Del océano a Venus. 2ª ed.

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Madrid

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Obra digitalizada por la Universidad Complutense de Madrid perteneciente a la colección privada de Jaime Jaureguizar
Colección de la edición
Colección de Protociencia-Ficción Mnemosine
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Español
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1921
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VIAJES PLANETARIO S EN E L SIGLO XXII
SEGUNDA ETAPA

DEL OCEANO
A VENUS
E L CORONEL IGNOTUS

HTORI

V

y

/

B IB L IO T E C A N O V E L E S C O r C lE N T IF IC A
D O a □ □ □ □ □ □ □ □ Q CJOO D Q Q O D O D O D O D O O O O O D O O D D O O O O O O O O □ □ □ □ □ □ □ O D O O □ O O a a O O O Q O Q D O O O D O D D O C C O O O O O O O D O □

DEL
A

OCÉANO
VENUS

□□

S

Œ3

Es propiedad. Prohibida la repro­
ducción, incluso la "cinematográ­
fica”, sin permiso del autor. ^

NOVELA DE AVENTURAS
POR

E L CO R O N E L IG N O TU S
JOSÉ

DE

ELOLA

S E G U N D A ETAPA

DEL

OCÉANO

A

VENUS

SEGUNDA EDICION

M A D R ID , L IB R E R ÍA R IV A DEN E T R A
1 9 2 1

INDICE
Paga.

P áS!.

I — tPlus ultra*........................... ' 7
II.—El odioso Felipe II y la odio­
sa María Pepa...................
11
III. —¿Accidente?... ¿Crimen?....
15
IV. —Un consejo sensacional...
19
V.—De cómo Sara oye «con sus
propios ojos» cuanto ha­
23
bla María Pepa..................
VI.—María Pepa se juega el todo
por el todo........................
29
VII.—Encuentra Sara un plan para
nueva batalla.....................
34
VIII.—Leblonde ventea una pista..
38
IX.—¡Arriba!...................................
42
X.—El segundo accidente....... . 46
XI.—A la Tierra, a la Tierra, mas
no a tierra..........................
49
XII.—Celos... y celos........................
54
XIII. —Oceánicos deportes...........
59
XIV. —El Sol se descompone y a la
postre se para......... .’. . .
64

XV.—Los prisioneros......................
68
XVI.—Los caminos de Venus.........
72
XVII.—Las pesquisas de Alvaro y las
melancolías de la Capita­
na........................................
75
XVIII.—Las desventuradas narices
del doctor Chu-Fo.............
78
XIX.—La artillería y el equipaj e de
Aristides Leblonde...........
83
XX.—Un nuevo y fiambre perso­
naje.....................................
87
XXI.—Las borrascas del éter sideral.
92
XXII.—Brevísimo, pero sensacional
capítulo....... ......................
95
XXIII. —El correo interplanetario_
99
XXIV. —Alegrías y dolores combaten
a la pobre María Pepa.. . . 102
XXV.—De Venus a Mercurio y vuel­
ta a Venus.......................... 106
XXVI.—Venus, traidora...................... 110

BIBLIOTECA NOVELESCO-CIENTÍFICA
por «EL CORONEL IGNOTUS»
Pesetas,
DE LOS ANDES AL CIELO.-Primera etapa de «Viajes Planetarios

en el siglo xxn»,

^

DEL OCÉANO A VENUS.-Segunda etapa de la misma obra, segunda ídem................ .
EL MUNDO VENUSIANO.— Tercera y última etapa de la misma obra, segunda ídem......
LA DESTERRADA DE LA T IE R R A .-P rim e ra p a rte .-E L MUNDO-LUZ...........................

EN PRENSA:
EL MUNDO-SOMBRA.— Segunda parte de la anterior.
EL AMOR EN EL SIGLO CIEN.

EN PREPARACIÓN:
LA MAYOR CONQUISTA

OTRAS OBRAS DE JOSÉ DE ELOLA
EUGENIA— Novela....................
LA PRIMA JUANA.— Novela, dos tomos....................................................................................
BOSQUEJOS.— Cuentos..................................................................
CORAZONES BRAVÍOS.— Cuentos...............................................................................................
CUENTOS ESTRAFALARIOS DE AYER Y MAÑANA.— (Agotada).
REMEDIO CONTRA CEGUERA.— Comedia en dos actos (agotada).
LA NIETECILLA.— Idem en id., id.
IN ARTÍCULO M 0R T I6 — Idem en un acto, id.
PRECOCIDAD.— Idem en id., id.
MACBETH.— Versión de la tragedia de este nombre, de William Shakespeare...............
OBRAS DRAMÁTICAS.— El salvaje, Luz de belleza.....................................................
EL FIN DE LA GUERRA.— Con el seudónimo I g n otus ...........................................................

3
3
3
1

EL CREDO Y LA RAZÓN.— Segunda edición............................................................................

3

2
2
3,50

LA VERDAD DE LA GUERRA.—Versión del inglés (agotada).
LAS CAUSAS DEL DESASTRE.— Con seudónimo I gnotos (agotada.)
LA CAMPAÑA DEL ROSELLÓN— (Agotada.)
EL PLEITO DEL REGIONALISMO.—Con seudónimo Don Ñuño (agotada).
LA ENFERMEDAD DE LA PESETA........................................................................
LO QUE PUEDE ESPAÑA........................
.............................................

PLANIMETRIA DE PRECISIÓ N.- Premiada por la Escuela de Minas, cuatro volúm enes..
LEVANTAMIENTOS Y RECONOCIMIENTOS TOPOGRÁFICOS.-De texto en varias Escuelas

de Ingenieros, tres volúmenes..........................................................................

2
i

50

........................... " "

30
7

ESPAÑA EN MARRUECOS.— Mapa de la zona de influencia española..................................

&

AGENDA DEL TOPÓGRAFO..................... .................

>

i-..- .

_L

I
“ PLUS
La fausta nueva de que ni el Autoplanetoide ni su Capitana hablan perecido en la
caída, que por cierta se dió, sobre las rocas
de Bass, no se supo en el mundo hasta
pasados cuatro días de la divulgación de
la falsa noticia de ella, nacida de torpeza
de un navegante inculto, incapaz de apre­
ciar que el orbimotor estaba, cuando él
dejó de verlo, setenta u ochenta millas
más alejado de su goleta que dichos islo­
tes. Este error en la comparación de las
distancias le hizo tomar por caída lo que
no era sino ocaso: el ocaso del novimundo,
para los tripulantes de aquel mal barquichuelo combatido por el temporal.
Véase ahora cómo en la Tierra se ente­
raron de que no habla perecido el aviestelar.
Es sabido que los astrónomos duermen
de día y velan de noche, a no ser cuando
miran al Sol. No es, pues, extraño que
en la del 15 al 16 de septiembre del año
2186 estuvieran despiertos los del Obser­
vatorio de Batavia. Y tanto menos, cuan­
to que en este templo de la ciencia se es­
trenaban en tal fecha un telescopio foto­
gráfico, con un magnífico espejo de 1,80
metros de diámetro, y un perfeccionadísimo espectroscopio, expresamente destinado
al estudio de las nebulosas: aparatos que,
por primera vez, iban a ser asestados aque­
lla noche a la soberbia nebulosa de la
constelación Orión (1).
(1) La nebulosa de Orión llena en los cielos un
espacio millones de veces mayor que el ocupado por
nuestro Sol con el séquito de todos sus planetas
— 8.960 millones de kilómetros es el diámetro me­
dio de la órbita de Neptuno.
La teoría del nacimiento de soles y mundos por
la rotación y condensación de la masa gaseosa de
nebulosas madres, fué iniciada por Ferguson, Laplace y Hershell en el siglo xvm , y modificada su­
cesivamente en sus detalles por varios astrónomos,
pero mantenida en lo esencial, recorrió etapas su­
cesivas. Sir Norman Lokyer atribuye el origen de

ULTRA”
La perspectiva era por demás tentadora
para que nadie, en el observatorio javanés,
pensara en turnos de servicio; pues hasta
el último aprendicillo astrónomo quería te­
ner su parte en las observaciones, tal vez
descubrimientos, de la citada noche; y
cada uno acotaba su pedazo de nebulosa
para curiosearlo personalmente con los
nuevos aparatos.
Desojábanse todos, y ni una mosca se
oía en el observatorio, cuando de pronto,
bien avanzada la noche, y en el momento
en que uno de los observadores daba des­
canso a su vista fatigada, separándola del
ocular del anteojo para fijarla en lo obscu­
ro del cielo, se oyó un grito de asombro.
— ¿Qué es eso?— dijo—. Señores, seño
res; señor director, un astro, un astro nuetales nebulosas al choque de incontables enjambres
de meteóricos bólidos, en cuyas colisiones se en­
gendra calor que los volatiliza, dando origen a la
materia gaseosa incandescente de la nebulosa, que
ha de formar, al condensarse, soles, y que enfriada
dspués, en el transcurso de millones de siglos crea
mundos y sistemas planetarios.
Los trabajos de Keeler dieron después lugar a la
moderna teoría plenetesímal, de Cbamberlln y Houlton, según la cual los choques, o la exagerada cer­
canía de astros, cuyas Órbitas se cruzan y penetran,
les arrebatan trozos, que lanzados al espacio se
deshacen en polvo de materia volatilizada, al calor
de percusión o frotamiento: de donde nacen las
nebulosas espirales. Y se presiente ya que, asi
como en la vida orgánica se arruina la materia
inerte para dar nacimiento a cuerpos vivos, que
al morir dejan, en sus materiales restos, elemen­
tos de nuevas vidas que surgirán después, también
acaso la materia cósmica del polvo sideral es por
las nebulosas condensada en astros, y éstos, al pa­
recer, engendran otras nebulosas, de las cuales sal­
drán en millones de 6¡glos nuevas generaciones de
soles y de mundos.
Tres principales estados-tipos de evolución se
advierten en las nebulosas: el de la de Orión, el
de la de Andrómeda y el de la Gran Espiral, cre­
ciendo en ellas el grado de condensación por el
orden en que se han mencionado.
El número de las nebulosas hasta hoy descu­
bierto viene a ser de un millón.

VIAJES PLAN ETARIO S EN EL SIGLO X X II

vo, extraordinario, colosal, monstruoso,
inconcebible. Allí, allí, hacia el Sures e y
cercano al horizonte.
Volviéronse todos los ojos hacia la parte
señalada, y entonces, no una, sino doce
fueron las exclamaciones de asombro; pues
doce eran los astrónomos.
Aquello parecía una estrella grandísima,
o más bien una luna pequeña que, con ve­
locidad jamás vista en un astro, subía del
horizonte hacia el cénit creciendo al mis­
mo tiempo con rapidez aterradora.
— ¡Una estrella que se nos cae encima!...
—¿Será un satélite que la Tierra le haya
robado a Marte?
— Esa idea es absurda.
¿No: es un enorme bólido, un ignoto
asteroide descarriado, que al chocar con
nosotros se llevará un pedazo del mundo
por delante.
—O si cae en nuestros mares, lo enri­
quecerá con un nuevo continente.
—Ni estrella, ni satélite, ni bólido—dijo
un astrónomo español que estaba en el Ob­
servatorio de Batavia desempeñando una
comisión de su gobierno— . Eso no puede
ser sino el orbimotor de mi paisana.
— ¡Pero si se despedazó en los arrecifes
del Pacífico!...
— Ya está visto que no. Porque, ¿qué
puede ser ese astro qüe tan de prisa corre
sino un autoastro?... Y como no tenemos
noticia de otro autoastro que el Autoplanetoide...
—Tiene razón Carballo— dijo el Direc­
tor—. Y como la nebulosa no se nos ha de
ir de la constelación de Orión, donde luego,
o mañana, la encontraremos siempre que
queramos, mientras que, al paso que trae
el orbimotor, se nos escapa, si nos descui­
damos, antes de que queramos recordar, a
él hay que atender ahora. ¡Ea!, sin perder
tiempo, seis a observarlo y seis a calcular.
¡Qué emoción la de aquellos beneméritos
sabios!
A observar, a observar. A medir con an­
teojos, cronómetros y círculos graduados,
declinación y ascensión recta del avimundo, que son como las longitudes y latitudes
de los astros en el Universo. Y mientras
unos hacían esto, medían otros el tamaño
(o diámetro aparente, dicho en términos
técnicos) con que velan al Autoplanetoide.
A observar, a observar para deducir de
todo ello la dirección en que se hallaba el
mundo de María Pepa, y su distancia al
Observatorio, que habían de dar su posi­
ción exacta en los inmensos cielos.
Diez minutos después se repitieron las
mismas operaciones, obteniendo nueva po­

sición; a los veinte, a los treinta, tercera y
cuarta serie de observaciones, en todo igua­
les a las precedentes, proporcionaron nue­
vos datos correlativos a los instantes en que
fueron realizadas.
Y una vez conocidas aquellas cuatro po­
siciones, a calcular los rumbos que había
seguido el Autoplanetoide al trasladarse de
unas a otras, a evaluar las distancias que
las separaban; y, como consecuencia, a de­
ducir la dirección y la velocidad del vuelo:
cálculos complicados para el vulgar mor­
tal, que son un juego para los astrónomos.
El resultado enloqueció de entusiasmo a
observadores y calculistas, pues la distan­
cia entre la primera y la segunda posición
del orbimotor era 833 kilómetros con 333
metros: la misma exactamente que sepa­
raba la segunda de la tercera, idéntica a
su vez a la existente entre la tercera y la
cuarta: lo cual probaba que la Capitana ha­
bía recuperado el dominio sobre el Autopla­
netoide, pues, recto como un dardo, volaba
éste con velocidad perfectamente uniforme
de 5.000 kilómetros por hora: una insigni
ficancia para lo que volaría luego, pero bas­
tante respetable al compararla con las usua­
les en el mundo.
Y no era lo veloz de la marcha lo que
más entusiasmaba a los astrónomos, sino
que las cuatro posiciones observadas en
aquella media hora estaban en línea recta:
exactamente en linea recta (1).
No había que perder tiempo en dar al
mundo la sensacional noticia, y de ello se
encargó el telégrafo en los siguientes tér­
minos:
“OBSERVATORIO ASTRONOMICO
DE BATAVIA
”16 septiembre de 2186, a las tres horas,
cincuenta minutos, trece segundos de la
madrugada. Observaciones comprobadas de
este Observatorio permiten afirmar que el
Autoplanetoide A 1, que se creía perdido
en los arrecifes de coral del Océano Pa­
cífico, se halla a la vista de Batavia, ha­
biendo recuperado su autonomía y el do­
minio de su marcha. Cuidadosamente de­
terminadas cuatro posiciones de él, con
exactos intervalos de diez minutos, resul­
ta que, con velocidad uniforme de 1.388,88
metros por segundo, y derrota inflexible­
mente recta, vuela directo a Zaragoza, adon­
de llegará, de no acortar la marcha, dentro
(1) En línea recta no, sino siguiendo un arco
de círculo máximo. Pero muy máximo, pues no era
del tamaño correspondiente a un meridiano por
ser externo a la Tierra, sino mayor aún.

DEL

OCEANO

de una hora, cuarenta y siete minutos y
treinta y seis segundos. La altura a que so­
bre el nivel del mar estaba al realizar la
primera observación era de 89 kilómetros;
su diámetro aparente (1), de 24'-13": es de­
cir, poco menor que tres cuartos de luna
La rapidez de la marcha, con la cual po­
dría el motoplaneta dar la vuelta al mun­
do en ocho horas, se aprecia perfectamente
a simple vista.—El Director, Franz VanE op ”.
El mundo iba a conmoverse, y Zaragoza
a deshacerse de alegría. Comprendiendo el
digno Director cuyo nombre acaba de darse
que en redactar, comprobar y transmitir el
preinserto telegrama, con la escrupulosidad
exigida por sus interesantes datos numéri­
cos, se tardaría no escaso número de minu­
tos, y apreciando la urgencia de no perder
ni uno en avisar a Zaragoza que la Capita­
na volaba a despedirse de sus baturricos
con tal velocidad que allí la llevaría en po­
co más de siete cuartos de hora, tiempo an­
gustioso para preparar ningún recibimien­
to, dejó al Secretario del Observatorio que
redactara el telegrama y corrió al aparato
de telefonía sin hilos.
— Zaragoza, Zaragoza... Urgentísimo...
Universidad. Decano Ciencias... ¡Ah!... ¿Es
usted, Requena?... Sí. Gracias... Dispense,
ahora no hay tiempo de eso. Avise a todo
Zaragoza que el Autoplanetoide acaba de
pasar por Java; que, recompuesto por su Ca­
pitana, corre con rumbo hacia ahí...
Sí, hombre, sí. Le digo que no es broma;
ahí mismo, a Zaragoza, donde estará... No
recuerdo la hora exacta, pero entre diez y
veinticinco y once menos veintitantos...
No, señor, no; de esta misma noche...
No tienen ustedes ni dos horas... En tele­
grama oficial doy detalles de observación,
pero he querido adelantar a ustedes...
¡Ah! ¿Que la Bureba es doctora en Cien­
cias por esa Facultad?... Pues doble enho­
rabuena por tal discípula... Adiós... No hay
de qué... Ya me hago cargo de que no pue­
de usted perder ni un minuto.
Diez después, todos los teléfonos, todos
los parlófonos, todos los fonógrafos de Za­
ragoza funcionaban repitiendo la noticia.
En los teatros, que aquella noche abrían sus
puertas después del luto oficial por María
Pepa, suspendían los actores la representa­
ción para informar al público del sensacio­
nal aviso. Transparentes de los periódicos,
anunciadoras eléctroimpresoras de las me­
sas de los cafés, que ante la vista del con(1)

Anchura en términos vulgares.

A VENUS

9

sumidor escribían los anuncios que se que­
rían hacerle leer; telones de cinematógra­
fos, etc., etc., divulgaban por doquier la
faustísima nueva. Los clamófonos munici­
pales de la Seo, el Arrabal, Zaporta, To­
rrero y la Aljafería gritaban con estentó­
reas voces: “ ¡Regocijaos, zaragozanos; Ma­
ría Pepa vive, su mundo vuela!... Zaragoza­
nos, a la calle, a recibir cual se merece a
nuestra gloriosa paisana, que con su novimundo, y antes de remontar el vuelo al
Cosmos, llegará a despedirse de vosotros,
de diez y cuarto a diez y media. No tenéis
sino poco más de una hora para preparar el
recibimiento. No será buen aragonés quien
esta noche no salude a nuestra sabia y he­
roica paisana.”
Pasados dos minutos volvía a resonar
igual pregón; y dos después; y así siguie­
ron los clamóforos, durante media hora,
atronando Zaragoza con la noticia y la in­
vitación: sin variar la tocata, mientras no
hubo nuevos avisos que transmitir a la ex­
citada multitud.

A las nueve y media salían a las afue­
ras incontables muchedumbres en apiñadas
movedizas masas, como ríos que la aveni­
da hinchara, y cuyas aguas, no cabiendo en
los cauces de calles ni de plazas, subieran y
subieran, desbordadas, a derramarse sobre
tejados, azoteas, torres y campanarios.
A las nueve y cuarenta los clamófonos vo­
cearon: “ Suez avisa tener a la vista el avimundo ¡Viva la Bureba!”
Al poco rato anunciaban: “ Telefonía de
Palermo: “ Según observaciones comunica­
b a s por el Observatorio del Etna, el Auto”planetoide ha comenzado a frenar, acorbando la marcha desde su conjunción con
"Sirio. Ahora pasa rozando con los cuernos
”de Aries, por lo cual llegará a Zaragoza
"algo después de la hora que comunicó Ba"tavia.”
Siguió a esto la noticia, da ela por Palma
de Mallorca, de que el motoplaneta, mar­
chando cada vez más despacio, ya no avan­
zaba sino con velocidad algo menor que la
de una bala de fusil.
Cada uno de estos avisos provocaba tonante vocerío en aquella enloquecida mul­
titud: Vivas y vítores, científicos conscien­
tes entusiasmos, populares instintivos deli­
rios, patrióticos fervores, pintorescos re­
quiebros a la hermosa paisana, comentarios,
discusiones.
—¿Bajará?
—¿No bajará?
—¿La veremos?

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

10

—Ya llega...
—No, todavía no.
—Que aquella es otTa estrella, pero no el
novim undo...

—Que al principio tenemos que verlo más
bajo, por allá, hacia el Huerva.
“En este instante pasa sobre Vinaroz.
Lo veremos en seguida, en seguida”—chilla­
ron los clamóforos, que ya siguieron, sin in­
terrupción, repitiendo lo mismo, con inútil
esfuerzo, porque en el aire resonaba una voz
más potente que ahogaba sus pregones: la
voz de un pueblo entero que gritaba por
ochocientas mil gargantas, con el aliento
de ochocientos mil pulmones, repitiendo en
un solo clamor: “Por allí, por allí llega.”
Encima de un nubarrón obscuro agarrado
al lejano horizonte, asomó a poco el orbimotor, semejante a una estrella hermosísima,
única, la mayor y más bella de todas, con
el tamaño de una nuez, pero que rápida­
mente fué creciendo, según corría aquél, del
orto al meridiano.
— ;E1 novimundo, el novimundo! ¡María
Pepa! ¡María Pepa! Gritos de alegría, ex­
clamaciones de asombro y después estupor
y silencio.
Ochocientas mil miradas contemplaban
cómo, avanzando, o subiendo más bien a
lo alto de los cielos, crecía incesantemente
el orbimotor hasta parecer resplandeciente
naranja de brillantísima plata. De pronto el
silencio fué rasgado por una voz que ento­
naba la siguiente copla con música de la
más clásica de las jotas:
“De Zaragoza a los cielos
se mos ha escapao una estrella.
Míala allí, no tiene pierde,
que no brilla otra como ella.”
Era un pobre guitarrista callejero y cie­
go, único allí que no veía la estrella, al cual
hicieron coro inmediatamente baturras y
baturros de toda clase y condición: altos y
bajos, obreros y señores, mozas del pueblo
y encopetadas damas, repitiendo la copla.
Muy alta estaba María Pepa; pero tanto
gritaban, que acaso se enterara del piropo
con que la festejaban sus paisanos.
En aquel momento el Autoplanetoide,
que, ya muy despacio, avanzaba entre las
estrellas de la constelación Hércules, siguió
unos segundos hasta detenerse precisamente
a plomo sobre la basílica de la Virgen del
Pilar. Y allí permaneció inmóvil un minu­
to, dos...
Quien primero advirtió en dónde había
parado el novimundo fué una moza de TO­

rrero, que hizo pública su observación di­
ciendo:
—Míala allí quieta. Es ca venío a ver a
la Pilarica.
Las Palabras de aquella muchacha fue­
ron chispa inicial de la hoguera que encen­
dió el entusiasmo de uno de los pueblos más
virilmente entusiastas del mundo.
—¡Viva María Pepa!...
—¡Viva la estrella aragonesa!...
— ¡Viva la Virgen del Pilar!
—¡Viva la Pilarica!...
—¡Viva..., viva!...
“La Virgen del Pilar dice
que no quiere ser francesa...”

Cinco minutos después todavía seguía
inmóvil el orbimotor sobre el célebre pilar,
cuando de improviso lo vió la multitud apa­
garse, quedando aterrorizada con la idea
de que había muerto el noviplaneta. Por
dicha duró poco el terror, pues instantánea­
mente lució de nuevo esplendoroso; pero
para volver a apagarse y volver a brillar.
Y así diez, veinte, cien veces...
—¿Qué será eso, maño?
—¡Otra! Si paecen guiños...
Pa mx es que se despide. Como no pue
icirnos adiós con la mano ni con el moquero
porque no la veríamos...
La gente estaba despistada sin saber a
qué atribuir aquel que apago, que enciendo,
que obscuro ahora, que luego iluminado.
Era altamente impresionante para los as­
trónomos, por absolutamente nuevo, el fenó­
meno insólito de un astro que a voluntad
luce y se apaga. Ventajas de ser autoastro,
porque aquello no lo podía hacer ninguna
estrella, ni la Luna, ni siquiera el Sol con
ser quien es: aquello no podía (hacerlo
mundo ni sol alguno, en todo el Universo,
sino aquel mundisol de María Pepa.
Pero para alarde—y por tal lo tomaban
los sabios—, ya bastaba, y como despedida,
—según lo interpretaba el vulgo—se iba
haciendo pesada. Porque el ahora brillo,
ahora me apago no llevaba trazas de aca­
bar. ¿Qué sería aquello?
Gracias a hallarse entre la gente un te­
legrafista listo pudo averiguarse. Acostum­
brado aquel muchacho, por razón de su
práctica, al tic y al taac de los chasquidos
de la palanquilla de su aparato al recibir
despachos, le pareció advertir que los des­
tellos, rapidísimos unos, no tan veloces
otros, por el Autoplanetoide despedidos, ai
encenderse y apagarse alternativamente,

DEL

OCEAS O A VENUS

pasaban por sus ojos con la velocidad, unos,
con que su oído solía percibir la del chas­
quido del tic del receptor telegráfico, cuan­
do en la cinta marca un punto, mientras que
los más largos de aquellos resplandores pa­
recíanle durar el mismo tiempo que el taac
correspondiente a la impresión en dicha
cinta de una raya.
— ¡Está telegrafiando!— gritó. Sacó car­
tera y lápiz; y dando una y otro a un com­
pañero que tenia al lado, le dijo: “Anota tú,
mientras recibo yo” . Y comenzó a dictar:
— Punto, punto; raya; pausa. Raya, pun­
to, pausa. Tres rayas, punto, etc.
Era verdad. La Capitana estaba telegra­
fiando.
Por desgracia, el telegrama estaba incom­
pleto, faltando en él la explicación de dónde
había estado y qué había hecho en los días
que perdida la creyeron; pues María Pepa
supuso que entre tantos sabios como la con­
templaban, no uno, sino muchos caerían
desde luego en la cuenta de que su tejema­
neje de sombra y luz era sencillamente te­
legrafía óptica, semejante a la del vulgarí­
simo heliógrafo cuando desde la estación
transmisora lanza a la receptora reflejos
breves y largos de la luz solar para foijnar
con ellos las letras del alfabeto telegráfico
Morse. Y en tal lógico supuesto, y después
de unos cuantos puntos y rayas destinados
a llamar la atención, envió su despacho sin
cuidarse de repetirlo, una vez terminado,
por no pensar habérselas con sabios torpes.
De aquí que el oficioso telegrafista no pu­
diera recoger sino el final del fotograma:
en todo igual, salvo las proporciones del
foco luminoso, a los transmitidos siglos an-

li­

tes por las linternas de los aparatos Mangi n,
bien conocidas en todos los ejércitos.
He aquí su contexto:
“...argas ecuatoriales, análogas a las que
en vuestro .mundo pudierais colocar entre
los trópicos de Cáncer y Capricornio. Esa
ha sido la causa del accidente cuya com­
postura nos ha detenido allí estos días.
Dentro de unos instantes partimos para
Venus, primera etapa de nuestro viaje. El
pasaje, la tripulación y su Capitana salu­
dan a la Tierra por conducto de Zaragoza.
María Pepa envía muchos abrazos a sus
paisanas y paisanos.— La Comandante en
Jefe, María Pepa Bureta.—Postdata: Se
suplica encarguen al mayordomo de mi
casa del Coso que día y noche, hasta mi re­
greso, mantenga encendido un cirio ante
mi Pilarica.”

Por un momento, relativamente largo,
permaneció apagado e invisible el Autoplanetoide, para los zaragozanos, que en el lu­
gar donde aquéf ocupaba vieron a modo de
una nubecilla iluminada levemente con res­
plandor comparable al de una nebulosa, o a
uno de los trozos más marcados de la V ía
Láctea. Eran los efluvios engendrados por
las tremendas descargas de la parte inferior
del avimundo, que la Capitana forzaba, lle­
vando al máximo la excitación de las cápsu­
las para elevarse: con objeto de salir de los
últimos confines de la atmósfera terrestre,
más allá de los cuales estaba aquel “PLUS
ULTRA” donde entraría en cuanto con­
siguiera substraer su motoastro a la atrac­
ción de la gravedad, cada vez más pequeña-

i

II
EL ODIOSO FELIPE II Y LA ODIOSA MARIA PEPA
Para saber qué había ocurrido en el Autoplanetoide, y por dónde habla andado desde
su partida de Paramillo hasta que los zara­
gozanos lo vieron tomar el camino de Ve­
nus, no hay sino un medio: subir a él; me­
terse dentro.
Vamos a ello.
La Tierra quedaba allá abajo, imprecisa y
confusa, para quienes, remontándose en el
orbimotor, la contemplaban tenuamente
alumbrada por los argentinos rayos de la

Luna de aquel 10 de septiembre en que as­
cendió a los aires, y en ellos quedó preso,
el orbimotor.
A los primeros momentos de emoción in­
tensísima y silencio temeroso del pasaje,
sobrecogido por la majestuosa lentitud del
arranque inicial, sucedió explosión de en­
tusiasmo, provocada por el rápido crecer
de la velocidad ascensional, y delatada por
vertiginoso hundimiento en tenebrosa le­
janía de los pocos y más salientes puntos

i

12

VIAJES PLANETARIOS

en

EL SIGLO XXII

ron en callada negru^ maS0^ o^ p u dieran
de referencia que la débil luz de la Luna
permitía ver en el mundo que se abando­
naba.
Para que a dicha luz pudieran los via­
jeros contemplar la Tierra, no se había en­
sobrecogidos de instintivo ten or
cendido el alumbrado público de la ciudad
De él los sacó la iluminación roja y ama
movimundiana, brillando únicamente en el
rilla de la bandera española, encendidai c ó n
interior del Autoplanetoide las escasas lamluces de litio y sodio para saludar a A
paras que en el puente, dentro de las cabi­
rica, que una vez extinguidas fueron reem­
nas y en la central eléctrica de excitación
plazadas por la iluminación normal de 1
de cargas propulsoras, eran indispensables
central eléctrica, que, aun dejando en som­
para la maniobra, emitiendo destellos que,
bras la mayor parte del orbimotor, alumbra­
perdidos en la inmensa oquedad de los se­
ba intensamente la recién nacida ciudad de
tenta y dos millones de metros cúbicos del
Noviópolis y las dependencias fabriles alo­
moto estelar, sólo habrían servido para ha­
jadas en ella.
cer ver la obscuridad de la descomunal es­
Adecuada ocasión sería esta, de no haber
fera, a no hallarse alumbrada interiormen­
cosa más urgente a que atender, para des­
te por la plateada luz lunar. Penetraba ésta
cribir el interior del novimundo; pero ade­
libremente a través de las cristalinas pare­
más de estimar preferible mostrárselo al
des, dando a los edificios, columnas, escalas,
lector a plena luz del día, bien alumbrado
ascensores, máquinas, telescopios y anteojos,
por los rayos solares, es más interesante,
aspecto fantásticamente melancólico, bien
de momento, decir cuál fué la causa de que,
avenido con el estado de ánimo de quienes
suspendido en la atmósfera, privado de
al separarse de la Madre Tierra pensaban
gobierno, y convertido en boya aérea za­
que ya no eran habitantes de ella, sino de
randeada por los vientos, permaneciera du­
un insignificante y frágil micromundo cuya
rante cinco días el motoestelar.
vida no duraría acaso sino lo que tardara
Un dia entero pasado en pie, las encon­
en encontrar un asteroide en su carrera:
tradas emociones hondísimas de las despe­
menos aún, un bólido, a cuyo choque no tu­
didas de los seres queridos, el interés por
viera tiempo o le faltara velocidad para subs­
llegar a los planetas, el de la ascensión y el
traerse. Porque ni mundos planetarios, ni
alejamiento de la Tierra, eran motivos más
grandes asteroides, eran temibles para el
que
suficientes a justificar la tensión ner­
autosldéreo, que, viéndolos de lejos, podría
viosa de los viajeros, tras de la cual sobre­
maniobrar rehuyendo colisiones; mientras
vino relajamiento que los dejó quebranta­
-que los pequeños bólidos, apenas vistos has­
dos, rendidos física y moralmente. De otra
ta tenerlos casi al lado, eran terribles bajos
y peligrosísimos escollos de la navegación parte, como la Luna seguía oculta, y era
grandísima la lejanía del suelo; como nada
etérea: bajos y escollos donde no encallaría
se divisaba en aquellas tinieblas, ni en la
el motoplaneta, sino contra los cuales se
contemplación de lá invisible Tierra ha­
haría añicos, o por los que sería perforado
llaban los expedicionarios estímulo ni inte­
de tropezar con ellos. Lo uno significaba
rés capaces de sobreponerse a su cansancio,
para sus habitantes morir por aplastamien­
inútil fué que algunos intentaran comentar
to ; lo otro, perecer por asfixia.
la partida y trabar conversaciones; porque
¡Y en el océano inmenso del Insondable
Cosmos vuelan constantemente con veloci­ sus sentimientos, demasiado intensos y por
demás insólitos para expresados con pala­
dad aterradora millones y millones de esos
bras, rehusaban mostrarse a los demás. Y
errantes escollos!
aun cuando cada uno se esforzaba en pare­
Cuando ya no se veían desde el novicer más fuerte y más tranquilo de lo que en
mundo sino alguno que otro de los faros
realidad estaba, todos apetecían substraerse
más potentes de la chilena costa del Pací­
a miradas extrañas para disimular lo que
fico, y las neblinas luminosas que sobre
creían debilidad de espíritu: así que en bre­
Mendoza, Santiago y Valparaíso hacía flo­
tar el alumbrado público de dichas ciuda­
ve, uno ahora, otro después, fueron todos
des, se ocultó la Luna detrás de un denso
desfilando a sus alojamientos, alegando ne­
nubarrón. Una noche, negra sobre todo en­ cesidad, no fingida por cierto, de descansar:
comio, envolvió al planetoide; las tinieblas
con tanto más motivo cuanto que al día
de ella, entretejidas con opacidades del me­
siguiente habrían de madrugar para ver la
droso silencio reinante a cíen kilómetros
Tierra iluminada con la luz del alba.
de altura, se Infiltraron en el novimundo,
A las once, únicamente quedaban levan­
y ojos y oídos de sus habitantes naufragatados María Pepa, sus sabios y Valdivia,

DEL

OCEANO

A

VENUS

1S

en lo alto del puente, y allá abajo, en la
mí reprimidos, eran robados a mi Sara, a la
plaza, un hombre de aventajada talla que
compañera de mi vida, a la que desde niña
recostado en una columna del Casino Inter­
lo llena por completo. Con efusiva y cor­
dial frase se me brindaron agradecimiento
nacional no apartaba los ojos de la gentil
y amistad, que en la mirada luminosa bri­
figura de María Pepa, esbeltamente erguida
llaban con resplandores de lealtad, con luz
sobre el puente de mando.
dulcificada por la nube de lágrimas que sin
— ¡Qué orgullosa estará!—pensaba— . Y
llegar a caer empañaban aquellos incom­
con motivo, pues ella es la inventora de esta
maravillosa creación, y ella la ha construido
parables ojos.
¡Mísera vanidad, míseros celos científi­
libre de las cadenas de la gravedad terres­
cos, tal vez femenina envidia en quien, por
tre que acaba de romper, y ella rige y go­
su belleza y por su ciencia, no debiera tener
bierna este autoplaneta, y ella lo llevará de
celos ni envidia de mujer alguna, bastaron
mundo en mundo: hazaña de la ciencia y
para trocar en odio el agradecimiento y la
del valor humanos que, a no verla, reputaríase imposible.
amistad!
Mentira eran la amistad y el reconocimien­
¡Qué lástima que tan inteligente criatura
to; mentira, la emoción; mentira, el vibrar
sea falsa y cruel, que en su cuerpo hermo­
de la voz y el temblar la mano, y mentidas
sísimo se albergue un monstruo de maldad
también, miradas, lealtad y lágrimas. Todo,
e hipocresía! ¿Qué le hablamos hecho Sara
todo mentido en ella, todo falso menos su
y yo para que ni el recuerdo de que en
inteligencia y su belleza soberanas.
Maipo la salvé la detuviera al preparar
contra nosotros el atentado de Challao?...
¿Qué le había hecho Sara?... Nada...
La odiaba, si, la odiaba. Tenía derecho a
Sí: Sara era la encargada de aplicar el in­
odiarla por su infame conducta con él y con
vento de Haig; y tal aspiración a cooperar,
la inocente Sara. La odiaba y debía odiarla
aun cuando en parte mínima, al triunfo de
con tanto más motivo cuanto que, por su
esta empresa, parecía, sin duda, delito im­
culpa, ya tenía él un rincón en su pecho ce­
perdonable al orgullo satánico de quien no
rrado a las miradas de su esposa, y oculto
se resigna a que ni en lo grande ni en lo
en él el recuerdo de algo, que aun reprimido
pequeño triunfe nadie sino ella. Es el mis­
antes de llegar a deseo, le dolía como culpa:
mo frío orgullo de aquel Felipe II, sojuz­
imprecisa, involuntaria, pero culpa al cabo
gador artero de mi patria, para quien era
contra su amante Sara. Y todo por aquella
un crimen que pueblos u hombres levan­
mujer dominante y soberbia que desde la
taran en su presencia la cabeza. Es el orgu­
cumbre de su propia grandeza despreciaba
llo español que a la par que amo en Améri­
la pequeñez de cuantos en su viaje la acom­
ca y en Argel, quiso ser déspota en Flandes,
pañaban, como meros comparsas, destina­
Alemania, Italia y Portugal. Es el espíritu
dos, según frase de Sara, a realzar su triun­
del aborrecido tirano reencarnado en el
fo, sin que los nombres más ilustres del
cuerpo de una bellísima mujer, de aspecto
mundo científico, ni las glorías más legíti­
franco, de ojos leales y dulcísima sonrisa,
mas de la ciencia humana alcanzaran sino
que hacen más tremendo el contraste. La
el triste papel de humildes satélites de la
misma fría voluntad de aquel desnaturali­
orgullosa Capitana.
zado padre...
En esta depresiva condición estaban ellosr
Como se ve, había estudiado Alvaro ia
Historia en los textos escritos en naciones
Sara y Alvaro, que a disponer de pocos me­
ses más de estudio seguramente habrían
que no omitieron medio ni repararon en ca­
triunfado como triunfaba la española, re­
lumnia para arruinar a España, y denigrar­
solviendo el problema de la navegación
la luego, o en los libros de algunos miopes
historiadores españoles, que no buscaron
etérea; pues a despecho de la reserva y de
para sus historias sino esas mismas adulte­ las precauciones adoptadas para guardar
el secreto del orblmotor, y a fuerza de estu­
radas fuentes de información: adulteradas
dio y deducción, había sabido descubrir su
por sus enemigos.
Sara, si no todo, lo más interesante del in­
— ¿Quién que en Maipo la viera, conmo­
vento: cosa que, según ella, casi era tanto
vida y sonriente, darme gracias por la vida
como realizarlo.
que me debe podría creer en tal falsía ni
en semejante pago? Me ofreció amistad y
Por eso centelleaba el odio en las miradas
de Alvaro a María Pepa, o más bien, en la
agradecimiento con acariciadora voz, v i­
brante de emoción: con temblor de su mano
mirada: una sola, pero larga, larguísima;
pues los ojos del portugués, sumido fn la
en la mía, que hizo temblar también mi
propio corazón con latidos, que, aun por
sombra de la columnata del Casino, no se

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

14
apartaron ni un instante, durante más de
una hora, de la airosa silueta alumbrada por
los focos del puente. Pero en aquella mirada
inacabable babía tanta admiración, cuando
menos, como aborrecimiento; porque era su
enemiga, sí; pero enemiga que, por él con­
templada en aquellos momentos en que re­
gla la marcha de su novimundo, llevándo­
lo a los cielos, en lucha contra leyes y fuer­
zas hasta entonces creídas invencibles de la
Naturaleza, le abrumaba con dominadora ma­
jestad soberana, a la cual se rendía el por­
tugués.

En pos de la instintiva admiración del
pensamiento de aquel hombre, surgió en su
corazón irreflexiva, mas potente protesta,
calificando de irracional y monstruoso im­
posible que maldad y falsía pudieran alber­
garse en la sublimidad de tal grandeza. Pero
el juicio y los hechos acusaban a María
Pepa con pruebas como la de Challao, ante
las cuales enmudecía el corazón de Alvaro,
reconociendo que de absurdos monstruosos
están llenos el mundo y la humanidad.
Tres o cuatro veces intentó Fairelo arran­
carse a su contemplación y a sus medita­
ciones para irse al pabellón de la calle A,
número 15, donde Sara continuaba indis­
puesta, y otras tantas volvió a una y otras,
hasta que, rayana ya la media noche, apro­
vechó para alejarse un momento en que
la Capitana entr<\ precipitadamente en la
cabina comandante, desapareciendo de su
vista.
Kuése de prí ’a. muy de pri~a, casi como
escapado, llevando a intento baja la cabeza
para no volver a mirar hacia allá arriba,
y repitiendo con insistencia que quería gra­
bar tales palabras en su mente:
— Es mala, mala; falsa, Ingrata, hipócri­
ta y soberbia; un verdadero monstruo de
fealdad moral...
¿Y qué me importa a m í? ¿Por qué me
preocupa sea buena o mala, agradecida o
ingrata?... Sí, eso es: por el contraste de su
Inteligencia y de su forma externa con sus
lacras morales; por lo extraño y absurdo del
fenómeno biológico que esa mujer encierra.
Sí, lo extraño, lo inusitado, lo absurdo,
atraen lógicamente la atención de quien lo
encuentra en su camino: los fenómenos anó­
malos despiertan siempre la curiosidad.
¿Quedó Alvaro completamente satisfecho
con esta explicación de sus cavilaciones?...
No es posible saberlo, cuando ni él mismo lo
sabia, siendo las únicas consecuencias po­
sitivas de su soliloquio formación de pro­
pósito de procurar ver cuanto menos pudie­

ra a aquella odiosa criatura, cuya
se le hacía intolerable; y resolución de no
mirarla cuando se la encontrara.
Por dicha, habitualmente andarían, ella
muy atareada con múltiples obligaciones,
él ocupado en sus estudios y experiencias,
y, por tanto, fácil y naturalmente lograríase
ventajoso alejamiento que atenuara los in­
convenientes de tener por compañera de
viaje a persona tan antipática y aborrecible.
En un trasatlántico, estrecho, raquítico, con
los obligados paseos y tertulias en la in­
evitable toldillo, con las comidas en común
realizadas, habrían sido frecuentes los en­
cuentros e insoportable tal compañía, pero
en el transetéreo, que tenía cabida superior
a la de trescientos trasatlánticos, fácil sería
eludir encuentros desagradables.
*

*

*

Al volver Alvaro la esquina de la calle
radial que de la plaza conducía al bulevar A,
donde se hallaban los hotelitos de las co­
misiones internacionales, y el suyo entre
ellos, sintió de pronto que el piso de la calle
huía bajo sus pies, experimentando sensa­
ción en todo igual a la percibida en un as­
censor cuando éste inicia la bajada.
—¿Qué es esto?... ¿Descendemos?... ¿Cae­
mos?...
Sí... ¡A h !... Ahora cesa la bajada...
Ahora volvemos a subir... Sin duda han
querido probar en qué medida, a la altura
en que estamos, ha disminuido la atracción
de la Tierra sobre el novimundo. Y, sin em­
bargo, no pueden ignorar que tal disminu­
ción ha de ser imperceptible todavía.
Fundábanse estos lógicos razonamientos
en que, de haberse hallado el Autoplanetoide a distancia de la Tierra a la cual fuera
ya inapreciable la atracción de ésta, ni la
subida ni la bajada habrían sido sentidas
por Fairelo, pues no teniendo ya su cuerpo,
supuesto en tales condiciones, peso terres­
tre (que se recordará no es sino resultado
de la atracción de la Tierra), y no siendo
atraído sino por el novimundo hacia su
centro de gravedad, cualquier movimiento
de dicho novimundo en los espacios habría
de pasar tan inadvertido a los novimundianos como ignorados resultan para los ha­
bitantes de la Tierra los de ésta en los es­
pacios. Es más, si... Pero no ahondemos
más, porque, a dejamos ir por tal camino,
va a complicarse esto demasiado.
Quede ello aquí y Alvaro en su casa, don­
de Sara lo aguardaba presa del ataque de
bilis que la asaltó al ver triunfar a María
Pepa, y vámonos al puente, en donde ocu­
rren interesantes novedades.

DEL

OCEANO

A VENUS

15

III
¿ACCIDENTE?...

¿CRIMEN?. . .

Apoyada en la barandilla del puente, con­
versaba María Pepa con sus tres abuelos y
con Arístldes, cuando de improviso se acor­
dó de la visita que tenía prometida a los
bonaerenses para despedirse, desde las nu­
bes, de ellos al emprender el viaje planeta­
rio. A tal recuerdo obedeció su entrada en
la cabina comandante, con objeto de con­
sultar el aparato que muy en breve se des­
cribirá. Examinado éste, comunicó por telé­
fono a Valdivia, que se hallaba de cuarto en
la cabina de derrota, la siguiente orden:
“Excitación lentamente progresiva de las
cargas 0, y de las 1, 2 y 3 australes de los
meridianos VII, V III y IX. Retírese a la par
paulatinamente, excitación carga polo sur y
de las del paralelo 9 austral, inmediatas a
ésta” (1).
Si no se ha olvidado lo dicho en la prime­
ra parte, al dar noticia de la memoria y teo­
rías mecánicas de María Pepa, se recordará
que, empleando una sola carga, imprimía
ésta al orbimotor dirección de marcha en
el sentido de la antípoda: y quien se fije
en esto verá patente la utilidad del sencillo
método de clasificación de cargas adopta­
do por la Capitana, base a su vez de senci­
llez de mando; pues observando a través

de las transparentes paredes del novimundo
(o en el mapa celeste) el astro al cual qui­
siera dirigirse la marcha, y mirando qué
carga era la situada en la dirección de él, no
había sino ordenar la excitación de la opues­
ta para que el motoestelar fuera impülsado
en el rumbo elegido.
Esto en el caso más sencillo de impelerlo,
con una sola carga, a partir del estado de
quietud, puramente hipotético, pues cuan­
do, en el caso real de hallarse en marcha,
con dirección y velocidad previamente adnuiridas, se deseara variar de rumbo, o cuan­
do se empleara no una, sino varias cargas,
los problemas a resolver eran más comple­
jos; y aquí de la pericia de la Capitana y
de sus oficiales de'derrota en la aplicación
de cálculos y gráficos de composición de
fuerzas y velocidades, empleando procedi­
mientos que a los técnicos se les alcanzan
fácilmente, y que a quien no lo sea le pre­
ocuparán muy poco.
Por tener que marchar lateralmente en
la dirección del meridiano X V Itl, en la cual
quedaba Buenos Aires, ordenó María Pepa
poner en actividad las cargas del VIII, di­
rectamente opuestas a aquél, las cuales em­
pujaban el motoplaneta hacia la capital pla-

(1) Para que el lector se dé cuenta de la ma­
niobra ordenada, conviénele saber que se llamaban
meridianos a las veinte filas de cargas equidistantemente espaciadas entre polo y polo, en cada una
de las filas de ellas que dividían en otros veinte
segmentos Iguales la superficie esférica del Autoplanetoide. Asi, suponiendo trazados en dicha su­
perficie un ecuador y diez y ocho paralelos equi­
distantes, anfilogos a los imaginarios que en la
Tierra se han ideado y se usan para contar las
latitudes, resultaba que en el ecuador y en cada
paralelo quedaban veinte cargas regularmente re­
partidas y numeradas, llamándose cargas cero a las
veinte del ecuador, y cargas 1, 2, 3., 9, respecti­
vamente, a las veinte de cada uno de los paralelos
primero, segundo..., noveno, a partir de dicho ecua­
dor, agregando a estos números los apelativos aus­
tral o boreal, según se tratara de paralelos co­
rrespondientes al hemisferio donde se hallaban el
lastre de taliuro y la gran poterna principal de
salida— al cual se habla convenido en llamar aus­
tral— o pertenecientes al opuesto, donde se alza­
ba el puente de maniobra y la potemilla opuesta
a aquella, considerado como boreal. La ciudad te­
nía su piso en el plano del ecuador. Las filas me­
ridianas, cada una de 18 cargas (sin contar las
polares), se designaban por números romanos, I,

O-III... 0-XIX y 0-XX, según el meridiano a qne
correspondían: las de los paralelos uno, dos, tres,
nueve 1-1. l-II... 1 -X IX ; 1 -X X ; 2-1, 2-II, 2-III...
2- X X ..., 5-1, 5-II... 5-XX y 9-1, 9-II... 9-XX,
respectivamente, con la designación de boreal o
austral según el hemisferio donde se hallaran: in­
dicando el número arábigo correspondiente a cada
carga el grado de alejamiento de ella del ecua­
dor, y el romano, el meridiano a que pertenecía.
Consecuencia de este sencillo método era que auto­
máticamente se sabia cuál era la carga directa­
mente opuesta a otra cualquiera, o dicho en otros
términos, la antípoda de ella. Asi, en la3 ecuato­
riales quedaba la O-I enfrente de la O-XI, la O-II
frente a la O-XII, la 0-VII y la 0-IX fronteras a
las 0-XVII y 0-XIX, es decir, que dada una, no
había sino aumentar o disminuir diez unidades al
número romano de ella para saber cuál era la
opuesta.
Análogamente, para saber cuál era la antípoda
de otra cualquiera no ecuatoria’ bastaba tomar la
designada por igual número arábigo indicador del
paralelo, aumentar o disminuir en diez el romano
correspondiente al meridianoJ y cambiar la deno­
minación austral por la boreal o viceversa; asi, la
carga opuesta a la 7-VI boreal era la 7-XYI aus­
tra l; la antípoda de la 3-XVIII austral, era la
3- VIII boreal.

n, ni, iv..., ix, x ..„ x i x , x x .

Asi las cargas del ecuador se llamaban O-I, 0-11,

lg

VIAJES PLANETARIOS

EN EL SIGLO XXII

amalgama de mercurio y estaño j-1 2
] ext‘ °'
3
teña; por haber de vencer la resistencia
madamente enrarecidas. Estas esterillas s
A la b a n en comunicación radioeléctrica con
del aire empleó cuatro cargas de dicho me­
ridiano, y otras tantas de los dos inmedia­
los tubos excitadores de las cápsulas de citos, en vez de una sola, que en el vacío,
netorio de aquellas cargas P™»“ 1“ 1“ - re^ ¡
donde no hay resistencias, habría bastado.
lizándose la comunicación de modo tal que
mientras una carga no sufría excitación, ni
•Por tener que luchar contra la gravedad no
comenzaban, por tanto, sus disparos, incolo­
utilizó sino cargas australes situadas en el
ra permanecía la correspondiente esfenta
hemisferio más cercano a la Tierra; y su
propósito de mostrarse sobre Buenos Aires,
del aparato a que nos referimos; pero en
al amanecer de aquella noche, tan sólo a 25
cuanto aquélla era excitada, iluminábase ex
kilómetros de altura, obligábala a descen­
interior de ésta con las vistosas luces de los
der paulatinamente, en la travesía, 75 de
tubos de Geisler; y al aumentar la excita­
ción, tomaba los colores y estratificaciones
los 100 a que entonces estaba remontada,
luminosas de los rayos catódicos de las am­
para lograr lo cual ordenó retirar la exci­
pollas de Crookes (2 ); llegando, con el má­
tación de veitiún cargas inferiores, las más
ximo de la vibración excitadora, a emitir
activas en la lucha contra la gravedad de
rayos análogos a los X , que hacían fosfore­
las 121 hasta entonces opuestas a tal fuerza
cer unas pantallitas de sulfuro de cinc in­
para elevar contra ella el novimundo.
mediatas a cada esterilla.
LaS diversas intensidades de excitación,
Por último, en cuanto se iniciaban los
según necesidades de la maniobra, se desig­
disparos de las cápsulas de cinetorio, las
naban en las órdenes de mando con las vo­
esterillas se encendían y extinguían alter­
ces inicial, leve, normal, Inerte, forzada y
nativamente con velocidades medidas por
máxima, correspondientes a impulsos capa­
cinefotómetros de selenio (3). Estas veloces de imprimir en cada instante al autoestelar, en el vacío, aceleraciones de marcha
(1) La adición de estado al mercurio da a éste
de veinte, cien metros, uno, dos, cuatro y
propiedades anlilogas, aunque menos intensas, a
cinco kilómetros al segundo; con lo cual en
las del radio. (Experiencia de Le Bon.)
pocos alcanzábanse velocidades que, tenien­
(2) Autor de los tubos de su nombre, en los
que enrareciendo el aire mucbo más que en las
do en cuenta la acumulación de aceleracio­
antiguas y conocidísimas ampollas luminosas de
nes, resultaban muy superiores a las de los
Geisler, cuya única utilidad era producir vistosos
más rápidos planetas. En el aire, y luchan­
efectos, se observaron luminiscencias de un carácter nuevo, que condujeron a la producción de ra­
do con la gravedad, eran muchísimo más
yos catódicos, de electrones, anódicos de iones po­
reducidas, y variables con la altura y con
sitivos y al descubrimiento de los rayos Roent­
el estado de la atmósfera. Pero no ha de ol­
gen o X.
(3) El Selenio, cuerpo simple, descubierto en
vidarse que las navegaciones atmosféricas
1817 por el eminente químico sueco Berzelius, es
serian lo excepcional para el motomundo,
un metal cuya propiedad mús curiosa, que comen­
constituyendo breves etapas de sus trave­
zó a explotarse a únales del siglo xix y principios
sías, semejantes a las de entrada y salida
del xx, es la inconstancia de su conductibilidad
eléctrica, según esté el selenio más o menos alum­
en puerto de los trasatlánticos, donde para
brado o a obscuras.
él estaban los mayores peligros; mas con
De ello resulta que cortando el flexible de una
la diferencia de que ni María Pepa podía
instalación de luz eléctrica— o de fuerza, o elec­
trolítica—
y empalmando los dos cabos de aquél a
pedir práctico, ni habrían de dárselo aun
los extremos de pedazo de selenio lucen mucbo las
cuando lo pidiera, para las maniobras en
lámparas cuando el sol, por ejemplo, ilumina di­
las atmósferas planetarias, en las cuales te­
rectamente el trozo— o cápsula— del extraño me­
nía que contrastar el reflujo poderoso de
tal ; menos si éste recibe luz difusa o artificial, y
nada si se lo mantiene en la obscuridad.
las atracciones de las gravedades propias de
¿Es decir, que la instalación luce cuando, por
cada mundo visitado.
haber luz, no es necesaria, y se apaga en la obscu­
Inmediatamente que fué comunicada a
ridad, que es cuando hace más falta?... ¡Pues vaya
una utilidad la del selenio 1
Valdivia la orden anterior, comenzaron, la
Y, sin embargo, como los señores electricistas
Capitana y sus acompañantes, a observar
son un poco brujos, han sabido arreglárselas de
atentamente una esfera de 80 centímetros
modo que en lugar de transmitirse directamente al
alumbrado las veleidades eléctricas del selenio, sea
de diámetro, reproducción en miniatura del
exterior del Autoplanetoide, sobre la super­ la corriente auxiliar de una pila o un acumulador
la que las experimente. Así, cuando el selenio ilu­
ficie de la cual estaban encastradas, y nu­
minado la permite circular levanta esta corriente
meradas del mismo modo que las cargas
secundaria un interruptor o llave de la instalación
de alumbrado, cortando la corriente de éste, es de­
propulsoras de aquél, 382 cristalinas esfecir, apagando las lámparas; y cuando el selenio
rillas, de dos centímetros de diámetro, y
obscuro interrumpe la corriente secundaria, la Have
llenas de vapor o más bien emanaciones de
de dichas lámparas que ya no es retenida por ella,

DEL

OCEANO

cidades de oscilación lumínica de las boli­
tas de cristal, lentas o rápidas en corres­
pondencia con la intensidad y frecuencia de
las descargas, medían, pues, los diversos
grados de actividad de las cápsulas propul­
soras, y, en consecuencia, las velocidades
impresas al Autoplanetoide.
Como, de otra parte, la dirección y senti­
do de la marcha estaban determinados en
el universo por la situación de las cargas
excitadas, el ingenioso aparatito daba cuan­
tos datos era preciso conocer para el man­
do y gobierno del noviplaneta, respo*diendo
perfectamente al expresivo nombre de Es­
pejo de maniobra que le había puesto la
Capitana.
La idea madre de él era de María Pepa;
pero planos, cálculos y vencimiento de las
dificultades de ejecución hablan sido obra
del concienzudo Haupft.
El novimundo llevaba seis espejos de ma­
niobra: cuatro instalados, respectivamente,
establece la corriente principal y se encienden las
bombillas. Con lo cual, el resultado. Inverso del que
primero se ha explicado, es que cuando el selenio
recibe luz no luce el alumbrado, que se enciende
en cnanto aquel se queda a obscuras.
A fines del siglo rx apenas habla una ciudad en
los países civilizados cuyo ayuntamiento no hubie­
ra suprimido los faroleros del alumbrado público,
en cuyos circuitos estaban instaladas cápsulas de
selenio, que mientras duraba el día mantenían ce­
rradas las llaves de los focos eléctricos, y al ano­
checer las abrían haciendo lucir éstos, cerrándolas
de nuevo, para apagarlos, a los albores del ama­
necer. Y sin cobrar Jornales, entre el sol y el se­
lenio, hacían todo el servicio de los faroleros.
Mucho antes de esta mejora municipal, allá por
el año 1910, ya se empleaba también el mismo me­
tal en las boyas luminosas situadas lejos de los
puertos, para encenderlas de noche y apagarlas de
d ía ; y se ensayaba igual procedimiento para abrir
y cerrar las ventanas de las casas a la mañana y
á la tarde; y se aplicaba en los ferrocarriles para
evitar accidentes nocturnos, avisando a los maqui­
nistas de cercanos riesgos; y se iniciaban otra por­
ción de aplicaciones curiosas, útiles y cómodas.
El único defecto del selenio en los primeros
tiempos de sus aplicaciones fotoeléctricas era ser
demasiado calmoso y exigir tiempo relativamente
largo para pasar del estado de actividad al de iner­
cia eléctrica. Pero en el año 2186 habla sido com­
pletamente corregido tal defecto; y los cinefotómetros del esférico espejo de maniobras funciona­
ban de modo que el selenio establecía y cortaba
instantáneamente las corrientes eléctricas en las
cuales estaban intercalados, produciendo mayor o
menor número de chispas por segundo, y siendo
este número el que medía el grado de excitación
de las cargas.
Fotografiadas estas chispas en una película arro­
llada a un cilindro velozmente giratorio dentro de
una máquina fotográfica, toda chispa marcaba una
manchita en la película, quedando un espacio ne­
gro entre cada dos manchas contiguas. Y como
la película, movida por un aparato cronométrico,
corría con velocidad conocida, la distancia en ella
existente entre las manchas daba la frecuencia por
segundo de la excitación.
.
Bibl io t e ca N ovelesco -C ie n t íf ic a

17

A VENUS

en la cabina Capitana, en la del oficial de
derrota, en el despacho que en la Coman­
dancia General tenia María Pepa y en la
misma alcoba donde ésta dormía. Los dos
restantes quedaban de reserva en almace­
nes, para echar mano de ellos en caso de
avería de los instalados.
Por último, en cuanto se iniciaba la ex­
citación de una carga anteriormente inerte,
saltaba entre las dos brillantes bolas pola­
res de un detonador Hertz (1) un chispo­
rroteo característico y ruidoso, cesando sus
crepitaciones a los veinte segundos. A la in­
versa, si era interrumpida la excitación de
cualquier carga en actividad, la cesación de
ésta se delataba por el chasquido estridente
que un resorte metálico producía al des­
prenderse de improviso de un imán cuya
atracción lo mantenía encorvado.
El objeto de este mecanismo era avisar
a María Pepa, aun estando dormida, de
cualquier variación de fuerza o rumbo, oca­
sionada por inadvertencia del oficial de
cuarto, o por accidente.
A poco de transmitida a Valdivia la o r ­
den anteriormente transcrita, la Capitana
y sus acompañantes oyeron el chisporroteo,
y vieren encenderse las esterillas de las cáp­
sulas que habían de entrar en actividad
para que el novimundo comenzara a mo­
verse lateralmente, en la atmósfera, en di­
rección a Buenos Aires. Al mismo tiempo se
apagaban las pantallas fosforescentes de las
cargas inferiores cuya excitación se había
mandado retirar paulatinamente; y a me­
dida que la iluminación de las esterillas
tropicales (llámaselas así para abreviar pa­
labras) se hacía cada vez más intensa, pali­
decían las australes hasta apagarse. Llegado
tal instante crepitaron los chasquidos de
extinción; y a quienes en el puente admi­
raban el espejo de maniobra les pareció que
aquél se hundía bajo sus pies, experimen­
tando la misma sensación de caída que en
e> propio momento alarmaba a Fairelo.
— ¿Qué es esto?—gritó la Capitana—, No
debíamos caer verticalmente, sino descen­
der con insensible lentitud en la inclinada
dirección de la marcha... Y, sin embargo,
caemos.
E instantáneamente, con la presencia de
ánimo de quien en trances graves sólo se
preocupa con lo más apremiante, dejando
para luego averiguar las causas de lo que
(1) Aparato productor de chispas engendradoras de las etéreas vibraciones conocidas con el
nombre de ondas hermanas, enyo descubrimiento
por el eminente electricista alemán fué inicial
paso para el descubrimiento de la telegrafía y la
telefonía sin hilos.
D e l O cèano a V enus

2

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
rio, aun cuando siempre raro, pues todas
admite espera; con la tranquilidad del que
fueron probadas cuidadosamente antes de
conoce bien lo que entre manos trae, cogió
montarlas en el Autoplanetoide...
el teléfono, y con serena y reposada voz
— De eso respondo.
mandó:
—Una por una, y prolijamente— dijeron,
—Valdivia, reponga, sin pérdida de tiem­
a la par, Haupft y Fognino, que eran quie­
po, la excitación recién suprimida en las
nes habían, realizado tales pruebas.
cápsulas sur y en las veinte australes nú­
— Pero lo inconcebible— continuó María
mero 9. Va he visto lo que quería ver—. Te­
Pepa—es que de doce cápsulas inmediatas,
miendo que no todos tuvieran nervios tan
y situadas en la misma región, no funcione
fuertes cual los suyos, no consideraba opor­
ninguna. No es que sea grave, ni deba alar­
tuno María Pepa enterar a Valdivia de la
marle, amigo Leblonde...
anormalidad por ella observada, mientras
—No, no, yo no me alarmo; cuando entré
no fueran conocidas sus causas y remedia­
dos, si posible fuera, los efectos de ellas— . aquí vine resuelto a todo... Además, tengo
en usted plena confianza.
Y mantenga las excitaciones ecuatoriales
—No es que sea grave, digo, mas sí des­
que acabo de ordenar.
agradable; y, sobre todo, inconcebiblemente
Cumplida la orden ascendió de huevo el
extraño.
orbimotor; y en cuanto la Capitana estuvo
—Lo más preciso ahora es probar inme­
segura de haber cesado el peligro de calda,
se acercó a la parte del esférico espejo de
diatamente todas las cápsulas todavía no
maniobra donde brillaban doce ampollitas
usadas— insinuó Haupft, leyendo claro en el
en su región central y dijo a sus acompa­ pensamiento de María Pepa.
ñantes:
Y ésta, ya con la mano en la bocina tele­
—Vamos a ver qué pasa aquí; pues aquí fónica, repuso:
debe estar la explicación de lo ocurrido.
— Esa es la orden que ya iba a dar... “Val­
—Ya está visto, Pepeta: estas cargas no
divia: excitación de todas las cargas del
funsionan; nos falta su fuersa lateral, que ecuador y de los paralelos 1, 2 y 3 inmedia­
en parte se opondría a la calda; y en cuanto
tos a él por encima y por debajo. Fíjese en
disminuiste las australes que nos empujan que, siendo los impulsos de esas 140 cargas
hasia arriba, comensamos a caer.
concurrentes hacia el interior del Autopla­
—Es verdad; eso es—dijo Fognino.
netoide, éste soportará la fuerza de todas
Aunque María Pepa y Hauft habían ya
las descargas; y que, por tanto, no deoe
visto lo mismo que Ripoll y Fognino, nada usted 'tasar, no obstante la solidez de nues­
decían, pues más que con las deficiencias de tro mundo, de la excitación inicial, ni en
funcionamiento estaban preocupados con el
ésta del primer grado.”
por qué de ellas. El entrecejo de la Capitana
A los pocos segundos toda la zona central
comenzaba a fruncirse.
de la esfera de maniobra apareció rodeada
Arlstides, que no entendía jota de aque­ por siete cinturones de luces, cada uno com­
llas cosas, dijo:
puesto por la luminosa irradiación de los ra­
—¿Será que, por algún defecto de aisla­ yos Geisler de sus veinte esterillas, siendo
miento de los conductores, no llegue la co­ esto prueba de que la corriente eléctrica lle­
rriente a las cargas?
gaba a todos los excitadores y de que éstos
—No, no es eso; la corriente llega, y los funcionaban. Aun cuando no lo hubiera re­
exsitadores funsionan, puesto que están en- velado el aparato consultado, habríalo dicho
sendidas las esferitas; pero las cargas no se el tenue pero visible resplandor verdoso, que
exsitan, ni disparan.
quien «mirara a las transparentes paredes
— ¿Y en qué conoce usted todo eso?
del Autoplanetoide podía ver, envolviéndolo.
— Pero, ¡hombre de Dios! ¿No está usted
Todos aguardaban ansiosos el momento
viendo claro que las australes, las de abajo,
en que las esferitas cesaran de brillar con
se ensienden y se apagan, rápida e insesan- luz constante para cambiarla en intermi­
temente, a cada disparo, mientras estas otras
tente centelleo, que debía revelar el momen­
lusen sin ínterrupsión?
to en que la excitación eléctrica se trans­
— Sí, es verdad; pero...
mitiera a las cápsulas y que se disparaban
—Pues en eso lo conosco. La cosa es bien
estas. Pero pasaban los segundos, largos, lar­
sensilla.
guísimos: diez, once... veinte... medio mi­
—Bien. ¿Y eso es grave?
nuto que pareció media hora, y nada: los
María Pepa, cuyo ceño se ensombrecía siete cinturones lucían serenos, sin el más
más y más, contestó entonces:
leve parpadeo en ninguna de sus ciento cua­
—Que por un accidente imprevisto no
renta luces.
funcionara una carga no serla extraordina—Es inútil aguardar más— dijo sombría
18

DEL

OCEANO

y hosca Maria Pepa—. Interrumpa la exci­
tación recién ordenada, manteniendo la aus­
tral— ordenó por teléfono; y volviéndose ha­
cia sus amigos, prosiguió;— Ya está ahora
claro que esto no es un accidente, sino un
crimen que malograría nuestro viaje en sus
comienzos, si quien lo ha preparado no tu­
viera que habérselas con Maria Pepa Bureba.
—¿Pero quién, quién?
—Eso es lo que hay que averiguar sin
perder momento.
— Se averiguará, o poco he de poder, pero
más adelante; pues lo apremiante ahora es
acudir sin perder tiempo a remediar el daño.
— ¿Pero tiene usted medios de reparar tan
grave acidente?
— Sí, amigo Aristides. Lo tengo; gracias,
en no pequeña parte, al previsor afecto de
ustedes cuatro que me aconsejaron aumen­
tar las reservas de los repuestos de propul­
sión.
— ¡Ah! SI. Cuando nos llegaron esos sim­
páticos compañeros de viaje con que nos ha
obsequiado la ciencia yanqui. Apostarla a
que algo tienen ellos que ver.
— Tiene razón Leblonde— dijo Fognino.
—Veo muy difícil que ellos hayan teni­
do posibilidad de estropear ciento cuarenta
cápsulas, no estando en Paramillo cuando
se fabricaron, ni al montarlas...
Además, es imposible... Serla infame y ab­
surdo que el mismo que me salvó la vida...
No, no...
Pero ya he dicho que de eso trataremos
cuando no haya cosa más importante a qué
atender. Vamos, vamos abajo; es preciso
celebrar consejo en sitio donde estemos se­
guros de que nadie ha de oírnos. Vengan a
mi despacho de la Comandancia. Venga tam­
bién, Leblonde, pues, aun no entendiendo

A

VENUS

19

de ciencia, nos ha probado usted que entien­
de de otras cosas, y para usted no tenemos
secretos.
¡A h!, abuelito, y tú, Fognino, id lo primero
a buscar las notas de las cápsulas de re­
puesto, que cargadas y listas para inme­
diato uso tengamos en almacén, así como
de las descargadas y de las existencias de
cinetorio. Mientras tanto, papá Ripoll, vas
a hacer unas cuantas observaciones sobre
Mendoza, Valparaíso y los faros del Pací­
fico, para saber exactamente dónde estamos;
pues si sopla viento es probable que con él
hayamos derivado, y necesito conocer nues­
tra exacta situación.
Cada uno se fué a cumplir su cometido,
acompañando Aristides a Ripoll en el suyo,
pues al francés se le iban desarrollando
aficiones astronómicas, y porque hacían los
dos muy buenas migas, por aquello de que,
según frase del sabio barcelonés, de provenzal a catalán apenas si va nada.
En cuanto a María Pepa, antes de bajar
a la Comandancia entró en la cabina de
derrota, para dar a Valdivia las buenas no­
ches antes de acostarse, encargándole que
al llegar la hora del relevo diera orden a!
piloto entrante de mantener en igual grado
¡a excitación de las mismas cargas, sin va­
riación ninguna, hasta que ella subiera de
mañana.
— A sus órdenes, mi Capitana. Y mil en­
horabuenas por el hermoso triunfo de hoy.
—Muchas gracias, Valdivia. En ese triun­
fo tienen no pequeña parte, y en mi agra­
decimiento otra muy grande, cuantos me
han ayudado ustedes a alcanzarlo.
—Mil gracias.
—Buenas noches.

