Ver datos completos ↓
- Tipo
- Impresos
- Autor
- Colmenares, Aureliano
- Idioma (código)
- spa
- Extensión
- 220
- Identificador
- 0000000053
- Miniatura
- https://patrimoniodigital.ucm.es/r/thumbnail/784757
- Notas
- Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
- Procedencia
- Jaureguízar, Agustín
- Colección de la edición
- Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
- Impresor
- Juan Iniesta
- Lugar de publicación
- Madrid
- Idioma
- Español
- Europeana Type
- TEXT
- Europeana Data Provider
- Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
- Derechos
- Universidad Complutense de Madrid
- Licencia de uso
- CC BY-NC-ND 4.0
- Fecha de creación
- 1873
- Formato
- image/jpeg
- application/pdf
- extracted text
-
SELENIA.
SELENIA
VIAJE
ENEL
CIENTÍFICO
RECREATIVO
CIELO AU STRA L,
DE
DESCUBRIMIENTOS
VERIFICADO POR LA FAMILIA S‘ LA T,
REDACTADO EN VISTA DE
LAS NOTAS DEL
MISMO DOCTOR IIARRY S l LAY,
Y ORIGINAL
POR
D. AURELIANO COLMENARES,
M A D R ID .— 1873.
I mprenta a cargo de J uan I ntesta,
Iíortaleza, 128.
'
.
-
A MIS QUERIDOS PADRES.
No es un libro de creaciones puramente novelescas
el que, como un testimonio público de agradecimien
to, de veneración y de afecto os ofrezco con tan buena
voluntad como grandes son mis aspiraciones; hay en él
ideas científicas, si bien es verdad que ofrecen un lado
pintoresco más accesible que los otros á la imaginación,
y tras de el cual nos arrastramos por esa inclinación
que tenemos siempre á lo bello y que nos trasporta
como en sueños hácia lo desconocido.
Mi Selenia es solo un pobre trabajo científico, un
lijero estudio en que la verdad, la ciencia física del
planeta se halla amenizada un tanto con la novela,
con lo maravilloso, lo sublime, lo ideal. Es un viaje
puramente imaginario que os dedico con el alma llena
de risueñas esperanzas, de doradas ilusiones.
Y vosotros, de quien he recibido las primeras lec
ciones de amor, de religión en el santuario de vuestro
hogar, á quien debo el haber comprendido lo infinito
del poder de Dios, lo infinito de su sabiduría, lo infi
nito de su bondad. Vosotros, que habéis sido los pri
meros en fortalecer mi imaginación con el estudio á
costa de inmensos sacrificios y constantes desvelos que
nunca sabré cómo pagar. Vosotros, en fin, que habéis
rasgado el velo que oscurecía mi imaginación, recibid
este pequeño homenaje de gratitud y reconocimiento,
este humilde trabajo; primer fruto de mi estudio, de
mis constantes vigilias, de mi escaso ingenio; con tan
buena voluntad como os lo ofrece vuestro amante
hijo
AURELIANO.
«
.V -.K ■
.
• . -
>
Ai y:; jri rî i N'
■
■
,
-,
i
■Iti}'* '¡{‘Oil
CAPITULO PRIMERO.
*<Thé Illustrated London news.»—El discurso de
Harry S‘lay.—Cinco mil libras esterlinas.—Harry
S‘lay Sessy.—Un amigo del doctor.—Convencido.
—Ocho dias después.
Es el 11 de Febrero de 1868.
Rayaba el primer cuarto de noche y la luna, con
sus pálidos rayos, alumbraba débilmente, amortiguan
do los lánguidos destellos de los faroles.
En todas las calles de í.óndres se oia vociferar el
The illustrated London news , cuyas columnas ocu
paban un estenso y erudito artículo. Todos los círcu
los aristocráticos se ocupaban de una de las más atre
vidas concepciones del pensamiento humano.
Los cafés se hallaban de bote en bote, las calles in
terceptadas por multitud de corrillos en que se discu
tía acaloradamente.
Los mismos miembros de la Royal geographical societyé of London, se apresuraban á ocupar su puesto
bajo la presidencia de sir John Milton.
En todas las bocas, desde el obrero hasta el gellman
aristocrático se hallaba el nombre de este sabio y del
proyecto tan diabólico que acahaba de concebir.
Bajo los faroles de las calles se hallaba pegado el
6
número del dia de el lUustrated Lorulon ncivs, siendo
el objeto de la curiosidad de los transeúntes una expo
sición íntegramente inserta en sus columnas, y que el
doctor Harry S ‘lay habia tenido el alto honor de colo
car en manos de S. M. la reina británica.
Decia así:
«Señora: Sin duda mi descubrimiento hallará en
»esa digna Sociedad bastantes incrédulos hoy, celosos
»mañana, que al fin de nuestra penosa tarea vea coro»nados mis esfuerzos.
»Debo contar con contradicciones, con toda suerte de
»ataques, lo sé; pero felizmente, todo lo que se dirá
»acerca de nosotros en vuestra sociedad, no atormentará
»mucho á el que tiene el honor de ofrecer á la Ingla
te r r a entera, que ha marchado siempre á la cabeza
»de las naciones, la intrepidez de un nuevo viaje en
»la peligrosa vía de los descubrimientos geográficos.
»Se harán razonamientos sin fin, para probar que no
»podemos ver lo que cada noche estamos viendo: las
»conjeturas irán más lejos que el poder de nuestras
»observaciones, pero al fin vendrá á declarársenos la
»razón. Para ello poseo un precioso talismán.» Señora,
una máquina-locomotora aérea; un globo de forma
estraüa que se elevará hasta ese mundo des-conocido
hasta hora, pero que en lo sucesivo no lo será, si
todos desean ver en mí lo que siempre he sido, un ob
servador constante y verídico.—-Señora, el que tiene la
alta honra de poner en manos de V. M. el resultado
de sus pacientes observaciones sobre la pluralidad de
los mundos habitados, siguiendo con avidez los descu
brimientos que han señalado el primer tercio del si
glo XIX, ambiciona la gloria de ver á su patria ele var
se más y más en esa peligrosa vía de los descubri
mientos humanos. Para ello ha pasado incesantemen
te horas enteras de vigilia, estudio y meditación con
la esperanza de lograr ese dia ser dé algun a Utilidad
á su país: discutia mis planes , ordenaba mis ideas y
7
mis proyectos, cimentándolos en la constancia , en el
estudio, en la ciencia y el tiempo. La idea existia, fal
taba su prodigioso desarrollo y hé aquí coronadas hoy
mis ambiciones, mis deseos; para ello poseo una pre
ciosa máquina motora-aérea, un globo, pero un globo
ad hoc que podrá elevarse algunas millas más sobre la
multitud de mundos que pueblan el espacio en ese cielo
Austral cuyos misterios intento conocer; si lo logro, no
desmentirá á mis constantes desvelos; si esta tentativa
tiene buen éxito, completará mis deseos y pondrá á la
disposición de V. M. los misteriosos conocimientos de
lo que hasta ahora no hemos podido ver; si fracasara,
la historia podrá consignarla en sus páginas de oro
como una de las más atrevidas concepciones de la cien
cia por el género humano.—Lóndres, 11 de Febrero
de 1868.— Ilarry S‘lay.
Tal era la exposición cuyo contenido era el objeto de
todas las conversaciones en todas las bocas y en todos
los círculos.
Este sábio habia dicho:
En las épocas remotas, el hombre , viviendo en el
seno de la ignorancia, no tuvo contrapeso alguno á su
orgullo. Greia el universo creado para sí; su pequeña
tierra, un grano de arena: un átomo de ligero polvo le
parecía un mundo sometido á una misma ley, siem
pre diaria, constante é invariable; creía que el centro
del mundo se hallaba dentro de lo que su vista podía
abarcar, en lo que su mano podía palpar: era como una
máquina, una palanca cuyos movimientos de atracción
y repulsión siempre son los mismos, siempre dan los
mismos resultados. El sol, un millón trescientos vein
te y seis mil cuatrocientas ochenta veces mayor que
nuestro planeta, y aquellos millares de estrellas que
pueblan la inmensidad del cielo, y que son otros tan
tos soles que atraen á sí otras tantas pequeñas estre
llas que nuestra vista no alcanza, no inquietaban al
hombre gran cosa; los miraba como otros tantos obje-
8
tos de adorno y aun de recreo, para algunos, de su
vista. Su orgullo, preciso es confesarlo, sefiores, su
orgullo era egoísta y su inteligencia se revelaba á
ver otros objetos, otros séres. Se creía solo, se veia á
sí mismo en el universo y se encontraba biefi.
Pero á poco el hombre dejó de contemplar, ob ervó. Dejar de contemplar para observar era abandonar
el dominio de la imaginación para entrar en el de la
ciencia. Pero no bastaba esto; era preciso que el hom
bre desarrollara la potencia de su inteligencia podero
sa con el estudio, y el hombre pensó. Entonces llegó
á comprender quehabia sido víctima de la ilusión de
las apariencias creyéndose el rey de ese movimiento
general de todos los cuerpos que le rodean, y se halló
por la primera vez ¡cuán pequeño era! Entonces com
prendió, por medio de la ciencia, que el pedazo de
tierra que la mano invisible, poderosa del Creador, le
había dado por habitación, era un planeta semejante
á los que poco antes habían recreado su vista girando
en derredor de él. Entonces, en fin, comprendió que el
mundo que habitaba estaba rodeado de otros mundos
más grandes que el suyo, y conociendo su pequenez,
su inteligencia se reveló, quiso aparecer grande cono
ciendo lo que no le era permitido ver hasta entonces;
pensó y descorrió el velo que oscurecía su vista. El
sol, uno de esos nuevos mundos que el hombre inmen
samente grande desde ese momento ha descubierto,
Keppler y Newton le han reconocido y dado la razón
de ello matemáticamente. ¿Qué quedaba, pues, en el
vacío que el hombre, siempre libre,, siempre inteli
gente, se proponía llenar? ¡La luna! La luna, sí, se
ñóles, ese planeta , ese nuevo mundo que acabo de
descubrir y que es preciso examinar. ¡ La luna! ese
satélite de la tierra que, siguiendo las leyes generales
de estos, gira en torno de aquella empleando el mis
mo tiempo en su movimiento de rotación que en
el de traslación. La lona, ese mundo desconocido
9
que disti del nuestro setenta y siete mil leguas,
y cuyo volumen es cuarenta y nueve veces menor
que él.
Todo esto bien lo sabéis; no es ningún nuevo des
cubrimiento, pero ¿será posible que después que sa
bemos que el sol se halla habitado como nuestro pla
neta, no lo esté fambien la luna? No; la luna se halla
ha' itada como todos los demas satélites. Sus habita
ciones, su senología, el carácter desús habitantes, cos
tumbres y religión; esto que os ofrezco averiguar, esto
es lo que me propongo conocer.
Tal era el discurso que este hombre extraordinario
que con indiferencia, ó más bien con una especie de
confianza tranquila, propia del hombre de talento,
acababa de elevarse de repente coloso en el campo
sin límites de la ciencia.
Discurso pronunciado con dignidad y sencillez en
la Royal society egeographical of London y que un ta
quígrafo y una sola máquina habian bastado á ponerlo
en contacto con todo Lóndres, horas más tarde con
toda Inglaterra.
El pueblo recibió la noticia con entusiastas hurras;
los números del Thé iluslrated London news eran ar
rebatados de manos de los expendedores. Se había
abierto una suscricion voluntaria para ayudar á esta
atrevida empresa por el valor de una suma de cinco
mil libras esterlinas. En los teatros se preparaban
grandes espectáculos, cuyos productos debian dedi
carse al mismo objeto. Se hablaba mucho, se discutía
más sobre tan atrevido pensamiento. Nadie dudaba del
buen éxito de la empresa, y sin em bargo, la mayor
parte no conocían á aquel hombre, que hijo del traba
jo y de su constancia en el estudio y en sus pacientes
observaciones había concebido el atrevido pensamiento
de penetrar en los altos secretos, en la barrera misteliosa que en los espacios infinitos el Creador habia
puesto á todas las criaturas.
40
Pero era tal la confianza tranquila que en todos los
ánimos se despei taba, que no había uno solo que dudara
de la existencia del doctor Harry S‘lay. Este era un
hombre de unos cuarenta y cinco anos, de estatura or
dinaria y constitución atlética; su rostro moreno, se
vero y frió, indicaba haber llevado una vida muy pe
sada con la carga del trabajo, el estudio y una larga
meditación; sus ojos,'llenos de dulzura unas veces,
mostraban una profunda inteligencia sobre las cosas
humanas, pero cuando su mirada se fijaba, viva, pene
trante como dos rayos, hacian comprender en lapersona de Harry S‘lay un carácter audaz y emprendedor.
Veamos ahora al hombre dulce, inteligente , estu
dioso en su pequeño gabinete rodeado de libros y apa
ratos químicos y sentado muellemente en un sillón,
con un dibujo en la mano de una forma muy extraña.
Su brazo derecho apoyado en uno de los brazos del
sillón por la parte del codo, y sosteniendo su cabeza
con la extremidad de los tres primeros dedos: parece
estar sumergido en la más profunda meditación.
A sus pies, una jóven linda, como la primiera bareta
de nardos en el mes de Setiembre, llora silenciosa
mente, al parecer, pues sus lindas y pequeñas manos
ocultan su rostro moreno y encantador; su pelo es de
un castaño muy oscuro y se halla matizado por una
multitud de estrellitas de plata, adorno favorito de la
jóven; una rica chinela ocultaba su pié diminuto. En
cuanto á lo demás de su rostro no podemos descubrir
lo, pues ya hemos dicho que la jóven lo aprisionaba
entre sus manos para ocultar su llanto.
¡Lloraba! y Harry S‘lay, tan sumergido en su estu
dio que no lo veia. ¡Ella! su ídolo querido, su adora
da hija, su linda Sessy.
En este momento la puerta del gabinete se abrió, y
un elegante jóven apareció tras ella.
Sessy alzó la cabeza; el rostro más hermoso se pre
sentó á nuestros ojos; los suyos, negros y rasgados, se
11
hallaban enrojecidos y húmedos aún. ¡Pobre jóven,
cuánto debía haber llorado!
— ¡Ah! ¡Ketrli! dijo extendiendo su mano hácia el
jóven, llegad, mi padre se ha vuelto loco. Y diciendo
asi arrojó una mirada hácia el sillon. Harry parecia
hallarse en otro mundo (tal vez en el que él deseaba
descubrir), tan absorto se hallaba en aquel instante con
sus ideas, que no se había apercibido de la entrada de
su amigo y futuro hijo.
—¿Sessy, qué decis? expresó el jóven alarmado,
para el que las palabras de la jóven eran siempre la
Biblia.
— ¡Ah! Ketrli: dijo la jóven sollozando , se obstina
en hacer un viaje por el cielo Austral; decididamente
se ha vuelto loco.
— Según eso es completamente cierto lo que acabo
de leer en el North american Review.
Y diciendo , presentó á Sessy un diario en el
que se veia estampado con caractères súmamente
grandes:
«El célebre, el coloso, el sábio doctor lord Harry
»S‘lay va á revelarnos, al fin, el secreto de las vastas
»soledades de los mundos desconocidos que vagan en
»el espacio infinito, en el cielo Austral. Este campeón
»moderno se prepara á revelarnos los grandes é im »penetrables misterios que no han podido descifrar los
»sábios de setenta siglos. ¡Honor y gloria al audaz
»viajero que tanto arriesga en provecho déla humani»dad, de su patria y del adelanto de la ciencia y de la
»civilización. »
—Sí, caballero, es cierto; ese plan , ese proyecto
diabólico, bulle en su imaginación hace dos años; des
de vuestra ausencia precisamente, dice haber hallado
su prodigioso desarrollo, y está decidido á estrellarse
desde mucho más arriba de las nubes.
■
— ¡Qué locura!
—¡Oh! sí, decididamente se ha vuelto loco.
12
—Pero yo no puedo consentir... expresó el jóven
alzando la voz para calmar la ansiedad de su prome
tida, la linda señorita de S‘lay.
El doctor alzó la cabeza y la sorpresa se retrató un
instante en su semblante; después, arrojando el dise
ño sobre la mesa, corrió con ios brazos abiertos hácia
su amigo.
—¡Cómo, tú aquí, hijo mió!
El doctor llamaba á todo el mundo hijo suyo.
—Sí; jo mismo, querido Harry.
—Deja, deja que salga de mi sorpresa, pero... no
ves... añadió con la mayor jovialidad mirando á su
hija, no ves qué linda está, mis Sessy... Vamos...
vamos, Ketrli, siéntate y dime á qué vienes.
—¿A qué vengo? á impedir un disparate; y al mis
mo tiempo le mostró el North American Review.
—¡Ah! vamos, ya comprendo el disparate de que
me hablas.
Y Harry sonrió alegremente.
—Siéntate, continuó, y mientras que yo concluyo
mi trabajo, habla cuanto quieras con Sessy, pues os
advierto, hijos mios, que an es de una semana quiero
veros unidos en lazo indisoluble.
—¿Será verdad? preguntó Sessy llena de la mayor
jovialidad y alegría.
—Sí, Sessy; sí, hija mia, al ménos que Ketrli no
quiera acompañarme en mi viaje.
— ¡Pero, qué viaje ni qué demonios! objetó Ketrli,
no he dicho que hé venido para impedirlo.
—Sí, cierto, pero no por eso dejará de serlo ménos
que yo vaya al cielo Austral.
—¡Pero eso es insensato!
—No lo es.
— ¡Quiméric-ol
— Tampoco.
— ¡Irrealizable!
13
—No, no; lo tengo ya estudiado y estoy seguro de
su éxito.
—Eso no basta: es precito ensayarlo.
—Eso es lo que falta y eso es lo que voy á hacer.
—Y lo que yo no quiero que hagas.
—¿Por qué?
—Porque existen obstáculos... peligros... que no
debes tú exponerte en provecho de la humanidad.
-—¡Obstáculos 1 respondió desdeñosamente Harry.
¿Para qué está la ciencia? Para vencerlos. ¡Peligros!
¿Quién puede decirnos que en este momento no nos
amenaza alguno? ¿Este gabinete de sólida construc
ción no puede venirse abajo y sepultarnos á los tres?
— Sí, mi querido Harry: es cierto cuanto dices; pero
conBesa que una cosa es que la mano oculta del que
todo lo puede disponga de nuestra vida, y otra es que
tú mismo te busques una muerte segura.
—Una muerte segura. ¿Quién te ha dicho...
—Me parece que si caes desde una altura semejante
á laque intentas remontarte, á no ser que tengas el
privilegio de caer de pié como los gatos, lo ménos
que te puede suceder es reventarte.
—Pero como no caeré... Ademas , ¿crees tú que no
he tomado mis medidas para el caso de que llegase
semejante lance?
—Es decir, que tú crees, que si desgraciadamente
sucediera ese percance, podrías encontrarte sano y
salvo en la tierra.
—Sí tal.
—¿Y crees tú poder elevarte tanto como ima
ginas?
—Sí.
—Y descender luego á tierra sin que la capa infe
rior del globo se obstine en lo contrario.
—Si tal, y si quieres convencerte tú mismo de ello,
vendrás mañana conmigo al taller, donde se halla casi
concluido nuestro globo.
14
— JNuestro globo! exclamó admirado Ketrli no com
prendiendo la idea de comunidad que acababa de es
tablecer Harry.
— Si tal, nuestro globo, porque... esp ero que tú me
acompañarás.
— ¡Y o , ser cómplice de semejante proyecto dia
bólico!
— Hé contado con tigo.
— Nunca.
— Y si rehusaras me traerías grandes perjuicios. Te
digo que vendrás.
— Y yo te digo que hasta el último momento me
verás firmemente decidido á combatir semejante
locura.
— Harás m al, porque desperdiciarás muy buenos
tiros de aves y animales desconocidos en nuestro
mundo.
Después arrojó una mirada furtiva sobre Sessy. Esta
se hallaba con la vista fija, perdida sobre el fondo flo
reado del tapiz que cubría el pavimento del gabinete;
parecía una estátua de mármol en muda meditación,
y pasando su vista inteligente al rostro del jó ven,
continuó con la mayor sangre fria:
— Ketrli, mi buen am igo; y si yo te d ijera, por
ejemplo, Sessy me acompaña.
Esta se extremeció; su corazón palpitaba con vio
lencia, parecia querérsele saltar á pedazos. Ketrli dió
un salto de la silla, y abriendo sus grandes ojos cuan
to podia, exclamó llena de angustia.
— ¿Es verdad eso que decis?
— Pues qué ¿piensas que yo fuera á dejarme en este
mundo á mi hija privándola del placer de instruirse
tanto como puede hacerlo en nuestro próximo viaje?
— Pero, ¿y los peligros á que la esponeis?
— Peligros... peligros... ¿no te he dicho que no
existe ninguno? ademas, si existen, ¿tendría yo valor
para que ese tesoro, que es mi único ídolo, pudiera
15
ser victima de ellos? Si eso fuera así, seria indigno
de pertenecer á la obra del Creador.
—Dices bien: Harry, dispon de mí. Soy tuyo.
Una lijera sonrisa se dibujó en los labios de Harry
S‘lay.
—¿Estás convencido? repuso con satisfacción.
—Convencido.
—¿De veras?
—Ahí tienes la prueba.
Y le alargó la mano que Harry estrechó entre las
suyas.
—De modo que...
-¿Qué?
—>le acompañarás.
—Te acompañaré.
Harry se volvió hácia su hija:
—¿Y tú, Sessy?
Esta se extremeció, pero recobrando toda la acción
de su espíritu, alzó su hermosa cabeza, erguida, y se
acercó á su padre.
—Padre, dijo tristemente, ¿no os detiene nada?
—Nada.
—Entonces no os abandonaré.
Y sus delicados brazos arrollaron el cuello de
S‘lay.
Ocho dias después, la señorita Sessy S‘lay , dejaba
este nombre para tomar el de Ketrli.
#
.
sb
■
•
f
CAPITULO II.
Descripción de un globo extraordinario.—Aparato
ingenioso.—Física recreativa. —Observaciones.—
Aparato equilibrador.
Era un lúnes: un inmenso gentío ocupaba en el
Stret waldrik un gran patio, cubierto en su totalidad
por grandes vidrieras; en el centro de este patio se ha
llaba el objeto de la curiosidad del público, y de la
constante solicitud del doctor Harry S‘lay. Este objeto
era un globo extraordinario de una forma cilindrica,
con los extremos cónicos, teniendo su grande longi
tud puesta horizontalmente en la dirección que debe
viajar.
Harry habia adoptado esta forma porque sus estutudios constantes le habian hecho conocer que produ
cía muy considerable disminución de resistencia á la
atmósfera que le impele, comparado con los globos
ordinarios.
Antes de la red de «cuerda de uso ordinario, S‘lay
habia protegido su globo de unas fuertes bandas de
seda lisa, con la mira de fortalecer al globo y produ2
18
cir un enlace con la íábrica, obra y carro. De este
modo, Harry, conseguía dos cosas: dar mayor resis
tencia á su máquina y evitar que las grandes capas de
atmósfera pesada fueran un obstáculo para elevarse
cuanto quisiera.
Además de dar fuerza y ménos resistencia á la mo
ción por el aire, como acabamos de decir, estas bandas,
cruzadas convenientemente, daban más unión y ménos
roce á las cuerdas y á la red, lo cual era una ventaja
muy considerable, pues la intersección de las bandas
colocadas en los sitios délos nudos que formaban la
cuerda le servían como de almohadilla.
El carro estaba hecho de modo que podía servir de
canoa ó bote, llegado el caso que se necesitase.
El propulsor ó impel nte, bajo el principio de las
roscas propulsoras se hallaba entre el carro y el globo,
sostenido en un fuerte, pero lijero armazón, al cual
estaba unido un aparato ingeniosísimo. Constaba este
de una especie de timón construido como sí fuera un
gozne, con el objeto de que pudiese tener un movi
miento de rotación, así también como para obtener los
necesarios movimientos de uua extensa superficie ó
abanico semejante á la cola de un pájaro, cuyo
caüon hueco absorbia el aire exterior para comuni
carlo á unos anchos bastidores laterales á la superficie
del globo, giratorios á todos lados y provistos de ve
las de liento como los de los molinos de viento. Este
era el gran invento de Harry S‘lay.
El aire que aquella especie de fuelle despedia, in
fiaba las velas, empujándolas hácia el sitio que S‘lay
queria llevar su máquina, y la fuerza de esta nueva
brisa alijeraba el globo arrastrándole tras la potencia
de esta nueva máquina.
Ketrli escuchaba espantado la explicación que su ami
go hacia de su obra, y lo quegnás le admiraba ora la
sangre fría con que el doctor se expresaba al decir
nuestra próxima ascensión.
19
Ketrtli habia conservado una esperanza: que su
colosal proyecto se estrellara ante los innumera
bles obstáculos que diariamente se presentaban pa
ra la fabricación de un globo cuya capacidad era
veinte y dos mil cuatrocientos veinte y tres y medio
pies cúbicos y lleno de un volumen igual de gas hi
drógeno.
Pero aquel hombre, que bien distinto de los demas
inventores, creia no haber inventado cosa alguna de
mérito, contestaba con la mayor tranquilidad á las
observaciones que Ketrli se permitía hacerle.
El hombre, decía, observa, piensa, estudia, y des
cubre las ocultas leyes y misterios de la naturaleza , y
entonces las aplica á su propio designio; lo que la na
turaleza hace en ui a cosa se puede hacer en otra si
su propia manera de ser se pone en juego. Antes de
prometerme que caminaría por el aire, mi querido
Ketrli, he observado y estudiado el movimiento de los
cuerpos inertes y animados en la tierra.
Ketrli, á quien la idea desubir por los aires le aterra
ba tanto como á su esposa , preguntó gravemente:
—Crees, según eso, que el movimiento de los cuer
pos inertes en el aire es el mismo que en la tierra.
—No, pero reconoce las mismas causas. Los cuerpos
inertes se mueven según las leyes de la gravedad, y
avanzan perturbando ó descomponiendo su equilibrio
en planos inclinados; este es el método que la natu
raleza emplea para impeler en el agua.
Y volviéndose hácia los curiosos, alzó la voz y con
tinuó explicando esta idea.
—Un procedimiento sencillo, uaa prueba palpable,
que la vemos todos los dias, puede demostrártelo;
tira una plancha de metal en cualquier líquido y la
verás caminar diqgoualmente en el líquido hácia el
suelo, y á alguna distancia dej^ punto donde fué in
troducida; pues bien, mete dcfítro del mismo líquido
una tablita y se elevará oblicuamente á la superficie;
20
en el primer caso, el metal chato oprime al agua; en
el segundo, la tabla recibe su presión.
Todo el mundo escuchaba con gran admiración á
aquel hombre que, desde ocho dias á esta parte se ha
llaba en boca de todos, en las páginas de todos los
periódicos: Harry S‘lay había venido á ser el nombre
de moda en todos los círculos de la esfera social.
Cuando hubo terminado esta sencilla explicación tan
puesta al alcance de todas las inteligencias, el audito
rio prorrumpió en un alegre murmullo.
El doctor continuó:
—Aquí tienes, pues, la doble acción de ascenso y
descenso, acciones existentes en la naturaleza desde
el principio del mundo, y no invenciones del hombre
de que tenga que vanagloriarse.
Has hecho, repuso Ivetrli, según se vé, un admi
rable uso de esta observación tan sencilla en aparien
cia para tu proyecto.
—Sí, pero para lograrlo he tenido que estudiar la
locomoción en los cuerpos animados.
.Todo el mundo guardó silencio.
Harry continuó:
—En los cuerpos animados la locomoción depende
del mismo principio, sea una gallina paseando por uu
patio, ó una pareja meciéndose en los primeros acor
des de un wals, en uno de los primeros salones de
nuestra sociedad.
Si una gallina se mueve á lo largo de la tierra sobre
sus pequeños pies, esto es suüciente para llevarla so
bre esta última, porque la tierra tiene suficiente den
sidad para resistir la palanca que pone sobre ellá; pero
que intente con sus dedos desunidos pasearse por el
agua, y se hundirá; no así el ánade, esta ave está do
tada de fuertes membranas entre los dedos, y estas
le sirven como de un r|p o para yogar'por el agua. La
naturaleza á estendido Tos pies de la ánade porque el
agua está muy distante de poseer la resistencia de la
21
tierra, y por tanto se requiere una grandísima super
ficie para obtener un apoyo en ella.
Un aplauso apagó la última frase del doctor.
—¿Y habéis hecho, padre mío, las mismas observa
ciones que con la tierra y con los líquidos con el
aire? objetó Sessy S‘lay de Ketrli.
—Sí, hija mia, y puedo confesaros que me ha dado
brillantes resultados durante mis pacientes observa
ciones.
—De modo, que los cuerpos se mueren en el espa
cio obedeciendo todos á la misma ley de gravitación y
equilibrio.
—Con la sola diferencia, Sessy, que en el aire el
órgano locomotivo es hecho aún mucho más espacioso
porque el aire es aún más elástico, sutil y dilatado
que el agua: observa el murciélago, esta ave tiene una
grande y estendida ala, semejante á una vela de lienzo
que llega desde los dedos de sus manos hasta sus piés,
una especie de para-caidas que sacude y aletea; ob
serva ahora al buitre, cuan alto se eleva con tan pe
queño movimiento de su cuerpo; el principio es el
mismo, es una palanca más ó ménos larga según que
tenga necesidad de descansar sobre un sólido, un lí
quido ó un fluido. El alón de un buitre , medio de lo
comoción en el aire, concuerda perfectamente con los
piés del hombre, los piés de la gallina ó los de una
ánade.
—Sí, pero el hombre, dijo una voz más impaciente
ó más curiosa que las demas, el hombre no puede por
naturaleza nadar como el pez, volar como la mariposa
ni remontarse como el buitre.
—Es cierto, contestó sonriendo el doctor á esta sen
cilla observación; pero su inente le habilita para to
mar las facultades de las otras criaturas y adaptarlas á
sus propios fines. El navio le lanza en el mar, el elás
tico gas contenido en un globo, le trasporta á las más
altas regiones á que jamás el condor se ha remontado;
22
el vapor le impele por la tierra y le hace capaz de dejar
á gran distancia al caballo veloz ó al ciervo; el telesco
pio da un auxilio á su fantasía tan maravillosa como
la imaginación misma; y, últimamente , el telégrafo
elétrico ha aniquilado á su disposición tanto el tiempo
como la distancia.
Ketrli, quien aún no habia perdido toda esperanza
de hacer desistir á su amigo y padre político, se atre
vió á hacer la última observación.
—Pero dado el caso que te remontases hasta donde
quieres, ¿piensas poder dar al globo la dirección de
tan atrevido viaje?
—Sí; para eso cuento con mi timón, el abanico en
forma de cola de pájaro y mis velas giratorias, lo cual
podré mover á mi disposición.
—Pero esa seria una operación irrealizable en el
caso que las velas se hallasen henchidas de aire.
—No, porque el aire que reciben del tubo, el aba
nico, jugando sobre ellas, lo desalojará tan pronto
como me fuera necesario. Ademas, caminaremos muy
despacio cuando llegue el caso para tener tiempo de
desalojar el aire poco á poco con el objeto de que el
cambio de viento no arrastre á nuestro globo violen
tamente, en cuyo caso sufriría algunas averias difíciles
de reparar.
—¿De modo que también podemos caminar despa
cio ó aceleradamente? repuso Sessy.
—Como gustes, Sesssy.
—Eres el diablo, Harry, repuso Ketrli familiarizán
dose algo más con la idea de remontarse hasta las nubes.
—No solo podremos caminar i voluntad, sino que
nos detendremos, seguiremos á la luna y las estrellas
en su curso hora por hora, dia por dia.
—¿Y cómo podréis conseguir eso?
—Ese es mi secreto.
Este aparato ingenioso lo constituia una especie de
cilindro ó gasómetro lleno de cierta porción de gas
23
hidrógeno; un tubo daba salida al gas alimenta
do constantemente por un mechero muy delgado; un
tubo en la parte superior del globo daba salida al gas,
al paso que otro comunicaba desde la bálbula á un
doble fondo de este aparato, logrando de este modo
alijerar ó equilibrar el globo á las capas superiores de at
mósfera, sin pérdida de un átomo siquiera de gas hidró
geno. La mayor ó menor tensión de las capas atmos
féricas las marcaría una aguja construida expresa
mente ad hoc por Harry S'lay. Este aparato habia re
cibido el nombre de equilibrador; y por él, el ingenioso
doctor tenia la certeza de estacionarse en las regiones
délas nubes, sin que aquella diabólicamáquinaalterase
en lo más mínimo su movimiento de ascensión y sin
peligro de la menor sacudida, puesto que el tubo era
de absorción.
En cuanto al aparato propulsor era una simple es
piral de seis piés de diámetro, así es que la salida del
gas podía verificarse de una manera gradual y cons
tante.
-'<;H
fc»
r
í ' í'
•
- CH.iui •.,*!»
;o i( e fc ó ' ¡ h í( i
■
‘.i; !'i/; . ¿1
•-
; fj
sì» •• • j3{t.;-.iGiijr>'rç> out» y¿;p oaur iß
- h a f
~ : b ^aioi’-'oqe- -äc-o
■-
. t.Cfiïüq
;/ -> 0.Í: OÍJíiO) tíí . [»
ù od» ; {e inidUiiipé ó ime jila
.
■•
■
»¡umShu aijjpé£0’ííoii<kí«d.< «ía/ipsói ;* ¿da.^adua st¡l»b
*r, v': '
'
9
-
p
-■ ’*-{ ' ¿ h i é u ’iS' *f
9ü i s í . a b m j $ ’ p j
.aom ?iix>tíí»
ííJJp 8» !Ví> ,oílá¿o£d> oh. e$iq tm sb ímiq
'J*-' • víftagm
.-•tí*5' i>ÍT*>'t ¿rí'iq
CAPITULO III.
Primeros preparativos de un viaje.—El profundo
estudio de un sabio.—El l.° de Abril.—Él Regina.
—Adiós.
Era el 20 de Marzo. Harry S‘lay y su familia no
debían verificar su ascension hasta el 1.* de Abril, épo
ca en que los vientos alisios podían ser de mucha uti
lidad á nuestros intrépidos aeronáutas. El globo se ha
llaba terminado en su totalidad, así, pues, este tiempo
debía emplearse en hacer los preparativos para su via
je de diez y ocho dias á la distancia de sesenta y siete
mil leguas de elevación sobre nuestro planeta. Se cui
dó de encerrar en el carro las provisiones más necesa
rias y todo lo que pudiera contribuir ála salud de los
aeronautas.
Ketrli compró dos escopetas de á dos tiros que se
cargaban por la culata, ademas de su soberbia cara
bina fabricada en Edimburgo, y que había mandado á
buscar á Elmly Worcestershire, pequeña aldea donde
el jóven cazador tenia sus posesiones. Con semejante
arma Ketrli apostaba su cabeza á poner una bala á dos
mil pasos de distancia en el ojo de una liebre. Era lo
26
que se llama un gran tirador. Ademas llevaba sus dos
rewolvers de ó cinco tiros cada uno á los que añadió
otro par, balas y pólvora suficientes para el caso que
fuese necesario, no excediendo de la cifra que Harry
le permitía llevar; esto es, ciento diez libras de peso.
Este sábio profundo se cuidaba con el .mismo celo de
las propias necesidades de ellos, comprendió que el
joven matrimonio y él no tendrían bastantes vestidos
para sufrir la temperatura de las regiones de nieve cu
yos límites se proponía pasar: al mismo tiempo pensó
en que los próximos, cercanos rayos del sol se deja
rían sentir mucho más, y ajustó con un sastre de los
mejores de Lóndres seis vestidos, tres para cada ex
tremo de temperatura.
Se.-sy debía ir vestida de hombre con el objeto de
que quedase más desembarazada.
Harry no olvidó sus instrumentos de astronomía;
sus cálculos, sus brújulas y sus barómetros; todo pe
saba unas noventa libras.
Sessy quedó encargada de los más precisos instru
mentos de cocina y de los víveres en las proporciones
siguientes.
Libras, onzas.
Roost-beef.......................................................
Carne pemnicam.........................................
Galleta....................................................................
Naranjas, un cesto..............................
Limones, otro idem..............................................
(de esto pensaba el doctor hacer un fuerte uso
como refrescantes.)
Cafe.........................................................................
Thé..........................................................................
Vino de Burdeos, un barril..................................
Agua........................................................................
Aguardiente...........................................................
Utensilios de cocina...........................
Botiquin, hilas, vendas.......................................
Total
.
8
12
14
25
25
3
4
25
200
4
59
6
369 4
27
á lo cual, si se anadia el peso de ciento diez libras de
los avíos de caza que Ketrli llevaba , tendríamos un
total de cuatrocientos ochenta y dos libras y cuatro
onzas.
Este total, unido al peso de cada individuo que era:
Libras.
Sessy...................
Ketrly............................................................................
Harry..............................................................
120
130
137
Total.................
y al del
Gas hidrógeno............................................................
Globo.............................................................................
Carro, banda y red...................................................
Instrumentos, vestidos, cobertores, alm oha
dones.........................................................................
Lastre............................................................................
387
Total.....................
276
600
300
150
300
1626
Tendremos sumando las tres partidas
369
387
1626
un total de 2.682
y como para que un globo se eleve en la atmósfera es
necesario que deshaloje un volúmen de aire que pese
más que los materiales que lo forman, es decir: la ci
fra dos mil seiscientos ochenta y dos peso que se. halla
próximamente representado por un deshalojamiento de
aire de veinte y dos mil cuatrocientos veinte y tres piés
cúbicos equivale á decir; que veinte y dos mil cuatro
cientos veinte y ires piés cúbicos y medio pesan dos
mil seiscientos ochenta y dos libras y cuatro onzas
luego dando al globo esta dimensión de veinte y dos
28
mil cuatrocientos veinte y tres y medio piés cúbicos, y
llenándole hasta la mitad de gas hidrógeno, el cual,
como es catorce veces más lijero que el aire, dará una
diferencia muy capaz de proporcionar la fuerza ascen
sional del globo.
Tales eran los resultados del estudio constante y
profundo de aquel sábio que se levantaba coloso en me
dio de la civilización humana para enriquecerla con
los adelantos de la ciencia.
El 1 0 de Abril los preparativos tocaban á su término
y el globo de tafetán, perfectamente cubierto de guttagamba (sustancia jelatinosa) se hallaba concluido, pudiendo contener dentro de su envoltura una gran por
ción de fluido.
En la mañana de este dia fué hinchado.
Una numerosa concurrencia asistia al acto. Su gra
ciosa envoltura fué desplegándose poco á poco, pre
sentando su corte bello y lleno de maestría ; su exte
rior mostraba una superficie de diez mil doscientos
piés, y su peso era de seiscientas libra^ Los víveres y
demas materiales fueron colocados en el carro.
Sessy estaba transformada en un jovencdlo verda
deramente hermoso. Vestía de marinero con un pan
talón muy fino de lana rayado, una blusita blanca de
merino, adornada de azul y botones muy grandes de
este color; sus negras trenzas recojidas bajo la ancha
ala de un sombrerilo á la marinera, sobre el que se
leia: el Regina.
Su marido estaba convertido en un atrevido caza
dor con su carabina al hombro, sus bolsas de caza y
su frasco de pólvora.
S‘lay, aquel pozo inagotable de ciencia, vestía un
traje muy oscuro y un sombrero de alas muy anchas,
también de hule, sobre el que se veian las mismas
frases, el Regina, ¿qué querian decir estas?
Harry va á hablar,escuchemos:
—Hijos mios (ya hemos dicho que el doctor llama-
29
ba á todos sus hijos) ha llegado el momento : hace
un afio que con celo infatigable he trabajado sobre la
exploración del cielo Austral. El nuevo mundo que se
ha presentado á mis ojos, desde que me convertí en un
paciente observador, de ese espacio ilimitado, ha
existido desde el principio del mundo. El que la tierra
y el sol es habitable, no cabe duda y todos lo sabe
mos; no es, pues, este mi objeto; cuál es, ya creo ha
berlo consignado en otra ocasión; conocer el mundo
físico y el mundo moral de todos esos planetas que es
tamos viendo todas las noches.
Después, señalando al globo, que orgulloso se ba
lanceaba en el aire, continuó:
— Con la ayuda de este poderoso medio de locomo
ción veré coronados mis esfuerzos (todos, sí, sí) así lo
espero, hijos míos.
Apenas hubo terminado subió al carro donde Sessy
y Relrly le esperaban con ansiedad.
Erau las cinco de la tarde.
El momento de dar el último adiós se aproximaba.
Harrv, cogió con su mano trémula por la emoción, la
cuerda del ancla que, clavada en la tierra sujetaba
fuertemente al globo, y cogiendo su sombrero con la
otra, gritó con el entusiasmo de un fanático:
— ¡Viva Inglaterra! ¡Viva la reina! ¡Viva la Socie
dad geográfica!
Un viva atronador conmovió el espacio.
Entonces Sessy se levautó, y extendiendo su blanca
mano hácia la multitud, exclamó:
— Amigos mios, ved ai rey de los aires, contem
pladle un momento más, y démosle un nombre que
no desmienta de su poder, llamémosle \Regina\
Y cual si esta hubiera sido la señal, el arpón fué
arrancado y la fuerza ascensional del globo fué gra
duándose rápidamente.
— ¡Viva la reina! ¡Viva Inglaterra! volvió á gritar
con toda la fuerza de sus pulmones Harry S‘lay para
50
dejarse oir del pueblo que eu atronadores gritos todos,
con los pañuelos las mujeres, y con los sombreros los
hombres, saludaban al Regina que, orgulloso y atrevi
do, se lanzaba perpendicularmente en los espacios infi
nitos.
s*v !
f:í
:• ■e; ¿5h ¡a !■.■ ‘»i..:-..O (Híühxkü
íi
CAPITULO IV.
Una conversación en los aires.—Lo que empieza á
marear á Ketrli.—El primer cuarto de vela.
El Regina avanzaba con una rapidez extraordinaria.
Empujado por el viento con la velocidad del rayo, ga
nó las alturas en muy pocas horas. Entonces una cor
riente más viva, inclinó el globo hácia el Norte, esto
es, en dirección completamente contraria á la que los
viajeros se proponiau seguir, pero Harry se inquietó
bien poca cosa, y haciendo girar su aparato , el timón
absorbió la brisa, hinchó las velas, y el Regina obede
ció como un niño lanzándose hácia el Sud con la car
rera de un caballo.
¡Qué magnífica y sorprendente espectáculo se ofre
cía entonces á los ojos de aquellos audaces viajeros!
Un anchuroso mar se extendió bajo su vista. Atra
vesaban el golfo Arábigo para entrar en el Océano , el
cual, un poco más lejos, presentaba un extenso planimisferio destacando del seno azulado de sus aguas,
el oscuro contorno de los campos, las selvas y las ciu
dades. El Regina seguía su fuerza ascensional median
te la fuerte meoha alimentada por el gasómetro y que
32
S‘lay cuidaba de graduar según quería ascender más
ó ménos.
El Regina, hemos dicho, que se elevaba en tér
minos, que los hombres que antes parecían hormigas,
dejaron de percibirse; los campos, los bosques y las
aldeas, que parecían otras tantas manchas de diverso
colorido que matizaban el azul oscuro del fondo del
mar, se desvanecían hasta el punto que ya no se veia
en el especio más que una masa oscura y redonda.
¡El hombre había logrado con su inteligencia domi
nar el planeta que habita!
Entretanto el sol se había ocultado y en el espacio
empezaba á verse brillar algunas estrellas radiantes de
luz viva. ¡Qué magnífico espectáculo!
Sirio, esa estrella más próxima á nosotros, y cuyo
volumen es un millón de veces mayor que el del sol;
Sirio, que dista de la tierra siete villones doscientos
diez mil millones de leguas, se presentaba á los viaje
ros en toda la plenitud de su volumen.
Harry paró su máquina usando de su aparato equi
librador; para ello fijó su vista en la aguja del gasó
metro encargada de marcar: observó en el barómetro
la tensión de las capas atmosféricas, y abriendo la lla
ve que se comunicaba con la válvula, la aguja dió un
salto y el Regina quedó inmóvil entre las dos capas
atmosféricas, y valanceándose en la inmensidad del
espacio.
Ketrli se mostraba maravillado al oir la sencilla ex
plicación que su amigo le hacia de este procedi
miento
—Las capas atmosféricas, decia, á medida que se
acercan al espacio, se hacen más pesadas, más densas,
esto se prueba por la razón que existe para no llenar
nunca los globos completamente de gas, sino en sus
dos terceras partes, ó mitad, porque este tiende enton
ces á dilatarse y no lardarla en romper la envoltura;
así es, que la capa inferior, ménos densa que nuestro
35
globo, le impele háciaarriba, al paso que la superior,
más densa le obliga á conservar su equilibrio en el
espacio.
