La mayor conquista: último episodio. Los modernos prometeos

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Madrid

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114
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Notas
Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
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Español
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Europeana Data Provider
Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid
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Universidad Complutense de Madrid
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CC BY-NC-ND 4.0
Fecha de creación
1922
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BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTlFICA
DEL

CORONEL IGNOTUS
Serie de interesantísimas y vibrantes novelas editadas con
lujosas y artísticas ilustraciones por la LIBRERIA Y E D IT O ­
RIAL RIVADENEYRA, a 4 pesetas tomo.

OBRAS

P U B LIC A D A S

(Cada volumen forma por sí solo un episodio completo.)

VOLÚMENES

NOVELAS

I.— De los Andes al Cielo.

Viajes Planetarios en el Siglo xxii . ..
La Desterrada de la Tierra. . . . . . . . .
El Amor en el Siglo Cien. . . . . .

II.— Del Océano a Venus.
III.

— El Mundo Venusiano.

IV.

— El Mundo-Luz.

*

V.— El Mundo-Sombra.
VI.
VII.— Los Vengadores.

La mayor Conquista. . . . . .

. J VIII.— Policía Telegráfica.
^ IX.— Los Modernos Prometeos.

EN

P R E P A R A C IÓ N

UN MUNDO NUEVO y o t r a s m u c h a s que se p u b lic a rá n a
r a z ó n de un v o lu m e n c a d a c u a t r o m e s e s .

Ü^RÉRl” Y E D IT O R IA L ?

IVADENEYP





BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTÍFICA
O Q a o o o o o a o o a o o a o o a o o o o o o o o o o o o D o a o o o D a ao o ao o a o o ao o o o ao o a ao o ao o o o o o o o ao o o o o aa o o o ao B o a cio a

LOS MODERNOS
P R O M ET E O S

Es propiedad. Prohibida la repro­
ducción, incluso la "cinematográ­
fica", sin permiso dei autor,

INDICE
Páginas

Páginas

I.—Un paseo por el campo insolatorio..............................
7
H .—Cascadas de fuego.. . . .
.
10
III. —De cuándo puso Gahel el
mote a la hurí rubia......
14
IV. —La traza que buscaba Abd-elGahel para llegar a Emma.
18
V.—Reaparece el truhán que sa­
lió para el Borkú............
21
VI.—Nuevas preocupaciones........
24
VII. —Comienza el asedio de la Re­
sidencia...........................
29
VIII. —Saca del Sol Lobera frío o ca­
lor, según le p la c e ............
32
IX.—El anzuelo y la celada.. . . .
35
X.—Entre mieles de triunfo ahe­
lea el desengaño............
38
XI. -E l asedio se convierte en ata­
que....... .
42
X II—Tres «ahoras» .
46
XIII. —¡Desventurado vencedor!. .. 49
XIV. —El rapto.............. ................
53
XV.—El vengador Opiná que no co­
mienzan mallas cosas.........
55
XVI.—La segunda entrevista...........
60
XVII.—Donde la muerte ronda a Pepo.
63

XVIII. —Una revelación de Al-láh. .. 67
XIX.—Donde Emma sirve de cimbel
70
XX.—El gabinete negro del Califa.
73
XXI.—Una artimaña de Kitvinoff
y la contraofensiva subte­
rránea. .................................
77
XXII.—La mala pasada que una no­
che les jugó el Sol a los
sahareños............................
81
XXIII. —Cómo un ronquido puede
cambiar la suerte de las ar­
mas. .
........................
85
XXIV. —Ben-Cassim reaparece cuan­
do no es esperado. .........
90
XXV.—La mujer de Lobera..............
94
XXVI. —Cassim busca una cosa y en­
cuentra otra........................
97
XXVII. —Donde se ve que alguna vez
había de ser Gahel el sor­
prendido ..................
101
XXVIII. —A Sabankafl.....................
104
XXIX. —¿Dónde está Emma?....
107
XXX. —La última hazaña bélica del
Sol y su retiro a pacífico vi­
v ir........................................
111^

ERRATA

IMPORTANTE

Donde en la página 33, tercero y cuarto renglón, primera columna, dice: «pasa el agua
de gaseosa a la líquida», debe decir: «pasa el aire de gaseoso a líquido».

BIBLIOTECA NOVELES CO-CIENTÍFICA
por «EL CORONEL IGNOTUS»

Pesetas

DE LOS ANDES AL CIELO— P rim e ra e ta p a d e cV iaje s P la n e ta rio s en el sig lo x x n » ,
s e g u n d a e d ic ió n ...................................................................................................................................................
DEL OCÉANO A VENUS.—S e g u n d a e ta p a d e la m is m a o b ra , se g u n d a íd e m ...........................
EL MUNDO VENUSIANO.—T e rc e ra y ú ltim a e ta p a d e la m ism a o b ra, s e g u n d a íd e m .........
LA DESTERRADA DE LA TIERRA.— P rim e ra p a rte .— EL MUNDO-LUZ...........................................
EL MUNDO-SOMBRA.— S e g u n d a p a rte de la a n te r io r ............................................................................
EL AMOR EN EL SIGLO CIEN...............................................................................................................................
LA MAYOR CONQUISTA.—P r im e r ep iso d io : LOS VENGADCRES.........................................................
POLICÍA TELEGRÁFICA.— S e g u n d o ep iso d io d e la a n te rio r...............................................................
LOS MODERNOS PROMETEOS.—T e rc e r y ú ltim o e p is o d io d e la a n te r io r ..................................
UN MUNDO NUEVO.

4
4
4
4
4
4
4
4
4

E N P R E P A R A C IÓ N :

OTRAS OBRAS DE JOSÉ DE ELOLA
MODERNAS BRUJERIAS DE LA CIENCIA............................................................. ...........................................
6
MÁS BRUJERÍAS CIENTÍFICAS.—E n p re p a ra c ió n .
EUGENIA—N o v ela............................................................................................................................................................
3
LA PRIMA JUANA.—N ovela, d o s to m o s ................................................................................................................
3
BOSQUEJOS.— C u e n to s................................................................................................................................
CORAZONES BRAVÍOS.— C u e n to s ..............................................................................................................................
1
CUENTOS ESTRAFALARIOS DE AYER Y MAÑANA— (A g o tad a).
REMEDIO CONTRA CEGUERA.— C o m ed ia en d o s ac to s (ag o tad a).
LA NIETECILLA.— Id e m e n id ., id.
IN ARTÍCULO MORTIS.— Id e m en u n acto, id .
PRECOCIDAD— Id e m en id ., id .
MACBETH.— V ersió n de la tra g e d ia d e este n o m b re , d e "W illiam S h a k e s p e a re ....................
2
OBRAS DRAMATICAS. — E l salvaje , Luz de belleza .............................................................................................
2
EL FIN DE LA GUERRA.—C on el se u d ó n im o I g n o t u s ..........................................................................
3,50
EL CREDO Y LA RAZÓN —S e g u n d a e d ic ió n ................................................................................................
LA VERDAD DE LA GUERRA.— V ersió n d el in g lé s (a g o ta d a ).
LAS CAUSAS DEL DESASTRE.— C on se u d ó n im o I g n o t u s (ag o tad a.)
LA CAMPAÑA DEL ROSELLON.—(A g otad a.)
EL PLEITO DEL REGIONALISMO.— C on s e u d ó n im o Don Ñuño (ag o tad a).
LA ENFERMEDAD DE LA PESETA.......................................................................................................................
LO QUE PUEDE ESPAÑA...........................................................................................................................................
PLANIMETRÍA DE PRECISIÓN.— P re m ia d a p o r la E sc u e la d e M inas, c u a tro v o lú m e n e s ..
LEVANTAMIENTOS Y RECONOCIMIENTOS TOPOGRÁFICOS.— D e te x to en v a ria s E sc u e la s
d e In g e n ie ro s , tre s v o lú m e n e s .....................................................................................................................
AGENDA DEL TOPÓGRAFO.....................................................................................................................................
ESPAÑA EN MARRUECOS.—M apa d e la zo n a d e in flu e n c ia e s p a ñ o la ..........................................
EN PREN SA :
LAS HERRAMIENTAS DEL TOPÓGRAFO EN EL CAMPO.

3

2
1

50
30
7
3

3

I
UN PASEO POR EL CAMPO INSOLATORIO
Cuando, tan laboriosamente salvado cual
se indicó en el último capítulo del segundo
episodio de esta historia (1), aterrizó Raúl
en la Residencia, la halló sumamente cam­
biada de como a su partida la dejó, pues el
perímetro de ella había crecido mucho al
abarcar, además del antiguo centro ferro­
viario, el campo insolatorio y los pabellones
fabriles de la Heliodinámica: uno y otros
cercanos a terminación.
El trabajo realizado en dos meses escasos
era enorme, pero también lo eran los ele­
mentos en él empleados; pues a los 600 jo r­
naleros congoleses traídos por Manolo Lo­
bera se habían unido 750 dazas y tibous,
alojados dentro del recinto fortificado, como
gente de confianza, y los 3.000 trabajadores
dagatums, tagarnos, damergús, etc., desocu­
pados con la suspensión de las obras del
ferrocarril y acantonados en la aldea o
acampados en sus cercanías: en suma, cerca
de 4.500 braceros, dirigidos por el personal
europeo de capataces y ayudantes de la vía
férrea, y por los maestros y obreros aven­
tajados procedentes de Los Llanos. Mas con
ser de Importancia lo numeroso de los bra­
ceros, teníala mucho mayor la fuerza de
37.000 caballos de vapor contratados en la
Hidroeléctrica de Stanley Pool, llegados a
Techiasco en ondas etéreas y allí empleados
en mover excavadoras, explanadoras, trans­
portadores, perforadoras, arietes, aserrado­
ras y demás máquinas de la paralizada em­
presa ferroviaria, o traídas de la antigua v
frustrada central de Bolivia.
De ésta habían también llegado, Petos ya
para la instalación, los filtros fototérmicos,
las pilas luminosas, las placas y globos son­
das, ya mencionados, para capturar la elec­
tricidad solar, así como las pilas caloríficas,
de que pronto hablaremos, con sus aparatos
complementarios destinados a producir bajísimas temperaturas, que eran clave del

(1)

Policía Telegrafica.

inusitado rendimiento obtenido de aquéllas
en los novísimos métodos de Pepe Lobera.
Las remociones de tierras estaban ya casi
terminadas al llegar a Techiasco los fugiti­
vos de Agadés y ser los trescientos hom­
bres válidos que entre ellos había incorpo­
rados, según sus aptitudes, a las cuadrillas de
instalación de los talleres auxiliares frigo­
rífico y electrodinámico, o agregados a las
empleadas en dar los últimos toques a las
obras de defensa.
Como el dramático interés de las aventu­
ras de la exploración telegráfica y el del al­
zamiento mahometano se sobrepuso a todos
los demás en los últimos relatos, el lector
se halla casi tan atrasado de noticias como
Raúl respecto al invento heliodinámico; y
siendo de creer que su curiosidad iguale a
la sentida por aquél, aprovecharemos los
paseos que daba, con los Loberas, por obras
y talleres, y las conversaciones de uno y
otros con Don Gustavo, $ez, como decía él,
en ciencias físicas, para enterarnos de todo
a la par que ambos.
Excitó en primer término la curiosidad
de Raúl el desmesurado socavón bajo el
campo insolatorio, ya, por entonces, casi
completamente cubierto con un entramado
de cementada viguería estribada en los
hitos de tierra natural que la excavación
dejó enhiestos para servir de pitares de lo
que a la par sería techo del sótano, piso del
área de insolación y sostén de los espejos
absorbentes de la luz motriz de las pilas fo ­
toeléctricas y reflectores del calor enviado
a las térmicas.
Mientras unas cuadrillas instalaban di­
chos aparatos sobre el piso artificial, mon­
tándolos en filas paralelas y a distancias,
cada uno, de veinticinco metros de los In­
mediatos en su fila, colocaban otrss en las
zonas centrales de los vanos, y también en
varias filas igualmente paralelas a las de
los espejos, gran número de cajas de cristal
ennegrecido, herméticamente cerradas y
con dos alambrillo8 cada una empalmables

8

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

a otros homólogos de las cajas Inmediatas
abajo a arriba para seguir al Sol de modo
en su hilera.
que siempre se hallen, enfrentados a él
Entre y sobre ellas era apisonado un cas­ mientras vaya elevándose sobre el horizon­
cajo o grava de vidrio negro menudamente te: resultado obtenido montando en cada re­
triturado.
flector un mecanismo sincrónico con la tras­
—Por lo visto— dijo Raúl al darse cuenta
lación solar, mediante juego de contrapesos
de la diferencia entre este sistema de ins­ cuyo cálculo sabes es juego de niños (1).
talación y el empleado en el sótano—, tratas
—¡Canario con estos ingenieros! Todo lo
de capturar en las cajas de arriba calor
hallan fácil: hasta correr a par del Sol..
exterior, evitando vuelva a irradiar afuera,
¡Juego de niños!
y en las de abajo no te preocupa sino aislar
—Sí, Don Gustavo, facilísimo: la solución
su temperatura interna de las de aire y del problema es conocida de cualquier relo­
tierra.
jero desde hace muchos siglos; y para Raúl
—Precisamente—contestó Pepe—. Las de y para mí, incomparablemente menos ardua
arriba recibirán indirectamente el calor di­ que las habilidades, para usted sencillísi­
fuso llegado al vidrio del piso, y de un mas, de cortar piernas, abrir barrigas o
modo directo el más intenso de los rayos arrancar riñones.
solares reflejados en el espejo correspon­
—¡Bah! Esas son cosas de aquí abajo,
diente a cada tramo.
mientras que habérselas con el Sol, seguirlo
—Según eso las cajas de cada serie absor­ sin discrepar...
berán la energía calorífica del Sol llegada
—Pero nosotros no podemos sino seguir­
a la faja de terreno de seis metros de an- lo, y no pararlo ni desviar su carrera, mien­
chura comprendida entre cada dos filas con­
tras de usted me consta que a veces corre
tiguas de reflectores, y cuya longitud es los más de prisa que la Muerte y logra dete­
veinticinco de espejo a espejo. Es decir, en nerla y ahuyentarla.
junto cincuenta metros cuadrados. Luego
—Si lo toma usted así... Pero siga, siga
teniendo el campo doscientos mil, según me su explicación.
has dicho, necesitas un número de espejos
—Sí, Pepe; continúa. Porque si bien veo
igual a...
claro el funcionamiento de tus reflectore3
—No te molestes en echar la cuenta: mil desde el amanecer al mediodía, se me ocu­
trescientos treinta y tres.
rre que en las horas de la tarde tendrán
—Ya son algunos—comentó Don Gusta­ al Sol de espaldas.
vo— , y no habrá sido floja faena la de fa­
—No, porque al llegar el Sol al meridia­
bricarlos.
no todos los espejos giran verticalmente,
—Verdad es. ¿Cómo en el poco tiempo volviendo sus concavidades al oeste, e in­
transcurrido desde mi marcha te ha sido virtiéndose el juego de las pesas, el movi­
posible...?
miento ascensional de la mañana pasa a ser
—No, hombre, no; esa fabricación, y descendente hasta el ocaso.
cuantas constituyen preparatoria labor, han
—¿Y cómo puede usted mover en el ins­
venido ya ejecutadas de la antigua central tante del mediodía esos mil no sé cuántos
de Los Llanos. Aquí no hemos tenido sino espejos?
faenas de montaje: coser y cantar, como
—Con sendos motorcitos, simultáneamente
quien dice.
movidos por maniobra eléctrica.
•—Ya... Pero se me ocurre una dificultad.
—Pero aun siendo, como usted dice, mo­
—Venga.
torcitos, su crecido número requerirá en
—Como el Sol varía incesantemente de conjunto una fuerza colosal.
lugar en el cielo, los espejos no concentra­
—La gran cuantía de las obtenidas y
rán sus rayos Sobre las cajas sino pocos mi­ empleadas en mi sistema es característica
nutos en todo el día.
primordial de él; pero aunque la requerida
—Así sería, de montarlos en posiciones por esa maniobra es grande, no lo eS tanto
fijas.
como supondrá quien no sepa que las ar­
— ¡Ah! ¿Son giratorios?
maduras de más reflectores son, no de alu ­
—Naturalmente. Repara que todas las
filas de ellos tienen dirección este oeste; y
así, al amanecer, podrán ser todos orienta­
d í De muy antiguo son, efectlvameite, cono­
dos con sus concavidades hacía el orto del cidos con el nombre de helióstatos los aparatos
Sol y recibir los primeros rayos del alba. con anteojos o espejos que por efecto de movi­
mientos automáticos producido por apara:os de re­
Fasada ésta, y según suba el día, g-rarán de lojería
apuntan constantemente al Sol.
*

LOS MODEHNOS PROMETEOS
m inio, sino de alumineón, todavía más li­
gero. Además, como el Sol dará prótBgamente su energía, por mucha que invirta­
mos en las necesidades de la explotación
todavía sobrará muchísima para emplearla
en el mundo en menesteres hoy atendidos
onerosamente con los combustibles sólidos,
líquidos y gaseosos o icón la fuerza hidráu­
lica.
—¿Y qué son esas grandes bolas negras
sostenidas en columnillas de igual color >
esparcidas entre espejo y espejo?
—Recipientes de calor, huecos y llenos
de agua, como los cilindros que los sostie­
nen, y como éstos de palastro ahumado
externamente y bruñido por dentro. Su ob­
jeto, y de ahí su color negro, absorber el ca­
lor del ambiente y de algunos rayos solares
que puedan no llegar a los reflectores.
—¿Y para qué los llena usted de agua?
—Está claro, Don Gustavo: para substraer
al hierro de esferas y cilindros el calor
p or él tomado del sol y del aire, y que el
agua lo retenga... ¿No es esto, Pepe?
—Así es: lo has visto perfectamente.
— Sí, s í ; ustedes dos se entienden con
media palabra, pero yo no lo veo tan claro
com o Raúl.
— La razón es que en el agua se pueden
almacenar (y buen testigo de ello la má­
quina de vapor) las grandísimas cantidades
de calórico que el hierro, en contacto con el
aire, substraerá a éste y transmitirá ai
agua de esferas, columnas y a la contenida
en tubos irradiantes de las bases de las se­
gundas por debajo del vidrio molido del
piso.
—En eso debe de andar aquello del calor
a lo ancho1y a lo hondo que nos enseñó us­
ted a Emma y a este pobre aprendiz.
— Efectivamente, Don Gustavo; pues, pres­
cindiendo de pérdidas en el metal, cuyo
papel es conducir el calor del aire al agua,
por cada grado de temperatura que ésta
suba rebajará en cuatro la de cada volumen
de aire circundante igual al suyo. Así, me­
diante los tubos radiales horizontales, ca­
liento el vidrio machacado, aislador de las
cajas donde se concentran los rayos solares
reflejados por los espejos; y así no ellas,
sino el vidrio, sufrirá las pérdidas inevi­
tables, aun cuando pequeñas, por irradia­
ción al exterior.
— Bueno; pero a todo esto no nos ha di­
cho usted qué contienen las cajas enterra­
das con sus misteriosos alambrejos; y ba­
rrunto que ahí se encierra el busilis.
—Y sospecha usted bien, amigo mío. Ellas

9

y las de abajo son elementos de mis noví­
simas pilas termoeléctricas. Supongo que
su prurito de alardear de ignorancia no le
hará a usted decir que tampoco sabe nada
de tal clase de pilas.
—Mi ciencia se reduce a saber que sol­
dando alternadamente barras de dos meta­
les, calentando las soldaduras pares y en­
friando las impares, o viceversa, nace en
las barras una corriente eléctrica. Pero que
no es alarde, sino real mi ignorancia, lo
demuestra que no puedo decir si esa co­
rriente va de las soldaduras calientes a las
frías o a la inversa.
—Ni le hace falta, ni hay regla gene­
ral (1). Lo importante es que cuanto mayor
tal diferencia, más poderosa la corriente.
—No siempre.
— Dejemos eso a un. lado por ahora,
Raúl (2 ); no quiero aumentar los apuros
de este pobre ignorante.
(1) El sentido de tal corriente depende de los
metales en contacto y de la diferencia de tem­
peraturas de sus alternados contactos.
(2) Calentando una soldadura de plata alema­
na y hierro descubrió Sebek, en 1821, la pila ter­
moeléctrica ; en 1834 otro sabio, Peltler, comprobó
que, a la Inversa, el paso de una corriente por
una soldadura la callenta o enfría según pase en
un sentido o en el opuesto : fenómeno al cual se
dió el nombre de efecto Peltier.
De entonces acft las pilas termoeléctricas de di­
versas combinaciones de metales han andado muy
poco camino por lo pequeño de los voltajes obte­
nidos con ellas, siendo bastante utilizadas como
termómetros para medir temperaturas muy altas—
pirómetros— o muy bajas, y para evaluar peque­
ñísimas diferencias de ellas con sensibilidad tan
exquisita, que en el Radio-Micrómetro de Boys,
un par termoeléctrico mide la subida termomètri­
ca extremadamente minúscula que en la soldadu­
ra de bismuto y antimonio produce el calor ¡de
una bujía situada a 2.500 metros !, concentrán­
dolo sobre la pila por un espejo parabólico en
cuyo foco se halla la llama de aquélla. Dato que
tomo de una monografía publicada en 1816 por el
profesor Rogers Rusk, de la Universidad de Wesleyan : Ohio.
Este resultado, que parecerá increíble a quienes
desconozcan los prodigios hoy realizados por las
ciencias metrológicas en toda clase de mediciones,
se alcanza mediante la desviación que en un aro
ligerísimo de cobre, recorrido por la corriente de
una pila ordinaria determina la acción repelente
de la engendrada en la soldadura cuando la luz
de la bujía encendida a media legua la caldea en
cantidad inapreciable para los más sensibles ter­
mómetros ordinarios.
La energía eléctrica transformada de la del ca­
lor empleado en calentar la soldadura de las pilas
térmicas era, hasta el descubrimiento de Pepe Lo­
bera, pequeña, pues sobre no haberse antes dado
aplicación práctica al conocimiento efectivo, pero
poco puntual, de que el contacto entre líquidos y
entre gases podría dar superiores voltajes que el
de los metales, tampoco era posible utilizar gran-

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

— Que, sin embargo, se permite hacer
— No lo crea, Don Gustavo: mi padre es,
constar que ha cogido al maestro en un re­
y todos esos inventores fueron de la opinión
nuncio.
de Pepe.
— ¡A mi!
Como no fueran. No hay inventor que
Sí, señor. Yo le he oído a usted desde­ no se deje ahorcar antes que reconocer una
ñar, por vulgar, el sistema, corriente en I03 equivocación... En eso son iguales a los mé­
ensayos de sus precursores, de calentar
dicos: enfermo curado lo salvamos nos
agua con rayos de sol, y ahora salimos
otros; los muertos se los lleva Dios.
con que...
— Ca, el caso es diferente; pues yo, qu&
No, Don Gustavo, no salimos con lo que
me guardaré bien de responder que usted
usted supone: si la caliento no es para cons­ no haya ayudado a Dios a despenar algunos
tituir una máquina de vapor donde el car­
enfermos...
bón sea sustituido por los rayos solares;
— Yo tampoco. Pero eso nada tiene que
pues precisamente por tomar aquellos se­
ver con las máquinas de vapor.
ñores tal camino obtuvieron tan exiguos
Sí tiene; pues a Wat y a los otros I03
rendimientos de sus motores. Ya que con.
eximo de culpa en las deficiencias de las
todo y ser tal máquina una de las más ma­
suyas, dependientes de imposibilidades de
ravillosas invenciones humanas, y haber
la Naturaleza.
transformado la vida de los pueblos civili­
Al llegar a este punto de su conversación
zados, no es menos cierto que ella y aun la
dejó Pepe a Don Gustavo con la curiosidad
turbina son imperfectísimos, primitivos iba
de saber cuáles eran las fatales imposibili­
a decir, transformadores de energía.
dades a que el primero había aludido; pues
■— ¡Anda! Menudo zipizape se iba a armar hubo de marcharse al taller de montaje de
como oyeran a usted Wat o Langley, Cur­
las pilas luminosas, de donde lo llamaban
tís, Parsons, y hasta el mismo Duvey, que por haber surgido una dificultad que reque­
tan orondo está con sus nuevas locomoto­
ría su intervención.
ras archicompound.

II
CASCADAS DE FUEGO
— Se me va a lo mejor— exclamó el gale­
no al ver marcharse a Lobera— . ¡Yo que te­
nía a las máquinas y las turbinas de vapor
por el non plus ultra de la perfección!
¡Otra ilusión perdida! Y es lo peor que ya
me había consentido en que tu cufiado me
explicará porqué la pierdo.
— Si le falta paciencia para esperar su

vuelta y se fía usted de mis explicaciones,
puedo yo satisfacerle la curiosidad; pues
nada tienen de común cou los inventos de
Pepe.
— Está visto que aquí todos sois sabios,
menos yo.
— (Valiente sabiduría: esas cosas las sabe
todo el mundo.

des diferencias de temperaturas entre las alterna­
das soldaduras frías y calientes ; pues en las ve­
leidosas pilas térmicas comenzaba la corriente a
crecer con la cuantía de dicha diferencia, pero
cuando llegaba a cierto valor (variable según ti­
pos) disminuía para mayores desequilibrios termométricos, llegando a veces hasta correr en senti­
do contrario.
Causa de esta irregularidad de funcionamiento
que al efecto Peltler— el cual explica la transfor­
mación directa de calor en electricidad— , se so­
brepone, cuando la diferencia de temperaturas cre­
ce mucho, es otro fenómeno llamado efecto Thomson,
del nombre del físico que lo descubrió, y consistente
en que cuando los extremos de una barra metá­
lica se ponen a diferente temperatura nace en ella

una corriente eléctrica, aun cuando no esté en
contacto con otro metal diferente; y así en una
pila en funciones circulan dos, una en cada me­
tal, que a determinadas temperaturas son contra­
rrestantes de la que va de uno a otro, llegando a
veces a sobreponerse a ella.
Todas estas dificultades eran las responsables
de que veinticinco vatios fuera la potencia má­
xima a que prácticamente hubieran llegado .os
físicos en pilas termoeléctricas compuestas de ru­
senta a setenta pares de barras de metales dife­
rentes. Potencia que, traducida a trabajo mecáni­
co, representa algo más que el trigésimo de un
caballo de vapor, exigua para aplicaciones indus­
triales.

LOS MODERNOS PROMETEOS
11
—Me parece, monigote, que me estás ofen­ para fuerza del kilogramo de hulla unos
diendo: pues, ignorándolas yo, me has lla­ doce y medio caballos hora.
—¡Qué atrocidad! Nunca creí fuera tanto.
mado Don Nadie.
—Quiero decir todo el que tenga nociones
—Y advierta que los caballos de vapor
tienen más fuerza que los de carne y hueso.
de mecánica.
—Eso es ya otra cosa. Pues andando. En
— ¡Lástima no poder echar la silla a lino
primer lugar creo imposible me convenzas de esos caballos de carbón!
—Sí, señor; a pocos kilogramos que tu­
de que ingenios tan maravillosos como la
locomotora y la turbina, que con sólo que­ viera podría usted hacer en él muy largas
mar unas cuantas paletadas de carbón en correrías. Pero, volviendo a lo interesante,
sus hogares arrastran un tren enorme ki­ que se nos queda un poco atrás, ¿sabe us­
lómetros y kilómetros, o un buque millas y ted lo que esa misma tonelada rinde en las
millas, puedan ser calificados de imperfec- mejores máquinas fijas?
—¡Qué pesado te pones! Ya te he dicho
tísimos.
—Lo intentaré, sin embargo. ¿Qué diría que no sé nada de esas cosas.
usted de un cocinero que por cada chuleta
—Pues de 100 a 125 en las mismas diez
de doscientos gramos que le sirviera (y co­ horas. Y en la locomotora, ni tanto.
mo tiene usted buen diente no me ando con —¿Cómo? ¡De 1.262 bajan a esa miseria!
miserias) le pusiera en la cuenta dos o dos Y los demás( ¿qué es de ellos?
y medio kilogramos de carne?
—Sin dejarse uncir, se arremolinan, co­
—Que era un redomado ladronazo, y que ceantes, contra las paredes de calderas y
buscaría otro cocinero. ¿Pero a qué viene hogares caldeándolas; se encabritan para
escalar la chimenea, y en forma de calor,
esa patochada?
—A que por igual razón busca Pepe otra y sin llegar a convertirse en fuerza mecá­
máquina para sustituir a la de Wat; por­ nicamente aprovechable, escapan dando cor­
que, ¿sabe usted los caballos contenidos en covos por el aire ambiente. Vea si no hay
una tonelada de buen carbón de ocho mil razón para decir que el hombre dilapida
locamente los inmensos tesoros de energía
calorías en kilogramo?
—No pretendas liarme, ¿eh?... ¿Qué es que la Naturaleza le ha entregado en el
eso de caballos metidos en kilos de carbón? carbón. Vea porqué la cuenta del trabajo y
—Una metáfora, útil por abreviar el len­ el gasto de la máquina viene a ser peor que
guaje, y que además responde a una reali­ la de la chuleta de marras; porque los más
dad; pues si con las calorías del carbón hábiles maquinistas y fogoneros no sacan
quemado engendran las máquinas trabajo al combustible, en las más perfeccionadas
que medimos en caballos, mi pregunta equi­ máquinas de los más expertos fabricante?,
vale a esta otra: ¿Cuántos caballos de va­ sino nueve a diez por ciento de la total
por rendiría por tonelada de hulla la calde­ fuerza contenida en él.
ra que, sin pérdida, aprovechara ,todo el —Pues francamente, chico, no veo en qué
fundan sus humos los señores ingenieros,
combustible consumido en ella?
que desde lo alto de su vanidad nos miran
—¿Por dónde voy a saber yo eso?
—Pues se lo diré yo, y no se asuste: a quienes ignoramos que en humo se les va
todo el carbón. ¡Tonto de mí, que los tenía
45.440.000.
—Ni los ejércitos de Jerjes; ni las hordas por semimagos, y reverenciaba a los inven­
de Atila. Con semejante atelaje bastaría, tores de esas máquinas como a verdaderos
digo yo, para tirar del mundo. Veo que las genios!
zozobras y penalidades de la expedición no —Y lo han sido.
—No lo veo.
te han quitado las ganas de broma.
—Sí, señor; porque de esos pérdidas no
—No es broma; mas sí confieso que poi
deseo de asombrar a usted un poco he ca­ son ellos responsables sino en pequeña
llado que para rendir esos millones de ca­ parte.
—¡Ah! Las imposibilidades a que aludió
ballos habría de quemarse la tonelada ie
carbón íntegramente en un segundo, y que Lobera....
—Precisamente.
sólo durante dicho tiempo produciría tra­
bajo; mientras que de quemarla en diez —Ya las había olvidado.
horas, la misma hipotética máquina perfec­ —Ahora las va usted a ver. El trabajo de
ta proporcionaría potencia equivalente a la toda máquina resulta del aprovechamiento
desarrollada por 1.262 caballos trabajando de un desnivel en la caída de un peso o de
continuamente en dichas horas: lo cual da algo equivalente a un peso: en el pisón, la.

12

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

altura de donde lo suelta él apisonador y
la cuantía de su masa; pues cayendo de dos
metros produce doble efecto que cayendo
desde uno, y duplicando el peso se obtiene
el mismo resultado sin aumentar la altura;
en los saltos de agua, la de donde ésta cae
y el caudal caldo, que entre sí multiplicados
ya sabe usted dan la fuerza del salto.
— Eso si, si lo sé. Pero tú te me vas a
cada paso por una callejuela: ¿qué tienen
que ver el pisón y el salto hidráulico con
las máquinas de vapor?
— Mucho; pues ellas, y en general toda
las térmicas, sean locomotoras, turbinas o
motores explosivos, no son sino cascadas,
donde en vez de bajar agua desde tantos a
cuantos metros de altura, cae calor desde
una temperatura a otra más baja.
— ¿Cómo, cómo? No entiendo bien eso de
caer calor.
— Porque a mayor temperatura en la cal­
dera, mayor presión en el vapor, equivalen­
te a más alto nivel del agua en la presa del
salto, y a más vapor (equiparable al cau­
dal de la cascada líquida), mayor cantidad
deü que ejerce presión.
— Ya, ya.
—L a diferencia entre la temperatura del
vapor de la caldera y la del condensador,
donde retorna al estado líquido, es el des­
nivel térmico, esencialmente igual en su
aspecto mecánico a la diferencia de altura
de la presa y de las ruedas o turbinas por el
agua impulsadas.
—'Aguarda, aguarda: todavía se me ocu­
rre una objeción.
— ¿Cuál?
— Que el agua es una realidad, pues la
veo salir a borbotones de los álabes donde
empuja la rueda del molino o de los cana­
lizos de desagüe de la central después de
haber hecho girar la dínamo; mientras que
ese calor caído de la caldera no lo veo.
— Porque parte se gasta en calentar la
máquina y el agua del condensador, y el
restante pasa a difundirse en el aire a m ­
biente, que es un océano de calor asimilable
a los marítimos, en donde, al cabo, paran
también las aguas de los saltos. Y así como
al transmutar en otras fuerzas las de caí­
das hidráulicas no sé recoge cuanta en po­
tencia existe en el caudal acopiado en lo
alto, tampoco la máquina térmica aprove­
cha Integra la altura termométrica del va­
por que de su caldera sale, pues grandísi­
ma parte del calor contenido en él pasa a
la tierra y al aire por irradiación y se es­

parce en los calientes gases de la combus­
tión.
— ¿Y son esas las imposibilidades de que
hablabais antes?
— Solamente las contrarrestables parcial­
mente por los ingenieros con perfecciona­
mientos crecientes de día en día; pero hay
otras, en absoluto inevitables.
— Esas, esas quiero ver.
— Por poco ducho que sea usted en me­
cánica, ya me ha dicho que sabe que La
fuerza de un salto se mide multiplicando la
altura de él por las toneladas de agua caí­
da; y, por tanto, me podrá contestar a esta
pregunta: ¿Cuál es la potencia existente en
una masa de agua de 1.000 toneladas situa­
da a 1.000 metros sobre el nivel del m art
v—Será... Mil multiplicado por m il...: un
millón de tonelámetros (1).
— Eso es. Pero la utilización de tal poten­
cia exige que el agua vaya directamente de
la presa elevada mil metros a la máquina
situada a la orilla del maii, y sin derramarse
én toda siu caída, mientras que si esa agua
a mil metros sobre el nivel del mar está
tierra adentro elevada tan sólo doscientos
sobre la rueda situada en un llano por don­
de corra libremente el agua al salir de la
rueda o la turbina, claro es que la fuerza
desarrollada en tales artefactos ya no será
mil toneladas multiplicadas por mil metros,
sino solamente por los doscientos del des­
nivel entre presa y llano: doscientos mil
tonelámetros en lugar de un millón. Esta
es una imposibilidad natural y absoluta de
aprovechar la total potencia existente en el
agua de lo alto.
— Sí, pero eso se refiere a la máquina hi­
dráulica, no a la de vapor.
— Acuérdese de que éstas son también cas­
cadas, sólo que de calor, y advierta que así
como la altura absoluta del ejemplo no es
la de los doscientos metros entre presa y
llano, sino la de los mil sobre el mar, ú lti­
mo lím ite de la caída de las aguas en la
superficie de la tierra, así la diferencia en­
tre la temperatura del condensador, que es
el llano donde está la máquina y el calor se
derrama, y la del vapor de la caldera, presa
de donde cae, representa el salto máximo
termométrico obtenible: muy inferior al to ­
tal descenso hasta cero grados, que es el

(1) Capaz de elevar a un kilómetro de altura
un peso de mil toneladas, o diez mil toneladas a
cien metros o cien mil a diez.

LOS MODERNOS PROMETEOS
necesario para desarrollar la Integra fuerza
térmica contenida en aquel vapor (1).
— Creo que entiendo; pero si pusieras un
ejemplo...
— Con mucho gusto. Suponiendo una m á­
quina donde el vapor tenga en la caldera
temperatura ds 170 grados y en el conden­
sador 40, el desnivel eficiente será tan sólo
el de los 130 de la diferencia.
— Ya, ya lo veo claro: como el cero termométrico es el punto de partida de la3
temperaturas, se pierden en la caída los 40
grados a que sobre él está el condensador.
— Es algo parecido, pero con mucho más
alcance, porque el cero del termómetro cen­
tígrado o del Farenheit no son equiparables
al nivel del mar, ni realidades positivas,
sino orígenes puramente ficticios, nacidos

(1) Del mismo modo que el agua no desarrolla
fuerza sino cuando se mueve— y por sí no se mue­
ve sino cayendo de un lugar a otro más bajo— ,
así el calor no trabaja sino moviéndose entre tem­
peraturas diferentes. Y es bien sabido que el ca­
lor va siempre del cuerpo o lugar más caliente al
más frío.
Así como gastando fuerza para impulsar una
bomba podemos subir agua a un depósito, desde
el cual podrá luego caer desarrollando fuerza que
en parte devuelva la invertida en elevarla, de
igual modo, quemando carbón en el hogar de una
máquina, vaporizamos agua en su caldera, y des­
pués elevamos la temperatura del vapor aumen­
tando más y más su fuerza expansiva, contrarres­
tada por la resistencia de las paredes de la cal­
dera y obrante sobre los pistones móviles de los
émbolos o las aletas de la turbina, comunicando
a unos u otras el movimiento que proporciona los
impulsos mecánicos.
A cada empujón se enfría el vapor al dilatarse
de uno a otro cilindro, y en el enfriamiento de­
vuelve la fuerza que el calentamiento había inge­
rido en él. Mas no teniendo al llegar al conden­
sador y convertirse en agua nada ya en derredor
suyo que substraiga a ésta más calor, ya no puede
proseguir el enfriamiento ni desenvolver más fuerza
mecánica.
De aquí que el trabajo de una máquina térmica
se halle limitado a la vez por la máxima tempe­
ratura a que pueda elevarse el agua o el gas con
que se la alimente, y por la más baja— a lo sumo
la del aire ambiente— a que uno u otra salgan
de ella.
Nuestra atmósfera, en donde se hallan sumer­
gidas todas las máquinas de vapor, representa,
pues, en la cascada térmica lo que en la hidráu­
lica el llano elevado sobre el mar donde estaba la
rueda o la turbina de aquel nombre; y el número de
grados de su temperatura ambiente sobre el cero
absoluto representa altura equivalente al número
de metros de altitud de aquel llano sobre el mar, que
es el cero absoluto también donde el agua cesa de
caer sobre la superficie del globo.
El origen físico de este infranqueable límite del
rendimiento de las máquinas térmicas fué descu­
bierto por Carnot y formulado en el principio que
lleva su nombre.

ia

de convenios arbitrarios de los físicos. Por
ello la altura térmica absoluta de un vapor
a 170 grados centígrados no está medida
realmente por ese número de grados.
— ¡A h ! El oero absoluto.
— Precisamente: el frío sideral, donde se
paraliza el movimiento de las moléculas de
tcdos los gases, el verdadero f r ío ; que no e3
poco calor, sino ninguno; la falta absoluta
del calor, que es en el universo hijo unas
veces y padre otras del movimiento: eü cera
absoluto, que está (esto sí lo sabrá usted)
273 grados por debajo del cero del termó­
metro centígrado, resultando de ello que la
real temperatura del vapor a 170 grados
centígrados es 170 + 273, o sea 443 grados,
y la del condensador, 313 = 40 - f 273 (1 ).

— Entonces la pérdida en la máquina es­
tará representada, no por los 40 grados cen­
tígrados del condensador, sino por esos 313
absolutos del agua de él.
— Claro. Y utilizando en la caída 130 no
más de los 443 del vapor, el máximo rendi­
miento (únicamente teórico) es poco más
del 31 por 100. Y todavía hay además que
deducir las pérdidas entre el carbón y la
caldera.
— Pero entre eso y el nueve o el diez que
antes dijiste se aprovechaba en las máqui­
nas de vapor, hay gran diferencia (2 ).

(1) Mas ¿cómo se han llegado a medir esos 273
grados que por bajo del usual cero termométrico,
correspondiente a la fusión del hielo, quedan hasta
el cero absoluto, que es una temperatura que muy
probablemente será siempre inasequible en los la­
boratorios? ¿Cómo, si el mercurio se licúa a cua­
renta y tres grados y el alcohol cerca de los cien
bajo cero?
Por deducción matemática, e ingeniándose como
suelen ingeniarse los sabios.
Para ello tomaron un tubo de cristal recto y ca­
pilar de 932,5 milímetros, cerrado en su interior,
lleno de aire, y en lo alto del cual queda sos­
tenido por la presión del aire, cuando éste está
a los cien grados del agua hirviente, en donde, al
fabricar este especial termómetro, se sumerge el
mencionado tubo que lo constituye.
Al sacarlo de ésta y enfriarse el tubo va decre­
ciendo la tensión del aire en su interior y bajando
la gota de mercurio dos y medio milímetros por
grado centígrado de enfriamiento, quedando a al­
tura de 682 al llegar a la temperatura del hielo
fundido.
Graduando, por tanto, el tubo con trazos entre
sí separados dos y medio milímetros, tendremos
un termómetro absoluto con 373 divisiones: 100
sobre el cero usual del agua hirviente y 273 por
bajo, hasta el punto en que ningún gas tiene
tensión.
(2) En una magnífica turbina de expansión
cuyo vapor saliera de la caldera a 250 grados, el
rendimiento teórico subiría poco por cima del 40
por 100.

14

BIBLIOTECA NOVELESCO-CÍENTIFICA

—La imputable a las pérdidas inherentes
a toda transformación de energía: escapes,
rozamiento, etc., etc. De su alcance podrá
usted hacerse cargo cuando me oiga que, si
después de convertirse el calor de la com­
bustión del carbón en movimiento de una
biela o rotación de un eje, fuera empleada
dicha rotación en mover una dínamo do
alumbrado, se sufriría nueva y considera­
ble merma de la energía transformada; pues
la obtenida en las lámparas oscila, no ya
entre el nueve y el diez de antes, sino en­
tre el uno y el dos por ciento de la del
combustible consumido (1).
—Otro envidiable éxito de los ingenieros.
Ya no me extraña lo cara que nos venden
la luz eléctrica.
—Mal está usted con ellosj a pesar de de­
berles el ferrocarril, el teléfono, el aero­
plano.
—Pero tú mismo, entusiasta defensor de
esos señores, has confesado que carísimo to­
do, dilapidando los dones recibidos de la Na­
turaleza y arruinando a la pobre humanidad.
—Pues por eso estaban haciendo mucha
falta inventos como los de Pepe.
Llegando la conversación de Don Gustavo
y Raúl al punto donde alcanzan los ante­
riores párrafos, retornó Pepe, y al dispo­
nerse a continuar en compañía de ellos el

paseo por el campo ínsolatorlo, reasumiendo
el oficio de cicerone atrajo su atención y le
despertó cuidados la vista inopinada de un
aeroplano que al acercarse a la Residencia,
acortaba marcha y disminuía altura al vue­
lo para planear en círculo a no más de cien
metros por encima de aquélla y alejarse rá­
pido hacia saliente, de donde había venido.
Al verlo Raúl supuso fuera uno de los de
la Compañía Heliodinámica, procedente de
América; mas no así Pepe, pues sobre no
poder confundir el tipo de ellos con el de
éste, a primera vista había reconocido en ¿1
al que la víspera dió caza al suyo al retorno
de In-Ziza; y presumiendo la presencia de
Abd-el-Gahel o alguno de sus subordinados
en el avión, se inquietó por temer fuera ob­
jeto del vuielo realizar un reconocimiento
para fundar el plan de ataque que en la
Residencia contaban todos recibir, y que los
jefes, ’enterados de la concentración, en
torno de Techiasco, cuyas órdenes sorpren­
dió Raúl desde la caverna aguardaban tan
pronto transcurrieran los pocos días faltantes para la fecha marcada a la completa
terminación de aquélla.
Y como la novedad era importante, in­
mediatamente se fué Pepe a enterar de ella
a su suegro y a Bertier.

«I
DE CUANDO PUSO GAHEL EL MOTE A LA HURI RUBIA
Barrunto de realidad y no caviloso temor
fué el de Pepe Lobera al recelar que el hé­
lice que le impidió proseguir mostrando a
Raúl el conjunto de la instalación heliodi­
námica estuviera tripulado por Abd-elGahel; pues, efectivamente, el Gran Caid, a
punto ya de encumbramiento a Gran Califa,
era quien, a vista de pájaro y planeando en

círculo sobre la Residencia, realizaba por sí
un reconocimiento, por creer necesaria tal
ojeada de conjunto para mejor utilizar des­
pués el plano detallado de sus defensas, que
habría de dibujarse con los datos proporcio­
nados por una cámara foto-topográfica coa
que, mientras se cernía sobre el recinto
atrincherado, impresionó varias placas.

(1) En la mfiquina de vapor se verifican su«esivas transformaciones de energías: primera, la
química de la combustión al combinarse el oxíge­
no del aire con el carbón, que, ardiendo, engen­
dra el calor transmitido del hogar a la caldera,
al agua y al vapor de é s ta ; segunda, la meta­
morfosis del calor del vapor en aumento de las
fuerzas repulsivas entre las moléculas de él, a su
vez transmitidas a los pistones o las aletas que
impulsa por ia presión sobre unos u otras de di­
chas moléculas.

En el cañón, en el barreno, la energía química
de la combustión se trueca en impulsión mecáni­
ca sin haber menester de agentes intermedios, y
de aquí la superioridad sobre las máquinas de
vapor de los motores de explosión, que no son
sino barrenos o cañones domados: afirmación un
poco atrevida, cuya justificación se daría aquí a
no pesar ya mucho la materia contenida en las
notas de esta obra, lo cual me obliga, para no re­
cargarla con exceso, a dejar el asunto para otro
libro.

LOS MODERNOS PROMETEOS
Hecho esto regresó a Sabankafi, donde en
las casas y almacenes de Mohamed habla
establecido su cuartel general por parecerle
Techiasco demasiado cercano al centro fe ­
rroviario para instalarlo allí.
E n días anteriores al de su arribo a la
primera aldehuela, y cumpliendo órdenes de
él recibidas con antelación, había llegado a
ella el personal completo de su secretarla;
unos cuantos de sus principales tenientes,
regresados a las demarcaciones de su man­
do tan pronto conferenciaron con el caudillo,
y más de una docena de técnicos en cosas
poco estiladas en el Sahara y de corriente
uso en los países civilizados. De ellos, eran
los menos árabes— previamente adiestrados
en sus especialidades en E l Cabo o en la
India— y los demás una baraja de tunos, tan
inteligentes y aptos en sus profesiones cemo
ayunos de honradez> huidos o expulsados de
diversas naciones o ejércitos, o hasta cum­
plidos o escapados de presidio: anteceden­
tes que no retrajeron a Abd-el-Gahel de
contratarlos; pues para lo que los quería
no era estorbo tuvieran ancha la conciencia,
y porque el no cuidarse de esto le permitió
formar un plantel técnicamente muy útil de
mecánicos, ingenieros, aviadores, fotógrafos,
químicos, metalúrgicos, etc., etc., que ya le
hablan prestado muy buenos servicios y aun
esperaba los prestaran mayores.
A l bajar del hélico, en retorno del recono­
cimiento, ordenó fuera avisado uno de aque­
llos pillos, fotógrafo de profesión, de que el
Gran Caid lo aguardaba en su despacho, y
en cuanto se le .presentó recibió encargo de
revelar inmediatamente las placas traídas de
la expedición.
A la par hizo telegrafiar a Techiasco que
T in kert saliera para Sabankafi sin perder
momento, y acompañado de un topógrafo
ex ayudante del Catastro del Transvaal y un
ingeniero ruso de las minas del Cáucaso,
que desde mucho antes de llegar sus cole­
gas al cuartel general de la última aldea
estaban en Techiasco realizando cometidos
que al ser Tinkert encargado del mando en
la comarca, les fueron encomendados, y de
cuyo acabamiento, en relación con la fecha
en que la concentración de las bandas in­
surgentes quedara terminada, dependía el
comienzo de las hostilidades contra la R e­
sidencia, que de otra parte no serían rotas
hasta después de alcanzado un objetivo prtrvio no m ilitar, la posesión de Emma; pues
temiendo Gahel los peligros para ella pro­
bables en un asalto dado por las bestiales
fieras que componían sus huestes, tenía re­

15

suelto no atacar mientras allá estuviera la
mujer que lo tenía enloquecido con amor
de índole extraña en un mahometano de su
prosapia y poderío, que teniendo en el Eglab
bien provisto serrallo, y no siendo para los
agarenos las mujeres sino instrumentos de
placer, parecía verosímil no pensara sino en
hacer de Emma una odalisca más, aun cuan­
do fuera favorita mientras ahitara el capri­
cho del señor.
Y no, no éste, sino muy otro era el sentir
del Vengador, que hondísimamente enamo­
rado, ya que no a lo cristiano, a la europea,
pensaba en Emma como en criatura muy
por cima de todas sus concubinas, sedu­
ciéndole en ella, además de su belleza cor­
poral, encantos del espíritu prometedores
para quien ganara su afecto de inmateriales
gocesj incomparablemente superiores a I03
espirituales deleites solamente entrevistos en
amores que durante su larga residencia en
los países civilizados habían por él sentido
mujeres de ellos, a las que había correspon­
dido, pero no había amado.
Y era que, como resultado de su educa­
ción en Europa, de su larga residencia entre
gentes cultas y a despecho de su sangre ára­
be y su salvaje sentir a lo africano, ni po­
día ya pensar en bárbaro ni experimentaba
por los de su raza sino desprecio: al punto
que a no mirar en ellos puntales de su am­
bición, escabeles de su gloria y pilares de
su encumbramiento, habría renegado del
Africa de los musulmanes y acaso de Mahoma, para irse a vivir al mundo más a lh
medida de su inteligencia y su cultura, que
despertó la una y le dió la otra; donde ha­
bía aprendido cuanto le hacia ,único en su
tierra que le negaba todos los goces de la
civilización fuera de ella probados y cuya
pérdida sólo era compensada por la satisfac­
ción de la satánica soberbia de ser en A fr i­
ca, por doquier y entre todos, el primero:
más todavía, el Amo.
Tal era el estado de espíritu del Vengador
cuando conoció a Emma, no, cual creerá el
lector, en el ferrocarril de Tánger a A gadés, donde esta historia les mostró a uno
y otra por la primera vez, sino dos mjpses
antes, en París, en ocasión de haber ido allá
el Gran Caíd para asuntos financieros, rela­
cionados con los valores del célebre tesoro
del abuelo— que la proximidad del alzamien­
to hacía necesario realizar para tener abun­
dante dinero contante a mano— , y estando
allí ella disfrutando los meses de asueto que
de cuando en cuando iba a pasar su padre
en la madre patria. Ocurrió el encuentro

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
cuando ya casi terminados sus asuntos te­
El volumen de sus negocios, su larguí­
nía Gahel que imponerse violencia para sima residencia en la capital de Francia y
avenirse al sacrificio de renunciar por la su entusiasmo por este país, lo hacían co­
segunda vez a la brillante vida de la her­ dearse, como uno de tantos, con los princi­
mosa ciudad y al trato con sus refinados pales financiros parisienses.
habitantes, para tornar a los arenales saháA mitad de su almuerzo estarían ambos
ricos y al obscuro vivir del desierto, entre comensales, cuando en una mesa no inme­
brutales e ignorantes bárbaros.
diata, pero sí cercana a la ocupada por ellos,
No que sintiera ni aun leve tentación do llegaron a sentarse una señora y dos seño­
quedarse y desistir de sus proyectos, pues
ritas jóvenes, una de las cuales se llevó
nada pesaba en su ánimo como su desapo­ tras sí los ojos de Gahel, fascinado por su
derada ambición, ni nada le acuciaba con delicadísima belleza.
aguijón tan fuerte cual la soberbia de creer­
A poco entró un caballero de edad ma­
se llamado a los altísimos destinos cuyo es­
dura y distinguido porte, que saludando al
calamiento había sido norte e imán de su paso al tunecino fué a sentarse a la mesa
vida entera, y a los cuales jamás renun­ de las tres señoras; y antes de que hubiera
ciaría por tener convicción firmísima de ha­
acabado de hacerlo, ya Gahel había pregun­
ber nacido predestinado a ellos. No por Al- tado a su amigo:
lah—el islamismo de Gahel, naufragado al
—¿Quién es ese caballero? ¿Quiénes son
civilizarse, no era sino señuelo embaucador
ellas?
de los hermanos africanos—, no por Al-lan,
—El es Monsiieur Gerard, el Presidente
sino por la Naturaleza, que le había hecho
nacer superior a todos los hombres de su del Consejo directivo del ferrocarril de Tán­
ger a Agadés; la señora y la señorita más
raza.
Pero aunque no sintiera vacilación nin­ gruesa, su mujer y su hija.

—Me tienen sin cuidado. La otra, la otra.
guna en volver al Africa a proseguir el ca­
—No la conozco.
mino que se había trazado, no por ello de­
— ¡Qué hechicera criatura!
jaba de dolerle el pensar que en cuanto allá
—Efectivamente, es bellísima; pero de­
estuviera retoñarían en su espíritu melan­
cólicas añoranzas ya conocidas de él cuando masiado frágil. A mí me gustan...
—Lo supongo, las deslumbrantes hermo­
cuatro años antes abandonó el mundo de la
inteligencia para sumirse en la barbarie y suras de nuestra raza con formas opulen­
gobernar el. Diván Supremo de Africa Ven­ tas y ojos negros de mirar punzante... Esta
es todo lo contrario, y en serlo estriba su
gadora, compuesto de magnates tan supers­
ticiosos, tan rudos, poco menos incultos que mayor encanto... ¡Qué suavísima dulzura
las estultas masas que a mover iban salva­ la de su mirada, qué serena paz en su ros­
je fanatismo y odio a todo saber y a todo tro, qué luz de aureola en sus cabellos! Pa­
rece una mujer de ensueño... Y oiga, óigala
progreso: con fanatismo y odio que él ha­
hablar. ¡Qué voz, qué voz! Jamás he oído
bría de fingir, exagerándolos para que nadie
nada semejante.
le aventajara en ellos.
—Nos lo ha hechizado a usted.
—tEs que yo he visto mujeres hermosí­
simas, más hermosas que ella; pero ninguna
Una mañana que en un reittaurant del con belleza tan dulcemente atractiva, nin­
Bosque de Bolonia almorzaba el Gran Caid guna como esta... Porque esta es... esta e»
otra cosa... ¿Podría usted presentarme a
en compañía de su agente financiero en Pa­
rís, fué cuando por vez primera vió a Emma esa familia?
—No trato a las señoras, y aun con MonDuvery. El tal agente era un banquero tu­
necino, desde mucho atrás establecido eu sieur Gerard sólo tengo relaciones bursá­
París, testaferro de Gahel ante los bancos tiles, que no me autorizan para presentarle
depositarios de los valores que había llegado a nadie estando con su familia.
—Y que, además, tal pretensión .es una
necesidad de ir realizando, y jefe de una
casa de banca, cuyos propios y ostensibles inútil sandez mía: ¿a qué ni para qué ha­
negocios eran descuentos, préstamos y gi­ cerme presentar, si dentro de tres días he
ros entre Francia y sus colonias africanas, de marcharme?
teniendo por principales clientes a comer­
Al decir esto se volvió bruscamente Abdciantes, industriales y empresas radicantes el-Gahel en su asiento para dejar de con­
templar a Emana; pero a costa de esfuerzo
en dichas colonias.
16

17

LOS MODERNOS PROMETEOS
delatado en un gesto de contrariedad, y
agregando:
— Y, sin embargo, me gustaría saber
quién es.
Mas transcurrido breve rato pensó que
si su próximo viaje le imponía resignación
forzosa a no extasiarse en adelante con
aquella deidad, ello no era razón para an­
ticipar la privación de tal placer mientras
pudiera disfrutarlo; y se volvió de nuevo,
y mirándola estuvo mientras duró la co­
m ida; pero sin conseguir que Emma se die­
ra cuenta de la impresión que en el buen
mozo había causado, pues distraída con
sus amigas, y no estando por completo le
frente al africano, no hizo alto en él.
Cuando, terminado el almuerzo, vió el
tunecino al Señor Gerard levantarse de la
mesa y despedirse de las damasj lo llamó
preguntándole si iba a Bolsa; y obtenida
contestación afirmativa, le pidió y obtuvo
el favor de que lo llevara en su auto; pues
él, que también iba allá, deseaba dejar el
suyo a Gahel, quien después de marcharse
los dos bolsistas aguardó la salida de las
señoras del comedor y las siguió a distan­
cia en su paseo por el bosque, pasando in­
advertido.
A l cabo de una hora las vió subir en el
Panhard, que tomó hacia Boulogne y Meudon, siendo su primera idea decir al moto­
rista del suyo: “ Detrás de ese auto” . Pero
en seguida pensó: “¿Es que a mis treinta
y nueve años y con las graves cosas que so­
bre mí tengo voy ahora a jugar al colegial
enamorado?” Y en lugar de aquella orden
dió la de llevarle al hotel donde posaba:
lamentando tal vez no poder trocarse en el
estudiantino al que le avergonzaba parecerse.

Aquella misma tarde lo visitó su anfitrión
de la mañana para decirle que solamente
para complacerlo, averiguando quién era la
mujer que tanto le había agradado, se ha­
bía hecho llevar a la Bolsa por M. Gerard,
y ponderado a éste la belleza de la inglesita
que acompañaba a su señora: no porque la
creyera hija de Inglaterra, sino como me­
dio de hacer hablar al otro de ella.
— Albricias— dijo al entrar en la habita
ción donde el Vengador trabajaba— ; la di­
vinidad se va con usted a Africa.
— ¿Qué?— contestó Abd-el-Gahel brincan­
do en el asiento— ¡A Africa!
—>Sí: al Sahara. No está en París sino de
temporada. Es hija de Mr. Duvery, el In­
LOS MODERNOS PROMETEOS

geniero jefe de la línea Tánger a Agadés.
El ha ido unos días a comprar material de
vía en Inglaterra, dejando a su hija en casa
y al cuidado de la señora de su gran amigo
Gerard. En cuanto el padre acabe sus com ­
pras en Manchester y expire su licencia en
Francia, se vuelven ambos a Agadés.
— ¿Pero cuándo, cuándo?
—A punto fijo no lo sé. No míe ha pare­
cido prudente preguntar de una vez tantas
cosas, que si, de otra parte, interesan a
usted, pueden fácilmente saberse por los
empleados subalternos de la directiva de los
ferrocarriles.
— ¡A l Africa, al Africa, como yo!...— ex­
clamó Gahel— . Parece...—providencial, iba
a decir, cuando, acordándose de que no es­
taba solo dejó incompleta la frase; y pen­
sando en que ya sabría él hallar a Emma
allá, pero sintiendo despertarse deseo de
abreviar la espera, agregó:— ¿Y no podría
volver a verla antes de marcharme?
— No lo veo fácil... A no ser... Los Gerards
deben de estar abonados a la Grande Opera,
porque siempre los veo en el mismo pros­
cenio de la izquierda, pero no me he fijado
en qué turno.
— Eso es facilísimo de saber gratificando
a un empleado de contaduría para que lo
m ire en la lista de abonados...