IV
UN

CONSEJO

Un cuarto de hora después los tres sabios
y el provenzal llegaban al despacho donde,
hojeando planos y cálculos, los aguardaba
María Pepa.
Además de los datos por ella pedidos, ha­
blase empeñado Fognino en que Haupft
llevara los partes de trabajo del taller de
carga y prueba de cápsulas, y la relación del
personal obrero que las había montado; pues
-consultando dichas notas podía saberse, cáp­
sula por cápsula, quiénes habían sido los

SENSACIONAL
operarios por cuyas manos habían pasado,
y quiénes los montadores que las instalaronen la superficie del orbimotor
Obedecía el empeño de Fognino a la idea
de que habiendo embarcado en el motoestelar tres de los doce obreros del taller de
manipulaciones radioactivas y montaje de
cápsulas, tal vez estuviera entre ellos algu­
no de los que en el novimundo colocaron las
cargas averiadas o defectuosamente insta­
ladas, y en tal caso por él podrían obtener-

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
se indicios útilísimos sobre el primero y
más interesante de los problemas que ur­
gía resolver: el porqué las radiaciones de
los excitadores no producían descargas en
las cápsulas.
Este fué el primer punto puesto a discu­
sión en el Consejo.
En averia fortuita no pensó nadie desde
el momento en que no se trataba de una ni
de pocas, sino de grandísimo número de
cargas. Además, patente estaba que la in­
utilización de éstas había sido realizada
con arreglo a plan sistemático e inteligente,
más todavía, metódicamente científico, para
idear el cual no bastaban la habilidad ni
los conocimientos de un simple obrero, aun
suponiéndole aventajadísimo. No: para pla­
near aquella inutilización, que perseguía re­
sultados por su autor bien previstos, hacía
falta más: era precisa ciencia, y hasta cono­
cimiento de cómo y porgué se movía el Autoplanetoide, cosa que al no haber sido reve­
lada a nadie, exigía en quien la hubiera de­
ducido de lo poco visto desde fuera amplias
y hondas competencias en Física, Mecánica
y Radiactividad; hábitos de estudio y de
cálculos en tales disciplinas, e inteligencia
r.o común. En suma, que aquello era forzosomente obra de un sabio.
Porque el autor de la hazaña sabía bien
lo que había hecho al preparar una avería
que, no pudiendo ser advertida antes de
zarpar de Paramillo, donde fácilmente ha­
bría sido reparada, privara al Autoplanetoide, después de remontado, de posibili­
dad de tomar rumbos en direcciones late­
rales, a no ser combinando gran número de
cargas muy ’alejadas del ecuador, con pér­
didas de fuerza, y consumos de cinetorio
muchísimo mayores de los requeridos en
normales circunstancias, y haciendo sopor­
tar al novimundo encontradas presiones
excesivas que fatigarían su armazón, con
riesgo de quebrantarla al cabo en peligro­
sos términos (1).
El resultado, en suma, de la inactividad
de las cargas substraídas o inutilizadas era
que el orbimotor podía subir y bajar, pero
nc moverse a los lados, ni dirigirse a parte
alguna, ni resistir el viento; y en tal situa­
ción (bien prevista por el hábil autor del
(11 Tales presiones serían las procedentes de
las fuerzas concurrentes no dirigidas en el rumbo
definitivo.
Cierto que esto m^mo conr.ría en el actual mo­
mento, en que para sobrepujar la acción de la gra­
vedad se empleaban, no una, sino muchas cargas;
pero esto, admisible, por inevitable, y de un modo
rfipldamente transitorio, al entrar y salir en los
mundos, no podía constituir régimen normal de
maniobra en los espacios siderales para toda la
duraclÓD del viaje.

atentado), la alternativa en que verosímil­
mente se propuso poner a la Capitana era
clara y lógica: o descender en seguida a la
Tierra, o mantenerse en la atmósfera du­
rante la reparación de una avería que por
quien ignorara—y lo ignoraba todo el mun­
do menos María Pepa y sus abuelos— el si­
giloso embarque de grandes reservas de ci­
netorio, debía reputarse irreparable.
Lo primero era fracasar ruidosamente,
pues unos darían crédito a la realidad de
lo ocurrido y otros atribuirían el descenso
a deficiencias en la construcción o en el go­
bierno del Autoplanetoide, con desprestigio
inevitable de su inventora y piloto, y tal vez
resistencia del pasaje a volver a embarcar­
se después de descender, o a mantenerse en
la atmósfera durante la reparación. Ade­
más este último partido parecía punto me­
nos que inadmisible, por obligar a prolon­
gar días y días la lucha contra la gravedad;
con derroche tremendo de cinetorio, que
acaso no bastaran a afrontar las reservas,
y con probable riesgo de que el fin de la
aventura fuera una horrible calda del no­
vimundo que contra el suelo del mundo vie­
jo lo estrellara.
Efectivamente, cuatro o seis horas de as­
censión, a velocidades comprendidas entre
diez y veinte kilómetros por segundo, le
habrían bastado a María Pepa para llegar
a punto donde pudiera el novimundo des­
preciar la gravedad. Más aún: en esas pocas
horas las fuerzas en el ascenso consumidas
irían siendo, por momentos, menores, pues
conforme ganara el Autoplanetoide altura
menos pesaría, menos tiraría de él la Tie­
rra; y, a la inversa, con mayor energía se­
ría, de segundo en segundo, atraído, en di­
rección opuesta a la gravedad terrestre, por
las acciones gravitatorias del Sol y de la
Luna, hacia uno de los cuales, o hacia am­
bos, se iría acercando en la subida: hallan­
do en tales atracciones fuerzas que se su­
maran a la propia del orbimotor para con­
trarrestar la gravedad terrestre.
Pero en lugar de escasas horas de fácil
lucha con sucesivos decrecientes pesos del
noviplaneta, había éste, ahora, de perder
días y días suspendido a pequeña altura de
pocos centenares de kilómetros, sostenien­
do, a fuerza de potentísimas descargas de
cinetorio, no los veinte millones de tonela­
das de su peso en la superficie de la Tierra,
pero sí los diez y seis millones de ellas que
pesaría al llegar entre trescientos y cuatro­
cientos kilómetros de elevación; y aun asi
reducido, no era tal peso para despreciado.
En cuanto a remontarse para ganar altura
donde, con la disminución de la pesantez,

DEL

OCEANO

A VENUS

21

— ¿Cuál?
fuera menor ei esfuerzo del sostenimiento,
—Ei de si los obreros que tenemos a bor­
parecía temerario; pues, si al cabo no po­
do son utilizables.
dían repararse los desperfectos, era pru­
— Desde luego— contestó Haupft— , son
dente reservar provisiones de cinetorio ca­
los más hábiles de los talleres de carga y
paces de atenuar la fuerza de la final calda,
montaje.
para que no degenerara de descenso en ca­
—Eso ya lo sé: así se hacen pagar el via­
tástrofe: tanto más temible cuanto más
je ; pero no hablo de su competencia ni de
exagerada e inconsideradamente se aumen­
su destreza.
tara la altura desde la cual pudiera reali­
— Pues entonces, ¿de qué?
zarse.
— Muy sencillo: es probable, casi seguro,
Todo esto se discutió en primer término
que la substracción o inutilización de las
en el Consejo, llegando los sabios al acuerdo
cargas no habrá podido hacerse sino en
de que aun siendo el gasto de cinetorio mu­
connivencia con uno o varios de los obreros
cho mayor a escasa altura, no convenía, sin
que las montaron; y si entre ellos estaba
embargo, pasar de la actual para llegar a la
alguno de esos tres, de que ahora dispone­
de 300 kilómetros, y pronunciáronse decidi­
mos, seria imprudente emplearlos en la re­
damente por el statu quo: no bajar más, pe­
paración.
ro subir tampoco: emprender la reparación,
— Claro.
si era posible, manteniéndose a la altura
—Naturalmente.
en que estaban.
— Pues en tal caso tendríamos menos ope­
María Pepa, que en cuanto se dió cuenta
rarios aprovechables y aumentaría el tiem­
le la avería reconoció que a no haber aupo preciso para la compostura.
nentado secretamente por consejo de ellos
—Verdad, verdad.
la reserva de cápsulas, la única salida del
— Tiene razón Fognino.
Conflicto habría sido inmediato descenso,
— ¡Sapristi, está claro!; en tal caso no se
callaba y oía atentamente a uno y a otro,
padria contar con esos hombres.
tomaba notas, y nerviosa golpeaba el suelo
María Pepa oía, reflexionaba y seguía si­
con el pie cada vez que la hablaban de ba­
lenciosa.
jada o caída.
— Por eso he traído los partes de traba­
Convinieron los tres sabios en que si,
jo. Tú, Haupft, mira en seguida quiénes
gracias a aquellas reservas supletorias, no
montaron esas cargas tórridas que resul­
llegaba la situación a desesperada, era in­
tan heladas. No sé por qué sospecho que
dudablemente dificilísimo e Inseguro el
ahí ha de andar la mano de Dick el mudo.
reemplazo por nuevas cargas de las 140 in­
—No lo creo. Debes recordar que, siendo
útiles, dado que más no hubiera; que era 1"
las cápsulas australes las más delicadas, a
empresa larga y sumamente peligrosa; pm
causa de las forzadas cargas de que hubo
si con las facilidades de que en Paramillo,
que •proveerlas, como destinadas a trabajar
y con el Autoplanetoide fijo, se disponía
contra las gravedades de todos los plane­
para el trabajo, y con una docena de hábi­
tas, en el montaje de ellas hemos emplea­
les operarios, se habla tardado cinco días
do siempre a Dick, con preferencia a los
en montar 382 cápsulas, ¿qué no tardarían
demás obreros por ser el más inteligente de
en montar las 140 los tres únicos obreros
los nuestros. Y como las cápsulas estropea­
que de aquellos doce habían embarcado, ha­
das no son esas, sino las ecuatoriales...
biendo de trabajar colgados de una esfera
— Sí, muy Inteligente. Ya lo he advertido.
oscilante en los aires a 100 kilómetros de
Acaso demasiado. Tanto, que quién sabe
altura?... Por corto, y suponiendo voluntad
si el operario no es disfraz en que se es­
en los tres de arrostrar los arriesgados im­
conde un ingeniero.
previstos azares de tan extraordinaria fae­
— ¿Fundas en algo esa sospecha?—pre­
na, que no era poco suponer, de diez a doce
guntó vivamente la Capitana.
días
—En antipatía, en él añeja — contestó
— Imposible— exclamó la Capitana al oír a
Haupft— , ni justificada ni suficiente para
Haupft formular tal conclusión— . De la
acusar a nuestro más útil auxiliar. Estoy
nota de existencias que me habéis traído
casi seguro de que no ha tocado ninguna
resulta que el enorme gasto de cinetorio en
de las cargas averiadas.
ese plazo nos dejarla a merced de cualquier
—Estás equivocado, Haupft; ni acuso fií
leve accidente, e imposibilitados desde lue­
me dejo llevar de irreflexivas prevenciones.
go para ir y volver al más cercano planeta.
Pero acabamos de reconocer que para ar­
—Además — observó Fognino — hay un
marnos esta jugarreta no basta la inteligen­
punto interesante del que aun no hemos ha­
cia, aun suponiéndola grande, de un mero
blado.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
go o eneinigo, nadie aquí üene libertad para
obrero; y como entre los que ta n colocado
faltar a su deber ni desobedecerme, y todos
las cápsulas tenemos uno excepcumalmJCnte
me obedecerán; pero, inocente o culpable, ese
hábil, extraordinariamente competente, aca­
Matias ha montado algunas de las capsulas
so demasiado para su educación y clase, veo
averiadas, las ha manejado y es posible que
y seüalo la coincidencia: nada más. Si estás
interrogándole demos con indicios de la
efectivamente seguro de que Dick no lia to­
causa de la averia; quién sabe si con medio
cado las cargas estropeadas, retiro mis des­
más rápido, o menos peligroso, de reme­
confianzas; pero, en caso contrario, vale la
diarla que el de cambiar las 140 cargas.
pena de ponerlo en claro.
Y tocando un timbre agregó:
__Tengo certeza de que normalmente es­
__Es preciso llamarlo sin perder momen­
tuvo dedicado Dick a las cargas australes;
to. Soledad—dijo al acudir a su llamada la
mas por si acaso trabajó por excepción al­
doncella, elegantísima con su uniforme de
gún día en otra zona, sin que yo lo recuer­
Teniente de la Escolta—, ve tú misma al alo­
de, voy a mirar los partes... Nada: ni un día,
jamiento de los operarios, haz que despier­
ni una hora. No ha tocado esas cápsulas.
ten a Matías, y tráelo acá inmediatamente.
— Pues no he dicho nada... Y eso que to­
Pero con suavidad; sin hacer ruido ni em­
davía no, mientras no veamos si no inter­
plear la fuerza sino en último extremo.
vino antes del montaje en la confección de
Un cuarto de hora después comparecía el
esas cargas.
obrero ante el Consejo.
— A eso puedo responder categóricamen­
El interrogatorio no merece transcripción
te, y tú también, Fognino; pues sabes que,
detallada, pues de él no se sacó 'fruto de
por las mismas causas antes expuestas, no
provecho. En cuanto a la impresión que en
se cargaron en el taller de Dick sino las
todos produjo el obrero fué la de ser un
cápsulas que habían de cebarse con carga
buen hombre; mas no bastando esta apa­
reforzada.
riencia a dar certeza de que no hubiera sido,
—Es verdad, es verdad. Tiene razón
por alguien, sobornado, se resolvió vigilarlo
Haupft. No hablemos más de esto.
en adelante. De lo que no quedaba duda era
— Bien— dijo María Pepa— . Pero ¿y los
de que ni sus conocimientos ni sus capaci­
otros dos obreros que tenemos a bordo?...
dades sobrepujaban las corrientes en un
Haz el favor de consultar los partes, abuebuen mecánico; y que de tener parte en la
lito.
—Leonardo: ... día tres, cuatro...; parale­ fechoría, sería como instrumento, pero no
en modo alguno como inventor de ella.
los seis y siete... Nada, tampoco está. Ma­
tías... ¡Ah! Paralelos 2 y 3.
—Y en esa duda, ¿te atreverás a valerte
—Ese, ese— dijo Ripoll— . Nos hemos fas­
de él?— preguntó Fognino.
tidiado: ya no podemos disponer más que
— Lo mismo que de sus compañeros; no
de dos operarios.
voy a prescindir de uno cuando tres no me
—No, papá Ripoll: no lo preguntaba por
bastan.
eso: pues, culpable o inocente, no podemos
— Pues, Pepeta, si tú misma dises que to­
pasarnos sin sus servicios en la presente
dos no te bastan, me párese perdido gastar
urgencia.
tiempo en calentarnos la cabesa.
—¿Cómo? ¿Se atreverá usted a emplear
—No me bastan, no me bastan...— repli­
en tan delicada empresa a un hombre en
có impaciente María Pepa—. Por ahora no
quien no tenga confianza; que ya una vez...?
me bastan, pero...
— Sí, amigo Leblonde, porque si fué real­
—¿Por ahora?... Pues como no haga un
mente culpable, esa vez trabajaba para obli­
milagro la Madona, cuantas más horas pa­
garme a volver a la Tierra contra mi volun­
sen y más fuerza gastemos menos te bas­
tad, sin correr él peligro; probablemente
tarán.
sobornado con dinero que ya tiene en el bol­
Mira, hija mía, yo creo que lo más cuer­
sillo y no ha de perder por ayudarme hoy;
do es tomar las resoluciones antes que el
mientras que ahora trabajará persuadido de
tiempo las imponga, y para mí no hay otra
que no vuelve vivo al mundo sino cuando
que volver a Paramillo.
yo quiera, y con plena certeza de que si pre­
— ¿Volver a Paramillo?— saltó María Pepa
tende engañarme él será el primer castiga­
cual si sintiera la picadura de una víbora.
do, porque forzosamente habrá de estrellarse
Unicamente allí tenemos los recursos
conmigo.
necesarios para componer el Autoplanetoi— ¡Ah!
de— insistió el sesudo alemán.
—Y no creo sea para él suficiente consuelo
¡Volver a Paramillo!... ¿Antes de haber
pensar que de igual modo volveríamos to­ pisado otros planetas?... Puede que sí, pero
dos. No, no es eso lo que me preocupa: amlpara eso tendrán primero que sublevarse el

w

DEL

OCEANO

pasaje y la guarnición, atarme después, y...
Y no les va a ser fácil.
— Pero ¿no has dicho que no puedes?
— No puedo hoy, pero podré mañana; es
imposible que no pueda.
— Pero hija mía...
— Mon amie.
— ¿Sabes siquiera cómo vas a...?
— Sé que quiero; que quien sabe querer
debe poder. Sé que mi orbimotor no ha na­
cido para globo cautivo; que ni es un mi­
sero aeroplano ni ha levantado el vuelo para
volver a la Tierra después de un paseíllo
por los aires, sino para subir por cima de
la atmósfera. Sé que habiendo salido de los
Andes para los planetas, a ellos llegará co­
mo Dios no se oponga... Y lo que nos ocu­
rre no es obra de Dios, sino de miserables
criaturas.
— Pero...
— Atiende.
v — Pierden el tiempo, amigo Leblonde; ni
usted ni ellos la conosen todavía. Ha dicho
que va a los planetas, y va. Esté usted se­
guro. ¿No sabe usted que es de Saragosa?
— ¡Pero supongo que tendrás un plan!—
dijo Haupft— , porque si no, ese tesón no
serla energía, sino...
— ¿Obstinación, verdad?
— Tú lo has dicho.
— Pues bien; puedes estar tranquilo. Creo
entrever un plan con el cual pienso solven­
tarlo todo en tres o cuatro dias.
— ¿Cuál?
— ¿De qué modo?
— No he dicho que lo tenga, sino que
creo tenerlo; pero necesito madurarlo ru­
miando unas cuantas ideas que me trotan
en la cabeza; me es preciso reflexionar hon­
damente, meditar ese plan y, de ser viable,
ultimar sus detalles. He de pensar qué le
diré al pasaje cuando a la luz del Sol vea
al Autoplanetoide convertido en una pobre
boya. Y como para todo esto no me sobra

un minuio de las cuatro horas que hasta el
amanecer me quedan, se ha acabado el con­
sejo; y mañana a las seis volved aquí los
cuatro.
Y dando un beso a cada abuelo y un apre­
tón de manos a Leblonde, puso a todos, con
mucha suavidad, pero con gran firmeza, a
la puerta del despacho.
— ¡Parbleu!— salla diciendo Arístides— .
Cette filie est le plus brave homme que j ’ai
connu.
En cuanto María Pepa se quedó sola, exa­
minó el espejo de maniobra instalado ep el
despacho; y una vez cerciorada de no ocu­
rrir en ella variación ninguna, se sentó a la
mesa, y, cogiendo las netas de almacenes,
comenzó a trabajar.
A las cinco y media de la madrugada, ter­
minada su faena, llamó a Soledad— que dor­
mía profundamente en una butaca de la in­
mediata habitación, y aun diré que roncaba
si los lectores le guardan el secreto— encar­
gándole que enviara con urgencia a buscar
a Santiago el maquinista y a Pedro el fogo­
nero, con quienes quería hablar al salir del
baño, donde iba a meterse; que igualmente
avisara a Valdivia y a todos los pilotos, me­
nos al de cuarto, convocándolos para las seis
en la Comandancia.
Mientras sus órdenes eran ejecutadas, to­
mó un baño progresivamente fresco, con cu­
ya acción tonificante quedó tan descansada,
ágil y ecuánime cual si en su cama y dur­
miendo tranquila hubiera pasado aquella lar­
ga noche de preocupaciones, inquietudes e
intensísimo trabajo, en el que hablan cola­
borado la ciencia de la sabia, el valor de la
capitana y la política prudencia de la gober­
nante. Y a despecho de fatigas, insomnio y
cavilaciones, estaba tan guapa como siem­
pre: no, más guapa que nunca, según ase­
guraron cuantos tuvieron la fortuna de ad­
mirarla en aquel memorable día que comen­
zaba a alborear.

V

%

DE

23

A VENUS

CÓMO SARA OYE “CON SUS PROPIOS
CUANTO HABLA MARIA PEPA

Aun prescindiendo de las dificultades téc­
nicas del problema planteado por la inutili­
zación de las cargas, complicábanse en el
conflicto que la Capitana debía resolver con
otras de diverso orden, y de posible surgi­
miento en una ciudad, como Noviópolis, for­

OJOS”

mada de allegadizas gentes de todas razas
y nacionalidades, juntas no más desde la
víspera, sin lazos de fraternidad, ni amor,
todavía no nacido, a aquella nueva patria,
suya no más desde pocas horas antes.
¿Qué actitud tomarían tripulantes, obre-

24

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

-Contestadme clara y brevemente, pues
ros, guarnición, y hasta las mismas aristo­ tengo mucha prisa. No os pregunto por vues­
cráticas representaciones de la ciencia e- tro valor y lealtad, ya los conozco, pero tu,
rrestre, al enterarse de que en el critico mo­ Santiago, ¿tienes absoluta confianza en to­
mento de emprender un viaje peligroso cua á o s l o s soldados, oficiales y clases de tu
ninguno sobrevenía un accidente grave.
compañía?
.
Los terrores que el pasaje había sentido
— Creo conocerlos bien a todos..., es decir,
al cerrar la tenebrosa noche, los desperta­
dos en los más pusilánimes con el alejamien­ a casi todos.
— No me gusta ese casi; pues tal vez
to de la Tierra, solamente encubiertos por
la confianza de que el Autoplanetoide obede- pronto sea preciso ponerlos a prueba, y no
cía perfectamente a la voluntad de su Capi­ quiero someter a ella a los vacilantes en
tana, ¿no estallarían peligrosamente al en­ bríos o adhesión.
_Los cincuenta son gente escogida, y to­
terarse del contratiempo?... ¿Y sería el pres­
tigio de María Pepa suficiente a afrontar, a dos españoles o hispanoamericanos; pero
la vez que el problema técnico, las conse­ entre muchos siempre tiene que haber al­
cuencias de un posible pánico cuando el pa­ gunos más flojos que otros... Unos seis a
saje se enterara de una averia llegada antes siete...
_Aparta los doce más dudosos, y ponién­
de haber tenido ella tiempo de demostrar
su pericia en unos cuantos días de navega­ dolos a las órdenes del alférez o sargento
más torpe y de menor confianza, empléalos
ción tranquila?
Todas estas preguntas se había hecho hasta nueva orden en el cuartel, ponderán­
nuestra heroína tan pronto tuvo planeado el doles reservadamente la prueba de confian­
modo de componer el daño hecho en las car­ za que con ello les das, por ser quienes, en­
gas; y como las respuestas que a ellas daba tre todos, te la inspiran mayor para guardar
la lógica no eran, por cierto, tranquilizado­ el almacén de municiones.
ras, preocupóse en buscar, para cada uno
— ¡Los más flojos guardar las municiones!
de los presuntos riesgos, remedio, paliativo
— Sí; no te asustes, y oye: esas municio­
o prevención. Si al cabo de aquellas cuatro nes no serán las que ahora tienes; porque
horas de intenso discurrir tenia, cual pen­ éstas se las vas a enviar a Soledad en cuan­
saba, solución para todo, no las habla per­ to llegues al cuartel, haciendo que las trai­
dido; y no era leve la labor hecha en ellas.
gan Pedro y los tres soldados más fieles.
Todavía andaba dando vueltas en su ma­ Debes tener seis cajones, y como se ha ad­
gín a los detalles de sus planes, cuando en­ vertido que los cartuchos están estropeados...
tró Soledad, avisándola que afuera aguar­
— No, señora; respondo de que están en
daban ya Santiago y Pedro.
buen estado; ayer mismo...
— ¿Se ha enterado alguien de su venida?
— No sabes lo que dices. Están en buen
— No, señora. Han entrado por la puerta
estado para ti y la gente de confianza, pero
trasera; y los pocos pasajeros que por las
no para los dudosos.
calles andan ya no los han visto; pues, an­
— Soledad cambiará esos cajones por otros
siosos de contemplar la Tierra, están todos
en el balconcillo del bulevar exterior, aguar­ seis, con los que volverá Pedro al cuartel; y
dando a que el Sol recién salido disipe la en cuanto los recibas, respartes a tu compa­
ñía las municiones del que vaya marcado
neblina que la oculta.
— Bien. Cuando se vayan, que procuren con el número uno. Pero, fíjate bien: dis­
hacerlo sin ser tampoco vistos. Ahora llé­ tribuirás las dos primeras tongadas de car­
valos a tus habitaciones, y aguardadme allá. tuchos a la gente sospechosa encargada de
custodiar el cuartel y los cinco restantes
Voy en seguida.
Salió la Jefe de la Escolta. En poco más cajones de municiones. El resto de las del
primer cajón, es decir, la tercera y siguien­
de dos minutos acabó su tocado la Capitana;
pasó al despacho, tomó de una panoplia un tes capas de cartuchos, se las darás a los
diminuto pero terrible revólver químico, se soldados de confianza.
Mientras Pedro va al cuartel y de allá
lo echó en el bolsillo de su calzón holgado, y
por un pasillo comunicante con el cuarto de vuelve con los cajones, tú, Soledad, con dos
su doncella— pues el ingreso de Soledad en muchachas seguras y poco charlatanas, sa­
la carrera militar no fué óbice para que carás del almacén de la Comandancia seis
conservara el íntimo cargo que junto a Ma­ cajas de cartuchos vacíos, que recargarás
ría Pepa desempeñaba— se dirigió a la ha­ con todo esmero.
bitación donde sus tres fieles servidores la
— Sí, entendido— contestó la sevillana— .
aguardaban, y les habló en los siguientes
Con agua los cinco cajones y las dos prime­
términos:
ras capas del cajón número uno, y con cío-

DEL

OCEANO

romorfiraquina las de debajo, que ban de
entregarse a los más leales,
— ¡Ah!— dijo Santiago.
— ¡Oh!— exclamó Pedro, poniendo gran
admiración, uno y otro, en el ¡ah! y en el
¡oh!, y contemplando, ambos embobados, al
ama y a la criada.
— Veo que sigues comprendiéndome antes
de que hable— dijo sonriente María Pepa.
— Ya entiendo, ya entiendo, señorita— dijo
Santiago.
— No muy de prisa— le contestó burlona
Soledad.
María Pepa, sin poder contener la risa,
agregó:
— La única consigna de esa tropa escogi­
damente mala es defender el cuartel y las
municiones inofensivas, que no harán daño
a nadie, con las Inútiles de sus fusiles. Los
treinta y ocho hombres restantes, provistos
de armas eficaces, los dividirás del siguiente
modo: cuatro, a las órdenes de Pedro— éste
era sargento— , custodiarán la entrada del
almacén de cinetorio y taller de recarga de
cápsulas. Tú, Pedro, cuando llegues allá, de­
jarás a la puerta la fuerza, entrando tú para
ponerte a las órdenes del señor Fognino.
Una vez dentro, no perderás de vista a los
tres obreros que allí trabajan; al primer
movimiento sospechoso de ellos contra el se­
ñor Fognino, llamarás a tu tropa; y si ni
aun de esto te dieran tiempo, dispararás al
aire esta pistola. No te asustes, porque cae­
réis dormidos cuantos estéis en la habita­
ción; pero como produce, al disparar, un
violento silbido que se oirá en todo el Autoplanetoide, en seguida acudiremos en auxi­
lio vuestro para sacaros al aire libre. Pero
no se te ocurra dispararla sino en caso de
que tú y el señor Fognino os veáis perdidos.
Como él tendrá demasiado que hacer para
ocuparse de su seguridad personal, tú me
respondes de que nada malo ha de ocurrirle.
— Descuide la señorita.
— Er. ti confío. Tú, Santiago, enviarás
ocho hombres a la central eléctrica para
que allá se pongan a la disposición del in­
geniero jefe de ella y no permitan acercarse
al edificio a quien no sea operario de la cen­
tral. Otros seis constituirán una guardia de
prevención en el cuartelillo de los obreros,
sin consentirles juntas, discursos ni sofla­
mas. Como no tienen armas y no pasan de
veinte, seis soldados armados sobran para
meterlos en cintura si es preciso. Pero elige
para mandarlos quien, siendo listo y enér­
gico, no sea violento, pues no quiero apelar
a la fuerza sino en caso absolutamente in­
evitable. El resto de la compañía, a tus in­
mediatas órdenes, la alojarás aquí, en los

A VENUS

25

bajos de la Comandancia, como reserva para
acudir donde sea necesario y disponga el se­
ñor Ripoll, a quien te presentarás. ¿Quedas
bien enterado?
— Sí, mi Capitana.
— Ten en cuenta que como la faena y las
precauciones durarán varios días, debes or­
ganizar un turno de servicio y dos de des­
canso, para que la tropa esté siempre fresca
y disponible. Además, por si fuera preciso
exigirle gran derroche de energías, irás con
este vale a pedir al señor Chu-Fo unas cajas
de comprimidos de cafeína y fósforo que, de
postre, y después de la cápsula de la comida
de mediodía, darás a tus hombres; con lo
cual valdrá por dos cada uno. ¿Listos, ver­
dad?
— Sí, señora.
— Pues a la faena. A las nueve ha de estar
ejecutado cuanto he dicho.
— Estará.’
Salieron Santiago y Pedro, y, volviéndose
a Soledad, dijo María Pepa:
— Tu novio es un buen chico y todo un
hombre.
— Mi novio, mi novio...
— ¿Cómo? ¡Otra vez torcidos!... Eso es el
cuento de nunca acabar... Pero no hay tiem­
po ahora para ocuparse de eso... Oye, ¿tienes
absoluta confianza en todas las chicas de la
escolta?
— Como en mí misma. Yo he sabido esco­
ger mejor que ese inocente de Santiago.
— ¿Otra pulla? Mal andáis por lo visto,..
Pero ¿en todas?
— En todas. Mis veinte muchachas no
tienen para un bocado con sus cincuenta
hombres.
— Bueno, no hagáis la prueba por ahora—
dijo María Pepa soltando la carcajada— .
Pero si a tal punto confías en ellas, podrás
responderme también de que nadie, fuera
de los pilotos, de mis abuelos y el Sr. Leblonde pisará el puente ni los ascensores
que a él conducen, ni entrará en la Coman­
dancia sin expresa autorización mía.
— Claro que respondo.
— Bien; pues entonces... Pero ya deben
estar ahí Valdivia y sus oficiales... Hazles
entrar en el despacho, y diles que allá voy.
¡Ah! Me olvidaba. Como en el piso bajo va
a alojarse una sección de Santiago, con la
que tus muchachas no tendrán para medio
bocado, bueno será que no se acuerden de
que esos chicos están ahí ni les dé idea de
hacer boca con ellos mientras encuentran
cosa de más jugo. No les tolerarás, por tan­
to, la menor comunicación, cercana ni le­
jana. No quiero que la gente se distraiga de
su deber en los presentes momentos.

26

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO X X II

— N o comunicarán. Puede usted estar
de él, que son capaces de afrontarlo con
tranquila.
ánimo sereno y de vencerlo con libertad de
— Ahora despacha, lo primero, la carga
espíritu. Creo que no me equivoco al con­
de cartuchos para cuando llegue Pedro. En
tar con ustedes para todo...
seguida monta centinelas en el puente, la
— Para todo, para todo— respondieron re­
subida a él y la Comandancia; y cuando eso
sueltamente los interrogados.
esté hecho preséntate al señor Haupft, que
— Pues bien, señores, tenemos una avería
estará en mi despacho, y a quien en cual­
perfectamente remediable, ocasionada, no sé
quier urgencia de momento pedirás instruc­
aún por quién, con criminal propósito— con­
ciones, obedeciéndole como a mí misma.
tinuó María Pepa, que seguidamente enteró
— Pero ¿y usted?
a su oficialidad, aunque disimulando un poco
— Yo tengo que hacer en otra parte.
la importancia del percance, de cuanto el
— ¿En otra parte?
lector sabe. Y terminó su breve narración
— SI; dentro de un rato tendré que salir
con las siguientes palabras;
de la Comandancia.
— Si después de conocer la situación tie­
— ¡A h !... ¿Va usted a los talleres?
nen ustedes la plena confianza que yo tengo
— Sí... Justo, a los talleres. Anda, anda;
en mi pericia para el gobierno del aparato
di que pasen los pilotos... Creo que oigo la
que
he creado; si me obedecen sin el menor
voz de m i almogávar y la de Haupft. Que
recelo en el éxito final de mis disposiciones;
entren con los otros.
si me secundan ciegamente, con entusiasmo
Efectivamente, en aquel momento llega­
y fe, respondo de todo; mas les advierto
ban al antedespacho los abuelos de María
que exigiendo el remedio del daño que nos
Pepa y el amigo Aristides.
han causado, no horas, sino cuatro o cinco
— Pasen, pasen ustedes todos— dijo ella
días, no han de sentir ustedes durante ellos
saliendo a su encuentro— . Siéntense, ami­
dudas ni temores; pues la vacilación de uno
gos míos— . Y en un aparte preguntó a V al­
puede significar muerte de cuantos a mí y
divia— : ¿Quién queda de cuarto?
a ustedes, que me ayudan, han confiado sus
— Ramírez, el segundo oficial.
vidas.
— ¿De toda confianza?
— Absoluta.
Varias veces, durante esta parrafada, v i­
Bien; mas de todos modos, mientras
brante, con valiente confianza, estuvq a
yo hable, no pierda usted de vista el espejo
punto de manifestarse en calurosas protes­
de maniobras.
tas la que inspiraba a la oficialidad su Ca­
Todos se sentaron, quedando reunidos
pitana y otras tantas la contuvo María
Valdivia y sus cuatro subordinados, a quie­
Pepa, imponiendo silencio con majestuoso y
nes se dirigieron la mirada y el ademán de
sereno ademán autoritario de brazo y mano,
la Capitana al comenzar a hablar.
hasta que al cabo estalló el entusiasmo en
— Convoco a ustedes para informarlos de
repetidos vivas a “ nuestra Capitana” y en
un asunto grave que estos otros señores ya
efusivas ofertas de absoluta obediencia y
conocen. Todos ustedes son hombres de firme
ciega lealtad: sin distingos ni plazos. Todo
corazón, bien demostrado al ponerse a mis
ello con voces que acalló la aclamada indiordenes e r C1 presente viaje. A esa firmeza
SU.b° rdinados 4ue> agradeciendo
de ánimo, i la prueba de confianza que me
entrañablemente su adhesión y levantadhan dado a, embarcarse, y a la leal discre­
tan
^ SUpIicaba no los manifestaran
ción de ustedes, me dirijo para decirles lo
tan ruidosamente; pues el percance debía
que tendré cuidado de ocultar al pasaje. Es­
mantenerse secreto al pasaje, mientras lie !
tamos en peligro.
gaba oportuna sazón de informarlo de él
Para tomar el pulso, con la mirada que en
“ J ? ?,arte que la I>ru(iencia permitiera resus rostros clavó, al temple de aquellos hom­
^elar sin nesgo de terrores, que actualmenbres que eran sus inmediatos auxiliares, hizo
te podrían ser de incalculables consecuen
a intento M aría Pepa una pausa después de
cias. Y advirtióles, por último, que no bas
dispararles a boca de jarro el escopetazo de
taba fueran valientes y serenos, si, a la par
la noticia; y cuando v ió que, pasada la pri­
no eran discretos y reservados; pues por
mera inevitable contracción producida en
algo^se dice vulgarmente que las paredes
sus semblantes por la sorpresa de ella, per­
manecían impasibles, prosigu'ó;
Después de esto les reiteró las gracias
— Del peligro, que no he de recatar a
despidiéndolos con efusivos apretones d¿
hombres avezados a desafiarlo, tengo certeza
manos, y encargándoles subieran a la cabina
de salir bien con la ayuda de ustedes. Más
de cuarto, adonde en breve iría Valdivia a
cuando leo en sus rostros, al informarlos
comunicarles instrucciones sobre el modo

DEL

OCEANO

de montar el servicio en las anormales cir­
cunstancias del momento.
En cuanto se quedó sola con Leblonde,
Valdivia y sus abuelos, les explicó el plan
que babía formado durante aquella madru­
gada, aquí omitido porque en breve lo ve­
remos puesto en acción, y porque ahora nos
urge trasladarnos al alojamiento del matri­
monio Sam-Fairelo, en donde ocurren cosas
interesantísimas.
*

*

*

Al rayar el día levantóse Alvaro de la
cama, e invitó a Sara a acompañarle al bal­
concillo que circundaba la ciudad para ver
la salida del Sol y contemplar la Tierra des­
de aquellas alturas, contestándole ella que
por durarle todavía la indisposición de la
víspera no la apetecía levantarse tan tem­
prano.
Galantemente, quiso él prescindir del in­
teresante espectáculo, quedándose junto a
ella, que rechazó la oferta con insistencia,
donde Alvaro no vió sino deseo de no pri­
varle de placer tan atractivo como nuevo;
pues no tenía motivo para sospechar tuviera
Sara positivo empeño de quedarse sola, como
lo consiguió, convenciendo a su marido de
que para dormir otra hora o dos, que era lo
que más deseaba, no le era necesaria com­
pañía.
Salió al fin Alvaro, y tan pronto la yan­
qui estuvo bien segura de que no volvería,
saltó descalza de la cama, corrió a un espe­
jo, rematado en la parte inferior por ancha
cornisa de madera tallada, e, introduciendo
en un hueco de ésta una navecilla, hizo girar
la moldura alrededor de bisagras ocultas en
la talla, dejando al descubierto un cajón, en
el muro vaciado, de medio metro de largo
por veinte centímetros de alto y cuarenta de
profundidad.
Dentro de él estaba un extraño y singular
aparato receptor de telefonía, cuyo electro­
imán, en vez de atraer y repeler la placa
vibrante del auditivo del teléfono ordinario,
que con sus sacudidas reproduce la voz que
actúa sobre la placa transmisora de la bo­
cina donde se habla, hacía variar la inten­
sidad de la corriente que un acumulador
lanzaba por un alambre comprendido entre
los polos de otro electroimán. Las varia­
ciones que así sufría la corriente dependían
en cuantía y duración de las inflexiones de
la voz o del ruido que en la estación de ori­
gen determinaba la vibración telefónica lle­
gada al receptor.
Pero esta corriente, variable por tal cau­
sa, alimentaba una pequeña bombilla eléc­

A VENUS

27

trica, del tipo en el siglo X X conocida con
el nombre de Válvula Fleming (1), con lo­
que las inflexiones de la voz, trocadas en
ondulaciones eléctricas a lo largo del alam­
bre conductor, convertíanse a la postre en
oscilaciones rápidas, y más o menos amplias,
más o menos ricas en diversificadas tonali­
dades, de los colores elementales existentes
en la luz compuesta de la lámpara. Mediante
tales cambios de intensidad y color, hablaba
la luz: en silencio, claro es, mas no en se­
creto, pues en la superficie de una película,
sensible a todos los colores y autofijativa,
situada frente a la bombilla quedaba regis­
trado fotográficamente aquel lenguaje lumí­
nico con variados signos, diversamente co­
loreados, que en la película trazaban una
multicolor escritura, tan incomprensible
para quienes antes de 2186 lean esta obra co­
mo para el autor de ella, pero que de co­
rrido interpretarán en los tiempos del viaje
planetario todas las personas verdaderamen­
te cultas, por hallarse incluida su enseñanza
en los programas de universidades y escue­
las superiores, con los nombres, indistinta­
mente aplicados, de fototaquifonía y lumu
solfeo (2).
Tenía, pues, Sara, en el aparato montado
detrás de la moldura del espejo un registro
fotoautofónico de cuanto se hablaba en...
Ya lo sabremos luego.
Al abrir la sabia yanqui el secreto cajón*
cilio estaba apagada la luz. Cortó aquélla el
trozo de película impresionado, sacándolo
del cilindro; empalmó a éste el extremo de
la parte no escrita, para dejar el aparato en
disposición de registrar nuevos mensajes;
y con el rollito impreso se volvió a la cama,
monologando interiormente que por ser su
Alvaro un ridículo Quixote (así lo pronun­
ciaba), con cuya ayuda no podía contar en
(1) Faltan a! autor datos positivos para ase­
gurar que, efectivamente, fuera una bombilla Fle­
ming, o válvula de vacio, y no un od¡6n (audion)
De Forest, primo hermano de ella, entre los cuales
se produjeron en el siglo xx graves desavenencias
de familia, que los llevaron a dirimirlas en los
Tribunales.
(2) El Invento era una combinación feliz de la
telefonía vulgar con la fotografía policroma ; pues
la película del aparatito de Sara no era sino un
perfeccionamiento de los papeles para fotografías
en colores de los hermanos Lumière, del llamado
“ Uto” , del doctor Smith, y de los métodos de Ives
Sheperd, Lucius y Bruning. Con la ventaja dé
que, sin necesidad de bafios ni fijativos, queda­
ban reproducidos los objetos con sus propias co­
loraciones.
Después de fotografiadas en las películas del
aparato de mistress Sara las palabras que el le­
jano tranmisor telefénico enviaba, arrollábanse
aquéllas en un cilindro contenido en la misma cá­
mara obscura donde la oscilante luz de la lamparita Fleming las habla impresionado.

*28

VIAJES PLANETARIOS

lo más importante de sus planes, tenía ella
que andar con aquellos tapujos. Achaques
de haberse casado con el portugués: muy
guapo, muy inteligente, ducho en ciencias
e inventos, pero lego en empeños de astu­
cia y disimulo, inútil para cuanto no fueran
las que llamaba él nobles empresas, y a
quien no había manera de hacer colaborar
en ciertas tramas sino ocultándole su ver­
dadero fin y más importantes medios: en­
gañándolo cual lo habia engañado en el
asunto de Challao, o, mejor dicho, como en­
gañado lo llevaba desde que era chicuelo.
Gracias que en la ocasión presente tenía ella
quien hiciera todas aquellas cosas, que, a
conocerlas, habría A lvaro calificado campa­
nudamente de indignas felonías. ¡PobrecI11o!... Si no fuera tan guapo, ya haría tiem ­
po que le habría dado laico sucesor.
Otra vez en el lecho, comenzó Sara la lec­
tura de la película, exclamando a poco de
empezarla:
— ¡A h ! Ya se han enterado de lo de las
cargas— y continuó devorando, con crecien­
te afán, la reproducción, que eso era lo es­
crito en el rollito, de cuanto M aría Pepa y
sus amigos habían hablado en el consejo ce­
lebrado la noche anterior en la Comandan­
cia.
RéBobló el interés de la lectora, tomando
visos de inquietud, al enterarse de las sos­
pechas que Dick inspiraba a Fognino; tran­
quilizóse al verlas desvanecidas, casi en ab­
soluto, por las hábiles precauciones con que
ella había sabido disimular sus proezas de
Param illo; y al llegar al final del fonolumigrama, donde las últimas palabras registra­
das eran las de la orden dada por María
Pepa a Soledad, para que avisara a Santia­
go, Pedro y los pilotos, pensó:
— ¿Conque no quieres entregarte toda­
vía?... ¿No te resignas a bajar?... Pues ba­
jarás, quieras o no. Tu orbimotor no es ya
sino mísera boya que no puedes regir; tú y
él estáis en mis manos. ¡L a Capitana!... ¡Ja,
ja, ja!... Pronto verás quién es aquí la ver­
dadera Capitana... Pero a estas horas debe
estar ya toda esa gente en el despacho. SI:
son las seis y diez.
Saltó de la cama, sin llamar a su doncella
K etty, pues tenía buenas razones para no
querer testigos de vista: se hizo un sumarisimo tocado, y volvió a levantar la moldu­
ra, viendo, al hacerlo, oscilar la lucecilla, y
oyendo crujir los engranajes del aparato de
relojería. Y como al modo que los telegra­
fistas prácticos del siglo X X recibían al oído,
sin preocuparse de m irar la cinta impresa,
tenía Sara hábito de leer los mensajes en la
lámpara del fonofotógrafo (antes que en la

en

EL SIGLO XXII

película se imprimieran), por sus propios
ojos oyó en la bombilla los vivas a la Capi­
tana que en aquel instante lanzaban sus en­
tusiasmados oficiales en la sala de consejos
de la Comandancia.
Y tal fué la impresión de realidad qu
aquellos para ella desagradables vítores la
produjeron, que, dando una ^patada en esuelo, exclamó: “ ¡Estúpidos!
Pero en seguida, ansiosa de saber lo que
allá arriba decían, clavó la mirada en la in­
quieta lucecilla, no perdiendo ni una sola
palabra del plan de reparación de las ave­
rías, que a sus abuelos y a Valdivia expli­
caba María Pepa en aquel instante; bien
ajena de cuán verdad era su frase de un
rato antes, al decir a los pilotos que las pa­
redes oyen.
¡Y tanto!: al mismo tiempo que a sus más
íntimos auxiliares y consejeros descubría la
Capitana a su enemiga el plan que ya una
vez callamos al lector, y callamos de nuevo;
pues de contarlo ahora, quedarla privado
del interés que en él pusieron las peripecias
y dificultades de su ejecución narradas en
venideros capítulos.
Pero ¿cómo había conseguido Sara esta­
blecer aquel ingenioso sistema de fotofonía
telegráfica entre su alcoba y el despacho de
M aría Pepa? ¿Cómo, si nos consta que antes
de la partida no había ella entrado en sus
habitaciones, sino en compañía de Alvaro,
y vigilad a por Soledad y Santiago, la tarde
de la presentación a la Capitana de los nom­
bramientos que a su marido y a ella los
acreditaban como representantes científicos
internacionales en el viaje?
Porque ni ella fué quien personalmente
estableció aquella comunicación, ni tuvo que
aguardar le fuera franqueado acceso al novimundo para montarla, pues al entrar por
la primera vez en su pabellón de la aveni­
da A, ya estaba terminado desde muchos
días antes el artilugio de los conductores
eléctricos para el objeto necesario: gracias
a los buenos oficios del electricista interme­
diario entre ella y Dick, que nos es conocido
desde la primera parte de esta historia,
quien, además de los postales servicios que
en aquélla le vimos desempeñar, prestó a
Sara el de meter en un cable maestro de la
distribución eléctrica interior del planetoi­
de, veintiséis en lugar de veinticuatro alam­
bres aislados, introduciendo muy disimula­
damente los extremos de los aumentados
clandestinamente en el pabellón y escon­
diendo las opuestas puntas de ellos en mol­
duras del techo del despacho de María Pepa,
para enfilarlas luego disimuladamente en la
garganta de una cariátide de la ornamenta-

DEL

OCEANO

ción y conectarlas al cabo a la membrana
vibrante de un transmisor telefónico oculto
tras los dientes de la monstruosa boca del
endriago escultórico. Además de esto, metió
en otro cable catorce en vez de doce flexi­
bles, estableciendo comunicación del mismo
pabellón que habría de ocupar la ingeniosa
yanqui con el taller destinado en el orbimotor a manipulaciones cinetóricas, en donde
prestarla Dick sus servicios.
Con estas y otras cuantas habilidades
eléctricas, que por sencillas no merecen de­
tallarse, lo arregló todo el avispado monta­
dor de modo que al llegar Sara a su aloja­
miento, allí se encontró a punto la corrien­
te necesaria para la valvulilla Fleming del
lumifonógrafo, derivada, sin dejar huella de
su paso, del contador del pabellón, ni exigir
más trabajo que empalmar en los aparatos
que ella traía en su equipaje los sueltos
cabos de los flexibles, que aguardándola es­
taban.
Y conste que esta defraudación de flúido
no la hacía Sara porque la preocuparan las
facturas de la Central Novipolitana, que
gratis suministraba a sus clientes luz, calor
y fuerza, sino para evitarse enterar a otros
de cosas que sólo a ella interesaban.
El mismo obrero se encargó de llevar un
ebanista que en el pabellón de Norteaméri­
ca preparó y disimuló debajo del espejo el
escondrijo de la alcoba de Sara.

A VENUS

29

Ya está, pues, explicado el cómo pudo es­
tablecerse la subrepticia comunicación tele­
fónica o, mejor dicho, semicomunicación,
pues María Pepa hablaba y no oía nunca y
Sara oía y callaba.
No era esto la realización exacta del pri­
mitivo proyecto de la sapientísima Coman­
dante de Ingenieros Aéreos, que perseguía
el mismo resultado con procedimiento mu­
cho más elegantemente científico, echando
mano de la inalámbrica telefonía aérea; pero
la imposibilidad de hallar en Mendoza, con
la premura necesaria, transmisores silencio­
sos tan pequeños como los requería la apli­
cación secreta a que estaban destinados, la
hizo recurrir a la antigualla del teléfono
con alambres conductores. Mas la contra­
riedad que la produjo esto fué pasajera,
pues quedaba alcanzado el primordial ob­
jeto de espiar a la Capitana; y porque cosas
de más monta, y emociones más hondas ha­
bían de distraerla o, mejor dicho, preocu­
parla pronto en la terrible lucha que iba a
entablar: lucha en que María Pepa llevaría
la desventaja de ignorar quién era, dónde
estaba y qué tramaba su enemiga, bien in­
formada, en cambio, de cuanto pensara y
decidiera la brava aragonesa, en el instante
mismo de discutir planes o de comunicar
órdenes, por estar en constante comunica­
ción con el despacho de ella.

VI
MARIA PEPA SE JUEGA EL TODO POR EL TODO
Quienes, desde las cumbres que dominan
el valle y el astillero de Paramillo, habían
podido asestar sus gemelos al Autoplanetoide, antes de levantar éste su vuelo, obser­
varon, entre otras de sus particularidades,
que en el punto más alto, o polo norte según
convencional designación de María Pepa,
sobresalía de la convexa superficie externa
del orbimotor una segunda esfera diminuta,
minúscula. Su apariencia era la de una
brillante cuentecilla de vidrio, allá en lo
alto incrustada, y constituyendo para la
mayoría de los mirones remate ornamental,
de donde irradiaban las veinte escalas cir­
culares que, siguiendo otros tantos meridia­
nos, descendían al polo sur del artefacto
inventado y construido por la Capitana;
pero Sara, que, con el anteojo establecido
en su casa de Aldea Vacas se había pasado

muchas horas mirando y remirando aquel
remate, tenía otra opinión, pensando de él
que era algo más que un inútil adorno.
Muchos secretos había ella sorprendido en
sus campañas de espionaje, directo o indi­
recto; no eran pocos los que, sobre la base
por aquellos traidores medios adquirida, ha­
bían esclarecido su talento y su ciencia;
pero sabía perfectamente que aun no era
dueña de todos los relativos a trazado y
detalles del motoestelar, presintiendo que
entre los ignorados no debía ser de los me­
nos interesantes el de aquella bolita reful­
gente, que sobre el novimundo no parecía
mayor que parece un guisante en lo alto
de grandísima sandía: presentimiento que
subió a convicción al observar que a pocos
metros por encima de la cuenta de vidrio
avanzaba el pescante de una cabria, de don-

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
30
el extremo de provocar en el insensato que
de, aunque ella no lo viera a tal distancia,
arrostrara dicho decrecimiento hemorragias,
colegía colgaría un cable o un alambre, con­
no sólo por boca, nariz y oidos, sino por
juntamente destinado con la cabria a sacar
todos los poros de su piel; hemorragias con
de su álveo, y levantar, cuando preciso fue­
las cuales comparadas son insignificantes
ra, la misteriosa esíerilla.
las que célebres aeronautas padecieron en
Aquello parecía un obturador automática,
memorables ascensiones aerostáticas con
un tapón: ¡el tapón del novimundo!
sólo remontarse unos cuantos kilómetros,
Pero, ¿para qué había menester tapón el
hemorragias que con toda la sangre se lle­
micromundo aquel? ¿Ni qué ventaja, ni
varían la vida de quien a ellas se expusiera,
qué finalidad pudiera perseguirse destapán­
y cuya causa, bien notoria, seria fafia, so­
dolo?-.
bre la piel, de presión atmosférica exterior
Decíase Sara en sus cavilaciones que la
contrarrestante de las interiores desarrolla­
Capitana sabía de sobra que la vida de los
das por la sangre en venas, visceras y epi­
tripulantes del motoestelar dependía de que
dermis.
jamás se destapara, para evitar que a los
La carencia de aire externo podía obviar­
espacios siderales, donde no hay aire, se es­
se empleando en los reconocimientos o re­
capara su atmósfera interior: era evidente
paraciones extranovimundianas las escafan­
que destapamiento del novimundo y muerte
dras, con depósitos de él, usadas por los bu­
por asfixia de los novimundianos serían ca­
zos; mas contra el frío inconcebible, contra
tástrofes casi simultáneas: y, sin embargo,
la falta de presión, no bastaban ni escafan­
y a despecho del juicio, que fallaba que na­
dras, ni aun trajes por el estilo, de los in­
die abre boca ni pone tapón a recipiente que
ventados por María Pepa para desafiar las
nunca piensa destapar, porfiaba su intuitiva
emanaciones del volcán o las radiaciones
perspicacia: - “ Es un tapón. Estoy segura de
del cinetorio; pues la presión interna del
ello.”
aire en ellos contenido, los haría estallar
Y acertaba la perspicaz aviadora, pues ta­
por falta de suficiente solidez en ellos. En
pón era aquello que parecía bolita, siendo
cuanto al frío, congelarla a quienes los
bolaza, de cuatro metros de diámetro, e im­
vísitieran para pasearse sobre la cáscara del
portantísimo aparato por María Pepa ideado
novimundo.
en previsión de eventual, aunque improbable,
necesidad de efectuar reparaciones o reco­
Por saber todo esto, había ideado la Ca­
nocimientos en el exterior del aviplaneta,
pitana aquella bola cristalina de lo alto del
aviplaneta. Pues aunque las precauciones
cuando bogara en el vacío, o tan elevado en
las atmósferas planetarias que respiración
adoptadas en la fabricación y montaje de
y vida humanas se hicieran imposibles fue­
las cápsulas alejaban toda verosimilitud de
ra de él.
que durante el viaje pudieran estropearse,
Estando circundado el orbimotor, entre
no quiso, sin embargo, pecar de impreviso­
sus polos sur y norte, por veinte férreas es­
ra, prescindiendo de arbitrar medios de re­
parar accidentes.
calas, pensará quien de ligero juzgue que
para componer cualquier averia en viaje
Dos esféricas paredes de vidrio entre sí
bastaría salir por Ja poterna sur o por la
concéntricas, y de treinta centímetros de
poternilla norte, y trepar luego, o descen­
espesor, quedaban separadas por un vano de
der, por dichas escalas hasta llegar frente
veinticinco, relleno de colodión, constituyen­
a las cargas necesitadas de reparaciones.
do un poderoso aislante o verdadero escudo,
Pero esto, hacedero cuando, en medio de un
casi impermeable al horrible frío externo,
aire respirable, y con suficiente presión at­
combatido además, dentro de la esfera, por
mosférica, colocaron los operarios las cáp­
la incandescencia, a voluntad regulada por
sulas propulsoras alrededor del orbimotor,
el tripulante, de un enrejado metálico. Re­
varado en su grada de Paramillo, era im­
cibía éste la energía eléctrica que lo calen­
posible de realizar en él después de remon­
taba de repetidas y frecuentes descargas de
tarse a gran altura.
ondas etéreas engendradas en la central
Opondrianse a ello, no sólo la carencia de
eléctrica del Autoplanetoide y transmitidas
aire, sino el frío exterior y la falta da pre­
sin alambre como la ondulación de igual
sión atmosférica necesaria a la vida; pues
naturaleza es impulsada en la telegrafía,
la temperatura externa al novimundo sería
sin conductores, de Marconi.
en el vacio la del cero absoluto, es decir,
El aire, viciado por la respiración del
273 grados bajo el cero del termómetro cen­
ocupante, restaurábase con tomas automáti­
tígrado, y entre 100 y 200 kilómetros de
cas y palatinas de un depósito de oxigeno,
altura una no muy distante de ella.
a través de una válvula. El ácido carbónico
En cuanto a la presión, decrecería hasta
exhalado por aquél se precipitaba sobre una

DEL

OCEANO

A VENUS

31

provisión de cal, que, convenientemente do­
tada de extraordinaria avidez por dicho de­
letéreo gas, se apoderaba de él formando
carbonato de cal.
La presión del aire en el interior de la
esfera era la normal de una atmósfera, o
sea 760 milímetros del barómetro mercurial.
Así, el obrero que en el aparato se encerra­
ra, podía reírse en su escondrijo del vacío
y del frío.
Una barra metálica muy robusta atra­
vesaba la esfera por su centro y servia de
eje a dos ruedas que a sus extremos roda­
ban, presa cada una entre un par de carri­
les, que desde lejos vistos parecían las ba­
randillas altas de las escalas exteriores del
Autoplanetoide.
Cuando surgía necesidad de componer
una carga, no había sino elevar, con la grúa,
la esfera, sacando ésta del agujero donde
normalmente descansaba en el orbimotor;
maniobrar eléctricamente la grúa para que
engranara las ruedas de la bola entre los
carriles bajo los cuales estuviera la cápsula
averiada, y largar cable de alambre que
permitiera a este original vagón esférico
bajar rodando por la doble vía férrea, has­
ta la cápsula frente a la que era detenido
parando el torno que largaba el cable, del
cual pendían la esfera y el obrero.
Todas estas maniobras de grúa y tom o
se efectuaban por el vulgar procedimiento
—vulgar en 2186— de transmisión aérea de
fuerzas motrices, que no era, en suma, aun­
que industrialmente perfeccionado, sino -el
aplicado siglos antes por Tesla, Torrés Quevedo, Branly, para el gobierno e impulsión
a distancia de una canoa, un torpedo, una
vagoneta, etc.
El tamaño de la esfera y el camino por
ella recorrido, entre cada dos cargas con-'
tiguas—matemáticamente igual para cada
par de ellas— , habíalos calculado María
Pepa de modo que al enfrentar la esfera
toda carga, el zócalo cilindrico donde ésta
se montaba enchufábase dentro de un golle­
te, tubo o cuello, corto y ancho, que salía
de aquélla (1).
Y ahora llegamos a lo más interesante
para la comprensión del segundo accidente,
que, mientras María Pepa atendía al pri-

mero, sobrevino de improviso, privándola
de sus más importante medios de acción.
Cuando la esfera destinada a las repara­
ciones descansaba en su alvéolo, ahuecado
en el polo norte, hacíalo enhebrando su cue­
llo en un tubo vertical horadado en el fondo
de aquel alvéolo. Este tubo desembocaba
inferiormente en el techo de una reducida
habitación que María Pepa llamaba cámara
de vacío, excavada en el espesor del corchovidrio de la pared externa del novimundo.
Por último, en el piso de esta cámara se
abría, como boca de alcantarilla, la superior
de la potemilla norte de comunicación con
el interior del Autoplanetoide: establecida o
interrumpida por apertura o cierre de dos
fortísimas puertas análogas a las ya des­
critas de la poterna sur.
Por la potemilla, la cámara y el gollete
de la esfera, entraba en ésta, con las debi­
das precauciones para evitar pérdidas del
aire de la atmósfera interior del novimun­
do, quien en dicha esfera hubiera de reco­
rrer la superficie del autosidéreo.
Nadie sino la Capitana y sus pegadizos
abuelos sabían cuál era el objeto de aque­
lla esfera; por eso, con propósito de infor­
mar detalladamente a Valdivia de la ma­
niobra necesaria para arrancarla de su al­
véolo, y retornarla a él, terminada una ex­
ploración, habíale hecho María Pepa que­
darse cuando salieron los demás pilotos del
despacho de la Comandancia; pues Valdi­
via iba a ser la persona encargada de eje­
cutar aquella no difícil, mas sí comprome­
tida maniobra en el primero y ya inmediato
reconocimiento; maniobra que, interesantí­
sima siempre, lo sería entonces doblemente,
porque el obrero que iba a meterse en la
rodante bola, no era un vulgar operario,
sino la misma María Pepa, que en el impor­
tante reconocimiento de las averías no que­
ría fiarse de mercenarias referencias, ni ex­
poner a los riesgos de la empresa a sus an­
cianos abuelos.
No les dijo a ellos lo del riesgo cuando a
porfía insistió cada uno en meterse en la
bola, sino que hizo hincapié en razones di­
ferentes. Con Fognino, en la necesidad de
que personalmente dirigiera en el taller de
cinetorio los ensayos de las cápsulas que
habían de sustituir a las estropeadas, y vi-

(1) Dicho gollete, interiormente tapizado de
gruesa goma elástica, se inflaba por presión de
aire, inyectado en su interior por el obrero que
en la esfera viajaba( quedando asi fortísimamente
adherido al cilindro del zOcalo de las cargas y per­
mitiendo qne, sin perder su aire respirable, abrie­
ra el operario una compuerta del interior del gollte, a través de la cual podía manejar las ade-

cnadas herramientas que para la reparación hu­
biera menester.
Lista ya ésta, cerraba la compuerta, retiraba
la presión de la zona contra el zOcalo de la carga,
y daba aviso telefónico para qne, cobrando cable,
fuera izada la bola, rodando cuesta arriba entre
carriles, hasta volver de nuevo a descansar en el
rebajo circular de lo alto del orbimotor.

