Misterios de la locura: novela científica

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Barcelona

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0000000022
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Notas
Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Henrich y Cía en comandita
Lugar de publicación
Barcelona
Idioma
Español
Europeana Type
TEXT
Europeana Data Provider
Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
Derechos
Universidad Complutense de Madrid
Licencia de uso
CC BY-NC-ND 4.0
Fecha de creación
1890
Formato
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NOVELA
POR EL

CIENTÍFICA
DOCTOR

J. GINÉ Y PARTAGAS
I l e s t r a c io k

de

P. ERIZ

ï ■
Precio: 5 pesetas.

í

MISTERIOS DE LA LOCURA

>

4

HENRICH Y CH EN COMANDITA — EDITORES
S u c eso res

de

N . R a s iík e z

y

CH

M 1s T 1: R I Os

DE LA LOCURA
t
NOVELA' CIENTÍFICA
POR EL

D r . JUAN GINÉ Y PARTAGÁS
Catedrático de la Facultad de Medicina de Barcelona,
Médico-director
del Manicomio N u e v a - B e l é n

I lu stració n d e

V ~ W

PEDRO ERIZ

^ V

B A R C E L O N A — 1890
I m p r e n t a d e H e n r ic h y C om p H en c o m a n d it a
S u c e s o r e s d e N. R a m í r e z y C o m p ,a
Pasaje de Escudillers, núm. 4.

Es PRO PIED A D DE LOS E D IT O R E S

MOTIVO, OBJETO Y FIN DE ESTE LIBRO

A s í como el cósmico, contiene el mundo moral
agentes muy perniciosos.
El error es una potencia infectante: un virus,
que no tan sólo intoxica al individuo, sino que im­
pide el desarrollo de las colectividades.
El error es mucho peor que la ignorancia. Esta
es pasiva: la negación de un gran bien. La instruc­
ción la combate.
El error es maligno y además contagioso y fre­
cuentemente hereditario. Lejos de ceder á la luz,
opone tenaz resistencia.
Siendo sombra la ignorancia, el error es una
pantalla, que, en vez de refringir, repele los rayos
de la ciencia.
Hay errores crónicos y á la vez pandémicos. Per­
tenece á esta clase el concepto vulgar de la locura.
Por la equivocada idea que el vulgo tiene de la

locura, el loco lia padecido m ucho,... y aún le toca
padecer otro tanto.
Es una injusticia no esforzarse en disipar esas
tinieblas, cuando en los libros de la ciencia hay
caudales de luz.
El final objeto de este trabajo es sustraer á los
rigores de la didáctica y á los desabrimientos del
tecnicismo la noción verdadera de la enfermedad
mental, para popularizarla, revestida de formas tan
atractivas y amenas como lo consiente la gravedad
é importancia del asunto.
Así y todo, para sacar provecho de esta obrita,
se requieren de parte del que la honrare con su
atención, los siguientes requisitos:
1.
Espíritu de investigación de la realidad en
lo ideal, asi como de lo ideal en la realidad;
2.
Despreocupación del animo que preserva de
púdicos convencionalismos, propios tan sólo de adoles­
centes y de la gran neuropatía del sexo femenino.
Tal impresionabilidad, en cualquier otro caso, es
pura mogigatería, que no se armoniza con un mediano
desarrollo del encéfalo, ni haría el elogio de un re­
gular cultivo de la inteligencia; y
3.
° Cierta ilustración en materias biológicas y
antropológicas, que podrá ahorrar al lector la pena
de acudir con frecuencia á las Notas Explicativas.
¡Conoced al loco, compadecedle, cuidadle y tra­
temos de curarle!
J. Gr. Y P.
B a rc e lo n a 11 de F eb rero de 1890.

-

MEMORIAS DE ULTRAERENIA 1
ANTECEDENTES
L o b ello es tan útil com o lo ú til;
lo útil es tan bello com o lo bello.
V. H ugo.

i

UN MITO QUE , POE AHOEA,
LE TENDEA AL LECTOE UN TANTO HOLGADO
G om o á b u e n p a g a d o r , d iz , n o le d u e le n
p r e n d a s , d a ré á c o n o c e r la s m ía s.

Vine de allá muy acontecido y quebrantado.
Moraba en el centro de la gran ciudad y vivía
holgado con mis bien ordenados negocios. Era

10

G IN É Y

PARTAGÁS

mi casa, aun cuando antigua, cómoda, bien
aireada y profusamente alumbrada. Ocupaba el
chaflán á mano derecha de la encrucijada de
la Conciencia, saliendo á la calle de la Libertad
moral y con vistas amplísimas á la de la Volun­
tad y al inmenso jardín de los
Deseos.
Gozaba de todo lo que ho­
nestamente le es permitido á un
joven de buenos sentimientos
y esmeradamente educado al
calor de la familia. Asistía á
los espectáculos ópticos, sin
darme más pena que asomarme
á dos grandes tragaluces recti­
líneos, entrecruzados 2, queme
ponían en relación con los va­
riados campos retinianos; me
solazaba en las armonías del
sonido y me encantaban los
prodigios del lenguaje, porque,
á beneficio de bien entendidas
comunicaciones telefónicas, hallábame incesan­
temente enlazado con los laberínticos 3 senderos
y plazoletas de la Acústica, así como con el eje y
las enroscadas escalas del caracol, en donde
apenas para de funcionar el admirable cuanto
primoroso Órgano de Corty.
El hermoso sol de Rydley 4 , derramándose

M ISTER IO S D E

LA

LOCURA

11

por los dilatados ámbitos é intrincadas regiones
de la urbe encefálica, vibraba hacia mi casa
sus rayos más esplendentes y, c o n ________
ellos, los portentos de las ideas y
juicios, los engranajes y filigranas
de los raciocinios, las kaleidoscópicas combinaciones de la imagi­
nación , los estimulantes incenti­
vos de los deseos y los blandos
vaivenes del querer.
Y por todos lados entraban en
mi morada y en mi esencia la
dicha, la alegría y los placeres.
La pena, la tristeza y el dolor,
en sus múltiples variantes, no
llegaban á mí sino como débil
penumbra, tenuísimo claroscuro,
para dar más realce á las festivas
líneas y á los alegres tonos de los colores de la
felicidad.
Deus nobis hcec otia fecit, como decía Títiro á
Melibeo.
Perdona, oh lector, si hasta aquí no se te
ha presentado de manera definida el sujeto que
rige las oraciones que preceden. Imagina, para
pensar piadosamente, que se trata de un perso­
naje tan discreto, que, hasta el presente, no ha
estimado oportuno exhibirse con su propia rea-

12

G IN É Y

PARTAGÁS

lidad... Ah, sí; cuanto más lo reflexiono, tanto
más me convenzo de que su conocimiento sería
en este instante extemporáneo, prematuro...
Hasta, fundadamente, presumo que esta noción
intempestiva, habría de redundar en perjuicio
del interés filosófico— curiosidad— que es indis­
pensable para que tu atención, de suyo delicada
y avezada á cosas útiles, quiera sostenerse hasta
el final de estos Antecedentes.
¿Hay, empero, urgencia de descifrar el enig­
ma?. . . Satisfágase la necesidad del momento
como lo ha hecho el dibujante ilustrador de esta
novela, el incomparable Eriz: represéntese el
postulado por un signo de interrogación.

II

DE

NINO

A HOMBRE

UÉ encantadora es la adolescencia!
Fiestas de familia, los regalos de
mi padre, el cariño de mi madre,
las finezas de mis tías; . . . todo se
dedicaba á m í... Unico vástago, y
vástago masculino, de una familia
numerosa y acomodada... ¿á quién se había
de querer?
Mis tiempos infantiles, ¡qué embeleso!
Ferias de santos, Navidad, Año Nuevo, Reyes
Magos, Corpus Christi y Pentecostés; ... mi sa­
lón de jugar, contiguo al jardín, mi pequeña
leonera de niño, trocábase en tales solemni­
dades en bazar de juguetería y estante de dulce­
ría. Mi cuadra tenía tal surtido de caballos de

14

GINÉ Y PARTAGÁS

cartón y aun de madera, con crines y colas al
natural, que no lo hubiera más numeroso y
variado en las ca­
ballerizas de un
3 9 3 9 9 3
príncipe de carne
y huesos. Y ocu­
rría, que los ca­
ballos más añejos
eran más diminu­
tos que los más recientes: á proporción que
crecía mi estatura, eran de mayores
proporciones y de mayor riqueza los
regalos nuevos. No hablo de los ejér­
citos de madera, plomo, estaño y cobre;
ni de la artillería de bronce, que dis­
paraba con pólvora sola, produciendo
estampidos que alarmaban al vecin­
dario; ni de los castillos, fuertes y
ciudadelas, en montañas y en llanuras; ni de
los santos, custodias, sagra­
rios, floreros, capillas y ca­
sullas — estas últimas de
papeles de diferentes colores,
según las prescripciones del
Ritual, con vivos de oro ó
plata y ramajes aplicados; —
ni tampoco de las colecciones
zoológicas, mansas unas y
roces otras; ni, en fin, de los cromos, zootropos

M IS TE R IO S

DE

L A LO C U RA

15

y cajas de patos, gansos y peces imantados,
con su correspondiente vasija, para ensayarse
en la natación,... porque aquello era el cuerno
de Amaltea: una bendición de Dios.
Yo era el santo, mis parientes me colmaban

de ex-votos, á trueque de recibir de mis labios
una sonrisa ó un par de besos, los que, decían,
sabía administrar con incomparable gracia.
Hasta que hube cumplido ocho años, no
concurrí á la escuela. Mi buen padre me había
enseñado á deletrear y á trazar los rasgos

16

G1NÉ Y P A R T A G Á S

elementales de la escritura. El maestro, cari­
ñosísimo, no tenía más que lisonjas para mi
comportamiento y se hacía lenguas de mis
progresos, primero en la lectura y caligrafía,
después en gramática y aritmética, y luego
alabó mi retentiva para los nombres y fechas
de la Historia. Ocupaba siempre los puestos
más distinguidos de las aulas, y en exámenes
obtuve constantemente las notas mas elevadas
y diploma de honor.
Con tan plausibles auspicios, pisé los um­
brales de la Universidad. No me impacientaban
las largas explicaciones de los catedráticos. Iba
siempre con la lección bien aprendida, porque
era fácil mi memoria y no obtusa mi compren­
sión; continué siendo el estudiante mimado; á
pesar de lo cual, tuve la fortuna de jamás mal­
quistarme con ninguno de mis condiscípulos,
con quienes, al salir de las clases, compartía,
gustosísimo y rebosando alegría, las tareas de
saltar, correr, tirar la pelota y aun embromar
viejas en la calle.
Lo tengo bien presente:... era el día 23 de
Octubre de 186... cuando recibí el grado de Ba­
chiller. Némihe discrepante, decía el diploma, que
poco después me puso en la mano el secretario
del Instituto. Aquel día, el 28 de Octubre, me
tenté el cuerpo; sentí en mi pecho un hervor

MISTERIOS DE LA LOCURA

17

inusitado; percibí los latidos de mi corazón;
acerquéme al espejo y vi bozo en mi labio. «Ya
soy hombre», dije en alta voz, con todo y ha­
llarme solo en mi gabinete.
¡ Tenía quince años! En realidad era un
mozo, pero me sentía un hombre.

2

III
FUEGO EN LA MECHA.
ESCARCEOS EN LOS MARES DE CUPIDO

o tenía formada vocación ni para
la carrera del Derecho, como
deseaba mi padre, ni para la de
Medicina, según anhelaba mi ma­
dre,— ansiosa de tener á su lado
quien, con tanta solicitud como
saber, cuidase de sus entrevesados nervios,
qué la traían m altrecha desde muchos años,
con jaquecas, gastralgias, hipocondrías y
convulsiones,—ni, en fin, para la Iglesia, como
solicitaban mis seráficas tías, solteronas de toda
vocación y muy dadas á la devota tarea de
vestir imágenes. Hubo consejo de fam ilia, y
de resultas, quedó convenido que fuese á robus­
tecer mi organismo y á buscar inspiraciones

ginb y f a b t a g á s

espontáneas en la campiña. Era una- m uypru­
dentísima tregua que se otorgaban uriaparie“ te
para preservarse de una
guerra intestina, que ya
estuvo á pique de esta­
llar y qne, de
llegar el caso,
hubiera sido
sañuda, ya que
no sangrienta,
habida razón
de los arañazos.
Poseía mi padre una magnífica casa de cam­
po _ procedente de herencia colatoria — con
mucho viñedo,
campos de pan
llevar, huerta y
floresta, á ori­
llas del Gayá,
en el término
municipal de
P. de A., próxi­
ma al histórico
Monasterio de
Santa Cruz; y
era también suyo — de mi padre — el
colono de la hacienda, quien á su vez
tenía dos hijas: Angela y Rosa, de veinte abriles
aquélla y de catorce ésta.

M IS T E R IO S

DE LA

LOCURA

21

Descabalgando de la muía que me había
traído á la alquería desde la estación del ferro­
carril, hubo de tocar mi mano en el antebrazo
desnudo, fresco y fino de Rosita. Era la primera
vez que mi piel tocaba en piel de mujer, como
no fuesen los pergaminos de mis amadas madre
y tías. Aquella suavidad, aquel frescor tegu­
mentarios, determinaron en mi naturaleza, de
suyo nerviosa é impresionable, efectos hipertérmicos muy marcados y hasta entonces para
mí desconocidos. Una llamarada ardiente, pero
agradable, recorrió todas mis venas; sentí en
mi pecho latidos insólitos; anubláronse mis
ojos... No sé lo que pasaría en el cuerpo de1
Rosita: el caso fue que asomaron al punto otras
dos de color de fuego en sus mejillas y vivísimos
carmines en sus labios.
El tiempo lo era de vendimia. No había yo
visto el activo trasiego de las viñas: quedóme
admirado de tanta alegría en los hombres y de
tanta expansión y abundancia en la Naturaleza.
No sé cómo fué; pero dióse el caso de que mi
compañera de faena — la de coger racimos —
fué la bella Rosita. Los dos en una misma tira,
los dos en una misma cepa, los dos siempre en
un mismo racimo. Así hubieron de chocar —
por supuesto, sin pensarlo ni quererlo,— nues­
tros dedos, después nuestras frentes, luego
nuestras mejillas y, al fin, nuestros labios.

22

G IM E

Y

PAKTAGÁS

— ¡Esto es moscatel!— dije yo, encantado del
aroma de aquella osculación.
— ¡Esto es garnacha! — dijo ella, por el dul­
zor que le encontró.
Había gente, y no ocurrió más novedad que
cinco reiteraciones furtivas de catar yo el moscatel y la garnacha ella.
Riqueza a lcoh ólica
tendría el mosto de las
uvas que comimos aque­
lla tarde, cuando Rosita
y yo resultamos embria­
gados, ella de mí y yo de
ella, y alguna tontería
ostensible debió escu­
f
j
'
j
V
rrírsenos á ambos, al
regresar, en alegre co­
Ij , rjil , . .„A
mitiva de vendimiado­
p
'jfesres de ambos sexos, al
r u iz
O^
son de la dulzaina y
’ entre chillidos y cantos,
a las siete de la noche, cuando la mayor, Angelita, tuvo que decirle á su hermana:
— Yen acá tú, poca pena.
Rosita encogióse de hombros, fue al lado de
su hermanita y, con imperceptible mímica, me
dijo:
— Chitón, y hasta luego.
Al llegar á la alquería, ya estaba puesta la

' -

MISTERIOS LA LA LOCURA

23

mesa, en la que humeaba una gran cazuela de
gazofia, compuesta de coles, patatas, calabaza
y cebollas; brillaban en ambos lados del gran
recipiente culinario, una docena de plateadas
sardinas saladas, de cabeza de oro y cola de
azabache, en muestra de envidiable longevidad
en la despensa y de su larga ausencia del casco
de su primitivo envase.
Muy .á pesar mío, no pude sentarme al lado
de Rosita: Angelita había conseguido su pro­
pósito de colateralizar conmigo, valiéndose del
pretexto de mandar por vino á la menor.
He de confesar que tardé poco en sentirme
consolado, no sé si del alejamiento de Rosita
ó de la contigüidad de Angela. Mi naciente
sentido erótico hízome ver desde luego que, si
aquélla era robusto capullo de la selva, ésta
era una flor espléndida, de las de las plantas
monocotiledóneas, monosépalas, monopétalas,
monoginias y monandrias, cuyo esbelto y mór­
bido estambre estaba coronado, cual si fuese
oscilante colosal antera, por una cabeza lindí­
sima, adornada de dorados bucles é ilustrada
con unos ojillos de ultramar, más nítidos que
semáforo en noche de invierno destituida de
luna, rayos y estrellas.
Como se ve, hacía aplicaciones provechosas
de los conocimientos de Botánica taxonómica,
adquiridos en el Instituto.

24

GIN K Y P A R T A G A S

Angelita, á mi lado, hacía dos cosas: me
miraba — ¿qué digo me miraba?... me asaeteaba
con sus miradas — y á modo de riquísima pan­
talla , me preservaba de los fuegos ópticos de su
linda hermanita, emplazada á su izquierda. Un
observador sagaz habría notado un balanceo
sincrónico del cuerpo de las dos hermanas, y
heterocrónico respecto del mío. Angelita aún
hacía más... ¿Qué hacía?...
No lo diré, porque lo que
ella y yo hacíamos, no lo
hacíamos con las manos...
Cualquiera podrá presumir
qué clase de devoción movía
nuestros pies.
El colono, el buen Pedro,
preguntó por mi padre, por
mi madre, por mi tía Adelina
y por mi tía Eufrasia. Tan
ocupado me hallaba en mi
mímica patente y latente,
que para cada pregunta sólo
acei taba a encontrar la mis­
ma respuesta:
Mi papá sigue tan bue­
no; gracias; me ha dado ex­
presiones para usted.
— Mi mamá sigue tan buena; gracias; me
ha dado memorias para usted.

M IS T E R IO S D E L A

LOCÜRA

25

— Tía Adelina está muy buena; mil saludos
para usted.
— Tía Eufrasia está muy sana; mil recados
para usted.
Así terminó la cena; diéronse gracias al
Señor; hubo desfile general y yo me quedé más
harto de amor que de comida... ¿Harto de
am or?... dije mal: con más ganas de un más
allá desconocido, que los demonios lo entendie­
ran ... Eso es la cuerda del pozo, que se desliza
en las manos y las calienta, hasta dar con el
repleto cubo, cuya frialdad templa el ardor del
rozamiento.
Cada vendimiador fuése
á su candil; para las pare­
jas, uno solo; el colono y su
mujer subieron juntos al des­
ván, y á mí me adjudica­
ron el dormitorio principal,
central del principal. Los
colaterales eran: el de la derecha, de Rosita, y de An­
gela, el de la izquierda.
Iba por candil á la co­
cina ; . . . en el corredor me
asaltaron dos bujías: una
que me ofrecía Rosita y otra que me la presen­
taba Angela. Por no desairar á ninguna, tomé
las dos. Abrumado por tales finezas, no sabía qué

26

GINÉ Y PAKTAGÁS

decir: di, como supe, las gracias simultaneando.
De seguir mi impulso, rabiosamente amoroso,
me como á las dos y me las meto en el corazón.
— Buenas noches, — dije, entre fuego y gra­
nas.
Buenas y muy san tas,— repusieron al
unísono las dos hermanas, con melodía tan
grata, que aun se conserva en mis tímpanos.

IY

EL OBSERVATORIO GEOGRAFICO
DEL AMOR

i, gabinete que me había sido desig­
nado, era una estancia espaciosa, cuadrangular y más larga que ancha. El
mobiliario consistía en una cómoda,
con servicio de escritorio, de nogal,
con arabescos, bastante antigua, pero
bien conservada; seis sillas de enea,
pintadas de negro, con vivos ama­
rillos y, en las paredes, otros tantos
cuadros que representaban el martirio de Santa
Filomena. En la alcoba, aparte de la pila para
agua bendita, que emparejaba con un crucifijo
de latón, había una cama de matrimonio, de las
más holgadas, con jergón altísimo, por lo exce-

28

G1XÉ Y

PAETAG ÁS

sivamente repleto, — indicio inequívoco de que
no hacía mucho tiempo había pasado la época
de la trilla ,— y tres colchones de lana, media­
namente nutridos. También eran de lana las
almohadas, sazonadas con fundas, nuevecitas,
de percal, color de yema de huevo, y de la misma
estofa eran las cortinas, que colgaban, formando
panza, de una caña, á lo largo del bastimento
de la alcoba, y hasta el cubrecama, que además
se presentaba exornado con flequillos de algodón
blanco, dispuestos en ondas y borlitas.
Fijando mi atención en pormenores y deta­
lles, experimenté una gran sorpresa: debajo de
las almohadas había, no uno, sino dos de esas
prendas vestimentarias del cráneo, que siendo
prosaicas por su forma, prestan servicio de
abrigo útil al par que de preservativo inestima­
ble contra el desaliño del cabello, tan natural
como casi inevitable, en quien duerme exento
de cuidados y á pierna suelta. Uno se hallaba
debajo de la almohada de la derecha: éste era
blanco y de finísimo percal; el otro gorro, de
finísima lana, era rojo, y se ocultaba debajo
de la otra almohada.
No pude evitar un comentario con ribetes
filosóficos: esta duplicidad de prendas epitcilámicas, ¿era obra de una sola mano, guiada por una
inteligencia sagaz y eminentemente previsora,
puesto que, estando en Octubre, estación Ínter-

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

29

media, así podía convenir el percal como la lana,
ó había que admirar la obra de dos manos— pro­
bablemente muy lindas— que habían colaborado
en competencia de asiduidad y acierto, con
diversidad de criterios
térmicos é indumenta­
rios?
Y otro comentario:
¿cómo habían podido
entregarse á cuidados
tan prolijos la
una y la otra?
¿Cómo habían
podido traba­
jar en compe­
tencia las dos
hermanas,sien­
do así que yo
no las había
perdido de vis­
ta , ni ellas á
m í, desde que
llegué á la al­
quería basta que regresamos de la viña?
¡Ecco il mistero!... el misterio del amor.
Faltaría á la verdad, ó no la diría entera,
si no declarase que el espectáculo de los dos
gorros de dormir, hizo redoblar los latidos de
mi corazón y montó al punto más alto el ga-

30

GIN É Y P A R T A G Á S

tillo del revólver de mi amor propio de Tenorio
debutante.

r

,

Iba á desnudarme; pero me acordé del mí­
mico telegrama de Rosita, expedido en la viña
«Chitón y hasta luego». Yo había también mí-

micamente asentido. Reflexioné que no es de
jóvenes bien nacidos faltar á una cita amorosa,
y más siendo esta la primera. Permanecí ves­
tido, apagué las velas y me puse en acecho.
La primera en entrar en el salón, diri-

M IS T E R IO S

DE LA

LOCURA

31

giéndose á su gabinete, el de la izquierda, fue
Angela. Su primera intención, según supuse,
fué enterarse de la realidad de mi sueño. Conocí
el intento ; . . . retiróme súbitamente de la puerta
y me refugié en la alcoba. Empecé á roncar, y
de tal modo y manera lo hice, que la joven
hubo de creerme profundamente dormido.
Ni dos minutos tardé en volver á mi ob­
servatorio. Esta vez con doble objeto: presumí
que el descanso nocturno de Angelita sería
precedido del correspondiente expulgamiento;
pues por sabido tenía que esta práctica es
usanza rigurosa en el sexo bello. ¡También se
expulgaban mis tías!
No resultó fallida mi presunción... Cayó el
pañuelo de la espalda, se abrió el corsé, y, natu­
ralmente, cayeron también sayas y enaguas...
Iban á salir los casquetes de ambos polos,
alumbrados por la aurora boreal de una bujía,
cuando entró Rosita.
Fortuna de este cambio de escena, pues en
vista de tantos portentos, yo me iba desmayando,
y me hubiera desplomado con estruendo en el
pavimentado suelo.
Tomó Angela su candelero y encaminóse á
su cuarto. En lugar de «Buenas noches», díjole
á su hermanita:
— Chiquilla, tienes muy poca vergüenza.
Rosita no respondió. Dejó la vela en la mesa,

32

a iN É Y

PARTAGÁS

sentóse en la silla y, cubriéndose la cara con el
pañuelo, echóse á llorar. Angela, entretanto,
ya se había retirado á su dormitorio.
A mí me enternecían los sollozos de Rosita.
Esperé á que se despejase la escena, y cuando
pensé que la mayor se habría ya acostado, salí
de mi atalaya y, de buenas á primeras, estampé
un beso en las meji­
llas de Rosita.
Ella levantó la ca­
beza, alzó hacia mi
sus hermosos ojos, y,
¡ oh sorpresa! Rosita
no lloraba: Rosita te­
nía en sus ardientes
labios la más seduc­
tora sonrisa.
El péndulo que ha­
bía en el salón dió las
nueve.
— Son las nueve,
— dijo. — A las doce
en el corral, junto á la puerta de la huerta.
Tráete la manta de la cama.
— Al punto de la media noche estaré en el
corral. Traeré la manta. Ya habrá salido la luna.
Entendido... No faltaré... ¡A la cama!
Sonó leve chillido de goznes mohosos. Ambos
miramos hacia la izquierda. Nada se movía.

MISTERIOS DE LA LOCURA

Auscultamos con atención en la puerta del cuarto
de Angela y distintamente percibimos el acom­
pasado soplo de persona durmiente.
— Era el viento, — dijimos ambos.
— Hasta pronto, — añadí yo, apretando fer­
vorosamente la tomentosa mano de Rosita.

3

Y
APLICACIÓN DE LAS ASIGNATURAS DEL
BACHILLERATO

Æ c o stém e

é in te n té b u s c a r ta n

siquiera una hora de sueño,
calculando que tiempo tendría
para acudir puntualmenypS te á la sesión, de segunda
Jlll convocatoria, á que me
había invitado Rosita.
Entonces dieron sobre
mí las Matemáticas. Comencé á contar minutos
y saqué la cuenta de que, desde el punto y hora
en que empezaba mi cálculo aritmético, hasta
las doce, faltaban 178 minutos, de los cuales res­
tando 60, que pensaba emplear en sueño, queda­
ban 118, con los que había sobrante para hacer
muchísimos pensamientos, trazar planes para la
campaña amorosa que se aproximaba, aban­
donar el lecho, tomar la manta de la cama y
r. E n x z .

36

GINÉ Y P A R T A G A S

salvar los dos tramos de escalera, el comedoi
y la cuadra, que me separaban del corral.
En pos de la Aritmética, presentóse la Geo­
metría, ó, por mejor decir, la Trigonometría
rectilínea. De mi fantasía
no podían apartarse — y
yo tampoco quería que se
alejasen demasiado — las
turgentes formas de Angelita. Dada la base y conoci­
da la altura, ¿cuáles serían
el volumen y la masa de los
relieves? Dado un triángu­
lo, cuya hipotenusa fuesen
los puntos de descanso
y el vértice la cúspide
de las apetecibles es­
culturas, ¿cuál sería
la altura, ó sea la longitud, de una perpendicu­
lar tirada desde el vértice de ambos equiláteros?
¿Qué longitud tendrían los catetos, curvilíneos?
¿Cuál sería el seno de las curvas de los mismos?
Y esto sabido, entró la Física, presentando
á mi asendereada mente múltiples problemas,
referentes unos á la densidad, otros al espesor,
otros al peso específico, otros á las propiedades
ópticas, otros á las térmicas y otros, en fin, á
las eléctricas y sobre todo á las magnéticas,
de los tales elementos de belleza plástica.

MISTERIOS DE LA LOCURA

37

De vez en cuando pensaba: «¡Qué excelente
cosa es la instrucción que se da en los Institutos
de segunda enseñanza! ¡De cuántas y cuán pro­
vechosas aplicaciones son susceptibles, para la
juventud ilustrada, los cono­
cimientos que nos insinúan
los sabios maestros! »
Luego entraban el Cálculo
proporcional y la Geometría
comparada. El primero tenía
dos puntos de partida: uno
era la edad y las condiciones
esculturales de las dos niñas...
La incógnita se adivinaba;
pero no era fácil despejarla
en el momento histórico en
que me hallaba... ¡carecía de
pizarra! El segundo punto
de partida tenía por objeto una determinación
sencilla de estética: ¿cuál sería más sabroso, la
flor ó el capullo, el capullo ó la flor?... Pero
Rosita era mi primer amor. El binomio era, sin
embargo, interesante en ambos miembros.
El insomnio siempre tenaz. En el reloj del
salón sonaron las once y media. Poco después
oí pasos muy leves. Levantéme y no tardé en
percibir nuevos pasos... Eché mis razonamien­
tos (aquí la Lógica): «Rosita — me dije — ha­
bía salido de su habitación y se encaminaba al

38

g in é y p a r t a g á s

1
algún
corral;
- • Artña
dada se
se habrá
nao olvidado de. vuelt0
objeto, por ejemplo, una nave, y

P“r ,f l L K , „

„1 momento. Tomé la manta,

abriguéme con ella y pasé al salón. Un rayo de
luna, penetrando por la alta ventana, que no se
cerraba por la noche, alumbraba fantástica­
mente la estancia. A la luz difusa, bajé sin tro­
piezo la escalera, llegué al comedor, dirigíme

MISTERIOS DE LA LOCURA

á la cuadra, cuya puerta estaba entornada, y
en un instante me hallé en el corral. Al otro
extremo, junto á la puerta del huerto, me espe­
raba mi amada Rosita, arrimada al brocal del
pozo contiguo, arrebujadas en la cabeza las
sayas de sarga encarnada, que con tanta gracia
vestía.
Mi primer impulso fué abrazarla... Me de­
tuvo, colocándome su linda mano en mis labios.
— Salgamos pronto de la huerta,— me dijo;
— traspongamos la cerca, que es muy baja, y
corramos.
Obedecí como un autómata. Al rebasar la
cerca, desprendióse un guijarro, que cayó con
estrépito en el lavadero... ¡Ya estábamos en
camino de la ventura y de la aventura!

VI

DE CÓMO EL CLERO PARROQUIAL
SE IN T E R E S A POR LA H IG IE N E P Ú B L IC A

pueblo de P. de A. está emplazado en una
hondonada angostísima. No advierte el viajero
contigüidad de aquél, hasta tanto que, después
de un recodo de la carretera que le es tangente,
puede con la mano tocar la primera casa del
arrabal. Por otra parte, el campanario pertenece
al número de los que, en satisfacción del justí­
simo enojo de Felipe V, fueron decapitados.
E

l

4

42

-i/« .'

GIH É Y P A R T A G Á S

P. de A. goza merecida celebridad en la
historia de la Industria y del Comercio, por sus
manufacturas de paños, mantas, fajas y otros
artefactos vestimentarios cuya primera materia
es la lana. Las aguas del Gayá, aun cuando poco
copiosas, son la principal fuerza motriz de sus
fábricas, porque el lecbo del mi­
serable riachuelo, es, por el lado
de P. de A., extraordinariamente
quebrado. En cada salto de agua
se ha edificado una fábrica.
La gran masa del pueblo há­
llase á mucha ma­
yor altura que el
río; razón por la
cual sus moradores
sufrían, no ha mu­
cho, el suplicio de
Tántalo. Para la
bebida y usos culinarios, no tenían más remedio
que bajar á buscar agua al río. Los campos con­
tiguos á las moradas, que en otras condiciones
hidrográficas hubieran sido huertas, — y que hoy
lo s o n ,— eran viñedos y tierras de sembrar,
cuyas cosechas estaban siempre á merced de las
humoradas meteorológicas del cielo.
La casa parroquial, adosada al templo y
al cementerio, participaba irremisiblemente de
este inconveniente gravísimo.

MISTERIOS DE LA LOCURA

43

Siendo alcalde de P. de A. mi abuelo, dotó
de aguas potables y de riego al núcleo urbano.
Hízose, atravesando peña viva,
un acueducto, sangrando el G-ayá
á dos kilómetros más arriba del
pueblo... Desde entonces, cada
casa tuvo su huerta,... y fué no
pequeño bene­
ficio.
La casa p a ­
rroquial no podía
tener h u erta,
aun cuando sí te­
nía agua de pie
y aun fuente pú­
blica á la vista,
en la plaza de la
’ig le s ia , por la
sencilla razón de
que ca r e cía de
campo.
N in gu n o de
los Reverendos
C u r a -p á r ro c o s
que habían pre­
cedido al que lo
era coetáneo con
la Alcaldía de mi abuelo, se había acordado de
estimular, con su insinuante palabra, ni al Mu-

44

GINÉ Y PARTAGAS

nicipio iii al vecindario, para que fuese cum­
plida la ley de Sanidad en su artículo que
prescribe que los cementerios estén alejados a
lo menos un kilómetro de la urbe. Al punto
en que fueron traídas aguas al pueblo y que
cada vecino que poseía campo contiguo tuvo
su huerta, sobrevínole al Reverendo Mosén
Pablo Hormiga, entonces adminis­
trador de los intereses espirituales
de P. de A., la filantrópica inspi­
ración de hacer llevar á efecto el
precepto de la ley de Sanidad;
de lo cual había de resultar,
como hecho primordial, el
alejamiento del cementerio,
y como accidente sin impor­
tancia visible, la hortalización
del Campo Santo.
Acudió, primero de pa­
labra y luego de oficio, al
Alcalde. Este reunió la Cor­
poración municipal y expuso
la querella del Reverendo.
Hubo acuerdo en que el Cura-párroco tenía
razón; pero se consideró imposible acceder á
sus humanitarios deseos, á causa de que esca­
seaban los terrenos en las inmediaciones, y los
pocos que existían habíanlos sus respectivos
dueños trocado en huertas. Además,7 ninguno
O

MISTERIOS DE LA LOCURA

45

servía para inhumaciones cadavéricas, por ca­
rencia de subsuelo hábil: en todas partes la roca
silícea estaba á menos de un metro de la su­
perficie.
No se dio á partido el ilustrado sacerdote:

abandonando las esferas municipales, á la chita
callando, recurrió á las altas regiones de la
Curia eclesiástica, simultaneando su expediente,
con algo más que indulgencias, en las oficinas
del Gobierno civil.
¿Qué resultó?... Que la víctima fué mi

46

G IN É Y P A R T A G Á S

abuelo. El nuevo cementerio fue emplazado en
una viña de su propiedad, parte del predio
en que estaba situada la alquería. Toda recla­
mación de perjuicios fué desestimada. Recibió
mi abuelo, en seis plazos de otros tantos años,
treinta duros por la expropiación forzosa.
A los tres meses de incoado el expediente por
el Reverendo Hormiga, crecían frondosas coles,
suculentas acelgas, nabos robustísimos y aro­
máticas chirivías en el antiguo Campo Santo.
Era éste la huerta del Reverendo Cura-párroco,
que él mismo, con sus sagradas manos, abonaba
y regaba todas las mañanas, después de la
misa y el subsiguiente chocolate.
Grandes pesares debió causar este enojoso
asunto á mi pobre abuelo. Dimitió la vara,
alzó su domicilio de P. de A. y pasó á morar
en la masía, á pesar de no hallarse satisfecho
de la funeraria vecindad, que, por la vía del
buen Hormiga, se le adjudicaba.

Y II

AMOR Y LUNA.
EL RAYO DE LA DIVINA CÓLERA

, según he dicho,
Rosita y yo en el camino
contiguo á la pared de la
huerta. Ella guiaba y yo
seguía escrupulosamente sus
huellas. Andábamos por un
sendero, á través de un campo en
rastrojo. No había árboles ni cosa
que proyectase sombra. La luna,
clarísima, hacía muy visibles nuestros cuerpos.
Quise hablar, y Rosa no cesaba de imponerme
silencio.
Presto nos encontramos junto á la tapia
opuesta á la entrada del nuevo cementerio.
stábam o s

Gr a É

48

y PARTAGÁS

Oue esto fuese el cementerio, lo ignoraba yo;
■ r ' L el siguiente coloquio:
supelo P
”_ dij0 R o sita .-D á m e la ; ten­
dámosla sobre estos pedrnscos; es preciso pre­
c i s e de la humedad del suelo y del relente
de la noche. Siéntate y óyeme.
__Te oigo, hermosa, si vas a hablarme de
nuestro cunor»
__ cállate;... no profanes estos lugares santos.
_¿Por qué me has
traído aquí?
— Porque este es el
único sitio donde podría­
mos estar solos y porque
aquí yo tengo algo que
hacer.
— ¿Aquí? ¿A esta ho­
r a ? ... En verdad, no
comprendo.
— Atiende y sabrás.
La gente mira de lejos
este lugar, porque, como
te he dicho, este es el
nuevo cementerio. Nos­
otras, por la noche y en
días señalados, coloca­
mos en las tapias ollas
cascadas, con tres agujeros, y una vela encen­
dida dentro, oue, remedando los oios, la nariz

M IS TE R IO S D E L A

LOCURA

49

y la boca, parecen calaveras vivientes. Es an­
tigua costumbre en nuestra casa. Mi padre dice
que esta obligación del colono entra en las
cláusulas de la escritura de arriendo de la al­
quería. Martes y viernes no puede faltar la
función de ánimas. Unos vecinos creen que las
hay en pena y, en consecuencia, los deudos
prodigan sufragios. Opinan otros que las tales
apariciones son protestas que, desde el otro
mundo, hace tu abuelo, el antiguo dueño de
la alquería, porque, mal de su grado, tuvo
que cederlo para cementerio.
— ¿Y qué hacéis vosotras?
— Angelita y yo nos repartimos la tarea:
ella alumbra los viernes y yo los martes. No
se encienden las velas hasta la una de la no­
che, pues hasta esta hora no salen los vecinos
ganosos de contemplar el prodigio. De cuando
en cuando les acompaña el cura. Hace á lo
menos diez años que se repiten las mismas fun­
ciones.
— Y vosotras, ¿qué cuenta tenéis en este
trabajo?
— En la puerta de nuestra casa hay un ce­
pillo para las benditas almas. No falta devoción
para los desagravios. Angela y yo nos vestimos
de esos sufragios. Ellas, las benditas almas, no
necesitan vestidos, pues la desnudez ha estado'
siempre de moda en el purgatorio.
4

50

G IN É Y P A E T A G Á S

_Me place la idea... Pero, veamos, ¿me has
traído aquí para estas cosas?
— Por supuesto... Creía que esto te había
de interesar y diver­
tirte.
— Pues yo tengo
otro atractivo mucho
mayor. Yo te quiero á
t i , Rosita m ía, y sólo
anhelo tu amor.
— No digas disparates... ¿No ves el lugar
donde estamos? Además, que querer es querer;
yo también te quie­
ro á ti, porque eres
muy simpático;...
pero nada más.
— Dame, pues,
pruebas de tu amor.
¿A qué habré traído
la manta?
— ¡La manta!...
Ahora lo verás. La
manta sirve pa­
ra abrigarnos con
ella... así, los dos,
y dar un paseo por
esos alred ed ores,
mientras llega la hora de la función de ánimas...
¿No te place el murmurar del río? ¿No te agrada

MISTERIOS DE LA LOCURA

51

el canto de los grillos, el penetrante chirrido
de las arañas y el acompasado y flautino silbar
de los sapos, trasnochadores sempiternos, que
también g’ustan de tomar la
luna? ¿Dónde hallarías ar­
monía más dulce y melanco­
lía más apacible?... Atiende:
ahora llega la lechuza; va
á tomar su ración de aceite
de la lámpara de los muer­
tos... Chut... chut, repite...
Esto quiere decir que mire­
mos y callemos.
— M iro, en efecto, Rosi­
ta... ; pero mira tú también y
considera que yo siento cosas
muy opuestas: el espectáculo
funerario que me ofreces, me
hiela las carnes; pero las tu­
yas, palpitantes de vigor y
sangre, y el amor que por
ti siento, me achicharran el corazón.
Desprendióse Rosita de la manta y, á todo
correr, fué á esconderse en un matorral conti­
guo al otro lienzo de la cerca del cementerio.
Corrí en pos de ella, y á buen seguro la ha­
bría alcanzado muy presto, á no haberme metido
en una balsa de cal, resto, sin duda, de las
obras del cementerio. En la caída torcíme un

52

GINÉ Y PARTAGAS

pie, y mis pantalones pusiéronse como es de
suponer.
— ¡Rosita! ¡Rosita!... me he caído y estoy
hecho una miseria, — grité.
La niña no se hizo esperar. Dióme la mano,
ayudóme á salir del hoyo, y con la protectora
manta me desencaló cuanto pudo el pantalón.
Como no podía andar, nos sentamos en unos
pedruscos adosados á la pared. El frotamiento
de la lana me reanimó, y pronto me sentí ali­
viado de la torcedura y con los mismos bríos
que antes.
Estábamos, más bien que sentados, reclina­
dos. La niña, junto á mí, quiso con su pañuelo
vendarme el pie.
¡Ay, Rosita! — exclamé. — ¿Cómo podré
pagai tantos cuidados?... Pero, niña, yo nece­
sito otra cosa... tu amor...; la dicha de tenerte
en mis brazos, de quemar tus labios en los
míos, de confundir tu aliento con el mío, po­
seerte con alma y vida.
A las palabras acompañé la acción... Rosita
quiso apartarse de mí... La retuve por los
y e&tlC 0b " ' Hubo un momento de resistencia;...
pero yo era el más fuerte... La niña dejó caer
su trente en mi pecho.
r„a nube cenicienta vino & cubrir el frío
* t,e la lm a-" Cuatro tañidos de la menor,

M IST ER IO S D E LA LOCURA

53

seguidos de otro único de la mayor de las
campanas del acéfalo campanario de P. de A.
dejáronse oir, al impulso del viento norte, en
el poético retiro en que nos
hallábamos. Era la una de la
noche, la hora de encender
las ollas en el cementerio.
— Suéltame, suéltam e...
r
Esta es la h o ra,— dijo Rosita
sobresaltada.
— ¡ Esta es la h o ra... la
hora de la expiación! — dijo
una voz de mujer, acatarrada
por el airecillo de la no­
che ó enronquecida por
violento despecho.
Al instante, desde lo
alto de la tapia vimos
cernerse sobre nuestras
cabezas un cuerpo rec­
ta n g u la r, n eg ro : un
ataúd. Abrióse con gru­
id do extraño, y conteni­
do y continente cayeron
sobre nuestros cuerpos.
Rosita se desmayó. Los
dos, en estrecho abrazo, — que ahora no era de
am or, sino de espanto, — quedamos incluidos
entre la manta y la mortuoria caja, y al propio

54

G IH É Y P A K T A G Á S

tiempo sepultados en un montón de escombros,
de vestiduras, podre y huesos humanos. Me
parece que un brazo de momia vino a aplicarse
á mis labios obscenos.
Lo que por mi pasó, lo ignoro; sólo vaga­
mente recuerdo haber oído otra vez la voz fe­
menina, que, entre carcajadas histéricas, gri­
taba :
— ¡ Estoy vengada! ¡ Estoy vengada!
Era Angela, que ahora oficiaba de Arcángel
de la divina cólera, al paso que trabajaba por
cuenta de su pasión frenética.

L A L O C U R A POR DENTRO

ENTRA EN MATERIA. — EGO SUM

Q

l o soy Yo. Soy el Buen sentido, el Sentido
I
común, la Razón, la mente sana. Llámome, para servir á ustedes, E u l o g i o
H ig io f e é n .

Fui violentamente expulsado de la
tranquila y plácida mansión que me
había sido designada en el centro de la
grande Cerebrópolis, por los excesos y de­
masías de las Vesanias 5.
Mi hombre perdió la chaveta, dentro
del ataúd, en el mismo cementerio.
El ya no es Yo. Perdió el Yo. Su Yo es No Yo.
El Yo suyo soy Yo.