El descenso se hace naturalmente como habéis visto,
moderando la temperatura que encierra el Regina hasta
dejar igual cantidad de enfriamiento dentro que la
que exteriormente le rodea. Para operar la ascensión
aoy al gas una temperatura mas elevada que la que
ahora tiene el ambiente. Entonces el Regina aumenta
de volúmen, se hace más lijero y sube con rapidez.
Ketrli á quien el dominio que este gran sábio ejer
cía sobre la ciencia, empezaba á tranquilizarle, pre
guntó satíricamente.
—Encontrarás atmósfera en la luna como la que
nos redea.
—Sin duda. De otro modo la existencia de los se
res en la luna, seria ilusoria.
Ketrli miró breves instantes al doctor; puramente
creia broma la contestación categórica que Harry le
había dado; pero viendo en su semblante que habla
ba con formalidad, se aventuró á preguntarle.
—¿Hablas con formalidad?
—¿Por qué no?
—Sin embargo, la igualdad por un lado entre la
duración aparente y la duración real de la ocultación
de las estrellas por este astro y el presentarse toda la
apariencia de una tierra trastornada por los volcanes
y enteramente pirotégnica, parece demostrarnos la
absoluta carencia de atmósfera en este satélite, y por
consiguiente, la ausencia de la vida animal y vejetal.
—Esa es la opinión de sesenta años áesta parte. Es
cierto, en efecto, que los fenómenos en la vida animal
y vejetal serian enteramente imposibles en un globo
cubierto de una doble costra enteramente volcánica y
vitrificado y también privado de atmósfera. La ausen
cia aparente de vida animal y vejetal en la superficie
de la luna no prueba nada contra el principio gene3
34
ral de la habitabilidad, porque la constitución física
de que acabamos de hablar, se presenta evidentemen
te corno un caso particular y accidental.
Sessy, á quien en su afan de instruirse, no perdía la
ocasión cuando la casualidad se la presentaba, pre
guntó con el mayor interés.
—¿Y cómo te explicas ese fenómeno conciüando
esa existencia de la vida con las condiciones fisiológi
cas del terreno?
—Muy sencillamente, se apresuró Harry á contes
tar. Este estado según toda probabilidad resulta de al
guna conflagración interior sobrevenida en el globo lu
nar, de una revolución que había alterado su constitu
ción primitiva. Hé aquí la razón por que la opinión
general era la de que la luna había gozado en épocas
anteriores de todas las condiciones de vida: veis, pues,
como yo nada hé inventado como se supone, puesto
que mi descubrimiento había sido conocido ya hace
sesenta años, pues que desde esta época se suponía
que una revolución terrible había desecado sus mares,
absorbido su atmósfera y cubierto su superficie de una
erupción de pústulas volcánicas, y por tanto destruida
toda posibilidad del desarrollo vital en su superficie y
aniquilado quizá completamente¡el principio mismo de
su materia en su seno.
—Es decir, repuso Sessy, que la luna es un astro
completamente muerto.
—Esa... esa es la frase que tanto me ha hecho cavi
lar: un astro completamente muerto. Esta idea, me he di
cho, prueba la aceptación del principio de la vida uni
versal porque el concepto de muerte lleva consigo ne
cesariamente una idea anteriorde vida, y si en la luna
se descubrían grandes espacios ó manchas que según
todas razones podían mirarse como mares espaciosos
y elevadas montañas, la existencia de estos lagos,
de estos mares, fie estas montañas en la superficie
de la luna llevaba tras sí, como se sabe, la exis-
35
tencia de una atmósfera, de un principio de vida hu
mana.
Entonces observé. Sabido es que la luna presenta
siempre el mismo hemisferio á la tierra en su evolu
ción periódica de 27 dias, 7 horas y 3(4 de hora al
rededor de ella, de tal suerte que no vemos y no po
demos jamás ver el otro hemisferio. Se sigue de esto
que un punto cualquiera de la luna, haciendo abstrac
ción de la inclinación de su eje sobre su órbita y de
esta sobre la eclíptica, está por espacio de quince dias
sucesivamente expuesto y sustraido á los rayos del
sol. Luego la consecuencia inmediata de esto era que
cada punto de la luna estaba alternativamente someti
do á los ardores de un Estío devorador y á los rigores
de un Invierno cruel. Las menores nociones de física
bastan para hacer comprender fácilmente que si suce
diese lo mismo en nuestro globo, disminuyéndose su
movimiento durante el dia en la proporción de uno á
veinte y ocho, no eran necesarios catorce dias de la
duración actual para que un hemisferio de la tierra
fuese azotado por los más terribles hielos y el otro
completamente calcinado.
—Pero esta escesiva duración del dia lunar , res
pondió Ketrlí, en vez de ser una prueba de la vida, al
contrario, ¡será la demostración evidente de su carencia
absoluta!
—No. Esta era una razón que por sí sola nada me
hubiese probado, porque pensé que estos cambios ex
cesivos de temperatura podían ser corregidos por cau
sas dependientes de la constitución física y de las con
diciones fisiológicas del planeta, y esto es efectivamen
te lo que sucede. De este modo, las desfiguraciones
sufridas por ciertos astros en el instante de su inmer
sión y emersión en las ocultaciones lunares, las varia
ciones muy notables de color, observadas en la super
ficie iluminada del astro, la existencia de esas grandes
manchas ó espacios, que como he dicho, podía mirarse
56
muy bien como grandes lagos, inmensos mares y eri
zadas crestas, los grandes lagos luminosos y fosfores
centes observados durante las noches en aquel globo
y otros muchos fenómenos me probaron:
La existencia de una atmósfera variable alrededor de
la luna.
Existiendo una atmósfera variable, medio constante
déla vida orgánica de los séres. La existencia de un
principio de vida universal en ese astro.
Consecuencia de lodo esto. Si existe una atmósfera
capaz de dar vida y movimiento á los séres, la luna
debe hallarse habitada.
Teoría sencilla, pero que aparecería inconcebible,
si no se supiese que en las ciencias los resultados más
naturales son siempre los últimos á que se llega.
—Según eso, dijo Ketrli, el resultado de tus obser
vaciones es que la habitabilidad de la luna es debida á
su estado de atmósfera.
—Sí; y mis observaciones se han fijado para ello
siempre en el lado de gravitación , respondió grave
mente el doctor. Cómo no se ha podido ver por mu
cho tiempo que la débil atracción de la luna sobre la
tierra produciendo en ella el fenómeno de las mareas
sucesivas; la tierra, con su poderosa atracción sobre
la luna, siempre tiene la misma íaz dirigida hácia el
centro de la tierra. Desde luego , no es evidente que
la atmósfera lunar, obedeciendo á la tracción terrestre
debe prolongarse del lado de la tierra bajo la forma
de un cono tangente por su base al globo lunar, y si
guiendo el gran círculo que limita para los observa
dores terrestres la figura de aquel satélite.
—¿El eje del cono atmosférico lunar pasa, pues,
invariablemente por el centro de la luna y por el
centro de la tierra?
—Sí; pero en las libraciones, el gran círculo, base
del cono atmosférico varia algunos grados, y como
las libraciones son periódicas, no hay duda que llevan
37
t»*as sí movimientos regulares de la atmósfera en las
inmediaciones de aquel gran círculo, y no producen
allí vientos lunares alíseos, de los que seria muy fácil
calcular los tiempos y las direcciones en la función
de las masas respectivas de la luna, de la tierra y de
la densidad media de la atmósfera lunar.
Otra causa aún más poderosa de los vientos perió
dicos en la luna es la atracción solar. Guando está
próxima la luna nueva, vr. grc., la acción del sol, en
lugar de combinarse con la de la tierra para extender
del lado de esta última, la atmósfera lunar obra en
sentido opuesto: el sol influye sobre el hemisferio que
la luna le presenta, como la tierra, sobre el que mira
á ella, pero con mucha ménos fuerza á causa de ser la
distancia mucho más considerable. La marea atmosfé
rica, debida á la acción solar, efectúa pues un cono mu
cho más pequeño que el causado por la acción de la tier
ra; pero mientras que este último, que tiene su vérti
ce invariablemente dirigido sobre el centro de la tierra
queda inmóvil respecto á la superficie de la lu n a , el
otro, al contrario, sigue al sol en su dirección y hace
en veinte y siete dias, siete horas y tres cuartos de
hora la evolución de nuestro satélite.
De esta teoría, que no se puede destruir, sin des
truir al mismo tiempo todo el sistema de la gravedad,
resulta evidentemente la fácil explicación de todos los
fenómenos atmosféricos lunarios, fenómenos que hasta
el presente no se habian podido conciliar; así se com
prende, porque la luz es raras veces reflejada en el
momento de la inmersión y emersión, lo que no se
puede dudar, porque sir Hevelius, uno de los primeros
que han estudiado sobre este satélite ha observado una
multitud de ocultaciones descubriendo que en las es
casas veces en que la refracción se ha dejado sentir la
línea de los centros del sol y de la luna, se hallaba
perpendicular á la de los centros de la tierra de la
luna y de la estrella ocultada, y que ademas, el movi-
38
miento de la estrella se verificaba en el plano de estas
dos líneas; es decir, que la refracción ó la mudanza
de figura no ha sido observada sino cuando los rayos
luminosos atravesaban precisamente el cono de la pe
queña marea atmosférica lunar.
— La refracción, preguntó Sessy, ¿se obtiene en la
emersión ó en la inmersión?
— En la una ó en la otra, y del lado del sol, mi que
rida Sessy.
— Pero con respecto á la duración de los dias y de
las noches, y esas grandes masas calcinadas que se
descubren, expresó Ivetrli, á quien la ciencia del doc
tor empezaba á aturdir; es notable, estremadamente
notable, que de estas dos causas, cada una de las cuales
parece contraria á la vida, sea la una precisamente el
correctivo de la otra.
— Verdaderamente es donde brilla con más explendor el poder de la naturaleza, porque de todos los vol
canes cuya inmensa mayoría parecía extinguida, salen
durante las largas noches lunares, vapores calientes
que se extienden en la atmósfera y obran no solamen
te por su propio calor, sino también deteniendo con
siderablemente la difusión de los espíritus animales;
y, ó mucho me han engañado mis estudios durante
cuatro años, ó de ser esto cierto, tiene que reconocer
se ser esta la causa de ese enfriamiento de la parte
oscura de la luna.
— ¿Y cómo puedes explicarte este enfriamiento? pre
guntó la jóven con el mayor interés.
— Muy sencillamente. Razones muy graves me han
hecho admitir que la figura de este satélite, prolon
gándose bajo la forma de una convexidad por el lado
de nuestro planeta, presenta al contrario, por el otro
lado una extensa concavidad la cual debe hallarse hora
dada por grietas muy profundas que comunicarían
con el depósito común de los sendo-volcanes en el cen
tro del pequeño planeta. De estos hechos de seleno-
39
grafía física me resulta que durante las noches del
hemisferio lunar que nos mira, los rayos del sol hirien
do sobre la concavidad del otro hemisferio, produci
rían en él una temperatura sumamente alta; entonces
las aguas se evaporizan allí, y los vapores calientes
penetran bajo una gran presión en el centro ó depó
sito común de donde saldrán, naturalmente, por los
multiplicados orificios de los volcanes, en que la pre
sión será mucho más débil. En las condiciones inversas,
cuando esta parte cóncava está privada de los rayos
solares, el frió condensa rápidamente los vapores y la
tensión disminuye; de donde se deduce que el equi
librio tendiendo á restablecerse por las bocas de los
volcanes, los cráteres deben entonces convertirse en
absorbentes y así á la salida del sol veinte y ocho ve
ces mucho más -lenta ^n la luna que en nuestro plane
ta; los vapores se disipan, se condensan, humedecen
el suelo y lo penetran piofundamento. Hé aquí la ra
zón de mis estudios, y repito, que, ó mucho me han
engañado ó no tardaré en descubrir la realidad de to
dos estos hechos.
Cuando hubo concluido el doctor, Sessy y Ketrli
sintieron aperito; ¡cosa extraña! apenas hacia tres
horas que habian comido, y, sin embargo, aquelle
brisa rsfrescante operó de una manera extraordinaria
en los estómagos de los viajeros.
— Basta por hoy de lección de física recreativa.
Preparemos la cena, y después, á descansar.
Mañana tendremos tiempo de ordenar y colocar
nuestro equipaje con el detenimiento y la clasificación
que el caso requiere.
—A cenar, añadió Sessy sacando algunas galletas y
un trozo de pemmicam.
—A cenar, respondieron Harry y Ketrli.
40
Momentos después reinaba á bordo del Regina el
más profundo silencio, oyéndose solamente el ruido
que producian los pasos del doctor que se paseaba si
lenciosamente en el cumplimiento de su deber.
¡Era el primer cuarto de vela!
CAPITULO V.
Teoría de la luz.—¡Ojo certero!—La región de loa
vapores.—Sobre la tormenta.—Lo que abre el
apetito al doctor S‘lay.—¡Una lágrima!
El Regina continuaba en su progresivo ascenso.
La atmósfera se inundaba en muda é informe rau
dal de luz, al resplandor de los primeros rayos del ru
bicundo Febo. Era una de esas hermosas mañanas en
que la aurora cubre de oro las copas de los árboles y
la atmósfera se halla cargada de los perfumes que des)iden las flores silvestres y los sonidos que producen
os pájaros al despertarse.
Sin embargo, allí no se descubría el más raquítico
arbusto, ni se oia el menor arrullo de los pájaros.
Todo era soledad. Pero aquella majestuosa soledad
tenia algo de sublime, de fascinador, que atraía, que
hacia latir el corazón y adormecía los sentidos.
— ¡Arriba! gritó el doctor; y los dos jóvenes se pu
sieron en un salto de pié.
La mañana era deliciosa. El sol arrojaba esa sustan
cia viva y pura con toda su prodigiosa rapidez.
—Mirad, dijo el doctor, en su afan de explicarlo
todo, el importante descubrimiento de Newton.
{
42
La luz, rayo luminoso, blanco y compuesto de un
cierto número de rayos de diversos colores que son
susceptibles de refracción, pero que no sufren por si
mismos la menor descomposición; pero que colocados
al través de un prisma triangular de cristal, afecta los
colores más vivos, desde el rojo, al amarillo, al verde,
al azul, y aun violado con una afinidad de líneas in
termediarias.
—Según eso, añadió Ketrli, á quien parecía agra
dable discutir con aquel profundo sábio. Según eso,
los rayos de luz difieren entre ellos, no solo por su co
lor, sino también por su mayor ó menor refracción.
— Ciertamente, por eso es una consecuencia inme
diata del experimento, que el rojo, como ménos re
frangible, se separe ménos de la línea derecha, mien
tras que el violado se separa más; por consecuencia, es
más refrangible porque la especie de color y el grado
de refracción propias á cada especie de rayo (de uno
de los siete colores primitivos) no pueden ser cambia
dos ni alterados, ni por la refracción ni por ninguna
otra causa, pues si bien es cierto que los rayos de una
especie han podido ser alguna vez separados de los de
la otra, siempre han conservado su color propio por
más que se hayan hecho miles esfuerzos por cambiar
los. Yo mismo los he querido mezclar haciéndoles pa
sar por trozos de diferentes figuras, y jamás he podido
producir un nuevo color. La condensación y la dila
tación aumentan ó disminuyen su intensidad, pero
jamás estos rayos cobrizos han cambiado su propio co
lor en otro de otra especie.
Mientras Harry y Ketrli disertaban de esta manera
sobre la teoría de la luz, Sessy, que se habia dedica
do á culi mentar el desayuno, descorrió las cortinas de
su departamento, y asomando su encantadora ca
beza:
— El almuerzo, dijo, y volvió á ocultarse detrás del
lienzo.
43
Al oir estas frases, el doctor y Ketrli se levantaron,
y poco después se hallaban devorando un trozo de
carne asada y unos huevos duros.
Concluida esta provechosa ocupación, el doctor
se puso á ordenar y clasificar todos sus instrumentos,
mientras su hija, la linda Sessy, del brazo de su ma
rido, salian á tomar el fresco de la mañana.
Los dos jóvenes, del brazo, se adelantaron al borde
de aquel frágil carro extendiendo su vista con profun
da melancolía.
Todo era allí soledad, majestuosa soledad. Por to
dos lados el espacio infinito; místicos vapores , nubes
vagorosas envolvian al jigantesco aerostático impe
liéndole violentamente al través de aquel denso velo
que el Regina rasgaba en su veloz carrera.
El espanto cubrió sus rostros al medir con la vista
la portentosa altura que los separaba de nuestro
planeta.
Los dos jóvenes volvieron el rostro suspirando, en
contrándose al sábio que venia hácia ellos.
— Os buscaba, dijo.
— ¿Qué ocure?
— Que el tiempo ha cambiado y el barómetro anun
cia una tormenta.
— ¡Bien, y qué!
— ¡Cómo, que! Es preciso que obremos con pruden
cia, pues si bienes cierto que en medio de esta soledad
no será fácil vengan á inquietarnos las fieras y los
salvajes , tenemos otros enemigos muchos más terri
bles que combatir.
— ¡Enemigos! repitió Sessy algún tanto alarmada.
— Enemigos y muy poderosos, querida Sessy; pero
tranquilízate.
— ¿Pero, qué enemigos pueden ser... añadió Ketrli
con alguna impaciencia.
— Los elementos, contestó S‘lay con voz sonora.
Después añadió más dulcemente.
44
— Pero nada temáis, los venceremos; mi ciencia me
dice que esta alhaja, esta gaviota de los aires saldrá
victoriosa de todos los peligros que puedan sobreve
nirnos. Ve ahí sino uno que si nuestro Regina no pue
de arrostrar, el ojo certero de Ketrli sabrá vencer; y
diciendo así el doctor fijó su vista en un punto lejano
y apenas perceptible.
Ketrli alzó su vista en la dirección que marcaba
Harry con su mano inmóvil hácia el Oriente.
—Mirad: ¿veis aquella mancha oscura que se destaca
en el Orizonte?
—En efecto, sí veo un punto oscuro inmóvil en el
espacio.
—Pueshé ahí uno de los enemigos que debemos com
batir, sin embargo, de no haberlos enumerado hace
poco.
Esos puntos son cóndores.
— ¡Cóndores! interpeló Sessy.
— Cóndores de una magnitud formidable , contra
los que tendremos que sostener una lucha encarnizada,
si nos atacan.
—Pero no nos atacarán.
—Mucho me lo temo si perciben nuestro aerostá
tico.
—Bah, están muy lejos y no lo percibirán.
— Te engañas; expresó Harry haciendo un movi
miento de disgusto.
—¿Cómo?
—Porque ya nos han visto y se dirigen hácia aquí,
y si no, observa con ayuda de este portentoso instru
mento.
Y el doctor mostró un magnífico telescopio de
lentes Z. P.
Ketrli permaneció un momento en nfuda observación.
— Es cierto, parece que los picaros huelen la carne
fresca á más de cien toesas de distancia.
—Veremos si huelen tu pólvora lo mismo.
45
Ketrli se separó del trípode para ir á buscar su
magnífica carabina.
—Todavia no, dejémosles que nos ataquen y pre
parémonos. Aún tenemos tiempo de arreglar todo lo
que nos rodea. Esperemos sin impaciencia.
Entretanto, el magestuoso disco del sol se ostentaba
entre una zona de nubes rojas, y su3 rayos macilentos
envolvían apenas el gigantesco aerostático, dándole un
tinte de color de fuego que, maravillosamente combi
nado en los rostros de nuestros aeronautas resultaban
uno de esos fantásticos efectos que nos revelan las mil
y unas noches.
Todo era allí impotente; la soledad, la masa informe
del Regina, aquel d nso manto que dejaba velozmente
bajo el carro y sobre el cual navegaba victoriosa aque
lla monstruosa máquina, aquel rojo vapor que lo en
volvía; aquel vagoroso cefirillo de la tarde y hasta la
misma inquietud que se revelaba en los enrojecidos
rostros de nuestros viajeros, todo, ¡todo era imponen
te en aquel cuadro! Bello, fascinador, arrebatador,
digno del pincel de Dumaresqui , Rosales, Gova ó
Palmaroli.
Harry, inmóvil, pero tranquilo al parecer, contem
plaba absorto el infinito espacio devorando con su
vista el horizonte.
Poco á poco aquellas nubes rojizas fueron oscure
ciendo y extendiéndose como una inmensa techumbre
sobra el Regina.
El viento comenzó á refrescar y toda la creación
parecía estar amenazada de una próxima tormenta.
Harry debió conocerlo, porque aquella tranquilidad
aparente desapareció de su semblante, y una agita
ción febril .se apoderaba de su cuerpo.
— ¡Vive Dios! exclamó apretando los puños. Parece
que todo so conjura contra nosotros, y hasta los mis
mos elementos muestran señales de querer desmentir
mis pacientes observaciones.
46
Después, fijándose en los rostros de sus hijos, aña
dió cambiando de tono.
—Queréis lucha, pues bien, la habrá, y os prometo
que saldré garante en mi empresa.
Kelrli se aventuró á preguntarle algo sobresaltado.
—¿Qué ocurre?
—Se prepara una tormenta terrible; antes de diez
minutos, sino hemos logrado traspasar esa pesada te
chumbre que parece querer aplastarnos, nos veremos
precisados á dejarnos caer sobre nuestro p'aneta, y
buscar allá abajo, entre las grietas de las peñas, lo que
nuestro elemento parece querer disputarnos.
—¿Y qué intentas hacer?
—Subir, subir todo cuanto pueda hasta salvar ese
denso manto.
—De modo que vas...
—A forzar cuanto pueda la llama del mechero , y
diciendo así, el doctor dió una vuelta á la llave, y el
Regina, girando como una peonza , se precipitó , sil
bando, rujiendo, en medio de aquella espesa niebla.
—¿Y los cóndores' preguntó Sessy. [Ja! ¡ja! Buen
chasco van á llevarse.
—No lo creas, Sessy; nos han visto, han creído que
tratamos de huir, y los picaros han reforzado su mar
cha. Dentro de cortos instantes nos habrán alcanzado.
—¿De verás? dijo el jóven cazador lleno de impa
ciencia.
— Míralos como se remontan también ellos al ver el
nuevo movimiento de nuestro aerostático.
—Con efecto; qué condenado instinto.
—Parece que les aprieta el hambre.
—Pues les juro... Ketrli no tuvo tiempo de concluir
la frase. En medio de la oscuridad que producía la
niebla, una masa informe y negruzca pasó rozando
por las cuerdas que sostenían el carro, dando un ter
rible graznido.
— ¡Tira! dijo el doctor al jóven cuyos dados se cris-
47
paban febrilmente sobre la llave de su famosa ca
rabina.
Y una fuerte detonación resonó por los infinitos ám
bitos de la bóveda celeste.
Al mismo tiempo se sintió un pequeño roce en el
borde del carro.
Sessy y el doctor se lanzaron á este, y distinguieron
una vaga sombra que se desplomaba desde aquella in
mensa altura.
—Bravísimo; es un balazo que vale quinientos fran
cos. No esperaba ménos de un ojo tan certero como
el tuyo. Venga esa mano, y el doctor estrechó con efu
sión la mano del jó ven cazador. Pero no nos descui
demos, añadió, la noche está muy oscura, y antes de
que estalle la tempestad, esos malditos tratarán de
atacarnos. Observemos.
Pero con gran sorpresa del doctor, los cóndores habian desaparecido como por encanto.
— ¡Bah! sin duda asustados por la explosion, lo que
á semejante altura no esperaban, han huido los co
bardes.
— Tanto mejor , añadió Sessy algo más tra n
quila.
Mientras tanto el Regina seguia lanzándose en me
dio de aquella region de vapores, dejando bajo él una
serpiente horrible de fuego que se desensortijaba re
torciéndose con horrísono estruendo.
Era la tempestad que empezaba á estallar con todo
el imperio de su voz tonante y poderosa.
Espantosa, horrible tormenta, de la que por for
tuna, y la prevision de aquel sábio profundo, habían
escapado los tres viajeros.
Pero la humedad de aquel espeso manto candentado por la fuerza motriz de la electricidad , producia
una atmósfera que hacia imposible de todo punto la
respiración.
El calor comenzaba á sentirse. Parecia quede aque-
48
lias nubes se desprendía un raudal de vapor irviente
que á cada momento se hacia más pesado y más
intenso.
El sol arrojaba sus débiles rayos sobre el gigantesco
Regina, coloreando de púrpura el vagoroso pavimento,
del cual parecía desprenderse una lluvia finísima y
brillante, que elevándose al rededor del Regina, le en
volvían formando círculos concéntricos.
Este fenómeno llamó mucho la atención de Sessy
que se apresuró á interrogar á su padre.
— Este fenómono, hija mia, es lo que se llama arco
austral.
—De modo, añadió Ketrli, que estamos ya en el
término de nuestro viaje.
—No, Ketrli, todavía no. Hemos llegado al cielo, cu
yos secretos irato de investigar. Ese meteoro producido
por el sol que al torar á su término forma en sus rayos
emergentes con los incidentes un ángulo de 42 á 50
grados, me prueba la altura á que nos hallamos, y no
dudo en asegurar que aquí es el punto donde debemos
saludar á nuestro nuevo planeta.
Eran próximamente las seis de la tarde, el sol toca
ba ya en el ocaso.
Los dos jóvenes comenzaban á sentir desfallecidos
sus estómagos. Las emociones de aquel dia, el céfiro
suave de la tarde y las faenas continuas de la mañana
habian despertado el apetito de los dos viajeros.
Solo Harry no sentía hambre; echado sobre el borde
de la barquilla miraba con avidez hácia el Oriente;
consultaba con su reloj, y después volvía á fijar la vis
ta con mayor impaciencia.
Así pasó un cuarto de hora.
El mayor silencio reinaba en el Regina que se ba
lanceaba en el infinito espacio rodeado de la luz pía*
teada que empezaban á despedir las estrellas.
Durante este espacio de tiempo, el viento había su
frido una lijera inclinación hácia S. E.
49
Harry S‘lay al sentir sobre su mejilla aquella suave
brisa sonrió dulcemente y redobló sus cuidados.
Este cambio era el precursor de la llegada del ce
leste viajero, á quien hacia una hora que el Regina se
hallaba esperando. Así lo comprendió el doctor.
El globo siguió la dirección del viento y fué necesa
rio hacer uso del abanico-timon y velas para volverlo
á su puesto. Este lijero cambio debía pasar muy
pronto.
A esto, Harry S‘lay se precipitó con entusiasmo
hacia el borde del carro ó barquilla, tanto, que estuvo
á punto de haber sido arojado fuera de ella por la
violencia con que se precipitó, á no haberse asido á
una de las cuerdas que la sostenían.
¿Qué era loque habia tanto llamado la atención de
aquel gtan sábio? (Por qué se hallaba inmóvil, cou los
ojos fijos, sin pestañear, en el Oriente?
Lna luz vivísima iba extendiendo gradualmente sus
círculos de planeta.
Era la luna. El celeste viajero que empezaba su
larga peregrinación.
En efecto, la Juna empezaba á dejarse ver en
todo su mágico explendor, en todo su volúmen; es
decir, cuarenta y nueve veces menor que la tierra.’
i ¡Sorprendente espectáculo que llenó de alegría á los
^ntrépidos viajeros! Maravillosa aparición que abrió
1 apetito al doctor, ese sábio profundo que un mo
mento antes permanecía inquieto sobre el borde del
carro, y mirando hácia el Oriente, donde brillaba una
luz vivísima, mucho más viva que la que despedían
una multitud de estrellas, mucho más viva que la que
despedia Sirio, ese mundo inmenso que parecía un
volcan en toda su fuerza ígnea, y suspendido sobre la
cabeza de nueslios aeronautas como la lluvia de
fuego que arrasó á Sodoma. Ese sábio profundo, de
cimos, que momentos autes explicaba el por qué de
lo desconocido; ese sábio, en ei momento que vió aso4
50
marse en el celaje azul y trasparente de los infinitos
espacios al ídolo de sus sueños, de sus vigilias , de
sus pacientes estudios, se sintió con apetito.
Sessy y Ketrli lanzaron un grito, ¡grito de admira
ción! grito que corrió por todas las venas de Harry
SMay como un suave néctar.
Un nuevo mundo, un mundo que había estado
siempre desconocido para ellos , se presentó á sus
ojos, con sus montañas, sus bosques, sus lagos y sus
mares.
— ¡Victoria! exclamó S‘lay con el gozo de un niño,
y dejó rodar una lágrima por su mejilla. Y el eco, en
su inmensidad, comenzó á repetir ¡Victoria! ¡Victoria!
¡Lágrima sublime! ¡Eterno testimonio de gratitud
otorgado á la ciencia! ¡Lágrima que legaba á la poste
ridad más remota de su pátria el grandioso descubri
miento de los espacios infinitos!
CAPITULO VI.
En los cuernos de la luna.- Ketrli cazador.—Un descubrimiento. —Conversación astronómica.
Entre tanto Sessy había sacado un pedazo grande
de roos-bicf, que Ketrli empezó á dividir en pequeños
trozos; Harry continuaba sus investigaciones sobre el
astro. Una sonrisa vagaba por sus labios, los latidos
del corazón parecían arrancárselo del pecho, y de cuan*
do en cuando una lágrima rodaba por sus mejillas.
Así pasaron breves momentos sin que nadie se atre
viera á romper el silencio.
Por fin, Ketrli fué el primero que le rompió, devo
rando, más; bien que comiendo, el pedazo de vianda
que Sessy le preseutaba.
—Hé aqoí, decia, un comedor que no lo cambiaba
por mi linda quinta de Elmley Worcestershire.
—Parece, hijo mió, que te vas familiarizando un
poco más con nuestro Regina.
—Confieso mi error; ni siquiera se siente el movi
miento y la naturaleza de este mundo desconocido,
lejos de pasar de largo, se toma el trabajo de perma
necer inmóbil bajo nuestros piés para que podamos
exclamar; ¡qué magnífico espectáculo!
52
— ¡Parece un sueño! ¡un éxtasis! replicó la linda
jóven.
En efecto, el país de la luna. que entonces atrave
saban, era fértilísimo. Una selva inmensa se estendia
bajo el Regina. La noche era clara como todas las de
la luna, sin duda por los destellos que Sirio y otra
multitud de estrellas arrojaban sobre su pródigo
suelo.
—Ved ahí lo que hace un momento os decía, repli
có Harry. Esos innumerables respiraderos, digámoslo
así, que durante la noche exhalan los vapores húme
dos, y que aspiran durante el dia el producto de la
evaporación, es lo que causa la respiración diurna y
nocturna de esos vejetales que estáis viendo , á quien
se debe el mantenimiento de una temperatura favora
ble y bien graduada, y la que hace como muy
probable en estos sitios, la presencia de algunos
animales.
Y después, dirigiéndose á Ketrli, añadió:
—¿Serias capaz, si te se pusiese á tiro, de bajar por
una liebre del tamaño de un corderillo de nuestro país.
— jHombre! ¡hombre! un tamaño semejante, excla
mó admirando Ketrli.
—Corno lo oyes, puedes can vencerte tü mismo, mí
rala retozaren el fondo de aquella cañada... aquí... á
la derecha.
Ketrli hizo un movimionto de impaciencia por cojer su carabina.
—Espera aún no está bastante cerca , descendere
mos, favorecidos por la noche, no tenemos nada que
temer: echaremos el arpón, que indudablemente en
ganchará en alguno de esos corpulentos árboles y por
él podrás descender al suelo.
El catador cogió su carabina mientras el arpón hizo
presa entre el ramaje de un enorme árbol, cuyas hojas
despedían un olor parecido al que se desprende en
nuestras pieles de Rusia.
55
— Es decir, expresó este lleno de satisfacción, que
voy á ser el primer hombre que pone el pié en este
suelo.
— Si, hijo mió , replicó el doctor tristemente, y
puedo asegurarte cuán digno de envidia eres en este
momento.
— ¿Por qué no vienes? ¿porqué no viene Sessy tam
bién? ¿no dices que ahora no tenemos nada que
temer?
— Yo quedo dominando el espacio, no conviene
abandonar así nuestro Regina, en cuanto á Sessy, es
diferente, aunque á tu lado serviría de muv poco y al
mió me va á prestar un gran servicio.
— Entonces, hasta la vuelta.
— Ten cuidado, Ketrli; no te alejes, exclamó la jóven
llorando y alargándole su linda mano.
Este la cogió entre las suyas estrechándola apasio
nadamente.
— Sí, ten cuidado, hijo mió, repitió el doctor, no
te alejes, yo vigilo, si te amenazase algún peligro, yo
te avisaré con un disparo, entonces vuelve en seguida,
y en el momento el Regina se elevará.
— Descuida, así lo haré.
El cazador escaló la cuerda que sujetaba el globo al
arpón hasta llegar á la copa del árbol, desde allí se
descolgó, con la agilidad de un pájaro, por las aro
máticas ramas de aquel árbol desconocido en nuestro
planeta.
—-Adiós, y prudencia, dijeron en voz baja los del
Regina; la una temblando como la hoja en el árbol, el
otro con la emoción que era natural.
Pero Ketrli no llegó á oir esta tierna despedida.
Harry se apresuró á apagar completamente su
mechero.
— Sessy, dijo, vigila y avísame al menor síntoma
sospechoso. Mientras yo voy á arreglar mis notas.
Sessv secó sus hermosos ojos y se disponía á seguir
54
con el auxilio de un anleojo, la ruta del joven caza
dor, cuando una fuerte detonación la hizo lanzar un
grito.
— ¡Diantre! exc'atnó el doctor avalanzándose hácia
el lente , y qué pronto ha logrado dónde poner
una bala.
Miró hácia donde el jóven se había dirigido y nada
descubrió; hizo girar su anteojo en todas direcciones,
y solo vastas soledades se presentaron bajo sus piés;
Dos detonaciones mucho inás fuertes y más próxi
mas una detrás de otra resonaron en el fondo del
bosque.
— ¡Demonio! ¡Demonio de chico! exclamó inquie
to el doctor; si le habrá sucedido alguna cosa ; y se
avanlanzó al borde de la barquila mirando en todas
direcciones.
—Sessy respiraba con trabajo, las lágrimas de sus
lindos ojos se habían secado para caer sobre su cora
zón; una ansiedad cruel la devoraba y era presa de
fuertes vértigos.
De pié, y aturdida, se había acercado á su padre;
sus ojos se hallaban inmóviles, fijos en un punto; des
pués pasó su pequeña mano con rapidez , por su vista
como si tratara de ver mejor, y extendiendo la mano
hácia el lecho de un torrente.
—Allí... allí... dijo trémula por la emoción.
—¿Dónde? preguntó Harry con impaciencia.
—Allí; ¿no le veis?
En efecto, en el lecho de un torrente, un gracioso
animal blanco, parecido á nuestros corzos, y del ta
maño de una cabra pequeña, apagaba á grandes sor
bos su devoradora sed. El animal parecia haber hus
meado la pólvora, pues se hallaba inquieto y receloso;
miraba hácia el sitio donde Ketrli se dirigía jurando
y perjurando en sus adentros por haber desperdiciado
tres tiros (cosa, que según 61 decia, era la primera vez
que le había sucedido).
o5
Cuando descubrió la soberbia pieza que se le pre
sentaba, Ketrli se ocultó tras del espeso follaje y apun
tó. En este momento fué cuando Sessy lo había aper
cibido, pero el animal oyó sin duda el golpe del ga
tillo al levantarse , pues volviendo rápidamente su
cabeza cubierta por un penacho negro, lanzó su brutal
carrera hácia Ketrli, este disparó.
Sessy lanzó un grito cubriéndose el rostro.
Harry apretó los dientes y el puño.
El animal en su carrera habia derribado á Ketrli,
que no sabiendo con qué clase de enemigos tenia que
habérselas, se hallaba muy pocosobreaviso.
Ambos rodaron sobre el suelo y al borde del mismo
torrente.
Harry cogió su escopeta sin darse cuenta de lo que
hacia, y se descolgó desde la barquilla á la copa del
árbol.
— ¡Oh, no! dijo Sessy dominando su emoción. Ya
llegáis tarde.
— ¡Cómo, tarde! ¡Canario! pues no faltaba más, y
se tiró desde el árbol al suelo, sin contar la inmensa
distancia que de este último le separaba aquel.
Harry cayó sin sentido al mismo tiempo que Sessy
le gritaba.
—Porque ya se ha salvado.
—Cuando Harry volvió en sí, se levantó de un salto
pero en este momento vió á su amigo que llegaba há
cia él con su presa al hombro; solo un rasguño en un
muslo y varios girones en su traje probaban la recien
te lucha porque habia pasado.
Sessy echó una cuerda, que fué liada al animal, y
poco despaes Ketrli y Harry subían con sus vigorosos
brazos la pesada carga.
Después se procedió á la cura de Ketrli y al arreglo
de sus vestidos, y un momento después el Regina ele
vaba ancla.
Harry S‘lay observó entonces el animal; era una
56
especie de corzo blanco con el pecho negro y un pe
nacho en la cabeza parecido al de los faisanes de nues
tro satélite. Sus patas largas y delgadas probaban la
agilidad deque aquel raro animal debía estar probisto.
Ketrli lo dividió en grandes trozos , y entregando uno
á Sessy, esta tuvo ocasión de probar su maestría en el
arte culinario.
Pocos momentos después la vianda era devorada por
nuestros viajeros con el mismo apetito que si hiciera
muchas horas que no habían comido.
Enseguida una taza de exquisito café fué servido
por el doctor, en cuya preparación, podemos decirlo
en honor de la verdad; no se conocía otro que pudiera
rivalizar con él.
¿Eh, qué os parece?
— Esquisito, mejor no lo toma ni el gran turco.
—Ahora podéis descansar un rato mientras yo velo
y cordino mis notas.
El país que entonces se estendia bajo sus piés era
árido, montuoso, presentando una configuración cons
tante é invariable. En todas direcciones las crestas de
ias montañas trazaban curvas, ya circulares, ya elíp
ticas, cuyos diversos puntos están á corta diferencia,
situados en un mismo plano. Dichas crestas están re
duplicadas y formaban muchos altos que van disminu
yéndose á medida que se aproximan al centro. Estas
diversas alturas están separadas por grandes grietas,
cuya profundidad es imposible determinar. No se per
cibía rastro alguno de vejetacion en estas montañas, y
las inmensas rocas que la componían, tenían toda la
apariencia de las lavas volcánicas de nuestro suelo,
cuando se cuajan por un resfriamiento súbito. Desde
las crestas escarpadas del primero de los altos, caían
casi verticalmente trozos de peñascos jigautescos, y
se veian enormes montones de roca que forman á ma
nera de gradas al pié de esta especie de muralla de
muchas millas de alto. Las faldas se hallaban lijera—
57
mente inclinadas de todos lados hácia un centro; de
suerte que todas las aguas del valle venian á reunirse
allí, formando de este modo grandes lagos, cuyas ori
llas deben estenderse ó estrecharse á medida que por
la evaporación se estiende eu la atmósfera más ó inénos agua de la que llevan los torrentes ó rios.
Del centro de estos lagos se elevaban una ó muchas
masas cristalinas presentando colores variados y bri
llantes. El número de estos picos variaban de uno á
cinco. Sus alturas desiguales, terminadas por superfi
cies conoidales, tan regulares, que Harry S‘lay no tardó
en reconocer desde luego ser obra de la inteligencia
de séres humanos y negar á la naturaleza el poder de
haberlas creado.
¡Qué raudal de placer corrió en aquel instante por
sus venas! Habia encontrado el término de las fatigas
de su celoso y paciente estudio, habia encontrado un
rastro de ese principio vital que tantos desvelos le ha
bia causado; habia hallado la habilitabilidad de la
luna.
Y loco de alegría Harry S‘iay se frotaba las manos
llamando á su- hijos.
—Mirad, mirad, hijos mios, esos picos cuyas altu
ras desiguales, y que no pasa el más alto de ellos de
unos veinte y ocho metros de elevación, miradlos
cómo se hallan terminados por superficies conoidales
tan regulares como perfectas.
—¿Y bien, qué dices á eso? replicó Ketrli.
—Esa regularidad en sus formas , contestó Harry,
me hace reconocer la existencia de séres vivientes por
estos sitios, pues es imposible que la naturaleza, con
todo su poder, haya podido formar esos picos tan
iguales en sus formas como variados en sus co
lores.
m
—¿Luego has dado con la habitabilidad de la luna?
preguntó Sessy.
—Sí, ya no me cabe duda alguna de que es habi-
58
table como otros cuerpos celestes. Solo que las formas
de los séres en este satélite deben de ser muy distin
tas qne las de nuestras especies vivientes, porque las
condiciones de la vida lunar, tan diferentes de las
condiciones análogas de nuestro planeta, exigen gran
des y profundos cambios en la naturaleza fisiológica
y en el organismo de los animales y vejetales de este
globo, de tal suerte, que las desemejanzas de las for
mas constitutivas que sorprende á primera vista, están
en conformidad con el órden natural.
—¿Sabes que seria cosa muy curiosa que nos en
contrásemos hombres con cabeza de elefante y cuerpo
de caballo? dijo Ketrli con su acostumbrado buen
humor.
—Cualquiera que sea la forma bajo que se nos pre
senten no tardaremos en encontrarlos.
—;De veras? preguntó Sessy con la curiosidad pro
pia do su sexo.
—Sí, y puedo aseguraros que debemos estar pre
parados á ver una variedad estraña en los séres que
pueblan este nuevo mundo.
—¿De veras?
—Tanto, que estas desemejanzas de la creación vi
viente, que no tardaremos en ver, nos ha de sorpren
der doblemente cuando hallemos en ella una variedad
de clases ó razas á manera de lo que sucede en nuestro
globo con la raza kaucasica, la mongólica, la etiópica,
la cobriza; y la malaya ó tostada; en este satélite espe
ro conocer en ese movimiento particular de la luna,
que se viene observando, sino una variedad patente de
razas, por lo ménos una desemejanza general de e¡vilizacion.
—Como esperas, mi querido Harry, hallar esos dos
grados infinitamente opuestos de la inteligencia hu
mana, el estado del salvaje y del hombre civilizado.
—Sino lo espero, á lo ménos así lo creo.
—¿Has dicho que la luna tiene un movimiento par-
59
ticular en el cielo? preguntó Sessy deseosa de saber.
—Sí; Sessy, estudiándola cuidadosamente, no pue
de ménos de inferirse que se halla dotada de un mo
vimiento propio en la esfera celeste. Observa sino cómo
en un momento se halla en el cielo muy cerca de una
estrella, y enseguida se la vé separarse muchísimo
más y correr en una noche un arco muy perceptible
en la bóveda celeste. Esto es lo que me ha hecho ver
ser cierto por pura presunción que el movimiento co
mún no es más que apárenle.
—No ignoras, mi querida Sessy, continuó el doctor
explicando sus nociones astronómicas , que nuestro sa
télite, en su movimiento de traslación al girar en tor
no del sol describe una órbita elípta que se conoce con
el nombre particular de eclíptica porque en ella se ve
rifican los eclipses. Ya sabes también que la luna ne
cesita veinte y siete dias, siete horas y siete cuartos de
hora para recorrer su ói bita, es decir, para volver á
coincidir con una misma estrella en el cielo.
Todas estas ligeras nociones astronómicas que de
béis saber os las recuerdo para que así podáis conocer
mejor y con más facilidad los descubrimientos que
nos esperan.
—Adelante, adelante , dijo Sessy impaciente , á
quien el deseo de saber era en ella una virtud.
Harry continuó:
— Pues bien: durante esta revolución de la luna se
presenta á nosotros ya bajo la forma de un menguan
te con los cuernos trocados, ya bajo la de un crecien
te, ya bajo la de un círculo entero; después pasa otra
vez disminuyendo por grados desde todo su grandor
hasta desaparecer por completo. Este paso gradual y
constante de un período á otro, es lo que ya sabéis
constituye las fases de la luna. Cuando la luna se co
loca entre el sol y la tierra, se comprende fácilmente
que la mitad que mira al sol se hallará iluminada y
oscura la que mira á la tierra, entonces no la vemos;
60
pero cuando la luna ha llegado á colocarse detrás de la
tierra, la mitad hácia nosotros está clara é iluminada,
porque entonces recibe la luz del sol reflectada por la
tierra y se ilumina lo bastante para que se pueda ver
simplemente con la vista si la atmósfera se baila des
pejada. A esta claridad se la ha dado el nombre de
luz cenicienta.
Este satélite como lo ha probado la observación de
ciertos puntos siempre aparentes y bien delineados de
su diseo, presenta constantemente el mismo hemisfe
rio á la tierra, y por consiguiente, da una vuelta sobre
su eje al mismo tiempo que recorre toda su órbita.
— Pero si da una ’'uelta sobre su eje ¿cómo es que
siempre presenta el mismo hemisferio á la tierra? pre
guntó la jóven.
—No has comprendido, Sessy, contestó Ketrli tra
tando de explicarla una cosa tan natural como sencilla
aunque bastante oscura para la jóven que sin duda no
había prestado toda su atención en aquel instante.