32

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

gilara estrechamente a los operarios, puesto
que recelaban hubiera entre ellos un trai­
dor. Para tal cometido científico-policíaco
nadie tan indicado como el astuto italiano.
A Haupft le dijo que era irreemplazable
para ocupar los puestos que, por unas ho­
ras, iban Valdivia y ella a dejar vacantes en
el gobierno y pilotaje del orbimotor; y a
papá Ripoll le comunicó el reciente nom­
bramiento con que le habla agraciado de
General en Jefe de los Ejércitos Novipolitanos; pues, previendo posibles disturbios
populares cuando se divulgara la noticia de
las averías, precisaba poner al frente de las
tropas hombre del temple del catalán, que
fuera garantía de que ningún amotinado,
dado el supuesto de que motín se alzara,
lograrla entrar en la Comandancia, ni en
los talleres, ni en la central eléctrica.
— Pues sigue tú gobernando el motoplaneta—contestó Haupft.
—Pues manda tú las tropas y déjame re­
conocer las cargas—gruñó Ripoll.
— Usted es aquí la Capitana del orbimo­
tor—agregó taimadamente Leblonde—, y,
por tanto, la última que debe abandonarlo.
— Es que no lo abandono por estar enci­
ma en vez de estarme dentro. Es que por
Capitana debo dar ejemplo, realizando esta
empresa, que ahora probablemente asusta­
rla a los .obreros que habrán de reparar el
accidente, y a que se prestarán sin miedo
cuando sana y salva me vean volver de ella.
Es que soy yo quien debe levantar el espí­
ritu de mis subordinados, ganar su confian­
za con mi comportamiento. Es que quien
sobre si tiene el mando y sus responsabili­
dades necesita ser obedecido y no puede
perder, en estas discusiones, tiempo que ha
menester para mejor empleo; pues palabras
baldías y minutos perdidos son ahora cinetorio y fuerza malgastados.
Nadie replicó ya, resignándose todos con
los papeles que se les señalaban, dándoles
claras Instrucciones para su desempeño.
Salió Fognino para el taller de cinetorfo;
fuése Ripoll a conferenciar con sus tenien­
tes Soledad y Santiago; subióse Haupft al
puente a vigilar a los pilotos y el espejo de
maniobra; y cuando ya los tres habían sa­
lido, saltó Leblonde, disimulando su emo­
ción con bromas:
—Pues quien no sirve para cosa de mayor
provecho, reclama un rinconcillo en el fon­
do de esa redoma condenada en la que va
usted a embotellarse... Siendo yo ahora el
único perro disponible de aquellos cuatro
que a todas horas solían seguir a usted, ése
es mi puesto y nadie puede disputármelo.
Llenáronsele de agua los ojos a la brava

tides, contestó conmovida:
— Gracias, gracias, amigo mío. Pero n o
puede ser: la provisión de oxígeno de la es­
fera no da abasto sino para una persona.
Además, que no es usted tan inútil como
cree; pues paseándose allá afuera en el bal­
concillo, bromeando en el Casino Interna­
cional, bullendo y metiéndose en todas par­
tes, alegre, distraído y charlatán, usted, de
quien nadie desconfía, va a prestarme el
gran servicio de abrir, de par en par, ojos
y oídos, en acecho de un rostro, una pala­
bra, seña o gesto sospechoso, que puedan
ser indicio utilizable para ponernos en la
pista del traidor que está jugando con las
vidas de doscientas criaturas, y que pronto
veremos si sabe y puede ganar la mía en la
partida que vamos a empeñar.
— Es verdad— exclamó aterrado Valdivia.
— SI, si—agregó Arístides— . Si ese trai­
dor conoce el funcionamiento de la esfera
de reparaciones...
— Si lo conoce, amigo mío, es lo probable
que sea ésta la última vez que nos veamos.
—No vaya usted— dijo Leblonde.
— No se exponga a ese riesgo— dijo Val­
divia.
Miró a ambos fijamente María Pepa con
gran serenidad, diciéndoles:
— Por ser débiles viejos, nada de esto he
dicho a esos pobres ancianos, que me miran
como a hija; pero ustedes, por jóvenes, de­
ben ser fuertes y valientes, y discurrir con
frialdad, pensando que si ese enemigo puede
cebarse en mi, con ello quedará salvo el pa­
saje, y libre ya de riesgos el orbimotor, que
mis abuelos sabrán conducir otra vez a la
Tierra y repararlo en ella para que vuelva
a remontarse y vuele a los planetas.
— ¿A los planetas?... jSin usted!...
—Bueno, sin m i; pero por m í impulsada.
Si ese enemigo conoce el secreto de las re­
paraciones, éstas son imposibles; si lo igno­
ra, yo respondo de ser quien lleve a ustedes
a otros mundos. A eso se reduce el dilema;
y como yo no sirvo para vivir con dudas,
por eso tomo el único camino de aclararlas.
La Capitana es un gran cebo para que su
enemigo haga contra ella cuanto sepa y
pueda: lo que haga o lo que no haga me
dará la medida del poder que aquí tiene. Y
ése es el solo medio de saberlo sin compro­
meter las vidas del pasaje y la existencia
de este Autoplanetoide que es mi obra...
Valdivia, si en esa expedición que a em­
prender voy me ocurre un accidente, entre­
gará usted a mis abuelos este papel que
contiene mí última orden y mi última vo­
luntad: mandato de bajar a Tierra, reparar

DEL

OCEANO

las cargas y volar nuevamente a los plane­
tas. Ya ven ustedes que, viva o muerta, el
avimundo y yo vamos al cielo: juntos, o
cada uno por un lado, pero al cielo los dos
con la ayuda de Dios. ¡Ea, esta es la hora
de la fortaleza de los hombres! No se hable
ya más de esto. Usted, Leblonde, a ver y
oír por todas partes. Usted, Valdivia, es­
cuche.
Cuando la bola de reparaciones descan­
sa, como ahora, en la concavidad vaciada
en lo alto del orbimotor, no está sujeta a
éste solamente por su peso, sino por la
atracción que potentísimos electroimanes
incrustados en dicha cavidad ejercen sobre
unas bandas de hierro dulce remachadas a
la parte inferior de la bola.
La cámara situada bajo ésta, en la que
desemboca el túnel vertical donde enchufa
el gollete de la esfera, se halla normalmente
desprovista de aire, y, por tanto, en dichas
condiciones basta el peso de la esfera a
mantenerla sobre el orbimotor. Pero como
para pasar del interior de éste a la esfera
y volver de ella a aquél es necesario abrir
la poternilla que en la cámara acaba, si esto
se hiciera sin tomar precauciones, la vio­
lenta presión súbitamente ejercida sobre la
parte de abajo de la bola por nuestra at­
mósfera interior, a la cual no se opone otra
igual fuera, lanzaría aquélla a los espacios,
a pesar de cables e imanes. De aquí nece­
sidad de no abrir la poterna sino después
de inyectar previamente aire en la cámara,
con una bomba neumática.
—Pero entonces el aire asi inyectado ex­
pulsará también la bola.
—No, amigo Aristides, pues tal presión
no crece brusca y violentamente en un ins­
tante desde cero a una atmósfera, cual cre­
cería con la apertura prematura de la po­
terna, sino que entrando el aire poco a poco
en la cámara, su gradual crecimiento per­
mite que la atracción de los imanes retenga
la esfera en su alojamiento.
Una vez llena de aire la cámara, abrire­
mos la poternilla, entraré yo en aquélla y
pasaré por el gollete al interior de la esfera
exploradora. Cuando el amigo Valdivia vea
que ya me encuentro bien instalada en ella,
cerrará la poterna, dará a la bomba movi­
miento inverso, para extraer el aire de la
cámara: y cuando el manómetro indiqu»
estar conseguido esto, detendrá la dínamo
excitadora de los electroimanes, que ya des­
imanados, permitirán a la grúa elevar la
bola, haciéndola girar hasta encarrilar sus
ruedas en los rieles del meridiano X II, cu­
yas cargas me propongo reconocer para en­
terarme de la causa de la averia.
Biblioteca X ovelesco-C iextíeica

A VENUS

33

Arriba, sobre el cuadrante de maniobra,
le explicaré prácticamente el modo de hacer
todas esas operaciones, moviendo las mani­
velas de escaso número de conmutadores, y
la manera de irme bajando de carga en car­
ga, según las indicaciones telefónicas que
enviaré a usted desde la esfera, y la de
izarme cuando, del mismo modo, dé tal
orden.
Las maniobras de los electroimanes y
la bomba, son sencillísimas y se hacen a
distancia con un transmisor de telegrafía
sin hilos que emite ondas de distintas fre­
cuencias, con las cuales están sintonizados
— lo cual quiere decir afinados, amigo Le­
blonde— los receptores que abren o cierran
las corrientes motoras de aquellas máqui­
nas, y que son insensibles—hablo de los re­
ceptores—a la^ multitud de ondas de dife­
rentes y variadas frecuencias que la cen­
tral eléctrica lanza para poner en movimien­
to los ascensores, grandes anteojos, calorí­
feros, aparatos de telegrafía y tanta máqui­
na como funciona en nuestro mundo.
Para no fiar cosa tan importante a la me­
moria—agregó María Pepa dirigiéndose a
Valdivia— , anote en un papel.
— Y yo también anoto— dijo Leblonde—
por si a él se le perdiera el apunte.
Pero ninguno de los tres oyeron otra voz,
femenina, por cierto, que cogiendo precipi­
tadamente lápiz y papel, decía en un pabe­
llón de la Avenida A :
— Pues yo no he de ser menos.
Y aun cuando María Pepa no vió escri­
bir sino a dos personas, tres anotaron según
dictaba ella:
— “Frecuencia en la transmisión para in­
yectar aire en la cámara de vacio, 1.500.000
vibraciones de onda por segundo; para ex­
traerlo de ella, 2.300.000; para poner en ac­
tividad los electroimanes, 1.000.000; para
desimanarlos, 700.000.”
— Y ahora, vamos allá arriba, amigo Val­
divia; y usted, señor Jefe de Policía, a su
oficio en la calle. Vea, vea por esta ventana
cuánta gente está ya asomada al balconci­
llo, requiriendo anteojos para observar la
Tierra, en cuanto el sol acabe de disipar las
nubes que abajo tenemos. Vamos, Valdivia,
vamos, que pronto van a dar las siete.
No, Leblonde, no: nada de despedidas.
Hasta la vuelta... Sí, hombre, hasta la vuel­
ta, que en este trance no ha de abandonar­
me la patrona de mi tierra.
Al decir esto sacóse María Pepa del seno
una medalla de la Virgen del Pilar que
cuando niña le colgó su madre al cuello, y
la besó, saliéndose de prisa, seguida del pi­
loto, al pasillo por donde se llegaba al asD el O céano a V enus

3

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
do no pienso sino en el peligro que va a
censor de la potemilla norte: nnentr^A rfecorrer esa muchacha... Y he de disimular,
no hay más remedio; porque sabiendo aquí
tides, cabizbajo, cejijunto y pen®“ 1 a’1[a a
i aba la escalera de la Comandancia, salla a
todos que yo soy de los íntimos de la Capi­
i plaza y se encaminaba al b a lc o n e o del
tana, mi preocupación alarmarla a la gente,
y es’ preciso espiar por todas partes, y a
bulevar de Ronda, donde acud' al' ¿
n0
los novipolitanos a quienes sus deberes n
todo el mundo; pues nada es ahora tan in­
retenían en otra parte.
dispensable como descubrir a ese maldito
—Que charle y que bromee: que observe
y desconocido enemigo y averiguar de qué
y aceche...— iba pensando el simpático fran­
medios se vale.
cés— , Bueno estoy yo para todo eso, cuan-

/

V II
ENCUENTRA SARA UN PLAN PARA NUEVA BATALLA
maniobra desde su mismo dormitorio, para
Mientras en el despacho de la Coman­
modificarla a su placer sin que nadie pu­
dancia explicaba María Pepa a sus amigos
diera prevenirlo.
y auxiliares cuanto se ha dicho en el último
Eran estas frecuencias de transmisión in­
capítulo, Sara, en su alojamiento, no apar­
termedias entre las que en el siglo x x pro­
taba la vista del fotofonógraío, ni perdía
ducían los aparatos Feddersen, muy emplea­
palabra de las que centelleaban en la lucedos en las estaciones de potencia media de
cita. Aparte lo narrado, oyó a la Capitana
telegrafía sin conductores, y las engendra­
que tan pronto conociera las causas del des­
das en los excitadores Hertz de uso co­
arreglo de las cargas, organizaría los traba­
rriente en el mismo siglo en los gabinetes
jos de reparación en seis tumos de cuatro
de experimentación eléctrica. 125. el x x n
horas en las veinticuatro del día, en los
se aplicaban tales clases de ondas a trans­
cuales los tres obreros disponibles efectua­
misiones a distancias cortas de unos cuan­
rían la sustitución de las cápsulas inútiles
tos centenares de metros. Estas eran las
por otras recién probadas por Fognino en
mayores que en el novimundo podían en­
el laboratorio, ocupando aquéllos sucesiva y
contrarse, y de tipos adecuados para produ­
alternativamente la esfera de reparaciones,
cir dichas clases de ondas los aparatos que
en cuanto ella la dejara libre, al regresar
ya se dijo anteriormente trajo consigo Sara
del reconocimiento.
de Norteamérica para establecer la clandes­
Por ignorar mistress Sam Bull el sigiloso
tina comunicación fotofonográfica con la
embarque de las supletorias reservas de ciComandancia, y que no pudo utilizar su
netorio, no había alcanzado pleno éxito su
cómplice el electricista, por la necesidad de
bién urdida trama, que a no ser por tal
acudir para montarla secretamente al ri­
causa, habría obligado a la Capitana a vol­
dículo y vetusto sistema del teléfono con
ver fracasada a la Tierra. Mas todavía no
conductores de alambre.
había ganado ésta la batalla, pues el cono­
Allí, en un armario, tenía ella aquellos
cimiento de sus planes y proyectos para re­
excitadores que corrió a buscar en cuanto
poner las cargas substraídas, leídos por Sara,
palabra por palabra y frase a frase, en los
la bombilla fonográmica lució con luz tran­
parpadeos y cambiantes colores de la lucequila, indicando que María Pepa, Leblonde
y Valdivia habían salido de la Comandancia.
cilla Fleming, eran, en manos de tal mujer,
armas sobradas para proseguir la lucha. Y
Tres eran los aparatos que a su disposi­
aun se lisonjeaba con la Idea de que el des­
ción tenía, y sucesivamente examinó, dando
cubrimiento del secreto de aquella bola, que
un grito de júbilo cuando en la base del ter­
bien decía ella ser tapón, y, sobre todo, las
cero vió grabada la siguiente inscripción:
notas al oído tomadas, debían hacerla due­
“600.000 a 1.200.000” : dato de fábrica indiña absoluta de los acontecimientos; pues . cador de la capacidad del aparatito para
conociendo la frecuencia de las diversas
engendrar ondulaciones etero-eléctricas, cu­
transmisiones radioeléctricas empleadas en
yas vibraciones por segundo podrían variar,
el manejo de la esfera de reparaciones, malo
a voluntad del operador, entre aquellos nú­
sería no pudiera ella poner mano en tal
meros. al ver l^s cuales pencó inmediata-

DEL

OCEANO

A

VENUS

35

mente la ingeniosa yanqui que, empleando misores montados en el orbimotor pueda
producir tales ondas.
como antena los alambres del toldo de su
Pero donde de fijo habrá uno, a lo menos,
azotea, aislados previamente con empalmes
de repuesto, es en el almacén de material
de cordones de seda a sus extremos, podría
eléctrico. ¿Cómo hacerme con él? ¡Dick,
lanzar por ellos al espacio ondas sintoniza­
Dick!... Eso es... A estas horas no habrá sa­
das con el receptor de la dinamo que ex­
lido todavía de su casa, porque la entrada
citaba o interrumpía la imanación y des­
en el taller no es hasta las ocho.
imanación de los electros de la esfera de
A l pensar esto volvió Sara a acercarse al
reparaciones.
cajoncillo de debajo del espejo, y oprimien­
— Bien hace esa mujer— se decía satisfe­
do un pulsador eléctrico, aguardó no más
cha— en sospechar que tengo ya su vida en­
de medio minuto, hasta ver encenderse en
tre mis manos; porque en cuanto ella esté
lo hondo del cajón secreto una pequeñísima
en la esfera, y antes de que V aldivia tenga
espiral metálica: mudo aviso de que, ente­
tiempo de extraer el aire de la cámara,
rado Diclc de la señal, esperaba sus órdenes.
puedo, desimanando los imanes, lanzarla a
Tomó la bocina del teléfono de comunica­
ella y su bola a las alturas, de donde baja­
ción con el falso mulato, y dijo:
rían a aplastarse en la Tierra. Para ello
— Necesito imprescindiblemente un carre­
amablemente me prestaría el piloto la fuer­
te excitador marcado entre uno y dos m i­
za de la presión del aire que estará ahora
llones... Los hay seguramente en almacén...
inyectando en la cámara.
Arréglese como pueda, porque lo necesito
N o basta, no, señora Capitana, inventar
urgentemente... No, hombre, no: son muy
aparatos ingeniosos y secretas transmisio­
pequeños, y pueden esconderse en la fiam­
nes a quien no sabe defender sus secretos.
brera del lunch de las once, que lleva usted
¡Matarla!... ¡Qué inocente!... ¿Que yo
al taller... ¿Qué?... Se puede lo que se quie­
m isma convierta en heroína a la sabia?...
re... ¡Cómo!... ¿Qué dice usted?...
No, no m orirá en el reconocimiento, porque
A l recibir respuesta a esta pregunta, dió
ambiciono algo que ha de dolerle más. Es­
una patada en el suelo, pues decíale Dick
tas meridionales no saben nada de odios;
que quien no prestara servicio en el alma­
sólo comprenden el bestial aborrecimiento
cén o en la central eléctrica no podría en­
ciego que rugiendo mata, no el verdadero y
trar en uno ni en otra, porque cinco minu­
más terrible odio frío, tranquilo, refinado,
tos antes acababan de montar guardias a
que medita y razona.
las puertas de dichos edificios para impedir
¿Matarla?... ¡Cal... Dejarla prisionera en su
la entrada a quien no llevara pase de la Ca­
bola, sin posibilidad de volver al planetoide;
pitana o del señor Ripoll.
colgarla ahí fuera como testigo vivo de su
Cogióle aquello de sorpresa a Sara, pues
propia impotencia; obligar, mientras tanto,
como su fotofonégrafo no oía lo que se ha­
a esos vejetes a que para salvarla y evitar
una general catástrofe, vuelvan el motoesteblaba en el cuarto de Soledad, donde María
Pepa dictó sus disposiciones militares, ni
lar a la Tierra, adonde llegará con la Ilustre
idea tenía de ellas; pero, una vez repuesta
inventora ridiculamente recluida en su jau­
de la contrariedad del prim er momento, or­
la: totalmente fracasada por no saber regir
su orbimotor, por no saber ni aun gobernar
denó a Dick que nada hiciera, por ser lo
más interesante no despertar sospechas. Y
la ratonera en que ahora va a meterse, por
no poder ni ascender, ni bajar, ni salir...
terminó su conferencia telefónica encar­
¡Bonito desenlace del sueño de remontarse
gándole que a la salida del taller no dejara
a las estrellas!
de inform arla de cuanto en él se hiciera du­
Y si este divertido proyecto no pudiera
rante el día, sin cuidarse de si ella contesta­
realizarse, aun quedan medios— se decía la
ba a su llamada; pues pondría en lugar del
avispada Comandante yanqui — de frustrar
auditivo una película fotofonográmica don­
sus planes; pero para aplicarlos necesito
de impresa quedara la comunicación de él.
otro oscilador que me dé las frecuencias,
La noticia de las prevenciones militares
que éstos no proporcionan, utilizadas en el
de la Capitana la preocupó un rato, y has­
manejo de la bomba: un excitador de uno
ta le sugirió la idea de posibilidad de com­
a dos millones de ondas por segundo.
batir a M aría Pepa con algaradas y suble­
¿Habrá alguno en el gabinete eléctrico
vaciones del pasaje, caso de no bastarle
destinado a experiencias de estudio de los
científicos recursos; pero en seguida volvió
•comisionados científicos? ¿Podría yo subs­
a la dominante urgencia del momento: la de
traerlo por media hora?... ¡Qué tontería!...
proporcionarse transmisor capaz de poner
Y o misma acabo de oírle que ha tomado
en movimiento, cuando a ella le pluguiere,
la precaución de que ninguno de los trans­
la lejana bomba neumática que inyectaba o

36

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

extraía el aire bajo la esfera de reparacio­
nes. Y después de dejar caer la moldura del
espejo, y de echar la llave al escondrijo, des­
corrió el pestillo de la puerta de entrada y
se sentó a reflexionar, mascullando entre
dientes terminachos de tecnología eléctrica.
De pronto, dándose una palmada en la
frente, exclamó:
— Sí, tal vez sea posible que al cabo de
unas cuantas probaturas con mis aparatos
consiga producir la clase de ondas que
necesito, pero para todos estos tanteos,
que no serán breves, necesito estar sola en
casa (1).
A tener la soltura de Alvaro en esta clase
de problemas radiotelegráficos, o a tener
aquí, cuando menos, la agenda con las fór­
mulas que perdí en la borrachera de la no­
che que llegué a Paramillo... ¿Cómo me
arreglaría yo para que Alvaro me sacara
del atolladero sin enterarse de lo que me
propongo?
En aquel preciso instante entraba él en
la alcoba a informarse de cómo seguía Sara
de su indisposición; y al verla en pie y oir
de sus labios que, sí no bien, sentíase nota­
blemente mejorada, ponderó el soberbio es­
pectáculo que en cuanto transcurrieran
pocos minutos podría gozarse desde el bal­
concillo; pues las nubes, sobre las chales se
.mecía el autoestelar, Ibanse deshaciendo
más y más de prisa a los rayos del Sol, y
muy en breve permitirían contemplar la
Tierra desde aquellos doscientos kilómetros
de altura y disfrutar de un panorama que
abarcarla más de siete millones de kilóme­
tros cuadrados de superficie terrestre: es
decir, extensión casi igual a 4/5 de la de
Europa entera, superior a diez Penínsulas
Ibéricas, dos y media Argentinas o nueve
Chiles.
Aun cuando, a no estar Sara sugestionada
por sus tramas y planes, habriale interesado
vivamente la inusitada grandeza de aquel
jamás visto espectáculo, apetecíale más en
la ocasión presente quedarse otra vez sola
para enfrascarse en la divertidísima tarea
de dejar colgada en el palito de su jaula a
María Pepa, que, de no estar metida ya en
(1) Pensaba entonces Sara que tomando una
derivación de la corriente del alumbrado y lanzán­
dola a los alambres delgado o grueso de uno de los
carretes de los dos transmisores que no la servían,
podría rebajar o aumentar el voltaje e intensidad
de dicha corriente; alimentando con ella el otro
transmisor, obtener diferente frecuencia en las onlas emitidas por éste; y si a mayor abundamien­
to modificara la misma corriente con una o varias
de las tres cajas de resistencias de aquellos apa­
ratos acaso hubiera combinación <e ellos capaz de
producir ondas de la frecuencia qne necesitaba.

la bola, habría de hallarse a punto de me»
terse en ella.
Pero como la ejecución de la original e
ingeniosa travesura no podía realizarse sin.
previo y no breve ensayo de las «proyecta­
das manipulaciones eléctricas con sus exci­
tadores, imposible de hacer con la premura
exigida por un inmediato colgamiento—ur­
gencia que podía despertar las sospechas de
Alvaro— hubo de desistir por el momento
de aquella seductora jugarreta. A reserva
de convertirla en realidad después de haber
ya preparado sus bártulos radiotelegráficos
si le ocurría a la Capitana realizar nueva
expedición por el estilo.
Teniendo, de otra parte, curiosidad gran­
dísima de ver si andaba ya por fuera de su
mundo, que no podía satisfacer en casa,
aparentó gran interés por aquella perspec­
tiva de la Tierra, no ya a vista de pájaro,
sino a vista de bólido; y con su marido se
salió a la calle, encaminándose ambos a los
balconcillos circulares.
Eran éstos dos: uno pequeño, y giratorio
cuando se deseaba, para los sabios de las
comisiones internacionales, donde éstos en­
contraban abundante surtido de variados
instrumentos científicos, y hasta una docena
de anteojos de grandísimo aumento, mon­
tados a lo largo de la barandilla y a dispo­
sición de todo sabio o sabia que deseara
emplearlos. Otro mucho mayor, sin posi­
bilidad de movimiento circular, estaba des­
tinado a la plebe, y provisto tan sólo de
unos cuantos anteojos de pacotilla, que, a lo
más, aumentaban en cincuenta veces el ta­
maño de los objetos con ellos mirados.
Tanto el primero, adonde fué el matri­
monio Sam-Fairelo, como el segundo, es­
taban de bote en bote, dando ya el público
en ellos congregado, sobre todo el del gran­
de, muy visibles señales de impaciencia;
pues las nubes, que allá en lo hondo se pe­
leaban con el Sol, parecían burlarse de éste
y de la gente que a sus pies las miraba.
Tan pronto se aclaraban, dando esperan­
za de disiparse en breve, como se conden­
saban espesando el velo por ellas interpues­
to entre la Tierra y el orbimotor. El Sol,
bastante alto, pues ya hablan dado la3
ocho en los relojes ajustados a la hora de
Mendoza, logró por un momento abrir hacia
Occidente un jirón en los nubosos cirros,
que aprovechó un sabio geógrafo para ases­
tar a él su anteojo, diciendo al poco rato:
“El volcán de Osomo y la Isla Chiloe.” Pero
apenas abierto, se cerró el boquete. Poco
después, prodújose nuevo desgarrón, pasa­
jero también, en aquel manto de vapores
de agua, que empujado, con ellos, por el

DEL

OCEANO

viento, hacia el norte, permitió ver rápida,
■sucesiva y fugazmente pequeñas porciones
de la tierra y el mar.
— ¡Valparaíso, Coquimbo!—gritaron, palmoteando regocijados de ver su patria, unos
obreros chilenos, en el balconcillo donde se
apiñaba la democracia de Noviópolis.
—Antofagasta y Punta Anganos— excla­
mó un marino al ver estos lugares a través
de aquel raso entre las nubes, que con ellas
se corría hacia el norte: el norte de la Tie­
rra, no del novimundo.
Y ya no se vió más, porque un enorme
nubarrón tapó el agujero. Y amontonán­
dose en todas direcciones, y en confuso es­
pesísimo montón, nimbos y nimbos de plo­
mizos tonos, cada vez más obscuros, ocul­
taron completamente el mundo: con ruido­
sa protesta de la gente del balcón popular,
y sin que la creciente cerrazón permitiera a
los sabios del otro concebir esperanza de
volver a ver nada en varias horas.
Todos aquellos ojos, excepto los de Sara
que varias veces había ya dirigido los suyos
a la altura en busca de algo, para ella inte­
resante, que sospechaba andaría allá arriba,
llevaban largo y no interrumpido rato de
mirar hacia abajo; así que, al convencerse
de que nada veían en dicha dirección, se al­
zaron instintivamente.
Quien primero advirtió lo que ya había
visto ella rato ha, sin hablar de su hallazgo,
lo mostró a sus vecinos, éstos, a quienes a su
lado estaban; y en unos minutos, tanto los
sabios como los ignorantes, miraban sor­
prendidos hacia lo alto del novimundo, en lo
exterior del cual resbalaba sobre sus trans­
parentes paredes una redonda y gruesa gota
de agua: que por tal tomaron al principio
la esfera de reparaciones.
¿Qué es aquello que brilla y se muevt
sobre el Autoplanetoide?
— ¿El qué?... ¿Dónde?...
Arriba, allí: por encima, y a la derecha
del puente de maniobra.
—Es agua.
— No: parece una bolita de cristal—dijo
uno que la miraba con un anteojo.
—Y da vueltas; y baja; y algo parece ne­
grear y removerse dentro de ella.
— Sí. sí, cae rodando; pero muy despacio.
— Se desliza entre carriles.
—Ahora se para.
—¿Qué será?
—Todo eran comentarios, puposiciones,
conjeturas, mientras María Pepa, metida en
su novísimo vagón esférico de vidrio, des­
cendía rodando lentamente hasta llegar a
la carga XII-3 norte, en donde se detuvo,
lo menos diez minutos, para apretar las

A VENUS

37

gomas circulares contra el redondo zócalo
de aquélla, abrir la compuertilla, desmon­
tar y retirar la cápsula, obturar nuevamen­
te el gollete, dar orden telefónica a Valdivia
de que volviera a largar cable, y rodar nue­
vamente para ir a repetir las mismas ope­
raciones en la siguiente carga XII-2 norte.
Aquellas interrupciones de la caída, du­
rante las cuales permanecía la esterilla sus­
pendida e inmóvil, sin visible artefacto que
la sostuviera, tenían algo ele sorprendente,
casi milagroso, para la gente indocta del
balcón popular:- porque el cable :de suspen­
sión, robusto, mas no grueso, era invisible
a la distancia a que estaban los mirones.
Los científicos aristócratas del otro bal­
concillo comprendieron desde luego que
aquello debía obedecer a necesidades pre­
vistas, aunque las ignoraran ellos, y a
fuerzas procedentes del interior del autosidéreo. Se apuntaron anteojos a la esfera,
descubriendo el cable, y cuando deteniéndo­
se aquélla dejaron de deslumbrar a los ob­
servadores la multiplicidad de centelleantes
reflejos por el sol encendidos en su brillante
superficie en movimiento, se vió la criatu­
ra humana que dentró rebullía, suponién­
dose fuera un piloto o un obrero.
Advirtiendo que las detenciones de la
bola se efectuaban a distancias fijas, e igua­
les, según dijeron los anteojos, a las exis­
tentes entre cargas contiguas, dedujo el
sabio conclave que la bola tenia que ser un
aparato destinado a revisión, cotidiana tal
vez, de los elementos propulsores del motomundo, o un cargador destinado a repo­
ner periódicamente la parte de explosivo
consumida cada día, para mantener la cons­
tancia de fuerzas en las cargas.
En avería nadie pensaba sino Sara, que
aprovechando, cual solía, toda ocasión de
acreditarse de inteligente y perspicaz con
Alvaro, le confió sus temores de que aquel
mundo donde se habían metido no fuera
sino un cacharro descompuesto, y las sos­
pechosas maniobras de la bola reconoci­
miento precipitadamente hecho, para des­
cubrir desconocidas y acaso peligrosas
irregularidades de funcionamiento, que
acaso comprometían la vida de doscientas
personas, por culpa de quienes no exigieron
a la aventurera española que antes de zar­
par descubriera todos sus secretos, entre
los cuales podía muy bien haber equivoca­
ciones garrafales.
—No, no digo nada—contestó a una ob­
servación de Alvaro— , porque no quiero
alarmar al pasaje sin- certeza plena de que
haya urgencia de salvarlo. Por lo pronto, no
creo que esas maniobras sean habitual y

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

38
diaria inspección de cargas, pues tengo la
vehemente sospecha de que el orbimotor,
aun cuando un poco más arriba, está ahora
tin parado como estaba en Paramillo. Pen­
sando en las velocidades que deberla des­
arrollar en la subida, teniendo en cuenta
las enormes distancias de sus larguísimos
viajes, paréceme la altura a que vemos el
Sol sobre la redondez de esa esfera de nu­
bes que rodea la Tierra, mucho mayor de
lo debido; pues si te fijas en el tamaño de
la sombra de este barrote de la barandilla,
advertirás que viene a ser el que tendría en
Mendoza a esta misma hora. Además, tam­
poco nos movemos lateralmente, porque el
sentido y la velocidad del lento giro de la
sombra de ese mismo barrote, por efecto del
cambio de posición del Sol, son los mismos
que serían si estuviera clavado allá abajo
en el suelo, y aun si me apuras, digo que

podrían servirnos para saber la hora come
un terrestre reloj de sol.
No cabe duda, por lo tanto, de que hemos
dejado de subir, y como tampoco avanza­
mos horizontalmente, esto no puede ser sino
por causa de averías.
—¿Averías?... Sí; tienes razón.
—Más bajo, hombre.
__Sí__continuó a media voz Alvaro , has
visto perfectamente claro. Anoche, al re­
gresar yo a casa, noté que comenzábamos
a caer. Luego se detuvo la caída... Pero de
ocurrir lo que piensas—y tu razonamiento
sobre -la posición y movimiento del Sol en
el cielo, reveladas por esa sombra, es irre­
futable—la cosa es gravísima.
Y una vez más se admiraba Fairelo del
saber y la ciencia de su esposa, con la que
continuó cuchicheando.

VIII
LEBLONDE VENTEA UNA PISTA
Mientras los sabios discutían sobre la es­
fera de reparaciones y su funcionamiento,
Aristides, que gozaba libre acceso al bal­
concillo de los príncipes de la ciencia, no
por sabio, que no era, sino por su alto cargo
de Insector de Sanidad, ya que del nuevo
de Jefe de la Policía nadie tenía aún noticia,
iba y venía, entre los grupos, con orejas y
ojos de par en par abiertos, procurando pes­
car lo que pudiera de las conversaciones,
y dedicando especial atención a quienes,
por serle personalmente antipáticos, atraían
sus sosechas: por ejemplo, el señor Chu-Fo,
a quien tenía entre ceja y ceja desde que
se enteró de sus propósitos de reemplazar
los apetitosos manjares, vinos y menús con
gases, píldoras y pinchazos de inyecciones.
De un hombre de tan pervertidas ideas—
decía su antipatía gastronómica — todo
puede temerse.
Por razones menos prosaicas y egoístas
recelaba también del matrimonio Sam-Fairelo, recordando los rifirrafes provocados
por la frustrada directora respiratoria de
los novlmundianos, cuya dirección ya se
veía no hacía la menor falta, pues sin ella
se respiraba en el novimundo mucho mejor
que en el mejor sanatorio suizo del mundo
viejo. Aunque, a decir verdad, no respiraba
él entonces muy a gusto que digamos; mas

no por culpa del aire, leve, fresco, discre­
tamente ozonizado, en el novimundo dis­
frutado, sino por las angustias que lo so­
brecogían al ver rodar, allá en lo alto, a la
Capitana; por la zozobra de que el oculto
autor de la avería de las cápsulas conociera
el mecanismo de la bola, en cuyo caso era
probable que María Pepa no escapara con
bien de la aventura.
—Aquí, tal vez a mi mismo lado—se de­
cía Aristides— , tengo al maldito sabio que
se apresta a cortar ese cable para precipitar
a la pobre y heroica muchacha en un abis­
mo de no sé cuántos centenares de kilóme­
tros de altura.
A1 pensarlo cerró los ojos, tan asustado
como si fuera él quien cayera; y haciéndo­
le su inquietud acordarse de la urgencia
de descubrir la pista que le habían encarga­
do venteara, a ventear se puso, apartando
los ojos de la maldita esfera, cuya vista le
perturbaba con horribles temores.
Cuando la gente se dio cuenta de la exis­
tencia de ella, y reparó en sus movimientos,
tenía Leblonde clavada la mirada en ChuFo, y al observar la que éste levantó para
enterarse de la novedad, vió tan claramente
pintadas en su rostro la sorpresa y la cu­
riosidad de quien es de improviso sorpren­
dido por algo para él completamente nuevo,.

DEL,

OCEANO

que se atenuaron sus sospechas; pues si
nada sabia el profesor japonés de tal esfe­
ra, no cabla atribuirle propósito ni medios
de intentar nada contra quien la ocupaba.
Por haber sido el ilustre Director de
la Alimentación con quien primeramente
trdpezó a su llegada al balconcillo, perdió
Arístides tiempo en la averiguación de lo
que deseaba; pues, si en vez de mirarlo a
él, hubiera espiado a Sara y Alvaro, habríale llamado la atención el contraste entre el
curioso Interés con que éste miraba la es­
terilla, cuya finalidad y cuyo mecanismo
desconocía, y la tranquila indiferencia de
ella ante cosa prevista y conocida.
De haber visto esto, seguramente habría
reparado Leblonde que Sara y él eran allí
los únicos cuya curiosidad no se excitaba
con las evoluciones de la bola; y es muy
probable que mozo tan despierto dedujera
que dicha coincidencia podría provenir de
saber ambos lo que los otros ignoraban; de
lo cual a lanzarse sobre segura pista ya no
habla sino un paso, no dado entonces por
no haber visto a la yanqui sino después:
cuando con alturas del sol, longitudes de
sombras y movimientos de ellas, convencía
a su marido de la quietud del orbimotor:
aunque de todo ello no oyó Leblonde pala­
bra, por estar lejos de la sapientísima pa­
reja.
No dejó, sin embargo, de fijarse el fran­
cés en que sin tomar parte en las discusio­
nes entabladas por los sabios sobre lo que
era novedad del momentb, se mantenía
apartado el matrimonio a un lado: singula­
ridad que, reforzada con sus añejas descon­
fianzas, hízole maniobrar, acercándose di­
simuladamente a ellos, para ver de pescar
lo que pudiera de su conversación.
Si el autor fuera un novelista de los bue­
nos, que entretejen los hilos de sus tramas,
atendiendo a apariencias de verosimilitud,
diría ahora que Leblonde consiguió, sin ser
visto, llegar cerca de Alvaro, cosa no muy
difícil en el repleto balconcillo de los sa­
bios, y que entonces oyó la palabra averia,
por aquél pronunciada en voz tan alta que
hizo a Sara advertirle que bajara el tono.
Pero como esto no es una novela, sino
concienzuda futu-historia, grabada en el
cerebro de la vidente mademoiselle Thellis
por misterioso proceso cinepsicográfico, ha
de sacrificarse en ella la verosimilitud a la
verdad: siendo ésta que un fenómeno de es­
pejismo acústico, debido a convergencia de
reflejos de la voz de Fairelo en la cóncava
esfericidad interna de la pared del Autoplanetoide, convertía dicha concavidad en
tornavoz que clara enviaba a Leblonde. en

A VENUS

39

ias alas de un eco, la palabra “avería” : aun
cuando el portugués y él se hallaran a
opuestos lados del balconcillo y separados
por distancia que tal vez pasarla de los
ochenta metros (1).
Al oírla se encendió en su cerebro un
destello de vivísima luz. Porque, ¿cómo po­
día aquel hombre conocer el accidente a no
ser obra suya?
Si Arístides hubiese sabido un poco de
acústica, de ecos y resonancias, de ángulos
de incidencia y reflexión, habríase estado
quietecito en el lugar que la suerte le de­
paraba para no perder frase de la conver­
sación del matrimonio, puesto que quietos
seguían ellos recostados en la barandilla del
balcón; mas su torpeza, científica se entien­
de, que en lo demás partía un pelo en el
aire el flamante Jefe de Policía, le llevó a
acercarse a ellos pensando espiarlos mejor.
Y claro está, dejó de oír, porque no pudo
aproximarse tanto cual deseaba por el te­
mor de despertar sospechas. Mas desde en­
tonces ya no perdió de vista a Alvaro.
Pasó el tiempo y se cansó la gente de ver
dar vueltas a la bola, que hacia las once,
hora de Mendoza, oficial en Noviópolis, lle­
gaba a la segunda carga sur del XII» me­
ridiano.
Desvanecido el incentivo de la novedad,
ya se hacía el espectáculo muy monótono;
las nubes de allá abajo, más obscuras que
nunca, seguían ocultando por completo la
Tierra, y el público, aburrido, comenzaba a
abandonar los balconcillos, que desiertos
quedaron al dar la última campanada de
la citada hora y vocear un clamófono el
aviso de estar dispuesto el lunch en el “La­
boratorio de la Alimentación”.
Aquel primer lunch fué servido, o más
bien administrado, bajo la inspección del
señor Chu-Fo. por los cuatro ayudantes quí­
micos del sabio japonés, a quienes cada con­
sumidor entregaba un vale cortado de un
talonario personal de alimentación, a cam­
bio de un refrigerio <*. piscolabis gaseoso,
consistente en dos minutos de pulveriza(1) La explicación de este fenómeno es muv
sencilla, pues estando los dos sobre un mismo diá­
metro de la esfera, daba ademas la casualidad de
que las ondas sonoras de la voz,de Fairelo iban a
reflejarse en los puntos del círculo mfiximo de la
esfera de plano perpendicular al diámetro en que
Leblonde y él se hallaban, sin tropezar al ir ni al
volver reflejados, en edificios ni columnas, ni nin­
gún otro material obstáculo que perturbara su
propagación ; y asi las reflejadas iban a coincidir y
concentrarse en el lugar por el otro ocupado.
Reconoce el autor que la anterior explicación
no peca de puntual ni rigorosa, pero como no es­
tamos en una cátedra de Física Matemática, créese
dispensado de entrar en mfis detalles.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
— Pues todavía es más de lo que parece.
— Préstamela, la necesito con grandísima
urgencia.
— ¡Don Arístides!... ¡Por Dios!... ¡Vaya
unas bromas!...
— ¡Quita, mujer!... No es eso, ni esto es
broma, sino cosa muy seria: no te la pido
en calidad de chica guapa, sino de cabo.
— Lo siento, pero no puede ser: estamos
todas de servicio por orden de mi ama.
— Y también yo, y también de orden de
ella.
— Imposible, imposible. Yo tengo mi con­
signa. Usted no sabe lo que es una consigna.
— Verdad: qué quieres, hija, no todo el
mundo puede ser alférez. Pero ahora se tra­
ta de defender a tu ama de un enemigo des­
conocido que creo haber descubierto, y
cuyos pasos sigo con miedo de que mi vigi­
lancia sea inútil si descubre que soy yo
quien lo acecha. Puedes darme esa buena
moza con la misma confianza que se la da­
rías al señor Haupft, que anda por los
ochenta, y estar segura de que a estar aquí
tu ama, te ordenaría entregármela.
— No: ésta, no; como va de uniforme lla­
maría la atención. Le daré otra mejor.
Aguarde aquí un instante, que inmediata­
mente se le presentará a usted. Hasta la
vista, señor Leblonde.
Mientras éste se quedaba pensando que
cuando no estuvieran de servicio, procura­
ría hacer amistades con la Cabo, dándosele
muy poco de los permisos y opinión de So­
ledad, cruzó ésta la calle, y acercándose a
otras dos escolteras que vestidas de paisa­
no hablaban junto a una esquina, les pre­
guntó cuál de ellas estaba libre.
— Yo— contestó una, flacucha y poco agra­
ciada . Ahora mismo me estaba relevan­
do Paca.
Pues, hija, no hay relevo; hoy estáis
todas de servicio permanente. ¿Conoces al
señor Leblonde?
— SI, mi Alférez: es aquel que está allá
enfrente.
— Bien; pues preséntate a él, y obedécele
en cuanto te mande, por el tiempo que te
necesite— . Y para
pensaba: "A ésta no
hay cuidado de que me la entretenga más
de lo necesario.”
— A la orden de usted— contestó la feú­
cha, que un minuto después, y mientras So­
ledad y la Cabo continuaban su camino, se
paraba ante Leblonde, y saludando mili­
cuadrL
aC™
fiante- respetuosamente
tarmente repetía:
A la orden del señor Inspector: soy el
.
4110 “
“ l*
argento de la escolta que el Alférez envía
— Parece lista esa chica que ,,te acoma usted.
paña...
¿Dónde tendrá los ojos Soledad para

40

ción, o mejor dicho, vaporización en la boca
abierta, con la cual quedaba listo el parro­
quiano para aguardar sin desfallecimientos
la comida.
— Es sumamente cómodo— decía al sa­
lir una señora gorda, ilustrísima gloria del
Instituto de Entomología de Amsterdam— .
Yo venía desfallecida y me siento comple­
tamente confortada. Además, tiene la ven­
taja de no tener sabor alguno.
— Si eso parece a usted una ventaja— le
contestó un peruano que la acompaña­
ba— ... yo, es verdad que me encuentro ali­
mentado, pero me acuerdo de las chuletas
y el coñac.
Y aun siendo, por breves y nutritivas,
realmente cómodas aquellas refacciones por
absorción gaseosa, obliga la imparcialidad
a consignar que la mayoría de los consumi­
dores (de la opinión del peruano), se con­
tentaban con el burbujeante tente en pie
sólo por no tener a su disposición en el
Autoplanetoide cocina más sabrosa y sucu­
lenta que la cocina química del señor
Chu-Fo.
En cuanto a Arístides, ni los pies puso en
el comedor oficial. Pero entonces, ¿de qué
se alimentaba?, preguntará el lector... Mis­
terio: misterio que acaso aclare el tiempo,
mas por ahora impenetrable.
Ni entrar quiso en el templo de la nutri­
ción científica, en pos de Sara y Alvaro, a
quienes desde lejos seguía. Quedóse afuera,
acechando a regular distancia su salida; y
aguardándola estaba cuando vió venir al
Alférez en compañía de un cabo, marchan­
do muy gallardos, no, gallardas, porque el
alférez era Soledad, y el cabo una de aque­
llas mozas de la Escolta de la Capitana, o
escolteras, como decía la plebe, que no te­
nían para hacer boca con los chicos de San­
tiago; y que a no ser por las actuales pre­
ocupaciones de Leblonde, habriale parecido
a éste el gran bocado: mas tales eran éstas,
que a despecho de su probada devoción a
las guapas muchachas, antes que en el garb° y gentileza de la apuesta moza, pensó en
a utilidad que podría prestarle sustituyén­
dole en el rastreo de la pista que él venía
siguiendo, con peligro do ahuyentar la caza
si los espiados advertían que lo eran por
persona tan afecta como él a María Pepa
Resuelto, pues, a utilizar auxiliares, y
observando al acercarse a saludarle Sole­
dad el despierto aire y la inteligente mira-

DEL

OCEANO

-decir que es este escuerzo mejor que aquella
buena moza, ni en qué cabeza cabe el ha­
cerla Sargento y a la otra sólo Cabo?— Esto
fué lo primero que pensó Aristides al ver a
la recién llegada; pero en seguida, acordán­
dose de lo más interesante, preguntó a la
muchacha.
— ¿Conoce usted al Capitán Fairelo?
Ha de advertirse que el señor Inspector
solía tutear a todas las chicas guapas de la
escolta, sin jamás permitirse con las feas
la misma libertad.
— Sí, señor: desde que entró en Noviópolis soy una de las que, vestidas de paisano,
vigilamos a su señora por orden del Alfé­
rez: ahora queda Paca en mi puesto.
— También es casualidad. Pues ahora,
mientras la otra la vigila a ella, no ha de
perderlo usted a él de vista, si los dos se
separan. Observe dónde va, qué hace, con
quién habla, qué dice, si pudiera usted oírlo.
Dentro de dos horas vayan, usted o la otra,
a darme parte a mi alojamiento; y si en él
no estuviere, telefonéenme a la Comandan­
cia. Ya sale de tomar el lunch. No lo pierda
de vista; y mucho ojo y mucha precaución.
Dicho esto, corrió Leblonde al balconci­
llo, pues en aquella calle los edificios y los
ascensores le ocultaban la parte del orbimotor sobre la cual rodaba la esterilla de
reparaciones, y estaba en vilo hasta no ver
si seguía rodando sin tropiezo ni accidente.
Rodaba, sí, mas ya entonces subiendo la
cuesta del ecuador al polo, más de prisa que
la había bajado, y sin detenerse en carga al­
guna, lo cual quiere decir que se hallaba en
el viaje de retorno después de terminar sin
novedad el reconocimiento.
Sintió henchírsele el pecho el buen Aris­
tides, iniciando un suspiro de satisfacción
interrumpido apenas comenzado, por pen­
sar que hasta el fin nadie es dichoso, y que
si suspiraba antes de ver la bola quieta en
su agujero, corría peligro de suspirar en va­
no. Por eso fué tremendo el resoplido con
que, después de aquella larga contención,
alivió el pecho, cuando la vió pararse sobre
el polo, descender y encajarse en su álveo.
— ¡Salva, salva! — gritó emprendiendo
otra carrera que acabó en el despacho de
María Pepa, donde, por una puerta, entró
como una tromba, al mismo tiempo que
ella, seguida de Valdivia, entraba por la
frontera; cogiendo y apretando las manos
chiquititas de la Capitana, entre las largas
y huesudas manos de él, y sin que la emo­
ción y la fatiga de su correr desenfrenado le
dejaran articular palabra.

t

A VENUS

41

— Sin novedad. Ya ha visto usted que
aquellos miedos que tenía...
— ¿Aque... quee... queellos...? Los que us­
ted vió no va... lían na... nada; los gordos
fueron los otros, los de des... después...:
cuando la vi dar volteretas allá afuera ¿Y
no viene usted mareada?... ¡No!... Vaya una
cabeza firme.
María Pepa soltó la carcajada, diciendo,
en cuanto pudo contener la primera explo­
sión de la risa:
— ¡Pero hombre de Dios!... ¿Usted ha
creído que yo iba dando volteretas?
— Pues ¿qué había usted de hacer dentro
de esa condenada pelota que no dejaba de
dar vueltas? Sólo de recordarlo se me ahila
el estómago y me vuelven las bascas que sen­
tía al verla rueda que rueda.
— ¡Ja, ja, ja!... ¡Poblé Leblonde!... ¡Pero
si he ido todo el tiempo tan sentada y dere­
cha como en esta butaca!— dijo María Pepa
sentándose y dejando sobre la mesa las sie­
te cápsulas demontadas que traía de su ex­
pedición?
— Pero, ¿cómo puede ser?
— Muy sencillo: si usted quiere algún día
probar ese vehículo y rodar como yo...
— No, no. Mil gracias; lo agradezco.
— Usted se lo pierde, porque iría comodísimo en el sillón que, siempre vertical, cuel­
ga del eje, por muchas vueltas que la bola dé.
— ¿Y por qué diablos no me lo dijo usted
antes? Vaya un mal rato inútil que me ha
hecho usted pasar.
— Inútil, no, porque ha ganado usted con
él mi agradecimiento.
— No merece la pena. Guárdelo para cuan­
do su nuevo Jefe de Policía le traiga a usted
el nombre del autor...
— ¡Cómo! ¿Ha averiguado usted algo ya?—
le atajó vivamente María Pepa, con tono en
que se traslucía más temor que curiosidad.
— Sí, pero hasta que acabe de tender mis
redes, y en ellas caiga el pájaro, no digo una
palabra más.
— Ya usted ha visto que ese enemigo no
puede o no quiere matarme— replicó la Ca­
pitana con seriedad teñida de melancolía
que se avenía mal con las anteriores carca­
jadas, y sin hacer el menor intento para
averiguar el nombre que callaba Arístides;
sorprendiendo a éste aquella extraña falta
de curiosidad de una mujer en cosa que tan­
to debiera interesarle.
— ¿Y viene usted satisfecha del resultado
de su reconocimiento?... ¿Ha averiguado lo
que necesitaba saber?
— No lo sé todavía. Eso nos lo dirán Fognino y Haupft cuando, dentro de dos horas,
hayan analizado estas cápsulas, que al pa-

42

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

recer son iguales a las demás. Aquí está
Haupft—agregó, viendo entrar al abuelito,
que, avisado telefónicamente en cuanto Ma­
ría Pepa tomó tierra , o más bien novi^nun-

do, no tenía piernas ni pulmones para llegar
con la velocidad que el provenzal. A poco
llegaron, a consecuencia de igual llamada,
Ripoll y Fognino.

IX
¡ A R R I B A ! . . .

Pasadas las primeras expansiones de afec­
to de los tres abuelos, hondamente conmo­
vidos al ver que inmune regresaba la nieta,
díjoles ella que, ya tranquila con la certeza
que el reconocimiento le había dado de que,
no habiendo averías en los excitadores ni
en los imanes, sino sólo en las cápsulas,
todo se remediaría rápidamente con una me­
ra substitución de las estropeadas, íbase a
dormir un rato para recuperar el perdido
sueño de la noche anterior, mientras ellos
efectuaban los ensayos de las cargas reco­
gidas.
— A las cuatro volved a decirme el resul­
tado del análisis. Tú, papá Ripoll, mantón
todas las precauciones militares. Usted, Val­
divia, recuerde lo que allá arriba le he en­
cargado, y que al despertarme quiero recibir
el parte de hallarse el autoplanetoide a 20.000
kilómetros de altura.
— ¿Has pensado?...—preguntó vacilante
Fognino.
— S í — contestó ella, resuelta, sin dejarle
acabar la pregunta en que ya traslucía una
objeción—, he pensado que a esa altura dis­
taré poco más de cuatro radios terrestres
del centro de la Tierra, distancia cuádruple
de la de dicho centro a los objetos de la su­
perficie de ella: que cada tonelada que en el
suelo pesa 1.000 kilogramos, y solamente
949 a nuestra actual altura, no llegará a pe­
sar 60 en cuanto subamos a 20.000 kilóme­
tros; es decir, que para sostener el novimundo en donde estamos habré menester
fuerzas diez y seis veces mayores (1) que
(1)
Como Marta Pepa no se paraba en menúdencias, que tampoco preocupan al autor, no
puntualizo el exacto decrecimiento del peso actual
de personas y cosas en el Autoplanetoide a los 200
kilómetros de altura a que entonces se hallaba
cuya reducción al llegar a 20.000 serta realmente
no de 16, sino de 1 6 ,0 6 2 ; y en relación al de
ellas en la superficie de la tierra, 16,914.
La razOn es sencilla, pues es sabido que la tuer­
za de la gravedad (o su aceleración, hablando en
términos científicos, que en el ecuador Imprime
los cuerpos velocidad de calda de 9,78 metros por
segundo, y de 9,80 en el polo) es tanto menor

las necesarias para sostenerlo allá arriba; y
sé que permanecer aquí sería malgastar ab­
surdamente el cinet-orio. He pensado que,,
disminuidos en la misma proporción los pe­
sos de obreros, herramientas, ejes, ruedas y
volantes de las máquinas, y no variando la
fuerza muscular de aquéllos, ni la de los re­
sortes, ni el voltaje de éstas, operarios y má­
quinas podrán levantar allí pesos diez y sei'
veces mayores en el mismo tiempo o iguales
en tiempos diez y seis veces menores: al
punto que un trabajo que ahora exija cuatro
horas, quedará terminado en quince minu­
tos.
¿Que los obreros tardarán algo en adap­
tarse a tales condiciones?... Convenido; pero
aunque rebajemos a la mitad eí aumento de
eficacia del trabajo, todavía rendirán má­
quinas y obreros ocho veces más que ahora,
realizando en un día nuestros tres operarios
labor para la cual necesitaríamos emplear
aquí veinticuatro durante el mismo tiempo.
Ya ves, papá Ripoll, cómo los tres obreros,
ayer insuficientes, me bastan hoy, y por qué
confiaba en poder reparar mi orbimotor.
— ¡Evidente, evidente!— dijo Haupft.
— Es verdad—corroboró Fognino— . Pero,
sin embargo...
t,u a,u i u

ia estancia de log cuerpos aI centrc.

cte la Tierra, supuesto en coincidencia con el de la
gravedad fie olla, y se sabe, asimismo, que la reladfin entre intensidades de la gravedad a diverü! f ntro 03 isual a la *°versa de los
6 W in *
! d c,has distancias. De donde, siendo
6.36T kilómetros la longitud media del radio terrestre, los cálenlos que permitían a María Pepa decir
lo que con razón afirmaba erra sencillísimos,
a I t S ? :H M S° ( de Ia toneIa(la en el suelo, o sea
kilogramos

eentr0 d° la Tlerra- i ' 000

Peso a 200 kilómetros de altura, o sea a 6 56T
6 36 7 ihv a ? ! ^ 1 '000 kll0" ram° 3 multiplicados por
0 .3 6 1 .y dividido por 6.567*, igual a 949 kilocramos con o l3 gramos.
A 20.000 kilómetros de altura, a los que corres­
ponde distancia al centro de la Tierra de 26.367
resultaría la tonelada igual a 1.000 kilogramos
multiplicados por 6.367*, divididos por 26.367* o
sea 50 kilogramos con 989 gramos.
Y María Pepa dijo 60. L a diferencia no merece
la pena de disentir sobre ella.

DEL

OCEANO

A VENUS

43-

venezolano, un chico muy moreno y muy
simpático, que por cierto tampoco había ido
al lunch del Sr. Chu-Fo. Siendo tales sus
prisas y sus precauciones, al colarse aden­
tro, que ni seguirlos ni atisbar nada de la.
habitación pudo nuestra amiga Iñgenia, que
me dicta todo esto; deduciendo de tan gran
cautela, que pudiera ser hija del pudor, muy
laudable, de Arístides, que acaso se encerra­
se a bañarse asistido del fámulo. Es verosímiL
Poco más de media hora después llegó en
su busca el sargento disfrazado que Soledad
puso a sus órdenes, y le participó que tras
un paseo por la población, habían vuelto Sara
y Alvaro a su casa; que a poco apareció él
en la azotea, con su asistente y el de la co­
mandante, su señora; que ejecutando órde­
nes del capitán habían los fámulos arregla­
do los cordeles—la sargento ignoraba que no
eran cordeles, sino alambres— , a lo largo
de los cuales corría el toldo. Acabado el
arreglo, y después de permanecer un rato en
el interior, volvió a salir el Sr. Fairelo, di­
rigiéndose al Instituto de Experimentación,
abierto a todas horas a las internacionales
comisiones científicas para que entretuvie­
ran los largos días de la venidera travesía
con estudios, experimentos e investigaciones,
y en el cual tenían a su disposición sober­
bias instalaciones con numerosos y variados
departamentos y gabinetes astronómicos,
eléctricos, químicos, etc., etc., profusamente
dotados de toda suerte de Instrumentos y
medios de experimentación.
Allí quedaba el portugués con ocupación
para rato, al parecer, según lo absorto y
entretenido que, con unos aparatos desco­
nocidos para ella, se le veía desde la calle
por una ventana junto a la cual se había
instalado. Se entiende que ella era el sar­
gento.
—En eso estamos iguales, porque tampoco
sé yo mucho de esas cosas—dijo Leblonde,
pensando que María Pepa se había equivo­
cado encargando a hombre de su poquísi­
ma ciencia de descubrir crímenes en que era
(1) La emoción del Ilustre astrónomo barcelo­
cómplice la ciencia; porque si el portugués
nés le habla hecho decir un disparate, porque,
estaba preparando alguna científica gatada,
aunque el peso de los cuerpos soterrados va
aumentando según con su profundidad disminuye
por el estilo del estropeamiento de las car­
la distancia al centro de la Tierra, olvidaba que
gas, nadie menos apto para olfatearla que
esto es solamente entre determinados limites, pues
un Jefe de Policía cuya sapiencia estaba li­
hacia dicho centro tira de ellos toda la materia de
la Tierra que por debajo tienen, mientras que de
mitada a la de darse buena y alegre vida.
aquel centro tiende a separarlos la atracción de
Mientras pensaba en esto y en cómo se las
la parte de Tierra que por encima queda. Llega­
arreglaría para espiar, sin entenderlos, los
do, pues al mismo centro, lo que en realidad ocu­
experimentos de Alvaro, que un instintivo
rriría es que, en todas direcciones, tirarla de íl
la Tierra hacia arriba con fuerzas que en número
olfato policíaco le avisaba debían ser intere­
infinito serian dos a dos Iguales y opuestas, y, por
santísimos, escarbábase nerviosamente los
tanto, no se movería. Claro es que esto supone es­
dientes con un palillo, maniobra que, acor­
férica la Tierra, y de nnlforme densidad en todas
sus partes.
dándose de la alimentación del restaurant

__Esta neneta vale más que pesa; no allá
arriba, ni aquí, ni siquiera en el suelo, sino
que la enormidad de toneladas que pesaría
en el mismísimo centro de la Tierra (1).
—Yo no entiendo ni pizca de todo eso y
me marean las explicaciones de la Capitana;
pero veo clarísimo que tiene mil razones;
porque si hemos salido de la Tierra pa.ra ir
a las estrellas, ¿cómo hemos de llegar si no
subimos?
—No he acabado todavía—agregó María
Pepa, recalcando las palabras y mirando a
Fognino, que era el único objetante—, por­
que bastándome veinte o veinticuatro horas
allá arriba para hacer la compostura, en lu­
gar de ocho días que necesitaría aquí, es
claro que economizaré en ella 127 gramos de
cinetorio en cada 128 de los que aquí me
costaría, porque diez y seis veces menos fuer­
za en ocho veces menos tiempo, es en total
128 veces menos gasto.
— ¡Arriba, y visca la Coronilla! .
— ¡Visca la Capitana!— coreó Leblonde.
— Que por tener mucho sueño suplica la
dejen ustedes dormir, aun cuando sólo sea
tres horas. ¡Ah! Papá Ripoll, redacta y pu­
blica inmediatamente un bando previniendo
al pueblo que modere la fuerza y la viveza
de sus movimientos, pues la gran disminu­
ción de peso que experimentarán personas
y objetos podría acarrear accidentes si no
se cuida de atemperar a ella la habitual
energía de los músculos. Y usted, Valdivia,
suba muy despacio, para que poco a poco se
habitúe la gente a su mayor ligereza. Como
desde aquí solamente hemos de elevarnos
19.800 kilómetros, basta una pequeñísima
velocidad media de 6.600 kilómetros por
hora (1,836 kilómetros al segundo) para lle­
gar a 20.000 en tres horas. Hasta las cuatro.
Fuéronse Haupft y Fognino a sus análi­
sis, Valdivia al puente, Ripoll a dictar el
bando a Soledad, y Leblonde a encerrarse
a piedra y lodo en la más retirada habita­
ción de su casa en compañía de su criado

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
—Entonces pondré en actividad el recep­
químico— incapaz de dejar resto alguno en
tor universal...
la dentadura—, preocupaba al sargento, has­
—Y eso ¿qué es?
ta el extremo de escapársele un
—Muy sencillo: un surtido completo de
— ¡Qué raro!...
receptores de telegrafía sin hilos, graduados
—¿El qué?...
entre muy amplios límites, que individual
— Que el Señor Inspector use palillos.
o automáticamente combinados capturan al
— ¡Palillos!— contestó sobresaltado Leblonpaso cualquier radiograma, sea la que quie­
de tirándolo en seguida—. ¡Ah, s í!... Es
ra la frecuencia de las ondas emipleadas en
que... que tengo una muela picada, y se...
su transmisión.
se me han quedado en ella unas burbujas
—Sigo sin entender palabra, mas da lo
gaseosas del lunch de esta mañana. Bueno,
mismo; y me alegro muchísimo de la exis­
bueno, vuélvase usted al acecho sin perder
tencia de ese chisme y de haber tenido el
de vista a ese caballero en cuanto salga del
honor de conocer a usted. Cuento con el in­
Instituto.
forme.
—Lo tendrá usted en su poder a la media
La primera idea de Aristides al quedarse hora de salir de aquí el señor Fairelo.
—Mil gracias.
sólo fué correr a pedir a María Pepa un
Al despedirse Árístides de su nuevo su­
agente sabio, indispensable en la necesidad
bordinado, encaminóse a su alojamiento li­
presente; pero juzgando indiscreción inte­
gero y ágil como nunca se había sentido,
rrumpir la siesta de quien en claro había
satisfechísimo al ver desvanecerse el recelo
pasado la noche, acudió a los dictatoriales
que antes le había turbado de que la Capi­
poderes militares de su amigóte el barcelo­
tana se hubiera equivocado al honrarlo con
nés, que ni la enhorabuena le dió por su
el nuevo cargo, para el que no era ya óbice
exaltación a la Superintendencia de Policía.
su ignorancia científica; pues veía él clara
Gracias a haberle dado algo de mayor valía
su aptitud para altos y empingorotadísimos
no se ofendió Aristides.
puestos en la facilidad con que sabía elegir
He aquí el donativo:
“ Confidencial, urgente y reservado. El Di­
aptos subordinados que trabajaran mientras
rector del Instituto de Experimentaciones se
durmiera el jefe: que efectivamente se iba
pondrá incondicionalmente a las órdenes del
a dormir, porque no siendo aún sino las dos,
Sr. Leblonde, Jefe Superior de Policía, pres­
también podía él echar su siesta hasta que
tándole, por sí o por medio de sus subordi­
despertara María Pepa.
nados, sin discutirlas ni tasarlas, las coope­
De minuto en minuto se sentía más suelraciones que le pida.
*o y ágil. Tal vez demasiado, pues dióse en
Noviópolis, 11 de septiembre de 2186.—
el camino tres o cuatro encontrones, y tre­
P. O.: El Comandante General Accidental,
mendos por cierto, con otros tantos tran­
Jaime Jtipoll."
seúntes igualmente apresurados.
Diez minutos después salía Aristides del
— ¡Qué atrocidad!...
despacho del Director del Instituto en com— ¡Qué manera de echarse sobre la gente!
compañía del encargado del gabinete radioPues usted va despacio que digamos...
telegráfico que una hora antes había puesto
Estas o parecidas frases se cruzaban a
a disposición de Alvaro los aparatos que éste
cada una de las colisiones, aquella tarde
pidió para sus experimentos.
frecuentísimas, en la vía pública, pues an­
Dicho ayudante quedó en el encargo de
daban las gentes de Noviópolis como andari­
vigilar al portugués y de redactar puntual
nes en carrera.
informe de cuanto hiciera durante su estan­
Al parar en su casa halló al ayuda de cá­
cia en el Instituto.
mara en tal estado de perturbación, que a
— Yo no lo entenderé, puede usted estar
quien no le constara que en el Autoplaneseguro; pero no importa, es importantísimo
toide no había otros licores espirituosos sino
y ya lo leerá quien pueda entenderlo.
los empleados por Chu-Fo en sus prepara­
—Anticipo a usted que, en vista de los
ciones nutritivas, habríale parecido borra­
aparatos que ese señor ha pedido, se trata
chera; mas indudablemente convencido de
desde luego de experimentos radiotelegráflla injusticia de darle tan feo nombre, úni­
cos. ¿Es preciso interceptar los mensajes
camente dijo Arístides:
que transmita?
Este chico, en mi ausencia, ha tomado
¡Ah!... ¿Usted cree que transmitirá
otro lunch; pero en vez de enredársele en
mensajes? Eso es gravísimo. Intercéptelos,
as muelas se le han ido los gases a la ca­
intercéptelos; el primer deber de la Policía
beza. En adelante no dejaré a su alcance los
es interceptarlo todo.
pulverizadores.
44

V

DEL

OCEANO

Dicho esto, puso en hora el despertador
para las cuatro y se tendió en la cama.
*

*

*

Sobresaltado con el repiqueteo del timbre
del despertador, saltó precipitadamente del
lecho a la prevista hora; pero en vez de
quedar en pie, junto a la cama, fué a dar
de bruces contra la pared de enfrente.
— ¡Qué barbaridad!— dijo por el camino— .
De esta hecha me despanzurro las narices.
Pero aunque dió con ellas contra el tabi­
que, no se las aplastó; con gran sorpresa
suya, creciente al advertir que la mano con
que intentó reconocer en qué estado que­
daban, no se detenía en las narices, sino
que continuaba subiendo hasta llegar a
cuanto consintió la longitud del brazo esti­
rado.
—Pero, ¿qué es esto?—se preguntó per­
plejo— . ¡Ah, sí!, ya caigo: es que debemos
estar ya a los 20.000 kilómetros a que or­
denó subir la Capitana: y las manos, y el
cuerpo, y todo pesan... ¿Qué pesará mi cuer­
po ahora?... Dijo María Pepa que diez y seis
veces menos que esta mañana y diez y siete
menos que ayer en Paramillo.
Y con curiosidad grandísima de averiguar
a qué se habrían reducido los 52 kilos de
su larga y flaquísima persona, cogió papel,
enristró lápiz y diciendo: “Este debe de ser
el dividendo, este otro el divisor..., no, no,
lo contrario” , a dividir se puso.
No fué breve faena, pues cuando no se
equivocaba en multiplicaciones, se enreda­
ba en las restas; y como en decimales tam­
poco estaba ducho, puso punto donde de­
biera poner coma, con lo cual, convertidos
los gramos en kilogramos, un monstruoso
cociente le espantó al decirle que el peso
actual del señor Jefe de Policía e Inspector
de Sanidad era de 3.058 kilogramos. ¡Tres
toneladas y un piquillo!... Y como aun para
compartido entre dos altos funcionarlos era
aquél mucho peso, pues repartían a tone­
lada y media larga el Inspector de Sanidad
y el Superintendente de Policía, exclamó:
— ¡No puede ser!... ¡Sería horrible!... No
podría moverme. Digo, no podríamos mo­
vernos ni el Inspector ni el Superinten­
dente...
Esto son jugarretas de las malditas ma­
temáticas... ¡Bien decía mi profesor del Ins­
tituto que yo nunca sabría dividir!... Por­
que, diga el cociente lo que quiera, yo estoy
cierto de no pesar apenas nada.

A VENUS

45

Y para convencerse pegó un brinco que
le hizo dar con la cabeza en el techo, no
obstante los cinco metros de altura que para
proveer ampliamente de aire en sus domi­
cilios a los novimundianos se había dado a
todas las habitaciones al construir los edi­
ficios de Noviópdlis.
—Bueno, ahora me descalabro— pensó al
sentir un leve testarazo en la cabeza—. Y
cuando se dió cuenta de lo insignificante
del golpe recibido, gritó con la voluble ra­
pidez con que ideas e imágenes solían atro­
pellarse en su cerebro inquieto:
— ¿No?... Pues al bajar me rompo de se­
guro las piernas.
Pero tampoco se las rompió, lo cual com­
prenderá quien sepa colocar en sus debidos
sitios las comas de los decimales, restituyen­
do a aquel desmesurado cociente, su real
valor de 3,058, pues verá entonces que el
verdadero peso de Leblonde cuando saltaba
tan desaforadamente era de tres kilogra­
mos con 58 gramos.
— Bueno, pues aunque a coro me digan
disparates dividendo, divisor y cociente, y o
estoy archiseguro de que no peso casi nada.
Ni esto tampoco— dijo, tirando a lo alto
como si fuera una naranja, la mesilla de
noche.
— Ni esto—y a pulso, con una sola mano,
levantó la cama con sommier y colchones.
Quedando persuadido con sus experimentos,
aunque no fueran muy científicos, de la in­
utilidad de las ciencias matemáticas, y gri­
tando enajenado:
— ¡Ya estamos allá arriba, no, aquí arri­
ba! ¡Que contenta estará María Pepa! Voy
ahora mismo a darle la enhorabuena.
Y a la calle salió como un cohete, viendo
que, a despecho del bando ya pegado en las
esquinas, andaba todo el mundo como él, a
enormes trancos en vez de andar a pasos. Y
le sorprendieron otros curiosos e imprevis­
tos fenómenos, que por doquier veía; pero
no tan extraordinarios y curiosos como los
que había de ver más adelante.
Queda aplazado para entonces hablar de
ellos, sin decir más ahora sino que, pesando
cuerpos y objetos mucho menos que en la
Tierra y no habiendo variado la potencia de
los músculos de los novimundianos, desarro­
llaban éstos, mientras no se adaptaran a los
nuevos pesos, la misma fuerza que allá aba­
jo, siendo, por tanto, el resultado movimien­
tos muchísimo más rápidos y más amplios
de lo acostumbrado.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO X/Jí

X
EL SEGUNDO ACCIDENTE
Los pobladores del novimundo, que, en
aquella primera jomada de su navegación,
no tenían todavía distribuido el tiempo con
arreglo a ocupaciones o hábitos aun no for­
mados, ni amoldada la vida a las condicio­
nes de ella en el orbimotor, habían contado
entretener gran parte del día en la contem­
plación de la Tierra, hundiéndose vertigino­
samente, por instantes, en más y más remo­
ta lejanía. Pero al fallarles el programa an­
daban atontados, sin saber cómo matar el
aburrimiento; pues el nublado cielo nada
dejaba ver del esperado espectáculo. Nu­
blado por debajo— entiéndase lo que decir­
se quiere, pues los viajeros veían a sus pies
las nubes— siendo no el cielo sino la Tierra
la nublada y con el sol brillando arriba es­
plendoroso: más, mucho más esplendoroso,
qué como desde el mundo pueda verse en cla­
rísimo día; pues su dorado disco destacábase
sobre el fondo de un cielo mucho más obs­
curo que el clásico celeste de nuestros cela­
jes despejados: un cielo que, tirando a azul
prusia, pasaría a turquí, llegando al fin a
convertirse en negro conforme el Autoplanetoide se elevara.
La novedad del obscurecimiento, aun no
más que incipiente, de los cielos y la ofre­
cida por la Luna y unas pocas estrellas vi­
siblemente perceptibles en plena luz solar,
iban entreteniendo, aunque no mucho, por
su monotonía, a la plebe; pero no aminora­
ban el aburrimiento de los sabios que te­
nían previsto todo aquello sabiendo era tan
sólo iniciación de naturales fenómenos, poco
dignos de pararse a observarlos en tanto no
llegaran a pleno desarrollo.
He aquí porqué los sabios eran quienes
más largo hallaban, en Noviópolis, el pri­
mer día del viaje, y he aquí por qué boste­
zaban también los sapientísimos Sara y A l­
varo. Es decir, ella, que andaba revolvien­
do en la cabeza proyectos y maquinaciones
muy suficientes a mantenerla distraída, no
se aburría, pero lo simulaba perfectamente
cuando, al salir del lunch y dar, con su ma­
rido, un paseíto por la población, quejábase
de la cansada tarde que se les presentaba en
perspectiva.
— ¿Qué hacer? ¿En qué emplear aquellas
largas horas hasta la comida? Aun no te­

nían desempaquetados sus libros; no habían
trabado amistades, ni siquiera conocimien­
tos; el salón de recreos no había anunciado
todavía sus primeras representaciones...
— Podríamos irnos al Instituto a divertir­
nos en preparar curiosas combinaciones quí­
micas, o a entretenernos con el espectrosco­
pio, o a armar una batalla de microbios pa­
tógenos con microbios benéficos, y distraer­
nos contemplándola con el microscopio.
— No me apetece nada de eso, Alvaro.
Hoy no me divierte repetir lo de siempre;
necesito algo que me interese más: un pro­
blema nuevo, alguna dificultad que vencer.
— Pues, hija, no se me ocurre cosa más
divertida.
— Ni a mí tampoco. Y lo siento, porque
me aburro como.una ostra... ¡Calla!... Tengo
una idea... Sí, sí; sería entretenido; ya lo
creo.
— ¿El qué?...
— Según vimos esta mañana, cuando se
desgarraron las nubes, estamos sobre Chile,
y debemos andar cerca del observatorio as­
tronómico de Monte Tanquirica.
— ¿Dónde está empleado míster Froth?
— ¿Qué diría si de pronto le enviáramos
desde el cielo un saludo por la telegrafía
sin hilos?... Y hasta podríamos, si me apu­
ras, echar con él una parrafada telefónica.
No estaría mal, y de seguro la alegría
de ese buen amigo superaría a su sorpresa;
pero la dificultad es que ignoro la frecuencia
de transmisión necesaria para comunicar
con la estación de Tanquirica.
— Yo la conozco: hace tres días, la vi en
el Anuario de telegrafía sin hilos que tienen
en E l American de Mendoza. La normal no
la recuerdo a punto fijo, pero estoy cierta
de que anda muy cerca de millón y medio.
Empezando a tantear a esta frecuencia, no
serán largos los ensayos.
También es casualidad que se te ocu­
rriera...
No fué casualidad, sino que ya me trotaba esta idea en la cabeza antes de embar­
carnos, y por eso compré los dos transmiso­
res que habrás visto en casa.
No, no he visto nada... ¡De modo que
tenemos!...

hombre, allí están. No sé cómo no

DEL

OCEANO

los has visto... Eres tan distraído... Creía
.habértelo dicho, pero sin duda con el aje­
treo de los preparativos de embarco...