Tres días después coincidió el turno de
Madame Gerard con la fecha fijada por
Gahel para su viaje, no siendo esto óbice
para que en- vez de meterse en el tren se
pasara los tres actos de la ópera con los
ojos clavados en la que aquella noche llamó
por la primera vez la hurí rubia, sin que
tampoco ella se enterara entonces de la
insistencia con que era contemplada desde
una butaca ex proceso elegida para ver bien
desde ella el palco en donde estaba.
A la siguiente tarde el Gran Caid tomaba
el rápido de Algeciras, y a su partida enea
recía al banquero tunecino averiguara la
fecha de salida de Duvery en regreso a su
destino, telegrafiándola tan pronto le fuera
conocida al corresponsal de Tánger: come»
ciante en cuya casa funcionaba una de las
radiotelegráficas estaciones de antena ente­
rrada, que era una de las vías por donde
llegaban al Eglab las noticias interesantes
para la conspiración en marcha, que a Abdel-Gahel enviaban sus agentes en el mundo
de los perros.
Además, a su paso por Tánger ordenó el
último al citado corresponsal que en cuanto

2

18

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

poco la atención que la hurí parecía pres­
tarle.
Mientras Gahel estuvo en Tánger, de don­
de con dos fechas de anticipación a Emma
salió, para reunirse en Tafilete con Cassím* según plan previamente convenido,
efectuaron los hervíanos africanos el secues­
tro, seguido de asesinato, de los verdade­
ros Núñez y Pozo, cuyas personalidades
usurparon sobrino y tío al subir al tren
donde los franceses y el argentino iban a
Agadés. En lo cual ya se ve no intervino
casualidad ninguna, aunque Cassím creye­
ra lo contrario.

recibiera aquel aviso se lo comunicase sin
demora, se pusiera a la mira de la llegada
del ingeniero y husmeara la fecha de su sa­
lida para Agadés. Por si no bastara esto
para darle la certeza que tanto le preocupa­
ba, telegrafió a Mohamed, en Agadés, que
por sí o por Morand averiguara en las ofici­
nas del ferrocarril en aquel pueblo la fecha
del regreso del director.
Al mes escaso de su llegada al Eglab re­
cibió avisos de las dos poblaciones que h
permitieron estar en la primera de ellas al
desembarco de Emma y entreverla dos ve­
ces en los días de su permanencia. Allí vió
por primera vez a Pepe Lobera, agradándole

IV
LA TRAZA QUE BUSCABA ABD-EL-GAHEL PARA LLEGAR A EMMA
Con la llamada de Tinkert, el topógrafo y
el ingeniero ruso, iba orden de que acudie­
ran con los datos necesarios para enterar al
Gran Caid del estado de los trabajos a su
cargo. Por ello llegaron los dos primeros a
Sabankaft con sendos rollos.
Uno era el plano del itinerario topográ­
fico de una línea poligonal, con lados entre
mil quinientos y dos mil metros, que par­
tiendo de la aldea de Techiasco, circunva­
laba la Residencia a distancias siempre poco
discrepantes de los tres kilómetros existen­
tes entre ella y el punto de partida sobre el
cual se cerraba el itinerario.
El plano de esta línea se había levantado
con un teodolito que, además de dar las di­
recciones de los lados del polígono, medía
sus longitudes (1).
Este era el primer cerco con que antes
de ser rodeado por rebeldes había sido ya
envuelto el refugio de los franceses. Pero lo
dicho no era todo el plano; pues asestando
el anteojo a los puntos más señalados de
los parapetos de la Residencia, los cruces,
en el plano, de las visuales correspondien­
tes a cada uno de los enfilados desde diver(1) Apreciando la de cada uno por la que en
una pértiga, colocada en un extremo, interceptaban
dos trozos grabados en el interior del anteojo y
visibles sobre aquélla al mirarla con éste desde el
otro extrem o: procedimiento que no sólo no era
novedad en los tiempos de Abd-el-Gahel, pero ni un
siglo antes.

sos vértices de la poligonal daban la p o ­
sición respectiva de aquéllos y el trazado,
por tanto, de los atrincheramientos dibu­
jados a escala: conociéndose así dimensio­
nes, formas y distancias.
Pero tal plano, completo en lo relativo a!
exterior, proporcionaba poquísimos datos ut
lo existente dentro, pues el relieve de las
trincheras y la multiplicidad de edificios
por ellas amparados ocultaban al teodolito,
desde afuera y de lejos empleado, los detalles
de la distribución interna de la que sola­
mente se había logrado situar en el dibujo
el castillete del lumiteléfono de comunica­
ción con Agadés, ocioso desde el abandono
de aquel pueblo, y algunas esquinas de unos
cuantos talleres, barracones y cobertizos in­
mediatos a los atrincheramientos.
Precisamente por presuponer tales defi­
ciencias había Gahel .efectuado el reconoci­
miento aéreo y tomado las vistas cuyas
pruebas, ya tiradas, recibió del fotógrafo
media hora antes de llegar los venidos de
Techiasco, y entregó al topógrafo, acom­
pañadas de unas cuantas distancias entre
puntos importantes del interior anotadas en
su libro de memorias desde que a pasos las
midió personalmente cuando, en compañía
de Tinkert y disfrazados ambos de gendar­
mes senegaleses, pasó una mañana entera
en el centro ferroviario la víspera del cri­
men de Tadelaka: unas y otras para que,
encajando tales datos entre los más exac-

LOS MODERNOS PROMETEOS
tos, pero menos densos> obtenidos con el teo­
dolito, completaran su trabajo.
—»Como la puntualidad de este plano in ­
terior me interesa más todavía que la del
exterior— dijo el caudillo— , no dibujes nada
sin certeza plena; y si tuvieres dudas, pide
el avión y ve a echar un vistazo a los pun­
tos dudosos. Pero ante todo, y sobre todo,
son importantes la colocación del gran ed i­
ficio central de oficinas y alojamiento del
alto personal y la seguridad en sus dimen­
siones, distribución de patios y situación
de puertas.
— Descuide, señor— contestó en inglés el
topógrafo, a quien Abd-el-Gahel hablaba en
dicho idioma por saber no entendía el árabe
ni el temasig, el primero de los cuales em­
pleaba el ingeniero ruso, que lo poseía bien
por hacer ya cuatro años que( escapado del
Cáucaso con el dinero de la caja de la em­
presa minera donde servía, llegó al Cairo
y fué allí conocido por el Vengador cuando,
perdido hasta el último rublo a la ruleta,
estaba a punto de ser atrapado por la p o­
licía inglesa, de la cual lo libró dándole me­
dios de escapar al Sahara y tomándolo a su
servicio.
Terminadas las recomendaciones al topó­
grafo, volvióse Gahel al ruso y a Tinkert,
preguntándoles:
— ¿Y cómo andáis vosotros de lo vuestro?
— Aquí traigo un calco en papel trans­
parente de los progresos de la galería.
— ¿A qué escala?
— A la misma del plano de Harks— el nom­
bre del transvaalense que había hecho el re­
cién visto por Gahel— . Cuando nos enviaste
a buscar a los dos comprendí para qué nos
hacías venir juntos, y a la carrera tomé el
calco del original que en Techiasco tengo.
Además, en cuanto comencé la galería pre­
gunté a Harks a qué escala dibujaba su pla­
no para ajustarme a ella en el mío y poder
apreciar rápidamente en cualquier momento
los avances de mi trabajo, sin necesidad de
perder tiempo en reducciones.
— A ver, a ver. Trae ese calco y colócalo
sobre el plano de la superficie. Tengo im ­
paciencia de saber a punto fijo adonde lle ­
gas ya.
Mientras el ingeniero desenrollaba el pa­
pel-tela donde solamente se veían dibujadas
dos líneas, recta y negra una, indicadora
de la dirección norte sur, y roja otra cer­
cana a la rectitud, pero con varias inflexio­
nes, decía:
— El punto exacto adonde mis minadores
han llegado no lo puedo precisar hasta que

0

19

el plano del interior no nos lo diga; mas
respondo que desde que pasamos por debajo
de las trincheras han avanzado lo menos
trescientos metros más allá de ellas.
— ¡Trescientos! Entonces habéis de estar
a punto de llegar debajo de...
Detúvose Gahel a tiempo de no decir “ las
habitaciones de la Señorita Emma” , por pen sar bastaba ya que el secreto de su corazón
fuera conocido por Tinkert, para revelárselo
al otro, quien advirtiendo la pausa de su
jefe prosiguió:
— Sí, del gran edificio central... Y puede
que no estemos cerca, sino ya debajo. Su­
pondrás, señor, que no he aguardado a lue­
go para consultar el plano de lo alto y ver
si se desviaban los minadores.
Efectivamente, colocado el papel-tela del
calco de la mina sobre el plano de las fortificaciones( hecho por el topógrafo, y pa­
ralelas las direcciones norte-sur de calco y
plano, cayeron los extremos de la línea roja
en la aldea uno, y dentro el otro del espacio
blanco comprendido por el dibujo del re­
cinto atrincherado, dentro del cual no se
veían sino siete u ocho crucecitas aisladas,
indicadoras de los pocos lugares del inte­
rior que habían podido ser situados con el
teodolito.
— ¿Cuál, cuál de estas cruces es ei to ­
rreón del pabellón central?— preguntó Gahel
en inglés a Harks.
— Este.
— Mide, mide la distancia, K itvin off.
Obedeciendo esta orden sacó el ingeniero
un doble decímetro, y después de aplicarlo
al papel transparente sobrepuesto al plano
de conjunto, contestó:
— Nueve metros.
— ¿Nada más?
— No. Bien decía yo que acaso estemos ya
debajo del edificio. Mas de cierto no pode­
mos saberlo hasta tener dibujada la planta
de él en el plano de arriba.
Sentía Gahel gran emoción, porque la l í ­
nea roja era el trazado de una galería do
mina socavada con objeto de llegar a Emma
y sacarla de la Residencia antes de lanzar
las hordas sahareñas al asalto de ésta; y al
oír “ nueve metros” le pareció que solamen­
te tan cortísima distancia lo separaba de
ella, y que tocaba ya el ansiado momento de
poseerla.
Esta mina, por la que ya le oímos p re­
guntar a Tinkert en la entrevista de Abalakh, y comenzada bastante tiempo atrás,
cuando el antiguo capataz de Moyfsk, acom­
pañado de Harsk y K itvin off, fué a encar-

20

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

garse del mando de la gemte de Techiasco,
tenía su punto de partida en un pozanco que
a fin de evitar pudiera ser visto por quienes
no convenía se enteraran de la perforación
subterránea, fué abierto en la parte de la
aldea más cercana a la Residencia, y dentro
de un gran cercado en donde se vertieron,
también a somorgujo de indiscretos ojos, las
tierras arrancadas de la mina.
— ¿A qué profundidad está?
— El techo, a dos y medio o tres metros
del suelo.
— ¿ Y porqué no la has hecho completa­
mente recta, y habrías avanzado más?
— Al contrario, menos: porque su forma
obedece a ir contorneando una masa de ro­
cas, que atacada de frente habría obligado
a perforar materiales muchísimo más duros
que los deleznables del borde del peñasco al
que me he ido ciñendo.
— Entonces has hecho bien. ¿Y cómo has
podido avanzar tanto en mes y medio no
pudiendo emplear explosivos?
— Porque en cuanto me dijiste que se tra­
taba de obra cuya ejecución no podíamos
descubrir con estampidos de barrenos, y
vista la imposibilidad de hacerla rápida­
mente a punta de pico y fuerza de brazo,
me acordé de que en las canteras de sal de
Korao, a cien kilómetros no más de Tehiasco, emplean hurones para trabajar de
prisa.
— ¡Hurones! ¿Qué es eso?
— Unos a modo de torpedos subterrá­
neos (1 ), unos férreos gusanos de tierra

(1) El nombre de hurón dado al aparato de que
hablaba Kitvinoff, estaba, en realidad, mal apli­
cado, pues aquel animal no se come, como los gu­
sanos, la tierra que éstos pasan a través de sus
cuerpos después de triturarla con los dientes, sien­
do en esto equiparables al torpedo empleado en
horadar la mina de Techiasco a la Residencia, que
si no digerían la tierra desgranada, la expulsaban
en pos de sí, no dejando a los mineros sino el tra­
bajo de recogerla suelta y cargarla en las vagone­
tas de extracción.
El precursor de los hurones fué el torpedo te­
rrestre de Mr. Marye, cuyo primer ensayo fué he­
cho con finalidad puramente militar, en Staten
Island, y constituido por un cilindro de 12 metros
de longitud y dos y medio de diámetro, erizado
de pequeñas aletas •rígidas de acero, destinadas a
servir de guías de dirección del tubo perforador,
que mediante revolución de sus cuchillas obra a la
manera de las barrenas ordinarias; y así como
éstas dejan a lo largo de ellas paso al serrín de
la madera horadada, así el torpedo da salida por
su culata a la tierra que sus dientes mascan y una
espiral interna empuja hacia atrás por giro de
ella simultáneo con el de las cuchillas del frente.
En la parte posterior cuatro émbolos electro-

que en ésta se abren camino con los clien­
tes de sus ruedas concéntricas erizadas de
puntas, con las cuales perforan galerías de
sesenta centímetros de anchura. Y como el
empleo de ellos me es familiar, por haber­
los usado mucho en K asbek...— las caucási­
cas minas cuya caja dejó limpia Ivitvinoff.
— i¡Y a !... ¿Son esos, entonces, los apara­
tos de que Tinkert me pidió autorización
para apoderarse en Korao?
— Si: allá fuimos los dos acompañados de
doscientos hombres, cuya facha bastó para
que los señores d/e las minas pusieran a
nuestra disposición cuanto quisiéramos.
-— ¿Y cómo funcionan esos aparatos1
*9
— Usualmente, por la electricidad; pero al
faltarme aquí les apliqué unos motores de
gasolina. He hecho funcionar los cuatro de
frente en dos parejas, situadas una encima
de otra, abriendo así dos boquetes arriba,
separados de otros dos debajo por medio
metro de espesor de tierras: el mismo de la
pared de ellas dejada sin arrancar entre los
derecho e izquierdo de las parejas alta y
baja.
— ¿Como celdillas de un panal de abejas T
— Precisamente. Detrás de los huronea
van las cuadrillas, que con pocos golpes le
pico en los cuatro tabiques del panal los

hidráulicos trabajan como arietes sobre la masa
de las tierras expelidas, y la reacción obliga al
aparato a marchar adelante.
La fuerza que mueve las cuchillas es engendra­
da en dos motores eléctricos de 600 caballos, fijos
en el lugar donde se comienza a perforar el tubo
subterráneo, y otros cuatro de 30 dan Impulso a
los émbolos-arietes, siendo la fuerza de unos y
otros conducida por un cable eléctrico que, arro­
llado dentro del torpedo, va desarrollándose segfin avanza éste. Dicho avance podía llegar a ochokilómetros en el modelo ensayado en Staten lsland.
El autor del torpedo gigante subterráneo— así
se llama el recién descripto— afirma que segfin la
dureza de la tierra perforada oscila la velocidad
de trabajo entre 12 y 40 metros por hora.
No ha de confundirse este aparato con las usua­
les barrenas de túneles, normalmente utilizadas en
los ferrocarriles modernos, pues en el empleo de
éste nadie se preocupa de remover la tierra suelta
que detrás de él queda rellenando la galería ahueca­
da, pero no vaciada, pues destinado a fines pura­
mente militares, conviene dejarla para que haga el
efecto de atraque de mina en el momento de la
explosión del torpedo al reventar bajo el campo o
edificio enemigo por la acción de la carga que des­
de su partida lleva dentro.
La aplicación del principio fundamental del tor­
pedo Marye, pero modificado y perfeccionado en
el tiempo transcurrido desde la invención de él a
la época en que fué acometida la galería de Te­
chiasco a la Residencia, había creado los hurones
industriales de la minería de final del siglo XX.

LOS MODERNOS PROMETEOS

21

Harsk acabe el del interior, y como hasta
conocerlo no sabré la dirección exacta en
que he de prolongar la galería, voy a em­
plear el tiempo que él tarde en dibujarlo
en hacer con un buen teodolito de minas un
levantamiento exactísimo de la parte ya
perforada de ella, que tendré terminado
mañana a la noche, o a más tardar pasado
a medio día (1).
— Pues poneos de acuerdo para traerme
vuestros trabajos los dos al mismo tiempo.
Y tú, Harsk) que has de hacer el más largo,
abrévialo cuanto sea posible; pues todo el
tiempo que tú tardes estará paralizada la
mina, que corre prisa avance. Podéis reti­
raos. No. Tinkert, tú no. Y vosotros aguar­
dad abajo a que acabemos, para volveros los
tres juntos a Techiasco.

'desmoronan con poquísimo trabajo y gran
rapidez.
—Muy bien, muy bien; estoy muy satis­
fecho, Kitvinoff. Pero ¿podré estar absolu­
tamente seguro de que una vez terminada
la galería caerá su extremo exactamente
debajo del punto que te señalaré en el pla­
no del centro ferroviario?
—Según lo que se entienda por exacta­
mente; pues si un metro más o menos ade­
lante o atrás, a derecha o a izquierda, es
indiferente...
—Desde luego: aun cuando sean dos o
tres.
—Entonces respondo, porque hasta ahora
no he levantado el plano de lo hecho sino
con la brújula colgante; pero como sospe­
cho que el punto bajo al que he de llegar
no ha de poder ser señalado hasta que

V
REAPARECE EL TRUHÁN QUE SALIÓ PARA EL BORRÓ
Quiso Abd-el-Gahel quedarse a solas con
su fidelísimo auxiliar para preguntarle co­
sas que, inquiridas delante de los otros,
habrían divulgado, y no estaba dispuesto a
publicarlo, cómo su corazón influía en pla­
nes de campaña a los que lógica y exclusi­
vamente atribuían la perforación de la min i
quienes de ella estaban enterados, cuando,
si bien pudiera servir luego para asaltar o
volar parapetos y edificios, tenía por pri­
mero y primordial objeto sacar por allí a
Emma antes de asaltar el centro ferrovia­
rio.
La pregunta principal, cuya respuesta te­
nía intranquilo al caudillo, era si Tinkert
había salido airoso en el encargo de averi­
guar la parte del edificio central donde des­
de su boda residía Emma: sin nombrar por
supuesto a su marido, pues precisamente'
por dollerle demasiado el matrimonio y te­
nerlo harto presente no hablaba nunca de
Pepe, ni jamás llamaba a la que ya era Se­
ñora de Lobera sino Emma o Señorita Duvery: puerilidad por el estilo de la de los
niños que tapándose los ojos creen no ha de
verlps nadie; pues a veces no son los hom­
bres sino niños grandes.

La situación exacta en el edificio de las
habitaciones del matrimonio era fundamen­
tal para el éxito del proyectado golpe de
mano, que exigía surgir del suelo dentro de
ellas en ocasión convenientemente elegida;
pues de salir a otros aposentos sin conocer
la distribución interior de ellos sería casi
imposible llegar rápidamente adonde Emana
estuviera, y se caería en el riesgo de tro-

(1) El procedimiento más sencillo de verificar
los levantamientos topográficos de las galerías de
minas es colgar a lo largo de sus techos cuerdas
tensas y suspendiendo de ellas una brújula de mi­
nas por unos garfios que al efecto llevan éstas, en
las cuales la cuerda hace el efecto de los anteojos
de las ordinariamente empleadas en los levanta­
mientos de la superficie del terreno. Obtiénense así
los rumbos de los diversos tramos de diferente di­
rección de la galería, leyéndolos con la aguja ima­
nada en el cuadrante graduado de la brújula. Las
longitudes de ellos se miden a lo largo de la cuer­
da suspendida entre cada dos puntos donde varía
la dirección de ella por hacerlo la de la mina.
Cuando se quiere mayor exactitud se emplean
teodolitos de minas y señales luminosas que, como
ellos^ se montan en trípodes. Teodolito y señales
se instalan sucesivamente en los puntos de cam­
bio de dirección, y enfilando el anteojo de aquél a
la señal, el teodolito da con gran aproximación el
rumbo y la pendiente de la galería entre una y
otra. A sí se sabe siempre debajo de qué punto del
terreno se está y a qué profundidad.

22

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

pezar con quien diera la alarm a y fru stra ra
la em presa, cuya índole requería -.cometer­
la con poca gente; pues no pudiendo darle
cima a viva fuerza, no a la cuantía de la
empleada, sino al sigilo y a la rapidez h a ­
bía de fiarse el buen suceso de ella.
—A hora te toca a ti, T in k e rt; pues si tú
no me has averiguado lo que te encargué,
de poco van a servirm e m ina y plano. ¿S a­
bes ya dónde están las habitaciones de la
Señorita?
>—E n la esquina de las fachadas norte y
saliente, con tres huecos a ésta y cuatro a
aquélla.
—¿V entanas o balcones?
—Ventanas del piso bajo.
—-Mejor, mucho m ejor; pues aunque de
estar en el principal ya buscaríam os modo
de arreglarnos, eso evita complicaciones y
da certeza de éxito. ¿Cómo te las has com­
puesto p ara averiguarlo?
—No era fá c il; pues no p día pensarse ¿n
que pudiera verlo ninguno de los nuestros
que trabajan en las obras nuevas o exterio­
res del antiguo parapeto, porque ni para un
remedio dejan los 'perros en tra r a nadie en
el recinto interior, ni siquiera asom ar ios
narices al otro lado de las prim itivas tr i n ­
cheras, conservadas detrás de las nuevas
como segunda línea de defensa. Con los
cochos de adentro (aludía a los dazas y tib us) no podía contar, pues no me fío de
ninguno, y ellos están siem pre recelosos de
los que a fu tra trabajam os.
Si el tuareg no hubiese comenzado echan­
do por delante lo que más interesaba a
Gahel, no le habría éste tolerado porm eno­
res ni circunloquios en la narración; pero
aquietada su curiosidad en lo esencial, despertósele la de conocer cómo se había inge­
niado el otro y el deseo de ver si había de­
jado suelto cabo capaz de suscitar sospecha
en los allegados de Emma de estar tram án ­
dose nuevo rapto de ella. Por eso, sin apre­
m iar al que ha tiempo venía siendo su hom ­
bre de confianza y su mano derecha, dijo:
—Veamos cómo saliste del aprieto.
—A fuerza de darle vueltas sin a tin a r con
rendija ni resquicio, me acordé un día del
hermano argelino, que, después de p reparar
por n uestra cuenta la fuga de Cassím, ayu­
dó a la Señorita a sacarlo de esa m adrigue­
ra de perros.
—¿El enferm ero?
—/Sí. Siete u ocho horas después de llegar
Ben-Cassím a Techiasco y de escaparos los
dos dejándome el mando de este cotarro,
vino a buscarm e la negra por quien enviá­

bamos las cartas preparando la evasión, y
me preguntó si podía o no ten er en su casa
al argelino, que acababa de llegar pidiendo
lo escondiera. Me fui con ella a h ab lar con
el mozo, que me contó...
Ya conocido del lector, como n arrad o en
el segundo episodio de esta historia, el re ­
lato de la salida del p racticante de la R e­
sidencia, no lo repetirem os transcribiendo
el que T inkert hizo al G ran Caíd, donde
faltaba el cuánto le valió al tru h á n del en­
ferm ero su ayuda a Em m a; pues mal podía
saberlo el relatante de segunda mano cuan­
do el protagonista se lo había callado, a t r i­
buyendo la cooperación prestad a a la Seño­
rita a deseo de servir al Vengador, con cu ­
yos planes concordaban los de ésta, y a
miedo de B ertier su personal fuga.
Saltando lo sabido, oigamos al tuareg
cuando llegó a contar lo que todavía igno­
ramos.
—El mozo venía escamado, tem iendo que
después de darle el pasaporte hubiera Duvery avisado a su amigo el capitán p ara que
con orden, no de prenderlo, sino de darlecuatro tiro s sin dejarle tiem po de co n tar
nada, echara sus gendarm es por el cam ino
del Borkú; pues así capitán y director que­
darían más seguros de que nunca podría
berrearse. De tom ar otra ru ta lo detendría
la prim era pareja con que se topara, por h a ­
llarlo en una diferente de la m arcada en su
salvoconducto, que, según él, no le había
sido dado sino para que más sobre seguro
lo alcanzaran quienes de cierto sald rían a
apiolarlo.
Como aquel miedo me pareció bien fu n ­
dado—opinión de T in k ert en arm onía con lade los musulmanes sobre el valor de una
palabra dada a un perro, y resultante del
para él lógico supuesto de que no valdrían
más las de los perros a los m usulm anes—,
hice que la negra le ofreciera posada y
cuanto ella parecía ganosa de conceder a su
fingido am ante: tal vez p ara quitarse, tr o ­
cando en realidad el fingimiento, los escrú­
pulos de las pasadas m entiras.
. Yo, por mi parte, le proporcioné las ro ­
pas, el litzam y los papeles de uno de tre s
dagatum s que por entonces sacaron asfixia­
dos de entre las tierras derrum badas en un:
hundim iento de la m ina de K itvinoff.
A los pocos días me dió la idea de que,
habiendo vivido el argelino h asta reciente­
m ente en el centro ferroviario, de seguro
estaría enterado de lo que tú me m andaste
averiguar, contestándome él que a su salida
de allí sabía todo el mundo que habían sid o

23

LOS MODERNOS PROMETEOS

desocupadas las habitaciones de la esquina
nordeste, sacando de ellas los muebles de
los despachos de los ingenieros que allí es­
taban antes, y arreglándolas para que des­
pués de la boda las ocupasen la Señorita y...
—Abreviaf abrevia: no necesito tantos de­
talles. Además, si no tienes sino noticias
fiambres de mes y medio.
—No he acabado, Señor...
—Y si después han hecho otra mudanza
como la que nos reventó la tentativa del
camión de Sabankafi, nos habremos lucido.
Y eso que no eran tan añejas como éstas las
que entonces teníamos.
— Señor, te iba a decir, pero no me de­
jaste hablar, que tengo noticias más frescas.
— ¡Ah!
—Sí. Yo también, acordándome de que ya
una vez cogieron en la ratonera a Ben-Cassím y estuvieron a dos dedos de cazarnos a
los tres, pensé que sería estúpido dejarse
atrapar por segunda vez en la misma
trampa.
—¿Y qué, qué? No ha menester saber io
que has pensado, sino lo que has heeho.
—Primero se me ocurrió buscar manera
de que el enfermero volviera de ocultis allá
dentro a fisgar si aquellas habitaciones s i­
guen ocupadas por...
— ¿Y pudo entrar?
—No: tanto miedo le dió oírmelo que
temí le diera tentación( si lo cogían, de sal­
varse vendiéndonos y contando que quere­
mos saber en dónde duerme la Señorita.
—Verdad, verdad; tienes razón. Veo que
eres prudente... ¿Pues entonces?...
—Busqué en las cuadrillas de mi gente
que trabaja afuera un dagatum de los que
hace dos meses expulsaron de allá, que por
haber sido ordenanza de las oficinas conoce
bien el gran pabellón central.
— Y lo disfrazaste de daza o de tibou.
—Ca: eso era muy peligroso, pues a todo
el que allí entra lo miran con más ojos que
una red, y porque siempre que uno de eso3
gorrinos salé o entra tiene que presentar un
pase al portero y quitarse el litzam, a la
salida, para enseñarle la cara, que, lo mis­
mo que el pase, han de mirarle también a
la vuelta. Envié a mi hombre a las claras,
sin ocultar que era el antiguo ordenanza
expulsado> a quien el portero conoce de
sobra.
—Pero entonces, ¿cómo habría de dejarlo
entrar?
— Porque llevaba un buen empeño para la
Señorita y su... y el americano.

—-¡Una recomendación! Acaba de acer­
tijos.
— Una carta del enfermero argelino para
el Señor Lobera o la Señorita Emma con
que poco después de amanecer, para estar
cierto de cogerlos en sus habitaciones, se
presentó el dagatum al portero, diciéndole
que era importantísima para los señores, a
quienes era preciso despertar con urgencia.
Decía la carta que si su portador no era
inmediatamente oído a solas y sin demora
por ella o él, el argelino los denunciaría
como autores de la evasión de Ben-Cassím
y al capitán Bertier como encubridor de
ellos; que presentaría la denuncia al coro­
nel de éste y lo probaría todo con el pasa­
porte que atribuyéndole personalidad su­
puesta le había dado el señor Duvery.
Decía además la carta que también sería
hecha la denuncia si el mensajero fuere
preso o siquiera visto por el capitán o Don
Héctor, o si tardara más de una hora en
estar de nuevo fuera de la Residencia.
—Bueno, ¿y qué?
—Que el dagatum dió la carta en la por­
tería, diciendo que era importantísima; que
fuera del recinto aguardó mientras la lle­
vaban adentro; que al poco rato, conducido
por Maka( entró en las habitaciones consa­
bidas, donde contó al Señor Lobera el cuen­
to que le habíamos enseñado el enfermero
y yo: una historia de tuaregs que le habían
robado los ahorrillos que llevaba—ya se re­
cordará que el practicante no había habla­
do a Tinkert de las cantidades recibidas de
Duvery y su yerno— , y que hallándose sin
recursos necesitaba le fueran entregados dos
mil francos al mensajero, que de viva voz
repitió la amenaza de la denuncia si no los
recibía inmediatamente. Y antes de las sie­
te de la mañana, una hora después de ha­
berse presentado en la barrera de entrada,
ya estaba nuestro hombre otra vez afuera
con los cuartos, que, como buenos hermanitos se repartieron el enfermero y él.
—Muy bien, Tinkert, divinamente: eres
un mozo de provecho.
—Gracias, Señor.
—Está muy bien, muy bien, porque no
hay miedo que sospechen nada de la juga­
rreta, muy verosímil en un pillastre de la
calaña de ése.
*

*

*

Dos noches después de recibir los encar­
gos de Abd-el-Gahel volvían a Sabankafi
Harsk, con el plano, en donde no estaba aún
terminado el dibujo de todo lo interior de

24
BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
la Residencia, pero sí representados con­ rán en doce o trece, puede que en quince;
tornos y situación del edificio central, y porque ni siquiera con esas precauciones
Kitvinoff con el trazado, exacto ya; y le­ será prudente minar a última hora sino
vantado con el teodolito de minas, de la ga­ cuando no oigamos andar por encima.
lería subterránea.
—Mucho es, mas qué le hemos de hacer:
Dentro del ángulo de la esquina nordeste lo esencial es no descubrirnos. Y prepárate
de la planta de aquel edificio y a cuatro por si conviniere abrir desde diversos pun­
metros de ambas fachadas marcó Abd-el- tos de esa galería ramales a otros lugares
Gahel con lápiz una cruz, diciendo a K it­ que te diré cuando Harsk haya acabado su
vinoff:
plano... Aun cuando acaso... Oye, Tinkert,
—Aquí debe acabar la galería. ¿Para ¿hacia dónde cae el gran sótano de que me
cuándo estará?
has hablado y no me explico a qué diablos
—Faltan quince metros desde donde he­ puedan destinarlo?
mos llegado... Dentro de seis días. Mis hu­
—Del lado de Techiasco: debajo de la
rones tienen buenas uñas y trabajan de mayor parte del terreno cerrado por los
prisa.
atrincheramientos nuevos, sobre el que es­
—Pero ¿meten ruido que pueda oírse des­ tán montando una porción de aparatos raros.
de arriba? Porque has de tener en cuenta
— Ya sé cuáles son: los he visto desde el
que ahora van a arañar debajo de habita­ avión. Pero entonces ha de pasar cerca de
ciones ocupadas.
ese sótano la galería de nuestra mina.
—No hay miedo: el espesor de tierras
—Tanto—repuso Kitvinoff—, que a no ha­
sobre la galería bastará a amortiguar el ber yo andado listo una tarde que dentro
ruido que producen a gran velocidad.
de la mina me llegó el ruido de los golpes
—No confíes en esie espesor, que ha de de ariete que al vaciar esa gran excavación
disminuir hasta pocos decímetros al final daban los de la Residencia, les hubieran
de la mina.
proporcionado una sorpresa mis hurones al
— ¡Ah! ¿Es que no tengo que cargar allí colarse en la cueva.
de explosivos un hornillo?
— ¡Caramba! ¿Tan cerca estabas?
—Prepáralo para más adelante; pero lo
—Este segundo recodo de nuestra galería
urgente ahora es poder salir rápidamente y marca el punto en que para evitar ser des­
con sigilo, cuando yo lo ordene, a las habi­ cubierto cambié la dirección para no acer­
taciones de arriba.
carme más al sitio de donde venía el ruido.
— ¡Ah! Entonces ya es preciso comenzar a Desde aquí hasta aquí sigue la galería pa­
minar en cuesta para acercarse al suelo. Para ralela a una de las paredes del socavón.
—¿Puedes calcular a qué distancia?
evitar que nos oigan reduciré a la mitad la
—Por la intensidad con que se oía el rui­
velocidad de los hurones hasta llegar un
metro por bajo del punto de ataque al piso, do colijo que ni a más de ocho ni a menos
y entonces, para que ni siquiera el escaso de dos metros.
—Bueno es sabeilo... Mientras una cua­
ruido que hacen a marcha reducida pueda
delatarnos, haré que el boquete de salida drilla acaba la galería, pon otras seis a re­
hasta llegar a los durmientes de sostenimien­ ducir, pero muy callandito, ese espesor a
to de la tablazón del pavimento lo abran a medio metro en otros tantos lugares. Nece­
mano: y no a pico, sino arañando y des­ sitamos poder entrar en un momento dado
granando la tierra a punta de barra. Pero por seis puertas a la vez en el sótano. Y po­
ya comprenderás, Señor, que trabajando en déis iros ya.
tales condiciones los seis días se converti­

VI

NUEVAS PREOCUPACIONES
Como la presunción de que Abd-el-Gahel
guiara el hélico que había volado sobre la
Residencia no era infundada, y parecía co­

rroborarla la escasa duración del vuelo v
el retroceso del aeroplano hacia el lugar
de su partida, la dió Lobera por certeza.

J

I

LOS MODERNOS PROMETEOS

•coincidiendo con él Duvery y Bertier, a
quienes desagradó la novedad no menos
que a él cuando los enteró de ella; pues
•cuando sobreviniera ed previsto asalto darla
grandes ventajas al atacante la posesión de
semejante medio de conocer el trazado in­
terior de las obras defensivas y la situación
de los lugares donde hubieran de instalarse
sostenes y reservas.
La gravedad del caso les hizo celebrar sin
demora consejo para arbitrar medios de dis­
minuir aquellas desventajas, advirtiendo, al
■examinarlas, que a las de orden puramente
militar se agregaba la de que en cuanto es­
tuviera terminada la gran antena pendien­
te de construcción, destinada a comuni­
car con la metrópoli, era muy verosímil
que Abd-el-Gahel, que con el arrancamiento
de la de Agades ya había demostrado cuán­
ta importancia daba a privar a sus enemi­
gos del telégrafo, se le ocurriera repetir en
Techiasco la hazaña con su avión.
Tal contingencia era gravísima; pues aun
siendo muchos y fuertes los elementos de
resistencia acumulados en el centro ferro­
viario con la gente y recursos traídos por
Bertier, y aun cuando a dichos elementos
se sumaran los novísimos proporcionados
por la instalación heliodinámica, si no del
todo terminada, ya en estado de capturar
no despreciable cantidad de fuerza solar
— cuya utilización en bélicos menesteres ve­
nía preparando Pepe desde que tuvo noticia
de la inminencia del alzamiento— , no era
posible aspirar sino a que la improvisada
fortaleza se sostuviera en tanto le llegara
socorro de Francia, pero nunca forjarse la
ilusión de que por sí pudiera contrarrestar
indefinidamente el empuje do todo el Africa
mahometana, que, de prolongarse la defen­
sa, caería al cabo sobre ella. Más aún, ni en
tal supuesto absurdo podría aprovecharse la
indefinida capacidad de resistencia militar,
pues el agotamiento de los víveres impon­
dría límite más precario a la defensa.
Cuál fuera éste, cómo desde días atrás se
•preparaban los presuntos sitiados para ale­
jarlo, y qué fué lo que hicieron en los s i­
guientes con el propio objeto, son cosas que
diremos en breve, mías ahora no, pues por
lo pronto apremia con mayor urgencia ver
-cómo los reunidos intentaron conjurar la
más grave amenaza, a combatir la cual fue­
ron especialmente destinado*: tres de los cafioncillos-revólveres Hockings, manejados
por ingenieros, capataces y gendarmes, re­
partiéndose en turnos el día y la noche para
que nunca faltaran observadores y artilleros

25

dispuestos a concentrar fuegos en el avión
si volvilera a acercarsi& a la Residencia.
—Y si además del que hemos visto—dijo
Don Héctor—tienen otros, será preciso guar­
darnos no solamente de las miradas de quie­
nes los tripulen, sino de sus ametralladores,
o de algo peor.
—¿De qué, Bertier?
— De bombas arrojadizas.
— Eso no lo creo posible.
—¿Por qué, amigo Lobera?
— Por imposibilidad de fabricarlas sino en
talleres delicados, que no es verosímil ten­
gan estos insurrectos ignorantes y semisalvajes.
— No todos.
—El ser su jefe inteligente y culto no le
capacita para realizar cosas que exigen nu­
merosos auxiliares técnicos.
—(Pero si las bombas se las proporcionan
otros...
—No lo creo; sería infame que ninguna
nación civilizada...
— Tan infame como usted cándido; pero
muy posible,
— ¡Qué atrocidad! No puede ser.
—Te equivocas, Pepe. No sería la primera
vez. La historia de las rivalidades colonia­
les de los países cultos atestigua, con opro •
bio de la civilización, que los temores dt
Bertier no son descabellados.
— Pues como ahora se repitiera el caso es­
taríamos perdidos, pues contra ese arma es
muy insegura la defensa de nuestros Hoc­
kings; y en el soterramiento, única protec­
ción con eficacia, no podemos pensar por­
que nuestros enemigos no han de darnos
tiem¡po de minar los grandes socavones n e ­
cesarios para que en ellos pueda guarecersla numerosa población de la Residencia.
—¿Y el sótano de debajo del campo insolatorio?
—Ni su techo es a prueba de bomba, n".
podríamos dedicarlo a tal uso sin desistir
de aprovechar en la defensa las fuerzas so­
lares, ni dedicado al suyo resultaría habi­
table por... Pero persisto en no temer se nos
ataque con bombas, pues aunque alguien se
las proporcionara a los indígenas, tendrían
que traerlas descargadas, y la carga, que
aquí habrían de hacer, es no menos difícil
y muchísimo más peligrosa, para gentes co­
mo ellos, que la fabricación.
— Pues aunque así no fuera, como esta­
mos de acuerdo en que de las bombas no
podemos defendernos sino con el tiro contra
los aeroplanos que pudieran lanzarlas, no
perdamos más tiempo en discutir tal con-

26

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

tingencia, y atendamos a lo más importante,
— Sí. Es verosímil que en cuanto ese pillo
que, en mi opinión, es acabar la antena para
la vea montar entre en ganas de repetir la
pedir socorros; cuanto antes mejor.
maniobra que tan bien le salió en Agadés;
—(Soy de igual parecer, amigo Duvery.
y como para ello tendrá que acercarse con
Diga, Lobera ¿cuántos días necesita usted
el avión a distancia muy corta y en direc­
para dejarla lista?
ción perfectamente conocida, podrán los
—'Pasado mañana lo ef^ará.
Hockings hacer fuego sobre él casi a golpe— ¡Pasado mañana! ¿Pero no decías que
seguro. ¡Calla! Y hasta...
la altura que necesita tener para comuni­
—¿Qué?
caciones a gran distancia obliga a levantar
—Nada. Es decir, una idea borrosa.
andamiajes imposibles de armar en menos
—¿Pero qué es?
de siete u ocho días? ¿No fué por esto pre­
—Tal vez una tontería; y mientras me
cisamente por lo que, para telegrafiar a
asegure d'5 si lo l£s o nó, más vale no hablar
Ziza, improvisaste la antena prendida en los
de ella.
racimos de globillos?
—Como quieras.
— Sí, papá; pero ahora he variado de
Aquella
misma tarde se comenzó a mon­
plan, y esa provisional, todavía más alta que
tar, a 30 metros de altura, la gran antena
la proyectada, será la que utilizaremos para
horizontal que se había preparado para ins­
comunicarnos con el mundo. Para ello me
talarla cuando los castilletes de los anda­
bastará aumentar su capacidad y la poten­
mios llegaran a los 80 primitivamente pro­
cia a que trabaje: cosa más breve que lo de
yectados, que en proyecto quedaron. Al mis­
la andamiada.
mo tiempo se preparaban cables de refuerzo
—¿Entonces desiste usted de establecer la
de la ondulante y verdadera, y los racimos
otra?
de pequeños globos que para suspenderla
— Sí, Bertier desisto. Es decir, no.
habían de unirse a los utilizados ya al co­
—Sí y no. No te entiendo, Pepe.
municar con Ziza.
—Porque mañana mismo, a mediodía, que­
En esto se emplearon más de la mitad de
dará montada otra a la altura que ya al­
los aeróstatos destinados a apresar en la al­
canzan los andamios, igual, poco más o me­
tura ia electricidad diluida entre los rayos
nos, a la de la arrancada en Agadés. A la
de luz, perdiéndose, por tanto, en la insia
par que haga esto reforzaré la suspendida
lación solar la fuerza correspondiente a la
y le daré gran longitud de onda, muy dis­
que con ellos dejaba de capturarse y la po­
crepante de la usada por la radiotelegrafía
sibilidad de dedicarla a las faenas auxilia­
de los rebeldes: ganando así certeza de que
res del funcionamiento de la heliodinámica
por mucho que varíen sus receptores no
a que se destinaba; pero el inconveniente
lograrán interceptar nuestros despachos a
no era grave pudiendo ’•eemplazarla la ve­
las grandes ¡estaciones de comunicación mun­
nida de El Congo, pues todo se reduciría a
dial, ni siquiera enterarse de que telegra­
retrasar el momento en que la Heliodiná­
fiamos.
mica Lobera se bastara a sí misma y a pa­
—Pero si con la otra no has de telegra­
gar las facturas de la Hidroeléctrica de
fiar, ¿a qué montarla?
Stanley-Pool durante unas cuantas sema­
— Porque ésa defenderá la colgada de los
nas más.
globos con más eficacia que los cañones-re­
vólveres.
En todas estas labores era Pepe eficaz­
—No entiendo.
mente ayudado por Raúl, que echando muy"
de menos la estación y el radiogoniómetro
—Es muy sencillo: en cuanto Abd-elabandonados con el auto en Ziza— pues su
Gahel la vea, y no sabiendo nadie sino nos­
otros, que sólo es una antena simulada, no
raid por el desierto le había aumentado la
afición a la radiotelegrafía y la competen­
se le ocurrirá que existe otra, ni hacer nada
para inutilizar la verdadera, que tomará por
cia en ella— y pensando cuán útil serla,
recuperar la posibilidad, perdida con aque­
uno de los artefactos de la instalación heliodinámica.
llos aparatos, de espiar a los rebeldes e in­
terceptar sus órdenes telegráficas para li­
—Es verdad, es verdad; está perfecta­
brarse de sorpresas, hizo observar a su cu­
mente visto.
ñado que, siendo la antena colgada incapaz
—Y no sólo eso, sino que la antena ordi­
de funcionar con la frecuencia de las del
naria será además anzuelo...
enemigo, y fingida no más la horizontal que:
—¿Cómo?
estaban montando, era preciso renunciar
— ¡Anzuelo!

LOS MODERNOS PROMETEOS
saber nada de los insurgentes hasta que en­
cima los tuvieran.
— No te dé cuidado eso— contestó Pepe— ,
pues ya he pensado en ello( y Manolo, auxi­
liado por Joubert y el jefe de telégrafos
de Agadés, está ya preparando lo necesario
para que en cuanto salgamos de esta urgen­
cia que entre manos traemos establezcamos
rápidamente una estación exclusivamente
destinada a esos fines.
— ¿Y dónde la vas a instalar? Porque es­
tando vigilados por ese maldito avión, ni
aun siendo tan pequeña como la de mi auto
convendría montarla al exterior.
—(Descuida; será una estación sin antena.
— ¡Sin antena!
— Quiero decir sin antena aérea. Será una
estación sumamente adecuada para recibir
los telegramas de los aparatos de esos pillos,
que tampoco las tienen.
— ¿Cómo lo sabes, si no has visto n in ­
guna?
— Porque desde que me contaste lo que
tanto te preocupó, cuando después de días
y días de no poder capturar ningún despacho
de El Eglab recibiste el primero estando
bajo tierra, en la gruta, he reflexionado mu­
cho en ello y relacionado esa que tú juzga­
bas anomalía con el fracaso de los telegra­
fistas enviados a sorprender las estaciones
clandestinas cuya situación aproximada dis-,
te a Bertier: fracaso que yo no atribuyo,
como tú, a torpeza de los comisionados, sino
a imposibilidad de dar con las antenas de
los rebeldes, que no sólo no están por cima
de tejados y azoteas, mas ni siquiera bajo
techado.
—.Si hablas en enigmas no será fácil en­
tenderte: si no están encima, a la fuerza
han de estar debajo.
— Debajo, sí... Pero muy debajo, y no don­
de hace pensar lo que solemos entender en
la frase bajo techado.
— Sigo no entendiendo.
— Quiero decir bajo tierra.
— ¡Bajo tierra! ¿Pero puede ser eso?
— Sí. A principios de este siglo se paten­
tizó la posibilidad de transmitir y recibir
con antenas enterradas o sumergidas en ríos
o pozos (1).
— No lo sabía. Pero si eso puede explicar

(1) Con antenas enterradas hicieron en L a F lo­
rida muy curiosos experimentos hace varios años
unos ingenieros de la Compañía Marconi. A poco
de comenzada la gran guerra europea de 1914-1918
se efectuaron en la Universidad de Shenectady
otros notabilísimosi en los cuales se logró recibir

27

que los telegrafistas no hallaran las de los
conspiradores, y hasta que en la cueva de
Ziza recibiera yo de la antena que en El
Eglab supones enterrada telegramas que es­
tando sobre el suelo no había podido hasta
entonces oír, se míe ocurre, en cambio, la
objeción de que a ser cierta tu hipótesis no
se comprende que yendo por debajo de tie ­
rra las ondas de las estaciones cuya situa­
ción determiné antes, pudiera interceptar­
las con mi estación, que estaba encima de
ella.
— No, Raúl, no, el enterramiento de la?
antenas no implica que la comunicación en­
tre ellas sea una telegrafía exclusivamente
(subterránea; pues sabes bien que entre las
aéreas se propagan las ondas telegráficas no
solamente por la atmósfera (1 ), sino por la
superficie y por debajo del suelo...
— Sí, sí; es verdad.
— Pues del mismo modo, vibraciones p ro ­
vocadas por una antena soterrada no sola-

despachos procedentes del otro lado del Atlántico.
Con el sistema de enterradas antenas en estre­
lla, constituidas por alambres tendidos como ra­
yos de aquéllas, con longitudes alternadas de 200
y 2.000 pies, soterrados no más de unos cuantos
por bajo de la superficie del ferreno y aun sobre
éste cuando estaba mojado, consiguió Mr. James
H arris Rogers, autor del sistema, recibir en los E s­
tados Unidos las señales de la estación de telegra­
fía sin hilos de Ñauen (Alem ania). P a ra distancias
no tan largas y transmisión con ondas de más
cortas longitudes que las empleabas en la radiote­
legrafía transoceánica, el mismo experimentadorpudo usar, también fructíferamente, antenas espi­
rales arrolladas en bastidores de madera sumergi­
dos en pozos a 50 pies de profundidad.
Por último, con dos arrollamientos de alam bre
en forma de madejas circulares o elípticas, •’orr
diámetros entre dos y quince, realizó otras inves­
tigaciones Mr. Edw ard T. Jones.
El primer experimento lo llevó a cabo sumer­
giendo ambas madejas, ligadas, claro es, al recep­
tor, en el lago de Pontchartrain (Luisiana).
En los siguientes enterró la antena, de carrete»
gemelos, en el río Mississipí, estableciendo el re­
ceptor en la Comandancia de M arina, donde se re­
cibieron despachos de muchas estaciones muy dis­
tantes, entre ellas las de Colón (P an am á), Grandes
Lagos limítrofes de los Estados Unidos y el Cana­
dá, islas Bermudas, Guantánamo (Cuba) y las devarios buques navegantes en el Golfo de Méjico.
L a profundidad a que las dos madejas sumergi­
das descansaban en el lodo del fondo del río fué
de 12 pies, y la longitud del alambre arrollado en
cada madeja, de 200; pero en experimentos pos­
teriores se llegaron a emplear arrollamientos de2.000. H a de advertirse que una estación enterra­
da lo mismo comunica con otra de la misma claseque con las de antena aérea.
(1) Esto no quiere decir que el aire sea el agen­
te transmisor, pues al éter en que se apoyan la»
molécula» del aire y las de la tierra es al que co­
rresponde tal papel.

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•28
mente serpean bajo tierra, sino que vuelan gramas cruzados no sólo entre las clandes­
por el aire. Por eso pudiste recibir los pri­ tinas y enterradas estaciones rebeldes, sino
meros telegramas; pero mejor y a mayor con las del gobierno caídas en poder de loo
distancia los habrías recibido desde el prin­ indígenas al triunfar el alzamiento general.
A La Orotava se pidió diera curso con ur­
cipio a ser tu antena similar a las de los
rebeldes: es decir, enterrada, como estoy gencia a París al despacho que se le trans­
mitió relatando sucintamente lo sabido de
cierto están las suyas.
—Sí, sí, es verdad; todos sus despachos la rebelión por los partes interceptados en
míe llegaban a la gruta con mayor intensi­ Ziza por Raúl, y dando la noticia de no que­
dad que al aire libre; es decir, lo contrario dar en todo el Sahara sino un solo núcleo
de lo que ocurría con los oficiales, no obs­ de europeos, el de Techiasco, apercibidos a
tante ser de superior potencia. Eso era lo defensa, que no podrían prolongar de no
ser auxiliados.
que me sorprendía,
A Stanley-Pool se dieron análogas noti­
—Y lo que a mí me ha abierto los ojos.
cias, encomendándole telegrafiara a nuestro
—De modo que...
—Que como nosotros no hemos de ser me­ antiguo conocido el banquero sueco de Bue­
nos que los salvajes sahareños, también ten­ nos Aires encargo de los Lobera para que
enviara en lastre a Fernando Poo los dos
dremos nuestra estación enterrada.
zeppelines de la Heliodinámica, con orden
de cargar allí una remesa de víveres, p ri­
mera
de una serie de ellas; pues con aque­
* * #
llas aeronaves proyectaba Pepe establecer
un constante servicio de ida y vuelta entr’
Al otro día de la anterior conversación la isla y la Residencia, relativamente cer­
•entre los dos cuñados) y cumpliendo Lobera canas, para abastecer la última (1).
Los dos aerohelicópteros, que con el que
lo prometido a Bertier y a Duvery, estaba
reforzada la antena ondulante, montados los en Techiasco tenían los Loberas formaban
eléctricos elementos internos de la estación la flotilla sutil de la empresa solar, habían
<jue la había de hacer funcionar cual trans­ de ser rápidamente enviados a la Residen­
misora y receptriz, e instalada otra segun­ cia, armándolos previamente con sendas
da antena horizontal con robustísimos tra- ametralladoras y cargándolos de La mayor
vesaños de enlace a los andamios en cons­ provisión de bombas arrojadizas de picrita
trucción que hacían las veces de las usua­ que pudieran transportar.
Salvo uno que interesó vivamente a quie­
les pértigas o columnas donde suelen pren­
derse las ordinarias: tan desusadamente ro­ nes lo capturaron, todos los telegramas re­
bustos que llamaron la atención de Duvery. cibidos vía pozos no eran sino partes y ór­
Dos días después entraban sim ultánea­ denes consiguientes a los esfuerzos de Gahel
mente en acción la primera de las dos an­ con los jefes de diversas comarcas para ini­
tenas indicadas y la enterrada de que Pepe ciar en el desenfrenado maremágnum de un
alzamiento ebrio con los desmanes del sal­
había hablado a Raúl.
Con la libre suspendida de los globos se vaje triunfo los comienzos de una organiza­
trató en vano, durante varias horas, de te­ ción de país serio.
El otro despacho hizo prorrumpir a Ber­
legrafiar directamente a la torre Eiffel, de
París. Vista la inutilidad de tales tentati­ tier, cuando lo conoció, en la siguiente in­
vas, se hicieron otras, igualmente infruc­ crepación:
—Ya tenemos aquí las consecuencias na­
tuosas, para comunicar con Marsella, y a la
postre se limitaron las aspiraciones, que co­ turales de la gracia que entre usted y Emma
ronó el éxito, a hablar con La Orotava (Te­ hicieron. Si entonces hubiéramos fusilado a
nerife) y Staniley-Pool.
ese bandido no tendríamos ahora que temer
La antena terrestre fué constituida a nada de él.
30 metros bajo el suelo sumergiendo dos
La exclamación del capitán, no contesta­
grandes madejas de alambre en el agua de da por Pepe sino bajando como un doctrino
-dos de los varios pczos de donde se tomaba la la cabeza, era provocada por el siguiente
consumida en las necesidades del centro fe­ contexto del citado telegrama:
rroviario. La distancia entre los usados era
cercana a cien metros, y ya antes de anoche­
cer ei día de la instalación vibró la sumer­
(1) Mil cuatrocientos kilómetros escasos en di­
gida antena con las ondas de varios tele­ rección
casi norte-sur.


1

LOS MODERNOS PROMETEOS



quedar al frente esto, reemplazándome u r­
gente ausencia m ía. A yer llegó tu harka de
ouahilas.”

uAbd-el-G ahel, en Sabankafi, a B enCassím, en el Eglab.
Disponte embarcar. Mañana irá m i avión
ahí recogerte. Necesario anticipes venida

vn
COMIENZA EL ASEDIO DE LA RESIDENCIA
E n las obras preparatorias de la defensa
no trab ajó sino la gente alojada dentro del
recinto por no ser de c nftanza la acanto­
nada en Techiasco, a la cual, ya acabadas
las grandes faenas de cavazón, faltó en qué
em plear la m añana siguiente a la conversa­
ción de A bd-el-Gahel con el ingeniero ruso,
previniéndose a los jornaleros, al term in ar
sus tajos, que a la tard e no volvieran a
ellos, y en la aldea aguardaran órdenes que
al día siguiente les serían enviadas.
Pero aquella noche se presentaron en la
b arrera de entrada de la Residencia tre*
cabos de cuadrilla (por T in k ert elegidos,
cuidando fueran los más listos), m anifes­
tando que, comisionados por todos los tr a bajadores> solicitaban hablar en nombre de
ellos a Don H éctor y al Señor Lobera, que
p ara no exteriorizar desconfianzas dejándo­
los fuera del recinto, ni consentirles h u s­
m ear en el in te rio r de él, los recibieron en
la portería, asistiendo R ertier a la en trev is­
ta ; pues ta n pronto oyó hablar de comisión
de los sáhareños quiso oír por sí lo que d i­
jeran.
Al enviarlos, enseñándoles antes la lección
bien ensayada, perseguía T inkert el logro
del artero propósito que Abd-el-Gahel de­
seaba alcanzar con la gente de Techiasco,
según en Abalak m anifestó después de la
escapada de Okoon.
Acuitadísim os y cariacontecidos, dijeron
ellos haberse corrido aquella tarde un ru n rú n
que, aun no siendo creíble, había hecho a
los com pañeros comisionarlos para hablar a
los jefes. P onderaron el servicio prestado
por los trabajadores al desoír las propagan­
das de abandonar las obras para ir a engro­
sar la rebelión; encomiaron su lealtad a los
franceses y afecto a Duvery al resistir las
sugestiones de unirse a sus paisanos am oti­
nados p ara atacar la Residencia, y a rro s­
trando, al m antenerse fieles, las consecuen­
cias con que al negarse a secundar el alza­
m iento fueron amenazados.

Después de insistir bien en este exordio,,
recalcaron, cuán grande sería su decepción si
aquel com portamiento fuera pagado con des­
pido, que de improviso y en un día d ejara
sin pan a 2.800 hombres, cuando, p araliza­
das con la rebelión todas las industrias y
empresas, no se podía encontrar dónde ga­
narlo, y, lo que era todavía más grave y
hasta más inhum ano, los pusiera en tran ce
de tener que volverse a sus aldeas, d o n d P
los com patriotas les h arían pagar con la
vida lo que llam aban su traición.
Al decir esto sonaban con tono congojoso
en la voz del perorante inflexiones de des­
engañado reproche al hacer no tar que ni la
perm anencia en el trabajo ni la negativa
a com batir contra los de la Residencia eran
los únicos servicios que la adhesión de
sus jornaleros prestó a los refugiados en
ella, que si habían escapado a la suerte ríelos otros europeos en el resto de Africa d e ­
bióse únicam ente al tem or que casi 3.000
hombres fieles a ellos inspiraron a los re ­
beldes por saberlos dispuestos a unirse a
la guarnición del centro ferroviario en la
defensa de los parapetos que con sus propios
brazos habían ellos mismos levantado.
Y véase cómo sugería el taimado T in k ert,
por boca de los comisionados, la idea que
el G ran Caid deseaba ver convertida en re a ­
lidad.
Como el razonam iento parecía sensato,
fundadísim a la afirmación de haber los jo r­
naleros salvado la Residencia de la general
catástrofe; como de ser así las cosas, y tal
viso tenían según iban pintándolas, re su lta ­
ría, efectivamente, injustísim o y hasta in i­
cuo el despido presentido por los sa h areños, logró aquel alegato im presionar al m is­
mo Dubery, propenso a desconfiar de los
africanos, y muchísimo más a Pepe, que dijo
por lo bajo a B ertier, en francés, por s u ­
puesto, para no ser entendido de los otrosr
— ¡Pobres gentes!

30

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

— ¿Pobres?... ¡Pobres!... No llame ruine;-,
pobre a un bereber.
— Es que les sobra razón: sin ellos, ni es­
tarían hechas las obras de la Heliodinámica, ni los atrincheramientos, ni acaso vivo
ninguno de nosotros.
— ¿Pero usted cree en su lealtad y en io
real del auxilio que pretenden habernos
prestado?
— ¡Hombre! No negará usted que son los
únicos indígenas que en el Desierto quedan
fieles a Francia.
— Algo se esconderá tras esa fidelidad; y
no hay prueba capaz de hacerme creer que
cuando estos marrajos hablan a un europeo
puedan jamás pensar sino lo contrario de lo
que le dicen.
—iPero ahora no se trata de palabras ni
protestas, sino de hechos, de evidencias.
— Mire, Lobera: lo que ellos quieren es
metérsenos en casa. Ya lo lian dejado ver,
aunque con la malicia de no decirlo claro;
%ero si ellos son listos, lo soy yo más.
— Tanto, amigo Bertier, que me parece
que se pasa.
— No lo creerta usted si llevara mis años
de Desierto.
Durante estos apartes contestaba Duvery
a los mensajeros agradeciendo el compor­
tamiento de los trabajadores y dando bue­
nas palabras sobre la favorable predisposi­
ción con que su yerno y él estudiarían el
asunto, pero sin prejuzgar resolución defi­
nitiva y echando por delante que, aun sin
tener en cuenta la falta de trabajo, la mejor
voluntad habría de luchar con el agota­
miento de las cajas de las compañías fe­
rroviaria y solar.
Replicaron ellos que cuando la enemiga de
los rebeldes amenazaba seriamente a los jo r­
naleros no habrían de preocuparles las sol­
dadas; porque con tal de quedar al lado de
los franceses para defenderse mutuamente
contra el común enemigo, su adhesión no
había menester, por lo pronto, otra paga
que la manutención: desinterés que, con­
moviendo a Lobera, escamó mucho más que
lo estaba al capitán.
Como último argumento en pro de la ur­
gencia de atender sus pretensiones, echa­
ron los comisionados en la balanza la noti­
cia de no ser nada remotos los peligros te ­
midos, pues ya hacía días que numerosas
bandas de tuaregs, tagammas, damergous, et­
cétera, iban llegando a diversos lugares co­
marcanos, y que dejar desamparados frente
a ellas a los inermes obreros de Techiasco
era tanto como sentenciarlos a ser en masa

degollados cual borregos si en la aldea
aguardaban a los sacrificadores, o a perecer
en grupos a sus golpes si optaren por mar­
charse a sus pueblos; pues todos los caminos
estaban tomados por los insurrectos.
Aun pareciéndole a Duvery inverosímil la
lealtad africana, volvió a impresionarle el
trágico cuadro que pintaban las presuntas
víctimas, y protestó de que jamás los deja­
ría en semejante desamparo; pero por un
resto de prudencia más aún que habitual
instintiva en sus tratos con los berberiscos,
no adquirió compromiso categórico, lim itán­
dose a decir a los tres cabos que al día s i­
guiente se adoptaría definitiva resolución.
Mas pareciéndole a Bertier que su amigo
comenzaba a hlandear inconvenientemente,
intervino, preguntando a los de la comisión
si sabían cuáles eran los pueblos donde lle­
gaban ya gavillas de rebeldes, siendo con­
testado con los nombres de unas cuantas
aldeas situadas al oriente de Techiasco;
sorprendiéndole oírlos; pues recordando la
orden de concentración del Gran Caid, que
a fuerza de releer y estudiar se sabía de
memoria, advirtió ser aquellas aldeas las
señaladas en dicha orden como finales de
los itinerarios marcados a los contingentes
más lejanos de Kaavar y Bilma, que aun
no tenían tiempo de haber llegado a ellas;
y en vista de ello insistió en preguntar si
hacia poniente y norte no habían llegado
partidas, recibiendo respuesta negativa.
Teniendo buen cuidado de no dejar ver a
los señores comisionados que había adver­
tido la contradicción entre tales informes y
su anterior dicho de hallarse en poder ¡le
los amotinados todos los caminos, tomó para
sí buena nota de que lo uno o lo otro había
de ser mentira, y sin decirles más los dejó
marcharse a esperar al día siguiente el re­
sultado de la inconcreta promesa de Don
Héctor.
Apenas regresados al interior Bertier, Du­
very y Pepe, y cuando comenzaban los dos
últimos a discutir el punto suscitado por la
entrevista, les pidió el primero no resolvie­
ran ni aun debatieran nada hasta que él re­
gresara de una breve excursión que en la
mañana venidera iba a emprender en aero­
plano. Para ello salió antes del alba, lle­
vando de piloto a Manolo Lobera, a quien
él, muy práctico del terreno sobre que olaban, marcaba la dirección del vuelo.
A mediodía estaba de regreso, sin haber
encontrado el avión de Abd-el-Gahel, en el
que toda la mañana estuvieron pensando
Duvery y Pepe, quienes sólo al retomo

de

LOS MODERNOS PROMETEOS

Bertier se enteraron, pues hasta entonces
no quiso éste descubrirlo, de que el objeto de
su raid, de unos cuantos centenares de k i­
lómetros, era echar una ojeada a los para­
jes donde la víspera dijeron los jornaleros
había grandes núcleos de amotinados, que
a la fuerza habían de ser visibles desde lo
alto; pues siendo aquellos lugares aldehorros pequeñísimos, sin capacidad para alber­
gar en sus chozas sino escasa gente, las baodas de insurgentes que en ellos estuvieran
habrían de hallarse acampadas en vivaques,
de los que en ninguno de tales sitios vislum­
bró rastro el capitán, que, en cambio, vió
campamentos donde en total habría de 10.000
a 12.000 hombres, repartidos en lugares a po ­
niente y norte, donde los leales embusteros
negaron hubiera enemigos: con la sana in­
tención, bien clara estaba ya, de no descu­
brir las direcciones en las cuales pudieran
llegar los primeros ataques a la Residen­
cia. Si es que el primero no venía de los
mismos leales de Techiasco.
El resultado del reconocimiento ahorró a
Bertier saliva, que no necesitó gastar en
convencer a sus amigos de que adversario
franco enfrente es preferible al que, vestido
de aliado, se tiene junto a sí. Como conse­
cuencia de tal convencimiento, al volver a
la noche la comisión por la respuesta pro­
metida, le fue comunicado por el portero el
despido de todas las cuadrillas y orden de
Bertier de evacuar la aldea con toda bre­
vedad, yéndose cada quisque a su tierra.
AI regreso a Techiasco se hallaron los
procuradores de los jornaleros con la nove­
dad de encontrar sus afueras bañadas en !a
luz de los proyectores de la Residencia, que
desde aquella noche no dejó ninguna de ilu­
minarlas para descubrir, con tiempo de pre­
venirse contra él, cualquier intento de noc­
turno ataque que de allí partiera.
En cuanto a la orden de evacuación, ex­
cusado es decir que no fué obedecida.

Tan pronto fueron despedidos los indíge­
nas se montó, con el único avión de que 103
sitiados disponían, un servicio de explora­
ción aérea mediante cotidiano vuelo circu­
lar de no más de tres kilómetros de radio
■en torno del reducto: limitándolo así por­
que, falto el aeroplano de armamento, era
imprudente alejarlo a distancia que le
Impidiera refugiarse rápidamente en la R e­
sidencia si lo atacara el armado de A bd-el<Gahel.
No fué tal aeroplano visto en varios días

31

porque el caudillo estaba lejos; pero la dia­
ria ronda exterior aérea hizo saber que las
partidas enemigas, acampadas cuando las
vió Bertier en lugares todavía lejanos de la
fortaleza, iban ya trasladando sus campos
a pocos kilómetros de ella, yendo uno de
estos núcleos, que de cierto pasaba de los
dos millares, a establecerse detrás de la al­
dea de Techiasco, con objeto evidente de re­
forzar a los antiguos jornaleros del ferro­
carril y la heliodinámica; siendo esta la
causa que hizo desistir al capitán de su pro
pósito de compelerlos por la fuerza a eva­
cuarla; pues contra tan gran número, con
posibilidad de recibir ayuda en poco tiempo
de los otros grupos, ya cercanos a causa del
general avance, habría sido problemático el
éxito de una salida.
No había, pues, sino aguardar lo que de
allí venir pudiera, consumiéndose en pasi­
vidad desesperante y dejándose cercar más
estrecha y fuertemente de día en día, pues
cada uno señalaba el arribo a la línea envol­
vente de nuevos tropeles vandálicos de ára­
bes o berberiscos abandalizados; y aunque
con anteojos eran vistos unos y podían otros
ser señalados por el aeroplano a los Hockings, dentro de cuyo alcance estaban va­
rios, el disparar habría sido inútil despil­
farro de municiones que debían economi­
zarse; pues aquellas piezas, propias para el
combate contra tropas próximas, no darían
en el tiro a largas distancias sino resultado
que, contra pequeñas agrupaciones desper­
digadas, sería semejante al que obtendría
quien quisiera cazar mosquitos a pistole­
tazos.
Tal era la opinión, muy razonable, de
Bertier, que acosado por las impaciencias
de Raúl, no resignado a estar viendo aque­
lla canalla sin decirle nada, las resistía di­
ciendo:
— No, chiquillo, no: antes que perder mu­
niciones, antes de darles pie a reírse de
nosotros quitándoles el miedo a nuestros
cañones y antes que tirar y tirar sin hacer
carne, preferible es aguardar se nos acer­
quen.
— ¿Pero a qué esperan? No creo que pien­
sen atacarnos desde una legua.
— Eso lo sabrán ellos. Puede que sea por­
que su Vengador quiera presenciar la fiesta.
—'Verdad... Probablemente estarán aguar­
dando su regreso.
—¿Dónde andará?... A ese bribón le tengo
yo más miedo cuando está más tranquilo.
— Oiga, Bertier, ¿y si cuando viniera tam­
poco se acercaran?

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA
— Por lo visto se te ha ocurrido, como a
mí, la idea de que tal vez se estén ahí quie­
tos como pasmarotes hasta que se nos aca­
ben los víveres.
— Sí, señor.
Pues cállatelo, porque si eso se corriera
podría desmoralizar a nuestra gente.
— Por callado. Pero a usted le diré, tan
en secreto como quiera, que si tienen tal
plan mucho me temo no duren nuestras pro­
visiones hasta la venida del socorro de
Francia.
— Creo lo mismo; pero espero que antes
lleguen vituallas de Fernando Poo en los

dirigibles de tu cuñado. Y cuando los aero­
planos, que ya tardan, acaben de llegar con
las ametralladoras y, sobre todo, con las
bombas, ya entonces no tendremos que es­
tarnos hechos unos papanatas; y o ten drái
que acercarse esos bandidos o les haremos
que se larguen.
— Sí, sí, las bombas; eso corre más prisa
que los víveres.
— Que venga todo, hijo, porque el gusta­
zo de espanzurrar unos centenares de tu­
nantes será muy agradable, pero incomple­
to si lo disfrutamos con las barrigas huecas..