Y después, como si buscara un medio de hacerse
comprender, continuó:
— La luna se halla en el caso de una persona, que
partiendo de un punto dado en una sala, de una mesa
redonda, la recorriese en toda su dirección con la cara
vuelta hácia el centro; esa persona cuando hubiese
llegado al punto de donde partió, habrá dado una
vuelta sobre sí misma. ¿No es eso, mi querido maestro.
— Muy bienj, Ketrli : muy bien , así es.........„t
así es.
—Entonces, preguntó Sessy con mayor interés, ha
llándose inmoble con respecto á la tierra, solo una
mitad de la luna podrá ser estudiada por nosotros y no
será dado al hombre conocer por medio de la observa
ción directa el segundo hemisferio.
—Sino se puede descubrir la mitad de la luna, re •
plicó el doctor, el fenómeno conocido bajo el nombre
de Libración, deja percibir ya las regiones polares, ya
6!
las partes vecinas de los bordes del hemisferio vuelto
hácia nosotros.
Estas libraciones son debidas á que el eje de la luna
no se halla perpendicular al plano de su órbita y á que
la marcha de nuestro satélite sobre la curva que traza
no es uniforme, sin lo cual losdias serian iguales á las
noches en nuestro globo para todos sus puntos y para
todos los dias del año; pero el eje de la tierra está pa
ralelo á sí mismo en su movimiento de traslación, y de
esta manera, el sol ilumina ya un polo ya el otro. Hé
aquí cómo se explica esa duración de seis meses en los
dias y en las noches de las regiones circumpolares:
del mismo modo que un observador colocado en el sol
podria ver el movimiento del eje de la tierra, así nos
otros desde esta podemos ver el movimiento que se
llama libración de latitud, esto es, ya la inclinación
hácia nosotros del eje de la luna, ya la desviación de
este mismo eje hácia nosotros. No es tan fácil conce
bir el segundo género de oscilación llamado libración
de longitud; para esto es necesario suponer una línea
recta que uniese el centro de la tierra con el de la luna;
esta línea tocaria la superficie de la esfera en un punto
que quedase invariable si nuestro satélite, en vez de
volverse uniformemente sobre sí mismo, circulase al
propio tiempo al rededor de nosotros con una lijereza
siempre igual pero como esto no sucede, es claro que
el punto de contacto es movible en la superficie de la
luna, cuyo movimiento es más veloz cuando nuestro
satélite se acelera que cuando se detiene; lo que equi
vale á decir que la luna oscila de un modo indefinido,
variable al rededor de una posición media.
Durante esta conversación en el Regina, bajo él, las
nubes se iban agrupando y tomaban un color negruzco.
Encima, el cielo se hallaba completamente sereno, y
la luna biillaba de un modo extraordinario ; ni una
nube empañaba sobre sus cabezas el azul oscuro de la
bóveda celeste. Al poco tiempo un calor sofocante em-
02
pezó á dejarse sentir en e! Regina, y el cielo empezó
á tomar un color amarillento. Este fenómeno llamó le
atención del doctor. ¿Qué extraña revolución, estaba
pasando en aquellos momentos en el cielo Austral? La
luna empezó á tomar un color semi-rojizo y traspa
rente hasta el punto de parecer toda ella un inmenso
volcan en toda la fuerza de su ebullición, después fué
gradualmente pasando desde este color subido de fue
go á un amarillento oscuro que cada vez se hacia más
denso; las montañas y aquellos inmensos lagos que
tanta admiración le habian causado, fueron oscure
ciéndose hasta que al fin dejaron completamente de
verse. La luna habia desaparecido repentinamente.
— ¡Estraño fenómeno! exclamó el doctor frotándose
la frente como si así tratase de despejar sus ideas.
Ketrli, admirado de tan singular fenómeno, se aven
turó á interrogarle sobre él.
— Yo mismo, querido K etrli, no me sé explicar la
razón, y por más que trato de investigar á la ciencia,
esta se íevela... pero, espera.
Y Harry quedó algunos momentos reflexivo.
— ¿Habéis hallado la causa de semejante fenó
meno.
Harry no contestó.
El silencio reinó algunos instantes más en el Regina,
hasta que Harry S'lay alzó la cabeza , y dándose una
palmada en la frente, exc'amó.
— Ya caigo. Torpe de m í... sí... eso debe ser.
— ¿El qué?
— Escucha: este extraño fenómeno no puede prove
nir de otra cusa sino de una materia que cubre y en
vuelve a la luna, y dispuesta á dar salida a los rayos
de tal ó cual color.
Kerlrli no pareció quedar muy convencido. ¿Cómo
era que el doctor Harry, aquel sábio profundo habia
hallado el límite á su ciencia, tan vasta como elocuen
te! Esto mismo se preguntaba Harry; asi es que quedó
63
triste y meditabundo. Indudablemente Harry habia
hallado el principal fundamento de tan raro fenóme
no, que solo en el cielo Austral se observa, pero si bieu
era evidente que una materia, un cuerpo extraño po
dia ocultar la luna y no otra causa, no así hallaba la
total ocultación de la luna. Esto es lo que el doctor no
llegaba á descifrer, esto lo que le desesperaba y en
tristecía.
—Yo me ahogo, exclamó Sessy medio asGixiada. En
efecto, el calor habia aumentado considerablemente y
la atmósfera que rodeaha al Regina hacii dudosa, im
posible la respiración.
— Bueno, contestestó Harry, que al escuchar la apa
gada voz de la jóveu habia salido de su letargo; des
cenderemos algunas millas, y allí la corriente de aire
será más pura: diciendo esto, abrió la llave que c o
municaba con la válvula, apagó completamente su
mechero y dejó escapar una pequeña porción de Huido
por la válvula, lo que deshinchando algo el globo, este
se hizo más pesado y empezó á descender perpendicu
larmente y con bastante rapidez.
A medida que iba descendiendo, las capas atmosfé
ricas aparecían más lijeras, las corrientes de aire más
puras, y la respiración se hacia más fácil.
Sessy era presa de una fiebre muy intensa que la
abrasaba la piel.
Ketrli, al lado de esta, cuidaba de aplicadla algunas
sales, cuya aspiración podia volverla á la vida, mien
tras que Harry cuidaba minuciosamente de todas las
operaciones necesarias para protejer el descenso del
Regina. Harry sabia que las nubes llevan siempre
consigo uu eran remolino de vientos sumamente contrarios, y temia por su globo; temía que fuese azotado
por todos lados y desgarrado por sus costados, pero
gracias á la precision y agilidad con que fueron rodas
las operaciones ejecutadas, el Regina atravesó victorio
so la region de las nubes deteniéndose algunas millas
64
de distancia del suelo selenio, donde el arpón encontró
indudablemente alguna grieta en que enganchar.
Sessy volvió en sí, más que por la aspiración de las
sales, por el cambio repentino de ambiente.
Harry dió un grito, ¡grito de alegría! acababa de
descubrir la razón de aquel fenómeno que tanto le
traia preocupado; esta diferencia determinada de colo
res, desde el rojizo al amaril o tostado, no se hallaba
fundada ni en el aire que nos rodea ni en la materia de
la luna ni en el ojo observador, sino que era de infe
rir que la refracción délos rayos luminosos en las ca
pas atmosféricas de diferentes densidades fuera el solo
motivo de semejantes combinaciones de colorido.
Entonces recordó que Keppler había sido por dos
veces testigo de este fenómeno en los años 1581
y 1583; que Hevelius lo había comprobado en 1620;
que la Compañía de jesuítas de Bolonia, el 14 de Abril
de 1642, es decir, 227 anos antes y en el mismo dia,
habían visto una desaparición total y repentina de este
astro en el mismo cielo claro y sereno, «de tal suerte,
que no se le podía descubrir ni aun con los mejores
instrumentos.» Entonces, en fin , fué cuando recordó
que Sessy había estado á punto de perecer ahogada por
la misma densidad de presión atmosférica, y que ape
nas esta desapareció con su descenso á otra atmósfera
más lijera , había recobrado la salud. Luego era
de inferir que la luna se hallaba rodeada á veces de
una materia densa, una atmósfera de plomo, y otras,
en que dicha materia se hallaba en un estado de escesiva variedad.
CAPITULO VIL
I¿a fiebre.—El sacrificio.—Una noche en la Selenia.
Se ha salvado.
E! Regina quedó inmóvil á las diez sobre una vasta
extensión de pantanos, sobre cuya tranquila superficie
de agua estancada se cernía el espeso velo de un ce
laje negruzco.
Todo amenazaba la proximidad de una tormenta. El
aire se iba haciendo cada vez más denso, la respira
ción era fatigosa, el sonido de la voz se trasmitia con
dificultad: ni un rastro de vida, ni un principio de
.. vejetacion; solo vastas soledades, campos estériles se
descubrían á cuanto la vista de nuestros viajeros po
dían abarcar á la escasa luz que podía penetrar por
algún claro de aquella bóveda sombría.
Sessy, á quien habíamos dejado algo más aliviada,
empezó á sentirse mal con aquella atmósfera pesada,
cual una bala de hierro que se suspendía sobre las ca
bezas de los aeronautas; iba haciéndose cada vez mas
imposible la respiración, y los miasmas insalubres
que se elevaban de aquellos lagos de aguas estanca
das, alteraban notablemente la salud ya quebrantada
66
de la joven, así es que la fiebre había vuelto con ma
yor insistencia, la sed que la devoraba la hacia presa
de los más horribles sufrimientos; su boca se hallaba
completamente seca, su lengua pegada al paladar, y
sus dientes fuertemente apretados, no la permitían
hablar.
— ¡Agua... agua... murmuró la jóven: yo quiero
agua, yo me ahogo... uf... agua... agua, volvió á re
petir, dadme agua.
Ketrli la aplicó una pocion que Harry había com
puesto, pero esta se hallaba tan caliente, que lejos de
apagar la sed la aumentó.
—Subamos. Ved que se ahoga sino, dijo Ketrli es
trechándola contra su seno.
—No deseo otra cosa , pues los relámpagos pueden
inflamar al Regina y entonces éramos perdidos; pero
la tempestad...
—Aún está lejos ; ganemos las alturas, y una vez
allí, la brisa más lijera, nos volverá la vida á mi
Sessy.
Y diciendo, estrechaba contra su pecho aquella her
mosa cabeza, tan pálida como la misma muerte.
Sessy levantó triste y dulcemente sus negros ojos;
Ketrli dejó posar sobre ellos un beso, el primero que
la jóven había recibido en su vida , y sus mejillas se
animaron por un tinte pálido sonrosado. Primer testi
monio de amor que los dos esposos se daban á las
puertas, quizá, de la misma muerte.
— ¡Ah! subamos, mi querido amigo; ¡pronto, S:ssy
se muere!
Y el jóven retorcía sus brazos, se mesaba los cabe
llos con desesperación.
—Voy á intentarlo , pero temo que la densidad
de las capas atmosféricas sea tal, que el Regina,
á pesar de nuestros esfuerzos no sea suficientemente
Iijero. En efecto, elevando el ancla, el globo zozobró
en el aire pero no se movió.
67
—Ya me lp figuraba; expresó tristemente S'lay.
—Arrojemos el lastre.
—Arrojémosle.
Y las trescientas libras de lastre fueron arrojadas.
—El globo siguió algunas varas más, pero á pesar
de todo continuó en su inmovilidad,
—¿Qué hacemos? preguntó Harry S'lay.
— ¡Agua... agua... más agua! balbuceó Sessy con
apagada voz.
—¡Maldición! exclamó Ketrli que empezaba á de
sesperarse.
Entretanto, el globo volvía á descender, á medida
que la presión le obligaba á ello.
—Todos nuestros esfuerzos son inútiles, Ketrli. Ya
lo ves.
—Aún no, arrojemos el resto de mi caza y algunas
libras más de pemmican, contestó Ketrli.
Esto fué arrojado y el globo quedó inmóvil ; solo
faltaban algunas libras más y el Regina subiría como
el rayo perforando la inmensidad de las nubes que lo
aplastaban con su peso.
—¿No sube todavía? preguntó Ketrli.
—Ya lo ves.
—Entonces, yo la salvaré, y santiguándose , corrió
hácía el borde del carro como un desesperado.
—¿Qué vas hacer? ¡Desdichado!
—Pero ya era tarde, Ketrli se había arrojado desde
el Regina, midiendo de un salto la inmensa altura que
le separaba de la tierra; y el Regina, alijerado del peso
de ciento treinta libras, subió con rapidez ganando las
más altas nubes.
Sessy empezó á respirar más libremente y llamó á
su marido. ¡Pobre mujer!
Al oir el doctor el nombre del noble jóven en los
lábios de su hij^, un estremecimiento corrió por tpdo
su cuerpo. ¿Qúé podía decirla que no fuera para
aumentar su desesperación y la enfermedad de esta?
68
— ¡Ketrli! ¡Ketrli! no me oyes, repitió la joven con
débil voz.
Nadie respondió.
Kntonces la jóven se incorporó. Una mirada abarcó
en torno suyo cuanto la rodeaba. Su padre, completa
mente postrado, se hallaba con los brazos cruzados
sobre el pecho y apretando sus dientes convulsiva
mente, juraba y maldecía con frases ininteligibles.
— ¡Ketrli! volvió á repetir abriendo cuanto pudo sub
grandes y negros ojos mirando con espanto en su der
redor. ¡Ketrli! Padre, ¿dónde está mi amado Ketrli?
A este nombre Harry se extremeció.
¡Dios mió! ¿será verdad? ¿Qué, no me oyes, dón
de está mi Ketrli?
— ¡Dios lo sabe, hija mia! y se echó á llorar con
verdadera desesperación.
— ¡Dios mió! volvió á exclamar la jóven pasándose
la mano sobre sus ojos como si tratara de arrancar una
idea de su imaginación. ¿Con que no era un sueño?
¡Ahí todo lo comprendo, continuó meneando triste
mente la cabeza, ¡se ha arrojado por salvarnos, y á
estas horas habrá muerto!
Estas últimas frases de Sessy ¡se ha arrojado por
salvarnos y á estas horas habrá muerto! hicieron hon
da impresión en Harry S‘lay. Esto equivalía á una re
convención; se ha arrojado por salvarnos; es decir, le
has dejado sacrificarse por nosotros de ese modo,
cuando por tí solo ha venido en el Regina á este mal
dito viaje, y á estas horas habrá muerto; lo cual, en
boca de Sessy, que tanto amaba al jóven, queria de
cir, pues bien yo también moriré.
¡Pobre Harry, cuántos sufrimientos no padecia en
aquellos instantes! El, que tanto amaba á su Sessy; él,
que hubiera dado su vida por una sonrisa en estos mo_
mentos de la jóven; la veia triste, convaleciente y llo
rando con su moreno rostro entre sus pequeñas manos.
El, que tanto apreciaba al valiente jóven que tan ge_
69
nerosamente se habia sacriñcado por salvar la vida desu
Sessy, de su hija; le consideraba perdido. ¡Perdido!
sí, pues solo Dios podía saber dónde estaba.
Ketrli se hallaba, pues, perdido.
— ¿Muerto! exclamaba la joven, y el llanto ahogaba
su respiración.
Harry no pudo resistir más al dolor de su hija, y
alzando sus ojos al cielo;
— Sea, dijo, lo que Dios quiera. Y moderó la mecha.
— ¿Qué vás á hacer? preguntó Sessy queriendo adi
vinar.
— Descender íV la luna cuanto más pronto sea posi
ble, y de si la tempestad ha pasado, como creo, bus
carle.
— ¿Y si la tempestad no ha pasado?
— Entonces las nubes nos lo avisarán y esperaré so
bre ellas.
— ¿Y después?
— Después, contestó el doctor algo embarazado, des
pués veré de orientarme, pues aunque la oscuridad de
la noche era tal allá abajo cuando el Regina se precipi
tó en los aires, que no me permitió tomar una nota
exacta del terreno, con todo, no debemos haber anda
do aún muchas millas, recorreré el terreno , haremos
algunos disparos al aire; si Dios le ha salvado los oirá
indudablemente y vendrá en seguida, sino... Y Harry
paró la frase como no atreviéndose á formularla, sino...
si no nos o v e ...
— ¡Si no nos oye ó ha muerto! queréis decir; se
apresuró Sessy á contestar con dolor.
El doctor se extremeció.
— ¡Para qué ocultármelo, padre mió! Es preciso que
nos vayamos haciendo á la idea de no volver á verlo
más; dado caso que no haya caido en alguno de los
inmensos lagos que nos rodeaban, ¿cteeis que haya
podido resistir mucho tiempo á la tromba de fuego que
se cemia sobre nuestras cabezas?
70
—Quien sabe, Sessy, Ketrli es íuerte y vigoroso.
¡Esperanza!
— ¡Esperanza! respondió Sessy con el dolor en su
corazón.
Mientras tanto, el Regina seguia su descenso, prote
gido por una suave brisa de S. E. El más prefundo
silencio reinaba en los espacios infinitos de la celeste
bóveda. Solo el dolor y la angustia llevaba en su
blando seno aquella maquina aérea que diez dias
antes se habia elevado ganando las alturas de las islas
británicas, en medio de los gritos de alegría y de
los vítores de más de diez y seis mil millones de ha
bitantes.
¡Flaqueza humana! ayer, gozo y alegría; hoy, el
más profundo silencio, el dolor; solo el silbido apa
gado de la respiración angustiada y trabajosa de nues
tros dos viajeros dominaba en el Regina.
Algunos minutos después se hizo sentir en el carro
el roce de las anclas sobre el suelo.
Harry levantó su cabeza inclinada sobre el pecho y
descubrió un corpulento árbol á algunos pasos de dis
tancia contra el cual el Regina iba á estrellarse.
Sessy lo habia visto también y dió un grito, pero
S‘lay habia maniobrado ya dando impulso á su me
chero y el globo se elevó como uu condor. Una de
sus anclas se asió fuertemente al ramaje de este árbol,
y de este modo el Regina quedó sólidamente sujeto.
Harry S‘lay bajó, y después de haber sujetado
fuertemente la otra ancla á las altas ramas de aquel
corpulento sicomoro, empezó á descender gravemente
por su tronco hasta llegar al suelo.
Sessy, á quien el doctor habia dado sus instruccio
nes, quedó de atalaya, un disparo debía avisarle al
menor riesgo que uno ú otro pudieran correr.
Esto convenido, Harry se alejó; empezando por
orientarse, pronto comprendió que el Regina, en su
descenso habia sido enredado á algunas millas más dis-
71
tante hácia el S. E. del sitio donde su desventurado
amigo habia consumado su sacrificio; así es que sus
investigaciones se dirigieion desde luego á este sitio.
La noche era hermosa y clara, aunque algo húme
da por la reciente lluvia que habia caído pocas horas
antes. Ni una nube en el cielo, ni un solo rastro del
menor ser viviente en la tierra. Esto es cuanto se pre
sentaba A los ojos de Harry S ‘lay. Este, trémulo, fe
bril, apretando los puños con rigidez, recorria á gran
des pasos toda la extensión de aquellos grandes lagos
de cuyas aguas súcias y estancadas se desprendía un
olor pestilente é insalubre. Sus ojos buscaron con
avidez. Una pequeña eminencia de roca cristalina como
el cuarzo se elevaba á dos pasos de él, algunos más y
ganó la cima de esta roca ; miró en derredor con el
auxilio de su anteojo. Su corazón palpitaba con vio
lencia, y una fatiga mezclada con la angustia y ansie
dad, parecia quererle ahogar: así permaneció un cuarto
de hora; nada descubrió su lente, nada tampoco su
vista. Solo el Regina se balanceaba muellemente en
el espacio. Sessy se la veia de pié apoyada en una de
las cuerdas que sujetaban la frágil barquilla al globo.
Se hallaba observando lo mismo que Harry, en todo
lo largo de aquella vastísima extensión, sin que sus
ojos y su grandioso lente tuvieran más virtud que los
de su padre.
Solo la multitud de las estrellas en el cielo austral
despedían sus silenciosos rayos, que reflejaban en la
superficie de las turbias aguas de los lagos, sombrean
do en ellas el difícil contorno de aquellas rocas inmen
sas. Todo parecia bosquejar lánguidamente aquel si
lencioso espectáculo, aquel tristísimo paisaje. Sol© dos
corazones latían con la misma violencia, apesar de la
enorme distancia que los separaba. Solo el sonido de
dos respiraciones mal comprimidas en el pecho se de
jaban oir, la una á bordo del Regina, la otra en la su
perficie del suelo selenio. Solo el maullido de los cha-
72
calos y ei rugido de las panteras se oian en la selva
vecina. El doctor se extreineció por el desventurado
Ketrli; llamó una, dos, tres, muchas veces, pero solo
el eco respondía, repitiendo este nombre tan querido
de nuestros viajeros. Disparó su carabina y esperó al
gunos minutos. Los chacales dejaron de mallar, las
panteras cesaron de rugir, y el silencio quedó comple
tamente tan restablecido en la selva como en los vas
tos arenales. Harry volvió á disparar hasta seis tiros,
y en distintos sitios. Nada le respondió: se dirigió á la
selva, la recorrió en todas direcciones. Imprudencia
que pudiera haberle costado muy cara, sobre todo pa
ra la pobre Sessy, á quien no quedaba otro guia ni
más apoyo que él; pero Harry no reparaba: no era
aquel el momento de reflexionar. Necesitaba encontrar
á su amigo Ketrli. y el doctor era uno de esos hom
bres audaces para quienes nada les intimida cuando es
necesario salir de una empresa con triunfo; pero ¡ay!
sus esfuerzos fueron vanos: Ketrli había desaparecido,
¡desaparecido por salvarlos! Y estos pensamientos ha
bían puesto su cerebro en tal estado de exaltación, que
corría desesperado, com > un loco, sin saber dónde,
cuando una detonación lejana, á su espalda, hirió
sus oidos. Harrv volvió á la razón y quedó como pe
trificado.
¿Seria Sessy? ¿Le habria sucedido algo á la pobre
ni3a, ó tal vez era él que se hallaba en peligro y esta
le avisaba? ¡Entonces conoció cuánto se había alejado!
—No perdamos tiempo, dijo, volvamos; y volvió con
rapidez á desandar el camino que llevaba hecho, y dirijiéndose por tanto hácia el sitio de donde había salido
aquella detonación que él creia un aviso del Regina.
— ¡Dios mió! ¡Dios ruio! ¡mi pobre Sessy! gritaba.
¡Jesús! ¡Qué imprudencia! ¡Qué imprudencia la mial
Pero Harry se engañaba.
lina voz que pedia socoito le hizo estremecerse in
voluntariamente.
73
Habia reconocido la voz de Ketrli.
Si, no cabía duda, el jóven se hallaba en peligro.
¿Pero cómo ganar la distancia que los separaba?
¿Llegarla á tiempo?
El doctor se dirigió hácia el sitio de donde habia
salido tan dolorosa expresión.
Allí, en el fondo de una garganta muy estrecha, ta
pizada de puntiagudas rocas, se hallaba el desgraciado
jóven horriblemente sujeto por w-harepuniw ó espe
cie de cepo australiano páralos lobos que los neozelan
deses forman con dos piedras, cuyas aristas extrema
damente cortantes como la hoja de una cuchillare ha
lla erizada de puntas que engranan como una doble
fila de dientes las unas sobrepuestas en las otras.
Al verle Harry en tan dolorosa situación, corrió há
cia él, descendiendo velozmente aquel desfiladero con
gran riesgo de su vida , frecuentemente amenazada
por los picos de aquellas rocas, otras tantas pirámides
de rico basalto como en la Nueva Alejandría.
La alegría de Ketrli no tuvo límites al ver á su va
leroso amigo acudir á su socorro.
En cuanto á este, no consiguió, sino á fuerza de
mucho trabajo , separar las dos láminas que oprimían
la pierna del cazador.
Después se abrazaron ; pero la fuerte hinchazón del
muslo, impidiéndole marchar por sí solo, le obligó á
aceptar los brazos de Harry S‘lay.
Asi se salvaron los dos audaces viajeros del Regina,
á quien Sessy creía ya perdidos. ¡Perdidospor salvar
se los unos á los otros!
T
i? iL (i,qü'î
’ Miip «lo
y-': if.o oj ©fiiïü> oit/fy
■•if!-::
s,ûfj5if *
sf) o« : U .'¡'.d.i
-,o. T-
ru b 1' ïc oofcTS
•il ,fedcv»l«k-> '/fin
floiV q m mow loi» rueJ ofeii/>^
. -if;;: < Su * ¿.i ' . < Of» ¿ 11.
sn-?* ó
ic a
-j.¡5 '
- i,ri
f-.:d
<. s ; -
*•*•’
i ; ' ? /iL.-îi,. r;¡?L noé
o
p
<*• ì
.i *tóì aoaob
* .y.iikifföü fi;io ah ei/yl r> omu' *»Jtr ’<•■■ejnstiifb
£ f f i Ö<i -í; 1" ’.! • i •>■-;p
r ú> nt
<d
¿rí òbioo ao r uv, Uh ßemp/ot rt*5 ns :■ j'it-ff sí ;sv U
niw s'sJnJfhíJÍ Isupi» f t m f <
v /jfnieH ;-s*yb tlà‘/b
¡¡I issiiiNKJü !.■ ■ •uj.sinPi»as*r¡ . /-'Uv .¡»
ojeáis ßÄig
r¿&hn¿it*' • ‘r 1 i ”h
:
sph ..¿‘ s U /; -oü'r- 4 Î ' . • .*,
i i
.,•
niiiri
k
c-' - i / ' i - n ' » U í í ' ó M
■
v
■ -y - o- ioq
>*<
M
o o j r e>£
t.:}ikru$ <--u ,ü Ja o ¿ ciáibvc utí
b •- í rr/ n i p s . '
" P ifoüm
n?í ífos$íiü‘:j;í Oi-oun .J isq ; üöt *jri£Îè f< ¡KwqssiT
■
■■,']<!•■
f ■
.
::-p. i i 'tpqs.Mlontim oìoiifoòtbi'nm-to!'um
CAPITILO Vili.
Selenografía.—Terreno de transición.—Reino veje
ta!.—Reino animai.
El Regina habia desaparecido de la superficie de la
tierra ganando las alturas del Cielo Austral.
La luna se elevaba sobre el Oriente desembarazada
poco á poco de los vapores que oscurecían su cla
ridad.
El cielo conservaba aún en el horizonte un tinte co
lor rosa claro.
El paisaje habia cambiado completamente de deco
ración; en vez de los países montuosos de constante é
invariable configuración ; en vez de aquellas crestas
estériles; en vez de aquellos lagosde cuyo fondo se ele
vaban aquellas masas cristalinas y de colores vivos y
variados; en vez de aquella carencia absoluta del rei
no vejetal y animal , la luna presentaba llanuras muy
fértiles.
Lo primero que hirió la vista de nuestros viajeros,
fué una extensa campiña donde la naturaleza, en todo
su esplendor, habia llenado el cielo y la tierra de una
radiante belleza. Todo alrededor de ellos respiraba la
76
gloria, la fecundidad, la vida: el ojo se hallaba en
cantado. Cada tlor fascinaba por el brillo de sus co
lores , cada arbusto por sus frutos raros y bellos
en sus formas. Los bosques de mirtos, de limo
neros y de rosas bajo las pomposas bóvedas de pal
meras y de cipreses, animaban las ondas puras de los
arroyuelos y los perfumes que caian de la montaña,
subían con inefable dulzura envueltos en la brisa. En
medio de esta brillantez de paisaje, los castos rayos de
las estrellas jugueteaban sobre la superficie de este
satélite.
Después, una roca de un color verde, asemejado al
lichen, que se riega con frecuencia; aunque su tinte
parecia no debía atribuirse á semejante causa, pues su
posición elevada y el sumo declive de la roca, facili
tando á los rocíos sobrantes un derrame fácil y á la
vez lijero, impedia que el fichen participase déla co
loración. De haber visto este mineral, no debia infe
rirse que otro vejetal de la familia de los musgos, bus
case allí su existencia, pues era cierto ser ese el color
de la piedra. A esta roca siguió una especie de m o
sàico de pequeños guijarros morenos, un pavimento
cortante cuyo número dp piezas parecían encajar como
en un molde las unas en las otras. Grandes peñascos,
entre los que nacian una especie de arbustos de hoja
plana y ancha como una pala, se elevaban de 1 1 super
ficie del suelo. Estos peñascos se componían de cris
tales mal desenvueltos ir.crustrados con piececitas cal
cáreas é interpoladas de lavas cubiertas de conchas en
costradas, teniendo las posiciones más incoerentes.
Un poco más lejos, la abundancia de vejetales, hi
cieron conocer al doctor la proximidad del terreno hu
llero, pues que uno de los más recomendables carac
tères de esta clase de terrenos, es la abundancia del
reino vejetal, el cual contiene muchas especies más
que la de los otros reunidos. Enlre estas numerosas
especies aparecían los cryplóffamos, vascularios y los
77
pkanérogamos, monocotylédones, cuyas dimensiones
jigantescas atajaban á muchos de los más altos vejetales de nuestro globo.
En estos terrenos llamados de transición ó interme
diarios, parece no encontrarse unas veces otros cuer
pos orgánicos que animales acuáticos y vejetales, cu
yas formas anuncian una naturaleza excesivamente
diferente en este satélite que las numerosas especies
de nuestro globo; otras , por el contrario, aparecen
terrenos primitivos donde no se halla el menor trozo
de vida, sea animal ó vejetal. Una de las causas que
caracterizan estos últimos terrenos , es que general
mente en estos se hallan en capas inclinadas grandes
filones que causan la riqueza y la industria humana,
es causa de la gran cantidad de metales que en ellos
se encuentran.
Harry S'lay habia moderado mucho la llama del
Regina y este caminaba alrededor del nuevo mundo
lento y rastrero. De este modo, sus observaciones po
dían ser tan verídicas como exactas.
En cuanto á los terrenos estratíñeos primitivos ó
primordíale-, ofrecían en este satélite más variedad
que en el nuestro. Estos terrenos, que son llamados
rocas estratifias, no fosilíferas, presentan en este saté
lite una contestura que indican haber sido formados
por vía de cristalización y no sedimento; lo cuales un
carácter muy distintivo, pero la sola diferencia que
puede establecerse para distinguirlos de los demás
terrenos es la ausencia de cuerpos orgánicos, y su po
sición inferior á toda capa fosilifera.
i os gneis merecían una particular atención en la
luna.
Estas rocas, que son las más antiguas de todas las
estratificas, formaban montañas más elevadas que las
otras y que los gueis que se encuentran en nuestro glo
bo, Estos se hallaban ligados tan intimamente con el
granito, que la linea de demarcación entre el uno y el
78
otro era completamente muy difícil de establecer»
tanto más cuanto que sus carac ért.s distintivos se pre
sentaban muy poco apreciables; así la extralificacion
de el gueis es frecuentemente difícil de hallar, porque
éste es una roca esquista, y la estructura no extratifica del granito se apercibe apenas en las partes exterio
res donde se encuentran bien en masas, bien en forma
de vetas ó venas de esta última composición es como
se encuentran en ios Alpes de nuestra tierra.
Los terrenos volcánicos, Harry S‘lay pudo conocer
desde el Regina se hallaban generalmente compuestos
como los de nuestro planeta, de rocas feldspáticas,
albíticas, emplubólicas, pirogénicas y tálcicas.
En medio de este país estéril, pedregoso, entre es
tas rocas elevadas desprovistas de toda vejetacion y en
un lugar en donde parecía imposible la existencia de
la vida Harry S‘lay reconoció entre trozos de piedra,
al parecer de granito, un mónstruo, un ser irracional
dotado de facultades locomotoras, y cuya forma era
tan rara, que Harry no pudo menos de parar su má
quina algunos momentos para estudiarlo. Su cabeza,
una especie de triángulo carnoso, cabierto de un cuero
lustroso y gris, tenia en la parte anterior un cuerno
que se dividía en tres brazos ó ramas en la mitad de su
longitud que podía graduarse en pié y medio , y si
guiendo desde allí enteramente recto. Ninguno de los
del Regina pudieron divisarle las orejas , y sus ojos,
colocados en la coronilla de la cabeza y resguardado
con una visera de pellejo que se plegaba á voluntad,
miraba á los peñascos y al cielo sin duda para asegu
rarse de algún pájaro voraz. Su cuerpo, del grueso de
el de uu lobo; era mucho más prolongado, lo que
daba á la cabeza, que era muy desproporcionada y que
se balanceaba á derecha é izquierda, un aspecto te
meroso.
Dicho animal era bípedo; sus piernas cortas, y sus
piés muy anchos, la piel parecida ála del rinoceronte,
79
y en la rabadilla le nacía una cola plana, articulada
por anillos, terminada por una espátula huesosa guar
necida de largas puntas que le servían para fijarse y
elevarse en medio de aquellas rocas silvestres.
Este mónstruo, apenas apercibió al Regina, se ocul
tó con lijereza entre las grandes grietas de las rocas,
lo que no dejó de contrariar á Ketrli que ya se veia
dueño de tan extraña cabeza, para guarnecer el arse
nal de armas de su gabinete de Elmley Worces
tershire.
El Regina continuó en su marcha veloz, lijero como
una piragua en el mar, y á poco la faz lijera del clima
varió completamente, y unas llores color de violeta
anunciaron el aspecto de la naturaleza más alegre.
«/’ 30 Í - ;!■'
•
-Í- Ò ì d h ' ' - . ( U ,
;:£ V
oifî- ït » r. >
{Ä ,001 :
:c; '
- -■ í J k
w r M d
'¿ A
.
• . • .-:¡j ?o r ” ti • U i « 1 v a ¿7
’■■V); i-N*
■■■) oii
O iïiû '? o t ô j i i , 0 l a v jirir.' ftf
¡ïtu .& Îi o û ô i i b
¡«il '• <mc ti) tea
,: ’ i n a '
-l
1S Í
.
'->b •»■ •••iaf) • - n ,-'- 1; ;
;
iß t
r a 'ü a O M i J s i n r a o ' ô w
• ; , ' i a ’: ñ í í n i i 6
CAPITULO IX.
Bazas inteligentes.— Andro-selenios. — Vespertillos.
— Fisiología.— Guerras salvajes.— La sorpresa.—
El peligro.
La criatura inteligente es lo que buscaban con ma
yor ánsia los intrépidos viajeros del Regina.
El primero de estos séres se les manifestó por pri
mera vez á su vista á la entrada de un bosque de ár
boles en el cual se criaban á la vez el cipresus y el
pinus marítima.
Harry S‘lay lanzó un grito de alegiia; su ciencia,
sus estudios, durante cuatro aDos, no le habian engagañado.
La luna era habitada.
— Mirad, m irad, decia Harry risueño y orgulloso
de su triunfo; Sessy, Ketrli, mirad lo que yo os decia,
un ser humano, un sór racional.
Estos lanzaron una sonora carcajada.
Aquel ser viviente, al divisar aquella masa inmensa
en los aires, estendió sus alas y desapareció tan pron
to, que lo§ dos jóvenes no dudaron en tomarlo por un
pájaro grande.
6
82
Pero bien pronto la reaparición de una legión de
séres iguales al que había causado aquella risa de los
jóvenes, y la admiración del sábio profundo, decidió
la cuestión en favor de Harry S‘lay.
Sessy se hallaba absorta al ver aquellos séres inte
ligentes, provistos de unas largas alas como el con
dor, estos se aglomeraron sobre una llanura pequeña
limpia y pendiente.
— Hé aquí, mi querido Harry, unos séres que no
necesitan de una máquina semejante al Regina para
estudiar nuestro planeta, sin más que decir voy y des
cender, podrían dar un espectáculo á nuestros com
patriotas... ¿pero qué diablos hacen , doctor?
— ¡Pronto! ¡pronto! subamos, ó somos perdido?,
contestó Harry.
Quieren apedrear al Regina.
Y dando toda la fuerza posible á su mechero, el
globo adquirió una fuerza ascensional muy poco del
agrado de los selenio3, los que al ver elevarse rápida
mente aquella masa inmensa, se lanzaron en su per
secución rompiendo los aires con las álas que cubrían
su cuerpo.
—¡.Nos alcanzan! ¡nos alcanzan ! exclamaba Sessy
temerosa.
Entonces Ketrli echó sn carabina á la cara, y dis
paró al aire; al extruendo de aquella imprevista deto
nación, todos desaparecieron como por encanto.
— Atrasados andan en nuestro nuevo mundo, Harry.
No conocen las armas de fuego.
—Quien sabe si poseerán el secreto de otras más
terribles, Kertli, respondió el doctor algo más tranquilo
— ¿C rees...?
— Tiempo tendremos de verlo.
El Regina, en su larga travesía, dominando siempre
la superficie del mundo celeste, había ganado las al
tura^ de una montaña sóbrela cual se elevaba un in
menso y tosco castillo.
83
—Ved ahí, decía ílarry, un edificio cuya construc
ción no sé si atribuirle á seres inteligentes como los
que hemos visto hace poco, ó al poder de la sábia na
turaleza
—Crees, replicó Sessy, que la naturaleza tenga ó
haya podido tener participación en una obra de tan
regular construcción y solidez.
—Todo pudiera ser. Los ventisqueros, lo que en el
Africa se llama el Simoun , deben sucederse con fre
cuencia en esta parte árida y despoblada del satélite,
y semejantes á los desiertos de la Arabia allá abajo en
el Asia. Estos, sabido es que arrastran tras sí con ím
petu feroz multitud de materiales gredosos y hasta
enormes piedras que se desprenden de las montañas,
y hallándolas en su paso las arrastran coa violencia.
Nada, pues, tendría de estraño que uno de estos ven
tisqueros haya bastado para levantar en una hora lo
que estáis viendo.
— ¡Unahora! replicó admirada Sessy, una hora basta
para formar tan elevada fortificación.
-—Sí, y aun ménos: no sabéis, hijos inios, la fuerza
de que estos vientos se hallan dotados por la natura leza. |Desgraciados nosotros si tuviéramos que pasar
por una prueba semejante!
—Luego, según eso, podemos afirmar que la natu
raleza de por sí construye con tanta solidez como pu
diera hacerlo una cuadrilla de obreros.
—Sí; ademas, lo pe lregoso del terreno me hace creer
que esta es la única que se ha encargado de levantar
semejante construcción y negar al arte su formación.
Pero el doctor se engañaba, pues rompiendo los
aires con las alas que cubrían su cuerpo , volvieron
en seguida por el mismo lado que habían desapareci
do los selenios con otros séres del mismo génei o, pero
no de la misnrn especie de los que habían percibido
antes, aunque muy vagamente para poder formar con
jetura alguna.
84
Harry pudo estudiarlos mejor.
Los selenios no tenían de alto más que dos piés y
ocho pulgadas, estatura media; su cuerpo era flexible
y prolongado, sus articulaciones tenían la apariencia
del vigor ; sus espaldas, dotadas de grandes álas, más
largas en la hembra, asemejándose por la naturaleza
del plumaje y por el de su base á las álas del aves
truz, pero más prolongadas, tirantes y delicadas en
sus bordes como las de la gaviota, aunque infinita
mente más largas, pudiendo de este modo el selenio
gozar de un vuelo más valiente y rápido.
Ketrli hizo notar al doctor cómo uno de ellos se
mantenia sobre el agua corriendo con facilidad en ella.
— Es estrado, decía, que las funciones de todas
las facultades locomotoras se aglomeren en un
solo sér.
— Todo me confirma, replicó S ‘lay, que la ciencia
nunca es engañosa y ser cierto el que el hombre lunar
deba cumplir en la atmósfera todas ó la mayor parte
de sus funciones.
— ¿Y qué funciones son esas que has previsto? re
plicó S .ssy siempre estudiosa, siempre tratando de
instruirse.
— El campo de las observaciones, Sessy, es muy
estenso para que nos entreguemos á conjeturas meta
físicas que solo nos daria por resultado muchas pro
babilidades pero nada de cierto.
— jCómo! expre ó admirado Ketrli, para quien la
ciencia del doctor aparecía inagotable; no sabrás ex
plicarte fenómenos tan diferentes de los que desempe
ñamos nosotros en la tierra.
— Solo inducciones, mi querido Ketrli, inducciones,
pero no hechos.
— ¿Esperas, según eso, que los hechos confirmen tus
opiniones?
— El tiempo se encargará muy pronto de contes
tarnos, respondió Harry gravemente.
85
Los selenios se hallaban cubiertos de pieles grises
semejantes á la que cubría el cuerpo del estraño ani
mal que ya heríaos visto en el capítulo anterior, y las
hembras con las blancas de corzo que ya conocemos,
gracias á la destreza y certería de Ketrli: sus brazos y
sus piernas, completamente desnudos, mostrabm un
perfecto y alto grado de blancura en su cutis: por un
contraste admirable, sus ojos eran azules y la cabelle
ra negra y suelta, mucho más larga en las selenias,
caia por las espaldas, eslendiéndose entre las dos alas,
hasta la cintura, y en las hembras, hasta cerca de
el pié.
Una de las cosas que más llamó la atención de
nuestros viajeros, fuó la extraordinaria belleza de las
mujeres y la hermosura que resaltaba en el espacio
cuando las álas se desplegaban en los aires flotando
aquella cabellera sedosa y negra como el azabache.
Empero hemos dicho que al lado de esta raza de
séres, que los viajeros del Regina no dudaron en cla
sificar como pertenecientes á ocupar la primera línea
en el satélite, habían aparecido otros cuyas formas
eran más rústicas. Su estatura era de cuatro piés de
alto, y se elevaban en la atmósfera, por medio de su«
álas, como los selenios; pero estos no tenian plumas,
carecían de la facultad extraordinariamente aérea de
los selenios, así es que se veian privados de alcanzar
distancias tan considerables sin cansarse: por eso se
los veia descansar frecuentemente y á veces con el ob
jeto de renovar el vigor de sus álas membranosas des
pués de un vuelo algo prolongado, dése odian á un
rio ó á un lago y se bailaban tomando después su vue
lo tan rápido como al principio.
— Parece que sus facultades, siendo ménos impor
tantes, no han recibido del Criador sino la mitad del
poder concedido al selenio, objetó Sessy, compren
diendo la notable diferencia que existia entre uno
y otro.
86
—Con todo, replicó Ketrli, ¿será de creer que el
Creador haya querido en este punto establecer el con
traste más exajerado entre estos y los selenios?
— El campo de la filosofía siempre ha sido muy
vasto, y lo ha llegado á ser mucho más después que
el estudio nos ha puesto en las manos los secretos de
nuestro satélite. Dejo las presunciones para los que
vengan después , porque mi misión en este mo
mento se limita á divulgar mis observaciones y des
cubrimientos en este cielo desconocido: ya veis que
esto es de por sí bien importante, dijo SMay sonriendo
irónicamente.
Después de un corto silencio, Harry volvió á tomar
la palabra.
—La constitución de estos nuevos sóres que se nos
han presentado, veis que no se diferencia nada de
la del hombre con relación á los otros órganos;
pero entre ellos reconoció a estos últimos con todos
los signos exteriores de su inferioridad intelectual á los
primeros. Su ángulo facial está menos desenvuelto que
en el del selenio, su cabeza plana ó lisa, su cuello del
gado, y si se echa una mirada sobre la apariencia fisinómica en general, hallarnos que está muy distante
de presentar aquellos signos de dominación que son
herencia de la raza selènica propiamente dicha.
— ¡Cómo! ¿crees que estos nuevos seres no son selenios? expresó Sissy en su afan de aprender.
—A lo ménos lo dudo... es decir, lo afirmo, añadió
Harry al ver que uno de estos habia estendido su vue
lo atravesando tajo el Regina el cielo Austral, y es
condiéndose entre las sinuosidades de una estrella
más próxima.
— ¡Cómo!
—¿Habéis seguido el vuelo que uno de ellos acaba
de tomar'!' ¿Le habéis visto ocultarse sobre la superfieio de esa estrella?
—Sí.
87
— Paes bien, esas eslrellas son habitables como lo
estamos viendo en la luna, son otros tantos mundos
como nuestra tierra, como el sol y como la luna; á
quien rodean son los que los astrónomos designan con
el nombre particular de vespertilios.
— Luego son vespertilios todos esos séres que pare
cen recibir órdenes de los selenios.
— Asíes, mirad ahora, esa debe ser la hembra del
vespertilio que partió hace un momento; y diciendo
así, señalaba á uno de estos séres que se ocultaba en
el mismo sitio que el anterior.
¿Cómo distingues los sexos?
— Difícilmente podría hacerlo sino considerase se
mejante cuestión bajo el punto de vista de las formas.
En esto difiere de la hembra del selenio, que tanto por
su extremada belleza y por la estension de sus álas y
de su cabellera, como por el color de su plumazón . se
separa esencialmente del individuo del otro sexo. Esta
tiene además la más grande delicadeza de miembros á
la que reúne un aspecto de vigor que resolta de sus
hermosas y bien formadas proporciones; la hembra del
vespertilio, por el contrario, los veis toscos de formas
más atléticas que la que ia naturaleza ha concedido á
los selenios. E«te derecho físico es debido á los ejer
cicios industriales á que se hallan dedicados como en
este momento estáis viendo.