Los transmisores eran, ya se recordará,
no dos, sino tres, pero mistress Sam tenia
poderosas razones para no hablar del otro.
En cuanto a la frecuencia que la muy em­
bustera decía ser de la estación radiotelegráfica del observatorio chileno, que desco­
nocía completamente, era la necesaria para
hacer funcionar la bomba de inyección de
aire en la cámara de vacío, situada bajo la
esfera de reparaciones.
Abreviemos: conocida la frecuencia y
disponiendo de transmisores, sólo faltaba
antena; y aquí del arreglo de los tirantes
•del toldo, sugerido por Sara y ejecutado por
los asistentes, dirigidos por su cándido es­
poso. Los transmisores pareciéronle a Alva­
ro pequeños para comunicar con el obser­
vatorio; pero haciéndole observar Sara que
sobre estar cercano a él el planetoide, no
habla entre uno y otro montes ni edificios,
ni apenas masa de aire donde pudieran en­
redarse los etéreos mensajes, resolvió hacer
la prueba.
De antemano sabía ella ser imposible que
tales aparatos dieran la frecuencia de la
bomba, que ella decía ser la de la transmi­
sión de Tanquirica; pero fingió gran extrafieza cuando Alvaro le dijo:
— Se te olvidó mirar estos excitadores al
comprarlos. Te han engañado: no son de la
frecuencia que tú crees.
— Entonces hemos perdido el trabajo em­
pleado en nuestro ingenioso toldo-antena.
¡Qué fastidio! Yo que confiaba ya... Pero
oye: tú, que tienes en esto mucha más com­
petencia que yo...
— No, no, mujer; de ningún modo.
—No digas tonterías. Si te la reconozco...
Por eso se me ocurre que acaso tú acerta­
rás a acoplar excitadores y cajas de resis­
tencias de modo que obtuviéramos la fre­
cuencia de transmisión que necesitamos.
—Tal vez sí, tal vez no; depende de...
Entró Alvaro en explicaciones rebosantes
de altos tecnicismos, que, siendo muy ca­
paz de entenderlos, no entendió Sara; pues
aun aparentando escucharlas muy atenta no
: as oía, por tener ocupada la imaginación
con la idea de que siendo mayor que la suya
la aptitud de Alvaro en aquella especiali­
dad, sería lo más seguro que no ella, sino
él resolviera, sin saberlo, el problema de
cargar de aire la cámara de vacío, creyendo
que intentaba telegrafiar al amigo Forth.
.Meditando además que sería prudente pre-

A VENUS

47

caución no emplear exclusivamente apara­
tos de su propiedad, y en su casa instalados,
dijo que para las combinaciones necesarias
en los entretenimientos telegráficos a que
pensaban dedicar la tarde, hallarla Alvaro
mejores elementos en el Instituto de Expe­
riencias, pudiendo ella probar suerte, por
su parte, con los que en casa tenían; y así,
siendo dos a tantear el problema, cada uno
por su lado, tendrían más probabilidades de
resolverlo.
En vista de esto decidieron que Alvaro,
en el Instituto, con los aparatos que allí
hallara, y la antena de aquél, y ella en el
pabellón con sus propios transmisores y el
toldo, procurarían separadamente entablar
conversación con el observatorio de Tanqui­
rica.
He aquí por qué se estuvo Alvaro casi
toda la tarde tanteando conexiones de alam­
bres y carretes, y realizando otras eléctri­
cas habilidades que, por constituir un difí­
cil problema, sabia su mujer le interesarían
cual solía interesarle toda ardua empresa.
Y lo conocía bien, pues en un soplo se le pa­
saron cuatro horas largas de experimenta­
ción, hasta que al cabo de ellas y diciendo
triunfante “Esto es”, comenzó a lanzar lla­
madas telegráficas por la antena del Insti­
tuto.
“Estación de Tanquirica... Tanquirica...
Tanquirica”... Y nadie respondía... “Obser­
vatorio andino de Tanquirica” ... “Del Autoplanetoide” ... “Frecuencia de transmisión,
millón y medio vibraciones” ... Y nada.
Mientras tanto ella también telegrafiaba
el siguiente mensaje desde su casa:
“ De Tanquirica al señor Fairelo, en el
Autoplanetoide. El señor Forth saluda a su
amigo Fairelo y le desea buen viaje.”
¿Era que Sara pretendiera engañar a su
marido para darle un bromazo? De ningún
modo, porque no estando sintonizadas, o ar­
monizadas, las frecuencias del transmisor
por ella empleado con los receptores del Ins­
tituto de Experiencias, sabía perfectamente
que Alvaro no podía recibir su despacho. O
más bien sus despachos, pues con intervalos
de diez minutos, y como quien insiste por
no recibir respuesta, tres fueron los lanza­
dos al espacio; con maquiavélico propósito
de que si en el orbimotor había algún re­
gistrador—nosotros ya sabemos que sí— ,
destinado a sorprender todo radiograma no
cursado por orden de la Capitana, en él que­
daran impresas, no solamente las llamadas
de Alvaro, sino las contestaciones de su
amigo Forth. Con lo cual el accidente que
acaso ocurriera a la noche en el orbimotor
no podría atribuirse a intento de él de pro-

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
agujas indicadoras de éste en un cuadran­
ducirlo con sus experimentos, sino a casual
te Mientras estuvieron en Paramillo seña­
coincidencia entre el ritmo de transmisión
laban las agujas cinco kilos; pero a medida
de la estación chilena y el empleado en la
que iba disminuyendo la tensión de los re­
maniobra de la bomba: que, con sus l ama
sortes, cuando al crecer la altura amengua­
das al señor Forth, debía estar haciendo
ba la pesantez de la masas metálicas, mar­
funcionar en aquellos momentos el marido
caban sucesivos decrecientes pesos, y por
de la ladina Sara.
deducción, las alturas a éstos correspon­
Una vez que ésta hubo lanzado por los
dientes.
,
alambres de su toldo-antena los fingidos ra­
Al volver Alvaro dijo que acusaba el gra­
diogramas, preparó el tercer transmisor, que
vímetro 299 gramos para los cinco kilos, in­
había ocultado a Alvaro, para emplearlo a
dicando esto hallarse a 20.000 kilómetros
la noche en desimanar los imanes que re­
sobre el nivel del mar. Mas lo que en rea­
tenían la esfera de reparaciones. Seguida­ lidad se habla propuesto Sara al alejar a su
mente abrió el cajón secreto, informándose,
marido fué aprovechar el tiempo de su au­
en la película impresa de su fotofonógrafo,
sencia en poner, con el transmisor por él
de que, a consecuencia del análisis de las
antes empleado, el siguiente telepam a:
cápsulas, ya se había enterado María Pepa
“ Del Autoplanetoide a Tanquirica.
Al
de la jugarreta de la anilina, y leyendo ade­
señor Forth: Después de renunciar a comu­
más en aquélla las disposiciones adoptadas
nicar con usted recibo al fin su radiotele­
para ensayar durante la venidera noche las
grama. Mil gracias por su saludo. Ya traeré
cápsulas de repuesto, que a la mañana co­
a usted un recuerdo de Venus.—Fairelo.”
menzarían por turno a montár los obreros,
Claro es que dicho radiograma no estaba
utilizando la esfera de reparaciones.
destinado a una imposible recepción en
Se cambió luego el traje de mañana por
Tanquirica, sino a que- fuera interceptado
otro más propio para comer en el restauran­
por la telegrafía oficial del orbimotor, a fin
te científico en compañía de Alvaro, des­
de que si los anteriores habían sido sor­
pués de recogerlo en el Instituto, adonde
prendidos, disipara este último todo recelo
fué a buscarlo, diciéndole al llegar:
—Fracasada completamente. Si Forth no* y toda sospecha, haciendo creer en la reali­
dad de la supuesta comunicación con mísrecibe saludo hasta que lo envíe yo, puede
ter Forth.
esperar sentado. Pero después de todo he
Y ahora, pensó Sara satisfechísima, no
pasado la tarde entretenida, y he aprendi­
hay posibilidad de que nadie sospeche de
do algo: que no sirvo para radiotelegrafista.
Alvaro, pues si han interceptado ios otros
¿Y tú?...
i He conseguido transmitir a la frecuen­ telegramas, en el mismo registro hallarán
la prueba de que Forth y él han comunica­
cia deseada, pero no contesta Tanquirica.
do real y efectivamente, y atribuirán a una
— ¿Has insistido en la llamada?
fortuita y fatal semejanza entre los apara­
—Lo menos diez o doce veces, pero inútil­
tos de Tanquirica y los usados en la ma­
mente.
niobra de la esfera de reparaciones, cual­
Lo cual quiere decir, pensó para sí la
yanqui, que a estas horas habrá en la cá­ quier accidente que puedan sufrir ésta o la
Capitana.
mara de vacío una presión de cuatro o cinco
Y ha de reconocerse en honor de la yan­
atmósferas empujando la esfera de repara­
qui que si manejaba a su Alvaro como a un
ciones. ¡Buenos electros usa la española
cuando resisten a semejante empuje!... Pero muñeco, y le hacía cómplice inconsciente de
traidores manejos, también sabía y se pre­
a la noche nos veremos.
ocupaba de cubrirje hábilmente de sospecha
Sentóse junto a su marido, haciéndose ex­
o castigo.
plicar sus experimentos. Le preguntó des­
Al salir de su brazo del Instituto de Ex­
pués si no había advertido gran ligereza en
periencias iba pensando en María Pepa, y
todos sus miembros, únicamente atribuíble
repitiendo mentalmente: “A la noche nos
a que el orbimotor se hubiera remontado
veremos.”
mucho; y al recibir respuesta afirmativa,
manifestó deseo de conocer su actual altura,
Lo de la noche ño era sino metáfora o re­
invitando a Alvaro a subir a la azotea, para
sabio de terrestres maneras de expresarse,
leerla en los gravímetros de Haupft, allí
pues cuando Sara— que ya se ha dicho ante­
montados.
riormente tenia alcoba separada de su es­
Estos sencillísimos aparatos eran resor­ poso— se levantó, daban las cuatro de la ma­
tes en espiral de los cuales colgaban masas
drugada; y aun cuando todo el mundo dor­
metálicas de cinco kilogramos, que mante­ mía en el orbimotor, era ya día claro desde
niéndolos estirados con su peso, llevaban tres horas antes; pues el Sol se habla pues-

4g

DEL

OCEANO

49

A VENUS

pronto que en cuanto Sara se echó fuera
de la cama, lanzó a los aires, con suavísimo
giro de la palanquita del conmutador, la
etérea onda destinada a cortar la corriente
de la dínamo que excitaba los electroimanes
de retenida, dejándolos desprovistos de la
fuerza magnética que se oponía a la enorme
presión ejercida sobre la esfera de repara­
ciones por el tremendo empuje de las cinco
atmósferas acumuladas bajo ella por el po­
bre Alvaro. Con lo cual, de igual modo que
salta el corcho de una botella de champán^
pero, claro es, muchísimo más lejos, saltó
la bola a los espacios, en donde se perdió,
llevándose consigo grúa, cable, torno y has­
ta unos cuantos metros de las carrileras.
Por hallarse el autoestelar en el vacio,
donde no se propaga ruido alguno, no des­
pertó a la dormida humanidad del novimundo el estampido del aire al destaparse
la cámara, ni el agudo silbar de aquél en los
bordes de la boca de ésta. Unicamente a
través de la gruesísima doble cáscara del
Autoplanetoide, llegó a Sara, por estar des­
pierta y tener buen oído, el confuso rumor
del taponazo, produciéndole el malsano gozo
de su aleve proeza.
Ha de tenerse en cuenta que cuarenta me­
tros de corcho-vitreo, que en su seno ence­
rraban otra capa de diez de oxigeno, for­
maban un poderoso quitarruidos.

t.0 paia los noviuiuudianos a las once de la
noche, saliendo nuevamente a la una.
¿No más que dos horas de noche en sep­
tiembre y en semejante latitud?... Si: no
podía ser más larga la del Autoplanetoide
a los 20.000 kilómetros de altura a que en­
tonces se sostenía, gastando para ello, se­
gún había previsto María Pepa, poquísimo
cinetorio, pues su peso de 20.000.000 tonela­
das habíase reducido a 1.199 con 760 gramos.
La razón de tan breve noche es obvia.
Cuantos viven en lo hondo de los valles ven
las crestas de las montañas que los circun­
dan iluminadas por el sol del ocaso después
que ya no llegan al valle los rayos de él; a
la inversa, antes de amanecer en lo hondo,
se ve la luz solar en las altas cumbres... Y
com o la máxima altura del mayor monte de
la Tierra no llega, en el Himalaya, a nueve
kilómetros, y el Autoplanetoide había su­
bido a 20.000, de aquí que viera el sol du­
ran ^ muchísimo más tiempo. No hay sino
echar la cuenta para ajustar las duracio­
nes de su día y de su noche en el lugar
donde se hallaba.
Caigo ahora en que no he dicho nada de
la comida del matrimonio diez Chu-Fo, ni
de la velada en el Casino Internacional,
omisión perdonable, pues tiempo queda de
hablar de otras, Iguales, venideras comidas
y veladas, saltando ahora éstas para decir

XI
A LA TIERRA, A LA TIERRA. MAS NO A TIERRA
¡Que soberbio espectáculo se perdieron los
expedicionarios aquel día, por culpa de mistress Sam!...: La Tierra contemplada a su
sabor desde la inmensa altura de 20.000 k i­
lómetros, con la calma y el sosiego propor­
cionados por la quietud del planetoide du­
rante la reparación de las averiadas cáp­
sulas, que ya no iba a poder realizar la
Capitana como tenia proyectado.
Estaban de malas los viajeros: el primer
día, por los persistentes nubarrones, y el se­
gundo, a causa de la nueva avería, más gra­
ve aún que la anterior, perdían el inicial y
muy atractivo número del programa, y des­
pués se quedaban sin aquella perspectiva,
sin par, de la redondez casi completa de la
Tierra: toda la América del Sur, el Polo de
este nombre, el inmenso OcéanoPero a qué enumerar lo que pudiera ha­
berse visto, y al fin no pudo verse porque,
B iblioteca N ovelesco - C ie n t ífic a

a pesar de lo despejadísimo de la mañana,
impidió verlo la rapidez inconcebible de la
vertiginosa carrera emprendida por el autosidéreo hasta caer... No adelantemos los
sucesos; y ya, sin más paréntesis que la
formal promesa de que otro día se verá lo
que no se admiró el 12 de septiembre de
2186, relatemos la aventura extraordinaria
que de él hizo un memorable día histórico,
poniendo a prueba, dura cual ninguna, la
pericia, el valor, la iniciativa y los recursos
inagotables del genio de la incomparable
Capitana.
A las seis menos cuarto se levantó, y a los
diez minutos estaba ya en el puente rodea­
da de sus viejos, Valdivia y Aristides, con
cara muy compungida el último, por ha­
berse pasado la mitad de la noche haciendo
esfuerzos por sacar algo en limpio, y consi­
guiendo sólo marearse, del informe sobre
D el O céano a V enus

4

v:\JE S PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
50
olvidando que era mujer para pensar única­
los experimentos de Alvaro en la P^sa a
mente en su deber de Capitana, gritó:
tarde: documento que le había remitido e.
—Valdivia, usted mismo, en seguida, a la
ayudante del Instituto de Experiencias.
cabina,
a reemplazar al oficial de cuarto.
En el bolsillo lo llevaba para pedir a su
Suprima la excitación de las cargas sur y
amigo el catalán le tradujera aquella prosa
las de todos los meridianos desde el II a'r
enrevesada; pero preciso era dejarlo para
luego, pues lo que por el pronto interesaba XI; y una vez suprimidas, aumente progre­
a todos eran los preparativos de las repara­ sivamente, hasta alcanzar el máximo, la ac­
tividad de las caigas australes del meridia
ciones, para comenzar las cuales recibía
no I y de los XII al XX.
Dick ¡as cápsulas que debía montar; pues
el mulato era el designado para el primer
turno de trabajo dentro de la esfera.
Dirigíanse él y María Pepa a la poternilla
La orden se habla cumplido; el Autoplanorte, para subir a lo alto, pues a nadie ce­
día la Capitana el importante manejo de la netoide comenzaba a bajar, mas no a plomo'
esfera de reparaciones, ni consentía se le pues contrarrestado parcialmente su pese
hablara de turnos ni relevos en tal faena por el empuje lateral de las cargas del he­
durante las veinticuatro horas que poco más misferio que en su actual posición resultaha
oriental, caía a la par que avanzaba en di­
o menos duraría la total reposición de las
cargas; mas cuando ya llegaban al ascensor rección tendida hacia Occidente, bajando
se oyó a Ripoll gritar desde el extremo del como baja una piedra que horizontal despide
puente, donde miraba con un anteojo a lo una honda.
alto:
Así, en vez de desplomarse sobre la cor­
—¿Y la esfera?... ¡Pepeta, Pepeta!... ¿Dón­ dillera andina o la nación chilena, volaba
de está la esfera?
de Oriente a Occidente siguiendo una paréMiró hacia arriba la Capitana, palideció
bola semejante a la que la bala de un cañón
intensamente y replicó:
recorre en la rama descendente de su tra*
yectoria.
—Sábelo Dios. En los espacios.
— ¡Otro accidente!—insinuó Valdivia—. O
¿Adonde iría a caer, y qué se propondría
tal vez...
María Pepa?
—Sí, sí, diga usted lo que piensa: oíro
—Ahora lo urgente es esto—dijo tan
pronto vió iniciarse la bajada— ; el rumbo
crimen—agregó María Pepa completando la
lo enmendaré más adelante.
idea del primer piloto.
—Pero ¿qué te propones?—preguntó RiMas en seguida pasó por su imaginación
el recuerdo de una hermosa pareja de hom­
—Caer en caída que me lleve donde me
bre y mujer, se le contrajo el rostro con do­
loroso gesto producido por opresión del co­ sea posible reparar mi orbimotor.
razón y prosiguió:
Pero con esas órdenes que has dado_
argüyó el geómetra italiano—, no pode­
—No, no; bien puede ser otro accidente.
—Pero gravísimo, porque ahora, hija mía mos llegar a Paramillo.
—dijo Haupft—, no queda otra salida que
- T ie n e razón Fognino—agregó Haupft.
desistir del viaje y bajar a la Tierra.
rn vni qmetL les dire a uste<les que yo quie­
Transfiguróse Maria Pepa: se irguió; bri­ ro volver a Paramillo abrumada por ur fra­
lláronle los ojos, en donde fulguraba, entre caso, que, rayando en ridiculo, me impedi­
destellos de poderosa inteligencia, sobrehu­ rla volver a remontarme, por no hallar tri­
mano valor, y con voz que vibraba con ener­ pulación, ni obreros, ni siquiera sabios que
en mí confiaran?... ¿No comprenden ustedes
gia inconmovible contestó:
que todo el mundo me diría que me fuera
A la Tierra, sí, tienes razón; pero
yo sola a las estrellas?
a tierra. En cuanto al viaje, ya hablaren
después.
- * 0,’ n° grit<5 it ¡Poli— ; yo voy contigo
' f la 0sa MaTor y hasta la mismísima
Aquellas extrañísimas palabras hicier
Casiopea.
creer a los que las oyeron que María Pe
—Pues diga usted “al infierno”, y allá va
desvariaba; pero al verla, fría y serena
Aristides Leblonde.
cabo de un instante, por un prodigio de
Mil gracias; ya lo sé; pero mis máqui­
indomable voluntad, comprendieron q
nas y el gobierno de mi motosidéreo nece­
ellos eran quienes no penetraban el sentí
sitan no amigos, sino obreros.
de ellas. Fueron a preguntar, y no tuviei
Entonces, ¿dónde vam os?— preguntó
tiempo, porque inmediatamente, escondí
Haupft.
no dolores misteriosos de su alma femenil
.Al mar! Al Océano Pacífico, en cuya

DEL

OCEANO

A

VENUS

51

a hacerlo caer verticalmente; y la combina­
inmensidad elegiré, para caer, desierta zona
ción de una y otra ibanlo acercando de un
donde el mundo no sepa de mi caída hasta
modo paulatino y suave, aunque rápido, a
verme de nuevo en el espacio; al Pacífico,
las olas del Pacífico, por cima de las cuales
cuyas blandas olas no romperán mi plane­
volaba a grandísima altura a poco de dar
toide cual lo destrozarían los picos de los
sus órdenes la Capitana.
Andes. ¿O es que creían ustedes aterrizar
Tan pronto las vió en ejecución bajó al
en Paramillo sin deshacerse contra aquellas
despacho a consultar una magnifica carta
montañas?... ¿Se han olvidado del consumo
del gran Océano, buscando en ella una zona
brutal de cinetorio que nos ha costado sos­
de grandísima profundidad, alejada de con­
tenernos treinta y seis horas cercanos a la
tinentes e islas, y desviada de los derroteros
Tierra, a causa de la avería de las cargas?...
frecuentados por los navegantes.
Con el que queda en las australes no hay
No fué larga su pesquisa para elegir lu­
suficiente para aminorar la violencia de una
gar de aterrizaje.
caída vertical. Por ello bajo oblicuamente
¿Aterrizaje?... Es impropio...
al Pacífico: no luchando con la gravedad,
¿Oceanizaje?... Suena mal y parece es­
sino aprovechándola, y en parte contrastán­
trambótico...
dola con la velocidad de la marcha lateral.
Ponga el lector lo que le cuadre, o inven­
Cuando allá llegue, repararé fácilmente las
te, si le place, nombre al caso y eufónico; y
averías, porque en su superficie flotará el
sepa, mientras lo halla, que hacia la región
Autoplanetoide.
del Gran Océano, comprendida entre los 75”
—Y flotaremos todos—gritó entusiasmado
y 77» de longitud Oeste del meridiano del
Aristides— , porque como ya no pesamos
cabo de Hornos y entre los paralelos 46° y
casi nada...
47”-10 de latitud austral, enderezó el rumbo
A despecho de lo grave, más todavía, trá­
María Pepa, para ir a caer en ella a 1.500
gico, de las circunstancias, no pudieron los
ó 2.000 kilómetros de la pequeña isla Chasabios contener la risa al ver la inocencia
tam (situada a Oriente, y alejada de Nueva
con que creía el buen Leblonde que al vol­
Zelanda), en un paraje donde la profundi­
ver a la Tierra continuaría pesando los mis­
dad del Pacífico excede de 5.000 metros;
mos tTes kilos y medio que pesaba a la al­
particularidad importantísima para el buen
tura de veinte millares de kilómetros.
desenlace de la terrible aventura a que su
Conforme hablaba María Pepa, con el
Capitana habla lanzado el planetoide;
aplomo que dan conocimiento y competen­
Elegido lugar de descenso, volvióse al
cia, decían claramente las miradas de los
puente María Pepa, a enfilar hacia él el loco
viejos que aquella solución, atrevidísima y
vuelo del motoestelar.
genial, era la más científica^y prudente.
Dícese loco, no porque su velocidad lle­
—Pues al Pacífico, hija "mía: tú, como
gara, ni con mucho, a las normales de él
siempre, eres quien tiene más razón— con­
en el vacío, sino pensando en las usuales
testó Haupft al alegato de la Capitana. Y
desarrolladas por otros medios de locomo­
su opinión fué compartida por todos los
ción en la Tierra o los mares, sobre los que
presentes.
volaba el orbimotor, y en la resistencia que
— ¡Gracias a Dios que os convencéis!
al volver a las capas inferiores y más den­
Creedme: aunque mí plan no esté exento de
sas de la atmósfera opondría el aire de ella
riesgos, no me asustan sus dificultades téc­
a su marcha media de dos y medio kiló­
nicas, pues confío vencerlas, sino otras de
metros por segundo: es decir, triple o cuá­
que tú cuidarás especialmente, papá Ripol!.
druple de la inicial en los proyectiles dis­
Me refiero a posibles complicaciones de or­
parados por perfeccionadisimos cañones.
den público, cuyo mantenimiento te encar­
Con ella salvó el planetoide los 20.870 kiló­
go; pues sigues siendo Comandante General
metros (1) del recorrido entero en dos hoAccidental. Yo tengo bastante con atender
a lo otro. Vosotros dos—dijo a Haupft y
(1) Arco hipotenusa de un triángulo cuyos
Fognino— , otra vez al taller a preparar
catetos eran la altura de 20.000 kilómetros y el
nuevas cargas, pues cuando lleguemos al
arco de 70° del paralelo terrestre situado a los 40°
de latitud austral con longitud aproximada de
mar apenas quedará cinetorio en las aus­
5.968 kilómetros.
trales. y habrá que reemplazarlas.

El Autoplanetoide había iniciado su cal­
da. Las cargas lo impulsaban en dirección
horizontal; la atracción de la Tierra tendía

Claro es que un proyectil con la velocidad Ini­
cial del planetoide, habría caldo al mar mucho an­
tes, y más cerca de la costa chilena, porque dicha
velocidad habría amenguado de segundo en segun­
do en el proyectil, mientras que María Pepa man­
tuvo constante mientras le convino la de su orbi­
motor, regulando, al efecto, las descargas de las
cápsulas.— (Nota de Fognino v Haupft.)

52

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

ras, diez y nueve minutos y siete segundos,
paraciones; de peligro inminente de una
horrible calda...
avanzando a razón de 9.000 kilómetros por
hora. No siendo de extrañar que a dicho
—Traedlo, traedlo en seguida: tal vez se­
paso se perdieran detalles del paisaje que de
pamos ahora de dónde salen todos esos ru­
otra parte, y a poder contemplarlo, no ha­
mores sediciosos. Tus amazonas han hecho
bría deleitado mucho a los expedicionarios,
un gran servicio, muchacha. Está visto: en
sobrecogidos con temores de prematuro y
esta expedición vamos a hacer muy mal
desastroso fin del viaje, acarreado por ca­
papel los hombres: todo lo bueno lo hace el
otro sexo.
tástrofe que algunos alarmistas barrunta­
ban cercana.
Sometido el preso a interrogatorio, decla­
ró ser criado de un profesor nicaragüeño y
Estos temores, justificados en los sabios
haber oído los noticiones que propalaba al
por las anomalías que su ciencia había ad­
asistente del Capitán Fairelo, que como era
vertido ya, en la marcha y gobierno del
muy sabio...
Autoplanetoide durante el día anterior, y
en las primeras horas de la mañana del 12
Al oír el nombre de Fairelo, dió Aristides
de septiembre, no inquietaban únicamente al
un grito, echóse mano al bolsillo y sacando
docto mundo de Noviópolis, que procuraba
el informe del Instituto de Experiencias
dijo a Ripoll:
disimular el miedo, pues éste habla prendi­
do en la plebe, que ya la anterior tarde for­
— Lea, lea usted esto. Se me había olvi­
dado. Para mi es un jerolifico, pero estoy
maba en la vía pública corrillos donde se
pronunciaban en voz baja las palabras “ave­
seguro de que es muy interesante.
rias” , “ caída” , y las frases “no andamos” ,
...Ya lo leeré en cuanto acabe el interro­
gatorio.
“ la Capitana no sabe gobernar el novimund o”, “ se ha roto la hélice” y otras revelado­
—No, no: puede escaparse el pájaro. Esto
ras, cual la última, de la ignorancia de quie­
es mucho más urgente. ¡Por Dios!... No pier­
da tiempo: lea, don Jaime, lea.
nes suponían movido el autoplanetoide por
— Bueno, hombre, bueno. Leeré... Pero
tan grosero propulsor. Pero debe advertirse
entre tanto que ensierren a ese hombre has­
que ninguno de los alarmistas tenía perso­
ta que yo vuelva a llamarlo.
nales razones para expresarse de tal modo
Apenas leyó Ripoll unas cuantas líneas
ni, a quien le preguntara, podria responder,
del documento, dió un brinco en el sillón,
sino “ repito lo que lie oído”...
y echando un formidable tuco dijo:
¿Oído?... ¿A quién?... ¿En dónde?... A todo
— ¡Ha transmitido ayer a la frecuensia de
el mundo, en todas partes, mas sin saber
la bomba neumática!... Tenia usted mil raquién fué el propalador primero de tan
sones, Leblonde... Esto es interesantísimo.
graves rumores.
Hemos puesto la mano sobre el criminal,
Ya a última hora de la tarde anterior fué
que, no contento con su hasaña, quiere amo­
Ripoll, por Soledad, informado de que sus
tinarnos el populacho, echándole a Pepeta
subordinados y los muchachos de Santiago
la culpa de sus maldades. Soledad, Soledad
advertían claros síntomas de efervescencia
—y tomando el teléfono gritó muchísimo
popular, que cedieron cuando, a las once,
más fuerte de lo necesario para ser oído del
anocheció sin haber ocurrido ningún grave
telegrafista de guardia en el registrador uni­
suceso justificante de aquellos miedos.
versal— , Registrador, Registrador... Si, So­
No obstante, y por si acaso retoñaban,
ordenó el catalán que desde bien de mañani­ ledad, sí; pero aguarda un momento... Que
sí, hombre, soy yo, el señor Ripoll. Necesito
ta patrullaran por las calles parejas arma­
saber si hay indisio en su aparato de alguna
das, con la consigna de impedir la formacióntransmisión radiotelegráfica a la frecuensia
de grupos. Parejas que, con objeto de evi­
de...
tar se distrajeran de sus deberes, fueron
— SI, señor, una registrada a las cuatro de
uni, no bisexuales: fusileros a un lado y es­
la mañana—contestó el empleado.
copeteras a otro.
-— ¡Recongelasión!... Ya está visto: des­
Consecuencia de ello fué que a poco de
pués de llenar ayer de aire la cámara con
instalarse el Comandante General Acciden­
las transmisiones de que da cuenta este in­
tal en su despacho, acompañado de Leblonforme, ese mosito ha descargado de madru­
de, se presentara, ante él, la Alférez diciendo
gada los imanes, para volar la esfera de reque una pareja de sus chicas traía preso a
un alborotador que en un grupo peroraba
parasiones...
difundiendo alarmantes noticias de graves
Bueno, hombre, bueno, ya no nesesito
accidentes en las calderas ( ¡si sería igno­
saber más... ¡Soledad, Soledad!... ¡A h!...
rante! ) ; de una voladura, que recordó a Riestabas ya ahí... Ahora mismo, al frente de
Pol! el resoplido que se llevó la esfera de re­
un piquete, te vas a buscar, donde se en-

DEL

OCEANO

cuentre, al Capitán Fairelo, y me lo traes
codo con codo.
— ¡Codo con codo!— preguntó Soledad
pareciéndole un poco brutal la orden, tra­
tándose de quien había salvado la vida a
María Pepa con aquel inimitable cuarteo
que no olvidaba la sevillana.
— Si se resiste, si.
Al salir Soledad, dijo Ripoll a Aristides:
— No es poca suerte la previsión y buena
idea que ese empleado tuvo al vigilar al pi­
llo ése.
— Perdóneme, don Jaime; la previsión, la
inteligencia y el olfato fueron, aunque me
esté mal el decirlo, de este modesto Super­
intendente de policía, que le ordenó redac­
tara la charada que usted acaba de acertar.
— ¡Usted, usted! Pues amigo Leblonde, se
ha hecho usted acreedor a nuestro reconosimiento y nuestra admirasión. Ha resulta­
do usted todo un Jefe de Polisía.
— No es para tanto— contestó el agracia­
do, radiante de vanidad y con hipócrita mo­
destia— . Un buen servicio, el mero cum­
plimiento de los deberes de mi nuevo cargo.
— ¡Y no es usted sabio!...
—Verdad: sé poco, pero cazo largo.
Este fútil palique fué interrumpido por
los estrepitosos clamores de un grupo tu­
multuario que llegaba frente a la Coman­
dancia gritando:
— ¡A la Tierra, a la Tierra!...
— Ya no queremos volar más.
— ¡Abajo, abajo!...
— ¡Muera la Capitana!...
Salieron los soldados de Santiago, con­
siguiendo disolver el grupo, que, a poco, y
arreciando en sus gritos, irrumpió en la
plaza por otra bocacalle, para diseminarse
nuevamente ante la tropa, y tomar a jun­
tarse y tomar a avanzar al retirarse ésta,
envalentonándose cada vez más las turbas
al ver que los fusileros no hacían fuego.
En el mismo momento repicó el teléfono,
y Aristides, que cogió el auditivo, transmi­
tió a Ripoll:
— Dicen de la central eléctrica que se ob­
serva inquieutd en los obreros: el ingeniero
teme que abandonen sus puestos en las má­
quinas.
— Que mande entrar la guardia y los fu­
sile— rugió, ya amostazado, el almogávar,
que gracias a la vacilación de Aristides en
ordenar tal crueldad, tuvo por dicha, tiem­
po de rectificarla diciendo:
-—No, no... ¡Qué disparate! Los necesita­
mos para las máquinas. Que los contenga
para que no salgan, en tanto le doy yo me­
jores argumentos para convenserlos— . Y
saliendo al balcón gritó: — Santiago, no más

53
A VENUS
contemplasiones; bárreme esa canalla. ¡Fue­
go, fuego!
. o
Sin explosión alguna se oyeron diez o doce
penetrantes silbidos y en las primeras filas
del tropel popular cayeron siete amotina­
dos cual abatidos por el rayo. El resto se
dispersó aterrorizado.
En seguida, corriendo al teléfono, chilló
Ripoll a la central eléctrica:
— Ahí van los argumentos: diga usted a
sus obreros que ya han caído aquí patas
arriba siete revoltosos, y que si se resisten a
trabajar, pueden mirarse en tal espejo. Creo
que con esto se arreglará la huelga. Y si no...
— ¡Qué horror!... ¡Siete muertos!— excla­
mó Leblonde, mientras el viejo volvía al
balcón gritando:
— Santiago: haz recoger esos cadáveres,
mételos en el zaguán de la Comandancia y
amárramelos bien, sin dejarlos salir, para
que los otros no se enteren.
— ¡Desgraciados!... ¡Salir!... Eso quisie­
ran. Es usted atroz, Ripoll. Parece imposi­
ble que tenga ganas de bromear ante esos
siete muertos.
— ¡Qué muertos ni qué calabazas! Hace
falta que las turbas lo crean porque si no
no podríamos contenerlas; pero sólo están
dormidos; nada más que cloromorfiraquinizados. Es el efecto de los fusiles humani­
tarios de Pepeta... ¡Ja, ja, ja!... ¡Vaya una
cara que se le habla a usted puesto!
— Confieso que he pasado un mal rato.
Esa gente es irresponsable, no sabe lo que
hace; y <una hecatombe me parecía de mal
agüero al comenzar el viaje.
— Pues mire usted, a pesar de todo, sien­
to no tener a la mano otros fusiles menos
humanitarios, porque con éstos no sé si po­
dré contener lo que se viene encima.
Más imponente que antes, gritando “ ¡Ven­
ganza, venganza!”, avanzaba, encrespándose
de nuevo, la ola popular.
De pronto uno de los amotinados, que al
dar un tropezón miró hacia abajo, vió, como
a diez kilómetros escasos, la inmensidad del
Océano, reconociéndolo en el azul intenso
de las olas y en las espumas de ellas que
brillaban al sol:
— ¡El mar, el mar!...
Miraron todos inmediatamente abajo, pro­
rrumpiendo en aterrados gritos:
— Caemos...
— Vamos a naufragar.
— No hay salvación.
La multitud, delirante de terror, olvidó
la venganza y el asalto de la Comandancia
para pensar tan sólo en la cercana muerte
que parecía inevitable, a pesar de que en
aquellos últimos y terribles instantes de la

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
i

Mpría Pepa denodadamente

panTamortiguar el golpe contra. la mas* de

snissí'ii “ °°»

velocidad adquirida las
^
.
de cinetorio de las cargas australes, ap
gando (admítase este modo de decir o) la
del hemisferio oriental, encendiendo las del
occidental, que, por opuestas al sen tidod
la marcha, usaba para frenar con fuerza
progresiva, y haciendo repetidas descargas
nutridísimas con todas las cercanas al polo
Sur»
En un solo y horrísono clamor fundiéron­
se los delirantes alaridos de espanto de los
pasajeros al llegar el supremo momento en
que, a velocidad de 900 kilómetros por
hora, se hundió el orbimotor entre las olas
del Océano: buceando en, sus aguas hasta
alcanzar profundidad cercana a los 4.500
metros: avanzando, a la par que descen­
día en la misma dirección y sentido de su
anterior vuelo, pero perdiendo velocidad de
un modo gradualmente rápido al pasar de
los aires al seno de las aguas y abrirse paso
a través de ellas.
De no haber encontrado tanta profundi­
dad, o de haberse interpuesto en su camino
submarino un escollo o un bajo, allí habrían
acabado la vida y la carrera del novimundo;
pero por algo había elegido María Pepa
para su chapuzón lugar donde la sonda no
tocaba fondo hasta pasados los cinco mil
metros.
,
Horrenda fué la impresión del pasaje:
primero la caída en el Océano; después la

obscuridad que invadió el orbimotor, al lle­
gar en su hundimiento a regiones hondísi­
mas del mar, donde la luz no penetra, y
donde las tinieblas lo envolvieron durante
los cinco o seis minutos que estuvo sumergi­
do; luego el asombro de no m orir en aque­
llos minutos, largos como horas, y en los
cuales no llegaba la muerte que se creyó se­
gura; más tarde alborear de esperanzas de
vida, al percibir los ojos otros reales y visi­
bles albores de verdadera luz, cuando la
fuerza ascensional de flotación del hueco
autoestelar lo empujaba y subía hacia la
superficie de las aguas; y, por último, la luz
del sol inundando con resplandores de re­
surrección la emergencia del orbimotor: que
orgulloso y triunfante, quedó al cabo me­
ciéndose en lo alto de las olas.
En tal indescriptible instante, hacia
arriba, hacia el sol, que se creyó no ver ya
más, alzáronse los ojos de aquellas doscien­
tas criaturas, cerrándose en seguida cega­
dos por su belleza y majestad. Y al abrirse,
de nuevo, extáticos quedaron ante otra ma­
jestad y otra belleza: la de la heroica Capi­
tana, cuya esbelta silueta, recortada en el
celeste de los cielos, se erguía escultural
sobre el puente de maniobra dominando la
multitud, dominando las olas, como antes
dominara los aires.
— ¡Salvados!— les gritó desde lo alto.
— ¡Viva, viva!...— voceó la muchedumbre,
ya olvidada de miedos y motines— . ¡Viva
la Capitana!...
— Salvados— repitió ella levantando el
brazo hacia la altura— con la ayuda de
Dios, que por m i mano os devuelve la vida
que creisteis perder.

XII
CELOS...
Por creer vano intento el de pintar fiel­
mente la alegría interna, el júbilo y el en­
tusiasmo externos de aquellas gentes al verse
salvas, cuando creían morir, pásanse por
alto; pero como a tantas alegrías se mezcla­
ban un drama, un dolor y una injusticia;
como en aquella multitud había un desgra­
ciado, o tal vez dos, víctimas de fatal error
nacido de engañosas apariencias; como so­
bre tal víctima no se posó sino una mirada,
la única que no podía clavarse en María
Pepa, esfo ya merece la pena de dedicarle
dos palabras.

Y

CELOS

Minutos antes de la inmersión del Autoplanetoide, Soledad, seguida de sus cuatrG
escolteras con fusil al brazo, había arrestado
a Alvaro en el balconcillo de los sabios, no
sin protesta airada del Aguila Bifronte del
Atlántico, que Sara formuló, amenazando
con represalias de las garras y el pico del
temible rapaz, y con poquísima satisfacción
de Soledad, a quien dolía la consigna de
arrestar al buen mozo, ejecutándola tan
sólo por deber.
Camino de la Comandancia iban preso
y escolta, cuando los “ nvolvió la obscuridad

DEL

OCEANO

del hundimiento en el Océano; y en el lu­
gar donde, alejados todavía del tumulto y
ia gente, se hallaban entonces, permane­
cían cuando el orbimotor emergió de las
aguas para bañarse en luz. Como en la de­
sierta avenida por la cual avanzaban no
había otro grupo que el formado por Alva­
ro y su escolta, con él tropezaron los ojos de
María Pepa al bajarse al hormiguero de ca­
bezas que en la plaza bullía, atrayendo su
atención aquel hombre que, rodeado de
guardias, iba evidentemente preso.
Conoció a éste; y en la mirada que le di­
rigió, indescifrable, no por inexpresiva, sino
al contrario, por complejidad rapidísimamente cambiante de encontradas impresio­
nes en ella reflejadas, predominaba la ex­
presión de interrogante extrafieza, que po­
día resumirse en la pregunta: “¿Por qué han
prendido a ese hombre?”
Antes que al sol vió el preso a María
Pepa: entró la claridad en sus ojos, no con
los rayos de él, sino en la luz de la mirada
que de lo alto caía. Subió la suya para de­
cir a los inquietos ojos de la Capitana algo
que no llegaron a entender, porque apenas
comenzaron a hablar los de Alvaro, súbita­
mente cambió el lenguaje de ellos; y tras
nervioso parpadeo, cual si se arrepintieran
de haber dejado libre paso a oculto y ver­
gonzoso sentimiento, endurecióse la mirada
de quien creía humillarse enejando ver en
ella cuanto no fuera hosca altivez, dura re­
convención.
A María Pepa le produjo aquella muda y
fugaz comunicación un trastorno tan hondo,
que, olvidando cuanto la preocupaba un mi­
nuto antes, no sintió sino ansioso anhelo de
enterarse en seguida del por qué del arresto;
y respondiendo a sus recelos y a su repug­
nancia de adivinar la causa, resistiéndose a
creer cómplice a Alvaro de la mujer en
quien ya ella había adivinado al oculto ene­
migo autor de tantos daños, se lanzó al as­
censor que la bajó a la Comandancia, donde
Ripoll y Aristides le explicaron cuanto te­
mía saber. No, más: pues resultaba Alvaro
no cómplice, sino autor de la infamia. ¡El,
que allá en Maipo la salvó de la muerte con
riesgo de su vida!... ¡El, en quien ella había
creído ver alguna vez...! ¡Qué insensata/...
Mientras pensaba María Pepa todo esto,
Leblonde y Aristides, que esperaban verla
radiante de alegría producida por el éxito
recién alcanzado, la miraban, mirándose
entre sí con expresión de asombro; pues ja­
más habían visto tan alterado y descom­
puesto como entonces el sereno rostro de
la Capitana.

A VENUS

55

— No puede ser, no puede ser— prorrum­
pió en alta voz.
— ¿El qué no puede ser?
-—Que él haya hecho eso. Imposible, im­
posible; siento una voz que dentro de mí
grita: no, no y no.
— Serénate, hija mía; no te conozco— re­
plicó Ripoll, mientras Arístides pensaba
hondo y no decía nada.
— Más que esa voz— agregó el anciano— ,
valen en mi entender las pruebas que tene­
mos.
Alarmada María Pepa con la advertencia
de Ripoll, y temerosa de que sus vehemen­
cias dejaran ver a los demás lo que a sí mis­
ma no se confesaba, procuró hacerse fuerte
y dijo:
— Dadme ese informe, quiero ver yo mis­
ma...
No concluyo la frase, porque se abrió la
puerta, y entrando Soledad preguntó que
hacía con el preso, que estaba abajo en el
cuerpo de guardia.
— Súbelo aquí inmediatamente— contestó
la Capitana, tomando rápidamente una re­
solución; y en cuanto Soledad cerró la puer­
ta, preguntó al catalán:
— ¿Qué pensabas hacer con el preso?
— Muy sensillo: formarle consejo de gue­
rra..., y después de convicto y sentensiado...
— ¡Qué horror!... No. No puede ser: ese
hombre me ha salvado la vida.
— Una ves. Dos, en cambio, ha atentado
contra ella y contra las de los dossientos tri­
pulantes que... Pero si tanto te repugnan las
sentensias de muerte, aunque bien la merese, lo enserraremos mientras dure el viaje,
para entregárselo a la vuelta a la justisla de
la Tierra.
— No, no, tampoco— . Y no pudo seguir,
porque la interrumpió la entrada de Alva­
ro que, sin mirarla, se adelantó frío y re­
suelto hacia el astrónomo preguntándole
en agrio y destemplado tono:
— ¿Es usted un señor Ripoll que contra
mí ha firmado una orden de prisión ?
— Sí, señor; pero quien aquí puede pre­
guntar y gritar no es usted, sino yo.
— Pues, sin embargo, sigo preguntando:
¿Con qué derecho, por qué motivo, comete
usted este indigno atropello con quien de
nada puede ser acusado?
— Eso lo veremos ahora.
— Perdona, papá Ripoll— dijo la Capita­
na interrumpiendo al indignado viejo, cuyo
irascible temple iba ya desbordándose con
lo que juzgaba impudente descaro de un
feroz criminal— , y déjame contestar a este
caballero que tu orden de prisión se justi­
fica con apariencias graves de culpabilidad

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
en él; pero que ahora, deshecha la equivoca­ to que le atribuyera propósito de explotar ei'
agradecimiento de Maria Pepa, que comenzó
ción, queda libre.
a dudar Ripoll, entró en recelo Aristides de
Al decir esto, parecía María Pepa haber
que en torpeza se le convirtiera su primer
recobrado la serenidad. Mas sin dejarla,
éxito policíaco, y Alaría Pepa sintió crecer
apenas, terminar la frase, y acaso sin oír el
su instintiva certeza en la inocencia de aquel
final de ella, protestaron Ripoll y Alvaro:
cada uno a cual más fuerte, y los dos a la hombre, hasta llegar a persuasión, cuando al
efecto que voz y acento y actitud habían ya
vez.
producido se agregó la impresión desperta­
_¡Por equivocación me han traído entre
da por la mirada leal, franca, retadora que
guardias por la calle!
Alvaro fijó en ella, atrayendo la suya y pro­
— iEquivocasión!... ¡ Recongelasión!...
Como aquí mandas tú, puedes poner en li­ vocando la siguiente réplica a la palabra ré­
ditos:
bertad a quien te da la gana, y guardarte
— Ni yo intento pagarlos, ni me creo des­
mi cargo de Comandante en Jefe, que no he
quitada, ni soy tan ruin deudora que con
de ejerser más, porque lo de la equivocasión
ruines sospechas pague deudas... Ha dicho
no te lo aguanto. ¡Equivocasión las traidoras
usted que quiere ser juzgado para que su
hasafias de este moso: lo de las cargas, lo
inocencia quede acreditada.
de la bola!... ¡Porra!... ¡Recongelasión!...
— Sí, sí, que se me juzgue: no quiero in­
¡Equivocasión el motín que nos ha armado
hasiendo que su asistente alborote con alar­ dulto; lo que pido es justicia— contestó él,
ya en tono menos acre, y hasta con temblor
mas al pueblo!
Aquellas acusaciones imprevistas deja­ leve de la voz, y turbación en la mirada fija
ron, de momento, estupefacto y atontado a en la Capitana: extraños uno y otra en hom­
Alvaro. María Pepa iba dándose cuenta de bre de su temple.
— Pues yo, que soy aquí la autoridad más
que por la primera vez, en análogos tran­
ces, no era ella, cual solía, dueña de la si­ alta y la jurisdicción más elevada, lo he juz­
tuación, ni dominaba, como siempre, suce­ gado ya a usted— respondió María Pepa,
sos y personas. Leblonde y Soledad la mira­ apartando de Alvaro la vista y haciendo bre­
ve pausa para evitar que entre el comienzo
ban insistentemente. Amontonaba a voz en
cuello porras sobre porras Ripoll, api­ y el final de la frase salieran enredados un
sonándolas con recongelaciones; y así hu­ “ ¡qué noble es!”, “ ¡qué hermoso!”, que se
biera seguido, no se sabe hasta cuándo, a no
agitaban en su pensamiento; en el instante
estallar la reacción de Alvaro, vociferando
níismo de pensar él, pero sin desviar la vis­
todavía más fuerte:
ta, “ ¡qué hermosa está!”, "¡qué noble!”— .
— ¡Traidor yo!... ¿En quó, a quién?... ¡Que Y la sentencia de libertad es prueba de que
he amotinado al pueblo!... ¿En qué se funda
creo a usted inocente.
esa absurda acusación, que rechazo indig­
Pudo ocurrirsele a Alvaro, como Leblonde
nado?... Que se me diga. Necesito saberlo.
y Soledad pensaron, al oír la sentencia, que
— Se le dirá a usted todo.
el conmovido corazón de la mujer, no el frío
— Papá Ripoll, no es necesario.
juicio del juez, la pronunciaba; pero no
— Vaya si lo es.
ahondando tanto en los motivos, se dió por
— Basta. Ni usted dirá una palabra más,
satisfecho. Y aun puede ser que a haber vis­
ni...
to tan claro como la sevillana y el francés,
— Yo quiero saberlo: mi dignidad exige...
le hubiera satisfecho todavía más que el
— ...ni usted puede pedir otra satisfacción fallo demandado a la justicia de la Capitana
que la que yo le he dado ya, al ponerlo en
la absolución irreflexiva del corazón de Ma­
libertad.
ría Pepa.
— Es una insensatés soltarlo sin jusgarle.
Tras el inesperado desenlace sobrevino
— No porque usted lo exija, sino porque penosísimo silencio: difícil situación, casi
yo rechazo libertad no otorgada en virtud
ridicula, que sobre todos los presentes pe­
de reparadora y pública sentencia.
saba como plomo, sin atinar ninguno a salir
— Yo no sentencio al hombre que me sal­ de ella.
vó la vida.
Pensaba Alvaro que debía dar las gracias,
— Sin que pensara en negocios a préstamo
y no acertaba a hacerlo, sin caer de lo alto
al exponer la suya, ni porque venga ahora a de su arrogancia en exageraciones de agra­
cobrársela a rédito.
decimiento, poco dignas en quien no recibía
Era tan gallarda la actitud, y tan altiva­ merced alguna. Temía al mismo tiempo pe­
mente nobles las palabras de Alvaro: res­ car por esquivez o grosería si no dejaba ver
plandecía en su rostro tal sinceridad, y vi.
a María Pepa la gratitud que sus palabras
braba su voz tan indignada contra supues­ y conducta despertaban en él; pues a pesar

56

— Soledad, prende inmediatamente a esa señora fpág. 58)

I

DEL

OCEAN O A VENUS

presente caso consideraba ineludibles la in­
de ser justicia, y nada más, la que con él ha­
dignada reclamante.
cía, era lo cierto que ella fué la única en
Todo ello de un tirón, apoyada la mano en
hacérsela. Y entre vacilaciones y recelos ha­
la guarnición del sable, con la cabeza alta
bíase convertido aquel hombre resuelto y
y retadores ojos fijos en la Capitana.
exigente, que en el despacho entrara rato
No la razón, ni el pensamiento, sino la
antes, en un cuitado que no sabía qué hacer
sangre al hervir en sus venas, díjole a María
ni qué decir.
Pepa, al ver entrar a Sara, que ésta, y sólo
Pensaba ella... Tantas cosas pensaba, que
ella, era su traidora enemiga; sintió en el
ni me caben en el tomo ni yo sabría decirlas,
corazón dura punzada al pensar que desdeni tengo ahora a la mano ninguna mucha­
largo rato tenía en el pensamiento, cuando
cha, que las explicarla perfectamente.
menos, al hombre de quien aquella mujer­
Quédense, pues, inéditas.
era legítima dueña; que tal vez habíalo mi­
La Alférez y el Jefe de Policía seguían en­
rado pocos momentos antes como jamás mi­
castillados en prudente reflexivo mutismo.
rara a hombre ninguno; y arrepentida, y
Ripoll, de quien se dijo haber sentido vaci­
hasta abochornada de todo menos del per­
lar su convicción en la culpabilidad de Faidón, ruborizóse tan visiblemente, que al ob­
relo, volvía a creer en ésta, viendo en sus
servarlo Sara creyó ganada la partida, y
actuales perplejidad y encogimiento corro­
llegada ocasión de humillar públicamente a
boración de las pruebas materiales de su de­
la Capitana con arrogantes exigencias; pre­
lincuencia. De aquí que, levantando el brazo
tendiendo imponerlas con desmedida des­
con cuya mano agitaba el informe del Ins­
templanza.
tituto, soltó la rienda a su irascibilidad vo­
Mas se engañaba, pues no logró con ellociferando:
sino despertar la dignidad de quien no to­
— Tú podrás indultarle; pero las pruebas
leraba se desobedecieran ni aun que se dis­
que aquí tengo de sus crímenes, no son por
cutieran sus omnímodos poderes. Así, pueseso menos convinsentes.
fuerte ya con el auxilio de su orgullo herido,
Cuando a contestar iban cada uno de los
contestó María Pepa con tranquila frialdad,
dos aludidos abrióse de par en par la puer­
que contrastaba con la violencia del pom­
ta y una voz femenina e iracunda les quitó
poso discurso de la yanqui:
la palabra.
—Bien ve usted que, aun siendo yo quien
Era que la orgullosa Comandante de la
aquí manda, he tenido paciencia para oírla
Aviación Yanqui llegaba en son de guerra y
'■.asta el fin y a despecho de sus inconvenien­
asistida por cuatro o cinco acompañantes,
tes amenazas, de que no me cuido.
más o menos ingleses, más o menos yan­
—Es que...
quis, pero todos oriundos de países de sajo­
—De usted reclamo igual paciencia. Este
na raza diversamente adulterada, o de dé­
caballero— y tuvo buen cuidado de no mirar
biles pueblos sometidos a la neoyorquina re­
al marido de Sara al referirse a él—no es
pública plutócrata. Eran comisionados cien­
en el Autoplanetoide representante de nación
tíficos de dichos países, arrastrados por Sara,
ni Gobierno ninguno, sino tan sólo un comi­
para hacer bulto y reforzar la protesta vio­
sionado científico. Al entrar aquí, y ponerse
lentísima que, sin pararse en inútiles sa­
a mis órdenes, todos ustedes renunciaron
ludos ni en proemios, formuló ella en nom­
los fueros de sus nacionalidades, que deja­
bre del Imperio Norte Atlántico— en el mun­
ron fuera de éste, que es mi novimundo, en.
do ordinariamente designado con la orgullo­
donde no hay sajones, portugueses ni yan­
sa y consabida autometáfora de la temible
quis, sino novimundianos; en donde no to­
Aguila Bifronte—, contra el escandaloso
lero ondee otra bandera sino la de él: la de
atropello cometido en el representante de
!a Federación Hispanoamericana, patria de
una nación, pupila del poderoso imperio.
su española inventora, la de los pueblos des­
de cuyas montañas se remontó, donde fué
Y en pos de la protesta, reclamación de
fabricado por gloriosos americanos, hijos de
inmediata orden de libertad no discutida. Y
su preclara madre España.
después de la protesta y la reclamación, im ­
—Pero...
periosa y arrogante exigencia de una ade­
cuada y plena satisfacción, que no podía ad­
—No hay, pues, saludo; no hay excusas;
mitirse consistiera en menos que en la pre­
no doy satisfacción ni explicación a nadie
de mis actos ni órdenes. Lo único que con­
sentación de públicas excusas, ante el pueblo
ofrecidas, al agraviado Capitán Fairelo. Y
cedo, o mantengo más bien, por creerlo de
aun esto no bastaba, si a todo ello no seguían
justicia, es la sentencia, antes de entrar us­
los solemnes y obligados saludos a las ban­
ted ya formulada, de libertad del señor Fai­
relo.
deras lusitana y norteatlántica, que en el

í-8

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

— ¡Ah!... ¿Estaba en libertad?— exclamó
Sara. Y lanzando, no a la Capitana, sino a la
mujer una mirada de víbora, agregó— : Debo
entonces hacer a usted justicia, reconocien­
do la sensibilidad del corazón que ha per­
donado a mi marido.
— ¡Perdonado, no!— gritó Alvaro.
— ¡Sí, sí— rugió Ripoll— , perdonado, in­
dultado!
— Absuelto, porque fundo la declaración
de su inocencia en mi conocimiento del cul­
pable— rectificó enérgicamente María Pepa,
sintiendo la mordedura de la víbora y de­
volviendo la mirada con otra que decía claro
quién era el verdadero reo, cuyo nombre
aun callaba, del crimen imputado a Alvaro.
— Pues no basta eso: pues tal sentencia es
confesión del atropello, fundándome en el
cual vuelvo a exigir cuanto ya he...
— Señora mía, hemos terminado. Eu el
Autoplanetoide mando yo: nadie más. Y
puede usted estar cierta de que he de hacer­
me respetar y obedecer de usted y de todos.
— Mandaría usted en su Autoplanetoide
si pudiera mantenerlo allá arriba, mas no
después de habérsele caído. Ahora no estamns ya en ia aitura, sino en la Tierra, don­
de hay naciones y gobiernos; donde el poder
de mi glorioso país...
— Está usted equivocada; no estamos en
la tierra, estamos en el mar, muy lejos de
ella, y sigo siendo aquí soberano poder. Sé­
palo usted; y sepa que antes de que el
mundo se entere de que se me ha caído o
me han tirado el Autoplanetoide, lo verá us­
ted subir de nuevo al cíelo.
Sara, que daba por seguro su triunfo des­
de que vió al orbimotor caer en el Pacífico,
se quedó atónita al anuncio de próxima as­
censión; así que ya perdido todo freno, y no
escuchando, sino a su odio y su despecho, se
volvió a sus acompañantes gritándoles:
— ¿Oyen ustedes?... Está loca... Después de
su fracaso quiere otra vez jugar con dos­
cientas vidas, arriesgándolas en nuevas y
temerarias intentonas. Señores, es preciso
deponerla del mando; es urgente intervenir
la estación radiotelegráfica para avisar a San
Francisco, a Sidney y a Nueva Zelanda, de
donde debemos estar cerca, para que ven­
gan barcos a impedir tal locura; pedir a
Buenos Aires que por telégrafo sea depuesta
de su autoridad esta insensata.
— Soledad, prende inmediatamente a esa
señora.
Fué la primera idea de Sara resistirse;
pero al ver que por una puerta aparecían
las amazonas de la escolta, y abría la otra
Santiago, detrás del cual se apiñaban sus
-fusileros— llamados unos y otras por Le-

blonde, cuando vió el sesgo que las cosas to­
maban— , entregó el sable a Soledad, pero
al hacerlo disparó su última flecha, diciendo:
— Me prende usted a mí y suelta a mi ma­
rido. Es ingenioso.
— Señor Fairelo, queda usted arrestado. No
por lo de antes, sino preventivamente, y por
cautela, para evitar que al ver presa a su
esposa le dé a usted tentación de tomar re­
presalias. Así, señora, endulzaré su cautive­
rio dando a usted a su esposo por compa­
ñero en él, y por cárcel, a ambos, su propio
domicilio, en donde nadie estorbará su mu­
tua comunicación. Pero ni ustedes ni sus
senadores podrán salir ni recibir a persona
ninguna. Ya has oído tu consigna, Santiago;
montarás guardia en la casa, cumplirás es­
tas instrucciones, y tú respondes de los pre­
sos.
— ¿Y se podrá saber qué se propone usted
hacer con nosotros después de secuestrarnos
tan arbitraria y abusivamente?
— Nada grave. Devolverles la libertad cuan­
do estemos allá arriba, y ya no pueda usted
entorpecer— adviértase que no empleó el plu­
ral— mis planes. Santiago, llévate a los pre­
sos. Y en cuanto a ustedes— dijo volviéndose
a los comparsas de Sara— , pueden retirarse
libremente; mas les prevengo que desde este
momento quedan sometidos a estrecha vigi­
lancia. Y vean lo que hacen, porque las rein­
cidencias serían duramente castigadas.
Y a todo esto Alvaro... Alvaro sentía va­
cilar los fundamentos donde hasta entonces
se apoyaban sus convicciones; y aun sus
mismos afectos bamboleábanse al empuje de
un alud de inesperados hechos, zarandeados
por la complejidad perturbadora de opues­
tas impresiones que hablan caldo, de impro­
viso, sobre él, en menos de media hora. Si­
multánea y vertiginosamente asaltaban su
corazón contradictorios sentimientos; pug­
naban en su mente perpleja antagónicos jui­
cios de cosas y personas, motivos, aun bo­
rrosos, sugestores de acciones contrapues­
tas. Asi no es mucho que no pudiendo for­
mular, en nada, definitivos juicios, nada hi­
ciera, ni a nada se arriesgara, pasando en
un momento de actor principalísimo, en los
comienzos del presente capitulo, a obscure
cido personaje.
No ha de olvidarse que, a despecho de su
valor y de su inteligencia, era Fairelo un
hombre sin carácter, sometido a una mujer
que ante el mundo del siglo x x n era su le­
gitima esposa, por quien habla sentido vio­
lentísima pasión y a quien creía merecedora
de estimación y amor. Y de pronto, una tnz

DEL

OCEANO

indecisa, e insuficiente todavía para alum­
brar a plena luz fealdades morales de la
compañera de su vida, comenzaba a empa­
ñar, en su opinión con injusta sospecha, el
brillo del prestigio con que años y años la
había tenido él aureolada. Y cerraba los ojos
a aquella luz, porque desconfiaba de ella al
ver que era la misma que iba encendiendo
resplandor de perfecciones entre las negras
sombras de perversidad a través de las cua­
les había mirado hasta entonces a otra mu­
jer, que aun a despecho de su voluntad, ha­
c ia ya tiempo le turbaba el corazón, y ahora
le trastornaba ideas, juicios y anteriores
convicciones.
No es, pues, extraño que, no atinando con
adecuada decisión de conducta en tal per­
plejidad, recibiera Alvaro como nuevo favor
de María Pepa el arresto que a última hora
le imponía.
Porque ¿cuál debería ser, a quedar libre,
la conducta del marido de Sara encarcela­
da?... ¿Cuál l£ actitud de quien como él de­

A

VENUS

59

bía su rehabilitación a un generoso impulso
del corazón de la Capitana?... La prisión le
libraba de contestar estas dificilísimas pre­
guntas. Y aun cuando, a la verdad, no fuera
muy airosa su indecisa actitud, cuando sa­
lía preso al lado de su olímpica esposa, debe
reconocerse que era muy complicada la si­
tuación del pobre mozo.
En cuanto a Sara, brillábanle los ojos, al
salir de la Comandancia, con brillo diferente
y más intenso que a la entrada, porque al
pasarlos de su marido a María Pepa relucían
con celos que no eran ya los antiguos, na­
cidos de vanidad científica, no fríos celos de
sabia, sino rabiosos celos de mujer, que ya
no odiaba premeditada y reflexivamente a
su enemiga, sino la aborrecía con aquel
odio de las mujeres meridionales de que el
día antes se burlaba.
¿Celos de verdadero amor?... ¿Celos de
vanidad herida de mujer hermosa?... El
tiempo lo dirá.

XIII
OCEANICOS
Cuando los presos salieron del despacho
de la Comandancia, quedaron solamente en
él la Capitana y Ripoll, pues sin necesidad
de previo acuerdo, juzgaron Soledad y Aris­
tides que después de lo ocurrido, y de lo que
ambos para sí pensaban, entendiéndose bien,
aun sin cruzar palabra, era lo más discreto
escabullirse para evitar que al quedarse sola
de nuevo María Pepa con ellos, se creyera
obligada a comentarios, naturales en aquella
ocasión, sobre los recientes y gravísimos su­
cesos, de los que, de otra parte, era probable
la molestara hablar.
El astrónomo, que no había visto ni cacado
tan hondo, creyó naturalísimo quedarse, y
lógico charlar de lo ocurrido. Además, aun
cuando el desenlace teatral del doble arresto
le había reconciliado un poco con Pepeta,
todavía le escocía lo de la equivocación, y
quería calentarle, siquiera suavemente, las
orejas, para dejar a la debida altura su pres­
tigio de Comandante Accidental en Jefe.
Pero no teniendo ella humor de plática,
la cortó en seco, diciendo que, por llevar per­
dido mucho tiempo y serle urgente hablar
con Fognino y Haupft, se iba a buscarlos al
taller de cargas. Y agregó:

DEPORTES
— Ya hablaremos de eso cuando vaya pa­
sándosete el enfado. Además, tú tampoco
puedes perder tiempo; necesito que inmedia­
tamente vuelvas a tus anteojos, sextantes y
cronómetros y me averigües con toda exac­
titud el sitio en que hemos caído.
Y sin darle tiempo a responder se salió del
despacho.
El se quedó refunfuñando:
— ¡Que se me pasará!... No se me pasa...
Ya verá, en cuanto acabo esas observacio­
nes, cómo no se me pasa. ¡Calla!... Dice que
tiene prisa de irse al taller, y se mete en su
cuarto y se encierra por dentro...
Y moviendo la cabeza se fué a sus apa­
ratos.
Efectivamente, el chasquido del pestillo
de la puerta del tocador de María Pepa, oído
por el viejo, indicaba, según su perspicacia
interpretó, que aquélla se encerraba en sus
habitaciones. Y eso sin oír correr en otra
puerta otro pestillo, que echó la Capitana
para impedir que hasta la misma Soledad
entrara por la comunicante con su alcoba.
— ¿Para qué se encerraría?...
—Para llorar—contesta muy resuelta una
lectora de quince años.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
— ¿Qué sabes tú, mocosa?
— Para llorar. Tiene razón la niña— me
contesta su abuela, a quien, en alta voz, está
leyéndole la nieta el presente capítulo.
— ¡Llorar aquella valiente muchacha!...
¡Aquella mujer fuerte!... Señora, usted cho­
chea.
— Para llorar— repite una mujer de trein­
ta años, en el apogeo de la vida y la hermo­
sura, con el convencimiento de que no hay
valor ni fortaleza capaces de triunfar de un
amor desgraciado.
Y tenían razón: lloraba María Pepa, por
sentirse enamorada, sin posible esperanza
en mujer como ella, de hombre que ya era
de otra.
Y ésta se lo había conocido, avergonzán­
dola al decírselo con su mirada de odio, y
con aquella vergonzosa reticencia que la
obligó a prender a Alvaro, y a encerrarlo
con Sara para dar réplica adecuada a la in­
fame sospecha. Porque ella estaría enamora­
da, no lo estaría, lo estaba, y con toda su
alma; pero aquel hombre era casado, y Ma­
ría Pepa lo miraba cual muerto para ella.
Por eso, por muerto, lo lloraba; pero sin es­
perar de la forzada ausencia, secuela inevi­
table de la muerte, aquel alivio, lento, es
verdad, mas lenitivo al ftn, que las punzadas
de lo Irremediable hallan al embotarse poco
a poco en el tiempo. Porque aquel muerto
que lloraba no estaba muerto sino para su
amor: y lo vería, y se lo encontraría, su­
friendo a todas horas el dolor de la cons­
tante, renovada, inacabable muerte del
hombre amado...