VIH
SACA DEL SOL LOBERA FRÍO O CALOR, SEGÚN LE PLACE
resistencia estuvieran listos cuando sobre­
Todos los inventos, obras e ingenios de la
vinieron los ataques; pues a no ser por e l
Heliodinámica discurridos, proyectados, tra­
amor de Abd-el-Gahel y su deseo de prepa­
zados con el sano propósito de hacer mas
rar la ejecución del rapto con anterioridad
fructífero el trabajo de los hombres y más
a los asaltos, les habría faltado a los defen­
fácil su vida, proporcionándoles nuevas
sores tiempo, de que así dispusieron, para
fuentes de riqueza y potentísimas palancas
apercibirse a la defensa.
de pacífico progreso, habían, ya antes de
Terminadas las grandes remociones de
nacer, mudado la aplicación de la fuerza
tierras, y aparte otras laboréis auxiliares
solar desviándola del cauce por donde Pepe
no previstas en el plan prim itivo por naci­
se propuso fluyera mansa y apacible; y
das de la necesidad de aprovechar la ener­
en vez de ello iba a dársele como primer
gía solar en la defensa, se concentró la a c ­
empleo la guerra, la destrucción del hombre,
tividad de todos en terminar la instalación,
porque frente a las masas abrumadoras
de los reflectores y de las pilas térmicas, to­
menazantes de caer sobre los sitiados, se
davía pendientes de montaje en el campoaprestaban éstos a llamar en auxilio de su
insolatorio y en el sótano.
inferioridad numérica al Sol en su defensa.
En marcha normal de la empresa heliodi­
Una vez más iba el Odio a robar a .a
námica, la electricidad substraída a los ~aCiencia el fruto de sus desvelos, a conver­
yos del Sol por las placas colgadas a gran
tir en males los bienes alcanzados por ella,
altura de los pequeños globos se habría de­
a usar como instrumentos de muerte sus
dicado a impulsar los motores de bombas
medios creadores.
de compresión y expansión, donde el aire,
Merced a organización de trabajo verda­
tomado del ambiente exterior, sufría reite­
deramente admirable, a cuya cabeza estaban
radas expansiones a temperaturas sucesiva­
los Loberas, y que hallaba facilidades en la
mente más bajas, cuyo último resultado era
cooperación de Duvery, sus ingenieros y ca­
liquidarlo (1) en recipientes comunicantes
pataces, pudo llevarse la ordenada división
*lel trabajo a extremo que en los últimos
aprestos de defensa permitió utilizar todos
(1) Habiendo explicado el proceso general de la
los hombres validos con rendimiento in ­
fabricación del aire líquido con motivo del acci­
creíble en otras condiciones.
dente que sumió en marasmo de ocho siglos a
Pero con ser grande el influjo de esta acu­
doña Inés Ramírez y a D. Juan García, personajes
mulación de elementos, Emma fué, aunque
de otra obra de esta biblioteca, El amor en el siglo cien, se omite en ésta tal explicación, pues se­
ni ella ni nadie pudiera sospecharlo, quien
ría monótono decir lo mismo en todas.
más contribuyó a que todos los medios de

LOS MODERNOS PROMETEOS

con las zanjas o atarjeas del suelo del só­
tano, íevestldas de materiales malos con­
ductores.
Como a 191 grados bajo cero pasa el agua
de gaseosa a líquida, poco menos frías, a
185, por no ser posible el perfecto aisla­
miento del suelo, estaban las cajas enterra­
das en dichas zanjas; y como las otras ca­
jas del campo insolatorio, sobre las cuale3
concentraban los reflectores el calor solar,
se hallaban a 150, la diferencia de las tem­
peraturas de unas y otras era 335 grados,
desnivel calorífico muchísimo mayor que los
usuales en las más poderosas pilas térmicas;
cascada de calor incomparablemente más po­
tente que las más poderosas anteriormente
empleadas en ninguna industria.
Debíase tal éxito a la genial idea de Pepe
de sacar frío del Sol: empeño que si de
pronto antójase a cualquiera absurdo y sue­
na a hazaña increíblemente paradójica, tie ­
ne tal paradoja explicación muy natural vis­
ta a la luz de los principios que rigen la
transformación de la energía.
— Es sumamente ingenioso, elegantísimo—
dijo Duvery al enterarle Pepe del invento— .
Y en realidad lógico, aunque nadie ante.»
que tú lo haya visto. Pero me choca no sa
te ocurriera aprovechar esa enorme dife­
rencia de temperaturas en una máquina no
de vapor, ya que la congelación del agua no
te habría permitido utilizar tus 185 grados
por debajo de cero, sino de aire calentado
por el Sol en recipientes que hicieran veces
de calderas, hasta llegar a los 150 que por
encima obtienes y en donde la presión del
aire, por esa temperatura dilatado, traba­
jaría como en las de Cayley o de Stirbling,
que seguramente conocerás. Pero no sola­
mente hasta que las expansiones lo enfria­
ran a la del aire ambiente, como en ellas,
sino hasta bajar a los 185 bajo cero, que lo
licuarían en los depósitos inferiores de la
tuya, completamente equiparables al con­
densador de una locomotora (1).
— Aunque conozco esas vetustas máquinas,
(1) No eran novedades las máquinas de aire ca­
llente a que se refería Duvery, pues la de Cayley
fué inventada nada menos que en 1870 y la de
Stirling entre 1820 y 1830.
Del mismo modo que la caldera de una ordinaria
de vapor se carga con agua fría, que el hogar ca­
lienta hasta transformarla en vapor, la de la má­
quina de Cayley se carga con aire frío, que en
ella es cnlentado aumentando su fuerza expansiva,
después empleada, como la presión del vapor en
la primera, para impulsar pistones. Y lo mismo
podría emplearse en hacer girar el árbol de una
turbina empujando sus aletas.
Cuando la expansión del aire interior lo enfría
LCS Mor ERNOS PROMETEOS

33

nunca se me ocurrió resucitarlas, aunque si
fabricar motores de explosión de aire análo­
gos a los de los automóviles, pero inyec­
tando en sus cilindros a 150 grados no ga­
solina, sino aire líquido, en sucesivas pulve­
rizaciones, que vaporizándose y subiendo
además a esa temperatura desde la suya de
191 bajo cero, daría instantáneamente un
brinco de 341 grados, produciendo no inte­
rrumpida serie de potentísimas explosiones.
—¿Y por qué en lugar de eso has acudido
a las pilas termoeléctricas, incapaces de bue­
nos rendimientos?
—Primero, porque siendo ondas eléctricas
lo que yo he de suministrar a las industrias
para que ellas las transformen luego en la
hasta temperatura igual o poco superior a la del
ambiente, deja de tener fuerza para empujar loa
pistones y sale de la máquina que en sus tiempos
no fué un mero ensayo teórico, pues se aplicó has­
ta para mover barcos; aunque después dejó de
usarse con tal aplicación por su escasa eficiencia,
si bien todavía es actualmente empleada alguna
vez en pequeños motores de fuerza no mayor de
un caballo.
La máquina de Stirling, segün nota que tradu­
cimos de una obra de Th. W. Corbin, consta de
dos cilindros con pistón, uno en todo semejante
al de una máquina, y el segundo con otro pistón
más largo, llamado agitador, que no ajusta al ci­
lindro, pues su objeto no es sino mover en éste el
aire constantemente de uno a otro extremo, man­
teniendo lo más caliente el uno y lo más frío e!
otro que se pueda, de modo que cuando el agitador
llega al extremo caliente queda casi todo el aire
del cilindro donde oscila en el extremo frío y se
contrae, dilatándose, por el contrario, cuando el
émbolo se halla en el extremo frío.
Mediante un tubo se halla este segundo cilindro
en comunicación con un extremo del primero, lla­
mado de trabajo, y así, cuando el aire de aquél se
calienta y dilata, empuja el pistón de éste, que, al
contrario, es sorbido por el frío y contraído del
opuesto extremo. De este modo se obtiene el mo­
vimiento alternativo de vaivén del émbolo.
Es, pues, particularidad saliente de esta máqui­
na que un mismo volumen de aire se emplea Inde­
finidamente sin necesidad de renovarlo, y la dis­
posición del cilindro agitador, caliente en un ex­
tremo, frío en otro, fué lo que hizo pensar a Davery que con las enormes diferencias de tempera­
tura obtenidas por su yerno cabría obtener de la
vieja máquina un rendimiento que de ella no fué
posible alcanzar antes, pues dichos extremos, frío
y caliente, podrían corresponder a lo alto del cam­
po insolatorio y a los recipientes de aire líquido.
El verdadero interés puramente histórico de es­
tas dos máquinas estriba hoy en que fueron el ori­
gen del interesantísimo proceso de los esfuerzos
que, tratando de aumentar la eficiencia de ellas,
condujo a inventar los maravillosos motores de
explosión que en la industria y la locomoción van
reemplazando a las máquinas de vapor, que aun
cuando todavía muy usadas, cada vez lo son menos.
Lenoir, Langen, Otto son los físicos cuyos Ilus­
tres nombres señalan las etapas del camino reco­
rrido entre los viejos motores de aire callente y
los modernísimos de explosión.

3

34

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

fuerza que cada una haya menester, la con­
versión en tales motores del calor solar en
rotación de ruedas me obligarla a trans­
form ar después esos impulsos en corriente
eléctrica, ésta a su vez en ondas electro­
magnéticas y...
— Verdad, v erd ad ; y en cada una de esas
transformaciones perderlas gran parte de la
energía transformada. Pero siempre queda
el punto flaco de la pobreza y veleidad de
las pilas térmicas.
— N o tan pobres; porque empleando líqui­
do, es deciT, fundido, uno de los cuerpos del
contacto caliente, he conseguido decuplicar
la potencia de esas pilas; y sus veleidades
las evito ligando dicho contacto con el frío,
no por medio de los mismos cuerpos, sino
por barras de plomo (1 ).
Así, por acumulación de los efectos de
mis pilas, obtengo corrientes de la gran in­
tensidad y tensión suficientes a provocar la
ondulación eléctrica transportadora de la
fuerza, o almaceno en baterías de acumula­
dores enormes cantidades de electricidad a
voltajes colosales, hasta hoy no alcanza­
dos (2).
AJI llegar a este punto se enfrascó la con-

(1) Unico metal donde no nacen, como en los
demás, las corrientes parasitarias que en las pilas
comunes impiden que el crecimiento de la princi­
pal aumente a igual compás que la diferencia de
temperatura entre las soldaduras caliente y fría.
(2) Se ha dicho ya en nota anterior que cuando
aumenta mucho la diferencia de temperatura entre
los extremos de las barras correspondientes a las
soldaduras fría y caliente se interrumpe el creci­
miento de la corriente eléctrica con el de dicha
diferencia, interrupción debida a que el desequi­
librio de las temperaturas de sus extremos hace
nacer en cada una de las barras una corriente lo­
cal que a veces llega hasta anular la primaria en­
tre los contactos de aquéllas.
Leroux fué quien primero afirmó que el plomo
es el único metal en donde no se engendra esta
parasitaria corriente perturbadora.
De otra parte, ya en 1922 era sabido que barras
alternativas de bismuto y selenio, calentadas en
las soldaduras impares y enfriadas en las pares (o
viceversa), dan corriente cuya fuerza electromotriz
es siete veces mayor que la pila de bismuto y an­
timonio, durante muchos años tenida por la más
potente. Sabíase asimismo, pero solamente como
hecho entrevisto en los gabinetes de física, que los
contactos de líquidos y aun de gases dan fuerzas
electromotrices muy superiores a las engendradas
en las soldaduras sólidas, pero sin que de tal co­
nocimiento se hubiera sacado partido aplicándolo
a la constitución de pilas térmicas de mayor efi­
ciencia que las de antaño conocidas.
Hasta aquí lo que sabían los físicos en la citada
fecha y corría impreso en los tratados. Mas como
acaso algún lector sienta curiosidad de conocer la
Solución con que Lobera daba por resuelto el pro­
blema, insertamos, como ampliación a la presente

versación de suegro y yerno en técnicas
honduras, que aquí no son del caso, y b a s ­
tando lo dicho para proseguir nuestro re •
lato, diremos solamente que por entonces se
ultimaba la instalación de filtro-reflectores
y pilas térmicas y lumínicas, y se tendían
de la central eléctrica a las fortificaciones
alambres radiales perfectamente aislados y
enterrados, cuya utilización en la defensa
hemos de ver en breve.
En diversos lugares de trincheras y fosos
se excavaron hoyos, cargándolos de oxiquilita, llenándolos con piedras y cubriéndolos

nota, los párrafos siguientes, copiados de una de
las varias memorias del inventor sobre su invento,
que lleva pie de imprenta del año 2001.
“ Los cuerpos usados no son bismuto y selenio,
sino bismuto y yoduro de selenio. Cada una de las
cajas frías de las atarjeas del sótano contiene dos
dados, uno de cada cuerpo, soldados entre sí. Las
cajas, calientes bajo el cascajo de vidrio del cam­
po insolatorio, encierran dados sólidos de bismuto,
sobre los cuales queda yoduro de selenio, pero lí­
quido, pues, caldeadas por el sol, están aquellas
cajas a 150 grados, temperatura casi doble de la
de 65 de fusión de dicho cuerpo.
La necesidad de aprovechar la gran fuerza elec­
tromotriz desarrollada en el contacto sólido-líquido
es la que me ha movido a no emplear selenio puro,
que, dado su alto punto de fusión, habría estado
tan sólido en las cajas calientes como en las frías.
Los alambres que salen de las cajas de arriba
unen, de una parte, los bismutos calientes de las
inmediatas en cada fila de éstas, y de otra, los yo­
duros selénicos, también calientes, de ella. Dql
mismo modo se unen abajo el bismuto frío de cada
caja con los de las inmediatas anterior y posterior
en su fila, ligándose de igual manera las placas de
yoduro de selenio de las mismas cajas. De tal
disposición resulta que cada par de filas, una de
abajo y otra de arriba, engendra corriente de v ol­
taje igual a la que produciría un par de cajas,
fría y caliente; pero la cantidad de electricidad
por ella arrastrada viene multiplicada por qj nú­
mero de cajitas en f ila : es decir, por 4.000.
De la última caja de la primera fila sale un
grueso alambre de plomo, que, soldado al bismuto
caliente de aquélla, baja al sótano a soldarse al
bismuto frío de la última caja de la segunda fila
baja ; otro igual desciende del bismuto caliente de
arriba de esta misma fila al frío de la primera
caja de la tercera fila de a b a jo ; el último calien­
te de la tercera fila se une de igual modo al úl­
timo frío de la cuarta, y así hasta llegar a las
últimas filas tendidas en los 500 metros de an­
chura del campo insolatorio, quedando libres v
siendo bornes de la pila total el bismuto frío de
la primera caja de la primera fila de abajo y el
caliente de la última caja de la última fila de
arriba.
Claro es que tal acoplamiento en tensión de las
corrientes individuales de cada par de cajas, alta
y baja, produce corriente definitiva, cuyo voltaje
es el de una multiplicada por el número de fila s ;
es decir, por 7.500. Así se obtienen las enormes
corrientes propias de mi sistema, cuyo voltaje ele­
vo en seguida para el transporte en un converti­
dor corriente.”

LOS MODERNOS PROMETEOS

35

Con todo esto, cuando tales faenas queda­
ran terminadas se darían por ultimados los
preparativos de defensa, a reserva de otros
medios que las incidencias del ataque fue­
ron sugiriendo a los sitiados cuando sobre­
vinieron.

con tierra suelta, entre la cual fueron en­
terrados alambres gruesos terminados en esferillas metálicas y encorvados en círculos
no completamente cerrados, sino rotos por
Vanos entre las esterillas, con aberturas va­
riables en los diversos aros de unos cuantos
milímetros.

IX
EL ANZUELO Y LA CELADA
Ben-Cassím, en Sabankafi, a Bu-el-Melah,
Eaid de Tombuctú.—Gran Caid se llevó úni­
co avión aquí teníamos. Envíame urgente­
mente uno.
Tal decía el telegrama gracias al cual sa­
bían Raúl y Bertier que Abd-el-G-ahel es­
taba lejos.
El mismo día que la antena enterrada
capturó tal despacho recibió la oscilante un
aerograma de La Orotava, reexpedición de
«tr o de la torre E iffel, en que el Ministro
de la Guerra contestaba a la petición de so­
corro diciendo que estudiaba modo de pres­
tarlo con urgencia.
Dos fechas más tarde nuevo radiograma
de la misma autoridad avisó que, aparte los
grandes preparativos para embarcar las tro­
pas que la metrópoli destinaba a combatii
la insurrección musulmana, en cuyo poder
no estaba Francia dispuesta a dejar su im ­
perio africano, ya se había transmitido al
general Bessieres orden de arbitrar medios
de socorrer urgentemente a los sitiados, de
quienes estaba aquél relativamente cerca,
pues al frente de una fuerte columna había
invadido la N igricia Inglesa.
Bessieres era el Comandante General de
los territorios del Tchad, y combatía a los
ingleses en el sur del Sahara con las tropas
de su Comandancia, reforzadas con los senegaleses antes enviados al Borkú y el Air,
y cuya retirada de las guarniciones de estas
dos comarcas, que se recordará conocía de
antemano Gahel, fué por éste aprovechada
para dar la orden del alzamiento.
Por eso dijo Bertier al conocer el tele­
grama de París:
—‘En esa columna están las tropas que nos
enviaron a Tombuctú, a Agadés y a Zinder
cuando pedimos refuerzos, y nos quitaron
cuatro días antes de estallar la rebelión.

Bessieres es un gran soldado, y, por lo vis­
to, ya se lo ha hecho sentir a los ingleses,
invadiéndolos antes de que nos invadieran;
pero la mayor parte de su columna ha de
estar compuesta de indígenas.
— No es envidiable entonces— dijo Dubery— la situación del general mandando ta­
les tropas en esta época de predicación en
todo A frica de la guerra santa.
— Y menos teniendo que atender de una
parte a los ingleses y acudir de otra en
nuestra ayuda, estando de nosotros a cua­
trocientos o quinientos kilómetros. ¡Eso ie
parece cerca al Señor M inistro!... ¡Y se h a ­
brá quedado tan satisfecho! Claro, él ya
está a salvo con decir al país y a nosotros
que ha ordenado socorrernos: -cumplo y
miento... Tendría que ver la cara de Bes­
sieres al recibir tal orden.
— ¿De modo, Bertier, que usted no cree
posible que venga en nuestra ayuda?
— ¡Qué he de creer! Mientras esté en N i­
gricia, donde no hay insurrectos, podrá ban­
deárselas contra los ingleses, con sus tropas
traídas de Cafrería y Hotentocia, que no son
musulmanes; pero si da la vuelta hacia acá
y con senegaleses e indígenas del Tchad y
del Uaday intenta combatir la insurrección
del Sahara, es hombre perdido.
Aquella misma tarde expidió la Residen­
cia un telegrama a París, vía Tenerife, así
concebido:

Clave Comandancia Gendarmería Sahárica.— Capitán Bertier a Ministro Guerra. Pa­
rís.— Gracias auxilio ordenado General Bes­
sieres. Dificilísim o lo preste gran distancia
y probable falta confianza en sus tropas lu ­
char contra sahareños. Fuerte ya cercado;
insurgentes aumentan constantemente. De
no venir más eficaz socorro, resistiremos
defendiendo bandera hasta perder vida.

36

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

La contestación, llegada a las treinta >
seis horas, decía secamente que al General
Bessieres, ya triunfante de los ingleses, le
sobraban medios para salvar a los cercados
del Air, y que sus tropas acababan de pro­
bar su fidelidad en Nigricia.
— El tiempo lo dirá—gruñó Bertier, que
no pudo desahogarse poniendo como un tra­
po al ministro, cual se disponía a hacerlo,
porque un gran vocerío le hizo echarse fuera
de la habitación donde estaba con Joubert,
que le había traído la respuesta de París,
y distraerse con la extraordinaria novedad
que a sus ojos se ofreció al percibir la cau­
sa de las exclamaciones y carreras de euro­
peos, argelinos, dazas y tibous, que, aban­
donando sus tareas, corrían a la plazoleta,
sobre la cual se levantaban los andamies
sostenedores de la antena fija y fingida, ins­
talada por Pepe para despistar a Abd-elGahel sobre la existencia de la verdadera
y ondulante.
— Está preso, está preso.
— Se le ha enganchado algo y no puede
escapar.
— Parece que va bajando.
Las anteriores frases eran proferidas por
quienes en todas direcciones acudían atraí­
dos por el espectáculo de un hélico retenido
por su ancla a uno de los travesaños de la
antena, sin que los esfuerzos infructuosos
del giro apresurado de sus hélices horizon­
tales y verticales consiguieran elevarlo ni
separarlo de la antena.
— ¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pa­
sado?—preguntó Bertier a Lobera, que al
mismo tiempo que él llegaba al pie del an­
damiaje.
—Que hemos hecho prisionero un avión
enemigo, y que ya tenemos dos, uno de ellos
armado, en vez de u nj solo desarmado. ¿No
lo ve usted enredado en la antena?
— ¡Qué casualidad!
—No está mala casualidad—replicó L o ­
bera sin agregar razón de porqué rechaza­
ba el calificativo dado al apresamiento, que
era premeditada pesca preparada por él;
pues preocupándole por lo pronto más aten­
der a que el pez— bueno, pájaro— no rom­
piera el sedal, daba, al efecto, orden de que
tres o cuatro hombres se colgaran de cada
una de tres maromas pendientes del cable
de comunicación a tierra de la antena ama­
rrada por sus vientos al travesaflo en don­
de había engarrado el ancla del avión que
pugnaba por huir.
Aquel cable era el mismo cuya robustez
insólita había sorprendido a Don Héctor

cuando vió a su yerno montarlo y sin que»
éste le diera explicaciones, también calla­
das, en la misma ocasión, de porqué se le»
escapó llamar anzuelo a la simulada an­
tena.
Lo recio de tal cable obedecía a no estar
destinado a establecer comunicación eléc­
trica con tierra, sino a contrarrestar el ti­
rón de un aeroplano, si alguno intentara
llevarse la antena del modo como había
sido arrebatada la de Agadés. Para ello es­
taba preso por su parte inferior a un ro­
busto torno que un potente motor eléctrico
haría girar, cobrando cable, tan pronto fue­
ra maniobrado su conmutador de entrada
de corriente por un vigilante, que acudiría
a él en cuanto fuera señalada la proximi­
dad de un avión.
Del cable pendían las cuerdas de las que
Pepe hizo colgarse a los obreros para que
ayudaran al motor, en previsión de que éste
no fuera capaz de vencer por sí solo la
fuerza de las hélices del avión si la desco­
nocida de ellas resultare mayor que la de él,
no obstante haber sido ésta calculada por
el argentino con precaución y margen que
hacían improbable semejante deficiencia.
Apenas adoptadas estas disposiciones, se
convenció Pepe de que ya comenzaba a des­
cender el hélico, a despecho de los esfuer­
zos que para huir hacía; y volviéndose a
Bertier, dijo:
—Vea, vea que la casualidad nada tiene
que ver con la ratonera que he preparado,
y en donde dentro de un minuto va usted
a poder prender al Vengador.
Regocijado con tal promesa, llamó Ber­
tier a tres o cuatro gendarmes que, en pri­
mera fila estaban entre los mirones, y con
los cuales aprehendió en seguida a los dos
tripulantes del aeroplano al tocar éste tie­
rra. Pero sufriendo él y Lobera desengaño
grande porque ninguno de ellos era el Ven­
gador, a la sazón muy lejos do Techiasco,
y porque el avión recién caído en la trampa
no era el de Gahel, sino el pedido por BenCassím a Tombuctú, que tan pronto aterri­
zado en SabankaR, salió en vuelo a tomar,
desde la altura, unas vistas fotográficas de
la Residencia para solventar dudas que im ­
pedían a Harsk ultimar el plano del inte­
rior de ella.
Sin novedad impresionó el topógrafo las
placas de los puntos dudosos, y cuando ya
iniciaba el aeroplano la virada de regreso,
reparó su piloto en la antena, acometién­
dole tentación de llevársela; pues siendo
el mismo que Iba en el hélico que arrancó

LOS MODERNOS PROMETEOS

3a de Agadés, le agradaba ofrecer tal pre­
sente al Vengador, para que viera éste cuan­
do retornara que había sacado un buen dis­
cípulo.
Por tal se tuvo el aviador al ver que a la
primera intentona lograba meter el ancla en­
tre los alambres paralelos de la antena y
hacerla en seguida correr por debajo de
ellos hasta engancharla en el fortísimo tra­
vesase) de fundición donde se amarraban,
<3el cual saltaron rotos al tirón dado con el
aumento de velocidad de su aparato.
Pero inmediatamente sintió la sacudida
de un segundo tirón que, a no ir bien atado
a su asiento, le habría despedido al espacio;
y comprendiendo entonces que por algo es­
taba retenido el helicóptero, forzó la mar­
cha de las hélices, que comenzaron a lu­
char con el cable sujeto por tres dobles
vientos de robusto alambre al travesaño
del que con su ancla creía aquel hombre ti­
rar, cuando el cable era realmente el que
de ella tiraba.
Al hallar en el cepo, armado para un
león, dos ratoncillos míseros, pues Harsk
y el piloto eran presa muy diferente de la
que Pepe y Bertier creyeron un momento
les caía en Das manos, lo acedo de la de­
cepción aguó el contento de éstos, mas no
bastó a quitarles el de la captura de un avión
armado con ametralladora a proa y a popa:
éxito nada despreciable que despertó rui­
dosísimo entusiasmo en dazas y tibous, y no
tan resonante, pero no menos grande, en
argelinos y franceses, que felicitaron ca­
lurosamente a Pepe, a quien vitoreaba la
plebe.
Mas la alegría de quienes formaban lo
que podemos llamar Estado Mayor de la
Residencia duró poco, pues a la noche llegó
a la antena de los pozos una tristísima no­
ticia en un geograma (geo, pues venía ser­
penteando a través de la tierra) oficial en­
viado al Residente general inglés en Lagos
por el teniente jefe de la sección radiotelegráfica de campaña de la columna Troppers,
operante en Nigricia contra el general Bessieres.
Aun cuando muy largo, era el despacho
tan interesantísimo, que lo copiamos ínte­
gro, según fué traducido al francés por el
propio Duvery; pues la terrible concisión
de su sobrio contexto no consiente extractos.
Helo aquí:
Teniente Hicks, desde Karifa, a Mayor
'General en Lagos.—Por averia carro ante­
na esta sección Coronel Troppers la dejó
•atrás, siguiendo él cumplir orden V. E. lle­

37

gar anteayer Bebejí conferenciar jefe' sahareño llegado vía aérea. Por eso mi sección y
yo, únicos1ingleses escapados catástrofe que
telegrafío. Ignoro tratos conferencia celer
brada supuesto aliado día dicho. Siguiente
tarde nuestra columna atacada Bessi&res,
contra quien apenas entablado combate se
volvieron sus tropas musulmanas' gritando:
“ ¡Viva el Vengador! ¡Viva Inglaterra!”
Entre ellas y los nuestros deshicieron fran­
ceses sin dejar uno vivo, a pesar esfuerzos
Troppers salvar prisioneros. Juntos viva­
quearon senegaleses pasados! a nosotros la
compañía de highlanders y nuestros cafres
y hotentotes; pero después de media noche
cayeron los primeros sobre las tiendas de
highlanders y de la oficialidad inglesa de
las tropas negras, asesinando dormidos a
unos y otra. Cafres y hotentotes sin jefes
inmoladod o desbandados antes de formar.
Los traidores ya no gritaban Viva Ingla­
terra, sino Africa, Africa, Viva el Ven­
gador.
Esta mañana en marcha unirme colum­
na encontró intérprete ella que pudo esca­
par obscuridad noche repitiendo los vivas
de) los asesinos en idioma ellos. Ha visto
caer Coronel y martirizar ferozmente todos
mis jefes y compañeros!, y él me lo ha refe­
rido todo.
Durante matanza oyó al llamado Venga­
dor enardecer a sus siicarios gritándoles:
“ ¡A ellos, a ellos! A estas horas vuestros
hermanos de Egipto, Nubia, Sudán y Abisinia exterminan ingleses como antes ex­
terminaron franceses."
H oy se me han incorporado grupos cafres
fugitivos. Mañana me replegaré dirección
Bida. Imposible telegrafiar hasta ahora diez
noche, pues imposibilitado componer ante­
na la duplo deshaciéndola, tendiendo sus
alambres en estrella en el suelo y ligándolos
a cinco grandes baobales por los cuales
transmito (1).
Al oír leer este parte, que solamente co­
tí) Experimentos practicados bajo la dirección
del general George O. Squier, jefe del “ Signal
Corpa” , del ejercito norteamericano, demuestran
que, a reserva de ulteriores perfeccionamientos, s
ya una posibilidad la comunicación radiotelegráflca
empleando árboles para hacer veces de antenas.'
En prueba de ello, a continuación traducimos ©1
siguiente párrafo de una memoria del mencionado
general:
“ Inmediatamente descubrimos que con los sen­
sibles amplificadores de recepción hoy en uso era
posible recibir señales de las principales estaciones
de Europa sin más que establecer en el suelo, de­
bajo de un árbol que no esté seco, una red de
alambre, y uniéndola, mediante otro alambre ais-

38

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

nocieron Duvery que lo tradujo, su hijo,
Lobera y Bertier, dijo Raúl:
— Ya sabemos dónde estaba Abd-el-Gahel.
¡Infam e!
Y exclamó el veterano:
— ¡Canalla!... ¡Pobre Bessieres!... Ahora
verá el Señor Ministro lo que valía su pro­
metido auxilio. Traiga, Duvery, traiga ese
despacho. He de copiarlo en cifra antes de
dárselo mañana a los telegrafistas para que
lo trasladen a París por el Congo o Tene­
rife. Con lo largo que es, ya tengo tarea
hasta la amanecida.
Siento de veras no poder ver la cara que
Su Excelencia va a poner al leerlo.
Con la tristeza consiguiente al deprimente
suceso se separaron los demás de Bertier.
La ira de Raúl no hablaba sino de salir en
el aeroplano apresado aquella tarde para
darse el gustazo de ametrallar con sus pro­
pias ametralladoras a las hordas que cerca­
ban la Residencia: propósito del que le hi ­
cieron desistir su padre y su cuñado diciéndole que nada convenía hacer en tanto
no estuvieran terminados los trabajos, to­
davía pendientes de ultimar, que Pepe rea­
lizaba para reforzar la defensa con los
elementos de la Heliodinámica; pues si los
sitiadores no atacaban, no convenía preci­
pitarlos.
— ¡Qué lástim a!— contestó el impulsivo
muchacho— . ¡Y qué lástima que cuando
estábamos tan satisfechos con tu éxito de
esta tarde, venga esto a estropearlo!

— iSí: el éxito de mi anzuelo no compen­
sa ni con mucho el de la celada de ese in­
fame...
— Celada doble; pues por lo visto estaba
dq acuerdo con el Residente de Lagos, que
aprenderá con esto lo que valen las alianzas
con africanos.
— Le está bien empleado.
— Pero ¡qué vergüenza para un país ci­
vilizado!
— Lo negarán, estoy seguro: de esas h a ­
bilidades de la diplomacia reniegan siempre
los autores de ellas; pero ya ves con cuánta
razón te llamaba cándido cuando creías im ­
posible que un país culto ayudara a salva­
jes y asesinos.
— Verdad, verdad.
— Cuando salvajes, asesinos, piratas o r e ­
volucionarios son enemigos de otro país
civil izadoj pero competidor en un mercado
pingüe, la civilización de unos cree lógico
ayudarlos a destruir la civilización creada
por los otros; y así camina a la barbarie la
civilización de todos, y así va el mundo des­
peñándose a horrendas hecatombes.
Mira, mira la historia: y un día verás un
pirata hecho duque, y otro azuzar una r e ­
volución que cuesta trono y vida a un a lia ­
do, y después a jefes de naciones civiliza­
das dar beligerancia y tratar como a igua­
les a los verdugos magnos de la horda ma­
yor de ladrones y asesinos que el mundo ha
conocido.

X
ENTRE MIELES DE TRIUNFO AHELEA EL DESENGASO
E l éxito de la doble traición del Gran Caíd
no era, según se ha visto en el parte inglés
transmitido por los baobatas, sino episodio
de la general matanza de ingleses con quielado, a un clavo hincado en la parte alta del árbol,
por bajo de la copa.
Mensajes radiotelefónicos procedentes de aero­
planos fueron también fácilmente recibidos por el
árbol antena.
M as aun radiotelefonemas transmitidos por un
árbol antena fueron recibidos por otras antenas de
esta misma clase.
P a ra obtener efectos más intensos cabe usar an­
tenas constituidas no por uno, sino por varios ár­
boles.”

nes árabes y bereberes repitieron en todo
el A frica septentrional lo hecho antes con
los franceses; mas sorprendiéndolos más de
improviso todavía que a éstos; pues ador­
mecida la desconfianza de las autoridades
por sus secretas inteligencias con Gahel, no
creían que contra ellos fuera el movimiento
musulmán, olvidando que el odio africano
no distingue entre europeos, y que amista­
des con quienes tienen la falacia en la san­
gre siempre dan, a la corta o la larga,
iguales frutos.
Aquel nuevo y resonante triunfo fué para.
Abd-el-Gahel postrer peldaño cuyo aseen-

LOS MODERNOS PROMETEOS

so lo encumbró a lo más alto de sus ambi­
ciones; pues una semana después de la jo r­
nada de Bebejí, los Emires del Diván Su­
premo y los lugartenientes de la rebelión
en los diversos países entre el Mar Rojo,
el Mediterráneo y el Atlántico se reunían
en Jos oasis de Kufra (1), y en solemne
asamblea declaraban constituido el Imperio
Islámico Africano y aclamaban por Gran
Califa al Vengador.
Tan pronto éste confirmó en sus mandos
en Marruecos, Argelia, Egipto, Nubia, et­
cétera, a quienes le habían dado la corona,
oyó sus informes, les comunicó instruccio­
nes, y se fueron todos ellos a sus resi-?
dencias, tardando en dejar libre al flaman­
te califa tres días, que pesaron cual siglos
a la impaciencia de él, retornó a Sabankafi,
en donde al verle aterrizar Cassím—que
estaba telegráficamente enterado de su pro­
clamación, a la cual no asistió por no aban(1) Hermoso archipiélago de verdegueantes fslas llama Elíseo Recltis a Kufra. que no es un
oasis, sino cinco oasis, separados por llanuras are­
nosas, donde se elevan numerosas dunas que el
tiempo y el viento cambian de lugar.
En el centro del Desierto Líbico ocupan dichos
oasis una extensión de 350 kilómetros de Oriente
a Occidente, por más de 200 en sentido Norte-Sur.
Al Sur de los oasis de Aoudjila, ya citados en esta
obra, distan del más meridional de éstos, el de
Djala, 400 kilómetros, en los que no se encuentra
un solo pozo. Del Borkú distan 700 kilómetros
en dirección NNE., y para llegar por el Este hasta
el Nilo preciso es recorrer más de un millar de
ellos.
No es. pues, extraño que esta reglón, que hay
fundamento para creer no fué conocida del mundo
antiguo, no lo haya sido del moderno sino hasta
fines del siglo pasado, en que la visitó el viajero
Rohlfs en 1879.
El nombre de Kufra, que quiere decir “País de
los Paganos”, le viene de sus primeros habitantes,
tibous, hoy en escasa proporción en él y sometidos
al yugo de los senusitas, que son completamente
independientes de todo poder cristiano o musul­
mán.
Los oasis son : Buseíma, en el centro; Erbehna
y Kebabo, al Sur, cada uno de 200 kilómetros de
Este a Oeste; Taiserbó y Sirhen, al Norte.
El agua, muy somera en todas partes, es abun­
dantísima por doquier, y la vegetación, copiosa.
Existen varios lagos, siendo el más importante el
de Buseima, que alcanza 10 kilómetros.
Son notables las ruinas, muy bien conservadas,
de pueblos enteros y grandes; las de un castillo,
cuyos muros son de sal en vez de piedra, y el ac­
tual convento islámico de los hermanos senusitas,
que son los señores de toda la comarca. Este mo­
nasterio, muy semejante a una fortaleza, con mu­
rallas blanquísimas, en armonía con su nombre, se
llama Convento de la Pureza. A fines del siglo pa­
sado albergaba a 250 monjes y pocos más esclavos
tibous.
Hay quien cree, mientras otros lo niegan, que
éste es el lugar paradisíaco cuyo camino fué per­
dido, de que hablan antiguas leyendas africanas.

39
donar el mando frente a la Residencia—so
mostró sorprendido y disgustado por creer
la de Techiasco poca empresa para quien
ya ostentaba la dignidad de Gran Califa,
manifestándole a las claras, al decírselo así,
su temor de que los magnates que lo habían
elegido lo censuraran al saber que en lugar
de atender a los asuntos de general impor­
tancia que requerían su atención al co­
menzar a ejercer su autoridad, y lo vieran,
no preocupado en prepararse a rechazar la
reacción que contra las costas de Africa ya
estarían fraguando las naciones expulsadas
de ella, sino distraído en la expugnación
de una bicoca como aquella mísera for­
taleza improvisada en el fin del Sahara y
defendida solamente por un puñado de pe­
rros imposibilitados de salir de su madri­
guera, donde de cierto los habría ya él ex­
terminado a no haberlo cohibido la orden
de su sobrino de limitarse en su ausencia
a organizar y adiestrar- sus allegadizas
huestes, cuyo bravio espíritu y sueltos há­
bitos repugnaban regulares encuadramiento y disciplina: siendo muy de temer que
a tardar poco más en darles algún botín se
desharían como sal en el agua, porque ya
iban murmurando sin rebozo de los aplaza­
mientos de la acción y las ¡molestias del
aprendizaje militar, de las que acaso se li­
braran los soñados batallones desertados en
masa.
Que en atacar la Residencia no podía ya
perder tiempo si no quería quedarse sin las
veleidosas fuerzas que mandaba, se lo dijo
igualmente Tinkert a Gahel al darle cuen­
ta de Ja impaciencia y descontento de ellas,
que a no ser por la creencia de que en cuan­
to llegara el califa las llevaría en seguida
al saqueo, habrían estallado en rebelión con­
tra Cassím y el informante.
Por último, las entusiastas ovaciones que
al recorrer aquel día en un auto los viva­
ques recibió Gahel, confirmaron los ante­
riores concordantes informes, pues tanto o
más que los vivas al Califa y al Vengador
del Africa sonaban los mueras a los perros
de la Residencia y las clamorosas peticio­
nes de asalto, reforzadas con ¡gritos lla­
mando cobardes y traidores a Cassím ,y a
Tinker: diciendo todo al vitoreado que par«,
no poner su popularidad en grave riesgo de
desvanecerse le era preciso prometer a sus
fieras que al día siguiente las llevaría al
asalto, cediéndoles la parte que a él le co­
rrespondiera en el pillaje: oferta que le va­
lió vítores mucho más entusiastas que los
que a su llegada le habían acogido.

40

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He aquí cómo se le frustró a Gahel su
madurado plan de anteponer al ataque el
rapto de Emma, sintiendo al verse compelido a someter su voluntad a la de la ca­
nalla, cólera tanto más peligrosa para sus
causantes cuanto más callada.
Apenas retornado a Sabankafl, ya caída
la tarde, rápidamente ideó medio de reali­
zar el prometido asalto en forma que, den­
tro de cuanto a humana previsión fuera
dable alcanzar, no peligrara en él la vida
de su amada; pero ol temor a imprevistas
contingencias que pudieran inutilizar sus
precauciones fué nuevo soplo al escondido,
pero ardiente rescoldo de su ira.
Después de meditar el plan para el si­
guiente día sobre el plano del recinto inte­
rior de la Residencia, ya casi terminado,
mas no completo a causa del apresamiento
de Harsk, atribuido por Gahel a un acci­
dente del hélico, llamó a Ben-Cassím, y
encomendándole el mando de las fuerzas
sitiadoras a occidente de la improvisada
fortaleza, le ordenó las hiciera avanzar
aquella misma noche hasta situarlas tan
cerca de los atrincheramientos como fuera
posible, dentro de la condición de que, ten­
didas en el suelo y cubiertas con las ondu­
laciones de él, no pudieran ser vistas por
los sitiados cuando amaneciera. Las tropas
de Cassím no debían disparar un solo tiro
hasta que él las lanzara, sin cuidarse de
•bajas, al ataque a fondo, en el momento en
que viera remontarse sobre Techiasco el
avión donde el califa había regresado de
Kufra y ondear en él el estandarte blanco
y verde del recién nacido imperio; pues los
ex jornaleros del ferrocarril alojados en
dicha aldea, y conocedores de los parapetos
con sus manos levantados y del terreno en­
tre aquélla y éstos, eran los más indicados
y aptos para formar la vanguardia e ini­
ciar el ataque. Cuando éste hubiera progre­
sado en términos de atraer la guarnición a
las trincheras y sujetar la mayor parte de
ella a las fronteras a Techiasco, sería la
ocasión oportuna de que las taifas al man­
do de Cassím cayeran sobre los otros fren­
tes en momento que apreciaría Abd-elGahel, señalándoselo a aquél con el aero­
plano.
Además del alto mando de la línea ente­
ra, quiso el califa reservarse la dirección
personal de la primera embestida de la
(gente de Techiasco.
Enterado Cassím del plan de conjunto y
de.la intervención que le incumbía en él, a
su cargo quedaba tomar disposiciones y en­

viar propios en motos a los cabos de taifas
más lejanas, y en. camellos a las vivaquean­
tes a menor distancia, con orden de romper
la marcha a media noche, en el mayor si­
lencio, hacia los lugares que él señalarla a
cada contingente, y en donde los revistaría
personalmente recorriendo, antes de ama­
necer, la línea entera para rectificar cuanto
fuere menester, señalar puntos de ataque a
las taifas de primera línea y constituir con
otras la reserva a sus inmediatas órdenes.
A estas prevenciones agregó Gahel dos
especiales y muy recalcados encargos.
Fué uno advertir a los cabecillas que se­
ría degollado quien consintiera a su tropa
disparar un solo tiro o realizar acto capaz
de descubrir a los sitir dos la inminencia
del ataque antes de dar Cassím orden de
comenzarlo.
Era otro hacer saber a todos que a nadie
había de darse cuartel, pues no se querían
prisioneros: con la sola excepción de Duvery, su hijo, su hija y el capitán Bertier,
personajes ellos que por su importancia
debían morir en un cadalso en Fez con más
solemnidad y resonancia que obscuramente
en ;el degüello subsiguiente al asalto; y sa­
grada ella, como destinada al serrallo del
califa.
En consecuencia, se haría todo esfuerzo
para cogerlos vivos, recibiendo quienes asi
los entregaran cinco mil francos de recom­
pensa por cada una de las personas indi­
cadas.
Al oir esto, el mulato fijó en su sobrino
mirada tan insistente y escrutadora que
Abd-el-Gahel la sintió penetrarle senti­
mientos y propósitos, leyendo él a su vez
en la expresión de ella que su feroz parien­
te no se dejaba engañar por el embustero
proyecto de ejecución en Fez; y conociendo
el fanático odio de su tío a los cristianos y
su crueldad inflexible receló primero opu­
siera objeciones al mandato, temió después
pasara de miradas incrédulas a indiscretas
preguntas para obligarle a declarar su es­
condida intención, y se espantó por último
al pensar que nada preguntara, pero tam­
poco obedeciera.
Mas pasado un instante se tranquilizó,
pues desviando Ben-Cassim los ojos cual
quien no necesita inquirir ni mirar para
saber a qué atenerse, dijo con firme ento­
nación, donde vibraba sinceridad indudable,
que aquello corría de su cuenta, mas sólo
en parte; pues el aborrecimiento de los in­
dígenas a los gendarmes haría muy difícil
evitar que muriera el capitán. Y aun cuan-

LOS MODERNOS PROMETEOS
<áo sorprendió al califa extraordinariamente,
como cosa imprevista, la categórica prome­
sa, no quiso escudriñar la causa de tan in­
verosímil humanitarismo en tal persona:
que si no beneficiaba a Bertier como a la
familia Duvery, era por haber conocido Caseím que la recomendación de coger vivo a
aquél no era sino añagaza de su sobrino
para no dejar ver interés exclusivo en sal­
var al padre y al hermano de la hurí.
Con esto terminó la conferencia, que Gahel se apresuró a cortar, apremiando al otro
para que aprovechara el tiempo hasta el
alba restante y no sobrante, para hacer
cuanto le había encomendado, dejándoselo a
él de meditar y dictar las disposiciones pre­
liminares de la actuación de las fuerzas de
Techiasco.
Media noche era cuando, ya a solas, vol­
vió Abd-el-Gahel a reflexionar sobre los
planos de la Residencia, tomó notas y lle­
vándoselas consigo subió al hélico, del cual
bajó en Techiasco a la media hora, después
de brevísimo alto a mitad de camino en el
campamento de los rebeldes en reserva de
los jornaleros de aquel pueblo. Estos habían
trocado los picos y palas por fusiles que
Tinkert tenía escondidos y les distribuyó el
día mismo en que fueron despedidos de la
Residencia.
Aquel alto tenía por objeto ordenar al
jefe de los acampados que inmediatamente
los llevara marchando con el mayor sigilo
a la citada aldea y se le presentara a to­
mar órdenes al llegar a ella, en lo cual tar­
daría poco más de una hora. Cuando pasada
ésta le dió en Techiasco parte el cabecilla
de haber llegado con su gente, ya había el
califa distribuido los jornaleros en grupos
a las órdenes de los cabos de taifas, indi­
cado a éstos las direcciones en que habían
de marchar con los suyos cuando bastante
antes de amanecer les fuera enviada orden
de comenzar el combate, y comunicácloles
instrucciones para la primera parte de éste,
en la que si no podía aspirarse a sorpren­
der en absoluto a los atacados porque la luz
de los proyectores de iluminación permiti­
ría a los centinelas de la plaza enterar­
se del avance de los sitiadores, cabía que
éstos aprovecharan la hora de la embestida
acercándose muy rápidamente a los parape­
tos para cortar las alambradas y aun tal
vez escalarlos; pues siempre se ganaría el
tiempo que, al aviso de los centinelas, tar­
dara la guarnición en despertarse, levan­
tarse y ponerse en defensa; pues, salvo al-

41

gún pequeño retén de guardia, todo el mun­
do estaría allí profundamente dormido.
Seguidamente hizo Gahel a sus subalter­
nos el mismo encargo que a Cassím, ofre­
ciéndoles las propias recompensas de que a
éste había hablado para quienes entregaran
vivos a los Duvery y al capitán, insistiendo
muy machaconamente en la prohibición de
dar cuartel a nadie, exceptuando los cita­
dos.
Es de notar que Tinkert no acaudillaría
las taifas de su mando por asumir éste el
califa, que después de despedir a los cabe­
cillas conversó reservadamente ccn aquél
hasta muy tarde, quedándose, cuando el otro
se marchó) en estado de excitación, causada
por lo que, dándole su verdadero nombre,
era miedo: verdadero miedo, como jamás lo
había experimentado, extrañísimo en quien,
como él, siempre se había encontrado ecuá­
nime, sereno, frío, en los mayores peligros.
¡Miedo!... Sí; mas no por él, que ni a tal
sentimiento era personalmente accesible, ni
podía tenerlo en aquella ocasión en que aten­
dida su altísima personalidad se mantendría
al día siguiente alejado de los riesgos de a
lucha, sino terror de que todas las precau­
ciones por él tomadas ya y las que Tinkert
adoptaría para preservar la vida de ella pu­
dieran resultar infructuosast porque ¿quiéa
sabe adónde van las balas en un asalto?
Y al miedo se juntaba el amargor natu­
ral en un hombre de su temple y su sober­
bia ante el sarcástico contraste de que
cuando acababa de escalar la autoridad su­
prema fuese cuando advirtiera por la pri­
mera vez su falta de libertad para ejercer­
la como no la ajustara al cuándo, cómo y
para qué le plugiera a la canalla: ¡mengua­
da autoridad, irrisorio poder!
El imperio que él había hecho surgir, el
califato de que estaba investido, su talento,
su voluntad, cultura y fuerza nada vallan,
nada pesaban, puesto que habían de obede­
cer a la barbarie ingénita y al salvajismo
de las masas, que en Africa eran la única
fuerza incontrastable.
¡Y para alcanzar tal simulacro ruin de
poderío( realmente esclavo de quienes pa­
recían acatarlo, había él empleado veinti­
cinco años de juventud aprisionada en es­
tudio incesante y renunciado a la vida en­
trevista en un mundo mejor hacia el que
su cultura lo atraía, y dedicado vida entera,
meditaciones y esfuerzos a la redención de
pueblos y de razas a la postre incapaces do
toda redención!
¡Y como recompensa a desvelos y renun-

42

BIBLIOTECA NOVELESCO CIENTIFICA
abrazo a la adorada criatura dueña de su
alma y afán primero de su vida, ante el
cual ya se esfumaba su ambición, solamen­
te pusiera entre sus ¡brazos el cadáver do
ella!
Pero entonces, ¿por qué había accedido a
dar el asalto donde ella podría perecer o
donde acaso las rijosas fieras sahareñas?
¡Qué horror, qué horror!
Porque había visto clara la decisión do
las masas de asaltar la Residencia con él
o contra él; porque resistirse a darlo h a­
bría sido provocar el motín que, arrebatán­
dole el mando, le impediría hacer lo que
había hecho y lo que iba a hacer para apar­
tar de Emma los peligros.
Tales fueron las cavilaciones, recelos y
amarguras en que lo halló sumido la hora
del ataque, sin haber intentado pegar I03
ojos. ¿A qué, si estaba cierto de que no ha­
bría acudido el sueño a ellos?

daciones y sacrificios velase, al llegar a lo
alto, en el amargo trance de esoger entre
afrontar impopularidad que, de no plegarle
a llevar sin demora sai manada a saciar bes­
tiajes ansias y viles apetitos en la matanza
y el pillaje, habría arruinado su prestigio
ocasionando sedición y acaso asesinato del
ídolo de ayer por el delito de no ser tan
bestia como ellos, o resignarse a padecer el
acerbo desprecio que, recién alcanzado el
ensueño de su vida, le inspiraba su autori­
dad suprema! ¡Suprema! ¡Qué sarcasmo!
A l saborear el triunfo de sus ambiciones
amargábale en él la hiel del desengaño.
Pero había algo peor, porque no era ara­
ñazo en la soberbia del ambicioso, sino con­
goja del corazón enamorado, punzadas en él
dadas por la inoertidumbre de si el destino
le reservaría, como botín de la jornada que
iba a alumbrar la luz del día, cercanísi­
mo ya, la desesperación de que el primer

XI
EL ASEDIO SE CONVIERTE EN ATAQUE...
E l avance de los de Techiasco fué descu­
bierto una hora antes de romper el alba,
no por los centinelas, sino por el capataz
americano de turno a aquella hora en los
proyectores que, en constante actividad du­
rante la noche entera, iluminaban desde la.
Residencia todo el terreno circundante.
Los Lobera, los Duvery, Bertier y sus
oficiales se habían hacía tiempo .repartido
las noches por cuartos para que siempre
hubiera despierta una persona caracteriza­
da y de criterio con independencia del per­
sonal de turno en los departamentos de dí­
namos, acumuladores, transmisiones tele­
electro - mecánicas y demás dependencias
donde en toda ocasión hacían guardia sen­
dos capataces u obreros aventajados.
A Don Héctor, jefe de cuarto a aquella
hora, dió la alarma el vigía al ver que de la
gran sombra inmóvil del montón de casucas y tugurios que constituían casi toda la
edificación del villorrio se desgajaban an­
gostas, alargadas y múltiples sombras suel­
tas movibles en el suelo alumbrado con la
melancólica luz argentada del proyector.
Aun cuando la impaciencia de los lectores
pida ser rápidamente informada de las p e ­

ripecias del combate, forzoso es informarlos
antes de antecedentes que, ignorados, ha­
rían obscuro e incomprensible el desarrollo
de ¡1a lucha.
A l recibir el aviso hallábase Duvery en
un vasto aposento con aplicación análoga a
la del puente de mando de un acorazado,
pues desde él había de ejercerse el de la
defensa por partir de allí las órdenes del
pequeño campo atrincherado.
Desde dicha habitación y a través de seis
rasgados ventanales, se oteaban a simple
vista, por cima de todos los edificios de la
Residencia, los alrededores más cercanos a
ésta, y la lejanía con grandes anteojos pris­
máticos, binoculares y telemétricos de gran
aumento montados en círculos graduados
que daban las direcciones en las cuales eran
dichos objetos vistos, leyéndose simultánea­
mente en los mismos gemelos las distancias
a que se encontraban: datos que cuando so­
brevinieran combates serían comunicados a
Jos artilleros de los cañones revólveres, a
los sirvientes de las ametralladoras y a
secciones de fusileros para que desde el pri­
mer disparo pudieran hacer fuego con td
tiro arreglado.

4a

LOS MODERNOS PROMETEOS
En una gran mesa central y circular so
alzaban veinticuatro a modo de tejas v e r­
ticales metálicas, formando otros tantos es­
pejos cilindro-parabólicos con sus concavi­
dades vueltas hacia el campo en otras tan­
tas direcciones radiales. Las alturas de ellio,
en todas iguales, era de treinta centíme­
tros. En la oquedad de cada una veíanse dos
pares de alambres verticales, todos term ina­
dos en esferillas doradas, dos a dos fronte­
ras y poco separadas entre sí, con tamaño
doble en los pares superiores (eléctricamen­
te independientes de los inferiores).
Las bolas y las variables aberturas entre
ellas tenían parentesco estrechísimo con las
esferas y vanos de los aros hendidos de
alambre a que hicimos referencia al hablar
de los trabajos preparatorios de la defensa,
diciendo fueron enterrados en los hoyos de
minas y fogatas pedreras en número doble
de las tejas y distribuidos en dos líneas en
tom o del recinto: una en la cercanía de
las trincheras, trescientos metros detrás de
las alambradas; otra, cuatrocientos a van­
guardia de éstas.
Ocupaba el centro de la mesa de las tejas,
o, dándoles nombre menos pedestre, reflec­
tores electro-m agnéticos, un carrete Rumkford que, mediante un acumulador de cua­
renta y ocho contactos, podia ser a voluntad
puesto en comunicación con cada uno de los
detonadores alojados en las concavidades de
las 24 tejas-reflectores. ¡Ah! Creo no haber
dicho hasta ahora que cada par de alambres
con sus dos bolas fronteras se llama deto­
nador o excitador, ni que los aros a dis­
tancia enterrados se llaman resonadores (1 ).
Salvada la omisión, prosigamos descri­
biendo la cámara de mando, donde halla­
mos, además de lo dicho, no un cuadro do
clavijas telefónicas, sino numerosos teléfo­
nos directos a las baterías altas de los H okings, a cinco cabinas situadas en el centra
de igual número de sectores en que para la
defensa próxima habían sido divididos los
atrincheramientos, a la estación radiotelegráfica, polvorines, centrales de dínamos,
electrotérmica, acumuladores, taller fr ig o r í­
fico, cuartelillos y a la sirena, cuyo alarido,
en caso de alarma, equivaldría a orden al
personal técnico de acudir inmediatamente
a las dependencias donde cada uno prestaba
servicio, y a la guarnición, de correr a los
sectores de defensa en los que de antemano
habían sido distribuidos todos los varones
(1) Pocos párrafos más adelante aparecerá clara
la razón del porqué de estas denominaciones.

válidos, cuyo total estaba más cercano a dos.
millares que a m illar y medio.
El mando militar, entendiendo tal califi­
cativo a da antigua usanza y restringiéndola
a la dirección de hombres armados y bocas
de fuego, corría, claro es, a cargo de Ber-r
tier, siendo Pepe Lobera el director de la
defensa en la parte de ella encomendada a
la acción, científica, auxiliado inmediata v
directamente por su hermano, Don Héctor
y Raúl, y en cada una de las secciones co­
rrespondientes a diversos tecnicismos, p o r
los ingenieros del ferrocarril y de la heliodinámica.
Salvo menudos detalles que harían eno­
josamente prolija la descripción de la ro­
tonda de mando, lo dicho es lo esencial para
proseguir el relato d élos hechos; pues otrospormenores omitidos ahora irán saliendo a
medida que jueguen en venideros sucesos.
*

*

*

“Parece verse movimiento de columnas
que salen de Techiasco” , gritó en la roton­
da la bocina del tubo acústico de comuni­
cación entre aquélla y el torreón de los pro­
yectores desde donde daba el vigía el aviso,
al oír el cual registró Duvery el campo con
el anteojo del ventanal correspondiente a la
dirección indicada; e inmediatamente con­
vencido de que aquello tenía toda la apa­
riencia de un comienzo de ataque por sor­
presa antes de que rompiera el día, hizo
sonar la sirena con reiterados bramidos, si­
multáneos con los repiques de los timbres
de cuartelillos, talleres y de los teléfonos de
los Lobera, Raúl y Bertier, volviéndose en
seguida el anteojo; pues la rapidez que en
su anterior vistazo le pareció advertir en el
avance de los enemigos le sugirió la idea de
que acaso antes de pasar el tiempo necesa­
rio a la guarnición para vestirse, armarse y
llegar a las trincheras sería preciso q'ue
personalmente hiciera él algo para detener
la primera embestida de los africanos.
Tres eran los grupos que con intervalos
como de medio kilómetro salieron de T e ­
chiasco; pero al volver Don Héctor a m i­
rarlos por segunda vez, ya no tenían, como
la primera, forma de esti echas columnas en
marcha a la desfilada hacia las fortificacio­
nes; pues a la par que a la carrera se acor
caban, iban desplegándose en línea de batallo
con fuerza que en cada una de las tres tropau
le pareció cercana a los mil hombres; pero
no siendo aquellas fuerzas sino una van­
guardia, detrás de la cual e inmediato a

44

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

la aldea columbraba un manchón obscuro
cuya movilidad no permitía confundirlo
con la pardusca sombra del poblado, y que
supuso fuera la hueste do sostén de quienes
avanzaban en cabeza; mas de la cual no
pudo hacer evaluación ni aproximada.
Sucesivamente enfiló el anteojo a los tres
grupos de primera línea, aquilatando las d i­
recciones de sus movimientos y la velocidad
con que se acercaban a otros tantos salien­
tes de las trincheras; se apartó en seguida
de los prismáticos para consultar el plano
de los atrincheramientos, permanentemente
desplegado en una mesa inmediata a la del
carrete y los detonadores; y viendo en él
que las fogatas siete y ocho de la línea ex­
terior a las alambradas eran las instaladas
delante de los intervalos entre dichos sa­
lientes de la fortificación, retornó al anteojo
para observar el campo y los enemigos, has­
ta que pasados pocos segundos juzgó 3er
llegado el crítico momento de detenerlos,
dando entrada en el carrete eléctrico a la
corriente de la central de las dínamos. Me­
diante el conmutador, puso después el ca­
rrete en sucesiva comunicación con las es­
terillas superiores y más gruesas de las te­
jas siete y ocho, produciéndose en una en
pos de la otra los chisporroteos violentos
del crepitar de las descargos eléctricas es­
tallantes entre las esferas de ambos deto­

nadores.

del aire en> la dirección de las fogatas siete
y ocho, y al llegar a los resonadores de las
esterillas terminales de los vanos de los
alambres enterrados en las fogatas los hicie­
ron vibrar con la misma frecuencia con que
habían vibrado en los detonadores de la c á ­
mara de mando y lanzar entre las bolas es­
condidas bajo tierra cascadas de chispas que
incendiaron los fulminantes y éstos la oxiquilita de la carga.
La energía eléctrica transmitida por Du­
very, que de haber sido humanitariamente
transformada en potencia mecánica, lum íni­
ca, calorífica, habría sido impulso del tra­
bajo de un tractor agrícola, de un aeroplano,
un buque, o luz en el taller o en el hogar, o
calor en los irradiadores de una calefacción,
habíase convertido en asolador fuego inhu­
mano, en golpe que destruía vidas.
Cuando con diferencias de minutos en­
traron en la rotonda Pepe y Manolo Lobera,
Bertier y Raúl, no era posible ver nada
aún del estrago causado por las explosiones,
por no haber descendido todavía al suelo el
nubarrón de polvo flotante en los aires, que
durante el tiempo que tardó en posarse se
lo dió a quien lo había levantado de ente­
rar concisa y sumariamente a los recién, ve­
nidos de lo visto por él, y de la necesidad
en que la veloz embestida de los agarenos
le había puesto de no perder momento en
detenerla volando las fogatas.

Esto en la rotonda donde Duvery estaba,
pues en el campo, y simultáneamente coa
los chasquidos de las chispas se vieron a lo
lejos emerger de la tierra y elevarse en la
atmósfera dos enormes polvaredas, levanta­
das por la fuerza de la ígnea masa de in­
cendiados vapores del explosivo: rojizas y
tenuemente luminosas en sus núcleos junto
al suelo por brillar entre nubes de polvo,
pero lanzando en todas direcciones flamíge­
ros dardos dorados y violáceos airones de
fuego, que desgarraron un instante con re­
fulgente luz la grisácea nube, que se eleva­
ba y se ensanchaba, haciéndose cada vez
menos densa.
Siguieron a esto dos estremecimientos del
terreno, que con sus oscilaciones sacudieron
los muros y los pisos de todos los edificios
de la Residencia; vibró el aire, agitado por
los estampidos de las explosiones de las fo­
gatas, provocadas por las ondas electro­
magnéticas, que engendrándose en el vaivén
•vertiginoso de las chispas de las descargas
¿eléctricas estallantes entre las bolas de los
excitadores y reflejándose en los espejos de
fas tejas, fueron por éstos enviadas a través

Cuando la atmósfera se aclaró, la luz ae
los proyectores, que recibía ya la ayuda de
los primeros claros de la aurora, comen­
zando a palidecer entre ellos, hizo ver la
llanura salpicada en un kilómetro cuadrado
de hombres tendidos, sin vida o a punto de
perderla; más allá los núcleos de las tres
columnas en precipitada fuga desordenada,
y en pos de ellas muchos indígenas sueltos,
a quienes sus heridas no bastaban a tender
en tierra, pero sí a impedirles escapar al
paso a que huían los ilesos.
— ¡Rechazados, rechazados!— exclamó la
vehemencia del inexperto Raúl, entusias­
mado con la desbandada de los atacantes—.
¡Bravo, papá, bravo! Los has destrozado y
has triunfado de ellos sin disparar un fusil,
ni un cañón, ni darles tiempo de romper el
fuego. Anda, Vengador, toma asalto. Anda,
Gran Caid, toma sorpresa. Entérate, gran­
dísimo Califa, entérate de que esto no es
lo mismo que asesinar gente indefensa...
—Para, hombre, para—le interrumpió su
padre—, y déjame hablar.

LOS MODERNOS PROMETEOS
— Y no te entusiasmes tan pronto creyen­
do que todo está acabrdo; pues aunque tu
padre nos ha salvado de una sorpresa que
de no frustrarse podía salimos cara, no
quiere eso decir que ya no haya que...
— Pero Señor Bertier, ¿no está usted vién­
dolos correr a todos como liebres espanta­
das?
—'Para volver, chiquillo, para volver... Si
sólo se tratara de los de Techiasco tendrías
razón; pero con la cantidad de fuerzas que
ese hombre tiene concentradas contra nos­
otros, con el temple de él y con su in teli­
gencia puedes estar seguro de que no basta
lo de las fogatas para hacerle abandonar la
partida.
— Tiene razón, B ertier; no hemos pasado
de los preliminares.
— Conformes— dijo Pepe— . Y para que nos
coja prevenidos lo que no tardará en ve ­
nírsenos encima, póngase cada uno de us­
tedes, sin pérdida de tiempo, a las funciones
que tiene señaladas. Excepto tú, Raúl, que
tan pronto salga el Sol y acompañado de
Friand, como buen práctico de estas cerca­
nías, vas a elevarte en el hélico que les co­
gimos a ésos para rec nocer si los grupos
rebeldes acampados en direcciones diferen­
tes de la del ataque rechazado siguen donde
estaban ayer o si vienen también sobre nos­
otros.
— Perfectamente pensado, amigo Bobera—
dijo el capitán— ; y me figuro que el reco­
nocimiento aéreo demostrará cuán oportu­
nas son sus previsiones.
— Tú, ten presente que apenas has de ale­
jarte, pues para ver cuanto necesitamos bas­
ta remontarse doscientos metros y volar en
circulo a no más de medio kilómetro de los
parapetos. Si, como es posible, se te viene
encima algún avión, pues nada nos asegura
que esa gente no tuviera sino el que hemos
apresado, dispara contra él, pero retirándo­
te y descendiendo rápidamente, porque es
importantísimo no perder el único armado
que tenemos y nos es indispensable para ob­
servar los movimientos del enemigo.
— Pero si al menor asomo de peligro me
retiro prudentemente no podré ver nada.
— T e equivocas, chiquillo; mientras ellos
se enteren de que tú estás arriba, den orden
de darte caza y se acerquen, de sobra les ha­
brás ya ganado los ocho o diez minutos su­
ficientes para ver lo que vas a mirar. Tu cu­
ñado tiene razón: nada de floreos, h ijo; no
es ahora buena ocasión de ellos.
— Y a lo oyes, Raúl; Bertier dice muy bien;
nada de floreos. Además de Friand llévate

45.

un telegrafista, pues ni no intentaran hosti­
lizarte y advirtieras aproximación de colum­
nas, conviene te mantengas en lo alto hasta,
que te avisemos, para decirnos, con la tele­
grafía del hélico, las direcciones en que
vengan y las distancias a ellas, para que
podamos cañonearlas; y una vez roto el
fuego, observarás y nos avisarás donde cai­
gan los proyectiles, para que rectifiquemos
las punterías y alzas de nuestro tiro.
— Pues adiós. Voy a buscar a Friand, por­
que dentro de poco amanecerá.
A l ver salir a Raúl para su peligroso co­
metido se le encogió a su padre el corazón
y sintió gran deseo de darle un abrazo; pero
lo reprimió para no dar muestras de debi­
lidad ni quitar ánimos al muchacho, a quien
acaso veía por postrera v e z ; pero ya que no
darle el abrazo pedido por su inquietud y su
cariño, no pudo menos de aconsejarle enca­
recidamente que no olvidara “ ninguna de
las instrucciones de Pepe” , para no decirle
obedeciera la de aterrizar en cuanto se viera
atacado por aeroplanos, que era la que a él
le estaba preocupando.
Detrás de Raúl salió Bertier a inspeccio nar cómo las secciones armadas guarnecían
los sectores de defensa a dar instrucciones
a los jefes de éstos y a instalarse en el pues­
to desde donde había de ejercer el mando de
las armas, en telefónica comunicación con
sus tenientes y con la rotonda central.
Ha de advertirse que siendo todos los te­
léfonos usados en la defensa no de tipo co­
mún, sino amplificadores, no exigían en la re­
cepción idas y venidas a coger los auricu­
lares; pues la voz, reforzada en portavoces,
salía de las bocinas parlantes, resonando en
la habitación donde se hallara la persona
llamada, que en pos del repique del tim bre
de atención ola desde cualquier punto de
aquélla las palabras de quien hablaba al otro
extremo de la línea (1).

