aquí explicado el por qué dice la crónica que el
primer edificio del pueblo era el convento.
Veíase desde todas partes y en todas direcciones, y aunque no era no­
table por su arquitectura, lo era por su extensión y por la anchurosa
huerta que tenía á la espalda. En su cultivo ejercitaban las fuerzas los no­
vicios y ganaban el pan los hermanos legos, sirviendo sus paseos de lugar

1-10

ANTONIO FLORES

de meditación y de estudio á los padres graves. Y como de estos es pre­
cisamente de los que vamos á ocuparnos, y ahora no se hallan en la huer­
ta, no tenemos por qué detenernos en ella; siendo asimismo inútil que
recorramos las demás dependencias del convento, porque difícilmente los
hallaríamos en ninguna.
Están, sin embargo, dentro del edificio; pero preocupada su mente con
asuntos de grande importancia, se han refugiado á la iglesia, donde con
fervorosas pláticas imploran la gracia del Espíritu Santo para la ardua
empresa que van á acometer.
No se trata de la elección de guardián del convento ni de la de pro­
vincial ó comisario, que todas ellas, aunque importantes, pueden llamarse
y tenerse por de escalera abajo, sino que se van á elegir nada menos que
tres prelados de plana mayor, entre ellos el general de la Orden.
Se han cumplido ya los seis años de su elección, y como pasado ese
tiempo previenen las constituciones que no haya prórroga bajo ningún
pretexto, se han publicado ya las letras y patentes convocatorias para
la nueva elección, señalando la vigilia de Pentecostés. La fijación de esa
época no ha quedado al arbitrio del general que hizo la convocatoria, sino
que ella es la designada en los estatutos de la Orden, por ser la Pascua del
Espíritu Santo, cuya sabiduría ha de iluminar á los electores.
Píase mandado, según por las condiciones está prevenido, que «donde­
quiera que se supiere del dicho Capítulo, se hagan oraciones y plegarias
á Nuestro Señor por su acierto y buen suceso, las cuales los ministros
provinciales encomienden en sus provincias para que con ellas los reli­
giosos merezcan alcanzar de Dios un buen padre y pastor.»
En el antedicho convento no sólo han tenido noticia de la elección, sino
que hay dos padres graves que deben tomar parte en ella, el uno como cus­
todio que es de la provincia y el otro como ex ministro de la Orden.
A la iglesia han asistido todos los que tienen voz y voto en las demás
elecciones, y terminada la oración se reúnen en la celda del guardián
para deliberar acerca de las cualidades de los candidatos que presentan
las diferentes provincias. Peina en esa junta preparatoria la mejor buena
fe por parte de todos y el mayor celo por el bienestar de la Orden, oyén­
dose con sumisión los consejos y las observaciones de los padres discretos,
que para estos casos justamente les viene el cargo como de molde.
Trátase de proceder con discreción, y á nadie toca tomar la iniciativa
sino á los mismos discretos; los cuales, por su parte y para las graves
cuestiones que, amén de la elección del general, van á suscitarse en el
Capítulo, tienen, asimismo obligación de asistir.
La crónica, sin embargo, nada dice de ellos hasta presentarlos en
el Capítulo como llovidos del cielo, que es precisamente como debe

AYER,

HOY Y MAÑANA

141

aparecer siempre la discreción, sin que nadie sepa por dónde ha venido.
Nada dice tampoco de lo que pasó en aquella junta preparatoria, á
causa sin duda de que el cronista no tuvo voz ni voto en ella, y se limita
á acompañar en su viaje al ex ministro y al custodio. Para ellos estaban
aparejadas las dos soberbias millas que desde muy temprano se veían en
la portería del convento, y con ellos también debía ir un macho condu­
ciendo las provisiones y dos mozos espolistas guiando las ínulas y el macho.
Y dice la crónica que aún no serían las nueve de la mañana de uñado
las más serenas del mes de mayo cuando los dos reverendos, aparejados
de camino con el hábito remangado y los sombreros envueltos en una
funda de hule negro, llegaron á la portería seguidos de toda la comuni­
dad, que con su prelado á la cabeza venía á darles la bendición para el
mejor acierto del importante derecho que iban a ejercer.
Añade también que una gran parte del vecindario les fue siguiendo
hasta más de una hora fuera del pueblo, y que apenas se vieron solos pi­
caron espuelas para alejarse un trecho de la acémila y de los mozos y en­
tablaron el siguiente diálogo:
— ¡Gracias á Dios que estamos al aire libre!— dijo el padre custodio
dando un suspiro.
— Yo creí que no se acababa nunca la dichosa consulta— repuso el ex
ministro.
— ¡Qué manera de divagar! —exclamó el custodio.— ¿Y para qué? Para
repetirnos lo que todos tenemos olvidado de puro sabido, lo que se apren­
de en el año de noviciado.
— Nuestro guardián es un pobre hombre —dijo el ex ministro.
— Fué un disparate el elegirle Yo no me llevé chasco Ya sabe usted
que me opuse por cuantos medios estuvieron á mi alcance; pero tuve que
desistir, porque ustedes todos tenían empeño en nombrarle.
— Yo lo hice porque le tenía en otro concepto; pero nunca le creí un
Santo Tomás de Aquino.
— ¡De Aquino!—exclamó el custodio riendo.— Ya quisiera ser un To­
más apóstol! Aquél por lo menos decía que para creer, ver; pero éste no
cree ni aun viendo.
— Eso consiste en que ve poco.
— No tan poco como usted cree, y bien vió la guardianía apenas murió
nuestro Juan de la Cruz. ¡Aquél sí que era todo un hombre!
— ¡Era un verdadero siervo de Dios!— exclamó el ex ministro.
— Y de los hombres— replicó el custodio;— y yo le aseguro á usted que
si ahora viviera no nos llevaran de calle los segovianos.
— ¿Cree usted que se pierde la elección?
— No doy por ella dos ochavos.

142

A N T O N IO

FLORES

— ¡Pero hombre, nos han de faltar los votos de Valladolid!
— Yaya si faltarán; en esos tengo menos fe que en los de Palencia.
— ¿Y cómo están los de Cataluña? ¿Ha tenido usted cartas ayer?
— No he tenido, pero creo que todas las provincias andan poco más ó
menos como la nuestra.
— Es decir, que habrá muchos presentados.
— Más que electores.
— Pues, señor, veremos lo que sale.
— Me temo que se la lleven los andaluces.
— ¿Por qué?
— Por lo que he dicho á usted de los segovianos; desde que vi que el
Capítulo era en Segovia y que allí apoyaban al presentado por Andalucía,
dije para mi coleto: esto va malo.
— A bien que llegaremos de los primeros y podremos ver por dónde
va el agua al molino.
— No seremos tan de los primeros.
— ¿Cómo que no? ¿Pues cuántos días piensa usted que estemos en ca­
mino?
— Hay veinte leguas; conque ya se sabe, aunque hagamos alguna jor­
nada de seis leguas, entre los descansos y una cosa y otra siempre tarda­
remos ocho días.
— Bien, ¿y qué? Llegaremos á Segovia el miércoles.
— Un día antes de lo que previenen los estatutos.
— Verdad es.
— Nada, no se canse usted, debimos haber salido cuatro días antes;
pero ya se ve, nuestro guardián lo dispuso á su modo y así ha ido ello.
— Para eso decía que apretásemos el paso y que no nos detuviéramos
mucho en los pueblos.
— No estoy de esa opinión— dijo el custodio,— y si usted es de mi modo
de pensar, ahora echaremos pie á tierra junto á esa fuente y tomaremos
un refrigerio para llegar á comer á los Ángeles.
— ¿Y hemos de hacer alto allí? Me parece una jornada muy corta.
— Son cuatro leguas y hemos salido demasiado tarde. Hay además dos
leguas de mal camino; y por otra parte, si no nos quedamos en los Ánge­
les á dormir, ¿qué otro convento de la Orden hay hasta el de San Antonio?
— Verdad es.
—Usted déjese guiar por mí. que sé mejor que nadie lo que se debe
hacer en estos casos. Fui mucho tiempo el burro del convento y no quiero
seguir siéndolo más— dijo el padre custodio, y refrenando la muía volvió
la cabeza para llamar á los mozos y les preguntó sonriendo;— ¿Qué os pa­
rece á vosotros que se puede echar á perder de lo que viene en la alforja?

A YE R , HOY Y M AÑANA

143

— Todo ello vale muy poco—contestó uno de los mozos.
— Pues ¿corno así?— preguntó el custodio alarmado.
— Porque el hermano Pascual hace lo que quiere y se empeñó en no
echar nada de lo que le dije.
— Pero en suma, ¿qué es lo que viene? Sepamos.
— Haga su reverendísima cuenta que nada ó poco menos que nada;
mucho queso, muchas manzanas y una espuerta de higos. ¡Oh! De éstos
cargó la mano. ¡Como se van pudriendo y hay tantos!....
-— Pero cosa de más formalidad, ¿qué es lo que traéis?
— Una pierna de carnero y unos solomillos de vaca fiambre, algunos
palominos y unas liebres.
— Esas vienen de milagro— dijo el otro espolista riendo.
— El milagro que hicieron estas manos cogiéndolas con los palominos
del fogón.
— Pues veamos cómo está la liebre— dijo el custodio echando pie á
tierra.— Es carne de campo y apetitosa si está bien guisada.
— De todo habrá—repuso el mozo;—ya sabe su reverendísima cómo
las gasta el cocinero.
— No guisa del todo mal, y las tortillas las hace mejor que las decan­
tadas de los frailes de Atocha de Madrid.
— También ha puesto unas cuantas.
— Pues venga una— dijo el ex ministro apeándose de su cabalgadura.
— Tome usted primero unos lomitos de liebre— le replicó el custodio.
— Tengo pocas ganas de comer.
— A mí me las abre el aire del campo.
— A mí también.
— Sí, pero usted pierde el apetito por su demasiada afición al estudio.
— Es mi mejor distracción.
— Y á propósito, ¿cómo va la obrita?
— Ya está concluida.
— ¿Y no se ha impreso aún!
— Va despacio. Ahora la tiene el provincial, que no sé á quién se la
dará para que la examine, y aprobada que sea pasará al Consejo Peal.
— No sabía yo que se necesitaban tantos requisitos.
— Así lo mandan las pragmáticas del reino.
— ¿Piensa ir á Madrid cuando se imprima?
— Precisamente.
• — Pues cuando usted vaya le daré una recomendación para un maes­
tro lector de Recoletos, grande amigo mío y hombre muy versado en co­
sas de imprenta y en ortografía. Él le pondrá los puntos y comas donde
deben ir y correrá con todo.

144

ANTONIO FLORES

El ex ministro, como habrá conocido el lector, calzaba más puntos y
comas que el custodio, y no hizo otra cosa que sonreírse, dándole las gra­
cias por el conocimiento que le ofrecía. Y llegados ambos á sentarse sobre
una piedra, junto á la cual manaba una mansa fuente, mientras sueltas
las cabalgaduras pastaban á su placer la verde hierba que les brindaba el
campo ellos comieron lo que les plugo de las provisiones que iban en las
alforjas, y descansando un largo rato volvieron á continuar el camino.
Nada de notable les sucedió en las tres leguas que anduvieron antes
de llegar al convento de los Ángeles, y allí se apearon de nuevo para ser
recibidos de sus hermanos con entrañas de caridad, según expresamente
ordenaban los estatutos de la Orden.
Advertida su llegada por el portero, corrió á avisar al religioso dipu­
tado para recibir á los huéspedes, el cual, con la mayor benignidad, les
condujo á la hospedería y les hizo servir una honesta y religiosa colación,
en cumplimiento de lo prevenido por los estatutos. Pero éstos decían asi­
mismo que á todos los huéspedes se les lavasen los pies para mejor hacer­
les conocer la caridad con que eran recibidos, y nuestros viajeros rehusa­
ron esa ceremonia, en pago quizá de la que á ellos les habían dispensado
con no exigirles la licencia para viajar que debían tener de su prelado.
La colación hubiese podido pasar por cena, y el ex ministro la halló ex­
cesiva para su habitual templanza. No así el custodio, que pretextando la
premura de llegar al Capítulo, cambió el orden de las jornadas y no vol­
vió á hacer noche donde hubiese conventos de la Orden.
De posada en posada y reunidos con nuevos frailes que iban hallando
en el camino, llegaron por fin á Segovia en la tarde del martes.

CUADRO XIX
UN C A P Í TU LO G E N E R A L

Tenía razón el padre custodio en creer que muchos otros vocales se
habrían anticipado á llegar al lugar del Capítulo.
Cuando nuestros frailes entraron en la ciudad de Segovia ya lo habían
hecho la mayor parte de los electores, y la población andaba revuelta con
la llegada de los forasteros. El convento de la Orden, edificio destinado
para la elección, estaba lleno de frailes, y otros muchos se habían hospe­
dado en los demás monasterios y en algunas casas particulares. En las dos
únicas posadas que entonces había en Segovia apenas cabían las cabalga­
duras de los frailes, y los mozos de muías, gracias á la hospitalaria condi­
ción de aquellos vecinos, no durmieron al raso. Pero aún no había anoche­
cido por completo cuando nuestras paternidades reverendísimas pasaron
por debajo del famoso acueducto y hallaron las calles llenas de gente.
Iban acudiendo muchos vecinos de los alrededores, unos por curiosi­
dad y otros por especulación, y las gentes de la ciudad no hacían memo­
ria de haberla visto nunca tan concurrida ni tan provista de toda clase
de comestibles. En el mercado se hallaba con abundancia de todo, y las
tiendas, en las que ordinariamente era excusado buscar media docena de
huevos á no haberlos encargado la víspera, estaban tan bien surtidas que
nada habría echado de menos en ellas el gastrónomo más delicado.
A medida que iban llegando al lugar del Capítulo frailes de todas las
T omo I

10

146

ANTONIO FLORES

provincias de España, iban apareciendo en el mercado los frutos de éstas,
pudiendo decirse que los comestibles se reunían también en Capítulo ge­
neral, con la diferencia á su favor de que iban á ser vocales de la asamblea
muchos individuos ultramarinos y no pocos extranjeros.
Los frailes no salían á la calle pareados como de costumbre, sino en
grupos de diez y de doce, celebrando constantemente juntas preparato­
rias y recapitulando entre sí los de cada provincia las cuestiones que ha­
bían de someter á la deliberación del Capítulo. Porque éste no tenía por
único objeto la elección del general de la Orden y las de algunos otros pre­
lados, sino que en él debían resolverse muchos puntos importantes de la
Orden en general y otros particulares de las provincias.
Ninguna de esas juntas merece, sin embargo, que nos ocupemos de
ella, y únicamente diremos algo de la general preparatoria que se verificó
el viernes en la sala capitular. Asistieron á ella todos los padres capitula­
res menos los superiores generales; y el ministro provincial de la de Segovia, que por razón de dominio le pertenecía la presidencia, dijo:
— En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: ¿Tienen sus
reverendísimas alguna cosa que deponer contra nuestro prelado general?
¿Ha llegado á su noticia que hubiese cometido algún exceso en el desem­
peño de su ministerio?
Todos los capitulares permanecieron en silencio, y repetida tres veces
la pregunta alzóse el presidente de su asiento y permitió la entrada al
prelado, que estaba aguardando en la pieza inmediata.
— En el nombre del Padre, etc.— volvió á decir al verle entrar allí.—
El definitorio ha hecho la sindicación que le previenen los estatutos y
nada tiene que deponer contra vuestra paternidad reverendísima.
Los frailes, que se habían alzado en pie al ver entrar al prelado, volvie­
ron á ocupar sus respectivos asientos, y el prelado tomó el de la presi­
dencia y fué llamando uno por uno á todos los capitulares para que le
exhibiesen las patentes y letras testimoniales que acreditasen su derecho
á tomar parte en la elección. Una junta de discretos y custodios entendía
en el examen de esos poderes, declarándoles, ipso fado, válidos ó no váli­
dos, y en ese Capítulo fueron aprobados todos, después de una ligerísima
discusión sobre algunos de ellos.
En ese mismo día y antes de la hora del definitorio se había cantado
una misa solemne y expuesto el Santísimo Sacramento, que quedó sin re­
servar hasta que se terminó el Capítulo, haciéndole guardia los religiosos.
El sábado muy de mañana confesaron y celebraron los capitulares, se dijo
la misa del Espíritu Santo y se cantó el himno Veni creator.
Ketiráronse con esto los frailes á tomar el desayuno, y pronto las cam­
panas de la iglesia anunciaron que era llegado el momento cíela elección.

AY E R, HOY Y MA ÑA NA

147

Tocios acudieron á la sala capitular, cuyas puertas se cerraron detrás
del último fraile para no abrirse hasta que la elección estuviese hecha, en
cumplimiento de lo prevenido por los estatutos, y sin darles de comer
hasta que ausente ó presente tuviese la Orden nuevo ministro general.
Empezó el acto por un sermón que predicó uno de los padres discre­
tos y cuyo tema fue la exhortación á la observancia fiel de los deberes
que cada capitular tenía en aquel grave momento. Y acto continuo el pre­
lado presidente les dirigió estas breves palabras:
— Yo os amonesto, hermanos carísimos, en el nombre de Dios, trino y
uno, á que elijáis por ministro general á la persona más benemérita, á la
que creáis más digna y suficiente para cumplir con el grave cargo que
vais á echar sobre sus hombros. Mirad que pecaréis gravemente los que
elijáis una persona indigna de servir ese cargo á mayor honra de Dios,
servicio y provecho común de los religiosos.
— Amén— respondieron todos los capitulares.
Y puestos de hinojos recibieron la absolución que les dió el prelado,
después de haber dicho la confesión general.
Volvióse á cantar el Veni creator, etc., y dichas otras varias oraciones
tomaron asiento todos, guardando el orden prevenido por los estatutos.
Los padres discretos que, como hemos dicho, eran una especie de bi­
blioteca portátil que se consultaba á cada momento, se llegaron á la mesa
de la presidencia, y el general con su acuerdo nombró seis escrutadores ó
testigos, tomándoles juramento de guardar secreto, pena de excomunión.
Después renunció su oficio y dijo sus culpas ante los vocales, haciendo
lo propio los demás frailes que cesaban en sus cargos. A esto siguió un
momento de silencio, y pasadas de mano en mano las cajas de rapé y fior
baja, estornudaron, tosieron y se arrellanaron en los asientos.
Detriís de la mesa de la presidencia, que era una de nogal magnífica
y lujosamente tallada, había un dosel con la imagen del fundador de la
Orden y seis velas encendidas. Encima de la mesa, sobre un tapete de da­
masco amarillo, había siete tinteros y otras tantas salbaderas de loza azul
con su correspondiente recado de papel y plumas, y por último, puestos
en fila, seis grandes vasos de cristal. Otras tantas eran las elecciones que
se iban á hacer, y aquéllas eran las urnas electorales.
Los escrutadores fueron los primeros á escribir su voto y echar la pa­
peleta en el vaso, y sin que precediera una palabra más todos los capitu­
lares fueron depositando su voto en la urna.
— ¿Han votado ya todos?— preguntó el presidente. Y no habiendo nadie
que reclamara, tapó el vaso con un pliego de papel y dijo:— Se va á pro­
ceder al escrutinio.
Hubo un murmullo de impaciencia que el presidente calmó tocando

148

ANTONIO FLORES

la campanilla, y hecho el escrutinio de los votos, uno de los escrutadores
se alzó en pie para proclamar al elegido. Pero lo hubo de suspender porque
uno de los capitulares, precisamente el custodio que vimos de camino,
puesto en pie y dando una cabezada á la presidencia, dijo:

—Benedicite.
— Diga su reverendísima lo que tenga por conveniente—contestó el
presidente.
—Pido que se'lea el artículo 20, capítulo 7.°, de las elecciones.
—¿Para qué?—le dijo el presidente.
—Para reclamar su observancia.
—El presidente hizo una seña al secretario escrutador y éste leyó:
«Art. 20. Y para que así los votos como los nombres de los electores
estén siempre secretos después de hecha la elección ó acabado el escru­
tinio, luego delante de todos los capitulares se quemarán las cédulas y
todos los escrutinios que se hubieren escrito, como está determinado por
el decreto apostólico, y lo mismo se debe hacer todas las veces que se ha­
llare algún yerro en el escrutinio.))
El presidente dispuso el cumplimiento de lo reclamado por el custo­
dio, y en un plato de Talavera, prendida una de ellas en las luces del
Santo, ardieron todas las papeletas y los borradores del escrutinio.
El escrutador que iba á proclamar el resultado de la elección, dijo
entre dientes al levantarse de nuevo para hacerlo:
—Ya está servida la reclamación.

—Si se hubiera hecho cuando se debía, me habría excusado de recla­
mar—dijo el custodio en voz alta.
—Minutos antes ó minutos después—replicó el escrutador en voz baja
—la derrota es la misma.
—No todos los generales duran seis años—repuso el custodio.
El presidente les rogó que guardaran silencio, amonestándoles el cum­
plimiento de los estatutos, y el escrutador dijo por ñn lo siguiente:
«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: Esta es la elec­
ción del reverendísimo padre ministro general de toda la Orden, celebra­
da canónicamente por los reverendos padres vocales de la misma, congre­
gados capitularmente, según la regla, en el presente convento de la ciudad
de Segovia, en el año del Señor de 1800, á 14 de mayo, en la cual elección
el reverendo padre N. tuvo veintiocho votos. Y yo, fray N., fraile profeso
de dicha Orden y custodio, uno de los escrutadores, en mi nombre y en el
de todos los otros que convinieron y consintieron en dicha elección, nom­
bro y elijo por ministro general de toda la dicha Orden al reverendísimo
padre fray N., en el cual la mayor parte de los votos consintió, y así lo pro­
nuncio por electo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.»

A Y E R , HOY Y M AXANA

149

Apenas terminada la proclamación del nuevo general se entonó el Te
Deum laudamus, se dió aviso para que las campanas del convento se
echasen á vuelo y todos los electores se dirigieron á la iglesia, desde don­
de pasaron al refectorio.
Fue la comida suntuosa y espléndida, como correspondía á tan grande
solemnidad, y apenas terminada y dado al cuerpo el reposo necesario vol­
vieron á juntarse en la sala de los Capítulos para continuar eligiendo los
demás cargos. Hicieron estas elecciones por el mismo orden que la ante­
rior y bajo la presidencia del nuevo general, al cual dieron obediencia y
pidieron su bendición todos los frailes.
Los nuevamente elegidos tomaron posesión de sus oficios, y el gene­
ral, con consejo de los discretos, nombró un tribunal para que examinara
las causas y negocios que se llevasen al Capítulo, presentando á la mesa
su dictamen y censura escrita para que sobre ella se abriese discusión y
fallara el definitorio. Reunióse éste al efecto por espacio de ocho días con­
secutivos, dando cima á todos los negocios que se le presentaron, siendo
algunos de poca monta y la mayor parte acusaciones de faltas leves: tales
como que el padre Fulano, sin ser jlaco n i enfermo, había dejado de ayu­
nar la cuaresma anterior, ó que el otro tal gastaba las mangas más anchas
de lo que permitía la regla, y otras impertinencias por el estilo. La más
grave fué la que presentó nuestro custodio contra el guardián de su con­
vento; pero fuese porque al nuevo general le dijesen que el acusador había
sido contrario á su elección ó porque no la hubiese podido probar en de­
bida forma, se acordó desestimarla, amonestándole para que se abstuviese
en lo sucesivo de nuevas acusaciones. Y al levantarse para protestar, no
se lo permitió el compañero, que tirándole del hábito le dijo:
— Siéntese usted y no se comprometa.
— ¿Y hemos de estar manejados por aquel hombre?
— Vendrá otro que será peor; y así como todos los guardianes lo son
para mandar, á todos los frailes nos toca obedecer.
— Pero si dicen los estatutos que los guardianes no pueden de por sí
prender ni encarcelar, ¿por qué se desestima mi acusación? Si no quieren
creer que sea cierto lo que digo, que se informen de los mismos interesados.
El presidente tocó la campanilla para imponer silencio, y el fraile que
hacía de secretario leyó la tabla del Capítulo general, especie de acta en
la que estaban resumidos los escrutinios, los asuntos que se habían so­
metido á la deliberación y el número de frailes que habían fallecido desde
el Capítulo anterior. Sacáronse copias de ella, que selladas y firmadas por
el general se remitieron con diligencia á todas las provincias de España.
Con diligencia, así decían los estatutos; ¿pero sabes tú, lector, lo que era
entonces la diligencia? No era, como ahora, un animal con ruedas, que lo

-

150

ANTONIO FLORES

mismo corre cuesta arriba que cuesta abajo, sino un animal perezoso y
tardo que no corría ni cuesta abajo ni cuesta arriba. El diligente entonces
solía ser un burro, y como ese animal siempre ha sido tan filósofo y tan
pensador, en fuerza de ir discurriendo por los caminos discurría sobre la
manera de andar y mientras tanto no andaba.
Nuestros frailes, recibida la bendición del nuevo ministro, partieron
de Segovia, y por el mismo camino regresaron al pueblo de donde habían
salido, y de cuyo nombre no quisiera acordarme. Salióles á recibir la co­
munidad toda, y en la portería recibieron un abrazo del guardián y de
cada uno de sus compañeros. En la celda del prelado les esperaba la con­
sabida agua de naranja y el chocolate, y allá fueron sin detenerse á sacu­
dir el polvo.
Por espacio de un mes no se habló en el pueblo de otra cosa que de la
vuelta de los frailes, y el Alcalde mayor, que había manifestado un gran
interés en el resultado del Capítulo, corrió á visitarlos apenas tuvo noti­
cia de su llegada.

CUADRO XX

EL P E C A D O

MORTAL

Ni el que yo haya podido cometer al empezar la publicación de esta
obra, ni el que tú estes cometiendo al leerla, ni otro alguno tuyo, mío ni
de nadie es el Pecado mortal de que voy á hablarte.
Te he dicho antes de ahora que, con permiso de la Academia por su­
puesto, hemos convenido que no sea calvo el pelón ni rabón el falto de
rabo, y ahora te digo que el Pecado mortal de este cuadro no es ni mor­
tal, ni venial, ni siquiera pecado.
Tómate la pena de seguir leyendo si quieres que pase el susto, y....figú­
rate que, es de noche.
Ni es la primera vez que te lo has figurado ni será la última. En la
época de que hablamos nada más fácil de figurar que la noche.
Tenían tantas, que era difícil marchar por ninguna parte sin tropezar
con alguna.
La primera, la más importante de todas, era la noche de los tiempos.
En ella se les habían perdido los primeros rudimentos de las ciencias, de
las letras y de las artes.
La medicina, arrullada en los brazos del empirismo y de la preocupa­
ción, dormía un sueño profundo en una noche eterna.
La química era un feto que los teólogos no querían declarar viable, y

152

ANTONIO FLORES '

que asustado por la alarma que inspiraba su venida al mundo, apenas se
atrevía á dar señales de vida y seguía perdido en la noche de los tiempos.
Guardaba en sus entrañas las artes más preciosas y los conocimientos
más útiles á la economía animal, á las ciencias y á la industria, y una no­
che, al parecer eterna, velaba su pasado y su porvenir.
Las letras roncaban á pierna suelta olvidadas de sus antiguas glorias,
y el velo de la ignorancia, colgado en la ventana de su dormitorio, no les
dejaba ver el claro día que iba á brillar muy pronto en su horizonte.
Viejos pergaminos guardaban las más brillantes páginas de nuestra
historia, que asimismo perdida en la noche de los tiempos, al buscar la
luz de la publicidad tropezaba en las redes del Santo Oficio y quedaba
presa en sus impenetrables archivos.
Era, en suma, noche, y noche muy obscura, la que vivían todos los
conocimientos del saber humano.
Los pesados cerrojos de la ignorancia habían hecho impracticables los
balcones de la inteligencia, y las pocas luces que pretendían alumbrar
aquella noche eterna eran apagadas por el viento de la preocupación y
del fanatismo.
Ráfagas de luz consoladoras aparecían de vez en cuando en el hori­
zonte, precursoras del día que iba á rayar muy pronto; pero los que le
aguardaban con impaciencia no le veían llegar jamás, ni aún le han visto
lucir por completo.
La antorcha de la civilización no arde en un solo día ni de un solo
golpe. Su luz, en cambio, es tan duradera que no se apaga nunca. Se
oculta, como la del sol, breves momentos, pero vuelve á aparecer cada
vez más brillante y más pura y es, como aquella, inextinguible, eterna.
Los hombres de ayer apenas la vieron, los de hoy caen deslumbrados
al mirarla, los de mañana perecerán cuando dejen de verla.
La noche de los tiempos ha muerto, y los muertos no resucitan.
Del archivo de lo pasado suele la moda sacar algunos trapos viejos,
que vende por nuevos y que halagan mientras no enseñan su partida de
bautismo, pero que luego son arrojados con desprecio, con risa y con sar­
casmo.
Es demasiado lozana y joven la primavera para que pueda viajar en
compañía del achacoso invierno.
Cuando pasa el huracán tronchando los árboles más corpulentos,
la tierra queda riendo de su impotente furor y se cubre de nuevas
plantas.
Pero ayer, lector, era invierno y aún no había llegado la primavera
de la inteligencia, y si había llegado no la veían, que es lo cierto, aquellas
gentes.

A YE R , HOY Y MAÑAN A

153

Te he dicho que la noche era eterna y lo era. No tienes que hacerte
grande violencia para figurártela.
Elegiremos, sin embargo, una de verano á las nueve y en la capital de
la monarquía.
Reina una calma completa y un silencio profundo. El silencio y la cal­
ma eran síntomas constantes del estado anormal de la población.
No se oye más ruido que el desapacible canto del grillo, el rascar de
la guitarra con que el barbero entretenía el sueño, estudiando la contra­
danza de los guardias de Corps, las pisadas de la poca gente que transita
por la calle y acaso el murmullo de los tertulianos que tiene sentados el
librero á la puerta de su tienda ó el cerero á la de la suya.
En la de este último hay dos ó tres capellanes, el sacristán de la pa­
rroquia y algún criado de palacio; todos parroquianos de importancia,
grandes consumidores de luces. Y sin embargo, están á obscuras por lo
poco que alumbran las de la calle y porque el velón que arde en la tienda
está oculto detrás de la puerta.
El que luce en la librería tiene por pantalla un libro y tampoco alum­
bra á la librera ni á sus constantes tertulianos el consejero de Castilla, el
covachuelista, el erudito y un par de abates.
También á la puerta de la botica hay tertulia, pero están completa­
mente á obscuras, porque el boticario tiene tanta práctica que despacha
á obscuras cualquier medicamento que le pidan, sin equivocarse por su­
puesto, y si se equivoca....; pero no hay cuidado, él responde. Y así se lo
dice á la boticaria, al médico, al cirujano y á un capitán de guardias que
feon sus tertulianos constantes.
Como la calma de la atmósfera es grande no es el silencio pequeño, y
más convida á dormir que á estar despierto.
No tienen tampoco grandes pastos las conversaciones, y á no darse un
atracón de malilla ó de mediator y pasarse la noche jugando, no tienen
más remedio que pasarla durmiendo.
Por eso ronca la boticaria y la librera, sin que lo adviertan ni el eru­
dito ni el médico ni el abate, que suelen hacer lo propio, y todos duermen
en paz y en gracia de Dios en la corte del Sr. D. Carlos IV, rey de España
y de sus Indias por la gracia de Dios.
Los balcones están abiertos, convidando al viento á que pase adelan­
te; pero no arrojan luz alguna, salvos los casos en que la arrojan toda,
sacando á relucir los velones si el Viático acierta á pasar por la calle. En
cuyo caso también el boticario, que despacha á obscuras las medicinas
del cuerpo, saca también el velón para alumbrar al sacerdote que va á
administrar la medicina del alma.

154

ANTONIO FLORES

Pero no acontece que pase el Viático esa noche, al menos á la hora de
que hablamos, y todo sigue en calma hasta que de repente se oye á lo le­
jos un eco desagradable y lúgubre que interrumpe breves momentos el
silencio para tornarle luego más grave y profundo.
La boticaria se despierta asustada y da un brinco en la silla, el médico
se levanta precipitado y abandona la tertulia sin despedirse de nadie, el
capitán de guardias se pone pálido y el boticario siente que la lengua se
le pega al paladar.
Los tertulianos de la cerería tampoco siguen durmiendo después de
sonar aquel extraño rumor; pero los curas no dan señales de susto y el
sacristán dice sonriendo:
— Ya viene el espantamuchachos.
Vuélvese á oir el eco más prolongado que antes, y percibiéndose clara
y distintamente que le producía una voz desagradable y bronca que can­
taba algo melancólico y lúgubre.
Vuélvese asimismo á estremecer la boticaria, á palidecer el soldado y
á quedar sin aliento el boticario, sintiendo todas las gentes que van por
la calle un sudor frío que les hiela el alma.
Ciérranse de repente todos los balcones y corren á esconderse los chi­
quillos que jugaban á la puerta de las tiendas.
— ¡Que viene el Pecado mortal/— les gritan sus padres.
Y los niños meten la cabeza entre los hombros y van corriendo á ocul­
tarse debajo de las camas y de las mesas.
Y todo permanece en el más profundo silencio, hasta que al extremo
de la calle se descubren dos luces que avanzan lentamente y á compás
cada una por distinta acera.
Páranse de repente la una frente de la otra, y entonces se oye una voz
melancólica y lúgubre que canta estas palabras:
Para hacer bien y decir misas por la conversión de los que están en
pecado mortal.
Y á esa demanda contesta otra voz cantando, con tono más melancó­
lico aún que la primera, lo siguiente:
«¡De parte de Dios te aviso
que trates de confesarte
si no quieres condenarte!!!»

A lo cual replica del mismo modo la voz primera:
«¡Con una culpa que calles,
aunque digas un millón,
no habrá para ti perdón!!!»

Entonces se abrían algunas ventanas y caían al suelo algunas mo-

AYER, HOY Y MAÑANA

155

nedas envueltas en papeles, los cuales, cayendo encendidos, se veían con
facilidad.
Si alguna vez sucedía que el papel se apagaba 6 que los hombres que
llevaban las luces habían ya pasado cuando se asomaba al balcón la
criada que arrojaba la limosna, se volvía á su ama, diciéndole:
—Señora, ya van muy lejos.
—No importa—replicaba el ama,—echa los cuartos.
—Si ya los he echado, pero no los ven.
—¡Pues llámalos, demonio, no seas torpe!
Y el demonio se asomaba desaforado gritando:
—¡Eb!.... ¡ehl... Pecado mortal, venga usted acá.
El Pecado mortal alzaba la cabeza, y á fuerza de explicaciones, ayu­
dado por su linterna, lograba encontrar la limosna que le había arrojado
el demonio.
El boticario y el cerero acudían á sus respectivos cajones para dar
una limosna al Pecado mortal, que los saludaba y seguía adelante, parán­
dose de vez en cuando á pedir en voz alta que hiciesen bien por la con­
versión de los que están en pecado mortal.
La boticaria, toda asustada y temblorosa, prepara una limosna de su
bolsillo particular y se acerca con recelo á uno de los Pecados mortales,
dicie'ndole al dársela que eche una saeta. Y el Pecado mortal canta la si­
guiente:
((¡Cuántos hay en el infierno
por una culpa no más!
Tú con tantas, ¿dónde irás?

A cuya copla responde su compañero con esta otra:
((Hombre que estás en pecado,
si en esta noche murieras
piensa bien adonde fueras.»

Sucedía muchas veces que las saetas iban á dar en la parte más ñaca
del vecindario, y no parecía sino que el saetero sabía dónde vivía un
tramposo cuando, precisamente á la puerta de su casa, cantaba esta ú
otra copla parecida:
((Restituye y paga luego,
que una mortaja y no más
de este mundo sacarás.»

Ó bien que al oído le decían que allí estaba cenando algún glotón, y
por eso le echaba esta saeta:

156

ANTONIO FLORES

«La gula engruesa los cuerpos
con sus regalos profanos,
para cebo de gusanos.»

Contestando su compañero con esta otra:
«A la embriaguez se sigue
la privación del sentido,
si así mueres vas perdido.»

Ó cuando frente á la casa del usurero, precisamente á la hora en que
él apilaba sus onzas de oro, le echaban esta otra:
«Por más que el tesoro guardes
avariento, ha de llegar
la muerte y te ha de robar.»

El jugador era el que salía mejor librado, porque aunque le decían:
«El vicio del juego es
origen de muchos vicios,
que arrastra á mil precipicios,»

Le añadían esta otra:
«El que juega va á exponerse,
como no juegue con tasa,
á perder su alma y su casa.»

Y como no hay nadie que no crea hacerlo todo con tasa y moderación,
viendo el jugador que sólo era pecado mortal el jugar mucho, se conso­
laba creyendo que él jugaba poco.
Los Pecados mortales, que así llamaba el vulgo á los que, del modo
que queda dicho, corrían todas las noches las calles de la capital, eran
los individuos de la real hermandad de María Santísima de la Esperanza.
Aunque personas en su mayor parte de las más distinguidas de la
sociedad, no se desdeñaba ninguno de ellos de salir á rondar por las no­
ches con su linterna y su bolsa de cuero, y esta práctica era precisamente
una de las más importantes de la Hermandad. Porque, como dicen sus
constituciones, el principal objeto es retraer á las almas de la culpa, y
sacar á otras del abismo de ellas; para lo cual se dispuso (es el Regla­
mento el que habla) con el mejor acierto que los señores hermanos echa­
sen algunas saetas que en verso breve encerrasen u n aviso moral capaz
de despertar á los pecadores del sueño del vicio. «El silencio de la noche,
dice el citado libro, tal vez su obscuridad (no se conocía entonces ni la
luz de gas ni la chispa eléctrica) y lo solitario de algunos barrios, pro­
porciona al vicioso el logro de sus malos deseos; y ¿quién sabe si en aquel

A YE R , HOY Y M AÑANA

157

momento una voz firme y sonora que pronuncie este aviso moral, pene­
trará el corazón de aquel infeliz, y le hará retraer de su mal intento?
¿Quién sabe si Dios se valdrá del débil instrumento de nuestros hermanos
para la salvación de los otros? Por eso es muy conveniente y se practicará
como hasta aquí, mediante no se ignora que se han logrado admirables
efectos.»
La boticaria, por de contado, la noche que pasaba el Pecado mortal
por la puerta de su casa dormía mal ó no dormía, y estaba deseando que
amaneciera para ir á la iglesia.
De lo cual, y por eso dice el refrán que «no hay mal que por bien no
venga,» no se alegraban gran cosa los practicantes, entonces mancebos de
la botica, porque á buen seguro que si el ama había oído la saeta de la
gula, les hacía ayunar por fuerza.
También el cerero y hasta la librera, que por razón de oficio podía ser
algo más dura de corazón, todos temblaban más ó menos al oir las voces
de los hermanos de la Esperanza.
En cuanto á los muchachos no quedaba uno solo en pie apenas se oía
en la calle la voz del Pecado mortal, durándoles tanto el miedo, que si al
día siguiente no querían ir á la escuela, bastaba que su madre les dijera
que á la noche se lo diría al Pecado mortal, para que obedeciesen como
corderos.
Por eso el sacristán tenía razón al llamarlos espantamuchaclios, por­
que era tal el miedo que á éstos infundían, que aun cuando no pasase
nadie por la calle de día y de noche se asomaban sus madres al balcón
y decían:
— Pecado mortal, llévese usted á este chico.
No era, sin embargo, esa misión la única que desempeñaba la Her­
mandad, y aunque su objeto principal era la salvación de las almas, aten­
día no poco á la de los cuerpos, asistiendo gratuitamente á los enfermos,
pagando las dispensas de parentesco en los matrimonios, regalando bulas
de la Santa Cruzada á los pobres, y sobre todo, recogiendo mujeres para
evitarles (así lo decían los estatutos) la mala nota pública.
Pero como una de las primeras cláusulas y preceptos de la Hermandad
de la Esperanza es el secreto en todos sus actos, ni sabemos, ni diríamos
aunque supiéramos, una sola palabra más de lo que queda dicho.
Bastará añadir que la casa principal de la Hermandad conocida con
el nombre del Pecado mortal sigue hoy cerrada como lo estaba entonces,
sin que las gentes del barrio recuerden haberla visto abrir jamás.
Y sin embargo, se abre, y entran y salen las gentes y allí viven algu­
nas y no todas están en pecado mortal; y en suma, no te pese, lector, no
haber vivido ayer , porque hoy aún existe esa Hermandad y aún puedes

158

ANTONIO FLORES

verla, no en la calle, porque ya se acabaron las limosnas y las saetas;
pero si algo te ocurre, aún tienes á la puerta de esa casa, sita en la calle
del Eosal, un cepillo adonde se echan los memoriales de los que están en
'pecado mortal.
Para que te parezca venial el que he cometido al escribir este cuadro,
dale ahora mismo por terminado, y prepárate á abandonar la corte en el
inmediato.

y\\

Hoy, que las diligencias y más aún las locomotoras permiten comer
á las cinco de la tarde el pez que incauto se dejó pescar á las cinco de
la mañana sesenta leguas más allá de la corte, y mañana, que los alam­
bres ele'ctricos nos traerán el Océano á las puertas de Madrid, ó lleva­
rán Madrid á las playas del Océano, desde el asfalto de la Puerta del
Sol, se podrá hacer un viaje alrededor de España; pero ayer , que ni
el vapor ni la electricidad habían descubierto aún sus virtudes andarie­
gas; fuera de los puertos de mar no se comía más pescado fresco que
el bacalao de Escocia. Y he aquí justificada la invención del esca­
beche.
¡Oh! ¡El escabeche! Si yo fuera aficionado á las digresiones, había de
hacer una en favor de ese invento y de esa industria; pero ya llegará la
hora de escribir la última parte de esta obra, y allí vendrá bien un dis­
curso necrológico del escabeche y de las fábricas de conservas alimenti­
cias; industrias que estarán de sobra cuando sobren los caminos de hie­
rro, las vías eléctricas y los globos.
¡Oh! ¡Los globos! Los globos sobre todo. A esas águilas futuras de la
muy futura civilización les están reservadas grandes hazañas. Ellas aca­
barán con los carros y con las ínulas; exterminarán, que no será poco

J60

ANTONIO FLORES

exterminar, la raza cocheril, y harán innecesarios los ingenieros de puentes
y calzadas.
Lo único que no podrán suprimir será la policía y las aduanas.
Cierto es que en las regiones del aire no habrá alcaldes que pidan
pasaportes, pero en tierra habrá seguramente quien los dé á todo el que
viaje.
Las puertas vivirán hasta que se caigan de viejas; pero el registro no
envejecerá nunca, y si los carabineros del Resguardo no hallan un clavilefio en que montar para marchar al alcance del globo, no por eso deja­
rán de hacer el registro.
El marítimo no morirá tampoco cuando muera la marina de guerra y
la mercante, y por mucho que el globo remonte el vuelo al cruzar los
mares, puede estar seguro de que le alcanzará el Resguardo.
Hoy, por fortuna, aún hay cocheros y puentes y calzadas, siquiera de
estas últimas nos falten algunas, y estamos, á Dios gracias, al corriente
de aduanas y de policía.
De a y e r no hablemos, aunque precisamente de ayer es de lo que va­
mos á hablar, y para que el lector pueda formar una idea de cómo esta­
ban entonces las comunicaciones, no tiene que hacer otra cosa sino pen­
sar en el escabeche.
Si para hacer un viaje de unas cincuenta y nueve ó sesenta leguas
necesitaba el pez darse un baño de vinagre y aplicarse unos sinapis­
mos de pimienta negra y cubrirse las sienes con una guirnalda de laurel
y encerrarse en un cubeto de madera, ¿qué no debería hacer el hom­
bre, que vale y ha valido siempre más que el pez, cuando le ocurriera
viajar?
¿Quieres saberlo, lector? ¿Quieres saber lo que debía hacer y lo que
efectivamente hacía el español que en 1800 tenía necesidad de viajar?
Pues oye:
En primer lugar, conviene que sepas que entonces aún no estaba el
viaje comprendido en el catálogo de los placeres. Era para algunos una
necesidad, para muchos un vicio y para todos una desgracia.
Lo primero era pensarlo; lo segundo, consultarlo con los parientes y
los amigos; luego decidirlo, prepararse á hacerlo, emprenderlo, y por
último, llevarlo á cabo.
No quiero molestarte con la extensa relación de las diferentes causas
que podían producir un viaje; bastará decirte que eran pocas y todas
graves.
Con que sepas que se renunciaba una herencia por no andar treinta
leguas para tomar posesión de ella, y que los novios de pueblos distantes
entre sí diez ó doce leguas se casaban por poderes para ahorrar el viaje

AYER, HOY Y MAÑANA

161

de uno de los esposos, comprenderás que los antiguos no se movían fácil­
mente ni sin justa causa.
Éralo muy poderosa la que ocasionó el viaje de que vamos á ocupar­
nos en este cuadro, y cuyos accidentes acaso darán margen y asunto para
otros diferentes bocetos; pero no ha de faltarte nada para saberlo todo si
sigues leyendo lo que te voy contando.
Sabes ya que estamos en Madrid, y que como Madrid no era toda
España, antes que la medicina centralizadora dejase frías las extremida­
des, agolpando toda la sangre al corazón de la monarquía, para formar
una idea de ésta era preciso abandonar la corte.
Por eso te dije en el cuadro anterior que en el presente íbamos á ha­
cer un viaje.
Y como he pensado que de ir solo en mi compañía habrías de abu­
rrirte, quiero que acompañemos al limo. Sr. D. Ruperto García de Pedraza
y Pedrueza, caballero pensionado de la real y distinguida orden española
de Carlos III, del consejo de S. M. y presidente que fue de la real chancillería de Granada.
Vivía el buen señor quieto y tranquilo, retirado de los negocios públi­
cos y entregado á los cuidados domésticos de su esposa y de los hijos que
el cielo le había dado, sin que desde el último viaje que hizo á la corte
viniendo de Granada le hubiese ocurrido ni una sola vez abandonar Ma­
drid más de media hora.
Tenía tan grande amor á sus hijos, que no comprendía la vida ausente
de ellos, y aunque el varón contaba ya veinte años cumplidos, no se ha­
bía decidido á enviarle á estudiar leyes á la universidad de Salamanca ni
aun á la de Alcalá, que estaba más cerca. Y téngase en cuenta que D. Ru­
perto no deseaba para su hijo otra carrera que la de la Jurisprudencia,
como la única propia de la gente noble que no abrazaba la de la Iglesia
ó la de las Armas.
Pasaba un año y otro sin que se resolviera á poner en marcha al mu­
chacho, y aunque tenía solicitada y concedida una beca en los Verdes de
Alcalá, casi puede asegurarse que el hijo de Pedraza habría muerto do
viejo sin llegar á ser legista.
Así vivía quieto y tranquilo en una casa de la calle Real de la Almudena, cuando el diablo del movimiento, tomando la forma de cartero, ó
mejor dicho, la de carta, dió al traste con todo el quietismo y toda la
tranquilidad del limo. Sr. D. Ruperto García de Pedraza y Pedrueza.
El cartero no era entonces, como ahora, un prójimo cualquiera que
entra y sale tres ó cuatro veces al día en cada casa sin que su presencia
cause asombro ni infunda alarma, y teníanle, por el contrario, como un
fenómeno en nada familiar á sus semejantes.
T om o I

11

1G2

ANTONIO FLORES

Bastaba verle entrar en alguna casa para que al poco rato fuesen los
vecinos á preguntar al dueño de ella si había habido alguna novedad en
su familia, porque habían visto entrar al cartero.
No eran tampoco las cartas muy comunes, y esto no tiene nada de
particular, porque....ni se conocía aún el papel continuo ni las plumas
metálicas, ni se gastaba la tinta por cuartillos, sino empapada entre algo­
dones y con tasa, ni había, en suma, mucha gente que supiese escribir
una carta.
La ciencia de notar cartas y memoriales sólo estaba al alcance
de los letrados, de los curas y de algunos maestros de escuela.
Por eso la alarma que produjo en casa de D. Ruperto la llegada del
cartero era natural, no porque Su Señoría Ilustrísima estuviese incomu­
nicado con las gentes, pues casi todos los meses recibía alguna carta, sino
porque aquella semana no era correo de Andalucía ni de Castilla, únicas
provincias en que tenía relaciones de amistad y de parentesco, y ¡vaya
usted á saber de quién sería aquella carta!
Era, sin embargo, de Castilla, sólo que el correo había sufrido algún
retraso.
El criado pasó directamente al despacho de su señor para entregarle
la carta, y éste le dijo:
— ¿Te has enterado bien de que es para mí?
— Sí, señor.
— No tengamos la del otro día.
— Es que el otro día no leí yo el sobrescrito.
— Y hoy, ¿le has leído?
— No, señor
¿Pues no sabe Su Ilustrísima que no sé leer?
— Pero hombre, ¿ni siquiera un sobrescrito?.... Yaya, trae, veré si es
para mí.
Y caladas las antiparras, miró D. Ruperto atentamente el sobrescrito,
que empezaba por una cruz, y dijo:
— ¡Cabalito, no hay duda, es para mí! ¿Pero de quién podrá ser?
— ¿No conoces la letra?— le dijo su esposa, que seguida de los dos hijos
y alarmada por el acontecimiento acababa de entrar allí.
— Si conociera la letra no teníamos caso. El cuento es que parece de
Salamanca.
-»-Ábrela y saldremos de dudas—le dijo la esposa.
— ¿Pago al cartero?— preguntó el criado.
— Sí, hombre, págale. ¿Cuánto ha dicho?
— Dos reales y medio.
— No es cara, porque abulta mucho.
El criado salió del despacho y el hijo de D. Ruperto dijo:

AYER, HOY Y MAÑANA

163

—¿Padre, me permite su mercé abrirla?
—¿Sabrás?
—Sí, señor—repuso el joven lleno de alegría.
—¿Sin romperla?
—Sí, señor, sin romperla. ¿No se acuerda su mercé que el otro día
abrí la del tío?
—Pues toma.
El joven tomó la carta, y cuando iba á abrirla le detuvo su padre el
brazo, diciéndole:
—¡Quita de ahí, que no sabes hacerlo!
—¿Pues cómo se hace?
■—La has cogido al revés.
Cogióla el joven al derecho y rompió por fin el sobre dentro del cual
venía una carta y un manuscrito en papel sellado.
Miráronse todos sorprendidos, y D. Ruperto, que volvió la carta para
buscar la firma, leyó:
«Doctor D. Pedro Regalado Frambuesa.»
—No le conozco—añadió.—¡A que tenemos otra como la pasada!
—Léela y saldremos del paso—dijo la mujer, saliéndole á ella la cu­
riosidad por todas las coyunturas.
—Eso voy á hacer—replicó D. Ruperto.—Pero Frambuesa.... Fram­
buesa.... No me suena este nombre....—Y después de reflexionar algunos
momentos exclamó:—¡Como no sea aquel grande amigo de mi tío de quien
nos habla siempre en sus cartas!

—Ese será—dijo la esposa.
—Ahora lo veremos—replicó D. Ruperto, y leyó lo siguiente:
+
«limo. Sr. D. Ruperto García de Pedraza y Pedrueza.
»Muy señor mío y de mi mayor veneración y respeto: Celebraré que
al recibo de esta se halle Y. S. I. con la cabal salud que yo para mí deseo.
En esta su casa no hay novedad, á Dios gracias.
»Esta sólo sirve para decir á Y. S. I., que todos somos mortales, y que
nunca aparece el cristiano más digno de serlo que cuando se conforma
con las sabias disposiciones del Altísimo. El padre Almeida dice que
somos polvo y que en polvo nos hemos de convertir, y que no somos sino
basura á la hora de la muerte.»
—No sigas leyendo—interrumpió la esposa de Pedraza.—Ya me ha
dado un vuelco el corazón; tu tío se ha muerto.
—¡Calla mujer, no digas disparates! Verdad es que ya tiene mucha

164

ANTONIO FLORES

edad; pero en la última carta que escribió decía que aun se sentía
fuerte y robusto, y que la gota y el asma eran los únicos males que le
impedían ponerse en camino para conocernos, porque á la sordera ya se
había acostumbrado y no tenía miedo de viajar.
—Pues no te canses, ha muerto, me ha dado un vuelco el corazón en
cuanto has empezado á leer la carta.
Tenía el corazón de doña Hipólita, que así se llamaba la mujer de
D. Iluperto, casi tanta costumbre de volcar como nuestros conductores
de diligencias, y, lo mismo que éstos, no siempre volcaba bien. Por eso
Pedraza, antes de llorar la pérdida de su tío, siguió leyendo la carta, que
decía de esta manera:
«Sé que Y. S. I. es muy buen cristiano, educado en el santo temor de
Dios, y espero que llevará resignado la desgracia que voy á participarle á
continuación.
»Su señor tío estaba ya achacoso, ¡y qué diantre!, al cabo y al fin un
hombre de ochenta y cinco años no es ningún niño, y aunque él estaba
para vivir aún otros tantos, Dios Nuestro Señor lo ha dispuesto de otro
modo y no hay sino conformarse con su divina voluntad.
»He querido preparar á Y. S. I. antes de decirle que su señor tío falle­
ció el martes á las tres de la madrugada....»
D. Ruperto suspendió un momento la lectura para enjugarse las
lágrimas, y su esposa repetía sin cesar:
—¡No te lo decía yo!.... ¡Si, vamos, es tontería!..., ¡Cuando á mí me da
un vuelco el corazón!....
—¡Te ha dado tantos en balde!—dijo D. Ruperto.
—De manera es que no siempre se acierta; pero algunas veces....
—Valiera más que hubieras acertado siempre menos ahora.
—Pero, hombre, no te aflijas tanto y sigue leyendo.... Al cabo y al fin
tú no le conocías.
—Ya se ve que no le conocía, ni él á mí; pero ¡y la sangre!....¿Dejará
de ser un primo de mi padre?
—Eso es verdad; primo carnal.
D. Ruperto, animado por su esposa, acabó de leer la carta.
«Yo era un grande amigo suyo (dijo leyendo) y puedo asegurar á V. S. I.
que me consuela haberle visto morir como un buen cristiano. Ha llevado
todos los sacramentos, y hasta la última hora no ha cesado de encomen­
darse á Dios.
»Si hemos de creer en la remisión de los pecados, D. Facundo ha ido
derecho á la mansión de los justos. Dios Nuestro Señor le haya dado
su santa gloria si le conviene, y allá nos espere muchos años, como dicen
las gentes.

AYER, HOY Y MAÑANA

165

»En compañía del señor Rector de esta Universidad soy testamentario
de su señor tío, el cual instituye á Y. S. I. por único heredero de todos
los cuantiosos bienes que poseía, pero con una condición: la de que Y. S. I.
venga aquí á tomar posesión de la herencia y á vivir un año en Salaman­
ca, ó de lo contrario renunciar en su señor hijo, siempre que ese señor
quiera cumplir con la voluntad del testador.
»Espero que Y. S. I. se sirva decirme lo que determine, porque si, lo
que no creemos ni el señor Rector ni yo, se negase Y. S. I. á cumplir con
la voluntad expresa del difunto, nos veríamos obligados á llamar al in­
mediato heredero, que según noticias es un religioso del hábito de San
Francisco, residente en Valencia.
»Hasta recibir la contestación de V.S. I. ninguna otra cosa tengo que
decirle, sino que celebro esta ocasión de ofrecerme con toda veneración
y respeto á las órdenes de V. S. I. y de besarle atentamente sus manos
como S. S. y capellán.
»Doctor D. Pedro Regalado Frambuesa.
»De Salamanca, á 20 de marzo de 1800.»
Después de lo que hemos dicho acerca del reposo y de la tranquilidad
con que vivía D. Ruperto, no hay para qué decir qué tal efecto le haría
el contenido de la carta.
—¡Una herencia!—decía la esposa con mal reprimido alborozo.
—¡Sí, una herencia!....—repetía con amargura D. Ruperto.—Una he­
rencia que cuesta un viaje!
—Verdad es; pero amigo mío, «no hay atajo sin trabajo.»
—¡Un viaje!—volvía á exclamar D. Ruperto.
—Pero hombre, cualquiera que te oiga creerá que no has viajado
nunca.
—Pues precisamente porque he viajado sentiría tenerlo que volver á
hacer.
—¡Cómo ha de ser! ¡Cuando las cosas no tienen remedio!...;
—Sí tal; en renunciando la herencia.
—¿Y serías capaz?
—No sé lo que haré; lo que te puedo decir es que aún no me he visto
en camino; lo pensaré y hablaremos.
—No tienes que pensar en otra cosa que en ver el día que empren­
deremos el viaje. Tienes dos hijos y no puedes perjudicarles en sus
intereses.
D. Ruperto conoció que su esposa hablaba como un libro, y dando un
suspiro, le dijo:
—Vete á tu gabinete y di á D. Estanislao que me haga el favor de ve­
nir acá un momento.



166

ANTONIO FLORES

—¿Te decides á marchar?—le dijo su esposa.
—Lo voy á consultar con D. Estanislao.
Este señor era el capellán de la casa, ayo y maestro del futuro juris­
consulto, cuya necesidad de estudios mayores no futí poca parte á deci­
dir á D. Ruperto en sus proyectos de viaje.
El resultado de la consulta que hizo al capellán le verá el lector en el
cuadro próximo.

___

LAS

VÍSPERAS

DE

UN

VIAJE

Pocos fueron los argumentos que empleó el capellán de la casa para
convencer al amo de ella de que era preciso emprender el viaje, porque
en conciencia no podía dejar de hacerlo así.
D. Ruperto era un hombre muy razonable y muy amante del bienes­
tar de su familia, y pronto conoció que era indispensable ponerse en ca­
mino. Y si no se puso desde luego al día siguiente ó aquel mismo día,
que resolución tenía para todo, fue porque no oyó en aquel momento la
campana que anunciaba la salida de un tren para Salamanca.
Hubiera él nacido cincuenta años más tarde, y no habría sido de los
últimos en usar los caminos de hierro. Pero entonces las campanas no sa­
bían tocar á otra cosa que á gloria y á muerto, á excepción de las diez y
seis que tenía el reloj de San Fermín, y que cuando los monarcas bajaban
á pasear al Prado tocaban minuetes, alemandas y otros bailes de la
época. Sin embargo, esas campanas no anunciaban el movimiento como
las de los ferrocarriles, sino que por el contrario, cuando daban tres secos
tañidos para anunciar la oración de la tarde, las gentes que estaban pa­
seando se paraban, y aun hacía lo mismo el coche del monarca, alzándo­
se éste en pie con el sombrero en la mano.

163

ANTONIO PLORES

Por eso D. Ruperto, que no era sordo, pero que sin embargo no oyó la
campana del camino de hierro, que había de sonar cincuenta años más
tarde, y que para el de Salamanca Dios sabe si tardará aún otros tantos,
no pudo desde luego ponerse en camino, y tuvo que dar tiempo al nece­
sario para hacer los preparativos de viaje.
Encerrado con su esposa, solo con ella en su despacho, rogaba á Dios
que no viniera nadie á interrumpirlos; pero no se atrevió á decir á los
criados que no estaba en casa; porque esto, sobre ser una mentira de que
no convenía dar ejemplo á la servidumbre, es un desaire de invención
postuma, que entonces ni remotamente se sospechaba.
Solo con doña Hipólita el ex presidente de la chancillería de Granada,
se abrió la sesión preparatoria para acordar el programa del viaje.
Jamás general alguno, desde César el Grande hasta Napoleón el Gran­
de también, movieron sus ejércitos con tanto trabajo como costó á don
Ruperto el poner en marcha su persona y las de su familia.
Abrió la sesión de los preparativos, dando un tierno y estrechísimo
abrazo á su esposa, y luego haciéndola sentar á su lado, le dijo:
— No hay remedio, hija mía, nos vamos.
— Pues claro está —le replicó doña Hipólita.— Pero ¿á qué viene ahora
esa tristeza y ese tono melancólico? ¡No parece sino que te ha sucedido
algun mal!.... Cualquiera diría que estaban enfermos nuestros hijos.
— No lo permita Dios.
— Pues no te apures, que gracias á Dios podemos hacer el viaje con
toda comodidad, y tu hija está loca de contenta desde que se ha recibido
la carta.
— ¿De veras?
— Lo que oyes; y tu hijo también.
— ¡Pobrecillos!.... ¡Eran tan pequeños cuando salimos de Granada!....
— ¡Si vieras qué ganas tenía tu hija de hacer un viaje, desde que el
mes de enero se marchó la vecina de enfrente!
—¿Qué vecina?
— La del alcalde mayor de Toledo.
— Verdad es. ¡Pobre señora! Tuvo que ponerse en marcha antes de los
tres meses de haber parido.
— Conque— dijo doña Hipólita— ¿cuándo saldremos de Madrid?
— Para eso te he llamado; para que hablemos y lo dispongamos todo.
— Yo pronto estoy lista y tu hija también; ahora llamaré al sastre para
que nos haga dos drulletas de paño para el camino.
—No seas loca, mujer; para el camino se pone todo el mundo lo peor
que tiene. ¡No ves que el polvo y el coche lo estropean todo!
— Sí, pero acuérdate de la generala cuando hizo aquel viaje á Sevilla.

AYER, HOY Y MAÑANA

169

—Bien: la ropa es lo de menos; tiempo hay.
—¿Pues cuándo piensas que salgamos?
—Lo más pronto posible.
—Pero en ese caso, es preciso disponerlo todo hoy mismo.
—Sí, por muy de prisa que andemos, siempre se han de pasar diez 6
doce días antes de que nos pongamos en camino.
—Eso es verdad. ¿Has pensado ya en el coche?
—Si estuviera aquí el tío Domingo no teníamos que pensar en nada;
su coche era excelente. Buen movimiento y buen ganado sobre todo. Se­
ría capaz de plantarnos en Salamanca en seis ó siete días.
—Sí, pero en ese no hay que pensar; es preciso buscar algún otro.
—¿Y dónde se halla ese otro?
—No faltará: encárgalo á todos los amigos y es el mejor medio de en­
contrarlo.
—Y si no se encuentra, ¿qué hacemos?
—De manera que si el cielo se hunde, á todos nos coge debajo. ¿Pero
cómo quieres que en un Madrid, que hay de todo, falte un coche de ca­
mino para ir á Salamanca?
—¿Sabes quién me prestaría uno bueno si yo quisiera pedírselo? El
Obispo.
—Pues pídesele.
—No me gusta molestar á nadie.
—A mí tampoco, pero lo digo en el caso de que no se encuentre para
alquilarlo.
—Allá veremos. Lo que ahora interesa es que acordemos lo que se va
á hacer. Ya sabes que ám í me gustan todas las cosas con plan.
—Pero, hombre, ¿qué hemos de hacer sino buscar el coche y poner­
nos en camino?
—Eso es lo último. Antes es preciso ver si levantamos la casa, ó se
queda en ella algún criado.
—Pues ¿quién lo duda?
—¿La levantamos?
—Claro está que sí.
—¿Y te parecían mucho doce días? Ni en un mes podemos salir de
Madrid levantando casa.
—Déjalo de mi cuenta y verás cómo se arregla todo.
—¿Piensas hacer almoneda de algunas cosas?
—Ni de una hilacha.
—¡Conque es decir, que lo vamos á llevar todo! Pues se necesitan
veinte carros.
—Con dos buenos tengo bastante.

170

ANTONIO FLORES

—¿Y se encontrarán?
— ¡Pues no se han de encontrar! Cabalmente el hermano de nuestra
cocinera es ordinario de Vitoria y nos dará todos los carros que nos ha­
gan falta.
—¿Está en Madrid?
— Salió el mes pasado y le toca volver dentro de pocos días. Ya me ha
dicho su hermana que me acuerde de él.
—¿Saben ya que nos vamos?
— ¡Toma! Mientras tú consultabas con D. Estanislao, lo he dispuesto
yo casi todo.
— Eres el demonio— dijo D. Ruperto rebosando alegría.
— A estas horas—añadió doña Hipólita—ya está hecha una diligencia.
—¿La del coche?
— No.
— ¿La del pasaporte?

— Tampoco.
— Lo creo, porque eso mientras no vaya yo en persona á pedirlo al su­
perintendente de policía, no lo darán. Conque vaya, sepamos qué es lo
que has hecho.
— Te mata la curiosidad—dijo doña Hipólita sonriendo,—y te lo voy á
decir, porque si no te lo digo no lo aciertas aunque te vuelvas mico. He
mandado á casa de doña Tecla para que me haga el favor de venirse por
acá esta tarde.
—¿Y eso para qué? ¿Qué tiene que ver doña Tecla con nuestro viaje?
— ¡Friolera! Es la parte más esencial. ¿Sabes tú hacer un baúl?
— ¡Tienes razón! Y ella.... ¡toma!.... ¡ya caigo!.... Como estuvo casada
con aquel alcalde mayor que nunca paró diez años seguidos en un mismo
pueblo, debe estar muy acostumbrada á hacer baúles.
— No es sólo por la costumbre, sino que cada criatura tiene un don
particular, y doña Tecla parece que ha nacido para disponer viajes. Me ha
enseñado la bajilla de cuando se casó, sin que se la haya roto ni un plato
en más de seis viajes que ha hecho con ella.
— Pues has tenido buena idea al acordarte de doña Tecla.
— ¡Si lo que á mí se me escape!....—dijo doña Hipólita con orgullo.
—¿Conque es decir, que ya no hay que pensar en los baúles?
— Ni en nada de lo demás de la casa. Doña Tecla y yo lo arreglaremos
todo. Tú busca el coche y arregla el pasaporte, que lo demás corre de mi
cuenta. Ahora me voy á decir á los muchachos que ya está resuelto el
viaje; se van á volver locos.
Y apenas abrió doña Hipólita la puerta del despacho, cuando entraron
los dos jóvenes dando brincos y abrazando á su padre, en albricias de lo

AYER, HOY Y MAÑANA

171

que habían oído desde la puerta, donde lo habían estado escuchando todo.
El futuro legista, que á pesar de haber cumplido veinte años de edad
era aún joven futuro, hizo cien preguntas necias acerca del viaje, y por
último se salió del despacho, volviendo al poco rato con un manojo de pa­
raguas, bastones y espadines, liados con una soga de esparto crudo, y dijo:
—Padre, yo ya he liado esto. ¿Le parece á su merced que está bien?
D. Ruperto no pudo menos de sonreírse al ver la disposición que su
hijo tenía para todo, hasta para el embalaje, cosa que nadie le había en­
señado, y le dijo:
—Está bien, pero no toquéis á nada ni hagáis cosa alguna sin contar
con vuestra madre. Su merced os dirá lo que se ha de hacer.
Ofrecieron los jóvenes dar gusto á su señor padre y se salieron del des­
pacho, dejándole á solas con sus preparativos de marcha.
Fue uno de éstos, el que más sensación causó á todos, la llegada de un
escribano, que acompañado del oficial mayor de la escribanía iba allí lla­
mado por D. Ruperto para dar fe de su última voluntad.
La fe pública, que ya entonces empezaba á perderse, aunque se dejaba
ver de vez en cuando, andaba en manos de gente de buen humor, y el es­
cribano que llegó á casa de D. Ruperto era uno de los más alegres y teni­
do entre sus colegas por el más decidor y el más gracioso.
En otra casa que no hubiera sido la de un antiguo presidente de chancillería, habría entrado gastando bromas y preguntando á gritos cuántos
eran los que pensaban dejarle por heredero.
En la de D. Ruperto empezó por dejar el espadín en la antesala, y es­
peró con el sombrero debajo del brazo á que le mandasen pasar adelante.
Era D. Ruperto hombre muy á la pata la llana, como se decía enton­
ces, y pronto permitió la entrada al escribano, que haciéndole una pro­
funda cortesía, le dijo:
—Beso las manos de Y. S. I.
—Dios guarde al señor notario—le contestó D. Ruperto sonriendo.
—Acabo de recibir un recado de V. S. I.—dijo el escribano,—y he ve­
nido corriendo.
—El negocio no da tanta prisa—repuso D. Ruperto.
—Ignoro cuál sea la cuestión con que pretende honrarme V. S. I., pero
no me pesa haberme apresurado á venir.
—Muchas gracias—replicó D. Ruperto.—Se trata de una disposición
testamentaria.
—¿De algún pariente de V. S. I?
—No, señor; yo soy el que quiero testar.
—¿Es posible? ¿Se siente Y. S. I. en mala disposición?
—No, á Dios gracias.

172

ANTONIO FLORES

— Más vale así; pero como nosotros somos casi tan de mal agüero como
los sepultureros y peores que los médicos, por eso me había asustado;
pero me alegro de que sólo sea por gusto, y aplaudo la idea de V. S. I ,
porque esas cosas cuanto más antes se tengan hechas mejor. ¿Y cuándo
quiere V. S. I. que le hagamos?
—Ahora mismo si usted no tiene inconveniente.
— Servir á V. S. I. es mi mejor ocupación.
—Voy á hacer un viaje y quiero disponerme por si acaso.
— ¿Va Y. S. I. á Ultramar?
—No, señor, á Salamanca; pero mi señor padre, Dios le tenga en su
santa gloria, decía que el hombre cuando viaja no sabe de qué mal ha de
morir, y por si no muere en su cama....Crea usted que sería mi mayor
dolor morir fuera de mi casa.
— Ahora no hay cuidado en los caminos y menos en el de Salamanca.
— ¿Le conoce usted?
— No, señor; pero su señoría el alcalde, ácuyo servicio estoy ahora, ha
estudiado en Salamanca, y me ha hablado muchas veces de ese camino.
El escribano decía estas últimas palabras desarrollando unos pliegos
de papel sellado que á prevención traía debajo del brazo, y dirigiéndose
á su acólito le dijo:
■—Pergamino, ¿traes tintero?
— Sí, señor—contestó Pergamino.
— Aquí hay de todo—replicó D. Euperto.
— No importa, yo siempre lo llevo conmigo por lo que pueda ocurrir
—dijo el notario.
Y Pergamino desató una enorme escribanía de tres cuerpos y de cuerno
negro, que traía colgada del primer ojal de la casaca, y previo el mandato
de su principal, entonces llamado y tenido por amo, se dispuso á escribir
el testamento de D. Euperto. Este cerró la puerta por dentro, y no pudi­
mos oir su voluntad postuma.
Doña Hipólita, mientras tanto, andaba ocupada en recibir á doña Tecla,
que aunque de carnes enjutas y algo amojamada, teníale la vanidad tan
henchida, que no cabía en su pellejo, ni su pellejo cabía en ninguna sala.
Porque, preciso es confesarlo para que el lector no lo tome á broma,
la habilidad de hacer un baúl no era ni ha sido ni será nunca una ciencia
que exija doctorado, pero estaba entonces al alcance de pocas personas, y
no todos los que presumían de saberlo hacer lo hacían como era debido.
Y téngase en cuenta que los baúles, entonces que las cómodas se usa­
ban para guardar papeles y no ropa y que los armarios no andaban muy
abundantes, los baúles eran muy conocidos y constantemente usados en
todas las casas; pero una cosa era usarlos para guardar la ropa y otra

AYER, HOY Y MACANA

173

para que la transportasen de un punto á otro, sobre todo en un camino, en
el que podían suceder tantos accidentes. ¡Y un baúl de los que se usaban
en 1800, heredados del año 1600 y pico!....
Si el lector se ríe de que doña Tecla fuese buscada y solicitada para
hacer un baúl, es porque no ha visto ni tiene idea de lo que eran aquellos
baúles. Aquellos baúles hubiesen dejado fácilmente de serlo para servir en
clase de falúas de guerra, y la caja mayor de los coches modernos no es
tan grande como el más pequeño de aquellos cofres. Así los llamaba doña
Hipólita, y tenía doce nada menos: los de la ropa blanca, los de la de in­
vierno y la de verano, los de la de cocina y uno más para la plata labrada.
Y para que de una vez se comprenda cuál sería su tamaño y no se me
acuse de exagerado, diré que doña Tecla no pudo hacerlos sin meterse
dentro de ellos para ir recibiendo desde allí los efectos que le acercaba la
dueña de la casa. Lo mismo sucedió con las arcas de la despensa, que no
eran menores que los baúles, y había una para los garbanzos, otra para
el pan, y por último la del chocolate, que tenía tres llaves, no por privar
á los muchachos que lo comieran siempre que tuviesen gana, sino por
evitar que criasen lombrices.
Trabajando sin cesar tardaron en arreglarlo todo poco más de diez
días, durante los cuales se hizo por la noche una novena á San Rafael,
abogado de los caminantes, y en su altar de San Antonio de los Alema­
nes le mandaron decir una misa diaria hasta que se recibiesen en Madrid
noticias de la feliz llegada á Salamanca. Esta parte piadosa la dispuso
D. Ruperto, que provisto de pasaporte, tenía medio en ajuste un coche de
colleras, por el cual le pedían una onza diaria, siendo de su cuenta el man­
tenimiento del ganado y de los criados, con los demás gastos del camino.
La cuestión, como es fácil conocer, no estaba en el jornal, sino en el
número de los jornales. Claro es que era barato si gastaba dos días en el
camino, y caro si empleaba quince; pero ni esa cuenta le ocurrió á D. Ru­
perto ni al dueño del coche. Eran demasiado patriarcales aquellos tiempos
y estaban harto arraigadas la obediencia y la servidumbre para que no
se supiera que el coche iba á disposición de D. Ruperto, y que á su gusto
se harían las jornadas cortas ó largas.
Rematóse el ajuste en catorce duros diarios y la correspondiente pro­
pina, y quitado ya ese peso de encima, D. Ruperto respiró algo más tran­
quilo, pudiendo destinar algunos ratos á pensar en lo que había hecho y
en si le faltaba algo que hacer aún. Tenía corriente el testamento, listo el
pasaporte, anunciado su viaje á Salamanca y una bolsa llena de cartas
de recomendación para aquella ciudad y para todos los pueblos del trán­
sito. ¿Qué más le faltaba? ¿Arreglar el equipaje? De eso se habían encar­
gado su esposa y doña Tecla, y ya hacía dos días que estaba el portal

174

ANTONIO FLORES

ocupado por dos carros que iban cargando cómodamente
porque la prisa para viajar, decían aquellos carreteros, no la queremos;
lo que no se hace un día se hace otro, y el que anda de prisa, pronto pier­
de lo que lleva andado.
¡Ignoraban aquellos carreteros que sus hijos habían de andar en ca­
minos de hierro y ser acaso maquinistas de alguna locomotora! ¿Y sus
nietos?.... De sus nietos no hablemos aún; sigamos con D. Ruperto.
Habíase asimismo despedido de todos sus amigos, tomado la venia del
monarca y visitado uno por uno todos los conventos de monjas para que
pidieran á Dios que les diese un buen viaje.... Y después de esto, ¿qué lo
quedaba por hacer?
Lo que hizo y lo que con él hicieron su esposa y sus hijos. Hacer una
confesión general la víspera del viaje, y fijar éste para las nueve de la
mañana del siguiente día.
¿Pero durmieron aquella noche?
D. Ruperto llevaba muchas noches de mal dormir, y es fama que
durmió algunos minutos. Doña Hipólita descabezó el sueño, cosa para la
que tenía grande habilidad, y le descabezaba aunque estuviese sentada
en la punta de una lanza.
En cuanto á los hijos, si durmieron ó no, que lo diga el que recuerde
lo que hizo siendo niño la víspera de estrenar un vestido, ó la noche del
día anterior al cumpleaños de su padre, ó la víspera, en fin, de asistir
á alguna fiesta.

C U A D R O XXIII

LA

PRIMERA

JORNADA

¡Olí! ¡Cuántas incomodidades y cuántas fatigas de las que nos aguar­
dan por esos caminos de Dios habríamos de ahorrarnos, si los cortesanos
de antaño hubiesen hecho lo que los de hogaño, y puesta la catalineta en
la Puerta de Sol, hubieran atraído hacia sí á los habitantes de las demás
provincias de España!
¡Cuántos pájaros habrían acudido al reclamo de la ambición y de la
codicia, si les hubieran enseñado el cebo desde la torre más alta de la
coronada villa, que ya entonces lo era la de la iglesia de Santa Cruz!
¡Si la empleomanía y la representación nacional y las sociedades anó­
nimas y las minas hubieran madrugado veinte años más siquiera, nin­
guna necesidad tendríamos ahora de abandonar la corte para retratar las
provincias!
Ellas hubiesen venido á vernos, en vez de salir nosotros en busca de
ellas, y habríamos andado la mitad del camino, estudiando á sus re­
presentantes en las oficinas, en los cafés, en la Bolsa y hasta en el asfalto
de la Puerta del Sol. Desde ese observatorio solamente, ya lo hemos dicho
en uno de los cuadros anteriores, podríamos dar un paseo por España.
¡Pues y la prensa periódica! ¡Adonde me dejan ustedes esa poderosa
palanca de la centralización, que diariamente y apenas abre uno los ojos

[

176

ANTONIO FLORES

le hace ver de un solo golpe de vista el mundo todo, que no la Europa ni
la España!
¡Oh! ¡Si los hombres de 1800 hubiesen tropezado con la prensa perió­
dica! ¡Oh! ¡La prensa periódica! ¡La que anunció su venida al mundo es­
pañol por medio de la Gaceta y del Diario de Avisos, y del Mercurio, y
del Memorial literario/
¡Pobrecita! Entonces no se atrevía á comer cosas fuertes ni frutas de
la cosecha contemporánea, sino alimentos cosechados por sus abuelos y
substancias de fácil digestión, tales como las Efemérides del rey Wamba
y las Fábulas de Esopo. Hubiérase ella atrevido á nutrirse con manjares
más frescos, y otra habría sido su suerte. Pero era demasiado niña, y te­
níanla sus padres tan mimada, que no la dejaban comer cosa alguna que
la ensuciase la boca. Si por casualidad la permitían algún manjar moder­
no, tardaba tanto en recibirle, que ya de puro añejo tenía sabor de rancio.
La única prensa periódica que todos los años funcionaba con frutas verdes
era la que estrujaba la aceituna y la uva. En materia de prensas ese era
el único periodismo de actualidad.
Y natural era que sucediese así. Esas prensas se establecían en los
mismos campos en que se cogían los frutos, y las otras estaban trabajando
lejos, muy lejos de las fuentes que debían alimentarlas.
Por eso nada habrían adelantado los cortesanos de antaño con encon­
trar la prensa periódica criada y crecida como los de hogaño la tienen, y
asimismo habría sido inútil el reclamo de la ambición para los foras­
teros. La falta no estaba en el deseo, que muchos le tenían y no flojo, de
venir á la corte, sino en los caminos, que no se dejaban venir de nadie.
Ya hemos dicho que hasta el pez, que ni más ni menos que otros
hombres que no son peces tienen la facultad de escurrirse por cualquier
parte, necesitaba ser escurrido y rociado por el vinagre para venir á la
corte desde su provincia. *¥ i^pudiendo venir ni el pez ni la fruta ni el
mineral, claro es que el pescá^r, el hortelano y el minero no tenían pre­
texto alguno para venir á la corte.
Era indispensable lo que no podemos dispensarnos de hacer ahora:
salir de Madrid para ver á cada cual en su provincia. Pero no iremos con
D. Euperto hasta Salamanca, y sólo le acompañaremos en la primer jorna­
da; porque además de ser el suyo un viaje molesto, no podemos hacer
otra cosa que entrar y salir en Madrid, siempre por cortas temporadas.
Ni aunque quisiéramos seguirle en todo el viaje podríamos hacerlo,
so pena de alquilar una muía, porque en su coche, aunque es grande, lleva
siete personas y no todas enjutas.
El capellán y su hijo lo son algo; pero ¿y la esposa, que abulta por dos?
¿y la hija, que ya tiene la mitad más uno que su madre?, ¿y la cocinera?, ¿y

AYER, HOY Y MAÑANA

177

la doncella?, ¿y la cesta de las provisiones?, ¿y el talego de la ropa blanca?,
¿y el botiquín?
El botiquín, que como el doctor Hannemán no había descubierto aún
las petacas prodigiosas de los anisillos homeopáticos, era un cajón enorme
que contenía: doce frascos llenos de agua de melisa, de la de toronjil y
del vinagrillo de los cuatro ladrones, y veinte cajas de crémor tártaro y
de polvos de valeriana, de jalapa y de quina, y otros tantos botes con
ungüento de la madre Tecla y de la beata Clara, y todos ellos embutidos
en un colchón de hojas de sen y de flores secas de amapola, de violeta y
de malva. A la zaga del coche iban también algunas provisiones y varios
utensilios de cocina, tales como la sartén y la chocolatera; cosas ambas
no del todo inútiles, como verá el que siguiere leyendo. Y para no acre­
centar su impaciencia, le diré que ya está el coche á la puerta de la casa
y enganchadas las cuatro ínulas que han de arrastrarle por el camino, y
que ya los carros que conducen el mueblaje de la casa llevan dos horas y
media de marcha.
El piloto que ha de dirigir el rumbo de aquella nave soberana por el
tamaño, y más soberana aún por derecho de antigüedad sobre todos los
coches del mundo, es un hombre de cincuenta años largos, antiguo mu­
letero de la casa real, ex volante de la misma, ex cochero de un arzobispo
y el más experimentado calesero de su época.
Las gentes todas le miran con asombro y le oyen con pasmo narrar
las aventuras de los diferentes viajes que ha hecho, á los sitios reales en
sus buenos tiempos, á Alcalá para conducir estudiantes, á Toledo trans­
portando canónigos, á los Toribios llevando muchachos díscolos conde­
nados á azotes perpetuos con disciplinas monásticas, y por último, á Se­
villa con un oidor.... que se quedó sordo con el ruido del carruaje.
Cuantos aciertan á pasar por la calle del Sacramento, se le acercan
para preguntarle adonde dirige el rumbo; y cuando les contesta que á
Salamanca, los más le dicen si es puerto de mar, y son los menos los que
saben que tiene por todos lados un mar de tierra.
No hay nadie que envidie á las bestias, que por solo el trabajo de tirar
del coche van á tener ocasión de ver muchas tierras y de entrar en la
ciudad de los sabios; pero hay muchos que las miran con poco menos
asombro que al calesero. Y éste, lleno de orgullo, á pesar del sobresalto y
de la agitación que siente al irse aproximando la hora de la partida, no
cesa de andar de un lado para otro, observando y reconociendo hasta los
menores detalles de la operación preparatoria. Pero ya no hay por su parte
detención alguna, y cuando entra en la casa á decir al amo de ella que
todo está dispuesto para la marcha, se la encuentra desalquilada y no
halla en toda ella una sola persona á quien dar el recado.
T omo I

12

178

ANTONIO FLORES

Momentos antes los había visto á todos en traje de camino, y no
acierta á explicarse por dónde ni cómo han desaparecido á la hora crítica.
Solos están allí los cuatro escopeteros que han de escoltar el carruaje,
pero también ignoran el paradero de los señores y de los criados, y á no
ser porque una vecina dice haberlos visto entrar á todos en la iglesia á
oir la misa del capellán de la casa, ¡sabe Dios los malos juicios que habría
hecho el calesero de la formalidad de D. Ruperto!
Las palabras de la vecina vienen por fortuna á calmar la ansiedad y
las sospechas del calesero, y pocos momentos después la llegada de los
viajeros acaba de tranquilizarle.
Ya no le queda duda de que su magnífica caja montada sobre sopan­
das va á salir triunfante y erguida por la mezquina Puerta de Segovia.
D. Ruperto, contra su costumbre, pero con razón, está incomodado y
viene regañando con su esposa. ¡Figúrense ustedes si tendrá razón, siendo
ella la causa de que el ilustrísimo señor lleve cubierta la cabeza con un pa­
ñuelo de hierbas y las pantorrillas con una media blanca y otra negra!
Ella y doña Tecla, que al hacer precipitadamente el último baúl, metie­
ron en él la peluca de D. Ruperto y guardaron las medias trocadas.
—¡Es posible—la dice el angustiado señor—que no te acuerdes de que
yo siempre que he viajado me he puesto unas medias obscuras sobre las
blancas!
—De eso sí que me acuerdo—contesta doña Hipólita;—pero se me ol­
vidó al hacer el baúl y las guardé todas juntas.
—¿Y no viste que las que guardabas eran cada una de su padre y de
su madre?
—¡Como era de noche!
—¿Y la peluca?.... ¿Y la caja del rapé?—dice D. Ruperto cada vez más
angustiado.
—Ya te he dicho que todo va en los baúles; pero mira cómo no se me
olvidaron los relojes.
—¿Pues no faltaba otra cosa?.... ¿Cómo habíamos de viajar sin saber la
hora que es? Vaya, que te has portado. ¡Buen principio de viaje!
—¡Cómo ha de ser!.... Si no nos suceden otras desgracias, todo se puede v
pasar. Yo sólo siento lo de las medias; que lo demás no importa tanto.
De todos modos te hubieras puesto un pañuelo á la cabeza....Conque......
—Sí, pero llevaría la peluca para entrar con ella en los pueblos. For­
tuna que en la primer parada lo arreglaremos todo. Allí alcanzaremos los
carros y se abrirá el baúl.
—¿Y sé yo cuál es?—dijo doña Hipólita.
—¿Eso más? ¿Conque no te acuerdas dónde has puesto la peluca?
—No; pero cuando los vea todos, quizás sabré decir cuál es.