En efecto, una multitud de vespertilios se hallaban
dedicados á construir una especie de terraplén, cimen
tado con enormes piedras que arrastraban tras sí con
su rápido y corto vuelo.
Mi/ad ahora, prosiguió Hairy, á esa hembra, la veis,
no es enteramente aceitunada como el vespertilio: es
más bien mulata por su color subido.
— Cierto, no habíamos reparado, es una casualidad
muy distintiva de sexos que no habíamos teñirlo tiem
po de conocer, contestó Ketrli, lleno de asombro.
— Además, una de las razones en que fundo mi opi-
88
moa es, en que como veis, todos esos vespertilios que
tienen ese color oscuro casi negro, no se les destina á
trabajos tan duros como á sus compañeros de color
aceitunado,
— En efecto, parece que se ocupan en recojer y cor
tar grandes ramas que hacinan en el centro de ese
terraplén.
Después, variando de tono, continuó:
—Harry, ¿no podríamos detener su marcha al Re
gina algunos momentos en estos sitios? Seria curioso
saber á qué destinan esta especie de plataforma.
—No hay inconveniente, y mientras tanto, almor
zaremos si os parece.
—Almorcemos, dijo Sessy.
—Pues almorzaremos, repitieron los dos aereonau
tas del sexo feo.
Una multitud de seleuios pequeños yjóvenes todos,
llamaron la atención de Harry; se hallaban holgando ó
jugando bajo la vigilancia de un vespertilio hembra.
—¿Cómo es que entre esos pequeños no se hallan
más individuos que los de la clase seleuia? preguntó
Sessy con interés.
—Hé aquí, mi querida Sessy, una observación que
esplica completamente mi opinión de que el vesperti
lio desempeña en este mundo funciones análogas á
la de los pedagogos en Roma , que todos eran
esclavos.
— Es decir, que el vespertilio es el esclavo del selenio.
—Harry continuó :
— Hemos visto vespertilios trabajar en la tierra,
acarrear grandes haces de leña, y nunca seleuios , ai
contrario, ejerciendo estos últimos sobre ellos una
cierta vigilancia, no individualmente, sino apoyados
en pequeñas secciones ambulantes, lo que demuestra
muy bien que la propiedad territorial podría ser un
bien coman.
89
— Esos arrímenlos que vienen á fortificar tu opi
nión, y que te hacen pensar que; la propiedad de las
tierras es co aun h las diferentes clases sociales, ¿crees
que pueda ser un bien?
— Sino es un bien, tampoco puede ser un mal. Es
solamente el gérmen , el origen de un estado social
más adelantado y inénos ambicioso que el nuestro.
— Luego en este mundo, esos habitantes que vemos
llevar sobre sus espaldas aladas el peso de tan duros
trabajos, no conservan el menor sentimiento de ambi
ción, no se despierta en ellos el orgullo propio de su
existencia viendo la holganza de sus hermanos los
setenios.
— Seguramente. En nuestra vieja Europa y en estos
tiempos en que la filosofía racional domina allá abajo
sin que Ja mayor parte de los que allí habitan, la com
prendan, mis palabras hubieran dado mucho que ha
blar sobre estas cuestiones; pero yo, que ocupado en
mis trabajos científicos acabo de hallar la verdad en
los hechos, no puedo inclinarme á ninguna opinión
sin darle ó quitarle la preferencia á este nuevo mundo.
Además, me hallo temeroso; si diera mi opinión me
avergonzaría de nuestro estado social, y no quiero
verme reducido á tal extremo.
Ketrli rió de tan aguda contestación.
A todo esto un gran ruido llegó al Regina.
Harry S ‘iay, Ketrli y Sessy se avalanzaron al borde
de la barquilla, dejando los últimos despojos de un
frugal almuerzo. ¿Qué producía a piel inmenso, atro
nador y entusiasta vocerío?
Indudablemente, en el celeste planeta, debía suce
der algo notable. Una multitud de seres alados que
se mezclaban y embestían uñosa otros, sin que pudie
ran determinarse en medio de aquella baraúnda si
eran selei ios ó vespertilios , pues sus movimientos
eran muy violentos y desaparecían mezclándose unos
con otros.
90
Un castillo ó parapeto se elevaba en medio de aquel
terraplén, un castillo exactamente igual al primero
que habían descubierto los del Regina en la corona de
aquella vecina montaña y de donde una multitud de
piedras y haces de leña ardiendo caían sobre los com
batientes del campo raso
— ¡Una guerra! juna guerra! exclamó Ketrli. Esto
es curiosísimo. ¡Voto al diablo, Harry! ¿Sabes que has
tenido una idea feliz con semejante medio de locomo
ción?
Hé aquí un b-ilcon que, como el comedor, no lo
cambiaba yo por todos juntos los de mi caseta de
Elmcey Woreestershire.
Harry se hallaba en sus glorias. Sessy , !a simpática
y valiente jóven, miraba con ojos dulces y compasivos
aquella escena de sangre y horror, pues allí peleaban
agarrados unos ton otros degollándose inhumana
mente con unos cuchillos de piedra mu corlante por
una de sus aristas. Cuando tan terrible arma les falta
ba, peleaban á bocados lo mismo que fieras, y dando
fuerte* aletazos sobre sus enemigos.
Al cabo de Lres horas de lucha, siendo ménos la ba
raúnda, reconocieron que eran efectivamente vesper
tilios que luchaban contra otra especie de séres alados
y que tenían grande analogía con ellos, pues s ¡ cons
titución orgánica era la misma, y después de un
examen más atento, conocieron S'lay y su familia
que eran ambas de una misma especie. Sin embar
go, estos nuevos séies se hallaban desnudos, á dife
rencia de los vestidos de los selenios cortados en ricas
y finas pieles, y los délos vespertilios más toscos y
ménos curtidos; estos solo llevaban una especie de ta
pa rabos sujeto á la cintura por una especie de nervio
animal.
Ni una piel blanca que simbolizara el sexo bello de
los selenios. ni un rostro oscuro que demostrase ha
llarse en la lucha los vespertilios, ni en fin, los pe-
91
queímelos que antes holgaban sobre la arena pudie
ron descubrir nuestros audaces viajeros. Todos habían
desaparecido; ¿dónde estaban, pues?
Sessy fué la primera en descubrirlos, sobre los cas
tillos ó parapetos y en me ’io de ahulladores gritos,
lanzar aquellos combustibles ardiendo sobre las cabe
zas de sus enemigos y de sus amigos, pues allí esta
ban también sus hermanos, sus padres, sus hijos,
sus maridos, esperando ¡tristes víctimas! la muerte
quizá desús propias manos. ¡Escena horrible de bar
bàrie!
Nuestros viajeros apartaron la cabeza espantados de
aquel sangriento espectáculo.
Entonces Sessy díó un horrible grito, y cayó des
mayada.
La tímida joven acababa de ver uno de aquellos séres cuya desnudez les habia llamado la atención, ba
tir sus álas y avalanzarse feroz y sanguinario hácia el
Regina) se habia asido á una de las cuerdas déla bar
quilla, y trepaba por ella con la agilidad de un gato
auxiliado por sus largas álas; el exterior, súcio y re
pugnante de aquel sér, y su fisonomía ruda, sangui
naria y estúpida caracterizaba perfectamente al salva
je, al ser falto de civilización de la luna.
Ya se habia adelantado hácia Sessy, que desmayada
en la barquilla, tenia su hermosa cabeza velada por la
palidez del marmol, cuando Ketrli habia terminado de
cargar su carabina, al tiempo de echársela á la cara.
El salvaje se avalanzó con mirada estúpida hácia la
jóven, la iba á cojer por la cintura; per© Ketrli conoció
su intención, y bajo un mismo golpe de vista, midió
el gran peligro en que la jóvtn se hallaba si hacia fue
go contra su raptor; no vaciló, arrojó su arma , y de
un salto se agarró al cuello del salvaje que cayó
rodando por el suelo juntamente con el valeroso
jóven.
El peligro era palpable, pues en la cuida el hacha
92
de piedra del salvaje iba á descargar el golpe fatal so
bre el desdichado Ketrli, cuando una fuerte detona
ción hirió los aires, y el salvaje cayó en el suelo ru
giendo de cólera.
—Aquí está, expresó Harry ayudando á levantar el
cadáver del salvaje y arrojándolo al suelo; lo que yo
os decía respecto á los dos estados en los grados de la
civilización selenia.
—Harry, eres un sáhio , contestó Ketrli abra
zándole.
Harry acababa de salvar la vida al generoso jóven
que en la noche antes se había arrojado por sal
varlos.
Mientras tanto la barauuda habia cesado en la su
perficie de la luna, y solo el silencio reiuaba en el
campo de batalla. Solo en lontananza se veian perder
se por los aires las hordas de vespertilios salvajes hasta
confundirse en el fondo de los precipicios de las sel
vas y de los pantanos inhabitables.
CAPITULO X.
Cleomene.— E l m ar.—Castores; sus habitaciones.—
Longreems. — Ceremonias
nupciales. — E l lecho
nupcial.
Los vapores ardientes que los rayos del sol despe
dían empezaban Aenvolver á la luna con tanta persis
tencia, accidente extraordinariamente raro, que se
hizo necesario que Harry S ‘lay usase de sus lentes
destinados á las observaciones más minuciosas.
A poco más de una hora, las grandes cristalizacio
nes de que Cleomene se hallaba erizado , ostentaban
sus colores y sus crestas apiladas.
— Esta es la región de la luna, situada á 30° Sur de
Eudypcion que corresponde al N. 2o de la carta de
Blunt; dijo Harry examinando el aspecto del inmenso
terreno que se estendia bajo el Regina.
— Vaya un país árido, expresó Ketrli asomándose al
borde del carro.
— Este aspecto de esterilidad que nos presenta el
terreno, es muy común en los paises vecinos al mar:
los arrecifes de que abundan, tienen, como veis, los
colores más subidos y afectan constantemente la forma
de pequeñas mamilas redondas por lo alto.
94
— Las cristalizaciones parecen poco regulares en
este terreno matizado de clinopodio (1).
Estas cristalizaciones se hallan engastadas en pe
dernales, formando cuerpo con ellos, y presentando á
la vista una grande anologia con los súlfuros de mer
curio y de plomo, respondió el doctor.
Con efecto, algunos peñascos mostraban estos ca
ractères específicos; otros, los de óxidos metálicos aná
logos al hierro, sin que pudiera el doctor afirmar nada;
pues el velo que cu ria la luna no se habia ausentado
todavia, no presentándose claramente cosa que pare
ciera ser análoga á este metal.
—Es probable, decia, que este cuerpo simple que
tan gran papel hace en el mundo terrestre, no esté
identificado en el clima lunar.
Sessy, que hasta entonces habia guardado el más
profundo silencio, vuelta de su desmayo, exclamó lle
na de admiración.
— Ketrli, observa las cristalizaciones de esa hermo
sa agua. ¡Qué colores más vivos!
—¡Un color de púrpura! exclamó éste á su vez ad
mirado.
—Sí; respondió el doctor S‘lay, lo que me hace su
poner que el protóxido de cobre tan rebelde á los es
fuerzos del hombre en nuestro planeta para incorpo
rarlo al vidrio, en este satélite se halla mezclado por
la mano del Creador en estas masas diáfanas que apa
rentan tener la forma de poliedros derivados de pris
mas exágonos.
El Regina seguia su viaje alrededor de la luna to
mándose el terreno la molestia de presentarse cons
tantes, variado bajo sus piés.
(1) Clinopodio, yerba semejante al poleo silvestre; nace
en sitios pedregosos, tiene dos palmos de alto, poblada de
vastagos nudosos de los cuales nacen cuatro florecitas me
nudas.
95
En la extremidad de los arrecifes de que hemos ha
blado, la tierra se hallaba húmeda, y formando en un
buen trecho cuesta suave. En dicho arenal se encon
traban algunos fusiles muy lisos que recordaban el
amianto; otros, totalmente identificados con la roca en
que se hallaban incrustrados, que la determinación de
sus especies era muy difícil; esto eran los trilobitcs y
los orlhoceres, los pólipos y los cahmines.
Este último descubrimiento afirmó más al doctor en
su opinión de la proximidad del mar.
En efecto, concluido este suelo, comenzaba un mar
cuya estension no podía comprender el objetivo de
Harry S'lay.
— ¡El mar! ¡El mar! gritó este.
Sessy se apresuró á mirar: Ketrli la imitó después.
— ¡Qué magnífico espectáculo! esclamaron los jó
venes.
Con efecto, al poco tiempo el Regina cruzaba orgu
lloso el plano líquido cuya inmensidad ofrecía un sin
gular golpe de vista; la totalidad de las ondas, miran
do nuestro mundo figuraban, como las montanas, la
forma cónica; las aguas presentaban una masa levan
tada por una fuerza invisible que es la atracción ter
restre, mucho más poderosa para con la luna que la
de esta para con nuestro planeta.
—Parece imposible, dijo Ketrli, que este mar obe
dezca á los séres alados, pues no se encuentra señal
alguna en toda la superficie de navegación, y en cuan
to á su población acuática poco tendremos que referir
á nuestros amigos; cuando el Regina descienda en
nuestra vieja Inglaterra, si tal la hemos de llamar,
comparándola con este nuevo mundo.
— No obstante, replicó Sessv completamente resta
blecida y con la sonrisa en sus lábios. Yo he visto en
trar en la superficie del agua, sin sumegirse, reptiles de
gran tamaño, los cuales, por su longitud extraot di
ñaría me han llamado la atención.
96
Sessy decía bien; algunos reptiles de grandes for
mas y de longitud muy escéntrica, se sumergían entre
el espeso oleaje embravecido de aquel espacioso mar.
Sus cabezas se hallaban armadas con dos púas de la
forma de los cuernos de la vaca, aunque más peque
ños, cortantes, al parecer, por un filo que presenta
ban exteriormente y aproximados para herir ó asir
sin duda con mayor facilidad. Una materia lustrosa
como la concha de una tortuga cubre sus espaldas, las
cuales se separan del vientre por aletas membranosas,
estando este último cubierto de una especie de pelo
musgoso como el de la araña de mar.
—Estraños animales , exclamó S‘lay, que pueden
muy bien ser comparados con los pequeños insectos
que se crian en el ácido acético.
—Tienes razón, respondió Ketrli al recordar que
Harrv le habia hecho ver esto mismo algunas veces
en su gabinete de Waldrik; solo que esta comparación
no deja de ser ventajosísima respecto de los reptiles
que nos ocupan hoy.
—Lo que más estraño , continuó el doctor, quien
parecía tener interés en que continuara la relación de
sus observaciones, es la falta de plantas que se obser
van en estas orillas.
—Y yo, replicó Ketrli tristemente, hace bastante
tiempo que he notado la falta de animales en estos pa
rajes. Las aves son muy raras en esta parte de la luna,
y las pocas que existen, sus álas no son más que unas
especies de zoquetes con plumazón de que se sirven
para remontarse en el aire, y lo cual da á su vuelo
tal rapidez que no da tiempo absolutamente para le
vantar el perrillo de mi carabina. ¡Oh! confieso, queri
do amigo, que esto es para desesperarse.
—No, Ketrli, no, espera que atravesemos esta masa
líquida, inmensa, y yo te respondo que tendrás más
de una ocasión de renovar nuestras escasas provi
siones.
97
— '.Dios lo quiera! replicó Sessy; pues apenas tendre
mos para h o y... Hicimos mal en arrojar parte de nues
tras provisiones con el objeto de alijerar nuestro globo,
y quizá si no lo hubiéramos hecho nos habriafüOa evi
tado muchos sobresaltos y disgustos.
— Es verdad, respondió el doctor, pero desde ahora
en adelante no volverá á suceder, porque todos me ha
béis ofrecido no separarnos más.
En esto, desde el Regina, se empezaba á ver la su
perficie de la otra orilla. La luna empezaba á filtrarse
por decirlo así, eutre aquel espeso velo de vapor ar
diente que la cubría totalmente, y los objetos se ha
dan más perceptibles aúu que antes.
Harry no perdía ni un detalle, así es, que apenas
hubo descubierto la tierra, cuando exclamó tendiendo
su brazo hácia ella.
— ¡Allí está! ¡allí está*
— ¿El qué? repitieron ambos jovenes.
— ¡La tierra!
Ketrli se alegró como un niño al recordar la pro
mesa de su amigo.
Un inmenso arenal de color gris , como lodos los
que se encuentran en este satélite, se presentó en toda
su plana estension á vista del Regina, un poco más allá
se elevaba en la superficie de este plano y á la orilla
de un gran lago un cercado de pequeñas y blanquiz
cas eminencias, cuya naturaleza no podían determinar
bien.
Esto llamó doblemente la atención de nuestros
viajeros, cuando percibieron un humo denso que sa
lía de ellas.
— ¿Es una tierra de fuego en completa ebullición?
preguntó Sessy.
lEs una ciudad, Sessy; hace un momento hubiera
dudado en dar mi opinión, pero ahora que creo haber
visto grandes espirales de humo que salen de esa»
eminencias retorciéndose en !a atmósfera : ahora que
98
he distinguido séres vivientes desaparecer bajo ellas;
no dudo en asegurar, consultando las cart99 de Blunt,
que nos hallamos en Cleomene.
— ¿Cfeomene!
— Si, Cleomene . una pequeña población de este
satélite, y cuyos habitantes tiene bastante analogía con
nuestros castores..
— ¡Castores! ¿existenten aquí castores? preguntó
Sessy á quien el caso le parecia muy curioso.
—Sí; solo que estos, si en llamarlos así conveni
mos, son séres inteligentes, lo que les diferencia no
tablemente de los de nuestro planeta; ese humo blan
quecino me hace presumir en ellos una tercera raza de
este satélite.
En efecto, una gran multitud de castores llegaron
en aquel momento abandonando las orillas del lago y
dirigiéndose á aquellas eminencias bajo las cuales
desaparecieron enseguida.
Los del Regina pudieron observar entonces que el
castor lunario era bípedo, carácter, como se vé, común
á las tres especies de andró selenios. Tenia , como el
vespertilio, cuatro piés de alto; raras veces ménos y
nunca más; sus formas eran las del castor terrestre,
solo que su ángulo facial, más abierto, demostraba su
inteligencia, se mantenía derecho sobre sus pies y 9e
hallaba dotado por el Creador de brazos para desem
peñar la parte de industria que la inteligencia ofre
ce siempre al hombre y que les estaba destinada.
Al poco tiempo vieron nuestros viajeros á estos
nuevos séres que salían precipitadam nte de aquella
especie de conchas de forma octogonal y conóida, ca
paces, por su estension, de contener unos doscientos
ó trescientos individuos, y separadas unas de otras por
grandes espacios poblados de árboles, que no deben
llamarse huertas, porque no contenian nada análogo á
las plantaciones leguminosas ó fructíferas ; parecían
más bien destinados al recreo. Allí crecian los jigan-
99
téseos criptógamos, vascularios y monocotiledones; la
cytise, especie de acacia de nuestro globo, y el edy¡»aurum.
Los castores se dirigieron en tropel armados de cu
chillos, semejantes á los que habian visto ya nuestros
intrépidos aereonautas, á los selenios y vespertilios,
perdiéndose muy pronto entre las escarpadas rocas de
una colina más próxima.
Estas habitaciones se hallaban muy mal construidas,
incómodas y poco resguardadas contra las intemperies
de las estaciones. En lo general no tienen más que
una sola abertura que debe dar entrada á una sola vi
vienda en la cual los individuos de toda edad y sexo
vivían mezclados contra las leyes que marca la higie
ne y la moral.
La aglomeración de estas chozas formaba un con
junto parecido al da la mayor parte de las aldeas de
nuestra España; construidas de estacas toscamente
cortadas y entrelazadas con una especie de tierra pas
tosa y gris, como todo el terreno lunar, que en secán
dose adquiere una consistencia grandísima ; tenían en
la parte superior una sola abertura por donde pasaba
á la vez el humo y la luz.
En las inmediaciones de esta aldea, que nuestro sábio viajero dió el nombre de Gleomene, y en un lugar
muy elevado se hallaba otra choza mucho más grande,
de ta que Harry infirió ser el granero por la abundan
cia que los castores encerraban allí.
Estos se dirigieron en tropel armados de cuchi
llos hácia las escarpadas rocas de una colina más
próxima.
Aüu el Regina no liabia traspasado los limites de
esta colina, cuando una armonía dulce y melodiosa
llegó á los oidos del joven aereonauta ; S‘lay no tardó
en oir aquellos acordes musicales, y no poco sorpren
didos quedaron, cuando hallaron en la armonía musi
cal selènica, en vez de la tosca y ruda como la música
ft)o
salvaje y que difiere muy poco dé la de los negros, una
melodía llena de expresión y encanto que atraía como
un precioso talismán á cuantos la óian.
— ¡Es un encanto!
—Es un éxtasis.
—Jamás he oido música más deliciosa.
<
Once instrumentistas aplicaban á su boca otros tan
tos instrumentos completamente extraños y variados,
parecían soplar sobre ellos con alguna irregularidad.
Una especie de caja oblonga, sobre cuyo teclado ó pie
zas de hueso daba una especie de varita extraña y flexi
ble como el acero, producía el sonido más delicado,
más dulce y argentino que imaginarse pueda.
El Ueqina continuaba su marcha pasando conrapidez
la superficie pedregosa del Cleomene, y entrandoen la
de Longremus que tocac?¡siá la libración longitudinal.
Una cascada saltaba desde una altura inmensa al
fondo de un valle cultivado y habitab'e, en donde las
flores más caprichosas se disputaban el puesto. Sessy
se hallaba encantada.
Ket li, admirado, no cesaba de repetir:
—Hermoso país de caza.
Harry S‘lay, esperando un nuevo encuentro dé séres animados. Y note engañaba su esperanza, pues se
empezó hacer notar un movimiento extraordinario á la
salida de una selva umbría, viendo salir distintamen
te del bosque una arboleda entera que recorrió la at
mósfera, llegando á la catarata, pasó por cima de ella
y fué á parar sobre una cañada próxima ál valle y des
nuda de vejetacion.
Los tres viajeros quedaron admirados sin poder
comprender aquella trasplantación ni adivinar los
motivos de aquellacaravana vrjetal.
Estas ramas cortadas en el bosque inmediato, cu
brían las álas de los vespertilios domésticos que los
trasportaban á aquel sitio, sin que Harry ni Jos dos
jóvenes pudieran adivinar con qué fin.
101
—Diantre, exclamó Harry, vaya una facilidad cort
que esa legión de diablillos plantan sus ramos sobre
un terreno tan duro y cubierto de esa especie de costra
siliciosa monolitha.
—Esto es misterioso, doctor.
—Tanto, que puedo aseguraros es un fenómeno que
no sé cómo esplicármelo.
Terminada esta operación, los vespertilios desapa
recieron en el f *ndo de las aguas de la catarata qua
sobre la superficie del valle habia formado un estenso y largo torrente.
Harry y Ketrli los distinguierou con la vista
ganar la orilla' opuesta , y después batir sus álas
por el mismo lado que habían aparecido bajo la ar
boleda.
Entonces aquella armonía celeste se hizo más apre
ciable y distintiva: entraban bajo la espesa arboleda de
la nueva plantación.
Era una especie de procesión. Colocados en cuadri
llas marchaban delante una porción de castores cuyos
saltos y gesticulaciones hicieron comprender á la fa
milia S‘lay que trataban de medir los pasos de una
danza grotesca, por que convenia absolutamente á
los acordes melodiosos de aquellos doce instrumen
tos, entre los que la caja sobresalía como la voz ce
leste do los espíritus, y que seguían á los danzantes,
colocados también en cuadrillas.
Otra legión de vespertilios se cernieron un instante
en los aires, y después, plegando sus álas de repen
te se dejaron caer, llevando en una especie de lecho de
flores, de colores vivos y variados, una hermosa selenia.
Apenas hubieron descendido y depositado tan bello
tesoro junto al torrente cuando la armonía cesó de im
proviso, los danzantes dejaron de gesticular, y remon
tando todos su vuelo, desaparecieron.
— Esto es curioso, expresó el doctor ; detendremos
102
algunos momentos en su marcha al Regina, y mien
tras observamos esta ceremonia reforcemos el esto
mago.
—Sí, sí, repitieron los dos jóvenes.
La comida fuó servida; por desgracia demasia
do frugal para lo que acostumbraban nuestros via
jeros; pero las provisiones escaseaban y era preciso
esperar á que Ketrli hallara ocasión de reforzar con
carnes frescas, sabrosas y nunca conocidas, la despen
sa de nuestros caminantes aéreos.
Así trascurrieron dos horas sin que en las aguas es
pumosas del torrente, ni en el azul claro de la bóveda
celeste, se notase el menor síntoma de movimiento
vital.
La selenia, fácil de reconocer por su belleza, lo lar
go de sus álas, y su negra cabellera, se hallaba inmó
vil, mirando solamente de cuando en cuando hácia el
Oriente, con una mirada llena de expresión y una dul
ce sonrisa. Un selenio, volando perpendicular á ella,
empezó á trazar un espiral de alto á bajo hasta donde
se hallaba la selenia, y siempre con su cabeza vuelta
hácia esta, la que permaciendo inmóvil, el selenio ple
gó sus álas y se dejó caer en el torrente atravesándo
lo á nado hasta la otra orilla. Después de él vino otro
selenio, y luego otro, en seguida otros muchos: la
selenia permaneció inmóvil, y todos, como el anterior,
se echaban á nadar sin tornar á mirar más á la selenia
inmóvil. Vinieron después otros, y la selenia alzó su
cabeza, y fijando una mirada expresiva en uno de
ellos, este descendió hasta caer en sus brazos , y los
demás desaparecieron. Quedados solos estos dos per
sonajes, se abrazaron.
— ¡Ah! comprendo. Torpe de mí, exclamó Harry
dando una palmada en la frente, es una selenia que
acaba de escojer un esposo.
—¿Así lo crees* preguntó Sessy.
—Acabamos de presenciar una ceremonia nupcial
103
que nos ha mostrado la libertad que entre los selenios
goza la hembra.
—Hé aquí unos seres, exclamó Ketrli con su buen
humor, que han buscado la soledad para el dulce hi
meneo sin apercibirse de un mundo al otro.
En efecto, el jóven cazador habia visto á ia selenia
arrollar su brazo al cuello del selenio , y ambos re
montaron su rápido vuelo bajo la bóveda celeste, de
jándose caer rápidamente, y siempre abrazados en el
fondo de aqnel hermoso valle que momentos antes habian improvisado. Entonces los dos amantes se aproxi
maron á un blando lecho de ramaje y de flores, pre
parado de antemano por los vespertilios; estos salie
ron precipitadamente de la selva, arrancaron todo
aquel ramaje que habían trasladado y amontonándole
alrededor del lecho nupcial, y á alguna distancia, la
prendieron fuego. De esta manera la espesa nube de
humo que se elevaba, retorciéndose en espiral hasta el
azul trasparente del cielo, evitaba á los ojos de lodos
las caricias, más tiernas que castas, que iban á prodi
garse los dos amantes.
PfflF3
CAPITULO XI.
1Q país de la caza.—E l antílope azu l.—Rapto de
K etrli.—M aldito país.
El sol había subido ya al cénit y sus rayos caían ó
plomo sobre los sólidos costados del Regina , el que
muy pronto empezó á descender las vertientes de in
mensos valles, en doude la vejetacion se mostraba ex
traordinariamente prodigiosa; después cruzaron por
cima de las crestas y barrancos de un desierto, lle
gando, por último, á una inmensa llanura tórrida y
surcada de enormes grietas, cuyo suelo cubrían á
trechos espinosos matorrales. A lo lejos embellecían
el horizoqte algunos grupos de árbo'es que poco ápoco
fueron convirtiéndose en verdaderas dehesas.
Ketrli, como buen cazador, conoció el terreno que pa
saba bajo sus piés, y saltó de gozo al oir a su amigo
darle las órdenes de echar anclas: una de ellas fué en
ganchada en las ramas de un gigantesco muscardus.
— Buen país de caza te se presenta, amigo Ketrli;
con que buena suerte y prudencia.
—Descuida, querido Harry.
Sessy se echó á llorar.
106
—Hó aquí los inconvenientes , dijo el doctor algo
amostazado, de traer mujeres á bordo del Regina.
Sessy secó sus lágrimas al oir la réplica de su padre;
pero no su corazón; la pobre jóven amaba con locura
á su m arido, y su corazón la auguraba cosas muy
tristes que su labio no se atrevía á revelar.
Ketrli procuró consolarla diciendo que nada tenia
que temer hallándose ellos de atalaya, y finalmente
se convino, que á la menor sospecha de peligro, un
pistoletazo debia avisarle para volver al Regina.
Sessy suspiró y estrechó su mano entre las del
jóven.
Entonces Ketrli descendió, por una de las cuerdas
que unia la barquilla al globo, con rapidez hasta la
copa del árbol, y después de asegurarse que el Regina
se hallaba sólidamente sujeto al jigantesco árbol, em
pezó á escalar su tronco hasta el suelo. Una vez en él,
se paró como para orientarse del sitio donde dejaba al
Regina, y después, alzando su vista, saludó á Sessy
con cariño, que echada sobre el borde del -carro, opri
mía con su blanca y pequeña mano los latidos de su
corazón, enjugando de vez en cuando las lágrimas
ardientes que se escapaban desús negros ojosabrasando el suavísimo cutis de su megilla.
—En marcha. Dijo por fin, y empezó á cruzar aquel
terreno árido cubierto de matorrales muy espesos y
formado por una tierra arcillosa que se abría á cada
paso, con los rayosdel sol, en grandes y profundas
grietas.
Así anduvo alguna distancia, hallando ásu paso so
lamente esqueletos de hombres y animales medio roí
dos y secos. Esto le hizo fijar su atención , ¿seria pro
bable en aquellos sitios la existencia de animales fe
roces? Convino, pues, en que debia caminar con ojo
avizor y con el dedo apoyado en el gatillo, y sobre
todo, en que no debia alejarse mucho del Regina, pues
el país, á pesar de lo que e doctor le había dicho,
107
«Buen país de caza te se presenta, amigo Ketrli» no
presentaba grandes señales de seguridad personal.
Pero Retrli era arrojado y valiente, sabia lo despro
vista que se hallaba la despensa del Regina, y no hu
biera retrocedido por nada en este mundo, aunque tu
viera que arrostrar los mayores peligros , sin llevarse
carne fresca para dos ó tres dias.
— Adelante , dijo , y volviendo su vista hácia el
Regina, que se distinguía bastante lejos observando
todos sus movimientos, vió que lo saludaban con el
pañuelo.
— Me han visto, continuó, vigilan. Bueno. No hay
por qué temer.
Y se internó en la selva.
Lo primero que se presentó ante su vista junto al
lecho de un torrente, fué un gracioso animal de un
color azul claro por el vientre, y una raya en el lomo
de la blancura del armino. Era un antílope como los
que habitan las selvas del Africa, solo que variaba en
el colorido de su piel.
— ¡Magnífica pieza! se dijo; y sin dar tiempo al
animal de preveer el peligro, disparó.
Un movimiento general se verificó en la selva, y un
ruido y estremecimiento del follaje, como si un es
cuadrón partiera á galope, se dejó oir.
Ketrli volvió la cabeza hácia el sitio y vió diez ó
doce de estos animales, que sorprendidos por la deto
nación, ganaban á grandes saltos el terreno; pero su
pieza estaba tendida, allí, al pié del torrente, muerta,
arrojando por uno de sus costados una sangre espu
mosa; Ketrli se acercó. El animal le miró, suspiró
hondamente y cerró sus ojos.
¡Cosa exiraña! Ketrli, por la primera vez, sintió ha
ber gastado la pólvora contra aquel animal precioso,
indefenso é inofensivo; había tal expresión de dulzura,
tal tristeza en la mirada del antílope , que Ketrli no
pudo ménos de sentirse enternecido.
108
El jóven cazador lo miró algunos instantes más.
Por íin, cargando el cañón vacio de su preciosa cara
bina, exclamó:
— ¡Lástima de animal! ¡Qué hermoso pelajel Le
sacaré la carne sin estropearle, y he de hacer que me
lo disequen á tin de conservarle.
Y diciendo, se acercó al animal para arrastrarle
tras si, cuando creyó percibir un disparo.
— ¡Alerta!
Y alzando su cabeza:
— Diablo, continuó, ¿qué significa esto?... ¡Ah! una
banda de pajarracos que tal vez vienen á disputarme
la presa. Bueno , veremos si mi carabina... El jóven no concluyó: una detonación detrás de otra se hi
cieron más perceptibles: algún peligro le amenazaba
Indudablemente, y sus amigos le daban el alerta.
Sintió perder su presa, pero corrió hácia el Regina;
aún no habia andado muchas varas á la salida de la
aelva, sintió sobre su cabeza una multitud de ahullidos disonantes.
— ¿Todavía est09 malditos pajarracos? dijo sin dejar
de correr; y alzando su cabeza, exclamó:
— ¡Estoy perdido! es el mismo demonio con toda
su legión de séres infernales. Son estos malditos vesper
tilios salvajes.
Estes revoloteaban sobre su cabeza describiendo en
el aire una série de círculos concéntricos, que á medi
da que se aproximaban á la superficie del arenal iban
estrechándose.
— Pronto, Ketrli, sube; escala la cuerda, dijo Harry
viendo llegar á su amigo, y disparando uno de sus
rewólvers sobre tres ó cuatro salvajes más próximos;
estos cayeron á plomo como una bala , y este suceso
tan inesperado hizo retroceder á la gran masa que re
voloteaba al rededordel jóven. Este pudo entonces
alzar la cabeza y distinguió A Sessy trémula y iior. sa;
pero fuerte á su dolor, con una hacha en la mano, pre-
«
10
parada 6 cortar la cuerda del ancla tan pronto como el
jóven subiese.
No habia tiempo que perder. Con la agilidad que
el peligro da á todos los séres, trepó hasta la copa del
árbol, iba á cojer la cuerda, pero ya era tarde \ iina
fuerza muscular sintió que lo arrebataba en el espacio,
y el Regina se lanzó veloz en la atmósfera.
Uno de aquellos salvajes, luego que pasó el primer
sobresaltó producido por tan repetidas detonaciones,
viendo escapárseles su presa, se lanzó desafiando la
cólera de Harry sobre el desgraciado jóven, y en me
dio de ahullidos desgarradores, toda la turba siguió al
vencedor triunfante.
— jCorta! exólamó jurando Harry S ‘la y , y torcién
dose los brazos con desesperación.
Pero Sessy habia cortado ya la cuerda que sujetaba
al Regina, guiada sin duda por el mismo instiuto que
su padre.
Y el Regina fué empujado por un viento fuerte y
favorable en persecución de aquellos sóres alados.
— jAh! decia, tío conseguirán esos perros su intento.
Afortunadamente su vuelo, aunque impido, es corto;
se verán obligados á descansar, y entonces, este va
liente (y señalaba al globo) que do se causa jamás,
podrá ganar algunas millas sobre ellos de Jas que nos
llevan de ventaja.
Estas palabras parecieron consolar algún tanto á la
pobre jóven, cuya palidez marmórea del rostro, su r
cado por dos gruesas lágrimas, daban á su fisonomía
una pincelada más de seducción y belleza. Estaba en
aquel momento Sessy verdaderamente preciosa.
S ‘lay de pié, pálido, convulsivo, con sus dos gran
des ojos abiertos en toda su magnitud y los brazos
cruzados apretaba sus dientes con rabia y se golpeaba
la frente con desesperación.
En esta situación el Regina, empujado por un viento
favorable, volaba en persecución de los salvajes, cru-
110
¿ando inmensos arenales donde la sed se hacia abra
sadora porque los rayos solares herian en aquel m o
mento perpendicularmente á la luna.
Los salvajes se veian precisados á descansar á me
nudo, pues sus entumecidas alas por el calor que en
la atmósfera empezaba á reinar, se fatigaban en tan
rápido vuelo, así es que se los veia de vez en cuando
plegar las alas, descender á tierra y esperará que el
Regina se les acercara, entonces volvían á tomar el vue
lo con más rapidez que antes, y se alejaban con su
presa en medio de ahullidos descompasados.
Harry comenzó á inquietarse: el Regina nada avan
zaba, y sus temores de que aquel tiempo favorable
durase muy poco, crecían por momentos, pues la cal
ma empezaba á dominar el celeste espacio. Pocoá poco
su globo iba perdiendo grados de velocidad , hasta el
punto de quedar inmóvil en un terreno lleno de maleza
y espinosos zarzales.
Entonces la desesperación de los dos aereonautas se
hizo terrible. Sessy gritaba como una loca. Harry cris
paba sus puños lanzando mil imprecaciones.
Ketrli, que hasta entonces había conservado alguna
esperanza de salvación, dejó salir de sus ojos la últi
ma mirada hácia sus compañeros del Regina, y ahogan
do en su pecho un suspiro, dejó caer su cabeza sobre
una de las álas de sus raptores. ¡Desgraciado jóvenl
¿qué suerte le esperaba? quizá la misma que la que ha
blan tenido aquellos tristes despojos de séres humanos
que momentos antes habían visto en la selva de los
antílopes.
— ¡Maldito país! exclamó Sessy en toda la expan
sion de su dolor, y el eco repitió lejano.
¡Maldito paísl ¡maldito país!
CAPITULO XII.
La región de hielo.—El vivac salvaje.—Los amores
de Kaoghut.—El deshielo.—La venganza de Kaoghut.—Dios es justo.—La travesía á nado.—La
tierra firme.
Al cabo de media hora los vespertilios descendieron
en una pradera inmensa cuyos límites no podia per
cibir la vista, y cuyas tintas azuladas se confundían á
lo lejos con los vapores nebulosos- del cielo. A la iz
quierda de aquel país tan ingrato surcaba un anchuroso
rio cuyas turbias aguas corrian desde la cima de una
elevada montana, en cuyas faldas la nieve se hallaba
conjelada aún por una capa de hielo de tres ó cuatro
metros lo ménos de espesor, en donde los rayos de un
sol abrasador se quebraban perpendicularmente.
Sin duda los salvajes se hubieran ahorrado grandes
fatigas si se hubieran trasladado á aquel paraje por el
agua; pero entonces el Regina les hubiera dado alcance
antes que la calma atmosférica hubiera detenido su
marcha veloz en medio de los aires.
Ketrli dirigió su vista hácia el espacio. ¡Buscaba al
Regina] pero este habia desaparecido, y solo una re
gión de hielo se oírecia á su vista.
Todo esto, visto en medio de el d ia , al ruido de
112
aquel crugido impetuoso que producían los grande«
témpanos de hielo que se desprendían desde las má6
altas montañas, arrastrando en su brutal carrera enor
mes masas de piedras, encorvaba los árboles, destroza
ba cuanto en su paso bailaba, y formaba diversas on
dulaciones sobre el rio y sobre las altas malezas; todo
esto no presentaba á los ojos de Ketrli otra cosa que
un aspecto rudo y salvaje que rechazaba al hombre
civilizado.
Ketrli permanecía abismado, en muda y triste con
templación.
Una voz delicada, que pronunció algunas frases in
teligibles, le sacó de esta especie de tétrica meditación;
alzó su cabeza y se encontró con un vespertilio hembra,
cosa que le fué fácil distinguir por su color negruzco.
Este individuo de la especie humana lunar gesticulaba
en derredor de él imitando mil cabriolas y ridículos
gestos. Poco después, dando un horrible ahullido, sa
lió volando en direecion de una pequeña montana muy
elevada y estrecha por su base cargada de nieve y grue
sos témpanos de hielo.
Entonces Ketrli sintió que lo arrebataban hácia
aquel sitio, y comprendió que aquella vespertilla de
bía ser el jefe de aquella tribu íalvaje, lo que le daba
á entender, que así como entre los selenios la hembra
tenia una prerogativa de libertad en la elección de su
compañero, así también entre los vespertilios y entre
los salvajes tenían coocedida esta misma libertad, y
todo el sexo fec debía estar sometido á su imperante
voluntad.
• No se habia engañado respecto á todas estas re
flexiones.
Aquella montaña se bailaba perforada hácia el cen
tro en distintas direcciones, y los centinelas avanzados
le hicieron comprender se hallaba en un vivac salva
je . Una de estas mansiones parecía mucho más espa
ciosa que las demas, y una vespertilla de formas más
US
delicadas de lo que por lo general la naturaleza ha
dotado á las hembras de estos séres se hallaba recli
nada en un lecho de yerbas aromáticas entre las cuales
se encontraba el clinopodio tan frecuente en el suelo
lunar. Al ver al jóven, esta lanzó una mirada viva so
bre él, y una sonrisa tranquila asomó á sus lábiof.
— Kaoghut dijo de una manera aguda y estridente la
vespertilla jefe á los de su tribu, y haciéndole una se
ña , estos , repitiéndo la frase , se alejaron con
ahulladora baraúnda. Kaoghut quedó algunos mo
mentos con sus grandes ojos fijos en Ketiii; por fin,
haciendo una seña á la vespertilla que se alejara, se
levantó, y apoyando su mano en el hombro del jóven,
lo miró con expresión y sonrisa dulce.
Quedados solos Kaoghut, pasó su mano suave por la
cara del joven, y atrayéndole á sí, dejó caer su cabeza
sobre el hombro del jóven, y sin dejar de mirarle más
con pasión que con castidad.
Ketiii comprendió perfectamente su aventura, K oghut era la sultana de las regiones salvajes subdividi
das en tribus, y esta jóven vespertilla se habia ena
morado de él.
lista conjetura era la verdad, y el jóven cazador
siempre tan animoso, no [nido resistir á la risa que tan
extraña aventura le causaba. A lo ruónos asi lo creia.
—Por esta vez mis huesos no serán roidos como los
de esos desgraciados séres, cuyes despojos he visto en
la selva de los antílopes, se dijo, y después, afectando
una sonrisa que estaba muy lejos de sentir, añadió.
Dejémonos querer. El 1Ir,jiña no puede estar muy le
jos. Gauemos tiempo. El amor de esta imbécil me de
jará en libertad, y si logro un medio de escapar, malo
ha de ser que me alcance toda esta córte alada.
Pero Ketrii se engañaba, ¡mes desde aquel momen
to Ketrli tlebia de ser sagrado p a n los vespertilios
salvajes, y rodeado de las más escrupulosas aten
ciones y vigilancia: así es (pie uo laido mucho tiempo
8
114
en ser desprendido totalmente por dos vespertilios de
los brazos de Koaghut, y encerrado en una especie de
choza formadas por gruesas estacas de madera, y una
tierra arcillosa, que endurecida, habia adquirido una
solidez grandísima.
Ketrli conoció en aquella lóbrega estancia su terri
ble posición, y los peligros que le rodeaban. Se acordó
de Sessy, del doc or y del 'Regina.
¿Qué podía motivar aquel cambio en la conducta do
los amores de Kaoghut? ¿Por qué, si le amaba, habia
dejado que se lo arrebataran de su lado? ¿No era ella
la sultana? ¿No existia entre los habitantes de aquel
nuevo mundo un principio de libertad con que se ha*
liaban dotadas las mujeres de estos individuos ? Pues
si era así, ¿por qué y para qué fines habia sido encer
rado y atado en aquella choza mal construida, pero
suficientemente sólida para resistir á cualquiera vio
lencia por parte suya?
Todas estas preguntas ocupaban en tropel su ima
ginación cuando sintió que una gran piedra de las del
suelo se movió, y con gran sorpresa suya, vio a Kao
ghut delante de él triste y llorosa.
Esta dió algunos pasos, fijó una mirada llena de
ternura en el jóven, y reparando en sus ligaduras, fuá
á romperlas con la compasión pintada en el sem
illante.
Ketrli cogió su mano con agradecimiento.
Koaghut lanzó un grito, pero no un grito ahullador
como los de sus semejantes, sino un grito expresivo
de alegría, y cogiéndole ambas manos empezó á ges
ticular de una manera muy extraña; después sacó de
un cestillo de forma tan original como sus gestos, una
porción de frutas variadas y delicadas, y partiendo una
demostró que podía comerlas sin recelo. El jóven ca
zador probó una, se hallaba rellena de una leche pas
tosa muy nutritiva y agradable al paladar, y la carne
exterior que encerraba este líquido ei'a esquisita.
115
Kaoghut le miraba con dulzura y con arrobamiento
apasionado, pero aquel amor que tanto incremento em
pezaba á tomar en la jóven vespertilla, le espantaba
á Ketrli. Este pensó. Era indudable que la jóven vesperilla era la soberana de todas las hordas salvajes, y
no lo era ménos que en semejante circunstancia cual
quiera tentativa para escapar fuese ménos fácil y más
peligrosa, pues necesariamente los cuidados de toda la
tribu para con él debian redoblarse desde el momenten que Kaoghut le presentara á sus jefes ó hiciera sa
ber á todos sus súbditos sus amores. Esta idea le teo
nia inquieto.