58

GINÉ Y PAETAGÁS

El cerebro suyo está desyogado, trasnochado,
en plena chifladura, de resultado problemático.
En cuanto á Yo, Eulogio Higiofrén 6 —que es
como decir que discurro y hablo bien y con la mente
sana, — Yo he debido abandonar la dulce mansión
en donde obtuve el ser después de muchas expe­
riencias y ensayos en la niñez, porque Yo no
quepo donde ocurren tales y tan cuantiosos ex­
cesos.
Transijo, me acomodo y aun me solazo y
medro con las Pasiones, porque mi naturaleza,
activa como es, se aviene con las alternativas
de lo dulce y lo amargo, lo agrio y lo salado, lo
picante y lo soso; pero no puedo convivir con las
Vesanias, porque lo extreman todo y, ó siempre
tratan de lo mismo, ó bien se andan por las
ramas, sin orden ni concierto, sin ley, sin Rey y
sin más Papa que las papas del delirio.
Somos además incompatibles, como lo son
una afirmación y una negación. La afirmación
de la salud de la mente soy Yo; ellas la negación.
Yo soy luz de la inteligencia ó, por mejor decir,
la claridad de esta luz; ellas, las Vesanias, son
tinieblas, la sombra, el caos, ó, cuando más, los
fuegos fatuos de la mente.
Rectos son mis intentos, honrados y de buena
ley los productos de mi industria. Las Vesanias,
ó huelgan y comen la sopa boba en CerebrópoUs> ó fabrican moneda falsa. ¡Cuántas, de tal

M IS T E R IO S D E D A L O C U R A

59

procedencia, circulan por los mercados científi­
cos y de las relaciones del mundo civil, político
y religioso, que no habrían de resistir al fiel con­
traste de la piedra de toque de
la Razón, ni harían el peso en la
balanza del juicio hígido!
¿Sabéis por qué? Porque hay
locuras colectivas, de curso cró­
nico, enquistadas en el uso y
aferradas fi la quilla de la huma­
nidad como las almejas al casco
de las viejas embarcaciones.
Como el individuo — el chi­
flado de mi cuitas y desengaños,
— de resultas de la treta de An­
gela, cayó en estado sincopal,
cerráronsele los ojos, y yo no
pude escaparme por la ventana,
como hubiera sido mi deseo, al
punto en que vi el zafarrancho
que junto á mí se preparaba.
No pudiendo avanzar y no hallándome seguro,
sino, al contrario, muy amenazado en mi domici­
lio, no tuve más remedio que retroceder. Colóme
de rondón en el ventrículo medio 7, levanté la
glándula pineal, descorrí la tela coroidea, introdújeme en el acueducto de Sylvio, y en un santiamén
di conmigo en el ventrículo cerebeloso. Instalóme
aquí, debajo de la nacarada tienda 8 , y, pues me

60

G IN É Y P A R T A G Á S

hallo fuera de la jurisdicción de Cerebróvpolis,
calculo que no lo pasaré del todo mal, empleando
los ocios y matando el tiempo en la consignación
de estas M emorias de U ltrafreítia, que al lec­
tor benévolo dedico, abri­
gando la esperanza de que
en ellas encontrará, á más
de solaz y esparcimiento,
interesantes disciplinas de
patología mental, que, si
pueden ser de utilidad á
todos y á cada uno de los
mortales razonadores, en
evitación de percances de
la especie, son de necesidad
indiscutible para los hijos
de Esculapio, como admi­
nistradores de la salud del
cuerpo y del espíritu y
como remendones titulares
de la admirable máquina
antropológica.
Es esta tienda precioso
observatorio, desde el cual,
sin necesidad de tomar parte en ellas, puedo
asistir á todos las escenas del gran mundo cere­
bral. Una gota de serosidad del ventrículo que
conserva su figura esferoidal, me sirve á ma­
ravilla de lente amplificadora, colocada á la

M IST ER IO S D E LA LOCURA

61

entrada del acueducto del Sylvio, el cual, á su vez,
cumple perfectamente los oficios de un tubo
óptico. Poseo, pues, un perfecto catalejo mono­
cular, para ver de cerca cuanto ocurre en Cere-

bropo lis, y no digo saber cuánto se habla por
a llá , porque casualmente me hallo en las oficinas
de la Acústica, desde las cuales ni el vuelo de un
mosquito podría dejar de ser oído.
Tengo también buen recado de escribir. Ver-

62

GINÉ Y PARTAGAS

clac! es que es de barbas la pluma de que dispongo;
pero el cálamus scriptorius tiene siempre buenas
puntas, desde que lo cortó el gran pendolista
Arando. Tinta no me falta, ni creo que se me
asóte el material atramentario: escarbando un
poco el suelo del ventrículo, encuentro el locus
niger, de Ssemmering, cuya substancia, desleída
con un poco de agua que mana de la fuente de
Sylvio, me da un negro que ni la tinta china. En
fin, estas M emorias no las confiaré al papel, ni al
pergamino; tengo cosa mejor: el epéndima del
ventrículo, que, no sólo no cuela, como lo hace el
papel sellado que, por buenas y numerosas pese­
tas, nos suministran, á veces, en los estancos,
sino que, al propio tiempo que toma la tinta,
ésculpe la escritura.
Con que, pues, lector amado, atención y
entremos en materia.

II

APUNTES
DE

TOPOGRÁFICOS

ULTRAFRENIA

[i sobre un cráneo humano tiramos
una línea circular que comience en
el centro de la frente y termine
en medio del occipucio, habremos
trazado un círculo máximo, aná­
logo al que los geógrafos imaginan
en la esfera terrestre, dividiéndola
en dos hemisferios y distante de cada polo 90°.
Este círculo máximo sería el Ecuador de la Razón.
El sol de la inteligencia, como el del sistema
planetario, es astro fijo. Carece de movimiento
de traslación, y si lo tiene de rotación, es éste
tan lento como el evolucionar de la Humanidad
en la Historia.
En todos tiempos la zona tropical de la Razón

64

gin é y

paktagás

humana — el espacio comprendido entre la línea
ecuatorial y los circuios menores, llamados Ti opicos, de Cán­
cer, el uno, y
de Capricornio,
el otro, — ha
sido siempre la
misma, sin que
en ella haya
influido sensi­
blemente la oblicuidad de la eclíptica. Esta obli­
cuidad, en la esfera armilar es tan poca cosa,
que apenas equivale á 52 segundos por cada
siglo. Aun debe estimarse menor la oblicuidad de
la eclíptica del Buen sentido, 6 Razón humana.
Así, pues, ésta ocupa una zona vastísima, que
se extiende desde el Ecuador hasta cada uno de
los Trópicos. Aquí el sol del entendimiento, el jui­
cio sano, actúa siempre con sus rayos verticales,
presentándose á lo más alguno que otro eclipse,
que no influye perceptiblemente ni en la tempe­
ratura, ni en el esplendor del clima. Si un
nombre hubiésemos de dar á estas plácidas re­
giones, donde la mente evoluciona libre y en
plena lozanía, llamaríamoslas regiones Higiofrénicas, e Higiofrenia 9 a los dilatados imperios que
comprenden.
Estos antecedentes vienen al caso para deter­
minar la latitud geográfica de Ultrafrenia. Este

M IS T E R IO S D E

LA

LOCÜRA

65

accidentadísimo país comienza allá mismo donde
aparecen los lindes de Higiofvenia, en uno y en
otro hemisferio, y se extiende por ambos, hasta
los círculos polares. Cuanto á los polos del cerebro
humano, esos constituyen las lóbregas regiones
de Oligofrenia y Afrenia 10.
Así, pues, admitida la equivalencia de Higiofvenia respecto de las zonas intertropicales de
nuestro planeta, y dado que á éstas les está
asignada la latitud comprendida entre el Ecua­
dor y los 30° á 35° y 55° en ambos hemisferios,
tendremos que la situación geográfica de Ultraf renici será la de 30° á 35° y 55° en dirección á
cada uno de los polos, comenzando en este úl­
timo grado las regiones oligofrénicas, y siendo los
polos, ártico y antàrtico, ya de suyo achatados y
casi sin más luz que la de las auroras boreales,
los países de Afrenia.
En una palabra y sin ya darme humos de
helenista y de geógrafo, diré: que allá donde
termina la Razón empieza la Locura, siendo el
término de ésta la Demencia, así como el desen­
lace de esta última es la Muerte.
No faltará quien observe que, siendo las zonas
intertropicales las más ardorosas, así como las
comprendidas entre éstas y los círculos polares
las de los climas templados, la Razón, que siem­
pre vive en temperamentos medios, no puede
medrar en aquéllas y sí en éstas. Esta objeción

66

GIÏtÉ Y P A R T A G A S

M IS T E R IO S

DE LA

LOCURA

67

carece de fundamento, puesto que el sol de la
Razón humana no tiene calor propio: es la fría
razón, y todo el que tiene lo recibe de los
hechos. El sol de la Razón no es, pues, caliente
per se; pero sí esencialmente luminoso. El sol de
la Razón humana alumbra, pues, perfectamente
con sus rayos directos y perpendiculares á las
zonas higiofrénicas. Las ultrafrénicas reciben tan
sólo rayos oblicuos, insuficientes para la visión
clara y distinta, y además determinan proyec­
ciones umbrías, que constituyen un error espe­
cial, el error morboso, que no se disipa con el
candil del consejo, ni con la lámpara maravillosa
de la ciencia.
El sistema orogràfico de Ultrafrenia deriva de
tres cordilleras principales, llamadas Frenalgia,
Hiperfrenia è Ideofrenta 11. Hay además los montes
de Frenoplexia, ó del Estupor, que carecen de
derivaciones: son, por decirlo así, autóctonos y
circundan el gran lago, sin fondo, de las aguas
negras, llamado mar melancólico, negro ó de Azof.
Los montes frenálgicos se denominan así porque
en ellos todo es tristeza, dolor moral. Peñas
escuetas, simas insondables, laderas lodosas, de
color de manganesa, que destilarían lágrimas á
no absorberlas las áridas tierras del pecado, el
pozo sin suelo de los remordimientos y los cana­
les de desagüe de la penitencia. Coniferas, cuyas
puntas tocan á las negras nubes; sauces llorones.

GINÉ Y PAKTAGÁS

cuyas ramas besan la tierra, y zarzas espinosas,
de moras nunca sazonadas y de catadura tánica,
acerba, tal es la estructura geológica y la mi­
sera vegetación de los mon­
tes de Frenalgia.
¡ Cuán distinta es la topoorafía
de las montañas de
o
Hiperfrenia! En cada pico se
ve un templo, en cada pro­
montorio un trono, en cada
peña un altar ó un arco de
triunfo. La más culminante
de las cumbres es el Parnaso,
con su correspondiente Olim­
po. Apolo preside, Terpsícore
baila, declama Talía, Eu­
terpe pulsa, no se ve bien si
la lira ó la bandurria, Melpò­
mene blande la navaja de los
hom icidios, Erato escribe
versos de amor, Polimnia
romances para ciegos, Calíope
poesías épicas, Clío miente de
Historia, Urania miente aun más, pues miente
de las estrellas, que es más seguro mentir,
Pues nadie puede ir
A preguntárselo á ellas.
En otra cumbre aparece el palacio del Rey

M ISTERIOS DE LA LOCURA

69

Midas: sillares de oro, puertas de oro, árboles
de oro y hasta caballos de oro. El edificio está
montado en peña viva de oro.
El laurel, la palmera y demás árboles simbó­
licos de la gloria y del triunfo, constituyen la
vegetación de esos mon­
tes, en donde siempre
reina sol canicular, por
lo cual ni hay sombra,
ni frescor, ni sueño.
Los campos son de
color de escarlata; las
ramas de los árboles tie­
nen figura de cetro y sus
frutos son coronas con­
dales, ducales, reales ó
imperiales y hasta se ven
m itras de obispo, capelos
cardenalicios y tiaras de
p ap a. El arm iño es el
único mustelídeo que deja
ver su niveo pelaje por
entre los riscos de Hiperfvenia.
Las estribaciones de
la cordillera de Ideofrenia comienzan más allá
de las de Frenalgia, y extendiéndose de oriente
á poniente, cruzan los montes hiperfrénicos y
term inan en peña abrupta del lado de las regio-

70

G IS É Y

PAETAGAS

nes oligofrénieas ó de la Demencia. Imposible
hacer una descripción de estos montes. Alia
suben hasta tocar los cuernos de la luna, aca
hay hondo­
nadas, en
que ru gen
las fieras de
la ira y del
encono; más
allá mesetas,
donde brin­
can arlequi­
nes y paya­
sos; á la de­
recha, brujas
y duendes,
en estrep i­
toso aquela­
rre; á la iz­
quierda, cru­
ces, santos,
santas, vír­
genes y cua­
dros d iso l­
ventes del
más acendrado misticismo, con su correspon­
diente dotación de azotes, cilicios é instrumentos
del Santo Oficio, y por doquiera troncos viejos
y secos, con una ó dos ramas inflexibles, de

M IS T E R IO S D E

LA

LOCURA

71

donde penden una ó más cuerdas de cáñamo,
con su correspondiente nudo corredizo.
No seré prolijo tratando de la dotación hidro­
lógica de Ultrafrenia, por más que, en tal con­
cepto, aventaje á muchos de los países conocidos.
Sus principales ríos son: el Enos 12, de aguas
vinosas, con mucha espuma y mucho espíritu,
las cuales gozan de merecida reputación de tóni­
cas del estómago y estimulantes del buen humor,
siempre y cuando se emplean con parsimonia,
mientras que su uso abusivo — muy frecuente
entre los ultrafrenenses — abate las fuerzas y
obtunde el sentido, hasta trocar en bestia á la
persona ; el Hema 1:i, que al paso que entra ruti­
lante, espumoso y á borbotones, sale azulenco
y con marcha lánguida, después de haber atra­
vesado la capital cerebropolitana ; y, por último,
el Hidor u, que más bien que río, es charca
difusa, que infiltra todo el territorio, proce­
diendo en realidad sus aguas remansadas del
Hema Rutilante, ó de entrada, y volviendo al
mismo en su sección azulenca, ó de salida.
La Flora de Ultrafrenia es muy caprichosa.
Plantas tan modestas y salutíferas como la salvia,
la valeriana y el árnica w, no nacen ni encontra­
rían medros en un tal clima; en cambio, las
solanáceas virosas, el estramonio, el beleño y la
belladona 16, así como el eléboro blanco y la man­
dragora 17son, por decirlo así, domésticas y obje-

72

G IN É Y PA R T A G Á S

to de esmerados cultivos. En g e n eial, es de íio tai
que las hierbas y las m atas se a g ig a n ta n , v o l­
viéndose arbustos y aun carboles a rro g a n te s, al
paso que los árboles y arbolillos, p asan poi tal
desm edro, q u e
aquéllos se re ­
suelven en a r ­
bustos y éstos en
h ie rb a s , que
apenas a b u lta n
en el suelo. Las
p la n ta s que m ás
a b u n d an son las
lianas y o tras de
la larga clase de
las enredaderas,
las c u a le s , ha­
ciendo de su ofi­
cio , convierten
en sotos in estricables lo s b o s ­
q u e s , lo s c a m ­
pos, las h u ertas
y los jard in es.
Es n o t a b l e
que los árboles
m u e s t r e n su s
raíces desnudas, escuetas, reto rcid as y de tal
modo contorneadas y ag arrad a s á la tie rra ve-

MISTERIOS DE LA LOCURA

78

getal, que parecen piernas, muslos, antebrazos
y brazos de otros tantos Prometeos, encadenados
á la peña del suplicio; no faltando, en repre­
sentación arbórea, los correspondientes buitres,
con las alas extendidas, que desgarran los precordios y arrancan á las víctimas las entrañas,
á picotazo limpio.
Si extraña es la Flora de Ultrafrenta, no lo es

menos en Fauna. Son casi todos los mamíferos
feroces: carneros que muerden y devoran cuanto
les sale al paso, inclusos tigres, hienas y leones;
bueyes que con el rabo, se azotan los flancos,
para más y mejor enfurecerse; perros y gatos
en hidrofobia congènita y permanente;... todo
causa horror y mucho espanto. Las ovejas y las
cabras caminan sobre sus ubres; los corderos y

74

GINÉ Y PARTAGÁS

cabritos chupan leche de la cola de sus madres;
los mosquitos tocan la trom peta, las moscas el
cornetín y las arañas la bandurria; las pulgas
andan patas arriba; las abejas elaboran acíbar
y vinagre en sendos panales de amianto; las
avispas destilan un licor de consistencia y gusto
siruposos; las gallinas y los patos echan huevos
por la boca; gilgueros, pardillos, ruiseñores y
canarios rebuznan como pollinos y construyen
sus nidos en el mar; en cambio, los peces nadan
por los montes; las tortugas y cangrejos corren
tan veloces que no les alcanzaría una locomo­
tora; razón por la cual son emblema del pro­
greso; en fin, para colmo de contrastes, hay
allá la costumbre — que también se va intro­
duciendo en Higiofrenia — de, en vez de colgar
a los ladrones en las cruces, colgar cruces del
pecho de los ladrones. Cada ladrón, á lo menos
con una cruz; de cada cruz, cuelga un juez, un
escribano, un c u ra ,... un hombre de bien.
La mortalidad en Ultrafvenia es muy reducida:
no mueren mas que los que se m atan, sea por
el procedimiento de Tanner-Succi, que es el más
económico y preserva de indigestiones de Ultra­
tumba, bien por el método detonante, confiando
el éxito á una dosis de plomo en estado cónico
ó esferoidal, bien imitando á las Meregildas,
avezadas á manipulaciones hidroclóricas, bien,
en fin, echando mano de la prim era m ateria de

M IS TE R IO S DE L A

LOCURA

ÍO

las de Villadiego — alpargatas — que ya fue em­
pleado con éxito completo por el mal apóstol.
Fuera de estos casos, para morirse, á los de
Ultrafrenia les es preciso encaminarse á Oligo­
frenia y llegar hasta la helada Afrenia.
Lo cual equivale á decir, que la locura no es
mortal, sino en cuanto conduce al suicidio ó se
transforma en Demencia.
Doy aquí punto á estas breves notas topográ­
ficas. No es este el lugar destinado á describir
los usos y costumbres de los ultrafrenenses: asunto
es este que merece capítulo aparte, y formará
el objeto del siguiente, consagrado á la Demo­
grafía ele Ultrafrenia.

f

III

LA DEMOGRAFIA DE ULTRAFRENIA.
LOS ULTRAFRENOIDES

Yo, en uso de las pre­
rrogativas que me concedió
Naturaleza, vivía en Cerebrópolis, hube, más de una
vez y á pesar mío, de tra­
bar relaciones con ciertas
gentes, acerca de las cuales
Jj — según lo que me fue dado
contemplar desde mi obser­
vatorio, á través de mi perfecto monóculo — ad­
quirí luego la certeza de que, si no son las tales
las vesanias en carne y huesos, son sus afines
y próximos parientes.
La característica fisiológica de la tal fami­
lia, consiste en la manía de trabajar por su
uando

78

GINÉ Y PARTAGAS

cuenta y razón, sustrayéndose en cuanto pueden
á la vigilancia de la Dirección general, ó de la
Conciencia, de cuyo centro no se desdeñan, sin
embargo, de recibir órdenes, que obtemperan y
cumplen con escrupulosa exactitud. Lo que no
quieren, eso no, es que la Dirección se entere
de lo que ellos maquinan cuando se les antoja
hacer faena propia.
La agrupación abstracta de esos laborantes,
hecha por filósofos cortados por el patrón de
Javier de Maistre, constituye la parte de bestia
que entra en la composición de cada persona, con
lo cual necesariamente se afirma que Yo soy la
parte de,persona que se halla en lo íntimo de cada
bestia.
Siendo deferente y hasta pródigo con aquel
espiritual escritor, llamaré tribu bestial al con­
junto de entidades que no tributan directamente
en la Conciencia... Mas ¡á cuántos que pasan
plaza de decentes les alcanza este denigrante
epíteto! Si no, vamos á las pruebas: por ahí
andan los más encopetados de la gran población
cerebropolitana, los Pensadores, que se hacen
lenguas de su libérrima independencia.— «El
pensamiento es libre; no hay poder capaz de
contrarrestar nuestra preciada autonomía; no
hay limites para nosotros; nuestro ambiente es
el infinito»,— repiten sin cesar, en todos los
tonos de la gam a... — ¡Ilusos! no reparan que

M IS T E R IO S IJE L A

LOCURA

79

en su trabajo son tributarios incondicionales
de las sensaciones: que son esclavos de la sensi­
bilidad, y que ni tan siquiera poseen la libertad
de cesar en sus trabajos cuando se les antoje.
Nadie es dueño de pensar
ó dejar de pensar, ni de
pensar esto ó lo otro. El
pensamiento es á menu­
do tenaz, y por esta
tenacidad resulta insis­
tente en sus trece, contra
todo esfuerzo de la vo­
luntad consciente. Otras
veces, en cambio, vuela,
vuela como mariposa en
torno de la llama, sin
darse punto de reposo...
Pensadores, orgullosos
pensadores: sois autó­
matas, sois esclavos; vivís aherrojados en la
ominosa ergástula del sentimiento.
La Conciencia os ve, os observa á ratos...
¿Estriba en esto vuestra aristocracia, vuestra
decantada autonomía? ¿Viene de ahí la repu­
tación de primorosas que se atribuye á vuestras
obras? ¡ Cuántos de vosotros nacen del más brutal
automatismo, sin que de su presencia le im­
porte á la Conciencia ni un ardite!... Corren,
saltan, hilan un juicio, hilvanan y aun zurcen

80

G IN É Y P A R T A G Á S

un discurso, gestos
bailes, que pasan al Cosmos sin el marchamo de
la suprema Direc­
ción.
Y los Deseos, que
no paran de golpear
con los nudillos de
los dedos en las vi­
drieras de las ofici­
nas de la Concien­
cia,. .. ¿qué libertad
tienen? Dícese que
somos libres en el
querer; mas el que­
rer viene siempre
del desear, y los De­
seos nacen, crecen
y mandan porque
no pueden menos
de nacer, crecer y
mandar... Siendo
así, ¿qué libertad
hay en el desear y
en el querer? Háblase de los deseos conocidos, que son los de
las cosas que después resultan queridas...; pero
i cuantos deseos hay que se pasan á la obra, sin
que la Conciencia llegue á saber de ellos!... Así,
pues, los Deseos — no diré todos — ó son tam-

M IS T E R IO S D E

LA

LOCURA

81

bien de la tribu bestial, ú ofician de matuteros en
los suburbios de la Conciencia y aun á las mis­
mas barbas de esta respetable señora.
No cabe mayor similitud que la que echa de
ver un ojo experto entre Ensueños y Vesanias. El
Ensueño es chifladura del durmiente, así como
la Vesania es Ensueño del despierto. El loco que
vuelve á la razón, suele
decir: « Paréceme un sueño
lo que por mí ha pasado».
Los dislates de un ensueño,
¿á qué se asemejan tanto
como á los disparates de la
locura ?
Así, pues, Reflejismos
nerviosos, Cer'ebraciones in­
conscientes, Automatismos
cerebrales y Ensueños 18,
tales son los próximos pa­
rientes de las Vesanias, que
se albergan en la mente
sana... ¿Cuál es su lazo
común, su rasgo de fami­
lia? El sustraerse á la Dirección de la Conciencia:
no estar Yo en ellos. Cbn ellos está otro, que no
es Yo; ó mejor, no está nadie. Se han segre­
gado del Consensus: ha habido alienación, ó para
hablar más castellano, enajenación... ¿Enajena­
ción de qué? ¿Cuál ha sido la cosa enajenada? ...
6

82

CUNÉ Y P A R T A G Á S

El individuo... la mente. Resultado: un mente
capto.
Ahora bien, si es justo una vez en la vida
tener razón, pretendo estar en posesión de ella
en este instante, y digo: «si los moradores de
Ultrafvenia, con todos sus pelos y señales, me­
recen el nombre patronímico de ultrafrenenses,
¿no podría Yo llamar ultrafrenoides á esos veci­
nos de Higiofrenia por tantos puntos similares á
los prim eros?.., Concédame el lector esta pe­
queña gracia, y hágamela también de mis rei­
terados pecados neotécnicos...; yo, en justa
correspondencia, daré punto á esta narración
preliminar y pasaré á ocuparme de los ultrafre­
nenses de verdad.

iy

LOS

ULTRAFRENENSES

t
os que tienen algún cono­
cimiento de la admirable
ciudad de Cerebrópolis, sea
porque la hayan personalmente
visitado, ó porque se hayan to­
mado la pena de leer el inge­
nioso libro titulado Un Viaje á
Cerebrópolis, escrito por el Li­
cenciado Ingracias, dado á luz
m Wft&E * CERElifOroi.iS’j
por un coetáneo, coexistente,
conviviente, correspirante y con­
comiente con el que publica estas M e m o r i a s ,
sabrán que no todo es calma en el ambiente
moral, político é industrial de la mencionada
ciudad. Hay allá, por el contrario, muchísimo
movimiento, grande agitación, incesante co­
mercio y aun frecuentemente borrascas y hasta
tempestades morbosas. Refiriéndome á estas úl-

84

G IX É

Y PARTAGAS

timas, conviene saber que las hay violentas
y, sobre todo, ¿olorosas, casi siempre que se
agita la maquinaria del organismo por ese lieivor de la sangre llamado fiebre. En otros casos,
el incendio tiene su punto de partida en la ca­
pital, y entonces se enciende también la fiebre y
se abrasan las demás comar­
cas del organismo. En estos
casos, se habla de meningitis,
encefalitis, meningo - encefalitis
y también de paqui-meningi­
tis 19. Los señores médicos,
por un itis más ó menos, no
se empachan.
Todas esas agitaciones,
motines, tumultos y levan­
tamientos de Higiofrenia no
tienen fama especial, y en el
mundo pasan por enfermeda­
des comunes del cerebro. En
todos, ó en casi todos estos
casos me hallo Yo presente, y dicho está que
donde Yo estoy, ó se restablece pronto el orden
ó se acabó la fiesta de la vida, encargándose del
individuo la Neotafia.
Hasta aquí no hay, pues, chifladura: agítase
ó se abate la mente; se sufre por el dolor ó por
los ardores que producen respectivamente la
neuralgia, la inflamación ó la calentura; pero

MISTERIOS

I)E

LA

LOCURA

85

la Conciencia continúa ejerciendo su acertada
jefatura, y la Razón se conserva.
Muy otra cosa es la chifladura, vesania, ó
locura: reina desconcierto cerebral; pero éste se
establece de manera progresiva, sin levantar
fiebre; cunde el desorden á
todos los distritos cerebropolitanos, desde los de la sensibi­
lidad á los de la inteligencia
y desde éstos á los de la vo­
luntad.
Aun hay más: como en la
enfermedad vulgar del cerebro
no se ausenta el dueño de la
casa, se tiene conocimiento del
mal que ocurre; se temen los
que amenazan y se solicita re­
medio para aquél y preserva­
tivos para éstos. Lo contrario
sucede en la Vesania: en los
primeros momentos del tu ­
multo, el amo y corregidor del
cerebro está en sus oficinas;
entérase de las novedades y toma toda suerte de
medidas para no dejarse engañar ni vencer por
los enemigos morbosos que asedian la plaza. La
lucha arrecia;... los galos se hallan á las puertas
de R om a;... chillan los gansos del Capitolio;...
pero en vano: las centinelas del Buen sentido

86

GIU É Y P A R T A G Á S

son pasadas á cuchillo, ó bien se pronuncian en
favor del enemigo. Este allana la morada del
Presidente;... al Presidente no le queda mas
que el valor de emigrar á uña de caballo, ó ren­
dirse á discreción... ¿Qué podría, en tal caso,
imperar, sino el caos ó la báquica anarquía?
No hay, pues, autoridad; ya no hay Go­
bierno en Cerebrópolis... Preguntad en los cen­
tros administrativos por lo que ocurre en el
Estado, en las Provincias ó en los Municipios
cerebropolitanos... Nadie sabe nada: unos dicen
que todo va bien, rematadamente bien, á pedir
de boca; otros afirman que todo marcha mal, á
pedir de infierno.
¿Remedios?... ¿Qué remedios pedirá una po­
blación que no tiene conciencia de sus propios
males, desenfrenada, que no siente sino el ardor
de las pasiones, desbordadas en todos y en cada
uno de sus individuos, y que se halla sin alcal­
des, ni gobernadores, ni ministros, y sin rey ó
presidente?
Sucede aquí lo que en cierta nación, que yo
estimo mucho. Con la prensa, que se lamenta
sin cesar, hacen coro unos pocos senadores y
diputados de los que aun conservan residuos
del antiguo patriotismo. «El pabellón nacional
es vilipendiado por tribus bárbaras, fanatizadas
por santones; se roba en el ramo de consumos;
se estafa en contratos para construcciones na-

M ISTERIOS DE LA LOCURA

87

vales; se irregulariza á todo irregularizar en
U ltram ar»... Tales son las quejas... El Mi­
nistro interpelado responde: «que no hay tales
carneros; que la prosperidad se cierne sobre la
cabeza de los adm inistrados, y que todo cuanto
se escribe y vocea, no es más que el grito
de los hambrientos del Presupuesto y la
obra de los eternos enemigos del orden y
del buen gobierno.»
¿De qué mal adolece un Ministerio
que de tal modo se com porta?...
Del mismo que le aflige — y le
aflige sin que él lo conozca — al
individuo en cuya mente se desen­
cadena la tempestad de que voy
hablando. Ni el Gobierno ni el
individuo tienen noción clara de
su propia enfermedad, ni de los
peligros que les am agan; ambos
ponen empeño en desconocer y
negar la una y los otros; ni el
uno ni el otro solicitan y ni tan
siquiera aceptan, un remedio... Uno y otro están
perfectamente chiflados... son de Ultrafvenia.
En resumidas cuentas, es el loco un enfermo del
conocimiento, que desconoce su propia enfermedad...,
por lo mismo que no tiene el conocimiento sano.

88

G IN É Y P A K T A G Á S

Mis ojos, ó por decirlo mejor, mi excelente
telescopio, no me engañan. Allá, en los tálamos
ópticos, junto á la cinta blanca que los separa
de los cuerpos estriados, en una palabra, en mi
propio palacio de marras, han fijado una pro­
clama, que mejor se llamaría asqueroso pasquín.
Leo:
JUNTA REVOLUCIONARIA
« ULTRAFRENENSES:

»Acudid.
» Ha llegado nuestra vez; la tiranía ha su­
cumbido al impulso de la fuerza brutal, que es
la nuestra.
»Queda desocupado el infame palacio de la
Conciencia: es preciso orearle.
»El Presidente ha huido como un cobarde. Se
le busca, para hacerle justicia en su cabeza.
»Todas las cadenas quedan rotas.
»No hay ya categorías ni servidumbres.
»Libres sois en vuestras aspiraciones y de
vuestro trabajo. Esta Junta os lo garantiza.
»Quedan cerradas las puertas de salida de la
capital. Aquí no se rehúsa á nadie; vengan de
donde vinieren, todos pueden entrar. Todos son
libres de hacer las manifestaciones que gusten,
mientras no salgan de la ciudad.

M IS T E R IO S

DE

LA

LOCU RA

89

»No se dan salidas.
» Queda la capital de Ultrafrenia declarada en
estado de Extasis ó Estupor, que da lo mismo.
»U ltrafrenenses: procurad que esto dure
mucho.
» ¡Viva la libertad!
»¡Viva la anarquía!
» ¡Viva la bronca!
»¡Viva la gresca!
» Nueva-Cerebrópolis 30 de Octubre de 186...-»

Hay un sello alegórico: es la diosa Razón,
patas arriba.
La orla d ice:
« Non ragionar da
niente. »
¡Cómo las turbas
se apilan ante el
cartel! ¡Qué tumul­
to! ¡Qué agitación
más extraña! Es
una olla podrida,
que hierve á más no
poder.
Unos brincan como endemoniados; otros co­
rren y se esconden cual gazapos; otros se enca­
raman en la espalda de los que están leyendo y,
apoyándose con las manos en la cara, les tapan

90

GINB Y P A K T A G Á S

los ojos; aquél chilla; éste patalea; el otro pisa
el callo á un viejo y se escapa como un rayo;
otro tira la zanca­
dilla y hace caer
de bruces á uno que
no estaba para es­
tas bromas; otro
escupe á los ojos de
un présbita; el de
allá vocifera como
alma en pena; un
an cian o hace la
mamola á un pí­
llete arrodillado,
que reza el Confí­
teor; una dama en­
copetada silba co­
mo un mozo de
muías; una monja
tira ren iegos y
enseña rolliza pan­
torrilla; tres bai­
la rin a s piden el
Viático; un señor mayor, que calza gafas azules,
arrolla con mucho aliento el cordelito de una
peonza; un obispo hurta el pañuelo á un muni­
cipal, que lo advierte y continúa impasible; allá
se ve un inglés que saca la cuenta de la lavan­
dera; más lejos se descubre á un alienista de

MISTERIOS DE LA LOCURA

91

mucho empaque, que se las come verdes, pues
se propone clasificar las vesanias por su asiento
anatómico... Unos gritan, aúllan otros; otros
lloran ó gimen, otros graznan ó braman... Cam­
panas, castañuelas, cascabeles, violines, flautas,
trompetas y tambores, todo suena y resuena á
la vez; humos de azufre, amoníaco, sulfidohídrico, mirra é incienso, todo humea á un tiem­
po; pechugas de ave, revalenta arábiga, guin­
dillas de Calahorra, salchichones de Yich, ce­
bollas, chuletas y rábanos crudos y fritos, todo
sabe á la vez; cosquillas, besos, alfilerazos,
puñaladas y trancazos, que hacen cardenales,
de todo cae á la vez y de todo reciben los cir­
cunstantes curiosos.
Lector: no sé cómo salir de mis apuros. Entre
tanta revoltina, ¿cómo describir con método la
población ultrafrénica? ...
A mi auxilio viene ahora un nuevo cartel,
que acaban de colgar del balcón central del
vacío palacio de la Conciencia.
Dice así el cartel:
«La Junta Revolucionaria ha resuelto cele­
brar una Gran Locura. A fin de que todos los
ultrafrenenses, sin distinción de clases ni cate­
gorías , puedan tomar parte en acto tan patrió­
tico, decreta:

92

G IN É

Y

PAETAGÁS

Quedan constituidos en
sesión permanente, para deliberar sobre el expre­
sado proyecto, en el ex palacio de la ex presiden­
cia: en el día de boy, las Alucinaciones é Ilusiones,
y en el de m añana, los Delirios é Impulsos.
»De todo se dará cuenta y razón, y lo que
fuere sonará».
»Artículo único:

De este úkase gubernamental colijo: que la
población ultrafrénica está formada de Alucina­
ciones, Ilusiones, Delirios é Impulsos.
Es cuanto puedo decir hasta el presente,
ateniéndome á las impresiones que recibo. Como
no abandono el catalejo, no ha de faltar materia
para el capítulo siguiente.

y

UN GALIMATÍAS. — TEMPESTAD EN PUEETA.
¡ o kd en ! ¡ o rd en !

el p a la cio ex-m ío es tra n sp a ­
re n te , hasta cierto punto, porque
las paredes, aun cuando de color
de café con leche, son de m aterial
m u y fino, y como en m i p re ci­
p itad a huida no tuve solaz para
a p a g a r la luz, — que entonces lo
era de la Razón, así como ahora
lo es de la Sin-razón , — veo
perfectam ente, desde m i tienda,
cuanto ocurre a llá dentro.
Abrese la puerta p rin c ip a l del p alacio: por
ella se p re cip ita en tropel toda la gen te fem e­
n ina. Todo son em pujones, em pellones, cosco­
rrones y codazos, para en trar las prim eras. En
el vestíbulo del salón del trono, se en tabla v iv a
omo

94

G IN É Y

PARTAGÁS

querella entre ópticas y acústicas. Una de éstas,
con el vestido lleno de solfas, se encara con otra
de aquéllas, cuya nariz viene montada por lin­
dos espejuelos de cristal de roca, con marco si­
milor.
— Tengamos la fiesta en p a z ,— dice la de
las solfas. — ¡Paso á la falange acústica! ¿quién
en esplendores y compases podría compararse
con una Semifusa?
— Alto ahí, brava persona, — dice una Cor­
chera,— si usted tiene muchos compases, yo
puedo tener muchos bemoles.
— Pues yo, para servir á uste­
des,— re p lica una M ínim a,—
dispongo de muchos sostenidos.
— Eso es farsa, — dice la ópti­
ca antes citada; — aquí la aristo­
cracia empieza y concluye en las
de mi rango. ¿Qué sois las acústi­
cas sino las esclavas del Lenguaje
y de la Música? No tenéis expresión
propia. Entráis, sí; pero ya no
podéis salir sin ajeno auxilio. A
ver... producid una modulación
de sonido por vosotras mismas... haced
un signo — no pido más que un signo
— que exteriorice el efecto que habéis
causado en Cerebrópolis... Sin el complicado
mecanismo de la fonacia y del habla y sin ins-

M IS T E R IO S D E L A LO C U R A

95

trunientos de viento ó de cuerda, ¿quién tendría
noción de vuestra existencia? Diréis que no falta
quien habla moviendo las orejas; mas, tengo
para mí, que esa mímica auricular, en la que
debió ser gran maestro cierto rey
de la Frigia, cuando aparece en
algún humano, constituye un ar­
gumento en favor del
in com parable Darwiñ. Además, vosotras
no proporcionáis sino
los elementos burdos
de las ideas... ¡Quéde
trabajo no se necesita
para llegar á componer con vuestros mate­
riales, una palabra,
un discurso, un libro,
una polka, un schotisk
ó una misa de Réquiem!
Nosotras no: las ópti­
cas vivimos de noso­
tras mismas: el color,
la extensión, la figura, y hasta el relieve y la
distancia, — cuando hay un poco de práctica, —
todo lo ofrecemos hecho y derecho. Tenemos
además lenguaje propio: lenguaje insinuante,
lenguaje universal... ¿Quién desconoce el len­
guaje de los ojos? En cambio, — ya lo he apun-

96

GINÉ Y PARTAGÁS

tado, — el lenguaje de las orejas no es humano,
ó es muy primitivo, antediluviano: es lenguaje
de bestias: Veluti pécora, quce Natura /inxil prona
atquce obedientia ventri. Si la alcurnia cerebropolitana arranca de la inteligencia, ¿qué sensa­
ciones podrían competir con las que nacemos en
los ojos?... De todo lo cual infiero, que nadie
tiene derecho á entrar antes que nosotras en el
palacio de la Conciencia.
A un batatazo de Semifusa rompen estrepi­
tosas todas las acústicas: campanas, tambores,
clarines, bombos, flautas, zambombas, violines,
cornetas, cantos, alaridos, silbidos, chillidos, y
gaitas,... todos, á quien más puede, hacen de las
suyas. A otro golpe de batuta de la Directora,
que debe ser la señal de alto el fuego, se restablece
el silencio... Adelántase el Do de pecho, y lo da
diciendo: « ¡Adelante y á ellas! »
Las ópticas, atronadas por la descarga ce­
rrada de las acústicas, se tapan los oídos con las
m anos, de lo cual resulta que ya no pueden
combatir. Aterradas por el estruendo, ya sólo
oponen resistencia pasiva... Pero nobleza obliga:
sus cuerpos, inflamados por el heroísmo heredita­
rio, amontónanse formando alta barricada en el
dintel de la puerta del salón. Vencidas y ultra­
jadas por la muchedumbre, son todas pasadas
por ajo por las vencedoras. Las táctiles descargan
puñetazos á diestro y siniestro en todo lo quedes

M IS TE R IO S D E L A

¥

t

i
»

i

LOCURA

97

viene á mano; no las mueve ardor guerrero,
sino instintiva afición á la boxa. Las olfativas,
como el gallego del cuento, dicen: «Huéleme que
habría palos; » y, en efecto, los hay urbi etorbis.
Las gustuales, que no están afiliadas á ningún
partido y que lo mismo les da ser las primeras
que las últimas de entrar, se lamen
dedos y labios del gusto que les da
el edificante espectáculo. Las eróticas,
temerosas de perder terreno, ármanse
de dardos, que toman del inagotable
carcaj de Cupido. Callan las gástricas;
las faríngeas pi­
den agua, para
apagar la sed que
causa el ardor del
co m b a te ;... las
ester coráceas, en
fin, hacen su bajo
papel — pero sin
papel — dejando
como testimonio
irrecusable de su
mala educación, un olor que, si
bien no es el de la pólvora, re­
cuerda sobradamente la combi­
nación del azufre con el hidrógeno y el amoníaco.
Las acústicas, á cuya cabeza está siempre .
Semifusa, ocupan los sillones á derecha é iz7

98

GIN É Y

P A IÍT A G Á S

quierda de la tarima del trono. Diclio está que
éste se lo reserva para su uso la capitana. Las
ópticas, que han debido ceder á regañadientes,
se sientan en los bancos de terciopelo carmesí,
que están contiguos á la tarima; de las táctiles,
unas se codean — por puro gusto de codear —
con las ópticas, mientras que otras ocupan las
filas subsiguientes; olfativas y gustuales se colo­
can juntas, á la cola; serpenteando por el es­
trado, ocupan el lugar que pueden las eróticas, y
por último, las viscerales, avergonzadas de las
mucosidades propias, se esconden en los ángulos
y rincones del salón.
Restablecido el orden — no
por obra de autoridad, sino por
el cansancio de la lucha,— Se­
mifusa, la presidenta, por sufra­
gio universal, manda pasar á la
del día, oficiando de secretaria
de la mesa la más joven, que lo
es una de las eróticas, llamada
por mal nombre Pudenda.
Semifusa se levanta y dice:
— Alucinaciones é Ilusiones
de todos los distritos, altos, me­
dianos y bajos de esta gran
capital. . . : compañeras: nos congrega en este
histórico recinto un decreto de la Muy Pode­
rosa Junta Revolucionaria de Nueva-Cerebrópolis,

MISTERIOS DE LA LOCURA

99

cuyo inconmensurable patriotismo le ha inspi­
rado la idea de celebrar una Gran Locura, en
que tengan genuina representación todas las
fuerzas vivas de Ultrafvenia. Y, como nosotras,
en uso del derecho que nos compete, hemos sido
llamadas las primeras, — esto es, antes que los
Delirios y los Impulsos, — es lícito pensar que la
que se va á hacer será una gran locura alucinatoria, en medio del estupor melancólico, que ha
sido decretado para la capital. Trabajemos,
pues, con ahinco y sin descansar, á fin de hacer
una obra digna de nuestra historia. Nosotras,
las acústicas, hemos sido violentamente aludidas
por una de nuestras consortes, las ópticas, la cual
ha expuesto las razones de ciertas preeminencias
de nacimiento; razones que no me propongo
rebatir en este instante, pues los actuales mo­
mentos no lo son de lucha, sino de paz, paz y
trabajo, y buen concierto entre todas nosotras,
á fin de que la obra reúna todas las perfecciones
posibles. ¿Qué dirían los Delirios, qué harían
los Impulsos, si no les presentásemos un cuadro
estético alucinatorio del todo idéntico al de las
sensaciones hígidas, ó normales? ¿Qué funda­
mento tendrían nuestros vecinos para desplegar
sus bríos y talentos ultraf'cónicos, si no fuesen
de ley los productos que nosotras ofreciésemos?
Si se omitiera ó fuese insuficiente nuestra coope­
ración, lo que resultaría no sería una locura,

100

BINÉ Y PAKTAGAS

sino un sueno, ó, por mejor decir, un ensueño,
que es flor, si no de un día, de una noche. Digá­
moslo, puesto que es verdad,—y sirva mi franca
declaración de desagravio para las ópticas y
cuantas puedan haberse sentido ofendidas por
nuestro comportamiento en el vestíbulo, — tra­
tándose de entendimientos sanos, nadie, en el
orbe estético, es superior á las sensaciones lumi­
nosas; pero, siendo cosa de chiflar un cerebro por
la vía de las sensaciones morbosas, las acústicas
damos quince y raya á las más pintadas, inclusas
las ópticas... No hay poder equivalente al de
nuestras alucinaciones á ilusiones. Somos primero
campanadas, trompetadas, silbidos, zumbidos,
arroyos, ó gritos; luego nos transformamos en
campanarios, bandas de regimiento, ríos revuel­
tos, mares tempestuosos, interjecciones, insultos
y discursos. Al principio, todos se ríen de nos­
otras; luego ya dudan de nuestro realismo é
interioridad; al fin nadie dificulta que seamos
sensaciones verdaderas, cantantes ó sonantes y
aun á veces, parlantes, cantantes y sonantes al
mismo tiempo. Alquilamos piso, no por meses,
sino por años y años...: guapo ha de ser el que
nos obligue a levantar el domicilio, aun cuan­
do nos sigan juicio de desahucio por falta de
pago ó por pagar en moneda no muy católica.
Por esto defendemos aquí nuestra primacía,
nuestra prioridad, nuestra indiscutible superio-

M IS T E R IO S D E

l

LA

LOCURA

101

rielad, en tiempos de locura. Sea la paz con nos­
otras y concertemos nuestra tarea. Declaremos
ser de la misma laya alucinaciones é ilusiones,
cualquiera que sea el sentido de donde proce­
dan. Fuera distingos filosóficos, en que se han
entretenido m édicos •
demasiado m etafísicos. Que un sabroso
salchichón de Yi c h,
colgante de un clavo
del techo de la despen­
sa, se le antoje á uno
que es el cuerpo del
Iscariote que vendió al
Maestro, y que á otro,
donde no hay salchi­
chón, ni clavo, ni te­
cho, ni cosa que cuel­
gue, vea también el
cadáver del apóstol
suicida, ¿qué más da?
¿No mienten con igual
perfección, respecto
de la realidad óptica,
la ilusión, de que es
ejemplo lo primero, y la alucinación, de que lo
es lo segundo? Esto por lo que hace á las ópticas,
— con lo cual se echará de ver que no carezco
de sus noticias,— lo mismo diría de una de nos-

102

G IX É

Y

PARTAGÁS

otras: al clamor de la campana de la oración,
nno oye trompetas, que le anuncian su marcha
triunfal en sentido del cadalso; tal otro, sin que
haya campanas, ni campanario, ni campanero,
oye las mismas cornetas de su juicio final. ¿Qué
más le da al infeliz, que.por obra de su propia
chifladura se ve conducido
al e x p ia to rio catafalco?
Esto sentado, erudimini.
Trabajemos de acuerdo
unas y otras y proponga­
mos un sistema completo de
alucinaciones é ilusiones
acústicas, ópticas, táctiles,
gustuales, olfativas, eróticas
y viscerales, que merezca
los honores de ser aceptado
por la Junta Revoluciona­
ria y transm itido, sin
adición ni desmoche, á los
Delirios y á los Impulsos,
para que resulte una ver­
dadera locura, una locura completa.
— Pido la palabra,— dice una táctil, á quien
llaman Pepa Trauma 20.
— Usted la tiene.
Es la Trauma una mocetona de pelo en pe­
cho y toda carne y huesos. Cada una de sus
manos pesa dos kilos. Las tiene sembradas de

M ISTERIOS DE LA LOCURA

103

desolladuras, y en cada* nudillo de los dedos
ostenta un callo, indicio de su profesión. Dicho
va con esto, que su voz es de amazona de los
mercados.
— Señoras: yo propongo que se nombre
una comisión ponente, formada de una aluci­
nación de cada distrito, para que, sin levantar
mano, redacte un informe razonado, á fin de
que éste sea al punto some­
tido á discusión y v o tá­
is ción.
L a P residenta . — La
proposición de la Trauma,
paréceme conducente á un
fin práctico; la considero
aceptable. Si alguna quiere
apoyarla ó im p u g n arla,
puede u sar de la p a ­
labra.
(Un murmullo general).
— ¡Que se vote! ¡que se
vote!
L a P residenta.— Se va
á proceder á la votación. Las que aprueben, se
tocarán la punta de la nariz con el pulgar y
estirarán la mano midiendo el palmo; las que
no, darán un pellizco á la del lado.
No se oye ningún quejido,—señal de que no
hay pellizcos, ni, por consiguiente, votos negati-

104

G IN É Y

PAETAGÁS

vos,— en cambio, en cada semblante se levanta
una mamola. El conjunto es deliciosamente inhalarante.
L a P residenta. — Queda aprobada la pro­
posición de la Trauma. La mesa indicará la
Comisión informadora.
Cinco minutos de silencio; la Presidenta es­
cribe y luego dice:
— Pudenda va á dar lectura de los nombres
de las señoras comisionadas.
P udenda (leyendo). — Presidenta, en repre­
sentación del distrito acústico: Semifusa.
Vocales: en representación de las ópticas —
fosforita, la de los espejuelos.
De las táctiles — la Trauma.
De las gustuales — Piperita.
De las olfativas — Pituitosa.
De las viscerales superiores — Ptialita.
De las viscerales inferiores — Cólica.
De las eróticas— una servidora de ustedes.
L a P residenta . — Se suspende la sesión. La
Comisión pasara al ventrículo medio, para re­
dactar el Informe. Dentro de veinte minutos
continuará la sesión, para dar lectura al In­
forme, discutirlo y votarlo.
Mientras la Comisión se dirige al ventrículo
para deliberar, las Alucinaciones se disponen á
doimir una pequeña siesta. Yo aprovecharé el
tiempo para dar cuenta de importantísimas no-

MISTERIOS DE LA LOCURA

105

ticias que me llegan de Extra-Cerebro, por las
vías auditivas. El asunto es interesante, pues se
trata de una consulta entre Galenos, y la voy
á transcribir textualmente.