AYER, HOY Y MAÑANA

179

—¡Estamos divertidos!—exclamó D. Ruperto.
Luego, acercándose al calesero, se informó de que todo estaba listo, y
volvie'ndose á uno de los criados, le preguntó:
—¿Se ha puesto el botiquín?
—Sí, señor, ya está dentro del coche—respondió el criado.
—¿Y la ropa blanca para las camas?
—También.
—¡Dios quiera que no se haya olvidado nada!—dijo.
Y santiguándose alzó los ojos al cielo, saludó con tristeza á las gentes
de la vecindad que estaban todas á los balcones, apretó cordialmente la
mano á los muchos amigos que habían acudido á despedirle, y prece­
dido de su esposa, de sus hijos, del capellán y de las dos criadas, entró
por fin en el carruaje.
El calesero cerró la portezuela, dió orden al zagal para que cogiera la
muía delantera y se subió al pescante.
Una vez sentado en él se santiguó, empuñó el látigo y con una voz á
la Bernarda, otra á la Carmelita, un grito á la Dominica y un ¡arré, que
es tarde! á la Franciscana, puso la máquina en movimiento.
Pero no crean ustedes que en un movimiento imperceptible y blando,
sino estrepitoso y duro, hasta el punto de producir en la atmósfera más
ruido que un tren de artillería.
Por eso las gentes salían á los balcones, y por eso también antes de
llegar á la puerta mandó parar tres veces D. Ruperto, temeroso de que se
abriera el carruaje.
Dióle sobre este punto el calesero las mayores seguridades, y apenas
hubieron salido al campo, cuando D. Ruperto miró el reloj y dijo:
—Son las nueve y treinta y cinco minutos, si seguimos á este paso, á
las once ó antes quizá habremos llegado al puente de San Fernando.
El aire del campo le volvió su natural alegría, y no se ocupaba de
otra cosa que de la comodidad de sus hijos, preguntando á la niña si
sentía mareo, y procurando que el muchacho observara todos los acci­
dentes del terreno para que fuese adquiriendo alguna instrucción.
—Este era el antiguo prado de Madrid—le dijo al pasar desde la
Puerta de San Vicente á la ermita de San Antonio de la Florida.—Y esta
iglesia—añadió—hace ocho años que se ha reconstruido bajóla dirección
del arquitecto Fontana.
Los accidentes del terreno, y era el mejor trozo de los alrededores de
Madrid en 1800, eran pocos; pero como no era mucha la instrucción del
joven, su padre le llamaba la atención hacia todo lo que se veía, haciéndole
muchas explicaciones y dándole noticias muy curiosas, relativas á la Casa
de Campo, al Pardo y á cuantos sitios cruzaban ó se veían desde el camino.

180

A NTONIO FLO RES

Interrumpía de vez en cuando sus disertaciones para ver la hora en
uno de sus relojes, celebrando que no dejasen de andar con el movi­
miento del coche, y á cada brinco, que no eran ni pocos ni muy suaves,
alzaba las manos en alto, se santiguaba y decía:
—Calesero.
—¿Qué manda su merced?—preguntaba el calesero parando las muías
para hacer la pregunta.
—¿Vamos seguros?—decía D, Ruperto sonriendo, aunque sin aliento
para sonreir.
—Más que en la cama, señor—replicaba el caselero.—¿Se marean las
señoras?
—No nos mareamos—respondían todas á la vez.
—Mas vale así El coche es una alhaja; tiene un andar muy suave.
—No es malo—decía D. Ruperto, apretándose los riñones al decirlo.
—¡Es mucho movimiento el suyo!—exclamaba el calesero.
Y tenía razón: era mucho movimiento....demasiado tal vez para los
que le iban sufriendo.
—Cuando usted quiera que descansemos un rato—decía D. Ruperto
á menudo—no tiene más que avisar.
—Eso será á gusto de sus mercedes—le replicaba el caselero.—Cuando
quieran tomar un bocado me avisan, y mientras tanto se les dará un re­
suello á las bestias.
Dos leguas poco más habían andado cuando avisó D. Ruperto, y ba­
jándose todos, tendidos sobre la hierba almorzaron una tortilla y un
poco de queso.
—Esto no es íhás que un tente mozo—dijo D. Ruperto,—luego parare­
mos á comer, y por último, á cenar á la posada. ¿Llegaremos temprano?
—Sí, señor—respondió el calesero,—la jornada de hoy es corta.
Menos de una hora duró el almuerzo, y poco más de hora y media la
comida, en la cual no ocurrió nada digno de contarse, hasta que á las
cinco de la tarde llegaron á un pueblo, cuyo nombre me he propuesto ol­
vidar para evitar alusiones vecinales.
Será inútil decir que todas las gentes salían espantadas á ver el ca­
rruaje, y que los chicos marcharon detrás alborozados y contentos hasta
la posada. Ninguno de ellos cerró la boca ni movió una sola pestaña
mientras bajaron del coche los viajeros, siendo recibida con grandes car­
cajadas la papalina de doña Hipólita y la cofia de su hija, no menos que el
balandrán del cura y las desiguales pantuflas de D. Ruperto. El posadero
se quedó suspenso, como si á él no le tocara el recibimiento de ios hués­
pedes, y fué preciso que éstos le interpelasen para que saliera á medias
de su estupor.

AYER, HOY Y MAÑANA

181

—¡Como no estamos acostumbrados á ver tanta gente junta!....—fueron
las primeras palabras que les dirigió, rascándose la cabeza, abriendo la
boca más de lo necesario y sonriendo de una manera original.
—¿Pues no es esta la posada?—le dijo D. Ruperto.
—Sí, señor, y gracias á Dios sepa su merced que, aunque me esté mal
el decirlo, nunca falta gente en ella; pero...vamos al decir, ¡como sus re­
verencias no vienen tan aina!
—¡Ea! Vamos á ver, ¿qué tiene usted que darnos de cenar?—dijo el
cura.
—Según y conforme—respondió el posadero,—porque eso de cenar, va­
mos.... quiero decir que según y conforme....
—¿Pero aquí que es lo que hay?
—Aquí hay de todo—respondió con orgullo el posadero.
—¿Habrá jamón?—preguntó D. Ruperto.
—Eso sí que no puedo servir á sus grandezas, porque han de saber
usías que hogaño maté, con permiso de sus mercedes, un marrano no más,
y como acudió tanto forastero á la feria se arremató pronto.
—No importa—repuso el cura,—habrá huevos.
—¡Anda!....—exclamó la posadera, tomando parte en la conversación.
—¡Güevos!.... ¡Que si quieres! Esta mañana anduvo la boticaria tuíto el
lugar con el aquel de buscar media docena que necesitaba el boticario
para hacer una melecina, y discurro que no halló más de cuatro. ¡Pintaos
van á estar agora los guevos pa sus altezas! ¡Hogaño están las gallinas
poco poneoras, señor!.... y la metá secos.
—Pues bien: digan ustedes lo que hay.
—¡Otra!.... ¿Que qué hay?....Pus ya lo ha dicho mi marido.....Sus mer­
cedes pidan, que aquí hay de todo.
—¿Hay pollos?
—Eso sí que no sé—contestó la posadera.
Y asomándose á la puerta llamó á una muchacha y le dijo:
—Ves á ver si tiene tu madre los pollos que trujo de en ca el señor
cura, y dile si los quiere vender á unos señorones de Madril.
—¡Quiá!.... replicó la chica.—Si ayer los llevó mi padre á vender al
Pardo.
—Vaya—dijo D. Ruperto—díganos usted qué es lo que hay y será
mejor.
—¡Ea!.... ¡Pus que tie que haber!.... Hay aceite y sal y ajos, y si á sus
mercedes les gusta el perejil y la cebolla, también se buscará. Y en lo
que toca á las bestias, que es lo principal cuando se va de camino, pue­
den sus altezas estar tranquilos, porque paja más seca y más larga ni
cebaa mejor graná que la que aquí se come, ni en la casa del rey.

182

ANTONIO FLORES

—Mira, Ruperto—elijo doña Hipólita.—que hagan unas sopas de ajo;
pero ahora tomaremos un poco de chocolate.
—Eso sí que tengo siempre—replicó la posadera;—y si hubieran sus
mercedes llegado una hora antes, para todos no habría podido ser, pero
aún había un cuarterón. Y por más señas, lo acabo de gastar con un
huésped más divertío y más gromoso que tuítos los comediantes del
mundo. Y no crean sus mercedes que era un tío cualquiera, sino un se­
ñor muy aquel que va de ministro de Justicia á la ciudad.
—Nosotros tenemos chocolate de sobra—dijo doña Hipólita.
Y volviéndose á una de las criadas, la mandó que lo hiciese corriendo,
mientras ella sacaba la ropa para las camas.
La criada tardó poco en dar gusto á su señora, y ayudó después á
hacer las sopas de ajo para la cena.
Luego, junto al hogar de la cocina pusieron una mesilla de pino, y
á su alrededor se sentaron los viajeros, comiendo todos á la vez y en un
mismo plato, en la propia fuente en que se sirvió la cena, que hubiera
sido harto pobre á no haberla adornado doña Hipólita con unas lonjas de
vaca fiambre que llevaba á prevención.
Terminada la cena se retiraron á dormir, los hombres á un cuarto y
las mujeres á otro, y obligados por la necesidad á hacer cama redonda
los de cada departamento, pasaron la noche en dos piezas contiguas á las
cámaras del grano ó tal vez en los graneros mismos: había al menos junto
á las camas dos grandes montones de cebada y una gran porción espa­
rramada sobre el suelo.
El techo de las alcobas era á teja vana, pero colgado con ristras de
ajos y sartas de guindillas, y los vidrios de las ventanas no estorbaban el
paso de la luz ni el de otros cuerpos de mayor cuantía; eran más que
diáfanos invisibles, y tanto, que ni siquiera resultaban palpables.
Pero ninguno de los viajeros dejó de dormir desde las ocho que se
acostaron hasta igual hora de la mañana siguiente, en que se levantaron
para continuar el camino.
Ordinariamente no solían dormir doce horas cada día, pero tampoco
viajaban, y un viaje entonces era un estado excepcional. El viajero se de­
claraba á sí mismo fuera de la ley general de sus semejantes.
Ya lo has visto, lector; la idea de un viaje era más grave ayer para
una familia, que hoy lo es para una provincia la publicación de la ley
marcial.
D. Ruperto no quiso emprender la marcha sin oir misa, y toda la
familia asistió, en la iglesia mayor del pueblo, á la que celebró D. Es­
tanislao ayudado por el primogénito Pedraza.
Estábales aguardando el chocolate, cuando volvieron á la posada, y

AYER, HOY Y MACANA

183

aunque no se les sirvió con bollos ni azucarillos, habíanle en cambio
aromatizado con el humo del estiércol, que había servido de combus­
tible. Pero hubiera sido ese el único percance del desayuno, y no habrían
tenido razón para incomodarse, como lo hicieron todos con la posadera
al saber que les había gastado dos libras de chocolate para hacer seis ji­
caras.
Y sin embargo, la posadera no tenía la culpa, que ella era mujer muy
dispuesta y muy entendida en su oficio; pero ya se ve, quiso asistir á la
misa de los señores de Madrid, y encargó á la moza que hiciese el choco­
late, dejándola al efecto seis onzas justas.
Demasiado temió la pobre mujer que peligraba su honra chocolatera
cuando vió á la criada entrar en la iglesia y acercarse á decirle:
— Señora ama, aquello no cuaja.
— Toma—le dijo dándole una llave,— en el arca hay más chocolate.
Y aunque no se atrevió á dejar comenzada la misa á pesar de la zo­
zobra que sentía en su interior, apenas oyó el ite misa est corrió á su
casa, recibiendo en el camino un golpe mortal.
La criada volvía á decirla que aquello no cuajaba á pesar de haber
echado toda la libra, y la posadera, á pesar de serlo, lo comprendió todo.
Comprendió, y así era la verdad, que la moza había puesto dos ó tres
azumbres de agua á hervir en una cazuela, y allí, creyendo que las onzas
de chocolate eran tajadas de carne ó cosa por el estilo, las había ido
echando para cocerlas, asombrándose ( también era verdad el asombro)
al ver que no las veía apenas las echaba en el caldero.
Hubo la de Dios es Cristo, y aun la de Cristo crucificado, por aquella
torpeza; pero todo se remedió, y los señores tomaron el chocolate amar­
gado por el estiércol y por el dolor de lo ocurrido.
No pudieron entre sopa y sopa leer, según costumbre inmemorial en
la corte de España, el casi inmemorial Diario de Avisos, del cual ni me­
moria había en el pueblo; pero en cambio les sirvieron la cuenta del gasto
escrita, adelanto que asombró en gran manera á D. Ruperto.
Altos eran los precios de las partidas, pero legítimas todas éstas, y
D. Ruperto se disponía á pagar el total cuando, al mirar por segunda vez
la cuenta, llamó á la posadera y le preguntó:
— ¿Qué dice aquí, que no lo entiendo?
La posadera se echó á reir y llamó á su marido, diciéndole:
— Mira, Tiburcio, no te apesaumbres por no saber de leer ni de escri­
bir, que tampoco sabe este señor con todo de ser tan mayor y tan grande
y de vivir en los Madriles.
— Yo sí que sé leer— replicó D. Ruperto sonriendo;— pero esta letra es
mala y no entiendo una de las partidas.

184

ANTONIO FLORES

— ¡Anda, que es mala la letra— repuso la posadera,— y lo ha puesto el
maestro de escuela!
— Pues no lo entiendo.
Acercóse el cura á ver si su ayuda podía servir para descifrar el enig­
ma, y después de dar muchas vueltas al papel, dijo:
— Aquí parece que dice: por él ruido deciséis viales.
— Eso mismo leo yo; pero ¿qué quiere decir eso?
— ¡Toma! —replicó la posadera—¡Pus bien claro está! ¡Deciséis ríales!....
¡Y no es mucho! Antaño estuvieron aquí unos comediantes y pagaron decinueve ríales de ruido.
— ¿Pero qué ruido es ese?
— Pus el ruido que han hecho sus mercedes.
— ¡Si no hemos hecho más que dormir!
— No importa; en las posadas siempre se paga el ruido.
Y así era la verdad: antiguamente era más fácil conseguir rebaja en
el pienso de las bestias que en el ruido de las personas. El posadero pa­
gaba contribución por el ruido que ocasionaba al vecindario y él tenía
que exigirla á sus huéspedes.
D. Ruperto pagó el completo de la cuenta y los alfileres que le exigió
la moza, y volvió á seguir su camino.
Dios se le deje concluir en paz, que nosotros le abandonamos, aunque
no para volver á Madrid; porque ya que estamos fuera de la corte, bueno
será dar un vistazo á las aldeas.



CUADRO XXIV

LA CIENCIA DE LA ALDEA

Los muchos hijos y el poco pan enseñan á remendar; pero la tía Cice­
rona, que así llamaban en el lugar ala heroína de este cuadro, sabía echar
un remiendo y echaba muchos antes de casarse; porque el que lo hereda
no lo hurta, y su madre, que de Dios goce, fue tan gran zurcidora de ro­
pas como de voluntades, y aun por eso la llamaron la Remendona y de­
cían de ella que era tan buena para un barrido como para un fregado. El
pueblo donde la tía Remendona enterró cuatro maridos y parió veinti­
cuatro hijos, entre ellos la Cicerona, era la envidia de los lugares inme­
diatos, no por la carroza pintada de verde y amarillo que tenía para la
procesión de la Virgen, ni por la ermita de San Boque, que era toda de
piedra, ni por el paseo de álamos que había delante de la iglesia, sino por
ser patria y residencia de la tía Cicerona. No la conocían por este apodo
los envidiosos vecinos de los pueblos inmediatos, sino que la llamaban la
embaucadora y la tía Marizápalos, diciendo que no era verdad que fuese
un pozo de ciencia y un archivo de sentencias y de refranes, sino un cos­
tal de disparates y una espuerta de chismes. Pero todo esto era dictado
por la envidia de no tener en su pueblo otra mujer que sirviera para des­
calzar á la tía Cicerona en materia de refranes y de sentencias, y porque
sabían que no había mayordomo de la Virgen que se encargara de la fiesta

186

ANTONIO FLORES

sin consultar á la tía Cicerona, ni alcalde que empuñase la vara sin su
consejo, ni madre que casara á su hija sin hablar primero con ella, ni mozo
que rondara á su novia contra su dictamen; siendo público en todo el lu­
gar y en muchas leguas á la redonda que un predicador cuellierguido y
de los que en menos tiempo arrojaban más textos latinos, había tenido,
según costumbre, una conferencia con la tía Cicerona antes de subir al
púlpito y se había retirado diciendo que más que Cicerona debían de lla­
marla tía Séneca, porque sus dichos y refranes no tenían desperdicio, y
que el aprovecharía no pocos de ellos en sus sermones, porque había al­
gunos que valían un caudal para tema en las pláticas de la cuaresma.
Pues con esto que dejo dicho y con lo que ahora pienso decir, ha de
saber el lector que la tía Cicerona, viuda á los sesenta años del tercer ma­
rido, y no habiendo querido apechugar con el cuarto, porque sabía que si
el cántaro va mucho á la fuente alguna vez ha de quebrarse, y ya que de
ella no se podía decir que á la tercera va la vencida, no quería que se di­
jera lo que de su difunta madre se dijo cuando le dio calabazas el quinto
marido; y por eso y porque decía que más valen tocas negras que barbas
luengas, viuda se estaba, sin hijo ni gimió, porque aunque había tenido
no menos de diez y ocho entre varones y hembras, á todos los había ca­
sado lo más pronto que pudo, porque ella decía que á la moza con el
moco y al mozo con el bozo, y que si al que madruga Dios le ayuda, de
los adelantados es el reino de los cielos; que más vale casada arrepentida
que monja aburrida, y que de tarde casar y tarde madrugar arrepentirte
has, porque el que viejo casa mal anda. Y como ella no había cumplido
soltera los diez y siete abriles, casó á sus hijas á los diez y seis, y á los
hijos, apenas metieron mano en cántaro y salieron libres de la quinta, les
dió su bendición y unos cuantos consejos y algo de lienzo para un par de
sábanas y media docena de calcetas para la nuera, hilado el primero y
hechas las segundas por sus propias manos. Porque la tía Cicerona, aun­
que sabía remendar y zurcir como su madre, era más aficionada ála rue­
ca, y tan delgado hilaba con ella como con la lengua cuando llegaban á
pedirla un consejo, que era á todas las horas del día. Y el día de la tía
Cicerona empezaba temprano, porque en todo tiempo dejaba la cama an­
tes que se retirasen las estrellas, y ya había oído misa y matado el gusano
con un sorbo de aguardiente y un bollo de aceite cuando el alba se acor­
daba de saludar al pueblo. Todo esto en los días en que el cura no estaba
de caza ó no quería ver amanecer en la vega, porque en aquéllos nunca
madrugaba bastante la tía Cicerona para llegar á tiempo de oir misa, si
es que el cura la decía cuando cazaba, que esto no se ha averiguado aún.
Lo que de cierto se sabe es que nuestra viuda de terceras nupcias no
vivía sola, sino que la hacía compañía y aun oficios de criada una nieta

A YE R , HOY Y M AÑANA

187

como de edad de catorce años, la cual á los diez y seis sería reemplazada
por otra, yéndose ella á gobernar su propia casa y á dejarse mandar por
su marido; porque aunque su abuela la había dicho que la mujer que poco
hila siempre trae mala camisa, la había asegurado que mal anda la casa
en que la rueca manda y que hilar y callar es hacerse amar.
Juntas iban á la iglesia y juntas rezaban, porque la tía Cicerona sabía
tanto de rezos como el provisor del partido, y en cuanto al Catecismo, si
ella examinara al cura y al maestro de escuela es posible que les pusiera
en más de un aprieto. Las nietas de la Cicerona no aprendían á leer ni á
escribir, porque esto decía su abuela que para nada había de servirlas, y
lo que pudiera aprovecharlas de algo á su lado lo aprendían de coro. Al
volver de la iglesia echaba la muchacha unos sarmientos en el hogar, y
encendida la lumbre con el auxilio del pedernal, del eslabón, de la yesca
y un manojo de esparto y media docena de resoplidos, aderezaba unas
migas con algunos tropezones de solomo, y con esto y un trago de lo
añejo para su abuela, ambas se desayunaban y se ponían á hacer labor:
la nieta á remendar la chaqueta del mozo de muías, que esto de los re­
miendos seguía siendo tradicional en la familia, y la abuela á hilar su
copo de lino y á charlar con la muchacha mientras no venían á saludarla
las vecinas, á consultarla sus amores las doncellas, á ofrecerla un polvo
y recoger alguna sentencia el beneficiado y á oir sus refranes todos los del
lugar, porque la tía Cicerona, no abría la boca sin dejar caer alguno.
Pero el día en que á mí me ocurre presentarla á mis lectores, aunque
no es festivo, es extraordinario por más de una razón, que yo me sé y no
me callo, sino que por el contrario las digo todas, como verá el que si­
guiere leyendo.
— Agüela— dijo la muchacha, sentándose cerca de la tía Cicerona en
un poyo de yeso que había junto á la puerta de la calle,— ¿sabe usted lo
que dijeron esta mañana en la praza atento á la boda de la mayorazga?
— No lo sé, pero no me lo digas porque me lo figuro. Dirían que á casa
vieja puertas nuevas, ó que á buey viejo cencerro nuevo, y que pobreza
no es vileza; pero yo digo que cada oveja con su pareja, y que si has de
venir conmigo trae algo contigo, porque en casa de mujer rica ella manda
y ella grita; y si en esa boda fuera el novio el que contara más navidades
que la novia, aún se podía decir que á galgo viejo echarle liebre y no
conejo, porque eso de que la gallina vieja hace buen caldo no deja de ser
un refrán sin substancia.
No decían eso, agüela— replicó la muchacha,— sino que como el no­
vio no es del lugar, sino que es de Madril, y ella aunque tiene mucho di­
nero no ha salido en jamás de los jamases del puebro, discurren que él la
va á hacer mucha burla.

188

ANTONIO FLORES

— Esa no es razón— dijo la tía Cicerona,— porque aldeana es la gallina
y cómela el de Sevilla; y yo, si me he opuesto á esa boda y se lo he dicho
clarito á la mayorazga y á su tía, ha sido porque ella, aunque no es vieja
no es moza, que para San Miguel cumplirá los cuarenta y cinco años y él
es un chicuelo que apenas ha salido del cascarón de la madre y no tiene
sobre qué caerse muerto.
— No lo crea usted, agüela, que esotro día trujo muchos regalos á la
novia, y traiba con él un criado muy majo y los dos venían caballeros en
dos muías, que el tío Pujábante dijo que eran de lo mejor que él había
visto y que lo menos valían entrambas bestias doscientos ducados.
— Sí que valdrían, pero no serían suyas, sino alquiladas, porque en la
corte todo se alquila; y los regalos que trujo hará cuenta de pagarlos
cuando coja los patacones de la novia.
— ¿Pero no piensa usted ir á la boda, agüela? Dicen que va á ser de lo
que no han visto los nacidos.
— ¡Ay, hija, y qué poco sabes tú de bodas de rumbo! ¡Primero que lle­
gue á la mía cuando me casé con el primer marido, que de Dios goce,
mucho tiene que andar! No te digo más sino que por aquel entonces
apenas se estilaban en la corte los mantos de humo, y ya los trajeron dos
señoras principales que vinieron á mi boda, y de sólo anguarinas negras
había diez ó doce amigos de mi marido que las traían sobre sus hombros.
¡Y si me hubieras visto á mí con mi guardainfante y mi pollera debajo
de una basquiña de sarga con su ruedo, y mi jubón de seda, y mi valona
cariñana, toda rizada y prendida con alfileres! Aquello sí que era lujo, y no
ahora, que con unas capas pardas los hombres y unas sayas de añascóte
las mujeres ya está todo el gasto hecho. Pues ¡qué te diré de la comida y de
la cena que tuvimos, que aún dura en el pueblo la memoria de los manja­
res que en ella se sirvieron y de las sobras que hubo para los pobres! No te
digo más sino que cuando el cura fué á repartir con su cucharón la con­
fitura que estaba en una espuerta, le dió mi marido un medio celemín y le
dijo: «En mi boda se miden los dulces por fanegas.»
— ¡Ay, agüela! ¡Quién hubiera estado entonces allí para quedar harta!
Pero mire usted que la boda de la mayorazga no la irá en zaga á la de
usted, y debíamos ir allá.
— Mira, hija, á boda y á bautizo no vayas sin ser llamada, dice el re­
frán; que en casa del rico cuando seas requerida, y en la del necesitado
sin ser llamado.
— Pero agüela, ¡si á usted la convidaron esotro día, y aun dicen que
la novia está triste porque usted no aprueba el casamiento!
— ¿Eso dicen?
— Sí, señora.

AY E R, HOY Y MAÑANA

189

— Pues no es verdad; yo hice mis reflexiones porque me preguntaron,
y no quisiera que un mozuelo hambriento de Madrid viniera con sus
manos lavadas á comerse en cuatro días una hacienda tan saneada y tan
buena como la que le van á dar en dote, y porque si él es holgazán, todo
se lo llevará el diablo, que á do sacan y no pon presto llegan al hondón;
pero ya que ella se ha empeñado en casarse, con su pan se lo coma; suyo
es el burro y puede apearse, si quiere, por las orejas, que en ajena zaran.
da sólo su dueño manda, y cada cual hace de su capa un sayo; que lo que
come mi vecina no aprovecha á mi tripa; y si dije mi sentir fue porque
me lo preguntaron, que aunque nunca me meto en la renta del excusado,
no quiero que digan que á conejo ido, consejo venido; que aunque más
sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, más ven cuatro ojos
que dos, y yo por su bien se lo dije, que nada me echaba en el bolsillo; y
no le quiere mal quien hurta al viejo lo que ha de cenar, y quien bien te
quiere te arrancará lágrimas. A fe, á fe, que ellos se han de pasar los buenos
ó los malos ratos, que yo á mis viñas voy y de mis viñas vengo, ni salgo
ni entro, y lo que quisiera es que la mayorazga se casara bien, porque
siempre se ha dicho que crece el huevo bien batido, como la mujer con
el buen marido.
Trazas y manera tenía la Cicerona de no concluir de hablar hasta
haber soltado todos los refranes de Juan de Malara, y aun los del comen­
dador Hernán Núñez y los de Blasco de Garay, con no pocos de los de
Sancho Panza, si á atajarla en su retahila no vinieran dos hombres, de poco
más de treinta años el uno y de más de cuarenta el otro, vestidos ambos
con coleto de ante, calzón de paño pardo y media de estambre azul, ca­
potillo corto con manga y esclavina, y montera de paño con rizado de
seda y gran lazo de hiladillo negro sujetando la trenza de pelo que les
caía sobre la espalda.
— A la par de Dios— dijeron y se sentaron en el escaño de yeso en
que estaba la muchacha, aun antes de que ésta y su abuela les hubieran
devuelto el saludo.
— En nombrando al ruin de Boma, cátale que asoma— dijo la vieja,
dirigiéndose al más joven de los forasteros;— ahora mismo estábamos ha­
ciendo mención de tu prima.
— ¿Y qué decía usted? Apuesto cualquier cosa, y no pierdo, á que no
espera usted buena cosecha de esa sembradura.
— A mí no me pareció bien desde un principio; eso ya lo sabéis todos;
pero en cuanto á lo que luego será, sólo Dios lo sabe; que á las veces
donde menos se piensa salta la liebre y debajo de una mala capa se ocul­
ta un buen bebedor; porque las bodas y las voluntades son como los me­
lones, que no se sabe lo que saldrán hasta que se catan.

190

ANTONIO FLORES

— Sí, pero miste que mi prima puede ser madre del novio, porque
veinticinco años de diferencia es una disproporción muy grande,
— Si fuera al revés, que ella tuviese veinticinco años menos que él, ya
sería otra cosa, porque la experiencia es madre de toda ciencia, y por muy
corrido no es malo un marido; que siempre se dijo: el buey pazca, que la
becerrita en casa se anda, y el hombre haga ciento, mas á la mujer no la
toque el viento; aunque yo tengo para mí que en punto á bodas lo mejor
es, yo como tú y tú como yo, el diablo nos juntó.
— Por fuerza que la tía Cicerona— dijo uno de aquellos hombres, que
como el otro estaba oyéndola con la boca abierta—sabe más refranes que
el que los inventó, y que no parece sino que tiene un adivino que se los
sopla á la oreja tan á punto, que nadie diría sino que cada uno ha sido
hecho aposta pa el caso.
—De modo y de manera— replicó la Cicerona— que decirlos á tontas
y á locas y sin ton ni son, no tendría gracia, porque cada cosa á su tiem­
po y los navos en adviento; á cartas cartas y á palabras palabras, que
agua y sol, tiempo es de requesón, y sol y agua tiempo es de cuajada. No
sino soltar refranes á Deum de Deo y á caiga donde caiga, que será dar
una en el clavo y ciento en la herradura, sin tino ni concierto; que no
todo consiste en tener dinero, sino en saberlo gastar á tiempo; que si
agosto afirma, septiembre vendimia, y aunque junio madura, julio lleva
la fruta.
— Pues con tanto como sabe la tía Cicerona— dijo el más joven de los
hombres— ¿á qm no adivina lo que nos trae agora á su casa?
— ¡Como si hubiera necesidad de estudiar en Salamanca para saber á
lo que vienen, ocho días antes de la fiesta de San Eoque, el mayordomo
y el oficial del santo! Tinto y en vaso, ¡qué ha de ser sino vino! Traéis un
cesto y me ofrecéis un racimo, ¿y no he de saber que lleváis uvas? ¡Pues no
ves, hombre, que venís vestidos de fiesta y os asoma por debajo de la capa
la bolsa de las limosnas!
— Ya; pero nosotros no venimos á que nos de usted cuartos, sino á
preguntarla una porción de cosas que ignoramos atento del predicador,
que no queremos que sea como el del año pasado, que apenas echó un
latín, ni dijo cosas revesadas ni dificultosas, sino que parecía que estaba
hablando en romance, y que nos diga usted dónde hemos de ir por los
cohetes para que den buen tronío y chorreen dende el aire muchas cu­
lebrinas, y también si los novillos se han de traer de los del lado acá ó de
los del lado allá del río, porque si han de ser tan sosos y tan flojos como
los del día de la Virgen, no hay divirsión, porque el mozo más encanijao
tie mas juerza que ellos.
— Ya esperaba yo— dijo la Cicerona sin poder disimular su orgullo,



A YE R , HOY Y MAÑANA

191

que habíais de venir á preguntarme esas cosas, y todo lo tengo pensado;
de manera que hogaño será la fiesta de San Roque la más lucida de todas
aunque rabien de envidia todos los pueblos de la redonda y los muchos
señores de Madril que vengan á la junción.
— ¡No te lo decía yo!— se dijeron uno á otro el mayordomo y el oficial
del santo.— Si no hay otra tía Cicerona en denguna parte del mundo.
— ¡Ea! ¡Vamos adentro!— replicó la Sibila, alzándose en pie, sin soltar la
rueca ni dejar de morder el cáñamo,— que no quiero que si pasa alguien
se entere de lo que os digo; que secreto de muchos no es secreto de nin­
guno, y de lo que hace la mano derecha no le des cuenta á la izquierda;
y os daré también un real de vellón para la fiesta, porque el dar limosna
no amengua la bolsa.

CUADRO XXV

L A F IE S T A DEL SAN TO

No era capital de provincia, ni mucho menos, el lugar adonde nos he­
mos dirigido en el cuadro anterior, llevados de la justa celebridad de la
tía Cicerona; pero aunque no tenía más que doscientos cincuenta veci­
nos, estaba provisto de dos conventos, uno de frailes descalzos y otro de
monjas calzadas, y si bien es verdad que le faltaba escuela de instrucción
primaria, los muchachos que querían aprender á leer y á escribir podían
hacerlo con sólo andar legua y media, que no estaba más lejos la cabeza
del partido, donde además del maestro de escuela se encontraba un mé­
dico, un cirujano y una botica.
Y estos últimos elementos de la ciencia de curar eran casi tan excu­
sados como el del magisterio, porque si éste le suplían los varios maes­
tros de gramática parda que había en el pueblo, los enfermos estaban
asistidos por la tía Cicerona y alguna otra vieja curandera de las que
abundaban entonces en todos los lugares.
El convento de frailes y el de monjas suministraban gratis algunos
medicamentos y no pocas recetas infalibles contra las enfermedades más
comunes, y como por otra parte el país era muy sano, apenas se sentía la
falta del médico y del cirujano, los cuales eran muchas veces suplidos
por el tío Pujábante, que aunque por su oficio de albéitar sólo tenía obli-

193

A Y ER, HOY Y MAÑANA

gación de asistir á los animales, asistía y curaba también á sus seme­
jantes.
Unas cuantas fanegas de tierra en la vega que sólo distaba dos leguas
de la población, grandes terrenos de secano; un cacho de monte bajo y dos
ó tres rebaños que pacían en la cañada proveían á todas las necesidades
de la vida, y para comer la mayor parte de los días un tasajo de carne
de oveja y un plato de judías, con su racimo de uvas y su tajada de melón
en verano y ensalada ó una rebanada de queso en invierno, no necesitaba
el lugar de la tía Cicerona pedir nada á los inmediatos. Fuera de que para
regalarse de vez en cuando con un par de perdices, un conejo y tal cual
vez una liebre, tampoco tenían necesidad de salir del termino, y aun del
estanque que había en el convento de los frailes solía alcanzarles alguna
vez media docena de tencas y algunos barbos. Con todo esto se pasaban
allí los días y los meses sin ver un forastero, y como no había ni carre­
teras ni aun caminos de herradura, se disfrutaba una tranquilidad y un
sosiego envidiables.
Ni el rodar de los carruajes ni el galopar de los caballos turbaban el
silencio de aquellas gentes, y ni siquiera oían el látigo del postillón que
les llevaba la correspondencia una vez cada semana, porque como el lu­
gar no lo era de tránsito para ninguna parte, las postas á la ligera, que
así se llamaba á los correos que andaban á legua por hora, dejaban las
cartas, cuando las había, media legua de allí, y al lugar las llevaba el
pastor que iba á vender la leche, ó el pregonero, que era el que oficial­
mente tenía esta obligación, sin que ella le eximiera de otras muchas,
como la de tocar el manicordio en la iglesia, rapar las barbas al vecinda­
rio, y ayudar, por analogía con este último oficio, al cortador de la carne
de oveja.
Pero en la fiesta del santo titular del pueblo, que era San Roque, en la
de la Virgen de la Parra, en la del convento de frailes, y sobre todo en la
feria que se celebraba todos los años desaparecía el quietismo de la pobla­
ción, y los doscientos cincuenta vecinos daban posada á más de quinientos
forasteros y ponían sus cuadras á disposición de doscientas ó trescientas
caballerías.
Desde la primera hora de la madrugada del día que precedía al de la
función empezaban á llegar los huéspedes, á pie los hombres y en borrico
las mujeres, y todos eran amorosamente recibidos en las casas de sus
amigos y parientes, declarándose desde aquel momento la animación y
alegría en el lugar, y comenzando á repicar las campanas y aun á tronar
en el aire algún cohete, cuyo estallido producía sudores de entusiasmo y
escalofríos de risa en todas las gentes.
Ponderaban los del lugar á sus huéspedes la mano de pintura que se
T omo I

13

194

ANTONIO FLORES

había dado á la carroza de la Virgen, el enlucido ó revoque de la ermita,
el árbol de pólvora, los novillos, las enaguillas bordadas que estrenaba el
Cristo de la Aceituna y todas las demás novedades y preparativos de la
función.
En cada casa se habían preparado con dos cochuras de pan y una
de bollos, catando una tinajilla de lo añejo y moscatel si era posible; y
con esto y hacer una mala partida á tres ó cuatro gallinas de las menos
ponedoras y segar en flor el porvenir de un cerdo y el de una oveja, aun­
que no fuera al pueblo, que difícilmente dejaría de ir, el vendedor del
escabeche y se le acabara al tendero la provisión del bacalao, estaban to­
dos seguros de poder obsequiar á sus huespedes. Higos secos, garbanzos
tostados, pasas y almendras, y algo de confitura, con sus tortas de caña­
mones, hojuelas y’ alguna otra fruta de sartén, eran artículos de repos­
tería que andaban de sobra en esas fiestas, y con esto no podía faltarles
nada.
Tenían proporción y facilidad de comer antes y después de ir á la
iglesia, cuando visitaban y cuando eran visitados, en los novillos y fuera
de ellos, y aun al alzar la cabeza y abrir la boca para acompañar con un
¡ah! prolongado las luces de los cohetes solían echarse al gaznate un pu­
ñado de cañamones tostados ó dar un beso á la bota del moscatel.
Con tales preparativos y tan buenas disposiciones alejaban el mal hu­
mor, y reinaba tan á sus anchas la alegría, que mal año para el que hu­
biese querido aguar la fiesta con una mala noticia. Y á fe, á fe, que como
éstas no hubiesen ido por el aire (como más tarde han venido y entonces
sólo iban los pájaros, las tercianas y los cohetes) no hubiesen podido lle­
gar al pueblo, porque el correo semanal, único mensajero de las malas y
las buenas nuevas, si acertaba á llegar á la parada de postas la víspera de
la función, allí se aguantaba los tres días que duraba ésta sin que nadio
se cuidase de recogerlas.
¡Pues para andar deletreando cartas y traduciendo oficios del gobier­
no estaba el alcalde en semejantes días, cuando no se sabe cómo tenía
cuerpo para ir y venir de un lado para otro oyendo las impertinencias
del posadero sobre tal ó cual huésped á quien le habían visto un paquete
de barajas y se les antojaba pájaro de mal agüero, y con las informacio­
nes de buena vida y costumbres que habían de hacer los que pedían licen­
cia para poner un puesto de rosquillas ó un tinglado de aloja! Y en cuanto
al cura, pedirle que leyese una carta, aunque fuera del vicario del partido,
¡y á ver quién había de ensayar la salve á los chicos de la escuela, cuyo
maestro de coro era el pregonero, ni quién se cuidaría de que la iglesia
estuviese hecha una ascua de oro el día de la función!
Nadie podía perder el tiempo leyendo cartas, y todos hacían bastante

AYER, HOY Y MAÑANA

195

con callar, asomándose á la puerta de sus casas para oir al pregonero,
que andaba de esquina en esquina anunciando al vecindario la hora del
encierro de los novillos, la de la salve, la de la misa mayor y el sermón,
la de la vaca del aguardiente, la de la procesión, la de los novillos de
mañana y tarde, la de la pólvora y la de los títeres, cuya última parte
había dado mucho que hacer al alcalde, porque aunque el titiritero había
ofrecido que serían variados y honestos sobre todo, y hasta se había
atrevido á responder con su cabeza de que no habría desgracias, como
la cabeza del titiritero no era lo que pedirían los señores del Consejo si
en la función ocurría algún desmán ó no se guardaba la decencia de cos­
tumbre, el alcalde estaba perplejo y tardaba mucho y tomaba grandes
precauciones antes de dar su consentimiento para la fiesta.
Si no llovía la víspera de la función, y valía mucho que no lloviera
para que el regocijo no se aguara, el encierro del ganado no le veía na­
die, aunque salían á verle todos, y se reducía á una manga de polvo
dentro de la cual venían diez y ocho ó veinte novillos, doscientos ó tres­
cientos hombres y otras tantas caballerías.
Tres ó más horas habían estado esperando los del pueblo y los foraste­
ros, y locos de alegría porque ya tenían en su casa los huespedes del rego­
cijo, iban de prisa á merendar para no hacer falta en la salve, saliendo al
encuentro más de un novillo de los varios que, por gracia de los encerra­
dores las más veces, no habían entrado en el corral, y estas corridas que
no había anunciado el pregonero solían ser la parte más divertida de la
función.
Y desde ese momento en que un novillo les hacía apretar el paso,
hasta las doce de la noche del martes en que daban el último paso de
seguidilla en el baile, ya no cesaban de correr aquellos perezosos heral­
dos del ferrocarril.
Las cinco comidas que tenían en el día eran precipitadas y de grande
angustia, porque á la hora del desayuno les decían: vamos corriendo
que ya estará en la plaza la vaca del aguardiente; cuando volvían co­
rriendo á almorzar, se decían unos á otros que era preciso correr para
alcanzar buen puesto en la iglesia, enfrente del predicador si era posible;
á comer iban de prisa y corriendo para volver á la procesión; merenda­
ban en abreviatura porque no querían perder la función de pólvora, y
cuando se sentaban á cenar les hacía títeres en el estómago el miedo de
perder algún paso del titiritero y corrían al corralón del Ayuntamiento,
donde con seis colchas, diez ó doce cazuelas con una torcida y una libra
de aceite, dos guitarras y un violín se había improvisado un teatro mag­
nífico.
Con esto y el cuidado de madrugar para oir la música que daban al

196

ANTONIO FLORES

mayordomo y oficiales de la Virgen, dormían poco 6 nada las noches del
sábado y el domingo.
El lunes pasaban todo el día en la plaza viendo correr cuarenta toros,
veinte por la mañana y los mismos que volvían á dejarse correr por la
tarde.
Por supuesto, que entre el novillo, el carro que servía de burladero y
los toreadores, hacían muchas barbaridades y sucedían no pocas desgra­
cias; pero precisamente para eso había sido consultada la tía Cicerona,
para que los novillos fuesen bravos y tuvieran casi tanta fuerza como los
mozos.
Ese día cenaban los hombres con más descanso, porque desde que
acababa la corrida hasta que empezaba el baile había una tregua de más
de una hora; pero las mujeres la perdían, y no les bastaba, en adornarse
y componerse para el baile, que era verdaderamente donde habían de
lucirlo las del lugar y las forasteras. Alguna mirada escudriñadora y tal
cual gesto de envidia con no pocos guiños de burla se habían dirigido
en las funciones de iglesia y en los novillos, pero todo ello no valía nada
para lo que pasaba en el baile. Allí había cada melindre y cada etiqueta
capaz de producir una guerra á muerte entre dos pueblos amigos ó una
separación eterna entre dos familias hermanas. Allí se picaba y se repi­
caba, tanto con los ojos cuanto con la lengua, y como los pies no estaban
quietos, sino que bailaban solos, era cosa de ver y de oir lo que se decía
sobre si las del Tajuña eran más sosas que las del Jarama, ó si menudea­
ban y trenzaban mejor éstas que aquéllas, y aun si las unas echando me­
jores bailds que las otras, tenían más honestidad en las piernas y menos
desenvoltura en los brazos.
Por supuesto, lector, que lo que entonces se llamaba y se tenía por
desenvoltura parecería ahora un envoltorio de cartujos; porque figúrate
que las piernas tenían para volar la extensión del vuelo del zagalejo, que
era de cinco ó seis cuartas, y los brazos, además de estar encerrados en
una manga estrecha, tenían encima un pañuelo que apenas les dejaba
jugar las castañuelas. Pero así y todo había sus censuras, fundadas sobre
la mayor ó menor libertad en los bailes, y las autoridades tuvieron no
poco que hacer algunas veces para corregir ciertos excesos. Porque no
consistía en que enseñasen más ó menos la punta del pie, sino que por
ahí se empezaba y Dios sabe por dónde se podría concluir; y esto es de
lo que entonces sé cuidaban, sobre todo, de que no se empezara. Un no­
villo enmaromado, decían aquellas pobres gentes, enmaromadas también,
se recoge cuando se quiere; pero un novillo suelto no se recoge sino cuan­
do á él le da la gana.
Por eso aunque ya iban soltando algunas cosas buenas en la capital

AYER, HOY Y MAÑANA

197

del reino, las soltaban enmaromadas y las recogían antes de que llegasen
á las capitales de provincia, y cuidando sobre todo de que no las viesen
pasar ni las oliesen siquiera los lugares de poco vecindario.
¡Qué felices somos ahora, lector de mi vida, en que toda clase de doc­
trinas y todo género de placeres y de diversiones se sueltan sin maro­
mas y no se recogen nunca, sino que si hacen algún daño, sacamos á la
calle unas cuantas piezas de artillería y cortamos por lo sano, si es tiem­
po de cortar y no nos cortamos antes de tiempo!
¡Qué felices somos ahora, pero qué viejos de ochenta y cinco y no­
venta años se criaban entonces en aquellos pueblos que veían al cartero
una vez á la semana, al titiritero una vez al año, al polvorista por San
Eoque y la Virgen, y al diputado del distrito nunca, y á las letras de molde
en el breviario del cura y en el ejemplar del Don Quijote que tenía el
beneticiado!

Por eso el hombre, cuando Dios le dijo que comería el pan con el
sudor de su rostro, comprendió que trabajando ganaría el pan necesario
á su alimento, y que volviendo á trabajar sudaría el pan que había comi­
do. Interminable tela de Penélope que con la vida viene y con ella se va,
y en la cual los economistas modernos no adelantan un solo paso. La
vigilia y el trabajo siguen siendo las vísperas de la comida, y desde los
tiempos del padre Adán hasta el día siempre ha sido más fácil hallar un
taller que un refectorio. Nadie, sin embargo, se moría el año 1800 por no
tener qué comer, y aunque á las puertas de casa tenían el año del ham­
bre, no vino éste á tomar carta de naturaleza, sino como transeúnte y
para mejor inculcar en los estómagos la voz de ¡alerta! al trabajo.
Era el «ayúdate y Dios te ayudará» el catecismo económico de aquellas
gentes, y persuadidos de que «la Providencia no se le aparece sino al que
la busca», y de que «no hay atajo sin trabajo, ni se cogen truchas á secas,»
decían sin cesar que «á Dios rogando y con el mazo dando.»
En lo primero todos estaban conformes. El reino, que no la nación (á
la que más tarde gritaron ¡muera/), era católico-apostólico-romano, .y
todos rogaban á Dios del mismo modo, aunque no todos le pedían la
misma cosa. El que había nacido sin pañales se contentaba (por el pronto,
se entiende) con pedir unos de arpillera, al paso que el que los tenía de
holanda los quería de batista. Pero todos, repito, rogaban áDios del mis­
mo modo. La diferencia principal estaba en la manera de dar con el mazo
y aun en el mazo mismo. Teníanle los unos de oro y jamás le usaban.

AYER, HOY Y MAÑANA

r jy

Estos cíclopes de la sociedad antigua eran los mayorazgos. Venían al
mundo con la precisa obligación de no hacer nada, á excepción del ejer­
cicio á caballo y en coche, para abrir el apetito de su apetitosa mesa.
Sus perezosos hermanos, los segundones, que así los llamaba el vulgo,
eran los cíclopes del mazo de plata y á veces de cobre. Trabajaban sin
cesar; pero deslumbrados por el brillo del mazo del primogénito, daban
muchos golpes en vago, y ó no comían todo el pan que sudaban, ó sin
sudar ninguno, alcanzaban algún mendrugo por caridad. La hogaza sola­
riega arrojaba, por vanidad, algunas migajas á los demás hermanos; pero
sin dispensarles de esgrimir el mazo, porque este privilegio era exclusivo
de la primogenitura. Había muchos primogénitos que no por madrugar
en venir al mundo se libraban de sudar para comer, y aunque tardaban
en agarrar el mazo, lo hacían por último y sudaban el pan que comían.
En esas familias tanto daba el nacer el último como el primero, y eran
todos cíclopes de mazo de hierro; pero como este metal, aunque duro, es
pesado de manejar y no siempre daba sobre cuerpos blandos, cada cien
granos de trigo solían costarle al cíclope más de cien gotas de sudor.
Resulta pues que, entonces como ahora y ahora como siempre (con
permiso de los comunistas), había ricos y pobres, ó pobres y ricos, que
esta primacía de antigüedad no hace al caso ni para el caso importa un
ardite. Había, como digo, y sin necesidad de que yo lo dijera, gente rica
y gente pobre, y todos trabajaban como Dios les dabaá entender ó como
ellos entendían que Dios les mandaba. No eran sus trabajos iguales, y
por eso los bautizaban con distintos nombres. Para los primeros eran las
carreras; los segundos no podían aspirar á otra cosa que á los gremios
y á las artes. Éstas hacía algún tiempo que se habían acostado á dormir,
y aunque tenían deseos de despertar, las gritaban desde muy lejos y en
idiomas extraños, y no acertaban á sacudir el sueño. Tampoco las carre­
ras eran muy largas, porque aún no se habían traducido al español los
itinerarios franceses, y menos, mucho menos aún los alemanes, y á excep­
ción de cuatro brincos que daban en Calatayud los humanistas y otros
tantos los pandectas en Alcalá y Salamanca, casi puede decirse que los
que seguían alguna carrera, ó se paraban á la mitad del camino ó se para­
ban antes de empezar. Pero había carreras, y carreras nobles; carreras
que no todos podían dar ni á todos les era dado resistir. La de la Iglesia
parecía la más larga y solía ser la más corta. Por el camino real se tar- <
daba mucho 'en llegar á ella, pero había en él muchas veredas que acor­
taban extraordinariamente las distancias. A las letras se necesitaba ir
provisto de bota y merienda, porque el viaje era muy largo, y sobre largo
penoso, y luego.... luego al término de la jornada no todos tropezaban
con el refectorio; los más se encontraban un hospital ó una casa de locos.

200

ANTONIO FLORES

Las armas estaban siempre á un tiro de bala de todas partes. La carrera de
la milicia era la más corta de todas, si bien es cierto que algunos no la
acababan nunca; pero eso consistía en que se habían metido en ella á cie­
gas y sin un padrino que autorizara su bautismo. Y un padrino entonces
era un papel sellado sin el cual no eran válidos los memoriales. Empren­
der una carrera sin un padrino era cien veces peor que arrojarse al mar
en un buque sin timón ni remos, y aunque no le conocían con el nombre
de padrino, llamábanle hombre; de donde vino lo de «no hay hombre sin
hombre.» Sólo una carrera había para la cual el que la daba no necesita­
ba más hombre que el que le había dado el ser; los demás le eran inútiles.
Con una partida de bautismo de fecha más remota que la de todos
sus hermanos, podía el mayorazgo ejercer su profesión de tal en todas
partes. El mayorazgo no es un tipo que como el orador necesita hacerse
después de haber nacido, sino que, como el poeta, nace hecho, y hasta
después de muerto no puede ser suplantado por quien después que él
haya nacido. Las universidades, los colegios de pajes y los conventos eran
lugares excusados para el mayorazgo, que sin asistir á ninguno de ellos
tenía hecha su carrera. Sus padres no le contaban en el número de sus
hijos cuando se ocupaban de dar á éstos educación, y por eso, que no por
ninguna otra razón matemática, se decía hablando de hijos que «uno no
es ninguno, que dos es uno y que la familia es cuando hay tres.» El pri­
mogénito de las casas ricas era una potencia desde el momento de nacer,
y pronto le alzaba al rango de los jefes de familia su oficio de mayorazgo.
Envidiábanle sus hermanos la previsión de haber emprendido la carrera
antes que ellos, y aunque, pensando piadosamente, rogaban á Dios por
su vida, si la perdía, el segundo ganaba en el acto el tiempo perdido, y de
un golpe, sin examen ni matrícula, alcanzaba el último grado de la carrera.
Nosotros, por ser la más fácil de todas en cuanto ásu ejercicio y para
que no nos demanden su primacía los mayorazgos, vamos á empezar por
ella, dando antes á luz el siguiente cuadro preparatorio de todas.

LA LETRA CON SANGRE ENTRA

No era tan fácil por aquel entonces que las madres dejaran de criar á
sus hijos, y poco conocida la suplantación maternal de las nodrizas, era
completamente ignorada la moda de los biberones.
Padrastros, estos últimos, que la filantropía inglesa ha regalado á la
humanidad civilizada.
A esa humanidad industrial que para inocular en el recién nacido el
servilismo y la dependencia en que ha de vivir de las máquinas, le nutre
y le da vida por medio de un aparato mecánico.
No eran entonces, repito, tan frecuentes esas madres que dejan de
serlo antes de haberlo sido, y para que un comadrón, ó mejor dicho, una
comadre recetase una nodriza, era preciso que el caso fuera muy grave y
que hubiese verdadera imposibilidad física en la madre natural y legítima
para buscar una artificial y alquilada.
Amaestradas, por lo tanto, en la educación física de sus hijos, querían
serlo asimismo en la moral, y los preceptores venían á ser una especie
casi tan ignorada como la de las amas de cría.
Por de pronto el muchacho cumplía dos años, y á veces tres y aun tres
y pico, antes de soltar el pecho de la madre, y á esa edad empezaba á es­
tudiar la manera de comer la sopa de ajo, alimento precioso que ha pro­
ducido muchos y muy robustos hombres de Estado.

202

ANTONIO FLORES

Si el chico era despierto y precoz, de aquellos que, como decían sus
padres, no eran para este mundo, en lo cual maldito el favor que al mundo
le hacían; si era despierto, á los cuatro años rompía á hablar. Rompimien­
to, sin embargo, que muchos mueren de viejos sin haberlo conseguido, á
pesar de no ser sordo-mudos ni tener frenillo.
Y esto, dígalo el Santo Oficio y otros oficios que no eran santos ni es­
taban en camino de serlo, era desgraciadamente un mal muy común en
aquella época.
La lengua era entonces una dama muy recogida que callaba muy
buenas cosas; tantas callaba, que por ser en ella crónico el frenillo, die­
ron en decir que otorgaba cuando, por no decir ni si ni no, guardaba si­
lencio.
Pero suponiendo que la comadre hubiese sabido cortar el frenillo al
muchacho y que éste rompiese á hablar á los cuatro años, siempre nece­
sitaba otros cuatro para hablar por completo.
Sabía, pues, hablar á los ocho años y ya estaba en disposición de ir á
la escuela de primeras letras.
Pero ¿qué iba á aprender allí?
La doctrina cristiana y la cartilla y el Fleury, y acaso á escribir y á su­
mar, restar, multiplicar y partir.
¿Y todo eso no lo sabía nadie más que el maestro de escuela?
¿No podía saberlo también el padre del chico?
Y suponiendo que no lo supiera, cosa muy fácil de suponer, ¿valía la
pena de que el niño abandonara el regazo materno para pasar á poder de
un preceptor por solo el gusto de aprender esas cosas?
Claro es que no, lector amigo, claro es que no.
— ¡Hijo de mis entrañas!— decía la madre.— No quiero que se aparte de
mi lado nunca; demasiado me le maltratarán si yo me muero y su padre
le da una madrastra, que no.pondría yo las manos en la lumbre para de­
cir que no lo haría.
Y solía contestar el padre:
— Pues bien, mujer, no te apures: que no vaya á la escuela, que tiempo
tiene; y para lo que allí aprenden, mejor está á nuestro lado.
— ¡Mucho que sí!— solía replicar la abuela.— Todo lo que yo tengo es
para él y no necesita estudiar ni romperse la cabeza aprendiendo esos
números y esas tramoyas que les enseñan. Yo no conozco la b ni en mi
vida he cogido la pluma para hacer una cuenta; pero aún está por nacer
el que me ha de engañar.
— ¡Angelito!— añadía algunas veces.— Que sea un burro; que así lo
quiere su abuela, y no que le regañe y le mire con malos ojos ningún
maestro.

A YE R , HOY Y M AÑANA

203

Alguna vez, como he dicho, solía el padre saber leer y se resolvía á
enseñar á su hijo.
En ocasiones dábale asimismo alguna lección el fraile que iba de visi­
ta á la casa.
Cuando no sucedía así y se determinaba que el chico aprendiese á
leer y escribir, siquiera no le hiciese falta para comer, como decían sus
padres, el muchacho pasaba á poder del maestro de primeras letras. Pero
no de repente y sin que precediesen varias formalidades y grandes sesio­
nes entre los esposos; informándose anticipadamente de si era violento el
carácter del preceptor y de otras mil circunstancias, hasta que por íin
llegaba el día del sacrificio.
Y le hacían tan grande, que la madre se tapaba los ojos para no ver
salir al muchacho, que, sin embargo, no se iba para siempre de su lado,
sino que faltaría desde entonces cuatro horas por la mañana y tres por la
tarde.
El padre no iba tampoco muy sereno, y le temblaba la mano con que
agarraba la de su hijo para hacer de él la presentación oficial.
El maestro los recibía sonriendo, primera y última sonrisa que veía el
discípulo, y en pres encía de éste le decía el padre:
— Mire usted que es muy niño y que no me corre gran prisa el que
aprenda. Él es demasiado listo y sacará usted un discípulo que le dará
honor. Pero no me le riña usted, porque es muy sensible y se pondría
malo.
El padre no seguía hablando porque peligraba su ternura, y el maestro
le daba toda clase de seguridades, diciéndole que él no acostumbraba á
maltratar á los niños y que ningún padre tenía queja de su manera de
enseñar á los muchachos.
— Lo sé— replicaba el padre— y por eso le he traído á casa de usted,
porque hay otros maestros tan bárbaros, que se ceban con los niños y los
martirizan.
No le agradó gran cosa al maestro la dura calificación que se hacía de
sus comprofesores; pero arqueaba las cejas y aun añadía alguna palabra
de reprobación á la conducta de aquellos bárbaros, sonriendo de nuevo al
salir hasta la puerta de la escalera para despedir al padre del niño, que
sin más ceremonia quedaba instalado entre los demás muchachos de la
escuela.
La ausencia del maestro, por breve que fuese, era siempre una señal
cierta de insurrección y de bullanga.
Más tiempo tarda la cerveza en apercibirse de que ha saltado el tapón
que la aprisionaba en la botella, que los escolares en sublevarse apenas
vuelve el maestro la espalda.

204

ANTONIO FLORES

Toma el uno por asalto y de un solo brinco la silla magistral; empuña
el otro las disciplinas; aquél se cala las gafas; el de más allá salta sobre
su compañero, y en dos segundos ni queda cosa con orden en la sala ni
hay un solo muchacho que no tome parte en la insurrección que acaba
de estallar.
Pero vuelve el maestro y no hay en la escuela ni el menor vestigio de
la pasada broma.
Su silla está desocupada, las gafas colocadas en su puesto, las discipli­
nas puestas sobre la cartilla y los muchachos con los ojos fijos cada cual
en su libro.
Al maestro, sin embargo, no le engaña aquella calma que juzga apa­
rente; sabe que ha destapado la botella y tiene por cierta la salida del lí­
quido.
A pesar de esto, disimula y calla y se sienta y vuelve á continuar las
importantes funciones del magisterio.
Los muchachos le miran de reojo para saber á qué atenerse y tiemblan
al verle empuñar la palmeta en la derecha y el Catecismo cristiano en la
izquierda.
Un sudor frío les entra á todos; sus brazos se encogen cuatro dedos y
desaparecen de repente todas las manos.
El primero á quien le pregunta el maestro cuántos Dioses hay, sabe
que hay uno; pero teme que al maestro le parezcan pocos, mira la palme­
ta y dice que hay cuatro.
Y cuando ve que el maestro se levanta para arrimarle cuatro palme­
tazos, dice que hay cinco y seis y doce, hasta que por iiltimo le descarga
igual número de golpes sobre la palma de la mano.
Al que está á su lado le repiten la pregunta, y aturdido con el dolor
de su compañero no acierta á contestar y el maestro le busca en la mano
la respuesta.
Y sucede á veces que el mal aconsejado niño, sin contar con el olfato
del perdiguero, se unta la mano con ajo para no sentir el golpe y allí se
arma la de Dios es Cristo.
Dos de sus más queridos compañeros, por orden del maestro, le cargan
sobre sus hombros y recibe una despiadada lluvia de azotes con unas
disciplinas de cáñamo amenizadas con unas bolitas de plomo en las pun­
tas de los flecos.
Si el muchacho no llora, con sus azotes se queda; pero si el dolor toma
la forma escandalosa, doblándole la ración le hacen saber que está prohi­
bido el derecho de sentir semejantes frioleras.
Y así continúa la enseñanza suave y pacífica del más pacífico y sua­
ve de los códigos religiosos, hinchándosele por momentos las narices

AYER, HOY Y MAÑANA

205

al preceptor, brotando sangre sus ojos y tiñéndosele de azul todo el sem­
blante.
Una vez comenzado el vapuleo no hay un solo niño que deje de ser
vapuleado; y no porque todos ignoren lo que les pregunten, sino porque
la vista del tormento les hace vacilar en la respuesta.
Por eso el maestro se vuelve rendido al sillón de brazos, hartos los
suyos de haber enseñado la doctrina cristiana, y repite sin cesar con tono
airado:
— ¡Oh! ¡Yo les haré á ustedes que aprendan lo que se les enseña!....«La
letra con sangre entra.»
Y satisfecho de su axioma escolástico, con sangre los enseña á dele­
trear y á leer y á escribir y las cinco reglas de cuentas.
Suelen los chicos no aprender ninguna de esas cosas; pero no es culpa
del maestro, ni mucho menos del carpintero que hizo la palmeta de ma­
dera dura y gruesa, y agujereada, por ende, para que fuese mayor su elo­
cuencia.
A ese artista, entonces artesano, se le debía la parte principal de la
enseñanza.
En buen hora que el maestro de primeras letras supiese las del alfa­
beto y pocas más, entre ellas la bastardilla y la atanasia, y fuese él de
suyo gordo y colérico y tuviese cara de vinagre hasta para con su mujer,
que dicho se está que si no era casado no podía ser buen maestro; ¿pero
de qué le habrían servido todos esos requisitos sin la colaboración del
carpintero?
¿Qué habría sido de la autoridad moral de su magisterio, sin la física
que le prestaba el otro maestro?
¡Gran cosa habría hecho con decir á los muchachos que la v de cora­
zón (que así se llamaba á la v vocal) suena ve, si semejante teoría no hu­
biese tenido la demostración práctica de la palmeta!
Pues no sino suprimir las disciplinas y los azotes, ¡y verán cómo no
hay medio de lograr que los chicos aprendan que dos y dos hacen
cuatro!
Sabíanlo así los maestros de entonces, y por eso no había escuela en
que el palo no fuese el primer preceptor.
Y preceptor aprobado por la junta de escuelas, que examinaba esos
atributos del magisterio con tanta detención como los títulos de capaci­
dad intelectual del maestro.
¡Pobres muchachos, si sus preceptores hubiesen sabido que con aque­
llas manos inflamadas por la palmeta habían de firmar doce años más
tarde un código político en el que se prohibiese á los maestros semejante
método de enseñanza!

206

ANTONIO FLORES

Por fortuna no lo adivinaron, porque ellos tenían por imposible que
las letras entraran sin que les abriese el camino la sangre, y así conti­
nuaron en el ejercicio de la palmeta, satisfechos de su tuerza no menos
que de su ciencia.

C U A D R O XXVIII

L A C A R R E R A DE M A Y O R A Z G O

Dice la Sagrada Escritura que habiendo un día guisado Jacob cierta
menestra ó potaje, su hermano Esaú, que volvía fatigado del campo, se
llegó á él y le dijo:
«Dame de ese potaje rojo que has cocido, pues estoy sumamente can­
sado;» por cuya causa se le dio después el apellido de Edom.
Díjole Jacob:
«Véndeme tus derechos de primogénito.»
Respondió él:
«Yo me estoy muriendo, ¿de qué me servirá á mí ser primogé­
nito?»
«Pues júramelo,» dijo Jacob.
Esaú se lo juró y vendióle el derecho de primogenitura.
Y así, habiendo tomado pan y aquel plato de lentejas, comió y bebió
y marchóse, dándosele muy poco de haber vendido sus derechos de pri­
mogénito.
i
t
Desde entonces acá, todo lo que ha crecido la estimación de las lente­
jas en el mercado de las legumbres ha disminuido el valor de las primogenituras en la plaza de las consideraciones sociales.
Verdad es que aún no se venden por una escudilla de potaje; pero
esto no prueba el mucho valor de las primogenituras, sino el poco precio
de las lentejas.

208

ANTONIO FLORES

Ayer, sin embargo, eran infinitos los Jacobs que hubiesen dado un
plato y hasta un río de plata por comprar la primogenitura.
Los que andaban muy escasos entonces eran los Esaús, y apenas ha­
bía un primogénito que á dejar de serlo no prefiriera dejarse morir de
hambre.
Y se morían algunos, ¡quién lo duda!, aunque no de hambre, sino de
vergüenza de confesar que la tenían.
Vergüenza muy natural si se atiende á que el primogénito de ayer no
venía al mundo como el de hoy ni tampoco como sus demás hermanos.
El primogénito era la figura más colosal de aquella época, y bien
puede asegurarse que en él estaba vinculada la verdadera fe de los hom­
bres de 1800.
Era cada primogénito el rey de su familia, y eran todos ellos en la
sociedad una familia de pequeños reyes que daban no poco que hacer al
verdadero monarca.
Nacía antes que ellos su importancia y su nombre, y ya en el vientre
de su madre tenían el privilegio de inspirar simpatía á los unos y anti­
patía á los otros.
El más íntimo de sus enemigos solía ser el que primero les abrazaba,
y nunca con más razón que entonces se podía decir «manos besa el hom­
bre que quisiera ver quemadas.»
El hombre han de saber ustedes que era nada menos que algún tío
carnal del recién nacido, hermano del padre y presunto heredero del
mayorazgo; el cual con la venida al mundo del primogénito, veía perdidas
sus mejores esperanzas, y sólo le quedaba la criminal délas viruelas, ó la
escarlata ó la dentición, ó la de cualquier otro verdugo de los muchos que
atenían á la vida de los mayorazgos segándola en flor.
Y digo mayorazgos y aun mayorazgos ricos, porque éstos son los ver­
daderos primogénitos.
Los otros, los que no tienen más gloria que la de haber venido al
mundo antes que sus hermanos, suelen no tener más ventaja que la de
ser los primeros en pasar trabajos.
Y los trabajos, ustedes lo saben sin que yo lo diga, se amayorazgan en
las familias, pero no los codicia nadie en fuerza de que alcanzan á todos.
Es el primogénito de que voy á hablar en este cuadro el que tiene
primogenitura viva y efectiva, en efectivo metálico y en tierras de pan
llevar, y en casas de pan comer, y en olivares, y en viñas, y en huertos,
y en toda clase de fincas rústicas y urbanas, muebles é inmuebles, dere­
chos de señorío y de mayorazgo, con otras muchas é indeterminables ga­
belas.
Casóse su padre en edad madura con mujer joven, resultando de su

20 y

AYER, HOY Y MAÑANA

matrimonio no poca pesadumbre á los demás hermanos, que esperaban
verle bajar al sepulcro soltero y tenían arreglado su escalafón de ascensos
en el árbol genealógico.
Si no les hubiera costado tanto trabajo el desviarle de cuantos enlaces
proyectaba, habrían sabido disimular su enojo al verle ya casado; pero
eran sus esperanzas muy crecidas y no podían perderlas sin rebelarse
contra el que amenazaba quitárselas de un solo golpe.
Antes y después de verificado el matrimonio sufrió la cuñada fuertes
desaires de sus parientes políticos, y después de pasar los primeros meses
en una continua guerra, dejaron por fin de visitarse y aun de saludarse,
hasta que las noticias de un próximo alumbramiento les llevó á presen­
ciar su inevitable desgracia.
No era el majoratus nudce masculinitatis, ni el majoratus per saltum, sino el que saltaba de varón en varón, y así podía heredarle uno de
éstos como una hembra, y esta circunstancia agravaba la situación de
los parientes, avisados y constituidos oficialmente en la antealcoba de la
parida.
Hacía allí el comadrón un principal papel, y no hay para qué decir
que de su persona y mucho más aún de su conciencia se ocupaban lar­
gamente los parientes del amo de la casa. Y no para elogiarle, ciertamen­
te, sino para decir que de todo tenía cara menos de comadrón y que le
creían capaz de cualquier cosa.
Allí la cosa cualquiera era un crimen, ó mejor dicho, una docena, y
no pequeños ni veniales, sino de los más gordos que puede cometer per­
sona alguna en el mundo.
El perjurio, el abuso de confianza, el robo, la suplantación y otros por
el estilo eran los crímenes de que le creían capaz al pobre comadrón,
incapaz de otra cosa que de sacar una muela por otra cuando aplicaba el
gatillo á algún paciente.
Pero á traer de fuera de casa loque sólo era legítimo naciendo en ella,
quitando á una madre el fruto de sus entrañas para darlo á otra que no
tenía entrañas al recibirlo, no se hubiera atrevido jamás el sacamuelas
que, lejos de ser un criminal, era un hombre autorizado por la ley para
indagar y denunciar el crimen.
Y lo peor del caso era la naturalidad con que los parientes políticos
de la parida sospechaban de la buena fe del cirujano.
Acusábanle de los graves delitos indicados con la mayor indiferencia,
diciéndose los unos á los otros:
— A mí no me engañan, ni me dan gato por liebre; todo el que entre
en la alcoba ha de ir limpio como una patena, sin envoltorios ni embe­
lecos.
T omo I

14

210

ANTONIO FLOIíEtj

—Y o —decía el hasta entonces presunto heredero—tampoco me mamo
el dedo, y cuando vino el comadrón le desembocé con disimulo para ver
si nos traía el sobrino debajo de la capa.
Y mientras estas cosas decían y tales otras sospechaban de su herma­
no, de su cuñada y del comadrón, ó de los últimos por lo menos, se apre­
suraban á encender la vela de San Ramón para que el santo diera una
hora chiqaitita á la parida, y andaban solícitos de un lado para otro apa­
rentando disponerlo todo para el mejor éxito del parto, como si de él
hubiera de resultarles la suprema felicidad.
Acaso alguno de ellos, y no por ofenderlos, sino porque suele decirse
que «el que las piensa las hace,» habría sido capaz de un crimen análogo
al que sospechaban en los otros; pero estaban vigilados muy de cerca por
la presunta abuela, madre de la parida, y su calidad de suegra le hacía
tener una vista de lince y una perspicacia sin igual.
Ella también suponía á los cuñados de su hija capaces de todo; pero
los trataba con afabilidad y con dulzura, como si creyera en la buena fe
de que hacían alarde.
— ¡Cuánto siento— les decía con aire compungido— que la niña se haya
hecho embarazada!.... ¡Vean ustedes ahora qué dolor no será para todos
el que ocurra una desgracia!
— ¡A mí no me llega la camisa al cuerpo— decía, y decía la verdad, el
más allegado de los parientes,— porque como ella está tan delicada!....
— Por eso no tengo yo miedo— replicaba la suegra.— Tiene mi hija
robustez, ¡bendito sea Dios que se la da!, para echar al mundo un chico
cada semana.
— Verdad es, pero dicen que esta luna es muy mala.
— Ríase usted de lunas, nosotras somos de una familia que lo mismo
hemos parido en creciente que en menguante.
— ¡Dios lo haga así!
— Pues tranquilícese usted, porque yo tengo esperanzas de que lo
hará— decía la suegra.
Y Dios lo hacía y el padre salía....como sale un padre en semejantes
casos: ufano y gozoso á enseñar el recién nacido á las gentes que había
en el gabinete; las cuales se quedaban....como se quedan en semejantes
casos los parientes: más tristes que un comerciante quebrado, y más sus­
pensos que un minero cuando cansado de hacer cataduras se convence
de que ha perdido el filón.
Dábanse mil enhorabuenas por aquella hora mala, y convencidos de
que todo su dinero estaba en aquel albur y que había venido la carta
contraria, volvíanse á sus hogares, si los tenían, á pasar los trabajos, que
de seguro no les faltaban.

AYER, HOY Y M AÑ AN A

211

El recién nacido encontraba en cambio hecha su fortuna, y sin el
sudor de su frente empezaba ya á comer el pan en el pecho de su
madre.
Sin quemarse las cejas estudiando, sin tostarse la cara cultivando
la tierra y sin arrancarse las uñas cavando, tenía asegurada la subsis­
tencia, y con solo el trabajo de nacer tenía hecha la carrera de mayo­
razgo.
Así le llamaban desde entonces sus padres, y las gentes todas le ren­
dían vasallaje como á doctor nato en la gran ciencia de la vida: la de ser
rico sin las vísperas fatales de la pobreza.
El mayorazgo mamaba y era aún muy niño cuando ya constituía una
potencia rival de la de su padre.
A éste le volvían la cara muchos de los que adulaban y ponían en el
quinto cielo las gracias del recién nacido, cuya precocidad solía ser ex­
tremada.
Antes de romper á hablar, ya había roto la cabeza á algún criado
porque estuvo torpe en adivinarle algún capricho, y las primeras palabras
que supo pronunciar fueron las de decir que él era rico y que todos eran
sus criados.
Alarde de primogenitura que le enseñaban los encargados de su edu­
cación y que el padre aplaudía constantemente.
De siete años escasos ya desempeñaba muchas funciones de amo de
casa, y cuando cumplía los diez ó los doce, ya no había allí más amo
que él.
Estaba en el pleno ejercicio de sus funciones de mayorazgo, aunque
no estaba terminada su carrera.
Sabía, y esto era lo principal, que era rico; pero debía aprender á serlo
y sobre todo á lucirlo.
Tenía lo que se llama necesidad de darse á luz, de salir al mundo.
Bastábale su cualidad de primogénito y de mayorazgo para abrirse paso
por todas partes; pero le hacía falta un heraldo que le anunciara á las
gentes.
Porque, no hay que dudarlo, un mayorazgo sin ayo sería lo mismo que
una guitarra sin cuerdas ó un fusil sin cañón ó un hombre sin cabeza.
El mayorazgo, más ó menos contrahecho, alto ó bajo, á veces buen
mozo, se encargaba, y no hacía poco en esto, de ser el cuerpo; pero la ca­
beza corría toda de cuenta del ayo.
Para este cargo buscaban los padres un sacerdote de sólida piedad,
como se decía entonces, de instrucción vasta; esto es, que supiera cuando
menos latín, y que fuera sobre todo hombre de 'peso.
Con esta última circunstancia se transigía difícilmente en aquella

212

ANTONIO FLORES

época; y no porque los hombres se dieran por libras, sino porque la gra­
vedad y el aplomo eran una garantía segura para aquellos hombres gra­
ves y aplomados.
Lo primero que decían al cura era que cuidase de que el niño no
estudiara, porque era mayorazgo y precisamente por esta razón le po­
nían ayo.
Y aunque este buen señor quisiera hacer lo contrario de lo que le
decían, no lograba nunca que el pupilo aprendiese otras cosas que las
únicas que él no le enseñaba.
Si en su casa había lacayos, era la envidia de éstos en cuanto á espe­
rezarse y á roncar y á jugar al morro; del cochero aprendía perfectamente
el manejo del látigo; á pocas lecciones que recibía del mozo de muías,
podían éstas temblar de estar á su lado; á tirar la barra no le ganaba el
pinche de la cocina, y á matar vencejos podía apostarlas con el mejor
cazador de oficio.
Eran ciertamente estos ejercicios corporales los únicos que le hacían
falta para su profesión de mayorazgo, porque si alguna vez tenía que
hacer uso de la cabeza echaba mano del ayo, con quien siempre andaba
cosido á pespunte, y salía del paso.
Si quería preguntar alguna cosa, y preguntaba muchas, aunque no
todas las que ignoraba, el ayo hacía las preguntas; si se trataba de res­
ponder, respondía el ayo; las cartas el ayo las leía y el ayo las contestaba,
y por último, no necesitaba calentarse la cabeza para sentir la impresión
de los objetos que herían su vista, porque el ayo le avisaba cuándo debía
llorar ó reir, y reía ó lloraba hasta que le decían que lo dejase.
El amor, aunque lingüista universal y papagayo de toda casta de gen­
tes, no se atrevía á infundir su locuacidad al mayorazgo, que permanecía
al lado de la mujer que amaba tan frío y tan silencioso como al lado de
la mujer que aborrecía.
También corría de cuenta del ayo la declaración del atrevido pensa­
miento amoroso, y hasta era suyo muchas veces el atrevido pensamiento
de amor.
Porque el mayorazgo no estaba obligado á tener amor, sino á tener
mujer, y aunque el Catecismo mandaba á los padres que diesen á sus
hijos estado no contrario á su voluntad, no era lo mismo la voluntad de
los padres que la del ayo.
Éste hacía un estudio minucioso de las rentas de su pupilo, y con
arreglo á ellas le buscaba la novia; sin dirigirse á ésta para nada, pues
nunca faltaba otra aya con quien entenderse, y á falta del aya, una madre
ó una tía, ó cualquier otra potencia intermediaria.
Ajustadas las simpatías de los contrayentes con la pluma en la mano,

AYER, HOY Y MAÑANA

213

y después de bien sumados los olivos y las fanegas de trigo de una y otra
parte, entrábase en el análisis químico de la sangre.
Para esta operación se nombraba un representante de cada lado, el
cual no era sangrador ni boticario, sino un empleado antiguo de la casa
que supiese resolver cualquier dificultad que se presentara en el árbol
genealógico de la familia y tuviese sobre todo el archivo en la uña; por­
que los antiguos, que no creían que hubiera un doctor Gall que se atre­
viese á colocar todas las facultades del alma en los chichones de la ca­
beza, tenían puesta la memoria en las uñas de los dedos de la mano.
No les importaba que la sangre de los novios tuviera más ó menos
agua, ó albúmina ó fibrina; que esas indagaciones tiempo tenían de ha­
cerlas ellos propios cuando estuvieran casados, y sobre todo si Dios les
daba sucesión y ésta era más ó menos robusta ó enfermiza. Para que
pudiera realizarse el matrimonio bastábales que la sangre fuese azul,
y esto no se averiguaba por medio de los reactivos químicos, sino le­
yendo y releyendo los pergaminos nobiliarios y las matrículas del Santo
Oficio.
Una vez declarados los novios de sangre azul, entablábanse las dili­
gencias matrimoniales, empezando por el cambio del retrato. Primera
noticia que tenían los interesados de lo que, bien mirado, á nadie intere­
saba sino á ellos.
Jóvenes ambos de quince á veinte años lo más, se impacientaban desde
luego por la tardanza de la boda, que no se hacía esperar mucho, y cele­
brado el desposorio, nuestro mayorazgo quedaba en libertad de hacer de
su persona y de sus bienes lo que se le antojara.
Pero ¿qué cosa se le había de antojar á quien no había tenido ni la
facultad de ser antojadizo?
Suponiendo que el ayo no se fuera á servir el mejor beneficio simple
de la casa, quedaba de capellán en ella, y ya no podía seguir encuader­
nado con el señorito.
Tenía éste que empezar á sentir por sí propio y á expresarse sin la
ayuda del vecino, y sucedía.... lo que no podía dejar de suceder: lo que
ha sucedido, sucede y sucederá mientras exista la carrera de mayo­
razgos.
Mientras éstos no se persuadan de que vienen al mundo los primeros
para no ser los últimos en saber andar por él, sucederá que no darán
un paso acertado, y que cansados de haber sido víctimas de todos, senti­
rán no haber vendido á tiempo su primogenitura por una escudilla de
lentejas.
Un día al menos habrían comido con gusto, y el hambre del siguiente
les habría hecho aprender lo que hoy ignoran.