Las mujeres como nuestra heroína ha­
llan, contra el dolor, fuerzas en el deber. Díjole el suyo que de su fortaleza dependían
vida y muerte de cuanlos tripulaban el orbimotor; que quien lo había ideado y cons­
truido tenía inexcusable obligación de lle­
varlo a su destino, convirtiendo en realidad
el proyecto, magno en la historia de ia es­
pecie humana, de ensanchar los confines de
la fraternidad entre los hijos de la T ic ra,
haciéndola fraternidad interplanetaria, mu­
chísimo más amplia, muchísimo más noble,
de los'hijos del Sol.
Visto por María Pepa dónde el deber es­
taba, no había ya miedo de que errara el
camino. Por eso a las dos horas de encerrar­
se volvía a salir de nuevo, triste, sí, pero
entera, en busca de Fognino y de Haupft,
ocüpadísimos, desde que comenzó la bajada
del espacio al Pacífico, en la carga y la prue­
ba de nuevas cápsulas.
Para abreviar la compostura, había re­

suelto María Pepa no reponer las 140 de ani­
lina, sino únicamente las sesenta de ellas,
correspondientes al ecuador y a los dos pa­
ralelos 1 norte y 1 sur, inmediatos a él: con
tanto más motivo cuanto que no habiendo
quedado apenas cinetorio en las cercanas al
polo sur, era preciso reponer siquiera vein­
te o treinta de ellas; supliendo el número de
las que hubieren de quedar poco cargadas
con el aumento al triple de la cantidad del
metal radioactivo en las ecuatoriales y al
quíntuplo en las australes.
Aun así habría que colocar cerca de cien
cápsulas en el Autoplanetoide: empresa que,
aunque no pareciera fácil en medio del
Océano, tal la consideraba la Capitana, que,
en el momento de verse privada del auxilio
de la esférica vagoneta de reparaciones, pen­
só que, una vez en el mar, sus aguas sosten­
drían el orbimotor; y que rodeado éste de
aire respirable, podrían los operarlos colo­
car las cápsulas con la misma o mayor fa­
cilidad que en Paramillo, utilizando las es­
calas exteriores.
La única dificultad dependía de que, ave­
riada gravemente la parte alta de dichas es­
calas por la voladura de la esterilla, tornos
y cabria que con ella se fueron, había que­
dado interceptada la salida de la poterna
norte, y era preciso contentarse con la sur,
cuya boca se hallaba 190 metros por debajo
de la superficie del mar, que tal era el calado
del flotante orbimotor: con lo cual, y llevan­
do en su fondo diez millones de toneladas
de taliuro, por lastre, se mantenía firme,
siendo tan leve el cabeceo que apenas se no­
taba.
Habiendo trajes de buzo en el mundo, y
sobre todo habiéndolos, cual los había, en
el novimundo, la dificultad no era para
arredrar a María Pepa, principalmente pre­
ocupada con el personal; pues tres obreros
eran pocos para acabar la faena con la rapi­
dez exigida por su recelo de que impensada
casualidad trajera a los parajes solitarios
donde flotaba el orbimotor alguna escua­
drilla de balleneros, a cuya vista pudieran
despertarse tentaciones en los novimundianos de abandonar su novísimo mundo, que­
dándose en el viejo.
Cierto que entre el pasaje había ya ga­
nado María Pepa gran prestigio sacándolo
con bien de la caída de aquella misma ma­
ñana, pero también lo era que ésta había
hecho pública la existencia de averías, y que
las multitudes son muy tornadizas.
Precisamente por esto no utilizaba la Ca­
pitana otro medio, que a su mano tenía, de
hacer salir a sus obreros por las poternas
ecuatoriales, desembocantes en dos miste—

DEL

OCEANO

xiosas galerías cerradas, cuyo objeto era,
según creencia general, la regulación del
equilibrio del autosidéreo, y cuya verdade­
ra utilidad conoceremos en sazón oportuna,
pues si la calla María Pepa, ya tendrá su
porqué: y seria indiscreto hacer público
ahora lo que ella guarda oculto.
En todo esto iba pensando a su salida del
taller, y muy principalmente en prevenirse
-contra deseos del pasaje de quedarse en el
mundo, cuando oyó vivas a la Capitana lan­
zados por cuatro o cinco transeúntes que de
lejos la vieron. Al ruido de ellos acudió
más gente, y, engrosado el grupo, y refor­
zados los vítores, casi llegó a juntarse la
población entera, que con gran entusiasmo
aclamó a su salvadora, paseándola, sobre
hombros, en triunfo.
No pareciéndole mal augurio la ovación,
•quiso aprovecharla para levantar el espíritu
público en tan propicios momentos, pronun­
ciando una vibrante arenga de levantados
tonos, desdeñando la insignificancia de las
averías, condenando los 'celos de naciones
envidiosa« de las glorias de la Federación
Hispanoamericana, y sus propósitos de es­
torbar el que hispanoamericanos fueran los
nuevos Colonos de los desconocidos mundos
planetarios. Maniobra, que por ser hispano­
americanas tripulación y tropas, y de igual
procedencia muchos de los obreros, resul­
taba muy hábil; pues teniendo a su devoción
el patriotismo de esta importante y útil ma­
yoría, poco cuidado le daba a María Pepa
-del resto del pasaje.
Además, con prudente malicia, sin in­
sistir en ello, y casi sin decírselo, sugirió a
los más tímidos el convencimiento de que en
aquellas soledades del inmenso Pacífico,
Por donde no pasaban jamás barcos, y sin
medios el orbimotor de emprender larga na­
vegación a lejanas costas, no debía contarse
sino con su s ingénitas capacidades que le
marcaban como sólo camino de salvación el
de la altura. Era, no solamente, pues, sa­
grada obligación, sino egoísta interés de
todos ayudar a la faena que se iba a comen­
zar, para la cual hacían falta voluntarios.
No para emplearlos— y esto no es María
Pepa quien lo dice, sino explicación al lec­
tor dada— , no para emplearlos en la ope­
ración de confianza de reponer cargas, a la
que ya tenía resuelto dedicar principal­
mente sus pilotos, cesantes desde que el
Océano sostenía el orbimotor, y que, an­
tiguos gavieros, eran gente a propósito para
trepar por las escalas; sino con objeto de
utilizar a los voluntarios, que aquel oportu­
no entusiasmo la proporcionara, en menes­
teres completamente inútiles, sin relación

A VENUS

Gl

con la necesidad presente, y, en realidad,
innecesarios para la compostura del orbi­
motor: en faenas, en suma, que la electrici­
dad y mecanismos automáticos ejecutaban
a diario, pero haciéndoles creer que eran
importantísimas.
Pero entonces, ¿para qué tales trabaja­
dores espontáneos?... Para que no charlaran i
para evitar ociosos grupos, donde se engen­
dran las alarmas; para diseminar la pobla­
ción en cuadrillas constante, aunque disi­
muladamente, vigiladas por las tropas; y
además para atraérselos, haciéndoles creer
que con la Capitana trabajaban en una co­
mún obra, que habría de interesarles cuan­
do creyeran colaborar en ella sirviendo a su
actual ídolo.
Y como el entusiasmo estaba fresco, y
pedía la ayuda, con frase cálida, brillantes
ojos y atractiva sonrisa, una mujer muy
guapa, no le faltaron a María Pepa volunta­
rios que una hora después, con gran conven­
cimiento de lo transcendental de sus labo­
res, Sudaban a cual más, en diversas inútiles
faenas que discurrió con no poco trabajo
nuestra avispada heroína.
Y desde entonces todo marchó como una
seda.
No cansaremos al lector puntualizando
las vulgares maniobras de descolgar a un
buzo, ni los perfeccionamientos de las esca­
fandras del siglo XXII; no explicaremos
cómo los encargados de componer cargas
ecuatoriales, situadas por encima del mar,
subían fácilmente por los trozos de escala
sumergidos hasta salir del agua, porque
esta misma los aligeraba, mientras en ella
estaban, de la mayor parte de su personal
peso; y una vez fuera procedían de igual
modo que se había procedido en Paramillo.
Fácil es comprender que la colocación de
las cargas inferiores del Autoplanetoide, su­
mergidas en el mar, ofrecía todavía menor
dificultad, pues los buzos no trabajaban
en las obscuridades submarinas, sino per­
fectamente alumbrados por la luz interior
que de aquél irradiaba a través de sus pare­
des transparentes.
La material operación de reponer las cáp­
sulas era tan poco técnica que, reduciéndose
a destornillar las viejas y a atornillar las
nuevas, todos servían para realizarla, sien­
do las únicas condiciones necesarias a quie­
nes trabajaban en las partes altas de las
escalas, a unos cien metros de altura sobre
las olas, cabeza firme y pie seguro. Por esta
razón fueron designados para dicha tarea
Valdivia, sus cinco pilotos, dos de los ope­
rarios del taller de cinetorio, y aquel gua­
písima cabo de la escolta, que Leblonde

62

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

quiso inútilmente le prestara Soledad, muy aunque parezca raro—, a fuerza de puños,
apropósito para dicho trabajo, pues antes por la cuerda estirada; que, de repente se
de sentar plaza haba sido camarera en una me va una mano y, ¡zás!, arriba nuevamen­
línea de aviones transoceánicos que viaja­ te, por no poder contrarrestar el empuje as­
ban entre Manila y Lima, estando, por lo censional del agua; que vuelta a los esfuer­
tanto, acostumbrada a ver, libre de mareos, zos para hundirme, y que torna a subir.
el mar desde grandísima altura, a no ma­
Todo entre regocijo y palmoteo del pasa­
rearla algún buen mozo.
je, que desde los balconcillos veía saltar,
Se ha dicho que solamente dos operarios de pronto, por cima de las aguas, ahora una,,
fueron destinados a reponer cápsulas, sien­ luego otra escafandra rápidamente zambu
do la razón de ello que con el trajín forza­ llidas, para esconderse nuevamente y resur­
do de su preparación y pruebas, y la necesi­ gir a los pocos momentos, cual manada de
dad de habilitarlas con la urgencia con que retozones, brincadores y chapuzantes gol­
María Pepa las pedia, no pudieron Haupft y fines.
Fognino pasarse sin la ayuda de Dick, que
en el taller quedó, no perdido de vista ni daderos buzos se quejaron a la Capitana de
un instante, por Pedro, que seguía descon­ que por enredarse a cada paso en las cuer­
fiando del mulato; y con tan poco disimulo, das de aquellos dominguillos que no sabían
que el vigilado se dió cuenta de la vigilan­ estarse quietos, no les era posible hacer cosa
cia.
a derechas, y ella ordenó que los tres deporNo es, pues, extraño que, espiado Dick y nstas fueran remolcados adentro. Siendo
presa Sara, marchara todo rápida y feliz­ suerte que no tardara más en dar la or­
mente.
den, porque el duro ajetreo y resollar conPara acabar: la colocación de las cuaren­
muo del incesante trepar, cuerda abajo
ta cargas que pudiéramos llamar submari­
P°"tra
f af Ua’ C°n l0S pies en ,0 alt0- había
nas, por haber de montarse en la parte su­ acelerado
de tal modo la respiración de Rimergida del orbimotor, la realizaron, como Pol , que en menos de una hora se tragó
quien canta y cose, entre un buzo del puerto casi entera, ,a provisión de oxigeno de s í
de Valparaíso, un buscador de perlas de escafandra, suficiente para un normal con­
Ceilán, un pescador de esponjas de las Luca- sumo de tres; y teniendo además casi toda
yas y un negro cazador de tiburones de Yu­ la sangre en la cabeza, ya andaba el n n w
catán, que en la tripulación o en la compa­ apuradísimo cuando lo pescaron
ñía de Santiago venían. Y no parezca extiaño que con tal abundancia se encontra­
ran buzos en el novimundo, pues la reunión
de ellos no era casual, sino prevista y bus­
cada por María Pepa, quien, por razones que ao lo mismo oporar oon o b r.ri, s i n o s 'o u »
se verán más adelante, tenia previsto de
antemano que podían serle útiles en los
planetas.
Cierto es que Arístides, su amigóte el al­
mogávar y hasta la misma Soledad trataron de ayudarles, según decían nuestros
amigos, o de estorbarles si creemos a aque­
llos cuatro semipeces. Pues el viejo, el pro- de los vuelos de ensavn
p nas al final
venzal y la sevillana se empeñaron en pres­ en el mar,
tar tal servicio a María Pepa, y ésta no vió blandas aguas. Aprovechando
sobre las
peligro ni inconveniente alguno en permitir­
les el deporte subacuático, siempre que se
avinieran a la precaución de dejarse ama­
rrar con unas cuerdas, tirando de las cuales
podría meterse en la poterna a quien por sí
no supiera volver a ella: cosa no fácil para
principiantes, pues'el agua tiraba de ellos pueblo en las horas de faena
ooupado al
hacia arriba: y con la sola excepción de So­
ledad, que a duras penas consiguió montar
¡una cápsula!, los otros se pasaron el tiem­
po, que subo, muy de prisa, a lo alto de las
^
olas, empujado por la fuerza del agua: que pruebas a la calda de la tarde.
bajo, muy despacio, izándome—hacia ahajo,

6?
DEL OCEANO A VE NUS
a más de tres mil o cuatro mil metros, y un buque capaz para el transporte del pa­
realizados las diversas direcciones en que saje entero a tierra firme.
las cargas montadas durante e! día impulsa­
No cabe duda que la Capitana sabía mu­
ban al orbimotor.
cho.
Con tal régimen conseguía María Pepa
En sucesivos días no se limitaron las ex­
muchas y muy útiles cosas: remediar las ploraciones oceánicas a cosa tan balad!
torpezas nacidas de inexperiencia de sus como 40 metros de profundidad; pues utili­
noveles’ operarios: dar al pasaje seguridad, zando cargas boreales que hacia abajo em­
muy importante después de lo ocurrido, en pujaban al que ahora llamaremos tucimurr
el buen funcionamiento del aparato; tenerlo do, hízolo María Pepa viajar submarina­
distraído con aquellos vespertinos deportes mente una noche a 500 metros de profun­
aero-marítimos los cuatro días de su perma­ didad, otra a 1.500 y la siguiente a 3.000.
nencia en el Pacífico, y tomar precauciones Pero no a la velocidad vertiginosa del día
para evitar que se enterara de la cercanía de de la caída; no envuelto entre tinieblas, Sino
barco ninguno en el caso de que alguno se con luz radiante y marcha moderada que
aproximara a los parajes donde el orbimo­ permitieron ver y hasta sacar, con profu­
tor se hallaba; pues en cuanto éste se re­ sión, interesantísimas fotografías instantá­
montaba en pruebas, se agarraban Ripoll, neas de espantables e insospechados mons­
Haupft, Pognino y Valdivia a los cuatro an­ truos marinos de fantásticas formas, jamás
teojos de mayor alcance entre los disponi­ sospechadas por el hombre: dreadnoughts
bles, y mientras aquél volaba en lo alto, re­ vivientes de lo hondo, blindados con fortísigistraban ellos el horizonte para ver, antes mas armaduras o caparazones propios para
que nadie pudiera columbrarlos, si divisaban resistir la tremenda presión del agua, y tem­
buques en la remota lejanía, y avisarlo a la plados espolones capaces de perforar tales
Capitana: lo cual sólo ocurrió a la caída de corazas en los apocalípticos combates que en
una tarde con un gran transoceánico, descu­ lo hondo libraban entre sí los terribles en­
bierto a grandísima distancia por Valdivia, driagos.
que marcó bien su rumbo.
La plebe se divertía muchísimo; algunas
Tan pronto fué informada de esto, re­ damas se asustaban, y los naturalistas se
solvió María Pepa obsequiar aquella misma henchían de júbilo pensando que las foto­
noche a los viajeros con un espectáculo no­ grafías obtenidas daban materia para cen­
vísimo que hizo anunciar, con los clamófo- tenares
de memorias zoológicas en cuya re­
nos, para las nueve de ella.
dacción entretendrían largos ocios del via­
Tratábase de un rato de navegación, de je; y que mientras llegaba, en los planetas,
verdadera navegación, en que impulsado ocasión de investigaciones, ya la Tierra les
por una carga ecuatorial bogó el autosidéreo brindaba, antes de salir de ella, descubri­
sobre las olas cual si fuera un navio. Pero la mientos valiosísimos: siendo lo único por
novedad del espectáculo no estribaba en todos y cada uno deplorado que tales mara­
esto, sino en que el público, instalado en las villas las hubieran visto los demás colegas,
compañeros de viaje.
azoteas de centrales eléctricas, almacenes
talleres, edificados 150 metros por bajo c
Jos cuatro días, casi jus­
ecuador, quedaba, por tanto, a cuarenta
tos, pasados en el Océano, fueron agrada­
bajo de la superficie de las aguas, y pod bles sobre toda previsión; mas siendo la
explorar a tal profundidad las entrañas
finalidad del motoestelar muchísimo más
ellas, donde a millares bullían peces en i alta que servir de instrumento de recreos
contable variedad clarísimamente alumbr inocentes y deportes pueriles, tuvieron éstos
os por poderosos proyectores eléctric
isrmino en la última /excursión de turis­
due, dejando en sombra el interior del n mo submarino a tres mil metros, que realizó
cimundo, por haberse apagado toda ot
de diez a dos de la noche del 15 de septiem­
iluminación que no fuera la de aquellos ap bre, pues a otro día, bien de mañanita, de­
os, i ummaban las profundidades mai bía encumbrarse a más alto^ lugares y desti­
a- con uces del color de ja esmeralda.
nos, esta vez afrontados por su Capitana con
e". horas, pasadas en un soplo para I a entadora confianza: no por aumento de la
excursionistas, duró el paseíllo, al termim q^e siempre tuvo en su aparato y en sí mis­
el cual estaba el que ahora puede llamar ma, sino por la certeza de que su prestigio

a 250 kilómetr°s del derrote: personal sobre pueblo, tripulación y aun sa­
del barco señalado por el piloto; y nadie se bios del novimundo había crecido extraordi­
Pechaba, al acostarse, haber estado cerca c nariamente con las pruebas, retozos y e=
carceos del que tan pronto era en sus manos

VIAJES PLANETARIOS en EL SIGLO XXII
■64
se había embarcado en la excursión inter­
avi nauti o bucimundo, y en el que ya to
planetaria, calificaba aquellos cuatro días
dos «^entregaban tranquilos a la pericia de
de a delightfull seapicknik (deliciosa jira
marítima).
o°pulSto angloindio que por deporte

XIV
el

sol

se

d escom pone

El regente de la imprenta me envía las
Druebas del anterior capítulo con un ojo
muy grande y colorado: quiero decir un
"o jo ” escrito en letra grande, con lápiz rojo,
y por debajo de él la siguiente nota: “El
autor se ha distraído al consignar para fe•cha del último chapuzón deportivo la noche
del 15 de septiembre, pues tiene dicho en
«1 capítulo primero de este tomo que en
tal día y hora estaba el novimundo so­
bre Zaragoza, es decir, poco más o menos,
en los antípodas del marítimo parque de
■deportes del Océano Pacífico.”
Prueba este aviso que el tal regente, en
Geografía docto, pues sabe dónde tiene los
antípodas, y a la ironía propenso, es hom­
bre cuidadoso y observador. Mas, con todo,
esta vez se ha equivocado: pues ni enmien­
do palabra en el último capítulo ni enderezo
ni tuerzo lo dicho en el primero. Y no es por
terquedad, sino porque realmente estuvo el
Autoplanetoide cuando he dicho en Zara­
goza y en las cercanías de la Isla Chatam,
no siendo óbice a ello que entre una y otra
queden unos 25.000 kilómetros: sin pararse
al medirlos en centenas de más o de menos.
— Pero, ¿cómo?... ¿Al mismo tiempo?...
— ¡Alto! No me tergiversen las palabras,
y pronto verán clara la razón del aparente
absurdo.
El día 16 de Septiembre, a las seis y media
de su mañanar, dejó las aguas del Pacífico
-el orbimotor.
—Pues si el 15 por la noche y el 16 por
mañana estaba allí, no pudo estar en Zar:
goza al mismo tiempo que...
—¿Me hacen ustedes el favor de tener u
poquito de paciencia?... Un minuto; cuanc
"más, dos.
-i las seis y media del 16 emprendió ,
vuelo; pero en fecha y hora correspondió
tes al lugar del Pacifico y oriente de la Isl
Chatam, donde se hallaba. Avanzó, al eh
varse, no marchando hacia oriente — nr
onde ei Sol se había levantado de la
aguas, cuando treinta y tres minutos ante
de la nueva ascensión amanecía el cit?d

Y A LA POSTRE SE PARA
día 16—, sino en sentido opuesto. Sobre el
mundo corrían, por lo tanto, orbimotor y
Sol (1), occidente adelante, hacia Nueva Ze­
landa, Australia, Asia, Europa, sobre las
cuales no brillaba aún la luz de la mañana
del repetido 16 de septiembre, por no haber­
se todavía mostrado sobre los horizontes de
dichas islas o continentes el sol de dicho
día.
Corrían, pues, orbimotor y Sol en igual
dirección y sentido; pero en esta carrera en
competencia iba delante y corría más de pri­
sa el astro artificial de María que el astro
natural del firmamento. Lógico era, por lo
tanto, que antes que el Sol llegara la Capi­
tana a todas partes.
Así, por ejemplo, fijándonos en Zaragoza,
adonde iba (o irá si ustedes lo prefieren),
observaremos que, amaneciendo en la ca­
pital aragonesa trece horas y tres minutos
después que en aquel lugar del Pacífico,
el resultado de tal retraso es que los relojes
de la citada población marcan la una, las
dos, las tres..., las doce, de día o noche, tre­
ce horas y tres minutos después de llegar a
dichas horas los horarios y los minuteros de
los relojes de la Isla Chatam; dato que se
halla en cualquier anuario astronómico o al­
manaque náutico (2).
(1) Quede sobreentendido que lo de la carrera
del Sol es modo de hablar, pues la Tierra era la
que daba vueltas en sentido opuesto a dicha apa­
rente carrera solar, y el orbimotor volaba sobre
ella en sentido contrario al terrestre movimiento
rotatorio.
12) De esta verdad resulta que si el Autopla­
netoide hubiera volado a igual paso que el Sol,
habría llegado a Zaragoza, al mismo tiempo que
él. en trece horas y tres minutos de viaje, cuando
allá fuera la misma hora, seis y treinta de la ma­
ñana de su salida; es decir, cuando los relojes
aragoneses señalaran dicha hora del 16 de sep­
tiembre : lo cual no quiere decir que hubiera es­
tado al mismo tiempo, sino a la misma hora de
los dos lugares, en cada uno de ellos, por donde
bien se ve que no es lo uno igual que lo otro.
Pero como Zaragoza corría de una parte bacía
oriente, por efecto del giro de la Tierra, y volaba
de otra al avimundo hacia occidente, mientras el
■'°í se estaba quieto, resulta de la combinación do
ambas carreras que antes de las trece horas y tres

DEL

OCEANO

Toda la taumaturgia de acabar el día 15
un viaje comenzado el 16, estriba en ser ésta
la fecha en el Pacífico, y la otra eri Aragón.
Y el milagro no es tal, sino hecho vulgarí­
simo para astrónomos y marinos.
El itinerario detallado del viaje fué el si­
guiente:
HOBA8

ESTACIONES

LOCALES

en cada una de ellas
al pasar por las mismas
el Autoplanetoide.

Salida.................................|0 y 30 mañana, día 16.
Wftllington (Nueva Ze-¡
landa).............................¡5 y 29 madrugada de íd.
Sidney (Australia).......... 4 y 39

de íd.
Batavia (isla de Java)...;2 y 57

de íd.
Colombo (Isla de Ceilán). 1 y 54

de íd.
Suez.................................... 11 y 53 noche del 15.
Zaragoza............................ [10 y 27 — del ídem.

O sea que cuanto más se avanzaba en el
camino, o más tiempo pasaba, más tempra­
no era: más temprano en los puntos de lle­
gada, pues en el de salida tenía que ser más
tarde.
Sin entrar en complicada combinación
de direcciones y velocidades del uovimundo
y Zaragoza, que por su parte corría, al girar
con la Tierra (1), al encuentro de aquél,
sólo diré que el viaje se verificó con rapidez
minutos que aquella capital aragonesa habría do
tardar en encontrar al Sol, se encontraría con *
Autoplanetoide, o sea antes de las seis y treinta
del 16 de septiembre.
Pero si esa fué la hora de salida de éste, ¿cómo
había de llegar antes de partir?
¡O jo! Que no se ha dicho eso...
Llegó a hora más temprana en Zaragoza que la
de su salida en los relojes de ésta : pero no antes
de salir.
Habiendo empleado solamente cinco horas en el
viaje, basta sumarlas a las seis y treinta de la
mañana para averiguar qge llegó a Zaragoza cuan­
do un reloj que María Pepa pudo dejar, aunque
no le dejara, en el Pacífico, arreglado a la hora
de allá, marcara las once y treinta de la mañana
del 16 de septiembre.
Mas ya se ha dicho cuál es el atraso de la hora
— y calendario, por lo tanto— , luego para saber
cuál era la de Zaragoza en el momento de llegadat no habrá sino restar de aquellas once y treinta
de la mañana del día 16 de septiembre del Pa­
cífico dicho atraso de trece horas y tres minutos,
con lo cual se obtienen las diez y veintisiete de la
noche del 15 de septiembre. Porque, efectivamen­
te, si a las diez y veintisiete de la noche se agre­
gan trece y tres, se obtienen aquellas once y trein­
ta de la mañana del 16 del punto de partida.
¿Está bien machacado?
(1) ,Esta población recorre en virtud de tal
giro unos 345 metros por segundo, 20.700 por mi­
nuto y 1.242 kilómetros en la hora. Las gentes
del Ecuador van más de prisa, 463 metros al se­
gundo. La diferencia obedece a que en veinticua­
tro horas dan los zaragozanos una vuelta de
29.808 kilómetros, que es la longitud de su para­
lelo, mientras en aquel tiempo tienen los otros
que recorrer los 40.000 de la redondez del Ecua­
dor.
B ib l io t s c a N o y e l e s c o C ie k t íf ic a

65

A VENUS

oscilante entre 1.300 y 1.500 metros por se­
gundo. Para pájaro, mucho; para astro, casi
nada.
/

Como los astrónomos de los observatorios
no se asombran de poco, en los radiogra­
mas con que al mundo anunciaron los de
Batavia no haberse perdido el motoplaneta,
y a Zaragoza la inmediata visita de él, no se
cuidaron de reseñar curiosidades y sobre­
saltos a que en el mundo dió lugar su via­
je a contrapelo de las agujas del reloj y de
la rotación terrestre, ni la escasa altura del
vuelo en los comienzos de él; pues en vez
de elevarse verticalmente, como en Para­
millo, salió del océano el autoastro en di­
rección levemente elevada sobre la horizon­
tal, y disparado cual bala salida de un ca­
ñón, ganando altura poco a poco, a razón
de un kilómetro por cada cien próximamen­
te de avance. Con la única diferencia de
que en lugar de ir perdiendo, por su propio
peso y la resistencia del aire, la velocidad
inicial comunicada por la explosión de la
carga y caer al cabo, como el proyectil, era
el aviplaaeta constantemente impulsado por
sucesivas descargas de cápsulas poco infe­
riores a su ecuador: Subiendo asi la rama
ascendente de su trayectoria, hasta que es­
tando sobre Arabia, y cercano a la Meca,
y suprimida por la Capitana la excitación
de las cargas, comenzó el descenso que a
Zaragoza lo llevó al solo impulso de la velo­
cidad adquirida.
Este sistema tenía la ventaja de permi­
tirle a María Pepa no consumir cinetorio de
las cargas de los últimos paralelos austra­
les sino durante el tiempo que estuvo quieta
sobre Zaragoza.
Dada la escasa altura a que volaba el
novimundo, las gentes de los continentes o
islas sobre que pasó durante la noche, y los
pueblos ribereños del Océano Indico, Mar
Rojo y Mediterráneo, sucesivamente deja­
dos atrás por él, se admiraron, y aun se ate­
rraron, en su mayoría, al ver amanecer en
medio de la noche, un sol extraño, doble,
triple o cuádruple, según la altura a que
volara, que el cotidiano sol, y tristemente
pálido, que con velocidad cinco veces mayor
que la del verdadero, subía a lo alto del cie­
lo, y lo cruzaba, y se ponía. No es de extra­
ñar que gentes rudas, cual pescadores, ma­
rineros y pastores, gritaran espantados:
“ ¡Se acaba el mundo! ¡Se ha descompuesto
el S ol!... ¡Se hincha!... ¡Va apagándose!...”
Dentro del novimundo fueron las peripe­
cias de otra índole. El Sol, que, saliendo
para él en el Pacífico a su hora de las Seis
D e l O céan o a V enus

5

VIAJES PLANETARIOS en EL SIGLO XXII

60

cusiones y aun peleas, en medio de las
les cayó como una bomba, voceada ¿or^'
propio clamófono, la siguiente noticia- 6*
“ Se previene al pasaje que en menos
un cuarto de hora llegará el Autoplanetoid
sobre Zaragoza antes de abandonar definir6
vamente las proximidades de la Tierra”
— ¡Zaragoza!
— ¡¡Zaragoza!!
— ¡ ¡¡Zaragoza!!!
— ¡En. cinco horas del Pacífico al Ebro1
— ¡Desde los mahoríes a los baturros!
— ¡Y venciendo con el aviestelar la fuerza
opuesta de la rotación de la Tierra!...
— ¡Sacándole ocho horas largas de ventaja
al mismísimo S ol!...
— ¡Viva la Capitana!...
— ¡V iv a !.. ¡Vivaaaaa!...
Respondió todo el mundo.
Como la submarina expedición recreativa
— ¡Visca Pepeta, visca la Coronilla!...
de la víspera habla finalizado entre gallos
Y no respondió nadie, pues ninguno, a no
y media noche, la mayoría del pasaje no lle­
vaba sino unas cuatro horas de Sueño cuan­ ser los amigos del buen Ripoll y de la Capi­
do el autoestelar abandonó por el aire las tana, sabía allí que María Pepa era Pepeta,
ni apenas nadie entre la abigarrada multi­
aguas; y no habiendo anunciado la Capitana
plicidad de nacionalidades, poco versados en
la partida sino al personal indispensable pa­
la historia de la España medioeval, tenía
ra la maniobra, sólo éste se hallaba en pie
en Noviópolis cuando se produjeron las ci­ noticias de aquella Coronilla, gloriosa por
tadas e insólitas perturbaciones solares, que los hechos de aragoneses y catalanes de los
heroicos tiempos de la Reconquista, por las
a los poco versados en ciencias astronómicas
mediterráneas naos que a Sicilia y a Oriente
hicieron creer, como a los zelandeses, in­
habían llevado a los Roger, ni sabía palabra
dios, árabes y egipcios, que el Sol andaba
de los Berengueres, ni siquiera de Doña Pe­
descompuesto.
El resto de loS viajeros, acostados muy cer­ tronila, a quien conoce en Cataluña cual­
ca de las tres, se levantaron quién a las nue­ quier chico de la escuela.
ve, quién a las diez, quién a las once de la
De lo que vieron aquella noche los zara­
mañana, por los relojes, y todos asombrados gozanos, de su sorpresa y júbilo, con la vi­
de hallarse en plena noche. Unos pensaban
sita, inesperada ya, de su paisana, nada se
haber empalmado de un tirón, en un sueño,
dice ahora, pues todo fué ya dicho. De lo
las doce horas del día con las de la madru­ ocurrido simultáneamente dentro del Autogada; otros creían estar sumidos en las planetoide bastará consignar que, conforme
sombras de un eclipse solar: error desvane­ telegrafiaba la Capitana a los zaragozanos
cido in continenti por los astrónomos, di­ con rayas y puntos del telegráfico alfabeto
ciendo que ho estando anunciado para tal Morse hechas con luz y sombras de su cen­
fecha tal suceso, aquello no era eclipse, por tral eléctrica, voceaba el clamófono el texto
ser inadmisible que desobedeciera el Sol a del telegrama transmitido; y al llegar a la
los observatorios, que son los encargados de frase “ en este instante partimos para Veanunciarlos todos, y de dar el permiso para nus” , ya no pudo oírse más, porque más recio
esos siderales acontecimientos.
que el gritar de la bocina resonaba en No­
Y no había duda: la hora verdadera del viópolis el entusiasmo de sus habitantes al
Autoplanetoide era la que marcaban los re
oír que María Pepa los llevaba a la poética
ojes de los pasajeros, no la conjeturada pol­ estrella vespertina y matutina; pues aun­
la informal conducta del padre de la luz de que los astrónomos de remotas edades cre­
cuya ausencia no se cuidó el clamóte™ al yeron que Lucifer y Vesper (1) eran dos
llamar al publico al gaseoso lunch del cS
medor químico del señor Chu-Fo, en el m t
(1) Venus fn<í conocido por los asirlos con el

menos tres minutos de la madrugada, de­
biera haberse ocultado a los novmundmnos
a las seis y veintiuno oe la tard . s P
parn ellos a las ¡siete y doce de la mafiana.
Es decir, que en vez de disfrutar de casi doce
horas y media de luz, no les duro la ae su 1
de septiembre sino unos cinco cuartos de
hora. Con otra inusitada particularidad,
pues en vez de ponerse por el oeste, según
inveterada costumbre suya, subió, cual siem­
pre, por el Este desde el amanecer hasta
las seis y treinta en que zarpó el orbimotor,
retrocediendo, desde dicha hora, por el mis­
mo lado por donde había subido, hasta hun­
dirse de nuevo en el océano por oriente,
cual si se arrepintiera de dar luz a aquel día.

dos11relojes.“ 0 *

£

Entre soplos, inhalaciones y pulverizan
nes nutritivas era el ta, comedor una b S
de opuestos comentarios, de conjeturas“

nombre de Ishtar; y con el de Quetzalcoatl por
los mejicanos anteriores al tiempo de Cortés.
Es la que Homero llaraO Phospborus, la Mazaroth del Libro de Job, Vesper, Hesperus y Estre­
lla del Pastor de los griegos. Pitíigoras fué quien
primero identificó como una sola estrella la ma­
tutina y la vespertina.

DEL

O C EA N (l A V E N U S

astros diferentes, nunca visibles a la par,
otros más avisados averiguaron hace siglos
ao ser dos, sino uno, al cual llamaron Venus,
La ovación a Maria Pepa... Véase el ca­
pitulo De los Andes al Cielo, donde se des­
cribió la que en Trujillo le tributaron, todas
las naciones, cuando estuvo encerrada en el
proyecfocopio, y con ello ahorraremos tinta,
papel, tiempo y repeticiones; pues la de en­
tonces y la de ahora se parecieron mucho.
Y aun siendo más ensordecedor el griterío
en ésta, al resonar en el cerrado orbimotor,
le fué más grata a la aclamada, por expre­
sar afecto y confianza de quienes debían ser
sus auxiliares en la magna odisea que em­
pezaba.
Lo que faltó en ella fué el solemne besa­
manos de las doce Marías Pepas de los te­
lones de Trujillo; pero en cambio no pudo,
la única que iba en el Autoplanetoide, subs­
traer su persona a muchos centenares de
abrazos con que la estrujó el pueblo enloque­
cido, después de. estrujarse él, pues todos se
esforzaban para ser los primeros y en cuan­
to a ella llegaban no se satisfacían con un
abrazo solo.
Y no en imagen, como los besos en las fin­
gidas manos de los telones del Instituto Pla­
netario de la ciudad extremeña, sino reales,
positivos y apretados.
— ;Qué lástima no haber estado allí!...
*

*

*

En cuanto la Capitana pudo zafarse del
montón de abrazantes, que cual marea cre­
ciente subían hasta inundar el puente, y de
él bajaban, relamiédose, al expulsarlos otras
oleadas que detrás venían, echó mano a la
bocina del teléfono de mando dando la si­
guiente orden:
“Excitación progresiva durante dos minu­
tos hasta alcanzar la media en las cargas
ecuatoriales V, VI y VII, pero cuidando no
llegar a fuerte excitación.”
Ejecutada la orden, salió el aviplaneta en
dirección horizontal, escapando por la tangen­
te a la atracción terrestre; pues habiendo la
Capitana de menester muy mucho el cinetorio de las cargas australes, cuando cayera
en Venus no quería emplear éstas, sino cuan­
do la lejanía del mundo de donde se alejaba
hubiera disminuido el peso de su orbimotor
en términos de ser ya más soportable el gas­
to de radi o cinetori-actividad, exigido por
la continuación de la subida. En plata, que
se alejaba el planetoide de nuestro orbe sub­
lunar no como globo que se eleva, Sino cual
proyectil que después de salido del cañón
no perdiera la fuerza de impulsión, y que,

67

en vez de caer, fuera subiendo, siempre en
ascendente trayectoria— o empleando com­
paración más propia, pues no volaba en linea
recta— como escapa la peicta que al extremo
de una cuerda volteamos con la mano, cuan­
do aflojando ésta y aumentando de longitud
la cuerda, va describiendo la pelota giros
más amplios cada vez, en forma de espiral,
a distancias progresivamente crecientes de
la mano.
Pero el rumbo que del Pacífico trajera se
había invertido ahora, dirigiéndose a orien­
te: no luchando en su marcha, como antes,
contra la fuerza de rotación terrestre, sino
volando a favor de ella, aun cuando mucho
más de prisa, a razón de 10 kilómetros por
segundo. Y eso porque además de la grave­
dad contrarrestaba y dominaba al avanzar
la resistencia del aire (1).
Claro es que el Autoplanetoide podía ir
más de prisa; muchísimo más, en seguida
va a verse; pero no era prudente por lo
pronto imprimirle más rápida carrera, pues
es sabido que los bólidos, que corriendo a ra­
zón de 75 a 100 kilómetros por segundo lle­
gan a las altas regiones de la atmósfera en
donde aquél bogaba, se incendian con el ca­
lor desarrollado por el tremendo rozamiento,
producido por tal velocidad, entre la masa
de ellos y el aire que atraviesan: aun siendo
éste extraordinariamente tenue a esas altu­
ras. El fuego así encendido en la ignición de
dichos bólidos traza en el cielo las fugaces
ráfagas de luz conocidas con el nombre de
estrellas errantes.
Para evitar, por tanto, que el Autoplane­
toide se incendiara por fricción excesiva, y
pereciera, como dichos meteoros, por exage­
raciones de su marcha, lo mantenía la Ca­
pitana, mientras no franqueara los limites
de la atmósfera (2) en la de 10 kilómetros
al segundo, muy pequeña para un autoestelar.
Mas como caminaba entonces, no huyendo
(1) SI hubiera desarrollado en el primer mo­
mento la de 11,25 kilómetros, habría salido dis­
parado a los espacios en linea recta, pues esta
velocidad es la que dicen los balísticos sería
precisa dar a una granada en la boca del cañón
para que, venciendo la fuerza de la gravedad, sa­
liera de la Tierra.
.
(2) Tales límites, obtenidos por la observación
de la luz crepuscular, que es la que recibimos de
esas últimas partículas de aire, que el Sol ilumi­
na cuando ya no es para nosotros visible; por la
de las auroras boreales, y sobre todo por la de las
estrellas errantes, parecen estar a distancia de
unos 130 a 200 kilómetros de la superficie de la
Tierra. Sin embargo, recientes observaciones de
diversos sabios comienzan a hacer ereer que acaso
llegue a los 500 kflómetros el espesor de nuestra
atmósfera. En lugar adecuado se volverá a ha­
blar de esto.

VIAJES PLANETARIOS en EL SIGLO XXII

6g

al Sol, sino corriendo a él, y mucho más de
prisa que antes se alejara, fué consecuencia
de ello que, saliendo a las once de Zaragoza,
amaneciera para el orbimotor a las once y
diez y siete minutos de dicha población.
Mas recordando que los relojes seguían
arreglados en el avisidéreo a la hora del
Pacífico, nadie extrañará que día y noche
se repartieran en el extravagante novimundiano día 16 de septiembre del siguiente
modo: desde media noche a Seis y treinta
de la mañana, noche cerrada; de seis y trein­
ta a siete a doce de la mañana, día claro;
desde las siete y doce de la mañana a las
una y veinte de la tarde, noche otra vez, y
a esta última hora, nueva salida del Sol, orto
de un día en que la luz no iba a acabarse
cotidianamente (1) para los expedicionarios
con la llegada de las periódicas noches te­
rrestres; porque aquel astro, que ya era pa­
ra ellos su único mundo, entraba en los es­
pacios estelares, donde jamás muere la luz,
sino cuando la ocultan las obscuras tierras;
porque María Pepa había hecho un mundo,
no de tierra ni opaco, sino de diáfano cris­
tal, donde la luz no se apagaba, para el que
siempre sería día, sin posible ocaso, sino
cuando otros astros, menos límpidos que él,
le ocultaran el Sol.

A la una y veinte de la tarde de aquel 16
de septiembre salió el sol del primer día del
Autoplanetoide— ahora sí que era auto y
planetoide y motoastro con sidérea vida in­
dependiente, suya, autónoma. Día que iba a
durar hasta el 31 de diciembre, o sea dos
mil quinientas veinte horas de luz solar no
interrumpida, en el transcurso de las cuales
no solamente no dejarían los viajeros de ver
el Sol, sino que siempre lo tendrían en me­
dio de su cielo: sin subir, ni bajar, solem­
nemente quieto; pues la inventora no ha­
bía querido, e hizo bien, dotar a su mundículo de movimiento rotatorio. ¿Para qué?
Adviértase que, por razones que ahora ca­
llo, por no entrar prematuramente en más
embrollos, no se ha dicho en lo alto de los
cielos, sobre sus- Cabezas, ni en lo hondo de
ellos, a stis pies, sino tan sólo en medio de
los cielos. Ya se verá el por qué.
Verdad que aquellas dos mil quinientas
veinte horas de día fueron también, y al
mismo tiempo, horas de noche: existencia
conjunta de tinieblas y luz que, aun pare­
ciendo paradoja, fué realidad para el orbi­
motor en las inmensidades estelares en tanto
se mantuvo alejado de otros mundos.

XV
LOS

PRISIONEROS

Tacho la frase comenzada ya para expli­
car cómo ser pueden simultáneos día y no­
che en las inmensidades siderales, o, mejor
dicho, cómo allí faltan esos jalones con que
aquí marcamos la carrera del tiempo. La ta­
cho porque mademoiselle Thellis, a cuyo lado
escribo, se burla de mi falta de malicia para
contar la interesante historia que me relata
ella, diciéndome que más que explicaciones
de física astronómica, urgen ahora noticias
del matrimonio Sam-Fairelo, preso en su casa
desde hace cuatro días.
Replicóle que la ciencia y el paisaje son
lo primero que interesa en expediciones e
historias científicas; contéstame que desde
Zaragoza a Venus no han de faltarme ratos
para hablar de una y otro, y que, en último
extremo, de faltarme tiempo en esta trave­
sía para hablar de ellos, sobrado lo tendré
para explicar cuanto me venga en gana en
(1)

Cotldianair.fate ca

la Tierra.

el camino, muchísimo más largo, de Venus
a Saturno.
— ¡A h !... ¿Vamos luego a ir de Venus a
Saturno?
—Yo no aseguro nada. Eso lo sabe María
Pepa; mas, vayamos o no, cosa para la que
es preciso explorar la opinión de los lecto­
res, digo de los viajeros del Autoplanetoide,
es indudable que lo que ya no admite aplaza­
miento es la visita al pabellón A.
—Pues allá vamos. Ya está tachado lo que
empecé a escribir.
—No, hombre; guárdelo, por si acaso, para
sazón más oportuna.
*

*

*

Los cuatro días de común cautiverio, que
en otros tiempos habrían sido oasis, donde el
roclo suave de aquella soledad de dos en
compañía fuera grato frescor a ios ardores de
la mutua pasión de Alvaro y Sara, no trans­
currieron breves para ellos, ni fueron dul­
ces, como dijo María Pepa al arrestarlos.

DEL

OCEANO

Para la prisionera era evidente que la
Capitana amaba a Alvaro. Ciertos presenti­
mientos, nacidos de extrañas distracciones y
silencios de él, anomalías de su conducta, y
el cohibido aspecto que tomaba cuando veía
a María Pepa, o sus exageradas brusqueda­
des en cuanto hablaba de ella, habían ya va­
rias veces alarmado! a Sara; mas lo impre­
ciso de tales presentimientos, su confianza,
cimentada en largos años de vehemente pa­
sión, confundida por ella con sólido y dura­
dero amor de su marido laico, y, sobre todo,
el propio orgullo, la hifcieron desechar la
idea de que mujer alguna pudiera arrebatar­
le el corazón de Alvaro. Convencida de que
era dueña, por talento y carácter, de la hasta
entonces débil voluntad de Alvaro; reina,
por su belleza, de los sentidos de su esposo,
y en su vehemencia pasional, hoguera donde
ardía la pasión de un hombre apasionado en
cuya lumbre sintió a veces escozor de que­
madura, no se había dado cuenta de que, no
obstante ser realmente dueña, reina y ti­
rana de voluntad y sehtides, no era señora
del corazón, que aunque engañado sobre sus
más hondos sentimientos, estaba libre aún;
pues Sara no había entrado, no había sabido
entrar, no podría nunca entrar en. él, por
faltar en el suyo impulsos que movieran la
atávica nobleza, según en burla decía ella, ni
despertaran los tranquilos afectos aun dor­
midos en el del inocente que, con la misma
candidez que días antes creía aborrecer a la
mujer de quien estaba enamorado, llevaba
años de confundir deseos primero, orgullo
satisfecho y gratitud, después, de ser por
Sara amado con verdadero amor.
Pero el tiempo pasó; se aplacó el fuego de
una pasión cuyos deseos se aquietaban, y
entre destellos de la belleza olímpica de
diosa, que años y años le tuvieron deslum­
brado, comenzó a columbrar en la mujer
fealdades del alma, que no quería ver, pues
la fascinación pasada Se esforzaba en ne­
garlas.
V en esto llegó la otra, la orgullosa espa­
ñola, la enemiga de Sara, la traidora culpa­
ble del crimen de Challa o, como la llamaba
ésta. V a despecho de razón, juicios y he­
chos, torcidos unos por sugestión, fraguados
otros por envidiosa odiosidad de Sara a Ma­
ría Pepa, la traidora, la infame, la orgullo­
sa, se le metía dentro, dentro del corazón,
a Alvaro.
Los cuatro días de encierro fueron para
él un largo examen de conciencia, en el que
terminó por confesarse que ya en Trujillo
le turbó María Pepa cuando la vió por vez
primera; que alía en Maipo Sintió al sal­
varla júbilo muchísimo mayor del que hu­

A VENUS

69

biera sentido de salvar a un minero; que al
arrostrar la muerte por salvarla supo que
por ella la arriesgaba, no obstante haber
mentido a Sara al referirla el lance. Confe­
sóse además que siempre que después la ha­
bía visto, y en las continuas ocasiones que
su recuerdo le turbaba, había tratado de en­
gañarse, procurando abrumar su alboreante
sentimiento bajo el peso de infundadas e in­
justas prevenciones externas, esforzándose
en crear un fingido y artificioso odio que an­
tes de caer sobre el amor naciente era aven­
tado por atracción incontrastable.
Y, sin embargo, debía resistirla, pues si el
amor a Sara se iba desvaneciendo, aún se­
guía en pie, aunque atenuado y tambalean­
te, el prestigio de él; porque si indicios y
sospechas habían ya comenzado a socavar,
en el ánimo de Alvaro, la antigua estima­
ción y la fe ciega d i pasados tiempos, juz­
gábalos injustos, por no apoyarse en hecho
alguno, creyéndolos nacidos de su amor a
la otra. Por eso mismo desconfiaba de ellos,
mirándolos cual nueva y más odiosa ofensa
que el egoísmo de un nuevo amor infería a
su mujer, queriendo disculpar propias trai­
ciones.

'
Ella, que, alumbrada por su odio, había
penetrado en lo profundo del corazón de
María Pepa con perspicaz clarividencia, no
tenía el suficiente amor para alumbrar el
corazón de Alvafo con luz que disipara opa­
cidades que la impedían registrarlo como el
de su enemiga; sabiendo únicamente que ya
no hallaba en él las transparencias de otras
veces. Y aquella opacidad no le dejaba ver
cuán cercano estaba Alvaro de escapar al
hechizo y romper la cadena con que ella lo
tenía esclavizado.
— Me lo quiere quitar— decía, atribuyendo
a María Pepa propósito que en ésta no era
sino renunciación de tal deseo, bien refre­
nado por su voluntad— . Me lo quiere qui­
tar— repetía convencida, sin dudas ni vaci­
laciones— . Pero él... ¿El?... El no es el mis­
mo... ¿Será que ya ro me ame?... ¿Será que
la ame a ella?... No, protestaba su confianza
en el dominio años y años ejercido sobre su
esposo; no, protestaba su satánico orgullo...
Y, sin embargo, aquél ya no era el Alvaro de
siempre; se la escapaba; no era su Alvaro...
— ¿Será— sugería la conciencia, recordán­
dole su tortuosa y malvada conducta— que
recele algo de cuanto yo he hecho o le he
hecho hacer a él?... ¿Lo sospechará ella?...
¿Se lo habrá insinuado?... ¿Será verdad, y
completo, el relato que Alvaro acaba de ha­
cerme de lo ocurrido en la Comandancia
antes de mi llegada?... ¿Me habrá acusado

VIAJES PLANETARIOS

EN EL SIGLO XXII

la idea de ser abandonada, la sublevaba ser
esa mujer?..1. ¿Y cómo y con qué pruebas
pospuesta a otra; y al pensar que esa otrafuera María Pepa, henchíasele el pecho con
P°Yrporhc n c i L de estos recelos y Preocupa_ iracundo frenesí, cual si a estallarle fuera
clones, turbábala, no, la exasperaba con
con explosión de rabioso odio.
tremenda violencia, la posibilidad de que
En tal estado estaban cuando, al cum­
llegara a hecho la idea que únicamente a plirse los cinco días de su arresto, les comu­
solas formularon sus labios con la frase
nicó Santiago que, habiendo recibido orden
“ ¡Ella quitarme mi Alvaro!".
de retirar la guardia, iba inmediatamente
Y sus labios temblaban; y en lugar de
a obedecerla, dejándolos, por tanto, en li­
anublarle los ojos el dolor de la pérdida de
bertad.
él abrillantábalos el odio a ella; y al pro­
— Esa señora ha cumplido su palabra—
nunciar la anterior frase dolía el ella como
dijo Sara volviénd -se a Alvaro, sin poder
no dolía el Alvaro.
reprimirse, y con voz estremecida por el
_No, no; todo antes que esto: todo, to­
aborrecimiento. Y como ya hacía tiempo que
do... Tal vez tenia razón el bruto de Fouciño cuando pensaba en puñaladas, y acaso se daba cuenta, en lo insignificante del peso
fuera todavía fácil encontrar en el Dick de de su cuerpo, de la siibida del Autoplanetoide a muy considerable altura, agregó:— Nos
hoy al Fouciño de ayer.
Respecto a María Pepa no tenía duda al­ levanta el arresto preventivo que a su arbi­
guna, mas tan pronto convertía el pensa­ trariedad debemos cuando no nos sirve para
miento de ella a Alvaro bajaban a sospe­ nada la libertad, porque ya estamos en sus
chas las certezas de Sara, a Inquieto titu­ dominios, y a merced de vejaciones y atro­
beo la firmeza de su convencimiento, y a va­ pellos. ¡Qué generosidad!
Y Alvaro, no atreviéndose a contestar, co­
cilante indecisión los resueltos propósitos.
Y ciertos Sara y Alvaro de su mutua des­ mo hubiera deseado, no supo responder
confianza, sin querer demostrarla, procu­ sino:
— Lo que yo no me explico es la causa
rando ocultar cuanto,sentían y pensaban; y
ansiosos uno y otro de adivinarse ideas y del arresto.
— Pues estamos iguales.
sentimientos, de vigilar sin ser espiados,
Y ambos callaron multitud de preguntas
esforzábanse ambos en aparentar ingenuas
actitudes, sin lograr engañarse del todo: y y de comentarios que les hormigueaban en
todavía menos convencerse de no estar en­ la punta de la lengua, cual les habían es­
tado hormigueando durante cinco días, sin
gañados.
Tales estados de ánimo en personas antes conseguir salir afuera; pues lo caracterís­
ligadas por absoluta confianza, substituida tico de sus conversaciones mi, ntras duró el
ahora con mentida espontaneidad que sólo arresto fué que ni uno ni otro se atrevieron
era careta de receloso disimulo, determina­ a hablar de lo más interesante, de lo que ha­
ban situación entre los cónyuges que aun bría sido natural hablaran; ni a preguntar
mantenida por corto tiempo habría sido pe­ ninguno cuanto ambos ansiaban saber, cuan,
nosísima. No es de extrañar que, prolonga­ to querían averiguar de indirecta manera,
da días y días, cada uno que pasaba parecie­ y no lo preguntaban por temor de no saber
ra más largo a los prisioneros.
ocultar el secreto propio al querer descu­
Y no acertando ni él ni ella a velar por brir el ajeno.
completo el sentir propio, ni a penetrar del
Entre las cosas de que ambos deseaban
todo en el sentir del otro, sólo alcanzaron enterarse, y que el mutuo miedo que se te­
el convencimiento de que sin posibilidad de nían no les dejó aclarar, merece especial
aquilatar las causas de ello, la hipócrita mención el deseo de Sara de indagar si Al­
apariencia de cortesía y frío afecto con que varo le había ocultado algo de lo ocurrido
se disfrazaban todavía, no bastaba a ocul­ en la Comandancia antes de llegar ella, para
tarles la realidad de que entre ellos surgía lo cual bastábale cotejar su relato con la fo­
algo que los separaba: y tanto más cuanto tografía fonográmica de él impresa en la
más tiempo transcurriera en la constante película del cajonito de debajo del espejo.
intimidad del común encierro.
Pero en aquellos días de encierro y de re­
Mas con la diferencia de que la idea de celos, había pensado que mientras Alvaro
un voluntario alejamiento de Sara le dolía estuviera a su lado t da precaución sería
a Alvaro, como remordimiento de la infamia poca para no darle indicio ni levantar sos­
que creía cometer cediendo a su deseo de pecha de las hazañas que, ella a conciencia
apartarse de ella, mientras que a Sara, no y a ciegas él, hablan realizado; y por ello no
atormentándola la imagen de la separación se atrevió a arrostrar el riesgo de ser sor­
determinada por su voluntad, la indignaba prendida consultando el aparato. sobr° cuy£¡

DEL

OCEANO

instalación y finalidad le habría sido difícil
dar satisfactoria expxicacón.
Alvaro, por su parte, tenia vivo interés de
averiguar qué papel había desempeñado su
asistente en el m otín popular, única acusa­
ción positiva, aunque p a ra él gratu ita, que
había entendido en la indignada perorata
de Ripoll; pues los ponderados crím enes de
las cargas y la bola le sonaron a griego, co­
mo ignorante de ellos. De aquí su deseo de
hablar con el criado, lo cual no pudo hacer
por haber estado su asistente preso tam bién
aquellos cinco días en la Comandancia, y a
qx'-ien al ver volver en libertad no se atrevió
a in terro g ar en presencia de Sara, pues re ­
celaba ya que ella estuviera mezclada en la
divulgación de los rum ores alarm antes que
movieron el motín.
Y como S ara y A lvaro querían, cada uno
por su lado, realizar algo para lo que el otro
le estorbaba, a los dos les fué fácil hacer lo
que querían, pues su común preocupación
era perderse de vista cuanto antes.
Así, pues, Alvaro salió en seguida a la
calle, diciendo que iba a dar una vuelta
p ara ver lo que pudiera verse ya del univer­
so desde el orbim otor; pero antes llamó al
recién llegado asistente, encargándole, en
presencia de Sara, que fuera inm ediatam en
te al refectorio del señor Cuu-Fo para avisar
que no era preciso continuaran trayendo a
domicilio las inyecciones hipodérm icas;
pues desde la com ida de la tard e iría n los
señores Sam -Fairelo a comer al restaurant.
Y se salió en seguida.
T an pronto pasó un rato, corrió ella al es­
condrijo telegráfico, y encerrándose en su
dorm itorio, se dispuso a darse un buen a tra ­
cón de películas; p'ues allí la aguardaban
cuantas d urante cinco días habían sido im ­
presionadas con todo lo dicho en el despa­
cho de la Comandancia, y, adem ás de esto,
abundantes noticias por Dick comunicadas.
Mas por entonces no las leyó todas, pues el
consultar la que ñiás le interesaba y llegar
al trozo donde se hallaba registrado el apóstrofe de Ripoll acusando a Fairelo de haber
utilizado a su asistente p ara am otinar al
pueblo, exclamó:

71

A VENUS

— ¡A h!... H as querido engañarme. Adonde
vas ahora no es a m ira r al cielo, sino a son­
sacar a ese hom bre a su salida del restau­
rant. P a ra h ablar con él fuera de casa, donde
yo no me entere, lo has enviado allá. Descon­
fías de mí y crees estar a punto de descu­
brirm e, pero eres demasiado cándido p ara
engañarme.
Salió en seguida de su alcoba, llamó a Ketty y la previno que si alguien, Juera quien
fueret le p reg u n tara por quién sabia las no­
ticias de las averias en el Autoplanetoide, de
las que hizo conversación la tard e del mo­
tín con los asistentes, contestara que las ha­
bía oído en el balconcillo popular donde todo
el mundo hablaba de ro tu ras de máquinas,
de accidentes en la hélice y en el tim ón, y
que ya estaba la gente am otinada cuando
habló de ello con los asistentes.
La realidad era m uy otra, porque el ori­
gen del rum or fué K etty, por orden de su
ama, y los prim eros en propalarlo los ser­
vidores del m atrim onio.
Cual sospechaba Sara, se hizo Alvaro el
encontradizo con el fámulo al salir éste de
1a oficina alim enticia de Chu-Fo, y hablan­
do del arresto, le sacó ser verdad que él ha­
bía alborotado nada m ás que un poquito al
pueblo, pues le había asustado mucho la
ro tu ra que K etty dijo ten ia el orbim otor. y
creyó que si no bajaban pronto se estrella­
rían todos.
—¿Y K etty, por dónde lo sabía?
—No sé, señor.
Repugnándole a A lvaro descender a in­
terro g ar personalm ente a la doncella de sn
esposa, contestó:
—Pues es preciso que me averigües quién
se lo dijo a ella. Pero con disim ulo y sin que
se trasluzca que yo te he hablado de esto.
S ara volvía en aquel in stan te a sus pelícu­
las, que le iban a contar interesantes cosas.
E n tanto Alvaro se dirigía al balconcillo,
desde el cual vió de los cielos mucho menos
que los demás sabios que allí se hallaban,
por ser p ara él de superior actualidad, y ma­
yor interés que las exploraciones astronóm i­
cas las personales y ajenas exploraciones
hum anas que lo tenían entonces preocupado.


i

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

72

XVI
.

LOS

CAMINOS

“NI es cielo ni es azul” , dijo un célebre
poeta hablando del celeste dosel de campos
y de mares. Y tenía razón, y bien lo vieron
los que viajaban en el orbimotor al salir éste
de la atmósfera, que, a modo de cristal co­
loreado, tiñe de azul el firmamento, que
vemos siempre a través de ella.
Mas quien, saliendo de la atmósfera, qui­
ta el cristal que se interpone entre el cielo y
sus ojos, ya no verá en el cielo sino sombra
y ]uz: no sombra o luz como nosotros, sino
sombra y luz al mismo tiempo. Pero no luz
difusa, o ambiente, cual la que aquí en el
mundo alumbra los objetos situados en lu­
gares donde no llegan rayos directos de sol,
estrella o lámpara; no claridad cual la flo­
tante en los espacios donde no hay nada, o
mejor dicho, donde sin ver nosotros nada
hay aire o gases, alumbrados por ella, y
cuyas partículas sólo percibimos por ser en­
tonces luz, aire o gases: es decir, cuerpos
tan reales, tan materiales como las flores,
las piedras, los espejos, como el cristal, que
en cierto modo nos parece invisible también:
sin otra diferencia respecto a éstos que te­
ner mucho más alejadas unas de otras las
moléculas de que están formados, y sacu­
didas con movimientos muchísimo más rá­
pidos que los que los que animan a las de
líquidos y sólidos.
Cuando en la calle paso de la acera del
sol a la de la sombra, dejan de alumbrarme
los rayos directos de aquel astro, que son
detenidos por los edificios entre él y yo in­
terpuestos, y no me quedo a obscuras por
alumbrarme la luz reflejada en infinitas di­
recciones por las casas de la acera frontera;
y si ésta falta, por las nubes y el aire cir­
cundante. Veo los objetos que la pared deja
en la sombra porque los ilumina esa misma
claridad, que llamamos luz difusa.
Pero tan pronto como el Autoplanetoide
dejó de estar envuelto por el aire, y los que
en él viajaban dirigieron las miradas al cie­
lo—que ya no estaba arriba, sino arriba, y
al frente, y a la espalda, a la derecha, y a
la izquierda, y por debajo de los pies—, ya
no vieron el cielo azul, sino negro, porque en­

DE

VENUS

tre el cielo y ellos no había aire, no habla
nada (1).
Veíanse, pues, todos los astros desde el
autoestelar; y con mayor brillantez, preci­
sión y claridad que nosotros los vemos, por­
que la luz de ellos no había de atravesar
hasta llegar a los ojos de los viajeros del
espacio los centenares de kilómetros del aire
de una atmósfera que, aun siendo transpa­
rente, absorbe, de igual modo que el más
límpido cristal, parte no escasa de la luz
que la atraviesa.
Así, lucían soles y orbes para el novimundo con brillo que jamás contemplamos los
humanos, y eran además vistas simultánea­
mente desde el orbimotor las estrellas del
hemisferio norte, no visibles aquí para el
Sur de la Tierra, y las del hemisferio aus­
tral celeste, que no se muestran nunca a
quienes viven en el boreal de ella; con lo
cual Sol, Estrellas, Tierra y Luna brillaban
a la vez en el día sin ocaso del universo
donde volaba el Autoplanetoide.
Día siempre, por no haber montes tras los
que se ocultara para el orbimotor, ni mares
donde se hundiera el Sol: día*en cuyos res­
plandores brillaban, sin centelleos. las es(1) No la Nada Absoluta de un vacío mentiro­
so, ficción por la ignorancia creada, sino el Eter,
jue es la nada relativa de una esencia que, por in­
concebiblemente inmensa, no puede ser percibida
por la diminuta humanidad.
En los lugares donde estaban el Sol y las esrllas, manantiales de luz, veían los ojos astrossoles ; donde había un planeta o un satélite, sin
luz propia, pero tocado por- los rayos de sol o
estrellas, hacíanse visibles los astros-mundos en
forma, resplandor y aparente tamaño, gracias a
que al orbimotor llegaban aquellos mismos rayos
de los astros-luz después de reflejados en los or­
bes opacos.
Veíanse, pues, todas las cosas que la vista al­
canzaba en el Universo. Mas como en él no hay
más que astros-soles y astros-mundos, con propia
luz^ los unos, con luz prestada otros, los orbimotorianos no podían ver la claridad sino en los cuer­
pos donde nace y en los cuerpos que toca ; porque
la que a raudales fluye de los soles no es visible
ru sus caminos de unos a otros como no lo es
la de una lámpara en tanto no tropieza, en su
carrera, con algo que alumbrar y en que encen­
derse : sea este algo mundo, objeto, partículas de
aire u ojo humano; porque mientras la luz no
choca contra nada es solamente movimiento vibra­
torio, eslabón que se mueve sin dar chispas en tan­
to no tropieza con la piedra.

DEL

OCEANO

trellas; pues si en el mundo no las vemos
cuando campea en el cielo el Sol, no es por­
que las oculten rayos de él, sino porque en-'
tre la luz de éstos en todas direcciones re­
flejada por objetos terrestres y átomos de
aire que iluminan, se ahoga la luz, mucho
menos potente, de estrellas y planetas: sien­
do la de la Luna la única que en días no
muy claros, o en la proximidad de los cre­
púsculos resplandece, por venir de más cer­
ca, ser más fuerte y brillar en cuerpo apa­
rentemente mayor que las estrellas. Y lo
propio acontece en raras ocasiones con el
planeta Venus, principal personaje de esta
historia: principal, claro es, después de Ma­
ría Pepa.
De no haber aire en torno de la Tierra,
noche y día veríamos las estrellas. Pero no
habiéndolo, no seria el cielo azul, sino ne­
gro, completamente negro, como lo vieron
desde el Autoplanetoide tan pronto salid
éste de la atmósfera, quedando rodeado por
la inmensa oquedad de inmensa esfera ne­
gra, agujereada por un disco dorado, el Sol;
otro de deslumbrante plata, grande, muy
grande, colosal, la Tierra, igual a ¡cinco so­
les en anchura, o veinticinco en extensión!,
que era la luna número uno del novimundo;
pues tenia otra—la del mundo viejo— , que
en sus giros en torno de la Tierra presentaba
fases y cuartos al aviestelar, pero de dife­
rente duración que los aquí observados, y
cambiantes tamaños: desde dos tercios has­
ta vez y media los que por acá vemos en el
terrestre satélite.
No es fácil para humanas mentes concebir
la magnificencia soberana del cielo visto por
los novimundianos, al volar circundados por
un firmamento que no acababa en parte al­
guna, estando arriba, abajo, en medio; que a
la vez ofrecía a su contemplación la Estrella
Polar y la Cruz del Sur, Capella, Rigel, Sirio
y Antares y Arcturo.

*

*

*

El primitivo plan de María Pepa—ante­
rior a los repetidos accidentes causados por
la ciencia y el odio de la aviadora yanqui— ,
habríala llevado a Venus en veintitrés días
marchando a razón de 39 kilómetros por se­
gundo, y en sentido opuesto a los de los mo­
vimientos traslatorios de la Tierra y del
planeta de destino alrededor del centro pla­
netario.
Con lo cual, yendo el orbimotor al encuen­
tro de Venus, habríase ahorrado muy cerca

A VENUS

73

del viaje (1) más adelante inserto.
Pero habría sido consecuencia de tal iti­
nerario que el Autoplanetoide lo recorriera
completamente expuesto a la atracción so­
lar, desde que a la partida enfilara el rumbo
al sitio donde debía llegar Venus el 8 de
octubre hasta la llegada a este planeta en
tal fecha y lugar: es decir, volando en con­
diciones que para reducir dicha atracción
en términos de que el novimundo no fuera
araStrado por ella al Sol, habría exigido
contrarrestarla con grandes gastos de cinetorio, que, aun no escaseando, no sobraba
después de los dispendios de las pasadas e
imprevistas aventuras.
Por esto se varió el plan, optando por via­
je más lento y camino más largo, pero más
barato: aprovechando ruta, en el cielo se­
guida, donde para empujar las veinte tone­
ladas del Autoplanetoide no fuera precisa
fuerza mayor que la que un niño puede ha­
cer con un dedo.
Efectivamente, desde el punto que salió
el motoestelar de la Tierra, ésta y el Sol ti­
raban de él en sentidos opuestos con las
atracciones de gravedades antagónicas (2).
Así decreciendo con la mayor altura la
gravedad terrestre, y creciendo simultánea­
mente la solar, pues al Sol se acercaba el
autosidéreo conforme iba subiendo, forzosa­
mente habría de llegarse a posición en don­
de los opuestos tirones se igualaran, deján­
dolo desprovisto de peso, y a los que en él
viajaban sin otro que el de la pesantez taliúrica procedente de la atracción sobre sus
cuerdos ejercida por el lastre del novimun­
do: una menudencia de la que no hay por
qué ocuparse.
Esto ocurrió cuando a distancia de kiló­
metros 262.590 de la ’ Tierra y 149.737.410
(1) La distancia que para llegar el 8 de octu­
bre. prefijada fecha del arribo, tenía que recorrer,
era de 75 millones de kilómetros, mientras que la
que el 15 de septiembre, día de la partida, me­
diaba entre planeta y planenetoide era de 135.
(2) Al elevarse a 100.000 kilómetros sobre el
mundo, y bajar su terrestre peso de 20 millones
de toneladas a unas 81.000, la fuerza que en de­
finitiva tiraba de él hacia abajo no era la de este
peso, sino la« de él disminuida en la de 5.880 to­
neladas de la atracción solar que hacia arriba
tendía a arrastrarlo; es decir, poco mfis de 75.000.
A los 200.000 kilómetros de altura su peso
mundial era sólo de 20.234 toneladas, el solar
5.885 y la fuerza definitiva que hacia abajo tira­
ba de él, la diferencia solamente entre ambos: al­
rededor de unas 14.500.
Parece innecesario advertir quo? estos números
son promedios solamente, pues es sabido que la
distancia entre el Sol y la Tierra varía constan­
temente.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

74

y la demencia. Se comprende la' impresión.
del Sol (1) se alcanzó el punto de gravitaNo fué éste el único, sino uno de los más
torio equilibrio.
notables entre los innumerables accidentes
A medida que el mundo c o m a a lo larg
debidos a aquella evaporación de toneladas
de su órbita, corría con él este punto de anu­
y kilogramos, siendo otro, tan feliz como él,
lación de pesos, siempre situado en la ¿ ecta
al menos para Dick Shaft, que en una pen­
de unión de Tierra y Sol, siendo, por tant ,
dencia entre éste y Pedro, muda naturalmen­
lo esencial de la maniobra de Mana Pepa
te de parte del primero, tempestuosamente
ajustar rapidez y dirección del Autoplaneruidosa del lado del segundo, y en la que éste
toide a las del trashumante punto, para man­
descargó en la cabeza del mulato, con las
tener aquél, si no exactamente coincidente
peores intenciones, una barra de hierro de
con éste, tan cercano a él que la diferencia
un metro de largo y tres centímetros de
no influyera prácticamente en el peso de
grueso, no consiguiera hacerle sangre ni
aparato. Para conseguir esto no podía apar­
contusión: logrando únicamente que se ras­
tarse de la Tierra más de los 270.000 kiló­
cara un poco, con no poco asombro del Iras­
metros que se fijó por límite, con objeto de
cible fogonero.
bordear, libre de la atracción de aquélla, la
Cuando la gente se enteró de que caídas de
zona donde predominaba la solar, equivalen­
centenares de metros no eran para asustar
te allí a unos cuantos gramos: peso que sería
a nadie, y que subir a la carrera quinientos
cordón finísimo, menos aún, tenue hilo de
peldaños de una escala o trepar a pulso dos­
araña, que al Sol sujetaría el orbimotor en
cientos metros de cuerda vertical no produ­
su vuelta alrededor del centro planetario.
cía la menor fatiga, surgieron, en variada
Haciendo deliberada y transitoria renun­
colección, aéreos deportes gravitatorios. Unos
cia de su autonomía, iba a viajar el orbimo­
deportistas subían a grandísimas alturas y
tor como un planeta cualquiera, esclavo,
de allí se arrojaban adoptando actitudes es­
mas sólo al parecer, como todos, hasta el
cultóricas durante la caída. Primero se tira­
critico instante en que pudiera abandonar
ban uno a uno, después en grupos artística­
su voluntaria órbita para caer en Venus,
tan pronto éste, que detrás venía ganándo­ mente combinados, formando cuadros vivos,
les camino al mundo grande y al mundo pe- y de aquí el nombre dado a tal divertimien­
quefiito, llegara lo más cerca que estar po­ to de escultura flotante; siendo lo raro que
los que caían tardaban muchísimo más tiem­
día de ambos en aquella vuelta al Sol. Esto
po en llegar al suelo que el empleado en su­
acaecería el día de Nochebuena.
He aquí por qué se alargó el viaje; he aquí
bir a lo alto.
por qué todo él fué día para los novipolitaEntre los cuadros más notables así repre­
nos; he aquí por qué un obrero que, encara­
sentados fueron aplaudidísimos “La muerte
mado en lo alto de la ecuatorial del señor
de César” , “El robo de las Sabinas” , “ Salo­
Ripoll, limpiaba el objetivo de ella, no se món recibiendo a la reina de Saba”. En este
hizo daño alguno al caerse a la azoté» del
último caían a la vez sesenta y seis perso­
almacén de productos químicos.
najes; el efecto era admirable.
Con estupefacción y espanto de cuantos
Otros se dedicaban al salto en longitud,
lo vieron, y terror propio muchísimo mayor,
brincando sin esfuerzo los 200 metros que
cayó el pobre hombre de aquella enorme al­
separaban la azotea del casino de los bal­
tura de 343 metros sin sufrir heridas, ni
concillos.
fracturas, ni esguinces, ni chichones siquie­
Una señora javanesa, muy respetable por
ra, porque su peso había bajado a no sé cuán­
su ciencia, años, y más aún por sus respeta­
tos, pero muy pocos gramos.
bilísimas carnes, de las que en la Tierra ti­
Y, sin embargo, aunque ileso salló de la
raba a duras penas, sudando y resoplando,
aventura, tuvieron que llevarlo a la enfer­
estába loca de alegría, jugaba al tennis, co­
mería, donde estuvo una semana; pues el
rría el aro, saltaba a la comba, y en ince­
sustazo tremebundo de ir pensando durante
sante actividad usaba y abusaba del movi­
casi cuatro minutos, tal fué la duración de
miento como si hubiera vuelto a los ágiles
la caída, en su inminente despanzurramlenaños de la infancia: con regocijo y algazara
to, le produjo tan terrible perturbación ner­
del numeroso público, que en tales casos ha­
viosa, que lo puso a las puertas de la muerte
cía corro y coreaba los botes de aquella enor­
me masa de carne temblorosa como una ge­
latina.
(1) Kn e! sup lesto de distancia media entre
una y otro de 150 millones. Y como no es exacta
Como no acabaríamos de relatar anoma­
ni constante, aquí de la pericia de la Capitana, de
lías y extravagancias de la gravedad, es tiem­
las observaciones astronómicas de Ripoll, los cálcu­
po ya, aun cuando la materia sea curiosa,
los de Fosmlno y las comprobaciones grravimótricas de TTnupft.
de pasar a otra sin detenernos sino en ur,«

DEL

OCEANO

advertencia cuya omisión no perdonarían los
astrónomos ni los matemáticos versados en
Mecánica Celeste. No asustarse: va a que­
dar despachada en escasos renglones.
Si la Tierra no tuviera satélite, la mani­
obra de mantener al novimundo en la zona
neutra de las gravedades solares y terres­
tres habría sido facilísima; pero ocurría, en
el viaje, que al girar la Luna alrededor del
mundo se acercaba unas veces a la citada
zona y se alejaba otras de ella, variando la
atracción entre la Reina de la Noche y el
Autoplanetoide, o sea el selènico peso de
éste, que, al entrometerse entre sus pesos so­
lar y terrestre, perturbaba en cuantía y di­
rección el definitivo de él, porque ya no eran
dos, sino tres, las cuerdas que tiraban del
mundo de la Capitana.
Esto daba lugar a complicaciones de mar­
cha cuando acercándose la Luna al aviestelar quedaba éste entre ella y la Tierra, cosa
que ocurrió tres veces en el viaje, teniendo
en todas ellas María Pepa que acercarse al
satélite y alejarse del mundo para que la
atracción de ambos sobre el novimundo que­
dara equilibrada (1).