\

VI

ENTRE

GALENOS

A lo he dicho:

mi posición estratégica
para escribir estas M e m o ­
r i a s es inmejorable. Todas
las salidas de Cerebrópolis
están cerradas: la Junta
Revolucionaria ha decla­
rado á la ciudad en estado de Estupor.
Pero este orden de cosas no alcanza
á Cerebelópolis, ni reza, por consiguiente, con
la tienda que me sirve de tugurio. Aquí, en el
ventrículo cuarto, está la oficina acústica, la
cual por este lado tiene expeditas las comuni­
caciones. Oigo, pues, cuanto por ahí fuera se
clice — aun cuando no lo vea,— y como tengo
buena mano, buena tinta, etc., etc., escribo con

108

GIN É

T

PARTAGÁS

el cálamus scriptorius, cuyas barbas son nada
menos que las raíces de los nervios auditivos.
— Apoplejía, don Antonio, apoplejía. La
carótida, harta de miedo, ha estallado y ha
convertido al encéfalo en una charca de negros
cuajarones, empapados en suero negro. Mi larga
práctica me ha enseñado que, si esto no lo re­
media, una sangría cid deliquium, volaverunt vel
volavere... ¡Chica! Antonia... dale un puñado
de alfalfa á la mulita.
— ¿Es la misma bestia que com­
pró usted al señor ecónomo mosén
Pascasio?
— Sí, señor; y que ha salido de
calidad. Mire usted, por el tiento
sabe las casas donde hay enfermo;
me lleva allá, y, si no receta, es por­
que para esto me basto yo.
— Todo lo contrario con mi jaquita, que pagué por buena al gitano
de Xulé. Es en extremo devota: ha
convertido mi visita en un vía-crucis.
A la hora de hoy, ya me ha
-**"• invitado seis veces á adorar el
santo suelo. Suerte que en sus
muchos pecados lleva la penitencia. Mírele usted
las rodillas cómo las tiene de cascadas, peladas,
desolladas y ensangrentadas. Si no enmienda,
dentro de poco será un caso de doble hígroma.

MISTERIOS DE LA LOCURA

109

— Poco grano, don Vicente, poco grano. Es
preciso amar al prójimo como á nosotros mis­
mos. El abdomen de usted hace rápi­
dos progresos, y es indispensable
condolerse de los que van debajo.
— Pues, mire usted, don Anto­
nio, se equivocan los que piensan
que esto es debilidad y que yo ando
escaso con mi jaca. Ayer, sin ir más
lejos, se cenó la sopa de toda la
familia; en lo cual no tuve reparo,
porque ella — la jaquita
— no tiene escrúpulo de
m oscas, de las cuales
había tres entre dos
aguas, ó por mejor decir,
entre dos caldos. Ya ve
usted que la doy tratamiento antro­
pológico.
— O iga... ahora llega el caballo
de espadas.
— ¡Ah!, si el niño Agapito Zuriago... 21 Ahora es el indispensable
en todas las consultas; la moda, la
m oda... Y que no se da importancia
m i el nene... Ya verá usted las teorías
de escuela que nos espeta. Mucha
teoría..., pero ni pizca de sentido práctico.
— Señores: suplico á ustedes disimulen mi

VÜLAVERUNT
VEL

VOLAVERE

110

G IN É

Y

PARTAGÁS

tardanza... Como el río baja turbio y grueso,
he tenido que dar un rodeo de un cuarto de
hora, con lo cual no contaba.
— ¡Ah! la juventud; siempre atolondrada.
Agapito, es preciso tener más atenciones con los
mayores en edad, saber y gobierno. No nos
enfadamos por esto. Vamos al caso, si á ti te
parece. Como aquí no hay médico de cabecera,
pues todos llegamos á un mismo tiempo, tú,
Agapito, harás la relación del caso clínico y ex­
pondrás tu parecer el primero.
— No hallo inconveniente. Pasemos á la
alcoba.
Cinco minutos de silencio. Sigo yo pluma
en ristre... Empieza la consulta... Habla don
Agapito.
— De informes que me he procurado al en­
trar, resulta: que en los antecedentes morbosos
de este joven figuran, como hechos de herencia,
una madre neuropàtica y dos tías devotísimas.
No pretendo decir que la devoción sea cosa
frenopática; pero los extremos del misticismo
indican falta de robustez mental. Este joven re­
cibió una educación exageradamente afectiva:
hubo en ella un sobrante de cariños que matan.
Saltó, sin gradación, de la niñez á la pubertad.
Su inflamable espíritu cayó de repente en la
llama del amor. Sopló viento afortunado para
la pasión y se avivó la llama. Fue ésta dardo

MISTERIOS DE LA LOCURA

111

ele soplete, que oxida y reduce. Iba el joven á
saborear los más altos favores de Cupido, y en
el instante en cjue la sangre le hervía en los
nervios, vióse envuelto en el frío sudario de la
muerte. Un ataúd, como llovido del cielo, vino
á ser tálamo de un amor primero, en el álgido
período. A él y á su linda pareja, la bella Rosita.

el hálito frío de la tumba les cuajó el espíritu...
por sorpresa. El cerebro es como un lago: arrojad
en éste una piedrecita y determinaréis en sus
antes tranquilas aguas un sinnúmero de círculos,
que se llaman de difusión, porque son cada vez
más vastos, hasta que se estrellan en las orillas.
Así se conmueven las regiones del encéfalo pol­
las impresiones que á ellas acarrean los sentidos.
Cuando el lago se hiela, ya no le conmueven

112

GIN É

Y

PARTAGÁS

piedrecitas ni sacudidas aun mas fuertes, no se
producen círculos de difusión, ó por lo menos,
éstos no alcanzan á las orillas. Cosa analoga
ocurre en este cerebro, que está inhibido: la
inhibición es al cerebro lo que la congelación
al lago. Esto es estupor, éxtasis ó frenoplexia.
Véase, si no, el cuadro sintomatológico.
Los ojos del enfermo están fijos: clavados ora al suelo, ora al techo, cual si
mirase siempre á un mismo ob­
jeto; contraída está la fisonomía:
apenas cuenta quince
años, y tiene cara de
viejo. Levantado de la
cama por impulso ajeno,
cuelgan inmóviles y rí­
gidos sus brazos; si se le
sienta y se le obliga á
encorvarse, conserva in­
definidamente la actitud
que se le ha impreso.
Sus músculos están rígi­
dos: á diferencia de lo que ocurre en los catalépticos, las contracturas musculares de los extáticos
son de muy difícil vencer; diríase que en el
éxtasis los músculos son de hierro, y de cera en
la catalepsia. En vano se solicita del enfermo una
respuesta: hay mutismo frenopático; aun cuando
se le pellizque ó pinche, su laringe no produce

MISTERIOS DE L A LOCURA

113

sonidos. Conócese, no obstante, que son sentidos
los estímulos doloríficos: su semblante se ha con­
traído visiblemente al influjo de los ensayos estetioscópicos, ó de la sensibilidad. No está abolida
la sensibilidad moral: cuando le hemos hablado
de Eosita, no ha gemido ni suspirado; pero ha
corrido una lágrima por sus mejillas. No quiere
comer, ni beber, ni tomar medicinas: no obede­
cen estas negativas á impotencia de la deglución,
ni á ausencia de sensaciones de hambre y sed,
sino á una voz alucinatoria que ordena estas
resistencias pasivas. ¿Qué es de la sensibilidad
de este sujeto? ¿Ye, oye, percibe impresiones de
frío, calor y dolor y sabores y olores? ¿Atiende
á las necesidades naturales de excreción?... Pa­
rece este enfermo una estatua... ¿Hay carencia
de sensibilidad ó ausencia de medios de ex­
presar las sensaciones, ideas, juicios y las consi­
guientes voliciones que se forman en el sensorio?
El estado de los movimientos reflejos — los que
están fuera de los alcances de la voluntad —
puede servirnos de guía para resolver esta difícil
cuestión. [Hay estúpidos cuyas pupilas se man­
tienen inmóviles á la luz: éstos no ven; pero las
pupilas de nuestro joven se agrandan y achican
según de ellas se aparta ó se aleja la llama de
una vela: nuestro enfermo ve. Hay estúpidos
á quienes se les puede introducir el mango de
una cuchara en la garganta, sin que por esto se
8

114

G IN É

Y PARTAGÁS

provoque la náusea: éstos carecen de impresiona­
bilidad faríngea;... nuestro enfermo ha echado
una bocanada de jugo estomacal al hacer este
ensayo: es que tiene sensible el tragadero. Haj
estúpidos en quienes, por fuertes que sean los
estímulos sensoriales que se les aplican, ni el
pulso ni el corazón modifican su ritmo: en estos
está abolida la sensibilidad general;... en nues­
tro enfermo, á beneficio de estímulos cutáneos,
hemos visto coloreársele el semblante y aun me
ha parecido que se conmovía el pulso: nuestro
enfermo conserva, pues, la sensibilidad de la
piel. De lo expuesto colijo: que en nuestro extá­
tico hay una rebaja de la sensibilidad, asi gene­
ral como especial; pero esta facultad subsiste.
En cambio, está suspendida la motilidad volun­
taria y, con ella, los medios de expresión. Es,
pues, un caso de frenoplexia, en el que, con esas
apariencias de quietismo absoluto, se efectúa en
la mente una verdadera revolución de alucina­
ciones, que darán pie á los más extraños delirios
y desplegarán toda la escena frenopática sobre
un fondo de tristeza, ó melancolía, que no es po­
sible ponderar con ninguna de las aflicciones que
salen al paso en la existencia normal del hom­
bre. Así y todo, considero á este joven perfec­
tamente curable, en un período que no pasaría
de tres meses, si su familia, atemperándose á los
consejos de la ciencia médica y sobreponiéndose

M I S T E R IO S D E L A

LOCURA

115

á afectos que no dirige la razón y que, ahora
mas que nunca, engendran cariños que matan,
resolviese pronto colocarle en un asilo frenopático bien dispuesto: en un manicomio que no lo
pareciese; en donde, á más de hallarse sustraído
á impresiones que fomentan las alucinaciones y
aumentan los dislates del delirio, podría recibir
un tratamiento físico conveniente, que, á mi
modo de ver, debería tener por base la hidro­
terapia y los bromuros alcalinos. Si así no se
hace, es de temer que empiece el deshielo: cese
la inhibición en las regiones encefálicas que
dirigen los movimientos y las expresiones; el de­
lirio se quitará entonces la máscara y veremos el
cuadro de la manía melancólica, con delirio alucinatorio, hasta los más altos grados del furor,
si ya no es que el suicidio haya puesto término
á la tremenda escena morbosa que amenaza.
Quizás después el delirio .se sistematice; quizás
las alucinaciones se concentren alrededor de un
objeto, y el enfermo presente los caracteres de
un monomaniaco. Malo; porque en tal caso el
mal sería incurable; el pobre chico viviría vida
de loco, para morir demente. En fin, señores, he
abusado de la atención de ustedes, y al paso que
espero consejos de su superior ilustración y con­
sumada práctica, solicito sean indulgentes con
éste, que ha sido uno de mis primeros ensayos
clínicos.

116

GIN É Y

PAKTAGÁS

— Bien, Agapito, bien; has hablado como
un libro. Se conoce que tienes buena memoria
y que durante la carrera no has perdido el
tiempo. Tu padre siempre me lo decía; pero yo
no lo quería creer, porque los devaneos de la
juventud suelen causar lamentables distraccio­

nes. Tu padre, sin embargo, era más práctico;
y en un tal caso, de seguro que se despachaba
con una sangría de á libra. ¿Qué opina usted,
don Vicente?
— En cuanto á mí, todo me hace al caso,
menos la inhibición. A esa manía de inventar
nombres, que ahora se ha desarrollado entre los
jóvenes, la considero muy perniciosa, y por más

M IS T E R IO S D E

LA

LOCU RA

117

que dé cierto brillo á las palabras, no conduce á
nada útil.
— Con perdón de ustedes, debo manifestar
que, si bien estoy de acuerdo en que no es cosa
buena inventar nombres nuevos para cosas
viejas, opino que es indispensable crear nomen­
clatura para las cosas y hechos nuevamente
descubiertos. ¡La inhibición!... claro está que la
inhibición no es cosa de los vasos, ni de la san­
gre, ni de la nutrición de los tejidos: es una
propiedad que tiene la substancia nerviosa de
alternar en la función y en la inacción. Donde
quiera existe esta alternativa, hay nervios de
por medio. Los fenómenos de la inacción son
fenómenos de parada — d’arrêt, como dicen los
franceses. — Picando con una aguja el bulbo ra­
quídeo, se produce un arrêt tan general y tan
completo, que cesa inmediatamente la vida.
Esto lo saben los puntilleros del arte taurino.
El sueño fisiológico es otro fenómeno de parada,
y lo mismo digo del hipnotismo provocado, que
tanto maravilla á los que no se quieren tomar
la pena de estudiar las cosas nuevas. Ni uno
ni otro sueño son debidos á defecto ni á ex­
ceso de sangre en el cerebro: hay congestiones
cerebrales que desvelan, y también desvela la
anemia cerebral. Haya congestión, anemia ó
derrame de serosidad en los centros nerviosos,—
cosas que alternativamente han demostrado las

118

G IN É T

PAKTAGÁS

autopsias hechas eu cadáveres de estúpidos,
110 sou las tales lesiones causa del estupor, sino
efectos consecutivos, necesarios, del estado de
inhibición en que se halla la materia nerviosa.
Para comprender la inhibición y darse cuenta
aproximada de su manera de ser, basta com­
parar momentáneamente la substancia nerviosa
á un imán. Tritúrese y examínese molecular­
mente, con todos los auxilios del análisis , lo que
poco antes de la disgregación era un imán: ¿en
qué se le hallará diferente de la materia de una
barra de hierro que no esté imantada? Algo pa­
recida debe ser la inhibición á la inconductibilidad
que, para ciertos fluidos, presentan determi­
nados cuerpos. El secreto está en la intimidad de
los varios átomos: contentémonos con la noción
del fenómeno y renunciemos generosamente á
la investigación de su esencia. El estupor es,
pues, un fenómeno de suspensión, — d’ arrêt, —
en virtud del cual las funciones cerebrales están
parcialmente suspendidas, así para los actos de
la inteligencia, como para los de la sensibilidad
y motilidad voluntarias... Suplico á usted, señor
don "VÍcente, se dé por satisfecho con estas expli­
caciones, pues me parece que me están ustedes
sometiendo a un examen... y ya los tengo hechos
todos, inclusos los de las Reválidas de la Licen­
ciatura y Doctorado.
Y bien satisfecho que estoy de t i , querido

MISTERIOS DE LA LOCURA

119

Agapito, y digo lo mismo que don Antonio: eres
un joven de provecho;... cuando tendrás prác­
tica, valdrás muchísimo... Ahora, inclinándonos
al caso de la consulta, soy de parecer que no
debemos aconsejar el manicomio. Si tal hicié­
ramos, además de aumentar la pesadumbre de
la familia, saldríamos notablemente perjudica­
dos... La carrera, ilustrado joven, tiene flores
y espinas: justo es que quien se expone á los
abrojos reciba el perfume de las flores. Además,
como dicen los franceses: il y a vivre et savoir
vivre.
— Si entramos en este terreno, venerables
colegas, tendré el sentimiento de separarme de
ustedes al instante, y diré particularmente á los
interesados mi manera de v e r... Decente cosa
es, señores míos, cobrar honorarios, decentes
también, por nuestros servicios; pero otra cosa
y muy otra, es ocultar la verdad á la familia,
para transformarse en exutorio permanente del
peculio de los desventurados.
— Cálmate, Agapito, cálm ate;... no digas
más y se hará como tú pides.
— Es que si tales son las cosas que me ha de
enseñar la práctica de mi profesión,... renuncia­
ría á la práctica, don Antonio. Jamás mi padre,
que usted dice fué su amigo, abusó de modo tan
inaudito del título de médico.
— Señores, — dice una voz femenina, muy

120

GUSTÉ Y

PARTAGÁS

sonora: — el chocolate aguarda á ustedes. Sír­
vanse pasar al salón.
En este instante, la Comisión informadora
vuelve á entrar en el salón del trono... Yo me
pego de nuevo al catalejo de Silvio.

é

A

YI I

UN DOCUMENTO PARLAMENTARIO

en el seno de la Comisión informa­
dora no habrá reinado todo el respeto
y consideraciones mutuos, que para
tales casos se requieren, despréndese
del talante de las señoras comisionadas
al entrar en el salón del trono. Allá
está Fosforita, la de los espejuelos, que lleva
roto uno de sus preciosos cristales, coincidiendo
el foco de fractura del flind-glass, con un chi­
chón cardenalicio en la órbita, de tal tamaño
y figura, que cualquiera podría leer entre ren­
glones la palabra puñetazo. Ahora aparece la
representante del sentido del gusto, con una
muela sangrienta entre los labios. Pudenda, la
imberbe secretaria, trae entre manos un jirón
ue

122

G IN É Y

PARTAGÁS

de su vestido magenta, procedente de la región
anterior del pecho, cuyos turgentes hemisferios
revelan al desnudo el desgarrador percance.
No se observa novedad en la Trauma: se conoce
que, en las primeras y segundas de activa en
que habrá intervenido, habrá sido más bien
sujeto que predicado. Hasta la presidenta, doña
Semifusa, ostenta graves indicios de que ha
habido zafarrancho de combate. Su batuta está
en dos pedazos, á pico de flauta; noto además
que tiene desgarrado y ensangrentado el lobulillo de la oreja izquierda, habiendo perdido el
pendiente... ¿Habrán mediado tirones eficientes
de este desgarro cruento?
Es probable que, apremiando el tiempo, se
habrán hecho las paces á última hora, después
de los desahogos del mal humor. El documento
que se va á leer será muestra de que ha sido
redactado cálamo cúrrente y á gusto de la presi­
dencia.
Ya está la Asamblea en orden. Todas las
siestantes■se van despabilando, unas espontánea­
mente, otras por ajeno estímulo.
L a Presidenta. — Continúa la sesión... La
señora secretaria leerá el Dictamen de la Co­
misión.
Pudenda (leyendo). — «Dictamen razonado
que emite la sección estética de Ultrafrenia, para
dar los fundamentos clásicos de la Gran Locura,

MISTERIOS DE LA LOCURA

123

que se celebrará en Nueva Cerebrópolis, según
decreto de la Junta Revolucionaria, de 30 de
Octubre de 186...
»Es indudable que todas las ideas son hijas
de sensaciones. Donde no ha habido sensaciones,
no son posibles ideas; donde no hay ideas, no
puede haber juicios; donde no se
forman juicios, no caben razona­
mientos, ni voliciones, ni expresio­
nes del movimiento voluntario: ercjo,
la sensación es la materia prima de
toda la industria cerebral; ergo, no
existen ideas innatas. ¡Ideas inna­
tas!. .. Los que las inventaron hicie­
ron una verdadera limonada psíquica,
saporem et ad usum stultorum et imbetilium. Con­
fundieron lo abstracto con lo innato. Demostra­
ción: lo infinito se forma de la idea de lo finito
— que da toda sensación cuando empieza y
cuando acaba, — y de la negación — que crea
toda sensación cuando cesa de existir. — Méz­
clese y agítese secundum artis, regulce... y ten­
dremos la idea de lo infinito.
»¿Es esto innato? ¿Tienen esta idea los niños
al nacer? Si la tienen ¿por qué no la expresan?
Y si no la expresan ¿por qué decir que la
tienen?
»Para ser buena una Locura, ha de tener fun-

124

G IN É

Y

PARTAGÁS

damentos fisiológicos; de lo contrario, resultaría
una Demencia. De donde se deduce que, tratán­
dose de hacer una locura formal, una locura de
tomo y lomo, es indispensable hacerla partir
de las sensaciones. En esto la Junta Kevolucionaria ha dado muestra patentísima de que sabe
dónde le aprieta el zapato y dónde tiene la mano
derecha y, en fin, de su extraordinaria compe­
tencia, pues ha llamado primero que á nadie á
las Alucinaciones. ¡Aplaudidos sean sus talentos
y quede consignada nuestra gratitud por la jus­
ticia con que se nos ha tratado!
»Viene ahora la cuestión delicada de cuál
de los distritos estéticos debe ser el primero en
orden y categoría en la función frenopática que
se prepara. Si el asunto
fuese hígido — de sani­
dad de la mente — no
sería disputada la pre­
ferencia á las ópticas
y tampoco lo fuera si
se tratase de una locura
alcohólica, m ovediza,
form ada de sapos y
culebras, ratones y sa­
bandijas, lucecitas, figuritas y fantoches que no
paran de correr, saltar y bailar. En casos tales,
la preeminencia de las alucinaciones ópticas es
incuestionable. Pero el caso presente lo es de

MISTERIOS DE LA LOCURA

125

estupor, y de estupor melancólico, con el delirio
y zarandajas colaterales y subsiguientes, y aquí
las acústicas han sido, son y serán siempre las
primeras.
»Esto sentado y admitiendo que las Alucina­
ciones somos sensaciones sin objeto, como dijo una
ilustre Ardilla 22; sensaciones sin excitante funcio­
nal, ó, si se quiere, sensaciones que nacen y crecen
espontáneamente en el encéfalo, no se puede perder
de vista que, si bien nuestro primer origen no se
halla en las regiones intelectivas, tenemos con
ellas las relaciones más íntimas y hasta vínculos
de familia. De donde se colige que, para el
acierto en nuestra obra, es indispensable contar
con el concurso de las potestades de la Inteli­
gencia. Nuestro trabajo deberá, pues, ser psicosensitivo.
»¿No tenemos en el Distrito intelectual, cada
una de nosotras, los grandes almacenes, con
armarios, vitrinas, estantes, cajones, cajas y
cajitas de la Memoria? ¿Cómo habrían de faltar­
nos materiales bien elaborados, para preparar
los que sean indispensables para hacer un buen
delirio, con todas sus consecuencias?
»Importa, pues, presentar un contingente
alucinatorio elemental de primera mano. Este lo
produciremos nosotras solas. Pero luego hay
que añadir labores más acabadas, labores psicosensitivas, formadas de recuerdos, que no habrá

126

GIN É

Y PARTAGÁS

más que bruñirlos un poco, para hacerles sacar
el brillo de actualidad, que es de rigor en nues­
tros artefactos.
»Así, pues, habida razón de estas considera­
ciones y teniendo en cuenta el estado frenopléctico que queda estatuido en Cerebrópolis, el Pro­
grama alucinatorio de la Locura que se proyecta
consistirá:
»1.° A las ocho de la noche, repique general
de campanas, tocando la Marcha de los difuntos.
»2.° Dos docenas de curas, muy feos, de
grueso abdomen y cogote de tres repliegues, can­
tarán el Dies irce, ante un ataúd abierto, del cual
se levantará una momia, con los brazos en cruz.
»3.° Una docena de esqueletos ejecutará la
Danza Macabra, al son de la gaita gallega, que
tocará el demonio que gime á los pies del Arcán­
gel San Miguel.
» 4.° Un embozado misterioso, echará polvos,
misteriosos también, en los manjares y bebidas
que se destinen al interesado. Ptialita 23 cuidará
de que á éste todo le sepa á carne de cementerio
y á tripas de gusano.
»5.° Sonarán, varias veces al día, las trom­
petas del Juicio final; aparecerá el valle de Josafat, poblado de calaveras, que se ejercitarán en
la masticación en vilo; fémures con casaca, da­
rán el brazo á tibias con sayas y abanico.
»6.° Habrá retortijones de tripas; correrán

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

127

serpientes en los intestinos, haciendo sonar el
cascabel á toda orquesta.
»7.° Un gusano roedor se meterá en el ven­
trículo izquierdo del corazón; la carcoma que
fabrique, correrá con la sangre para sembrar
rem ordim ientos en todas
partes y dar angustias en el
epigastrio.
»8.° El cielo estará cu­
bierto de nubes cenicientas;
soplará viento de levante,
que helará las carnes y hará
crujir puertas y ventanas.
»9.° De vez en cuando
se presentarán jueces togados,
con séquito de alguaciles, mo­
zos de la Escuadra y Guardias
civiles. En las escenas más
adelantadas se verá el cadal­
so, y el verdugo junto al ga­
rrote.
»10.° Una m uchacha
bonita, de catorce á quince
años, irá palideciendo y en­
canijándose á la vista del interesado;
ella le pedirá agua, y aun cuando el río
estará cerca, aquél no tendrá aliento
para extraer un vaso y dárselo á la niña muriente de sed.

128

GIN É Y

PARTAGÁS

»11.° La niña le dará una rosa; el interesado
irá á besarla y olería: sus labios serán picados
por espinas y sentirá
olor de ruda mezclada
con gangrena.
»12.° Se presentará
un bosque seco exornado
de encinas deshojadas,
de cuyas ramas muertas
colgarán cuerdas de cá­
ñamo con nudos corredi­
zos, algunos de ellos pro­
vistos del re sp e ctiv o
suicida; voces de éstos
repetirán: «¡cu é lg a te ,
cobarde, cuélgate!»
»Tal es el Programa
de la parte estética que
Alucinaciones é Ilusio­
nes de todos los distritos
ultrafrénicos tienen la honra de
proponer á la Muy Poderosa
Junta Revolucionaria, pudiendo asegurar que se ha hecho cuanto se ha podido
y que todas se hallan dispuestas á aportar nuevos
materiales, cuando se estime conveniente variar
el plan de la Locura que ha sido concebido.
Nueva-Cerebrópolis, 30 de Octubre de 186...

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

129

»¡Viva la Libertad! ¡Viva la Independencia!
¡Viva la gresca!
»A la Muy Poderosa Junta Revolucionaria de
Ultrafvenia. »
Terminada la lectura, la secretaria apura de
un sorbo un vaso de vino de Oporto. La Presi­
denta dice:
— Señoras: suponiendo que no habrá oposi­
ción al luminoso Informe que se acaba de leer, se
da por suficientemente discutido, votado y apro­
bado por unanimidad. Se levanta la sesión. Cada
mochuelo á su olivo. Pepa Trauma y sus adláteres cuidarán de despejar el salón.

9

Yin
LAS

VESANIAS

tardado en darme razón de la im­
paciencia de la Presidenta para
llevar á efecto el despeje del
salón: la Junta Revolucionaria
estaba hacía rato en la antecá­
mara aguardando á que termi­
nara la Asamblea de las Aluci­
naciones, para ocupar á su vez
el aposento principal y entrar
en funciones de poder ejecutivo.
Semifusa tomó el documento parlamentario,
firmólo y rubricólo, con la secretaria; púsole
un sobre, dirigido á la Presidenta de la Muy
Poderosa Junta Revolucionaria y lo dejó en la
mesa. Hecho lo cual, Presidenta y secretaria
salieron las últimas, y apenas hubieron tras-

132

GINÉ Y

PAETAG ÁS

puesto la puerta principal, entraron por la de
la antecámara los miembros de la Junta Revo­
lucionaria, que son las Vesanias.
Considero tarea superior á mis fuerzas un
retrato á vuela-pluma del concepto general de
las vesanias; son entre sí tan diferentes y tan
radicalmente antitéticas, que toda generaliza­
ción sería por extremo difícil. No cabe, pues, una
descripción fundada en sus rasgos físicos, y si
algo se puede intentar es la abstracción com­
prensiva de los rasgos biográficos que las son
comunes.
Coinciden, en efecto, en un hecho: en no
saber lo que se hacen; son inconscientes de sí
mismas: imposible pedirlas responsabilidad de
sus propios actos. Estos son obra de impulsos
irracionales: sus obras están fuera de razón.
De ellas se ha dicho que no raciocinan: error
crasísimo y de muy fatales consecuencias. Ra­
ciocinar es lo mismo que discurrir; raciocinio y
discurso son sinónimos. Pero, no todo el que
raciocina está en el uso de la Razón. Razón es la
salud de la mente. La mente sana raciocina, pero
también raciocina la mente enferma. La mente
sana discurre sobre motivos verdaderos; la
mente enferma discurre sobre motivos falsos;
son sus fundamentos errores morbosos. Puede
equivocarse en sus discursos la mente sana por­
que aquéllos tengan por base el error; pero

MISTERIOS DE L A LOCURA

133

hay una gran diferencia entre el error normal y
el morboso: aquél se disipa con la instrucción
y la experiencia; el error morboso es insoluble
en todos los líquidos é infusible á las más altas
temperaturas de la Lógica. El uno es blando y
maleable, el otro es duro y tenaz. Quien merece
el nombre de testarudo, es casi un loco.
Piensan algunos que no hay lógica en la
chifladura: otro error, debido á falta de obser­
vación. He conocido dos Emperadores del Uni­
verso mundo: el uno vestía, sin escrúpulo, la
modesta blusa del obrero, calzaba alpargatas y
ceñía su cabeza con un pañuelo anudado en la
frente. En su alta dignidad, no se desdeñaba de
aliñar los estrados del asilo. En lo mejor de la
faena, empuñaba la caña de la escoba cual si
fuera un cetro y mandaba recio sobre sus innu­
merables vasallos. El otro Emperador sufría el
secuestro que le imponían monarcas envidiosos
de sus glorias; jamás decayó su espíritu. No
quiso aceptar la libertad que diz le ofrecían sus
enemigos. Quería conquistársela con su propia
espada. Todos los días expedía decretos, que
autorizaba con su sello. Nadie pudo verle des­
nudo ni mal vestido.
El primero era un emperador ilógico; el se­
gundo seguía el curso de una chifladura del todo
conforme con las reglas del portentoso arte de
discurrir con chichonera y andadores, cuyos

m

G IN É

Y

PARTAGÁS

elementos aun hoy día se explican en los Insti­
tutos de Segunda Enseñanza, al lado de otra
asignatura arqueológica: la Psicología.
Lector: paréceme que me voy poniendo serio
y en camino de fatigar tus nobilísimas facul­
tades. No me tomes por maestro, que nada
podría enseñarte;... quiero y debo atenerme á
mi modesto cometido de cronista, y voy al caso
de mis apuntes.
No me son del todo desconocidas las miem­
bros de la Junta Revo­
lucionaria que han en­
trado en el salón: eran
visitas de mi casa, en de­
terminadas circunstan­
cias, y solían portarse de
manera circunspecta —
quiero decir, que nunca
hicieron dem asías. —
Desde que se han hecho
Vesanias, se habrán ex­
tralimitado y ya podrán
arder en un candil.
Esa que se sienta en

Jo h

la Presidencia y que
»
“ " ‘ « “ “ J *1 d°
an+phvor, ' . *Ue aP°ya la cabeza sobre el
Angustias.’ * ^ ^

apHcado á la mesa, es doña

La <lue va como movida por empellones,

MISTERIOS DE LA LOCURA

135

corriéndose hacia el sillón central, mirando em­
bobada á derecha y á izquierda, y que para
tomar asiento necesita de esfuerzo extraño, es
doña Psicofrígida 24.
La tercera en concordia es doña Psicocálida 25,
nombre que le sienta al pelo, pues su cuerpo
de criolla arde como el purgatorio. Su vida es
un no parar. Habla á destajo; su boca es un
raudal; no hay dique para sus ríos de palabras:
adolece de logorragia permanente. Cuando para
de hablar, es que grita, ladra,
aúlla ó muerde. No tiene ma­
nos sino para rasgar, romper
ó pegar... ¿P egar?... Pega
más que goma tragacanto.
Es un demonio,
Es una arpía,
Es una furia,
Una Manía 26.
La cuarta, que va á sen­
tarse en el segundo sillón de
la derecha, es la señora Ba­
ronesa del Cogollo. Hace mala letra
cuando habla y tiene la escritura
tartamuda. Posee muchos millones de billones...
entre lengua y labios. Es muy guapa... en un
cuarto oscuro y además talentuda improvisada.

"

136

GINK Y

PAKTAG ÁS

Ahora mismo, ya que no puede disponer de
otros más altos, va á ponerle á su amante los
cuernos de la luna. Las demás vesanias la miran
con malos ojos, pues dicen que no es del gremio.
Por befa cántanle una canción que dice:
Resultó en último análisis,
que era su vigor parálisis.
Y en dama tan principal

Parálisis general 27.
Aquella que entra arrimada á la pared, escu­
rriendo el bulto, es doña Persecuciones. Mirar
receloso, cuerpo flacucho, andar arrítmico, ora
encogida y pasito á paso, ora corriendo en busca
de un escondrijo ó de una atalaya. Su voz es
baja; habla poquísimo, por no comprometerse;
se espanta de su propia sombra; de vez en cuan­
do se mira aterrorizada las manos, porque los
decios se le antojan huéspedes. Está siempre en ace­
cho y ausculta sin cesar el espacio. Todo cuanto
se dice y hace es por ella y contra ella. No come
ni bebe por temor al veneno universal. Jesuítas
ó masones son sus enemigos implacables. No
perdonan medio de perderla... El día en que
sepa quiénes son sus enemigos, tomará ven­
ganza ruidosa; por no morir á manos de ene­
migo, se estrangulará ó se arrojará al río.
He aquí, lector, los cinco miembros de la

MISTERIOS DE L A LOCURA

137

Junta Revolucionaria, que hoy impera y man­
da, hace y deshace en Nueva -Cerebrópolis.
Cuatro de éstos, doña Angustias, doña Psicofrí­
gida, doña Psicocálida y doña Persecuciones, son
vesanias por derecho propio; en cuanto al otro
miembro, la señora Barone­
sa del Cogollo, hay mucho
pleito: según unos, es una
verdadera vesania, pues
tiene delirio propio, curso
propio y lesiones propias;
pero opinan otros que, más
bien que chifladura, es De­
mencia de nacimiento, y por
consiguiente, debe ser con­
siderada como exótica en
Ultrafrenia, siendo Oligo­
frenia ó Afvenia su verda­
dera nacionalidad. Cuando
se haga un nuevo padrón, quizás se hará jus­
ticia á estas aspiraciones de las vesanias.
Llega disparada doña Psicocálida á la mesa
presidencial, y descarga tan tremenda mano­
tada en ella, que levanta en alto el tintero,
derramándose su contenido sobre la carpeta del
Informe.
Doña Angustias, que ya tiene bastante con
las suyas, en presencia de este exabrupto, pro-

138

g in é

y

partagás

rrumpe en tales alaridos de dolor, que no parece
sino que le están arrancando una entraña. A la
pobre Psicofrígida, ya de suyo embobada, el
estruendo la hace el efecto del trueno gordo:
quédase con la boca abierta, los ojos
abiertos, las manos abiertas, las pier­
nas abiertas... y mas abriera, si mas
tuviera por abrir. Doña Persecuciones,
como gato escamado, se pone a la de­
fensiva debajo de un sillón; la Baronesa
del Cogollo, tomando á broma la acción
de doña Psicocálida y queriendo
repetir el puñetazo, levantase,
con mucha pena, del sillón, se
tambalea y da de bruces en la
mesa, causándose un chichón en
la nariz y una epistaxis, sin con­
secuencias.
Doña Psicocálida saca partido
de las penalidades de doña Angustias, del terror
de doña Psicofrígida, del miedo de doña Persecu­
ciones y de la epistaxis de la Baronesa, para soltar
la sin hueso, con la ronca voz que la caracteriza.
— Yoto al plexo coroides y al espolón de MorandÍB, que la han de pagar cara las maldi­
tas. ¡Tanto tiempo, tanto ruido para hacer un
programita! ¡Programitas necesito yo para mis
negocios!... Me basto sola. Donde quiera me
acompañan mis valientes Delirios y mis invenci-

MISTERIOS DE LA LOCURA

1B9

bles Impulsos. De lo que á veces peco es de sobra
de bondad. ¿Por qué había de consentir yo en lo
del estupor, que me cohíbe de todo en todo? ¿No
era de mucho más efecto una Locura de las mías,
una Manía aguda, con repiques de delirio y furor,
que hubiera podido llegar hasta el homicidio?
Esto era lo procedente. No como ahora, que me
veo precisada á hacer las cosas para mí más difí­
ciles: callar y estarme quieta... Diga usted, doña
Badulaque, ya que le han dado la presidencia
de la Junta Revolucionaria — porque el sujeto
fué chiflado de repente, — ¿qué piensa usted
hacer con el plan de las Alucinaciones?... Haga
usted su santa voluntad; pero acabe pronto, que
yo tengo prisa y espero turno.
Doña Angustias se suena con la punta del
negro manto que la cubre de la cabeza á los pies,
y con voz desfallecida y palabra entrecortada
por suspiros, dice:
— Sólo tengo hipos y suspiros: no tengo lá­
grimas. Llorar de secano... mala cosecha de
consuelos. Me oprime la garganta un nudo;
siento otro nudo eh el estómago, que me quita
el apetito. Cerrado está mi vientre; seca mi piel,
veo la pena y me solazo en ella... la devoro.
No; que no me quiten las penas; por ellas gimo
y lloro; pero no podría vivir sin ellas. Compa­
deceos de mí; pero compadeced más á Psicofrígida, mi amada prima hermana. Siente, como

140

GINÉ Y PARTAGÁS

yo, las penas; pero no la es dado el desahogo
de contarlas. Está encadenada con sus mismos
nervios. No puede hablar... Yo hablaré por ella.
Soy su más próxima parienta . Venga el pliego.
Lo toma, lo abre, lo lee de la cruz á la
fecha, no sin que dofia Psicocálica dé palpa­
bles muestras de impaciencia, ni sin mucho
recelo de doña Persecuciones, quien se figura
que el documento es una delación en contra
suya. La señora Baronesa se pasa el rato arran­
cándose pellejos de los labios, que, soplando,
echa al viento á medida que adquieren forma
de virutas, entre sus dedos, y á proporción que
salen va diciendo:
— Vale un m illón;... dos millones;... tres
millones;... deuda consolidada.
— Está bien,— dice doña Angustias, — está
b ien ... Es un buen trabajo... Deberemos auxi­
liar á mi prima yo y doña Persecuciones.
— Eso n o ... — dice esta última. — Esto es la
obra de la M asonería... ¡Jesús! ¡qué descarga
de electricidad me han echado en la espalda los
malditos !
— U sted, cuando quiera, — replica doña
Angustias, — podrá cooperar en la Gran Locura.
Esté convencida de que no hará mal papel y
será siempre bien recibida. En cuanto á m í,
prometo auxiliar á mi prima con alma y v id a...
¡Psicofrigidità! hija mía, ¿no te parece bien?...

MISTERIOS DE LA LOCURA

141

Si no puedes hablar, haz á lo menos un gesto
con los ojos ó con la cabeza... Ya ven uste­
des que afirma y consiente... En su nombre
digo, que este Programa debe ser aprobado pol­
la Junta y luego transmitido á los Delirios é
Impulsos, para que lo pongan por obra... ¡A y!...
no puedo m ás;... las fuerzas me abandonan;...
¡No me repliquéis!... Tengo ganas de llorar...
Al pie del documento escribe doña Angustias
lo siguiente:
«Visto Bueno... Pase á los Delirios é Impulsos,
para su cumplimiento y efectos oportunos...
— Nueva-Cerebrópolis 30 de Octubre de 186... Pol­
la Presidenta de la Junta Revolucionaria, que
no puede firmar... Angustias. ..» Lugar del sello.