ANTONIO FLORES

214

Si los mayorazgos de ayer hubiesen tenido hambre, no andarían hoy
buscando un Jacob para decirle:
«¿De qué me sirve ser primogénito si me estoy muriendo de hambre?»
Y se mueren de hambre después de haber matado el hambre de mu­
chos. De muchos que hoy les compran el último terrón del mayorazgo
con las rentas que les produce el primero.
Para mañana les quedarán aún las casas solariegas; pero esos palacios
de duendes, despojados del pesado blasón de piedra que sostienen sobre
la puerta principal, acaso no valdrán una escudilla de lentejas.

i

CUADRO XXIX

LOS POLLOS DE 1800

He aquí el cuadro más comprometido de toda la colección, no para el
artista que le hizo, sino para el conserje que le guarda con todos los de­
más del museo de ayer . Y tiene el pobre conserje razón que le sobra
para andar aturdido sin saber que hacer ni dónde colocar ese lienzo.
En las salas del Norte se expone á que se hielen y se mueran de frío
las figuras del cuadro, y en las del Mediodía pueden desarrollarse dema­
siado, y siendo pollos convertirse en gallos. Necesita el lienzo una tem­
peratura especial y fija para que la empolladura sea eterna.
Son los pollos, principalmente cuando se les acerca la época de hacerse
gallos, tan delicados como los gusanos de seda, que ni se les puede avivar
la temperatura ni dejarla descender demasiado.
Los invernáculos y las estufas serían empolladuras artificiales que
sobre ser indignas de la especie humana eran completamente desconoci­
das cuando rompieron el cascarón los pollos del presente cuadro.
Antiguamente la temperatura física corría exclusivamente á cargo del
sol, y no se conocían otros caloríferos que el brasero de cisco de retama
y la manta de Patencia. Si alguna planta ó algún insecto tenía la impru­
dencia de nacer fuera de su estación ó de su país, una ráfaga de viento ó
un rayo de sol se tomaban la pena de matarlos en el acto.

216

A N T O N IO

FLO RES

No era el clima más tolerante que el gobierno, y si daba hospitalidad
á alguna planta exótica la hacía prestar el mismo juramento que á las
indígenas, sin que el modificara su constitución por nada ni para nadie.
No había más temperatura que la natural de la atmósfera, y las galli­
nas no se atrevían á empollar en diciembre por miedo de que viniera
enero á destruirles la casta.
Para la atmósfera de la inteligencia el diciembre era constante; la
temperatura moral se elevaba tan paulatinamente, que el termómetro de
la inteligencia andaba siempre á tantos bajo cero. Y no le colocaban en
parajes muy fríos, porque el Santo Oficio, que era el regulador del saber
humano, aunque ya no encendía las chimeneas del tribunal, seguía siendo
un lugar caliente y abrigado.
Los pollos de la especie humana en estas tierras de Castilla eran, por
razón del frío constante de las regiones de la inteligencia, los más atrasa­
dos de todas las razas y de todos los seres.
Y aunque ya hemos dicho que las plantas no conocían aún el abrigo
del vapor ni el del guano, ni otras muchas mantas que ha descubierto la
inteligencia moderna, se arropaban con el estiércol, y á regañadientes con
el sol sacaban adelante sus renuevos.
Pero el hombre no sabía hacer otro tanto para desarrollar el feto mo­
ral de su especie.
En los gallineros de la inteligencia no se había entrado aún el estiér­
col de Rousseau, ni el de Voltaire, ni siquiera el de Condillac, ni otro
abono que los del padre Almeida y los de Saavedra, ó los del Filósofo In­
cógnito, que entonces todos los filósofos lo eran.
Vivían tan desabrigados, que el avivar la temperatura en algún galli­
nero habría costado la vida á todos los pollos que hubiesen salido volan­
do antes de tiempo.
¡Horroriza pensar en la suerte que habría tenido el pollo que, huyen­
do de la casa paterna á los quince años de edad, hubiese salido á la calle
con un cigarro en la boca requebrando á las doncellas, atreviéndose á
hablar delante de los ancianos y echando algvm voto á la puerta del Santo
Oficio!
Para que no pudiera sentarse en un mes de resultas del primer casti­
go, y fuera á los Toribios de Sevilla por la segunda culpa, y cantase en
la cuerda por la cuarta, no necesitaba otra cosa.
Pues qué, ¡no había más sino dejar las faldas de la señora madre y sin
el permiso del señor padre salir á la calle á echarla de hombre! ¡Y fumar
y requebrar doncellas! ¡Y faltar al respeto á los mayores y jurar....y.....
¡Yaya, vaya, ó ustedes no saben lo que eran los pollos de 1800, ó tie­
nen gana de broma al santiguarse por lo que les digo!

A YE R , HOY Y MAÑANA

217

Un pollo de ayer , aprendan ustedes bien el retrato para que no se les
olvide, era lo siguiente:
Un mocito (la palabra joven era contrabando) de quince ó diez y seis
años, que se levantaba al ser de día, besaba la mano á sus señores padres,
se santiguaba en su presencia, rezaba de rodillas las oraciones de la ma­
ñana y se ponía á repasar una fábula que había estudiado el día anterior
y que debía decir de memoria antes del desayuno; que más tarde servía
de devanadera por espacio de dos horas á su señora madre para el hilo
de las calcetas del señor padre; que tenía dos horas de juegos lícitos con
sus hermanos, y á falta de éstos, consigo propio; que salía á paseo con su
señor padre los domingos y días de fiesta; que al anochecer rezaba el ro­
sario de rodillas, y que se iba á la cama á dormir y no á pensar en los tea­
tros, que eran para él una diversión del otro mundo.
Y porque quiero que ustedes conozcan perfectamente al pollo de ayer
para que no me le confundan más tarde con el de hoy y puedan mañana
apreciar el beneficio que les hará la industria, ahorrando la empolladura
de la especie humana, voy á descorrer el telón para que vean un pollo en
activo servicio.
Tiene quince años y ya sabe leer y escribir, y si ustedes me apuran,
también les diré que ha empezado el musa musca con un dómine, que ni
Cabra, ni Lucas ni el Pioz; pero aquí el dómine no hace al caso.
Acaba de amanecer y entra la criada en la alcoba del pollo á decirle:
— Si no te levantas, se lo digo al señor para que te deje sin postre.
La criada, como ustedes ven, tutea al señorito, y éste la pide con la
mayor humildad que no se lo diga á su señor padre, y se viste al mo­
mento.
Cumplidos los preceptos ó las devociones del cristiano, retírase á un
rincón á repasar la fábula ó algún trozo del Compendio de la Religión,
compuesto por el presbítero D. José Pintón; y cuando su padre le llama
para tomarle la lección ó al pollo le llama el estómago, y deseoso de to­
mar el desayuno dice que ya se sabe la fábula, siente un temblor horrible
por todo su cuerpo.
Si el padre está de mal humor, que antiguamente el destino de padre
solía traer consigo algunas bilis, y tiene en una mano el libro y en la otra
una correa, el pobre pollo no hace más que piar y se le atragantan los
versos como si fueran nueces y él un pavo cebón en vísperas de ser ce­
bado.
— Muy pronto vienes— le dice el padre;— imposible que la sepas.
— Pues sí, señor; ya verá su merced como la sé toda.
— Si te echas más de tres puntos, vuelves á estudiarla y te quedas sin
postre.

218

ANTONIO FLORES

. El pollo, que ya le tenía asegurado con haber salido de la cama pronto,
vuelve á verse amenazado de no comer postre y empieza á decir la fábu­
la frotándose las manos y moviendo los pies cuando no recuerda algún
verso. Pero consigue decirla toda sin echarse más que un solo punto, y
cuando ya se retira loco de contento, dejando á su padre satisfecho, se oye
gritar en la pieza inmediata:
— ¡Que' gracia tiene que sólo se haya echado un punto, si esa fábula
hace un siglo que la sabe!
La voz que acusa es la de la madre, que sigue diciendo:
— A ti te engaña como quiere, pero á mí no me pasan esas cosas.
El padre reflexiona; hace que el pollo comparezca á su presencia; prué­
base el delito, y á calzón quitado ó á calzón corrido, azote más ó azote
menos, le aplican una docena, que siempre suele ser corrida, y ya daría
el pollo alguna cosa buena porque no pasara de la del fraile. Docena que,
según el vulgo, no lo era por constar de trece unidades, y que prueba que
aquellos benditos varones antes pecaban por guarismos de más que por
guarismos de menos en materia de suma.
Si el pollo tiene la debilidad de llorar los azotes, le enjugan las lágri­
mas con un pescozón entre oreja y oreja de los que entonces se llamaban
soplamocos ó reveses, y que al revés ó al derecho solían poner la cara de
los muchachos como la cresta de los pavos.
La fábula que no ha aprendido y otra nueva tiene que estudiar de me­
moria, si no quiere estar en ayunas todo el día; y si cumple la peniten­
cia, á la hora de comer entra su estómago en el goce de los derechos gás­
tricos.
Si los padres duermen la siesta, no falta en casa alguna abuela devota
que mientras descabeza el sueño quiera oir lecturas piadosas, y el Año
Cristiano pasa á poder del pollo para que lea la vida del santo del día,
con más el apéndice de los propósitos, las reflexiones, la meditación y la
jaculatoria.
Y ¡pobre muchacho si lee de prisa ó salta alguna hoja, que amén de
hacerle empezar de nuevo, le llaman al orden con un pellizco, que le re­
cuerda á lo vivo el no muerto dolor de los pasados azotes!
— Si lo lees de carretilla y como relación de ciego, no te sirve de
nada—le dice su abuela;— párate en los puntos y comas.
Los puntos y comas eran entonces una cuestión de la mayor impor­
tancia, y ponían diariamente á las gentes en los mayores conflictos. No
había muchos, aunque había algunos, que supiesen escribir una carta;
pero poner los puntos y las comas era una ciencia aparte que estaba al
alcance de muy pocos. Para todos era una operación independiente de
la escritura, y frecuentemente se llevaban los manuscritos á los maestros

AYER, HOY Y MACANA

219

ele escuela para que tuviesen la bondad de ponerles los puntos y comas;
habiendo llegado el caso de que, obligado un sujeto á escribir una carta
urgente y no teniendo á la mano una que supiese colocar esos guarda­
cantones de la ortografía, puso al final de la carta dos líneas de puntos y
comas, y luego una posdata en que decía:
«Escribo tan de prisa que no he tenido tiempo de colocar los puntos
y las comas; ahí van y usted los distribuirá como mejor le parezca.»
La abuela del pollo les da una gran importancia, y dice sin cesar:
— Ya se ve, como no haces puntos ni comas, no se saca sentido á lo que
estás leyendo.
Y si el chico se equivoca y arguye diciendo que así está en el libro, so­
bre sacar la abuela las gafas para ver si es verdad, le replica:
— Pues enmiéndalo tú, que ya eres mocito, y el buen lector ha de ser
buen enmenclador. Y fíjate en lo que lees— le añade:— mira cómo el santo
era obediente á sus padres y no comía sino raíces secas. Aprende tú, que
eres un tragón.
— Pero, abuela— replica el mocito,— él era santo y yo no lo soy.
— No lo eres porque no haces lo que el santo hacía.
— ¡Toma! Porque se le apareció la Virgen y le dijo que fuera santo.
— Si tú rezaras con fervor, también se te aparecería.
— Sí, pero al santo le habló y á mí no me habla.
— Pues bien, lee y calla—interrumpe la abuela asustada;—no profundi­
ces esas cosas que sólo pueden saberlas los frailes y los sabios.
— Yo quiero ser fraile— dice el pollo.
— Buena vocación tienes tú— replica la abuela sonriendo de gozo.
— Sí, señora, quiero ser fraile para tomar chocolate y para llevar higos
y camuesas en la manga.
— En eso pensarás tú, tragón; los frailes ayunan y se dan disciplina­
zos— le dice la abuela.
Al pollo le duelen los azotes de la mañana, y dando un brinco sobre
la silla, dice que ya no quiere ser fraile.
Y la abuela le manda que siga leyendo hasta que se despierten sus se­
ñores padres, y le obliga á escribir un par de planas para que no se le
olvide el carácter de la letra. Cosa entonces imperdonable, porque aque­
llas gentes llevaban su formalidad hasta el extremo de no consentir que
la letra dejase de tener carácter.
Permítenle al anochecer una hora de asueto para que juegue y me­
riende alguna cosa frugal, como por ejemplo, una camuesa ó un racimo
de uvas ó dos docenas de pasas, y besando la mano á sus señores padres
y á todas las personas mayores que hay de visita en la casa, se va á la
cama á esperar la madrugada del siguiente día.

220

ANTONIO FLORES

La ropa blanca, que no era entonces muy andariega, sólo iba al río los
lunes y solía pasar toda una semana pegada al cuerpo; de manera que el
pollo se ponía camisa limpia todos los domingos y algunas otras fiestas
de guardar.
En esos días madrugaba el mocito por su propia voluntad, avivado por
el deseo de lucir la ropa de los días de fiesta; y cuando debía estrenar
traje nuevo pasaba en vela toda la noche.
Pero esto no era á menudo, sino cada dos años: el día del Corpus ó el
Domingo de Damos ó el día del santo de su señor padre.
Día solemne y de tanto júbilo, que tiene un cuadro especial en esta
colección, y no queremos que ahora se nos escape una sola pincelada.
Concluyamos el pollo, ó mejor dicho, dejémosle sin concluir, porque
cuando el pollo de 1800 dejaba de serlo, estaba tan duro y era tan gallo
que era imposible entrarle el diente.
Y cuando no tenía espolones era muy difícil echarle la uña, porque si
iba á la escuela le llevaba cogido de la mano un criado de confianza, re­
prendiéndole ó algo más por el camino; á paseo y á misa iba siempre con
su señor padre, y cuando en presencia de éste le permitían reunirse con
algunos amigos, era lástima privarle de su inocente diversión.
Ó con una tortilla de escabeche y media docena de naranjas y el vaso
de suela en el bolsillo se iban á merendar el Jueves Gordo á la pradera
de la Teja, y allí jugaban al toro ó á las cuatro esquinas, ó apartados me­
dia vara del paseo de San Antonio soplaban un milano, diciéndole: «sube,
sube, sube, que te coge la nube, y baja, baja, baja, que te coge la tinaja,» ó
aquello de «al milano que le dan, la cebolla con el pan, si no le dan otra
cosa, más que la mujer hermosa,» etc.
Y aun en esta diversión los angelitos de quince y pico eran interveni­
dos por sus señores padres, que.les regañaban si no lo jugaban bien, como
lo habían hecho al tomarles la lección de la mañana.
Esos eran los pollos de 1800 .
Las pollitas de su edad pasaban á su lado sin que ellos alzaran la vista
para verlas ni menos para requebrarlas.
Y no se crea que los pollos morían de viejos en los gallineros ni menos
que ellas bajaban con palma al sepulcro. De repente y cuando más asidos
parecía que estaban al cascarón, se veía faltar un pollo y una polla para
formar una nueva casa y una nueva familia.
Lo que serían la casa y la familia queda ála consideración de ustedes.
Con repetir lo que ellos no podían olvidar, criaban á sus hijuelos y punto
concluido.
Más tarde se avivó la temperatura de los gallineros y los pollos salie­
ron hechos gallos.

AYER, HOY Y MAÑANA

221

Pero eso ya he dicho en otro lugar de esta obra que consistió en que
los amos del cotarro tuvieron la imprudencia de dormirse dejando abier­
tos los balcones que daban al Pirineo, y todo se volvió patas arriba.
Hay quien dice que aunque no hubieran venido aquellos vientos no
habríamos perdido nada; yo sólo digo que si todo lo que nos trajeron se
reduce á los pollos de 1850, valiera más haber cerrado las ventanas á pie­
dra y lodo.
Temblando estoy que llegue la hora de escribir la segunda parte de
este libro, y sobre todo la de coger la trompeta para decir:
—¡Pollos de 1850, levantaos de esas oficinas que habéis invadido para
emborronar papel y marchad á la escuela á aprender gramática castella­
na hasta que cumpláis siquiera veinte años de edad!
Y lo siento, no por otra cosa sino porque me mirarán de frente, con
los anteojos colgados sobre las narices y el cigarro en la boca y el perió­
dico en la mano, y se preguntarán riendo:
—¿Quién es ese loco que nos quiere hacer estudiar?.... ¡A nosotros que
podemos arrojarle cien espuertas de laurel ganadas con nuestro talento
poético en la arena dramática!
Afortunadamente yo no los tengo miedo; porque si hoy los precoces
pollos del vapor se ríen de los atrasados pollos de la fe, ¡cuánto no se
reirán mañana de ellos los hijos de la electricidad!
Si los pollos de hoy se burlan de los de ayer porque gallean diez años
antes que ellos, ¿qué harán los de mañana, que vendrán al mundo hechos
gallos?
Que han de hacer sino tener más tolerancia y bajar al sepulcro, di­
ciendo:
¿Quién reirá el último?

LA MILICIA DE DIOS, LA MILICIA DEL REY Y LA MILICIA
DEL DIABLO

Pues señor, habían ustedes de saber que este era un padre, y este pa­
dre tenía cuatro hijos, y de estos hijos el primero nació mayorazgo, el
segundo se hizo cura, el tercero se metió militar y el cuarto abogado.
Y habían ustedes de saber también que ese padre tenía tres hijas, y
que á la primera la crió su madre para doctora y la enseñó el manejo de
la casa, á la segunda la metieron monja, y por eso no la enseñaron nada,
y á la tercera la enseñaron menos, porque desde luego la criaron para
casada.
No vivía el bueno del padre en la corte, que á haber sido tanta su di­
cha no le habría costado gran trabajo el dar educación á sus hijos, y era
la aldea de su vecindad, sobre no muy grande, pobre, y amen de pobre
estaba algo apartada de las grandes ciudades.
Situada en un rincón de la arrinconada Extremadura, ni podía escu­
char la elocuencia de los humanistas de Calatayud, ni le alcanzaban los
gritos de los pandectas de Alcalá, y apenas percibía el olor de los ergotistas doctores de Salamanca.
Tenía que contentarse con pedir á Dios que conservara la vida de un
sacristán jubilado que, por no saber escribir, servía la plaza de maestro
de escuela á medias con el boticario; y si los vecinos querían saber más
latín que el que se les pegaba los domingos en la misa mayor, tenían que

_____________

AYE R, HOY Y MAÑAN A

223

andar doce leguas mortales en busca de un dómine. Y le encontraban
siempre que algún boticario del radio no le había mandado á buscar para
que le tradujese una receta ó la fórmula de un electuario.
Y habían ustedes de saber también que este padre de que voy hablan­
do, no sólo era noble y rico, sino que lo era más que ninguno de los otros
cuatro mayorazgos que había en el pueblo y que como él tenían derecho
de usar el don, por privilegio especial que la Corona había concedido á
sus antepasados.
Era su casa, aunque pequeña, la mayor de todas y la única que tenía
balcones en lugar de rejas, patio con pilares de piedra berroqueña, blaso­
nes en una esquina de la fachada y un retablo de la Virgen de las Angus­
tias en el portal.
El tratamiento de usía y la cuerda y el puñal que colgaban de su es­
cudo de armas eran los únicos restos del derecho de horca y cuchillo que
había ejercido la casa cuando tenía el señorío del pueblo; sus haciendas,
aunque eran muchas, estaban todas vinculadas, y desde que su esposa le
hizo padre supo lo que le tocaba hacer.
Y lo que hizo fué contar y recontar las cabezas de sus ganados, dirigir
por sí propio las cosechas de la bellota, apremiar á los deudores y ponerlo
todo corriente para que cuando el primogénito estuviese en edad de pe­
dirle cuentas no le pudiera echar en cara el menor despilfarro; antes por
el contrario, encontrase su patrimonio fielmente administrado.
De año en año fueron naciéndole los demás hijos, y desde el segundo
en adelante empezó á ocuparse de todos para darles carrera y hacerles
hombres.
No volvió á pensar en el primero, que dicho se está que siendo mayo­
razgo tenía su tutor, su padre y sus maestros en sus rebaños y en sus en­
cinas; y aun el segundo le fatigaba poco, porque la casa tenía una cape­
llanía de sangre que le venía pintiparada.
Si el uno nacía mayorazgo el otro nacía capellán y ambos traían ase­
gurada la subsistencia.
Con Dios, que le daba cuanto tenía, no podía cumplir mejor que ofre­
ciendo á su servicio el primer hijo de intención libre, y natural era que
al rey, que de tejas abajo era su amo y señor, le diese el que nació des­
pués.
Confió con razón en que sus pergaminos y sus abolengos le alcanza­
rían fácilmente unos cordones ó una bandolera, y ya no tuvo que pensar
en la suerte del tercero.
El tercero de una casa no podía dejar de ser militar.
Las mayores dificultades vinieron con la venida al mundo del cuarto.
Lo primero que pensó su padre fué hacerle cura y darle un beneficio

224

ANTONIO FLORES

simple de que también podía disponer la casa, pero era de pocas rentas
y no le tenía cuenta al muchacho; meterle fraile no podía ser tampoco,
porque nació algo enfermizo y no le admitirían en el convento. Alguien
de la familia se atrevió á indicar que podía hacer estudios de médico ó
boticario, y la sangre azul de la casa hirvió afrentada en las venas.
Por fortuna la madre recordó que estando encinta de aquel niño ha­
bía visto en sueños una vara, y puesto que, siendo ella noble, aquella vi­
sión no podía significar que su hijo había de ser arriero, la vara era vara
de alcalde mayor, y para alcalde mayor le criaron.
— No se hable más del asunto—dijo el padre,— le haremos abogado.
Y aunque los abogados no se hacían ayer tan á dos por tres ni tan á
tres por cada dos como se hacen hoy, se hacían con más facilidad que
mañana. Porque han de saber ustedes que mañana encontrarán los quí­
micos la quinta esencia de los códigos; y grabado el extracto de todos
ellos en el reverso de las monedas, cada ciudadano llevará en el bolsillo
una legislación completa y la administración de justicia será más fácil
que una administración de loterías ó un estanquillo.
La curia toda, que no los abogados, será una pesadilla histórica, y los
alegatos y los testimonios no andarán por el mundo. Cuanto más que si
fuere preciso presentar algún escrito en papel de sello, como el de fumar
estará sellado, con solo un librito habrá para cien pleitos.
Pero volviéndonos al día de ayer , que es el único que por ahora nos
interesa, digo y repito que no era cosa muy fácil el hacer un abogado, así
como añado que era muy fácil el pensar hacerlo sin que quedara hecho.
Y no porque no fueran buenos fabricantes del género los Salgados y los
Covarrubias de Alcalá y de Salamanca, sino porque los muchachos á todo
iban á Salamanca y á Alcalá menos á estudiar leyes y á ponerse en dis­
posición de ser garnachas de las audiencias.
Iban á dar un susto diario al ama del canónigo y á éste de rechazo; á
no dejar que el alcalde mayor durmiese una sola noche en su cama; á te­
ner en una alarma continua á la tropa, y por último, á andar siempre
rotos, descosiendo en el juego la ropa que les cosían sus padres con hilo
de oro.
Y dejando también esas roturas para uno de los próximos cuadros y
volviendo á mi cuento, digo: que apenas el bueno del extremeño hubo
echado sus cuentas y visto que su mujer había dejado de ciarle sustos,
arrojándole nuevos gorriones sobre las pocas eras libres del mayorazgo,
determinó que los tres hijos que habían de seguir carrera aprendiesen á
leer y escribir. Al primogénito, como que la tenía hecha, no le corría gran
prisa calentarse los cascos; y en cuanto á las hembras, ¿para qué querían
saber leer ni menos escribir?

A Y E R , HOY Y MAÑANA

225

¡Por ventura iban á ser doctoras de Salamanca! Pues en sabiendo la
que había de aliviar á su madre en el gobierno de la casa adobar la carne
de los embutidos, dirigir una cochura de pan, poner una olla, que siendo
podrida era poner una pica en Flandes, y fregar y barrer, ¿para qué ne­
cesitaba otra cosa?
La monja tomaría el hábito muy joven, y tiempo tenía de aprender á
hacer rosquillas y acericos en el convento.
Y en cuanto á la casada, con saber que el marido iba á ser su señor
tenía aprendido su oficio de esclava. Alguna cosa le enseñó su madre del
manejo de la aguja, y si no la enseñó todo lo que ella sabía era porque
siempre la estaba repitiendo el refrán de que «la mejor maestra de remen­
dar son los muchos hijos y el poco pan.»
No tuvo, pues, el maestro de escuela otros discípulos que el cura, el
militar y el letrado, y por ser ellos nobles nunca les dió lección al mismo
tiempo ni en el mismo lugar que á los hijos de los plebeyos. Pero esta
distinción no les perjudicó en lo más mínimo, porque los unos y los otros
salieron poco medrados del poder del sacristán y no mucho de manos del
boticario.
El mismo padre, que no otro juez más imparcial, decía lleno de gozo
al ver las planas:
— ¡Vamos, que para ser en un pueblo no han sacado mala letra!
Las del padre eran más gordas que las bellotas de sus haciendas, y
otras no había visto, porque fiel á sus deberes de mayorazgo no había sa­
lido nunca del pueblo.
Para llevar á sus dos hijos, al presunto capellán y al futuro abogado,
á estudiar latín, tuvo que ponerse en marcha, y lo hizo entregándolos
por fin, bañados con las lágrimas de su madre, en poder del enjuto y
apergaminado preceptor.
Del cual, te lo suplico lector, siquiera no me otorgues otro favor en el
resto de la obra, permíteme que te diga dos palabras.
Ya sé, y no te envidio la sabiduría, que sabrás latín, y que si no eres
pollo, que no lo serás, porque en ese caso no serías lector, habrás estudia­
do esa lengua muerta con algún dómine vivo y efectivo; pero ¡qué valdrá
el tuyo ni todos los dómines juntos al lado del mío!
Tan seguro estoy de que no hay ninguno que le haga sombra, aunque
resucitase el mismo Cabra, que te permito que traigas cuantos quieras á
que entren con él en oposición.
Y no sólo en oposición de latín; que eso, inclusas las monjas y los bo­
ticarios, cualquiera lo sabía entonces: ni en elementos de retórica, que
olvidados los, tenían hasta los patanes en su gramática parda, sino en
historia, en jurisprudencia, en medicina, en botánica y en cuantas artes
T omo I
15

226

ANTONIO FLORES

y oficios se conocían entonces y en otros muchos que no llegarán á cono­
cerse nunca, si ya no fuese cierto lo que se dice, de que mi dómine tuvo
la generosidad de dejar los manuscritos y alguien se haya aprovechado
de ellos.
¡Pues qué te diré de su ciencia económica y de su economía higiéni­
ca! ¡Qué del aseo y limpieza interna con que preparaba á sus discípulos
para que los vapores del estómago no perturbaran la paz del quis vel quid
que iba á entrarles en la cabeza!
Que vengan también esas patronas de huéspedes que hacen alarde de
no haber tenido ni un solo enfermo de indigestión en sus casas, y verán
cuánto tienen que aprender de mi dómine en su manera de tratar á los
pupilos.
Pero ¡ay!, lector, que te he pedido dos palabras y voy á necesitar dos­
cientas.
Sé generoso y dámelas.
Autorízame para abrir un nuevo cuadro, que con todo de ser muy es­
currido mi dómine, yo tengo seguridad de que ha de llenarle y aun ha
de faltarnos lienzo.
Robaréle por si acaso un trozo al presente, donde en paz se quede el
único rapaz que ha abrazado la carrera de la guerra, hasta que le eche­
mos los cordones de cadete ó la bandolera de guardia, y vengan conmigo
la iglesia y las letras, ó la milicia de Dios y la milicia del diablo.

CU AD R O XXXI

UN

DÓMINE

DE

AYER

«Si en las escuelas no aprendiste nada,
si en poder de aquel dómine pedante
tu banda siempre fué. la desgraciada,
¿para qué proseguistes adelante?»

(Moratín.)

Que se formen, lector, si así lo quieres, en orden de parada todos los
vecinos del pueblo; que salgan de entre lilas todos los flacos, todos los
tísicos, todos los muertos y hasta todas las sombras, no me importa; aun
así tengo seguridad de que has de reconocer á mi hombre.
Mírale bien: no es que deja de estar gordo, sino que no está flaco si­
quiera. La flaqueza supone carne, y la carne no se pega nunca al es­
píritu.
¿No has visto á los árboles altísimos perder la medula y no conservar
otra cosa que la corteza? ¿No sabes que ella les basta para circular la
savia?
Pues bien: mi dómine, si alguna vez tuvo algo más. hoy sólo conserva
el pellejo. También le basta para encerrar en él todos los aparatos de la
economía animal.

228

ANTONIO FLORES

Si pudo ser un hombre en relieve, ya no es más que un hombre en
estampa.
Y digo que es, á pesar de que su generación ha dejado de ser, porque
aunque el dómine ya no existe, vive su sombra y yo la veo muy á
menudo.
La veo en las vetustas academias luchando á brazo partido con un vo­
cablo que no se debió partir, y se ha partido porque se le rompió al im­
presor el diptongo; la veo en el foro arrojando citas latinas para probar
inocencias gitanas; la veo en la prensa esgrimirlas disciplinas sobre todo
el que no acata su magisterio; la veo en el Parlamento dando lecciones
sin que nadie se las pida, y la veo, en fin, ahora, que si no la viera, difí­
cilmente podría retratarla.
La veo y no quiero que tú dejes de verla.
¡Mírala!.... ¡Mírala!
Tiene seis pies de alto por medio de ancho; es enjuta, enjuta, enjuta
como la espina de un salmonete: las piernas son secas, pero duras y lar­
gas; los brazos no se quedan cortos, y tanto, que según dicen los discípu­
los pecan de largos; el pecho se ve lo mismo por delante que por la es­
palda, el vientre se ha subido á esperar órdenes al estómago, y el cuello
ni es tan grueso como el de una botella ni más delgado que el de una
cigüeña.
La cabeza tiene menos perfiles que el cuerpo; sólo la barba es aguda,
y la nariz, cortante y punzante, casi pertenece á las armas prohibidas por
el Código penal.
En cambio, los labios parece que aún retienen la última tajada que
debieron enviar al estómago, y los carrillos tienen todo el jugo necesario
para dar vida al semblante; y tanto, que si no fuera así, ya se habrían se­
cado al cabo del tiempo que hace que los ojos no les envían una lágrima.
Retirados éstos á las últimas piezas de su vivienda, sólo se asoman de vez
en cuando para limpiar con las pestañas el polvo de las mejillas.
Por último, el cabello, abrasado de sed por no hallar ni una gota de
sudor, se ha ido quemando y ya no quedan sino algunos restos ceni­
cientos.
He ahí el alma del dómine de ayer .
¿Quieres ver el cuerpo? Pues mira:
El cuerpo es una chupa que á fuerza de ejercer su oficio ha chupado
su primitivo color negro y ya es pardo; un calzón de punto que por calzar
los menos posibles no calza ni los de las medias, que son de seda á trozos
sí y á trozos no, y el que haya visto alguna criba que me entienda; los
zapatos se han encariñado del cuero de los pies y le dejan hacer el gasto;
la camisa, como que anda por debajo de la casaca, hará novillos la mayor

AYER, HOY Y MAÑANA

229

parte de los días, y es lo cierto que no se la ve cumplir su obligación en
ninguno de los sitios públicos, como son los vuelos y la chorrera; y por
último, un corbatín blanco, que blanco había de ser para que no se le
antojara pasar por negro, y un gorro de este color y descendiente de
los mismos girones ilustres que las calcetas, completan las carnes del
dómine.
Y ahora te pregunto yo, lector: con tal alma y tal cuerpo y haberle
bautizado con el nombre de Canuto y dejarse llamar el dómine Cerba­
tana, ¿te parece posible que haya quien se atreva á ponérsele al lado para
decirle: ego sam qui sum, et qui faturas sumí
No te canses en buscar quien pueda pujarle la primacía de su oficio.
Cerbatana es, ha sido y será el mejor y el único de los dómines, incluso
el dómine Lucas y el dómine Berrio.
Vivía en un pequeño villorrio de España, porque siempre el mérito ha
estado obscurecido y porque más subía de punto el suyo cuanto mayor
era la distancia que andaban las gentes para verle y solicitarle.
Nadie con más razón que él podía decir que no era borrego aunque
vestía de lana, porque ni había nacido en aquellas tierras, ni se había
criado para enseñar la lengua latina á gentes que Dios sabe cómo habla­
ban la castellana; pero son las vicisitudes humanas tan simpáticas entre
sí como las cerezas, y agárranse y se encadenan las unas á las otras de tal
manera que no hay forma de separarlas.
Ni los de Persiles y Segismunda, ni los de Job, ni ningunos otros tra­
bajos son comparables á los que sufrió el dómine Cerbatana en su larga
carrera de humanista y en las pequeñas incursiones que hizo en la juris­
prudencia y en los cánones.
Si hubiéralos de referir ahora, tendría necesidad de un volumen en
folio.
Bastará decir que el último de todos, el que le hizo abrazar la deses­
perada resolución de propagar el Marco Tulio Cicerón entre las carrascas
de Extremadura, fue un desaire que le hizo la Academia greco-latina, ne­
gándose á admitirle en su seno porque no había sabido medir el verso
senario yámbico;
Beatus Ule, qui procul negotiis.

Tomó Cerbatana muy á pecho, á pesar de tenerle pegado á la espalda,
no el desaire que le hizo la Academia, sino la ignorancia de sus individuos,
que le acusaban de no saber medir versos latinos, siendo así que en toda
su vida había medido otra cosa que versos y el agua de la tinaja para
que no se la desperdiciasen los discípulos.

230

ANTONIO FLORES

No quiso permanecer ni un solo momento más en la corte, y abrió su
estudio ele latinidad con algo de retórica y tambie'n algo casi de poética
en el lugar de que queda hecha mención y cuyo nombre no pienso men­
cionar por ahora.
Los vecinos de aquella villa no estaban acostumbrados á hombrear
con los sabios, y como tenían además la rara modestia de creer que ellos
no lo eran, recibieron admirados al dómine y faltó poco para que acogie­
sen su fama con palio, capa de coro y aun ciriales.
Cediéronle desde luego una casa para que estableciera en ella el estu­
dio; se pasaron pregones á los pueblos de la circunferencia, anunciando
la llegada de un preceptor de latín, y en poco tiempo acudieron cerca de
una docena de muchachos de trece, quince y diez y seis años.
Los del pueblo se matricularon en clase de externos; á los otros debía
el dómine darles pupilaje.
Nada quiero decir de los primeros, que como entrantes y salientes no
podríamos verlos sino algunas horas al día; voy á hablar de los segundos,
para los cuales el dómine lo era todo: el padre, la madre, la patrona y el
maestro.
El pupilo no era la mitad, sino las cinco cuartas partes de la existen­
cia del dómine de ayer.
La fisiología de éste sin la de aquél sería excusada.
De las doscientas palabras que te he pedido para hacer el retrato del
maestro, déjame gastar cincuenta en el de su discípulo.
¡Pobre muchacho! Sus padres no puede decirse que son unos potenta­
dos, que á serlo no permitirían que el niño estudiase latín; pero tampoco
les falta que comer: se lo quitan de la boca (esta es la frase sacramental)
para que al hijo no le falte nada de lo necesario y aun para darle mucho
de lo superfino.
Sus carrillos y la carne que le oprimen los ojos son ya una superfluidad
de su figura.
La madre, la abuela, las tías y todas las mujeres de la vecindad riegan
con sus lágrimas aquellas carnes que van á ser decomisadas en la cuares­
ma perpetua del dómine Cerbatana.
Ignoran la suerte que le aguarda á aquel rollo de manteca que criaron
con tanto regalo, y sin embargo, un presentimiento funesto les hace mal­
decir la lengua de Cicerón y de Catilina.
Si no pensaran en que el chico no puede llegar á ser cura del pueblo
sin aprender latín, no le dejarían marchar de su lado. Y poco tendrían
que trabajar para conseguirlo, porque el padre no está menos afectado
que ellas cuando ensilla la ínula de paso en que ha de cabalgar con su
hijo hacia el estudio de latinidad.

A Y E R , HOY Y M AÑANA

231

JNTo tienen otro consuelo en su desgracia que el de haber hecho cuanto
estaba de su parte, y mucho más por endulzar lá suerte futura del estu­
diante.
El baúl de la ropa blanca, el de los vestidos, las provisiones de la al­
forja, las cestas de los bollos, todo el equipaje, en fin, es digno de un
príncipe.
El muchacho llega á casa del dómine con un ajuar completo y mag­
nífico.
Ultimamente su padre le entrega á la despedida un bolsillo con unas
cuantas monedas de plata y oro para las urgencias precisas y extraor­
dinarias.
Cuando e'ste vuelve á su pueblo, la esposa le pregunta si el muchacho
ha quedado contento, y él la contesta que sí y que sin disputa su hijo es
el más guapo de todos los que allí había.
— Todos sus compañeros— la dice—están espiritados y á su lado pa­
recían ánimas del purgatorio. Un moflete de nuestro hijo— añade riendo
— tiene más carne que toda la de aquellos muchachos.
— ¡Dios quiera que se nos conserve tan hermoso!— exclama la madre.
—¿Crees que le darán buen trato?
— El dómine me ha dicho que puedo venirme descuidado en ese punto,
porque allí se estudia bastante, y cuando se dice á estudiar se estudia;
pero que en llegando las horas de comer comen hasta que no dejan nada
en los platos. Me ha enseñado la casa, y en cuanto á limpieza es cosa
extremada; acababan de comer cuando fuimos, y la cocina estaba tan
limpia que no parecía sino que nunca se había guisado en ella.
Algo tranquilizan á la madre las noticias que le da su marido, y en
cuanto al muchacho ni siquiera le ocurre el pensar la suerte que le
aguarda.
Los veteranos de la casa nada le dicen, y sólo piensan en apoderarse
de la rica despensa que lleva consigo; lo que logran fácilmente, porque el
neófito, rendido del viaje y harto de comida, se entrega á un sueño tan
profundo como no le volverá á conseguir en aquella casa.
Pregunta al despertar por sus provisiones, y nadie le da razón de ellas.
Si se resigna y calla, las pierde; si acude en queja á la superioridad, las
pierde también, y los pupilos golosos son castigados por el dómine con
la privación de comidas por uno ó dos días, según la importancia de la
cantidad robada.
Fuera mayor castigo para ellos el de un hartazgo, porque al ayuno,
más ó menos completo, están de sobra acostumbrados. Y esa (entre pa­
réntesis) era la única sobra de aquella casa: la sobra de la sobriedad en
las comidas.

232

ANTONIO FLORES

Por eso al empezar este cuadro dije que las más afamadas patronas
de huéspedes podían y debían tomar lecciones del dómine Cerbatana en
materia de economía doméstica; por eso creo ahora que desde el milagro
de la multiplicación de los cinco panes y los tres peces, no ha habido ni
habrá quien haga con la comida mayores prodigios que los que hacía el
dómine Cerbatana.
Yo bien sé que cualquier madrastra es capaz de hacer con una onza
de chocolate dos, y que este milagro se obra diariamente en casi todas
las casas de huéspedes; pero sobre no ser tan general entonces, aún era
mayor el que hacía Cerbatana sacando seis jicaras de cada pastilla, y no
claro, sino tan espeso que casi empalagaba. ¡Tan abundante andaba allí la
harina de almortas!
El pan decía que le daba á discreción; pero como esta picara frase
tiene dos sentidos, Cerbatana la usaba en el más perjudicial para los pu­
pilos, y les partía unas rebanadas tan discretas y tan sutiles que se les
cimbreaban en la mano como papeles de fumar, siendo ya cosa corriente
entre los muchachos ponérselas delante de los ojos y decirse los unos á
los otros:
— ¿Ves al dómine?
— ¡Ay! ¡Ojalá no le viera!
Era el caldo de la sopa un adelanto postumo para la industria, y ¡vive
Dios que si Cerbatana murió sin descubrir su secreto, la química debe
arrastrar lutos eternamente!
En cualquier punto de España habría sido un prodigio cocer la carne,
los garbanzos y el tocino sin que soltasen una gran cantidad de substan­
cia en el agua; pero en Extremadura, donde el caldo se solidifica á veinte
grados sobre cero y aun caliente y líquido se masca y no se bebe, era un
verdadero milagro escurrir la olla y sacar un caldo incoloro, inodoro,
insípido y con todas las condiciones y propiedades del agua común.
Si antes de presentarlo á la mesa no le echaran un polvo de azafrán y
otro de pimentón, no como alimento, sino para alegría del espíritu, nadie
sería capaz de adivinar su procedencia.
Los garbanzos eran por su tamaño un preludio de la medicina homeo­
pática que había de venir al mundo más tarde, y si el doctor Hannemán
hubiese estudiado con Cerbatana, tendría poco mérito la no muy merito­
ria invención de sus globulillos.
También la carne se administraba allí en cantidades infinitesimales, y
si algún domingo ó fiesta de guardar, y es de advertir que el dómine
guardaba pocas, se daba un plato extraordinario, que en ninguna mesa
pudo con más razón llamarse principio, hacían el gasto los huevos. Pero
no los que el vulgo conoce por tales, producto natural de la gallina, sino

AYER, HOY Y MAÑANA

233

los que hacía el dómine Cerbatana, batiendo en agua de almidón la clara
de uno para hacer con ella media docena; y en cuanto á las yemas, con
una y dos onzas de harina y un polvo de azafrán, las hacía tales, que
habrían dado chasco al más inteligente fraile dominico.
De los postres no se hable en un país en que tanto abundan las be­
llotas, y con una fanega tenía para dar cuatro á cada muchacho todos los
días del año.
Dábalos á cenar gazpacho, porque decía que de noche no es prudente
cargar el estómago, y raro era el día que en esa ensalada de pan ó en la
de verdura no se olvidaban de la aceitera.
Nunca de estas faltas ni de otras mayores aparecía responsable Cer­
batana, sino su ama de gobierno, que discípula suya muy aprovechada
se le había identificado de tal suerte que, á decir del dómine, ya le aven­
tajaba.
La primera semana y aun el primer mes de tan violento ayuno era
terrible para los muchachos, y habría terminado la existencia de mu­
chos de ellos si en las vacaciones ordinarias y en las de enfermedad, que
pasaban en sus casas, no se repusieran para volver de nuevo á las vi­
gilias.
Y no era esa temperancia un castigo que el dómine daba á sus discí­
pulos, ni menos se crea que les obligaba á ser parcos y sobrios en la
comida por medios violentos, sino por el contrario, con razonamientos
higiénicos les amonestaba á no abusar de los manjares.
Porque el uso y el abuso, les decía, son dos hermanos que con facilidad
se toman el uno por el otro, y como hijos de verbos que se conjugan del
mismo modo, debe tenerse gran cuidado de distinguirlos.
Extendíase no poco citando historias lastimosas de excesos de gula, al
paso que les aseguraba no haber muerto nadie por hambre, sino que por
el contrario, las gentes que más vivían eran las que menos hacían pol­
la vida.
Y remachaba su opinión con cien aforismos de Hipócrates, en latín,
por supuesto, cosa á que era en extremo aficionado, para que á él no se
le pudiera decir que «en casa del herrero cuchillo de palo.»
Lo de que el hombre no vive para comer, sino que come para vivir,
era su máxima favorita, ó, como dirían los hombres de hoy, su credo eco­
nómico.
Y estaba algunas veces tan elocuente, que aunque los muchachos se
retiraban de la mesa siempre con hambre, solían quedar casi convencidos
de que el dómine tenía razón.
¡Tanta era la influencia moral que ejercía en esa cuestión puramente
física y matemática!

S¿34

ANTONIO FLOHES

Por eso he dicho que obraba prodigios en la educación moral del es­
tómago.
Con la cabeza era más tolerante, aunque creía, como el maestro de
escuela, que la letra entraba con sangre, y unas correas de cuero eran el
sangrador de sus discípulos.
Pero no había grandes derramamientos, ni se crea que las correas
del dómine eran el doctor Sangredo del estudio, sino un ligero revul­
sivo expectante, ó como si dijéramos, el acónito homeopático de estos
tiempos.
Ni el dómine se cebaba al descargar su brazo, ni la sangre estaba allí
tan de sobra que fuese á saltar por una simple sacudida.
Precisamente la manera de azotar y las consecuencias de los azotes
es lo que más distingue al maestro de primeras letras y al dómine. El
primero, antes de coger las disciplinas, se enfurece y tiembla y descarga
con furor el brazo, como si real y verdaderamente hubiera de vengar
alguna ofensa propia; el segundo se sonríe y habla y da el golpe con la
frialdad del verdugo que venga las ofensas del prójimo.
Al maestro de primeras letras le toca vindicar sus propias planas mal
copiadas por sus discípulos; el dómine, por el contrario, sale á la defensa
de Virgilio, de Horacio ó de Tito Livio,'y no puede tomarlo con tanto
calor.
Corrige los disparates, porque si no los corrigiera, los muchachos no
aprenderían nunca, y los corrige alguna vez con las disciplinas para que
los tenga presentes la carne y no se los deje repetir al espíritu.
Pero no era el dómine Cerbatana de los más aficionados á ese sistema
de enseñanza, y como su principal cuidado era la salud de los discípulos,
prefería castigarles el estómago á estropearles el pellejo.
Fiaba también mucho á la emulación y al amor propio, y al efecto
tenía dividida la clase en dos bandos que se denominaban Roma y
Cartago.
Era el uno constante rival del otro, y había además dentro de esos
mismos bandos puestos de preferencia que se disputaban á cada momento.
— Contra te—decía entusiasmado un chiquillo al oir una contestación
que él tenía por falsa.
—Per te — replicaba el reprendido.
— In te— gritaba de nuevo el retador.
— Cien puntos— solía decir el retado.
— Doscientos — contestaba el otro,
Y dirimida la contienda por el dómine, se apuntaban al bando del
que no tenía razón las rayas que habían jugado en la apuesta para el
escrutinio del sábado.

AYER, HOY Y MAÑANA

235

Y el sábado se adjudicaba una bandera y una corona al bando que
había sacado más puntos á su contrario.
Con lo cual excuso decir á ustedes qué tal andaría el refectorio los
sábados.
Ocupado Cerbatana en hacer el escrutinio y engreídos los muchachos
con la esperanza del triunfo, el sabado venía á ser viernes y aun viernes
de Cuaresma y hasta Viernes Santo.
Los vencidos no pagaban su falta con sólo perder la bandera y la co­
rona, sino que en lugar de aquéllas les ponían una tablilla que decía:
burro Boma ó burro Cartago, y el más holgazán del bando paseaba el
aula con una coroza sobre la cabeza.
Con esos estímulos y el estimulante de cuero iba Cerbatana haciendo
latinos que en menos de dos años solían echar el régimen en una catilinaria y hacer una oración de activa á cualquier Catalina pasiva de su
pueblo.
El tercero le empleaban en aprender los rudimentos de retórica y poé­
tica, sin que les sirvieran para ser poetas ni retóricos, sino para medir
versos latinos ó para analizar las metáforas de Virgilio ó los tropos de
Cicerón.
Algo de poesía castellana les enseñó Cerbatana á sus discípulos; pero
con enseñarles toda la que él sabía, resultó después que no les había en­
señado ninguna.
Encargábales, ó les señalaba, como él decía, de asunto la vida de tal
ó cual santo para que hicieran una décima, y de ellas tengo yo en mi
poder algunas; pero no me atrevo á copiarlas temiendo que me citen á
juicio de conciliación el Vicario ecleshístico de una parte, y de la otra las
nueve hijas de Apolo, ó su apoderado en esta corte, si es que hoy le tienen,
aunque presumo que no, visto lo que tarda en decir esta boca es mía á
los muchos poetas que quieren hablar por boca suya.
No es, sin embargo, el peor de los versos de ahora tan malo como el
mejor de los que hicieron los discípulos de Cerbatana y aun Cerbatana
mismo.
El gran poeta que produjo su enseñanza fué un pupilo que al despe­
dirse le dejó escrito lo siguiente en la cocina:
Quis vel quid

ni burros ni sabios se atracan aquí.

Pero como quiera que él no presumiese tanto de poeta como de pre­
ceptor de latinidad, y esto lo era á las mil maravillas, no hay por qué
acusarle.

236

ANTONIO FLORES

En cuanto á buen humanista, ya han visto ustedes lo mucho que
amaba á la humanidad.
La amaba hasta el punto de convertirla en espíritu.
En su poder entraban robustos cuerpos castellanos que él transfor­
maba en sutiles almas latinas, y eso era algo.
Era tanto, que era lo que ayer constituía un verdadero dómine.

CUADRO XXXII
LÓGICOS, M E T A F ÍS IC O S , FÍSIC O S Y É T IC O S
Ó LOS FILÓSOFOS DE 1800

Ni Platón ni Sócrates ni Aristóteles, ni más tarde Descartes, Newton
y Leibnitz supieron una jota de lo que era filosofía, ni á las ciencias físi­
cas les tomaron el pulso ninguno de ellos, ni dieron otra cosa que una en
el clavo y ciento en la herradura cada vez que tomaban el martillo de la
lógica para descerrajar el armario de la razón y de la naturaleza.
Hasta que los filósofos de ayer trincharon la empanada, dividiéndola
en cuatro porciones, llamadas lógica, metafísica, ética y física, no supo
la filosofía por dónde se andaba, y á cada paso tenía que acudir en busca
de algún griego para que la hiciese luz en el camino.
Afortunadamente los frailes dominicos y los agustinos se la encontra­
ron perdida en el camino de la investigación, y temiendo que se extra­
víala en las callejuelas de la impiedad la dieron asilo en sus conventos.
Aistieionla desde luego con traje latino para que anduviera segura
entre los castellanos, y cuando los muchachos, recien salidos del poder
del dómine, apenas sabían roer una fábula de Esopo, les arrojaban un
troncho de filosofía latina que sólo servía para abrirles el apetito ponién­
doles los dientes largos de una vara.
Tres años gastaban en hacerlos lógicos, metafísicos, éticos y físicos,

V

238

ANTONIO FLORES

y los muchachos salían del poder de los frailes sin saber lo que era aque­
lla lógica metafísica que les enseñaban, ni para qué servía la física ética
de que les habían llenado los cascos.
Aprendíanlo todo de memoria como unos papagayos, y cuando el fraile
les preguntaba: ¿Quid est lógica?, con responderle que Ars rede rationandi redeque diserendi, ú otra definición más complicada que ellos no en­
tendían, quedaban tan satisfechos.
Así ganaban el curso y así volvían á sus casas á oirse llamar filósofos
á boca llena.
El curso de ética era tan sublime que muchas veces ni lo entendía
el fraile que lo explicaba ni el discípulo que lo oía; pero ambos quedaban
conformes, el uno en haberlo enseñado y el otro en haberlo aprendido; y
como á partes contentas no hay juez querelloso, los padres del ético, que
eran los únicos que podrían haberse llamado á engaño, tenían harto que
hacer con pensar en que tenían un hijo latino, retórico, poético, lógico,
físico, ético y metafísico.
De la física no se hable, pues á pesar de que los frailes en el certifi­
cado que libraban al discípulo decían que se la habían enseñado tam generalis quam particularis, el muchacho salía, general y particularmen­
te, ignorante de todo, hasta del uso que podría hacer algún día de aquello.
Así les sucedió más tarde que cuando tuvieron necesidad de negociar
la física que habían aprendido vieron que no era moneda corriente en el
mercado de las ciencias, y si alguno tuvo la candidez de acudir al fraile
que se la había enseñado, preguntándole cómo se usaba aquella física
para que sirviese en las escuelas de medicina y de farmacia ó en las ar­
tes, oyó contestar que aquella física era la escolástica, y que nada tenía
que ver con la experimental, que habían inventado los hombres y de la
cual darían cuenta á Dios más tarde.
Pero si el secreto quedaba entre el fraile y el muchacho, ¿cómo no ha­
bía de guardarle la familia de éste, que no entendía de otra cosa que de
pagar las matrículas, de comprar los libros y de fabricar tareas de cho­
colate para regalar al padre maestro?
Desde que entraban en la casa los libros escritos en latín la familia se
declaraba incompetente, y el muchacho era árbitro de estudiar ó no y
aun de abrirlos al revés, pues á su padre tanto le daban al revés como al
derecho. Asombrábanse siempre que le oían repasar á voces la conferen­
cia, y más de una vez y más de un padre llamó á su hijo para que tu­
viese la bondad de decir algo en latín delante de las gentes.
Solía el muchacho negarse y solía el padre insistir en ello, diciendo:
-—Pues entonces, ¿para qué lo aprendes?.... ¿para qué me gasto yo el
dinero en pagarte maestros?

A Y ER , HOY Y MAÑANA

239

—¡Pero si estos señores no lo entienden!....—replicaba el estudiante.
—Mejor para ti: así podrás decirlo sin miedo.
—¿Y qué quiere su merced que diga?
—Lo que tú quieras. Los buenos días 6 lo que lias almorzado esta
mañana, cualquier cosa.
—Eso no puede ser—decía el muchacho.
—¿Por qué no?
—Porque eso no se dice en latín.
—Pues qué, ¿no almorzaban los latinos?
El muchacho se quedaba perplejo, y por último decía:
—¿Quiere su merced que diga el Barbara celareral
—¿Y qué es eso?—preguntaba el padre.
—¡Toma latín!
—Sí, ¿pero qué significa?
—¿Y cómo quiere su merced saberlo, si no ha estudiado latín?
—Pues por eso te lo pregunto.
Y el estudiante volvía á quedarse suspenso, hasta que salía del com­
promiso largando un trozo de conferencia del día anterior, con lo cual el
padre quedaba satisfecho, la madre alborozada, las gentes atónitas y la
abuela le estrujaba entre sus brazos, diciéndole:
—¡Ven acá tú, filosofazo mío, que vas á ser un Santo Tomás de Aqui­
no, si Dios no lo remedia!
—Lo que hace falta—replicaba el padre esforzándose por disimular la
alegría—es que no sea revoltoso; que el otro día cuando fui á llevar aque­
lla limosna para misas á su maestro me dijo que era muy malo.
—También le dijo á su merced que era yo el más aplicado de todos.
—Sí, pero ya sabes que te pone de rodillas muy á menudo, y eso es
una vergüenza en un hombre que estudia filosofía.
—El otro día me puso sin motivo.
—Algo habrías hecho.
—No, señor, sino que bajaba de mal humor, y cuando está así la pega
con el primero que halla.
—Demasiada paciencia tiene—decía el padre—para lidiar con tantos
muchachos, todos grandes ya y cada uno hijo de su padre y de su madre.
—Lo que á mí me gusta—decía la abuela—es que no los castigan dán' cióles azotes, como el picaro del dómine.
—Sí—replicaba el muchacho,—pero si viese usted qué garrote tan
gordo trae el fraile escondido debajo del hábito....
—Y ¿para qué?
—Toma, para pegar al que no se sabe la conferencia. El otro día se lo
tiró á uno, y si no se baja le rompe la cabeza.

240

ANTONIO FLORES

— ¡Qué barbaridad!
— Ya te he dicho—interrumpía el padre— que lo que pasa en el aula
no se cuenta á nadie.
— ¡Hace bien en decirlo, pobrecito!— decían á la vez la madre y la abue­
la.— ¡Malditos estudios, que van á dejar lisiado á nuestro pobre hijo!
Cuando la conversación tomaba ese giro, el padre la cortaba mandan­
do al muchacho que volviese á seguir estudiando, y él quedaba recibiendo
las enhorabuenas de las gentes por tener ya un filósofo en casa.
La abuela le indemnizaba del susto del garrote con regalarle algunas
monedas para que comprase dulces, que solía decomisar el fraile, y los
buenos informes de éste respecto á la aplicación del muchacho le valían
algunos obsequios del padre; siendo los más notables el que le hacían
llevándole por primera vez al teatro el día que se examinaba de lógica y
el de un reloj que le compraban cuando daba por terminada la filosofía-.
Pero al dejar de ser filósofo y de estar bajo la virga ferrea, como lla­
maba el fraile al garrote, sale ya del dominio de este cuadro y pasa al
lienzo grande de la milicia de Dios ó de la milicia del diablo.
Abandona de una vez, y no por temporada, el hogar paterno para
abrazar la carrera de la Iglesia ó la del Foro, y ya no nos pertenece ni
poco ni mucho.
Aguárdanle nuevos pintores en Alcalá y Salamanca, y ellos son los
que han de darnos su retrato.
No es aún el muchacho mayor de edad; pero ha cumplido diez y ocho
años por lo menos, y bien podemos dejarle ir hasta más allá en compañía
de su padre, que si no ha logrado alcanzarle alguna beca nos le dará ins­
talado en una casa de huéspedes, y punto concluido.

CUADRO XXXIII

EL E S T U D I A N T E D E A LC A LÁ

«Comprarás primeramente
una raída bayeta,
un sombrero semirroto
y con forro por de fuera,
un cuello á lo clerical,
una chupa que sea negra,
un zurrón y una mochila
en donde metas la hortera.»

Ya le tienen ustedes instalado en Alcalá.
Caballero en una torda andariega, á la izquierda de su señor padre,
que cabalgaba en otra no más perezosa bestia, y precedidos ambos de un
escudero andarín, llegaron por fin al templo de la sabiduría, al emporio
de la inteligencia, á la fábrica, en fin, de los teólogos y de los legistas.
La modesta matrona que había hospedado tantos obispos en agraz,
tantos magistrados en flor y tantos hombres de Estado en bruto, los re­
cibió con su acostumbrada frialdad, sin ensanchar sus calles, sin empe­
drar sus plazuelas, sin blanquear sus edificios, y á la puerta de uno de los
más mugrientos y ruinosos los^ejó apear de las cabalgaduras, sin que
saliese el amo del castillo á festejarlos, ni el enano á anunciar su venida,
ni un escudero siquiera á tenerles el estribo.
Pidieron posada y se la dieron; cosa de comer no encontraron, pero
más tarde se la ofrecieron; y mientras el futuro pandecta pasaba la mano
Tono I
16

242

ANTONIO FLORES

por el lomo á las muías como si aquella fuera la última vez que hubiese
de enjugarlas el sudor de su cuerpo, el padre registraba un puñado de
cartas que traía en la alforja, y provisto de un guía se preparaba á repar­
tirlas en persona.
Abrieron antes los baúles que en otra acémila traían aparejados, y ves­
tidos con los trapos de cristianar se fueron ambos á visitar á los señores
para quienes traían cartas de recomendación.
Fue el primero, como era natural, el alcalde mayor, que antes de sa­
ber quiénes eran, ó mejor dicho, á lo que venían, les recibió con ceño; pero
que apenas supo que se trataba de un estudiante más, sin concluir de
leer la carta dijo, dirigiéndose al padre:
—Valiera más que este buen amigo, que lo es mucho mío, en vez de
recomendarme á este señor hijo de usted para que yo le atienda en lo
que le ocurra, me hubiese recomendado á él para que me tratara con la
consideración y el respeto que se merecen mis canas, mi ciencia, la vara
que empuño y la persona de S. M. el rey nuestro señor (Q. D. G-.), á quien
represento.
A pesar de que el bueno del alcalde mayor dijo estas palabras sin as­
pereza, los forasteros se asustaron hasta el punto de hincarse de rodillas
al oir el nombre del rey, creyendo haber faltado en no hacerlo desde que
entraron allí; pero alzólos el golilla diciéndoles:
—Así los quisiera yo ver siempre á ustedes, señores estudiantes, y no
alborotándome el vecindario con serenatas y escalando ventanas y mer­
mando doncellas; que apenas pasa día en que no tenga que andar provi­
denciando matrimonios y echando pregones en busca de honras que lle­
van los señores estudiantes de un lado para otro como arquilla de turroñero en feria. Porque ha de saber usted—añadió dirigiéndose al padre—
que aquí andan trocados los papeles, y cada estudiante parece un alcalde
mayor, según son de atrevidos y desaforados todos ellos. Y cuando dije
que yo debía ser el recomendado, no quise decir otra cosa sino lo que us­
tedes acaban de oir. Por lo demás, si este caballerito es tal como mi amigo
le pinta, puede contar con mi protección en todo lo que le ocurra.
—Descuide V. S., señor alcalde—contestó el padre,—que así lo hará,
y cuando no, obrará V. S. como quien es; que no en balde le tiene el rey
nuestro señor en este puesto, y yo no quiero que á mi hijo se le trate con
consideración cuando falte en algo.
—Eso por supuesto—repuso el alcalde;—yo soy inflexible: ya le dirán
los camaradas cómo las gasto.
—¡Camaradas!,...—exclamó el padre.—¿Qué quiere decir camaradas? Lo
primero que le he dicho es que no se junte con ninguno. ¡No faltaba otra
cosa! ¡Yo que lo supiera!

AYER, HOY Y MAÑANA

243

— Pues se juntará— dijo el alcalde sonriendo.— ¿Y qué ha de hacer sino
tener amigos?
— Amigos, no señor; no hay amigos que valgan: todos y ninguno.
— Déjese usted de cuentos. ¿Cuándo piensa usted dejarle solo?
— Mañana, si puedo ver hoy al señor rector y á otros varios señores
para quienes traigo cartas de recomendación.
— Pues pasado mañana ya anda este caballerito corriendo la tuna de
una casa en otra.
— Perdone Y. S. que le diga que no conoce ám i hijo— repuso el padre
con serenidad y hasta picado— ni sabe la educación que ha recibido.
— Cuanto más esmerada—dijo el alcalde— más pronto se la quitan sus
compañeros. Vuelva usted si quiere dentro de una semana y se conven­
cerá de lo que yo le digo; y ¡cuidado con dejarle letra abierta!
— Mi hijo no tomará sino el dinero preciso.
— Dios lo haga así— dijo el alcalde, viendo que el caballero se forma­
lizaba.
Y después de mediar entre ambos los cumplimientos de costumbre,
se retiraron el padre y el hijo, sin saber qué pensar de lo que les había
ocurrido con el alcalde.
Pero díjoles otro tanto un canónigo á quien fueron á visitar en seguida,
y aun éste les recibió con tal ceño, que ni aun por ceremonia les ofreció
la casa, y ya el padre empezó á creer que el alcalde tenía razón, y casi es­
tuvo á punto de que el muchacho se volviese á su casa, siquiera no apren­
diese leyes en su vida. Y lo hubiera hecho como lo había pensado á no
decirle el confitero-cerero, contra quien llevaba el crédito ilimitado, que
todo eran patrañas y chinchorrerías del alcalde y de los canónigos; que
los estudiantes se divertían como jóvenes, pero sin ofender á nadie.
El rector de la universidad no les dijo nada, ni aun casi les devolvió
el saludo, y terminadas las visitas volvieron á la posada, donde pasaron
el resto del día y la noche en un continuo sermón que el padre dedicó al
futuro estudiante, recordándole la educación que había recibido y previ­
niéndole que viviera siempre en el santo temor de Dios, huyendo de las
malas compañías, como de otros tantos lazos que el demonio tiende á los
jóvenes para su eterna perdición.
A todo dijo el joven amén, jurando en su interior y de toda buena fe
no faltar á nada de cuanto su padre le decía, y éste partió por fin al día
siguiente, después de dejar instalado al muchacho en la mejor casa de po­
sada que había en el pueblo.
A la patrona se le recomendó en secreto con edificante fervor, diciéndole que más que un huésped mirase en él un hijo y que le cuidara y
asistiera en todo, que sobre pagarla religiosamente lo que convinieran, no

244

ANTONIO FLORES

lo perdería por ningún estilo, pues daba con una familia que gracias á
Dios tenía algunos medios de fortuna.
Díjole la patrona que fuera descuidado, que tanto ella como su hija
serían unas fieles servidoras del señor estudiante, y que se alegraba de que
fuese joven de tan buenas prendas, pues ella, aunque se veía en aquellos
tratos, no era sino la viuda de un bedel de la universidad; que mientras
vivió su marido no había tenido necesidad de servir á nadie, y que tam­
poco recibiera á su señor hijo á no venirle tan recomendado y á no ser
persona tan principal.
Al bueno del padre le pareció excelente la casa é inmejorable la pa­
trona, y volvió á emprender la marcha hacia su aldea, adonde ansiaba
llegar para decir á la madre lo bien instalado que quedaba su hijo.
Este le vió partir con pena, y apenas había perdido de vista la comiti­
va, cuando oyó llamar á la puerta de su habitación y pronunciar el nom­
bre de su padre.
— Que pase adelante el que sea— dijo dirigiéndose á la patrona y asom­
brado de que tan pronto le pagasen la visita las personas á quienes había
conocido el día anterior.
Pero no era ni el confitero, ni el canónigo, ni menos el alcalde, ni mu­
cho menos el rector la persona que venía preguntando por el padre de
nuestro estudiante.
Era un hombre como de treinta años de edad, vestido con una sotana
corta y rota, y sobre rota, raída, y de raída bayeta negra; una capa hecha
criba y colgada en el hombro izquierdo, y un sombrero de tres picos con
más de trescientas picaduras.
Entró en la sala con los brazos abiertos, preguntando á voces por el
que ya iba camino de su pueblo, y el hijo le rogó cortésmente que se sen­
tara, que aunque su padre era ido, bien podía decirle á él lo que se le
ofreciera.
— ¿No me conoces?— dijo el hombre de la sotana tomando asiento.—
¿No me conoces?— repitió casi enternecido.— ¿Conque no me conoces?
— No, señor, no tengo el honor de conocer á usted.
— ¡Qué honor ni qué niño muerto, ni á qué vienen esos cumplidos para
hablarme! ¿No eres ya un estudiante?
— Sí, señor.
— Pues cumplidos entre soldados son excusados. Hemos de ser camaradas. Conque tu por tu y al avío. Cuanto más que nosotros somos paisa­
nos. ¡Eras tan chiquitín cuando yo salí del pueblo!.... ¡Ya hace quince
años!
Al pronunciar estas palabras el de la sotana hizo como que se enjuga­
ba las lágrimas con el puño, y continuó diciendo:

AYER, HOY Y MAÑANA

245

—¡El bueno de tu padre! ¡Vaya que no me perdono el no haberle vis­
to!.... ¡Estará muy viejo!
—No, señor.
—Siempre tan alegre y tan....
—Sí, señor. ¿Pero quién le ha dicho á usted que estaba aquí?.... Ayer
llegamos.
—Pues desde ayer ando yo en busca de ustedes. Me escribieron de casa
la salida, y....¿Pero quién diablo le ha traído á este figón?
—Es muy buena casa—replicó el joven;—veníamos recomendados
desde allá, y mi padre se ha ido muy contento de dejarme aquí.
—Pues es preciso que busques otra al momento....¡Tú no sabes dónde
has caído! ¡En casa de la bedela! Aquí no para ni una semana ningún pu­
pilo. Nosotros la llamamos el dómine Cerbatana. Conque no te digo más.
Si te quedas aquí, no vuelves á probar la carne en tu vida.
—¡Pues me acaba de decir si quiero almorzar chuletas!
—Se habrá muerto algún caballo en el pueblo.
El huésped hizo un gesto de repugnancia, y el desconocido le dijo:
—De cualquier manera que sea, ahora te vienes á almorzar conmigo,
y tiempo tienes de averiguar si es cierto lo que te he dicho. Yo vivo con
tres compañeros y á los cuatro nos asiste un bedel.
—¿Un bedel?—preguntó con asombro el huésped.
—Con ese nombre se conocen entre nosotros los estudiantes pobres
que el vulgo llama estudiantones ó sopistas. Ya te irás imponiendo de todo
lo necesario, y ocasión vendrá, ¡vaya si vendrá, mi querido paisano!, en que
te sean útiles todos los conocimientos. Aquí profesamos la máxima, no
de que más vale saber que haber, como dicen estúpidamente los precep­
tores, sino la de que cuando no hay haber, vale saber, y en este punto la
práctica hace maestros. Pero vamos á casa, porque ya el estómago me
anuncia que el almuerzo estará á punto, y no es cosa de que nos den capote.
Resistióse el huésped por algún tiempo; pero tales súplicas Je hizo el
de la sotana, que consiguió por fin llevarlo en su compañía, con gran do­
lor de la bedela, que se quedó diciendo:
—¡Ay! ¡Ojos que te vieron ir, cuándo te verán volver!
—Madre, no se apure—repuso la hija,—que ya volverá.
—Sí, volverá
á recoger el equipaje. En buenas manos ha caído para
que le suelten hasta que no tenga una blanca. ¡Pobrecillo, parece tan ino­
centón!
—¡Y es buen mozo!—exclamó la hija.
—Ya se ve que sí—repuso la madre;—no era tan guapo tu difunto
padre, y me enamoré de él como una loca. ¡Ay! ¡Si Dios quisiera que por
este lado pegara y no se nos fuera—añadió entre dientes.

246

ANTONIO FLORES

Y mientras tales lamentaciones hacía la bedela, su huésped entraba
en una casa de pobre aspecto, en la que halló á los tres estudiantes de que
le había hablado su paisano esperando el almuerzo, que pronto fue servi­
do por el bedel.
Agradóle al forastero la franqueza de sus nuevos camaradas, y ellos se
dieron tal maña para atraerle hacia sí, que casi estuvo por rogarles que
desde luego le admitieran á vivir en su compañía; pero no se atrevió á
decirles nada, ni aun se hubiera quedado si ellos se lo hubieran dicho, por
no faltar á los preceptos de su señor padre. De lo que hizo propósito fue
de escribirle contándole cuanto le habían dicho de la bedela, para que le
autorizase á buscar nuevo pupilaje.
Y lo hizo tal cual lo había resuelto, á pesar de que el trato que en la
casa le daban, sin dejar de ser bastante malo, no lo era tanto como le ha­
bían dicho sus camaradas.
El padre le contestó que hiciera lo que creyese más conveniente á su
bienestar, siempre que no olvidara ni el temor de Dios ni la educación
que había recibido, y á pesar de los esfuerzos de la patrona y de los ojos
tiernos y los suspiros de la hija, las abandonó días antes de cumplirse el
primer mes de su estancia en Alcalá, trasladando su equipaje á casa de
sus amigos.
Y no necesitaron muchos mozos para la traslación de los baúles, harto
aligerados de peso por los compañeros y por las sotasy porque dicho se
está que desde el primer día que almorzó con los camaradas, empezó á
jugar ganando y siguió jugando y perdiendo.
Los estudiantes tenían un fondo común, en el cual entraban todos los
capitales nuevos, y el del nuestro tardó en ingresar por completo poco
más de dos meses.
Del crédito hizo uso hasta que el confitero dijo nones, después de ha­
berle pedido algunos recibos á pares, y el padre, asustado por la conducta
de su hijo, le señaló una cantidad mensual, encargando al banquero que
sólo en caso de urgencia grave, como enfermedad ó cosa por el estilo, le
facilitase ambas sumas.
Desde entonces perdió el estudiante la salud.
Apenas pasaba una semana sin que tuviese necesidad de pagar algu­
nas visitas al médico y las cuentas del boticario eran constantes. El con­
fitero hacía la vista gorda á todo, aunque solía amonestarle diciendo que
era imposible que su padre pudiese sufragar tanto dispendio y que pen­
sara en que tenía más hermanos.
Pero esto se lo decía siempre en el momento de entregarle alguna can­
tidad, para distraerse y olvidarse de darle el pico ó para dar salida á algu­
na moneda poco católica.

AYER, HOY Y MAÑANA

247

Usureros no faltaban nunca en derredor de las universidades, y como
el oficio de prestar dinero es tan antiguo como el de pedirle prestado, que
trae su origen desde el principio del mundo, cuando el estudiante había
vendido su ropa empeñaba los libros y hasta las mesadas que había de
recibir de su familia; jugando, por último, las esperanzas de tener dinero
y más de una vez el derecho de asistir á una cita amorosa.
En esto tenía mucha razón el alcalde: eran pocos los estudiantes que
dormían en su casa por las noches, y hasta los Verdes y los Reales se es­
capaban por las ventanas para andar de ronda por la población.
Y daban serenatas y palizas, y si tropezaban con la ronda del alcalde
mayor la hacían frente, y á no encontrarse con el rector ó con alguno de
los catedráticos les daba muy poco cuidado la justicia.
Ellos se administraban por sí propios, y tal era el rigor con que trata­
ban á los delatores, que apenas se conocía ese delito y nunca hubo que
castigar las reincidencias.
Nuestro estudiante necesitó pocas lecciones para hacerse maestro. La
primera que recibió fue la de saber que aquel amigo que á título de pai­
sano se le entró por las puertas de su casa apenas se hubo marchado el
padre, ni era de su pueblo ni conservó las ganas de serlo después que le
hubo escamoteado los cuartos.
Era lo que el le dijo de otros: un estudiantón sopista, bedel de los es­
tudiantes acomodados, corruptor de oficio de los novatos y el más famoso
de cuantos cursaban en Alcalá por aquel entonces. Aunque no por esto
dejaba de ser de los más aplicados y estudiosos, hasta el punto de consi­
derarle como uno de los que aquellos años dieron más honra á la univer­
sidad complutense.
Había llegado allí pidiendo limosna, y aunque no estaba aún en dis­
posición de darla, jamás le faltó comida y buena; siempre tenía un duro
para prestar á sus compañeros, y cuando escapado de Alcalá venía á Ma­
drid á ver una corrida de toros, pocos se presentaban en la plaza con más
elegancia que él.
Los veranos salía á correr los pueblos en compañía de tres ó cuatro
camaradas, y pidiendo limosna de puerta en puerta, tocando la guitarra
en los bailes, engañando á los curas y comiendo, si otra cosa mejor no
hallaba, la sopa de los conventos, volvía el invierno con algunos mejica­
nos en el bolsillo.
Para que el lector pueda formar una idea de lo que hacía el estudiante
en el veraneo de las vacaciones, copiaremos algunos trozos de un gracioso
romance que aprendimos cuando niños, y en el que está fielmente retra­
tado el estudiante de la tuna, que así los llamaba el vulgo por aquel en­
tonces.

248

ANTONIO FLORES

Es un diálogo que se representó en los teatros de esta corte, y que pasa
entre un joven pobre y un estudiante, á quien el primero cuenta así sus
penas:

x

(

—Has de saber, ya que quieres
sacarme de mi tristeza,
que yo quisiera estudiar,
pues Dios me llama á las letras;
pero como soy tan pobre,
sin ningunas asistencias
de mis padres ni parientes,
no me resuelvo de veras.
Estudiar sin tener libros
es disparate, es quimera;
trasnochar para sabei,
sin tener candil ni vela,
es imposible; servir
y asistir á las escuelas
no puede ser. Aquí tienes
en qué consisten mis penas.
—¿Y tú te afliges por eso?
Pascual amigo, no temas;
toma el oficio que yo
y verás cómo lo aciertas.
Yo he corrido mucho mundo,
yo estudio también las ciencias,
no me falta que comer,
duermo muy á pierna suelta,
no temo la enfermedad,
ni me aflige la pobreza,
y concluyo por decirte
que á nadie envidio su hacienda.
Mis padres nada me dan,
pero allá se las avengan.
—¿Pues qué oficio es el que tienes?
—La curiosidad te tienta.
¿Para qué quieres saberlo?
—Por seguir esa carrera
que me ha petado.
—Tunante;
tunante, porque lo sepas,
tunante soy, y tunante
seré mientras vida tenga.
¿Dónde hallarás mayor gusto
que en la vida tunantesca?
Un tuno parece bien
en la plaza, en la taberna,
en las salas, en las calles,
en los estrados ó iglesias.
El tunante no se aflige

AYER, HOY Y MAÑANA

cuando es corta la cosecha,
pues un pedazo de pan
no ha de faltarle en las puertas.
El tunante cuando va
de tuna por las aldeas,
divierte con sus latines
á las mozas y á las viejas.
Unas le dan un zapato,
otras le dan unas medias,
ésta le hospeda en su casa
y de comer le da aquélla.
Ahora me acuerdo de un caso
que me sucedió aquí cerca.
Fui yo con otro estudiante
á tunear por esa sierra,
y llegando, ya de noche,
á cierto mesón ó venta,
pedimos por caridad
nos recibiesen en ella,
trabamos conversación
con la buena mesonera,
que era mujer, y caduca,
pues pasaba de sesenta.
«Hijos, nos dijo, ¿á qué vienen?
¿qué buscan por estas tierras?
¡Jesús, qué descoloridos!
El verlos me da gran pena.»
Mi compañero le dijo:
«Señora, nuestra miseria,
nuestro total desamparo
y el vernos á la inclemencia
nos hace pasar caminos.
Dos profesores de letras
somos, y allá en Salamanca
cuando cierran las escuelas,
los pobres de profesión
de Salamanca se ausentan,
y salen por los lugares
á pedir de puerta en puerta.
«¡Ay, pobres!, decía, ¡ay, pobres!
Pon Anica, pon la cena,
cenarán estos señores;
Dios les dé lo que desean,
Dios les haga muy letrados
y curas allá en su aldea.»
Llegó de cenar la hora,
dispuso Anica la mesa,
y el primer plato que puso
fuó una morcilla de á tercia.
«¡Barrabás!, dije entre mí,
¡Buena noche nos espera!»

249

250

ANTONIO FLORES

Sacaron segundo plato
de callos, chorizos, lengua,
y tras de esto un jarro lleno
de dulce licor de cepas.
La brindamos muchas veces,
la echamos varias arengas,
y nuestra santa patrona
las sufría con paciencia.
«Cama, nos dijo, no tengo,
¡ojalá que la tuviera,
que así como les doy uno
el otro también les diera!»
Ella se fue á recoger,
y nosotros en parleta
nos quedamos hasta tanto
que rayó el alba serena.
Salimos de la posada
con la panza bien compuesta
sin costamos un ochavo.
¿Puede haber vida más buena,
más alegre y descansada?
Así Pascual, Pascual, fuera,
fuera la melancolía
y date á la tunantesca. r .
—Ese caso que has contado
me hace, Francho, tanta fuerza,
que quiero que desde ahora
todos por tuno me tengan,
pues tunante voy á ser
toda mi vida per scecula.

Más adelante y cuando Pascual le pide que le instruya para abrazar
la carrera de estudiante de la tuna, le da algunos consejos, y entre otras
cosas le dice lo siguiente:
—De memoria has de aprender
cinco, seis ó siete arengas
en latín algo sublime,
con sus visos de cadencia,
y tal cual término griego
que á los oyentes suspenda.
Pi’ocura también saber
un trozo de cada ciencia,
para que así pases plaza
de docto, aunque no lo seas.
Si se ofrece hablar de historia,
echa un trozo de Gaceta,
di que hubo guerras en Flandes
y cisma en Ingalaterra,

AYER, HOY Y MAÑANA

verás como á todos tienes
un jeme de boca abierta.
Si á conversación viniere,
y puede ser que se ofrezca,
hablar de la medicina,
cita la Farmacopea,
á Lucas Torri, á Riverio,
á Galeno y á Avicena;
recita sus aforismos
aunque al asunto no vengan.
De la física, sabrás
estos términos: materiam
iormam substantialem,
uniurn compositum,
antífrasis vacuo,
y así de otras frioleras.
De astrología no importa
que ni los principios sepas;
no obstante, por si se* ofrece,
has de saber qué hay esferas,
que hay zona fría y templada
y coluros y planetas,
y eclipses y vía láctea,
cénit, nadir, periferias,
círculos grandes, pequeños,
ecuador, polo y cometas.
Tocante á la teología
muy adentro no te metas,
que es punto muy delicado
y nunca se hace pie en ella;
mas si acaso hablar se ofrece
en teología, está alerta,
no afirmes cosa ninguna
ni la asegures por cierta,
sino á lo más, más, dirás:
«No tengo la especie fresca;
pero según he leído
in tomus primus de esentia
et divinis atributis,
no es probable esa sentencia;
Imo divus Augustinus
la opinión contraria enseña.»
Si quieres hablar un poco
sobre la jurisprudencia,
es muy fácil con decir:
«Así lo traen las Pandectas,
así lo dice González
y Salgado, lege tertia.
)}De prebendis non obtentis
digestís de rerum vindicationem,
ita Cooarrubias, Salicetus

252

ANTONIO FLORES

pater Sánchez de marinonio
cardinalis de Lúea, libro de justitia
et jure, capite IV de simonía.»
Si citas estos autores
con garbo y prosopeya,
te tendrán por gran legista,
por un garnacha de audiencia,
te harán consultar los pleitos,
ganarás muchas pesetas.
Asimismo has de informarte
de aquellos que allá en la guerra,
señalaron su valor;
verbigracia, el Gran César,
Pompeyo y Hernán-Cortés,
el Cid, Pizarro, etcetera.
Ya sabes, suele haber levas
de vez en cuando, Pascual;
pues si la garra te echa
algún alguacil ó alcalde
de gorrilla ó de montera,
con tono de quien se enfada
pide á voz en grito Iglesia.
«¿Cómo se entiende, séñores,
prendernos para la guerra'!
¡Quedo! Estoy matriculado
en la Pinciana academia,
y he de despachar un propio
al señor rector de escuelas
avisándole que ustedes
me hacen grande violencia
contra los fueros que gozo.
Señor alcalde, usted sepa
que á mí no puede prenderme.»
Si así hablas, Pascual, te sueltan,
porque alcaldes y alguaciles
de gorrilla ó de montera,
á dos voces que los den,
al oir rector de escuelas,
se aturden tanto que ya
de puro susto......