(1) Los teléfonos de alta voz no solamente re­
fuerzan ésta mediante resonancias en bocinas y re­
flectores acústicos, sino mediante amplificación eléc­
trica de la corriente de esta clase cuyas modulacio­
nes determinan las de la lámina vibrante deF
auricular telefónico; pues cuando, cual suele su­
ceder, es demasiado tenue esta corriente, se subs­
tituyen sus modulaciones por las que ellas hacensufrir a otra corriente mucho más poderosa qu e
ante el cual se
halla, sino que nace y muere en la estación re­
ceptora.
Este es el procedimiento usual cuando, en vez de
teléfonos con alambres, se usa la telefonía sin
alambres o radiotelefonía, en la cual no son las
modulaciones de una corriente circulante por una
línea eléctrica entre el que habla y bus oyentes las

no viene del micrófono transmisor

46

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

En la cámara de mando quedaron Pepe
Lobera, sin especial cometido como encarga­
do de todo, y Duvery, Manolo, un ingeniero
subalterno de la Heliodinámíca y dos del
ferrocarril, constituyendo el estado mayor

del argentino, en el cual, y según distribu­
ción de antemano hecha, estaba cada uno
encargado del manejo de determinados apa­
ratos y de la comunicación con dependen­
cias y secciones técnicas.

xn
TRES “ AHORAS”
— Grande ha de ser el daño hecho cuando
tanto tardan en volver a la carga. Sin duda,
al jefe le cuesta trabajo reorganizar y re­
animar a los fugitivos para nueva intentona.
—'Se conoce que han producido pleno efec­
to las trayectorias bajas y rasantes a gran
distancia, en que las fogatas despiden las
piedras en abanico.
— Entre las dos disparadas deben de ha­
ber barrido el suelo en zona muy extensa
y profunda.
— ¿Cuál es la carga de piedras de cada
fogata?
—'Alrededor de diez mil kilogramos.
— ¡Buena perdigonada!
— Además, al darle fuego observé bien que
las sucesivas explosiones del hornillo de la

que transportan la palabra, sino las modulaciones
de las ondas electromagnéticas que salvan el espacio
entre las estaciones transmisora y receptora ; pues
la corriente que en esta última despiertan tales
ondas es, en general, muy tenue en la radiotele­
fonía, e insuficiente si la distancia es grande a mo­
ver con suficiente intensidad y claridad la placa
parlante del auditivo telefónico.
Es lo notable que este reforzamlento no ba po­
dido hacerse en la telefonía aérea sin alambres,
hasta que al señor Lee de Forest se le ocurrió
am pliar la corriente, haciéndola pasar a través de
¡bombillas de alum brado!, dentro de las cuales me­
tió una plaquita y una tela metálicas, interponiendo
esta última entre la placa y el filamento ilumi­
nante : con lo cual las bombillas hablan en el te­
léfono.
A sí se ha podido comunicar telefónicamente sin
línea conductora, a grandísimas distancias, entre
Europa y América, y hasta entre Wàshington y
Honolulú (cerca de 10.000 kilómetros).
Y no sólo hablan las bombillas del Sr. De Forest,
sino que gritan en teléfonos de alta voz, permitien­
do oír a los asistentes a un banquete en París (21 de
noviembre de 1921) el vals de Mirella y la cavatia de E l Barbero, cantada en la Central Radiote­
legràfica de Sainte-Assise (Sena y Marne), y así
se oyen en toe Estados Unidos constantemente, ya
con gran frecuencia, discursos políticos óperas y
sermones por gran número de personas congrega­
das en amplios locales y sin necesidad de auditivos.

mina, que estalla hacia arriba, haciendo vo­
lar cuanto encima queda, y la de la fogata
rasante, sobrevinieron como las habíamos
preparado, con bastantes segundos de inter­
valo, para que una en pos de otra sumaran
sus efectos. Los que venían en cabeza ha­
brán volado despedazados por los aires, y
los de detrás recibirían la metralla de piedra.
La anterior conversación entre quienes se
hallaban en la cámara de mando pasó se­
guidamente de los comentarios sobre la r e ­
chazada acometida a suposiciones sobre
cuándo y por dónde llegaría la venidera,
por casi todos aguardada en diferente d i­
rección que la primera, sorprendiéndose to­
dos cuando, corrida media hora larga, vieron
no ya a la luz de los proyectores, sino de la
lechosa claridad del alba, dos grandes tro ­
peles de rebeldes que, saliendo de Techiasco
a veloz carrera, avanzaban hacia los lu­
gares donde las voladas fogatas habían re ­
movido hondamente el suelo, abriendo en él
dos extensos y profundos hoyos.
— Es raro—(dijo uno de los ingenieros de
Duvery— . Me había figurado que habrían
tomado asco a esta parte de frente y espera­
ba viniera el nuevo ataque en otra direc­
ción.
— Yo también lo habría creído— contestó
Lobera— a no habérnosla sino con ignoran­
tes. dagatums y tuaregs; pero sabiendo quién
manda esa patulea, no me extraña haya vis ­
to que el camino robado es el más seguro,
y que no pudiendo las dos fogatas voladas
defender ya ese frente, resulta ahora el más
débil de todos.
Y no sólo eso, sino que miren, miren:
también ha visto la posibilidad de aprove­
char los hoyos y montones de tierra de las
voladuras como reparos tras los cuales va
a cubrir su gente para romper el fuego.
La maniobra indicada por Lobera era l i
realizada en aquellos momentos por los ata-

LOS MODERNOS PROMETEOS

cantes, que, como si en el suelo se sumie­
ran, dejaron de ser visibles al acogerse al
amparo de las tierras removidas. Pero si a
ellos no, inmediatamente vieron los sitiados
a lo largo de los lomos que formaban aqué­
llas brillar los fogonazos de su fusilería.
Era que, fracasada la anterior sorpresa,
comenzaba un combate regular, tan metó­
dicamente conducido por Abd-el-Gahel como
le era posible hacerlo con sus allegadizas,
mal instruidas y salvajes tropas.
El tiempo invertido en la preparación d íl
segundo avance dióselo sobrado a la guarni­
ción para alistarse a contrastarlo; así que
cuando los de Techiasco, alebrestados contra
tierra rompieron el fuego, recibieron la in­
mediata contestación de una descarga salida
de los parapetos del frente; pero una sola,
pues apenas disparada, oyó Davoust, que era
el jefe de aquel sector de defensa, la si­
guiente orden telefónica de Bertier:
“Alto el fuego hasta que yo lo ordene o
vea usted descubrirse ai enemigo. Que la
primera línea se tienda en la banqueta de­
trás de la trinchera, con las armas prepa­
radas para hacer fuego de repetición, y la
segunda se resguarde sentándose en el fovso
interior.”
De los atrincheramientos saltó la voz de
B ertier a la cámara de mando pidiendo la
distancia a los montones donde se guare­
cían los indígenas, y al contestarle otra des­
de allí: “M il doscientos metros” , dió nuevo
brinco, comunicando a la batería de Hoclíings esta orden:
“A mil doscientos metros, tiro indirecto
(por elevación) de shrapnell de metralla,
para batir el terreno inmediato y posterior
a los montones en donde se agazapa esa ra­
lea.”
Después hizo efectuar a las ametrallado­
ras unos cuantos sucesivos disparos de en­
sayo, hasta ver saltar el polvo levantado por
los proyectiles en lo alto de la terrosa cres­
ta que protegía a los africanos; y seguro
con esto de tener ya arreglado el tiro para
cuando intentaran transponerla, ordenó a
aquellas máquinas suspender el fuego mien­
tras tal caso no llegara.
Entonces comenzaba a remontarse el aero­
plano de Raúl, que cuando aun no llegaba
ni a cien metros de altura recibió el siguien­
te radiograma:
“ Bertier dice que antes de nada observes
el efecto del fuego que va a romper con los
revólveres sobre los que están en los hoyos
de las fogatas, y procures evaluar las fuer­
zas que hay allí.”

47

Cual del cielo llovidos comenzaron a caer
los shrapnell: alguno sobre las tierras r e ­
movidas y casi todos entre ellas y los pa­
rapetos. Los siguientes cayeron ya en los
hoyos, al otro lado de los lomos, llegando
a poco un aerograma de Raúl diciendo:
“ Tiros demasiado largos”.
Acortado el alcance, avisó aquél estar bien
éste, pero que las espoletas reventaban tar­
de; y una vez corregido el defecto, volvió a
telegrafiar: “ Bien, bien; ahora les cae en­
cima un magnífico chaparrón de metralla.
¡Bravo, b ravo!”
Una vez terminada la observación del fue­
go, comunicó el hélicoplano: “ En los hoyos
debe de haber por cima de tres mil hom­
bres, y tal vez mayor número en las calles
de Techiasco, pues están atestadas de gen­
te.” Y transmitido tal informe y ampliando
el radio de su vuelo algo más de lo preve­
nido por Pepe, comenzó Raúl el reconoci­
miento para averiguar si las otras fuerzas
que por norte y poniente circunvalaban la
fortaleza habían avanzado de sus posiciones
de la víspera.
*

*

*

Abd-el-Gahel, que presenciaba el combate
desde un corralón de las afueras de T e ­
chiasco, se percató del fuego de shrapnells,
y comprendiendo, al ver cómo iban los sitia­
dos afinándolo, que de prolongarse se haría
insostenible la situación de su primera l í ­
nea, se volvió a un telegrafista que detrás
de él estaba con su teléfono al extremo de
un alambre tendido en el suelo, a cuyo
opuesto cabo había otro telegrafista y otro
teléfono con las tropas en fuego, y le dijo:
“ Ahora” .
Esta misma palabra, repetida por el tele­
grafista a su micrófono, fué a poco dicha
por su compañero al cabecilla que mandaba
los tiradores de los hoyos, quienes a la voz
de éste se levantaron, coronaron las crestas
de su improvisada trinchera y vacilaron
unos instantes, azotados por el huracán de
plomo del fuego de repetición, de los fusi­
les y las ametralladoras del parapeto que
se aprestaban a asaltar. Pero al oír gritar a
los cabos de taifa: “ ¡Viva el Califa, mueran
los perros, viva el Vengador! ¡A ellos, son
nuestros, Al-lah, A l-la h !” , se precipitaron
hacia la alambrada que tenían 300 metros
por delante, llegando a ella en menos de
dos minutos una tercera parte de la hueste,
dispuesta a cortarla con grandes cizallas,
hachas y barras, mientras los otros dos ter-

48

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

cios hacían fuego avanzando por grupos, que
se tendían en tierra, disparaban las armas,
se ponían en pie, daban una carrera hacia
adelante para tenderse nuevamente, hacer
nueva descarga, tornar a levantarse y pro­
seguir hacia adelante en igual forma.
Pero el tiro de la defensa, a distancias
bien conocidas de los defensores por el pla­
no de la fortaleza, hacía horrendos estragos
en los asaltantes descubiertos, mientras el
desordenado fuego del avance de éstos con­
tra parapetadas tropas era mucho menos
eficaz.
Gahel se daba cabal cuenta de que caían
sus hombres como caen las espigas tron­
chadas por nube de granizo. Y cosa ex­
traña, su rostro, preocupado, contraído y
sombrío desde el principio del combate,
pareció serenarse, como si el espectáculo
de la sangrienta riza hecha en sus afri­
canos por los europeos le desarrugara el
hosco entrecejo; sus ojos relucieron cual si
los alumbraran luces de esperanza, y lo que
aun fué más inverosímil, en aquel crítico
momento de la cruenta lucha volvió a ésta
la espalda, entrándose solo en una casucha
de la corraliza desde donde la había antes
contemplado.
Todo el moblaje de las dos únicas habita­
ciones de ella lo componían unos cuantos
taburetes rústicos, viéndose encima de un-,
de los del segundo aposento la bocina au­
ricular de un teléfono, cuyos alambres, ten­
didos en el suelo, salían por debajo de la
puerta trasera de la casa, y por el cual pre­
guntó Gahel: “¿Me oyes?”
Contestada con un “sí” la pregunta, re­
pitió el Vengador, también por el teléfono,
la misma palabra: "Ahora”, con la que poco
antes había enviado a la muerte los cente­
nares de hombres que yacían ya en el cami­
no de las alambradas.
Estas fueron las que, después de dar la
anterior orden, que sin duda llamaba a re­
servas lejanas, tiraron de sus ojos cuando
salió de la casa.
Tiraron, sí, tal es la palabra adecuada,
porque en todo el paisaje no veían los ojos,
no podían ver sino los resplandores que en
un punto y en otro del espacio ocupado por
las redes de alambres lanzaban centellean­
tes llamaradas, cada una de las cuales .no
era una sola llama, sino estrellas de Igneos
surtidores que de pronto encendidos surgían
divergentes, rasgando el aire con la explo­
sión de innumerables rayos, que retorcién­
dose, alargándose, encogiéndose, lucían, fla­
meaban, se extinguían para encenderse nue­

vamente en otros puntos, mientras en todas
direcciones corrían ardientes chorros con
brillo cegador de arroyos luminosos, seme­
jando serpeantes culebrinas de zigzaguean­
tes luces verdes, rojas, violadas.
— ¿Qué es eso?— preguntó el caudillo.
— Eso quisiera saber yo— le contestó uno
de sus alquilados ingenieros europeos, du­
cho en la ciencia eléctrica, a quien hahía
sido hecha la pregunta anterior— . Y eso
me pregunto inútilmente; porque siendo
indudable que los sitiados han cargado las
alambradas a un voltaje tremendo, no pue­
do explicarme de dónde sacan esa electrici­
dad no disponiendo de vapor, ni fuerza hi­
dráulica, ni instalaciones de gas pobre ni
molinos de viento para producirla.

Nosotros sabemos ya lo que aquel rene­
gado de la civilización no conseguía expli­
carse; pero nos resta ver cómo funcionó
aquella arma de la defensa en condiciones
que aumentaron extraordinariamente su efi­
cacia.
La alambrada, electrizada positivamente
a un potencial altísimo, tenía recios y grue­
sos alambres completamente aislados de tie­
rra; pero tan luego como los sahareños pri­
meramente llegados a ella los golpearon con
las hachas o les acercaron las cizallas para
cortarlos, saltaron desde cada uno de los
puntos tocados en los alambres fortísimos
chispazos a las herramientas y de éstas a
sus portadores, a través de cuyos cuerpos
pasaron a la tierra, gran receptáculo, según
es bien sabido, de electricidad negativa:
chispazos que a tal voltaje eran verdaderos
rayos. Y todo malaventurado a quien tal
cosa ocurría era hombre muerto.
Así perecieron hasta una docena de indí­
genas, sin llegar a romper ni un solo alam­
bre, y los demás se detuvieron vacilantes,
sin atreverse a entrar en la alambrada por
no correr la suerte de sus compañeros, has­
ta que viendo a unos cuantos menos teme­
rosos cortar con sus cizallas un cable sin
que) saltase chispa alguna, cobraron todo»
nuevo ánimo, volviendo a la faena con tal
brío que al llegar los tiradores que detrás
venían ya estaba rota en muchos sitios la
alambrada.
Prosiguieron los de las herramientas dan­
do cortes y más cortes, y comenzaron los da
los fusiles a ensanchar los portillos por
aquéllos practicados, abriendo en la maraña
de los cables anchas brechas y camino fran­
co para lanzarse sobre el ya cercano para—

... tendiendo los alambres en el suelo, y ligándolos a cinco baobales, por los
cuales telegrafío.

A

49

LOS MODERNOS PROMETEOS
peto del campo insolatorio, desde el cual
*es hacían nutrido fuego, que al cesar los
chispazos de la alambrada arreció espanto­
samente, por pensar quienes lo guarnecían
que al faltarles la ayuda de las descargas
eléctricas solamente podían ya confiar en el
efecto de sus propias armas.
Para saber la causa de la Interrupción de
la defensa eléctrica en tan apretado trance
volvamos a la cámara de mando, donde al
ver Pepe Lobera estallar las primeras des­
cargas eléctricas se acercó al teléfono co­
municante con la gran nave de los acumu­
ladores y dijo:
—Méndez, corta la corriente de la alam­
brada número tres y atención al teléfono.
—¿Qué haces?—gritó Don Héctor, asusta­
do de las consecuencias de tal orden.
-—¿Te has vuelto loco?—preguntó Manolo.
—No, no. Déjenme ahora—contestó el in­
terpelado.
Y aproximándose a otro teléfono, gritó:
—Dínamos.
—Presente.
—Poned las máquinas al máximo número
de revoluciones y echad toda la corriente a
los acumuladores.
— ¡Pero Pepe!
—Mira que están destrozando aquello muy
de prisa; que en unos cuantos minutos ten­
drán el paso franco...
—No hay m iedo; sé bien lo que hago—
replicó Lobera muy sereno.
Echó un vistazo rápido al anteojo enfilado
a los asaltantes y retornó junto al teléfono
de los acumuladores, diciendo:
—Tú, Manolo, al anteojo, y avísame tan
pronto estén ya dentro los dos últimos gru­
pos de tiradores todavía no llegados a ía
alambrada.
Un minuto después gritaba Manolo: "A ho­
ra”, y daba Pepe la orden de restablecer la
suspendida corriente de carga, que segundos
después refulgía en toda la extensión de la
alambrada con la luz deslumbrante de in­
contables centellas sin cesar fulminadas por
cada una de las puntas de los alambres ro­
tos, entre los cuales estaba entera ya la

columna de asalto, asaeteada con rayos, j
destrozada al punto de que apenas si
una cuarta parte de los que la formaban
logró salvar la vida. lr si al huir despavori­
dos no llegaron hasta el mismo Techiasco
quienes escapaban, fué por haber hallado ea
el camino el anterior reparo de los hoyos do
las fogatas, en donde, para substraerse al
fuego de las trincheras, que continuaba per­
siguiéndolos, se acocharon, sin pensar en
asomar fuera del hoyo las cabezas para con­
testarlo por haber casi todos tirado los fu ­
siles en la fuga.
Cuantos en la rotonda estaban prorrum­
pieron en exclamaciones jubilosas y para­
bienes a Pepe, comprendiendo entonces cuán
avispada fué su perspicacia al prever que,
de no descargar la alambrada, los chispazos
harían desistir a los africanos de romper­
la, y que aunque esto bastara para recha­
zarlos, no les infligiría el terrible escar­
miento que los puso, más que en retirada,
en derrota desastrosa; porque para alcan­
zar tal resultado era preciso atraer a la
gavilla entera a la alambrada y que ésta
estuviera erizada de puntas de alambres ro­
tos, entre los cuales y la tierra estallaran,
sin necesidad de que fueran tocados, cen­
tenares de rayos por minuto.
— ¡Qué terrible hecatombe!—dijo solem­
nemente y muy impresionado Don Héctor—■.
Pero este es el comienzo del castigo de esa
raza traidora por la aleve matanza de milla­
res de europeos indefensos...

*

*

*

—¿De dónde, de dónde sacan esa electri­
cidad?— seguía preguntándose el tránsfuga
ingeniero de Abd-el-Gahel, abriendo y ce­
rrando los ojos por no poder resistir el ful­
gor del infierno de fuego de centenares de
centellas encendidas con electricidad> que el
Sol enviaba para castigar la perfidia de los
hijos de Sahara, e ignorante, claro es, de
ser aquélla el arma con que la ciencia de­
fendía a la Civilización de la Barbarie.

xm
¡DESVENTURADO VENCEDOR!
—Mustafá, corre a ordenar a Hafsún que
con todos los de Bilma avance a la carrera
al hoyo de la derecha y en llegando rompa
LOS MODERNOS PROMETEOS

eíl fuego. Abdaláh, lleva la misma orden a
los tedas de Ben-Sadi, pero diciéndoles que
vayan al hoyo de la izquierda. Tú, Ornar,

4

50

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

di de mi parte al piloto del avión que as­
cienda en seguida arbolando el estandarte,
que abatiéndolo e izándolo dos veces me avi­
se en cuanto vea romper la marcha a la 3
fuerzas de Ben-Cassím, y que después baje
y aterrice aquí.
Los tres bereberes a quienes se dirigieron
los indicados mandatos partieron a toda la
velocidad de sus motos y a los cinco minu­
tos por el norte y por el sur salían de Techiasco, respectivamente, 2.000 kavareños de
Bilma, conducidos por Hafsún, y 1.500 te­
das, guidados por Ben-Sadí, que antes de
llegar en socorro de los escapados a la
matanza de la alambrada, acogidos a los ho­
yos, y al acercarse a éstos ya sufrieron al­
gunas bajas, causadas por los Hockings y
las ametralladoras de los defensores, que
siendo ya las siete de la mañana no hubie­
ron menester de proyectores para enterarse
de la salida de reservas a reforzar la línea
de fuego, las cuales iniciaron el suyo en
cuanto estuvieron resguardadas con las cres­
tas de los hoyos, comenzando a la par a re­
mover las tierras con picos y palas para
perfeccionar los improvisados atrinchera­
mientos.
Cuando ya reparadas tras aquel obstáculo
cesó de tener positiva eficacia sobre ellas el
fuego directo de la defensa, reanudó ésta el
tiro de shrapnell, pero entonces mucho me­
nos intenso que la vez pasada, pues parte
de los revólveres no tiraban ya hacia sa­
liente, donde estaban tedas, bilmeños y su­
pervivientes del pasado ataque, sino hacia
norte y poniente, en las direcciones y a las
distancias indicadas por Raúl y Friand cuan­
do desde do alto descubrieron las bandas de
Cassím tendidas en el suelo en espera de la
señal de asalto.
La consecuencia de tal fuego fué que al
verse hostilizadas no aguardaron estas hor­
das ia orden que su jefe habría de darles al
ver enarbolado en el helicoplano el estan­
darte del Califa.
Ya poco antes de elevarse su avión habí *
Gahed advertido, sorprendiéndose de ella, la
disminución del fuego por elevación contra
su primera línea; después, cuando aquél
comenzaba a remontarse más, sin haber aún
ganado altura suficiente para poder ser vis­
to desde el lugar donde el mulato estaba,
le causaron extrañeza numerosos nubecillas que, desprendidas a lo largo de casi
todos los parapetos enemigos, iban jun­
tándose para formar una gran masa de
humo, producido por el fuego que con ame­
tralladoras y fusiles rompían los defensores

sobre las cuatro (grandes masas de rebeldes
que despertados por los shrapnells avanza­
ban contra el recinto fortificado.
— ¡No aguardan mi orden!... ¿Porqué ha­
brá sido?—se preguntó, molesto, el Ven­
gador.
En esto su .mirada, sujeta durante las
anteriores peripecias del combate al terreno
mediante entre las alambradas y Techiasco,
se tendió a lo lejos para juzgar de la impor­
tancia del fuego de los otros sectores, viendo
el aeroplano de Raúl y siendo entonces in­
formado por quienes lo rodeaban de que
desde hacía rato veían el avión, suponiendo
lo habría él también visto al oírle ordenar
se remontara el suyo.
A darle los sucesos tiempo de meditar,
probablemente habría su perspicacia adivi­
nado que aquel aeroplano había descubierto
las escondidas tropas de la parte opuesta,
mas le faltó el preciso para eslabonar en
raciocinio sus observaciones por distraerle
la explosión de una fogata que en aquel mo­
mento reventaba como las estalladas al ama­
necer, pero al norte y bajo los pies del más
avanzado de los cuatro enjambres de agarenos que en desorden nacido de lo espontáneo
de su ataque corrían hacia los atrinchera­
mientos. Asimismo le llamó la atención la
furiosa intensidad a que el fuego subía en
todos los frentes, sugiriéndole la idea de
que en la Residencia no debía quedar a la
sazón un solo tirador no sujeto a las forti­
ficaciones y a las armas, por el ataque ge­
neral. ni un jefe cuya actuación y vigilancia
no estuviera en absoluto concentrada en la
dirección del combate.
Pensando con insistencia en esto, había
olvidado lia (fogata recientemente volada,
cuando al oeste oyó nuevo estampido; y
al mirar hacia allí y ver que la explosión
aventaba la embestida de otro tropel de in­
dígenas, por segunda vez se iluminó el sem­
blante del caudillo con alegría incompren­
sible ante los duros golpes asestados a los
suyos, y nuevamente volvió la espalda a ia
pelea para meterse en la casucha donde me­
dia hora antes había entrado, coger el mis­
mo teléfono utilizado entonces, y pregun­
tar nervioso:
—¿No habéis acabado todavía?
—Todo va bien y ya falta poquísimo—con­
testaron del otro extremo de la línea.
—¿Cuánto es poquísimo?
—Cinco minutos a lo sumo.
—Que no sean más. Ahora es la ocasión.
Y no olvides nada de lo encargado.

LOS MODERNOS PROMETEOS
— Descuida, Señor; antes de una hora es­
taremos en Sabankafl.
Por entonces veía Pepe elevarse a los
aires el avión enemigo, y no fiando gran
cosa en la prudencia de Raúl, puso a ésie
un aerograma ordenándole aterrizar sin de­
mora: orden que únicamente porque Friand
se impuso, invocando el aforismo militar
“ quien manda manda y cartuchera en el
■cañón” , fué obedecida, y eso a regañadien­
tes; pues al muchacho le pedía el cuerpo
realzar la defensa con un poquito de com ­
bate aéreo.
Ail salir de la casa, después de su breve
conversación telefónica, halló Abd-el-Gahel
entablado en todo el frente, y con grandí­
sima violencia, el combate cuyos episodios
no se puntualizan porque no habiendo in­
tervenido en ellos otros elementos de de­
fensa que los anteriormente utilizados, sería
el hacerlo repetición monótona de lo ya
reseñado.
Saltando, por lo tanto, a la última etapa
de la refriega, diremos que un cuarto de
hora después de la última escapada del
califa a la casita del cercado ya estaban sus
secuaces por doquier reducidos a la im ­
potencia, inmovilizados en los repliegues
del terreno, donde se agazapaban para sus*traerse en lo posihle al fuego enemigo, e
incapaces de nuevas acometidas, por ate­
rrarles afrontar las explosiones de las m i­
nas y los rayos de las alambradas.
Tal situación demandaba con evidente
apremio no demorar la retirada general.
Y, sin embargo, hasta que un dagatum
que hacia él venía corriendo se le acercó y
le dijo en voz baja: “Gran Señor, ya está
todo hecho”, no se decidió el caudillo a
form ular las órdenes de repliegue que los
ayudantes habían de circular, en motos, a
las tropas en fuego, necesitando al darlas
hacer un gran esfuerzo para no dejar que
quienes lo rodeaban vieran en su cara la
inverosímil alegría que en aquel triste tran­
ce pugnaba por asomarse a ella.
Previno que la retirada se efectuara por
contingentes separados, sosteniendo fuego
por escalones, limitando el retroceso a lo
preciso para ponerse fuera del alcance de
los cañoncillos de la Residencia; y que cuan­
do esto se hubiera conseguido, y ya estu­
vieran las fuerzas acampadas, se traslada­
ran a Sabankafl los jefes de todas las ha’*kas regionales, con nota de las pérdidas su­
fridas por cada una; pues a las ocho de la
noche los recibiría para comunicarles ins­
trucciones.

51


—Y no estará de más decirles— agregó al
despedir a los emisarios—que ellos hagan
ver a su gente el resultado, que mi pruden cia deseaba evitar y habría evitado, de pre­
cipitaciones e impaciencias. Supongo que la
lección les aprovechará en lo sucesivo.
Aun cuando hasta la noche no habrían
de llegar a Sabankafl los llamados, debía
de urgirle mucho a Abd-el-Gahel trasladar­
se allí, pues más de veinte veces consultó
su reloj en la hora y media, para él inter­
minable, que las fuerzas empeñadas en com­
bate emplearon en dar completo cumpli­
miento a las órdenes; y porque con objeto
de no demorar su marcha hasta la llegada
de los partes de quedar terminada la mani­
obra, subió al aeroplano, elevándose en él
hasta dominar todo el terreno donde las
taifas iban deteniendo su marcha retrógra­
da. Y cuando vió que la más retrasada em­
pezaba a acampar, tomó, sin descender an­
tes a tierra, la vuelta de Sabankafl, pareciéndole lento el vuelo del avión, que hen­
día los aires con la celeridad del águila.
*

*

*

Para visto, no para referido, fué el jú ­
bilo que en trincheras, talleres y rotonda,
de mando enajenó a todos los sitiados al
ver la sangrienta derrota y generak retira ­
da de los asaltantes.
Dejemos a dazas y congoleses, ingenieros
y obreros, gendarmes y refugiados de Agadés celebrar la victoria con entusiastas v í­
tores a Pepe Lobera, y sigamos a éste, que
substrayéndose a ellos y a los abrazos y
felicitaciones de sus amigos, corrió a ente­
rar a su mujer del gran triunfo obtenido;
mas sin lograrlo, porque no solamente no
la halló en las habitaciones que con ella
ocupaba, sino que al recorrerlas todas, lla­
mándola con gritos más angustiado cada
uno que el precedente, se trocó su inquie­
tud en espanto al llegar a la alcoba de Malta
y ver en el piso de ella un gran boquete en
donde, apenas visto, se sumió; y en cuanto
sus pies tocaron el fondo de la mina per­
forada por Kitvinoff, por ella corrió a cie­
gas, dando trompicones a cada paso contra
sus paredes, hasta tropezar y quedar dete­
nido en un entramado de maderas que le
cerraba por completo el paso.
Desesperado ante el obstáculo, volvió rá­
pido atrás en busca de obreros y herra­
mientas para derribarlo, y al salir a la al­
coba de la negra y hallarse con su suegro y
Bertier, que llegaban entonces, les gritó:

52

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

—No está, no está.
—¿Quién?
—¿Qué dice? ¿Emma?
—Sí, Emma. ¡Mi Emma en poder de ese
infame!
—¿Pero cómo?
—Por una mina: por debajo de este
cuarto.
—Vamos, vamos.
—Imposible, la ta n cegado barreándola.
Es preciso derribar antes el barraje..
Duvery cayó consternado en una silla, ex­
clamando entre sollozos:
-— ¡Hija mía! ¡Hija de mi alma! ¡Qué
horror, qué horror!
Pepe no le oía por haber salido en busca
de carpinteros y luces para desatrancar la
galería.
Cosa de escasos diez minutos fué, a su
inmediata vuelta, echar abajo el tabique de
madera formado con los durmientes del
trozo de tarima arrancado al pavimento, los
cuales habían sido empotrados a golpes de
mazo entre las paredes de la galería, re ­
vistiéndolos luego, por el lado opuesto adon­
de estaban Pepe y los dos únicos obreros
que de frente podían trabajar en tan an­
gosto espacio, con las tablas de aquél, que
al quedar privadas del sostenimiento de las
vigas, tronchadas a hachazos por los opera­
rios, se finieron encima de éstos y de Pepe
revueltas con la tierra que por detrás las
empujaba.
Como, aunque suficiente a derribarlos, no
bastaba la cantidad de ella a sepultarlos,
se levantaron en seguida: no ilesos, pero
tan sólo con algunas contusiones ocasiona­
das por los golpes de las maderas.
Pero lo grave para el infeliz marido no
era esto, sino la pérdida de su ilusión de
que apartando los troncos y las tablas po­
dría correr en seguimiento de Emma, y si
no rescatarla, hallar la muerte antes de
dejar tiempo al pensamiento de atormen­
tarlo con la idea de qué sería de ella en
manos de aquel hombre ¡que la amaba.,,
como aman los viles, los perversos y las
fieras!
Y ya, ya estaba allí él execrable pensa­
miento, la obsesionante y terrible pregun­
ta, “¿Qué será de ella?”, la torturante pe­
sadilla horrenda que se obstinaba en adi­
vinar espeluznantes escenas, por el terror
pintadas, entre Abd-el-Gahel y Emma.
Aquello era horrible: tan horrible que no
había fuerza humana capaz de soportarlo...
Y él allí quieto, reducido a la impotencia por
la masa de tierras cuyo espesor no conocía,

y que aun supuesto escaso, era barrera
cuya remoción requería tiempo que el otro
aprovechaba para llevarse lejos al alma de
su vida.
—Es inútil, es inútil—gritó fuera de sí;
y como enajenado se salió de la mina di­
ciendo:—Por ahí llegaré tarde.
Y al ver a su cuñado, que a la sazón lle­
gaba, exclamó:
—Me la llevan, Raúl; a traición me ta
quita el malvado. Ven, ayúdame. Vamos,
vamos por ella...
—Sí, sí. Deben de haberla llevado a Techiasco. No perdamos un minuto.
—Motos, motos.
—Y los que sean hombres que nos sigan.
Como dos dementes salieron al exterior
del edificio Pepe y Raúl; y a la par que co­
rrían a los garajes iban pidiendo a voces
voluntarios para el descabellado intento.
Tan rapidísimamente se sucedieron los
anteriores hechos, que cuando Bertier pudo
darse cuenta del propósito de los dos cu­
ñados, ya estaban afuera, y al pensar en de­
tenerlos, sólo llegó a tiempo de cerrar el
paso a Duvery, que, contagiado con la ex­
citación de Pepe y Raúl, salía de su ma­
rasmo y se iba en pos de ellos, diciendo:
—Yo también, yo también. ¡Mi hija, mi
hija! ¡Desdichada, desdichada! ¿Porqué me
detiene usted, Bertier?
—(Porque es preciso que me oiga.
—Ahora no puedo perder tiempo... Suél­
teme, me hace daño.
—Acaso querrá Dios devolverle su hija;
pero si no me ayuda usted a detener a eso«?
muchachos, no sólo la pierde hoy para siem­
pre, sino que perderá también irremisiblimente a Raúl.
—Pero siquiera intentaremos...
— ¡Qué locura!: aunque todos nos dejára­
mos arrastrar por esa noble, pero suicida
indignación, ¿qué podríamos hacer en Techiasco? En lucha de uno contra seis, pa­
recerían cuantos de aquí salieran; y mer­
mada en ellos la guarnición, y muertos
quienes saben manejar las defensas técni­
cas, no es dudosa la suerte de los que aquí
quedaran.
Si usted y su yerno han olvidado, por
tratarse de Emma, las familias de cuantos
aquí tienen las suyas, yo, como jefe, no con­
sentiré lo que no puede conducir sino a una
catástrofe; pues toda la simpatía que me
inspira su dolor respetable, pero egoísta,;
toda la pena que personalmente me causa
esta terrible desgracia, no me harán olvidar
mi deber de velar por las vidas de quinien--

LOS MODERNOS PROMETEOS

tos franceses y por las de los pobres negros
que nos ayudan en. la lucha. Ya lo sabe; y
si usted cree que no le alcanza mi respon­
sabilidad, no me ayude, que yo solo sabré
impedir esa ilocura, aun cuando sea por ia
fuerza.

53

—No, Bertier, no: no es mi dolor tan
egoísta. Ayudaré a usted Vamos a los t a ­
rajes y juntos intentaremos convencerlos.
•—No. Vaya solo; pues por si usted no
consigue hacerlos entrar en razón necesito
tomar disposiciones.

XIV
EL

RAPTO

Para saber cómo se había efectuado el
rapto de Emma, que además de camino a
la satisfacción de apasionado amoroso de­
seo de Abd-el-Gahel era primordial precau­
ción que protegía la vida de ella, es preciso
retroceder varias horas, volviendo frente
al califa cuando la anterior noche combi­
naba el plan de ataque, subordinado en todo
a evitarle peligros a la mujer amada.
En el frente elegido era donde el asalto
debía resultar más mortífero para sus a fri­
canos, pues aunque consiguieran expugnar
las trincheras del campo insolatorio, ha­
llarían detrás de ellas los parapetos del
primitivo recinto del centro ferroviario;
pero en esto precisamente veía el amante
egoísmo de Gahel la ventaja de ser tal fren­
te el más alejado del edificio central, donde
Emma residía, y de estar protegido además
por pabellones interpuestos entre él y los
atrincheramientos: doble circunstancia que
hacía remoto el riesgo de que una bala lle­
gara a ella, cuya vida valía para el caudi­
llo incomparablemente más que cuantas le
iba a sacrificar al día siguiente. Sin gran
pesar a la verdad, pues con ellas pagarían
sus levantiscas huestes el haberle obligado
a trastornar sus planes, atormentándolo con
la zozobra de si la elección del punto de
ataque, la recompensa ofrecida a quien en­
tregara viva a Emma y aun sus disposiciones
para sacarla de la Residencia antes de que
el combate llegara a amenazarla, pudieran
al cabo resultar precauciones que la fatali­
dad inutilizara.
La cooperación de las fuerzas de BenCassím que habían de atacar frentes cer­
canos al lugar donde estaba la mujer por
quien el Vengador lo olvidaba todo, no co­
menzaría a ser prestada sino después de
consumado el rapto; pues él no les ordena­

ría romper el fuego hasta tener certeza de
haberla ya Tinkert sacado por la mina per­
forada con tal objeto, y por la cual, y en
días pasados, había sido silenciosamente
arañada toda la tierra bajo el piso de la ha­
bitación situada encima del extremo de
aquélla, dejando al aire la viguería de sos­
tenimiento de la tablazón del entarimado.
La noche anterior al asalto recibió el ex
capataz las últimas instrucciones de Gahel.
y media hora antes de comenzar, de ma­
drugada, a reunirse, en las afueras de T echiasco, ios encargados de dar la primera
acometida, le fueron repetidas al meterse
en la mina acompañado de Kitvinoff, el en­
fermero argelino, el antiguo ordenanza dagatúm de las oficinas y cuatro sahareños
escogidos.
Llegados a la cabeza de la galería poco
antes de dar la sirena la señal de alarma,
sentáronse en el suelo todos los bandidos,
excepto Kitvinoff, que en lo interior del án­
gulo formado por los muros de cimientos
abrió con un berbiquí de boca ancha an
taladro en la tabla del piso, en lugar que,
por hallarse en un rincón de la habitación
bajo la cual estaban, no era fácil fuera vis­
to desde ésta; con tan escaso ruido todo ello,
que de estar arriba despierto alguien, cosa
improbable a aquella hora, habría de con­
fundirlo con la roedura de un ratón.
Al llegar la barrena a punto de calar la
tabla hizo Kitvinoff apagar la linterna
eléctrica con que alumbraba Tinkert, y
acabó a obscuras de abrir el agujero. A
tientas metió después en él un tubo de igual
diámetro que el berbiquí, y al tenerlo ya
encajado a presión fuerte dentro del tala­
dro, avisó en voz baja a su compinche que
volviera a encender la linterna.
El canuto contenía el micrófono de un

5t

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teléfono, cuyo auditivo se aplicó el ruso al
oído. Después permanecieron todos en quie­
tud y silencio.
Antes, al salir de Techiasco, y según
fueron avanzando galería adelante, habíanido tendiendo a lo largo de ella un flexible
a cuyos extremos estaban dos teléfonos: uno
en la mano de Tinkert, siendo el otro el
que en la aldea quedaba y Abd-el-Gahel
usó en la casucha donde le hemos visto en­
trar dos veces durante el combate anterior­
mente reseñado: la primera para ordenar
a los de la mina comenzaran a ejecutar lo
proyectado, cuando lo intenso de la lucha
le hizo suponer que todos los hombres de
la Residencia estarían atentos al combate
y Emma sin posibilidad de ser por nadie
socorrida; la segunda, movido por la im ­
paciencia de saber cuándo estaría logrado
su propósito.
Por el teléfono del entarimado oyó el in­
geniero bramar la sirena, el ruido hecho
por una sola persona— Malta— al saltar de
la cama, alarmada con los rugidos de aqué­
lla, vestirse y cerrar la puerta al salir de
la alcoba; después constantes y confusos
rumores de pasos y voces, que cesaron
cuando Emma y su nodriza se quedaron so­
las en una habitación situada al otro lado
de un pasillo, tres puertas más allá del dor­
mitorio de la negra, y demasiado alejada
de éste para que ningún ruido llegara al
teléfono de Kitvinoff.

*

*

*

Cuando Tinkert oyó el “Ahora’ del Ven­
gador ordenó a su gente: “A la faena”. E n ­
cendió el ruso una linterna de oxiacetileno,
cuya poderosa llama— usada en los astille­
ros para serrar con grandísima facilidad
gruesísimas planchas de blindaje de los aco­
razados— cortó en minutos, como si de man teca fueran, las cabezas de los durmientes
del entarimado. Al mismo tiempo el prac­
ticante argelino enfilaba a las vigas el cho­
rro de un vulgar extintor de incendios para
impedir levantaran llama que propagara el
fuego al piso; pues el oxígeno del aire, en
contacto con la madera, era arrebatado al
combinarse con el líquido que la regaba, y
así no era posible ardiera aquélla sino en los
puntos donde la sutil llama del soplete la
mordía.
Cuando, aserrados los durmientes, ya co­
menzaba Kitvinoff a cortar las tablas por
ellos sostenidas, llegó la pregunta de A bdel-Gahel, y a los cinco minutos se izaban

los ocho hombres de la mina a la alcoba de
Maka, completamente solitaria, a cuya puer­
ta aplicó Tinkert la oreja tan pronto llegó
arriba, diciendo en cuanto estuvo cerciora­
do de no oírse ruido alguno:

— Ahora te toca a ti.
Inútimente trató el ex ordenanza, a quien
tales palabras fueron dichas, de reconocer
la habitación donde se hallaba, pues el nue­
vo aspecto de ella al cambiar de destino le
hacía desconocerla. Persuadido al fin de lo
infructuoso de su esfuerzo abrió sigilosa­
mente la puerta, y descalzo, para no hacer
ruido, y vestido, cual a intento venía, como
los congoleses de la Residencia, salió a
paso de lobo al pasillo, en el que se orientó
en seguida, tomando hacia donde recordaba
haberlo llevado Maka a hablar con el m a­
rido de Emma la mañana en que éste le dio
el dinero pedido en la carta del enfermero.
Sucesivamente aplicó oído y ojos a los
agujeros de las cerraduras de varias puertas,
miró al lado opuesto del pasillo, y segir ode que nadie venía y de no oírse sino el
estruendo de las descargas de los sitiados,
demasiado atentos a lo de afuera para pen­
sar en lo de adentro, retornó donde los su­
yos le aguardaban.
Kitvinoff, el enfermero, y un tuareg se apos­
taron en el pasillo prestos a apuñalar rápi­
damente a quien tuviera la fatal ocurrencia
de aparecer en él. Tinkert, con los demás,
siguió al ordenanza a la puerta del gabine­
te en donde había oído hablar a Emma y
Maka.
Precipitadamente irrumpieron los cinco
en la habitación, arrojándose dos sobre la
forzuda negra, a quien a duras penas suje­
taron, evitando acudiera en auxilio de su
niña, pero sin conseguir sofocar sus desa­
forados gritos, que nadie oía, pues sona­
ban más fuertes y cercanas las descargas,
en los oídos de todos los que pudieran va­
lerlas.
Sobrecogida de terror que le impedía gri­
tar fué sujeta Emma por dos dagatums,
mientras Tinkert arrollaba a su cuerpo, con
cuanta suavidad podía, largas bandas de
lienzo a prevención traídas, que cifiéndole
primero los brazos contra el torso y arro­
lladas después de modo que apretaran mus­
lo con muslo y pierna contra pierna, la de­
jaron rígida sin posibilidad de movimiento.
— ¿Qué hacemos con esta maldita?— 'pre­
guntó uno de los dagatums al tiempo Jepropinar un puñetazo a Maka por sentirse
rabiosamente mordido por ella en una m ano.
— Atadla y tiradla en cualquier parte.

LOS MODERAOS PROMETEOS

—No tenemos cuerdas.
—Lo m ejor es m atarla.
—Os he dicho que no se m ata a nadie, y
el que lo olvide no lo cuenta... Pero aquí
no podemos dejarla suelta... T raedla a em ­
pujones y, si es preciso, a rastra s—dijo
T in k ert al sa lir detrás de Emma, llevada
por los pies y los hombros por los otros dos
hoiríbres.
En cuanto a M aka no hubo que a rra s­
trarla , pues al ver que le llevaban a su niña
se fue detrás de ella como un perro.
Descendidos todos a la m ina, echaron
delante T in k e rt y quienes llevaban a E m m a;
después seguía M aka vociferante, profirien­
do insultos, y am arrada de brazos al lle­
g ar abajo con el alam bre del teléfono a n ­
teriorm ente utilizado por Abd-el-Gahel y
T in k ert, y en pos de ella el argelino, K itvinoff y los demás dagatums.
En un automóvil cerrado que aguardaba
en el corralón donde la galería desembocaba
m etieron a Maka y a Emma, aflojando a
ésta, para que pudiera sentarse, las bandas
que le envolvían las piernas, y frente a ellas
subió T inkert, que una hora después des­
ataba a la hurí en uno de los aposentos de
un lujoso pabellón de la casa de Sabankafi,

55

donde Mohamed alojaba las m ujeres que de
su harén se tra ía cuando pasaba tem pora­
das en aquel pueblo. E n dicho pabellón ins
taló el tu areg a Emma, y la nodriza fué
encerrada en un cuartucho, no obstante sus
protestas de que ella tenía que estar con la
niña.
En tanto K itvinoff con los otros tres hom ­
bres se dedicaba a in tercep tar la galería
barreándola con maderos cruzados, tablas
sobre ellos clavadas y am ontonando detrás
de éstas tie rra removida, a prevención aco­
piada en abundancia en un socavón lateral
de la galería excavado días antes. Después
de hecho esto se retiró, pero encendiendo al
paso las dos mechas de otros tantos h o r­
nillos de m ina de antem ano tam bién p re ­
parados en la galería: el prim ero a d istan ­
cia de doscientos metros de la obstrucción
rcientem ente levantada, y el otro bajo el
parapeto in terio r del recinto de la R esiden­
cia, que separaba el antiguo centro fe rro ­
viario del campo atrincherado.
Pero aun siendo interesantes estas minas,
los estallidos de ellas y los efectos de sus
explosiones, como lo es más la p rim era en­
trevista del Vengador y Emma, posponemos
al de ésta el relato de aquello.

XV
EL VENGADOR OPINA QUE NO COMIENZAN MAL LAS COSAS
Llegó Abd-el-Gahel al pabellón donde es­
tab a Emma, no sabiendo si los descompasa­
dos latidos de su corazón y los estrem eci­
m ientos de su cuerpo eran alegría de tenerla
en su poder o tem or a la prim era entrevista,
ta n ansiada por él d u ran te largo tiem po; y
entre afán y recelo tal le trastornaban, que
todavía después de descebar el pasador de
la cerradura con una llave que sacó del bol­
sillo, vacilaba, sin atreverse a em pujar la
p u erta m ientras no se mintiera dueño de sí
mismo y aquietara su ánimo, agitado por
hondísim a emoción.
Así pasaron unos minutos, en que por dos
veces hizo resolución de entrar, detenién­
dolo otras tantas el miedo a Emma, en aque­
llos momentos más tem ida que am ada. Así
siguió perplejo el Vengador h asta que a la
te rcera intentona la vergüenza, que en hom ­
bre como él, más que resuelto, tem erario,

produjo la evidencia de sentirse pusilánim e,
levantó protesta, que, viniendo en auxilio
del deseo, le hizo ab rir la puerta, atrav esar
rápidam ente dos desiertos salones y llegar
al um bral de un gabinete donde con la ca­
beza entre las manos lloraba la m ujer de
Lobera.
La distancia, los tapices de las puertas
de los salones( lo leve del ruido hecho en
la exterior y la gruesa alfom bra tu rca que
cubría el suelo de aquel departam ento, lu ­
josam ente amueblado al estilo oriental,
amortiguaron) el sonido de los pasos de
Gahel, impidiendo a la infeliz, sum ida en
su congoja, enterarse de la llegada de ¡m
visitante, quien, después de contem plarla
conmovidísimo unos instantes, dijo desde la
puerta con insegura y suave voz, que habrían
desconocido cuantos estaban habituados a la
de su mando despótico, y en lengua que

56

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tampoco habrían entendido, pues creyó más
cortés y deferente que hablar en árabe ha­
cerlo en el idioma patrio de su amada:
— Por mucho que esas lágrimas duelan a
usted mayor es el tormento que padezco ti
verlas.
Y no pudo continuar por impedírselo lo
intenso de su hondo sentir.
Sobresaltada levantó la prisionera la ca­
beza mostrando el rostro, en donde a la
dulzura, rasgo saliente que en la belleza de
ella seducía a su raptor, se juntaba el
atractivo incontrastable que al fundir en un
solo sentimiento piedad y amor experimen­
ta todo el que ama la vista del llanto de
la mujer amada; y antes de dar tiempo a
Tflmma de reponerse de su sorpresa, ni de
decir palabra, él fué quien, no en el dulce
tono de antes, sino con frase sacudida con
estremecimientos de pasión potente, prosi­
guió:
__¡Tanto, tanto me duelen que por secar­
las, aliviando de ellas esos ojos que son es­
trellas de mi vida, daría yo contento toda,
toda la sangre de mis venas!
—De sangre habían de hablar las prime­
ras palabras de quien sólo para verterla
parece haber nacido.
Dolióle la respuesta a Abd-el-Gahel; mas
no habiéndose jamás lisonjeado con la e s ­
peranza de no hallar en Emma resistencias
que aguardaba y confiaba vencer por opues­
tos medios a los habitualmente empleados
en sus demás empresas, respondió contris­
tado:
—La sangre de que hablo es la mía, y
Al-láh es testigo de cuán gozoso la darla
por la felicidad de usted, a la que anhelo
consagrar mi vida. De mi sangre hablaba.
Es usted injusta, Señorita.
Al oír el mademoiselle contestó ella rápi­
damente:
—Mademoiselle no, madame.
Y cayendo entonces en la cuenta de que
estaban hablando en francés, agregó en ára­
be, con dureza de frase que a su acaricia­
dora voz dulcísima le era imposible, aun­
que así lo intentaba, hacer sonar con acri­
tud de tono:
__No me hables en francés. En tu boca me
hiere el idioma de mis compatriotas por ti
asesinados.
Sintió Abd-el-Gahel dos sucesivas oleadas
de ira: la primera al recordarle ella que
pertenecía a otro hombre; la segunda, al
serle echada en oara las muertes de sus víc­
timas; pero al mirar a Emma ni pudo ni
quiso soltar rienda a su cólera ¡ pues sobre

quererla demasiado para tratarla con du­
reza, su alta inteligencia y su conocimiento
do los países cultos, en las ideas de los cua­
les se había educado ella, le dijeron que era
muy explicable sintiera horror a los que
entre africanos son considerados lógicos
medios de combatir al enemigo.
Limitando, por tanto, de momento sus as­
piraciones a desvanecer o atenuar cuando
menos el concepto de inhumano y feroz ea
que era tenido, quiso mostrarse lo menos
musulmán posible haciendo ver que poseía
la cultura y la educación de las razas más
civilizadas. Por ello, tan pronto dominó su
ira, contestó:
— Te hablaré como quieras: tus deseos
son para mí sagrados por ser tuyos; y a la
misma crueldad de tus palabras hallo dis­
culpa en tu ignorancia de mis altos deberes
de cuna y raza; y tus duras palabras no
me llegan a lo hondo, porque al entrar en
mis oídos se embotar, tus reproches en el
encanto con que tu voz me embriaga, y en
la caricia de ella se aduermen los dolores
que me causas.
Hizo una pausa, y viendo que Emma no
lo miraba ni hacía intención de contestar,
continuó:
—Y te equivocas al creerme manchado
con sangre de franceses, pues ni a uno so o
han tocado mis manos.
—Es que las manchas de la sangre son
más horrendas cuando ensucian el alma. Ya
entiendo: no mataste, ordenaste matar...
Peor: los verdugos que empleaste tienen las
manos salpicadas con la sangre que cada
uno vertió, pero tú tienes enponzoñada el
alma con la que todos derramaron. Imposi­
ble parece no te haya ahogado ya y que aún
no estés ahito cuando todavía hoy necesi­
tabas la de los pocos escapados a la ante­
rior...
No pudo la infeliz acabar la frase, puíS
ignorando el resultado del asalto de la m a ­
ñana y agorándole triste desenlace por atri buír su rapto a vencimiento de los suyos, ia
creencia de que éstos habrían perecido, aho­
gó en acerbo llanto sus últimas palabras.
—Ahora sí que me llegan tus golpes, sin
embotarse en nada, adentro y a lo vivo:
ahora sí que me duelen ; pero la fuerza que
me hacen tus lágrimas se sobrepone a mis
dolores y antes que de mi padecer me acon­
gojo del tuyo, y primero que de rechazar tu
crueldad injusta, que me hiere, sólo me
acuerdo, sólo cuido de librarte de aflicción
por los tuyos, diciéndote que están todos
vivos y sanos.

LOS MODERNOS PROMETEOS

— ¿Prisioneros?
— No, libres.
— '¡Gracias, gracias, Dios mío!
—Y para mí, que he hecho imposibles par
salvarlos, pisoteando mis deberes, sacrifi­
cando a las vidas de los tuyos centenares
de vidas africanas; para mí, que las doy
gozoso por perdidas al ver luz de alegría en
tus ojos que empañaban las lágrimas; para
mí, que en silencio sufro tu injusticia sin
acordarme sino de apartar el dolor de tu al ­
ma, para mí no hay gracias. El vencimiento
y la derrota que por ti he buscado donde
pude triunfar, el sacrificio de los míos, la
inmolación de mi sufrir al tuyo, nada valen.
—¿Pero es cierto? ¿Es posible que seas
tú quien haya defendido sus vidas?
— Te lo juro por lo único a que no puedo
eer perju ro; pues yo, muy por encima de
escrúpulos y supersticiones que esclavizan
a los demás hombres, demasiado alto para
-asustarme de perjurios, me aterraría de
mentir invocando el amor con que te adoro
desde que ha medio año te hiciste reina de
mi vida. No por Mahoma, no por Al-láh,
Bino por ti, que eres para mí incomparable­
mente más que Mahoma y Al-láh, te juro
«que están sanos y libres.
Aun advirtiendo Emma con sorpresa lo
dicho por Abd-el-Gahel del tiempo en que
la conoció; aun espantada de su amor y
tanto más cuanto más grande lo pintara,
desvaneciéronsele ambas impresiones en el
júbilo encendido en su corazón por aquella
feliz noticia, dada con tan inconfundible
acento de energía que no dudando de la ve­
racidad de ella, dijo conmovidísima:
—Pues si los has salvado, también a ti te
doy las gracias. Y que esa buena acción te
sea tomada en descargo de las otras como...
Interrumpiéndola prorrumpió Gahel en
efusivas “Gracias, gracias” , dando en 3"? guida prueba del gran dominio que sobre sí
tenía; pues la entereza de su voluntad lo­
gró enfrenar el violento deseo que las pa­
labras de Emma, tan plácidas y suaves cual
su voz y sus ojos, despertaron en él de
arrojarse a sus pies dejando desbordar en
cariñosas frases los sentimientos que ella le
Inspiraba.
Y fué que su clarividente inteligencia y
su conocimiento del corazón humano le hi­
cieron ver que, sobre prematuras por demás,
en el actual instante, serían tales demostra­
ciones proceder incorrecto, impropio de
hombre de su altura y su mundo, que de­
bía esquivar el sugerir a Emma sospecha
de propósito indelicado en él de explotar

57

inmediatamente la gratitud por ella de­
mostrada. Así, pues, reprimiendo sus pasio­
nales ímpetus, agregó:
— Gracias. Ténmela en cuenta tú; y pues
me crees capaz de alguna buena acción,
sírvame ésa para que ya no veas tan negra
cual la veías la mancha de que hablabas, un
mi alma.
Nada contestó ella. Transcurrió un rato
de silencio, y pareciéndole a Gahel impru­
dente prolongar aquella primera visita, con
riesgo de caer en alguna impremeditación
que destruyera la buena impresión producida
con la noticia recién dada, decidió retirarse
y meditar después con calma sobre las ve­
nideras entrevistas. Mas creyendo posible
mejorar todavía el concepto con que de él
quedara su prisionera, preguntó:
—¿Me querrías responder con lealtad a
una última pregunta que antes de retirarme
deseo hacerte?
— Yo siempre hablo lealmente.
— Pues bien, ¿qué temiste en el primer
momento al verte en mi poder?
—Todo.
—iEsa es otra injusticia que conmigo co­
metes.
—Lo celebro vivamente, pero has pedido
lealtad.
— ¿Y continúas con los mismos tem or ís
después de haberme oído?
— No sé... Ya te he dicho que no miento
jamás.
El segundo inciso de esta contestación
fué respuesta a un amargo gesto de Abdel-Gahel al ver a Emma todavía descon­
fiada.
— En prueba de que también en eso eres
injusta, toma esta gumía, y si te ofendo
úsala contra mí.
Apartando el arma que se le tendía, re­
plicó ella:
— ¡Qué horror! Las mujeres como yo sa­
ben morir, muriendo se defienden; pero
matar no saben.
Aquella manifestación de la angelical con­
dición, que era el mayor encanto por el ára­
be amado en ella, hicieron que a los ojos
de éste asomara de nuevo lo grande de su
amor; mas también esta vez supo sujetarlo
para que en ellos se quedara.
— Tienes razón: de mí no necesitas de­
fenderte; pero, no obstante, a mi salida
dejaré puesta por dentro la llave de la puer­
ta de este pabellón.
—Gracias. Pero aun sin ella me guardaría
mi voluntad.
—Y tanto como ella la mía; pues aunque

58

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me hechiza tu belleza, no es tu cuerpo, sino
tú entera, toda tú, quien me enamora; y
aun cuando te parezca anhelo loco el mío,
sueño ante todo y sobre todo con despertar
en ti la voluntad de hacer de mí tu esclavo.
El Vengador no pudo ver el espanto con
que lo miró Emma, porque no queriendo é<
proseguir la conversación un solo instante
para no oír la negativa con que si allí per­
manecía sería seguramente rechazada la
aspiración que había declarado, volvió la
espalda apenas la hubo formulado y se salió
del aposento. Pero teniendo buen cuidado
cuando llegó al último, donde estaba la
puerta exterior del pabellón, de hacer cuan ­
to ruido pudo al sacar de la cerradura la
llave (que en su emoción había dejado, al
entrar, olvidada por la parte de afuera) y
volver a introducirla por el lado de adentro.
Emima quedaba consternada y diciéndose,
en el colmo del asombro:
— ¡No es el cuerpo, es el alma lo que
quiere!... Eso es todavía más horrendo... V
estoy prisionera, prisionera. ¡Pepe, Pepe de
mi alma, mi Pepe, mi Pepe!
Y repitiendo sin cesar Pepe, Pepe, pro­
rrumpió en desolado llanto.

cuanto ocurría dentro de la Residencia, mal
podía asegurar que no hubiera una bala,
muerto o herido a alguna de aquellas per­
sonas. Había, pues, mentido porque le con­
venía.
Segunda y más ardua pregunta: ¿No sen­
tía realmente el califa por su prisionera
sino el amor ideal que le pintaba?... Distin­
gamos. Era evidentemente cierto, ya se ha
dicho, que su pasión no era meramente car­
nal, que en la anhelada correspondencia a
ella presentía deleites impregnados en fra­
gancias de idealidades y sentimientos que
no pidió jamás a las hembras de su raza.
No era menos verdad que ni por un instan­
te había pensado, para cuando tuviera a
Emma en su poder, conducirse con ella co­
mo con una mujer más aprisionada en su
serrallo, ni estropear el fantaseado idilio
con brutales impaciencias de amo, sino an­
tes al contrario, mimarla, enamorarla, con
toda deferencia, a la europea: seducirla, en
suma, prometiéndose placeres muy superio­
res al de inmediata posesión impuesta del
demorado, más voluntario, rendimiento y
de la emoción de los preliminares condu­
centes a éste: mas dándolo, eso sí, por des­
contado desenlace de la empresa; pues en
ninguna de su índole había nunca fracasado
* * *
el hermoso árabe.
¿Que Emma era casada?... Pronto sería
viuda, y ya cuidaría bien el amador de to­
Al confesar el Vengador serle el perjurio
mar sus medidas para que la viudez pare­
peso leve, era más franco que otros mayo­
ciera achacable a lance natural de los com­
rales de rebaños humanos que, como él, se
bates, donde el morir no es raro. Si algún
consideran superiores a los demás mortales
evento inverosímil hiciera que Lobera esca­
por no estorbarles sus conciencias sueltas,
para con vida, forzosamente habría de se**
flexibles, anchas, para hacer cosas que cier­
tos grandes hombres llaman grandes y que huyendo de Africa, pues de seguir en ella,
seguro estaba Abd-el-Gahel de que viviría
muchos pequeños saben y no quieren hacer.
poco; y entonces la situación de esposa
Que así fuera Abd-el-Gahel no es sor­
abandonada le parecía magnífica para Em­
prendente en quien era exclusivamente go­
ma y altamente explotable.
bernado por el resorte de su ambición so­
Aun sin eso, él sabía bien que el matri­
berbia; pero es incomprensible que, paremonio es, en el mundo de Emma, obstáculo
ciéndole liviano jurar en falso por lo más
que con divorcio o sin divorcio saltan mu­
sagrado, le asustara el perjurio de amor,
chas encopetadas damas, aun sin necesidad
donde, aun no siendo musulmanes, tropie­
de ser abandonadas: sobre todo habiendo
zan hasta los hombres más sinceros de
de por medio un hombre como Gahel que,
nuestro mundo culto. Verdad que en su dis­
al compararse con Lobera, se veía incom­
culpa alegan que lo mismo hacen las mu­
parablemente más hermoso—y esto no era
jeres.
vanidosa ilusión, sino realidad— , y se tenía
Pues nos es dada posibilidad de penetrar
por tan civilizado, por más inteligente y por
la mente de Abd-el-Gahel, no será inopor­
más culto que él. Y esto, aun no siendo cier­
tuna escudriñarla para saber a qué atenerse
to, lo creía tan verdad como lo otro, pues
sobre dos puntos interesantes:
ignorando el alcance y los vuelos de las
Primero, la verdad con que juraba no
cbras de Pepe en la Residencia, creíalas des­
haber sufrido daños las personas queridas
de Emma: inquisición donde no son preci- \ tinadas a una vulgar empresa industrial, te­
niéndolo a él por uno de tantos ingenierisos psicológicos sondeos, pues ignorando

LOS MODERNOS PROMETEOS

líos de tres al cuarto como al Sahara van
a establecerlas.
Pero aun a serle conocidos el talento y la
ciencia extraordinarios del marido de su
amada, no habría variado de opinión, pues a
la altura del Vengador no creía el Vengador
llegara hombre ninguno; porque en él dábase
la paradoja extraña de que no siendo su re­
ligión sino farsa y palanca para mover en
beneficio propio a los demás, no creyendo en
amistad, virtud, honradez, ni siquiera en
AMáh, tenía por verdad intangible su pre­
destinación para el providencial papel que
representaba.
Sólo para esto le servía el dios de los mu­
sulmanes, porque después de fundirlo a él del
metal acendrado de que los otros hombres
son escorias y de romper el molde, nada que
hacer le quedaba ya a Al-láh, ni a Abd-elGahel le hacía Al-láh falta ninguna, sino
para mover en nombre suyo a sus muñecos,
como Mahoma, con quien se hallaba notable
semejanza había movido antaño otros m u­
ñecos.
Vanidoso que tributaba a su persona tal
autoadoración, que disponiendo de oro y
poderío veía siempre plegarse todas las vo­
luntades a la suya, no era fácil creyera ha­
llar una absurda excepción en la mujer qae
amaba, y tanto menos cuando el reciente
esplendoroso tránsito de Abd-el-Gahel a se­
cas a Abd-el-Gahel I venía a realizar sus
personales excelencias; pues ni el trono le
sultana de un imperio como el que había él
creado, ni la gloria y el orgullo de ver na­
cer de sí los vastagos de una dinastía fun­
dada con tal prez son honores que la suerte
depare con frecuencia a las mujeres, y a los
cuales no podía en su sentir ser insensible
quien tuviera el elevado espíritu que él su­
ponía a su prisionera.
A las risueñas perspectivas anteriores con
que el califa se había lisonjeado desde mu­
cho antes de llegar a serlo se agregaba, a su
salida de la primera entrevista con la hurí,
la satisfacción de haber estado habilísimo
en ella; pues a despecho de que el barniz de
su cultura no conseguía mudarle la ardiente
sangre mora de sus venas ni amansar la
violencia arrolladora de sus arrebatadas pa­
siones, había sabido esconder tras delicadas
y corteses exterioridades su desmandado na­
tural, pareciéndole—no sin ranzón a la ver-

5^

dad—haber logrado que al separarse de Em ma no lo tuviera ésta en el concepto del
bárbaro africano con quien antes de comen­
zar la conferencia temería encontrarse, y
en lugar de agraviada con las atrocidades
que de seguro recelaba, dejábala agradecida
en dos conceptos.
Esto era mucho, pues la sorpresa y el
agradecimiento obligarían a Emma, quiera*,
que no, a pensar en él, y esto es lo primera
que es preciso lograr con las mujeres.
Confiaba además Gahel en que su afirma­
ción sobre Don Héctor y Raúl saliera cier­
ta, pues en el ataque a la Residencia no pu­
dieron los sahareños llegar a distancia des­
de donde su fuego fuera capaz de causar
bajas numerosas en la guarnición, y mala
suerte habría de ser que el juramento le
resultara falso.
Las vidas cuya conservación le era ya
agradecida habrían de hallarse nuevamente
en riesgo, brindándole reiteradas ocasiones
de salvarlas y de recoger nuevas cosechas
de gratitud. Y si la gratitud anduviere pe­
rezosa para trocarse en recompensa a pos~
teriori, siempre cabría cobrarla a priori*
cual precio anticipado de venideras salva­
ciones: precio que un hombre de su altura
no pediría empleando feos procederes, per>
que exacerbando las inquietudes de Emma
y exagerando las dificultades de librar a los
suyos de peligros, conseguiría que pagara
o a lo menos prometería ella.
Pero ¿y si a pesar de todo?... Esta pre­
gunta no es de Gahel, que aunque sin
impaciencias confiaba en el triunfo, y to­
davía más después que la meditación sub­
siguiente a la reciente entrevista le sugirió
una idea luminosa, relativa a Pepe Lobera,,
que pronto le veremos poner por obra.
El inciso anterior se deja atrás una pre­
gunta seguida de unos puntos suspensivos,
con los cuales quedaba imprecisa. Puntua­
licémosla.
¿Qué haría el moro de fracasar en la con­
quista de afectuosa correspondencia de Em­
ma?... ¿Resistiría a tal golpe el semiplatonismo de su amor, o al recibirlo no vería
ya en ella sino la bellísima mujer cuya po­
sesión codiciaba y tenía en su poder?
Ahora queda ya clara la pregunta; mas
para la respuesta, preciso es aguardar la
den los acontecimientos venideros.

