Pascual López: autobiografía de un estudiante de medicina

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Madrid

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Impresos
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0000000186
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Notas
Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Procedencia
Jaureguízar, Agustín
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
Impresor
Librería de Fernando Fé
Lugar de publicación
Madrid
Idioma
Español
Europeana Type
TEXT
Europeana Data Provider
Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
Derechos
Universidad Complutense de Madrid
Licencia de uso
CC BY-NC-ND 4.0
Fecha de creación
1889
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PASCUAL LÓPEZ

o(Á ■

'8 ^ 1

OBRAS DE LA AUTORA

CRÍTICA

É HISTORIA

San Francisco de Asís. (Siglo xnr.) —Dos tomos.
L a cuestión palpitante.— Un tomo.
Estudio crítico sobre el P. F eijó o .-U n tomo (agotado).
L a revolución y la novela en Rusia. ( Lecturas en el Ateneo
de Madrid.)— Un tomo.
Mi rom ería— Un tomo.
De mi tierra. — Un tomo.
NOVELA

Un viaje de novios.— Un tomo.— Tercera edición.
L a tribuna. —Un tomo.
El cisne de Vilamorta. —Un tomo.
L a dama joven.— Un tomo.
Los Pazos de Ulloa.— Dos tomos.
L a madre Naturaleza.— Dos tomos.
EN

PRENSA

Insolación (novela). —Un tomo.
Morriña (ídem). —Un tomo.
EN

PREPARACIÓN

Los hermanos Zemganno. — (Traducción de Edmundo
Goncourt, con un estudio sobre este autor.)
Propiedad y familia.— (Novela.)

Establecimiento tipográfico de Ricardo Fé, Olmo, 4.
'

i

de

EMILIA PARDO BAZAN

PASCUAL LOPEZ
AUTOBIOGRAFIA

DE

UN E S T U D I A N T E D E M E D I C I N A

TERCERA

EDICIÓN

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o

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o j

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P RÓ LO GO Á LA T E R C E R A E D I C I Ó N
DE

PASCUAL L Ó PE Z

ver de nuevo la pública luz mi pri­
mer novela, si llamarse novela merece lo
que en rigor no pasa de rápido esbozo de
costumbres estudiantiles, entretejido con fantasías
científicas que casi trascienden á nigromancia, co­
mo trasciende todo á cosa sobrenatural en Santia­
go, la ciudad carcomida, vetusta, cubierta de pa­
tina oscura y verdosa, á manera de viejo alqui­
mista que viste hopalanda polvorienta.
A nadie sorprendió más que á la autora la fortu­
na del presente libro, la patente de novelista que
por él le concedió la crítica, su inmediata traduc­
ción al alemán en la revista A n f der H'óhe, la bene­
volencia con que lo recibieron y la cordialidad con
que lo festejaron personas ya acreditadas en el te­
rreno de las letras. No habiéndome propuesto nove'ALE á

2

Prólogo « la tercera edición.

lar, por no creerme con aptitud para ello, sino úni­
camente intentar un ensayo, me causó gran conten­
to y me levantó un si es no es de cascos ver que
literatos de fama me animaban á acometer empre­
sas más dificultosas en el campo de la ficción nove­
lesca. Si aquellos estímulos produjeron después
algún resultado satisfactorio, Dios se lo premie á
los que así me impulsaron; y sino, que no se lo
demande, pues su intención fué recta.
Tres juicios sobre P ascual L ó pez , trazados
por manos que ya paralizó la muerte, se insertan
al frente de esta tercera edición, como tributo de
gratitud á la memoria de sus autores; y puesto
que el prólogo que estoy escribiendo no llena
otro fin sino el de dar gusto á mi pluma, viciada
ya en estas pláticas con el lector discreto, séame
permitido consagrar el presente trozo de prosa á
decir algo de los tres difuntos y bondadosos ensal­
zadores de Pascual L ópez.
Don Manuel de la Revilla gozó, en su tiempo,
de gran autoridad crítica, y fueron sus fallos tan
codiciados como temidos. Desempeñaba el papel
de crítico militante, repartidor de tajos y reveses,
coronas y flores. El autor novel, el dramaturgo
tempranero, el poeta que comenzaba á asomar re­
celoso la frente fuera de su concha provinciana,
solían preguntarse con angustia:— «¿Qué dirá Re­
villa de mí?»—Y los concurrentes al teatro, y los

Pascual López.

3

aficionados á primicias literarias, acostumbraban
también averiguar, antes de formar juicio:—«¿Qué
dice de eso Revillar»
No desaprovechaba Revilla ocasión alguna de
manifestar la antipatía que le inspiraban los escri­
tores hembras, ó mejor dicho, las hembras escri­
toras; y parece que al fijar sus ojos en la cubierta
de Pascual López, exclamó impaciente y mal­
humorado :—«Literata tenemos.»—En vista de lo
pronto que trocaba en paces las iras, llegando fá­
cilmente hasta el encomio y la lisonja, juzgo que
su prevención contra las escritoras debía de ser
condicional, y no alcanzar las proporciones formi­
dables que reviste la del estrambótico cuanto ori­
ginal y salado escritor francés Barbey d’Aurevilly, en su curioso libro Les bas bleus.
El artículo acerca de Pascual López fué, si no
me engaño en fechas, de los últimos trabajos del
infortunado crítico: poco después sobrevino su
cruel enfermedad. Hoy que se han publicado, re­
unidos y puestos en orden, los artículos de Re­
villa, podemos juzgarle con más acierto que cuan­
do le leíamos al calor de la polémica y á los lu­
cientes chispazos de la idea á medio forjar aún. No
sobresale como estilista: no es de los paladines
que llevan airosamente el rico arnés de oro y
bronce de la prosa castellana: no es tampoco un
ingenio sutil, á lo Sainte Beuve, ni un disector de
nerviosa y certera mano, á lo Fígaro; pero á falta

4

Prólogo á la tercera edición.

ele tales cualidades, le honra su imparcialidad sin­
cera, su notorio celo por el esplendor de la litera­
tura patria, su amena variedad de conocimientos,
su claridad de exposición y su prudente eclecti­
cismo, el mejor sistema crítico en países como el
nuestro, donde se escribe poco, y poquísimo bue­
no, y eso bueno hay que acogerlo con los brazos
abiertos, venga de donde venga y traiga el rótulo
que traiga.
De Ventura Ruiz Aguilera, el segundo panegi­
rista de PASCUAL L ópez , cuanto se diga tiene que
ser en tono de afectuoso respeto: él le infundía en
las personas menos propensas á sentirlo. No co­
nocía yo á Aguilera sino por sus versos, cuando
me escribió felicitándome y anunciándome la pu­
blicación de un artículo sobre Pascual L ópez. La
espontaneidad que en él rebosa le dió gran valor
á mis ojos. Siempre había demostrado Aguilera
singular predilección hacia todo lo procedente de
Galicia, interesándose en extremo por nuestra tie­
rra, á la cual juzgaba mal conocida y desdeñada
sin motivo; á la cual veía, en una de sus sentidas
composiciones, «bella, pensativa y sola». Quizás
fué esta simpatía la que le impulsó á fijarse en mi
ensayo de novela.
Sin estrépito de resonantes bombos, con me­
diana popularidad, con escasos imitadores, Ven­
tura Ruiz Aguilera puede contarse en el breve nú-

Pascual López.

5

mero de nuestros buenos poetas líricos recientes.
Distinguíale un sentimiento cultivado y clarificado
por la moral más pura, infiltrado de cierto suave
optimismo; un modo de pensar enteramente cris­
tiano, una resignación melancólica, empapada en
lágrimas, parecida á una virgen envuelta en mu­
chos velos blancos;—no de otro modo puedo repre­
sentarme á la musa de Aguilera.—El tono predilec­
to de sus poesías era el de la grave religiosidad;
jamás tuvo una pulsación febril, excepto en las
Elegías, donde el amor y el dolor de padre comu­
nicaron á las cuerdas de su lira vibraciones más
intensas, arrebato y desorden, rapidez y energía
como de queja desgarradora. Todo el que ha te­
nido hijos y los ha amado con el instintivo y divi­
no amor que sólo inspira la progenitura, el pedazo
de entraña destinado á sobrevivimos, admirará las
Elegías de Ruiz Aguilera del modo que se admi­
ran las obras maestras del sentimiento: llorando.
A Ventura Ruiz Aguilera llegué á conocerle per­
sonalmente en Madrid, poco antes de su falleci­
miento. Uno de los sitios donde le vi fué el Mu­
seo Arqueológico Nacional, del cual era direc­
tor ó conservador (no sé si equivoco el título). Lo
que sé es que me dió pena ver al venerable viejo,
con su pecho reblandecido por los achaques, sin
calorífero ni chimenea ni cosa equivalente, en una
cámara lóbrega y triste de aquel destartalado edi­
ficio, donde se amontonaban, á manera de botín

6

Prólogo á la tercera edición.

de guerra, los despojos de nuestro glorioso pasa­
do, las coronas góticas, las armaduras, los tapices
y las lámparas árabes. También Aguilera parecía
objeto arrumbado y conservado por mera curiosi­
dad, personaje amarillento de alguna apolillada
tapicería. No creo que se encontrase allí á gusto
el poeta. Su naturaleza era refractaria al paganis­
mo del arte: mejor que un Museo convenía á Agui­
lera, en sus últimos años, un monasterio, un lugar
de oración, con un pórtico donde viniesen á jugar
los chiquillos y pudiese él ponerles las manos en
la cabeza y calentarse al doble centelleo del sol y
de las risas inocentes.
Saco y Arce... Este párrafo es para los lectores
gallegos, pues fuera de mi tierra son contadas las
personas que recuerdan aún al docto y modesto
presbítero orensano. No obstante, entre ellas figu­
ra Menéndez Pelayo, que no há mucho me hablaba
de él con elogio. Pero Menéndez Pelayo archiva en
su memoria de diamante infinitas cosas que la ge­
neración contemporánea se da prisa á olvidar, lo
mismo que si le estorbasen grandemente. Como
íbamos diciendo, Saco y Arce, amén de humanista
y filólogo, era galano poeta, y sus composiciones,
en que tiraba á imitar el lirismo contemplativo y el
arrobo místico de Fray Luis de León, ostentaban un
sello de apacible tristeza, como conviene al cristiano
seguro de la proximidad del viaje hacia la verdadera

Pascual López.

7

patria. No tenía muchos años Saco y Arce cuando
trabé conocimiento con él, y llevaba ya en rostro
y cuerpo señales evidentes de la enfermedad con­
suntiva que le había de acabar bien pronto. Rea­
lizaba uno de los varios tipos del buen sacerdote
católico, pues es error pensar que hay para bue­
nos sacerdotes pauta fija, y yo los he conocido de
muy diversas condiciones, alegres y francos los
unos, los otros reservados y ariscos, no gozando
sólo el vicio fueros de Proteo, y pudiendo ser tam­
bién multiforme la virtud. Saco y Arce pertenecía
al número de los timoratos, encogidos como sen­
sitivas. Creyente fervoroso, hubiera sido materia
dispuesta para santo allá en otras edades; lastimá­
bale el espectáculo de la suya, y, acaso por des­
aliento, no luchaba con ella; no alardeaba de pro­
pagandista ni de discutidor; se tapaba ojos y oidos,
y se refugiaba en el honesto comercio de las Mu­
sas. Legó á la posteridad bastantes versos correc­
tos y llenos de unción, en un tomito que huele á
incienso por cualquier parte que se abra, porque
Saco era de una pieza y no se dejaba las creencias
á la puerta del Pindó, como hicieron antaño bas­
tantes clérigos y obispos, intachables en su con­
ducta, pero autores de muy pecaminosas y des­
vergonzadas rimas.
Al ofrecer este recuerdo cariñoso al literato y al
hombre de bien que fué Saco y Arce, parece que
el corazón se me dilata, trayendo á la memoria la

8

Prólogo á la tercera edición.

época en que se formó nuestra amistad, con
ocasión de mi primer trabajo en prosa, el Ensayo
crítico sobre las obras del P. M . Feijóo, premiado
en el Certamen de Orense y al cual puso Saco un
elegante prólogo. ¡Tiempo dichoso aquel! Y no
porque cualquiera pasado sea mejor, sino porque
la esperanza despide una luz de aurora muchísimo
más dulce que la claridad del mediodía.
E m il ia

París, 16 de enero de 1886.

P ardo

B azán

Doña Emilia Pardo Bazán.

PASCUAL LÓPEZ
Pocos días hace recibim os u n a novela que lleva por título
P ascual L ópez (autobiografía de un estudiante de m edicina)
y es debida á una escritora no m uy conocida que se llam a
E m ilia P a rd o Bazán. E l lector, que conoce n u estra m anera
de pensar acerca de las m ujeres sabias y lite ratas, com pren­
d erá la invencible prevención con que habíam os de acoger esta
novela, prevención que subió de punto al ver en la m ism a la
lista de las obras de la autora, que son nada m enos que un
Estudio crítico de las obras del padre Feijóo, un estudio sobre Los
poetas épicos cristianos Dante, Milton y Taso, y un Ensayo crítico
sobre el darwinismo, á los cuales seguirá en breve un libro so­
bre San Francisco de Asís, cosas todas tan extrañas al genio fe­
menino, que apenas se concibe que puedan lla m a rla atención
á quien viste faldas. Figurósenos, pues, que la esc rito ra en
cuestión sería sem ejante á c ie rta Mme. C lem encia Royer,
que anda p or esos m undos con un m artillo de geólogo en la
m ano p artiendo piedras y descubriendo dólm enes, que h a tr a ­
ducido el Origen de las especies, de D arw in, y h a escrito c ie r­
tas elucubraciones darw inistas, con un alard e de cru d eza
m aterialista que no se p erm itiría el más b arb ad o d élos natu-

IO

Dona Emilia Pardo Bazàn.

ralistas, y sentimos (fuerza es decirlo) cierta instintiva re­
pulsión hacia la autora de la novela.
Recorrer las primeras páginas de la misma y cambiar de
sentimientos, todo fué uno. Al leer aquella narración llena de
color y de verdad, al ver aquellos caracteres tan bien traza­
dos, y sobre todo al saborear aquel estilo y aquel lenguaje tan
castizos y elegantes que no estarían fuera de lugar en uno de
nuestros estilistas clásicos, cesó toda prevención, y no pudi­
mos menos de celebrar los méritos de la nueva escritora, la
cual, por lo viril de la concepción y el lenguaje de la obra,
debe ser fruto de una equivocación de la naturaleza, que en­
cerró el cerebro de un hombre en un cráneo femenino.
L a autora de P ascual L ópez conoce á fondo y maneja á
su sabor el lenguaje de nuestros clásicos, imitándolo con ha­
bilidad notoria, y aun con tal exageración, que no pocas ve­
ces incurre en verdaderos arcaísmos. La que así escribe ha
estudiado asiduamente á Hurtado de Mendoza, Quevedo,
Cervantes, Vélez de Guevara, y ha sabido imitarlos con
acierto.
No siempre, sin embargo, sostiene esta imitación. Muchas
veces el lenguaje adopta el tono y forma que tiene en nues­
tros días, pero sin perder su castiza pureza, y de esta suerte
resulta amena y fácil la lectura, y la dicción se aparta de la
afectación arcaica de los académicos como del descuido ha­
bitual en los que no conocen los modelos clásicos.
La bella forma de esta producción sirve de vestidura á una
novela, que más que de tal merece en rigor el nombre de
cuento fantástico, por ser de este género el hecho que deter­
mina el desenlace. El protagonista Pascual López, que es el
que hace el relato, es un estudiante de humilde origen y es­
casa fortuna, de carácter vacilante, pobre en sentimiento, fal­
to de elevación en sus ideas y aspiraciones, codicioso de bie­
nes materiales, y constante enemigo del estudio; que ama á
una joven de pobre condición, pero rica en bellezas físicas y

Pascual López.

ii

m orales y de alm a tan p u ra y tiern a como elevada y digna.
C ontrariados estos am ores por la fam ilia de la joven, P ascual
halla la fortuna deseada por un extraordinario suceso en que
consiste el elem ento fantástico de la novela. U n profesor de
quím ica que tra ta de realizar la h asta hoy im posible em pre­
sa de p ro d u c ir el diam ante por m edio de la cristalización artifi­
cial del carbono, hace su ayudante de P a s c u a l, y le prom ete
enriquecerle si le auxilia en sus m anipulaciones, advirtiénle que el experim ento es peligroso, y que en caso de que él
m uera, es su voluntad que P ascual rem ita á la A cadem ia de
C iencias de P a rís el m anuscrito en que se explica su descu­
brim iento, p a ra que no se pierdan su gloria y su secreto. P a s ­
cual consiente, el experim ento se hace y el diam ante se ob­
tiene, pero el profesor pierde la v id a , el laboratorio se incen­
dia y P a sc u a l huye, llevándose el diam ante y no recogiendo
el m anuscrito del químico. Ofrece entonces su fortuna á su
am ad a, pero al conocer ésta la torpe conducta de su am ante
y saber que aquella riqueza ha costado la vida á un hom bre,
se a podera del brillante, lo arroja á un pozo y se re tira á un
convento, con lo cual concluye la n o v ela.
Com o se ve, es esta una obra fundada en un recurso p u ra ­
m ente fantástico, y dicho está cuánto p erjudica al interés
esta inverosim ilitud de la base en que se apoya. G rave defec­
to es éste, sin d u d a , como tam bién el escaso m ovim iento de
la acción, que en ocasiones peca de lánguida; pero am bos es­
tán com pensados por la verdad con que están trazad o s los ca­
racteres, singularm ente el de P ascual y el de P asto ra, que es
u n a creación m uy bella, y por la fidelidad con que están re ­
tra ta d a s las costum bres. H ay acaso c ie rta frialdad en la pin­
tu ra de las pasiones (cosa extraña en un escritor del sexo fe­
m enino) y no se explica bien el acendrado am or de P a sto ra
h a cia un hom bre tan poco sim pático como P a sc u a l; pero es­
tos y otros detalles no im piden que la novela se lea con gusto
y q u ed an oscurecidos por la elegancia y pureza del lenguaje.

12

Doha E m ilia Pardo Baziin.

E n sum a, sin ser P ascual L ópez un a novela de prim er o r­
den, m erece aplauso por las num erosas bellezas que contiene,
como tam bién por la sana y elevada m oral en que se inspira,
y sobre todo por las cualidades de estilista que su a u to ra re­
vela, á las que sabe reu n ir una observación psicológica nada
vulgar y un exacto conocim iento de las costum bres y tipos
que re tra ta . Siga por ese cam ino la señora P a rd o B azán y
ocupará lugar distinguido entre nuestros novelistas.

M anuel de la R evilla

27 diciembre de 1879.

CRÍTICA L ITERARIA

PASCUAL LÓPEZ
(Autobiografía de un estudiante de medicina).

No recuerdo precisam ente á cuál de ellos; pero recuerdo
bien h ab er oído á uno de nuestros m ás ilustres escritores, la ­
m entándose de la in ju stic ia , cuando no del suprem o desdén
con que extranjeros desconocedores de la española c u ltu ra ac­
tu a l m iran las producciones de nuestros ingenios, estas ó p a ­
recidas p alab ras: «E n E sp a ñ a hay hombrees de m érito sobra­
dos : sólo nos falta un a cosa p a ra que así se reconozca: repe­
tir uno y otro día, en todos los tonos, por todos los m edios y
en to d as p a rte s, que somos lo m ás extraordinario y óptim o
que hay en el m undo, y es p ro b a d o .»
T ienen estas p alab ras un gran fondo de verdad; y las cito
á propósito de un libro que, á mi ver, merece ocupar la con­
sideración de las personas com petentes encargadas de dar
c u en ta del m ovim iento lite rario en n u e stra patria. E l libro se
llam a P ascual L ópez ; su autor, doña E m ilia P a rd o Bazán.
N o sé si seré tan afo rtu n ad o en la ocasión presente como
lo fui cuando en una b reve c a rta d irigida por mí á un perió­
dico de esta capital con m otivo de las dos prim eras novelas
de P érez G a ld ó s— La Fontana de oro y Un radical de antaño—

M

Critica literaria.

de las cuales apenas había hecho mención alguna gacetilla
perezosa, en tanto que se dedicaban sendos artículos, no ya
solamente al elogio de lo bueno (cosa muy natural) sino tam­
bién al examen prolijo de bufonadas que en ellos mismos se
combatían y se condenaban á olvido eterno, me permitía lla­
mar la benévola atención de los críticos, correspondiendo va­
rios de ellos á mis indicaciones y anunciando al modestísimo
autor de aquellas obras, entonces desconocido, como un no­
velista de primer orden.
Desde las primeras páginas de P ascual L ópez se echa de
ver que quien las ha escrito conoce profundamente, no sólo la
sociedad contemporánea en sus manifestaciones externas,
sino la vida íntima, la vida del hogar, de la familia, elemento
olvidado casi por completo en la novela de tiempos no muy
remotos, y que hoy es el alma de las mejores producciones de
este género.
Los caracteres están delineados de mano maestra, aun el
de Pascual López, que es el que menos interesa, por su falta
de consistencia y energía, así para el bien como para el mal,
en todo el proceso de la obra, hasta que en los capítulos fina­
les Pascual descubre violentamente el fondo de una natura­
leza en que sólo existen aspiraciones ruines y despreciables.
Este carácter contrasta con el del sabio Onarro, inútilmente
sacrificado al progreso y á la gloria de la ciencia; porque
Pascual, atento no más que á apoderarse del enorme dia­
mante producido por la aplicación de la electricidad al car­
bón, huyó del laboratorio, presa de un espantoso incendio,
dejando olvidada en él la caja de madera que contenía las
pruebas del invento, y que en caso de muerte de Onarro, co­
mo sucedió, debía ser dirigida por Pascual á la Academia de
Ciencias de París.
Onarro, el canónigo D. Vicente, su hermana doña Fermi­
na, doña Verónica (patrona de Pascual), el eclesiástico don
Nemesio Angulo, el estudiante Cipriano, el señorito D. Víctor

Pascual López.

15

de la Form oseda, son re tra to s no fantaseados caprichosam en­
te, sino tan reales y con tal belleza delineados, que nos parece
haberlos conocido en el trato social, y recu erd an (ostentando,
no obstante, el sello de una originalidad en ca n ta d o ra y que
patentiza con rasgos indelebles su filiación española) herm o­
sas creaciones de Dickens, algo de M a n zo n ien Ipromessisposi,
y de B alzac en La recherche de l'absolu.
E n cuanto á P astora, la novia de P ascu al L ó p ez, es una
c ria tu ra adorable, v iv a , in te re s a n te , a rra n c a d a á la n a tu ra ­
leza, y que revela en la au to ra un gusto tan exquisito y una
finura de observación que sorprenden. P ascu al L ópez era in ­
digno de ser am ado por P a s to r^ , que al fin c a s tig a , ya des­
encantada , la vanidad e stú p id a , el grosero positivism o y el
ansia devoradora de riqueza de su novio, a rro jan d o al pozo
del convento en que ella estaba el magnífico diam ante con
cuyo precio incalculable pensaba el desdichado m ancebo dar,
no un destino útil y honroso á su vida, sino alim ento y sa tis­
facción com pleta á su holganza y á su deseo de goces m ate ­
riales.
L os sitios en que la acción de la novela se desarrolla, están
adm irablem ente estudiados, y la descripción de los usos, cos­
tum bres y m ilagros de la bohem ia estu d ian til de la vieja u n i­
versidad com postelana, com pite con las dem ás excelencias en
que ab u n d a el libro.
P a ra term in ar estos ligeros y mal pergeñados apuntes, con
los cuales sólo me propongo, según dije al principio, llam ar
la atención de la crítica y expresar sum ariam ente m is im p re­
siones particulares, traslad aré á continuación, en m uestra de
la gallardía y elegancia del estilo, de la fluidez, pureza y p ro ­
pied ad del lenguaje , siem pre castizo, y de la p in tu ra de p e r­
sonajes que hacen de P ascual L ópez un peregrino m onu­
m ento literario digno de riv alizar con lo m ás selecto de las
producciones de este género en nuestros d ías, dos de los p á ­
rrafo s destinados al estudio que de la gentil sobrina del ca-

i6

C ritica literaria.

nónigo se hace en la novela, diamante de singular hermosura
y raro precio, que puede consolar á una sociedad amante de
lo bello, y consolarla con usura, de la pérdida de aquel otro
arrojado con soberana resolución por Pastora al pozo del
convento.

V e n t u r a R u iz A g u i l e r a

Madrid, 1880.

E X A M E N DE LIBROS

P as c ual L óp e z (autobiografía de un estudiante de medicina),
por

D oña E m il i a P ardo B azán

Ningún género de literatura ejerce acaso más honda in­
fluencia en las costumbres y en la sociedad que la novela.
Accesible á todas las inteligencias por su estilo menos abstruso y recóndito que el de la poesía, cautivando dulcemente
la imaginación y conmoviendo el espíritu con el ingenioso
tejido de raras aventuras, la descripción de interesantes es­
cenas y la agitada lucha de las pasiones, forma el embeleso
del tierno adolescente y de la cándida doncella lo mismo que
el consuelo y entretenimiento de los cansados ocios de la ve­
jez. Ora sirve, en manos de Manzoni, Chateaubriand, Wiseman, Fernán Caballero, para ennoblecer el ánimo inspirán­
dole sentimientos elevados y regeneradores; ora es empleada
por Jorge Sand, Sue, Víctor Hugo, en deificar la materia, le­
gitimar los afectos más impuros y subvertir los fundamentos
del orden moral y social. Por desgracia, la mayor parte de
los numerosos cultivadores deeste género, así enEspañacomo
en otras naciones, no se han servido de él sino como de un
instrumento para remover el cieno del corazón é inspirar sen­
timientos irreligiosos y antisociales. Un aluvión de novelas
2

i8

Examen de libros.

originales y trad u cid as nos invade á cada m om ento; pero,
¿cu án tas son las que por sus tendencias m o raliza d o ras, á la
vez que por su m érito literario , sean acreedoras al público
agradecim iento y dignas de pasar á la posteridad ? Insípidas
y descabelladas un as, im pías y corruptoras las m ás, el fallo
del tiem po las condena por fin á perpetuo olvido después de
haber causado estragos inmensos y envenenado infinidad de
corazones.
L a que D oña E m ilia P a rd o B azán, escritora ventajosam en­
te conocida por sus brillantes producciones literarias, acaba
de dar á luz con el título de P ascual L ópez , será, en nuestro
entender, u n a de las pocas que por la excelencia del fondo y
la elegancia de la form a, logrará sobrenadar en el naufragio
de tantas com o a rre b a ta y sepulta el oleaje de los tiempos.
No vamos á re la ta r aquí los hechos que constituyen su argu­
m ento, pues no nos parece justo privar á los lectores del p la­
cer de la novedad cuando tengan la dicha de recorrer sus p re ­
ciosas páginas. P ero no podem os menos de recom endar al
público un libro que, al p a r que proporciona solaz y deleite
á la im aginación, encierra para el espíritu saludables ense­
ñanzas m orales q u e, no sin razón dice la autora en el prólo­
go «que to d a obra bella eleva y enseña de por s í , sin que el
autor pretenda añadir á la belleza la lección».
Interesantes descripciones, caracteres perfectam ente tra ­
zados, acción bien ordenada y seguida, cuyo interés va siem ­
pre en aum ento, conocim iento profundo del corazón, lenguaje
castizo y sum am ente propio en que rivaliza con los más afa­
m ados escritores españoles, adm irable elegancia del estilo, y
finalm ente una intención m oral que se trasluce sin dificultad,
son dotes que no pueden desconocerse en este libro.
Véanse si n o , entre o tras, la descripción que hace de San­
tiago, la de la vida de los estudiantes, la del caserón habitado
por el doctor O ’narr, que produce en el lector la m ism a peno­
sa im presión que si realm ente entrase en uno de esos aban-

Pascual López.



donados palacios, en que «la polilla roe las m aderas, la h u ­
m edad am ortiguá y descascara las p in tu ra s y la lepra verdosa
del m usgo invade los escudos heráldicos y las p ied ras de las
fachadas».
L os caracteres y re tra to s están m agistralm ente pintados,
pudiendo m irarse cada uno como un tipo de su género. ¿Q ué
estudiante no h a conocido com pañeros sem ejantes á C ip ria­
no, M anuelón y el a n tip á tico D . E sd rú ju lo , tipo bastan te ccm ún en las U niversidades, desde que la supresión del hábito
escolar, entibiando los sentim ientos de com pañerism o, ha
poblado aquéllas de perfum ados dandys ?
M ezcla deliciosa de candor y m alicia, de tern u ra é inteli­
gencia , de esa inteligencia alum brada por los esplendores del
E vangelio, el carácter de P a sto ra es una de las m ás bellas
creaciones que hayan salido del pincel de nuestros novelistas.
¡Con qué gracia, con qué rasgos de agudeza y de sentido co­
m ún d esb arata los ambiciosos sueños de P ascual! ¡Con qué
c ristia n a p rudencia, no obstante su pasión, se afana á poner
en m anos de D ios sus destinos y elección de estado! L a única
som bra que em paña el cristal de su v ir tu d , som bra sin la cual
sería dechado de doncellas cristian as, es la poco discreta fa­
cilidad con que se deja ver á solas de su pro m etid o , por más
que el dom inio que sobre sí propia y sobre él ejerce, la pon­
gan á cubierto de todo peligro.
E l doctor O ’n a rr es el personaje m ás singular del libro. A na­
crónica parecerá á alguno su presencia en una época de- in­
cred u lid ad y progreso científico. Pero ¿h ay extravagancia,
por rid icu la que sea, que no pueda reproducirse en la serie
de los tiem pos? M ucho se ha declam ado, po r ejemplo, contra
las antiguas supersticiones de duendes y b ru ja s, y sin em bar­
go vem os renacer hoy aquéllas con toda su fuerza y con ínfu­
las de sistem a científico en la secta de los espiritistas.
O ’n a rr y su discípulo constituyen una v erdadera antítesis,
siendo sím bolos é im ágenes de las co n trap u estas tendencias y

20

Examen de libros.

aspiraciones de diferentes períodos históricos y del antago­
nism o que existe entre dos progresiones q u e , ra ra vez en equi­
librio, fatigan y desconciertan á la h u m an id a d ; son, en fin,
la expresión del idealism o y el positivism o. N o de otra form a
q u e el caballero de la T riste F ig u ra consagra O ’n a rr sin des­
canso sus afanes y desvelos al a rd ien te deseo de la g lo ria , no
ríe las a rm a s , como a q u é l, sino de la c ie n c ia , gloria no me­
nos p eligrosa, según el resultado lo a c re d ita ; al paso que L ó ­
pez , nueva edición del cará cte r de S a n c h o , aunque extrem án­
dolo m ás, cual corresponde al hijo de un siglo m aterialista,
no obedece á otro móvil q.ue al auri sacra james. P a ra él las
riquezas son la única fuente de la d ic h a ; son el único medio
de em botar el doloroso aguijón de la vanidad y soberbia que
constantem ente le punzan. E l héroe de la ciencia, cuyo c a rá c ­
ter, á despecho del vulgo que lo desfig u ra, infunde m ás sim ­
p a tía s que el de su codicioso a lu m n o , sucum be anim osam ente
en la em presa, sin tener el placer de saborearse en su últim a
victoria alcanzada sobre la m ateria. E n cam bio, el am bicioso
e stu d ia n te , a rrebatando con m ano ávida aquella piedra p re ­
ciosa , fruto de la sangre de un sa b io , aquel soberbio diam an­
te q u e, dejando atrás el tan celebrado del R ajá de L ahore, el
R e g en te , la M ontaña de L u z , h a de ser el cim iento de su co­
losal fo rtu n a , puede ya entregarse á las ilusiones de sus fu tu ­
ra s pom pas y grandezas. M as ¡ a y ! presto se desvanecen esas
ilusiones: por un a rran q u e de sublim e extravagancia de su
p ro m e tid a , el portentoso diam ante desaparece p a ra siem pre
e n un su m id ero ,y el co n tra ria d o m ancebo, que ya no re p ri­
m e su coraje y mal encubierta c o d ic ia , se ve p a ra siem pre
privado á la vez de sus m illones y de la m ano de su am ada.
Así recibe digno castigo el m alaventurado e stu d ia n te , perso­
nificación del grosero positivism o de su siglo.
E n tre las útiles enseñanzas que se desprenden de la lectura
d e P ascual L ópez , hay u n a altam ente desconsoladora, re la ­
tiva á la educación de la juven tu d . ¡Q ué abundante m anan-

Pascual López.

21

tial de reflexiones para los p a d res de fam ilia que cándidam en­
te envían á sus hijos á los g ran d es centros de instrucción,
abandonándolos allí com o b arco s sin piloto en m edio de las
olas de borrascoso m a r! L os tip o s escogidos p or la señora P a r­
do B a z á n , s o n , por d e sg ra c ia , los m ás com unes entre los es­
colares. E l juego, los cafés, los lu p an a res, las peligrosas rela­
ciones, las francachelas y p en d en cias, tales suelen ser los en­
tretenim ientos y ocupaciones o rd in arias de los alum nos de
M inerva: tal es la vida escolar exenta de todo freno. ¡Y así
se invierte el período m ás bello de la v id a , en el cual deben
echarse los cim ientos de la fu tu ra posición social y de la fe­
licidad d o m éstica! ¡Y de ahí salen y así se educan los que
m ás tard e h an de ser los e ducadores de sus fam ilias, los que
han de proteger los intereses y salud de sus conciudadanos,
los que han de regir los destinos de la p a tr i a !
J uan A. S aco y A rce

A arraigándose cada vez más la costumbre

de que toda obra que sale á luz y no lleva
al frente un nombre de autor acreditado y
aplaudido ya del público, se ampare bajo la égida
protectora de un prefacio más ó menos extenso,
con la firma de algún célebre crítico ó prosista, al
modo que en las tertulias los antiguos asistentes
presentan é introducen á los modernos. Este re­
quisito del prólogo, elevado ya á sacra fórmula
del ritual literario, no lo suelen omitir nunca los
autores noveles, particularmente si pertenecen al
sexo menos dado á manejar la pluma.
El prólogo es, de ordinario, una disertación acer­
ca de la índole y género de la obra que encabeza;
disertación que así puede condensarse en escasas
páginas como crecer, á favor de lo elástico del
asunto. Halla con esto el prologuista ocasión opor­
tuna de mostrar y lucir sus conocimientos, ya
renovando y trayendo á colación añejas contiendas
entre escuelas rivales, é ingiriendo con maña y tino

24

Prólogo.

unas cuantas citas de autores antiguos y moder­
nos, ya discurriendo con agudeza ó profundidad
sobre cuestiones y puntos de crítica delgada y su­
til. Con lo cual, y la indispensable añadidura de
elogios calurosos y razonadas exhortaciones al au­
tor, y de no pocas advertencias al público, á fin de
que observe é inscriba en el anuario la nueva es­
trella que acaba de asomar por el horizonte, ter­
mina el prefacio y queda el joven libro apto para
arrostrar la terrible prueba de la publicidad, como
Don Quijote, después que el ventero le hubo con­
ferido la gloriosa orden de caballería, quedó dis­
puesto para todo linaje de empresas y aventuras.
No encuentro yo ciertamente reparo grave que
poner á esta usanza del prólogo, excepto que sue­
na á literario reclamo lo de realzar con el barniz
de un apellido brillante otro ignorado y modesto,
á lo cual suelen añadir los editores la maliciosa treta
de imprimir en la portada, en letras tamaños como
nueces, el nombre del autor del prólogo, mientras
para el de la obra usan un tipo menudito como al­
piste. No obstante, confieso y declaro que tengo
por tan poderoso el atractivo de las reputaciones
y glorias adquiridas en el palenque de las letras,
que no me extraña que aun per accidens nos agra­
de enlazarlas á nuestra personalidad humilde; de
suerte que, á no saber yo de buena tinta que á
ninguno de los ilustres amigos con que el cielo me
favoreció sobra tiempo ni faltan ocupaciones, qui-

Pascual López.

25

zás hubiera acatado la ley del uso, pidiéndoles
media docena de páginas de su galana prosa para
que rectificasen y diesen tono á la desabrida mía.
Pero fuera abuso distraer y molestar, con poca cau­
sa, á ingenios que en mejores trabajos*se emplean.
Un riesgo corre asimismo, en mi entender, quien
decora con fachada opulenta pobre choza; y es
que la proporción y gallardía de aquélla pongan
de manifiesto la mezquindad y miseria de ésta.
¡Cuántas veces ocurre comprar un libro, y leído
con deleite el prólogo, arrojar con enfado el resto,
que por comparación resulta insufrible! No es otra
la suerte de la fea que atrevida se coloca al lado
de una beldad. Suele acontecer á menudo que en
los propios encomios que al autor dirige el prolo­
guista, se nota un matiz de deferente compasión,
claro indicio de que en ellos entra más amistosa
indulgencia que sincero entusiasmo. Bien es ver­
dad que por ventura puede ocurrir que el autor,
andando el tiempo, se sobreponga y vuele más alto
que el condescendiente crítico que le perdona la
vida: díganlo los prólogos de las obras de uno de
nuestros ingenios más- floridos (que por más señas
vestía faldas y ya abandonó este mundo), prólogos
en que no deja de marcarse la tendencia indicada.
También se ve frecuentemente que las alaban­
zas sembradas con largueza en el prólogo apare­
cen tan desmedidas y pomposas, que el lector,
con escasa caridad, vuelve la oración por pasiva.

26

Prólogo.

Yo, que reconozco en los prólogos tales inconve­
nientes, debo, sin embargo, hacer constar que no
me he visto á ellos sujeta; pues la única obra mía
que anda precedida de un prólogo (el Estudio crí­
tico sobre las obras del Padre M aestro Feijóo), tuvo
la dicha de hallar un prologuista tan diestro y doc­
to, que midió el loor y la censura hasta donde ésta
por delicada no ofende, y aquél no empalaga por
discreto.
Hay, con todo, ciertos libros que de suyo piden
prefacio; señaladamente los volúmenes de poesías
líbicas ó heroicas, que nada pierden con que les pre­
ceda una crítica inteligente y sentida, las obras
trascendentales que encubren pensamiento pro­
fundo bajo ligeras apariencias, como son las sáti­
ras de gran alcance; las producciones, en suma,
cuya intención doctrinal no resulta bastante clara
y determinada para la mayoría del público. Siem­
pre que el prólogo ponga al lector en camino de
leer con más provecho la obra, diré que es acerta­
da añadidura ó complemento indispensable. Don­
de no, me parecerá una superfluidad, que puede
en sí ser bella, pero que cabe suprimir sin daño al­
guno del libro.
En vista de todo lo ya apuntado, consideré que
no teniendo Pascual LÓPEZ mayores ínfulas que
de novela sencilla y más ó menos entretenida,
bastábanle para introducción unos renglones de su
propia autora. En ellos cabe cuanto acerca de

Pascual López.

27

tal libro puede, según entiendo, decirse: PAS­
CUAL L ópez es el extracto, aliñado y puesto en
orden, de los apuntes autobiográficos de un estu­
diante de medicina en la insigne escuela compostelana. Por antojárseme que las aventuras, comu­
nes unas y extraordinarias otras, del pobre mozo,
alcanzan á proporcionar con su lectura un rato de
solaz al que las repase, me tomé el trabajo de co­
rregir y enmendar las confusas notas, de esclare­
cer algunos puntos oscuros y mal explicados que
advertí en ellas, de apoderarme de las ideas del
estudiante, desenvolviéndolas, de acortar hartas
divagaciones, y de reemplazar el estilo no muy
castizo con el mío, que, sin ser inmejorable, aven­
taja extraordinariamente al de mi protagonista.
Agradóme la tarea de pergeñar y dar forma á
las sueltas hojas del diario de PASCUAL L ópez , ya
por si su publicación puede mover al gobierno y á
los sabios á escudriñar lo referente al importantí­
simo asunto y problema que en ellas se menciona,
ya porque los sucesos de esta historia pasan en un
pueblo de mí tan preferido y visitado como San­
tiago. Me inspiran singular predilección é interés
las ciudades antiguas y melancólicas, envueltas en
sus recuerdos, como un rey caído en el armiño y
púrpura marchita de su augusto manto. En Espa­
ña, nación cuyo pasado hace palidecer más y más
al presente, son bellos para el pensador los luga­
res que hablan con sus monumentos elocuentísi-

28

Prólogo.

mos, con sus soberbias carcomidas piedras, con
la silenciosa majestad de su abandono. Toledo,
Búrgos, Salamanca, Santiago, guardan cual urnas
cinceladas y roídas por el tiempo, las cenizas del
espíritu nacional, el polvo de los colosos' de nues­
tro espléndido ayer. De todos estos sarcófagos im­
ponentes, el que más huella imprimió en mi fan­
tasía fué Santiago; no en verdad porque su leyen­
dario atractivo ó el carácter tradicional de sus edi­
ficios me parezca superior al de otras poblaciones
españolas, sino porque hubo de ser la primera que
en la aurora de la vida despertó mi mente á la
contemplación de edades muertas, bajo los pilares
de su Catedral y en las revueltas de sus tortuosas
calles. Consagróle las primicias de mi imaginación
adolescente, y á despecho de cuantas maravillas
arqueológicas pude más tarde admirar en mi pa­
tria y en extrañas tierras, no se borró jamás aque­
lla impresión viva y temprana. De suerte que vi
con interés grande localizada en Santiago la trama
de Pascual L ópez.
Por si algún crítico, de estos que se empeñan
en profundizar el sentido de los libros más que sus
mismos autores, se dedica á inquirir cuál sea mi
propósito y qué es lo que quiero significar con la
autobiografía de mi estudiante, haré una salvedad,
anticipando la única explicación que me es posible
ofrecer á los asiduos destiladores de quinta esen­
cia. Sin que yo me atreva á terciar en la acalorada

Pascual López.

29

polémica, á cada paso rediviva, del arte docente y
el arte desinteresado (cuestión abstrusa que me
pone miedo cerval con recordarla sólo), diré que
creo que toda obra bella eleva y enseña de por sí,
sin que el autor pretenda añadir á la belleza la lec­
ción. Mas el punto estriba cabalmente en que sea
bella la obra. ¿Lo es mi novela? No estoy autori­
zada para decirlo: mi voto es recusable. De ence­
rrar Pascual L ópez , en su género, alguna verda­
dera belleza, contendría también alguna enseñan­
za. De no, las enseñanzas que tratase de inculcar
alcanzarían sólo á hacer más tediosa la novela. Cla­
ro está que en mi pensamiento alguna significación
moral tienen los personajes de la obra; pero si he
andado tan torpe'en el arreglo y refundición délos
apuntes de Pascual L ópez que no logre que el
lector inteligente y discreto saque la consecuencia
de lo que lee, prefiero callármela, no sea que me
arguya con que, puesto que la quise decir, debí ha­
berla dicho.
Y no añado más á la introducción, que antes
enfada lo largo que disgusta lo breve. Terminaré
declarando con sinceridad que, á pesar del amor
que inspiran los hijos del entendimiento, no me
sorprenderá que esta obra se sumerja en el golfo
del olvido, donde anualmente caen tantos libros,
quizás más sazonados, gustosos y amenos que

Pascual L ópez .
S a n tia g o , abril 16 , 1879.

PASCUAL LÓPEZ
(AUTOBIOGRAFÍA DE UN ESTUDIANTE DE MEDICINA)

I

o creo que venga á cuento para la narra­
ción de esta verdadera cuanto inverosí­
mil historia, decir cómo fui por mis pa­
dres consagrado desde mi tierna infancia al arte
de Hipócrates y Galeno, y cómo hube de dejar el
regalo de los paternos lares por la estrechez de
una mísera posada. Ignoro en qué particulares sig­
nos y marcas pude revelar disposiciones felicísi­
mas y raras aptitudes médicas; pero es lo cierto
que una mañanica me hallé en Santiago hecho es­
tudiante.
Cuando tal aconteció era yo un mozancón más
espigado de lo que mis años pedían, muy reñido
con los libros y muy amigo de pasarme las horas
vagabundeando ó mano sobre mano. Pienso que
esta mi holgazanería fué cabalmente la que inclinó
á mi familia á dedicarme al estudio. L a cava, la

32

Emilia Pardo Bazán.

siembra, la siega, no entraban en mi reino: luego
yo tenía á la fuerza que ponerme á sabio. Mucho
trabajo me costó deshabituarme de la rústica abun­
dancia que en su hogar montañés ostentaban mis
padres, á fuer de ricachones labradores gallegos;
(y es de advertir que estos tales, á pesar de su fa­
ma de cicateros y mezquinos, son, según la expe­
riencia y viajes me han demostrado, los mayores
pródigos y manirotos de toda España). Ello es que
yo, al beber el caldo turbio y chirle que nos rega­
laba la fementida patrona,- al engullir su pelado
puchero, traía á la mente las perpetuas bodas de
Camacho que atrás dejara, y envidiaba de todo co­
razón á mis hermanos, los que quedaban arando
sin pensar en mojigangas de estudios ni de Univer­
sidades.
Si era en otoño, decía para mi sayo: tiempo de
vendimia, de castañas, nueces y mosto, ¡quién te
cogiera allá! Si en invierno: ¡valientes pemiles y
chorizos cocerán en el pote de casa! Si en prima­
vera: ¡viérame yo buscando nidos de jilgueros y
lavanderas, moras y fresillas silvestres, y no preso
en estos bancos y oscuras cátedras! Y finalmente,
en carnestolendas recordaba el antruejo que solía­
mos vestir, pereciendo de risa, con todos los tra­
pos que hallábamos á mano, dándole por corona
un ruedo de paja, por cetro una escoba, y pinto­
rreándole de hollín la cara, mientras la sartén pues­
ta en la trípode cantaba el estribillo con que suele

Pascual López.

33

acompañar el nacimiento de las amarillas filloas.
A veces, como para irritar mi deseo, llegábame
una famosa remesa de jamones, pilongas y tal cual
abigarrada perdiz, muerta en los maíces á perdigonazos del cura de nuestra parroquia. Poseíame
entonces violenta murria ó nostalgia, al través de
cuyos vapores divisaba cuadros campesinos, em ­
bellecidos por el espejismo de la distancia : ya las
noches de deshoja, en que á la luz del candil mor­
tecino, sentados en el suelo y haciendo corro, des­
nudábamos de su follaje la rubia espiga, no sin bro­
ma y algazara; ya las mañanas de romería y fiesta
patronal, cuando repican alegremente las cam pa­
nas de la iglesia y rasgan el cielo los cohetes, y la
angosta nave, sembrada de manzanilla, espadaña
é hinojo, se impregna de nubes de incienso; ya las
tardes primeras de octubre, cuando turbulenta
reata de chicuelos asa al rescoldo manzanas y cas­
tañas en lo más recóndito del bosque.
Santiago no era ciudad á propósito para aturdir
con bullicio mis melancolías, ni para embelesar
con pueriles entretenimientos mi joven im agina­
ción. Monumentales edificios, altas iglesias con
grandes retablos de amortiguado oro, calles estre­
chas é irregulares con arcos de soportal, que pare­
cen hechos de encargo para misterios y tapujos, y
de vez en cuando cortadas por la imponente mole
de alguna blasonada y desierta casa solar ó de al­
gún convento de verdinegras tapias y rejas moho3

34

Emilia Pardo Bazán.

sas; paseos cuyos árboles se deshojan lentam ente
y sus hojas mueren bajo los pies de escasos tra n ­
seúntes; alrededores apacibles, mudos, verdes y
frondosos á causa de la hum edad, pero sellados con
la tristeza peculiar de los países de m ontaña: tal
es Santiago. De día, á la luz del sol, la Jerusalem
de Occidente (que así suele ser nom brada en ele­
gante estilo), parece venerable y pacífica, sin aus­
teridad ni ceño; pero en las largas noches inver­
nales, cuando en las angostas calles se espesa la
oscuridad, y la enorme som bra de la C atedral se
proyecta en el piso de la Quintana de muertos, y el
reloj cuenta las horas con lengua de bronce, y la
luna vierte vaporosas olas de luz sobre las caladas
torres, la impresión que produce Santiago es so­
lemne. ¡Oh, si yo fuera dado á filigranas poéticas!
qué linda ocasión se me ofrecía ahora para descri­
bir los efectos de perspectiva que en la serenidad
nocturna producen los majestuosos edificios, mu­
dos testigos de la m uerta grandeza de tan ilustre
ciudad! Aquí venía como de molde recordar los an­
tiguos peregrinos, que en otros siglos se postraban
ante el bizantino Apóstol, rígido y severo bajo su
pesada esclavina de purísim a plata; las leyendas,
las consejas más ó menos tradicionales que cada
callejuela de Santiago puede narrar, desde aquella
que vió caer á un arzobispo bajo el puñal de los
asesinos cuando en sus manos llevaba la Sagrada
F orm a, hasta la que presenció la agonía del ino-

Pascual López.

35

cente Orne Santo. Pero así me curaba yo de leyendas
como de lo que ahora acontece en la China. Traían­
me á mal traer mis primeros estudios elementales,
que á mí se me antojaban fundamentalísimos. Co­
mo el día se- me iba volando, entretenido no sé en
qué, fuerza era aplicar los codos de noche. ¡Vigilia
eterna que iluminaba la dificultosa claridad de
una vela de sebo! Porque al tiempo que yo comen­
cé á dar frutos de ciencia, no había llegado aún á
aquellas alturas el petróleo, y sólo unas complica­
das lámparas de gas schiste atufaban á los amigos
de novedades. En las horas perezosas de tales no­
ches me familiaricé con los ruidos de la calle, y dis­
tinguía ya el paso cadencioso de los serenos del an­
dar precipitado del transeúnte que se acogía á su
techo, escandalizándose de pisar el arroyo á las
diez. Acompañábanme asimismo los gritos gutura­
les y plañideros con que pregonan los vendedores
las ostras y lampreas, y el regocijado cantar de los
estudiantes, que, más felices que yo, hacían novi­
llos á Minerva para festejar á Apolo.
El estudiante que cuenta con amigos y dinero,
que puede frecuentar círculos, teatros y demás lu­
gares de recreo y solaz, vive alegre el tiempo que
considera dulce paréntesis entre la severidad de la
casa paterna y los deberes y cargas del estado ma­
trimonial. Pero yo, pobre de mí, era un mocosuelo
medio campesino, hecho á la soltura rural, y más
provisto por mis padres de admoniciones y consejos

36

Emilia Pardo Baziin.

que de ochavos; de su erte que me h alla b a en S a n ­
tiago como en jaulado p á ja ro , que ni aun alpiste y
lechuga á discreción posee. Ib a m uy de m a ñ an a al
In stitu to , tirita n d o á p esar de mi carrik; cab ecea­
ba de sueño d u ra n te la conferencia del profesor; pe­
llizcábanm e mis com pañeros de banco, no sé si por
caridad ó entreten im ien to , y solía yo replicarles
con otros pellizcos, no sin ponerm e en ocasión de
ser favorecido con en cerrona ó filípica. L a s tardes
me solazaba y esparcía em bistiendo á pelotazos á
los m urallones del m onasterio de San F ran cisco ó
de la C om pañía de Je sú s, ó bien en tum u ltuosa
ju n ta con otros de mi lay a reñ ía descom unales b a ­
tallas á canto pelado por aqu ellas am enidades de
S a n ta S u san a y del río de los Sapos. A lgún ano­
checer, y p articu larm en te los dom ingos, jugáb am os
una biisca z a p a te ra ó un tu te real mis com pañeros
de posada y yo; arriesg áb an se ochavillos, acaso
tal cual pieza isabelina de dos cuartos (los perros
grandes y chicos no h ab ían p en etrad o aún en n u es­
tro sistem a m o n etario , á m erced del h u racán de
las revoluciones), y quizá llegaban á a trav esarse
cigarrillos de p a p e l, ofrecidos por los talludos p ara
mejor viciar á los n o v ato s, y en que el tabaco so­
lía recibir aleación de ra sp a d u ra s de m ad era.
Poco á poco, conform e co rría el tiem po y pene­
tra b a yo en la com unión escolar, em pecé á perci­
bir que iba acordándom e m enos y con m enor c a ­
riño de mi ald e a , á la vez que me convencía de la

Pascual López.

37

posibilidad de ser estudiante sin abrir los libros,
que, sosegados, inofensivos y bonachones, dormían
el sueño del justo en el cajón de la mesilla de pino,
mueble el más lucido de mi palacio. Fuíme acos­
tumbrando á estudiar en el año obra de un mes,
distribuido de esta suerte: quince días á principio
de curso y quince á fin. Los quince primeros eran
los que tardaban en borrarse de mi ánimo y oído
el eco de las no muy blandas razones con que mi
padre me exhortaba á aplicarme para llegar á ser
hombre de provecho, y de las prolijas súplicas de
mi madre, encaminadas á que me zampase todo
el saber humano, siempre que pudiese digerirlo sin
detrimento de la salud. Los quince últimos eran
los que precedían al terrible trance de los exáme­
nes. En aquel período se desplegaba la concien­
zuda actividad con que los gallegos ponemos en
planta lo que se conoce por trnsacuerdo. Allí el inte­
lecto se prensaba y apretaba, y la memoria se es­
tiraba, almacenando en ella á escape especies é
ideas, como los viajeros descuidados amontonan
á última hora ropa en los baúles. Allí era el tom ar­
se las lecciones unos á otros, inscrustándolas en la
retentiva hasta poder repetirlas como papagayos.
Allí el sudar, el maldecir de la larga holganza, el
proponer mayor asiduidad para otro curso, el
comer poco, el dormir menos, el soñar alto, el con­
sultar el rostro del profesor como un barómetro,
por si á dicha revela hallarse de buen talante y

38

Emilia Pardo Bazhn.

estar propicio y dispuesto á consentir que pasen
carros y carretas por el estrecho sendero del saber;
allí las recomendaciones sin número, las intriguillas sin cuento, las influencias suaves y eficaces, y
por último, hasta las respuestas de antemano es­
critas con lápiz en el blanco puño de la camisa del
examinando... Tras de angustioso purgatorio, vis­
lumbrábamos el paraíso de las vacaciones.
Así, yendo un año y viniendo otro, fuíme aficio­
nando cada vez más á la libre vida estudiantil,
que tiene fueros de gremio é inmunidades de co­
fradía. Ya no me curaba de despachurrar terrones,
y ordeñar cabras y vacas allá en la montaña; ya
comparaba con cierta fruición mis ropas de seño­
rito y mis manos pulidas con el rústico arreo y las
garras callosas de mis parientes. Más me divertían
los espectáculos que toda villa, incluso Santiago,
ofrece á la mocedad aturdida y casquivana, que
los agrestes pasatiempos que encantaran mi niñez,
á pesar de que en éstos me daba yo tono de per­
sonaje, y era el gallito de la reunión, subyugada
por mi futura grandeza.
Al acercarse octubre volvía á mi elemento, á
Santiago. Aquello de pasarse las horas muertas
en un cafetucho, teniendo una copilla de rom ó
marrasquino delante y asido con la indecisa mano
el seis doble del dominó ó la torre del ajedrez;
aquel dar vueltas, al oscurecer, rebozado en derro­
tada capa, por los lóbregos soportales de la Rúa

Pascual López.