Por último, el novicio le dice que ya está impuesto de todo, pero que
lo que le trae más inquieto son las arengas, y el maestro le responde:
—La arenga, mi amado tuno,
Pascual amigo, la arenga
no es otra cosa que un trozo
de alabanzas en cadena,

AYER, HOY Y MAÑANA

253

dirigidas al sujeto
á quien se alaba ó arenga.
Más clarito; arenga es
alabar á boca llena
á una persona de sabia,
verbigracia, aunque sea necia,
de verde, aunque sea azul,
de blanca, aunque sea morena,
de rica, aunque sea pobre,
y de hermosa, aunque sea fea.
Atiende las que yo uso,
. y por Dios tengas paciencia.
Figúrate que al entrar
por cualquier villa ó aldea
alcanzo á ver á dos curas,
que van de casa á la iglesia;
al punto me voy tras ellos
compongo bien mis bayetas,
cojo el sombrero en la mano
y arqueando un poco las cejas
les espeto con gran garbo
esta compendiosa arenga:
« Viri, nobilitate ad sapientia
admodum decorati:
Apostolorum principi
dignissimi sucesore, sal vetóte;
si placet pauperus huic
scolasticus fere indigentia,
subvenite, sucurrite .»

¿N o ves qué arenga tan bella?
Pues con esta adulación
echan á la faltriquera
la mano siempre, y me dan
la una y las dos pesetas.
«Váyase con Dios,» me dicen,
y yo con mil reverencias
y besamanos respondo:
«Dios bendiga su clemencia.
Válete viri misericordia

Al tenor de los consejos que quedan citados, le daba otros muchos
que omitimos, por no seguir abusando más tiempo de la paciencia del
lector; al cual, si este romance le hubiere parecido pesado, le rogamos que
nos dispense el haberle procurado su lectura, y si fuere para él una cosa
vulgar por serle muy conocido, nos haría especial merced en decirnos el
nombre de su autor, pues no hemos podido averiguarlo ni haber un ejem­
plar á la mano para rectificar los errores en que nuestra memoria nos
haya hecho incurrir.

254

ANTONIO FLORES

Le hemos citado por sernos, como recuerdo de la infancia, grato en
extremo y por el carácter gráfico que tiene su asunto.
Seguramente, nada más propio de la vida del estudiantón que esas
sutilezas para sacar dinero, ni nada más natural entonces que esos dis­
paratados alardes de voces técnicas, con los que cautivaban la atención
de las posaderas, se hacían lugar entre los militares y enamoraban á las
doncellas. Los estudiantes ricos, los que tenían fuertes asistencias metáli­
cas por sus familias, abrazaban muchas veces por capricho ese género de
vida y el verano se lanzaban á correr la tuna por los pueblos.
Eran siempre legistas los que tales carabanas preparaban; rara vez se
encontraba entre ellos algún estudiante de cánones, y nunca un teólogo
ni menos un filósofo. Pero estos últimos no dejaban de ir por falta de vo­
luntad propia, sino porque los legistas no los querían llevar consigo nunca.
Los filósofos fueron siempre los pollos de las universidades; y entre éstos,
los de segundo año, que ya aspiraban á figurar entre los de estudios mayo­
res, llamaban burros á los de lógica y los llenaban el aula de paja y cebada
el día de San Antón, cuya chanza solía concluir á palos y aúnen la cárcel.
Así andaban las cosas ayer . Hoy van de otra manera muy distinta.
¿Cómo andarán mañana ? Entonces apenas los tenían por estudiantes.
Ahora se tienen ellos por doctores. Después nacerán hechos universidades.
¡Dios tenga de su mano á las nodrizas! ¿Pero las habrá mañana ? ¿Será
posible que para entonces la industria de la Gran Bretaña no haya eman­
cipado á la humanidad de esa tutela? Pronto lo hemos de ver, pues para
llegar allá casi hemos andado la mitad del cañiino.

CUADRO XXXIV

U N MI SA CAN T A N O
Si quieres un día bueno,
hazte clérigo.

Más vale llegar á tiempo que rondar un año; que aunque dice el pro­
verbio que no por mucho madrugar amanece más temprano, también al
que madruga Dios le ayuda, que el que se levanta tarde ni oye misa ni
come carne y de los adelantados es el reino de los cielos.
Tú, lector, ni has madrugado mucho ni poco, sino que llegas tan á
tiempo, que fuera locura quererte exigir mayor puntualidad ni más
acierto. Acaban de enarbolar una bandera blanca en el cimborrio de la
iglesia mayor del pueblo: son las cinco de la mañana y aún no ha dado
principio la tiesta. Los cohetes están tronando en el aire, y las campanas
que tocan á gloria son la primera voz de alarma para el vecindario.
Tú me preguntarás el motivo de la fiesta, y yo no puedo decirte ni una
sola palabra, porque se asustarían las gentes del pueblo de que ignoraras
tamaño acontecimiento.
No te apartes de mí, y observa y calla, que pronto, muy pronto, vas
á salir de la duda.
¿Yes aquella casa de arquitectura moruna y de color africano, cuyas
pequeñas ventanas están cubiertas de damasco carmesí y en cuyo portal
se ostentan ricos tapices flamencos?.... Pues no la pierdas de vista, que allí
dentro está el misterio; allí es donde mora el héroe de la función.

256

ANTONIO FLORES

No hallarás ni una sola persona en todas las calles del pueblo. Ni mo­
zos que lleven á beber el ganado, ni labradores que vayan á cultivar la
tierra, ni viejas que salgan á verter las culpas en el confesonario, ni los
chicos de la escuela rezando el rosario del alba, ni nada, en fin, de lo que
constituye la vida ordinaria de los pueblos en las primeras horas del día.
Nada de eso hallarás, lo sé; pero no te asustes, no creas que la pobla­
ción ha desaparecido, ni pienses que está dormido el vecindario.
Antes de que sonaran los primeros cohetes, ya estaban despiertos los
pocos vecinos que no habían pasado en vela la noche.
Kara es la casa en que el horno del pan no ha estado encendido para
cocer una torta de cuatro libras ó media fanega de rosquillas y bollos.
El pastor ha muerto la res más blanca del rebaño; el labrador ha ven­
dimiado las más hermosas cepas; no se encontrará una sola gallina blanca
que no tenga atadas las patas con un lazo de color de rosa, y las mujeres
lo preparan todo en grandes canastos de mimbres, que cubrían con lim­
pios paños de lienzo blanco. Aún no son las seis de la mañana, cuando
abiertas las puertas de cada casa dieron salida á los vecinos, que cargados
con sus respectivos regalos se dirigen hacia la casa moruna, cuyo portal
ha estado abierto toda la noche. En él depositan sus ofrendas, semejando
al pueblo de Judá cuando avisado por el Ángel fuéádaral recién nacido
Hijo de Dios un testimonio de su cariño, y alegres y satisfechos se vuelven
á sus casas á sacar del cofre las mejores galas para vestirse y asistir á la
iglesia más tarde.
En la casa de los tapices reina un gran silencio, pero se advierte una
extraordinaria agitación. El amo de ella es el mayorazgo más rico, casi el
señor del pueblo, y tiene muchos criados; pero casi son pocos para la fiesta
que allí se prepara y para los grandes quehaceres que ella origina. Por de
pronto el carruaje de camino que hay en el patio y los lacayos que se al­
bergan en la cocina indican que hay huésped en la casa, y no un huésped
cualquiera, como si dijéramos el boticario del pueblo inmediato ó el
maestro de escuela, sino nada menos que un Grande de España. Y no un
Grande de España que pasa por allí recorriendo sus estados, sino que ha
llegado la víspera con una fuerte escolta de caballería y un correo de
gabinete de la real casa de S. M. Y á mayor abundamiento y para que
sea mayor el embarazo del mayorazgo desde que ha recibido en su casaá
tan elevado huésped, da guardia de honor á la puerta una mitad de guar­
dias valonas que al efecto han ido al pueblo desde la Corte.
Y por último, como que el huésped representa allí nada menos que la
real persona de S. M. el Sr. D. Carlos IV, todos los obsequios que se le hi­
cieran eran pocos ó por tales debía tenerlos el honrado mayorazgo.
Habíale encargado al mayordomo que en su nombre recibiera los re-

AYER,

HOY Y M A Ñ A N A

257

galos que de antemano esperaba, cuidando de decirle después lo quejiabía
llevado cada vecino, y él se consagró exclusivamente al servicio del hués­
ped, ayudado de su mujer, del primogénito de la casa y de los demás hi­
jos, á excepción del segundo. Porque el segundo, hora es ya de que el
lector lo sepa, el segundo es el héroe de la función. Por él se degollaron
las reses, se vendimiaron las cepas, se amasaron los bollos, se vaciaron las
colmenas, se esquilmaron las olivas y se quedaron viudos los gallos; por él
había vuelto á ver la luz el damasco que estuvo guardado en el cofre desde
la coronación del monarca; por él soltaban la polilla los tapices flamencos;
por él tocaban las campanas á gloria, y por él, en fin, se ponían los trapi­
tos de cristianar las gentes del pueblo.
No en balde había estudiado teología con un arcediano y recibido la
primera tonsura y las demás órdenes sagradas de manos del obispo de la
diócesis, y no en balde, en fin, había nacido el segundo de la familia y
dedicádole por esta razón su padre al servicio de Dios.
Era llegado el día en que iba á dejar por completo el estado seglar,
abrazando la carrera eclesiástica. Iba á celebrar por primera vez el Santo
Sacrificio de la Misa, Sacrum initiale primum, que dicen los latinos. La
bandera que ondeaba sobre la iglesia anunciaba una misa nueva, un
misacantano. Antes del mediodía iba á tener el pueblo un hijo cura. El
acontecimiento no podía ser más extraordinario. No había un solo vecino
que dejase de conocerlo así, y por eso hicieron fiesta solemne, abandonando
todos el trabajo y entregándose al regocijo y á la alegría desde las prime­
ras horas de la madrugada, y á las nueve invadieron la iglesia para pre­
senciar la ceremonia, de la que el mismo rey, representado por uno de sus
criados mayores, iba á ser el padrino.
Al ahijado, mientras tanto, le vestían la ropa talar su maestro el arce­
diano, el cura del pueblo y el capellán de las monjas, tonsurándole el
barbero del pueblo, que más tarde confesó á su mujer no haber tenido
nunca el pulso más trémulo que en aquella ocasión. A la iglesia le lleva­
ron en procesión, presidida por el alcalde, yendo á la izquierda del nuevo
celebrante el padrino, y á la derecha el arcediano, y detrás el padre ver­
tiendo lágrimas de alegría sobre su antiguo uniforme de maestrante. La
guardia de honor que había á la puerta del templo les presentó las armas,
el órgano les soltó una de trompetas que mal año para el sordo que no se
hubiese alegrado de serlo, y las campanas y los cohetes escandalizaron el
aire. Durante la misa lloraron hilo á hilo las viejas más agua que lleva el
Manzanares en un año; hicieron propósito las mozas de tomarle por su
confesor, en el caso de que tuviera ancha la manga de la conciencia, y no
hubo un solo padre de familias que no envidiase la dicha del mayorazgo.
Terminada la ceremonia, cayó el misacantano en los brazos del padriT omo I
17

258

ANTONIO FLOHES

no, que le sentó en un sillón, donde dió á besar las palmas de las manos
á todas las gentes del pueblo, empezando por el alcalde mayor y acabando
por el pregonero. Con el mismo orden con que fueron á la iglesia, se vol­
vieron á la casa del mayorazgo, donde les aguardaba una mesa de diez
cubiertos, á la que estaban convidados, entre otros, los curas y el alcalde
mayor, y á la que no se sentaron ni la madre ni las hermanas del cele­
brante, que á pesar de su prosapia estuvieron sirviendo la comida. Y no
por falta de criados, sino porque era demasiado grave la ceremonia para
que la entonces muy atendida dignidad del hombre permitiera que en
tal solemnidad se sentaran á la mesa las mujeres.
A la puerta de la casa estuvieron tocando mientras duró la comida el
tamboril y la dulzaina, se sirvieron con profusión bizcochos y vino y se
repartieron cuatro cochuras de pan á los pobres. Por espacio de una se­
mana estuvo el mayorazgo recibiendo enhorabuenas, y más de un mes
duró la peregrinación de las gentes de los pueblos inmediatos, ansiosas
de besar la mano al nuevo sacerdote. Éste no descansó hasta que hubo
pasado otro tanto tiempo, y en compañía del cura párroco pudo entre­
garse al ejercicio de la casa y á otros pasatiempos honestos de los que le
permitía su nuevo estado. En cuanto al padre, no descansó tan presto,
porque como tenía más hijos que el que acababa de hacerse cura, le que­
daban nuevos cuidados. Ya tenía un hijo en la milicia de Dios; pero ha­
bía destinada una hija para esposa de Cristo, y á darla el velo de las vír­
genes en el convento que ella había elegido, porque como buen padre no
quiso forzar su voluntad, precisamente había de traerla á la corte. Pero
quiso Dios que como había consagrado el tercero de los hijos á la milicia
del rey, pudo matar de un tiro dos pájaros. Emprendió el viaje á la corte
con un presunto guardia de Corps y una monja en ciernes. Vino á Madrid
á pedir una toca y á solicitar una bandolera. Pequeños son, pero distin­
tos, ambos cuadros, y el pintor ha hecho bien en preparar para cada uno
de ellos un lienzo.

CUADRO XXXV

U N M ONJÍO

En un coche de pechera, que por gracia especial y para solo el viaje á
Madrid les prestó un mayorazgo de la cabeza de la provincia, salieron
del pueblo el padre, la madre, el confesor de la niña, ésta y su hermano
el futuro guardia de Corps.
Con el fraile á la derecha y el padre á la izquierda ocupaba la niña el
testero del carruaje, y en el delantero se acomodaron la madre y el hijo.
En todas las paradas, que fueron muchas, salía la joven con el velo de
la mantilla caído sobre el rostro, y por el camino más corto la llevaban
desde el coche á la posada, sin permitirla alzar los ojos del suelo, ni hablar
con nadie más que con su confesor y algunas veces con sus padres, pero
nunca con su hermano, al cual le era lícito y punto menos que obligato­
rio usar un lenguaje rudo y, como suele decirse, de cuerpo de guardia.
Iba á entrar á servir en la milicia del rey, y no estaba de sobra el que
fuese adquiriendo las maneras rudas y el lenguaje áspero de los cuarte­
les. Su hermana, por el contrario, destinada al servicio de Dios, debía re­
cogerse en sí misma y apartar los ojos del siglo para entrar inmaculada
y pura en el claustro.
Acababa de cumplir diez y seis años de edad y ya hacía cuatro que
apenas tenía comunicación con otras personas que con sus hermanas y
con su director espiritual.

260

ANTONIO FLORES

Leía casi correctamente el castellano y con perfección el latín, sabía
enhebrar una aguja, escribir su nombre, copiar algunas oraciones del
Kempis y del Flos Sanctorum, muchas de éstas de memoria, y casi de co­
rrido el Ritual Romano.
Según decía su confesor, la mayor parte de las monjas que él había
conocido no sabían otro tanto, y era probable que si seguía estudiando
en el convento, antes de cumplir los veinticinco años fuese nombrada
abadesa.
Semejante anuncio llenaba de gozo á los padres, y siempre que le
oían la amonestaban para que imitase las virtudes de Santa Teresa, pro­
poniéndosela como modelo en todo.
El fraile le decía que no se ensoberbeciera si á tal puesto llegaba, y que
jamás hiciese nada sin tomar consejo de las discretas.
Y tanto oyó la niña repetir esta palabra, que se atrevió á preguntar
cómo haría ella para distinguir con acierto las discretas de las tontas.
Y á tan inocente pregunta contestó el fraile lo siguiente:
— No tienes necesidad de distinguirlas, porque las discretas las nom­
bra la comunidad, y ninguna que no haya sido elegida discreta puede
serlo.
— ¿Y la comunidad—preguntó la niña— acierta siempre en la elección?
— Algunas veces yerra, pero la abadesa descarga su conciencia consul­
tando con las discretas nombradas, y esto es lo que yo te recomiendo. Por
lo demás, es tan cierto que las monjas se equivocan algunas veces, que
estando yo en Segovia confesando á una señorita tonta, se empeñó en to­
mar el hábito, y tuve que dejarla de confesar, porque seguía siendo cada
vez más tonta; pero entró monja y al poco tiempo la nombraron discreta.
Con lo cual me creí obligado á hacer un regalo á la comunidad, en reco­
nocimiento de que habían hecho lo que Dios no había querido hacer.
El cuento del fraile hizo asomar la risa á los labios de todos, y en esas
y otras pláticas embebidos llegaron á la corte, donde los esperaba un her­
mano de la madre que los condujo á todos á su casa.
Todos los papeles remitidos oportunamente y con antelación por el
padre estaban listos, y gracias á la actividad del tío, el expediente para la
admisión de la novicia se hallaba terminado. Y no porque fuese fácil con­
seguirlo, tratándose, como se trataba, de tomar el hábito en las Descalzas
Reales, que eran, aunque franciscanas y pobres, señoras de regia estirpe
ó circum circa.
Fuéles preciso hacer una información exquisita de pureza de sangre,
probando que en ella no había'ni una sola partícula de la hebrea, ni de la
árabe, ni aun de la convertida, ni menos de la de los herejes ni gentiles
modernos; que ni la pretendienta ni sus padres ni ninguno de su familia

AYER, HOY Y MAÑANA

261

estaban comprendidos en infamia pública; y por último, que era bija de
legítimo matrimonio, fiel y católica y de ningún error sospechosa.
Todo estaba corriente y sólo faltaba señalar día para su entrada en el
convento, lo que se hizo con acuerdo de la comunidad, fijando el día si­
guiente al de su llegada á Madrid.
Y se tomaron este plazo porque era preciso que la joven viviese un día
en la corte para que antes de entrar en el claustro se despidiese del siglo.
Del siglo, en el que entraba por una puerta con ánimo deliberado de
salir por la otra.
Del siglo, al que saludaba por primera vez diciéndole adiós para siem­
pre desde la puerta del claustro.
Del siglo, que iba á ver con los lentes de su padre espiritual, y de cu­
yas lozanas primaveras iba á juzgar con el marchito corazón de su madre.
Encerrada toda su vida en una aldea miserable, sin más trato que el
de su confesor ni más ruido que el silencio del campo, al sentir por pri­
mera vez el bullicio de la corte preguntó si aquello era el siglo, y el siglo
le pareció un infierno.
Deslumbrada por el lujo del teatro, los cómicos se le antojaron legio­
nes de demonios, que envidiosos de su dicha, venían á robarle la vocación
de entrar en el claustro, y pidió á sus padres que la librasen de aquel tor­
mento volviéndola á casa de su tío.
Y allí estuvo hasta la mañana del siguiente día sin cesar de decir que
renunciaba al siglo y que ansiaba el momento de entrar en el claustro.
Y el siglo que renunciaba no era otro que el amor de su familia y la
paz de su aldea y el gobierno de su casa, únicas cosas que ella había visto
en el siglo en que se había criado.
Pero habíanla dicho que el mundo era uno de los tres enemigos del
cristianismo, y como ella quería ser esposa de Cristo, tenía que renunciar
al trato con los enemigos de la familia del esposo.
A todos, aun á los mismos que desde que nació la criaron para monja,
les tenía edificados la decidida vocación de la niña, y únicamente el tío
fue el que cogiendo á solas al confesor, le dijo:
— Me parece que no haríamos mal en suspender por algunos días la
toma del hábito para que la niña adquiriese la experiencia de lo que re­
nuncia y la vocación fuese más completa.
— Como ustedes gusten— replicó el fraile;— yo no entro ni salgo en ello.
Su señor padre lo ha dispuesto así.
— Ya, pero nadie mejor que usted debería decirle que no atropellara
este negocio, porque es harto delicado. Yo, crea usted, que sólo instado
por mi hermano he podido precipitar el expediente, pero conozco que es
demasiado joven mi sobrina.

ANTONIO FLORES

— ¿Pues de qué edad quería usted que entrasen en el convento?—dijo
el fraile.
— De veinticuatro ó veinticinco años.
— ¡Talluditas serían las novicias!— repuso con socarronería el fraile.
— Así llevarían un conocimiento exacto del mundo, y su vocación se­
ría más grata á los ojos de Dios.
— Es decir, que usted quisiera que los conventos se llenaran con los
desechos del siglo; que al tomar el hábito fuesen ya lo que se llama lie­
bres corridas; que hubiesen roto muchos zapatos en los paseos, asistido
diariamente á los teatros y descoyuntado los huesos á fuerza de bailes y
jaranas. En una palabra, usted desearía que hiciesen lo que se llama un
curso completo de tunantería.
— Y supóngase usted— replicó el tío medio amostazado— que á los tres
ó cuatro años de vestir el hábito la vienen ganas de hacer ese curso que
usted llama de tunantería, y no pudiendo abandonar el claustro para vol­
ver al siglo, pasa el resto de su vida en un continuo tormento, ofendiendo
más á Dios siendo su esposa que con haber sido la más infiel de cuantas
andan por el mundo. ¿Qué diremos entonces?
— Nada, porque ese caso no llegará, yo se lo aseguro á usted.
— Así lo espero; ¿pero cree usted que no hay ninguna monja arrepen­
tida de serlo?
— Sí que las habrá, y yo he conocido algunas; pero ninguna era de
las que entraron demasiado jóvenes, sino de las corridas y experimen­
tadas.
— ¡Luego viene usted á confesar lo mismo que yo estaba diciendo!— re­
plicó el tío de la joven.
— No tal—repuso el fraile;— digo y repito lo que he dicho antes. ¿En
qué plan razonable cabe pensar que para alistarse en las banderas de Dios
sea preciso servir antes en las del mundo, su enemigo? ¿Puede nadie igno­
rar que las leyes, máximas, costumbres y ejemplos del mundo son nues­
tra segura perdición? ¿Pues por qué sabiendo que el vaso contiene vene­
no se ha de beber para probarlo? ¿Machacaría usted un diamante para
ensayar su dureza antes de engastarlo en una sortija? ¿Ó le parece á usted
preferible la penitencia á la inocencia? Los Santos Padres dicen que el
que no quiera contaminarse con los desórdenes del mundo, que abando­
ne cuanto antes el comercio de esta Babilonia.
— ¡Ea, padre— dijo el tío asustado—dejemos esta conversación, porque
si sigue usted sacando teologías, por fuerza habré de darle la razón! A fe
que mi cuñado es el padre de la chica, y él sabrá lo que se hace; yo tam­
bién sabría lo que había de hacer si fuese hija mía.
Y con esto terminaron la entrevista, volviendo á la sala, donde ya se

AYE R , HOY Y M A Ñ A N A

26.1

iban reuniendo los convidados y sólo se aguardaba á la madrina para ir á
la iglesia. Tampoco estaba allí la víctima, pero no era ella la causa de
que se demorase el momento de la partida.
Desde muy temprano se había dejado vestir, no por sus enemigos,
sino por los del mundo, que en aquella ocasión lo fueron su madre, su tía
y una amiga, y ya hacía una hora que esperaba la del sacrificio, sentada
en un sofá, con un libro de devoción en la mano y con el semblante re­
signado y tranquilo.
Llamábanla todos ese día la novia, y á juzgar por su traje, del buen
gusto del novio no se podía formar una idea muy ventajosa.
Sobre un vestido de color de sangre de toro, guarnecido con blonda
amarilla, la habían encajado un pañuelo azul con ramos verdes, y el cue­
llo, los brazos y los dedos se los cubrieron con cuantas alhajas había vin­
culadas en su familia y en la de la madrina, amén de una docena de cru­
ces y relicarios de plata y oro que al efecto prestaron las amigas.
La cabeza tenía plumas de todos los pájaros del nuevo y del viejo
mundo, y en la frente lucía una enorme chapa de oro, guarnecida de ru­
bíes y esmeraldas.
Las mujeres de la vecindad y otras que sin ser vecinas eran curiosas
se atropellaban por verla cuando en compañía de su familia se dirigía al
convento, y más de una vez se oyó esta exclamación:
— ¡Qué hermosa va y qué jjetimetra! Bien puede decirse que Dios la
ha tocado de veras en el corazón, cuando por servirle renuncia á esas
galas.
— ¡Dichosos padres— decían otros—que tienen una hija tan buena!
— ¡Miren qué poco aprecio hace ella de las riquezas que lleva encima!
— ¡Bien vale más de un millón el traje!—exclamaban algunas mujeres.
— Pues todo— replicaban otras—lo va á trocar por una saya que no
valdrá cuatro pesetas.
Y lo mismo repetía la muchedumbre que se agolpó á la puerta del
convento y los que habían tenido la suerte de penetrar en la iglesia, y
todos la miraban con asombro y cada cual pensaba en lo mucho que es­
taría sufriendo por acercarse la hora del sacrificio.
Y sólo la sacrificada parecía impasible, sin que al llegar el momento
de dar un eterno adiós al mundo tuviera un solo impulso de vacilación.
Pero ¿es de extrañar que eso hiciera con el mundo personaje á quien
no había tenido la honra de tratar quien tuvo valor para soltarse de los
brazos de la madre que la había dado el ser y que la había criado?
Y sin embargo, esa joven no hizo más ni menos que la que abandona
el hogar paterno para pasar á poder de un hombre á quien ha conocido
momentos antes de unirse á él para siempre.

2G 4

ANTONIO FLORES

Secretos de la naturaleza son estos que no queremos indagar y que
nos atrevemos á decir que nadie nos explicará de una manera satisfac­
toria.
Es lo cierto que la joven se desnudó gustosa de aquellas galas, en lo
cual no debió hacer gran sacrificio, y dejándose cortar su hermosa cabe­
llera abrazó con entusiasmo la austera regla de las religiosas franciscas.
De los brazos de su madre pasó á los de la abadesa, y sin volver la
vista atrás para ver por última vez á su familia entró en la clausura con
sus nuevas hermanas. Mujeres todas á las que veía entonces por primera
vez y con las que renovando sus votos al año siguiente había de vivir
eternamente.
La 'puerta reglar se cerró en el momento que hubo pasado la última
monja, y la familia de la novicia con la madrina y los convidados pasa­
ron á la sacristía á reparar el estómago con unos cuantos sorbos de mos­
catel y unos bizcochos.
Las madres tuvieron también su gaudeamus, y al día siguiente vol­
vieron á la vida ordinaria, del chocolate, de los maitines, de los acericos
y de los bizcochos; á tener á los mandaderos siempre en movimiento con­
tinuo llevando y trayendo recados al confesor para que viniese á oir sus
escrúpulos; al cerero para que les hiciese Niños de Dios, y mandando á los
devotos bandejas de rosquillas, siquiera diesen con esto motivo á que las
gentes dijeran lo que decían antes y lo que dicen ahora de que «bizcocho
de monja, fanega de trigo.»

CUADRO XXXVI

UNA BANDOLERA
«Baste, pues, decir, por Dios,
á vuestra Real majestad,
crea mi necesidad,
pues soy un guardia de Corps.»

Buen mozo, sangre sin mezcla y á ser posible azul, si no se había dado
prisa á nacer y vino al mundo después que su hermano, casi podía ase­
gurarse que había nacido para ser caballero guardia de la Real Persona.
Bien podían sus padres enseñarle á leer desde luego, y quien dice á
leer, dice á firmar; encargar al escribano que le hiciese una ejecutoria de
nobleza y mandarle á la corte. Entraba en ella ó acompañado de su padre
ó con una carta de éste para una camarista de la reina, su antigua amiga,
en que le decía lo siguiente:
«Excma. Señora, mi dueña y amiga: Beso respetuosamente los pies de
'vuecelencia, y pido á Dios Nuestro Señor que al recibo de esta se halle
V. E. con toda aquella cabal salud que yo para mí deseo. En esta casa
de V. E., todos, á Dios gracias, comemos de la olla grande.
»La presente le será entregada á V. E. (Dios mediante) por mi hijo,
á quien V. E. se ha dignado tomar bajo su poderosa protección, entre­
gando á S. M. el rey nuestro señor (que Dios prospere) la solicitud para
que se sirva agraciarle con la bandolera. Es portador de todos los pape­
les que se necesitan para obtener esa gracia, y yo espero que la mucha y
merecida privanza de que goza V. E. con la augusta esposa de nuestro
amado monarca (Q. D. G.) coronará nuestros deseos abreviando el tér­
mino de mis afanes.

2 66

ANTONIO FLORES

»Nada tengo que encargar á Y. E., sino repetirla que no habiendo sa­
lido hasta ahora de este pueblo, será fácil que el muchacho cometa alguna
tontería, propia de quien no conoce los usos y las etiquetas de esa corte;
pero confío en que V. E., haciendo oficios de madre para con él, sabrá
instruirle de todo. A pesar de eso, él va bien ladrado por su madre y por
mí y aun por el cura de este pueblo que, sobre ser un pozo de ciencia,
tuvo la honra de merecer una audiencia del difunto rey el Sr. D. Car­
los III (que santa gloria haya), y en materias de etiqueta y cosas de pala­
cio sabe bien dónde le aprieta el zapato y pocos le pueden dar lecciones.
»Y por no molestar más tiempo la atención de Y. E., quedo rogando
á Dios guarde la vida de Y. E. muchos años y beso respetuosamente los
pies de V. E., de quien soy como siempre humilde servidor y amigo.»
La camarista gozaba en verdad de gran privanza con la reina, y como
las privanzas en los regios alcázares vienen á tener más de públicas y de
sabidas que de secretas y calladas, habíanlo traslucido los altos funcio­
narios del reino, y la camarista privaba con todos los covachuelos, desde
el ministro inclusive hasta el último meritorio.
No pedía gracia que no se la considerase de justicia, ni cosa injusta
que no se la otorgase á título de gracia. Decían los pretendientes que te­
nían al rey en el puño con sólo que la camarista les diese la mano, y ella,
que no era manca, tenía siempre una gran cohorte de ahijados. Era uno
de éstos el futuro guardia de Corps, el cual entraba en Madrid con el pelo
de la dehesa en la cabeza y la información de su nobleza en el cofre. Los
primeros días de su estancia en la corte no le valió su buena figura para
librarse de hacerla muy mala á los ojos de los cortesanos.
Era el bufón de la camarista, y le presentaba á sus amigos como pie­
dra en bruto que la remitían para que la pulimentara, ó más bien, como
ejemplar de cobre que su poderosa alquimia iba á convertir en oro finí­
simo. Si sus amigas respetaban al neófito ó trataban de defenderle, era
hombre perdido y desahuciado en sus pretensiones. Si por el contrario, la
seguían el buen humor, ayundándola á burlarse de él, le protegía con de­
cisión, convirtiéndole en ídolo que todos estaban obligados á adorar.
Hacía, en suma, un alarde tal de su privanza y de su influencia, que
nadie en la corte se atrevía á contrariarla. Cierto es que ella no era sino
un agente intermediario cerca del planeta que obraba tantas revoluciones
en el globo real; pero á ella acudían los pretendientes y ella les otorgaba
lo que pedían. Nuestro guardia de Corps en ciernes no pedía otra cosa
sino la efectividad de su deseo, y pronto le fué concedida.
Amén de la carta de recomendación que le dió su padre, traía él en
sí mismo otra de igual procedencia y de la que no podía desentenderse la
camarista, so pena de haber sido, y no lo era, una mujer sin corazón.

A YE R , HOY Y M AÑANA

267

Por otra parte, ¿qué era lo que pedía el recomendado? Nada. Una ban­
dolera. ¿Y no era acreedor á esa gracia? ¿No tenía corriente su información
de nobleza? ¿No poseía por su casa una renta de ciento ochenta ducados?
Pues ¿qué le faltaba? Y aun suponiendo que le faltase algún requisito, ¿no
le sobraban seis dedos de talla? ¿No tenía dos ojos negros, capaces de
borrar cualquier mancha parda que hubiese en la sangre azul de su fa­
milia? Y sobre todo, ¿no tenía buen pecho y buenas espaldas para lucir la
bandolera, y hermosa cabeza para el sombrero de tres candiles, y buen
talle para la chupa, y buena pierna para la media de seda ó la bota de
montar? Pues ¿qué más se le podía pedir?
Si la camarista no hubiese apoyado su petición, merecía que la retira­
sen la privanza. No porque la generalidad de los guardias de Corps fue­
sen buenos mozos se había de negar que lo era el nuevo pretendiente. Y"
siéndolo, ¿por qué no había de honrar con su presencia los dorados salo­
nes del regio alcázar, las procesiones del Viernes Santo y del Corpus, los
saraos de la nobleza y los paseos públicos? Así lo comprendía la camarista,
y al mes ó poco más de estar en Madrid le alcanzó la bandolera y una
audiencia para dar las gracias á Su Majestad y una orden para que el
capitán de guardias le diese á escoger el mejor caballo de la remonta.
Nada le quedó que desear al caballero guardia, y así escribió á su pa­
dre, diciéndole que la camarista había hecho por él más que una madre.
Y entonces no sabía el infeliz cuán cierto era lo que decía, porque su
madre no había hecho nada más que amarle, y la camarista no sólo le
amó, sino que le dejó de amar apenas tuvo otro pretendiente en cam­
paña. Conservó, sin embargo, en su desgracia la bandolera y con ella el
grado de oficial en el ejército, por más que en el cuerpo no fuera sino un
simple soldado, pero un soldado con su sirviente que le llamaba caballero
guardia, con diez reales diarios de ^>?’esí,sin más obligación que la de dar
la guardia en la real cámara, correr con las personas reales, hacer algunas
centinelas en el cuartel y estar alguna semana de cuadra.
Entonces sólo se quemaba la pólvora en salvas, y tenía el caballero
guardia un cuidado menos: el cuidado de la guerra. Cuando fué necesaria
su espada en defensa del trono y de la patria, se batió con pundonor y con
arrojo; pero entonces no lo era, y el guardia de Corps, más que al estado
militar pertenecía al estado civil. Yeámosle bajo este segundo aspecto.
Empecemos por su patrona, á la que era fama que no todos los meses
se acordaba de pagar, sin que por eso se crea que dejaba de pagarla más
tarde; pasemos á hacer una visita al sastre, en pago de las muchas que él
hace al guardia de Corps, y sin detenernos á hablar con el tendero que
nos contaría mil olvidos del criado, subamos á esa casa donde, aunque
no se oye hablar á nadie, parece que se bate el cobre. Estarán jugando:

268

ANTONIO FLORES

nacía más natural que el juego para solaz del espíritu y reposo del cuerpo.
Después de haber corrido toda una tarde á caballo delante ó detrás
del coche del rey, es muy justo sentarse á perder la paciencia, viendo
que el caballo de espadas está rendido y no quiere correr para alcanzar
á la sota de oros, ó que esta doncella se deja coger por el rey de bastos.
Si la patrona hiciese lo que nosotros y estuviera allí en el momento
que el guardia acierta una carta, cobraría con puntualidad; pero no está,
y suya es la culpa. Harto trabajo tiene el pobre caballero con haber per­
dido en media hora la paga de un mes, y no es cosa de que se vaya á
poner triste y á enfermar y á darse de baja en el servicio.
Desgraciado en el juego, afortunado en amores; y ya que se quedó sin
una blanca, justo es que trate de alcanzar una morena.
Y la alcanza, ó dejaría de ser un buen mozo y de vestir casaca de dos
colores, que es el doctorado in utroque que han tenido siempre en más
estima las mujeres y el mejor parroquiano de Cupido.
¡Y qué colores los del caballero guardia de Corps! Amarillo y plata
en la bandolera, si pertenecía á la compañía flamenca; plata y morado,
si era de la americana; verde y plata, si formaba en la italiana; y plata
y carmesí, si era individuo de la espartóla; pero siempre plata y colores
alegritos. En cualquiera de esos cuatro escuadrones, que entonces tenían
la modestia de llamarse compañías, conservaban los españoles derecho á
ingresar, no sucediendo lo propio á los flamencos ni á los italianos, ni
menos á los americanos, que entonces, como ahora, no dejaban de ser pe­
ninsulares, sino que apenas eran españoles. Las reminiscencias del monje
de Yuste eran siempre flamencas; italianas las de Carlos III, y americanas
las que venían á la península en caballo de madera.
El peninsular era el único que podía serlo todo, y á no haber sido así,
siempre hubieran estado en cuadro las compañías extranjeras.
Sólo para tener en vela á las madres, asustar á los tutores y alegrar á
las doncellas eran igualmente turcos todos los del cuerpo. Si un caballero
guardia flamenco, por no ser del país ó por otras causas que no dicen las
crónicas, no hallaba la escalera y subía por la reja á hablar con la hermo­
sura que le aguardaba en el balcón, ni los italianos ni los americanos ni
los españoles escrupulizaban guardarle las espaldas, defendiendo la es­
quina de una sorpresa del padre, ó de la ronda, que más de una vez tuvo
la prudencia de echarse por la otra acera para no verlo. Y hacía bien en
ser corta de vista, porque los guardias ceñían una lengua muy larga, y no
era cosa, ni lo valía el asunto, de renovar las escenas del siglo xvi. Aun
obrando con tanta prudencia los prudentísimos alcaldes de Casa y^Corte,
han tenido y tienen aún, que es lo peor, la audacia los literatos franceses
de decir que aquí andamos á cuchilladas al pie de las rejas. ¡Qué dirían

AYER, HOY Y MAÑANA

269

si las rondas hubiesen trabado discusión metálica con los guardias de
Corps! ¡Sería cosa de taparse los oídos! Pero ¿quién hace caso de los viaje­
ros franceses? También dicen que las Elisas y las Adelas se llaman doña
Guiomar y doña Estrella, y no es más verdad que lo de las cuchilladas.
Las damas por quienes andaban asaltando balcones los flamencos se
llamaban doña Basilia ó doña Sinforiana, y sin embargo eran tan hermo­
sas, que mal año para todas las Guillerminas y Lauras de estos tiempos.
Entonces empezaba á ser verdad que el hábito hace al monje, pero
nadie pensaba en que podía influir el nombre de pila en la belleza de las
mujeres. Lo mismo cubría el paño del tiempo las facciones de las Timoteas y de las Sinforianas, que las de otras bautizadas con más elegancia.
Las Rupertas y las Pascasias no han sido feas hasta que han sido vie­
jas, y en sus abriles merecían el amor de los militares y aun el de los to­
gados, que andaban siempre á la rebusca y comiendo á segunda mesa en
la fonda del flechero rapaz.
Luceros, que no estrellas, se le antojaban al guardia de Corps los ojos
que le alumbraban en la noche obscura de su desgracia y de su banca­
rrota. Quitábale el resplandor de su hermosa dama la elocuencia; pero eso
importaba poco, porque ni el amor necesita otra elocuencia que el silen­
cio, ni para decirle que había salido de reina aquella noche y que en­
traba de infanta al día siguiente era preciso ser un Demóstenes.
La oratoria corría de cuenta del sastre que le hacía la casaca más ó
menos justa, ó del peluquero que le empolvaba con más ó menos gracia.
El guardia de Corps cumplía su cometido con dar cuenta á su amor
de los días que estaba de libre, y de los zaguanetes, y de si corría ■prín­
cipes ó reyes; y ella le pagaba pidiéndole celos de alguna camarista ó
moza de retrete, y á veces de la patrona y hasta del caballo, á quien
decía que mimaba más que á ella. Lo cual solía ser verdad, y verdad muy
natural y muy recomendable en un buen soldado de caballería, porque
el caballo viene á ser la mitad de su individuo, y la novia no es á veces
tanto, ni mucho menos. Generalmente, cuando el guardia de Corps volvía
á reunirse con sus compañeros, la novia que dejaba ya no era para él otra
cosa sino una tonta que creía atraparle para hacerse cadeta ó sub-brigadiera, y la que veía después de aquélla era otro tanto.
Y pensaba con juicio al dejar de pensar en casarse, porque aun supo­
niendo que tuviese por su casa los diez reales de asistencia diaria que pre­
venía el reglamento, con los otros diez que le daban de prest y los tres
uniformes que le costeaba S. M. nunca tuvo para vivir desahogadamente.
Los guardias de Corps, por otro nombre los chocolateros (que así los
llamaba el vulgo á ellos y á los frailes), ó vivían con una estrechez suma,
ó si sumaban algunas comodidades era en fuerza de estrechar al sastre

270

ANTONIO FLORES

que los hacía la ropa de paisano, y al fondista que les forraba el estó­
mago, y al fabricante de medias de seda que se atrevía á pedirles doce
duros por cada par. Pero en punto á su proverbial escasez de recursos,
no seremos nosotros los que digamos nada, pudiendo hacerlo con mayor
autoridad y más gracia las siguientes decimas que recordamos de un
memorial que á la reina María Luisa presentó un guardia de Corps de
su esposo Carlos IV.
«Como no tengo otro asilo
que el escaso medio duro,
á vos, Señora, aseguro
que nunca le alcanzo el hilo;
pues sólo en cobrar el quilo,
se lo llevan dos mil rayos,
á pesar de los ensayos
que noto muy sutilmente,
sufriendo continuamente
hipo, histérico y desmayos.
Porque es tal mi economía
y tan grande mi templanza,
que almuerzo sólo esperanza
de comer al mediodía;
dan las doce, ¡qué agonía!,
entra un pillo malandrín
con un puchero rüin
tan eterno como Dios,
pues ninguno de los dos
tiene principio ni fin.
Redúcese el contenido
á tres onzas de carnero
que antes que entre en el puchero
tres aduanas ha corrido;
pues aunque el ajuste ha sido
media libra, hay que notar
que el que vende ha de robar,
el que compra y el que guisa:
son tres á cobrar la sisa,
y yo soy solo á pagar.
De tocino, raeduras,
dos adarmes mal pesados,
treinta garbanzos contados
y un poquito de verdura;
saliendo de esta gordura
un caldo tan substancial,
que en una urgencia fatal
puede servir al intento
de materia al Sacramento
en la pila Bautismal.

AYER. HOY Y MAÑANA

Item más, una libreta;
pero de ésta ha de quedar
la mitad para cenar;
y si no hay nueva receta
yo doblo mi servilleta
hasta el nocturno aparato,
en que tres tajadas cato
que, aunque me llegue á abrasar,
nunca me atrevo á soplar
.porque no salten del plato.
Como es tan corto este auxilio
y mi estómago tan largo,
paso la noche en letargo
ó en continuo pervigilio;
y si el sueño reconcilio
con mis ideas vehementes,
pensando en mil diferentes
descabelladas chiripas
están soñando las tripas
si se han perdido los dientes.
Aun en vestir es mayor
mi vigilante deseo,
y nunca llega mi aseo
á lo que aspira mi honor,
bien que esto no es lo peor:
en la marcha más completa
no necesito maleta,
ni jamás tomo bagaje,
porque todo mi equipaje
lo lío en una calceta.
Cuando mi estado indigente
á considerar acierto,
no sé cómo no me he muerto
de un repentino accidente;
gracias al Omnipotente
que me libra de dolores,
por los continuos clamores
con que piden cada instante
por mi salud importante
un cúmulo de acreedores.
A sí, Señora, he servido
siete años con el amor
que me sugiere el honor
ilustre con que he nacido;
he trotado y he corrido
por polvos, piedras y lodos,
mostrando de varios modos
mi exactitud ó interés,
pues hasta en cobrar el prest
soy el primero de todos.»

271

272

ANTONIO FLORES

Cuando esto decía un individuo del cuerpo, y esto le permitieron /
decir sus camaradas y sus jefes, no nos parece necesario añadir nuevas
razones para probar que el destino de guardia de Corps era lo que en­
tonces se decía cara comida para estudiantes. El que no tenía rentas
por su casa, tenía que arrimarse á las ajenas para poder vivir.
Por eso había dos clases de guardias: unos que olían á buenos guisa­
dos, y otros que andaban oliendo donde guisaban.
En la guardia Peal no pasaban tantas estrecheces, á pesar de tener
menos sueldo y de costearse los oficiales el uniforme; pero esto consistía
en que se les obligaba á tener gran renta propia.
Tampoco costaba lo mismo alcanzar una bandolera que una valo­
na. Había alférez de guardias valonas que pagaba cuatro mil duros por
el oficio, y la bandolera sólo costaba lo que ha visto el lector: una carta
de recomendación para algún valido palaciego, ó caer en gracia, que eran
las grandes caídas de entonces, ó tener buen cuerpo y buenos ojos y
saberlos echar á tiempo y en buen terreno.





CUADRO XXXVII
LA P R I V A N Z A E N 1 8 0 0
«Fortuna te dé Dios, hijo,
porque el saber no te basta;
aunque bueno es el saber,
por si la fortuna falta.»

Indudablemente esta copla sólo nació con la primera parte; á tiro de
ballesta se ve que la segunda es postiza.
Ó la añadió por vía de consuelo algún erudito pobre, ó la inventó en
la hora postrera algún padre que no tenía media peseta que testar á fa­
vor de sus hijos.
Es un confortativo tan inocente como todos los reparos que se apli­
can al exterior del estómago, y no creemos que haga grandes milagros.
Ya en tiempo de los paganos era la Fortuna «una deidad ciega, extra­
vagante y caprichosa que presidía á todos los acaecimientos, distribu­
yendo á su antojo los bienes y los males.» ¡Conque figúrense ustedes lo
que vendría á ser más tarde!
Mas tarde era.... lo que sigue siendo ahora: una falsa providencia,
antojadiza y desatinada, que reparte á su capricho el pan de flor y el de
munición, las trufas y las patatas, y que muchas veces da á unas gentes
mucho de lo primero y deja á las otras sin nada de lo segundo,
Los que la alcanzan y cogen el pan de flor dicen que da vueltas3para
que los demás mortales que ayunan se esten quietos esperando á que
Touo I
18



274

A N T O N IO

FLO RES

pase por su casa en una de esas evoluciones. Pero esperan en balde, por'
que la Fortuna suele darla de planeta fijo, y si alguna vez pasa y en broma
hace que se va, se va de veras y no vuelve.
Cuando se le antoja partir el sol con la sabiduría en un duelo á
muerte, deja á su adversario la mejor porción del campo y la elección
de las armas, y cruzada ella de brazos, sin más que sonreirse le mata.
En suma, aún no ha recibido el bautismo de la cristiandad, y sigue sien­
do tan omnipotente y tan antojadiza como cuando era divinidad pagana.
Si da vueltas, las da en su propia casa y en derredor de las gentes de
su familia, y siempre es el mismo el árbol genealógico de su raza.
Tú, lector, oirás decir de muchos hombres que no parece sino que han
nacido de pie. Pues no tengas duda, han nacido de pie porque la Fortuna
les dió la mano.
A y e r , con especialidad, era madrina de muchas criaturas. Las muje­
res que deseaban la felicidad de sus hijos no tenían más que hacer sino
avisar á la Fortuna para que fuera su comadre.
Y como la daba de antojadiza, solía asistir lo mismo al regio alcázar
que á la plebeya choza, disputando á la muerte el famoso
Pauperum tabernas, regumque turres.


Hallábase, sin embargo, más á gusto entre sábanas de Holanda que
sobre un montón de pajas, y por cada vez que tocaba con su mano de
plata en el albergue de un pobre, sacudía ciento su manto de oro en el
palacio de un rico; cediendo, como mujer que era, débil al fin como to­
das, á la imperiosa ley de las afinidades y al refrán de los sacristanes, que
dice: «cera, llama cera.»
Tenía por mejor y más fácil acrecentar lo empezado que dar algo para
empezar, y dejaba sin la vaquilla al que acudía con la soguilla, regalando
pañuelos á los que no tenían narices y ofreciendo lágrimas á los que esta­
ban sin un trapo con que secarse los ojos.
Pero hemos dicho que alguna vez se dignaba sacar de pila á los po*
bres, y aunque sus detractores dicen que lo hacía por solo el orgullo do
mostrar su omnipotencia y de poner colorada la sabiduría, es lo cierto
que lo hacía, y punto redondo.
Su gran fábrica de validos, favoritos ó privados ofrece cien ejemplos
de esta verdad.
Y por ser asunto de fortuna vamos á sacar á la suerte uno de tantos.
El siguiente, por ejemplo:
La escena pasa en una aldea miserable del no muy poderoso reino de
Galicia; de aquel país que ya entonces uno de sus más esclarecidos hijos

AYKR, HOY Y MAÑANA

275

(el cura de Fruime) había retratado en los siguientes versos, aunque acha­
cando la paternidad á un castellano.
«Beino infeliz, país desventurado,
de España muladar, rincón del mundo,
entre tinieblas siempre sepultado,
áspero, rudo clima, temple airado,
infiel, bárbaro trato, sitio inmundo,
gente sin sociedad, campo infecundo:
en el nombre de Dios Santo y Eterno,
con cuanta fuerza tiene el exorcismo,
te conjuro y apremio, triste averno,
para que me declares por ti mismo
si eres en realidad el propio infierno
ó si eres retrato del abismo.»

Pues en una aldea de ese país que, aunque algo desventurado, es el
jardín y no el muladar de España, pasó la escena en que tuvo su origen
este cuadro.
Era de noche, ó mejor dicho, acababa de ser de día, y al amor de una
poco amorosa lumbre de cañas de maíz había tomado asiento una familia
de las más acomodadas de la parroquia.
El padre descansaba de los trabajos del campo, echando mango á una
podadera, la madre hilaba, la abuela gruñía, las hijas remendaban y los
animales domésticos que habían de dar á la madrugada algunos odres de
leche dormían á pierna suelta, alargando de vez en cuando el hocico para
acariciar á sus amos.
Un solo individuo de aquella patriarcal familia estaba apartado del
fuego, no por falta de frío, sino porque no se lo permitía la faena en que
se ocupaba. Estaba apaleando un montón de secas alubias y tenía á ma­
yor abundamiento que majar unas cuantas mazorcas para que las muje­
res pudiesen amasar al día siguiente la borona.
Era el tal un muchacho de catorce años escasos, y su traje, aunque
sencillo y pobre, no era menos rico que el de los demás individuos de la
familia;
El padre estaba en mangas de camisa de bayeta, con un calzón de
paño pardo, y las mujeres tenían una saya colorada y corta sobre un ju ­
bón de lienzo blanco.
De cubrirse las pantorrillas y de calzarse los pies, ni varones ni hem­
bras se habían acordado, y todos los traían desnudos. La abuela era la
única que estaba liada en una manta que la cubría de los pies á la cabe­
za, y sólo para enterrar en el rescoldo algunos nabos y patatas sacaba el
brazo seco y desnudo de ropa, pero curtido y acartonado.

276

ANTONIO FLORES

Ün palo de tea, que ardía en un rincón de la choza, alumbraba el cua­
dro; y al gruñir de la abuela, al varear del muchacho, al crujir de la hi­
laza y al resoplar de los mamíferos se juntaban las preces que el patriar­
ca, respondido á coro por su familia, elevaba al cielo, dándole gracias por
el pan que le había dado aquel día y pidiéndole que no se lo dejase de dar
al siguiente.
Con tres credos terminaron las oraciones de aquella familia: uno al
Cristo da Chanca para que no lloviese á la hora de sembrar el millo, otro
al de Meco para que lloviese después que se hubiese sembrado, y otro á
los dos Cristos para que no lloviese demasiado y se perdiese la cosecha.
Así estaban siempre con el credo en la boca, y tanto perdían por carta
de más como por carta de menos, aunque esto último en materia de aguas
rara vez sucede en Galicia. Y así lo dejó dicho el ya citado cura Cernadas
en la siguiente graciosa décima:
«Que es del cielo el orinal,
dicen por zumba, Galicia;
mas también por la noticia
es Castilla el arenal:
de este mundo en el fatal
mar, nadie puede hablar hueco;
todo es borrasca, y no trueco
ésta por ésa, observando
que acá calimos nadando
y allá se quedan en seco.»

Muchas veces, sin embargo, no hubiesen podido salir nadando á no
darles auxilio los señores de las aldeas con perdonarles el pago de las
rentas del año ó las de los atrasados.
Pero esto no hace al caso ahora; lo que importa saber es que rezaron los
tres credos y con ellos en la boca se fueron á acostar, para lo cual no tuvie­
ron que incomodarse en ir á la alcoba, sino que con sólo apagar la tea y
tender el cuerpo, cada cual según estaba, quedaron recogidos y acostados.
Por colchón el suelo, por cabecera un puñado de hojas de maíz y por
manta el blando aliento de las vacas, que hicieron también su nido en
aquel establo.
Pero aún no habían cerrado los ojos al sueño cuando oyeron las pisa­
das de un caballo y más tarde las voces de alguien que pedía socorro.
Mucho tardaron en comprenderlo así, y casi puede decirse que lo adi­
vinaron, cuando alzándose el patriarca esperezóse, abrió la puerta y salió
á ver lo que ocurría.
La noche estaba obscura y el Cristo de Meco había escuchado el credo
que le rezaron.

AYER, HOY Y MAÑANA

277

Mojado hasta los huesos entró en la choza un caballero, trayendo del
diestro una cabalgadura ricamente enjaezada, y guiado por el brillo de
algunas chispas de fuego que habían quedado en el rescoldo del hogar,
se llegó resuelto hasta el dormitorio de aquellas gentes, que se alzaron en
pie espantadas de verle.
Él lo quedó, y no poco, al encenderse de nuevo la tea y ver la frater­
nidad en que vivían los seres de la especie humana con los de cuatro
orejas.
Pero pudo en el más el frío que el sobresalto, y pidió que le hiciesen
fuego con que calentarse y secar sus vestidos, y aun añadió que el favor
sería completo si le proporcionaban algunos sorbos de aguardiente.
Díjolo todo en buen castellano; pero viendo que aquellas gentes nada
le respondían ni se movían de sus puestos y no hacían otra cosa que mi­
rarse y reirse, volvió á repetir la demanda, y entonces el jefe de la familia
se volvió á su esposa y le dijo en dialecto gallego:

—¿Qué dice este señor?
—No lo entiendo—le respondió en el mismo lenguaje la mujer.
—Pues ¿tú no sabes hablar romance?
—Sé algo, pero lléveme el demonio si entendí una sola palabra de lo
que dijo.
—¿No hablaban así los amos que tuviste en Betanzos?—le replicó el
marido.
Y antes de que su esposa le respondiera, impaciente el caballero cogió
un grueso tronco de manzano que allí les servía de escabel y le arrojó en
medio del rescoldo, siéndole al propio tiempo preciso entregar al amo de
la casa un peso duro para calmar la alarma que había producido su des­
pilfarro de leña.
Semejante lenguaje les dejó más suspenso que el romance, pero le
comprendieron más pronto, y en cuanto lo permitía la estrechez de la
familia quedó servido el extraviado caminante, que esto y no otra cosa
era el caballero.
El cual tan pronto como se hubo enjugado el agua que traía sobre el
pellejo, empezó á examinar el cuadro que tenía delante de sus ojos y no
pudo menos de sonreírse.
Sabía que en tres horas ó poco más que hacía que se había perdido de
sus compañeros en una partida de caza no podía haber atravesado los
mares y abordado á una isla de salvajes; pero tales le parecieron aquellos
infelices, y sin cesar los miraba con extraña curiosidad.
El muchacho que sacudía las alubias fué el que tuvo mejor instinto
para comprender las necesidades del caballero, quien desde luego fijó en
él su atención.

278

ANTONIO FLORES

Estuvo mirándole largo rato en silencio, y tomando de repente un aire
de protección que aquellas pobres gentes no pudieron respirar y sonrién­
dose con gesto compasivo y meneando la cabeza, le dijo:
—¿Quieres que te haga hombre?
El muchacho, á pesar de su penetración, no comprendió lo que le de­
cía el caballero; pero presumió que le ofrecía alguna cosa y dijo que sí, y
aun hay quien dice que alargó la mano.
Esto último no se ha podido averiguar con certeza; pero en lo que no
queda duda es en que, alumbrando el caballero la inteligencia del padre
con dos ó tres pesos duros, logró hacerle comprender que se llevaba con­
sigo al muchacho para que le enseñase el lugar donde habían quedado
sus compañeros y le sirviese luego en la corte.
Empezó el padre por preguntar á su modo cuánto iba ganando su
hijo, y el caballero sonriendo le enseñó un puñado de duros; con lo cual
quedó concertada la partida, y apenas rayó el alba besó el muchacho la
mano á sus padres, y con los zapatos al hombro, desnudo de pie y pierna
echó á andar delante del caballero.
Siguiéronles con la vista los que quedaban en la choza, y después de
un largo silencio, en el que derramó la madre algunas lágrimas por la
ausencia de su hijo, llorando también las hermanas la partida del herma­
no, el padre, contemplando las monedas que le había dado su generoso
huésped, dijo:
— Lléveme el diablo si este señor que acaba de marchar no es el mis­
mo rey en persona.
— No seas bárbaro— le replicó la esposa.— ¡El rey mismo querías que
viniese aquí!
— ¡Como algunas veces, yo se lo he oído contar al señor cura de Corbiñada, se han aparecido los reyes á los pastores!....
— Sí, ¡pero no ves que ese señor era más bajo que tú!
— Verdad es.
— Y que tenía frío y sed.
— Pues si no es el rey, es cualquier alguacil ó algún otro señor princi­
pal de palacio! ¡Has visto cuánto dinero llevaba en la bolsa!
— ¡Y cuánto botón de plata en la casaca!— dijo una de las chicas.
— ¡Y es guapo mozo!— repuso la otra.
— Me da el corazón— repuso el padre— que así mismo vestido hemos de
ver algún día á tu hermano.
— ¡Dios lo haga!— repuso la madre;—recémosle un credo al Santísimo
Cristo de Chanca, que como de esas cosas se cuentan en las historias; y
pónganle al mío Juancho donde lo haiga, que no ha de mamarse el dedo,
y abonado será para todo.

AYER, HOY Y MAÑANA

270

Y tocios se hincaron ele rodillas rezando fervorosamente el credo, y
entregándose después con la mayor alegría á sus faenas diarias.
En las que el autor de este cuadro no ha querido interrumpirles, y
les abandona para volver la vista á los viajeros que han entrado ya en un
pueblo de la carretera, donde estaban los cazadores, alarmados por la
pérdida de su compañero á quien todos guardaban muchas consideracio­
nes y disponiéndose á salir en su busca.
Recibiéronle con alegría, aunque dándole zumba por haberse perdido
en lo más recio del combate con las fieras, y acusándole de no haber
muerto ninguna, á lo cual les replicó sonriendo:
— Ustedes han tenido que matarlas para cogerlas y yo la he cazado viva.
— ¿Dónde están? ¡Vengan!— le gritaron todos.
Y el caballero les presentó al muchacho, refiriéndoles brevemente lo
que le había ocurrido, y anunciándoles su propósito de llevarle consigo
á la corte y aun de tenerle á su servicio.
— Si sale listo, como yo creo— les añadió,— no le pesará de haberse ve­
nido conmigo.
— ¿Piensa usted presentarle á S. M.?— le preguntó uno de los cazadores.
— Tal vez
si estoy de humor.
— Le divertiría ver esa figura, y si lograse caerle en gracia, podría
hacerle hombre dándole una plaza de mozo en la furriera.
— Para algo más ha de servirle mi protección— dijo con orgullo el
caballero.
— ¡Es natural!— le replicaron.— ¡Como tiene usted el favor de nuestro
amado monarca!....
— Yo me basto y me sobro para ponerle tan alto que muchos le miren
con respeto.
— ¿Quién lo duda?— interrumpió con aire de adulación uno de los caba­
lleros.—Si usted se empeña en protegerle, llegará á ocupar uno de los
puestos más elevados de la corte.
— Tanto como eso no— repuso el Mecenas sonriendo;— pero les aseguro
á ustedes que me ha caído en gracia.
— Parece listo— dijo uno de los cazadores.
— Es perspicaz como un demonio—añadió otro.
— Tiene cara de tener mucho talento— repuso un tercero.
— ¿Conque les parece á ustedes que no he perdido el tiempo?
— Usted le gana siempre, y en esta ocasión como nunca.
— Me alegro que les guste á ustedes mi caza— dijo el caballero.
Y llamando á uno de sus monteros, le mandó que acomodara al galle­
go en una de las acémilas y que cuidase de él para que los criados no le
diesen alguna broma pesada.

280

ANTONIO FLORES

Despue's, seguido de sus amigos, tomó el carruaje y emprendieron
todos la vuelta á la corte.
Donde los deja el pintor, aunque rogando á los lectores que no los
pierdan de vista y que tengan el cuadro presente como una hijuela del
próximo, ó mejor dicho, como el boceto primordial de los varios lienzos
que en este museo de ayer forman la escuela llamada de la privanza ó
del favoritismo.
Escuela desentonada y libre que muchos han creído hija de la flamen­
ca, pero que es un remedo de la alemana y aun tiene algo de la italia­
na pura.

CUADRO XXXVIII

UN HOMBRE DE ESTADO EN BRUTO

Para comprender el presente cuadro no es absolutamente indispen­
sable haber leído el anterior.
En aquél hemos ido á Galicia con ánimo deliberado de sacar un ga­
llego para hacerle hombre, y en éste empezamos por decir que no hay
necesidad de tanto trabajo, porque la rueda de la fortuna no tiene criade­
ros determinados de donde arrancar las primeras materias para sus arte­
factos.
Sacar un grano de oro de un quintal de arenas auríferas, hacer un
botón de plata en la copela del alcohol y aumentar las luces de una pie­
dra preciosa multiplicándole las caras son milagros que hace ordinaria­
mente cualquier artífice y en los que le ayuda poderosamente la misma
naturaleza.
El verdadero prodigio era el de la alquimia, que convertía en oro finí­
simo el más grosero metal de velones, logrando así la decantada piedra
filosofal, que tanto dió que hacer á los sabios de aquella época y á los de
otras algo más remotas.
Un diamante en bruto es siempre un diamante, y si en un año ó en
dos no le dan ganas de quitarse el polvo de los ojos, tropieza un día
cualquiera con una corriente de agua, y escandalizando con su brillo la

282

ANTONIO FLORES

negra mano del brasileño que le atrapa, pasa á poder del tallista, y con
una ligera amputación que éste le hace sufrir llega al apogeo de su encumbración.
Queda, pues, demostrado que hacer una piedra preciosa de un dia­
mante en bruto es poco menos que no hacer nada, y perdónenos el Sr. Luis
Berynem, que allá en el año de 1476 descubrió la manera de tallar los
diamantes.
El verdadero mérito, repetimos, sería convertir en piedras preciosas
los adoquines y los guardacantones; milagro estupendo que hoy preten­
den hacer muchas empresas mineras y que mañana harán por sí solo los
minerales.
Pero hoy no es ayer ni menos mañana, y nosotros no podemos anti­
cipar los sucesos, desviándonos al mismo tiempo del plan que nos hemos
trazado.
Razón por la cual seguimos el presente cuadro, repitiendo que la for­
tuna no tiene terrenos fijos para los viveros de sus ahijados.
Antiguamente los plantaba en secano y en regadío, en el llano como
en la sierra, y el Mediodía y el Norte eran por igual los semilleros de los
validos, de los privados y hasta de los hombres de Estado.
Un hombre de Estado se hacía de un asturiano que venía á la corte
á pedir limosna ó á solicitar una plaza de aguador; de un andaluz parlero
que cifraba toda su ambición en el logro de una vacía y un par de nava­
jas, ó de un castellano viejo que quería negociar la proverbial mentida
franqueza de sus paisanos.
Pero estos últimos no medraban gran cosa; para los andaluces y los
extremeños criaba la higuera real sus mejores brevas, y por antítesis al­
canzaban no pocas los gallegos y los asturianos.
Una sola cualidad necesitaba el hombre-diamante para salir del estado
bruto.
Avanzar en la carrera de la fortuna sin volver nunca la vista hacia
atrás para contemplar lo que llevaba andado, y mirando siempre adelante
para correr pronto lo que le faltaba por andar.
¿Y les parece á ustedes que nacen todos los hombres con esa cualidad?
Pues nada de eso. A ser así, no habría piedras falsas y todas serían pre­
ciosas. Audaces fortuna juvat, de agraces se hacen las uvas, que dijo el
otro, y el otro tenía mucha razón. No porque la audacia y la fortuna sean
una misma cosa, sino porque el audaz tiene hecho la mitad del camino
para ser afortunado, y éste no lo es por completo si no tiene algo de audaz
en su hoja de servicios.
Es la fortuna, aunque antojadiza, muy escrupulosa, y no á todos los
hombres les da su blanca mano. Con los tímidos no ha tenido trato nunca.

AYE R, HOY Y MAÑAN A

283

Con sólo que el asturiano recién llegado á la corte, en vez de dirigirse
á la fuente se fuera derecho á pedir limosna á algún covachuelo y cayese
en gracia á la covachuela, no había hecho la fortuna otra cosa que entre­
abrirle la puerta de su palacio; lo de acabar de abrirla y colarse de rondón
habíalo de hacer su audacia.
Si era tímido y cuando le daban el pie no le tomaba y se volvía por
donde había venido, la fortuna le borraba del catálogo de sus artefactos,
y le dejaba en bruto eternamente.
Sucedíale, y vaya de cuento, lo que al gallego, que habiéndole dicho
en su aldea que en la corte andaba el dinero tirado por el suelo, se encon­
tró por casualidad un peso duro en la puerta de San Vicente, y dándole un
puntapié, dijo: «Ya empiezan á perseguirme; pues á fe que no he de bajar­
me para coger uno tan sólo.»
No volvió á hallar otro, y así le sucedía al que mimado una vez por la
fortuna no se aprovechaba, olvidándose del refrán que dice: «cuando
pasen rábanos, comprarlos.»
Si por el contrario, al darle el pie tomaba éste y la mano, se quedaba
en la casa para mozo de compra, pasaba luego á vestir la librea, era más
tarde ayuda de cámara y concluía por ser mayordomo.
Pero también de este modo puede decirse que no había cogido á dos
manos los favores de la fortuna.
Vistiendo la librea de los lacayos no podía pasar de ser mayordomo,
y dándose traza para vestir el uniforme de los pajes ó para entrar de me­
ritorio en las covachuelas, fácilmente podría llegar á ser un hombre de
Estado.
La generalidad de los pajes no eran advenedizos ni plebeyos, sino hi­
jos de familias nobles; pero había algunos de los primeros, y éstos, que no
los otros, son los verdaderos diamantes en bruto.
Continuemos, pues, la historia que quedó empezada en el cuadro an­
terior.
Demos al galleguito un año de respiro para que aprenda á leer y á es­
cribir y sobre todo para que se aclimate en la corte, que siendo él despe­
jado y listo no necesita más tiempo para empezarse á pasear entre los cor­
tesanos.
Así se lo escribió á sus padres en la primera carta que notó á un
paisano suyo, y en ella les encargaba que cuidasen mucho de las vacas y
de la demás familia.
Con la segunda les mandó quinientos reales de sus ahorros para que
comprasen otro par de bestias.
Y en la tercera, escrita de su puño y letra, les decía que el amo le iba
haciendo hombre, cosa que dejó atónito á su padre; pero que él pensaba

284

ANTONIO FLORES

calzarse con el santo y con la limosna, porque el ama le quería mucho y
era señora muy metida en la casa del rey.
Cuando esto escribía el rapaz era ya paje de cola y de bolsa de la se­
ñora duquesa, y la seguía á todas partes, vestido con su calzón corto, su
media de seda, su chupa de raso, su casaca, su espadín, su sombrero de
picos y su coleta empolvada.
Eternamente hubiera servido ese destino ó alcanzado, cuando mucho,
el de guardajoyas de la señora, ó el de caballerizo mayor del duque, ó
un oficio de capitán, ó cosa por el estilo, si él no hubiese aspirado á cosa
mayor y, conociendo que el flaco de la señora era la vanidad, no se la hu­
biera estimulado diferentes veces, quejándose de que los demás pajes le
avergonzaban sacándole á colación su origen y diciéndole que, aunque
quisiera, no podría ser paje del rey ni servir ningún puesto en palacio.
Con esto la señora le colmaba de distinciones y le hacía multitud de
presentes, dándole puesto de preferencia en todas las ocasiones y lleván­
dole siempre en su compañía, aun á riesgo de dar lugar á que la maledi­
cencia la pusiese en uno no muy ventajoso.
Esto lo conocía mejor que nadie el paje, y aunque no jugó nunca con
la honra de su dueño, tampoco encubría las apariencias y se dejaba ir ele­
vando como la espuma en brazos de la caprichosa deidad.
Llamábanle en la casa el ojo derecho de la duquesa, y él tenía el uno
y el otro puestos en la cámara real.
Desde la primera vez que pisó las antesalas del regio alcázar compren­
dió que aquella era la fábrica de la felicidad, y que todo lo que no fuese
poner un pie junto al trono era andarse por las ramas.
Y sin embargo, los que sabiendo sus elevadas aspiraciones hubiesen
creído que se impacientaba envidiando la suerte de tal ó cual personaje,
se habrían llevado un gran chasco.
Nuestro paje no envidiaba la suerte de nadie, y creía por el contrario
que como la suya no había ninguna.
Su ambición le tenía marcados los pasos, y como hasta entonces no
había retrocedido una sola línea, creía, y creía con razón, que en lo suce­
sivo le había de suceder lo propio.
¿No era más fácil que fuese favorito de la reina el que lo era y grande
de la duquesa que el que apeleando alubias en una choza de Galicia llegó
á ser paje de un Grande de España?
Pues hecha la primera parte del milagro, era mucho más fácil la se­
gunda.
Y lo fué hasta un punto que rayaría en lo fabuloso á no ser tantos los
ejemplos análogos que nos ofrece la historia de todos los tiempos, y muy
principalmente la de aquella época de privanza y de favoritismo.

A YE R , HOY Y M AÑANA

285

Los que no privaban con el monarca, ó apud regem, que ya en su
tiempo decían los latinos, eran privados del secretario de Estado, ó del
ministro, ó de algún covachuelo, y por último, de algún portero, que
todo era privar, y no era esta la más indigna ni la más inútil de las pri­
vanzas.
Desde que nuestro paje mereció la privanza de su ama, aspiraban á
la suya todos los dependientes de la casa, incluso el peluquero, que mejor
consultaba el gusto del paje que el de la duquesa para peinar á ésta, y
más se entretenía con la cabeza del gallego que con las de todos los de­
más pajes juntos.
Así, mecido por la fortuna y estimulando á su señora, logró que ésta
le alcanzara una plaza en la Casa de pajes de S. M., donde dirigido por un
ayo aprovechó bien la esmerada educación que le dieron los profesores
de latín, de francés y de baile.
No se descuidó tampoco en llamar hacia su persona la atención del
rey siempre que el monarca se dignaba recibir á los pajes, y decidido á
alcanzar la privanza de la reina, se dejó caer en gracia de S. M. á la pri­
mera vez que tuvo la honra de besarle la mano.
Las salidas naturales de los caballeros pajes de S. M. no satisfacían su
ambición, y como no quiso apartar sus ojos de la cámara real, fué pre­
ciso llevarle allí el cuerpo para que no padeciera extravío de órgano tan
esencial, y le nombraron ayuda de cámara del rey. Le hicieron merced
de un hábito, y no de las órdenes mendicantes, sino de la de los caballe­
ros, que lo era muy principal desde su nacimiento; pues aunque él lo ig­
noraba y sus padres no lo sabían, como que los papeles no parecen hasta
que se buscan, hasta entonces estuvieron perdidos los del paje gallego, y
no se supo que su sangre era tan azul como si le hubiesen destetado con
flor de borraja y violeta.
Tras del hábito vino el título de conde, que él deseaba más que otra
cosa para que por él le nombrasen y no siguiera siendo conocido por el
galleguito, á cuyo apodo, que había conservado cuidadosamente hasta
entonces, debía su mayor fortuna.
Sin envidia y como cosa de broma vieron las gentes los primeros me­
dros del galleguito; las principales personas de la corte preguntaban á la
duquesa por el galleguito, y el mismo monarca le dijo más de una vez
al ayo de sus pajes:
— Cuídame al galleguito, que ese ha de ser un hombre de provecho.
Y el monarca tuvo razón; porque el gallego, consecuente á lo que ha­
bía escrito á su padre de que pensaba alzarse con el santo y la limosna,
dando envidia al mismo señor que le había sacado de su aldea, alcanzó
muy pronto el puesto más elevado de la corte.



286

ANTONIO FLORES

Pero no queremos que el lector nos diga que le llevamos á paso de
carga.
Dejemos respirar en su privanza con los monarcas de Castilla al al­
deano de más allá de León, y antes de que sea nombrado primer se­
cretario de Estado y del despacho de ídem, vámonos un rato á las cova­
chuelas.

«Para los simples y bobos
pastores del nacimiento,
en las reales covachuelas
halló todo surtimiento.»
( E l Duende Crítico.)

Por tal se tenía, por crítico y por duende, y hasta por poeta, si ustedes
me apuran, el autor de los versos que quedan citados y que vivió en el
primer tercio del pasado siglo. Comenzaba el segundo reinado de Felipe V,
y todas las semanas en día marcado, que solía ser el jueves, hallaba el
monarca en los bolsillos de su casaca, en el escritorio y más frecuente­
mente al desdoblar la servilleta un papelillo manuscrito en mala prosa y
no mejores versos, censurando los actos del ministro Patino, al cual no
menos que al rey y á todos los personajes de la corte traía inquietos se­
mejante novedad.
Por la misteriosa aparición de aquellas sátiras y porque en alguna de
ellas se daba su autor el nombre de Duende Crítico, era conocido como
tal, y se tardó algún tiempo en saber que las escribía un frailecito, al cual
redujeron á prisión y se escapó más tarde á Portugal.
Tenía el venerable particular afición á Patiño y gran ojeriza contra el

-

288

ANTONIO PLORES

patriarca y las camaristas, y así en tiempo de Navidad, el jueves 27 de
diciembre de 1735, escribió una sátira, en la que, fingiendo haber puesto
un nacimiento en el desván de los duendes, decía entre otras cosas lo si­
guiente:
«Virgen no halló en el Palacio,
figura que pueda serlo,
y pidió prestada una
que servía en un convento.
Del patriarca la muía
por razón del mismo empleo,
y el buey del marqués de Scoti
(con licencia de su dueño).
De unas camaristas hizo
los ángeles que dijeron:
«¡Gloria á Dios en las alturas,
paz á Patiño en el suelo!»
Para los simples y bobos
pastores del nacimiento,
en las reales covachuelas
halló todo surtimiento.»

Conque ya ves, lector, que desde los tiempos de Felipe V, por lo me­
nos, data la costumbre de almacenar los simples y los bobos en las ofici­
nas del Estado; porque ya habrás comprendido, sin necesidad de que yo
te lo diga, que las covachuelas reales no eran las covachuelas de San Fe­
lipe el Real.
En éstas se vendían los hombres de cartón, y en aquéllas se hacían los
hombres de Estado.
Las unas y las otras se llamaban covachuelas, porque estaban estable­
cidas en unas covachas.
En la época á que se refieren estos cuadros, las secretarías del Estado
habían ensanchado el corazón, y vivían en más espaciosos salones, pero
conservaban el nombre de covachuelas con que fueron bautizadas al inau­
gurarse en los sótanos de palacio.
El que despachaba los juguetes para los niños sollamaba covachuelis­
ta ó covachuelo, y por covachuelo ó covachuelista era conocido el que des­
pachaba los expedientes en las secretarías de Estado.
Pero no había en cambio ningún otro punto do semejanza entre am­
bos he'roes subterráneos, y abandonamos al primero para ocuparnos ex­
clusivamente del segundo, del covachuelo real.
Sigámosle paso á paso, siquiera sea redoblado, desde que á la edad
de quince años cumplidos entró de meritorio sin sueldo en la covachuela,
merced á ciertas mercedes que no quiero hacer merced de publicar.