<6 >

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XVI
LA SEGUNDA ENTREVISTA
Antes de encerrarse Abd-el-Gahel a ha­
cer las reflexiones sintetizadas en el último
capítulo quiso coronar sus atenciones a Emma enviándole a Maka para que la sirviera
y acompañara, proporcionando así a la pri­
sionera el gran consuelo de abrazar a su
ama, a quien quería casi como madre, y de
llorar en brazos de ella en vez de llorar sola.
A la negra le fué concedida relativa li­
bertad para entrar y salir en el pabellón de
Emma al ir a recoger a las cocinas las co­
midas que servía a su niña, o a pedir al
mayordomo del califa cuanto ésta deseara;
pero eso sí, desde que trasponía la puerta,
a la salida, hasta que regresaba, iba cons­
tantemente acompañada por uno de los dos
centinelas a todas horas apostado^ frente
a la del pabellón, quedando el otro en su
puesto para no consentir salir a Emma, que
ni una vez lo pretendió por comprender que
a nada conduciría.
Estos centinelas eran siempre moros de
una pequeña escolta personal del califa, co­
mo gente de absoluta confianza por perte­
necer a la liarka de Ouahila, que Ben-Cassím mandaba, pues su padre, Abd-el-Gahel
el Viejo, cuyo era el señorío de la cabila,
se lo había legado a su bastardo.
Utilizaba Gahel la comunicación de sus
.gentes con Maka para que ponderaran a la
nodriza el valor, el poderío y la gloria del
■Gran Califa como si fuera un semidiós, pue3
sin querer tocar por sí estos puntos en sus
conversaciones con su prisionera, deseaba
impresionarla y deslumbrarla con ellos.
A prima noche del día siguiente a la pri­
mera entrevista con Emma llamó el Venga­
dor a la puerta del pabellón, diciendo a la
nodriza cuando ésta salió a abrirle que pa­
sara recado a su ama de que el califa soli­
citaba su venia para saludarla y comunicar­
le cosas importantes.
— Estoy en su poder; me tiene presa, y
jme pide permiso para entrar!... ¿De qué
me servirá negárselo?... Dile que entre. Y
si él no te echa, quédate junto a mí basta
que se vaya.

—Después de darte gracias de haberme
recibido— dijo Gahel en cuanto estuvo den­
tro—, deseo asegurarme de si mis noticias,
de ayer sobre las personas por quienes te
afligías te han devuelto la tranquilidad que
deseo tengas; ya que por ti, y después de
las seguridades que me oíste y quise hacer
más firmes enviándote a tu criada, no creo
temas ya nada.
—El recibirte no merece gracias, pues no
estando en mi casa ni pudiendo, por tanto...
—Te equivocas.
— Si pudiera reír, me reiría... Pero deje­
mos eso. En cuanto a mí, y aunque celebre
tus seguridades y agradezca el envío de mi
ama...
—Que sin duda asiste a mi visita por ox'den tuya.
—No he creído hubiera inconveniente.
—Para mí el de apariencia de guardarte
de lo que no te amenaza. Y en su permanen­
cia aquí tienes la prueba de que estás en tu
casa y en ella mandas.
— Ya ayer te dije que para guardarme me
basto. Maka, vete... No, no es ese mi miedo.
Fuése la negra, y disimulando Gahel que
le amargaba el gusto de la salida de ella la
reiterada alusión a la fortaleza de Emma,
dijo:
—Puesto que felizmente no te preocupa ya
ese extremo, únicamente queda el de in­
quietud por tu familia, que ayer creí haber
sosegado.
— Sosiego de un instante; pues cercada la
Residencia por esos... hombres que tú man­
das, y temiendo que en cualquier instante
sea de nuevo asaltada, no puede durarme
hoy la tranquilidad que ayer me diste.
— Si quieres convencerte de tu poder or­
déname no volver a asaltarla.
Inundó el rostro de Emma una oleada de
carmín y contestó.
—Yo no doy nunca órdenes a quienes no
tengo títulos para mandarles nada.
Comprendió Gahel que había ido más de
prisa de lo que era prudente, y tomando
otro rumbo y aparentando no haber visto el
rubor de ella ni apreciado el alcance de la
respuesta, prosiguió:

LOS MODERNOS PROMETEOS

—Como gustes. Pero para afirmar esa
tranquilidad que no crees pueda ser dura­
dera, te diré que ayer, en mi deseo de no
oír tu respuesta a lo que no mi voluntad,
sino mi corazón dejó escapar—No, no me la
digas: tengo ya adivinada esa respuesta— ,
me hizo marcharme precipitadamente, y por
ello no pude hacerte comprender que si dis­
poniendo, como sabes dispongo, de una m ica
bajo el centro ferroviario no ha volado ya
éste con todos sus defensores...
— ¡Qué horror!
— ... es por estar allí personas que te son
queridas. Bien ves que te doy pruebas de
que no solamente ayer les he evitado muerte
cierta, sino de que mi voluntad es la que
de ella continúa librándolos en todos los
instantes.
— Pero esa mina.
—No te asustes; la tienes en tus manos.
— ¡Qué! ¿Qué quieres decir?... Otra vez
esa idea monstruosa, abominable.
— No, no es eso: sería, en efecto, abomi­
nable—‘interrumpió vivamente Gahel viendo
que caía de nuevo en la imprudencia de
poco antes y cuán urgente era no hacerse
odioso a Emma— e injusto me ofendieras
suponiendo infamias en que no pienso. No
me has entendido: quise decir que al estar
en mis manos esa mina es como si en las
tuyas la tuvieras, pues tengo decisión fir­
mísima de continuar velando por tu padre
y tu hermano.
—¿Y mi marido?
A no estar tan sobre sí como desde que
entraba en el pabellón de la prisionera 3e
ponía el Vengador para no descubrir su vio lenta condición, habríale vendido la rabia
que se le desbordaba siempre que algo venía
a recordarle al dueño de la mujer codiciada
por él, reverdeciéndole el despecho de su
doble fracaso en la tentativa de asesinato
de Lobera y del primer rapto de Emma,
uno y otro intentados para impedir la mal­
dita unión con que ella misma venía a darle
en cara.
Tal le hirvió, al oírla, su salvaje sangre
mora, que la primera arrebatada impresión
tuvo más fuerza que su doblez y contestó
en tono donde gritaba el odio:
—¿Tu marido?... No te acuerdes de él...
Mas conociendo que a dejarse ir por la
pendiente en donde resbalaba lo llevaría
ésta a mostrar claramente cómo era cuando
se le caía la careta de hombre civilizado,
se reportó. Pero no hallando para la frase
comenzada final que fuera diferente del que

6t

su aborrecimiento estaba ya a punto de dar­
le, la cortó en seco, quedándose callado.
Aun cuando Emma no conocía el odio ai
sabía cómo habla, presintió algo siniestro en
la voz y en el semblante, y, por último, en
el silencio de su carcelero; y creyendo lo
peor gimió:
—Ha muerto, ha muerto... ¡Desdichada
de m í!... Tus seguridades de ayer eran men­
tira... ¡Dios mío, Dios mío!
—No, no eran mentira.
Contestaba Gahel casi maquinalmente, dis­
traído con el recuerdo de una idea que eu
sus meditaciones de la víspera se le había,
ocurrido; mas solamente como embrión de
un plan que la respuesta de Emma le em­
pujaba a poner ya por obra no obstante no
tener todavía madurados los detalles del
modo.
Por ello procuraba ganar tiempo con ia
negativa, que no podía convencer a Emma
mientras no fuera explicada, y por ello de­
jaba correr el llanto de ella el poco tiempo
que la despierta inteligencia de él había
menester para desarrollar en acto el em­
brión.
Pensando, pues, que a la ventaja, ya vista
en su proyecto al meditar sobre él la noche
anterior, de no aparecer ante Emma res­
ponsable de la muerte de su marido, cuandosobreviniera ésta— cosa que tenía por es­
crita— le convendría agregar la de que an­
tes de morir realmente Lobera hubiera
muerto ya en la estimación de su mujer,
aseguró a ésta que ni la víspera había men­
tido ni mentía entonces al decir que el s e ­
ñor Lobera estaba vivo.
Cuando la pobre desventurada, con cuyo
corazón jugaba como un tigre el amor del
que en sus garras la tenía, oyó que su Pepe
estaba vivo, preguntó cual asombrada de un
absurdo:
—Pues si vive, ¿qué significa el decirme
que no me acuerde de él?
—Que puedes desechar todo temor por él,
pues ya no corre los peligros que cuido de
apartar de tu padre y tu hermano.
—-No lo entiendo.
—Porque esta mañana han llegado al cen­
tro ferroviario dos dirigibles y dos hélices
de la Argentina, que después de descargar
allí se han vuelto a su país, llevándose a
todos los argentinos.
A Emma, enterada de que su marido es­
peraba de un momento a otro los zepelines
y los hélices, le hizo impresión de verdad
lo dicho por Abd-el-Gahel; pero, no obstan­
te, gritó con íntimo convencimiento:

62

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

—Mentira, mentira. Mi marido no se na
ido... No, no, no... Además, ¿cómo lo sabes
tú? Tú no puedes saberlo.
—Tampoco yo lo habría cróído posible al
no habérmelo dicho el piloto y los pasajeros
de uno de los héticos obligado a aterrizar
por avería entre mis tropas. Yo mismo los
he interrogado aun no hace dos horas.
—¿Y te han dicho que mi marido se vuel­
ve a su país?
— Sí.
— ¡En estas circunstancias!... Mentira.
— Deploro el daño que te causo— repuso
hipócritamente aquel embustero— ; pero si
no me hubiese cerciorado de que no hay ex­
cepciones, no te habría dicho que han huido
todos los argentinos.
—'¡Huido!... No supondrás que mi marido
tiene miedo, pues te consta que por no sa­
lir de Africa afrontó la muerte contra quien
no se atrevió a herirle por su mano.
—No hago suposiciones. Para aliviar tus
inquietudes me limito a informarte de he­
chos. Y empleo la palabra adecuada al ha­
blar de la marcha de... de los argentinos—
replicó Gahel temblándole la voz; pero sin
levantarla ni perder la calma al recibir el
bofetón de Emma, que aguantó sin protes­
ta; mas solamente a costa de colosal esfuer­
zo, en que apretó los puños con rabia tan
frenética que las uñas de les dedos se man­
charon de sangre al clavarse en las palmas
de las manos, sin que siquiera se enterara
del dolor físico por dolerle incomparable­
mente más el afrentoso agravio.
¡Grande era, grande su pasión cuando
tanto aguantaba!; aunque creyó por un ins­
tante que el amor a Emma se le trocaba en
odio.
—Pues no, y no, y no: mi marido no ha
huido... Es imposible... Eso tiene que ser...
tiene que ser... otra cosa.
L>a vacilación de Emma obedecía a haber
estado a punto de decir: “Tiene que ser que
esos dirigibles vienen a libertarme” . Pero
viendo de pronto que decirlo sería desper­
tar el cuidado de aquel hombre y hacerlo
prevenirse contra la empresa que ella pen­
saba acometía su marido por salvarla, ,e
contuvo; pero su falta de doblez no supo
sofocar antes de que en su rostro reluciera
resplandor de alegría encendida por espe­
ranza tan visible que no podía pasar inad­
vertida a la escrutadora mirada que la v i­
gilaba.
—Te he dicho la verdad, y no he de mo­
lestarte insistiendo en ella; mas sólo te
recuerdo que tu incredulidad de hace un

momento, cuando te prometía seguir velan­
do por tu padre y tu hermano, ha tenido
que rendirse a la evidencia que olvidabas
aún habiéndola visto por tus ojos.
— ¿Por mis ojos?... ¿Una evidencia?... ¡Ah,
sí: esa mina!
— No ter espantes... Si te la recuerdo no e3
para avilar temores que deseo deseches,
sino para' decirte que así como ella te con­
venció de aquello, también el tiempo te con­
vencerá de esto que ahora te parece increí­
ble... Y créeme: la idea a que para huir de
un desengaño se aferra ahora tu pensamien­
to no puede conducirte sino a otro; pues te
aseguro que los aviones y los dirigibles no
vuelan hacia aquí, sino con rumbo a Amé­
rica.
v
Nada respondió Emma; pero asustada en
su sencillez de la facilidad con que aquel
hombre le penetraba el pensamiento, lo miró
con asombro, donde él leyó que no se equi­
vocaba sobre la causa de la alegría que ha bía iluminado el rostro de ella al oír que su
esposo había salido de la Residencia. Y son­
riendo satisfecho de haber dado tal prueba
de su perspicacia, y no pareciéndole op or­
tuno insistir aquel día en demostraciones
amorosas, solicitó permiso para volver a
diario a traer noticias de Don Héctor y
Raúl.
Contestó Emma que no era necesario, pues
para su sosiego bastaba convinieran en qj2
mientras las noticias fueran buenas no se
molestara en visitarla: convenio no acepta­
do por haberle puesto Gahel el reparo de que
no esperando ella de sus visitas sino malos
nuevas, las temería en vez de desearlas. Y
dicho esto se despidió hasta el día siguiente.
*

*

*

Todas las afirmaciones de Abd-el-Gahel
fueron completamente inútiles para conven­
cer a Emma de que su marido la hubiera
abandonado, pues apenas aquél la dejó sola
volvió a exclamar con firme convicción, na­
cida de ciega fe en su Pepe: “Mentira, men­
tira. Ha salido de allí para buscarme; es­
toy segura” . Y llamando a Maka, la hizo
partícipe de sus esperanzas, mas condolién­
dose de haberlas dejado traslucir y temien­
do las consecuencias de haber puesto en
guardia al Vengador.
Incertidumbres, temores e ilusiones sobre
el éxito de la supuesta empresa llenaron
la noche entera el pensamiento y la con­
versación de las dos mujeres; pues alucina­
da por su deseo no consintió acostarse Em -

LOS MODERNOS PROMETEOS
xna para estar dispuesta a escapar cuando
llegara Pepe> lo cual podía ocurrir aquella
misma noche.
Entre tal ilusión y la zozobra de los pe­
ligros de la empresa en que creía empeñado
a su marido ahuyentábanle el sueño. Y por
si una y otra no fueran ya sobradas para
exacerbar su excitación, entremezclábase a
ellas el recuerdo de la amenaza permanente
suspendida sobre su padre, Raúl y todos los
moradores de la Residencia: la terrible
mina que ella tenía en sus manos...
¿En sus manos?... Verdad que el hombre
aquel había protestado al adivinar— era
odioso sentirse de tal modo adivinados to­
dos los pensamientos— el bochornoso miedo
que la sobrecogió al creer iban a serle ofre­
cidas aquellas vidas a un execrable y repug­
nante precio; mas recordándola, al hacerlo,
el aborrecible amor que le había arrastrado
a cometer dos crímenes.
No, no podía ñar en la lealtad de las pro­
testas de quien empleaba como usual arma
traición artera y acudía a sus villanos pro­
cederes para ganar el amor de ella. Además,
no una, sino dos veces había dejado traslu­
cir la misma horrible idea, pues ya antes
del recuerdo de la mina había dicho que de
ordenarlo ella no volvería a ser asaltada la
Residencia.
¿Sería tan desdichada que la reservara su
destino la tremebunda alternativa de ser
ella quien sentenciara a muerte a su padre,
a su hermano y a centenares de infelices
compañeros de infortunio, o aceptar para
sí?... ¡Qué horror!
En cuanto a Maka, su opinióni dictada por
el conocimiento de las gentes de su raza,

63

se resumía en estos consejos insistentemen­
te repetidos:
— No te fíes; no creas nada. Ese hombre
miente, miente; su lengua no conoce la ver­
dad, su corazón es un nido de traiciones.
De cómo por la opuesta fase que Emma
veía Abd-el-Gahel la conversación por am­
bos mantenida, el entrecejo contraído y el
semblante hosco que llevaba al salir del pa­
bellón parecían indicios de no sacar de
aquella entrevista impresión tan favorable
como de la primera: indicios no engañosos,
pues sobre haberle producido de primera
intención punzante disgusto y parecerle
desagradable agüero la fe de ella en su ma­
rido, largo rato después de retirado a sus
habitaciones escocíale aún como abrasante
quemadura el afrentoso bofetón de aquel re­
cuerdo de la emboscada traicionera, en don­
de Pepe estuvo a pique de perecer.
Y si al cabo consiguió ver las cosas me­
nos negras de como el mal humor se las
teñía, debiólo solamente a su profunda con­
fianza en su estrella y a su costumbre de
triunfar en todo; pues una y otra le decían
ser insensata aspiración e ilusión vana pre­
tender en dos días derrumbar las ya previs­
tas resistencias de Emma, que cuando viera
desvanecerse la esperanza de ser por su ma­
rido libertada forzosamente creería en su
abandono, del cual ya cuidaría el Vengador
de amañar pruebas fehacientes en .cuanto
Lobera hubiera muerto y ella vi ira vivos y
sanos a Don Héctor y a Raúl: cosas una y
otra muy urgentes. Y tanto como ellas, para.
su prestigio de caudillo, acabar de una vez
con los demás perros del centro ferroviario.

XVII
DONDE LA MUERTE RONDA A PEPE
En lo que solamente a medias mintió
Gahel a Emma fué en la noticia de la lle­
gada de los aerókinos— dirigibles ya men­
cionados en anteriores episodios de esta his­
toria— y los hélicoplanos; pues, efectiva­
mente, a otro día del asalto y del rapto de
Emma habían llegado a la Residencia, pero
no marchándose sino los aerókinos, en bus­
ca de nuevo cargamento de víveres a Fer­

nando Poo, y sin llevarse a los argentinos,
que no venían de raza capaz de abandonar
a sus compañeros de infortunio. En cuanto
a los hélicos armados, allí se quedaron ele
estada para ser empleados...
Pero antes de decir en qué y de explicar
cómo el Vengador los convirtió en seguida
en arma sin filo y despuntada, preciso es
enteramos de los sucesos acaecidos en la

64

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIF1CA

Residencia desde que de ella nos salimos en
seguimiento de la robada esposa de Lobera.
Como un loco hace ciento, y más tratán­
dose de locuras heroicas, y todavía más si
éstas son reacción contra infamias como la
de que eran víctimas Emma, adorada de to­
dos los sitiados, y Pepe, a quien debían el
reciente triunfo sobre los africanos, no le
faltaron a éste y Raúl numerosos volunta­
rios dispuestos a jugarse la vida en el em­
peño de rescatar a la raptada : tantos, que
o había de renunciarse a acometerlo en mo­
tos, por no haber suficientes ni para un dé­
cimo de ellos, o prescindir de tales vehícu­
los, marchando a pie todos los combatientes.
Lo uno era debilitar inconvenientemente la
improvisada hueste; lo otro, perder celeri­
dad, dejando tiempo a los raptores de ga­
nar distancia.
Ni Pepe ni Raúl, capaces en su exaspera­
ción de acometer solos a la morisma entera,
veían esto; pero sí lo veían algunos inge­
nieros y Davoust, arrastrados por el en­
tusiasmo de la romántica intentona, que
cuando se esforzaba en hacer entender a los
dos cuñados la imposibilidad de echar a co­
rrer sin optar antes por el término más fa­
vorable del anterior dilema, vieron llegar a
Don Héctor a los garajes a tiempo que Bertíer hacia tocar “ llamada a la carrera” a
sus gendarmes, obligando a Davoust a se­
pararse de Pepe y Raúl, en obediencia al
toque.
Pero apenas comenzó Duvery su argu­
mentación para hacer comprender a sus hi­
jos lo temerario y aun inútil de la desespe­
rada tentativa a que se aprestaban, y cuan­
do el veterano, decidido a llegar para im­
pedirla a atar a aquellos locos, si preciso
fuera, daba orden a su tropa de no dejar
salir a nadie, sobrevino un acontecimiento
que tuvo mayor fuerza que razonamientos
y gendarmes. Y fué que, con intervalo <lfc
menos de un minuto, se oyeron una serie
de pequeñas, pero bien perceptibles explo­
siones bajo el suelo, que de éste alzaron
fuera de los parapetos del recinto antiguo,
pero dentro de los del campo insolatorio, ex­
tensa, pero leve polvareda larga y estrecha
en el primer momento. Con lo cual, atraído
todo el mundo a los lugares de las explo­
siones, quedáronse sin tropa los capitaneadores de la de rescate, a su vez obligados
por Don Héctor a seguirle para enterarse
de qué había ocurrido.
Como el lector habrá ya adivinado, aque­
llo era que las mechas encendidas por Kitvinoff prendían en la carga de los horni­

llos preparados en la galería haciéndolos es­
tallar, y cegándola mucho más eficazmente
que el barreado de ella.
No queriendo Abd-el-Gahel explosiones
mortíferas en el centro ferr viario, capaces
de matar a los Duvery y de atraerle a él in­
vencible odiosidad de Emma, hablan sido
calculadas lar cargas de modo que estricta­
mente bastaran para que el derrumbamien­
to sobre la mina de unos quinientos metros
del terreno la obstruyera, pero sin fuerza
para volarlo a lo alto ni ocasionar daños de
importancia. Así, el rosario de hornillos
determinó el hundimiento de una faja larga
y estrecha de suelo, según la dirección de la
subterránea galería, llenándola con la tie­
rra sumida, y abismándose en ella un trozo
de la trinchera avanzada, lo cual hizo pensar
a los defensores, cuando vieron la brecha,
que abrirla era el objeto de las explosiones,
que si no habían ocasionado mayores daños
dentro del recinto era debido a deficiente
cálculo de las cargas.
Como el boquete de la brecha no tenía
sino unos cuantos metros de anchura, no
era difícil ni largo reponer el aportillado
parapeto; mas urgía no dilatar la repara­
ción, aprovechando para hacerla aquellos
momentos en que, castigadas media hora
antes con terribles pérdidas las taifas re­
chazadas a Techiasco, ni tenían fuerzas ni
ánimos para asaltar la brecha.
En consecuencia, inmediatamente orde­
nó Bertier comenzar el trabajo con cuanta
gente cupo en el espacio donde había de
ejecutarse; y echando deliberadamente mane­
en el primer momento de quienes se dis­
ponían a seguir a Pepe y a Raúl, dejó a
éstos sin auxiliares, que ante el apremio deí
común peligro a la vista se distrajeron dé­
lo otro, obedeciendo la orden de acudir a
conjurarlo. Así quedó imposibilitado el d is­
paratado ataque a Techiasco, donde según
Don Héctor y Bertier dijeron a los presun­
tos y frustrados jefes de él, no estaría
Emma; pues dominando el Vengador en
todo el Sahara, no habría de llevarla al lu­
gar más cercano de todos a la Residencia:
siendo dicho razonamiento el único que
hizo impresión a los dos cuñados, que aun­
que rivalizantes en insensatez, parecieron
quedar convencidos: ¿Y qué remedio les
quedaba?
Además, al llevarse Bertier al padre ha­
cia la brecha, no para que lo ayudara a di­
rigir las reparaciones, sino con pretexto de
enseñársela, y en realidad para no dejarlo
solo con sus pensamientos, encargó al y e r-

LOS MODERNOS PROMETEOS
no y al hijo fueran en seguida a las naves
de acumuladores y dínamos cercanas al ex­
tremo de la zanja abierta por la explosión,
para ver si los aparatos habían padecido
con la trepidación del piso o por haberse
hundido o desnivelado alguna parte de él.

•—Si a lo menos supiésemos dónde está, la
otra boca de esta maldita mina, ahora más
cegada que antes—dijo Raúl a su cuñado
cuando con éste echaba a andar a cumplir
el encargo de Bertier— , tendríamos un in­
dicio, pues de momento deben de haber lle­
vado a Emma al poblado más próximo. Pero
faltándonos tal dato, imposible de obtener...
—A menos de buscar la acometida de la
mina, no por debajo, sino por encima del
suelo.
—Pero eso llevaría mucho tiempo, reque­
riría gente para combatir, y ya ves que nos
hemos quedado sin ella.
—No necesitamos a nadie; solos podemos
hacer la exploración en aeroplano. ¿Quieres
acompañarme?
Ni Raúl pensó en la dificultad de hallar
¡a entrada de la galería, que, más que por
convencimiento, pretendía buscar Pepe por
no avenirse a la inacción, ni se preguntó qué
podrían hacer, en caso de encontrarla, do3
hombres solos, que en cuanto aterrizaran
caerían en poder de los enemigos. Sólo vió,
como el otro, que lo propuesto era siquiera
un medio de no desesperarse cruzado de
brazos, y contestó sin vacilar.
— Sí, sí. Tienes razón: es una magnífica
idea.
-—Pues vamos, vamos.
Torcieron camino. Su lento paso hacia la
central eléctrica se hizo carrera a los han­
gares; y aun no habían pasado diez minutosdesde que Pepe propuso la expedición, cuan­
do uno de los cavadores de la brecha gritó
asustadísimo: “Los tuaregs, los tuaregs en
aviones, ya los tenemos encima” , alarmando
a todos, que al levantar la vista vieron que
no eran aviones, sino un solo avión, en el
que Bertier y Duvery reconocieron el que
Lobera había utilizado para salvar a los
perdidos en Ziza, y por él preferido al
capturado al enemigo, por conocerlo como
no conocía éste, y estar muy familiarizado
con su manejo y condiciones.
i —¿Irán ahí esos locos?— dijo el gendar­
me presintiendo la realidad.
—Mucho me lo temo, Bertier.
: — Pero ¿qué nuevo desatino es ese?..
LOS MODERNOS PROMETEOS

65

¿Adónde van, y que nueva insensatez se pro­
ponen?
—Que en un día me quede sin mi hija y
sin mi hijo. ¡Emma! ¡Emma! ¡Mi Raúl!
¡Mi Raúl! ¡Los dos, los dos hijos de mi
alma! ¡Desdichado de mí!
Viendo Manuel Lobera y varios ingenie­
ros subordinados del pobre Duvery el esta­
do en que éste se encontraba, le obligaron
a retirarse de la trinchera; pues a Bertier,
que bien sintió no poder acompañar a su
amigo en aquel trance, lo retenía en ella el
deber hasta dejarla completamente repa­
rada.
Pero Duvery no consintió irse a sus ha­
bitaciones hasta asegurarse de que su hijo
y su yerno eran quienes volaban en el hé­
tico, y para ello fué desde el parapeto a los
hangares, donde los mozos de ellos le dije­
ron que así era en efecto.
Adquirida tal certeza ordenó telegrafiar
al avión mandato de regresar inmediata­
mente, reiterándolo hasta verlo obedecido.
Después, ya convencido de su impotencia de
hacer más, se sumió en doloroso y descon­
solado pesimismo, suplicando a sus acom­
pañantes que lo dejaran solo con su pena.
La orden fué telegrafiada, repetida y
vuelta a reiterar con insistencia, pero in­
fructuosamente; pues no habiéndose pues­
to ni Pepe ni Raúl los auditivos de la es­
tación del hélico, no se enteraron de ella.
Y hasta es probable que, aun a oírla, tam­
poco habrían vuelto.
— ¿Pero qué hacen?— preguntaba asom­
brado al verlos volar en torno de la R esi­
dencia uno de los ingenieros auxiliares de
Pepe.
—No me lo explico— contestó el piloto del
avión que los otros llevaban—, porque no
volarían de otro modo a querer suicidarse.
Y no me lo explico, porque el señor Lobera
es un aviador de primera y sabe cuán ab­
surdo es volar tan cercano a tierra; pues
la menor irregularidad, aun sin llegar a
panne, del motor, una leve guiñada de ti­
mones, el cabeceo de un ala, bastan, por
pequeños que sean, para estrellarse contra
el suelo antes de tener tiempo de reponerse
de ellas.
—Sin contar con que según van ensan­
chando las vueltas pronto llegarán donde
están los rebeldes, que a tan escasa altura
los cazarán a boca de jarro.
—Dios quiera me equivoque, pero mucho
me temo que no volvamos a ver a esos p o ­
bres muchachos.
La inconcebible y temeraria manera de
5

66

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volar, que tenía al piloto con el alma en un
hilo aguardando el siniestro a cada instan­
te, respondía a que ni Pepe ni Raúl se cu­
raban del riesgo con tal de ir muy cercanos
al suelo para que no les pasara inadvertida
la boca del pozo de mina que buscaban. Y
no era ésta la única imprudencia en aquel
insensato vuelo- cometida porque para efec­
tuar más a conciencia la pesquisa no avan­
zaban sino a la mínima velocidad estricta­
mente indispensable para no caer: con lo
cual iban en situación análoga a la de quien
corriera por el borde mismo de una sima
en vehículo de procaria estabilidad, cuyo
despeñamiento no pendiera sino de que sus
ruedas encontraran un menudo guijarro.
Para explorar en sucesivos tornos todos
los alrededores de la Residencia describía
el aeroplano una espiral, en la que cada
vuelta venía a distar de la anterior unos
doscientos metros; y así, cuando la curva
fué ensanchando ocurrió lo previsto: que al
volar sobre parajes ocupados por rebeldes,
frecuentemente recibía el fuego de éstos:
con gran suerte al principio, pues aunque
cual granizo acantaleaban los proyectiles el
metal del fuselaje del aparato, parecían res­
petar a los tripulantes. Pero esto, que era
verdadero milagro, no podía prolongarse
indefinidamente, y al cabo una bala alcanzó
en el hombro derecho a Pepe, que, a pesar
de las instancias de Raúl, no le cedió el
volante sino cuando, pasado un rato( sintió
hormigueo en el brazo, precursor de inva­
lidez de éste. Mas no permitiendo lo bajo
del vuelo que el gobierno quedara abando­
nado el tiempo necesario para que cambian­
do de asiento con Raúl, sentado a su dere­
cha, pudiera aquél seguir gobernando con la
mano izquierda, dijo:
—'Coge, coge el volante. De prisa. No pue­
do manejarlo.
Aun cuando no se perdió tiempo en el
cambio de mano, dió éste lugar a cabeceo
que inclinó la proa del hélico hacia tierra,
donde un gran grupo de indígenas prorrum­
pió en clamores de feroz júbilo al creer ya
caídos a los aviadores. Pero todavía pude

disponer Pepe de un brevísimo instante y
serenidad para aprovecharlo cargando todo
el peso de su cuerpo sobre el pie apoyado
en la zapata de mando del timón horizon­
tal, gritando al mismo tiempo: “Más m ar­
cha, Raúl” ; y cuando ya el aparato parecía
estar a punto de hincar la proa en el suelo,
se levantó, dió un brinco y se remontó:
después de haber estado tan cerca de aquél
que sus ruedas de aterrizaje derribaron a
un tuareg con la cabeza destrozada.
El peligro milagrosamente esquivado y la
herida de Pepe, a quien Raúl no podía aten­
der sin descuidar el gobiernó, ni tenerlo
indefinidamente sin asistencia, aclararon el
juicio del muchacho mostrándole la inefi­
cacia de la suicida exploración que estaban
realizando; pues una hora de ella no ha­
bía dado ni indicio de la boca de la mina.
Así que al ver descender nuevamente el hé­
lico por haber cesado Pepe de apretar ei
timón de altura, actuó sobre el de dirección
para virar hacia la Residencia, diciendo al
hacer esto:
, —No bajes, no bajes.
—Sí, sí. Y tú, ¿qué haces?
; —Dar la vuelta. Es preciso curarte.
—No te cuides de mí. Emma, Emma.
—Es inútil, Pepe: ya estoy convencido de
que no adelantaremos nada. Además, yo 10
sé gobernar, como tú, a tan escasa altura.
—No, no. Emma, Emma.
Comprendió Raúl que sería vano intento
pretender atendiera razones su cuñado, y
no consintiéndole la alarmante prosecución
del descenso perder segundo en discusiones,
estiró la pierna izquierda y pisando brutal­
mente con el pie de tal lado el derecho de
Lobera, hizo que el de éste oprimiera quie­
ras que no, la palanca del timón horizontal
y elevara el hélico, que tres minutos des­
pués aterrizaba en el campo de donde ha­
bía partido, y al cual llegaba el pobre Du
very corriendo cual si tuviera veinte años;
pues había sido avisado por sus amigos y ¿u
ver éstos la virada del aeroplano donde su
hijo retornaba.

w
LOS MODERNOS PROMETEOS

67

xvm
UNA REVELACIÓN DE AL-LÁH
Las tremendas emociones del día y el des­
ánimo de no haber obtenido fruto ninguno
del reconocimiento aéreo; el retorno de éste,
a su despecho realizado; el coraje de su im­
potencia para buscar y defender a Emma,
traían al pobre marido en estado de exal­
tación frisante en la demencia, agregándose
a todo el efecto del balazo que, aun sin ser
de entidad por no interesar hueso ni arte­
ria, siempre era causa deprimente.
Después de sondar la herida, y antes de
comenzar la cura, dió Don Gustavo la en­
horabuena a Pepe por no ser aquélla de im­
portancia; y al recibir por toda respuesta:
"Más valiera que me hubiesen dejado seco”,
asustó al doctor el tono de ferviente des 20
de morir que advirtió en la respuesta.
Las malas condiciones en que la excita­
ción moral y la debilidad física ponían al
herido para soportar la extracción de la
bala determinaron en los momentos más
dolorosos de ella una crisis muy parecida a
paroxismo, en la que sin desvanecerse no
era dueño de reprimirse, ni siquiera de
darse cuenta de que otros oían los aves que,
no el dolor del cuerpo, sino el del alma, le
arrancaba, haciéndole decir:
— Emma, Emma... No verte más... Y si te
veo será después... ¡Qué horror, qué horror!
Comprendió Don Gustavo que el espanto
que en su delirio aterraba al desventurado
esposo era causado por la idea de cómo le
devolvería su esposa, si es que la devolvía,
el malvado raptor. Entonces se le presentó
al médico el más grave caso de profesional
conciencia con que en su vida había trope­
zado; pues se le aferró a la imaginación in­
tuitivo pero tenaz convencimiento de que en
tal estado de flaqueza mental no podría Pepe
resistir su desesperación, siendo muy de
temer aprovechara para suicidarse el me­
nor descuido de quienes lo cuidaran.
Díjose que el primero y más eficaz reme­
dio de que aquella naturaleza estaba nece­
sitada era el reposo absoluto del pensamien­
to, la completa inactividad de la menú,
cuando la mente por desgracia, no cesarla
mi un momento en su desaforado batallar...

— Un calmante fuerte, un verdadero nar­
cótico cuya acción durara quince o veinte
horas— murmuraba Don Gustavo— daría la
solución en otro caso; pero, ¿quién se atre­
ve a suministrárselo a un hombre que -caba de perder Dios sabe cuántas onzas de
sangre y cuyo pulso está como estoy vien­
do?... Pues yo, ea, yo me atrevo. En últi­
mo extremo, entre que se nos vuelva loco y
se nos mate, o matarlo yo, más le vale esto;
y en cuanto a mí, ya verá Dios que si lo
mato no es por mi deseo.
Una vez tomada su resolución no quiso
propinar a Lobera por la boca el narcótico;
pues habiendo antes '’ atentado, al comenzar
la cura, calmar su excitación con un cor­
dial, se negó en redondo a beberlo, agre­
gando que ni ahora ni después lo molesta­
ran con potingues, pues sus males no tenían
sino una eficaz medicina: callándose cuál
fuera, y aumentando con ello los temores
del médico, que lo sospechaba. Por ello, pa­
ra darle el calmante sin que se enterara,
sacó Don Gustavo de un armario de la sala
de operaciones donde estaban una jeringuilla
de inyecciones, la cargó con una buena do­
sis del narcótico que había elegido y se 1?.
inyectó al paciente, sin prevenirlo a él ni a
Raúl: como si fuera una de las operaciones
de la cura, y diciendo para sí: “Ahora, la
Providencia nos tenga de su mano; y si me
sale mal esta barbaridad, no nos enterare­
mos de ella sino Dios y yo.”
Seguidamente dió los últimos toques a los
vendajes y los regó exteriormente, sin la
menor necesidad, con una pulverización des­
infectante: todo con deliberada lentitud pa­
ra mantener a Pepe en postura y quietud
coadyuvantes al comienzo del efecto narco­
tizante; y cuando éste fué pleno y vió a
aquél sumido en sueño profundísimo, lo sacó
de la enfermería en una camilla, yéndose
tras ella; pues mientras durara la acción
del atrevido tratamiento no quería apartar­
se un instante de la cabecera del narcoti­
zado para vigilar si sobrevenían y combatir
sin pérdida de tiempo posibles complicacio­
nes. Y cuando lo vió tranquilo ya en la ca•

a
€8

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ma pensó, muy satisfecho de sí mismo:
de quiénes eran y cuáles sus propósitos,,
“Por lo menos no piensa el infeliz."
dijo a Raúl:
Y tenía razón, pues en la horrible trage­
—Esto ya es otra cosa que vuestras lo­
dia del esposo de Emma sustraerle memo­ curas de esta mañana.
ria, pensamiento y juicio era el mayor bien
Pasamos por alto el interrogatorio de los
que podía hacérsele.
hermanos, porque Bertier quería saber có­
— ¡Pobre Lobera! ¡Pobre Lobera!... ¡Si a mo pensaban proceder una vez en el campo,
mí se me hiela la sangre al pensar en la para juzgar si podía confiarse en su meollo.
situación de esa pobre niña!, ¿qué tormen­ Igualmente se calla cómo fué convenida
tos no sentiría este pobre desventurado en contraseña para que a su regreso, dado que
cuanto despierto hubiera caldo en la inac­ no los descubrieran y mataran los rebeldes,
ción del lecho...! ¡Qué tremenda mañana y no fueran tomados por tales y recibidos a
qué amontonamiento, en ocho o nueve ho­ tiros por los centinelas; pues no saliendo
ras, de horrores y catástrofes capaces de todos los planes cual se trazan, preferible
llenar muchos, muchos días aciagos—mur­ a anticipar proyectos es relatar más tarde
muró Don Gustavo cuando dejándolo con el desarrollo de ellos, bastando por ahora
el que ambos miraban ya cual verdadero decir que siendo ya noche cerrada, Bertier y
hijo y hermano, salieron de la alcoba Du­ los Duvery despidieron conmovidísimos a
very y Raúl para hablar con Bertier y ver los dos negros al pie del parapeto, viéndo­
si con mayor serenidad que ellos discurría los en seguida escalarlo, descolgarse al
foso, trepar al glacis y desaparecer en di­
medio de acudir en socorro de Emma.
Las poquísimas esperanzas que de ello rección que, a intento, no sería alumbrada
llevaban les crecieron inopinadamente en el en una hora por los proyectores.
Al verlos sumirse en las sombras de una
momento mismo de salir al pasillo, donde
aguardaban su salida dos mocetones como noche negra de puro obscura, entró en las
dos hastiales, negros como la pez, que en lo almas de los que se quedaban el primer al­
grandes, retintos y fornidos eran ramas pa­ bor de esperanza. Tenue era, mas siquiera
rejas con el tronco de donde habían brota­ se había ya comenzado a hacer algo en fa­
do; pues los dos negrazos eran hijos de vor de Emma.
Al promediar la siguiente mañana llega­
Maka, y viviente contraste peregrino con su
hermana de leche, la rubia, delicada y blan­ ron los aerókinos y los helicoplanos de que
Abd-el-Gahel habló a la noche a su prisio­
quísima Emma.
Tenía el mayor veintisiete años, y vein­ nera, y en cuanto supo Raúl que traían
ticinco, uno más que Emma, el otro. Ambos bombas arrojadizas, pidió a Bertier permiso
eran, como su madre, kavareños; pues se para darse el gustazo de obsequiar con ellas
recordará que en uno de los oasis de Ka- a los africanos que por haberse puesto fue­
var-El Dirki, de donde los tres eran oriun­ ra del alcance de los revólveres se creerían
muy seguros.
dos, había nacido la hija de Duvery.
A condición de que llevara el mejor pi­
Los dos mozallones querían nada menos loto y a Davoust de jefe del aéreo raid noque obtener permiso de Don Héctor para vió inconveniente el capitán en autorizar el
irse a indagar, por lo pronto, adonde habían desahogo. Y aun se alegró de él, pues sobre
llevado a su madre y a la Señorita, y luego todos los defensores de la fortaleza pesa­
a lo que se pudiera.
ba continua y penosísimamente el recuerdo
La empresa de los dos sahareños, cono­ de Emma, ocasionando inconveniente de­
cedores de las arterías y tretas de sus pai­ presión de ánimos, para contrarrestar la cual
sanos, e hijos de una comarca que en masa venía bien sobrevinieran incidentes o acci­
se había alzado en armas y cooperado a la dentes, y hasta peligros, que distrajeran de
degollina de franceses, tenía, aun cuando aquella idea fija, obligando a pensar en otras
hasta para ellos fuera arriesgadísima, muy cosas.
otro cariz que los desatinados proyectos de
* * *
Pepe y Raúl.
Tal fué desde el primer momento la opi­
Cuando principiaron a caer bombas sobre
nión de Duvery y su hijo, pensando lo mis­ los vivaques de las turbas sahareñas, Adbmo Bertier, a quien, con 1 s negros, se fue­ el-Gahel, seguido de su pequeña escolta en
ron aquéllos en seguida a buscar a la brecha motos, andaba recorriendo los de toda la
en reparación; pues en cuanto vió el capi­ línea de circunvalación.
tán la traza de los dos africanos y se enteró
La noche de la víspera, día del fracasado

LOS MODERNOS PROMETEOS
69
asalto, reunió en Sabankafl a los jefes de amenaza, pues de enviarles un parlamenta­
contingentes, a quienes de mañana había rio tenía certeza de que siendo de los fran­
citado: reunión de que asuntos más inte­ ceses conocida la mala fe de los berberiscos
resantes nos han impedido dar cuenta has­ no se fiarían de la bandera blanca y recibi­
ta ahora.
rían al emisario a tiros. Pero sin duda de­
Cargó en ella el califa a la ignorancia de bió hallar otro expediente^ pues pidió su
los impacientes el descalabro de la maña­ moto y partió a escape con la escolta para
na, que, previsto por él, había sin embargo Techiasco, ordenando antes a la estación
afrontado para que así hallaran castigo y telegráfica de campaña del vivac donde es­
aprendieran obediencia quienes habían me­ taba—de alambres tendidos en el suelo por
nester de escarmiento para abstenerse en lo no tenerlas radiotelegráfleas portátiles—que
venidero de nueva tentación de pesar en las circulara a los demás el siguiente despa­
decisiones del mando, que conociendo los cho:
elementos de defensa con que contaban los
“Califa ordena todos cabos de taifa que
sitiados, sabía cómo podrían contrarrestar­ en cuanto vean aproximarse avión las dis­
se y cuándo convenía combatir: cosa de qu? persen a la carrera en amplio espacio, por
los reunidos y sus harkas eran incapaces, grupos dos o tres hombres, mientras él toma
según a costa suya habían aprendido.
medidaé impedir enemigo bombardee ma­
Exigió en consecuencia obediencia ciega ñana.”
para lo venidero, conminando con terribles
Este telegrama fué puesto a las tres de
castigos las infracciones de ella, y ordenó que la tarde, y media hora después llegaba Ga­
al día siguiente se comenzara a abrir trin­ hel a la aldea, donde sin pérdida de tiempo
cheras para irse acercando a cubierto de adoptó disposiciones para cumplir la pro­
fuegos al centro ferroviario y expugnarlo mesa hecha a sus gentes en el telegrama.
al uso de los ejército regulares.
En señalar puntos de partida a dichos
* * *
aproches y marcarles direcciones se ocupa­
ba Abd-el-Gahel cuando Davoust y Raúl
Cuando el capataz de servicio en la ilu­
arrojaron las primeras bombas sobre las minación exploradora encendió aquella no­
hordas que mandaba.
che los proyectores de la Residencia, le lla­
Ocurriósele inmediatamente al Vengador mó la atención el cambio de color que ad­
ordenar por telégrafo a Sabankafl que el vertía en las fronteras paredes terrosas de
bélico donde había regresado después de 3U Techiasco; pues en vez del color obscuro
proclamación saliera a atacar al de los si­ propio de ellas mostraban blanco fondo sur­
tiados; mas en seguida cayó en la cuenta cado por dos rayas negras horizontales, lo
de que no disponiendo sino de uno, pues el cual les daba la apariencia de enormes ho­
otro se lo habían cazado, sería muy des­ jas de papel escrito que a distancia dema­
igual la partida de uno contra cuatro: los siado grande para ser leídas a simple vista
dos recién llegados al centro ferroviario, el permitían, sin embargo, apreciar las líneas
que ya allí estaba antes y el que el estúpido de la escritura tendidas en contiguas ho­
piloto se había dejado apresar. Esta consi­ jas naás bien blancas pizarras—en exten­
deración hizo a Gahel desistir de la idea, sión de sesenta metros a lo largo de las pacontrariándole mucho, pues veía que aquel j edes de las casas de la aldehucha, visibles
fuego desmoralizaba grandemente a sus desde la torrecilla de los proyectores.
africanos: más que por el daño padecido,
Con el tubo acústico avisó en seguida el
que en campo abierto y hecho por neófitos capataz al ingeniero del ferrocarril, de cuar- 7
en tal tiro no era cosa mayor, por bajar del to a la sazón en la rotonda de mando, quien,
cielo, contra el cual iban creyendo ya tener acercándose el anteojo, leyó el siguiente
que combatir algunos tímidos supersticiosos mensaje, que en tan extraña forma, y en
impresionados desde la "tempestad de la inglés, enviaba el Vengador a los sitiados:
alambrada”. Por ello buscó ahincadamente
“Apagando dos vecesf, a media noche, pro­
medio de ofender al avión, y no hallando yectores, prometan no volver bombardear,
ninguno rápido y eficaz le sugirió su inge­ Si no, degollaremos hija Duvery."
nio, tan agudo cual perverso, el de amena­
Pareciéndole inhumano enterar de la abo zar a los sitiados con temible represalia minable amenaza al pobre padre, que se ha­
que seguramente les haría suspender al llaba en la alcoba de su yerno, llamó el in­
bombardeo.
geniero a Bertier, que echando tacos y re­
Mas lo difícil era hacer llegar a ellos la niegos contra el Sahara, árabes, bereberes,

70

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Abd-el-Gahel y Mahoma, ordenó que a la
hora indicada fueran los proyectores apa­
gados dos veces; encargó al capataz y al
ingeniero el secreto sobre ello, mientras se
pudiera, y a la mañana siguiente dijo, con
asombro de todos e indignación de Raúl,
que por no creer prudente la salida de los
cuatro aeroplanos, quedaba suspendido el
proyectado bombardeo aéreo, para el cual
toda la noche se habían estado cargando
bombas con grandísima premura.
Las razones de por qué no era prudente
el bombardeo se las calló para no alarmar
al padre ni al hermano de Emma.
*

*

*

A poco de dar las doce de la noche, y es­
tando Abd-el-Gahel en su despacho de Sabankafl meditando sobre la conversación ut»

rato antes tenida con Emma, le entró el te­
legrafista de servicio de su cuartel general
un parte de Tinkert, que desde Techiasco
comunicaba una sola palabra: "Vengador” :
contraseña cuyo significado era que los pro­
yectores habían sido apagados.
— Imbéciles—exclamó al leerlo— . Se han
creído que yo la mataría.
Y en seguida ordenó al telegrafista con­
testar a Tinkert: “Borra aquello” , y poner
en cuanto llegaran las siete de la mañana
un telegrama circular a todos los jefes de
taifa, diciendo:
“Innecesario mantener precauciones 'bom­
bardeo. Loado sea Al-láh, que anoche sle ha
aparecido Califa prometiéndole que los im­
pedirá.”
He aquí porqué dijimos que Gahel había
despuntado y mellado las armas que con los
hélicos llegaron a la Residencia.

XIX
DONDE EMMA SIRVE DE CIMBEL
Haciendo honor a la verdad, ha de reco­
nocerse que no todos los caides de taifa ca­
yeron en la candidez de creer en la sobre­
natural comunicación con que el Califa pre­
tendía estar favorecido; pero como también
entre mahometanos es arriesgado desment;r
a farsantes poderosos, tuvieron todos buen
cuidado de aparentar credulidad; y como,
de otra parte, ni aquel día, ni al otro, ni en
los sucesivos volvieron a caer bombas del
cielo, quedó la chusma persuadida de la gran
influencia con la Divinidad del Vengador,
cuyo prestigio creció al lograr, como se pro­
ponía, que sus órdenes fueran reverenciadas
por la plebe como inspiraciones de Al-láh.
Pudo cuajar la superchería por no haber
en Techiasco quien supiera leer la conmina­
ción a suspender el bombardeo por haber
sido escrita en inglés, que Gahel supuso po­
seerían casi todos los ingenieros del ferro
carril, y estaba cierto hablaban Don Héc­
tor y Raúl.
Por eso lo primero que la tarde anterior
hizo al llegar a Techiasco fué enviar en co­
misiones urgentes, fuera de la aldea, a dos
de sus técnicos tránsfugas, que conocían di­
cho idioma, para que de nada se enteraran.
En seguida ordenó que cincuenta indígenas

encalaran a toda prisa, con escobas, las pa­
redes de las casas situadas en la parte del
perímetro del pueblo que daba frente a la
Residencia mientras otros cuantos prepara­
ban varias docenas de cubos de un menjurje
negro y espesísimo, que a cuatro tuaregs apaces de escribir a su modo el francés sir­
vió para copiar con él, y también con esco­
bas, letra a letra, de a metro de altura, las del
trozo del escrito inglés, que dividido en
cuatro fué repartido entre ellos.
Así a las siete de la tarde pudo estar ter­
minado el letrero completo y retornar Gahel
a Sabankafi, a hacer a Emma su segunda
visita, ya anteriormente relatada, quedán­
dose Tinkert a la mira de la respuesta de
los proyectores para telegrafiarla a aquél y
borrar tan pronto la recibiera lo escrito en
las paredes. Con lo que nadie que supiera
inglés tuvo ocasión de leerlo.
n

*

*

El mismo día del bombardeo con los hé­
licos, al despertar Pepe del sueño de diez y
siete horas en que lo había tenido Don Gus­
tavo, se apresuró éste a enterarlo de la sa­
lida y del objeto de ella de los hijos de

LOS MODERNOS PROMETEOS

71
tuada al otro extremo de la brecha recom­
puesta, desde donde podrían lanzar nuevos
ramales hacia donde quisieran.
Siendo la contramina la única arma ca­
paz de luchar con las minas, lo más urgen­
te era desenmascarar la llegada a la bre­
cha, excavando para ello bajo ésta; pero
tanto para no ir en esto a ciegas como para
saber si los sitiadores se acercaban minan­
do en otras direcciones era necesario mon­
tar inmediatamente bajo tierra, en zanja
o pozo, varios juegos de g eófon os d ife r e n ­
ciales —teléfono para oír a través de la tie­
rra (1)—que descubrieran los golpes de los
zapapicos de los minadores o el roer de la3
barrenas.
Cada uno de estos aparatos sería consti­
tuido aplicando a los muros de la excava­
ción-observatorio dos micrófonos orientados
en diferentes direcciones, a los cuales lle­
garían los ruidos de la perforación enemiga
transmitidos a través de la tierra, pero coa
superior intensidad por el micrófono más
próximo a la dirección de donde el ruido
viniera: con lo que variando la respectiva
situación de los de ambos geófonos hasta
oír con igual fuerza los recibidos por am­
bos, la dirección promediada entre las de
ellos sería la del lugar donde estuvieran
picando.

Maka, agregando que Bertier esperaba que
en breve traerían noticias de Emma. Y aun­
que no fuera grande la confianza del capitán
en el éxito y menos en la brevedad de la ten­
tativa, corroboró después lo dicho por el
médico.
Esta noticia no calmó, pero atenuó la vio­
lencia de la desesperación del pobre esposo,
y haciéndole entrever aquel hilillo de es­
peranza, alejó, en opinión de Don Gustavo,
el riesgo más temido de que atentara a su
vida; pero la imposibilidad de hacer nada
por sí mismo y aquel consumirse en la in­
acción mientras llegaran nuevas, que sabe
Dios cuánto tardarían en traer los dos her­
manos, lo postraron en hosca melancolía,
en la que sin querer ver ni oír a nadie lo
atormentaba a todas horas la obsesionante
y terrible pregunta: "¿Qué pasará, que ha­
brá pasado entre él y ella?” Estado que cesó
al invadirlo fiebre alta, determinada por ha­
ber sobrevenido fuerte inflamación de su
herida del hombro.
«
Aquel mismo día convocó Bertier a con­
sejo, por pensar que si las voladuras de la
galería subterránea fallaron, según pensa­
ban los sitiados, por deficiente carga, podía
, esto ser lección aprovechada en lo venidero
por los sitiadores para nuevos intentos de
igual índole, siendo preciso prevenirse con­
tra tal clase de ataque, en el que no se ha­
bía pensado hasta entonces por no creer a
los sahareños con aptitud para emplearlo,
(1) El geófono (de geos, tierra, y fonos, soni­
y acerca del cual y de los medios de defen­ do) fué por primera vez empleado en la gran gue­
rra
europea de 1914 a 1918, para la busca y salva­
derse de él quería el jefe oír el parecer de
mento de minadores enterrados en desastres subte­
los ingenieros.
rráneos.
Desde luego no se podía contar con !a
En la época en que se escribe el presente li­
asistencia de Pepe, a quien substituía Ma­ bro (1922) su alcance no es afln grande, pues segán publicaciones de la Oficina central de Minas
nuel en las funciones de jefe de la defensa de
los Estados Unidos, no pasa del capaz de perci­
técnica, a las que, a ruegos de todos y en aras bir el ruido del rodar de una vagoneta por una
galería
de mina separada del aparato por espesor
de la salvación común, se dedicó por comple­
to, renunciando a cuidar a su hermano, asi­ de masas de carbón de hasta 350 metros, redu­
ciéndose casi a la mitad cuando son tierras o rocas
duamente asistido por Don Gustavo, con la las interpuestas.
ayuda de Raúl y Don Héctor cuando no es­
El ruido de los trabajos de excavación se oye
taban de cuarto: servicio a que ni el ancia­ hasta unos 300 metros.
en la época en que Manolo Lobera usó les
no consintió substraerse, no obstante el tris­ quePero
le sirvieron para descubrir a los minadores
tísimo estado de su espíritu, al cual se so­ sahareños, el geófono, que en su principio, no ha­
brepusieron, aun cuando sólo él supiera a bía sido sino un teléfono especial, estaba muy per­
costa de qué heroicos esfuerzos, sus deberes feccionado, no solamente como tal teléfono, dando
sensibilidades al micrófono escuchante y
de jefe del personal ferroviario, cuyas vidas mayores
al auditivo reproductor de los ruidos oídos por
peligraban.
aquél, sino combinándolo con un sismógrafo local,
Opinaron los consultados por Bertier que, que en vez de revelar las vibraciones que en las
tierras producen los temblores de la Tierra, regis­
aun aceptado el más favorable supuesto de traba
las determinadas por los golpes de los mina­
que los indígenas no hubieran con anterio­ dores y los dientes de laB perforadoras subterrá­
ridad abierto sino la mina que el hundi­ neas.
Con este doble perfeccionamiento eran los apa­
miento había convertido en zanjón en el
ratos empleados en la Residencia más que geófo­
interior del recinto atrincherado, siempre nos,
geosismófonos, y tenían alcance de vario*»
les quedaría sin cegar la parte de ella si­ kilómetros.

72

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Ha de advertirse que para juzgar de la
igual intensidad de los ruidos no requerían
estos instrumentos comparar al oído las dos
reproducciones de ellos, pues un aparatito
que podríamos llamar brújula telefónica, con
una aguja atraída en sentidos antagónico*
por dos electroimanes, donde actuaban las
corrientes de ambos teléfonos, marcaba di­
cha dirección en un cuadrante circular (1).
El socavón para instalar estos teléfonos
no había que hacerlo, pues el sótano del
campo insolatorio se prestaba a maravilla a
tal aplicación.
Asimismo fué acordada la apertura inme­
diata de tres galerías de mina a partir de
los parapetos y en las direcciones en que
ya se veía habían comenzado los indígenas
a avanzar cubriéndose con zapas, que aque­
llas minas volarían al llegar bajo ellas.
Además de su principal objeto ofrecían ta les faenas la ventaja de tener en actividad
la guarnición, evitando la depresión que en
ella determinaría contemplar pasivamente
los progresos de los aproches enemigos.
Distribuida entre los concurrentes al con­
sejo la dirección de los diversos trabajos,
se disolvió aquél, conviniendo en que a la
siguiente mañana se comenzaría a poner por
obra el plan acordado, simultaneándolo coa
la repetición de los bombardeos aéreos de
aquella tarde que preferentemente hostili­
zarían las cabezas de zapa. Pero en la no­
che intermedia llegó la amenaza de dego­
llar a Emma, obligando al capitán a sus­
pender la ofensiva de los aviones, con asom­
bro de todos, que hallaban incomprensible
tal cambio de opinión; pues por las razones
ya dichas no creyó oportuno dar explica­
ción ninguna.
La noche del siguiente día trajo la nove­
dad de un segundo mensaje, también escri­
to, pero en francés, en las blanqueadas pa­
redes de Techiasco, el cual decía:
Salga en seguida alguien recoger pliego
relativo prisionera.
Obedeciendo> como no podía menos, aun­
que le ocasionara gran coraje, esta orden de
Gahel, hizo Bertier salir un daza, que de un
tuareg recibió un pliego, donde, una vez
abierto, leyó aquél:
1 Mañana, nueve de la misma, estarán doS

jefes africanos a mitad camino Techiasco
centro ferroviario, para tratar con señores
Duvery, padre e hijo, rescate prisionera.
Inútil vengan otros; sólo con ellos tratare­
mos. Si no vienen no reSpondémos vida pri­
sionera.
• — ¡Canalla!— exclamó el gendarme— . Por
lo visto, con la amenaza de matarla, piensa
hacer de nosotros cuanto se le antoje: por­
que después de esta exigencia vendrá otra,
y otra, hasta tenernos a todos, desarmados,
en sus manos... Pues no y no.
Y al decir esto rasgó el papel; pero antes
de dar el segundo de sucesivos desgarros
para reducirlo a pizcas se detuvo, al pensar
que aquel asunto, donde creía peligraban
las vidas de sus amigos, no debía resolverlo
por sí solo como comandante de la fortale­
za, por no afectar en definitiva a la seguri­
dad de ella, e incumbir realmente su reso­
lución al padre y al hermano de quien
nuevamente era amenazada por aquel bandidb; y tras un rato de intentar en vaao
convencerse de que podía en conciencia ca­
llarse la invitación recibida, se fué a buscar
a Dubery, que con Raúl estaba en la alcoba
de Pepe, amodorrado con la fiebre.
Informados padre e hijo del mensaje, ni
un instante dudaron en acudir a la cita, no
obstante las objeciones- del veterano, que
presintiendo alguna treta propia de la arte­
ría africana, y en su deseo de hacedles de­
sistir llegó hasta descubrirles la causa de
la suspensión de los bombardeos, agregando
que el traidor que explotaba la posesión de
Emma para ir logrando cuanto se proponía
no era probable fuera leal en la oferta de
desprenderse por rescate de tal arma.
Contestáronle que era posible estuviera en
lo firme; pero que aun cuando solamente
hubiere una contra mil probabilidades de
rescatar a Emma, jamás pondrían volunta­
riamente en peligro su vida, estando, por lo
tanto, decididos a afrontar toda traición y
todo riesgo; quedando, al fin, los tres de
acuerdo gracias a una pregunta de Duvery
y a la respuesta que le dió el capitán. Helas
aquí:
— Bertier, ¿qué haría usted si usted fuera
el llamado y Evelina la prisionera?
— ¡Mi hija!
— S I.

(1)

No se dan detalles de la constitución de es­

tas brUJulas ni de su funcionamiento, por ser igua­
les a las que, como parte de los teléfonos diferen­
ciales submarinos, hemos descrito ya en la obra
de esta biblioteca El mundo sombra, segunda par­
te de La desterrada de la Tierra.

—Tiene usted razón, Héctor. Vayan, va­
yan. Pero Dios quiera que vuelvan.
Poco antes de la hora marcada para la
entrevista salieron los Duvery en motas,
viendo a lo lejos avanzar a su encuentro,
por el llano entre Techiasco y la Residen-

■ H

B

— i Emma!
— ¡H ija mía!

— ¡Papá!... ¡Rane!... Papá, papá...