39

del V illar, ó por las tortuosas curvas del Pregun­
tona, saboreando la delicia que experimenta todo
español de raza al pasearse sin objeto ni necesi­
dad; aquel entrarse de rondón por un baile, si no
de candil, por lo menos de quinqués mal despabi­
lados, y danzar con juvenil ímpetu y elásticas pier­
nas, hasta que falta el aliento ó interrum pe el
placer una quimera, en que la gente artesana y la
estudiantil vienen á las m anos, y llueven mojico­
nes, y m enudean puñadas, y se reparten y reci­
ben á bulto sin saber de quién, finalizando todo
con la aparición de la policía; aquel apostarse en
el pórtico de una iglesia ó en el hueco de un esca­
parate de tienda, saludando con requiebros á los
lindos palmitos que cruzan garbosos y ligeros, ó
con cuchufletas á las dueñas quintañonas que salen
arrastrando los pies; aquel chillar, silbar y apos­
trofar desde la cazuela del T eatro; aquel salir en
Carnavales de tuna con manteos y tricornios, y
una cuchara y tenedor cruzado sobre la frente,
cantando en festivo tono bulliciosas jotas... N iñe­
rías eran y desahogos de los verdes años, que acaso
no revelaban gran cultura; pero tan singularmente
atractivos, que corrían días y pasaban semanas,
y andaban meses sin que me cansase la bohemia
y picaresca vida. Excusado es añadir que con ella
fui dando razonables sangrías al bolsillo paterno.
Cada vacación me llevaba yo sabido mayor nú­
mero de tretas para explotar el filón de la credu-

40

Emilia Pardo Bazíin.

lidad de los autores de mis días. Unas veces era
que nos habían exigido que nos presentásemos en
cátedra muy lechuguinos y peripuestos, lo cual
demandaba cuarenta pesos para un traje de lo más
exquisito; otras que una grave enfermedad me cos­
tara tanto de médico, tanto de drogas y cuanto de
gallina en el puchero; otras, que siéndome insufi­
ciente el alimento de la posada (mentira que an­
daba á dos dedos de ser gran verdad), comprendía
mi presupuesto partidas de queso, pan , vino y de­
más tente en pies; y, por último, así como el estu­
diante del cuento hizo de Marco Tulio Cicerón tres
personas distintas, convertí yo cada autor de texto
en varios autores. El corazón materno se ablanda­
ba fácilmente con súplicas reforzadas de caricias
y cucamonas, é iba soltando unas pesetejas y aun
por ventura algún doblón de á cuatro muy envuel­
to en trapos ó papelitos: poca cosa todo, pero mu­
cha para la hacienda de mis padres, que si en su
aldea vivían ancha y holgadamente, y pasaban
plaza de Fúcares, no podían, sin embargo, estirar
algo el pie sin sacarlo fuera de la m anta: ley co­
mún en Galicia, cuya propiedad está muy frac­
cionada , y donde no existen los caudalazos sanea­
dos de Castilla y Andalucía.
Con toda su escasez, las dádivas así recaudadas
me sobraban á mí para darme tono y triunfar en­
tre mis compinches. Estos no pertenecían entera­
mente á aquella clase de hambrones que viven de

Pascual López.

4i

un poco de caldo y tocino, cuando no de la gracia
de Dios, y que á la luz de una torcida empapada
en saín estudian como benedictinos; ni tampoco
eran de los privilegiados alumnos de Minerva que
se alojan en la mejor fonda ó casa de huéspedes,
encargan ropa á Madrid, y visitan á los profesores
dejándoles tarjetitas de cartulina inglesa. Repre­
sentaban mis compañeros la mayoría mesocrática;
mozos á quienes su familia mantenía sin estrechez,
pero sin asomo de lujo; provistos de lo necesario y
privados de lo supèrfluo; que contaban con puche­
ro y capa, mas no con café , licores y levita flaman­
te. Por ende, el que sentía en el bolsillo del cha­
qué la grata pesadumbre de un duro, miraba á sus
colegas de alto á bajo, hablaba gordo, convidaba
y era momentáneamente el jefe de la partida. Har­
tas veces lo fui yo, merced al derecho divino de la
moneda de á veinte.
Pero así como no hay mal que cien años dure,
tampoco no hay embuste que al fin y al cabo no
llegue á descubrirse, por raro é imprevisto modo.
Sucedió que mis padres , no sé en qué forma, lle­
garon á enterarse de que mi conducta no era fiel
trasunto de la del estudiante aplicado y metódico,
y de que las asignaturas perdidas á pretexto de
enfermedades no lo fueron sino por mucha holga­
zanería y mayor descuido. Recibieron tales infor­
mes á mediados del año escolar, precisamente
cuando me hallaba más embebido en jaranas y

42

Emilia Pardo Bazán.

francachelillas. Vivíamos entonces en fraternal
consorcio bajo el techo de una misma posada cua­
tro mozalvetes, de los cuales tres arribáram os, no
sin muchos tropezones y caídas, á los primeros
años de medicina: y digo á los pripieros , porque
aprovechando la libertad de enseñanza proclam a­
da recientemente, mezclábamos asignaturas de dos
años diferentes. De perlas nos venía el oleaje del
río revuelto, porque nos proponíamos tentar el vado
en muchas clases, que, á mal dar, siempre despa­
charíamos seis ú ocho siquiera. El cuarto comensal
estudiaba, digámoslo así, farmacia, y estaba ya en
tercer año; era este tal nuestro decano, mentor y
bufón en una pieza: el que nos enseñaba á contestar
con descaro en los exámenes, á disertar un cuarto
de hora sin decir nada entre dos platos, á hurtar á
la patrona algún fiambre culpando al gato inocen­
te, á todo género de diabluras en fin. Llamábase
Cipriano, y era avellanado y enjuto, de largos dien­
tes y ojos burlonísimos. El resto de nuestra tribu
se componía de un bendito, víctima expiatoria y
blanco perenne de nuestras chanzonetas; muy ce­
rrado de mollera, muy terco, pero excelente en el
fondo, y al cual venía de molde su nombre de Ino­
cencio; y de un jaquetón, robusto y fornido, com­
pletamente inepto para el estudio, pero maestro en
puñalas, capaz de deshacer una mesa con un dedo,
y á quien sus admiradores llamaban Manuelón.
Acaeció pues, que cierta m añana, ála hora en que

Pascual López.

43

debíamos hallarnos como científicas abejas libando
la hiblea miel de la doctrina, no estábamos todos
cuatro sino muy orondos y repantigados en nues­
tros fementidos lechos, los cuales ocupaban un ca­
maranchón á manera de dormitorio, en que nos
había juntado no sé si nuestra amistad ó la econo­
mía de la patrona. Imperaba en la habitación el
más pintoresco desorden. Hallábase perfumada la
pieza con infame esencia de tagarnina , con tufillo
de pábilo de sebo; sembrada de prendas de ropa
por aquí y por acullá, de botas en mal uso y de al­
gún libro nuevecito abrigado bajo venerable capa
de polvo. La lluvia, á impulso de las ráfagas de
viento, hería y bañaba los cristales de la ventana,
y con ruido cadencioso y monotono escurría de las
canales á la calle. Nosotros nos relamíamos de
gusto tratando de necios á los que á despecho del
temporal dejaran las regaladas plumas por el duro
asiento que la diosa sapientísima brinda á sus hi­
jos. Colocáramos nuestros catres de manera que
las cabeceras formasen los lados de un cuadrado,
cuyo centro era la mesilla de pino: y echados boca
abajo, los codos descansando en las almohadas, y
con luz encendida, que otra cosa no consentía lo
oscuro del cielo, jugábamos á los naipes bien haría
una hora.
L a de las diez podría ser y nuestra animación se
revelaba en risotadas, chanzas, dicterios y reniegos;
y como de costumbre hacíamos infinitas trampas

44

Emilia Pardo Bazán.

al bueno de Inocencio, que estaba ya cariaconte­
cido y mohíno. De improviso vimos abrirse la puer­
ta, pareciendo en su marco una cosa que casi nos
trocó en estatuas de sal: y sin embargo no era fiero
basilisco, espantable gorgona ni fatídico convida­
do de piedra, sino el manteo lustroso, la prolonga­
da teja y los pies hebilludos de un canónigo de la
metropolitana Iglesia en que se guardan los restos
del patrón de las Españas. Entró y su primer cui­
dado fué abrir el chorreante paraguas que sin duda
por atinada precaución no quisiera dejar en la an­
tesala, y colocarlo en un ángulo del cuarto, de m a­
nera que escurriese en debida forma. Y después,
con pastosa y profunda voz, verdadera voz de igle­
sia, dirigióse á nosotros, que debíamos de parecer
papamoscas según estábamos de quietos y absor­
tos, saludándonos con u n :
— Felices días nos dé Dios. Beso á ustedes la
mano. — El mismo silencio y suspensión por nues­
tra parte.
—Siento mucho haber interrumpido á ustedes,
pero traigo un asunto urgente, que no admite es­
pera.
Y nosotros tan embobados. Eramos al cabo po­
bres diablos, que habíamos visto el mundo por un
agujero. Al fin Cipriano, que tenía más cam ándu­
las y desvergüenza, rompió el hielo exclamando:
—Usted dispense. Como estamos en un traje así
tan de confianza... (á él se le salían los codos por

Pascual López.

45

una alm illa de franela, n ad a lim pia.) Si usted q u ie­
re sentarse... ahí no, en esa silla no , que no está
sana... en esa tam poco... E sta rá usted m ejor en ese
baúl.
E l canónigo perm aneció cruzado de brazos y con
gesto severo. E ra hom bre de vigorosos m iem bros
y recias proporciones, de procer e s ta tu ra y p o b la ­
das cejas, que traía á la m em oria los p relados b a ­
talladores que rechazaron de n u estras costas á los
norm andos. Todo S antiago conocía á aquel c a n ó ­
nigo , de quien se contaban rasgos de valor y fu er­
za en su ju v en tu d , si bien desde que la nieve de los
años cubría su s ie n , nadie le viese h acer m ás vid a
que la del sabio de fray L u is de L e ó n , que se la
pasa á solas, ni envidiado ni envidioso. Si algo p u ­
diera revelar en él al bizarro lancero de C ab rera,
serían las inflexiones varoniles de su voz en el coro
y el fuego que á veces despedían sus ojos tra s de
la aguileña nariz. A mí en aquel m om ento m e p a ­
reció torvo y terrible su adem án, cu an d o pronunció:
— N o pienso g a sta r m ucha p ro sa , y p a ra lo que
tengo que decir puedo h ab lar de pie. ¿C uál de u s­
tedes se llam a P ascu al López?
— Servidor de u ste d ,—contesté balbuciendo.
— P o r m uchos años. P ues ha de sab er usted q ue
yo conozco á su p a d re , á su m adre, á to d a su fa m i­
lia , y no es porque esté usted d e la n te , pero son
gente m uy de bien. Su m adre de usted y el difunto
m arido de mi h erm an a son de la m ism a p a rro q u ia ,

46

Emilia Pardo Bazán.

y mi hermana se pasó alguna temporada cerca de
su casa de usted.
Repuestos ya todos de la sorpresa pueril de un
principio, cobró Cipriano su gárrula locuacidad y
desparpajo de costumbre; y alentado del tono más
benigno del canónigo, dió suelta al buen humor
que le retozaba en el cuerpo con estas frases.
— Señor canónigo, ya comprendo por qué se ha
molestado en visitar este palacio. Usted vendrá sin
duda á traerá Pascual, de parte de su familia, al­
go de cumquibus. Buena falta que le hace; no podía
usted llegar en mejor ocasión. Repare usted el es­
tado de sus botas.
Y señalaba las suyas propias, que se reían inso­
lentemente á pocos pasos. El canónigo frunció sus
cejas anchas, con no menor majestad que el Júpiter
de Homero, y se adelantó hacia mi lecho, hacien­
do temblar el piso bajo la carga de su corpulencia
y de las firmes pisadas de sus pies calzados con
flojo zapato, sobre que resplandecía la hebilla de
plata lavada por la lluvia. Gravemente se encaró
conmigo diciendo:
—Bien se ve que es muy cierto cuanto me dicen
sus padres acerca de los malos pasos en que usted
anda, y de las peores compañías que frecuenta. A
las diez de la mañana, jugando y con mocitos des­
carados... Ea, sírvase poner los huesos de punta,
que ya va siendo hora de almorzar y yo estoy en
ayunas, si de pecar no.

Pascual López.

47

—Si usted gusta, —dije todo aturdido,—se le ha­
rá aquí chocolate.
—Usted es el que va á tomarlo conmigo, y sin
demora. Vístase usted: cuanto más pronto mejor.
—Es que...
—Yo me colocaré de modo que no le impida le­
vantarse con libertad.
Encaminóse á la ventana volviéndome la espal­
da, y pegó el rostro á los vidrios turbios, puer­
cos y ofendidos de las moscas, en que para mayor
adorno y claridad pegáramos estampas recorta­
das , un general Prim á caballo, varias aleluyas y
unas majas de un cajón de pasas. Desde allí re­
creó su vista con la perspectiva de las casas fron­
teras.
Mis compañeros me hacían señas y guiños, aho­
gando sus carcajadas y murmullos con la sábana
y la manta. Cipriano reía, pero Manuelón, que
gastaba sus ribetes de avanzado, gruñía descom­
pasadamente y enseñaba los puños al canónigo,
que por supuesto no podía verle. Yo no sabía lo
que me pasaba, pero no dejé de echar una pierna
fuera de la cama, y tras de la una la otra, acaban­
do por vestirme en un santiamén. Terminado que
hube me llegué al visitante, murmurando con ejem­
plar sumisión:
—Aquí estoy para lo que usted guste mandar.
—¡Pronto despachó usted! Pero, ¿ha recogido
usted sus trastos, los libros y el equipaje? La cria-

48

Emilia Pardo Bazán.

da está aguardando por orden mía para llevar la
maleta.
— ¡L a m aleta!
— ¡L a m aleta!— replicaron tres voces. — Y Ci­
priano, vuelto serio, y aun con malos modos, gri­
tó :—¿Pero qué, se lleva usted á Pascual? Al paso
que Manuelón mugía con voz bronca:—¿Tú te vas
con é l , grandísimo bárbaro ? (E ra la forma cariño­
sa de su pena por perderm e).
— ¿Y á ustedes quién les ha dado vela en este
entierro? — dijo el canónigo midiéndolos á todos,
y particularm ente á M anuelón, con desdeñosa
ojead a.—Yo traigo órdenes de quien por derecho
hum ano y divino m anda en este mozo. Véngase
usted, Pascual.
— Pero así, de pronto...—objeté yo.
— No se necesitan preámbulos. Acabe usted de
llenar su maleta. No se cuide de nada más: ya he
hecho yo cuentas con la patrona. ¿Quiere usted
que le ayude á liar el hato?
Obedecí por máquina. Siempre impresiona la
prim era vez que los padres dem uestran no ser de
m azapán, y aunque el castigo no am enazaba ser
espantoso, moralmente me producía lo que se lla­
ma saludable temor. Los bigotes de un guardia
civil me impondrían menos que las cejas del ca­
nónigo.
— Respetable señor,—dijo Cipriano incorporán­
dose en la cam a,—¿no nos concederá usted siquie-

Pascual López.

49

ra este día, para dedicarlo á la amistad? Mire us­
ted que yo estoy afectado con esta marcha repen­
tina, y que á Pascual las impresiones fuertes le ha­
cen también daño.
—Ya podían venirme á mí con que me dejase
llevar de este modo por un cura, refunfuñó Manuelón.
El canónigo les lanzó otra ojeada, y adiviné en
el movimiento de sus cejas no sé qué tentaciones
vivísimas, que particularmente tenían por blanco
á aquel hércules provocativo que lucía sus brazos
musculosos: mas prevaleciendo la dignidad, se vol­
vió y no pensó sino en a'celerar mis- preparativos
de muda.
—Esos libros!... ¡Anda pues si tienen las hojas
por abrir! ¡Bueno va! Esa capa no coge en la ma­
leta: póngasela usted, que llueve...' Vengan esas
camisas... ese pañuelo puede usted dejarlo quedar
sin cargo de conciencia: parece una bandera. ¡Loa­
do sea Dios! Ya hemos concluido.
Al cargar yo con el liviano peso de mi maleta,
abastecida de todos mis trebejos, vi al canónigo
que, echando hacia atrás el manteo con un movi­
miento enérgico de su nervuda mano, se fué dere­
cho á la cama de Manuelón, y poniéndole la dies­
tra sobre el hombro, con poca blandura, le dijo:
—Usted cree, sin dudá, que todo el mundo es
de la misma laya que aquellos estudiantes de Tuy
que, siendo tres, se dejaron moler las costillas por
4

50

Emilia Pardo Bazàn.

usted, y además llam ar neos y otros motes. Pues á
fe que tanto vaya el cantarillo á la fuente que al
fin se rompa.
Acompañó estas palabras con la sonrisa casi be­
névola que la fuerza inteligente dirige á la fuerza
m aterial y ciega; y M anuelón, que aunque rim aba
con Salomón no tenía nada de lo de ídem, quedóse
como atontado palom ino, abierta la boca y tra b a ­
da el habla. Fui yo, entretanto, repartiendo un
abrazo mudo y frío á mis coholgazanes; respondié­
ronme ellos con reiterados ahur, adiós, que te vaya
bien, chico, salud, hasta la vista; y un segundo
después no quedaban en “el camaranchón más se­
ñales de lo acontecido que mi cama vacía y varios
regueritos de agua corriendo por el piso en el lugar
que ocupó el paraguas del canónigo.

II

El cual y yo, saltando charcos y pisando lodos,
y sin hablar palabra que digna de contarse fuera,
llegamos á una casa de no mal aspecto, no im por­
ta en qué calle y núm ero; y subida la ancha esca­
lera con tosco balaustre de palo, atarazado de la
polilla, llamamos y vino á abrir una dueña, cuya
cara y rasgos me parecieron grosera copia de los del
canónigo. E ra como él, robusta y m em bruda, pero

Pascual López.

5i

faltábale la armonía y proporción del cuerpo que
constituye la buena presencia. Gruesa y arrebata­
da de color, afeábanla dos parches en las sienes,
y en vez de los argentinos mechones que se escapa­
ban del solideo del canónigo, traía ella el pelo pe­
gado y alisado, y encubiertas las canas con no sé
qué artificios de hollín y peine de plomo. Estas
particularidades reparé después, que así al pron­
to no pude notar más que la mezcla de dueñesco
repulgo y melifluidad, y de rudeza hombruna, que
caracterizaba á la hermana del canónigo. Ella sa­
lió, con los ojos curiosos y escudriñadores, y el ade­
mán solícito. Don Vicente (que ya es tiempo de
dar al canónigo su nombre) la dijo, en vez de sa­
ludarla, esta lacónica frase:
—Dos chocolates.
La dueña se escurrió pisando blandito, á pesar
de su humanidad voluminosa; y D. Vicente me hi­
zo entrar en una desahogada pieza, descansando
él en un antiguo sillón de baqueta y señalándome
á mí una silla de paja de Vitoria. Vivo era el con­
traste entre el camaranchón que acababa de aban­
donar y el sitio en que me hallaba. Cuanto allá de
incuria, desbarajuste y desaliño, notábase aquí de
primor, pulcritud y orden. La mesa escritorio, de
antiguo nogal bruñido por el uso, relucía como bar­
nizado ébano; la maciza escribanía de plata, como
pluma de cisne; el cuadrito, de plata también,
que representaba al Apóstol matando moros, cega-

52

Emilia Pardo Bazán.

ba con su resplandor y con los destellos de la espa­
da y bandera del santo, que eran sobredoradas lo
mismo que los turbantes de los infieles. El estante,
abrumado bajo el peso de voluminosos infolios cu­
biertos de pergamino, templaba con su severidad
el aspecto risueño de la salita, por cuya ventana
se veían asomar los pámpanos de vid y las ramas
más encopetadas de los árboles de un jardinete. En
la piedra del umbral de la ventana, una gata maltesa, acurrucada y hecha un ovillo, se refocilaba
aprovechando un pálido rayo de sol, que á dicha
rompía las grises nubes haciendo danzar lumino­
sos átomos en la atmósfera apacible de la habita­
ción.
Sentárase D. Vicente, como dije, en el sillón á
un lado del ancho pupitre, y yo enfrente en la mo­
desta silla. D. Vicente tecleó un rato sobre la tabla
del escritorio, como si buscase una fórmula orato­
ria; y finalmente, clavando en mí los ojos:
— Supongo — me dijo — que ya usted se figurará
que para hacer lo que hice, tengo facultades de sus
padres, que me ruegan practique la obra de mise­
ricordia de mirar por usted y apartarle de malas
compañías y peores aventuras. Mucho ha apesara­
do usted con su porte á esos padres, después que
ellos le han favorecido tanto no poniéndole á arar
como á los otros hermanos, sino dándole buena y
lucida carrera. No estoy yo por eso de sacar á los
chicos de su clase, como no muestren grandes dis-

Pascual López.

53

posiciones; pero hoy en día, no hay arroyo que no
quiera ser Guadalquivir.
—Sin embargo... —objeté confuso.
—Bueno, bueno; yo no soy tampoco hijo de con­
de, ni de marqués, sino de un pobre labriego, y por
bondad de Dios llegué á esta categoría y dignidad
altísima: pero es harina de otro costal, mocito. An­
taño estudiábamos lo poco ó mucho que se exigía,
á conciencia y con fundamento: no nos echaban
encima tanta balumba de cosas inútiles, y lo con­
cerniente á nuestra carrera á fuerza de laboriosidad
lo embutíamos en los cascos, que no lo arrancaran
de allí poleas. Yo—en buen hora lo diga—gasté
mucho aceite, y rompí el paño de los codos, pero
supe mi obligación; y á no haber sido por ciertas
circunstancias... pero esto no es del caso. Además
yo tenía vocación verdadera... ¿Y usted, la tiene de
médico? Respondíle broncamente:
r—Si usted llama vocación, así... á un entusiasmo,
á un delirio... eso, no señor. No me repugna, y
basta.
—Está usted en un error... ¡Qué ha de bastar!
Sin afición no se estudia, y sin estudiar no se sabe.
¿Lo oye usted? No se sabe, digan lo que quieran
esos flamantes sabiondillos de ahora, que en menos
que canta un gallo, se calzan la ciencia universal,
¡Palabrería! Si usted no piensa dedicarse formal­
mente á aprender, mejor será que se vuelva con ef
arado.

54

Emilia Pardo Bazán.

—Pero señor, la mayor parte de mis compañeros
están en el mismo caso que yo...
—Pero no corren de cuenta de Vicente Prado.
Usted va á estar bajo mi vigilancia, y, por consi­
guiente, vida nueva. Usted estudiará y asistirá pun­
tual á clase. No me ha de perder usted una.
—Lo que es una sin remedio tendré que perderla.
—¿Cómo se entiende?
,
—Porque simultaneamos.
—¡Simultanear! —gritó el canónigo tragándome
con los ojos y poniéndose del color de la escarlata.
— ¡Simultanear! Así salen ustedes en dos años he­
chos Sangredillos de tres al cuarto, homicidas con
diplomas é impunidad segura! Así dicen ya las gen­
tes '. / Médico de revolución, prepara la Extremaunción!
No, no, caballerito, yo no paso por eso, ni puedo
pasar en conciencia. Usted ha de seguir su carrera
como Dios manda, año tras año y con método; sino
estamos mal.
No sé si fué el enojo pintado en el semblante
del canónigo ó el tono mandón que empleábalo que
me mortificó y movió á replicar:
—Pues, la verdad, no sé cómo mis padres han
autorizado para tanto á personas extrañas. Ya ve
usted que se me sigue perjuicio, y á ellos también;
tengo el año empezado, y á fe que primero coja el
azadón y la guadaña, que sujetarme á ciertas exi­
gencias.
La escarlata de la frente de D. Vicente subió á

Pascual López.

55

púrpura oscura, sus ojos ardieron y su boca se
abrió, sin duda para dar paso á coléricas razones,
cuando en el mismo punto resonaron ligeras pisa­
das , cedió la puerta y vi entrar una persona llevan­
do la bandeja de los humeantes chocolates. Era
una mocita como de dieciocho primaveras, espiga­
da, pero de mediana estatura; vestía repulgado y
plegado hábito del Carmen, de estam eña, ceñido
al airoso talle con reluciente correa de charol y or­
nada la manga izquierda con el coronado escudo
de plata; llevaba el cabello partido y alisado y ca­
yendo en luengas trenzas, á la labradoresca usan­
za. Ataviada así, sonrosado el rostro, bajos los pár­
pados y sosteniendo en ambas manos gallardam en­
te la bandeja, parecióme la recién entrada niña un
milagro de donosura, y más cuando la oí decir, con
peregrina modestia y una vocecita de almíbar:
— Muy buenos días nos dé Dios.
A que contestamos D. Vicente y yo:
— Santos y buenos.
Se acercó ella á la mesa, y depuso su carga con
diligencia singular, esgrimiendo unas manos que
diputé al punto por copos de apretada nieve. Ante
cada uno de nosotros dejó cumplida jicara de cho­
colate macho, cuyos efluvios aromáticos y vigoro­
sos confortaban; obra de seis rebanadas de pan
tostado; hasta tres almendrados finísimos de Belvís; un enorme vaso del agua sutil y clara de Santiago; en el cóncavo del vaso, disolviéndose, un

56

Emilia Pardo Bazàn.

robusto azucarillo moreno, y gruesa servilleta ale­
manisca, que trascendía á ropa limpiay á espliego;
hecho lo cual salió del aposento con la misma ce­
leridad y silencio con que entrara. Entonces hizo
explosión, como comprimido volcán, el enfado-de
D. Vicente.
— ¿De suerte —prorrumpió sin curarse de la ten­
tadora jicara—que se empeña usted en ser, á toda
costa, un holgazán y un perdis? ¿De modo que es­
tá usted totalmente maleado? Si yo fuese padre de
usted ya sé cómo había de traerle á la razón: que
la letra con sangre entra, y las blanduras pierden
á no pocos. Pero una vez que no puedo enteramen­
te asumir el sagrado carácter que da la paternidad
y usted se propone vivir como las bestias, in quibus
non est intellecto, escribiré hoy mismo á su familia,
diciéndole su resolución y añadiendo que está us­
ted empedernido.
¡Empedernidos diablos me atenaceen, si pensa­
ba á la sazón en cosa alguna más que en la gentil
portadora de la bandeja! Las desabridas palabras
de D. Vicente me volvieron á la realidad. Recordar
punto por punto el anterior coloquio; hacer memo­
ria de que D. Vicente tenía una sobrina llamada
Pastora, cuya fama de hermosura llegara ámis oi­
dos estudiantilmente exagerada; pensar en que el
tío de esta criatura se estaba brindando á ser mi
guía y director, y que por ende me sobrarían oca­
siones de visitar la casa que tal tesoro guardaba,

Pascual López.

57

cosas fueron que escribo despacio , pero que calcu­
lé y enlacé con presteza eléctrica. Y con la misma
mudé rostro, ademán y hasta voz, diciendo hum il­
demente:
— Le pido por Dios que no lo haga, señor, ni dé
ese amargo trago á mis padres; que yo, si por malos
de mis pecados fui hasta hoy un haragán, estoy
arrepentido y me pesa, y propongo muy de veras
corregirme y seguir sus instrucciones de usted. No
se dirá que tuve la suerte de dar con una persona
que por mí se interesa, y que he pagado mal su bon­
dad. Perdóneme usted lo que hablé; estaba aca­
lorado, porque así, al pronto... Pero conozco que
le sobra á usted razón. ¿A dónde iría yo, hecho
un ignorante? No, señor, usted la acierta; vida
nueva.
A medida que discurría yo despejábase la frente
del canónigo, serenábanse sus facciones y brillaba
en ellas tal contentamiento, que me iba dando ver­
güenza de mi falacia, y proponía en mi corazón
hacer todo cuanto ofrecí. Finalm ente dió muestras
D. Vicente de hallarse aplacado, ensopando una
tostada en la jicara, en lo cual le imité.
— Sí señor—proseguí. — También es cosa que no
gusta eso de tener que andar buscando empeños
para salir airoso de un examen. Mejor es trabajar
y ganarse, los grados.
— ¿Lo comprende usted? Es lo que yo quiero
inculcarle. Hay que tomar la profesión á concien-

58

Emilia Pardo Bazím.

cia, y lo demás es patarata. ¡Mucho dure el buen
propósito! Que no sé si se quedará en agua de ce­
rrajas. De usted depende el cumplirlo: usted no es
lerdo: si quiere, facultades tiene. Por de pronto,
vamos á lo esencial. ¿Debe usted algo?
— Sí... no..., es decir, á la patrona.
— Con esa ya ajusté yo cuentas. ¡Buena alhaja!
— El zapatero de la esquina del Mercado Viejo
-me hizo estas botas altas...
— El zapatero. ¿No hay más?
— Verá usted... En el café de Mariano... como
solemos jugar al dominó...
— ¿Y no hay libro de cuarenta hojas? ¡Todo es
nonada, comparado con los naipes malditos! Tiene
usted contraído vicio? Porque hoy he visto...
— No señor, era la brisca, entre nosotros, por pu­
ra broma... á habichuelas...
— Por broma pase... ¡pero cuidado, cuidadito!
,¿Y libros? ¿Tiene usted todos los del año?
— No, eso no... Entre los cuatro reuníamos todos;
pero naturalm ente, no traje sino los que me corres­
ponden.
— ¿No le dan á usted sus padres dinero para li­
bros ?
— Sí, pero...
— No diga más. Con aguas pasadas no muele
molino: pero ¿para cada cuatro un libro? ¡Madre
m ía del Socorro, mientras tres holgaban, estudia­
ría uno



Pascual L ó p ez.

59

—Alternábamos...
— En roncar y perder el tiempo. Ni jota sabían
ustedes de la asignatura. Bueno, ya pasó; pero des­
de ahora... O tra cosa tengo que preguntar á usted,
y es m ateria algo delicada. Advierta que tengo p o ­
deres de sus padres, poderes amplios... que si no...
— Diga usted, diga usted.
— Pues... (D . Vicente se bebió un copioso trago
de agua) sus padres tem en, y me han encargado
que averigüe si tiene usted algún enredo, de esos
que á su edad... E n fin, usted me comprende.
— Sí, sí, comprendo —repuse con sinceridad y
viveza. — N o, no tengo cosa mala que ocultar.
— A Dios sean dadas gracias. Tam bién me enco­
m iendan, como es ju sto , que mire porque usted
no descuide sus deberes religiosos.
Enm udecí. P ara no m entir y ser le a l, fuerza me
era declarar que largo tiempo hacía no iba á misa,
sino del pórtico afuera, en donde me recostaba p a­
sando revista á las devotas. No obraba yo así por
irreligiosidad, ni por sistem a, sino más bien por
descuido, pereza y rutina. Pero se me hacía cues­
ta arriba declararm e al canónigo.
— Muy callado se queda usted—dijo éste grave­
m ente, rechazando el pocilio del ya sorbido cho­
colate, y limpiándose la boca con la servilleta d o ­
blada.
—Diré á usted... Algunas misas he perdido, pero
m ucha culpa de ello toca á mis compañeros, que se

6o

#

Emilia Pardo Btizán.

reían de todo lo relativo á Iglesia. Por librarme de
su chacota...
— Dime con quién andas, te diré quién eres; las
m anzanas podridas dañan á las sanas. Pues en ese
asunto es preciso que usted ponga tiento, porque
no quisiera yo encargarm e de m irar por ninguno
de esos m ancebitos desalmados de hoy, costales de
im piedades, pervertidos por las malas ideas que
cprren. Eso no. Y mire usted que en su casa no de­
ben de haberle dado tal ejemplo.
— Así como pienso enm endarm e en lo dem ás,—
respondí — me enm endaré en eso.
— Ojalá. M ala escuela ha tenido: ahora le será
á usted más difícil tomar hábitos de orden, form a­
lidad y buenas costumbres. E n fin, usted afirma
que va á ser otro hombre: ¡Dios lo quiera! me se­
ría muy doloroso tener que desesperar de su con­
versión.
Dijo esto último en tono agridulce, del cual vine
en conocimiento que mi tibieza y negligencia le
habían parecido de mal agüero, y pesóme de ser
franco, como á Gil Blas con el arzobispo de G ra ­
nada. Yo, allá en mis adentros, me sentía más reo
de pereza y flojedad que de otra cosa, y muriendo
por congraciarme con D. V icente, pronuncié con
contrición doblada:
— Señor, no soy mal cristiano, aunque remiso;
y no es posible que deje de conducirme bien, vi­
viendo con usted y en esta honradísim a casa.

Pascual López.

61

— ¡En esta casa! ¿Y quién le dijo que iba á es­
tar en esta casa?
— ¡Adiós mi dinero! — pensé para mi coleto, y
como edificio de naipes se vinieron al suelo en un
punto mis risueñas esperanzas y se volcó el canta­
ndo de la lechera. Debí de mostrar rostro asaz
turbado y compungido, puesto que D. Vicente
añadió con más benignidad:
—Bien quisiera yo poner así á salvo su mocedad,
y hacer ese servicio á su fam ilia; pero me lo vedan
razones muy obvias. Tengo á mi lado, como usted
ha visto, hermana y sobrina; esta última doncella,
sin más dotes ni galas que su recato. Ya entre, se­
gún piensa, en el convento de la Enseñanza, ya
mude de propósito y elija otro estado, no me pa­
rece que deba vivir bajo el mismo techo que un
mozalvete. Las lenguas maldicientes poco necesi­
tan para sajar y hacer picadillo de las honras.
Pero no se apure: ya he procurado para usted más
decente albergue del que deja. No lejos de aquí
vive una señora buena que admite pupilos, no por
hacer negoeio, sino para ayudarse á pagar la casa.
Serán ustedes no más tres huéspedes, y todos mo­
ros de paz; no le m altratarán la ropa blanca como
en aquel tugurio, y su cuarto no parecerá un hos­
pital robado.
Aún departimos algún tiempo el canónigo y yo,
él doctrinándome con sabios consejos, yo respon­
diéndole sumiso, pero con el pensamiento en otra

62

Emilia Pardo Bazán.

parte, porque las nuevas del monjío en ciernes de
Pastora me escarabajeaban en el alma. Despidió­
me, en fin, asegurándole yo que sabría encam i­
narme solo al redil que me buscara su solicitud.
Encargóme el que viniese con frecuencia á darle
cuenta de mis adelantos y conducta: lo que le
prometí de muy buena gana. Con esto salí á la
antesala, y me disponía á levantar el picaporte
para irm e, cuando un suave ceceo me llamó desde
la esquina del pasillo. Dióme la sangre impetuoso
vuelco á impulsos de una desatinada idea que me
asaltó; pero al punto me reconocí grandísimo san­
dio, pues quien me ceceaba no era sino la dueña.
—E ntra acá, hombre,—dijo campechanamente,
empujándome por los hombros á un cuartico, exor­
nado de muchas estampas de santos con marcos
de lantejuela, y amueblado con una cómoda alta
en que descansaba una urna de palo de rosa que
contenía una Divina Pastora de bulto, y una me­
silla baja y ancha en que en gracioso revoltijo se
mezclaban tijeras, dedales, carretes de hilo, pren­
das á medio repasar, retazos de cinta,, hormillas,
botones, cabos de cera y alfileteros. En los rin­
cones había canastas con ropa blanca, fuelles,
planchas y tenacillas de encañonar.
—E ntra, — repitió la m atrona, que apartada de
su hermano se mostraba más lenguaraz y entro­
metida que modesta.—A ver qué buen mozo eres.
Esa santa bendita de tu madre no te mandó á ha-

Pascual López.

63

cernos una visita, en tanto tiem po como llevas es­
tudiando aquí. Pues bien sabe ella que nos q u ere­
mos, y yo pasé por allá muy buenos ratos; ¿cómo
están todos? ¿Y tu herm ana la m ayor, que tenía
tres años cuando estuve allí?
M iraba yo á la madre de P a s to ra , y hallábala
bien diferente de su hija; pero la cordialidad del
recibimiento me venía de m olde, y propásem e no
desperdiciar ocasión tan propicia.
—G racias á Dios no tienen novedad por a llá,—
contesté; — mi hermana casó con el hijo del tío
Alberto del Soto.
— Válgame Dios, ese era un labrador de los de
punta cuando yo...
— Y mi m adre no me dijo nada de ustedes, ni
de que estaban aquí; que si no, ya se vé que te n ­
dría mucho gusto en venir á verlas, y al señor
D. Vicente...
— U na persona de tan buen consejo, aunque me
esté mal el decirlo; pero no hay en el cabildo o tra
más prudente. Y tú, claro, habrás andado como ya
sabemos que andan los estudiantes, metido en mil
zahúrdas, sin sociedad de gente fina... E s una
compasión como se educa hoy la juventud. E n mi
tiempo había tertulias, y se tocaba la g uitarra, y
se cantaban canciones, y se ponían acertijos y ju e ­
gos de prendas, y se recreaban las gentes sin m a­
licia; ahora van los muchachos á esos bailoteos, y
si á mano viene gastan lo que no tuvieron nunca.

64

Emilia Pardo Bazím.

Me acuerdo, cuando yo era doncella de la señora
marquesa de B... ¡qué buenos ratos! Tocaban las
señoritas el clavicordio, que lo hacían hablar... y
á eso de las ocho entraba un refresco... ¡cosa de
gusto! yo sabía dirigirlo y arreglarlo tan bien, que
la marquesa me decía sólo: Fermina, ya sabes;
como siempre. Y ya contaba yo: tantos convida­
dos, tantas onzas de chocolate: tres bizcochos para
cada uno, dulce de guindas á proporción...
La locuacidad de doña Fermina, rompiendo
vallas y saltando diques, se desbordaba. Propúseme llevar con paciencia las'flaquezas de la dueña,
oyéndola como quien oye llover. Pero no había
treta que bastase, porque sin dejarme el recurso
de pensar en las musarañas, me llamaba la aten­
ción hacia otro punto.
—¿Pero qué estás mirando? — me decía.—¿Mi­
ras esa imagen de la Pastora? Pues has de saber
que la compré de lance, y así y todo me costó siete
pesos: es cosa fina. Repara que los borreguitos son
de cristal y los árboles Conchitas, y el vestido de
la Divina Pastora es raso, con mucho bordado de
oro... ¿No ves qué sombrerito de paja tan cuco?
¿Y qué propios están esos pescados de cera que
nadan en ese río de hojadelata y talco? Y la cara
de mi Madre bendita, ¡qué preciosísima es! Dicen
que se da un aire con mi hija..,
No podía yo meter baza, ni menos sumirme en
mis pensamientos; la charla seguía desenvolvién-

Pascual López.

65

dose y girando, como un ovillo por cuyo cabo se tira.
Además de los anteriores temas, que nunca se ago­
taban, acribillóme doña Fermina á preguntas acer­
ca de mi vida, mis amistades, mis propósitos, y la
reprimenda que me había administrado D. Vicen­
te; describióme al pormenor mi nuevo alojamiento,
el carácter de la patrona doña Verónica, el de los
huéspedes, y hasta no sé si el color de las colchas
y el dibujo de las toallas, y vine en conocimiento
de que Doña Fermina no ignoraba nada de cuan­
to no le iba ni le venía. Mareado, disponíame ya
á tomar soleta, cuando acertó á entrar Pastora,
y con ella el alivio para mis nervios y el gusto
para mi espíritu. Saludémonos con cierto enco­
gimiento y cortedad, y ella se sentó modestamen­
te en su silleta baja, tomando al punto la labor,
que según vi no era tejido de lizos de oro y seda,
ni de orientales perlas recamado, sino las vaini­
cas de unos anchos pañuelos. Noté que delante
de su hija la lengua de doña Fermina andaba un
poco menos suelta, ya porque el grave continen­
te de la niña enfrenase su libertad demasiada,
ya porque temiese decir algo que sonara despre­
ciablemente en candorosos oídos. Ello es que se
contuvo, tomó también las agujas de hacer me­
dia, y puso en actividad los dedos dando respiro
á la laringe.
A poco, madre, hija y yo terciábamos en fami­
liar plática.
5

66

Emilia Pardo Bazíin.

Ili

Era Pastora completamente distinta de todas
las mujeres (no muchas ni muy selectas) que ha­
bía yo tratado. No se advertía en ella el descoco y
presunción de mis parejas en los estudiantiles bai­
les, ni menos la rustiquez zahareña de mis monta­
ñesas hermanas y compañeras de infantiles juegos.
Finilla y dama por naturaleza, se mostraba al fa­
miliarizarse sencilla y alegre como paloma; y aun
no le faltaban unas miajas de malicia, destinadas
á templar gratamente la demasiada pureza de las
líneas de su rostro, parecido al de una Virgen de
cera. Tal infantil malicia endulzaba, á la vez, la
excesiva corrección y regularidad del semblante, y
la perspicacia extraordinaria del entendimiento;
porque tenía Pastora un juicio tan vivo y claro á
veces, y formulaba unas sentencias, que mal año
para Séneca y cuantos maestros de filosofía produ­
jo la antigüedad. Lo mejor del caso consistía en
que no sacaba Pastora su ciencia de ningún libro,
como no fuese del Año Cristiano, de la Leyenda
áurea ó del Catecismo explicado del padre Mazo,
únicos que en su poder vi; pues ni aun á las deli­
cadezas místicas del Kempis se atrevía su biblio­
teca. De suerte que hay que creer que el recto dis-

Pascual López.

67

curso de Pastora nacía de una natural luz, propia
de su alma, que muy brillantemente alumbraba su
criterio. Yo confieso mi pecado: algunas veces, en
presencia de Pastora, sentíame poseído de una im­
presión singular: antojábaseme que, aunque nues­
tras sillas se tocasen y la estameña de su hábito
rozase el paño de mi capa, en realidad Pastora es­
taba lejos, muy lejos, allá en unas cumbres muy
altas que yo escalar no podía. Borrábase esta
aprensión, cuando alguna de las inocentes chiqui­
lladas de los dieciocho años brotaba de sus la­
bios, más rosados que las conchas que contraha­
cían flores en la urna de la Divina Pastora.
Nada menos semejante á una hija de la civiliza­
ción que aquella futura monjita. Jamás respiraron
sus pulmones, hechos al grave perfume del incien­
so, la atmósfera turbia y malsana de los bailes de
San Agustín, ni el polvo sofocante de la Alameda
en un día de música; jamás tapó su cara virginal
el antifaz encubridor que al velar el rostro rasga
el velo de la vergüenza; jamás deshonró su peruginesca cabeza moño ni perifollo alguno, ni más
afeite que la clara linfa de las fuentes, con que
alisaba el sedoso cabello; jamás trocó por manto
de blonda la graciosa mantilla de tira, de tercio­
pelo y paño, que tan bien sentaba al óvalo de su
faz, realzando con el contraste lo delicado de su
cutis; jamás afeó su cuerpo traje á la moderna,
con pabellones, volantes ó lazos, sino el ceñido

68

Emilia Pardo Bazàn.

hábito de lisa falda y plegado corpiño, que dibuja­
ba con púdica reserva las ondulaciones de su ligero
y garboso talle. Es cosa bien llana que los estu­
diantes, que tienen ojos de lince para atisbar á las
muchachas bonitas, no dejarían de haber rondado
á la sobrina de D. Vicente; pero así paró ella mien­
tes en los galanes que acechaban su ida á misa y
á la novena, como en los habitantes de los antípo­
das. No existía en Santiago alcázar más inexpug­
nable que el del recato de Pastora, ni cosa más
proverbial que su recogimiento y modestia: buena
prueba de ello era el que juntas hubiesen llegado
á mí, caminando por no muy comedidas bocas, la
nueva de su honestidad y la de su hermosura. Así
fué que al pronto no me atreví yo á cortejarla de­
claradamente. Me presenté tímido, respetuoso, ren­
dido y prendado: y no sin orgullo vi que iba ablan­
dándose aquel corazoncito y resbalando aquella
voluntad por la pendiente florida y suave á que yo
la atraía.
Aunque sirve el amor propio de natural ceguera,
todavía no puedo persuadirme de que la vocación
monástica de Pastora fuese entonces verdadera y
profunda, llamamiento eficaz al estado religioso.
Imagino que la paz y sosiego ociosos de su es­
píritu , el carácter arrebatado y difícil de su ma­
dre, la devoción espontánea, el cariño y halagos
de las monjas, le sugirieran la idea de enclaus­
trarse, considerando el convento más bien como

Pascual López.

69

un lugar de reposo que como el paraíso del alma.
Por mucha estima en que yo me tenga, no me pa­
rezco capaz de turbar un pecho en que ya anidó la
gracia, y que exaltan los transportes del amor di­
vino. Colijo pues, que Pastora no sostuvo lucha ni
combates consigo misma, ni experimentó remordi­
mientos por desoír la voz de lo alto. Insensiblemen­
te se fué aficionando á mí, y nos hallamos al cabo
novios.
No nos faltaron ocasiones de pelar la pava y de
departir largamente. Doña Fermina era un Argos
muy poco vigilante, amén de que tenía sus queha­
ceres y devociones, que la forzaban á salir, y su
incansable lengua, que la impelía á ir en busca
de vecinas y comadres para dar desahogo á la plé­
tora de palabras que la sofocaba. D. Vicente había
distribuido sus horas entre coro, siesta, rezo, paseo
y lectura, de modo que me era facilísimo sortear
las mías para no encontrarle. Es de advertir, por­
que no padezca menoscabo la limpia fama de mi
Pastorcilla, que aquel nuestro afán de coger las
vueltas á sus guardianes, no nacía de propósito al­
guno menos honrado y comedido: antes al contra­
rio, como desde que conocí á Pastora la tuve por
propia y adecuada para esposa legítima de un fu­
turo medicastro, y como tal la puse allá en mi in­
terior más alta que los cuernos de la luna, mi pri­
mer cuidado fué informarla de mi honesto propó­
sito, y desde aquel punto no nos igualaran en mu-

70

Emilia Pardo Bazán.

tuo respeto y confianza los más pulcros futuros in ­
gleses. P u ra niñería era lo de querer que nadie oye­
se nuestros coloquios; porque en verdad, según su
inocencia, pudiéram os pasarlos en mitad de la
calle.
A P astora la defendía su secillez y candor; y yor
aunque algo m aleado por el roce y por mis adoce­
nadas aventurillas, no tenía en el fondo mucho de
Tenorio. Por otra parte, en nuestros amoríos no
ferm entaba la menor levadura de sentimentalismo,
y nos tratábam os con aquel desahogo y llaneza
que sum inistra la conciencia tranquila. Obsequia­
ba yo á P astora indistintam ente con claveles y
camelias, que cogía en alguna huerta de los a rra ­
bales, ó con canastillos de hojaldre y barras de al­
feñique com pradas en la confitería; y ella así me p a­
gaba con un escapulario bordado ó con una m ata
de malva-rosa, como remendándome los desgarro­
nes de la escolar capa. Todo el tiempo se nos iba
en hacer planes para el porvenir, ó en ajustar la
cuenta de la lechera. Yo levantaba canastillos de
naipes, y P astora con un soplo de buen sentido los
echaba á tierra.
— M ira, — solía decirle presentándole un espejillo que colgaba de un clavo en el cuarto de su
m adre: — m írate, tonta, qué bonita eres. ¿Y aun
te atreverás á decir que no has de salir nunca de
ese hábito y de esa m antilla de tira?
—¡Anda! Más mérito es que sea bonita así. ¡Bra-

Pascual López.

7i

va hazaña haría en estar guapa, si me pusiese arru­
macos y perendengues y aretes de piedras en vez
de éstos!
Y tocaba riendo sus orejas, en que dos hebras
de seda verde hacían resaltar lo nacarado y me­
nudo del lóbulo.
— ¡No, pues cuando seas médica, ya te mando
yo que has de gastar blondas, y cola, y abrigo de
terciopelo! No faltaría más.
— ¡Já, já ! ¡abrigo de terciopelo! ¿Quien te verá,
Pastora? (Y hacía ademanes de dama remilgada
que anda contoneándose, con las manos pendien­
tes y los brazos tiesos y desviados del cuerpo).
— Mira, cada uno debe vestir como quien es.
— Conversación! ¿Y quiénes somos tú y yo, Pascualito? Vaya unos príncipes y unos peruleros! Sí,
que ayer nos cayó el premio gordo de la lotería.
Si el Señor nos concede patatas y tocino para gui­
sarlas, mucho deberemos á su incansable bondad.
Y nunca nos falte.
—Cuando yo sea médico...
—Va largo. Digo, si es que tú no te das otra
maña, hijo. Pascual, estudia, estudia, Pascual, que
si no tendremos que irnos á tu tierra á cebar bue­
yes. Y gracias si como labradores vivimos honra­
damente, sin depender de nadie más que de nues­
tras manos.
— Pero mujer, si cada vez me entran menos en
la chola esas malditas asignaturas. Por compla-

72

Emilia Pardo Bazán.

certe á tí y á tu tío, voy llevándolas con orden, y
aun rae aplico, vaya si me aplico! Pero no hay día
en que no vea graduarse en un santiam én á otros
que saben tan poco como yo, y me lleva pateta.
Ya podía yo estar concluyendo la carrera; ¡mira
qué g u sto !
— ¿Sin saber nada?
— Pues sí, que los que salen son unas notabili­
dades.
— Pero hom bre, para eso, mejor era que no h i­
ciesen la farsa de ir á sentarse en aquellos bancos.
Bueno estaría que el tío, que es canónigo, no su ­
piese decir m isa, ni teología, ni latín... Y lo que
yo digo: si á mí me dieran un papel escrito; ¿eh?
en que declarasen que yo sabía zurcir muy bien,
vamos, y tú fiado en ese papel me trajeses tu g a­
bán á que le zurciese un siete, y por no saber no
te lo hiciera, ¿qué dirías?
— No es lo mismo. L a práctica...
— Ya; después que m ates un ciento, ¿sabrás cu­
rar una docena?
— Tú no entiendes de eso.
— E a; pues tú tam poco.
— Yo lo que te digo es que me hierve la san­
gre de impaciencia por ser médico, y que nos ca­
semos...
— Y que nos m uram os de ham bre, porque no
tendrás enfermos... M ira, Pascual, yo vivo de cual­
quier modo, porque, aunque boba, bien se me ai-

Pascual López.

73

canza que al que se contenta con poquito todo le
sobra. Pero tú, que ya estás soñando ahí con blon­
das y rasos, y que además eres aficionadillo á mil
menudencias y primores... Vaya, el que quiera cier­
tas cosas que las gane.
— No sé cómo á tí no te entusiasma la idea de
ir de mi brazo al paseo, al teatro...
— ¡Teatro! Haya para la olla, y daréme con un
canto en los pechos.
—Te digo que hemos de vivir como archipám­
panos. ¡Verás cómo te gusta el teatro! ¿No fuiste
nunca?
— ¡Quiá! Dice el tío que es un espectáculo
muy inmoral y muy impropio de muchachas sol­
teras.
— ¿Qué sabe tu tío? Apostaré á que en su vida
lo vió.
—Sí tal, fué una vez antes de ordenarse, y vol­
vió escandalizado. Más de mil veces habla de aquel
lance. Dice que daban una función... ¿A ver si me
acuerdo? Era cosa de amores... ¡Ay! sí. Los Aman­
tes del Teral ó Terel...
—De Teruel... ¡Bueno! ¿Y qué tiene eso de in­
moral? Eran dos que se querían, como tú y como
yo, ¡mira qué cosa! Pues digo, ¡si tu tío viese las
que dan ahora nuevas!
—No, ya dice él que, según lo que traen los pe­
riódicos, aquello era tortas y pan pintado en com­
paración de lo que hoy se estila. Ya ves como tiene

74

Emilia Pardo Bazán.

razón, y una muchacha formal no debs poner el
pie en esos sitios.
—¡Qué seria se me queda usted! ¡Parece una
doctora! ¡Los dedos te chuparías tú de gusto, sor
Severiana, si oyeras una sola vez cantar el wals
de las cartas en La Gran Duquesa!
Y tomando un ovillo de hilo que hallé á mano, y
colocándolo á guisa de carta ante mí, púseme á ta ­
rarear.
Oh carta adorada
me hiciste feliz.
— Pareces loco, — me dijo Pastora riendo de
todo corazón.
Yo así un hierro de la plancha, y blandiéndolo,
grité:
— Atiende, atiende, que ahora va lo mejor:
Y zis zas, puní,
yo soy el general Bum-bum.
— Eso sí que lo aprendes pronto — exclamaba
ella sin parar con su risa.—Tales necedades se te
imprimen enseguidita en la memoria; y en cambio
lo que lees en los libros se va como el agua si la
echasen en esa canasta de mimbres.
A este tenor eran nuestros diálogos, nada seme­
jantes en verdad á los de Isabel de Segura con
Marsilla, que tanto asustaron in illo tempore á D. Vi­
cente. Algunos días, fuese por el estado de la at-

Pascual López.

75

mósfera ó por el de nuestros nervios, armábam os
cam orra y quim era, á lo m ejor, por un quítame
allá esas p ajas; que con ser P astorcita una malva
de ordinario, no dejab a, en ocasiones, de sacarlas
uñas. Recuerdo que cierta vez llegué de improviso,
y halléla con los ojos hinchados, la cara de juez,
devanando activam ente una m adeja puesta en el
argadillo.
— Aquí estoy yo — dije al entrar—aquí estoy yo,
venga esa m adeja, que la tendré de rodillas y todo
para que devane á gusto la señora princesa Micomicona.
— No me hace falta. Muchas gracias — contestó
Pastora sin alzar los ojos.
— ¡Uy qué vientos de cortesía soplan! Malo,
malo.
Sentéme en mi sitio de costumbre, y P astora si­
guió con su labor, sin volver siquiera el rostro para
mirarme.
— ¿No me dices n ad a, mujer?
— ¿Y qué quieres que te diga? H ab la tú.
Levantém e, y con rápido movimiento sujeté en­
tre las mías sus m anos, al mismo tiem po que de un
disimulado puntapié hice volcar el argadillo.
— ¿Qué confianzas son estas? ¿A ver?—dijo ella
tratando de desasirse.
— Hoy no se devana.
— Pues. Vendrás tú á hacerme mis obligaciones.
— T engám osla fiesta en paz, P astorcita. Yo he

76

Emilia Pardo Bazán.

acudido aquí para hablar contigo, para mirarte, y
no para que me pongas hocico. Levanta esos ojos
de sol y te dejaré devanar.
Los alzó con mirar nada blando; abrí yo las ma­
nos y ella se volvió á instalar, enderezando la de­
vanadera y despidiendo á la vez un suspiro. Yo me
quedé en pie á su lado. Un rayo de sol penetraba
por la ventana, dorando los cabellos castaños de
su inclinada cabeza. Arranqué una paja del asien­
to de la silla más próxima, y con el extremo la hi­
ce suaves cosquillas en la raya y en la nuca. Es­
tremecióse como si la picase una mosca imperti­
nente, pero no descosió los labios.
— ¿Se puede saber qué ocurre? —dije yo ya abu­
rrido.—¿Qué te pasa? O me miras, y me hablas, y
me riñes, y me insultas, ó me marcho y no vuelvo.
Escoje.
— No, si yo no tengo que reñirte por nada. Si te
portas como un santo. ¿Quién ha de hallar motivo
de reprensión en la conducta del señorito don Pas­
cual? Es un modelo.
Pastora se había puesto de frente, soltando el
ovillo; y su rostro serio y un tanto descolorido, re­
presentaba diez años más que solía.
— ¿Qué he hecho yo? Pues no me remuerde la
conciencia de cosa alguna.
— La conciencia tuya es de manga ancha.
— Pero, por los clavos de Cristo, dime en qué
está mi pecado, siquiera para arrepentirme.