Se veia encerrado en una miserable barraca de tro
zos de madera medio verdes aún, y cuyas paredes muy
delgadas y de aquella pasta consistente que habia ad
quirido la solidez de la piedra, eran un obstáculo para
toda esperanza de evasión. Miraba en derredor suyo, y
su porvenir le espantaba: fijaba sus ojos en la vesper
tina, y aquella mirada altiva, pero dulce, cuando el
jóven la miraba, llegaba á producirle fuertes vértigos
y mataban sus más risueñas esperanzas.
En este estado de cosas, Ketrli creyó oir unaahulladora turba que se reunia en derredor de la choza.
Kaoghut se apresuró á querer liar las manos de su
amado. Este se resistió; pero una mirada dulce, tran
quila, y una sonrisa candorosa de ésta le persuadió que
nada debia temer; después, con gestos que demostra
ban su inteligencia, le dijo que no temiera nada, que
ella velaria por él si se dejaba atar.
Poco tiempo después, la vespertilla desapareció
prodigándole las más tiernas caricias, y la turba sal
vaje entró en la choza llevándose á Ketrli sin la me
nor resistencia.
Lo primero que este hizo fué dirigir su vista al cielo;
al punto una alegre sonrisa vagó por sus lábios. Había
creido distinguir al Regina en el espacio, pero bien
pronto la triste realidad le hizo conocer, no un punto
ii6
oscuro, sino dos, tres, muchos eu el espacio que se
cruzaban á cada paso* y al parecer se embestían con
violencia; muchos combatiente, sin duda heridos, caían
en el fondo del valle ó en la profundidad de las tur
bias y h dadas aguas del [ róxiruo y caudaloso rio. En
tonces i'ué cuando conoció que aquellos puntos negros no
eran otra c sa que individuos de la raza salvaje de ios vespeí tilos que venian sin duda de ejercer alguno de sus
actos de ferocidad, y ios selenios debían perseguirlos;
por fin se vieron alejarse unos y aproximarse otros.
Los vespertilios habían salido vencedores aquella vez
llevándose en sus brazos tres ó cuatro pequeños de los
selanics, que en vano sus familias les habían disputado.
Estos salvajes no tardaron mucho tiempo en reunirse
á suscompañeros y todos descendieron en la cresta de
un monte cuya superficie habia lomado un color violá
ceo. Allí se hallaba ya Kaoghut revestida de todo su
poder y rodeada de Lodos les vespertilios hembras de
la tribu. Todo le hizo conocer al joven cazador que se
preparaba una próxima ceremonia. A una seña de Kao
ghut, Ketrli fue desatado y conducido á su lado.
La joven vespei lilla lo recibió en sus brazos.
Entonces una escena de horror tuvo lugar á presen
cia del joven cazador. Un grupo de vespertilios se di
rigió á uuos bancos de roca vulcanizada; uno de ellos
partió los miembros de uno de aquellas inocentes ni
ños, y lo distribuía á sus horribles compañeros. Los
otros tres pequeños estaban á pccos pasos de este festin de caníbales, agitaban sus álas y gritaban descom
pasadamente; sus pies estallan sujetos con una enor
me piedra y un lazo que sujetiba sus álas, les tenia
fijos los brazos á la espalda. La blancura de estos y los
hermosos colores de aquellas, hicieron comprender á
Ketrli que estas inocentes victimas pertenecían á la
clase noble de los selenios.
Olrogíupo de vespertilios se diiijiú al máspequeuode
estos desgraciados y lo degolló ¿ presencia deKaogutb.
117
Kelrli no pudo ver más tiempo aquella escena de
sangre, y lleno de espanto cubrió con ambas manos
su rostro. La voz dulce de Kaoghut !e sacó de aquel
estado de horror y desesperación:
Kaoghut, la dulce jóven, la niña apasionada, á la
vista de aquella sanguinaria escena, se había vuelto
altiva, inhumana, feroz, y ofrecía al objeto de sus más
delicadas atenciones, al jóven, un brazo de aquella
desgraciada víctima todavia humeante.
Kelrli no pudo más, y alzando su terrible brazo, se
dejó llevar de la cólera, con los cabellos crispados por
el espanto, y los dientes apretados convulsivamente,
lanzó una terrible imprecación dando ün fuerte • pu
ñetazo sobre la estendida muñeca de Kaoghut. Esta
dió un horrible grito de cólera, y toda la multitud se
precipitó sobre el joven, que impasible é inmóvil4
aguardaba de aquella tribu de caníbales el terrible
fallo.
Pero el amor de Kaoghut podia más que su ódio y
su cólera, y pronunciando algunas palabras ininteligi
bles, se abrió paso entre sus súbditos que rujian de
cólera.
La jóveu vespertilla dejó caer su mano sobre el
hombro del jóven, y arrojando una mirada altiva so
bre su descompuesto semblante, pero tranquilo ; fria é
impasible fué á cojer las cuerdas que pocos momentos
antes habian sujetado al jóven cazador; después paseó
una mirada por toda la tribu, y una sonrisa inferna
se dibujó en su semblante; Ketrli se estremeció al ver
aquella sonrisa que le anunciaba el principio de una
terrible venganza; pero fuerte, inmóvil como un már
tir, espeió tranquilo el término de tantos sufri
mientos.
Alejado de sus amigos, olvidado por el Regina, per
dido para siempre de su Sessy, de Harry S‘lay , ¿qué
podia esperar ya que no fuera la muerte ó la crueldad
de aquellos séres sin hogar, sin familia y sin religión?
118
Para él la muerte era el mayor bien que podía experi
mentar.
Todas estas reflexiones se hacia el jóven, mientras
atado, maltratado y mofado por los salvajes era con
ducido á su prisión.
Largas horas permaneció allí con los ojos fijos en el
cielo y los brazos cruzados sobre el pecho. Entonces se
acordó de Dios, y oró. Pensó en la suerte de los viajejeros del Regina, y oró también por ellos: recordó que
tal vez á aquella hora no tendrían una mala galleta
que comer, y maldijo su suerte y su carabina que para
nada le servia. Además, esta última había desapareci
do con su captura, y este era un despojo que Kertli no
Íierdonaria jamás á los salvajes habitantes de le
una.
Todo se hallaba en un completo silencio , los rayos
del sol calentaban aquella piedra verdaderamente vol
cánica calcinába las paredes abrasadoras de aquella
estrecha prisión. Podia decirse que una calma fúnebre
reinaba entonces en todas aquellas soledades. Sola
mente algunas gotas de agua formadas de la nieve der
retida caían con ruido monótono, en charcos nacien
tes al pié de los viejos troncos que formaban la
choza.
Las primeras horas de la noche (1) trascurrieron sin
ningún incidente, con todo el sol se dejaba caer abra
sador, y solo se podría conocer que era de noche por
el reló de Ketrli que había marcado ya por segunda
vez las doce. Las gotas de agua se hacían cada vez más
frecuentes, y el viento empezaba á mugir en el es
pacio.
Todo anunciaba un próximo deshiele, tan frecuente
en aquellas regiones de nieve.
(1) En la luna hay 18 horas de luz y otras tantas de
noche, las 10 restantes para las 28 de duración de los
dias es lo que constituye la luz llamada luz cenicicnfe de
la luna.
119
A eso de las seis, el cansancio, los dolores que el
desgraciado jóven sentia por su magullado cuerpo , y
sus penas quedaron amortiguadas por un sueño in
tranquilo y fatigoso. Con la espalda apoyada en una
de las paredes, y su cabeza inclinada sobre el pecho,
Ketrli había perdido por algunos momentos la con
ciencia de sí mismo; dormía, pero su sueño no duró
mucho tiempo, pues un frió húmedo empezó á correr
por todo su cuerpo, al mismo tiempo que un estruen
do espantoso se dejó oir en la montaña. No paieeia
sino que esta, al violento empuje del huracán, cedia y
se desmoronaba arrastrando tras sí la muerte y el esterminío.
— El deshiele, articuló el cazador algo acostumbra
do, aunque en pequeño, á aquella clase de espectácu
los propios de la vida de la montaña.
Pero al mismo tiempo un chisporroteo continuado
empezó á producirse sobre su cabeza; alzó sus ojos, y
las llamas de un devorador incendio, aniquilaban la
techumbre de aquella choza, enroscándose entre el espe
so y negruzco humo por las estacas medio verdes de las
paredes.
—La venganza de Kaoghut, pensó el jóven; y sin
detenerse á más reflexiones, forzageó como un deses
perado hasta deshacerse desús ligaduras.
Aquella escena representaba un cuadro desolador,
Ketrli atado, con el cabello erizado por el terror, en
medio de aquella inmensa hoguera por un lado y el
estruendo de la montaña por otro representaban fiel
mente uno de los más terribles dramas.
Con efecto, Kaoghut y su tribu prendieron fuego á
la choza cuando la inundación que el deshiele había
producido, les obligó á remontar su vuelo en los aires
abandonando aquellos sitios de destrucción y miseria.
Pero Dios es justo, y al levantarse de un salto , el
cazador sintió sus pies mojados.
—Diablo, un charco de nieve derretida, pronuncia
120
dando algunos pasos inás é internándose en uu líquido
helado. Voto al diablo, continuó, es una inundación
entre estas cuatro paredes.
En aquel mismo instante, un ruido más espantoso,
producido sin duda por un témpano más grande de
hielo que se desprendía de la montaña , vino á rodar
hasta el rio, amistando tras sí cuanto «á su paso hallaba.
E l agua, la inundación por fuera, las llamas, el in
cendio por dentro. Ketrli pensó llegado el momento, y
dando upa patada á una de las paredes, minada hasta
la mitad por el agua y medio períorada por el fuego,
logró derribarla sin gran resistencia. Una tromba in
mensa de agua, en su ímpetu veloz, arrastró tras sí el
resto de la choza, y el cuerpo del joven cazador se ha
lló en un inmenso lago cuya impetuosa superficie se
proponía atravesar á nado.
Pocos momentos después, no se oia en todo aquel
mar inmenso é improvisado mas que el ruido de las
ondas que el récio viento producia atropellándose las
unas á las otras, y el de los desfallecidos brazos del
desgraciado Ketrli, que ganaba á nado y á la ventura
la superficie de una tierra firme.
CAPITULO XIII.
Conjeturas de Harry S‘lay.—El país de las serpien
tes.—La emigración.—Nuevos descubrimientos
del doctor.
Al dia siguiente en que el Regina quedó inmóvil en
medio de la atmósfera, el 8 de abril, nuestros via
jeros empezaron por reconocer la costa, sobre la que
habían quedado suspendidos ; era una especie de isla
rodeada, por la parte de la tierra, de intransitables
pantanos. Alrededor de aquella porción de terreno só
lido, se elevaban espesos cañaverales tan altos como los
bosques de nuestro globo.
En medio de aquella inmensa soledad, de aquella
triste marisma, el Regina se hallaba en completa se
guridad; solo habia que vigilar la parte de los panta
nos, y nada se veía en la dilatada superficie de las tur
bias aguas.
Así, pues, Marry S ‘lay se decidió á arriesgar el
todo por el todo y hacer á pié, lo que no podía por
los aires, pues al querer maniobrar su aparato, el
abanico habia sid) forzada, y uno de los bastidores hábia saltado en pedazos. Moderó la llama de su meche
ro, y algunos segundos después , el enfriamiento de
122
las capas de oxígeno encerradas en la cubierta del glo
bo empezaron ú estrecharle. Pocos momentos después,
el Regina se hallaba próximo é la superficie deí terre
no, sólidamente sujeto.
Ninguno de los dos viajeros se habían atrevido á
hablar todavía de su infortunado compañero; Sessy
fué la primera que rompió el silencio participando á
su padre las dudas acerca del asunto.
— Yo no abrigo esperanza alguna de que Ketrli pue
da salvarse.
El doctor respondió con voz conmovida:
— ¡Quien sabe, Sessy 1 Ketrli es un muchacho muy
diestro, y por nuestra parte haremos cuanto nos sea po
sible por encontrarle. Después, variando de tono, aña
dió: ¡Diantrel ¿había de tener tan mal éxito una empresa
que tantos años de estudio rae ha costado, y cuyo prin
cipio ha sido tan favorable?
Qué quieres que te diga, Sessy, no se cómo ni
cuando, pero casi estoy seguro de encontrarle.
Sessy pareció no oir este rayo de esperanza que em
pezaba á brillar en el corazón de su padre, ó si lo habia oido, no podia creerlo, porque después de un corto
rato de silencioso y triste abatimiento prorrumpió en
un amargo llanto.
— ¡El cielo se conjura contra nosotros! dijo.
—Sessy, dijo el doctor con tono de la más dulce
reconvención; ¿hemos de entregarnos así á la deses
peración, cuando tal vez á estas horas el desgra
ciado Ketrli necesita de nuestro auxilio para salvarse?
Lo repito, no sé por qué, pero estoy casi seguro de en
contrarle.
— ¡Dios te oiga, padre miol respondió la jóven ane
gada en llanto.
—Ahora empecemos por orientarnos ; pero antes
veamos de arreglar, como se pueda, esta rotura del
timón, porque sino mucho temo tengamos que emi
grar en vez de caminar.
123
Dicho esto, ambos se pusieron manos á la obra: la
empresa no dejaba de ofrecer grander dificultades; fué
preciso cortar algunas cañas de las más gruesas de
aquel bosque para reemplazar los largos bastidores de
las velas. El timón íué empalmado con los pedazos de
largueros fracturados de estas mismas velas y sujetos
con fuertes cuerdas. Cerca de dos horas duróla opera
ción; pero al fin el Regina quedó tan aparejado como
si nada hubiera sucedido.
—Ahora, Sessy, preguntó el doctorconvoz conmo
vida, ¿tienes valor para quedar de atalaya mientras yo
voy á cazar á las inmediaciones de este cañaveral?
Nuestra despensa se halla vacia, y es necesario reno
var nuestros víveres que hemos sacrificado.
—Pero no te alejes mucho, respondió la jóven.
—Pierde cuidado, mi querida Sessy, no tardaré
mucho en volver.
Y Harry S‘lay selló la frente de la jóven con un
beso de despedida.
Pocos momentos después, algunas detonaciones
anunciaron á la jóven que su padre no perdia inútil
mente el tiempo.
Este se habia dirigido al espeso cañaveral, le habia
recorrido en todas direcciones levantando algunas pa
lomas; por fin, salió al otro lado de aquella espesa mu
ralla, y se halló en una gran estension de terreno pe
dregoso y lleno de espinosos zarzales. El doctor em
pezó á andar con más cautela y ojo avizor; sabia, como
nombre de ciencia, lo frecuentes que son estos sitios
de animales dañinos y no le hacia mucha gracia tener
que habérselas con alguno; y la sola idea de que su
Sessy podia quedarse sola en medio de un mundo des
conocido, ignorante de los medios para encontrar el
camino de su país en medio de los aires, le hacia es
tremecer.
En cuanto á ésta, habia dejado de oir las detona
ciones, y este silencio le hacia temblar.
124
ilarry se habia internado bastante en aquel terreno
árido y lleno de maleza, cuando unlijero ruido, acom
pañado de un silbido estridente, detuvo sus pasos. Ha
bía reconoc'do el silbido de una serpiente, y amarti
llando su escopeta, esperó á que esta se le presentara
con una tranquilidad admirable.
Esta no se hizo mucho esperar.
Era un magnifico animal por sus hermosos colores,
y su forma era la del crótalo de América.
Había lanzado su vista sobre el cazador, y fija é in
móvil parecía aguardar los más pequeños movi
mientos de este; pero Harry era tan astuto como
ellp, y esperaba también el ataque con serenidad. Este
no quiso aún disparar, se bailaba todavía lejos y espe
raba que se le acercara. Así pasó cerca de un cuarto de
hori sin dejarse de observar uno y otro. De pronto,
como si hubiera sido herida por un rayo, lanzó un
agudo silbido. Ilarry conoció la astucia del reptil.
Era perdido si nada arriesgaba, pues esta acababa de
darla señal de alerta en todo el espacio á sus compa
ñeras.
No vaciló; echarse el arma á la cara y descerrajar
uo tiro sobre la piel de aquel monstruoso anim al, fue
obra de un momento.
El feroz reptil coleteó dos ó tres veces con fuerza,
se retorció sobre la arena rugiendo de cólera y espiró;
pero en el mismo momento otro silbido muy próximo,
contestó entre los cañaverales, y un estrépito entre el
follaje anunció al doctor la pareja de este animal que
se abría paso por entre las apiñadas cañas. No tardó
en presentarse; Harry S‘lay la esperaba con serenidad.
El reptil, al ver la majestad imponente de su adver
sario quedó inmóvil; pero apenas husmeó la sangre
caliente aún de su compañera , cuando rugiendo de
cólera comenzó á dar horribles silbidos.
Ilarry se fué derecho á ella, este astuto animal, com
prendiendo á n duda el ataque, se elevó sobre su
12
.»
cabeza en toda su longitud , seseando en el espacio la
inmensa mole de su cuerpo.
El doctor apuntó, pero esta: con la rapidez del rayo
se dejó caer sacudiendo con la furia de un huracán, su
enorme cola sobre el brazo de Harrv. El arma se es capó de sus manos y él mismo hubiera cabio falto de
sentido si el peligio no le hubiera hecho fuerte en
aquellos instantes: sacó de su cintura el cuchillo y se
adelantó hacia el animal. Entonces se trabó una lucha
feroz. Al principio, aquella especie de crótalo, empezó
á defenderse ó sendos coletazos que llarry S ‘ lay bur
laba con destreza y agilidad. Bien pronto cambió de
táctica, y tiDgiendo dar una vuelta como para elevar
se, se avalanzó de un salto sobre su diestro adversario,
enroscándose al cuerpo con rapidez y estrechando los
círculos de su plateado lomo. Al principio el doctor se
creyó perdido con tan brusco ataque, pero por suerte
el brazo que contenia su cuchillo se halda alzado para
parar los inespeiados golpes, y por tanto se hallaba li
bre El liero animal parecía haberlo comprendido, pues
todo su afan era magullarle los huesos con su fuerza
hercúlea. Harry debió comprender esto mismo, pues
por todo su cuerpo sentía ya dolores agudos; al mismo
tiempo el animal daba horribles silbidos, asi es que el
peligro era cada vez mayor, pues de un momento á
otro podían venir en su auxilio, y entonces difícilmen
te podría defenderse. Alzó su brazo, y con una fuerza
verdaderamente brutal, descargó un golpe con su cu
chillo sobre el cuerpo de su opresora enemiga ; tan
fuerte, que casi estuvo á punto de rasgarse el vientre.
Esta allojó enseguida y ca^ó al nielo dividida
en dos.
llarry se bailaba estropea jo , sus entumecidos miem
bros se negaban á sostenerlo; pero algunos silbidos le
janos le anunciaron que no se habia engañado, res
pecto a la inteligencia de estos animales. Sacando
fuerzas de flaqueza, hizo un esfuerza, recogió su esco-
126
peta y su caza y se alejó de estos sitios donde la cria
tura humana jamás había puesto el pié.
Poco tiempo después la inquietud de Sessy había
cesado por completo.
El cazador había llevado un gran refuerzo á su des
pensa, consistente en un par de aves de la misma plu
mazón y más grandes que los patos, algunas palomas
comunes de las que había levantado en el cañaveral, y
un par de liebres blancas y mucho más grandes que
las de nuestro globo. Todo esto Sessy se encargó de
prepararlo al humo con el fin de poderlo conservar:
atravesándolas en unas cañas delgadas puestas en otras
en forma de horquillas y clavadas en el suelo; después
con guijarros que amontonaron , el doctor formó un
hornillo dentro del cual pegó fuego por medio de la
llama de su mechero á una porción de hojas y
trozos de las mismas cañas secas. Guando Sessy
las daba por bastante chamuscadas , Harry las tras
ladaba al carro y poco después la cena de nues
tros viajeros tenia lugar bajo la sombra de las cañas,
y precisamente á la misma hora en que Ketrli á nado
verificaba la travesía del más caudaloso rio de aquel
planeta. Mientras esto se verificaba, Harry referia á
Sessy los peligros á que habia estado expuesto en aquel
país donde la naturaleza se presentaba en todo su es
tado salvaje, y pocos momentos después el Regina se
elevaba en el espacio en busca del desgraciado
Ketrli.
El cansancio, sus entumecidos nervios y el excelen
te apetito que acababa de satisfacer, le proporciona
ron un excelente sueño.
El viento era favorable y empujaba al Regina hácia
el sitio de la catástrofe que el deshiele acababa de pro
ducir en el vivac de Kaoghut.
Sessy, de guardia, permanecía muda, de pié, estáti
ca, contemplándola inmensidad de l©s espacios: á cada
momento la pobre niña creia oir la voz de su amado
127
Ketrli que les pedia auxilio; pero ¡ay! por desgracia,
el jóven nadaba opuestamente á aquella hora y muy
lejos para que pudiera oirle.
Pero hemos dicho que Dios es justo. El viento aca
baba de cambiar, y el Regina variaba su veloz carrera,
arrastrando á nuestros intrépidos viajeros lejos de la
ruta que debian seguir.
Sessv se apresuró á Hatear á su padre.
—¿Qué hay? preguntó el doctor saliendo de su
letargo.
— El viento ha cambiado y nos arrastra lejos, muy
lejos, hácia el Sud.
—Tranquilízate, Sessv; felizmente sopla lo suficien
te para llenar el fuelle, y el timón, una vez compues
to, obedecerá como un niño. En efecto, la operación
fué ejecutada, no sin grandes trabajos, y el Regina
volvió á tomar el rumbo que acababa de abandonar
momentos antes.
Pero Dios era justo, y el viento se hizo á poco tan
recio, que uno de los bastidores fué arrancado, y el
timón, desempalmado y hecho pedazos, dejó de ma
niobrar.
El Regina volvió á tomar su primitiva inclinación
al Sud.
—El cielo se ha conjurado contra nosotros, dijo
Sessy, ¡perdido para siem pre!
A lo ménos así lo creian nuestros aereonautas.
Harry lanzó un grito de cólera y de desesperación
que probaba á Sessy su impotencia en aquella
ocasión.
—Obligados á abandonarle, obligados á emigrar sin
rumbo fijo, ¡y para eso han servido tantos años de es
tudio, de observación y de cálculo! pensaba Harry,
loco, desesperado y abatido por aquel golpe fatal.
—Se hará indispensable que nos detengamos, dijo
Sessy, deseando dar una solución á aquel silencio, y
que echemos pié á tierra , si hemos de buscar á núes-
128
tro amigo, porque el viento nos aleja demasiado de
nuestro camino.
Harry iba á decidirse, pero Dios, en su justicia, no
podía permitir alejarles del mártir, del generoso joven
que por salvarlos segunda vez, por librarlos de una
muerte segura, se había visto obligado á separarse de
ellos.
Por eso, Dios, en el momento en que Sessy propo
nía una emigración sobre tierra firme, envió una sua
ve brisa contraria y más inferior á la en que se ele
vaba el Regina.
Vientos contrarios, pensó el doctor: así es que, des
pués de un rato de vacilación, se apresuró á respon
der á Sessy.
—Antes tratemos de buscar una corriente más fa
vorable; una corriente contraria á la que llevamos. En
todo caso no hay otro medio; haremos cuan os esfuer
zos esten á nuestro alcance por encontrarle.
Sessy no respondió; nada esperaba y prefería callar
se á discutir una cosa que ella creía completamente
imposible.
A eso de las tres de la mañana pasaron nuestros via
jeros por una gran ciudad donde la civilización parecia hallarse en su más alto grado de esplendor. Al prin
cipio la mayor parte de sus construcciones tenían for
mas cónicas, que á primera vista parecía que formaban
cuerpo con la misma montaña, pero viendo que los
selenios se introducían en lo interior de aquel'as mo
les por unas aberturas muy pequeñas, el doctor su
puso desde luego que las concavidades interiorer en
que los \eian entrar y hacer mansión, debian estar so
cavadas en aquella montaña, á la manera de aquellas
galerías subterráneas que se encuentran en el alto
Egipto y en la India; pero más tarde grandiosos edifi
cios llenaron á nuestros viajeros de admiración, res
pecto a! arte de ios selenios y de los recursos de su
leiaz inteligencia.
129
Los vespertilios venian á descender sobre las cú
pulas de las inmensas torres cónicas habitadas por los
selenios y entraban-en ellas por distintas aberturas
practicadas en la parte inferior del edificio.
Sessy preguntó cómo era que los vespertilios no en
traban por el mismo lado que los selenios.
El doctor, á quien no había escapado esta observa
ción, se apresuró á contestar.
—Eso me hace pensar, Sessy, como de antemano
habiamos sentado, que los vespertilios viven en ser
vidumbre y dependencia absoluta de los selenios.
Harry tenia razón, pues en este momento, uno de
estos se aproximó á un selenio en actitud de sumisión
como para recibir órdenes, y después desapareció.
El Regina pasó veloz sobre esta gran ciudad, y con
gran sentimiento del doctor, que hubiera deseado dete
ner algunos instantes sus observaciones sobre la vida
privada de aquel gran pueblo; pero su diabólica ma
quinaria se había revelado contra él, y no obedecía á
los deseos de su señor.
Siguiendo la misma línea una gran cordillera de
montañas que terminaba como ordinariamente termi
nan todas las de este planeta en una especie de pe
zón que sale de el medio de un cráter, conservando en
sus bordes las trazas muy marcadas de su origen vol
cánico sobre la cresta que está separada por un foso
natural y profundo, del montecillo central que la do
mina, se elevaban cuatro barraquillas ó garitas cons
truidas con materiales que parecían de una notable so
lidez. Todas tenian en su parte superior aberturas ó
ventanas de las cuales solo una era vertical, y miran
do las otras hácia el cielo, defendidas todas por una
púas metálicas tan próximas unas de otras que pare
cían un puerco-espin enrollado. Otra garita mucho más
pequeña y de más sólida construcción en apariencia,
se hallaba situada en los remates de los edificios que
acababan de observar nuestros viajeros.
130
Estas garitas se hallaban ocupadas por setenios que
de vez en cuando salían, miraban al cielo, y volvian
á desaparecer; esto hizo comprender al doctor que
aquellos setenios se ocupaban de la astronomía. Harry
se hizo esta observación sin demostrar la menor sor
presa.
Poco después, un edific;o disminuía hasta no pre
sentar más que un diámetro de unos tres pies en su
parte superior, terminada por una garita igual á las
ya descritas.
Las paredes de esta estraña construcción presenta
ban una superficie reluciente y bruñida, dividida con
mucho arte por compartimentos iguales y adornados
de mármoles de los colores más brillantes, que forma
ban entre sí dibujos regulares muy complicados en el
género de los mosaicos árabes, á los cuates se aseme
jaban tanto más cuanto que jamás como en aquellos se
encontrábanla menor intención de representar figu
ras de hombres ó animales. Las paredes de dicho
edificio tenian ventanas, dos de las cuates, un poco
más elevadas, parecían hacer el oficio de puertas. To
das estas ventanas se hallaban decoradas con dos columnitas apoyadas en una sola piedra lisa , embutida
en el muro, y elevándose perpendicularmente, se se
paraba del cuerpo del edificio lo bastante para que el
coronamiento que sostenía ofrezca un espacio de una
anchura regular, sobre la que se fijaban unos terreros
delante de cada una de dichas aberturas, y donde á
muchos setenios y á muchos vespertilios apenas al
canzaba la vista para verlos salir y entrar, y desde allí
tomar su vuelo rápido á los espacios infinitos.
El Regina seguía á merced del viento, sin rumbo
fijo, cruzando bajo su carro grandes cadenas de mon
tañas, estensos y fértiles campos, terrenos incultos y
áridos, sin que el doctor pudiese hallar una corriente
contraria á la que llovaba.
A las doce el Regina pasaba en los 15°, 40' de Ion-
131
gitud y 57°, 83' de latitud S., y al instante el terreno
se hizo más accidental, más variado, entrando en un
delicioso valle rodeado de violáceas montanas, en cu
yas fértiles fa'das se encontraban multitud de casas de
campo ó recreo para los selenios. Estas especies de
castillos aislados, edificados sobre un suelo sumamente
pródigo y fértil, diferian esencialmente de los casti
llos ó fortalezas en que no tenian aquellas garitas ó
torreones de observación, y además, en que su forma
era la de un cono truncado, y en cuya parte superior
habitaban algunos vespertilios civilizados , que en
ausencia de sus señores quedaban hechos dueños del
edificio durante su presencia en calidad de colonos
ó arrendatarios, cultivaban el valle y se defendían de
los ataques bruscos y de la rapiña de los salvajes.
— Hé aquí una pequeña lógia en que se gobierna
cada uno de por sí, y que reuniéndose solo en el peli
gro , evitan los estragos y devastaciones de esos
picaros de salvajes cuya pista quisiéramos seguir.
Y diciendo esto Harry, suspiró.
Sessy nada dijo; su dolor era profundo, y cada pala*
bra queoia, cada objeto que bajo sus piéspasaba, atraía
á su imaginación crueles recuerdos que minaban poco
á poco su existencia. La dulcey simpática jóvense ha
llaba enferma, enferma de ese mal esclusivo del cielo
nebuloso y encapotado de Lóndres, enferma del splin,
enferma del corazón!
Al doctor no se le había escapado esta enfermedad
de su hija, y las proporciones que esta iba tomando
sobre su espíritu. Así es que el pobre hombre había
encanecido en dos dias, lo que no le había sucedido
en los 45 años que contaba. Además, la palidez amari
llenta de Sessy, y su inapetencia constante, le hacia
temer fatales resultados, pues varias veces había di
cho les máles físicos difícilmente ó pronto se curan; los
males morales del alma, tarde ó nunca; y este nunca
bullía en su cerebro adquiriendo gran dominio sobre él.
132
A las ocho de la tarde una liebre espantosa se de
claró en la pobre niña; la piel ardia, abrasaba el con
tacto de las manos convulsivas del doctor.
Este no se cuidaba ya de su globo, ni de donde pu.
diera llevarles, solo miraba con espanto la muerte que
se cernía eslendiendo sus descarnadas alas sobre el
Regina.
•
'!
I
s
CAPITULO
XIY.
La tierra firme.— La vida del desierto.— K etrli do
mestica las fieras.— E l hambre.— U n rayo de es
peranza.— La fuga.
La inundación habia arrasado la vejetacion, y los
grupos de chozas habían desaparecido bajo las ondas
espumosas de un lago helado. Solo una pequeña emi
nencia cónica de una arena amarilla y reluciente pa
recía flotar sobre el agua.
Ketrli trató de ganarla á nado, lo que no consiguió
sin grandes trabajos, y al cabo de dos horas ; por fin,
llegó al término de su travesía: asiéndose vigorosa
mente, cuanto sus entumecidos y cansados brazos le
iermitian, á una especie de raiz medio conmovida por
as aguas, logró escalar la pendiente de aquella tierra
de oro. En cuanto alcanzaba la vista no se distinguía
más que plantas, achaparradas como en los terrenos
brezosos de nuestro globo, y algunos matorrales de es
pinos y de lentiscos; estos eran tan altos que aventa
jaban á los más elevados de nuestro globo. El jóven
cazador pudo cojer de este arbusto algunos frutos
completamente en sazón, pero no sucedió lo mismo al
Í
134
querer beber del licor puro que encierran sus vaini
llas, pues este se habia convertido ya en los insectos
alados que sabido es produce este árbol.
Estos síntomas de aridez entristecieron mucho al
jóven cazador.
Del otro lado donde el lago extendía su imperio, la
tierra firme se hacia ilimitada , pero siempre presen
tando el mismo carácter de rudeza y aridez. No habia
señales de que ninguna caravana hubiese atravesado
aquella comarca enteramente desierta, de lo contrario
habría dejado huellas visibles de campamento y blan
cas y descamadas osamentas de hombres y de anima
les. Solo una inmensidad de abrasadoras arenas, solo
en aquella desolada región se hacían perceptibles los
ilimitados caractéres de un desierto; pero no era posi
ble retroceder: por un lado el agua, por el otro el de
sierto, y por ambos la muerte; esto es cuanto pudo ver
Ketrli. No habia más remedio que seguir adelante,,
vencer al desierto; eso era todo lo que deseaba, y pe
dia fuerzas al cielo que le trasladaran en pocas horas
al otro lado de aquellas tristes latitudes; pero ¡ay! el
cielo impasible, trasparente, mostraba su sereno azul;
¡ni una nube que empañara aquel horizonte! ¡ni una
huella marcada sobre la arena que le indicara qué
camino tomar!
Ketrli levantó la cabeza al cielo en distintas direc
ciones, esperaba hallar en él la mole inmensa del
Regina', llamó con desesperado acento, pero nadie le
respondió.
Este se hallaba sumamente lejos para que pudieran
oirle.
—No desesperemos aún, dijo con la sangre friadeun
mártir. Pero se hace necesario tomar un partido. Re
flexionemos, ya que no pueda orientarme. Ante todo,
conviene que salga cuanto antes de este desierto donde
el hambre, la sed y el calor pueden atacarme. A ver...
veamos si el sol puede orientarme, su marcha es de
135
Oriente á Poniente, esto es: y señalaba con su dedo la
curba que en su carrera describe este astro; luego yo
he nadado hasta aquí siempre al Sud; según los rayos
solares calientan, debo hallarme muy próximo al eje
del planeta que habito. Bueno, redoblemos la marcha,
yo hé oido varias veces á S‘lay decir que los centros
de las poblaciones se hallan habitados en casi todos los
países, luego del otro lado del desierto es indudable
que encuentre séres civilizados. Y diciendo esto, con
tinuó su marcha de N. á S.; esto es , la misma que el
Regina acababa de tomar contrariando la voluntad de
sus viajeros.
La temperatura era sofocante; desde las primeras
horas de la mañana, la invariable calma del cielo y los
abrasadores rayos del sol hacían imposible en aque
llos lugares desolados la existencia del reino vejetal y
del reino animal: ¡ni un pájaro se veia en el aire , ni
un reptil en la tierra! solo vastas soledades, inmensas
montañas y una tierra firme al pié de un estenso y
grandioso lago. El viento seguía corriendo de N. áS.,
pero este apenas se hacia sensible en aquella altura de
atmósfera.
—Maldito calor, esclamaba el desgraciado jóven en
jugándose las gotas del sudor que bañaba su frente; si
yo tuviera un poco de agua con que enjuagar la boca,
tal vez andaría más de prisa, y este calor sofocante se
haría ménos sensible.
Mientras tanto el suelo se iba haciendo cada vez
más árido, el terreno presentaba enormes montañas
cuyas ondulaciones auríferas se desvanecían poco á
poco en la inmensidad de la llanura.
— Hé ahí, pensaba el jóven, el menor de estos pun
tiagudos guijarros, que bastarían para hacerme rico en
Inglaterra, y aquí ni me es útil para hallar un vaso
de agua que mitigue esta sed abrasadora.
Y pensando así Ketrli, señalaba con desprecio á la
infinidad de guijarrros dorados y relucientes que, des-
136
prendidos de las grandes rocas, se hallaban esparcidos
por el suelo rodando hasta el fondo del desierto desde
las altas cumbres lejanas.
A eso de el mediodía, algunos grupos de árboles
de hojas medio abrasadas por el sol y algunas misera
bles fajas de yerba medio tostada hizo comprender á
Ketrli la proximidad de algún pozo de agua , induda
blemente estancada entre las cuencas ú ondulaciones
de las montañas. Siguió la línea que marcaba aquella
faja amarillenta y que concluía en una concavidad hú
meda, pero seca. Ketrli dió un suspiro: los rayos del
sol no habían respetado ni aun aquellos sitios de pro
fundidad selenia. El desgraciado jóven tuvo que con
tentarse con aplicar sus lábios á las húmedas y poco
frescas paredes de oro de aquella caverna, cuando un
suspiro profundo y ronco he'ó su cuerpo, erizando
sus cabellos. Una especie de pantera roja con manchas
blancas y de una talla descomunal, se hallaba tendida
en el suelo. El animal, sin duda alguna, creyendo en
contrar agua con que apagar su devoradora sed, halla
ba entre aquellas puntiagudas y cortantes rocas una
muerte segura. Este animal miró al jóven y suspiró
hondamente. ¡Ah! la sed, la proximidad del peligro, de
la muerte, les hacia iguales en aquellas circunstancias,
y lejos de atacarle como lo hubiera hecho en el bosque
ó en medio de el desierto, el monstruoso animal halla
ba en el jóven un compañero de infortunio: Asi era.
Ketrli concibió una idea desesperada. ¿Para qué po
día ambicionar una vida llena de sufrimientos, una
vida que no debía pertenecerle muchas horas, pues
que el hambre, la sed y un fuego devorador le consu
mían? Con sus manos empezó á rascar la tierra húme
da, al cabo de una llora de trabajo pudo llenar su
sombrero, que vaciándolo sobre el cuerpo del animal, y
volviendo á la misma operación, consiguió refrescarla.
La pantera, por fin, se levantó.
Ketrli se cruzó de brazos delante de el'a esperando
157
ser devorado; pero el animal bajó la cabeza, metió su
rabo entre las patas, y rastrera se acercó al joven
echándose ó sus piés.
— ¡Oh, Dios mió! ¡Dios mió! esclamó el jóven des
esperado, hasta la misma muerte desafian las vastas
regiones de este desierto.
Pero en aquel mismo instante un grito de alegría
salió de su boca, arrojándose sobre uno de los pechos
del estendido animal.
La pantera era una magnífica hembra á quien los
rayos ael sol después de los 18 dias de noche habían
sorprendido en aquel desierto, víctima del deshiele,
como el jóven había sido arrojado allí por las hondas
del embravecido lago, y poco después la sed y el
hambre lejos de respetar su fiereza la hicieron víctima
de sus terribles resultados.
El jóven cazador, sin reflexionaren el peligro, ham
briento y lleno de una sed devoradora, se avalanzó á
los pechos de aquel animal, que impasible y tranqui lo, dejó á su salvador se amamantara á su placer. Mi
tigada el hambre, Ketrli pensó en su nueva amiga, y
extrayendo en su sombrero una porción de aquel lí
quido repugnante, se lo dió á beber.
La pantera lo agotó sin dejar de mirar á su salva
dor. Después le lamió la manos y dando un rugido
terrible salió de un salto de aquella caverna sombría.
Ketrli se hincó de rodillas.
¡Diosmio! ¡Diosmio! ¡Misericordia! y quedó aba
tido en aquella situación.
Las horas se sucedían con monótona y desesperanto
semejanza, el sol recorría impasible su carrera derra
mando abrasadores rayos desde un cielo purísimo,
calcinando aquella atmósfera la superficie del suelo
como pudiera hacerlo un hornillo. El viento seguía so
plando de N. á S.; pero aquel viento apenas se hacia
sensible, parecía más bien que un soplo una espira
ción, un débil hálito que se extinguía completamente
138
á medida que tocaba ligero en la superficie de aquellos
extensos arenales.
Ketrli con su cabeza inclinada sobre el pecho, per
manecía aun de rodillas, luchando triste y desespera
do contra aquella crítica situación, pero conservando
su sangre fria y su calma inalterables, aguardaba con
la resignación de un mártir que la muerte cortara de
una vez los filos de su existencia.
—Esperemos con resignación, dijo, por fin, pro
bándose á levantar; pero las fuerzas le faltaron y cayó
desplomado sobre el suelo de roca.
No era extraño, pues, desde que la pantera hizo tan
brusca salida habían pasado inás de doce horas y una
debilidad espantosa se había apoderado del jóven ca
zador.
Tantos sufrimientos, tantas penas y ni una queja
para el doctor, que abusando de su amistad, del cariño
que el jóven profesaba á su hija, á Sessy, le habia aso
ciado á su temeraria empresa, colocándole en aquella
triste y crítica situación, en donde el mayor bien que
pudiera experimentar, el mejor bálsamo para sus pe
nas, era la misma muerte. ¡Pobre jóven! ¡Cuán dis
tinto se hallaba de dos dias á esta parte! estenuado,
demacrado, con la piel amarillenta y ardorosa por la
fuerza de la calentura, encorvado por el dolor de es
tómago, aue la necesidad, el hambre, le producía, con
sus cabellos blancos por el polvo y encanecidos por
tantos padecimientos, y con todo su traje hecho peda
zos por las zarzas y matorrales achaparrados del de
sierto. Tal era el esqueleto, no la presencia, que bajo
aquellas silenciosas rocas pedia á grandes gritos la
muerte, revolcándose con desesperación por el suelo.
Un rugido espantoso estremeció la peñas ó hizo lijar
su ojos á Ketrli en el objeto que lo habia producido.
Otra pantera, pensó Ketrli, y en sus lábios se dibujó
una sonrisa de amarga satisfacción.
La pantera roja á quien momentos antes habia sal-
139
vado de una muerte segura, traía en su boca un pe
queño macho cabrío, como los de nuestro planeta. El
animal bajó su cabeza, y sin dejar de mirar al jóven,
se le acercó arrastrándose. Ketrli contempló algunos
instantes aquel hermoso animal. Este abrió su boca, y
dejó caer su presa, retirándose con calma dos ó tres
pasos.
Kelrli admirado, y dando en su corazón gracias á
Dios por su infinito poder, cogió la res.
La pantera movió la cola dos ó tres veces, y tendiéndese á lo largo, é hincando su cabeza entre sus
dos manos en el suelo, suspiró clavándole una mirada
de inteligencia.
El jóven cazador la llamó dando una palmada en la
rodilla.
—Ven acá, Piel Roja, ven acá, generosa amiga.
El animal obedeció.
El hombre, con el poder de su mirada y con su ge
neroso corazón habia humillado los fieros y carnívo
ros instintos do aquel terrible animal de los bosques
del desierto.
Ketrli, por fin, hizo un esfuerzo sobrehumano y lo
gró levantarse hasta poder alcanzar con sus brazos un
matorral seco y carcomido por el tiempo , este tenia
junto á su tronco una especie de yesca muy blanda,
todo lo cual puso al sol amontonado y de modo que la
yesca recibiera los rayos perpendiculares. Al cabo de
una hora, esta, prendió fuego, y ayudando el jóven
con sus debilitados pulmones cuanto pudo, logró un
fuego muy capaz para asar aquella res.
Ketrli lo dividió en dos, y llamando á Piel Roja, le
arrojó una parte, qne la fiera devoró de una sola vez;
laotra parte, luego que estuvo sazonada fuó consumi
da por el jóven.
Momentos después la sed se hizo sentir, Ketrli lla
mó á Piel Roja. El animal obedeció, y pocos momendespues, ambos saciaron la sed.
140
Restablecidas sus fuerzas, se deció á marchar, Piel
Roja le siguió.
La misma pureza reinaba en el cielo, la misma in
movilidad en la atmósfera.
La inmensidad de las arenas, por una disposición
admirable de la naturaleza, había tomado todo el co
lor del oro subido, reflejando como en un espejo las
imágenes y las sombras de aquella estéril y raquítica
ve' ‘ 'on.
examinó con ansiedad el espacio, se hallaba
en pleno desierto, y solo la inmensidad de las arenas
era capaz la vista á percibir.
El calor llegó á hacerse insoportable, y el joven era
digno de compasión; bañado en su propio sudor, ja
deante, falto de fuerzas, cansado, estropeados sus piés
por los puntiagudos guijarros de aquel terreno pedre
goso, y con todos los vestidos rotos por los achaparra
dos matorrales empezaba á caer en una especie de so
por invencible.
—Es preciso hacer un último esfuerzo, y tratar de
hallar un camino que me lleve lejos de este volcan ar
diente, se dijo entonces, se acordó del cabrito que Piel
Roja le había llevado algunas horas antes, y esta idea
hizo brotar en su imaginación un rayo de esperanza.
El terreno empezó á ser más variado. Las ondula
ciones de este, las eminencias de arenas auríferas y
los guijarros puntiagudos en que antes se detenia la
vista, fueron haciéndose más raros hasta que desapa
recieron por completo; y la incesante contemplación
del desierto empezó á oprimir el corazón de aquel
mártir. En aquella superficie del terreno ardiendo, en
aquella atmósfera de fuego, hasta Piel Roja le había
abandonado. Se halló solo, completamente solo con su
desesperación, y su espíritu se abrumaba basta el
punto de creer absolutamente imposible que cual
quiera causa pudiera venir en su auxilio.
Ketiii empezaba á dudar de Dios.
141
Pero Dios quiso probarle su poder. El desierto se
abria en ondas grietas arrojando vapor de una alta
temperatura y acompañado de un ruido sordo y es
tremecimiento de aquella llanura.
Ketrli cayó de rodillas conociendo con espanto la
gran potencia y magnitud del Creador, y el pánico
erizó el cabello del jóven á quien aquella masa de va
por acuoso, candente, envolvía por todas partes.
Piel Roja se dirigia á aquel sitio, huyendo, espan
tada y dando fuertes rugidos que conmovían la bóve
da celeste.
El mismo Ketrli miraba espantado abrirse bajo sus
piés aquella tierra hirviendo , y hundirse en las pro
fundidades infinitas.