LORD

SPLEEN

en escena un personaje princi­
pal. No se escame el lector: es
un inglés. Inglés pur sang; in­
glés de las orillas del Támesis;
nacido y criado en la nebulosa
Albión; de esos ingleses tras­
humantes, que antes dan que
piden dinero: es Lord Spleen.
Tiene muchas tierras en Irlanda y dinero en
todos los Bancos del mundo. Con cuidar de su
patrimonio tendría ocupación más que sufi­
ciente; pero necesita la mayor parte del año
para otra tarea que le apremia: pasear su me­
lancolía. Es touriste enragé: un judío errante.
De vez en cuando visitaba mi palacio: venía
á buscar consuelos para su desabrimiento. EscoN TR A

144

G IN É Y

PARTAGÁS

gía los días de lluvia con viento de Levante.
Como temía perder la Razón, Yo le garantizaba
que mi amistad no había de faltarle nunca.
Ahora le veo en Ultrafrenta: seguramente va en
busca de emociones en que desleír el mal humor.
Yéole ahora, como antes, entregado al soli­
loquio.
— Triste, muy triste estoy... ¿Estaré loco?...
Soy rico, joven, afortunado en negocios... y me
siento infeliz. Quisiera gozar de la vida, y la
existencia me aburre. Les envidio el valor á los
suicidas. Lo que más temo es enloquecer... ¡y
vengo al país de la Locura! Quiero distracción,
bullicio, alegría; pero me ofende la luz, me
apesadumbra la felicidad ajena. Mis angustias
aumentan en la soledad y en la sombra, y no
busco sino oscuridad y huyo de la compañía.
Amo á la alegría y me encamino á la tristeza.
No deliro; conozco la realidad de mi ser moral.
Conozco que no está sana mi mente. Soy la
Melancolía sin delirio... Sin delirio, ¿y temo en­
loquecer?
Olvidaba decir que el personaje cuyo retrato
moral acabo de esbozar, se ha colado de rondón
en mi ex palacio, ignorando, sin duda, mi des­
tierro y seguramente me estará buscando por la
casa, que conoce al dedillo, pues, como llevo
dicho, solía frecuentar mi trato.
Poco he de añadir para completar el retrato

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

145

de Lord Spleen: estirado, esparragíneo, como un
inglés; rubio, como un inglés; pelaje
á la inglesa; gorra blanca, de doble
visera, de turista; en cada mano un
maletín; debajo del brazo un paraguas,
y oblicuamente ceñido al pecho, el co­
rreaje del binóculo con su correspon­
diente funda.
Llegado á la mesa del salón,
— en este momento vacío, porque
las vesanias acaban de salir,— el
inglés se alivia de su numerosa
impedimenta, dejándola sobre el
mencionado mueble... Ye el tintero...
cae en la idea de que
un buen inglés, aun es­
tando triste y en vías
de suicidio, no
debe ni puede dispen­
sarse de tomar apuntes
de viaje. Saca, en con­
secuencia, de lo más pro­
fundo del más íntimo de
sus numerosos bolsillos
un enorme carnet... Temí
al pronto que me caía
un competidor para mis
M e m o r i a s de U l t r a f r e n i a ... ; presto salí de
inzz.

10

146

GINÉ Y PARTAGÁS

mi zozobra... Lord Spleen echa de ver el pliego,
ó documento oficial, que, esperando el seca­
miento de la tinta, aun palpita sobre la mesa.
Su prim er impulso es enterarse... La educación
inglesa no consiente la curiosidad indiscreta...
El noble Lord suelta el papel... A buen tiempo,
porque en aquel instante vuelve á entrar Angus­

tias, en busca del interesante documento, para
hacerle llegar á su destino.
A la vista del inglés, la Vesania queda aún
más sobrecogida. — Casualmente los ingleses
tenían mucha participación en la historia de
sus aflicciones.
Lord Spleen, que en la recién llegada reconoce
á quien más teme, la Locura, pierde el sentido.
Cada uno en un.sillón, dos sillones contiguos:
desmayado el caballero, sobrecogida la dam a...
¿Quién socorre á quién?

MISTERIOS DE L A LOCÜRA

147

La primera en reponerse es la señora...
Prueba clara de que no es la primera vez que le
dan sustos los ingleses.
— Caballero, — dice, — no os debo n ada;...
aun el plazo es largo... No me apremiáis á
tiempo... Pero ¿os habéis puesto malo?... ¿Qué es
eso? ¿Teméis de m í?... Serenaos... No os quiero
m al... Al contrario, quisiera serviros... Me in­
teresáis... El desmayo os sienta perfectamente.
— Señora, — dice con voz desfallecida el
inglés. — Por lo que veo, somos tal para cual...
No nos hemos comprendido, porque el miedo
recíproco nos lo impidió: vos estáis afligida, yo
estoy triste... Quería ver al amo de la casa.
— ¿Ignoráis?... Don Eulogio está ausente,
fugitivo... ¿No sabéis lo qué pasa?
— ¿Por quién me tomáis?
— De pronto por un in glés;... pero desde
que sois tan bueno, puesto que no me pedís
nada, creo que sois un Delirio.
— No, por Dios, y él me libre de perder la
chaveta... Y vos, ¿quién sois?
— Soy Angustias, la más afligida de las ve­
sanias.
— Pues yo soy Spleen, el más contristado de
los entes de razón.
— Pero, ¿sois ó no un Delirio?
— Repito que no; es más: nada me aterra
tanto como la locura.

148

G IN É Y

PARTAGÁS

— Entonces este documento no podría inte­
resaros.
— ¿Qué es?
— El programa de una Gran Locura que va
á celebrarse en Nueva-Cerebrópolis, según de­
creto de la Junta Revolucionaria, de la cual
soy, aun cuando indigna, un miembro.
— Me espantáis... ¿Qué ocurre?
— Pues... que estamos en plena chifladura.
La capital se ha declarado en es­
tado de estupor... Están cerradas
todas las salidas... Pronto va á
principiar la gran fiesta. Pasad los
ojos por este documento.
El inglés lee, y á proporción
que avanza, pierde el color, que ya
había vuelto á asomar en sus labios.
— ¿No podríais, pues, encar­
garos de este papel y hacer cum­
plir lo que se ordena?
— En modo alguno... Por mi
parte, digo: «enterado, y á más
señores.» Y vos, doña Angustias,
quedad con ellas, que yo me es­
curro. Buscaré donde esconderme
mientras dure el trancazo, si no hallo un escape
para mi apuradísima persona.
Entonces, voy á convocar por teléfono á
los Delirios y á los Impulsos.

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

149

Doña Angustias se dirige al fondo del talamo
óptico; abre una portezuela y se introduce en la
cápsula interna 29, oficina telefónica, desde la cual
se pone en comunicación con todas las circunvo­
luciones cerebrales, donde residen los Delirios ,
y el cuerpo estriado, donde habitan los Impulsos.
Como no ha cerrado la puerta de la oficina oigo,
desde aquí, lo que dice doña Angustias.
— Delirios é Impulsos: redactado el programa
de la Gran Locura, esta Junta lo ha aprobado en
todas sus partes. Quedáis convocados, para las
ocho de esta misma noche, para llevar á cabo
nuestras órdenes. En el cajón principal de la
mesa hallaréis el documento en debida forma.
Son las diez de la m añana: faltan aun cator­
ce horas para que principie el cónclave de los
Delirios é Impulsos. Aprovecharé el tiempo para
allegarme noticias de Extra-Cerebro.

X

NOTICIAS DE EXTRA-CEREBRO

ruido de un
vehículo de cuatro ruedas,
tirado por dos caballos,
frecuentemente fustigados,
según menudean los chas­
quidos de la tralla. Cuatro voces
diferentes, que indican otras tan­
tas personas en el carruaje;...
hablan poco; alguno gime ó llora... Subir una
cuesta, según se repite el ¡hip! ¡hip! del co­
chero;... parada y descanso, después del chirrido
de los goznes y vibración de los hierros de una
verja: he aquí las primeras impresiones que á
mí llegan por la vía acústica.
— Esta es la mansión de la Locura, como
dice el vulgo; yo llamaría á esto el augusto
Tr e p i d a c i ó n ,

152

CUNÉ y

partagás

Templo de la Razón humana. Aquí se la conserva
en cuidadoso reposo, se la tributa el culto de la
Ciencia, y cuando uno ha perdido este inestima­
ble patrimonio, lo viene á recobrar a q u í... Mire
usted, don Pedro, cuán consolador es esto: hay
una verja; pero está cubierta de follaje y flores,
que esconden el hierro... Todo son jardines,
bosquecillos, frutales, huertas y avenidas, sem­
bradas de fuentes, laguitos y cascadas. ¡ Qué bien
se hallan en esta mansión los pajaritos! ¡ Cómo
manifiestan su alegría y sus amores, con sus
trinos y gorjeos!... ¡Qué bellos y tranquilos
esos horizontes! El monte, poblado de viñedos y
pinares; a lia , á la derecha, la extensa y verde
llanura, surcada de canales y de un río, cuyo
murmurio conducen hasta estas alturas las bri­
sas del mar. A la izquierda, la rica aldea,
íodeada de quintas de recreo, cuyos jardines
contribuyen á embalsamar este ambiente; más
alia, al frente, la gran capital. La vista de
pajaro de que aquí se disfruta, permite seguir
sus anchos paseos y frondosas avenidas, que no
encuentran límite hasta el mar, esa ancha zona
azul, poblada de embarcaciones de alto bordo
indicio inequívoco de un gran comercio. Aquel
vigilante de granito, aquella fortaleza ciclópea,

r - ?m-,ina 61 puerto’ padrastro un tiempo de
la ciudad que crece á sus pies, empieza á ser
dida por la u rb e;... la población que hoy

M IS T E R IO S

DE

LA

LOCURA

153

comienza á subírsele á las barbas, llegará á no
tardar á la cumbre; darále tratamiento de Bas­
tilla, y sobre el portal del puente levadizo, en
caracteres visibles desde la lla­
nura , escribirá: « Aquí se baila ».
Repare usted, don Pedro, este de­
talle y atesore otro consuelo. Esta
inscripción en letras de oro, á la
entrada del edificio, contiene un
poema: « Servato Vesperanza, voi
qu’ entrate» m, dice. Imitación del
Dante, sublime por la antífrasis,
y por el sitio en que nos encon­
tramos. La ciencia y el amor al
prójimo, adúnanse aquí para com­
batir al mayor enemigo del hom­
bre. La locura, con tales medios,
es curable; . . . y su hijo de usted
recobrará la razón.
— Don Agapito, es usted demasiado bueno.
Oyéndole me siento aliviado... Pero, ¿no teme
usted que cuando mi Eulogio saldrá de su letar­
go, encontrándose solo, así aislado, sin los con­
suelos de la familia, se ponga mucho peor?
¿Qué pensará de nosotros? ¿No creerá que le
hemos aborrecido, pues que le hemos abando­
nado?
— El gran defecto del sentido vulgar, don
Pedro, en casos tales, consiste en querer juzgar

154

G IN É

Y

PARTAGÁS

de lo que pasa una mente enferma, con el mismo
criterio con que se juzga de las ideas y senti­
mientos de la mente sana... Las impresiones del
ingreso en el asilo, son siempre favorables al
enfermo. ¡Ojalá fuese posible repetirlas á menu­
do! r-Qué más podríamos desear para nuestro
joven si, al desvanecerse el estupor en que se
halla sumido, notando la ausencia de sus deudos,
experimentase y expresase la necesidad de estar
con ellos? ¿No sería este un signo positivo de
que la sensibilidad moral recobra sus dominios?
El aislamiento frenopático es
una dieta moral. Lo impone
el médico, porque la expe­
riencia le ha enseñado cuánto
perjudican al paciente las im­
presiones exteriores y más es­
pecialmente aquellas en que
nació el delirio. De la misma
manera y con el mismo fun­
damento, se proscribe la ali­
mentación para el que sufre
un catarro del estómago, par; ticularmente si es de esos lla­
mados ab ingestis 31. En tal
caso, se establece, si no una
abstinencia rigurosa, la pro­
hibición de aquellas substancias que causaron la
indigestión. Cuando las fuerzas del estómago, á

MISTERIOS DE LA LOCURA

155

beneficio de la dieta, se restablecen, ¿qué vemos?
Que el enfermo apetece, y desaparecen el dis­
gusto y repugnancia por la cosa que se indigestó.
¿Nos entristece el renacimiento del apetito ali­
menticio? ¿Por qué no habríamos de alegrarnos
de que, en el día de mañana, renaciera en Eulo­
gio la apetencia de la familia? La nostalgia 32, en
estos casos, es un revulsivo moral de grandísima
eficacia. ¡Dichosos los locos que llegan á sentirla
de verdad!... Vamos, Rosita, no llore; tenga por
ahora resignación y confianza para después... El
señor Director habrá acabado su
visita y pronto nos recibirá...
Ya verán ustedes qué persona
más afable... Ya verán cuánto
entiende de estas cosas, y cómo
sabe consolar con esperanzas,
que en sus manos tienen siempre
mucho fundamento. Un instan­
te: no quiero dejar de señalar á
ustedes una curiosidad. ¿Ven
aquella encina que inclina su
copa, como si fuese un dosel, so­
bre un poyo de manipostería?...
Esta fué la primera cátedra de
patología mental en nuestra Na­
ción... Aquí concurríamos todos
los días festivos los estudiantes de Medicina que,
hallando un gran vacío en la enseñanza oficial,

156

G IN É Y

PAETAGÁS

queríamos ser imbuidos en el conocimiento de
las enfermedades mentales. El doctor Libe, — tal
es el nombre del Director,— con bondad inago­
table , nos instruía en los preliminares de la Psi­
quiatría. Montaba en una mesita el microscopio,
para enseñarnos las maravillas de la estructura
de los centros nerviosos;
trazaba en el encerado es­
quemas clarísimos de las
partes del encéfalo, y luego
nos explicaba las causas,
los síntomas y el diagnós­
tico de las locuras, y aca­
baba por darpos reglas y
preceptos para el trata­
miento de las mismas. ¡Era
una enseñanza al gusto pi­
tagórico ! . .. Cuando nos
creía bastante fuertes en
las nociones teóricas, nos
acompañaba al asil o, y
ante los enfermos, nos daba lecciones clínicas,
que nunca podré olvidar, y á las cuales debo lo
poco que se me alcanza de esta dificilísima es­
pecialidad. El profesor tiene exposición clara,
palabra insinuante y lo que podríamos llamar
elocuencia demostrativa. Nunca asentaba un
aceito que no lo probase con razonamientos ó
por la vía experimental. De vez en cuando, sazo<

1

M IS T E R IO S

DE

LA

LOCURA

157

naba sus discursos con expresiones epigramáti­
cas, decentemente veladas, que solían desempe­
ñar el oficio de frases nemotécnicas. Al terminar
la lección inaugural, nos dijo: « Mi misión es
poneros al corriente de los adelantamientos de la
ciencia, á la sombra de esta encina;... miradla:
vosotros sabréis aprovechar los frutos.»— Com­
prendido el equívoco, á coro dijimos:
— Tantas gracias, señor doctor.
— Yamos ahora á ver al Director... Yo con­
duciré á Eulogio.
Intervalo de llanto y gemidos de mujer.
Oigo una conversación, que debe tener lugar en
una estancia contigua... No la entiendo bien ...
Diez minutos después dice don Agapito:
— El doctor Libe, director del Manicomio...
Está perfectamente enterado de los antecedentes,
causas y circunstancias en que sobrevino el
trastorno mental. Ya á exponer á ustedes su
autorizada opinión y será preciso atenerse es­
trictamente á sus consejos.
— Ya por el mundo un error muy perjudicial:
la incurabilidad de la locura. Cierto que hay
enfermedades mentales cuya curación está por
encima de los recursos del arte; pero, por for­
tuna, éstas no son las más. Hay muchas, no obs­
tante , que no se curan porque se pierde el tiempo
en remedios que no van al caso... En lugar de

158

G IN É

Y

PARTAGAS

proporcionar tranquilidad y sosiego en un re­
tiro conveniente, se cree que no ha de haber
cosa mejor que paseos y viajes: locura que viaja
anda camino de perdición. Por fortuna, el en­
fermo que, por la vía de mi ilus­
trado colega y distinguido amigo
don Agapito Zuriago, me hacen
el honor de confiar
á mis cuidados, vie­
ne á tiempo y no
adolece de locura
incurable; lo cual es
lo mismo que decir
que, echando mano
de los muchos reme­
dios, positivos unos,
y negativos otros,
morales y materia­
les de que dispone el
Manicomio, puedo
prometer á ustedes
que en un plazo, relativamente breve, Eulogio
habrá recobrado la razón... Eso sí, es indispen­
sable que ustedes me secunden de todo en todo:
es de rigor que, una vez establecida la dieta mo­
ral — la sustracción del enfermo á las relaciones
de la familia — no se empeñen en interrumpirla.
Esto se resuelve mediante absoluta confianza de
ustedes en la casa y su Director. Para fortifi-

M IS T E R IO S

DE

LA

LOCURA

159

caries en este propósito, les suplico visiten de­
tenidamente el Establecimiento, y una vez se
hayan convencido de que aquí no hay rejas, ni
cadenas, ni palos, ni castigos morales ni corpo­
rales para los enfermos; una vez hayan formado
el concepto de que éste es un Manicomio que no lo
parece, — pues, si bien.se atiende á la seguridad
de los alienados, no se usan con ellos violencias
ni depresiones,— estaré yo más satisfecho de la
confianza que en mí han depositado.
— ¿Ha dicho usted, don Salvador, que no
pegan á los locos?— dice Rosita.' — ¡Por Dios,
que no le castiguen al pobre Eulogio!
— Señorita: en esta casa, semejante crueldad
tiene correctivo inmediato. No digo yo levantar
la mano, pero ni tan siquiera amenazar ó dirigir
palabras mal sonantes á un enfermo... Esto trae
consigo la inmediata expulsión del empleado
que tal hace. La preocupación vulgar de que el
Manicomio es lugar de castigos y privaciones,
tiene fundamentos seculares: viene de aquellos
tiempos en que los locos eran confundidos con
los criminales; de entonces data la horrible
máxima de que el loco con la pena es cuerdo. Lo
que hacen las penas, los castigos, es agravar la
locura, así como el cariño la m itiga: el trato
afectuoso de enfermo, acaba por sugerir en la
mente trastornada la idea de la propia enferme­
dad;... y el loco que conoce que lo está, anda

160

G IN É Y

PAETAGÁS

camino de curarse... Recibirán ustedes frecuen­
tes noticias del enfermo: yo tendré el mayor
placer en comunicárselas; podrán ustedes verle,
sin que él vea á ustedes; en una palabra, seño­
res, es preciso que se sobrepongan á los senti­
mientos vulgares, y que dejen guiar sus afectos
por el criterio de la ciencia médica.
— Gracias por todo, doctor,— dice don Pedro.
— En usted confiamos, y si hemos venido con la
pena en el corazón, nos iremos llenos de consuelo.
— Agapito, — dice el doctor L ibe:— ¿quiere
usted hacerme el obsequio de enseñar la casa á
sus amigos? ¿quiere usted conducir al joven á
su habitación? La primera de la izquierda; la
que está contigua al jardín.

XI

LA GRAN LOCURA,

Ó SEA LA OBRA DE LOS

DELIRIOS É IMPULSOS

bonus dormitat
Homerus, y Yo, sin el
bonus, — quizás más
bien con malus, para
que á esta narración
no le faltase pelo ni señal
alguno, — también me he
dormido al arrullo de las
esperanzas de que el bueno
del doctor Libe, — que en
lengua germánica significa
amor, — ha colmado el co­
razón de las tres personas que han
conducido á mi ex-Yo al Manicomio.
Claro está que, de cumplirse los tales vati­
cinios del Director, quien resultaría más be­
neficiado sería Yo. Destronado, desencasado y
liquando

11

162

GINÉ Y

PAKTAG ÁS

desterrado, recobraría, a n o tardar mucho, mi
palacio, mi hacienda y mis dominios. Pero ¿es
esto posible? ¿No ha de cumplimentarse el pro­
grama de las Alucinaciones? ¿No continúa el
estado excepcional en Cerebrópolis? ¿No ha de
consumarse en todas sus partes la horrenda
orgía, la asquerosa bacanal, á que la Junta Re­
volucionaria llama la Gran Locura?
Y en tal estado de cosas, ¿quién se encarga
de someter á los revoltosos, atar corto á los
Delirios, avasallar á los Impulsos y echar á pun­
tapiés á las Alucinaciones1? ... Tiene el doctor, no
diré cara, pues no he tenido el gusto de vérsela,
pero sí, palabras de entendido y de hombre de
bien... Así que, esperanzas las ten go ,... pero
sólo medianas, sólo medianas; ... 110 tantas como
las han. concebido los parientes.
Pero acudamos al catalejo. El sueño me habrá
arrebatado, cuando menos, media hora de la
función intra-cerebral.
J a están en escena Delirios é Impulsos: señal
que se ha dado cuenta del Programa alucinatorio,
cd cual estar a aprobado y lo están poniendo por
obra.
Campanas, muchas campanas, doblan á diíuntos. Llovizna; sopla un viento muy frío. Salen
de una casa negra tres ataúdes.

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

163

— ¡ Padre m ío!... Yo os he matado;... la culpa
fué m ía... Falté á la honestidad, al decoro, al
honor de vuestro
nombre;... fui livia­
no... ¡Perdón! ¡per­
dón !
— No hay per­
dón para los hijos
ingratos... Te mal­
deciré desde m i
tumba.
Un ataúd blan­
co. El cadáver de
Rosita, pálido, cual
si fuese de cera. Al
levantarse la tapa,
el cadáver se incor­
pora ; baja sobre los
hombros de niñas
vestidas de blanco,
que la lle v a n al
cementerio. Rosita
viste también de blanco; ciñe sus
sienes una corona de azahar. Ade­
lántase indignada, terrible, con la boca abierta,
aranosa de morder al autor de sus desdichas.
O
— ¡Malvado! — grita.— ¿Dónde está el mal­
vado que abusó de mi amor y de mi inocencia,
cubriéndome de cieno?

104

G1NÉ Y P A R T A G Á S

El te rro r se apodera de m i ex-Yo. Quiere huir;
quiere g r ita r ;... todo en vano; sus p ie rn a s están
a g arro tad as por las cuerdas del estupor; busca
inútilm ente en su g a rg a n ta la voz, que se escapa,
como viento sutil, por la boca del estóm ago.
Otro a ta ú d , am arillo y rojo, con vivos de
cin ta azul. De él se desprende u na a rro g a n te
m oza: al aire el cabello, al aire el cuello, al aire
el voluptuoso seno. L leva en la
|
m ano una an to rch a p reñ ad a de
humo resinoso. Es u n a fu ria,
erótica y vengadora á un
tiem po.
— ¡ M alvado ! — d ic e . —
¿H uyes de m í? ... Quiero tus
carnes, como quisiste tú las
m ía s; quiero h acer ascuas de
tus huesos y cenizas de tu
c o ra zó n ... Voy á c o n v ertirte en
hoguera. De ti, en breve, no que­
dara mas que la pavesa y el humo;
humo pestilente, como el hedor
de la podredum bre en que tú y
tu cómplice fuisteis sepultados en
vida.
,
i■¡Dios!
u iu s • ¡Dios! ¡Dios pode10s.<>' ' "
A radm e de esa herm osa a r p ía ... A ni­
quiladm e ó dejadme escap ar... No encuentro voz
1
ns doloiCN, ni p alab ras p a ra mis pensa-

M ISTERIOS D E L A

LOCURA

165

mientos... ¡Dios, Dios m ío... ni movimientos
para poder h u ir!... ¡Dios, Dios mío, acabad mi
existencia!
Cantares místicos:
Tuba mirurn spargens sonum
Per sepulchra regionum,
Coget omnes ante thronum.

Una cruz alta, muy alta, sin faldellín; dos
hileras de sacerdotes con bonete
y sobrepelliz, cerradas por otro
sacerdote más obeso, con capa plu­
vial negra, festoneada de plata, el
cual empuña, á manera
de pincel de argentino
mango, el místico hi­
sopo. Yoces de deglu­
ción, voces de sepulturas
bromatológicas, caras de
sentimiento avezado á
más y mucho más, por
obra de la profesión...
Estos son los elementos
del fúnebre cortejo. Lle­
gan á un ataúd, trans­
versalmente colocado...
Se ■levanta el muerto,
seco, negro, podrido, casi sin carne; sólo en la
cara parduzco pergamino, enmohecido; órbitas

^gg

GIN É Y

PARTAGÁS

huecas, empero fulgurantes; humeantes de gases
sulfurosos las narices; repleta de llamas rojizas
la boca: boca de horno de pan cocer...
^
__-Que me lo traigan! — dice la momia flamí­
gera — ¡que me lo traigan al gran libertino,
al grande obsceno! Entre en mi momia su esque­
leto, y aliméntense de sus carnes los mismos
gusanos que acabaron con las nnas... A en y
toma... Toma y vuelve.
Y le arrima, con su mano descarnada, tan
tremendo bofetón, que le estampa en bajo re­
lieve la parrilla metacarpiana 33. .. El agredido
quiere huir; sus miembros no le obedecen... por­
que están rígidos.
— Esto es horrible, — piensa y quisiera de­
cirlo, mas no puede;— esto es horrible... Esta
momia vengadora del cementerio profanado,
me ha roto la mandíbula; va á devorarme...
M orir... morir quisiera ahora mismo... ¡Dios
mío, enviadme la muerte para mi consuelo!
Los sacerdotes y la momia se desvanecen
como sombras. Aparece el cementerio en fría
soledad, alumbrado por la luna, velada por una
nube cenicienta. Oyese una zampona que toca
los compases del Miserere. El gaitero es un demo­
nio flacucho, negro, barba de chivo y con los
indispensables cuernos, del tamaño y figura de
pimentones encarnados. Al paso que toca, baila,
retorciendo piernas, muslos y caderas y hacien-

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

167

do miles de carantoñas, que le sientan como á
todos los de su clase. De los nichos despréndense
muchos esqueletos semovientes. A cada uno de
sus pasos, que
son acompasados,
corresponde un
chasquido de hue­
sos secos. Acércanse los esque­
letos al gaitero y
arman juntos una
farándula en tor­
no de la víctima.
— Eso más,
¡Dios mío! Me ha­
llo ya entre los
muertos, y aun
crecen mis tor­
mentos y angus­
tias.
En este in s­
tante , un esque­
leto gigantesco
descarga tan fuerte palmada en el hombro del
desdichado joven, que se siente dislocada la
clavícula. Es tan vivo el dolor, que se siente
venir el desmayo... No es, sin embargo, el des­
mayo lo que le va á sobrevenir...

168

GIN É Y

PARTAGÁS

Ruido de chapuceo acuático; el interesado es­
tornuda repetidas veces. Hasta este ventrículo...
á lo largo de los cordones posteriores de la me­
dula espinal, sube una corriente cálida... Es que
nos meten en un baño caliente, fuertemente
sazonado con mos­
taza negra... En­
tran vapores extra­
ños en Cerebrópolis,
cuyo aroma llega
hasta aquí; son va­
pores clorofórmicos:
el sulfonal34invade,
por las vías de la
sangre arterial, á
la revuelta Cerebró­
polis. El deliquio no
es deliquio: es sueño
clorofórm ico, que
podrá acallar por
algunas horas la anarquía cerebropolitana.
Ahora sí que aumenta mi confianza. Reco­
nozco que, por la primera, no ha sido lerdo el
doctor Libe: no ha resultado estéril su inter­
vención terapéutica. ¡Ojalá pueda recobrar mi
palacio y mi patrimonio!... No llevo prisa: no
estoy del todo mal aquí. La ocupación que me
procuro, me preserva del fastidio.

M IS T E R IO S D E

LA

LOCURA

169

Llueven papeles en el ventrículo de mi domi­
cilio; entran por la hendidura de Bichat 35 y
deben proceder de Cerebrópolis. Mientras el inte­
resado, sulfonalizado, bañado y sinapizado,
duerme y descansa, pasaremos revista de la
estafeta de Ultrafrenta.

.

X II

LA

/

ESTAFETA

DE

ULTRAFRENIA

N pliego cerrado... El sello de la
Junta Revolucionaria... Sellan
acordado de m í;... no será para
cosa buena... ¡¡Me lo han pe­
gado con tres obleas!! Leamos:
«En uso de las facultades
que le competen, esta Junta ha
tenido á bien dejaros cesante, sin empleo, ni
sueldo; confiscar vuestro palacio, bienes, censos
y dominios, y además llamaros de rejas adentro,
en el término de tres días, en el quinto ventrículo,
ventrícu lo de Cuvier3r>, sito entre las hojas del sep­
tum lúcidum, para responder á los cargos que
pesan sobre vos, por abusos de poder, tiranía y
otros excesos consuetudinarios; sin contar, por
ahora, la cobardía con que habéis huido ante

172

G IN É

Y

PARTAGÁS

la Revolución triunfante. No vengáis sin las
orejas, pues á lo menos tendréis con que pagar
las deudas de menor cuantía.
»Dado en Nueva-Cerebrópolis el día hO de
Octubre de 186...
»Por la Presidenta Psicofrígida, que esta in­
dispuesta y no puede firmar,
A ngustias .

»Vocales: Psicocálida, Persecuciones, La Ba­
ronesa del Cogollo.
»Señor ex Presidente de la Conciencia ».
Venera de ahí, señoras mías... Ya os habréis
desahogado y sea enhorabuena. En cuanto á mí,
va podéis echarme un g a lgo,... ó dos, ó tres,
para que lleguen más pronto.
Pasemos á la prensa... ¡ Jesús, qué baraúnda!
Esto es un mare magnum. El periodismo se ha
desbordado en Ultrcifvenia. Todos estos perió­
dicos hacen hoy su primera salida. Ahora sí que
comprendo mi tiranía: por mis culpas, no se
publicaba en Cerebrópolis más que el Diario de la
Conciencia, que se imprimía de noche, á la hora
de acostarse y después de santiguarse;... ahora
cada individuo entra en funciones de Director.
Habrá tantos periódicos como ultrafrenenses.
Muchos más escritores que lectores... ¿Conocen

M I S T E R IO S D E L A L O C U R A

173

ustedes algún país en donde ocurra otro tanto?
Veamos los títulos.
Rolando el Furioso 37.— Organo oficial de la
cisura de su nombre y c ir­
cunvoluciones adyacentes.
La Ambición Nacional. —
Periódico defensor de los in­
tereses de uno mismo, sin pa­
rar mientes en el mal ajeno.
El Perseguido.— Diario de­
dicado á la investigación de
la procedencia de las propias
desgracias y á la designación
de las sectas, clases y perso­
nas que nos quieren mal y
causan nuestros males, para,
en su día y lugar, aniqui­
larlas.
La Idea Fija. — Publica­
ción incesante, que tiene por
objeto barrenar inútilmente
los sesos, en detrimento del sueno y del des­
canso.
II Saltarello.— Semanario festivo, que abo­
rrece la estabilidad y que no hará nada de pro­
vecho, porque carece de atención.
La Incoherencia.— Publicación ilustrada, que
se propone romper las cadenas de los juicios,
presentándolos desligados entre sí y dando mu-

174

GIN É

Y PARTAGÁS

cha bronca con los disparates que de este gali­
matías resulte.
La Miseria Voluntaria.— Se publica en papel
de estraza, para estar más en carácter, ya que
su objeto no es otro que
demostrar la ruina en
medio de la opulencia,
el desdoro en el colmo de
los honores, y la imbeci­
lidad en los esplendores
del saber y del talento.
La Fe. — Se publica
sin comentarios, por no
consentirlo sus artículos.
La Gran Palinodia.—
Organo de los arrepen­
timientos seguidos de pe­
nitencia y acompañados
de irresistibles conatos
de reincidir.
La H ipocondría.—
Hebdomadario c lín ico
de todas las enfermeda­
des que puede concebir
la propia mente insana, ilustrado con gusanos,
serpientes, cabildos, concilios, ejércitos, navios,
escuadras y demás bichos que pueden imagi­
narse albergados en las visceras abdominales ó
torácicas y aun entre cuero y carne.

MISTERIOS DE LA LOCURA

175

El Purgante.— Suplemento de La Hipocondría,
que aparecerá en tiempos oportunos, ó de grande
estreñimiento.
Lo Spavoritto. — Diario italia­
no, que enseñará la manera de es­
camarse al menor peligro, al más
leve movimiento y al más insig­
nificante ruido.
Basta ya; basta de papelotes.
Todos tratarán de lo mismo: de la
Gloriosa Revolución y de la Gran
Locura, la fiesta popular, en que
van á gastarse lo que no tienen los
míseros ultrafrenenses. Cada quis­
que echará su cuarto á espadas y
se'despachará á su gusto, á des­
pecho de todas las literaturas. Veamos qué dice el
Rolando, que debe ser el más furibundo:
«GRAN LOCURA... GRAN FIASCO

»Los pueblos son como los hombres: deben
regocijarse privada y públicamente. Las fiestas
nacionales entonan el espíritu de la población y
deben efectuarse á menudo y con mucho es­
plendor.
»Nuestros plácemes, desde este punto de
vista, á la Junta Revolucionaria, ya que con la
celebración de una Gran Locura, se ha propuesto

176

G IX É Y

rAK TAG ÁS

dar un testimonio irrecusable de lo bien acogida
que lia sido la Revolución. Mas, si el pensa­
miento en sí mismo ha sido bueno, á todas luces
plausible, intachable, digno de encomio, mere­
cedor de alabanzas y hasta acreedor á los ho­
nores de pasar á la posteridad, la manera de
realizarlo, de llevarlo á cabo, de ponerlo en
práctica, de ponerlo por obra, nos parece in­
digna, impropia de un gran pueblo, mezquina,
extemporánea, improcedente, inoportuna, tonta,
estólida y hasta diríamos estúpida. — Más que
el articulista, no puede ser.—
»¿Qué sacarán, en efecto, del programa alucinatorio?... Una locura triste, penosa, angustiosa,
melancólica, lipemaníaca, mística, funeraria,
oscura, sin luz, sin vida, cadavérica, en fin, y
mal sonante. — ¡Habrá ramplón! — En casos
tales, que lo son de júbilo, alegría, contento,
satisfacción, expansión, esparcimiento, plenitud
de ánimo y ensanchamiento de los corazones, era
sólo procedente una locura loca, festiva, turbu­
lenta, exaltante, irritada, habladora, gritadora,
mordedora y hasta apaleadora y matadora.
»Se dirá que, dado el estado de estupor en
que quedó constituida la capital, no había forma
de entrar con locuras que no fuesen de carácter
lipemaníaco; pero entonces, ¿sobre quién recae
la responsabilidad de la declaración del estupor,
que los modernos llaman frenoplcxiaf ¿Por qué

MISTERIOS DE LA LOCURA

177

lo estatuyó la Junta Revolucionaria? ¿Cuál de
sus miembros concibió tan peregrina idea? El
país tiene derecho á pedir estrecha cuenta de
una determinación que le sume en la más triste
impotencia, precisamente á raíz de la gloriosa
conquista de su anhelada libertad..., y esta
cuenta la pedirá.
» Ultrafrenenses : ¡ alerta! ¡ ojo alerta con los
que nos desgobiernan! Por el camino que andan,
no hay locura para cuatro días... Sepan todos,
que en la Cisura de Rolando y Circunvoluciones
adyacentes, que, aun cuando indignamente, tene­
mos la honra de representar en el estadio de la
prensa, no se agotarán los bríos para llevar á
cabo obras más completas, más perfectas, más
agradables, más macizas, más sólidas y más du­
raderas ».
El artículo no está firmado: lástima; el autor,
que será sin duda el Director del periódico, entra
en el aprendizaje con buena sombra: dudo que le
salga digno rival en el género macarroniano.
Yeamos La Incoherencia. .. Sobre el mismo
tema:
«¡GRAN L O C U R A !...

¡GRAN BUÑUELO!

»Repercutido el sonido prepotente de la trom­
pa épica de la libertad domiciliaria; sembrados
12

178

GINÉ Y

PAKTAGÁS

de gloria los feraces campos del noble país en
donde gime la verde amapola, suspira el rojo
jazmín y se extasía el imberbe peregrino que no
ha llegado á saborear el ázimo bendito de la in­
transigencia purísima, converge todo hacia la
antítesis histórica de la Filosofía y el Derecho
del Derecho y la Filosofía....»
Suficit... que si para muestra basta un botón,
aquí ya hay sobra de borbotones. El papel de
La Incoherencia cumple á maravilla su elevada
misión...
Paréceme que de nuevo comienza la zambra
en Cerebrópolis. Se habrá desvanecido el sueño
clorofórm ico... Vayamos al monóculo, y conti­
nuemos las M emokias.

XIII

CONTINÚA LA GRAN LOCURA Ó SEA LA OBRA
DE LOS DELIRIOS É IMPULSOS

Eulogio! ¡don Eulogio! —
dice uno, que debe ser ca­
marero del Manicomio. — Es
hora de cen ar... Tomará us­
ted una sopita.
El interesado sigue impo­
tente para expresar sus pen­
samientos y realizar movi­
mientos voluntarios, pues aun
no se ha levantado el estado
excepcional en Cerebrópolis.
— Lo que aquí se consigna son los pensamientos
y voliciones frustradas, vistos unos y otras desde
dentro, en el ex palacio de la Conciencia, en
donde siguen, congregados y de nuevo en activo
on

180

GIN É Y

PARTAGÁS

servicio, Delirios é Impulsos, para llevará su
término el programa alucinatoiio.
— ¡Cómo pesa mi cabeza, y al mismo tiempo
qué vacía me la siento!... ¿Quien anda ah í?...
Ese traje te delata, nigromántico envenenador.
¿Vas á estrangularme con ese cinturón que ciñe
tu cuerpo?... Ten piedad
de mí... Yo no te he ofen­
dido. .. ¡ A h! vas á darme el
veneno... No lo niegues...
En vano lo mezclas con* la
sopa... He visto como echa­
bas en el plato los mor­
tíferos p o lv o s ... No me
toques... No toques mis
vestidos... Me envenenas
por la piel... Todo es polvo;
todo es veneno... No; yo
no pruebo este manjar...
He visto el polvo.
— Vamos, don Eulogio,
pruebe una cucharada;...
verá qué rica está la sopa.
— No te acerques... Co­
mo me toques á los labios,
te muerdo... ¡ Morder!... ¡ Dios m ío!... ¡ Si ni
morder me es dado!...
— Otra cucharada;... pasó bien la primera...
Verá qué bien le sienta.

M IS T E R IO S D E

LA

LOCURA

181

— ¡ Infame!... Me ha envenenado... ¡ Oh! el
asqueroso polvo... Polvo de momia venenosa.
¡ Qué gusto á huevos podridos! ¡ Qué sabor de hiel
y vinagre! ¡ Qué hedor de cadáver descompuesto
y de tripas de gusanos de sepultura!... Cunde
por mis venas el veneno... Me m uero... ¡Ya
estoy muerto!... ¡ Muerto y enterrado! ... ¡ A h!
la trompeta... Otra trompeta... Otra... ¡Cuántas
trompetas!... Son las del juicio Anal... ¡ Qué lla­
nura !... Es inmensa... No tiene límites... No se
divisa un monte, ni un árbol, ni una hierba, ni
una m ata... La tierra suspira... En cada uno de
sus ayes, se abre una grande grieta en ese erial
inmenso... Todo el suelo está sembrado de sepul­
turas. Abren los muertos sus tumbas: acuden al
llamamiento de las trompetas... ¡ Es el valle de
Josafat!... ¿Quién impele á esas calaveras? Bro­
tan y rebotan en el suelo, cual si fuesen enormes
bolas de marfil... Se dirigen á m í;... me amena­
zan con los dientes... Mascan... ¿Qué comen?...
¡ Es estiércol de las muías de nuestra alquería!...
Crujen sus dentelladas. De vez en cuando, al
rumiar, crujen sus descarnadas dentaduras...
¡ No me maltratéis!... Soy de los vuestros... Yoy
con vosotros al Juicio final... No rehuséis mi
compañía... Soy de los vuestros... Yoy á rendir
á Dios cuenta de mi gran pecado... ¡Clemencia,
Dios m ío, clemencia!... ¡ Era tan joven!...
Esas figuritas de á dos palmos, salen también

GIN É Y

PARTAGAS

182

de las entrañas de la tierra... Vienen de las
tumbas... Caballeritos con frac y clac y seño­
ritas con vestidos rozagantes y abanico se dan
el brazo: ellos son los fémures, ellas las tibias de
las calaveras, que acuden desalados al inmenso
valle... ¡Desdichado!... ¡Yo, para mis huesos no
tengo vestidos decentes!... ¿Cómo iré con ellos
ante la tremenda Majestad de Dios?... ¡Soy un
esqueleto y aun tengo tiipas.
Siento correr el veneno por mis
intestinos... Siento el gusano...
Coletea, sube, baja, se retuerce
sobre sí mismo... Crece... cre­
ce... Es ya una serpiente... ser­
piente de cascabel... Me sube
á la garganta... ¡Qué peste!
¡ Qué asco!... Oigo la sonaja...
El cascabel de la serpiente me
desgarra los tímpanos... Ahora
mete su sonora cola en mi crá­
neo, por el oído derecho... A o
hay duda, eran polvos de mo­
mia con esporos de gusanos.
¡Qué pronto han germinado!
¡Cuán rápidamente se ha efec­
tuado la metamorfosis de los
microbios! ¡Qué enorme desarro­
llo! Pronto el reptil no me cabrá en el cuerpo...
¡Otro gusano, Dios mío, otro gusano! Este es

MISTERIOS DE LA LOCURA

183

más terrible aún. Se me introduce en el cora­
zón... Le siento a h í;... me muerde; me roe la
entraña; se me come la carne del corazón y me
la va convirtiendo en carcoma... No tengo duda:
es el gusano roedor de los
remordimientos. El polvillo
que de mi corazón extraen
sus mandíbulas, se mezcla y
corre con mi sangre. Aquí
lo siento;... me oprime en la
boca del estómago;... aquí...
aquí... un ardor,... un ascua
de fuego, ó ácido sulfúrico...
Suben vapores agrios;... qui­
siera vom itar;... no encuen­
tro alientos para el vóm ito...
El remordimiento corre por
mi sangre; . . . se desparrama
por todo el cuerpo... Siento
remordimientos en las manos,
en los brazos, en las piernas
y en los pies... ¡Dios mío!
¿Qué es esto?... ¡Ser muerto y padecer tanto!...
¿Estaré en el infierno?... ¡Salva me fons pietatis!
Nuevo chapuceo cálido y sinapístico. Rein­
greso del vapor clorofórmico en Nueva- Cerebropolis. .. General escama en los miembros de la
asamblea frenopática, á los gritos de:

184

G IN É Y

PARTAGÁS

« ¡ El vapor! ¡ El vapor!... Huyamos; vuelve
el vapor... ¡ Sálvese el que pueda! »
Desfile á diestro y siniestro... Los Delirios
corren á las circunvoluciones cerebrales; los Im­
pulsos se dirigen á los cuerpos estriados... Unos
y otros huyen á la desbandada.
Una voz.— Volved así que haya pasado el
chaparrón... Se continuará.
Otra vez el camarero y el doctor Libe, cuyas
voces me son bien conocidas... Oído á la caja, la
caja del tambor acústico. Abandonemos el monócu­
lo, puesto que en Cerebrópolis ocurre un fenómeno
inusitado... ¿ Qué ocurre ?... Pues ocurre... que
no ocurre nacía. No se siente, ni se piensa, ni se
quiere;... ni tan siquiera se duerme... Más nega­
ción de funcionamiento no es posible imaginar.
Es preciso, — dice el doctor Libe, — es pre­
ciso aprovechar la sedación que va produciendo
el baño, para administrar alimentos... Pepe: la
sonda, un buen vaso de leche, una taza de caldo,
íeforzado con extracto de carne, y un vaso de
' i110- •■Aguanta firme la cabeza;... no hay cui­
dado de las manos: el mal se las tiene agarro­
tadas. .. La sonda... Ya pasa;... va bien... Más
atrás la cabeza;... ahora adelante... Ya está en
el esófago,... ya ha penetrado en el estómago...
Ech#, Pepe, echa... Bueno;... bueno... : Cuándo
se le dió el sulfonal?

MISTERIOS DE LA LOCURA

185

— Hace media hora.
— Pues van á principiar los efectos... Vestirle
y á la cam a... Dadle luego el bromuro y dejadle
dormir... En cuanto despierte, me avisáis...
Quiero yo mismo darle la ducha escocesa... Deseo
asistir al deshielo de este cerebro...
Lector: porque lo exige la equidad y porque
lo merece tu exquisita benevolencia, se da el
caso de concederte un descanso. Hasta aquí, be
dormido Yo, cuando me ha tocado el turno;
mientras Yo dormía, velaba mi ex- Yo. . . Tú siem­
pre despierto y cuidadoso de leer estas M emo ­
rias . .. No quiero enajenarme los sufragios de tu
indulgencia, de que tanto necesito. Mientras
duerme mi ex- Yo, puedes dormir tú ... y Yo tam­
bién... ¡Hasta otro rato!