P ascual L ópez.

77

— ¿De qué se ha de arrepentir una persona tan
cabal? No, si no es posible llevar una vida más
arreglada y perfecta que la tuya. Y sino, exami­
nemos un día... por ejemplo , el de ayer.
— Pero...
— Madrugaste á las diez: ¿quién duda que es ho­
ra muy regular? ¡Otros se levantarán á mediodía!
Después fuiste á cátedra... con los que se quedan.
A la una saliste á tomar el sol, que es ejercicio
muy higiénico y provechoso para la salud. A las
dos comiste, y te faltó tiempo para plantarte en el
café. Allí no perderías sino cinco reales al dominó
y no sé cuantas mesas de billar... Para una pobre
como yo sería sensible la pérdida; pero para un
millonario como tú, ¿qué vale eso? Al anochecer
asististe á la novena de las Madres, como van los
buenos cristianos, á no pasar del pórtico, y á qui­
tar la devoción á las almas piadosas que entran y
salen.
— Iba por verte.
— A otro perro con ese hueso. Demasiadas veces
te he dicho que no quiero que la iglesia nos sirva
de encubridora. A la iglesia se va á rezar y no á
cosas profanas. ¿ Ibas también por verme á la puer­
ta de la casa de X... esos señores que dan saraos,
y ante cuyo portal os apostásteis veinte ó treinta
para chillar y cantar á cada persona que entraba?
— Yo desearía saber quien te trae á tí esos chis­
mes , para enseñarle cuantas son cinco.

78

Emilia Pardo Bazán.

— Mal me quieren mis comadres por que digo las
verdades.
—Patrañas todo.
— Pascual, no recurras nunca á la mentira. Eso
sí que es peor. Lo sé de muy buena tinta, y no me
importa decirte por quién. Mamá estuvo hoy tem­
prano en la catedral con doña Verónica.
—Patrona de Barrabás: ¡ á eso van á la iglesia,
á comerse los santos, y al mismo tiempo á desollar
al prójimo!
— No lo hablaron dentro, que lo hablaron fuera
y á la salida, ¿lo oyes? Y me parece que no han
descubierto cosa alguna secreta, sino pública y has­
ta callejera.
—Pues una vez que doña Verónica es el testigo
de mi vida, anda y pregúntale cuantos días al año
hago yo eso. ¿No se ha de disfrutar de alguna ex­
pansión?
— No me quejo yo —dijo Pastora con aquella
sutileza de discurso que á veces mostraba—de que
hayas vivido así ayer; quéjome de que esa vida tan
vana te guste, y de que le llames expansión. Por­
que según un padre jesuíta, á quien una vez oí pre­
dicar, no está el daño tanto en las faltas que por
ventura cometemos, cuanto en el placer y afición
que despiertan en nosotros. Tu ánimo está cosido á
esas ociosidades, y tu voluntad no sabe tomar otro
rumbo. Mientras no quieras ser hombre de prove­
cho, ¡ay Pascual! no lo serás. Quereres lo primero.

Pascual López.

79

Acertaba Pastora en su análisis. Es verdad que
desde que mi estrella me pusiera en las próvidas
manos de D. Vicente; desde que mis huesos repo­
saban en las zahumadas y limpias sábanas de doña
Verónica, mi conducta era todo lo regular posible.
Acabáronse los trasnoches, los desórdenes, las tra­
vesuras y las intriguillas; olvidara mi paladar el
gusto de los licores, y mi mano el movimiento de
las fichas del dominó y de las figuras del ajedrez.
! Cuando al revolver de una esquina me daba de ma­
nos á boca con mis antiguos compañeros de zam­
bras, volvía la cara por no mirarles. Unido esto á
que asistía con puntualidad á cátedra, á que acom­
pañaba á D. Vicente á sus largos paseos extram u­
ros, y á que la simplota de doña Verónica tuvo la
flaqueza de dejarse decir que yo vivia como una
palomita, resultó que la mucha malicia y la envidia
grande de mis antiguos compinches me confirmara
conociéndome presto por el ridículo apodo de Pa­
lomita.
Sí; ¡oh debilidad, arcano y misterio del corazón
del hombre! ¡Oh condición la suya peregrina, de
ningún novelista bien descrita , de ningún sabio
enteramente penetrada! ¿Quién no pensara que con
tal pormenor había de cobrar yo tédio, cuando no
aborrecimiento, á aquellos pillastres? Pues razón
tenía Pastora: puntualmente ocurrió lo contrario.
Desde que supe que, por iniciativa del maligno
mico que se llamaba Cipriano, eran mi bondad y

8o

Emilia Pardo Bazan.

virtud fábula y risa de unos cuantos perdis, de cuyo
parecer debiera importárseme un bledo, picóme
una comezón extraordinaria de ver, hablar y tratar
de nuevo á semejantes bellacos: y era todo mi afán,
no por darles sano ejemplo, ni por sacarles de la
desastrada vida en que andaban, sino á la inversa
por probarles que yo era tan truhán como antaño,
y tan capaz de hacer una hombrada en La flor de
los campos de Cariñena, ó cualquier otro noble lugar.
A tal empeño, que declaro sin vindicarme ni ale­
gar disculpas, obedeció mi escapatoria, tan presto
sabida como ejecutada. Doña Verónica, que me
veía siempre metódico y formal, se asombró de mi
calaverada, y no cabiéndole el pan en el cuerpo,
manifestó su sorpresa á doña Fermina. Esta juga­
rreta no la perdoné en todo el tiempo que Pastora
se mantuvo pensativa, cavilando en mi falta de
seso y de amor al trabajo.
¡Qué paz, qué afable y soñolienta holgura', qué
conventual sosiego se gozaba en la casa de doña
Verónica, flor y nata de las posaderas de afición!
Parecía un palacio encantado. Tres no más éramos
los felices mortales á quienes hospedaba, por mu­
cho favor, la buena señora.
El primero un eclesiástico de estos cortesanos y
sociables, cuya inofensiva manía es relacionarse
con lo más distinguido del pueblo en que viven, y
que se esponjan como si hubieran puesto una pica
en Flandes, cuando les cabe la honra altísima de

Pascual López.

81

derramar el agua sagrada del bautismo sobre la
frente del primogénito de una familia ilustre, ó de
echar las bendiciones á una pareja de lo principal,
ó de cantar las honras de una persona de suposi­
ción é importancia; que sin tener orgullo propio, lo
tienen por cuenta ajena, y se crecen y pavonean
al pasar bajo el dintel de una puerta que corona un
escudo heráldico, ó al rozar con el paño de su tra­
je una manga galoneada ó un vestido de seda rica;
eclesiásticos que rara vez dejan de ser morigerados
y puros en sus costumbres, sirviéndoles de mucho
para ello el mismo trato correcto que frecuentan y
el decoro que se consideran obligados á guardar á
sus elevadas amistades. Era pues D. Nemesio An­
gulo uno de éstos, y yo sabré decir que aparte de
aquella fútil niñería, pocos hombres conocí más
afables, comedidos y delicados. Andaba siempre
con una misma sotana, ya reluciente á fuerza de
cepillo y uso, porque no siendo D. Nemesio ningún
potentado, vivía parca y económicamente, y acon­
gojábale sobremanera el pensar en ser nunca gra­
voso á nadie. El otro huésped, harto menos simpá­
tico que D. Nemesio, era un señorito, inmediato
sucesor de una casa amayorazgada, rico y único,
muy pagado de sí propio, muy fátuo; no vicioso ni
calavera; pero con unos humos, un empaque y un
aire de superioridad y desdén que, en mi concepto,
le hacían insufrible. Gastaba á tontas y á locas en
mil fruslerías de todo punto afeminadas é inútiles;

6

82

Emilia Pardo Batán.

en la guantería ordenaba que sus guantes midiesen
un dedo más del largo ordinario por la m uñeca, á
fin de tener el gusto de pagarlos dos reales más ca­
ros que todo el mundo; yparecíale á él que este era
un rasgo de exquisita distinción. Encargaba ropa
y más ropa á los sastres, estrenando cada semana
una prenda, sin hablar de las infinitas corbatas,
cadenas y junquillos: pero su aire atado y luga­
reño, su rígida tiesura, así como una desdichada
afición á las modas extravagantes y pasajeras, no
solamente le impedían llegar á la elegancia, sino
que le ponían á dos dedos de ser risible, y aun le
privaban de lucir una figura aventajada, un cuer­
po de buenas proporciones y un rostro nada des­
preciable.
Al llegar aquí tengo que confesarme de un sen­
timiento que no me honra; pero que atañe á todo
lo que voy narrando. Es el caso que la opulencia
fastuosa, el pesado lujo y las pretensiones de don
Víctor de la Formoseda (que así se llamaba el se­
ñorito), me producían , ¿diré envidia? ¿diré empa­
cho y tedio? ¡Qué se yo! Lo cierto es que llegó á
no serme posible verle sin enojo, y que asía por los
cabellos toda coyuntura (y no faltaban) de burlar­
me de él con los demás estudiantes, que á causa
de su atildamiento no le llamaban sino don Esdrú­
julo (fieles á la costumbre de poner apodos). Que­
ríanle muy m al, y quizá no sin algún motivo, por­
que él prescindía de la unión y compañerismo, te-

Pascual López.

83

nía á menos ir del brazo con los que no se presen­
taban tan peripuestos; no cruzaba dos palabras
con los que á su lado se sentaban en clase; se haj cía el desconocido al tropezarlos fuera del áula, y
i en suma, se aislaba en su altura y magnificencia.
De suerte que puede decirse que la Universidad
entera tenía, como yo, ojeriza al rico estudiante. Al
verle salir tan currutaco, con sus pantalones mahón
¡ ó gris perla, que no hacían una arruga , su levita de
i brillante paño, su cuello y puños niveos, sus guan­
tes frescos, sus charoladas botas y su sombrero re­
luciente, algo torcido sobre la cabellera rizada á
hierro, no podíamos eximirnos de mirar compun­
gidos nuestro arreo escolar, harto m altratado y
lacio.
A veces me ponía yo ante un espejo y me con­
solaba yo á mí mismo diciéndome: Pascual, vale
más tu soltura y tu buen avío que todas las galas
de ese lindo D. Diego. Mas los sofismas del amor
propio no bastan para encubrir la realidad. Mejor
me desahogaba con celebrar las diabluras de Ci­
priano, que desde un cuarto piso despedía un pu­
ñado de harina hacia el flamante sombrero, ó pa­
saba los días de lluvia al lado de D. Víctor, patu­
llando en los charcos para constelar de lodo el pan­
talón irreprensible. La noche en que, según infor­
maron á Pastora, nos pusimos de guardia á la
puerta del sarao para molestar á los que pensaban
divertirse, Cipriano llevaba oculta bajo la capa

84

Emilia Pardo Bazàn.

una botella de asafétida, que con el mayor disimu­
lo lanzó sobre los faldones del frac de D. Víctor.
Este, que era terrible cuando se encolerizaba, nos
diera quizá á todos muy mal pago, si ligeros y tá­
citos no nos hubiéramos escabullido por una calle­
juela colindante sin aguardar á que advirtiese la
burla.
Inútil es decir que con el carácter de D. Víctor,
ni yo le trataba ni nos saludábamos casi, á despe­
cho de vivir tabique por medio. En cambio hice
excelentes migas con D. Nemesio Angulo, y solía­
mos juntarnos para despachar la pitanza, no opí­
para, pero sí sazonada y gustosa, que nos ofrecía
doña Verónica. El señorito comía aparte, en sus
habitaciones, que eran dos y muy desahogadas, no
que nosotros con un angosto cuartuco nos conten­
tábamos; cosa nada de extrañar, teniendo en cuen­
ta la diferencia de pupilaje, y que razonablemente
no podía la bondad de doña Verónica, con ser mu­
cha, extenderse á equiparar á tan importante hués­
ped con nosotros tan humildes.
Sin embargo, el caritativo corazón de la exce­
lente patrona la movía á hacer á nuestros estóma­
gos partícipes de las golosinas con que á cuerpo de
rey obsequiaba á Formoseda. Indignábame yo, y
era lo bastante quijote para no comer cuando ad­
vertía que me presentaban algún relieve de la me­
sa del señorito. D. Nemesio, en cambio, lo hallaba
la cosa más natural del mundo.

Pascual López.

85

— ¿No prueba usted de esa botella de Jerez?—
solía decirme.—El color convida. Traiga usted, le
echaré una copa.
— Señor D. Nemesio, ¿no ve usted que está des­
corchada y empezada? — contestaba yo mohíno y
fosco.
—Y eso ¿qué más da?
—¿Cómo qué más da? ¿Somos aquí criados para
que se nos den las sobras de ese D. Esdrújulo?
— ¡Qué aprensión! No, Pascual, no se las dan á
usted en concepto de sobras; lo hace esa infeliz
de doña Verónica para que catemos de un vino ex­
celente.
— ¡A mí me fríe la sangre todo esto! Ayer nos
pusieron una empanada que traía alzada la cubier­
ta; se conoce que la levantó Formoseda, no le gus­
tó el cariz y nos la encajó acá, ¡sólo para cha­
farnos!
— ¡Válgame Dios! No lo crea usted; es una per­
sona muy buena en el fondo el tal D. Víctor; co­
nozco á su familia, que es dignísima, y de las anti­
guas de este país. Y él, á pesar de ese aire así...
serio, es un pedazo de pan. Dos ó tres veces me ha
obsequiado convidándome á comer en su sala, y
aseguro á usted que estuvo atentísimo conmigo.
— Con usted estará. Pues sólo faltaba: sí, que
no trata usted á personas que valen y suponen cien
veces más que él.
— No, no digo tanto, aunque es cierto que algu-

86

Emilia Pardo Bazán.

ñas señoras de respeto me favorecen y me reciben
con agasajo. Ya saben ellas que Nemesio Angulo
es un inútil pero bien intencionado capellán.
— Yo le aseguro á usted que e l D . Victorcito me
quiere m al y me hace los desaires que puede. Por
eso me irrita que nos sirvan sus platos recalientes
y que esta sea su segunda mesa.
— Mire usted, Pascual, no podemos exigir m u ­
chas gollerías á doña V erónica; h a rto hace la po­
bre, que nos hospeda por una friolera. Ella com bi­
n a r á sus arreglitos, y puede e n tr a r en sus cálculos
ponernos un m a n ja r que D. V íctor no haya p r o ­
bado. Y á nosotros ¿qué mal nos viene con eso? No
lo digo por glotonería; soy m ás sobrio que otra
c o s a ; no tengo grandes exigencias, y ya sabe usted
que lo paso igual con nabos que con faisanes. Pero
u n a vez que por desdicha nuestra no somos tan ri­
cos como D. Víctor, debemos d e se c h a rla soberbia
y conformarnos. E s el gran a rte en la vida, P a s ­
cual: contentarse con la suerte.
D ecía esto con filosofía tan apacible y sem b la n ­
te ta n sereno, que á veces me movió á probar de
los aborrecidos manjares. Mas no me convencían sus
razonam ientos, ni me hallaba dispuesto á resig­
n arm e. D esde que vivía al lado del señorito de la
F o rm o se d a , siendo testigo de su lujo y prodigali­
da d , d a n z ábanm e allá en el magín ciertos trasgos
ó duendes, y se me re p re se n ta b an escenas fantásti­
cas que me traían asaz de trastornado. No me son-

Pascual López.

87

reía el dinero como dinero, sino como medio de
lucir, de triunfar, de a p la sta r á aquel vanidoso bajo
el peso de mayores vanidades. ¿Pensará nadie que
al cerrar los ojos p a r a mejor ver dentro de mí á
Pastora, me la figuraba yo con su modesto hábito?
¡Buen hábito nos dé Dios! L a sobrina de D. V i­
cente, en mis visiones, a rra stra b a ya rozagante
traje de ostentoso terciopelo, ya gasas sutiles y
mágicos atavíos de baile; ocupaba conmigo una
gran casa, con ancho portal y salas a m uebladas
con primor; dábam os convites á que era invitado
D. Nemesio Angulo, y en que las botellas tenían
lacrado el tapón, y las em p a n a d a s in ta c ta la c u ­
bierta. Soñaba tam bién que poseíamos un coche
más lujoso que el del cardenal arzobispo (para lo
cual advertí después que no se necesitaba mucho)
y que pasábamos al lado de D. Víctor, salpicándolo
con el fango que le v a n ta b a n las rápidas ruedas.
Con tales quim eras y devaneos, ya casi me era
enojosa la sociedad de Cipriano y dem ás regocija­
dos compañeros. ¿Q ué valían los truhanescos p la ­
ceres en que ellos p a sa b a n la vida al lado de mis
aspiraciones? P a s to r a algunas veces se b u rla b a
dulce y aguda m e nte de mis ensueños.
— D im e, ¿cómo harem os para llegar á m illo n a ­
rios?— me p re g u n ta b a muy seria.
A esto no replicaba yo n a d a , y derretíanse las
alas de cera de mis ambiciosos desvarios. C uando
por ve n tu ra insistía yo m ás, se formalizaba ella.

88

Emilia Pardo Bazán.

— Pascual, Pascual — me decía—veo que el pri­
mer enemigo del alma no duerme. Malo, hijo; esa
codicia no augura sino desdichas. ¿ A que eres ca­
paz de venderme por treinta dineros, como Judas
á Nuestro Señor ? El diablo , el diablo te trae á mal
traer con esas imaginaciones.
—También es duro, Pastora, que nunca haya de
poder uno gastarse las onzas en disfrutar como don
Víctor.
— ¿Y qué disfruta ese señorito?
— ¡Ahí es nada! Más derrocha él en un día, que
tu Pascual desde que vino al mundo.
— Pues, vaya, que la diversión... No estará más
contento que yo lo estoy remendando esta sábana
vieja,
— ¿Y por qué han de tener unos tanto y otros
tan poco? Por vida de...
— ¡Calla, deslenguado! ¿Le vas á enmendar tú
la plana á Dios? Aparte de que á mí no me la pe­
gas: lo que te incomoda es ser menos, que si fueras
más no me harías tal pregunta.
— ¡Pobre del que está debajo!
Alzaba ella entonces la cabeza de la labor, y mi­
rándome fijamente pronunciaba:
— Todos somos hijos de nuestras obras. Si tú
quieres, podemos ser ricos. Aplica los codos: de tí
depende. ¡Yo no he de coger los libros y estudiar
por tí! Si estuviera en tu pellejo... No te rías; se
me figura que tragaría las lecciones. ¡Site ríes más

Pascual López.

89

voy á darte un tijeretazo; á la una... á las dos... (y
las tijeras caían de plano sobre los nudillos de mi
diestra).
De sobra alcanzaba yo que el porvenir de un
mediquillo de mi laya no era de lo más brillante.
La voz interior que tan claramente nos dice las
cosas más duras, me gritaba que á aquel pase no
iba yo derecho al templo de la fama. Sin ser torpe,
me reconocía frío y cerrado para el estudio. F al­
tábame el amor, que en el estudio como en to­
do, hace la carga ligera y suave el yugo. No re­
tenía mi memoria los nombres técnicos; los libros
se escapaban de mis manos; iba tram peando, le­
yendo sin interés y de mala gana.
Con todo eso, el sistema aconsejado por D. Vi­
cente dió su fruto. Por lo mismo que no era enton­
ces obligatoria la asistencia á clase; por lo mismo
que la mayoría se aprovechaba muy á su sabor de
tal libertad, así como de la de simultanear y atro­
pellar asignaturas, yo, que acudía puntualm ente á
cátedra, yo que llevaba la carrera por su orden an­
tiguo, cobré fama de aplicado, de buen muchacho, de
hombre formal en sum a, y antes de entrar á examen la benevolencia general de los profesores me
hacía augurar feliz éxito.
Así fué; preguntáronme con blandura cosas fáci­
les y corrientes; despacháronme presto, y salí, sin
discusión, aprobado. Corrí á pedir albricias áP asto­
ra , y recordando en seguida que á dos leguas de

go

Emilia Pardo Bazân.

mi hogar había un pueblecito, y en él estación te­
legráfica, dirigíme á expedir un parte ámis padres,
ó por mejor decir, á un amigo, con encargo de que
se lo comunicara. Al acercarme á trasmitir mi des­
pacho, pude observar que el telegrafista, hombre
ya maduro, rojo como un pavo, no me atendía y
refunfuñaba entre dientes coléricas exclamaciones.
— ¡Tunantes, ganapanes!— decía. — Y volvién­
dose á mí —usted dispense, caballero — murmuró
—pero no soy dueño de mí mismo.—Y tomando mi
parte, leyólo en voz alta.
— ¡Ah!— pronunció al term inar: — ¡reciba usted
mi enhorabuena, caballero! ¡usted es un buen hijo
y un hombre honrado! Lea usted, lea usted lo que
ahora mismo acaba de obligarme á trasmitir un pi­
llo, un tagarote, al cual insulté y se rió en mis bar­
bas, y dígame usted si un padre de familia puede
ver impasible ciertas cosas.
Tomé el trozo de papel, y leí:
«Papá: en fisiología mal; anatomía igual; las
restantes ídem. Manda dinero. —Cipriano.»
IV
Aquel año me parecían interminables las antes
tan suspiradas vacaciones , á pesar de que mis pa­
dres me recibieron, sin metáfora, como al hijo pró-

Pascual López.

9i

digo, matando una rolliza ternera é invitando á pa­
rientes y deudos al homérico banquete que se dis­
puso con los restos del pobre animal. Mas yo esta­
ba en brasas. Me parecía que trascurriera un siglo
desde que no hablaba con Pastora. Las diversiones
rústicas, las fiestas y romerías me enfadaban; mi
i deseo era llegar cuanto antes al mes de octubre.
Próximo ya éste, avínome un suceso que redobló
mi impaciencia; y fué que me atacaron perniciosas
I calenturas, de carácter tercianario, con las cuales
| postrado y doliente no fué posible que hasta prin­
cipios de noviembre soñase en el viaje. Al cabo me
dieron de alta, y aunque amarillo, chupado y he­
cho un espíritu, me faltó tiempo para tomar el ca­
mino de la escolar ciudad. A medida que iba ga­
nando terreno y respirando nuevo y distinto am­
biente, me parecía que la vida tornaba á mi debi­
litado organismo. Sentía el torrente de la sangre,
más tépido y apresurado, girar por mi cuerpo; co| braban elasticidad mis miembros, mi cabeza regía
, sosegada y firme, y , cerrados los ojos, en un ángu­
lo de la diligencia, saboreaba las gratas sensacio­
nes del que resucita. Mil deleitosas quimeras, mil
confusas aspiraciones se agolpaban á mi cerebro;
quería vivir, quería gozar. Como nos acercásemos á
Santiago, miré por las ventanillas, y el paisaje más
monotono que risueño, y el agudo soplo defresquecillo de una tranquila tarde de noviembre, que vino
á herir mi epidermis, me produjo un estremecí-

92

Emilia Pardo Bazán.

miento de júbilo y entusiasmo. Me apeé en los a r r a ­
bales, antes de llegar á la p a r a d a y eché á andar con
paso ligero, sin dirección fija. B a ja b a el día y a ; el
sol poniente doraba con mágicos tornasoles los
cam panarios de las iglesias, y en especial uno que
descollaba entre todos, unas torres gallardas, afi­
lig ra n a d a s, esbeltas. E n mi v a g a b u n d a carrera,
atraído por aquellas torres, fui á p a r a r á la c a ­
tedral.
E ntré. Pocos fieles o ra b a n en la naves solitarias,
por las cuales se extendía vago perfume de incien­
so. Los negros confesonarios parecían otros tantos
inmóviles centinelas; un rayo de sol, casi m oribun­
do, ilum inaba el magnífico pórtico de la Gloria,
colocando aureolas de rojiza y d esm ayada luz so­
bre las cabezas de piedra de los bienaventurados.
Bajo el elegante y atrevido pilar que sostiene el
tím pano, la estatua del arquitecto Mateo, de hino­
jos sobre las losas, co n tin u a b a su eterna oración.
E n el lejano a lta r, ya invadido por la sombra, se
percibía la melancólica im agen de la Virgen de la
Soledad, rodeada de morenos ángeles, cuyos cuer­
po s, en la penum bra c re p u sc u la r, parecían d o ta ­
dos de vida y movimiento. Caminé h a sta las g r a ­
da s, arrodilléme, y fervorosam ente di gracias á
Dios que me había conservado la existencia y d e ­
vuelto la salud. Me distra jo de mi plegaria una
forma gentil, presente siempre á mi imaginación,
cuya proxim idad entonces me revelaron los sentí-

Pascual López.

93

dos, pues la vi cruzar por detrás de las columnas
que dividen la nave. Levantém e, y la seguí á dis­
tancia; se retiraba ya, pues pasó ante el altar ma­
yor haciendo una genuflexión y un signo de cruz.
Tomó el camino para salir por la puerta que da á
la Q uintana, y al pasar ante la pila del agua ben­
dita, la vi humedecer sus dedos, sacudirlos y san­
tiguarse de nuevo. Vehemente tentación me impul­
saba á ofrecerle el agua yo mismo: supe contener­
me, pero no pie eximí de alzar la gruesa y pesada
cortina de cuero que pende ante la puerta de sa­
lida. La dama salió sin mirar al galán que así la
obsequiaba; yo eché detrás, y al verla ya fuera del
sagrado recinto, afanosamente le tiré de la manga,
repitiendo á la vez su nombre.
¡Maldita plaza! Estaba clara aún, porque el día
no se extinguiera del todo; cruzaban varios tran­
seúntes, y el rápido y ahogado chillido que lanzó
Pastora al verm e, hizo volver la cabeza á dos ó
tres. Ella lo notó, y precipitadamente me dijo:
—Pascual, Pascual, estoy muy contenta: pero
aquí no puede ser, no puede ser. Adiós, hasta ma­
ñana á las nueve.
—Pero oye, escucha, mujer...
Asió mi m ano, la estrechó suavemente, y veloz
como una exhalación , antes que yo pudiera seguir­
la, cambió de rum bo, bajando apriesa la peligro­
sa escalinata, roida por el uso, que conduce de la
Quintana á la Platería. Quedé parado, y al fin re-

94

Emilia Pardo Batán.

solví no seguirla, puesto que ya me citaba para el
día siguiente.
Doña Verónica me recibió deshaciéndose en fe­
licitaciones y extremos de gozo, porque no me ha­
bía muerto. Supe que éramos los mismos huéspe­
des del año anterior; vi á D. Nemesio, que mostró
gran contento al hallarme restablecido; y se rea­
nudó la rota cadena de mi existencia escolar. Poco
me dejó dormir aquella noche el desasosiego, y dos
regulares horas antes de la fijada para la entrevis­
ta, ya andaba yo rondando la casa del canónigo.
La madrugada era fría y brumosa, como del mes
en que estábamos, y subí el embozo de mi capa
recatando el rostro. Cual enamorado novel, m ira­
ba ya á los cristales de las vidrieras, ya á las nubes
color de pizarra, ya á la cerrada puerta de D. Vi­
cente. Hecho vivo guardacantón, fui viendo cómo
salían, primero la cerril moza de cántaro, que des­
empeñaba los más humildes menesteres de la casa,
y que en este momento iba sin duda á la compra,
si no mentía el panzudo cesto, cuya asa rodeaba
su brazo; después doña Ferm ina, rebujada en un
m antón, rosario en muñeca y descoyuntándose á
bostezos, y por último, D. Vicente mismo, que
con diligente andar se encaminaba á la basílica á
celebrar la misa cotidiana.
Vista que me causó mucho regocijo, pues salir
él y colarme yo en el portal fué todo uno. Mas al
cruzar el cancel, no sé cómo no pegué un brinco

Pascual López.

95

de sorpresa. T ra s de mí se enhebró otra persona,
y esa persona era un señorito alto, de buen ta la n ­
t e , embutido en un abrigado gab á n ; yo ignoro
cómo le vi, quizás por el rabo del ojo, pero él no
debió de verm e, pues venía del otro lado de la c a ­
lle, y á mí me encubría la meseta de la escalera,
que formaba un recodo. Subí como un relám pa­
go; la pu e rta estaba entreabierta; entré como una
b o m b a ; empujé á escape; cerré, y sólo entonces
pude reparar en P a s to r a , que de pie a nte mí me
m iraba asombrada.
—¡Jesús, hom bre, qué manera de e n t r a r ! —e x ­
clamó.
—E s que... es que subía una persona que... —res­
pondí sin aliento y casi sin acertar con las p a la ­
bras.
— ¿Pero qué ocurre? ¿quién sube? — preguntó
a la rm a d a la m uchacha.
E s ta conversación era en la a n te s a la , en voz
queda y a pa ga da ; iba yo á satisfacer la curiosidad
de P astora, á tiempo que el sonido de un campanillazo me cortó el habla.
—L la m a n ,—dije balbuciente.
—Bien, ¿y qué? — repuso P a sto ra ya más sere­
n a . — Vete á mi cu a rto ; yo tengo que abrir. E sp é ­
ram e allá.
Así lo hice, y contando los segundos por los lati­
dos de mi corazón y la pulsación de mis arterias
esperé obra de tres minutos. Al cabo de ellos se

g6

Emilia Pardo Bazán.

presentó Pastora, encendido el rostro como brasa,
y los ojos muy brillantes.
—¿Qué hay? ¿quién era? ¿era él?
—¿El señorito de la Formoseda? Ya lo creo.
—¿Y qué quería? ¿qué quería? Me ha hecho su­
bir las escaleras de cuatro en cuatro.
— ¿Te ha visto? — preguntó algo turbada la so­
brina del canónigo.
—N o, no me ha visto; no es posible.
Pastora respiró, y su rostro se puso natural,
risueño, con unos visos de aquella particular mali­
cia suya.
— Mucho me alegro, —me dijo. —Una calumnia
se inventa presto, y como la gente no está obliga­
da á saber el buen fin con que tú y yo nos quere­
mos... Si te viera ese ocioso entrar aquí en ausen­
cia de mi tío y de mi madre...
— No receles: me di tal prisa y maña á subir,
que ni el viento. Pero me vas á explicar... porque
yo aquí olfateo algo raro, desusado y peregrino.
Vi que entraba ese señorito en el portal, y enton­
ces volé, porque las consideraciones que á tí se te
ofrecen me pusieron alas en los piés. Anda, dime
qué es esto: veo unas cosas confusas.
—Pues, Pascualillo, no son sino muy claras. El
señorito de la Formoseda me ronda.
—¡Que... te... ronda! ¡á tí!
—Sí, hombre,—recalcó ella.—¡Vaya un milagro!
¿ No dices tú que yo soy tan preciosa, y tan mona?

Pascual López.

97

Pues el señorito quiere darte la razón. Digo, porque
supongo que no me obsequiará por mis rentas; luego
es porque le parezco bien. ¡Soy yo mucha Pastora!
— ¡Qué necia estás!—repliqué furioso.— ¡Linda
sazón y asunto de donaires! Ríete de tu propia
gracia.
— Pero Pascual, no te conozco, — exclamó ella
sobrecogida.— ¿Qué yerba has pisado? ¿Cuántos
miles de veces no nos hemos solazado juntos á
cuenta de mis rondadores? Vaya, que lo tomas de
un modo bien raro.
— Es que ese señorito me empalaga hace mucho
tiempo, y además es un osado; ¡qué atrevimiento!
¡venirse á llamar á tu puerta cuando sabe que estás
j sola! ¡Eso es un insulto!
— Si creerás tú que es el primero que lo hace?
En tierra de estudiantes no hay diablura nueva.
Como á mí no me atrapan en bailes, ni en bureos,
aprovechan esta ocasión. Sino que como recibí á
los chuscos con un buen portazo, hace ya tiempo
que no vienen. Este es nuevo, se conoce, y bobo
por añadidura.
— ¿Y qué pretendía?
— ¡Tom a! Un ratito de cháchara.
—Y tú, ¿qué le has respondido?
—Que no la gastaba, y que tenía la cesta del re­
paso colmadita de ropa esperando por mí.
— ¿Y desde cuándo te hace la rosca el señorito
Esdrújulo?

7

98

Emilia Pardo Bazátt.

— ¡Qué bien le cae ese nom bre!—dijo ella d an ­
do suelta á la risa que le retozaba en el cuerpo, y
que solo contuviera mi trágico ademán. —¿Querrás
creer que ahora venía muy soplado de guantes? ¡A
las nueve de la m añana! ¡Y no traía capa!
— Contesta, contesta á lo que te pregunto. ¿Có­
mo empezó este cortejo?
—Verás tú... Fué una ocurrencia deD .a Verónica.
— ¡ Comida de lobos vea yo á esa vieja!
— Un día fui allá con mam á á visitarla para no
se qué cosa que teníamos que trata r de la función
de la Virgen del Amparo, que ya sabes que somos
sus indignas camareras... Pues es el caso que m ien­
tras hablábam os, ese señorito la llamó, sin duda
p ara algún servicio... y fué allá, y tuvo la ocurren­
cia de decirle: Señorito Víctor, usted que le ponde­
ró tanto á D. Nemesio lo guapas que estaban en
el teatro anoche las señoritas de P..., venga á ver
una niña que les pone á todas ellas el pie delante.
M antilla de paño gasta, pero el hábito no hace al
monje. Véngase y me dirá maravillas. Mire, puede
entrar pasito por la puerta del corredor que da á
mi alcoba, y la estará viendo y oyendo sin que ella
lo sospeche.
— ¡Celestina de B arrabás, condenada zurcidora
de v o lu n tad es!
— ¡B ah! Estam os hablando de tonterías y deja­
mos lo esencial. Cuéntame tu enfermedad toda: ¿te
duele aún algo? ¿Te hallas fuerte?

Pascual López.

99

—No, no, acaba con la aventura de D. Víctor.
—¿Y qué más quieres saber? Me vió y se le puso
en los cascos conquistarme. Como está tan moscón
y anda tras de mí día y noche, mi madre le dió
quejas á doña Verónica, sin saber que de ella era
la culpa; ¿y qué pensarás que contestó la muy sim­
ple? Pues contó lo de la alcoba; se declaró autora
é inventora del enredo, y aseguró muy seria que lo
había hecho por buscarme una colocación brillan­
te; que estaba segura de que el D. Victorcito fa­
moso concluiría por pedir mi blanca mano en de­
bida forma, que yo arrastraría sedas, que bien lo
merece mi gracejo, y... ¿qué importarán las cho­
checes de doña Verónica ?
— ¡Será verdad, será! ¡Ese fachenda querrá ca­
sarse contigo!
—Me parece, Pascualillo, que el mal te ha sor­
bido el seso. Tú piensas que yo soy boba. Pues á
fe que aunque visto de lana no soy oveja. Sí, que
me mamo yo el dedo. Para el que no conociese á
estos estudiantes ricos y desocupados. De perlas
les viene pasar el rato con una muchacha necia, y
reirse de ella á su sabor y plantarla después.
—Es que tú...
— ¡ Bueno, bueno! Yo soy de la misma pasta que
otras, que si burladas fueron, burladas se que­
daron.
—Y si... vamos, por una casualidad... suponga­
mos que fuese cierto...

100

Emilia Pardo Bazàn.

No me dejó concluir la sobrina del canónigo,
antes tomando un aire de cómica dignidad, y pa­
seando arriba y abajo con un empaque y una ex­
presión de altivez que contrastaban con la picante
malicia de sus ojos, me espetó esta arenga:
—Señor D. Pascual López, tengo que decirle á
usted que todo se ha concluido entre nosotros;
¿oye usted? todito... Sírvase no volver á hablarme
ni á mirarme; una cosa era aquella Pastora que
usted conoció repasando y barriendo, y otra la se­
ñora de la Formoseda, que tiene usted delante...
Lo más que puedo hacer por usted es concederle
nuestra clientela cuando sea médico... le llamare­
mos si enferma Víctor... ó yo... ó alguno de los cria­
dos ó doncellas.
Y volviéndose hacia un punto imaginario del es­
pacio, pronunció:
— Esposo, Victorcito, que pongan el coche...
Antes que yo tuviera tiempo de reirme ó enfa­
darme, dos dedos afilados asieron cada una de mis
orejas, y con más fuerza de la que parecía posible
en ellos, tiraron hacia abajo y caí en el humilde
suelo medio de bruces. Entonces las manos due­
ñas de los dedos me administraron hasta mediadocena de gentiles pescozones, que sufrí sin chistar,
y por último, una voz grave, cuanto puede serlo la
que brote de una gargantita cisnea y cristalina co­
mo la de mi Pastora, me dijo perentoriamente:
—Ahora mismo se marcha usted de aquí.

Pascual López.

IOI

—Pero, Pastorcilla —repliqué agarrándome á la
correa de su hábito —si he llegado hace un mo­
mento.
—El onceno no estorbar; pueden volver, y son
cerca de las diez.
— ¡Si aún no me diste la bienvenida! ¡Si no me
has dicho ni que te alegrabas de verme de nuevo!
—Yo bien quise, pero tú preferiste hablar de don
Víctor.
— ¡Siquiera un cuartito de hora más!
—Ni un minuto. Hasta mañana á las ocho, que
estarás...
— ¡Aquí!
— No; en la capilla del Cristo de la Corticela,
D. Nemesio dirá una misa por mi intención. ¡Ju­
dío! ¡Sólo falta que pongas gesto cuando se dan
gracias á Dios porque te dejó en este mundo! El
sabrá para qué; yo no lo entiendo.
No me costó trabajo alguno cohonestar mi au­
sencia con los profesores. Tan verdad es aquello
de «coge buena fama y échate á dormir,» que ni
aun miraron el certificado del médico que les fui
exhibiendo, aunque la ley no me lo prescribía. Mi
reputación me garantizaba. Animado con esto y
con el feliz éxito del año anterior, reanudé mis
ocupaciones, asistiendo á clase con la regularidad
acostumbrada. D. Vicente no desistía de inculcar­
me las muchas ventajas que podía traerme en el
porvenir mi juiciosa conducta. Hallábase más sa-

102

Emilia Pardo Bazàn.

tisfecho de ésta que de mis estudius, que no le pa­
recían, y con harta razón, suficientes. Con todo, en
las advertencias de D. Vicente se notaba aquella
blandura que manifestamos á los que aceptan y si­
guen nuestros consejos. D. Vicente se pagaba mu­
cho de que se tomase su parecer, y yo le mostraba
acatarlo en todo.
—Este año es preciso aplicarse más —me decía
—no se fie usted de que el pasado le aprobasen,
porque hogaño hay profesorado nuevo, y esos... ya
se ve, ¡justicia de enero! aprietan siempre las cla­
vijas.
Esta aserción me la confirmaron presto mis com­
pañeros. En particular me designaban como rígido
y endiablado á un tal D. Félix O’Narr, cuyo ape­
llido españolizaban llamándole Onarro. El cual era
recién venido, con fama inmensa de saber, á desem­
peñar la cátedra de química.
Cabalmente me tocaba aquel año cursar tal asig­
natura, una de las que más tedio me producían en
la carrera. Miré con curiosidad y aun con saludadable temor al que había de embutirme en el cale­
tre tantas cosas aborrecidas. Era el Sr. Onarro, á
quien llamaré así siguiendo la costumbre general,
hombre ya maduro y calvo, con azules antiparras
que quitadas descubrían los ojos grises más pene­
trantes, inquisidores y claros del mundo; los pocos
cabellos que le restaban parecían rubios entreca­
nos; las patillas lo mismo; pergaminoso el rostro,

Pascual López.

103

la boca benévola y provista de sana dentadura,
ágil el cuerpo y ligero como el de un muchacho. En
su tipo se mezclaban el sabio y el montañés de Ir­
landa. Su traje lo componían en todo tiempo un
levitón color de nuez moscada, un sombrero blan­
co de fieltro, una corbata con nudo hecho aprisa,
y una ropa blanca limpia siempre como el oro;
combinación de desmaña y pulcritud que es fre
cuente en los anglosajones. Si Onarro, cuyo ape­
llido revelaba oriundez irlandesa, era nacido espa­
ñol, ó si de niño fuera traído á tierra de España, es
cosa que nunca supimos. Rodeábale cierto miste­
rio, muy favorable á su fabulosa reputación cien­
tífica. Se contaban de él lances inauditos y pere­
grinos, inverosímiles exploraciones geológicas por
las montañas. El había penetrado más adentro que
nadie en la sima y galería pavorosa del Pico Sa­
cro; él visitara en toda su extensión los subterrá­
neos de las torres de Altamira. Para completar el
mito, se aseguraba que su venida á Santiago obe­
decía al propósito de entregarse con completa li­
bertad y aislamiento á unas investigaciones acerca
de la piedra filosofal. Desquitada toda exageración
era fácil conocer, aun siendo tan lego como yo en
la materia, que Onarro dominaba la asignatura.
Lo fácil, abundante y luminoso de sus explica­
ciones; la evidencia con que las demostraba; los
muchísimos datos que traía en su apoyo sin esfuer­
zo alguno; la sencillez misma con que nos ponía

104

Emilia Pardo Bazán.

en camino para ahorrarnos hasta el trabajo de dis­
currir, todo daba muestra de su superioridad.
Veíase que la tarea de la enseñanza, tan ardua de
suyo, le servía á él de juego y pasatiempo, en que
descansaba de más graves faenas. Nosotros éramos
medianos jueces, y nuestro voto significaba poco;
pero Onarro era admirado de sus mismos colegas.
Se sabía que se carteaba con Liebig, Würtz, Berthelot y otras lumbreras alemanas, francesas é in­
glesas, á quienes no conocíamos sino para servir­
las. Lo que despertaba mayor interés en la cáte­
dra de Onarro eran los numerosos experimentos,
diarios casi, con que vivamente inculcaba sus teo­
rías. Eran éstos tan varios, tan felizmente realiza­
dos, tan divertidos algunos y tan curiosos todos,
que los atendientes estaban como embobados y
suspensos, y ni uno solo faltaba á clase, á pesar de
la laxitud que reinaba en punto á asistencia. Mu­
cho siento que mi ignorancia y escasez de memoria
no me permitan recordar algunos de tales experi­
mentos, por todo extremo originales y dignos de no
morir en el olvido. Pero también es verdad que
poco atendía yo á grabarlos en mi mente, distraí­
do como andaba con mis amoríos, y los disgustos
que iba teniendo por razones que diré.
Es el caso que aquel pacífico y alegre cariño que
Pastora y yo nos profesábamos, y que era seme­
jante á un arroyito manso, que sin meterse con
nadie va lamiendo una margen de flores, se troca-

Pascual López.

105

ba en torrente impetuoso á medida que lo sujeta­
ban y detenían los obstáculos. Los que se nos h a ­
bían presentado no eran de calibre que nos deses­
perase, pero sí que nos molestaba mucho. Ni más
ni menos que doña Ferm ina, aquel modelo de ag a­
sajadoras, aunque parlanchínas dueñas, se metamorfoseó de la noche á la m añana en hostil y en­
carnizada enemiga. L a prim era vez que desde mi
vuelta de la m ontaña fui á hacerle la visita oficial,
me recibió de un modo tan seco y áspero, me puso
gesto tan de vinagre, me disparó tan agresivas pu­
llas, me asaeteó con tales indirectas álos «estudian­
tes del pío-pío, llenos de ham bre y muertos de
frío,» á los «entrometidos que se cuelan por el ojo
de una aguja,» á los que «piensan en casarse , y es­
tablecerse, y pretenden á las m uchachas sin tener
sobre qué caerse muertos,» que fuera preciso provistarse de orejas de corcho y alma de almirez
para sufrirlas y hacerse el sueco. Mi paciencia no
llegó á tanto, y levantándome, propuse en mi co­
razón no volver allí sino después de cerciorarm e
d é la ausencia de sem ejante harpía. L a cual, sin
duda, me adivinó el propósito, y vuelta Argos vi­
gilante é im pertinente, se cosió al guardapiés de
su hija, no dejándola á sol ni á sombra. Adiós las
íntim as conversaciones, las dulces chanzas y todo
el regocijo de nuestra m utua y honesta afición
E ra tal el hum or que con semejante dieta traía yo,
que á agregarse los celos de D. Víctor, entera-

io6

Emilia Pardo Bazàn.

mente me diera de calabazadas contra la pared.
Por fortuna este último motivo de desasosiego é
inquietud había desaparecido, pues siéndome á mí
tan fácil saber y seguir los pasos del señorito de la
Formoseda, pude convencerme de que desde la es­
cena de la puerta el rico estudiante no volviera á
rondar la calle de Pastora, ni á esperarla á la sa­
lida de misa, ni en suma, á dar señales de prose­
guir pensando en ella. Andaba, eso sí, más grave,
serio y espetado que nunca, cosa que yo atribuí al
amor propio ofendido, y que me lisonjeaba un tan­
tico por ser yo el vencedor en la lid de que él sa­
liera tan poco airoso.
El hombre es un sér expansivo y comunicativo,
que goza del bello privilegio de disminuir el dolor
y aumentar la dicha cuando ambas cosas confía á
sus semejantes. Yo, en particular, jamás presumí
de misántropo ni de callado, y siempre experimen­
té comezón de hablar de mis asuntos, lo cual prue­
ba bien esta mi determinación de tomar hoy por
confidente al público entero. En aquellas circuns­
tancias no me ocurrió ni pude abrir mi pecho sino
á D. Nemesio Angulo. Claro está que ni doña Fer­
mina ni D. Vicente me oirían con benignidad; Ci­
priano, á quien hallé más apicarado que nunca, y
ocupadísimo en obsequiar á una corista de la com­
pañía de zarzuela que entonces actuaba en el tea­
tro, no me pareció de tan limpios oídos que debie­
se poner en ellos el nombre de Pastora; y en cuan-

Pascual López.

107

to á doña Verónica, huía yo de ella como del fue­
go. Reunía D. Nemesio incomparables prendas
para su papel de confidente. Habituado á tratar
damas, había oído muchas quejas y desdichas ín­
timas, y era tan paciente en atenderlas como sua­
ve en consolarlas. Era además discreto y reserva­
do, condición que no puede faltar en quien, fre­
cuentando con fueros de confianza varios círculos,
no quiere ponerse á mal con ninguno. Rara vez
llevaba la contraria á nadie, y cuando lo hacía,
usaba tono afable y cortés. Mostraba interesarse
mucho en los ajenos placeres y tribulaciones, y
nunca revelaba impaciencia ó hastío cuando pro­
lijamente se las referían. No se contaba por cierto
D. Nemesio en el número de los pocos hombres de
quienes en momentos críticos y supremos pueden
esperarse elevadas y enérgicas sugestiones al bien
obrar y un criterio moral alto y sublime; pero ha­
llábase en él un consejero siempre prudente y con­
ciliador, que con benignidad consolaba, y que sa­
bía tocar á las llagas del espíritu con suave mano.
D. Nemesio no era un tónico, sino un lenitivo.
Contóle, pues, de pe á pa mis contrariedades,
sin omitir el fracaso amoroso de nuestro convecino
en la empresa de Pastora. Dos cosas maravillaron
á D. Nemesio: la retirada del señorito y la conduc­
ta de doña Fermina. No sabía cómo compagi­
narlas.
— Me pasma —decía — conociendo á D. Víctor,

io8

Emilia Pardo Bazàn.

que desista así de su propòsito. Tiene una... no,
vanidad no, pero más bien así, un puntito de or­
gullo... ya se vé; tanto le han mimado á porfía la
naturaleza y la suerte, que no es extraño que im a­
gine que cualquier muchacha se ha de conceptuar
muy venturosa con que él la pretenda, dicho sea
sin ofenderá usted, Pascual. Yo no estoy autoriza­
do para suponer lo que voy á asegurar, ni nada he
visto que me lo confirme; pero creo á pies juntillas
que muchas señoritas de Santiago le darían un sí
más redondo que una bola de billar. Y según de
público se refiere (pero mire usted, que á mí no
me consta) ya á alguna se inclinó que no le hizo
ascos: al contrario.
— Pastora, Sr. D. Nemesio, vale por todas las
que visten seda.
— ¡Dígamelo usted á mí! Es mi hija de confesión
hace cuatro años; es una niña como una rosa, y
además muy honrada; nadie tiene por donde m ur­
murarla ni tanto así; seria, con lo cual enfrena á
los atrevidos; laboriosità, buena cristiana; en fin,
amigo, no cabe dudar que es una alhaja. Pero ya
sabe usted que vivimos en un tiempo en que el di­
nero es estimado, y la posición y linaje también;
y usted comprende que desde ese punto de vista,
Pastora no sirve para Formoseda.
— Sr. D. Nemesio ¿y á usted qué le parece? ten­
dría Formoseda intenciones formales?
— ¡Pchs! No es probable, no es probable. Que-

Pascual López.

icg

rría pasar el tiempo agradablemente; una mucha­
chada.
— Pero entonces, ¿por qué me recibe con cara de
perro doña Fermina?
— A doña Fermina, por lo visto, le llenó la ca­
beza de viento esta alma de Dios de doña Veróni­
ca, y ya está ella, de seguro, figurándose que es
suegra del rico D. Víctor, y viendo á su hija hecha
una señorona principal. En tales ilusiones (si yo
no alcanzo muy poco) estriba su porte para con
usted. Por lo cual, creo que no debe usted apurar­
se; así que el tiempo le demuestre la vanidad de
sus encumbrados pensamientos, y así que se per­
suada de que D. Víctor no se acuerda ya de ese
devaneo juvenil, ella amansará.
—Cáseme yo con su hija, y ajustaréle las cuentas.
— Pero, para casarse... se necesita... á mí se me
figura... que usted no cuenta con muchos medios.
—¡Ay Sr. D. Nemesio! Ahí está el quid! en los
medios. ¡Mocosa suerte la mía!
— Vamos, que Dios proveerá. Yo no he sido nun­
ca rico, y viviendo y gobernándome fui, y aun tra­
tando con lo principal: cierto es que por mi estado
carezco de obligaciones perentorias.
De esta suerte, y con tales coloquios engañaba
yo mi aburrimiento, indispensable consecuencia
de la encerrona de Pastora. Hacía lo posible para
verla y hablarla; menudeaba visitas á D. Vicente
por si ella salía á abrirme y lograba unas palabras

no

Emilia Pardo Bazan.

siquiera: pero siempre fueron la indigesta dueña ó
la tosca Maritornes quienes me franqueaban la en­
trada. D. Vicente me recibía cariñoso unas veces,
sermoneador otras, y por efecto de la impaciencia
sus consejos y exhortaciones me sonaban á cence­
rro cascado. Reducido al oficio de melancólico ron­
dador, pasábame las horas muertas mirando al
portal del canónigo, cual un tiempo D. Víctor. Un
día, sobreexcitado y ahito ya de la situación, resol­
ví quemar las naves, y me colé de rondón en las
habitaciones de mi adorado tormento. Hallé á ma­
dre é hija en sus labores acostumbradas; Pastora
dió un chillido al verme, y en su rostro se pintaron
gozo y sorpresa; doña Fermina me miró como mi­
raría á un megaterio ú otro antediluviano anima­
lazo. Vi sucederse en su cara un color de púrpura,
y la biliosa palidez de la ira. Levantóse majestuo­
samente , y con laconismo admirable en ella:
— Pastora—dijo á su hija — vete á ver si se le
ocurre algo al tío. ¡ Anda! Qué ¿ no has salido ya?
— Madre, voy — respondió Pastora sin descom­
ponerse— y salió con su andar ligero y noble, an­
dar que yo hubiera puesto en música, si á tanto
alcanzase mi habilidad.
Sin saber lo que hacía , por instinto eché yo de­
trás; pero la indignada matrona me asió del cuello
de la americana, y sacudiéndome nada suavemen­
te, me disparó estas frases:
— Oye tú: no me parece mal que vengas cuando

Pascual López.

iii

te dé la gana; pero te aviso que no has de ver á
Pastora: te pasarás un rato conmigo, si gustas; lo
que es con ella, ni por pienso. Mi hija no ha de
perder su crédito por haraganes. Las mujeres so­
mos cristal, ¿entiendes? (ella no tenía nada de tras­
parente, ni de frágil al parecer) y un soplo nos em­
paña. A Pastora se lo he dicho: mira que la repu­
tación no se gana en años, y se pierde en un se­
gundo; mira que no tienes más dote que tu buena
fama; mira que los veinte pasan pronto, y después...
arrancarse los cabellos. Y á tí te canto lo mismo:
no vengas á hacer sombra á mi hija: ya lo sabes.
Si no quisiste entender por indirectas, ahora lo
comprenderás, así, clarito.
— Señora,—contesté yo, después de libertar mi
cuello de aquellas manos gruesas y surcadas, que
aun lo retenían cautivo,—usted se prevale de que
yo en esta casa no puedo poner en movimiento la
lengua, por respetos á D. Vicente. Me voy, sí me
voy, y no haré á usted más sombra; pero también
le prometo reirme á mis anchas cuando usted se en­
cuentre como la niña bonita, compuesta y sin novio.
— ¿Qué dices, deslenguado?
— Nada, ilustre suegra del señorito D. Víctor...
Já, já.
De todos los arbitrios para exasperar á doña Fer­
mina, el más seguro era reirse. La vi lanzarse ha­
cia mí; pero yo, con mis ágiles piernas de estudian­
te, estaba ya en la escalera.

112

Emilia Pardo Bazàn.

V
Hasta este punto, los sucesos de mi historia, si
bien para mí muy importantes, nada ofrecen que
se salga y aparte del curso ordinario y corriente
de la vida. Ni en mis amoríos, ni en mis estudios,
ni en mis pocas travesuras y niñadas de escolar,
hay cosa que digna de especial atención parezca.
Tan vulgar va siendo mi odisea, y tan insignifican­
te su argumento , que omitiera escribirla, si no lo
creyese indispensable para mejor inteligencia de los
acontecimientos que seguirán, y si á la vez no ex­
perimentase yo cierto deleite en recordar escenas
triviales y comunes, pero muy gratas para mi co­
razón y muy presentes á mi memoria. Desde ahora
empieza el relato de hechos que al principio eran
solamente singulares, mas después se tiñeron de
color fantástico muy subido, hasta rematar en in­
creíbles. Procuraré narrarlos como si nada de ex­
traño hubiese en ellos, y manifestando el menor
asombro posible: por este medio, acaso el lector
les dará más fácilmente asenso y no me motejará
de embustero ni de exagerado.
Sucedió que empecé yo á observar, y conmigo
todos cuantos á la cátedra de química asistían, la

T
Pascual López.