LOS MODERNOS PROMETEOS

cia, dos moros, que, sin duda, eran quienes
iban a proponerles las condiciones del res­
cate. Para llegar al punto prefljado( en don­
de los segundos se detuvieron, tenían padre
e hijo que salvar los hoyos de las fogatas
voladas tres días antes, y como al acercarse
al borde del barranco que formaban y antes
de llegar a él hallaron el terreno tan remo­
vido que no les era posible continuar en las
motos, las dejaron, para recorrer a pie el
medio kilómetro restante hasta donde ios
otros los aguardaban y recogerlas a la vuelta.
Bertier y toda la plana mayor de la Resi­
dencia desde la rotonda seguían con ante­
ojos la marcha de ellos; el mismo interés
agolpaba la guarnición entera a los parape­
tos, y unos y otros sentían la ansiedad de
quien presiente una traición cercana.
Desde allí los vieron apearse, dejar las
motos, proseguir a pie un centenar de pa­
sos y desaparecer, hundiéndose en el suelo,
al transponer la cresta de los hoyos, para
bajar al fondo de ellos, atravesarlos y con­
tinuar la marcha. Era, bien lo comprendie­
ron sus amigos, que mientras no subieran
por la pendiente opuesta del barranco per­
manecerían invisibles por ocultarlos la es­
carpa del lado de él más próxima a la plaza.
Nadie en ésta había visto, ni sabia, por
tanto, qué anchura ni qué profundidad te­
nían los hoyancos; pero por mucha que pu­
diera ser y dada la conocida carga de las
fogatas opinaban los técnicos que a lo sumo
no podrían pasar de veinte a veinticinco
metros la primera y de tres a cuatro la se­
gunda; y por muy revuelto que la explosión
hubiera dejado el suelo y por grandes que
fueran las dificultades con que tal circuns­
tancia entorpeciera el descenso, la marcha
por el fondo y la subida al opuesto borde,
pocos minutos debían bastar a padre e hijo
para volver a ser visibles en lo llano, a ha
otra parte del irregular trincherón.
Pero pasaron dos, tres, diez, y la idea de
una emboscada preparada a cubierto de ios
montones que encubrían los hoyos y de que
acaso se libraba en la hondura, en aquellos

73

momentos, un desigual combate, cuyo re­
sultado no podía ser dudoso, atormentaba a
todos en rotonda y parapetos, al extremo de
que, olvidado el capitán de su habitual pru­
dencia, dió orden a Davoust de salir a la
carrera con cincuenta gendarmes, a salvar a
los que suponía luchando, o traerse a m
menos sus cadáveres para substraerlos a pro ­
fanaciones. Y a la vez dispuso que Marceau
siguiera con otros cincuenta en pos de tos
primeros, a proteger su retirada en caso de
salir contra ellos gente de Techíasco.
Pero cuando, rabioso de que su carácter
de jefe superior no le permitiera desampa­
rar el recinto de su mando para acudir en
persona en socorro de sus amigos, acababa
de dar estas órdenes, Manolo Lobera, que
no apartaba los ojos del anteojo, gritó:
—Es tarde ya, Bertier; porque no los han
matado, pero se los llevan; y antes de que
Davoust reúna su gente, salga y llegue allá,
esos traidores estarán en la aldea entre to­
dos los suyos.
Estas palabras, cuya certeza y oportuni­
dad comprobó el capitán por sí con el an­
teojo, eran resultado de la aparición en el
llano, saliendo a él por el borde de los ho­
yos más alejados de la Residencia, de un pe­
lotón de africanos, entre cuyas parduscas
vestiduras, de color terroso, resaltaban Ioj
trajes kaki claro de los que por aquéllos ha­
bían sido apresados.
— ;Y pensar que tengo a esa mala ralea
al alcance de los revólveres y no puedo ha­
cerles fuego sin exponerme a matar a Héc­
tor y a Raúl!
—¿Y si con una columna fuerte asaltá­
ramos rápidamente Techiasco?—'preguntó
Manolo Lobera.
—Eso, eso le está pidiendo el cuerpo a
Gastón Bertier, y eso es lo que no puede ha­
cer el Comandante de la plaza, que aquí tiene
que mirar no sólo por las vidas de todos sus
soldados, sino de las mujeres y los niños,
de cuya salvación es responsable... ¡Pobres
amigos míos!

XX

EL GABINETE NEGRO DEL CALIFA
Al amanecer el día del secuestro de los nebuloso amanecer no bastaba aún & ilumiDuvery salió Tinkert de Techiasco con trein- nar el campo, pero si a quitar eficacia a los
ta hombres, a hora en que el incipiente proyectores de la'Residencia.

74

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

No salieron juntos, sino a la deshilada,
con intervalos de ocho a diez metros: aga­
chados y encorvados mientras les bastó esto
para avanzar cubriéndose con una ondula­
ción del terreno; medio a gatas después, y
arrastrándose a ratos cuando perdieron la
protección de los lomos del suelo. Con tales
precauciones llegaron a los hoyos antes de
abrir el día, comenzando sin pérdida de
tiempo a ahuecar en el declive del barranco
más cercano a la fortaleza cinco anchas
excavaciones poco penetrantes en la tierra
y con el solo objeto de poder agazaparse en
ellas( apretados a sus fondos por grupos de
seis. Así, cuando padre e hijo llegaron al
borde de los hoyos no sólo no vieron a los
escondidos abajo, sino que al descendér a
lo hondo y dejarlos atrás, tampoco se per­
cataron de su presencia hasta tener encima,
por la espalda, a los doce hombres de os
dos grupos más próximos al paraje por don­
de entre los escondrijos de ambos habían
bajado aquéllos la pendiente.
Inútil fué su intento de resistir, pues
abrumados por el número, en seguida au­
mentado con la gente de los otros peloto­
nes, pronto fueron reducidos a la impo­
tencia y maniatados, aunque sin brutalida­
des, que Tinkert tenía especial encargo de
evitar.
Incapacitado de oponer otra resistencia,
todavía quiso Raúl rehusarse a marchar,
hasta que su padre, temeroso de que lo ma­
taran, le ordenó deponer tal actitud y no
exacerbar a los apresadores con los denigrandes epítetos con que su lengua, a falta
de las manos, los abofeteaba por aquel des­
leal y cobarde proceder.
Tan pronto como al salir de la hoyada
fueron vistos por alguien que en las afueras
de Techiasco debía de acechar su aparición
en el descampado, salió de la aldea un auto­
móvil que en dos minutos estuvo junto a
ellos, en donde les hicieron subir, y que
partió en seguida: siendo para sus desola­
dos amigos, que lo vieron, nueva prueba esto
do la inutilidad de la temeraria embestida
al pueblo propuesta por Manolo.
Mientras al llegar a Sabankafl, adonde
marchó el automóvil, participaba Tinkert al
califa el arribo de los presos, quedaron és­
tos aguardando en aquél hasta que por or­
den del último fueron desatados y conduci­
dos en el mismo auto a una casa habilitada
para prisión; mas prisión confortable, en
donde, sin sufrir otra violencia que la de
reclusión, serían tratados con todo mira­
miento. Prevenían dichas” órdenes que el

auto fuera a poca marcha, siguiendo dentro
del poblado el camino que marcó Gahel, ad­
virtiendo no echara a andar el coche hasta
recibir orden suya, que después de m ar­
charse Tinkert y encaminarse él al pabellón
de Emma envió en el momento de llegar a
la puerta de ella.
Una vez dentro, dijo, prescindiendo de
preámbulos:
—iSi quieres ver vivos y sanos a tu padre
y a tu hermano asómate en seguida a esa
ventana.
— ¡Papá! ¡Raúl!
—Sí; pero no pierdas tiempo.
Ansiosa de hacer un montón de pregun­
tas, pero más anhelante de ver a aquellos
queridos seres, las aplazó. Corrió a asomar­
se, y al ver a poco venir el auto hacia ella
por una calle que enfrentaba la ventana,
exclamó con gritos que salían del alma:
—¡Papá!... ¡Raúl!... ¡Papá, papá!...
Estos gritos fueron contestados por otros
dos que al oírla, levantar los ojos y verla
de improviso lanzaron el padre y el herma­
no, y oídos deale dentro por Gahel. Uno
dijo: "¡H ija m ía!” ; el otro, “ ¡Emma, Em­
m a!” ; y en ellos, ccmo en los de la prisio­
nera, se entremezclaban alegría de verse vi­
vos y tristeza de la cautividad que pade­
cían.
Y ya no pasó más, pues al cambiar de
dirección en la próxima esquina dejó el auto
de ser visible a Emma, para seguir viendo
a la cual habían ido ellos hasta entonces
de pie en el coche y de espaldas a la mar­
cha, mientras ella les tendía los brazos y
repetía sollozante: “ ¡Papá! ¡Papá!”
— ¿Prisioneros? — preguntó volviéndose
hacia Gahel.
—Vivos, como te dije; sanos y salvos,
como he querido hacértelos ver para que
aprendas a fiar en mis palabras, y ya libres
de nuevos peligros, a los que para siempre
los ha substraído el inmenso amor que te
tengo.
—Pero presos, presos como yo.
—Porque únicamente así puedo salvarlos
en este mundo musulmán, en donde hasta
yo mismo, no obstante ser en él la autori­
dad suprema, necesito disfrazar mi clemen­
cia de dureza para no hacerme sospechoso
a mis súbditos de no ser tan salvaje como
ellos.
—¿Y no podré verlos otra vez, hablarlos,
abrazarlos?
— Por ahora, imposible... Mas libres sois
de comunicaros por escrito cuando queráis,
siempre que nadie sino yo se entere de ello.

LOS MODERNOS PROMETEOS

Tú me enviarás a tu nodriza con las cartas
escondidas, que no me entregará hasta estar
a solas conmigo; yo las haré llegar a tu
padre, y te traeré las que él te escriba. Es
cuanto puedo hacer.
—Gracias. ¿Y mi marido?
—Ya te lo he dicho: a estas horas en
América o cerca... Dueña eres de no creerlo.
El tiempo te convencerá de mi veracidad
en eso como va convenciéndote en todo .'o
demás.
Deliberadamente se marchó Gahel al aca­
bar de decir esto, sin dar tiempo a Emma
de responderle ni de preguntar si la prisión
de su padre y Raúl era resultado de haber
sido tomada la Residencia, cual ella supo­
nía, y qué suerte había corrido el resto de
sus defensores.
* •

*

Mientras tanto llegaban los Duvery a su
prisión, en donde poco después recibió Don
Héctor una carta, por Abd-el-Gahel redac­
tada a la salida de la entrevista con Emma.
Con toda la cortesanía de un verdadero
hombre de mundo disculpábase en ella el
califa de la deslealtad de la captura y de
la transitoria privación de libertad que por
lo pronto habían de sufrir Duvery y sus hi­
jos, invocando como causa justificativa del
proceder con ellos empleado ser el único
medio que el buen deseo del Señor Núñcz
había hallado para que quienes en el tren
de Tánger a Agadés le dispensaron atencio­
nes no olvidadas por Abd-el-Gahel, no que­
daran expuestos a la suerte reservada a los
otros moradores del centro ferroviario. Ma­
nifestaba luego la hipócrita misiva que cir­
cunstancias especiales hacían imposible en
unos días la personal comunicación entre
padre e hija, pero que a falta de ella po­
dían mantenerla escrita; y terminaba con
la afirmación de que la forma como Don
Héctor y Raúl serían tratados en su prisión
les daría la medida del respeto y la consi­
deración de que la Señorita Duvery disfru­
taba en la suya.
En cuanto Gahel hubo terminado y remi­
tido a su destino la carta, hizo entrar en el
despacho a KTtvinoff, que por él citado
aguardaba en el salón de espera; pero ape­
nas comenzada conversación con él, la sus­
pendió al entrar un criado participando
que la negra de la señora presa insistía en
ver al califa en persona. Introducida inme­
diatamente, aguardó la salida del ingeniero
tuso , y al verse a solas con Gahel sacó del
seno una carta, que le entregó diciendo:

75

“De la niña, para el Señor”; contestándole
aquél que dijera a su señora que inmediata­
mente sería aquélla enviada a su destino.
En cuanto salió Maka desgarró el Venga­
dor el sobre y leyó la carta, sonriéndose con
satisfacción al ver que su malicia no había
errado al suponer que una de las primeras
preguntas de Emma a su padre versaría so­
bre el embuste, por ella no creído, de la
huida de Pepe a la Argentina. Pedía des­
pués noticias de lo ocurrido en la Residen­
cia con posterioridad a su salida de ella,
las daba muy sumarias de las visitas de
Gahel, y para tranquilizar a su padre y su
hermano acababa diciendo que, aparte la
violencia del rapto y la de privación de li­
bertad, ninguna otra le había sido hecha.
Con la carta a la vista redactó Gahel otra,
de donde desapareció toda la patraña de la
fuga de los argentinos, dejando subsistente
la petición de noticias de Pepe, así como los
demás párrafos de la auténtica; suprimió
algunas frases que le eran desfavorables y
reforzó otras, adecuadas a producir contra­
rio efecto: las relativas a su respetuosa cor­
tesanía y a sus promesas de salvar la vi la
al padre y al hijo.
Al comenzar a urdir esta dolosa farsa en­
vió a buscar a un pillastre de su secretaría:
un albanés, ex empleado en la sucursal en
Scutari del Crédit Lyonnais, de donde pasó
a presidio por una cuantiosa falsificación
de letras y correspondencia: méritos que al
extinguir su condena fueron apreciados por
el agente de Africa Vengadora en los Balkanes como suficientes para contratarlo y
enviárselo a Abd-el-Gahel en calidad de
hombre útilísimo, según sus hechos acredi­
taron durante la conspiración e iban a acre­
ditar de nuevo al cumplir la orden, que ai
llegar al despacho le fué dada, de copiar con
letra igual a la de la carta de Emma la ter­
giversación recién fraguada de ella, y el en­
cargo de tener muy en cuenta que había de
leer la falsificación persona predispuesta a
la desconfianza y perfectamente familiari­
zada con la letra del original.
—Respondo de que el mismo, digo la mis­
ma, pues esto es de mano de mujer, que ha
escrito la carta no podría distinguirla de la
imitación.
—¿Y cuánto tiempo necesitas?
—Dos horas bastan: es letra sencillísima,
franca y muy común.
—Pues a ello. Aquí estaré hasta que me
traigas tu trabajo.

76

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

Antes de la hora prometida volvió el fal­
sificador con su obraf dejando satisfechísi­
mo a Gahel, que, metiendo la carta en el
sobre, la envió inmediatamente a su desti­
no. Diez minutos después la leían Don Héc­
tor y Raúl.
Ya éste tenía comenzada otra para su her­
mana, que después de leída la de ella com­
pletó con respuestas a las pocas preguntas
en aquélla hechas y no contestadas ya de
antemano en la de él, añadiendo Duvery
de su puño y letra: “Un abrazo y un millón
de besos de tu padre, que te adora y bendi­
ce,—Héctor."
Caía la tarde cuando a manos de Gahel
llegó esta segunda carta, que no lo enteró
de haber sido herido Pepe Lobera, pues para
no afligir innecesariamente a Emma nada
decía aquélla de ello, dándole noticia sola­
mente de los esfuerzos de su marido para
buscarla por la mina y en el aeroplano. Se­
guía el relato de la derrota de los sahar9fios, de la voladura que cegó la galería y
de cómo creyendo ir a pactar el rescate de
ella habían sido Don Héctor y Raúl apresa­
dos: callando la salida de los hijos de Maka,
los detalles del pasado combate y cuanto
pudiera constituir dato utilizable por Gahel
para nuevos ataques.
Bien lo vió él, apreciando en el modo do
escribir sus nuevos prisioneros que recela­
ban les leyeran las cartas. Pero aunque !e
hubiera complacido hallar en éstas algo de
interés militar, no le produjo gran contra­
riedad la desconfianza de Duvery, por no
ser fines bélicos los que él perseguía al au­
torizarle a comunicarse epistolarmente con
Emana.
La carta del padre pasó por los mismos
trámites que la de la bija, que recibió otra
casi igual a aquélla, con respuestas a cuan­
tas preguntas había hecho en la suya, pero
modificando la referente a su marido en for­
ma que la contestación por ella leída fuera
que “Había salido con sus paisanos por vía
aérea a buscar refuerzos a América”. Con­
testación a intento absurda, pues no de
América, sino de Francia, debían esperarse
los refuerzos, y la cual suponía el taimado

árabe que, habiendo él dicho a Emma que
su esposo habla huido, haría a ésta el efecto
de precaución de Don Héctor para no ases­
tarla sin preparación el duro golpe de en­
terarla de haber sido cobardemente aban­
donada.
¿Que andando el tiempo sabría ella ¿a
verdad al avistarse con su padre o su her­
mano?... ¡Bah! Cuando esto ocurriera ya
seria Emma viuda y suya.
Además de mixtificar en la respuesta lo
relativo a Pepe, reforzó Gahel el párrafo en
que Raúl manifestaba la alegría de su pa­
dre y suya al enterarse de no haber sido
Emma víctima de ningún atentado contra
su pudor ni padecido ninguna otra violen­
cia, y además del refuerzo agregó un inciso
diciendo que en la triste situación en que
los tres estaban, tenían a lo menos la suerte
de no haber caído en manos de un bestial
jefe subalterno tan salvaje como todos los
súbditos del Gran Califa, sino en las de
éste, a quien, por muy enemigo que fuera,
no podía negársele cultura ni los humanita­
rios sentimientos que con ellos demostraba.
En sucesivos días continuó la correspon­
dencia entre los prisioneros, desfigurada a
medida de los planes y miras de Abd-elGahel, quien insistiendo en sus cotidianas
visitas a la hurí observaba en la actitud de
ésta el efecto de los retoques en las cartas
de su padre, donde con suma habilidad se
hablaba siempre mal, cual de enemigo, del
califa, pero en forma de la que resaltaban
su poderío, grandeza y talento. En cuanto
a las adiciones introducidas en las de Em­
ma, dejaban entrever con igual solapada
malicia el respetuoso y paciente amor de
Gahel—que, entre paréntesis, iba ya can­
sándose de respeto y paciencia— , pero sin
insistir en el tema, como de pasada y de
modo que de los hechos, no de los comenta­
rios a ellos, resultara la impresión de la
lectura.
De la que a Emma, Don Héctor y Raúl
fueron produciendo estas cartas se hablará
cuando hayan recibido unas cuantas; pues
la ordenada narración de los sucesos obliga
ahora a no dejar otras cosas rezagadas.

LOS MODERNOS PROMETEOS

77

XXI
UNA ARTIMAÑA DE KITVINOFF Y LA CONTRAOFENSIVA
SUBTERRÁNEA
En el tiempo mediante entre el envío de
la falsificada carta de Emma a su padre y
la llegada de la contestación a manos de
Gahel, volvió éste a llamar al ruso, que en
el despacho de los ayudantes llevaba va­
rias horas de plantón, preguntándole al te­
nerlo delante:
—¿Cuántos días necesitas para acabar lo
que entre manos llevas?
—De diez a doce.
—¿Tantos?

cuyo débil techo volaría en seguida. Y como
los edificios no están sobre él, ni siquiera
cercanos, es imposible lo que deseas.
—¿Entonces por ese lado no cabe hacer
nada?

—Unicamente tu primitivo proyecto de
una sorpresa nocturna y subterránea. Si
ahora no entra ya en tus planes, para nada
nos sirven las seis acometidas.
—Aguarda, aguarda... ¿Te has enterado,
como te encargué, de si con frecuencia baja
gente a ese subterráneo?
—Tres días hace que al extremo de una
de esas seis galerías se relevan día y noche
vigilantes ehcargados de espiar constante­
mente desde una cámara fotográfica.
—¡IDesde!... Querrás decir con una cá­
mara.
—No: desde; porque los he metido en
ella.
—¿Que has metido a los vigilantes en la
cámara?
—Sí: la necesidad y las circunstancias
me han sugerido la treta, que en verdad no
merece nombre de invento, de convertir en
cámara obscura el extremo ciego de una de
las acometidas.
— IHombre! Es curioso. Explica cómo. Me
coges en un rato en que puedo perder unos
minutos.

—Es que son cuatro ramales y muchos
metros que perforar.
—Pues yo no tengo paciencia para espera
tan larga.
—Si quieres ir más ce prisa siempre te
queda el otro medio.
—¿El del gran sótano?
_iSí: los trabajos de las seis acometidas
que me ordenaste hacer hacia la pared de esa
gran excavación cubierta so han simulta­
neado con los de los ramales contra las
trincheras, por los que preguntabas; y pa*a
tener cuando quieras ese número de salidas
a la enorme cueva no hay sino derribar
treinta centímetros de espesor de tierras
que solamente separan de ella a las seis
cabezas de mina: cuestión, en diez minu­
tos, de abrir, como quien dice, las puertas,
que además me comprometo a que no ha­
—La cosa es sencillísima. He horádalo
gan ruido.
—Para mis planes actuales me conven­ la pared entre sótano y mina con tres ori­

drían más hornillos en las cabezas de las
acometidas, con cuanta carga fuera nece­
saria para volar entero el centro ferrovia­
rio, o siquiera sus edificios centrales.
—Imposible. Por grandes que las cargas
fueran, nada conseguiríamos; porque estan­
do todo el terreno socavado en torno de ella*
los gases de la explosión no encontrarían
masa suficiente de tierras contra la que
trabajar durante el tiempo necesario para
producir gran estrago; pues derribadas rapidísimamente las endebles paredes se esparcerían por la vasta cavidad del sótano,

ficios que, al desembocar en el primero, no
tienen sino veinticinco milímetros de diá­
metro, pero ensanchantes hacia la segunda
en forma de cono. El de en medio es per­
pendicular a la pared y mira al frente en
el subterráneo; los laterales, oblicuos a
aquélla, lo registran a derecha e izquierda.
En cada agujero he metido un objetivo fo­
tográfico, teniendo la precaución de retra­
sarlos unos cuantos centímetros de las aber­
turas de los orificios del lado de la cueva,*
con objeto de interceptar los reflejos ¿n
aquéllos de la luz que allí enciendan( que,

78

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

no obstante la pequeñez de dichas lentes, del covarrón, que Tinkert midió a pasos
serla posible delataran la existencia de és­ cuando trabajaba en la excavación de él,
cuarenta o cincuenta metros al interior del
tas a quienes allí entraran.
—Se me figura que voy comprendiendo. Y segundo parapeto.
—¿Y dices que en quince minutos pueden
con ellas tomas fotografías...
—¡Aun cuando bien podría, pues la mina venir abajo las delgadas paredes que has
está completamente a obscuras, no he pen­ dejado entre la cueva y los extremos ciegos
sado en hacerlo por innecesario, habiéndo­ de las acometidas?
—Ni aun tanto, Gran Señor.
me contentado con instalar frente a cada
—Bien. Hemos terminado. Continuarás la3
objetivo un bastidor con una hoja de papel
blanco donde mis vigilantes ven el sótano tareas de las otras minas, apresurándolas
y cuanto en él ocurre al modo que, antes cuanto puedas; pero sin descuidar la vi­
de poner la placa en su máquina, el fotó­ gilancia del sótano, de la que no hay ne­
grafo ve en el vidrio deslustrado de ésr¡. cesidad me des partes mientras no adviertas
la persona a quien va a retratar: solamente variación en lo observado. Pero si echaras
que sin necesitar, como él, cubrirse la ca­ de ver...
—Entendido: avisaría en seguida.
beza; pues más negras que el paño con que
—Pues ya puedes marcharte... ¡Ai, no!...
se la tapan los fotógrafos son las tinieblas
de la cámara formada por el extremo de la Oye> oye: una vez francas esas seis entra­
acometida en donde están metidos mis vi­ das, ¿será preciso para entrar en el subte­
gilantes.
rráneo ir de uno a la desfilada, o podrán
—Bien( hombre, bien. La solución es muy pasar por cada una dos hombres de frente?
—Pueden. ¿Mandas algo más?
natural, mas no por eso menos ingeniosa.
¿Y has averiguado algo de provecho con esa
—Solamente que a las dos y media de la
vigilancia?
próxima madrugada me aguardes en To—Eso, Gran Señor, serás (tú quien lo chiasco, en la boca de la galería de donde
aprecie. Ni durante día y noche alumbran parten las seis acometidas hacia el sótano.
el sótano sino unas cuantas lámparas de in
Quiero verlas por mí mismo. Y de paso
candescencia, suficientes no más a hacer curiosearé tu máquina fotográfica.
sentir lo escaso de la claridad reinante en
En aquel momento entró un criado con
él, ni allí entra nadie ni a otra hora que a la carta de los Duvery a Emma, y al coger­
las cuatro de la madrugada, sino dos invi- la Gahel encargó al ruso dijera al ayudan­
viduos que, alumbrándose con una linterni- te de guardia que si Tinkert no se habla
11a de mano, inspeccionan una en pos de otra ido todavía a Techiasco le avisara que el
unas barras verticales descendentes en gran califa quería hablar en seguida con él, y
^íúmero del techo al suelo cerca de dos pa­ que en caso contrario le ordenara por te­
redes opuestas del subterráneo. Supongo que légrafo volver inmediatamente a Sabankafi
se trata de una revisión, pues consultan un
Como el tuareg se había ya marchado, so­
aparato que sospecho sea de medición eléc ­ lamente después de terminados todos los
trica; mas no lo afirmo, porque la pequeñez manipuleos con la carta para Emma, pudo
del instrumento, el ocultármelo quienes lo acudir a la llamada, cuyo objeto era pedir­
usan, de espaldas siempre a mi cámara fo­ le noticias sobre el sótano de que había
nográfica, y el gran número de columnas de hablado Kitvinoff, para con ellas aquilatar
sostenimiento del techo, que forman un ver­ la situación y dimensiones de aquél en el pla­
dadero bosque, han impedido que aquélla no de la Residencia, desplegado siempre en
^o vea.
una mesa del despacho del califa, que así
La inspección dura de dos a tres cuartos vino en conocimiento de que el extenso sub­
de hora, y una vez pasadat nadie vuelve ya terráneo se correspondía con el área cua­
por la cueva hasta la madrugada siguiente. d ran g lar donde entre los parapetos inte­
, —¿Y tiene el subterráneo una o más sa­ rior y exterior habían montado los ame­
ricanos “un montón de trebejos raros que
lidas?
_ —Que yo sepa, dos en los extremos de la relumbraban mucho": los reflectores dei
pared del lado del recinto interior del cen­ campo insolatorio cuya finalidad, ignorada
tro ferroviario: esos hombres no entran ni de los dos conversantes, excitaba y no poco
sus curiosidades.
«salen nunca sino por ellas.
De los informes de Tinkert resultó que,
—¿Y abren a la parte interior del recin­
según había supuesto el jefe de los mina­
to antiguo o entre éste y el exterior?
—De estar bien tomadas las dimensiones dores, era más grande el sótano que el área

LOS MODERNOS PROMETEOS
citada, más allá de la cual se prolongaba
por debajo del segundo parapeto hacia el
Interior del antiguo recinto del centro fe­
rroviario.
—Trescientos o trescientos cincuenta matros a lo sumo—dijo para sí Abd-el-Gahel,
midiendo con un doble decímetro la distan­
cia entre la plaza del aran edificio central
de donde había sacado a Emma; y en aíra
voz despidió a su auxiliar, encargándole lo
aguardara a las dos y media de la noche en
Techiasco> a la entrada de la mina donde
había citado a Kitvinoff.
* # *

Por si el lector no lo tiene presente, con­
viene recordarle que la víspera del día de la
captura de los Duvery y de la conversación
ha poco relatada entre Abd-el-Gahel y el
ruso, fué cuando se celebró en la Residencia el consejo donde quedó acordado em­
plear geófonos para explorar desde el soca­
vón inferior al campo insolatorio las direc­
ciones en que tal vez minaban los sitia­
dores.
El disgusto de los amigos de Don Héctor
y su hijo por la traidora aprehensión de
éstos y los comentarios que sobre ella hi­
cieron, demoraron unas horas la ejecución
del acuerdo; pero aun siendo tristísimo lo
acaecido, no por ello podían ni debían los
sitiados olvidarse de la propia defensa; así
que al acordarse de ésta bajó Manolo L i­
bera con varios auxiliares al lugar citado,
donde a primera hora de la tarde instaló
los aparatos y efectuó las primeras obser­
vaciones.
Al efecto montó un juego de dos geófonos
en cada una de las cuatro paredes, con las
aberturas receptoras de ambos aplicadas al
muro, y separando los dos micrófonos de
cada juego a distancia entre sí de doscientos
metros, obteniendo así el resultado de que en
los auriculares de tres pares de geófonos
se oyeran o choques sordos separados por
breves intervalos de silencio, o un continuo
zumbido, que cualquier práctico en minería
no tenía sino oír para reconocer en unos
los golpes de los zapapicos de los minadores
enemigos, y en el otro el rumor del conti ­
nuo arañar de las barrenas automáticas al
abrirse camino a través del subsuelo.
Fué después puesto cada par de geófonos
en comunicación con los dos electroimanes
de su brújula telefónica, que al ser reco
rridos por la corriente eléctrica engendrada

79

por los ruidos llegados a aquéllos, atrajeron
la aguja en opuestos sentidos, y con ma­
yor intensidad el correspondiente al micró­
fono, adonde llegaban los ruidos con supe­
rior fuerza.
Observando en seguida la posición de la
aguja con respecto a los electroimanes y
corriendo por el muro hacia el otro micró­
fono, el que en su auditivo daba el ruido
más débil—o del cual distaba más la aguja—,
se llegaron a obtener en los diversos jue­
gos direcciones equidistantes de sus respe«,
tivos electroimanes antagónicos, las cuaiej
eran las de los lugares del terreno adonde
llegaban las cabezas de mina de los ramales
de Kitvinoff, que en el salón de edecanes
de Sabankafl aguardaba pacientemente a
aquella hora que el califa lo recibiera.
Para individualizar tales direcciones, to­
das comprendidas en el cuadrante norte —
oriente de la rosa de los vientes—se reali­
zaron operaciones bastante más largas y
complicadas de lo que se deduce de la an­
terior explicación, aun cuando para no con­
fundir los ruidos procedentes de las cabe­
zas de ramales diferentes, fué de igran auxi­
lio el que mientras en unos giraban las ba­
rrenas—en la forma que antes de ahora \e
oímos explicar al ruso—, en otros golpeaban
los picos derruyendo las paredes entre los
pequeños túneles por aquéllas horadadas.
Y aun así no bastó; pues para distinguir
los ruidos entre sí hubo de recurrirse a la
comparación indirecta de sus intensidades,
no al oído—método muy grosero—, sino
midiendo con amperímetros (1) las de las

(1) Lo que el litro para el agua es el colombio
para la electricidad, pues si en litros se mide la
cantidad de la primera contenida en una vasija, en
colombios se evalúa la de electricidad de la carga
de un cuerpo electrizado.
Pero el agua líquida es prácticamente incom­
prensible, y, por tanto, para saber cuánta hay en
un recipiente basta aquel dato, mientras que si se
trata de agua gaseosa, es decir, de vapor encerra­
do en una caldera, no basta cubicar la caldera en
litros para saber la cantidad de vapor contenido
en ella—pues como la fuerza expansiva de él es
causa de que, sea poco o mucho, la llene siempre
—y lo mismo diríamos del aire, el hidrógeno o cual­
quier otro cuerpo en estado gaseoso— , hay que agre­
gar a la cubicación de la capacidad geométrica el
dato complementarlo de la presión que el vapor
ejerce sobre las paredes entre las cuales está con­
tenido, o sea su tensión, o, dicho de otro modo;
la cuantía de la fuerza con que cada molécula del
vapor repele a cada una y es repelida por cada
una de las que la rodean; pues esta repulsión,
venciendo a la cohesión, es la característica del es­
tado gaseoso.
De aquí que un recipiente de un metro cúbico,

80

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

respectivas corrientes por aquéllos produ­
cidas en los teléfonos y dependientes de la
distancia a que sonaban. Además compará­
ronse estos resultados con las indicacio­
nes de las curvas marcadas por las plumas
de los sismógrafos que en tiras de papel
trazaban las representaciones gráficas de las
vibraciones en el terreno producidas por los
diversos ruidos que movían dichas plumas:
del mismo modo que los latidos del corazón
humano son registrados en el esñmógrato
usado en las clínicas.
Pero con tener interés todo esto, pues el
grado de intensidad de los sonidos de ba­
rrenas y picos y el estudio de los sism o­
gramas dió confianza a Manolo Lobera de
que las minas enemigas no estaban toda
vía tan cercanas que constituyeran inmi­
nente peligro, averiguaron algo más los geófonos que debía ser muy interesante, a
juzgar por la reserva con que de ello habló
a Bertier: tan en secreto y encerrado con
él a piedra y lodo en su despacho, que a Ig notus no le fué posible enterarse de nada,
sabiendo solamente que a la salida del si­
giloso conciliábulo ordenó Manolo al jefe
de la central térmica que todos los días, y
hasta nueva orden, abriera, a las tres de la

tarde, el circuito de las pilas enterradas, a
fin de que en vez de producir corriente du­
rante todo el tiempo que el Sol hería I03
reflectores del campo insolatorio, dejaran
de funcionar desde dicha hora. E l cum­
plimiento de aquella orden no requería sino
dar vuelta a una manivela de contactos in­
terruptora de la comunicación eléctrica en­
tre los polos del conjunto formado por la
totalidad de dichas pilas.
Después llamó Manuel al ingeniero jefa
de la central de una de las fabricaciones
auxiliares, y le participó que desde la In­
mediata noche turnarían los dos con el
subjefe de la misma central on un importan­
tísimo servicio de vigilancia cuya entidad
no consentía encomendarlo a obreros, ni
siquiera a capataces.
Bajando de nuevo al sótano, desmontó ’ os
geófonos diferenciales, dejando solamente
montado, no un par c’ e ellos, sino uno solo,
pero amplificador y sumamente sensible con
la bocina receptora de su micrófono adap­
tada a la pared más cercana a Techlasco
(la oriental) y los alambres colgados a lo
largo del ángulo de ella con el techo, ha3ta
llegar a los auditivos instalados al otro
lado de una de las puertas. Detrás de ésta

donde el vapor tenga presión de diez atmósferas,
contiene doble cantidad de vapor que cuando éste
se baila a cinco atmósferas, y diez veces más que
cuando la tensión sea de una sola.
Ahora bien, la electricidad es, cual los gases,
eminentemente compresible y ostensible, y por
tanto, para saber la que un cuerpo contiene es
preciso consignar la tensión, en este caso lla­
mada potencial— no medida en atmósferas, sino
en voltios— , con que empuja a la electricidad a sa­
lir fuera del cuerpo, venciendo la resistencia que
los aisladores circundantes— equiparables fl las
paredes de la caldera de vapor—oponen a su es­
cape. Así, un mismo número de colombios llena
cuerpos dobles, triples, que otro, pero quedando
en ellos a potencial mitad o un tercio.
El colombio se define de varias maneras, que
no vienen al caso, y de las cuales ya hemos ha­
blado en otras obras de esta biblioteca, no con­
viniéndonos ahora decir sino que es una can­
tidad enorme de electricidad, pues para cargar el
mundo entero de modo que su voltaje fuese el
de 110, frecuente en las empresas del alumbra­
do madrileño, bastaría gastar no más que ¡733!
milésimas de colombio.
Cuando la electricidad que carga un cuerpo
pasa a otro, lo hace o rápida y violentamente en
forma de chispa o descarga eléctrica, que en la
naturaleza se llama centella o rayo, o de un modo
más suave— que no quiere decir más lento— , ca­
nalizada en conductores que en general son alam­
bres, por los que fluye la corriente eléctrica, en !a
cual pasa durante el total tiempo que circula una
cantidad determinada de colombios: muchos si la
corriente es intensa, pocos si no lo es.
Cuando en un segundo pasa un colombio, se dice

que la corriente tiene intensidad de un amperio; si
el colombio tarda diez segundos en pasar, la co­
rriente es de un décimo de amperio, y si en un
segundo pasan diez colombios, el mismo número
de amperios miden la intensidad de la corriente.
Los amperios son, pues, colombios por segundo,
y los amperímetros aparatos que, empalmados en
un circuito, dan el número de amperios do las co­
rrientes que por él circulen: resultado obtenido
midiendo la cuantía de los efectos de diversas
clatges que produzcan.
En los amperímetros industriales dichos efectos
son repulsiones o atracciones electromagnéticas im­
pulsoras de una aguja o índice que en una esfera
graduada señala el número de amperios.
Los voltios son análogamente medidos en apa­
ratos, primos hermanos de los anteriores, que no
llaman voltímetros.
Quien tiene un voltímetro y un amperímetro que
en un mismo instante midan, por ejemplo, 205 y 4,
no necesita más para saber la potencia en vatios de
la corriente igual a &05 voltios multiplicados por
cuatro amperios, o sea 1.000 vatios.
Y si todavía quiere saber más, podrá decir que,
siendo un caballo de vapor equivalente a 736 vatios,
la corriente tiene potencia mecánica de 1,36 ca­
ballas de vapor.
Hay otros aparatos que en vez de medir vol­
tios o amperios, miden directamente vatios. Su
nombre técnico es vatímetros, y éstos son los vul­
gares contadores de electricidad; pues como lo
que importa al consumidor no son tensiones ni can­
tidades eléctricas, sino potencia o trabajo de la
corriente, esto, que se mide en vatios, es lo que
ha de tener en cuenta a la hora de pagar la*
facturas.

81

LOS MODERNOS PROMETEOS

era donde Manolo, el jefe y el subjefe m en ­
cionado habían de vigilar desde que ce­
rrara la noche hasta que abriera el día.
Dejando al citado jefe encargo de montar
otro teléfono desde la misma puerta a la
central que dirigía y a las habitaciones de
Manolo y de Bertier, y de practicar varias
incomprensibles manipulaciones que ocupa­
ron a sus obreros durante seis u ocho horas,
se fué el atareado Manolo a la zona nordeste
de los parapetos, y en lo interior de tres
salientes de ellos (1) hizo excavar con per­
foradoras mecánicas verticales otros tantos
pozos, hondos de cinco metros con dos de
ancho, montando en ellos los geófonos que
había desistido de continuar usando en la
gran cueva de la electrotermia, y cuya ob­
servación daría la medida de los avances

de los minadores africanos en sucesivos
días.
Pero habiéndole ya dicho las observacio­
nes realizadas en el sótano, aunque a re­
serva de más aproximada puntualización,
que todos los ramales avanzaban en direc­
ciones comprendidas entre el este y el norte,
y no pudiendo, por tanto, encaminarse sino
a los tres salientes indicados o a los dos
inmediatos, no aguardó a realizar otras ex­
ploraciones telefónicas para ordenar la aper­
tura de contraminas en número de nueve,
tres por saliente, e irradiantes en sentidos
divergentes para desenmascarar las minas
del sitiador.
Comenzaba una lucha semejante a las
que bajo tierra se hacen las hormigas de
hormigueros rivales.

XXII
LA MALA PASADA QUE UNA NOCHE LES JUGÓ EL SOL A LOS
SAHAREÑOS
Al llegar de madrugada a la boca de U
mina donde lo aguardaban Kitvinoff y Tinkert, supo el califa que la pareja vigilante
del turno de la tarde había visto a tres
hombres que, contra lo acostumbrado, baja­
ron dos veces al sótano: la primera a la una
y la segunda cerca de las seis. En una y
otra habían empalmado y desempalmado
alambres en diversos sitios de todas las
paredes.
En la primera visita, prolongada hasta
después de las cuatro, parecían a ta ca d ísi­
mos con manipulaciones complicadas. En h»
segunda, que no duró ni media hora, arro­
llaron de prisa los alambres tendidos a pri­
mera hora y se los llevaren.
En las pantallas de la stñ generis cámara
obscura subterránea improvisada por Kit­
vinoff vió el califa a los obreros de la elec­
trotermia, que a las cuatro de la madruga-

(1) E s sabido que las m inas y las zap as de quien
s itia una fortaleza se dirigen siem pre contra los
puntos m ás salien tes de sus obras por razones co­
nocidas de todos los m ilitares, las cuales no hay
porqué exp licar aquí, pues los lectores que las
desconozcan no tendrán nunca que exp u gn ar plaza
algun a.
LOS MODERNOS PROMETEOS

da hicieron la cotidiana revisión de que el
ruso le había hablado; pero más que el fun­
cionamiento del artefacto óptico le preocu­
paba entonces la alteración del ordinario
régimen de bajadas al sótano, la cual no
permitía ya contar con la certeza de no
hallar nadie en él sino de cuatro a cinco
de la madrugada; pues siendo tal certesa
indispensable base del plan que pensaba
poner por obra a la noche siguiente, la
falta de ella le obligaba a suspender la eje­
cución de éste mientras no averiguara si
las entradas y salidas a imprevistas horas
eran excepción de un día o estable cambio
de régimen.
Consistía su proyecto demorado en derri­
bar a las dos de la madrugada el escaso
espesor de tierras entre acometidas y sóta­
no; hacer entrar en éste, sigilosa y simul­
táneamente, doscientos de sus africanos por
cada uno de los seis boquetes, que pudiendo
dar paso a dos de frente—y para asegurar­
se de ello había ido en persona a la mina—
permitirían en dos o tres minutos reunir
en la vasta cavidad subterránea mil dos­
cientos hombres, que a lo sumo en otros
ocho o diez podrían salir a la superficie del
terreno en lo interior del recinto fortificado..

6

82

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

utilizando las dos puertas de que Kitvinoff
había hablado.
Otras fuerzas previamente escalonadas
•en las minas detrás de las primeras segui ­
rían en pos de éstas para adueñarse de
la fortaleza sorprendiendo dormidos a sus
defensores.
Pero aun cuando al caudillo se le frus­
trara este que podía llamarse su plan gran­
de, era por lo menos indudable que cer­
cando con ochocientos sahareños de la van­
guardia el edificio principal para impedir
que los jefes de la defensa que allí dormían
recibieran auxilio d^l exterior, fácil sería
para los restantes cuatrocientos derribar
Tapidamente las puertas y pasarlos a cu­
chillo. Y aunque cualquier inverosímil con­
tingencia impidiera después la entrada del
grueso y obligara a retirarse por la mina
a la vanguardia, o aun cuando en masa pe­
reciera ésta, siempre sería después de ha­
ber consumado la matanza que dejara a
Emma viuda— objeto cardinal del ataque—
y de desmoralizar la guarnición privándola
de jefes, sin los cuales poco podría diferir­
se su rendición o total vencimiento.
1 Pero el éxito de este proyecto, aun redu­
cido a las últimas y más modestas preten­
siones, requería indispensablemente que na­
die de la Residencia se diera cuenta de la
Concentración en el sótano; pues de lo con­
trario, unos cuantos gendarmes apercibidos
contra el ataque, o dos ametralladoras enfi­
ladas a la salida de los pasadizos, por donde
a dos o tres de frente, tendrían que desembo­
car los asaltantes, podrían fusilarlos a boca
de jarro, impidiéndoles salir. Y para esco
bastaba que a cualquiera de los de adent-o
le diera idea de bajar al subterráneo al co­
menzar los preparativos de la sorpresa, qué
por tal causa aplazó Abd-el-Gahel hasta
que el transcurso de unos días le devolvie­
ra la confianza de poder asestar el golpe de
improviso o lo convenciera de la imposibi­
lidad de darlo.
En esta espera llevaba tres días, sin que
a nadie vieran los vigilantes en el soterra
do ámbito fuera de la hora de la normal
inspección de madrugada, y ya iba pensan­
do que, de pasar uno o dos más del mismo
modo podría arriesgarse a ejecutar su di­
ferido plan, cuando un suceso no previsto
lo impulsó a no aguardar ya más, dando
satisfacción a su impaciencia, degenerada
en obsesión, de desembarazarse pronto del
marido de Emma.
La impaciencia se la había exacerbado,
aporque siendo sabido que cuando una mu­

jer ama con toda su alma a un hombre
nada ni nadie tiene fuerza para hacerla
perder la confianza en él, Abd-el-Gahel
había visto en aquellos tres días que éste
era el caso de Emma, quien, a despecho u<la noticia de la marcha de su marido a
La Plata, recibida en la falsificada carta
de su padre, continuaba teniendo plena fe
én que su Pepe llegaría a salvarla cuando
menos se pensara: es decir, cuando menos
pensaran otros, pues ella no pensaba sino en
esto a todas horas. Estado de ánimo que no
escapaba a las miradas de su cotidiano v i­
sitante, que no había interrumpido las visi­
tas: donde la visitada no disimulaba serie
cada vez más penosas, y Gahel iba perdien­
do la ecuanimidad demostrada en las pri­
meras; pues los obstáculos embravecían su
pasión con ansiosa impaciencia de arrollar­
los fuera como fuere.
El suceso imprevisto, o con más justo
nombre contratiempo, fué que al comenzar
el segundo día de trabajo en las contraminas
radiales, el teléfono que en cabeza de una
do ellas prestaba a los minadores de la de •
fensa el mismo servicio que a un ciego el
palo con que tantea camino que no ve, hizo
oír tan cercanos los ruidos de uno de los
ramales enemigosj que no dejaba duda en
la dirección ni en la corta distancia, ro
mayor de diez a veinte metros, a que de él
había llegado la contramina; y al observar­
lo el ingeniero que la dirigía dispuso pro­
seguirla en descenso para bucear más abajo
en la tierra, ganando profundidad que lo
llevara no exacta, pero sí aproximadamen­
te, a unos cuantos metros por debajo de la
mina de los rebeldes.
A las treinta horas de variada la pen­
diente súpose haber conseguido aquel pro­
pósito porque el auricular del geófono s o ­
naba con más fuerte ruido al ser aproxi­
mado su micrófono al techo que al aplicar­
lo contra las paredes verticales. Suspen­
diéronse inmediatamente los trabajos He
avance, comenzaron los de excavación en el
extremo de la galería de un hornillo, carga
de éste con un explosivo poderoso y subsi­
guiente atraque; y una vez acabados y re­
tirados a la plaza todos los minadores, des •
de ésta se dió fuego eléctricamente al ex­
plosivo, que hizo volar la mina y los mina­
dores de los atacantes, un ancho trozo de
terreno con una cabeza de zapa y a quienes
en ella y a su inmediación estaban: en sa­
ma, y además de las obras destruidas, cua­
renta y tantas bajas, y no pequeño des­
encanto de los mahometanos al ver que de

LOS MODERNOS PROMETEOS

aquello no había Al-láh informado de an­
temano al Gran Califa.
Cuando a las cuatro de la tarde fué éste
informado de la voladura, sintió la rabia
loca que le impulsó a dar precipitadamente
sus disposiciones para desquitarse de aque­
llo a la noche siguiente.
Tinkert, encargado del mando de los mil
doscientos hombres de vanguardia de la n oc­
turna expedición, recibió, además de ins­
trucciones de Gahel sobre cómo había de
vengar el revés de la tarde, recomendacio­
nes especiales relativas al señor Lobera. Con
sujeción a las primeras, ajustadas al cono­
cido y aplazado plan, que al fin iba a ser
puesto en ejecución, ya a la una de la noche
■tenía doscientos hombres en la cabeza de
cada una de las seis acometidas al só­
tano. Detrás seguían a estos primeros gru­
pos otros tantos de cuatrocientos, corres­
pondientes al segundo cuerpo, con jefes ele­
gidos entre quienes por haber sido cabos de
cuadrillas de los antiguos trabajadores dagatums del paralizado ferrocarril conocían
la Residencia, y a los que se dió orden d J
dirigirse desde luego con sus grupos a di­
versos lugares, bien puntualizados, del in­
terior de ella: principalmente a los barra­
cones donde se alojaba la guarnición, que
sería sorprendida en profundo sueño.
Orden general: no dejar vivo a nadie, lo
que no era difícil teniendo en cuenta la su­
perioridad numérica de los acometientes y
la sorpresa de los acometidos.
Orden particular a Tinkert: formar tres
grupos de a veinte hombres bien escogidos
que conocieran perfectamente a Pepe L o ­
bera, con exclusivo encargo de buscarlo y
matarlo, previniéndoles que si escapaba se­
rían ellos degollados.
Por último, a Ben-Cassím, que en Tintaborak continuaba al frente de las gavillas
del norte y del oeste, le fué ordenado por
telégrafo que a todas las hiciera avanzar a
las dos de la madrugada hasta donde lle­
gaban las cabezas de zapa de los aproches,
para que cuando, por teléfono de campaña,
cuyo alambre colgaba a lo largo de una de
las acometidas y de la galería maestra 1e
donde todas partían, avisara Tinkert a
Gahel estar ya a punto de salir del sótano
con la vanguardia estuvieran dispuestas a
cumplir la orden que éste telegrafiaría a
Cassím de lanzarlas contra los parapetos,
desguarnecidos, porque sus compañeros de
adentro no dejarían tiempo a los sitiados
de acudir a ellos.
Así, todas ilas hordas sitiadoras partici­

83

parían en el pillaje y el botín; pues excluir
a alguna de la fiesta produciría en ella des­
contento.
En los cinco minutos anteriores y en loa
posteriores a la hora prefijada cayeron su­
cesivamente las tierras de las paredes ter­
minales de las seis galerías abriendo paso
franco a las gentes de Tinkert, que al des­
embocar de ellas fueron sorprendidas por
el gran frío reinante en la enorme área
subterránea: tan intenso que a los pocos
segundos hacía a todos dar diente con dien­
te, y que en los sucesivos fué creciendo y
creciendo tan inverosímil y rápidamente,
tan por cima de todo frío sentido por hom­
bre alguno en las más glaciales regiones del
globo, como aterradoramente.
Consiguiendo Tinkert sobreponerse por
un instante a la impresión de tan cruei
temperatura, amenazante de congelarle >n
las venas la sangre y de inmovilizar en ab­
soluto todos sus músculos si seguía en au­
mento la rigidez que los iba sujetando con
espantoso y creciente envaramiento, mandó
a sus hombres, ya reunidos en el sótano,
echar a andar hacia las puertas de salida;
pensando acaso al dar la orden más que en
cumplir las de Gahel, en escapar a aquel
horrendo frío. Pero paralizados todos por
embotamiento de sus cuerpos y espíritus
ocasionado por los cuarenta grados bajo
cero que estaban padeciendo, no hubo uno
entre todos^ ni aun el mismo Tinkert, que
pudiera dar un solo paso.
Bajando la temperatura otros veinte gra­
dos derribó en tierra, un minuto después, a
toda la vanguardia; continuando el descenso
llegó el álgido ambiente de la cueva a se­
tenta, ochenta y hasta ochenta y cinco gra­
dos bajo cero: horrendas temperaturas que
no dejaron vivo ni uno de los africanos, que
a los pocos minutos de su entrada en el gla­
cial antro ya no eran sino mil doscientos
terrones de hielo. Y aún continuó el tre­
mendo estrago, pues el sutil y terrible
enemigo que cerraba el paso a los sahareños penetró y avanzó por las seis acometi­
das haciendo que las primaras filas de las
reservas en ellas concentradas corrieran
igual suerte que la vanguardia: no pere­
ciendo íntegras porque perdiendo el frío
intensidad según iba adentrándose en l o 3
callejones subterráneos, dió tiempo a quie­
nes estaban más a retaguardia de volver
las espaldas y huir a la carrera hacia Te •
chiasco; mas perseguidos por aquél, aunque
no tan de prisa que lograra dar el golpe de
gracia a los fugitivos, mientras cada tropel

84

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

pudo disponer para su huida del ramal de
mina en donde se encontraba.
Pero perforados todos estos ramales a
partir de la galería maestra, única de co­
municación con Techiasco, y afluyendo a
ella todos en un punto situado entre la al­
dea y el lugar donde fué cegada la mina
por las voladuras de Kitvinoff, claro es que
cuando en vez de seis pasadizos no tuvie­
ron los fugitivos por delante sino uno,
la velocidad de la fuga bajó no a un sexto,
sino a muchos menos; pues aglomerándose
los desventurados en el angosto túnel se
apretujaban, golpeándose para abrirse paso,
se atropellaban derribándose, pisoteándose,
haciendo más y más difícil la evacuación.
Y como el helado hálito que los perseguía
no tropezaba con los obstáculos que ellos
encontraban, los alcanzó, causando muchas
víctimas en los más rezagados.

unos cuantos de los escapados, de quienes
no pudo obtener más explicaciones sino que
“Al-láh los había envuelto en un terrible
frío que, matando como el rayo, había de­
jado centenares y centenares de hombres
muertos allá abajo”.
Cuando la salida de los últimos salvados
dejó expedito el acceso a la mina, quiso
Gahel a todo trance darse cuenta de qué
había pasado; y acompañado de unos cuan­
tos edecanes, de Kitvinoff y varios mina­
dores, se entró por ella para reconocerla;
pero antes de haber recorrido un kilómetro,
sin llegar aun donde yacían los más cer­
canos cadáveres, tuvo que desistir de su
propósito y retroceder con sus acompañan­
tes; pues el frío les salía al encuentro, no
tan intenso como el causante de la reciente
catástrofe, pero creciendo, según iban acer­
cándose a la Residencia, de modo tal que
no dejaba duda de que siguiendo tal cami­
no llegarían derechos a inevitable muerte.

« « *

Cuando al califa le iba ya pareciendo que
tardaba el aviso, que en Techiasco aguar­
daba, de que la vanguardia salía del sótano
a comenzar el degüello, aparecieron en la
boca de la mina los primeros escapados de
la hecatombe, donde, según recuento más
tarde realizado, perecieron dos mil cien
africanos, y entre ellos Tinkert: pérdida la
de éste, para Gahel, mayor que la de todo3
los demás.
Los fugitivos, que salían aterrados, se
desparramaron a la carrera por la aldea,
poniéndola en conmoción con los gritos
"¡A l-láh nos abandona! ¡Milagro, milagro!
¡Al-láh defiende a los perros!”
Alarmado del pánico de aquellas turbas,
que no podían creer fuera lo ocurrido obra
de hombres, sino golpe de la ira divina, y
queriendo saber cuál era el peligro que las
empavorecía, hizo el Vengador detener a

1 — Pero, ¿cómo, cómo es esto posible?—
decía el califa al salir de la mina—. ¿Qué
tremebunda mezcla frigorífica han usado esos
perros?
— Gran Señor— respondió Kitvinoff—. No
conozco ninguna capaz de rebajar a tal ex­
tremo la temperatura de la enorme masa
de aire contenida en el vastísimo sótano y
en las galerías invadidas por tan inconce­
bible frío. No puedo explicarme cómo ha­
yan podido producirlo, y no me extraña qu?
esas pobres gentes lo crean un azote del
cielo.
Ni a Kitvinoff ni al Gran Califa podía
ocurrírseles la idea paradójica de que aquel
frío fuera una transformación de calor so­
lar; que, en definitiva y en último extremo,
rayos de sol metamorfoseados en helados
alientos fueran las armas que por congela­
ción habían matado dos millares de hom­
bres.

LOS MODERNOS PROMETEOS

85

XXIII
COMO UN RONQUIDO PUEDE CAMBIAR LA SUERTE
DE LAS ARMAS

El novísimo e incontrastable medio do
defensa ante el cual fracasó la sorpresa
subterránea surgió de una idea que cuando
Manolo Lobera bajó al sótano de la electro­
termia le apuntó al oído uno de sus geófonos diferenciales en la primera indagación
allí intentada de si los sitiadores minaban
y en qué direcciones.
Se recordará que fueron establecidos cua­
tro juegos de aquéllos y que tres vibraron
con los ruidos de las minas.
1 Esto ya lo dijimos, y si respecto al otro
nada se indicó entonces fué por ignorar qaé
había oído y aun si oyó algo. Pero ahora,
ya desatadas por el éxito de la defensa las
lenguas de Manolo y Bertier, que, al al­
canzarlo, descubrieron a todos sus amigos
cuál fué la causa y cuáles las resolucio­
nes del misterioso conciliábulo por ambos
celebrado entre la primera y la segunda
bajada del primero a la cueva, podemos ya
decir el objeto perseguido con los trabajos
realizados en la central auxiliar y con ’ a
vigilancia, cuya finalidad ignorábamos,
montada por Manolo en la puerta.
Con aquel cuarto juego de teléfonos fué
oído un rumor de intensidad creciente o
decreciente a intervalos desiguales: tan
pronto semejante a leve acompasado reso­
llar como a lejano y apagado mugir de un
animal. El no caer al pronto en cuál fuera
su causa excitó la curiosidad del hermano
de Pepe, que tras varios cambios de los lu­
gares de aplicación de los dos micrófonos
del par por donde oía aquel rumor, que no
era de vibración de tierras por no ser acu­
sado en los sismógrafos, e inconfundible
con los de picos ni barrenas, logró escu­
charlo con suficiente claridad a convencerle
de que eran ronquidos lo que oía.
Y no se equivocaba> porque uno de los
tuaregs de la pareja de servicio a la sazón
en la cámara obscura de la mina, que con
su compañero se repartía las seis horas del
turno por mitades en que uno vigilaba las

pantallas y el otro descansaba, habíase dor­
mido y roncaba a sus anchas.
Sucesivos tanteos del mayor de los L o­
bera, para ir oyendo cada vez mejor, fueron
haciendo que los micrófonos perceptores
aplicados al muro de tierra natural situado
del lado de Techiasco, tras el que estaban
los ramales de Kiívinoff, se aproximaran
paulatinamente más y más al lugar donde
estaba el roncante, cuyos trémoles adqui­
rieron a ratos potencia que al cabo permi­
tió a Manolo seguirles la pista con un te­
léfono sencillo de manejo más rápido que
el juego antes usado; pues le bastó ir co­
rriéndolo por Ta pared para hallar el lugar
donde reproducía más claros los ronquidos,
que allí consiguió oír con la oreja desnuda
aproximada a la pared.
Así fué descubierto que allí llegaba una
mina solamente separada del sótano por
grosor muy escaso de tierras.
Ha de advertirse que en cuanto tal idea
le pasó por el magín hizo Manolo. con viva
perspicacia y ágil juicio, el mismo razona­
miento que ya oímos emplear a Kitvinoff
al explicar a Abd-el-Gahel porqué no po­
drían utilizarse las acometidas para volar
los edificios de la Residencia, infiriendo de
él, con igual rapidez, que si la galería que
estaba cierto tenía a pccos pasos de sí— él
no podía saber que eran seis—era inútil
para hacer reventar una mina, obligaba la
lógica a pensar que habría sido horadada
con la finalidad de abrir a las fuerzas ene­
migas oculto camino para asaltar la forta­
leza a somormujo y de improviso.
No queriendo, mientras no hablara con
Bertier, suscitar alarmas en los defensores,
buscó pretexto para enviar fuera del sub­
terráneo a los dos obreros que lo auxilia­
ban, mientras llegaba a solas al fin de su
pesquisa, que, poniéndolo delante de la par­
te de muro tras de la cual estaba la cáma­
ra obscura, le hizo ver los pequeños aguje­
ros donde se alojaban las tres lentes obje-

86

B IBLIO TEC A NOVELESCO-CIENTIFICA

tiros, y hasta las mismas lentes, intercep­
tando con su cuerpo al acercarse a ellas la
poca luz que les llegaba, y proyectando con
su sombra una mancha que de negro cu­
brió sucesiva y totalmente las respectivas
pantallas, haciendo pensar al vigilante d es­
pierto: “A hora pasan esos por delante.”
Cuando Bertier oyó a Lobera opinión con­
cordante con la suya de estar amenazados
de sorpresa, que para serlo había de ser
nocturna, convinieron ambos en que prefe­
rible a cerrar el paso al enemigo cegando
la mina era darle un duro golpe cuando,
al creer sorprenderlos, cayera en la embos­
cada que Manolo propuso preparar.
Con tal objeto, y para hacerle confiarse
en la posibilidad de la sorpresa, se dejaría
de nuevo solitario el sótano, desistiendo de
continuar utilizándolo como centro de ex­
ploración fonosubterránea; se quitaría de
allí la telefonía diferencial, dejando única­
mente el aparato ordinario que en su se­
gunda bajada montó el argentino en el ta­
bique de separación entre la cueva y la cá­
mara obscura, y se llevaría el auditivo de
iél a la puerta donde, con la colaboración
del jefe y el subjefe do la central del aire
'líquido, estableció la nocturna vigilancia
anteriormente mencionada.
Si algún día llegaba la Heliodinámica al
régimen normal para el que estaba proyec­
tada tomaría toda la fuerza necesaria para
la licuefacción del aire de la energía eléc­
trica capturada en la atmósfera por las
placas y esferas erizadas de puntas y sos­
tenidas por los aeróstatos, que sólo parcial­
mente se empleaban en esto, por estar no
pocos destinados a sostener la aérea antena
ondulante (1 ), y entre tanto se suplía la

(1) “ MI sistema es conjunta y trabada apliea"ción de los ensayos y patentes de Tesla, en su
"tiempo llamado E l Mago de la Electricidad, y de
"Hermán Plauson, para utilizar la electricidad de
"la atmósfera, de gran valor científico, pero que
"solamente mis perfeccionamientos han logrado
"hacer pasar de fructuosos experimentos inves"tigatorios a empresa económico-industrial con
"eficacia plena, según demuestro con los resulta­
d o s obtenidos, pues en tanto no llegue la época
"de caducidad de mis patentes no he de exponer” me a posibles y poco escrupulosas competencias
"publicando los detalles de mis métodos” = HISTOR IA DEL PROYECTO, IN S T A L A C IO N Y FU N­
CIONAM IENTO DE “ L A H E LIO D IN A M IC A DEL
S A H A R A ” , por José Lobera.— Buenos Aires.— Im­
prenta Iberia.— Afio 2001.
Es de suponer que a falta de esos detalles que
en análogos casos callan todos los Inventores, in.
terese al lector no versado en estas cosas recibir,
por lo menos, somera noticia de los sistemas men­
cionados en el anterior párrafo, por referirse a

falta de esta energía volandera y desapro­
vechada con la corriente de las pilas lum í­
nicas, que era la que se enviaba a los mo­
tores de los aparatos de licuefacción. A sí
se producía todo el aire líquido requerido
interesante asunto hoy de actualidad, del que en
los días en que se escribe esta nota dice un ilus­
tre autor de gran autoridad:
“ El empefio es seductor y sugestionante, pues
"los estudios y experimentos a que ha dado lugar
"llegan a punto en que realmente parece estar casi
” a la vista la próxima y satisfactoria utilización
"de la electricidad atmosférica.”
Es sabido que la Tierra es un inmenso recep­
táculo de electricidad n egativa; lo es también que
el Sol la bombardea constantemente con electrones,
cada uno de los cuales es la más pequeña can­
tidad de electricidad de tal nombre que en la natu­
raleza han encontrado y medido los sabios, y que
en esas andanadas solares son como perdigones de
e lla s ; pero que, no obstante la pequefiez infinite­
simal de cada uno, representan en junto inmensa
cantidad de electricidad negativa, porque los per­
digones que a nuestra atmósfera llegan incesan­
temente suman Incalculable número de millones
de millones de millones.
Omitiendo, por excesivamente complicado, lo
relativo a la acción (efecto ionizante) de esos
electrones sobre las moléculas del aire, y prescin­
diendo de las auroras boreales atribuidas a ellos
(y ya examinadas en otra novela de esta biblio­
teca), sólo diremos ahora que la antipatía que
las electricidades positiva y negativa sienten por
las de sus mismos nombres, y su vehemente sim­
patía por la de nombre opuesto, son causa de que
en el aire produzcan los electrones solares des­
equilibrios eléctricos diferentes en diversas regio­
nes de la atmósfera, separando en las moléculas
de ella los corpúsculos positivos de los electrones
negativos que integran dichas moléculas de aire.
De otra parte, el vapor de agua flotante en las
alturas tiene tendencia a condensarse con prefe­
rencia y más rápidamente sobre las levísimas par­
tículas de polvo— cuando en el aire no hay polvo,
siquiera sea levísimo, no puede haber lluvia— car­
gadas negativamente, que sobre las electrizadas
positivamente o sobre aquellas en que las dos elec­
tricidades se neutralizan ; y así, cuando en forma
de lluvia caen estos vapores condensados, con ella
recibe la Tierra grandes cantidades de electrones
solares.
Esta es una de las causas de que el Globo esté
cargado de electricidad negativa. Y como al mismo
tiempo pierde el aire los electrones negativos que
la Tierra recibe o las nubes capturan, queda elec­
trizado positivamnte a diferentes tensiones o pre­
siones (potencial, en términos científicos; voltaje,
en lenguaje técnico industrial), según alturas y
regiones.
Cuando tal presión eléctrica, que es en defini­
tiva fuerza tendente a unir las electricidades de
opuestos nombres de la Tierra y la atmósfera, o
las contenidas en nubes con diferencias de carga
eléctrica, no es suficiente a vencer la acción ais­
lante de las capas de aire interpuestas en grandes
distancias, tierra y atmósfera, suelo y nubes con­
servan sus estados propios, y la electricidad no
se mueve violentamente entre ella s ; pero en caso
contrario salta el rayo de lo alto al suelo o las
centellas de nube a nube.
Mas tiempo es ya, y no lo era antes de decir lo-

LOS MODERNOS PROMETEOS

87

por el funcionamiento de las pilas termo­
eléctricas.
De grandes depósitos soterrados y prote­
gidos con verdaderas y potentísimas cor*
zas térmicas de materiales malos conduc­
tores del calor, pasaba el aire líquido a di­
versas cañerías igualmente blindadas contra
la temperatura de la tierra bajo la cual co­
rrían llevándolo a zanjas enterradas en el
piso del sótano, donde el lector no habrá
olvidado estaban las soldaduras frías de las
pilas térmicas, cuyos elementos calientes se
hallaban arriba bajo el vidrio del campo
insolatorio.
La suspensión, que Manolo ordenó, del
funcionamiento de estas pilas desde las tres
de la tarde, tenía por objeto economizar
aire líquido para aumentar las reservas de
él que durante la noche quedaba en los de­
pósitos.
Los trabajos extraordinarios por el jePe
realizados en su central la tarde que los
geófonos oyeron roncar al tuareg, consis­
tieron en poner la cañería maestra de los
depósitos a las atarjeas de las cajas frías
enterradas en el sótano, en comunicación
directa con éste, mediante juego de des lla­
ves de paso que cerraba el de las atarjeas
y libremente vertía el chorro de aire líqui­
do en el subterráneo.
Con esto queda ya explicado cómo fué

preparada y sobrevino la tremenda heca­
tombe cuyo anverso queda narrado en el
capítulo anterior.
Veamos el reverso del desenvolvimiento
de ella.
Según K itvinoff había dicho a A b d -e lGahel, apenas produjeron ruido los peque­
ños berbiquíes empleados en perforar por
sus contornos los tabiques entre las acome­
tidas y la cueva, los cuales se vendrían así
por sí solos abajo al quedar en vago; pero
al responder de que no serían oídos no pudo
sospechar que a poces centímetros de uno
de ellos y sobre la misma pared que car­
comía lo escuchara no oído humano, sino el
receptor extrasensible de un teléfono ampli­
ficador por el estilo de los usados por los
entomólogos para descubrir ruidos imper­
ceptibles al más finísimo oído, como rumor
de pasos, batir de alas de menudos insec­
tos y otros leves murmullos de sus cu­
riosas vidas, andanzas y faenas. Así, cuan­
do los berbiquíes comenzaron a chirriar
contra la tierra que roían fueron oídos por
el subjefe de la central frigorífica, de cuar­
to entonces en la puerta del sótano, quien,
por si acaso aquéllos fueran los prelimina­
res del aguardado ataque, ordenó telefóni­
camente al capataz de guardia de dicha cen­
tral abrir a medias las llaves de paso de los
depósitos de aire líquido, que a poco co-

anterior, de volver a Tesla y Plauson. quienes sa­
biendo que cuando un cuerpo metálico se halla
rodeado de electricidad de una u otra clase se
carga inmediatamente, acumulándose en su superfi­
cie la que toma, utilizaron dicha propiedad para
canalizar la de lo alto, trayéndola a la Tierra an­
tes de que llegara a engendrar rayos.
Tesla propuso lograr esto elevando por cual­
quier medio placas metálicas a grandes alturas.
Plauson, usando grandes torres, análogas a las de
Eiffel, pero aisladas de tierra, para sostener redas
metálicas; otros propusieron elevar y sostener es­
tas redes-antenas con globos-cometas, y el mismo
Plauson realizó experimentos en Finlandia con
pequeños aeróstatos esféricos tachonados de gran­
dísimo número de lentejuelas metálicas.
Placas o globos cargándose con la electricidad
positiva de la atmósfera forman una de las ar­
maduras de un condensador (nombre genérico de
la vetusta botella de Leyden), cuya armadura
opuesta, comunicante directamente con tierra, está
electrizada negativamente como ésta.
Así transportaban unos y otros la gran diferencia
de voltaje tierra-atmósfera a la inmediación de
ens aparatos transformadores y de trabajo, que
en el dispositivo de Tesla era un electroimán
análogo a los empleados en los relevadores de
telegrafía, y en los experimentos de Planson una
máquina estática semejante en la esencia a las
antiquísimas eléctricas de los laboratorios, en las
que el giro de discos movidos por la acción de un
manubrio engendraba electricidad ; únicamente que
a la inversa, pues en la de Plauson son las atrac­

ciones entre las electricidades tomadas del suelo
y de la atmósfera las que hacen girar el disco
y el manubrio: es decir, el eje de la máquina que
devuelve convertida en fuerza la electricidad ac­
tuante en ella.
No tenemos datos numéricos que puedan dar
idea de la importancia de los resultados prácticos«
obtenidos por T esla; pero en un libro publicado
en Alemania por Plauson, donde se resumen los
intentos realizados en aquel país para utilizar la
electricidad del aire, se consignan los que él al­
canzó en sus experimentos ya citados en Finlandia.
Helos aquí:
Un solo globo elevado a trescientos metros dló
corriente constante de 1,8 amperios con tensión
|media de 400 voltios— las compañías de alum­
brado de Madrid trabajan casi todas a 110— :
resultado que traducido a fuerza mecánica viene
a ser de un caballo; pero ha de advertirse que
esto era después de reducida por la máquina la
diferencia de tensiones (potenciales) entre tierra
y aire; pues la tensión era en el globo de 42.000
voltios.
Con dos aeróstatos, a distancia uno de otro de
cien metros, subieron los amperios de la corriente,
o sea la cantidad de electricidad »transportada por
ella, a tres amperios, e introduciendo modifica­
ciones en el circuito eléctrico ascendió dieba co­
rriente a casi siete amperios con tensión de qui­
nientos voltios. Con lo cual la potencia alcanzó
a 7 X 500 = 3.500 vatios, equivalentes a más de
cuatro y medio caballos de vapor.