AYER, HOY Y M ACANA

280

Si es muchacho despierto, de los que entonces se llamaban pizpiretos
y cuya precocidad asustaba, á sus padres sobre todo, sólo estará merecien­
do cinco años ó poco más.
Su ocupación en este tiempo será una obediencia ciega y pasiva á sus
jefes; saber de coro el santo del día y la iglesia en que está el jubileo ele
las Cuarenta horas por si el jefe se lo pregunta; recogerle el espadín y el
sombrero cuando entre en la covachuela; remover el brasero en invierno,
ciencia no tan fácil entonces como ahora parece; darle un abanico en ve­
rano; visitarle todos los días de fiesta, y por último, saber hacer letras y
juntarlas y algo de ortografía si es posible; y cuando no, preguntarle con
modestia y con el Y. S. perdone por delante si tal ó cual palabra se escri­
be con h ó sin ella.
Todo esto, unido á una irreprensible conducta religiosa, moral y polí­
tica y al favor que su padre pueda tener con algún amigo del privado del
jefe, podrá hacer que el meritorio llegue á ser nombrado paje de bolsa del
covachuelo.
Entonces ya sus deberes son otros.
Escribiente particular del jefe de la mesa, debe madrugar para ir á su
casa á informarse de cómo ha pasado la noche, á darle conversación mien­
tras le peina el peluquero, á ayudarle á vestir y á acompañarle por fin á
la covachuela.
Pero todo esto que se dice muy de prisa se hace muy despacio, y es
preciso tomar un término medio.
Figúrense ustedes que el covachuelo es nada menos que el jefe prin­
cipal de la covacha, el secretario universal del despacho.
La escalera de su casa está desde muy temprano ocupada por los pre­
tendientes; ninguno de ellos, sin embargo, espera ver al ministro; todos
aguardan con impaciencia al paje de bolsa, al escribiente, al secretario
particular.
Llega y le acosan para preguntarle cada cual el estado de su negocio,
y él ofrece á todos que lo recordará á S. E., pero que está abrumado de
asuntos graves y que no tiene tiempo para nada.
— ¡Seis horas de covachuela! —exclama el paje.— Esto es insufrible. ¡Yo
no sé cómo podemos resistirlas!
— Necesita S. E. una cabeza de bronce— dice el más adulador de los
presentes.
— ¡Qué más cabeza que la del señor paje!—exclama otro bastante más
adulador.
Y el paje, cogido el espadín con la izquierda y sujetando con la dere­
cha una cartera de tafilete carmesí, se suelta de aquellas gentes y llega
por fin á la habitación del ministro.
T omo X
19

290

ANTONIO FLORES

—¿Ha salido ya del oratorio?—pregunta al criado que abre la puerta.
—Ya se está peinando—le contesta el fámulo.
—Mucho ha madrugado Pajarito—dice el paje;—aún no son las ocho.—
añade sacando uno de los dos relojes que lleva consigo.
Y sin más hablar entra en el despacho de S. E., que le recibe con as­
pereza, diciéndole:
—¡Supongo que vendrá al despacho todo lo de ayer!
—Perdone V. E.—responde el paje; - pero como yo no sabía lo que Y. E.
quería acordar sobre algunos asuntos....
—¡Pero si todos son de cajón!
—A pesar de eso, yo ignoraba lo que Y. E. quería contestar á la con­
sulta de Medinasidonia.
—¿Sobre el cordón sanitario?
—Sí, señor.
—Pues lo mismo que se dijo á los de Málaga; pero en términos fuer­
tes, y que no den lugar á nuevas consultas. Si no lo hacemos así, esas
gentes nos van á encajar la peste el díamenos pensado.
—¿Habla S. E. de la fiebre amarilla?—dijo el peluquero, tomando parte
en la conversación.
—¿Has sabido tú algo?—le preguntó el covachuelo.
—¿Qué si he sabido? ¡Y mucho!.... ¡Pues si es mi plato favorito!
—¿La peste?—dice el covachuelo sonriendo.
—No, señor, el hablar de ella; y si yo fuera ministro ya sabría lo que
había de hacer.
—¿Qué harías?
—Quitar los cordones sanitarios.
—¡Famosa idea! ¡Lástima que seas peluquero!
—¿Se burla V. E.? Pues sí, señor; lo haría porque no hay mejor cordón
que una medicina que yo sé.
—¿Y cuál es?
—Perdone V. E. que no se la diga, porque es un secreto con el que
pienso hacerme rico si viene la peste á la' corte. Y el caso es que ya ayer
decían que había algunos atacados....
—¿Qué dices?—pregunta sobresaltado el covachuelo.
—No se asuste Y. E.—dijo Pajarito.—Desgraciadamente no es verdad.
—¡Desgraciadamente dices!
—Sí, señor; porque si viniera la peste, además de hacerme poderoso y
tirar la tenacilla y la bolsa de los polvos, tendría el orgullo de haber sido
útil á mis conciudadanos.
La ciudadanía del peluquero sienta mal al secretario del despacho, y
con voz áspera le dijo;

AYER, HOY Y MAÑANA

201

—En volviéndote á oir otra palabra republicana, te despido, y ¡sabe
Dios si parará ahí la cosa!
—¿Pues yo qué he dicho?—pregunta el peluquero sobresaltado.
—Demasiado lo sabes.
—Juro á Y. E....
•—¡Juramentos también!.... ¡A que no halla el diablo cosa por qué de­
sechar á este peluquero! ¡Cómo se conoce que estuviste en Francia con el
general Ricardos!
—No, señor, no fui yo; fue mi tío; y no con el general Ricardos, sino
con el señor marqués de la Romana.
—Es lo mismo; tenéis inficionada la sangre. Pero vaya, dejémonos de
réplicas; ahora te mando yo que me digas en qué consiste tu gran medi­
cina para preservarse de la fiebre amarilla, si no es alguna paparrucha,
que mucho lo temo.
—¡Paparrucha!....—exclamó el peluquero.—En cuanto le diga á Y. E.
quién me ha dado el secreto, no quiere V. E. saber más.
—Es probable.
—Pues sí, señor; no lo tome Y. E. á broma. Me le ha dado la beata
Clara.
—¡Pajarito!....—exclama el covachuelo con tono de reconvención.
•—Lo que V. E. oye—replica el peluquero con calma.
—Yo he jugado mucho con ella cuando no hacía milagros, y me tiene
una gran afición. ¡Como que mi madre y la suya eran íntimas amigas!
¡Figúrese V. E. si tendré satisfacción con ella!
—¿Y entras ahora en su casa?
—Y la veo algunas veces, cosa que no todos consiguen.
—Vente luego á verme y hablaremos á solas de este negocio—le dijo
el covachuelo en voz baja.
—¿V. E. quiere verla?
—Hablaremos.
—Si V. E. quiere, yo se lo diré á la madre de Clara y no habrá incon­
veniente. A pesar de que allí van muchas personas principales y se vuel­
ven sin verla. Pero yo tengo vara alta y....
—Pues bien, hablaremos—interrumpe el secretario del despacho.
Y concluido su peinado despide al peluquero, quedándose con su paje
de bolsa y con el ayuda de cámara, que entra á vestirle y á anunciarle
los nombres de media docena de personas que desean verle.
—Pero, señor, ¡es posible que no me han de dejar ni un momento solo!
—exclama el covachuelo.
—Pues la escalera estaba llena de gente—dijo el paje.
—Y en la covachuela no me dejan hacer nada; y cuando voy á misa,

292

ANTONIO FLORES

y en el jubileo, y hasta en el mismo palacio....¡Oh! ¡Esta vida no es para
llegar á viejo!
— ¿Les digo que esperen?— pregunta el ayuda de cámara.
— Sí, diles que esperen, ó si no....mira, mejor será que les digas que
se vayan....ó que.....sí, sí, que se vayan y que me dispensen, porque estoy
ocupado en asuntos urgentes del real servicio.
Dase con esto prisa á vestir, y tomando el sombrero y el espadín de
manos del paje, sale seguido de éste á la calle por la escalera secreta.
Allí, sombrero en mano, los aguarda uno de los lacayos, y abierta la
portezuela del coche, sube á la caja por la consabida mesilla ó taburete
que á prevención llevaban todos los coches á la zaga, no sin que primero
se santigüen S. E. y el paje, y dada la orden al cochero, se trasladan al
convento de la Soledad.
La misa rezada que oye de rodillas el ministro la ayuda su secretario;
en la sacristía besan ambos la mano al celebrante, y vueltos de nuevo al
carruaje, dan con sus huesos, bastante quebrantados, en otra iglesia donde
está el jubileo de las Cuarenta horas.
Es S. E. cofrade del Alumbrado y vela, y aquella la hora de su guar­
dia, que con un cirio en la mano hace de rodillas en compañía de otros
tres congregantes, con quienes, acabada la vela, tiene un rato de conver­
sación en la sacristía, que era uno de los centros parlamentarios de aquella
época poco parlamentadora.
Distribuye media peseta entre los pobres que hay en la puerta del
templo, da dos reales al hermanuco que pide limosna para las capuchinitas de Barbastro, encarga al lego de las de Pinto que le lleve á su casa
el Niño Jesús para que le vista su esposa, y acomodado de nuevo en el
coche se dirige con el paje á la convachuela.
Los pretendientes que llenan la primera antesala hacen una profunda,
silenciosa y grave cortesía al ministro, absteniéndose de acercarse á ha­
blarle, no por respeto á S. E., sino por miedo al portero, que les deja estar
allí con la precisa condición de que no han de molestar al covachuelo.
— Señores— les acababa de decir cuando llegó el ministro,— S. E. tiene
muy buena memoria, y con sólo ver á ustedes recuerda los asuntos de
cada uno. Y sobre todo, tiene muchas cosas sobre sí para que pueda pa­
rarse á oir impertinencias. •
— ¡Pero á mí no me ha visto nunca!— replica una vieja, que vestida de
luto estaba entre la turba de pretendientes.
— Y usted ¿qué es lo que quiere?
— ¡Qué he de querer sino que á mi hijo le den una plaza de mozo de
oficio!
— ¿Tiene méritos?— preguntó el portero,

AYEH, HOY Y M AÑ AN A

293

—Más que nadie, sin agraviar á los presentes. Su bisabuelo (que en
paz descanse) fue el primer mozo de oficio que hubo en la familia, y llegó
á casüler en el cuarto del rey. Mi padre (que Dios haya) también sirvió
ambas plazas, y mi esposo (que Dios haya perdonado) murió siendo mozo
de oficio en esta covachuela.
—¿Cómo se llamaba?
—Pedro Berroqueño.
—Fue grande amigo mío; muy duro para el trabajo y hombre de bien
y de empuje en la bebida.
—Pues su hijo no le va en zaga, y en cuanto á fuerza tiene más que
su padre.
—Difícil será; Perico era hombre que llevaba un arcón de doce arrobas
de plata como si fuera una guinda.
—Su hijo carga diez y seis.
—¡Demonio!—exclama el portero.—¿Y usted qué hizo? ¿Pidió ya la
plaza?
—No, señor; no sé lo que he de hacer.
—Meter un memorial desde luego; pero el cuento es que no habrá
nada vaco.
—Que jubilen á alguno de los viejos.
—¡Jubilar!.... Si la oye S. E., la excomulga. Aquí no se jubila á
nadie.
—¿Y cómo lo hemos de hacer?

—Esperar á que haya alguna plaza vaca— dijo el portero.
Y cuando oyó el coche en que venía S. E. abrió de par en par una
mampara de hule, digno adorno de aquella pobre antesala, en la que no
había otros muebles que unos cuantos sillones de nogal forrados de ba­
dana y una mesa de lo mismo,
El ministro atraviesa la estancia con paso grave, dando cabezadas á
izquierda y derecha, y aprieta la mano á un caballero, que le corresponde
del mismo modo, diciéndole además breves palabras al oído.
Es el tal el único que no está comprendido en el anatema del portero,
y ya no es la primera vez que merecía semejante distinción, por la cual
le felicitan todos los pretendientes.
El covachuelo sigue hacia su despacho y en el camino va diciendo
al paje:
—¡Raro capricho es el de este buen licenciado! Renunciar una vara que
yo le ofrecí de buena voluntad porque creo que la merece, y contentarse
con pedirme que le deje darme los buenos días al oído en la antesala de
la covachuela....No lo entiendo.
—Pues él sí que se entiende—dice el paje.

294

ANTONIO FLORES

— ¿Qué fin lleva en eso?—pregunta el covachuelo.
— ¿De veras no lo ha comprendido V. E.?
— No lo comprendo, y me harías un favor en decírmelo.
— Pues es cosa muy fácil: como ven los pretendientes que V. E. le aprieta
la mano y que le trata con familiaridad, pasa á los ojos de todos por un
grande amigo de V. E.
— ¡Toma, eso ya lo comprendo!; pero ¿de qué le sirve?.... ¿qué gana con
ello?
— Buenos cajones de cigarros, mejores tareas de chocolate, alhajas y
algunos mejicanos.
— ¡Bah! — dice el covachuelo.
— Créame Y. E., señor.
— ¡Pero hombre, le han de hacer esos regalos por sólo que hable con­
migo! En ese caso á ti deben llenarte la casa.
— No, señor, porque yo no especulo con mi destino ni con la confian­
za que V. E. se digna dispensarme.
— Pues menos podrá especular el licenciado.
— Sí señor, porque como se le tiene entre los pretendientes por el pri­
vado de Y. E., todos le agasajan para que se interese en su favor; y como
habla á V. E. al oído, á cada uno le dice que lo que habla es recomen­
dando su empeño.
— ¡Será verdad!— exclama el covachuelo sorprendido.
— Sí, señor, y así lo saben ya muchas gentes.
— Pues da orden al portero para que no le vuelva á dejar entrar ni en
la antesala y anuncia una audiencia general— dice el ministro.
Y preocupado con lo que acaba de oir, entra en su despacho sin con­
testar á las reverencias que le hacen los covachuelos.
El paje se muestra solícito en recogerle el espadín y el sombrero, y
empieza á darle cuenta de los asuntos del día, retirándose después á su
mesa para que entren al despacho los oficiales superiores de la cova­
chuela. A todos los recibo S. E. con agrado, pero sin dispensarles el trata­
miento ni hablarles de otra cosa que de los negocios, los cuales examina
con una prolijidad suma, dando gran importancia á los más pequeños
accidentes. Tales como que el margen del papel en las comunicaciones á
los obispos debe ser de tres dedos y no de cuatro, como el de los Grandes
de España; que no se dé curso á ningún memorial que traiga rúbrica,
siendo dirigido al Soberano, y por último, que no se abuse de las letras
mayúsculas al hablar de ciertas corporaciones.
Todas esas faltas le ponen de mal humor, y es inexorable con los expe­
dientes que le traen á la firma cuando están copiados en mal carácter de
letra, A veces suele rasgarlos; pero si le coge de buen temple hace entrar

AYER, HOY Y MAÑANA

295

al meritorio ó al escribiente á su presencia y le amonesta con suavidad,
diciéndole:
— Vuelve (á éstos también los tuteaba) á copiar eso y ten más cuidado
para otra vez con no echar mentiras, con hacer la letra igual y clara y
con no torcer los renglones, que para eso son las pautas y las falsillas.
Se hace despacito, que nadie nos corre, y lo que no se acaba £n un día se
acaba en otro. Cuando se ve un papel bien escrito nadie pregunta el tiem­
po que se ha tardado en escribirlo.
Y era la verdad que nadie les corría, porque lo que ellos no hicieran
no habían de venir á hacerlo otros, y siempre llegaban á tiempo. Ningún
empleado tenía detrás de su cartapacio un pretendiente que le pusiera en
jaque ni le dijera envido, y podían echarse á dormir sosegados.
Lo cual hacían, amén de las noches, todas las tardes después de co­
mer, para lo cual habían abandonado la covachuela á la una y media.
Porque á las dos, ya lo dijimos en uno de los primeros cuadros, á las dos
de la tarde se cerraban todos los oficios y se abrían todos los estómagos.
Antes de esa hora había ido el ministro al palacio real, seguido de su
inseparable paje de bolsa. Pero al entrar allí dejaba de ser covachuelo
para ser lo que eran todos los que una vez entraban en palacio, palaciego.
Y como de este tipo nos hemos ocupado en otros cuadros, aquí deja­
mos al covachuelo para tomar al propietario de fincas urbanas, al casero.

fu* %4

CUADRO XL

EL CASERO DE ANTANO

Háblame con franqueza, lector: si no has de mirarle atentamente do­
blo la hoja y paso adelante.
Me quedan pocas páginas que escribir para dar por terminada la pri­
mera parte de esta obra, tengo muchas cosas que contar en ellas y estoy
resuelto á sacrificar al casero si tú no haces ánimo de examinar con de­
tención su retrato.
Conque vengamos á cuentas y hablemos claro. ¿Quieres que sacrifique
al casero?
Piénsalo bien antes de contestarme, no sea que te seduzca la propo­
sición.
Yo bien sé que tendrás ganas de sacrificar una vez al que tantas te ha
sacrificado; pero reflexiona y mira que tu casero no es el mío, y que in­
molar al casero de antaño para vengarse del de hogaño sería lo mismo que
fusilar la estatua de la fe para castigo de la incredulidad.
Si yo sacrifico ahora al casero de ayer , dando al olvido su memoria,
no te libras de que el casero de hoy , llamándose propietario, lo sea de tu
habitación para echarte de ella cuando le acomode y de tu dinero para
retenerte media anualidad del alquiler por vía de fianza y de los trescien­
tos sesenta y cinco fueros que tiene sobre ti, de los que nada quiero de­
cir ahora.

A YE R , HOY Y MAÑANA

297

El casero sacrificado sería el que ya lo era en su tiempo, viéndose obli­
gado á arrendar su finca á los militares y á los alcaldes de Casa y Corte
y á otra multitud de gentes privilegiadas para los arriendos, y á no poder
subir el precio del alquiler si no le acomodaba al inquilino, que como
puedes suponer no le acomodaba, y á otra porción de cosas que venían á
hacer ilusorio el derecho de propiedad.
Tu casero es el que te cita ajuicio de conciliación para pedirte el des­
ahucio por un quítame allá esas pajas; porque te has atrasado ocho días
en pagarle un mes, que el tiene ya en fianza con otros tres ó cuatro, ó
porque hay otro inquilino que le ofrece un real más al día, ó porque das
posada al peregrino y le rebajas el decoro de la fachada poniendo papelitos en los balcones, y últimamente....porque quiere, que para eso y para
mucho más es el amo de la finca.
El mío, por el contrario, lejos de demandar á sus inquilinos teme que
ellos le demanden, y los mima y los contempla; y si hace alguna altera­
ción en los arriendos es para bajar el precio, y los consuela si se afligen
por no poderle pagar, y en suma, siempre entra perdiendo y pocas veces
sale ganando.
Por lo cual puede decirse que ayer el propietario de la finca era el
inquilino y que el casero de hoy es á la vez inquilino, propietario y todo
lo que hay que ser, menos casero.
Porque á pesar de lo mucho que hoy se habla de los caseros y de lo
que contra ellos se declama, el verdadero casero es un tipo que pertenece
á la historia de lo pasado y su retrato no puede ser otra cosa que un cua­
dro más en este museo necrológico. Pero no un cuadro cualquiera, sino
tan importante, que vendrá á ser con el tiempo la perla de la colección.
Y téngase en cuenta que no es su autor el que le da tan grande esti­
ma, sino que le han visto muchos inteligentes y todos están conformes
en decir que no tiene precio; habiendo añadido algunos que si se sacara
hoy á pública subasta acudirían á pujarle todos los inquilinos de España,
que, como puedes figurarte, son muchos más que los caseros.
Pero no hay cuidado, no se vende. La gran familia de los propietarios
de fincas urbanas respeta mucho su memoria y se ha empeñado en no
dejarle salir del panteón.
Hay quien dice que andan por ahí algunas copias mal hechas; pero se
ha ofrecido un gran premio al que presente algunas y no se ha consegui­
do nada.
Acaso habrá hoy algún casero que se dé un aire al de ayer , pero será
un aire como el que dice el Diccionario de la Lengua que hacen los aba­
nicos: aire falso, aire de Diccionario que no tiene obligación de saber dis­
tinguir el viento del aire.

208

ANTONIO FLORES

Y para que veas que tengo razón en lo que digo, ahí te va el cuadro
original, míralo:
En primer término está la casa, y es natural, porque sin ella no esta­
ría el casero. El pintor ha hecho bien en suponer que las madres nacen
antes que los hijos y los efectos después de las causas.
No es moza de gran estatura, pero tiene sus tres pisos: el bajo, el prin­
cipal y las buhardillas.
Y si no es más alta es porque la tiene encanijada un monasterio veci­
no, cuyo registro no le está 'permitido; y una vez que quiso alzar la ca­
beza se la cortó la autoridad, apercibiéndole para que en lo sucesivo no
buscase la luz por ventanas ó buhardillas que pudiesen registrar la clau­
sura, ni hiciese sombra al convento, embarazando á las monjas el sol y
el aire, porque siendo su morada continua en la casa, necesitan habita­
ción sana.
Vivió en sus mocedades muy pintarrajeada de verde y rosa con mu­
chos ramos amarillos y algunas liras blancas, pero ya se la van cayendo
los adobos y descubre sus huesos de piedra berroqueña y de ladrillo. Ape­
nas puede con el peso de los balcones, y ya se habría echado al suelo con
la carga si no la mantuvieran dos gruesas vigas que la tienen apuntalada
por el costado izquierdo sin faltar al decoro de la fachada principal.
La denunciaron por vieja, como si la vejez fuera un pecado, y recono­
cida por un arquitecto, dijo que no esperaba peligro de muerte y que po­
dría vivir diez años más con sólo echarla un apeo.
Y la apearon, y el público si le estorbaban las vigas pasaba por debajo
de ellas ó se iba por la otra acera y no había nada perdido.
El portal estaba desembarazado y libre de portero, de cancela y hasta
de baldosas en el pavimento. Había estado empedrado; pero como las co­
sas humanas no son eternas, ya no lo estaba, y sólo le quedaban algunas
piedras en derredor del albañal que pasaba por en medio.
Sobre la puerta, grabado en la piedra, había una cruz y dos corazones,
y debajo se leía el consabido Alabado sea el Santísimo Sacramento y el
Jesús María y José, y más abajo el año en que fué reedificada.
Y allá, sobre el balcón principal, un azulejo pequeño en el que algunos
dicen que leían lo siguiente: Visita general, casa número tantos. Lo cual
servía para dar número á las casas, pero no para que sirviera la numera­
ción, porque su mismo número solía estar repetido cinco ó seis veces en
una misma calle, aunque no en una misma manzana, y por eso el que
tenía interés en buscar alguna casa lo conseguía con sólo retener en la
memoria el nombre de la calle, el número de la manzana y el de la casa.
En una de las paredes del portal había un retablo de la Virgen de los
Dolores, alumbrado por una luz de aceite que solía costear por vía de

AYER, HOY Y MAÑANA

299

censo el dueño de la casa, y debajo una puerta pequeña rota y nunca ce­
rrada, á pesar de que cada inquilino tenía una llave de ella. Pero como
no eran los amos sino los criados los que bajaban á verter allí la basura
de la semana, se olvidaban de cerrar el basurero.
La escalera era estrecha, pero en cambio los escalones eran muy altos
y pocos brincos costaba el llegar arriba. En la última meseta, entre las
dos puertas de los cuartos principales y sobre una pared de yeso negro,
se veía un sucio, arrugado y cuarteado lienzo de autor anónimo, y que
representaba según unos las tentaciones de San Antón y según otros la
Purísima Concepción.
En cada una de las puertas había asimismo clavada una estampita del
Sagrado Corazón de Jesús ó de la efigie de Santa Bárbara ó la Cara de
Dios, y el tirador de la campanilla era una cuerda de cáñamo con más
nudos que la de San Francisco y que remataba en un zoquete de madera.
Si faltaba ese modesto avisador, había necesidad de poner los nudillos
en contacto con la madera para anunciarse al inquilino y pasar adelante.
Nosotros no lo haremos, porque ya hemos dicho que respetamos la
vida privada de las gentes de a y e r , y para ver un cuarto de la casa no
necesitamos que esté habitado. Sólo hemos de hablar de las paredes, y
esto se logra fácilmente pidiendo las llaves de un cuarto desalquilado.
Pero es inútil semejante diligencia, porque el alquiler y el alquilador
forman el segundo término de este cuadro. Su autor ha querido hacerle
completo y nos presenta un matrimonio llamando al cuarto contiguo al
que está por alquilar, en el cual se oye una voz que pregunta:
— ¿Quién es?
Y otra que responde:
— Gente de paz.
— ¿Quién es la gente de paz?— repite la voz primera.
— ¿Tiene usted las llaves del cuarto desalquilado?— pregunta la segunda.
Y contestan entregando al que habla dos que ni las de San Pedro, en
cuanto á lo pesadas y en cuanto á lo antiguas y aun en cuanto á lo poco
familiarizadas que están con la cerradura.
Pero dice la vecina que ella les conoce las mañas, y con un poco de
aceite del velón y alzando la puerta con la mano izquierda y apalancando
con la derecha la llave, abre por fin y entra con el matrimonio, diciéndoles:
— Aunque sea descortesía, ¿son ustedes muchos de familia?
Y el caballero, que no sabe si la descortesía es la de la pregunta ó la de
tener mucha familia, responde que ni mucha ni poca, y la vecina añade:
— Los que vivían antes en este cuarto eran doce: un matrimonio con
cuatro hijos, las dos suegras, el padrastro, una hermana del marido, un
tío sacerdote y la criada.

300

ANTONIO FLORES

— Estrechitos andarían— repuso el caballero, que ya había dado un
vistazo á la casa.
— No lo crea usted; es más de lo que usted se figura la casita esta,
tiene mucho fondo y en la alcoba principal caben muy cómodamente seis
catres y la cama de matrimonio.
— Verdad es— dijo el caballero;— pero eso tiene sus inconvenientes,
porque hay que poner biombos entre una y otra cama.
— Ó cortinas— repuso la mujer,— y es más barato, porque con unos
clavitos y unas cuerdas de pared á pared está listo todo. En la mía, que
no es tan grande como ésta, hay cuatro camas, seis cofres y dos armarios.
Yo digo á ustedes la verdad, me angustian las alcobas pequeñas en que
no se pueden colocar sino dos catres y un par de baúles. ¡Pues no digo
nada de las demás piezas, que hay salas en algunas casas que con un par
de canapés, doce sillas y tres ó cuatro mesas ya están llenas! La mía se
traga tres canapés, veinticuatro sillas, cuatro rinconeras y dos mesas, y
aún parece que está todo bailando. Y en éstas ya ven ustedes que pueden
correr caballos.
— Yo no los tengo— dice el caballero sonriendo.
— Ya, pero es un decir; tampoco los tenía el vecino que se ha mar­
chado, y se alegraba mucho de tener un desahogo tan grande, para los
niños sobre todo... A pesar de que, sin ofender á nadie, los tenía muy
bien educados, y rara vez entraban aquí, porque hay un corredor muy
hermoso y allí jugaban siempre.
El corredor de que hablaba la vecina era el que daba la vuelta al patio,
y recibía la luz y el sol sin el oficioso corretaje del vidrio. Por él se iba á la
cocina y al comedor y al despacho y á la pieza más importante del cuarto: á
la primera que pidieron ver los visitadores y que citaba con orgullo el due­
ño de la casa. Y no porque el tenerla fuera una excepción, sino porque era
de las mejores en su clase y ella sola bastaba para recomendar el cuarto]
Buena era la alcoba y la indispensable sala de recibo, pasadizo perpe­
tuo del gabinete, y bueno también el despacho, antesala de una alcoba
para los criados y el comedor con otra alcoba y siempre de paso á la co­
cina; pero ¿qué valía ninguna de esas piezas comparada con la otra?
No con la de jabonar, ni con la de los baúles, ni con la de la ropa su­
cia, piezas indispensables en toda casa de buen gobierno, sino con la des­
pensa. La despensa, amigo lector, la despensa era una pieza importantísima
cuando las tiendas de mercería, que así se llamaban entonces las de co­
mestibles, no vendían otra cosa que aceite, jabón, velas de sebo, pajuelas
y otros manjares por el estilo.
En todas las casas era ella la pieza favorita, pero no todas las tenían
como era debido. Una despensa en la fachada del Mediodía no servía para

AYER, HOY Y MAÑANA

301

conservar el tocino, ni los jamones, ni los chorizos, ni el queso manchego,
ni las pastas; para que no se enranciara el aceite ni se apolillasen los
garbanzos era preciso guardarlo todo en la pieza más fría de la casa. Una
despensa con ventana al Norte era el bello ideal de los inquilinos de ayer .
Nuestro matrimonio no necesitó ver más para decidirse á tomar en
arrendamiento el cuarto, y preguntó quién era el casero, ó mejor dicho,
adonde vivía, porque ni al inquilino le importaba saber cómo se llamaba
para buscarle, ni luego le había de dar otro nombre que el de casero.
Así le llamaban todos los inquilinos, y hasta sus propios amigos le co­
nocían por ese nombre que había recibido en la pila bautismal, si heredó
la finca de sus padres, más tarde, al pasar del estado llano, vulgo pobre,
al estado rico ó de propietario. Por eso el matrimonio llegó á la casa ha­
bitación que buscaba, y apenas preguntaron si vivía allí el casero de....
sin dejarles dar las señas de la casa les hicieron pasar adelante. Sabía el
criado que su amo era casero, y como esa especie no ha sido nunca muy
abundante, eran inútiles más explicaciones. Desde luego les condujo á la
presencia, no del casero, sino de la casera, de la verdadera propietaria de
la finca. Señora de unos cincuenta y cinco diciembres, que aún se acorda­
ban de haber sido abriles y estaban reventando por salir de la estrecha
prisión en que los tenía la negra basquiña, y el pañuelo de paño pardo
estampado de verde, y la cofia blanca, y el delantal de indiana, y los zapa­
tos de tabinete amarillo. No debía al droguero ni al boticario el color que
la teñía el rostro, y de su pelo podía decir con orgullo que más vale lo
propio conocido que lo ajeno por conocer. Había vivido en el estado ho­
nesto los primeros cuarenta años de su vida, y heredó antes de cumplir
los cuarenta y uno dos casas (la en que vivía y la que alquilaba), y des­
pués de cerrar los ojos al consejero de Indias, á quien había servido de
doncella veinte años, se casó con el ayuda de cámara de Su llustrísima,
á quien también dejó su amo una manda aunque pequeña.
Ella era por lo tanto la dueña de las fincas, y ella la que tenía el de­
recho de escoger los inquilinos. Su esposo no era sino casero consorte, y
sólo le pertenecía la cobranza de los alquileres y el constituirse en so­
brestante cuando se hacían algunos reparos en la casa.
ltecibió al matrimonio con agrado; preguntó al marido el nombre, el
empleo, y si eran muchos ó pocos de familia, y cuando ya se hubo im­
puesto de todo, les dijo:
— ¿Se han enterado ustedes bien á fondo de la casa?
— Sí, señora— le respondieron.
— Tiene muchas comodidades— añadió,—y ya no quedan muchas como
ella en la corte. Como tenga usted cuidado— dijo, dirigiéndose á la señora
’— de cerrar en verano á piedra y lodo ios balcones antes que salga el sol, y

302

ANTONIO FLORES

riegue usted las habitaciones y abra la puerta de la escalera, estará el
cuarto más fresco que una lechuga. ¡Pues no digo nada en tiempo de in­
vierno! Sin otra cosa que clavar unos orillos de paño en las ventanas y
poner un felpudo ó una piel delante de cada puerta, apenas hay necesidad
de arrimarse al brasero.
— Yo quisiera—dijo la señora— que se me blanqueasen las alcobas y
la cocina, porque están muy sucias.
— No puede ser— interrumpió la casera.— ¡Pues si apenas hace veinte
años que se blanqueó toda la casa!
— Sin embargo, están muy sucias las paredes y se conoce que no eran
muy limpios los inquilinos que la han dejado.
— ¡Qué no eran limpios!.... ¡Yaya!.:.. Como los chorros de la plata. Mal
genio tenía la señora, eso sí; pero limpia y aseada y mujer de su casa como
buena vizcaína. Esas manchas que usted ha visto las escupe la pared, y
usted misma con un estropajito y un poco de agua las quita y queda la
casa como nueva.
— Lo que me ha parecido— dijo el caballero— es que ha de haber algu­
nas goteras, y eso sí que lo sentiría.
— No tenga usted cuidado— repuso la casera,— porque tampoco hace
seis años que se retejó toda la casa. Lo que sucede es que cuando llueve
mucho, siempre se escurre alguna gota entre las vigas; pero eso, con tener
cuidado de poner cazuelas en algunos parajes está remediado.
— ¿Y de vidrios, está corriente?
— Sí, señor, no falta ninguno; de dos ó tres que hay rotos en el balcón
del gabinete, tenemos aquí los pedazos, y ya se los dará á usted mi ma­
rido para que con unas obleítas y unas tiras de papel los componga, y
está todo aviado. También les dará á ustedes cuatro ó cinco baldosas que
ha de haber rotas para que cuando vaya por allí el albañil las reciba con
un poco de yeso.
— Y de camino— dijo la mujer al marido,— si hay algún agujero de ra­
tones, le diremos que eche una pellada; me parece que en la cocina y en
la despensa he visto alguno.
— Podrá ser— replicó la casera;— pero eso, usted misma ó la criada me­
ten un carbón en cada agujero, y no hay nada mejor.
— Para todo encuentra salida esta señora— dijo la nueva inquilina un
tanto picada.
— No ve usted que llevo muchos años de bregar con inquilinos, y si
fuera una á dar gusto á todos, siempre estarían echando remiendos los
albañiles. Y parece que no es nada; pero un jornal de aquí y otro de allá
se llevan la renta; sobre todo ahora que tenemos esas nuevas cargas del
alumbrado y de los serenos, y el dichoso bando sobre incendios, que con

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AY ['I!, HOY Y MAÑANA

303

la limpieza de las chimeneas todos los años, y el embaldosado de las
buhardillas, y la hojadelata en las ventanas de las cuevas, y el arreglo de
los fogones, nos saca un dineral.
—Y en el precio—repuso el caballero —¿no me hará usted alguna gra­
cia? Tres reales y medio es mucho; bájeme usted siquiera el medio real.
—Es imposible bajar ni un ochavo: son quince piezas y todas grandes
y en buen sitio; como que allí vale cada pie de terreno á ocho reales de
vellón (1). Y sobre todo, la comodidad de la despensa, que ella sola vale
los tres reales y medio. ¿Se han enterado ustedes bien de lo que es la tal
despensa?
—Sí, ya hemos visto que tiene ventana al Norte.
—¡Pero qué ventana! Allí se conserva el tocino todo el año como el
primer día.
—¿Qué tal vecindad tenemos?—preguntó el caballero.
—Excelente—contestó la casera.—Toda gente muy honrada, buenos
cristianos, enemigos de bullangas y muy tratables bajo todos conceptos.
—Me alegro mucho, porque la buena vecindad es muy útil, y más
para mí, que no soy amigo de ruidos ni de salir de casa de noche.
—Va usted á estar perfectamente—repuso la casera,—porque ningún
vecino se retira tarde, y los del cuarto bajo de la derecha se reúnen con
los del otro principal á rezar el rosario, y luego hasta las diez las mujeres
hacen labor y los hombres charlan ó leen en voz alta libros entretenidos
y honestos.
—Pues, señor, me acomoda la casa.
—Estarán ustedes cada día más contentos—dijo la casera.
Y se alzó de su asiento, gritando:
—¡Juan, ven á hacer el recibo del alquiler y á entregar las llaves á este
caballero!
Y el buen Juan salió con la pluma detrás de la oreja y el peluquín en
el cogote á saludar á los nuevos inquilinos.
Díjole su mujer que ya ella lo había dicho todo y que no tenía otra cosa
que hacer sino entregar las llaves que él traía ensartadas en una cuerda.
—Ésta—les dijo, enseñándoles la mayor—es la de la puerta de la calle;
para abrir no hay más que apretar un poco con la rodilla y dar al propio
tiempo la vuelta sin hacer fuerza para que no se rompan las guardas.
(1) En la Puerta del Sol valía cada pie de terreno treinta reales; en lo alto de la
Carrera de San Jerónimo, seis, y en lo que hoy es Congreso de Diputados, un real; en
Platerías, diez reales; en la calle Ancha de San Bernardo, ocho reales, y en la última
mitad de la calle de Fuencarral, medio real, ni más ni menos que en la de Hortaleza.
Si hoy anduvieran los pies tun baratos, no llevarían los suyos en coche los caseros,
(JYota de un inquilino de hoy.)

304

ANTONIO PLORES

Cada vecino tiene la suya, y al anochecer, la semana que toca por turno
se baja á cerrar, y lo mismo los días de fiesta á las dos de la tarde. Esta
otra—añadió—es la del basurero; si üsted ha vivido antes de ahora en Ma­
drid, ya sabrá que todos los días se baja á verter la espuerta, hasta que los
sábados se la llevan toda junta los barrenderos.
Con explicaciones análogas entregó cada una de las llaves, recomen­
dando mucho que no hiciesen fuerza al usarlas, y dijo:
—Mi esposa habrá enterado á ustedes de todo, y creo inútil por mi
parte añadir nada más sino que disfruten muchos años con salud y en
gracia de Dios el cuarto. Ahora extenderemos el recibo, y si ustedes gustan
iremos allá para darles la posesión.
Así lo hicieron, extendiéndose el recibo con la condición de que el in­
quilino había de pagar por meses vencidos; que podía vivir la casa todo
el tiempo que quisiera, sin que pudiese el dueño subir el precio del al­
quiler hasta pasados diez años; que si á ese tiempo lo hacía, había de ser
previa tasación de dos alarifes ó maestros de obras, nombrados el uno por
el dueño y el otro por el inquilino; y en suma, que ni el pretexto de hacer
obra en el cuarto era suficiente para el desahucio. Eso y mucho más pre­
venía el famoso auto acordado de los señores de la Sala, que los inquilinos
sabían de memoria y al cual los caseros no faltaban en un ápice, á pesar
de lo poco que favorecía sus intereses.
Pero ya hemos dicho que el casero de antaño no era tan propietario
absoluto de la finca como lo era de la casaca que llevaba sobre sus hom­
bros ó de las tierras que labraba y podía sembrar á su antojo de trigo ó
de alfalfa, aunque también para esto había sus restricciones, merced á la
famosa intervención de las municipalidades en el precio del pan y otras
regalías con las que el pobre vivía muy regaladamente.
El casero consorte, perfectamente instruido por su esposa de lo que
debía hacer en semejantes casos, probó una por una todas las llaves de la
casa, dió al inquilino algunas lecciones acerca del difícil manejo de las
fallebas y barras de los balcones, le enseñó la manera de colocar la muy
pesada de madera que se ponía de noche en el portal, y por último se
informó con maña de que los nuevos inquilinos tenían la bula de la Santa
Cruzada y las cédulas del cumplimiento de Iglesia. Semejante averigua­
ción decía su esposa que no era indispensable, porque cada cual era dueño
de su conciencia; pero la tenía por muy útil, atendido á que si la Inquisi­
ción procesaba á algún inquilino, se veía obligada á picar y blanquear el
cuarto, y aun así tardaba mucho tiempo en hallar quien quisiera alquilarlo.
El día de la cobranza mensual de los alquileres solía la casera acom­
pañar á su marido, que con un libro de pergamino debajo del brazo y un
tintero de cuerno en el bolsillo, amarrado por ende al ojal, llegaba á los

305

A YE R , HOY Y MAÑANA

cuartos, y cuando preguntaban quién era el que llamaba, solía contestar:
«El picaro del casero.»
Y pasaba adelante gastando otra porción de chanzas por el estilo,
siempre de buen humor y próximo á enternecerse y á tomar parte en las
desgracias y miserias del inquilino.
En sus relaciones con el tracista y maestro de la fábrica y en las que
tenía más frecuentemente con los demás menestrales era asimismo afable
y misericordioso y hasta filantrópico, si entonces esta palabra no la tu­
viera la caridad metida debajo de siete estados de tierra.
Intervenía minuciosamente todos los trabajos, evitando y recogiendo
por sí propio un polvo de yeso que pudiera desperdiciarse; cuidaba de
que no se quebrara ningún ladrillo; prohibía á los albañiles que expusie­
sen la vida por perfeccionar la obra, y nunca mandaba retejar ó hacer
otro reparo peligroso sin mandar decir una misa á San Vicente Ferrer; de
cuyo santo sabía que habiéndose caído un albañil de un andamio, le
mandó que se detuviera en el aire mientras él iba á pedir al prior licencia
para hacer el milagro de que no se hiciese daño al caer al suelo.
Para los reparos de cerrajería y aun para algunos de carpintería no ne­
cesitaba acudir á los menestrales, porque era él sobrado mañoso para en­
derezar un picaporte, arreglar la hembrilla de un cerrojo y aun rebajar una
puerta si el inquilino se quejaba de que no se podía cerrar sobre la estera.
Su libro predilecto eran las Ordenanzas de Madrid, escritas por
Teodoro Ardemáns, y sabía de memoria todos los preceptos que en él
se contienen, tanto para la construcción como para el entretenimiento y
conservación de las fábricas. En ninguna de las que él administraba y que
aportó al matrimonio su esposa consintió dormitorios que no tuviesen una
pieza de resguardo, ni los hizo con la pared de la cabecera contigua á
pozo, fuente, albañal, sumidero ni arca de agua. Si los inquilinos del cuar­
to bajo se quejaban de humedad, cerraba las ventanas por espacio do
veinticuatro horas, y clavaba un papel en la pared y otro en el suelo para
ver si al día siguiente estaban húmedos.
Encargaba á los inquilinos que abriesen las ventanas dos ó tres veces
al día para purificar el ambiente de las habitaciones, y que le avisaran si
la chimenea revocaba el humo para ver si consistía en su fábrica ó en la
elevación de la medianera.
Desde que leyó las citadas Ordenanzas no consintió recantones ni po­
yos empedrados delante de sus casas por no haber entrado en ellas Su
Majestad; metió las rejas que salían más de cuatro dedos en calle de diez
y seis pies; sólo permitió que tuviesen medio pie las que estaban en calle
de veinticuatro, y reemplazó con balcones de hierro los de madera, por­
que vió que Ardemáns decía que la madera es hierba y se pudre.
T omo I

20

306

ANTONIO FLORES

También sabía de memoria el bando sobre incendios, recientemente
publicado por la Sala de Alcaldes, y se dio prisa á cumplir cuanto en él
se mandaba á los dueños de casas en la corte, girando una visita por to­
das ellas para recordar y prevenir á los inquilinos que no se descuidasen
en obedecer lo que á ellos tocaba. Y aun se tomó el trabajo de darles una
copia de los artículos siguientes:
«9.° Se prohibe la venta de los fósforos, pena de diez ducados, por
no considerarse de ninguna utilidad (1).
»10. En ninguna tienda de mercader, ni en portales, ni en otros si­
tios se permitirán luces de sebo ó cera con pretexto de devoción, pena de
diez ducados, por los inconvenientes experimentados en este y en el pa­
sado siglo.
»11. Se prohibe absolutamente el uso de luminarias de tea ó de viru­
tas de madera que se acostumbra poner delante de las iglesias la víspera
de sus fiestas, ó casas particulares, pena de diez ducados al que las ponga
y al que las alquile.
»12. Los lacayos no podrán sacudir las hachas contra las esquinas,
paredes, puertas ni en las ruedas de los coches, sino en las zagas, pena de
cuatro ducados por la primera vez y de aumentarse en los casos de rein­
cidencia.
»14. En ningún tiempo del año se quemará en las calles ni plazuelas
la paja que se desecha de los jergones ó con cualquier otro motivo, pena
de seis ducados.»
No incluía en la copia anterior el artículo 13 del bando, que prohibía
sacar á encender los braseros al balcón y arrojar cenizas á la calle, porque
sus casas no estaban en la plaza Mayor, y sólo con ellas hablaba el ar­
tículo. También ayer era costumbre poner la cebada al asno muerto, y
recordando el terrible y memorable incendio de la plaza, á ella sola se li­
mitaban ciertas prohibiciones; siendo por lo tanto lícito á los confiteros,
cereros, bodegoneros, sombrereros y pasteleros trabajar en sus propias
casas, sin que pudieran hacer lo propio los que vivían en la plaza y sus
avenidas, que sólo podían vender allí sus manufacturas, pena de cien du­
cados. Otras muchas órdenes y reales disposiciones sabía de coro el casero
de antaño, y era un fiel observante de todos los mandatos de la autori­
dad; sin que por esto se crea que dejaba de representar alguna vez contra
ciertas medidas, llegando respetuosamente á los pies del trono á pedir
(1) El escribano que en 1790 autorizaba este bando, en el cual se decía que los
fósforos son de ninguna utilidad, se llamaba D. Joaquín Gómez Palacio. Se lo avisa­
mos al fosforero D. Pascasio Lizarbe, por si quiere lanzarle algún anatema en las céle­
bres coplas que regala á sus parroquianos encomiando la utilidad de las cerillas fos­
fóricas .

A TE R , HOY Y M AÑANA

307

justicia, siempre en el concepto de gracia, y á hacer presente las muchas
cargas que pesaban sobre sus fincas.
La más libre de todas tenía sobre sí, amén de las cargas de alumbrado
y de aposento, diez ó doce censos que pagaba á los hospitales, y á las casas
de la grandeza, y á los conventos de monjas, y al Santo Oficio, y á otra
porción de instituciones que vivían á expensas del casero.
Pero el casero de que venimos hablando, y hablando mucho, es el se­
glar, y éste no era el más abundante en aquella época. El verdadero ca­
sero de antaño es el fraile. El padre procurador del convento, que con un
rollo de pergamino y un tintero pasaba el día recorriendo, alquilando y
cobrando las cien casas propias de la comunidad, era el verdadero pro­
pietario de las fincas urbanas de la corte. Entendía, como el seglar, en la
compra de materiales y en el pago de los trabajadores, y era como él un
sobrestante perpetuo de las obras y reparos que se ofrecían en las fincas.
Los albañiles y demás menestrales preferían trabajar álas órdenes del
fraile porque les escatimaba menos el material, gracias á que le había
costado más barato que al seglar, aun cuando la diferencia no hubiese
sido otra que la de entrarlo todo libre de derechos. Privilegio, y sea dicho
de paso, que gozaban también en todos los artículos que consumía el con­
vento.
Preferíanle asimismo los inquilinos porque solía arrendarles más ba­
ratas las habitaciones y porque algunas veces, si congeniaba con la fami­
lia, les hacía la honra de acompañarles á tomar chocolate y hasta ense­
ñaba la doctrina á los niños con más paciencia, según decían las mujeres,
que su propio padre.
Encontrar habitación en una casa mostrenca, que así se llamaron des­
pués las de los frailes, era lo que decían entonces una viña, y los que la
alcanzaban y sabían llevar el genio al padre procurador, venían á ser los
verdaderos propietarios de la finca. Pero en cambio, como todas las cosas
tienen su lado feo y su lado bonito, los que no acertaban á ser compla­
cientes con la paternidad casera pasaban no pocos trabajos.
Generalmente había la mejor armonía entre el casero y el inquilino,
porque ni el fraile era muy exigente ni, como decían las mujeres á sus ma­
ridos, debían romperse lanzas con el casero por pequeñeces y tonterías.
Por derecho ó por costumbre tenía la de tutear á todos los inquilinos,
y se servía de ellos para todas sus necesidades, como si fueran legos ó
criados de su convento.
Al inquilino sastre le decía que fuera á verle y le arreglaría una cha­
queta para debajo del hábito, al zapatero le daba un sombrero de teja
viejo para que le hiciese unas soletas ó plantillas para los zapatos, cosa
muy recomendada contra la humedad antes de conocerse el caucho; ha-

308

ANTONIO FLORES

cíale las camisas la viuda del cuarto principal; daba á la huérfana de la
buhardilla unos pañuelos para que se los dobladillara, y por último al ma­
rido de la lavandera le enviaba al estanco por un cuarterón de tabaco en
polvo. Cuando se desalquilaba algún cuarto daba las llaves á uno de los
vecinos y le encargaba que estuviese á la mira cerrando y abriendo todos
los días las ventanas, y si merecía su confianza le mandaba que contase
los cahíces de yeso y los ladrillos cuando había obra.
En suma, el fraile casero no tenía tantos afanes como el casero seglar,
y natural era que sucediese así, porque el uno administraba sus bienes y
el otro los de la comunidad. El uno tenía que pagar muchas cargas y el
otro ninguna. Seglares son hoy los poseedores de todas las fincas de ay' er ;
pero según indicamos al principio de este cuadro, el casero de antaño ha
desaparecido. El de hogaño es un propietario que considera la casa como
un capital cualquiera, al cual si le puede sacar el veinte por ciento no se
ha de contentar con el quince. Los inquilinos no son prójimos, sino pája­
ros que no pueden vivir sin nido y que han de buscarle aunque el árbol
se suba tan alto que casi toque al cielo. Del casero de antaño no queda
otra cosa sino un ligero aire de familia que tienen con el procurador del
convento, los administradores de las casas de beneficencia ó los de las
pocas obras pías y fundaciones que no han caído aún en las redes de la
desamortización. Como los pobres son siempre menores de edad, los ad­
ministran con lujo y con despilfarro.
Hoy los que andan á caza de gangas buscan una casa que pertenezca
á la beneficencia, como habrían buscado aiter una finca de frailes.
Todo es administrar, y por eso dicen que el ojo del amo engorda el
caballo, y que la hacienda su dueño la vea y si no la ve que no la tenga.

CUADRO XLI

LA BEATA CLARA
. . . ¡Cierto que la tuya
es una niña muy bella!
Siempre está metida en casa;
ayuna, cuando la observa
su padre; cuando se va,
se abalanza á la despensa
y se desquita.....................
( La Mojigata, de Moratín. )

Aunque por el hilo se saca el ovillo y el paño se conoce por la mues­
tra, también es cierto que una golondrina no hace verano y que en la
mejor tela se cayó la mancha.
Hubo entre los apóstoles un Judas; de los querubines alados salió un
demonio patudo, y nadie puede decir de esta agua no beberé, que adonde
menos se piensa la liebre salta, y....
Pero ya estoy viendo que el lector se impacienta por tirarme de la le­
vita, y que, harto de refranes, me pregunta;
— ¿Y qué tiene que ver todo eso con el título del cuadro?
Y eso mismo le digo yo á mi pluma.
— ¿Por qué traes á cuento esos refranes? ¿Qué tiene que ver la beata
Clara con el hilo, ni con el ovillo, ni con la liebre que salta, ni con el
ángel rebelde, ni con el discípulo que vendió á su Divino Maestro?
— ¡Pues ahí verá usted!— me responde la pluma.

310

ANTONTO FLORES

Y lejos de enmendarse, me dice que por mucho trigo nunca es mal
año, que hombre prevenido vale por dos, que de los escarmentados nacen
los avisados y que más vale un por si acaso que un quie'n pensara. Y tras
de esos refranes me ensarta ciento, hasta que me veo obligado á llamarla
al orden con seriedad, y entonces enmudece y afila los puntos en el corta­
plumas, y los moja en vinagre, y emborrona diferentes papeles, y todos
los rasga, hasta que por último hace una cruz y dice:
— Pues, señor, ya puede usted buscar otra pluma para dibujar este
cuadro.
— ¿De cuándo acá?— la replico sorprendido.
— Yo no hago retratos— me responde con sequedad.
— ¿Pues no llevas hechos más de ciento en los cuadros que van escri­
tos hasta aquí?
— No, señor.
— ¿Pues qué eran?
— Usted lo ha dicho; eran tipos.
— ¿Y qué es la beata Clara?
— Un retrato.
— Tanto mejor para ti; copíale bien, no te apartes del original y te será
más fácil el trabajo.
— Bien se conoce que no ha sido usted pintor sino de brocha gorda.
¿Cree usted que Moliere hubiera retratado El Avaro, ni Moratín La Mo­
jigata, á no haber tenido á la vista más que un solo ejemplar de cada
individuo?
— No tal: ya sé que había muchos, y por eso hicieron uno con los ras­
gos más principales de todos ellos. Haz tú lo mismo con la beata Clara;
toma de muchas.
— ¿Y dónde están?
— ¡Qué se yo!
— Pues yo sí; yo sé que no hubo más que una, y por eso no me atrevo
á retratarla.
— Es preciso— repuse con tono fuerte viendo la terquedad de la pluma.
— Sea enhorabuena, pero yo me lavo las manos— dijo ella, sin acor­
darse de que sólo cuenta con mi derecha y á ratos.— Con cien figuras ha­
bríamos retratado doce millones de habitantes, y ahora se empeña usted
en hacer un cuadro que sólo retrata un individuo. De una gota de agua
vamos á hacer un río, y el fenómeno va á pasar por especie....Considere
usted, señor, que esto es lo que se llama tomar el rábano por las hojas y
la excepción por la regla, y mire que nos han de tener por ignorantes y
por necios si damos como árbol genealógico de familia el nombre de uno
de sus individuos. Reflexione....

AYER, HOY T MAÑANA

311

— ISTo quiero reflexionar otra cosa sino que eres una gran bachillera—
la interrumpí incomodado— y que si pronto no haces el retrato de la beata
Clara, nos habrán de oir los sordos.
— ¡Ojalá lo fueran todos desde este momento!— dijo la pluma entre
dientes.
Y volviéndose á dar un baño en el vinagre, como si estuviera apesta­
da, escribió lo siguiente:
«No es la fe una cosa que pueda andarse dejando y tomando cuando
se quiera, sino que una vez tomada no debe soltarse nunca, y por eso la
pintan con una venda en los ojos, como en señal de haberse decidido á
no rectificar su juicio con nuevas visiones.
»A los hombres de ayer no se les puede acusar de haber perdido la fe
un solo momento, y estaban por el contrario tan apegados á ella, que cre­
yendo se acostaban y creyendo amanecían, sin tener un solo momento
desocupado en que poder dudar.
»Salían cargados de ilusiones á dar una batalla á los desengaños, y cada
vez que la discusión asomaba la cabeza por algún punto, la daban el quién
vive y el ¡atrás, paisano/, recelosos de que fuera algún espía disfrazado
del campo de la impiedad.
»Pocos eran los que alcanzaban á ver algo más allá de sus narices, y
así vivían felices y dichosos, sin que el demonio de la duda lograra jamás
la honra de batirse con el ángel de la fe.
»Pero como todos los extremos son viciosos y del bien al mal no hay
un canto de real, huyendo del infierno de la incredulidad cayeron en el
limbo de la candidez. De la verdad matemática pasaron á la hipótesis
metafísica, y de ésta al absurdo, y de aquí al error, y ....»
Trazas y materia tenía comenzada la pluma para no acabar en mu­
cho tiempo de ensartar disparates, todos fuera del propósito del cuadro,
y me fue preciso llamarla de nuevo á la cuestión, diciendo:
— Ven acá, pecadora, y dime: ¿qué tiene que ver la fe y la demasiada
credulidad de aquellas gentes con el asunto de este cuadro?
— Mucho, señor— me replicó la pluma.— Si los hombres de ayer no
hubiesen sido tan crédulos, no habría existido semejante beata Clara.
—¿Pues era artículo de fe la beata?
— No, señor; pero como aquellas gentes eran excesivamente buenas,
preferían creer en la comunión de los justos á pensar que hubiese en el
mundo grandes pecadores.
— ¿Y quién les tenía la culpa?
— Nadie.
— Pues, entonces, ¿quien te mete en andar haciendo salvedades, ni á
qué viene hablar de la fe para hacer el retrato de la beata Clara?

312

ANTONIO FLORES

—¿Le parecen á usted muchas las salvedades que hemos hecho?
—Sí, y estoy por borrarlas todas.
—Haga usted lo que guste; yo declino mi responsabilidad, y vuelvo á
hacer una cruz por si acaso.
—No hagas más cruces; mira que siempre se ha dicho que detrás de
la cruz está el diablo.
—Eso precisamente es lo que sucede ahora, que el diablo está detrás
de la cruz.
—Pues ahuyéntale, y pinta.
—No puede ser, porque si le ahuyento me quedo sin original.
—¿Conque vas á retratar al diablo?
—Usted lo quiere....
—Lo que yo quiero es que no repliques más y empieces el cuadro.
La pluma no volvió á decir una sola palabra y trazó el siguiente
boceto:
La escena pasó en la calle de los Santos en la casa que hacía esquina
á la Carrera de San Francisco y frente al convento del mismo nombre.
La casa era de aspecto pobre y sucio, pero tenía dos pisos y las buhar­
dillas; las ventanas del principal estaban cerradas á piedra y lodo, y en
las rejas del cuarto bajo, que estaban abiertas, se veía una mujer, que ha­
blando consigo misma, dijo:
—¡Ya escampa! Cada día acude más gente; será preciso buscar otra
habitación y preguntar primero si hay en la vecindad algún santo.
—Ya está gruñendo la bruja—dijo uno de los muchos que se agolpa­
ban á la puerta de la casa.
—Merecía que el Santo Oficio la quemara—interrumpió una voz.
—¡Yo no sé cómo tiene paciencia para sufrirla la pobrecita santa!—dijo
un tercero.
—¡Buen caso hace su beatitud de esa bruja! Inflamada con el amor
divino, ni ve ni oye ni entiende nada de lo que pasa en este mundo.
—Sí, pero esa bruja es el lazo que el demonio la tiende para perder su
alma.
—¿Y cómo no se convertirá viviendo casi debajo de un mismo techo?
—Porque es una vieja muy empedernida—gritó un hombre en voz
alta.
—Tengo el colmillo muy retorcido—dijo la vieja tomando parte en la
conversación—y no me las trago con cáscara.
—¿Y qué quieres decir con eso?—le preguntó con osadía una de las mu­
jeres que estaban en la calle.
—Yo me entiendo y Dios me entiende—dijo la vieja.—¿Porqué no si­
gue haciendo milagros en la calle de Cantarranas?

AYER, HOY Y MAÑANA.

313

— ¡Muera la bruja!....— dijo una voz.
— ¡Muera!— gritó la concurrencia toda.
— Llevarla á la Inquisición— dijeron algunos.
— No, sino á la horca— gritaron otros.
Y se armó tal gritería que la vieja, asustada, cerró la reja á tiempo que
se abría un balcón del piso principal y se asomaba una mujer como de
sesenta años, pero vigorosa y robusta.
Todas las gentes que había en la calle se descubrieron y algunas se
arrodillaron, y la mujer les dijo lo siguiente:
— ¡Hermanos míos, caridad, caridad! Mi hija, que está en oración men­
tal, ruega á ustedes por el amor de Nuestro Padre Jesús Nazareno y por
las llagas del Seráfico Padre San Francisco que no maltraten á esa pobre
mujer, que es una sierva de Dios— dijo, y se retiró cerrando de nuevo las
ventanas.
— ¡Sierva de Dios!— repitieron algunos con sorna.
— ¡ Qué buena es la beata!— exclamaron otros.
— Hagánla ustedes más favor— dijo una mujer,— que es santa.
— Aún no la han canonizado— replicó otra.
— Sí tal.
— No tal. ¿Me lo querrá usted decir á mí, que soy amigo del paje del
señor nuncio de Su Santidad? Lo que ha hecho el Padre Santo es darla
permiso para que tenga en su casa á Su Divina Majestad de manifiesto.
— Eso ya es viejo.
— Pues no hay más.
— Pero bien merecía que la hiciesen santa.
— Si vamos á ver lo que merece, por lo buena que es y los muchos
milagros que obra, no harían nada de más con hacerla santa y virgen y
mártir.
— Déjelo usted estar, que en buenas manos está el pandero. ¡Como
quiera el señor nuncio!....
— Y nuestro señor obispo, que también la tiene en grande estima y
todos los días viene á visitarla.
— Ya lo sé, y extraño que hoy no haya venido.
— ¡Si está dentro hace más de una hora!.... Ahí tiene el coche— dijo
una mujer señalando un grupo de media docena de carruajes que había
parados en lo alto de la calle.
Y mientras tales conversaciones tenían algunas gentes de las que se
agolpaban á la puerta de aquella casa, otras pugnaban por romper los gru­
pos y llegar hasta la puerta á rozar en ella sus vestidos, á tocarla con la
mano y santiguarse, y por último á arrancar un polvo de tierra de las pare­
des, que continuamente revocaba el casero y siempre estaban carcomidas.

314

ASTTONTO FLORES

A la hora en que pasaban estas escenas, que era la del mediodía próxi­
mamente, ya se habían retirado las madres que acudían con sus niños
de pecho á tocarlos en las paredes de la casa, los enfermos, los pobres y
toda clase de necesitados.
Algunos habían logrado subir al cuarto principal á implorar la inter­
cesión de la beata por conducto de su madre, y pocos eran los que alcan­
zaban el especialísimo favor de ver y hablar á la milagrosa criatura, de
quien es tiempo ya que digamos cuatro palabras.
Sin más familia que una madre, pero una madre que valía por veinti­
cinco, la joven Clara apareció en Madrid á fines del pasado siglo en el
cuarto bajo de la casa número 6 en la calle de Cantarranas, hoy Lope de
Vega. Nadie sabía la procedencia de aquellas mujeres, pero pronto se gran­
jearon el aprecio de la vecindad; y el recogimiento, la humildad y la com­
postura con que las veían salir alguna vez desde su casa á la iglesia, uni­
do á lo que de los ayunos y devociones de la hija referían los criados, dió
á la calle un olor de santidad que no tardó en cundir por todos los rin­
cones de la corte.
A la noticia de los primeros milagros que se decían obrados por la
intercesión de Clara, acudieron los padres discretos de algunas comuni­
dades para depurar la verdad de todo, y salieron tanto más convencidos
de que aquélla era una verdadera sierva de Dios, cuanto más ella se afa­
naba en decirles que era una indigna pecadora.
—No me abandonen sus mercedes, padres reverendísimos—les decía
Clara;—miren que soy una gran pecadora, y el diablo quiere arrancarme
del camino de la salvación, despertando en mi alma el orgullo de la per­
fección y de la santidad.
Y la madre les llamaba aparte y les decía:
—¡Por los clavos de Cristo, padres, que me hagan el favor de mandar
á mi hija que no mortifique sus carnes con tantos ayunos y tantas disci­
plinas; miren que está muy delicada y temo que no ha de poder resistir
esas penitencias!
—El Señor le dará fuerzas para sobrellevarlas—solían replicar los
frailes.
Y salían de la casa dudando los más incrédulos y persuadidos los otros
de que la joven Clara estaba en olor de santidad.
Examináronla motu proprio y sin que dijese la autoridad una sola
palabra algunos teologazos, y sin más que encerrarse ella en negar con
humildad cuantos milagros le atribuían, logró ponerles en confusión, sin
que ninguno se atreviera á dudar de su santidad, ni menos del don de la
profecía, que era el que tenía más desarrollado y con el que obró grandes
prodigios.

AY E R, H O Y Y M A Ñ A N A

315

Compadecida de la miseria en que vivía un menestral, su vecino, padre
de una familia numerosa, le dijo que oyese con devoción tres misas en
un altar de ánima, y que luego se fuera á cavar con fe al pie de un árbol
de la pradera de la Teja, en el que vería grabada una cruz, y que esperase
en Dios, que le daría con qué remediar el hambre de sus hijos.
Hízolo el menestral, y volvió á su casa loco de alegría con un bolsillo
lleno de escudos de oro.
Extendióse por la corte la fama del milagro, y más se divulgaba ese y
otros por el estilo cuanto más se afanaba Clara en negarlos y en suplicar
á los interesados que no hablasen de ellos.
El limo. Sr. obispo auxiliar de Madrid, convencido de la santidad
de aquella criatura, rogó al nuncio apostólico que fuese á visitarla, y
ambos decidieron á la penitenciaria á impetrar del Padre Santo licencia
para celebrar en su casa el Sacrificio de la Misa, y aun para exponer allí
mismo el Santísimo Sacramento.
Hasta entonces la generalidad de las gentes habían dudado de que
fuesen ciertas las virtudes y los síntomas de santidad de Clara; pero con
la protección de los dos prelados y el insigne privilegio que había alcan­
zado de la corte de Roma, nadie, ni aun los más incrédulos, se atrevieron
á decir una sola palabra en contra.
Todos hablaban con el más profundo respeto de la beata Clara; apenas
había quien dejase de solicitar su amparo en las desgracias, y ninguno
pasaba por delante de su casa sin descubrirse la cabeza.
Sin embargo, y bueno es advertirlo, de las tres clases en que estaba
dividida la sociedad, la alta y la baja eran las que más acudían á solicitar
el amparo de la beata Clara.
La clase media no hacía otra cosa que ver, oir y callar, siempre con
los ojos de la fe cubiertos con la tupida venda que les puso la candidez
del obispo, la docilidad del nuncio y la debilidad del Padre Santo.
La Inquisición se abstuvo de tomar parte en el negocio, y los señores
del Tribunal hacían la vista gorda y oídos de mercader á todo lo que se
hablaba en tan importante asunto.
Tal andaban las cosas cuando la beata Clara, por huir, según decía su
madre, del bullicio de la corte, se retiró á un extremo de ella, tomando
casa en la calle de los Santos, frente á la celda de su director espiritual.
Los vecinos de la calle de Cantarranas, especialmente favorecidos y
siempre mejorados en la participación de los milagros de la beata, llora­
ron su partida y fueron los mejores panegiristas de sus virtudes y de su
gran don de profecía. Recibíalos á menudo en su nueva vivienda, y al­
guno de ellos hizo gran fortuna sin más que hacer oficios de corredor
entre la beata y los nobles que solicitaban verla.

316

ANTONIO FLORES

Cosa no muy fácil, como vio el lector en el cuadro del covachuelo
cuando Pajarito el peluquero brindó su protección á un ministro de la
corona para alcanzarle una entrevista con la beata.
Y sin embargo, el covachuelo no pudo verla.
Díjole la madre de Clara que su hija estaba en e'xtasis y que le rogaba
que la dispensase, pero que no podía recibirle.
Insistió el covachuelo diciendo que quería consultarla unos graves
negocios de Estado, y entonces se oyó una voz argentina y sonora que
elijo:
— ¡Dios mío, no me abandonéis! Apartad al enemigo, que viene á dis­
traerme de vuestro divino amor con negocios profanos.
El secretario del despacho miró sorprendido á la madre de Clara, que
permanecía impasible— y le dijo:
— ¡Esa voz!....
— ¿Qué voz?— preguntó con indiferencia la madre de Clara.
— La que ha resonado en este gabinete—dijo el covachuelo cada vez
más asustado,— la que me ha dicho....
— Yo no he oído nada.
•— ¡Será posible!— exclamó el covachuelo.
Y cayendo de rodillas delante de un crucifijo que había en el gabinete
de consultas secretas de la beata, permaneció largo rato en silencio, hasta
que por fin dijo:
— ¡Oh! ¡Quién me diera la santidad y el don de profecía de esta bien­
aventurada sierva, para encaminar los negocios del reino á la mayor
honra y gloria de Dios y al mejor servicio de mi soberano y de su amado
pueblo!
—Abandona la amistad de Urquijo, ó te perderán sus máximas repuplicanas— le contestó la voz.
— ¡Y cómo hacerlo, cuando ha sido mi segundo padre!— dijo el cova­
chuelo con lágrimas en los ojos y sin acertar á salir de su estupor.
— Lo harás cuando sepas que la cabeza de la Iglesia lo ha anatema­
tizado.
El ministro, aturdido, se alzó en pie, miró con espanto á la madre de
Clara y le dijo:
—Señora, tenga yo al menos la dicha de besar la mano á esa bienaven­
turada.
— Hoy no puede ser— repuso la madre de Clara;— es viernes y está todo
el día en oración.
— ¿Pues no es ella la que me ha hablado?
— ¿Cuándo?
— Ahora mismo.

A T E R , HOY Y MAÑANA

317

— No entiendo lo que Y. E. dice; yo no he oído nada.
El ministro cada vez más aturdido hizo nuevas preguntas sin recibir
contestación, y cuando salía del gabinete oyó que la voz le decía:
— Si no hacéis muchas limosnas á nuestros hermanos los observantes
de San Francisco, os condenaréis cuantos habéis contribuido á vender la
Luisiana.... Rescatadla, ó de lo contrario se perderá el Perú.
Había el covachuelo recibido aquella mañana un anónimo sobre el
mismo asunto, y abandonó la casa de la beata incomodado y confuso, sin
atreverse á nada más que á rogar de nuevo á la madre de la penitenciaria
que influyese con su hija para que le concediera una entrevista.
Ofrecióle ella hacerlo así, y aun le indicó que le haría ciertas revela­
ciones acerca de la manera de conducirse con el favorito de la corte, para
no caer de su gracia, y el ministro se lo agradeció en extremo con las más
corteses palabras, y aun es fama que con algunas espléndidas obras.
El personaje que entró después á consultar á la Sibila era una duquesa
de las más conocidas en la corte, no por su clase, aunque era muy eleva­
da, sino por la intimidad en que vivía con las gentes de la más baja del
pueblo. Un impulso de curiosidad, más bien que una fe ardiente y ciega
en las virtudes de la beata, la llevaba allí, y aunque fué recibida en un
principio por la madre de Clara, tuvo luego la dicha de ver á ésta en su
mismo oratorio privado.
Era el retiro de la beata una pieza de escasos diez y seis pies de largo
por nueve de ancho, en cuyo fondo había un balcón cerrado y cubierto
por un pequeño retablo de la Virgen de los Dolores.
Un vaso de vidrio colocado delante de la imagen esparcía una luz
débil y opaca en el gabinete, cuyas paredes estaban vestidas de bayeta
negra, salpicada de diferentes estampas de santos, prendidas con alfileres.
La beata Clara, vestida con una túnica cenicienta y larga, sujeta al
cuerpo con una soga de esparto, tendidos los cabellos sobre la espalda y
con grandes manchas lívidas en las mejillas, más parecía un cadáver que
un ser viviente.
El desorden de los cabellos demacraba su rostro, los trémulos resplan­
dores de la lámpara aumentaban la blancura de sus facciones y la extre­
mada palidez de sus labios la daban un aspecto horroroso, capaz de in­
fundir espanto y miedo al más despreocupado guardián de cementerios.
Arrodillada delante del altar, con la cabeza en tierra, Clara no oyó
entrar á la duquesa, que permaneció largo rato en silencio contemplando
asustada el cuadro que se ofrecía á su vista.
Alzóse por fin la penitente, expresando grande asombro de ver allí á
la duquesa; y como si la pesara de haber sido sorprendida en su retiro,
exclamó alzando los ojos al cielo:

318

ANTONIO FLORES

— ¡En qué rincón del mundo, Señor, estará libre esta indigna pecadora
de no dar escándalo con sus penitencias!
— Yo no me escandalizo— dijo la duquesa;— antes por el contrario, ve­
nero y admiro vuestra virtud;....pero si estorbo me retiro.
— Haga Y. E. lo que guste—repuso con humildad la beata.
— Venía—dijo la duquesa—á consultar á su gracia acerca del negocio
de que hablamos el otro día.
— ¿Qué negocio?—preguntó la beata.
— El de mi esposo, que se empeña en llevar adelante el pleito de di­
vorcio.
La beata alzó las manos al cielo y exclamó:
— ¡Se me había olvidado!.... ¡Ah! Señor, no permitáis que esa desdicha­
da madre lleve á cabo su horrible proyecto. Ya que me habéis revelado
ese secreto, permitid que os ruegue apartéis de la mente de esa infeliz la
idea de un infanticidio.
— ¿Infanticidio?— repitió la duquesa asustada.
— ¡Ah! ¿También V. E. lo sabe?— preguntó con ansiedad la beata.
— Yo no sé nada sino lo que acabo de oiros ahora; pero decidme: ¿qué
infanticidio es ese?
— El de una pobre madre que ahora estará dando á luz un hijo.
— ¿Dónde?— preguntó la duquesa.
— En el arroyo Abroñigal.
— ¿Y piensa matarle?
— Y arrojarse ella al río.
— ¡Qué horror!.... Corro á ver si aún es tiempo de salvará esos infelices.
— ¿Pero quién os lo ha dicho?
— Cuando entró Y. E. acababa de tener una revelación.
— Pues no perdamos tiempo.
— No vaya V. E.; quédese aquí conmigo y juntas pediremos al Señor
que salve á esa pobre criatura y perdone á la madre el crimen que pen­
saba cometer....Dios oirá nuestras oraciones y .....
— Yo no puedo detenerme— interrumpió la duquesa;— voy volando á
evitar ese crimen.
Y salió corriendo del oratorio, bajó precipitadamente la escalera, y al
entrar en su coche dijo en voz alta á uno de los lacayos:
— ¡Corriendo al arroyo Abroñigal!
Las gentes que había en la calle dijeron al ver partir el coche:
— ¿Adonde irá esa nube de piedra?
— Ya lo han oído ustedes— repuso un viejo,— al arroyo Abroñigal á ver
alguna torada; no piensa en otra cosa esa señora. Yo no sé á qué vienen
á visitar á esta santa si han de seguir siendo tan malas como siempre.

ATER, HOY Y MAÑANA

319

Y pocos momentos después vieron salir del portal dos señoras vestidas
con la mayor elegancia y con el velo caído sobre el rostro, y dijeron:
—¡Yaya otro par!..., Y se tapan la cara como si salieran de hacer alguna
cosa mala. ¡Cuándo habrán pisado ellas una casa más decente que esta!
—Pues larga ha sido la visita—dijo el viejo,—porque ya hace tres horas
que estoy aquí y no las he visto entrar.
—Todos los días salen al anochecer—replicó una mujer del pueblo.
•—¿Y á qué hora vienen?
—Nunca las he visto entrar.
—Trapisondas—repuso el viejo.
Y se marchó de allí seguido de algunas otras gentes, hasta que dos
horas después de anochecido quedó la calle desierta.
Esta escena y las que van referidas se habían repetido diariamente por
espacio de mucho tiempo; pero el pintor ha elegido el día en que se hicie­
ron por última vez para que el cuadro sea completo; para que el lector
después de haber visto salir una hora antes de anochecer á las tapadas, las
vea volver á entrar descubiertas á las once de la noche, acompañadas por
dos caballeros, y finalmente para que vea la última escena del drama infa­
me, ridículo y sacrilego que se representó en la corte de las Españas hasta
el día 14 de julio de 1803.
A la una de la madrugada de ese día paró un coche á la puerta de la
casa de la beata Clara, sin que ésta ni su madre ni aun los que estaban en
la calle le oyesen rodar sobre el pavimento.
Forradas las ruedas en corcho traía completamente apagado el ruido.
Los tres hombres que venían dentro entraron en la casa de la beata
sin que se haya sabido aún quién les abrió la puerta, y volvieron á subir
al coche pocos momentos después con las dos tapadas que ya traían el ros­
tro descubierto.
Sin más ruido que el que habían hecho para llegar allí, se dirigieron á
la cárcel del Santo Oficio, sita en la calle de la Inquisición, hoy de María
Cristina.
Al día siguiente el pueblo que acudió á la casa de la beata Clara vio
la puerta cerrada y sellada con el de la Inquisición, y todos se volvieron
cabizbajos y mustios sin saber qué pensar de aquel suceso.
Algunos decían que habría sido alguna mala voluntad, y confiaban en
que la santidad de la beata triunfaría de la calumnia de sus enemigos:
pero los más se retiraban diciendo:
—¡Con la Inquisición, chitón!
A los pocos días ya no era para nadie un misterio lo ocurrido. Una
criada de la beata, que había salido de la casa por una quimera que tuvo
con la madre, se fué á confesar con el cura párroco de San Andrés, y le dijo:

320

ANTONIO FLORES

— Acusóme padre de haber servido á la supuesta beata Clara, y con­
tribuido á embaucar al público con los fingidos milagros y profecías de
mi ama. Esa mujer no es tal santa, ni menos pensarlo, sinc una grandí­
sima bribona, hija de otra mucho más bribona aún, que no ayuna, sino
que come como un lobo y bebe más que un pellejo; que lejos de castigar
sus carnes las baña todos los días en agua de rosa; que tiene á cada hora
un amante y una francachela, y que sale todos los días al anochecer, fin­
giendo ser una de las muchas señoras bobas que acuden á visitarla y á las
que saca muy buenos cuartos. Yo me acuso, padre, de haber callado esa
farsa tanto tiempo; pero eran tantas y tan buenas las propinas y tan re­
galada la mesa que teníamos en esa casa, que los criados lo pasaban me­
jor que la mayor parte de los señores de la corte.
Cuanto decía la criada probóse fácilmente por medio de los demás
criados y del pastelero de Puerta de Moros, que lloró por mucho tiempo
la perdida de tan buena parroquiana, y á los señores de la Inquisición les
fué fácil verlo por sí propios, porque cuando llegaron á prenderlas esta­
ban en los postres de una opípara cena.
En cuanto al don de profecía, que era el título de que parecía hacer
mayor alarde, no argüía tanto talento en su madre, principal autora de
todo, como candidez en las gentes profetizadas, y principalmente en los
teólogos y altas dignidades de la Iglesia, que fueron instrumentos de aque­
lla farsa.
Para decir á un pobre que había tenido una revelación y que si iba á
parir al arroyo Abroñigal, Dios la sacaría con bien de su apuro y hacer
luego lo que el lector sabe, no se necesitaba gran travesura.
El Santo Oficio anduvo sobrado benigno, contentándose con extrañarla
á Toledo ó puntos equidistantes de la corte á hacer ejercicios penitencia­
les; condenando á su madre á la galera, á los criados á cadenas, y destie­
rro y privación de empleos, honores, etc., á algunos personajes de cate­
goría.
Y como el Santo Tribunal de la Fe no tenía fama de blando, ni menos
debió serlo en asunto de tamaño escándalo y sacrilegio, circularon por la
corte algunos versos, tales como éstos, que por ser los más templados, y
no los peor escritos (¡figúrense ustedes qué tal estarían los otros!), los da­
mos á continuación:
«Si una mujer aparenta
que es beata, y conmovida
está pasando una vida
muy austera y penitenta,
y así goza de gran renta
por su grande devoción,

321

AYK R, HOY Y MAÑANA

y testigos de ello son
el fraile, el obispo, el cura;
sin embargo que es locura,
nada digamos..... chitón.
Si los tres y más un ciento
suplican al Padre Santo
le conceda velo y manto,
siendo su casa convento;
si consiguen este intento
y para más perfección
en su misma habitación
la dice la misa un cura;
sin embargo que es locura,
nada digamos..... chitón.
Si llegando á mayor grado
la ignorancia de esta gente,
todo un Dios Omnipotente
le ponen sacramentado,
y olvidando cuán sagrado
es esto á la religión,
lo reducen á prisión
en tan inmunda clausura;
sin embargo que es locura,
nada digamos.... chitón.
Si después de haber creído
que es cierta su santidad,
descubren que la maldad
su centro en ella ha tenido,
y que allí que se ha ofrecido
al Justo Juez oblación,
la mayor disolución
se practica con holgura;
sin embargo que es locura,
nada digamos.....chitón.
Si el público llega á ver
que esa maldita embustera
es mala como cualquiera
y frágil como mujer;
si en ello llega á entender
la muy Santa Inquisición
y la pone en reclusión
no llevando á obispo y cura;
sin embargo que es locura,
nada digamos_ chitón.»

Y aquí el autor del cuadro, verdaderamente arrepentido de haberle
escrito, le da por terminado con estas líneas, diciendo á su vez, bajito,
pero muy bajito, porque no le oiga la Santa Inquisición.... /Chitón/!/
Chitón/// Chitón///
T omo I

21

I
I
I
I
I
I
I

322

ANTONIO FLORES

N o t a . Nada hemos puesto de nuestra propia cosecha en este cuadro, y por el
contrario hemos omitido mucho de lo que refieren hoy día algunos testigos oculares
de esa lastimosa é inicua farsa; personas respetables y dignas de entera fe y crédito.
Lo que más sorprende es que la Clara y su madre, verdadera autora de todo, eran
gentes muy vulgares y de escaso ingenio, y no se concibe cómo pudieron engañar al
lim o. Sr. I). Atanasio Puyal y Poveda, obispo auxiliar de Madrid, y al nuncio apos­
tólico, el arzobispo de Nicea Sr. D. Pedro Gravina, hasta el punto de alcanzar para
aquella miserable tan grandes como absurdos privilegios. Estos prelados, á pesar de
la elevadísima posición que ocupaban en la corte, quedaron muy malparados de resultas de esa farsa, aunque no tanto como merecía su extremada candidez. Del confe­
sor de la beata, el padre fray Bernardino Barón, maestro de novicios del convento de
San Francisco, hemos oído hablar con variedad, aunque generalmente era reputado
por un religioso justificado y sencillo, pero no de grandes alcances. El que mereció
grande aplauso de todos fuó el respetable párroco de San Andrés D. Rafael Oseñalde,
descubridor de toda la farsa.— Uno de los milagros que más ruido hicieron en la corte
y que la alcanzaron mayor fama de santidad, fuó el de suponer que 'ponía huevos de
gallina.— Otros por el estilo pudiéramos citar, si no nos causara indignación recordar
que en los primeros años del siglo x ix ha habido españoles que pudiesen creer tales
farsas, y altas dignidades de la Iglesia que contribuyesen con su ignorancia al fomento de esos sacrilegos sainetes.

CUADRO XLII

CASA, AG UA , L E N A , M É D IC O , C I R U J A N O , B O T I C A
Y GUANTES

En mal hora tuve la debilidad de permitir á mi pluna que usase de la
palabra en el cuadro anterior; y debilidad tanto más punible, cuanto que
este museo no es el de hoy, ni menos el de mañana, sino el de ayeií,
época en que la discusión estaba aún del lado allá de los Pirineos, sin
atreverse á venir á España por miedo de helarse en la sierra del Santo
Oficio.
Por menos palabras de las que osó decirme la pluma, la habrían
puesto una mordaza en aquellos tiempos en que habíase ennoblecido
hasta tal punto ese freno, que le tascaban los militares en los cuarteles,
los paisanos en las cárceles y unos y otros en las mazmorras de la Inqui­
sición.
Pero es preciso tomar el tiempo conforme viene, y puesto que ahora
(lo diré en voz baja por si acaso), puesto que ahora no se usan mordazas,
no tengo más que hacer sino dejar que mi pluma, en uso de la soberanía
del tintero, á quien representa, diga cuanto se le antoje, y hable hasta
que la llame al orden el lector, ó el fiscal de imprenta la corte el revesi­
no para que no sea tan deslenguada con su dueño.

324

ANTONIO FLORES

Mientras esto no suceda, y quiera Dios que no suceda nunca, he de
dejarla decir cuanto le venga á las mientes, so pena de quedar tan mal­
parado como lo he sido en la siguiente escena:
— Oye— le dije;— escribe y que no te vuelva á acontecer lo que en el
cuadro anterior.
— ¿Qué fue ello?—me preguntó con insolencia.
— ¿Y te atreves á preguntármelo?
— No sólo me atrevo, sino que me he propuesto cambiar de conducta
en lo sucesivo.
— ¡Oiga!— le dije sonriendo.— ¿Y qué piensas hacer?
— No seguir escribiendo como pluma de memorialista cuando usted
me dicte, sino hacer las observaciones que crea oportunas; porque la dis­
cusión es la salbadera del entendimiento, y todos los trabajos en que ella
no interviene se borran por no haberse madurado con la correspondiente
arenilla.
¡Figúrese el lector qué tal me quedaría yo al oir la palabra discusión
en boca de una pluma que está retratando la época de la fe y de la mor­
daza!
Afligido por no tener una á la mano para taparle en seguida la boca,
le dije:
— Calla, infeliz, ¿qué has hecho? ¡Me has perdido! Ya puedes tirar todos
los cuadros por la ventana. ¡Me has manchado el lienzo con una palabra
que los hombres de ayer no quieren tener por suya! ¡Has hablado de
discusión en una época en que la facultad de discurrir, no ya la de osten­
tar lo discurrido, estaba decomisada y prohibida, como los fósforos, por
considerarse de ninguna utilidad/
— Tiene usted razón— me dijo la pluma;— ¡pero eso sucedía en los
tiempos de Maricastaña! Coja usted el arancel político-moderno, y verá
cómo no prohíbe semejante artículo. La libertad...
— ¡Silencio!— interrumpí irritado al oir la nueva palabra que dejó es­
capar la pluma.— Escribe y calla, que la discusión vendrá más tarde y te
cansarás de hablar.
Algo que no pude entender contestó entre puntos, ya que no entre
dientes.
Apenas oyó el título del presente cuadro, se dejó caer sobre la mesa y
dijo en voz alta:
— Pues, señor, no escribo.
— ¿Y por qué? ¿Qué nuevo capricho es ese? ¿Volvemos á las andadas?
— Sí, señor, vuelvo y volveré; porque estoy convencida de que sin la
discusión no podremos hacer cosa de provecho. Usted ha creído que soy
hija de algún ganso, y por eso no quiere escuchar mis observaciones;

A YE R , HOY Y M AÑANA

325

pues sepa usted que desciendo de un pavo real, y que si en tiempo de
mis mayores se decía que obedecer es amar, y aquello de que el que
manda manda y cartuchera en el cañón, yo que escribo su historia no
estoy obligada á decir á todo amén. Lo que usted acaba de proponerme
es un grandísimo disparate. ¡Conque nada menos que siete cuadros en
uno! Diga usted que no quiere abusar más tiempo de los lectores y que
va á encerrar en pocas páginas todo lo que nos queda por decir de la pri­
mera parte de la obra; pero no quiera persuadirme de que hay pintor en
el mundo capaz de agrupar los siete asuntos que me propone para hacer
de todos ellos un solo cuadro.
— ¿Y es eso todo lo que tenías que decir?— le pregunte sonriendo.—
¿Las hijas de los pavos reales hacéis ese uso de la facultad de discurrir?
¡Pues vive Dios que si es así toda la generación que nos aguarda, vamos á
quedar lucidos cuando hagamos los cuadros del presente! Escribe y calla,
que este cuadro que te parece de tan difícil composición le hemos de
hacer con sola una figura.
— Quisiera ver ese milagro — me replicó la pluma con aire de duda.
— Pues mira— le dije, — ¿ves ese señor tan currutaco y tan petimetre,
que no parece sino que cada día estrena un traje, según va de limpio y
estirado?... Pues llámale y dile que te cuente su historia.
— ¿Y qué adelantaremos con eso? Su historia demasiado la sé yo.
— Pues dila si la sabes.
— ¿Pero y el cuadro?
— El cuadro es la historia de ese hombre.
— ¡Pero, señor, si ese hombre no hace más que oir misa todos los días
en el convento de la Soledad; rezar más tarde el jubileo; oir, cuando re­
pican recio, algún sermón; pasear todas las tardes en Copacabana, que así
se llama el paseo de Recoletos, y consumir el día hasta las diez de la
noche en las tertulias!
— ¿Y eso no merece contarse?
— Sí, señor; pero no tiene nada que ver con la casa, ni con la leña, ni
con el agua, ni con ninguno de los títulos de este cuadro.
— ¡Cómo que no!.... ¡Te figuras que este currutaco no come ni bebe ni
tiene casa en qué alojarse!
— Yo no me figuro semejante cosa; pero como todos esos artículos son
de primera necesidad, no hay nadie que no los tenga, y menos le faltarán
á ese señor, que parece ser un gran propietario.
— Pues te equivocas: llámale, y verás cómo no tiene otra propiedad
que el día y la noche, ni más rentas que la casa, el agua, la leña, el mé­
dico, el cirujano, la botica y los guantes. Y si quieres ahorrarte el trabajo
de decirle que venga, yo te contaré su historia.