113

mucha atención y benevolencia quem e dispensaba
el profesor Onarro. El destello de sus antiparras
azules, deslizándole por encima de las apiñadas
cabezas de mis compañeros, iba á buscarme hasta
el sombrío rincón en que yo gustaba de echar tal
cual regalado sueñecito, al arrullo de las magnífi­
cas disertaciones del sabio. Al verme entrar éste,
una leve sonrisilla dilataba el ángulo de su boca,
descubriendo los blancos dientes; al mirarme salir,
sus ojos agudos, libres ya de antiparras, me se­
guían con pertinacia é interés. Nada tenía por cier­
to de admirable que un catedrático reparase benig­
namente en un alumno, pero era rarísimo, por ser
yo el alumno distinguido, y Onarro quien me dis­
tinguía. Contábanse en nuestra clase cinco ó seis
muchachos que, naturalmente aplicados y estudio­
sos, despierto además su entusiasmo científico por
la explicación brillante y la diestra enseñanza de
Onarro, se dieran á trabajar con ardor en aquella
asignatura, desatendiendo las restantes; los pobrecilios se pasaban horas y horas con los codos apo­
yados en la mesa, devorando libros, y realmente
iban obteniendo resultados no despreciables, que,
en el concepto general, debían granjear las simpa­
tías y aprobación del profesor á tan beneméritos
discípulos.
Sin embargo no fué así: Onarro, enterado de sus
adelantos, mostró poca sorpresa y menos regocijo;
sereno é impasible, como de costumbre, les acon8

“ 4

Emilia Pardo Bazán.

sejó en breves frases que siguiesen con la misma
ó mayor asiduidad, si aspiraban á no ignorarlo to­
do. En cuanto á la turba multa de medianías y nu­
lidades que llenaba la cátedra, Onarro la conducía
como á chicos rebeldes, á palmetazos. En su porte
y en su método especial de instruir, obraba cual
si tuviese que habérselas con niños. Repetía expe­
rimentos, introduciendo así breve é intuitivam en­
te por los ojos aquello que era difícil de hacer en­
tender mediante la razón. Que el sistema no era
del todo desacertado, probábase con la concurren­
cia mayor cada día, y con el vivísimo interés que
en ella despertaban las lecciones. Como sus expe­
rimentos solían ser tan sorprendentes é ingeniosos,
el auditorio se prendaba de ellos, y la herida im a­
ginación movía á estudiar el fenómeno para com­
prenderlo. Experimento había tan sencillo, que se
tomaría por juego ó recreación entretenida. Todos
los alumnos lo repetían al día siguiente... m e­
nos yo.
Sí, dirélo sin empacho ni melindres: yo era el
más zopenco de la clase. Ya porque mi pensam ien­
to vagara en regiones diversas, ya, lo que es más
probable, porque mi falta de afición y gusto para
aquella clase de estudios embotase y espesase el ma­
gín, para otras cosas no tan obtuso, que Dios me ha
dado, resultaba que mi torpeza crecía lastim osa­
mente, y mi repugnancia hacia la química lo mis­
mo. Y como si el socarrón de Onarro se divirtiese

Pascual López.

ii5

malignamente en tomar el pulso á mi inepcia, á los
demás discípulos llamaba por turno, y á mí ni una
sola vez dejó de hacerme señal para que repitiera
el experimento ante los ojos burlones y escudriña­
dores de toda la clase. Subía yo las escalerillas que
conducen á la mesa del profesor, como el reo las
del cadalso; tomaba los trebejos, aparatos y chis­
mes necesarios para la experiencia, como toma el
arma el soldado cerril y bisoño, y sin una sola hon­
rosa excepción, lo echaba todo á perder, malogran­
do el experimento. ¿Ustedes creerán que entonces
Onarro me reprendía como á los demás, ó m ostra­
ba impaciencia ó enojo, ó se quejaba del desperfec­
to? Pues aquí entra lo singular. A cada barbaridad
gorda por mí cometida, una expresión de contento
y una risa benévola desplegaban las arruguillas de
su tez, semejante al pergamino rancio de un viejo
libro, y su felina mirada despedía vivo resplandor.
Recuerdo, entre otras, una experiencia talmente
infantil, que á buen seguro que un niño de cuatro
años la realizaría con destreza y brillantez. Ocurriósele á O narro, que gustaba infinito de llam ar­
nos la atención hacia las teorías generales que pu­
dieran sobrecoger é interesar por su grandeza, re­
cordarnos, á propósito de la composición química
de los cuerpos celestes, la célebre hipótesis astro­
nómica de L aplace, que explicó con su concisión
y claridad acostumbradas.
— L a formación de los planetas— nos dijo — se-

ii6

Emilia Pardo Bazàn.

gún la concibe este gran m atem ático, es sencilla
h asta no más. Supongan ustedes que hubo un tiem ­
po a nterior á la constitución de nuestro sistema
planetario , en que el sol era una nebulosa enorme,,
una m a s a de m ateria tendida en un espacio inmen
so. E sta m a te ria e sta b a en extrem o rarificada; p e ­
ro en su centro existía un núcleo. ¿H an visto uste­
des la tela de una araña? ¿rep a raro n cómo los h i­
los son más tenues á medida que se separan del p u n ­
to central? P u e s figúrense u n a tela de a ra ñ a e x ­
tendida en todas direcciones, y se formarán una
idea aproxim ativa del aspecto d é la nebulosa. A ho­
ra e ntiendan ustedes que este gran conjunto de
m ateria giraba sobre sí m ism o, y n a tu ra lm e n te
había atracción de la periferia al centro... P o r una
ley que ustedes conocen y a , las partes más lejanas
del centro eran las menos a tra íd a s; pero como su ­
cede siem pre, giraban más aprisa que las restantes
¿N o h a n estado ustedes n unca en un picadero?
Si han e sta d o , verían que allí se ejecuta una m a ­
niobra consistente en que los jinetes se pongan
unos al lado de otros, en formación, y así unidos
den vueltas al redondel. E n este manejo ocurre que
p a ra que puedan ir ju n to s, el jinete más próximo
á la pared galopa largo, m ientras el más cerc a n a
al centro tom a un paso sumamente despacioso.
P ues bien, en nuestra neb u lo sa , salva la inconce­
bible diferencia de extensión y velocidad , sucedía
casi lo mismo. L a s partes más separadas del cen-

Pascual López.

117

tro giraban con rapidez indefinidamente superior
- á las de las cercanas; en virtud de lo cual, tendían
á alejarse del centro; esto se observa en todo mo­
vimiento de rotación, que cuando crece, hay un
momento en que la fuerza centrífuga se sobrepone
á la de atracción central, y se destaca un anillo de
materia de la masa común de la nebulosa, anillo
que sigue girando, girando, á favor de la energía
•que lo anima y del movimiento adquirido. Esta hi­
pótesis no tiene nada de imposible: Saturno, hoy
en día, presenta uno de tales anillos, es decir, un
anillo triple encima de su ecuador, como supone­
mos que estaba el de la nebulosa...
Y volviéndose hacia mí de pronto, me preguntó
á boca de jarro:
— Señor López, ¿podría usted, en caso de nece­
sidad, repetir lo que voy diciendo?
Puse una cara como de persona que ya está en­
terada, y exhalé un ejem muy ambiguo, al mismo
tiempo que murmuraba para mi sayo. — Que me
emplumen si entiendo jota de tal galimatías.
— Si usted quiere yo lo repetiré punto por pun­
to—gritó uno de los aprovechados que rabiaba por
lucirse.
— Y yo; y yo — añadieron dos ó tres voces,
—Perdonen ustedes—dijo Onarro:—voy á prose­
guir. Ahora bien, el anillo formado en torno de la
gran nebulosa solar, no era homogéneo en todas
sus partes; la materia se presentaba en unas más

ii8

Emilia Pardo Bazdn.

difusa, y más compacta en otras. De suerte que
allí donde más se espesó hubo un nu^vo núcleo, la
materia se fué acumulando y precipitándose á él*
se rarificaron las partes más lejanas, y el anillo
vino á romperse, quedando en figura de huso, con
una faja central... Hoy se observan en el cielo mu­
chas nebulosas así, fusiformes. Mas la atracción
continúa obrando; el huso se encoge, gira sobre sí
mismo, sin dejar de gravitar en torao del núcleo
central... Llega al fin un instante en |ue el huso se
convierte en esfera: primero gaseosa incandescen­
te luego, fría por último... Ya tenemos nuestro pla­
neta. El primero que así nació en nuestro sistema*
fué el remoto mundo de Neptuno. Después de éste,
se reprodujo el fenómeno con la forn.ación de otro
anillo en el sol; rompióse á su vez, tomó forma de
huso, se redondeó, y he aquí que nace Urano, el or­
be descubierto por Herschell... Tras de Urano vi­
nieron Saturno, Júpiter y los demás planetas de
este universo parcial, incluso el globo que habita­
mos... Somos, pues, hijos del sol, y la luna á su
vez es hija nuestra: un anillo de nuestra masa la
formó. Esta teoría, como ustedes ven, no puede ser
más sencilla y accesible á la inteligencia; mas eso
no le impide gozar de gran crédito entre hombres
eminentes. El experimento con que /oy á apoyar­
la y ponerla de relieve para que ustedes se im­
pongan bien, es todavía más sencillo. Acérquense
ustedes si gustan... Señor López, tenga usted la

Pascual López.

119

bondad, le ruego, de colocarse aquí, á mi lado.
Me aproximé andando torpe y remolonamente,
y de costado, casi como los cangrejos. La mayoría,
de la cátedra se agrupó afanosa en torno de la me­
sa, indicando los semblantes la atención con que
esperaban el experimento. Onarro tomó un vaso
bien tapado que ante sí ten ía, y descubriéndolo,
nos dijo:
— A quí, señores, no hay más que una mezcla de
agua y de alcohol, en proporciones tales, que tie­
ne exactamente la misma densidad que el aceite.
En medio de esta mezcla he colocado ¿ven ustedes?
una gruesa gota de aceite... ¿Se distingue bien?
¿Observan ustedes cómo permanece sin confundir­
se con el resto del líquido y sin bajar al fondo? En
este momento se halla exenta de la ley de gravedad.
Como ustedes pueden notar, ha tomado la forma
de una esfera perfecta; ninguna fuerza la solicita,
y se mantiene inmóvil. Bien; pues ahora tomo este
alam bre, dirijo su punta á través de la esfera de
aceite, y hago girar el alambre poco á poco... ¿Qué
perciben ustedes? ¿qué ve usted, Sr. López?
— Yo...
— La esfera ha adquirido movimiento de rota­
ción— chilló uno de los estudiosos.
— Eso es... ahora acelero gradualmente el girar
de mi alambre... así... ¡Atención! La esfera se
aplasta por los polos, se hincha hacia el ecuador...
ni más ni menos de lo que está la tierra... ahora

120

Emilia Pardo Bazán.

volteo más deprisa aun... Sr. López, ¿no advierte
usted nada?
— Que... que el alambre da vueltas...
— ¿Estás ciego?—interrumpió otro estudioso.—
¿No ves que de la esfera se ha destacado un anillo
de aceite que gira á su vez en torno de ella?... Lo
que pasó en la nebulosa solar.
— Miren ustedes bien —advirtió Onarro.
— El anillo se rom pe— exclamó el que había ha­
blado antes. —Se alarga en figura de huso...
— Ahora se va redondeando... ¡ya es otra esfera!
—clamaron gozosos los aplicados.
— ¡Y sigue describiendo su órbita alrededor de
la grande!
— Como los planetas en torno del sol — observó
Onarro.
Un silencio profundo, el silencio de la convicción
tendió sus alas sobre la cátedra. Los jóvenes se
m iraban maravillados los unos á los otros. Yo exa­
minaba la punta de mis botas, y algunas veces
contemplaba una araña que tejía apaciblemente
su tela en un ángulo del techo, inaccesible á las
escobas. De pronto me estremecí como si hubiese
escuchado la trompeta del juicio final. Onarro ha­
bía pronunciado mi nombre.
— Señor López, señor López — me gritaba.
— Eh... mande usted.
— ¿Quiere usted dispensarme el favor de repetir
la experiencia? Es muy curiosa, y estos señores la

Pascual López.

121

verán dos veces con gusto. Tome usted el alambre.
— Pero... yo no sé si...
— No es muy difícil. Se reduce á manipular c o ­
mo si se tratase de hacer bien una taza de choco­
late. Batir suave al principio y fuerte después. Ten­
drá usted el honor de ser el primer alumno que la
verifique en España: en Francia la han practicado
ya algunos, bajo la dirección de M. Piateau.
Cogí el alambre con todo el cuidado posible y me
preparé á salir del paso lo menos ridiculamente
que dable fuera. Mil reflexiones acudían á mi ma| .gín.
— También es mucho empeño — pensaba yo—el
•que tiene este maldito en ponerme en evidencia
delante de todo el mundo. El es bien listo y de so­
bra conoce que yo soy para este caso el más alcor­
noque de mis compañeros. Miren qué bromita tan
propia de un hombre de ciencia, de un sabio, hacer
correr baquetas á un infeliz. Reniego de la quími­
c a , y del maniático ocioso que la inventó.
Mientras en mi ánimo rugía esta tormenta, in­
troduje el alambre en el vaso. Todos los ojos cir­
cunstantes se clavaron en mí, y los de Onarro con
particular fijeza. Dióme tal-rabia de pensar en la
situación y papel que me correspondían, que en
vez de entrar delicadamente el alambre é impri­
mirle suave balanceo, lo hinqué de un modo bru­
tal, blandiéndolo á guisa de lanza. Osciló el vaso,
rompióse el equilibrio del líquido, y se derramó re-

122

Emilia Pardo Basan.

partiéndose m itad por la mesa y m itad por mis
p antalones y por el suelo.
U n murm ullo se alzó en la c á te d r a , y yo quedé
como em bobado y fuera de mí; pero en el mismo
p u n to sentí que Onarro me d a b a la más afectuosa,
am igable y aprobativa p a lm a d a en el hom bro, ex­
clam ando:
— ¡E so e s, eso es! ¡ P erfectam ente!
Miréle colérico y airado, pensando distinguir en
su rostro inequívocas señales de ironía y chunga.
N i la más leve. Sus facciones rebosaban sinceridad
y satisfacción. Me volví hacia los restantes espec­
tadores de mi torpeza, y les hallé unas caras de papam oscas, cosa muy n a tu r a l, pues tam bién debía
yo de tenerla, no entendiendo, como ellos, qué mo­
tivos pudieran dictar la r a ra conducta del sabio.
P ronuncié confuso y atortolado algunas p a la b ra s
de disculpa, y bajé otra vez á o c u p a r mi puesto.
A la salida, como de c ostum bre, nos dividimos
en grupos, y á mi alrededor se formó uno num ero­
so é hirviente de curiosidad. Todos pre g u n ta b a n
lo que yo bien quisiera sa b e r; la razón de las defe­
rencias y mimos que me prodigaba el severo profe­
sor de quím ica; el por qué de sus m ira d a s, de su
in te ré s, de su indulgencia p a ra mis torpezas...
— A fe de P a sc u a l—decía yo á los preguntones—
n a d a sé, ni esto. Estoy tan en ayunas como vosotros.
— P e r o , ¡cómo te distingue! ¡Cómo te favorece!
— observaba con envidia uno de los aplicados.

Pascual López.

123

— Extravagancias suyas.
— N o, es que se fija siempre en tí.
— ¡Bah! exageráis. Me pareceré á algún parien­
te , ó amigo...
— No disimules. Es imposible que no sepas la
causa.
— Dínosla, Palomita. Sácanos de penas.
— Idos á paseo.
— Es que el día que no vienes á clase, está él
como en brasas. Aquí hay gato encerrado, y tú eres
un hipocritón, un m aula, que te lo callas todo.
— Por el siglo de mi abuelo, que estoy pasmado
también de su conducta ; pero no atino en qué pue­
da fundarse esta rareza.
Ello es que yo en mi interior creía haber encon­
trado la clave del problem a, pero me era tan hu¡millante darla, que opté por guardármela en el
bolsillo. Estaba visto: era evidente. El señor don
Félix se reía en grande: espantaba el mal humor
á cuenta mía. Hacíale gracia mi misma ineptitud,
como á los reyes la propia deformidad de sus bu­
fones; y sin duda él, que tantos análisis había rea­
lizado, quería determinar cualitativa y cuantitati­
vamente los grados de estolidez que alcanza un es­
tudiante de medicina. Sea todo por Dios, pensaba
yo; sirvamos de mono á este grandísimo loco, que
lo es si no mienten los indicios. Encerrado debiera
él estar en Orates, no haciendo fábula y juguete de
una persona inofensiva que no se mete con nadie.

124

E m ilia Pardo Baziin.

Esta solución, en mi concepto muy obvia y úni-j
ca que racionalmente era posible dar al enigma,
parecíame á mí que se les ocurriría también tarde j
ó temprano á mis condiscípulos. Me preparaba ya,
y apercibía cachaza para aguantar todo linaje de
chanzonetas, donaires y pullas, más ó menos pesa
das y sangrientas. Paciencia habré menester, c a l­
culaba yo, y aun quizás me estuviera mejor no vol­
ver á presentarme en la cátedra de química, a u n ­
que naufrague después en los exámenes. Tales eran
mis reflexiones: mas ¿quién pudiera, á no ser z a ­
hori, adivinar el gracioso desatino que mis com ­
pañeros idearon ?
Es cosa averiguada ya que las muchedumbres
huyen, p a ra la interpretación de los hechos, d éla s
cau sas n a tu ra les, llanas y corrientes y rebuscan
los orígenes más extraordinarios é inverosímiles.
Cuando las cosas pueden explicarse sin violencia,
por sencillos y vulgares móviles, la gente no que­
da satisfecha si no las atribuye á motivos desusa­
dos y novelescos. A tal procedimiento fué sujeta la
historia de mis relaciones con Onarro.
En vez de admitir que Onarro era un humorista
implacable al modo inglés, y yo un alumno corto
de luces, y que el profesor se divertía conmigo, su­
pusieron (atención) que yo recataba, bajo capa de
ignorancia, un tesoro de estudios y conocimientos;
que Onarro lo sabía; que mi disimulo se encam i­
naba á no eclipsar al sabio dejándole tamañito;

Pascual López.

125

pero que Onarro empeñado en descubrirme, trata­
ba de herir mi amor propio por todos los medios
posibles é imaginables, á ver si en un arrebato de
susceptibilidad me quitaba la máscara, presentán­
dome con mi verdadero semblante de químico ilus­
tre , émulo y sucesor de Lavoisier.
Algún embustero de oficio y gracioso de café de­
bió de inventar esta especie que, como llama en
yesca, prendió al punto en la deshecha credulidad
de los escolares. Unos visos y perfiles de verdad le
prestaban mi recogido vivir, mi suerte en los pasa­
dos exámenes, mi fama recién adquirida de formal
y estudioso , y sobre todo , las caprichosas distin­
ciones de Onarro. Corrió de boca en boca la patra­
ña , tanto más comentada y creída cuanto más
enorme. Yo no sé qué correos aéreos, qué telégra­
fos invisibles, qué misteriosos geniecillos, trasgos
ó duendes alígeros y veloces desempeñan el encar­
go de esparcir y comunicar las nuevas: lo que afir­
mo es que no los hay más diligentes y puntuales,
ni tampoco más amigos de enredos y mentiras.
Porque ya perdonara yo que se contasen, descu­
briesen y trompeteasen los hechos , sin poner ni
quitar un ápice: mas no se avienen á ello los suso­
dichos duendes ó lo que sean. Las noticias, como
la bola de nieve, engruesan á medida que caminan
y concluyen por desfigurarse tanto y alcanzar tan
hidrópica magnitud, que no las conociera la mis­
ma madre que las parió. El proceder de Onarro

126

Emilia Pardo Bazdn.

.
j
para conm igo, salió aum entado de los m ism osban-i
eos de la cátedra; ya no era sólo que el profesor
reparase en mí; era que me trata b a de igual á ig u a l;■

era que me había llam ado, conferenciando largo
rato los dos acerca de árduas cuestiones científicas; /
era que había dicho á sus com pañeros de profeso- .
rado, en sibilíticas y misteriosas frases, que no '¡
sabían la joya que en mí poseía la E sc u e la , y que ]
me m irasen con m ucho, mucho respeto... E n fin, 1
por este estilo, mil y mil ridiculeces.
Diéronme sobre tan socorrido tema larga m atra- ]
ca mis com pañeros; no podía poner el pie fuera 1
de casa sin que acudiesen á estrecharm e la mano j
y abrazarm e cinco ó seis de aquellos pesadísimos I
tábanos y fastidiosas chinches. El mismo D. Ne- I
mesio, con la m ayor cordialidad y buena fe, vino 1
á darme el parabién, manifestándome que en las 1
distinguidas casas que frecuentaba le molían á i
preguntas relativas á mi persona, y estaban des- |
hechos por conocerme y tra ta rm e : en Dios y en 1
mi ánim a que pude entonces adquirir tan buenas I
relaciones como D. Nemesio. H asta un día, que 1
aburrido y seco de tan ta sim pleza, y deseoso de a
no topar con ningún necio que me llamase sabio, I
me fui á esparcir por los Agros de C arreira, lugar i
solitario y retirado en extrem o, no habría andado 1
cien pasos, cuando, saliendo de detrás de un de- I
rruído paredón que el camino orillaba, vi un sem- i
blante diabólicam ente risueño, como de mico que ■>

Pascual López.

127

hace una jugarreta, y el taimado de Cipriano me
gritó: «Salve, ¡oh! nata, flor y espejo de los galáicos estudiantes, prez y gala de esta ilustre E s­
cuela, y asombro y envidia de las restantes del
mundo. Dame acá esos brazos, que han de estre­
char los míos al nuevo Orfila , que niño de teta era
el otro, y noramala vaya.» Y diciendo y haciendo
me apretó hasta sofocarme casi, de manera que yo
con mal humor, me desenganché de los palillos que
así me ceñían y enclavijaban. Agarróse él entonces
á mi cap a, señalándome hacia el muro que lo ocul­
tara á mis ojos, y vi á una damisela, en quien reco­
nocí á la corista de sus pensamientos, que haciendo
de la vergonzosa y de la modesta se mantenía apar­
tada, caído el velo del manto sobre su rostro no
nada celestial, y sí muy adobado con afeites, cos­
méticos y mudas.
— Bien parece, oh fénix de las ciencias — siguió
el truh án— la cortesía junta con el saber: saluda,
pues, á esta señora, que es una eminente artista,
una notabilidad en su género.
Aturdido llevé al sombrero la mano, y la ninfa
me tendió la suya con mil dengues y flechándome
los ojos tiernos; mas yo me hice el sueco, y me es­
currí, no sin que Cipriano exclamase:—Hurañito le
tenemos ya.', no hay que maravillarse, bella Leo­
nor; todos los sabios pasamos nuestras temporadas
de m isantropía, y solemos huir de los hombres.
L a broma me iba pareciendo ya. sobrado proli-

128

Emilia Pardo Bazàn.

ja ; pero finalmente , tomé el partido de dejarla co­
rrer, pensando con juicio que el tiempo todo lo
descubre y la verdad sobrenada siempre. El mal i
giro que tomaran mis asuntos amorosos me traía I
asaz de preocupado y pensativo, contribuyendo á I
que me pareciesen de secundario interés los demás j
negocios. Ocurrióme ir una m añana á casa de don
Vicente, sin esperanza alguna de ver á Pastora,
pues harto me constaba que el centinela enemigo
estaría, según costumbre, de guardia. Hallé al ca­
nónigo recostado en el ancho sillón, afligido de
unos dolorcillos de gota que no le consentían dar
su cotidiano paseo. Ante sí y en el pupitre tenía
una carta abierta, el sobre roto, y dos ó tres perió­
dicos cuyas fajas alfombraban el piso. Al verme en­
trar depuso el que leía, y mirándome con curiosi­
dad exclamó:
— Venga usted acá, venga usted acá! Tenemos
que ajustar unas cuentas.
— ¿Querrá hablarme de Pastora?—pensé inquie­
to.—Y en alta voz: Sr. D. V icente— contesté —
ajuste usted, que aquí estoy dispuesto á rendirlas
puntualísimas.
— Pues prepárese, porque voy á ser minucioso.
Estoy tan admirado, me ha cogido tan de nuevas
la especie, que no sé si la crea...
— Ciertos son los toros,—calculé: y me puse con­
trito.
¡Yo bien quisiera creerla , canario! Tendré

129

Pascual López.

uno de los ratos mejores de mi vida , si puedo es­
cribir á sus padres de usted la enhorabuena. ¿Con­
que , por lo visto, es usted una notabilidad, una
lumbrera en química?
— ¡Ah!—murmuré yo como si despertase de un
sueño profundo.—¡Esas tenemos, señor don Vicen­
te? ¿Hasta usted han llegado tales nuevas?
— Y me dejaron al pronto más patitieso que es­
taba, porque no podía comprender de qué modo
había usted llegado á tal altura; pues si bien es
cierto que se enmendó usted mucho, todavía sus
estudios no...
— Y acierta usted , señor canónigo. Crea usted
que esas cosazas que se propalan por ahí, no tie­
nen asomo de fundamento ni visos de sentido co­
mún. Yo lo siento en el alma; quisiera ser uno de
los siete de Grecia; pero Pascual López nací, y
Pascual López á secas, mondo y lirondo, sin adi­
tamentos de notabilidad ni de prodigio , he de ir á
la fosa.
— Con todo eso, es muy extraño que corran ta­
les voces sin que se basen en algo. Y la fama lleva
ya su nombre de usted más alia de Santiago. Lea
usted, lea usted este periódico: es de Pontevedra,—
me dije tendiéndome el que en la mano guardaba.
Tomé la hoja impresa, y busqué el sitio que el
canónigo me señalaba con la uña. En la acción de
entregarme el diario, el codo de D. Vicente trope­
zó con la carta medio plegada sobre la mesa y le
9

J3 0

Emilia Pardo Bazán.

imprimió un leve impulso que la hizo desdoblarse
del todo. Una indiscreción involuntaria retuvo mis
ojos fijos en ella, y vi, como en un relámpago, dos
nombres que me hicieron casi saltar en la silla:
el de Pastora y el de Víctor. Seguí mirando afanoso, >
proponiéndome sorprender el contenido entero de ;
la epístola; mas el brazo del canónigo se posó so­
bre ella y su voz resonó gritándome:
— Lea, lea.
Con voz alterada y el tonillo maquinal que adop­
tan los niños cuando leen sin comprender, recité el
siguiente párrafo:
«Nos dicen de Santiago, que aquella Escuela de
»Medicina cuenta entre sus alumnos un joven no»tabilísimo, una esperanza para el país. Este joven
»hijo de padres honrados, pero humildes, ha llega»do, merced á sus grandes dotes y profundos estu»dios, á llamar la atención de un profesor también
»célebre, que hace poco vino á Compostela. Se ase»gura que en breve saldrán juntos ambos á visitar
»los establecimientos y adelantos científicos en el
»extranjero. Felicitamos al Sr. D. Pascual López,
»gloria de esta Galicia tan calumniada, ultrajada
»y desdeñada por los que no la conocen, etcétera,
»etcétera.»
— ¿H ay otro que se llame Pascual López entre
los alumnos de Medicina? — interrogó D. Vicente
cuando hubo concluido el suelto.
— No señor.

Pascual López.

131

— Pues entonces, bien claro está que es usted el
aludido.
— Yo soy, sí señor; no lo niego. Si esta tem pora­
da no se habla de otra cosa.
—Pero entonces, ¿es embuste todo lo que ahí
ponen? Imposible parece—murmuraba D. Vicente
volviendo á su cavilación prim era.—¿Es falso tam ­
bién lo que dice del profesor?
—Que el profesor me distingue, es exacto: me
distingue como á nadie; pero lléveme Judas si ati­
no con la razón.
—De cualquier modo, usted debe de haber estu­
diado este año un poco más: puede que en esa asig­
natura haya ustedpuesto sus cinco sentidosrycomo
al fin y al cabo esas ciencias modernas son una casí carita brillante y presto se llega al fondo, tal vez
esté usted en efecto en la cúspide de ese ramo del
| saber. Otro gallo le cantara si se tratase de profun­
dizar la teología ó la pura latinidad clásica. Tácito
y Horacio son los autores de muchas de estas ca­
nas, que ahora ya justifican los años, pero que aso­
maron antes de lo debido. En fin, yo me holgaré
de que salga usted un doctor, siquiera para no de­
jarm e quedar mal...
Mientras hablaba el canónigo, revolvía yo en el
magín los medios de echar la vista encima á aque­
lla carta, presa bajo su brazo. Al fin me ocurrió un
expediente.
—Sr. D. Vicente—le dije—¿quiére usted hacer-

132

Emilia Pardo Bazán.

me el favor de permitirme que copie ese suelto para 1
mandarlo á mis padres? Déme usted un retacillo> I
cualquiera de papel.
El canónigo alzó el codo... pero fué para asir la ;
carta, partirla en dos mitades, darme la blanca y 1
guardar bonitamente la escrita en el bade de cue- j
ro que ante sí tenía. Nada pude pescar; copié el j
suelto, y después de otro rato de plática con D. Vi- 1
cente, en que hablamos de política, comentando- I
las noticias de sensación que en aquella agitada I
época abundaban, me despedí. Salíme á la antesa- j
la, mirando, no sin melancolía, el pasillo que guia- I
ba al cuarto de Pastora. Al descolgar de la percha I
mi capa, un objeto blanco se deslizó de entre la I
esclavina y vino á caer á mis pies. Lo recogí apriesa, j
era una carta cerrada sobre sí misma y con obleas, I
á la antigua española, un tanto arrugada y con un- ]
sano tufillo á espliego, aroma especial de que la I
ropa de Pastora estaba impregnada siempre. Así I
el olor como las arrugas me indicaron que la misi- I
va, antes de ir al buzón de mi esclavina, reposó 1
sobre el corazoncito de mi Dulcinea. Bajé los esca- I
Iones cuatro á cuatro, y trabajo me costó no leer 1
la epístola en el mismo portal del canónigo. Dando 1
largas zancajadas, me fui en busca de uno de los I
muchos sitios retiradísimos que tiene Santiago, i
para bien de los estudiantes que desean leer en paz j
una carta.

Pascual López.

133

VI
Rompí la nema y devoré las líneas siguientes, de
letra m enudita, redonda y cerrada como las planas
de Torio.
«J. M. J.
«Mi querido Pascual: Dios se lo pague á la m a­
d r e Serafina de la Enseñanza, por haberme amaes­
tra d o en formar estos palotes, que hoy me sirven
»para comunicarme contigo. Ante todo, te pido per»dón por mi necedad en reirme de tus temores con
»respecto á D. Víctor: bien sabe Dios que pensé
»que eran todas bobadas y figuraciones de doña
»Verónica, y ahora conozco que no se puede decir
»nunca de esta agua no beberé. El padre de D. Víc*tor ha escrito al tío pidiéndome formalmente en
»matrimonio para su hijo. Sólo á un señorito mima»do como D. Víctor se le ofrece encapricharse por
»una muchacha tan inferior á su clase como yo: y
»el padre debe de ser bien débil. En sustancia, él me
»pide, y ya puedes colegir cómo estará mamá des»de tal acontecimiento. Hace extremos, baila, can»ta , se lo cuenta en confianza á todas las vecinas,
»que me saca los colores. ¿Te acuerdas de aquellas
•tonterías que ideabas tú, cuando te empeñabas en

134

Emilia Pardo Bazàn.

»que yo había de vestir seda, y raso y no sé qué j
»más ? Pues mi madre está á todas horas con esa
»manía. Pero lo peor, Pascual, es que también el
»tío esta satisfecho , porque el pobre quiere mi bien
»y piensa que me cayó un fortunón. Pascual, Pas»cual, aconséjame. A mí por fuerza no me han de j
»casar; á nadie se le hace hoy en día eso, y si yo
»digo siempre que no, gano la batalla. Pero me due»le disgustar á mi tío,'á quien debo cuanto soy, que
»me sacó de pobre aldeana, y me amparó desde
»pequeñita, y que hoy pasa también sus apurillos,
»porque el Gobierno no paga á los que no juran.
»De mi madre no me da tanto cuidado, que á esa
»las rabias no le pasan de la garganta.
»¡Si pudiera hablarte un ratito! Ya que no es
»posible, contéstame, metiendo la carta en la capa.
»Sabes que te estima y quiere de veras.—Pastora.»
«P. D. Oí decir que eras un sabio y un chico
»notabilísimo: eso anda muy corrido. Supongo que
»algún chusco de tus compañeros será el que haya
»inventado, sin permiso tuyo, esa broma, porque
»á tí no te tengo por tan farsante.»
Cómo tornaría á mi albergue, piénselo el lector.
L a incertidumbre, la cólera, el despecho, ocupa­
ban mi ánimo por igual. Subí á mi habitación, to­
mé papel y pluma, y con furibundos rasgos y nu­
merosos borrones y tachaduras, garrapateé este
despótico billete:

Pascual López.

135

«Querida Pastora: No sé á qué viene esa hipo»cresía de pedirme consejo. Aconséjate de tu cariario, si es que me profesas el que dices; y de tu pa­
la b r a , si la sabes guardar. No puede decirte otra
»cosa—Pascual. »
Eché arenillas, cerré, lacré, puse la carta en el
bolsillo, y tomando otra vez capa y sombrero, me
dispuse á volver con cualquier pretexto á casa de
D. Vicente. Mas al asomarme á la escalera, un bul­
to negro se interpuso, y dos brazos me intercepta­
ron el paso.
— ¡Sttttt! ¿Adonde tan deprisa, Sr. D. Pascual?
— dijo la voz afable de D. Nemesio Angulo; — en­
tre usted en mi cuarto, si no es urgente lo que va
á hacer; tengo que hablarle.
— Pase usted al mío, si gusta, y tome asiento—
le repliqué mandándole en mis adentros al diablo.
— Mire usted, Pascual —empezó D. Nemesio con
mucha solemnidad—yo vengo á dar un paso que
usted calificará como guste; pero que considero no
debo omitir. Nadie podrá acusarme nunca de un
proceder torcido ó de una falta de consecuencia
para con mis amigos, entre los cuales se cuenta Vd.
— Usted dirá... —respondí sin saber qué opinar
de aquel introito.
— Amiguito, yo no sé si le voy á dar á usted una
mala noticia; pero es probable que ya esté al tan­
to de lo que ocurre. D. Víctor...

136

Emilia Pardo Bazán.

— H a pedido á P astora—exclamé con ímpetu.
— Ya me figuraba yo que usted lo sabría. Ella
se lo habrá dicho. Sí, amigo mío, usted estará ad­
mirado, y yo también. Lo que sucede, loque suce­
de. Emprende un señorito, así... que no tiene mu­
chas ocupaciones... el rondar una niña de pocas
ínfulas; cree que todo van á ser mieles; se encuen­
tra con la horma de su zapato, con una muchacha
educada religiosamente y en los más sanos princi­
pios como es Pastora, aunque yo decirlo no deba;
le recibe ella con dignidad y recato, se pica él de
amor propio, comienza á mirarla con ojos muy dis­
tintos, y acaba por prendarse de veras. Así le pasó
á nuestro vecino.
— ¡Pues apenas hacía tiempo que ese mono no
importunaba á Pastora! Ella se creía libre de tal
botarate.
—Justo, justo; desde que la niña le puso las pe­
ras á cuarto. Nadie hay sin algún defectillo; todos
los tenemos, que lo sepamos ó no, y el de D. Víc­
tor consiste en un si es no es de orgullo; pero ya
ve usted, tiene en qué fundarlo. Como Pastora le
dió tan redondo desaire, él dijo: ¿sí? pues de un
modo ó de otro me has de pertenecer; nadie rehú­
sa á Víctor de la Formosada. Empezó á escribir á
su padre cartas y más cartas, y por último, hasta
hizo allá un viajecito. El padre ¡ya se vé! no tiene
más hijo que ese; deseará conocer un nietezuelo
que perpetúe su antiguo apellido; le pintarían las

Pascual López.

137

perfecciones de la muchacha... En fin, que el pobre
señor vino en todo cuanto quiso el chico. Ha escri­
to la carta pidiendo á Pastora.
—Ya lo sé — dije mostrando con ademán hosco
lo poco grata que me era la narración.
— S í; pero esto viene á cuento de que... yo he
recibido dos comisiones, que en manera alguna
quiero desempeñar á hurto de usted, Pascual. Ne­
mesio Angulo gusta de ser sincero, y de no jugar
nunca una mala partida á sus amigos. Mire us­
ted, yo he sido toda esta temporada el paño de
lágrimas de D. Víctor; pero sus secretos eran su­
yos, y usted bien sabe que nada le he dicho. Mas
hoy me confía un encargo, ni privado ni secreto, y
sin encomendarme particular reserva, y de eso creo
que debo antes prevenir á usted.
— No adivino...
— Yo soy el que ha de presentar al señorito de
la Formoseda en casa de D. Vicente: y asimismo
me corresponde transmitir al padre de D. Víctor
la respuesta del canónigo, de doña Fermina y de
Pastora. En suma , correré con todo el negocio.
Tengo plenos poderes de D. Víctor, y me autoriza
y obliga á entrar en el asunto la amistad que me
dispensa el pretendiente, y el ser Pastora mi hija
de confesión hace tanto tiempo.
—Pero Sr. D. Nemesio—articulé todo trémulo y
airado —¿qué cosa está usted diciendo ahí? ¿Usted
se olvida, por lo visto, de que Pastora tiene trata-

138

Emilia Pardo Bazán.

do el casarse conm igo y con nadie más? M e e x tra ­
ña m ucho en usted sem ejante porte.
— P ascu al, serénese usted y hablem os form al­
mente.
— Me parece que hablo con to d a form alidad.
— A m iguito, usted es un hom bre ya y no un n i­
ño. L a s cosas deben m irarse despacio: es preciso
reflexionar y no p a rtir de ligero. U sted h ab la de
casarse; ¿cuenta usted con recursos p a ra ello?
— P o r hoy...
— ¿Y p a ra el día de m añana? Yo le hablo así,
porque me tom o interés por P a sto ra y por usted
tam bién, y ojalá pudiese ver á los dos tan co n ten­
tos y tan ...
—Así que acabe la carrera, me g an aré la vida
como los dem ás médicos.
—Q ue no se la g an an y a n d an pereciendo. ¿Y
quiere usted exponer á P a sto ra á tal contingen­
cia? A dvierta usted que si las cosas no m udan
de faz y esta d esatin ad a revolución no tom a otro
cam ino, ten d rá usted á cu estas á doña F e rm i­
n a , y aun quién sabe si á D. V icente. T odo p u d ie­
ra s e r.1
— ¿Y cree usted que P a sto ra q uerrá bien nunca
á ese D. E sdrújulo? P a sto ra me prefiere á mí tan
sólo y no se avendrá á ten er otro novio.
—Esos cariños ta n ciegos y ta n desesperados he
visto, P a s c u a l, que sólo se h allan en las novelas.
E n la vida no.

Pascual López.

139

—Y usted, que es un sacerdote, ¿piensa que una
mujer tiene muchas probabilidades de ser buena
cuando la hacen casarse con un hombre que le re­
pugna?
—Pastora, de casada como de soltera, será bue­
na, buenísima, porque lo tiene de condición, y eso
lo sabe usted perfectamente. Además, ¿por qué le
ha de repugnar D. Víctor? D. Víctor es mozo,
apuesto, bien nacido, rico; á pesar de su seriedad,
tiene un fondo angelical; hará un marido excelen­
te; se me figura que es como si dijéramos bebe con
guindas.
—Eso es —exclamé rabioso—eso es; alábelo us­
ted, llévelo en palmas, póngalo en compota. A us­
ted se le antojará una preciosidad, pero á mí me
empalaga y me apesta ese fatuo, ese orgulloso que
parece que tiene á menos saludar á los que no lle­
van la chistera tan flamante como él. Le digo á
usted que si se tratase de otro, aun quizá me pon­
dría más en razón; pero tratándose de semejante
monigote, me empeño yo en que ha de sufrir el se­
gundo desaire. Y no digo más. Creerá el don ne­
cio que con sus guantes y sus botas de charol to­
das le han de hacer el buz. Ya verá que no es el
mundo lo que él piensa. Más dinero tendrá que yo,
pero por esta vez me llevo el gato al agua.
— Usted lo meditará, Pascual—respondió D. N e­
mesio levantándose.—Yo he cumplido como lo exi­
ge nuestro mutuo aprecio. Consulte usted con su

140

Emilia Pardo Bazdn.

conciencia si debe colocarse entre Pastora y la for­
tuna inesperada que se le brinda.
Dicho esto salió apretándome amigablemente la
mano. Vi muy bien en la placidez de su rostro que
se le daba una higa de mis bravatas, y que la idea
de que el señorito de la Formoseda pudiera ser
rehusado no echaba raíces en su pensamiento.
Quedóme en un estado de exaltación vehem entí­
sima.
Por más sofismas que la pasión me dictara , por
más hervores de sangre que ascendiesen á mi ce­
rebro al doble impulso de la vanidad mortificada
y del sentimiento herido, una voz, la voz indiscre­
ta que con desesperante claridad canta dentro de
nosotros mismos importunas verdades, me decía
cosas que no me era posible desoir ni negar. Re­
petíame doblemente esforzados los argumentos de
D. Nemesio; me mostraba irónica mi propia insig­
nificancia, la posición precaria y angustiosa que
yo podía ofrecer á una familia, contrastando con
el cómodo bienestar, la existencia honrosa prome­
tida á Pastora en el enlace con D. Víctor. Y es
muy de advertir que, con aborrecer yo profunda­
mente al señorito de la Formoseda, cuyas accio­
nes, lujo y maneras me parecían tan im pertinen­
tes y desdeñosas, allá en mi interior no podía de­
jar de hacerle completa justicia, reconociendo que
en la ya larga temporada que llevábamos habitan­
do juntos bajo el techo de doña Verónica, nunca

Pascual López.

141

sorprendiera en el señorito un indicio de d e sa rre ­
glo ni de viciosas costumbres.
O rdinariam ente, al recogerme yo, ya él reposaba
entre sábanas; ja m á s escuché en su habitación
choque de vasos y botellas, ni bullicio y jácara de
descompuestos amigos; siempre le vi tan tieso, tan
estirado y tan metódico; juego, ni por las mientes;
de galanteos, no le conocí nunca más que los muy
inocentes, superficiales y decorosos que la voz p ú ­
blica le atribuía con algunas señoritas de calidad,
á quienes por ventura tropezó en las arboledas del
paseo ó vió a rra stra r vaporosa cola de ta rla ta n a
sobre las alfombras de los bailes; y finalmente, la
a ventura de P a s to r a , que si pudo iniciarse con
funesto propósito, de tan cristiana m anera te rm i­
naba. A la convicción de estos morigerados h á b i­
tos de mi rival, se unía la lucidez con que yo me
analizaba á mí propio y á mi m enguado porvenir.
N o tenía más perspectiva lisonjera que la de pes­
car un partidillo y m a ta r allí sanos; verdad es que
me correspondía, por mi casa, una exigua parte de
m ontañés patrimonio; pero amén de que ya ni mis
gustos, remontados como panderos, ni mi género
de vida , me consentirían em puñar el arado y la
a z a d a , habíam e comprometido con mi padre á no
recoger aquel lote de herencia y á dejarlo á benefi­
cio de los demás herm anos: compromiso justísimo,
puesto que los gastos de la carrera en breve con­
sum irían aquella porción de legítima, y disfrutarla

142

Emilia Pardo Bazàn.

fuera expoliar á mis coherederos, cosa que, aiun no
siendo yo modelo de virtudes, repugnaba á imi con­
ciencia. ¡Rayo de Dios! ¡Por qué los que ttienen
exigencias, necesidades y ansias de goces nto han
de poseer á proporción voluntad enérgica y ffuerza
para separar los obstáculos sociales! ¡Por qtué mi
condenada holgazanería se ha de interponer entre
los libros y yo!
Estas especies acudían en tropel á mi im agina­
ción, con la aguda viveza que revisten las represen­
taciones penosas. Mas á la vez el amor me sum i­
nistraba argumentos para desecharlas. P astora te
quiere, me decía; quien bien quiere, pasa por todo:
preferiría ella partir contigo unas patatas, á sabo­
rear faisán en compañía del señorito de la Formoseda. Pero, replicaba el juicio, Pastora no se verá
forzada á sacrificarte únicamente lo supèrfluo y lo
exquisito de la vida, que eso bien aina lo hiciera
ella; tendrá que inmolarte su reposo, los senti­
mientos más honrados de su alm a, cuales son la
gratitud y el respeto á su tío, la obediencia á su
madre... En este ovillejo andábame yo, sin acertar
á desenredarlo. Tumbéme sobre la cam a, revol­
viéndome en ella en un estado de fluctuación y an­
gustia inexplicables; encendí cigarro tras cigarro,
sin concluir alguno, antes arrojándolos á medio
fumar... Doña Verónica, con im portuna solicitud,
entró varias veces á preguntarm e en voz meliflua
.si «se me ofrecía algo# si «me iba mal» y si «no

Pascual López.

143

quería la comida.» Respondíle desabridamente que
me dolían las muelas de un modo atroz, que me
incomodaba ver luz y tener que hablar: ella en­
tonces íuése pisando blandito, no sin que antes en­
tornase las maderas de la ventana.
Ciertas crisis no pueden prolongarse. Mi propio
desasosiego trajo de la mano una inquietud que de
súbito me invadió: dormité una media hora, y
me hallé calmado y resuelto. Salté del lecho y abrí
la ventana: era ya anochecido: brillaban algunas
estrellas en el oscuro azul del cielo, y los faroles
luchaban con las tinieblas de la calle. Respiré con
deleite el fresco nocturno, y permanecí algún rato
meditando. Parecíam e haber encontrado un expe­
diente conciliador. Cuantas más vueltas le daba,
más razonable me parecía. Cerré otra vez la vi­
driera, encendí fósforo y bujía, y tomando recado
de escribir, tracé ya con firme pulso y letra clara,
estos renglones:
«Mi querida Pastora: pídesme consejo, y voy á
»decirte lo que la conciencia me dicta. Obra cual
»te sugieran tu buena razón y tu juicio. Yo estoy
»demasiado interesado en el asunto para poder
»acertadamente dirigirte. Si dejase correr la plu»ma, te pondría cosas que tu albedrío sujetaran.
»La cuestión es grave, y como de ella pende toda
»tu vida, debo irme con tiento. No influyan en tu
»ánimo las palabras que nos dimos, en cuanto obli»gan y son sagradas, que yo de buen grado las ten-

144

Emilia Pardo Bazán.

»dré por no recibidas: obra cual si, conociéndome
»y queriéndome, nada hubiésemos tratado de ca»samiento.
»Ni en contra ni en favor mío te inclino. Pero
»soy, como simpre, tu constante Pascual.»
Esta sensatísima carta concluida, respiré con
más desahogo; la verdad ante todo: al darla así
de magnánimo, no dejaba yo de contar firmemen­
te con el fiel apego de Pastora, y de calcular que
las hábiles reticencias de la carta habían de ser
claros signos de mi deseo. Después de todo, la car­
ta era diplomática, y yo lo comprendía bien. En
el fondo, á pesar de mi generoso alarde, yo resul­
taba un egoísta. El hombre suele concluir conve­
nios de esta clase con su deber, estipulando una
cláusula secreta á favor de la pasión.
Resuelto á enviar á mayor brevedad la misiva á
su destino, recordé que, hallándose D. Vicente pri­
sionero de la gota en su casa, no parecería extem­
poráneo ir de noche á hacerle un rato de tertulia.
Salí, pues, y eché á andar en aquella dirección:
sorprendióme ver el portal iluminado y abierto,
cosa tan opuesta á la sabia economía y metódicas
costumbres del canónigo: subí, llamé, abrióme la
Maritornes, y por poco caigo de espaldas al divisar,
pendientes de la percha en que solía yo colgar mi
capa, dos objetos de mí muy conocidos, á saber:
el manteo algo raído, pero cepillado y pulcro, de
D. Nemesio, y el magnífico gabán con vueltas de

Pascual López.

i45

suaves pieles, que varias veces envidiara en hom­
bros de D. Víctor de la Formoseda.
— ¿Están ahí ?—pregunté á la fámula, señalando
hacia la sala.
— Sí, señor.
—¿Hace mucho que llegaron?
— Un momentito.
— ¿Quién está con ellos?
— El señor y mista Fermina.
— ¿Y la señorita Pastora?
— Ahora mismito vendrá; le mandó misía Fer­
mina que se compusiera el pelo y se pusiese una
corbata, y está en su cuarto.
Con ligereza y silencio de fantasma me escurrí á
lo largo del corredor, sin hacer caso de la sirviente,
que bien me conocía. Empujé la puerta del cuarto
de Pastora, y la vi de pie, ante una cómoda, apo­
yados en ella los dos codos, y entre las manos la
cabeza. Alumbraba el lugar un veloncito de aceite.
Al sentir mis pasos volvióse ella, y casi á un
tiempo gritamos nuestros nombres.
— Qué milagro —iba á preguntar Pastora,
—Están ahí—le dije.
—¡Ah! Ya lo sé. Tengo que salir.
—No salgas. No quiero.
—Pero....
—Nada, nada. Que te dió un dolor de cabeza, ó
de cualquier otra cosa. No sales.
— Bueno, bueno; pero vete: si el tío ó mamá
10

146

Emilia Pardo Bazàn.

se enteran de que estás aquí, ¡qué disgusto....!
—Me alegraría. Así se marcharía de una vez ese
D. Víctor ó don demonio.
— ¿Qué me aconsejas, Pascual? Estoy que no
sé lo que me pasa.
— ¡Aconsejarte! Mira la carta que te traía es­
crita.
Eché mano al bolsillo, y no hay necesidad de
decir que saqué la primera epístola, la que me dic­
tara un arrebato de enojo y celos. Pastora la leyó
rápidamente.
— ¡Ay de mí! — dijo.— Tienes razón; pero, ¡qué
de amarguras, qué de combates se preparan!
Miróla, y á la luz del veloncillo, su rostro cándi­
do y malicioso siempre, me pareció grave, surcado
de huellas de insomnio y de llanto.
—¿Tú me quieres, sí ó no?—le dije.
— Eso no se pregunta. Vete.
—Ahora mismo—respondí apretando sus dedi­
tos, fríos como barras de hielo.
Oyóse en el corredor la voz de doña Fermina,
contenida é impaciente.
— Pastora, ¿tú acabas? — decía.
Temblamos que entrase. Pastora respondió con
apagada voz:
— Voy en seguida, mamá. Estoy concluyendo.
— Pues á ver si despachas, ¿ eh ?
Y voz y pasos se alejaron.
Con la misma cautela que puse al entrar dejé la

Pascual López.

M7

habitación, solicitado por los elocuentes adem anes
con que P astora me señalaba la puerta. No h a ­
blamos otra p alabra, y en breve me hallé lejos de
aquella casa, recorriendo las calles sin dirección
fija. Sentíame á la vez enorgullecido y m alconten­
to, en una de esas situaciones complejas que piden
desahogo. L a ciudad estaba tan reposada y soño­
lienta como inquieto yo. No se oía más que el paso
presuroso de algún tardío transeúnte dirigiéndose
á la cotidiana tertulia, ó el ladrido lejano de algún
perro. E staba la noche entreclara, sin luna, pero
las estrellas bastaban á ilum inarla. Llevado de mis
pensamientos, caminé hacia la Alameda, y una vez
allí seguí la dirección del hermoso paseo de Bóve­
da, más conocido por la H erradura, elevado sem i­
círculo, desde el cual se dom ina, como á vista de
pájaro, Santiago y un extenso anfiteatro de mon­
tañas, destacándose sobre la perspectiva de la ciu­
dad las torres de la catedral, elegantes cúpulas que
rompen la monotonía de las líneas de c a sa s, con­
fundidas entre la oscuridad y distintas únicam ente
por la mancha más som bría del verdor de las
huertas.
R einaba quietud profunda en el lugar, y sólo le­
ve soplo de viento rem edaba en las copas de los ár­
boles voces misteriosas. Dejóme caer en un banco:
ante mí, por entre dos troncos, vi oscilar algunas lu­
ces en la ciudad, y particularm ente en ciertas casas
ya aisladas y próximas á la falda del monte, un gru-

148

Emilia Pardo Bazán.

po de tres lucecitas vagarosas y bailadoras se mo­
vía y cruzaba como si ejecutase fantástico solo de
rigodón. Embocóme en mi capa, porque el frío, en
aquel sitio alto y montuoso, era recio. Las luces
seguían danzando, y he de advertir que los galle­
gos asociamos multitud de ideas supersticiosas á
estas luminarias movedizas y andariegas: razón
por la cual yo miraba algo fascinado los resplan­
dores de las saltarinas luces. De pronto, pegué un
respingo: un hombre estaba sentado, arrimadito á
mí, en el mismo banco, sin que yo supiese cómo ni
cuándo había venido. Quedóme de una pieza. Lo
peregrino del suceso, la hora, el lugar, el silencio y
recogimiento maravillosos, pusieran pavor en el
ánimo más entero y valiente.
Vergüenza me da hoy confesarlo: mas es lo cier­
to que el sobresalto me paralizó, hasta no consen­
tirme echar á correr, ni menos volver y mirar cara
á cara al inesperado acompañante. Así permaneci­
mos unos segundos, en que yo oía distinto y claro
el ruido de las palpitaciones de mi corazón. Mas
subió de punto el temor cuando sentí una mano
que me parecía de descomunal gigante posarse en
mi hombro y una voz pronunciar estas palabras,
bien vulgares y nada alarmantes en sí:
— Tenga usted felices noches, señor de López.
Pegóseme la voz á la laringe, y á impulsos del
mismo susto me incorporé. Pero la voz añadió:
— ¿No me conoce usted?

Pascual López.

149

Sí que le conocía, y conocía aquellos dos negros
huecos en lugar de ojos, que á la indecisa noctur­
na claridad hacían espantable figura. ¡Cosas de la
imaginación! Si miedo tenía antes, cien veces más
miedo me entró desde que vi que el duende lleva­
ba las antiparras de Onarro.
— Buenas... noches...—tartamudeé.
— Siéntese usted—dijo el raro interlocutor asién­
dome de la capa.
Búrlese el que quiera; téngame norabuena por
medroso y apocado y aun por crédulo y simple en
demasía; pero es lo cierto que al sentir que me
agarraban, no se qué estremecimiento, qué horri­
pilación corrió por la raíz de mis cabellos, y con la
celeridad del rayo puse en planta el infalible expe­
diente que sugiere el temor á los más tardos, y to­
mé las de Villadiego, dejando en manos del fantas­
ma la capa que tenía cogida.
En desatada carrera crucé por delante del cuar­
tel, me engolfé en las calles, y no paré hasta la
plaza del Toral. Llegado allí, las iluminadas ven­
tanas del Casino me animaron, y me detuve sin
aliento. Una agudísima sensación de frío vino á
congelar en mi frente el doble sudor de la congoja
y del violento escape. El curso de mis ideas cam­
bió por completo; me repuse, borráronse mis qui­
méricos temores, y comprendí la extensión de mi
necia ridiculez. ¿A qué venía mi exagerada alarma,
mi tontísima fuga? ¿Qué endriago, qué vestiglo,

150

Emilia Pardo Bazán.

qué alma del otro mundo me asaltara? ¿Acaso Ona­
rro no era, como yo, hombre de carne y hueso? Lo
mismo que á mí me diera la humorada de pasear­
me á deshora por el hemiciclo de la Herradura»
¿no podía tenerla el caprichoso y extemporáneo
profesor? ¿Valía el lance la pena de tanto aspa­
viento? ¡Qué burla, qué chacota se me preparaba
si se traslucía mi grande y risible pavura!
Lo que más me apretaba y daba fatiga era el pe­
sar de haber perdido mi capa, fiel compañera de
aventuras estudiantiles, adicta amiga de mis po­
bres huesos, tan propicia á encubrir el mal estado
de mi raído chaquetón, como á cobijar entre sus
pliegues el billetito amoroso de Pastora. Sólo el
que ha sido estudiante en Santiago, comprende el
subido valor de una capa. Heredera directa del
manteo tradicional, la capa establece entre los es­
colares la igualdad, fraternidad y solidaridad más
estrechas. Ante la capa, no hay altos ni bajos, po­
bres ni ricos, no hay sino hermanos. Los estudian­
tes que, como el señorito de la Formoseda, pres­
cinden de la capa, rompen ipso fado el sagrado
vínculo de la unión escolar. Están calificados y
puestos en entredicho: la antipatía general cae so­
bre sus cabezas y viven como hongos, reducidos á
la sociedad de viejos.
La capa forma parte del estudiante: es un órga­
no suyo, es el complemento de su piel: así es que al
hallarme yo sin ella, parecíame que me faltaba algo

Pascual López.