A

75

VENUS

En tales ocasiones gozaban los novimundianos de una Luna, no llena, pero noventa
y seis veces mayor en superficie que la nor­
mal de las terrestres noches. La Tierra, en
cambio, no la velan sino con extensión igual
a la de diez y seis lunas habituales.
Pero Sol, Luna y Tierra lucían a la par.
El espectáculo puede, a lo sumo, imaginarlo
la fantasía; no cabe que la pluma lo describa.
*

*

*

Ya se supone que la narración de cuanto
ocurrió a los doscientos expedicionarios del
autosidéreo en un viaje de casi cuatro me­
ses, con descripción de cuanto vieron en el
universo, requeriría para esta historia pocos
menos, como no fueran más, volúmenes que
tomos tiene la de Mariana, los cuales, se su­
pone también, no leería nadie, y, por tanto,
más vale no llenarlos. Reduciéndolos, pues,
a mucho menor número de capítulos, habla­
remos tan sólo de lo que sea más interesan­
te, extraordinario o curiosamente episódico
en el viaje.

XVII
Y

LAS

LAS PESQUISAS DE ALVARO
MELANCOLIAS DE LA CAPITANA

Al descubrir que había sido Ketty quien
a los asistentes dió la primera noticia de las
averías, cayó Alvaro en la cuenta de haber
ocurrido aquello en ocasión que, recordando
fechas, horas y actitud confiada de ignoran­
tes y sabios, demostraba que ninguno de I03
viajeros del Autoplanetoide tenía todavía
sospecha de ellas, a no ser Sara, que en el
balconcillo y en voz baja se las había comu­
nicado a él mismo, que en esto vió indi­
cio muy suficiente para hacerle sospechar
pudiera ser su esposa la verdadera motora
del motín, la causante de la divulgación de
los rumores donde aquél tomó cuerpo y la
responsable del delito que a él le habían im­
putado.
¿Delito?... ¿Imprudencia?... ¿Ligereza?...
(1) Esto ocurría cuando el orbimotor se ha­
llaba a 39.000 kilómetros de la Luna y 345.000
de la Tierra ; situación en que los opuestos pesos
de él eran ambos de 6.800 toneladas. Siempre que­
de entendido en el supuesto de distancia media
de 384.000 kilómetros entre la Tierra y la Luna.

En la contestación a estas preguntas era
donde la certeza del hecho se convertía j^a
en dudas al sacar consecuencias. Un mes,
unas semanas antes, seguramente habría
Fairelo calificado lo acaecido de irreflexiva
ligereza, explicable porque el temor de su
mujer a una catástrofe la turbara al extre­
mo de no medir las consecuencias de confiar
cosa tan grave a su doncella. Pero como en
los últimos meses y semanas habíanle sor­
prendido en ella novedades antes no sospe.chadas; como veía, cada vez más claro, que
no ya emulación, ni mera antipatía, sino
aversión profunda a María Pepa era el im­
pulso que movía a Sara, si aún vacilaba Al­
varo en formular la afirmación de que a de­
liberado intento de su esposa se debiera la
sublevación de la plebe, era porque no es
fácil desnudar en un instante de perfeccio­
nes a la misma mujer a quien años y años
se ha tenido por dechado de ellas, ni menos
cubrirla de improviso de vicios y de lacras.
Pero si aquello no había sido plan artera

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
76
de para enmendar lo hecho, pues Soledad ya
y fríamente meditado, sino movimiento irre­
había salido a buscar al visitante. Y el arre­
flexivo, ¿por qué cuándo vió que a el lo acu­
pentimiento sólo sirvió para aumentar ia
caban no había hecho nada para sincerarlo.
turbación que la pobre muchacha había sen­
¿Por qué ni a él siquiera se habla confiado
tido al oír nombrar a Alvaro.
en cinco largos dias de encierro?
En los pocos minutos transcurridos hasta
Sin arribar a convincente conclusion en
la
entrada de éste, el corazón hacía esfuer­
tal problema, que no era el único que pre­
ocupaba a Alvaro, distrájose de él con el re­ zos para engañar a la conciencia, diciendo
cuerdo de que no solamente había sido acu­ que la prisa con que el recién llegado pedia
sado de sedicioso, sino que además le acha­ ser recibido acaso fuera indicio de que algo
caban otros hechos que no pudo entender en­ interesante le trajera a visitar, no a María
tre las discusiones de la Capitana y de Ri- Pepa, sino a la Capitana: que por su posi­
poll, a quien impuso ella silencio, cuando ción no podía rehusar audiencia a nadie sin
explícitamente iba a formular imputaciones, fundado motivo.
Y, sin embargo, tan asustada estaba
y no una sola vez; cual si evitar quisiera a
cuando Fairelo entró, que, para no mirarlo,
todo trance que se hablara de ellas.
Recordaba, asimismo, que al ser absuelto aparentó estar consultando unos papeles.
— Señora— dijo él con voz tampoco muy
por María Pepa, la absolución arrancó al ca­
talán protestas, haciéndole gritar que cien segura— , celebraría que esta visita pudiera
absoluciones no bastarían a borrar las prue­ ser para dar a usted gracias por su clemen­
bas fehacientes que “allí estaban” de los crí­ cia, que yo agradecería, si ella no fuera cau­
menes, por Alvaro ignorados, de que le ha­ sa de que mi nombre siga empañado con in­
cía reo. Meditaba en por qué lo habría pues­ justas sospechas.
— No creo... No sé por qué— contestó María
to María Pepa en libertad, sin querer hablar
de tales pruebas: con precipitación, y en for­ Pepa, deseando muchísimo levantar los ojos.
ma que, aun Sabiendo él era justicia y nada Pero no sólo no los levantó, sino que enro­
más, prestábase a ser interpretada cual cle­ jeció de tal manera, y balbuceó con emoción
mencia.
tan expresiva que, olvidando Alvaro la causa
Protestando de recibir por gracia lo que principal de Su visita, y no viendo ya más
en justicia le debían, cien veces se había di­ que la mujer que era imán de su alma, pro­
cho, en los días de Su arresto, que no podían siguió:
quedar las cosas en tal punto, ni resignarse
— Y si aun esa clemencia fuera prueba de
él al papel de indultado por fantásticas cul­ sentimientos en usted, que un hombre como
pas; que era preciso que la Capitana habla­ yo no supone jamás por mero indicio, sin
ra claro; que cara a cara, sin nebulosidades más base que el anhelo de los propios de­
ni misterios, se formularan las acusaciones;
seos...
que ante los ojos le pusieran, para deshacer­
— ¿De qué habla usted?... ¿De la orden
las, las pretendidas pruebas que el viejo loco de levantamiento del arresto que ha sufrido
llamaba fehacientes.
en compañía de su esposa?... La cesación
Habiendo sido esta su idea constante en el de él era cosa prevista para plazo fijo. Ya lo
arresto, es natural que nuevamente le asal­ dije al imponérselo.
tara en medio de sus cavilaciones sobre las
María Pepa habla visto por dónde amena­
reales causas de la algarada popular, y que zaba despeñarse Alvaro; percibiendo tan cer­
aplazando la investigación de aquéllas se di­ cano el peligro que volvió a arrepentirse de
rigiera sin demora a la Comandancia- para haberlo rfecibido; más la violencia misma
aclarar lo otpo, haciendo que pasaran recado
del temor que su propia flaqueza la inspira­
a la Capitana de que el señor Fairelo solici­ ba, de no atajar en Seco la confesión que a
taba audiencia para un asunto inaplazable. Alvaro se le estaba escapando, la sugirió la
Dióle tal vuelco el corazón a María Pepa
idea de darle el serretazo que, aludiendo a
cuando de labios de Soledad oyó la petición
su esposa, lo dejó parado. Felizmente, en la
que su primer impulso fué contestarla con
misma alusión a ésta encontró ella el valor
una negativa: tal miedo le tenía la Capitana
que antes le había faltado para alzar la ca­
al Capitán. Pero entre el miedo hormigueaba
beza y mirarlo de frente.
más suave sentimiento. De otra parte lo
El sintió la lección, tuvo vergüenza de
imprevisto del caso no dejó tiempo a la conhaberla recibido, se quedó confuso, y antes
ciencia de que a la voluntad exigiera el cum­
de que atinara con respuesta adecuada con­
plimiento de sus firmes propósitos de rehuir
tinuó María Pepa:
entrevistas con Alvaro: así que después de
— Si no es sino eso lo que deseaba usted
escapársele un "que pase”, antes de que el
decirme...
juicio trajera el arrepentimiento, era ya *ar
— No, no; es algo más: no me refería a

DEL

OCEANO

eso. Es que el indulto que por lástima me
concedió usted, cuando aquí fui acusado de
crímenes que ignoro, me mancha.
__No fué indulto ni lástima, Sino sentencia
absolutoria. Ya lo dije.
__Mientras no sean deshechas las pruebas
que aquí dijeron existen contra mi, esa sen­
tencia más parece perdón despreciativo.
—No, señor, ya le he dicho...
—Nada que convenza. Vengo a preguntar,
a exigir se me diga qué crímenes son los que
se me imputan. No los conozco, y me es pre­
ciso conocerlos; necesito ver esas pruebas
embusteras que se me echaron en cara Sin
decirme qué son ni en qué consisten; recla­
mo ser juzgado por austeros jueces, no por
mujeres compasivas. Al indulto de usted, de
compasión nacido, prefiero un sentencia in­
justa, aun cuando sea de fusilamiento...
Para lo que la vida vale...
María Pepa comprendió que este amargo
exabrupto era consecuencia de la altiva es­
quivez de ella; y tan violento fué su impulso
de reemplazarla por actitud muy diferente,
que le produjo vértigo Semejante al sentido
por quien de pronto ve a sus pies la sima en
que va a hundirse. La emoción le arrancó
un “Nunca, lo juro, he creído a usted culpa­
ble, ni jamás le he ofendido con sospechas” ,
que dando un paso hacia adelante dijo con
voz que estremeció a Alvaro; pero inmedia­
tamente retrocedió aterrada de sí misma; y
comprendiendo que únicamente la Capitana
podía ya salvar a la mujer, endureció el
acento, recobró la perdida altivez, y disfra­
zando, con doloroso esfuerzo, de indiferen­
cia el interés, prosiguió en tono frío en su
voz y helado en los oídos de Fairelo:
— El publicar la acusación equivocada­
mente formulada contra usted, el divulgar
esos indicios que la vehemencia del señor
Ripoll calificó de pruebas, sería descubrir
secretos de mi invento, a lo cual no me es
dado acceder.
-—Entonces yo arrancaré al señor Ripoll
las explicaciones que se resiste usted a dar­
me, porque sin duda Son verdad esas sospe­
chas que su cortesía niega.
—No, no.
Alvaro sintió en su corazón vibrar aque­
llos nos, que parecían gritos desesperados; le
fascinó él fulgor de la mirada que negaba
todavía con más fuerza que la voz. Volvió a
soñar, volvió a entrever absurdas ilusiones.
Absurdas, sí, porque queriendo María Pepa
cortar de raíz y para siempre pretexto para
nuevas entrevistas, que se sentía incapaz de
soportar sin vender no aquel secreto de su
invento, sino el más hondo de su alma, re­
plicó rltanera:

%

A VENUS
—-Al señor Ripoll le Será ordenado negar
a usted explicaciones.
Y viendo que su única defensa contra ve­
nideros peligros era ofender a Alvaro, para
hacérsele odiosa, llevó la mano al umbre
y acabó la frase agregando:
— Y habiendo dado a usted las que en mi
mano estaban, y reclamando ahora mi aten­
ción otros asuntos; ha de excusarme si le
indico que ha acabado esta audiencia
Soledad aparecía en la puerta cuando Al­
varo exclamaba:
— ¡Me echa usted!,..
—No, caballero. Le participo que ha aca­
bado la audiencia: eS lo que hago con todos
cuando no tiene objeto el prolongarlas.
— Con tocios los que son tratados cual la­
cayos—y al decir esto se dirigió a la puerta.
Soledad, que leía en el rostro de su ama,
se asustó al mirarla, e hizo ademán de acer­
carse a ella, pero poco propensa María Pepa
a confidencias, y no agradándole tener
testigos de sus debilidades, dijo imperiosa­
mente:
—Acompaña a ese caballero.
Juntos salieron Soledad y Alvaro, y en el
momento de cerrarse la puerta se oyó detrás
y a través de ella un golpetazo sordo, en el
que Soledad reconoció inmediatamente el
retumbar de la caída de su ama en el suelo.
Volvióse atrás, abrió la mampara y dando
un grito abalanzóse adentro, cayendo de ro­
dillas junto al inanimado cuerpo de la pobre
María Pepa.
El doble ruido del golpe y de la exclama­
ción de Soledad hizo volverse a Alvaro, que
por la puerta, de par en par abierta, vió lo
que ocurría; y ya sin acordarse de aquello
del lacayo, precipitóse en pos de la doncella,
que en cuanto se dió cuenta de tenerlo al
lado, se levantó como pantera que guarda
sus cachorros, y agarrándolo de un brazo, y
forcejeando para arrojarlo afuera, le gritó:
—Pero quiuté matármela... ¿ 1 « paese poco
lo que ha hecho?... Vayasuté... Vayasuté...;
que no lo vea al abrir los ojos... ¡Maldita
zea la hora que entruté aquí!... ¡Maldita la
hora que l’ocurrió ir a Paramillo!... ¡Más
le valiera que la hubiauté dejao que se ma­
tara!... ¡Condenao!... ¡Mardes^o'... ¡Arrastrao!... ¡Indino!...
Aunque no Se cayó, tambaleábase Alvaro
al alejarse murmurando:
—¿Qué misterio es el de esa mujer? ¿Qué
pasa aquí, qué pasa?... ¿Me odia?... ¿Me des­
precia?... ¿Me adora?... Aquellas alternativas
de su voz y Su mirada... La indignación de
esa muchacha...

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

El desmayo de María Pepa no fué largo,
y al volver de él no dijo más a Soledad sino
que en adelante jamás estaría visible para
el Capitán Fairelo.
La doncella no contestó palabra ni la miró
a la cara.
*

*

*

Alvaro y Sara vivían de modo completa­
mente diferente del de pasados tiempos. Se
acabó la confianza, se acabó el afecto; sólo
quedaba la cadena que los oprimía: no la de
flores, antaño lazo amante que sujetaba
a Alvaro, sino el dogal pesado de la vida
en común entre dos que no se aman. Y has­
ta pensaba él algunas veces que la del ma­
trimonio laico no era cadena para asustar
a nadie, porque con leve sacudida se que­
braba. Pero no se atrevía.
Y nunca discutían ni peleaban: el des­
acuerdo era más hondo. Atentamente se
trataban, pero recelosos: envolviendo la hos­
tilidad en urbanidades; huyéndose, hablándo­
se menos de día en día, y cada día más fríos.
Cuando él estaba en el Instituto de Expe­
riencias, hallábase ella en el Casino Inter­
nacional; cuando Sara paseaba por los bal­
concillos, ibase Alvaro al casino. Se veían
en el restaurant Chu-Fo, y algún rato en
casa, empleado, al retirarse a ella, en penoso
y breve diálogo sobre temas sin interés, que
seguían manteniendo por hipocresía, antes
de recogerse cada uno a sus habitaciones.

Así pasaron los tres meses y medio del
viaje a Venus, en los cuales no siempre an­
daba Alvaro por donde se ha dicho; pues a
veces daba paseos, al parecer sin más pro­
pósito que hacer ejercicio, y, en realidad,
acechando ocasiones de hallar a María Pepa,
que le huía; pues aunque reducida su co­
municación en tales casos a cambiar dos sa­
ludos ceremoniosos, sin que obtuvieran la
menor respuesta las tristes miradas de Al­
varo, producía cada encuentro agravación
de las melancolías de la Capitana, ya llega­
das a punto de alarmar seriamente a sus
abuelos y al amigo Leblonde.
Lo recién referido es lo más interesante
de cuanto ocurrió en el Autoplanetoide des­
de que salió al cielo hasta que María Pepa,
a punto de caer en el Sol, escribió el parte
que nos es conocido desde las primeras pá- ginas de esta que no es novela de dos v i­
das, sino historia de mundos. Por ello trábanse en ella, cual en éstos, los sucesos tras­
cendentales con los fútiles, y a lo cómico
sucede lo pasional, y llega en pos de lo trá­
gico lo bufo. Y como todo es vida y a todo
hay que atender, cúmplenos ahora convertir
la vista a otras peripecias y a otros persona­
jes de más bajo coturno novelesco, pero que,
como vivos y reales, deben Ser atendidos en
esta crónica del Autoplanetoide y de los autoplanetianos: que no sólo con hechos de mo­
narcas y héroes se forman las historias de
pueblos y naciones y planetas.

XVIII
LAS DESVENTURADAS NARICES DEL DOCTOR CHU-FO
Un mes iba pasado desde que, sacudién­
dose la gravedad terrestre, se había librado
el Autoplanetoide de este pesado yugo, vo­
lando horro de mundial tutela.
En este tiempo fueron muy de notar fre­
cuentes idas y venidas, no francas como de
quien pasea por esparcimiento, o va a cla­
ros negocios, sino misteriosamente recata­
das, del ilustre Chu-Fo, japonés jefe del figón
químico, como decía Leblonde, o Director
Alimenticio, como se llamaba él.
En aquellas cautelosas exploraciones, pues
eso eran, llevaba ojo avizor, y sobre todo
avigoras narices, como sabueso que olfatea
una pista.
Era muy natural, hablo del ofato, pues
aparte sospechas, ya añejas en él, nacidas

de prevenciones y antipatías contra ciertas
personas a quienes no perdió de vista desde
su entrada en el orbimotor, sus escasas na­
rices, tan romas por fuera como agudas y
finas por dentro, fueron las que prestaron
verosímil consistencia a los recelos, trocán­
dolos en íntima aun cuando no probada
convicción de que en el novimundo pasaba
algo que era preciso poner muy pronto en
claro; algo que, de ser ' realidad, no podía
dignamente tolerar el eminente sabio.
Un día que paseaba descuidado por el bou­
levard F dióle el primer alerta a su órgano
olfatorio cierto tufillo leve, sutil, casi imper­
ceptible, x>ero que para perro viejo, como él,
y de sus buenos vientos era muy escamante.
Por allí parecía oler a aceite frito. Pero tan

DEL

OCEANO

poco era, que para cerciorarse con certeza
de ello fué y vino, calle arriba, calle abajo,
apuntando la nariz inquieta en todas direc­
ciones; oliendo con ahinco, aquí y allá, con
la esperanza de capturar algún efluvio su­
ficientemente intenso a descubrirle dónde
se hallaba el foco o manantial de lo que, a
ser más fuerte, habría él llamado insoporta­
ble hedor. Pero fué inútil por entonces su
pesquisa, pues transcurrido un rato, ya no
advertía olor ninguno.
¿Habría sido mera cavilación nasal?
Otra tarde le alarmó una indudable peste
a ajo, que, al saludar en la calle al señor Su­
perintendente de Policía, irritó su sensible
membrana pituitaria cuando precisamente
se disponía a informar a dicha autoridad de
sus sospechas de que en el orbimotor eran
infringidas las Ordenanzas Alimenticias.
Pero apenas comenzada la denuncia, o más
bien confidencia, relativa al sospechoso olor
a aceite frito del houlevard P, sintió una
tufarada de ajo que le echó el provenzal,
perturbándolo al punto de cortarle el hilo
del discurso y haciéndole exclamar indigna­
dísimo:
— ¡Huele usted a ajo, señor Leblonde!...
No puede usted negarlo. Apesta usted que
vuelca. ¿Por qué, por qué huele> usted a
ajo?... Dígamelo.
—Huelo a lo que me da la gana, y es una
grosería llamar peste a la fragancia de un
exquisito ali-oli, receta de Marsella, que por
mis propias manos he confeccionado y con
. el que me relamo todavía— . Esta fué la res­
puesta que le brincó en la punta de la len­
gua al interpelado, pero cayó a tiempo en
la cuenta de que él no era solamente Arístides Leblonde, Ion vivant y gourmet y aun
gourmand, sino dos altas autoridades en
Noviópolis: Inspector de Sanidad y Super­
intendente de Policía: dos empingorotados
personajes, por sus funciones obligados a
ser. si no impecables, hipócritas siquiera.
Haciendo, pues, de la necesidad virtud, en
lugar de enviar a paseo al curioso imperti­
nente, contestó muy melifluo:
— Con mil amores, querido Director: no
es ajo, es amoníaco, que un químico tan dis­
tinguido como usted no ignorará es Su prin­
cipio activo: un álcali precioso en terapéu­
tica, un valiosísimo agente, un...
Arístides daba vueltas y más vueltas en
su caletre a su inventiva, para encontrar
explicación que no tenía amañada, y que
no fuera excesivamente inverosímil. Ante'S
de que él la hallara, le contestó Chu-Po:
— Sí, pero hay diferencia entre el olor del
ajo y el del amoníaco. .
—¿Usted cree?... Puede ser. O acaso el

A VENUS

79

olfato de usted esté educado tan esmerada­
mente...
—No hace falta tenerlo muy perfeccio­
nado para ver que usted huele...
—Ver no, señor Chu-Fo: oler, oler.
—Pues, claro está; pero yo estoy seguro
de que no huele usted a amoníaco.
— Distingamos: no pudiendo usted ne­
garme que los ajos contienen amoniaco, es
indudable que si huelo a ajo, habré de oler,
siquiera virtualmente, o en principio, o
ipso Jacto, y aunque usted no lo huela, a
ese volátil álcali.
— ¡Señor Leblonde!... ¿Pretende usted
burlarse?
<■
— ¡Yo!... ¿De nuestro ilustre Director Ali­
menticio?... ¿De quien con sus maravillosas
preparaciones ncs nutre próvida y cientí­
ficamente?...
— Sin embargo, no estoy yo muy seguro
de que usted se alimente con mis prepara­
dos. Apenas si en un mes le he visto a usted
tres veces por mi comedor químico.
— Las ocupaciones de mi profesión no me
permiten casi nunca comer a horas fijas, ni
acudir a las señaladas en bu refectorio. Us­
ted no sabe, amigo mío, cuánto dan que
hacer dos cargos oficiales como los que me
abruman. Pero usted tampoco ignorará que
todos los días va mi... mi...— iba a decir “mi
cocinero”, pero lo enmendó a tiempo—mí
criado a recoger nuestras gaseosas, líquidas
e hipodérmicas comidas, a! comedor, perdo­
ne, quise decir nutridero químico que usted
regenta.
— Sí, sí; ir, va; pero lo que haga usted
después con lo que él se lleva no lo veo ya tan
claro.
—Pues, ¿qué he de hacer, señor Chu-Fo?
Ingerirlas con deleite, absorberlas con frui­
ción: porque es particular, pero las pulveri­
zaciones, que al principio me parecían insí­
pidas, son ahora para mí un sibarítico rego­
deo. No es nada extraño; lo mismo pasa con
la cerveza, el camem'bert y el aguacate, que
a nadie gustan de primera intención. Y
felicito a usted efusivamente por las cu­
táneas cenas endosmósicas de la semana
pasada: son un éxito químico-culinario; los
poros se dilatan con deleite al absorberlas.
Y es comodfsimo: un emplasto en el vientre,
y ya está usted cenado. Yo las prefiero a los
pinchazos de las inyecciones.
—Gracias, gracias. Pero a todo esto, no
me ha explicado usted eso del ajo.
— ¡Canario con el tío!...Es una roca para
la adulación, y he perdido el incienso—mur­
muró Arístides para su coleto. Y en seguida
contestó en alta voz: — Yo creía que ya ha­
bía usted entendido mi explicación.

80

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

— Ni una palabra de ella.
— Pues, pues... Que tengo una muela ca­
riada..., y siendo el amonfeco muy bueno
para las caries...
-—No lo he oído en mi vida.
—¿Cómo?... ¡Una gloria de la Medicina
como usted, ignorar un descubrimiento que
ha llegado a este pobre medicucho!... Falsa
modestia. No he de ofender a usted dándole
detalles que conoce mejor que yo. El caso
es que al salir de casa, y no teniendo amo­
niaco preparado, me rellené la muela de
ali-oli, digo, de ajo machacado.
— ¡Ha comido usted!... ¡Usted, el Jefe de
Policia de un mundo donde no debe comer­
se!... ¡Y ha comido usted ajo!...
— No, no, señor, de ningún modo: está
aquí, en el agujero de la muela: no es ali­
mento, es medicina. No me lo saco para en­
señárselo, porque sería una porquería, y
porque si me entra aire en la muela voy a
ver las estrellas; pero juro que no lo he tra­
gado. ¡Dios me libre!... Ni lo masqué siquie­
ra, pues la masticación, vuelvo a jurarlo, ya
lo creo, la hice en el mortero. Además no es
ajo nutritivo, sino esterilizado, dcsnutrizado, sin el menor valor alimenticio, en el
que no quedan otras propiedades que las
terapéuticas, antisépticas y anestésicas...
¡Uf!...— resopló al acabar la retahila, y con­
tinuó— : Pásese usted por casa cualquier día
y le enseñaré la memoria del ajo terapéuti­
co. Y aunque la compañía de usted es gra­
tísima, como ando sqmamente atareado en
la pista de una sublevación naciente...
— ¡Una sublevación!...
— Sí; de obreros y soldados en protesta
contra la alimentación química. Se han con­
fabulado para exigir chuletas y otras in­
mundicias; reclaman la jornada de las seis
chuletas.
— Pero eso es repugnante e insensato,
porque ¿de dónde vamos a sacar aquí chu­
letas?
— Pues éso es lo más grave; en primer
término, se han fijado en la sabia javanesa,
que tiene bastante que'cortar, y luego en
usted y sus ayudantes, que aun no siendo,
según dicen esos brutos, tan jugosos ni gra­
sicntos como ella, siempre resultarán más
comestibles que extractos e Inyecciones. Pero
no pase usted cuidado, señor Chu-Fo, que
aquí estoy yo para frustrar esos infames
planes. Aun cuando por ahora no convendrá
salga usted mucho de casa sí no quiere ex­
ponerse a cualquier impensado desmán... (Y
Para que no metas las narices donde no te
importa—murmuraba Leblonde al separarse,
reventando de risa, del señor Director de la
Nutrición.)

Este quedaba un tanto preocupado, pre­
guntándose si correría real peligro la Inte­
gridad de sus personales chuletas; pues no
obstante su inteligencia y su sabiduría, era,
como todos los sabios, un poco inocentón.
Pero, a despecho de su candidez, ya no te­
nía dudas de que Aristides no comía aus­
tera y decorosamente por nutrirse, sino que
en busca de groseros deleites, devoraba de
todo y cuanto le apetecía, y estaba además
cierto de que él era el autor del condenado
aceite frito, Dios sabe en qué nauseabundos
guisos empleado.
No tenía dudas; pero tampoco pruebas.
Y las necesitaba, y las tendría.
El otro se iba riendo del asustado azoramiento de los ojillos de Chu-Fo al enterarse
de la canibalesca sublevación, que no era
sino embuste de Aristides, flecha de parto al
huir disparada por el fugitivo Superinten­
dente: que, pasado el acceso de hilaridad, se
confesó que lo del parto y la flecha era símil
muy adecuado ai caso; pues, aunque otra
cosa pareciera, el fugitivo era él, y el triun­
fador Chu-Fo, que no se había tragado su
terapéutica y disparatada explicación sobre
el ajo antiséptico.
Lo ocurrido era grave, pues bien veía Leblonde que el reciente rifirrafe presagiaba
una guerra de acechos y emboscadas en la
que el japonés Sería temible, pues sus cha­
tas narices tenían, por lo visto, una potencia
formidable.
—Si yo pudiera sacar una chimenea de mi
casa al exterior del novimundo, todos esos
perfumes culinarios que tanto molestan,
¡qué mal gusto!, a ese feo, se irían al Eter.
Y que fuera a buscar las olfatorias huellas
del ali-oli en los inmensos espacios.
Pero ¿cómo se lo digo a la Capitana?...
Inventaré un laboratorio para extraer,
por nuevos métodos, en grandes proporcio­
nes amoníaco de los ajos: una gran factoría
amoniacal... ¡Ja, ja, ja!... Le diré que los hu­
mos Son tóxicos... Y ella contestará que más
tóxico será que por la chimenea se vaya
con los humos al Eter nuestra modesta y
limitada atmósfera... No hay que pensar en
esto... Pero sí en substraerme a la vigilancia
que Chufito va a ejercer sobre mí.
No es miedo, no: es dignidad profesional:
cuestión de gubernativa competencia, pues
aquí nadie puede vigilar sino yo; y aunque
no fuera ilegal, un vigilado Jefe de Vigilan­
cia seria el colmo del ridículo. No faltaba
otra cosa. Pero ¿cómo lo evito?... Si yo pu­
diera taponarle a ese Argos del olfato las na­
rices, o perturbárselas siquiera, mixtificando
los olores. Pero, ¿cómo?...
Comenzó sorda, pero incesante guerrar

vx-'ttwr,
A un avestruz era, efectivamente, a lo que, de momento, más se parecía (pág. 87).

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ón.

81

O CEAN O A V E N U S
donde tenía su casa habitación, le dio al
Chu-Fo espiaba a Arlstides y a su criado
abrir la puerta tal tufarada a aceite, a aquel
Juan, por si o empleando a sus ayudantes
odioso aceite frito, causa primera de todas
químicos. Una docena de agentes de policía
sus sospechas, que gritó indignadísimo:
seguían los pasos de éstos y de Chu-Fo, por
—¿Quién es el puerco que se atreve a gui­
orden de Leblonde, que además tomaba
sar inmundamente en el santuario de la. ali­
precauciones en su casa y cocina. Porque ya
mentación científica?
es hora de rasgar el secreto: el provenzal te­
—Nadie, maestro, nadie.
nía cocina y cocinero, Juan; jfcnía despensa
— ¡Cómo habíamos nosotros de atrever­
surtida de cuanto Dios crió y perfeccionó el
nos!...
hombre para deleite de cultos paladares.
— Pues apesta a guisote...
¡Y comía!... Comía— allí donde nadie comía
— Sí, ya lo olemos hace un rato; mas no
sino él y Juan—lo mismo que había comido
podemos explicárnoslo.
toda su vida. No, mucho mejor. Y bebía, no
Se hicieron pesquisas en todas partes, sin
tanto, pero casi tanto como el mismo Juan,
omitir rincón; y no hubo medio de averiguar
que era un tonel sin fondo.
más de lo sabido. Olía, sí, pero ¿por qué?
Solamente contrariaba a su carácter ex­
Salieron a la calle, y n*ada: el foco estaba
pansivo el comer en secreto. “ Soy—se de­
dentro.
cía—un comilón solitario” , cosa que le amar­
A la mañana, cuando se despertaron, ya
gaba a ratos él placer de la mesa, pero no al
no olía a aceite frito, pero apestaba a man­
punto de hacerle apechugar con los man­
teca rancia.
jares, si así pueden llamarse, de Chu-Fo.
A las once, no sólo Chu-Fo y sus ayudan­
Su casa, la de Arlstides, estaba casi siem­
tes, sino todo el público convocado ante los
pre vigilada por el enemigo, pero apenas él,
pulverizadores del gaseoso lunch comenta­
desde ella, o los agentes, desde afuera, ob­
ron una fragancia penetrante a jamón con
servaban que Fo o sus esbirros comenzaban,
tomate que se mascaba, no el jamón, el
cual perro que olfatea, a alargar el pescuezo
olor, en el químico refectorio.
y a mover las narices, echaba mano de una
Comentarios que alarmaban al sabio pro­
especial artillería muy al caso.
fesor, pues el picaro vaporcillo que afilaba
Y una noche recibía Chu-Fo el siguiente
los dientes de los parroquianos podía dar
parte de uno de sus ayudantes:
lugar a que la gente lo creyera un farsante,
— He estado allá; y huele, estoy seguro,
que alimentaba a los demás con sutiles in­
mas no sé si a morcilla, a ácido fénico o a
sípidas esencias, mientras él se atracaba de
esencia de violeta.
suculento y “repugnante” cerdo. El último
— No está usted en sus cabales: esos olo­
adjetivo se inserta bajo la exclusiva respon­
res son inconfundibles.
sabilidad de Chu-Fo, que es quien lo emplea.
—Eso, eso digo yo: y, sin embargo, que
No sin razón se preocupaba; pues Sole­
me aspen si es que puedo decir a cuál olía.
dad— que algo debía saber del misterio in­
Otra tarde llegaba el segundo ayudante
explicable—le dijo en alta voz, cuando más
perplejo entre sardinas fritas, alcanfor y
lleno estaba el comedor de consumidores:
magnolias.
—Por lo visto, en el lunch de hoy nos pre­
Hasta el mismo Chu-Fo se volvió loco, o
para usted una grata sorpresa. Me alegro, y
mejor dicho, se le volvieron locas las nari­
agradezco a usted esta benévola variante en
ces una noche en que queriendo aclarar, por
el menú habitual. Ya tenía yo muchas ganas
sí, las vaguedades de los informes de sus
de comer jamón.
subordinados se fué, en persona, a hacer la
—No entiendo a usted, señor Alférez.
ronda, a la hora que sospechaba debía ce­
nar Leblonde: sin que, a despecho de esfuer­
¿Por qué supone usted?...— dijo Chu-Fo,
zos de análisis olfativo, pudiera dilucidar si
temblándole las carnes y disimulando la
la impresión que le cosquilleaba en las fosas
turbación a duras penas.
nasales la producía el pesado vaho de una
—Porque como aquí huele a jamón con
cazuela de callos a la provenzal, penetrante
tomate y es la hora del almuerzo, pienso
naftalina o el agresivo patchulí, muy fami­
que lo habrán frito ustedes para que lo co­
liar a los novimundianos por el gran abuso
mamos.
que de él hacía Soledad.
—De ningún modo. ¡No faltaba más!
Y en tal estado de perturbación tenía sus
— Pues entonces será usted quien se lo
narices desdichadas el desdichado profesor,
coma, pues para algo lo habrá frito.
que no advertía siquiera que a los citados
—Aquí no se fríe nada.
se mezclaban otros varios olores. Pero más
Y se enzarzó una discusión, en la que to­
grave fué que al regresar, ya, al parecer con
mando parte, no solamente la ciencia y la
el olfato serenado, al laboratorio nutritivo,
milicia representadas por el profesor y SoDEL

B ib l io t e c a N otelesco -C ie x t íp ic a

D e l O céano a V enus

6

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

lunch, comida o cena, variaba el repertorio;
l i a d , sino gentes de todas clases a u e a * £
v ora decían los concurrentes al restaurant
tinri aguantaban el régimen de alimenta
“hoy huele aquí a salchicha”, como “huele a
ción científica, pasaba ya
cliou-croute" o exclamaban: “El Director se
agradabilísimo para la d e id a d del pobre regodea hoy con mariscos.”
sabio que no tuvo otro medio de cortarlo
Porque el rumor de que el señor Chu-Fo
sino hilvanar un embuste, diciendo que
y sus auxiliares se daban buena vida y te­
olor procedía de unos ensayos de laborato­ nían mesa bien provista de apetitosos man­
rio, cuyo objeto era preparar con diversos jares, mientras llenaban a los otros de in­
cuerpos simples e insípidos un compuesto substanciales alimentos, iba cundiendo. Y
sápido que no era propiamente Jamón, per
lo veía él; y ya el run-run le iba sonando a
sí el extracto esencial de dicho comestib , trueno de revolución, no movida por hambre,
destinado a administrarlo a sus parroquia­ mas sí por gula de los novimundianos, con­
nos en emplastos cutáneos.
tra él dirigida.
—Lo prefiero mascado—dijo uno.
¡La revolución y hasta el atentado perso­
—Y yo.
nal no parecían ahora guasas de Leblonde,
—Y yo.
_Pues, señores, me es imposible servírse­ Sino amenazas serias!
Agréguese a esto que la incesante activi­
lo en tal forma: los reglamentos nutritivos
dad a que implacablemente estaban senten­
lo prohíben. Y, además, no lo tengo.
Mas comprendiendo que aquella gente no ciadas, sin tregua ni respiro, las narices de
otorgaba gran crédito a la negativa, y que Chu y Sus preparadores (no saliendo de un
le era preciso dar un golpe de efecto para no olor nauseabundo sino para sumirse en otros
ser víctima de la odiosa calumnia, abrió la irritantes), sobrepujaba a cuanto puedan so­
puerta de paso al interior del laboratorio y portar las más robustas facultades nasales.
extendió hacia ella el brazo diciendo con Imagínese una pobre nariz en el plácido
goce de la fragancia suave del cinamomo,
acento y actitud de sinceridad heroica:
—Aquí no hay secretos. Entre quien quie­ sorprendida de pronto por el hedor a hue­
ra: entren todos al laboratorio, a mi casa, vos podridos de una preparación sulfhídri­
hasta lo más recóndito de mi hogar, y se ca; véasela aspirando con Suave insuflación
convencerán ustedes de que aquí no hay ni el aroma delicado del azahar cándido y vir­
raspa de jamón, aun cuando huela a él por gíneo, y de repente, truéquese la deliciosa
y blanda aspiración en resoplar frenético
todas partes...
Algunos desaprensivos iban a aprove­ que rechazar no logra el asfixiante vaho de
char aquel permiso, por si acaso, pero les la creosota concentrada.
Pongamos las narices, es decir, póngan­
cortó el paso Soledad, diciéndoles que no
era decoroso dudar ya más de la palabra del las los lectores del siglo XXII en el lugar de
dignísimo sabio. Acabando con estas pala­ las del japonés y de sus dependientes, y se
comprenderá que el efecto de dichas brus­
bras:
—Resignémonos a tomar el jamón en em­ cas transiciones, equiparable al que ocasio­
na en los oídos el estampido de -un cañón
plastos o inyecciones.
Y por entonces no pasó ya más; pero filé junto a ellos disparado, llegaba a ser into­
este incidente iniciación de otros muchísi­ lerable; y nadie extrañará que a aquellos
mos, cada uno de los cuales reverdecía el desgraciados se les congestionaran las mem­
susto del galeno japonés, y cuya sucesión ha­ branas nasales con hinchazones de terribles
cía incesantes sus suplicios; pues en su casa corizas; que tan pronto estuvieran sordos
y en su laboratorio, siempre olía a algo: del olfato como armaran pendencia sobre
cuando no apestaba. Pero con una particu­ el olor reinante, que uno decía ser a flores,
laridad alarmantísima: en las horas inter­ otro porfiaba que transcendía a botica,
medias de comida a comida eran olores quí­ mientras al otro nadie le apeaba de que he­
micos, a drogas, botica o perfumería: éter, día a bazofia culinaria.
Se les habían vuelto locas las narices; pa­
amoníaco, lilas del Líbano, ácido sulfhídrico,
aliento de hadas, polvos de gas, menta, rosa; decían una novísima enfermedad: invalidez
pero tan pronto se acercaban las horas del nasal o demencia olfatoria.

DEL

OCEANO

A VENUS

83

XIX
LA ARTILLERIA Y EL EQUIPAJE DE ARÍSTIDES LEBLONDE
. No era envidiable la situación del pobre
Director Alimenticio, perdido náufrago en
un mar de pestilencias; pero su susto llegó
al colmo cuando, en el comedor, y a la hora
de la cena, le dijo Soledad una noche que
deseaba hablarle a solas. Y más cuando, ya
los dos en el despacho, la oyó expresarse en
estos términos:
— Señor Director, si la otra mañana me
di por satisfecha con su explicación del ja­
món con tomate, fué solamente para evitar
conflictos de orden público; pero no creí pa­
labra de lo del jamón artificial.
— Señora Alférez, juro a usted...
— ¿Que fabrica gorrinos con carbono, ázoe
e hidrógeno?
— No; no, señora: eso no, pero...
— Y el tomate, ¿también es artificial?...
— No tengo jamón, no tengo tomate. Lo
juro por el Sagrado Ombligo de Buda.
— ¿Y jurará usted también que en este
mismo instante no están sacando, no puedo
decir dónde, pero en esta casa es, una hor­
nada de pasteles del horno?...
— ¡Pasteles!... ¿Qué está usted diciendo?
— Que los aromas del hojaldre y la crema
se mascan...
— Pero señora, si a lo que huele ahora,
que no hay quien lo resista, es a asafétida...
— Señor Chu-Fo, no sabe usted lo que se
huele.
— Sí, sí: en eso tiene usted razón: se me
va la cabeza, se me desvanecen las narices.
— Bien, bien; pero vamos a lo que inte­
resa. Me envía el señor Superintendente...
— ¿El señor Leblonde?
— No; el señor Leblonde, no: la autoridad
superior de policía, que está indignada de.
que usted, que debiera dar ejemplo, coma...
— ¡Yo!...
— Calle y oiga...: Coma Subrepticiamente.
Y lo que es peor, poco subrepticiamente,
pues ya lo sabe todo el mundo, y el Señor
Superintendente se ve negro para contener
la indignación de un pueblo a quien todos
los días embriaga usted en su comedor con
toda suerte de olores seductoramente aperi­
tivos para no darle luego por toda alimen­
tación sino soplidos y pinchazos.
— Pero, doña Soledad, yo no soy respon­
sable...
— A otro perro con ese hueso... La pa­

ciencia popular tiene sus límites; el conflic­
to es inminente, y si estalla, la Policía no
está segura de librar a usted del furor de las
turbas, de otra parte justísimo. Vengo por
tanto comisionada hoy para notificar a us­
ted que si sigue oliendo aquí a cocina, se
adoptarán severas providencias.
— Pero ¿qué he de hacer yo?...
— No comer.
— Pero si no como.
— No guisar.
— Pero si no guiso...
— No oler.
— Si ya no huelo nada, o mejor dicho
todo me huele a todo a todas horas.
— No tengo más que hablar: está usted
apercibido. Aténgase a las consecuencias.
Así, saliéndose a la calle, al pronunciar la
última amenaza, puso fin Soledad a la con­
ferencia.
Al irse al lecho, una voz desconocida lla­
mó al teléfono al pobre Director, hablando
de este modo:
— Soy un amigo enterado de tus cuitas y
condolido de los riesgos que te amenazan,
querido Chu: un amigo dispuesto a darte un
buen remedio para tus desventras.
— ¿Remedio?... ¿Cuál?... ¿Cuál?...
— Que ni tú, ni ninguno de tus ayudantes,
volváis a pasar por el boulevard F, ni a pre­
tender oler...
— No, no... ¡Por Dios!... No más oler...
— No te atormentarán olores en tu casa,
ni olerá nada el público en tu comedor quí­
mico mientras no metas tus narices en aje­
nos domicilios.
— ¿Pero qué tiene que ver eso con el bou»
levard F?
— Eso no te importa, Chufito. Pero en
prueba de la seriedad de lo que se te prome­
te, cesan desdS ahora los perfumes, las pes­
tes, y las fragancias en el comedor y en el
laboratorio; pero en cuanto tú, o tus adláteres, volváis a las andadas, trascenderá tu
restaurant a guisos.
— Pero...
— Ni necesitas saber más, ni yo puedo de­
círtelo: soy un duende o un genio gue te
salva dándote un buen consejo.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
Ni aquella noche ni en dos días olió en el
comedor a nada. Comenzaban a ceder las
corizas de los químicos de la nutrición. Pero
al tercer dia, queriendo ver Chu-Fo si obe­
decía aquello a casualidad, se dió, el muy
imprudente, una vueltecita por el terreno
prohibido. Y dos horas después apestaba su
comedor a coles cocidas, de lo cual se en­
teró por oírlo a la gente, pues él habíase
quedado incapacitado de juzgar de olores,
porque, análogamente a ciertos anormales de
la vista que padecen parcial ceguera para
algunos colores, los pasados abusos olfa­
torios habían convertido al japonés en dal­
tònico nasal: todo le olía a aceite frito.
Al poco rato le gritaba el teléfono:
— ¿Lo has visto?... No hiciste caso de mis
advertencias y vuelven los olores, y el mo­
tín te amenaza.
— Perdón, perdón. No volveré. Lo juro.
•—Lo veremos.
¡Qué habia de volver!
Así acabó la lucha encarnizada que co­
menzó en aquella discusión del ali-oli quí­
mico.
— Pero, ¡cómo, Ifigenia!...— pregunta el
autor—. ¿Era Leblonde quien...?
—No eres muy lince si necesitas que te lo
diga yo...
—Pero entonces...
—Escucha:
La artillería que entraba en juego contra
Chu-Fo y sus ayudantes tan pronto se acer­
caban a casa de Leblonde, no disparaba
grandes, sino diminutos proyectiles, casi
impalpables, pero no imperceptibles, por­
que bien percibían sus efectos las víctimas
de ellos. Era, en suma, artillería gaseosa, por
el estilo de las artillerías asfiwante, lacri­
mógena, etc., inventada tres siglos antes en
la guerra mundial de 1914 a 1919, pero ate­
nuada.
Nada de destructoras bombas ni grana­
das mortíferas; nada de resonantes choques,
no: era una artillería misteriosa, que en lu­
gar de cañones empleaba cerbatanas o jerin­
guillas, reemplazando los ordinarios proyec­
tiles por vesículas rellenas de toda suerte
de fragancias y hedores: capsulillas frágiles
cual pompas de jabón, cuyas paredes se rom­
pían, sin ruido ni perceptible choque, al tro­
pezar contra cualquier obstáculo, difundien­
do en el aire perfumadas o pestíferas cargas.
Los balines eran pequeñitos, pero como las
esencias estaban concentradísimas, y además
eran las cerbatanas de repetición, tres o cua­
tro segundos bastaban para producir grandí­
simos efectos.
Con tales armas, que podían esconderse en
el puño cerrado o en los bolsillos, había per­

trechado Leblonde a los doce agentes que
espiaban al Director Alimenticio y a sus au­
xiliares; y en cuanto un vigilante atiababa al
enemigo, echaba a andar delante de él para
aromatizarle el camino que seguía, en tanto
otros esbirros lo asaltaban traidoramente
por espalda o flancos con andanadas vesicu­
lares, que al deshacerse, sin ruido ni golpe,
contra sus ropas las impregnaban del olor
disparado. Otros hacían reventar a sus pies
las consabidas invisibles cápsulas, al cruzar­
se con el adversario.
Para un Inspector de Sanidad nada más
fácil que hallar en su almacén drogas y je­
ringuillas, sin contar las jeringazas que, por
agujerillos practicados en las ventanas de la
casa del boulevard F, soplaban, sin necesidad
de cápsulas, los maldecidos gases sobre los
pobres japoneses, cuando se ponían a tiro, al
acercarse a olisquear en casa de Leblonde.
Derrochados con promiscua abundancia
simultáneos y variados olores, no es extraño
que jamás acertara el enemigo a lo que olía
la casa.
Esta era la campaña defensiva. En cuanto
a la ofensiva invasión del territorio y del
hogar del adversario, a la cual fué debida la
victoria, se verificó, no con artillería, sino
apelando a los terribles y desmoralizadores
estragos de la guerra de minas.
He aquí cómo. Los grandes almacenes de
las muchísimas cosas de indispensable uso
para los doscientos habitantes, fábricas y
talleres del Autoplanetoide, muy bien pro­
vistos para largos viajes, estaban doscientos
metros por debajo del piso de Nóviópolis — 1
ciudad por su importancia, aldea por su ex­
tensión— ; mas con objeto de economizar
constantes bajadas a dichos almacenes para
sacar lo que menester fuera en la ciudad,
existían arriba varios pequeños depósitos o
repuestos, abastecidos para las necesidades
de dos o tres' semanas:
Arriba, con repecto a los grandes almace­
nes, pero debajo de la población, por hallarse
instalados en el subsuelo de ella, con puer­
tas a las avenidas subterráneas, que no se
llaman alcantarillas por no tener la sucia
aplicación de éstas, inneesaria con los pro­
cedimientos químico-nutritivos de Chu-Fo,
sino tan solo la consiguiente al tráfico y
transporte de cargas, que en tan pulcra po­
blación no entorpecían el tránsito de sus
moradores.
Como en todas las ciudades, la policía vi­
gilaba especialmente las vías del subsuelo,
donde era amo y señor el Superintendente,
que, prevalido de esto, abusó de su autori­
dad, empleándola en egoístas reprochables
fines: además de gastarse en traidora batalla

DEL

OCEANO

«1 fenol, la creosota y la valeriana del boti­
quín que para más h u m an itarias aplicacio­
nes le había confiado M aría Pepa.
Con ser lo anteriorm ente mucho, no fué
todo, pues aun h a de agregársele la seduc­
ción de Soledad por Leblonde perpetrada.
Pero expliquémonos p ara evitar tergiversa­
ciones: la seducción de que se tr a ta no fué
de la doncella de la Capitana, sino del A lfé ­
rez de su Escolta, haciéndole que tam bién
abusara de su cargo entregando al Super­
intendente la llave del almacén del vestuario
de las escolteras—situado precisam ente de­
bajo del laboratorio de la nutrición—y per­
m itiéndole que con finísimo berbiquí pusiera
el techo como una espumadera.
Siendo aquel techo piso del comedor y de
la casa de C hu-F o, ya está explicado
todo: por allí les'llegaban a los pobres coci­
neros químicos aquellos olorosos huracanes
que Juan, A rístides y h a sta la m ism a sevi­
llana, desencadenaban debajo de Sus pies.
Más aún, la propia Alférez, cuya complicidad
en los sahum erios se vislum braba ya en el
relato externo de la lucha de que se h a dado
cuenta, llegó a oficiar de granadero en ella,
disparando personalm ente una bomba de m a­
no a los pies de Chu-Fo, cuando ambos dis­
cutían si olía a pasteles o hedía a asafétida.
Y tenia razón él, aun cuando no pudiera el
pobre sospechar que la traid o ra despachu­
rraba entonces contra el suelo, con su me­
nudo piececjito, una capsulilla del m al olien­
te líquido que acababa de dejar caer disim u­
ladam ente.
Y tam bién queda claro porqué en una re ­
v ista que M aría Pepa pasó a sus escolteras,
em perejiladas con el equipo de gala, recién
traído del almacén del vestuario, se sorpren­
dió la Capitana de que d ie ra n ta n m al aque­
llas chicas, haciendo sobre el caso com enta­
rios que encendieron los colores de Soledad,
aun no siendo ésta demasiado propensa a los
rubores.
NI a contrición; pues igualm ente dura
de conciencia que su am igóte Leblonde, en
lu g a r de se n tir rem ordim ientos por la a rte ra
cam paña contra el japonés, una y otro la
tom aron a risa y a chacota; y h asta la fes­
tejaron con ¡un banquete!: precio inm oral
con que pagó el S uperintendente la compli
cidad del Jefe de la Escolta: seducción por
soborno.
Un banquete sigiloso, claro es, con el que
se regodearon, encerrándose a p iedra y lodo
p ara ello en casa del anfitrión: una opípara
b altasaresca cena, en la que nada se rehusa­
ron, pues la despensa de Leblonde era inago­
tab le y escogida.
¿Se acuerda el lector del enorme equipaje

A VENUS

85

que A rístides subió de Mendoza al orbimotor, según se dijo en la prim era p arte de esta
histo ria: aquellas docenas y docenas de ca­
jas, latas, toneles y vagones, que asustaron
a M aría Pepa, y que el m uy em bustero afir­
mó contenían desinfectantes, ozonizantes, es­
terilizantes, etc., etc.?... Pues todo aquello no
eran sino provisiones de boca, en cantidades
pantagruélicas; vituallas esm eradam ente
conservadas, principalm ente en cám aras fri­
goríficas, procedim iento h ab itu al y perfeccio­
nado en el siglo x x i i de conservar meses
y meses, años y años, toda clase de vegeta­
les y anim ales en perfecto estado de frescura.
E n aquello, con lo que Lúculo y sus co­
m ensales h ab rían tenido p ara incontables
festines, se h abla gastado Leblonde, además
del dinero de su p articu la r peculio que al
tiempo de em barcar le quedaba, las seis men­
sualidades de su sueldo de Inspector de Sa­
nidad que adelantadas había pedido a M aría
Pepa pocos días an tes de la partida. Una
barbaridad de dinero, que subía a qué sé yo
cuántos cóndores; pues si en el Autoplanetoide eran grandísim as las rem uneraciones
de los sim ples obreros, ya puede suponerse
lo que serían los honorarios de un señor In s­
pector de Sanidad.
E ncerrados en casa de A rístides, cenaban
éste y Soledad, brindando por la m ejoría de
las narices de Chu-Fo.
¡Una cena a solas!...
No hay de qué a larm arse :• Soledad era un
Alférez. Aun cuando no, las m angas que usa­
ba todo el mundo en el siglo X X II habían ido,
desde el XX, ensanchando tanto, tanto, que
nadie criticaba a m ujeres n i a hombres ta­
les encerram ientos: ni aun siendo dos, no
más, los encerrados de diferentes sexos, y
sospechosos sus propósitos. A un sin esto no
hay que alarm arse, digo, porque la sevillana
y el francés eran bonísimos amigos, pero ja­
m ás pensaron en ser más. Y, por último, So­
ledad y Leblonde no eran dos, sino tres: ab­
surdo que dejará de parecerlo en cuanto se­
pan los m urm uradores que a la cena asistía
S antiago; pues estando de buenas aquel día
los casi siem pre peleados novios, y sabiendo
ella que, por te n er el galleguito ideas m uy
rancias, no h ab ría medio de persuadirle de
que el Alférez y no su novia era quien a solas
cenaba con A rístides, exigió ella, p ara acep­
ta r la invitación, que hubiera tam bién plato
p ara el pobre Santiago, que ya llevaba mes
y medio de nutrición sin comestibles.
— ¡Pobrecillo!... Créame usted, señor Le­
blonde, pensando en que Santiago no los dis­
frutaba, m e sabrían a inyecciones de Chu-Fo
los m anjares que usted me h a prometido...
—Yo creía que andabais peleados.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

— Eso era ayer, y mañana de fijo; pero hoy
estamos a partir un piñón.
— Mira, chica, que secreto entre muchos...
— Yo respondo de él.
— Y cuando os peleéis, ¿también respon­
derás?...
— Mucho más: entonces le tengo más se­
guro que nunca.
En suma, que Santiago fué invitado, mas
no consintió Aristides que probara bocado
hasta despuéés de formal juramento “por
la salud de la Capitana” de no decir palabra
a nadie.
— Y peor si no callas, porque entonces no
vuelves a comer.

¡Vaya un hartazgo!... La larga privación
de masticables comestibles hacía que los dos
novios devoraran: el hábito de comidas co­
tidianas, cada una más copiosa que la prece­
dente, habla ensanchado el estómago de Arlstides de un modo inverosímil; y así causas
opuestas producían idénticos efectos en an­
fitrión y comensales.
_ Comían y bebían, y ya no faltaba sino el
último plato de la cena, jamón de York fiam­
bre con gelatina helada de grosella, cuando
entró Juan gritando:
Señor, señor. En el arcón de los jamones
pasan cosas muy extraordinarias. Venga,
venga corriendo. Aquello no es jamón, sino
un animal vivo.
Será tal vez un cerdo entero.
No, no, señor, es mucho más delgado.
Ha de advertirse que aquel enorme arcó:
había dado muchísimo que hacer, por si
gran peso, para subirlo del sótano a la cocí
na donde entonces se hallaba al calorcill
del fogón, y que después de allí instalado comenzado a abrir, aquella tarde, había se
guido dando no poco trabajo; pues dentr,
de la caja de madera había otra de aluminio
riosa a w i Ue+n° ! Í6nd0 *uflcIentes los ordina
í h í u

QUe Cortar con cizalla,
de S
ter°' enCOntrando debaí° una cap:
de algodón y una segunda lata, que destapa

da dejó ver nueva capa de algodón mezclado
con serrín de corcho.
A esto se había llegado cuando entraron
Santiago y Soledad, a quienes Leblonde dijo:
— ES jamón de York, es decir, muchos ja­
mones que, cada uno en su caja, están ahí
dentro. Deben de ser exquisitos, y estar divi­
namente conservados, según las precauciones
que han tomado para conservarlos. Así me
cuestan... Bueno, Juan, sírvenos ahora y
saca luego un jamón, dejando bien tapados
los demás.
Una hora después, cercano ya el momento
de servir el jamón, metió la mano el cocinero
entre el serrín, y en vez de hallar diversas
cajas tropezó con un solo bulto, largo, blan­
do y estrecho, que llegaba de extremo' a ex­
tremo del cajón, lata, estuche o lo que fuere
Un bulto, y he aquí lo extraordinario, que sé
removía, aun cuando levemente. Entonces
fué cuando corrió a dar a su amo la noticia.
¿Qué disparates dices?— le preguntó Le­
blonde— . Se conoce que hoy la has tomado
más temprano. Y ya te tengo dicho que no
aguanto borracheras hasta después que aca­
bes de servir las comidas.
No, señor; no, señor: que no es eso Es
un animal grande; así como un salmón muy
largo, pero flaco, flaco... ¡Está vivo!. ¡Está
vivo!...
, ■—
J-tti vez 10 naya:
conservado congelado— insinuó Soledad, qu
queriendo alardear de erudita, agregó_: Di
cen que los romanos en sus mesas...
. ¿No’ hlJ’a> no: 110 1qs llevaban congelados
sino que coleando en unas tinas los enseñab;
el anfitrión a sus invitados al comenzar h
comida, y durante ella...
— ¿Pero los servían crudos?— pregunti
asombradísimo Santiago.
No le contestó nadie, pues Juan, insistien
ao en su tema, repetía:
— ¡Está vivo, señor, y va a escaparse!...
a. como sea salmón, ni se me escap:
m va a estar vivo mucho tiempo— Y levan­
tándose echó a correr el Superintendente, decidido a poner pronto en claro aquello. Lo:
otros le siguieron.

»
DEL

OCEANO

A VENUS

87

XX
UN NUEVO Y FIAMBRE PERSONAJE
— ¡Dios me valja!... E un home—gritó
Santiago haciéndose cruces.
Aun cuando un tanto mareado, iba el re­
cién nacido— pues aquello era un nacimiento
en el novimundo— recuperando sus facultades
después de un sueño de doscientos sesenta
y siete años. No obstante, siendo sumamente
culto, muy versado en idiomas y dialectos,
como persona apasionada por los viajes, en
los que había recorrido innumerables países,
reconoció en Seguida el idioma de Aristides
y los acentos andaluz y gallego de los novios.
Y sacando por el hilo el ovillo, replicó qui­
tándose el frégoli:
— Creo tener el gusto de saludar a doña
Soledad, al señor Leblonde y a Santiago el
maquinista.
— ¡Calla!...
— ¡Nos conoce!
— Sí, señor; somos quienes supone, pero,
¿cómo sabe?...
—Y sospecho que el Autoplanetoide estará
a punto de partir.
— En eso ya está usted equivocado, porque
hace tiempo que partió.
— ¡Cómo!... ¿Entonces llego tarde?... ¿He
perdido esa preciosa expedición?
— ¿De dónde zale uté— dijo Soledad—que
no zabe que el Autoplanetoide lleva.do mezes
largos de volar por ezos mundos, digo, fuera
de aquellos mundos?
— Pero entonces, ¿ustedes no están ya a
las órdenes de la Señorita de Bureba, de la
insigne Capitana?...
— ¡Anda!... También conoce a la señorita...
— Conocerla, no; no tengo ese honor, señor
Santiago; pero con la aspiración de presen­
tarme a ella llevo doscientos sesenta y siete
años.
— ¡Zambomba!...
— No hagas cazo, Santiago, ez un guazón.
— ... Porque si el Autoplanetoide zarpó ha
poco, y no me engaña mi memoria, todavía
un poco embarullada, deben ustedes andar
ahora por el añb 2186.
— No, no le engaña, caballero. Por ahí an­
damos, efectivamente. •
—Muchas gracias, señor Leblonde; su afir­
mación me tranquiliza, y el haber conocido
a ustedes en seguida por sus idiomas y acen­
tos natales, me indica que no deliro, que es­
toy en mis cabales.

Con el tiempo perdido en conjeturas de
qué podría ser lo que se moviera en la lata
de los jamones, lo había tenido su incógnito
ocupante de echarse fuera de ella. Tratábase
de un caso de resurrección determinada por
el calor de la cocina.
No era un salmón; eso lo vieron todos en
seguida, pues si es que los salmones pueden
mantenerse verticales, será en el agua, pero
no fuera de ella. Y aquello estaba en seco y
vertical.
¿Un avestruz?... Porque tenía pies, zancas
y alas, que ora dejaban caer menudas plu­
mas en sus aleteos, ora se replegaban sobre
el. cuerpo para arrancar de él copos blanquí­
simos de esponjoso plumón.
A un avestruz era, efectivamente, a lo que,
de momento, más se parecía; pero a medida
que avanzaba en la faena de arrancarse plu­
mas, fué variando de aspecto, hasta que to­
dos vieron claro que era ¡un caballero!
Un señor delgado, como Aristides, casi
flaco, aun cuando un poco menos largo: un
caballero de chaquet, prenda estrambótica
en 2187, y con sombrero Prégoli, lleno por
todas partes de vedijas de algodón mezcla­
das con serrín: que algodón era lo que al
principio tomaron por plumón los asombra­
dos amigos.
Tenían delante un ejemplar humano de
pasadas edades, exactamente igual, salvo los
adhérentes del empaquetado, a los monos de
las ilustraciones y de los figurines de las
sastrerías del siglo xx. Hasta llevaba gafas,
no usadas ya por nadie en el x x i i , porque la
miopía y la presbicia se curaban encastrando
las lentes en los propios ojos de miopes y
de présbitas: haciendo cristalinos, artificia­
les, soldados a la córnea.
Al convencerse de que aquello era humana
criatura, gritó Juan:
— Es un señor, es un señor. Se va a ente­
rar de todo, y contará por todas partes que
comemos— exclamación que, unida al ademán
de coger un cuchillo de cocina, traslucía ma­
levolencia tan hostil, que Soledad, temiendo
algún grave desmán de aquel caníbal contra
el pobre algodonado, dijo:
— ¡No, hombre, no!... Ezte señó no dirá
nada.
— ¡Parhleu!... Un monsieur du vingtième
siècle— exclamó Leblonde.

)

v ia j e s

PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

88

__Pero esa era, o por lo menos debía ser,
una lata de jamones de York. Y bien caros
por cierto.
n° Ü A 'usted y al señor Santiago desde que
— Comprendo el desengaño, pues de ja­
món no tengo nada, y hasta de bacalao sólo
C0^ -¡A rrea!... También conoce a Pedro. Este
las raspas. Pero me ofrezco a indemnizar a
tío conoce a todo el mundo.
usted. ES justísimo.
—... y el equipaje personal y científico de
__No se hable de eso. El gusto de conocer
doña María Pepa y sus dignos abuelos, to­
a una persona tan distinguida como usted
maron ustedes en Dakar el submarino para
me indemniza ampliamente.
Buenos Aires; al señor Leblonde desde que
Tras un poquito de fina cortesía, dijo el
en Mendoza se presentó a la ilustre inven­
desconocido que no podía explicarse el true­
tora, como descendiente y heredero de maque; pues él estaba segurísimo de que antes
demoiselle Leblonde, premiada por sus in­
de meterse, es decir, de ser metido en el es­
ventos de óptica astronómica.
__No hablemos de la pifia de mi anteceso­ tuche, lo había examinado y hasta había es­
crito y pegado en la tapa un gran tarjetón,
ra: es un secreto entre la Capitana y yo.
imposible de confundir con la etiqueta de
__Y yo, según ve usted. Mas no pase cui­
una lata de jamones, donde se consignaban
dado: se me ha olvidado ya...
su nombre y apellidos: D on ..., Don. .
__Pero unsted ¿quién es? ¿De dónde sale.
__¡Ea!... Que no me acuerdo de mi nom­
¿Por dónde ha venido?...
bre, mas sí de haberlo escrito... ¡Qué me­
— Supongo que por el Atlántico y el ferro­
moria, Dios m ío!... Porque aseguro a uste­
carril transandino; porque vengo de... ¿De
des que yo me acuerdo perfectamente de
dónde vengo yo?... Esta memoria... Vengo,
quién soy, o quién era. Es más, les garantizo
vengo... Sí: de Madrid, eso es.
que siempre fui persona decente; más aún,
__¿Y cómo ha entrado usted aquí?
—Me figuro que en esa caja... Pero si fue­ respetable. Ya se convencerán ustedes cuan­
do me acuerde de mi nombre.
ran ustedes tan amables que me ayudaran
Efectivamente, haciendo aquí un parénte­
a quitarme estas pelusas de algodón... Mien­
sis,
anticipa el autor que, andando el tiempo,
tras me vea así, no coordinaré ideas, ni re­
todos quedaron convencidos de la decencia
cordaré nada. No puedo con la suciedad, y
del recién llegado, pero no por influjo de su
estoy impresentable.
ilustre nombre, del que jamás volvió a acor­
Los cuatro se pusieron a desenvedijar al
darse.
extrafio personaje, cosa no fácil, pues los
El tarjetón decía, según él: “Don... Lo
filamentos del algodón en rama se agarraban,
Que Sea, congelihipnotizado. Guárdese hasta
cual lapas a la roca, al chaquet de lanilla,
2186 en la más fresca de las cuevas de la
que excitaba la curiosidad de Santiago al
extremo de que, dando un tirón de los faldo­ Academia de Medicina que lo congelihipnotiza. Dicha Academia cumplirá la que, por
nes, preguntó al forastero:
ahora, es última voluntad del infrascrito
— ¿Y esto para qué sirve?
don..., y en virtud de ella lo facturará para
—Pues no lo sé... Digo, sí, para nada... Es
Mendoza, la Argentina, remitiendo el talón a
nn adorno.
doña María Josefa Bureba, y con él la receta
— ¡Un adorno aquí atrás!... Pues vaya un
para descongelihipnotizarlo.”
sitio raro para adornos.
— De modo que entró ahí porque le dió
Al fin, entre los afilados dedos de Soledad,
la gana.
las pinzas de un estuche de cirugía, que por
— Sí, señor Santiago. Por visitar ignotos
primera vez en su vida profesional usaba el
mundos arriesgo yo hasta un viaje al otro
doctor Leblonde; un rallador de la cocina,
que Juan pasaba suavemente por el traje del mundo.
— Pues no sería pequeña la etiqueta donde
forastero, sacándolo lleno de pelusas, y las
escribió usted todo eso.
manos que después de escupírselas paseaba
— Por el estilo de ésta en donde leo en
Santiago por muslos y perneras del panta­
grandes caracteres: “Número 107.— Jamones
lón, fué quedando algo más presentable aquél,
de York.” Pero como tengo la letra menuque sucesivamente habían tomado por jamo­
dita... Una cuartilla mía llenaba página y
nes, salmón y avestruz, cuando en realidad
media impresa cuando yo era literato y alto
era un novelista reputado, que floreció en
España en los siglos x ix y xx, y en más am­ funcionario en... en el ministerio de... ¡Dios
m ío!... ¿En qué ministerio era yo alto fun­
plio escenario reflorecía el x x i i .
— ¡E a!— dijo Leblonde— . Ya está casi lim­
cionario por los años de 1917 a 1918?
— ¡Ave María Purízima!— exclamó Sole­
pio. ¿Cómo ha entrado usted aquí?...
dad—. No pué zé...
—Ya creo haberlo dicho: en esa caja.
—Pero ¿de qué y

desde cuándo nos co-

!