XIV

DESHIELO
EN

Y

UNA

AURORA

BOREAL

CEREBRÓPOLIS

las ocho de la mañana.
Hace más de una hora que
los Delirios han reanudado
sus tareas, lo cual significa
que nuestro intervenido ha­
brá disfrutado de un sueño
de más de siete horas.
En Ultrafrenia está el cielo encapotado; pasan
negras nubes, que divagan por el espacio á im­
pulso de un levante muy frío, que, al paso que
muge y silba entre las mal ajustadas vidrieras
de mi ex palacio, cierra á menudo una ventana,
con estrépito y ruptura de alguno que otro cris­
tal. Además, para colmo de obscuridad y frío,
llovizna.
El desventurado muchacho, recién despertado
on

188

G IN É Y

PARTAGAS

por ensueños entrevesados, siéntese piesa de un
humor tan melancólico como el tiempo... En tal
estado de ánimo, penetran, en la entonces silen­
ciosa estancia de la Conciencia, cinco personajes
tétricos, de contornos no bien definidos, vapo­
rosos: así como entre sombras y seres corpóreos.
Vagamente, sus siluetas representan jueces toga­
dos: en lugar de birrete, lle­
van un capuz, que no llega
á cogulla. Cada uno tiene
algo como entre inquisidor y
magistrado.
Subsiguen á esos extraños
personajes, otros entes no
menos vaporosos ni menos
caricaturescos: si á algo se
parecen, es á Mozos de la
Escuadra, unos; otros á al­
guaciles de los de sombrero
de teja, y otros á individuos
de la Benemérita.
Ninguno habla; los toga­
dos se expresan con gestos
simbólicos: debe ser una mí­
mica convenida, conforme
con un ritual de la orden á
que seguramente pertenecen.
Alguaciles, Guardias y Mozos de la Escuadra
sostiénense en v ilo; van de derecha á izquierda,

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

189

de arriba abajo y de atrás adelante, como si
fuesen unos fantoches colgados de alambres in­
visibles. En sus moAÚmientos se observa cierto
ritmo, al compás mímico de los togados.
¡ Cosa ra ra ! Cuadro tan triste de color y en
que campean tantos personajes del género contristador, no apena del todo al interesado: há­
llase entre la pena y la hilaridad... Sin duda la
cosa en sí no le gusta; pero la vaguedad de los
personajes y la extraña manera de comportarse,
le escarabajean en el sentido de la risa.
Se echa de ver que los escenográficos Delirios
no deben estar muy satisfechos de su obra, pues
ésta no causa la sensación que se creían con dere­
cho á esperar de sus esfuerzos.
— ¿Qué piden de mí, señores m íos?... Si son
ustedes lo que aparentan, hablen claro y no me
vengan con muecas que no entiendo. Enséñenme
la cara, señores magistrados, y digan de qué se
me acusa. Y ustedes, miembros polimorfos de la
calaña corcheta, prensores eternos de acusados
y condenados, den también la cara-y cesen de
volitar y bailotear por el espacio como imper­
tinentes tábanos. ¿Piensan ustedes que hemos
de representar La Pata de Cabra?
Estas razones que, si bien no se exteriorizan
por el len gu aje,— pues continúa la inhibición
encefálica, — son perfectamente sentidas por los
autores de la escena frenopática, convencen á

190

GINÉ Y

PAK TAG ÁS

éstos de que su obra está amenazada de un gran
fracaso. No se dan, sin embargo, a partido, y
repasando el programa alucinatorio, que tienen
á mano, piensan haber dado con la solución que
apetecen.
En efecto, aparecen el verdugo, con su rojo
traje mefistofélico, y su dignísimo auxiliar, que
lleva las cuerdas del colgamiento... Ni uno ni
otro, empero, son de relieve: son pinturas sin
proyección ni sombra. Esto no obstante, el
espectáculo ocasiona notable em oción... Los
Delirios creen salvada la partida, y deseosos de
asegurar el éxito, insiguiendo al pie de la letra
el programa — que consideran obra perfectísima,
— hacen aparecer un cadalso provisto del vil
garrote.
En mal hora, para sus intereses, han ape­
lado los Delirios á este refuerzo alucinatorio: la
representación del cadalso consiste en un telón
de madapolán, pintado á la aguada, para la
decoración del último acto de la tragedia Ana
Bolena, en un teatro de aficionados... La luz,
que se halla situada detrás de la transparente
tela, descubre la hilaza, y el joven, que ya
dudaba de la realidad de esos espectros, duda
aun más... ¿Empieza á entender que todo son
fantasmas y vapores?
Ahora no es chapuceo: es un chaparrón de

M IS T E R IO S D í¡ L A L O C U R A

1 91

padre y muy señor mío el que cae sobre los
cueros del interesado. Oigo los chasquidos de
la ducha, que rebota en la pared, en el suelo y
en la piel del individuo... ¡ Qué fresquito!... Es

agua helada... ¡Arriba, arriba!... Otra te pego...
Esto es caliente, muy caliente... ¡Cómo escal­
d a !... Esta agua hierve... ¿Frío otra vez?...
¡ Calor! ¿calor otra vez? ¡ Cómo quema!... ¡ Es la
ducha escocesa!

1Q 2

G IN É Y

PA RTAGÁ S

Señor m ío, si de ésta no te despabilas, será
que te has vuelto de cal y canto.
___ . y y í j
J j n y ! . . . Basta , basta ,
dice
fonéticamente el infeliz duchado.
— ¡ Eulogio! ¡ Eulogio!
— dice el doctor Libe, au­
tor de la afusión.— ¿Qué
le pasa? ¿Qué tiene?
— ¡ Ah!... ¿ Dónde es­
to y ? ... ¿Soñ aba?... ¡Qué
ensueño más p e s a d o !...
¿ Qué es esto ?
— Bien, Eulogio, bien...
Ha despertado usted de un
ensueño muy pesado... va
usted despertando... Re­
póngase . . . Pronto estara
usted bueno. . . Ahora al­
m orzará u s te d ... Pepe,
viste al señorito y trae el
almuerzo... Almorzaremos
juntos.
— G racias... No po­
dría. .. ¡ Soy un muerto!
— Vamos, hijo m ío, . . . que vivo y muy vivo
está, puesto que me oye y me ve y podría tocar­
m e ... Déme usted un abrazo... A s í... Llore,
llore usted sobre mi pecho.
Y el muy terco se deja abrazar; . . . pero no

MISTERIOS DE LA LOCURA

193

abraza... Si yo pudiera, ¿ ese doctor me lo
comía á besos.
Novedades, grandes novedades políticas de­
ben haber por Cerebrópolis. Voy á ver lo que
ocurre, después del suceso de la ducha, que habrá
caído como una de tantas entre los revoltosos de
Ultrafvenia. .. Paréceme que mi negocio se va en­
caminando... ¡Ahora sí que creo que no tardaré
en ser llamado al poder!

13

XY

LOS
LA

DELIRIOS
ÚLTIMA

EN

DERROTA.

TRINCHERA

Delirios, Impulsos y Ve­
sanias, toda la población ultrafrenense, alarmada á más no poder,
hállase aglomerada en el pala­
cio que ya vuelve á parecerme
mío.' El atrio, el vestíbulo,
el salón del trono, todo está invadido. No
se oye ni una voz;
es un barullo inex­
tricable. No se percibe ni un ruido, ni un
sonido, sino un rumor poli-acústico: de
revoltina. Abundan los cuchicheos;... signo in­
falible de murmuraciones ó conspiración. Hay
empujones, empellones, rodillazos y hasta pun­
tapiés, en perfecta reciprocidad de toma y daca,
entre los conglomerados.
lucin acio n es,

196

GIN É

Y

PAKTAGÁS.

Al fin se hace un silencio relativo, en medio
del cual Psicocálida, rabiosa y fuera de quicio,
grita:
__¡ Esto es el fin del Mundo!
Voces.— ¡Callen! ¡Callen! ¡Atención!
— Ya lo decía yo, — prosigue Psicocálida,—
en viniendo el deshielo, adiós mi dinero;... adiós
libertad, adiós locura... Eso tiene el haber
hecho caso de debilidades... ¿qué digo debilida­
des?... de impotencias... Eso tienen las contem­
placiones antipatrióticas;... antipatrióticas, si,
antipatrióticas:... lo he dicho, y oféndase quien
quiera... ¿No se trataba de ponei en piactica
una gran locura? ¿No era este el caso de un
ensayo en toda regla de la libertad cerebropolitana, en todas sus actividades y en todas las
esferas de la población ultrafrenense? ... Pues
haberse dirigido á quien estas cosas puede y
quiere hacerlas bien. Pensóse en espantar á la
Conciencia por medio de un gran terror, y de
buenas á primeras, sin discusión ni delibera­
ción, me decretan el estado frenopléxico .•.. Ahora
se empiezan á tocar los resultados de este mal
paso. El encéfalo comienza á deshelarse; ven­
drán calores; ya se va disipando la obscuridad,
protectora de débiles y de cobardes; ha comen­
zado el horizonte á enrojecerse por una aurora
boreal;... brillará el sol de la Razón... A ver,
¿qué harán las místicas y los místicos, las tétri-

M IS T E R IO S D E

LA

LOCURA

197

cas y los tétricos y los cobardes de ambos sexos
en este orden de cosas?... Ya se v e :... rendirse
á discreción. Serán avasallados sin resistencia;
cantarán palinodias y el tirano volverá á ense­
ñorearse de Cerebrópolis... ¡Ciudadanos y ciu­
dadanas! aun es tiempo: levántese el estado
de estupor, — pues tam­
bién se levantaría por sí
mismo,— y decrétese la
libertad más amplia...
Para sí y para la patria,
quien más pueda que
más haga.
La arenga de Psicocálida ha causado efectos
encontrados: m ientras
unos aplauden con fre­
nesí, otros silban y gri­
tan:
— ¡Fuera! ¡Fuera la
sin vergüenza!
Entre el barullo y al­
gazara, adelántase una
dama de alto coturno...
Es graciosa, guapita y
tiene cara de pesetas.
Yiste traje de cazadora;
sombrero con plumas negras, á la amazona; dos
pajecitos sostienen la cola de su negro vestido

*

198

GIKÉ Y PARTAGÁS

de terciopelo. Ante su majestuosa presencia,
ábrense filas en la muchedumbre y la señora
avanza y sube hasta la cúspide del tálamo óp­
tico: el cuerpo geniculado interno. Tráenle un
sillón, que majestuosamente ocupa. A su lado
se halla Psicofrígida, acompañada de su prima
hermana Angustias; aquélla, aun cuando mucho
más animada que en escenas anteriores, donde
hemos tenido el honor de conocerla, pálida aún
y con voz de convaleciente, dice:
— Visto el giro que han tomado las cosas
públicas y atendiendo á que el programa alucinatorio no ha dado todos los resultados que
se esperaban, declaro levantado el estado ex­
cepcional en Cerebrópolis.
1 oces. ¡A iva doña Psicofrígida! ¡Viva la
Junta Revolucionaria!
Psicofrígida. — Aun no he term inado... Oíd.
Desde este instante, abdico mi representación
y mando en esta nobilísima señora, en quien
íeconocereis a la Poderosa Princesa de Altas
Cumbres, Marquesa de Campo-Erguido, Condesa de
Puño-en-ristre y Baronesa del Doblón de Oro...
Oíd ahora sus palabras.
Princesa. Cábeme la satisfacción de pre­
sentarme otra vez, por más que lo acabe de hacer
esta valetudinaria. Cuanto de mí se ha dicho, es
poco, poquísimo, teniendo en cuenta lo mucho
que sov... boy, ante todo, una locura; mas no

MISTERIOS DE LA LOCURA

199

de pacotilla, de esas que se 'mueven sin eje ni
rodaje: soy Locura razonadora. Vivo bien con
la Razón humana: nos prestamos mutuamente
servicios de sentimientos, instintos y talentos;
convivimos en envidiable armonía. Ella no se
mete en mis negocios, ni yo en los suyos. Sabe
ella respetar todo cuanto concierne á mis ideas
y sentimientos; en cambio, á mí me importa un
comino de todo cuanto á ¡dichas mis ideas y
sentimientos no sea pertinente... Han dicho de
mí que soy una Monomanía y otros una Locura
parcial. Paso por lo segundo; porque, si donde
hay Locura ha de haber al mismo tiempo Razón,
es claro que ni Razón ni Locura podríau ser
generales. Lo que no admito es lo de Monoma­
nía: están de tal modo] enlazadas las cosas de
la mente, que no es posible que una idea se
mantenga aislada de otras; cada idea tiene su
séquito y sus enlaces colaterales, así como sus
sentimientos y voliciones correlativas. Una idea
sola sería como una vibración en el espacio que
no causase otras vibraciones, ni en el éter ni
en los cuerpos ponderables; sería un ente de
razón; no una realidad, pues el movimiento no
se pierde en la Naturaleza... El Delirio parcial, ó
Monodelirio, materia intelectual, ó tema, de la
Locura parcial, se distingue del Polidelirio, tema
complexo de la Polimanía, ó simplemente Manía,
en que, así como esto retumba por todos los

200

G IN É

Y

PARTAGÁS

ámbitos del entendimiento y de los afectos
aquél circunscribe su influencia en el sentido de
determinadas corrientes preestablecidas y como
quien dice canalizadas á beneficio del hábito.
Por esto las obras mías, las de la mal llamada
Monomanía, se fundan en un sistema,
el cual se va estableciendo poco á
poco... Esto es cabalmente lo que
me propongo hacer en el presente
caso: sistematizar el delirio... Si tal
consigo — y lo alcanzaré con tiempo
■y esmero, entrando en
pactos con la Razón y
la Conciencia, mayor­
mente si me prestan su
valioso concurso las
Alucinaciones, y en
especial las acústicas,
os prometo locura
perpetua, locura para
toda la vida y aun
con reliquias para la
Historia... Hay, em­
pero, un punto socio­
lógico que im porta
dilucidar. Hasta aquí,
poi obra de la Revolución, sólo se ha pensado
en e triunfo de la Democracia cerebropolitana;
se ha creído que la obra magna de la libertad

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

201

y de la igualdad consistía en rebajar á los gran­
des hasta ponerles al nivel de los pequeños: á
los ricos al nivel de los pobres... Yo pregunto:
¿no sería mucho mejor — y la cosa es factible,
dados los poderosos medios de que dispongo,—
no sería mejor desistir del rebajamiento de los
altos y pensar tan sólo en el levantamiento de
los bajos? ¿Ganan mucho los pobres en que no
haya ricos?... Esos deseos del empobrecimiento
ajeno, no se originan de sentimientos hidalgos,
sino de pasiones aviesas: envidia y celos. En
vez de abolir los nobles y ricos, ¿no sería más
plausible la abolición de los pobres y plebeyos,
pasando, por arte mágica, que yo conozco, á
ser ricos y aristócratas todos los ciudadanos?...
De que tenga yo poder para llevar á cabo esta
verdadera revolución y transformación social,
no cabe dudar. Me abona, en primer lugar, la
elevación de mi alcurnia... Altas Cumbres es
un país que confronta con los cuernos de la
Luna. Los picos del Himalaya y el Chimborazo
gimen avergonzados de su exigua estatura, al
pie de los montes donde se levantan los pa­
lacios de mi Principado... ¡V a lor!... Lo que
me sobra es valor. El generador de la sangre
que corre por mis arterias, fué el mismísimo
don Pelayo. Su firmeza y tiesura resaltan de este
hecho, que es histórico: batiéndose mi ilustre
ascendiente con un moro gigantesco, éste, va-

202

GIN É

Y

PA R.TAG ÁS

liéndose de una estratagema de cobardes, — la
zancadilla,— consiguió derribarle en el campo...
púsole un pie en el vientre, diciendo: « ¡ríndete,
cristiano, ríndete !... » El ilustre varón yacente,
como aun no se había in­
ventado la sublime pala­
bra de Cambronne, res­
pondió: «¡Cá! ¡cá! yo no
me rindo nunca; siempre
estoy firme y tieso...»
¿Fué ó no bien empleado
el blasón de Campo - Er­
guido? ... ¡Fuerza! Mi
bisabuelo, vencedor en
cien combates, á pie y
á caballo, en cubierto
y en campo abierto, no
usó jamás otras armas
que las que recibió de la
naturaleza: llamáronle
el campeón de Puñoen-ristre... ¡Dinero! Mi
madre era, y yo soy, >r legítima herencia, la
Baronesa del Doblón; porque no hubo servicio,
por pequeño que fuese, que pagase con menos
de un doblon de a cuatro... Excuso decir si era
amada mi ilustre mamá... Conque, pues, es
e's idente que debo inspirar confianza. Déjenme
hacer: cesaran la miseria y el barullo que esto

MISTERIOS DE LA LOCURA

203

origina en Vltrafvenia; . . . lo aseguro... Y pues
pronto han de venir la Razón y la Conciencia, es­
tipularé buenos tratados de comercio, y, en paz
octaviana, disfrutaremos todos de una locura
espléndida, de una locura razonadora.
Emoción general; mucho frotarse las manos
de gusto, muchas caras de pascua... Aprobación
unánime.
— ¿Alguien tiene algo que observar?
— Yo, — dice Semifusa.
— Diga.
— Se ha pedido el auxilio de las Alucinaciones
para el nuevo sistema de gobierno,— que acep­
taría gustosa y al cual estaremos todas dispues­
tas á prestar nuestro apoyo, — pero, ¿no sería
más correcto que antes de llegar á este extremo
y mientras se hacen los consabidos pactos, fuese
terminado nuestro programa? Faltan tres nú­
meros ;... pido que se pongan en escena durante
el sueño, ya que ahora no hay que fiar de la
vigilia. Si con esto no salimos adelante, de­
clararemos frustrado el programa nuestro, y
entraremos por las vías de la Locura razona­
dora.
— Aun cuando tengo poca confianza en lo que
se acaba de proponer, no veo inconveniente en
que se acceda á lo solicitado por las Alucinacio­
nes... Sólo una condición: que se aproveche el

204

GINÉ

Y

PARTAGÁS

sueño de esta noche... ¿Némine discrepante?...
Pues convenido.
Ahora Yo voy á hablar un poco de mí, pues
tengo el buche lleno de esperanzas, que deseo
trasladar al epéndima.

X VI

YA

ESCAMPA

mi pleito marcha por buen
camino, es indudable: efec­
túase rápidamente el des­
hielo en Cerebro'polis; las
Vesanias ven perdido su
pleito; las Alucinaciones
piensan dar el último asalto;
pero habrán de valerse de
las tinieblas de la noche,
porque el sujeto, que ya está
avisado y empieza á despabilarse, ha comenzado
á burlarse de los fantoches, y , despierto, no se
dejará pillar. La Princesa de Altas Cumbres
pretende entrar en pactos conmigo, para hacer
un modus vivendi, frenopático-razonador; cosa que
ue

206

GIN É

Y

PAETAGÁS

aun me parece menos factible que una Monar­
quía republicana ó una República monárquica.
Conocedor de los propósitos ultrafrenenses,
no me han de coger en el garlito. Juego á carta?
vistas, y no me dejo sorprender por halagos ni
promesas... Aquello de trato de la nación más
favorecida, es recurso muy gastado y hasta cursi.
Por otra parte, el doctor va haciendo pro­
digios con su saber: las medicinas, los baños y
sobre todo la ducha escocesa, han conseguido
deshelar la palabra y abrir el tragadero alimen­
ticio . El interesado, debidamente impresionado
y conmovido, ha llorado con lágrimas: el llanto
es el grito del alma afligida; las lágrimas son
bálsamo para las penas.
Los consejos del doctor Libe, sencillos y al
alcance de la receptividad de ese cerebro tras­
nochado, insinúan consuelos anodinos... Lo
dicho, tengo mucha confianza en la ciencia del
doctor Libe. Seguro que á él deberé mi restau­
ración en mi reino... De seguir así las cosas,
en el instante menos pensado me cuelo otra vez
poi el acueducto y me vuelvo á instalar en mi
palacio... Esperemos y confiemos.
Oigo pasos.... sera que vuelve el camarero,
el buen Pepe.
— Señorito, le traigo la com ida... Está usted
mucho mejor... Ya usted á comer con gusto...
Esto le conviene para quitarle la debilidad.

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

207

— Gracias: no puedo com er... Quisiera ver
al doctor L ib e ... Yo no puedo comer, si no lo
manda el doctor.
— Aquí estoy, Eulogio, aquí estoy.
— ¡ A h , doctor, qué bueno es usted! ... ¿No es
verdad que me protege y me defenderá de mis
enemigos?
— Hijo mío: yo soy, además de un buen
amigo de usted, el médico que le cura de una
enfermedad muy penosa... Porque, la verdad
es que usted está enferm o... Es d e c ir,... ahora
ya está m ejor,... pero ha estado usted malito.
— Sí; una gran debilidad... ¿No es verdad
que he tenido una gran debilidad?
— Debilidad, s í ,... debilidad y algo m ás...
Oiga usted bien: así como, cuando está malo
el vientre, hacemos malas digestiones y cuando
está enfermo el pecho nos sofocamos y tosemos;
cuando está enferma la cabeza... á veces por un
susto, un gran temor,... ¿sabe usted?... nuestros
pensamientos no marchan por buen camino. Se
oyen sonidos, ruidos y voces que no existen; se
ven objetos y personas extrañas: fantasmas te­
rroríficos que engendran ideas falsas y extra­
vían nuestros juicios... Quiero decir que, en
casos tales, padecemos una enfermedad mental,
un trastorno del juicio. Entonces ni sentimos
correctamente, ni pensamos de manera normal.
En esto consiste la locura. . . , y la locura no es

*

208

GINÉ Y PARTAG ÁS

más que un ensueño duradero, que subsiste en
estado de vigilia.
— ¿Usted cree que estoy loco?
— Ño digo que ahora mismo, en este preciso
instante, esté usted loco; pero es indudable que
ha sido locura la enfermedad que le ha afligido
y de la que se halla ya casi curado.
— ¡Dios mío, Dios mío!... ¡locura... locura!...
¡ qué cosa más horrible!
— ¿Y qué?... La locura es una enfermedad
como cualquier otra, curable como cualquier
otra, si, como en usted se ha
hecho, se emplean á tiempo
los poderosos remedios que
tiene la Medicina mental. Hay
además la seguridad de llegar
pronto á buen término, desde
el instante que el que padece
de locura llega á adquirir el
conocimiento de su propia
enfermedad. Por fortuna, us­
ted se halla ya en este caso;
por lo cual puedo anunciarle
que ha entrado en convale­
cencia ... ¿ Comprende usted, Eulogio, que ha
padecido un gran trastorno mental?
\a no podría dudarlo, desde el punto en
que usted me lo asegura.
Hace usted bien; no lo dude... Al contra-

M IS T E R IO S D E

LA

LOCURA

209

r io , afírmese en esta creencia. Así se dará usted
cuenta y razón de las visiones que tanto le han
afligido en esos días... No han sido más que
visiones, alucinaciones, irregularidades de la
mente enferma. Así cobrará usted vigor para
luchar con ventaja contra cualquier otra sen­
sación ó idea de ese mismo género que aun
podrían asaltarle. Además, de esta manera, diri­
giendo su atención á otras cosas, renacerán en
usted afectos que, según parece, se hallan apa­
gados ó dormidos... E ulogio,... ¿no se acuerda
usted de... ?
— ¡Mi padre!... Mi buen padre... ¡ya no
existe mi buen padre! Le he visto en el ataú d...
¡Esto es horrible!... ¡Mi padre me ha maldecido
desde la tumba!
— No, Eulogio, no. Su señor padre goza de
cabal salud y espera la noticia de su completo
réstablecimiento, para estrecharle en sus brazos.
¿Lo ve usted? Estas tristes ideas son aún remi­
niscencias del delirio.
— ¿Vive mi padre?... ¿Podré abrazarle?...
¿Me perdonará?... ¡Padre mío! ¡Cuánto le amo!...
Y mi madre y mis pobrecitas tías, ¿qué dirán
de mí?
— No se preocupe usted de esto, Eulogio.
La familia de usted tiene mi promesa de su
curación, y sólo aguarda el momento de tener
la satisfacción de verle restituido á su seno;
u

210

G IN É

y

PARTAGÁS

momento dichoso que, si usted me auxilia con
su buena voluntad, no se liara esperar... Pero,
vam os... ¿por qué no me pregunta usted por
otra persona?
_Porque... porque 110 me ati evo... poi que me doy vergüenza... Porque Rosita me
aborrece../D octor, soy un miserable; un hom­

bre sin honor; un mal caballero, y ademas...
además, un lo co ... ¿Quién puede amar á un
loco?
— ¡Cuánto se equivoca usted, amigo nno!
Rosita, la linda R osita, que ha llegado muy mala
del sentimiento de la desgracia de usted, no le
ha olvidado... Es también de los que confían y
esperan en mis palabras.

M IS T E R IO S

DE

LA LOCURA

211

— ¡Oh! si Rosita me perdona,... si Rosita
me amase... ¿Qué debería yo hacer por Rosita?
— En primer lugar, seguir amándola... Des­
pués , las cosas marcharán por su curso natural...
Pero no hagamos más comentarios... Ya está
usted tranquilo y comerá con apetito... Piense
que en breve va á recibir visitas muy gratas
y sepa usted, además, que va á conocer á una
persona á quien principalmente deberá su cura­
ción: un joven profesor que tiene tanto saber
como nobleza de sentimientos.
— Doctor, yo no tengo voluntad;... soy
un alma desquiciada, á quien usted vuelve á la
vida. Usted no me desampare y disponga de
m í... Ahora mismo no tengo apetito; pero co­
meré todo lo que usted me mande.
Lector: aquí, en rigor de verdad, concluyen
las M emorias de U ltrafrenia . .. Mi presencia se
hace ya indispensable en Cerébrópolis... El im­
perio de la Razón se restituye.
Adiós tienda, adiós pluma, adiós tintero de
Ssemmering, adiós epéndima y adiós ventrículo
cerebeloso... Corro al acueducto sylviano, me
zampo en el ventrículo medio y de ahí, pol­
la puerta de Monró, me meto en el tálamo ópti­
co, es decir, en mi augusto palacio.
Desde allí terminaré esta reseña, acabando

212

GrlNÉ Y PA R TA G Á S

de atar algunos cabos, que restan bastante
sueltos. Estaré en mis dominios, y tú, lector,
podrás ver mis letras, de tanato férrico, sobre
tejido de blanca celulosa que elabora la indus­
tria papirácea.

XVII

LA ÚLTIMA ESCARAM UZA.— HIPNOTISMO Y SUGESTIÓN

egún

era de temer, esta noche las

Alucinaciones han llevado á cabo

sus propósitos, determinando uno
de los ensueños más aflictivos. Por
supuesto que no han salido con
la suya, pues, desde el momento
en que lo que ha ocurrido no me
merece más consideración que la
de un ensueño, es evidente que no
han conseguido estampar en mi
cerebro impresiones con carácter
de realidad, según es de rigor para que de ellas
resulte locura.
Puedo, afortunadamente, dar cuenta del en­
sueño que ha recorrido mi fantasía como lo

214

S IS É Y PARTAGAS

hiciera cualquier persona con la mente sana
y reposada, refiriéndose a ensueños suyos,...
hasta puedo echarlo, y lo echo, a broma.
Era un día de la canícula. El sol en el cénit;
tem peratura de alto horno; los campos en ras­
trojo; por todos lados no más que rastrojos. A
lo lejos, somníferos cantos de los trilladores en
las eras; de cerca, monótono y general chirrido
de cigarras... Rosita y yo habíamos salido de
la alquería, después de desayunarnos con una
rebanada de pan y una sardina salada, pasada
por ascuas. Nos abrasaba la sed... una sed
tropical... Rosita pedía agua fresca... Está­
bamos rendidos de fatiga;... la niña no podía
dar ni un paso más. Ella, sedienta, no cesaba
de pedirme agua... No se veía, en todo el di­
latado horizonte, una fuente, ni tan siquiera
un charco... A cosa de un kilómetro se oía el
m urm urar de un río... Arrastrándonos, llega­
mos, con mucha pena, á la orilla... La vista
del agua retozando entre piedras y guijarros,
acrecentaba el tormento de la sed... Rosita
no podía despegar la lengua;... sus labios, ar­
dorosos, no cesaban de pedir agua.
En vano buscaba yo un vaso, un cántaro,
una piedra hueca, un recipiente cualquiera
para ir al río ... En la margen opuesta divisé
una higuera... Pensé que, con una de sus hojas,
arrollándola á modo de cucurucho, podría habi-

MISTERIOS D E L A

LOCURA

215

litar un vaso... El río no tenía vado... Encami­
nóme á un puente de madera que se veía mucho
más arriba. Jadeante y muerto de calor y can­
sancio, llegué á la higuera;... cogí una hoja,
arrollóla del modo dicho y comencé á bajar al
río... Por aquel lado la orilla era abrupta y
además formada de tierra arenosa de tan poca
consistencia, que al sentar en ella el pie, se
desmoronaba y se iba al r ío ... Tendíme en el
suelo; con una mano me así á una mata, y
estirando cuanto me fué posible el otro brazo,
llegué, con el improvisado vaso de hoja de hi­
guera, á la corriente... No pude conservar ni
una sola gota de agua: la hoja estaba aguje­
reada en el punto correspondiente al fondo del
cono. En mi fatiga y desespero, determiné vol­
ver á la higuera para proveerme de más hojas.
Al subir la cuesta, salióme al paso Rosita...
Me ofreció una flor: era una amapola pálida;
un capullo tierno precozmente abierto por viola­
ción del cáliz... Entendí la alegoría, el signi­
ficado simbólico de aquella flor... Quise respon­
der simbólicamente á la alusión: acerqué á mis
labios la pálida corola... Punzantes espinas me
hirieron hasta hacer brotar sangre... Quise oler
la amapola... Un olor penetrante de ruda mez­
clado con hedor de gangrena, hízome perder el
sentido... Repuesto de la horrible impresión,
miré en derredor, buscando á Rosita... ¡Quería

2 16

G IN É Y PARTAG AS

decirla que me perdonase y me am ase!... La
niña había desaparecido.
Hallóme solo en medio de un bosque muerto:
robles, encinas y pinos deshojados; nada más

que troncos secos y descortezados; en el suelo,
sólo hojarasca, que crujía, plañidera, bajo mis
pisadas. De las ramas pendían gruesas cuerdas
de cáñamo, con nudo corredizo... De muchas de

MISTERIOS DE LA LOCURA

217

ellas colgaban cuerpos humanos, revestidos con
la hopa de los ajusticiados, exánimes unos, ago­
nizantes otros. Todos fijaban en mí sus ojos,
grandemente abiertos, como abierta tenían tam­
bién la boca y saliente la lengua.

En tal estado, ha entrado el doctor Libe, y
me ha hecho el inmenso favor de despertarme.
Me ha encontrado azorado. Creo que habré
dicho algunos disparates... Pepe, el camarero,
me ha vestido y me ha conducido al lavatorio,
en donde, después de unas abluciones de agua
fría aromatizada, me he sentido totalmente des­
pierto, cayendo entonces en la cuenta de que,
cuanto por mi había pasado, no había sido más
que un ensueño;... quizás una reminiscencia de
mi locura.
El doctor me ha hecho sentar en un sillón,
frente á la ventana, sentándose á su vez él en
una silla, frente á mí.
— Eulogio,— me ha dicho,— ya está usted
despierto y comprende que un ensueño pesado ha
sido causa de las molestias que ha sentido esta
noche. No es esto nuevo, sino más bien la regla
al despedirse la locura. De manera que, lejos de
entristecerse por este accidente, debe confor­
tarse en la seguridad de su curación... No obs­
tante, como conviene acabar cuanto antes con

218

GIN É

Y

1‘ A U T A G Á S

estos últimos vestigios de su enfermedad mental,
voy á echar mano de un remedio nuevo, ó poco
usado hasta ahora, sumamente sencillo y por
otra parte exento de peligros, y que, en el caso
en que usted se halla, es de éxito seguro... Eu­
logio, voy á hipnotizarle... ¿Sabe usted qué es
el hipnotismo?
— ¿No será eso que hacen las sonámbulas?
— No, hijo mío, no; eso es una camama,
una patraña, un tejido de embustes y superche­
rías para embaucar á los tontos. El hipnotismo
es un estado especial en que caen la mente
y el sistema nervioso de un sujeto, al influjo
de la mirada de otra persona, ó simplemente de
resultas de la fatiga de los ojos por mirar Ajá­
mente á un objeto brillante ó luminoso, en cuyo
estado, la persona hipnotizada recibe en su
mente las impresiones y manera de ser que le
ordena el hipnotizador... La primera condición
para ser hipnotizado, á lo menos por la primera
vez, es la aquiescencia del sujeto. Esa voluntad,
ese deseo, deriva siempre de la confianza que
inspiran el saber y la honradez del hipnotiza­
d or... Eulogio, ¿confía usted en mí? ¿quiere
que le hipnotice?
— Don Salvador, es usted mi salvador y
confío en usted por completo. Cuando guste
puede hipnotizarme.
— Pues, á la obra... Míreme usted fijo;... á

M IS T E R IO S D E

L A LOCURA

219

las niñas de mis o jo s ;... no aparte usted su mi­
rada de la mía. No piense usted en si duerme ó
no duerme... No piense sino que se va dur­
miendo. .. Le parecerá á usted que no duerme,
porque yo hablaré siempre y usted no cesará de
oirme... Así; así... Los ojos pesan... pesan...
Los párpados se cansan... se cansan;... tiem­
blan ;... vacilan... vacilan;... se van á cerrar...
se cierran;... ya están cerrados... No puede
usted abrir los ojo s;... pruébelo; no, no los po­
drá abrir... Imposible...
está usted dormido... No
tiene voluntad propia;...
no puede usted querer sino
lo que yo quiera... Me oye
bien... Duerme la cabeza;...
ahora duerme el pecho...
Duerme el vientre... Duer­
men las piernas y pies;...
duermen los brazos y las
manos... Duerme usted del
todo...
No recuerdo más... Sen­
tí un soplo en el rostro;
desperté bruscamente y ,
¡cosa más rara! me sentí
nuevo; es decir, alegre, expansivo, gozoso,
afectuoso, comunicativo, ganoso de andar y de

220

GINÉ Y PAK TAG ÁS

comer, y sobre todo, afanoso de abrazar al
doctor, á quien dije:
— Don Salvador, si bay en la tierra un
hombre verdaderamente contento, ese soy yo;
y si hay quien á usted le quiera y le admire,
nadie le admira y quiere tanto como y o ... Esos
brazos, si usted lo permite.
— Con mucho gusto, chiquillo; con muchí­
simo gusto...
Me ha parecido que una lágrima de satisfac­
ción asomaba en los ojos del doctor.
— Vamos, Eulogio,— me ha dicho,— repo­
nerse un poco, que ahora mismo va á recibir
visitas. Alíñese usted la cabeza; Pepe, ayuda á
vestirse al señorito. Póngase el traje de gala,
que la cosa vale la pena. Yo estoy de vuelta
entre diez minutos.
Salió el camarero en pos del doctor y yo
quedóme solo. Entonces empezó á discurrir, obe­
deciendo a la natural tendencia de mi espíritu.
¡ Por mas que él sostenga lo contrario —
pensaba, yo creo que en la personalidad del
doctor Libe hay algo superior y esencialmente
atractivo que no se encuentra en los demás hom­
bres. Desde que me ha hipnotizado, dejándome,
por operación tan sencilla, libre de las preocu­
paciones, escrúpulos y melancolía que devora­
ban mi espíritu, sientome tan afectuosamente
a inculado al buen doctor, que no ceso de apetecer

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

221

su amable compañía. Ahora mismo voy á ver
satisfecho uno de mis deseos más ardientes:
abrazar á mi amado padre y á mi adorada Ro­
sita ;... se empaña, empero, la idea de tanta
dicha con el temor de que tendré que pri­
varme de la protectora compañía del doctor
L ibe... ¿Consentirá el respetable Director del
Manicomio en que, con motivo de afianzar mi
curación mediante algunos días de convalecen­
cia, permanezca en el asilo disfrutando de las
comodidades de la casa, aspirando el embalsa­
mado ambiente de sus jardines y huertas y
recreando la vista en los bellísimos horizontes
que aquí se descubren? ¿Pensará mi padre, si
solicito prolongar unos días más mi ausencia
del seno de la familia, que aun es tibio el afecto
que les profeso á él, á mi madre y á mis tías?
¿Creerá Rosita que anhelo poco por su amor
y compañía sustrayéndome voluntariamente por
unos días más á sus cariños y cuidados?
La verdad es que ahora, que me siento en la
plenitud de mi sér moral, conservando, como
conservo, el recuerdo de los horribles sufrimien­
tos de mi locura, de nada recelo tanto como de
una recaída... El doctor Libe, dice que esto es
un signo infalible de sólida curación;... pero, si
me separasen de él, ¿quién podría sacarme de los
abismos del delirio en que tanto he padecido, si
por desgracia reincidiese en mis alucinaciones?

222

GINÉ Y PARTAGÁS

Pesa además sobre mí un compromiso moral,
diría casi un empeño de alta hum anidad...
¿Para qué habré escrito mis Memorias de U l trafrenia , sino para que por ellas venga el
mundo en conocimiento de los que se reputan
misterios de la locura, disipando errores se­
culares que infestan la opinión pública? ¿Hay
conceptos más equivocados que los que gene­
ralmente se profesan, así respecto de la esencia
y manera de manifestarse los trastornos de la
m ente, como de los me­
dios que deben emplearse
para am inorar los males
que tan tremenda des­
dicha ocasiona al indi­
viduo y á la sociedad?
Hasta el presente no
podría dar cuenta sino
de impresiones que me
son personalísimas: bro­
tes de una fantasía acalo­
rada por la enfermedad
y de una razón sojuz­
gada por los delirios...
¿Es esto cuanto puede y
debe saberse de la locura? Mi enfermedad me
ha proporcionado la noción interna del estado
frenopático: he podido escribir de la locura como
le seria permitido á un ex-loco que conservase

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

223

fielmente los recuerdos de sus propios delirios y
alucinaciones. El desdoblamiento que se efectuó
en mi personalidad, pasando el Yo sano al ven­
trículo cerebeloso, para contemplar desde aquí
las torturas y rigores á que se hallaba sometido
el Yo enfermo, el pseudo Yo, por obra de las
vesanias, me ha permitido intimar conocimiento
con las entidades constitutivas del complexo de
la locura; mas, hasta el presente carezco de lo
que podría llamarse cono­
cimiento experimental ú
organoléptico de la enfer­
medad mental. A ésta la
conozco en esencia, mas
no de presencia.
Acabo de recibir los
beneficios del Manicomio;
pero tampoco puedo decir
que conozca el Manicomio.
Hállome en el mismo caso
que aquel que, habiendo
recibido el beneficio del
sueño con el opio, descono­
ce el origen y propiedades
físicas y químicas del maravilloso zumo de la
adormidera.
Mi natural curiosidad, que debe tener ribe­
tes filosóficos, me impele en el sentido de ampliar
mis conocimientos en materias ultrafrénicas, y

224

GINÉ

Y

PARTAGÁS

como el lugar y la ocasión me brindan— pues
me hallo eu el gran teatro de la sin-razón,—
he de empeñarme con mis deudos y con el
doctor Libe para que me otorguen unos días
más de Manicomio.
A propósito:... ahora conozco que mi voca­
ción era para médico... Hubiéranlo oportuna­
mente conocido mis parientes, y no hubiera
habido alquería, ni viña, ni amores, ni cemen­
terio, ni locura... ¡Cuántas desdichas nos ha­
bríamos ahorrado!... En cambio, no hubiera yo
amado a Rosita, ni admiraría, como admiro y
estimo, al doctor Libe... ¡Justa compensación!
¡ Sublime ley de los contrastes! La vida nace del
seno de la muerte; el placer brota de las heces
del dolor.

XVIII
A T A R CABOS

doctor don Salvador Libe, mo­
mentos antes de llevarme á su
despacho, donde me aguarda­
ban las visitas que me había
anunciado, púsome, en breves
palabras, al tanto de lo si­
guiente:
De resultas de aquel fatí­
dico accidente funerario, ocurrido
junto á las tapias del cem enterio, del
cual nació y quedó instantáneam ente
formada mi singular locura, le sobrevino á la
pobre Rosita un profundo trastorno del sistema
nervioso, consistente en convulsiones histéricas
muy repetidas y neuralgias intercostales y era­
l

is

226

G IN É Y

PARTAGÁS

neales que la atormentaban sin cesar; ademas
perdió el color y la alegría;... ¡se quedó clorótica! Gracias á la prudente y sabia intervención
del joven médico don Agapito Zuriago, el mal
no hizo progresos. Así como
tuvo acierto para conocer en
mí el estupor, aconsejando
que me trajeran al Manico­
mio, no lo tuvo menor para
diagnosticar en la sensible
niña el morbus vírginum pálidum.
Las buenas confianzas de
mi curación, refoi'zadas por
las palabras del director del
Manicomio el mismo día que
me ingresaron, fueron para
Rosita remedio moral de pri­
mera fuerza. El hierro soluble,
asociado á los amargos, con­
siguió en breves días recons­
tituir la trastornada sangre
de la niña.
Mi excelente padre, previendo las conse­
cuencias que podría tener el que llamaríamos
hecho de autos, y pensando que un primer amor
bruscamente cohibido era ocasionado á una re­
percusión peligrosa para una mente averiada
cual lo estaba la m ía, había tomado consejo de

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

227

don Agapito y del doctor Libe. Ambos opinaron
que, efectivamente, en el Registro civil y en la
Vicaría hallarían plausible solución la obra de
la naturaleza y los escrúpulos de la m oral...
Rosita, de suyo lista, y además educada en su
infancia en un colegio de la capital, — por
habérselo así casi preceptuado mi padre al suyo,
— con un poco de pulimento que la vida de la
ciudad no tardaría en proporcionarla, no haría
mal papel en el seno de una familia, que, aun
cuando acomodada ó más bien rica, no conoció
jamás el lujo ni el orgullo. Tratado el asunto con
el colono,— hombre sencillo, pero no un palurdo
del campo, sino antes bien leído é instruido
para su condición,— fué convenida la boda á dos
meses vista; esto es, para el día 25 del próximo
Diciembre, día de Navidad, reservándose una
sola condición por ambas partes: la de que el
enlace había de ser del gusto de los contrayen­
tes.— ¡Cómo no, por mi parte!
Don Agapito se había despedido de don
Antonio y de don Vicente, sus veteranos co­
legas en el partido; pues, habiendo ganado
una cátedra de patología médica en empeña­
das oposiciones, iba á trasladar su domicilio
á la capital. Uno y otro pulsa-radios mos­
tráronse muy contentos del triunfo del joven
Z u riago,... y aun más viéndole enemigo en
huida: Zuriago que ya no les alcanzaría... De

228

GIN B

Y

PARTAGÁS

buena gana le ofrecieran el consabido puente de
plata.
Porque, eso sí, según don Antonio, si mi
enfermedad no llegó á ser una
apoplejía consumada, fue conges­
tión cerebral de todas las campa­
nillas. Aquí la f uerza medicatriz 38
hizo portentos de sabiduría, mani­
festando su gran previsión al ins­
pirarme horror á los alimentos—
sitofobia.— Esta dieta, que me im­
puso el mismo instinto
curativo,— siguen ha­
blando el pensamiento
y el criterio de don
Antonio, — fue el me­
dio de que se valió mi
próvida naturaleza
para disipar la con­
gestión del cerebro; de otra manera,
la apoplejía era segura, inevitable
y mortal sin remisión.
Don Aucente abundaba en estos
mismos conceptos, y además se la­
mentaba de que, habiéndose podido
efectuar mi curación sin tocarme de
la alquería, se hubiesen impuesto á la familia
tantos gastos y tantos disgustos... Yo me curaba,
d pesar de haberme llevado al Manicomio.