Por fin, aquella víctima de tan extraño incendio
pasó junto al jóven. No había tiempo que perder, dio
un salto, y agil y diestro como un ecuyer quedó mon
tado sobre el fiero animal, que á grandes saltos, y con
enormes resoplidos ganaba el desierto sin notar la pe
sada carga que llevaba sobre su lomo.
CAPITULO XV.
Las últimas gotas de agua.—Recuerdos de un dis
curso.—El principio de un incendio á vista do
pájaro.—El volcan ambulante.—Un disparo á
tiempo.- Hurra por Ketrli.—El gimnasta aéreo.
Una mañana de violetas.
El Regina siguió impasible su carrera con extraor
dinaria rapidez: la serenidad del cielo empezaba á in
quietar al doctor; la atmósfera abrasaba como si salie
ra de un hornillo, y ni una nube se descubría en ese
cielo de fuego que anunciase una próxima tempestad.
—Está visto, las tempestades se niegan á refrescar
el ambiente, y este se va haciendo insoportable. Si
desgraciadamente continúa mucho tiempo la atmós
fera tan cargada, Sessy no podrá vivir mucho tiempo,
y si muere... si muere, ¡cuán grande responsabilidad
pesará sobre mí! ¡Oh! ¡Dios mió! ¡Dios mió! ¿por qué
hé abusado del cariño que los dos jóvenes me profesa
ban asociándolos ¿ una empresa cuyos peligros pu
de prever? ¿por qué no he partido solo?
Estas ideas se aglomeraban á la imaginación del
144
doctor adquiriendo grandes proporciones, y como su
cede siempre en las horas de fatigoso desaliento Harry
veia los peligros porque pasaban, exajerados y bajo un
prisma de realidad empezaba á conocer lo que no tenia
remedio.
— ¡Pobre Sessy, cómo sufre! exclamó después de
un corto silencio, y dos gruesas lágrimas surcaron las
arrugas de su cara.
Porque el doctor había envejecido á pasos agitan la
dos en el espacio de 48 horas.
¡Pobres víctimas de la ciencia!
Harry comprobaba las largas jornadas del Regina.
Este volaba con una rapidez increibe y empezaba á
cruzar las vastas regiones de un desierto.
— Aire... aire... yo quiero un poco de aire: dijo
Sessy con el acento entrecortado de un moribundo.
Harry se apresuró á descorrer las cortinas de la hamaca
donde se hallaba acostada la enferma.
— ¡Padre mió, dijo esta, dame un peco de agua ¡ay!
yo me abraso! y con sus delicadas manos, enervadas
por el fuego que interiormente la devoraba , parecía
querer desgarrarse el pecho.
El doctor extrajo una pequeña cantidad de este lí
quido cristalino completamente caldeado por la tempe
ratura atmoférica.
Sessy lo bebió con avidez hasta la última gota; pero
lejos de apagar la sed aquel caldo en un es!ado casi
de ebullición, hizo que esta tomara mayores propor
ciones.
— ¡Más agua,..! ¡más agua! gritaba la enferma.
Harry se apresuró á obedecer, y sin embargo, eran
las últimas gotas, de las 600 libras que el doctor había
encerrado en la barquilla.
— ¡Padre! dijo estacón voz débil y entrecortado
acento; si tú no, al ménos tu ciencia, no debe ignorar
el estado desesperado en que me encuentro. Si dentro
de una hora esta atmósfera de fuego no ha refrescado
145
yo dejaré de existir, dijo Sessy con voz desfallecida.
— jSessy! ¡Sessy! exclamó el pobre Harry sollozan
do y en medio de su dolor.
Ésta le miró con languidez; por fin dijo:
— ¡Sufres! ¡Hé sido demasiada dura con mis pala
bras! Lo sé. Mi desesperación... luego, yo soy una
loca; en medio de nuestro infortunio, ¿qué más pudiera
desear? cerrar los ojos en brazos de un padre apasiona
do de su hija; ¿no es una verdadera felicidad?
La jóven echó sus desnudos brazos al cuello.
Harry no sabemos lo que dijo, pues el llanto , la
desesperación, un delirio loco, frenético, ahogaba en
sus lóbios las palabras.
— No te aflijas, continuó la jóven, y escúchame.
Harry escuchó.
—Si muero (Harry hizo un movimiento de inquie
tud) es preciso que nos conformemos con esta idea,
pues mi estado bien te dice la realidad de los hechos,
para un porvenir cercano, si Dios no lo remedia, por
medio de un milagro.
— ¡Un milagro! no, Sessy; ¡Dios es justo! Dios vé
cuanto sufres; conoce mi desesperación y se apiadará
de nosotros.
— Es la única esperanza que he tenido hasta ahora,
siempre he sentido mi corazón henchido de la fé; pero
ahora...
La jóven no continuó, se contentó con menear la
cabeza en señal de duda.
—¿Ahora no? preguntó el doctor con tristeza.
Sessy guardó silencio.
—Sessy, serena tu espíritu, dijo Harry tratando de
dar algún consuelo á la enferma y acallarlos gritos de
su conciencia.
Esta sonrió dulcemente, pero su sonrisa era la de un
mártir, la de una santa, más bien que la de una mujer.
S‘lay continuó:
—Es cierto que con esta atmósfera candente, bajo
10
146
este cielo ardiendo, sin una nube que le empañe, hay
motivo para desesperarse, ¿pero quién nos dice que
esto pueda durar mucho tiempo? En ménos de nn
cuarto de hora, en nuestro planeta, en los desiertos del
Africa, hemos visto formarse una nubecilla, irse estendiendo y arrojar una lluvia copiosísima por espa- ció de un dia entero que ha refrescado la atmósfera y
la superficie del suelo. ¿Quién puede decirnos que en
este mundo desconocido no suceda lo mbmo? Contra
una probabilidad, en contrario, hay ciento que no
lo son.
Sessy volvió á sonreir con dulzura, con cariño, con
gratitud, pero no despegó sus lábios.
La paciente muchacha sabia que su principal cura
ción no dependía del cambio de temperatura. Esto solo
le bastaria para hacer ménos penable y fatigosa uDa
muerte segura. La salvación de la joven estaba en la
presencia de un solo hombre en el J ie rjim , de su es
poso, del jóven Ketrli. veste se hallaba muy ejospara
que Dios hiciera semejante milagro.
Vamos, Sessy, repuso el doctor, á quien no se habia escapado esto mismo, hasta ahora hemos salido
bien de todos los peligros; no hay por qué desesperar
se. Repito que no sé por qué, cómo ni cuando espero
encontrarle, y sin embargo, hoy ménos que nunca,
parece probable toda esperanza puesto que hemos
avanzado ya mucho en nuestra travesía del desierto.
— ¡Agua! ¡dadme mucha agua... mucha... ¡Uí! ¡yo
sudo! y con su linda n ano la jóven enjugaba su pá
lido rostro.
El doctor se inmutó.
—¿No me has oido, padre mió? ¡Mucha agua... mu
cha agua!
El doctor no contestó. El pobre hombre no tenia una
gota de agua paia sofocar los estragos de aquella sed
devoradora; pero lo que más le afligía, era ver llegado
el instante en que esta le pedia una cosa que á tan
147
poca costa hubiera satisfecho en su linda casita da
Waldrik; y allí, por todo el oro de aquellas montabas,
no se hallaba el más imperceptible residuo de este
líquido.
—Padre, añadió Sessy contemplando los dolores de
que el pobre hombre era victima; dime la verdad, des
pués lijando melancólica y sombría una mirada,
añadió:
¿No tenemos agua, no es verdad?
El doctor, presa de su dolor, no pudo responder
sino despees de un corto silencio.
—Sino tenemos agua, en cambio me elevaré cuan
to me sea posible, y sino consigo hallar una brisa más
refrescante que te vuelva la vida, entonces...
—¿Entonces...? se apresuró Sessy á interrogar.
— Entonces, pego fuego al Regina, contestó aquel
hombre cuyos goces de la vida despreciaba.
— ¡Jesús! ¡qué idea tan desesperada!
—¿De qué otro modo podria acallar lo3 gritos de mi
conciencia?
—Tu conciencia, pobre mártir del género humano,
debe estar tranquila; por ventura, has tratado de hallar
el límhe de lo posible? ¿No hemos visto hora por hora
todos los dias los resultados de tus estudios?
—Es cierto, Sessy; pero ¿quién sabe si Dios tendría
reservada esta gloria que yo ambiciono á otros siglos
más avanzados? ¿Quién me dice que demasiado ambi
cioso quizá haya pasado los límites de ios altos miste
rios que Dios ha revelado al hombre?
—¿Quién? respondió Sessy con toda la energía que
sus debilitadas fuerzas la permitieron. Yo.
—¡Tú, pobre niña! ¡Sessy! ¡Sessy! X el doctor no
pudo contener ias lágrimas que brotaban de sus ojos.
— Yo, doctor, no es la hija la que habla al padre,
es la amiga, la compañera, la voz de mi patria , de la
tuya, á la que un dia dijiste: «Yo lie seguido con avi»dez los descubrimientos que han señalado el primer
148
»tercio del siglo XIX y ambiciono la gloria de ver á
»mi país elevarse más y más en esa peligrosa via de
»los descubrimientos. Para ello he pasado incesante» mente horas enteras de vigilia, estudio y trabajo con
»la esperanza de lograr un dia ser de alguna utilidad ó
»á mi país.»
— Sí, sí, repetía con voz conmovida Harry S ‘lay al
recordar sus palabras.
Sessy continuó coloreada por el entusiasmo de que
accidentalmente se hallaba poseida.
— Espera, aún recuerdo tus palabras como si las es
tuviera leyendo: «Si esta tentativa tiene buen éxito.»
Todos te contestaron: «le tendrá, le tendrá’,» lo oyes, pa
dre mió, y recalcando mas la frase, repitió, le tendrá— ¡Oh! ¡Sessy! ¡Sessy! ¿qué intentas, qué esperas?
¡habla!
— Pues bien, padre, en nombre de mi patria, de la
tuya, de la d e... d e... Ketrli, y al expresar este nom
bre, la joven arrojó un mar de lágrimas; en nombre
de nuestra patria, volvió á decir, prométeme, si vo
muero, no retroceder ante ningún obstáculo. Nadie
mejor que yo conocía los peligros de esta temeraria
empresa; pero estos dejaron de existir completamente
desde qüe tú te has decidido á arrostrarlo , en ello va
nuestro nombre, nuestro honor, y la felicidad de nues
tro país entero.
— Gracias, gracias, Sessy, articuló aquel pobre
hombre lleno de reconocimiento. No esperaba yo ménos de tí.
Y cogiendo entre sus manos, trémulas por la emo
ción y el dolor, aquella hermosa cabeza languidecida
y velada poruña próxima agonía, sellaba con apasio
nados lábios sus más delicados perfiles.
— Aunque para ello tenga que volver á mi país á,
pie, hé de gastar el último átomo de hidiógeno en mi
mechero; y diciendo, dió mayor fuerza á este.
El gas, encerrado bajo la cubierta del R egina, a d -
i 49
buirió mayor tension, y este empezó á verificar su fuer
za ascensional con una rapidez maravillosa.
El pobre hombre creía hallar la vida de su hija en
las alturas más elevadas de una atmósfera refrescante;
pero ¡ay! Harry se engañaba; su hija se hallaba en
ferma del alma, y eso solo el Creador podia curarla
mediante un milagro que nuestros aereonautas esta
ban muy lejos de creer cruzando aquellas inmensas
regiones.
El Regina se elevó á quinientos piés de altura más
sobre la luna, pero apenas sufrió alguna lijera desvia
ción, pues la impasible atmósfera que allí reinaba, se
hacia cada vez más insoportable.
—Hace tres horas que atravesamos el desierto y aún
no se dominan desde esta elevación sus esíensos
límites.
El doctor estendió su vista sobre el desierto, una
nube cenicienta y espesa comenzaba á elevarse á lo
lejos ganando á pasos agigantados la llanura:poco
á poco, fué haciéndose más perceptible.
Harry dejó escapar de sus lábios una excla
mación.
— ¡Un incendio! apostaría á que esos demonios de
vespertilios salvajes acaban de cometer una de sus
muchas atrocidades abrasando algún bosque vecino.
Pero la admiración del doctor creció cuando, con el
auxilio de su anteojo, vió abrirse la tierra en grandes
surcos y arrojar, no lavas ardientes, ni cenizas, ni hu
mo, sino vapor de una alta temperatura.
Con efecto, los rayos solares, caldeando el centro de
aquellos inmensos arenales, habían convertido en va
por la humedad que la inundación producida por el
deshiele, había reconcentrado allí, y esta, puesta en
ebullición por tan alta temperatura atmosférica, había
logrado perforar la superficie de aquel desierto ingrato
al arado y al cultivo del hombre.
Este vapor ardiente atravesó la atmósfera de la
150
luna, y fué uDa suerte páralos del Regina el hallarse
tan elevados en aquellos momentos, porque la menor
gota de él hubiera bastado para incendiar el gas con
tenido bajo la cubierta de seda de aquel frágil
globo.
Por los cálculos aproximativos que hizo el doctor,
esta Ígnea se elevaba basta la altura de tres ó cuatro
cientos piés sobre el nivel del lago, es decir, doscien
tos pies más bajo que el Regina. Estos cálculos fueron
confirmados por el ambiente sofocante que les ro
deaba.
Ilarry se apresuió á dar teda la fuerza á su mechero,
y el Regina obedeció como un fogoso corcel lanzándo
se en su indómita carrera á seiscientos piés de altura
sobre la luna, ó lo que es lo mismo , mil trescientos
cuarenta mil millones seiscientos piés de la superficie
de nuestro planeta.
Harry se hallaba satisfecho en medio de sus penas;
babia conseguido elevarse á una altura nunca conocida
y que jamás criatura humana habia imaginado re
montarse.
Repentinamente ?u admiración creció: habia creído
divisar una masa que se elevaba á algunos piés de la
tierra lunar, arrojando humo como un volcan am
bulante.
Este'íenómeno singular llamó toda su atención. In
móvil , con los ojos fijos en su anteojo, esperaba con
ansiedad la ocasión de poder consignar en sus notas
tan estraño espectáculo, cuando dando un grito, el
anteojo se escapó de sus manos rodando por el fondo
de la barquilla á algunos pasos de él.
— ¡Aquí! exclamaba, bajo a misma latitud, bajo
los mismos rayos del rol, en tan vastas regiones.
¡Oh! ¡bendigo seas, Dios miol ¡Bendito seas!
Y saliendo de su observatorio, se dirigió con el gozo
de un niño al lecho de la moribunda y descorrió la
cortina con precipitación. El pobre hombre se le
151
demudó el semblante al fijar su mirada en la desgra
ciada enferma; jparecía un cadáver! y así lo creyó el
doctor; pero muy poco después la respiración fatigosa
que levantaba y retraia con monótono vaivén el pe
cho de la jóven, le hizo comprender el verdadero
estado de su hija.
Sessy no se movió, siguió en su actitud indolente,
aletargada, medio dormida.
El doctor volvió á correr suavemente la cortina y se
retiró en puntillas hácia el sitio de su observación; una
vez allí, recojió su anteojo, lo desarmó y registró; nada
se habia roto; sus lentes se hallaban perfectamente co
locados, y siguió observando.
Aún está muy lejos... pero dónde diablos va meti
do? parece uno de esos cráteres que le rodean. ¡ Cosa
más singular...! biantre; el Regina parece que avanza
poco. Era menester hacerle comprender dónde esta
mos... Si yo pudiera avisarle que vamossiguiéndole. .
¡Ah! ¡Qué idea!
Y dándose una palmada en la frente, disparó al aire
una de sus escopetas.
Ketrli oyó el disparo, muy confusamente, y vol
viendo su raheza, comenzó á accionar con la mano,
sin tratar de detener los grandes saltos con que Pie
Roja cruzaba la llanura.
— ¡Me ha visto y no detiene su carrera! expresó el
doctor sin comprender la conducta del jóven; pero en
aquel momento, grandes surcos, semejantes á los an
teriores, se habrían tras las marcadas huellas de Piel
Roja, y grandes masas de vapor acaso brotaban del
centro de aquella tierra de fuego.
—Obra con prudencia al ménos , continuó Harry
S'lay, Ketrli siempre ha sido un buen muchacho...
pero lo principal ya está hecho, saber que nos halla
mos aquí y no abandonará nuestra dirección hasta que
pueda ponerse en salvo.
152
Frotándose las manos y saliendo de su observatorio,
añadió:
—Veamos ahora á la enferma. ¡Hurra por Ketrli!
Y el doctor se dirigió, sin hacer el menor ruido, hácia la amaca de la enferma. Esta, al oirla detonación,
salió del sopor en que se hallaba. La jó ven se habia
estremecido creyendo que su padre, viéndola en aquel
estado de languidez, y creyéndola tal vez muerta, ha
bia atentado contra su vida en medio de su desespe
ración .
Así es, que la jóven, deseando terminar aquella
cruel ansiedad, reunió sus escasas fuerzas é incorpo
rándose en los almohadones, levantó la cortina por una
de sus puntes.
La jóven sonrió con una alegría sin límites. Su pa
dre corría en el mismo momento hácia lia cojiéndola
las manos, frias como el mármol, las estrechó entre
las suyas, diciéndole:
— El cielo ha oido mis súplicas; ¡gracias, Dios mió,
gracias! Ses3y abandonó una sonrisa de gratitud en
sus lábios, pero nada respondió.
—Todo va bien, Sessy.
— ¡Cómo! expresó esta en voz apagada y en un tono
que demostraba su incredulidad, ¿has encontrado ya
el viento contrario?
—Sí, hace más de una hora que hemos vuelto al
Oriente.
El doctor mentia, pero quería ir preparando poco á
poco á su hija; sabia que tanto mata una escesiva ale
gría como el dolor, yHarry no trataba de curar á Ses
sy por medio de la sorpresa, del encuentro de su jóven
amigo Ketrli.
Sessy guardó silencio algunos momentos; la pobre
jóven empezó á respirar con más libertad. El calor so
focante iba cediendo, y una lijera brisa sellaba sus
marmóreas mejillas.
Harry estraüó aquel repentino cambio.
155
El desierto había desaparecido, y un inmenso bos
que de árboles corpulentos se estendia bajo sus piés,
meciéndose á impulsos del viento como las ondas ver
dosas de un anchuroso mar.
El doctor paseó la vista en todas direcciones ; ni un
punto oscuro lejano que calmara sus inquietudes se
distinguía en toda la estension que abarcaba la vista,
nada que llamara con interés su atención.
De pronto sus ojos se fijaron en un objeto muy
confuso que salia del otro lado de la selva en dirección
á una caúada cubierta de verdura.
Era Ketrli. Algunas horas más de aquella brisa fa
vorable y el Regina le daría alcance.
El doctor volvió á cojer su carabina é hizo fuego;
Ketrli no pudo oirle.
—No ha oido: aún se halla lejos.
—¿Qué hay? preguntó Sessy con débil voz que ape
nas se dejaba oir, y asomando su hermoso pálido ros
tro por entre las cortinillas.
Harry no contestó, cargó por segunda vez su es
copeta , y una segunda detonación hirieron los
aires.
— ¡Gracias á Dios! exclamó distinguiendo al jóven
que de un salto se había apeado de Piel Roja; pero
¿qué es eso ? continuó reparando en el poderoso
animal que sin echar de ménos la pesada carga que
sobre sus costillas llevaba, victima del pánico, seguia
la fuga en su feroz carrera. No se engaúan mis ojos, es
una pantera. ¡Oh! pobre Kertli, cuanto debe haber su
frido, cuando de ese modo desprecia los mayores pe
ligros.
Diciendo así, se volvió hácia su hija: esta no habia
oido nada; pero le bastaba lo que sus ojos habían
visto, le bastaba aquella segunda detonación, para que
comprendiera que debía pasar alguna cosa extraordi
naria. ¿Habría tal vez su padre hallado al jóven? Este
fué su primer pensamiento. ¿No le habia dicho este que
154
hacia más de una hora que el viento había variado?
Un rayo de esperanza coloreó de un tinte seductor sus
Ííálidas mejillas, y un lijero calor empezó á volver á
a vida á la desgraciada enferma.
—Sessy, la dijo, Dios en su justicia divina ha es
cuchado nuestro ruego.
—Y bien, dijo la jóven con ansiedad.
—Toma el anteojo. Mira delante de nosotros. ¿No
ves nada?
—Sí, no me equivoco, una tribu de salvajes, el que
los precede no es un jefe, es un fugitivo; su traje es
el de los europeos. Y el corazón de la jóven palpitaba
con violencia que parecía querérsele saltar del
pecho.
— ¡Un fugitivo! ¡una tribu de salvajes...1 ¡Los euro
peos!
—¿Qué diablos estas diciendo?
Y hablando así, sin comprender lo que Sessy quer
ría decir, cogió el telescopio.
Harry dió un grito.
Sessy, que no habia perdido de vista aquellos pun~
tos negros que atravesaban la selva, exclamó, incorpo
rándose sobre el l.cbo cuanto pudo.
— ¡Es él! ¡padre mió! ¡Ah! no me engañaba el
corazón.
—¡El! exclamó este con el gozo de un niüo.
Sessy no habia tenido necesidad de nombrarle, la
frase ¡él! y la alegría de sus corazones lo decia todo.
—Le hemos encontrado en el momento en que no
puede vernos en su fuga, dijo la jóven con tristeza.
— ¡Nos verá, nos verá, Sessy!
—¿Pero, cómo?
—El globo marcha con gran rapidez; dentro de po
cos minutos estaremos sobre él, á pocos piésdel suelo;
entonces podremos avisarle, echaremos un ancla para
que pueda agarrarse, él es diestro, trepa como un pá
jaro y...
155
—Y los salvajes remontarán su vuelo y....
—Nos batiremos si es preciso.
—Son muchos, ¿y si nos dan un asalto?
—No lo intentarán.
—¿Cuántas municiones tenemos?
— Hay todavía para sostener un ataque contra esos
pillos más de una hora de fuego nutrido.
— Ménos mal.
—Antes de ese tiempo, malo ha de ser que no con
sigamos intimidarlos.
—¿Y si no lo logramos? Avanzaran, sedientos de
venganza, á nuestro Regina con sus terribles cu
chillas.
—Entonces... entonces... El doctor S‘lay no supo qué
responder. Apesar de su sangre fría y de su confianza
en medio de los mayores peligros, esta vez palideció.
La observación de Sessy estaba muy er. su lugar. ¿Qué
podrian hacer aquellos infelices, si por ventura se les
ocurria aquellos séres desalmados atacar sobre la cu
bierta del Regina? Esta resistencia era imposible al pri
mer golpe de sus punzantes instrumentos, y el gas
contenido en el vacio que el Regina desenvolvía bajo
su cubierta, hallando fácil salida, obligaria á nuestros
aereonautas á descender sobre la superficie de un ter
reno desconocido y en medio de las tribus más fe
roces.
Sessy permanecía con los ojos fijos en Ketrli; de
pronto esta lanzó un grito desgarrador cayendo des
plomada sobre el leche.
Uno de los vespertilios se cernía sobre la cabeza del
jóven cazador con su terrible cuchilla levantada ; re
pentinamente, Sessy, le vió plegar las álas y dejarse
caerá plomo sobre su víctima. Pero, Ketrli, antes que
lograra descargar el golpe fatal, se avalanzó de un salto
sobre el cuello de su diestro enemigo, y alzándolo en
el aire dos ó tres palmos lo arrojó con ímpetu entre
las rocas.
156
Los salvajes rugieron de cólera.
Entretanto, Harry, habia preparado todo, y des
pués de arrojar fuera de la barquilla el áncora, mode
ró la llama de su mechero considerablemente, y el
Regina comenzó su descenso rápidamente.
Sessy había vuelto en sí. Harry preparaba las armas
y algunos sacos de arena que debían reemplazar el
peso del jóven arrojándolos en el espacio tan luego
como este lograra cojer el ancla.
Otro vespertilio logró aproximarse más hácia el jó
ven. El Regina pasaba sobre é l , ; TT
0/1 con una
serenidad aparente que estaba
sentir,
pero con firme pulso disparó sobre él. El salvaje cayó
revoloteando.
Ketrli, mientras tanto, con la agilidad que le era
propia, subió por la cuerda, y pocos momentos des
pués, con su valeroso auxilio y espantados por tantas
detonaciones lograron ahuyentarlos.
Sessy y Ketrli se abrazaron. Harry estrechó con ca
luroso entusiasmo la mano del jóven.
Este se hallaba desconocido; sus dolores morales ha
bían gastado su físico; su traje desgarrado , húmedo
aún de la travesia que la inundación le había obligado
á verificar, y en lo que había hallado providencial
mente su salvación; y sus cabellos , encanecidos por
tantos sufrimientos como habia pasado, habían varia
do completamente la fisonomía del intrépido Ketrli.
Y sin embargo, escasamente habian trascurrido
treinta y ocho horas.
Mientras se disponía un abundante desayuno y Har
ry destapaba algunas botellas de rico Rhin que dtbian
consumir á falta de a g u a , Ketrli contaba su historia,
y la faz del clima iba haciéndose más variada anun
ciando uuas flores de color de violeta: el espectáculo de
la naturaleza más alegre y más civilizada en una ma
ñana de primavera.
CAPITULO XVI.
I*a granja modelo.—Un reparo singular del teniente
Draumound.—Conversación científica de nuestros
aereonautas.—Hevelins en 1647.—Selenópolis.
Las horas se sucedían unas á otras tranquilas. ¡De
masiado tranquilas! pues la brisa había cesado por
completo, y una calma reinante en todo el espacio in
quietaba al doctor que veia apagarse por momentos
sus mecheros.
La enferma reposaba sosegadamente, y el jóven ca
zador descansaba de las fatigas de aquel dia. Solo Harry
no pudo pegar los ojos; su situación le desesperaba.
La historia de Ketrli, contada por él mismo, hasta
sus más minuciosos detalles, habian causado honda
sensación en el ánimo del doctor; además, la presen
cia en aquellos sitios de Piel Roja, ¿no indicaba ha
llarse muy cerca de las comarc as fértiles? El indicio
era poco seguro; Ketrli la había hallado en medio de
el desierto, muerta de sed, lo que probaba que el ani
mal había franqueado grandes distancias, y nada de es
trado tendría que en aquella tierra de fuego, sus en-
158
tumecidos nervios la hubiesen obligado á permanecer,
contra su voluntad, en las desconocidas regiones del
desierto.
Esto mismo le hizo conocer que los salvajes no se
atreverían á atravesar, por segunda vez, el desierto, y
ó se hallaban ocultos allí, ó llevarían la misma direc
ción que el Regina; de todos modos existía la probabi
lidad de un nuevo ataque, y Harry cteyó deber vigi
lar redoblando los cuidados.
Durante más de una hora cruzaron aquel delicioso
valle matizado siempre por el mismo color violáceo y
sembrado de multitud ue jigantescas palmeras. Des
pués, dos ó tres rebaños de borregos como los de
nuestro planeta, con la sola diferencia que sus pier
nas son muy cortas y sus piés muy anchos; la piel pa
recida á la del rinoceronte, y su cola bastante larga y
enroscada como la de un perro, se hallaban pastando
á la orilla de un pequeño arroyo ó manantial; per*» es
tos animales, tan luego como descubrieron el volu
men inmenso del Regina, desaparecieron asustados en
distintas direcciones. Los pastores salieron do entre
unas peñas, donde sin duda habían fijado su hato.
Estos, tan luego como conocieron la causa de tan ines
perada fuga, emprendieron á correr despavoridos h ácia una casita medio oculta entre un grupo muy fron
doso de árboles.
Su construcción era semejante á la de los castillos
de recreo; el terrado que la corouaba era formado de
un monolitbo de un espesor exir ordinario; su super
ficie, lisa y bruñida; y su fachada adornada de mo
saicos caprichosos y raros.
Harry creyó tener delante de sus ojos una granja
modelo de algún rico propietario selenio ; pero toda
esperanza de hallar agua cesó desde el momento que
vió cerrarse todas las puertas ó aberturas de la gran ja
tan luego como los pastores dieron aviso de la proxi
midad del Regina.
159
Entonces pensó en la suerte que los esperaba y en
acallar su conciencia participando sus inquietudes á
sus compañeros; se deci ’ ió, pues, á llamarlos.
Ketrli se levantó de un salto á la primera voz que
dio el doctor: Sessy quiso hacer lo mismo; pero se ha
llaba aún muy débil, y los dos escoceses no se lo per
mitieron.
— Acabamos de franquear los límites de una her
mosa granja de recreo selenia, hijos mios. En ella
creí que renovaría nuestras provisiones de agua á
cambio de algunos manjares, y de café, desconocidos
enteramente en este país; pero muy lejos de hallar
una saludable hospitalidad, al descubrirnos nos han cer
rado las puertas, y llenos de espanto han emprendido
la fuga por los campo?. Hasta ahora habéis visto los
resultados de mis observaciones cuales han sido, mu
cho nos queda por conocer; pero el mechero podrá re
sistir escasamente diez ó doce horas; si antes de espi
rar este tiempo no hallamos agua, nos veremos preci
sados por fuerza á descender á tierra. Nuestra situa
ción no puede ser más desesperada, máxime, cuando
los peligros que nos esperan han de ser mayores sobre
la superficie de este planeta, que si nuestro descenso
tuviera lugar en el suelo de las más innotas regiones
de nuestro globo. Necesito , pues, de vuestros con
sejos, hijos mios; para ello os he llamado : ¿qué hacem<»?
Sessy fué la primera que habló.
— Mi parecer es que debemos perseverar eu la em
presa, dijo.
- El mió, expre.'ó el jóven cazador, hacer lo posi
ble por llevarlo á cabo: pero ya sabes que no tengo
más voluntad que la tuya.
— l’ues, adelante; y cuento con vosotros.
Y el Regina siguió lanzándose siempre á merced
del viento con velocidad incalculable por espacio de
una hora.
160
Casi á los pies de los viajeros se descubria un terre
no de bastante extensión, encerrado como en un ani
llo por colinas, que aún no merecían el nombre de
montañas, á cuyas faldas se abrían numerosos y fera
ces valles cubiertos de inestricable maleza. Millares
de plantas trepadoras enlazaban allí sus verdes y loza
nas hojas al ramaje espinoso de los zarzales y á los
vetustos troncos de las palmeras y de las citysis. Las
flores silvestres más caprichosas y raras que concebir
podira la imaginación, embalsamaban el aire con sus
delicados perfumes , los cuales se elevaban hasta la
zona en que el Regina verificaba su travesía.
— ¡Qué magnífico paísl dijo Sessy mirando con ver
dadera envidia aquel delicioso eden.
— ¡Magnífico! contestó Ketrli.
—Ya se ven los animales, observó Harry, no tarda
remos en ver los hombres.
En efecto, grandes liebres, numerosos bandas de
perdices negras con la pechuga roja, se levantaban
presurosas á la presencia del Regina ; que falto del
alimento motor necesario caminaba rastreando por ci
ma de las copudas masas de aquella arboleda som
bría.
Ketrli miraba con ojos estraviados é impacientes re
montar su vuelo á aquellos hermosos animales para
caer en algunas varas más distantes.
Aquello era un verdadero suplicio para el joven
cazador, así es que su corazón parecía querérsele saltar
del pecho, y sus dedos se crispaban de impaciencia so
bre el perrillo de su carabina.
—Paciencia, decia Harry S‘lay, por esta vez no nos
es posible detenernos, faltos de agua con que ali
mentar el-mechero, y con una corriente tan vio
lenta; ya hallaremos una ocasión en que puedas des
quitarte.
Poco á poco el país fué cambiando; aquel carácter
fértil y natural se fué haciendo más artificial, la mano
líil
del selenio civilizado empezó á indicarse en los cam
pos cubiertos de verdura, en los profundos surcos de
la tierra y en la variedad de granos que empezaban á
verdear sobre tan fecundo y feráz terreno.
Un caudaloso rio apareció por fin á los ojos de las
aereonautas. Estos se avalanzaron al borde del carro
devorando con la vista las cristalinas ondulaciones de
sus mansas aguas.
— ¡Agua! gritaron á un tiempo los tres, apiosuráí.dose Harry S‘lay y Ketrli á echar fuera del carro una
de sus dos anclas, que quedó completamente introdu
cida entre la espesa verba que cubría las orillas.
El Regina se hallaba sólidamente sujeto sobre las
márgenes de este anchuroso rio que más bien parecía
un pequeño piélago.
El primer cuidado del doctor fué el de reemplazaj
con grandes sacos de arena el doble peso de ellos en
la barquilla, y entonces solamente fué cuando permivió salir de ia barquilla á sus hijos.
Nuestros viajeros bebieron á su placer de aquella
agua cristalina y bienhechora; después se decidieron
á llenar sus cajas, y una hora más tarde el Regina se
elevaba por segunda vez en el espacio empujado por el
viento, y dejando en su rápida marcha sobre la su
perficie de aquella fértil ribera los tiistes despojos de
una confortable cena.
Mas tarde descubrieron algunos campos de alcaudia,
especie de mijo, que algunos esclavos vespertilios se
cuidaban de cultivar para el principal alimento de los
séres alados. Todos se asombraban, pero no empren
dían la fuga como los habitantes de la granja, al ver
cruzar el Regina por los aires.
Un poco más lejos, el doctor observó, con el auxilio
de su anteojo, al pié de los lejanos y agudos picos de
una inmensa cordillera, aún cubierta de nieve, una
gran ciudad que se eleva! a en medio de una estensa
llanura cubierta de verdura y árboles. Aún faltaban
11
102
algunas midas, y las observaciones de Harry S'lay se
cooverlirian en una realidad.
—Una casualidad, expresó, volviéndose hacia sus
hijos, nos ha traido hasta la capital de la luna. Mis es
tudios y observaciones sobre esta han sido largos y
perseverantes; hubo un dia en que los peligros porque
hemos pasado hasta aquí me hicieron pensar si con
semejante empresa habria querido tentar á Dios; creí
haber pasado los límites de lo que elCreadorha queri
do revelar al hombre, y creí que la gloria con que yo
me envanecia de llevar á nuestia Europa civilizada las
pruebas incontestables de la civilización, los descubri
mientos de este planeta que bajo nuestros piés se ex
tiende, la habria tal vez reservado el Señor á otra pos
teridad .
Al ver sufrir á mis amigos más de una vez, lo
confieso, fui débil y pensé volver. Un dia me resolví
á participar mi opinión á Sessy, y hallé en ella un es
píritu fuerte y animado, cuando más débil se hallaba
en su estado febril. A sus consejos, pues, es debido
este nuevo descubrimiento: es preciso dar un nombre
á esta gran ciudad, centro de toda la civilización lu
naria. Esta, solo á ti, Sessy, está reservado.
—Pues bien, dijo la jóven con voz firme y expresi
va, prometedme descender sobre la primera torre que
se descubra, y yo sabré poner un nombre que haga
ver á los que nos sucedan en la peligrosa vía de los
descubrimientos geográficos nuestro paso por estas
regiones.
Mientras tanto, el terreno que se tomaba el trabajo
de pasar bajo el llegina, se iba haciendo cada vez más
fértil y más cultivado. Algunos castillos de la misma
forma que los que hasta aquí han sido objeto de los
conocimientos de nuestros viajeros , demarcaban las
distintas propiedades que á cada selenio corres
pondía.
163
Harry observaba minuciosamente estas construc
ciones.
— Hé aquí, dijo por fin, lo que el teniente Drummond decía respecto á esta clase de monumentos.
— ¿Quién es ese teniente Drummond? preguntó
Sessy con su habitual curiosidad.
— Un sábio que ha reparado que todos los castillos
construidos sobre la parte central del hemisferio que
se nos presentaba á la vista, tenían todos el eje del
conoide que los cubre, convergente al centro de la
figura de la luna, al contrario de los que se hallaban
lejanos, los cuales, á medida que se alejaban de él
para acercarse al polo ó regiones sometidas á la
libración, el eje de la superficie cónica parecía ser cada
vez ménos convergente hácia el centro de la figura de
nuestro satélite. Este sábio, sostenía , para demostrar
su teoría que la luna en su origen era líquida, y que
su forma se había ido modificando necesariamente á
causa de la atracción del esferoide terrestre. Así como
los mares del globo terrestre, obedeciendo á la atrac
ción de nuestro satélite se elevan y forman las ma
res, así los elementos fluidos que constituyen la masa
lunar, fuera de su estado de liquidación se han hacina
do en el punto más aproximado á nosotros. La figura
de la luna se ha prolongado, y como todas las molé
culas ó partículas, una vez llegadas á su estado de
equilibrio, no pueden ser por la misma causa atacadas;
han conservado la posición que al tomar resistencia
habian adquirido, y su masa total ha formado un sóli
do bastante prolongado hácia la tierra ; su centro de
gravedad se ha acercado pues hácia aquella.
— ¿Y seria fácil calcular la cantidad que ha sufrido
esta mudanza? preguntó Ketrli deseando profundizar
la ciencia del doctor.
— La cantidad que ha sufrido esta mudanza, según
mis cálculos, es muy fácil de apreciar.
— ¿Hallarías tal vez una copia exacta con que poder
164
contestarnos? objetó Sessy con alguna curiosidad.
— Puede calcularse esta cantidad de ochenta y tres
¿'ochenta y cuatro millas; en consecuencia de esto, la
inclinación del eje de una habitación á los 25° del
polo, debia ser de 11°, pero si observaciones hechas
con el mayor cuidado nos han dado siempre 17° para
esta inclinación, ¿cómo explicar esta extraordinaria di
ficultad? El teniente Drummoud ha sido el solo que ha
propuesto una solución ; este sábio ha observado que
los vespertilios en sus escursiones , que siempre se
efectúan cuando el sol no ilumina el hemisferio lunar
que mira hácia nosotros; parece vienen de las regio
nes más remotas y que se les vé desaparecer en el ho
rizonte como si se hubiesen refugiado detrás de el he
misferio opuesto á la tierra. De esto nos es imposible
dudar, puesto que lo acabamos de ver.
— En efecto, añadió Ketrli, nadie mejor que yo co
noce esas enormes grietas ó cavidades que presenta el
terreno de esas regiones de hielo donde se encuentran
esos seres de raza salvaje y sanguinaria.
—En todas panes donde el selenio ha podido esta
blecerse ha procurado destruir esa raza enemiga.
—Luego si este hemisferio desconocido de la luna
les sirve de residencia, habremos de inferir que es en
teramente desemejante del hemisferio conocido.
—Seguramente, el terreno salvaje presenta lisuras
enormes, cráteres inmensos, precipicios infinitos como
si dijéramos que la luna presenta una especie de ca
vidad en su hemisferio invisible desde nuestro pla
neta.
—Es decir, se apresuró á hablar Sessy, el que hoy
se ha tomado la molestia de pasar bajo nuestros
piés.
—O el que el Regina pasa sobre é l, lo cual es lo
mismo.
— De modo, que por el solo hecho de la forma de
la luna, repuso Ketrli, el centro de gravedad se halla
165
aproximado á la tierra ochenta y tres millas más que
el centro de la esfera que tendría por círculo el disco
de este satélite que atravesamos
—Esa misma era la solución de Droummond y de
Hevelius.
—Según eso, preguntó Sessy, ¿no has sido tú el
único que ha intentado tan atrevido pensamiento?
—Hevelius en 1647 fué el primero que atravesó las
regiones del Cielo Austral, pasando por Cleomene á
los 30° y medio Sur, llegó hasta el Eudymion.
—¿Y desde allí no se ha vuelto á saber de los resul
tados de su espedicion?
—Se cree que al atravesar algún desierto de los que
el Norte de este planeta se halla erizado, fuese vícti
ma del canibalismo de alguna tribu feroz y salvaje
como la que acabamos de derrotar, á causa sin duda
de algún accidente imprevisto é inevitable que le obli
gara á abandonar su marcha en los aires.
—Tal vez la misma que á nosotros ha estado próxi
mo de acontecer; expresó Sessy recordando la proba
bilidad porque acababan de pasar, de que su mechero,
falto de alimento, se apagara.
—Es de suponer que la misma, y quiera el cielo
hijos, que á nosotros no suceda otro tanto!
Harry comprobó la altura; se hallaba á los 0o 45' de
longitud y 0o 53' de latitud Norte.
—El viento ha cambiado favorablemente, hace más
de una hora, dijo, y nos empuja con bastante violenciahácia la ciudad. Todo va bien ; antes de un cuarto
de hora nos detendremos, según tus deseos, Sessy.
Esta se habia ocupado, durante esta conversación,
en unir y coser primorosamente los colores nacionales
en un pendón sobre el que Ketrli dibujaba caprichosa
mente algunas letras y una fecha que más tarde des
cifraremos.
Por fin, la ciudad se dominaba ya en toda su mag
nificencia. Se hallaba edificada en un terreno des-
166
igual y quebrajoso lleno de simas profundas al pié de
un pico jigantesco y rodeado por llanuras de mediana
estension, cubierta de abundantes pastos, de valles
hermosos y árboles plantados, de donde pendían las
más caprichosas y raras flores y frutas, que más bien
parecian jardines públicos.
—No puedo comprender, dijo Retrli observando el
terreno, las conveniencias que han podido decidir á los
selenios á buscar este paraje quebrado para sus habi
taciones, hallándose rodeado de otros más alegres y
fértiles.
—Yo te lo explicaré, afiadió gravemente Harry S‘lay.
¿Veis esos grandes edificios que serpentean en el fondo
del valle?
—Sí.
—Pues todos ellos no son otra cosa que inmensos
talleres de grandes fábricas.
—¿Y bien?
—Que es muy probable que los selenios, edificando
en ese despoblado montecillo, hallan tenido la idea de
querer vigilar por ese medio, bien los trabajos de
esos mismos talleres, bien todo espíritu de suble
vación, evitando con su presencia los desastres que
pudiera ocasionarles si llegasen á concebir la idea de
lograr una empresa.
—¿Y no podrían, por medio de la justicia reprimir
sus desórdenes?
—Quizá quieran mejor intimidarlos é imponerles un
terror saludable, que verse obligados á hacer ejempla
res terribles, indignos de un pueblo lleno de cultura y
civilización.
—Estraña política de su instinto conservador.
— Cierto; observad sino esta gran ciudad, con corla
diferencia presenta su planta la figura de un octógono
regular, en cada ángulo de esta figura se halla un cas
tillo de observación.
—En efecto, contestaron ambos jóvenes.
467
— Pues bieD, hé aquí el resultado de mis observa
ciones: esos castillos, otros tantos puntos de vigilancia,
han debido tener una utilidad grandísima en tiempos
pasados, por más que ahora solo sirvan para hermo
sear solamente la ciudad con sus grandes y lustrosos
minaretes; porque es de creer, por el estado medio
ruinoso en que se hallan, que en mucho tiempo no
han tenido ninguna invasión por parte de los vesper
tilios salvajes, ¡tal vez á causa de la gran osten
sión que la población lunaria ha adquirido por estos
sitios.
Mientras tanto el Regina cruzaba rápidamente los
primeros campos de alcandía de aquella gran ciudad;
multitud de esclavos vespertilios cultivaban la tierra
divididos en cuadrillas vigiladas cada una por un selenio; unos conducian numerosos carretones que tras
portaban el abono para las tierras, otros la araban por
medio de una reja de arado de tres piés sujeta á una
rueda lateral que corria á lo largo de los tres surcos
formados por la triple reja: este trabajo parecia ser su
mamente penoso, pues con frecuencia se los veiaafianzarse con el cuerpo sobre el timón, cuando este se
atascaba entre los gruesos y movidos terrones , y no
sin grandes dificultades y esfuerzos conseguían siem
pre desatascarlos; otros, finalmente, caminaban car
gados sobre sus espaldas, y entre sus plegadas alas, de
gruesos haces de leña que recogían del fondo de los
valles vecinos.
Todo allí parecia trabajo, actividad é industria, pues
las numerosas fábricas parecían estar á aquella hora
en completa mocion, lo que no dejaba de conocerse,
atendiendo á las columnas piramidales de humo espe
so que se elevaba pausadamente en el espacio.
Harry hizo notar todo esto con minuciosa escrupu
losidad.
A todo esto el Regina avanzaba hácia el centro de
la ciudad.
168
Sessv dió el aviso de la aproximación de una
torre.
Dos minutos bastaron para que el doctor moderase
la fuerza de su mechero, y otros tantos fueron em
pleados en echar las anclas. Estas, por fin, engancha
ron en una de las puntas metálicas de la misma torre,
y algunos segundos después el Regina se cuneaba en
el aire con majestuoso vaivén.
Harrv S‘lay y Ketrli se ocuparon desde entonces en
recoger la pesada cadena del arpón, logrando de ese
modo atraer el globo hasta la cúspide ó media naran
ja de la torre cuanto fué posible. Trabajo sumamente
difícil y peligroso para el Regina, pues las puntas me
tálicas que guarnecían la cúspide, asemejándola á un
uerco espin enroscado, amenazaban desgarrar la cuierta de seda. Por fin, á fuerza de paciencia y de
cuidado, después de un cuarto de hora, lograron
aproximarse á estas hasta la altura de un palmo, y sir
viéndose de una de ellas como de un mástil, Sessy fi
jó su bandera en medio de los entusiastas vivas de los
dos escoceses.