DEL

OCEANO

A VENUS

89

ra en concepto de cronista gratuito. Porque
—Ya ve, nací en 1860.
yo me perezco por los viajes.
— Entonces tiene usted trescientos vein­
— ¿Pero cómo sabía usted en el año 1918
tiocho años.
que en el 2186 íbamos a...?
— Por ahí, ahí...
—Por el Coronel Ignotus.
— Pué estaté divinamente concervao.
—¿Qué Coroné?
—Mil gracias. Aunque un poquillo flaco,
—El autor de la primera parte del viaje,
no me quejo del peso de los años. Efectos de
que ya tenía casi terminada cuando hice
la congel...
que me congelaran en la Academia, tan
—¿Pero querría usted explicarnos?...
pronto conseguí que me diera la carta...
— Con mil amores.
— ¿Qué carta?
— Sí, mas no en la cocina. Vamos al come­
—La de recomendación para la señora
dor. Seguiremos cenando. A este caballero
Capitana.
le servirás desde el primer plato.
—Este es un infundioso— dijo Santiago
—Mil gracias. Tengo el estómago ocupa­
por lo bajo a Soledad— , un fresco que se ha
do. Acabo de almorzar.
puesto esos rabos por detrás para que crea­
— ¿Hace doscientos no sé cuántos años?...
mos que es un señor antiguo.
—Verdad es, lo olvidaba... Pero como me
—No ez ezo, no: ez que er probetico eztá
congelaron poco después de acabar de al­
—y se llevó con disimulo el dedo índice a la
morzar, y dicha operación paraliza todas las
frente.
funciones, estoy como si acabara de levan­
Pero no con tanto que el aludido no lo
tarme de la mesa: no podría probar bocado.
Además, yo como poquísimo: sólo por pre­ viera y contestase con la calma que jamás
perdía:
cisión, mas no por gusto.
— No, no señora, no estoy demente. Y en
— Lo contrario que yo.
prueba de ello, aquí ha de estar la carta...
En esto habían llegado al comedor. Mien­
Léala, léala—dijo alargando un papel a So­
tras los otros tomaban los postres y el café,
ledad, que leyó en alta voz:
relató el huésped cómo en el año 1919 fué
congelado por los Académicos de Medicina
“ Madrid, 6 de abril de 1918.
mediante instantánea inmersión en un baño
Señora doña María Josefa Bureba: Dis­
de aire líquido— cosa de doscientos y pico
tinguidísima señora y bella dama, de glo­
de grados bajo cero— , que helando la sangre
ria inmarcesible, que no sólo perdura por los
en las venas, y los jugos en músculos y vis­
siglos, sino que los remonta cuesta arriba; y
ceras, paralizó las funciones vitales y el des­ predura y presurge, deslumbrándonos a
gaste que produce la vida, suspendiendo ésta,
quienes previvimos a usted, y preadmira­
mas conservándola, cual se conservan todas
mos, antes de que usted nazca, los altos
las cosas con el frío, en el estado mismo de
hechos que ha de realizar.
su congelación. Por eso despertaba a los dos­
Si el ser autor de un libro donde prenarro
cientos sesenta y siete años con la misma
puntualmente cuanto usted hará en el mun­
edad que tenía al congelarse, y el estómago
do y fuera de él, antes de que lo haga; si la
-ocupado aún por el almuerzo.
devota admiración de este indigno escritor,
Para evitar brusca solidificación de la san­
de quien usted es numen, es en algo tenida
gre de venas y de arterias que produjera, v p or la heroína de mi historia, permítame
por demasiado violenta, definitiva paraliza­
impetrar fie su benevolencia mire con bue­
ción del corazón—y este era el riesgo úni­
nos ojos, que para ello basta sean los su­
co del procedimiento frigorífico—habíanle
yos, la pretensión de un turista infatigable
previamente sumido en suefio hipnótico,
que de viajar jamás se sacia; y tanto, que
que poco a poco le produjo profunda catacuando no puede realizar verdaderos viajes
lepsia, en la cual es sabido que vive el co­
toma los más largos caminos, los más In­
razón, pero no late. Conseguido esto, era ya
verosímiles, para ir a su diarios quehaceres.
cosa facilísima el helarlo.
Ferviente admirador de usted, anhela
— Ezte hombre ez mu zimpático—pensa­ acompañarla en la toitrné interplanetaria;
ba Soledad—, y los embuztes que noz cuen­ y tanto que para ello renuncia a su mundo y
ta zon entretenidízimos.
su siglo, a amigos, posición, afecciones, con
—Es muy culto: se expresa arcaicamen­ tal de conocer el genial novimundo que a
te, sí, pero con elegancia— decíase Leblonde.
usted deberá vida.
Pero Santiago le interpeló directamente:
De que mi fraternal amigo, gran caballe­
— Bueno, señor, pero ¿para qué quería
ro, notable literato, ha de agradar a usted,
usted que le disecaran?
estoy seguro, como lo estoy de que en él ha­
— Para vivir hasta que doña María Pepa
llará la insigne Capitana cronista escrupulo­
realizara su viaje; para pedirle me admitieso y entusiasta de su magna odisea. Y hasta.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

Madrid, er zorbetizao, er que uté ha dicho.
— Sí, sí. Es usted muy lista: eso ya es
algo, tengo que ser el mismo: soy induda­
blemente el que en Madrid metieron.
— Pue claro, criatura, a’zté no l’an cambiao ma que la etiqueta. Ezo no vale na.
Ademá, ¿no tié uté ahí la carta pa la zeñorita?
— Sí, sí, es verdad... A falta de la cédula
y de la memoria, eso prueba algo.
— Lo prueba to, y lo otro pa na va’zté a
necezitarlo aquí.
— Sí, sí; necesitarlo, sí.
— ¡Bueno! Y no dice mi nombre. Si ese
— Bueno, pué ya vendrá. Er mejó día
tenía que hacer alguna de las suyas... ¡Va­
liente modo de hacer presentaciones, y de z’acuerdasté de pronto y noz da er notisión.
— Sí, sí; seguramente. Cuando menos lo
recomendarme!... Ahora que estoy tan apu­
rado para averiguar cómo me llamo, se lo piense me acordaré... Yo espero, señor Le­
blonde, y me dirijo a usted por estar en su
calla, y me deja al cuidado de que lo diga
casa y haber entrado en ella de un modo
yo... Como si fuera tan sencillo recordar
cosas de dos siglos y medio... ¡Ah!... Allí tie­ inconveniente y subrepticio, que usted com­
ne que estar: debajo de los jamones, quiero partirá la manera de pensar de esta se­
ñorita...
decir, del rótulo. Vengan, vengan ustedes.
— ¡Ea, amigo mío!, con llamarle a usted
El presunto cronista había comprendido
que mientras él estaba esperando en la es­ así, digo bastante: tan suya es esta casa
tación de Mendoza a que María Pepa envia­ como mía; y si yo, siendo el Jefe de Vigilan­
ra con el talón a recogerlo, el mozo de equi­ cia, no desconfío de usted, ¿quién va a des­
pajes que puso las etiquetas en el cajón de confiar?
— Gracias, gracias. Son ustedes, todos,
Leblonde se había equivocado de bulto, pe­
muy amables. Y mi satisfacción sería com­
gándole a él encima, la de los jamones, y
privándole del único documento de que ya pleta si no me la amargara la pena de haber
disponía para poner en claro su extraviada
llegado tarde a ese viaje interesantísimo;
porque no pudiendo conocer ni acompañar
identidad.
— Vengan, vengan, señores; les suplico a la insigne María Pepa, hemos perdido el
que me ayuden a despegarla con cuidado. tiempo la Academia y yo con mi congelihipnotización. ¡Yo que pensaba despertar
De cierto está debajo la otra.
Efectivamente, allí estaba; y humedecién­ en el novimundo!... ¡Estar acariciando una
dola se consiguió irla despegando, y hasta ilusión doscientos sesenta y siete años, pues
leer casi toda la historia del ñsiofísico pro­ aun dormido estoy seguro que la acariciaba,
ceso de la conservación y envío a Mendoza. y resultar que en otros tantos viajes que por
Pero una torpeza de Juan, que en lugar de lo menos tengo en mi hoja de servicios de
turismo es esta la primera vez que llego
meter, por su lado, suavemente, un cuchillo
tarde a la salida!... ¡Haber soñado que des­
bajo la etiqueta, rascaba fuertemente el
papel de ella cual si rallara queso para unos pertaría convertido en habitante de un mun­
do extraordinario, y seguir siendo un vulgar
macarrones a la parmesana, hízola añicos
en la parte precisa donde constaban los ex­ ciudadano de éste!... No me resigno, no.
traviados nombre y apellidos.
— Pues éste no es tan malo— dijo son­
¡Y no tenía más que aquellos el recién lle­ riendo Leblonde.
gado!...
— No, yo no lo denigro; yo no hablo nun­
— ¿Cómo justifico yo ahora que soy...?
ca mal de nadie, pero preferiría aquél.
¿Quién soy?... ¡Dios mío!...
— Yo no acabo de entender— dijo Santia­
— Gracias a que apenado el femenino, go— . ¿De qué mundo habla usted?... ¿No
está usted en éste?
aunque castrense, corazón de Soledad del
justísimo apuro del forastero, sugirió a la
— Pues por eso me quejo, yo quería estar
en el que se ha ido.
>
sevillana el siguiente consuelo: ,
— Dirá usted se Ha quedado.
— No pazuté cuidao, que aquí noz tiene
a todos para justificar que ez uzted..., que
— No, hombre, si yo quería irme en aquel.
— ¡Ea!, z’acabó: bazta de guaza. No ven
ez..„ que ez... er c’a zallo de la caja.
ustés que er pobretico lo ziente mucho... No
— Hombre, con eso no adelanto mucho.
— No lo crea uté, porque ziendo er c’a z’apure, que ezte no ez ezte, zino aquél: no,
zallo, tiene que zer er mimo que metieron en no, ar revé.

si a usted le place, se la escribirá en verso.
No tome a mal mi libertad. Atrévome a
escribir esta carta, porque aunque usted no
me conoce— a menos que haya leído, y no
lo espero, algún ejemplar de De los A ndes
al C ielo— , yo que conozco a usted, en cam­
bio, cual si fuera su padre, estoy certísimo
que acogerá a mi amigo con afabilidad gra­
ciosa.
y quedo su devotísimo prebiógrafo,E l Coronel Ignotus.”

DEL

O G E AN O A V E N U S

yl

cronista de cámara, a favor de don Simpá­
tico Tranquilo.
Así entró en sus funciones importantes
este personaje que, aun siendo quien pri­
mero había pedido billete para el viaje, en­
tra de un modo inesperado en esta historia.
Días antes había recibido María Pepa un
anónimo, con malévolas insinuaciones res­
pecto al desmesurado y sospechoso equipa­
je de Leblonde, al cual se lo enseñó entonces,
amenazándole, en broma, con una revista
de inspección.
Acordándose de aquello, díjola él cuando
se retiraba en compañía de don Simpático,
a quien había decidido hacer su huésped:
— Ya ve la señora Capitana cómo se Jus­
tifica el gran volumen de las cajas de mi
equipaje.
— De la caja querrá decir usted, porque
este caballero no ocupaba más que una.
— ¿Y usted qué sabe cuántos caballeros
irán saliendo todavía de las otras?
Ocurrencia que a todos hizo soltar la car­
cajada.
Otro detalle digno de mención relativo al
desengaño que Aristides tuvo con su hués­
ped:
— Gracias a Dios— decía al retornar a
casa— , ya no tendré que comer solo: come­
remos a dúo, charlaremos; y espero que mi
deseado compañero de mesa hará cumplido
honor a ella. Ya verá usted, no es del todo
mala.
— A la conversación respondo ' de hacer
honor completo, pero para comidas no soy
buen compañero: ¡como tan poco!...
Y lo más grave fué que todavía comió
menos, pues con indignación de Aristides,
* * *
renunció don Simpático a los guisos de Juan
por preferir las químicas comidas de ChuLa presentación fué grata a María Pepa, Fo. Pero, eso sí, mientras uno mascaba y
que hasta encontró adecuado el nombre de engullía cosas solidísimas y absorbía el otro
adopción con el que Soledad había obsequia­ gases y más gases, charlaban ambos de lo
lindo.
do al forastero, ordenando a Leblonde lo
— ¡Ingrato!— le decía Leblonde entre tra­
asentara en el padrón de vecinos de Noviógo y tajada.
polis.
— Así toca usted a más. Y por lo menos
Cuando leyó la carta tuvo la discreta
cortesía de ocultar que ignoraba quién fue­ ya no puede quejarse de no tener palique.
Véase por dónde los sutiles manjares que
ra, o mejor dicho, hubiera sido el Coronel
Juan seguía recogiendo en casa de Chu-Fo,
Ignotus, llegando a dedicar a su memoria
alguna amable frase. Por último, y esto es sirvieron ya para algo más que para cubrir
lo más interesante, firmo una credencial de las apariencias.

— ¿Cuál?
— E r güeno, er mejorízimo, er c’a inventao mi ama, er novimundo, er archimundo.
— ¡AL!... ¡Oh!... Entonces he llegado. Iré
en el viaje.
— ¡Qué ha de ir, va ya!... Yengazté, hom­
bre, y mire, y quédeze otra vez zorbetizao.
A l decir esto, abría las ventanas. Y al ver
entrar la luz, exclamó asombrado el foras­
tero:
Pero si son las veintidós. ¿Cómo no ha
anochecido?
— Ezo era allá: acá no anochesemos. Ha
zuprimío ezo mi ama.
— ¡Qué atrocidad de Luna!... ¿Cómo ha
podido crecer asi?
— Hombre de Dió, si eza ez la Tierra, y
la Luna aquella chiquetica que va a zu
vera.
— ¡Entonces!... ¿Es que...?
— Y er Zó y laz Eztrella: también cozas
de mi ama. Y allá, mirelaté, aquella ez Ve­
nus, ande vamos.
— Entonces, entonces estoy en el Autoplanetoide, en el cielo, en el cielo: no he per­
dido mi sueño, no he perdido mi congel...
— No lo diga otra ve hazta que no m’enzeñe a pronunsiarlo de corrío. Si no lo dise
le regalo a’sté un nombre, mientras encuen­
tra el que ze l’a perdió.
— Un nombre. Sí: ahora conozco, como
nunca, que un nombre es cosa útil, nece­
saria.
— Pue ahí va, don Zimpático Tranquilo.
Y ahora, zin perder ya más tiempo, a llevar
eza carta y a prezentarle a’sté a mi ama.

92

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

XXI
LAS BORRASCAS DEL ETER SIDERAL
Volviendo, por expresivo, al símil de la
pelota volteante al extremo de una cuerda
sujeta por la mano en tom o de la cual da
vueltas aquélla, se advierte que desde el 16
de septiembre, en que el Autoplanetoide re­
basó la linea neutra de las gravedades,
donde, por opuestas e iguales, se equilibra­
ban las atracciones sobre él de la Tierra y
el Sol, éste y no aquélla hacía el papel de
mano. La cuerda, representada hasta en­
tonces por la gravedad terrestre, quedó re­
emplazada por la atracción solar, que ha­
bría hecho caer al orbimotor en nuestro cen­
tro planetario, a no estar impulsado por
una fuerza que, como a la pelota de la com­
paración, le hacía girar en tom o de él. Dicha
fuerza le era comunicada por una de sus
cargas ecuatoriales, haciéndole recorrer en
los cielos una órbita interior, casi para­
lela a la que la Tierra describe anualmente
en su movimiento de traslación , pero un
poquito, tan sólo un poquitín— 270.000 ki­
lómetros—más cercana al Sol que ella, por
la cual avanzaba con velocidad media de
31.950 metros al segundo (1 ): sin paramos
en menudencias de 20 6 30 metros más o
menos.
Con tal marcha llevaba recorridos el or­
bimotor el día 23 de diciembre 263 millones
de kilómetros.
A la salida de la Tierra velase Venus,
como estrella de la tarde, a distancia de 140
millones de kilómetros; desde la entrada en
las regiones del espacio, donde siempre es
día, era visible, a todas horas, a la izquierda
del Sol, y acercándose progresivamente a
éste el Autoplanetoide conforme avanzaba
en el viaje que, como la Tierra y Venus, rea­
lizaba en tom o de él y en el mismo sentido
que éstos: semejando los tres mundos otras
tantas caballerías, y perdónese la compara­
ción, que, enganchadas a distancias cre­
cientes del malacate de una noria—el Sol— ,
dieran vueltas a ella.
Las de afuera, orbimotor y Tierra, sobre
ir muy cercanas, caminaban a pasos poco
diferentes; Venus, que daba vuelta mucho
más pequeña que el mundo de Adán y que
(1) La de la Tierra alrededor del Sol viene a
ser de 32 kilómetros.

el de María Pepa, iba acercándoseles, ga­
nando paulatinamente la ventaja que a la
salida la llevaban, y al cabo se interpuso
entre el Sol y ellos el día terrestre 12 de di­
ciembre, dejando de ser vista como estrella,
para presentarse como puntito negro en el
borde-del disco solar, en el cual se adentra­
ba de día en día, hasta llegar, el 24, al cen­
tro mismo de él.
Sol, Venus, Novimundo y Tierra esta­
ban por este orden en linea recta, quedando
reducida la distancia entre Venus y Tierra
a la mínima posible en aquel año, de 42 mi­
llones de kilómetros (1). El aviestelar es­
taba 270.000 kilómetros más cerca que el
mundo del término del viaje, cuya última
y más breve etapa iba a comenzar, llevando
al primero a su destino, según cálculos y
plan de María Pepa, en unos cuatro días,
horas más, horas menos, con velocidad de
135 a 140 kilómetros por segundo.
Para iniciar la caída en Venus, puso en
actividad la Capitana varias cargas borea­
les fuertemente excitadas; y al cabo de una
docena de minutos de realizada esta ma­
niobra, volaba el autosidéreo hacia el punto
adonde llegaría el planeta el 28 de diciem­
bre, día señalado para el arribo. La carrera
que habla de cubrirse en dichos cuatro días,
teniendo en cuenta lo que durante ellos an­
daría Venus, era de 47 millones de kilóme­
tros.
Por efecto de la rápida marcha variaron
extraordinariamente en tales días las apa­
riencias, ya para los viajeros habituales, de
la Tierra, de la cual se alejaban, y de Ve­
nus, hacia donde volaban, ofreciendo espec­
táculo y contraste sobre toda ponderación
impresionantes para humanos ojos.
Nuestro terráqueo mundo— visto el 24 de
diciembre, desde el motoestelar, como una
enorme bola, de anchura quintuple que el
Sol y superficie veinticinco veces mayor,
en la que apreciaban perfectamente las for­
mas de América, del antiguo continente,
Europa, Asia, Africa y de los principales
mares—redújose en seis horas a la mitad de
(1) Repítese que aqnf, y en enantos casos se
dan distancias astronómicas, se entiende son pro­
medios aproximados de valores constantemente
variables.

DEL

O C E A N I)

A VENUS

9S

virtióse el filillo plateado en lo que llaman
aquel descomunal tamaño, infundiendo pa­
los chiquillos rajita del melón de la Luna,
vor a los viajeros aquel vertiginoso encogi­
y ’luego en semicírculo como el de ésta al
miento de la Tierra, que amenazaba con­
llegar al prim er cuarto. En este aspecto,
vertirse en total consunción. A las treinta
pues, de Venus creciente, se presentaba el
boras hablase reducido al quinto, es decir, ai
planeta al planetoide hacia las 23 y media;
tamaño aparente con que era visto el Sol.
pero habiendo crecido en media hora a las
Después siguió menguando, menguando,
descomunales dimensiones de ocho lunas y
para convertirse el tercer día en un sober­
media en anchura y altura, y en superficie,
bio y enorme lucero, con el que ni remota­
como 72 de ellas.
mente podían compararse los más hermosos
Comparándola con el Sol, tenía diámetro
y fulgentes luminares del firmamento.
de cinco y media veces el de éste, a su vez
— Aun así vista, ¡qué hermosa es— decían
aumentado a vez y media como aquí lo ve­
los viajeros— nuestra Madre T ierra !...
mos.
Todavía más tarde fué la estrella enco­
Marchaba todo a pedir de boca, y llegado
giéndose progresivamente hasta que cuando
el orbimotor a 150.000 kilómetros del tér­
ya el orbimotor llegaba a las cercanías de
mino del viaje, faltaban solamente unos
Venus, su tamaño era casi doble del de este
minutos para que a su arribada a aquel
planeta visto desde la T ierra; pues, fundida
mundo preñado de misterios gritaran los
ésta en un solo astro con la Luna, aparecía
autoplanetianos:
“ ¡T ie rra !...” , es decir,
agrandada; y porque cuando Venus se halla
“ ¡Venus!”
m is cercana a nosotros, tiene cuartos como
Mas, por desdicha, a última hora, Venus
nuestro satélite, mientras que lleno se pre­
esquiva retiraba los brazos antes abiertos
sentaba siempre a los novimundianos el
para recibirlos, y el Autoplanetoide corría
mundo donde hablan nacido.
sin freno a la catástrofe de que el lector tie­
A la par que menguaba la Tierra crecía
ne noticias por el documento que María
el Sol, al acercarse el Autoplanetoide a V e­
Pepa disparó a los venusianos, y reexpidie­
nus. Visto este planeta por el hemisferio
ron éstos a la T ierra en el interior de un
que, por opuesto a aquél no estaba alum­
proyectil de afrodinio, del cual se habló en
brado por la luz solar, era un puntito negro
la
primera parte de esta historia.
sobre aquella dorada superficie, que ensan­
Que el Autoplanetoide caía en el Sol en
chando, ensanchando, tenía al comenzar el
tercer día dimensiones sensiblemente igua­ vez de caer en Venus ya lo sabemos desde
entonces. Pero ¿por qué caía?...
les a las del lucero incomparable formado
por el mundo; Aólo que en vez de brillar
como plata en el cielo, semejaba un agujero
Pocos minutos después de surgir sobre el
negro, abierto en la esplendente faz solar.
negro fondo del cielo, y junto al Sol, la es­
Creció la anchura del obscuro boquete a la
trechísima media luna venusiana, observa­
de una, dos, tres lunas, cuando muerde al
ba Ripoll con sus anteojos las estrellas, y
Sol en los eclipses parciales de éste, pero un
dictaba a Fognino los resultados de sus ob­
eclipse que duraba horas y horas y horas
hasta que hacia las once de la noche, o me­ servaciones, que utilizaba el geómetra ita­
liano en calcular la posición del Autoplane­
jo r dicho, a las 23— pues en el orbimotor era
toide en el universo. Era esta operación (1)
de día— , del 28 de diciembre, quedó libre
repetida a diario de hora en hora, turnando
de macas la superficie del Sol, pudiendo los
en ella los sabios citados, Haupft y algunos
novimundianos contemplar al lado de su do­
astrónomos y matemáticos del pasaje. De
rada redondez completa, una argentada y
ella deducíase el rumbo del Autoplanetoide,
estrechísima o sutil media luna de angosta
por la comparación de sus posiciones, al
hoja y afiladas puntas, separadas por dis­
comienzo y al fin de cada hora, para modi­
tancia triple de la que media entre los cuer­
ficarlo, si preciso fuera, contrarrestando me­
nos de creciente luna. Pero fulgurante, con
brillantez incomparablemente más deslum­ diante excitación de cargas oportunamente
elegidas los efectos de los incesantes cam­
bradora que la del astro que ilumina Jas
bios en el conjunto de atracciones estelares,
terrestres noches.
variables de uno a otro punto del espacio, y
Hallábase entonces el Autoplanetoide no
capaces, aun siendo sumamente débiles, de
más que a 750.000 kilómetros de Venus, a la
cual se acercaba con velocidad inconcebible
que hacía crecer despacio el tamaño del dis­
(1) El sistema era muy sencillo: las direcciones
a tres estrellas muy lejanas daban en su punto
co solar, y rapidísimamente, no ya por m i­
de concurrencia la poslciOn del orbimotor, y una
nutos, sino por segundos, la separación en­
cuarta visual a otra estrella comprobaba las an­
tre él y al plateado mundo venusiano, que
teriores observaciones. Era la aplicación del vul­
al huir del Sol crecía y se hinchaba. Congar problema topográfico de Photenot.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
producir desviaciones en la ruta del orbimotor, de no ser dominadas con adecuadas
descargas.
Recto a la bermosa estrella R igel se di­
rigía el rumbo que entre las 24 del 28 de
diciembre y la una de la madrugada del 29
debía llevar al Autoplanetoide al mismo
sitio, donde a la misma hora llegaría Venus.
'Más de una hora llevaba M aría Pepa de
frenar marcha con las cargas australes,
preparándose para el aterrizaje, cuando con
la cercanía del planeta creciera la atracción
venusiana en términos de sobreponerse a la
solar. E l momento en que ocurriera esto in ­
dicaría el comienzo de la caída en Venus,
cuyo desmesurado crecimiento contempla­
ban suspensos los osados hijos de la Tierra
que a su conquista se lanzaban.
De pronto Ripoll, perfectamente impues­
to de que en aquella última etapa del ca­
mino debía ver constantemente a R igel
bastante separada del Sol, echó un taco que
no fué ninguna de sus habituales reconge­
laciones ni porras, sino otro que es discreto
omitir, diciendo:
— ¡...! No vamos hasia Rigel, sino dere­
chos a la estrella Delta de Orion.
— ¡Cómo!... No puede ser. Dicta, dicta...
— No hasen falta cálculos, Fognino: la
desviasión de rumbo es tan enorme, que se
apresia sin asomarse a los anteojos. M ira las
posisiones respectivas del borde del Sol, R i­
gel, Delta, y acuérdate de cómo se veían hase
media hora.
— Verdad, verdad— contestó Fognino, sin
dejar al catalán terminar la frase— : a sim­
ple vista se advierte el cambio... Pero en­
tonces...
— Es que algo grave ocurre. Vamos co­
rriendo a desírselo a Pepeta.
Pepeta andaba ya escamada por dos razo­
nes: primera, porque mirando la esfera de
maniobra advertía progresiva pereza de las
cargas, a despecho de los aumentos ordena­
dos por ella en el voltaje de la corriente ex­
citadora; segunda, por alarmarla la extra­
ordinaria rapidez con que la rajita, o rajaza
más bien, del celeste melón venusiano en­
gordaba de modo que su paso de nueva al
prim er cuarto, en la terrestre luna realizado
en siete fechas, no tardaría, según cuentas
de la Capitana, más de media hora en efec­
tuarse, mostrando a los viajeros media V e­
nus completa correspondiente a su cuarto
creciente.
Y se alarmaba M aría Pepa por saber que
de ir el planetoide recto, cual debiera, al pla­
neta, lo abordaría por su hemisferio opuesto
al Sol, en el cual era noche: es decir, por la
parte obscura situada entre los cuernos del
creciente, que en vez de ir engrosando tenía,

lógicamente, que desaparecer por completo
para los viajeros, al caer en Venus comple­
tamente nueva', que ya se entiende quiere
decir, no remozada, sino en sombra.
De aquí que antes de darle sus viejos la
noticia, ya había advertido M aría Pepa que
en lugar de ir a Venus se separaban de ella
y corrían hacia el Sol; aunque no sospecha­
ba todavía que la desviación de rumbo fuera
tan grande cual le participaron ellos.
— ¿Otra criminal tentativa?... No: en la
actual situación del motoestelar no cabía
admitirlo sin suponer propósito suicida en
el autor de ella... Además, la paulatina debi­
lidad de las cargas impulsoras sugerían la
idea de alguna causa natural, aunque igno­
rada, que la produjera.
A l cabo se extinguieron totalmente los
tenues resplandores de la esterilla de ma­
niobra. Se intentó excitar otras cargas, y
las dínamos de la central no consiguieron
producir la menor actividad en las cápsulas,
aun cuando la marcha de los inducidos de
aquéllas se elevó a no sé cuántas revolucio­
nes por segupdo.
— ¿Qué pasa aquí?... ¿Que pasa?— decía
Fognino.
— Vamos al Sol derechos. Mira, mira, Pepeta...
— Eso es lo que pasa: que si no lo evita­
mos, caeremos en el Sol: no, estamos ya ca­
yendo; y ¿¡ue el hermoso astro, luz y vida
de todos los planetas, es para el nuestro
amenazante hoguera; que si Dios no reme­
dia lo que yo dudo mucho me sea posible re­
mediar por desconocimiento de sus causas,
dentro de pocos días moriremos abrasados
mucho antes de llegar a su seno. Abuelito—
agregó dirigiéndose a Haupft que ignorante
de todo llegaba entonces— se me cae al Sol
mi pobre mundo, y yo no acierto a detener­
lo; pues la corriente máxima no produce
descargas en los tubos excitadores.
Era la primera vez que sus abuelos veían
a María Pepa, no abatida, pues no cabía en
ella cobarde abatimiento; pero sí desconflau­
te de sus propios recursos. P or ello les pro­
dujo mayor impresión, al extremo de esca­
pársele al catalán la siguiente pregunta:
— ¿Es que desesperas, Pepeta, que renunsias a luchar?
— ¿Con qué armas, papá Ripoll?— replicó
ella, con extraño tono, tal vez nacido de in ­
diferencia ante la muerte, y ocasionado por
las melancolías de que ya hemos hablado.
— No sé; pero otras veses, en otros tran­
ses, te hemos visto más resuelta, más...
— ¿Es que vas a entregarte sin lucha?—
preguntó asombrado Haupft:—. ¿Sin defen­
der la existencia de tu orbimotor, ni las
vidas de quienes lo pueblan?...

DEL

OCEAS

__¿Es que la femenil debilidad— agregó
Fognino— que en ti no conocíamos puede
más ahora que el valor y el deber de la Ca­
pitana, cuando les son más necesarios?
__No— gritó María Pepa, en quien la idea
del deber, hábilmente despertada por el na­
politano, se sobrepuso a los dolores del co­
razón adolorido por un amor sin esperanza.
__No-^gritó al mismo tiempo el impulsi­
vo catalán indignado de que nadie pudiera
pensar tal de su Pepeta— . No... ¡Recongelasión!... Fognino, esas son tonterías.
__No, no: no he olvidado mi responsabili­
dad ni mis deberes, ni deserto del cumpli­
miento de ellos. Estoy tranquila. Pero mien­
tras no sepa..., en tanto no reflexione..., y
sobre todo, hasta que no conozca el porqué
de esto... Mas lucharé, podéis estar seguros.
Pero es preciso que como siempre, me ayu­
déis a hacer cuanto podamos, si podemos
algo, por la común salvación. Tú agregó
dirigiéndose al italiano perspicaz que, ha­
biendo visto claro que a la pobre muchacha
no la sonreía vida sin posibilidad de amor,
supo vigorizarla invocando el deber , vete
inmedi^amonte a la central y examina las
dínamos y los carretes, para ver si allí en­
cuentras la causa de esta inexplicable ave­
ría. Tú, abuelito, sabiendo que hace media
hora estábamos a 108.577.200 kilómetros del
Sol, que marchábamos a 139 kilómetros por
segundo, y que abora vamos a merced de
su atracción, sin fuerzas propias que opo
nerle, calcúlame cómo irán creciendo, de

95

> A VENUS

cinco en cinco horas, las velocidades de núestra caída por efecto de dicha atracción du
rante los venideros días, y lo que en cada
uno de esos intervalos disminuirá nuestra
distancia a él. Y tú, papá Ripoll, a tus ante­
ojos, en seguida y luego a tus anuarios y
compases: pues dentro de dos horas nece­
sito un plano exacto de nuestra marcha a
Sol y del camino que Mercurio recorrerá en
el universo desde ahora hasta dentro de
cuatro o cinco días.
— ¡Mercurio!— gritaron a la vez Ripoll y
Haupft queriendo adivinar la idea que ama­
necía todavía borrosa en el cerebro de Ma­
ría Pepa.
—Mercurio— dijo Ripoll—nos viene a los
alcanses ya muy serca: casi casi nos pisa los
talones.
Ha de advertirse que para el astrónomo,
habituado a medir las distancias por años y
por parsec de luz (1), aquel muy cerca significaba 60 millones de kilómetros.
— ¡A h!— dijo Haupft.
— No os hagáis muchas ilusiones, pues
aunque consiguiéramos caer en Mercurio,
en vez de caer al Sol, es lo probable no ga­
náramos sino hacernos trizas en vez de pe­
recer abrasados: pues con la velocidad acu­
mulada que nos darían los 50 millones de
kilómetros de caída que llevaríamos al lle­
gar a ese planeta, nuestro cinetorio no ten­
dría fuerza para oponerse a ella. En fin, allá
veremos.

XXII
BREVISIMO, PERO SENSACIONAL
Al quedarse sola María Pepa tom ó la vis­
ta a Venus, que seguía engrosando y acor­
tándose; y cada vez más vertiginosamente.
Pero a despecho de la mortal amenaza que
ella leía en aquel cambio de dimensiones y
aspecto, era tan admirable el espectáculo del
soberbio y descomunal astro, que la hizo o1
vidarse, siquiera fuera breve tiempo, de
todo menos de la inefable maravilla que sus
ojos contemplaban. Y queriendo recrearse
en ella a su sabor, cogió un anteojo y lo
asestó a la deslumbradora superficie del pla­
neta, que brillaba con su peculiar brillo,
pero centuplicado y único en los cielos, de
nieve herida por el Sol.
En las puntas de la melia luna venusiana, envueltas en espesa bruma luminosa­
mente opalina, nada podía verse del suelo

CAPITULO

del planeta velado por aquélla; pero hacia
el centro de él, y a través de fugaz jirón en
las densas y argentadas nubes, se percibían,
aun cuando brevemente para quedar muy
pronto ocultos otra vez por los espesos nu­
barrones, islas, continentes y mares, cuyo
trazado y mapa dejaremos para ser descri­
tos cuando no nos asuste, como ahora, la es­
pantosa catástrofe hacia la que el motoestelar se precipita.
Pero ofrecía una particularidad extraña
el astro, y era que en su parte' obscura, don­
de nada debiera percibirse por no alum­
brarla el Sol, se veía una zona tenue más
(1) Aflo de luz Igual 9.619.739.800.000 kilóme­
tros. Parsec de luz, 310.745.148.340.000 kilómetros.
Siglo de luz, 96L973.9S0.000.000 kilómetros.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
96
Vamos a morir... ¿Verdad?... A morir ios
perceptiblemente iluminada por ^espiando
dos...—prosiguió Alvaro.
res de luz verdosa estriada con fiíwnent
María Pepa, que a haber sido otro quien
rojos y violáceos. Y, sin embargo, la Capí
la hablara, habría atendido solamente a la
tana, por lo común muy observadora no
correlación establecida entre la aurora bo­
prestó atención a ello, por preocuparle Prm
real de Venus y la extinción de las cargas,
cipalmente la sospecha de la existencia
no hizo alto al pronto en ella, porque en el
habitantes en Venus; y con curiosidad fe­
pecho se le hinchó el corazón al oír aquel
bril e interés apasionado salióse del desp
m orir los dos de Alvaro, pronunciado sin
cho a la azotea, para mirar por un ante°?
miedo, con vigorosa entonación, en la que
de aumento muchísimo mayor que el recién
casi se advertía voluptuoso deleite de que
empleado, entreviendo con él monumenta
algo, aun cuando fuera la terrible muerte,
les edificios de color verde y violeta, gran­
lo uniera a María Pepa.
des lagos, de formas geométricas, vastas
Por eso, hondamente conmovida, no se
urbes, fabriles factorías, moscas en las que
acordó de orbimotor, de mundos, ni univer­
por instinto adivinaba el corazón, más que
sos, ni pensó sino en aquellos dos en que al
la mente, aeróstatos o aeroplanos, si no
morir doscientos sólo pensaba él. Y no puiguales en formas a los de nuestro mundo,
diendo contestar a su pregunta con engaños
análogos a ellos por la finalidad. Pero todo
ni evasivas, respondió con leal franqueza y
ello duró poco, pues se cerró en seguida e
voz solemnemente tranquila;
desgarrón de nubes.
—Es casi seguro.
La sacó de su arrobo el vocerío del pue­
—Pues por eso he venido: para que sepa
blo, entusiasmado con la contemplación de
aquel hermoso mundo, y las aclamaciones usted que entre tantos desdichados que con
con que era por la plebe festejado, desde los terror verán llegar la muerte, hay uno a
balconcillos, el que ya creían cercano des­ quien la muerte librará de la desdicha. Por
que no sé qué pienso, ni qué debo pensar, de
embarco.
— ¡Desgraciados!—no pudo menos de ex­ usted, de mí, de... de nadie; pero sé lo que
siento, y habría callado a no ser nuestra
clamar en alta voz.
—Van a morir... ¿Verdad?—preguntó a muerte tan cercana: sé que no me resigno a
su lado otra que la sobresaltó: no solamente
Pero en las auroras más brillantes lucen sensi­
porque se creía sola, sino porque reconoció
paralelos al arco mencionado otros más
inmediatamente la de Fairelo, que en pie se blemente
elevados y distantes de él, formando una sucesión
hallaba a dos pasos de ella, turbándola al
de coronas de poética luz que alumbran durante
extremo de no serle posible contestar en el varias horas, y en las cuales el arco o arcos no es­
tán quietos ni un solo in stan te: ensanchándose,
primer momento.
ondulando.
—Lo he observado en la hinchazón anó­ estrechándose,
Pero cuando el espectáculo raya en sublime mag­
mala y en el acortamiento de ese mundo
nificencia es cuando el arco luminoso se convierte
incomparable a que nos traía usted. Lo he en núcleo, de donde hacia la altura irradian infi­
visto claro cuando a medida que se encen­ nidad de refulgentes dardos, que con la rapidez de
la centella suben hasta la mitad de la bóveda ce­
día en- él la aurora que ahora alumbra su
leste, dividiéndose arriua en otros rayos secunda­
polo boreal (1) iban extinguiéndose los res­ rios y tomando el aspecto de haces luminosos, que
plandores de las cargas del avisidéreo...
por lo común ascienden verticalmente, no conser­
(1) Las auroras polares, cuya contemplación
es relativamente frecuente en las largas noches de
las altas latitudes, constituyen meteoros que ya
en 1714 presentía el astrónomo Halley ser debidos
a fenómenos magnéticos ocasionados por descargas
eléctricas a través de las altas reglones de la at­
mósfera.
Tales auroras constituyen un hermoso espec­
táculo de impresionante belleza.
En las cercanías del horizonte se obscurece el cie­
lo en una zona de forma de segmento circular que
en su parte más elevada toma a veces tonalidades
de violeta obscuro en la inmediación de la franja
luminosa, que cual un arco Iris—salva la diferen­
cia de coloración—envuelve la reglón obscura, e In­
ferior a él, del firmamento. Este arco es la base de
la aurora polar.
Su anchura varía entre la de una a tres lu n as;
el color, blanco brillante en la parte inferior, se
deslíe, subiendo, en un celeste suave, y al esfu­
marse en la zona superior suele ostentar verdes
reflejos.

vando jamás la misma forma cinco minutos se­
guidos, sino que ondulan como leve cendal por el
viento agitado; palidecen en seguida, poco a poco,
y desaparecen por último dejando el campo libre a
otros rayos, que si son muy brillantes, ofrecen con
frecuencia colores verdes o rojo obscuro. Los rayos
lanzados por el arco y sus luces titilantes se ele­
van hasta el cénit, forman una corona que cons­
tituye la parte más hermosa y notable del fenó­
meno, convirtiendo el firmamento en una cíipuia
de fuego sostenida por columnas de luz diversa­
mente coloradas. Al disminuir la fuerza de los ra­
yos desaparece la corona, substituida por un res­
plandor pálido que aumenta por momentos y lue­
go se extingue. Con su último fulgor acaba la auto­
ra polar.
Halley, Von Humboldt, Argenlander, Wrange,
Siljestrohem, Wilsen, TVijkander, Zollner, Sir '
lliams Ramsay, Birkeland, Arrhenius, Poulsen,
Yillard, Andrée, son unos cuantos nombres de o.
principales físicos y astrónomos que, desde co­
mienzos del siglo xvm hasta nuestros días, a
estudiado la apariencia y las probables causas e
las auroras polares.

DEL

OCEANO

morir, ni menos todavía a que usted muera,
sin haberle dicho, sin que usted me haya
nido que, merézcalo o no, la quiero al punto
■le serme grato perder vida que, no vivida
on usted, es dura carga.
Y dando media vuelta, antes que María
Pepa pudiera reponerse de su inmensa emoón, volvió la espalda y desapareció por la
escalera que bajaba al zaguán de la Co­
mandancia.
Ella no intentó detenerlo, no lo llamó, no
tuvo fuerzas sino para sentir la mayor fe li­
cidad en su vida gozada, no obstante ser
aquel momento el de la ruina y el fracaso de
-us más caras ilusiones: felicidad que alum­
braba su alma con fulgor tan intenso, que no
dejaba ver tinieblas de catástrofe y muerte.
Y ante la inesperada perspectiva de una
vida mejor que aquella que unos minutos
antes no le dolía perder, el corazón se le
subió a los labios, gritando en ellos:
— No, no: m orir ahora no... V iv ir para
él.. Yo salvaré el Autoplanetoide, yo le sal­
aré a él... ¡Imposible, imposible!— excla­
mó desesperada llevándose ambas manos a
la frente— . Es de otra, es de esa... Yo no
puedo, yo no debo pensar en ese hombre— .
Y al decirlo corrió al pretil de la azotea, para
verlo alejarse por la plaza y echarle la pos­
trera mirada, que era su despedida a la en­
trevista felicidad imposible.
No estaba ya. M aría Pepa no vió sino la
multitud regocijada con el que ya creía in­
minente aterrizaje en Venus.
— En esos, en todos esos debe pensar no
más la Capitana del orbimotor— dijose la
valiente muchacha— . P or la salvación de
ellos tiene el deber ineludible de luchar. Si
el corazón entero es de él, mi pensamiento
será de ellos.
Y en el punto mismo de pensar esto, cual
si hasta entonces no llegaran a su cerebro
las palabras que hacía ya rato dejó caer
Fairelo en sus oídos, exclamó, apreciando
de pronto su significado:
— ¡Salvarlos!... Sí, sí, es posible; tal vez
probable... Esa aurora boreal... Las cargas...
Tiene razón... Esa es la causa... Ahora que
la conozco intentaré luchar con ella... Y si
logro salvarlos, no a mi, a él le deberán la
salvación; y yo la mía por segunda vez. No
llegará a realidad ese sueño, de que él ha­
blaba ha poco, de unirnos en la muerte;
pero nos uniremos en las vidas de esas dos­
cientas criaturas, aunque nuestras dos vidas
sigan separadas.
¿Satisfacía esta unión los anhelos del al­
ma amante de la pobre M aría Pepa? N o es
muy probable, pues ai pensar en ella suspi­
raba; mas como hacía esfuerzos para subs­
traerse al recuerdo de Alvaro, serenar el
B ib l io t e c a N o v x l x sc o -C je x t íp íc a

A

97

VENUS

juicio y convertir el perturbado espíritu de
la débil mujer en esforzado ánimo de la Ca­
pitana, como al cabo pareció conseguirlo, no
hemos de ahondar nosotros donde se re­
sistía ella a continuar ahondando.
Tenía razón Alvaro. El suave resplandor
que iluminaba parte del hemisferio por el
Sol dejado en sombra en Venus era, en efec­
to, una aurora boreal luciente en el polo
de este nombre del planeta, y ella la causa
de la perturbación ocasionada en la marcha
del autosidéreo.
Pero ¿cómo?, ¿por qué?... Porque las au­
roras polares, cuya luminosidad es debida
a fenómenos electromagnéticos, según pa­
recía ya saberse en este siglo X X (1 ), y eran
il)
Ya se lia dicho que n 1714 el famoso as
trónomo lla lle y habla sospechado algo sobre lu
ausa eléctrica de las auroras polares. MIIs ade­
lante, en tiempos ya cercanos— no hablamos en
2186, sino 1919— el ilustre físico noruego Birke
land explico, según su teoría, qué corpúsculos de
electricidad negativa, o sea electrones, son los que
dan origen a las auroras polares> indefectiblemen­
te acompañadas de perturbaciones magnéticas:
pues es sabido que entre electricidad y magnetls
rno existe siempre grande simpatía o irresistib! '
repulsión, pero jamás indiferencia.
El profesor sueco Arrbenius opina que estos elec­
trones no llegan a la Tierra en virtud de fuerzas
eléctricas, sino rechazados por la luz radiante del
Sol que ante si los empuja. Pues que la luz es «n i»
/.ierro y que ejerce presiones ha sido demostrado
por Hull y por Nichols, y a las claras lo dicen
los cometas que al alejarse del Sol llevan colas, no
detrás de ellos, sino precediéndolos, porque las ga■os;u : . ■ -ule
a.sntuyen estos cometnr
ríos apéndices son impelidas, como el núcleo prin­
cipal, por los rayos de la luz solar, pero, pesando
menos que él, se le adelantan.
Otro sabio notable, el Sr. Yillard, ha hecho es­
tudios interesantísimos sobre estos mismos fenó­
menos. Y, por último, actualmente se producen ar­
tificialm ente auroras polares en los laboratorios.
Muy pequeñas, es verdad, como encerradas dentro
de tubos X — de Crookes o catódicos más bien— ,
por los cuales pasan (descargas eléctricas, que
cuando son sometidas a la acción magnética (in ­
terponiendo el tubo entre los polos norte y sur.
de un poderoso electroimán' toman la misma apa
rienda de dichas auroras.
Los electrones que dentro del tubo engendran ¡a
descarga hacen en este curioso experimento el pa
peí de los electrones solares que llegan a la T ie­
rra, y los polos de los electrodos desempeñan el
que en las auroras terrestres corresponde a los po­
los magnéticos boreal y austral de nuestro globo.
P o r último, muchos astrónomos o físicos curio­
sos han medido la altura a que en la atmósfera
estallan las descargas entre las partículas electn
zadas del aire de ella y las que del Sol vienen,
a las cuales se debe la luz de las auroras. Así,
Boskovich, Boller. Bergman, Dalton, I.oom is, etcé­
tera, han obtenido alturas comprendidas entre 199
y 2.080 kilómetros, de donde han deducido que a
estas elevaciones, o por lo menos a otras no mu­
cho menores, existe aire tenue, tenuísimo, pero
aire al cabo, es decir, aire ya no, pero si gases
atmosféricos, lo cual da a nuestra atmósfera lí­
mites incomparablemente más remotos de los que
por mucho tiempo se le hablan señalado.
D e l O cííaxo a V ss ü s

7

98

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

—debía decir serán—fenómenos perfecta­
mente estudiados en todos sus detalles en
el X X II, deben su origen a efluvios podero­
sos de electrones, es decir, microcorpúsculos
de electricidad negativa, lanzados a los mun­
dos, por el Sol, en cantidades que, siendo
siempre grandes, se hacen enormes en las
épocas de mayor actividad de las manchas
de su disco y de las ígneas protuberancias,
de la corona solar, que constituyen verdade­
ros surtidores de gaseoso fuego, de donde
salen silenciosos huracanes eléctricos, mas
no por silenciosos menos potentes. Invisibles
estos electrones mientras cruzan el éter de
los espacios producen, al llegar a las altas
zonas de las atmósferas planetarias, eléctri­
cas descargas, choques por el estilo de los
que con ultramicroscópicas partículas de ma­
teria impalpable, tan leve que se llamó ra­
diante, se enciende luz en los tubos lumí­
nicos de Geisler y en los rayos catódicos:
mas con la diferencia de brillar a veces en
lo alto de las zonas polares encendiendo la
luz de las auroras de este nombre.
En cuanto al Autoplanetoide, que no te­
nía atmósfera exterior, no podía disfrutar
de auroras propias, aun hallándose envuel­
to, como lo estaba entonces, por las radia­
ciones que el Sol enviaba a Venus, mas no
por eso se substraía a la influencia eléctrica,
o más bien electro-magnética de ellas. Por­
que no ha do olvidarse que estaba su exter­
na superficie tachonada de cápsulas de cinetorio puestas en actividad mediante excita­
ción de ondas eléctricas engendradas por las
descargas de igual nombre producidas en el
interior de los tubos excitadores. Recorda­
do esto, fácil es comprender que el vendaval
de electricidad negativa, a terrible voltaje,
que a su paso del Sol a Venus envolvía al
orbimotor no permitía llegaran a cargarse
los excitadores, pues toda la corriente que
tas dínamos engendraban no saltaba en los
tubos, en cadena de chispas, por derramarse
antes en el éter, arrebatada en el torrente
inmenso de la electricidad solar en movi­
miento (1).
(1) Dicho mAs brevemente en términos técni­
cos, siendo ln inferencia de potencial entre los

He aquí por qué quedó privado el Autoplanetoide de fuerza propulsora.
Todo esto lo vió de pronto María Pepa en
cuanto pudo darse cuenta de la alusión de
Alvaro al meteòrico fenómeno que obser­
vara en Venus. Por si algo faltara para ro­
bustecer su convicción, al volver al despa­
cho, la brújula, que en él tenía montada, se
lo gritó con sus amplias, rápidas y descon­
certadas oscilaciones; pues es sabido que las
auroras polares determinan tremendas tem­
pestades magnéticas que enloquecen las
brújulas, perturbando su funcionamiento y
trastornando e interrumpiendo, a veces, el
funcionamiento de las líneas telegráficas, et­
cétera, etc. Y la borrasca de tal clase que
arrastraba el minúsculo mundo de la Capi
tana era muchísimo más violenta que cuan­
tas puedan registrar los observatorios de
cualquier mundo, por la misma razón que.
dada la cercanía del Sol a Venus, son en
este planeta las auroras incomparablemente
más intensas y luminosas que las de la
Tierra.
Sabido lo anterior, fácilmente compren­
derá hasta el más indocto porqué caía el
Autoplanetoide al Sol: hallábase a 150.000
de kilómetros de Venus y a 108 millones lar­
gos de aquél; era por Venus atraído con
fuerza igual al peso de 22.600 toneladas que
en el lugar en donde estaba era el suyo con
respecto al cercano planeta. Tiraba de él el
Sol con fuerza, mucho mayor, de 78.500.
Mientras sus cargas le proporcionaron me
dio de contrarrestar esta última atracción
pudo orientar su marcha hacia el mundo
que estuvo a punto de alcanzar; pero en
cuanto cesaron las descargas, las 22.600 to­
neladas de la gravedad venusiana fueron
vencidas por las 78.500 de la gravedad so
lar: y al Sol comenzó a caer el Autoplane­
toide, obedeciendo a la fuerza de ella.
electrodos positivos y negativos de los excitadores
incomparablemente menor que la existente entre ]■
primeros y el éter, electrizado negativamente por
el torrente de electrones, entre ellos y éstos se verlflcnban las descargas, y no entre los electrodos
de los tubos excitadores, que quedaban inertes.

DEL

OCEANO

A VENUS

99

XXIII
EL

CORREO

INTERPLANETARIO

Apenas María Pepa hubo formado reso­
lución de luchar con la callada más terri­
ble tempestad que corría su mundo, se acor­
dó de les trabajos que por un vago más
certero instinto habla ordenado realizar a
sus abuelos, sorprendiéndole cuán acordes
con las necesidades de la realidad resulta­
ban las observaciones y cálculos a que sus
viejecitos se dedicaban en aquellos mo­
mentos.
Mercurio, el planeta anegado en la luz
solar, casi sumido en los vapores de la ho­
guera de donde toman vida los mundos pla­
netarios, pues de ella solamente lo separa la
insignificante distancia de 58 millones de
kilómetros; Mercurio, en el que, casi irre­
flexivamente, pensara María Pepa al creer
inminente la catástrofe, podía efectivamen­
te ser tabla de salvación del novimundo.
%Pero cómo, antes de saber la causa de la
caída, se acordó de Mercurio?...
Porque del mismo modo que el náufrago,
perdido en medio de las olas, cuando el bar­
co se rompe contra ios arrecifes, no ve sino
el madero que más cercano tiene entre los
restos del desastre por el mar zarandea
dos, ella no veía en las inmensidades del
Universo, donde estaba perdida, otra tabla
a que asirse que el cercano Mercurio. Cer­
cano, como demostrarán próximos sucesos,
no obstante hallarse entonces a 49 millones
de kilómetros del Autoplanetoide, porque,
¿qué es tal distancia comparada con las que
en el etéreo abismo separan a los soles y
a las estrellas? Lo que un milímetro en re­
lación con la redondez entera de la Tie­
rra. No: todavía mucho menos (1).
Pero dejemos esto y vengamos a la Ca­
pitana, que, sola en su despacho, y pensan­
do que todavía tardarían los abuelos hora
y media en traerle el resultado de sus tra­
bajos, sin conocer los cuales ni empezar po­
día a coordinar sus planes, se halló comple­
tamente a solas con el recuerdo de Alvaro;
(1) No sin razón se califica de muy insignifi­
cante esta distancia, y de igual modo calificamos
poco ha la de Mercurio al S o l; pues otros orbes
muchísimo mus importantes que el pequeño pla­
neta, tales como Jdplter, Saturno, Urano, Xeptuno. giran en torno de aquél a distancias de 776,
1.421, 2.858 y ¡4.4781 miUones de kilómetros. X
no hablemos de estrellas para cuyas distancias re­
saltan las anteriores puntos en la Inmensidad.
B i b l io t e c a X o t b l e s c o - C i b s t í b i c a

y para rechazarlo, y para defenderse de él,
volvió la mirada al vasto semidisco de Ve­
nus, y en él al continente rodeado de isletas,
entrevistas en un claro de los densos nuba­
rrones del planeta, que por extraño evento se
entreabrieron. Aquellas formas recordaban
vagamente el trazado de la clásica penínsu­
la griega, cosa no extraña en el planeta de
la helénica diosa del Amor y la Hermosura,
y aquella semejanza le recordó la Tierra;
que mirando hacia atrás, vió allá lejos, muy
lejos, chiquita, chiquitína cual menuda ca­
beza de alfiler, pero brillando con intensa
luz.
—Allí está— dijose— , ignorante de esta
tragedia que amenaza a los temerarios hijos
suyos que pretendíamos llevar su nombre
a todos los planetas...
V esa ignorancia de nuestro fin no se di­
sipará... ¿Quién sabe?...
Lo que de Venus he entrevisto, gracias a
una casualidad rarísima, revela un alto gra­
do de civilización (1). A estas horas nos
acechan tal vez en sus observatorios con
aparatos cuya potencia sobrepuja a cuanto
yo pueda sospechar; tal vez nos observaban
sus astrónomos de varios días atrás; tal vez
presumen ya el frustrado objeto de este
viaje, y acaso nuestro rumbo les dirá ma­
ñana que caemos en el Sol, y su ciencia la
causa de nuestra calda.
¿Quién sabe adonde llega la inteligencia
de los hijos de Venus?
¿Quién puede asegurar que no triunfarán
ellos en una empresa análoga a ésta en que
yo estoy a punto de fracasar, y que a la
Tierra no lleven algún día, hombres de Ve­
nus, la noticia del desastroso fin de esta hija
de Adán que pretendió medir sus flacas
fuerzas con las incontrastables fuerzas si­
deral es?...
¿Quién sabe si antes establecerán etéreas
comunicaciones teleplanetarias?
Al llegar a este punto de su soliloquio
ocurrióle la idea a Maria Pepa de enviar a
Venus, para reexpedición a Tierra, el men­
saje que conocemos desde las primeras pá­
ginas de esta historia, y empezó a redactar(1) La casualidad a que aquí se refiere María
Pepa es la de haberse desgarrado las densísimas
nubes del planeta que cubrén casi constantemente
la superficie de él con sus niveos vapores.
D b i. O c é a s c a V e b c s

7 *

VIAJES PLANETARIOS e n EL SIGLO XXII
100
— ¡Ah!... Vamos.
lo, interrumpiéndola en esta ocupación la
— Y empeñará usted a todos mi forma!
entrada de Arístides que llegaba a infor­
promesa de que tan pronto hayan oído mis
marla de que sus policías le comunicaban
la existencia de gran excitación entre los explicaciones, quedarán en plena libertad.
Vaya, vaya en seguida.
sabios de todas las naciones, reunidos desde
En cuanto salió Arístides, terminó María
una hora antes, en misterioso conclave, en
el Instituto de Experiencias, adoptando el Pepa la carta, o más bien parte, que iba a
enviar a Venus, insertando la final alusión
acuerdo, a propuesta de mistress Sam Bull,
de pedir explicaciones a la Capitana sobre la al odioso papel que estaba cierta, aun fal­
extraña dirección, que observaban en el orbi- tándole pruebas, había desempeñado Sara
■ niotor, y si preciso fuere residenciarla y exi­ en todo el viaje; pero teniendo la magnani­
girle que resignara el mando en un comité de midad de no nombrarla.
Una vez terminada la Redacción del docu­
sabios presididos por la aviadora yanqui.
mento se levantó, y, sintiendo imperiosa ne­
Por cierto que Leblonde esmaltó aquel
pg.rte con tres o cuatro comentarios sobre cesidad de averiguar algo que a despecho de
Sara que no habrían sido nada gratos a los su afán de saberlo no se había atrevido a
oídos de ésta, de llegar a ellos, y muy poco preguntar cara a cara a Aiístides, corrió al
teléfono para llamar al Instituto de Expe­
adecuados a oficiales informes.
_¿Qué hago?... ¿Los detengo por embus­ riencias y ordenar que tan pronto llegara
teros?... ¡Mire usted que poner defectos al allá el Sr. Leblonde se pusiera al aparatoDos minutos después, al avisarla el tim­
rumbo, ahora, precisamente, cuando ya es­
tamos a dos dedos de desembarcar en ese bre de que Arístides aguardaba sus órde­
precioso mundo, digno de la diosa de su nes, tomó la bocina y esforzándose para
disimular el temblor de la voz, dijo:
nombre!... ¿Pero no lo están viendo?...
— Soy yo, Leblonde..., la Capitana... Ne­
— No, amigo Arístides, no lo ven. Y aho­
ra tienen razón, porque tampoco veo yo tan cesito saber los nombres de los sabios y sa­
inmediato ni tan grato como usted el fin de bias que componen la reunión de que me ha
dado usted parte.
nuestro viaje.
Contestó Leblonde citando una larga re­
— ¡Cómo!... ¿Qué dice usted?... Pero si
está ahí, al lado; si los dos cuernos de esa tahila de nombres y agregando al termi­
disforme luna me parecen ebúrneos brazos narla:
— Además, en este instante entra en el
que la diosa abre para recibirme.
— Déjese ahora de bromas, Leblonde: te­ salón, por los otros llamado, el Capitán Fairelo.
nemos desagradables novedades. ,
— Pues si tienen razón, aun son más peli­
— ¡Ah!...— exclamó María Pepa soltando
grosos, y apremia más prenderlos.
el aparato y dando un suspiro de satisfac­
En otra ocasión no habría dejado la Ca­ ción— . Ya sabia yo que él no podía estar
pitana de reirse de aquella lógica policiaca entre ellos... Ese hombre, ese hombre... ¿Por
del Superintendente de Vigilancia; pero no qué se agarra así a mi pensamiento?... ¿Por
estando entonces para ello, se limitó a de­ qué no he de poder apartarlo de él?...
cirle:
Pues tengo de poder..., y podré.
— No, Leblonde, no. Se presentará usted
Se pasó la mano por la frente, y aferrán­
a esos señores, y les dirá que dentro de una dose a unas preocupaciones para huir de
hora recibiré aquí» y daré explicaciones, a la otras, llamó, telefónicamente también, a
comisión que han . elegido.
Valdivia, cuyo servicio en el puente era
— ¡Explicaciones!... Me han cambiado a completamente inútil mientras las cargas no
mi Capitana. Mire usted lo que hace.
funcionaran. Llamábalo porque además de
— No debo negárselas a criaturas expues­ primer piloto era Jefe de Artillería en el
tas a perder la vida, que para defenderla me aviestelar, y en concepto de tal iba a em­
las piden. Pero agregará usted que mien­ plearlo.
tras tanto les prohibo salir del Instituto,
Componían la citada artillería hasta una
y decir nada a nadie de sus temores, previ­ docena de cañones de 18 centímetros, dis­
niéndoles que para evitarlo quedan, no pre­ tribuidos, por baterías de tres, en las casa­
sos, pero sí vigilados, por tropa que llevará matas ecuatoriales, a una de las cuales se
usted consigo, cuantos no den palabra de dirigió María Pepa seguida del oficial.
someterse a tales condiciones... Con excep­
Una vez en ella sacaron del inmediato
ción de mistress Sam, que...
almacén de municiones un proyectil cuya
— ¡Cómo!... ¿Está usted en su juicio?... parte superior destornillaron, y en vez de
De modo que a esa...
introducir en su cavidad interior la carga
A esa la vigilará usted, pero disimula­ explosiva, o rompedora, metieron en ella el
damente, aun cuando dé palabra.
mensaje arrollado.

DEL

OCEANO

Cerrada nuevamente la granada e in ­
troducida en el cañón, acabaron de car­
gar éste con el cartucho cilindrico de tr i­
ples paredes de cristal siderúrgico, con los
vanos entre ellas rellenados de algodón com­
primido. Este cartucho venia, pues, a ser
un frasco análogo, aun cuando perfeccionadísimo, a los de Dewar empleados en la
conservación del aire líquido.
Dicho cartucho contenía unas cuantas li­
bras de aire solidificado en granulos, envol­
viendo tres onzas de macronitrina que hacía
de fulminante.
Apuntado el cañón, no en dirección a Ve­
nus, sino según otra intermedia entre la del
planeta y la diametralmente opuesta a la
que la atracción solar ejercería sobre el pro­
yectil — determinada cuidadosamente por
cálculos que rápidamente hizo Maria Pepa—
se hizo pasar a través de la macronitrina la
descarga eléctrica, que incendiando aquélla
y volatilizando el aire sólido, con el calor de
la explosión, desarrolló la colosal fuerza pro­
pulsora del proyectil, comunicando a éste
velocidad inicial de ¡seis kilómetros por se­
gundo!...
Felizmente la chispa eléctrica saltaba en
el interior del Autoplanetoide, porque la
boca del cañón obturaba herméticamente
la plancha blindada, por él atravesada, de
la pared externa de la casamata. De no ha­
ber sido asi, el estado eléctrico producido en
el exterior por la aurora boreal de Venus,
habría substraído las chispas antes de que
llegaran al fulminante.
Como la bala salía huyendo del Sol y
acercándose a Venus, que solamente dis­
taba 150.000 kilómetros de la boca, de la
pieza, a cada instante de su marcha dis­
minuía la acción sobre él de la atracción so­
lar, y aumentaba la del planeta, bastándole
tan sólo para dar en el blanco llegar a sitio
donde la gravedad de Venus tirara preponderantemente de él. Y siendo suficiente para
ello recorrer no más que 34.000 kilóm e­
tros (1 ) bajo la fortísim a impulsión de la
carga aérea, era sumamente probable que
al fin cayera aquel mensaje en manos de
los habitantes de Venus.
¿ Y luego?... ¿Sabrán reexpedirlo a la
Tierra?...
La contestación a esta pregunta es una

(11 A 116.000 kilómetros de Venus se equilibra­
ban aquel día las acciones de la gravedad del pla­
neta y la del S o l; y como el Autoplanetoide dis­
taba 150.000 de aquél en el momento del disparo,
la diferencia da el número de 34.000 en el texto
indicado. Una insignificancia para la fuerza ex­
pansiva del aire sólido, sobre todo no habiendo de
vencer el proyectil resistencia de aire.— A’ ofo de
RipoU.

A VENUS

101

incógnita para María Pepa; pero no lo es
para el lector.

Poco después del retorno de la Capita­
na a la Comandancia, llegaron, uno tras
otro y con escaso intervalo, los tres ancia­
nos, rindiendo sus respectivos informes.
Fognino declaró que en la central eléc­
trica no había avería aparente, sintiéndose
inclinado a atribuir la falta de excitación de
las cargas a externas causas: probablemente
a perturbaciones del éter sideral que envol­
vía al orbimotor.
Haupft traía el resultado de sus cálculos
capaces de espantar al más sereno. ¡Qué es­
peluznantes velocidades adquiriría el po­
bre mundo de la Capitana, a tirones del Sol,
cada uno mayor que el precedente, por la
disminución de las distancias desde las cua­
les iría dando cada uno de los sucesivos, y
con acumulación de los efectos de todos, se­
gún la fórmula, en aquel caso horrenda del
movimiento, no uniforme, sino progresiva­
mente acelerado! ¡Qué inverosímiles des­
atentadas carreras en aquellos sucesivos pe­
ríodos de cinco horas, para los cuales las
habla calculado el sabio alemán, con tal es­
mero que hasta traía puntualizadas al se­
gundo la fecha y la hora en que el desven­
turado motoplaneta y sus desventuradísimos
pobladores se verían envueltos en las llamas
solares!...
¡Y lo decía tan fresco, como si aquello no
fuera con él: dando la solución como la de
cualquier problema teórico, sin concederle
externamente otra importancia que la de su
interés científico!...
Desgraciadamente, no entiende jota mademoiselle Thellis de las ecuaciones e inte­
grales que embellecían los diez y siete gran­
des pliegos de papel donde campeaban las
ecuaciones matemáticas del sabio profesor.
P or eso no se dan detalles de ellas.
Cierto es que podría el autor, y hasta
acaso debiera, hacer los cálculos e insertar­
los aquí. Pero no tiene gana, y tal vez no la
tengan de conocerlos los lectores, que se sa­
tisfarán por ahora con saber que la caída,
de 108 millones de kilómetros, del Autopla­
netoide al Sol, habría de durar más de tres
días y menos de cinco. Y si tal vaguedad es
criticada, se empeña aquí formal promesa,
a quienes la censuren, de que si este libro
alcanza su décima edición, cosa que Dios y
el público le otorguen, se insertarán en ella
terminados los cálculos para que los lecto­
res exigentes puedan saborearlos.
En un plano grandísimo, no obstante ser
su escala muy pequeña, traía don Jaume el
Sol, Venus, Mercurio, unos arcos de elipse

102

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

indicadores de los caminos de los dos plane­
tas durante cuatro días, y en dichos arcos
varios redondelitos, rojos para Mercurio y
verdes para Venus, con una feclia y una
hora junto a cada uno. Eran los lugares
adonde, en los instantes por los letreros de­
clarados, llegarían uno y otro. Por último,
casi en contacto con la diosa mitológica,
digo con el orbe planetario, un punto negro
señalaba la posición del Autoplanetoide, en
el momento en que el astrónomo había co-,
menzado sus interesantísimas observaciones.
Por cierto que al asomar la punta del
enorme rollo del sidereográfico plano por
la puerta del despacho se oyó una voz, toda­
vía lejana, que al otro extremo de él gritaba:
— Ya sé lo que es, Pepeta: la picara man­
cha del Sol que venía cresiendo hase dos
días y que ha ensendido la gran aurora en
Venus: una tormenta magnética. Pero de
las gordas.
Contestó María Pepa que lo sabía ya,
explicándose entonces Haupft y Fognino
las perturbaciones que anulaban la excita­
ción eléctrica de las cargas. Preguntóse a
Ripoll si columbraba indicios de cercano serenamiento de la mancha; si era ésta muy
grande; si se movía de prisa, a lo cual no
pudo contestar sino que grande no era, pero
que en lo demás no había tenido tiempo de
fijarse, atareado como estaba con su car­
tográfica faena.
— Pues es preciso que la observes en cuan­
to aquí acabemos— le contestó la Capitana—.
Y sometió a los viejos su proyecto para sa­
lir del trance, si tenía la suerte de que algún
claro en la borrasca le diera tregua para in­
tentarlo, antes de ser ya tarde para todo re­
medio. Pero cuando comenzó a hablar, llegó
Leblonde diciendo:
—Ahí están esos... Y esa.
— Pues que suban, que suban en seguida.
Luego os diré cuál es mi plan, si es que no
tengo antes que explicarlo delante de ellos.
— ¿Pero quiénes son esos?—preguntó el
impaciente catalán.