MISTERIOS DE LA LOCURA

229

Quienes hallaban menos misteriosa mi cura­
ción eran mis tías: considerábanla resultado
lógico, inevitable, de un devoto octavario que
habían dedicado á la Virgen de los Desperfectos,
reforzado con un septenario á la de los Dolores y
un solemne novenario, con sermón y gozos, á las
benditas almas del purgatorio.
Cuanto á mi madre, que había sufrido varias
crisis, dolorosas unas y convulsivas otras, de re­
sultas de la pena que la dió mi locura, habiendo
sido visitada por don Agapito, mejoraba visible­
mente, fuese por obra de las buenas noticias que
de mi estado se le daban, fuese por las altas
dosis de bromuro, que le
recetaba el joven profesor.
A Pedro, el colono, to­
cóle no escasa ración de
sinsabores: Rosita enfer­
ma, al parecer, de bastante
gravedad; de Angela, la
mayor, desde la noche en
que cometió la gran trasta­
da en el cementerio, pasá­
ronse tres días sin tener
noticias suyas. Fueron inútiles cuantas pesquisas
se hicieron para averiguar su paradero... Aúno á
poner término á la natural zozobra de su padre,
una carta del Reverendo y ya anciano Hormiga,
cura-párroco de P. de A ., anunciando que, por

230

GÍNÉ Y PARTAGAS

su mediación, la chica había entrado, en clase
de novicia, en el Convento de Madres Inocentes, de
la villa de L ..., pues había hallado en ella tan
perfecta vocación para el claustro y tanto celo
religioso, que el buen sacerdote no había encon­
trado manera de hacerla variar de propósito.
No se opuso el padre á
esta determinación de la
joven: comprendió que el
arrepentim iento gu iab a
sus pasos, y esto lo halló
bueno. Cuando al buen Pe­
dro le fue pedida por su
tocayo, mi padre, dueño
de la alquería , la mano de
R osita, pensó y dijo para
su capote:
« La casa queda sin mu­
jeres; ... Pedro, debes re­
nunciar á la viudez». Y al
formar candidatura para
segundas nupcias, puso en
primer lugar de terna á
la Antonia, muchacha de
veinticinco prim averas, colorada, fresca y car­
nosa, que hacía diez años desempeñaba servicio
domestico en la alquería.
El gabinete de consultas del doctor Libe, que

MISTERIOS DE LA LOCURA

231

es una estancia bastante espaciosa, elegante­
mente decorada y bien provista de libros é ins­
trumentos quirúrgicos y de diagnóstico clínico,
está orientada al Mediodía. Sus aberturas dan
al parterre adjunto al edificio... Desde su despa­
cho, el Director ve á sus enfermos paseando pol­
los jardines; departe con ellos como buen am igo,
dejando aquí y en todas las partes del estableci­
miento sentir el influjo de su autoridad, tan res­
petada como querida.
En el cuarto del Director estaban las mismas
personas que me habían traído al Manicomio:
mi padre, don Agapito y Rosita y además Pedro,
el colono. Rosita no era ya la campesina de la
alquería: era una señorita, que vestía con tanto
gusto como sencillez. Aun cuando la sonrisa
adornaba, como de costumbre, sus preciosos
labios, denotaba su semblante las huellas del
sufrimiento.
Describir la escena de recepción es impo­
sible. Palabras, las hubo apenas; abrazos, besos
y lágrimas, lágrimas de gozo y ternura. Llora­
ron también los dos doctores... Yo quise arrodi­
llarme para pedir perdón... Caí en los brazos
de mi padre... Pedro me abrazó á su vez... A
Rosita la dije: «¿Me perdonas? ¿Me am as?»...
La niña contestó con un rubor de absoluta
afirmación.
Un faetón esperaba en la avenida principal

232

giné

y

partagás

de los jardines... Mi padre quena despedirse del
Director y manifestarle su agradecimiento. Bal­
bució algunas palabras, pues la emoción no le
permitía concertarlas.
Había llegado para mí el momento difícil...
Aun no había expuesto mi querella al doctor
Libe: carecía, pues, de abogado que defendiera
mi remanencia en el Manicomio; por oti o lado,
la presencia de seres tan queridos y el deseo de
estar con ellos indefinidamente, comprometía
muy de cerca los propósitos que poco antes con­
cibiera de continuar por unos días mas en el
asilo, á fin de asegurar mi curación en con­
tacto con el doctor Libe y de completar mis
M emorias. . . Sentíame en el conflicto entre dos
deberes, ó quizás entre dos deseos. .. Parecióme
más racional el de quedarme, y, cuando hube
enjugado la última lágrima que corría por mis
mejillas, haciendo un esfuerzo verdaderamente
heroico, rompí á hablar en estos términos:
— Don Salvador: ha llegado el caso de ha­
cer una declaración... Aun cuando me siento
recobrado de mi enfermedad y estoy alegre,
satisfecho y reconocido á los cuidados de todos,
carezco de fortaleza de espíritu suficiente para
volver al mundo... Por más que hago y me
esfuerzo por levantar mi valor moral, no con­
sigo apartar de mi mente el temor de recaer en

MISTERIOS DE LA LOCURA

233

mi triste enfermedad. Recelo que, apartado de
usted, querido doctor, reaparecerán las aluci­
naciones, vendrán otra vez los penosos ensueños
y , en fin, temo que no tardará en volverse á
perturbar mi razón... Temo abusar de sus bon­
dades solicitando me permita pasar unos días
más en su compañía y temo aún mas: . . . temo
que papá y Rosita se enojen, achacando á falta
de cariño esta aspiración m ía ... Medítenlo uste­
des, piénsenlo, y si lo que pido no les parece
pertinente; si en realidad ya no hay temor de
recaída, y si mis padres y mi pobre Rosita se
han de enfadar por lo que pido, cuenten que
nada he dicho ni he solicitado nada.
Mis palabras han causado diversas, pero
profundas, sensaciones: de disgusto y como de
desencanto á mi padre; de estupor, vecino del
despecho, á Rosita, y de extraordinaria alegría
á los médicos. El doctor Libe, á quien particu­
larmente iba dirigido mi discurso, ha tomado la
palabra:
— Eulogio: los sentimientos que usted acaba
de expresar no pueden ser bien comprendidos de
todos... Yo, y de seguro que conmigo el doctor
Zuriago, los entendemos y los apreciamos en su
justo valor, declarando desde ahora que expre­
san de manera indudable una curación sólida y ,
por lo mismo, exenta del peligro de recaída.
Cuanto usted acaba de expresar, denota que se

234

GINÉ

Y

PARTAGÁS

halla en plena posesión del conocimiento de la
enfermedad que tanto le ha afligido. Esta noción
clara, origina naturalmente el horror á la rein­
cidencia ; de donde el deseo, muy racional, de
precaverse contra todo lo que pudiera deter­
minar una recaída; y en efecto, no hay mejor
preservativo de la locura que vivir allá donde
ella se ha curado, así como no hay mayor peli­
gro de volverla á contraer que el exponerse tem­
pranamente al influjo de las impresiones en que
se engendró. Los que se impacientan por salir
del Manicomio; los que cuentan los días y las
horas que han de estar en el asilo, en donde re­
portan el beneficio de recobrar la razón, me ins­
piran siempre mucho cuidado. ¿Por qué? Porque
esta impaciencia suele ser muestra de que no es
bastante clara la nocion de su propia enferme­
dad. Asi que, estimo razonable y de buena ley
la demanda de convalecencia que hace Eulogio;
y , al paso que por mi parte tendré mucha sa­
tisfacción en convivir con usted unos días más,
aconsejo á ustedes que no tomen á mal el deseo
que se acaba de expresar y que accedan á él
sin el menor escrúpulo.
¿ ^ ° podríamos poner una condición? —
dijo don Agapito.
— ¿Cual?— pregunté yo.
La de ser diariamente visitado.
- ¿Por quién?— repuse y o —¿por el director?

MISTERIOS DE LA LOCURA

235

— Claro... Y ¿por quién más?— añadió don
Agapito.
— Por mi padre...
— Y ¿por quién más?— repuso con dulce to­
nillo epigramático el doctor Libe.
— Don Salvador, usted lee en el corazón.
— Rosita... ¿Lo entiende usted, Rosita?
— No sé si mi padre lo consiente... ¡ Como
hemos de volvernos á la alquería!
— Á la alquería no, Rosita. Tú ya no vuelves
á la alquería,—dice mi padre.—Ya has empezado
á ser nuestra... Y usted, Pedro, tampoco tiene
que hacer allá... Si va, será para pocos días...
Es preciso disponer las cosas... Es necesario que
nos preparemos para ser abuelos.
Alegría, despido, abrazos y apretones de
manos.
Hasta mañana, — dijimos remanentes y sa­
lientes.
Entre las cortesías del despido, encontré una
ocasión de estar á solas con don Agapito, y le
dije:
— Estoy escribiendo las M emorias de U ltra frenia , ó sea los M isterios de la L ocura. . . He
descrito mi propia locura: es L a L ocura por
dentro . .. Mi deseo es completar mis M emorias
con las impresiones que en estos días reciba
en el Manicomio... Será la segunda parte de

236

GINÉ Y PAKTAGÁS

mi trabajo: L a L ocura desde fuera. .. ¿ Querrá
usted revisar mis apuntes?
— Su obra será interesante y tendré el mayor
gusto en leerla. ¿Piensa usted publicarla?
— ¡Quiá! No dispongo de dinero... Dema­
siado he abusado del peculio de mi padre.
— Quizás un editor...
— Salvada la parte económica, me encomen­
daría al consejo de ustedes.
De todos m odos,... cuando la publique
solicito un ejemplar.

LA

LOCURA

DESDE

FUERA

I

DEL

LAGO

DOS

AL

COMEDOR.

MEGALOMANÍAS

convenido con el doctor Libe que
mi situación de convaleciente en el
Manicomio, aun cuando me concede
mucha más libertad para discurrir por
las dependencias del asilo, no me exime
de las prescripciones generales del Re­
glamento de la casa. Entre éstas, una
de las más rigurosamente observadas,
es la separación de los sexos: hombres y mu­
jeres, conviviendo bajo un mismo techo, no
advierten su proximidad y convivencia.
ueda

240

GINÉ Y PARTAGAS

Este extremo reglamentario, cohíbe mis aspi­
raciones. Conozco que no me faltará campo de
observación para la locura en el sexo mascu­
lino;.. . ¿no sería interesante averiguar las par­
ticularidades de las enfermedades mentales en la
mujer?... Ya que no me sea dado juzgar de visu
esta materia, en tiempo oportuno interpelaré al
doctor, y sin duda me proporcionará elementos
para llenar este vacío que podría resultar en mis
M emorias .

Me ha preguntado don Salvador si tendría
reparo en continuar en la habitación que me fué
designada al ingresar en el Manicomio, pues,
como en ella había pasado los grandes accesos
alucinatorios y de delirio, quería estar seguro
de que por esto no me quedaba ninguna apren­
sión. Lo cierto es que, si bien recuerdo los deli­
rios, no tengo memoria de los lugares en queme
hallé mientras duró mi locura. En esto conozco
que, como decía don Agapito, mi sensorio estaba
inhibido. De aquí que, lejos de sentir aversión,
tengole cariño al gabinete en donde vi reapare­
cer mi razón y recobré el temple normal de mi
espíritu, gracias a la sugestión hinóptica.
La habitación mía, como todas las de pri­
mera clase, en la sección de tranquilos, consiste
en un gabinete espacioso, cómodo, lujosamente
amueblado y profusamente alumbrado, que tiene
su entrada por el vestíbulo común, y salida a

M IS T E R IO S

DE

LA

LO CU RA

241

la galería porticada de la planta baja; la cual
galería limita, por el lado del edificio, un bellí­
simo parque á la inglesa, dotado de una gran
variedad de árboles, arbustos, arbolillos y flores,
que forman bosquecillos y verjeles, en cuya espe­

sura se esconden varios lagos de poca profun­
didad, provistos de surtidores y con abundante
dotación de peces de doradas escamas y de
colores muy vistosos.
Junto á uno de esos especímenes de la fauna
lacustre, oculta la cabeza en una rama de arauca16

242

GINÉ Y PARTAGÁS

ria, el cuerpo por los corimbos de una mimosa y
las piernas por el variado follaje de unos evoniums, hallábase, en contemplación casi extática,
un viejecito de muy escasa corpulencia y de as­
pecto, no obstante, venerable. Su traje, de ame­
ricana y chaleco abierto, mezclilla
de lana de superior calidad, su blan­
ca y reluciente pechera, el cuello de
la camisa cuidadosamente doblado
sobre un lacito de corbata blanca y
una gorra de seda, de cuadritos,
provista de inconmensurable visera,
del mismo tejido, dábanle un porte
distinguido y prevenían en su favor
al tratarse de si uno le abriría ó no
el mágico tesoro de las simpatías.
En él creí reconocer á un compañero
de convalecencia. A pocos pasos de
nosotros se hallaba un camarero del
Manicomio, que no era Pepe; lo cual
me hizo pensar que aquél estaba adscrito al
servicio particular del anciano compañero.
Viendome, el diminuto anciano inclinó li­
geramente la cabeza y continuó en su actitud
contemplativa. En aquel instante, un barbo rojoanaranjado, de gran tamaño y de tres aletas
caudales un macho de la especie, según la téc­
nica piscícola, ganando la delantera á un sinnumeio de pececitos de su mismo género, que

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

243

seguían su misma dirección, vino á hacer buena
presa de una miga de pan que el anciano aca­
baba de arrojar al lago. Viendo tal injusticia y
desafuero, el atento espectador hizo un violento
gesto, que tenía por fin ahuyentar al pez raptor.
Este, empero, haciendo caso omiso del aspa­
viento humano, llevóse la miga, seguido y muy
de cerca perseguido por sus envidiosos con­
géneres.
— ¡Lucha por la vida! — exclamó el anciano,
mirándome en ademán de solicitar mis palabras.
— Lo mismo harían si fuesen hombres: es la
codiciada miga del presupuesto, — repuse yo.
— Lo m ism o;... es mucha verdad... y sin
embargo, es preciso que la humanidad sea re­
dimida de la esclavitud de los fieros instintos.
— Esto será cuando empiece una nueva Crea­
ción. Los moldes de la humanidad han sido
siempre los mismos y no variarán.
— Pero podrían variar. A veces se yerra
porque se juzga por las apariencias... Vamos á
ver: quien hizo el primer hombre y , con él, el
primer molde de la humanidad ¿no podría va­
riar el uno y el otro?
— Pero hay leyes inmutables, y no puede
haber nuevas creaciones. Los seres llevan las
leyes que les rigen en su misma esencia: los
cuerpos han sido siempre graves y continuarán
siéndolo, porque la gravedad, que es inherente

244

GINÉ Y

PAETAG AS

á su propia esencia, les dirige al centro de la
tierra.
— Menos el hidrógeno y el aire enrarecido,
(jue se dirigen hacia el cielo. Vea usted aquel
globo aerostático, que allá lejos se ve salir de
la Plaza de toros. Ese desobedece á la gravedad...
¿Por qué? Porque la voluntad que hizo á los
cuerpos graves, ha estimado conveniente enmen­
darse la plana, en muestra de
su propia libertad.
— Este criterio no tiene
base científica. El fenómeno
que tenemos á la vista no cons­
tituye una excepción á la ley
de gravedad, sino un ejemplo
de la ley de densidad, según
se explica en Física. Esas pre­
tendidas excepciones, frecuen­
temente no acusan más que
ignorancia.
— Suplicaría á usted tu­
viera la bondad de medir las
palabras y retirar el término
ignorancia.
No tengo por qué retirarlo, pues no iba
dirigido á usted.
Nuevo y trascendental error: no hay cosa
ni hecho que a mi no se encamine, ni que de mí
no venga.

M IS T E R IO S

DE

LA

LOCURA

245

— No entiendo...
— Va á entenderlo pronto: ¿ve usted aquel
m onte?... Si le dijera: «monte: pasa de aquí
allí», el monte se trasladaría... ¿Por su volun­
tad? N o ... Por la mía. La voluntad suprema...
Representación consubstancial al Padre y al
H ijo... ¡Gloria á mí, la tercera persona en el
Cielo, la primera en la tierra!
— Don Andrés, — gritó el camarero; — el
señor Director desea hablar con us­
ted ... Vámonos.
He comprendido que el camarero
se vale de este pretexto para ahu­
yentar del viejecito una explosión de
furor... En este mismo instante ha
llegado á nosotros el doctor Libe.
— Príncipe,— le ha dicho don
Andrés.— Vuestra Alteza no puede
tardar en dar cumplimiento á los
elevados destinos que le están enco­
mendados.
— Majestad,— ha contestado el
doctor;— id á aguardarme en vues­
tra cámara.
—Allá voy; mas antes— dirigiéndose á mí—
debo anunciaros que hemos tenido á bien nom­
braros Duque del Dorado Barbo.
Fuéronse el anciano y su criado. El doctor
Libe me dijo:

246

GINÉ

Y

PAETAG ÁS

— Eulogio, ¿no quería usted saber á qué
podía conducir la sistematización del delirio ? Pues
ahí tiene un ejemplo. La enfermedad de ese ca­
ballero principió, hace muchos años, por aluci­
naciones del oído: eran en un principio ruidos,
sonidos y voces, que no hacían mella en la
mente. Después las alucinaciones fueron cada
vez más claras y definidas; las acústicas fueron
auxiliadas por las ópticas; vinieron luego las
táctiles, y por último ha quedado constituida
una locura razonadora, megalomaníaca, esto es,
una locura de grandezas. Don Andrés, que tiempo
atras, desde aquí, oía los discursos cariñosos de
su madre y de otra personita de su afecto y
agrado, que residen en lejanas tierras, empezó
a oir la voz de Dios. Primero se sintió general;
poco después Príncipe heredero, luego Empeíador reinante y ahora ya es Espíritu Santo,
consubstancial al Padre y al H ijo... ¿Es posible
mayor y mas rapida prosperidad en el escalafón
de las dignidades?... Que no, parece... Pero no
desconfío de que don Andrés llegue á Santísima
Trinidad.
Entonces, repliqué yo, — este sujeto no
es más que un alucinado... Nadie mejor que
} o podría curarle, l o , que he padecido tanto
por alucinaciones de todo género, le advertiré
que no crea en ellas, puesto que son efecto
de la enfermedad, y que, en el momento en

M IS T E R IO S

DE LA

LOCU RA

247

que no dé crédito á las alucinaciones, estará
curado.
— Sublime intento, pero vano. Lo que usted
intentara en don Andrés sería trabajo perdido y
además exponerse á excitarle en su delirio. Las
sensaciones morbosas, cuando son causa del de­
lirio sistematizado, ó locura parcial, son mucho
más consistentes que las sensaciones normales.
Los errores morbosos de la sensibilidad son de
todo punto incontrastables. Mirando á un objeto
blanco, decidle á una persona cuerda que, si
no declara que lo ve negro, perderá la vida:
raro será el que, ante tal amenaza, no diga que
lo blanco es negro; y lo opuesto diría, si tal
fuese el caso... El loco alucinado subiría al pa­
tíbulo antes que ceder en su convicción psicosensitiva.
— Debe ser cosa muy mala eso del delirio de
grandezas, — dije yo. — El vecino de mi cuarto
don Enrique se halla en el mismo caso: no sabe
hablar sino de sus millones y de sus escuadras.
Mírele usted; allá le veo: de seguro está con­
tando los barcos de la flota suya, que ve anclada
en las huertas de la vecina aldea. ¿Permite usted
que le llame?
— Mejor será que vayamos á su encuentro.
Pero este delirio es muy diferente del de don
Andrés: es el delirio de la parálisis general.
Don Enrique es un coronel de Artillería, que

248

GINÉ Y PARTAGÁS

frisa en los 50 años: hace tres meses que reside
en el Manicomio, viste el traje de su profesión,
y conserva su ceniciento y muy nutrido bigote.
Viene de un mirador que hay al otro extremo
del parterre, y seguido de su madgyar—vulgo
cam arero— se encamina
al edificio, porque ha
J*
sonado la campana que
anuncia la hora de co­
m er. Noto que, aun
cuando de alta estatura
y aspecto robusto, anda
con precipitación y á
menudo se tambalea.
— ¿Cómo va ese va­
lor?— le dice el doctor
Libe.
— Ca... cada día más
firm e... M i... mire us­
ted que p i... piernas
de... de hierro, (dando
con el pie en el suelo). Envío e s... e sta ... t a ...
ta id e c u a ... cuarenta cuarenta mil g ra ... gra­
nadas á la ... la ciudad.
, — No f on muchas granadas, don E nrique...
más podrían ser.
Pues se... serán cuarenta, cuarenta mi­
llones de millones de g ra ... granadas... ¿Me da
usted ta ... tabaco p a ... para liar un c i... ci-

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

249

garro? (Presentando un pedazo de papel de
periódico).
— Ahora no, pues vamos á com er... Tome
usted mi brazo, don Enrique.
Atravesamos el gran salón vestíbulo, pene­
tramos en un corredor espacioso y subimos dos
tramos de una escalera ancha, en cuyo ojo, en
previsión de impulsos suicidas , había un teji­
do de alambre, y entramos en un vasto salón
rectangular, perfectamente alumbrado y con
muchas mesas á las que iban haciendo honor los
pensionistas de segunda y tercera clase. En el
fondo, dimos con otro comedor más lujoso, cuya
mesa, provista del paramento propio de una
fonda de primer orden, ostentaba en el centro
un jarrón chino, con su correspondiente rami­
llete de flores naturales.
Don Salvador sentóse á la cabecera; reservó
un cubierto á su derecha y á mí me hizo colocar
á su izquierda. Llegaron, sin hacerse esperar,
otros pensionistas; don Enrique colateralizó con­
migo. Don Andrés se sentó al frente, y poco des­
pués entró y fué á ocupar el asiento resei’vado,
un joven, más bien bajo que alto, semblante
expansivo y rebosando sangre en el blanco cutis,
cuyo rasgo fisonómico más acentuado consistía
en un bigotito arrobadizo y rebelde á las puntas,
que con ensañamiento afilaba con su diminuta
diestra. Este joven, á quien el Director recibió

250

GINÉ Y PARTAGÁS

con singulares muestras de distinción y cariño,
era el médico interno del Manicomio: el doctor
Rodrigo.
Y pues quedan indicados el lugar y los prin­
cipales personajes de las escenas del Refectorio
que me propongo describir, doy punto á este
capítulo reservando tarea para el siguiente.

II
¡¡ no r e s t r a in !!

U na oficina culinaria central, con una gran
compuerta á cada lado, en relación respecti­
vamente con los comedores del departamento
de hombres y el de mujeres, permite cumplir de
manera tan holgada como ráp ida, los servicios
de los tres refectorios, correspondientes á otras
tantas clases ó pensiones del asilo.
Al punto en que el Director se hubo sentado
y desdoblado la servilleta, principió el servicio.
Para cada mesa, dos camareros: uno, cuidando

252

GINÉ Y PARTAGÁS

de traer y llevar los platos, y otro de ofrecer
los manjares á los enfermos, invitando con
particular insistencia á los que se manifestaban
más ó menos refractarios.
Quien ha presenciado banquetes de esos que
tan á menudo celebran los que disfrutan repu­
tación de cuerdos y recuerde la algazara y
barullo que empiezan á levantarse poco después
del tercer plato, apenas ha sido acallado el
elocuente grito del estómago, el cual barullo y
alg’azara suben á los puntos más elevados de
la escala del desorden cuando entran en función
de guerra las libaciones espumosas, pensará
que, donde para comer se congreguen locos, el
ruido, el tumulto, el desorden y la algazara
alcanzarán proporciones colosales: cada sesión
bromatológica, conforme con esta regla, vendría
á ser una orgía, una bacanal, y su término
una merienda de negros.
Tal era la idea que yo me había formado de
los refectorios del Manicomio. Si había aceptado
la oferta del doctor Libe de comer á la mesa
común, no había sido sin mediar una buena
dosis de miedo, contrabalanceada por una gran
cui iosidad de recibir impresiones, que estimé
serian interesantes para mis apuntes.
Llegado el caso, mi desilusión fué completa...
¿Estábamos en un comedor ó nos hallábamos
en m isa?... Ni una voz, ni un murmullo, ni

MISTERIOS DE LA LOCURA

253

un ruido, ni una queja: cada individuo atento
sólo á su plato; cada uno sirviéndose á medida
que le llegaba el turno, y todos tan tranquilos
y aplicados á la tarea reparadora.
— Doctor,— dije, no pudiendo disimular mi
asombro:— ¿reina habitualmente este silencio
en los comedores?
— Rara vez se turba... Cuando hallan en
la mesa lo que necesitan, los locos se portan
con muchísima cordura; en cambio, los cuerdos,
cuando comen en colectividad, parecen locos.
— Esto obedecerá al régimen
disciplinario, á temor al castigo
ó á algo que cohibe las palabras
y los actos de los
alienados...
—No negaré que
influya la discipli­
na ; los locos se ase­
mejan á los niños,
por este y por otros
varios conceptos. El
niño que es rebelde
en casa, suele tener buen comportamiento en la
escuela. ¿Por temor al castigo?... Así debiera
tenerle en su casa, por el que podría imponerle
el padre, como en la escuela, por el que podría
aplicarle el maestro. Pero ello es que la disci­
plina doméstica suele ser estéril... ¿Por qué?

254

GINÉ Y PARTAGÁS

Porque le falta un factor: la ejemplariciad ele la
obediencia, que es muestra inequívoca del influjo

de la autoridad. Ese ejemplo, no el temor al
castigo — que es de todo punto desconocido en
esta casa,— obra aquí el prodigio de que los
locos se comporten tan cuerdamente.
— ¿Cómo los locos no hablan entre sí? ¿poi­
qué no hacen conversación de sobremesa? ¿les
está prohibido hablar?
— Nada de prohibiciones... Usted lo ve:
nosotros damos ahora el ejemplo. No sólo es
permitida la conversación, sino que yo, en esta
mesa, el señor Ecónomo, en la de segunda clase,
que él preside, y el Practicante de Medicina,
en la de tercera, dirigimos frecuentemente la
palabra á nuestros comensales, con el objeto de
distraerles la atención de las ideas insanas que
leí? afligen, estimulándoles, al mismo tiempo,
Para que coman bien y prueben todos los platos.
La causa de este silencio es otra: el mismo
Mdgo lo dice: «cada loco con su tema». Nuestros
enfermos viven en su mundo cerebral; en ellos
penetra poco ó nada el Cosmos.
¿ho se avienen entre sí, no conspiran,
no ai man los locos celadas contra sus guardia­
nes y aun contra ustedes, sus médicos?
— Así lo creen los defuera; así se refiere
Y aun asi se ha escrito... Pero eso no son más
iue lomas, y de mal gusto, puesto que con

M ISTERIOS DE LA LOCURA

255

ellas se aspira á hacernos reir á costa de una
gran desgracia... En todos estos relatos no hay
más que la gran m entira.
— Yo lo he leído: cierto alienista estuvo á
punto de ser echado al caldero de la sopa por
unos locos, que se habían conve­
nido para vengarse del causante
de su cautividad.
— Y sucedió, —interrum pió el
doctor L ibe,— que el médico les
dijo: «A guardad... voy á tomar
un baño, pues me hallaríais de­
masiado sucio y tendría mal
gusto el caldo »... La anéc­
dota no carece de ingenio;
pero ni ésta, ni ningún relato
en que aparezca concierto ó
confabulación de locos, tie­
nen el menor viso de realidad.
No diré yo que entre locos no
nazcan afecciones y también
repulsiones; unas y otras son empero bastante
raras y casi siempre de origen alucinatorio. Tal
concibe entrañable cariño por otro, porque ve
en él á su hijo, á su padre ó á su nieto; tal otro
aborrece de muerte á uno porque en él ve al
enemigo implacable que su delirio creó.
En este punto y cuanto más absorto me
hallaba escuchando al doctor Libe, se produce

256

GIJTÉ Y PAR.TAGÁS

en el comedor contiguo un ruido extraño, ruido
de platos y vasos rotos acompañado de gritos
y tremendas imprecaciones. Levantóse el Direc­
tor y yo pedí permiso para seguirle. Había sido
arrojada al suelo la mayor parte de la vajilla
de una mesa de segunda clase: un hombre de
colosal estatura y fuertemente musculado, se
había subido de un brinco á la
mesa, y empuñando una silla pol­
los barrotes del respaldo, la blan­
día haciendo el molinete, como un
diestro lo hiciera con una vara de
fresno. Los comensales se habían
retirado á honesta distancia. Los
camareros se aprestaban á ama­
rrar al furioso. Éste gri­
taba :
— ¡Ladrones, ladrones!
¡Mueran los ladrones!
Al llegar don Salvador
al lugar de la escena, or­
denó que uno de los cama­
reros se apoderase del arma
de combate del orate,
mientras otros dos, subién­
dose rápidamente á la me­
sa, le sujetaban por los
íazo*.
se hizo, y el practicante, auxiliado
poi otio camarero, puso al enfermo la camisa

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

257

ele fuerza. En tal estado, el paciente fué condu­
cido á la celda acolchada, en donde le fué admi­
nistrada una buena dosis de bromuro sódico.
— ¿Qué ha sido eso,
don Salvador? — pre­
gunté yo.
— Un efecto de la
p oca fran qu eza de
la familia de este en­
fermo. Este sujeto ha
dado una muestra in­
equívoca de que pa­
dece locura epiléptica.
Entró, hace ocho días,
sin presentar más sín­
tomas que una pro­
funda concentración
de espíritu; pregunté
con insistencia á sus
parientes si le habían
visto ó si sabían que había tenido algún ataque
convulsivo ó algún rapto de delirio furioso. Lo
negaron rotundamente; yo, sin embargo, sos­
peché que era un caso de locura epiléptica y
no permití que concurriese al comedor común.
Hoy, contraviniendo mis órdenes, le han traído
aquí y ya ha visto usted si yo tenía motivos
de recelo... A ver ¿quién ha hecho que subiera
al comedor don José Prieto?
17

258

giné y

partagás

__q>011 Salvador... Suplico a usted me perdone __ dijo un camarero. — El señorito estaba
esta mañana tan satisfecho y tranquilo y ha
pedido con tanta insistencia venir al comedor,
que he creído que no habría inconveniente acce­
diendo á sus deseos. Además, como no hace mu­
chos días que sirvo en esta casa, ignoraba los
inconvenientes que esto podía acarrear... Reco­
nozco mi fa lta... y. ••
__y con otra como esta, pasa usted a la
calle. A ver, traiga usted su cartilla... Le queda
apuntada una falta de obediencia, que le priva
á usted de un quinto de la remuneración anual.
Sabe usted que á la segunda salta de la casa.
En esto se había repuesto la mesa y los
comensales volvían á su tarea como si nada hu­
biese pasado. En las restantes mesas del refecto­
rio, el accidente epiléptico-frenopático de don
José pasó inadvertido, no causando la menor
perturbación en los comensales.
Volvimos á nuestros asientos y terminamos
la comida. A un campanillazo, que se dejó oir
cuando el Director dió la orden, levantáronse
todos los enfermos, y con el mayor orden y com­
postura se encaminaron al salón de recreo, para
pasar luego á los jardines.
Aprovechando la sobremesa, que fue aroma­
tizada con una taza de Moka y buenos tabacos
del particular peculio del doctor Libe, formule

MISTERIOS DE LA LOCURA

259

la siguiente interpelación, de cuya audacia
hubiera recelado á no dirigirse á persona tan
amable como el Director.
— Con sorpresa he visto, querido doctor, que
en esta casa no está en uso el moderno trata­

miento de los locos, el celebrado sistema de
Conoly, que proscribe la sujeción mecánica. Al
ver la aplicación de la camisa de fuerza, si usted
no se hubiese hallado presente, hubiera creído
que sus subordinados cometían un abuso.
— Ciertamente: con más sentimentalismo
que conocimiento práctico, se ha decantado el
no restrain para el régimen de los manicomios,

260

giné y paktagás

y hasta se han ponderado las excelencias del
manicomio á puerta abierta. No falta quien, hiper­
bolizando las ventajas de este último, haya
dicho que eran tantas y tan dignas de tenerse
en cuenta, que aun cuando de ello hubiesen de
resultar cada año unos cuantos asesinatos más,
asesinatos que podrían cometer los locos sueltos,
deberían preferirse á los manicomios cerrados...
Yo mismo, antes de hacer la
vida de rejas adentro, á que
desde años me consagro, sen­
tíame enamorado de tal siste­
ma. Pero, ¿sabe usted lo que he
visto?... Helo aquí: primero:
hay asilos que hacen gala del
no restrain;... mas en éstos se
restringe, se ata, se encarcela y
aun se enjaula—no diré que se
pegue— siempre y cuando se estima convenien­
te!... Unica condición: que los de fuera no lo
sepan. Esto es una abominable hipocresía. Se­
gundo: cuando de buena fe se ha querido pres­
cindir de la camisa de fuerza, de los guanteletes
y cinturón de cuero, ó cosa equivalente, reali­
zando la sujeción del furioso con brazos hunianos, he visto, no la sedación, sino la exageración
del furor. El cohibido por la camisa, siente sim
plemente la sujeción y cesa de bregar, porClue
pionto conoce su impotencia; al loco reteñid0

M IS TE R IO S D E L A L O C U R A

261

por dos ó más camareros, le parece que lucha a
brazo partido con sus enemigos, y cada escena
de sujeción es para él un nuevo combate, una
guerrera empresa.
— Entonces no hemos adelantado gran cosa
respecto de aquellos tiempos en que los locos
vivían encerrados en calabozos y mazmorras y
se les cargaba de grillos y cadenas... Sólo ha
variado la materia con que se ejerce sujeción.
— No exageremos, amigo mío, no exagere­
mos, que yo también tengo mi sangre en mis
venas y hay cosas que me sublevan... porque
teng’o odio á la calumnia.
— Don Salvador... sentiría que tomase á
mala parte mis palabras.
— No las echo á mala parte porque vengan
de usted, sino porque expresan un concepto vul­
gar de los más injustos. Diré tan sólo, para que
se note la diferencia que han impreso los tiem­
pos, las ideas nuevas y los nuevos sentimientos,
que antes— aun dista mucho de haber transcu­
rrido un siglo— al loco se le sujetaba cuanto se
podía; hoy se le sujeta lo menos posible. Antes,
el orate era encadenado y encerrado donde no
había aire ni luz, desde que se iniciaba el deli­
rio y aparecía la agitación, y solía terminar
sus días aherrojado en el calabozo. Hoy la suje­
ción y la reclusión celular se emplean sólo acci­
dentalmente: mientras dura el furor dañino.

262

G IN É

Y PARTAGÁS

Dañino, sí, dañino para el mismo enfermo y
para los que le rodean. Ya no se cohiben ni la
ao’itación ni la exaltación maníaca; al contrario,
se las deja en completa expansión: grite, salte
ó baile cuanto quiera el enfermo; . . . para esto
hay patios espaciosos y galerías porticadas. Se
procura además distraerle, derivar la atención
ocupada en el delirio;... para esto están los
paseos, los jardines, los salones de recreo, el
piano, el billar... y el cigarrillo, administrado
á tiempo por mano afectuosa. En una palabra,
antiguamente al loco, sujetándole, se le casti­
gaba; hoy se le sujeta tan sólo para protegerle.
— Suplico á usted, don Salvador, me tenga
por confeso y convicto: confeso de delito de imper­
tinencia por haber querido averiguar si era lo
mejor lo que usted hacía, no pudiendo caberme
duda respecto de este punto; y convicto, porque
los razonamientos de usted, fundados en una
larga y provechosa experiencia, no tienen vuelta
de hoja... Desearía ahora saber cómo sigue el
pobre epiléptico.
— A ver, Pepe, pregunte usted por don José
Prieto.
Señqr, el camarero acaba de entrar y
dice que el enfermo está ya tranquilo, que no
se acuerda de nada de lo que acaba de ocurrir
y pide hablar con usted.
Que entre el camarero.

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

263

Este es el mismo á quien el Director acababa
de endilgar la gran filípica.
— ¿Qué hay? ¿Cómo sigue don José?
— Como si tal cosa... No sólo está tran­
quilo, sino menos triste que antes de darle el
accidente. Dice que no sabe cómo se halla atado
y recluso en la celda acolchada... Desea hablar
con usted.
— Pues quítele la camisa y llévelo al pa­
s e o ;... pero no le pierda de vista ... Hoy no
hará nada, porque el ataque ya ha pasado; mas
en lo sucesivo vigílele usted mucho y no per­
mita que alterne con los tranquilos, si no lleva
camiseta... Vaya usted á su obligación.
— Doctor,— repuse,— ¿qué cosa es esta de
la locura epiléptica, que tan pronto viene como
se va?
— Eulogio, esto que acaba usted de presen­
ciar puede darle una idea de los crímenes que
más comúnmente ejecutan los locos: es la locura
impulsiva... Los epilépticos son carne para el
verdugo. Suponga usted que á este sujeto le hu­
biese dado el accidente impulsivo en el café, y
que, de un silletazo, hubiese abierto el cráneo
á cualquiera de los circunstantes... Mientras
socorren al herido, el agresor es arrestado;...
el juez le toma declaración... Ya se ha desva­
necido el acceso... El preso dice que nada sabe:
sólo recuerda que estaba en el café, é ignora

264

GINÉ Y PARTAGÁS

cómo y por qué causa ha sido arrestado...
¿Quién le creerá?... Pero imagine usted otro
caso, más grave y no menos frecuente. El epi­
léptico, llevado de su impulso ciego, ármase
de un revólver, sube una escalera, llega á un
piso, donde vive su suegra; llama, abre ésta la
puerta, y una bala, penetrando en su cráneo,
la deja exánime; hay en la casa la esposa del
agresor, con un hijo y una hija suyos y además
la criada; el revólver tenía
seis tiros: cada uno ha cau­
sado una víctima, excepto el
sexto, que rompe un espejo,
porque el agresor ha apun­
tado á su propia imagen...
Al ruido de las detonaciones,
acude gente, la policía y lue­
go el juez... Al matador le
encuentran sentado en una
silla, con la mayor flema.
Préndenle; le interrogan;...
dice que no sabe nada... Se
averigua: vienen testigos que
declaran que el asesino, el
parricida, no se llevaba muy
bien con su madre política, pues no siendo
muy devoto, muchas noches faltaba de casa a la
hora de rezar el rosario, pretextando, unas veces
estar ocupado en cobrar el salario de la semana,

M ISTERIOS DE LA LOCURA

265

otras, tener que asistir á las reuniones de la
sociedad mutua de obreros, de cuya junta direc­
tiva forma p a rte ... No falta quien afirma que
tales ausencias tenían por motivo el concurrir
al café, con otros compañeros y aun á veces
con alguna a m ig a... De esta suerte, van engor­
dando los autos... La acusación pide la última
pena. La defensa solicita que los médicos foren­
ses examinen al procesado. Éstos no ven en él
nada que desdiga del estado normal de la
mente; sólo han notado en el preso una gran
melancolía, que se explica por el temor al
tremendo castigo... Se amplía la información
pericial... Son consultados dos alienistas...
Ambos reconocen que el hecho de autos arguye
la obra de locura impulsiva y afirman que el
acusado no es responsable de los actos que
ejecutó... Los asertos de los especialistas vienen
confirmados por varios testigos, que saben que
el procesado padecía ataques de nervios... Los
médicos forenses, al ratificarse en sus declara­
ciones, previa dilucidación del asunto con los
frenópatas, exponen que, como no han visto
muchos locos, no pudieron apreciar locura en el
múltiple homicidio sobre que declararon; pero
que, oído el parecer de los especialistas, en
quienes reconocen mayor competencia, adhie­
ren su opinión á la de éstos... De ahí resulta
unanimidad en el dictamen pericial: «el pro-

266

G IN É

Y PAETAGÁS

cesado estaba loco cuando cometió los homici­
dios,» afirman todos... El defensor, después de
un elocuente discurso, en que, por cierto, no
brillan las ideas de la escuela antropológica
italiana, pide y espera la absolución... El fiscal,
por su parte, modifica las conclusiones: reconoce
que el procesado obró con discernimiento; que
mató con intento de matar; pero que en el múl­
tiple parricidio no medió alevosía ni ensaña­
miento. Pide, en consecuencia, catorce años de
presidio... El Jurado delibera; uno de sus más
ilustres y encanecidos miembros, dice que no
es cosa de dar oídos á los alienistas, pues éstos
tienen la manía de abogar por los m alvados;...
que el acto fué premeditado: el reo cargó el
revólver, dirigióse á la casa de su suegra, de
quien tenía resentimientos; . . . quizás había
incurrido en infidelidades conyugales, y en fin,
que es preciso hacer grandes escarmientos con
esos grandes criminales... Hay vacilaciones
entre los magistrados... Se recuerda la senten­
cia del Supremo Tribunal, que establece que,
para aplicar 4 un reo la irresponsabilidad como
demente, de que trata el artículo octavo del
CidigoPenal, es preciso, cuando la demencia
se presente por accesos, que resulte probad»
que antes del acto criminal el procesado había
tenido otros accesos y que éstos habían ura o
algunas h oras... Ninguno de estos estrena .

MISTERIOS DE LA LOCURA

267

consta en el hecho de autos. En éste, la preme­
ditación resulta evidente y también la alevosía;
falta tan sólo ensañamiento: ningún cadáver
tenía más de una herida... El criminal debe
ser de alma empedernida: así lo denota la tran­
quilidad con que se le halló sentado, después que
hubo cometido los asesinatos... El delito me­
rece, pues, la calificación de parricidio múltiple,
con agravantes... Por mayoría, el Jurado con­
dena al procesado á cadena perpetua... Resul­
tado: un hombre, un desdichado, que á estas
horas se halla en presidio por un crimen que él
es el único que lo ign ora... No subió al cadalso,
por casualidad: si la bala que rompió el espejo
se hubiese clavado en el cuerpo de alguna de
las víctimas, habría habido doble herida: señal
de ensañamiento.
— Esto es horrible, don Salvador, esto es
horrible. Digamos entonces que los males de la
locura se centuplican por obra de la ley.
— ¡ A h! no es la ley la que injustamente
mata; no es el Código Penal el que castiga á los
locos... La ignorancia, la ceguera, la rutina,
el orgullo de clase tapan la boca á la experien­
cia y matan la luz de la Antropología jurídica.
La espada de Themis es para herir á los mal­
vados. ¡Cuánto mejor sería Themis inerme, si
ha de herir á enfermos, que tienen derecho á
su amparo!

268

GINÉ Y PARTAGÁS

— Don Salvador: oyéndole el tiempo vuela...
pero harto he abusado de sus bondades... Pido
permiso para retirarm e á mi gabinete... Tengo
mucha tarea para la tarde y para la noche.
— Eulogio, no escriba dem asiado... Re­
cuerde que está convaleciente... Si quiere cenar
en su cuarto, no tendrá que molestarse vol­
viendo al comedor y podrá acostarse temprano.

III

LO QUE TIENE FIARSE DE LOCOS

el empeño que tengo en
'' estas M e m o r i a s , se podría
pensar que así que me he des­
pedido del doctor y apenas
me he hallado constituido en
mi gabinete, frente á mi mesa, mi tintero y mi
resmilla de papel de cartas, mi primera tarea
ha sido apuntar las impresiones que llevo trans­
critas ... El que tal creyera no sabe lo que es
amor ni ha conocido una Rosita tan linda como
la mía.
A mi padre le he escrito una carta lacónica,
sí, pero muy afectuosa, sin olvidar recuerdos,
muy expresivos, para mi madre y tías. La carta
para Rosita es de fuego. He omitido el pretérito


on

270

GINÉ Y PARTAGAS

__vergonzoso para mi— y la he íecaigado de
futuros;... futuros de dicha y embeleso. Más
de una hora he estado bregando con los conso­
nantes , á quienes he tenido que procesar en
rebeldía, para unos endecasílabos, que han
salido al fin tan medianos, que no me atrevo á
exhibirlos. — ¡Siempre fui refractario á la rima!
— «¿Para qué escribirles, si al día siguiente
había de recibir su visita?» Eso me decía; pero
el corazón humano, como los grandes ríos, tiene
sus desbordamientos: es el papel campo que la
tinta fertiliza: la cual tinta, aunque negra,
representa, á veces dignamente, á la rutilante
sangre del arterial ventrículo.
Como ensayo, no ha sido malo el que he
hecho de las fuerzas de mi cerebro. Después de
las tareas epistolares, dediquéme á escribir el ca­
pítulo que precede, leí el diario, tendíme cómo­
damente en la cama, y de un tirón me he echado
ocho horitas de sueño sosegado, cual corres­
ponde á un joven de mi edad y de mi historia.
Saliendo á la galería y por ella encaminán­
dome al parterre, he encontrado al joven médico
interno, que se dirigía á mi dormitorio. Y en
verdad que tal encuentro me ha causado satis­
facción; pues ayer, habiendo sido llamado á
poco de estar á la mesa el simpático doctor, no
tuve ocasión, como deseaba, de intimar en su
conocimiento.