Pocos momentos después, el pabellón inglés ondea
ba orgulloso en los aires que refrescaban la atmósfera,
y con grande admiración de los selenios , se leia en
gruesos caracteres el sublime testimonio del más in
trépido de los descubrimientos modernos que ha seña
lado las páginas de la historia:
jVIVA INGLATERRA! ¡VIVA LA REINA!
A mi patria reconocida.
En la nueva ciudad de Selenópolis,capital de los selenios.
Paso del REGINA á las 4 y 45'.
6 de Abril de 1868.
E
S essy s ‘lay de ketrly.- harry s ‘lay.- flereketrly .
CAPITULO XVII.
Invitación de los selenopolitanos.—La plaza del
Mercado.—El Bohowigwam.—El campode Marte.
Las fábricas.—El templo de la religión.—Vuelta
precipitada al BEGINA.
La ciudad sobre la que se hallaba anclado el Regina
tenia la forma de un octógono irregular, eu que los
edificios se hallaban unidos unos con otros por medio
de unas galerias abiertas que servian de puentes ó ca
lles como las de las demas ciudades terrestres ; las
aberturas que sirven de puertas y ventanas hechas en
las paredes de estos edificios tenían la forma triangu
lar en toda la Selenópolis, cuya distinción de los de
más castillos y ciudades que venían observando nues
tros viajeros, lijaron su atención.
—Es estraño, decía Ketrlí, la forma de los edificios
generalmente circulares en Cleomena , Longremus y
Endimion, y aquí se han transformado en hermosas
fachadas cuya perspectiva de estas aberturas ó venta
nas ofrecen el golpe de vista más agradable.
—Nada de estraño tiene , porque en las ciudades
donde pueden descu'.darse las precauciones de defensa
170
no se ocupan sino de las conveniencias de destino,
contestó el doctor, viendo la facilidad con que los selenios entraban y salían por ellas; por eso dichas ven
tanas tienen la forma de triángulos isóceles, cuya base
está colocada horizontalmente en la parte superior de
la abertura; el ángulo correspondiente es de 96°, loque
dá 48° por cada uno de los ángulos superiores.
Los más ricos y mayores edificios estaban elevados
en aquella parte de la ciudad. Uno de ellos se distin
guía sobre todos por su inmensa fachada de ricos már
moles y adornos metálicos.
Dos selenios, seguidos de algunos vespertilios, atra
vesaron la plaza introduciéndose con gran destreza sin
detener su vuelo por aquellas estrechas aberturas en
este edificio principal.
Multitud de séres alados de ambas razas y sexos in
vadieron la plaza aglomerándose cerca de esta especie
de palacio, como si esperáran alguna órden ó aconte
cimiento notable que debía salir de aquellas raras aber
turas. Algunas veces levantaban la vista háeia el Regina, pero pronto volvían á mirar hácia el edificio. Hubo
un momento de impaciencia, una conmoción general,
u na oleada de aquella multitud que retrocedía á las
insinuaciones dedos ó fes vespertilios que despejaban
la plaza; pero pronto ura ahulladora aclamación vol
vió á reunirlos. Se os veia apretarse apiñándose unos
contra otros y con grandes ademanes y manoteos pa
recían que hablaban lodos á la vez. Un lijero y gene
ral movimiento agitó aquella masa compacta de indi
viduos que se estendia bajo el Regina.
Los mismos emisarios con sus edecanes,que pocos
antes habían entrado en el edificio , volvían á salir di
rigiéndose al Regina.
Harrv creyó ser atacado, pero bien pronto se tran
quilizó, pues estos empezaron á gesticular de un modo
muy eslrafio: Harry comprendió Jo que estos querían
decir con sus ademanes y gestos, y se apresuró á par-
171
ticipar á sus hijos que el gran jefe de aquel Estado les
invitaba á descender á tierra, y que les era necesario
abandonar algunos momentos el Regina.
Entonces se convino que bajarían Sessy y Harrv,
quedando de atalaya el jó ven Ketrli para no dejar el
Regina completamente abandonado á merced de los
lunarios.
Harry participó, por medio de una sena afirmativa,
que estaban prontos á aceptar él y su hija,y los inteli
gentes emisarios, haciendo una contorsión ridicu
la, remontaron sn vuelo describiendo un círculo en
derredor del globo, que más bien que una costum
bre, parecía una inspección que estos séres ejercían so
bre el Regina; después plegaron sus álas y fueron á
caer en medio de la multitud que los rodeaba; apenas
hubieron llegado á la superficie del suelo Harry se de
cidió á moderar la llama de su mechero para descencer á tierra.
Poco después se vieron correr lodos en distintas
direciones y aparecer más tarde con una especie de
carretón de una forma estraña, superficie lisa, bruñida
y adornada de muchos mosáicos metálicos.
Los viajeros se tranquilizaron apenas percibieron
estos preparativos de recepción, y elevando anclas,
abandonaron el Regina en su gradual descenso hasta
tocar en las ramas de una jigantesca cytysa , en cuyo
ramaje engancharon sus anclas.
El carretón fné elevado por cuatro vespertilios hasta
la altura del Regina seguido de todos los selenopoiitanos que le rodeaban con admiración y asombro.
Una de las cosas que más parccia chocarles era Sessy.
Una marcha melodiosa en que el Tche ( 1) y ia
caja oblonga figuraban en primera escala, anunció la
presencia del jefe supremo del Estado; cuatro guerre(1) Tche, instrumento antiguo, especie de flauta cuyo
teclado tiene las voces de un armonium.
172
ros, cuyas relucientes hachas de bruñido acero brilla
ban como una áscua, produciendo un bello contraste
con el purpúreo color de su traje, formado por unas
anguarinas y una chaquetilla corta por detras y muy
larga por delante, de raso; en cuyo pelo, de un color
blanco mate, se distinguía estampado un cuadro elíp
tico, en medio del cual había contornos de un dibujo
simbólico, bastante análogo á ciertas figuras indias,
hicieron articular á nuestros aereonautas.
—¡Los escudos de armas!
Seguían después algunas selenias de extraordinaria
belleza cuyas encantadoras formas se hallaban cubier
tas por un traje talar de raso carmesí recamado en
riquísimo oro, y entre las que destacaban la figura
marmórea de una jóven encantadora, en cuyo traje,
también talar y de un color blanco, se veia el mismo
cuadro elíptico con las mismas figuras indianas sobre
un fondo azul Prusia.
Por último, cerraban esta procesión algunos músi
cos y danzantes, que con sus saltos descompasados y
sus gestos agitaban bruscamente sus toadles, especie de
bastones australianos, y sus tomahawk, cuchilla de pie
dra muy afilada y dura sujeta á un palo de ballena ó
una sustancia muy parecida á las barbas de este ani
mal, trenzadas hábilmente. Este instrumento es tan te
mible en el campo de batalla, como más tarde veremos,
no lo es ménos en los bosques, pues con la misma fa
cilidad despoja en dos minutos las ramas de sus cor
pulentos troncos que las cabezas de una veintena de
hombres aguerridos.
Llegada la comitiva, la selenia se adelantó hácia el
Regina, y con sus ademanes les hizo senas que eutraran en el carretón. Harry y Sessv salieron de la liarquilla encargando á Ketrli les diera aviso al menor
síntoma sospechoso de insurrección en la ciudad.
—Haré un disparo de carabina; si le ois será señal
173
que debeis retiraros inmediatamente, les dijo el jóven
apretándoles la mano.
—Convenido. Y mucha prudencia.
Harry y Sessy se dirigieron, guiados por la comiti
va á la Plaza del mercado.
La vista de este espectáculo recordó á nuestros
viajeros la ópera Marta.
Con efecto, una gran plaza circular, descubierta en
sn centro y rodeada de una ancha galería en la que
multitud de jóvenes vespertillas esclavas , vestidas de
blanco y un corpino de una tela azul, con sus brazos
y garganta desnudos, formaban grupos artísticos y
caprichosos; en el centro de la plaza se alzaba una es
pecie de púlpito de forma cónica con tres aberturas
en su parte superior ó ventanas triangulares, tan su
mamente estrechas, que se necesitaba toda la des
treza de aquellos seres para poder comprender que
aquello hiciera el servicio de entrada y salida. Fren
te á esta especie de garita, y también en el centro,
bajo un tinglado de aquella madera olorosa que ha
bían hallado otra vez nuestros viajeros, y revestido
por ricas pieles de casovar%sobre las que, en un fondo
de seda blanca se ballab¿i el mismo escudo de armas
con las mismas figuras simbólicas, se habían colocado
tres almohadones de una altura de media vara. La selenia condujo á nuestros viajeros á aquel sitio invitán
doles se sentaran.
A todo esto, un selenio cruzó la atmósfera dirigién
dose sin detener su rápido vuelo á la garita ó tribuna
en la que poco después apareció asomando su enorme
cabeza á una de las aberturas, y la música cesó per
maneciendo inmóviles los danzantes; un profundo si
lencio sucedió á aquel tumultuoso y festivo es
trépito.
¿Por qué aquella repentina inmovilidad marmórea?
se preguntaban Harry y Sessy.
El selenio que poco a>tes pabia desplegado su rau-
174
do vuelo hácia la tribuna, se hallaba asomado ; iba á
hablar:
— Alabaquibar, Poderosa señora, dijo dirigiéndoseá
la selenia y haciendo una profunda reverencia.
Harry lanzó un grito de alegría. Los selenopolitanos hablaban una jerga entre árabe y pum a, y el
doctor poseía bastante bien estos dos idiomas para que
dejara de comprender de lo que allí se iba á tratar.
— Que tu justicia abralos ojos; repitió por dos ve
ces en correcto puma (1), y dirigiéndose á la concur
rencia, el selenio volvió 4 repetir en el mismo dia
lecto:
—Yo, el Bohowigwam (2 ), del reino de Selenópolis por el Gran Espíritu de mis hermanos los selenios,
juro deber declarar y declaro, válidas las vent s que
sobre estas esclavas se hicieren.
Acto continuo, cuatro de aquellas selenias que for
maban la comitiva, penetraron en la galería, y sacan
do otras tantas esclavas, remontaron su vuelo para
caer á alguna distancia en un estanque octógono de
quinientos piés de diámetro, en cuya profundidad des
aparecieron las esclavas durante algunos minutos.
Nuestros viajeros las siguieron con la vista. Las selenopolitanas aguardaron á que estas salieran de su
baño, y después salieron con ellas á la plaza.
— El Gran Espíritu os ha purificado, les dijo: pode
rosa señora, y volviéndose hácia el Bohowigwam, re
pitió por dos veces, recitando aquella especie de
frase sacramental.
—Mis ojos han visto su pureza; el Gran Espíritu no
puede ménos de comprender que debeis ponerlas en
poder de sus dueños, mis hermanos los setenios.
(1) Puma, lengua de los pumas, tribu indígena de la
America del Norte.
(2) Aunque en las notas no se halla el significado de
esta frase como el de la mayor parte, hemos comprendido
fácilmente que Vohowigwan quiere decir justicia.
i 75
A su vez, el Bohowigwam, dirigiéndose á las escla
vas, repitió por dos veces esta nueva fórmula:
—El Gran Espíritu de nuestro sachem manda á las
niñas rojas mostrarse caritativas y puras con la casti
dad del Gran Espíritu; escoged un rostro pálido que
no se muestre demasiado orgulloso por los servicios
que le prestéis, y al hacerlo así cumpliréis la volun
tad del Gran Espíritu.
Las vespertillas pasearon la plaza, cuando una de
ellas había fijado su elección, aleteaba suavemente pa
rándose delante de el nuevo amo que acababa de es
coger; entonces ésto salia al centro de la plaza , y co
giendo á la esclava de la mano, la presentaba á toda la
concurrencia; al pasar por delante de la selenia y de
nuestros viajeros, se pararon, aletearon fuertemente, y
toda aquella multitud en coro repitieron por dos
veces.
La voluntad del Gran Espíritu se ha cumplido y
el sachem se halla satisfecho.
Entonces, por primera vez, comprendió el doctor el
significado de esta frase, cuya traducción no había po
dido hallar. ¿El sachem era el nombre propio con que
los selenopolitanos sabían distinguir la agrupación de
individuos que formaban aquella población ó bien se
referia á la misma ciudad?
Bien pronto cesó la duda de nuestro buen doctor.
Poderosa Señora, se acaba de levantar y formula con
voz clara y elevada:
—El sachem se halla satisfecho.
—El sachem, pues, era el nombre con que aquel
pueblo grandioso llamaba á su jefe supremo, su rey ó
su ministro, Poderosa Señora.
El Bohowigwam habia salido del púlpito y se dejaba
caer en el centro, con una especie de balanza, en don
de la vespertilla colocaba el precio que habia recibido
de manos del selenio su nuevo amo en uno de los la
dos de la balanza, y en ei otro, el selenio depositaba
176
la fianza que se le exigía de cumplir bien su empeño.
Según que esta balanza se inclinara más aun lado que
al otro, así el Bohowigwam tenia derecho á exigir el
justo precio ó rescindir el contrato en caso que la fian
za no fuera suficiente para decidir la suerte de la ves
pertina. Concluida esta ceremonia, el selenio saludaba
llevándose á la vespertilla. Esta misma ceremonia se
verificó aún por dos ó tres veces hasta que no quedó
en la plaza más que una esclava triste, muy del
gada y con sus brazos llenos de costurones. Esta se
acercó al sachem.
— ¿Qué espera la niña roja? preguntó este.
—La niña roja ha creido que no conserva autoridad
alguna su sachem en estos reinos, cuando no ha pen
sado castigar á mi señor.
—¿Estás purificada?
La esclava sacó una cajita pequeña de metal.
—Ved, Poderosa Señora.
Y se la presentó haciendo una reverencia. Poderosa
señora la abrió. Nuestros viajeros se acercaron con cu
riosidad, eran un puñado de arenas de un color azu
lado, sin duda procedentes del fondo del estanque de
la purificación.
—Está bien, contestó Poderosa Señora; el sachem
ha jurado al Gran Espíritu castigar al desgraciado que
se atreva á atentar su cólera: y la niña roja, al purifi
carse, se halla bajo la protección del Gran Espíritu.
¿Cómo te llamas?
—Mibla, Poderosa Señora.
— ¿Y tu señor*
—Levi
— ¡De qué le acusas?
—Maltratará las niñas rojas con el waddie, y pre
sentaba sus brazos llenos de gruesos costurones y
heridas.
—Ya sabes que eso no es bastante para implorar la
protección del sachem.
177
La vespertilla se echó á llorar.
Sessy se enterneció, escitada por la piedad hácia su
triste condición.
Harry comprendió que las esclavas de la luna eran
arrebatadas por la fuerza brutal de su señor, y los gol
pes de los waddies, como ellos llamaban, sobrellevan
do los más penosos trabajos durante su dolorosa exis
tencia, que era, en una palabra, una bestia de carga
que ignoraba lo que era reposo , y que no comia más
que los restos quizá que buenamente le querían arro
jar sus amos.
—¿Espera algo más la niña roja? preguntó el sachem disponiéndose á marchar.
—Espera justicia.
El sachen» se disponía á marchar, cuando una voz
estentórea repitió por dos veces:
—Que tu justicia ábralos oidos.
Era el Bohowigwam.
El sachem se detuvo.
—Habla, dijo, ya te escucho.
—Levi, Poderosa Señora, da á la niña roja muchos
golpes; la niña ser buena, más Levi no la da de
comer.
—¿Qud móvil le lleva a cometer semejante delito?
— Querer de la niña roja, Poderosa Señora, y la ni
ña roja no querer de él.
—¿Qué pruebas tienes?
—Esta, Poderosa Señora; y formando un triángulo
sobre la cajita con tres dedos , se la presentó al
sachem.
—Está b en, contestó ésta, y su semblante pareció
hallarse dominado de un repentino furor. El sachem
sabrá hacer justicia.
Poderosa Señora llamó al Bohowigwam y le dijo
algunas palabras que el ductor no pudo descifrar
á causa de la precipitación con que fueron modu
ladas.
12
178
El Bohowigwam recitó la frase sacramental qui
ya conocemos.
—Yo, el Bohowigwam del reino de Selenópolis, por
el Gran Espíritu de mis hermanos los selenios, juro de
ber declarar y declaro nula la venta de esta esclava;
condeno á su señor, el selenio Levi, por delito de deseo
á entregar en dote á su esclava Mitla la fianza de tres
mil pieles, mas el duplo justo valor que por ella ha
entregado; que la voz del Gran Espíritu es la paz y
¡ay! del que se atreva á probar su cólera; porque el
canto de muerte durará desde la salida del sol hasta
su postura.
La vespertilla permaneció aún inmóvil.
—Nada temas, dijo por fin Poderosa Señora. La
niña roja se halla bajo la protección de el Gran Espí
ritu, y desgraciado del que provoque su coléra , pues
el sacnem ha jurado sostener con su brazo y el de sus
guerreros al poseedor de tan sagrada protección.
La esclava saludó, y desplegando sus álas, desapa
reció seguida del Bohowigwam.
Nuestros dos viajeros, guiados por la selenia, y pre
cedidos de toda la comitiva, atravesaron los muros de
la ciudad y se dirigieron á una llanura estensa destida á los ejercicios de los selenopolitanos. Era el Cam
po de Marte donde se ejercitaban por medio de una
guerra simulada contra los vespertilios civilizados á
combatir con los vespertilios salvajes. En el contorno
de dicha llanura se elevaban dos grandes monumen
tos de forma elíptica, cuyo estenso diámetro no tenia
ménos de media milla de largo. En el espacio que es
tos dos monumentos dejaban descubierto , habia un
castillo de observación con sus puntas metálicas se
mejantes á las que hemos descrito, y que correspondía
en dirección y en construcción con ol del centro de la
ciudad donde el Regina se descubria envuelto eñtre los
vapores y el humo de las innumerables fábricas que
en aquella hora se hallaban funcionando. Las paredes
179
ue encerraban estos grandes edificios estaban horada3manera,
as de trecho en trecho por aberturas dispuestas de tal
que los selenopolitanos necesitaban mucha
costumbre y mucha destreza para entrar y salir sin
suspender la rapidez de su vuelo.
Una cuadrilla de selenios y vespertilios esperaban
sin duda alguna para empezar aquella especie de si
mulacro. Otra cuadrilla de vespertilios solamente co
ronaron en el instante las crestas de las montañas ve
cinas. Entonces nuestros viajeros vieron gran agita
ción y alarma en el Campo de Marte’, salían y entra
ban en las fortificaciones y castillo de observación, re
corrían con velocidad los muros que circundaban
aquella plataforma; de vez en cuando se les veia acer
carse á un selenio que parecía ser su jefe y recibir ór
denes. Por fin, la turba de vespertilios civilizados lle
garon imitando perfectamente en sus chillidos y ade
manes á los salvajes; se habían teñido el rostro del color
oscuro más subido que distingue á los salvajes de los
civilizados, y llenando el cuerpo de costurones ó cicatri
ces, por mediode pinturas; su boca la habían agrandado
extraordinariamente por medio del nihawen nley (pasta
cuyo secreto solo poseen los vespertdios civilizados);
sus megillas habían sido medio ocultas por una barba
larga postiza y súcia que les daba un aspecto repugnan
te. El efecto era completo. Ninguna criatura humana
hubiera podido representar mejor el tipo de la bestiali
dad feroz, tan profundamente marcado en la raza sal
vaje de los vespertilios hasta el punto de hacer creer á
los viajeros que se hallaban en medio de una de las
tribus que pueblan las llanuras del desierto.
El sachem los tranquilizó haciéndoles conocer la
realidad de aquella farsa.
—No se engaña el sachem , contestó chapurradamente en aquella jerga maldita el doctor.
Esta respondió satisfecha del efecto que en sus
180
huéspedes había causado la presencia de sus disfraza
dos súbditos.
—Los vespertilios son muy buenos cómicos. No
tardarán diez minutos sin que los rostros pálidos pue
dan conocer la verdad.
Durante este diálogo se produjo en el Campo de
Marte un molimiento insólito; lanzando todos terri
bles aullidos echaron á corr r en distintas direcciones,
volviendo al poco raio con sus waddies y tomahawks,
dando rujidos de cólera y gesticulando como si de
ellos se hubiera apoderado un furor repentino. Los
combatientes se arrojaron unos sobre otros fingiendo
con destreza admirable descargar mortales golpes con
tan terribles armas. Los unos cayendo como muertos,
dando los otros gritos de victoria: las mujeres y los
niños les estilaban al combate con sus imprecaciones
terribles y sus juramentos, otras se dirigieron en tro
pel á los castillos, y desde allí arrojaban grandes sa
cos de arena calcinada y abrasadora, en apariencia,
pero henchidos de aire en realidad y enormes cesto
nes de piedras imitadas sobre carton, hecho de hojas,
con una ferocidad tal, que á ser real, no hubiera sido
más horrible.
Cuando alguno de los combatientes lograba derri
bar el arma de su contrario, este se lanzaba frenético
administrando soberbios puñetazos con feroz empuje.
Al cabo de unos veinte minutos de este combate, los vespertillosque imitaban á los salvajes, parecian empren
der la fuga, replegándose hácia las colinas más próxi
mas desde donde empezaron á arrojar enormes peñas
cos que losselenios paraban con sus golpes de tomahawks
en su extraordinaria destreza y avanzando siempre hácia
ellos hasta que lograron espulsarlos de aquellas cimas.
El combate h*bia terminado y todos volvieron á
tomar el camino de la ciudad.
El centro de Selenópolis era evidei temente la parte
más rica y la más animada de toda la ciudad. En todas
181
partes se encontraban puentes magníficos de varios
cuerpos, apoyados en peñascos ó en picos agudos , el
primero de estos puentes*calles, generalmente estaba
formado de una sola piedra; el segundo, de dos enor
mes masas de rocas, entre las cuales se ajustaba el ter
cero como la llave de una bóveda. Todos los re
mates de los edificios, todas las casas estaban decora
das con suntuoso lujo y adornadas de agujas de metal
y en sus contornos de plantíos de caprichosa variedad.
Nada igualaba al brillo y originalidad de aquellas
construcciones de un gusto extraño y hechas de los
materiales más preciosos.
Una gran muralla de mosáicos irregulares, aguje
reada con anchas aberturas que forman un triángulo
equilátero, rodeaban en toda su estension la ciudad;
la parte superior de esta estaba terminada por almenas
separadas de trecho en trecho por vacíos triangulares
dispuestos tres en tres á alturas iguales. Sobre cada una
de estas almenas, en los espacios abiertos á propósito,
se elevaba un obelisco triangular de una materia de
color azul muy vivo con vetas amarillas como de oro.
Nuestros viajeros se hallaban de tal modo deslum
brados con la riqueza y el brillo de todos estos monu
mentos de las más diversas formas, que pasó desaper
cibido para ellos el inmenso puente porque pasaban;
hasta que una manga espesa de humo, tan denso, que
ocultó todos los objetos, vino á sacarles de aquella es
pecie de éxtasis en que se hallaban.
Harry y Sessy, guiados por la Selenia, acababan de
entrar en el barrio de las fábricas ó talleres, de don
de salían las riquísimas telas de que estaban vestidos
los selenopolitanos y todo el tren de lujo que los ro
deaba, todos los adornos con que cargaban sus edifi
cios, sus metales y sus mármoles tan admirablemente
trabajados, sus palanquines ó literas portátiles y có
modas y todo cuanto podia reunir el gusto, la como
didad y elegancia.
182
Harry S‘lay se hallaba admirado del esmero, pre
cisión y actividad que allí reinaba. Infinidad de má
quinas que visiblemente trabajaban con una grande
regularidad, gran número de volantes, anchas rue
das manejadas á brazo por séres, cuya raza, á primera
vista, nuestros intrépidos aereonautas no conocieron,
por ser muy incierta y vacilante la luz que se filtraba
por los ahumados vidrios al interior de aquellas espa
ciosas galerias, donde el trabajo, la industria y la
ciencia se hermanaban de un modo tan patente.
Al cabo de cinco minutos de visitar aquellos talle
res, Harry reconoció en aquellos séres á los castores,
condenados sin duda á aquellos pesados trabajos, y
algunos vespertilios que en sus frecuentes entradas y
salidas parecian vigilar al propio tiempo que dar órde
nes para las obras que alli se bacian.
Harry inspeccionó, como hombre inteligente en la
materia, los trabajos fabriles.
De repente lanzó una esclamacion Era una estátua
de mármol blanco, completamente concluida, sobre
la que grababan unos una inscripción,mientras que los
otros terminaban algunos trozos del cabello. ¿Pero
dónde habían visto aquellos séres el modelo de su obra?
¿Era una ilusión de sus sentidos, ó aquel grandioso
monumento que ante sus ojos se presentaba no era la
imágen de su querida Sessy? Harry creyó que dormia
siendo presa de una eterna pesadilla; se restregó los
ojos por dos ó tres veces; su imaginación no acer
taba á comprender el carácter imitador de los setenios
hasta tal punto de peifeccion, llamó á Sessy, que á la
sazón observaba otros objetos.
La joven no volvió de su asombro, se creyó tam
bién víctima de un sueño, pero la voz del Sachem les
hizo conocer la realidad.
- ¿No dije que antes de diez minutos se conocería
la Herminia y el rostro pálido del carácter imitador de
los súbditos del sachem?
183
Un solo selenio de mi córte ha bastado para dar la
idea de esa obra que ven mis ojos y los de rostro páli
do. La Herminia pálida, continuó el sachen, no con
sentida jamás abandonar el paraiso del Gran Es
píritu que hoy ha bajado á visitarnos; pero el sachem
quiere mucho á la Herminia y ha mandado fabricar
otra igual para su palacio.
Harry S‘lay comprendió por la primera vez enton
ces, la causa de tantas muestras de atención como eran
objeto. El Regina, para los selonopolitanos, era una
de las diferentes formas que el Gran Espíritu habia to
mado para visitarlos, y los aereonautas eran objeto de
adoración por aquellas estúpidas gentes.
El doctor, inspirado por una idea repentina, cojió
el instrumento de forma estrafia con que trabajaban,
y empezó á labrar sobre el pedestal; al cabo de una
media hora habia terminado, y al pié de la estátua de
Sessy se leia el sublime testimonio de los más atrevi
dos pensamientos que ha llevado á cabo la Inglaterra.
— Herminia pálida que Harry tradujo por Sessy
S‘lay.—
A invitación de los seleuopolitanos visitó esta ciudad
el 6 de Abril de 1868. Siendo tomada por la forma in
visible del Gran Espíritu/ y objeto de innumerables
>ruebas de adoración por los habitantes de Selenópois, capital de la luna.
Su padre Harry S‘lay y su esposo Flere Ketrli la
acompañaron en la travesía del Cielo Austral bajo la
cubierta del Regina.
Durante más de una hora estuvieron atravesando
aquellas inmensas galenas é inspeccionándolas obras
que en aquellos talleres se fabricaban.
Después, Poderosa Señora, llevó á nuestros viaje
ros hácia el centro de la muralla que hemos descrito;
un grandioso edificio, cuya riqueza les llamó la aten
ción, se alzaba como orgulloso de su valor y de todas
las fatigas que habia costado.
{
184
—Es el templo de nuestra religión, les dijo el sachem; cuyo recinto no nos es permitida pisar á todos
los habitantes de la luna, sino á la hora de la oración;
pero el Gran Espíritu ha dicho que el rostro pálido
pertenece á sus escogidos que han muerto cambiando
al resucitar nuestro color blanco ó negruzco por el de
nuestras divinidades, y solo el número de sus escojidos
son admitidos en este templo unitario sin es citar la có
lera de sus misterios.
— ¿El sachem espera aquí á los rostros pálidos?pre
guntó Harry S'Iay con algún recelo.
—El sachem espera, respondió estacón visible tran
quilidad.
La planta de dicho edificio presentaba exactamente
un triángulo equilátero cuyos ángulos estaban exacta
mente redondeados. Sostenidos por treinta y seis co
lumnas sin base ni capitel, repartidas alrededor del
edificio, nueve sobre cada costado y tres en cada una
délas partes que dan vuelta. Estas columnas tenían en
cima un techo sostenido drl otro lado por un muro del
cual distaban cuarenta y ocho piés, espacio triple del que
separaba una de otra. Sostenían un muro cuya eleva
ción equivalente á longitud doble y sobre la cual vie
ne á apoyarse un monolittho que cubre todo el edificio
viniendo á ser como el cerco de un solo trozo de már
mol, de una masa de un co’or gris lechoso, que presu
mieron podía ser cristal deslustrado.
Este cuerpo opaco les pareció debía dejar penetrar
alguna luz en lo interior del edificio impidiendo al mis
mo tiempo ver lo que pudiera pasar allí; poniendo de
este modo, como el sachem acababa de decir los miste
rios del Gran Espíritu al abrigo de la indiscreción de
los vespertilios civilizados y eelenios, que en ningún
caso eran admitidos en el interior del templo, háciael
cual volvían la cara solo á las horas de la oración.
En los tres ángulos del edificio hay tres pirámides
triangulares prolongadas, lasq u e les parecieron, así
185
como las columnas que lias sostenían, estar embutidas
con un producto mineral que por el brillo de su color
azul, y las vetas de oro que se veían mezcladas, pa
recieron al doctor tener mucha analogía con la piedra
preciosa conocida bajo el nombre de lapiz-lázuli, de la
cual sacamos el oolor llamado verde-mar.
Harry, después de mucho trabajo , pudo descifrar
los fragmentos del misterio que se hallan incrustrados
en estas tres pirámides.
Eli doctor tradujo:
«IQue tu justicia ábra los ojos.
Mi voz es la paz; pero ¡a y! del que se atreva
á provocar mi cólera, porque el canto de muerte durará
desde la salida
del sol hasta su postura.»
Y esta otra:
« Todo lo puedo; mi brazo
caerá sobre
el ambicioso y sobre el desgraciado que manche
el tálamo por pensamiento ú obra.»
\ por último, la del ángulo superior del vestíbulo,
mucho más grande que las otras dos, contenia un ojo
muy grande y dos oidos esculpidos en realce sobre el
mármol, y por último, debajo , una mano muy pe
queña con el dedo índice levantado.
Harry comprendió ser aquel el misterio que solo al
sachem le era permitido revelar, y empezó á darle
vueltas en su imaginación, cuando Sessy dió un grito
horrible, sobrecogida de terror.. Un estruendo inmen
so pareció desempotrar las columnas que sostenían el
edificio.
— Una detonación, exclamó Harry. ¡Ah! ¡Ketrli! al
gún peligróle amenaza, y salió precipitadamente del
templo seguido de Sessy.
Con efecto, el valiente joven luchaba como un des-
186
esperado contra los castores d élas fábricas, que sa
liendo de sus trabajos, habian descubierto el Regimy
apedreándole, como si el demonio de la destrucción se
hubiera apoderado de ellos.
En vano los selenios trataban de defenderle.
En vano el sachem se esforzaba por dejarse oir; la
rebelión era general, habia tomado demasiado incre
mento para poder sofocarla.
Harry y Sessy se mezclaron entre la apiñada multi
tud, llegando hasta el pié de la Cityse. Sessy fué la
primera que subió trepando con la lijereza de un pá
jaro. Harry la siguió. Ya se hallaba montado en una de
las anclas, próximo á subir por la cuerda, cuan
do una puntiaguda piedra vino á darle en la fren
te. Sessy y Ketrli dieron un grito; el desgraciado Harry
cayó sin sentido; pero la suerte quiso que uno de sus
piés se enredase en la anilla del ancla, y á la sacudi
da que dió su cuerpo en la caida, esta se desprendió
del ramaje que la sujetaba, subiendo el Regina lijero
y perpendicular como una peonza.
De esta manera milagrosa se salvaron nuestros in
trépidos viajeros; mientras la multitud de castores y
selenios, víctimas del pánico y asombro que tan ines
perada desaparición las produjo, emprendiéronla fuga
envueltos en los torbellinos de polvo que en su rápida
carrera levantaban.
CAPITULO XVIII.
La noche tranquila.—Filosofía de nuestros aereo
nautas.—Las caravanas de peregrinos.—Culto y
religión de los selenios.—El FOUNINGO.—Los
temores del doctor S‘lay se realizan.—Ultimos mo
mentos desesperados,
El primer cuidado de Kelrli fué el salvar al doctor
de una muerte segura si llegaba á desenredarse, así
es que no trascurrieron dos minutos sin que se descol
gase por la cuerda con sumo cuidado: la operación no
dejaba de ser peligrosa; pero Ketrli era un muchacho
muy diestro y audaz, para el que nada le arredraba
cuando se trataba de hacer bien. Sessy arrojó desde la
barquilla el cabo de otra cuerda sólidamente sujeta por
el otro extremo. Ketrli, una vez llegado al término de
su descenso, se montó sobre la cruz que forman los
dos brazos del ancla, y desde allí sujetó cuanto le fué
posible á su desgraciado amigo, mientras Sessy, ha
biendo moderado la llama del mechero, verificaba so
bre el Regina un suave descenso.
El jóven cazador dejó que se aproximara á la su
perficie de la tierra lo suficiente para poder saltar á
ella.
Entonces Ketrli desató á su amigo tendiéndole cui-
188
dadosamente en el suelo, y aplicándole algunas sales
que le volvieron al conocimiento, Sessy bajó con algu
nas vendas; por fin, á las ocho y cuarto de la noche,
esto es, dos horas después del fracaso, se logró conte
ner la sangre que brotaba copiosamente de la frente
de Harry, y este volvió á su conocimiento.
Se hallaba muy débil, y un frió intenso dominaba
en su cuerpo.
—Tengo frió, mucho frío, acertó á decir, abriendo
los ojos y tiritando.
— Preparemos fuego, Sessy expresó el jóven tocan
do las manos y el rostro del sábio.
—Está completamente yerto; anda, Sessv, no nos
detengamos.
Y ambos jóvenes se separaron un poco de sii padre,
dedicándose á recoger algunos trozos de ramage seco
y formar con ellos pequeños haces que luego traslada
ron cerca del Regina.
Harry, algo más restablecido, y rebujado en su man
ta se hallaba pensativo al pié de su intrépida máquina.
Reflexionaba cómo en uü país tan fértil, tan dotado de
vitalidad, y en donde el más alto grado de civilización
selenia parecía imperar, habia podido producirse aque
lia gran sublevación. Era este un gran problema que
aquel sábio hubiera deseado resolver con facilidad, y él
que para todo encontraba solución, cansaba su imagi
nación en inútiles conjeturas.
Mientras tanto, Ketrli, encendió aquellos trozos de
ramaje aprovechándose del mechero del gigantesco
aereoslático, y la llama viva y juguetona coloreó al
instante los rostros de nuestros viajeros.
—Hé aquí, dijo Ketrli rompiendo aquel prolongado
silencio uno de los caractères más distintivos de la su
perioridad del salvaje más degradado sobre el mono
más perfecto.
—Te equivocas, Ketrli, repuso el doctor tiritando
189
aún de frió y saliendo de su profundo estado de me
ditación.
Después, acercándose más al fuego, y colocando
sus manos sobre este, y á cierta distancia, las frotó
pausadamente continuando la conversación con un
tono de sentencia y de lección.
— Existen monos allá abajo en nuestro globo , á
quienes el frió les obliga á encender fuego , ni más
ni ménos que como lo hemos hecho nosotros , con la
particularidad de que el procedimiento que nosotros
hemos empleado para encender es mucho más senci
llo y más breve que el que ellos poseen.
— ¿Cuál es? preguntaron sus dos compañeros, su
poniendo una nueva historia en las palabras de aquel
sábio.
— Escuchadme atentamente. El fuego es calor, y el
calor lo produce el frotamiento; lo mismo tiene que
tratéis de producirle por medio de la yesca y el pe
dernal que por el fósforo, que por medio de la electri
cidad , todo reconoce este principio, é indudable
mente el hombre, antes de encender el fuego, de
bió comprenderlo así. Ahora bien : empleando cier
tas maderas que solo el mono conoce, esa especie hu
mana que tan poco dista de nuestra constitución,
por medio de un rozamiento se desprende chispas
y humo muy capaces de incendiar todo el bosque
que veis delante de nosotros. Con la punta de una
piedra hacen una cisura ó agujero en una rama
de esos árboles tan combustibles, y muy seca ésta,
una vez practicado este trabajo , la colocan entre sus
piés; después, con otra piedra de arista muy cortante
afilan otra rama, también muy seca, pero de madera
distinta; y de modo que ajuste perfectamente al agu
jero introduciéndole de este modo la punta y hacién
dole rodar rápidamente entre sus manos como el moli
nillo de una chocolatera, se vé á los pocos momentos
salir del punto de contacto humo y chispas.
190
—Es curioso semejante procedimiento, repuso Ketrli.
—Y sobre todo muy penoso.
La cena comenzó á devorarse, y después de una de
liciosa taza de rico café, se dispuso que Ketrli se en
cargara del primer cuarto de vela hasta la una, y des
de esta hora hasta el amanecer, se encargaría el doc
tor de relevarle, el que sino habia el menor contra
tiempo debía cuidar de dar la voz de marcha.
—Ea, Ketrli, cuidado con avisar, porque la menor
imprudencia, por nuestra parte, nos dará mucho que
sentir.
,
-i—Dormid tranquilos, amigos mios. Desde la bar
quilla quedo de atalaya.
— Avisadme ála hora convenida, Ketrli.
—Pierde cuidado.
Todos se rebujaron en sus mantas y el silencio fué
restablecido.
Ketrli se puso á fumar un cigarro montado sobre
una de las cuerdas de la barquilla.
Los ahullidos lejanos de algunas fieras turbaron en
un principio el sueño de Sessy, pero el cansancio y las
palabras tranquilizadoras que su marido la dirigía,
asegurándola les daria el alerta al menor síntoma
de peligro, concluyeron por adormecerla con seguri
dad. Con todo, su sueño era bastante intranquilo, y
más de una vez abrió los ojos sobresaltada aplicaudo el
oido cuanto la era posible.
A las nueve y media sus grandes y hermosos ojos
negros se abrieron, su cuerpo se extremeció, y su co
razón parecia querérsele saltar del pecho. Al mismo
tiempo sintió que Ketrli se incorporaba sobre la bar
quilla, buscando con la vista en derredor.
— ¡Ketrli! prorrumpió la joven muy quedo.
—¿Qué ocurre?
—¿Has oido? parece sentirse crugir la arena de la
selva vecina y rozar su ramaje.
—Ya me ha parecido oir, tal vez sea el aire que pa-
191
rece soplar con más fuerza, y el jov en se empinó cuan
to pudo.
—Despertaré á mi padre.
Y la joven se acercó á este.
—Sí, despiértale. Estemos sobreaviso.
La órden no se hizo repetir dos veces. Harry se puso
de pié de un salto.
Al mismo tiempo la arena se sentia crugir con más
insistencia.
Indudablemente, en el suelo selenio debía estar pre
parándose un extraño fenómeno.
Los viajeios se trasladaron á bordo del Regina, y
Harry S‘lay con el auxilio de sus lentes de noche se
hallaba colocado en observación.
Repentinamente un ruido extraño y parecido ai
que producen las burbujas de una gran caldera her
méticamente cerrada se dejó oir á bastante dis
tancia del Regina, y en lontananza brilló de súbito
una claridad rojiza acompañada de un horrísono es
truendo.
Era uno de aquellos innumerables cráteres ó respi
raderos del suelo selenio, un volcan cuya fuerza motriz
había roto la costra endurecida de la capa superior,
trastornando toda aquella distancia que le rodeaba,
Ír reduciendo á cenizas aquellas selvas vírgenes, aquelos bosques seculares de inmensa altura.
Entretanto el alba comenzaba á despertarse silen
ciosamente, y la órden de marcha fué dada con
alegría.
Poco después el Regina seguía en los espacios infi
nitos, como poco antes, sin rumbo fijo á merced del
viento en su larga peregrinación.
Todo aquel dia se pasó sin ningún contratiempo.
Sessy contó á su jóven esposo las maravillas que du
rante su larga peregrinación habían visto en la ciudad
de Selenópolis.
192
Para los tiernos esposos, la separación les había pa
recido visiblemente una eternidad.
No era, pues, estrado que los jóvenes se hallaran
impacientes por estrecharse mutuamente.
Harry, mientras con su cabeza vendada recorría,
con el auxilio poderoso de su anteojo, hasta la última
ondulación del terreno. Los tres aereonautas eran los
únicos séres animados de aquellas soledades inmensas
por las que el Regina cruzaba veloz como el pensa
miento al empuje impetuoso del viento.
í as horas se sucedieron con apacible tranquilidad; á
las nueve el doctor comunicó á sus compañeros que
nada habia que temer, y envolviéndose en sus mantas,
no tardaron en hallar en brazos de un sueño apacible
el olvido de sus pasados infortunios.
Al dia siguiente, 8 de Abril, el cielo amaneció puro
y el sol amenazaba fulminar torrentes de fuego con
sus abrasadores rayos. Esto estrañó mucho al doctor,
el cual temía un cambio repentino. Así es que se le
veia inquieto, con los brazos cruzados sobre el pecho
pasear de un lado al otro de la barquilla; observar el
manómetro, pararse y volver la vista liácia el ho
rizonte.
Sessy habia asado un par de palomas, y preparado
un trozo de permican en el plato. Harry no comió: el
thée y el rom terminaron el almuerzo.
—Lo que son las cosas del mundo, decía Sessy sin
reparar que su padre no comía; jhoy tanta abundancia
y ayer tantas privaciones!
— ¡Pobre naturaleza lanuestra! contestó Ketrli. ¡Qué
cobarde so nos muestra en medio de la miseria! ¡De
jarse abatir por tan poca cosa!
— ¡Por tan poca agua, Ketrli, querrás decir! objetó
el doctor con su gravedad acostumbrada; pues en rea
lidad, lo que hasta ahora verdaderamente nos ha fal
tado es este elemento tan neeesario para la vida.
193
— Es cierto, sobre todo en los abrasadores climas
porque hemos pasado.
— |Y porque tenemos que pasar! continuó Harry
tristemente.
— Qué, ¿no caminamos hácia el Norte?
— Cierto.
— ¿Y esperas encontrar en esas regiones arenas cal
cinadas como las del desierto que hemos atravesado?
— Tanto, que si continúa la misma calma en la at
mósfera, los rayos del sol, arrojando torrentes de fue
go sobre el centro de la tierra, pondrán en ebullición las
diferentes masas de que se compone el fondo, y los
gases que encierra tenderán á salir rompiendo la cos
tra de la capa superior endurecida aún muy poco por
el enfriamiento natural, y entonces , todo el terreno
que veis pasar bajo vuestros piós será una completa
erupción volcánica muy peligrosa para nuestro Regina,
sin contar con que no nos agradaría mucho bajar dan
do volteretas por el aire.
— Yo lo creo.
— Mucho más cuando va uno llegando á viejo y
sintiendo apego á la vida.
— Y cuando va uno terminando su difícil y peli
grosa empresa, anadió Sessy.
— ¡Pero á qué precio!
— ¿Vas á filosofar, querido Harrv?
— ¡Qué diablos! hijo mió, en algo se ha de pasar el
tiempo.
*
— Mucho más cuando este se halla de sobra como
en este momento, objetó Sessy.
— Decís bien, repuso el joven cazador.
— Pero desde este momento se va haciendo necesa
rio aprovecharle, pues entreveo nuestra situación muy
negra.
— Yo tengo esperanza, dijo Sessy, que el Eterno
no nos ponga á tal extremo.
— No hay que fiar ijpucho , sobre todo, cuando la
13
194
costra que recubre esta parte de la luna , se nos pre
senta con caractères muy marcados de debilidad.
—¿Vas á hacernos creer que es de manteca ó de
cristal? repuso Ketrli irónicamente.
—No tanto; pero el enfriamiento de la capa supe
rior de tierra en esta parte de la luna es tan lento que
puede muy bien compararse su dureza con las del
grueso de la cáscara de un huevo respecto del centro ó
yema del mismo ; calculad vosotros ahora, hasta
que todo el huevo ó la tierra llegue á ser una masa
sólida y compacta endurecida, si tiene que pasar
siglos.
— ¡Eso es asombroso!
—Pero entonces, interrogó Sessy, ¿los mares y los
volcanes desaparecerían por completo?
- Ciertamente; y lo que es mas, hasta el aire que
dá la vida al organismo animal, repuso S‘lay.
—Entónces la luna se convertiría en un caos.
—Ciertamente. Ya en algunas partes empieza á su
ceder.
Observa sino como desde nuestro planeta se perci
ben algunas manchas en el centro de este satélite.
Todas esas manchas son partes no atacadas por la luz,
y por tanto, muy distantes de hallarse mantenidas por
una constante atmósfera.
—Según eso, el desierto que hemos dejado atrás,
dijo Ketrli recordando tiempos pasados, empezaba á
carecer de este elemento tan necesario?