326

ANTONIO FLORES

Vino á Madrid de paje de un maestrante, que falleció, dejándole una
manda de cincuenta doblones, la ropa de su uso y relacionado con las
principales familias de la corte.
Esto último era una gran fortuna en aquellos tiempos, y el paje po­
dría haberla aprovechado solicitando un destino; pero se le pegaron las
mañas del maestrante y no quiso trabajar.
Prefirió explotar su figura, que no era desairada, y convertirse en
digecito de las tertulias.
Como los bufones de todos los tiempos y de todos los países, empezó
por hacer reir á muchos y concluyó riéndose él de todos.
Los primeros personajes de la grandeza española se disputaban el
honor de sentarle á su mesa, y desde que murió el maestrante no le faltó
una casa adonde arrimar cada día el estómago; pero pagaba el alqui­
ler del cuarto, y esto le pareció indigno habiendo en Madrid tantas casas
desalquiladas, cuyos dueños, desdeñándose de ser caseros, las daban
gratis.
El primero de esos nobilísimos propietarios á quien se acercó contán­
dole su cuita, llamó á su apoderado y le dijo que enseñase al currutaco
todos los cuartos que hubiera desalquilados en la casa para que eligiese
el que más le gustara.
Al currutaco no le gustó el peor, y cátale ya con una magnífica vi­
vienda.
Tuvo un día la humorada y la ingeniosísima ocurrencia de decir que
siendo la casa tan grande y él tan pequeño, parecía garbanzo en olla y
cañamón en la era, y el Grande de España tuvo la penetración de com­
prender lo que aquello significaba, y llamando á su guardamuebles le
dijo que diese al currutaco los que necesitara para alhajar el cuarto.
El currutaco necesitó gran número de ellos y amuebló perfectamente
la casa. Tanto, que pareciéndole muchos trastos para una sola persona,
admitió en su compañía la de un amigo, previo el permiso del casero,
que se le dió de buen grado, á pesar de lo que ya se murmuraba entre
las gentes de la servidumbre, diciendo que aquello se iba convirtiendo en
posada.
La casa no consistía en las paredes, sino que con ella venía el derecho
á dos carros de leña al año, dos cubas diarias de agua, asistencia del mé­
dico y del cirujano, medicinas gratis, y por último los guantes. Renglón
importantísimo que más tarde ha producido muchos renglones en la
suma de las bancarrotas de la aristocracia.
Los guantes eran para los empleados en la casa una mesada doble en
el mes de diciembre, otra el día del santo del duque y una gratificación
en el cumpleaños de la duquesa; y como no se había de hacer una excep-

A Y E R , HOY Y M AÑANA

327

ción de esa regla por solo el currutaco, también á él alcanzaban los
guantes.
Con esas gratificaciones, quizá no habría tenido bastante para presen­
tarse vestido con tanta elegancia, ni para que le tuviesen por el tipo de
los petimetres de la corte.
Pero como él no tenía obligación de dar casa gratis á su amigo, ni
agua, ni leña, ni asistencia cuando estaba enfermo, le cobraba todas esas
frioleras, y así iba saliendo de sus apuros.
Por otra parte, el duque era tan generoso labrador, como despilfarra­
do casero, y cuando el año era abundante y le decían sus administrado­
res que el aceite y el vino no cabían en los almacenes, mandaba repartir
un pellejo á cada uno de sus inquilinos; cosas ambas que el currutaco
beneficiaba á las mil maravillas, sin ocultarlo al duque, á quien solía de­
cir mostrándole la casaca de terciopelo que había comprado con el pro­
ducto del aceite:
— No hay olivares como los de Y. E. en ninguna parte del mundo.
¡Pues y las viñas, señor! Vea Y. E. qué chupa y qué calzón hemos cogido
en la última vendimia.
El duque se reía y el currutaco medraba á costa de esas y de otras mil
gracias por el estilo, siendo su persona un mueble indispensable en todos
los saraos y reuniones.
No dejó á su muerte tierras, ni heredades, ni imposiciones en la casa
de los Gremios, ni onzas de oro; pero se le halló un magnífico guarda­
rropa y algunas alhajas, entre ellas una caja de relojes, seis pares de he­
billas, una docena de sortijas y tres ó cuatro rosarios de nácar engarzados
en*oro.
— He ahí la historia del currutaco—añadí hablando de nuevo con la
pluma.
— ¡Pero, señor, ese es una especie de caballero de industria!
— C a lla -le dije, no me comprometas: entonces no se conocía la in­
dustria.
— Pues ¿de qué vivía ese hombre?
- De hacer reir á los demás.
— ¡Lástima que se haya muerto!....— exclamó la pluma.
— ¿Por qué?— le dije.
— Porque hoy podría seguir viviendo de lo mismo.
— ¿Y mañana ?—le pregunté.
— Mañana— me contestó,— mañana también, porque la risa es un gé­
nero que no se enrancia ni paga almacenaje y estará de moda mientras
haya mundo. La humanidad, sin embargo, no parecerá tan risueña, por­
que las máquinas le quitarán muchas ocasiones en que poder reir. Pero



328

ANTONIO FLORES

volviendo á nuestro asunto, ¿quiere usted decirme cuándo se acaba este
cuadro?
— Ahora mismo — le contesté.— Antes de que adviertan las viudas y
los cesantes de que andamos con la masa en las manos y nos pidan
hoy lo que ayer se daba gratis á cualquiera: casa, agua, leña, médico,
cirujano y botica.

%



C U A D R O X L I II

EL C ALEN D ARIO D E LOS REPO STERO S Ó LAS FESTIV ID A D ES
DE LOS P LA T O S DE L E C H E

Digan lo que quieran, y aunque ridiculicen los hombres de hogaño las
costumbres de los de antaño, yo insisto en que el método es bueno para
todo, y que sin la división y las clasificaciones no habrían podido las cien­
cias adelantar un solo paso.
Pues no sino reunid en un solo grupo las cuarenta y nueve mil plan­
tas conocidas, y veréis cómo no hay medio de distinguir una rosa de la
ñor del cardo. Formad un solo pelotón con las bayonetas del czar de Eusia, y tardaréis un siglo en encontrar un cabo de escuadra.
Créeme, amigo lector, las categorías son indispensables para el buen
gobierno de las repúblicas, y yo las amo hasta en sus más ridiculas apli­
caciones. El maestro de ceremonias es para mí la figura más importante
de la sociedad. Ordenador perpetuo del mundo, sus trabajos son el clarobscuro de todos los cuadros. Sin él no habría regularidad ni armonía
en nada, y todas las obras quedarían imperfectas y desentonadas.
Yo bien sé que te ríes de lo que te digo, porque al maestro de ceremo­
nias no le has visto sino cargado con la sobrepelliz en las grandes funcio­
nes de iglesia, ó con el bastón en los días solemnes de corte; pero debo de­
cirte que tiene gran afición á hacerse invisible y que está en todas partes,
aun en aquellas en que tú crees excusada y hasta ridicula su presencia.
Cuando en la última parte de esta obra nos llegue el momento de
hablar de las teorías de la igualdad, comprendereis toda la importancia

330

ANTONIO FLORES

del maestro de ceremonias. Entonces verás que nació con el mundo, y que
se ha propuesto vivir eternamente. Ahora me contentaré con decirte que
de cuantos animales viven en el globo, no hay otro más necesario que el
maestro de ceremonias. Si Buffon y Cuvier no le incluyeron en sus catá­
logos, fue por considerarle harto conocido de todos.
Ayer era tan indispensable, que nada se hacía sin su beneplácito. Hoy
se va haciendo más tolerante, y aunque no transige con ciertas cosas, hace
la vista gorda en algunas; su verdadero imperio es de ayer; hoy, casi puede
decirse que reina y no gobierna; las circunstancias le han traído á ser un
rey constitucional.
Improba sería la tarea de enumerar todos los casos en que intervenía
con más ó menos empeño, pero citaremos algunos:
Tenía prohibido á los visiteros emplear más de un cuarto de hora en
una visita de cumpleaños, media hora en una de enhorabuenas y tres
cuartos en la de pésame, á menos que en esta última les sirviesen choco­
late, en cuyo caso recomendaba que diesen algunos minutos de cortesía.
Aunque el invierno tuviese la humorada de madrugar algún otoño y
los cortesanos tiritasen de frío en octubre, no permitía que se vistiesen con
ropa de abrigo hasta el l.° de noviembre, ni por el contrario les dejaba
aligerar el traje antes de la fiesta del Corpus, siquiera se elevase la tem­
peratura á los 24 y pico. Salir á la calle con capa en la víspera del día de
los Santos habría sido un desacato á la sociedad, y el maestro de ceremo­
nias hubiese puesto el grito en los cielos, porque en materia de trajes era
inflexible. La casaca que se estrenaba para andar las estaciones y asistir
á los oficios el Jueves Santo, no tenía derecho para volver á salir del cofre
hasta el día del Corpus, ó cuando mucho el de la Ascensión. Esos tres jue­
ves del año, las fiestas de Navidad, el día de la Concepción y alguna otra
solemnidad por el estilo eran las privilegiadas, ó mejor dicho, las únicas
en que podían usar la ropa nueva los hombres de 1800.
Así lo diremos en uno de los cuadros próximos; porque á pesar de lo
mucho que van escaseando los lienzos, pienso manchar uno con los tra­
pitos de cristianar. En el presente no caben otras solemnidades que las del
estómago. Pueden por lo tanto retirarse los sastres y las costureras, que
ya cogió el repostero las cañas para batir las yemas y pudiera mancharles
las prendas de los parroquianos. Vamos á hacer un plato de leche.
Que no lo tomen á mal los lectores ni se desdeñen de asistir á nuestra
repostería. Si ellos tienen hoy una sociedad de reposteros y confiteros que
les hagan cien platos cada día, los hombres de mañana tendrán una má­
quina que arrojará un millón por minuto y se quedará tan fresca. De ayer
hablamos, y aunque, según decían las mujeres, no era un arco de iglesia
el hacer un plato de leche, era una obra maestra. Era lo siguiente:

AYER, HOY Y MAÑANA

331

La víspera de San José', 6 del Jueves Santo, ó del Domingo de Ramos,
ó del santo del amo de la casa, era necesario pensar en que al día siguien­
te debía presentarse en la mesa una fuente de natillas; por eso, no la vís­
pera, sino la antevíspera, decía el ama de la casa á la criada:
—Supongo que mañana no nos quedaremos sin leche.
—Discurro que no—contestaba la maritornes, sin que entonces ni
nunca supiese lo que era discurrir.
—No basta que tú lo discurras—le dijo el ama;—¿la tienes encargada ya?
—Hace ocho días—decía la criada.
—Pues será preciso que madrugues, porque ya sabes que los lecheros
no se casan con nadie y se la dan á la primer criada que llega.
—No tenga usted cuidado, señora, porque es de mi pueblo.
—Y á la huevera ¿le has dicho que venga?
—Sí, señora, aunque lo sabe de otros años.
—No importa, no te fíes; mañana es un día que aunque entrase un
millón de huevos en la corte no quedaba uno.
—Así se aprovechan ellas y los venden caros.
—¡Y qué se ha de hacer!.... Peor sería que no los hubiese.
—Verdad es. ¿Piensa usted hacer huevos moles ó arroz con leche?
—Cada día eres más torpe—decía la señora.—Tú has entrado en la
corte, pero la corte no entrará en tu cabeza nunca. ¡Pues no sabes que
mañana es día de natillas! Lo que quiero que me traigas es media libra
de bizcochos de soletilla—añadió bajando la voz;—pienso sorprenderá tu
amo, haciendo una bizcochada que se chupe los dedos de gusto.
—¿Y traeré canela?
—Por supuesto. Y no te olvides de pedir en la botica una corteza de
naranja y otra de limón; que si se hiciera caso de lo que yo digo y se
guardasen las cáscaras siempre que se come naranja, no tendríamos nece­
sidad de pedirlas á nadie.
—La vecina las tiene colgadas en el balcón—dijo la criada.
—En todas las casas en que hay un poco de gobierno se guardan; y lo
mismo sucede con las pepitas del melón y de la sandía por si se ofrece
hacer una horchata.
Con semejantes advertencias, la víspera de la función ya había en
cada casa tres ó cuatro cuartillos de leche, una docena de huevos, una
cáscara de naranja y dos cuartos de canela. La señora madrugaba, se ves­
tía de trapillo, y con un delantal blanco se encerraba en la cocina á romper
los huevos, á separar las claras de las yemas y á batir éstas con unas cañas
ó con un cucharón de palo. El marido se llegaba riendo al marchar á la
oficina, y desde la parte de afuera solía decir:
—¿Ya estamos de faena?

332

ANTONIO FLORES

— Sí, pero déjame estar, no entres. ¡Yete
vete!....—le gritaba la es­
posa sin dejar de batir las yemas.
— Que no se te olvide la naranja—decía el marido,— que le da muy
buen sabor.
— Yete descuidado, que no se olvidará nada, y yo aseguro que mañana
te has de chupar los dedos.
— Tales manos lo hilan— replicaba el siempre galante marido de ayer .
— ¿Piensas echar un poco de nuez moscada?
— ¡Qué disparate!....
— Pues mira que le da muy buen sabor.
— No lo creas; esas son modas extranjeras que no me gustan.
— Pues adiós y ten cuidado de que la muchacha no coja el cucharón
con la mano izquierda, porque se cortará la leche.
— Cuando tú vas yo vuelvo— replicaba la esposa.— En cuanto encienda
la hornilla la mando á que esté con los niños, porque si saben lo que es­
toy haciendo no habrá quien los sujete.
— Ya lo saben y están locos de contento, haciéndote un memorial para
que les dejes arrebañar el perol.
— Pues no quiero, porque luego se ensucian y se ponen hechos unos
diablos.
— No importa; acuérdate de que tú también lo hacías cuando eras niña;
y en cuanto á mí no te digo más sino que me dan ganas de quedarme.
— ¡No, vete, vete!— gritaba la mujer.— No quiero que entres.
El oficinista obedecía á su esposa, que quedaba por fin sola haciendo
el famoso plato de leche, ínterin sus hijos escribían un memorial para
que les dejase arrebañar el perol.
Y no crean ustedes que los angelitos habían de cumplir ya los cinco
ni los seis años de edad, sino que el menor de todos ellos tenía doce.
Todos eran pollos, pero pollos de antaño, de cuya precocidad munda­
na dijimos algo en el cuadro especial que obra en poder de los lectores.
Locos de alegría, como había dicho su padre, daban saltos y brincos á la
puerta de la cocina, se asomaban por el ojo de la cerradura á ver lo que ha­
cía su madre, y al exhalar ésta el mal reprimido suspiro de placer que exha­
la todo artista al terminar con felicidad una obra, invadieron la repostería.
— No toquéis á la mesa, retiraos— decía la madre mirando con verda­
dero entusiasmo científico su trabajo.
Y luego, cogiendo con delicadeza la fuente de las natillas, añadía:
— ¡Dios ponga tiento en mis manos!.... Muchacha, ábreme la puerta de
la despensa y encierra el gato en tu cuarto, y cuidado, si barres, con no
levantar polvo.
La criada obedecía y el plato de leche quedaba hasta el día siguiente

AYER, HOY Y MAÑANA

333

reposando en uno de los basares de la despensa, donde la autora le volvía
á mirar, diciendo:
— Bien quisiera yo que este año nos mandaran las Carboneritas un
plato de natillas, á ver si estaban tan blancas y tan suaves como las mías.
Sino que ya se ve, todo lo de las monjas parece más pulcro y más bonito.
— ¡Como tienen moldes para hacerlo!— decía la criada.
— Eso es lo de menos— replicaba la señora;— y ya verás tú como cuan­
do se haya reposado hago yo un /viva Jesús/, con canela, que no habrá
más que pedir.
Dicho esto cerraba la despensa y se guardaba la llave, que en vano la
pedía el marido al venir de la oficina. Nadie veía la fuente hasta la hora
de comer las natillas, á excepción de alguna amiga íntima de la reposte­
ra, á quien ésta llevaba á la despensa por un sentimiento muy natural do
orgullo culinario y reposteril. Orgullo que, sea dicho de paso y sin agra­
viar á los presentes, á los pasados ni á los venideros, es de los más legíti­
mos y más útiles. Tanto, que un cocinero y un repostero sin el orgullo
del arte y el amor á la ciencia no pueden hacer nada de provecho.
He aquí el por qué al oficinista y á sus hijos y á su esposa les gustaba
tanto el plato de las natillas: por el entusiasmo con que le había hecho
el repostero. Y asimismo les agradaba el arroz con leche, que no le comían
sino tres veces el año: el día de Santo Domingo de Guzmán, el de la As­
censión del Señor y el Jueves Santo.
La cuajada se hacía con las mismas formalidades, aunque no siempre
con el mismo buen éxito que las natillas, porque ó la hiel de vacas, ó la
hierba de cuajar, ó el pulso del ama de la casa, ó ambas cosas á la vez
faltaban para cortar la leche á tiempo. Este plato no se comía sino una
sola vez al año y alcanzaba á más personas que á las de la familia: á todas
las que habían sido convidadas á ver pasar el Dios grande ó el Dios chico,
que salían de la parroquia á visitar los enfermos impedidos.
El Dios chico salía el sábado modestamente y de prisa por las calles
más estrechas y en que vivían los enfermos más pobres. El grande hacía
su visita el domingo con más lujo y más calma, y en las casas de la ca­
rrera, que todas estaban colgadas, arrojaban algunas ñores y grandes pu­
ñados de aleluyas, por cuya posesión se daban no pocos cachetes y em­
pujones los muchachos que iban en la procesión, mezclándose no pocas
veces en aquellas rebatiñas de niños algunas personas mayores; porque
como entonces escaseaban las estampas, nadie tenía más que la suya y no
les venía mal alcanzar un grabado, aunque fuese grabado de aleluya. Este
mismo nombre se daba á las sutiles lonjas de jamón con que se regalaban
las gentes de las casas por donde pasaban el Dios grande y el Dios chico.
En las. minervas ó procesión del Santísimo también se colgaban los

334

ANTONIO FLORES

balcones y se arrojaban flores, aunque no aleluyas, y no se freían las del
jamón, sino que se servía á los convidados una limonada con bizcochos y
á veces leche helada y aun chocolate; siendo esta solemnidad una de las
de mayor compromiso para los inquilinos de las casas de la carrera. Por­
que como decía, y tenía muchísima razón, la señora de la casa, aunque
los balcones eran grandes, como que en cada uno de ellos cabían tres filas
de espectadores, cada una de ellas de diez individuos, tenían muchos
amigos y no podía convidarlos á todos. Y gracias que tenía vacante el
puesto de su esposo, que llevaba el estandarte, y los de sus hijos, que iban
alumbrando en la procesión; pero de todos modos tenía que quedar mal
con alguna de sus relaciones, á pesar de quedar mal con ella misma, que
se pasaba sin ver la minerva por cumplir con los extraños; los cuales sólo
la llamaban para que sacase la cabeza cuando pasaba su esposo abrumado
con el estandarte y sofocado porque sus hijos le habían arrimado más de
una vez la vela, llenándole de cera la casaca que le había bordado su cara
mitad. Las gentes que no habían alcanzado un balcón para ver la minerva
ni una casa donde les sirvieran de balde un vaso de agua de limón, veían
pasar al Santísimo desde la calle y refrescaban después en la alojería.
Los que vivían en la carrera que llevaba la procesión del Viernes Santo
ó los pasos cumplían con menos gasto que los otros, porque como día de
ayuno, no se podía servir sino una ración de vista y otra de hambre, y
aun los pasteleros y los alojeros tenían ese día cerradas á piedra y lodo
sus tiendas. ¡Y pobres de ellos si no lo hubieran hecho así, que en aque­
llos tiempos se dictaban los bandos para algo más que para adornar las
esquinas! Cuando se abrían de par en par las pastelerías, entre las que
gozaba una fama digna de pasar á la posteridad con los mejores sucesos
de la historia la de Ceferino en la calle del León, era en la Pascua de Na­
vidad, en la de Resurrección y en Carnestolendas. En la primera para asar
un pavo á cada vecino de la corte; en la segunda para tostarle medio
cabrito, y el día de Jueves de compadres, de comadres, el gordo y los tres
días de Carnaval para atestar el horno de bartolitos y arrojar cada hora
del día cien pasteles hojaldrados. El pavo, el cabrito y la hojaldre se co­
mían en familia con otros platos tan suculentos como los primeros, entre
los cuales figuraba el pobre besugo de Nochebuena, cuyo cadáver traía
podrida la sangre con cinco ó más días de camino; pero esos platos son
de cocina y este cuadro es de repostería.
¡Pues que si no lo fuera ó yo pudiese permitirme alguna transgresión,
no hablaría en esta revista de festividades de los quince días que duraba
la de Navidad, con sus tres colaciones en sus tres Nochebuenas, de Na­
tividad, de Año Nuevo y de Reyes! Y dejaría de bailar despue's de la pri­
mera, delante del Nacimiento, tocando la zambomba y el rabel y las

AYER, HOY Y MAÑANA

335

cañas, ó de repicar el almirez á falta de estos instrumentos pastoriles. Ni
se me olvidaría echar los años, aunque no me rejuveneciera, después de
la colación del Año Nuevo, y los estrechos en la de Reyes, yéndome paso
á paso con mi escalera, mi hacha y mi espuerta á esperar á los Magos.
Nada de esto dejaría de hacer si pudiera extralimitarme; pero no puedo,
porque este lienzo está destinado á cosas dulces, y únicamente me está
permitido decir por conclusión, que el mismo cuidado que hemos puesto
para hacer un plato de leche se ponía para confeccionar la inveterada y
aun hoy consentida sopa de almendra, que en todas las casas, pauperum
tabernas regumque turres, se comía la noche de Navidad.
Sólo añadiré por vía de nota y para probar con una autoridad irrecu­
sable cuanto he dicho acerca de lo ceremonioso de las visitas y principal­
mente de la arrebañadura del perol por los pollos de catorce y quince años,
la siguiente graciosa escena de la Mojigata, de Moratín.
D. Luis, futuro suegro de D. Claudio, dice:
. . . . «Pero ¡que tengas
tan poco juicio que ayer
(y eso que fue la primera
vez) en casa de D. Juan
tales locuras hicieras!
Fumar donde nadie fuma,
silbar, rascarse las piernas,
y arrebañar con el dedo
las jicaras y lamerlas,
interrumpir cuando hablaban
los demás, no dar respuesta
con tino ni reflexión.....
¿Qué gracias eran aquellas
tan pesadas que dijiste1?
¿Quién te pudo dar licencia
para correr por la casa,
y derretir la manteca
en la cocina, escaldar
al gato y....?
D. C l a u d io .
De esta manera,
cuando vaya á alguna casa
habré de estarme hecho un bestia,
si no permiten un poco
de libertad.

D. Luis.

Pero es fuerza
que esa libertad moderen
el respeto y la prudencia.
D. C l a u d io . Yo no sé cómo entenderlo.
Si uno calla, luego empiezan
á decir que es un hurón;
si no calla.. ..

336

ANTONIO FLORES

D. L u is.

Si no encuentras
medio, no es mucho que en ambos
extremos necio parezcas;
si ves que al ir á decir
una gracia, se te suelta
un disparate, y el ceño
de los demás te demuestra
que fuiste poco gracioso,
¿por qué repites la escena?
¿Por qué quieres que á ti solo
te escuchen.? ¿Por qué no piensas
antes lo que has de decir?
¡Que haya cátedras y escuelas
de saber hablar, y el arte
de callár nadie le enseña!
D. C l a u d i o . ( ap.) Si me apura más, tan fijo
que le digo cuatro frescas.
Mira que voy á escribir
D. L uis.
á mi cuarto. Si te quedas
en casa, por Dios te pido
que no vayas á esa pieza
jalbegada del rincón
á repetir la tarea
de tu canticio infernal;
que después de ser tan bella
la voz que tienes, no sabes
dejarlo, á todos molestas,
y das tales alaridos
que en la vecindad se quejan.»

¡Vayan ustedes á pedir á los pollos de ahora que se diviertan lamien­
do jicaras, derritiendo manteca y escaldando gatos!
El vecino que se quejara de que un señorito de hoy le incomodaba
cantando, recibiría por toda contestación un cartel de desafío.

CUADRO XLIV

EL SANTO OFICIO NO ES OFICIO SANTO
Una de las mayores solemnidades de la Iglesia cristiana es la cuarta
dominica de Cuaresma.
Con las sublimes palabras del verso Icetare Jerusalem principian sus
cánticos sagrados, y el órgano suspendido en las anteriores dominicas hace
vibrar sus armoniosas voces entre el plácido repicar de las campanas que
dan al aire sus metálicas lenguas.
No de otro modo puede expresar la Iglesia su regocijo al dar gracias al
Señor por el milagro de la multiplicación de los panes, celebrando al pro­
pio tiempo la solemne ceremonia que el Padre Santo hace en ese mismo
día bendiciendo la Posa de Oro, que luego regala al mayor príncipe déla
cristiandad.
La explicación y contemplación de ese milagro es el tema de todos los
sermones, y sólo palabras de dulzura y de regocijo se oyen en ese día en
la cátedra del Evangelio, y así, el deber de los oradores no es otro que el
de procurar que su auditorio glorifique al Señor, alabando y bendiciendo
el poder de los milagros.
Así lo tiene dispuesto la Iglesia católica y así se practica hoy en. todo
el orbe cristiano.
Pero hoy no tiene la Iglesia un tribunal superior al suyo, que haciendo
casi dogmáticas sus resoluciones limite el ejercicio de la potestad dioce­
sana introduciendo la anarquía en la jurisprudencia canónica.
T omo I

- »22

338

ANTONIO FLORES

H oy (á Dios las gracias) no existe el Tribunal de la Fe, vulgo Inqui­
sición ó Santo Oficio, infierno que regalaron á Castilla los Católicos Mo­
narcas, que asimismo la dieron un nuevo mundo.
A yer , lectores míos, ayer era cuando existía ese famoso tribunal, que
apellidándose de la Fe, hizo á la fe más daño que todos los incrédulos
juntos, y que tomando el aire de defensor de la Iglesia católica amenguó
sus prerrogativas y dió lugar á que la discusión profanara los más repetables misterios.
La misma autoridad del Papa, que deseaba y quería la Inquisición para
tener á raya los obispos, padecía no poco con las preeminencias y fueros
del Santo Oficio, y el Papa Sixto IV tuvo más de un motivo para arrepen­
tirse de haber expedido el día l.° de noviembre de 1478 la bula del esta­
blecimiento de la Inquisición en la corona de Castilla.
Pero no es nuestro ánimo, ni lo permite la índole de esta obra, el
disertar sobre la conveniencia ó inconveniencia del Santo Tribunal, en
aquellos tiempos en que las debilidades de Juan II y Enrique IV habían
envalentonado á los judíos hasta el punto de convertirlos en verdadero
azote de los cristianos.
Algo, sin embargo, pudiéramos decir á los defensores del Santo Oficio,
que se atreven á considerarle como una medida política, indispensable y
de gran importancia en aquella época; pero buen provecho les hagan sus
ilusiones, que para trazar el presente cuadro no hemos de menester arros­
trar tamaña empresa.
Que los Ojedas, los Francos y los Torquemadas, inquisidores del crimen
de herejía, anduviesen inquiriendo y castigando á los judíos que ejercían
en el siglo x v los cargos de médico, cirujano, barbero, boticario y taber­
nero, y marcándolos en la frente y obligándolos á retirarse al anochecer,
ni nos asusta, ni nos aterra, porque no somos tan rencorosos que vaya­
mos á clamar contra excesos de tan larga fecha; pero que en los primeros
años del siglo xix, en que ya no había judíos ni judaizantes ni cosa que
se le pareciese, aún se mantuviera en pie el Santo Oficio, esto es lo que
nos deja con la lengua pegada al paladar, sin que acertemos á mover la
pluma.
Sácanos por fortuna del pasmo la lucida cabalgata que la víspera del
cuarto Domingo de Cuaresma del año 1800 salió de la calle de Torija,
donde estaba situado el palacio del Tribunal, y corriendo las mismas ca­
lles y plazas que la publicación de la bula, fué publicando el famoso edicto,
por el que á voz de pregón, con timbales y clarines, se maldecía y ana­
tematizaba á los que no cumpliesen con el precepto Pascual.
Las gentes que estaban en la calle permanecieron inmóviles, sin atre­
verse á dar un paso ni á alzar los ojos del suelo, mientras los alguaciles

A Y E R , HOY Y MAÑANA

339

del Santo Oficio, los familiares, los inquisidores y demás calafates de
aquella turbamulta miraban con osadía á los balcones, que permanecían
en su mayor parte cerrados, temiendo sus dueños incurrir en la nota de
relapsos ú otra parecida.
Había entre el concurso gran porción de esbirros disfrazados, que pro­
palando sátiras contra la Inquisición, exploraban el ánimo de las gentes
para seducir á los incautos y arrastrarlos á las mazmorras del Santo Oficio.
Por si no se descubrió la cabeza á tiempo, por si dijo (y era la verdad)
que los inquisidores tenían caras de Lucifer ó por si había vuelto la espal­
da al pasar la comitiva, por cualquiera de esos graves delitos mudaban
de domicilio los habitantes de la corte en 1800, pasando desde sus casas
á la cárcel de la Inquisición, sita en la calle del mismo nombre.
Pero no los prendían en el acto, sino que el esbirro los seguía hasta
averiguar su habitación, y á las altas horas de la noche era allanada la
casa y trasladado á la cárcel el supuesto delincuente.
El temor de esos atropellos era el que mantenía á la muchedumbre si­
lenciosa y quieta; pero á veces el silencio y el quietismo eran calificados
de herejía, y no había sino resignarse á ser víctima de la Inquisición, vi­
viendo un año, ó dos, ó tres, ó cuatro, encerrados entre cuatro paredes
húmedas y frías, con escasa ración de comida y sin otra de aire que la del
tránsito desde el calabozo á la presencia del Tribunal, con su correspon­
diente mordaza.
Ya entonces (y así lo dicen en voz muy alta los panegiristas de la so­
ciedad de la Fe) no había autos, sino autillos de fe, y se habían suprimido
las parrillas de la carne humana; pero se quemaban algunos herejes en
estatua, y es fama, la fama miente mucho, que á los frailes inquisidores
se les llenaba la boca de agua pensando en el gusto que sería ver arder el
original.
Mientras los esbirros echaban sus redes contra los incautos, seguía la
cabalgata su camino, maldiciendo cuanto hallaba al paso y deteniéndose
á suspirar en la plaza Mayor por los perdidos autos de fe.
En aquella misma hora el vicario eclesiástico pasaba orden á las igle­
sias de su jurisdicción para que al día siguiente se abstuvieran de predi­
car, y lo mismo hacía el castrense.
Había determinado el Santo Oficio asistir en cuerpo á misa solemne y
sermón á la iglesia parroquial de San Ginés, y no era cosa de permitir que
se predicara otro sermón sino el del Tribunal.
Buen susto pasaban los oradores sagrados antes de la cuarta dominica
de Cuaresma, temiendo cada cual que el Santo Oficio le dispensara la alta
honra de encargarle el sermón; y este miedo era muy justificado, porque
ni los que tenían nota de ortodoxos refinados se libraban de que les pes*

340

ANTONIO FLORES

caran alguna proposición semiherética, con cuya recomendación solían
ahorrarse de volver á predicar, y aun podían dar gracias si la cosa no pa­
saba adelante.
Como ya no había judíos á quienes prohibir que ejercieran la medicina
y la ciencia de medir cuartillos de vino, se divertían los inquisidores en
estrujar la oratoria sagrada para sacar el quinto extracto de la quinta esen­
cia de la herejía.
Para predicar el sermón del anatema ó del edicto, que así se lla­
maba el de ese día, era preciso un fraile de los de trece en cada docena,
como decían antes, ciego fanático y sumiso al Santo Tribunal, ó un sa­
cerdote entendido y despreocupado, que por su posición en la corte
estuviese á cubierto de las iras del Tribunal ó que las arrostrara con va­
lentía prefiriendo una prisión eterna y con ella la muerte á sancionar
desde la cátedra del Evangelio los abusos de los mal llamados defensores
de la fe.
Uno de los primeros le encontraba el Tribunal todos los años; el segun­
do no pareció hasta que en 1807 tuvo el Santo Oficio la mala inspiración
de dirigirse al célebre doctor en teología D. Juan Antonio Salcedo, cura
propio de San Ginés, para que le predicara el sermón del edicto.
Estaba la iglesia llena de gente; habían asistido, en clase de convida­
dos, las primeras dignidades de la corte, y el Tribunal, rodeado de sus fa­
miliares con los alguaciles á la espalda, llenaba el circo del templo, cuando
subió al pulpito el predicador, y dicho el Benedicite y puesto el tema, di­
rigiéndose al Tribunal exclamó:
»Tribunal bárbaro, Tribunal tenebroso, Tribunal impío, ¿cómo te atre­
ves á turbar la alegría de la iglesia?
»¿Por qué en un día en que sólo se oyen alegres antífonas, vienes tú á
fulminar maldiciones contra los hijos de esta indulgente Madre, que hoy
los reúne para regocijarse con ellos?
»¡Tú los reúnes también en este día, pero es para, apercibirlos con el
anatema!
»¡Bárbaro y fiero Tribunal!....
»Así, muy poderoso Señor (continuó diciendo el predicador), se expre­
san los impíos enemigos de la fe.»
Semejante apostrofe hizo estremecer á todos los oyentes, brincando
sobre sus asientos los familiares y mordiéndose los labios de coraje los
inquisidores.
Nadie creyó que semejante audacia quedara impune, y aun hubo quien
opinó por que debía restablecerse la abolida costumbre de los autos de fe
para mechar la carne del doctor Salcedo.
Pero este señor fué, por el contrario, llevado en triunfo á su casa por

AYER, HOY Y MAÑANA

341

algunos amigos, personas sensatas á quienes ya empezaba á sentar mal
la existencia del Santo Oficio.
Y fue tanto más oportuno el anatema que Salcedo dirigió al Tribunal,
cuanto que aquel año fue el último en que se predicó ese sermón, y á los
pocos meses (el 4 de diciembre de 1808) falleció á manos de Napoleón, en
Chamartín, el Santo Oficio, á los trescientos veinte años de edad.
Hasta entonces nadie filé osado á decir la verdad de lo que pasaba en
las mazmorras de la Inquisición.
Más tarde sus mismos prosélitos, la gente de la casa, nos han dado
anales cuya lectura estremece.
Al empezar este museo de ayer pensamos dedicar algunos lienzos á
la pintura de varios cuadros del Santo Oficio; ahora ni aun tenemos va­
lor para continuar el presente.
Entonces creimos que en la sociedad de la Fe ningún cuadro sería
más importante que el Tribunal de la Fe misma; pero á fuerza de pensar
en ello y de examinar algunos procesos de la Inquisición, nos hemos con­
vencido de que la fe se hubiera acabado si el Tribunal no se hubiera ex­
tinguido á tiempo.
Mientras perseguían y encarcelaban á un pobre físico porque estu­
diaba la chispa eléctrica ó la densidad de los gases ó las propiedades del
imán, permitían que un fraile de misa y olla anduviera de casa en casa,
revestido con la sobrepelliz y armado del hisopo y calderilla, sacando los
demonios del cuerpo á los poseídos.
La acusación que se le hacía al primero era la de tener pacto con el
diablo, delito de grueso calibre en aquella época, y que pagaron bien caro
muchos jugadores de manos y algunas viejas adivinadoras de la suerte
del prójimo por medio de la baraja.
De éstas se decía que tenían en su casa unas calderas, hermanas de
las de Pedro Botero, en las que hacían y guardaban el unto para volar,
montadas en la caña de una escoba.
Aseguraban los familiares haberlas visto cruzar el aire en las altas ho­
ras de la noche, y nunca faltaba quien añadiera que iban echando llamas
por todas las coyunturas de su cuerpo.
Si la bruja negaba, era tenida por contumaz, y á los delitos que la im­
putaban se añadía el de haber dado hechizos á tal ó cual señor, cosa en­
tonces muy admitida y muy corriente.
El hechizado era siempre sujeto de altas prendas metálicas, ni más ni
menos que los poseídos, porque el demonio se avenía mal á vivir en los
cuerpos de los pobres.
Siempre se trataba de algún primogénito, á quien por estar hechizado
ó poseído tenía que heredar en vida su hermano ó algún otro personaje,

342

ANTONIO FLORES

que tardaba en dejar el mundo después de haber testado á favor de tal
ó cual casa religiosa.
Pero el Tribunal no procedía de ligero, y antes de castigar á los acu­
sados de tener pacto con el diablo, hacía diferentes pruebas, como por
ejemplo: la señal de la cruz, ante la cual brincaban como saltamontes, ó
decirles al oído Jesús y se ponían pálidos como difuntos, y otros ensayos
por el estilo.
Si salían bien esas pruebas y el carcelero añadía que á deshora de la
noche había visto un resplandor de fuego verde y olido á azufre en el ca­
labozo del reo, ya se consideraba plenamente probado el delito, y cargado
de cadenas moría el reo en el calabozo, mientras le quemaban en efigie
con todas las solemnidades de costumbre.
Ultimamente, el Santo Oficio, que desde su origen de todo tuvo me­
nos de santo, se había ido convirtiendo en instrumento de venganzas
particulares.
Cansados los inquisidores de analizar la sangre de los castellanos,
sin hallar una sola gota de la de infieles, judíos ni moros (por más que
toda venga de una de las tres razas), se dieron á satisfacer sus propios
rencores calificando de faltas contra la fe cuanto podía ser contrario á
sus intereses.
Los matemáticos, los físicos y sobre todo los naturalistas eran el
blanco de sus iras.
Cuando no podían haber á las manos alguno de esos enemigos de la
fe, la tomaban con los libros y hacían famosos expurgos; llevándoles su
celo al extremo de que en los mismos ejemplares que quedaban archi­
vados en el Tribunal tachaban las proposiciones heréticas por miedo
que se tenían á sí propios.
Esos trabajos y otros por el estilo que traía consigo la santidad del
Oficio, hacían de los inquisidores las personas más importantes de la corte.
¡Un inquisidor en 1800! ¡Ahí es un grano de anís!
¡Figúrense ustedes lo que sería un inquisidor cuando el decano de la
grandeza española tenía á grande honra el titularse alguacil mayor ■per­
petuo del Santo Tribunal de la Inquisición!
Algunos al leer este cuadro dirán que con tales corchetes casi envi­
dian la suerte de las víctimas.
Nosotros, por el contrario, repetimos lo que un apreciable sacerdote y
literato que ha bajado al sepulcro recientemente, el cual, reconvenido por
haber sido individuo del Tribunal de la Inquisición, decía con mucha
gracia:
—No había más que hacer sino ser pollo ó cocinero, y yo preferí ser
cocinero.

AYER, HOY Y M A Ñ A N A

343

Hoy , por fortuna, y quiera Dios que siempre podamos decir lo mismo,
se puede ser pollo sin peligro de tropezar con el cocinero.
Los tribunales de la justicia ordinaria tomaron un aire de familia
con la Inquisición, y atormentaban á los reos sacándolos á la vergüenza,
para hacerles perder la poca que les quedaba, montados sobre un burro,
desnudos de medio cuerpo arriba, untados con miel y cubiertos de plu­
mas, y en esto consistía la pena de los desplumados.
Asimismo los sacaban á dar azotes por las calles y las plazas entre
los Cristos de las cofradías y los hermanos de la Caridad, dándoles el ver­
dugo tan despiadadamente, que rara vez volvían á la cárcel sin perder el
sentido.
O los condenaban á ser arrastrados hasta el lugar donde debían sufrir
el último suplicio, en cuyo caso la Paz y Caridad les hacía el obsequio
de suspender el serón en que iban metidos, haciendo la Justicia la vista
gorda por haber intervenido la Religión.
El reo, sin embargo, era ahorcado y descuartizado las más veces, man­
dándose colgar los cuartos en el teatro de sus crímenes, que por lo regu­
lar solían ser los caminos públicos; cosa que daba no poco espanto y mie­
do á los transeúntes.
Todas estas penas parecían una friolera á los que habían presenciado
los tormentos de la Inquisición en sus buenos tiempos; conque.... ¡ayú­
denme ustedes á sentir!
Más tarde, no^porque las repugnaba la época, pretexto que dan los
criminalistas, sino porque se ha visto que no producían los beneficiosos
efectos apetecidos, se han abolido todas las penas de sangre, menos la
capital.
En cuanto á la ineficacia del castigo de azotes y otras penas afrento­
sas que imponían los tribunales á principio de este siglo, el alarde que
hacían los reos de haberlas sufrido es la mejor prueba que podemos ofre­
cer á nuestros lectores.
Los gráficos personajes del célebre D. Ramón de la Cruz nos ofrecen
cien ejemplos de ello. Óiganse, si no, las palabras de aquel pillo, que pre­
sentando al juez sus compañeros, le dice:
«Esta es gente de prisapia,
y aunque probes, cada uno
tiene su honra en las espaldas.)}

Nunca, sin embargo, se llegó á hacer en nuestro país lo que h o y se
hace en otros, con objeto, al parecer, de arrancar á los criminales el últi­
mo resto de pudor.

344

ANTONIO FLORES

El autor de estos cuadros ha visto á los presidiarios barrer las calles
de Liorna en Toscana, vestidos de bayeta encarnada, verde ó amarilla,
según la condena, con el delito que estaban penando, por más vergonzoso
que fuera, escrito en gruesos caracteres sobre la espalda.
Y esto dicen algunos criminalistas que es curar el cuerpo social.
Los que no lo entienden dicen que es gangrenarle; hacerle una sangría
suelta.

CUADRO X LV

LOS T R A P I T O S DE CR IST IA N A R

Lo que tengo, que es poco, y lo que espero tener, que no es mucho
más, daría con gusto porque tú, lector, hubieses conocido á doña María
de la Paz Zarcillos, esposa de D. Juan de Dios Contreras, alcalde del Cri­
men y todo un señor de campanillas.
¡Si vieras qué mujer aquella tan buena para un barrido como para un
estrado, tan señora de su casa como enemiga de saber lo que pasaba en
la ajena, tan cuidadosa de sus hijos, tan sumisa al esposo, tan hacendosa
y tan ahorrativa!
No creas que se había casado sin saber enhebrar una aguja ni echar
un remiendo ni hacer unas sopas de ajo, sino que sabía despumar un pu­
chero y manejar una escoba, y hacer el panto pascual y el de sábana y
el de lomillo, y con media vuelta que ella diese en su casa ya estaba
todo listo.
¡Si la hubieras conocido, lector!.... Si, como yo, hubieses tenido la
honra de tratar á doña María de la Paz Zarcillos, me ahorraría la pena
de escribir este cuadro, y tú quedarías doblemente satisfecho.
Pero murió....(Dios la haya perdonado), y ya no puedes verla.
Habrás de contentarte con el retrato que yo hice de ella y que con­
servo como una reliquia preciosa de ayer en mi cartera de hoy .

346

ANTONIO FLORES

Mira bien dónde le guardas, porque si te le pillan los hombres de ma­
ñana , dirán que es una figura mitológica.
Aún me asoman las lágrimas á los ojos cuando recuerdo que no ha
mucho tiempo encontré en una prendería de esta corte un cuadro de pa­
pel picado en cuyo centro se leía esta estrofa:
«Al enlace de D. Juan
Y de doña María
Dedica esta fineza
Manuel García.»

Habíalo recogido el prendero en la almoneda que se hizo de los mue­
bles de D. Juan Contreras, á cuyo señor hizo el poeta García la fineza de
esos versos.
Nacida de padres cristianos, rancios y viejos, católicos á mazo y mar­
tillo y apostólicos á martillo y mazo, no alzó nunca doña María los ojos
del suelo para mirar á ningún hombre antes de cumplir los veinticinco
años.
Cuando vió al primero era ya su esposa.
La madre murió tranquila porque dejaba á su hija casada; el padre
hizo lo propio porque no halló forma de hacer que la naturaleza alterara
sus leyes, y doña María de la Paz, alcaldesa del Crimen, vivía feliz y con­
tenta con su esposo y dos hijos, y cuatro y cinco y seis, que éste fué el
máximum de su prole.
Pero no creas que, aunque eran grandecitos y ya el menor tenía seis
años, había en la casa ruido ni alboroto. Allí, como decía la madre, no se
oía una mosca, y con media voz que su merced les diera, bastaba para
que estuviesen temblando un año.
Habíalos criado á sus pechos, que no era ella mujer para menos, ni en
su tiempo se usaban los alifafes de necesitar amas de cría ni biberones
ni máquinas por el estilo.
Acostábalos al anochecer, después de rezar con ellos el rosario, y lue­
go, mientras su esposo jugaba al revesino con los amigos, ella se reunía
con las criadas para recoser las camisas y echar soletas á los calcetines,
explicándoles al mismo tiempo la doctrina cristiana.
Madrugaba la primera para sacar las llaves de debajo de la almoha­
da, despertaba á los criados, vestía á los chiquillos, cuidaba de que no se
hiciese con dos libras de carbón lo que podía cocer con libra y media, y
vigilaba de tal modo las haciendas de la casa, que con razón decía el al­
calde del Crimen que tenía una esposa que hacía de cada medio duro
uno.

A Y E R , HOY Y MAÑANA

347

Jamás se acostaba sin sacar los garbanzos y el chocolate y el aceite
y todo lo que había de necesitarse al día siguiente para el gasto de la
casa; y los sábados abría el baúl de la ropa blanca para sacar los juegos
de sábanas y la mantelería, y una camisa para el alcalde, que como liom*
bre de conciencia limpia, no necesitaba mudarse de camisa sino los domingos y alguna semana también el jueves.
Pero no creas, lector, que yo retraté á mi señora doña María de la
Paz en ninguno de esos días ordinarios, recosiendo la ropa ó midiendo
con una jicara los garbanzos, sino que me enamoró de tal modo verla un
sábado sacando la ropa limpia para la semana, que allí planté mi caba­
llete y extendí el lienzo.
Aunque por mi fortuna y por la tuya no era un sábado cualquiera, ni
la víspera de una festividad adocenada, sino nada menos que la víspera
del día del santo de su esposo.
Yo no sé cómo aquella pobre señora tenía piernas para tanto como
andaba zascandileando por la casa durante todo el día, y aun eso habría
sido lo de menos si el anterior no hubiese dado una vuelta á todos los
rincones, fregando los suelos, limpiando las paredes y sacudiendo todos
los trastos.
Pero todo era preciso, y por eso, después de haber pasado muchas ho­
ras en la cocina viendo pelar las gallinas y haciendo los consabidos pla­
tos de leche, dijo á la criada:
— ¡Ea! Alúmbrame, que vamos á sacar la ropa.
— ¡Yo no sé cómo tiene su merced cuerpo para tanto! —repuso la don­
cella.
— ¡Y qué se ha de hacer! Es preciso— dijo doña María abriendo uno de
los baúles.— Si lo dejo para mañana, es cosa perdida. Por temprano que nos
levantemos, todas no hemos de ir á misa á la vez, alguien se ha de que­
dar en casa; el amo va á confesar porque son sus días, y yo con vestir á
los niños tengo ocupación para un rato. Luego empiezan á venir las visi­
tas y ya no se puede hacer nada.
— ¿Se va su merced á poner la basquiña de sarga?— dijo la criada.
— ¡Pues no, que no!— contestó la señora.— Y la paletina y el airón de
flores á la cabeza, y los zapatos del peneque.
— ¿Conque todos los trapitos de cristianar?
— ¡Mucho que sí! San Juan no viene más que una vez al año; y si fue­
ran mis días, era otra cosa; pero son los del amo, y ¡qué dirían las gentes
si no me vieran muy entoldada! Creerían, con razón, que no hacía caso de
mi esposo.
— Por supuesto que hace usted bien, señora; pero á mí me gusta más
la bata de ay Lija.

348

ANTONIO FLORES

— ¡Qué sabes tú de esas cosas!— dijo doña María riendo.—Mañana es día
de echarse el cofre á cuestas.
Y sin hacer caso de lo que decía la criada, siguió sacando del cofre
una multitud de prendas de vestir que allí estaban, algunas desde el día
del Corpus y las más desde el Domingo de Ramos.
Preparó todo el equipo del alcalde y el de cada uno de los niños, des­
de la camisa hasta los zapatos, sin cesar de repetir mientras desdoblaba
las prendas:
— Ten cuidado con el velón, muchacha; mira que si se te escurre y cae
una candilada de aceite se nos aguó la fiesta. Ya sabes que más quiero un
rasgón que una mancha.
Después que hubo concluido de sacar toda la ropa de los diferentes
baúles en que estaban la blanca, la de color, la de seda y la de paño, toda
entre pimienta, membrillo, palo de enhebro y raíz de lirio de Florencia,
se dirigió á una arca de tres llaves.
— ¡Aquí está lo bueno!— dijo la criada.
— Todo ello vale bien poco— contestó doña María sonriendo.
— Ya me contentaría yo con la mitad— dijo la criada.
— Sí, pero eso no quita para que sea cierto que yo podría tener mu­
chas más alhajas, porque tu amo siempre me quiere hacer regalos.
— Mal gusto tiene su merced en no admitirlos.
— ¿Y para qué?
— ¡Toma! Para estar maja como la vecina, que todos la nombran la petimetra.
— Si yo quisiera vestirme, aún tengo algo que ponerme. Mira qué ade­
rezo.
— ¡Qué hermoso!— exclamó la criada.— Este es el que llevó su merced
el Jueves Santo.
— El mismo, sólo que no me puse el collar ni el lazo, sino el peto y el
excusalí.
— ¿Y estas manillas?— preguntó la criada.
— Son las compañeras del aderezo; tengo sortijas iguales y arracadas
y hasta una caja de tabaco guarnecida con las mismas piedras y una
frasquera.
— Si lo tuviera la vecina, de seguro que se lo pondría todos los días
para ir al paseo.
— Haría mal, porque estas cosas no son para diario. En cuanto una se
las pone ya no puede moverse ni salir de la sala. Yo mañana en ti fío,
que tendrás cuidado de todo. Mira que no se te olvide nada: que apenas
entren las visitas vengáis á la sala, tú ó la otra, con la bandeja de los
bizcochos y la botella de vino. Tened cuidado de no llenar mucho las co-

A YE R , HOY Y MAÑANA

349

pas, porque se vierten y parece cosa de taberna. De ia cocina no te digo
nada.
— Descuide su merced, que todo estará listo.
— Que no me hagas quemarme la sangre y andar haciendo señas: ya
sabes quién viene á comer....Conque no te digo más. Por Dios, te pido
que no me cambies el orden de los platos, y no aturdirse al servicio; ven­
drán á ayudaros las muchachas de casa de mi tía, y así hay gente de
sobra.
— ¿Se sienta alguno de los niños á la mesa?
— No tal; todos los de casa y los de mi hermana comen en la camilla
pequeña. ¿No te acuerdas de otros años?
— Sí, señora; pero como Pepito cuando cumplió trece años le pidió al
señor que le dejase sentar á la mesa el día de San Juan, creí....
— No sé lo que dispondrá su padre; luego se lo preguntaré—dijo doña
María.
Y siguió sacando del arca las hebillas de oro para los zapatos del mari­
do, la caña de Indias con el puño de oro, las cadenillas de los relojes, un
rosario estrellado engarzado en plata, el abanico del empedrado y otras
alhajas que sería prolijo enumerar.
Alzóse por fin del suelo, no sin gran trabajo por el mucho tiempo que
había estado con una rodilla en tierra, encorvada sobre el baúl, y después
de colocar minuciosamente todas las prendas sobre las diferentes sillas
que tenía preparadas, se volvió á la criada y le dijo:
— ¡Ea! Yete á acostar y cuidado con lo que te he dicho; apenas te llame
te vistes; y lo primero, á oir un par de misas; pero no vayas á la Merced,
que suelen ser pesadas; vete á Jesús y de camino te traes unos bollos.
Dile al lego que está en el despacho que son para casa, que te los dé
tiernos; y en cuanto vengas te pones á hacer el chocolate con leche, ¿en­
tiendes?, con leche, y á preparar la comida.
— Está muy bien— contestó la criada.
— A la otra— repuso el ama— dila que saque agua del pozo y que rie­
gue bien la escalera y la antesala. Y que le diga al zapatero del portal que
cuide de que no se ensucien los perros.
— Mañana es fiesta y no trabaja.
— Ya lo sé; pero que se lo diga para que dé una vuelta, que se le dará
un trago.
Con esto se fue á recoger la criada.
El ama se retiró á su alcoba, no sin pasar primero por la inmediata,
donde dormían los dos hijos mayores, que al verla llegar se incorporaron
en la cama, diciendo:
— ¿Es ya de día?

250

ANTONIO FLORES

—No tal—contestó la madre incomodada.—Due'rmanse ustedes.
—No podemos dormir—dijeron los chicos.
—Pues estarse callando—replicó doña María.
Y entre dientes añadió:
—Es natural
¡Angelitos!..., Lo mismo hacía yo cuando tenía su edad.
Están pensando en el traje que se han de poner mañana. ¡Bendito sea
Dios que nos da lo bastante para no carecer de estos goces!

CUADRO XLVI

LOS C U A R T E L E S DE L A SAN G RE AZU L Ó L A E SPA Ñ A
EN CU ARTER O N ES

Eran pocos, llegaron los primeros y se repartieron el mundo como les
dió la gana.
Esta es la verdad, y ríanse ustedes de cuanto digan Montesquieu y
Tierry y Sismondi y Robertson y el mismo Guizot y cuantos han escrito
acerca del feudalismo, incluso nuestro compatriota Sampere.
Tontos habrían sido los que estando nacidos y criados se fuesen á
acordar de los que estaban por criar y aun por nacer.
Ellos llegaron, vieron la tierra, les pareció hermosa, la partieron en
cuarterones, tomó cada cual el suyo y punto concluido.
Los que vinieron más tarde se quejaron del reparto, y uniéndose alter­
nativamente al monarca y al clero, trataron de deshacer las partijas feu­
dales.
No tardaron mucho tiempo en dar al traste con los pequeños señores,
pero robusteciendo al señor mayor, que volvió á partir la tierra en cuar­
tos, inventando la sangre azul por medio de las vinculaciones.
Así quedó el pueblo otra vez lo mismo, sonando con la igualdad y
despertando en la servidumbre de la monarquía, de la teocracia ó de la
aristocracia.
Cansado de luchas estériles veía llegar un día y otro la hora de comer,

352

A N TO N IO

PLO RES

sin tener un bocado de pan que llevar á la boca, y se resignó á trabajar
para roer el mendrugo que le arrojaban de la mesa de sus señores.
Desde entonces, siempre que le ocurre pensar en la igualdad se en­
coge de hombros y recuerda estos versos de Jorge Manrique:
«Nuestras vidas son los ríos
Que van á dar en la mar,
Que es el morir;
Allí van los señoríos
Derechos á se acabar
Y consumir.
Allí los ríos caudales,
A llí los otros medianos
Y más chicos;
Allegados, son iguales
Los que viven de sus manos
Y los ricos.»

Espera con resignación el juicio final, que ha de igualar los nobles con
los plebeyos, y ve mientras tanto vinculada la fortuna en las familias de
aquellos que ó cuentan mil doscientos cincuenta y ocho progenitores
(que es la friolera de abuelos décimos que exigía la Inquisición para hacer
la lejía de la sangre), ó tuvieron antepasados de más puños que los suyos.
Porque el feudalismo y sus derivados no ha sido ni pudo dejar de ser
otra cosa que cuestión de fuerza.
La aristocracia y el pueblo son dos galgos que, sujetos por un mismo
collar, andan siempre tirando en distintas direcciones sin adelantar un
solo paso en el verdadero camino.
Las que hasta aquí van dichas y otras semejantes atrevidas razones
que dejo por decir eran las que daba un pollo de 1800 á su abuela al dis­
currir con ella sobre los caprichos de la fortuna.
— ¿Qué razón de justicia hay, abuela— le decía el mozuelo— para que
nosotros seamos tan pobres y ese señor de enfrente sea duque y tenga
tantos coches, y tantos lacayos y tanto poderío?
— Que su padre le dejó todas esas rentas— le contestó la abuela.
— ¿Y quién se las dió á su padre?— preguntó el joven.
— Él, que las tenía.
— ¿Y de dónde le vinieron?
— ¿Qué se yo? — dijo la abuela aturdida.— Dejemos esas cosas y no
te metas en filosofías que no entiendes.
— Si esto no es filosofía, abuela; sino que yo quisiera saber por qué no
somos iguales todos los hombres.
— ¿Por qué no lo son los dedos de la mano?—replicó la abuela satisfecha
del símil.

353

AYER, HOY Y MAÑANA

Y el pollo se dio á reir diciendo:
— Son ustedes unas pobres gentes; ya lo arreglaremos nosotros de otra
manera cuando seamos mayores.
— Calla, hijo, calla— dijo la abuela asustada;— que si tu padre te oye
te va á poner una mordaza. Todo eso lo aprendes en la librería de la
viuda. ¡Bien dice el señor cura de San Marcos, que de las tertulias de las
librerías nos van á venir muchos males!
Fiado el muchacho en el cariño que le tenía su abuela, no calló, sino
que siguió ensartando otra porción de razones como las que hemos copia­
do al principio de este cuadro; y por último, viendo que sus teorías no
producían efecto, le dirigió algunos argumentos ad hominem ó ad mulierem, y le dijo:
— ¡Bueno es que nosotros apenas tenemos lo bastante para comer, y el
señor duque mantiene doscientas muías de tiro y cien caballos de silla y
cincuenta galgos para la caza y esa caterva de criados que son una cua­
drilla de gandules!
—No hables así, muchacho, que algún día te pesará.
— Que me pesará....¿Y por que?
— Porque sí; calla y haz lo que tu padre te dice.
— Aunque me muriera de hambre no querría ser paje del duque.
— ¿Y por que no? Pues ojalá se consiga.
—Lo sentiría.
— ¿Pero darías gusto á tu padre?
— ¿Y su merced me lo pregunta, abuela? Yo tengo acá mi modo de pen­
sar, pero siempre haré lo que sus mercedes me manden.
— ¡Hijo de mi vida!— exclamó la abuela.
Y cubriéndole de besos y de abrazos, le dijo:
— ¡Mira, no hagas caso de lo que oigas en las librerías, que todos los
que van allí son una cuadrilla de envidiosos y de gente mala, pervertida
por las máximas de los flamasones franceses! ¡Para qué quieres tu más si
logras entrar al servicio del señor duque y sabes llevarle el genio! Si no
te gusta seguir al lado de S. E., cuando tengas confianza y le veas un día
de buen humor le pides una administración fuera de Madrid.
— Eso es otra cosa— dijo el muchacho;— ¡pero las administraciones de
los grandes de España tienen tantos golosos!
— ¿Y á ti qué te importa? Tú la pides, y si te la dan te ríes de todos.
Como le llegues á caer en gracia, verás qué vida te pasas. Procura agra­
dar á S. E. la duquesa, no seas corto de genio ni encogido, dile algunas
gracias y verás qué suerte haces. Esas casas son como los palacios de los
reyes: el que está en favor y no se aprovecha es un tonto. ¡Oh! Si haces
caso de mis consejos subirás como la espuma.
T omo I

23

034

ANTONIO FLORES

— Lo que yo quiero es una administración; á buen seguro que no haré
lo que el tonto que estuvo aquí el otro día, que se viene á Madrid tan
fresco á decir que se hunden los graneros por el mucho grano que han
encerrado en ellos y á que le digan lo que ha de hacer del dinero, porque
ya no cabe en las arcas.
— Y será verdad— replicó la abuela.
— Ya se ve que sí; como que ese señor tiene media España por suya;
pero si yo fuera el administrador, ya le diría al duque lo que debe hacer
con el grano que le sobra y con el dinero que no cabe en el arca.
— Harías mal en meterte á dar consejos.
'—¿Por qué?
— Porque para medrar en esas casas, se lo oí decir muchas veces al di­
funto mayordomo del padre del duque actual (Dios le tenga en descanso),
no hay que hacer nada más que ser tonto ó parecerlo.
— ¿Conque para que estén contentos es preciso decirles á todo amén?
- S í.
— Pues si no tienen á su lado más que aduladores, no durarán mucho
los grandes de España.
— No lo creas tú, durarán hasta el fin del mundo. Yo siempre los he
conocido lo mismo. No sé qué clase de riqueza es la suya, que cuanto más
ladrones son los criados más crece la hacienda.
— Algún día se les acabará si no mudan de administradores.
— Podrá ser; pero yo no lo conoceré ni tú tampoco, y estoy por apos­
tar que ni tus hijos.
— Yo no quiero decir que sea este año ni el que viene cuando esto su­
ceda; pero sucederá, abuela, no tenga su merced duda; gastan demasiado.
— Valiente cosa es lo que hoy gastan ni el tren que tienen para lo que
cuentan los antiguos.
— ¿Vivían con más lujo que ahora?
— Así dicen; como que cada uno de ellos era un pequeño rey, y en
tiempo de las guerras cada grande mantenía un regimiento y daba dinero
al rey.
— Hacían bien, y si hoy hicieran otro tanto ya me parecería justo que
tuviesen unas rentas tan pingües.
— ¡Pero si ahora no hay guerras!
— ¿Y por qué no las hay?— preguntó el muchacho.
— Ni quiera Dios que las haya— replicó la abuela.
— Pues hace falta una muy grande para que estemos bien.
— Calla, no digas disparates.
— Sí: ¡disparate sería enseñarles un poco el diente á los ingleses y me­
ter un pie en Francia y recobrar sobre todo el Portugal, que es una mala

A YE R , HOY Y M AÑ ANA

355

vergüenza que tenga pretensiones de reino independiente esa provincia
de España!
— Ese garbanzo no se ha cocido en tu olla— dijo la abuela;— á muchos
hombres sabios les he oído decir lo mismo; pero ¡Jesús, María y José, no
quiera Dios que tengamos guerra con nadie! ¡Tú no sabes lo que es una
guerra!
El muchacho calló por no seguir asustando á su abuela, y pasados al­
gunos meses de la discusión que acabamos de referir entró al servicio del
duque, su vecino.
Observó fielmente los preceptos que le había dado su abuela, y aun­
que no se avino nunca á hacer el papel de bufón, y no medró por eso lo
que debiera, á los dos años de vestir la librea de los pajes le hicieron ca­
ballerizo de campo y murió sirviendo la plaza de caballerizo mayor, aun­
que jubilado en sus últimos días con el medio sueldo, casa y asistencia
de leña, médico, cirujano, botica y un plato diario de la mesa de los se­
ñores.
Casado, desde que le hicieron caballerizo, con la hija del mayordomo,
moderó sus instintos republicanos, y á los tres hijos que tuvo los dedicó
al servicio de la casa. Sin que esto último se haya podido saber nunca si
lo hizo por afición ó por obligación.
Era mal visto y acaso habría traído algún disgusto á los padres no
ofrecer al servicio del duque todos los varones que nacían en su casa, y
hasta las hembras debían quedarse allí de damas de la señora, de mozas
de retrete ó de ayas de los señoritos, si no preferían casarse, en cuyo caso
tampoco podían buscar marido fuera de la servidumbre de la casa; que
no era, y sentiría que lo hubiesen creído así los lectores, un edificio cual­
quiera, sino un pequeño palacio con todas las dependencias análogas á las
del de los reyes, de quienes eran entonces rivales los grandes de España,
por más que dentro de la casa real tuviesen á grande honor servir á Sus
Majestades los que en la suya eran servidos por doscientos ó más criados.
Pero la emulación llegaba hasta el punto de ser necesarios repetidos
bandos de la sala de Alcaldes para que los grandes de España moderasen
el lujo y redujeran sus trenes un punto menos que los del rey.
Y aun se cuenta, no sé con qué fundamento, que á Pajarito, el pelu­
quero de quien ya hemos hablado en otros cuadros y que tenía el honor
de peinar á S. M. la reina y á muchas señoras de la grandeza, le regaló
S. M. un reloj de gran precio por ciertos servicios que había prestado á
la real persona, y apenas lo supo una duquesa muy conocida en la corte
por su empeño en rivalizar con la reina, le preguntó qué hora era con ob­
jeto de que sacara el reloj. Hízolo orgulloso el peluquero, y la duquesa,
quitándoselo de la mano, le arrojó por el balcón, y dándole al propio

356

ANTONIO FLOUES

tiempo otro cle mucho más precio guarnecido de brillantes, le dijo:
«Toma, que no está bien que mi peluquero gaste relojes tan malos como
el que traías ahora.»
Cada casa de grande tenía en servicio diario catorce ó quince coches,
de ellos varios con destino al capellán, al confesor, al mayordomo, otro
para las damas y uno exclusivamente para recados ú oficios; haciendo
con los caballos de montar lo mismo que entonces se hacía en las caba­
llerizas reales: dejar que los sacasen á paseo los aficionados con sólo pre­
sentar un fiador, no de su honradez, que entonces aún no se había hecho
precisa esta clase de fianza, sino de su inteligencia en la equitación.
La obligación principal de todos los criados altos y bajos, lo mismo
los de escalera arriba que los de escalera abajo, era saber llevar el humor
de S. E. y de sus señorías los señoritos de la casa, y sobre todo del favo­
rito, porque como éste era el ojo derecho del amo, claro está que por allí
le entraba lo bueno y lo malo.
También en esto eran las repúblicas de la sangre azul un reflejo déla
corte de la sangre real; el privado era la aguja de marear para todos, in­
cluso el ayo de los primogénitos, que más se entretenía en mimar al pri­
vado que en educar al señor de la privanza.
Sin embargo, ninguno de éstos cumplía los diez años sin saber leer y
algunos escribían correctamente antes de casarse. No aprendían nada más,
porque no les hacía falta, según dijimos en el cuadro del mayorazgo.
Los sueldos de los empleados no eran muy crecidos; pero en cambio
eran tan menguados sus gastos particulares, que apenas tenían necesidad
de otra cosa que de vestirse, y aun para esto alcanzaban las gratificacio­
nes que en metálico recibían por Navidad y el día del santo de los duques
y cuando se casaba alguno de los señoritos y^n otras muchas solemnida­
des que ocurrían en. la casa.
Los criados que por su destino se sentaban á la mesa de fam ilia, claro
es que no tenían que pensar en poner el puchero; los otros, si acertaban á
llevarse bien con el jefe de la cocina y el de la repostería, tenían diaria­
mente á su disposición mejor mesa que la de Sancho Panza en las bodas
de Camacho.
Para tener la despensa provista de dulces les bastaba que la señora
diese á luz cada año un niño ó que hubiera alguna boda en la familia, y
por último, hasta en la muerte del amo cogían algo y aun algos con que
enjugarse las lágrimas. Amén de las mandas en dinero que á cada uno
dejaba el señor en su testamento, sin otra obligación que la de rezar por
su alma veinte ó treinta rosarios, les alcanzaba gran porción de ropas del
reparto general que se hacía de todas las que había usado S. E. y les da­
ban una cantidad metálica para lutos.

AYER, HOY Y MAÑANA

357

Y ya que sin pensarlo ni quererlo hemos tropezado con la hora pos­
trera de los personajes de la sangre azul, no terminaremos este cuadro
sin dar un brochazo acerca de los entierros de la grandeza, únicos que
entonces excitaban algo la atención del público á pesar de su modesto
aparato.
Colocado el féretro debajo de un dosel carmesí si el finado había lle­
vado título de duque, y negro si había tenido alguno de los otros títulos,
dábanle en ambos casos guardia de honor los alabarderos siempre que
fuera grande de España, y doce de sus lacayos le velaban con hachas de
cera.
Había en aquel mismo aposento tres ó cuatro altares, en los que se
celebraban varias misas, acudía el clero de la parroquia con cruz levan­
tada (cosa que luego solía levantar en alto al contador y al cajero) á can­
tar el responso, y lo mismo hacían las órdenes mendicantes.
La parroquia repetía su visita y su responso tres veces mientras estaba
el cadáver en la casa, y al anochecer, sin más aparato que veinte ó treinta
hachas que llevaban los lacayos, era conducido en hombros de los her­
manos de la venerable orden tercera de San Francisco (terceros que decía
el vulgo) y colocado en medio de la iglesia sobre una tumba pequeña con
veinte ó veinticuatro hachas alrededor.
Allí mismo y de cuerpo presente, sin más orquesta que un bajón ni
más voces que el elocuente canto llano, le celebraban un funeral de pri­
mera clase, cuyo coste ascendía, según tarifa, á 3.500 reales. Pero esto se
repetía por espacio de nueve días, con lo que subía la cuenta á 31.500,
amén de los veinticinco doblones de la ofrenda, que esto iba por separa­
do, y del importe de las misas, que tampoco se sumaba junto, y las man­
das forzosas y otros nueve días si se enterraba en otra iglesia que no fuese
la parroquia, siendo en ellas la mitad el coste de los derechos.
Misas privadas se celebraban tantas, que era cosa de perder la cuenta,
y la mayor parte de los grandes dejaban mandadas crecidas sumas para
este objeto.
En el Carmen Calzado y Descalzo, en la capilla de la Soledad, pre­
vio el permiso de los condes de Corres, ó en la iglesia de los Mínimos, era
donde se solían enterrar los grandes de España, en la bóveda, ó en un se­
pulcro particular si eran patronos de alguna capilla.
En este último caso se libraban de ser trasladados al poco tiempo á
una de las dos fosas generales situadas fuera de la puerta de Fuencarral
y de Toledo. Porque hiciera poco ó mucho que se había dado sepultura al
cadáver, si estaban llenas todas las sepulturas se hacía lo que llamaban
la monda de la parroquia; y chicos y grandes, los de sangre azul y los
de sangre colorada, todos los restos humanos iban fuera. La monda pa-

358

ANTONIO FLORES

rroquial se anunciaba por pregón y carteles á las puertas de la iglesia, y
era un día de desolación para las gentes del barrio, que emigraban á las
casas de los amigos y no volvían á las suyas ni á la iglesia mondada hasta
pasado un mes ó más de la monda. Sin embargo, la mayor parte de los
grandes quedaban en las iglesias por tener en ellas panteones de familia,
y.... por lo que decía la abuela del pollo comunista al principio de este
cuadro: porque los dedos de la mano no son iguales, y punto redondo.

CUADRO XLVII

L A O R A T O R IA D EL P U L M Ó N Ó EL P Ú L P 1 T O EN 1800
Contra principia neganda,
fustibus est argüenda.

«Perdónenme ustedes, señores, porque en esta casa hay coche para
todos, hasta para ellas, menos para el predicador.... Sea ante todas las
cosas bendito y alabado el Santísimo Sacramento del Altar.»
Con estas palabras, en presencia de Jesús Sacramentado, en la real
capilla y asistiendo á la tribuna el rey Carlos IV, dio principio á su ser­
món en una de las mayores solemnidades de la Iglesia el padre fray Alejo
del Valle, observante franciscano del convento de Guadalajara.
Había venido á la corte llamado expresamente para predicar en la
real capilla, sin otro coche que el del santo fundador de su orden, ó pedibus andando, como dice el vulgo, con su báculo y su alforja al hombro.
I)e hospedería en hospedería llegó á Madrid, y alojado en el convento de
San Francisco, salió de allí para la real capilla, adonde entró cubierto de
nieve. Quitóse la capilla del hábito, según costumbre, y antes de colgarla
sobre el rico paño de glasé de oro que cubría el púlpito, la sacudió sobre
los gentiles-hombres de S. M., capellanes de honor y otras personas de dis­
tinción que había en el circo, y al rociarles de agua les dijo las palabras
que acabamos de copiar. Tenía el humilde franciscano mucho favor en la
corte y su indirecta no le acarreó los disgustos que temieron sus apasio­
nados; antes por el contrario, S. M. dió orden para que siempre que hubiese
sermón en la capilla se pusiera un coche á disposición del predicador.
En cuanto á la genialidad de fray Alejo, que genialidades se llamaban

360

ANTONIO FLORES

esas licencias oratorias, fue muy aplaudida por todos los frailes y aun por
muchos grandes señores, ansiando todos el momento de salir de la igle­
sia para ir á contar lo ocurrido en el sermón. Sin las circunstancias espe­
ciales que concurrieron en esta ocasión, no habríamos citado la famosa
salutación del padre Alejo, que no era en verdad un orador adocenado;
otras más curiosas y más inconvenientes y menos dignas de la cátedra del
Evangelio pudiéramos recordar si fuera el principal objeto de este cuadro
hablar de esos arranques oratorios que tan comunes eran en el púlpito
de 1800. Era achaque ordinario en los famosos predicadores del siglo pa­
sado y principios del presente el comenzar un discurso* sagrado con una
filípica profana, las más veces contra determinadas personas, interrum­
piendo no pocas la oración con igual objeto, y aun recurriendo á estos ar­
dides cuando perdían el hilo del discurso.
—¡Ay, qué vergüenza, padre!—le decía después de acabado el sermón
una mujer que entraba en la sacristía con muchas otras á besarle la
mano.—Me ha hecho su paternidad poner colorada.
—¿Y por qué?—le preguntaba el fraile riendo.
—¿Por qué ha de ser? Por aquello que me dijo su reverendísima de que
yo era la mujer deshonesta que venía á profanar el templo y á quitar la
devoción á los fieles.
—¿Eras tú la que estabas enfrente del púlpito?
—Yo era, y todas las gentes me miraron....¡Jesús, Dios mío! En mi
vida he pasado mayor vergüenza. ¿Por qué dice su paternidad esas cosas?
—Porque se me fué el santo al cielo....Perdí el hilo del sermón, y mien­
tras le volvía á pillar dije lo primero que me vino á la boca.
—Ya; pero las gentes no se hacen cargo de eso y cada cual piensa lo
que más le acomoda. Siempre tengo yo desgracia. No le sucede así á mi
vecina, que á pesar de ser tan mala y tan provocativa, el otro día cuando
hablaba su reverendísima de la Samaritana y se dirigía sin cesar á ella
diciéndole tú eres la buena....tú eres la santa, me daban ganas de con­
testar: no, padre, será la otra, porque ésta es muy mala mujer.
! El predicador se quedaba riendo, cobraba los cinco ó seis reales que era
/ el precio ordinario de los sermones, amén del vaso de vino y el cuarterón
de bizcochos y un plato de leche si predicaba en convento de monjas.
Las anécdotas y los cuentos salían á borbotones de los labios del pre­
dicador, que con la mejor buena fe y la omnímoda libertad de que gozaba
en el púlpito, no solía reparar en pequeñeces de estilo ni en otras faltas
de más trascendencia. Bastaba que el cuento naturalmente ó traído, como
suele decirse, por los cabellos, se ajustara al tema del sermón para que le
encajara al auditorio, sin cuidarse ni poco ni mucho de la forma en que
' le había aprendido y que era la misma en que le contaba.

AYER, HOY Y MAÑANA

361

El menos á propósito para esa clase de digresiones era el tema de la
Pasión de Jesucristo, y sin embargo, solía ser el más fecundo en chasca­
rrillos y en comparaciones profanas.
Había en esta clase de oratoria mixta, y para la cual podía decirse que
los predicadores tomaban al pie de la letra el utile dulce de Horacio, es­
pecialidades famosas, de cuya elocuente vena podríamos citar muchos
trozos; pero no es este el propósito del cuadro presente y los omitimos.
Referiremos únicamente el cuento que un fraile franciscano encajó á su
auditorio, predicándoles de la pasión y muerte del Redentor.
«Ya veo, pecadores—les decía,—ya veo que gemís y lloráis; pero no me
fío de vuestro llanto ni de vuestras gimoteaduras, gazmoños, más que gaz­
moños, y he de seguir predicando hasta que las echéis como puños, por­
que esas lágrimas que ahora derramáis son falsas como vuestros corazo­
nes y engañosas como las del cocodrilo. Yo no puedo deciros lo que aquel
predicador portugués dijo á su auditorio, no; porque él predicaba á un
rebaño de ovejitas y vosotros sois una manada de lobos y de panteras.
Pero diréis ahora: «¿Y qué fué lo que dijo el predicador portugués? ¿Qué
fué ello?» Pues os lo voy contar—dijo, y cambiando el tono del discurso
y bajando la voz, añadió:
»Pues, señor, habéis de saber que este era un fraile portugués que
predicaba de la Pasión de Cristo, y sucedió lo que sucede siempre que
se predica de eso, que lloraba el auditorio. Yo hace veinticinco años que
predico la Pasión y siempre he hecho llorar á las mujeres á moco tendido.
Pues como iba diciendo, viendo el predicador que lloraban las mujeres y
siendo él un frailón bonachón y compasivo, les dijo: Naon choréis meninas,
pois isto ha muito tempo que he pasado, époderia ser que fosse mentira.
»No me atrevo yo, pecadores, continuó el fraile volviendo á gritar, no
me atrevo yo á deciros lo mismo. Llorad, llorad, que vuestros pecados no
son mentira, porque no hace mucho tiempo que habéis pecado; pecasteis
anteayer, ayer y hoy y vais á pecar mañana. Pero ¡qué digo mañana.... si
estáis pecando ahora mismo!.... Yo os veo pecar dentro del santo tem­
plo....Pero andad y buen provecho os haga, que pronto vendréis á con­
fesaros y entonces veremos quién lleva el gato al agua.»
Esta oratoria, salpicada de infinitos textos latinos, era en general la elo­
cuencia sagrada en 1800. Entregado el pùlpito á frailes de instrucción esca­
sa, habían estragado de tal modo el gusto de los fieles, que se oía con indife«
renda y hasta con desagrado á los pocos oradores elocuentes de la época,
Pero aun esa oratoria ridicula que hemos mencionado no era la ver­
daderamente popular, y los templos donde predicaba un sacerdote de más
ó menos instrucción, pero comedido y templado en sus formas, se queda­
ban desiertos cuando se sabía que en otra iglesia ó en medio de una plaza

3G2

ANTONIO FLORES

predicaba algún fraile de pulmones, capaz de aterrar con solo un grito á
una docena ó docena y media de pecadores.
El pùlpito ambulante que el fraile Gilito solía plantar en medio de la
Red de San Luis ó de la plaza de la Cebada era el que trabajaba de con­
suno con los saetistas de la hermandad de la Esperanza para apartar á las
gentes del pecado mortal. Cuanto más el fraile gritaba, más decía la vieja
que tenía pico de oro, y á fuerza de arremangarse los brazos, de mano­
tear y de dar puñadas sobre el pulpito, lograba arrancar gruesas lágrimas
á las gentes que se agolpaban á oir el sermón.
Desde el momento en que se fijaba el pùlpito en medio de la plaza, se
suspendía el tránsito de carruajes, abandonaban los aguadores sus amadas
cubas, cerraban los mercaderes sus tiendas, dejaban las verduleras sus mer­
cancías y corrían todos á escuchar la divina palabra de boca del misionero.
El pùlpito de madera que se solía poner en la Puerta del Sol se guar­
daba en el convento de la Victoria y era el que había servido para el úl­
timo auto de fe. Estos frailes tenían una memoria ó censo sobre ciertas
casas de Madrid, con obligación por su parte de echar (así decía la memo­
ria) un sermón los viernes de Cuaresma en la Puerta del Sol, delante de
la taberna que hoy existe aún en la esquina de la calle de la Montera.
La costumbre de predicar en las plazas era tan general, que aun en
tiempo de ferias y cuando se celebraba en la plaza de la Cebada se ponía
el pùlpito ambulante.
Así lo confirma la siguiente quintilla que recordamos haber leído en
una pintura de la feria de Madrid, inserta en un diario de aquella epoca.
«Hay, porque el vicio se ahuyente,
un predicador dispuesto
á que su doctrina aliente,
y aunque hay allí tanta gente,
es predicar en desierto.»