151

íntimo, indispensable para la vida, algo de mi in­
dividuo. Además, me chupaba de frío los dedos.
Mohíno y de mal talante, estúveme largo rato
suspenso entre volver á la Herradura y cobrar mi
capa, ó tocar retreta hacia el hospitalario techo de
doña Verónica. Era yo la viva estatua de la indeci­
sión. Finalmente, vi aparecerse por debajo de los
soportales de la Rúa Nueva dos serenos armados
de sendos chuzos y farolillos: vista que me determ i­
nó á ir en busca de mi casa y cama. Llegué transido
á la posada ; al subir oí el rechinamiento de las bo­
tas nuevas de D. Víctor, que medía á grandes pasos
su sala, y di en el corredor con D. Nemesio, que
llevaba en la diestra una palmatoria, amparando
la luz con la siniestra para que el aire no la extin­
guiese.
—¿A dónde bueno tan deprisa y tan callado?—
me preguntó, mostrando querer entrar conmigo en
mi dormitorio. — ¡Oiga! ¡Viene usted á cuerpo!
¡Pues no está la noche cruel que digam os!
—Voy á recogerme, Sr. D. Nemesio — respondí
con flaca y desmayada voz, mientras daba diente
con diente.
— ¿Está usted enfermo?
—No me siento muy bien.
—¿Quiéreque me quede en su compañía velando?
Disponga usted de mi inutilidad, con franqueza.
—No, no señor, un millón de gracias. En dur­
miendo se me pasará.

152

Emilia Pardo Bazan.

—Traiga usted acá esa mano, hombre...¡ Cáspita,
que fría, parece la mismísima nieve! y el pulso me­
dio loco... Vaya, entre usted en el cuarto y acuéste­
se, que ya que no me quiera de enfermero,le haré
una tacita de mi té. Es excelente, como que me lo
regaló un capitán de barco, un muchacho más ob­
sequioso...
El sacerdote me dejó para volver á pocos mo­
mentos con una estufilla y una tetera, en que en
breve hervía la perfumada infusión. De suyo era
servicial D. Nemesio; pero sospecho que aquella
noche nació su grande caridad para conmigo, de
atribuir mi abatimiento á causas muy diversas de
la ridicula aventura de la capa. Algo escarabajea­
ba en el ánimo de D. Nemesio, algo semejante á
un remordimiento involuntario, que le movió á de­
cirme, al par que echaba en la taza unos terroncitos de azúcar:
—¿No me pregunta usted nada de mi negocia­
ción matrimonial?
—¿Qué quiere usted que le pregunte?
—Pastorcita no estaba hoy buena. Digo, no
sé si sería pretexto para no recibir al preten­
diente.
Volvíme del otro lado sin responder. Tal era el
efecto producido en mi espíritu por los sucesos
nocturnos del paseo de la Herradura , que la grata
noticia de la lealtad de Pastora resbaló sobre mi
pensamiento como gota de agua sobre una super-

Pascual López.

153

ficie de acero bruñido. D. Nemesio renunció á sa­
carme del cuerpo palabra, y servídome que hubo
el té y deseado una apacible noche, fuése. Me dor­
mí al fomento del calorcillo de la cam a, pero me
molestaron pesadillas singulares. La desordenada
é inconsciente actividad de mi cerebro, transfor­
maba lo ocurrido durante el día en fantástica su­
cesión de disolventes cuadros. Soñábame yo arre­
batando á Pastora de las uñas de su furiosa madre,
y huyendo á campo traviesa, montados ambos
amantes en un corcel velocísimo, ella á ancas y yo
gobernando el trotón. De pronto el pescuezo de és­
te se alargaba, se alargaba, convirtiéndose en el
chuzo de un sereno, á cuyo extremo aparecía la ca­
beza, y ésta volviéndose hacia nosotros mostraba
tener ojos humanos, provistos de azules resplande­
cientes antiparras... Otras veces me imaginaba es­
tar con Pastora tam bién, en la apacible estancia
de su casa, á la luz del veloncillo: de pronto veía­
mos entrar á D. Nemesio con la sonrisa en los la­
bios: Pastora daba un chillido, volcábase el velón:
á tientas yo la buscaba para que nos fugásemos
juntos: hallaba por fin un bulto en la oscuridad,
y lo sacaba no sé por dónde á la calle: echábale
encima mi capa, mas ésta se convirtiera en manto
de plomo, como el de los hipócritas de Dante, y yo
no podía manejarla... Después volábamos, volába­
mos, trasponiendo las torres de la Catedral, y siem­
pre en dirección de triángulo de luces que en remo-

154

Emilia Pardo Bazdn.

ta lontananza giraban vertiginosam ente... ¿A qué
contar tanto desatino?
Cuando desperté, bañado en sudor copioso, pu­
de pensar que continuaba el sueño. En efecto, so­
bre mi lecho tendida, yacía mi capa: era la misma,
no cabía dudarlo: harto conocía yo las bandas de
descolorida g rana, el paño parduzco y los broches
de plata figurando conchas de peregrino de aquella
cara prenda... Frotém e los párpados, paseé atóni­
to una m irada por la habitación, y en la silla que
junto á la mesa estaba vi sentado á Onarro, hojean­
do mis pocos libros.

V II

No hay nadie medroso á las doce del día (tratán­
dose de miedo á cosas sobrenaturales). Yo, en
aquel momento, ante el rayo de sol que cruzaba la
vidriera é iba á besar jocundo la caleada pared,
me hallé poseído únicamente de vergüenza terrible,
recordando mi poquedad de ánimo y mi hum illan­
te escapatoria. Onarro estaba allí con su gabán co­
lor nuez, su floja y desaliñada corbata; á su lado,
en la mesilla, reposaban las antiparras; y sus gri­
ses ojos, en mí clavados, se teñían de la benévola
suspicacia que caracteriza las pupilas del gato do-

Pascual López.

155

méstico, tigrecillo siempre receloso y siempre m a­
ligno en su mansedumbre. Onarro fué el que en ta­
bló el coloquio, que yo no supe ni quise.
— Ahí tiene usted su capa — me dijo señalando
con el dedo al irrefragable testimonio de mi co­
bardía.
— Siento mucho que se haya usted moles­
tado...
— ¡Fam oso susto di á usted! Si yo sospechase
que era usted tan... nervioso, jam ás em prendería
conversación con usted en aquel lugar y á aquella
hora.
— ¿H ab rá venido aquí este hombre solam ente
para traerm e la capa y soltarme de paso estas pullitas?—pensaba yo. Y repliqué en voz a lta :— Se­
ñor D. Félix, la imaginación á veces...
— Sí, ya sé yo que la im aginación, cuando pre­
ponderando sobre facultades superiores y envuelta
en las nieblas de la ignorancia... y acaso dom inada
por preocupaciones adquiridas... Y es evidente que
usted es un ignorante. Eso no impide á veces tener
mucho talento. Hoffmann, el inimitable cuentis­
ta, soñaba despierto con trasgos, hechicerías, es­
pectros y apariciones. Y usted puede estar adorna­
do de brillante fantasía, sin que deje de ser un ig­
norante. ¿Verdad que lo es usted?
— E n realidad... me parece que... francamente...
E l respeto y el tem or contenían en mis labios
una respuesta ágria, pero íbame am ostazando tan

156

Emilia Pardo Bazàn.

impertinente discurrir. Onarro se levantó, y en vez
de tomar la puerta tomó su silla y vino á sentarse
á mi lado, casi tocando conmigo, á la cabecera de
la cama.
— No sólo es usted un ignorante— prosiguió —
sino que se le da un comino de serlo.
—A mí... no señor, usted dispense, está usted en
un error.
— Lo dicho. ¿Qué le va á usted ni le viene en
las cuestiones científicas? ¿Qué entiende usted de
achaque de saber? Usted no posee la curiosidad,
ni siquiera la vulgar curiosidad, que incita al estu­
dio. La química, verbigracia, le es á usted, no sólo
indiferente, sino odiosa.
— ¿A qué santo vendrá este maniático á m eter­
se conmigo?—murmuré para mi capote.
— Un ardite se le daría á usted de llegar á la al­
tura de un Dumas ó un Berthelot, ó de quedarse
hecho un zarramplín.
— Señor mío—exclamé yo, creyendo que intere­
saban al éxito de mi carrera y al honor del pabe­
llón unas miajas de farsas y embuste—usted se en­
gaña, y mucho. ¡No gustarme á mí la química!
¡Bueno vá! ¡la química! ¡justamente! ¡y explicada
como usted la explica! ¡oh!
L a cara de limoncillo seco de Onarro adquirió
de improviso formidable seriedad, sus ojos despi­
dieron chispas, y alzándose y asiéndome de una
muñeca que apretó con toda la fuerza de sus dedos

Pascual López.

i57

sutiles y vigorosos como resortes de acero, dijo con
voz contenida, pero enérgica:
—Oiga usted. Atiéndame bien. Yo no vengo
aquí de broma, ni la admito. Exijo de usted la ver­
dad, y usted me la dirá. Tanto peor para usted si
me toma por un juglar ó un loco.
— Rematado—pensé en seguida; pero enmudecí.
Onarro me soltó, y con más reposo:
— Ruego á usted que sea sincero—pronunció mi­
rándome á la cara.— Salga de su boca la verdad,
que por lo demás conozco yo tan bien ó mejor que
usted, por que hace meses que le estudio sin des­
canso, como á un organismo curioso é ignoto. No
soy aquí el profesor ante el discípulo, soy un hom­
bre que necesita de otro hombre. Sea usted leal, y
no le pesará. ¿Usted no tiene la menor vocación
científica, no es eso?
Subyugóme el tono y la manera de hacer la pre­
gunta, y sin fijarme en lo extraño de tal interroga­
torio ni en lo peregrino de mi franqueza, repliqué.
—Ya que usted quiere á toda costa que lo con­
fiese... No, no, señor.
— ¿A usted le causará tedio abrir hasta el libro
de texto?
— Es mi mejor narcótico.
— Más todavía. Usted conoce que en su cabeza
no arraigan ni fructifican las explicaciones que doy
en mi clase ?
— Por un oído me entran y me salen por otro.

15

»

Etnilia Pardo Bazáti.

— ¿Y los experimentos? ¿Le interesan á usted
los experimentos?
— Me parecen un juego de chiquillos.
— No le gustaría á usted sobresalir entre sus
compañeros, por su aplicación, su inteligencia?
—Quisiera tener concluidos ya los años de cur­
so, para hacer una hoguerita con los libros.
—Y á veces, cuando me ve usted en mi puesto,
vulgarizando las grandes verdades de la ciencia,
poniéndolas al alcance de la juventud, echando el
germen de la cultura en aquellas almas... ¿no me
envidia usted con noble envidia? ¿No quisiera us­
ted estar en mi lugar?...
— ¡Tomarme yo tanto trabajo por desbastar al­
cornoques! No en mis días.
Crecía la audacia de mis respuestas, á medida
que el semblante de Onarro se iluminaba con ale­
gre expresión.
— ¿Nunca ha soñado usted, en sus ratos perdi­
dos, con ser una de esas lumbreras del mundo, uno
de esos grandes hombres que ensanchan los límites
del conocimiento humano é interpretan acertada­
mente la obra divina; un Arquímedes, un Newton,
un Leibnitz? ¿No le gustaría á usted que su nom­
bre corriese de boca en boca, y se conservase de
generación en generación, y se esculpiese en már­
moles, y se grabase en bronces, y lo inmortalizase
el arte en gloriosos monumentos?
Onarro estaba en pie, sin duda en las puntas de

Pascual López.

i59

los pies, porque me parecía más alto que de cos­
tumbre ; entre la ceniza de sus pardos ojos brillaba
sobrehumano fuego; tendía con ademán majestuo­
so el diestro brazo, cubierto con la exigua manga
color nuez. Vínoseme á la memoria una estrofa de
Espronceda, poeta muy leído de estudiantes, que
en materia de gusto literario aún suelen estar con
la generación romántica del 30 al 40, y declamé en­
fáticamente:
«Yo, con perdón de la gloria,
mucho más estimaría
vivir en el mundo un día
que cien años en la historia. »

Al pronto temí haberme excedido, porque una
sombra de desagrado y amargura cruzó por el sem­
blante de Onarro. Mas fué un momento. Volvió á
pintarse en él la satisfacción, y dejándose caer de
nuevo en la silla, preguntóme con tono muy diver­
so del que antes empleara:
— ¿Qué desea usted, pues? ¿No tiene usted ideal
de ninguna clase? ¿No aspira usted sino á vegetar
en la oscuridad y la inercia?
— ¡Que si aspiro! ¡Ay señor D. Félix, si yo pu­
diera pedir por esta boca!
— Pida usted, pida usted; ¡quién sabe si será
medida!
— Señor D. Félix, si yo tuviese dinero en abun­
dancia, ¡qué cosas haría! ¡Qué planes me bullen
aquí!

i6o

Emilia Pardo Bazàn.

— ¡Magnífico!—exclamo él levantando el embo­
ce de la sábana y cogiéndome una mano que apre­
tó esta vez con entusiasmo, f casi con ternura.—
¡De modo que es usted codicioso!
— Codicioso precisamente, no; pero desengáñe­
se usted, que lo que hay que ser en el día es rico.
Los pobres significamos tanto como la ultima pa­
labra del Credo: sí, señor D. Félix, somos de peor
condición que los negros de Guinea. ¿Ve usted esa
capa que me ha devuelto? Pues tiene siete años;
se transparenta casi el día por ella, y, sin em bar­
go, al recobrarla me pareció que recuperaba un pe­
dazo del corazón, porque no tengo esperanza algu­
na de poder comprar otra, y anoche me he vuelto
carámbano con su falta. ¿Ve usted esas botas?
Pues á fuerza de betún disimulan su vetustez...
¿Cree usted que si yo tuviera peluconas me que­
braría los cascos en estudiar? ¡A otra puerta! Vida
alegre, ver mundo, gozar de la juventud... ¿Usted
piensa que si yo fuera poderoso aguantaría queme
pusiesen sábanas gordas y remendadas como éstas,
mientras otro en la sala de al lado las gasta de olán
y con randas y encajes? ¿Que me conformaría con
los desperdicios del señorito de la Formoseda, y no
haría venir de Francia pechugas de ángeles relle­
nas de tocinos del cielo? Pero, señor D. Félix, me
aguanto, porque la necesidad tiene cara de hereje.
—¿Las riquezas serían, pues, para usted la dicha
cabal y perfecta? ¿No aspira usted á más?

Pascual López.

1G1

— ¿Y qué más se puede pedir? Salud gasto, mi
novia me quiere, y si no nos casamos, y aun si es
probable que no nos lleguemos á casar en la vida,
la culpa es de los picaros doblones.
— ¿Tiene usted novia? —preguntó Onarro, por
cuyos ojuelos pasaron unos idilios juveniles.
—Sí, señor; pero le ha salido una proporción ri­
quísima, y es fácil que al cabo... Lo que yo digo,
D. Félix: poderoso caballero es don dinero. El que
tiene llave de oro, abre todas las puertas.
Excitado por el prurito de hablar de mi propia
persona, que es cosa en general muy grata, íbame
ya olvidahdo de la extrañeza de aquel diálogo y
de lo inexplicable que era la presencia del profesor
en mi cuarto tanto tiempo. Onarro, como hombre
indeciso, medía el aposento con rápidas pisadas.
Al cabo se detuvo ante mí y mirándome fija­
mente :
—Ya sabía todo eso—me dijo.—Desde que usted
ha puesto el pie en mi clase le estudio, le conozco,
no le pierdo de vista... He probado á usted de mil
maneras, he tratado de excitarle la curiosidad, el
amor propio, la emulación... Nada, nada. Más fácil
sería sacar jugo del mármol que de usted un arran­
que de entusiasmo científico... Me he convencido,
estoy seguro de que para usted, lo que se refiere á
conocimiento, es letra muerta. Usted no miente,
no. Es usted, en realidad, tan extravagante é im­
perfecto como dice.

162

Emilia Pardo Bazíin.

— Tú sí que eres un extravagante —repliqué yo
aparte, por supuesto.
—Al mismo tiempo he tomado informes de usted,
y sé que es usted hombre de bien, capaz de cum­
plir un contrato.
—Eso, sí, señor. Con la leche lo mamé y con la
cristiana enseñanza que me dieron. Me precio de
ello, aunque pobre.
—¿Quiere usted—me dijo solemnemente Onarro
acariciando su barba lampiña y puntiaguda —quie­
re usted ser el hombre más rico de toda Europa?
¿De todo el mundo?
Abrí tamaños ojos. Siempre me pareciera que el
bueno del profesor de química tenía algunas afini­
dades con los habitantes de Orates, Leganés y
otros puntos análogos; pero en aquel instante le
diputé por el mayor y más gracioso demente que
pudiese haber bajo la capa del cielo. Así que res­
pondí con disimulada chunga:
—Me conformo con ser el más rico de Galicia.
—Poco pide usted; ya subirán de punto sus exi­
gencias andando el tiempo. Por lo demás, no he de
ser yo quien tase y limite el caudal de usted, sino
usted mismo.
—Ea pues, Sr. D. Félix—repliqué resuelto á lle­
varle el humor—venga acá ese Perú, lleguen esas
Indias, acérquese esa California, que yo de buena
voluntad y por amor de Dios apencaré con todo
ello. ¿Es billete de lotería? ¿Posee usted algún la-

Pascual López.

163

garto de doble rabo, que con él dibuje en la arena
mojada los números que han de salir? ¿E s tesoro
encantado en el Pico-Sacro, cuyas profundidades
y cuevas visitó usted menudam ente?
— M ocito— repuso D. F élix— ya he dicho que
esto no es asunto de burlas, y espero que mis canas,
cuando no mi carácter de hombre de ciencia, me
den derecho á ser oído con seriedad.
— Perdone usted, pero la proposición es tan h a­
lagüeña...
—Es muy formal y grave. En prueba de lo cual,
usted, como cristiano y católico, va á ju rar ahora
mismo sobre los Santos Evangelios no revelar á
nadie ¿entiende usted? ni á esa novia, el secreto de
la empresa en que he menester su auxilio.
Diciendo y haciendo sacó del bolsillo del gabán
un libro grueso, con cantoneras doradas y encua­
dernación de lujo; abriólo lentam ente, y me señaló
con el dedo la hoja. Pude ver á Jesús Salvador en
una rica viñeta cromolitografiada, y debajo, en ca­
racteres góticos de oro y a z u l, le í: In principio erat
verbum...
—Jure usted—repitió la voz profunda de Onarro.
—P ero—exclamé medio vencido—yo no juro así
sin más ni más, ni sin saber á qué me obligo.
—Se obliga usted únicamente á guardar silen­
cio, á no decir á nadie de este m undo lo que yo le
confíe.
—Si no es más que eso, bien está, me aven-

164

Emilia Pardo Bazán.

go á prometerlo; pero podría usted indicarm e...
—Necesito de usted para una empresa, em presa
en que puede usted hacerse fabulosamente rico,
más que todos los propietarios, banqueros y mo­
narcas de Europa.
— Me conviene — dije contagiado de la fe de
Onarro.
—E s de advertir que arriesga usted la vida.
L a advertencia me resfrió un poco. A despecho
de mis contrariedades financieras y amorosas, m al­
dita la gana que tenía de morirme. No obstante, el
cebo era tentador, yo mozo, estudiante y aven­
turero. E l recelo fué corto.
— No im porta— respondí.
— Tam bién la arriesgo yo — añadió Onarro.
—Eso no me consuela ni pizca, Sr. D. Félix;
pero, en fin, ya que usted dice que con arriesgarla
voy á ser un potentado, vale la pena. Por cosas de
bastante menor monta hay quien se la juega todos
los días.
—E n ese caso es usted mío—dijo Onarro comién­
dome con los ojos.
Y volvió á presentarm e el libro.
—Jure usted, por su fe de cristiano, no revelará
nadie lo que entre usted y yo ocurra. Júrelo usted
por cuanto existe de sagrado en el tiempo y en la
eternidad; júrelo usted por el Dios que nos escucha.
H onda y extraña impresión me sobrecogió. L a
fórmula del juram ento, repetida en actos públicos,

Pascual López.

165

y que con tanta ligereza se profana, parecíame en
aquella ocasión, ante aquel hombre singular y en
tan peregrinas circunstancias, lo que realmente
debe ser: un acto solemnísimo, imponente, reli­
gioso.
— Salte usted de la cama—me dijo Onarro.—J ure
usted con respeto.
Brinqué á tierra, y sin darme razón de lo que
hacía, me arrodillé, puse la mano sobre el sagrado
libro, pronuncié las palabras de ordenanza y besé
la página por el sitio en que los pies del Salvador
se apoyaban en el globo del mundo.
— Bien está—murmuró Onarro lacónicamente.—
Hasta la vista.
Y mostró querer marcharse.
— Eh, Sr. D. Félix, ¡eh!—grité aturdido sin pen­
sar en dejar mi humilde postura.— Mire usted que
yo he jurado; pero si se trata de alguna cosa que...
de alguna acción no buena, vamos... entonces...
Volvióse el sabio desde el umbral, y me dejó ató­
nito con disparar la más larga, alegre y espontánea
carcajada que escuché en mi vida.
— ¡Bonita facha hace usted! — tartamudeó aho­
gándose de risa.— En calzoncillos... con esa cara
de susto... No tenga usted miedo, hombre... no soy
capitán de gavilla, ni monedero falso... ni secues­
trador...
Esta última palabra y el postrer eco de hilaridad
se perdieron en lontananza, porque ya Onarro ba-

i66

Emilia Pardo Bazàn.

jaba la escalera con prisa y agilidad juveniles.
Quedéme yo hecho una estatua, boquiabierto, sin
saber qué me pasaba; pero fué lo bueno que al re­
cobrarme y empezar á traer á la memoria la re­
ciente escena, asaltóme tan irresistible convicción
de que el profesor de química se había querido
divertir conmigo y jugarme una de sus burlas es­
trafalarias, que, sin ser poderoso á contenerme,
viéndome así, en tan raro pergeño y de hinojos,
solté á mi vez el trapo con la mejor gana del mun­
do. Parecíame extraordinariamente cómica la sen­
cillez con que creyera yo todo aquello de las ri­
quezas inmensas, de los tesoros, del peligro de
muerte, la formalidad con que había jurado guar­
dar el secreto de tales sueños y delirios... No
me era posible dejar de considerar los actos de
Onarro como inspirados por un cerebro enfermo ó
por una condición retozona, maliciosa y picaresca.
Y, con todo, la fantasía, abogada perenne de lo
maravilloso, me insinuaba pasito un «¿quién sabe?»
y un «tal vez» que me hacían cavilar... Como el
personaje del conjuro en El diablo en el poder, temía
y deseaba á un tiempo la presencia de Satanás.
Vestíme apresuradamente, recordando que era
hora de asistir á mis diarias clases, y como cruza­
se el corredor, vi abierta de par en par la puerta
del cuarto de D. Nemesio Angulo. Acordéme en­
tonces de la tetera y demás chismes que en mi al­
coba quedaran, y no quise salir sin haber vuelto á

Pascual López.

167

colocarlos en su acostumbrado sitio, sobre la có­
moda del buen clérigo. Volví á mi nido, cogí los
trebejos y me entré sin ceremonia en el domicilio
de D. Nemesio, depositando en su lugar corres­
pondiente cada trasto. Mucho me sorprendió ver
el lugar vacío á aquella hora. L a puertecilla de
escape que comunicaba con las habitaciones del
señorito de la Formoseda se hallaba entreabierta,
y al través de la cortina de drogué que velaba los
cristales se oían los acentos de una gárrula voz,
para mí muy conocida. Todo el mundo es indiscre­
to en determinadas circunstancias: yo me puse á
escuchar.
— Sr. D. Nemesio— decía doña Fermina — no
hay motivo de desesperarse por eso que le han di­
cho á usted. Ella siempre tuvo unas sombritas de
vocación; pero ¡bah! ya se sabe lo que son las vo­
caciones de las muchachas: conforme vienen se
van. Señorito D. Víctor, no se desanime usted ni
se ofenda: la niña no le conoce apenas, que cuando
le conozca, juro yo...
—No, señora—contestaba desapaciblemente don
Víctor—yo no me desanimo, ni... Pero no andemos
con bromas. Si Pastora tiene firme propósito de
tomar el velo, díganmelo de una vez, y salgamos
de dudas. Me están haciendo desempeñar un papel
ridículo.
— ¡Jesús, D. Victorcito! ¡Que sea usted tan vivo
de genio! No, señor de mi alma, no. Mi niña com-

i68

Emilia Pardo Bazàn.

prende muy bien el favor que usted le dispensa
fijándose en ella. ¡Jesús! sí, que es ella tonta ó ciega
para no ver sus prendas de usted. No, pues de boba
no tiene nad a; que lo diga D. Nemesio, que lo
diga.
— ¡Boba! No por cierto; es muy discreta P a sto ­
ra; no le podía faltar esa gracia. Pero Sr. D. Víctor
y señora doña F erm ina, si P astora quiere, en vez
de esposo terrenal, á Jesucristo por dueño perpetuo,
paréceme á mí que eso no es ser boba. Nadie debe
ofenderse porque prefieran á Dios, ni resentirse de
que se aspire á mejor estado.
—Yo no me resentiré; sentirlo es otra cosa. Sólo
quiero saber si esa resolución es fija y term inante.
Ya ven ustedes que si ahora me dicen que P astora
me desaíra por el convento, y luego salimos con
que me deja por algún galán... eso ya me ofendería
en altísimo grado, señores. No soy ningún muñeco
para que se juegue conmigo.
— ¡M adre mía del Amor Hermoso! ¿Qué dijo,
D. Victorcito? ¡Galanes á mi niña, cortejos á mi
P astora! ¡Sí, buena es ella! N o, si no tómenle el
pulso y verán. ¡Señor de la Corticela, galanes! Mire
usted, á puntapiés los tuvo, así Dios me dé buen
siglo y buen año, pero ella, ni esto. D. Nemesio,
dígale á D. Víctor cómo es P astora de recogida y
de...
—Alto ahí, doña Ferm ina — intervino D. N em e­
s io .— P astora puede ser una m uchacha excelente,

Pascual López.

i6g

como de hecho lo es, que yo la fío, y , sin embargo,
tener un galán, con el más limpio propósito.
—¡Vaya, Sr. D. Nemesio, que no posee uno más
honra que la que le quieren dar! Si usted, que es
hace tantos años el confesor de la niña, dice esas
cosas, no sé yo qué quedará para los maldicien­
tes...
—Señora, yo no digo que lo tenga — replicó don
Nemesio, en cuya voz noté por vez primera de su
vida inflexiones coléricas.—Usted está soñando;
lo que yo afirmo es que, aunque lo tuviese, no sería
mancha de judío; y me parece que cuando me ex­
plico así, no lo sacaré de mi cabeza, ni defenderé
cosa que nuestra Santa Religión no autorice. En
esa materia ya no seré tan ignorante que diga una
tontería.
— Hablemos claros—exclamó D. Víctor. — No
quiero dar á ustedes un mal rato, ni contradecir á
usted, señora doña Fermina; pero, francamente,
tampoco me agrada pasar por bobo. Anoche he
recibido un aviso anónimo, en que me advierten
que Pastora tiene novio; que lo tenía ya antes de
conocerme á mí, y que por eso no se avendrá á la
boda. Ya comprenden ustedes que para una perso­
na como yo es un lance altamente humillante este
en que me veo.
— Los anónimos sólo merecen desprecio, señor
D. Víctor —dijo D. Nemesio.
— ¡Ay, D. Victorcito de mi alma!—gritó doña

170

Emilia Pardo Bazán.

Fermina. — ¡ Ay, de qué medios se valen, y cómo
me lo engañan y embaucan las envidiosonas que
se están reconcomiendo de ver la fineza que usted
hace á mi h ija ! ¡ Ay, si yo soltase la sin hueso! ¡Ay,
si no me contuviese la prudencia! D. Victorcito,
mire usted, mire usted á su alrededor y abra los
ojos. Ya se ve, como contaban con que usted les
iba á pedir sus hijas... y las hijas, porque arrastran
un pingajo de seda y llevan mil arrumacos, piensan
que no hay nadie en el mundo que valga más que
ellas... no, pues de alguna sé yo que... pero más
vale callar...
—Mejor, mucho mejor es que usted calle, doña
Ferm ina—exclamó D. Nemesio, cuya benigna con­
dición no fué parte á hacerle llevar en paciencia
las alharacas de la irritada dueña.— Ninguna se­
ñora, ninguna señorita es capaz de lo que usted
malignamente supone. Las personas regulares pro­
ceden como quien son.
—Sin embargo, D. Nemesio — objetó el señorito
de la Formoseda—no va del todo descaminada do­
ña Fermina. Como no he sido mal acogido en mu­
chos sitios... y trato á las familias que tienen hijas
casaderas... Ello es que en todas partes me feste­
jaban, y si hubiera querido elegir, creo que no
me pondrían ceño. De manera que no fuera ex­
traño...
No quise oir más. En dos brincos me planté en
la calle, y con otros dos me puse en la casa de Pas-

Pascual López.

171

tora; necio es quien no se ase del único cabello que
guarnece el mondo colodrillo de la ocasión.
— Niña mía —dije á Pastora, que estaba algo
desmejorada y abatida, y que se admiró al verme
entrar—recibe mi enhorabuena. Eres un diplomá­
tico, que mal año para Bismarck. Esa cabecita es
mucha cabecita.
Fregábame las manos al hablar así, y en señal de
admiración castañeteaba los dedos, sacudiéndolos.
— No sé por qué dirás eso, Pascual —articuló
Pastora alzando hacia mí los ojos, que rodeaba
hondo y amoratado cerco. —Explícamelo, y no
hagas tales extremos y boberías, que no vienen al
caso.
— ¿Pues no he de hacerlos? Me encantó tu labia,
y el enredo que ideaste para salir del apuro.
—¡Enredo! ¿Qué enredo?
— ¡Mujer! ¿Cuál ha de ser? El del monjío.
Arrancó Pastora de lo más hondo de las entra­
ñas un suspiro tiernísimo y doliente, y no me dió
otra respuesta.
— ¿Qué es eso?—exclamé impaciente.—¿Suspi­
raos tenemos? ¿Cuánto va á que sientes haberte
sacudido ese moscón?
—Pascual—pronunció ella volviendo el rostro
hacia los vidrios de la ventana—el moscón eres
tú , y de tí sí que tendré que sacudirme y desemba­
razarme. ¿Crees que no hay sino andar jugando al
escondite con lo del monjío, y aquí tomo y allí dejo?

172

Emilia Pardo Bazán.

Yo no sirvo para esas variaciones. Casarme conti­
go no puedo; con D. Víctor no quiero; seré religio­
sa; y como esto no tiene remedio sino hacerse,
cuanto más pronto dejemos de vernos valdrá más.
¿Tomar á Dios por disculpa y pretexto? ¡bueno
fuera, Pascual! Mucho he meditado en mi destino,
y comprendo que la vocación de mis primeros años
era la mejor. Con pena te abandono, pero ya se
te alcanza...
¡Oh y qué oportunidad se me ofrecía aquí — si
en vez de contar los sucesos de mi verdadera his­
toria estuviese hilvanando entretenida novela,—
de encajar una escena patética y de efecto, en que
yo me arrojase á las plantas de Pastora, y besan­
do la fimbria de su vestido, con muchas lágrimas
le rogase no repitiera la palabra fatal; y ella lucha­
ra consigo misma , hasta que fascinada y mal de su
grado se precipitase en mis brazos; y ambos á dúo,
en tierna actitud, jurásemos bebemos un sutil ve­
neno ó siquiera traspasarnos el corazón con acica­
lada daga, si ya el destino en perseguirnos tenaz,
nos vedase finalmente vivir el uno para el otro!
Mas como á todo antepongo mi escrupulosa vera­
cidad de autobiógrafo, debo, aunque prive á mis
sensibles lectores de un sabroso regalo, declarar
que no pasó nada semejante á tan dramático epi­
sodio. Lo único que hubo (y cuenta que no pongo
ni quito una tilde), fué que yo me llegué á Pastora,
y sin decir palabra, con gentil donaire, le adminis-

Pascual López.

173

tré en el brazo izquierdo un retorcido pellizco; lo
cual le obligó á exhalar un grito y á levantarse con
presteza, empuñando la correa del hábito á guisa
de disciplina; y como viniese á mí con intención
manifiesta de sacudirme algunos zurriagazos, refu­
gióme corriendo en un rincón, desde donde con las
manos juntas, pedí cuartel; mas no logré nada,
pues me zurró en grande, y por mucho que yo chi­
llaba:
— Ea, Pastora, ¡que duele de veras, caramba!
—Mejor; aguárdate, falso — contestaba ella me­
nudeando el mosqueo.
— M ira, Pastorcilla — díjele yo así que hubo sa­
ciado su venganza y quedádose anim ada, encen­
dida y ya medio risueña: — m ira, no me hables de
convento estando yo como estoy, sano y rollizo;
antes espónjate y alégrate, niña, que te anuncio
y mando que voy á ser rico, más rico que Creso,
y á casarme contigo por la posta.
— A fe que te vengas con chanzas. No está la
dama para tafetanes.
— Si hablo formal, mujer. Mírame á la cara.
— ¡Música celestial! Tienes tío en Montevideo,
¿eh? Nunca me lo mentaste.
— No, si no necesito yo tener tíos en Montevideo
ni en Flandes para achinarme. ¡Vaya!
— Pues hijo, ¿qué, van á hacerte ministro?
— No me sacarás otra palabra del cuerpo, sirena
tentadora, taimada Dalila.

174

Emilia Pardo Bazàn.

— B ien, bien. Cuando me enseñes una oncita
ju n ta , te daré crédito. H asta entonces...
Y con la uña del dedo pulgar produjo un chas­
quido expresivo en los dientes.
— Mira que va de veras, Pastora. P repárate á
ser princesa y m illonada.
—Déjate de insulceces y hablem os con seriedad.
No parece sino que nos sobra el tiempo, que así lo
perdemos. Pascual, de veras, he cavilado mucho,
y se me figura que estas dificultades y tropiezos
que encuentran nuestros amores son un aviso claro
de Dios que me dice: «P astora, vas mal por ahí.»
E ntrando yo m onja, se arreglaba todo. Ni mi
pobre tío ni mi m adre podían quejarse ; y tú menos.
Dios me daría fuerzas para ser una buena reli­
giosa.
— Justito. Como no puedo casarm e con mi novio,
me caso con Jesucristo, ¿verdad? Pues vaya una
virtud. N o, señora m ía, otro porvenir más esplén­
dido aguarda á vuestra merced. Arregle de modo
que pase este chubasco, y am anecerá Dios y m e­
draremos.
— Es que tú no sabes lo que me am argan la vida,
mi m adre riñendo y el tío callando. Este, sobre
todo, me da ratos terribles. El nada dice; pero yo
sé leer muy bien en su cara. E s el prim er disgusto
que le causo.
— Pues hija, sigue afirmando que quieres hacer­
te monja. Con eso no se atreverán á desaprobarte;

Pascual López.

175

y yo en breve tendré dinero con que ahogar á cuan­
tos se opongan á nuestros amores.
P astora me colocó las dos manos en los hom ­
bros, y rechazándom e y sujetándome á la vez con
esta cariñosa fam iliaridad, me miró fija un largo
rato. Al fin pronunció, con los tonos más graves de
su voz dulce:
—H onra y provecho no caben en un saco. El di­
nero no llueve del cielo.
— ¿Qué quieres decir?
—¡Yo no sirvo para este mundo! — exclamó de­
jándose caer en la silleta.—Desengáñate, Pascual:
es mejor encerrarse y rezar, que afligir á todos por
casarse contigo. ¿Quién eres tú?
—¡Linda pregunta!—contesté am ostazado.—No
soy un personaje como D. Víctor, pero ¿quién sabe
lo que podrá suceder m añana? — Aunque te rías y
te reburles, puede ser que nade en oro antes de lo
que tú tard as en hacer una novena...
P asto ra se levantó de nuevo, y por uno de aque­
llos cambios frecuentes en las organizaciones deli­
cadas, vi que sonreía y que sus ojos destellaban
malicia. Cogió entre las yem as de los dedos la so­
lapa de mi levitillo, la alzó , y mostrando que abro­
chaba al revés, signo indefectible de que la prenda
había sido económicamente vuelta con lo de dentro
para fuera, me interrogó así:
— Pascualillo, ¿entonces no te pondrás la ropa
con las solapas cam biadas?...

176

Emilia Pardo Bazàn.

VIII

En la vida los sucesos suelen ya precipitarse y
atropellarse con vertiginosa rapidez, ya pararse
flemáticos, sin que nada acelere su andar de tor­
tuga. Esto último me aconteció después del día
memorable en que recibí la visita de Onarro. Tras
de horas tan accidentadas, vino una semana lenta
en que no ocurrió cosa particular. Asistí á clase,
y Onarro no dió leves indicios de acordarse de la
historia de la capa y de sus consecuencias. Mis
compañeros continuaron comentando mi sabiduría,
que andaba tan oculta, y á la vez la entrevista de
Onarro conmigo, que averiguaron no se por qué
medios, y que atribuyeron, como era de esperar,
á graves disquisiciones y diálogos científicos de la
mayor importancia. Por lo común, ninguno de los
embustes que ruedan por las bocas del vulgo deja
de fundar su origen en un dato cierto; solamente
que es mejor carecer de datos que tenerlos y ser­
virse mal de ellos. Existe un fondo de verdad en
toda fábula, mas el hecho real llega á desaparecer
por completo ó quedar soterrado bajo el mito.
Por lo que respecta á Pastora, no pude pescar
otro momento en que la dejase sola su Argos. Por

Pascual López.

177

D. Nemesio supe que continuaba hablando de mon­
jío: lo que achaqué á disimulo y destreza. Mas no
servían de nada las moratorias, dado el carácter
del porfiado pretendiente que Pastora se ganara.
Al pedir D. Víctor á la sobrina del canónigo, pensó
ser llevado en palmas y entrar bajo arcos triunfales
por la puerta del matrimonio; y así los velos del
orgullo le encubrían la desigualdad del enlace. Mas
al advertir que lejos de ser acogido con halago y
de encontrar francos los caminos, le era forzoso
rogar y esperar y temer, experimentó primero un
asombro sin límites, después una ira sin freno. En
sum a, él se halló humilladísimo, y desde el mismo
punto se volviera atrás de lo dicho, y deshiciera el
nudo, á no parecerle que cejar así era peor y más
vergonzosa derrota. Entonces su amor propio re­
sentido le dictó una resolución irrevocable como
todas las que toman hombres de su temple: que no
sin razón se ha dicho que la terca firmeza es virtud
de necios. Fuese, pues, una mañana con D. N e­
mesio á casa de D. Vicente, y llamando á cónclave
á misia Fermina, manifestó sin rodeos á todos que
ó Pastora se determinaba á darle un sí claro, explí­
cito y redondo en el plazo improrrogable de ocho
días, sin que entre el sí y la ida á la iglesia me­
diasen más de veinticuatro horas, ó tuviesen en­
tendido que se rompía y desataba todo proyecto
matrimonial. Al proponer esta última tregua, es­
taba D. Víctor pensando entre sí que, de desairarle
12

178

Emilia Pardo Bazán.

aquella m odesta muchachilla, no le qued a b a otro
arbitrio p a ra ocultar el bochorno sino salirse de
S antiago por siempre jam ás amén. D oña F e r m in a
puso el grito en el cielo, protestando que eso era
forzar las cosas; que puesto que la niña iba fiján­
dose cada día más en las singulares prendas del
señorito de la F o rm o se d a , todavía no era posible,
ni aun decoroso, que en tan corto tiempo le corres­
pondiese y pagase con la debida vehemencia. Don
Nemesio se limitó á aconsejar á D. Víctor p r o c u ­
rase insinuarse por suaves medios con P a sto ra , lo
cual era muy hacedero para un joven de dotes tan
relevantes. E n cuanto al canónigo, oyó con gran
reposo la arenga del mancebo, haciendo señales de
asentimiento á cada uno de sus períodos; y así que
todos hubieron ha b la d o , levantóse trabajosam ente
del sillón, en que más y más le crucificaba la gota,
y dando una palm ada en el hombro de D. Víctor:
—Tiene usted razón de sobra—le dijo.— Cuanto
ha alegado usted está dentro de los límites de las
exigencias más justas. Déjelo usted de mi cuenta,
que yo le prometo que al plazo señalado sabrá usted
á qué atenerse, y no me le entretendrán con disculpillas de mal pagador. B asta mi palabra.
E n efecto, cumpliendo la oferta hecha al seño­
rito, llamó más adelante el canónigo á P a sto ra á
su cuarto, sin testigos, y pasó con ella una plática
cuyos resultados conoceremos á su tiempo.
No supe yo entonces la circunstancia de la inti-

Pascual López.

i

179

mación de D. Víctor, que acabo de narrar. Faltá­
bame todo medio de comunicarme con Pastora,
pues hasta la estratagema de las cartas en la capa
se hiciera imposible, atendido que D. Vicente me
recibió un día con serio sem blante, frunciendo sus
temerosas cejas, visto lo cual no me arriesgué á re­
petir la visita.
Andaba yo, pues, del peor talante posible, y
entre tantas dificultades y pequeños tropiezos no
se apartaba de mi mente el recuerdo de la extraña
entrevista con Onarro. ¿ Sería verdad que aquel
hombre poseía medios para enriquecerme? A veces
esta idea se me presentaba posible, verosímil, in­
mediata. Otras pensaba en el invariable y raído
gabán color nuez del sabio, y á mandíbula batien­
te me reía de mí mismo. Sin embargo, aquella qui­
mérica esperanza no se separaba de mí. Rumores
misteriosos, repetidos y comentados y engrosados
en las bocas de todo el mundo, estimulaban mi
fantasía. Con mayor insistencia que nunca, afirmá­
base que el profesor de química andaba dado á
buscar la piedra filosofal. Aun se susurraba que
Onarro tenía sus puntas y ribetes de mágico, y que
aderezaba filtros, bebedizos y elixires peregrinos
y de extrañas propiedades; con aquello de mudar
las piedras en oro, hacer retoñar un verde y flori­
do jardín en el mes de diciembre, y otras patrañas
del mismo jaez, dignas del tiempo de la alquimia,
pero creídas del vulgo en todo tiempo. Nadie mejor

180

Emilia Pardo Bazán.

que yo pudiera dar valor y fuerza á tales voces, con­
ta n d o las raras ofertas del profesor, que tal saborcilio tenían de pacto diabólico: pero me g u a r d é
bien de descoser la boc^, diputando por cha n z a y
fábula todo ello.
Al mismo tiempo la ilusión, agitando mi espíritu,
me movía á anhelar secretamente fuese real alguna
de las soñadas perspectivas. Yo no d e ja b a de figu­
rarm e que bien podía la química tener algo de b r u ­
jería. Mis conocimientos no llegaran h a sta d istin ­
guir los fenómenos naturales de los portentos de la
magia. Por intuición se me a ntojaba que las g e n ­
tes decían en ese respecto mil desatinos; pero c a r e ­
ciendo de la racional seguridad con que el sabio
calcula, vagas aprensiones me im pelían á pensar
como las gentes. A medida que p a sa b a n días, a d ­
quiría cuerpo en mi ánimo el terror y atractivo
de lo sobrenatural. No era posible defenderme. A
deshora de la noche pensaba en O n a rro , en sus
fantásticas prom esas, y juntándose todo ello con
los dicharachos y consejas del público, allá en mi
interior se organizaba un ejército de necedades.
Juzgue, pues, el lector compasivo, de la im p r e ­
sión que experim entaría yo cuando u na m a ñ a n a ,
al concluirse la cátedra y desfilar los estudiantes,
me llamó O narro con una leve s e ñ a , é inclinándose
hacia mi oído, pronunció esta frase, im p regnada
de misterio y novelescamente concisa:
— E sta noche, en mi casa, á las diez.

Pascual López.

181

No pude responder sino bajando la cabeza en
muestra de asentimiento, mientras Onarro, por
cuya boca irónicamente plegada vi resbalar una
enigmática sonrisa, se levantaba y salía de la clase
con ambas manos forradas en los bolsillos del in­
definible gabán.
¡Si pasaría yo preocupado é inquieto las cuantas
horas que mediaron entre el aviso y la de la cita!
Donde quiera que me sentase, punzábanme alfile­
res, y ortigas me picaban. El tiempo se me anto­
jaba unas veces corcel alígero, y otras caracol pel­
mazo. No quise comer apenas, pues una especie
de calentura y tensión nerviosa acallaba las voces,
sonoras de ordinario, de mi estómago juvenil. Dis­
traído y atortolado, respondía con troncas pala­
bras á los obsequios empalagosos de doña Verónica
y á la acostumbrada afabilidad de D. Nemesio,
que acertó aquel día á acompañarme á la mesa.
Yo, hecho un azogue, continuamente me asomaba
á la ventana, cual si por ella hubiese de ver algo
para mí muy importante. En fin, estaba tan alte­
rado, que derramé el agua por la servilleta y al
echar á D. Nemesio garbanzos con ¿1 cucharón,
se los sembré en la sotana.
Fuese yendo el día, y viniendo la noche, no en
verdad negra, caliginosa y relam pagueante, como
conviene á escenas de aquellarre y á diablerías,
sino apacible, clara, magnífica, que ni soñada para
coloquios de amor. La lu na, á la sazón en su zénit,

182

Emilia Pardo Bazàn.

derramaba suaves olas de luz sobre la austera ciu­
dad sumida en silencio. Vaporosa lumbre y pro­
funda sombra contrastaban en las calles. Me em­
bocé en la capa, y emprendí el camino de la casa
del sabio.
Habitaba Onarro en uno de esos caserones vas­
tos y semi-monumentales que abundan en los pue­
blos ya decadentes como Santiago. Vivienda ayer
de ilustre familia, que dejó la residencia de pro­
vincia para irse tras del bullicio y gala de la corte,
el casi palacio va mustiándose y ajándose: la po­
lilla roe las maderas, la humedad amortigua y des­
cascara las pinturas, la lepra verdosa del musgo
invade los escudos heráldicos y las piedras de la
fachada, los cristales se rompen uno tras otro, y
entonces sus dueños se resignan á alquilar el edi­
ficio á un precio siempre más módico que el de los
angostos pisos modernos, porque la misma gran­
deza y anchura del local hace que no poseyendo
ningún inquilino muebles suficientes para alhajar­
lo, parezca un cuartel ó un hospital robado y la
desnudez patentice las lacras y arrugas de la an­
cianidad.
El caserón que Onarro tomara en arriendo me­
diante una suma nada crecida — y en que se go­
bernaba sin otra compañía que la de una criada
entradita en años— era de lo más ruinoso y triste
que imaginarse pudiera. Aumentaban al exterior
su aspecto tétrico unas fuertes y gruesas rejas, co-

Pascual López.

183

midas de orín, y tapizadas de venerables telarañas,
claro indicio del tiempo que hacía que ninguna her­
mosa á las ventanas se acercara, prestando oído á
alegre serenata estudiantil.
Así de la aldaba de hierro, figura de monstruo­
so dragón, que más parecía despedir que convidar
á la entrada, y sacudí tres vigorosos aldabonazos.
Rechinaron con desapacible estridor los cerrojos,
gimieron los recios goznes, y apareció la vejezuela
criada, con un velón en la mano; y á fe que juzgué
que sólo le faltaba la untura para volar por los
aires como las Camachas y Montillas, tal era de
chupada, sumida y pergaminosa, y tanto acusaba
los planos, líneas y sinuosidades de su esqueletado
rostro aquella rojiza luz. La clara y fría de la luna
me mostró allá en el fondo un patio ó claustro, con
arcos y columnas, en cuya balaustrada superior,
calada como encaje, descollaba de trecho en trecho
un escudo de armas rematando en casco ó cimera.
A la izquierda se enroscaba carcomida escalinata,
que ascendí precedido por la Marizápalos.
Hízome cruzar varios pasillos y habitaciones,
frías y sin muebles, en que nuestras pisadas retum ­
baban con eco solemne y lúgubre, y señalándome
al extremo de un gran salón, en que las paredes
lucían aún pálidas cenefas y descoloridos frisos al
temple, una puerta, bajo la cual se filtraba una
línea luminosa, me dijo con voz de catarro, mos­
trando la traspillada dentadura:

184

Emilia Pardo Bazdn.

—Puede pasar si gusta.
Y se alejó con su velón.
Confieso que me quedé indeciso un punto. No
las tenía todas conmigo, como suele decirse. Al fin
herí blandamente con los nudillos las hojas de la
puerta, y éstas cedieron sin otro esfuerzo á tan leve
presión, abriéndose cual por arte de birlibirloque.
El espectáculo que se ofreció á mi vista turbada,
me dejó cosido al umbral. No conocía yo entonces
por cierto ninguna de las obras maestras de la
literatura demonológico fantástico-transcendental,
tan en boga actualmente; no había visto Fausto, ni
Roberto el Diablo, ni siquiera leído el Mágico prodigio­
so, de nuestro admirable Calderón; ignoraba total­
mente las formas, disfraces y tipos que gusta de
adoptar Luzbel para hacer á mansalva sus picardigüelas y bellaquerías por acá abajo: y con todo
eso, corrió por mis venas terrible escalofrío, y á te­
ner ánimos, no parara hasta la calle, cuando vi á
Onarro vestido con larga hopalanda de color rojo
de sangre, destacándose sobre un horno ó brasero
de ardientes y movibles llamas, y sosteniendo en
la mano diestra un pajarraco enorme, sin duda
buho ó mochuelo, que al verme exhaló ronco y am e­
nazador graznido. Flaqueáronme las piernas y se
me pusieron de punta los cabellos... ¡Lo que es la
imaginación! Sobre que después de media hora de
estar sentado cerca del profesor de química, y de
haber palpado la rara hopalanda, que no era sino

Pascual López.

185

abrigada bata de tartán, y de calentarme á la ho*
güera misteriosa, que era excelente chimenea in­
glesa en que ardía razonable cantidad de cok, y
de oir al supuesto buho—un loro muy sin vergüen­
za—llamarme cobarrrde y borrrrviiico, aún me tem­
blaban las carnes, y aún me corría sudor desde la
raíz del pelo!
Onarro, que casi á viva fuerza me arrastrara al
interior del gabinete, sentándome poco menos que
como á un niño en la butaca, había sacado de una
alhacenita una botella, un vaso y dos ó tres bizco­
chos, y escanciándome un Jerez aromático, de co­
lor de caramelo, obligóme á beberlo para que me
repusiese y sosegara. Avergonzado yo de la sátira
fina y sútil que se contenía en tales cuidados y mi­
mos, permanecí como un doctrino, sin saber qué
rostro poner. Sentóse Onarro fronterizo á mí, y la
claridad intermitente del fuego, alumbrando á tre­
chos su cara, la hacía aparecer más sarcástica, agu­
da y burlona que de ordinario.
— Viendo estoy—me dijo sin apartar de mí sus
ojos, no velados entonces por los azules espejuelos
—que no va usted á servirme para lo que yo le he
menester. Es usted medrosico é impresionable, tie­
ne usted fibras de azúcar cande, y yo le he adver­
tido, y mi conciencia me manda se lo repita, que
hay peligro de muerte.
— Ya he respondido que eso no me arredra, ni
me se da de ello un bledo—contesté con intrepidez

186

Emilia Pardo Bazán.

aumentada por las cosquillas del generoso licor y
el grato fomento de la lumbre.
— Sin embargo; como lia mostrado usted así...
cierta vacilación y parálisis repentina...
— Señor, le seré á usted franco; lo que á mí me
asusta son ciertas cosas que... vamos, serán niñe­
rías y simplezas, pero no puedo remediar el temor
que me causan. Montañés nací, y criéme entre mil
cuentos de asombro; allí, en las noches sin luna,
vemos pasar con sus antorchas sepulcrales la mis­
teriosa procesión de la Compaña; allí los fuegos fátuos del cementerio, cuyo origen nos explicó usted
el otro día en clase, se consideran almas de di­
funtos que vagan entre la niebla, y, realmente, co­
mo tienen aquella maldita gracia de correr detrás
del que escapa y de huir del que los sigue... En
fin, no se hable más del asunto, que de día me pon­
dré yo con el mismo Bernardo de Carpió. No re­
trocedo ante ese peligro que usted dice.
— Yo cumplo con un deber al declarar á usted
que lo hay, y muy grande. Importa que usted se
penetre de ello, á fin de que disponga y ordene sus
negocios temporales y espirituales, no sea que el
lance le coja desprevenido.
— ¿H a de ser el peligro de tal especie que á na­
da dé lugar?—pregunté yo un poco menos decidido.
— A nada.
— Según eso, ¿puedo morir de repente?
— Como herido del rayo.

Pascual López.

187

— ¡ Z a m b o m b a ! — pensé para mis adentos — ¡y
qué serio lo dice el condenado! E sto tiene tra z a de
ser una verdad como un templo. No faltaría más
sino que al enfrascarme en tal a ventura corriese
yo el riesgo que me están anunciando, y á la vez
me saliese vana y huera la perspectiva de los m i­
llones y los tesoros. ¿Quién me mete á mí en libros
de caballería? N o, lo que es sin ciertas aclaracio­
nes previas no va el hijo de mi padre á ponerse á
morir así, sin tener ni aun tiempo de decir oste ni
moste.
— Parece que se ha quedado usted pensativo—
advirtió incisivamente el profesor.
— El caso no es para menos, señor D. F élix—
repliqué acariciándome maquinalm ente la barbilla.
—No se figure usted que experimento lo que en ri­
gor se llama miedo, no, en verdad, pero digo...
— Dice usted...
— Digo que la vida no es grano de anís p a ra j u ­
garla contra promesas y esperanzas que, así yo
medre, no sé en qué puedan fundarse.
— Razón tiene usted —repuso O narro con mucho
sosiego—y con efecto, ya me guardaría yo bien de
poner en punto de perderse su vida de usted ni la
mía propia, á no contar con un sesenta por ciento
de probabilidades de venturoso éxito.
—¿U ste d c re e ? —contesté no muy persuadido.
— N o creo. E stoy seguro de que de cien veces
sesenta...