—Una comisión, nombrada por los sabios
de todas las naciones, que viene a residen­
ciarme y a quitarme el mando.
— ¡Recongelasión!— . Y el almogávar no
pudo por lo pronto decir más, porque le aho­
gaba la ira.
—No puede ser—gritó Haupft—. Yo creo
que deberías...
—Aquí no hay más sabios que nosotros—le
atajó Fognino, que, como el catalán, comen­
zaba a perder los estribos y a sentirse tam­
bién un poquito almogávar.
— ¡F utro!... ¡Refutro.'...— bramó al cabo
Ripoll—. ¡Residensiar a mi Pepeta!... Que
entren, que entren, y veremos quién es el
guapo que me lo dise a mí en mi cara. ¡De­
ponerte!... ¡Deponerte!... Ahora verán, aho­
ra verán. Aquí no entra ninguno.
\ con los puños en alto se dirigió a la
puei-ta.
Quieto, papá Ripoll. En estas solemnes
circunstancias no tenemos derecho para ne­
garnos a oírlos. Acaso traigan alguna idea
más útil que las mías para la común sal­
vación.
— ¡Mejor que las tuyas!... Como no trai­
gan...
—Aquí no pueden tolerarse más ideas que
las nuestras.
—Es preciso...
— No.
— Sí. ¿Soy o no soy quien aquí manda?
—Que no, que no entran. ¡Cómo no te de­
pongan!...
—No necesitan ya tomarse ese trabajo
—¿Por qué?...
— Porque al negarte a obedecerme ya me
has depuesto tú.
— ¡Y o!... ¡Y o!...
—¿Obedeces?... Si no, les diré, cuando en­
tren, que hablen contigo y con Fognino, que
sois quienes mandáis aquí ahora...
■ No, no, Pepeta: hago lo que tú quieraste obedesco.

XXIV
ALEGRIAS Y DOLORES COMBATEN A LA POBRE MARIA PEPA
Seis sabios, de sexos indistintos, forma­
ban, incluyendo a Sara, que los presidía, la
comisión encargada de pedir explicaciones a
María Pepa sobre el extraño y alarmante
rumbo—subrayamos las palabras como las
recalcaba aquélla— del avimundo, y de llegar

a todos los extremos que preciso fuere para
que entraran en vereda él y su Capitana.
Fairelo era uno de los comisionados, y en­
tró el último; Sara, la primera; él llevaba
actitud indiferente; ella, aun teniendo bien
acreditado su valor temerario, no se avenía

DEL

OCEANO

a la probable muerte; y su protesta se en­
crespaba pensando que esta vez no era suya,
como otras, la culpa de aquel riesgo, aca­
rreado por reales torpezas del mando, que
ansiaba echar en cara a su odiada enemiga,
humillándola, abrumándola con su desprecio
de sabia, satisfaciendo, al paso, su aborreci­
miento de mujer celosa.
»
Y tal la aborrecía, que hasta llegaba a con­
solarla de la próxima muerte el pensar que
ésta sería prueba del fracaso de la Capitana,
y que muriendo evitaría el bochorno de verla arrebatarle a Alvaro, cosa que cada día
iba temiendo más la hermosa yanqui: que en
su feroz odio prefería perder la vida en la
catástrofe a presenciar un nuevo triunfo de
la pericia de María Pepa. Venía resuelta Sara
a que el comité que presidía, robustecido con
la autoridad de portavoz de los acuerdos de
los científicos representantes de casi todas
las naciones, depusiera solemnemente a la
Capitana y asumiera el mando. Para ella lo
primero era esto; la salvación, lo secunda­
rio. Si el comité sabia conjurar el peligro,
mejor; pero, aunque así no fuera, prefería
tostarse viva en el fuego solar a ser salvada
por la española.
Los otros comisionados, uno de los cuales
era comisionada, no ofrecían particularidad
interesante.
Recordando anteriores encuentros con su
enemiga, llegaba la indignada Comandante
de Bifrontes Aviadores, dispuesta y prepa­
rada a vencer resistencias y altiveces, resuel­
ta a chillar alto, y a recurrir, a poco que
preciso fuera, a la violencia; pues cuanto
más gritara la otra, que tenia sobre sí la
responsabilidad de un probable naufragio—
¡y qué naufragio!— más empeoraría su si­
tuación.
En el camino del Instituto a la Coman­
dancia había hilvanado, para entrar en ma­
teria, una breve pero aplastante y depresiva
catilinaria que a quemarropa pensaba dispa­
rar a María Pepa, sin darle tiempo para pre­
venirse; asi que, apenas traspasó el umbral
de la puerta del despacho, dijo con alto tono
y agrio acento:
— Por acuerdo de cuarenta y dos de los
cincuenta científicos comisionados interna­
cionales, que en el planetoide representan
toda la terráquea ciencia, venimos a exigir
a su Capitana explicaciones sobre la absurda
y peligrosa dirección de marcha...
— Que gustosa me presto a dar a ustedes—
interrumpió María Pepa cortándole el exor­
dio, a la oradora, en el momento mismo en
que iba a remontarse a las alturas de ful­
minante apostrofe.
No esperando Sara tal suavidad, que la
impedía seguir por el camino proyectado, ti­

A

VENUS

103

tubeó un instante; pero, creyendo tener hu­
millada a sus pies desde el primer momento
a su enemiga, el deseo de hacer patente a to­
dos, y especialmente a Alvaro, la humilla­
ción, hízole contestar:
.
— Naturalmente... Pues no faltaba más
sino que habiendo fracasado nos la negara
usted... Con gusto veo que no se acoge a su
habitual orgullo, que ahora sería extempo­
ráneo, lo cual implica concesión...
— Abreviaremos, si les parece a ustedes—
contestó María Pepa, reprimiendo, a duras
penas, sí, pero enfrenándola, la cólera que
encendió en ella la última frase de Sara— .
La ocasión no es para discursos.
— Es que debo decir a qué venimos: y lo
diré.
— Lo sé hace más de una hora. Y contes­
tando desde luego, ahorro tiempo, que no es
para perdido. Es efectivamente absurdo el
rumbo y alarmante la situación; porque he­
mos comenzado a caer en el Sol.
— Ya lo sabía. ¿Lo ven ustedes?... No que­
da otro camino que...
— ¿Deponerme del mando?... También lo
sé, y me allano a entregarlo a quien tenga
más probabilidades que yo de salvar el orbimotor y su pasaje.
— Ya lo oyen ustedes. Esta mujer, que
confiesa habernos traído a peligro de muer­
te, no tiene medios de evitarlo— interrumpió
Sara queriendo producir un pánico en los
comisionados, para sacar la discusión de los
serenos cauces por donde la llevaba la mo­
deración de María Pepa— . No hace falta más
para destituirla; para exigirle responsabili­
dades, para...
— ¡Recongelasión!...
— Silencio, señor Ripoll. Señora Sam Bull,
lo más urgente, lo que no admite espera, es
saber quién va a reemplazarme. No invoco
mi calidad de jefe indiscutible, pues la gra­
vedad de las circunstancias me hacen consi­
derar deber moral ceder el mando del apa­
rato que he creado y hasta aquí he condu­
cido, no a quienes juzgue yo más aptos para
ejercerlo, sino a quienes, en opinión de cuan­
tos aquí estamos reunidos, tengan plan y
medios que inspiren mayor confianza para
regir el Autoplanetoide. Si todos perecemos,
poco importarán luego mis responsabilida­
des; si nos salvamos, ya habrá quien tenga
entonces autoridad y prestigio, que hasta
ahora falta a ustedes para exigírmelas. De­
jemos esto, pues, y vamos, sin perder más
tiempo, a lo que apremia e interesa: quién
va a mandar aquí.
— Sí, sí— dijeron dos o tres de los comi­
sionados, haciendo comprender a Sara la im­
posibilidad de continuar por el derrotero que
llevaba.

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
— Pero, a lo menos, sabrán la causa de la
— Aquí no manda ni mandará nadie más
dificultad presente.
que tú.
— Pues claro está— contestó Sara, agarrán­
-—Aquí, señor Ripoll, mandará quien ofrez­
ca superiores garantías de acierto y compe­ dose a la única contestación que podía dar
para salir de aquel mutismo desairado y ri­
tencia para sacarnos del peligro presente—
replicó con firmeza María Pepa, que por mo­ dículo— . Que caemos en el Sol.
— Eso ya lo he dicho yo antes; pero la cau­
mentos se captaba la aprobación de los co­
misionados presididos por Sara, a los cuales sa de la caída es lo que importa conocer, la
se dirigió, agregando— : Eso no lo discutire­ fuerza que provoca tal caída: que mal podrán
mos (pues todavía mando, y no consiento se ustedes detener si no saben nada de su ori­
pierda ni un momento en discusiones), pero gen.
— La causa está bien clara: la torpeza de
lo votaremos ahora mismo en cuanto quienes
tengan planes los expongan breve y sumaria­ usted; la fuerza, la de su ignorancia.
Eran tan parcial y descompuestamente
mente. Y no podrá tachárseme de amañar
mayorías, porque ustedes son seis y mis ami­ agresivos el tono y las palabras de esta res­
puesta, y tan vacía se hallaba de noticias o
gos y yo cuatro...
¿Cuál es, señora, el plan de la comisión conocimientos útiles para salir del trance
que usted preside para sacarnos del actual que a todos preocupaba, que los comisiona­
dos se miraron los unos a los otros, mostran­
peligro?...
¿Qué fuerzas van a oponer ustedes a las do, en la expresión de sus semblantes, muda,
que nos arrastran?... ¿Cuáles son éstas?... pero evidente condenación de aquel intempe­
¿Cómo piensan ustedes emplear aquéllas?... rante exabrupto, muy cercana a trocarse en
Tan perplejas dejaron a Sara estas inespe­ explícita repulsa de tan apasionada e inútil
radas preguntas, que no obstante su despier­ forma de plantee.r el problema de la común
ta inteligencia y su resuelto espíritu, no salvación. Es decir, todos no, pues Alvaro no
atinó a dar contestación con la que no que­ miraba a los otros, sino que fijamente cla­
dara en evidencia, balbuceando mientras la vaba en Sara una dura mirada, con expre­
sión que, por ella advertida, la descompuso
buscaba:
— Nosotros... Esta comisión... Ya hemos y la sacó de sí aun más que estaba, siendo
soplo violento en la hoguera de su odio.
dicho...
Ripoll bramaba, pero interiormente, por
— El plan, el plan, señora... Y si usted
desconoce el que seguramente traerá la co­ no exponerse a la tercera pública admonición
misión, invito a estos señores a que lo ex­ de María Pepa. Fognino no se indignaba con
la aviadora yanqui por preocuparle mucho el
ponga aquel que lo conozca.
— No se trata de eso— rugió Sara— . Usted enterarse de las miradas no muy cariñosas
que se cruzaban entre ella y Alvaro; pero
quiere eludir...
— Ya he dicho que ahora no se trata de Haupft, que no tenía tales motivos vde dis­
mí... ¿Es que no traen ustedes plan nin­ tracción, perdió su pacífica ecuanimidad y
protestó increpando a Sara:
guno?...
— Señora mía, no es tolerable que gratui­
No puede ser... No lo puedo creer...
tamente hable usted de torpezas del mando...
Contéstenme, señores... ¿Cómo y por qué
— Doctor Haupft— le interrumpió la Capi­
medios piensan ustedes salvar la situación?
tana— , suplico a usted no haga alto en me­
— Necesito explicar— contestó Sara— ... En
nudencias... Nuevamente pregunto a los se­
nombre de cuarenta y dos sabios...
ñores comisionados, y esto es lo interesante,
— En nombre de doscientas vidas amena­
si saben por qué caemos en el Sol, si conocen
zadas ni a los sabios consiento malgastar ni
la causa que determina la caída... ¿Cómo?...
un minuto siquiera en cosa que no sea dar
¡Tampoco saben eso!... Me parece imposible
medios de salvarlas.
que ninguno de ustedes lo sepa— al decir esto
Aun quiso Sara protestar, revolviendo el
miró a Alvaro— . Los invito, los conjuro a que
cotarro, pero entonces fueron sus compañe­
si alguno tiene medios de afrontar la situa­
ros quienes, impresionados por las juiciosas
ción, los exponga. Y si se consideran mejo­
palabras de la Capitana, la impidieron ha­
res que los que yo pienso aplicar, le haré en­
blar.
trega del mando.
— ¡De modo que no tienen ustedes plan
Pero ¿es que ninguno de ustedes sabe por
ninguno!...
qué caemos?...
¡Ah, Maquiavelo!— decíase Fognino, son­
La voz de la Capitana temblaba al hacer
riendo maliciosamente, y paseando sus mi­ la pregunta.
radas socarronas desde su nieta a los comi­
Pasaron breves instantes, que a todos pa­
sionados, que, sintiendo lo desairado de su recieron larguísimos, al cabo de los cuales
situación, no levantaban los ojos del suelo.
brilló en los ojos de María Pepa, no la ale104

DEL

OCEANO

gris, del triunfo de la Capitana, sino el gozo
sentido al ver que Alvaro habla callado a
Sara lo que le dijo a ella: que a ella y no a
otra le daba medios de triunfar, si era posi­
ble el triunfo. Y ya arrogante, prosiguió mi­
rando frente a frente a su rival.
— ¡De modo que sin plan, sin conocer si­
quiera la índole de la dificultad, ni de la
fuerza que es preciso vencer, ignorantes de
cuanto hay que saber para mandar, vienen
ustedes a hacerme perder tiempo que nece­
sito para intentar salvar a todos!...
Pero ¿es posible?... ¿Es que creen ustedes
que con quitarme el mando basta para que
*1 Autoplanetoide tuerza su rumbo al Sol
para volver a Venus?...
—Tiene razón, tiene razón— dijeron los
.compañeros de Sara.
—No la tiene mientras no explique qué va
a hacer. Tenemos competencia científica para
aprobarlo o rechazarlo, y esto es lo menos
que podemos exigir a quien es evidente que
no tiene pericia para regir el Autoplanetoide,
a quien lo lleva a la catástrofe.
— Señora, frente a otro plan presentado
por personas de ciencia, a la ciencia diría
que resolviera entre él y el mío; pero a vul­
gares amotinados no da l a c a p it a n a ex­
plicaciones. Vuelvo a asumir autoridad y
responsabilidad. Yo sé la causa del acciden­
te; yo tengo medios, no sé si de vencer, pero
sí de luchar, y los aplicaré. Ustedes obedez­
can. Hemos terminado.
*—Eso es hablar— dijo Itipoll fuera de sí.
Sara había perdido la partida, quedando
en evidencia ante los mismos comisionados,
y, lo que era peor, ante Alvaro, que había
ya visto claro quién y cómo era su consorte
laica, con ‘la cual tuvo un breve rifirrafe por
no avenirse a intervenir en la contienda, se­
gún pretendía ella: hasta que, convencida
de que, por la primera vez, rehusaba Alvaro,
categóricamente, plegarse a su voluntad,
dijo nerviosa:
—Pero nosotros no somos sino comisiona­
dos de cuarenta y dos sabios: ellos decidirán.
—Perdone usted, quien decide soy yo, que
no tolero conclaves, complots, ni menos re­
sistencias. Mas, no olvidando mi palabra, de
aquí saldrán ustedes libres: es más, les con­
cedo veinte minutos para que, volviendo al
Instituto, digan a esos señores que de tener
alguno de ellos plan y actitud para pilotar
e l Autoplanetoide, todavía me avengo a co­
nocerlo y a compararlo con el mío. Espera­
ré ese tiempo, sin perderlo por mi parte;
pero, si pasa sin recibir respuesta, quedan
desde ahora prohibidas reuniones de más
de tres personas, por muy sabias que sean.
Y quien infrinja este mandato, aténgase a

A VENUS

305

las consecuencias... Es inútil, señora, que
pretenda hablar más. En este instante co­
mienzan a contarse esos veinte minutos.
Son las tres y diez.
Los comisionados se llevaron, quieras
que no, a Sara, que iba lívida. Los viejos
abrazaron enternecidos y gozosos a María
Pepa.
• • *

Quince minutos después se abrió la
puerta del despacho, donde la Capitana
trabajaba, a solas, y la escoltera de centi­
nela en ella entró diciendo:
— Ahí fuera espera un enviado de los
señores reunidos en el Instituto de Expe­
riencias.
— Que pase.
No hacía falta el permiso, pues ya Fairelo se lo había tomado y estaba en el des­
pacho, notando desde luego María Pepa
en su actitud y gesto que una resolución
muy firme lo traía.
Cuando tras él cerró la puerta la mu­
chacha que lo había anunciado, preguntó
María Pepa con voz no muy segura;
— ¿Hay alguien q u e ..? ¿Es usted
quien...? Porque usted sí lo sabe...
— Ni se trata de eso, ni a mí me manda
nadie. Allá todos ignoran la causa de la
caída; yo he mentido al decir que me en­
vían ellos, y he mentido premeditadamen­
te para tener certeza de entrar aquí, donde,
a no haber hecho esto, es probable me nega­
ran la entrada...
Lo lógico, lo clásico, lo que los cánones
de la novela exigirían ahora sería que
María Pepa dijera altivamente: “ ¡Caba­
lle r o !...” Pero a despecho de tan fuertes
razones no lo dijo, sintióse todavía más
turbada, y balbuceó, sin altivez ninguna:
— ¿Paro entonces?..
— Me dijo usted hace poco que era pro­
bable pereciéramos, y parece que ahora
tiene usted esperanza de evitarlo.
— Esperanza, sí; gracias a usted; cer­
teza, no: esa es de Dios.
— Pues bien; quiero que sepa usted que
si muriendo me bastaba para morir con­
tento el morir a su lado, no me resigno
ahora con la vida si no me da la suya a
cambio de la mía.
¿Que sintió la enamorada María Pepa
ante aquella explosión de amor del hom­
bre a quien ella adoraba? No hace falta
decirlo, mas sí saber que su alegría fué tan
grande y le salió a la cara de tal modo,
que no le dejó a Alvaro duda ninguna de
los sentimientos que la producían.

106

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

no quiero sea de ella.
— H ay entre ustedes lazos...
__ Que se rompen por voluntad de cual­
quiera de los dos: el matrimonio lo deshace

dando en trozos a través de la vida, ni con­
cibo pueda darse ésta sino una sola vez
Así soy: me repugnan amores desprendidos
de otros brazos y me repugnan las mujeres
que ruedan de esposos en esposos.
—Esas son antiguallas: cosas de beatas
—Puede ser: yo soy de esas a quienes
llama usted beatas. Pero aunque no lo fue­
ra... Contésteme: cariño, amor que fué ayer
de una y hoy es de otra, ¿de quién será ma­
ñana?... ¿Quién en él fundará la fe de que
amor vive?... No: vida y amor que tienen
dueña no he de aceptarlos yo: no soy mu­
jer que robe amor a otras mujeres...
Y sin dar tiempo a la respuesta, se salió
del despacho.

el divorcio.
— Yo no admito el divorcio. Ni yo com­
prendo que las almas se partan para irse

— ¡Y llora, llora!... ¡Va llorando!— decíase
Alvaro enloquecido y consternado.

Y , sin embargo, cuando pensaba, que su
convencimiento sería corroborado, cuando
esperaba oír de labios de la Capitana que
le era otorgada aquella vida con que que­
ría fundir la suya, cuando quiso acercars
a compartir su evidente júbilo, asombróse
al oír estas secas palabras que imponía la
conciencia al coiazón de María Pepa, cla­
vándole a él en el lugar donde se hallaba:
__ La vida de usted es de otra: ni ustea
puede ofrecerla, ni yo aceptarla.
__ Mi vida es mía desde el momento que

XXV
DE VENUS A MERCURIO Y VUELTA A VENUS
Según con cierta exageración terrestre,
pero con astronómica exactitud, decía el
buen Ripoll, Mercurio le venía pisando los
talones a Venus, en lo cual estribaba el plan
que María Pepa pondría en ejecución si a
ello le daba tiempo la mancha solar: bien
disminuyendo su actividad perturbadora, o
bien porque el torrente de sus magnéticos
efluvios se desviara, por efecto del constan­
te giro del Sol, de la dirección que en su
caída, recto al centro planetario, llevaba el
motoestelar.
La cuestión se planteaba en los siguientes
angustiosos términos: los presuntos náu­
fragos en el inmenso océano flameante irían
cayendo hacia él, cada vez más de prisa, por
ser no solamente atraídos por el crecimiento
de su peso solar, incesantemente aumenta­
do con la disminución de la distancia al Sol,
sino empujados además por la acumulación
de las velocidades adquiridas.
El hermoso Sol iría creciendo vertigino­
samente, ante sus ojos, hasta hacerse des­
comunal, horrendo: hinchándose, hinchán­
dose, cubriendo más y más cielo, de hora en
hora, hasta llenarlo todo.
Imagine el lector el espectáculo del ce­
leste suave de nuestro firmamento substitui­
do, de Oriente y Norte hasta el cénit, y des­
de aquí a Occidente y Sur, por la lumbre
solar, y tendrá idea del cielo todo sol , que
»ería realidad, mil veces más terrible que

la más espantosa pesadilla, para los desven­
turados que en su fuego caerían, de no ha­
llar antes fuerza, interna o externa, suficien­
te a disminuir la rapidez, o modificar el sen­
tido, de la marcha, que en dos o tres días
llevaría al orbimotor a cortar la órbita de
Mercurio en un punto hacia el cual corrían,
planetoide y planeta, en direcciones conver­
gentes; pero que sería alcanzado por el pri­
mero cuatro o cinco fechas antes que por el
segundo. Desde allí al Sol, crecería el ígneo
monstruo en progresión aterradora; luz
abrasante cegaría los ojos, calcinando ¡as
retinas; y los cuerpos serían carbonizados
mucho antes de tocarlos las llamas.
El solar peso del Autoplanetoide, que al
pasar junto a Venus era de 78.500 tonela­
das, subiría a 272.395 (1) al cruzar el ca­
mino que recorre Mercurio. La velocidad, el
impulso adquirido, alcanzarían números in­
expresivos por su abrumante enormidad.
La única esperanza, tenue e imprecisa,
cuya conversión en realidad salvadora de­
pendía de fortuitas contingencias, fundába78.500 X 108a
Igual a -------------------- , siendo IOS y 3S mi
58a
llones de kilómetros las distancias de Venus y de
Mercurio a' Sol( por ser sabido que la atracción
gravitatoria varía en relación inversa de los cua­
drados de las distancias que separan los cuerpos
entre los que se ejerce.
(1)

DEL

OCEANO

se en la rapidez con que Mercurio se acer­
caba al motoestelar. En seguida va a verse
por qué.
A la una de la madrugada del 29 de di­
ciembre comenzó Venus a pasar de su cuar­
to creciente, mostrando más de la mitad de
su disco; pero, cosa extraña, a la par que en­
sanchaba reducíase su altura, como una lu­
na que al cambiar desde creciente a llena
se hiciera más pequeña al redondearse; y
esto era buena prueba de que el Autoplanetoide se apartaba de Venus muy de prisa,
según decía la rapidez de la disminución.
Veintisiete horas después, es decir, a las
cuatro de la madrugada (1) del 30, había
recorrido, en derechura al Sol, veinte mi­
llones de kilómetros con velocidad media
de 25.000 metros por segundo. Aquel presen­
taba a la estupefacción de los viajeros su­
perficie mayor que ¡tres soles terrestres!
Con la sola excepción de María Pepa, sus
adláteres y unos cuantos sabios de ánimo
esforzado, el abatimiento era absoluto en to­
dos, rayando en aborrecimiento al padre de
la luz, de quien huía aterrorizada la pobla­
ción entera, encerrándose en sus casas,
atrancando las ventanas y tendiéndose en
los lechos con las caras apretadas contra
las almohadas, para no ver la claridad, que
de intensa aterraba, filtrándose a través de
los párdados cerrados como si fueran éstos
translúcidos cristales.
En motines no pensaba nadie, porque, ¿a
qué, si era imposible retornar a la Tierra?
En aquellas terribles veintisiete horas al­
ternaba Ripoll con una astrónoma mejica­
na en la observación de la condenada, cual
la llamaba él, mancha solar, responsable de
todo. Junto a ellos Alvaro y el Director del
Instituto de Análisis Fotoheliogénico de
Quito hacían, con espectróscopos, fotóme­
tros y polarizadores ensayos incesantes de
la luz de la mancha. Entre unos y otros com­
probaban leve decrecimiento en la actividad
de ella, y que el huracán electromagnético
que rodeaba al orbimotor, tendía a desviar­
se del camino de éste; pero tan despacio,
que era muy de temer no llegara a apartar­
se por completo sino ya tarde para luchar
con la espantosa velocidad acumulada en la
larguísima caída.
Haupft y Valdivia no daban descanso a
sus espirales logarítmicas ni a la máquina
de ecuaciones, ni a los integradores auto­
máticos, calculando posiciones y más posi­
ciones del Autoplanetoide y de Mercurio, y
(1) Repetimos que se trata de fechas y horas
terrestres, pues ya se recordará que siempre bri­
llaba luz de medio día en el novimundo.

A VENUS

10T

señalándolas de hora en hora en el planosideral, por Ripoll dibujado, que tenían ex­
tendido en el suelo del gran salón de la Co­
mandancia.
María Pepa iba de tanto en tanto a con­
sultar el plano, recibía los partes de los
astrónomos y se volvía al despacho.
De diez en diez minutos gritaba el teléfo­
no “ ¡dhí v a !” ; y al oírlo ella miraba al espe­
jo de maniobra, para observar si daba indi­
cios de excitación en las cargas; pues el
“ahí va” significaba que, en la central eléc­
trica, y en aquel momento, lanzaba Fogninola corriente a los excitadores.
Pero de 324 “ ahí vas” que María Pepa oyó
en veintisiete horas, ni uno solo produjo
efecto en la cristalina esfera del espejo, ni,
por tanto, en las cargas del Autoplanetoide,
cuya fuerza propulsora continuaba anula­
da por la tormenta magnética. Pero poco
antes de llegar el 325», entró Ripoll en el
despacho gritando:
— ¡Pepeta, Pepeta!... Prepárate: eso está
ya para acabarse.
— Con tal que aun haya tiempo— dijo
Haupft, con gran calma, dando al manubrio
de las ecuaciones.
María Pepa, serena, animosa y resuelta,
porque iba a defender las vidas de los otros,
pero no alegre, por no hallar en la propia
el supremo aliciente que hace la vida grata,
contestó:
— Pronto vamos a verlo. Y mucho ha de
tirar el Sol para que pueda más que las dos­
cientas descargas de cinetorio que le voy a
oponer en cuanto pueda.
— Allí va—chilló el teléfono.
-—Venga—gritó Ripoll alborozado.
Todos rodearon el espejo de maniobras,
que acusó indicios de electrización en los
excitadores.
— ¡Ya, y a !...
— ¡Viva, viva!...
— ¡Gracias a D ios!—dijo María Pepa— .
Valdivia, al puente. Por lo pronto, a luchar
con el Sol, de poder a poder, excitando aT
máximo todas las cargas del hemisferio del
Autoplanetoide fronteras a él; pero no de
repente—pues el empuje sobre el orbimotor
de esas fuerzas opuestas a la brutal de nues­
tra caída lo haría pedazos y nos abrasaría el
calor en que se trocaría nuestra fuarza vi­
va (1)— , sino aumentando paulatinamente, y
(11 AI convertirse en calor con la cesacidn del
movimiento dicha fuerza viva— producto de la
masa del orbimotor por el cuadrado de su desen­
frenada velocidad— superior a 226.000 trillones
de caballos de vapor, engendraría unos 40.000 trlllones de calorías, con mucho sobradísimas, no ya
para fundir el autoplanetoide sino para volatili­
zarlo.

108

VIAJES PLANETARIOS e n EL SIGLO XXII

no en menos de cinco minutos, las descargas María Pepa había distribuido la antevíspera
y que desde entonces venían usando ella y
hasta llegar al máximo. Dentro de un rato
sus auxiliares y los pilotos: todos, en suma,
estaré arriba para ordenar qué ba de hacer­
cuantos no se habían encerrado en sus alo­
se después. Papá Ripoll, a tu observatorio; y
jamientos.
dentro de diez minutos avísame al puente si
Abreviemos. Bajo las acciones combinadas
adviertes cambio en la dirección de marcha.
de la gravedad solar y del fortísimo empuje
Abuelito, ¿cuál es la posición que ocupará
de 180 cargas, el Autoplanetoide se desvió de
Mercurio dentro de dos días?
la dirección que hasta la madrugada del 30
__Esta—contestó Haupft señalando un
de diciembre había seguido, tomando en lu­
punto en el plano.
gar de ella la que en página cercana a ésta
—¿A qué distancia estamos de ella?
puede ver quien consulte el plano de sus idas
—A treinta y dos millones de kilómetros.
y venidas en las horas terribles, como des­
¿Qué vas a hacer?
pués fueron llamadas aquellas veintisiete.
—En cuanto hayamos excitado al máximo
Entre las veinticuatro del 31 de diciembre
las cargas opuestas a la caída, reforzarlas
y la una del primero de enero, frenando ya
con cuarenta o cincuenta que nos empujen
con grandísima energía, se llegó a unos
en sentido perpendicular al de la atracción
130.000 kilómetros de Mercurio, es decir,
solar, para ir al encuentro de Mercurio, aho­
poco menos que a su lado, viéndolo como
rrándole camino.
enorme mancha negra que casi por completo
— ¿Vas a excitar de una vez más de 180
ocultaba el Sol.
cápsulas?... ¿Has pensado?...
Veían, pues, los novipolitanos un eclipse
— Sí, que puedo reventar el orbimotor con
anular artificialmente producido por la Ca­
los terribles empujes convergentes de las
pitana; pero el eclipse más prodigioso, im­
tres cuartas partes de sus cargas; pero algo
ponente y fructífero que pudiera soñar la
hay que arriesgar, y más valdría eso qué
fantasía del más entusiasta astrónomo. Los
abrasarse. Además, si no seguridad, tengo
que viajaban en el orbimotor estaban enaje­
esperanza de que su solidez lo sacará con
nados; Ripoll, loco perdido, exteriorizaba su
bien de esta tremenda prueba, pues confío
alegría a tal extremo que amenazaba termi­
en la gran elasticidad del corcho que entra
nar en estallido cerebral y en descoyunta­
en la composición de sus vitreas paredes.
miento pleno de todas las articulaciones de
Cinco minutos después estaba María Pepa
su recia osamenta.
en el puente, y realizaba con intensa emo­
ción la peligrosa maniobra, que aun defor­
— ¡Qué observaciones!... ¡Qué descubri­
mientos!... ¡Qué ópticas alegrías!... ¡Qué
mándose un poco—pues su esférica forma se
hizo ligeramente ovoidal, achatándose en el
delicias fotográficas!... ¡Qué embelesos essentido de la marcha y distendiéndose en el
pectroscópicos!... El Helio, el Neón, el Kripperpendicular a ella—resistió bien el autotón, el Geocoronium y otros parientes de es­
sidéreo. Razón tenía la Capitana: la fragili­
tos selectos y aristocráticos gases, revelaban
dad natural del vidrio era contrarrestada
con rayas de sus luces cernidas por el pris­
por la elasticidad de las substancias corcheas
ma todos, todos los que todavía eran, en los
que en su composición entraban.
laboratorios de la Tierra, secretos de la quí­
Al poco rato llegaba el aviso telefónico de
mica estelar.
Ripoll.
El Ripollium, un nuevo cuerpo simple,
—El rumbo cambia. En vez de caer recta­
descubierto en la corona solar por nuestro
mente al Sol, oblicuamos en dirección que
amigo el Director del Observatorio de Bar­
prolongada pasa entre él y Mercurio. ¡V ic­ celona, entraba triunfalmente a ocupar el
toria!... Pepeta, ¡Victoria: el Autoplanetoide
número 377 en la lista de los cuerpos ele­
está salvado!...
mentales que hasta 2.186 había identificado
—Todavía no-—dijo la Capitana—, mas lo
la Química. Haupft y Fognino abrazaron
alcanzado es mucho.
efusivamente por tan hermoso triunfo al
Inmediatamente dió orden de que el clasabio catalán, mientras él exclamaba estru­
mófono tranquilizase a los medrosos gritan­ jando alternativamente a sus dos colegas:
do estentóreamente: “Hemos dejado de caer
— ¡Ripollium !... ¡R ipollium !... ¡Qué bien
hacia el Sol. El autoplanetoide marcha con
suena!... ¿Verdad, Fognino?... ¡Qué solemne
regularidad y se dirige, provisionalmente, al
y qué eufónico! ¿No te párese, Haupft?... Yo
planeta Mercurio.”
le puse al prinsipio Peponium, pero Pepeta
Puede juzgarse del regocijo de los pasaje­ ha rehusado terminantemente este honor.
ros, que al oír la noticia se echaron todos
a las calles, aunque tomando la precaución
de pertrecharse, antes de exponerse a la luz,
Lástima no tener tiempo de describir el
de gafas de triples cristales ahumados que
magnífico eclipse, ni de puntualizar los pro-

D EL

O C E A N O

gresos incontables que de su observación na­
cieron en diversas ciencias. Mas como en
viajes de la índole de los de María Pepa no
es probable le falten ocasiones de provocar
cuantos eclipses quiera, y todavía mejores;
como corre prisa llegar al desenlace de lo
que milagrosa y felizmente no acabó en achicharramiento, y aprietan los deseos de apro­
ximarse a Venus, personaje planetaria y m i­
tológicamente mucho más interesante y bello
que Mercurio, dejemos el eclipse para ver a
la Capitana llevar el Autoplanetoide a su
destino.
Con lo hecho había realizado la primera
parte de su plan. Mercurio, interpuesto en­
tre el Sol y el orbimotor, servia a éste de
Utilísima pantalla que, no solamente inter­
ceptaba la fuerza de la atracción sobre él
del astro rey de los orbes planetarios, liber­
tándolo de terribles peligros, sino que, en el
supuesto de que otra mancha o protuberan­
cia solar cual la pasada levantara nueva
tempestad, detendría sus cascadas de elec­
trones antes de que llegaran al motoestelar.
La única fuerza apreciable que tenía que
vencer la Capitana para enderezar nueva­
mente el rumbo a Venus era la gravedad
mercúrica: una insignificancia que las car­
gas cinetorias dominarían jugando (1 ). Pero
a condición de que en la travesía de Mer­
curio a Venus no perdiera nunca el Autoplanetoide la protección de aquél, viajan­
do siempre a su sombra. Para ello había
que pilotar el aviplaneta combinando velo­
cidad y dirección de modo que hasta llegar
cercano a Venus se mantuviera siempre en
línea recta con M ercurio y el Sol, resguar­
dándose de éste con aquél.
Con esta condición sería casi nulo el peso
del novimundo, y con pequeño gasto de
fuerza propulsora podría en ocho jorna­
das recorrer los sesenta, millones de k iló­
metros que le separaban del término del
viaje.
Pero planeta por planeta, y teniendo uno
tan a mano, ¿por qué no aterrizar en él cual
proponían algunos viajeros, nostálgicos de
pisar mundo más firme y sólido que el Automundo?
Por diversas razones, entre las cuales eran
secundarias el miedo a la temperatura de
Mercurio y la fealdad de él, comparado con
Venus, y principal y decisiva que habién­
dose despedido para Venus la zaragozana

(1) Los 20 millones de toneladas de peso del
Autoplanetoide en la Tierra reducíanse |a los
130.000 kilómetros de Mercurio, a unas 15.700, ha­
bida cuenta de que la tuerza de la gravedad es
d,439 de la terrestre.

A

V E N U S

109

cuando partió de Zaragoza ¡qué dirían los
baturros al saber que había ido a otra
parte!
¿Que a Mercurio lo velan como a un mun­
do y a Venus como estrellica pequeñina?
¿Que estaban lejos y habia dificultades? Pues
motivo de más para demostrar a aragoneses
y novipolitanos que la baturrica tenía peri­
cia y le sobraba tesón para salirse con la
suya.
Aristides la jaleaba indignándose de que
nadie pudiera preferir la sordidez y la vul­
garidad del antipático Mercurio, dios de
mercaderes y de cacos, a las deslumbrado­
ras opulencias de la hermosura de Afrodita.
Y otra vez rumbo a Venus, en esta última
etapa de la accidentada travesía, viendo de
nuevo cómo crecía a luna la estrellita que
brillaba a la izquierda de la Tierra, y se iba
separando de ésta; a ver aumentar en tama­
ño, el mundo adonde iban, a la par que
Mercurio, mancha negra en el Sol, iba ha­
ciéndose cada vez más pequeño, hasta aca­
bar en punto chiquitín en medio de su disco.
El bienhechor planeta continuaba sirvien­
do de sombrilla al Autoplanetoide; y libre
éste de la atracción solar, la acción sobre
él de la de Venus, combinada con el empuje
de sus cargas, hacíale recorrer, con mar­
cha majestuosa y serena, su camino, admi­
rando a todo sabio la matemática exactitud
con que lo mantenía la Capitana en el de­
bido y complicado rumbo.
Por cierto que en aquellas ocho jornadas
finales del viaje no podían los ignorantes
comprender que los doctos ponderaran la
fijeza en la derrota cuando ellos veían claro
que cada día era diferente; pues al iniciar
la arrancada para separarse de Mercurio, no
era posible m irar a Venus sin alzar la cabe­
za hasta descoyuntarse casi las vértebras
cervicales, pues estaba allá arriba, alto, alto,
muy próximo al cénit; y según avanzaron
fué bajando cada vez más de prisa, llegando
a vérsele en dirección horizontal primero y
más bajo después, hasta que el 5 de enero
lucía a los pies de los susodichos ignorantes,
y de los que no lo eran.
Explicación sencillísima de esto: que sin
cambiar de rumbo, cambiaba el Autoplane­
toide por completo de posición, dando, sobre
sí mismo, una suavísima voltereta: ni más
ni menos que una bola de billar picada con
efecto bajo avanza hacia adelante a la vez
que, hacia atrás, gira sobre su centro.
La razón es clara: Venus tiraba de todas
y cada una de las partes del orbimotor; pero
tiraba con más fuerza de las de mayor peso,
o, en términos más ajustados a lenguaje me-

VIAJES PL AN ETA RIO S EN EL SIGLO X X II

cánico, de las de mayor masa (1 ); y como
éstas eran las de la zona austral, lastradas
con taliuro, el polo sur del novlmundo co­
rría más de prisa que el norte en la carrera
de ambos hacia Venus: cosa que por ser in­
variable la distancia entre ambos polos, a
causa de la rigidez de la estructura del novimundo, no podía realizarse sino mediante
la voltereta de él sobre sí mismo. He aquí
porqué a los tres días de viaje se les subiéron los pies a la cabeza a todos los viajeros
del motoestelar: quiere decir, que en vez de
continuar, como empezaron, cayendo de ca­
beza, caían ahora de pie. Y así proseguirían
hasta el momento de venusizar en el pla­
neta: pues si se dice que aterriza un avia­
dor al tomar tierra, claro es que al tomar
Venus venusizarían los expedicionarios del
aut.ogravitante.
Entre venusizar de cabeza o venusizar de
pie, la elección no es dudosa. Y no conse­
guía poco María Pepa haciendo andar de­

rechos a los viajeros al acercarse a Venus,
pues sin salir del mundo hay muchos que
por Venus andan de coren,i,
no tendría novedad, y ya habrán entendido
Ya hemos dicho, cuando de reii.ón !a vi­
mos, que Venus es hermosísima. Bueno: esto
los lectores que se quiere decir Venus her­
mosísimo; pues el autor no es responsable
de que al planeta masculino le haya sido
dado femenino nombre; como tampoco es
culpa suya que el Sr. Leblonde se empeña­
ra en no ver un bizarro soldado, sino una
guapa moza en el cabo de la escolta. No hay,
por tanto, que mostrarse exigente en grama­
ticales concordancias relativas a géneros en
el presente libro.
Repito que el planeta se ostentaba opu­
lenta y esplendorosamente bello en los mo­
mentos de la llegada cuando sobre él volaba
el planetoide no más que a 40.000 kilóme­
tros de altura entre las veinticuatro del 8
y la una del 9 de enero de 2187.

XXVI
VENUS, TRAIDORA
Entró el orbimotor en la atmósfera del
mundo a que arribaba, no a plomo, sino al
sesgo, o sea tangente a las altas capas de
ella.
Era dicha atmósfera de un aire no azul
como el terrestre, sino blanco, blanquísimo,
visto en grandes masas, sin perder por ello
transparencia, cual no la pierde el nuestro
por ser de aquel color. Al de su atmósfera
debe Venus su brillo excepcional entre los
astros.
Una vez franqueado el espeso manto de
nubes que a gran altura circundaban el pla­
neta, hallóse el planetoide entre un dosel
formado sobre él por el niveo celaje de lo
alto y los mares y tierras que a sus pies
contemplaban los expedicionarios. El suelo,
de intenso verde obscuro, tachonado con
manchas de vegetación carmín, opalina do­
lí) Es posible que algún físico artero, ponga
reparos a esta explicación, diciendo que en el va­
cío caen todos los cuerpos con igual rapidez; pero
dejando a un lado otra contestación por demás
complicada, replicaremos que como hemos quedado
en que no existe en parte alguna el vacío absoluto,
en que el vacío es un mito, no hacemos caso de re­
paros. ¿Quú saben estos sabios que hoy usamos de
las cosas que pasaran en el siglo x x i i ? esos sabios
que pretenden deducir lo que allá arriba hay, de
lo que no hay en la pobre campana de la máquina
neumática.

rada; los mares, interponiendo entre lo«
continentes amplios océanos, cuyas aguas
se teñían con los tonos de la abrileña lila.
De pueblos, edificios, monumentos y po­
bladores ya hablaremos.
Para ahorrar cinetorio y atenuar la caída
entraba el motomundo en el planeta, cual
salió de la Tierra, describiendo espirales eu
derredor de su esférico contorno, sólo que
progresivamente más cerradas, más cer­
canas, en sucesivas vueltas. Tres y media de
éstas dió el Novimundo al Venusmundo, y
en ellas le anocheció y amaneció tres veces
en siete horas.
Como hábil piloto, que reconoce ignota
costa, aprovechaba María Pepa aquellas re­
petidas circunvoluciones en estudiar la dis­
posición de tierras y mares en aquel orbe:
queriendo colegir de los relieves y pendien­
tes de sus montañas, y de las extensiones
de sus océanos en cuál de éstos tendría ma­
yor probabilidad de encontrar grandes pro­
fundidades, pues era cosa resuelta in mente
por la Capitana, desde antes de su expe­
riencia en el Pacífico, no aterrizar en mon­
tañas ni llanuras venusianas, sino dejarse
caer sobre las blandas olas de los mares de
donde verosímilmente habría surgido la dio­
sa cuando nació, según es fama, de ma­
rinas espumas. Porque en los mares de !s

DEL

OCEAN

Tierra no surgió. De eso estoy bien seguro.
—¿De modo— preguntó Haupft—que va­
mos a repetir aquí lo del Pacifico?... Haces
bien. Pero aun asi...
—¿Aun así?... Ya entiendo tus temores.
Piensas que de estos mares no tengo, cual
de aquéllos, conocimiento de sondeos, y que
de no hallar fondo suficiente todavía puede
el orbimotor romperse contra él. ¿Verdad?
—Precisamente.
— Por eso prolongo estos vuelos, cada vez
más cercanos a ese desconocido mundo,
procurando deducir de su aparente cons­
titución, de sus formas externas y de los
escasos indicios geológicos susceptibles de
ser apreciados en un rápido reconocimiento,
dónde convendrá más caer... ¿Acertaré?...
Allá veremos. Pero ni tú ni yo ignorábamos
al lanzarnos a estas aventuras en desconoci­
dos mundos que en no pocos problemas, de
los que no es el único, ni el último, éste de
ahora, dependerá la solución de hechos y
causas que ni siquiera sospechábamos. Pre­
viendo lo que a mi alcance esté habré cum­
plido: de lo demás ya cuidará la Providen­
cia. Cuanto yo puedo hacer es frenar fuerte­
mente, caer en el mar no vertical, sino casi
horizontalmente y lanzar al llegar a las olas,
una intensísima descarga austral que dis­
minuya peso a mi mundo y velocidad a su
caída para que el chapuzón no sea muy
hondo.
—¿Y has elegido ya fondeadero?—pre­
guntó Fognino.
—Me inclino a este gran océano, sobre el
que ahora volamos. Sus clarísimas aguas
vistas desde aquí arriba parecen profun­
das: la enorme altura de la cadena de mon­
tañas que sobre aquella costa de la izquier­
da se alza, poco menos que a pico, hasta al­
canzar altura que triplica tal vez la de nues­
tro Himalaya (1), y aquel cono volcánico
tan elevado como cuatro Teides, parecen
indicar que las tierras submarinas bajan,
con pendientes muy agrias, a un hondísimo
fondo debajo de las olas, análogamente a lo
que en nuestro mundo ocurre en la costa
occidental de la América del Sur, al caer al
foso andino. Mas todavía aguardo a exami-

(1) La ingente altura a que se refería María
Pepa, dándole por nombre el de Monte Sliroeter,
resultó tener cuando mfis tarde fué cuidadosamen­
te medido, 36.753 metros, o sea mis de cuatro ve­
ces la elevación del mfts alto pico de nuestra Hlmaiaja 8e habla, pues, quedado corta la Capita­
na en su apreciación a ojo y Shroeter largo en la
que, a principios del siglo xix, dió como elevacón de tal montaña cuya existencia observó, fijan­
do su situación junto al cuerno sur de Venus cre­
ciente.

i A VENUS

111

nar todo esto a altura no mayor de 15 a 20
kilómetros, en la siguiente vuelta que demos
al planeta.

Cuando después de dar otra vuelta com
Pleta en derredor de Venus, tornó el orb •
motor a volar nuevamente sobre el límpi­
do océano, no tan grande, pero tampoco
mucho más pequeño que nuestro Pacífico,
pudo María Pepa observarlo más detenida­
mente, por la doble razón de no volar sobre
él, sino a 18 kilómetros de altura, y con mar­
cha ya reducidísima, de cuatro mil escasos
por hora. Jamás pudo aplicarse a mar nin­
guno con mayor razón el adjetivo límpido,
y gracias a esto fué posible apreciar desde
la altura formas del fondo, a gran profun­
didad, en las partes cercanas a suaves cos­
tas, y presumir que lejos de ellas ofrecería
el océano en que se había fijado María Pepa
hondísimos sondajes.
— Ya está resuelto— dijo señalando hacia
abajo— . Aquí caeremos a la siguiente vuel­
ta con velocidad que en el momento de tocar
las olas no pasará de los cien metros por se­
gundo. Además, la manera como va descen­
diendo en altura nuestro Vuelo, a la par
que avanzamos, es menos rápida de como
con la actual marcha descenderíamos en la
Tierra, y la rapidez de ella es también in fe
rior a la que allí darían las cargas que em­
pleamos.
— Claro, porque aquí, en Venus, cada ki­
logramo no pesa sino 807 gramos, lo cual
no sólo es causa de que bajemos más des­
pacio, por su directo influjo sobre el orbi­
motor en cada instante, sino que en razón
del decrecimiento de la fuerza viva acumu­
lada por la velocidad adquirida en nuestro
vuelo...
— Ya he tenido en cuenta eso, y, sin em­
bargo, velocidad y caída son todavía más
lentas de lo que a tal disminución de peso
corresponde: lo cual es prueba de que el aire
de Venus pesa bastante más que el aire de
la Tierra.
— ¡Vaya una novedad!... Eso lo sabe el
último aprendiz de Astronomía.
— Papá Ripoll, perdona, eso lo suponíais;
pero saberse no se lia sabido hasta ahora.
Descubrimiento que me complace mucho,
porque me facilita la maniobra y aminora
los imprevistos riesgos de ella.
Poco más de tres horas se emplearon en
dar aquella última circumaerostación de
Venus que tiene de cintura 39.960.000 me-

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII
mío, y, además, el dinero pagado por sus
tros ( 1). En ella veían los expedicionarios
telescopios.
con toda claridad inefables paisajes, mares
Mientras esto ocurría allá en el puente,
bellísimos, ríos, lagos, ciudades resplande­
abajo se apiñaba en los balconcillos el pasaje
cientes y multitud de extrañas novedades
que embelesados admiraban, y cuya descrip­ entusiasmado, sin que de todos los expedi­
cionarios faltaran sino dos personas. Era
ción será oportuna cuando con toda calma
una Fairelo, que recostado, como en la no­
paseemos por los campos y visitemos urbes
che de ¡a partida de la Tierra, en la esquina
y monumentos del planeta, si, como es de
del Casino Internacional, miraba a María
esperar, acaba bien el viaje, en el que abora
Pepa alta, muy alta, más alta que nunca;
lo tuás interesante es la llegada.
mas sin hallarla odiosa ni acordarse siquiera
En toda aquella última vuelta no aban­
donó la Capitana ni un instante la direc­ de Felipe II, sino admirando, ya sin reser­
vas, ni dudas, ni vacilaciones, sino con ojos,
ción personalísima de la maniobra, que a
corazón e inteligencia, a la más grande he­
nadie fiaba en el definitivo albur de cuyo
roína del sistema planetario. A la Colón de
resultado dependían el triunfo o el fracaso
los planetas.
de la magna empresa que había sido sola
La otra ausente era Sara, que iba a en­
preocupación y único sueño de su vida,
trar en el mundo de llegada con jaqueca,
hasta que vino a trastornarla un hombre, al
que por la primera vez en muchos días con­ como salió del de partida, y que se habla
encerrado para no ver a Venus, por pare­
seguía María Pepa olvidar siquiera fuese
cería '¡fea!...
breve tiempo, pasado el cual volvería a ator­
¡Feo Venus!... ¡Qué herejía!... ¡Venus, el
mentarla. Pero entonces, cercana al desenla­
ce, con la mirada fija en el liliáceo mar igno­ planeta más bello, la refulgente estrella
vespertina, el más poético de los astros!...
to de un mundo aun más ignoto; espiando el
¡Venus, la más hermosa de las diosas,
momento de caer sobre las olas que vela ale­
fea!...
jarse debajo de sus pies; con la mano en los
Ya era dificil, Sara; mas también es, ver­
conmutadores de órdenes, emoción Inten­
dad que ella tenia derecho a mostrarse exi­
sísima le henchía cerebro, corazón y alma,
sin percibir en todo el universo sino la exis­ gente en femenil estética, porque de Venus
consta que una vez sola vió oficialmente
tencia de tres seres: Venus, el Autoplanetoide y Ella: ni vela a los tres viejecitos, que premiada su hermosura con la célebre man­
zana, por culpa de la cual pelearon Aquilea
se extasiaban en su radiante alegría, ni se
enteraba de las chanzas de Aristides, que y Héctor, y ardió Troya, mientras mistres
Sam-Bull podía ufanarse con seis premios
con una maleta en una mano, un atacapas
de belleza. Y además la manzana se ganó
en la otra, y en la cabeza un salakoff inglés
con gasa verde para I03 mosquitos, increpa­ en el Olimpo, quiere decir en un villorrio,
y en lucha con dos competidoras, mientras
ba a Ripoll por su Ignorancia.
que Sara había ganado sus trofeos en concu­
¿Porque qué ciencia astronómica era la
suya, y para qué servia el observatorio de rrencia con millones de bellas en la inmensa
Yanquilandia. No es, pues, extraño que des­
Barcelona si a la llegada al primer planeta
deñara a Venus.
en que hacían escala no podía el director
Como todo llega en este mundo, y en
de él dar el menor informe a los viajeros
sobre los hoteles venusianos, ni sobre la ta­ aquel también, al fin llegó el solemne ins­
rifa de los autos, ni siquiera ofrecerles una tante de recibir el motoplaneta la primera
caricia de labios de la diosa; dos olas que a
mala guía?...
la par se alzaron de la superficie de las
Pero si no sabe usted esas necesarias y
aguas, con impaciencia de besarlo, antes de
elementales cosas, ¿para qué tanta ciencia?...
Para charlar, para pavonearse con los ami­ que en el mar se hundiera. Parecía aquel
gos en la Tierra, pero completamente inúti­ beso bienvenida del planeta.
El pasaje, que tiempo atrás, al caer en
les para quienes andamos por los cielos.
el Pacífico, prorrumpió en alaridos.de terror,
¡Vaya una astronomía!...
¿Qué ha hecho usted años y años asoma­ y que de entonces tenía la experiencia de la
soltura con que la Capitana hacia bucear al
do a los anteojos, y curioseando en Venus,
si ahora salimos con que no sabe nada de avimundo, saludó la inmersión con regoci­
cuanto puede interesarnos en ese amable jado clamoreo.
No se había sentido el menor choque: ante
mundo? Ha perdido usted el tiempo, amigo
el Autoplanetoide se entreabrían, con sor­
prendente suavidad las aguas, y dulce y
(1) La de |'a Tierra es poquísimo mayor,
amorosamente era acogido en el seno de
40.000.000 de metros. según saben los chicos de
Venus.
la escuela, aunque a veces lo olviden a* llegar a
grandes.
María Pepa sintió júbilo sobrehumano.
112

DEL OCEANO A VENUS
113
Había llegado, había triunfado. Dió un sus­ de llegada estaba a aquellas profundidades
piro áe satisfacción, bajó los ojos, para" re­ constituido, como era lógico, por cieno aná­
crearse en la alegría del que podía llamar logo al que la sonda ha revelado, en los
su pueblo, y al ver antes que a nadie a Al­
sondeos de no pocos océanos de la
varo, contemplándola, su alegría se disolvió hondos
Tierra: cieno geológico, que poco a poco se
en dos lágrimas. Había llegado a un mundo iría
haciendo piedra.
muy hermoso, muy hermoso, donde no po­ Huelgan
ponderaciones sobre la decep­
día amar: al mundo de la Diosa del Amor, ción, el desánimo
y el abatimiento de los
y el amor la estaba a ella vedado.
al darse cuenta de que al cabo de
—IEl, siempre él!... ¡El, endulzando todos viajeros
tanta pericia y tanto susto, cuando todo
mis dolores!... ¡El, amargando todas mis nesgo
parecía pasado y todo temor desva­
alegrías!...
necido,
no eran en Venus sino náufragos en
Ripoll, Haupft y Fognino la observaban: sus mares
—¿Lloras, hija mía?—preguntó el pri­ Porque nohundidos.
cabía duda, el Autoplanetoide
mero.
había
zozobrado:
esto era un hecho que
—Es de alegría, noy—dijo Ripoll.
nadie
discutía
una
hora después de la in­
—¡Povera fancciulina! — pensó Fognino mersión, al convencerse
de que permanecía
viendo adonde miraba María Pepa.
quieto,
en
el
fondo
del
mar, a 7.230 me
—¡Venus!... ¡Venus!... ¡Venus!...—grita­ tros por debajo de su superficie,
según di
ban alborozadas doscientas criaturas mien­ jeron los gravímetros de Haupft (1).
tras el Autoplanetoide se hundía y se hundía
Aun convencida de la inutilidad de pro
entre las transparencias de las aguas teñi­ baturas
poco meditadas, accedió María Pepa
das de suavísimo violeta.
a
hacer
tres o cuatro descargas de cápsu­
El sitio de caida estaba bien elegido, pues las australes,
no tan sólo por condescender
se hundió el novimundo sin el menor tro­ a unánimes deseos
del pasaje, sino para per­
piezo hasta 7.000 metros bien corridos de suadir a éste de que
en lo ocurrido no te­
profundidad, con velocidad grande todavía nía culpa alguna la Capitana
ni su plane­
al tocar las aguas, pero rápidamente decre­ toide, que seguía obedeciendo perfectamente
ciente hasta hacerse pequeñísima, casi im­ a la Impulsión de sus cargas. Mas, según ella
perceptible, a medida que el rozamiento con presentía,
en cada una de estas intentonas
aquéllas iba contrarrestando la velocidad sólo consiguió
aquél desprenderse transi­
adquirida en la caida, ya muy amenguada toriamente, y, por
unos segundos, del lodo
por la descarga cinetórica que lanzó María en donde descansaba,
elevándose treinta o
Pepa en el momento de la inmersión.
cuarenta
metros
a
lo
sumo,
para caer otra
Recordando lo que había ocurrido en el vez y quedar nuevamente encallado.
descenso del orbimotor al Pacífico, aguar­
Era aquel un naufragio tranquilo, muy
daban los expedicionarios que de un mo­ tranquilo;
sin horrores, sin trágicos aspec­
mento a otro se detendría para ascender en tos de catástrofe;
había varia­
seguida en virtud de su fuerza de flotación. do, ni nada se hablapuesrotonada
ni
descompuesto
Así, al sentir un choque, muy leve, es cierto,
el interior del Autoplanetoide. Ni una
pero perfectamente perceptible, fué en un en
sola
se había perdido, ni amenaza si­
principio interpretado como iniciación de quieravida
se
percibía
para nadie de inmediata
a subida, y saludado con aclamaciones de muerte; pero se columbraba
en lon­
entusiasmo, que sólo resonaron breve tiem­ tananza; y se la veía acercarse,ésta
aun cuando
po, pues muy pronto se dió cuenta el pasaje lentamente, clara, fatal, inevitable,
si antes

n“e
’,
a
sacudida
no
había
sido
ocasiona­
de
que
llegara
no
se
daba
con
medio,
da p°r e] comienzo del esperado movimiento cual no era muy fácil, de poner a flote loel
Tíl
Z ^completamente
T 61 n0vim™do
cía nquieto,
quieto,permaná
varado, orbimotor.
La situación era, efectivamente, graví­
ffondo
o n d edel
e ! océano
o Y VÍSC0S°
7 b!and0 légamo del sima; pues aun siendo abundante la pro­
venusiano.
de ázoe, carbono, albúmina, fósforo,
Gracias a aquel colchón 'formado por los visión
glucosas, etc., etc., con/ que el señor Chu-Fo
plantas^6
descomP°sici°nes
orgánicas
de confeccionaba la alimentación química, lle­
Plantas y ^peces
muertos, que tal
vez tenía.
agotarse; porque aunque amplios
ien o más metros de espesor, y en el cual garía a los
repuestos de aire, oxígeno, agua
quedó hundido seis o siete la parte in f e S también
y
los
de
sustitutivos
e ingredientes de la
del novimundo, gracias a esto y a la esca- fabricación de esos vitales
elementos, al
sis.ma velocidad que ya llevaba éste, n0 se
hizo añicos contra el fondo, reduciéndose
(11 Corrigiendo, claro es, sus indicaciones pa­
todo a una leve sacudida
ra ponerlas en armonía con la intensidad de la

Felizmente el fondo del mar del planeta

gravedad en Venus, qne, según es sabido, no pasa,
en números redondos, del 80 por 100 de la Tierra.

114

VIAJES PLANETARIOS EN EL SIGLO XXII

cabo habrían de consumirse. La duda sólo
podía afectar a si faltaría antes alimento,
agua o aire, al género de muerte, por ham­
bre, sed o asfixia, a cuándo y cómo llega­
ría, pero no a la evidencia de que ya se
aproximaba.
Pero ¿cuál era la causa de la catástrofe?
Para los sabios, y no sólo para ellos, sino
para todas las personas de mediana cultura
que en el orbimotor viajaban, parecía evi­
dente que la única explicación del naufra­
gio habla de ser la escasa densidad de las
aguas de los mares de Venus, menos pesa­
das que las de nuestros mares de la Tierra,
por lo cual éste, flotante en el Pacífico, se
hundía en los océanos del planeta. Cues­
tión de densidad, ni más ni menos. Cosa
imposible de prever en un mundo cuyo aire
pesaba más que el de la Tierra.
¡Aire más pesado y agua menos densa!...
¡Qué rareza!... Veleidades, o traición acaso,
de la inconstante o pérfida Venus. Por eso
habla sido tan suavísimo el choque contra
el mar. Fíese usted de bienvenidas, fíese
usted de besos de olas ni de caricias feme­
niles.
Si María Pepa compartía o no la opinión
de los sabios sobre la causa del embarrancamiento, no se puede saber, pues no dijo
palabra hasta que consideró preciso ha­
blar al pueblo para levantar los decaídos
ánimos, diciendo que en tanto hay vida
alienta en ella la esperanza; que tenían ví­
veres, aire y agua para unos veinte meses;
que en menos tiempo era seguro que ha­
llaría ella modo de aligerar su orbimotor, o
cuando no, idearía artefacto adecuado para
sacar salvo el pasaje y transportarlo a al­
guno de los continentes venusianos, en don­
de sus venusinos moradores no habrían de
negarles hospitalidad.
Y poniéndose en lo peor, ¿qué podría pa­
sarles? Quedarse donde estaban... Claro
veían que debajo del agua nadie se muere
si no se ahoga. Y no ahogándose, sobraban
en el novimundo sabios de todas clases muy
capaces de sacar de las salinas aguas— en el
supuesto de que salinas fueran las de Ve­
nus— , de su fauna y su flora cuantos prin­
cipios químicos se necesitaran para repo­
ner los elementos nutritivos y respirato­
rios indispensables a sus pobladores, antes
que se agotaran los actuales abastecimien­
tos.
Se habrían perdido los científicos e in­
terplanetarios frutos que la Tierra esperaba
de la expedición, y era dolorosísimo; mas
no por eso perecería el novimunlo ni los
novimundianos. Pues la vida los seguiría
animando y se prolongaría a edades veni­
deras: ya que entre sus doscientos habi-

tantes había hombres y mujeres, es decir,
savia y troncos de donde brotaría novimundiana raza.
No era muy halagüeña la perspectiva,
mas, comparado con la muerte todo es bue­
no: por eso se resignó el pueblo.
— Además— decían unos— la Capitana ha
dicho que eso no ocurrirá sino en último ex­
tremo, que va a intentar salvarnos. Y la
Capitana sabe mucho— . Otros pensaban que
aunque al principio tal vez se les hiciera
cuesta arriba aquella extraña existencia inframarina e intraplanetaria, todo seria acos­
tumbrarse; y pensando en que la nueva
humanidad debía ser la principal preocupa­
ción de ellos cual presuntos Adanee y Evas
de donde había de salir, se dió por descon­
tado que, nacida en aquel mundo, lo pasarla
tan ricamente en él por no conocer otros.
¿Aquel mundo?... ¿Cómo calificarlo? Por­
que ya no sería avi, ni moto, ni automundo.
— Pecimundo-—dijo uno.
— No; suena mal; es feo...
— Pues digamos lo mismo— repuso un
zoólogo— en forma menos vulgar y más
sonora: llamémosle Ictiomundo.
— Bueno, pero provisionalmente, porque
lo que hace falta es que no llegue el caso.
— No llegará, no llegará. La Capitana ha
dicho que va a buscar manera de sacarnos
de aquí. Y ya sabemos que cuando busca
siempre encuentra...
Al deshacerse el grupo, que ya se ha co­
nocido era de gentes animosas capaces de
conservar el buen humor en los más duros
trances, Aristides, que era quien había di­
cho la última frase de la anterior conversa­
ción, se encaminó a la Comandancia, donde
al llegar se encontró a Soledad a la puerta
del cuerpo de guardia; y cuando con ella
comentaba las recientes peripecias, sorpren­
diéronle unos gritos inusitados, extrañísi­
mos e inexplicables en el novimundo, donde
no había habitante que tuviera menos de
diez y ocho años.
— ¡Calla!... Juraría que llora un niño...
Y parece un niño recién nacido.
— Sí— contestó Soledad— . Es que acaba
de dar a luz el sargento de guardia.
— ¡Ave María Purísima!...
— No hay que escandalizarse. Está casada.
— ¡Ah, ya!... ¡Es una de tus chicas!...
— No, que será un soldado de Santiago.
Pues ya tenemos un Ictiomundianito.
Más pronto y más a tiempo, ni encargado.
No sabía Leblonde cuánta verdad decía, ni
podía sospechar qué papel providencialmen­
te benéfico le estaba deparado a aquel recién
nacido en este drama.
* s »

DEL OCEANO A VENUS

¿Estaba tan segura María Pepa como Aris­
tides de que el orbimotor saldría de su com­
prometida situación? ¿Tenia siquiera verda­
dera confianza en que los sabios aludidos
por ella al hablar al pasaje, encontraran en
los mares de Venus los elementos necesarios
a la vida sumergida, ni en que, de hallarlos,
supieran capturarlos ni tuvieran medios de
extraerlos de ellos?
No: había hablado cual lo hizo para toni­
ficar los decaídos ánimos de los náufragos;
pero, en realidad, se hallaba preocupadísima,
y aun llegaba a juzgar leves los trances ya
pasados al compararlos con el último.
¿Desesperaba?... No; pero recelaba del
éxito. Iba a luchar, porque era su deber;
pero antes tenía que estudiar, hacer ensayos,

115

meditar largo y hondo, consultar a sus que­
ridos y habituales consejeros.
¿Lograrían al cabo los expedicionarios de
la Tierra salir a flote y contemplar el mundo
venusiano, sus habitantes, su civilización?...
¿Vegetarían allí los veinte meses a que po­
dían alcanzar los almacenes vitales, cuyo
agotamiento transformaría el novimundo en
tumba?... ¿O se realizaría la inverosímil
fantasía de la raza ictiohumana de que sin
convicción ni fe había hablado María Pepa?
¿Cuál de estas cosas habrá de revelarnos
la historia de la tercera etapa de este viaje?
Hasta ahora no lo sabe el autor; pero para
saberlo y relatarlo cuenta con la videncia de
mademoiselle Thellis. Tenga el lector tam­
bién confianza en ella.

\

F IX “ d i x OCÉANO a VF.NtJS

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Escritores modernos.
Obras de los más célebres escritores
nacionales y extranjeros del siglo xxx.
En rústica, bajo artísticas cubiertas,
5 pesetas.
Escritores contemporáneos.
Obras de los más ilustres escritores
contemporáneos nacionales y extranje­
ros. En rústica, con elegantes cubiertas,
5 pesetas.
Lecturas para mi hija.
Colección de novelas escogidas que
pueden leerse por todas. En rústica, con
primorosas cubiertas, 4 pesetas.
Viajes y aventuras.
Viajes célebres y novelas de aventu­
ras, con ilustraciones, 5 pesetas.
Biblioteca novelesco-cientifica.
Colección de todas las obras del ilus­
tre escritor J). José de Elola, ilustradas,
4 pesetas.

A l v a r e z y S o to m a y o r (J.). —Rudezas,
poesías regionales; 4 pesetas.
G a b r ie l y G a l á n (J. M .“) . —Obras com­
pletas; dos tomos: rústica, 10 pesetas;
tela, 14 pesetas.
L ó p e z M a r t ín (F.).—Blasco Jimeno,
drama premiado por la Real Academia
Española; 4 pesetas.
M a ta (P . ). - Irresponsables; 5 pesetas.
T o r a l (J.).—F lo r de pecado; 5 pesetas.

Obras varias.
Anuario Telefónico de España; tela;
20 pesetas.
B a l a n z a t (M .). —Tropas de Montaña;
4 pesetas.
B ra n d a o (R.).—Los pobres, novela; traducción del portugués.
H e r m o s il l a (A.).— Legislación de Co­
rreos; contestaciones al programa de in­
greso en el Cuerpo; 10 pesetas.

RI VA DEN E Y R A
M a t il l a (A.).—Elementos de Aritmética
para ingreso en el Cuerpo de Correos;
12 pesetas.
R ib e d (A.í.—Manual de motociclismo;
tela; 6 pesetas.
T o r r u b ia n o (J.). —Instituciones de De­
recho Canónico vigente; dos tomos tela;
32 pesetas.
V a r g a s (E.).— Carreras y profesiones
del Estado; porvenir que ofrecen; 7 pe­
setas.

En prensa.
A l v a r e z P u e n t e (M.).—E l naviero M as;
I, Los signos, novela.
V illaespesa (F.).— Vasos de arcilla;
poesías inéditas.

B IB L IO T E C A S P A R A NIÑOS
(Encerradas en artísticos estuches.)
Serie Liliput.
40 cuentos; 200 dibujos en colores, por
los más populares dibujantes humoris­
tas; 400 páginas; 2,50 pesetas.
Serie Velázquez.
Método simplificado de dibujo y colo­
rido, por el popular dibujante «Karikato»; 100 dibujos; 1,50 pesetas.
Serie Mignon.
Celebradas aventuras de la popular
Mariquita; una peseta.
Serle Rosa.
Cuentos escogidos: El gaitero de
Hameling; Viaje a Marte; El Rey del
Río de Oro; Ratoncita Blanca; 1,50 pe­
setas.
Serie Blanca.
Cuentos para niñas: Corazoncito del
Bosque; Flor de Almendro; El vestido
de baile; Las dos amigas; 1,25 pesetas.
Serie M aravilla.
En colores, ocho cuadernos de inte­
resantísimos cuentos de aventuras, caza
y viajes; una peseta.
Serie Fantasía.
Alicia en el País de las Maravillas; ori­
ginal presentación con artísticas ilus­
traciones, encuadernada en cartoné;
2 pesetas.
Serie Oro (en prensa).
Buby encuentra un tesoro; Buby se
convierte en pájaro; Buby escribe a los
Reyes.

Colecciones