88

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

menzó a verterse, o, mejor dicho, no a ver­
terse, sino a hervir súbitamente en las
abiertas bocas de los tubos desembocantes
en el subterráneo, vaporizándose a expen­
sas del calor robado al aire que lo llenaba,
cuya temperatura fué bajando, bajandof ba­
jando.
Atendida esta primordial urgencia, dió el
ingeniero aviso en igual forma a Manolo
Lobera y a Bertier, en cuyas alcobas repi­
caron sendos timbres.
Saltaron uno y otro de sus camas; corrió
el argentino adonde lo llamaban y el capi­
tán a la guardia de prevención, dividiendo
al llegar a ella los cuarenta gendarmes que
la componían en dos grupos de a veinte y en­
viándolos frente a las dos salidas de los pa­
sadizos del sótano a la superficie del terre­
no, con orden de cazar a los sahareños cual
conejos a medida que, en caso de fallar la
defensa por el frío, salieran a la desfilada.
Y simultáneamente hizo despertar y tomar
las armas al resto de la guarnición.
Precaviendo posible irrupción rápida de
los africanos, hablase barreado la puerta
donde Manolo era aguardado por el ingenie­
ro, así como su gemela de acceso a la cueva:
para que durante el tiempo que los asal­
tantes perdieran en echar abajo los blinda­
jes, pudiera evaporarse aire en cantidad ca­
paz de convertir el enorme camaranchón en
tumba de ellos. Y no sólo para esto, sino
para retardar la propagación del frío a la
otra parte de las puertas.
A su llegada allá se encasquetó Lobera el
fleje de los auditivos cedido por su ayudan­
te; por sí mismo oyó el rechinar de las
pequeñas perforadoras, que cesó en breve,
y a los pocos minutos una voz que decía:

“ Ahora apoyad las pértigas en el tablón fijo
en el centro del tabique y empujad con toda3
vuestras fuerzas; pero a una todos y no antes
de dar yo la señal... Atención. A... una.”
En pos de esto resonó en el teléfono el
opaco retumbo prolongado de un desmoro­
namiento; y cumpliendo orden de Manolo
dió su ayudante a la central la de abrir to­
talmente las llaves de paso del aire líquido.
Por tales medios se convirtió en revés
desastroso la sorpresa donde confiaba Abdel-Gahel moriría Pepe, contra el cual cre­
ció su odio, si es que cabía crecimiento en
él, subiendo a delirante; pues enterado por
Tinkert, desde hacía tiempo, de que las obras
nuevas realizadas en el centro ferroviario
con finalidad de ambos desconocida habían
tenido a aquél por director, no teniendo no­
ticia de la herida que padecía, y preso en

Sabankafi Duvery, supuso obra del marido
de Emma el tremendo descalabro de la bien
preparada sorpresa: doliéndole principal­
mente en la derrota que se la infligiera el
mismo hombre que le había quitado la mu­
jer amada.
Y por si aun fuera poco esto, la estúpida
explicación dada al vencimiento por la su­
persticiosa ignorancia de los fugitivos, que
por estúpida sería más fácilmente creída
por sus salvajes compañeros, era fácil se
convirtiera en germen de desmoralización
de las bandas sahareñas si pronto no' lo­
graba el Vengador demostrarles que podía
más que los perros de la Residencia.
—Hay que acabar aquello pronto, pronto,
sin dejar uno vivo— rugía a su regreso del
inútil reconocimiento de la mina, paseando
como fiera enjaulada per la habitación que
personalmente ocupaba en la casa de Techiasco, habilitada para servirle de cuartel
general en sus frecuentes idas a dicha al­
dea, y en donde estaba una estación de la
telegrafía de campaña, por la que a las tres
de la madrugada, antes de meterse en la
galería, había transmitido orden a Ben Cassím de retirar sus fuerzas a las posiciones
de la víspera, en espera de nuevas instruc­
ciones.
— Hay que acabar, hay que acabar—repe­
tía fuera de sí.
Y resuelto a jugarse de una vez y en bre­
ve el todo por el todo en un furioso y ge
neral asalto, dictó inmediatamente las d is­
posiciones para reforzar urgentemente las
diezmadas gavillas de Techiasco con las
fuerzas de segunda línea y hasta con la
reserva de sus guardias de corps, escogidos
entre los moros de la harka traída por BenCassím, de los cuales no dejó en Sabankafi,
donde hasta entonces estuvieron todos, sino
medio centenar.
Seguidamente radiotelegrafió a los caides
de Tomboctú, Argelia y el Sudán que en
plazo de cuarenta y ocho horas le enviaran
ocho aviones armados, proveyéndolos de ex­
plosivos arrojadizos.
Mientras Gahel tuvo sujetos pensamiento
y actividad en todo lo anterior, y estuvo
rodeado de auxiliares, la reconcentrada c ó ­
lera de que estaba poseído se manifestó en
chispazos de intemperancias y en castigos,
de que sus edecanes fueron primeras víc­
timas; después, cuando acabadas de dar las
órdenes se quedó a solasj dió rienda suelta
a su despecho, volviendo a repetir a gritos
la exclamación que parecía su pesadilla:
—Sí, sí; hay que acabar en seguida, en

LOS MODERNOS PROMETEOS
seguida... El día del ataque haré saber a la
primera línea que si da un paso atrás, si
vacila, será fusilada por la segunda, y a
ésta que del mismo modo la tratarán a ella
las reservas... A Kitvinoff le diré... Aun
debe andar por ahí. Kitvinoff, Kitvinoff—
voceó abriendo la puerta tras de la cual es­
taban sus ayudantes— . Que busquen y me
traigan ahora mismo a Kitvinoff.
— No es necesario, Gran Señor; estoy
aquí.
— Ven, ven.
Entrado el ruso y cerrada la puerta, dijo
el califa:
— Necesito que en toda la noche de pasa­
do mañana llegues con tus minas bajo los
parapetos.
— Imposible, Señor.
— Debías saber que a mí no puede con­
testárseme así.
— Es que no hay modo de... Se está traba­
jando cuanto se puede; pero hay cosas que
no están en la mano del hombre.
— Si no las cuatro, me bastan dos.
— La dificultad, igual para una que para
ciento, es que ni pueden aumentarse mina­
dores en la estrechura de las minas ni im­
primir a las perforadoras mayor velocidad
de la que llevaban ya, sin parar ni de día
ni de noche.
— Te doy un día más.
— Señor, cuando menos son necesarios
cuatro, porque...
— Ni tengo tiempo que perder oyéndote,
ni más que decirte sino que hoy es lunes,
y que si al amanecer del jueves no vuelas
los parapetos te degüello en compañía de
todos tus minadores.
— ¡Señor! ¡Señor!
— Díselo a ellos para que se avispen.
— ¡Pero, Gran Señor!
— No tengo más que hablar. Vete.
— Es que...
— Vete, vete. O si no...
Tal era la actitud de Abd-el-Gahel, que
el ruso no se hizo repetir el mandato y
echó a correr, mientras el otro se quedaba
diciendo:
— Ya verá cómo no hay imposibles. He

dicho que acabo esto en tres días, y cueste
lo que cueste he de acabarlo... Y lo otro,
porque también es ya hora de acabarlo,
y antes que esto; pues en aquello me se­
ría imposible aguardar tres eternos días, y
porque cuando la tenga entre mis brazos
no ha de enturbiar mi dicha el recuerdo de
si es viuda o casada... Sí, sí; para hombre
como yo es vergonzoso no saltar por cuanti
sea preciso para que sea mía; estúpidos
más aplazamientos y contemplaciones...
Aun cuando a solas, hablaba Gahel en
alta voz, como loco empujado por dos r u ­
gientes tempestades: levantada una por ol
herido orgullo del caudillo vencido, que de­
mandaba rápida venganza, y alzada otra por
el concupiscente frenesí de inmediata pose­
sión de la mujer apetecida con delirantes
ansias, abrasantes, mientras no satisfechas,
cual quemadura en carne viva. Y la violen­
cia de aquel desenfrenado afán, hecha aci­
cate del innato salvajismo de raza, del que
ya no era sino fiera aguijada por bestiales
apetitos, le arrancaba el disfraz de hombre
civilizado, haciéndole exteriorizar su pensa­
miento a gritos al resolverse a trasladarse
sin demora a Sabankafl.
— Hoy, hoy: ahora mismo. En cuanto lle­
gue allá haré la última mesurada tentativa,
pero franca, resuelta, hablando claro, y si
así no obtengo la plena posesión de e^a
mujer...
Con una espantosa blasfemia cortó la fra­
se antes de completar la idea que la engen­
draba, abrió la puerta del despacho y gritó
a los ayudantes:
-—Mi auto. Inmediatamente.
Volvió a cerrar, continuó paseándose de
extremo a extremo del despacho, y cuando
a poco, y hallándose de espaldas a la puer­
ta, oyó rumor de varias voces a través de
ella nuevamente abierta, se volvió creyendo
venían a avisarle de estar ya listo el coche;
pero en vez de esto vió con sorpresa entrar
a Ben-Cassím, cuya presencia le produjo
tan visible contrariedad, que el recién v e ­
nido conoció en el momento cuán poco grata
resultaba su llegada.

90

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIPICA

XXIV
BEN-CASSIM REAPARECE CUANDO NO ES ESPERADO
El inesperado arribo de Ben-Cassím irri­
tó extraordinariamente a su sobrino, dete­
nido por él en ocasión en que por nada ni
por nadie estaba dispuesto a retrasar su
marcha en busca de Emma.
Por ello' dijo airado, al ver entrar a su
pariente:
— ¡Tú aquí!... De madrugada te be tele­
grafiado que aguardaras en Tintaborak mis
instrucciones. ¿No has recibido la orden?
—Sí. Pero al verme aquí puedes suponer
que algo urgente me trae.
— Las urgencias las aprecia el jefe, y el
tuyo las tiene ahora más apremiantes qu°
las tuyas. Para dejar tu puesto debiste pe­
dirme permiso.
— Como el último cabo de taifa.
—A la hora de obedecer iguales sois ca ­
bos y emires. Y los más altos debéis dar el
ejemplo.
—¿Pero es a mí, ¡a Ben-Cassím!, a quien
tratas de ese modo? Vengo a decirte cosas
gravísimas, y si no me escuchas nombra en
seguida jefe que me substituya, pues yo no
vuelvo a mandar aquella chusma sino des­
pués de hablarte. Pero luego, a nadie culpes
de las consecuencias.
La ira de que alguien, aun siendo su alie
gado, se atreviera a hablarle como éste lo
hacía y el deseo de castigar el desacato
tropezaron en el ánimo de Gahel con el re­
celo de que sus recientes descalabros no
eran base firme de violentos alardes de au­
toridad con personaje de tal fuste ycomo el
hijo, aunque fuera bastardo, de Abd-eiGahel el Viejo, y menos cuando acabados
de llegar a Techiasco, desde Sabankafi, casi
todos los moros de la harka que él había
traído, era dudoso consintieran el atropello
de su señor y jefe.
De otra parte, aunque a la llegada de ésta
no fuera la excitación de su sobrino ade­
cuado estado sino para dejarse ir por donde
sus pasiones lo empujaban, lo impresionó el
anuncio de posibles consecuencias graves si
se negaba a oír al recién venido. Pero cuan­
do buscaba, sin hallarlo, medio de avenirse
a escucharle sin parecer ceder a imposicio­

nes, un edecán entró a avisar que el auto
aguardaba, y recordándole esto a Emma
se le desvaneció toda otra idea y todo otro"
deseo que el de correr a donde estaba ella.
Así que, no pensando en nada más, dijo'
disponiéndose a salir:
Ya lo ves, no puedo detenerme. Es in ­
dispensable mi inmediata presencia en Sa­
bankafi.
—Quiere decir entonces que, no habiendo
a tus órdenes puesto digno de mí, me mar­
cho a El Eglab con mi harka—replicó BenCassím.
Y volviéndose al ayudante, que aun es­
taba a la puerta, y era uno de sus ouahilas.
agregó:
—Mohir, avisa a Bu-Kadur que venga in­
mediatamente.
Esas son tonterías—se apresuró a decir
Gahel tascando el freno, pues en la llamada
a Bu-Kadur, que era quien en ausencia de
Cassím mandaba la gente de éste, vió el co­
mienzo de ejecución de la amenaza de reti­
rarse con el contingente de su tribu__. Tú
tendrás siempre digno mando a mi lado...
Y te oiré y hablaremos cuanto quieras... Es
decir, tan pronto r esuelva el asunto apremiantísimo que ahora me preocupa.
— Eso ya es otra cosa. Entonces me voy
contigo en el auto a Sabankafi.
—¿Conmigo?... Mejor será... Tú no ha­
brás comido en el camino.
—No.
—Entonces vale más que lo hagas aquí;
allá no habrá nada preparado, y mientras
llegamos y lo arreglan tendrás que aguar­
dar demasiado... Además, como hasta la no­
che no estaré libre para hablar con calma,
a la caída de la tarde te enviaré el auto,
para que vayas más cómodo que en la moto
en que has venido.
— Como quieras. Y mil gracias por tus
cuidados y atenciones—contestó el mulato,
viendo claro que por la tarde estorbaba a
su sobrino.
Pero siendo la ruda condición del bastar­
do de Abd-el-Gahel el Viejo por demás
torpe para disimular las impresiones que

LOS MODERNOS PROMETEOS
sentía, Abd-el-Cahel conoció, aunque ha­
ciéndose el tonto, la irónica intención de
sus palabras.
A l montar el califa en el auto se le acer­
có Kadur a preguntarle si él y su tropa ha­
bían de volver también a Sabankafi, con­
testándole aquél que, ordenado un avance
general de fuerzas sobre Techiasco, allí de­
bían permanecer los ouahilas, pues para lo
que en el otro lado habían de hacer sobra­
ban los cincuenta allí dejados.
Aprovechó Cassím esta conversación para
encargar a Mohir, el ayudante de órdenes
ouahila que con Gahel marchaba, procurara
enterarse de cuanto éste hiciera en Saban­
kafi hasta que él, Cassím, llegara.
*

*

*

Mientras el Vengador realiza su breve via ­
je, conviénenos decir que la visita de BenCassím obedecía a que la última orden de
ataque, seguida de contraorden antes de
iniciarla, agotó su paciencia, que hacía días
bordeaba los límites de tal agotamiento.
Base de su disgusto, agravio acaso, era
verse apartado de la inmediata comunica­
ción con su sobrino, por demostrar pn éste
indiferencia, si no desdén, a su criterio. Ade­
más, teniendo en sus ouahilas tropas pro­
pias y buenas, con las males podía acome­
ter más arduos empeños que con las in for­
mes, flojas y levantiscas turbas, con cuya
jefatura le había aquél alejado de sí, ir r i­
tábale verse desposeído del mando de su
harka.
De otra parte, como únicos frutos obte­
nidos por Gahel en muchos días de asedio,
con fuerzas seis u ocho veces más numero­
sas que las de los perros, veía un asalto
sangrientamente rechazado, una mina, una
cabeza de zapa y varias locenas de sahareños volados y la horrenda y misteriosa ca­
tástrofe de la pasada noche: en suma, cuatro
millares de hombres fuera de combate, que
probablemente no habrían costado a los
otros ni un centenar de bajas; todo para no
ganar ni una pulgada de terreno ni la más
mínima ventaja.
Todavía más: en la dirección de las ope­
raciones echaba de menos la inteligencia
ágil, la iniciativa pronta, la acometida rá­
pida y la fecundidad de recursos, en otro
tiempo admirados por él en su sobrino, v a ­
cilante al presente en tanteos desdichados,
que tras cada orden traían una contraor­
den, sin llegar nunca, con tan constante t i­
tubear, a nada provechoso.

91

Y lo más grave era qpe otros muchos,
además de Cassím, veían lo mismo, comen­
tándolo no tan secretamente que no llega­
ran a él runrunes de murmuraciones y ecos
de descontento, haciéndole temer que al tra­
tar tuaregs y moros, en quienes la felonía es
hábito, de explicarse los fracasos, los acha­
caran a traición del caudillo, a quien sus
modas europeas y el haberse rodeado de pe­
rros— su baraja de técnicos— iban restándole
muy de prisa simpatías entre los musul­
manes.
Cuando por todas estas causas rumiaba ya
Cassím la conveniencia de prevenir a su
sobrino del peligro y de apremiarlo a radi­
cales cambios de conducta, recibió en el pa­
sado amanecer la orden de nueva retirada
de las taifas, en ocasión en que aquellos sal­
vajes se estaban regodeando con la pers­
pectiva del botín, del saqueo, de una her­
mosa matanza de cristianos, que siempre es
fiesta para musulmanes, y de otros agrada­
bles divertimientos, propios de tales zam­
bras, con cristianas; siendo tan grande y
no ocultado el descontento con que la or­
den fué cumplida, que decidió al mulato a
no perder ya tiempo en hablar claro a Abdel-Gahel, aun teniendo experiencia de cuán
arriesgado era con tal hombre decirle las
verdades.
He aquí porqué, saliendo de Tintaborak
a media mañana, llegó a Techiasco corrida
ya la una.
Dados los anteriores y precisos antece dentes, sólo resta agregar que, aun igno rando el rapto de Emma y el cómo las pre­
ocupaciones que antes de éste había inspi­
rado a Abd-el-Gahel el riesigo que a su
amada pudiera amenazar en un ataque a 1?.
Residencia hablan influido en la manera de
combinarlo, bastábale a Oassím su conoci­
miento de la pasión de Gahel por la Tnní
para recelar que acaso a ella fueran achacables indecisiones y fracasos.
Tal pensaba y sentía al llegar a Techias­
co; pero en cuanto llegó crecieron us agra­
vios personales por el apartamiento en que
se le tenía desde que su sobrino fué exaltado
al califato y comenzó el asedio: crecieron y
se agriaron al extremo que vimos en la bre­
ve conversación o más bien altercado sos­
tenido a su llegada; pues no se le ocultó
que el cambio de actitud y las hipócritas
amabilidades de Gahel a última hora no
respondían sino a impotencia de atrope­
llarlo en medio de sus ouahilas y a temor
de quedarse sin su mejor tropa.
Pero al comprender esto y parecerle buen

92

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

principio y argumento de fuerza para hacer
entrar en razón a su sobrino cuando a la
tarde hablaran, se le amenguó la molestia
de no haber sido inmediatamente escucha­
do; y no sólo se avino de buen grado al
aplazamiento, sino que, encontrando de per­
las el consejo de aquél, pidió que le sirvie­
ran la comida despachándola con muy buen
apetito cuando se la trajeron, departiendo a
la par con su teniente Bu-Kadur cuando éste
acudió a la llamada transmitida por Mohir,
el ayudante.
i La conversación versó lógicamente sobre
los recientes acontecimientos y la marcha
•de las cosas en Techiasco y Sabankafi, de
•las que Ben-Cassim estaba casi a obscuras,
hasta que su segundo lo enteró de las gra­
ves proporciones de los fracasos sufridos,
mucho más espantosas en el de la última
madrugada de cuanto ya él temía, y de que
las bandas sahareñas de aquella parte del
frente, las más castigadas por dichos reve­
ses, tenían su moral acaso más minada por
el descontento que las de su mando.
Si esto no fué para él sorpresa, túvola
grande y muy desagradable al saber el dis­
gusto de Bu-Kadur y los ouahilas de su
mando por la inacción, para ellos vergon­
zosa, en que se los tenía; pues mientras
desorganizadas gavillas de desarrapados dagatums, tagamas, damergús, capaces sola­
mente de asesinar gentes indefensas, pero
sin consistencia ni hábitos guerreros, eran
empleadas en rudas luchas donde perecían
a montones, la harka de El Eglab, compues­
ta de bereberes puros, de verdaderos solda­
dos, duros a la fatiga y curtidos en los com­
bates, se pudría en Sabankafi. No era, pues,
de extrañar que los otros hubieran sido
ahuyentados como liebres donde segura­
mente habrían triunfado ellos, pues los
ouahilas que el califa empleaba en iguar­
dar una mujer! servían para algo más que
para eunucos de serrallo.
Tanto escocía a Bu-Kadur la desairada
situación de sus tropas, que a no haber re­
cibido aquel mismo amanecer orden de pa­
sar a primera línea y a no haber llega jo
Ben-Cassím, resuelto estaba a haberle dado
cuenta del ignominioso papel a que su h a r­
ka estaba reducida.
Así tuvo Cassím la primera noticia del
rapto de Emma, simultáneo con el primer
asalto, y de haber sido éste suspendido tan
pronto aquél fué realizado; así vió que a
una mujer y no a la toma de la fortaleza se
habían sacrificado millares de vidas, y su­
puso que por deseo de ocultárselo se le ha­

bía tenido en insistente apartamiento del
cuartel general.
Con todos los detalles que podía darle su
teniente fué después informado de los acon­
tecimientos posteriores al rapto, interpre­
tándolos de la peor manera para el caudillo,
que era evidente había a conciencia perdi­
do tiempo, por egoístas móviles, dándolo
a los sitiados de acumular recursos y per­
feccionar defensas, que hicieron de día en
día más difícil la expugnación del fuerte.
Sobre el momento actual pensaba que
Abd-el-Gahel iba a tramar aquella tarde, en
Sabankafi, algo para lo que él era un estor­
bo. Acaso a preparar una celada, donde le
cobraría la amenaza de llevarse sus moros,
a los que, una vez libre de él, podría ya im­
ponerse.
/
Aun cuando con pariente tan cercano y
auxiliar tan leal la cosa era muy dura, la
Historia prueba no ser insólita entre ára­
bes, no muy escrupulosos en fraguar aná­
logas traiciones contra hermanos y padres
y aun contra hijos; pues Ben-Cassím venía
a ser como señor feudal que por tener ro­
deado de gentes de su tribu a ^bd-el-Gahel
podía hacerle la ley, lo que no ya en el
mundo mahometano, sino en todas las so­
ciedades feudales ha sido con frecuencia
causa de que monarcas en tal forma cohi­
bidos no repararan en los medios de desha­
cerse de vasallos demasiado poderosos.
Ya puesto a recelar traiciones—eñ las que
tal vez pensaría Gahel cuando dejara de ob­
sesionarlo su próxima entrevista con Emma,
pero de las que por entonces no se acorda­
ba—-, parecióle a Cassím muy sospechosa
la amabilidad de enviarle el auto, dond<*
muy bien' podría esconderse un explosivo
en un cartucho regulado para estallar a
mitad de viaje, o que acaso cayera en una
emboscada o experimentara accidente ca­
sual, en donde feneciera el obsequiado. Des­
gracia por la que su sobrino haría induda­
blemente grandísimas demostraciones de pe­
sar.
Para evitarle tan gran pena decidió el tío
irse a Sabankafi tan pronto acabara de co­
mer y Kadur agotara los interesantes temas
de su conversación. Mas no por el camino
usualmente trillado de Gángara, sino por
Manzafur y Tanaut, y no con dos acompa­
ñantes, como a Techiasco había llegado,
sino con una docena de sus leales ouahilas,
que en sidecars de los quitados a la gendar­
mería sahárica le darían escolta.
Pero antes de emprender la marcha, cuan­
do ya terminada su conversación con Bu-

LOS MODERNOS PROMETEOS
Kadur daba orden a éste de que se alistara
la escolta, oyó en la calle un gran tumulto,
movido por una turba de dagatums, que
empujando y golpeando a dos negros con
desgarrados trajes y las caras desnudas de
litzams, que les hablan sido arrancados, vo­
ciferaba:
— ¡Son espías de los perros!
.— ¡Degollarlos, degollarlos!
— ¡Mejor es empalarlos!
— ¡No, no; quemarlos vivos!
— ¡Eso, eso; a la hoguera, a la hoguera!
Y a la hoguera habrían ido, pues tal su­
plicio parecía alcanzar el máximo de su­
fragios entre la multitud, a no enterarse
Cassím de que, según aseguraban varios :x
jornaleros del ferrocarril, que decían cono­
cer a los dos infelices, eran éstos gente de
allá, y pensar al saberlo que convendría in­
terrogarlos sobre cosas utilizables en veni­
deros ataques, y aun prometerles la vida a
cambio de que ellos se prestaran a servir de
guías.
* * *

Los sentenciados por la plebe a la hogue­
ra eran los hijos de Maka, cuyas andanzas
y aventuras en los ocho días que llevaban
de pesquisas dan materia para muchos ca­
pítulos, que el lector, preocupado con per­
sonajes y sucesos más principales, no aguan­
taría a la altura a que llega esta historia.
Teniendo en cuenta esto parécele discreto
al narrador de ella limitarse a extractar
muy compendiosamente las correrías y v i ­
cisitudes de los dos negros que, haciendo el
diablo a cuatro, habían recorrido casi todos
los vivaques de los sahareños fingiéndose
rebeldes de Kaarvar (ya se recordará que de
allí eran ellos), rezagados del contingente
por dichos oasis enviado a la concentración,
a causa de enfermedad de uno de los her­
manos, que al cuidado del otro había cou
él quedado a medio de camino, en una al­
dea lejana de los lugares donde iban pre­
sentándose.
La peregrinación de campo en campo te­
nía por objeto ostensible preguntar dónde
se hallaban sus paisanos para incorporarse
a ellos; aun cuando por temor de tropezar­
se con quien los conociera nada estaba más
lejos de su ánimo, siendo la verdadera fina ­
lidad de aquellas idas y venidas husmear
donde estuvieran Emma y Maka.
Para lograrlo hacían conversación en to­
das partes sobre el pasado asalto, pidiendo
les fueran relatadas con detalles las peri­

95

pecias de él; preguntando si se habían co-.
gido prisioneros, y sin obtener en parte al­
guna el menor indicio de lo que deseaban
saber, hasta que al cabo oyeron las mur­
muraciones con que las gentes de las taifas
acantonadas en Gángara zaherían al califa
porque, distraído con la perra cristiana que
tenía en Sabankafi, no se cuidaba sino de
ella; y lo que era peor: porque en vez de
degollar a otros dos perros que había hecho
prisioneros los trataba a cuerpo de rey.
Esta pista llevó a nuestros dos negros a
Sabankafi, en donde convirtieron sus sos­
pechas en certeza; pues no solamente vie­
ron a Raúl tras la reja de una ventana de
la casa donde estaba recluido, sino a la
misma Maka cuando iba a buscar la comi­
da, no dándosele a conocer por miedo de
que los descubriera la emoción de la pobre
madre al ver de improviso a sus hijos.
Aquella misma tarde— víspera de la he­
catombe de la cueva de la electrotermia—
salieron de Sabankafi, diciendo a los ouahílas con quienes allí trabaron conocimiento
lo mismo que habían dicho en todas partes:
"que iban a incorporarse a sus paisanos de
Karvar”, pero con real propósito de retor­
nar a la Residencia con la noticia de lo
averiguado.
Rehuyendo los peligros que para ellos te­
nía el paso por Techiasco dieron un rodeo,
tomando dirección que lo dejara a media
legua; pero su mala suerte quiso que no
solamente se cruzaran en el camino can
uno de los correos que en todos sentidos y
en motos salían con órdenes y entraban de
retorno en el pueblo durante la siguiente
agitadísima mañana, sino que el tal correo
fuera uno de los antiguos ciclistas del cen­
tro ferroviario, que al ver aquel par de m o­
zallones, con estaturas ambos extraordina­
rias hasta en uno solo, exclamó:
— Que la hurí que me toque cuando vaya
al Paraíso sea vieja, flaca y negra, si estos
dos tíos tan grandes no son los hijos de la
negra de la señorita Emma.
A los diez minutos llegaba el ciclista a
toda máquina a Techiasco, y a los veinte
salla acompañado de cinco compañeros, que
en menos de media hora dieron caza a los
hermanos y los llevaron presos a la aldea.
*

*

*

Inútiles fueron los esfuerzos de Cassím
para hacer hablar a los hijos de Maka, que
se limitaron a insistir en el embuste sobre
sus personalidades y objeto de sus viajes,

94

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA*

que hacía ocho días repetían en todas par­
tes: no siendo creídos porque al testimonio
del ciclista se unieron otros muchos de los
antiguos jornaleros del ferrocarril que co­
nocían perfectamente a los dos negros.
Pero el mulato, que era muy terco, no se
daba por vencido, pues todavía le faltaba
emplear sus más convincentes y contun­
dentes argumentos, que solían ser de éxito
seguro; mas pensando que el soltarles la
lengua a aquellos mozos podía costar tra ­
bajo y tiempo, si eran tan duros como gran­
des, y deseando no retrasar ya más su mar­
cha a Sabankafl, decidió llevarse los pre­
sos para interrogarlos con calma allí, de¿>
pues de haber averiguado qué había ido a
hacer con toda prisa Gahel, pues esto era
lo que más importaba.
Dejándole marchar, pues lo interesante de
su viaje no está en la ruta, sino al término
de ella, en donde lo hallaremos cuando sea
menester, quedémonos en Techiasco para
seguir a Kitvinoff, que al salir del despacho
del califa, aterrado con. la amenaza de ser
a los dos días degollado, se fué a la casa
donde se alojaba y se sumió en desconsola­
dora meditación; pues persuadido de la im­
posibilidad de hacer lo que Abd-el-Gahel le
ordenaba, se veía ya decapitado, sin logran
por más que discurría, hallar algo que ofre­
cerle en sustitución de los maldecidos ra­
males de mina.
Largo rato llevaba en tal aprieto, y nin­
guno más duro, cuando dándose una pal­
mada en la frente se levantó, se echó a la
calle, y corriendo llegó al corralón de don­
de partía la mina, a cuyo opuesto extremo
habían caído congelados los asaltantes de
la pasada noche. Metiéndose por la boca de

la galería, avanzó por ella, pareciéndole al
pronto hallarla menos fría que en el reco­
nocimiento de la pasada madrugada en com­
pañía de Gahel; mas, con todo, al cabo de
un rato de marcha hubo de retroceder t i ­
ritando, pues el frío le impedía proseguir,
i Pero sin duda había visto un rayo de luz.
no en la mina, sino en una idea, que hacía
menos negros sus terrores; pues al salir de
aquélla no era la expresión de su semblante
tan sombría como al entrar.
Una hora después— dos de la tarde— vol­
vió a la galería provisto de un podóme­
tro o cuentapasos y una linternilla, anotando
en la nueva exploración realizada la dis­
tancia, leída en el primero, que desde la
entrada pudo avanzar hasta que el frío
le obligó a retroceder. A las cuatro y a las
seis repitió reconocimiento y anotaciones,
comprobando que cada vez podía penetrar
más adentro, por ir, aunque despacio, de­
creciendo el frío, y deduciendo de la compa­
ración de sus observaciones que de seguir
soplando el fuerte viento con el que había
tenido que luchar dentro de la mina, al cual
atribuyó la elevación de la temperatura,
bastaría que pasaran otras cuatro o seis
horas para que, abrigándose bien, fuera po­
sible llegar al extremo de la mina. Y al
adquirir tal convencimiento dió un hondo
suspiro de satisfacción pensando que su in­
genio le había salvado la cabeza resolvien­
do el problema que la mañana antes le pa­
recía insoluble.
El cómo dependía de detalles sobre los
cuales había aún que discurrir, pero lo
principal ya lo tenía; pues para nada ne
cesitaba los ramales que tan terriblemente
le habían preocupado.

XXV
LA MUJER DE LOBERA
Enojosa prolijidad sería dar íntegra cuen­
ta de la correspondencia, corregida por Abdel-Gahel, entre Emma y su padre; y sobre
enojosa, innecesaria, pues conocidas ya las
miras y tendencias con que se hacían los
retoques de ella, bástanos decir que, aun
siendo grandes la habilidad y la malicia
puestas en tales modificaciones y añadidos,
no fueron suficientes a evitar que a Raúl

y a Don Héctor les sorprendieran en las
cartas de Emma cosas extrañas para quien
conociera a fondo su carácter y sentir, y
viceversa, que, asombrándose, leyera ella y
releyera, escritos de puño y letra de su pa­
dre o hermano, juicios y opiniones incom­
patibles con la manera de ser y de pensar
de ellos.
Despiertos con estas anomalías los recelos

LOS MODERNOS PROMETEOS

de una y otros, pronto se les convirtieron
en convicción de que las cartas recibidas no
eran las escritas; pues no obstante hablar
correctamente Abd-el-Gahel el francés, lo
descubrió la diferencia entre el modo como
juegan con los perfiles y modismos de un
idioma quienes usan el propio y cómo los
maneja un extranjero, Y hoy un refrán
árabe traducido literalmente, por descono­
cimiento del equivalente francés, con dife­
rente forma, mañana una palabra de uso
frecuente en las colonias donde el Vengador
había vivido, y jamás empleada por un pa­
risién, y algunas que otras menudencias de
análogo jaez, en las que ni Emma ni Raúl
ni el padre de ambos podían incurrir, los con­
vencieron de la mixtificación que con ellos
se estaba cometiendo, la cual es claro que
ni le aumentó a Emma la escasa confianza
que siempre había tenido en la veracidad
de Abd-el-Gahel, ni la permitió creer pala­
bra de lo que éste ingería en las falsificadas
cartas de Don Héctor.
*





Durante el viaje de Techiasco a Sabanhafi procuró Gahel recuperar el dominio ue
sí mismo y sujetar su violenta excitación,
pues todavía deseaba no emplear violencias
de forma para hacer comprender a la prisio­
nera que estando en su poder más le valía
entregarse a buenas, sin hacerla sentir, sino
en último extremo que había llegado la hora
de que a buenas o a malas fuera suya.
Casi sereno al parecer comenzó a hablar
al presentarse a Emma, sin otro indicio ex­
terno de su villana decisión que el visible
contraste entre la suavidad de la frase y
el duro fulgurar de la mirada, asestada a
ella con tal ansia que el respetuoso sonar
de las palabras no bastaba a que en lo mue­
lle de ellas se embotara el agravio inferido
por los ojos, en los cuales vió la infeliz
claro el peligro.
Maka no estaba allí, porque al franquear
la puerta, que aun tuvo el Vengador la
hipocresía de no abrir con la doble llave
que llevaba siempre, recibió orden de mar­
charse y aguardar del lado de la calle la
salida de él; y aunque la negra intentó
remolonear, tales fueron el empujón, el tono
y gesto con que fué la orden reiterada, que
la pobre mujer no pudo retardar su cum­
plimiento.
—Perdóname—dijo Gahel al llegar ante
Emma—que por primera y última vez me
haya permitido dar órdenes a tu nodriza,
siendo el obedecer siempre las tuyas mi ma-

95

yor deseo; pero lo que hoy he de decirte nc
puede oirlo nadie sino tú.
—Como a pesar de esas protestas eres tú
quien manda...
—De ti depende que desde hoy mandes
tú, y vengo decidido a pedírtelo claro.
Emma no contestó, pero al oír tan brusca
entrada en materia palideció, por compren­
der que había llegado el espantoso trance
cuya perspectiva la estaba atormentando
desde el comienzo de su cautiverio.
El prosiguió diciendo:
—No creo hayas dejado de advertir el
respeto con que he querido hacerte com­
prender que si en apariencia eres mi pri­
sionera, en realidad soy yo el esclavo... Con­
fío que habrás sabido apreciar cómo hon­
ra ese respeto a quien para honrarte con ét,
enfrenando su adoración y sus deseos, ha
sostenido consigo mismo duras luchas. ¿No
me contestas?
-—No sé qué contestar.
—¡No sabes! Entonces es que no agra­
deces el duro sacrificio que me impongo
respetándote.
—No es eso: lo agradezco, aun cuando
sólo sea el reconocimiento que haces de mi
derecho a ser respetada.
—¡Derecho, derecho!... Yo también lo ten­
go a vivir la hermosa vida que mis ansias
piden desde que te encontré. Has levantado
en lo hondo de mi ser un huracán de anhe­
los torturantes. Arrebatada, zarandeada,
atormentada por ellos va mi vida; y yo tam ­
bién tengo derecho a llegar, y ya es tiempo
que llegue, a descansar, en un oasis de apa­
cible calma, de este torbellino de incumpli­
dos deseos... ¿Pero no me oyes?
—SI.

—¿Y no ves que si te tengo presa, que si
te robé fué para ofrecerte un trono, porque
no puedo ya ofrecerte el alma que antes me
habías robado?
—Eso, no: tu voluntad es la que me se­
cuestra y esclaviza; mientras en tus anhe­
los y huracanes, que bien quisiera no exis­
tieran, ni la mía tiene culpa, ni la quiere
tener.
—Tu voluntad no la tendrá; pero tú en­
tera, sí. Por eso es preciso que me oigas,
que contestes.
—Estando en tu poder habré de oirte;
en cuanto a contestar—replicó Emma con
voz donde a la par temblaban miedo e in­
dignación—, pensaba que podías darte por
contestado ya; pero si al cabo me conven­
zo de lo que temo, y no quiero creer y me
resisto a ver...

96

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— 'Y por eso, sin duda, huyen de mí tus.
ojos.
— Para no ver que los tuyos olvidan el
respeto de que hablan tus palabras; para
no ver cómo me afrentan tus miradas.
A l decir esto se encendió en vivísimo
carmín el rostro lívido de Emma. Pero la
indignación que en su alma levantaba la
ofensa no sonaba al pasar por su dulce voz
como airada protesta, sino cual dolorosa
reconvención del pudor herido, cuyo fuego
fundía la vergüenza en lágrimas.
La debilidad, la queja lastimera y el cruel,
pero manso dolor de su desvalimiento, dió
a la desventurada, siquier no fuera sino
breves instantes, fuerza superior a la for­
taleza de Gahel; pues sintiendo vencida la
violencia del frenesí con que la codiciaba
por el amor que la tenía, exclamó al ver
su llanto.
— Llorar, no, no: yo no te ofendo, yo no
puedo ofenderte; y antes que hacerte v e r ­
ter lágrimas...
No acertó a proseguir: hondísimamente
conmovido y ¡tremendamente trastornare,
solamente pudo mirarla, mirarla con e x ­
presión muy otra que antes, y no vista per
ella porque no lo miraba. Callaban ambos, y
sus silencios, en los que se escondían fer­
vientes anhelos y espantosos terrores y ver­
güenzas, les pesaban cual nube tempestuo­
sa en donde había de estallar el rayo de la
palabra de uno u otro.
Inútilmente buscaba él modo de decir lo
que al llegar traía bien pensado, pues, no
acordándose de nada, sólo atinaba a repetir:
— ¡Llorar, no! ¡Llorar, no!
Sintiendo que no era dueño de sí, trato
de serenarse y recordar el plan de antema­
no trazado para aquella entrevista: una
pomposa exposición de las magnificencias
y las glorias del vasto imperio recién asen­
tado sobre su valor y su genio, y una ren­
dida ofrenda de todo ello depositada a los
pies de Emma: no como concubina, sino
cual sultana, como adorada ¡y respetada
reina, por quien, aun siendo musulmán, re­
nunciaría por ella a todas las mujeres.
Pero a medida que iba serenándose y re­
cordando tal programa, veía con evidencia
que no era Em m a mujer en quien hicieran
mella pompas, poderío r.l grandezas; y en
vez de pretender ganarla empleando tales
medios, tomaron sus instancias otro cauce,
diciendo con temblorosa voz:
_Ya lo ves: el oírte suponer que yo pue
da ofenderte me ha trastornado al punto
que en mi trastorno y mis incoherencias

habrás ya conocido que si teniéndote en mis
manos, y pudiendo tenerte entre mis brazo3,
he sabido resistir a la atracción de tu be­
lleza, es porque así aspiraba a llegar a tu
alma.
— ¡A mi alm a!... Tiene dueño, a
— Que te abandona.
— No es verdad.
— Ya te convencerás.
— Nada ni nadie me hará creer en el
abandono de mi Pepe.
— No me hables de ese hombre que te
olvida.
— Mentira, mentira: vil mentira tuya:
pero aunque no lo fuera, aunque me olvi­
dara él, yo no lo olvidaría, porque mi vida
es suya, para siempre suya; porque mi
vida' es él.
— No me lo digas. Calla, no respondo de
mí si vuelvo a oirte ese nombre aborrecida.
— Adorado.
— Acuérdate, insensata, que estás en mi
poder; piensa que estoy pordioseando que
me des lo que puedo tomar.
La actitud amenazante, la mirada encen­
dida con desmandadas ansias donde se re­
volvían bestial concupiscencia y rabiosa ira,
y la ronca voz de Gahel, hicieron ver a
Emma cuán en riesgo se hallaba de una
inminente y espantosa repugnante lucha; y
aJ aprestarse a ella, el pudor y el deber, el
amor a su marido y el desprecio a aquel
hombre, acudieron en auxilio de su flaqueza,
dándole energía para levantarse, presencia
de ánimo para ampararse tras una mesa y
brío para replicar:
— No sé hasta dónde llegarán mis fuer­
zas para defenderme de tu brutalidad; pero
si no bastaran a evitar que tus brazos me
toquen, desde ese instante hasta que me
sueltes o me ahogues me oirás gritarte sin
cesar: ¡Pepe de mi alma! ¡Pepe mío! ¡Pepe
adorado! ¡Pepe, Pepe!
E l efecto que, cuando ya Gahel se aba­
lanzaba a ella con los brazos abiertos, pro­
dujo la valiente respuesta fué fulminante;
pues la aterradora perspectiva de no reco­
ger de aquel abrazo sino amantes palabras
para el rival aborrecido lo detuvo espan­
tado del infernal tormento en que iba a
convertírsele la anhelada posesión y de la
cruelísima mentira de aquel placer soñado.
— ¡Qué horror, qué horror!— aulló retro­
cediendo ante la cobarde mujer a quien por
la segunda vez daba el amor valor heroico,
y que alentada con el feliz resultado obteni­
do, cobró todavía mayor ánimo y repitió:
— Pepe, Pepe... Y a lo oyes: cada una do

— Hermosa hazaña para el nieto de Abd-el-Gahel el Grande

LOS MODERNOS PROMETEOS
tus bestiales caricias me arrancará un grito
de amor a él.
— ¡Qué espanto, qué espanto! Calla, calla.
—Pepe, Pepe.
—¡Calla, calla.
—Pepe, Pepe.
Aquel nombre, repetido y repetido, le do­
lía al Vengador como una quemadura: a tal
extremo, que para sustraerse el insistente
martilleo de él en sus oídos y aun a la ten •
tación de matarla para hacerla callar, es­
capó corriendo.
Recelosa de oírle retornar, quedóse Emma
escuchando, hasta que, viendo entrar a
Maka sola, se derrumbó su fortaleza de an
instante, prorrumpió en llanto convulsivo,
abrazándose a ella y exclamó entre so­
llozos:
— ¡Pepe, mi Pepe; bendito seas, bendito
seas: tu nombre me ha salvado!

Abd-el-Gahel en tanto corría como un
loco al edificio donde tenía el cuartel gene­
ral y su residencia, y al llegar al despacho
se dejaba caer en un sillón con la cabeza
entre las manos. Mas trascurrido corto rato,
se levantó con el semblante descompuesto,
y murmuró:
—¿La quiero?... ¿La aborrezco? No sé

97

no sé. Pero de todos modos ha de ser mía
hoy mi simo, pues sólo el hecho consumado
domará a esa mansa cordera que se me ha
vuelto leona...
Mía... Pero ¿cómo?... Yo no puedo afron­
tar su tremenda amenaza. No, no; como ya
he estado a punto, capaz sería de ahogarla
para no oirla. Y no quiero matarla, sino
hacerla mía, quitársela a ese hombre.
Pero entonces, ¿cómo, cómo?... ¡Ah, sí!
Eso, eso: Sadi-Mohán es el hombre que
necesito.
Abriendo la puerta gritó:
—Mohir, coge mi auto, vete a buscar a
Sadi-Mohán y tráemelo a la carrera. Antes
de un cuarto de hora has de estar de vuelta
con él.
Salió el ayudante, y no antes, pero sí
tres minutos después del tiempo señalado,
retornaba acompañado de un anciano be­
réber.
Mas para no contar las cosas por dupli­
cado, en vez de decir ahora quién era éste
y para qué era llamado, aguardaremos a
oírselo al ayudante que lo fué a buscar:
cuando, dos horas más tarde, y en cumpli­
miento del encargo que a su salida de Techiasco recibió de Cassím, dió noticia a éste,
a su llegada a Sabankafl, de cuanto había
hecho el califa desde la suya al mismo
pueblo.

XXVI
CASSIM BUSCA UNA COSA Y ENCUENTRA OTRA
El retraso ocasionado por el interroga­
torio de los hermanos de leche de Emma
no permitió a Cassím llegar a Sabankafl
hasta muy cerca de las siete, recibiendo al
entrar en el antedespacho de ayudantes,
donde Mohir montaba su servicio, la sor­
presa de saber que los apremiantes quehace­
res que hasta la noche habían de tener
ocupadísimo a su sobrino no le impedían
estar durmiendo desde dos horas antes,
habiendo dado al acostarse orden de que
por nada ni por nadie lo despertaran hasta
las nueve, cuando llegara Ben-Cassím, pue3
estaba rendido.
Ya se recordará que Gahel no pensaba
ver a su tío en Sabankafl hasta la noche.
—Sin embargo, Señor—dijo Mohir al inLOS MODERNOS PROMETEOS

formar de ello a su jefe— , no sé qué hacer;
pues el nadie no ha de rezar contigo, y a
saber el Califa que llegarías antes de lo que
te esperábamos, tal vez su idea fuera...
— No corre prisa. Tiempo hay de desper­
tarlo, si conviene, después que hablemos.
¿Has hecho mi encargo?
—Hasta donde he podido.
— ¿Y hasta dónde pudiste?... Pero no,
aquí podrían oirnos entrantes y salientes
Mejor estaremos en las habitaciones que yo
ocupaba cuando estaba aquí... A menos que
las hayan dado otro destino.
—Todo sigue como cuando te fuiste.
—Pues vamos allá.
Ya instalados en el que fué despacho de
Cassím, y después de tomar éste la precau-

7

98

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

ción de abrir sus puertas al recibimiento y
a la alcoba para que nadie que llegara pu­
diera pasar inadvertido ni enterarse de la
conversación que iba a entablar con su pai­
sano y subordinado, dijo a éste:
— Poco habrás podido curiosear, pues por
lo visto la urgencia de venirse no era sino
para tumbarse.
—Eso no, porque hasta las cinco no se
acostó, y antes...
—Pues cuenta, cuenta.
—Vinimos a un paso de todos los demo­
nios; y sin duda su prisa era de hablar con
la señora prisionera, pues en lugar de se­
guir hasta aquí, detuvo el auto a la puerta
del pabellón de ella; y en vez de acicalarse,
según suele hacer siempre que va a verla,
se metió adentro sin quitarse siquiera el
polvo del camino.
Como ni palabra me dijo al saltar del
coche, allí aguardé, pensando que para
cumplir el encargo de vigilarle los pasos era
esto preferible a que me hubiese despedido.
No habrían pasado ocho o diez minutos
cuando violentamente abrió la puerta y por
•ella salió precipitadamente con el rostro de­
mudado y como si huyera de alguien.
Al verme me preguntó con muy mal aire,
como molesto de ser visto en tal estado,
qué tenía yo que hacer allí; y al responder­
le que lo estaba aguardando por no haber­
me dado él orden de marcharme, me pare­
ció le contrariaba no hallar en mi conducta
motivo de castigo.
No debía de apetecerle compañía, pues en
vez de subir en el auto me volvió la espal­
da y echó de prisa hacia aquí: tanto, que
al volver la esquina dió de bruces contra
dos pobres aldeanos, a uno de los cuales
golpeó bárbaramente la cabeza con el puño
de oro de su látigo por no haberle dejado
rápidamente paso, mientras el otro esca­
paba asustadísimo al ver a su infeliz com­
pañero caer con la cabeza ensangrentada.
—De mal humor salía.
—(De mal humor no, borracho de ir a ;
pues cuando detrás de él llegué a mi pues­
to en su antecámara, desde allí oí, pero sin
entender lo que decían, las voces que a so­
las daba en el despacho y el estrépito que
al caer hicieron dos grandes tibores que,
al llamarme él a poco, vi hechos añicos en
el suelo.
—¿Qué te quería?
—Ordenarme que, a escape, le trajera a
8adi-Mohan.
— ¿Quién es Sadi-Mohan?
—-Un santón, o más bien una mezcla de

santón, saludador y curandero reputadísimo
en toda la comarca: un vejete que unos
tienen por iluminado y otros por brujo;
que para cada mal tiene una hierba en su
herbario, unos polvos en su laboratorio, una
oración o un conjuro; que lo mismo cura
el mal de ojo que lo hace, y a quien unos
admiran, otros temen, mas por todos teni­
do en gran predicamento como sabio alqui­
mista y famoso herbolario para quien la
botánica africana no tiene secretos.
Predispuesto Cassím, como llegaba, a re­
celar de cuanto hiciera su sobrino sin trans­
parente finalidad, no pudo menos de intri­
garle que sin estar enfermo llamara a tan
extraño e híbrido personaje; pero sin des­
cubrir sus aprensiones sólo preguntó:
—¿Y vino ese hombre?
— Sí: antes de media hora ya estaba yo
con él de vuelta; pues su casa, o santuario,
o laboratorio, que de todo tiene, no está de
aquí sino diez minutos en auto. En cuanto
llegamos se encerraron los dos en el des­
pacho, adonde, al poco tiempo, me llamó el
Califa, ordenándome que llevara al viejo a
su casa y trajera un paquete que allí me
daría.
—¿Un paquete?... ¿Y no oíste nada de lo
que hablaron?
—Aun cuando me acerqué con precau­
ción al agujero de la cerradura fué inútil,
pues hablaban muy bajo al ctro extremo del
despacho. Unicamente al salir ambos oí al
viejo decir en voz alta: “Es cosa de un
momento, pues no necesitando hacer pre­
paración alguna no tengo sino cogerlo de...”
Pero me quedé sin s ber qué habría de co­
ger, ni de dónde; pues acaso le pareció al
Califa que ya había yo oído demasiado, por­
que sin dejarle acabar atajó a Mohán, di­
ciendo: “Bien.ifbien; uo pierdas tiempo.”
—Es raro, es raro todo esto.
— Pues todavía es más raro lo que queda.
— Sigue, sigue.
— Al llegar a su casa me dejó Sadi-Mo­
han a la puerta, en el auto, y volviendo a
salir casi en seguida me entregó un pequeño
envoltorio fofo y blando amarrado con cordelillo.
—¿Qué contenía?—preguntó interesadísi­
mo el mulato.
—No .pude verlo porque el nudo del cor­
del iba sellado con lacre.
— ¡Sellado...! Vaya unas precauciones.
—Unicamente al apretarlo entre los de­
dos sentí ceder y oí crujir lo que dentro
iba, ocurriéndoseme que parecían hojas o
yerbas secas.

LOS MODERNOS PROMETEOS

—¿Y nada más?
—Sí: al dármelo me encargó dijera al
Califa que iba la cantidad exactamente ne­
cesaria para que, usándolo según le había
dicho, se le quitaran en cinco o a lo sumo
en diez minutos los dolores que le moles­
taban.
—¿Qué dolores?
—No sé. Porque, a pesar de haber estado
el día entero junto a él, de nada le he oíio
quejarse, ni advertido señales de que pa­
deciera indisposición alguna, y porque al
hablar después con su ayuda de cámara y
manifestarle mi temor de que la causa de
acostarse a media tarde fuera el sentirse
enfermo, me contestó que no era eso, sino
que desde la una de anteanoche, que se fué
a Techiasco, no había dormido y apenas si
se había sentado.
—Es rarísimo todo esto; porque si r.o
está malo, ¿para qué medicinas?... Y si lo
está, ¿por qué no llama a su médico euro­
peo, que es el único de quien no descon­
fía?... ¿Y qué hizo cuando le diste el pa­
quete?
—Entreabrirlo inmediatamente, mirar el
contenido, recatándolo c’e mí, voiver a ce­
rrarlo, ponerlo sobre su mesa y ordenarme
que enviara a buscar al cocinero.
— ¡Al cocinero!... ¡El Califa quería ha­
blar personalmente al cocinero!
—Tan raro como a ti debió de parecerle
a él en cuanto me dió la orden; pues cuan­
do yo salía por la puerta del despacho para
cumplimentarla la rectificó, diciendo que
m lugar de hacerle venir le enviara reca­
ll' de que, en vez de servir a la noche cena
Iv ~a uno, la enviara para dos.
—Ya... Era muy de agradecer que se
acordara de mi cena.
Tan irónico era el tono de Cassím que
hizo a Mohir mirarlo, pero sin encontrar
sus ojos; pues desviándolos, agregó:
—Según eso, no vió al cocinero.
—En su despacho, no. Pero en otra par­
te no respondo.
—¡En c+ra parte! ¿Dónde? ¿Cuándo?
—No puedo asegurarlo, pero sospecho que
en la misma cocina o cerca de ella.
—¿En la cocina? ¡El Califa en la coci­
na!... Si así fuera mucho debe interesarle
el asunto, y muy grave ha de sef cuando a
tal llega para no emplear en él intermedia­
ries... Pero, ¿en qué fundas tus sospechas?
—En que apenas me mandó enviar el
recado recogió de encima de la mesa el en­
voltorio que yo le había traído, se lo metió
en el bolsillo y, diciéndome que no había

99

entonces menester de mis servicios, se faé
a la calle sin dejarme echar, según cos­
tumbre, detrás de él.
No me atreví a seguirlo, ni aun de lejos,
por miedo de que él lo advirtiera; pero subí
corriendo a la azotea, miré a lo largo de
la calle, y al no divisarlo ya en toda ella,
cuando no tenía tiempo de haber andado
sino escasa distancia, supuse habría dobla­
do la inmediata esquina de un callejón que
lleva a las cocinas.
—¿No se ve desde la azotea la entrada
de ellas?
—No, pero por el lado del pretil opuesto
al de la fachada de la calle hacia donde
primero había yo mirado se ve un pasadizo
que conduce a ellas y a los garajes, por
donde, resguardándome tras el pretil, le vi
volver pasado corto rato.
—Entonces había estado en las cocinas o
en el garaje.
—En el garaje, no.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque al volver y hallarme en mi pues­
to, donde me bajé a la carrera para que allí
me encontrara, fué cuando me dijo que se
iba a descansar hasta que tú llegaras, y
porque habiendo mandádome al retirarse
cuidar de que a las siete en punto saliera
su auto a buscarte a Techiasco, aproveché
la ocasión de llevar yo mismo el recado
para averiguar, sonsacando al motorista de
guardia, que el Califa no había ido por allí
en todo el día.
—Bien, muy bien. Entonces es que fué al
otro lado.
—O allí o a pasearse...
—Pues yo no me quedo con la curiosidad.
¿Y es eso cuanto ha hecho desde que lle­
gasteis de Techiasco?
—No. A juzgar por las prisas que nos
daba a Sadi-Mohan y a mí, quedaba impacientísimo cuando fuimos a buscar el pa­
quete. Supongo que para entretener la im ­
paciencia con que me aguardaba se fué,
mientras yo fui y volví, a revisar el retén
de servicio de nuestros ouahilas, y, por io
visto, le duraba el humor de cuando le
rompió la cabeza al aldeano; pues porque el
vigilante de las armas no avisó su llegada
ni el retén formó para rendirle honores
todo lo pronto que pedía su mal temple,
hizo que a su presencia, e incontinenti,
dieran veinticinco palos al vigilante y cin­
cuenta al pobre Ain-Berka, que mandaba
la fuerza.
— ¡A Ain-Berka!... ¡Cincuenta palos a mi
mejor oficial, a un noble bereber, al más

100

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

acercaban, comprendió que la cosa iba de
valiente de mis ouahilas!... Galiel se ha
veras y cantó de plano haber recibido dé
vuelto loco.
Gahel un paquete de hierbas para hacerlas
— Eso pensamos y aun decimos todos;
hervir en la cena de la señora presa, sa­
porque ya puedes suponer cómo ha caído
cándolas después y cargando aquélla un
el bestial atropello entre los nuestros.
poquito de azafrán, por ser el sabor de éste
.—No, eso no quedará así. Se equivica si
cree que a mi gente puede tratarla como a parecido al de los yerbajos.
Al ver que aquello no iba contra él, cual
dagatums o tagamas, y se ha olvidado que
temía su recelo, quedóse Ben-Cassím medi­
en mi harka mando yo, y que a nadie se
tabundo. Recordando lo oído a Mohir sobre
castiga en ella sin contar conmigo. Pero eso
la cólera de Gahel al salir de ver a Emma
vendrá luego, pues ahora urge más lo otro.
presintió lo que en esencia podría haber
¿Qué hora es?
sucedido en la entrevista que de tal modo
— Las ocho y cuarto.
le había trastornado; y al ocurrírsele la
— Hasta las nueve tengo tiempo... Pero
idea de que a la hurí, a quien debía no
por si acaso vete a tu despacho, ponte a la
haber sido fusilado, se destinaba el veneno,
mira, y si se levantara antes de que yo
preguntó ansioso:
vuelva, envíame tu ordenanza a las cocinas.
— ¿A qué hora envías la cena a la señora?
— ¡Ah! ¿Vas a...
— Viene por ella su negra, y ya se la llevó
— Sí. Adiós.
hace cerca de una hora.
La desconfianza que ya en Techiasco ha­
— ¡Una hora!
bía hecho temer a Ben-Cassím que Abd-eiAl decir esto, volvió Cassím la espalda al
Gahel tramara algo contra su vida, era casi
cocinero, preguntó a sus hombres en dónde
certeza después de la anterior conversa­
se alojaba la prisionera y quién tenía la
ción: solamente que no pensaba ya en un
llave de su prisión, y al indicarle ellos el
accidente preparado en el camino de aquella
aldea a Sabankafi, sino que, como conse­ pabellón donde Emma estaba, y que de él
cuencia de lo oído a Mohir, atribuía a su tenía una llave el califa y otra la criada
negra, echó a correr, y en cuanto allá llegó
sobrino propósito de darle, suavemente, j i ­
aporreó la puerta, sin que los centinelas
carazo en la cena, para que pareciera morir
rechistaran cuando, después de hacerle pre­
de un cólico. Preparárselo antes de su lle­
gada era la urgencia que llaipaba a Gahel sente, con todo el respeto debido al Señor
de su harka, que estaba prohibido entrar
a Sabankafi: la cosa estaba clara.
allí, les replicó que la prohibición no ra­
En consecuencia, para aclarar el único
zaba con él.
punto obscuro todavía, fuése al retén, ya
Hacía veinte minutes que Emma habla,
no mandado por el pobre Berka, en cania
terminado de cenar. Maka, que acababa de
a consecuencia del bárbaro apaleamiento,
tomó cuatro de sus moros y con ellos pro­ hacerlo, metía en una cesta los cacharros
vistos de buenos vergajos se fué a las co­ donde trajo la cena. Por cierto con bastante
torpeza; pues comenzaba a sentir sueño,
cinas y llamó afuera al cocinero, asombra­
do al pronto y pronto asustadísimo de inusitado a tan temprana hora.
Al oír los porrazos en la puerta de la ha­
que dos personajes del fuste del Califa y
el Seficr de Ouahila la dispensaran, en una bitación donde se hallaba acudió a ella, pero
tardó un poco en abrirla por costarle tra­
misma tarde, el honor de sus visitas.
bajo atinar con la llave al agujero de la
Síntesis de la conversación a media voz
cerradura.
sostenida por él con Ben-Cassím: el inte­
— ¿Y tu ama?—ipreguvtó Ben-Cassím tan
rrogado comenzó negando la primera visi­
pronto tuvo el paso franco.
ta, al cabo confesada al serle por aquél
— Ahí dentro— repuso la negra haciendo
mostrados los vergajos de sus cuatro moros,
un esfuerzo, pues ya tenía premiosa la pa­
asegurarle que el califa nada sabría de la
labra.
segunda, y agregar como último argumento
— ¿Ha cenado?
que, aun cuando lo supiera, nunca podría
— ¿Cenado..., cenado?
degollarlo hasta después: es decir, no po­
— ¿Eres estúpida—¡gritó él, cogiéndola de
dría, porque el argumentante venía decidi­
un brazo— . Te pregunto si ha cenado tu
do a matar antes al cocinero a palos si no
ama.
hablaba en aquel mismo momento.
— Cenado... No sé... Déjame, déjame.
Todavía vacilada el pobre hombre, pero al
Comprendiendo el mulato que en el esta­
oír a Cassím decir a los de los vergajos
do en que Maka estaba era inútil pregun“Vamos, muchachos” y ver que aquéllos se

LOS MODERNOS PROMETEOS

tarle nada, la soltó, y entrándose por las
demás habitaciones llegó al salón, donde vió
a Emma caída sobre unos cojines, comple­
tamente inmóvil y con los ojos cerrados.
— Llego ya tarde— dijo—. Está ya muer­
ta, y la vieja va a morirse en seguida.
Y se quedó mirando consternado a Emma.
Pero el viejo guerrero había visto en su
vida muchos muertos para que su contem­
plación no le hiciera conocer en seguida
que aquél no era el semblante de un cadá­
ver, afirmándose en tal convencimiento
cuando, acercándose a ella y palpándola,
halló tibia y elástica la tez, sosegada y
acompasada la respiración, flexibles las ar­
ticulaciones.
—He sido un estúpido—exclamó, dando
un suspiro de satisfacción—. Era imposible
que Gahel quisiera matar a esta mujer. Debí
en seguida figurarme lo que se propone.
Cuando decía esto oyó ruido a su espalda,

101

viendo, al volverse, a Maka, que a costa de
ímprobos esfuerzos aprovechaba los últi­
mos destellos de razón en vencer su sueño
y su torpeza para seguirlo y defender a su
niña, a quien creía en peligro, pero que no
pudiendo más caía al suelo dormida.
Todavía permaneció el mulato un rato
allí, yendo y viniendo del ama a la criada
para asegurarse de que el sueño de ambas
ofrecía los mismos caracteres de tranquili­
dad: sin contracciones, sin espasmos, sin
debilidad excesiva ni creciente del pulso,
ni indicio alguno de estar amenazadas de
muerte; y cuando de ello estuvo convenci­
do pensó que iban a ser las nueve, que si
Gahel no estaba ya despierto irían a des­
pertarlo, y se marchó, mascullando entre
dientes:
— ¡Pero será lo que me figuro!... ¡Será
posible!