Al principio del sermón nadie lloraba; antes de llegar á la mitad ya
se oían algunos sollozos; pero cuando el fraile sacaba el crucifijo, todos
caían de rodillas llorando á más no poder.
Las personas santas y verdaderamente religiosas clamaban ya enton­
ces por que se prohibieran esas pláticas en sitios en que no bastaba toda
la vigilancia de la autoridad civil para evitar algunas irreverencias, y pe­
dían que las misiones se celebrasen dentro de las iglesias; pero el pueblo
tenía demasiado arraigada esa costumbre y nada consiguieron. Por otra
parte contribuían á fomentarla las mismas órdenes religiosas que tenían
ese privilegio, del cual abusaron algunos de sus individuos de una mane­
ra muy poco conforme con la dulzura y con la santidad de las predica-

AYER, HOY Y MAÑANA

3C3

ciones que el divino maestro hacía á sus discípulos. Pero á pesar de lo que
dejamos dicho y de cuanto el lectdr pueda adivinar que callamos acerca
de la ridicula oratoria del pulmón, el buen espíritu de aquella sociedad
creyente y sincera se mantuvo fiel á las tradiciones religiosas y á los pre­
ceptos evangélicos, tan lastimosamente parafraseados por sus apóstoles.
Mientras el fraile cándido y sencillo y cargado con más ignorancia de
la que le cabía en la capilla, viendo que el auditorio se le distraía por
seguir á un polichinela que pasaba por la calle inmediata, decía á gritos,
enseñando el crucifijo, «venid, pecadores, venid, que éste es el verdadero
pru ch in ela ,» á nadie le ocurría reirse de aquella indigna sandez; más
tarde ha sido cuando la verdadera religión ha recogido el fruto de seme­
jantes desaciertos. El pulpito en poder de algunos frailes ignorantes en­
tibió algún tanto la fe de los fieles. ¡Aquella fe, con la que los hombres de
tantos siglos acometieron empresas cuya gloria no morirá nunca!
Los abusos en la cátedra del Evangelio trascendieron á otras prácticas
religiosas, y e n las procesiones se veía á diario confirmada esta verdad.
A las irreverencias que ocasionaban esas ceremonias contribuían no
poco las cofradías de los gremios. Cuando el Miércoles Santo salía por las
calles la procesión de los cabreros, en la que iban éstos vestidos con casaca
y chupa, gritaban las gentes /arre, cabra! y otras provocaciones por el
estilo, á que contestaban con una desvergüenza los aludidos cofrades.
Pero todo, repetimos, era hijo de la patriarcal y sencilla buena fe de
entonces, en prueba de la cual terminamos este cuadro con el sermón que
á mediados del pasado siglo predicó el cura de Ciézar; sermón que revela
las escasas luces del predicador, pero que es un testimonio del lenguaje
familiar que usaban algunos oradores sagrados, y que con razón hizo ex­
clamar al obispo de Orihuela: «Si muere este buen cura sin arrepentirse
de lo que ha predicado, se nos aumenta el rezo el día de los Inocentes.»
«Pasio D o m in i nostri Jesu Christi. Esta noche, fieles míos, esta no­
che, hijos de María, espero que os habéis de consumir en lloros, como yo
lo he hecho hoy leyendo lo que pasó Jesús Nazareno en su sagrada pasión,
hace ahora 1741 años sin quitar ni poner nada. Es cosa que os habéis de
pasmar de oir los azotes que le dieron, las puñadas, los tirones de cabe­
llos, las voces que le daban y las cosas que le decían; pues á este fin ha­
bréis advertido que ha más de ocho días que no salgo de mi casa sino á
la tienda en que tiene Ginés el libro que dice todo esto yen donde yo he
compuesto este sermón que os tengo de predicar esta noche, y lo que
siento es que los muchachos le hayan quitado al libro más de cuarenta
hojas, por ser Manuela una descuidada. Y aun me dijo el Domingo de
Ramos: «Señor cura, si hubiese sentido su merced lo que leía mi Ginés
al comienzo del libro cuando nos casamos, se hubiera pasmado » Miren

364

ANTONIO FLORES

qué tonta de dejarlo, sino haberlo tenido en un arca bien alzado; no lo
hace así con la saya de Dragóle y el júbón de Salamanca, que lo guarda
como oro en paño. Pasio Domini nostri Jesu Christi.
»Cuenta el P. Ladislao, que es el autor de este libro, que cuando Je­
sús Nazareno conoció que iban de mala fe los que mandaban entre los
judíos, que á uno de ellos le llamaban Pilatos, indigno de que se le nombre
en el credo, porque dicen que era hombre de mala vida; al otro le decían
Caifas, que ahora le mudan el nombre en el libro que le doy lección á mi
sobrino, y le ponen Gaiferos, un hombre sin alma, un picaro guillotrón
sin honra ni vergüenza, lo mismo que el matrimonio Anás y Herodes,
que eran muy malos cristianos. Estos son los que crucificaron é hicieron
morir de mala muerte á ese que veis ahí enclavado y hecho una desdicha
á puros golpes y azotes. ¡Pero qué se podía esperar de una gente que no
oía una misa ni rezaba un rosario, amigos de comer y beber á costa de
los pobres! Lo que ahora oiréis contar del alcalde mayor de Ciézar, que
por una quimerilla de fritas y asadas que no importa un puñado de alca­
parras, así pide los cincuenta y sesenta reales como paja; y si no, miren
lo que le ha sucedido al suegro de mi hermano Vicente, que porque san­
gró los asnicos en la esquina de la plaza, le dijo: «Vengan cuatro ducados
y cinco reales para el ministro.» Pasio Domini nostri Jesu Christi.
»Vamos á lo que vamos y á la Pasión, que yo en acordándome de es­
tas cosas, y que los cuatro ducados se me han pegado en las costillas, me
pongo hecho un borracho y no sé lo que me digo, y hablaré más dispara­
tes que el demonio. ¡Jesús sea con nosotros todos! Había en aquel lugar
donde estaba el Señor y los judíos un tal huerto Gethsemaní, lo mismo
que aquí decís el huerto del Cura, el huerto de Guillermo ó el del mar­
qués de Beniel; pues como digo, recelándose Jesús de alguna vileza de
aquellos malvados, fué á llorar y á hacer oración al tal huerto, ¡nunca
que hubiera entrado!; entonces un picarote desagradecido, llamado Judas,
tejedor (que por eso me sabe mal que el síndico haya puesto á su hijo
Pascualito á ese oficio), era un pobre diablo que nadie hacía caso de él.
Pues como vamos diciendo, y por haberle dado entrada en su casa á Jesús
el tal Judas con una mala intención como la del alcalde mayor de Ciézar
y casi tan ladrón como él, ajustó con los judíos que les entregaría á Jesús
como le dieran treinta dineros ó reales de plata (porque yo siempre he
oído decir que eran de plata, y por eso digo que no serían dineros). Pero
vamos ahora: dime, Judas ladrón, más que ladrón, ¿qué te hizo Jesús para
que le vendas y agarres el dinero? Pero ¡anda, que no te arriendo la ganan­
cia, poco provecho te hará el dinero!
»Yo creo, oyentes míos, que Judas y el alcalde mayor de Ciézar los
dos han de morir de mala muerte, y no tendrá éste una hora buena como

AYER, HOY Y MAÑANA

365

no me devuelva los cuatro ducados. Fueron los sayones una gente horro­
rosa, y se agarraron de este que veis muerto y le ataron con sogas, y á
tirones le llevaban por todas las calles y plazas y á las casas de los que
mandaban, y le sentenciaron á muerte, y al instante le pusieron una cruz
á cuestas muy pesada, y yo he pensado muchas veces que esta cruz seria
de regalicia, porque en medio del breviario, tratando de la Pasión, dice:
dulce lignum , que quiere decir de leña dulce. Se me ha olvidado decir
antes de lo de la cruz, que le dieron muchos azotes y puñadas á nues­
tro amado Jesús, y como dice el sagrado texto por boca de San Pascual
Bailón: ¿Quid est homo qui non ploret? No hacía más que llorar. Despue's
le llevaron al monte con la cruz á cuestas, aquí caigo, allí me levanto, y
ya, cuando Dios quiso, llegó al monte donde le habían de crucificar. Allí
dicen que se movió tal gritería que no se entendían: porque allí había
franceses, portugueses, italianos, moros, judíos, y á no ser porque han
pasado tantos años, dijera que también había estado el alcalde deCiézar,
y que había sido el peor de todos, porque es un perro ladrón que no hace
más que judiadas. ¡Vean ustedes qué motivo para sacar los cuatro duca­
dos! No más que no podré hacerme un balandrán para este verano, y saben
todos que lo voy pasando á puro de remiendos que le va echando ese
sastre que viene de Murcia, que por mal nombre le llaman Calenturas, y
Frasquita la del herrero, que tiene manos para todo, y es lástima que no
le salga un buen novio, porque es buena chica, y al que se case con ella
le tengo de dar mis viñas y secanos arrendados.
»No quisiera ser molesto; pero en este sermón no se puede dejar una
palabra, pues Jueves Santo no hay más que uno al año; y si este año te­
néis fortuna de que esté yo aquí, y os predico un sermón de tanta habili­
dad y tan claro, otro año tendréis un tonto que todo serán latines y ma­
jaderías, ya habéis visto los pocos que he predicado, y es que nunca me
ha gustado que me turben, y en perdiéndose el hilo del sermón, bolo.
»No sé qué me daría para que supiera el señor provisor lo bien que
lo he hecho y lo contentos que están del sermón para que no me diga
cada vez que voy á Murcia que soy un idiota ignorante y que me ha de
quitar la misa y me ha de poner en capuchinos: esto no es porque me
quiera mal, sino que en dándole la melancolía, pega con todos; pero ago­
ra ya le entiendo yo las vueltas, porque el paje es muy amigo mío y me
dice que si él pudiera me había de hacer obispo.
»También fueron contra Jesús Nazareno una cuadrilla de picarones
que se llamaban baldones. Vosotros no sabréis quiénes son éstos. Pues
bien: ¿habéis oído cantar á los ciegos de Murcia en la Pasión de Jesús
muerte y baldones? Pues esos son, y de este linaje es D. Diego Yabaldán,
alcalde mayor de Ciézar, que no me lo puedo quitar de la cabeza, y me

366

ANTONIO FLORES

estimaría más que lo tiraran á presidio que ser cura de Alcantarilla.
»Allí enclavaron al Señor, como lo veis en esa cruz, y no contentos con
eso fué un soldado que le decían Marco y le dio una bofetada; fué otro lla­
mado Longinos y, como dice el texto, desde lejos le tiró una lanzada; pero
lo que más sintió el Señor fué contemplar la ingratitud de los hombres:
por eso sólo se entristeció tanto que con ser tan pacífico, sin poderlo re­
mediar, dijo: Ad Dominum cum tribulatione clamavi. Ahora discurro
yo que nuestro buen Jesús volvió el rostro á los judíos, como dice el rezo
de ayer, quid retribuam Domino, y dijo ó diría: «Esa mujer que veis tan
llorosa es mi madre, cuidado con agraviarla, pues hasta aquí seremos
amigos;» bien merece que así se cuide de la que le dio el ser, y Dios se lo
premiará, y no como los hijos de María choquen, que por un quítame
las pajas ó por si fueron ó han de ir á las fiestas de Murcia riñen con to­
dos los de su casa y todo lo quieren llevar á tres de mal juego: no hemos
sido así los hombres doctos, ni hemos tenido soberbia. ¡Cuántas veces me
decía á mí mi padre que yo era un bestia, un borrico sin albarda y que
no rompería ningún púlpito, y por haberlo llevado con paciencia ha
querido Dios que, por empeño del Sr. D. Antonio de Rueda, me nom­
brase el provisor vuestro cura y dignísimo prelado, y es que ha conocido
mi sobresaliente determinación, como lo experimentáis en los entierros y
misas mayores y en algunos asuntos que sabe el señor alcalde!
»Marías, llorad: llorad, hijos míos, la muerte de Jesús, y aunque parece
que está muerto, bien ve lo que hacéis; y luego estará vivo, y los que os
compadezcáis, no caerá en saco roto, y los ingratos y rebeldes los casti­
gará con la pena eterna. Qaand mihi et vobis, etc.
»Advertencia.—Los que se hayan de azotar mañana, acudan antes de
las ocho, pues la procesión no espera á nadie; los que sepan cantar el
Miserere se pondrán al lado del padre Andrés, que yo tendré que ir detrás
con la reliquia del santo.—Otra.—Cuidado con acordarse de lo que ha
predicado el padre Andrés esta Cuaresma, que á algunos les parece que en
tocando á gloria tocan á pecar; pues guárdense de que yo lo sepa, que
perderemos las amistades.—Ave María Purísima.»
Ya comprenderá el lector que el obispo de la diócesis no se contentó
con llamar inocente al cura de Ciézar, sino que le recogió las licencias de
predicar y aun las de confesar y decir misa. El sermón autorizaba á todo;
y téngase entendido que le liemos descartado de muchos otros absurdos
con los que corre manuscrito en manos de los curiosos.
En la corte no se oían discursos ni pláticas tan insensatas; pero en
cambio hubo un trinitario descalzo, predicador del gremio de caleseros,
que armaba un motín cada vez que echaba un sermón. Era de gran esta­
tura, fornido y hermoso, arremangábase con brío los hábitos, abofeteaba

AYER, HOY Y MAÑANA

3G7

el aire con soltura y tenía unos pulmones de padre y muy señor mío, como
decían entonces. ;Pero qué valía ninguna de esas prendas retóricas, ni
cómo le hubiera sido fácil atraerse con ellas solas la mitad del vecinda­
rio cada vez que predicaba! La muchedumbre buscaba alguna cosa más
que los gritos y los gestos y el continuo manotear del trinitario. Otro era
el secreto de aquella inmensa popularidad. El secreto era que el bendito
religioso decía siempre al terminar su sermón que se elevaba al cielo para
pedir al Señor el perdón de los pecadores, y éstos le veían elevarse en
cuerpo y en alma, de tal modo que iba subiendo basta asomar los ribetes
de la túnica y algo de los zapatos por encima del baluarte del pulpito.
Lo que había en la iglesia de gritos de milagro y de empujones por ver
cómo se elevaba el fraile, no hay para qué decirlo. El olor de esa ascensión
trinitaria llegó á las narices de la Inquisición dominica, y anduvieron los
familiares olfateando sin que les llegara la camisa al cuerpo; pero el ben­
dito varón se seguía elevando, la gente acudiendo y la Inquisición bruju­
leando. Hasta que cansado el Sr. Nágera, vicario de Madrid, de que el tri­
nitario no acabase de ascender quedándose siempre á la misma altura,
ganó al lego que esperaba al predicador en la escalerilla del púlpito, y éste
le contó lisa y llanamente la verdad de todo.
El vicario esperó á que se concluyera el sermón un día que predicaba
la misión en San Luis, y después que se hubo marchado la gente de la
iglesia, se encerró en la sacristía con el trinitario y le sacó de debajo del
hábito la máquina de las ascensiones, que no era otra cosa sino unos zan­
cos como los que usan los pastores de los Andes, con unos muelles en es­
piral, con los que iba graduando la elevación. El trinitario dejó de ele­
varse, y descendió á los calabozos del Santo Oñcio, en cuya bajada perdió
las carnes que había ganado con las subidas, y fué conocido en la corte
por el hechicero. Al mismo tiempo que el trinitario, fué procesado, aunque
no preso, el célebre escritor fray Manuel Centeno, discreto del orden de
agustinos é individuo de la Academia de la Historia, y el sambenito que
le impuso la Inquisición fué obligarle á tener siempre la celda abierta sin
permitirle el uso de libros ni recado de escribir. El delito que motivó esta
atroz medida parece que fué un sermón de honras que predicó en San
Ginés, y en el cual dijo, apoyado en la autoridad de algunos santos padres,
que la tumba no era.un sufragio para el alma, sino sólo un culto profano
que la vanidad de los deudos rendía á la memoria de los finados.
El cura de la parroquia se subió alarmado al púlpito y dijo: «Otro día
os predicaré todo lo contrario de lo que acaba do decir este sacerdote
indigno, cuyas doctrinas ya se sabe lo que pueden dar de sí con sólo re­
cordar que viste el hábito que vistió Martín Lutero, de cuyas máximas
impías parece estar empapado.»

368

ANTONIO FLORES

La Inquisición tomó cartas en el asunto, y después de una larga con­
ferencia que tuvo el padre Centeno con los inquisidores, en las que pasa­
ron cosas muy curiosas, cuyo relato omitimos por prudencia, el Santo
Tribunal le condenó á lo que queda dicho. Por prudencia también, y por­
que no parezca que hemos andado rebuscando abrojos en un campo tan
sembrado de flores, dejamos de citar otros casos que se nos vienen á la
memoria y que, como los ya citados, hemos oído referir á testigos oculares.
Y pudiéramos hacerlo sin escrúpulo, porque esta obra no es de aplausos,
sino de crítica, y el señalar los vicios no es negar las virtudes. Habíalas y
grandes en las órdenes religiosas, y muy principalmente en las que por
instituto se consagraban á la carrera del pulpito. Díganlo las arriesgadas
y beneficiosas misiones de Indias, que tan dignas han sido siempre y son
hoy aún de panegíricos encomendados á plumas más hábiles que la nues­
tra. La que traza estos cuadros no tiene otra pretensión que la de hacer
reir á los lectores, y otra cosa que la risa asoma á los labios cuando se
piensa en los trabajos y peligros, en la casi seguridad de la muerte, que
arrostran los frailes cuando llenos de fe y de heroísmo van á sembrar en
los incultos corazones salvajes la semilla del Evangelio. Y esto no es decir
que fueran muy civilizados los modestos hijos de Pelayo que, abandonan­
do el culto de la ya entonces célebre Mariblanca, corrían á oir el sermón
del fraile, sino que aquellos aguadores eran hijos de padres cristianos y
no había necesidad de convertirlos. Con cuatro latinajos que no entendían
y cuatro puñadas de que no se asustaban, se volvían tan satisfechos y tan
contritos, que no había más que pedirlos.
El célebre padre Isla no había alcanzado otra cosa con su Fray Ge­
rundio de Campazas que un merecido renombre literario. Los caballeros
anclantes del púlpito no hicieron gran caso del D. Quijote de Campazas.
La ilustración y los años, que no pasan en balde, han sido la causa de
que haya desaparecido algo de la oratoria de aquellos tiempos.

CUADRO XLVIII

EL E R U D I T O , EL L I T E R A T O Y LA M A R I S A B I D I L L A

Antes de dar principio al presente cuadro, debemos implorar la indul­
gencia de nuestros lectores por una falta que hubiéramos podido prever,
pero que sin embargo no ha estado en nuestra mano evitar por las razo­
nes que vamos á decir.
Desde que comenzamos á publicar estos cuadros del museo de lo pa­
sado, quisimos retratar al erudito; pero nos pareció que no era una figura
tan interesante ni tan linda que mereciese figurar en primer término, y
creimos también que como el modelo era el más desocupado de todos
no tendría prisa y á cualquier hora que le buscásemos le hallaríamos en
el archivo de sus mamotretos.
Creimos más aún: creimos que había muerto y que su cadáver nos
pertenecía á cualquier hora.
Todo esto se nos antojaba, y he aquí la razón de no haberle sacado á
relucir hasta ahora.
Figúrese el lector cuál habrá sido nuestro asombro al ver que nos he­
mos engañado de medio á medio.
El erudito vive hoy como ayer y amenaza seguir viviendo mañana.
Se ha convertido en planta perenne.
Herido de muerte por el papel continuo y las máquinas de imprimir,
ahogado por la prensa periódica y quemado su cadáver por los diccio­
narios enciclopédicos, aún ha tenido la habilidad de resucitar de sus ce­
nizas, dándose el nombre de Fénix de los archivos.
T omo J

?4

.370

ANTONIO FLORES

Mucho liemos trabajado para identificar su persona, pero ya no nos
queda duda de que es el mismo que buscábamos.
Tú le tienes, lector: el erudito de antaño vive hogaño contigo; pídele la
partida de bautismo y verás que no te engañamos.
Algo se ha rejuvenecido, aunque sus mañas son siempre las mismas.
Por ver la edición de un libro que se diferencia de otra que él tiene en un
circunflejo ó en'un vocablo esdrújulo, será capaz de ir á pie y descalzo
desde Madrid á la corte del imperio chino.
Nosotros, sin embargo, no queremos verle; preferimos retratarle de
memoria, y por eso hemos solicitado tu indulgencia.
No nos importa lo que hoy es para decirte lo que ayer era.
Empezó por ser un hombre poco limpio y con grande afición á la des­
cortesía y acabó por ser sucio y grosero; despreciaba á las gentes que no
vivían como él, porque las tachaba de ignorantes, y tenía envidia de los
que pretendían seguir sus huellas.
La afición á los libros fué una enfermedad que contrajo desde niño,
por haber vivido más tiempo que sus compañeros pegado al Catecismo y
á la Cartilla. Era tardo en comprender y se indignaba de que hubiera quien
le aventajase en ciencia con menos horas de estudio.
Jamás admitía discusión con persona de quien no se hubiese infor­
mado que tenía las cejas quemadas por el mucho estudio.
Nunca tuvo tiempo para lavarse la cara ni las manos, ni se mudó la
camisa, ni se sacudió el polvo de los zapatos; si no le saludaban en la ca­
lle no veía pasar á sus amigos, si le saludaban contestaba con un gruñido
y seguía impávido hacia algún puesto de libros.
Bastaba que el librero le recomendara una obra para que dijese que
era pésima. La aparición de un libro moderno le ponía amarillo de coraje
y prorrumpía en denuestos contra el autor y contra la persona que le ro­
gaba que leyese el tal libro.
Siempre que volvía á su casa llevaba como las hormigas alguna cosa
al granero; y así, en fuerza de acarrear un volumen diario, tenía su habi­
tación llena de libros, pero todos antiguos y, á ser posible, maltratados;
que eso aumenta el precio de los libros entre los eruditos, y si había que
suplir alguna palabra, por borrada ó roto el papel, era inestimable. Se­
mejante libro venía á ser la perla de su biblioteca, su códice áureo.
Un libro que por su mal estado le permitiera decir: «esto debió ser ó
aquí se puede y se debe leer tal ó cual cosa,» lo que primero le venía á
cuento, era una alhaja y le daba trabajo para más de un mes. Siendo el
hallazgo completo si el tal libro tenía algunas hojas ó algunos párrafos
cubiertos con un papel engrudado sobre el que se leyesen estas palabras
manuscritas;

i

AYER, HOY Y MAÑANA

371

8S
Esto se cubrió por estar prohibido de orden del Santo Tribunal de la,
Inquisición aun para las personas que tienen licencia para leer libros
prohibidos. A sí consta del decreto de la Inquisición que se leyó en la do­
minica segunda de Cuaresma.
Por supuesto que el artículo prohibido solía ser la traducción de al­
guna égloga de Virgilio ó cosa más inocente (1); pero como el erudito
rara vez se atrevía á levantar el papel, tenía el libro á sus ojos un mérito
indisputable.
¡Pobre del que le hubiese dicho que tenía un ejemplar igual al suyo!
¡Oh! Esto no lo sufría el erudito por nada ni de nadie.
Sus libros eran los únicos, y he ahí la razón de que nadie pudiese sa­
ber lo que él sabía.
En los primeros años de su amancebamiento literario, ó mejor dicho,
librero, le llamaban las gentes el literato, luego el sabio, y por último el
erudito.
Cuando él entraba en la librería adonde solía ir de tertulia, todos abrían
la boca para saludarle con respeto, y si él abría alguna vez la suya era
para maldecir y murmurar de los escritores contemporáneos, que fueron
su pesadilla eterna.
En suma, el erudito moría sin haber servido para otra cosa que para
decir si en tiempo de Cervantes se escribía tal ó cual palabra con h ó sin
ella, ó para saber en qué época se introdujeron en España las espadas
largas ó los sombreros con hebilla, y esto no lo decía siempre ni jamás lo
dijo sin poner mala cara.
¡Vean ustedes si hay razón para que viva el erudito hoy que las en­
ciclopedias, verdaderas ollas podridas de la literatura, sin torcer el gesto,
sin grosería y encuadernadas con lujo, ponen al corriente á todo cristiano
que sabe leer de cuanto necesita averiguar!
Otra cosa era el literato.
Cierto es que no le estaba permitido el mucho aseo de la persona, ni
gran dosis de urbanidad, so pena de haber pasado por un tonto; pero era
un animal mucho más comunicativo y dócil que el erudito.
Causaba asombro ver que lo que escribía lo so,coba de su cabeza, y
ciertamente habría tenido más mérito sacarlo de los pies, como sucede
(1) Véanse entre otros libros bizmados con las cantáiñdas de la Inquisición la co­
lección de Diarios de Madrid de los últimos años del siglo x v m y principios del xix,
y se verá en ellos engrudado y entablillado un artículo sobre la fecundación de las
plantas, del caballero Carlos Linneo, y otros por el estilo.

372

ANTONIO FLORES

hoy con el talento de las bailarinas; pero al cabo y al fin sacaba algo, y
por eso cuando las mujeres pescaban á tiro algún poeta le decían: «¿Cuán­
do me saca usted algo?»
A cuya demanda, si el poeta era improvisador, contestaba con una
redondilla ó una décima, que eran los metros favoritos por aquel enton­
ces, y luego se imprimía nada menos que con esta historia, que solía ocu­
par más espacio que el verso:
Habiéndole dicho al autor una dama de esta corte, en cuya casa se
hallaba de visita, que le hiciese algunos versos, el poeta tomó el asunto
que le daba la dama al decirle ¿cuándo me saca usted algo? Y contestó
con la siguiente
REDONDILLA

«Lo que yo he de contestar,
Nise, á tu amoroso ruege,
Es que nada he puesto al juego
Y nada puedo sacar.»

Excusado es decir que la dama no se llamaba Nise, ni siquiera Niceta; pero el calendario mitológico y el pastoril eran los únicos calendarios
que servían para el rezo de los poetas y no usaban otros nombres en sus
obras.
La redondilla era muy aplaudida y repetida, y copiada y á veces glo­
sada, concluyendo la improvisación con el acostumbrado fin de fiesta del
chocolate, el azucarillo y el bollo de Jesús.
A las librerías también asistía el literato-poeta, y de vez en cuando le
rogaban los amigos que sacase un verso á tal ó cual figura ridicula que
pasaba por la calle, ó le daban pie para una redondilla.
Si su talento pasaba á mayores y se atrevía á llegar al teatro, acosá­
banle los cómicos para que les compusiera (ó, como quien dice, remenda­
ra) una comedia, ó por lo menos un entremés, ó siquiera un monólogo ó
una tonadilla.
El poeta que rayaba tan alto era solicitado en las fiestas reales por el
ayuntamiento para los versos alegóricos de los arcos de triunfo, y hasta
para una loa, en la que era condición precisa que saliese al teatro el río
Manzanares echando una plática con las lavanderas y que éstas dijesen
¡viva el rey! y el río acababa por decir /vivan los soberanos!, con lo cual
y con que luego saliese la España entre nubes para pedir el perdón de las
faltas, era completa la loa.
Si el poeta tenía alguna instrucción, cosa que no es de rigor entre

AYER, HOY Y MAÑANA

373

los hijos de Apolo, pero que entonces no andaba tan escasa como más
tarde anduvo, hacíanle rabiar y no poco todos los cómicos con sus dis­
fraces.
¡Ya se ve, como que aún no se llamaban artistas, ni tenían derecho al
don, que entonces no se cotizaba tan barato como ahora, ni se enterraban
en sagrado, amortajábanse en despique de tal modo para salir d las tablas,
que daba pena el verlos!
El manto prendido al hombro con un clavo romano, las trusas, las
botas chambergas, el casco y las plumas del tonelete indio no lo abando­
naban aunque les hiciesen pedazos.
Decíanle al poeta que no fuese tonto, que la propiedad histórica era
una fruta verde para el público, y que todo lo que podría suceder sería
desagradar é incurrir en la bilis de algún criticastro que saliese con una
filípica á los diaristas.
Como la imprenta estaba entonces rompiendo á andar, la mayor parte
de los literatos se entretenían en escribir romances que luego vendían
los ciegos y anacreónticas para el Diario de Madrid, y algunas veces re­
cibían encargo de hacer memoriales en verso, con cuyo trabajo solían sa­
car un jornal mediano.
Esa era la vida del literato, que no se mantenía exclusivamente de
hacer coplas, sino que tenía el oficio como una ayuda de costas, porque
el sueldo de la oficina ó sus rentas, que aunque parezca inverosímil ha­
bía algún poeta propietario, no le cubrían todos los gastos.
La marisabidilla ó la doctora, que era un apéndice del literato, no se
reducía á otra cosa sino á una mujer que presumía saber latín, que aspi­
raba á casarse para dar honra y prez á su marido, disputando con los sa­
bios, mientras él reñía con las criadas y con el ama de cría y con los
chiquillos, y que pasaba en el despacho todo el tiempo que debía gastar
en la cocina.
En vez de coger la plancha cogía el Arte poética de Horacio; cuando
debía enhebrar una aguja ensartaba un trozo de Ovidio, y dejaba de es­
pumar el puchero por depurar la Eneida de Virgilio.
Saludaba á los frailes en latín, se incomodaba con su marido porque
decía Dios te ayude y no Dominas tecum cuando estornudaba, y re­
gañaba con todas las gentes de la casa porque decía que eran muy exte­
riores.
Y con. esto se quedaba tan satisfecha como cuando decía á la criada
que cerrara los pinos y descorriera los linos, porque el viento era tan ex­
céntrico y tan misántropo, que iba á desflorar la epidermis superficial
de los objetos leñosos de la sala.
Era, en suma, lo que son todas las mujeres que arrojan su talento por

374

ANTONIO FLORES

la ventana, cuando creen que les ha de estorbar para adquirir el que la
naturaleza, no la sociedad, como dicen esas doctas, ha querido vincu­
lar en los hombres; era el tormento de su esposo, la desgracia de sus hi­
jos y la diversión de los extraños.
También ese modelo de ayer se nos ha venido al museo de los cua­
dros de hoy; pero no sabe latín.
Sabe eso menos.

CU AD R O X LIX

I
j

BANDERA

ESPAÑOLA

«Es la corte la mapa
de ambas Castillas,
y la ñor de la corte
las Maravillas.
Anda, moreno,
que no hay cosa en el mundo
como tu pelo.»
( D. Ramón de la Cruz.)

Ancha de popa, largando trapo, virando menudo y haciendo fuego á
los buques piratas, no hay que preguntarle de dónde viene.
Es nave madrileña, se botó al agua en el apostadero de Maravillas,
trae cargamento de sal, alija por dondequiera que pasa y no adeuda nada
en bandera española ni extranjera.
Va libre de derechos, aunque no de registro, por todos los mares del
globo.
Á su paso se ensanchan los estrechos, y todas las costas le ofrecen un
puerto franco donde aligerar el bulto.
Cuando vira de costado no cabe en el Océano; si abre la escotilla se
traga el Mediterráneo; al ver su Santa Bárbara se alborota el Pacífico, y
con la espuma que arroja se queda blanco el mar Negro.
Los ingleses la adoran, los franceses la tiemblan, los alemanes la envi­
dian y los rusos la tienen por una divinidad mitológica.

376

ANTONIO FLORES

Ella en cambio los trata á todos del mismo modo: no hace caso de
ninguno.
No cree que hay más mundo que España y unas minas de oro en el
mar que llaman las Indias, ni más patria que Madrid, ni otros barrios
que Lavapiés y las Maravillas.
Todos le parecen iguales y á todos los llama nación.
La botaron al mundo de los cristianos en la pila bautismal de San Lo­
renzo ó en la de San Ildefonso, y salió tan cargada de sal, que vive derra­
mando mucha, y la que hoy le queda no es poca.
Pero hoy está medio desarbolada y rota, sin hallar quien se atreva á
carenarla.
Aunque no falta quien la tripule y quiera salir con ella á bonanza,
es probable que se abra por fin el casco y se hunda en los mares del
MAÑANA.

El vapor la tiene mareada, y no podrá resistir al empuje de la chispa
eléctrica.
Morirá por fin la nave más galana de cuantas han surcado los mares
de la hidalguía y del valor castellano, pero morirá abrazada á la bande­
ra española, como murió Sansón arrastrando consigo el templo de los
filisteos.
Mientras llega ese día aciago, esa hora de luto para el pueblo de Ma­
drid, clavaremos en nuestro tintero la bandera española, y encomendán­
donos de todo corazón á los ilustres manes de D. Eamón de la Cruz, pin­
taremos el cuadro de la maja, no sin enjuagarnos primero la boca con
esta seguidilla:
«Es la corte la mapa
de ambas Castillas,
y la flor de la corte
las Maravillas.
Toma castañas,
verás qué gusto tienen
á resaladas.»

Y ya que está templada la vihuela y tenemos la masa en las manos,
no empezaremos el cuadro sin decir con fervor esta otra:
«A una maja idolatro,
porque las majas
corresponden con todas
las circunstancias;
Y en las usías
son las correspondencias
falsas ó tibias.»

>

AYER, HOY Y MAÑANA

377 .

Aire de taco, mirada de ¡válgame Dios!, la frente erguida, el pecho ele­
vado, el talle recogido, el pie pequeño y la mano menuda, escupiendo
por encima del hombro, y
«constipando á los necios,
que andan de sobra en el Prado,
con el aire de su cuerpo.»

He ahí el retrato de la mujer morena, que cubierta la ancha trenza de sus
negros cabellos con la vistosa moña de seda y plata, y abrochado el jubón
de raso sobre sus anchas espaldas, con unas sayas cortas y negras, reca­
madas de azabaches y abalorios, caída la mantilla sobre el cuello y cal­
zado el breve pie con el zapato de terciopelo blanco, cruza ligera todo el
ámbito de la corte, llevándose de calle cuanto encuentra al paso.
No hay ojos que no la sigan avaros, ni corazones que no la rindan
su albedrío, ni piernas que no se vayan detrás del aire de su zagalejo,
relamiéndose de gusto los hombres al aspirar la sal que en la calle
deja, y mordiéndose las mujeres los labios de coraje por la ventura que
le sobra.
Es el terror de las casadas y el sobresalto de las doncellas, y no hay
matrimonio en paz ni yerno posible cuando se propone dar jaque á una
esposa comiéndola el marido, ó pone en jaque á una madre soplándole
el novio á la chica.
Pero no es ella mujer de tales intenciones, ni es el libertinaje y la di­
solución su oficio, como equivocadamente suponen los muchos escritores
que se han ocupado en roerlas el guardapiés, incluso su especialísimo y
entendido fisiólogo D. Ramón de la Cruz.
Este distinguido poeta cómico calumnia á las majas y á todas las mu­
jeres del pueblo bajo de su época suponiendo que todas tenían cortejo,
y lo que es peor y menos cierto aún, que lo tenían por interés y con el
inverosímil y ridículo consentimiento de sus maridos; que á juzgar pol­
los retratos que de ellos hace el poeta D. Ramón de la Cruz, eran todos
unos pobres corderos, incapaz ninguno de ellos de batirse, como más
tarde y ya viejos lo hicieron todos contra las aguerridas huestes del colo­
so del siglo.
La maja va siempre por su camino, sin volver la vista atrás para vel­
los corazones que deja penando y las piernas que la van siguiendo.
Y bien pueden alegrarse de que lo haga así los usías y los abates que
la acosan y la galantean, porque si de otro modo lo hiciera, habría.... lo
que hay cuando está de buen humor y no le da la vial gana de llevar
acompañamiento.
Detiene repentinamente el paso, vuelve la cabeza sobre el hombro iz-

378

ANTONIO PLORES

quierdo, y sin mover el cuerpo, con las manos apoyadas en las caderas, se
encara con el acólito, le mira de arriba abajo, se ríe con aire de lástima,
escupe, da una patada sobre la saliva y sigue su marcha triunfante.
Si el galán conoce el terreno que pisa, baja los ojos y escapa avergon­
zado, sin que por esto se libre de oir una carcajada ó algo más; como por
ejemplo, aquello de
— La del humo, que se jué y no golvió.
Si es por el contrario principiante, y no conociendo el significado de
la escupitina se obstina en seguir detrás de la maja, ella se vuelve con
desenfado y le dice:
— Muchacho, vete á remangar la cola á doña usía la señora marquesa
del Pan pringao, que yo voy de trapillo y no quiero paje.
— Pues yo seré tu lacayo, hermosa— le dice un galán, acercándose
todo turbado.
— ¡Arre allá!—le replica la maja, desviándole con brío.— ¿No ves que
no tengo coche?....
— Yo te compraré cuantos quieras.
— ¡Quia!
¡Si matonto
con el meneo!,,.,
— Te llevaré en silla de manos.
— Tengo miedo.
—¿Quieres que te compre dulces?
— Me empacho.
— Iremos á la botillería.
— No lo gasto.
— ¿Y á la hostería?
— Me dan asco los pasteles.
— Pues di, ¿qué quieres, resalada?
— Que se quite usted de en medio, y que se limpie la baba que le está
ensuciando la chupa.
— ¿Nada más quieres?
— Que se corte usted los rabos del balandrán.
— ¿Y así seré tu cortejo?
— Si cuando haya parido el navio que lleva usted en la cabeza me
guarda usted la cría, hablaremos.
— Eres muy graciosa— le dice el señor riendo.
— Y usted muy salao.
— ¿Conque te gusto?
— Me gusta usted
de lejos.
— Vaya, no seas esquiva.... Déjate querer, y verás cómo te compro
arracadas y aderezos....
— ¿Con peto?— dice la maja riendo.

AY E R, HOY Y MAÑANA

379

— Con todo lo que tú quieras.
— Pues váyase usted al Perul á arrancar el oro, y veré si me gusta la
color.
— Lo tengo en casa acuñado, y aquí en el bolsillo algunos doblones
de á ocho.
— ¡Sí!.... Pues vaya usted corriendo y déselo a ese nación que anda
por el Rastro quitando manchas, para que le limpie el cuello de la casaca;
pero no deje usted de vender la grasa á la sebera, que es mucha y la pa­
gará cara.
Si cansada de esta burla sigue la maja su camino y el galán insiste en
seguirla, entonces vuelve todo el cuerpo, se pone enjarras delante de él,
y con gesto risueño pero amenazador le dice:
— ¿Ha mudado usted ya los dientes?
— No entiendo la pregunta.
— Pues si no quiere que se los quite de una bofetá, le aconsejo que se
largue de aquí con viento fresco.
Del amago al golpe hay poco trecho.
Si el galán no vuelve grupa al punto, le estampa con admirable fres­
cura los cinco mandamientos, como ella dice, y sigue tan campechana su
camino como si tal cosa hubiese pasado, cantando cuando mucho la copla
siguiente:
«Un arriero en un mesón
llamaba por que le abrieran,
y al fin llamó tantas veces
que le abrieron.... la cabeza.»

Los encuentros más formidables son los que tiene con las mujeres de
su propia clase, sobre todo si hay celos de por medio, cosa muy común
entre las majas, no porque la fragilidad sea muy general en ellas, sino
porque aman con tanto fervor á su hombre, como ellas dicen, que tienen
envidia hasta de que otra mujer le nombre siquiera.
— Dios te guarde, Alifonsa— dice Pepa con cierto retintín, precursor
infalible de la camorra;— y muchas gracias por el cuidiao que te tomas
con las honras ajenas.
— Mira, chica, si es que tienes algún sentir conmigo, me lo dices más
pronto que la vista y al avío,....que ya sabes que me repunan las ritóricas y los arrodeos.
— Pus, mujer, ¿hablo yo latín ó gringo? ¿No te he dicho que muchas
gracias?
— ¡Bien, y qué! ¿Qué quieres decir con eso?
—Nada,....que estoy muy agradecía al cuidiao que te tomas por la

380

ANTONIO FLORES

honra de, mi marío....Ya se ve,..... como que si él debe algo en la taberna,
lo vas tú á pagar. ¡Pues ya!....
—Mira, chica, ese será algún chisme, y hablando se entiende la gente
—Por eso hablas tú tanto de más.
—Te pediré licencia, si te parece—dice la Alifonsa con sorna.
—A mí no, mujer, sino que otra vez cuando vayas á tomará mi hom­
bre en boca, te la enjuagas.
—Con agua de rosa.
—No, con arquitrán que es más durce.
—¿Y quién me ha de dar esa melecina?
—Esta mano—replica la Pepa, levantando la izquierda;—y si te pare­
ce mala, esta otra—añade, descargando la derecha sobre el carrillo de la
Alifonsa.
Pero ésta, que no es manca, le sacude otro pescozón, y á bofetada seca
se hacen la colorada, hasta que por fin se agarran de los cabellos, que­
dándose no pocas veces con un rizo en la mano, y concluye el duelo por
caer la más débil en poder de la otra, en cual caso le sujeta la cabeza entre
las rodillas, y á telón descorrido la llama á otra parte el calor de la cabeza.
Azares tan frecuentes entre las majas, que el año de 1808 llevaron ante
un general francés á dos mujeres que se estaban azotando, y habiendo
dicho el general que no había visto nunca dar azotes, una de ellas dobló
sobre la rodilla á la otra, y dijo:
—Pues mire usía, señor, esto no tiene naa que hacer.... Se hace así.
Y en presencia de todos volvió á vapulear á su contrincante.
Reúnense también en cuadrilla las de un barrio para pelear con las
de otro, pero siempre igualando las fuerzas, y en estas acciones de gue­
rra, que dieron motivo al gracioso sainete de Los bandos del Avapie's ó
la venganza del Zurdillo, toman siempre parte los hombres, concluyendo
la broma con un fin de fiesta que improvisa el alcalde de barrio llevando
á los personajes á la cárcel.
Pero no queremos seguir allí á las majas, porque habríamos de
entrar en polémica con sus detractores, al encarecer los generosos sa­
crificios que hacen y la abnegación con que procuran que nada falte á
sus maridos, llevados allí muchas veces por el exceso de sus vicios y el
maltrato que dan á esas mismas mujeres que tanto se afanan por man­
tenerlos.
Ellas ganan el pan para los hijos de un padre borracho las más veces,
vendiendo fruta y verduras, guisando callos, asando castañas, y por últi­
mo cortando carne; que las carniceras, ó mejor dicho, las cortadoras son
las verdaderas majas.
La que tiene una tabla en una plazuela y se levanta de la cama con

A Y E R , HOY Y MAÑANA

381

estrellas en invierno para manejar con su pequeña mano, cubierta de sor­
tijas, la pesada cuchilla del oficio, es la que inocentemente ha dado mar­
gen á que se haya bastardeado y corrompido el tipo más noble y más vir­
tuoso de la clase baja madrileña.
Las galas y las joyas que ostentaba los domingos, merendando con su
prole y sus conocidos en la pradera de la Teja, despertaron la envidia de
algunas señoras de la aristocracia, que no veían en aquellas honradas mu­
jeres otra cosa que el traje, y le declararon de moda.
Más tarde, otras mujeres del pueblo bajo vieron que la saya corta y el
jubón con alamares, y la moña y el zapato bajo, y el pañuelo torcido y la
mantilla terciada, eran un buen anzuelo para los hombres, y tomaron por
oficio lo que no era otra cosa que un traje y un desahogo justo del tra­
bajo de toda la semana.
Esto es lo que ha confundido á algunos escritores hasta el punto de
hacerles calumniar á unas mujeres cuyo aparente desenfreno no es in­
dicio de otra cosa que de la franqueza y de la naturalidad de sus cos­
tumbres.
D. Ramón de la Cruz tuvo razón cuando en su gracioso sainete de La
maja majada puso en boca del alcalde estos versos:
«¡Qué valiente gentezuela!
¡Cuánto para dirigirla
es menester conocerla,

y las ridiculas causas
de sus chismes y quimeras!»

Indudablemente, esa clase del pueblo no ha sido bastante estudiada
ni por los escritores ni por las autoridades.
D. Ramón de la Cruz la conocía bien; pero, á nuestro juicio, se apresu­
raba á apostrofarla con epítetos denigrativos y á presentarla llena de vi­
cios por el miedo que tenía á los críticos de su época, que aun así y todo
le acusaban de estar encanallado.
No tuvo el suficiente valor para decir toda la verdad, y bien pudiera
haberlo hecho quien contaba con tan justo y merecido favor en el
público.
Si su objeto era corregir y contener la desbandada de los usías hacia
las majas, mejor lo hubiese logrado pintando el desdén con que la mayor
parte de aquellas mujeres los recibían, y no repitiendo siempre el cuadro
inverosímil de que la mujer de un albañil ó de un picapedrero estuviese
llena de alhajas regaladas por un marqués con licencia y consentimiento
del marido, tan bonachón y tan tonto, que después de todo lo que veía
aún seguía trabajando,

382

ANTONIO FLORES

No era esa mujer la maja por quien hemos alzado la bandera española
y á la que vamos á seguir en los cuadros siguientes á los toros y á un
día de campo; terminando el presente con esta seguidilla, que la hemos
oído entonar más de una vez:
«Quien no vive en la calle
de la Paloma,
no sabe lo que es pena
ni lo que es gloria.
Toma piñones,
que me gusta la gracia
con que los comes.

PAN Y TOROS
«¿Quién dejará de concebir ideas
grandes de nuestros nobles afanados
en proporcionar estos bárvaros espec­
táculos, honrar á los toreros, premiar
la desesperación y la locura, y proteger
á porfía á los hombres más soeces de
la república?»
( Jovellanos.)

De mal humor estaba y no había pisado buena hierba en el camino
el célebre don Gaspar Melchor cuando predicó su famosa oración de Pan
y toros.
Con el pretexto de ir á la plaza á ver la fiesta, la toma con los mora­
listas, y con los filósofos, y con los médicos, y con los abogados y, lo que
es peor aún, con los inofensivos boticarios. Pica sin piedad al ejército, re­
jonea á los nobles, clava banderillas de fuego á la plebe y da una estocada
mortal á los teólogos maravillosos, arrastrando por último la gran fiesta
nacional hasta el extremo de decir de ella que hace imposible el trabajo
y que sólo sirve para fomentar la holganza, el vicio y la crueldad.
Breve, pero compendiosa, es la plática que en defensa del estado flore­
ciente de la España pronunció el Sr. D. Gaspar Melchor de Jovellanos pol­
los años de 1796.
De mal humor, volvemos á decir, estaba el eminente hombre de Estado
al empuñar ia pluma para picar los toros desde su bufete.
Al yer cómo se lamenta de que en la plaza de toros estuviesen mezcla^

384

ANTONIO FLORES

dos con ningún recato los dos sexos, se nos pasan ganas de creer que al­
gún chispero le había soplado la dama, ó que esta, vestida de maja, se le
escapó en busca de algún osado barbero, ó que en la corrida anterior lo
cupo en suerte estar al lado de algún eclesiástico aficionado ó de algún
petimetre lascivo, ó que le sucedió cualquier otro percance de los infi­
nitos que señala y condena con tono acre y fruncido ceño en su famosa
perorata. Algo debió ocurrirle cuando tan fuerte clamó contra ese inocente
espectáculo nacional, que la moderna civilización española guarda como
oro en paño, enalteciendo á sus héroes hasta un punto que su propia fan­
tasía no les permitió soñar. ¡De poco se asustaba el buen D. Gaspar Mel­
chor! Hubiera él tenido la suerte de vivir cincuenta años más (longevidad
que nos habría sido muy útil y muy grata), y hubiese visto cosas hartas
para dejarle tamañito. Lástima es, y grande, que no pueda ver las fiestas
de toros de hoy quien tanto se asustaba de las que se hacían a y e r .
¡Qué diría el buen D. Gaspar, que se lamentaba de que el espec­
táculo de las corridas de toros embotara y adormeciera en los magistra­
dos toda idea de libertad civil, al ver que esa misma libertad es la mejor
nodriza que jamás han podido tener las funciones de toros!
Si viera que el pueblo es más toreador desde que parece ser más libre,
y que mejor sufrimos las vacaciones del Parlamento que las de la plaza
de toros, ¿podría repetir «que sólo á un pueblo esclavo se le podía dar el
espectáculo de los toros, y que la inadvertencia del gobierno le ponía en
estado de sacudir el yugo?»
Ni eso ni nada de lo que entonces dijo se atrevería á decir ahora, por­
que le habría vuelto el buen humor al oir cada lunes la gritería de la pla­
za, y cada sábado los lamentos de los que mueren estrujados por alcanzar
un billete, y los martes, los miércoles y los jueves las disputas y los due­
los á muerte sobre los lances de la corrida, y el viernes los arañazos y las
palizas por alcanzar un programa de la función, y los domingos las carre­
ras de los ómnibus que llevan la gente á saludar el ganado que ha de mo­
rir el lunes, y los retratos de los toreros formando parte, y parte princi­
palísima, en las galerías fotográfico-biográficas de los hombres célebres de
España.
Con esto y con saber de camino que el pueblo es ya libre y enterarse
al paso de que va vencida la primera mitad del siglo xix, habría rasgado
todos sus proyectos políticos y los acordados y todas las leyes antiguas y
modernas, y hubiese dicho, no con tono irónico, como entonces lo dijo,
sino con sinceridad y de buena fe:
PAN Y TOROS,

novísima recopilación de las lepes de España,

385

AYER, HOY Y MAÑANA

Y aun si á lo de España hubiese añadido é Indias, también habría te­
nido razón; porque ha de saber el Sr. D. Gaspar que no sólo hemos cons­
truido una plaza de toros en todos los pueblos de la península, hasta en
los que carecen de escuela y de casas consistoriales y hasta de médico
y botica, sino que en nuestras posesiones de Ultramar también se divier­
ten lidiando toros.
La experiencia es madre de la ciencia, Sr. D. Gaspar, y como dice
nuestro distinguido poeta Bretón de los Herreros en una de sus buenas
comedias:
«Para aprender á vivir
no hay cosa como morir
y resucitar después.»

Pero está visto que Jovellanos tenía mal humor cuando escribió tan
amarga crítica de una diversión tan propia de los pueblos cultos; pues con
serlo hoy mucho la Francia, anda desatinada por podernos robar el privi­
legio del uso, ya que no es posible hacerlo con el de la invención, que nos
pertenece, y lo disputaremos en una guerra internacional si necesario
fuere.
Es la única herencia que nos han sabido guardar los archivos, y mere­
ce que la conservemos y la mantengamos con la punta de la lanza.
Conque es bueno que Felipe Y, que como soberano y señor de estos
reinos y dueño absoluto de hacer de su capa un sayo, siendo la capa el
pueblo español, se contentó con torcer el gesto y quitar las lidias de la
plaza Mayor, donde sólo se tenían dos ó tres veces al año, dejando que el
pueblo las tuviese donde más le acomadara, ¡y hemos de perder nosotros
una gloria nacional á tanta costa ganada y de suyo tan divertida!
¡Pues no faltaba más! Nada de eso. Siga el mundo conforme va, que
no va del todo mal.
A fe que Jovellanos hubiese podido colocar las corridas de toros á la
altura que puso los torneos y las justas en su Memoria sobre las diversio­
nes 'públicas, con sólo tomarse la pena de asomarse al balcón un lunes
para ver el cuadro que presentaba la casa de su vecina.
Era su vecina nada menos que Pepa la Salada, hija de Petra la Rum­
bosa, hermana del famoso Juanito Matasiete y mujer del célebre cortador
Menegildo Bofes, alias el Chato.
Era lunes y había madrugado para ir á la tabla á servir á los parro­
quianos la carne que le pedían y el hueso que no necesitaban, y no se descuidó en volver á su casa, adonde la esperaba Curra la peinadora para
ponerle la cabeza hecha un primor del arte.
No entraba el lunes en cuenta y Pepa dió á la peinadora un mejicano,
Tomo 1

25

S8G

ANTONIO FLORES

y aun hay quien dice que la miró á la cara con ánimo de regalarle otro
si no quedaba contenta con el primero.
Aguardándola estaba Colasa la zapatera con un par de ellos blancos y
cosidos con primor, aunque no de resistencia, porque ya sabía que iban á
desecharse el martes, y con otra moneda de veinte reales le pagó Pepa su
trabajo, después de habérselos calzado sobre medias de seda calada, délas
que entonces valían dos doblones de á cuatro.
Vistióse en seguida la bordada ropa blanca, que á prevención dejó la
víspera tendida sobre las sillas; se ciñó á la cintura la rica saya de raso
azul, toda recamada de azabaches y abalorios; se ajustó al cuerpo el gra­
cioso corpiño de raso verde adornado con las hombreras de azabache y los
alamares de seda, y así vestida con la rica moña colorada con fleco de
plata, unas magníficas arracadas de diamantes y diez ó doce cruces y re­
licarios al cuello, pendientes de un collar de aljófar, se asomó al balcón,
donde aguardando la calesa se entretuvo en engarzar los dedos con más
de veinte sortijas, todas de gran valor.
El calesín no tardó en asomar por la esquina de la calle con la capu­
cha tirada á la zaga y orgulloso el calesero y aun el caballo del flete que
traían consigo y del que iban á tomar.
La maja que venía á recoger á Pepa la Salada no lo era menos, y bas­
tará decir que la llamaban la Relumbrona para que sepan los antiguos
pollos y pisaverdes que hablamos de la célebre Rosa la tripicallera, lucero
del Avapiés, envidia del Rastro y causa de celos continuos en las elevadas
regiones de la ilustre nobleza madrileña.
Eran Pepa y Rosa íntimas amigas y las llamaban en la corte las majas
de acero, porque todos cuantos grandes señores las querían servir de cor­
tejos, salían más ó menos heridos de sus afiladas y expeditas lenguas.
— ¿Por qué no lo has dejado para más tarde?—gritó Pepa apenas divisó
á su amiga.
— ¿Pus qué hora es?— replicó Rosa.— ¡Si es mu trempano!
— Aún tienen ustedes una hora—dijo un viejo tendero que encogido
de brazos y estirando el hocico se relamía al ver las majas.
— Estimando, D. Lesmes —dijo Pepa.— ¿No va usted á la corría?
— A la tarde hago ánimo de descolgarme por allá (Dios mediante) á
ver sacar los toros por el arrastradero.
— ¿Y no ve usted la fiesta?
— Es cara comida para estudiantes.
— ¡Mia tú el probecillo....y tie más onzas de oro que puede arrastrar
un terremoto!— dijo la Relumbrona.
Y dirigiéndose á su amiga, añadió:
— ¿Abajas tú, ó quies que yo suba?....

A Y E R , HOY Y MAÑANA

387

— Aspérate, que ya voy— contestó Pepa.
Y terciándose la mantilla cerró la habitación, entregó la llave á una
vecina, y poniendo el pie en la rodilla del calesero subió al calesín.
El tendero se relamió de nuevo y siguió con la vista al calesín, dicién­
dose á sí mismo cuando hubieron vuelto la esquina:
— ¡Qué mal están con su dinero estas gentes! Los maridos por su parte
lo menos que gastarán hoy será un doblón de á cuatro cada uno; y ellas,
¡no se diga! El coste del traje, cuarenta reales del calesín y á la tarde
otros tantos y la merienda. ¡Qué lástima de dinero!
Pero las manólas, que no pensaban del mismo modo que D. Lesmes,
atravesaron gozosas y alegres las principales calles de Madrid, llegando
por fin á la plaza de los toros, donde para ver la media corrida de la ma­
ñana tomaron asiento en un tendido de sol que les costó dos reales.
Ni de la lidia de los seis toros de la mañana ni de los doce que se
corrían por la tarde es nuestro ánimo decir una sola palabra. Son dema­
siado conocidas estas fiestas para que necesiten que se hable de ellas, y lo
que dijéramos sería inconveniente, porque según el sentir de los aficiona­
dos, hoy va perdiendo mucho terreno el arte, que valía mucho más ayer,
que sólo era oficio.
Nuestro ánimo no ha sido otro que el de continuar en este cuadro el
retrato de la manóla que empezamos en el anterior.
Ya la ha visto el lector entrar en la plaza, y sería larga tarea obser­
varla y copiar su gracejo en los diferentes lances de la lidia.
Tiene siempre su espada favorito, hace por él apuestas de considera­
ción, regaña con los que no le aplauden y se irrita contra la autoridad
cuando es tan torpe que no sabe dirigir la lidia.
Y le sobra razón á la manóla. ¡Buena autoridad será ella cuando no
sabe si el toro necesita que le sigan picando ó que le pongan banderillas!
— ¡Y á esos hombres— dice— los hace el rey alcaldes!.... ¡Valiente bruto
será usía— añade gritando— cuando no se le discurre lo que está pidiendo
ese toro! ¡Lástima de rejonazo en su alma de usía!
La mayor parte de las mujeres que ocupaban los tendidos vestían de
majas; pero en cada uno de ellos había una ó dos que llevaban la voz, y
las demás gritaban lo que aquéllas querían.
Si el rey asistía á la plaza, le daban cuatro vivas pidiendo otro toro, y
se les concedía fácilmente.
El mérito de la lidia no consistía entonces, como ahora, en el mayor ó
menor número de caballos muertos; pero se alegraban de que muriesen
muchos, y esto era natural: cuantos más caballos morían en una tempo­
rada, mejor era en aquel año la función que se hacía al Cristo délos Tra­
peros en la Concepción Jerónima.

388

ANTONIO FLORES

Los cofrades destinaban para esa fiesta el producto de las colas de
todos los caballos que morían en la plaza de toros, y la función era mag­
nífica.
Seguramente que Jovellanos ignoraba esta circunstancia cuando se
incomodó porque el pueblo tuviera bastante vida intelectual y física con
sólo asegurar el pan y los toros.
Si nuestro célebre Jovino hubiese pensado en el Cristo de los Trape­
ros no habría renegado de los toros.

Aquí tenéis un cuadro que no llegó á serlo, pero cuyo asunto es sin
disputa el más curioso de la colección.
Fue hallado en la cartera de un pintor famoso, compañero del célebre
y nunca bastante celebrado Goya, y es conocido entre los inteligentes y
apasionados por la mesa revuelta. Título el más propio que pudieran
darle, porque siendo una heterogénea reunión de bocetos, en todos se
come, se bebe, se canta y se baila; constituyendo cada uno de ellos y
todos reunidos la verdadera francachela de la gente del bronce.
Es, en suma, el verdadero calendario español, el almacén de festivida­
des que tanto ha dado que decir á los extranjeros, con especialidad á los
ingleses, cuyo ridículo mal humor apenas comprende que el hombre que
ha trabajado el sábado, necesite descansar el domingo para volver á
trabajar el lunes.
Siempre con el reloj de arena colgado en las narices, jamás les ha
ocurrido á esos horteras del universo sumar las horas que diariamente
les hace dormir el padre Noé para convencerse de que no son ellos los
que trabajan mayor número de horas al año.
Pero allá se las hayan los hijos de la Bretaña grande con sus botellas
y sus relojes, que como decía una manóla amiga nuestra, en cada cate­
dral se repica á gusto del sacristán, y más aire hace un español cuando
vegüelve la capa, que todos los fuelles micánicos de los gringos.
Y tenía razón la manóla, porque ni los labradores de España, que arro-

390

ANTONIO FLORES

jaban el arado y tomaban las castañuelas ocho ó nueve días cada mes,
llamaban á ningún extranjero para que les labrase la tierra, ni por oir
misa con devoción y echar una ronda los días de fiesta dejaban de coger
todos los años una abundante cosecha.
Pero repetimos que no es de nuestra incumbencia, ni quiera Dios que
lo sea nunca, el disputar con esos señores agrimensores del tiempo sobre
que nación es más trabajadora, si la española ó la inglesa. Cuando ellos
tengan una fracción decimal siquiera del sol que nosotros recogemos á
espuertas, entonces hablaremos; mientras tanto, que se entretengan en
envidiarnos estos bocetos:
Año nuevo, vida nueva. El día l.° de enero, como que llovía sobre
mojado, es decir, que las gentes se hallaban hartas de diversiones y de
holganza, hacían un propósito firmísimo de la enmienda, aunque sin en­
mendarse desde aquel mismo día, porque como era festivo, menester era
emplearle en santas obras; como por ejemplo, ejemplo que entonces esta­
ba muy á la mano, en ir todos de casa en casa, deseándose unos á otros
buenas entradas y salidas de año, y comiendo y bebiendo en casa del
prójimo como si no se hubieran desayunado en la suya propia.
A esperar los reyes iban el día 5 del citado mes, cargados de cencerros,
con hachones de viento y escaleras de mano, y esta era la diversión favo­
rita de las gentes del pueblo, á las cuales honraban con su presencia en
los balcones las damas más principales de la corte. Divertíanse las gentes
de la fe en abusar de la que traía consigo el mozo de servicio recién
llegado de la tierra, y era de ver y de admirar el entusiasmo y el regocijo
del presidente del Consejo de Castilla y el de otros señores de no menos
prosopopeya y campanillas, que convidaban á sus amigos para que aso­
mándose á las ventanas y dando diente con diente de puro frío, aguar­
dasen una hora y aun hora y media á ver pasar un pelotón de hombres
que, ebrios de alegría y de vino, con el rostro tiznado y envueltos en
sucias esteras, daban aullidos salvajes y hacían cien gestos ridículos al
sofocante resplandor de las teas y los hachones. Muchos días antes de esa
escena, el amo de la casa había llamado misteriosamente á la carnicera ó
al dueño de la tienda de mercería para decirles ((que tenía un criado
muy inocentón, al cual era preciso que con maña le fuesen engañando
para hacerle creer que los Keyes Magos venían á Madrid de noche y
repartiendo dinero, y que no tuviesen cuidado, que si á él le preguntaba
para que le dijese la verdad, él completaría el engaño, siendo de su cuenta
pagar el vino que se gastara en semejante diversión.» El criado de servicio,
el mancebo de la botica y el mozo de la tienda se dejaban engañar ó se
engañaban de veras, y arrastrando cencerros corrían por las calles más
principales de la corte, sirviendo de diversión á las gentes que los obser-

AY E R, HOY Y MAÑAN A

391

vaban y los aplaudían desde los balcones. Esas carreras eran las carreras
de caballos de aquella época.
Las vueltas de San Antón eran carreras también; pero se daban á la
luz el día 17 de enero en las calles de Fuencarral y de Hortaleza, y allí
era de ver al labrador del pueblo inmediato con su par de muías llenas
de moños y de campanillas, confundido con el lacayo del obispo, que
llevaba las del coche de S. I., no menos engalanadas y compuestas que
la del tahonero y la de la noria; y entre aquellas pobres bestias se paseaba
muy oronda y muy llena de lazos la burra de la huevera y el burro del
yesero y los buchecitos de la verdulera. Pero entre todos los animales
que corrían de un lado á otro, brincando de alegría al acercarse á la
santa reja, donde el fraile escolapio, revestido de estola y sobrepelliz,
bendecía la cebada y los panecillos del Santo, eran de ver el matachín de
la plaza de los toros y el chulo de los caballos y el calesero y algunos
otros tratantes en bestias de mayor cuantía; todos en traje de fiesta,
cabalgando sobre jacas de dos cuerpos vistosamente arreadas, y llevando
á la grupa cada cual á su cada ella, todas chorreando alamares de plata
y llecos de seda y broches de abalorio, con su pantorrilla de diosa Venus,
su pie de Cupido, su talle de mimbre, su garganta de nieve y sus ojos de
fuego. Allí era de ver á la maja saltar del jaco para besar la mano al
fraile que bendecía la cebada, y recogidos en un saco dos celemines de
ella, echar un doblón de á cuatro sobre la bandeja, y con el pie sobre la
rodilla del manolo ponerse de un brinco sobre la cabalgadura y salir de
estampía por la calle de Hortaleza, hasta detenerse en un puesto de bollos
y gastar un peso duro en 'panecillos del Santo.
La ermita de San Blas, la de San Dámaso y el Cristo de la Oliva y la
Virgen del Puerto y San Antonio de la Florida y Santa María de la Cabe­
za son otras tantas festividades que no podía dejar de solemnizar el pue­
blo de Madrid; y mientras la maja encomendaba á un santo la garganta
y á otro las piernas, pidiendo al Cristo que la librase de morir en un
camino, y á la Virgen de ir á galeras, y á San Antonio de que la hiciera
un desamor su majo, dos robustos mozos la seguían cargados con los
cestos de las provisiones para comer espléndidamente en el camino.
Pero todas esas romerías no eran sino preludios de la gran fiesta cam­
pestre con que los hijos de Madrid celebraban la de su santo patrono Isi­
dro Labrador. Aquella fiesta, con su víspera y su octava, sí que era digna
de los veinticinco doblones que en ella gastaba la maja, y de que por
ver ese rumbo y por divertirse cada uno á su modo vinieran á la corte
las gentes de todos los pueblos de la provincia, y las calles de la coronada
villa quedaran desiertas por trasladarse toda la población á la ermita del
Santo. La maja, que era la verdadera heroína de esas funciones, comoque

392

ANTONIO FLORES

se tenía por la madrileña más legítima y de consiguiente'por la más obli­
gada á festejar al santo patrón, fletaba de su cuenta una calesa y aun le
decía al calesero que no temiera reventar el caballo, que de su cuenta iba
también si se reventaba, y á la pradera se iba desde las primeras horas
del día 15 de mayo á extender sus reales para el almuerzo y la comida en
el sitio que la víspera había acotado por suyo. Y después de comer y de
dar comida á cuantos pobres se le acercaban, hacía gran provisión de
cacharros y de botellas de licor para tener el gusto de quebrar uno de los
primeros en cada esquinazo de la corte y regalar los segundos á los ami­
gos que encontraba al volver á su casa, en la que entraba cantando esta
copla:
«De San Isidro vengo
y he merendao;
más de cuatro quisieran
lo que ha sobrao.
Ha sobrao jigote
y arbondiguillas,
cuatro liebres, un pavo
y seis gallinas.»

Las verbenas, que hacían pasar en vela gran parte de la noche al pue­
blo de Madrid, eran verdaderas veladas para la maja, que comía, bebía y
bailaba hasta dejar sobras de lo primero y caer rendida con lo segundo,
las vísperas de San Juan, de San Pedro y sobre todo de San Lorenzo, que
como era santo de su misma barriada le tenía especial devoción.
En Carnaval se divertía cada prójimo en engañar al otro, y con mas­
carilla ó sin ella se daban garbanzos de pega, cerillas de pega, papel de
fum ar de pega y cartas de chasco, cosas todas que para mayor disimulo
se vendían á voces por las calles. En las visitas se daban caramelos amar­
gos y frutas preparadas con acíbar y se untaban los picaportes y se ha­
cían otras gracias por el estilo, con que reían no poco aquellos risueños
mortales. La maja se plantaba en mitad de la calle á poner mazas y rabos
á todos los transeúntes; y como el alguacil ha sido siempre la pesadilla
de cierta gente, cuando pasaba alguno de ellos también le ponía su maza,
y aun si no se la dejaba poner le gritaba aquello de «daca la maza....que
la lleva....el borriquito.....que va á la plaza....,» y cantaba con insolente
aunque gracioso descaro:
«Hoy son Carnestolendas
y todo pasa,
y hasta los alguaciles
dacan la maza.»

AYER, HOY Y MAÑANA

393

También la tomaba con el alguacil ó ministro de justicia cuando en
esos mismos días de Carnaval manteaban un hombre de trapo que llama­
ban pelele, cantando esta copla:
«Coge, chica, el pelele,
cógele, que se va,
cógele, que el menistro
preso le llevará.»

En esos mismos días colgaba un gallo en la calle, y con los ojos venda­
dos, aunque, como decían los pisaverdes, se quedara sin luz el barrio, le
asestaba con un palo diferentes golpes hasta que conseguía matarle para
comerle después con arroz, sin pensar en que á estas fiestas se aludiría
más tarde cuando se dijera arroz y gallo muerto.
Otro pelele, pero con cara negra, esto es, cara de traidor, cara de Ju­
das, hacían en todos los barrios de Madrid el Sábado Santo, y no le man­
teaban, sino que le quemaban con gran algazara y gran ruido de panderas
y castañuelas. Y aun ese día también llevaban á la hoguera la efigie de
una vieja que representaba la Cuaresma, y á la cual, pintándola con siete
piernas, como un pólipo racional, la habían cortado una en cada semana
del ayuno. Ceremonia popular que, aunque olía á chamusquina y por esto
podría hallar disculpa entre los padres graves de la época, no tenía una
explicación muy católica, y muchos la encontraban cierta analogía con el
entierro de la sardina, que era también otra diversión de gran fama en­
tonces, pero de un gran contrasentido religioso.
No sucedía así el 3 de mayo, en que la maja ponía un altar en cada
esquina, y allí, bajo un trono de pañuelos de seda y de flores de mano,
entre la cara de Dios y el retrato del monarca, se colocaba ella, galana y
hermosa como nunca, con los brazos abiertos y haciendo la cruz de mayo,
mientras sus amigas acosaban á los transeúntes pidiéndoles, con una gra­
cia que no podía menos de ablandar los bolsillos, un cuartito para la
maja y otro para la cruz del tragadero.
También tragaba cuando el día de San Eugenio iba á la romería de
las bellotas, y desde ese tiempo en que ya empezaba á comer chicharro­
nes y lomo (porque siempre dijo que «en San Andrés mata tu res, chica
ó grande ó como es») hasta el último día del año, había mucho de jolgo­
rio, de atracones y de divertimiento.
Dábase el primer redoble de tambores de Natividad el último día de
noviembre, y ya apenas había un momento en que no se oyera por las
calles el tamborileo de los muchachos, que iban anunciando el nacimiento
del Hijo de Dios, dividiéndose en bandos, muchas veces sangrientos, los
del Avapiés y las Vistillas, ó los de Afligidos y el Barquillo. Mientras

394

ANTONIO FLORES

tanto al honrado covachuelista, al sesudo magistrado y al grave y todo
el año circunspecto alcalde del Crimen se le empezaba á alborotar la san­
gre, se le bailaban los pies, relamíase de regocijo y con el pretexto de los
niños se entretenía en poner por sí mismo un Belén, haciendo un peñasco
tan propio y colocando las figuras con tanta propiedad, que se le antojaba
no haber hecho nada semejante en su vida. Y aun se ponía muy orondo
y muy hueco cuando oía decir á su mujer y á sus amigos que tenía una
verdadera habilidad y que Dios le había dado un talento especial para
hacer nacimientos. En cuanto á los muchachos, ¡pobres de ellos si no se
hubieran divertido con lo que su padre les ponía para que se divirtieran!
No les dejaban acercar al Belén y les decían que bailasen y cantasen
desde lejos como los pastores, porque lo demás no tenía gracia. A los chi­
cos les hubiese hecho más gracia jugar con ello y aun romperlo; pero se
limitaban á bailar y á cantar villancicos, admirando el estro poético de
su señor padre que sacaba versos con toda facilidad, y cuando los chicos
querían echar una copla á alguna persona de las que entraban á ver el
nacimiento, el padre les soplaba al oído con la siguiente:
«Tengo de echar una copla
por cima de un muladar,
para que Dios dé salud
á la señora que aquí acaba de entrar .)>

Todos aplaudían la copla y la prontitud con que el chico había encon­
trado el consonante, y algunos decían que no tenía gracia porque se la
había apuntado su padre. Y así pasaban alegremente quince días del año,
que daban principio con la famosa colación de Nochebuena y seguían
con el pavo de Pascua y las demás solemnidades de la quincena.
Pero el pintor no supo ó no pudo ó no quiso acabar ninguno de esos
bocetos y ni siquiera se le hallaron apuntes para otros varios que el lector
echará de menos. Unicamente nos dijo, como si fuera una noticia muy
rara, que las majas eran mujeres muy devotas; que su Cristo favorito era
el que está en la capilla de la Misericordia, hospital fundado en 1559 por
doña Juana de Austria; que esa imagen, así lo creían las majas y así lo
dice la nota que se lee en la estampa, fuépintada por el diablo en Malta;
que tras de creer que el diablo no tenía cosa mejor que hacer que irse á
Malta á pintar crucifijos, creía que no había más Virgen ni más Madre
de Dios que la de la Paloma, y por último, que cuando pasaba la Miner­
va por su casa colgaba las ventanas con las mejores telas que tenía en los
baúles y convidaba á sus amigas, diciéndoles:
—¡Ea, muchachas, cuajada y baile, que pasa Dios por m i calle!
Todo esto, como ustedes ven, no es decir nada; pero la culpa no es del

AYER, HOY Y MAÑANA

395

pintor, sino nuestra. Hemos faltado á un deber de amistad, porque el ar­
tista no nos autorizó á publicar esos bocetos, sino que, por el contrario,
nos dijo que sólo los tenía para su uso particular y por si algún día vol­
vían á estar de moda las majas.
Hoy, tiene razón el émulo de Goya, apenas se usan, y las pocas que
se gastan no las conocería por hijas suyas la madre que las parió.
Antiguamente se usaban tanto, que hasta en las fiestas reales les es­
taba reservado un gran papel.
A guisa de bandera nacional las llevaban los señores de la Villa en sus
procesiones, bailando y cantando con sus vistosos panderos cuadrados,
en los que se veían pintados el oso y el madroño y el /viva el rey!
También festejaban al monarca por su propia cuenta y voluntad, for­
mando vistosos grupos y alegres danzas delante del regio alcázar, y no
defendieron mal su persona cuando tan bizarramente pelearon por su rey,
por su patria y su ley el memorable Dos de mayo de 1808.

C U A D R O LII

A L A M O R DE L A L U M B R E

Cuando me ocurre pensar en la falta de abrigo que tuvieron los hom­
bres de ayer , me maravilla y me pasma el no haberlos encontrado dando
diente con diente y aun yertos de frío á todos, suspirando por una chi­
menea francesa, pensando en las futuras estufas de carbón de piedra y
soñando con los caloríferos de vapor. Imposible parece que se criaran tan
robustos y tan sanos y que alcanzasen tan larga vida no habiendo cono­
cido ni el traje boaté, ni el edredón de pluma, ni tantos otros abrigos
como tenemos los que después de haber descubierto cien modos y mane­
ras de viciar y de purificar la atmósfera, hemos inventado el confort para
las personas, los capuchones para los caballos y los perros chinos, y el
guano para las plantas.
El carbón de piedra vivía retirado del mundo en las entrañas de la
tierra, sin haber descubierto la misión que tenía sobre ésta y dejándose
enseñar como un ejemplar curioso de piedra negra en la celda de algún
sabio jesuíta ó agustino. Tampoco el vapor andaba por callejones de hie­
rro para abrigar las paredes de las habitaciones, ni el agua hirviendo se
dejaba encerrar en tubos de lata para calentar los pies á las señoras, ha­
ciendo confortables los salones y los carruajes.
Vidrieras dobles en las ventanas de los conventos, cuyos huéspedes
eran los únicos que conocían el confort, sin haberles ocurrido darle nom­
bre, y el resto de las gentes se abrigaban los pies con un felpudo de es-

AYER, HOY Y MAÑANA

397

parto ó una piel de camero y el cuerpo con una manta de Palencia.Pero
el fraile, como la monja y los seglares, tenían además de estos caloríferos
de ropa un mueble de abrigo, del cual no podemos dispensarnos de hablar
en esta primera parte de nuestra obra, siquiera este cuadro sea un dis­
curso necrológico cuando llegue la hora de escribir la última.
Aludimos al brasero.
No al que encendían los del Santo Tribunal para tostar al prójimo,
sino al utensilio ó vaso, que así decía el Diccionario de entonces, en que
se echaba carbón ó herraj, y que de azófar, de hierro ó de barro era una
prenda indispensable en todas las casas. Una prenda de abrigo y al mismo
tiempo de unión, de paz y de concordia en todas las familias.
El brasero, que produjo más tarde el calentador para las camas, la escalfeta para las mesas y aun el escalfador para los barberos, era el amigo
de confianza en las tertulias, el tercero en los amores, el lazo de unión en
las disensiones domésticas, el gran ocultador de pláticas amorosas, el
centro de todos los placeres caseros, y por decirlo de una vez, el punto de
apoyo que habían hallado las gentes de ayer en el espacio inmenso de los
disturbios y de las desavenencias domésticas entre los parientes naturales
y los políticos. Siempre el fuego constituyó el hogar, y el hogar fue la base
de la familia; pero ésta no alcanzó todo su bienestar ni llegó al apogeo de
su dicha hasta que se hubo inventado el brasero. Hasta que el fuego hubo
salido de los fogones y de las hornillas para colocarse en una cazuela de
barro ó de metal sobre una tarima de madera circular, no se conoció el
amor de la lumbre, que es el amor de los amores.
Recuerdos del brasero y preludios de su descubrimiento eran la ho­
guera que el pastor encendía en medio del valle para tostarse la cara con
el vivo resplandor de la llama y asar en el rescoldo unas patatas y unas
bellotas, y la chimenea de los lugares, donde el labrador congregaba su
familia para oir algún trozo de doctrina cristiana al cura del pueblo ó
una relación misteriosa y un cuento de brujas á la vieja más decidora
de la aldea; y aunque en ambos fuegos ardía el amor déla familia, el bra­
sero ha sido el que ha dado su verdadera importancia á ese amor, fuente
de todos los amores.
No trato de hacer aquí un cuadro, ni de la cocina del hogar en tiempo
de invierno, ni de la fogata de los pastores, porque aunque turbada la
calma y el recogimiento de las primeras por el silbido de las locomotoras
y amenguada la poesía de las segundas por el túnel que horada la mon­
taña, todavía existen y aún puede verlas el lector cuando le acomode. El
brasero, que si no ha desaparecido por completo está próximo á hacerlo,
y de todos modos ya no existe desde el punto de vista que yo pienso exa­
minarle, es el asunto del presente cuadro.