—Seguramente.
—¿Luego la luna...?
—La luna, hijos míos, según todas las probabili
dades es un mundo que tiende á desaparecer ; como
llegará un dia en que el planeta que habitamos des
aparezca también por la falta de atmósfera.
— ¡Desgraciado del que llegue á ver ese cataclismo
espantoso! expresó Sessy con voz tímida.
—Seguramente ninguno lo verá.
195
—¿Por qué?
— Porque antes que eso suceda será muy probable
que el sol, que es otro mundo, deje de calentarnos,
porque este astro marcha delante en su carrera veloz
de destrucción, y sin luz ni calor no es posible la
existencia animal.
El Regina seguía veloz en su carrera imperturbable;
favorecido por una suave brisa, empezaba á descender
la falda de una colina en cuyo fondo apenas se hacían
perceptibles las ruinas de un anchuroso edificio de
forma elíptica irregular. En el horizonte se distinguían
algunos puntos negros que venian con alguna regula
ridad procesional.
Harry se decidió á moderar la llama de su mechero;
poco á poco fué haciéndose más perceptible el fondo
de aquellas colinas: era una especie de cañada angosta
y larga sobre la que se conservaban los ruinosos restos
de un templo unitario selenio; Harry se sintió aguijo
neado del deseo de descifrar los altos misterios del
Gran Espíritu, pero ya hemos dicho que el doctor temia un cambio repentino en la atmósfera, ¿y qué se
ria de ellos si el viento los arrastrara al centro de este
satélite, donde, como acababan de decir, no seria po
sible la existencia del reino animal?
El doctor S‘lay se conformó con su deseo ante- que
despreciar un viento tan favorable.
A todo esto, los puntos negros se fueron acercando,
haciéndose más perceptibles.
Eran grandes caravanas de selenios y vespertilios
que marchaban de tres en tres con bastante regulari
dad. Hubo un momento en que esta pareció alterarse
algún tanto; sin duda este trastorno lo habría produ
cido la presencia gigantesca del Regina en aquellos
sitios; pero bien pronto volvieron á agruparse cual si
obedeciesen á alguna órden ú obrasen instigados por
la necesidad.
En aquella igualdad ó simetría de filas de tres en
196
tres individuos, en el mismo número de pirámides, y
la forma de tres en tres que había observado Harry
conservaban las columnas del templo en Selenópolis,
en la forma del triángulo equilátero de las ventanas
de esta ciudad y en la del vestíbulo del mismo templo
también triangular y hasta en la mano que señalaba
el ojo y los dos oidos le parecieron más bien que de
bidos á una casualidad, á un precepto divino del Gran
Espíritu que todos los selenios debían acatar con su
misión y constancia.
Por fin, llegaron estos dejándose caer rápidamente
alrededor de aquellas ruinas: los selenios se colocaron
en pié con la cara vuelta hácia el templo y las alas
estendidas de modo que dieran unas con otras for
mando así una especie de muro. Los vespertilios, lo
mismo que cuando describimos las ceremonias nup
ciales de la raza noble de los selenios, traian sobre
sus espaldas grandes plantaciones, tal vez de tierras
muy lejanas , las cuales íueron colocadas alrededor de
las pirámides, sin duda como el sachem había dicho
para evitar á las miradas de vespertilios y selenios lo
que allí iba á tener lugar.
Los colores animados de dichas trasplantaciones
formaban un contraste bien contrapuesto con los tintes
muertos y sombríos de aquel vasto circo donde visi
blemente aquellos bosquecillos no habrían podido
crecer; la ondulación de sus ramas e n muy lenta, ra
zón por la cual Harry se impacientaba cada vez más
aumentando sus temores, pues todo daba á entender
la calma del aire que dominaba bajo aquel azul tras
parente.
Luego que los vespertilios hubieron terminado esta
estraña plantación se tendieron boca á bajo al pié de los
selenios, que en su inmobilidad estática hizo recordar
á nuestros viajeros las imágenes de los santos que
adornan la circunferencia de las naves en las catedra
les católicas.
197
Ést03 vespertilios, tendidos á lo largo en la misma
posición, tenían las cabezas vueltas hácia las pirámi
des, con los piés dando en las cabezas de otros escla
vos, y así sucesivamente en un circulo de más de dos
cientas toesas.
Sessy y Ketrli hicieron un cálculo del número de
individuos que allí oraban , y sacaron una cifra
aproximada de más de diez mil entre selenios y ves
pertilios aunque en realidad habría un número doble
de estos últimos; una manifestación más de la justicia
celeste que somete la fuerza y el número á la in
teligencia, asi como abre el santuario de lo infini
to poblado de sistemas y de universos á las humil
des miradas de los imperceptibles séres de nuestro
mundo.
Un selenio, ricamente vestido con una túnica azul
recargada de bordados en oro y en piedras, se hallaba
solo en un pié como las estilitas, con sus álas estendidas y posado sobre la punta superior de la pirámide
central.
Esta especie de culto, salvas algunas diferencias muy
pequeñas, atrajo á la memoria del doctor S‘lay las
contemplaciones estáticas de los Dervis indios.
De repente el selenio de la pirámide pareció elevarse
insensiblemente y perpendicular en el espacio, y to
dos los vespertilios se levantaron de un salto sin mo
verse de su puesto, de modo que formaban muchos
círculos concéntricos de los que el más estrecho de
ellos se hallaba á la distancia de cuatro piés del bosquecillo que rodeaba las pirámides, y el último contra
las paredes del circo.
A este movimiento siguió otro ; los vespertilios se
aislaron tres á tres precipitadamente con el lado iz
quierdo vuelto, hácia el centro del triángulo ; por
espacio de cerca de quince minutos, con una espe
cie de emulación furiosa , se azotaron mùtuamente
y sin intermisión dando el primero al segundo y este
198
al tercero y el tercero a! primero: entre tanto los sete
nios dejaron sus puestos, y pasando por encima de los
esclavos, dieron procesionalmente en fiias de á tres en
tres una vuelta alrededor del circo, lo que formó una
variedad tan extraña de movimientos y de colores,
asemejándose al centelleo de los rayos de una rueda de
un blanco muy reluciente sobre un fondo negro, ó á
los alambres de una jaula que diese vueltas sobre
un eje.
—Hé ahí, dijo Ketrli rompiendo aquel silencio con
templativo de los tres viajeros; una mortificación es
pontánea de los esclavos á vísta de sus amos.
—Y que estos parece que miran con desprecio, con
testó Sessy.
—Es la espresion simbólica, añadió concienzuda
mente el doctor, de una fé religiosa respecto de las
clases y gerarquías de cada una de estas razas.
Ninguno de aquellos séres volvió su vista una sola
vez el Regina, y sin embargo, era indudable que todos
le habían visto.
Al cabo de los diez minutos todos volvieron á ocu
par su puesto.
El solitario ó dervi lunario de la pirámide apareció
de nuevo descendiendo sensiblemente basta que reple
gó sus álas con rapidez, y cual si un mismo resorte
hubiera tocado á todos á la vez, los setenios volvieron
á estender sus álas, y los vespertilios cayeron sobre la
arena boca abajo. Dos grupos de setenios aislados de
tres á tres conducían al centro de la pirámide unas
andas, hechas de ramaje , sobre la que reposaba
un ave.
El Regina pasaba á la sazón sobre el circo, y le íué
fácil reconocer en aquel ave el Founingo ó zurito verde
del Madagascar (especie de paloma) cuyos hermosos
colores tomaban á ios rayos de Febo un tornasol bri
llante.
Nuestros viajeros se maravillaron al verle sostenido
199
sobre un pié, sin hallarse sujeto de ningún modo, pues
se le veia revolotear libremente pero sin salirse de las
andas.
Esla ave fué elevada hasta la altura del solitario, el
cual, cojiéndola en sus brazos y girando á todos lados,
lo oírecia á la adoración de todos.
Las fiestas de Adonis y de Venus en la isla de Chi
pre, el culto que daban los Egipcios á los animales,
especialmente al condor, las abluciones judáicas en el
templo de Salomón acudieron en tropel á la memoria
de nuestros viajeros.
Cuando el solitario hubo terminado esta ceremonia,
al encontrar en su vuelta el mismo punto de donde
habia partido, soltó el Foumngo, que estendiendo sus
álas cubiertas de hermoso plumazón se dejó caer como
un para-caidas al pié de la pira; en el mismo momento
una nube espesa de humo cubrió la pirámide , y los
selenios y vespertilios, como dominados por una de
sesperación repentina, comenzaron á darse fuertes golÍies sobre el suelo acompañados de enormes gritos y
amentos.
Poco á poco la nube fué haciéndose más lenta y
aplacándose el furor de que aquellos demonios, pues
tal parecían aquellos séres revolcándose entre el polvo
con una ferocidad increible.
¿Quién habia motivado aquella exacerbación gene
ral de que se hallaban poseídos? ¿Quién habia produ
cido aquel fuego repentino que habia ocultado á las
miradas de todos los misterios sagrados de aquel re
cinto religioso? La rápida evolución de aquellos séres,
la masa poderosa y compacta de humo. Tal vez la vo
luntad del Gran Espíritu no permitieron al doctor S'lay
y sus hijos lo mismo que á los séres lunarios penetrar
en los misterios que el Gran Espíritu habia reservado
tal vez y solo al número de sus escojidos.
En el instante los vespertilios del primer círculo se
cruzaron repentinamente, á estos siguió el segundo
200
círculo, y después el tercero, y así sucesivamente hasta
el último. E q un momento, con una fuerza verdadera
mente prodigiosa, arrancaron toda aquella plantación,
y formándose en hileras de tres, uniendoinclinadas sus
ramas formaron dos especies de bóvedas sombrías por
las cuales pasaron de un lado las selenias con sus lar
gas cabelleras, y del otro los selenios sin juntarse ja
más. El solitario habia desaparecido, escapando á las
ávidas miradas del doctor S‘lay.
El Regina habia pasado ya y Harry tuvo necesidad
de su telescopio para percibir el movimiento de estos
séres que se alejaban saltando los unos con rapidez á
la cabeza para estender hasta lo infinito la calle y la
línea de sombra bajo la cual pasaba la procesión de se*
lenios, hasta que por fin la caravana se hizo invisible
y solo muchos puntos negros se percibían vagamente
en el espacio.
El calor era ya fuerte , pero soportable, debido sin
duda á la geología del terreno , pues el Regina habia
dejado rápidamente atrás unas doce millas de arenales
despoblados cruzando en este momento sobre un ele
vado bosque de cytise3, mimosas y gomeros blancos
de variada inflorescencia.
Más allá se estendia una llanura admirable y tran
quila de un verde oscuro. Era el mar. El mar del polo
Norte lunario que en toda su imponente magestad se
presentaba á las miradas de nuestros viajeros.
Estos quedaron sorprendidos á la vista de tan mag
nífica decoración. Todo, hasta el piélago que se esten
dia en el horizonte como uua faja ó zona inmensa de
verdura aterciopelada, era una inmensa llanura alfom
brada de flores de caprichosa variedad primaveral.
Numerosas bandas de pájaros de mil especies cantaban
en aquel paraíso lleno de rica magnificencia; el Founingo, el spriug, especie de canario azul muy claro,
única variedad de las selvas australianas, y el pájaromosca figuraban en primera escala del reino animal en
201
aquellas llanuras regadas por numerosos manan
tiales.
Ketrli y Sessy pidieron á su padre comer en medio
de los perfumes y colores de aquel oasis.
El doctor manifestó alguna contrariedad, pero aque
lla admirable verdura de extraordinaria variedad en
sus especies y los rueges de sus hijos le hicieron
ceder.
Sessy trasladó á tierra su cocina portátil y preparó
la comida mientras que el jóven cazador y Harry se
dirigieron por la llanura en busca de caza. Esta debia
ser muy abundante, pues frecuentes detonaciones
anunciaron á la jóven que no desperdiciaban el
tiempo.
Ketrli fué el primero que levantó un animal muy
raro, desconocido sin duda en nuestro globo, especie
única de este planeta, y que tenia, sin embargo , mu
chísima analogía con el jabirú austral, ave zancuda
que tiende á desaparecer de la faz del mundo moder
no. Gon todo, su talla era extraordinariamente mayor
que esta, midiendo nueve piés de elevación , su pico
no era agudo, ancho, cónico ni terminado en punta,
sino encarnado, corto y redondeado en su extremo: los
reflejos del verde metálico de su cuello y cuerpo, con
trastaban singularmente con el color blanco de su g ar
ganta, y el carmín muy vivo de su cabeza y largas
patas, su cola era prolongada y negra aterciopelada, y
sus ojos grandes, negros, redondos y relucientes como
dos granos de azabache.
El jóven contó con suficiente destreza para herirle
en una ála. El animal empezó á aletear, y valiéndose
de sus largas piernas, buscaba en la fuga con precipi
tada carrera un medio de escapar á las manos de sus
adversarios. Harry iba á disparar sobre él.
— No le tires; gritó Ketrli; veamos antes si podemos
cojerlo vivo.
Con efecto no tardaron con su infatigable persecu-
202
cion en cansarle y el animal se tendió en el suelo falto
de fuerzas con sus hermosas alas estendidas, las patas
estiradas y el cuello alargado en toda su longitud. Harry lo cogió. Parecia que la Providencia habia agotado
todo su saber en el colorido de la plumazón de aquel
ave, ó mas bien que la naturaleza con su artístico pin
cel habia dejado muy atras los primitivos colores de su
paleta misteriosa.
Nuestros cazadores se habian alejado mucho sin ha
cer en ello alto; pero todavia se alcanzaba á ver la gi
gantesca silueta del Regina y la amortiguada columna
de humo del vivac.
Grande fué la admiración y contento de Sessy al re
cibir tan singular regalo. Harry procedió en seguida
á entablillar el ala de aquel hermosp animal á quien
se aprisionó á la barquilla con una cadenita.
Poco después la abundante comida compuesta de ui$
trozo de carne asada á la que se añadieron una liebre
y media docena de chorlos negros, de las provisiones
que los dos cazadores traian en sus morrales, fué devo
rada con la prontitud y apetito acostumbrado por los
tres viajeros.
Sessy arrojó los despojos de las frutas al cautivo,
despojos que solo comió cuando instigado por el ham
bre después de algunas horas se convenció de la im
posibilidad de su evasión.
Sessy cogió algunas flores de las mas raras y llenas
de perfume que matizaban el suelo y poco después
todos hadan la digestión recostados indolentemente
sobre el tronco de una cityse sumidos en un saludable
y tranquilo sopor.
Al cabo de dos horas de tranquilo sueüo nuestros
viajeros se levantaron asustados á los chillidos agudos
y penetrantes de su prisionero. Un ruido sordo como
el producido por las burbujas de agua hirviendo de la
caldera de una máquina locomotora se percibía á lo le
jos del lado del Océano. Harry volvió la vista.
203
—La erupción submarina, esclamó corriendo á des
embarazar la barquilla del lastre que habían puesto
momentos antes equivalente al peso de todos ellos.
En efecto era una erupción volcánica de las aguas
de aquel archipiélago lejano, semejantes á las de la
bahía del Thera en Islandia.
Ketrli y Sessy corrieron á ayudar al doctor en su
faena.
El cautivo aleteaba fuertemente tratando de huir y
dando fuertes chillidos. La erupción avanzaba eleván
dose las olas hirvientes envueltas en columnas pirami
dales de humo hasta la altura de 300 piés sobre su nivel
natural, mientras que el cielo se cubría de una niebla
negra, densa, pesada que oscurecía el espacio; un olor
nauseabundo y fétido empezaba á dejarse sentir, mien*
tras que aquel ruido espantoso cocque rodaban las olas,
arrastrando en su violento empuje todo aquel campo de
verdura anunciaba un próximo cataclismo.
El mismo Regina se estremecía á aquel estraordinario fragor y amenazaba ser desecho por el remolino de
las arenas levantadas que les azotaban sin intermi
sión.
Por fin todos entraron con ligereza en la barquilla
al mismo tiempo que el vigoroso brazo de Harry S‘lay
arrojaba fuera el último saco de arena.
El Regina empezó á subir insensiblemente.
Ya era tiempo.
El cielo se cubría de un tinte rojizo muy subido, pa
recido al de la aurora boreal tan frecuente en este polo
pero que estaba muy lejos de poderse comparar con el
brillo refulgente que este fenómeno ofrecía á la vista
de nuestros areonautas.
El gas contenido dentro del Regina silbaba á causa
de la gran elasticidad que este había adquirido en su
estrecha prisión por la alta temperatura que le rodea
ba. La cubierta del globo había adquirido toda la ti
rantez de que era capaz y sin embargo se hallaba sus-
204
pendido, inmóvil, estático, á una altura de 200 piés
sobre la superficie de aquellas regiones lunarias.
—El Regina va á ser incendiado, esclamaba con
desesperación Harry S‘!ay.
— Arrojemos parte de nuestro cargamento, decia
Ketrli; pero apenas se dejó oir porque la atmósfera se
habia vuelto tan pesada que el sonido se apagaba com
pletamente; pero un mismo instinto, el de salir de
aquella angustiosa situación, les hizo arrojar á todos
parte de sus comestibles.
—Las cajas de agua, gritó Harry con toda la fuer
za de sus pulmones para dejarse oir.
Ketrli comprendió lo que quería decir, y una de
estas fué arrojada en el espacio. El Regina no se mo
vió. Antes por el contrario, parecía descender pausa
damente.
Los momentos eran supremos. El mar, en su impo
nente cólera, avanzaba ensanchándose, y todo aquel
campo de verdura desaparecía como por encanto á vis
ta de nuestros desgraciados viajeros.
— ¡Pronto, las armas! \ Las armas y municiones,
volvió á repetir Harry.
Esto era muy sensible para el jóven cazador, pero
no se hizo repetir la órden.
El Regina no se movió sin embargo.
Harry lanzó una terrible imprecación.
Todos se miraron. ¿Qué hacer en aquellos momen
tos desesperados?
No quedaba que arrojar más que los útiles necesa
rios al doctor y una caja de agua; la sed los devora
ba. Todas las miradas se fijaron aún tiempo con avi
dez en ella.
—¡Arrojad la caja! dijo Harry con energía.
—Esperad, dijo Sessy. Ya que no nos queda más
recurso que desprendernos de un tesoro tan apreciable
en estos instantes, como es el agua, saciemos al ménos
la sed que nos abrasa, y luego procedamos á arrojarla.
205
—Pero, pronto, ó somos perdidos, volvió á decir
Harry con su voz estentórea , que apenas se dejaba
oir. En un abrir y cerrar de ojos, la caja, que antes era
devorada con la vista, fué vaciada completamente y
arrojada en el espacio.
Las mantas, los almohadones, todo cuanto hallaron
á las manos fué igualmente arrojado en aquellos mo
mentos desesperados, y el Regina, aligerado algún
tanto, comenzó á subir á una altura más refrescante,
bajo el azul trasparente de un cielo sereno, perci
biéndose debajo la niebla oscura y negruzca que poco
antes les envolvía.
Los tres infortunados viajeros se abrazaron arrojan
do abundantes lágrimas y latiendo sus corazones mo
vidos por una misma emoción.
iKí
,
■
CAPITULO XIX
Tres almas en pena. —Elhambre.—El cazador erran
te.—La caza desesperada.—El adiós á la luna.—
Un muerto que no resucita.—Zamguebar.—El Simoum.—Golpe terrible.—Conclusión.
No quedaba ya rastro ninguno de la erupción que
había rugido por espacio de diez horas, tras la cual
desapareció, como por arte de mágia, todo aquel
edem de verdura y de flores, presentando únicamen
te la tierra las huellas de la cólera del Dios de las
aguas. Estas habían arrastrado las arenas igualando
el terreno. El silencio de algunas horas antes se había
convertido en un murmullo regulador que se dejaba
oir en las montañas; este murmullo eran las cascadas
y los torrentes que arrastraban en su caída el cieno, las
yerbas y los arbustos arrancados de los flancos de las
rocas, medio desmoronadas que el Regina, se dejaba
atrás. La tierra había sufrido una general conmoción,
y grandes y profundas grietas arrojaban aún resto»
de un vapor humeante.
208
En medio de esta escena de destrucción, el sol bri
llaba en un cielo trasparente y sereno.
Un hombre con la cabeza inclinada, y sobre cuya
enérgica fisonomía parecía que el dolor habia marcado
profundas arrugas en el corto espacio de pocas horas,
se hallaba sentado en la barquilla, abarcando con su
mirada el infinito horizonte que tenia delante, sin ha
cer atención, al parecer, de los rayos que caian sobre
su desnuda frente.
Este hombre era Harry.
La fuerza de alma habitual en él, quebrantada ya
por lo que habia sufrido, parecía haber desaparecido
completamente bajo el impulso del último choque.
Hallábase inmóvil, y aunque su mirada parecia con
templar el horizonte, en realidad no se hallaba fija en
ninguna parte: la desesperación reactivaba en él una
crisis peligrosa en su peor período, en el del mu
tismo.
Un popo más allá, otro hombre, sentado al lado de
una mujer, tenían la fisonomía marcada por una espresion de melancolía profunda.
Estos dos eran Sessy y Ketrly.
Así trascurrieron cuatro horas, jcuatro horas morta
les de angustias! sin que ninguno se atreviera á rom
per aquel silencio.
De rep nte, el jóven cazador , saliendo de aquella
especie de letargo, se levantó con precipitación; su
brazo se adelantó rápida y maquinalmente hácia el
sitio donde se hallaban colocadas las armas , pero su
mano no encontró más que el vacio.
—Está visto, dijo coléricamente, hasta la muerte
nos abandona en estos últimos momentos.
Sessy alzó su cabeza, quiso levantarse, pero su debi
lidad no se lo permitió estendiendo sus brazos en ade
man suplicante, como interrogándole se detuviera en
sus insensatos proyectos.
Los desgraciados eran víctimas de los primeros sin-
509
tomas destructores del hambre y de una sed abra
sadora.
Harry lanzó un grito, habia descubierto muy lejos
las puntas verdosas de unos árboles, y se oia en aque
lla dirección más distintivamente aquel murmullo de
los torrentes que la mole inmensa del Regina se habia
dejado atrás.
— ¡Por allí! ¡Por allí! exclamó:
Sessy y Ketrli volvieron la vista hácia el punto que
les señalaba el doctor.
Ya no habia duda, la proximidad de un torrente
era inevitable, y la esperanza de encontrar algunas
gotas de agua, renacía por momentos en sus coiazones á medida que se iban aproximando á aquel puña
do de árboles.
Harry S‘lay hizo descender el Regina una media
milla de distancia de aquel pequeño bosquecillo de
cityses.
Sessy y Ketrli se dirigieron á él, ó más bien esta úl
tima, apoyada en el brazo de su marido, caminaba
arrastrándose sobre la arena.
Con efecto, nuestros viajeros hallaron bajo las som
bras de aquellos árboles un torrente, del que no se
conservaba más que las descarnadas endiduras ó cana
les de una agua que según las señales hacia mucho
tiempo que no habia pasado por allí.
El desaliento de los viajeros fué desde aquel mo
mento mayor que sus fuerzas.
El ruido sordo que se escuchaba habia concluido sin
duda, porque los torrentes pasajeros habian dejado de
resonar, y solo vastas soledades se descubrian^en mu
chas leguas al contorno.
En aquel momento Harry llegaba dando vueltas
alrededor de la cadena de rocas que formaban la vertiente de aquel torrente, seco sin duda por los rayos
14
210
del sol que en aquel momento se dejaba caer con fuer
za á pesar de hallarse ya muy entrada la tarde.
El doctor fijó en él sus ojos y se estremeció al con
siderar muertas sus esperanzas. Después volvió su
melancólica mirada hácia el jóven matrimonio. Una
nube sombría velaba también sus rostros.
¡Cuánto debió sufrir en aquel momento el pobre
doctor!
Ketrli levantó la cabeza dirigiendo una rápida mi
rada sobre su compañero.
— ¿Nada? preguntó el doctor.
— Nada; respondió el jóven con un tono firme: pues
creyó inútil ya toda clase de consuelo; pero estos si
tios deben estar provistos de caza, y ya que no tenga
mos agua con que apagar la sed, busquemos un medio
de acallar el hambre que empieza á dejarse sentir.
— ¡Ah! exclamó el doctor. Si á lo ménos tuviésemos
nuestras armas, pero todo parece conjurarse contra
nosotros.
— Aún tenemos armas de que no podemos despren
dernos tan fácilmente, contestó Ketrli con su firmeza
de alma en los trances más duros.
— ¡Armas! ¿Cuálés son?
— Un par de buenos cuchillos, tres corazones in
trépidos...
— Y la confianza en un Dios que no nos abandona
rá, añadió Sessy levantaudo su hermosa cabeza ve
lada por una palidez mortal.
— ¿Qué importa, dijo Harry desesperado, que sa
ciemos el hambre sino podremos elevarnos mucho
tiempo en el aire?
— Que no podremos elevarnos, preguntaron ambos
jóvenes abriendo desmesuradamente los ojos. ¿Pues y
el Regina?
— No existe una sola gota de agua con que poder
alimentar su mechero, y escasamente podrá navegar
en el espacio que le rode$ dos ó tres horas.
211
— ¡El cielo dos abandona! dijo tristemente el ca
zador.
— No desesperemos, amigos mios, dijo Sessy; re
correremos la selva, tal vez hallemos las huellas de
algún animal y ... Vamos, yo también me siento fuerte'
Y la jóven, haciendo un esfuerzo, se levantó de un
salto como para dar ánimos a sus desconsolados com
pañeros.
— Es inútil donde no existe agua que tratemos de
buscar animales, contestó el docto..
— ¡Qué importa! dijo K e trli, más fuerte sin duda
por las palabras de Sessy; probemos , y si no se en
cuentra en toda la selva rastro alguno, liaremos lo que
hacen los indios, que se mantienen de raices y frutas
selvajes.
— Así me gusta verte, Here ; dijo la animosa jó
ven tendiéndole su pequeña y fina mano.
— ¡Qué diantre! prosiguió este, estrechando entre
las suyas la mano de su m ujer; si no nos comeremos
á verde-verde.
Verde-verde era el pajarraco cautivo que tan buen
servicio les habia prestado momentos antes de la erup
ción submarina.
Los tres viajeros se dirigieron por entre los espesos
matorrales de cityses donde parecía mas difícil encon
trar las huellas de animales borradas por el violento
empuje de las olas.
El exámen minucioso á que se entregaron , no les
dió indicio ninguno de que aquel pais fuese habi
table.
— No nos alejemos mucho del Regina, deciá Harry
S ‘ lay.
— Es cierto; volvamos, Ketrli; pues que no nos
queda otro medio, proveámonos de raices antes que
morirnos de hambre en este maldito desierto.
Faltaba aun bastante tiempo para que el sol decli
nase , cuando Harry y Ketrli mas bien compadecidos
212
de las fatigas de Sessy que de las suyas, hicieron alto
bajo aquellas sombras que se ostentaban jigantescas á
la vista de los viajeros, aumentando mas los dolores
de sus hambrientos estómagos, porque no hay cosa
que más abra el apetito que un campo lleno de ver
dura bajo un rielo azul y trasparente.
De repenteKelrli se levantó de un salto, lanzándose
hácia el sitio en que se fijaban sus ávidas miradas
con la rapidez de una flecha.
Harry no pudo comprender tan estraño movimiento,
‘ rrado por la idea de que el hambre le hubiese
perder el ju ic io , se volvió para seguirle con ia
vista.
Entonces no pudo contener un grito.
Sessy volvió la cabeza: la jóven se estremeció, pa
lideciendo.
Un animal monstruoso, mayor que un ja b a lí, pero
parecido á éste, cruzaba al través de la espesura, tras
del cual el jóven cazador se lanzaba como una fiera
hambrienta.
El doctor decidido á aprovecharse de aquella ocasión
que les proporcionaba la Piovidencia, se laüzó tras el
audaz cazador seguido de Sessy, que comprendió lo
mismo que ellos que la existencia de todos dependía
del resultado íeliz de aquella caza desesperada.
Con efecto, aquella no era una de esas cazas en que
se pone únicamente el amor propio; era preciso cazar
lo mismo qué los animales carnívoros en medio de la
inmensidad del desierto.
Dos hombres solos y una débil mujer sin mas armas
que sus cuchillos, tenian que perseguir á un animal
bastante agil para burlarse de sus esfuerzos y dema
siado temible para acercarse á él impunemente.
E l animal, al divisar á sus perseguidores, se paró
un momento esperándolos de frente para tomar car
rera. Harry y Sessy parecieron comprenderlo, pues
dieron precipitadamente la vuelta por detras del
213
animal, favorecidos por la espesura del ramaje. Pero
el bicho no tardó en apercibirse de semejante movi
miento, y viéndose encerrado entre los tres, rompió
con fiereza su terrible carrera. Ketrli le esperó cnchillo
en mano con una serenidad admirable.
Harry y Sessy lanzaron un grito jgrito de dolor!
cubriéndose el rostro con ambas manos y corriendo
hácia el jóven intrépido.
El bicho, en su choque violento, había derribado á
Ketrli y ambos rodaron en la arena luchando; pero
pronto el animal partió como una exhalación dejándose
en el suelo á su audaz enemigo.
Este se levantó con rapidez: sus compañeros lanza
ron un grito de alegría al verlo vivo.
—Ya herido. ¡Adelante! gritó el joven. Mirad
sino mi cuchillo y el rastro de sangre que va dejando.
Con efecto, el cuchillo se hallaba enrogecido y un
rastro de sangre marcaba la ruta que en su rápida
carrera dejaba atras la res.
—Cortémosle el camino del bosque. Volvió á gritar
el cazador.
Ya era tarde. El bicho se hallaba á mucha distancia,
y nuestros cazadores errantes le vieron hallar un refu
gio entre la espesura de aquel maldito bosquecillo.
Los tres desgraciados séres, únicos vivientes de
aquellas soledades inmensas, se quedaron como petri
ficados.
— ¡Maldición! dijo por fin Harry.
—¡Maldición! repitió Ketrli.
Y el eco de la montaña ¡maldición! comenzó á re
petir.
Aquella tarde solo se comió en el Regina algunas
raices medio secas por el sol y endurecidas por los
siglos sin que la menor gota de agua viniera á refres
car sus calenturientos labios.
214
Por fin el Regina, después de dos horas eternas de
lenta travesía, comenzó á abandonar el sorprendente
disco de la luna, que comenzaba á perderse en los va
pores del ilimitable horizonte, y solo el infinito espacio,
el vacio, la atmósfera, rodeaba por todas partes al
Regina.
Los viajeros saludaron á aquel planeta cuya in
mensa superficie no seria ya más un misterio para la
série de conocimientos humanos.
—Ahora es necesario, dijo Harry, saber áqué parte
de nuestro globo nos lleva el viento; descendamos para
reconocer el terreno.
Pero el doctor no tuvo necesidad de moderar la lla
ma de su mechero, pues éste se apagaba falto de ali
mento.
—Hé aquí un muerto que no resucitará más, dijo
con tristeza; y de sus ojos brotaron dos gruesas lá
grimas.
—Al menos de este modo nuestra caida será menos
rápida, añadió Ketrli, que si se dos hubiera incendia
do en el oasis del placer.
Así habian llamado nuestros viajeros al campo de
verdura donde habian dormido su último sueño y
tomado hacia veinte y cuatro horas el último alimento.
Mientras tanto el jigantesco Regina seguía en un
descenso constante.
—No hay nada que arrojar? preguntó el doctor con
tristeza.
—Nada, respondió Ketrli.
—A menos que no nos desprendamos de Verdeverde.
— Mi opinión, dijo Ketrli, es que no hagamos tal
cosa; Dios sabe, alia abajo en nuestro planeta, que
tierra nos espera. Tal vez el desierto. Hace mas de
veinte horas que no hemos probado bocado y la carne
de este animalucho nos será de gran utilidad dentro
de poco.
215
— Dices bien, no debemos separarle de nosotros.
— Ademas, añadió el jóven, ¿de qué nos serviría un
alivio momentáneo de unas cuarenta libras si el R e
gina en su dirección constante no tardaría en volver
á bajar?
— Tal vez contestó Harry, nos sea preferible descen
der antes aue nuestro mechero se apague completa
mente. Quizá allá abajo algún caudaloso rio ó ma
nantial pueda proporcionarnos otra vez una elevación
capaz de arrastrarnos por espacio de un dia entero, ó
tal vez las altas torres de una ciudad destaquen sus
contornos bajo nuestros piés, sin que nuestra vista al
cance á percibirlas desde seinejaute altura.
Y la esperanza volvía á renacer en los desgraciados
caminantes.
Así continuaron por espacio de una hora en rápido
descenso.
Al cabo de este tiempo los objetos de un punto ne
gro que bajo ellos se estendia comenzaron á tomar
forma.
Nuestros areonautas lanzaron un grito de alegría.
¡El primero que había salido de sus bocas desde que
habían partido de su país!
¡Era la tierra ! la tierra iluminada por la luz vaci
lante de la tarde, que después de diez y ocho dias de
dolores y trabajos volvían á hallar en su estado apa
rente de inmovilidad.
— ¡Hurra! esclamó el jóven cazador al contemplar
su viejo mundo como el doctor lo llamaba.
En cuanto á éste permanecía mudo contemplando
el espacio.
— ¿Qué observas? le preguntó Ketrli tocándole en el
hombro.
— Nada. Y aquel profundo sábio continuó en su mu
tismo.
— Me parece que el viento va á cambiar muy
pronto.
216
— Cierto; por eso mismo desearía antes que la no
che cerrase, saber sobre qué punto de nuestro globo
caminamos.
— Nada mas fácil, desciende.
—Eso mismo estamos haciendo.
Así era; el areostático seguía bajando, hasta que á
una altura bastante considerable aun, halló una cor
riente de aire que le empujaba hácia el 0. donde se
mantuvo en equilibrio pero sin abandonar su rápida
carrera.
El doctor disminuyó la llama del mechero.
El Regina volvió á seguir bajando hasta una altura
de cuatrocientos piés del suelo.
Lo primero que se les ofreció á la vista fué un in
menso mar sembrado de islas que Harry comenzó á
llamar por sus nombres propios, Saya de Malha, Chagas, Diego García, Roguepig, Corgados, Goetivi y otras
muchas que su inagotable ciencia fué describiendo
como sobre una carta.
Se hallaban en el mar de las Indias á los 100° del
Ecuador.
El calor se dejaba sentir con una intolerable insis
tencia.
A las ocho el Regina, el victorioso de los cielos Aus
tralianos, cruzaba las islas Maldivas al fulgor de la
pálida luna, cuyo sorprendente disco volvían á ver
después de ocho dias de ausencia.
¡Qué aspecto tan pintoresco! Este grupo de islas
aparecian cruzadas de montanas y cubiertas de arbo
lado. La pálida luz de la luna bañaba en medio del
silencio de la noche aquella joya preciosa, suspendida
en medio de aquel mar tranquilo y bonancible, y la
fresca brisa que en aquellos momentos reinaba posaba
sus amorosos besos sobre su primaveral suelo.
Por algún tiempo las miradas de nuestros viajeros
se pasearon errantes por todos ios lados del horizonte,
admirándose de la grandiosidad de la perspectiva,
217
pero muy pronto fueron perdiendo de vista estas islas
y solo el silencio de la noche, interrumpido por el lige
ro murmullo de las olas cuyo espumoso manto blanco,
bañado por la luna, brillaba sobre el fondo verdoso
oscuro que en vano trataba de cubrir majestuosamente.
A las nueve dieron vista álos Tres Hermanos colo
cadas en hilera cerca de la isla Anunciación , cuyo fér
tilísimo suelo atravesaron con una rapidez increíble.
Al Sud, un vasto continente, la isla Madagascar, se
estendia como una inmensa colcha erizada de picos
altísimos, de bosques seculares.
Finalmente, en la dirección que llevaban se distin
guía toda la costa africana del reino de Zangüevar.
A las once de la madrugada cruzaron las islas Al•
mirantes, dejando ai Noroeste la3 islas Seychelles, y
marchando con extraordinaria rapidez hácia Zanzibar
á la cual se aproximaron al amanecer del dia si
guiente.
—¿Descendemos al mar? preguntó Sessy asustada.
—No, Sessy descendemos á tierra.
—¿No hay nada que arrojar? preguntó el doctor con
tristeza.
—Nada; respondió Ketrli sin comprender la causa
que Harry tenia para volver á elevarse nuevamente has
ta las nubes.
Harry lanzó un terrible puñetazo sobre el borde de
la barquilla.
—Cómo! ¿no deseas descender? preguntó Ketrli con
estrañeza.
—Sí, pero tengo mis temores que donde vamos á
parar....
—¿Y qué tierra es esa? objeto Sessy.
—Ese es el reino de Zangüebar.
—Según eso esta isla que se estiende bajo nuestros
pies......observó Ketrli.
—Es la isla Zanzibar, cuyo Divan es aliado de la
Francia y de Inglaterra, siendo una de las mas ricas
218
colonias que poseemos; su puerto se halla siempre
frecuentado por buques de estas dos naciones; como
lo veis, se halla separada de la costa de Zangüebar por
un canal estrecho que cuenta muy cerca de doce leguas
y media y es residencia de uno de nuestros consula
dos.
—¿Si tuviéramos la suerte de caer en ese suelo?
añadió Ketrli.
— No lo espero, pues nuestro Regina es empujado
con una velocidad incalculable.
—Mirad; parece que nos han visto desde aquella
hermosa fragata. En efecto, una ligera humareda y una
llama instantánea brilló ála escasa luz de la mañana,
izando en sus palos el pabellón nacional.
—Es de los nuestros, dijo Ketrli, y sacando su pa
ñuelo saludó con un viva y entusiasta \Ilurral que
repitieron los ecos.
Pero en aquel mismo momento otra voz, la del
doctor en que se descubría el mas espantoso terror,
gritaba:
— ¡El simouml ¡El simouml
Con efecto, al Oeste y al Noroeste, á diferentes dis
tancias, se descubría este espectáculo de los más mag
níficos que puede presentarse á la vista. De aquel sue
lo desierto se levantaban muchísimas y enormes co
lumnas de arena enrojecida; hasta tal altura que era
de todo punto imposible divisarlas, pues se perdian
entre los vapores de las nubes. Dos ó tres de estas pi
rámides improvisadas se quebraron cerca de su cús
pide.
Este espantoso espectáculo llegaba con la velocidad
de una exhalación sobre el Regina, amenazando aplas
tarlo contra las acantiladas rocas de la costa.
De repente se dejó oir un estampido atronador pa
recido al que produce la explosión de un canon. Eran
aquellas inmensas columnas que se rompían por su
mitad al empuje violento del huracán.
219
Un grito se escapó de los labios de la jóven via
jera.
Una nube, tan encendida como la púrpura del arco
iris , de veinte brazas de ancho y á unos catorce piés
levantada del suelo, corria hácia el areostático con
una rapidez imponderable.
El peligro era inmenso.
Se hallaban á unos noventa piés del suelo á media
vara de distancia de una enorme roca, sobre la cual
irremisiblemente iban á estrellarse.
—Tirarse todos al suelo, pronto, gritó una voz
que ninguno sabia de donde salía.
No había momentos posibles de vacilación, pues el
calor de aquella tromba les daba en la cara. Todos
lanzaron en grito de terror al ver llegar aquel mónstruo de los desiertos, arrojándose fuera de la barquilla.
El doctor iba á hacer otro tanto; pero un terrible
choque contra las aristas de una enorme roca, le des
pidió violentamente á algunas varas de distancia.
El Regina desapareció envuelto entre las arenas
candentes de aquella nube de fuego.
El meteoro había pasado; pero el aire se mantenía
todavía tan caliente, que, bien fuera la falta de respi
ración, ó bien el violento golpe que dieron al caer,
nuestros denodados esploradores del Cielo Austral ha
bían perdido el sentido; y solo cuando volvieron en sí
hallaron que se encontraban á bordo del Leviawnan,
hermoso vapor anglo-americano que al dia siguiente
debia salir de la isla Zanzíbar con dirección á Plymouth.
El primer cuidado de Harry S'lay fué conducir al
teniente Fritz Grant al sitio donde el Regina había
sido destrozado.
—Vos podéis ser el mejor testigo, le dijo mostrán
dole los pedazos de aquel gigantesco aereostático de
220
que Harry S‘lay y su familia llegaron muertos de
hambre y de sed después de una larga travesía sobre
las regiones desconocidas de la luna, á los diez y ocho
dias de haberse elevado en el patio de Waldnk.
El Leviawnan se hallaba en el puerto próximo á
zarpar. Los viajeros se trasladaron á bordo, y el dia
20 de Abril salieron co i dirección á Plymoutn.
Dos dias después de desembarcar entraban en Lóndies en medio de las entusiastas aclamaciones del pue
blo y de los apretones de manos de los miembros de
la sociedad geográfica.
Sessy, y Ketrli se tradadaron al cabo de una sema
na á Elmey- Worcertershiré, donde Verde verde, suje
to á los hierros de los balcones de esta preciosa quinta,
sigue siendo la admiración de aquellos sencillos cam
pesinos y aldeanos.
En cuanto á Harry hay quien asegura le faltó tiem
po para declarar en sesión pública á la honorable so
ciedad geográfica de Lóndres los pormenores y resul
tados de su aereonáutica escursion.
lié aquí la más audaz de las concepciones del pensa
miento humano, fielmente representada en el viaje del
doctorS‘la y
A SELENIA EN 1868.
FIN
INDICE.
PágÍB&K.
CAPITULO I.
II.
III.
IV.
V.
The Illustrated London news.
—SI discurso de Harry STay.
—Cinco mil libras esterli
nas.—Harry STay; Sessy.—
Un amigo del doctor.—Con
vencido. — Ocho dias des
pués......................................
Descripción de un globo ex
traordinario.—Aparato in
genioso.—Física recreativa.
—Observaciones.— Aparato
equilibrador.........................
Primeros preparativos de un
viaje.—El profundo estudio
de un sabio.--El l.°de Abril.
—El Regina.—Adiós...........
Una conversación en los aires.
—Lo que empieza á marear
á Ketrli.—El primer cuarto
de vela.................................
Teoría de la luz.—¡Ojo certe
ro!—La region de los vapo
res.—Sobre la tormenta.—
Lo que abre el apetito al
doctor STay .-¡Una lágrima!
5
1*
25
31
41
Páginas.
CAPITULO VI.
=
=
=
=
—
=
=
—
=
En los cuernos de la luna.—
Ketrli cazador.—Un descu
brimiento. — Conversación
astronómica...........................
51
VII. La fiebre.—El sacrificio.—Una
noche en la Selenia..—Se ha
salvado................................
65
V III.' Selenografia.-Terreno de tran
sición.-Reino vejetal.—Rei
no animal............................ 75
IX.
Razas inteligentes.—-Androselenios.- Vespertilios.—F i
siología.—Guerras salvajes.
—La sorpresa.—El peligro. 81
X.
Cleomone.—El mar.—Casto
res; sus habitaciones.—Lon^
greemsu—Ceremonias nup
ciales.—El lecho nupcial. . 93
XI. El país de la caza.—El antílo
pe azul. —Rapto de Ketrli.—
Maldito país........................ 105
XII. La región do hielo.—El vivac
salvaje. — Los amores de
Kaoghut.—El deshielo.—La
venganza de Kaoghut.-Dios
es justo. -La travesía á nado.
—La tierra firme.................... 111
XIII. Conjeturas de Harry S‘lay.—
El pais de las serpientes.—
La emigración.-Nuevosdescubrimientos del doctor. . . 121
XIV. La tierra firm e—La vida del
del desierto.—Ketrli domes
tica las fieras.—El hambre.
—Un rayo de esperanza.—
La fuga................................... 133
XV. Las últimas gotas de agua.—
Recuerdos de un discurso.—
El principio de un incendio
á vista de pájaro.—El vol
can ambulante.-Un disparo
átiem po.—Hurra por Ketr
li, — El gimnasta aereo.—
Una mañana de violetas. .
143
Página»,
CAPITULO XVI.
=
=
=
La granja modelo.—Un reparo
singular del teniente Draumound.-Conversación cien
tífica de nuestros aereonau
tas.—Heveliusen 1847.—Selenópolis..............................
XVII. Invitación de los selenopolitanos. —La plaza del Merca
do.—El Bohowigwam.—El
campo de Marte. Las fábri
cas.—El templo de la reli
gión. —Vuelta precipitada al
Regina ...................................
XVIII. La noche tranquila.—Filoso
fía de nuestros aereonautas.
—Las caravanas de peregri
nos.—Cultoy religión délos
selenios —El F o u n in g o — Los
temores del doctor S lay se
realizan.—Ultimos momen
tos desesperados..................
XIX. Tres almas en pena. —El ham
bre.—El cazador errante.—
La caza desesperada. — El
adiós á la luna. Un muer
to que no íesucita.—Zangüevar.—¡El sim oum '.—Gol
pe terrible.— Conclusión. .
157
169
187
217