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

271

El doctor don Rodrigo de León pertenece á
la clase de los temperamentos sanguíneos ado­
sados á una complexión robusta y sana, de esas
que ya escasean demasiado en la generación pre­
sente. En él el nervio se halla en todas partes y
por doquiera la sangre acompaña al nervio. De
ahí que la expansión, el entusiasmo y la alegría
sean las notas dominantes en su carácter. El
tono fundamental de su organismo es la salud:
la buena nutrición, con buen apetito y buena
sed; buena respiración, con bronquios anchos y
limpios, en pulmones albergados en pecho espa­
cioso, en relación con una estatura que dista
al menos tres centímetros de lo que desearía su
sentido estético. Es instruido, fino de modales,
formal, cortés y listo. En contraste con tan re­
levantes prendas, tiene un defecto, que debe
habérsele pegado: una inmoderada afición á ex­
ternarse, con todo y ser interno del Manicomio;
defecto que se explica porque sus servicios facul­
tativos son muy solicitados, y además porque,
joven, soltero y simpático como es, no faltan
solteras, viudas y aun casadas, que, sin salud ó
con ella, anhelan su contigüidad y buen con­
sejo..., nada más que su consejo. La envidia,
que siempre tizna, dice cosas que se explican
teniendo en cuenta que siempre abundan en
escama los maridos recelosos.
Estas nociones biográficas me las ha propor-

272

G IN É

Y

PARTAGAS

cionado el Reverendo señor Ecónomo, quien á
su vez me parece digno de un bosquejo, que
saco del natural, condensando las impresiones
que me proporcionó la agradable visita que de
él recibí ayer á última hora.
Es el Reverendo don Cicimbrio Nastuicio
un modelo de piedad sin mogigatería, de cari­
dad evangélica sin excepciones de casta, de
educación en la buena escuela y de asiduidad
en las tareas de su cargo. Ha pasado su juven­
tud en el Manicomio y ha llegado á la edad de
consistencia bregando sin cesar en los mares
procelosos de la sinrazón. En el hallan cons­
tantemente los deudos de los enfermos eficaces
consuelos y útiles consejos. Es también aficio­
nado á externarse, pues sus auxilios espirituales
son tan solicitados como los facultativos de su
consorte el doctor León. Previene á su favor
su semblante, pues, aun cuando en exceso som­
breado por una nariz aguileña, aparece siem­
pre afable y dispuesto á amenizarse por una
sonrisa; sólo se conturba y pone hosca su fisono­
mía cuando domina su espíritu la indignación,
cosa que irremisiblemente sucede cada vez que
el fuerte abusa del débil ó el rico del pobre. ¿No
tiene ningún flaco?... Uno: apego excesivo á
la conversación, y, en particular, á la conver­
sación biográfica investigadora, la cual, entre
reticencias, epigramas y puntos suspensivos,

M IS T E R IO S DE L A

LOCU RA

273

fácil y frecuentemente se metamorfosea en crí­
tica sinapística... En este extremo rivalizan el
médico y el capellán del Manicomio... No sé
nada; . . . pero presumo que, en más de una oca­
sión, el doctor Libe habrá
sido sinapizado, de común
acuerdo, por sus dos digní­
simos subordinados.
Previas las cortesías de or­
denanza en una primera de
cambio de impresiones entre
jóvenes de buen temple, don
Rodrigo me dijo:
— Eulogio, es usted el
mortal más afortunado, y por
ello le felicito. Sale, á costa
de muy pocos días, de una
enfermedad gravísima y sin
riesgo de recaídas, y le aguar­
dan los brazos de una niña, que debe ser una
perla caída de la gloria del cielo.
— Tantas gracias por las lisonjas, — dije
entre ruborizado y cejijunto, pues no las tenía
todas conmigo con los elogios que al médico le
merecía mi futura costillita.— Por lo primero,
debo mi reconocimiento á esta casa y á su per­
sonal, y suponiendo que no ha. sido usted ajeno
á mi curación, aprovecho este momento para
manifestarle mi gratitud y para ofrecerle con
18

274

GINÉ Y PARTAGÁS

ella mi am istad... En cuanto á lo segundo, el
corazón me dice que tiene usted razón.
— Sé que se dedica usted á una obra intere­
sante... ¿Lleva muy adelantadas las Memorias
de U ltrafrenia ? ¿Necesita materiales para
completarlas?
— Doctorcito del alm a,— dije yo, no pudiendo contener mi alborozo:—usted presenta el
vaso de agua fresca y regalada al que se muere
de sed. Con mil amores me aprovecharé de su
ofrecimiento, si con ello no he de incurrir en
indiscreción ni acarrearle á usted ningún com­
promiso.
— Déjese usted de escrúpulos... El doctor
Libe es muy campechano, y en tratándose de
echar una cosa para adelante, es, á pesar de sus
canas, más joven que cualquiera de nosotros.
— Pues venga de ah í... ¿No podría usted
permitirme que le acompañase en la visita?
— Por lo que se refiere al departamento de
hombres, no hay inconveniente; en el de muje­
res toparíamos con dos obstáculos: la regla de
las monjas y la impresionabilidad sexual de las
locas. Necesitaríamos autorización especial del
Director. Los médicos tenemos libre acceso en
este departam ento, pues es opinión corriente
en nuestras costumbres, que en nosotros el sexo
queda anonadado por la profesión.
— Pues, á pesar de esta prerrogativa, no

MISTERIOS DE LA LOCURA

275

les envidio á los médicos el privilegio. Apro­
vecharé lo que den de sí los hombres... Cuando
usted guste...
Ha principiado la visita por la sección de
tranquilos. Éstos se hallaban reunidos en el
salón psiquiátrico, el cual es muy espacioso, está
sencillamente decorado, y se halla provisto de
una gran librería y una mesa de lectura en el
centro, sembrada de periódicos y revistas ilus­
tradas. Lo más notable, por ser característico de
esta dependencia, es el friso, que está cubierto
de inscripciones, las cuales son otras tantas má­
ximas y consejos, aplicables á diferentes estados
y formas de la enajenación mental, encaminadas
unas á insinuar en la mente de los enfermos la
noción de su propia enfermedad, otras á in­
fundirles esperanzas de curación, otras á reco­
mendarles el aseo y la limpieza, otras, en fin, á
encarecerles la subordinación y la disciplina.
Cada enfermo se hallaba entregado á su faena
y la mayoría á ninguna. Unos leían periódicos,
otros examinaban los grabados de las revistas
ilustradas, y otros se entretenían haciendo ga­
rabatos en el papel. Sólo dos estaban en con­
versación , que debía de ser indiferente, según
la poca animación del tono que empleaban. Al
entrar el doctor León, todos saludaron descu­
briéndose, y muchos se levantaron en muestra
de respeto.

276

GIXÉ Y PARTAGÁS

— A ver, don Luis,— dijo el doctor, dirigién­
dose á un joven muy concentrado y al parecer
m editabundo:—¿cuándo nos da la cartita para
su padre?... Ya sabe usted que sólo se aguarda
á que usted reconozca el trastorno m ental que
le trajo á esta casa, para irse con la familia.

¡F am ilia!... Yo no tengo fam ilia... Mi
padre es un malvado, un tirano... Yo no he
estado nunca enfermo, ni lo estoy... Lo que hay
es un tremendo lío, en que todos han entrado.
— Yo, no.
Usted tam bién... y todos los de esta casa...
y ésos también.
Xo dirá usted de m í,— repuse yo.

M IS T E R IO S

DE

LA

LOCU RA

277

— Usted... usted... ¿Quién le mete á usted
conmigo?
— No me m eto;... sólo quisiera ofrecerle mis
auxilios... mi amistad.
— Todos me dicen lo mismo y todos me han
engañado.
— Menos yo, amigo m ío... Me parece que
tiene usted razón... ¿Quiere usted ser franco y
explicarme sus pesares?
— De buena g a n a ;... pero ese señor no lo
consentirá.
— Don Rodrigo: ¿permitirá usted que este
joven venga conmigo á mi gabinete ó que demos
juntos un paseo por la alameda?
— Concedido,— y luego, hablándome aparte:
— Tenga usted mucho cuidado; don Luis tiene
delirio de persecuciones, y advierta que todo
perseguido viene día en que se hace perseguidor.
— G-racias;... aprovecharé el aviso... Si
usted lo consiente, saldremos á la alameda.
No sin escrúpulos levantóse don Luis de la
otomana en que estaba reclinado. Dió unos pa­
sos en dirección á la puerta de salida, á donde
yo me encaminaba. Retrocedió, miróme con re­
celo, vaciló é intentó volverse á su asiento; hasta
que, al fin, tomándole del brazo, me lo llevé.
Invitados por el agradable sol de las diez de
la mañana, nos sentamos en uno de los poyos
de una plazoleta, circunscrita por un seto de

278

GIN É Y

PARTAGÁS

tuyas y cipreses. Don Luis so ha mostrado tan
remiso al sentarse, como lo fue para levantarse
déla otomana. Viendo‘ que de sus miradas no
se apartaban ni la inquietud ni el miedo, le he
dicho:
— Aquí estamos solos, don Luis; no nos oye
nadie, ni nadie nos podría ver... Diga: ¿poi­
qué está usted tan triste?
__Porque me tienen mucha envidia y todos
me quieren mal.
— Esto dehiera consolarle: siempre la en­
vidia sigue al verdadero mérito. Hombre no
envidiado, no vale nada.
— Es que se mofan de m í, ... y yo no puedo
soportar las burlas.
— Pero ¿de qué le tienen tanta envidia?
— Mi padre era panadero... Pero no quiero
continuar; usted lo volvería á decir.
— Palabra... Yo soy su verdadero amigo.
— Yo hallé el secreto de hacer pan espon­
jado, aun cuando fuese mediana la harina. Ellos
amasaban harina de trigo y los panes les salían
aplanados y la miga espesa; yo tomaba harina
de centeno, salvadilla sola, y mis panes espon­
jaban mucho... mucho más que los suyos... En
la tienda todo el mundo daba la preferencia a
los panes míos... Tengo dos hermanos: el ma­
yor, el heredero, concertado con mi padre se
empeñó en saber mi secreto... Claro está que

M IST ER IO S D E LA LOCURA

279

sin más ni más yo no se lo había de decir... No
me perdieron de vista: me acecharon de día y
de noche. Para trabajar, me encerraba en mi
tahona... Practicaron agujeros imperceptibles
para espiarm e... Así y todo, no pudieron sor­
prender mi secreto... Entonces trataron de
robarme el pensam iento:... una noche, mientras
dormía, me untaron la cabeza
con un aceite muy fuerte — '
aun se siente la peste— que
me la ablandó de mala ma­
nera ;... aun se pueden tocar
los huesos, que están como
melón podrido... Pues bien,
por aquí han penetrado en
mi pensamiento y me lo han robado. . . Después,
todo han sido befas;... todos se mofaban de mí.
— ¿Qué le decían, que le hacían?
— Medias palabras, palabras de doble sen­
tido, que yo comprendía: gestos, muecas y
guiños... Fué tanta su crueldad, que compraron
á los vecinos para que se mofasen de m í;...
hasta los transeúntes, al pasar por delante
de nuestra casa, m iraban y hacían burlas...
¡ Como que al entrar en nuestra calle ya había
quién les pagaba las m uecas!... El mal se ha
propagado: ahora han comprado á la prensa...
l a no hay día en que los periódicos no me
aludan para insultarm e... Por fin han comple-

280

GIN É Y P A R T A G A S

tado la obra de exterminio: con pretexto de
tratar con quien me compraría mi secreto, me
hicieron venir á esta casa... Ta aquí, se han
concertado con el Director, el
Médico, el Practicante, el Ecó­
nomo y los camareros, para
burlarse de m í... Día vendrá en
que yo pod ré,... y podré más
que ellos... El día que pueda...
ya se verá á dónde alcanzan mi
venganza y mi justicia.
— Cálmese usted, cálmese...
Quizás no sea tanto como usted
cree el odio que dice le tienen.
Quizás su imaginación le haya
hecho ver cosas diferentes de lo
que realmente son... Yo mismo,
aun no hace cuatro días, estaba
tanto y más loco que usted..., y
vea cómo al cabo he llegado á
mi acuerdo.
— ¿También es usted de los que me creen
loco?... Ya había de suponerlo... Y usted ha
abusado de mi franqueza... ¡Está usted también
vendido á mis parientes!
— No hay tal cosa, hombre, no hay tal
cosa... Yo vine, ó mejor, fui conducido á esta
casa, como usted:... loco, chiflado, trastornado
del juicio... Ahora me he curado y he reco-

M IS T E R IO S

DE L A

LOCERA

281

brado la razón... Yo, no hace un cuarto de
hora, no le conocía á usted... ¿cómo quiere
que me haya aconchabado con nadie para ir
contra usted?
— Eso dicen todos... ¿A que no me enseña
ese papel que asoma por la faltriquera de su
americana?
— ¡ Cosa más sencilla! Es una carta que he
escrito á mi padre. Tómela usted... léala si
gusta. (Y la he puesto en sus manos).
— ¿Pues?... Ya lo decía y o ... los tres pun­
tos... los malditos tres puntos... ¿Piensa usted
que no sabemos lo que son masones?... ¡los
perros masones!... ¡Pedro Meifrén!... ¡Mire qué
casualidad! ¡su padre de usted se llama como
el m ío!... ¡ También es usted de los Meifrenes!...
Lo que decía: ¡ otro pariente, otro espía!
— Yo no me llamo Meifrén, sino Higiofrén, y si bien mi padre se llama Pedro, ya
usted sabe que abundan los Pedros en nuestra
tierra.
— Eso son retóricas y malas burlas... Ya
estamos solos... Es preciso que esto acabe...
0 mejor, que yo acabe con usted...
Y esto' diciendo, el semblante del loco tomó
un aspecto siniestro... Retrocedió dos pasos...
fijó en mí su mirada aviesa y dió un brinco
para echárseme encim a;... pude repeler la pri­
mera agresión, en que adiviné el intento de

282

G IN É

Y PARTAGÁS

extrangularme... A buen tiempo: el orate se vio
retenido por los codos por las robustas y aveza­
das manos del buen Pepe— mi camarero— quien,
prudentemente advertido por don Rodrigo, ha­
bía ido á apostarse detrás del seto, provisto de
lo necesario, para vigilar cualquiera mala treta
que pudiera venirme de parte del perseguido
don Luis.
Recibió, á guisa de correctivo, el desdichado
joven la camisa de fuerza, en cuya imposición
se mostró diestro mi camarero, y aun cuando
intercedí por aquél suplicando no se le aplicase
correctivo, la orden del médico fue cumplida con
religiosa exactitud y el alienado conducido á la
sección de agitados.
Acudí en demanda de gracia al gabinete
del médico interno;... ¡oh don Rodrigo de León...
volaverunt! Terminada su visita, el apreciable
medico interno se había externado.
Firme en mi propósito, me dirigí al despacho
del doctor Libe, a quien expuse mi demanda.
El Director, accediendo á mi ruego, dió la orden,
suplicándome que yo mismo acompañase al ca­
marero, para que viese como era cumplida...
Así vería al mismo tiempo cómo manifiestan
sn gratitud los locos perseguidos con los que
se empeñan en hacerles algún beneficio.
Hallamos á don Luis en el patio, y le dije:
Am igo. deseo que no me guarde rencor.

M IS T E R IO S

DE

LA

LOCURA

283

He conseguido para usted la gracia de que le
quiten la camiseta.
Llevóse á cabo la operación liberadora...
Tan pronto el loco se vió exonerado de las ata­
duras, y cuando yo esperaba de su parte votos
que me fueran favorables, mirándome con el
mismo rencor que poco antes, dijo:
— Pariente y además masón...
¡Un día nos hemos de ver las caras!
Salí corrido de esta escena y ade­
más tan contristado en vista de mi­
seria tanta, que sentí apremiante
necesidad de las consoladoras pa­
labras del doctor Libe.
— Eulogio,— me dijo, así que le
hube referido mis impresiones; —
piensa el vulgo que la locura sólo
pervierte la inteligencia... ¡ craso
error!... es mucho más profunda y de
mayor trascendencia la perversión
que experimentan los sentimientos... ¿Verdad
que es dolorosa la experiencia del Manicomio?...
Pero sosiégúese usted, amigo m ío... Vaya á su
gabinete, donde hallará grata compañía.
En efecto, la visita era más numerosa de lo
que yo esperaba: á más de mi padre y Rosita,
habían venido mi madre y mis tías.

284

G1NÉ Y

PARTAGÁS

Abierta la sesión, previos los ósculos y abra­
zos que eran del caso, propuso Rosita una pe­
queña gira campestre, yendo á comer en el
Hotel del Promontorio, vista espléndida, desde
el cual se dominan la ciudad, la llanura y el
mar, regresando al Manicomio al anochecer.
La proposición no fué votada, sino aclamada
por unanimidad. Solicitó permiso mi padre al
Director, y accediendo éste, añadió:
— Eulogio: para mañana tenemos gran pro­
grama: vamos á recibir visita de periodistas.
Hay aviso anticipado... eso arguye banquete...
Y lo h a brá;... porque es preciso amoldarse á
los usos y costumbres del país en que se vive.

IV

PERIODISTAS

EN EL MANICOMIO

/

se pasó muy bien la tarde en la
montaña; que los manjares del Hotel
del Promontorio nos supieron á glo­
ria; que Rosita y yo, en particular,
nos divertimos y reímos mucho, y
que todos dimos por bien empleado
el tiempo, no me he de esforzar en demostrarlo.
No hubo más molestia que un poco de frío,
que, al paso que avivaba el apetito y estimulaba
al ejercicio, hacía más grato el sol. Esta es la
síntesis de la gira, por lo cual omitiré entrar
en pormenores. ¡Qué de cosas nos dijimos Rosita
y yo! ¿No sería ofender la ilustración de los
lectores detallar esas intimidades del amor? He
aquí, no obstante, para muestra, un fragmento
de nuestra conversación:
ue

286

GIN É

Y

PAETAGÁS

— ¿Cuándo acabas tu vida de. loco?— dijo
Rosita.— ¿Habrá que aguantar por muchos días
tu manifiesta ingratitud?
— Cabalmente iba á hablarte de esto... Iba
á decirte que esta mañana he corrido próximo
peligro de morir estrangulado... Figúrate que
un loco, á quien quería consolar y convertir á
la razón, se ha empeñado en ver en mí un
pariente, un enemigo suyo, un masón; y, chica,
si no por Pepe, que me ha socorrido á tiempo,
hubiera pasado un mal ra to... Veo que la vida
de manicomio, cuando uno se empeña en ciertas
aventuras, no está exenta de peligro. Esto, el
hallarme tan bien con vosotros, y mejor con­
tigo, pensando que pronto nos habremos de se­
parar, me inspira ahora mismo el deseo de dar
por terminada mi convalecencia... Me iría hoy
con vosotros, si no fuese que, según me ha dicho
el doctor Libe, mañana ha de venir á visi­
tarnos la Prensa, y deseo estar en el Manico­
m io... Decididamente, pasado mañana me voy
con vosotros.
— ¿Qué empeño tienes, ingrato, con la
Prensa?
— Quiero saber qué concepto tiene de la lo­
cura, de los locos y del Manicomio el eco de
la opinión pública.
— Chiquillo;... tienes formalidades impro­
pias de tu edad... Pero ¿qué le haremos?...

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

287

hay que resignarse... Como sabes que no te
hemos de disgustar, tunantuelo, haces siempre
tu santísima voluntad.
— M ira, Rosita, te aseguro que pronto nos
desquitaremos de estas ausencias... ¡Si supie­
r a s !... Tengo proyectado un gran viaje de
novios.
— Y yo otra cosa, que ya no es proyecto,
sino obra empezada...
— Dime, ¿qué es?
— Adivínalo tú, que sabes tanto.
— Un abrazo... un ramillete de besos...
— ¡ Tonto! ... eso entra en el presupuesto
ordinario... Eso no se prepara: se da y se toma
al contado... Lo mío es una obra de arte; una
pechera de camisa que te estoy bordando...
Verás qué caprichitos... Hay corazones, flechas,
rosas, pensamientos, angelitos...
— Que más angelito que tú, prenda del
alma... Pero cuida de que tu tela no sea como la
de Penélope... Aun cuando no te parezca co­
rrecto, no deshagas nada de lo bordado, que será
divino, siendo de tus m anos... En fin, que te
prometo que pasado mañana veré tu labor.
Ansioso de estar en autos de las aventuras
amorosas que pudieran contenerse en la gira,
muy de mañana ha venido á mi cuarto el doctorcito. No le he contado ni la mitad de lo ocu-

288

GIN É

Y

PARTAGÁS

rrido, porque he notado que con mi relato la
boca se le hacía agua.
Así, volviendo la hoja y por mi propia ini­
ciativa , hemos pasado á la orden del día: la
visita de los periodistas.
— ¿Reciben ustedes á menudo — he dicho —
visitas de la Prensa?
— Rara v ez... Algunos periodistas han ve­
nido aquí por su cuenta y razón y luego han
salido con el propósito de no v o lv e r;... porque
temían que se les contagiase la locura... ¿Qué
le hemos de h acer?... Predisposiciones indivi­
duales ... Los locos huyen del frenópata, por la
misma razón que las fieras se apartan del natu­
ralista: de miedo de que las clasifique.
— Está usted cáustico, querido doctor.
— Es que hay males que no se curan sino
cauterizándolos... En cambio, otros periodistas
no han salido satisfechos, porque venían á ver
locos... y no les hemos dejado ver ninguno.
Lo que sobre todo deseaban era ver algunas
locas... ¡Pobrecitos! ¡No sabían que casi todas
las mujeres se vuelven feas con la locura!...
Aquí no se ha consentido lo que ellos deseaban,
y al irse han dicho: « ¡ Es fuerte cosa ir á
Roma y no ver al Papa!»
— ¿Por qué guardan ustedes tantas reservas?
— Por la mala índole del mundo... Al pobre
loco, la sociedad le trata como al presidiario

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

289

cumplido y aun peor. ¡Grandes injusticias! Al
uno y al otro los mira recelosa: de éste piensa
que no tendrá enmienda;— si no cree en la
eficacia del castigo, ¿por qué lo aplica?— y
de aquél supone que no tiene cu ra... «¡F u­
lano!— en un negocio civil, un casamiento, la
constitución de una sociedad industrial ó de
crédito, pongo por ejemplo,— no me fío de Fu­
lano, se dice, ha sido loco; ha estado en el
Manicomio. . . » El haber estado en el Manicomio,
en vez de ser un atenuante del hecho locura, es
para el mundo un agravante... ¿No equivale
esto al absurdo que resultaría de decir: «Fulano
ha tenido una pulmonía; . . . ha tomado tártaro
emético ó kermes mineral; . . . no creo en la cu­
ración de su pulm onía?...» Por esta ignorancia,
por la estúpida tiranía de esta ignorancia, que
rompe con los linderos de la lógica, el loco debe
hallarse sustraído á la mirada de los profanos
que gozan reputación de cuerdos... ¿Qué se
diría de uno que, habiendo, como usted, tenido
la fortuna de curarse en el Manicomio, entrando
en el mundo de los negocios, se hallase de ma­
nos á boca con otro que le hubiese visto en el
M anicom io?... «Don Eulogio, — dirían, — don
E ulogio... Dios me libre de tratar con él... Yo
mismo le he visto en el Manicomio ».
— Entonces, dice usted que á mí me espera
este lúgubre porvenir...
19

¿90

G IN É

Y

PARTAGÁS

— Nada de eso... Su estancia de usted en
esta casa es sólo sabida de su familia... Y como
usted, se hallan los demás albergados.
— ¿Qué podría hacerse para combatir pre­
ocupaciones que tanto perjudican y al mismo
tiempo tan contrarias á los sentimientos hu­
manos?
— ¿Qué? E ulogio... Pues lo que usted hace:
publicar los M isterios de la L ocura, ó M emo­
rias de U ltrafrenia , para poblar de luces á
estos puntos negros de la civilización moderna.
— Gracias, amigo; entonces usted aprueba
mi pensamiento... y el voto de usted es de cali­
dad... ¿Sabe usted que me he acordado mucho
del pobre don L u is?... Esta mañana he desper­
tado pensando en él y no he podido volver á con­
ciliar el sueño... ¿Cómo sigue? ¿Podré verle?
— Se ha portado bien; ha dormido toda la
noche y ya se halla otra vez con los tranqui­
los... ¿Quiere usted verle? Ahora le encontra­
remos en el salón de recreo.
Fuimos allá, atravesando una espaciosa ga­
lería acristalada. De paso vimos los dormitorios
de los elinequesas— ó locos sucios— relegados á
un extremo del pabellón ó crujía, los cuales
dormitorios son individuales, independientes
entre sí y del resto de la casa y mantenidos
en irreprochable aseo, gracias á cuidados muy
prolijos. Formando ángulo recto con este mísero

MISTERIOS DE LA LOCURA

291

departamento, está el salón, ó, por mejor decir,
— puesto que son dos— los salones de recreo. En
uno de ellos está el billar, mueble nuevo, ele­
gante y admirablemente conservado, habida
razón del lugar en que se halla y de la clientela
que lo frecuenta. Una amplia abertura, una tri­
buna, más bien que ventana, relaciona este
salón con el que le está contiguo, el cual es
mucho más espacioso y se halla provisto de
mesas de mármol y de tresillo, con sus corres­
pondientes adminícidos para
los juegos de dominó, cartas,
ajedrez y damas. Los enfer­
mos que no quieren tomar
parte activa en los juegos y
que no se hallan en condi­
ciones para que les sea per­
mitido el manejo del taco y
de las bolas, pasan el tiempo mi­
rando el juego de billar por la ancha
ventana de que llevo hecho mérito.
He notado que había poca afición
al juego. Unos pocos enfermos se entretenían con
el dominó; holgaban los tableros de ajedrez y
damas, y otros dos enfermos jugaban á las cartas
con un camarero. El juego del billar estaba ocu­
pado por el Practicante, y dos enfermos, que se
ejercitaban en la carambola. Había como media
docena de espectadores. Los demás enfermos

292

GINÉ Y PARTAGÁS

tranquilos paseaban por el salón ó estaban en
las otomanas. Mi simpático don Luis se hallaba
retirado en un rincón. Me ha parecido que es­
taba menos abstraído que el día anterior. Don
Rodrigo le ha llamado, y, como se m ostrara
poco dispuesto á venir á nosotros, nos hemos
aproximado á él.
— ¿Ha descansado, don Luis? — le ha dicho
el médico.
— Sí, señor.
— ¿Conoce usted á este caballero?
— ¡Mi pariente!... vaya si le conozco...
— ¿Está usted enfadado conmigo? — le he
dicho.
— Y á usted ¿qué le im porta?... Dejemos que
haga cada uno lo que quiera... Y usted déjeme
en paz...
Un gesto del doctor me ha indicado que debía
abandonar toda esperanza de reconciliación.
En este instante ha venido un camarero,
de parte del Director, para decirnos que pase­
mos á su despacho, pues los periodistas habían
entrado en el Manicomio.
Hallamos en el despacho del Director cinco
dignísimos representantes de la prensa perió­
dica. El de más edad — para proceder á su
enumeración ordenada según un motivo de prelación exento de disgustos, por lo que suele ser
poco envidiado,— era un señor alto, de bigotes

MISTERIOS DE LA LOCURA

293

entrecanos y reposado continente, al que daban
más veneroibilidad unas gafas de oro, de fina
estructura. Este, hecha su
propia presentación y dicien­
do llamarse Pedro Llanos, y
que era director de El Ra­
dical — título que por sí solo
expresa los humos del perió­
dico,— procedió á presentar
á sus colegas en los siguientes
términos:
— Don Eugenio de Guzmán, dignísimo Director y
propietario de La Ley Marcial,
diario conservador, de tanto
abolengo como a r r a ig o .—
Era éste un señor bajito, casi
calvo, bien conservado, un
tanto mofletudo y de nariz rubicunda. Llevaba
un lacito colorado en el ojal de la levita.
— Don Felipe Saladríguez, dignísimo repre­
sentante y festivo cronista de La Razón Social,
periódico consagrado á la defensa de los intere­
ses del Comercio y de la Banca. — Don Felipe
tiene traza de un agente de negocios; joven,
barbilampiño, movedizo y de urbanidad muy
ceremoniosa y flexible. En su meñique izquierdo
brillan tres sortijas, con otros tantos brillantes
de gran tamaño en cada una, que, en tal sujeto,

294

G IN B

Y

PAKTAGÁS

no hay quien ponga en tela de juicio que sean
americanos.
— El aprovechado joven don Aureliano Romo,—continuó don Pedro,
— afecto á la redacción de La Ra­
zón Social y compañero de glorias
y fatiga de don Felipe. A pesar de
sus pocos años, es ya notable en la
prensa por sus artículos apologéticos
del melón. — En Aureliano conocí
Aun condiscípulo mío, grandullón,
prolongado, por reitera­
das y súbitas embestidas
del crecimiento; al cual
grandullón bastaba con
mirarle la facha, para
conocer la clase de fruta que anual­
mente solía cosechar en ambas ex­
tremidades del verano. Ciertamente,
no me sorprendió su especialidad en
la ciencia de los melones.
La última presentación — y el
ser la última no ha dependido tanto
de las cualidades del presentado,
como de los ideales políticos del pre­
sentador — ha sido la de don Benito
Pueyo.
— Don Benito P u e y o ,— continuó diciendo
don Pedro, en tono un tanto irónico, — redactor

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

295

ele Las Tradiciones, diario católico, apostólico
y ultra-romano, que da la hora y el santo del
día, y que en su día dará el santo y seña que
ha de redimir á la humanidad de
la esclavitud del demonio y de la
carne.
El Director invitó á tomar asiento
á los presentes, con lo cual resul­
taron ocupados todos los sillones y
sillas del despacho. El periodista que
llevaba la palabra, el Director de
El Radical, explicó el motivo y objeto
de visita de la Prensa en estos tér­
minos:
— Nuestra inopinada presencia
en este benéfico asilo, señor Direc­
tor, podría causar extrañeza, y nues­
tra visita podría parecerle inoportuna y hasta
impertinente...
— La presencia de personas ilustradas,—
interrumpió el doctor Libe, — no puede ser
jamás inoportuna... Todo lo contrario: la visita
de ustedes honra mucho á esta casa y especial­
mente á su Director. Sea cual fuere el objeto
que aquí les haya dirigido, pueden estar segu­
ros que son motivo de gran satisfacción.
— Gracias; no esperábamos menos de usted...
Es el caso que aquí se alberga un compañero
nuestro, persona de mucho mérito, y que así

296

GINÉ

Y

PAK TAGÁS

es conocido y con ventaja, en el mundo perio­
dístico, por sus luminosos artículos, que han
sido publicados en casi todos los periódicos de
la capital, sin distinción de matices políticos,
como por sus obras artísticas, pues es uno de
nuestros primeros dibujantes.
— Sé de quien se habla... ¿No es de don
Alberto Martínez?
— El mismo... Ya verá usted;... tenemos no­
ticias contradictorias respecto de su estado y,
como nos unen vínculos de amistad y compañe­
rismo, hemos convenido en hacerle una visita;...
siempre y cuando usted, señor Director, crea
que esto no le haya de perjudicar... Además,
con esta ocasión, hemos creído que la tendría­
mos propicia para formar concepto cabal del
Manicomio, si usted consiente en que lo visite­
m os... Ya usted lo sabe: hay tantas preocupa­
ciones acerca de la suerte de los alienados en los
manicomios; se ha dicho y escrito tanto en
contra de esta filantrópica institución,— que yo
tengo por preciada conquista del progreso,— y
por otra parte, se habla en términos tan favora­
bles el Manicomio que no lo parece,— según se
dice, esta es la enseña del que usted dirige, —
que no hemos vacilado en poner á prueba su
amabilidad...
— Señores: aplaudo con toda el alma la de­
terminación de ustedes. Siento tan sólo que el

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

297

concepto de la enfermedad del pobre Martínez
no pueda ser tan halagüeño como yo desearía y
como tal vez les parezca á ustedes, cuando le
hayan visitado. Se trata de una locura circular,
que ahora atraviesa el período lúcido y en que
empieza apuntar el de exaltación maníaca... En
fin, ustedes lo verán... En cuanto á la inspec­
ción del Manicomio por la Prensa, no sólo la
considero justa y conveniente, sino de absoluta
necesidad, y debiera repetirse periódicamente,
para velar sagrados intereses, toda vez que es
meramente nominal la que efectúa el Gobierno,
por medio de sus delegados. ¡Delegados! ¿A
quién creen ustedes se delega para función tan
delicada? ¿A un alienista de suficiencia probada
en públicas oposiciones, ó á un médico distin­
guido por sus publicaciones sobre las enferme­
dades mentales? N o... O no se delega á nadie,
ó la inspección se encarga al primer médico que
viene á mano; al más afín en el trato privado
del Gobernador... Y, señores, no peco de pre­
sumido: para entender de locuras, de locos y
de manicomios, es indispensable haber ejercido
aquí, de rejas adentro. De ahí que, siendo rarísi­
mas esas visitas de inspección, cuando tienen
lugar, pecan de rápidas y superficiales... ¡No
parece sino que los delegados del Gobierno tie­
nen miedo á los locos!... Usted lo ha dicho,
don Pedro, la misión de la Prensa es disipar

298

G IN É

Y

PARTAGÁS

preocupaciones, ilustrar la opinión publica ¡y lu­
char á brazo partido con los errores... La Piensa
está en el deber de acudir á los manantiales de
los hechos, para proveerse de impresiones ver­
daderas. Se habla de misterios del Manicomio...
Esta frase debe ser invención de algún loco per­
seguido, de esos locos sueltos que recelan de todo
y de todos, y especialmente de los alienistas,
seguramente de miedo de que los clasifiquen.
¡Misterios del Manicomio! El Manicomio no
tiene misterios... La entrada es expedita para
todo aquel que quiera convencerse de que aquí
los locos son considerados y tratados como her­
manos nuestros, afligidos de la mayor de las
desdichas y totalmente desvalidos; no comb mal­
vados y criminales. La ciencia y la caridad se
adunan para misión tan santa. Si están cerradas
las puertas del Manicomio, es para evitar eva­
siones de los infelices que, privados de razón,
la libertad sería tan perjudicial para ellos como
para la sociedad... La patria del loco es el Ma­
nicom io... Pasemos ahora, si ustedes gustan, á
visitar á don Alberto. Ahora le hallaremos en su
habitación ocupado en sus dibujos.
El gabinete de don Alberto estaba en la
planta baja, y como tenía salida directa y vistas
al parterre, el artista sacaba partido de estas
condiciones para llevar á cabo una gran obra.
Todos los albergados que paseaban por el jardín,

M IS T E R IO S

DE

LA

LOCURA

299

ó que se sentaban en los canapés que hay en el
mismo, eran retratados por el señor Martínez, y
su fac-símile pasaba á formar parte de una colec­
ción, ya numerosa, á la que él llamaba Galería
de locos ilustres.
Hallárnosle, en efecto, entretenido en som­
brear con la pluma una figura de mujer, en
una cartulina. Viéndonos, manifestó gran satis­
facción; diónos uno á uno la mano y abrazó
cordialmente á sus antiguos colegas.
— Ya ve usted, Alberto, — dijo don Benito,—
que no se olvidan las buenas
amistades y que, á pesar de
la ausencia, conservam os
de usted buenos recuerdos.
— Son ustedes muy ama­
bles... nunca dudé de su amis­
tad ... Siéntense ustedes...
¿Cómo anda el mundo? ¿Cómo
sigue la prensa?
— El mundo.. . el mundo,
— dice don Benito,—el eterno
enemigo del hombre, se aso­
cia con la carne y es causa
de todas las desdichas.
— Perdone usted, señor Pueyo, — replica
don A lberto...— no disputo el concepto que usted
tiene del mundo, porque hace ya siete meses y
veintitrés días que estoy ausente de él, y las

i

300

GINÉ Y PARTAGÁS

cosas, en tan largo período, pueden haber
variado mucho;... pero en cuanto á la carne,
con quien tengo relaciones diaiias, afirmo j
sostengo que me es muy sim pática, mayor­
mente cuando se presenta en forma de bisteque
ó estofado, y hasta la encuentro adorable en los
fricandoes.
— ¡Lo toma usted á guasa!... Se habla de la
carne en el sentido de los humanos apetitos,
que inducen á la tentación y al pecado.
— Pues yo digo que si estar en pecado es
haber perdido la gracia de Dios, yo no estoy en
ella, pues á lo menos dos veces cada día, cedo
á la tentación de la carne.
— Es que don Benito, — replicó humorís­
ticamente don Pedro, — no alude a la carne de
los brutos, sino á la carne hum ana... ¿No es
verdad, seráfico compañero?
— Tan verdad, como que veo que se echan á
broma cosas muy form ales... Con estas bromas
se comete pecado... Yo aludo á la concupis­
cencia de la carne... Lo que aquí se dice es
prueba de que el mundo es enemigo del alma.
— Señores, — añadió don Rodrigo: — yo ad­
mito la doctrina de la pecaminosidad de la carne
tal cual la explica don Benito; pero, pregunto,
si preguntar me es lícito sin pecar en materia
grave, ¿es también pecaminosa la apetencia de
la carne femenina de nuestra especie?

MISTERIOS DE LA LOCURA

30i

— Pues de esa sí que aquí nos abstenemos
del modo más riguroso, — dice don A lberto...—
y á fe que no es que falte apetencia;... pero esos
señores médicos son tan rígidos y tan conser­
vadores de la buena nutrición de los locos, que
nos tienen herméticamente cerradas todas las
válvulas del am or... Ahí enfrente, un harén;
aquí, este departamento no parece sino el depó­
sito de los servidores del serrallo.
— Bravo, bravo, don Alberto, — repuso el
doctor Libe, viendo la senda peligrosa por donde
se encaminaba el discurso de Martínez y los
rubores que subían al rostro de don Benito.—
Sus amigos de usted desearían ver su galería
frenopática. ..
— Doctor, — dijo por lo bajo don Pedro,—
¡qué bien conoce usted la tauromaquia frenopática !
La galería de don Alberto constaba de unos
cincuenta retratos, hechos á la pluma, de otros
tantos compañeros y compañeras suyas,— ¿no
diría mejor nuestros?— La ejecución admirable;
muchos eran verdaderas obras de arte; el pare­
cido, á juzgar por los locos conocidos míos,
no admitía reproche. Lo que me pareció más
notable, fué que cada loco se hallaba en la
actitud característica de su delirio... Vi un
boceto en que me pareció reconocer mi propia
eño'ie...
mi efigie
en estado de bobo.
o
o

302

GINÉ Y

PAR TAG ÁS

— Ahí verán ustedes, — dijo don Alberto,
exhibiendo sobre la mesa las cartulinas,— las
celebridades de este pequeño mundo. Nos se­
gregaron del grande, que sólo difiere de éste en
el tamaño,... nada más que en el tamaño... Los
que aquí habitamos, somos los que hemos hecho
locuras sobresalientes; mientras éstas no pasa­
ron de medianas, alternábamos con los locos
sueltos. El Manicomio es el Olimpo, la apoteosis
de la locura. Si el Macrocosmos tiene celebri­
dades antiguas, modernas y contemporáneas,
¿habría de ser menos el Microcosmos, que así
llamo yo á la Casa de los locos? Mi galería de
locos célebres es, pues, tan legítima como cual­
quiera de las más afamadas de varones y mu­
jeres ilustres y de mujeres y hombres célebres
que enriquecen ciertos y determinados museos
y bibliotecas, adornan palacios y salones de
Ministerios, Universidades, Audiencias, Diputa­
ciones y Municipios... Colón, porque bajo las
plantas de sus pies sintió palpitar un Nuevo
Mundo, fué declarado loco por los frailes sal­
mantinos ... ¡la locura de Colón ha pasado á la
posteridad con gloriosa aureola!; Temístocles
lué un loco ambicioso, que desterró á Aristides,
derroto a los persas en Maratón, y creó la ma­
lina griega, que aterrorizó á los atenienses;...
como buen loco, prefirió el veneno á blandir sus
ai mas contra la patria... Sócrates, el que en-

M IS T E R IO S D E

LA

LOCURA

303

señó á dudar de todo, tenía un demonio fami­
liar... y de éste no dudaba; Diógenes, por no
hallarse expuesto al desahucio por omisión de
pago del alquiler, se instala en un tonel y , como
quien busca caracoles en noche lluviosa, en­
ciende la linterna y no para de buscar el
hombre feliz... Demócrito es apellidado el loco
ele Abdera, porque no cesa de reirse de las cosas
más serias y que más entristecen á la huma­
nidad; Heráclito, en cambio, es tan pesimista,
que pasa la vida llorando en el desierto y se
muere de hambre en la vejez, después de haber
dejado á la posteridad el gran Tratado de la
Naturaleza; Mahoma, el gran profeta, á los
cuarenta años funda en sus alucinaciones mís­
ticas, que los pueblos aceptan como revelacio­
nes divinas, una religión que, comenzando en
la Arabia, se extiende á todo el Oriente y aun,
por espacio de siete siglos, sienta sus reales en
Occidente... El Korán, obra de un loco rema­
tado, es un libro imperecedero; Calvino, el
Papa de Ginebra, es otro loco, un fanático tan
cruel, que hace quemar á Miguel Servet por
haber atacado el misterio de la Trinidad, lo cual
no obsta para que su obra Instituciones de la
religión cristiana, sea el catecismo de los refor­
mistas ; Juana de A rco, la doncella de Orleans,
cede á las alucinaciones que la impulsan á
salvar la patria librándola del dominio de los

304

GIN É

Y

PARTAGÁS

ingleses; recibe de Carlos VII la jefatura del
ejército francés; vence á Talbot, en Patay, y
obliga á levantar el sitio de Orleans; cae prisio­
nera de guerra, en Compiegne y , acusada de
sortilegio, muere como bruja en la hoguera:
he aquí la biografía de una loca santificada; y
vaya otra: Teresa de Jesús, la doctora de Ávila,
¿qué fué sino una alucinada mística, á quien
perseguid el Santo Oficio como hipócrita é
ilusa ?...
— Señores,— dice irritado el Director de Las
Tradiciones:— este lenguaje, aun en boca de un
loco, me indigna y no puedo consentir...
— Sí, sí, don Alberto, — repuso el doctor
Libe, — esos señores saben estas historias y todos
convenimos en que le sobran á usted motivos
para la galería... Es la hora de comer y luego
volveremos á vernos.
— ¡ A h! no se vayan ustedes sin recibir una
fineza m ía,— añadió el loco,— una memoria, ó
mejor, un proyecto que ha de salvar á la
Prensa... Ahí lo tienen ustedes, — entregando
a don Pedro un pliego cerrado;— lo he escrito
esta mañana... Ya verán ustedes de qué manera
se acaban las luchas periodísticas y cómo se
hace la suscripción universal...
En el corredor contiguo, á pocos pasos de la
habitación de don Alberto, los periodistas for­
maron corro para cambiar impresiones acerca

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

305

del estado mental de su compañero. Don Euge­
nio de Gluzmán, que durante la visita no dijo esta
boca es mía, hizo la seña para la formación del
corro íntimo, lo cual, comprendido por el Direc­
tor del Manicomio y el doctor Rodrigo, hizo que
éstos se separasen del grupo periodístico... Yo,
tomando el brazo á mi condiscípulo Aureliano,
me quedé con ellos.
— Señores, — dice don Eugenio: — salgo ad­
mirado de esta habitación... Alberto está en su
cabal ju icio ... es más: sus facultades han au­
mentado notablemente. ¡Qué viveza de imagi­
nación! ¡qué prodigiosa memoria! ¡qué brillante
ejecución en el dibujo!... Yo creo que no pode­
mos permitir que nuestro compañero continúe
ni un día más en esta casa.
— No juzguemos ligeramente de materia tan
delicada, — dice don Pedro. — El Director nos
ha prevenido... Ha dicho que hallaríamos á
Alberto mucho más cuerdo de lo que es; . . . que
atravesaba el período lúcido una locura circu­
lar... y, francamente, á mí me ha parecido que
comienza á despuntar el delirio...
— ¡Bah! si esto es locura, que nos encie­
rren á todos... El Manicomio no debe ser un in
pace.
— Y no lo es,— iba á decir yo, — puesto que
yo saldré hoy mismo:— pero me callé, porque
me acordé del prudente aviso de don Rodrigo:
20

306

' GINÉ

Y PAR TAG ÁS

« para el vulgo es peor nota la estancia en el
Manicomio que la locura».
— Cuidado, señores, cuidado, — dice don Fe­
lipe : — ahí está el Director y nuestro corrillo
comienza á ser sospechoso.
— Y o ,— repuso don Benito, — pienso que este
chico, no sólo continúa con su chifladura, sino
que no hallará enmienda... Periodista... ¡Vaya
unas ideas para echadas al p ú blico!... Si le
dejan decir, hace del cielo un manicomio ..
Locos así son peligrosos;... muy peligrosos...
De ahí vienen las irreverencias y los ataques
á la religión.
— Señor Director,— dice D. Pedro,— cuando
usted guste enseñarnos la casa...
— Ahora mismo,— dice el doctor Libe; —
quiero acompañarles.
He tomado del brazo á Aureliano; me lo he
llevado aparte y le he dicho:
¿Conoces tú el Manicomio?
Mucho... lo frecuento;... figúrate que,
hace tres meses, trajeron aquí una muchacha
que se volvió loca por m í... Merceditas, la de
Cantera... ¿No podría verla?
i ^^! pides una cosa difícil... Será preciso
decírselo al medico interino.
Y tu, Eulogio, ¿cómo es que te hallas
aquí?...
~

— Toma; porque el doctor don Rodrigo de

MISTERIOS DE LA LOCURA

307

León es el médico de mi fam ilia... y somos muy
amigos... Hoy le he hecho una visita...
Ellos se internaron por los corredores; Aure­
liano Romo y yo nos dirigimos á los jardines,
donde no tardó en unírsenos el doctor León.