188

Emilia Pardo Bazhn.

— Bien, señor D. Félix: yo abrigo gran confian­
za en usted y en su saber; vaya si la abrigo; pero
en puridad, si usted quisiera indicarme así... algo
de lo que... en fin... P orque si usted me explicase
un poquito de lo que vamos á hacer, y yo compren­
diera que no faltan esas probabilidades que usted
dice, arrostraría con gusto todos los peligros que
sobrevenir pudiesen.
Rióse O narro al oirme, y abriendo con una llavecita un secreter ó papelera situado en el ángulo de
la habitación sacó un grueso rollo de papeles, que
me puso sobre las rodillas. Miré y vi que las p á g i­
nas estaban g a rra p a tea d a s en todos sentidos de
fórmulas químicas y algebráicas. Viendo el profe­
sor que )'o perm anecía confuso y sin saber qué d e ­
cir, me tomó de la mano, y sacándome del gabine­
te por una puerta lateral, me hizo atravesar p a si­
llos, hasta que llegamos á una pieza estrecha y
a bovedada, que daba señales de haber sido o ra to ­
rio, pues aún se conocía el lugar en que estuvo el
ara santa, y se divisaba en la pared el negro hueco
del nicho que contuvo la imagen. U na lámpara
mortecina alum braba el sitio, y en el centro había
una larga mesa: por los muros corrían anchos e s­
tantes, y estantes y mesa soportaban la carga de
aparatos, máquinas y pilas de mil formas y dim en­
siones, y botes y frascos de diversísimas figuras:
todo lo cual no sabré yo detallar por menudo así
me asaeteen, puesto que si alguno de aquellos ins-

Pascual López.

189

trunientos más vulgares, como microscopios, espectróscopos, campanas pneumáticas, los conocía
de haberlos visto emplear para experimentos, ó para
describir sus efectos en clase, la mayor parte de los
que allí se veían, tubos, placas, cilindros, hélices,
discos, cubos, galvanómetros, giróscopos, cápsulas
y matraces, eran para mí tan ignotos como las le­
tras del alfabeto chino. Volvióse Onarro hacia mí,
y me preguntó festivamente:
— ¿Qué saca usted en limpio?
— Nada— respondí, contentándome con pasear
mis espantados ojos por la revuelta prendería del
lúgubre laboratorio. A la luz opaca de la lámpara,
los cristales y bronces, limpios como el oro, arro­
jaban fugitivos y misteriosos destellos, y las silue­
tas de las extrañas máquinas se dibujaban sobre la
pared caleada como animales monstruosos y gro­
tescos. Entonces Onarro me habló:
— Ya se lo he dicho á usted: este es un contrato
celebrado para Ínter nos, y que usted selló con so­
lemne juramento. En tal asociación y pacto, usted
representa para mí lo que cualquiera de esos apa­
ratos que ve usted alineados en los estantes: mero
instrumento y nada más. Para usted que no aspira
en modo alguno á la gloria, á la celebridad, á los
grandes descubrimientos, para usted la riqueza, los
montones de oro, única recompensa y salario que
exije por el peligro que arrostra. ¡ Para mí el honor
eterno, el rastro de luz en la historia, la inmorta-

190

Emilia Pardo Bazán.

lid ad ! ¡U sted es la m ateria, la m ateria inerte y p a­
siva; yo soy la fuerza, la idea, la actividad, el
genio!
L os hombres de convicción la comunican por
irresistible manera. L a fogosa perorata de Onarro,
si bien en ciertos respectos no muy lisonjera para
mí, fué bastante para amenguar mis recelos é in­
fundirme aliento, haciendo que aquella empresa,
de la cual no sabía una palabra, se me ofreciera
con risueño aspecto. Sin embargo, sucedíame lo que
á todo ig n o ran te; y era que se me figuraba que si
Onarro me exponía sucintam ente sus planes, desde
luego iba yo á entender muy bien hasta qué punto
eran realizables y positiva la ganancia que brinda­
ban. Así fué que, sacudiendo la cabeza, como aquel
que no quiere darse por convencido, repliqué:
— Sin duda, señor D. Félix, usted ha de ser aquí
el hombre célebre, y yo el zascandil que se satisfa­
ce con llegar á archi-millonario; pero con todo eso
diera un ojo de la cara porque usted me indicase
algo de en qué consiste ese nuevo vellocino de oro.
Aunque m ateria inerte, confieso que me punza la
curiosidad; y si por malos de nuestros pecados sa­
liese frustrado el ensayo, y en un decir Jesús nos
fuésemos al otro m undo, no m archaría tranquilo
ignorando por qué causa ó por qué efecto nos des­
pedimos de éste.
—¿De suerte que á toda costa quiere usted sa­
ber en qué se ha metido?

Pascual López.

191

—Sí señor. Al menos ese consuelo tendré.
Echó Onarro á andar de nuevo hacia el gabine­
te y tumbóse en la poltrona mirándome de hito en
hito. En la diestra empuñaba las tenazas de la
chimenea, removiendo ó atizando de tiempo en
tiempo los inflamados carbones. Así permaneci­
mos unos minutos; él caviloso y sin descoser la
boca, yo sin atreverme á despegar los labios ni á
respirar casi.
Al fin rompió el silencio el profesor preguntán­
dome con aparente descuido:
— ¿No ha oído usted por ahí comentar algo de
lo que he venido á hacer á este pueblo? Aunque yo
no estoy muy al corriente de cuanto se murmura
y charla, las habladurías de la criada me han re­
velado que la gente fisgonea mis pensamientos,
palabras y obras. ¿Qué ha entreoído usted en los
corrillos ?
—A Roma por todo, — pensé: — cuando lo pre­
gunta, querrá saberlo. Señor D. Félix — dije en
voz alta, — usted es una persona tan ilustrada, que
de fijo no se ofende porque le sea franco y sincero.
—Al contrario. Exijo , reclamo de usted ambas
cosas: franqueza y sinceridad.
—Pues señor, las personas instruidas, la gente
formal, piensa generalmente que usted está aquí
ejerciendo su cátedra y dedicándose... pues... á es­
tudiar mucho; y á hacerse más sabio de lo que es
aún, y acaso á algún descubrimiento ó mejora,

192

Emilia Pardo Bazán.

vamos, de eso de química ó de física. Pero el vul­
go... ¡ya ve usted! como siempre explica las cosas
de la manera más extraordinaria y más imposible...
ha dado en decir que es usted brujo, que tiene pac­
to con Lucifer, que anda usted buscando la piedra
filosofal... Y no crea usted: aun personas inteligen­
tes y graves, ó que por su profesión y doctrina de­
bieran serlo, no andan exentas de cierta sospecha
y escozorcillo. Por supuesto que yo no he creído
nunca una palabra de tales invenciones.
Diciendo iba esto con aire de persona muy ex­
perta, y guiñando á la vez un ojo, sin acordarme
de que poco tiempo hacía confesara mi supersti­
cioso temor á duendes, á apariciones, á todo lo ex­
tra-natural. Pero en aquel instante gustábame d ar­
me barniz de espíritu fuerte.
—¿Con que usted no creyó nada de eso? — inte­
rrogó Onarro.
—Nada, no señor. ¡Tales dislates! Me río y me
burlo y hago chacota de todos cuantos me tocan
esa conversación.
—Bien ; usted no lo creyó. Y dígame por su vida:
¿qué entiende usted por buscar la piedra filosofal?
—Yo le diré á usted... He oído muchísimo de
eso: pero de seguro que ahora no me acordaré y
no podré explicarlo con sus pelos y señales... Me
parece, si no me engaño, que es que allá hace mu­
chísimos años había unos hombres que se pasaban
la vida estudiando y devanándose los sesos y que-

Pascual López.

193

mándose las cejas, revolviendo librotes de conju­
ros, exorcismos y fórmulas mágicas, derritiendo
ingredientes y m etales en retortas y alam biques,
para conseguir fabricar una cosa, un guijarro ó
unos polvos, que llam aban piedvci filosofal... E n re­
sum en, que con aquella piedra curaban todos los
males, y alargaban la vida, y remozaban á los vie­
jos, y las peladillas de arroyo las trocaban en oro
purísim o... Mire usted, aun el maestro de escuela
de un lugar cerca de mi casa, anduvo, por más se­
ñas, discurriendo cinco años en cómo se haría la tal
piedra, y qué especies y condimentos se han m e­
nester para sazonarla: unos librotes antiguos que
heredó de la biblioteca de un tío cura le sorbieron
el seso hasta tal punto, que al cabo de los cinco
años no halló la piedra, pero sí una celda en un
manicomio, donde muy á su sabor continúa con
sus investigaciones. Ello dicen que la dichosa p ie­
d ra, no obstante andar tan buscada, no pudo en ­
contrarse; ó que si alguno dió con ella, se fué con
el secreto al otro barrio.
Oyó Onarro mi docta aclaración, atendiéndom e
mucho y sin perder sílaba; y cuando hube term i­
nado, lentam ente, pero con energía me preguntó:
—Y dadas tales premisas, ¿se puede saber por
qué califica usted de patraña el que yo me consa­
grase á encontrar lo que tantos hombres em inen­
tes de la E d ad Media han pedido á sus vigilias y
afanes?
13

194

Emilia Pardo Bazán.

—¡Ciertos son los toros! — pensé afligido para
mis adentros.—¡No tiene cabal el juicio! ¡Eran
verdad las mentiras que se contaban!
— ¿En qué se funda usted— prosiguió Onarro
con la voz de acero, penetrante y clara, que en
ciertos momentos ten ía,— para relegar á la región
de los sueños y de los imposibles un descubrimien­
to tras el cual anduvieron constantemente los al­
quimistas, gente al cabo estudiosísima y familiari­
zada con los misterios de la naturaleza, por espa­
cio de tantos siglos; falange donde cada uno valía
tanto como usted y todos juntos más que usted? A
ver, ¿tiene usted alguna razón seria, verdadera, para
negar a priori la posibilidad de la piedra filosofal?
—¿Qué razón he de tener, pecador de mí? — re­
pliqué humildemente. ¿No sabe usted, señor don
Félix, que así entiendo yo de estas cosas como de
estañar calderos?
•— Pues, amigo—repuso el singular interlocutor
mudando tono,—es lo bueno que sin entender, ha
acertado usted en algo, en mucha parte. Su instin­
to, en cierto respecto, le ha servido de infalible
guía.
— ¡Ya lo dije yo! Eso de fabricar un elixir con
el cual en un periquete se vuelva muchacho el
mismísimo Matusalén!, tendría bemoles!
— Es un sueño calenturiento.
—¡Y eso de curar todos los males como por en­
salmo!

Pascual López.

195

—Delirio.
—¡Y evitar la muerte y quedarse como el Judío
errante!
—Quimera.
—¡Pues digo lo de trocar las chinas de la calle
en monedas de cinco duros! ¡ni Jauja!
—Alto, amigo. No se exprese usted con tan ma­
gistral desdén. Cuidadito.
—¿Cómo, señor don Félix? ¿qué dice usted?
—Digo que se guarde de declarar imposibles co­
sas que, acaso, cuando menos se percate, hallará
realizadas.
—¿Habla usted formal, señor don Félix?—grité
yo saltando en la butaca y mirándole atónito, pre­
sa de emoción vivísima y temeroso de alguna nue­
va ironía que me cortase el paso.
—No gasto chanzas de ninguna clase.
—Perdóneme usted que me impresione, que
dude... porque es tan inaudito, tan admirable, tan
increíble ese supuesto...
—¿Se le despierta á usted la curiosidad cientí­
fica? Malo, malísimo. Yo le he elegido á usted y
he puesto en usted mis miras, porque me pareció
un costal de paja, incapaz de soñar nunca en apro­
piarse ni la centava parte de la gloria que me co­
rresponde; si ahora salimos con que es usted racio­
nal y pensador, y con que pueden conmoverle á
usted estas cosas, mal negocio.
—Señor don Félix, no crea usted que es la par-

ig6

Emilia Pardo Bazàn.

te científica lo que á mí me llama la atención, y
me entusiasma y arrebata: no señor; lo que me
hace á mí tilín son los millones, ¡qué digo millo­
nes! los billones y cuatrillones y sextillones que
puede adquirir un hombre que tenga la habilidad
que usted dice de volver las losas en barras de oro!
Mire usted que de esa manera se podía uno hacer
en menos que canta un gallo una rentita... vaya,
me quedaré corto... así, de unos trescientos mil
pesos diarios, que vienen á ser por hora...
Y me puse á contar por los dedos. Onarro ca­
llaba.
—¡Qué barbaridad!—continué sin saber mode­
rar mi exaltación: — ¡qué barbaridad! ¡qué cosas
se podían hacer con tanto dinero! En primer lu­
gar, ensanchar todas las calles de Santiago, que
buena falta les hace, y suprimirles los baches, que
no tienen pocos... Convidar á comer á todos los es­
tudiantes de leyes, de medicina y del Seminario,
y darles Champagne á discreción por espacio de
una semana... cubrir de cristales la Ruanueva y la
Alameda, para pasear á pie enjuto... Y ahora que
está vacante el trono de España, con meterles un
mal millón en la mano á cada alcalde, y dos ó tres á
cada coronel, y diez ó quince á cada capitán gene­
ral ó gobernador de provincia, y un billoncejo ó dos
á los miembros del Gobierno provisional, sería uno
rey sin efusión de sangre y con inmenso entusias­
mo... ¡Figúrese usted! Pero usted, señor don Félix,

Pascual López.

197

no debe tener vocación de m onarca, según me es­
cucha cabizbajo.
—Estoy pensando, —contestó el sabio sin levan­
tar la cabeza—que en vista de las tonterías que le
sugiere á usted la perspectiva sola de tener oro á
discreción, quizá voy á obrar mal y á contraer res­
ponsabilidad gravísima si se lo proporciono.
—De suerte...—murmuré conmovido y temblan­
do y sin atender á contestar acorde, —que usted
cree firmemente que es posible hacer oro de las
piedras... ¿Esa es... pues... la empresa que vamos
á acometer juntos?
— No, señor.
— ¡No!—exclamé más frío que la nieve.
— No, nuestra empresa será menos difícil.
—Yo creí... ¡Vamos, ya me parecía á mí que eso
no era posible! porque al fin el oro es oro, y las
piedras... piedras.
— No cabe duda... pero mire usted, bien pudiera
suceder que... Aunque me parece difícil que en su
caletre de usted se abran camino mis explicacio­
nes... haré una prueba. Yo tengo el dón de clari­
dad. ¿Sabe usted de qué está compuesto el univer­
so físico?
—Pues claro está... de los cuatro elementos, aire,
fuego, agua y...
— ¡Y... y explique usted para esto!— gritó Ona­
rro.—¿Qué, ha olvidado usted una cosa tan senci­
llísima, que le enseñé mil veces en clase? Le hacía,

198

Emilia Pardo Bazàn.

en verdad, torpe y desmemoriado; pero no hasta
ese punto inverosímil. Recordará usted que les dije
que la química ha reconocido actualmente hasta
sesenta y cinco cuerpos ó sustancias simples, cuyas
diversas combinaciones forman los componentes
todos del Universo.
— Sí, me parece que voy haciendo memoria...—
dije yo sin recordar miaja.
— No podemos asegurar—continuó Onarro—que
esa cantidad de cuerpos simples sea definitiva.
Puede acontecer que se descubran, como en efecto
se han descubierto, algunos nuevos , y puede suce­
der que, mejor analizado uno de los antiguos, re­
sulte compuesto de elementos conocidos ya. De
suerte que el número setenta y cinco está sujeto á
aumentar ó á disminuir.
— Justo— aprobé yo muy serio. — Confieso que
en aquel momento me fijaba muchísimo en la ex­
plicación, apretando el intelecto cuanto podía.
— Ahora bien; los químicos nos preguntamos á
cada instante: ¿habrá realmente en el Universo
setenta y cinco especies diferentes de materia?
¿Existirá un número dado de cuerpos intrínseca­
mente distintos, irreductibles, insolubles los unos y
los otros? Y muchos de los químicos más eminen­
tes, entre ellos Cauchy y Ampère, que son dos lum­
breras, responden: No, es imposible que se dé esa
cantidad de materiales sustancialmente diversos:
eso no es más que una apariencia, un efecto de la

Pascual López.

199

distinta colocación y agrupamiento de los átomos,
único elemento verdaderamente simple, indivisible
inalizable, irreductible y primitivo que se presenta
en el Universo.
—¿Eso dicen?—interrogué yo.
— ¿Ha echado usted también en olvido los ejem­
plos que puse, á fin de explanar la teoría?
— Haga usted como si nunca los hubiese puesto.
— Para probar que dos cuerpos absolutamente
idénticos, según demuestra el análisis con eviden­
cia, pueden ofrecer propiedades que los hagan apa­
recer diversísimos, cité el fósforo. El fósforo es un
cuerpo blanco, luminoso en la oscuridad, muy infla­
mable, con olor fuerte y penetrante y en extremo
venenoso. Pues caliéntelo usted en un vaso cerra­
do, y se encontrará con un cuerpo rojo, opaco en
la oscuridad, poco inflamable, inodoro y sin vene­
no alguno. ¡Ya ve usted si al parecer se diferencian
estos dos estados! No obstante, lo repito, el análi­
sis prueba que es exactamente una misma cosa la
de antes y la de después. Sólo se han alterado sus
propidades físicas. Lo propio pasa con el agua,
que es cuerpo compuesto. ¡Considérela usted mu­
dándose del estado de hielo al de líquido y al de
vapor! Sin embargo, siempre es la misma combi­
nación: dos átomos de hidrógeno por uno de oxí­
geno. El silicato de potasio es líquido; con todo, es
idéntico al cristal sólido. Aun les puse á ustedes en
cátedra, y podría ponerle á usted ahora infinitos

200

Emilia Pardo Bazàn.

ejemplos más, y todos igualmente sencillos é inte­
ligibles. Pero usted no atendería ó estaría pensan­
do en las musarañas.
Yo no protesté, porque el trabajo mental de ir
entendiendo aquellas cosas tan obvias y claras me
tenía medio atolondrado.
—Ahora bien—prosiguió Onarro.—Estas y otras
razones que usted no necesita, nos conducen como
de la mano á suponer que, en realidad, no existe
más que un género de materia, una sola sustancia.
Los átomos agrupados entre sí de diversas mane­
ras en los cuerpos simples, y formando cristales
elementales pequeñísimos, constituirían esta ó
aquella sustancia simple, según el número de áto­
mos del cristalillo elemental, su posición, su movi­
miento, etc. Así sucede con las fichas del dominó,
que colocadas de un modo hacen una torre, de otro
un reducto, de aquél una muralla almenada... No
habiendo, pues, diferencia sustancial en la mate­
ria, quién duda que, por ejemplo, el plomo y el oro,
son una misma sustancia bajo formas diversas. La
ciencia en su estado actual no conoce razón alguna
que pueda calificar de imposible y absurda esta
hipótesis. Los antiguos aristotélicos solían decir
que la materia es indiferente á las formas. ¿Qué
necesitaríamos, según esto, para transmutar los
demás cuerpos en oro? Poca cosa en verdad. Bas­
taría con que así como analizamos, disecamos y
descomponemos los cuerpos compuestos, reducién-

Pascual López.

201

dolos á su más sencilla fórmula, á la mínima expre­
sión , pudiéramos hacer otro tanto con los simples.
Una vez traídos á su originaria situación de meros
átomos elementales, era asunto no más que de po­
nerlos en condiciones de cristalizar formando las
moléculas especiales del oro.
— Y siendo esto tan fácil, Sr. D. Félix de mi
alma, ¿por qué no lo hace usted?—exclamé impa­
ciente, con afán vehementísimo.
— ¡Fácil! ¿Cuántos siglos transcurrirán quizás
antes de que la paciencia y el estudio del hombre
alcancen á aplicar en toda su extensión estos prin­
cipios que he indicado? ¿Quién será el genio que
el destino señala para que los complete, desenvuel­
va y perfeccione? ¿Quién el ilustre inventor de los
instrumentos delicadísimos y mil veces más exactos
que relojes, que nos consientan profundizar la
estructura íntima de los cuerpos? ¿Sabe usted,
desdichado, que los átomos son una cosa que no
tiene tamaño ni peso apreciable; que son el último
grado de división de la materia; que se ocultan
absolutamente, no ya á los sentidos, sino á los apa­
ratos que centuplican la energía de los sentidos;
que la fragmentación de estas partículas es casi in­
finita? ¿Sabe usted que si los átomos contenidos
en una gota de agua del grosor de un guisante se
trocasen en granos de arena, un convoy continuo
de camino de hierro marchando con una rapidez
de treinta y seis kilómetros por hora necesitaría

202

Emilia Pardo Bazàn.

más de dos millones y medio de años para transpor­
tar esa arena? ¿Qué si se quisiera calcular el nú­
mero de átomos metálicos contenidos en una ca­
beza de alfiler de á ochavo, separando cada segun­
do con el pensamiento mil millones, tendríamos
que repetir tal operación por espacio de doscientos
cincuenta y tres mil seiscientos setenta y ocho años
para llegar á la cuenta justa ?
— ¿Cómo diantreshabrán averiguado eso?—pen­
sé para mí, mientras en voz alta decía—¡Canastos!
—Y advierta que estoy hablando de los átomos
de la materia ponderable, que si me refiriese á los
del éter, cuya sustancia pensamos que sea la mis­
m a, pero infinitamente más afinada y ténue... La
imaginación se pierde. Por lo indicado , ya ve usted
que hay camino que andar antes de resolver á
fondo tantos enigmas; y quién sabe si jamás...
—Lo que yo voy sospechando, Sr. D. Félix—
murmuré ya mareado — es que con todas esas m a­
ravillas, laberintos y portentos, yo me quedaré
como estaba, porque usted, por lo visto, aunque
cree posible, factible y corriente lo del oro hecho
con pedruscos y cantos, no sabe cómo manejár­
selas para conseguirlo, y viene á ser igual que si
lo declarase imposible desde luego.
—Nunca alcé mi osado pensamiento hasta tratar
de resolver lo que hoy por hoy permanece insoluble.
Ya he dicho á usted que nuestra empresa era más
fácil.

Pascual López.

203

—Y también, de seguro, menos fructuosa, menos
suculenta, menos...
— ¡No, no!—gritó Onarro descargando con la
tenaza un fuerte golpe sobre los carbones de la chi­
m enea, y haciendo saltar multitud de chispas, que
un momento formaron á su calva cabeza fantás­
tica aureola.—¡No, y mil veces no! Por desdicha
mía, y fortuna de usted, la empresa será todo lo
lucrativa posible, pero más hacedera y llana, y
por ende menos gloriosa. ¿Lo oye usted bien?
—De modo que... ¡Ay, Sr. D. Félix! Repita usted
eso. ¿De modo que es así... cosa tan rodada?
—Sí, porque no tratam os de transm utar un cuer­
po simple en otro cuerpo simple, sino pura y sen­
cillamente de hacer pasar un cuerpo mismo de un
estado á otro diverso. Por las sucintas, groseras y
elementalísimas explicaciones que di á usted, no­
tará que de lo primero á lo segundo media tanta
distancia como de beberse un vaso de agua á sor­
ber el Océano.
—Ya, ya — aprobé yo como el que va enten­
diendo.
— ¡Será usted rico, hombre, si sale vivo! no lo
dude; será usted un poderoso de la tierra. Venga
acá. ¿Conoce usted por casualidad lo que es un
diamante?
Estrem ecím e, y repentina luz iluminó mi mente.
Sin embargo, mis ideas confusas no me alcan­
zaban para entender bien todas las revelaciones

204

Emilia Pardo Bazán.

y todas las promesas encerradas en la pregunta.
Además, mis conocimientos en pedrería eran bas­
tante imperfectos.
— Diamante... — balbucí.— Sí, me acuerdo de
que un día en que Pastora estaba vistiendo y ade­
rezando á la Virgen del Amparo, de quien es ca­
m arista, con alhajas que le prestaron las señoras
de R..., me enseñó una gran piocha de prender en
el pecho y unas arracadas largas, todo ello hecho
de unas piedras blancas que brillaban muchísimo,
y me dijo: «¿Ves esto que parece vidrio? Pues es
un vidrio que valdrá por ahí dos ó tres mil pesos.»
Aun se me figura que estoy viendo las joyas... res­
plandecían como estrellas. Después he reparado
otros brincos modernos con piedras del mismo
jaez, en el escaparate del platero Lorenzo, y en
los de los Cordobeses que vienen aquí en la tem ­
porada del Corpus al Apóstol.
— Pues mire usted, si yo tuviese en mi poder
esa piocha y arracadas de que usted habla, y pu­
diese someterlas á un grado de calor determinado,
¿sabe usted lo que sucedería? Las piedras se irían
enturbiando, luego poniéndose negras, luego hin­
chándose... hasta convertirse...
Onarro se levantó, abrió el mueblecillo situado
al lado de la chimenea, y cuyo destino era guardar
el combustible, metió en él la mano, y sacando un
pedazo de carbón me lo puso ante los ojos, diciéndome:

Pascual López.

205

— ¡En esto!
— ¡En esto!— repetí pasmado y un tanto in­
crédulo.
— E n esto mismo. ¿Lo entiende usted? En esta
m ateria despreciable y vil, que quemo yo así, á
puñados, para calentarme...
Y el sabio, perdida ya la frialdad y calma habi­
tuales, cogía á manos llenas el carbón y lo arroja­
ba á mis pies.
— ¿De suerte — dije yo sin la menor intención
de burla— que vamos á hacernos ricos quemando
de esas piedras para encender después la chi­
menea?
— O quiere usted hacer jocoso lo que es muy
serio, ó es usted el mayor sandio del mundo. ¡No
ha comprendido usted aún que lo que haremos
será convertir esta ínfima materia sin valor que á
toneladas se extrae de las minas, que se encuentra
en capas inmensas bajo el subsuelo de Europa, en
magníficos, enormes y fúlgidos diamantes!
— ¡Diam antes!— repetí yo como fascinado por
la oriental palabra.
— Sí, diamantes. Lo que está usted oyendo.
— ¿Pero eso se ha de hacer... calentando?...
— El cómo se ha de hacer, ni le importa á usted,
ni tengo para qué explicárselo, ni lo entendería
aunque prensase el magín toda la vida... El cómo
es cuenta mía, mía enteramente. H arto le he acla­
rado, para que al fin viniese á quedarse tan en

206

E m ilia Pardo Bazàn.

ayunas como estaba. Ahora, usted no tiene que
ocuparse sino en tres cosas: la primera callar como
ha jurado, es decir, como un muerto; la segunda
confesarse y disponer su testamento, si tuviere de
qué; la tercera presentárseme aquí, preparado á
toda contingencia, pasado mañana al rayar el día.
¿Esta usted dispuesto?
— Sí, señor— contesté resueltamente. — Pasado
mañana, al amanecer, me tendrá usted aquí. Yo
no sé si hago un disparate, si me meto en un berengenal del que haya de salir con los pies para
delante, camino del cementerio; pero ya... ya quie­
ro despejar esta incógnita, y ver si de una vez en
la vida dejo de ser pobre, y puedo darme el gusta­
zo de regalarle á Pastora una piocha y unas arra­
cadas como aquéllas.
— Escuche usted — advirtió el sabio cogiéndo­
me de la mano, y señalando hacia el pequeño esferamundi, colocado sobre una mesilla no lejos de
nosotros.— En el globo que ve usted ahí represen­
tado, existen á estas horas muchos miles de seres
humanos, cuya vida se pasa en esperar encorvados
el hallazgo de una miserable piedra preciosa, ocul­
ta en las entrañas del planeta... No crea usted que
en ese oficio no arriesgan la existencia; no crea
usted que no son tratados como parias, peor que
parias, porque el paria tiene el derecho de alzar al
sol su faz, y ellos doblan su frente al suelo árido...
Ya puede usted, joven, considerarse protegido por

Pascual López.

207

benigna estrella y destino fausto. Usted buscará
en Santiago el diamante en mi laboratorio; si hu­
biera usted nacido en el Brasil, con un poco más
de pigmento bajo la epidermis, lo buscaría á puras
persuasiones del látigo de un capataz, que no le
dejaría acaso hueso sano.
Condújome Onarro hasta la puerta, sin añadir
otra palabra. Aturdido, trastornado y con la ca­
beza hecha una olla de grillos, me despedí, y ya
tenía el pie en la calle, cuando Onarro me reiteró
paternalmente.
— No deje usted de prepararse á bien morir,
por si acaso.
IX
Y decíame yo á la mañana siguiente, entrando,
después de una noche de desasosiego y vigilia á
cuentas y juicio conmigo mismo, cual un tiempo lo
hizo Sancho: sepamos,Pascual hermano, qué com­
promiso es el que ha contraído vuesa merced. ¿Ha
tratado acaso de alguna gira ó diversión campes­
tre, para la cual haya de reunirse con un par de
amigos, ó media docena, en un ameno lugar, lle­
vando todos sabrosos víveres y golosinas para me­
rendar alegremente? No por cierto. ¿Hánle invi­
tado á concierto ó sarao, en que esparza el ánimo

208

Emilia Pardo Baziin.

y honestam ente se distraiga? Menos aún. ¿Pues
adonde tiene de asistir m añana al despuntar la
aurora? A la conquista de unos millones, tantos en
número que no es posible contarlos. ¿Y quién os
ha de ayudar y encam inar á conseguirlos? Pues el
nunca bien ponderado D. Félix O narro, n ata y
flor de la ciencia, cifra y compendio de la sabidu­
ría, que m anda en la naturaleza y la metam orfosea
y muda cual nuevo Ovidio. Bueno va. ¿Y sabéis
vos, hermano Pascual, las peripecias que pueden
sobreveniros en esa aventura? Según confiesa el
héroe principal de ella, es fácil que él y vos, en un
segundo, rodéis á la eternidad. ¿El y vos decís? ¿Y
no fuera posible que sólo vos corriéseis el peligro,
y el taim ado del sabio se quedase riendo? No va
descam inado ese recelo. Y ahora supongamos que
salís con bien de la aventura: ¿sabéis de buena
tinta que se os vendrán á las manos los ofrecidos
tesoros? Prometiómelo D. Félix. ¿Y cónstaos á vos
que D. Félix no tiene la región cerebral vacía y
seca como una avellana rancia? No me consta en
modo alguno. Ligero anduvisteis entonces, P as­
cual. El diablo, añadía yo como el escudero manchego, el diablo me ha metido á mí en esto, que
otro no.
Con tales reflexiones me eché á la calle, ansian­
do gozar del aire libre, por si era aquel m í último
día de respirarlo, y deseoso de ver rostros cono­
cidos, por si me restaban sólo unas h o ras de po-

Pascual López.

20Q

derlos mirar. N ada de cuanto me encargara O na­
rro hice, porque en lo tocante á testam ento, como
no legase el alma á Dios y los huesos á la tierra,
o tra cosa no poseía; y de confesarme, si bien se me
alcanzaba que fuera saludable prevención, era tal
mi inquietud, zozobra y falta de recogimiento, y
tal el tropel de imágenes y dorados sueños que por
momentos me asediaba, que no pude resolverme á
hacer examen de conciencia. Lo único que pun­
tualm ente cumplí fué la cláusula de no traslucir
cosa alguna de la proyectada empresa ni del obje­
to de mis entrevistas con Onarro.
Sin embargo, me bullía á veces en el cuerpo un
afán irresistible de que supiese todo el mundo que
mi suerte iba á pasar, muy en breve, de adversa á
próspera y magnífica. L a m itad de mis futuras ri­
quezas diera yo por ostentar desde luego la otra
mitad. Deparóme la casualidad que aquel día, p a ­
seándome por la Rúa del Villar, del lado de los so­
portales en que está la animación del comercio y
el mayor concurso de gente, viese cruzar por las
arcadas fronterizas un cuerpo, que más pareciera
sombra derrotada y lacia, y que escurriéndose con
cautela y recatándose y pegándose á las casas, p a­
recía, no andar, sino deslizarse. Inm ediatam ente
di caza á la sombra, que al pronto, al verme, apre­
tó el paso; mas después, conociéndome sin duda,
volvió pies atrás, y llegándose á mí, con voz anhe­
losa me dijo:
14

210

Emilia Pardo Bazán.

— Si quieres hablarm e salgamos de ahí. Chico,
la Inglaterra toda está por esos comercios.
—Pero—respondí yo admirado contemplando el
traje astroso y hecho girones, el grasiento tap a­
bocas y el abollado sombrero de C ipriano,—¿cómo
debes nada en tienda alguna, si te veo con el pro­
pio traje y pergeño que usabas allá cuando vivía­
mos los cuatro juntos y jugábam os á la brisca?
Deberás en el café, ó en La flor de los campos de Ca­
riñena.
—¡Ay, Pascual bueno! — suspiró el estudiante,
guiándome hacia calles retiradas, y á la sazón casi
desiertas.— ¡Bien se ve que tú no estás enterado,
ni comprendes los extravíos á que nos arrastra una
pasión! ¿No te acuerdas ya de mi hermosísima
Leonor?
—¿Aquella buena alhaja, con la cara em badur­
nada de almazarrón y harina, que paseaba contigo
por los Agros de Carreiro?
—¡S tttt! ¡nómbrala con más respeto, que, al fin
y al cabo es una notabilidad escénica! No vayas á
figurarte que sólo cantaba en los coros, no señor;
hizo papeles casi de los más difíciles y comprome­
tidos, como el de mujer primera en los Magyares; una
criada, en Marta; dama convidada primera, en el se­
gundo acto de Los diamantes de la corona, y otros por
el estilo.
— En suma, esa grande artista te ha estrujado
el bolsillo.

Pascual Lófez.

211

— ¡Pero de qué manera! ¡chico! él ya no estaba
muy repleto, y ahora parece una oblea.
— Tu capital solían ser diez reales, siete cuartos
y tres ochavos...
— Esos eran los días de opulencia; pero me dejó
sin blanca la divina ninfa. En aquella boca tenía
escondido un fraile mendicante. ¿Querrás creer
que hasta me pidió los cuellos y puños postizos
que yo solía gastar, y el único levitín decente que
tuve en mi vida, bajo pretexto de que la obligaban
á salir vestida de hombre en un fin de fiesta? Y
allá se quedó mi guardarropa olvidado. Así ando
yo de roto y hecho una lástima. ¡ Oh mujeres ! Bien
dijeron Salomón y San Agustín y el Crisòstomo...
— ¿De suerte—dije yo atajando aquel torrente
de erudición quejumbrosa —que estás como el gallo
de Morón?
— Lo mismito. Si me quedo en casa me acribilla
la patrona; bloquéanme los acreedores si salgo á
la calle; el autor de mis días se ha declarado en
quiebra, y cuando le pido monises me responde
que siente plaza. ¡ Qué situación la del general!
¡ Ahora precisamente que pensaba yo estudiar, ga­
nar curso, volverme hombre de pró! ¡ Pero apliqúe­
se usted oyendo gruñir á una patrona sin entrañas!
¡Asista usted á clase sin tener casi camisa ni ropa!
¡Pase usted de esta facha sin ruborizarse ante
aquella señora Minerva de la Universidad, que está
siempre tan arregladita y tan limpia!

212

Emilia Pardo Baziin.

— Pues no te apures. ¿Quién sabe si andando el
tiempo hallarás quién te dé la mano? — pronuncié
yo con mal encubierto airecillo protector.
— Para saludarme, podrá ser... y aún lo dudo,
según estoy de tronado. Por lo demás, ¿apurarme
yo? ¡Bah!
Y me miró con tal expresión de picaresca ale­
gría, que sirviera su rostro para perfecto modelo
de un Demócrito risueño y despreocupado.
— Cuando te digo que á lo mejor... donde menos
se piensa salta la liebre. Podrá suceder que no pa­
sen cuarenta y ocho horas sin que veas maravillas,
y sin que acaso te ofrezca yo con qué tapar la boca
á los mastines que te andan á los alcances...
— ¿Qué es eso? ¿Tonillo enigmático? ¡Calle! ¿Si
Onarro que tanto te estima, te habrá dado parte
de la piedra filosofal?
Temblé al oir la frase del estudiante, que sin
sospecharlo colocaba el tiro tan cerca del blanco.
—Perdido soy y perjuro además—calculé—si algo
se vislumbra. —Mi emoción debió de reflejarse en
mi fisonomía, porque el sagaz Cipriano añadió m i­
rándome de hito en hito.
— ¡Qué efecto te ha causado! Te has puesto del
color de las bandas de la capa... Pascualillo, ¿con
que andas en esos fregados? Ahora sí que digo yo
que vamos á pasar magnífica vida á tu cuenta.
— Aquí es fuerza salir del paso con un enredo —
discurrí yo.— Y componiendo el rostro y con aire

Pascual López.

213

misterioso y confidencial, murmuré:—Cipriano, mi­
ra que te lo cuento á tí, y sólo á tí: cuidadito no
me comprometas, porque si por ahí lo saben me
asediarán á petitorios, y para tanto no alcanza. En
efecto, el señor D. Félix ha tenido la bondad de...
— ¿De darte un cachillo de la piedra?
— ¡Qué piedra ni qué niño muerto! Me extraña
que tú des crédito á semejantes paparruchas. El
señor D. Félix, repito, que es un hombre servicia­
lísimo, y á mí me distingue de manera que no sé
cómo pagarle, se ha dignado negociar con un edi­
tor de allá de Francia una obrilla que había yo
compuesto en mis ratos de ocio... poca cosa, pero
en fin...
— En fin...
— Que el editor la ha comprado, y la va á publi­
car y me da por ella diez mil realitos...
— ¡Hombre!—exclamó el estudiante, cuyastruhanescas facciones expresaban la duda, el asombro
y la burla, todo junto.—¡Hombre! Milagro y m ara­
villa sería aquello de la piedra filosofal, pero más
me espanto de esotro que me cuentas tú. Chico,
dicen por ahí que eres un sabio; pero, ¿cómo te he
de adorar santo, si te conocí tan ciruelo como los
restantes? En fin, sea todo por Dios, y daca unas
cuantas caras de reyes feos con peluquín, que á
mí me parecerán más lindos que Leonor, ya Jos
hayas granjeado escribiendo una portentosa obra
científica, lo cual considero fuera de lo natural, ya

214

E m ilia Pardo B azán.

por arte mágica, que para el caso es lo mismo.
Llueve tú onzas, y llamaréte antorcha de las cien­
cias y sol de la escuela.
El ladino del estudiante cazaba demasiado lar­
go, cosa que no me supo bien. Híceme, pues, el
amostazado, y repliqué:
— No, ya que dudas de mi palabra y de mis mé­
ritos, nada haré por librarte de ingleses y por ves­
tirte de un modo más regular.
— ¡Jesús, si yo no dudo! Con tal que me facilites
unas pesetejas, te tendré por más docto que al
mismo Séneca en persona. Figúrate tú que hace
un mes que me quiebro yo los cascos por dar con
dinero, y calcula la profunda admiración que me
inspirará el que lo posee.
— Por hoy nada puedo prestarte. Espera— insistí
yo muy formal. — ¿A cuántos estamos? ¿A 16 ó á
17 del mes?
— A 17 — respondió Cipriano— quedándose algo
confuso y dudoso al ver mi gravedad.
— 17... 17..., del 10 al 17..., mañana 18... Mañana
cobro la letra de Francia.
— Pero chico, ¿va de veras?— exclamó Cipriano.
— ¡Anda á paseo!—contesté yo.— Si no me dieses
lástima con esas botas entornadas que parecen al­
mejas, y ese tapabocas asqueroso... á fe, á fe, que
te dejara entregado á tu triste suerte.
— Mira, Pascual... si es verdad lo que dices, y
vas á tener cuartitos frescos, puedes hacer una

Pascual López.

215

obra de caridad... Ya sé yo que ese corazoncito es
como la misma seda.
— ¡Calla! ¿no te basta pedir para tí?
—¿Te acuerdas de Inocencio? El pobre siempre
fué muy ganso, ya sabes, y en el juego le hacíamos
las trampas que se nos antojaban; y él, cuantas
más tram pas, más ciego y aturrullado... Pues el
infeliz recibió una cantidad que le mandaba el
autor de sus días para redimir una pensión... era
una miseria de tres mil reales, ¡pero ya ves! para
•él... Barrabás le tentó á jugar á dinero... chico, le
despabilaron sus duretes... ¡Si vieras como está!
Ni come, ni duerme; se quedó hecho un espárrago...
Dice que se va á embarcar para América... ó á col­
garse de una viga... Chico, parte el corazón.
Y diciendo esto, sacó Cipriano del bolsillo un
trapo sucio y agujereado, con el cual hizo finta de
enjugar tiernas y compasivas lágrimas. Yo formé
propósito, al escribir estos sucesos de mi vida, de
retratarm e tal cual soy, sin poner ni quitar un ápice,
y así como declaro que no alardeo de filántropo, ni
busco ocasiones, ni me tomo molestias por hacer el
bien, así, cuando éste se me viene á las manos, no
lo rehuyo. En sum a, yo confieso que no tengo ca­
rácter, pues caso de tenerlo, trazaríame una senda
y por ella caminaría: lejos de lo cual, siempre prac­
tiqué con el mal y el bien lo que con la fruta: co­
merla en verano porque se presenta madura y fácil,
y en el invierno no acordarme de si la hay en el mun-

216

Emilia Pardo Bazàn

do. En aquel momento vi sazonada y oportuna la
buena acción de salvar á Inocencio, y pensé en ello
con placer: quizás aun en este sentimiento noble
entraba una pizquilla de deseo de deslumbrar con
el fortunón que ya contaba seguro; pero, ¿quién va
á decantar tanto los sentimientos? Sucédeles, por
ventura, lo que á los linajes: en el más limpio é
ilustre se halla, á fuerza de revolver y escudriñar,
algún entronque, alguna mancha de judío.
—No se colgará—dije á Cipriano—si puedo evi­
tarlo yo.
—¡Y tanto como puedes! Mañana cobras la letra,
¿no es eso? ¿A qué hora? Siempre será antes de
las dos: más tarde no suelen pagarlas. A las tres
me planto yo en tu casita... me das lo que quieras
para m í, y para Inocencio los tres mil consa­
bidos.
— No, chico—advertí al estudiante;—tus manos
tienen un agujero en medio, y no es posible colo­
car dinero en ellas. Ya sé dónde vive Inocencio, y
si la letra viene, yo en persona iré á llevarle...
—Me ofendes, me faltas; pero, en fin, soy magná­
nimo, y te perdono, en vista de tu munificencia.
Mira, una vez que eres tan bienhechor y que te
proporcionas el inefable placer de socorrer y am ­
parar á tus semejantes... A tus hermanos... A la
humanidad... Voy á revelarte otro infortunio en
que puedes ostentar tu generosa largueza.
—O ye—exclamé yo, deseando alejar toda sos-

Pascual López.

2 17

pecha — que mis diez mil reales no son de goma
elástica.
— N o ; si se trata de una cosa pequeña, si no te
hablo más que de... Ya sabes que la compañía de
zarzuela...
—¡ D ale! ¿Y qué tengo yo que ver con la compa­
ñía de zarzuela? ¡Está bueno!
—¡Hombre!... ¡Si los vieras! Han tenido los cui­
tados poquísimo abono... Vacío el teatro casi todas
las noches... Está empeñado el vestuario... El
tenor, aquel buen mozo, ¿no sabes? padece atroz­
mente de la laringe, consultó á varios médicos y
debe las consultas y la botica... La tiple entró en
meses mayores... ¿Con qué envolverá lo que venga?
—Que lo envuelva con los mantos de reina que
saca á las tablas... ¿A mí qué me cuentas?
—¿Y Leonor? ¡La infeliz!
—¡Ya escampa! ¡También Leonor! ¿Y qué le
pasa á esa principesa?
—Tan entrampada se halla...
—¿Entram pada y te exprimió como un limón?
—Tan entrampada, que debe hasta la denta­
dura.
—¿L a dentadura?
— ¡Sí, hombre! Al dentista de la Rúa del Villar.
Sin una buena dentadura no puede una artista
cantar ni subir á las tablas.
¡Si paso con Cipriano una hora más, averiguo
hasta las necesidades y miserias del traspunte y

2l8

Emilia Pardo Bazàn.

de los comparsas de la compañía! Él, en suma, me
distrajo, ya con su cháchara, ya con la perspectiva
que me mostró de remediar una multitud de des­
dichas con la fortuna que en potencia residía en el
laboratorio de Onarro. Dolíame sólo no poder pa­
sar un ratito con Pastora, antes del famoso expe­
rimento. ¡Siquiera un ratito! ¡Tiene uno tantas co­
sas que contar á su novia en vísperas de viaje ó en
anuncios de riesgo! Estrujaba yo mi imaginación
buscando medios para obtener una entrevista pri­
vada con Pastora: mas no me ocurrió ningún re­
curso. El día pasó así. Pensé en escribir á mis pa­
dres, mas no tuve ánimos para hacerlo; ni, á la
verdad, sabía qué les dijese. Mi situación no era
para declarada; si alguna desgracia ocurría, harto
pronto llegaría á sus oídos.
Próxima ya la noche, al recogerme en mi cuar­
to, encontróme á D. Nemesio Angulo esperán­
dome.
—Sus negocios de usted van muy mal, —me dijo.
—Yo se lo advierto para que no crea que obro tor­
cidamente y con doblez. Mañana espira el plazo
fijado por D. Víctor.
—¿D. Víctor ha fijado un plazo?—pregunté.
—Sí, un plazo de ocho días para que le den de­
finitiva respuesta. Y me parece que ésta será favo­
rable á sus deseos. No es que Pastora no le estime
á usted mucho, no por cierto: eso á las leguas se le
conoce: ella le tiene á usted gran cariño. Pero el

Pascual López.

219

tío ha tomado el asunto como cosa propia, y ya
sabe usted que para Pastora la opinión del tío sig­
nifica...
—Señor don Nemesio —objeté y o ,—imposible
parece que un señor tan prudente y bondadoso
como usted ayude también á forzar la voluntad y
á tiranizar el corazón de una niña...
—¡Qué cosas pasan por esa cabecita! Nadie,
amigo, fuerza hoy en día la voluntad de nadie; no
se recurre ya á medios coercitivos, que no están en
nuestras costumbres. Pero para una doncella tan
discreta, y buena, y dócil como Pastora, es de más
peso sólo la opinión de las personas mayores en
edad, dignidad y gobierno, que cincuenta mil vio­
lencias. Puede que por la tremenda nada se con­
siguiese de ella, porque, mire usted, tiene su pedacito de energía y de entereza, y en dando en
decir que no debe hacerse esto ó aquello, no hay
forma de apearla: pero con el amor y la persua­
sión...
Exhalé un suspiro, porque comprendí que don
Nemesio conocía á Pastora perfectamente.
—Señor don Nemesio — le dije con aire y tono
lúgubre, — mire usted que si Pastora me planta, es
muy fácil que me muera del disgusto.
—¡ Buena es esa! Como no tenga usted enferme
dad más grave... No niego que lo sentirá usted, al
pronto, algo, y que hará extremos; pero...
—Mire usted — añadí con insistencia, — si me

220

Emilia Pardo Bazdn.

muero... porque ya ve usted que todos somos hijos
de la muerte...
— Eso sí. E n manos de Dios está...
— Pues, si eso sucede, prom étam e usted que lle­
v a rá á P a sto ra de mi parte esa Virgen de la Sole­
d a d que tengo á la cabecera de la cama...
— ¡Tiene usted cada idea más extravagante!
Creo que voy por la tetera y la estufilla, porque
usted no debe hallarse en su estado normal, y le
vendrá de perlas una tacita de té.
—T am bién desearía, si ocurre eso...
—¿El qué?
— Mi muerte.
—A guarde usted un momentito, que en seguida
vuelvo con la tetera.
— Señor don N emesio—insistí asiéndole del b r a ­
zo,—en el caso de morir, tendría gusto en que u s ­
te d se quedase con este reloj en memoria mía.
Y saqué del bolsillo y le mostré la única alhaja
de que podía disponer sin necesidad de fórmula
testam entaria. E r a una cebolla de p la ta , n ada
elegante y muy poco e x a c ta , que con todo eso es­
tim a b a yo á par de las telas de mi corazón, m e­
diante haberm e costado diez duros, sum a para mí
fabulosa.
—Jesús, Jesús, Jesús — repitió tres veces D. N e ­
mesio.— U sted sueña, ó usted está m alo, ó usted
tiene un acceso de locura, ó ha tom ado una copilla
m ás de lo regular con los amigos. ¿Me querrá us-

Pascual López.

221

ted persuadir de que va á morirse de amor? ¡Viva
usted mil años, que tiempo habrá de dejar este
mundo, y que usted, que es un buen cristiano, no
ha de pensar cosas que sólo imaginarlas horroriza!
No, yo no le hago á usted tan cobarde, ni tan pe­
queño, ni tan impío, ni tan...
—Señor don Nemesio—repuse riendo de todo
corazón y sin poder contenerme,—no se mortifique
usted en probarme con excelentes argumentos que
no debo beber estrignina, ni levantarme la tapa de
los sesos. A fe de Pascual que no sé de dónde saca
usted tan gracioso dislate.
—¡Loado sea Dios! Pues entonces, ¿á qué viene
hablar de muertes y embelecos?
—Si, una suposición, falleciese de muerte na­
tural...
—Está usted más sano que una m anzana, y,
gracias al Señor, pocas trazas presenta... No, su­
ceder podría, en eso no hay duda. Pero también á
mí me visite quizá esta noche, ó cuando menos lo
piense, la de la guadaña... Oiga usted— añadió
abriendo la sotana y mostrándome un reloj poco
más lucido que el mío, — ya que usted me quiere
dejar un recuerdo, yo también le ofrezco éste...
Como soy más viejo, es regular que vaya delante.
Ya lo sabe usted; el reloj es suyo cuando yo sea
borrado del número de los vivientes.
¿Quién se maravillará si declaro que aquella no­
che subió de punto mi excitación, hasta el extre-

222

Emilia Fardo Bazán.

mo de no consentirme acostarme sino allá á las al­
tas horas? Y fué eso cuando rendido ya de m edir
la habitación á grandes pasos, de entreabrir las
m aderas por ver si asomaba el día, de cavilar, de
hacer soliloquios, de beber tragos de agua, y de
encender y tirar cigarrillos, me encontré tan moli­
do y aniquilado, que sin ser fuerte á otra cosa subí
al lecho, dejándome caer en él vestido y con botas.
Al momento me embargó un sopor profundo y
total. E n lo mejor de él me encontraba, cuando
sentí que me zarandeaban y sacudían, y una
voz resquebrajada y hendida como sartén vieja,
chilló:
—¡D. P ascual, D. Pascualillo! ¡Despierte, que
ya amanece un día precioso! E ra doña Verónica
que cumplía mis órdenes.
—Bueno, allá voy—contesté con voz trabada,—
y volviéndome del otro lado, cogí de nuevo el sue­
ño, y hasta quizá roncaría.
—¡ D. Pascualillo! ¡E h! ¡Mire que ya es de día!
—insistió la solícita patrona.—¡Válgame Dios, y
cómo duerme! ¡D. Pascual — repitió á gritos; y al
mismo tiem po, sin pararse en pelillos, con sus de­
dos ganchudos me cogió un pellizco en un hombro,
tan sutil y retorcidísimo, que esta vez me incorpo­
ré lanzando una exclamación furibunda.
— Es de día, D. P ascualito,— reiteró mi verdu­
go, presentándome al mismo tiempo una jicara de
chocolate y unas tostadas de pan en un plato.

Pascual López.

223

Aparté el desayuno con la mano, y llevándome el
dedo al hombro dolorido, gruñí:
—¡Vaya que tiene usted unos modos! ¿Y á qué
viene esto de despertarme á lo mejor del sueño?
—¡Ay qué señorito! ¿Y no me lo mandó usted
ayer?
—¿Yo?
—Usted mismo. Ande, tome el chocolatito. V a­
ya, chocolatito al loro; que se muere de hambre
todo.
—Llévese usted ese chocolate, y déjeme.
—¡Vamos! — dijo con misterio la patrona;— ya
entiendo, hay pecata. Bien hecho, hijito; á barrer
la casa, que los estudiantes suelen no tenerla nun­
ca muy limpia.
Coordiné mis ideas. Al pronto no sabía yo mis­
mo á qué fin había dispuesto que me despertaran:
esta ruptura de la ilación de la vida es frecuente
al salir de un sueño pesado y letárgico como el
mío. Medité un instante, á fin de enlazar de nuevo
las interrumpidas representaciones. Dos minutos
después, desazonado y tiritando, estaba camino de
casa de Onarro.
La mañanita era nebulosa y triste, y el mayor
silencio reinaba en las calles, que aparecían ente­
ramente desiertas, sin los madrugadores devotos
que iban en busca de las primeras misas, con los
ojos aún medio entornados y encogido el cuerpo.
La puerta de Onarro, entreabierta ya, brindaba á

224

Emilia Pardo Bazàn.

pasar adelante. Empujóla y subí la escalera, h a ­
llándome presto en aquellas piezas vastas y lóbre­
g as ya cruzadas la antevíspera. ¿En qué im agina­
rán ustedes que cavilé durante todo el camino que
m edia desde mi casa hasta los últimos confines dela del sabio? Pues no fué ni en el riesgo inminente
de la vida, ni en Pastora, á quien dejaba, ni en mis
padres y en la aldea, que acaso no volvería á ver,
ni en D. Nemesio, á quien instituyera heredero de
mi cascada cebolla, ni en D. Víctor, que se dispo­
nía á soplarme la novia con la ayuda de sus ren­
tas y bienes, ni... E n nada, en nada discurría yo
en aquellos momentos críticos, excepto en el dia­
m ante, entidad misteriosa, geniecillo burlón cual
los de las árabes leyendas, tras del que corríamos
en desatinada cabalgata el sabio y yo. De mi me­
m oria no se ap artaba la clara y resplandeciente
piedra, cuyos destellos mágicos deslum braran sólo
una vez mi m irada en las joyas pendientes del cue­
llo y orejas de la Virgen.
N ada sabía yo acerca del diam ante, y mi misma
ignorancia prestaba á la hermosa cristalización
cualidades de precioso amuleto ó de eficaz talis­
mán. Ignoraba que aquella piedrecilla es el cuerpo
más duro que se conoce, la m ateria de más valor
intrínseco que existe, el mineral que en más escasa
cantidad se encuentra; desconocía las propiedades
sobrenaturales que por los sarracenos y por los
hebreos le fueron atribuidos; no sospechaba que

Pascual López.

