Ver datos completos ↓
- Tipo
- Impresos
- Autor
- Siles, José de
- Idioma (código)
- spa
- Extensión
- 4
- Identificador
- 0000000195
- Miniatura
- https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/784755
- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- Impr. Montaner y Simón
- Lugar de publicación
- Barcelona
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1884
- Formato
- image/jpeg
- application/pdf
- extracted text
-
La batalla de los árboles
Varios hombres decidieron un día constituir una
nueva sociedad, una sociedad ejemplar donde la vida
corriera entre flores como libre arroyuelo. Era una secta de
reformistas, de esos que la filosofía ha forjado en el hornillo
calenturiento de sus sabios disparates.
-El océano -se dijeron aquellos apóstoles de la felicidad
terrenal- es grande y desconocido. Lancémonos a él en busca
de una roca solitaria donde estableceremos nuestras casas,
nuestras escuelas, nuestros gimnasios, nuestros talleres y
nuestros templos.
Y en efecto, a poco, vieron los buques que cruzaban el
dilatado mar, un vapor enorme, todo blanco, cuyo color,
mostrándose a distancia, decía que allí viajaba sobre las
revueltas olas la paz más paradisiaca.
Pronto el vapor de los reformistas perdióse entre las
sábanas de ebulliciente agua de los trópicos, y trascurridos
algunos meses después de su partida, nadie supo de él. Entre
tanto el intrépido vapor caminaba de región en región, de costa
en costa, de isla en isla, de peñasco en peñasco. Pero a todas
partes a donde llegaba, ya el suelo tenía las huellas del paso
destructor del hombre. Los reformadores necesitaban un terreno
virgen donde implantar sus doctrinas, virginales también.
Por fin, un país inhabitado se manifestó a sus ojos
atónitos. Era una prolongada lengua de tierra, aislada en medio
de las olas. Despoblada de todo animado ser, no había en ella
rastro alguno de vida, fuera de la vegetal. En efecto, los árboles
cubrían completamente aquella extensión de tierra, en términos
de que muchos de ellos se adelantaban hasta dentro del mar. Su
apiñamiento era extraordinario, y bien pudiera comparárselos a
un ejército, con su centro, sus alas de ataque y sus puestos
avanzados.
Echaron anclas allí Ios-tripulantes, y abandonando la
aguja náutica, pusieron en sus manos el arma del leñador. Las
hachas brillaron mordiendo los árboles, como serpientes; las
ramas y los troncos empezaron a caer con lastimeros gemidos
al suelo. El terreno se aclaraba; el bosque aparecía calvo aquí y
allá; el reformador levantaba su reino sobre el aniquilamiento
de la naturaleza.
¡Ah!, el bosque no pudo resistir. Era la estación del
invierno, y los tallos desgajados se secaban entre el polvo, sin
poder arraigar de nuevo. Los árboles indefensos dejáronse,
pues, descuartizar, quemar o torturar por la saña civilizadora del
hombre triunfante.
Los troncos más robustos fueron destinados a la
construcción de las viviendas; los más delicados y bonitos
sirvieron para aderezar los muebles; los más deformes y
nudosos, aquellos que mellaban el diente de acero que quería
herirlos, fueron condenados al fuego. La selva quedó al cabo
arrasada.
Los innovadores, estacionados allí de este modo,
gozaron en paz de su victoria. Fuera de algunas contiendas,
levísimas es cierto, reñidas a media voz, en el momento de
elegir jefe, aquella tribu de anacoretas sociales vivió desde luego
en medio de la más deliciosa armonía. Acariciados durante el
día por los rayos de un sol purísimo; calentados por la noche con
la llama rabiosa de la leña cortada al bosque; arrullados siempre
por la brisa del mar, que era allí blanda, risueña y juguetona
como un niño, no pudieron menos de creer realizados sus sueños
los reformistas.
Sin embargo, ciertas dificultades comenzaban a surgir a
medida que trascurría el tiempo. Las aves, que no veían en la
nueva colonia rama alguna donde posarse, pasaban de lejos,
privando de este modo a aquellos hombres del alimento de sus
carnes. La pesca retirábase también de aquella costa, en que las
plantas no podían ofrecerle ya el sabroso cebo de sus semillas.
Además el invierno era pasado, los efluvios de la primavera
dejábanse sentir por todas partes.
Observóse que a la aproximación de la nueva estación,
todos los muebles empezaban a crujir. Por las noches, el rumor
que levantaban los estallidos de las maderas, impedía a los
habitantes conciliar el sueño. Algunos días después, el
espectáculo que presentaba la población, y todas las cosas, era
sorprendente. Encorváronse las tablas de las mesas, las hojas
de las puertas se plegaron, las vigas se retorcieron, los lechos
tomaron posturas de doloridos, las sillas encabritaron sus pies,
los armarios hincháronse pareciendo a hidrópicos. Nadie podía
dormir, ni comer, ni sentarse. Todos los semblantes estaban
aterrados, como a presencia de una catástrofe que nos hace
sufrir, pero que no sabemos explicar.
Pero no fue esto todo. En los nudos de las maderas
brotaron yemas, de las yemas salieron tallos, y de los tallos
ramas cuajadas de hojas. Inútilmente el hacha hacía su oficio:
los retoños volvían a aparecer al día siguiente, más lozanos y
más pujantes que nunca. La población, encarnizada en su
lucha contra aquella invasión de las hojas, cortaba y cortaba
todo el tiempo que tenía fuerzas; pero cuando, agotado su
vigor, se entregaba al reposo, el bosque redoblaba su ardor de
germinación, y toda la obra del hombre quedaba anonadada
por la savia de la naturaleza.
Ya la primavera estaba en su apogeo. No por días, sino
por instantes se reproducían aquellos troncos, nacidos a la
vida. Cada astilla rota echaba raíces, botones y flores. Las
casas se convirtieron en una masa compacta e impenetrable de
verdura. Los hombres eran visiblemente expulsados al mar.
Así lo comprendieron al fin, so pena de ser ahogados bajo un
océano de follaje.
. Embarcáronse en el vapor que les había traído; y ya
bogaban en alta mar felicitándose de haberse librado de
aquella como venganza de los árboles, cuando, alzando los
ojos, vieron que el palo mayor, recientemente puesto, también
echaba ramas.
Sin embargo, eran tristes y sombrías como es todo lo
que va prisionero.
José de Siles
p u b l i c a d o e l 8 de septiembre de 1884
en e l nQ 141 de La Ilustración Artistica