-- ------------ — '---------------------------— -------------— 5—
•—

'—

y

como

acaba

r i n c a n d o , más bien que an­

dando, bajábamos por la
alameda, con el propósito
de internarnos en el bosquecillo, Aureliano y yo,
cuando éste, parándose y
mirándome en toda mi
longitud, me dice:
— ¡Cuán cambiado te encuentro, querido
Eulogio!... Un año hace apenas que no te había
visto; eras entonces un chisgarabís; . . . estás
hecho un mocetón y ya cultivas b ig ote... ¿Eres
ya bachiller?
— Bachiller... y próximamente padre de
familia.

310

GIN É

Y

PARTAGÁS

— ¡ Qué me place!... Es decir que tu papá
abdica en tu grave persona el gobierno de la
casa...
— No, hombre... es que me caso.
— ¡Te casas! ¡te casas!... ¿y eres tú aquel
sobresaliente perpetuo, el sobresaliente entre los
sobresalientes?... Esto es un bromazo.
— Eepito que me caso... y pronto... No aca­
baré este año en estado social imperfecto.
— Admitido y con mucha admiración... Co­
nociéndote á ti ya conozco la víctim a... ¿Se
podría saber quién es la verdugo?
— No la conoces;... pero te suplico que á su
memoria y referencia apliques el mayor res­
peto... Por de pronto, esta familiaridad te cuesta
el no conocerla hasta que nos harás la visita de
novios; visita que no podremos recibir hasta
después de nuestro viaje por Europa.
¡ Caramba! Has puesto una formalidad que
no me esperaba... Yaya, vaya, te felicito... y
te compadezco.
Haz lo que quieras... Y tú ¿cómo estás de
carrera ?
A si... asi... Ya sabes que los exámenes
me ^marean... A no ser esta formalidad, ya
seiía medico, abogado, farmacéutico é ingenieio..^. Ahora he entrado en el periodismo...
Esto sí que me viene al pelo... es una gran
carrera...

MISTERIOS DE LA LOCURA

311

__rY qué vas ganando en el periódico?
— En primer lugar, mucha libertad... ¿Tú
sabes? Puedes entrar en los teatros; nadie te
pide cuentas de la hora en
que vives;... se hacen via­
jes; se concurre á banque­
tes... y todos te respetan,
porque te temen. Hubiese
sido periodista y me habría
ahorrado muchos nau­
fragios universitarios...
Esos señores temen al
gacetillero como el mal­
hechor al agente de po­
licía.
— ¿Qué haces tú en
el periódico?
— Voy en busca de
noticias para la crónica
de la localidad; extracto
los movimientos de la
Bolsa, y algunas otras cosas por el estilo... He
publicado dos artículos apologéticos del melón,
que han sido muy aplaudidos.
— ¡Te ha dado por la fructicultura!... Mira,
ahí viene el médico... Don Rodrigo, ¿nos acom­
paña usted?... El señor tiene que pedirle una
gracia... ¿No se alberga en esta casa la señorita
Mercedes de la Cantera?... Esta niña se volvió

312

GIN É

Y

PARTAGÁS

loca de amores por mi amigo R o m o ...; es perio­
dista distinguido: ahora mismo me hablaba de
sus artículos sobre el melón, que han sido muy
aplaudidos...
Don Rodrigo, con la gracia fisgona que Dios
le ha dado, me dirige una mirada interrogante,
que equivalía á decir: «¿no es verdad que este
muchacho es un gomoso?», á la cual mirada
contesté con otra afirmativa.
— Entonces está usted de enhorabuena... Hoy
mismo he leído, me parece en El Radical, un ex­
tenso comentario de su trabajo.
— ¿Qué dice el crítico?
— Por supuesto, elogios...
muchos elogios; . . . pero mire
usted qué chusco: al terminar el
comentario, solicita un trabajo
apologético sobre la calabaza,
pues supone que, si bien usted
ha manifestado gran
suficiencia en punto á
melones, le considera
aún mucho más enten­
dido en el fruto gigan­
tesco.
— Esto es una alusión encubierta y de no
muy buena índole... Ciertamente, conozco de­
masiado la fruta universitaria... ¿Pero no les
parece á ustedes que las calabazas no quitan

MISTERIOS DE LA LOCURA

313

mérito á los melones?... ¡B a h !... estoy seguro
de que don Pedro, que me distingue mucho, no
sabe una palabra de esta broma... Si papá lo
supiese, ya le arreglaría la cuenta á ese sin ver­
güenza... Cabalmente, papá es propietario de La
Razón Social... En encargando el asunto al señor
Saladríguez, redactor en jefe de nuestro perió­
dico y corredor de confianza de nuestra casa, ya
verían ustedes cómo se formalizaba la broma...
¡Oh! no pararían aquí las cosas... ¿No les parece
á ustedes que habría materia para un lance?
— ¿De honor?— dice don Rodrigo.— ¡Quiá,
hom bre!... Déjese usted de bagatelas... Yo, de
usted, para hacer pendant con los artículos apo­
logéticos, escribiría otros sobre los cráneos-me­
lones;... y conociendo el articulista, no habría
más que señalarlo al público y le daba usted un
disgusto que le dejaría vengado.
— Gracias, doctor; seguiré su consejo... Ya
le enviaré algunos ejemplares de mis artículos
sobi’e los melones, y después los recibirá de los
que escriba sobre el cráneo-melón... Entretanto,
será usted considerado como suscriptor honora­
rio de La Razón Social.
— Muchas gracias... Lo recibiré con gusto;...
hay papeles que son de uso indispensable...
— ¡Zumbón!— dije por lo bajo á don Ro­
drigo.
— ¿Podremos ver á Merceditas, doctor? Es-

314

GINÉ Y PARTAGÁS

toy seguro de que mi visita le haría un gran
bien...
— No lo dudo... Pero la pobrecita está muy
acongojada... Padece de locura religiosa... Mí­
rela usted a llá ... al otro extremo de la alameda.
¿La ve usted? Está arrodillada, los brazos en
cruz y la cabeza caída sobre el pecho... Pasa el
día confesándose y cumpliendo penitencias. La
madre de esta niña es devota de todo fanatismo,
y su padre exaltado librepensador... La madre,
por temor á las ideas anticlericales del padre,
la ha tenido sustraída á toda relación social,...
hasta á las naturales de la familia. A la edad de
seis años la encerró en el convento, donde ha
sido educada. Del convento pasaba al templo y
del templo al convento. Así ha pasado la in­
fancia y la pubertad... De altar en altar, del
altar al confesonario, del confesonario al altar.
Usted, ¿en qué altar la conoció?
— En el de la Purísima Concepción, un día
de comunión general... y, vamos...: un día para
m irarla... ella me miró también y se rubo­
riz ó ;... otro día para decirla que la am ab a,...
en el altar del Santísimo Sacram ento;... otro
día para entregarle una c arta ... Ocho días des­
pués ya estaba loca; poco después la conducían
á este M anicomio... ¿Es ó no cierto que esta
niña está loca por mis amores?
— Mucho hay de lo que usted dice;... pero

MISTERIOS EE L A LOCURA

315

ya veremos la rebaja... Cierto que Merceditas
tuvo una gran agitación melancólica al otro
día de haber recibido la carta de usted; pero
Mercedes ya no era un entendimiento cabal: ya
estaba chiflada. Tenía ataques convulsivos, du­
rante los cuales gritaba, lloraba y reía; á lo
mejor, la hallaban extasiada, arrobada, insen­
sible á los estímulos más vivos; oraba sin cesar;
pasaba las noches arrodillada en la cama, con
los brazos en cruz, cual
la vemos ahora; se apli­
caba en la espalda un
trozo de estera, que le
servía de cilicio; . . . con­
fesaba todos los días...
Aquel en que usted la
habló en el altar del Sa­
cramento , acababa de
confesar y comulgar;...
al siguiente se confesó el
nuevo pecado... El con­
fesor la reprendió se­
veramente. .. Lo mismo
ocurrió al otro día, res­
pecto del pecado de haber recibido la carta de
usted,... que no leyó, pues la entregó cerrada
á su confesor. Este extremó la reprimenda, y,
con ella, la penitencia... La niña se creyó irre­
misiblemente condenada al infierno, por haber

316

GUSTÉ Y

PAETAGÁS

hecho malas confesiones;... se le apareció el de­
m onio... y éste, desde entonces, no se le aparta
de los ojos... Por lo demás, Mercedes, se lo ase­
guro á usted, Mercedes no sabe lo que es amor.
No ha experimentado jamás este sentimiento
verdadero... No tiene noción del hombre. Si
amor tuviera, sería incestuoso: no ha conocido
otros hombres que á sus padres espiritual y natu­
r a l; ... á éste apenas ha llegado á conocerle:...
su madre la ha tenido en el lazareto místico, al
abrigo del contagio del librepensamiento... El
amor, en Merceditas, no ha causado más im­
presión que la de un vacío: una vaga necesidad,
que jamás se ha definido; ... lo cual no es óbice
para que la domine un deseo carnal insaciable,
un prurito ardoroso, que se desfoga en prácti­
cas libidinosas... La pobre peca; sabe que peca
y, no obstante, peca sin cesa r;... hace como el
sarnoso, que sabe que el rascar agrava su enfer­
medad y no para de arañarse... Por esto, la
infeliz no cesa de confesar... Es la regla ge­
n era l— proteste quien quiera; está en la natu­
raleza humana y los alienistas lo tenemos bien
observado, — religiosidad extremada, misticismo
fanático, reiteración frecuente de confesiones,
en entendimientos débiles, sin distinción de
sexos, son hechos que arguyen placeres solita­
rios. .. la antítesis del am or... No hay amor sin
persona am ada... sin com pañía... El Am oren

MISTERIOS DE LA LOCURA

317

la soledad no es pasión, sino brutal concupis­
cencia.
— De manera, — replicó Aureliano, — que
piensa usted que Mercedes no me am a... ¿Qué
efecto cree que le causaría mi vista?...
— Lo que la del diablo... ¿No ve usted que
no piensa sino en el pecado, ni siente más que
por el pecado?... La vista de usted no podría
dejar de avivar en ella la idea del pecado, y
como en ella pecado y demonio se confunden
en un solo pensamiento, la persona de usted,
evocadora del pecado, sería evocadora del de­
monio .
— Don Rodrigo, — repuse yo viendo la maña
que sé daba el médico en apagar los fuegos fatuos
de R om o:— ustedes, los domadores de locos,
¿son también domadores de tontos?
— ¿Qué dirección lleva esta pregunta? —
dice el doctor.
— Dígolo al tanto de que parece que ustedes
no tratan sino de hacernos tragar muchas
bolas... Veamos: siendo tan simpática, como lo
es, la figura de Aureliano, ¿cómo habría de
perjudicarle á la niña la vista de un buen
mozo?
Entretanto nos habíamos aproximado nota­
blemente al sitio donde se hallaba Mercedes.
Romo, alentado por mis palabras, traspuso un
seto que hasta entonces nos había ocultado de

318

GINÉ

Y

PARTAGÁS

la vista de la joven5 y se echo a correr hacia
ella. El doctor León, alarmado por tan inespe­
rada inconveniencia, g ritó :
que me
¡Joven! ¡Por Dios, joven!
compromete usted m ucho... ¡Aureliano! ¡Aureliano!
Aureliano se hizo el sueco... En previsión
de las consecuencias, el doctor se echó á correr
también; mas no por el camino
de Aureliano, sino para dar aviso
á las hermanas de guardia, que
estaban algo separadas
del sitio donde se hallaba
Mercedes.
La escena que ante
mis ojos vino á desarro­
llarse acabó de hacer la
apología de la ciencia y
experiencia del m édico
interno, probándose, una vez más,
que el doctor Libe sabía sacar
buenos discípulos... Tan pronto la
niña divisó al imprudente Romo,
quedóse extática; los ojos grandemente abiertos,
la boca embobada: todo como si quisiese cercio­
rarse de la realidad de lo que v e ía ... Dió un
grito de terror; se mesaba con furia la caballera,
con lo cual sus largas trenzas quedaron deshe­
ch as... y, sin parar de dar alaridos, emprendió

M IS T E R IO S D E L A

LOCU RA

319

una fuga d esaten tad a... ¡E ra una furia perse­
guida: una figura digna del lápiz de Gustavo
Doré!
A l final de la avenida, la joven cayó en
brazos de las herm anas; . . . el doctor estaba y a
a llí para disponer lo con ven iente... Cuanto
al infeliz Romo, le estuvo bien empleado: es­
pantado del aspecto de Mercedes, declaróse en
presurosa retirada
y , al escapar por
el boquete que an ­
tes abriera en el
seto, dió de bruces
en tie r r a ... Fui á
socorrerle: sólo se
había contundido la nariz;
pero estaba m uy espantado ...
Condújele al la g o , lavóle la
cara, le refresqué la nariz y limpióle los vestidos
de la arena que se había puesto en la caída.
— G racias, a m ig o ,— me d ijo.— Que no lo
sepa don F e lip e ;... se lo diría á p a p á ... Dile
al médico que no se lo cuente á nadie.
En cuanto a m í— pensé— y a verás cómo me
lo callo.
Arreglado el talante de m i condiscípulo,
fuimos á reunirnos con los otros periodistas,
que en aquel entonces visitaban la capilla.
Era ésta de mayores proporciones de lo que

320

GINÉ Y

PAKTAGÁS

pudiera pensarse teniendo en cuenta la reducida
población á que estaba destinada... Luego me
acordé de que su importancia debía ser mayor,
para el culto de la comunidad de hermanas de la
Caridad que prestan servi­
cio en el asilo. El altar era
nuevo, pintado y dorado,
de estilo churrigueresco,
recargado de esculturas
primorosas, que eran obra
perseverante de un manía­
co tallista, que encontraba
solaz en sus penosas aluci­
naciones ocupándose en su
oficio. Desde el plan terre­
no, se pasaba al presbiterio
por una escalinata y había
otras dos colaterales que
daban acceso á las tribunas
destinadas á los enfermos.
Dos simples visillos corre­
dizos, de lana adamascada, bastaban para que
hombres y mujeres, desde su respectiva tribuna,
no pudiesen verse, aun concurriendo simultá­
neamente al templo.
Don Benito y el Reverendo don Cicimbrio
estaban arrodillados en el presbiterio; los demás
periodistas, con el Director, conversaban, á
media voz, en la sacristía. Como la oración de

M IS T E R IO S D E

LA

LOCU RA

321

don Benito se prolongara en demasía y el ape­
tito de los visitantes aumentaba en proporciones
geométricas, empezaron éstos á desfilar, diri­
giéndose al departamento de hombres por una
puerta que sale á los comedores. Quedéme yo,
con el pretexto de ofrecer el agua bendita á los
remanentes, bien que era otro mi propósito: el
de conocer cómo opinaba de la locura y de los
locos el representante de la escuela política tradicionalista. Acertado anduve, pues á los cinco
minutos salieron don Benito y el capellán,
quienes recibieron de mis dedos el bendito lí­
quido, se santiguaron, y llegando al dintel de la
puerta, el Director de Las Tradiciones, después
de besar la mano á don Cicimbrio, se expresó en
los siguientes términos:
— ¡Qué gran consuelo, don Cicimbrio, en
medio de la iniquidad de que está repleto el
mundo, hallar en el seno de este benéfico asilo
la enseña gloriosa de la santa Religión!... La
locura, enfermedad del alma, obra del pecado
y de la falta de creencias, ¿donde, sino en la
Religión, encontraría auxilios eficaces? El re­
tiro, la soledad, la contemplación y las ora­
ciones, calman las tempestades del espíritu...
¿Qué es la locura, sino una tempestad del alma?
Usted, con su sagrado ministerio, y las Reve­
rendas Hermanas de la Caridad, con su piadoso
celo, deben ser el eje y la piedra fundamental
21

322

G IN É

Y

PARTAGÁS

del Manicomio... Con pláticas religiosas, con
sermones, con el ayuno y la penitencia y con­
fesando y comulgando, la mente halla reposo y
la conciencia tranquilidad... ¿Frecuentan la
Eucaristía los alienados?
__Mo, señor, y no sólo no la frecuentan, sino
que, por punto general, les está prohibido este
sacramento... Concurren a las funciones i ©li­
diosas los que tienen devoción y discernimiento
bastantes... Para estas cosas, aquí no hay mas
criterio que el del señor Director.
__Entonces, el ministerio de usted resulta
muy reducido...
— No tanto como podría usted imaginarse...
Los consuelos de la religión se administran
individualmente, y siempre en el modo y forma
que prescriben los médicos... Estos son los que
entienden de las enfermedades de la mente...
Porque, la verdad, locura y pecado son cosas
muy distintas, tanto como la locura y el delito.
La confesión lava los pecados y las faltas que
cometemos con conocimiento y responsabilidad:
el loco no puede pecar, porque carece de ambas
cosas. La locura es un padecimiento, no un
delito ni un pecado.
Oyendo estos razonamientos, que me pare­
cieron muy discretos, don Benito sacó de su
faltriquera un inconmensurable pañuelo de hier­
bas, sonóse su bien nutrida nariz y sorbió un

M IS T E R IO S D E L A

LOCURA

323

gran polvo, recién extraído de su holgada ta­
baquera de plata.
A tiempo llegó un camarero con el aviso de
pasar al comedor, donde
era esperada nuestra pre­
sencia ; á tiempo, d igo,
porque, rehecho el señor
Pueyo de la sorpresa que
le causaran las palabras
del cura, pensé que iba á
enzarzarse por las altas
cumbres de la Teología mo­
ral. .. y entonces teníamos
para mucho rato.
Estuvo la mesa bien
servida; la comida, si no
espléndida, opípara, desco­
llando entre los platos un
salmón enjaezado de ma­
nera original, que hubo de llamar la atención
de los comensales: su cuerpo estaba cubierto de
rosas y camelias, cuyas primeras y únicas ma­
terias eran el rábano ó la zanahoria; una larga
cadena de esta última misma substancia pasaba,
á modo de freno, por la boca del pescado y, des­
pués de arrollarse en las aletas, terminaba con
dos preciosas rosas en la cola. Era un Prometeo
culinario, amarrado á la fuente, que abría el

324

GINÉ Y PAKTAGÁS

apetito: en cada comensal encontró un buitre...
Hasta tanto que no se presentó el pescado y con
él el Sauternes, reinó silencio bromatológico en
la mesa. —Se veía que el hambre había llegado
á los más altos grados de la elocuencia. — Como
es regla en semejantes casos, la conversación
se fué generalizando y el ingenio sacando punta;
las voces en crescendo, hasta que sobrevinieron
los alegres estampidos del Champagne de las
marcas más afamadas. Estos dieron la señal
de principiar los brindis... Iba á levantarse
don Pedro, cuando el doctor Libe, que ocupaba
la cabecera, pidió permiso para hacer una pro­
posición.
— Señores, —dijo.—La comida es una nece­
sidad del cuerpo... Ya la hemos satisfecho...
Los brindis son un lujo del alma... No nos olvi­
demos de que, junto á nosotros, están esos
infelices, anegados en las penas de la locura;...
¡Son nuestros hermanos, nuestros desdichados
hermanos!... Ya que el buen comer y el buen
beber fomentan los sentimientos generosos, aso­
ciémonos a sus pesares... No brindemos, ó
mejor, unámonos todos en un solo brindis:...
brindemos para que el mundo conozca al loco,
y, conociéndole, le compadezca, le atienda y
le cuide como enfermo. ¡Quién sabe si un día
necesitaremos para nosotros el beneficio de estos
sentimientos!

M IS T E R IO S D E

LA

LOCURA

325

Las palabras del Director han sido recibidas
con verdadero entusiasmo. De los párpados de
don Pedro y de don Felipe se desprendían lágri­
mas de ternura, que me los han hecho muy sim­
páticos.
Don Benito, que también se había conmo­
vido, añadió:
— Pero, señores, bendigamos las obras de
Dios.
— Benditas sean, — dijimos todos.
— Ya que no hay brindis, y me parece muy
bien,— repuso don Pedro,— podríamos emplear
la sobremesa ocupándonos de la Memoria de
nuestro compañero Martínez... Ahí está el do­
cumento...
— ¡Que se lea! ¡que se lea!— dijimos todos
á un tiempo.
— ¿El señor Director lo permite?
— No hay reparo... Ya verán ustedes cómo
ahora respira la locura.
Lo substancial de la Memoria-proyecto de
don Alberto consistía en lo siguiente:
1.
° Todo el periodismo político de la capital
se comprometía á contribuir con sus fuerzas
y caudales á la creación de un periódico único,
que se titularía El Polícromo, en razón á que
aparecería con todos los colores de la política.
2.
° Todos los periódicos políticos que hoy
día hacen la campaña en la capital, cesarían

326

GINÉ Y PARTAGÁS

en su publicación el mismo día en que apare­
cería el primer número del Polícromo.
3. ° El Polícromo tendría tres ediciones dia­
rias: matutina, vespertina y nocturna, y cons­
taría de tantos artículos doctrinales cuantos
fueren los matices políticos de la Nación; habría
una sección de polémica, en la cual cada re­
dactor defendería sus opiniones desde el punto
de vista de la escuela á que estuviese afiliado.
4. ° El periódico no constaría más que de una
sección, en lo referente á las materias que no
son objeto de debate: afecciones atmosféricas,
movimiento de la población, santo del día,
cuarenta horas, sucesos de la localidad, oscila­
ciones de la Bolsa, espectáculos públicos, avisos,
anuncios y telegramas... De ahí un ahorro
inmenso en la composición y tirada del pe­
riódico.
5. u No habiendo más que un periódico en
la capital, la suscripción sería única. De ella
se pagarían los gastos de edición, correspon­
dencias, telegramas y reparto, y los beneficios
se repartirían alicuotamente entre los perio­
distas.
Esta fusión se hacía extensiva á los artistas:
dibujantes y pintores convendrían en lo si­
guiente :
Cada artista profesaría una sola especia­
lidad. Cuando, por ejemplo, se tratase de hacer

MISTERIOS DE LA LOCURA

327

un retrato, uno dibujaría la cara, otro el brazo
izquierdo, otro el brazo derecho, otro el tronco,
otro la pierna derecha, y otrola izquierda. Del
mismo modo procederían los pintores. Si se
tratase de dibujar ó pintar un árbol ó un jardín,
uno pintaría ó dibujaría los troncos, otro las
ramas, otro las hojas, otro las
flores y otro los frutos; si del
dibujo de una casa, éste pintaría
ó dibujaría el edificio,
el otro los balcones, el
otro las puertas, etc...
El producto de las obras
de arte se repartiría
por igual entre todos
los artistas.
El Gobierno perse­
guiría, llevándole á los
tribunales, á cualquier
periodista, dibujante ó
pintor que ejerciese sin haberse convenido ó que,
de haberlo hecho, faltase á la conformidad del
convenio.
El proyecto de don Alberto fue al principio
sonreído; luego después reído, y últimamente
carcajeado por todos los periodistas, no siendo de
los menos expresivos en estas manifestaciones
hilarantes el señor don Eugenio de Guzmán,
quien se apresuró á decir:

328

G IN É

Y

PARTAGÁS

— Señores: declaro solemnemente, que pre­
tender juzgar de la chifladura de un sujeto, no
puede ser obra del sentido vulgar. El sentido
común — y éste pretendo tenerlo yo — de nada
sirve para esta determinación... Hace poco tenía
en concepto de cuerdo á Martínez; . . . hasta lle­
gué á dudar del doctor Libe... Ahora digo: que
para entender de trastornos de la mente, es in­
dispensable ser médico... y médico alienista.
A una indicación del doctor Libe, hubo un
levantamiento general de la sesión trotológica,
seguido de recíprocas acciones de gracias y
ofrecimientos. Los periodistas salían con el
semblante satisfecho... Pero hubo una escena
cómica, aunque íntima.
— Don Eugenio,— dijo al director de La Ley
Marcial llamándole aparte, el doctor León. — Si
usted me lo permitiese, le haría una obser­
vación ...
— ¿Cuál?
— Que lleva un fideo en la cinta.
— ¿Qué cinta?
— La de la condecoración...
¡ A h !... tantas gracias... Ha sido una ca­
sualidad... Pero ruego á usted no se lo cuente
á nadie.
Por lo visto, don Rodrigo iba convirtién­
dose en depositario de secretos periodísticos...
Yo le acababa de encargar secreto por la aven-

M IS T E R IO S D E L A . L O C U R A

329

tura de R om o... Él, en cambio, me ha referido
el secreto de don Eugenio... Yo, lector, te lo
cuento también... pero secretamente... confiado
en tu discreta secretividad.
Media hora después de haberse despedido la
Prensa, me despidieron á m í... ¡Qué satisfac­
c ió n !... Cuando me despedía del Director, vi
que éste escribía en mi hoja clínica: «Día 24 de
Noviembre: Alta; perfectamente curado».
El 26 de Diciembre, día de San Esteban
proto-mártir, se efectuaba nuestra boda, siendo
testigos don Agapito Zuriago y don Rodrigo
de León, este último en representación del doc­
tor Libe. La bendición nupcial corrió á cargo
del Reverendo don Cicimbrio Nasturcio.
Se pasó alegre el día... Hubo buena comida;
en la velada concierto y baile por la noche,
etcétera, etc.

Tres semanas después, en plena luna de
miel, Rosita y yo habíamos recorrido la Italia
y la Suiza y nos hallábamos en París, ocupando
una de las mejores habitaciones del Grand Hôtel.
Eran las diez de la mañana; el camarero entró
mi correspondencia... Entre varias cartas, había
un número de El Radical, que dirigía don Pedro

330

GINÉ Y PAETAGÁS

Llanos... Un suelto de la crónica local, seña­
lado con tinta roja, decía:
«Sor Angélica, que iba á tomar el velo en el
Convento de Madres Inocentes, de L ..., desapa­
reció, hace tres días, del religioso asilo. Dícese
que su evasión ha sido preparada por el hijo
del sacristán, quien también ha desaparecido.
Coméntase que se trata de un compromiso hipogástrico, cuya solución, según esperan los
interesados, verá la luz en Buenos Aires, si la
travesía no es muy larg a... ¡Que la bendición
del Señor venga sobre la emigrante pareja, y
que sea en enmienda de sus errores y en des­
agravio de la m oral!»

NOTAS EXPLICATIVAS

NO TAS

EXPLICATIVAS

1.

U l t r a f r e n i a . — Nombre adoptado por ser sinfónico
de Ultratumba — Memorias de Ultratumba, de Cha­
teaubriand.— Yoz latino - griega, compuesta de ultra,
más allá, y fren , razón ó espíritu. Más allá de la
razón está la Locura; que no debe confundirse con
la Imbecilidad, deficiencia del desarrollo mental, ni
con la Demencia, disminución ó pérdida de aptitudes
mentales.

2.

T ragaluces

rectilín eo s

entrecru zados. —

Son los nervios ópticos, que, desde las retinas, mem­
branas nerviosas en donde se pintan las imágenes en el
fondo de los globos oculares, transmiten las impresio­
nes luminosas al sensorio, después de haberse entre­
cruzado las fibras de dichos nervios de una manera
especial, por debajo del cerebro, formando el Kiasma.
3.

LOS

L A B E R Í N T I C O S S E N D E R O S DE L A A C Ú S T I C A . —

El oido interno, sitio donde tiene lugar la impresión
nerviosa de los sonidos, se llama también Laberinto,
y consta de una pequeña cavidad llamada Vestíbulo,
de tres conductos semicirculares — dos verticales y
uno horizontal — y además de otra cavidad, que re-

334

GINÉ

Y

PARTAG ÁS

produce exactamente la de un caracol, en la cual se
ve un tabique, que la subdivide en dos, llamadas
escalas. Por éstas se distribuye el nervio Auditivo, ó
Acústico, formando unas pequeñas prolongaciones,
comparables á las teclas de un piano, y constituyendo
lo que se llama el órgano de Corty.
4. E l h e r m o s o s o l d e E i d l e y . — La substancia ner­
viosa que constituye el encéfalo, es en parte gris y en
parte blanca. La parte blanca está formada de tubos
nerviosos, á los cuales se atribuye la propiedad de
conducir las impresiones sensitivas y las determina­
ciones del movimiento. Esta substancia blanca pro­
viene de la médula espinal; atraviesa unos abultamientos, nerviosos también, que se llaman el bulbo
raquídeo y el istmo del encéfalo, y al pasar por ellos
se engruesa, continuando hacia el cerebro, formando
dos haces, que se llaman pedúnculos cerebrales. Estos
— uno para cada hemisferio cerebral— penetran en
unos grupos de substancia gris, que se llaman tálamos
ópticos, y atraviesan luego otros núcleos, grises tam­
bién, llamados cuerpos estriados. Desde aquí, los gran­
des haces de tubos nerviosos se separan, para exten­
derse por todo el seno de los hemisferios y penetrar
en las circunvoluciones cerebrales: esta expansión de
los pedúnculos cerebrales se llama sol de Eidley.
5. Y e s a n i a . — Igual á mente insana, ó Locura.
6. E u l o g i o H i g i o f r é n . — De eu, fácil, ó bien, y logos,
discurso. — Eulogio: que habla bien. — H igiofrén: de
Higios, sano, y fren, mente ó espíritu.— Eulogio Hi­
giofrén: que habla bien y que tiene sana la mente.
7. E l V e n t r í c u l o m e d i o , etc. — El ventrículo medio es
una cavidad ó espacio comprendido entre la parte más
baja de los dos hemisferios cerebrales, la cual, á dere­
cha y á izquierda, comunica con otra cavidad, labrada

M IS T E R IO S D E L A L O C U R A

8.

335

en el espesor de cada hemisferio, que recibe el nombre
de ventrículo lateral — derecho é izquierdo.— Los tála­
mos ópticos, uno en cada hemisferio, al paso que se
hallan en los ventrículos laterales, constituyen las pa­
redes externas del ventrículo medio; el tálamo óptico,
núcleo del encéfalo, se cree que es el punto donde con­
verge toda la función cerebral consciente; de donde
que se suponga emplazado en este sitio el Palacio de
la Conciencia. En la parte posterior’ del ventrículo
medio se encuentra la abertura de un conducto que
pone en comunicación este ventrículo — llamado tam­
bién tercero — con el cuarto, ó del cerebelo: es el acue­
ducto de Sylvio. A la entrada de este conducto, por el
lado del ventrículo medio, se halla un cuerpecito de
substancia gris, de la figura y tamaño de un corazón
de pajarito, que recibe el nombre de glándula pineal,
la cual se halla envuelta en los repliegues de una tela
ó membrana vascular, llamada tela coroidea.
La N A C A R A D A T IE N D A , L A T lE N D A DE L C E R E B E L O . — Es
una membrana fibrosa, muy resistente y de color
blanco nacarado, que separa, por atrás, el Cerebro del
Cerebelo. El ventrículo cerebeloso, ó cuarto ventrículo,
se halla debajo de la tienda , y forma una cavidad
de figura romboidal. Por arriba, comunica con el ven­
trículo medio, por el acueducto de Sylvio, y por abajo,
con un conductito que corre á lo largo de toda la
médula, por una hendidura triangular, que forma
la punta del cálamus scriptorius. Este cálamus scriptorius, ó pluma de escribir, es la que usa Eulogio,
autor de las M e m o r i a s : las barbas de esta pluma,
son las raíces de los nervios auditivos. El suelo del
ventrículo del Cerebelo está tapizado de substancia
nerviosa, de color gris, sobre la cual se extiende una
cubierta de un tejido más denso, que se llama epén-

I
ggg

giné y paetagás

dima. Levantando esta substancia gris, se descubre
otra, de color más obscuro, llamada substancia negra
de Scemmering. Esta es la materia atramentaria que
Eulogio deslíe con agua procedente del acueducto de
Sylvio, y, por consiguiente, del ventrículo medio, para
escribir sus M e m o e i a s .
9. H i g i o f r e n i a . — Higios, salud, y fren, razón ó mente.
10. O l i g o f r e n i a y A f r e n i a . — Óligos, poco, y fren,
razón ó mente.' — A, privativo, y fren, razón ó
mente.
11.

F r e n a l g i a . — De alafia, dolor, y fren , razón ó mente:

dolor moral, tristeza ó melancolía. — H iperfrenia :
De hiper, sobre, y fren, mente, ó espíritu: sobrexci­
tación de la mente.— I deofrenia : equivalente á deli­
rio,_F renoplexia : Parálisis de la mente, ó sea estu­
por ó éxtasis.
12. E n o s . — Vino.
13. H e m A. — Sangre.
14. H i d o e . — Agua.
15. S a l v i a , V a l e r i a n a y Á r n i c a . — Plantas reputa­
das encefálicas, porque despejan el cerebro y la inte­
16.

ligencia.
E s t r a m o n i o , B e l e ñ o , B e l l a d o n a .— Plantas que
determinan perturbaciones mentales y, sobre todo,

alucinaciones.
E l é b o r o b l a n c o y M a n d r a g o r a . — Plantas usa­
das en la más remota antigüedad para combatir la
locura.
18. R eflejismos nerviosos, Cerebraciones inconscien­
tes , A utomatismos cerebrales . — Punciones del
cerebro que no tienen trasunto en la Conciencia.
19. E n c e f a l i t i s , M e n i n g i t i s , etc. — Todas las termi­
naciones en itis, según el lenguaje de la Patología,
significan inflamación.

17.

MISTERIOS DE LA LOCURA

337

20.

T r a u m a . — Todo lo que obra, mecánica ó químicamente,

21.

A g a p i t o . — Del griego, Agapi, amor. El doctor don

de manera violenta, destruyendo los tejidos vivos.

22.
23.
24.
25.
26.

27.

28.

29.

30.
31.

Agapito Zuriaga, eminente catedrático de Anatomía
de la Universidad de Valencia, contemporáneo, que
escribió un buen tratado sobre la mencionada asig­
natura.
A r d i l l a . —-En catalán se llama Esquirol, nombre del
gran frenópata discípulo de Pinel.
P t i a l i t a . — Representante del sentido del gusto; la sa­
liva tiene un fermento llamado ptiálina.
P s i c o f r í g i d a . — De Psicos ó psique, espíritu, y frigidus a. um, cosa fría.
P s i c o c á l i d a . — De Psicos ó psiqué, espíritu, y cálidus
a. um, cosa caliente.
M a n í a , ó locura exaltante.
P a r á l i s i s g e n e r a l . — Locura, de ordinario acom­

pañada de delirio de grandezas, con pérdida gradual
y progresiva de las aptitudes mentales, así como de
los movimientos: llámase también parálisis general
progresiva.
P l e x o c o r o i d e s . — Una porción de la membrana vas­
cular — piamadre — que tapiza directamente al cere­
bro, la cual forma repliegues en los ventrículos late­
rales.— E s po ló n d e M o r a n d . — Una circunvolución
cerebral, vuelta del revés, que se encuentra en un
recodo de los ventrículos laterales. (Véase nota 7.a).
L a c á p s u l a i n t e r n a . — Hacecillos de substancia
blanca, que atraviesan, radiando, los núcleos de
substancia gris de los cuerpos estriados del núcleo
del encéfalo.
El autor de esta locución es el Dr. D. José de Letamendi;
la escribió en la portada del álbum de un manicomio.
A b i n g e s t i s . — De las cosas ingeridas ó comidas.
22

338
32.

GINÉ

Y

PARTAG ÁS

N o s t a l g i a . — Extrañamiento del país ó de la familia.

33.

La

p a r r i l l a m e t a c a r p i a n a . — La parte media de
la mano, llamada metacarpo, está formada de cinco
huesos, casi paralelos entre sí, lo cual da al meta­
carpo la figura de parrilla.
34. S u l f o n a l . — Medicamento moderno, que provoca el
sueño y de útiles aplicaciones en el tratamiento de
las enfermedades mentales.
35. H e n d i d u r a d e B i c h a t . — Espacio linear, circuns­
crito por arriba por los lóbulos posteriores de los
hemisferios cerebrales, y por abajo, por los lóbulos
laterales del cerebelo.
36. V e n t r í c u l o q u i n t o , ó d e C u v i e r . — Así se llama
á un pequeño espacio, circunscrito — como dice el
texto — entre las hojillas del septum lúcidum, que es
un tabique membranoso, el cual separa entre s í, por
su parte más alta, á los ventrículos laterales del
cerebro.

37.

R olando

38.

F uerza

e l F u r i o s o . — Onomatopeya de Orlando
el Furioso; la cisura de Solando es una de las más
notables de la cara externa de los hemisferios cere­
brales.
m e d i c a t r i z . — Supuesta fuerza, á la cual
la escuela vitalista atribuye la dirección de los movi­
mientos curativos del organismo.

INDICE

P&gs.
M o t iv o ,

o bje to

y

f in

de este

l ib r o

..................................

5

ANTECEDENTES
1.. . .—Un mito que, por ahora, le vendrá al lector un
tanto holgado......................................................
II. . .—De niño á hombre. . . ......................................
III. . —Euego en la mecha. — Escarceos en los mares de
Cupido...................................................................
IV. . .—El observatorio geográfico del Amor..............
V. . .—Aplicación de las asignaturas .del Bachillerato.
VI. . . —De cómo el clero parroquial se interesa por la
higiene pública....................¡ .............................
VII. .—Amor y luna.—El rayo de la divina cólera... .

9
13
19
27
35
41
47

LA LOCUEA POE DENTEO
1.. . .—-Entra en materia. — Ego sum................................
57
II. . . —Apuntes topográficos de Ultrafrenia...................
63
111.. —La Demografía de Ultrafrenia. — Los ultrafrenoides.....................................................................
77
IV. . . — Los ultrafrenenses...............................................
83
V . . .—Un galimatías.— Tempestad en puerta. — ¡Orden!
¡ Orden! ...............................................................
93
VI. . .—Entre Galenos...........................................................107
V II. .—Un documento parlamentario..................................121
VIII. —Las Vesanias. . .................................................... 131

P¿gs.

IX
-Lord
________
Spleen..........................................................
X ...... -Noticias de Extra-Cerebro.................................
XI
________
-La
Gran Locura, ó sea la obra de los Delirios
é Impulsos..........................................................
XII. . . -La Estafeta de Ultrafrenia.................................
X III. . -Continúa la Gran Locura ó sea la obra de los
Delirios é Impulsos..........................................
XIV. . .■ ■Deshielo y una aurora boreal.en Cerebrópolis.
X V. . .- Los Delirios en derrota. —La última trinchera.
XVI.
■Ya
. . escampa...........................................................
XVII. .La última escaramuza.—Hipnotismo y suges­
tión.....................................................................
XVIII. -Atar cabos................................................

143
151
161
171
179
187
195
205
213
225

LA LOCURA DESDE FUERA
1..

11..

III.
IV.
V. .

Del lago al comedor.—Dos megalomanías..
i ¡No r e s tr a in ü ......................................
Lo que tiene fiarse de locos...............................
Periodistas en el Manicomio.........................
Como acaba.....................

N otas e x p l ic a t iv a s

239
251
269
285
309
333

OBRAS

DEL

AUTOR

sacados de las lec­
ciones dadas por el Dr. Griné en la Escuela libre
del Instituto Médico de Barcelona. — 4 pesetas.

A pu n t e s d e A n a t o m ía g e n e r a l ,

C u a d r o s s in ó p t ic o s d e A n a t o m ía d e s c r i p t i v a , qu e

Artrologia, Miología, Arteriología,
Flébología y Neurología. — 5 pesetas.
c o m p r e n d e n la

N e c e s id a d l ó g ic a d e a m p l ia r los e s t u d io s a n a t ó m i ­
c o s . — Memoria leída en la Academia de Medi­
cina y Cirugía de Barcelona. — 0’50 pesetas.

D e l em p leo d e l á c id o f é n ic o e n los e m b a l s a m a m ie n ­
tos h u m a n o s . —

C o m pen dio

de

(Agotada).

A n a t o m ía m éd ico - q u i r ú r g i c a . —

Un

tomo en 4.° mayor, 6 pesetas.
T r a t a d o d e H ig ie n e r u r a l . —

4 pesetas. — (Agotada).

Un tomo en 4.° mayor,

Queso elem ental de H ig ie n e p r iv a d a y p ú b lic a . ___

Obra laureada por la Real Academia de Medi­
cina de Madrid. — Cuarta edición, anotada por
el doctor D. Rafael Rodríguez Méndez, cate­
drático de Higiene de la Facultad de Medicina
de Barcelona. — Cuatro tomos en 4.° mayor, 25
pesetas.
P boyecto e e la tiv o á l a v e e ie ic a c ió n de las defun ­
ciones

é

in stalació n

C asas

de

de

socoeeo

en

B ak celo n a . — Una peseta.
I ndice

h ig ié n ic o , moeal é intelectu al de un pue ­

b l o . — discurso. —

A bh onías entee

la

Una peseta.

H ig ien e

y la

L ib eetad . — Dis­

curso. — Una peseta.
T katado

. iconogeáeico

clínico

q u ir ú r g ic a .

de

D erm atología

- Un volumen en 4.°, de 840 páginas

y atlas de 48 figuras cromolitografiadas, cinco lito­
grafías y tres fotografías. — 16 pesetas.
T ratad o clínico iconográfico de las enferm edades

Un volumen de 600
páginas, con 16 láminas cromolitografiadas. — 16
ven éreas

y

s if il ít ic a s . —

pesetas.
E studios

sobre la

sección

poe lig a d u r a e l á s t ic a .

— Una peseta.
L a F am ilia de los On k o s . — Novela científica ilu s­
trada. — 5 pesetas.

T ratado

t e ó r ic o - p r á c t ic o

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E r e n o p a t o l o g ía . —

Un tomo en 4.° prolongado, de 600 páginas.— 10

pesetas.
H o m o lo g ía y H e t e r o l o g ía f r e n o p á t ic a s . — Un tomo

de 200 páginas. — 2 pesetas.
Un

v ia je

á

C e r e b r ó p o l is . —

(Agotada).

E l C o r a zó n d e l O r a t e .-— Discurso.— Una peseta.

El

C ó d ig o

pen al

y

la

F r e n o p a t o l o g ía . —

Una

peseta.
L ec c io n e s s o b r e l a h is t o r ia d e l a M e d i c i n a . — Un

tomo de 400 páginas, 5 pesetas. —- ("Agotada).
E d if ic io s in ó p t i c o - h is t ó r ic o d e l a M e d i c i n a . — Re­

presentación gráfica de la historia de esta cien­
cia.-— 5 pesetas.

IM PREN TA
DE

H E N E I C H Y C±
E N COM ANDITA

,SDC. DE R4MÍK.EZ Y C.*
P asaje Escudillers, 4

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