XXVII
DONDE SE VE QUE ALGUNA VEZ HABÍA DE SER GAHEL
EL SORPRENDIDO
Durante la cena no departieron tío y so­
brino sino sobre cosas indiferentes; pero en
cuanto, ya terminada, se retiraron los cria­
dos, habló el primero de los recientes fraca­
sos del segundo y del descontento de las tai­
fas, amenazante de pasar a sedición.
No era el Vengador hombre para oír ver­
dades, mas convencido desde mediodía de
que en tanto no arreglara él las cosas de
otro modo estaba a merced de su pariente
y de su harka, y como tal convencimiento
se hizo aún más alarmante al oírle protes­
tar de los bestiales apaleamientos de la
tarde, que tenía indignados a todos sus
ouahilas, se resignó a contemporizar hasta
que hallara medio de sacudirse la tutela,
llegando a prometer un inmediato cambio
en los métodos de ataque, que en dos día3
a lo sumo les haría dueños de la m adri­
guera de los perros.
Ha de advertirse que, aun siendo para
ambos interesantísimo todo esto, los dos
tentan el pensamiento en otras cosas: Ga­
hel, en lo que puede suponerse; Cassím,
en cuanto el otro había hecho v él visto

aquella tarde: siendo muy de notar que
solamente se diera por enterado del vapu­
leo de los de! retén, sin decir palabra de
Emma, ni descubrir siquiera que sabía es­
taba en Sabankafi, ni aludir al rapto, ni
hacer el más leve reproche a su sobrino por
haber antepuesto egoístas pasiones a sus
deberes de caudillo.
Desasosegado éste con la impaciencia de
realizar el proyecto planeado para aquella
noche, estaba nerviosísimo, miraba con
frecuencia el reloj y hasta caía en distrac­
ciones inverosímiles en materia de la enti­
dad de la tratada.
Cassím, dándose cabal cuenta de esta in­
quietud y de la causa de ella, pensaba tam­
bién más en lo que callaban que en lo que
decían, hasta que convencido de la doblez
de Gahel y de que a nada conducía prolon­
gar conversación que el otro no se atrevía
a cortar, la cortó él diciendo que estando
ya conformes en lo fundamental, cansados
los dos, y siendo ya la media noche, a la
mañana hablarían con calma de la prepa­
ración del que iba a ser definitivo asalto;

102

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despidiéndose con aparente cordialidad, que
no impidió se fuera murmurando:
, —Falso, embustero. ¡Pobre de mí si en
vez de mis cincuenta ouahilas tuvieras otra
gente en Sabankafi!
Al quedarse Gahel solo y pensar era lle­
gada la ocasión de ejecutar el plan en que
venía pensando desde que se le ocurrió lla­
mar a Sadi-Mohan, se estremeció con emo­
ción perturbadora; sintió después invadido
su cuerpo por laxitud grandísima y tuvo
miedo: aun más miedo que afán.
Transcurrieron unos instantes en que ni
él mismo supo qué pensó ni sintió: tantos
y tan contradictorios eran los pensamientos,
tan contrapuestos los deseos y aprensiones
que precipitadamente lo asaltaban, hasta
que al cabo dijo:
— ¿Pero estoy loco? ¿O es que soy imbécil
o cobarde?
Al decirlo echó a andar, salió a la calle,
donde no encontró a nadie hasta la puerta
del pabellón de Emma; entró en él, y sola­
mente se detuvo al llegar frente a ella,
dormida donde Cassím la había visto antes.
La contempló breves instantes; lo sacu­
dió temblor que le corría de los pies a la
cabeza; lo empujó violentísimo impulso lan­
zándolo hacia ella; y cuando gritando “Mxa,
sus brazos, sintió que, por detrás, lo sujemía”, estaba a punto ya de estrecharla entre
taba una membruda mano por uno de ios
suyos, y al volverse se encontró cara a cara
con Cassím, que para cerciorarse de si su
sobrino sería capaz de cometer la cobarde
vileza que aún se resistía a creer, se le
había adelantado, valiéndose de la llave
que Maka dejó puesta en la puerta y él se
llevó, se había escondido tras un cortinaje
para no mostrarse sino en caso de adquirir
tal certeza, y que al tenerla intervenía, diciéndole:
—Hermosa hazaña para el nieto de AbdeJ-Gahel el Grande.
_¡Tú, tú!... ¿Cómo te atreves?... ¿Qué
haces aquí?
—Impedir—dijo Cassím apretando la mu­
ñeca de Gahel con una mano que parecía
una garra'—que encanalles la noble sangre
de mi padre.
—Vete. No te interpongas entre esa mu­
jer y yo.
—Te has olvidado que me salvó la vida
cuando yo iba a quitársela. Esa mujer es
sagrada.
_Vete, vete ahora mismo. Te lo mando.
Soy tu soberano.
, —'¡Mi soberano un cobarde que ni con

las mujeres se atreve si no las duerme an­
tes!
Al oírse llamar cobarde echó Gahel la
mano libre al cinto, buscando un arma que
no llevaba por no haber supuesto pudiera
hacerle falta en su vil atentado contra la
inerme Emma.
Pasáronle a fassím inadvertidos el movi­
miento y la intención de su sobrino, porque
al mismo tiempo que buscaba éste el puñal
con una mano, dió para desasirse de la que
le sujetaba el otro brazo un violentísimo ti­
rón, inútil contra las hercúleas fuerzas del
mulato. Pero de pronto, y cuando repitiendo
este “Cobarde, cobarde”, clavaba como gar­
fios de hierro sus dedos en el brazo que
aferraba, dejó Gahel de continuar pugnando
por soltarse, yéndose encima de Cassím,
que al ver el rostro de él cerca del suyo creyó
que iba a morderle. Mas no era eso, sino
que apoderándose con la mano libre de la
gumía que su tío llevaba en la cintura la es­
grimió contra éste tirándole una puñalada
ai cuello.
Para evitar el mordisco que temía dió
Cassím con la mano izquierda un tortísimo
empujón en la cara de Gahel y echó atrás
la cabeza, viendo entonces brillar la gumía,
que, gracias a aquellos movimientos, no lo
hirió en la garganta, sino de refilón en ia
clavícula, sin que el otro tuviera tiempo de
secundar el golpe; pues la mano que le em­
pujaba la frente y la que en aquel momento
le soltó la muñeca le rodearon el pescuezo,
apretando, apretando.
—Cobarde, traidor, cobarde.
Forcejeando y jadeantes, dando Gahel cu­
chilladas en vago, pues aquella presión ame­
nazaba ahogarle, menudeando el mulato los
insultos, iban los dos enracimados de un
lado a otro de la estancia, hasta que al cabo
tropezaron con un mueble y cayeron al
suelo.
Al califa, medio congestionado ya e in­
capaz de defenderse, se le escapó de la mano
la gumía y se sintió sujeto contra el piso,
pesando sobre él el corpachón del otro, que,
levantándose en seguida, le puso una rodilla
al pecho con propósito de quitarle el arma.
Al no hallarla en sus manos, miró en torno,
y viéndola en el suelo soltó su presa y cogió
aquélla.
—¡Perro! ¡Canalla! Levántate. Ya has
visto que ni a traición es fácil asesinar a
Ben-Cassím.
No privado del todo, pero semidesvanecido por el principio de estrangulamiento, ya
Gahel se había sentado instintivamente al

LOS MODERNOS PROMETEOS

103

quedar libre; pero no estaba todavía en es­
ka le dijeron claro que el rencor a quien
tado de p der levantarse.
injustamente lo había hecho apalear movía
Viéndolo así salió Ben-Cassím a la puerta
a los ouahilas tanto cuando no más que la
exterior del pabellón y llamó a los centine­
obediencia y el cariño a su señor.
las, ordenando a uno de ellos que de su par­
— ¡Muera, muera!
te fuera a decir al oficial del retén que v i­
—No; ese es poco castigo, y parecería ase­
niera en seguida con cuatro hombres.
sin a to -d ijo Cassím haciendo de su cuerpo
Cuando volvió adentro le preguntó Gahel,
escudo a Abd-el-Gahel—. Será juzgado, des­
que ya iba reponiéndose y se había levan­
tronado y degollado por sentencia de la
tado:
misma asamblea que lo proclamó, ante la
—¿Qué pretendes?
cual lo acusaré.
—Hacer justicia con el indigno descen­
— Y yo a ti, ruin bastardo.
diente de mi glorioso padre.
— El bastardo se llevó, sin dejarte a ti
He sido tu perro leal toda mi vida; cieu
■nada, toda la noble sangre de su glorioso
veces la expuse por defender la tuya; te h9
padre. Pero basta de pelearnos, como muje­
reverenciado como cabeza de mi raza, como
res, con la lengua. Hixem, llévatelo... Mien­
al continuador de aquel cuya sangre acabas
tras mañana dispongo su traslado a donde
de verter a traición. A egoístas pasiones has
yo convoque la asamblea, encerradlo en su
pospuesto la obra que él te encomendó; para
alcoba, guardándolo allí bien. Pero sin mal­
satisfacerlas has sacrificado a tus herma­
tratarle, y acordándoos de que a un Abdnos, y al prodigar sus vidas a montones
Iel Gahel no le puede tocar sino el alfanje
has sido traidor a Africa.
que corte su cabeza.
—El traidor eres tú, traidor contra el Ca­
Como no todos los días se prende a un
lifa— replicó Abd-el-Gahel.
califa, no es extraño que el oficial encarga­
— ¡El Califa’ También a los califas les
do de custodiar al recién aprehendido es­
alcanzan las justicias de los pueblos: yo la
tuviera un poco atortolado y no pensara en
haré hoy contigo, como la haría, si viviera,
la probable contingencia de que en la alcoba
el héroe de quien te has hecho indigno.
en donde iba a encerrarlo tuviera armas,
— ¡Que tú harás justicia! ¿Con qué de­
como efectivamente las tenía: inadverten­
recho? ¿Cómo?
cia que fué causa de que no se cuidara
—Ya lo verás. Pero ahora quieto. No mi­
sino de meterlo en aquel aposento, cuya
res, no busques. Ya veo lo que maquinas;
puerta no se cerraba sino con cerrojo por
pero es inútil, no hallarás otra arma. Quie­
dentro y picaporte por afuera, y de quedarse
to aquí. Como intentes el menor movimiento
con sus hombres en el inmediato.
te clavo la gumía.
La primera idea de Gahel al verse solo
Al decir esto hacía Cassím sentarse a su
fué armarse, como lo efectuó inmediata­
sobrino y junto a él se sentaba, sujetándole
mente; la segunda, salir de improviso, apro­
con una mano por un brazo y teniendo en
vechar la sorpresa de sus guardianes para
la otra la gumía desenvainada con la pun­
abrirse paso a pistoletazos y cuchilladas;
ta muy cercana a su pecho, sin que des­
correr a las habitaciones de Ben-Cassím y
de entonces volvieran uno ni otro a decir
hacerse dueño de la situación asesinándo­
palabra hasta que al llegar los moros del
lo; la tercera, que todo aquello era dispa­
retén les ordenó el jefe de su harka:
ratado, pues tantas y tan difíciles cosas era
—Prended a ese hombre.
muy problemático le salieran bien.
—Te acordarás y te arrepentirás de esto.
Con el colosal poder que aquel hombre
Soy el Califa. Prendedlo a él.
tenía sobre sí consiguió serenarse; y com­
Los recién venidos se quedaron perplejos
prendiendo que en aquel difícil trance le
ante los antagónicos mandatos del Señor de
era más necesario que nunca meditar con
■su cabila y del califa.
cordura, se sentó, y discurriendo y cavi­
—Ouahilas, ese hombre ha hecho traición
lando, analizando y desechando uno en pos
a su pueblo y sus soldados, y acaba de in­
de otro los sucesivos planes que para salir
tentar asesinar arteramente a vuestro jefe.
de él se le iban ocurriendo, se acordó al
Vedlo, ved mi sangre.
cabo de una hora de la ventana, que por
— ¡Viva nuestro Caid!
estar muy alta nadie pensaría en vigilar,
— ¡Viva Ain-Berka!
pero de la que, a riesgo de estrellarse, y
— ¡Muera el Califa!
bien valía la pena de correrlo, podría acaso
Antes de oír los muera al califa se vió
pasar a un terrado cercano apoyando los
perdido éste, porque los vítores a A in-B er­
pies en una moldura que corría a lo largo

104

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

de la fachada y agarrándose con las manos
al cornisamento de ella, al nivel del piso
de la azotea. Del terrado, si conseguía lle­
gar a él, saltaría o se descolgaría a la
azotea de una de las alas bajas del edi­
ficio, y de ésta al tejado de paja de una
de las casucas inmediatas de un solo piso,
del cual ya era fácil bajar a la calle. Una
vez en ésta correría al garaje, cogería su
auto y se iría a buscar 2.000 ifogbas que
en Gángara tenía para aplastar con ellos
a los 50 ouahilas y a su maldito jefe.
Después de madurar fríamente su teme­
rario proyecto se decidió a correr el albur
de estrellarse si la moldura no tuviera re­
sistencia para sostenerlo, o si se le resba­
lara una mano en el saliente de la azotea.
Ya decidido, corrió silenciosamente el ce­
rrojo interior de la puerta, escuchó un rato
junto a ella y en seguida salió por la ven­
tana.
No habiéndose matado, como más de una
vez estuvo a punto, porque sin duda Dios
quería que muriera en otra parte, pudo rea­
lizar punto por punto su peligrosa exclu­
sión cual la había trazado; pero al llegar a
ios garajes, donde a aqvella hora no ha­
bía nadie, no halló su auto. A falta de él
pensó utilizar una moto, y cuando andaba
en busca de gasolina para llenarle el depó­
sito oyó un rumor venido de la altura, que

lo alarmó, por conocer inmediatamente que
era producido por motores de aéreas n.avcs,
aun cuando poco intenso, cual si volaran a
gran elevación. Salió del cobertizo cuando
ya comenzaba a aclarar la negrura de la
noche, viendo en el cielo dos grandísimas
manchas fusiformes y reconociendo en ellas
dirigibles.
Los vió pasar por encima del pueblo has­
ta que se los ocultó el tejado del cocherón.
Para saber si pasarían de largo o iniciarían
el bombardeo, en que pensó en seguida, se
subió a aquél por una escalera de mano, y
al ver a favor de la luz, muy tenue, pero ya
alboreante, que uno de ellos descendía r e ­
sueltamente a tierra más allá de la aldea,
dijo: Tienen que ser los perros... Pero si no
nos bombardean, ¿a qué vienen?
Su clara inteligencia acertó la respuesta:
allí venía Lobera a rescatar a Emma, y al
acertarlo lo enloqueció la idea de que se
la llevara, que volviera a ser suya, que en
brazos de su Pepe' diera ella de nuevo al rival
aborrecido la felicidad que a él se le había
escapado cuando estaba a punto de alcan­
zarlas Y olvidando a Cassím, a ifoghas y
ouahilas; no pensando ya sino en matarla
antes de que él se la llevara, echó a correr
como un loco para llegar al pabellón antes
de que los perros tuvieran tiempo de entrar
en la aldea.

XXVIII

A SABANKAFI
Se ha dicho que Gahel no se había equi­
vocado al pensar que los perros eran quie­
nes llegaban en los dirigibles; pero para
explicarnos cómo sin haber podido llegar
los hijos de Maka a la Residencia sabían
allí que Duvery y sus hijos estaban en Sabankafl preciso es que volvamos allá an­
tes de mediar aquella noche y demos cuen­
ta, aun cuando sea brevísima, de lo acae­
cido en la fortaleza durante el tiempo que
hemos pasado en el opuesto campo. Con­
viniendo recuerden los lectores que van pa­
sadas nueve fechas desde el día del primer
asalto, del rapto de la mujer de Lobera y
•de la herida de éste, y cinco desde el se­
cuestro de los Duvery.

Repuesto de la fiebre causada por la in­
fección de su herida, y no siendo és:a de
importancia, cuatro días llevaba Pepe le­
vantado, pero en estado de hosca misantro­
pía, siéndole todo indiferente— hasta aquel
secuestro de que se había enterado il le­
vantarse— fuera de la idea fija, de que tam­
poco hablaba, pues no podía pensar silo en
que ya estaría consumada la bochornosa
catástrofe, que nosotros sabemos fué evitada
por la providencial intervención de BenCassím. Temía no volver a ver a Enma,
pero le horrorizaba la confesión que di ella
oiría si llegaba a verla. Y, sin embargo, tal
terror no bastaba a sofocar sus ansiis de
abrazarla, aunque después los matara a los

LOS MODERNOS PROMETEOS

dos la pena y la vergüenza: desenlace menos
cruel que el de vivir atormentados por el
recuerdo de aquello.
No pensaba en matarse, cual Don Gusta­
vo había temido, porque aunque no lograra
recuperar a su mujer, le era la vida nece­
saria para buscar y castigar al infame rap­
tor. lEsta esperanza, tanto lo menos como
el amor a ella, lo llevaba todas las madru­
gadas a los proyectores, a mirar del lado
de Tarkás: hora y dirección que al marchar­
se fijaron los hijos de Malta para hacer des­
de el campo la seña que había de darlos a
conocer de los centinelas cuando volvieran
con la ansiada noticia de en dónde estaba
Emma.
Mas comprendiendo que de llegar dicien­
do “está en tal sitio” podría hallarse lejano
éste y ser de imposible acceso si para lle­
gar a él fuere preciso romper antes por en­
tre multitudes de africanos, dispuso que los
dirigibles llegados con el segundo cargamen­
to de vituallas no regresaran a Fernando
Poo, pues pensaba que solamente por vía
aérea sería realizable la expedición con que
soñaba.
Adoptar esta decisión fué su único acto
de autoridad, pues cuando Manolo quiso,
no ya resignar en él el mando de la defensa
técnica, sino a lo menos consultarle algunas
determinaciones, contestó que teniéndole sin
cuidado defensa, heliodinámica, moros y
cristianos no se acordaran de él sino para
batirse como el último de todos cuando lle­
gara el caso, y concluyó diciendo:
— Sigue tú, sigue al frente de todo... Es
mejor, porque tú puedes pensar en esas co­
sas, mientras yo no es posible que piense
sino en esto.
Y llevándose los puños a la cabeza volvió
la espalda y se alejó, porque ni aun con
Manolo quería hablar de aquello.
Y como no sólo su hermano, sino todos
sus amigos comprendieron cuán penosísimo
le sería que le hablaran de la horrenda si­
tuación en que Emma y él estaban, facili­
taron su deseo de aislamiento, no visitán­
dolo, ni acercándosele si de lejos lo veían
vagar meditabundo por lo más solitario de
los parapetos, siempre mirando ansioso al
campe o al cielo, como queriendo penetrar
'dónde estaba Emma, mientras el pensamien­
to lo '.orturaba sin cesar, repitiéndole estas
dos palabras: “violada, muerta”.
Tal era el triste estado del infeliz mari­
do, que ya desesperaba de recibir noticia
alguna al ver pasar noches y noches sin que
volvieran los hijos de Mata, cuando a las

105

once de la en que su mujer yacía narcoti­
zada en Sabankafi vió entrar de pronto en
su aposento a Bertier y Manolo gritando
que ya sabían en dónde estaba Emma.
— ¿Dónde? ¿Dónde?
— En Sabankafi.
— Vamos, vamos. ¿Dónde están los hijos
de Maka? Quiero hablar con ellos.
— No han vuelto.
Pero ha venido un desertor de los re­
beldes.

Ya el lector ha adivinado que el desertor
era Kitvinoff, quien para conservar sobre
los hombros la cabeza que Abd-el-Gahel le
prometió cortarle, se entró a las diez de la
noche, provisto de linterna y abrigado cual
para hacer un viaje al polo, en la galería
por donde veinte horas antes habían huido
los sahareños que en ella no quedaron, y en
donde el frío, aun cuando muy intenso—
diez y seis bajo cero padeció el ruso al fin
de su caminata subterránea— , se había ate­
nuado mucho, según progresivamente había
él comprobado en los reconocimientos de la
tarde.
La razón de tan rápido cambio era que
no siendo posible penetrar en el sótano en
tanto hiciera en él la insoportable tempera­
tura de la noche pasada, y cosa larga aguar­
dar que subiera por el solo efecto de la in­
fluencia de la exterior a través de dos úni­
cas puertas y de la mina— ya que siendo el
aire más pesado cuanto menos caliente— ten­
dería a quedarse en el subterráneo el frío
que lo llenaba, y por sí solo no bajaría
á él el templado y más ligero de lo alto,
decidió Manolo Lobera emplear ventilación
artificial muy poderosa, acudiendo a las
bombas de la fabricación del aire líquido,
que en cuanto amaneció comenzaron a ex­
traer aire frío de la cueva, reemplazado
por el caliente de afuera, que en fortísima
corriente entraba por las puertas y la mina.
Este era el fuerte viento que a Kitvinoff le
había llamado la atención en sus explora­
ciones.
Pero como la vastedad del soterrado . ecinto requería muchas horas de faena para
terminar por completo la renovación, por
ello tiritó el ruso horriblemente al recorrer
la mina, y no sólo de frío, sino de pavor
cuando en la última parte de ella tuvo que
avanzar sobre los muertos de la víspera: en
tan gran número caídos que a trechos no
pudo continuar marchando en pie, teniendo

106

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

que proseguir a gatas y aun a rastras sobre
el hielo de sus rígidos cuerpos endurecidos
por el frío.
De allí salió a la gran tumba de los 1.200
hombres de la vanguardia de Tinkert, y he­
lado de frío y espanto corrió a una de las
puertas, teniendo que luchar en el pasadizo
de ella al exterior con un verdadero hura­
cán de aire templado que de afuera se pre­
cipitaba a reemplazar en la cueva de la
electrotermia al que sin intermisión ex­
traían las bombas.
Detenido por un gendarme, de centinela
en la salida, y llevado ante Bertier, a la
sazón acompañado de Manuel Lobera, no
perdió tiempo ni malgastó palabras para
decir quién era, porqué huía y ofrecer, a
cambio de perdón y olvido por lo hecho
contra franceses y argentinos, decir en dón­
de estaban Emma, Raúl y Don Héctor, y
dar Utilísimos informes para libertarlos.
Aceptado el trato, dijo en seguida que en
Sabankafi “no habían quedado sino cincuen­
ta moros ouahilad del Eglab” , lo cual daba
facilidades para rescatar a los cautivos, se­
gún plan que Bertier y Manolo no tuvieron
que molestarse en idear por traerlo hecho
aquel listísimo bribón, que habiendo visto
días atrás llegar y no marcharse los dirigi­
bles, había pensado eran transportes pinti­
parados al caso, capaces de llevar gente
sobradísima para abrumar a los ouahilas:
máxime sorprendiéndolos de noche, porque
los refuerzos más cercanos que pudieran lle­
garles estaban en Gángara, a 30 kilóme­
tros.
Además, y verosímilmente, se podría apre­
sar o matar al califa: un además nada des­
deñable para el capitán, a quien le desvane­
ció los escrúpulos de abandonar el mando de
la fortaleza; pues en lo tentador del cebo
bailó pretexto para hacer su gusto de man­
dar la expedición que iba a intentar salvar
a sus amigos.
Como se ve, Pepe Lobera, Kitvinoff y los
hijos de Maka— que también éstos habían
pensado en los aerokinos— coincidían, aun
sin saberlo ellos, en la manera de acometer
la empresa. Prueba de que podría discutir­
se si era buena, pero no que era única.
Y como no lo discutió nadie y el golpe
había de darse aquella madrugada, pues so­
bre no admitir Pepe aplazamiento, tampoco
era prudente dar tiempo a que variaran las
favorables condiciones del momento, sola­
mente fué demorada la partida el tiempo in­
dispensable para acordar detalles de la eje­
cución del plan que iba a desarrollarse en

Sabankafi y adoptar disposiciones para el
desembarco, parte la más comprometí la de
la empresa por falta de lugar preparado para
anclar o amarrar los dirigibles, y por no h_aber en aquellas áridas comarcas ceibas ni
baobales, que por su tamaño y resistencia
pueden, en caso extremo, servir de amarra­
deros.
Para solventar esta dificultad fué consul­
tado el ruso, quien manifestó haber en Sabankafl un sólido alminar que, de bailar
medio de rodearle un cable, la dejaría zan­
jada; pues preso en él el dirigible, podría
desembarcarse desde no más de 12 ¡a 15 m e­
tros con escalas y cuerdas.
Pero Pepe, que había recobrado su lu ci­
dez de espíritu, desechó la solución, porque
no habiendo quien desde el alminar ayu­
dara a la maniobra, sería insegurísimo el
enganche. Y como no admitía la hipótesis
de retornar sin descender, no había sino
afrontar la posible pérdida de uno de los
aerokinos, haciéndolo bajar hasta tocar el
suelo o tan cerca de él que permitiera sal­
tar directamente a tierra.
Riesgos de ello: que de hacer viento (lo
cual de madrugada era improbable en aqué­
llos parajes), fuera después arrojado el di­
rigible contra alguna colina o coir.ra el
pueblo y zozobrara, y ~ue oi la sorpresa se
frustrara o et combate tomara mal sesgo
cayera el globo en peder del enemigo, de­
jando a los expedicionarios sin medios de
regresar. Pero tales riesgos podían sal­
varse o siquiera atenuarse llevando en uno
de los aerokinos toda la gente de ceséiabarco, encomendando al otro la defensa
con sus ametralladoras y con bombas del
que aterrizara, y conservándolo en reserva
para el retorno de todos en caso de tener
éxito el ataque y perderse el primero.
De fracasar en el pueblo, no había que
acordarse del regreso, sino de morir matan­
do. Así dijo Pepe, y tal debían entenderlo
cuantos le acompañaran.
En cuanto al mando, tenía él demasiado
ocupada la mente en otras cosas para asu­
mir la responsabilidad de dirigir expedi­
ción en donde iban a arriesgarse muchas
vidas, y, por tanto, Manolo llevaría la di­
rección de los dos aparatos, cada uno con­
ducido por su capitán, y el mando de las
tropas, una vez en tierra lo ejercería quien
Bertier designara.
El aludido contestó que ya se había desig­
nado a sí mismo; y pensando con su habi­
tual desconfianza que un bandido, como for­
zosamente había de ser un europeo ce cul-

LOS MODERNOS PROMETEOS

tura que contra europeos servía a musulma­
nes, no era más de fiar que éstos, previo
a K itvinoff que él era quien primero se ju­
gaba la piel; pues iría a Sabankafi para
servir de guía, pero entre dos gendarmes,
que al menor indicio de traidora embosca­
da lo matarían inmediatamente. Y terminó
diciendo:
— Piénsalo bien. Si venías a engañarnos,
todavía estás a tiempo, pues si lo confiesas
te perdonaré, dejándote volverte con ios
tuyos.
— ¿A que Gabel me corte la cabeza?. .
Gracias. Voy con vosotros.
— Con los brazos atados, ¿eh?
— Sí. Y entre dos gendarmes. Conformes.
Me parece muy lógica esa desconfianza.
Siendo cincuenta hombres la guarnición
de Sabankafi y habiendo de coger dormidos
a la mayor parte de ellos, parecieron ochen­
ta muy sobrados para tropa de desembarco:
mas no tratándose de ganar batallas, sino
de dar un golpe por sorpresa, coger a los
que se quería rescatar y volverse. Aparte
que Bertier, siempre previsor, pensaba que
en la guerra fracasa a veces lo mejor pre­

107

parado, y no quería que el posible fracaso
de la próxima empresa mermara demasiado
la capacidad de resistencia para venideros
ataques de la guarnición de la fortaleza.
De los ochenta hombres, sesenta eran
gendarmes, mozos de pelo en pecho, escogi­
dos entre muchos más que se presentaron
voluntarios para la expedición. Ingenieros
y ayudantes del ferrocarril, capataces y
obreros argentinos completaban la fuerza,
yendo los últimos al mando de Pepe, que
dijo a Bertier no contara para sus combi­
naciones con aquella gente, pues él quería
estar libre y desembarazado en cuanto allá
llegara.
—iLibre de hacerte matar: ¿no es eso?—
replicó el veterano, sin advertir que apeaba
a Pepe el tratamiento.
— Libre de no retirarme en caso de que
usted considere preciso retirarse... Porque
si allí está Emma no me vuelvo sin ella, y
si no está no ha de faltarme a quien buscar.
—Haga usted lo que quiera— contestó con­
movido el capitán; pero no crea que yo soy
vivo en retirarme.

nix
¿DÓNDE ESTÁ EMMA?
No habiendo luna y siendo temerario me­
terse completamente a obscuras en un pue­
blo desconocido, decidieron los expedicio­
narios zarpar a hora que a la llegada per­
mitiera utilizar los primeros claros precur­
sores de la aurora, para descender tan pron­
to hubiera luz que bastase siquiera a ver el.
suelo y desembarcar a no mayor distancia de
500 metros a sotavento de la aldea, con
tiempo de entrar en ella antes de la ama­
necida.
Obrando así era probable hallar durmien­
do todavía a la mayor jarte de los ouahila s ; pero en último extremo, y aun de no
ser así, se prefirió arrostrar lucha más dura
a tener que operar en las tinieblas.
Inmediatamente antes de desembarcar se­
ñalaría Kitvinoff desde lo alto el edificio
del Cuartel General del Califa, donde el re­
tén, que no debía de pasar de doce a quin­
ce hombres, hacía guardia, el pabellón de
Emma y la casa donde estaban los Duvery.

Como además de las citadas edificaciones no
había en el poblado sino otras dos que no
fuesen miserables, y para eso al otro ex­
tremo de él, no habría lugar a confusiones.
Se dividió la fuerza en cuatro grupos:
uno de veinticuatro hombres, mandado por
el sargento Friand, caería por sorpresa so­
bre el retén, a la par que Pepe, con doce,
correría a libertar a su mujer, y uno de los
ingenieros franceses, con otros tantos asal­
taría la prisión de Don Héctor y Raúl;
por último, Bertier, con el resto de la tropa,
ocuparía la encrucijada de las calles, a cu­
yos opuestos extremos estaban los aloja­
mientos de una y otros, para acudir, de ser
preciso, en auxilio de Pepe y el francés;
pues siendo los cautivos lo que allí intere­
saba, ya sabían Friand y sus valientes que
su papel era atraer sobre sí el mayor nú­
mero de enemigos, sin esperar ayuda. Aun­
que si los rescates se realizaran pronto y
bien ya se la prestaría el capitán, pero nun-

108

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTIFICA

ca antes de haber cubierto la retirada de
los rescatados; pues las patrullas de Pepe y
el ingeniero francés no habrían de cuidarse
sino de forzar las prisiones, apoderarse de
los presos y correr a embarcar, sin perder
minuto, en el aeróltino.
Tal plan se adoptó sobre un sumario cro­
quis del pueblo, trazado de memoria por
Kitvinoff, que sólo marcó en él la encruci­
jada y las calles conducentes a los tres lu­
gares de ataque: en total cuatro rayas, pero
las necesarias, y de las cuales tomaron cal­
cos Bertier, Pepe y el otro jefe de patrulla.
Kitvinoff iría con Bertier; Manolo Bobe­
ra quedaría bien a regañadientes en el di­
rigible de reserva.
A las tres de la madrugada se elevaron
los aerókinos y en menos de una hora es­
tuvieron sobre Sabankafi, en cuya masa obs­
cura no brillaba otra luz que la galida por
la ventana de la alcoba de Abd-el G-ahel.
Cuando la proximidad del alba convirtió
las tinieblas en neblina agrisada reconoció
el ruso el edificio de donde la luz salía, di­
ciendo que allí debía de estar trabajando el
califa, que allí estaba el retén, y después
señaló a Pepe, a Bertier y al ingeniero jefe
de grupo las dos casas ocupadas por los que
se pretendía libertar: las cuales, por estar
encaladas, destacaban como manchas claras
en la sombría del pueblo.
Jugaron las bombas compresoras del he­
lio de los globos alojados en lo interior de
la gran envoltura externa del dirigible; des­
cendió éste al aumentar de peso con la en­
trada de aire exterior en los huecos deja­
dos por la reducción de volumen del gas;
y como felizmente hacía calma optó Pepe
por no perder el tiempo en emplear esca­
las, sino descender hasta que la gran bar­
quilla casi tocara el suelo. Cuando se estu­
vo cerca de éste subieren sobre las bordas
los ochenta hombres de desembarco, que­
dando en pie sobre ellas, agarrados a los
cables que suspendían la barquilla del cuer­
po flotante del aeróstato, y dispuestos para
saltar todos a tierra en el mismo instante
y a la voz.
_Atención: ¿listos?— gritó Pepe, y en se­
guida— Ahora.
Eran las cuatro y cuarto, y la luz sólo
permitía columbrar bultos, cuando al oír el
“ahora” saltaron a una todos, quedando rea­
lizado el desembarco sin más accidentes que
algunos batacazos de pequeña importancia.
Aligerado el aeróltino, pegó un brinco ha­
cia arriba.
Se reunieron los hombres por grupos en

el mayor silencio; con el propio sigilo re­
corrieron el medio kilómetro hasta la a l­
dea; un cuarto de hora escaso después del
desembarco llegaban a la plazolucha o des­
campado, en la que Bertier había de que­
dar con la reserva y desde donde Kitvinoff
mostró a los otros tres grupos los edificios
a donde habían de dirigirse: visibles dos al
extremo de otras tantas calles y el otro por
encima de chozas y casuchas.
* * *

— iAlto! ¿Quién vive?— gritó el ouahila
de centinela a la puerta del zaguán donde
estaba el retén, por haber visto aparecer
un grupo al doblar la esquina de la bocacalle
más próxima, a. cuarenta y tantos pasos de
él. Eran los gendarmes, que en cuanto oye­
ron el alto se lanzaron a la carrera, sin de­
jar tiempo al moro sino de disparar su
arma, hiriendo a uno de los guardias, pero
no de hacer fuego por segunda vez, porque
cayó cosido a bayonetazos.
— Silencio y pegaos a la pared a los dos
lados del portón—mandó Friand, montando
el rifle y apostándose solo en la opuesta
acera, mas no frente a la puerta para evi­
tar ser visto desde adentro.
Al oír el ruido del disparo ordenó el jefe
del retén al vigilante de las armas desper­
tar a la gente, que, vestida, dormía tirada
por el suelo; acompañado del cabo' de cuar­
to corrió en seguida a mirar por el venta­
nillo de la puerta, y al no oír nada ni ver a
nadie la abrió, saliendo afuera con el calo.
Al mismo tiempo que Friand hacía fuego,
derribando al cabo, se lanzó hacia el otrov
gritando a sus gendarmes:
— Adentro a la carrera. Esos no dan cuar­
tel. Acordaos y pagadles en la misma mo­
neda.
La refriega de veinticuatro hombres con­
tra trece, medio dormidos todavía, fué tan
breve que antes de tres minutos no queda­
ba vivo un ouahila del retén, de los que
algunos ni tuvieron tiempo de llegar al ar­
mero a coger los fusiles.
Mientras esto ocurría llegaba el ingeniero
francés con su tropa a la prisión de los Duvery, mataba .al centinela, hacía saltar la
cerradura de la puerta a hachazos y abravery, mataba al centinela, hacía saltar la
pito saltaron desnudos de la cama.
En el corto tiempo que ambos tardaron
en vestirse apresuradamente fueron ente­
rados de que Pepe estaba en aquellos mo­
mentos libertando a su mujer. Ya vestidos,

LOS MODERNOS PROMETEOS
les invitó el jefe de la patrulla a correr sin
demora al dirigible, a lo cual no accedieron
por no avenirse a huir sin Emma, no que­
dándole a aquél otro remedio que plegarse
a la decisión de padre e liijo, yendo a re­
unirse a Pepe guiados por Raúl, que recoidando la calle por donde le había traído el
automóvil, después de ver a su hermana en
la ventana del pabellón ^que ocupaba, y el
aspecto inconfundible de éste, tenía seguri­
dad de encontrarlo.
Por el camino oyeron fuego de fusilería.
Era Bertier, que combatía con los ouahilas no pertenecientes al retén, agrupados en
torno de Ben-Cassím, que los capitaneaba.
Friand, por su parte, buscaba con ahinco
en el edificio que había atacado a su anti­
guo conocido el Señor Núñez, pero infruc­
tuosamente; y él y sus gendarmes despi­
chaban de paso a cuantos africanos encon­
traban.
Para entrar en la prisión de Emma no
fué preciso matar centinelas, porque nin­
guno la guardaba, ni forzar la puerta, abier­
ta de par en par, por la que Pepe se preci­
pitó adentro gritando: “ ¡Emma, Emma!”
Cruzó anhelante tres habitaciones, don­
de continuaban luciendo las lámparas que
alumbraron la lucha de Ben-Cassím con
Abd-el-Gahel y el vencimiento de éste,
con quien se encontró Pepe cara a cara al
entrar en el último aposento.

Con el propósito que le vimos formar al
ver aterrizar el dirigible llegó el Vengador
al pabellón antes que el marido de Emma;
y no hallando a ésta en parte alguna, y su­
poniendo que adelantándosele aquél se la
había ya llevado, creyó que la ira iba a
ahogarlo.
Pero cuando reflexionaba en la imposi­
bilidad de ello, dado el momento y el lugar
en que se había efectuado el desembarco,
oyó a sus espaldas los gritos de Lobera lla­
mando a su mujer; y al volverse y verle
en la puerta cfel salón, gritó:
— Perro maldito, Al-láh te trae.
Y con una pistola de repetición, que nc
tuvo que sacar por tenerla en la mano des­
de que, con intento de matar a Emma, ha­
bía entrado en el pabellón, le disparó des
tiros.
Por suerte, el frenesí rabioso que ya an­
tes de ver a Pepe tenía a Gahel fuera de lí,
lo impensado de la presencia de su odiado

109

enemigo y el ansia misma de matarlo, hi­
cieron temblar la mano que empuñaba el
arma y errar la puntería, dando tiempo al
otro para llegar de un salto hasta tocarle
la cabeza con la boca de su pistola y des­
cerrajarle los seis tiros de la carga entera.
Tan rapidísimo fué todo, que al entrar en
el salón los argentinos que muy de cerca
seguían a su jefe, ya estaba Abd-el-Gahel
tendido con la cabeza destrozada.
— ¡Emma, Emma!—volvió a gritar Lobara al no ver tampoco allí a su mujer— .
¡Emma, Emma!—gritaba registrando de
nuevo, pero inútilmente, todo el pabellón,
hasta que convencido de que allí no estaba
Emma, exclamó consternado: — ¡Se la había
llevado ya, se la había llevado antes de lle­
gar yo!... ¿Dónde, dónde, Dios mío?
*

*

*

Teniendo que atender a Sabankafl y a la
Residencia, a Ben-Cassím y al califa, a los
cautivos y a sus rescatadores, al viaje, al
desembarco y a los combates, forzoso era
se quedara algo atrás. Y pues cuadró la na­
rración de modo que rezagado se quedara
lo ocurrido a Emma desde que Ben-Cassím
impidió fuera manchada por bestial con­
cupiscencia, retrocedamos al momento en
que, después de apresar a su sobrino, se
quedó aquél solo con la hurí, y no poco
perplejo de qué iba a hacer con aquella
criatura.
Porque ni él podía convertirse en can­
cerbero de una bellísima mujer entre hor­
das de salvajes, ni para dejarla abandona­
da a los seguros desmanes de ellas valía la
pena de haberla salvado de lo pasado.
Parecíale lo mejor enviársela a su marido.
Pero esto no era fácil, pues ^.n pronto los
de la Residencia veían aproximarse gente
a ella rompían el fuego, y lo mismo harían
contra el parlamentario que por delante
fuera a decirles quién llegaba detrás.
— Si enviara a esa cuando se despertara—
dijo al tropezar sus ojos con Maka dor­
mida— . Ca: antes de llegar lo suficiente­
mente cerca para ser reconocida la fusila­
rían... Además, ¿quién sabe cuánto tardará
en despertarse? Y yo necesito resolver esto
pronto para quedar libre de estorbos y po­
der atender a lo otro... ¡Calla! ¡Qué estú­
pido! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?
Dijo esto el moro al caer en que si Maka
no era utilizable, podían serlo sus hijos, que
de Techiasco se había traído presos, los
cuales ordenó fueran despertados y traídos

110

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inmediatamente al pabellón. Dada esta or­
den, agarró a la negra por los pies, y tiran­
do de ellosv la arrastró* por la alfombra
hasta el centro del salón, en donde la dejó
dando frente a la entrada. Hecho esto, se
escondió y aguardó la llegada de los -los
mozallones, a quienes, diciéndoles que los
cambiaban de prisión, llevaron los ouhill*s
que los conducían hasta la puerta del salón,
retirándose ellos.
Solos entraron, pues, y al ver a su madre
tendida y creerla muerta, cual Cassím de­
seaba, gritaron precipitándose hacia ella:
— ¡Madre, madre!
—'Canallas, la han matado.
— No está muerta— dijo Cassím mostrán­
dose— , sino sólo dormida. Pero vosotros ya
habéis confesado. Y me figuro que para que
ella y esa vuelvan a la Residencia...
— ¡L a niña!
— ¡L a Señorita!
— ... sabréis hallar el modo y el camino
que para llevarme a mí decíais no conocer.
— Sí, sí—contestó uno.
— Según— dijo el otro, más precavido que
su hermano— . Si nos das seguridad bastante
de que detrás de ellas y nosotros no ha de
meterse allí tu gente, sí; pero sin esa se­
guridad, no; porque lo mismo da que las
matéis aquí que allí.
— Tendréis esa (seguridad— repuso BenCassím sonriéndose al ver la malicia del
negro.
Puntualizado cómo les sería dada la ga­
rantía pedida, dijeron los hermanos que
sabían y podrían entrar en la Residencia,
pero no hasta la siguiente noche, porque si
bien para que los reconocieran los de den­
tro tenían convenida con ellos seña, con­
sistente en mostrarse los dos a las cuatro
de la madrugada, como a un kilómetro del
foso hacia el lado de Tarkás, tirarse tres
veces al suelo y levantarse otras tantas, era
imposible llegar a aquel paraje en la pre­
sente madrugada, distando cerca de setenta
kilómetros de Sabankafi, y habiendo de
(aguardar a que se despertaran las dormidas.
— Os equivocáis: llegaréis esta noche. Y
que lleguen despiertas o dormidas me tiene
sin cuidado. Aguardadme aquí un rato, que
en seguida vuelvo.
A l cuarto de hora estaba de regreso el
mulato con el automóvil de su sobrino,
guiado por el conductor de guardia aquella
noche, quien a la orden de "Servicio del
C alifa” dada por personaje tan principalí­
simo como el tío de éste, no había puesto
el menor inconveniente en hacer lo que se

le mandaba, y que a las dos y media ponía
en marcha el coche donde iban Emma,
Maka y los dos hijos de ésta, bien p ertre­
chados d'e armas que les dió Ben-Cassím.
Llevaba el motorista orden de segmir la
ruta que los negros indicarían, evitando los
poblados; mas por si, contra toda probabi­
lidad a aquella hora y en aquel camino, tro­
pezara con alguna turba saharefia, usaría
de un salvoconducto con membrete de A fr i­
ta Vengadora y firmado “P. O. del Califa,
Ben-Cassím" , ordenando se dejara paso
franco al auto, que iba a efectuar un “canje
de prisioneros”.
i Los hijos de Maka llevaban, por su parte,
un pliego cerrado para entregarlo con ur­
gencia a Emma en cuanto se despertara.
. —(Señor, ¡que Al-láh te premie lo que
haces!— dijo uno de los negros al p artir el
auto.
— El te oiga— respondió el moro, que ha­
biendo de planear demasiadas cosas para el
siguiente día, no pensó en acostarse al re­
tirarse a sus habitaciones.
Por eso, cogiéndole levantado la llegada
de los cristianos y enterándose de la sor­
presa del retén, pudo correr al barracón don­
de dormía el resto de sus ouahilas, des­
pertarlos y organizar a la desesperada in­
útil resistencia, en que a la luz del día ya
claro vió rematar al último de ellos: no su­
friendo igual suerte porque, reconocido por
Bertier y Friand óuando daba órdenes a sus
moros, la dieron ellos a los gendarmes de
cogerle vivo; pues el primero quería fusi­
lar en Techiasco al condenado a muerte que
de allí se había fugado. Y vivo lo cogieron:
es decir, casi vivo, porque la vida se le es­
capaba muy de prisa per cuatro heridas.
* * *

A las cuatro de la madrugada fué Davoust
avisado por el capataz de los proyectores de
que dos hombres hacían desde la senda de
Tarkás las señas convenidas con los hijos
de la nodriza. Enviada una patrulla a re­
conocerlos, se dió paso al ^automóvil que
detrás habían dejado.
Emma y su nodriza llegaban tan dormi­
das como de Sabankafi habían salido.
*

*

*

Cuando al llegar junto a Pepe, desespe­
rado, se enteraron Don Héctor y Raúl de la
cruel decepción del pobre esposo, se queda­
ron tan abatidos como éste.

LOS MODERNOS PROMETEOS
P asados los prim eros momentos de in ­
activo estupor, resolvieron los tres, de co­
m ún acuerdo, que de Sabankafi no saldrían
sin re g istra rlo antes casa por casa; y con
objeto de pedir a B ertier el concurso de ia
to ta lid a d de las tropas para tales pesquisas,
se fu ero n a buscado.
Ya por entonces no se oía ni un tiro en
todo el pueblo, y sorprendido y aun inquie­
to el "veterano de no haber visto pasar h a ­
cia el aerókino ninguna de las patrullas de
rescate, se disponía a buscarlas. Pero cuan­
do las; vió llegar y, regocijado, abría los
brazos para abrazar a Don H éctor y a Raúl,
los de jó caer an tes de abrazarlos al oír a
Pepe q u e gritaba:
—N«o está, Bertier, no está. Ya se Ja h a ­
bía llevado aquel malvado.
Desde el sitio donde, sentado en el suelo,
con la espalda apoyada co ntra una tapia, se
desangraba, vió Ben-Cassím la actitud y el
dolor del que había ayudado a la hu rí a
darle la libertad y salvarle la vida, y aun
cuando no entendió lo que decía por no co­
nocer bien el francés, sospechó lo ocurrido;
y llam ando a uno de los gendarm es que te ­
n ía al lado, dijo:
—Necesito hablar en seguida: tengo que
decirle cosas interesantísim as al Señor Lo­
bera.
—Más son las que yo tengo que contar­
te—contestó el gendarm e—. El señor Lo­
bera h a m atado al Vengador.
— ¡Que lo ha mataco!
—Sí, hace m edia hora.
—P ues dile... dile quo necesito hablarle.
—T iene que hacer ahora otra cosa.
—M ira que me estoy muriendo... Que es
preciso que le hable... que sé dónde está su
m ujer...

111

A tal revelación no vaciló el gendarm e en
av isar a Pepe, que acudió a la carrera se­
guido de Don Héctor, Raúl y B ertier, te ­
niendo éstos que trad u cir a aquél la rela­
ción muy breve, pues Ben-Cassím veía q\ie
se m oría, hecha por éste de la salida de
Em m a y M aka para la Residencia.
H ablaba trabajosa y concisamente. Cuan­
do hubo dado la noticia principal, om itien­
do lo relativo al intento de violación, in ­
terrum pió las calurosas gracias que le da­
ban los otros, m anifestando quedarle aún
por hacer revelaciones que no podían o ír
sino el m arido y el padre de Em m a; y al
verse ya solo con ellos, prosiguió cada vez
más despacio, por faltarle la vida, tra d u ­
ciendo Don H éctor sus palabras a Pepe:
—Con algo más im portante que devol­
viéndote a tu m ujer he pagado la deuda que
te n ía con vosotros... No, no me des gracias:
m atando a Abd-el-Gahel ya me has pagado,
y si por lo de esta noche crees deberme algo...
No me interrum pas... Ya, ya me entenderás
cuando la veas a ella y leas un papel que...
Pídele que a nadie sino a ti lo lea... Si des­
pués queréis pagarm e lo que he hecho rom ­
pedlo, y a nadie habléis jam ás de, como allí
le digo ha pagado Cassím lo que a ella le
debía.
Matándolo tú a él y callando ella y tú
salvaréis el buen nombre de mi raza. B ás­
tete haberlo m uerto. No deshonres el nom­
bre de mi padre.
Agregó el moribundo unas palabras in ­
com prensibles ya, y perdió el sentido.
Lo em barcaron en el aerókino, lo des em barcaron en la Residencia, y a las dos
horas había muerto.

XXX
LA ÚLTIMA HAZAÑA BÉLICA DEL SOL Y SU RETIRO
A PACÍFICO VIVIR
Por continuar sum ida en el letargo no
sintió Em m a los besos de que, con ansia
y a porfía, la cubrieron su marido, su padre
y su hermano, cuando a las ocho de la m a­
ñana llegaron los aerókinos a la Residencia:
ni los besos ni las lágrim as que, cual rocío
de felicidad, caían sobre su rostro de los
ojos de ellos.

Pero no obstante las seguridades de Don
Gustavo el médico, que habiendo examinado
atentam ente a Emma y a la negra antes de
re to rn a r los expedicionarios, decía no h a ­
ber indicio de peligro en aquel sueño, la
persistente prolongación de él trocó las a le ­
g rías de los prim eros momentos en tem o­
res de los allegados a las narcotizadas, has-

112

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ta que entre cuatro y cinco de la tarde, des­
pués de haber dormido veinte horas, des­
pertó Emma, volviendo Maka en sí una
hora después; pero postradas ambas con
entorpecimiento mental y laxitud física, de
que tardaron varias horcas en salir por com­
pleto.
Por esta causa, y temiendo las consecuen­
cias que en tal estado pudiera acarrear a su
mujer la emoción de enterarse del repug­
nante peligro a que había estado expuesta,
nada de él ni de la carta de Ben-Cassím
le dijo Pepe, a quien ésta había sido entre­
gada por los hermanos de leche de Emma
cuando llegó a la Residencia, y la cual ha­
bía ya él leído mientras ella dormía. Así,
de nada tuvo Emma conocimiento hasta la
siguiente mañana, cuando pasada por com­
pleto la depresión que aun después de des­
pierta le quedó como efecto subsiguiente a
la acción narcotizante, comprendió su ma­
rido no haber ya riesgo en referirle los
acontecimientos de la noche de Sabankafi,
tan fecunda en ellos.
La carta de Cassím relataba escueta y
brevísimamente cuanto nosotros ya sabe­
mos, agregando que para dejar pagada por
completo su deuda con la hurí no le faltaba
sino aconsejarla que con las personas de su
familia huyera inmediatamente de Africa
en uno de los barcos que vuelan; pues muy
pronto serían pasados a cuchillo todos los
moradores de la Residencia, y él no era
hombre que traicionara a su país perdo­
nando a ninguno de cuantos allí encontrara.
Ni tan extraña mezcla de buenos senti­
mientos y salvaje ferocidad, ni aquel bestial
concepto que del patrio deber tenía el fa­
nático hijo de Abd-el-Gahel el Grande, im­
pidieron que, recordando solamente los pri­
meros, lo llorara Emma cuando supo su
muerte y cuál había sido su último deseo
al suplicar a Pepe que pagando, él y ella, con
piadoso silencio la felicidad que le debían,
no deshonraran el nombre de quien llevaba
el mismo del que había velado por la honra
de ellos.
La carta de Ben-Cassím fué, no rota, sino
quemada, diciendo Emma al verla reducir­
se a pavesas:
—Si Bertier supiera esto, ya no diría que
fuimos unos locos al hacer que ese hombre
se evadiese. Pero no lo sabrá.
No tuvo Pepe tiempo de contestar nada,
porque a la par que las últimas palabras de
Emma oyó los rugidos reiterados de la si­
rena de alarma, y en la habitación inme­
diata el insistente repiqueteo del timbre, que

lo llamaba a la rotonda de mando, hacia la
cual salió precipitadamente, viendo al lle­
gar a ella que en varias direcciones avan­
zaban, aunque lejanas todavía, las hordas
agarenas sobre la Residencia.
*

*

*

La víspera se difundieron por los pueblos
comarcanos y por los vivaques ocupados por
los sahareños las noticias del ataque a Sabankafi, de la muerte de los cincuenta ouahilas, de haber caído prisionero Ben-Cassím
medio muerto y una fantástica versión de
cómo había perecido heroicamente Abd-elGahel, que con esto pasó de zaherido y poco
grato soberano a héroe tan glorioso como
su ilustre antecesor, y a quien, como a éste,
cantarían épicas leyendas.
Había muerto el Vengador, a manos de
los perros, en traidora sorpresa, y el Ven­
gador tenía que ser inmediatamente ven­
gado: tal era el clamor general en aldeas y
campamentos.
Bu-Kadur, desde Techiasco, tomó la ini­
ciativa de convocar a consejo a los jefes de
harkas, que reunidos al anochecer, convi­
nieron rápidamente, con unanimidad abso­
luta dictada por el odio, único sentimiento
en que todos se unían, que al día siguiente
no dejarían cristiano vivo en la Residencia.
Pero con tal acuerdo se acabó el acuerdo;
pues al tratar de formar plan de asalto y
elegir quien lo dirigiera con carácter y auto­
ridad de jefe de la totalidad de las fuerzas
sitiadoras, se propusieron tantos planes
como aspirantes a caudillo: y para contar
éstos no bastaban los dedos de una mano.
Ambiciones personales, rivalidades de tri­
bu, orgullos, envidias, disensiones frescas y
rencores añejos—eterna urdimbre sobre que
en todos tiempos se ha tejido la histeria de
imperios y de razas islamitas—, surgieron
tan pronto se trató de encumbrar a uno
sobre todos: siendo preciso, después de va­
rias horas de debate parecido a pelea, de­
sistir de nombrar jefe, y no tomándose otro
acuerdo (equivalente a no tomar ninguno)
sino que después del asalto se aclamaría
por general al jefe de la harka o tritu que
primero entrara en la fortaleza; pues así
todos harían cuanto pudieran para con­
seguirlo y se daría impulso máximo si ata­
que.
Tal era la opinión externa y genertl, que
no contaba con el interno y egoísta propó­
sito de cada uno de ellos de no ayudar a

LOS MODERNOS PROMETEOS
los demás ni hacer sino lo redundante m
prop io beneficio.
A s í solamente se convino a la hora en que
a 1.a vez atacarían todas las turbas sitiadotom ara lugares de partida, tiempos y dis­
ras ; pero como no hubo quien diera órde­
nes de conjunto y faltó quien en cuenta
tamcias; como además creyeron unos con­
veniente a sus miras personales adelantar­
se para ser los primeros, mientras pensan­
do otros que no siempre llega más pronto
quien más corre, optaron por retrasar su
entrada hasta que los ataques de sus ému­
los se hubieran estrellado contra la resis­
tencia de la guarnición completa y que­
brantado a ésta, no se logró al siguiente día
la convenida simultaneidad.
N o vamos a describir el durísimo, pero
inf orme combate que por carencia de cau­
dillo director de toda acción conjunta y
fa lta de reservas no fué un asalto general,
sino una serie de discontinuas y desorde­
nadas acometidas parciales, tan cruentas co­
mo ineficaces; pues e'-i cuanto era una re­
chazada no acudía nadie a secundarla.
Cañoncejos, ametralladoras, fusilería y
bombas llovidas de aerókinos y de hélices
repelieron a los que ni fogatas ni eléctricas
centellas de las alambradas lograron de­
tener. Mas como anteriormente ha visto ya
el lector funcionar todos estos ingenios des­
tructores en un frente, ello le da elementos
para imaginar lo que ser pudo su combinacía acción cuando a la par actuaron en to­
dos los sectores durante aquella brega san­
grienta a la desesperada, de la cual sólo
merece relatarse, por su novedad, la embes­
tida de los ouahilas al campo insolatorio.
E l alto espíritu, la indómita bravura y el
fe ro z fanatismo de la morisma de E l Eglab,
ensoberbecida al combatir al lado de otras
tribus a las que desdeñaba, no desmayó, a
pesar de las espantosas pérdidas que el su­
cesivo o acumulado emple) de los medios
de defensa recién mencionados la hicieron
sufrir antes de llegar al parapeto exterior
al campo insolatorio, que, a despecho de
todo, coronaron al cabo cual manada de ra­
biosos chacales, atronando el aire con aulli­
dos de triunfo al no hallar al otro lado de
él tropa ninguna que los detuviera; pues
obedeciendo orden de Pepe Lobera se ha­
bían retirado las que lo guarnecían a ’ as
trincheras del recinto interior, seiscientos
metros retrasadas, donde, sin disparar, se
mantenían en pasiva actitud detrás de ios
reflectores, que en grandísimo número in­
terpuestos entre atacados y atacantes, ha-

n3

brían quitado casi toda eficacia al fuego que
desde allí pudiera haberse hecho.
Ha de advertirse que la retirada de uno
a otro atrincheramiento no se efectuó pa­
sando las fuerzas que la realizaban entre los
aparatos de reflexión solar, sino en dos co­
lumnas por los flancos del campo insolato­
rio, dejándolo a la derecha una y a la iz­
quierda la otra.
La primera impresión de los ouahilas al
llegar a lo alto del plano de fuegos sobre
el cual estaban, y ver reverberar la luz del
Sol en el metal de aquella multitud de cón­
cavos espejos, artefactos para ellos extra ­
ños, de los que no tenían la menor noticia,
fué de sorpresa, seguida de la desconfianza
que casi todos los hombres, y más si son
ignorantes y supersticiosos, suelen sentir
ante lo desconocido. Pero los valientes, que
no habían titubeado en arrostrar los m or­
tíferos obstáculos que ya detrás quedaban,
no podían ser detenidos por los inertes y al
parecer inofensivos aparatos; y a la voz
de Bu-Kadur, que les decía ser suyo ya el
definitivo triunfo, saltaron adentro y se lan­
zaron a asaltar el cercano y ya último re­
paro de los perros!.
Eran las diez de la mañana, y el sol del
Sahara lucía deslumbrador en lo alto, cal­
deando el aire a cercp, de sesenta grados;
pero los rayos que caían sobre el área de
insolación eran recogidos en los reflectores,
por éstos concentrados—no de igual modo,
pero sí con los mismos efectos producidos
por la lente, que, al juntarlos, incendia lo»
objetos, con tal que no sean blancos, que
en su foco se encuentren— y enviados por
los espejos al vidrio protector de las cajos
calientes de las pilas térmicas: con lo que,
por efecto del calor acumulado sobre el
suelo, la temperatura de éste bordeaba los
ciento cincuenta grados, y pasaba de cien
la de la capa de aire comprendida entre el
vidriado piso y los espejos.
Cada uno de los moros que a la carrera
iban en cabeza lanzó un grito, que al unir­
se con los demás vibraron en inmenso ala­
rido de dolor cuando, al llegar aquellos
hombres a la zona caldeada por los condensados rayos del sol, sintieron abrasárseles
las plantas de los desnudos pies cual si las
hubieran puesto sobre una placa de can­
dente hierro.
— E l suelo es lumbre, arde la tierra—
gritaron, tratando inútilmente de retroceder
por impedírselo el tropel de los compañeros
que por detrás los empujaban.
Proferían a su vez éstos, al avanzar, aná •

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logos lamentos, prorrumpiendo en los mis­ al siguiente día su descubierta los aviones
mos clamores, mientras los empujados, cuyos de la Heliodinámica, tuvieron que volar no
cuerpos estaban ya basta los torsos sumer • pocos kilómetros hasta ver un sahareño; y
gidos en un ambiente de fuego, pugnaban a mediodía retornaron con la faus:a nueva
por volver atrás, forcejeando contra la ma­ de estar ya todos en definitiva retirada.
sa humana que los impedía, y chillaban:
En aquella misma fecha las hidroescua—-íEl aire es fuego. Hemos caído en un dras y las aviescuadras españolas y fran­
horno. Atrás, atrás: estamos entre llamas. cesas bombardearon, desde el mar, Arge’,
Y entremezclaban estas exclamaciones con Tánger y Gambia, y desde el aire, Tafilete,
espantosos ay es estridentes.
Tombuctú y Agadés. Era el comienzo de la
Tenían razón los desdichados: los seis­ lucha del mundo civilizado contra la cru­
cientos metros hasta el parapeto, que ha­ zada de la barbarie musulmana que, a falta
bían creído era ya suyo, estaban llenos de de un Sultán tan temible como Abd-elverdaderas llamas que no por invisibles eran Gahel, estaba acaudillada por cuatro su’menos quemantes, formando ante ellos ba­ tancillos que se peleaban la herencia dc-1
rrera abrasadora tan infranqueable como lo Vengador: con odios tan salvajes, si no
habría sido una visible hoguera de iguales más, que el que tenían a los cristianos:
dimensiones.
circunstancia que, en vez de cuatro veces
Cuando quienes ya estaban en aquel in­ más difícil, hizo muchísimo más fácil para
fierno fueron en número suficiente a reunir los europeos la empresa de recuperar su
fuerza capaz de resistir la de los que los perdido dominio sobre la que de nuevo tor­
empujaban por la espalda, y éstos se dieron nó a ser Africa I rredenta.
cuenta de la causa de los ayes de aquéllos
Seis meses después la Heliodinámica
y del peligro inarrostrable y misterioso que inauguraba las pacíficas funciones para que
ante sí tenían, comenzó la desbandada, si­ había sido proyectada, enviando a Europa,
multánea con otra por el norte, de la única por la atmósfera y sin alambres, los pri harka que ya no había sido rechazada.
meros caballos de energía solar. Y allí se
alumbraron casas, se caldearon hogares,
trabajaron máquinas y corrieron trenes con
la fuerza tomada del calor del hidrógeno,
Los africanos, que en todas direcciones el calcio y el hierro que en el Sol ardían.
huían despavoridos, todavía sufrieron la
A los dos años, el campo insolatorio era
persecución de dirigibles y aeroplanos, que decuplicado para dar abasto a los pedidos
no cesaron de hacer caer Lombas sobre ellos de fuerza heiioeléctrica que del mundo en­
sino cuando la frenética luga dividió a los tero le llegaban a Lobera; las acciones
escapantes en grupos tan pequeños que el del Trust de Fuerzas Térmicas, de que no
combatirlos no merecía el gasto de explo­ hemos vuelto a acordarnos desde el primer
sivos.
episodio de esta historia, eran ofrecidas en
El sitio había acabado, pues los sitiado­ las bolsas de todo el mundo a precios de
res estaban, no solamente vencidos, sino ruina, y ni aun así las quería sino algún
convencidos de haberse Al-láh pasado a los tonto.
cristianos, y de ser él quien, tan pronto con
La humanidad podía vivir tranquila y
visible lumbre que llovía del cielo, como con libre de la amenaza, antaño pavorosa, del
terribles rayos, con el mortífero frío del sub­ agotamiento del carbón y el petróleo, pues
terráneo o con invisibles llamas del averno sabía ya explotar un manantial de calor y
castigaba culpas de los hijos del Sahara. * potencia incomparablemente más ubérrimo
Y no siendo posible, y aun pareciendo un y duradero que minas y pozos; porque en
sacrilego intento el de luchar con 1a Divi­ la Tierra trabajaba la fuerzi. caída de una
nidad, cada taifa resolvió de por sí, y todas cascada de energía cuya altura en distancia
con unanimidad, cual si de acuerdo proce­ era ciento cincuenta millones de kilómetros,
dieran, dejarse de aventuras y volverse a su con desnivel térmico de seis a siete miL
grados centígrados.
tierra.
De aquí que cuando, de mañana, hicieron
f

FIN DEL TERCER EPISODIO Y LA NOVELA

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