225

dijesen fortifica el corazón, neutraliza el veneno de
las serpientes, aclara la vista haciéndola perspicaz
cual la del lince ó del águila; no pensaba que en
las sociedades civilizadas el puro y bello rayo del
diamante despierta pensamientos de codicia, envi­
dia y latrocinio. Ni menos oyera yo jamás que el
diamante se hallase, no solamente en el Brasil, In­
dias Orientales y Rusia asiática, sino en las cor­
dilleras del Ural, en Bohemia, Australia y el Oregón, y en las abrasadas tierras africanas. No me
era conocido el dato de que en la maravillosa tie­
rra de California, donde los pies del viajero huellan
polvo áureo y diamantífero, produzca cada tone­
lada de terreno la friolera de unos ocho millones
de reales. No leyera tampoco las consejas é histo­
rias que corren acerca de los diamantes de fama,
cuyo tamaño excepcional los hace guardar, sobre
cogines de terciopelo y entre fuertes rejas de hie­
rro, en el tesoro de los reyes ó de los rajás indios.
No sabía, por ejemplo, que el Sancy, hallado por
un soldado suizo en el campo de batalla de Nancy
sobre el ensangrentade cadáver de su primitivo
dueño Carlos el Temerario, fué vendido al ínfimo
precio de un escudo á un sacerdote, y de manos de
éste pasó á las de un rey de Pórtugal y de allí á
las del embajador Sancy, que le dió su nombre;
que Sancy hizo presente con él al rey de Francia,
y que el portador, asaltado en el camino por ban­
doleros, hubo de tragarse la piedra antes de ser
15

226

Emilia Pardo Bazàn.

asesinado; que el cadáver fué abierto y sacado del
estómago el diamante. Y de las entrañas del muer­
to fué á poder de Jacobo II de Inglaterra, de
Luis XIV, Luis XV, el príncipe ruso Demidoff...
Ni escuchara la historia de aquellos tres proscritos
brasileños, los hermanos Sousa, que tras de vagar
siete años por breñales y asperezas, hallaron en el
lecho de un riachuelo seco el diamante mayor que
ha conocido el mundo, de peso de una onza, esti­
mado en fabulosa é inverosímil cantidad de millo­
nes, diamante cuyo enorme tamaño hacía dudar
de su autenticidad, cuando el presumido monarca
Juan VI, no hallando otro medio de ingerirlo en
su traje, y habiéndolo sacrilegamente horadado, lo
llevaba pendiente del cuello en los días de gala y
ceremonia. No habían llegado á mi noticia los poé­
ticos nombres y adjetivos que el mundo dió á cier­
tos diamantes célebres: ni que el rajá de Lahore,
custodiado tras recia verja en la sombría torre de
Londres, se llama Montaña de Luz, y Estrella del
Sur otra magnífica gota de agua encontrada en el
Brasil, y Estrella del Norte la que posee el Czar
de Rusia. Ni que los diamantes brasileños, que se
hallan en desolada y aridísima región, que cierra
natural baluarte de escarpadas y- ásperas monta­
ñas, fueron por mucho tiempo tenidos en concepto
de primorosas, pero inútiles guijas, y sirvieron lar­
gos años de fichas para jugar al tresillo, apuntán­
dose así realmente con millones á un juego en que,

Pascual López.

227

en apariencia, se arriesgarían unos cuantos reale­
jos. Ni tenía la menor idea de la peregrina legisla­
ción que la codicia de los gobiernos, ansiosos de
asegurar el rico tesoro, estableciera en los terrenos
diamantíferos, ni de cómo no se podía en aquellas
comarcas incomparables echar los cimientos de la
más exigua cabaña sin que lo presenciasen multi­
tud de funcionarios, ni poseer un instrumentillo de
labranza llamado almocafre, sin peligro de parar .
en galeote.
Ni podía calcular los ardides ingeniosísimos de
negros y contrabandistas para sustraer en hábil es­
camoteo la apetecida piedra; las heridas profundas
practicadas en muslos y brazos, ó en el anca de un
caballo, que ocultan en su ulcerado seno el diaman­
te que ha de brillar después en el pecho de una
hermosa; los escondrijos en orejas, narices y plan­
ta del pie; las palomas mensajeras adiestradas, que
llevan bajo el ala colgado el diamante. Ni la vida
azarosa de los Garimpeiros, nómadas audaces que
trepan á los inaccesibles riscos ó se hunden en
abismos y quebradas vertiginosas, siguiendo la
pista á algún diamante trasconejado que escapó
de la criba de los negros; ni las escenas de fiebre
y desorden de California, que han inspirado á los
Aimard y Bret-Harte. No llegaban mis conoci­
mientos hasta saber que hay diamantes claros, diá­
fanos y transparentes como las linfas del arroyo, y
blancos y opacos como la leche fresca; rubios y

228

E m ilia Pardo Bazàn.

acaramelados como el ambar; verdosos y glaucos,
como las olas del mar; rojos como sangre; azules
como el firmamento, y negros como el invierno.
No podía figurarme los deseos, tentaciones y suspi­
ros arrancados del corazón de las hijas de Eva,
que conservan siempre el apetito del salvaje por lo
que brilla y reluce, cuando al pararse ante el esca­
parate de un joyero ven campear sobre gracioso
estuche en que artísticamente se arruga el raso ó
el terciopelo, un hilo de resplandecientes gotas de
rocío, ó lágrimas de ángeles, que tales parecen á la
viva luz del gas los diamantinos collares, tallados
en su más bella forma, la de brillantes, y despi­
diendo por cada una de sus facetas irisado río de
chispas.
Y, por último, no se me alcanzaba que el origen
de la soberbia piedra se hallase aún encubierto en
tinieblas profundas, así para los ignorantes como
para los sabios; que éstos le atribuyesen tan pronto
procedencia vegetal como procedencia ígnea, ya na­
turaleza mineral, ya orgánica, y lo mismo la juz­
gasen elaborada en las entrañas de la tierra por
ignotas combinaciones y acciones químicas de fuer­
za extraordinaria, que caída en aerolitos proceden­
tes de remotos planetas y apartados mundos.
Todo lo cual averigüé después, porque hubo ya
de espolearme la curiosidad y pincharme el deseo
de saber algo de la rara piedra que tal influencia
ejercicio sobre mi oscuro y estudiantil destino. En

Pascual López.

229

aquel punto, mis antecedentes se reducían á las
embozadas promesas de Onarro, á las enfáticas
frases de Pastora cuando me enseñó las preseas de
la imagen. Quebrábame la cabeza sin poder dar
respuesta á esta pregunta: ¿Por qué valdrá tanto
esa piedra? ¿Qué busilis tendrá? Y después recor­
daba haber visto en el dedo anular del señorito de
la Formoseda un grueso y limpio brillante monta­
do en gótica y monumental sortija de familia, que
se parecía bien aun debajo de los justos guantes
que el señorito calzaba; y con esto me di á pensar
en mi interior en el gustazo que debía de ser lucir
otro anillo con piedra más grande y más hermosa.

X

— ¿Está usted dispuesto? — me preguntó Onarro
al recibirme.
Observé que Onarro tenía aquella mañana dos
leves rosetas, como de fiebre, en sus mejillas de
ordinario pálidas; que sus ojos centelleaban con la
luz fosfórica que se advierte á oscuras en los del
gato; que todo su cuerpo estaba agitado de tem­
blores instantáneos, que cesaban tan pronto apa­
recían; que su voz era seca, estridente, más acera­
da aún que de costumbre.

230

Emilia Pardo Basan.

Yo titubeé un momento antes de contestarle.
—Dispuesto, sí, señor; pero si usted me perm i­
tiese una pregunta sola...
— Permito hasta tres. Abrevie usted lo posible.
—Quisiera saber si usted corre realmente el mis­
mo peligro que yo.
—El mismo ó más acaso.
— ¿Y quien me lo garantiza?
—Yo. Mi palabra de hombre honrado.
No sé cómo pronunció Onarro esta frase senci­
llísima, que, aunque apenas mudó tono, ni cambió
actitud, obtuvo que viniesen instantáneam ente á
tierra mis pertinaces sospechas y la suspicacia que
yo poseo en grado superlativo, á fuer de buen ga­
llego y montañés. No vacilé más, y dije resuelto:
—Vamos.
Onarro me guió al laboratorio. El sol había sa­
lido, y sus rayos, oblicuos aún, entraban burlándo­
se de la neblina por los altos y angostos ventani­
llos de la abovedada estancia. Sobre la mesa , que
ocupaba el centro, divisé un bulto de razonables
dimensiones encubierto cuidadosamente bajo un
paño blanco, cuyos extremos colgaban á guisa de
m antel, llegando casi á barrer el piso. Alzólo el
sabio con delicadeza por una punta y pude ver una
máquina de figura extraña, que algunos perfiles
presentaba de semejanza con una pila ó batería
eléctrica; pero era infinitamente más grande, com­
plicada, y ofrecía un laberinto y confusión de sec-

Pascual López.

231

tores, plataformas, condensadores, hilos y cadeni­
llas que remataban hundiéndose en agujeros prac­
ticados en el suelo.
Después supe que las cadenillas iban á dar al
sótano, enterrándose hasta más abajo de los ci­
mientos de la casa, á fin de que aumentase por
este medio la intensidad de la chispa eléctrica. ¡Oh,
si yo fuera perito en estas abstrusas materias de
física y mecánica, cómo podría ahora describir en
sus mínimos pormenores el peregrino y maravilloso
artificio! El cual revelaba en su forma y disposi­
ción ser, no obra común y corriente, y por ende
perfeccionada ya, de fábrica, sino combinación la­
boriosa de muchas y diversas piezas ajustadas por
la hábil mano de un paciente inventor. Percibíase
allí la especie de irregularidad que distingue al
trabajo individual y espontáneo y que tanto se
aparta de la nimia igualdad y exactitud que sella
los productos de la industria organizada y metó­
dica.
Yo miré á la máquina como se mira á un cañón
cargado ó á un fusil que tiene levantado el gatillo.
El artillero de aquella terrible batería se puso en
movimiento al punto, enroscando aquí, estirando
acullá, dando aceite por un lado, ajustando bien
una plancha por otro, y todo con maravilloso si­
lencio y diligencia. Yo me estaba suspenso é inmó­
vil sin brindarle una ayuda que probablemente le
sería inútil. Finalmente, tomó no se qué botes y

232

Emilia Pardo Bazàn.

frascos de ácido y los derramó en unos á manera
de recipientes que en la pila se encontraban: bajóse
en seguida, destapó un cesto que había á sus pies,
tomó de él seis ú ocho medianos trocidos de car­
bón iguales en todo á los que ardían de noche en
su chimenea. Cuanto antes de agitado y trémulo,
parecíame ahora Onarro de sereno y tranquilo. Su
pecho no se alteró al derramar el líquido en los
recipientes, ni al atornillar las delicadas barras de
acero. En cuanto á mí me sucedía el fenómeno in­
verso. Perdía de tal suerte el aplomo en aquella
expectativa angustiosa, que casi flaqueaban mis
piernas y un sudor helado comenzaba á resbalar
por mi frente. El reo que ve colocar el tajo, afilar
el hacha y extender el serrín á sus pies debe de ex­
perimentar sensaciones análogas á las mías.
A todo ello acompañaban violentísimas ganas é
impulsos irresistibles de tomar las de Villadiego.
Tal era mi estado, á tiempo que una voz, que me
sonó como la trompeta del ángel del tremendo día,
dijo:
—Señor López, coja usted ese manubrio.
—Ese... manubrio...—respondí con voz ahogada,
como la que formamos entre sueños queriendo gri­
tar y sin poder lograrlo.
—Ese... este. ¿No le ve usted? Ponga usted la
mano sobre él. Cuando yo grite Fiat lo hará usted
girar con toda la rapidez y fuerza posible.
Cogí el manubrio y por instinto cerré los ojos.

Pascual López.

233

—A hora, m ientras el cuerpo ejecuta el movi­
miento prescrito, eleve usted el alm a á Dios—a ñ a­
dió O narro.— El peligro ha llegado. Sobre todo, no
vaya usted á descuidarse en el punto en que yo dé
la voz de mando. ¡Atención!
Sentí á Onarro agitarse todavía y aun dar algu­
nos pasos hacia mí. Separábanos, sin em bargo, el
ancho de la mesa y la balum ba y volumen de la
máquina.
Sin despegar los párpados y apretando convul­
sivamente el m anubrio, permanecí un espacio de
tiempo inapreciable, que así pudieron ser diez m i­
nutos como cinco segundes. Percibía yo en aquel
silencio y espera, no sólo el latido de las arterias,
sino la circulación completa del torrente sanguíneo
con presuroso ritmo y desordenado correr.
Vagas sensaciones de color y luz llegaban al tr a ­
vés de la oscuridad á mis cerrados ojos. Aunque
mis ideas giraban tam bién en tropel, no por eso
dejé de encomendarme á Dios de todo corazón y
de hacer propósito firme de enmendarme de mis
menores pecados y aun de ejercer penitencia si la
vida me durase para ello. El laboratorio estaba
absolutam ente mudo.
—¡Atención!—repitió la voz de Onarro.
Quise santiguarm e, pero estaba la mano derecha
como adherida al manubrio. Apretábalo cual si
tuviese alas y pudiese echar á volar. De pronto una
hueca orden hirió mis oídos, pareciéndome no me-

234

Emilia Pardo Bazán.

nos estrepitosa que un trueno. Onarro había dicho:
— ¡Fiat!
Instantáneamente, sin concurso de la voluntad,
por una acción nerviosa, mi brazo se puso en ejer­
cicio, y un sacudimiento raro, intentísimo, profun­
do, estremeció todo mi sér desde la planta de los
pies hasta las últimas celdillas del cerebro. No era
dolor, ni golpe; era una sensación semejante á la
que debe experimentar el árbol cuando de raiz lo
arrancan, descuajan y hienden. Fué como si des­
atasen las ligaduras de mi individualidad, y cada
una de las pequeñas células ó moléculas orgánicas
que lo constituyen se disociase de las restantes,
yéndose aislada á un punto distinto del espacio.
Arrojé un clamor y abrí los espantados ojos, que
vieron ó soñaron ver rápidas centellas de fuego co­
rriendo á lo largo de hilos y cadenillas de la má­
quina. A mi grito contestó otro de Onarro, que en­
cerraba todas las vibraciones del gozo, del júbilo,
del triunfo. Incapaz yo de tenerme en pie, fui va­
cilando á recostarme en la pared más próxima. La
habitación daba vueltas en torno mío, y todas mis
fibras retemblaban como las cuerdas de un violín
después de que las acaricia y oprime el arco. Vi
que Onarro se llegó á mí, oí que me dirigía pala­
bras alentándome, que trajo un frasquito del estan­
te, que lo destapó, que vertió unas gotas en la pal­
ma de sus manos, frotando después con ellas mis
sienes, y que, como un filtro, obró inmediatamente

Pascual López.

235

la fricción; despejóse mi cabeza, me serené todo y
con curiosidad vehementísima miré á Onarro, y
con delicia inefable me sentí, palpé y hallé vivo,
sano y bueno.
— ¿Qué tal? ¡No se ha muerto usted, hombre*
— exclamaba Onarro con burlona y enajenada
voz. — Pertenece usted todavía al mundo: el susto
ha sido regular, ¿eh? Es una desgracia poseer
hasta ese grado la receptividad nerviosa.
— ¡Ay Sr. D. Félix! — contesté.— ¡Gracias á
Dios, y á María Santísima! ¡Jesús, y qué cosa tan
rara! ¡Qué malo me puse! ¡Qué daño me hizo el
maldito manubrio! ¿Y los millones? ¿Hemos ga­
nado?
— ¡Victoria! — respondió con indefinible acento
el sabio, cuyas facciones irradiaban unos resplan­
dores de éxtasis, alzando al cielo las manos juntas.
— ¡Victoria! ¡Aquí están los diamantes auténticos,
legítimos, soberbios! ¡Como los mejores de Golconda! ¡Como los más limpios y puros del Cabo.
¡Victoria! ¡Se acabaron esas explotaciones sórdi­
das, ese trabajo cruel aún para las bestias, inicuo
para seres racionales! ¡Ya el negro no se pasará
los días recibiendo el ardor del sol sobre sus des­
nudos lomos, agobiado el espinazo á tierra, con
los pies metidos en agua, para que el avaro trafi­
cante engruese con su sudor, vendiendo en los
mercados europeos la piedra preciosa hallada por
el infeliz lavador de arena! ¡Victoria!

236

Emilia Pardo Bazán.

— S í— pensé yo— el negro descansará, pero en
cambio nos descolgarán y batanearán á los blancos
las entrañas.
— Im pondré— prosiguió Onarro— una contribu­
ción voluntaria á la vanidad universal de la mujer
opulenta, para socorro de muchos infortunios y
cumplimiento de grandes propósitos... Verificaré
una pequeña revolución industrial. ¡H e triunfado!
— A h, Sr. D. F élix — insinué y o — daca esos
diam antes.
— ¡Véalos usted! — exclamó él acercándose á la
m áquina y poniéndome en la mano unos seis, á mi
parecer, toscos y turbios vidrios. Quedéme como
Sancho cuando su amo se em peñaba en hacerle
adm irar por yelmo finísimo la bacía del barbero.
— Pero estos no brillan... estos son muy feos—
dije.
— ¡Claros y bellos como el éter! — contestó el
sabio; y tomando uno y llegándose al ventanillo,
apoyó el extremo ó pico saliente de la piedra en
el centro de un vidrio, y trazando una línea sin
apoyar mucho, vi al cristal partirse conforme co­
rría á lo largo la mano de Onarro, y finalmente,
cuando éste la retiró y con el dedo tocó ligera­
m ente la fisura, caer en dos pedazos.
— ¡ Diam antes!— continuó Onarro. —¡Diamantes
reales y efectivos, no míseros cristalillos octaédri­
cos, visibles sólo al microscopio, como los que des­
pués de tantos meses de volatilización y lentas

Pascual López.

237

acciones químicas se jactaron Despretz y Dumas
de haber obtenido! ¡ D iam antes que pueden recibir
talla, fulgentes, hermosísimos!
M iraba yo los trocitos que habían quedado en
mi poder, y no me parecían tan lindos, ni la m i­
tad de lo que el sabio decía; mas con todo, no
acertaba á considerarlos sin cierto respeto, ni ce­
rraba la mano, no fuera que se pulverizasen ó des­
hiciesen como merengue. En esto un rayo de sol,
vivo y dorado y a, cruzó el ventanillo, hiriendo de
soslayo en las piedras, y arrancándoles el centelleo
multicolor y luminoso que sólo al diam ante p erte­
nece. A ser yo muy inteligente en pedrería, esta
prueba me convenciera; y aún con no serlo, el rico
destello me alegró el corazón.
— ¿De suerte — pregunté á O narro— que esto
vale m uchísimo dinero?
—T iene usted ahí un capitalito—repuso el sabio.
— N ada más que un capitalito, porque de esta
vez, el tam año del producto obtenido no ha p a­
sado de ciertos lím ites, por causas y dificultades
que fuera ocioso explicar á usted y que desapare­
cerán , así lo esp ero , en un nuevo y decisivo expe­
rimento.
— ¿D e m an era, dije yo medio desencantado —
que esto no representa millones?
—T an to como m illones, no por cierto.
—¿Y si fueran mayores?
—¡Oh ! la diferencia de tamaño, por pequeña que

238

Emilia Pardo B axán.

sea, acrece el valor de los diam antes de un modo
fabuloso.
—¡Oiga! ¿y no podía usted entonces haberlos fa­
bricado más gordos?
Onarro se sonrió, fijó en mí sus ojos que expre­
saban ironía agudísim a, y pronunció sin enfa­
darse :
— Descuide usted am iguito: tenga paciencia,
aguarde algo, y echará usted la pata en asunto de
piedras ricas al rajá de Borneo, al gran Mogol, y
al Hijo del Cielo.
—Pues manos á la obra ya, Sr. D. Félix. E l
susto pasarlo de una vez. O tra vueltecita al m anu­
brio, y construyamos un diam ante del volumen si­
quiera de un regular queso de bola.
Onarro tornó á m irarm e, encogiéndose de hom ­
bros. Tomó las piedras todas y las contó; separó
dos, guardándolas, y entregóme las cuatro restan­
tes. Yo estaba algo mollino. Sí, mollino, ríase quien
se ría. Se me figuraba que de aquellos cristalejos
á la soñada, fantástica y prodigiosa fortuna que el
sabio me ofreciera, había un camino infinito. Qué­
dem e, pues, como aquel que tiene algo que decir,
y no se atreve.
— E a, ¿qué aguarda usted?—exclamó O narro.—
Aquí no puede usted vender esas piedras : excita­
ría usted sospechas y comentarios sin fin : pero vá­
yase usted á M adrid ó á P arís. Ningún joyero allí
se negará á tom arlas. Esté usted aquí antes de dos

Pascual López.

239

meses, porque calculo que para entonces repetire­
mos el experimento.
—Es que... Sr. D. Félix... la verdad, usted me
dispensará... pero yo creo que esto no era lo tra­
tado.
—¿Eh? ¿Qué dice usted?
— ¡No señor, que esto no era lo convenido!—
afirmé envalentonándome con mis propias pala­
bras.—Yo creí, y usted me dijo, que exponiéndome
á lo que me expuse quedaría riquísimo... con más
millones que hay en el mundo entero... y, por lo
visto, esto es una friolera, así para abrir el ape­
tito... y además no puedo negociarla aquí, ni... Yo
pensé que pasado el mal paso, me encontraría na­
dando en oro.
— ¡Voto á tal!—gritó Onarro dando muestras de
enojo violentísimo—que es usted el mayor necio y
codicioso que hace muchos años he tenido el dis­
gusto de tratar! Diciendo estoy á usted que esas
piedras valen lo que jamás soñó usted en tener en
su vida de estudiante; añadiéndole, que en breve
plazo podrá usted poseerlas de tal magnitud, que
una sola baste á saciar sus más extravagantes ca­
prichos y apagar su hidrópica sed de oro; ¡y aún
se me viene usted con esas quejas! Alma de almi­
rez, ¿no tendrá usted creederas sino para las bru­
jerías y supersticiosas sandeces que le encajaron
de chico en la cabeza? ¿Dudará usted de mi pa­
labra? ¡Cuánto ruido mueven los pequeños por las

240

Emilia Pardo Bazan.

pequeñeces! ¿Qué importa al mundo, después de
todo, que usted sea ó no millonario?
—Pero lo que es á mí me importa, y mucho,
serlo: ¡pues no faltaría más! ¿Por qué sufrí yo si
no ese revolcón eléctrico?
—Pues usted será archimillonario, y ahora dé­
jeme, que á fe que está usted enturbiando con su
presencia este hermoso y claro día de mi vida te­
rrenal. ¡Váyase usted con Dios, hombre; hágame
usted ese favor!
Decía esto Onarro con tono de verdadera y afec­
tuosa súplica.
—Pero, Sr. D. Félix—contesté yo — ¿qué hago
con estas chinas?
—¡A París, á Londres, al infierno á venderlas!
—A Montevideo, al Polo Norte... justo. ¿Y quién
me paga el asiento?
El sabio se quedó parado, como aquel que ve
surgir ante sí una repentina, inesperada y gravísi­
ma dificultad.
—Como usted sabe demasiado, no tengo un cuar­
to—añadí.
Onarro meditó breves instantes, y después salió
rápidamente, volviendo á poco con un portamo­
nedas de gamuza, que me pareció leve y vano como
canuto de caña.
—Tome usted—me dijo.—Es cuanto poseo hoy.
No quiero denigrarme ni disculparme tampoco.
Vacilé; pero al fin cojí el donativo, balbuciendo

Pascual López.

241

una frase de gracias. El sabio me empujó hacia la
puerta, y al llegar al dintel, poniendo un dedo
sobre sus labios me advirtió con mirada significa­
tiva:
— Sobre todo, mucho silencio. Lo ha jurado
usted solemnemente.
A la verdad mi conducta no brillaba por el desin­
terés. Lo conozco; pero si no me producía una
blanca, ¿de qué me servía el riesgo corrido y la
cooperación en el gran descubrimiento, que sin mí
y mi esfuerzo heroico no hubiera llegado jamás al
debido término y felice cima? Y decía yo para mi
sayo: he aquí que me llevo en cuatro pedruscos un
tesoro, que no me sirve para maldita de Dios la
cosa; un caudal que no puedo aprovechar hasta
que dé con mi cuerpo en Flandes, ó qué se yo en
donde; he aquí que guardo en la faltriquera de mi
chaleco un capital, y que, sin embargo, mi haber
se reduce á lo que contenga este vaporoso bolsillejo,
¡más aéreo y tamizado que el cuerpo de un cesan­
te! ¡Válanos Dios, y qué caprichosa que es la
suerte!
Así pensado apreté el resorte del portamonedas
de Onarro, y vi en su fondo nada menos de una pe­
seta, por más señas columnaria, y obra de seis
piezas de á dos cuartos, roñosas y veteadas de
verdín, cuya vista me produjo el efecto que cual­
quiera podrá figurarse, y fué tal el chasco, que con
irritada mano me disponía á arrojar el ridículo te16

242

Emilia Pardo Bazàn.

soro á las losas de la calle, á tiempo que noté que
el monedero tenía un segundo cuerpo interior, que
yo no abriera. Hícelo y divisé en él un papel enro­
llado y amarillento, gastado por los cantos y es­
quinas, que desenvuelto pareció ser un billete de
4.000 reales del Banco de España.
De cuatro mil reales á la fortuna de perulero que
yo me prometía, distancia va: y con todo eso me
aligeró el corazón y confortó el espíritu aquella
cantidad, no poseída en mis días de mayor opulen­
cia y racha más afortunada. Hubiera yo preferido
atesorarla en centenes de oro, amarillitos y sonan­
tes, mejor que en aquel viejo retazo de papel. No
obstante, guardólo con religioso respeto en el bol­
sillo del izquierdo lado.
¡Cosa extraña y natural, sin embargo! Desde
que me hallé propietario de tanto dinero junto, em­
pezó á turbarme doble desasosiego: el ansia febril
de gozar las primicias de la posesión y el temor
de la pérdida. Ante todas las tiendas me paraba:
se me iban los ojos tras de cuantos objetos veía
expuestos, no porque los necesitase, sino por el
gustazo de adquirirlos. Al mismo tiempo, y cual si
padeciese palpitaciones cardiacas, llevaba frecuen­
temente la mano al lado siniestro, pareciéndome
que á cada minuto le saldrían alas al billete, con
que volase sin parar hasta la veleta más alta de la
torre de la catedral. Al cabo fueron creciendo mis
tentaciones, y no pude menos de entrar en un es-

Pascual López.

243

tablecimiento de ropas hechas, ó por mejor decir,
vergonzante sastrería, donde compré el gabán más
majo y el más currutaco pantalón posible; unido lo
cual á una corbata de rabiosos colores y á un som­
brero recién salido del horno según estaba de fla­
mante, me hallé con el billete cambiado, cuarenta
pesos menos, y el más gentil equipo del mundo, á
mi parecer. Añadí á mis compras guantes y un cha­
bacano junquillo que remataba en la cabeza de un
galgo de metal, y en tal atavío comencé á pasearme
ufano por aquellas calles de Dios.
Nunca mico puesto en balcón, borrego de rifa ó
toro con moña de raso y plata obtuvieron ovación
tan ruidosa y espontánea cual la que logré yo entre
mis compañeros de estudiantería. Quién me pa­
raba en la calle, haciéndome dar más vueltas que
un molino para admirarme mejor de pies á cabeza;
quién palpaba el paño de mi gabán, para cercio­
rarse de su bondad, y mi persona, para persuadirse
de que era el de siempre, y no contrahecha y fan­
tástica figura; quién me felicitaba irónico, y quién
me tragaba con ojazos de envidia. Disfrutado el
lucimiento de la calle, aspiré al del hogar; volví á
casa, y entré taconeando y llamando á gritos á la
criada para que me sirviese la comida luego. Salió
ella, y quedóse absorta ante mi nuevo avío; apare­
ció después doña Verónica, y cruzando sus manos
flacas, que se trasparentaban por la negra rejilla de
unos tradicionales mitones, exclamó:

244

Emilia Pardo Bazàn.

— ¡Ay, Jesús... madre mía..., ay, qué diferente
viene! ¡Qué ropa tan elegante y tan preciosa!
¿Quién lo conocería así? Si parece el señorito don
Víctor fuera el alm... digo, si la cara fuese igual...
¡Sombrero de copa alta... guantes y todo! Pero, ¿y
cómo le dió esta manía de ponerse tan lechuguino?
¿Hay dinerito nuevo?
— ¡La comida!—contesté yo con dignidad.
—¡Ay qué bastoncito! Deje, deje ver—replicó la
curiosísima patrona. —¡Qué monada!
—¡La comida!—repetí perentoriamente.—Y que
vaya Dominga al café de Mariano, y que traiga
ponche y una botella de Jerez del mejor... y á don
Nemesio que le suplico me haga el favor de venir
á comer conmigo.
—Bien , sí, señor, se hará todo... Solamente que
D. Nemesio come hoy con el señorito D. Víctor;
ya se sentaron á la mesa... y el café de Mariano,
como está tan lejos, no sé si Dominga podrá ir,
porque tiene que hacer el servicio... Pero usted va
allá después de comer, ¿verdad ? y toma allí el
café á su gusto. Diga, diga, ¿le cayó la lotería?
¡Qué risa, señorito Pascual! ¡Qué guapo viene!
¡Cuántas conquistas por esas calles!
En vista de que era imposible lucirme con don
Nemesio, como deseaba, resignóme á comer solo
con gabán, mas aun no trasegara la segunda cu­
charada de sopa del plato al estómago, cuando
abriéndose la puerta vi aparecer en ella la lastimo-

Pascual López.

245

sa y derrotada figura de Cipriano, que se vino de­
recho á mí, y apretándome, como el día de los
Agros, hasta sofocarme, exclamó dando voces:
— ¡Oh, Creso! ¡Oh, Mecenas magnífico! ¡Oh,
capitalista sin segundo! A tí me acojo, de tí me
amparo, por tí me salvo; perdona mis dudas, mis
desconfianzas, mis suspicacias y chanzonetas. Sé
tu lucimiento, conozco tus esplendores, no ignoro
tus grandezas, tu gabán toco, tus pantalones veo,
tu sombrero me deslumbra y me anonadan tus
guantes.
—Y mi sopa te hechiza— contesté yo sin poder
dejar de reirme al verle asir una cuchara y mudar
el sustancioso alimento de la sopera á la boca con
gentil desembarazo.
— ¡Oh, Anfitrión espléndido!— replicó el estu­
diante con la boca llena y sin cesar de embaular.
Ya sé yo que no pararán aquí tus beneficios. Ya
estoy viendo caer sobre mí una lluvia de oro, de­
rramada por un Júpiter más desinteresado y menos
bellaco que el de marras. Ea, vengan esos cuantos
miles de reales.
— Confórmate con la sopa—repuse yo.—Por hoy
no puedo ofrecerte don más opulento. Atrácate de
fideos, y date por servido.
—Bromas que prueban tu festivo ingenio. Eres
agudo y discreto, como Quevedo de feliz memoria.
Pero mi bolsillo arde en impaciencia: y por ende...
Diciendo esto hacía ademán de registrarme y

246

Emilia Pardo Bazán.

tentaba sutilm ente todo lugar en que pudiera g u a r­
darse dinero. En el bolsillo del chaleco tenía yo el
mermado cambio del billete: los dedos insinuantes
y resbaladizos de Cipriano se enhebraban ya por
entre la solapa del gabán, buscando el escondrijo,
cuando me pareció oportuno enderezarm e y des­
viarle con enérgico movimiento.
—Manos quedas—g rité.—¿ No basta decir que
no tengo?
—¡M entira!—'respondió sin perífrasis Cipriano.
—Acabo de notar y percibir el dulce bulto... el áu ­
reo sonido...
—Vete n o ram ala, y con mil de á caballo. T engo
dinero; pero no me es posible desprenderm e de él.
Lo necesito.
—Me lo ofreciste.
—Valiente pérdis estás tú. ¿No te acuerdas ya
de Inocencio?
—¿De... Inocencio?
—Sí, de Inocencio. ¿No me has dicho que e sta­
ba á dos dedos de ahorcarse por falta de unas p e­
setas? Pues hijo, antes que tú es él.
—¿Yo te dije eso? Vive D ios, que ya no hacía
memoria. Me parece que te engañas, y acaso ya
tam bién exageré en más de la mitad. Pero, ¡obser­
va mi estado! Nadie como yo ha m enester tus lar­
guezas...
E n vez de discutir con tan fastidioso y terco tá ­
bano, resolvíme á no comer, y tom ando el sombre-

Pascual López.

247

ro, eché á andar camino de la calle. Siguióme el
estudiante m enudeando lamentaciones y ruegos:
m as como yo fuese acercándome ya á la casa en
que Inocencio vivía, noté que al revolver de una
esquina desapareció Cipriano de súbito. Entonces,
confieso que me asaltaron tentaciones de no seguir
adelante con la proyectada obra de c a rid a d , que
al fin y al cabo iba á consumir lo más g ra n a d o de
mis haberes.
Repito que sin tenerm e por enteram ente malo,
estoy persuadido de que nunca fui ni seré heroico
y sublime. Mis cualidades, como mis defectos, p e r ­
tenecen, á una esfera vulgar y mediana. No me
d esagrada favorecer á los necesitados, siempre que
p a r a ello no sea preciso imponerme privaciones y
sacrificios. No miento sin objeto: pero m entiría con
fruición por librarm e del cadalso ó del martirio.
A despecho de esta condición m ía, en aquel m o­
m ento hubo de vencer el buen propósito, ya p o r ­
que á mi indolencia moral repugnase la idea de t e ­
ner que acusarme del suicidio de Inocencio, ya p o r ­
que hurgase en mi conciencia cierto remordimiento
íntim o de las m uchas tru h a n e ría s, de las p e sa ­
das bromas y tra m p a s ligeras hechas ta n ta s veces
al pobretón estudiante. A dem ás, yo reconozco en
mí un gran prurito de ostentación y v a n id a d : g ú s­
ta m e en extremo pre se nta rm e como persona de im ­
p o rta n c ia , y así fué que la idea de desem peñar el
papel de Providencia, de aparecer repartiendo oro

248

Emilia Pardo Bazán.

y salvando la situación, me sonreía en extremo.
Continué, pues, decidido á hacer la dicha del mal­
aventurado jugador.
Causóme una especie de desengaño el no encon­
trar á Inocencio descabezando menudamente las
cerillas de una caja, ni untando de sebo un lazo co­
rredizo, ni aguzando y acicalando bien un fiero pu­
ñal. Hallóle abatido sí, pero sin arrebatos y muy
resuelto á venderse por sustituto en las próximas
quintas, á fin de resarcir á sus padres el perjuicio
ocasionado: propósito en verdad muy conforme con
el fondo de tosca y cerril honradez de su alma.
Volvíle ésta al cuerpo con el anuncio del inespera­
do socorro que le traía. Víle, depuesta su bronca
reserva y huraño carácter, arrojarse á mis pies,
abrazar mis rodillas y llorar y babear como un chi­
quillo. Me juró mil veces no volver á tocar á un
naipe en los días de su vida, recordando siempre
el fatal momento en que Cipriano le desplumó sin
misericordia. Cipriano, en efecto, había sido el au­
tor de la fechoría, y quiso sin duda aplacar á su
manera los escrúpulos de la conciencia, reparando
su fullera estafa á cuenta de mi bolsillo.

Pascual López

249

XI
Recogíme á mi albergue tan molido y quebran­
tado á puras emociones, que apenas podía tenerme
en pie. Caía la tarde, y una parda y penetrante ne­
blina, comunísima en aquel clima húmedo, se ten­
día lentamente por las calles. Al penetrar en el por­
tal fementido y negruzco de doña Verónica, trope­
cé con un bulto humano que soltó una imprecación;
estaba el sitio como boca de lobo, pero encendí un
fósforo apresuradamente, y pude divisar, á su luz
parpadeante y dudosa, á un ganapán con blusa
azul de cotonía y gorra de pelo, que en sus forni­
dos brazos sostenía una sombrerera, un estuche de
viaje de cuero de Rusia, y un saco de mano: detrás
bajaba la escalera, dando taconazos y tumbos, otro
tagarote, cargado con un baúl mundo razonable,
cuyos dorados clavos relucían sobre las tiras de cha­
rol negro que fileteaban sus costados. Dejé pasar á
los dos mozos de cuerda, y subí deprisa hasta mi
cuartuco.
No bien encendida á tientas la palm atoria, vi so­
bre su platillo de latón una carta cerrada con oblea,
cuya forma conocí presto, abriéndola con ansia.
Era de Pastora. Con los sucesos de la mañana, ca-

250

Emilia Pardo Bazán.

si había yo echado en olvido que aquel día term i­
naba el plazo impuesto por el señorito de la Formoseda para la decisión final de la sobrina del ca­
nónigo. Recordándolo, leí afanoso la m isiva, sin
discurrir al pronto cómo podía haber llegado á mi
habitación para que yo la encontrase. H e aquí su
contenido, prévias las devotas iniciales de costum ­
bre:
«Mi muy estimado Pascual:
»Hoy ha sido para mí día de grandes trabajos:
»vaya todo por Dios; aún no sé cómo tengo cabeza
»para escribirte ahora. Sabrás que mi tío me llamó
»á las doce, y con una cara y una voz que ponían
»respeto, me dijo que era preciso que resolviese
»una contestación definitiva para D. Víctor, porque
»bien se me alcanzaba que no era ya formalidad ni
»conducta estarlo entreteniendo. Me expuso las
»ventajas de la boda, me habló de las costum bres
»de D. Víctor, de sus buenas ideas, de su familia,
»de sus intereses... Yo tenía mucho miedo al prin»cipio; después fui serenándome, y hablé claro, sin
»rodeos, como si estuviese en el confesonario. De»claré que me era imposible gustar de D. Víctor,
»que repugnaba el enlace, y que mal camino era
»para cumplir los deberes de mi estado entrar en
»él con violencia y fuerza notorias. No sé dónde pu»de rebuscar el valor necesario para responder así
»al tío: tem blaban todos mis m iem bros, pero crea

Pascual López.

251

»que la voz era firme. Contra lo que yo imaginaba
»no se airó el tío: antes me contestó, con gravedad
»y compostura , que llevaba razón, y que puesto
»que me conocía por prudente y cuerda y cristiana,
»vista mi decisión , no había más que tratar en ello.
»Respiraba yo ya con holgura, cuando el tío, ha»ciéndome sentar y discurriendo como en amistosa
»plática, me habló de tí. Empezó por informarse é
»inquirir qué prendas singulares en tí se juntaban
»que así me hacían rehuir y desdeñar una tan ven»tajosa colocación y un tan honrado marido, por
»conservarme fiel amante tuya. Díjome que, deja»da aparte tu pobreza, que no era imputable á tí,
»él tenía noticias verídicas y exactas de que ningu»na cualidad digna de nota te distinguía del vulgo
»de los mortales. Que á despecho de ciertas voces
»que corrían, á él le constaba de buena tinta que
»eras en el estudio desaplicado, y no muy agudo;
»en religión indiferente y perezoso; en tu conducta
»ni malo ni bueno; y por último, en todo inferior á
»la alta estimación que yo te concedía. Pascual,
»Pascual, nunca me vi en mayor aprieto. No sabía
»qué responder, ni por dónde salir. Una voz me ex»citaba impeliéndome á defenderte, y otra me impo»nía silencio, arguyéndome que el tío estaba muy
»en lo cierto. Alegué, sin embargo, las palabras y
»promesas que han mediado entre tú y yo, y repli»cóme el tío que se maravillaba de cómo una don»cella de mi reflexión y juicio podía tratar asunta

252

Emilia Pardo Bazàn.

»tan importante al alma y al cuerpo, cual es el del
»matrimonio, sin guiarse más que por loca afición
»y vano enamoramiento, que no mira en dónde se
»emplea.»
«Sobrina, añadió, en eso se distinguen la labo» riosa abeja y la mariposa casquivana: en que aqué»11a no se posa sino en el cáliz do sabe que hay bue«na miel, y ésta revolotea y se para sobre cualquier
»flor inútil.—Y aún prosiguió el tío largo rato expo»niéndome los peligros de esas uniones, hechas con
«liviandad y ceguera, sin que haya acuerdo en los
«pensamientos, ni concierto en las alm as, y que,
»pasado el hervor prim ero, y resfriado el corazón
»ya, rematan en desastres y rencillas y desconfor»midad y guerra. Oíale yo con la cabeza baja, y
»sin topar, así Dios me prospere, argumento que
»oponer á sus argumentos. Porque mientras iba el
»tío estrechándome y encerrándome en la exacti»tud de sus razones, parecía como si se rasgase un
«velo y quedasen patentes para mí una multitud
»de cavilosas dudas con que he batallado mil veces
»y que me han hecho salir, aunque tan moza, un
«par de canas que puedo enseñarte. Es el caso que,
«si bien soy ignorante y ruda y no sé más que lo
» que oí al vuelo en algún sermón, bien se me alcan»za que el destino de los humanos es aspirar á la
»suma mayor de perfección en esta vida y en la
»otra, para lo cual debemos cogernos y asirnos
»muy estrechamente á las cosas más perfectas, que

Pascual López.

253

»nos comuniquen algo de su esencia. Y así yo,
»Pascual, que me encontraba ya unida y enlazada
»con la perfección del estado m onástico, erré qui»zás poniendo el amor que debía al Divino Esposo
»en un hombre mortal. Pero como quiera que á
»Dios no le vemos sino con los ojos del alm a, y para
»esto se ha menester tenerlos muy claros y perspi»caces, y al hom bre, que es imagen y semejanza
»de D ios, le notamos muy bien con los corporales
»ojos, no es de extrañar que á veces dejemos la
»perfección altísima é invisible de Dios por lo per»fecto visible que en su imagen encontramos. Mas
»para disculpar y explicar este sendero que tom a
»el alma , y esta manera de infidelidad que hace á
»Jesucristo, es fuerza que se reconozca en el objeto
»que la aparta de tanta hermosura , algún atractivo
»ó belleza especial que dé color y haga compren»der en cierto modo mi m udanza. Y por este ra»zonamiento, Pascual, pensaba yo cuando iba ha»blando el tío con cuán poca tentación fui rendida
»y con qué chica causa me moví á rom per la fe ya
»casi prom etida á Dios. No quiero ofenderte, pero
»la verdad es que desde que te conozco no te he
»visto seguir más regla que tu gusto, ni aspirar más
»que á la satisfacción de tus m undanos apetitos.
»En fin, no estás tú enteram ente cortado por el pa»trón de aquellos hombres que parece que justifi»can en lo posible la determ inación de dejar por
»ellos un estado que envidian los ángeles. M ientras

254

Emilia Pardo Bazàn.

»estas especies se me presentaban confusas y en
»tropel, acabó el tío su perorata, proponiéndom e
«un arbitrio que conformaba tan bien con mis pro»pios deseos, que lo acepté en seguida. D. Neme»sio te informará de él, y entre tanto, deseando
■»que apruebes y estimes mi resolución, se despide
»de tí.—Pastora.))
— ¡De dónde diantre sacará esta m uchacha ta n ­
ta sutileza, tales raciocinios y tanto tiquis miquis!
— exclam é, olvidándome en mi enojo de que mil
veces adm irara yo la claridad de entendim iento de
P astora, llamándole en chanza doctora y bachille­
r a . — ¡Y qué resolución será esa! ¡de fijo que se
casa con el rico, y para disculparse ha puesto c u a ­
tro cosidas de argucias y teologías! ¡D. Nemesio!
— grité golpeando la puertecilla de comunicación
— ¡ D. Nemesio! ¿E stá usted ahí? ¿puedo entrar?
D. Nemesio asomó á la puerta, y se coló en mi
cuarto, no sin haber apagado antes la palm atoria
que en el suyo ardía.
—Don P ascual —me dijo con despaciosa pronun­
ciación—ya me presumo lo que va usted á pregun­
tarm e; pero antes tengo que aclarar un punto. Yo
he traído á usted esa carta de P astora; mas es in­
útil añadir que lo hice conociendo su contenido,
acerca del cual, como buena y sumisa hija de con­
fesión, se asesoró P astora conmigo.
— Bien, señor D. Nemesio; pero ¿qué resolución
h a tomado P astora? ¿se casa con D. Víctor?

Pascual López.

255

— Pasan en el mundo cosas que le dejan á uno
con tamaña boca abierta. No hay inteligencia que
alcance á vaticinar ciertos sucesos.
— Pero... ¿se casa con él?
— ¡Quiá, amigo mío! Un no más redondo que una
naranja.
— ¡Vaya! Poco pesquis hacía falta para profeti­
zar eso, señor D. Nemesio.
— No, pues usted pasó sus miedos y sus recelillos correspondientes.
— ¡Bah! ya sabía yo que mi Pastora...
— De cien niñas habrá una que desdeñe así un
partido como D. Víctor; pero dejémoslo. D. Víctor
se marcha; no sabe usted cuánto lo siento. Va á
la corte á distraerse de este mal rato. ¡Un joven
tan apreciable! La casa se queda vacía.
— ¿De suerte que el equipaje que topé en la es­
calera...?
— Era el suyo. En menos que canta un gallo se
preparó todo. Es muy vivo D. Víctor en ciertas
ocasiones. Aun le ayudé yo á doblar la levita y á
guardar las camisas planchadas... Y hoy era día
de despedidas. La de Pastora me enterneció casi,
á fe de Nemesio.
— ¿La de Pastora? Pues, ¿se ha marchado?
— ¿Sí que no lo sabrá usted? ¿no lo anuncia la
carta?
— No, señor, no lo explica.
— Pensé que lo añadiese en postdata. Pues, ami-

256

Emilia Pardo Bazàn.

go, P astora ha resuelto entrarse, por algún tiempo,
siquiera, en el convento de...
Y aquí me citó uno de los más conocidos de S an­
tiago, que no nombro yo por razones que el lector
com prenderá más adelante fácilmente.
— ¡A un convento!—repetí atontado sin darm e
cuenta de lo que decía—¡Va á ser monja!
— No, señor; monja no, por ahora al menos. Lo
que quieren D. Vicente y ella es que no siga en el
mundo y en la respetable casa de su tío, m ientras
esos amoríos fútiles no paren en m atrim onio, ó
m ientras no se persuada Pastora de cuál es su vo­
cación verdadera y firme; que aun sobre ésta y
otras m aterias anda sumida en dudas graves. No
sabe usted cuánto me huelgo de que la pobrecilla
esté en puerto seguro, y de que las rejas del con­
vento se hayan cerrado sobre su doncellez, porque
si usted presenciara hoy la escena que entre ella y
su madre medió, le tendría usted lástima. Cuando
la furia (¡Dios me perdone!) de misia F erm ina se
convenció de que ya era fallida toda esperanza de
opulento yerno, se encerró con Pastora, y después
de cubrirla de denuestos é injurias de plazuela, la
asió de las trenzas, queriendo arrastrarla por el
cuarto; y qué sé yo cómo lo pasaría la infeliz cor­
dera, si D. Vicente, recordando sus buenos tiem ­
pos de la guerra civil, en que era un mozo (según
dicen) como un trinquete, no echara abajo la p u er­
ta de una puñada formidable y no arrancara á

Pascual Lófez.

257

Pastora de aquellas felinas uñas. Todo el día se lo
pasó el bueno del tío haciendo centinela en el um­
bral de la habitación en que puso á su sobrina,
para que llorase y escribiese á sus anchas.
— La pobre nada me dice de esos'malos trata­
mientos— murmuré yo casi compungido. — ¡Lásti­
ma que hoy no se use el emplumar!
— Pues no le dejó D. Vicente á esa monfi que se
arrimase á su hija hasta el momento de la despe­
dida, en que Pastora, como es tan buena cristiana,
fué á besarle humildemente la mano.
— ¡Voto á sanes! ¡Qué mordisco!
— D. Vicente hizo á Pastora que se echase el
velo á la cara, se embozó él en el manteo y se la
llevó. Ahí tiene usted el final de la tragedia. ¡ Gra­
cias á Dios! al menos en su celda estará sosegada.
Y usted debe considerar que este arbitrio ha sido
el más prudente, sabio y cauto que pudo adoptar­
se. El alma de ambos gana mucho con él. El dia­
blo no duerme y hurga el corazón y teje los suce­
sos de modo que á veces, con los propósitos más
rectos, se para en lo peor. No lo digo por Pastora,
que bien conocida la tengo, y sé que su alma es
un cristal y un espejo; eso sí.
— Entonces, por mí lo dirá usted.
— N o, no; usted es un mancebo muy de bien...
Pero mozos, y enamorados, y dueños de verse...
De todos modos, le viene á usted de perlas carecer
de la distracción que le proporcionaba la presencia
17

258

Emilia Pardo Bazàn.

de Pastora, porque así podrá usted estudiar y pro­
curarse un porvenir para merecerla.
Oía yo á D. Nemesio, y como suspenso y absor­
to daba golpecitos en mi rodilla con la mano. Al
rozar en el pantalón, hube de sentir un objeto duro.
Eran los famosos diamantes del experimento, en­
vueltos en el propio papel en que me los entregara
Onarro. Pegué un brinco al súbito recuerdo que
aquel objeto despertaba y que casi se borrara ya de
mi mente con tantas impresiones varias y nuevas.
— ¡Señor D. Nemesio—exclamé—pero si me ol­
vidaba de lo mejor ! ¡ Majadero de mí, si mi porve­
nir está hecho ya, y es magnífico, soberbio, incom­
parable !
D. Nemesio me miró de hito en hito, á ver si es­
taba serio. Alarmóle mi cara.
— ¡Sí, soy rico!—proseguí—rico y poderoso, sin
necesidad de quebrarme los cascos y mancharme
los dedos en la clínica! Y no digo más; pero, por
mi santiguada, que el que viva verá buenas cosas.
Sí, D. Nemesio honrado, nos casaremos, nos casa­
rá usted, y tendrá un buen regalo, y dirá la misa
con cáliz de oro, y cuanto lujo pudiera desplegar
D. Víctor en su boda, no llegará á la suela del za­
pato del que ostentaré y o !—Y en la expansión de
mi júbilo, eché los brazos al cuello del buen cléri­
go, que se desasió blandamente, y entrando á la
carrera en su dormitorio, volvió en seguida con la
tetera y correspondientes chismes.

Pascual López.

259

— Si no estoy enfermo ni lunático—grité.— La
tetera no hace falta.
— Bueno será, sin embargo, que tome usted una
tacita—repuso D. Nemesio, que diciendo y hacien­
do encendió la estufilla.
Dejéle yo con su inocente faena, y tomando papel
y pluma emborroné una misiva para Pastora:
«Paloma mía,» — pósele con febril pulso y mal
trazada letra—«fuera de sazón me parece que
»vienen ahora esos repulgos y esas cavilaciones en
»que te engolfas. Has despachado al monigote de
, »D. Víctor: has hecho muy bien; pero no sueñes
»con rejas, ni con tocas, porque, óyeme, que de esta
»vez va de veras; soy rico, opulento, apaleo el oro,
»nado en riquezas, no sé cómo te lo exprese, repita
Ȏ inculque para que lo entiendas; hoy mismo salgo
»á un viaje de algunos días, y á mi vuelta traigo
»conmigo los tesoros de las Indias, la plata de
»todo Méjico; con que, chiquilla, déjate de discu»rrir, van á realizarse mis proyectos, fantasías y
»castillos en el aire, que te hacían reir tanto ; lle»garé y verásme poner á tus pies un montón de
»onzas, que mal año y mala pascua me dé Dios si
»no sube tan alto como el campanario de tu con»vento.
»Adiós, princesa; no pienses en monjío, criatura;
»podemos ser más felices que reyes. El matrimonio
»es un estado santo; pregúntaselo á D. Nemesio,

26o

Emilia Pardo Bazán.

»que no me dejará mentir. H asta la vuelta; te es»cribirá desde todas partes tu
P ascual. »

A un mismo tiempo tendía yo á D. Nemesio esta
carta, y alargábam e él á mí la tacilla llena de la
aromática bebida, y despidiendo suave vaho. Mien­
tras yo bebía por compromiso el té, él concienzu­
dam ente se daba á leer mi epístola. Al term inarla,
dejóla caer con desaliento en el regazo femenil que
le formaban los pliegues de la sotana, y apoyando
el codo en la mesilla, m urm uró:
— Sr. D. Pascual, no tengo inconveniente en dar
á P astora e s ta c a ría ; pero quisiera que usted se
fijase bien en lo que en ella se contiene. H abla
usted de riquezas, de millones, de apalear oro... y,
vamos, yo creo que los malos ratos de estos días
pueden haberle afectado... no, no lo eche á m ala
parte; pero en fin... ahí hay cosas, que en Dios y
en mi ánima...
—Todo es verdad;—afirmé muy grave, chupando
los terrones de azúcar que, ensopados y á medio
desleir, quedaban en el fondo de la taza.
— Podrá ser, pero no lo parece.
—Yo se lo aseguro á usted...
—E s tan inaudito el caso...
—Pero no imposible.
— ¡Su alma en su palm a! Si Pastora me pide
consejo, yo, como padre espiritual, debo dárselo

Pascual López.

261

sano; y no se enfade, Pascualito; tengo para mí
que en durmiendo hoy, y tomando caldo de sus­
tancias y té, escribirá con más cordura y razón.
Estudie, trabaje; Pastora le quiere bien...
Sin decir palabra, y con diligencia admirable,
tras de haber mirado la hora que era, inclinóme y
arrastré de debajo de la cama la maleta de cuero
negro y bruñido á fuerza de uso, y sin cuidarme de
sacudir la costra de polvo inveterado que la cubría,
comencé á embutirla y rellenarla sin orden ni con­
cierto con las tres ó cuatro maltratadas camisas,
los pañuelos, las botas de repuesto, las navajas de
afeitar y demás prendas y trastos de mi mezquino
guardarropa y ajuar espartano. Allí caían y se mez­
claban heterogéneos objetos, con la propia confu­
sión con que se barajaban en el seno del caos los
elementos primarios de los mundos.
— ¿Qué hace?—preguntóme D. Nemesio, que no
cesaba de observar con azorados ojos mis idas y
venidas y mi apresurada maniobra.
—Ya lo ve usted; el hato,—contesté envolviendo
en una chalina vieja unas cuantas cajetillas de
papel y sepultándolas en las entrañas del maletín.
—¿Pero se marcha usted?
— Sí, señor, ahora mismo.
—¡Pascual!... ¡Pascual! Dios quiera... vamos, yo
me entiendo. ¿Y á dónde bueno? ¿Se puede saber?
— A Madrid.
—¡Jesús!

262

Emilia Pardo Bazán.

— Por la diligencia portuguesa, que sale ahora
á las diez y media de la noche.
— ¡ Señor!... ¡Señor! ¡Peste hay de m archar! ¡Se
va todo bicho viviente ! Y esta fuga, ¿es para vol­
ver con los millones?
— Cabalito.
— Hijo — me insinuó D. Nemesio, incorporándo­
se y llegándose á m í, con m uestras y señales de
enternecim iento y pujos de paternal afecto — hijo,
piénselo: barrunto que cam ina usted en alas de un
desatinado afán y hacia una em presa huera y loca.
Estos misterios, esta precipitación, esos m ontes y
morenas que usted se promete... desde mil leguas
trascienden á mirage y engañosa quim era de la
fantasía. No quiere usted revelar cuál sea el funda­
mento de sus esperanzas, ¡malum signutn! Créam e,
deshaga el equipaje, y ahora cenaremos juntos,
en paz y en gracia de Dios.
— Convido á usted, — dije con fachenda ,— á co­
mer en mi compañía el día de mi vuelta, y le p ro ­
meto que habrá pechuguitas de faisán y vino del
de á cinco pesos botella. ¡Animo, Sr. D. Nemesio!
U sted verá quién es Pascual López.
Mostró D. Nemesio en la expresión del sem blan­
te hallarse un tanto impresionado y movido por mi
terquedad y afirmaciones rotundas. Explicábam e
yo con tan gentil y seguro y alegre adem án, que
era irresistiblem ente contagioso mi optimismo. De
re p en te, en el momento de doblar con delicado es-

Pascual López.