398

ANTONIO FLORES

Empezaban sus funciones caseras desde que las criadas, contra lo pre­
venido por la autoridad, le sacaban á encender al balcón en las primeras
horas de la mañana y no acababan hasta que esas mismas mujeres reco­
gían la lumbre de manera que el brasero que había apagado durante el
día el fuego de la discordia casera no produjera por la noche un incendio
en la casa. Gastaba el brasero sus primeros ardores en caldear la habita­
ción y en templar el agua para que se afeitase el señor y en secar los pa­
ñales del recien nacido con un verdadero amor de madre y en calentar
la papilla y en otras faenas análogas; y cuando la señora de la casa había
oído misa y dado una vuelta á sus quehaceres domésticos, hacía su pri­
mera visita al brasero, no para sentarse á su lado, ni para hurgarle, porque
esto decían que era pasar la lumbre sin substancia, sino para echar una
firma. Operación dificilísima y de gran importancia en aquellos tiempos
en que había pocas personas que supieran firmar, y aun los que sabían
hacerlo sobre un papel no podían ejecutarlo sobre un brasero. Por eso la
que era verdadera señora de su casa y enemiga del despilfarro del fuego,
le movía por sí propia y aun escondía la badila, y sólo á ciertas gentes les
brindaba, más de cumplido que de buena voluntad, á que echasen una
firma.
Pero por la mañana ella sola las echaba y añadía un puñado de es­
pliego y una cáscara de membrillo y á veces un poco de azúcar, cuyo
humo á la vez que perfumaba la habitación calentaba el aire de ella. De
manera que una sala en aquellos tiempos, á pesar de sus dimensiones
resultaba abrigada y aun confortable sin más que la estera de pleita
blanca, un ruedo de esparto en cada balcón y un brasero con espliego y
su camilla para las noches.
Con semejantes elementos pasaban las familias muy bien los invier­
nos, y especialmente de noche, aunque los de cada casa estuviesen solos,
se consideraban muy acompañados.
— Yo no sé lo que tiene el brasero— decían aquellas gentes,— que aun­
que esté apagado siempre hace compañía.
A las hijas de familia, sólo de noche, y eso para hacer labor sobre la
camilla, les estaba permitido el acercarse al brasero; porque constante­
mente les decían sus madres que era feo el ver una joven junto á la lum­
bre y que las chicas debían avergonzarse de tener frío. Los señores ma­
yores eran los únicos que se acercaban al brasero durante el día, y con
especialidad después de comer, por más que en estos momentos el amor
de la lumbre no fuese amor de madre, sino amor de madrastra. Por más
precauciones que tomaban las amas de casa para que el carbón viniera
bien pasado y no hubiese tufo, al amorcillo del fuego se dormían los hom­
bres, y arrullando tranquilamente una apoplejía, contestaban cada vez

AYER, HOY Y MAÑANA

399

que querían despertarlos «que el amor de la lumbre les daba la vida y que
les dejasen estar allí un momento más.»
— Quítate del fuego y vete á dar un paseo, que está la tarde muy her­
mosa— decía la esposa á su cara mitad;— mira que el brasero es muy
malsano y que tú estás muy expuesto á una apoplejía.
— Ya voy, ya voy— respondía el marido con voz balbuciente, sin abrir
los ojos y con esa sonrisa burlona del bienestar congestivo.
Y no se movía hasta que con un sueño y otro había engruesado la
sangre, resecando el cerebro con el calor del brasero, sobre el cual se co­
locaba la camilla, y encendida la luz y rezado, en latín, por supuesto, el
Angelus Domini y el rosario y las devociones particulares de la casa,
todos de rodillas rodeaban el brasero, y al amor de la lumbre se ponían
las mujeres á hacer labor, los hombres á jugar á las damas y todos á sentir
reanimarse con el calor del brasero sus respectivos amores y muy prin­
cipalmente el amor de la familia; la cual antiguamente no se componía
de sólo los padres y los hijos y los demás parientes, sino que formaban
parte integrante de ella los criados; porque en aquellos tiempos de servi­
dumbre y opresión no tenían los criados libertad para separarse de sus
señores ni éstos para prescindir de ellos. Asociábanse para gozar los
buenos sucesos y lloraban juntos los adversos; de manera que el joven
que para ganar su sustento tenía que pasar por el dolor de abandonar el
hogar paterno, reconocía otra patria potestad y hallaba otra familia en la
de sus amos, si procedía con honradez en el servicio.
La joven que venía á Madrid en busca de acomodo no traía recomen­
dación para un memorialista, ni menos para la agencia de sirvientes, que
no existía entonces, sino que acompañada de su madre ó de alguna otra
persona de su familia iba derecha á una casa determinada, donde se en­
tablaba el siguiente diálogo entre el ama de la casa y la madre de la lu­
gareña.
— ¿Conque esta es la moza?— decía la señora.
— Sí, señora; nosotras sernos para servir á Dios y á su mercó, yo la ma­
dre y ésta la hija, la que su mercó encomendó al tío Pucheritos.
— ¿Al tío Pucheritos?
— Así le icimos por mal nombre al carbonero del lugar que trae el avío
todos los años á esta casa.
— ¿Y traes buenos ánimos, muchacha?—le preguntaba la señora.— ¿Qué
sabes hacer?
La joven callaba y no alzaba los ojos del suelo hasta que su madre
decía:
— Mire su mercó, señora; ella....yo voy á ser franca, grandes habilida­
des no sabe; ¡para qué se ha de decir una cosa por otra!; pero atento á su

400

ANTONIO FLORES

obligación, y á barrer y á fregar y....vamos, al avío de una casa, pocas
habrá más listas, aunque me esté mal el decirlo.
—Es decir—replicaba la señora,—que no sabe hacer nada; porque del
gobierno de una casa de pueblo á una de Madrid hay una distancia muy
grande; pero eso á mí no me importa y casi prefiero que no sepa nada,
porque así podré enseñarla y hacerla á mis mañas, si ella es dócil y
quiere aprender.
—Pues qué tiene que hacer sino deprender todo lo que su mercé la
enseñe, que á eso ha venido, y su mercé haga de ella lo que quiera, y péguela si es mala, que su mercé es el cuchillo y ella la carne, y ya la he
dicho que los amos son unos segundos padres.
—Ella no dará lugar á que la peguen ni la regañen—decía el ama
sonriendo y mirando á la muchacha con cierto cariño.
Y dirigiéndose á la madre, añadía:
—Aquí, si ella se aplica, saldrá el día de mañana una mujer hecha y
derecha, y no verá malos ejemplos, porque mi casa es muy cristiana y de
mucho orden, aunque no me esté bien el decirlo, y el mes corriente no le
faltará nunca; y si aprende á ganarlo, se le irá subiendo el salario hasta
que llegue á veinte reales, como tenía la que se me ha casado ahora des­
pués de estar á nuestro lado quince años.
Y la señora de la casa se enternecía como pudiera haberlo hecho al
recordar la pérdida de un hijo, y cortaba la conversación mandando á la
muchacha que se quitase el pañuelo que traía á la cabeza, disponiendo
que almorzara la madre y volviéndose á su marido y á sus hijos para
decirles:
—Me gusta la pinta de esta chica, y la madre tiene trazas de ser muy
buena cristiana y mujer de su casa, porque aunque pobre, viene muy
aseada.
Con esto quedaba instalada la lugareña, no para servir, sino para
aprender á hacerlo; y la señora de la casa la enseñaba, con una paciencia
ejemplarísima, á barrer, á limpiar, á guisar y á coser, cuidando de que
una de sus hijas la instruyese en la doctrina cristiana. Y con esto, la
criada era un individuo más de la familia, que salía á paseo los domingos
con sus amos, que rezaba con ellos el rosario, que iba á confesar con la
señora todos los meses y que de su salario y las propinas la compraban
la ropa, que la ayudaban á coser las hijas de la señora, y por último, que
si no bastaban á corregirla de sus defectos las reprensiones y algún pe­
llizco para que no se durmiera rezando ó haciendo labor, se avisaba al
pueblo para que su madre viniera á llevársela.
Con esto, la criada iba haciendo su baúl para el día de mañana; en­
viaba algunos ahorros á sus padres con el carbonero del lugar, y si éste

AYER, HOY Y MAÑANA

401

no estaba muy distante de la corte, en la fiesta del santo patrono solía ir
algún añQ llevando en su compañía á las señoritas de la casa, que la con­
sideraban como una hermana. Si andando el tiempo se enamoraba de
algún honrado tendero de comestibles ó del barbero de la vecindad, el
novio empezaba por pedir la mano de la criada á los amos, y estos, des­
pués de ver si la boda era conveniente, lo participaban á los padres y se
brindaban á ser padrinos de ella.
Esta era la servidumbre en tiempo de la ignorancia y antes de que la
civilización la hubiese elevado á la categoría de contrato bilateral que
hoy tiene.
Al amor de la lumbre, que vivificaba y mantenía sin relajación los
lazos de la familia, se engendraba el cariño de los amos para con los
criados, y estos, que veían en aquellos la representación de sus propios
padres, los servían con amoroso respeto y hacían por ellos esfuerzos de
abnegación sublime, sin interes alguno y sin pensar que llegaría un día
en que el remedo imperfecto de aquellas virtudes sería objeto de públi­
ca licitación para premiarlas con lotes metálicos. Verdad es que enton­
ces, aunque no se daban premios á la virtud, tampoco se daban bailes en
Capellanes, ni se conocía el Ariel ni el Paraíso. El único paraíso de las
criadas de servicio era la pradera de la Teja, la Virgen del Puerto ó el
Retiro, adonde iban con sus propios amos, no á bailar, que esto sólo lo
hacían por Navidad y por Carnestolendas en su casa, sino á pasearse y
divertirse honestamente.
Al amor de la lumbre pasaban las familias las noches de los días de
fiesta, oyendo la vida del santo ó algún capítulo de la Guía de pecadores
de fray Luis de Granada, y jugando un rato á la perejila ó á los tres sie­
tes, y alguna vez, como hemos visto en otros cuadros, se entretenían en
juegos de prendas. Pero la prenda de todo era el brasero, símbolo del
hogar y de la felicidad domestica, al cual se arrimaban todos frotándose
las manos para ahuyentar el frío y excitar la alegría, y estrechándose y
reduciéndose para que cupiesen muchos pies sobre la tarima. Pies mas­
culinos, se entiende, porque á las jóvenes les estaba prohibido hacerlo.
Y el brasero que servía de núcleo á aquellas reuniones solía ser de
hierro con tarima de pino, y la lumbre y la ceniza no eran de oro y de
plata como la que regaló cierto personaje de la corte á una de las prime­
ras actrices de entonces; suceso histórico que no puedo dispensarme
de referir como verdadero corolario al amor de la lumbre.
Había en Madrid un duque casi emparentado con reyes y cuyos esta­
dos eran de los más poderosos de España, el cual, sintiéndose con cierta
afición al teatro, acabó por enamorarse perdidamente de una célebre comedianta. En el portal de la casa en que vivía la dama de las comedias
T omo I
26

402

ANTONIO FLORES

había, como en otras muchas ele la corte, un retablo en el que estaba
pintado un Eccehomo, y cada vez que el duque entraba allí arrojaba un
pañuelo á la cara del Divino Señor y subía precipitadamente la escalera,
satisfecho de haber pasado sin que la santa efigie le hubiese visto. Así
transcurrió algún tiempo, gastando el bueno del duque un par de pañuelos
en cada visita, cosa que sería muy del agrado del que los encontrara, y un
día de los más fríos del invierno, en que el galán buscaba con el amor
de la cómica el amor de la lumbre, sintió la falta del brasero y aun re­
convino á la dama porque no le había mandado encender. Díjole esta
que no le tenía, y el duque ofreció enviársele al día siguiente, como en
efecto lo hizo. Pero como S. E. era, según hemos dicho, muy rico y per­
sona muy principal, hacíalo todo como quien era, y no sólo envió á su
dama un brasero, sino que le mandó también la lumbre; pero no lumbre
de carbón vegetal, ni de cisco, como entonces se usaba, ni de carbón de
de piedra y cok como ahora se usa, sino de oro y de plata: en un mo­
desto brasero de hierro vació unos cuantos talegos de onzas de oro con
que imitó la brasa, y en derredor una gran cantidad de mejicanos de
plata, que hacían las veces de ceniza.
He dicho y repito que este lance es histórico, y digo, y no me cansa­
ré de repetir, que la comedianta debió cobrar gran afición y tener gran
fe en el amor de la lumbre.

CUADRO L i l i

MANOLOS Y C H IS P E R O S Ó E L L A Y A P IÉ S Y E L B A R Q U IL L O

De propósito, y no por olvido, que no cabía tenerle en asunto tan grá­
fico, hemos dejado llegar casi á su término esta historia de lo pasado sin
hablar detenidamente de los habitantes del Sur y del Norte de Madrid,
personajes característicos de 1800 y tipos interesantísimos en la presente
historia.
En el cuadro de la Bandera española, en el de Pan y toros, en
el de Fandango y broma y en otros de este jaez, al poner de relieve
á la maja del Rastro y de Maravillas, apenas hemos permitido que
se asomara el majo de ambos hemisferios populares, ni menos hemos
querido dar su retrato con el detenimiento que requiere su importancia
histórica.
Y á obrar así no nos ha inducido el juicio equivocado que las graciosas
exageraciones de D. Ramón de la Cruz nos pudieran hacer formar del va­
leroso habitante de los barrios extremos de la corte, sino que habiendo
sido los manólos y los chisperos los que más han tardado en rendir las
armas yen dejarse coger prisioneros por las ideas modernas, nos ha pare­
cido que para cerrar este gran cuadro de obscurantismo no había mejor
retrato que el del hombre que más se ha defendido contra los efectos de
la civilización.
Por otra parte, y esto debe tenerse muy en cuenta, el verdadero pue­
blo de Madrid le constituían los majos.

404

ANTONIO FLORES

Las demás clases de la sociedad madrileña formaban la corte y eran
una población artificial y heterogénea, nacida en derredor del trono, y
que adonde hubiese mudado su residencia el monarca habría llevado sus
hábitos y sus costumbres.
El manolo y el chispero no estaban en ese caso. Madrid había sido su
cuna y Madrid era su patria.
Verdad es que la Macarena de Sevilla, el Perchel de Málaga, el Azoguejo de Segovia, la Mantería de Valladolid y la Huerta de Valencia en­
viaban algunas de sus mayores celebridades para que tomasen cartas de
naturaleza, de vecindad y de oficio en el gremio; pero los verdaderos tipos
del cuadro, los héroes del Lavapiés y del Barquillo, eran nacidos y bauti­
zados en San Lorenzo y en San Ildefonso.
En estas pilas les ponían la sal, que más tarde aumentaban con la
que traían consigo los de Triana y la Caleta, resultando así tan salados,
que ya no se les pudría ningún resentimiento en el cuerpo, y para de­
cir su sentir á las gentes, lo mismo les daba que se presentasen uno á
uno, que á millares y en tropel, como lo hicieron en 1808 con los fran­
ceses.
¡Pero por ventura los manólos de 1808 no eran hijos del calesero Ber­
nardo y de los que á su lado defendieron la capa larga y el sombrero
chambergo contra el ministro Esquiladle y aun resistiendo osados al mo­
narca!
¡Y no descendían de los que en todos tiempos habían hecho suyos los
agravios del pueblo español, peleando con ejemplar denuedo, lo mismo
en pro de los comuneros de Castilla que contra las huestes del archidu­
que Carlos!
¡Pues quién había de extrañar su heroísmo en 1808 y su dignidad
en 1812!
No era posible que dejasen de empuñar un fusil y aun de luchar con
las uñas el Dos de mayo los que habían oído al tío Jeromo Itigores, alias
el Tuerto de las Vistillas, contar los esfuerzos que él y los suyos hicieron
en el motín contra Esquiladle, ni podía esperarse que hicieran otra cosa
que dejarse morir de hambre antes que tomar un bocado de pan de ma­
nos de los franceses los que habían oído referir á sus abuelos las proezas
que hicieron ellos y sus mujeres contra los tudescos partidarios del ar­
chiduque.
Pero es la verdad que á pesar de todos esos antecedentes, cuesta
trabajo concebir el arrojo y el heroísmo del Dos de mayo, y nunca se
comprende, ni menos se admira lo bastante el patriotismo de los que
morían de hambre, rechazando el alimento que les hubiera dado la vida,
porque se lo ofrecía una mano extranjera.

A YE R , HOY Y MAX ANA

405

En estos rasgos de valor y de patriotismo fueron igualmente dignos de
aplauso los habitantes de los barrios altos que los de los bajos, y manoios y chisperos, á pesar de sus ordinarias rencillas y divisiones, estuvie­
ron perfectamente unidos al luchar por la dignidad y la independencia
de la patria, ó según nos han dicho los historiadores postumos, por la
libertad y aun casi por la Constitución.
Por supuesto, que cuando tales cosas se han dicho, aun eran realis­
tas, por respeto á la memoria de sus padres, los hijos de aquellos ma­
nólos que murieron defendiendo al rey y ahora se hallan canonizados
como héroes de la libertad en el calendario de los mártires de la Consti­
tución.
Pero nosotros los hemos sorprendido mucho antes del año de la fran­
cesada, como ellos decían, y antes por lo tanto de que muchos de ellos
muriesen de carpanta, que así llamaban al hambre el año 1812, y vamos
á decirle al lector lo que eran los habitantes de Lavapiés y el Barquillo,
conocidos con el nombre genérico de majos, pero distinguiéndose, como
ya hemos dicho, los de los barrios altos con el apodo de chisperos y los
de la parte baja de Madrid con el de manólos.
Estos últimos, como que eran mucho más numerosos que los otros, se
habían dado algo más á conocer y eran los que verdaderamente consti­
tuían la raza de los majos, en la cual estaban vinculados los oficios de
cortador, carnicero, tripicallero y aun el de tratante y revendedor de
frutas de alto precio, y los gremios de zapatería, carpintería menuda,
hojalatería y otras artes mecánicas por el estilo, con inclusión de los ca­
leseros, que todos eran mandos, de algunos oficiales, nunca maestros de
sastres, y muchos traperos.
El chispero, su nombre derivado de las chispas de fragua lo indica,
aunque ejercía en sus barrios los oficios que el manolo en los suyos, era
principalmente herrero y cerrajero.
La Virgen de la Paloma, el Cristo de los Ajusticiados, el Santo de las
parrillas y el Padre de la Providencia formaban la corte celestial del
manolo.
La del chispero se llenaba toda con la Cara de Dios, que para su
barriada había robado en Roma el príncipe Pío, y apenas cabían en su
calendario la Vigen de Maravillas, San Antón y san Ildefonso.
Ambas parcialidades echaban el resto y aun envidaban á descubierto
alguna cosa más en las fiestas de sus respectivos santos patronos, y se
recibían tan cordialmente en sus barrios los unos á los otros, que si en
aquellos tiempos hubiese habido diarios políticos no habrían dejado de
ponderar el rumbo y el buen tono con que el chispero hacía los honores
de la plazuela en la de Afligidos el Viernes Santo y los de la calle en la de

406

ANTONIO FLORES

Hortaleza el día de San Antón; diciendo eso mismo y aun algo más del
manolo los días de San Lorenzo y de San Gayetano.
A pesar de esta cordialidad y de estos agasajos, los bandos de Lavapiés y del Barquillo, que dieron origen al precioso sainete de La vengan­
za del Zurdido, y los de las Vistillas y Maravillas reñían más á menudo
de lo que hubiesen querido las autoridades de entonces, y desde niños se
apedreaban y se rompían la cabeza con encarnizado arrojo los manólos
y los chisperos.
El campo de sus fechorías, muchas veces preparadas con todas las for­
malidades de los antiguos torneos y justas, eran ordinariamente los tres
puntos siguientes: la Cuesta de la Vega, la de Areneros y el Portillo de Gil
Imón.
También si entonces hubiese habido periódicos se habrían anunciado
previa y oportunamente las pedreas, que nunca dejaban de estar concu­
rridas, y se habrían dado curiosos pormenores de ellas.
Desgraciadamente no existía la Gacetilla de la capital, y se han per­
dido los interesantes detalles de aquellas famosas contiendas.
Un pliego de aleluyas, que éstas eran las fotografías inmortalizadoras
de antaño, es el único documento que nos ha transmitido algunas noti­
cias de semejantes desahogos populares.
Aparte de esas contiendas infantiles, que consentidas y aun apadrinadas
por la gente vieja de los respectivos barrios, marcaban perfectamente la
rivalidad que había entre ellos, se notaban otras diferencias entre el modo
de ser y la manera de vivir de los manólos y los chisperos; diferencias
que más tarde, cuando los sucesos políticos vinieron á dividir las fami­
lias, se hicieron más ostensibles y trascendentales.
La guerra de la Independencia, lejos de aumentar la desunión de los
bandos mándeseos, hizo desaparecer y borró todas las rivalidades de la
localidad, reuniéndolos á todos contra los franceses, hasta el punto de
que en la defensa del Parque, que estaba en territorio de los chisperos,
no hubo más de éstos que manólos, y todos pelearon con la misma bra­
vura.
También rechazaron con igual indignación el pedazo de pan que les
ofrecía el soldado de Pepe Botellas, que no quisieron llamar de otro modo
al monarca intruso, y juntos murieron de hambre los del Rastro y los de
Leganitos.
Pero más tarde, en época de que no debiéramos ocuparnos en esta
parte de la obra, no sucedió lo mismo.
La política que dividió á los manólos y á los chisperos dentro de sus
mismos barrios en negros y serviles ó en liberales y realistas, los llevó
hasta el punto de que aquel mismo pueblo bajo que escribió con su san-

AYER, HOY Y MAÑANA

407

gre la página gloriosa del Dos de mayo, y aquellas gentes que prefirieron
ver morir de hambre á sus hijos antes que darles el alimento que tocaba
con sus manos el extranjero, fueron los que once años después cubrieron
de flores el camino que pisaba el mismo ejército francés, y abrazaban y
permitían que sus mujeres abrazasen á los soldados invasores, llevándo­
los en volandas y en son de triunfo y haciendo otras mayores demostra­
ciones de entusiasmo.
Y toda esta diferencia, que no hay lógica que baste á explicarla si á
los héroes del Dos de mayo los llamamos héroes constitucionales, consis­
tía en que la primera invasión la hicieron los franceses para quitarles el
monarca, y la segunda para restablecerle en el trono.
Pero no todos los chisperos y menos aún los manólos recibieron á
los Angulemas con los brazos abiertos ni sembrándoles de flores el ca­
mino.
Algunos de los habitantes del Lavapiés habían vestido el uniforme de
milicianos nacionales, y bastante hacían con esconderse de los blancos para
que no les pusiesen á palos el cuerpo negro, y sólo los serviles, los que
se estaban preparando á vestir el uniforme de realistas aunque les llama­
sen palomos, eran los que fraternizaban con los franceses; y de éstos
eran casi todos los majos de la parte alta de Madrid.
El pueblo madrileño ha tardado mucho en ser liberal; pero los chis­
peros, no sólo han tardado, sino que nosotros creemos que han muerto
sin haberlo sido.
Los aires del Norte fueron siempre poco constitucionales.
Pero en la época á que nos referimos en este cuadro no había otras
constituciones que las ordenanzas ó estatutos de las comunidades religio­
sas, y ciertamente que hemos hecho mal en traer aquí semejantes pala­
bras entonces subversivas, envenenando la memoria de aquellas pobres
gentes con la discordia política.
En esta materia, ni los manólos ni los chisperos tenían formada
opinión ninguna, y tal como hallaron el mundo se lo entregaron á sus
hijos, encargándoles que se santiguaran y aun que dijesen tres veces
Jesús cuando les hablasen de la revolución francesa, y que á la Inqui­
sición ehitón, al rey y á la patria la vida y la hacienda, y á la ley obe­
diencia.
Unicamente se permitían en este último punto algunas licencias que
solían pagar bien caras, unas veces perdiendo su libertad, otras el cuero
de las espaldas, no pocas dejándose emplumar y aun volteando en el aire
y enseñando la lengua por última vez al público.
Pero no eran los majos los que mayor surtido daban á las cárceles, ni
menos á los presidios, ni mucho menos al verdugo;

408

ANTONIO FLORES

Decimos de esta raza madrileña lo que dijimos al hablar de sus mu­
jeres: se los ha calumniado mucho, porque se ha confundido casi siempre
el traje con el individuo.
Lo mismo vestían el truhán 'picaresco, para quien todos los pueblos de
España eran su patria nativa, que el honrado menestral nacido y criado
en la corte; ambos llevaban su chupetín de paño, su chaleco, su faja y sus
medias de seda, su sombrero de picos, sus hebillas de plata de martillo
y su capa galoneada.
Pero el uno usaba esas prendas de lujo para lucirlas los días festivos
en la pradera de la Teja, en el corral de las comedias ó en la plaza de
toros, y el otro para cortejar ó ser cortejado, que esto era lo más cierto,
por alguna caprichosa dama de la corte, y para petardear y hacer á la
sombra del traje otras varias truhanerías.
El menestral honrado, manolo ó chispero, trabajaba con ahinco cinco
días de la semana y holgaba el domingo porque era día de fiesta, y el
lunes porque debía de asistir á las corridas de toros; diversiones públi­
cas que no se conciben sin la presencia de los majos, cuyo sombrero de
calaña en los hombres y la mantilla de franja en las mujeres ha dejado
un vacío irreparable en la plaza de toros.
El chulo del toreo, el toreador, el contratista de caballos y algunos de
los precisos operarios de las corridas de toros pertenecen y han tenido
su origen en la gran familia de los majos y en la especie conocida con
el apodo de la manolería; los chisperos apenas han dado un chulo á la
plaza.
Entre los cortadores, los matachines y los chalanes ó tratantes en ga­
nado estaban los grandes viveros de diestros, y ninguno de estos oficios
se practicaba en la parte alta de Madrid.
Al ocuparnos de la manóla hemos elogiado el rumbo, la gracia y el no­
ble desenfado de los majos, y no está bien que ahora reproduzcamos sus
chistes y sus agudezas, sobre todo tratándose de los hombres que ordi­
nariamente eran callados, porque creían que el sacar la lengua compro­
metía más que el sacar la navaja ó el alzar la mano para sacudir una
bofetada, y porque á pesar de no haberse planteado la organización del
trabajo ni suprimido ciertos días festivos, en los de labor cumplía cada
uno con su deber, y no se distraían hablando ni menos echando un ciga­
rro, porque echaban pocos.
El aprendiz no fumaba nunca, el oficial no se atrevía á hacerlo delante
de su maestro, y si alguno de éstos fumaba era tres ó cuatro veces al
día cuando mucho.
Grande era el respeto y no menos grande la obediencia que en esto y
en todo guardaban los menestrales á sus respectivos superiores en el oíi-

A Y E R , HOY Y MAÑANA

409

ció, y cada maestro era un padre de familia y un verdadero señor de la
gente de su taller.
Los oficiales se hacían hermanos de la cofradía religiosa á que perte­
necía su maestro, y éste, que tenía algún cargo en la junta gremial de
su profesión, les contaba lo que ocurría en ella y le escuchaban como a
un oráculo.
No les subía el jornal cuando había trabajos extraordinarios, sino
que al acabarse éstos les daba una merienda en el campo y una pro­
pina, y ¡pobres de ellos si se le hubieran alborotado exigiendo alguna
otra cosa!
A la lotería primitiva jugaban á escote en todos los talleres y repar­
tían religiosamente los premios que alcanzaban, después de haber reti­
rado unos cuantos reales para poner unas velas de cera al San José ó á la
Virgen de la Soledad que tenían en el taller.
Esta lotería era la pasión favorita de aquellas gentes, porque además
de que decían, y decían muy bien, que un real más ó menos ni les hacía
ricos ni les sacaba de pobres, la emoción que sentían todas las semanas
oyendo gritar el ¡á ochavito los fijos de la lotería, á ochavo!, no era para
perdida, porque entonces andaban caras y aun así eran pocas las emo­
ciones.
Por ese mismo juego le proporcionó una harto triste un albañil á su
consorte.
Habíale dicho que el día que le cayese la lotería dejaría el oficio y
pondría la casa con lujo, dándose ambos una vida de príncipes, y la
encargó que si alguna vez le veía venir en silla de manos, tuviese por
cierto que había acertado un terno y que podía arrojar los trastos por la
ventana.
Pióse la mujer de los propósitos del albañil, porque tenía por impo­
sible acertar tres números en una extracción; pero con todo esto, como
deseaba que su marido acertara, no dejaba de asomarse los días de sorteo
para verle venir, y como una vez lo hiciese en silla de manos, empezó á
tirar los muebles á la calle, con no poco asombro de las vecinas y cierto
dolor del albañil, al cual no le había caído la lotería, sino que él se había
caído desde un andamio y se había quebrado las costillas.
De este suceso se hizo una lámima que aún anda de venta por Madrid;
pero no se colocaba á la puerta de las administraciones de loterías, como
otra que representaba varios afortunados mortales, entre ellos un agua­
dor bailando por haberle tocado un terno.
Por supuesto, que nada habría perdido la renta de la lotería aunque
ios aficionados hubiesen visto el cuadro al acercarse á jugar, porque al
cabo y al fin, el desgraciado albañil no había caído del andamio por ser



410

ANTONIO FLORES

jugador de lotería; y aunque así hubiese sido, tenía el pueblo de Madrid
harto bien puesta la afición para perderla por un desengaño más ó
menos.
Para suprimir ese juego, y no ciertamente en nombre de la morali­
dad pública, sino en el de la conveniencia del amo de la casa de juego,
se ha necesitado algo más que una estampa: ha sido preciso un real
decreto.

CUADRO LIV

LOS GRI TOS D E MADR I D
«El buen paño en el arca se vende.»
(Consejos de una madre recogida
á una doncella que rabiaba porque
algún hombre la recogiera.)

El que calla....no dice nada, y nunca con menos razón que ayer se
ha podido pensar que el que calla otorga.
Ni los labradores de 1800, que nada decían al entregar las primicias
de sus tierras al fraile que se las decomisaba en las eras, daban su otorga­
miento al diezmo mayor, ni porque callaban al dar á los mismos benditos
religiosos, y por vía de diezmos menores ó minucias, la mejor porción de
sus aves y de sus rebaños se puede decir que estaban conformes con
aquella langosta cereal y pecuaria.
Tampoco los comerciantes decían esta boca es mía, al ver que la Cá­
mara ó el Tesoro Real decía esa hacienda es nuestra, declarando el todo
ó parte de sus géneros como propiedad sin dueño y que forzosamente
había de dar en poder del fisco.
Tras de no hallar á la mano otro transporte que el que les ofrecían las
naves extranjeras, pagaba una crecida suma al rey, y callaban ellos al oir
llamar regalía á lo que él regalaba muy á su pesar.
Hacíanle los votos pagar sendos tributos, y se contentaban con votar
á sus solas, pero de manera que no les oyese ni el cuello de la camisa y
siempre después de haber pagado.

412

ANTONIO FLORES

No era, sin embargo, todo resignación ni todo virtud el silencio mer­
cantil de antaño. Tompoco era temor á las mordazas del Santo Oficio y á
la sala de Alcaldes, sino costumbre de callar; que la costumbre, tú, lector,
lo sabes, la costumbre hace oficios de ley cuando éstas andan por las nubes.
El silencio y la reserva con que se hacía el comercio entonces es buena
prueba de lo que decimos y de que antaño la raza mercantil no estaba
sujeta á las enfermedades que hoy padece.
Hubiéranse desarrollado ayer las plagas de la abundancia y de la con­
currencia, y el comercio de antaño habría, como el de hogaño, puesto el
grito en los cielos.
Pero la plétora era una enfermedad poco conocida en las fábricas y
enteramente ignorada en los almacenes, y la lanceta de la publicidad era
excusada.
Decirle á un comerciante de antaño que anunciase al público la venta
de sus géneros, habría sido peor que llamarle perro judío (ofensa gravísi­
ma entonces), y habría contestado de seguro:
— Pues qué, ¿mis géneros están averiados ó podridos, que necesite
pregonarlos para venderlos? No, señor, nada de eso: él buen paño en el
arca se vende.
Y en el arca se vendía sin que ni el arca estuviese de muestra.
Para buscar un despacho de tal ó cual género se necesitaba una guía,
que no había por cierto, y al forastero que pensaba comprar alguna cosa
en la corte le era indispensable valerse de prácticos que le dijesen la
calle en que se vendían los lienzos, los portales de la Plaza en que esta­
ban los almacenes de paño, el barrio en que se albergaban los caldereros
y los puntos que los demás gremios tenían señalados para el despacho de
sus mercancías.
Pero aun estas noticias no eran suficientes para encontrar los géneros
que se deseaban. Dábanla entonces las mercancías tan de recatadas y de
honestas, que se metían debajo de siete estados de derrapara no incitar
con su desenvoltura el apetito del comprador.
Todas las tiendas ofrecían el mismo aspecto y en todas ellas parecía
que se vendía una misma cosa, á pesar de que los gremios se vigilaban
de tal modo que ningún comerciante era osado á tratar ni vender otra
cosa que aquella por la que estaba matriculado.
Para escribir una carta era preciso buscar la tienda en que se vendía
el papel, y allí preguntar si sabían dónde habría plumas, y luego indagar
la casa en que se hallarían las obleas, y correr todo Madrid en busca de
una botella de tinta, ó llevar un frasquito á casa del tintorero para que,
por favor, diese un poco de tinte negro ó pardo, que para el caso era lo
mismo.

A Y E R . HOY Y MAÑAN A

413

Y decimos que era preciso andar de tienda en tienda preguntando si
tenían el género que se quería comprar, porque lo mismo se parecía la
lonja de sedas á la confitería, que ésta al almacén de paños y al despacho
de lienzos.
Todas tenían una entrada sucia'con unas puertas de madera virgen,
claveteadas de hierro, y en el suelo el indispensable tragaluz de la cueva,
y una estantería de pino en derredor de la habitación, y un mostrador
de nogal, sobre el que hacía palotes el recién llegado mancebo de la tien­
da, y por ultimo el indispensable retablito del santo patrón de la casa,
que solía ser la Virgen del Carmen ó San Antonio, con un par de velas
que se encendían los sábados y el día en que al amo le había salido bien
la cuenta.
Los mancebos mayores alternaban con el amo en el despacho, aun­
que no en la mesa, que él comía solo con su esposa y para los muchachos
se ponía olla aparte; y no crean ustedes que olla podrida, sino los garban­
zos y algunas cortezas de tocino y un poco de carnero. Y si al doblar los
manteles era día de fiesta solemne, solía tocarles algún desperdicio del
estofado de vaca con que se regalaba el amo. Los demás días los doblaban
con un racimo de uvas ó una rebanada de queso y un pedazo de pan, no
muy grande ni muy tierno, porque, según decía el amo de la tienda, el
mucho pan embrutece y cuando está reciente lastima la dentadura.
Mancebos tan regalados en la comida lo eran no menos en el vestir,
cuyo aseo nunca permitió que la manga de la chaqueta barriese el mos­
trador, sino que se quedaba muy atrás de la muñeca, y la chupa no les
alcanzaba nunca al estómago, y todo era parco y tímido, siéndolo tanto
la capa, que jamás la vió ningún hortera sobre sus hombros.
Profetizando la flamante cadena magnética, iban á cuerpo gentil, co­
gidos por el dedo meñique, todos los domingos á ver las fieras en el real
sitio del Buen Betiro ó á jugar al trompo en la pradera de la Teja. Vol­
vían á su casa dos horas antes de anochecer y allí rezaban el rosario con
el amo, que como aún no se llamaba principal ni los mancebos depen­
dientes, solía santiguarles la cara con un bofetón cada vez que se dor­
mían y tomarse con ellos otras franquezas por el estilo, entre ellas la de
tutearles, apostrofándolos con el expresivo dictado de bárbaros y de zo­
quetes y otras lindezas de los rudimentos mercantiles de aquella época.
El muchacho que hacía palotes barría la tienda y la calle, y llevaba
el cesto cuando su amo iba á la compra, y echaba una mano y las dos,
aunque tuviera sabañones, á las haciendas del ama, soplando los puche­
ros y fregando el vidriado.
La contabilidad en esas casas era muy sencilla y exenta de libros y de
borradores.

414

ANTONIO FLORES

Consistía en tener dos arcas de hierro, la una del capital para com­
pra y reposición de géneros y la otra de las utilidades. En la primera,
cada vez que el amo hacía pago de alguna letra ó cosa por el estilo,
echaba en el arca un papelito en el que tras la consabida señal de la cruz
y con una ortografía deliciosa se leía lo siguiente: He sacado veinticin­
co doblones 'para pagar el azúcar. Lo mismo hacía con la segunda, de
donde sacaba lo necesario para el gasto diario de la casa, y ponía otro
papel que decía: He sacado de este talego una onza para el gasto del mes
— más veinte reales para pagar el salario de la muchacha— más dos pe­
sos para Paco el mancebo—más cien reales por la limosna mensual á
los Santos Lugares—más cuatro pesetas que saqué para la pedidera del
Carmen— más tres ducados para el escapulario de la Merced y engarzar
el rosario.
A la criada le daba además del salario dos cuartos para el almuerzo,
que recibía diariamente y en ochavos por mano del ama, que asimismo
daba á los mancebos una onza de chocolate, que los más días comían
cruda con un zoquete de pan. Y si preferían quedarse en ayunas, la guar­
daban en el cofre para hacer con ella un regalo á la novia.
Pero esto ocurría raras veces, porque los mancebos de las tiendas no
se enamoraban ni sabían qué cosa era el amor hasta que ya eran amos,
y como esta dignidad rara vez la adquirían sin esperar á que enviudara
el ama para casarse con ella, no tenían que pensar en ser novios hasta
después de haberse casado.
Eran honrados para con el amo, y mala cuenta les habría tenido no
serlo, porque todos los días sufrían un escrupuloso registro que termina­
ba por aplicarles un soplamocos si les hallaban una sola pieza de dos
cuartos en el bolsillo, despidiéndolos y pasando aviso á todas las tiendas
del gremio en el caso de reincidencia.
He ahí lo que eran los mancebos de las tiendas antes de soñar en que
algún día podían llegar á llamarse dependientes, y á comer en la fonda,
y á bailar en el Ariel, y á vestir de manera que nadie al verlos el día de
fiesta en la calle adivine que el resto de la semana son figuras de medio
cuerpo las que con tanto lujo visten el cuerpo entero.
Pero dejemos á los horteras enseñando el busto detrás del mostradoi
y cerrando la puerta de la tienda á la hora de comer y á la de la siesta,
y creyendo que no es su casa la que necesita vender, sino el público el
que no puede dejar de irá comprar, que harto le sacarán de su engañoso
letargo los mercados extranjeros. Y puesto que ellos nada anuncian ni
nada pregonan, figurémonos que nada tienen de venta y oigamos los gri­
tos y las voces de los primeros paladines de la publicidad en 1800.
Oigamos los gritos del Madrid de ayer, los que pasaron á la posteridad

AYER, HOY Y MAÑANA

415

en un pliego de aleluyas y en unos excelentes grabados, de que se ocupó
nada menos que la calcografía de la Imprenta Real.
El librero era hombre que lo entendía y no anunciaba la venta de su
género por medio de rótulos ni de carteles. Sabía que la generalidad de
las gentes no tenían tratos con el abecedario, y se valía de la pintura pa­
ra pregonar su comercio.
Unas fajas encarnadas y amarillas, que así parecían libros como ladri­
llos ó libras de chocolate, pintadas en el quicio de la puerta, eran indicio
seguro de que la tienda lo era de librería. Si alguna vez ponía algún
anuncio en el Diario, era de libros en latín ó cosa de iglesia, porque harto
sabía el librero que los curas no dejaban de saber leer y aun de leer al­
gunos el Diario.
Los gritos de este periódico eran proporcionados á su estatura; se con­
tentaba con anunciar todos los días pérdidas de rosarios y hallazgos de
reliquias, sin que por las primeras ofreciesen retribución al que las entre­
gara, ni entonasen un Tedeum porque el que se había hallado una cosa
que no era suya quisiera restituirla á su legítimo dueño. Eran los anun­
cios de hallazgo muy frecuentes, y no estaban los hombres tan civiliza­
dos que se asombraran de la buena fe y de la honradez de sus seme­
jantes.
También el sujeto instruido en el manejo de botica y que deseaba
acomodarse en el ejercicio (1) daba su grito en el Diario, y asimismo le
ciaba el que se creía apto para el ejercicio de la pluma y el manejo de
papeles, manejadores que escaseaban mucho y cuya aparición era casi
tenida por un milagro.
Los /esteros y cofrades eran los únicos que gritaban muy alto, hacién­
dose oir en las esquinas por medio de carteles, en las plazas valiéndose
de edictos y pregones y en las columnas del Diario reproduciendo el
texto de los carteles.
También se pregonaba el sacerdote que, graduado in utroque, deseaba
encargarse de la educación de uno ó dos niños, instruyéndolos en alguna
de ambas facultades ó en la poesía. Estos anuncios eran muy frecuentes
y tampoco escaseaban los de jóvenes que tenían nociones de latín y sa­
bían ayudar á misa y dar aire al órgano, solicitando entrar de sacrista­
nes ó monaguillos.
(1) ¡Aún no era ciencia ni arte ni siquiera oficio! Era una ocupación cualquiera,
un ejercicio como el del embotellador de vinos ó cosa semejante. Lastimoso sería el
estado en que hallaron la física y la química á su hija predilecta la farmacia. Harto
lo prueba el que para medrar alguna cosa ha tenido que matar á todos aquellos mozos
instruidos en el manejo de la botica; y si no ha llegado adonde debe es porque aún
viven algunos de ellos.

416

ANTONIO FIORES

Finalmente, el fósforo, antes de ser prohibido por considerarse de n in­
guna utilidad, dio algunos gritos en el Diario, anunciando que se ven­
día á veinte reales cada frasquito y que servía para sacar fuego de
pronto.
Los tenderos de comestibles ponían el grito sobre la puerta de su
casa por medio de un rótulo, en el que se leía con no poco trabajo: tien­
da de mercería, esto es, de cosas menudas.
El tintorero acudía, como el vendedor de libros, á los colores para
exhalar sus ayes, y dos retazos de bayeta, uno amarillo y otro encarnado,
que colgaba á la puerta indicaban que allí se teñía de todos colores, con
no mucha fijeza de color por cierto. Pero de esto no tenían la culpa los
quitamanchas y tintoreros, sino la química, que haciendo cuarentena
en el lazareto del Santo Oficio, no pudo llegar á tiempo de darles algunos
consejos.
Algunos otros industriales se valían de esa clase de anuncios, entre
ellos el colchonero, que clavaba uno en la pared por vía de muestra; el
zapatero de viejo, que con un trozo de bota y media chancla, atados á una
caña de escoba, daba el grito á los'que tuvieran necesidad de componer
el calzado; el sillero, que colgaba en la pared un sofá, con gran riesgo de
los que pasaban por la calle, y por último el prendero, cuyo pendón mer­
cantil era un palo con un manojo de trapos en la punta.
La única exposición de la industria española era la que se tenía perpe­
tua en el Rastro de todos los restos de las pasadas grandezas humanas, y
que á la vez que procuraba grandes ganancias á los vendedores, era un
excelente archivo histórico para los eruditos de la época.
Pero ninguno de esos satélites de la publicidad de 1800 pregonaba sus
mercancías, como lo hacían los vendedores ambulantes, que eran los que
formaban el verdadero comercio. Los que se habían anticipado á recono­
cer que, aunque el paño sea bueno, para venderle es preciso sacarle del
arca y enseñarle y pregonar su calidad y su baratura, éstos eran los úni­
cos gritos mercantiles de antaño.
El sereno pasaba la noche gritando la hora para que el hombre que
dormía acudiese á tomar de balde el mejor y más productivo de los capi­
tales, la mercancía más universal aún que el oro, con permiso de los eco­
nomistas. Y cuanto más gritaba el sereno, menos caso hacían de sus voces
ni menos se cuidaban de su mercancía.
Con el alba salían á la calle las buñoleras, mezclando su grito de ¡á
ochavo y d cuarto calentitos! (y solían ir cubiertos de una capa de nieve)
con el del diligente valenciano que pregonaba el agua sebá, ó con la ruda
voz del serrano que vendía la leche de ovejas por medio de un grito con­
vencional que nada decía, pero que nadie dejaba de entender.

AYER, HOY Y MAÑANA

417

Más tarde iban entrando por las puertas de la corte los foncar valer os,
como manteca; los coloraos y frescos tomates; las judías como la seda
(pero seda cristiana); el repollo como escarola; las manchegas y las ga­
llegas, patatas de las huertas de Madrid; las calabazas ct cuarto y tres
en dos cuartos; los chorizos de Leganés (a cuyo grito se ponía el botica­
rio á machacar cien quintales de quina, y buscaba el médico la receta de
las tercianas); los de á cala y á cata, y otra porción de frutas y verduras
cuya venta estacional empezaba siempre con la licencia del corregidor, y
así los gritos venían á ser el verdadero calendario de los pobres.
Sin que el termómetro empezase á bajar, no se permitía que las ma­
nólas diesen el grito de ca qui hay arveyanas nuevas, arveyanas
como
la leche, arveyanas fresquitas, ni menos que el burro manchego entrase
cargado de ruedos gritando ¿ruedo?, ni que el palentino pregonara las
mantas de Palen....quedándosele siempre atragantada la sílaba final.
Era preciso que el cuarenta de mayo estuviese próximo para que el gallar­
do fresero (de cuya existencia nada se volvía á saber en todo el año) pu­
diera atravesar las calles anunciando su mercancía, ni menos que los to­
ledanos se diesen por maduritos si aún estaban por madurar, ni las ga­
rrafales de Toro y de Arenas y las mollares, ni ninguna otra fruta, á
cuyos primeros gritos también se consolaba el médico y se sonreía de gozo
el boticario.
Cuando andaban los cebaos y gordos por las calles, ya se sabía que
estaba cerca el nacimiento del Hijo de Dios; nadie ignoraba que era día
de vigilia al oir pregonar la espinaca como albahaca, y los de Jarama
vivitos, y para saber que había resucitado el Señor bastaba oir gritar ¡el
medio cabrito!....
A esas voces estacionales se juntaba el i .... qui.... rabanú...... reloj
que marcaba perfectamente la hora del mediodía, y otro grito que no ce­
saba en toda la mañana, diciendo: la sebera.... ¿hay algo e sebo que ven­
der?...., y el del hombre que compraba trapo y yerro viejo...., y el otro
que decía ¡componer
tenajas y artesones
bárreteos, platos y fuentes!,
grito que iba derecho á la conciencia de las fregatrices, pero más derecho
aún al bolsillo de los amos; y ya se sabía que iba concluyendo la tarde
cuando la aldeana de Fuencarral andaba de casa en casa diciendo: ¿quién
me saca de güevera?
El amolaooor.... tras del cual, por ser francés ó parecerlo, solían ir
siempre los muchachos gritándole aquello de «el carro español y el bu­
rro francés;» el ¡sartenerooo!; el santi boniti barati, cuyos santos solían
ser algunos perros de yeso, ó las cuatro partes del mundo, ó cosa por el
estilo; el rosariero, que iba engarzando rosarios y vendía ratoneras y
jaulas para grillos, y otra multitud de voces que á todas horas estaban en
T omo 1
27

418

ANTONIO FLORES

el aire, y que no enumeramos por no ser molestos, eran los verdaderos
gritos de Madrid.
Los únicos síntomas de la publicidad, que más tarde había de acu­
dir á Gutenberg para no desgañitarse gritando, y cuyo hijo bastardo, el
charlatanismo, no perdona hoy esquina, puerta, balcón ni ventana adonde
no se asome para desquitarse de lo que dejó de gritar su madre.
El pliego de aleluyas que hemos citado antes y en el que estaban re­
presentados todos los gritos de Madrid en 1800, le hemos buscado con
empeño y nos ha sido imposible hallarle.
La generación actual no quiere saber nada de la de ayer , y ha aho­
gado esos gritos, rompiendo por lo visto las láminas de madera que tanto
dieron á ganar á la estampera que vivía en la plazuela del Gato.
¡Si quisiera Dios que hiciera lo mismo con otros resabios, verdadera­
mente nocivos, que la quedan aún y con otros que quiere adquirir de
nuevo!
Pero no nos metamos en terreno vedado; ya se acerca la hora de pin­
tar los cuadros de hoy, y allí podremos decir....lo que podamos, y aún
tendremos que besar la mano y dar las gracias.
Pues que, ¡se figuran ustedes que todas las vigilias y todas las absti­
nencias fueron de ayer !.... ¡Qué disparate! Aún tenemos hoy muchos san­
tos que nos hagan ayunar.

CUADRO F I N A L

EL T E S T A M E N T O DE A Y E R
U ltim a y po str im e r a

vo lu nta d , d e l E x c e le n tís im o , llu s trís im o y R e v e r e n d ís im o

S r . D. C Á N D I D O R E T R O C E S O ,
D. S I L V E S T R E

TE R R O R y de

hijo le g ít im o y

Doña B Á R B A R A

de

legítim o

m atrim o n io d a

M O R D A Z A , G r a n c r u z d e la

F E , C o m e n d a d o r d e la I N O C E N C I A , S e ñ o r d e la s v i d a s y h a c ie n d a s d e s u s
sem eja n tes,

Duque

del

STATU

QUO,

Conde

del O B S C U R A N T IS M O , M ar­

q u é s d e l P R I V I L E G I O , y B a r ó n d e la S E R V I D U M B R E , etc., e tc.

Bien habrás hecho, querido lector, si has repasado una, dos y tres veces
los cuadros de este museo de ayer ,y harta razón has tenido si has extra­
ñado la falta del lienzo más importante de la colección, del personaje
verdaderamente gráfico de 1800, del único cuya sombra, aun muerto el
cuerpo que la producía, se aparece constantemente á nuestros poetas
contemporáneos y sale al teatro todas las noches con medias de seda ne­
gra, aunque sin pantorrillas debajo, zapato con hebilla dorada, espadín
de acero, casaca y chupa negras, corbatín blanco, sombrero de picos y ga­
fas verdes con herraje de plata.
Bien sé que esperabas verle cruzar las Gradas de San Felipe, seguido
de la indispensable acémila de sus legajos, para ver si había allí alguno á
quien tuviera que notificar, y no para notificarle, sino para correr á su
casa á aprovechar la ocasión de poner una diligencia en busca; también
en la Madrugada de 1808 creías tropezarle en la calle, corriendo con el
ministro de justicia á coger encamado al prójimo y requerirle de ejecu­
ción ó cosa semejante; no pensarías nunca que yo dejase de sacarle á re­
lucir en el Corral de las comedias, sugiriendo providencias al alcalde,

420

ANTONIO FLORES

presidente de la función; en la Casa mortuoria se te habrá antojado un
crimen su falta; sin su presencia no tendrás por legítimo ni valedero el
Monjío, ni la Misa nueva; y en suma, todos los cuadros te habrán pareci­
do incompletos faltando en ellos el hombre apergaminado y seco, trípode
de unas gafas de plata y ostra perenne del infolio de pergamino. .
En las Vísperas de un viaje le viste cruzar rápidamente el cuadro,
y trate de que no se detuviera; porque....la verdad, lector, no tenía aún
la confianza que ahora tengo para hacerte el retrato de esa cosa que la
justicia humana llama fe pública,, el vulgo escribano y el vulgo más vul­
go protocolo. ¿Te acuerdas del lienzo que tenía dispuesto y que te anun­
cié con el título de la Milicia del diablo? Pues allí pensaba darte, no uno,
sino muchos, una legión entera de escribanos; pero tuve miedo, y no á
sus uñas, que aunque le volvieron á crecer desde que se las cortó Quevedo, ho y apenas le alcanzan para hacer un ligero arañazo. Por ti fue por
quien temí desenterrar semejante momia de los negros y sucios escombros
de aquellas madrigueras en que su voluminoso y rico protocolo servía de
alimento á los bichos más inmundos de la tierra y de veneno á los seres
más inocentes de la creación. ¿Qué hubieras dicho si á la vista de los
elegantes edificios que ho y embellecen los alrededores del antiguo tem­
plo de la Almudena, te presentara las raquíticas chozas en cuyo piso bajo
y aun en las cuevas se albergaba a y e r la fe pública?
¡Cuántas justas recriminaciones no me habrías hecho si entre los ele­
gantes alumnos de la curia moderna te hubiese enseñado los grotescos
satélites de la antigua milicia del Diablo! El escribano, de indispensable
vista torcida, á pesar de las indispensables gafas; el letrado ergotista, que
con el otrosí en la boca y el rapé en las narices tenía hecho su alimento
diario; el agente embustero; el procurador ardilla; el juez encurtido tí
fuerza de estar avinagrado, y por último el que tenía la habilidad de lle­
gar siempre el primero para apremiar al último, el ministro de justicia,
el corchete. ¡Con cuánta razón, repito, no te habrías quejado de mí si
antes de ahora te hubiese traído esa legión de diablos! Y no he dejado
de hacerlo porque ellos no estuviesen prontos, que lo estaban y mucho,
á dejarse retratar, sino porque temía que una vez entrados en esta colec­
ción los satélites de la curia, ya no habríamos podido hacer nada en p;iz.
Una sola vez que hubiésemos dejado entrar el ante mí, todo habría pasado
ante ellos; nada ante el público para quien escribo los presentes cuadros.
Habríanme obligado á escribir en papel del sello real y á sacar copias
legalizadas para los suscriptores de provincias, y en suma, cualquiera de
aquellos escribanos, acostumbrados á decir que sobre sus costillas nada,
y sobre su conciencia todo, se hubiesen hecho dueños de la colección.
Esta es la razón que hemos tenido para esperar al último momento, á,

AYER, HOY Y MAÑANA

421

la h o ra final del a y e r , que va á exhalar el postrer suspiro de su ardiente

fe en los incrédulos brazos del segundo tercio del siglo x ix . Va á m orir la
sociedad creyente de antaño, y es preciso que llevemos á la cabecera de
su lecho m ortuorio el m artinete de la fe pública, si no queremos que m ue­
ra in testad a y se hallen los herederos envueltos en un litigio de á folio.
M ucho nos duele sacar á la luz pública al escribano de a y e r ; pero nos
decidimos á hacerlo huyendo de tropezar con un abintestato, porque en­
tonces.....¡Dios sabe lo que sucedería! Deja el año 1800 hijos de su doble
m atrim onio con doña Preocupación y con doña Mordaza, y aunque am ­
bas familias están bien enseñadas á callar, tendríam os necesidad de jueces
y de abogados y de curadores ad litem y sería un pleito interm inable.
Malo es, tan malo que no puede ser peor, habérselas con un escri­
bano; pero peor sería que se nos viniera encima toda la curia. Al cabo y al
fin, si nos santiguam os y hacemos la cruz y rociamos la lengua y la plum a
con agua bendita, bien podemos acercarnos sin tem or á la escribanía.
E stará cerrada, pero no im porta; poco tardará en venir un m ancebo
cargado de legajos que dejará en el suelo, y sacando del bolsillo u n a enor­
me llave abrirá el candado que cierra la puerta, y caten ustedes que ya
está abierta la escribanía. Si oyen ustedes al entrar ruido de pisadas me­
nudas no se asusten, son los ratones que han pasado la noche y parte del
día registrando protocolos y corren á esconderse por no parecer oficiosos
á los ojos del escribano y de los clientes que m ás tarde acudirán á buscarle.
Si el escribano tiene la despreocupación de valerse de un gato y le da
licencia para cazar en aquel soto, el gato se hace el distraído, porque no
cree encontrar m endrugos en cam a de galgos. ¡Buenos serán los tales ra ­
tones, dice el animalito hablando consigo propio, cuando al cabo del
tiem po que llevan royendo estos protocolos aún no han reventado!
Y el gato tiene razón para pensar así, porque hay en aquel archivo m ás
veneno del que á prim era vista parece. Pero un gato ni dos en una escri­
banía de antaño, sobre ser insuficientes para desalojar la curia ratonil,
habría parecido una redundancia á la m ayor parte de las gentes. Era por
lo tanto excusado buscarle en ninguna de ellas, y sin embargo, nosotros
sólo podemos asegurar que no le había en la de núm ero de D. Chrisóstomo
Abolengo y Abirato de Fideicomiso, que todos estos apellidos y otros tantos
m ás engarzaba el notario en el intrincado jeroglífico de su rúbrica, para la
cual, y sea esto dicho de paso, en todos los escritos reservaba el últim o
medio pliego.
No tenía la tienda de D. Chrisóstomo m ás luz que la que recibía por
la p u erta, ni su adorno consistía en otra cosa que en cuatro tablas de
pino que, sostenidas en la pared por cuatro cuerdas de cáñamo, ostenta­
ban una riquísim a colección de añejos infolios m anuscritos, en cueros

422

ANTONIO FLORES

vivos los más y cubiertos algunos con un pedazo de badana ó un cacho
de pergamino y á veces un retazo de hule. Semejante rústica biblioteca,
festoneada y hecha una criba por el gremio ratonil, constituía la riqueza,
de D. Chrisóstomo y formaba su verdadera delicia. El protocolo era su
Dios, su rey y su patria. Cuando se despertaba soñando que le había au­
mentado en cien fojas más siquiera, se volvía á dormir para volverá gozar­
ían dulce ensueño, y á imitación del avaro, que cada año escatima algún
gasto para acrecentar su tesoro, D. Chrisóstomo aumentaba su protocolo
encargando á los muchachos que ensanchasen la letra con el santo fin
de ocupar mayor número de planas, y porque decía que un escrito gana
mucho cuando se copia con caracteres grandes y claros. Sus amados cole­
gas, que no le iban en zaga y en ese punto eran capaces de copiar la bula
de la Santa Cruzada, le daban por ello mucha broma, y aseguraban que
habiéndole mandado en cierta ocasión hacer el inventario de los efectos
hallados en casa de un procesado, escribió lo siguiente:
«Y entrando en una pieza enjalbegada, de treinta pies de largo por
veinte de ancho, hallé varios estantes ó armarios, al parecer de pino, pin­
tados de color de canela ó chocolate, todos llenos de libros, y mandé al
alguacil Fulano de Tal, de quien más arriba dejo hecha mención en debi­
da forma, que me los fuese acercando uno á uno, y cumplida que fué la
dicha mi orden por el dicho alguacil Fulano de Tal, el primer volumen
que me entregó estaba forrado en pasta al parecer usada, y abierto por
mí el citado libro, vi que constaba de 90Ü hojas ó sean 1800 páginas ó
folios y era una versión en castellano de la Sagrada Biblia, que á la le­
tra copio y dice así....»
Y á ser verdad lo que decían sus compañeros, D. Chrisóstomo copió la
Eiblia. Pero nosotros no creemos que llegase á tanto su afición al consumo
del papel sellado, sino que ese cuento y otros muchos los inventaron por
el gran detenimiento con que hacía todas las diligencias de su oficio. Por
lo demás, tenía gran fama de hombre de bien, cosa que á él mismo le
sorprendía bastante, por lo caro que vendía el público ese género á las
gentes de su profesión, y nunca le alcanzaba el tiempo para dar cima al
mucho trabajo que le daba su numerosa parroquia.
Esta circunstancia le hacía parecer menos diligente de lo que era en
realidad, y algunos creían que postergaba ciertos negocios, cuando lo que
hacía no era otra cosa que dividirlos en preferentes y no preferentes.
De los primeros eran siempre los testamentos, y apenas le daban aviso
de que alguien le buscaba para que diese fe de su última voluntad, arro­
jaba cuanto tenía en la mano y corría con más diligencia que las bombas
de la villa al toque de incendio. Por eso apenas supo que se veía en peligro
de muerte la sociedad de la Fe y que el año de 1800 quería testar, sin de-

AYER, HOY Y MAÑANA

42 :

tenerse á completar una resma de papel sellado, con poco más de media
que tenía sobre la mesa, cargó á uno de sus mancebos y corrió á casa de
D. Cándido Retroceso. Entró en la habitación del enfermo preguntando,
como de costumbre, quién era el que se quería morir, y cuando el pacien­
te s;e hubo dado por aludido, le dijo sonriendo:
—Supongo que usted es mayor de catorce años, y que está vivo y no
está loco, ni privado de enajenar bienes, ni sordo....ni.....
—Xo, señor—le interrumpió el enfermo asombrado,—no estoy sino en
mi sano juicio.
—Así lo creo—replicó el escribano;—pero es deber mío informarme
de todo eso, como asimismo de si es usted ciego ó hereje ó está en re­
henes....
—Xo tengo ninguna de esas tachas—dijo el paciente,—á Dios gracias,
y quisiera que usted abreviase, porque me siento morir por instantes.
—Pierda usted cuidado, que no se tardará un siglo, y ojalá que le vi­
viéramos todos los presentes; pero no se puede prescindir de ciertas for­
malidades en estos casos, que son de los más graves de la profesión. Yo
hago testamentos por amor á la humanidad y no por otra cosa, porque
se compromete mucho la conciencia. Yo no sé si usted sabrá lo que se
cuenta de aquel escribano que fue llamado á una casa para autorizar un
testamento escrito.
—Xo, señor, no lo sé—contestó el enfermo.
—Pues, señor, llegó el bueno de mi escribano á la casa y le dijeron los
parientes del testador que entrase corriendo, porque el enfermo iba per­
diendo el habla, pero que allí estaba escrito lo poco que había podido
hablar para que el escribano le fuese preguntando. Hízolo así mi compa­
ñero, y observando que al leer las mandas el enfermo no hacía más que
mover la cabeza afirmativamente, sospechó algún fraude, y observó que
por debajo de la cama tiraban de un cordel oculto entre las sábanas, y
siguió leyendo como si nada hubiera visto; pero queriendo á su vez sacar
partido de aquella tramoya dijo: «¿Es cierto que al escribano, en pago de
sus buenos servicios, le deja usted el quinto de sus bienes?» Y como la
cabeza permaneciese inmóvil, el escribano dijo á los herederos: Señores,
hablemos claro: ó se tira del cordel para todos ó para ninguno.»
Sonrióse el enfermo con el cuento del escribano, y éste, que ya había
tomado posesión de una mesa, instaló en ella al mancebo y le dijo:
—Corta la pluma gruesecita, que ya sabes que no me gusta la letra
menuda; haz la cruz de costumbre y escribe lo de cajón.
Y" volviéndose al enfermo añadió:
—¡Supongo que en la protesta de la fe y demás cosas de fórmula no
tendremos dificultad!.... Usted será....

424

ANTONIO FLORES

— Cristiano viejo— dijo el enfermo:— católico-apostólico-romano y de
ningún error sospechoso, que vivo y quiero morir en la religión que me
dieron mis padres.
— No se incomode usted más— repuso el escribano.— Escribe, chico.
Y el chico escribió lo siguiente:
«En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu San­
to, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, que vive y reina por
siempre jamás amen. Sépase por esta pública escriptura de testamento,
última y postrera voluntad, como yo, Cándido Ketroceso, hijo legítimo
del Terror y de la Mordaza, vecinos de la ciudad de la Inocencia y yo de
la aldea del Obscurantismo, estando en mi buen juicio y entendimiento
natura], aunque enfermo en la cama de la enfermedad que Dios Nuestro
Señor ha sido servido de darme, creyendo, como firmemente creo, en el
misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres per­
sonas distintas y un solo Dios verdadero, y en lo que manda la Iglesia ca­
tólica, apostólica y romana, debajo de la cual fe y creencia protesto vivir
y morir, y temiéndome de la muerte como cosa natural á toda criatura vi­
viente, y deseando poner mi alma en carrera de salvación, la encomiendo
á mi Dios y Señor Jesucristo, que la crió y formó de la nada á su imagen
y semejanza; que habiendo yo sido ingrato, sin mirar mi bajeza se dignó
vestirse de carne humana, encarnando en las virginales entrañas de la San­
tísima Virgen María Nuestra Señora, concebida sin mancha de pecado ori­
ginal en el primer instante de su ser, de donde nació á este mundo, que­
dando virgen antes del parto, en el parto y después del parto; y en él pade­
ció treinta y tres años excesivos trabajos, hasta morir en la cruz, de donde
fué descendido y puesto en el sepulcro, y resucitó al tercero día y está sen­
tado á la diestra de Dios Padre Todopoderoso, de donde lia de venir á juz­
gar vivos y muertos; y al Padre Eterno, Rey de la gloria, Criador de todas
las cosas, le pido patrocine y ampare mi alma y reciba en satisfacción de
mis pecados la muchedumbre de los méritos de la santísima vida, pasión
y muerte de mi Señor Jesucristo; y al Espíritu Santo consolador le suplico
aliente y vivifique mi alma; y en efecto, Padre Unigénito, Hijo Unigénito
y Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, yo, postrado á los pies de
vuestra divina misericordia, os suplico miréis mi alma como cosa vuestra
y ahuyentéis de mí las asechanzas del enemigo para que no logre sus va­
nos intentos, y conozco que por hijo vuestro consigo lo que él perdió por
enemigo y obstinado, y pongo por abogada á la Sacratísima Virgen María,
madre de mi Señor Jesucristo, que es la entrada á la gloria, por donde es
preciso entre el que hubiere de gozar de ella, y al glorioso Angel de mi
Guarda, á los cuales suplico alisten mi alma debajo de su bandera y la
hagan marchar en su santa compañía y que en ella entre en la celestial

AYER, HOY Y MAÑANA

423

Jerusalén, adonde sin defecto alabe y sirva á Dios por todos los siglos de
los siglos. Y asimismo pongo por mi intercesor y guarda y medianero al
glorioso bienaventurado apóstol San Pedro, á quien Dios fue servido se­
ñalarme por mi patrón y abogado en este mundo, y al glorioso y esclare­
cido precursor San Juan Bautista y á los demás santos que están gozando
de la gloria; y con esta divina invocación hago y ordeno mi testamento,
última y postrimera, definitiva, libre, legítima y única valedera voluntad,
en la forma siguiente:
»Mando que cuando fuere la divina voluntad que yo fallezca, mi
cuerpo sea sepultado en la iglesia monasterio de Corpus Christi, que el
vulgo llama de las Carboneras (1), para que la santa imagen de María
Santísima en el misterio purísimo de la Inmaculada Concepción ampare
mi alma y la libre de las garras del enemigo malo.
»Mando cien doblones á los clérigos menores para que en el altar de
Porta-cceli se me digan quinientas misas de San Gregorio, que valiendo
cada una de ellas por cinco de las ordinarias resultarán á mi alma dos
mil quinientas misas.
»Item, mando que el día de mi muerte, si fuere hora á propósito, se
lleve una espléndida comida á los religiosos de San Cayetano, hijos de la
Providencia. Mando asimismo á las mandas forzosas y acostumbradas y á
los Santos Lugares de Jerusalén cien mil reales á todas ellas, con que las
aparto del derecho que puedan tener á mis bienes.
»Item, mando treinta mil reales á los religiosos basilios de esta corte
para que el día de Navidad puedan celebrar con holgura la famosa cere­
monia del chocolate de San Basilio (2).
(1) Fray José de Canalejas, religioso franciscano descalzo, regaló á este convento
de Jerónimas descalzas la imagen que se conserva en el altar mayor, y por haberla
hallado en una carbonera da el vulgo este nombre al convento.
(¿) Acostumbraban los frailes de San Basilio á quebrantar el ayuno el día de No­
chebuena, tomando después de la colación y antes de asistir á cantar los maitines
un opíparo chocolate, que se servía en la celda del abad. Y siéndolo en el convento de
Madrid el año 1801 el doctor fray D. Francisco Navarro Belluga, trató de suprimir
semejante francachela, apoyándose en que no lo había visto consignado en ninguno de
los estatutos de la Orden, ni menos constaba en ningún breve pontificio, según querían
suponer los frailes. Pero éstos insistieron, y ya casi á punto de amotinarse contra el
abad, éste les llevó á su celda, y en dobles jicaras de chocolate, con doble ración de
dulces, bizcochos tortas y empanadas, les sirvió el llamado chocolate de San Basilio, y
cuando le presentaron la primera jicara para que diese principio al banquete, la recha­
zó, diciendo: «Una costumbre injustificada, y cuyo origen nadie conoce, no me hará
quebrantar el ayuno que me impone la Iglesia Católica y mi regla.»
Los frailes se dieron por ofendidos, pero no desairaron el chocolate, ni dejaron al
día siguiente y al otro y al otro, hasta la fiesta de los Reyes, de ir á la celda de los
padres graves á repetir la broma del llamado chocolate de San Basilio.

42G

ANTONIO FLORES

»Item, mando que á mis sobrinos los traigan sus padres vestidos de
frailecitos para que tomando afición á la vida religiosa puedan más fácil­
mente alcanzar el favor divino, y tocados en el corazón abracen algún
día la vida contemplativa para ser en ella modelos de perfección y ver­
daderos siervos del Crucificado. Y si los dichos mis sobrinos tuvieren in­
clinación á hacerse clérigos, les hago donación perpetua de las capella­
nías de mi propiedad, siempre que su vocación sea sincera y no les mueva
á recibir las sagradas órdenes el deseo de pasar una vida cómoda y rega­
lada, alucinados por los errores del vulgo ó por el ejemplo de algunos sa­
cerdotes indignos.
»Y asimismo les prevengo que si sus merecimientos en el estado ecle­
siástico les hicieren llegar á la alta dignidad del arcedianato en este arzo­
bispado, no dejen ningún año de asistir á celebrar la misa del gallo en la
catedral de Toledo, pues no es de perder la limosna de sesenta mil reales
que vale esa misa; y si ellos no la necesitaren, mejor será que la distribu­
yan á los pobres (1).
»Item, mando diez mil ducados á mi prima doña Belén para en el caso
que conservase la vocación de vestir estameña, y mando asimismo que la
entreguen mis chupas de raso para que con ellas pueda hacer acericos,
bolsas y relicarios cuando Dios quiera que se consagre á su santo servi­
cio, y la mando que mientras tanto, cuando saliere en público alce los
ojos del suelo, segura de que la pureza del alma no se pierde por levan­
tar la vista al cielo....»
—Esa maña—dijo el escribano interrumpiendo al testador—la han
aprendido las mujeres de los hijos de Loyola. Los padres de la Compañía
nunca miran de frente.
—Y sin embargo, lo ven todo antes que usted y que yo—replicó el
enfermo.
—De poco les serviría esa doblo vista si en cada reino hubiese un mo­
narca como nuestro difunto Carlos III (que Dios tenga en su santa gloria)
—dijo el escribano.
—Amén—respondió el testador.
Y continuó diciendo:
«Item, mando dos de mis mejores muías al padre Sillero del convento
de Valparaíso para que pueda con más comodidad recorrer las paneras y
(1) El doctor D. Matías Robles, arcediano titular de Toledo, juez auditor del Con­
sejo de la Rota y sumiller de cortina de ¡á. M., no quiso asistir nunca á celebrar la
misa del gallo, dejando por lo tanto de percibir los sesenta mil reales de la limosna,
y se quedaba ese día, como los demás del año, en su magnífica casa de la calle del
Amor de Dios, que aún hoy se conoce con el nombre de Casa del Arcediano.

AYER, HOY Y MAÑANA

427

hacer su acostumbrada visita á los colonos de sus quince granjas y nueve
pesquerías (1).
»Mando también al convento del Escorial los cinco gatos del uso de
esta mi casa, sin que por ellos abonen los frailes cosa alguna á mis here­
deros; antes bien, quiero que se los lleven allí libres de todo gasto (2).
»Item, mando que si alguno de mis herederos quisiera 'pasar á las
Indias con pensamiento de hacer fortuna, sea obligado á destinar el
quinto de lo que trajere á la fundación de una obra pía cualquiera. Y si
el gobierno de S. M. (que Dios guarde) le quisiere obligar al pago del
tanto por ciento para la Peal Hacienda por el dinero que desembarque,
lo dé con sumisión y obediencia, sin hallar en esa exacción un pretexto
para ir á enriquecer las provincias meridionales de Francia, cuyo gobier­
no es tan tonto que nada pide al que le lleva dinero.
»A mi primito el abate le mando que suspenda su oficio de tal hasta
que se averigüe si sirven para otra cosa los abates que para hacer reir en
las tertulias, vestir de una manera estrafalaria y ser tenidos por perpe­
tuos cortejadores de mujeres y muebles desocupados en el tocador de las
damas. Hago igual encargo á mis tíos los maestrantes; y prohíbo á mis
hermanos que tomen el hábito en ninguna de las órdenes militares hasta
que suene de nuevo la hora de montar á caballo para alguna cruzada.
»Item, mando que si algún individuo de mi familia se viese inquieta­
do por el enemigo malo, le ahuyenten con toda clase de oraciones, y an­
tes que llegue á tener completo pacto con el djablo acuda á un religioso
de ejemplar vida y costumbres para que le aplique los exorcismos de
nuestra Santa Madre Iglesia. Es asimismo mi voluntad que en las villas
y lugares de mi señorío se suprima la dotación del maestro de escuela,
por haber observado que el entretenimiento de leer y escribir distrae á
los mozos de las labores del campo, y porque creo que la impiedad se
acrece á medida que aumenta la afición á la lectura.»
—En eso no estamos conformes—interrumpió el escribano;—yo creo
que la enseñanza es muy conveniente.
—Para el triunfo de la maldad—replicó el enfermo.
—Para el de la razón—repuso el escribano.
(1) En los conventos de monjes bernardos había un fraile, especie de síndico,
procurador ó mayordomo, que iba recorriendo las haciendas en una litera ó silla de
manos llevada por dos muías, y le llamaban por esta razón el padre Sillero.
(2) En el convento del Escorial había un fraile destinado á cuidar de lo que lla­
maban la Bodega de los cien gatos, y el ejército que estaba á sus órdenes llegó á contar
trescientas plazas en los primeros años de este siglo. Daba el fraile una peseta y una
montera llena de higos por cada gato é igual suma de dinero y media montera de hi­
gos por las gatas, con cuyo aliciente los muchachos del pueblo siempre andaban ro­
bando gatos.

7

r

428

ANTONIO FLORES

—¿Va usted de tertulia á alguna librería?—dijo el enfermo sonriendo.
—Sí, señor; suelo entrar algún rato en la de la viuda de Esparza, pero
ordinariamente voy á la botillería.
—¡Conque librería y café!
—Sí, señor.
—¡Vaya! Lo que se llama un filósofo completo....Siga usted, siga us­
ted escribiendo.
—No entiendo lo que quiere usted decir:
—Ni le'hace á usted falta entenderlo....¡Ello dirá! Pida usted á Dios
que le deje vivir una docena de años, y si el gobierno no se pone un poco
sobre sí, mandando cerrarlas escuelas y haciendo autos de fe con muchos
de los libros que andan por ahí, ya verá usted lo que es bueno.
El escribano se encogió de hombros, creyendo que el enfermo iba per­
diendo la razón, y trató de cerrar el testamento, al que añadió algunas
otras mandas el paciente, terminándole por fin de esta manera:
«Y para cumplir y pagar este mi testamento, mandas y legados en él
contenidos, dejo y nombro por mis testamentarios á doña Fe Ciega, mi
señora y mujer, y á D. Silencio Forzado y á D. Próspero Peal, y á cada
uno in solidum-, á los que doy poder en bastante forma para que luego
que yo fallezca entren en todos mis bienes, muebles, raíces, etc., etc.
»Y por éste revoco y anulo y doy por de ningún valor y efecto otro
cualquier testamento, codicilo ó poder para testar que antes se haya he­
cho y otorgado por escrito ó de palabra; que quiero que ninguno valga
ni haga fe enjuicio ni fuera de él, salvo éste que al presente otorgo, que
quiero valga por mi testamento, postrimera y última voluntad, ó como
más haya lugar en derecho. Y así lo otorgo ante el presente escribano
D. Chrisóstomo Abolengo y Abirato de Fideicomiso y testigos, etc., etc.»

CODICILO

Fácilm ente habrá com prendido el lector que hom bre que se hallaba
con tantas ganas de hablar, no estaba tan cerca de morir, y así sucedió
en efecto.
D. Cándido Retroceso sobrevivió siete años á su testam ento, y en el
de 1808 , en que, como ya hemos dicho en otra parte de esta obra, hado
en su aparente robustez se acostó á dormir, dejando abierta la ventana
que daba sobre los Pirineos, una pulm onía francesa, com plicada con algo
de gastro-enciclopeditis y reum atism o filosófico, le quitó la vida, resul­
tando inficionada la sangre de todos sus descendientes.
Y como no fue el mal tan fulm inante que no le perm itiera dar una
mano á sus negocios, llamó de nuevo al notario y le dictó su codicilo, en
el que no alteró nada del testam ento prim itivo, sino que le dejó en toda
su fuerza y vigor.
No dispuso nuevas m andas y se lim itó á hacer una reseña del estado
en que dejaba sus negocios en la corte y fuera de ella.
«A púntem e usted, dijo, señor escribano, que dejo á la España en el
mismo sitio y lugar en que estaba á la m uerte del últim o m onarca el se­
ñor rey D. Carlos III, sin que la corte haya dado u n solo paso para ir á
buscar á las capitales de provincia, ni éstas se hayan m ovido para salir á
recibirla.
»Item, dejo á los puertos de m ar dando el quién vive á las m ercan­
cías extranjeras, y diciendo ¡atrás, 'paisano! á los géneros del reino que
quieren salir en busca de compradores.
»Item, dejo á los españoles cruzados de brazos, esperando las flotas
americanas que ha rechazado nuestro gobierno y que los franceses re­
ciben con los brazos abiertos, y disputándose todos el derecho de sobrinaje hacia un tío que les han dicho que está en las Indias.

430

ANTONIO FLORES

»Item, dejo á la industria aguardando la vuelta de un velocifero tirado
por un par de bueyes, que ha más de un mes fue al puerto á traerle algu­
nas herramientas y útiles para el trabajo.
»Item, dejo á las ciencias pudriéndose en los calabozos del Santo Ofi­
cio, sin que los filósofos ni los químicos sepan nada de lo que pasa por el
mundo.
»Item, dejo á los habitantes de la corte silbando y apedreando y lla­
mando nación á un pobre extranjero que ha cometido el crimen de ser
el primero en cubrirse la cabeza con un sombrero redondo.
»Dejo asimismo á los habitantes de las aldeas con la boca abierta
siempre que se trata de algún objeto cuya impresión les debe entrar por
los ojos.
»Item, dejo un pùlpito en cada plaza y un beaterío en cada esquina,
sin que por ello se haya enmendado el pueblo ni disminuido su largo ca­
pítulo de culpas.
»Dejo también á los frailes saliendo en rogativa cuando llueve, aunque
cobrando el diezmo llueva ó no llueva, sin que los labradores dejen de
pagarlo siempre á pesar del refrán que dice: «del diezmo de Dios, quita
dos; y si puedes, quita nueve.»
»Item, dejo, que no es poco dejar, vinculadas las propiedades, amayo­
razgadas las rentas y en manos muertas los mejores bienes del reino.
»Item, dejo las armas y las letras nadando en la sangre azul de los que,
sin acreditar su nobleza, no hubiesen podido dejar de ser pobres por me­
dio de una toga ó de una espada.
»Dejo á los castellanos disputando porque su honradez y no otra sea
la proverbial; satisfechos los andaluces con que no haya quien se tenga
por más decidor ni más gracioso que ellos; á los vizcaínos contentos de
haber probado que son más tercos que los aragoneses; á éstos riñendo con
todo el que dice que hay más Dios y más Santa María que la Virgen dei
Pilar; á los catalanes diciendo que su industria va á asombrar al mundo;
á los valencianos cultivando el arroz y acariciando el trabuco; álos galle­
gos llorando cuando llueve, por si dejará de llover, y llorando después que
ha llovido; y á los extremeños riéndose de que haya quien quiera estar
grueso como ellos no comiendo sino legumbres y ensaladas. Las carreteras
mientras tanto no tienen quien las incomode, y los caminos se están sin
que nadie los haga desempeñar su oficio.
»Item, dejo á los transportes andando á hora y media por legua, y
riéndose de los que dicen que pronto andarán legua y media por hora;
dejo también al pensamiento retrocediendo nueve millas por minuto en
las galeras de la Inquisición; á las ciencias en el almacén de comisos; á las
artes sesteando á la sombra de los pinares y de los robles, dando pasto á

AYER, HOY Y MAÑANA

431

la carpintería de grueso calibre; á las matemáticas sudando en el marti­
nete de los teólogos; y á la industria, esperando mejores tiempos, la dejo
dormida en los brazos de los rosarieros y fabricantes de ratoneras y jaulas
para grillos.
»Dejo á la agricultura con el anatema de relapsa é inscrita en el catá­
logo de los espíritus rebeldes, como la química y las ciencias naturales,
todas por atentatorias á los secretos del Supremo Hacedor.
»Item, dejo los alrededores de la corte despojados y limpios de árboles
para que los vientos del puerto purifiquen el mal olor de los pozos, la ba­
sura de las calles, el olor de las mondas de la parroquia y otras muchas
plagas, á las que ya el gobierno de S'. M. (q. D. g.) ha provisto, mandando
que sus vasallos cierren los ojos, aprieten los dientes y se tapen las na­
rices.
»Y dejo, por último, añadió lanzando un hondo suspiro, todo lo que
va dicho en la primera parte de esta obra.»
Dijo y dejó de existir....
El escribano, que se disponía á cerrar el codicilo, oyó el galopar de los
caballos franceses y luego el cañón de los vencedores de Austerlitz, y se
dió á correr asustado, diciendo:
—¡Esto va de veras!
Y ya en el portal del denunciado palacio del ayer , abrió de nuevo el
tintero de la fe pública, y sobre la rodilla, con pulso trémulo, escribió lo
siguiente:

«Yo el infrascripto escribano, etc., doy fe de que hoy día de la fecha
he visto muerto y al parecer cadáver y al parecer difunto á D. Cándido
Retroceso, alias ayer ó la Sociedad de la Fe en 1800.»
YTes fama que al salir de la casa iba cantando bajito esta copla:
«Loco estaba el mundo
cien años atrás,
loco le encontramos,
loco seguirá.»

FIN DEL TOMO PRIMERO

---------------------------- —



in S T 3 3 I G E
DE

CUADROS

LOS

CUADROS

QUE

P A R T E

CONTIENE

ESTE

TOMO

P R I M E R A

Prólogo de los editores.............................................................................................
Dos palabras de buena crianza..............................................................................
Introducción..............................................................................................................
I. - Gacetilla de la capital en 1800............................................................................
II. - Las gradas de San Felipe el Real...........................................................................
III. —A pares, como los frailes..........................................................................................
IV. —Una madrugada en 1800..........................................................................................
V .-E l corral de las comedias........................................................................................
VI. - La botillería de Canosa........................................................................................
VII. - Una visita y un visitero.......................................................................................
VIII. - Un visitón..............................................................................................................
IX. - Pasatiempos honestos..........................................................................................
X. - Juegos de prendas................................................................................................
X I.-L as prendas del juego.............................................................................................
XII. - El duelo se despide eu la casa mortuoria..........................................................
XIII. - El siglo de los faroles...............................................................................................
XIV. - La ronda de pan y huevo........................................................................................
XV. —Un convento de frailes.........................................................................................
XVI. - La sopa boba..........................................................................................................
XVII. - El derecho electoral en 1800..............................................................................
XVIII. - A capítulo van los frailes....................................................................................
XIX. - Un capítulo general..................................................................................................
XX. —El Pecado mortal......................................................................................................
XXI. - Un viaje en 1800...................................................................................................
XXII. - Las vísperas de un viaje......................................................................................
XXIII. —La primera jornada..................................................................................................
XXIV. —La ciencia de la aldea...............................................................................................
XXV. - La fiesta del Santo...............................................................................................
XXVI. —Las carreras en 1800.............................................................................................
XXVII. —La letra con sangre entra.....................................................................................
XXVIII. - La carrera de mayorazgo......................................................................................
XXIX. - Los pollos en 1800................................................................................................
XXX. - La milicia de Dios, la milicia del rey y la milicia del diablo.............................
XXXI. —Un dómine de ayer..............................................................................................
XXXII. —Lógicos, metafísicos, físicos y éticos, ó los filósofos en 1800...........................
XXXIII. - El estudiante de Alcalá............................................................................................
XXXIV. - Un misacautano.........................................................
X X X V.-U n monjío..................................................................................................................
XXXVI. - Una bandolera...........................................................................................................
XXXVII. - La privanza en 1800.................................................................................................
XXXVIII. - Un hombre de Estado en bruto.........................................................................
XXXIX. - Las covachuelas reales.........................................................................
. .
XL. —El casero de antaño..................................................................................................
XLI. —La beata Clara...........................................................................................................
XLII. - Casa, agua, leña, médico, cirujano, botica y guantes..........................................
XLIII. - El calendario de los reposteros ó las festividades de los platos de leche. . .
XLIV. —El Santo Oficio no es oficio santo...........................................................................
XLV. - Los trapitos de cristianar........................................................................................
XLVI. —Los cuarteles de la sangre azul ó la España en cuarterones...............................
XLVII. - La oratoria del pulmón ó el pulpito en 1800. ...............................................
XLVIII. - El erudito, el literato y la marisabidilla................................................................
XLIX. - Bandera española......................................................................................................
L. —Pan y toros.................................................................................................................
LI. - Fandango y broma y arda la casa toda..................................................................
LII. —Al amor de la lumbre..............................................................................................
L ili. - Manolos y chisperos ó el Lavapiés y el Barquillo................................................
LIV. —Los gritos de Madrid................................................................................................
Cuadro final . —El testamento de ayer.....................................................................................
Codicilo...............................................................................................................................................

PAGINAS

vn
IX
xxu
17
25

35
45

51
63
69
77
85
93
97
103
109
117
123
128
135
139
145
151
159
167
175
1S5
192
198
201
207
215
222
2'27
237
241
255
259
265
273
281
287
296
309
323
329
337
345
351
359
369
375
383
3S9
396
403
411
419
429

I

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