263

mero mi flamante gabán, estirando las mangas
para evitar las arrugas, cruzó por mi mente un
pensamiento, un recuerdo que me dejó helado y de
una pieza. Introduje los dedos pulgar é índice en
el bolsillo del chaleco, y extraje un doblón de á
cinco, un peso isabelino y alguna calderilla. Era
cuanto restaba del billete de cuatro mil.
Paróme abrumado, sin movimiento ni voz, caída
la cabeza y colgantes los brazos y trasudando de
congoja. D. Nemesio me contemplaba, esperando
sin duda á ver en qué quedaría aquello. Mas de
improviso me fui derecho á él y retrocedió. Le así
violentamente de la mano. Se hizo una pelota , y
se metió en un rincón. Medio á la fuerza le arran­
qué de allí.
— Señor don Nemesio de mi vid a,— grité con
descompasado tono, — usted es bueno, usted es un
santo, usted me salvará. Présteme usted sólo me­
dia onza: con ella espero llegar á Madrid. Me basta.
Miróme D. Nemesio atónito, y soltando al cabo
la risa.
— ¡Buen principio de semana, — exclam ó,—
cuando ahorcan el lunes! ¡ Con que es usted el fu­
turo millonario, el que apalea el oro, el que nada
en riquezas ! ¡Bien comenzamos, hombre!
— Yo le juro á usted que se la volveré doblada y
zahumada. Antes de ocho días, le enviaré si gusta
ochocientos duros. Pero no me deje usted morir
ahora de pena. Vengan por el cielo esos 160 reales.

264

Emilia Pardo Bazán.

— Pascual, media onza supone mucho para este
humilde capellán, que no quiere en su vejez vivir
á expensas de nadie, aunque tiene excelentes ami­
gos que se regocijarían...
— ¡Señor don Nemesio! ¡Será un favor que no
olvidaré jamás! Esa media oncita , mire usted, me
saca del pantano. Con lo que tengo no me alcanza
para el billete.
Se nubló el rostro del excelente hombre. Vi cla­
ro que le afligía de un modo igual negarme el ser­
vicio ó perder sus ocho duros. Entonces me ocurrió
un expediente. Cojí en mis brazos el gabán, como
se coje á un niño chiquito, y lo deposité en manos
de D. Nemesio.
— Me ha costado veintiséis pesos hoy—dije—y
siempre producirá diez. Autorizo á usted para que
lo venda.
— No, Dios mío, no lo decía yo por tanto —mur­
muró D. Nemesio algo colorado y confuso.—Ne­
mesio Angulo experimenta placer singular en ser­
vir á sus amigos sin interés ni cálculo. Sólo que ya
ve usted, yo no soy un potentado; ni ahora ni nun­
ca lo fui; la misita me mantiene, y procuro vivir
con sobriedad. Pero al cabo le aprecio. Voy por la
media onza. Le suplico, eso sí, que cuanto antes
pueda... porque mis economías son tan escasas...
— No, no la admito, si usted no recibe el ga­
bán.
— Bien, bien, lo cepillaré y cuidaré en ausencia

Pascual López.

265

de usted... Le pondré alcanfor para que no se apo­
lide...
Salió D. Nemesio, y volvió trayéndom e, envuel­
ta en mil papelitos, media reluciente pelucona.
Breves fueron mis aprestos de viaje. En la admi­
nistración de diligencias vi, lo primero de todo, á
D. Víctor de la Form oseda, muy embutido en su
gabán y resguardado el rostro de la fría tem pera­
tura con un pasamontaña de pieles. No pude juz­
gar de la expresión más ó menos mohína de su ros­
tro, porque sólo la nariz asomaba entre aquel ata­
vío semi-eslavo. A un tiempo mismo saltó él y se
recostó en la berlina, y me encaramé yo al cupé
trabajosamente. ¡Jugarretas de la suerte capricho­
sa! Ibase él calabaceado y á malgastar dinero, yo
preferido y á granjearme un caudal; y como para
irritar mis ansias, todo el camino le vi bajarse en
las estaciones, y comer y almorzar opíparamente,
mientras yo engañaba el apetito con el pan y el
queso que envueltos y atados en una servilleta me
entregara al partir doña Verónica ; y en tanto que
á mí me servían de incómodo asiento los duros
bancos de los coches de tercera, tendíase él mue­
llemente en los cojines de un departamento depri­
merà, dormitando al amor de los caloríferos.
Yo pude vender mis diamantes en O porto, ciu­
dad donde es activísimo el tráfico de joyería, y
donde una larga calle está formada sólo por tien-

266

Emilia Pardo Bazán.

das de orífices. El comercio con el Brasil daría co­
lor al negocio de la venta de unas piedras en bru­
to. Mas no me ocurrió tan sencillo expediente, y
pasando sin detenerme por Oporto, no paré hasta
Madrid.
Al sentar el pie en la coronada villa, donde á la
sazón no existía quien se atreviese á usar corona,
que aun las inofensivas heráldicas había suprimido
el Gobierno revolucionario, víme en más que me­
diano apuro, por habérseme concluido el dinero
totalmente, y no poseer ni aun unos céntimos para
parodiar el alarde de Camoens cuando entró en su
patria. Hallóme, pues, perdido por las calles de
M adrid, en una bella y despejada m añana de in­
vierno, sin blanca en el bolsillo. El sol, claro,
picante y alegre, á despecho de la estación, ras­
gaba la ligera y vaporosa neblina m atinal, cuyas
gasas azules flotaban aún, encubriendo á medias
la elegante perspectiva de los árboles de parques
y paseos. Algún carruaje de lujo rodaba ya, cru­
zando desdeñoso al través de los pesados carros
de vituallas y mudanzas. Por las puertas entre­
abiertas de las cocheras se veía á los criados de
cuadra, en mangas de cam isa, cepillando y bru­
zando el arrogante tronco media sangre, ó bruñen­
do los lucios cascos del bayo trotón inglés. Los ca­
fés solitarios convidaban, no obstante, á entrar, y
en su dintel se recostaban los mozos, con blanquí­
simo delantal, bien peinados, tendiendo su hocico

Pascual López.

267

insolente y pulcro, como si de mí y de mi apetito
se burlasen. Los escaparates comenzaban á reci­
bir, en artística agrupación, su tentadora carga.
A traíanm e las joyerías. Me detuve ante la de Ansorena, y contemplé largo rato, al través de los al­
tos y diáfanos cristales, los estuches de raso cereza,
de terciopelo azul, en que descansaban aderezos
soberbios, sartas de iguales y gruesas perlas, un
pájaro de rubíes y esm eraldas, con cola de airones
de blanca pluma.
Estuve á punto de entrar allí y arrojar sobre el
m ostrador los diam antes del experim ento: m as
contúvome una idea: al lado de aquellas pedrerías
talladas, engarzadas y resplandecientes, lo que yo
llevaba en la faltriquera se me antojó más opaco y
feo que los adoquines del em pedrado: no me podía
habituar al pensamiento de que mi tesoro fuese
igual en calidad á los que ostentaba la vidriera de
la joyería; y al im aginar que acaso mi esperanza
estribaba en unos guijarros sin valor, me tem bla­
ron las rodillas, y sentí un desfallecimiento cre­
ciente. Al azar y sin objeto subí por una calle, que
después supe ser la de la M ontera; y cerca ya de la
graciosa fuente de la Red de San L uis, cuyo pilón
y platillos adornaban colgantes agujas y carám ba­
nos de hielo, vi una platería humilde y estrecha
en cuya d elan tera, entre algunos brincos de oro y
algunos corales, había cucharillas de sobredorada
p lata, pilillas de cáscara argentina, y tal cual dia-

268

Emilia Pardo Bazán.

mante montado en sortija ó aretes. Penetré, yaresuelto á salir de angustiosas dudas. Inventé una
historia, supuse un pariente muerto en el Brasil, y
cuya herencia constituían aquellas piedrecillas.
El platero dejó el periódico con que se solazaba, y
calándose los lentes, examinó curioso el contenido
de mi envoltorio. Sin pronunciar palabra pasó á la
trastienda, volviendo al cabo de pocos instantes.
Traía las piedras en una balanza, que dejó sobre
el mostrador.
— Son diamantes en bruto—dijo.
— ¿Verdaderos?—pregunté con ansia y aturdida
indiscreción.
— Ya lo creo.
— ¿Y valen?...
El platero tornó á mirarlos, á remirarlos; equili­
bró la balanza, los fué tomando después entre los
dedos uno por uno.
— Son—repitió—verdaderos, y tan puros y lim­
pios, que es pedrería de primera. Tendrán facetas
ricas y numerosas. ¡Qué claros!
— Y... ¿qué valdrán? ¿qué valdrán?—reiteré tré­
mulo de gozo y henchido de fe en la ciencia.
El traficante incrustó sus ojos en mi rostro, co­
mo para persuadirse de mi perfecta ignorancia é
inexperiencia en materia de diamantes. Patente
debió mostrarse mi incompetencia en el asunto,
porque el hombre puso satisfecho gesto.
— Valen... valen bastante: no una suma fabulo-

Pascual López.

269

sa... pero... E l tamaño no es grande, y en diaman­
tes, el tamaño es lo que importa... Un tantico más
de volumen hace subir el precio...
— En sustancia, ¿qué me da usted por ellos?
— Yo... es decir... ¿usted los vende?
— Sí señor. Ahora mismo.
— Para mí no es negocio: hay que tallarlos, en­
gastarlos, revenderlos... Pero si usted no es exi­
gente... ¿Se contenta usted con media talega?
¡Diez mil reales para quien carece de un ochavo
y siente los ásperos mordiscos del hambre! No obs­
tante, aunque me urgía tanto cerrar el trato y re­
coger el dinero, con todo, despertándose mi suspi­
cacia del Norte, barrunté que aquel hombre espe­
culaba con mi falta de conocimientos y con mi ca­
rencia de medios, y decidido á no dejarme cazar
sin defensa, regateé desesperadamente hasta obte­
ner los dieciséis mil. Entregóme la mitad incontinen­
ti y firmó un pagaré del resto, á plazo de tres días.
No bien fui dueño de aquella cantidad, pensé en
mantenerme y alojarme. Al saltar en la estación
del ferrocarril, oyera yo á D. Víctor de la Formoseda dar al cochero de un tres por ciento las señas
de una fonda, señas que se quedaron impresas en
mi memoria. Acudí á igual medio; ceceé al primer
alquilón que vi parado, gritóle la propia orden, y
con gran sorpresa mía, no bien hubo rodado como
cinco pasos, abrió el auriga la portezuela y dijo:
— Ya estamos.

270

Emilia Pardo Bazán.

Era allí, en efecto, en la misma calle: la mali­
ciosa simplicidad del cochero le hizo guardarse
bien de advertírmelo. Halléme, pues, como en San­
tiago, viviendo bajo el techo que cobijaba al seño­
rito de la Formoseda, circunstancia que, como
verá el lector, influyó harto en mi destino.
Es de advertir que el gallego, y aun no sé si todo
provinciano que de improviso y por vez primera
llega á la corte, experimenta una impresión de nos­
talgia y melancolía, una sensación de aislamiento
penoso, que le mueve á procurar, por cuantos me­
dios estén á su alcance, la sociedad y trato de los
paisanos y compatricios que errantes andan por
aquella liorna de Madrid. Dispersos los gallegos
en espectáculos y calles, se buscan con no menor
afán instintivo y mecánico del que muestran por
reunirse los trozos de la cortada serpiente. El ga­
llego de levita arroja entonces miradas de simpatía
y ternura á los záfios aguadores que por las esqui­
nas tropieza abrumados bajo el peso de los ense­
res de su humilde oficio. Si la Maritornes de su
fonda es gallega, casi casi improvisa con ella un
idilio. Los que en Galicia eran indiferentes, ene­
migos quizá, se saludan en Madrid con cordialidad
y júbilo. Con fruición inefable se dirigen una frase
en dialecto, y la celebran á carcajadas como si hu­
biera sido el donaire mayor del mundo. Comparan
los alimentos, el paisaje, el trato, y concluyen por
echar de menos, mientras saborean trufas, las fi-

Pascual López.

271

lloas y la borona, ó por maldecir del empedrado,
que no tiene baches como el del pueblo natal. Pun­
tualmente nos sucedió esto á mí y á D. Víctor. Al
encontrarme él en la mesa redonda, viéndome á la
vez con buen equipo ya, cosa que procuré en se­
guida, echó á un lado su altanería, reserva y tie­
sura, y me tendió la mano con cuanta amabilidad
cupo en su engomada persona.
Por mi parte correspondí á su cortés demostra­
ción, cediendo al doble deseo que me bullía en el
cuerpo, de hablar con una persona de mi país, y,
principalmente, de mostrar al orgulloso señorito
que Pascual López no era ya un quídam, y que po­
día competir con él en lujo, boato y esplendidez.
Mal conocería el carácter de los gallegos quien los
supusiera consagrados á amontonar sórdidamente
ochavo sobre ochavo, por el avaro goce de la po­
sesión. Si el gallego es capaz de ahorrar sin des­
canso toda su vida, éslo también de quemar sus
economías en cohetes por deslumbrar una semana
á su parroquia. Eso sí, es de rigor que los especta­
dores y admiradores de su magnificencia sean
aquellos mismos que le vieron partir descalzo y mí­
sero á las Antillas ó á la América del Sur. Cuando
el pobre mancebo barre en la H abana la tienda, y
esconde en la hucha un real más, sueña con el día
memorable en que ante toda su parentela luzca el
reloj y la cadena y la sortija adquiridos á costa de
tantos sudores, y pague ápeso de oro la propiedad

2?2

Emilia, Pardo Bazàn

del prèdio por cuyos linderos llevó en su infancia
las mansas vacas á merodear unas briznas de
yerba.
Yo, que sin mayor trabajo me hallaba con un
capital regular presente, y opulentísimas prom esas
para el porvenir, así á dos manos la coyuntura de
aturdir, sobrepujar y dejar atrás al acaudalado se­
ñorito, cuyos gastos y refinamientos tantas veces
me quitaron el sueño en Santiago. E n este torneo
y certam en de necedad no me iba en zaga el bueno
de D. Víctor. Si juntos asistíamos al teatro Real,
y me adelantaba yo á tomar los asientos, á la s a ­
lida Formoseda me obligaba á cenar en la Iberia,
y pagaba el Champagne y los helados. Al día si­
guiente convidábale yo á un almuerzo en la P erla,
y por la tarde traía él un carruaje de alquiler de
lujo, en que arrellanados como archipámpanos gi­
rábamos alrededor del obelisco de la Castellana,
sin conocer alma viviente en aquel remolino de
landos, clarens, berlinas y milores, dando quizás
á alguna hija de la civilización asunto de maliciosa
risa con nuestro aire sem i-aburrido, semi-impor­
tante.
Un incidente impensado vino á anim ar nuestra
sosa cuanto espléndida vida. Y fué que, como acer­
tásemos una noche á entrar en un teatrillo de los
de quinta clase, donde se representaba un come­
dión de magia prim itiva, con muchas tram pas y
alam bres, mucho ángel parlanchín y mucho diablo

Pascual López.

273

vestido de colorado, parecióme reconocer en uno
de dichos diablos, á pesar del diabólico arreo, la
propia figura y geta del ganapán de Cipriano,
aquel espejo y flor de los malos estudiantes; no pudiendo caberme ya duda en ello, cuando vi que el
diablo, habiéndonos divisado en las primeras filas,
nos hacía grandes señas, aspavientos y garatusas.
Apenas cayó el telón y comenzó el entreacto, vino
un acomodador á rogarme le siguiese entre basti­
dores; obedecíle, no sin llevar del brazo al insepa­
rable D. Víctor. Cipriano, ataviado con su traje
infernal, me recibió colgándose de mi cuello, con
demostraciones de extraño regocijo, y presentóme
á toda la gente de la carátula y la farándula, que
nos hizo campechana y risueña acogida. Supe que
el estudiante, siguiendo su aventurera vena y hu­
mor traviesísim o, se viniera de comparsa con los
zarzueleros, en pos de la estela de su doña Leonor,
que muy emperifollada, con disfraz de arcángel,
alitas de cartón y bucles, por allí andaba dando
vueltas. Desde aquel punto nos hallamos D. Víctor
y yo altamente relacionados: frecuentamos las
bam balinas, y no nos faltó quien nos riese las gra­
cias y quien nos aleccionase en conocer el mapa
del Madrid que se divierte. Eso sí: las saneadas
rentas de la Formoseda y mi caudal diamantesco
se iban en volandas, derritiéndose como la sal en
el agua.
Yo no sé por donde acertaba Cipriano con tanta
18

274

Emilia Pardo Baziin.

socaliña. A D. Víctor lo embaucó quizá más fácil­
mente que á mí. Pude con tal ocasión convencer­
me de que bajo el aspecto rígido y el aire de ju e z
re c a ta b a el pobre señorito de la F orm oseda vivos
afectos y pasiones, y persuadirm e de que, fuese
por te rn u ra ó por orgullo, P a sto ra era un dolor que
aún le lastim aba el corazón y que tr a ta b a de e s ­
p a n ta r y c u ra r con heroicas medicinas que, á s e r
yo mejor cristiano y hombre de propósitos másdignos, no le hubiera puesto cerca, como por d e s­
cuido lo hice. Veíale yo con cierto escozorcillo d e
conciencia olvidar su antiguo método y conducta,
y ja m á s acerté á intentar sacarlo de la zanja. Mi v a ­
nidad no me consentía retroceder ni aturdirm e cual
D. V íctor; gastaba lo mismo ó más que él, por no
quedarm e á la cola. Y ocurrió lo que tenía que
ocurrir: un día registré mi cartera y halléla p u n to
menos desalquilada que estaba cuando dejé á S a n ­
tiago. Casi al term inar yo mi recuento me trajo el
c am arero en una bandeja dos cartas.

Pascual López.

275

X II

Cuando recapacito despacito en los aconteci­
mientos de mi vida, nada me hiere y sorprende
como lo flaco de mi voluntad y lo mudable y to r­
nadizo de mis resoluciones. Soy una especie de ca­
maleón m oral, que trueca color á cada minuto.
Amé á P asto ra, aborrecí á D. Víctor de la Form oseda, y por la mayor y más necia de las debilida­
des, teniendo en mi poder el medio de acercarm e
al objeto amado, me quedé en compañía del objeto
aborrecido. ¡ Qué metal tan endeble el de mi alma!
¡Qué estofa tan rompediza la de mi querer! Dos
meses había yo invertido en M adrid, dos meses y
un capital; y todo ello por el regalado gusto de
m ostrar á D. Víctor que si él se com praba un b as­
tón por la m a ñ a n a , podía yo alquilar un caballo
por la ta rd e !
Y es lo bueno que no miré frente á frente la si­
tuación hasta que, después de hallar escurrida mi
bolsa, eché una ojeada á las dos cartas traídas por
el cam arero, y reconocí en el sobre de una, hecho
de papel grueso y regado de arenillas, la letra chi­
quita y ceñida de Pastora.

276

Emilia Pardo Bazàn.

Abrí y leí, después del encabezado de costumbre:
«Mi apreciado Pascual: Por si no te acuerdas ya
»de quién soy yo, te diré que soy aquella Pastora
»que conociste en casa del canónigo D. Vicente
»Prado. Es regular que hayas perdido la memoria
»completamente en dos meses que hace que no das
»noticias tuyas.
»Puede ser que no obre bien, Pascual, en escri»birte ahora, y que atente contra el sosiego de mi
»alma; pero no abrazaría con tranquilidad resolu»ción alguna para el porvenir, sin enterarme de
»todos los antecedentes para juzgar con comple»to conocimiento de causa. Tú dejaste á Santiago
»el día que yo entré en el convento, escribiéndome
»una carta en que me prometías volver cuanto an»tes, y riquísimo y millonario. No pude disuadirte
»porque ya estabas en camino cuando yo la recibí,
»ni contestarte á Madrid porque ignoraba á la sa»zón tus señas; pero la Virgen sabe que lo que hoy
»te digo, quise decírtelo entonces. No sé qué rique»zas son esas que vas á buscar, Pascual; has ocul»tado tus planes, y el principio de tu fortuna fué
»pedir á D. Nemesio media onza, que no le haría
»poca falta. Pero sea cualquiera el fundamento de
»tu esperanza, te aseguro que lo que mal empieza,
»bien no puede acabar. Cuéntanme que estás en
»Madrid, que, en efecto, se te ve desplegar lujo,
»que andas hecho un príncipe, que convidas, y todo

Pascual López.

277

»ello me da malísima espina; y aún me la da peor
»el que ni dos letras me hayas puesto; porque, á
»ser honrado tu propósito y recto tu fin, ¿ cómo de­
sjarías de noticiárselo á Pastora?...
»Teruego por Dios,Pascual,que mires por donde
»andas. De mí no te dé pena, que El cuidará de con»solarme. Afectos de D. Nemesio. Ya sabes te es»tima,
»P a s t o r a .»

Tras de esta epístola, que claramente revelaba
las tormentosas luchas de un corazón femenino,
era admirable el laconismo de la otra. No encerra­
ba-más que estos renglones:
«Muy señor m ío:
»Necesito que se presente Vd. en esta su casa el
»jueves de la semana entrante, á la madrugada.
»Su affmo. s. s.,
» F é l ix 0 ‘N a r r .»

Esta carta segunda me traía como de la mano la
contestación para la primera. Otra vuelta de m a­
nubrio, otro susto y otro caudal, que de esta vez
sin remisión pondría á los gentiles pies de P asto­
ra. Animo, y á ello. Calculé el tiempo, y vi que sa­
liendo de Madrid aquella noche misma, podía lle­
gar á Santiago el miércoles. Despedíme de D. Víc­
tor, quien me dió una lección, confesándome triste

278

Emilia Pardo Bazán.

y cariacontecido que había usado con exceso del
crédito que le abriera su padre, que éste se queja­
ba ya, y que su intento era retirarse á la Formoseda, á recobrar la perdida salud, y á conseguir la
indulgencia, facilísima en verdad, del buen viejo.
Nos separamos los mejores amigos del mundo (cosa
que ciertamente no hubiera yo creído posible un
año antes). ¡Tan seguro es que los hombres to­
man por verdadera antipatía de ordinario, el amor
propio no satisfecho, ó la vanidad mal contenta!
Algunas deudillas que en el último instante apa­
recieron , me forzaron á dejar en prenda cuantas
galas, elegancias, y primores me había com pra­
do, y emprendí el viaje con mi antiguo pergeño es­
tudiantil. No me cuidé de dar un adiós á C ipria­
no, ni á sus ángeles y comparsas.
Mi primer pensamiento, tan pronto como llegué
á Santiago, fué informarme de las horas de reja del
convento de Pastora, é impensadamente la hice
llamar al locutorio por conducto de la tornera, sin
decir mi nombre. La reja á que Pastora salió se
conocía por reja alta, y era una pieza bastante ló­
brega, dada de cal, con una ventana larga y an­
gosta que escatimaba la luz del día, y algún cua­
dro ó estam pa piadosa colgada por las desnudas
paredes. En el fondo tenía la reja, que era doble,
formando la más cercana al espectador barrotes de
hierro no muy juntos, por entre los cuales podía
caber la mano, y la más lejana menuda rejilla que

Pascual López.

279

apenas consentía ver entera una facción de la reli­
giosa interlocutora. Al lado de la reja estaba un
torno chiquito, donde se ponían los objetos que se
quería hacer llegar á poder de las monjas, ó que
éstas mandaban fuera. Un banco de madera tosca,
muy antiguo, era el único mueble del aposento.
Permanecí de pie, aguardando la aparición de
Pastora, cuya presencia me reveló al cabo suave
roce de faldas y pisadas leves, que sólo á ella po­
dían corresponder. Sin duda sus ojos, habituados
á la luz crepuscular de aquel sitio, eran más pers­
picaces que los míos; pues sin darme tiempo á que
hablase , gritó:
— ¡ Pascual!
—Yo mismo—respondí hiriendo con ambas m a­
nos los barrotes fríos y negros.—¿Ya pensabas que
no iba á volver nunca?
— Cualquiera lo imaginaría... Has vuelto de re­
pente...
— E a, pues ahora alégrate, que me tienes acá
y nos casaremos. Se acabaron las penas.
Yo no podía ver bien el conjunto y la expresión
del seipblante de Pastora: sus formas se me apa­
recían vagas al través de la rejilla, que la cubría
como un velo espeso. Sin em bargo, se me figuró
que sacudía melancólicamente la cabeza como en
son de duda.
— ¿A qué es tanto silencio?—exclamé yo, enca­
jando el rostro por los barrotes.—¿Hemos perdido

28o

Emilia Pardo Bazàn.

las amistades, Pastorcilla? Estás hecha una esta­
tua. Yo te diré por qué no te he escrito; pero díg­
nese V. E. darme antes la bienvenida y ponerme
carita de pascuas. Ya ves que emprendí el camino
en cuanto recibí tu carta.
— Otras razones habrás tenido para volverte—
contestó Pastora, cuya perspicacia me dejó un ins­
tante mudo. Al fin pronuncié:
— No te veo, quiero verte. Arrímate al torno.
La sentí que se aproximaba, y haciendo yo girar
las aspas del torno, quedó éste de manera que entre
una de ellas y la pared dejase un claro de dos
dedos. Vi casi á mi lado el semblante de Pastora.
Estaba descolorido y, al acercarme yo, tiñóse con
matices de grana.
— Vamos á hablar clarito, Pascual— murmuró
ella—contrastando lo enérgico de la expresión con
lo apagado de la voz, que de propósito bajaba.
— Di lo que gustes, paloma.
— ¿Estás dispuesto á contestar á mis preguntas?
— Empieza—repliqué sin comprometerme.
— Voy á hacerte tres, seguidas, para que puedas
reflexionar antes de contestarlas.
— Pregunte, padre, ¿en el primer mandamien­
to?...—dije como en chanza, llegándome cuanto
pude al torno.
— Hablo seria. Mis preguntas son cortas y cate­
góricas. ¿Tienes dinero? ¿Quién te lo ha dado?
¿Por qué medios lo ganaste?

Pascual López.

281

Bajé los ojos perplejo y sin saber qué contestar.
— ¿Lo ves?—recalcó ella.—No puedes salir del
paso.
— Pues bien — exclamé decidido, prefiriéndolo
todo á la fiscalización de los ojos de P a sto ra , que
como punzones se hincaban en mi rostro á través
de la rendija. — Dinero tuve; espero tener mucho
más; en cuanto á revelar quien me lo proporciona,
y cómo, es harina de otro costal. H e jurado si­
lencio.
— Pues voy á decírtelo yo, yo—replicó P astora
cuyas m iradas ardían y cuya voz era trém ula.—
Ese dinero lo has granjeado por caminos oscuros;
por sortilegios quizás; por reprobadas vías; no lo
has obtenido á la faz del m undo, á la luz del sol;
no es precio de tu trabajo, es salario de tu holga­
zanería y servilismo. ¡P ascual, Pascual!
—¿ Quién la habrá informado... cómo adivinaría?
—pensé y o , aturdido y confuso.
— ¿Estás ahí rumiando lo que me oyes?—añadió
P asto ra, que parecía zahori, según fitaba en mi
conciencia.—Pues nadie me ha contado de tí cosa
alguna que yo creyese; dicen unos que eres un sa­
bio, y que con libros que has escrito te enriquecis­
te; otros, que tú y un catedrático tenéis pacto con
el diablo, y que allá, en el Pico Sagro, os descu­
brió un tesoro... pero, hijo, P asto ra, aunque no es
sino una infeliz, conserva cabales las tres potencias
del alma. N o, esos son embustes y patrañas; pero

282

Emilia Pardo Bazàn.

no es bueno lo que hay, cuando tú lo ocultas. Al­
gún manejo tenebroso, alguna sociedad secreta de
las que dice el tío que van contra la fe... en fin, yo
no aseguro que sea esto, ni aquello, ni lo otro; pero,
j nadie me lo saca de aquí! (y tocó con su dedito la
frente) cosa como Dios m anda, no la es, no la es.
—A fe de Pascual, Pastora, puedo asegurarte, y
jurártelo si gustas, que no me he metido en ningún
complot, ni en ninguna infamia. De veras que no.
—El misterio hace sospechosas las cosas más
sencillas. Las acciones del bueno deben aparecer
claras—afirmó la sobrina del canónigo, sin sospe­
char que repetía, en forma menos correcta, un cé­
lebre aforismo de antiguo filósofo.
—¿Yo qué quieres que le haga? El silencio era
condición precisa en este caso — respondí apura­
do ya.
— Pues también es condición precisa, si me he
de casar contigo, que sepa yo, y que sepa todo el
orbe, de dónde viene la última corteza de pan que
se ponga á la mesa. Si no, no pienses, Pascual, que
deje yo estas rejas: aunque bien sabe Dios que te
quiero. El Señor no me ha otorgado la gracia de
olvidarte.
Al decir esto, desapareció de la reja el pedazo
de cara que estaba yo viendo. Oí un ruido cual de
ahogados sollozos. Pastora no era llorona, antes
muy risueña de condición, y me impresionó aquel
arrebato de pena.

Pascual López.

283

— ¡Pastora! ¡chiquilla! ¡P astora!— grité sacu­
diendo el torno.
— ¡Chist! ¿qué ocurre? — murmuró arrimándose
de nuevo;—y vi en efecto dos ó tres lágrimas sua­
ves y presurosas, que rodaban por sus sofocadas
mejillas.
— Que no llores, mujer, por Dios; que no hay
motivo alguno. Hoy es miércoles, ¿no es eso? Pues
mañana á medio día, probablemente, podré descu­
brirte todo el secreto. ¿Te conformas? Anda, ríete
y dime que sí.
Ella me miraba con empeño, como si quisiese
escudriñar hasta donde llegaba la sinceridad y en­
tereza de mi resolución. Debió de parecerle de buen
agüero mi rostro, pues al cabo se desanubló el suyo,
y los ojos comenzaron á sonreírse antes aun que
los labios; y ya íbamos á trocar, de fijo, algunas
amorosas ternezas, cuando se oyeron los dobles de
la campana del convento. Había transcurrido la
hora de reja, y me ausenté, con promesa de volver
al siguiente día.
Empleé aquella tarde en platicar con D. Neme­
sio Angulo, que mostró bien su pundonor y delica­
deza no aludiendo, ni de soslayo siquiera, á su des­
venturada media onza; verdad es que tampoco me
hizo entrega del gabán, ni yo cuidé de reclamár­
selo. Acribillóme á preguntas acerca de D. Víctor,
cuyas travesuras y desarreglos le maravillaron en
un joven tan sensato y formal. Hablamos también

284

Emilia Pardo Basan.

de P asto ra, y no me ocultó los combates que ésta
sostenía entre su vocación, reanim ada en el con­
vento, y el cariño que me profesaba, no disminuido,
antes acendrado, por la ausencia. Advirtióme, por
supuesto, que estas confidencias no las hiciera
P astora al pie del confesonario, sino en familiar y
no secreta conversación, que de otro modo no le
sería lícito á él indicar ni un ápice á persona de
este mundo. Sin presum ir yo de muy experto en
conocer el corazón femenino, parecíame que aque­
llas gentiles lágrim as que á mi vista corrieran in ­
clinaban más que suficientemente el platillo de la
balanza hacia el lado del matrimonio.
Poco dormí, y al am anecer acudí puntual á la
cita de Onarro. L a puerta estaba, como la otra
vez, entornada, y la calle en tanta soledad y silen­
cio, que no vi en toda ella alma viviente. E l sabio
me aguardaba en el descanso de la escalera; des­
tellaban de tal suerte sus pupilas, que parecían
dos discos de acero pulimentado. Me condujo desde
luego al laboratorio.
—Me place—dijo—la puntualidad con que se ha
presentado usted á mis órdenes. ¿Qué tal? ¿Ha ven­
dido usted los diam antes?
—Señor D. F élix — contesté— es usted el m a­
yor prodigio de ciencia que se ha visto en el uni­
verso, desde que hay estudios y libros y química.
E s usted un hom bre pasm oso, y le pido perdón
humildemente por haber puesto en duda alguna

Pascual López.

285

vez el imperio que ejerce “usted en la creación.
— Adelante, adelante. ¿ Qué dijo el joyero de los
diamantes?
— Que eran soberbios, magníficos, puros, que
no los había encontrado en su vida más perfectos.
El rostro de Onarro se iluminó.
— Lo esperaba así — pronunció mirando á un
punto del espacio, y como si yo no estuviese pre­
sente.— El rayo es un artífice consumado. Oiga Vd.
— añadió volviéndose hacia mí.— No debo ocultarle
que hoy el peligro es mayor y más inminente que
en el anterior experimento. Hoy tenemos un 50 por
100 de probabilidades en contra. Es decir, que si
la otra vez era verosímil que quedaríamos vivos,
hoy es tan verosímil que salvemos, como que mu­
ramos en la empresa.
— ¡Ay Sr. D. Félix! ¿Y vamos á estar siempre
así, con el alma en un hilo?
— No: tengo una idea que espero realizar, y que
hará inofensiva para nosotros la descarga, en un
tercer ensayo.
Ganas me dieron de exclamar — «pues pasemos
al tercer ensayo sin demora »;— pero Onarro no era
hombre que abriese paso á chanzonetas, y vi en la
imponente gravedad de su exigua personilla que
estaban más tendidos que nunca los resortes de su
férrea voluntad.
— Debo asimismo —prosiguió Onarro— advertir
á usted, por más que á mansalva me sería fácil ca-

286

Emilia Pardo Bazán.

liármelo, que de esta vez puede ocurrir que el pe­
ligro se desequilibre, que usted perezca y que yo
quede sano.
Bajé la cabeza, y el sabio después de meditar un
segundo, añadió:
—O que yo muera y se salve usted. En el primer
caso, deseo me informe de cuáles sean sus volun­
tades con respecto al inmenso caudal que, vivo ó
difunto usted, es su propiedad legítima. ¿Tiene
usted herederos forzosos?
— Tengo padres— contesté con debilitada voz,
porque el giro del diálogo no era lo más apropósito
para infundirme esfuerzo.
— Bien: sus padres de usted. ¿No se propone
usted hacer algún legado especial, alguna manda?
Pensé instantáneamente en Pastora, en D. N e­
mesio, en el mismo D. Vicente; pero la serenidad
infernal de aquel hombre de tal manera me con­
turbaba y robaba la necesaria resolución, que res­
pondí medio tartam udeando:
—Señor D. Félix, lo que yo me propongo, y pido,
y solicito, es salir cuanto antes de este susto y tran­
ce amargo. Venía muy decidido cuando entré, y
usted con esas advertencias me está poniendo car­
ne de gallina. No quiero hacer disposiciones: con­
taba David su gente, y Dios echábale peste; no
haga el diablo que, con tenerlo todo muy ajustado,
calculado y arregladito, facilite yo el tránsito de
este mundo á la eternidad. Nada, nada. Si vivo, ya

Pascual López.

287

sabré en qué emplear los caudales; si muero... allá
usted.
Miróme el profesor sonriendo, mitad con lástima
y mitad con ironía, y sosegadamente repuso:
— Puesto que usted no quiere dictarme sus vo­
luntades, no llevará á mal que yo le indique las
mías.
— Sea todo por Dios, Sr. D. Félix — murmuré,
cruzando resignadamente las manos.
— Si perezco en el experimento, ordeno á usted
que tome esa caja (y me señaló una de tosca ma­
dera, que se hallaba en el ángulo del laboratorio)
y que la dirija á donde dice el rótulo. ¿Ve usted?
Está bien claro: á la Academia de Ciencias de Pa­
rís. Como observo que los viajes no le arredran á
usted y que los hace con bastante facilidad y for­
tuna, me dispensaría un señalado servicio si en per­
sona llevase esa caja al lugar que, clarísimamente
indicado, reza el letrero. Recuerde usted su jura­
mento: me ha ofrecido no apropiarse ni un átomo
de mi gloria: esa caja contiene las pruebas de mi
hallazgo, el fruto y la demostración de mis inves­
tigaciones; usted será mero depositario de tal te­
soro. Prométalo usted de nuevo.
— Lo prometo — contesté. — Pero Sr. D. Félix,
Dios lo hará mejor: ¿no le parece á usted? Vivi­
remos.
— He previsto — replicó el hombre implacable—
la contingencia de que pudiésemos morir ambos,

288

Emilia Pardo Bazán.

que también es verosímil. He escrito á mi ilustre
amigo... pero eso á usted no le importa. Lo que á
usted concierne es, si sobrevive, recoger la caja y
conducirla á su destino, y aprovechar y disfrutar
el diamante que produzca el experimento.
Oía yo las instrucciones de Onarro como se oyen
entre sueños los rumores de la calle que nos traen
una percepción de la vida exterior, y no son sin
embargo suficientes para llamarnos plenamente á
ella. Dícese que los soldados, aunque en la primer
batalla se espanten por ventura del silbido de los
proyectiles, en las sucesivas se van familiarizando
con él de tal suerte , que ya no les causa ni leve
contracción de nervios. Cuanto á mí afirmo que la
segunda hazaña me infundía más pánico que la an­
terior. El recuerdo de la conmoción sufrida parali­
zaba ya mi sangre: amén de que la flema y pre­
cauciones de Onarro me impedían aturdirme y me
forzaban á considerar bajo todas sus fases el peügro.
Así es que casi experimenté una sensación de
alivio cuando el sabio, acercándose á la mesa y al­
zando el paño blanco que cubría, como siempre,
la m áquina, comenzó sus preparativos y arreglos
previos. La forma de la máquina me pareció un
poco modificada desde el primer ensayo. Figurósem e, no sé por qu é, puesto que no me sería po­
sible señalar en dónde residía la diferencia, que el
terrible aparato era á la vez más sencillo y más po-

289

Pascual López.

deroso. Onarro puso un gruesísimo trozo de carbón
en la pila.
Empuñé el manubrio como si empuñase una
daga cuyo filo hubiera sido impregnado de ponzoña
sutil. No cerré de esta vez los ojos: antes una in­
voluntaria tensión me obligó á tenerlos abiertos de
par en par, como dos arcos de puente. Entre su­
dores mortales oí el decisivo Fiat. Giró el manubrio
y resonó una espantosa detonación. Vi al profesor
de pie, bañado en un rompimiento de luz sulfúrea;
un globo azulado de fuego volteaba con suavidad
acariciando su frente, y este globo, con rapidez
inexplicable, salió después por la estrecha venta­
na. Esta visión fué del todo momentánea para mí;
por que como mi mano, movida sin duda por la
fiebre, siguiese haciendo andar el manubrio, sentí
de pronto que cesaban los fenómenos vitales. No
sé cuánto tiempo permanecí en tal situación, pero
al cabo alenté, recobrando el sentimiento intelec­
tual de lo que me estaba sucediendo; la razón y la
memoria fueron lo primero que se despertó; los
sentidos, y en especial el nervio óptico, se hallaban
aún de tal manera embargados, que mi cuerpo se
me antojaba hecho de pedacitos esparcidos por
puntos diversos del espacio; mis piernas y mis bra­
zos me parecían muy distantes del tronco.
Cuando logré ya hacerme un tanto dueño de
mi personalidad, acerquéme á Onarro. Seguía in­
móvil, derecho, con la mano en la pila. Al to19

29 °

Emilia Pardo Bazán

carie yo levemente cayó al suelo. E ra cadáver.
El espanto me paralizó un punto ante aquel
muerto que no tenía herida, ni sangre, ni señal de
violencia alguna. En el platillo de la pila brillaba
un diamante enorme, enorme. ¡Dónde quedaban el
del rajá de Lahore, el Regente, la Montaña de Luz,
cuyos tamaños me eran conocidos por las repro­
ducciones que en Madrid se exponían al público!
Aquel que ante mis fascinados ojos ostentaba su
magnificencia, podía llamarse con justicia el rey
de los diamantes del mundo. Tendí la mano tem ­
blorosa y cojí la piedra, como coje el ladrón el bien
ajeno. En el instante advertí una ligera picazón en
la garganta, y mis ojos se nublaron. Un tufo espeso
y ácre invadió el aposento. Distinguí un resplan­
dor rojizo en el ángulo de la estancia. No cabía
duda, estaba ardiendo la habitación; alguna chis­
pa del rayo comunicara el incendio. En mi terror
ciego é instintivo, no pensé más que en la fuga, y
abandoné el laboratorio, y corrí como un loco atra­
vesando los salones desiertos y el triste patio. Por
supuesto que no me acordé, ni por sueños, de la
caja que contenía las pruebas del descubrimiento
de Onarro. Felizmente la calle se hallaba solitaria
como á la venida, y nadie pudo observar la pali­
dez de mi rostro, el extravío de mi mirada, el tem ­
blor de mis miembros, el desorden de mi ropa y
todos los acusadores indicios que podían hacer
recaer sobre mí sospechas terribles de asesino y de

Pascual López.

291

incendiario. Fuíme á vagar por las áridas laderas
del Monte Pedroso, y solo allí, cuando el silencio,
el cielo gris y apacible, el airecillo fresco y picante
me hubieron devuelto algo la calma, noté que el
precioso diamante se hallaba fuertísimamente opri­
mido en el hueco de mi mano por las falanges de
mis dedos.
Aquella tarde no se habló en Santiago más que
del terrible suceso acaecido á la madrugada en la
casa de Onarro. La población entera se iba como
de romería á visitar el teatro del trágico aconte­
cimiento. Decíase que el sabio, sin duda en alguno
de sus peligrosos ensayos, había dejado prenderse
fuego en su laboratorio, y que, impotente quizá
para dominar el voraz elem ento, pereciera entre
las llamas.
Hallándose la vieja criada en sus devociones y
compras, y cayendo el laboratorio no á la calle
sino al patio, el incendio creció sin ser advertido,
encontrando fácil presa en la vieja tablazón y vigas,
hasta que el humo y las lenguas de fuego que por
las ventanas comenzaron á salir, y el estrépito que
produjo el techo del laboratorio al desplomarse,
hubieron de despertar á la calle soñolienta y reti­
rada de su honda quietud. Cundió la voz de alar­
m a, inundóse de gente el sitio, y comenzaron á
ponerse en práctica los medios acostumbrados en
siniestros tales. Algo se pudo atajar, á fuerza de

292

Emilia Pardo Bazàn.

auxilios, el incendio; pero la parte del edificio cor­
respondiente al laboratorio había sido ya pasto de
las llamas devoradoras. Entre los escombros se en­
contraron trozos de bronce fundidos, barras de
acero ennegrecidas y retuertas, despojos de la ma­
ravillosa máquina; en cuanto al sabio, quedó de él
un tronco carbonizado é informe.
No necesito añadir que las lenguas del vulgo tu­
vieron pábulo y campo en que esplayarse, con tan
trágica ocurrencia. Comentáronse á saciedad y
fueron por largos meses comidilla de la multitud
las causas del incendio del laboratorio. Sin saber­
lo anduvieron algunos de los habladores á dos de­
dos de la verdad, ó tropezaron con la verdad mis­
ma, asegurando que el fuego del cielo era el que
había abrasado aquel lugar, tenebrosa cueva don­
de sin duda se entregaba Onarro á sombrías prác­
ticas y maleficios infernales. Con estar yo tan per­
fectamente impuesto en los pormenores y circuns­
tancias del drama misterioso que traía excitada la
curiosidad del vecindario, confieso que á veces no
dejaba de asaltarme vaga aprensión, cavilando
allá en mi alma si el desenlace aterrador de la em­
presa de Onarro no sería castigo de su osada sober­
bia y de su empeño satánico de arrebatar á la na­
turaleza los arcanos que celosa y vigilante recata
de los ojos atrevidos del hombre.
La misma tarde de la agitada mañana, recobra­
dos ya un tanto los espíritus, pero abrumado aún

Pascual López.

293

por las emociones magnas que sobre mí pasaron
en tan breve tiempo, fui á la reja del convento, á
la cual salió á recibirme Pastora. Después de los
preámbulos y explicaciones indispensables, y de
ser interrumpido mil veces por las exclamaciones
y preguntas de la sobrina del canónigo, logré po­
nerla al corriente de todo lo que entre Onarro y yo
mediara, sin omitir circunstancia ni detalle. Ya se
sabía en el convento la tragedia ocurrida, y no fué
pequeño el asombro de Pastora al comprender la
parte que yo había tomado en el terrible lance que
arrancara hacía un momento á las religiosas no
pocas Ave-Marías y Padre nuestros á Santa B ár­
bara, abogada de la centella y del rayo. Para con­
firmar mi narración, saqué del bolsillo el diamante
portentoso, y lo coloqué en el torno, que, girando
se lo llevó á Pastora. ¡Nunca aquel humilde torno
de convento, groseramente pintado de azul y he­
cho á sufrir el peso de alguna caja de mermelada
ó de alguna libra de chocolate, imaginó ser momen­
táneo depositario de una suma incalculable de
millones!
Pastora tomó la piedra y la consideró largo rato;
hecho lo cual, y dirigiéndose á mí,
— Pascual,—me dijo,—por lo que veo, tu atur­
dimiento y el susto que te sobrecogió, aún dándo­
te lugar para poner en salvo este tesoro, te veda­
ron cumplir la última voluntad del desdichado ca­
tedrático.

294

Emilia Pardo Bazàn.

—¡Qué quieres!—respondí impresionado por la
exactitud de la observación;—el cuarto ardía, so­
focábame el humo, y atendí á salvar la vida.
—Y el diam ante,—contestó Pastora sin dejar de
dar vueltas entre sus dedos á la soberbia piedra.
—Pero, ya ves, el diamante era mío; Onarro me
lo había dado de antemano; vale una fortuna imcomparable, que no se puede ni soñar; ¿querías
que lo abandonase allí? Vaya que eres rara de ve­
ras. No faltaría otra cosa.
—Y ese pobre hombre, ese señor tan sabio, que
ha realizado un milagro casi, y que por tu apoca­
miento y tu falta de corazón se queda oscurecido
para siempre, vuelto puñado de despreciada ceni­
za, después de sufrir muerte tan horrible!
—Mujer...
—M ira, yo no entiendo de esas cosas, ni sé cómo
pueden llevarse á cabo esos prodigios, y todo ello
me confunde y me aturde; pero, Pascual, si yo
hubiera inventado tal m aravilla, me desesperaría
y maldeciría del que me robase la reputación, me­
recida con tanta justicia.
—Pues cómo ha de ser: no tiene remedio; lo
siento, pero conozco que D. Félix está ya en el
otro mundo y ¿qué servicio le podemos prestar?
le rezaremos, le haremos decir muchas misas, y le
construiremos un nicho decente. Déjate por Dios
de esos escrúpulos, Pastora, y considera que so­
mos dueños de un tesoro en la actualidad; que

Pascual López.

295

vamos á vivir felicísimos, sí, felicísimos. Los de­
seos más caprichosos que puedas formar se cumpli­
rán; ese diamante vale millones; ¡ea! al agua penas,
preparémonos á vernos hechos unos reyes. ¡Verás
que existencia nos aguarda!
Decía yo esto procurando excitarme y excitar
á Pastora con mis frases; pero ella permanecía
cabizbaja, abatida más bien.
— Pascual — murmuró sin alzar la frente — tú
dices que me quieres muchísimo. ¿Verdad que me
quieres ?
—¿Quién lo duda, Pastorcilla? con toda mi alma.
—Tú me aseguraste mil veces que yo era lo que
más estimabas en el mundo.
—Y lo repito.
—¿Tú no te metiste en estos berengenales de
experimentos, sino por la esperanza de casarte
conmigo y de hacerme muy dichosa con sedas, lujo
y bienestar?
—Cabalmente.
— ¡A jajá!— exclamó la niña batiendo palmas,
con uno de aquellos ímpetus de alegría que mos­
traba á veces.—Pues ahora voy á saber si mientes,
Pascualito. ¿Eres capaz de regalarme este diaman­
te, es decir, este caudal?
Dudé un instante; pero después creí comprender
el intento de Pastora. Quería ella ser la dueña de
nuestra futura riqueza, sin duda para que no pu­
diese nunca yo tenerla en menos cuando fuese mi

296

Emilia Pardo Bazán.

esposa, ó bien para poder á su sabor gastar y
triunfar con mis pesetas. Ya entendí después lo
temerario de mi juicio; pero las personas vulgares
rara vez toman en cuenta los móviles elevados que
pueden dictar las ajenas acciones.
Respondí, haciendo del generoso y del magná­
nimo:
—Te lo regalo.
—¿Pero para mí? ¿para mí sola? ¿soy dueña
de él?
Pensé en que marido y mujer son una carne
misma, y pronuncié:
—Dueña absoluta.
Lanzó un grito de infantil placer, y abandonó
corriendo el locutorio. Tardaba en volver, y yo no
entendía aquella repentina fuga. Al cabo reapare­
ció en la reja, encendida como si se hubiese agita­
do mucho, con el pelo algo desaliñado, y los ojos
brillantes. Reía, y su risa era semejante á una cas­
cada de gotas de agua, ó como el canto de un pá­
jaro refugiado en aquel sitio sombrío.
—¡Pascual, Pascual!—gritó sin dejar de reir.—
¡Ya estás libre, ya estamos libres de ese tesoro del
infierno, que era precio de la vida de un hombre!
—¿Qué estás diciendo?—prorrumpí enloquecido,
y mis puños sacudían la reja, sin considerar que
me arañaba y ensangrentaba la piel.
—Ya no hay diamante.
—El diamante... ¡Qué has hecho del diamante!

Pascual López.

297

—Lo he echado al pozo de la huerta, Pascual,
¡E l pozo es tan profundo! Y tiene unos desagua­
deros que no se sabe adonde llegan ; por allí se
deben arrojar las cosas que no queremos encontrar
ya nunca en el curso de la vida.
—¡ Mi diamante!... ¡Mi tesoro!—rugí yo frenético.
— Calla, insensato — exclamó Pastora, que se
puso de color de cera al ver mis arrebatados extre­
mos.—No escandalices esta casa de Dios.
—¡Mejor, mejor! ¡Quiero mi diamante, mi for­
tuna !
—Pero, ¿no deseabas la fortuna por mí? ¿No
me lo has dicho? Pues bien; esa fortuna yo la re­
niego, la rechazo, me horroriza; seré tu mujer, tra­
bajarás, nos mantendremos con pan negro, y Dios
vendrá en nuestra ayuda. ¡Soy tuya, me entrego á
cambio de aquel talismán de maldición, que el
diablo te puso en las manos!
— ¡Déjame en paz, y púdrete en tu convento!—
repliqué sin saber lo que pronunciaba y sin expe­
rimentar más que la angustia material de la codi­
cia y el delirio de mis ansias de riqueza. Lo que
yo quiero es que me devuelvas mi diamante, ó si
no... arrancaré esta reja, pegaré fuego al convento'
por los cuatro costados. Es un robo lo que has
hecho; la piedra era mía, mía, la reclamo, la exijo,
¿oyes? ¡Malditas sean estas barras, y este sitio, y
tu necedad, y tu engaño, y mi confianza! Pasto­
ra, Pastora, ¿no me entiendes? ¡E l diamante!

298

Emilia Pardo Bazán.

E ra tal mi exaltación y rabia, que trascurrieron
algunos minutos antes que me diese cuenta de que
me hallaba enteramente solo y de que estaba in­
crepando á las paredes, porque Pastora había sa­
lido, sin ser de mí sentida, del locutorio.
No quiero narrar los excesos á que me conduje­
ron ira y cólera , y el sentimiento de la pérdida del
tesoro. ¿ A qué descubrir en toda su extensión la
flaqueza de mi espíritu y la mezquindad de mi ca­
rácter? Cosas son estas mejores para calladas que
para referidas, porque el mundo falaz arroja flores
y poesía sobre la tumba de los pocos que de amor
y malograda ternura sucum ben, y sonríe y pisa
desdeñoso la de los muchos que en nuestras m eta­
lizadas sociedades fallecen de hipocondría engen­
drada por las escaseces y contrariedades pecunia­
rias. De suerte que omito el relato de mis pesares,
que á nadie interesarían, ni aun á los más capaces
de sentirlos por cuenta propia.
Cuando aplacada un poco la desesperación reto­
ñó en mí el antiguo amor que me inspirara la linda
sobrina del canónigo, causa no inocente de mis
amarguras, me llegué á la reja; pero fui despedido
con la respuesta de que Pastora había tomado el
velo, y que durante el año de noviciado no quería
hablar ni ver á nadie.
Desahogué mi aflicción en el benévolo y amigo
seno de D. Nemesio, y habiendo convenido ambos
en que tal vez Pastora valiese tanto como el dia-

Pascual López.

290

m ante incomparable cuya posesión habían de dis­
putarse los soberanos del mundo, el excelente clé­
rigo se allanó á servirme de intercesor y á im petrar
de P astora que me concediese una entrevista,
siempre que en ello no peligrase la salud de su
alma. Pero no alcanzó la influencia de D. Nemesio
cosa alguna, y, al contrario, hasta creí observar
que se arrepentía de haber cedido á su natural
com placiente, al interceder con P astora por mí.
No quiero echar en olvido una circunstancia que
atañe al suceso trágico del laboratorio. Pocas se­
m anas después de la muerte de O narro, llegó á
Santiago un individuo que, en su pronunciación
dificultosa, su largo redingote y abollado sombrero,
su pelo lacio y casi blanco de puro rubio, daba
m uestras evidentes de extranjería. En efecto , se
averiguó que era un doctor alem án, de un nombre
difícil y enrevesado que no sé escribir. E ste perso­
naje, serióte, pero no desprovisto de afabilidad, y
que yo sospeché al punto ser aquel ilustre amigo á
quien Onarro casualmente me dijo que había es­
crito, se instaló con toda cachaza en el medio ar­
dido caserón de O narro, y se pasó un mes remo­
viendo los fríos escombros del antes laboratorio.
Al mismo tiempo emprendió una serie de investi­
gaciones encam inadas á precisar las mínimas cir­
cunstancias de la catástrofe. Se dirigió á las auto­
ridades, que le hicieron poco caso, y al pueblo, que
le contó mil desatinos y consejas. El bueno del

300

Emilia Pardo Bazán.

doctor insistía y se deshacía en repetir que Onarro
cuando murió no estaba solo; que por fuerza le
acompañaba otra persona, y que había que bus­
carla para que diera luz en tan oscuro asunto. Rió­
se el público unánime de la pesadez y flema de
aquel personaje, y sobre todo de su paleto, de la
caja de instrumentos geológicos que llevaba tercia­
da siempre, y del poquísimo chiste, garbo y soltu­
ra que le distinguían. El, sin embargo, se mostró
satisfecho de ver los monumentos característicos
de Santiago, y manifestó pena cuando, persuadido
de lo infructuoso de sus pesquisas, tuvo que incrus­
tar de nuevo su desairada persona en la diligencia.
El único resultado de la visita de aquel ente á nues­
tro país será acaso algún libro atestado de curiosas
noticias y eruditas impresiones de viaje.

FIN

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